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SALIVA -- Vance Aandahl

Escrito por imagenes 07-04-2009 en General. Comentarios (2)

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SALIVA -- Vance Aandahl

SALIVA

Vance Aandahl








La represión de la búsqueda del placer no es ninguna novedad. Y si a alguien le parece exagerada la siguiente alegoría, que piense que aún estamos muy lejos de una sociedad cuya jurisdicción se rija por el lema, aparentemente tan obvio, de que no hay crimen sin víctima.





Terriblemente indeciso y mordisqueando sus huesudos nudillos, Tantalus miraba fijamente la fea puerta.

¿Ocultaría, como le había dicho el astuto y viejo abacero Raven, musitando lascivamente en su oído, un espectáculo porno?

¿O quizás era posible que estuviesen esperándole allí media docena de polizontes de la Brigada del Vicio armados de esposas para sus muñecas y escalpelos para su cerebro?

Tantalus recordó durante un instante a su antiguo amigo y vecino, Ed Ac. Habían detenido a Ed en el antiguo monorrail de Wyoming-Nebraska. Llevaba una cartera llena de mercancía ilícita..., fotografías aromáticas en papel brillo de 6x10, Truecolor 3D, cinco frascos sintéticos, e incluso un grueso paquete de auténtica mercancía. Tantalus había estado esperándole cuando soltaron a Ed tres días más tarde.

Sonriente, había descendido los escalones bajo un pobre sol y había pasado de largo ante Tantalus sin reconocerle, sin mirarle siquiera, avanzando casi automáticamente hasta llegar a mezclarse con la multitud que en ambas direcciones circulaba por la acera. Los de la Brigada del Vicio le habían convertido en un robot.

Tantalus jamás le volvió a ver, pero más tarde supo que estaba trabajando para el personal de mantenimiento en las laberínticas entrañas de la fábrica de glucosa artificial Ward 763.

Tantalus movió los hombros para desentumecerlos y miró a su alrededor. Había recorrido un largo camino hasta la ciudad ulterior para encontrar aquella dirección. Pero aun cuando eran más de las tres de la mañana, la calle, pavimentada con un asfalto ya pasado de moda, estaba abarrotada de grises figuras. Sabía que cualquiera de aquellos rostros vacíos, casi neutros, podía ocultar a un polizonte de la Brigada. Era probable que Ed les hubiera dado su nombre. Quizá esperaban a que él abriese la fea puerta.

Pero, sin duda, también era muy posible que todos sus temores careciesen de fundamento.

Recordando la descripción del abacero, Tantalus se humedeció los labios con la punta de la lengua y dio un paso hacia adelante. No se trataba de imágenes fijas, sino de películas. Aquello era lo que Raven le había prometido. Exhaló un profundo suspiro y avanzó hasta la puerta.

En el interior se encontró con una extraña semi oscuridad. Del techo colgaba una pequeña lámpara.

—Hola.

La voz sonó a su espalda.

Tantalus miró hacia las sombras y vio a un hombre calvo de baja estatura tras un mostrador de cristal. El hombre parecía muy viejo y, aunque resultaba extraño, usaba gafas oscuras en aquel cuarto apenas iluminado.

—¿Quieres algo bueno para leer?

La voz del hombre sonaba a reseco y viejo. Incluso en la oscuridad Tantalus distinguió la red de abultadas venas azules que latían en sus sienes.

—¡Oh... no!

En la caja de cristal del mostrador había cuatro o cinco pilas de bolsilibros que mostraban un aspecto anacrónico y absurdo en su antigüedad.

—Entonces, ¿buscas algo mejor?

El hombre no sonreía.

—Raven me dijo...

Tantalus sintió que la sangre ascendía hasta su nuca. Sintió que se mareaba de pánico.

—¿Quién?

—Raven. Es un abacero que vive en Sooper Dooper Syntho, en Ward 781.

—¡Oh, sí, sí!

Hubo un largo silencio.

—Bueno..., me dijo que usted tenía..., bien..., que usted enseñaba...

La voz de Tantalus se ahogó en la garganta.

—Películas —el anciano terminó la frase—. ¿Te gustan fuertes?

Demasiado nervioso para hablar, Tantalus asintió con un movimiento de cabeza y miró hacia una puerta cerrada que había en la pared del fondo.

—Doscientos en efectivo.

El precio era razonable. Hacía exactamente dos semanas Tantalus había pagado gustosamente el doble de aquella cantidad por un paquete de doce fotografías como las que Ed llevaba al ser detenido. Contó los billetes sobre el mostrador de cristal.

—Cuatro películas. Se pasan toda la noche. Puedes quedarte todo el tiempo que quieras.

El anciano contó el dinero, lo guardó en un bolsillo y cogió una llave para abrir la puerta.

Tantalus se encontró en un pasillo aún más oscuro que la habitación delantera. Al final del mismo había otro anciano sentado en una silla. Daba la espalda a Tantalus y su cabeza se perdía de vista entre los grandes cortinas cerradas. Se sobresaltó un tanto con el ruido que hizo Tantalus al aproximarse, apartó su cabeza gris de los cortinajes y se pasó el dorso de la mano por los labios babeantes.

—Entra —murmuró mirando hacía las puntas de sus zapatos para esconder su rostro—. Entra ahí... hay muchos asientos libres.

Tantalus pasó por delante de la silla del viejo y separó las cortinas para entrar.

Durante un momento sólo pudo ver la pantalla. Sus ojos se habituaron a la oscuridad y encontró un asiento libre. Lanzó una ojeada a su alrededor y distinguió a otros nueve o diez hombres, todos inclinados hacia adelante sobre sus respectivos asientos. En su mayor parte parecían ser mayores, pero en la fila delantera había unos cuantos jóvenes que charlaban en voz baja.

Cuando Tantalus miró a la pantalla se sintió sorprendido por la vejez de la película. El color era malo y a la derecha de la imagen la profundidad de foco parecía irreal. Y lo que aún era peor: no había olor en la sala; quizás el proyector no lo difundía.

Considerando que la pornografía de calidad había empeorado mucho desde la promulgación de la última ley antiobscenidad, Tantalus maldijo en voz baja y luego se inclinó para observar atentamente lo que sucedía en la pantalla.

Casi en el acto sintió que la emoción se apoderaba de él.

Era un filete de ternera.

Tantalus jamás había podido poner sus manos sobre un auténtico filete, pero cuando veía uno sabía si era bueno o no.

Tenía dos pulgadas de espesor. Dos pulgadas de suculenta carne rosada, recién salida del horno, todavía envuelta en su propio jugo.

Y a su lado, en el plato, una enorme patata cocida adornada en su parte superior con crema agria.

Muy cerca de la patata se destacaba otro plato con champiñones salseados en mantequilla.

Asimismo, muy cerca de los champiñones, había un plato más pequeño con ensalada, lechuga, rebanadas de tomate fresco, cebollas, corazones de alcachofa y pepinillos, todo ello en salsa azul de queso.

Tantalus se deslizó hacia delante en su asiento hasta ocupar sólo el borde del mismo. Apoyó ambas manos sobre las rodillas y tragó saliva.

De repente estalló el aroma en la sala. Esta, que era muy pequeña, quedó inundada por un irresistible aroma a filete asado.

Tantalus sintió que su estómago se contraía abriéndose y cerrándose en lentos y rítmicos movimientos. Su frente se cubrió de sudor y su respiración se hizo más agitada.

Unas manos anónimas aparecieron en la pantalla con cuchillo y tenedor. El tenedor tocó el borde del filete. Las aceradas púas penetraron en la tierna carne. El dentado corte del cuchillo penetró sin el menor esfuerzo y la carne expulsó sus ricos jugos sobre el plato.

Tantalus ni se dio cuenta de que estaba jadeando. Intentó dominarse, pero no pudo.

Cuando abrió la boca acudió a sus labios la saliva, que se deslizó en tres claros y diminutos torrentes basta la barbilla.

Estaba tan profundamente absorto que ni siquiera oyó los gritos que sonaron a su alrededor.

—¡Una redada! ¡Escapad...!

Sus ojos se clavaban aún en la pantalla cuando dos corpulentos polizontes de la Brigada del Vicio le sacaron de la sala.

Y dos días más tarde, cuando el primer escalpelo se deslizó en su cerebro, aún vio, en lo más profundo de su mente inconsciente, el delicado filete de ternera asada.





FIN

La Tortura de la Esperanza

Escrito por imagenes 06-04-2009 en General. Comentarios (2)

La Tortura de la Esperanza

La Tortura de la Esperanza
(La Torture par L'Esperance)
Villiers de L'Isle Adam


***

Hace ya muchos años, al caer una tarde, el venerable Pedro Arbuez D'Espila, sexto prior de los Dominicanos de Segovia, el tercer gran inquisidor de España, seguido por un fray redentor, y precedido por dos familiares de Su Santidad, el último llevando un farol, hicieron su entrada en una catacumba subterránea. La cerradura de una enorme puerta crujió, y ellos ingresaron en una celda, donde la luz mortecina revelaba entre anillos sujetados a la pared un potro de tormento manchado de sangre, un brasero y una botija de barro. Sobre una pila de paja, cargado con grilletes, y con su cuello circunvalado por un aro metálico, estaba sentado un hombre muy demacrado, de edad incierta, vestido solo con harapos.
Este prisionero no era otro que Rabbi Aser Abarbanel, un judío de Aragón, quien fuera acusado de usura e impiedad por los pobres, y que había sido sometido diariamente a torturas por más de un año. Aún "su ceguera era tan densa como su recato" y se negaba a abjurar de su fe.
Orgulloso de una ascendencia que databa de cientos de años, orgulloso de sus ancestros, todos judíos dignos de su nombre, él descendía según el Talmud, de Otoniel, y consecuentemente de Ipsiboa, esposa del último juez de Israel, una circunstancia que había acrecentado su coraje entre las incesantes torturas. Con lágrimas en sus ojos, el venerable Pedro Arbuez D'Espila, dirigiéndose al estremecido rabbi, le recomendó:
- Hijo mío, alégrate: tu proceso está por llegar a su fin. Si en la presencia de tal obstinación fui forzado a permitir, con profundo desagrado, el uso de gran severidad, mi tarea de fraternal corrección tiene sus límites. Tu eres la higuera que, habiendo fallado en muchas temporadas en dar sus frutos, al final se marchitó, pero solamente Dios puede juzgar tu alma. Tal vez, la Infinita Piedad brille sobre tí en el último momento. Nosotros así lo esperamos. Hay ejemplos. Entonces duerme bien por la noche. Mañana serás incluído en un auto de fe: esto es, serás expuesto al quemadero, las llamas simbólicas del Fuego Eterno: solo quema, mi hijo, a la distancia; y la Muerte tardará al menos dos (hasta tres) horas en venir, en cuenta de los vendajes húmedos y helados con los que envolvemos las cabezas y corazones de los condenados. Habrá otros cuarenta y tres contigo. Te ubicarás en la última fila, para que tengas tiempo de invocar a Dios y ofrecerle a Él tu bautismo de fuego, que será del Espíritu Santo.
Con estas palabras, habiendo señalado a los guardias para desencadenar al prisionero, el prior lo abrazó tiernamente. Entonces fue el turno del fray redentor, quien, en un tono bajo, por el perdón para el judío por el que se lo había hecho sufrir con el propósito de redimirlo; entonces los dos familiares silenciosamente lo besaron. Luego de esta ceremonia, el cautivo fue soltado, solitario y desconcertado, en la oscuridad.
Rabbi Aser Abarbanel, con labios emparchados y el rostro consumido por el sufrimiento, al principio se quedó mirando fijamente las puertas cerradas de su celda. ¿Cerradas? La palabra inconscientemente rozó un vago capricho en su mente, el capricho que había tenido por un instante al ver la luz de las linternas a través de una grieta entre la puerta y la pared. Una mórbida idea de esperanza, debido a la debilidad de su mente, se agitó en su entera humanidad. Él se arrastró a través de la extraña visión. Entonces, muy cautelosamente, deslizó un dedo en la hendidura, provocando la apertura de la puerta delante suyo. ¡Maravilloso! Por un extraordinario accidente el familiar que la cerró había girado la pesada llave de manera que el pestillo no había entrado en el hueco, y las puertas giraron sobre sus bisagras.
El Rabbi se aventuró con su mirada hacia afuera. Con la ayuda de un polvillo luminoso, él distinguió primeramente un semicírculo de paredes a través de las que se proyectaba una escalera; y opuesto a él, en la cima de seis peldaños de piedra, una especie de portal negro, que se abría a un inmenso corredor, cuyos primeros ángulos eran visibles desde abajo.
Esperanzado se arrastró hasta el umbral. Sí, era realmente un corredor, pero parecía interminable. Una anémica luz lo iluminaba: eran lámparas suspendidas desde el abovedado cielo raso que iluminaban a intervalos deslucido matiz del ambiente, la distancia era cubierta en sombras. No había una puerta en todo el pasillo. Unicamente, a un lado, el izquierdo, había pesadas troneras enrejadas, hundidos en las paredes, lo que dejaba pasar una luz que bien podía ser de la tarde. ¡Y qué terrible silencio! La vacilante esperanza del judío era tenaz ya que podría ser la última.
Sin dubitación, se aventuró en el pabellón, siempre bajo las troneras, tratando de convertirse a sí mismo en parte de la oscuridad de las paredes. Él avanzó lentamente, arrastrándose cuerpo a tierra, acallando los gritos de dolor cuando alguna herida abierta enviaba una aguda punzada a través de su cuerpo.
Súbitamente el sonido de unos pasos que se acercaban alcanzó su oído. Él tembló violentamente, y el miedo se reprimió, su vista se nubló. Bien, eso fue todo, no había duda. Se comprimió en un hueco, y medio muerto de miedo, esperó.
Era un familiar que venía apresurado. Él pasó velozmente, llevando en su mano fuertemente asido un instrumento de tortura, una espantosa figura, y luego desapareció. El pánico en que el rabbi entró pareció haber suspendido sus funciones vitales, y él estuvo cerca de una hora incapaz de moverse. Temiendo que las torturas se reiniciaran si era atrapado, pensó en regresar a su calabozo. Pero la vieja esperanza susurraba en su alma ese divino "tal vez" que nos consuela en las horas de peor dolor. Un milagro se había operado. Él no tenía que dudar ya más. Comenzó a reptar hacia su chance de escapar. Exausto por el sufrimiento y hambriento, estremecido del dolor, él se apuró a continuar. El sepulcral corredor pareció extenderse misteriosamente, mientras él, aún avanzando, miraba en la oscuridad en donde había más posibilidades de escape.
¡Oh, oh! Nuevamente escuchaba pasos, pero esta vez eran más lentos, más pesados. Las formas negra y blanca de dos inquisidores aparecieron, emergiendo de la oscuridad. Estaban conversando en tono bajo, y parecían discutir sobre algún asunto importante, ya que gesticulaban con vehemencia.
En vista de este espectáculo, Rabbi Aser Abarbanel cerró sus ojos; su corazón latía tan violentamente que casi lo estaba sofocando; sus harapos se humedecieron con el sudor frío de la agonía; él permaneció inmóvil pegado a la pared, su boca abierta, bajo los rayos de una lámpara, rezando al Dios de David.
Justamente enfrente a él, los dos inquisidores tomaron una pausa bajo la luz de la lámpara, indudablemente debido a algún accidente durante el curso de sus argumentaciones. Uno, mientras escuchaba a su compañero, contempló al rabbi. Y, bajo su vista, él se imaginó de nuevo sintiendo las ardientes tenazas quemando sus carnes, él era una vez más un hombre torturado. Desfalleciente, casi sin aliento, con párpados trémulos, él tembló al contacto con la sotana del monje. Pero, extrañamente aunque por un hecho natural, el vistazo del inquisidor no fue otro que el de un hombre evidentemente absorto en su conversación, fascinado por lo que estaba escuchando; sus ojos se clavaron y pareció mirar al judío sin llegar a verlo.
De hecho, luego del lapso de un par de minutos, las dos oscuras figuras lentamente siguieron su camino, aún conversando en tono bajo, hacia el mismo lugar del que el prisionero venía. Él no había sido visto. Entre la horrible confusión en la mente del rabbi, la idea se disparó en su cerebro: '¿Puedo estar muerto que ellos no llegan a verme?' Una horrible impresión lo atacó desde su letargo: mirando hacia la pared contra la cual su cara se pegó, él imaginó estar en presencia, dos feroces ojos que le miraban. Volvió su cabeza hacia atrás en un súbito frenesí de pavor, su cabello se encrespó. ¡Aún no! No. Su mano estuvo a tientas sobre las piedras: era el reflejo de los ojos del inquisidor, aún impresionados en su retina.
¡Adelante! Él tenía que apurarse hacia su ilusión de salvación, a través de la oscuridad, ya que estaba a unos treinta pasos de distancia. Él puso más velocidad a sus rodillas, sus manos, para poder verse a salvo de aquella pesadilla, y pronto entró en la porción de penumbra del terrible corredor.
Súbitamente el pobre miserable sintió una ráfaga de aire frío en las manos; venía desde bajo la pequeña puerta que estaba al final de las dos paredes.
Oh, Cielos, si esta puerta pudiera ser abierta. Todos los nervios del miserable cuerpo del fugitivo se tensaron en la esperanza. Examinó la puerta desde el piso hasta el marco superior, apenas era capaz de distinguir su contorno a pesar de la oscuridad reinante. Él pasó su mano sobre la puerta: no tenía cerradura, ¡no había cerradura! ¡Un picaporte! La empujó, el picaporte cedió a la presión de su pulgar: la puerta silenciosamente se abrió delante de él.
- ¡Halleluia! -murmuró el rabbi en una muestra de gratitud que, estando en el umbral, mientras contemplaba la escena delante de él.
La puerta se había abierto a un jardín, enmarcado en un cielo astrífero, ¡en primavera, libertad, vida! Se revelaban los campos vecinos, donde se dilataban las sierras, cuyas sinuosas líneas azules se recortaban contra el horizonte. ¡Por fin la libertad! ¡Oh, el escape! Él podría pasar toda la noche bajo los limoneros, cuyas fragancias lo embargaban. Una vez en las montañas estaría libre y seguro. Inhaló el delicioso aire; la briza lo revivió, sus pulmones se expandieron. Sintió en su corazón las Veniforas de Lázaro. Y para agradecer una vez más a Dios que le había otorgado su Gracia, él extendió sus brazos, elevando sus ojos al Cielo. ¡Fue un éxtasis de felicidad!
Entonces él imaginó que veía la sombra de sus brazos acercarse a sí, creyendo que estos oscuros brazos lo rodeaban, y como que era afectuosamente presionado contra el pecho de alguien. Una figura alta estaba frente a él. Él bajo sus ojos, y permaneció inmovil, jadeando para respirar, deslumbrado, con la vista fija, atontado por el terror.
¡Horror! Él estaba en el abrazo del Gran Inquisidor, el venerable Pedro Arbuez D'Espila, que lo contemplaba con ojos húmedos de lágrimas, como un buen pastor que ha encontrado a su oveja descarriada.
El oscuro sacerdote presionó al desventurado judío contra su corazón con enorme fervor, con un arranque de amor, que el filo de la toga friccionó el pecho del domínico. Y mientras Aser Abarbanel con ojos desorbitados gemía en agonía del abrazo del místico, vagamente comprendió que todas las fases de su fatal tarde fueron únicamente parte de una tortura premeditada, la de la Esperanza. El Gran Inquisidor, con un acento de reprobación y una mirada de consternación, murmuró en su oído, su respiración árida y ardiente de un largo ayuno:
- ¡Qué, hijo mío! En la víspera, probablemente, de tu salvación, deseas dejarnos?

STAR TREK 01 -- EL EFECTO ENTROPIA

Escrito por imagenes 05-04-2009 en General. Comentarios (1)

STAR TREK 01 -- EL EFECTO ENTROPIA

El efecto entropía

Vonda N. McIntyre

Star Trek/1




*

Prólogo

EL capitán T. Kirk estaba tumbado en el sofá del salón de su camarote, adormilado con un libro en la mano. Las luces parpadearon y despertó abruptamente, sobresaltado por el momentáneo fallo eléctrico y la simultánea disminución del campo de gravedad de la Enterprise. Los escudos principales estaban forzados al límite máximo de su poder con el fin de proteger a la nave y su tripulación de la casi incalculable radiación de otra tormenta de rayos X.
Kirk se obligó a relajarse, pero no dejaba de sentirse incómodo, como si tuviera que estar haciendo algo. Sin embargo, no había nada que pudiera hacer. Su nave estaba en órbita alrededor de un vacío singular, el primero y único jamás descubierto, y el señor Spock estaba llevando a cabo observaciones, medidas y análisis del mismo, intentando deducir por qué había aparecido, repentina y misteriosamente, de la nada. El oficial científico de Vulcano llevaba en esa tarea casi seis semanas; ya casi había terminado.
Kirk no se sentía muy satisfecho por haber expuesto la Enterprise a la radiación, las olas gravitacionales y los pliegues y giros del espacio mismo; pero aquella tarea era sumamente urgente: aquel vacío se extendía como un carcinoma y cubría una de las principales rutas espaciales. Lo más importante, sin embargo, era que si uno de aquellos vacíos podía aparecer sin aviso previo, lo mismo podía hacer otro. Era probable que el siguiente no se limitara a entorpecer el comercio interestelar. El próximo podía surgir a la vida cerca de algún planeta habitado y borrar hasta el último ser viviente de su superficie.
Kirk miró la pantalla de su terminal de comunicación, que estaba constantemente enfocada sobre el vacío. Al describir la Enterprise un arco por encima de uno de sus polos, la tormenta energética se hacía más intensa. El polvo estelar descendía en un remolino hacia aquella rotura de la continuidad del espacio y se desintegraba para transformarse en energía. La luz que él podía ver, las longitudes de onda del espectro visible, formaban sólo una pequeñísima parte de las furiosas radiaciones que bombardeaban la nave.
Aquellas tormentas, giros y continuadas olas trastornaban a todos los miembros de la tripulación; todos se mostraban irritables y aburridos a pesar del considerable peligro en que se hallaban, pero nada podría cambiar hasta que el señor Spock no completase las observaciones.
Spock podría haber realizado aquella tarea en solitario con una nave individual, si una nave de ese tipo hubiera sido capaz de soportar la distorsión espacial provocada por aquel fenómeno, pero como no podía, el oficial científico necesitaba la Enterprise. Aun así, Spock era el único ser esencial para aquella misión. Eso era lo peor que tenía aquel trabajo: nadie tenía miedo de enfrentarse con el peligro, pero no existía forma alguna de controlarlo, luchar con él o vencerlo. No tenían nada que hacer, excepto esperar a que todo terminase.
Kirk caviló, con una vaga gratitud, que al menos podía comenzar a pensar en aquella misión en términos de horas en lugar de días o semanas. Al igual que el resto de la tripulación, se alegraría mucho cuando todo hubiese acabado.
–¿Capitán Kirk?
Kirk se estiró para abrir el canal. La imagen del fenómeno se desvaneció y en la pantalla apareció la teniente Uhura. –¿Sí, teniente?... Uhura, ¿qué ocurre?
–Estamos recibiendo una transmisión subespacial, capitán. Está codificada...
–Transmítamela. ¿Qué código tiene? –Máximo secreto, señor. Kirk se sentó bruscamente. –¡Máximo secreto!
–Sí, señor, máximo y urgente, de la colonia minera de Aleph Prime. Sólo entró una vez, y se cortó la comunicación antes de que pudiera repetirse. –Se volvió hacia sus instrumentos y transmitió la grabación a la terminal de Kirk.
–Gracias, teniente.
Las claves del código le vinieron a la memoria sin necesidad de intentar recordarlas. Estaba prohibido mantener un registro escrito de las mismas. Ni siquiera se le permitía entrarlas en la computadora de la nave con el fin de realizar una decodificación automática. Provisto de lápiz y papel, se puso a la laboriosa tarea de sustituir aquella mezcla de letras y símbolos hasta que se resolvieron en un mensaje coherente.

La teniente comandante Mandala Flynn se puso el gi de judo y colgó los pantalones y la camisa del uniforme en su taquilla. Por una vez, sus cabellos ondulados y pelirrojos no habían comenzado a zafarse del apretado nudo. Sabía que debería cortárselo. La patrulla fronteriza, su último destino, requería mucha más rudeza de apariencia y comportamiento de lo que era costumbre en la Enterprise, costumbre o, probablemente, tolerancia. Llevaba sólo dos meses a bordo, y la mayor parte de su tiempo y atención se habían centrado hasta entonces en conseguir que el equipo de seguridad volviera a adquirir algo parecido a una forma coherente. Por ese motivo, aún, no había percibido cuáles eran las limitaciones informales a bordo de la Enterprise, aunque no tenía intención de integrarse con la nave, sino que pretendía destacar. Sin embargo, quería sobresalir por su profesionalidad y competencia, no por sus excentricidades.
Se preguntaba si el señor Sulu estaría cansado del acuerdo que habían establecido medio en broma, de que ella no se cortaría el cabello pelirrojo que le llegaba hasta la cintura si él se dejaba crecer el suyo. Hasta ese momento, él había cumplido plenamente su palabra: el pelo le tocaba ya los hombros, y se estaba dejando crecer también el bigote. Sin embargo, Mandala Flynn no quería que él se sintiera atrapado por aquel trato si lo estaban hostigando e incluso burlándose de él.
Se encaminó al dojo de la nave, dando un solo paso al interior para hacer la reverencia tradicional.
Sobre la esterilla de la sala, el señor Sulu constituía un espectáculo que daba que pensar; tenía las manos unidas por detrás de la nuca, y los codos apoyados en las rodillas. En el momento en que ella entró, dejó caer las manos laxas sobre el piso.
Flynn se sentó sobre los talones, a su lado.
–¿Se encuentra bien?
Él no levantó los ojos.
–Señorita Flynn, preferiría enfrentarme a los klingon armado con una vara, que equilibrar una nave espacial en torno a un fenómeno de vacío, por no hablar del tira y afloja que existe entre los señores Spock y Scott.
–Ha sido divertido –dijo Flynn–, me refiero a eso de ir caminando inocentemente por ahí y encontrarse de pronto flotando en el aire.
El señor Sulu estiró su cuerpo y brazos hacia delante con el fin de realizar un ejercicio de yoga, y se inclinó hasta que la frente le tocó las rodillas.
–El señor Scott no cree que las fluctuaciones gravitacionales, las descargas de energía o el resto de esos problemas sean tan divertidos como usted los ve –dijo con voz amortiguada. La chaqueta acolchada de su gi se le había deslizado por encima de las orejas. Tenía el aspecto de alguien que prefería quedarse envuelto de aquella manera a salir alguna vez–. El señor Scott está convencido de que la próxima vez que pasemos por una tormenta de rayos X, la sobrecarga de los escudos hará estallar los motores. –Gruñó de dolor y se irguió lentamente–. Pero lo único que quiere el señor Spock, por supuesto, es una órbita perfectamente circular, con o sin tormentas.
Flynn asintió con compasión. No parecía que el peligro existente fuese algo con lo que uno podía enfrentarse. La responsabilidad de la ruta y, por tanto, de la seguridad de todos, descansaba casi completamente sobre los hombros del señor Sulu. Estaba sobrecargado de trabajo y soportaba una tensión excesiva.
–¿Quiere que dejemos la clase para otro día? –preguntó Flynn–. Detesto hacer interrupciones porque lo está haciendo muy bien, pero en realidad no lo perjudicará en absoluto.
–¡No! He estado esperando este momento durante todo el día. Tanto si se trata de sus clases de esgrima como de mis clases de judo, son casi las únicas cosas que me han mantenido en pie durante las últimas dos semanas.
–De acuerdo –respondió ella.
Lo tomó de la mano, se puso de pie y lo ayudó a levantarse. Después del precalentamiento muscular, Sulu, el estudiante, le hizo una reverencia a Flynn, la instructora. Luego se hicieron el uno al otro la reverencia formal entre oponentes.
En esgrima, Mandala Flynn estaba comenzando a dominar la parada seis que se llevaba a cabo con la hoja, y el señor Sulu podía atravesar fácilmente su guardia. En judo, las posiciones eran inversas. Flynn tenía el quinto dan de cinturón negro en ese arte marcial, mientras que el señor Sulu no hacía mucho que había superado la etapa de aprender a caer sin hacerse daño.
Pero aquel día, la primera vez que cayó en una voltereta de hombro, Flynn tuvo la sensación de que la postura del cuerpo era errónea. Intentó cogerlo, pero no había estado a la espera de una torpeza por parte de él. El señor Sulu cayó mal y con un golpe seco, sin rodar ni rebotar lo más mínimo. Flynn bajó los ojos hasta él mientras apretaba los puños; los ojos de su contrincante miraban al techo, carentes de expresión.
–¡Maldición! –exclamó ella–. ¿Es que se ha olvidado de todo lo que aprendió en los últimos dos meses?
Lamentó de inmediato sus palabras y ahogó su enfado. Una de las razones por las que se había decidido a someterse a la disciplina del judo era la de aprender a controlar su temperamento violento, cosa que habitualmente conseguía. Se arrodilló junto a Sulu.
–¿Se encuentra bien?
Él se levantó trabajosamente, con aspecto de sentirse incómodo.
–He cometido una estupidez.
–No tendría que haberle gritado –le dijo Flynn, que también se sentía incómoda–. Mire, esto no va a resultar. Usted está demasiado tenso y va a hacerse daño si continuamos.
Ella comenzó a frotarle la espalda y los hombros. Él profirió un gemido de protesta y los dedos de ella tropezaron con un nudo muscular.
–Pensé que había hecho un buen precalentamiento –se excusó él.
–El precalentamiento no serviría de nada.
Le hizo quitarse la casaca y tenderse boca abajo sobre la esterilla, tras lo cual se sentó a horcajadas sobre la cadera de él y comenzó a masajearle la espalda y los hombros.
Al principio el cuerpo de él se contraía cada vez que ella se dedicaba a trabajar un músculo, pero gradualmente la tensión comenzó a disminuir y él permaneció inmóvil bajo las manos de la mujer, con los ojos cerrados. Un mechón de sus negros cabellos lustrosos le cayó sobre una mejilla. A ella le hubiera gustado tender la mano para apartárselo, pero en cambio continuó con el masaje.
Cuando la ferocidad de la tensión ya había aflojado y ella comenzaba a tener calambres en las manos, le dio un suave toque en el hombro y se sentó junto a él con las piernas cruzadas. Él no se movió.
–¿Sigue vivo?
Él abrió lentamente un ojo y sonrió.
–Sólo apenas.
Flynn se echó a reír.
–Vamos –le dijo–. Lo que usted necesita es un remojón, y no que le anden tirando por todo el gimnasio durante una hora.
Pocos minutos más tarde, ambos se sumergían en las profundas aguas calientes del baño estilo japonés. Flynn se soltó los cabellos y los dejó caer alrededor de sus hombros. El agua empujaba los mechones contra la espalda de la mujer y le hacía cosquillas; el calor le aliviaba el débil dolor de la clavícula que se había roto hacía varios años. Se frotó distraídamente las cicatrices que le cruzaban hasta el hombro, las líneas de color blanco plateado que destacaban sobre su piel ligeramente morena. El hueso se había soldado adecuadamente, pero algún día tendría que pasar por terapia para que se lo regeneraran completamente. Pero eso no ocurriría de momento, porque no tenía tiempo.
Sulu se desperezó de forma exuberante.
–Tiene usted razón –comentó–. Al menos por esta vez, el remojón sin el ejercicio previo sienta de maravilla. –Le sonrió.
Ella le devolvió la sonrisa.
–¿Se da cuenta –preguntó ella–, de que hace ya dos meses que nos conocemos y continuamos dirigiéndonos el uno al otro como «señor Sulu» y «señorita Flynn»? Sulu vaciló.
–Me he dado cuenta, sí, pero pensé que no era... correcto que yo comenzara con las informalidades.
Como primera oficial de seguridad, Flynn no era la superior inmediata de Sulu en ningún aspecto de la jerarquía militar. De haberlo sido, jamás se hubiera permitido la libertad de encontrarlo atractivo; pero estaba habituada a la tradición de las patrullas de frontera, en las que los miembros de la tripulación permanente eran quienes decidían cuándo invitar a los recién llegados a que les tuteasen, y en ello no intervenía el rango militar. Aquél era otro caso en el que la Enterprise se regía por unas normas militares estrictamente tradicionales. Flynn superaba a Sulu en graduación. –En ese caso, seré yo quien comience –decidió ella–.
Mis amigos me llaman Mandala. ¿Utilizas tú algún otro nombre?
Ella nunca había oído que nadie lo llamara de ninguna otra forma que Sulu.
–Habitualmente, no –respondió él–, pero... Mandala esperó durante un momento.
–¿Pero?
Él desvió los ojos de los de ella.
–Cuando digo a la gente cuál es mi nombre de pila, si saben japonés se echan a reír.
–¿Y si no saben japonés?
–Me preguntan qué significa, yo se lo digo y entonces se echan a reír.
–Yo puedo equipararme a cualquiera de los del departamento de nombres raros –le aseguró Mandala.
–Mi nombre de pila es Hikaru.
Ella no se echó a reír.
–Es un nombre muy hermoso, y adecuado. Él comenzaba a sonrojarse. –¿Sabes qué significa?
–Sin duda. Hikaru, el que brilla. Es de una novela, ¿verdad?
–Sí –respondió él, sorprendido–. Eres la única persona que conozco, aparte de mi familia inmediata, que conoce la Fábula de Genji.
Ella le miró a los ojos. Él desvió la mirada, volvió a dirigirla hacia ella y luego, de pronto, las miradas de los dos se unieron.
–¿Puedo llamarte Hikaru? –preguntó Mandala, mientras intentaba dominar las inflexiones de su voz.
Él tenía unos ojos pardos, hermosos y profundos que nunca perdían el buen humor.
–Me gustaría que lo hicieras –respondió él con dulzura.
El intercomunicador que había en la pared profirió un silbido que los sobresaltó a ambos.
–¡Señor Sulu, al puente! ¡De inmediato!
Hikaru se hundió lentamente hasta quedar completamente sumergido en el agua caliente. Un momento más tarde surgió al exterior como un delfín furioso, saltó fuera de la bañera y quedó de pie, goteando sobre los azulejos.
–¡Pueden encontrarlo a uno en cualquier parte! –gritó, cogió la toalla y pulsó el botón de respuesta del panel del intercomunicador–. ¡Voy hacia allí! –Volvió la cabeza hacia Mandala que ya había salido del agua–. Yo...
–Márchate –le dijo. El nivel de adrenalina le aumentó; el corazón le latía aceleradamente–. Ya hablaremos más tarde, que sólo Dios sabe lo que ha ocurrido.
–Santo Dios –exclamó él–. Tienes razón.
Entró apresuradamente en el vestuario, se puso los pantalones a toda velocidad y se marchó con la casaca y las botas en la mano. Mandala se vistió casi con la misma rapidez; sabía que el equipo de seguridad podría hacer muy poco si el fenómeno estaba a punto de apoderarse de la nave y engullirla, pero quería estar preparada para cualquier emergencia.

En el observatorio de la Enterprise, el señor Spock miraba pensativamente los datos que aparecían en la pantalla de la computadora. Aún no se veía nada parecido a lo que él había esperado. Quería volver a realizar los análisis preliminares, pero ya casi era el momento de obtener las lecturas de otro instrumento. Sentía el vivo deseo de obtener tantos puntos observacionales extremadamente exactos como le fuese posible.
Dado que tenía que informar a la Flota Estelar, y la Flota Estelar tenía su base en la Tierra, Spock pensaba en el fenómeno de vacío en los términos de la ciencia tradicional de la Tierra. Las teorías de Tripler y Penrose eran, de hecho, las más útiles para analizar aquel fenómeno. Hasta el momento, sin embargo, Spock no había encontrado nada que explicara la abrupta aparición del vacío. Él esperaba que se comportara de una manera singular, pero su comportamiento era aún mucho más peculiar de lo que predecía la teoría. El polvo estelar que estaba absorbiendo tendría que provocar la formación del consecuente horizonte, pero no estaba haciendo nada de eso. Si aquel fenómeno estaba creciendo en algún sentido, se expandía hacia dentro y a través de dimensiones que Spock no podía siquiera observar.
Sin embargo, Spock había descubierto algo. Las fluctuaciones de onda que caracterizaban aquel fenómeno contenían cualidades entrópicas como él jamás había visto antes, cualidades tan insólitas que le sorprendían incluso a él.
Muchos descubrimientos científicos se producen cuando el observador advierte un hecho inesperado, improbable, incluso aparentemente imposible, y continúa investigándolo en lugar de desecharlo como disparate. Spock no ignoraba eso, y nunca lo había tenido tan presente como en aquel momento.
Si el primer análisis de los datos se mantenía, los resultados provocarían olas de consternación en toda la comunidad científica, así como en el conocimiento del público. Eso sería sólo si el primer análisis se mantenía; existía la posibilidad de que él hubiese cometido un error, o que el diseño de su aparato estuviese provocando un error insospechado.
Spock se sentó ante sus instrumentos, los centró, los enfocó y comprobó su ajuste.
La Enterprise se acercaba a un agujero abierto en la esfera que rodeaba al fenómeno, una región en la que las tormentas de rayos X menguaban abruptamente, y el observador podía echar un vistazo al interior del horripilante misterio sin rasgos que deformaba el espacio, el tiempo y la razón.
Pero mientras la batería de dispositivos de Spock exploraba aquel fenómeno, la Enterprise aceleró a plena potencia de forma repentina y sin aviso previo, se abrió paso con dificultad a través de la materia y la energía en desintegración y se lanzó a través del espacio en dirección a las estrellas.
Spock se puso lentamente de pie, incapaz de creer lo que acababa de ocurrir. Durante varias semanas, la Enterprise había soportado los caóticos giros y remolinos de la dimensión espacial y ahora, cuando estaba ya casi tan próximo a finalizar sus observaciones, la totalidad de la segunda serie de mediciones había quedado destruida. Necesitaba esa comprobación para poder descartar todas las posibilidades alternativas. Las ramificaciones de lo que había descubierto eran tremendas.
Si sus conclusiones preliminares eran correctas, la supuesta vida del universo no era de miles de millones de años. Era, en todos los sentidos prácticos, inferior a un siglo.

La Enterprise volaba por el espacio interestelar a una velocidad de factor constante que forzaba tremendamente los motores ya sobrecargados de trabajo.
Por fin, el señor Sulu nos ha sacado de allí con su precisión habitual, pensó Jim Kirk, sentado en su asiento del puente mientras intentaba aparentar más calma de la que sentía. Nunca antes había respondido a una llamada de prioridad absoluta.
La puerta del turboascensor se deslizó y, por primera vez en varias semanas, el señor Spock entró en el puente. Apenas había abandonado el observatorio desde que llegaron al emplazamiento del vacío. El oficial científico descendió al nivel inferior, se detuvo junto a Kirk y simplemente le dirigió una mirada impasible.
–Señor Spock... –dijo Kirk–. He recibido una orden de prioridad absoluta. Ya sé que todavía no ha acabado su trabajo, pero la Enterprise tiene que responder. No tengo otra elección en el caso de un mensaje de ese tipo. Lo siento, señor Spock.
–Una orden de prioridad absoluta... –repitió Spock.
Su expresión no cambió, pero Kirk pensó que estaba bastante pálido. Si se tomaba en consideración el conjunto de circunstancias, no era nada sorprendente.
–¿Puede salvarse algo de los datos que ya ha obtenido? ¿Ha podido sacar alguna conclusión acerca del fenómeno? –inquirió Kirk.
Spock dirigió la vista hacia la pantalla exterior. Delante de ellos, a gran distancia, había un sol ordinario, una estrella amarilla de tipo G que los aguardaba, aún indiferenciada en el brillante campo de estrellas. Detrás de ellos quedaba el fenómeno, escondido dentro de su feroz resplandor.
–Las conclusiones preliminares son interesantes –respondió Spock, y unió las manos detrás de la espalda–. Sin embargo, sin una comprobación completa, esos datos son esencialmente inútiles.
Kirk masculló una maldición.
–Lo siento –repitió con irritación.
–No consigo ver nada de lo que usted sea responsable, capitán, ni ninguna razón lógica para que se disculpe.
Kirk suspiró. Como siempre, Spock se negaba a reaccionar ante las adversidades.
Sería un alivio si al menos una vez le asestara un puñetazo a un tabique, pensó Jim Kirk. Si esto no resulta ser verdaderamente serio, puede que tenga que encontrar algo para aporrear yo mismo.
–¿Se encuentra bien, señor Spock? –le preguntó–. Parece exhausto.
–Estoy bien, capitán.
–Puede marcharse a descansar un poco. Pasará un buen rato antes de que nos acerquemos lo suficiente a Aleph como para poder llamar a la tripulación a sus puestos. ¿Por qué no se marcha e intenta dormir un poco?
–Imposible, capitán.
–El puente puede realmente arreglárselas sin usted durante unas cuantas horas más.
–Soy consciente de eso, señor. Sin embargo, cuando comencé los análisis alteré psicofisiológicamente mi metabolismo para que me permitiera mantenerme alerta durante el curso de mis observaciones. Ahora podría hacerlo regresar al ritmo normal de veinticuatro horas, pero no me parece sensato disponerme a descansar cuando podría ser necesaria mi presencia aquí al llegar al punto de destino.
Kirk pasó por alto los tecnicismos de la declaración de su oficial científico.
–Spock, ¿me está diciendo que no ha dormido absolutamente nada en seis semanas? –preguntó.
–No, capitán.
–Bueno –dijo Kirk, aliviado–. Entonces, ¿qué es lo que me está diciendo? –preguntó después de una breve pausa.
–No se cumplirán las seis semanas estelares hasta pasado mañana.
–¡Santo Dios! ¿Es que no confiaba en nadie más para que llevara a cabo las observaciones?
–No se trataba de un problema de confianza, capitán. Los datos están influenciados por los sentidos. La diferencia existente entre la interpretación que dos individuos hacen de un mismo dato provocaría una ruptura de la curva observacional, mayor aún que el error experimental.
–¿Y no podría haber obtenido varias series y sacar el promedio de todas ellas?
Spock levantó una ceja.
–No, capitán.
Si no lo conociera, juraría que se ha puesto un par de tonos más pálido.

DIARIO DE A BORDO, FECHA ESTELAR 500I.
I:
Estamos a un día de distancia del fenómeno vacío, pero el desasosiego que se apoderó de la Enterprise y de mi tripulación durante nuestra permanencia allí no ha desaparecido. Se ha intensificado. Hemos dejado atrás un misterio sin resolver, para enfrentarnos con otro misterio del que sabemos aún menos. La orden de emergencia de prioridad absoluta prima sobre todas las demás. La Enterprise está ahora de camino hacia la colonia minera Aleph Prime, manteniendo silencio radial como lo requiere el código. Ni siquiera puedo preguntar por qué se nos obliga a desviarnos; sólo puedo especular acerca de las razones que pueden existir para una urgencia como la manifestada, y asegurarme de que mi tripulación esté preparada para enfrentarse con... ¿qué?


1

EL sol de Aleph Prime se había hecho lo suficientemente grande como para aparecer en la pantalla exterior como un disco más que como un punto. Los miembros de la tripulación estaban todos en sus puestos, esperando para enfrentarse con un peligro tan indefinido como el fenómeno vacío que ya habían dejado muy atrás. La Enterprise se acercó a la estación minera con todos los escudos levantados, los rayos fásicos a punto para disparar, los sensores extendidos al máximo. Kirk todavía no disponía de más información que la de la implacable orden, y continuaba restringido al silencio radial.
Levantó la vista hacia su oficial científico.
–El sol no tiene el aspecto de estar en inminente peligro de transformarse en una nova –comentó. Una nova incipiente era una de las poquísimas razones por las que podía enviarse un mensaje de aquel tipo–. Eso me tranquiliza un poco.
–Si tomamos en consideración su grado en la escala normal, capitán, es improbable que esa estrella se convierta en nova ahora o en el futuro previsible.
–Y las otras dos posibilidades son la invasión o el fallo crítico de un experimento –reflexionó Kirk–. No son alternativas muy atrayentes.
–Existe una última categoría –señaló Spock.
–Sí –asintió Kirk, pensativo. La razón no clasificada, no clasificada por inclasificable, un peligro que no había surgido nunca antes–. Podría ser verdaderamente interesante –agregó.
–Ya lo creo, capitán.
–¿Qué recibe a través de los sensores, señor Sulu?
–Nada insólito, capitán. Algunos transportadores de mena entre los asteroides y Aleph Prime, también algunas naves de vela...
–¡Naves de vela!
¿Gente que navegaba con los vientos solares, atravesando los campos magnéticos, que salía tranquilamente de excursión... durante una emergencia como la que aparentemente había? A Kirk le costaba trabajo creerlo.
–Sí, señor. Parece que están celebrando una carrera, aunque el curso está muy fuera de los modelos normales de tráfico.
–Demos gracias al cielo por las pequeñas mercedes –dijo Kirk con un sarcasmo considerable.
Los cientos de años pasados no habían cambiado la tradición de que las naves sin motor tenían, independientemente de su tamaño, prioridad de paso ante las naves motorizadas, aunque las naves de placer que surcaban la pantalla eran como motas de polvo comparadas con la Enterprise.
–Capitán –dijo Sulu–, tenemos a Aleph Prime al alcance de los sensores.
–Gracias, señor Sulu. ¿Puede mostrarlo en pantalla?
Sulu pulsó los controles, y el caos parecido a una joya que era la estación apareció aumentado ante ellos. Las secciones transparentes y opacas brillaron a través de un arco iris de luz de estrellas y refracciones. Kirk no había visitado nunca Aleph Prime, y no había esperado que fuera tan hermosa. Había muchísimas ciudades que no lo eran, pero aquello era como un mar de fibras de cristal que se curvaban delicadamente, conchas de radiolaria aumentadas millones de veces, y trozos de piedras semipreciosas, turquesas, ópalos, ágatas y ámbar.
–Capitán, recibimos una transmisión.
–Gracias, teniente Uhura. Oigámosla.
Quizá ahora averiguaría para qué los necesitaban. Si la estación había sufrido un ataque, era una infiltración más que una invasión, dado que Kirk no veía que les hubieran causado daño ninguno en la estructura, ni desorganización o conmoción alguna de las que eran de esperar después de un ataque. No sabía si sentir mayor o menor preocupación, pero su curiosidad había aumentado sin duda.
–No proviene de Aleph Prime, señor –advirtió Uhura–.Es de otra nave.
La segunda nave surgió describiendo una curva por debajo de la estación y, repentinamente asombrado por la perspectiva, Kirk advirtió, por comparación con el diminuto punto escarlata que era la nave, el tamaño tremendamente inmenso de Aleph Prime. Por supuesto que la estación era grande, tenía que serlo; albergaba a medio millón de seres inteligentes, tanto humanos como pertenecientes a otras formas de vida. Sulu aumentó la imagen de la nave que se les acercaba, y Kirk tuvo una breve visión de una silueta escalofriantemente familiar, pintada de forma totalmente antimilitar con los colores del águila fénix, antes de que la imagen se disolviera y apareciera el mensaje de vídeo.
–¡Hunter! –exclamó involuntariamente Kirk.
Aerfen a Enterprise –dijo la capitana de la otra nave estelar–. Adelante, Kirk, ¿eres tú?
Hizo una pausa.
–¿Capitán? –inquirió Uhura.
–Mantenga el silencio radial, teniente –ordenó el capitán, a su pesar–. Dejemos los saludos para más tarde.
La capitana de, la otra nave esperó, mirando desde la pantalla. Había cambiado con los años, desde que Kirk la vio por última vez. Las finas arrugas que tenía en los extremos de los ojos de color gris claro sólo servían para conferirle más carácter a su rostro, no para disminuir su elegancia. Todavía llevaba largo el cabello negro, y aún llevaba trenzado el mechón que le caía por la mejilla derecha hasta el hombro, atado con un tiento de cuero y una pluma escarlata. El negro estaba ahora ligeramente salpicado de gris, pero eso no hacía más que aumentar su dignidad, su gravedad.
Luego sonrió, con la sonrisa de una niña, y le hizo retroceder muchos años en la memoria, retroceder hasta la academia, hasta la competencia, la amistad y la pasión; sin embargo, la conocía lo suficiente como para detectar un rasgo de reticencia en aquella sonrisa, la reticencia que él mismo había provocado.
–Aerfen permanecerá en Aleph durante algunos días más –informó Hunter–. Llámame si tienes tiempo.
La transmisión acabó. Para entonces, la nave de Hunter había girado lo suficiente ante la faz de Aleph Prime como para presentar su flanco a la Enterprise. Sulu volvió a aumentar la imagen y la miró, extasiado.
–La capitana Hunter y la Aerfen –exclamó con tono reverente, tras lo cual se volvió para mirar a Kirk–. ¿La conoce usted, capitán?
–Nosotros... estuvimos juntos en la academia.
Kirk nunca había visto a Sulu es un estado semejante, de adoración hacia un héroe; Kirk pensó que Sulu no se hubiera sorprendido más si hubiese aparecido el mismísimo D'Artagnan, blandiendo su espada y atusándose el bigote, y le hubiese dirigido la palabra.
Y muy lejos de encontrar aquello divertido, Kirk comprendió perfectamente los sentimientos de Sulu. Él mismo experimentaba aquellos sentimientos, y con muchísima más razón.
Sulu colocó expertamente la Enterprise en órbita alrededor de la estación Aleph Prime. Con relación al sistema del sol, Aerfen circundaba Aleph en una órbita polar. En lugar de escoger un nivel vacío e insertar la nave más grande en la que viajaban en una órbita ecuatorial, Sulu empleó un poco más de tiempo y un poco más de combustible con el fin de colocar la nave en una posición que permitiera ver desde el puente a la Aerfen mientras continuara el mismo recorrido. Sulu bañó sus ojos con las lustrosas líneas de aquella nave, que era mucho más pequeña que la Enterprise, dado que era de caza. Su diseño presentaba el menor blanco posible para un enemigo que se acercara de frente, y por ello parecía ser aerodinámica. Estaba pintada de un brillante color escarlata, con puntos negros y plateados. Tenía el aspecto de un ave de presa rápida y poderosa.
Mientras le daba los toques finales a la órbita de la Enterprise, la orientación relativa de la nave caza con respecto a la estelar había variado ligeramente, de forma que se hizo visible una lista brillante en uno de los flancos de la Aerfen, donde la pintura había sido vaporizada por un arma enemiga.
–Parece que ha estado en acción –dijo en voz baja. «Y recientemente», pensó. Intuitivamente sabía que Hunter no permitiría que la nave permaneciera con un arañazo así más tiempo del absolutamente indispensable.
–¡Señor Sulu!
Sulu se sobresaltó.
–¿Sí, capitán?
Se preguntó cuántas veces Kirk le había hablado para llamar su atención, y si ahora el capitán pensaba reprocharle el gasto extra de combustible.
Kirk sonrió.
–Sólo quería felicitarle por esta maniobra orbital.
Sulu se sonrojó, pero entonces se dio cuenta de que el tono divertido de la voz del capitán estaba más que compensado por la comprensión y la aprobación.
–Gracias, capitán.
Kirk volvió a sonreír, y Sulu devolvió toda su atención a la rápida y poderosa nave caza. Sulu estaba en lo cierto; la Aerfen había entrado en acción, y no hacía demasiado tiempo. ¿Podía ser ese el motivo de que la Enterprise hubiera sido llamada de una forma tan misteriosa? ¿Lo habrían llamado como refuerzo porque Aleph Prime había sufrido un ataque? Pero eso no tenía ningún sentido; Hunter no había actuado como un comandante que está alerta, y el resto de su escuadrón no estaba a la vista. Por otra parte, la Enterprise ya había descrito una vuelta completa en torno a la estación, y Kirk aún no había–visto daño ninguno. Los sensores no captaban ninguna otra nave que concebiblemente pudiera pertenecer a un enemigo.
Kirk levantó los ojos hacia su oficial científico.
–¿Ha podido deducir usted qué es lo que está ocurriendo, señor Spock?
–Las evidencias son contradictorias, pero creo que no nos veremos inmediatamente envueltos en un conflicto armado. Es la única inferencia justificable que puedo hacer con la información de que disponemos.
–Correcto –respondió Kirk.
–Una transmisión de Aleph Prime, capitán –anunció la teniente Uhura.
La Aerfen desapareció de la pantalla. Sulu se echó hacia atrás, sobresaltado por el cambio repentino, y dejó caer los hombros con decepción.
Apareció un civil joven, delgado y de cabellos blancos.
–¡Capitán Kirk! –exclamó–. No sabe el alivio que siento al ver que ya ha llegado. Soy Ian Braithewaite, el fiscal de Aleph. ¿Puede transportarse hasta aquí de inmediato? –El funcionario hablaba con energía y apasionamiento.
–Señor Braithewaite... –comenzó a decir Kirk.
–El transmisor continúa cerrado, capitán –le informó Uhura.
–¡Abra el canal! Me ha hecho una pregunta muy concreta, y que me condenen si voy a transferir a nadie hasta Aleph hasta no saber qué ocurre.
–Sí, señor.
–¿Puede oírme, señor Braithewaite?
–Sí, capitán, por supuesto. ¿Tiene problemas con el transmisor?
–¡Problemas con...! Ustedes nos enviaron un mensaje de prioridad absoluta, y hemos estado sometidos a silencio radial. Técnicamente, estoy violando esa regla en este mismo momento. ¿Qué está ocurriendo ahí abajo?
–¿Prioridad absoluta? –Braithewaite sacudió la cabeza con incredulidad–. Capitán, lo siento, pero no puedo discutir este tema a través de los canales de radio. Son muy poco seguros. ¿Le parece una idea mejor que yo suba a su nave y hable allí con usted?
Kirk consideró la posibilidad. Ocurriera lo que ocurriese en Aleph Prime, no era una emergencia planetaria ni una invasión enemiga. Sin embargo, no quería transferir nada ni nadie al interior de la Enterprise hasta no saber qué sucedía en la estación. Comenzaba a creer que no se trataba más que de un tremendo error. Miró a Spock, pero el vulcaniano no tenía expresión ninguna en su cara. Kirk suspiró.
–No, señor Braithewaite –respondió–. Me haré transferir hasta allí dentro de unos minutos.
–Gracias, capitán –dijo el fiscal.
–Kirk fuera.
La imagen del fiscal desapareció. Sulu tocó subrepticiamente los controles y reapareció la imagen frontal de la Enterprise, con la Aerfen en pantalla.
–Bueno –comentó Kirk–. Más misterioso y más misterioso.
Miró a Spock, esperando que le dirigiera una mirada interrogativa por su mala gramática. Kirk no se sentía de humor como para intentar explicarle a un vulcaniano quién y qué era Lewis Carroll, y mucho menos un Lewis Carroll parafraseado.
Pero entonces Spock dijo, con expresión absolutamente seria:
–Curioso, señor. De lo más curioso, señor.
Kirk se echó a reír, mientras la sorpresa le permitía una repentina descarga de la tensión acumulada.
–¿Entonces, qué le parece si vamos a averiguar qué demonios condenados ocurre allí?

Lo que en realidad quería hacer Jim Kirk, ahora que ya no estaba sometido a restricciones radiales, era llamar a Hunter; pero aún no podía justificar el tomarse un rato libre. Él y Spock fueron transferidos hasta la oficina de Ian Braithewaite, instalada en las profundidades de Aleph Prime.
El hombre alto y esbelto se les acercó a grandes zancadas y estrechó la mano de Kirk con energía. Era mucho más alto que el capitán, y una media cabeza más alto que el señor Spock.
–Capitán Kirk, gracias otra vez por haber venido. –Luego miró con atención a Spock–. Y... ya nos conocemos, ¿verdad?
–No lo creo –respondió Spock.
–Este es el señor Spock, mi oficial científico y segundo en el mando de la nave.
Antes de que Kirk pudiera hacer nada para impedirlo, Braithewaite se apoderó de la mano del señor Spock y se la estrechó. Era el peor de los modales concebibles que un extraño se ofreciera a darle la mano a un vulcaniano.
Spock advirtió la incomodidad de Kirk, pero sabía que constituiría una seria violación del protocolo por su parte el no agradecer el apretón de manos, si el humano era tan ignorante. Spock soportó el contacto. Si hubiera dispuesto de unos pocos segundos de aviso, podría haberse preparado, pero ya no había tiempo disponible. Las emociones y pensamientos superficiales de Braithewaite arrasaron a Spock como una ola; pensamientos humanos normales, confusos y poderosos, con una capa de tristeza inexplicable. De la misma forma que la preparación para la comunicación telepática requería tiempo, concentración y energía, lo requerían la creación de los escudos personales que lo protegían a uno de los ecos de semejante tipo de comunicación. Spock no podía protegerse constantemente contra cualquier contacto casual; había aprendido a hacer caso omiso de ese tipo de cosas en la mayoría de los casos. Pero incluso en ellos, sus compañeros de tripulación de la Enterprise sabían que les convenía más no tocarlo.
Con la intención de pagar la descortesía con cortesía, Spock hizo todo lo posible para no tomar en cuenta aquella breve abertura al interior de los pensamientos de Braithewaite, mientras se resistía a entrar directamente para descubrir por qué habían llamado a la Enterprise hasta allí. No buscó información alguna, y entre los pensamientos que afluyeron a él no había nada de utilidad.
Spock retiró la mano mientras conseguía con éxito cerrar sus escudos mentales.
–Por favor, pasen a la oficina interior –les pidió Braithewaite–. Es un poco más segura.
Los condujo hasta la habitación siguiente.
–Lo siento, señor Spock –dijo Kirk con un susurro. Había visto cómo se tensaban los músculos de la mandíbula del oficial científico, un cambio muy ligero que se le hubiese escapado a cualquiera que no conociera extremadamente bien a Spock.
–Mantendré los escudos mentales hasta que regresemos a la nave, capitán –replicó Spock con tirantez.
Braithewaite arrastró una tercera silla al interior de la oficina para que pudieran sentarse los tres; el cubículo estaba apenas amueblado, pero atestado de expedientes, bancos de datos, pilas de casetes con copias de los datos, transcripciones y el detrito que suele haber en las oficinas escasas de personal. Braithewaite le sirvió a Kirk una bebida en un vaso de plástico (Spock declinó la oferta); el fiscal se sentó y volvió a levantarse; su campo de energía casi radiaba en torno a su persona. Dio unos pasos en una dirección, y unos pasos en la opuesta. A Kirk lo ponía nervioso.
–Habitualmente, mi trabajo es casi rutinario –comenzó–, pero durante las últimas semanas... –Se interrumpió y se frotó la cara con ambas manos–. Lo lamento, caballeros. Una amiga mía murió la pasada noche y yo no he...
Kirk se puso de pie, cogió a lan por un codo, lo llevó hasta la silla, lo hizo sentar y le dio el vaso de plástico.
–Beba un poco. Relájese. Tómese el tiempo necesario y explíqueme qué ha ocurrido.
Braithewaite respiró profunda y largamente, y comenzó a relatar con lentitud.
–Lo lamento –dijo–. No tuvo nada que ver con el motivo que ha hecho que estén ustedes aquí, pero no consigo apartar a Lee de mi mente. No parecía tan enferma como para morir, pero cuando pasé por el hospital me dijeron que padecía botulismo hipermórfico y que...
–Ya comprendo, señor Braithewaite –le aseguró Kirk–.Ya veo por qué le ha afectado tanto.
–Era la abogada de la defensa pública de Aleph. La mayoría de la gente espera que el fiscal y el defensor público sean enemigos, pero apenas si es verdad alguna vez. Existe una cierta rivalidad, pero si hay respeto no podemos evitar ser amigos.
Kirk asintió con la cabeza. Spock observaba aquel estallido emocional con desapasionamiento.
–Creo que ahora podré dominarme –aseguró Braithewaite. Consiguió esbozar una sonrisa débil y temblorosa, pero la misma se desvaneció de inmediato. Se inclinó hacia delante con una actitud apasionada y sombría–. Están ustedes aquí para hacerse cargo del caso con cuya acusación acabo de terminar. No se parece a nada con lo que me haya enfrentado antes de ahora. Todo comenzó de una forma horrible: desaparecieron diez personas, y la cosa tenía el aspecto de un juego de asesinatos secretos; pero era algo peor que eso. Resultó ser una investigación no autorizada con seres racionales.
–¿Qué tipo de investigación?
–No estoy autorizado a decirlo porque sobrepasa los límites del desarrollo de armas proscritas. De todas formas, no afecta al caso ni la condena se debió a eso. De esa forma provocaría menos publicidad, y la publicidad hubiera resultado altamente negativa. La Federación ha clasificado como información secreta todo lo referente al caso. –Sonrió de una forma que más parecía estar haciendo una mueca–. No les gusta mucho que yo sepa tanto sobre el asunto. Sabía que estaban preocupados, pero no esperaba que enviasen una nave como la Enterprise para que se llevara al prisionero a la colonia de rehabilitación número siete. Sin embargo, no cabe ninguna duda de que se trata de un transporte seguro.
–Espere un momento –dijo Kirk–. ¡Espere un momento! –Toda la compasión que sentía por Braithewaite se desvaneció. Estaba levantando la voz pero no le importaba–. ¿Es que me está queriendo decir –gritó, poniéndose de pie de un salto–, que ha desviado usted a la Enterprise, que ha desviado a una nave de línea con una tripulación de cuatrocientas treinta y cinco personas, para trasladar a un solo hombre a una distancia de un sistema solar?
Estaba inclinado sobre Braithewaite, gritándole a la cara. Se enderezó y retrocedió, controlando su estallido de cólera, aunque no lo lamentaba en lo más mínimo.
El vaso de plástico se arrugó ruidosamente en el puño apretado de Braithewaite.
–Yo no escogí la nave, capitán –le aseguró. El rostro se le había puesto casi tan pálido como sus cabellos blancos–. El Cuartel General de la Federación dijo que enviaría una nave, y cuando la Enterprise entró en la órbita número nueve, di por supuesto que ustedes venían a cumplir dicho cometido.
–La transmisión no provenía del Cuartel General de la Federación –dijo tranquilamente Spock–, no del Comando de la Flota Estelar. –Durante el relato de Braithewaite y la pataleta de Kirk, había permanecido sentado e imperturbable–. Ni siquiera provenía de una base estelar. Venía directamente de Aleph Prime y estaba codificado con la clave de prioridad absoluta que ha sido utilizado sólo cinco veces, según tengo entendido, en la pasada década estelar.
–Honradamente, no sé cómo pudo ocurrir una cosa así, señor Spock –le aseguró Braithewaite.
–Ese código está reservado para catástrofes planetarias, ataques enemigos no provocados o accidentes imprevistos en la investigación científica. En ningún caso está destinado a la prestación de ayuda en los incidentes provocados por criminales insignificantes.
El apasionamiento de cachorro de Ian Braithewaite se desvaneció para dar paso a una determinación más poderosa e iracunda.
–¡Criminales insignificantes! ¡Aparte de toda otra consideración, ese hombre es un asesino!
–Le ruego que me disculpe –le pidió Spock, exactamente con el mismo tono de voz que había empleado anteriormente–. Quizá no me he expresado con claridad.
Braithewaite asintió con vehemencia.
–No está destinado a la prestación de ayuda en los incidentes provocados por ninguna clase de criminales –se corrigió Spock–. De hecho, el uso incorrecto de ese código implica una acción criminal... como usted ya sabrá.
Kirk sonrió, a pesar de sí mismo. Spock lo negaría, pero el oficial científico estaba provocando un efecto mucho más emocional con sus frías observaciones, de lo que había conseguido Kirk gritando con todas sus fuerzas. Kirk esperaba que en alguna parte, en el fondo de la mitad humana reprimida que poseía aquel vulcaniano, Spock estuviese disfrutando de aquella venganza.
–Pero no fui yo quien utilizó ese código –le aseguró Braithewaite.
–La transmisión se originó en su oficina y llevaba su propia firma.
–Si los han desviado innecesariamente de su curso, lo lamento –dijo Braithewaite con absoluta sinceridad–. Intentaré averiguar cómo ha sucedido. Es obvio, por supuesto, que nunca deberían haberlos llamado mediante el código de prioridad absoluta.
–Bien –asintió Kirk–. Entonces, eso es todo. Ya podemos marcharnos. –Se levantó de la silla.
Braithewaite se puso en pie de un salto y se irguió ante ellos.
–Capitán, usted no comprende el problema. Aquí estamos aislados, y las naves oficiales que vienen son pocas y muy espaciadas. Simplemente, no disponemos de los medios necesarios para mantener encerrado a alguien tan despiadado, carismático e inteligente como Georges Mordreaux. Si escapase, podría desaparecer de la vista con toda facilidad; incluso podría esconderse en una nave comercial y escapar del sistema. Nada impediría que volviera a comenzar con todo esto en otra parte. ¡Ese hombre es enormemente peligroso; le hace creer a la gente que él puede hacer que se cumplan sus sueños! Es esencial que llegue a la colonia de rehabilitación antes de que consiga engañar a nadie más. Si se escapa...
–Su cuello estaría en peligro, en primer lugar –continuó Kirk.
Braithewaite se sonrojó lentamente.
–Eso no hace falta decirlo.
–Capitán –dijo Spock–, creo que deberíamos acceder al pedido del señor Braithewaite.
Consternado, Kirk se volvió a mirar a su oficial científico.
–¿Lo cree usted?
–Sí, capitán. Creo que es de vital importancia que lo hagamos.
Kirk volvió a dejarse caer en la silla.
–¡Qué demonios! –murmuró.

Ian Braithewaite quería despachar inmediatamente a su prisionero hacia la Enterprise.
–Lo lamento, señor Braithewaite –comentó Kirk–, pero no podemos hacerlo. Mi nave no está mejor preparada que Aleph para albergar a criminales peligrosos. Tendremos que hacer antes algunos preparativos.
Kirk y Spock se marcharon de la oficina del fiscal, y se encaminaron hacia el núcleo de la estación.
–¿«Preparativos», capitán? No creo que a Flynn vayan a gustarle las implicaciones críticas de esa declaración.
–Santo cielo, no le cuente que lo he dicho. No fue más que una excusa conveniente.
Kirk se dio cuenta de que difícilmente habría podido escoger una excusa menos diplomática; si Flynn se enteraba de lo que había dicho, se sentiría ofendida y con razón. Desde que ella había llegado, el equipo de seguridad había mejorado con una rapidez y una eficiencia mayores de lo que Kirk hubiera creído posible. Kirk no creía que su posición como oficial comandante de Flynn fuese a protegerlo contra la feroz lealtad que ella sentía hacia su gente; ni de su temperamento apasionado: se le descontrolaba con tal rapidez que a veces Kirk se preguntaba si realmente tenía madera de oficial.
–No tengo razón alguna para repetir las observaciones imprudentes ante la oficial Flynn –respondió Spock.
–Bien –dijo Kirk–. Bueno, nunca antes hemos estado en Aleph Prime; no veo que haya ningún mal en que nos quedemos durante un rato por aquí, con cualquier excusa.
–Lo encontrará usted sumamente fascinante. Disponen de unas pequeñas instalaciones de investigación dedicadas a la generación de cristales bioeléctricos, que podrían revolucionar la ciencia de la computación.
–Indudablemente, tengo que ver eso –comentó Kirk–.Señor Spock...
–¿Sí, capitán?
–¿Qué es lo que está ocurriendo, exactamente? Braithewaite estaba dispuesto a renunciar a nosotros y llamar a otra nave; obviamente, usted se dio cuenta de eso. Yo le seguí la corriente a usted, pero me gustaría saber cuál es exactamente la corriente que estoy siguiendo.
–Le aseguro que aprecio su confianza en lo que vale.
–Bueno –dijo Kirk, haciendo una mueca–. ¿Para qué está un capitán, si no?
–Le pido disculpas por mi aparente falta de consecuencia. Hasta que no mencionó el nombre del «malvado criminal», no tuve forma de saber que en este caso existe algo mucho más complejo que una violación de las leyes, por grave que sea esta última.
Kirk frunció el entrecejo.
–No lo recuerdo... ¿Georges Mordreaux? ¿Quién es, Spock? ¿Lo conoce usted?
–Hace muchos años, estudié física temporal en su clase. Es un físico brillante. De hecho, cuando quedó claro que no nos habían desviado para enfrentarnos con ninguna emergencia real, el único beneficio que vi en el hecho de que nos hubieran hecho venir hasta Aleph Prime fue la posibilidad de discutir mis observaciones con el doctor Mordreaux antes de repetirlas.
–Esto tiene que haberle impresionado mucho.
–¡Jim, todo este asunto es absurdo! –Spock se dominó instantáneamente, y cuando volvió a hablar era otra vez un modelo de calma vulcaniana–. Mordreaux es un ser ético. Más aún, es un físico teórico, no experimental. Siempre tuvo más tendencia a trabajar con lápiz y papel, que lo prefería incluso a las computadoras. Sin embargo, aun en el caso de que se hubiera desviado hacia el trabajo experimental, resulta absurdo pensar que pueda poner en peligro a los seres racionales de ninguna especie. Creo que es en extremo improbable que se haya convertido en un asesino demente.
–¿Usted cree poder demostrar su inocencia?
–Me gustaría tener la oportunidad de descubrir por qué está a punto de ser transportado a un centro de rehabilitación con tanta prisa y tanto secreto.
A Kirk no le gustaba mucho la idea de entrometerse en los asuntos de las autoridades civiles, pero habían sido ellos quienes, en primer lugar, se habían entrometido en las actividades de su nave, y, en segundo, él era tan consciente como Spock del hecho de que si el doctor Mordreaux iba a parar a la colonia de rehabilitación, no saldría de ella con mejoría ninguna. Puede que fuese más feliz, e indudablemente ya no causaría problemas, pero tampoco sería nunca más un físico brillante.
–De acuerdo, Spock. En todo este asunto hay algo raro. Existe la posibilidad de que a su profesor lo hayan encarcelado sin que lo merezca. Creo que al menos podemos husmear por aquí.
–Gracias, capitán.
Kirk se detuvo y sacó su comunicador.
–Kirk a la Enterprise. Teniente Uhura, levante el silencio radial.
–Aquí la Enterprise, Uhura al habla. ¿Está todo en orden, capitán?
–No me arriesgaría a decir tanto, pero no existe ninguna emergencia. Que todos estén preparados para acudir a sus puestos rápidamente. Me quedaré aquí abajo, en Aleph Prime, durante un rato más, pero puede contactar conmigo si me necesita.
–Sí, señor.
–Kirk fuera.
Dudó durante un instante y luego pensó que sería mejor transmitirle el mensaje a la oficial de seguridad de la Enterprise.
–Señor Spock, por favor, dígale a la oficial Flynn que nos advierta si el señor Braithewaite pregunta por qué razón hemos permanecido aquí abajo. Creo que un día es el máximo de tiempo que podremos justificar, pero disponga un esquema rotativo de la tripulación para que todo el mundo disponga de un poco de tiempo libre, incluyéndolo a usted, y especialmente al señor Scott; no tiene por qué pasarse todo el tiempo de espera enterrado en la sala de motores.
–De acuerdo, capitán.
–Doy por supuesto que un día en Aleph y un viaje lento hasta Rehab Siete se acomodará a sus planes.
–Admirablemente, capitán.
La espaciosa plaza producía la sensación de que uno se hallaba a cielo abierto, aunque en realidad estaba muy por debajo de la superficie de Aleph Prime. Con sus brisas suaves y cambiantes, el aroma de las flores que flotaba en el aire y la hierba que invitaba a pasear, era tan perfecta que Jim Kirk supo que no sería capaz de tolerar aquello durante mucho tiempo. Sin embargo, hasta que esos modelos perfectos se convirtieran en algo desagradable, podía disfrutar de ello como lo que era, la recreación de la superficie de un planeta hecha por alguien que nunca había caminado por un planeta vivo. Por otra parte, si resultaba que aquello no le gustaba, siempre podía encaminarse a cualquiera de los otros parques, los que habían creado los habitantes no humanos de la estación. Jim Kirk recorrió el parque casi desierto, y se preguntó si un habitante de Gamma Draconis VII no hubiera encontrado el laberinto de túneles cercano agradable durante algún tiempo, para luego llegar gradualmente a la conclusión de que estaba un poco uniformemente excavado, era sólo una pizca demasiado húmedo, apenas perceptible, y demasiado hábilmente predecible.
Entonces vio a Hunter que salía de entre las sombras de una pequeña arboleda, y se olvidó de los laberintos de túneles, de los habitantes de Gamma Draconis VII, e incluso de la balsámica brisa errática.
Hunter lo saludó con una mano y continuó avanzando hacia él.
Se detuvieron ambos a unos pocos pasos de distancia y se recorrieron con los ojos.
Hunter tenía puesto un pantalón negro de uniforme y unas botas que eran bastante reglamentarias, pero también llevaba una camisa de seda azul y un chaleco de malla plateado además de, por supuesto, la pluma roja en el pelo.
–Veo que sigues coleccionando deméritos –comentó Jim Kirk.
–Y tú continúas siendo un miembro de la armada asquerosamente reglamentario, ¿sabes? Hay cosas que no cambian jamás. –Hizo una pausa–. Y supongo que me alegro de que así sea.
Los dos se rieron de lo mismo, y luego se abrazaron estrechamente por el simple placer de volver a verse. No era como en los días pasados, y Jim lo lamentó, y se preguntó si ella también lo lamentaba. Tenía miedo de preguntar, miedo de la posibilidad de herirla o herirse a sí mismo, o de aumentar la tensión en sus relaciones, tensión que casi había acabado con las mismas en el pasado.
Volvieron a los antiguos modelos de comportamiento, con apenas un poco de embarazo, de la forma que lo hacen los viejos amigos que han pasado por momentos malos y buenos y tienen que ponerse al día después de muchos años. Caminaron durante horas por el parque, y para el momento en que regresaron al presente habían empleado alrededor de una hora para cada año de ausencia.
–Tú no recibiste orden de venir hasta Aleph, ¿verdad? –preguntó Kirk.
–No. Éste es el único lugar apartado de mi sector en el que me pintarán la Aerfen como yo quiero, sin sacar a relucir los estúpidos reglamentos; y a mi tripulación le gusta pasar aquí sus permisos. Bien sabe Dios que en este momento se lo merece. ¿Y tú?
–Es la cosa más extraña que jamás me haya ocurrido. Este tipo, Ian Braithewaite...
Hunter se echó a reír.
–¿También cayó sobre ti? ¡Quería que subiera a bordo a un criminal y lo llevara hasta Rehab Siete, en la Aerfen!
–¿Y qué le respondiste? –preguntó Jim, mientras la incomodidad comenzaba a enrojecerle el rostro.
–Para empezar, dónde podía meterse su prisionero –respondió Hunter–. Supongo que podría haber pretextado que la Aerfen se saldría completamente de la órbita si no le hacían un repaso completo, pero estaba demasiado furiosa como para presentarle alguna de esas hipocresías diplomáticas.
–También yo.
–Me preguntaba si también iría a molestarte a ti... pero, Jim, ¿qué hace una nave de línea realizando un vuelo rutinario? No me tengas en suspenso. ¿Qué le respondiste?
–Le respondí que me encargaría de la misión.
Hunter comenzó a reír y luego advirtió que él hablaba en serio.
–Bueno –reflexionó en voz alta–, ésta tiene que ser una historia mejor que cualquier invención profana. Oigámosla.
Jim le contó lo que había ocurrido, sin omitir el análisis hecho por Spock. Se alegraba de poder hablar con alguien más objetivo.
–¿Has oído hablar alguna vez de Georges Mordreaux?
–Seguro... ¡Por todos los dioses! ¿No querrás decirme que ha estado durante todo este tiempo en Aleph? ¿Es él a quien se supone que debes llevar a que le laven el cerebro?
Jim asintió con la cabeza.
–¿Qué sabes de él?
Hunter había tenido siempre un gran talento para la física, y llegó a pensar en especializarse en ese terreno; pero la vida académica era demasiado tranquila para ella, y muy pronto ganaron su gusto por la aventura y las emociones fuertes. Sin embargo, se mantenía al día con respecto a las últimas investigaciones que se realizaban en la rama que a ella le interesaba.
–Bueno –comenzó ella–, existen dos corrientes de pensamiento y apenas hay alguien que permanezca en medio. El primer grupo piensa que es el mejor científico desde Vekesh, si no desde Einstein. Oye, Jim, ¿quieres cenar en la Aerfen o prefieres que encontremos algún sitio por aquí? No sé por qué horario te riges tú, pero para mí es tarde y estoy muerta de hambre.
–Yo esperaba que vinieses a la Enterprise y me dejases enseñártela. ¿Qué piensa el otro grupo?
Ella desvió los ojos.
–Tendría que haber sabido que contigo no iba a funcionar una táctica de diversión. –Se encogió de hombros–. Sin ofender a tu señor Spock... pero el otro grupo, que es la mayoría de la gente, pensaba que Georges Mordreaux era un loco.
Jim guardó silencio durante un momento.
–¿Tanto como eso?
–Me temo que sí.
–Spock no mencionó ese detalle.
–Eso es razonable. Supongo que él tiene su propia opinión y considera que la opuesta no es más que chismorreo difamatorio. Que seguramente es como comenzó.
–¿Por qué hablas siempre de Mordreaux en tiempo pasado?
–Oh, porque pienso en él de esa forma. Hace algunos años publicó algunos artículos, y la reacción que provocaron fue... hmmm... negativa, para decirlo con suavidad. Todavía publica algo de vez en cuando, pero nadie sabía dónde estaba. Yo no tenía ni idea de que estuviese aquí.
–¿Crees que pueda ser posible que alguien haya organizado algún tipo de venganza contra él?
–No consigo imaginarme por qué alguien haría tal cosa, ni quién podría hacerla. Él ya no es un elemento importante en los círculos académicos. Por otra parte, la persecución criminal no es la forma que utilizan los profesores de física para desacreditar a sus rivales, no tiene el sabor de civilización adecuado.
–¿Qué piensas tú de él?
Ella jugó con una punta de su chaleco.
–Jim... la última vez que estudié física de forma seria fue hace quince años. Sigo estando suscrita a un par de revistas, pero en el mejor de los casos tengo unos conocimientos muy superficiales. Estoy demasiado desinformada como para pensar siquiera en una respuesta para la pregunta que me haces. Ese hombre realizó buenos trabajos en otra época, hace mucho tiempo. ¿Cómo es ahora? ¿Quién puede saberlo?
Caminaron en silencio durante un rato. Hunter tenía las manos metidas en los bolsillos.
–Lo siento. No te soy de gran ayuda, pero uno no puede saber demasiado de la personalidad de nadie a través de su trabajo.
–Ya lo sé. Supongo que me estoy aferrando a lo que puedo para intentar dilucidar el porqué de que la Enterprise haya sido escogida para esta misión. –Ya le había hablado de las observaciones que se le habían estropeado a Spock a causa de aquella marcha precipitada–. Bueno, capitana, ¿puedo ofrecerte un paseo por mi nave y una cena?
–Capitán, eso suena fantástico.
Desde el otro lado del parque, Jim oyó una voz casi imperceptible.
–¡Eh, Jim!
Leonard McCoy lo saludó alegremente desde el otro lado de la plaza, y él y su compañero avanzaron por la hierba hacia Jim y Hunter.
–¿Quién es ese?
–Es el doctor de mi nave, Leonard McCoy.
Ella lo observó mientras se acercaba.
–No parece dolerle nada.
Jim se echó a reír, y él y Hunter atravesaron juntos el césped para saludar a McCoy y a su amigo.

Spock regresó a la Enterprise, mandó llamar a la teniente comandante de seguridad, Flynn, y se puso a trabajar en un programa que le proporcionara el máximo de tiempo libre al mayor número posible de personas, como le había pedido el capitán Kirk. Antes de que hubiese acabado, la puerta del ascensor se deslizó y Flynn entró en el puente.
–¿Sí, señor Spock?
Él se volvió a mirarla.
–Teniente comandante Flynn, nuestra misión aquí requiere la intervención de su equipo de trabajo. Mañana por la mañana subirá a bordo el doctor Georges Mordreaux, al que vamos a transportar hasta la Colonia de Rehabilitación Siete.
Ella frunció ligeramente el entrecejo. Rehab Siete estaba dentro de aquel mismo sistema, casi opuesta a Aleph Prime en aquel momento, pero incluso eso significaba que la separaban de allí alrededor de dos unidades astronómicas: una distancia estúpida para una nave estelar, casi un insulto, y ella tenía que darse cuenta de eso.
–Si se tratara de un invitado de honor, no me hubiese llamado –comentó Flynn–, por lo que deduzco que estará bajo vigilancia.
–Eso es correcto. –Spock sabía que ella esperaba recibir más información, pero él no tenía nada más que decirle. Sin embargo, la declaración que el capitán Kirk había hecho ante Ian Braithewaite, de que el equipo de seguridad tendría que prepararse para la llegada del doctor Mordreaux, le venía bien para sus planes y no veía razón alguna para no hacer valer esa declaración retrospectivamente–. Tenemos órdenes terminantes, teniente comandante Flynn –le dijo–. Convierta el camarote de honor en un lugar seguro para que lo ocupe el doctor Mordreaux.
Spock esperó la catarata de preguntas y objeciones que hubiese provocado en el anterior oficial de seguridad el pedido de una acción que se saliera de lo normal, pero la nueva oficial se comportaba de una forma muy diferente.
–De acuerdo, señor Spock ––respondió–. ¿Por qué razón ha sido condenado el doctor Mordreaux?
A Spock le resultaba difícil responder, porque él no creía lo más mínimo en las acusaciones.
–Investigaciones hechas con seres racionales que están fuera de toda ética –dijo finalmente–. Y... asesinato.
–Señor Spock –comenzó cuidadosamente Flynn, con un tono que denotaba más intención de informar que de criticar–, las celdas de reclusión son considerablemente más seguras, y mi gente podría hacer un camarote allí para mañana; además, esas celdas no son mazmorras, sino sitios considerablemente cómodos.
–Soy consciente del problema de seguridad, oficial, al igual que lo es el capitán. Deposito mi confianza en su capacidad. El prisionero será confinado en el camarote de honor.
–En ese caso, convertiré el camarote en un lugar seguro, señor Spock.
–He hecho un programa de permisos para toda la tripulación excepto para su grupo. Ese asunto lo dejo a su criterio.
Ella miró la terminal, cuya pantalla mostraba la lista del personal de seguridad en espera de que se le asignara un destino a cada uno de ellos. Ella escogió a varios oficiales que tenían conocimientos de electrónica: cuatro personas, que era el máximo que podía trabajar con eficiencia en las pantallas de energía.
–Todos los demás pueden bajar a Aleph –aseguró–, ya que no hemos venido aquí por una emergencia planetaria del sistema.
–No, los demás se limitarán a transportar al doctor Mordreaux. Gracias por su cooperación, teniente comandante Flynn. Si puedo resultarle de alguna ayuda para llevar a cabo los preparativos...
–Mi gente puede arreglárselas bien, señor Spock, pero gracias, de todas formas.
Él asintió con la cabeza y la oficial de seguridad abandonó el puente.
Cuando Mandala Flynn salió del ascensor, pudo oír las exclamaciones de deleite al aparecer en las terminales de mensajes generales las listas de permisos. Ella se alegraba tanto como los demás de que una llamada de desastre se hubiese convertido en unas cuantas horas de libertad. Sin embargo, tenía que admitir que durante los dos meses que llevaba en la Enterprise, a veces había deseado que se produjera un incidente, un conflicto, algo real y no sólo las prácticas de rutina.
Podrías haberte quedado en la patrulla fronteriza, se recordó, volando de aquí para allá, de abajo arriba en el mismo plano limítrofe del espacio, librando alguna escaramuza ocasional, arriesgando tu vida y recibiendo algún disparo, hasta que te jubilases y te retiraras a alguna base estelar de una región apartada.
Sus ambiciones aspiraban a más que eso. No se contentaba con el universo conocido; lo desconocido la fascinaba. Ésa era una de las razones por las que se había aferrado a la inesperada oportunidad de ser trasladada a la Enterprise; no por la posibilidad de llevar a cabo tareas estúpidas entre los extremos de un mismo sistema, como ocurría allí, sino por la exploración, los mundos nuevos, las cosas auténticas; incluso si de vez en cuando había que pasar seis semanas mirando al interior de un fenómeno de vacío.
Flynn quería adquirir experiencia en aquella nave porque, llegado el momento, abrigaba la esperanza de llegar a capitanearla ella misma, esa u otra similar. Los límites de los mundos de la Federación eran demasiado estrechos para ella. Era una hija del espacio interestelar, se sentía cómoda en él, en armonía con él. Ella pertenecía a la vanguardia de los descubridores.
¿Y si alguna vez descubres qué es lo que estás buscando?, pensó. ¿Si alguna vez te das cuenta siquiera de qué es lo que estás buscando...? ¿Qué harás, entonces?
Apartó a un lado sus reflexiones al entrar en la sala de seguridad, donde los cuatro oficiales que había escogido la estaban aguardando.

Cuando Spock se quedó a solas, abrió un canal de comunicaciones con la estación y comenzó con su verdadera tarea, la de obtener toda la información posible acerca del pasado reciente del doctor Mordreaux.
Primero pidió a la computadora de Aleph Prime el expediente del juicio contra el doctor Mordreaux.
El pedido recibió la siguiente respuesta: NO HAY INFORMACIÓN. Ese documento tendría que estar en los archivos públicos. Spock volvió a intentarlo, agregando su decodificador de seguridad, lo cual tendría que haber sido suficiente para acceder a casi cualquier nivel de clasificación reservada. Su pedido fue rechazado.
Lo intentó con varias otras posibilidades de archivos criminales, pero no encontró nada. El servicio de noticias no daba cuenta alguna en sus índices, acerca del arresto, condena o sentencia contra el doctor Mordreaux; no encontró ninguna entrada en el listado de la estación. Spock se apartó de la terminal, y pensó en qué haría seguidamente.
Quizá el profesor había estado viviendo bajo un nombre supuesto, pero eso no explicaba su desaparición de los archivos judiciales, que hubiesen utilizado el nombre real. Spock consideró todas las posibilidades, tomó una decisión y procedió a engañar sin compasión a las computadoras de Aleph. Sus defensas eran las adecuadas para cualquier propósito ordinario –no estaban, después de todo, habituadas a habérselas con ninguna materia particularmente sensorial–, pero lo insustancial era comparable a la habilidad de Spock para atravesar dichas defensas.
Sin embargo, aun así no pudo encontrar ninguna información útil. Los registros del juicio simplemente no existían, al menos no en el banco de datos de la computadora. Quienquiera que hubiese codificado como secreto el caso del doctor Mordreaux, había realizado una tarea tremendamente eficaz. O bien los expedientes habían sido completamente borrados –cosa que constituía una violación de la constitución de la Federación–, o bien existían, pero ya no estaban al alcance de la red informativa.

Mandala se encontró con Hikaru en el gimnasio. Al verla, él sonrió y se cerró el cuello y los broches de los hombros de la chaqueta de esgrima.
–No sabía si esta lección continuaba en pie –dijo ella.
–Haría falta una alteración mucho mayor de los turnos para que yo la cancelase –le aseguró Hikaru–, pero no sabía si tú podrías asistir.
–Tendré que comprobar los escudos nuevos cuando estén listos –explicó ella–, pero hasta ese momento lo único que podría hacer sería mirar por encima de los hombros de todos y ponerlos nerviosos. Terminarán más o menos a la misma hora en que lo hagamos tú y yo. Luego bajaremos todos a Aleph para divertirnos un poco. Está en mi orden del día. ¿Quieres acompañarnos?
–Claro –respondió él–. Gracias.
Mandala le tiró un libro en diskete, que él cogió al vuelo. –¿Qué es?
–¿Qué te parecen las novelas antiguas? Me refiero a las anteriores a la Era Espacial.
–Me encantan –respondió él–. Creo que mi preferida es Los tres mosqueteros.
–A mí la que más me gusta de Dumas es El conde de Montecristo.
–¿Has leído alguna vez El Virginiano?
–Claro que sí... es muy divertido ese antiguo inglés moderno. ¿Y tú conoces La máquina del tiempo?
–Ése es bueno. ¿Frankenstein?
–Por supuesto. ¿Islandia?
–Mhm. En alguna parte he leído que tienen intención de sacar una edición facsímil inédita.
Mandala se echó a reír.
–¿Cuánto hace que están diciendo que lo harán? Sin embargo, ya me gustaría que lo hicieran.
Hikaru miró con curiosidad el diskete que ella acababa de darle; ella apuntó el objeto con el florete.
–Ése es Babel–17 –le informó–. Es uno de mis preferidos. El mejor de Delany.
–Nunca había oído hablar de él. ¿Cuándo lo publicaron? –Según el calendario antiguo, en mil novecientos sesenta y seis.
–Eso no es anterior a la Era Espacial. –Ya lo creo que sí.
–Ah, claro, tú debes de contar a partir del primer aterrizaje en la Luna. Yo comienzo con el Sputnik I. –Tradicionalista, ¿eh? Eso significa que tampoco has leído Sibyl Sue Blue. ¿Vas a rechazar libros magníficos sólo porque disentimos por doce años?
–Ni pensarlo –le aseguró Hikaru–. Muchas gracias. Mientras se dirigían al salón de prácticas, Mandala rodeó impulsivamente la cintura de Hikaru y lo estrechó con fuerza.
Él no se apartó; no del todo. Era demasiado educado como para hacer algo así; pero todo su cuerpo se puso tenso. Sorprendida, herida, intentando averiguar en qué momento había comprendido mal la situación, Mandala lo soltó y avanzó rápidamente hacia su extremo del salón.
–Mandala... –Él la alcanzó; sabía que no debía agarrarla, así que le tocó un codo–. Lo lamento –le dijo–. Yo... ¿estás enfadada conmigo?
–Te interpreté mal –respondió ella–. No hablemos del asunto. No quiero quedar como una imbécil dos veces en un mismo día.
–No me has interpretado mal –replicó él con tono suave.
–¿No? –Ella se encaró con él–. Yo pensé, ayer... –Se encogió de hombros–. Habitualmente soy bastante buena para captar las insinuaciones. Lamento haberte presionado. No puedo decir que no fuera esa mi intención, pero no tenía intención de apremiarte. Si te he hecho sentir incómodo, lo lamento.
–No lo has hecho –le aseguró él–. Me siento halagado.
–Está bien, no te preocupes. Tú has sido mucho más delicado de lo que lo hubiese sido yo en las mismas circunstancias con alguien que no me interesase.
–No se trata de que no esté interesado por ti.
A ella no se le ocurrió nada que replicar a eso. No le había dicho francamente que era el hombre más atractivo que había conocido jamás, pero él no ignoraba, después de todo, cuáles eran los sentimientos de ella. Si él la encontraba atractiva a su vez –y después del día anterior ella creía que sí–, no conseguía entender a qué se debía el comportamiento de Hikaru.
–He estado pensando en lo que ocurrió –comenzó él con voz tensa–. Es probable que me marche de esta nave. Tú ya sabes que estoy pensando en un traslado; hemos hablado de ello. ¡Eres la única persona con la que he hablado de ello!
–Por supuesto –replicó ella–. ¿Y qué? Ninguno de nosotros sabe realmente qué estará haciendo dentro de una semana, dentro de un mes...
–No sería justo para ti –señaló Hikaru.
Mandala lo miró fijamente; luchaba para evitar que el asombro puro se convirtiera en ira. Ella arrojó el florete que golpeó al otro lado del piso.
–¿Qué quieres decir con que no sería justo para mí? ¿De qué te sirve pensar eso? Has sido sincero... ¿qué más crees que puedes deberme?
Él permaneció ante ella, abatido. Mandala quería abrazarlo, quitarle una parte de aquella mirada perdida y lastimada, pero sabía que no iba a conformarse con un abrazo. Aparte de lo absurdo que resultaba intentar acariciar a alguien mientras ambos estaban vestidos con chaquetas acolchadas de esgrima y de pie en medio de un gimnasio público, ella no quería correr el riesgo de hacer que Hikaru volviera a sentirse incómodo.
–Es sólo que no creo... –Hizo una pausa y volvió a comenzar–. Parece una actitud demasiado fría la de corresponderte cuando existe la posibilidad de que me trasladen casi inmediatamente.
Mandala le cogió una mano y le acarició la palma.
–No es justo para ti –le dijo–. Hikaru, en la patrulla de fronteras nadie se compromete durante períodos largos. Es algo demasiado arriesgado, y demasiado doloroso. Solíamos decirnos el uno al otro: sólo por poco tiempo. Yo no estoy habituada a nada más que eso. Pero tú... creo que tú prefieres algo que dure mucho.
–Es mejor –respondió él, con tacto.
–Eso lo decides tú. Está bien. Te comprendo. Durante estas últimas semanas has estado bajo una tensión terrible, y esa tensión se ve aumentada porque estás pensando en hacerte trasladar fuera de la Enterprise. Creo que tienes razón al no querer hacer las cosas más difíciles para ti.
–Calculo que eso es una parte del todo.
–De acuerdo.
–Gracias.
Él la estrechó y Mandala le devolvió el abrazo hasta que ella misma comenzó a sentirse incómoda a causa de su propia respuesta. Se apartó y recogió el florete.
–Vamos... quiero recibir mi clase.
Se saludaron mutuamente con los floretes, y Hikaru se puso la máscara.
–Hikaru –dijo Mandala–, si cambias de opinión, házmelo saber. –Seguidamente se bajó la máscara y adoptó una perfecta posición en garde.
Tras varias horas de infructuoso trabajo, Spock rompió finalmente el nexo de comunicación con Aleph Prime. Había probado todas las rutas concebibles para llegar a la información que quería obtener, y todas las rutas concebibles habían acabado en un punto muerto. Ya no podía hacer nada más a bordo de la Enterprise.
Antes de apagar su terminal, sacó la lista de turnos de guardia para buscar a alguien que estuviera familiarizado con el puente y aún permaneciera a bordo de la nave. El nombre de Sulu era el primero de la lista.
Se puso a buscarlo por la nave y lo localizó en el gimnasio. Sulu apareció en la pantalla y se levantó la máscara de esgrima hasta la parte superior de la cabeza. El sudor le corría por la cara. Habitualmente, Spock encontraba que Sulu estaba entre los colegas con los que le resultaba más fácil trabajar; pero el otro aspecto del carácter del teniente, el que afloraba cuando se hallaba prisionero en lo más profundo de su vena romántica, le resultaba virtualmente incomprensible.
Sulu se secó el sudor, bajó el florete y se convirtió una vez más en el modelo de oficial subalterno de la flota estelar, serio, sensato y de mente resuelta.
–¿Sí, señor Spock?
–¿Puede interrumpir lo que está haciendo, señor Sulu? –Acabo de terminar una clase, señor. –Tengo que regresar a Aleph Prime por poco rato, y no me gustaría dejar el puente desatendido.
–Puedo estar allí dentro de diez minutos, señor Spock. –Gracias, señor Sulu, Spock fuera. Pero al tender la mano hacia los controles, vio que Sulu hacía un gesto involuntario hacia él. Spock se detuvo con la mano en el interruptor.
–¿Sí, señor Sulu? ¿Quería decirme algo más? –Señor Spock... –Sulu vaciló, y luego habló precipitadamente–. ¿Ha dicho el capitán... cree usted que es posible... que la capitana Hunter suba a bordo?
Spock miró impasiblemente a Sulu durante varios segundos.
En aquel momento, Sulu hubiera dado casi cualquier cosa por borrar lo que había dicho obedeciendo a un impulso. Spock era quizá la única persona de la tripulación de la Enterprise que no comprendería, o no podría comprender, por qué había formulado esa pregunta. Hasta donde Sulu había podido observar, la reacción más efusiva que Spock había tenido hacia alguien era el respeto, y eso de forma poco frecuente. Indudablemente, nunca había dado muestras de adorar héroe alguno. Sulu no se engañaba en lo más mínimo con respecto a sus sentimientos por Hunter: eran de adoración pura, ardiente y poco digna. Hunter había sido uno de los héroes de Sulu durante la mitad de su vida. A pesar de haber nacido en la Tierra, de que su madre era asesora agrónoma y su padre poeta, Hikaru Sulu había pasado su infancia y adolescencia en la zona fronteriza, en una sucesión de planetas colonia. El sitio en el que había pasado más tiempo había sido Ganjitsu, un planeta emplazado en el límite de la frontera, en un sector que durante mucho tiempo había sido hostigado por los renegados –los klingon declaraban ser renegados aunque, claro está, nadie les creía–, y la compasión de los piratas, que eran todos demasiado humanos. Los habitantes de Ganjitsu resistían con medios inadecuados; durante mucho tiempo se preguntaron si habrían sido olvidados o abandonados. Entonces, Hunter, una oficial muy joven que en aquel tiempo desempeñaba su primer destino como capitana, entró en el campo de batalla como un halcón de caza, hizo retroceder a los piratas hasta las manos de los klingon, y superó a los klingon mismos en su propio juego.
Sulu había visto cosas en Ganjitsu que todavía le provocaban pesadillas, pero Hunter había acabado con la realidad de pesadilla. Sulu dudaba de que pudiera hacerle entender al señor Spock qué era lo que sentía por ella, aun en el caso de que tuviera la oportunidad de explicárselo. Sin duda, había perdido para siempre la confianza del oficial científico. Sulu deseaba con todas sus fuerzas haber esperado para preguntarle por Hunter al capitán Kirk. El capitán lo comprendía.
Sin embargo, Spock no lo estaba mirando con desaprobación ni con las cejas alzadas interrogativamente.
–No tengo forma de conocer los planes de la capitana Hunter, señor Sulu –le respondió–. Sin embargo, esa posibilidad no está fuera de los límites de lo razonable. Si le hace a la Enterprise el honor de visitarla, espero que se le ofrezca la recepción debida a un oficial que cuenta con un historial tan excepcional como el de ella. Spock fuera.
Sulu observó cómo el inexpresivo y ascético rostro del oficial científico desaparecía de la pantalla, mientras deseaba que su propio asombro no se hubiera manifestado de forma demasiado evidente; al menos no se le había abierto la boca de sorpresa.
Después de tantos años, debería saber que no hay que hacer suposiciones con respecto al señor Spock, pensó Sulu.
Spock nunca dejaba de consternarlo –de formas bastante lógicas y predecibles, si daba la casualidad de que uno las mirase desde la perspectiva exactamente correcta–, precisamente en los momentos en los que Sulu creía saber con absoluta precisión cómo iba a comportarse el vulcaniano.
–Eh –dijo Mandala, que estaba detrás de él–, será mejor que te pongas en camino, Hikaru... le prometiste estar allí en diez minutos. –Ella se quitó la máscara de esgrima y se estrecharon formalmente las manos desprovistas del guantelete; ella era zurda, por lo que su mano estaba desnuda.
–¿Crees que subirá a bordo?
Mandala sonrió.
–Espero que sí. Será fantástico volver a verla. –Ella se enjugó el sudor de la cara con una manga–. ¿Sabes una cosa? Si pides que te trasladen no habría nada mejor que pudieras hacer que ir a parar al escuadrón de Hunter.
Ambos se encaminaron hacia el vestuario.
–¡El escuadrón de Hunter! –La posibilidad de servir con Hunter se parecía tanto a un sueño que él no conseguía que le sonara real–. ¡No tendría ni la más mínima probabilidad!
Mandala levantó los ojos hacia él con una expresión indescifrable. Luego aceleró el paso y avanzó delante de él. Sorprendido, Hikaru se detuvo y lo mismo hizo ella, unos cuantos pasos más adelante.
Ella respiró profundamente y dejó escapar lentamente el aire.
–¿Dónde, dónde demonios condenados adquiriste esa tremenda carga de dudas acerca de ti mismo?
–Si yo presentara la petición y ella me rechazara...
–Tienes la experiencia necesaria –le aseguró ella–. Tienes las especialidades adecuadas, y tienes esa estrella de la Academia.
–Tú no has visto mis notas –dijo Hikaru sonriendo con tristeza.
Ella se volvió en redondo para encararse con él; en sus ojos apareció una furia rápida y ardiente.
–¡A la porra con las notas! ¡Conseguiste entrar y acabar los estudios, y eso es lo único que cuenta! Ningún burócrata inferior e ignorante podría eliminarte de una lista de traslados sobre la base de que es imposible que estés cualificado para hacer algo que quieres realmente.
A aquellas alturas, Hikaru la conocía lo suficiente como para percibir el dolor que vibraba por debajo de la ira.
–¿Te ocurrió eso a ti? –le preguntó con dulzura; pero ya sabía que tenía que haber sido así. Mandala nunca había tenido oportunidad de asistir a la Academia. Tanto literaria como figurativamente hablando, había luchado para ascender desde las filas.
–Me ocurrió... varias veces –dijo finalmente–; y cada vez que ocurre me hace más daño. Eres la única persona ante la que he admitido eso alguna vez. No me gustaría que se enterara nadie más.
Él negó con la cabeza.
–Eso no ocurrirá.
–Éste es él primer destino de primera clase que me han concedido jamás, Hikaru, y sé que Kirk no me pidió a mí. Lo que pidió fue la primera persona disponible que pudiera sustituir a mi predecesor. Hubiera aceptado a cualquiera. –Sonrió con ferocidad–. A veces creo que piensa que es eso lo que le enviaron. Conseguí el puesto por pura casualidad, pero puedes apostar a que no pienso malograrlo. No pienso permitir que me detengan, con o sin estrellas de la Academia... –Se interrumpió bruscamente, como si ya hubiera dejado ver de sí misma mucho más de lo que jamás había tenido intención de hacer, y aferró por los hombros a su amigo–. Hikaru, permíteme que te dé un consejo. Nadie va a creer en ti si tú no lo haces.
¿Pero me atrevo yo a creer lo suficiente en mí como para intentar que me trasladen bajo el mando de Hunter?, se preguntó Hikaru. ¿Me atreveré a arriesgarme a que me rechacen?

Spock se hizo transferir nuevamente a Aleph Prime. La cárcel de la ciudad estaba emplazada en un pasillo corto cercano a la sección gubernamental; tenía aspecto de ser utilizada apenas y estar muy descuidada. Las paredes de plástico estaban rayadas y dañadas de diversas formas; en algunos sitios, los graffiti penetraban tan profundamente que la pared de piedra de asteroide de la estación primitiva asomaba desde detrás. Las paredes habían sido arregladas una y otra vez, en colores ligeramente distintos, lo que había dado como resultado un complejo modelo de capas de superficies desportilladas y parcialmente reemplazadas.
En el escritorio de recepción, haraganeaba una guardia de seguridad. Spock no hizo ningún comentario cuando ella dejó apresuradamente a un lado su computadora de bolsillo; no sentía interés ninguno por las actividades que ella llevase a cabo durante su turno de guardia, tanto si se trataba de leer alguna de esas tonterías de ficción con las que los humanos malgastaban tanto tiempo, o de jugar con una máquina.
–¿Puedo hacer algo por usted?
–Soy Spock, primer oficial de la U.S.S. Enterprise. He venido para entrevistar al doctor Mordreaux antes de que lo llevemos a bordo de nuestra nave.
Ella frunció el entrecejo.
–¿Mordreaux...? El nombre me suena familiar, pero no creo que lo tengamos aquí. –Miró el sensor de recepción y dirigió su voz hacia el aparato–. ¿Está detenido Georges Mordreaux?
–No tenemos a nadie con ese nombre –respondió el sensor.
–Lo lamento –dijo la guardia–. No pensaba que tuviéramos planeado enviar a nadie fuera de la estación. Hemos realizado la habitual detención de pendencieros. Ayer fue el día de pago.
–Tiene que haberse cometido algún error –señaló Spock–. Los expedientes del juicio contra el doctor Mordreaux no están disponibles en los archivos públicos. Quizá se encuentre aquí pero se haya perdido ese documento.
–¡Ya recuerdo dónde oí ese nombre! –dijo ella–. Lo arrestaron por asesinato; pero su abogada invocó el derecho a la privacidad y por eso impidieron el acceso de la prensa y retiraron el expediente de circulación. Ella alegaba demencia.
–Entonces está aquí.
–No. Si lo condenaron según ese alegato, no estará aquí sino en el hospital; pero puede buscarlo, si lo desea.
Le hizo un gesto hacia una hilera de pantallas, una por celda, lo que le permitía la visión de toda el ala de la cárcel. Spock no vio a nadie que se pareciera a su antiguo profesor, así que siguió el consejo de la guardia y se encaminó hacia el hospital.

–Sí, se encuentra aquí –fue la respuesta del enfermero de guardia a la pregunta que le formuló Spock–. Pero entrevistarlo le resultará una tarea difícil.
–¿Qué dificultad existe?
–Sufre una grave depresión. Lo han puesto bajo terapia pero aún no saben cuál es exactamente la correcta dosificación. No está muy coherente.
–Desearía hablar con él –insistió Spock.
–Supongo que no habrá problema, pero trate de no perturbarlo. –El enfermero comprobó la identidad de Spock, y luego lo condujo pasillo abajo y abrió una puerta que estaba cerrada con llave–. Yo vigilaré por la pantalla –le aseguró.
–Es innecesario que lo haga.
–Quizá sí, pero es mi trabajo. –Luego dejó entrar a Spock.
La celda hospitalaria tenía el aspecto de una habitación barata de un hotel de media categoría en un mundo marginal. Tenía una cama, sillones, un dispensador de alimentos e incluso una terminal de computadora, aunque el tablero de control de esta última estaba limitado a los comandos más simples para proporcionar entretenimiento e información al usuario. Los carceleros de Mordreaux no corrían el más mínimo riesgo de que él pudiera abrirse paso hasta los programas de la computadora de la ciudad y utilizar sus conocimientos en la materia para ponerse en libertad.
El profesor yacía en la cama, con los brazos tendidos a lo largo del cuerpo y los ojos completamente abiertos. Era un hombre de mediana estatura y aún tenía una constitución enjuta; no había perdido la costumbre de dejarse crecer el cabello en forma de halo aplanado, aunque ahora era de color gris. Sus luminosos ojos marrones ya no brillaban con la emoción del descubrimiento; ahora expresaban angustia y desesperación.
–¿Doctor Mordreaux?
El profesor no respondió; ni siquiera parpadearon sus ojos.
¿Catavinos provocada por la tensión?, se preguntó Spock. ¿Trance meditativo? No, tenían que ser las drogas, por supuesto.
Spock había realizado algunos de sus trabajos superiores de física en Makropyros, una de las mejores universidades de la Federación. El doctor Mordreaux trabajaba allí como profesor de investigación, pero cada año impartía clases a un solo seminario muy reducido y selecto. El año en que había asistido Spock, el doctor Mordreaux aceptó sólo a quince estudiantes a los que había llevado hasta el límite con su exigencia y los retos que les presentaba.
El doctor Mordreaux había alcanzado el pináculo en su carrera en época muy temprana y, lo que significaba más aún, había permanecido en él; sus artículos dejaban frecuentemente pasmados a sus colegas, y se le concedían honores con monótona regularidad.
–Profesor Mordreaux, tengo que hablar con usted.
Durante un largo momento el doctor Mordreaux no respondió pero, finalmente, profirió un sonido ronco y desagradable que a Spock le costó varios minutos identificar como una risa. Recordaba la risa del doctor Mordreaux de muchos años antes: había estado llena de placer y deleite; era casi suficiente para conseguir que un joven vulcaniano intentara comprender el humor y la alegría.
Al igual que tantas otras cosas en él, su risa había cambiado.
–¿Por qué ha venido a Aleph Prime, señor Spock?
El doctor Mordreaux presionó las palmas de las manos sobre la cama y se impulsó hasta quedar sentado. –No pensaba que me reconocería usted, profesor.
–Le recuerdo.
–La nave en la que sirvo fue llamada para que lo llevara a usted a bordo.
Spock se detuvo, porque unas enormes lágrimas comenzaron a descender lentamente por las mejillas del doctor Mordreaux.
–Para llevarme a la prisión –dijo–. Para rehabilitarme.
–¿Qué ocurrió, profesor? Yo encuentro que los cargos que hay contra usted son improbables en el mejor de los casos.
Mordreaux volvió a tenderse en la cama, encogido en posición fetal, y se puso a llorar y reír con aquella extraña risa ronca, ambas cosas a un tiempo.
–Márchese –le pidió–. Márchese y déjeme en paz; ya le he dicho antes que sólo pretendía ayudar a la gente. Lo único que hice fue lo que ellos querían. Por favor, márchese.
–Profesor –explicó Spock–, he venido hasta aquí para intentar ayudarlo. Por favor, coopere conmigo.
–Usted quiere traicionarme, como todos los demás. Usted quiere traicionarme y hacer que yo traicione a mis amigos. ¡No lo haré, se lo aseguro! ¡Márchese!
La puerta se abrió y el enfermero entró apresuradamente.
–El doctor viene hacia aquí –le dijo a Spock–. Tendrá usted que marcharse. Ya le dije que carecía de coherencia. –Sacó a Spock de la habitación a toda prisa.
Spock no protestó porque ya no podía hacer nada más en aquel sitio. Cuando abandonó el hospital, meditaba cuidadosamente sobre lo que había dicho el profesor. Contenía poca información, ¿pero a qué se refería con aquello de traicionar a sus amigos? ¿Podía ser probable que hubiese experimentado con seres racionales y éstos resultaran dañados o incluso murieran? En su propia locura, ¿era posible que el profesor estuviera negando, dentro de su mente, unos hechos que habían tenido realmente lugar? ¿Qué había querido decir con que sólo tenía intención de ayudar a la gente?
Spock no tenía respuestas. No habría más remedio que esperar hasta que el doctor Mordreaux subiera a bordo de la Enterprise; tendría que limitarse a abrigar la esperanza de que el doctor recuperara la razón antes de que fuese demasiado tarde.
El oficial científico sacó su comunicador, pero luego cambió de opinión acerca de regresar inmediatamente a la nave. No había razón lógica alguna para que aquel viaje a Aleph Prime se malgastara del todo. Guardó nuevamente el comunicador y se encaminó hacia otra zona de la estación.
Cuando Jim Kirk se disponía a llamar a la Enterprise, la luz de llamada se encendió de forma tan inesperada que él casi dejó caer el comunicador.
–Muy oportuno –le comentó a Hunter con una sonrisa–. Pero tengo que reconocer que me dejaron tranquilo durante toda la tarde.
Hunter se tensó automáticamente. La Aerfen no la llamaba nunca cuando estaba fuera de la nave, excepto en casos de grave emergencia: prácticamente todos los integrantes de su tripulación eran capaces de tomar el mando cuando ella estaba ausente. Ella se había asegurado de que así fuese, ya que las misiones de la Aerfen la exponían a bajas por sorpresa en cualquier momento. A cierto nivel, Hunter era constantemente consciente de eso y, por extensión, de su propia mortalidad. Por el bien de su nave, no podía permitirse el lujo de ser indispensable. Estaba lo suficientemente segura de su capacidad de mando como para entregarle a su gente más responsabilidad de la que era estrictamente esencial, o incluso estrictamente permitida. La última ocasión en la que la Flota Estelar le había llamado la atención, fue por enseñarle a un nuevo alférez, con talento pero sin las apropiadas credenciales de entrenamiento formal, a pilotar la Aerfen a velocidad de hiperespacio.
El resultado de todo aquello era que el comunicador de Hunter apenas si sonaba alguna vez cuando ella bajaba a algún planeta; al oír la señal del de Jim, dio inconscientemente por supuesto que se trataba de una emergencia. Puede que necesitara ayuda, y sus reflejos se prepararon para la acción.
–Aquí Kirk –dijo él.
Hunter recordó el día en que se habían conocido.
Él era tan atildado y elegante, pensó, y yo... yo prácticamente tenía aún polvo entre los dedos de los pies.
Se habían mirado el uno al otro con igual desdén.
–Capitán –sonó una voz en el comunicador de Jim–. Tengo algunos equipos y piezas para la Enterprise, pero me hace falta su firma antes de transferirlo todo a bordo.
–¿Qué clase de equipos, señor Spock?
–Bioelectrónicos, señor.
–¿Para qué?
–Para incorporarlos a mis aparatos con el fin de realizar unas observaciones especiales del fenómeno de vacío.
–Oh –dijo Kirk–. De acuerdo. ¿Dónde se encuentra?
–En la estación de generación de cristales, sección cero–9 de Aleph Prime.
–¿Me necesita realmente allí en este momento, señor Spock?
–Es bastante importante, capitán.
Jim miró a Hunter e hizo una mueca. Ella se encogió de hombros para expresar su comprensión y volvió a relajarse. No había emergencias a la vista.
–De acuerdo, señor Spock. Nos veremos allí dentro de unos minutos. –Cerró el comunicador–. Lo lamento –le aseguró a Hunter–, pero Spock trabajó tan duramente en esas condenadas observaciones, sólo para que se las estropeáramos en cuestión de segundos, que lo menos que puedo hacer es contentarlo si quiere agregar equipos a los que ya tiene.
–Lo comprendo –le respondió ella–. No hay ningún problema.
–No nos llevará demasiado tiempo...
–Jim, no te preocupes –le pidió ella–. Subiré a la Aerfen para encargarme de un par de cosas, y luego me transferiré directamente a la Enterprise.
–Perfecto –respondió él–. Nos veremos allí dentro de un rato.
Ella le dio las indicaciones necesarias para que pudiera llegar al punto de encuentro con Spock –el armatoste de modelo volumétrico esférico de Aleph no era tan fácil de recorrer como parecía; además, ella conocía un buen atajo–, y lo observó mientras él se alejaba por la hierba.
Hunter sacó el comunicador.
–Hunter a la Aerfen. Por favor, transfiéreme a bordo, Ilya.
Mientras esperaba a que el rayo la recogiera, Hunter retrocedió a otros momentos de aquella tarde. Le alegraba volver a ver a Jim aunque, como siempre, la sorprendía un poco que su amistad resistiera a pesar de las diferencias que había entre ambos, diferencias que habían sido obvias desde el momento de su primer encuentro en el mismo pelotón de primer curso de la Academia. Jim era un alumno brillante que encajaba socialmente con aquella cualidad que le confería su mundo originario cosmopolita; Hunter tuvo problemas incluso antes de llegar; era una hija de colonia que poseía una arrogancia hosca, defensiva y orgullosa, que se hacía llamar por un solo nombre y se negaba a registrar ningún otro.
Al comandante de ellos, un estudiante de los cursos más avanzados (cuyo nombre cambió de Friendly,* que era ridículo, a Frenzy,* que tenía un cierto sentido, después de todo), le molestó la tradición familiar de Hunter en relación a los nombres y, además, la pluma que ella llevaba siempre en el cabello. Por la libertad de religión, ella tenía derecho a eso, pero él le ordenó que se la quitara. Ella se negó, y él la acusó de no llevar el uniforme reglamentario y por demostrar desprecio hacia un oficial superior.

(Friendly,* :Cordial. (N. De la T.)
(Frenzy,** : Frenesí,delirio. (N. De la T.)

Ella había sentido la tentación de declararse culpable de la segunda acusación.
Entre los integrantes del pueblo de Hunter, los abogados no eran una figura habitual, y ella no tenía intención ninguna de implicar a nadie más en sus problemas con la jerarquía militar. Sin embargo, el tribunal militar no sería convocado si no existía un abogado defensor. Para disgusto de Hunter, Jim T. Kirk se presentó voluntario para dicha tarea.
Hunter lo había catalogado definitivamente como al mismo tipo de pedante pagado de sí mismo que era el comandante del pelotón; Kirk reafirmó la opinión que ella tenía de él con la primera palabra que dijo.
–Creo que está cometiendo un grave error –le dijo–. Pienso que, probablemente, Frenzy cancelará el juicio si usted se disculpa ante él.
–¡Disculparme! ¿Por qué?
Él dirigió una mirada a la trenza negra de ella y a la pluma de color escarlata con punta negra que llevaba atada al final de la misma.
–Escúcheme –le advirtió–. Si Frenzy agrega la mentira a los demás cargos, estará usted acabada.
–¿Mentira? –gritó ella.
Se puso en pie de un salto y se inclinó por encima de la mesa, presionando las palmas contra la superficie para evitar que se le convirtieran en puños.
–Nadie –declaró en voz baja–, nadie en todo el mundo ni en toda mi vida, me ha acusado jamás de mentir; y en este preciso momento necesito una buena razón, muy rápida, para no arrojarlo a usted contra la pared.
Él tendió una mano hacia la pluma. Ella se retiró y se echó el cabello hacia atrás para que la trenza quedara al otro lado de su hombro.
–¡No toque eso!
–Ya sé que usted no cree que yo esté de su lado –le dijo él–, pero lo estoy. De verdad que lo estoy. Anoche llevé a cabo algunas lecturas y sé qué significa la pluma. Es lo último de una serie de pruebas que sólo muy poca gente ha conseguido completar. No quiero decir que usted no lo haya hecho... pero esa pluma no es auténtica. Por importante que resulte, sería mejor que accediera a quitársela hasta que consiga una de verdad, porque si el tribunal se entera de que ha hecho usted todo este aspaviento por algo que no tiene ningún significado intrínseco, no dudarán en condenarla.
Hunter frunció el entrecejo.
–¿De dónde demonios ha sacado la idea de que no es auténtica?
Sacó un texto de su maletín, lo deslizó al interior de un lector, y seleccionó una página desde el teclado.
–De eso –dijo, señalando la imagen de un águila fénix que planeaba en el viento, tan hermosa que Hunter tuvo que luchar contra una ola de añoranza. Jim Kirk tocó la punta blanca de una de las plumas de las alas–. Y de eso. –Luego seleccionó la foto de una mujer joven que apareció en la pantalla. Hunter parpadeó con sorpresa. Era su tía abuela, perfectamente reconocible. A esa edad había sido casi tan elegante y digna como cuando ya tenía más de ochenta, edad a la que la había conocido Hunter. Kirk tocó la pluma de la fotografía: era larga como una mano, y tenía la punta blanca.
–¿Comprende a qué me refiero? –le dijo haciendo un gesto con la cabeza hacia la pluma que llevaba ella, la cual, aunque era roja, tenía la punta negra y apenas el largo del dedo pulgar de la muchacha, además de una forma diferente.
–O usted tiene un libro malo, o se le escaparon algunos detalles de la lectura –le replicó ella–. Cuando uno lleva una de esas plumas, el significado no es otro que el de que las águilas le han aceptado a uno como a un ser adulto racional.
Tecleó los controles e hizo aparecer en pantalla la primera imagen, tras lo cual pasó un dedo por el pecho del águila, que parecía de un rojo más oscuro por tener las plumas acabadas en una punta negra.
–Lo que yo llevo es una pluma del pecho. Significa... es muy complicado explicar todo lo que significa. Las águilas me han aceptado como amiga.
Kirk la miró.
–¿Esa pluma se la dio una de las águilas? –Parecía bastante asombrado.
Hunter frunció nuevamente el entrecejo.
–Así es... por todos los dioses, ¿qué pensaba que era? ¿Un trofeo? –Sentía repulsión ante la idea de hacerle daño a uno de aquellos seres magníficos, nobles, feroces y completamente alienígenas–. Son tan inteligentes como nosotros, si no más.
Kirk se sentó lentamente.
–Creo que ahora comprendo –le dijo–. Le ruego que me disculpe. Saqué conclusiones precipitadas y me he equivocado. ¿Aceptará mis disculpas?
Hunter asintió bruscamente con la cabeza, pero el desagrado que sentía por él comenzaba a ceder, porque también ella había sacado conclusiones precipitadas, y también se había equivocado.
Al día siguiente, ante el tribunal militar reunido para juzgar a Hunter, el comandante del pelotón destruyó su credibilidad ante los superiores de forma lenta pero segura e irrevocable. La libertad religiosa era un tema delicado en la Flota Estelar. Estaban sometidos a ella sobre unas bases teóricas pero, en la práctica, resultaba un tema de difícil regulación. Aparte del disparatado número de creencias que existían en la galaxia, los rituales iban desde los virtualmente inexistentes hasta los más extraños y grotescos. Por todo ello, cuando un estudiante soberbio no graduado, que ejercía por primera vez un cargo de mando menor, demostraba ser culpable de atosigar a un panteísta cuyo único rompimiento de las ordenanzas consistía en llevar una pluma en el pelo, el mando manifestaba poca o ninguna simpatía hacia él.
Aunque a menudo hubiera conseguido zafarse con esa excusa, Hunter nunca reclamó la exención religiosa para el resto de sus acciones disidentes. Lograba actuar como creía que debía hacerlo y como lo deseaba, mediante una combinación de movimientos rápidos, la absoluta indiferencia hacia los deméritos, y la solidez, pureza e irrefutable excelencia de sus actuaciones.
Dejó a un lado los recuerdos al materializarse en la plataforma transportadora de su propia nave. El primer oficial artillero la saludó con un movimiento de cabeza y se apartó los largos cabellos de la frente.
–Hola, Ilya –saludó Hunter–. ¿Todo en calma?
–No tengo queja ninguna –respondió él, con su voz brusca, controlada; pero luego, cuando pasaron por el puesto de observación de popa, agregó–: excepto una.
–¿Cuál?
–Hunter, me gustaría que esa condenada nave monstruosa se retirara de nuestra cola. Me pone muy nervioso.
Hunter miró por el puesto de observación a la Enterprise, que orbitaba la estación detrás de ellos y un poco más arriba. Se echó a reír.
–Ilya Nicolaievich, ellos están de nuestro lado.

2

A Sulu no le resultaba realmente imposible imaginarse como comandante de la Enterprise, y no de un mero oficial de alto rango que comandara por casualidad una tripulación de veinte personas. Mandala Flynn fue transferida a la estación con los últimos cuatro oficiales de seguridad, para cumplir la promesa de invitarlos a cenar. Sulu abrigaba la esperanza de poder reunirse más tarde con ella.
En el puente en penumbra, se deslizó en el asiento del capitán y miró por la pantalla exterior. La nave estaba orientada de manera que, con respecto al campo gravitatorio de la nave, Aleph Prime quedaba por encima de sus cabezas; era como un gigantesco árbol de Navidad adornado que pasaba rápidamente, para los ojos de Sulu, a causa del movimiento orbital de la nave; y más allá, enmarcado por el espacio y las estrellas multicolores, la Aerfen permanecía suspendida. Aerfen, Minerva, la Atenea de los ojos grises, la diosa defensora de la batalla.
–«De la misma forma, Palas Atenea bajó destellando en dirección a la tierra» –citó Sulu en voz alta.
–Hunter a Enterprise. Pido autorización para subir a bordo.
Sulu se sobresaltó, sintió que la sangre le afluía al rostro, pero recordó que era imposible que ella le hubiese oído citar a Homero en voz alta en el puente de una nave estelar; nadie podría haberlo oído, porque estaba completamente solo.
–Aquí Enterprise, Sulu al habla, autorización concedida, por supuesto, capitana.
Sulu buscó apresuradamente a alguien que lo sustituyera, y corrió a la sala de transporte.
Hunter se materializó en la plataforma. Instintivamente, Sulu supo que ella desdeñaría las efusiones. Cuando descendió, él estrechó la mano que ella le tendía y pronunció su nombre como respuesta a la presentación de ella; pero también le hizo una reverencia, apenas perceptible, que quizá constituyera una violación del protocolo de la Flota Estelar, pero una muestra de respeto según su tradición familiar. Ella no era en absoluto como él había esperado; mentalmente se había formado la idea de una semidiosa o gigante abrumadora, y sintió alivio porque el aspecto físico de la mujer no fuese como él lo había imaginado. Tenía una mano dura y firme, con algunos callos en la palma, y una cicatriz larga y abultada que le recorría el reverso y desaparecía debajo del puño de la camisa, a la altura de la muñeca. El chaleco plateado le hacía brillar los hombros como si llevara una armadura.
–Señor Sulu –dijo ella–, me alegro de conocerlo. Jim me habló de usted con muchísima consideración.
A Sulu no se le ocurrió nada que replicar a aquello; estaba demasiado sorprendido y halagado.
–Gracias –respondió finalmente con voz débil–. El capitán Kirk no ha regresado todavía de Aleph Prime, capitana Hunter. ¿Quiere que la acompañe hasta la sala de oficiales?
–Eso no estaría mal, señor Sulu.
Ambos entraron en el ascensor, descendieron y bajaron por un largo corredor. La Enterprise parecía desierta, encantada, con un aspecto completamente surrealista; toda la tripulación se había marchado de permiso y las luces estaban bajas.
–En este preciso momento no está con sus mejores galas –se disculpó Sulu.
–No importa –le replicó Hunter–. Una nave como esta no necesita estar demasiado engalanada.
Hablaron de la Aerfen y de la Enterprise hasta que llegaron a la sala de oficiales. Sulu le ofreció un refresco o un vaso de vino, cosas que ella declinó; acabaron ambos tomando café, sentados junto a una portilla de observación que les proporcionaba una vista del espacio profundo, mientras continuaban hablando de naves.
–Es una fea raya la que tiene la Aerfen en el flanco –comentó Sulu–. Espero que no hayan corrido demasiado peligro.
Hunter desvió la mirada.
–La nave, no –dijo–, pero perdí a dos buenos tripulantes en la lucha.
–Capitana... lo siento, no sabía que...
–¿Cómo iba a saberlo, señor Sulu? Nadie se presenta voluntario para estos destinos en particular, sin ser consciente de los riesgos.
De pronto, pareció muy humana y cansada, y la admiración que Sulu le profesaba aumentó. Con el fin de llenar el silencio, y porque no sabía qué decir, se levantó y volvió a llenar las tazas.
–¿De dónde es usted, señor Sulu? –preguntó ella cuando él regresó. Sólo una ligera tensión de la voz la traicionaba–. Me da la impresión de que tendría que ser capaz de identificar su acento, pero es tan débil que no lo consigo.
–No se trata tanto de que sea débil, sino que es una mezcla absoluta. Viví en muchísimos sitios diferentes cuando era niño, pero donde más tiempo pasé fue en Shinpai. –Utilizó el nombre coloquial sin pensarlo siquiera.
–¡Shinpai! –exclamó sorprendida Hunter–. ¿Ganjitsu? He estado allí.
–Sí, señora –respondió Sulu–. Ya lo sé. Lo recuerdo. Ninguno de sus habitantes lo olvidará durante mucho tiempo. –Entonces le tocó a él el turno de desviar la mirada; no había tenido intención ninguna de contarle nada de sí mismo ni de hablarle de la deuda que él y muchas otras personas tenían con ella, y ahora se daba cuenta de por qué.
Me temo que me dirá que aquello no fue nada, pensó. Me temo que se encogerá de hombros y se reirá de mí.
–Gracias, señor Sulu.
Él volvió lentamente los ojos hacia ella. Las sombras que le cruzaban el rostro oscurecían sus ojos grises.
–En esta carrera, como usted ya sabrá, uno a veces llega a sentir que todo lo que uno hace, los conflictos, los amigos que pierde... que todo eso es para la gloria de un conjunto de normas y reglas sin rostro y sin sentido; y eso no es lo que importa. Eso importa un comino. La importancia surge cuando uno sabe que todo el trabajo le ha servido a alguien para algo.
–Ya lo creo que sirvió –le aseguró Sulu–. No piense jamás que no sirvió para nada.
Jim Kirk tuvo que soltar primero las incómodas cajas de cristales bioeléctricos antes de poder sacar el comunicador.
–¿No podría al menos haber enviado estas cajas, señor Spock? –preguntó.
–Por supuesto, capitán, pero pensé que no desearía usted permanecer en Aleph Prime durante varios días más.
Kirk masculló algo inarticulado y abrió el comunicador con un golpe de muñeca.
–Kirk a la Enterprise.
–Aquí la Enterprise. Sulu al habla, capitán.
–El señor Spock y yo estamos preparados para ser transferidos a bordo, señor Sulu.
Pocos minutos después, Kirk, Spock y las surtidas cajas de material se materializaron en la plataforma. Kirk descendió para saludar a Hunter, que había acompañado a Sulu hasta la sala de transporte.
–Veo que ya has conocido al señor Sulu –señaló Kirk–. Éste es el señor Spock, mi primer oficial.
–Señor Spock –dijo ella, haciendo un gesto con la cabeza–. Es agradable conocerlo después de haber oído hablar de usted durante tantos años.
–Me siento honrado –respondió Spock.
Kirk advirtió que Sulu avanzaba lentamente, y creyó que también de mala gana, en dirección a la puerta.
–Señor Sulu –lo llamó, dejándose llevar por un impulso–. ¿Ha cenado usted ya?
–¿Cenado? –preguntó Sulu, sorprendido ante aquella pregunta insólita–. Capitán, me temo que mi cuerpo perdió la noción del tiempo alrededor del momento en que comenzó la sexta semana de órbita en torno al fenómeno de vacío, y no sabría qué nombre darle a la última comida que he tomado.
Kirk rió entre dientes.
–Ya sé cómo se siente. Voy a llevar a la capitana Hunter a recorrer la nave, y después ella, el señor Spock y yo vamos a cenar en la cubierta de observación. Hunter, quiero que conozcas a mis oficiales. ¿Le importaría, señor Sulu, ver quién más está a bordo y reunirse con nosotros para cenar?
–Me encantaría –respondió Sulu–. Gracias, capitán.
Cuando Kirk, Hunter y Spock recogieron los nuevos equipos y se marcharon de la sala de transporte, Sulu corrió a los controles y abrió un canal de comunicación con Aleph Prime.
–Sulu a Flynn, adelante, comandante.
La pausa se hizo tan larga que él comenzó a preocuparse; estaba a punto de repetir la llamada cuando se oyó la voz de Mandala.
–Aquí Flynn.
–Mandala...
–Hikaru, ¿hay alguien más contigo? –le preguntó, antes de que él pudiera hablarle de la invitación. –No, estoy solo.
–Perfecto. Transfiérenos a bordo; tengo a dos de los míos aquí.
Él percibió la urgencia de la voz de ella, así que los buscó rápidamente y accionó el rayo.
Observó con asombro mientras se materializaban en la plataforma tres figuras despeinadas. Mandala estaba acompañada por dos de los miembros más asombrosos de las fuerzas de seguridad de la Enterprise. Snnanagfashtalli se parecía más a un leopardo bípedo con un manto de color marrón, escarlata y crema. Todos la llamaban Gruñido, pero nunca delante de ella. Apareció agachada, apoyada en las cuatro extremidades, con los colmillos escarlata desnudos, y sus ojos marrones estaban dilatados y reflejaban la luz como rayos de exploración. Tenía las orejas echadas hacia atrás y pegadas al cráneo, y el pelo erizado desde el cuello hasta el extremo de su larga cola manchada, que presentaba el aspecto de un cepillo.
–¡Tenemos que regresar! –gruñó–. ¡Tenía los ojos puestos en una garganta tierna!
Mandala Flynn se echó a reír. Tenía los cabellos sueltos y convertidos en una melena revuelta. El pelo rojo, los brillantes ojos verdes y la piel ligeramente bronceada le conferían el aspecto de un animal tan ágil, salvaje y feroz como Gruñido.
–Esa garganta tierna tuvo los malos modales de llamar al personal de seguridad de Aleph, y ése es el motivo por el que nos marchamos de allí.
Mandala parecía más feliz de lo que Sulu la había visto jamás desde que llegó a bordo de la Enterprise.
El tercer miembro del grupo, Jenniver Aristides, permanecía mirando hacia el piso con los hombros caídos. Medía dos metros y medio, tenía huesos grandes y densos, y parecía tener más capas de músculos de las que poseían los seres humanos, cosa que era bastante probable. Era humana, pero había sido creada por ingeniería genética para vivir en planetas de alta gravedad.
Mandala se le acercó, y Gruñido se frotó contra ella por el otro lado.
–Vamos, Jenniver –le dijo Mandala con dulzura.
Levantó el brazo para coger la mano de la gigantesca mujer y la hizo bajar de la plataforma. Jenniver levantó los ojos, y sus ojos plateados enmarcados por su piel gris acero brillaron con lágrimas contenidas.
–Yo no quería pelear –aseguró Jenniver.
–Ya lo sé. No fue culpa tuya. Se hubieran merecido que les aplastaras la cabeza o que Snnanagfashtalli hubiera desgarrado uno o dos rostros.
–No debo enfadarme porque alguien diga que soy fea.
–Pues yo, sí –dijo Gruñido.
–Pero yo río quiero que te metas en problemas.
–Estoy familiarizada con los problemas. –La voz de Gruñido era un ronroneo.
–No tendrá problemas, ¿verdad? ¿Y usted tampoco, comandante? ¿Se enfadará el capitán? Fue culpa mía.
–¡Basta, Jenniver! No te preocupes. Yo estaba allí y vi lo que ocurrió. Vete a dormir un poco y no te preocupes. Especialmente no te preocupes con respecto a Kirk.
Gruñido cogió a Jenniver de la mano.
–Vamos, amiga mía.
Ambas se marcharon de la sala de transporte.
–¿Qué ha ocurrido? –preguntó Hikaru.
–Unos malos bichos pensaron que sería muy divertido humillar a Jenniver, Gruñido se sintió ofendida por lo que dijeron, y en ese momento llegué yo –explicó Mandala–.Gracias por transferirnos a bordo.
–Os metisteis en una pelea.
–Hikaru –respondió Mandala riendo–, ¿tengo aspecto de haber dado un paseo tranquilo?
–¿Estás herida?
–No, y tampoco no les hicimos mucho daño a nuestros contrarios. Para eso hace falta mucha destreza, te lo aseguro.
Él miró en la dirección por la que se habían marchado las dos oficiales de seguridad.
–No me gustaría estar en su pellejo cuando el capitán Kirk se entere de lo ocurrido. Va a ponerse como una fiera.
Mandala le dirigió una mirada penetrante, entrecerrando sus violentos ojos verdes.
–Si Kirk tiene algún problema con respecto a la forma en que yo actué, puede arreglarlo conmigo. –La furia estaba tan cerca de la superficie que Hikaru apenas podía reconocer a su amiga–. Pero si hay algún castigo que aplicar entre la gente de seguridad, ésa es mi tarea.
Su ira se desvaneció abruptamente y ella volvió a reír. Se recogió el cabello con las manos a la altura de la nuca y volvió a dejarlo suelto. Hikaru cerró los ojos durante un momento, a punto de llamarse estúpido por rechazarla, independientemente de cuán corto fuese el período de tiempo del que pudieran disponer.
–¡Oh, dioses! –exclamó Mandala–. Realmente, necesitaba esto. –Miró en la dirección por la que se habían marchado Gruñido y Jenniver, con expresión meditabunda–. ¿Sabes?, a pesar del aspecto que tiene, Jenniver posee un temperamento muy dulce. Incluso pienso que es un poco tímida. Me pregunto si es feliz en el equipo de seguridad.
–¿Estás segura de que te encuentras bien?
–Sí. Por cierto, ¿por qué me has llamado? ¿Has quedado finalmente libre? ¿Quieres que regresemos a Aleph?
–¿Has cenado ya?
–No, me llevé a mi gente a cenar, pero yo te estaba esperando a ti.
–Perfecto –dijo él–. Tenemos una oferta aún mejor.

Kirk hubiera preferido darle a Hunter la bienvenida a bordo de la Enterprise con una recepción de la oficialidad en pleno; su propio sentido de la justicia luchaba con su deseo de enseñar su nave y su gente con las mejores galas. La justicia ganó finalmente; no hizo regresar a bordo a ninguno de los otros oficiales que se hallaban en Aleph, pero cuando hizo entrar a Hunter en la cubierta de observación vacía, con las luces bajas para que todo el campo de estrellas brillara en la totalidad de los ciento ochenta grados de la cúpula, no pudo mantener su decepción. Él y su vieja amiga permanecieron juntos, mirando la profundidad de las estrellas, sin hablar, sin necesidad de hacerlo; sin embargo, Jim pensaba en todo lo que quería decirle a Hunter, en todo lo que debería decirle. Casi se volvió hacia ella y pronunció su nombre, el nombre de sueño que sólo él y la familia de ella conocían, el nombre por el que no la había llamado desde la última ocasión en que hicieron el amor.
La puerta se deslizó para abrirse; Jim respiró larga y profundamente, y dejó escapar el aire con lentitud mientras sentía una mezcla de pesar y alivio, mientras Spock entraba en la cubierta de observación seguido de Sulu y la teniente comandante Flynn. El momento mágico desapareció.
–¡Mandala! –exclamó Hunter–. ¡No sabía que estuvieses en la Enterprise!
–Hola, Hunter. Estar aquí es también un poco sorprendente para mí.
–Dice que quiere mi puesto –dijo Jim, sin pensarlo.
A Flynn le subieron los colores a la cara, pero Hunter se echó a reír con deleite.
–En ese caso, tendrás que recomendarla para un puesto mejor, si es que quieres conservar esta nave para ti.
Aquélla fue la primera vez en que Jim comprendió lo que le había dicho Mandala cuando él la interrogó acerca de los planes que tenía para su carrera, en la recepción que le dispensó cuando llegó a bordo. Ella lo había mirado realmente a los ojos y le había dicho: «Yo quiero su puesto». Lo que le estaba diciendo era que esperaba que se la tomase muy en serio, independientemente de sus dudas acerca de que ella tuviera la experiencia y la educación adecuadas para desempeñar la tarea que le había encomendado; pero él la había interpretado de forma completamente equivocada.
Flynn le sonrió a Hunter.
Ésta es la primera vez que la veo sonreír, pensó Jim. Una sonrisa auténtica, no una mueca irónica. Creo que será mejor que vuelva a evaluar a esta oficial.
Hunter y Mandala se abrazaron con la cómoda familiaridad de las tradiciones menos formales de las patrullas de frontera.
–Ya veo que no tengo que hacer más presentaciones –comentó Jim–. ¿Cuándo servisteis juntas?
La sonrisa de Flynn se desvaneció y a su rostro regresó el habitual aire de vigilancia. Jim se preguntó con inquietud si la impulsiva excusa que le había dado a Ian Braithewaite, que al equipo de seguridad le llevaría veinticuatro horas prepararse para recibir al prisionero, no habría llegado a los oídos de su nueva oficial de seguridad. Sabía que era imposible que la información hubiera salido de Spock, pero podría haberle llegado por otros circuitos, a través del mismo Braithewaite.
Déme otra oportunidad, señorita Flynn, pensó Kirk. Yo no sabía si usted podría funcionar aquí. Ha necesitado una corriente interna de ferocidad para llegar tan lejos como lo ha hecho, y no sabía si podría mantenerla bajo control. Todavía no lo sé, pero es usted una oficial muy capaz, el equipo de seguridad está adquiriendo forma por primera vez en todo un año, y la última cosa de la galaxia que querría hacer sería contrariarla.
–Mi escuadrón y la flota de Mandala volaron unidos durante algún tiempo –le explicó Hunter–. Cerca de la frontera de Orión.
–Aquello se puso muy difícil, según todos los informes –comentó Jim.
A partir de allí, la conversación se centró en los viejos tiempos y los recuerdos, e incluso Spock se soltó lo suficiente como para relatar una extraña historia de los primeros tiempos de su carrera en la Flota Estelar. Para sorpresa y alivio de Kirk, Mandala Flynn comenzó también a relajar su rígida reserva. Sólo Sulu se mantuvo al margen de la conversación, pero no parecía sentir que lo dejaban a un lado. Al contrario, parecía más que contento sólo con escuchar. Jim Kirk sonrió para sí. Había pasado por unos pocos minutos de arrepentimiento, un arrepentimiento completamente egoísta, después de la impulsiva invitación que les había hecho a los demás para que se reunieran con él y con Hunter, pero ahora se alegraba de haberlo hecho.

Más tarde, aquella misma noche, Sulu se encontraba sentado en la oscuridad de su camarote, mordiéndose distraídamente la uña de un dedo pulgar. Le gustaba la Enterprise.
Sus amigos se hallaban allí; sus compañeros de tripulación lo respetaban y sus superiores apreciaban ocasionalmente su trabajo; admiraba al capitán, y si decidía quedarse podría admitir ante sí mismo que estaba desesperadamente enamorado de Mandala Flynn.
Sin embargo, pensó, sin embargo... ¿qué pasaría con todas las ambiciones que tenía hasta entonces? Nada de todo lo que he estado pensando durante los últimos seis meses ha cambiado. Mi historial no es hasta ahora lo suficientemente bueno como para darme la oportunidad de obtener una capitanía. Tendré que correr más riesgos que los que he corrido hasta ahora en toda mi vida.
¿Y qué hay de Mandala?
Sabía que si renunciaba a sus ambiciones por ella, Mandala no lo comprendería y comenzaría a despreciarlo. Si continuaban siendo amigos, o se convertían en amantes, no podría ser sobre unas bases de culpa o abnegación por parte de ninguno de los dos.
Si continuaba adelante con sus proyectos, sin duda correría riesgos. Aparte de los extremos peligros físicos a los que estaría expuesto presentándose como voluntario, si pedía que lo trasladaran a un escuadrón de combate –la Aerfen sería su ideal–, y aunque el capitán Kirk no se interpondría en su camino, cosa de la cual estaba casi completamente seguro, no tenía razón alguna para creer que Hunter aceptaría su petición. Y si ella no lo aceptaba, si finalmente ningún comandante de escuadrón lo hacía y él se quedaba en la Enterprise, las cosas ya no volverían a ser iguales para él en aquella nave.

Jim y Hunter se encaminaron juntos hasta la sala de transporte.
–He disfrutado mucho de este día, Jim –le aseguró ella–. Ha sido bueno volver a verte.
–Lamento que tengamos que marcharnos tan pronto –le dijo Kirk–, pero no existe ninguna razón por la que no podamos detenernos en Aleph al regresar.
–Yo ya me habré marchado para entonces –le explicó ella–. La frontera es inestable y mi escuadrón está escaso de fuerzas. No puedo permitirme mantener a la nave capitana alejada de las líneas durante más tiempo del estrictamente necesario. Al igual que es probable que tenga que marcharme con la Aerfen sin el personal necesario. –Meneó la cabeza, mirando al piso–. No sé cómo voy a reemplazar a esas dos personas, Jim –dijo.
No había nada que él pudiera decirle. Sabía lo que se sentía al perder miembros de la tripulación, amigos, y no había nada que nadie pudiera decir.
Llegaron a la sala de transporte y Jim entró las coordenadas de la nave de Hunter.
–Bueno.
El único momento embarazoso llegó entonces, cuando no sentían deseos de despedirse. Se abrazaron estrechamente. Jim se había guardado durante demasiado tiempo lo que quería decirle. Temía que fuese ya demasiado tarde para expresarlo, no por el tiempo pasado ese día, sino por los años transcurridos. Enterró la cara en la curva que quedaba entre el cuello y el hombro de ella; el aroma de su cabello le trajo recuerdos tan poderosos que tenía miedo de levantar la vista, miedo de intentar hablar.
–Jim –le pidió Hunter–, no lo hagas. Por favor, no lo hagas.
Ella se apartó de Jim. –Hunter...
–Adiós, Jim.
Hunter subió a la plataforma.
–Adiós –susurró él.
Ella asintió con la cabeza para indicarle que estaba preparada. Él tocó los controles y ella desapareció entre chisporroteos.

A Jim Kirk le llevó algún tiempo recuperar la compostura. Cuando lo consiguió, se encaminó directamente hacia su camarote, con la esperanza de no encontrarse con nadie por el camino. Se sentía agotado tanto física como emocionalmente. Por primera vez se sentía resignado con respecto a la misión de transporte de la Enterprise; casi agradecido por ello.
Hunter tenía razón, pensó. Aquél sería un vuelo rutinario, y quizá sea eso lo que necesitamos todos en este preciso momento.
Entró en su camarote, oscuro y silencioso. Era el único lugar de la nave en el que podía comenzar a relajarse, y no había estado ni cerca de él desde hacía casi veinticuatro horas. El agotamiento comenzaba a apoderarse de él. Se quitó la parte superior del uniforme y la arrojó descuidadamente dentro del reciclador.
La luz de comunicación de su terminal brillaba con un resplandor verde. Maldijo por lo bajo. Un mensaje de código verde no era nunca urgente, pero sabía que no sería capaz de dormirse hasta saber de qué se trataba. Pulsó la tecla de entrada.
La voz grabada del señor Sulu pedía una reunión formal.
Eso resultaba extraño. La última reunión formal que Kirk había mantenido con un miembro de su tripulación había tenido lugar hacía tanto tiempo que ni siquiera podía recordar cuándo se había producido. Nunca había celebrado una con Sulu. Se enorgullecía de ser tan accesible que las reuniones formales resultaban innecesarias.
Llevado por la curiosidad, respondió a la llamada de Sulu: si el oficial timonel estaba durmiendo, no atentaría contra su deseo de privacidad; sin embargo, Sulu apareció en la pantalla de inmediato, cosa que no sorprendió del todo al capitán; estaba completamente despierto, aunque parecía cansado y tenso. Ahora que lo pensaba, Kirk se dio cuenta de que Sulu no había tenido oportunidad de aprovechar los permisos para bajar a Aleph Prime. Por una u otra circunstancia, había estado más o menos de guardia desde la llegada a la estación, además de hacer un turno extra para sacar la Enterprise de la órbita en torno al fenómeno de vacío.
Le exijo demasiado, pensó Kirk. Su competencia es tan poco ostentosa, están tan disfrazada por su sentido del humor, que no reconozco realmente lo duramente que trabaja ni la estupenda labor que realiza. ¡Oh, Dios...! Me pregunto si no tendría otros planes para esta noche pero interpretó mi invitación como una orden.
–Sí, señor Sulu –dijo Kirk–. He recibido su mensaje. ¿Va todo bien? Pienso que quizá le debo una disculpa.
La expresión de Sulu cambió al asombro total.
–¿Una disculpa, capitán? ¿Por qué motivo?
–Esta noche no pretendía darle una orden. Tengo la sensación de que pensaba hacer otras cosas, y yo arruiné sus planes.
–¡No, señor! –se apresuró a decir Sulu–. Yo tenía el temor de que nos hubiéramos comportado todos de manera egoísta, si usted y la capitana Hunter preferían una mayor privacidad...
–En absoluto. Bueno, me alegro de haber aclarado ese punto. Le veré por la mañana.
–Capitán...
–¿Sí, señor Sulu?
–No era de eso de lo que quería hablar con usted.
Kirk comenzó a preguntar si lo que fuese no podía esperar hasta que ambos hubiesen dormido un poco, pero algo que percibió en los gestos de Sulu lo detuvo.
Además, pensó Kirk, ¿no es esta una oportunidad perfecta para hacerle saber cuán valioso es para la nave? ¿Y para mí? Bien merece eso un poco de tiempo; y él no tiene aspecto de poder dormir pacíficamente; algo lo preocupa de verdad.
–¿Por qué no viene hasta mi camarote, señor Sulu? Podríamos hablar con una copa de brandy en la mano. –Gracias, capitán.

Entonces le tocó el turno a Kirk de manifestar el más absoluto asombro.
–¿Un traslado? –preguntó–. ¿Por qué? ¿Adónde? ¿Qué es lo que ha ocurrido para que se sienta usted a disgusto en la Enterprise?
–¡Estoy muy a gusto aquí, capitán! –Sulu rodeó la copa de brandy con ambas manos. Por encima de todo, quería hacerle comprender a Kirk por qué debía dar aquel paso. El aroma del brandy, casi tan embriagador como el licor mismo, se enroscó en torno a su rostro–. Capitán, tengo un historial muy poco excepcional.
–¡Su historial es ejemplar, señor Sulu!
Sulu volvió a comenzar.
–Servir en la Enterprise es algo que brillaría en el historial de cualquiera. Es lo único que destaca en el mío... y creo que es algo que obtuve por pura suerte.
–¿Ah, sí? ––preguntó Kirk–. ¿Cree usted que yo escojo a los miembros de mi tripulación por azar?
Sulu se ruborizó al darse cuenta de la carencia de diplomacia de esa observación suya.
–No, señor, por supuesto que no; pero no comprendo por qué me escogió a mí. Mis notas académicas estaban muy por debajo de la media... –Se interrumpió, porque la decepción que se había causado a sí mismo por su trabajo en la Academia de la Flota Estelar era un dolor que nunca desaparecía.
–Yo no fijé mi atención en las notas que había acumulado –le respondió Kirk–. Desplazarse de un lado a otro como hizo su familia, tenía obligatoriamente que hacer que usted estuviese mucho peor preparado que la mayoría de los cadetes. Por ese motivo, cada vez que usted se enfrentaba con una asignatura nueva, comenzaba muy cerca del final de la clase.
Sulu no levantó los ojos; se sentía incómodo porque así había ocurrido.
–Pero luego –continuó Kirk–, mejoraba cada vez más hasta que llegaba a dominar completamente la asignatura. Ésa es la idea que tengo de un buen oficial en potencia, señor Sulu.
–Gracias, capitán...
–No he conseguido convencerlo, ¿verdad?
–Yo tengo que vivir con mi historial, señor. Independientemente de lo que usted haya visto detrás del mismo...
–¿Su próximo capitán puede que no lo viese?
Sulu asintió con la cabeza.
–Creo que se está subestimando.
–¡No, señor! Lo lamento, señor, pero creo que por primera vez no lo estoy haciendo. Adoro esta nave, y ése es el problema. Sería tan fácil quedarse... pero si mi nombre apareciera en un par de listas de promoción, sería ascendido de inmediato, y llegado el momento podría obtener un puesto de capitán. Sin embargo, a menos que consiga distinguir de alguna manera, a menos que obtenga toda la experiencia posible en todas las ramas posibles de la Flota Estelar, nunca podré aspirar a nada más que una barcaza de las líneas de suministro, o un tranquilo puesto marginal en cualquier parte.
Kirk vaciló; Sulu se preguntó si el capitán intentaría alentarlo, o trataría de convencerlo de que no comprendía cómo funcionaba la Flota Estelar ni en qué dirección era probable que evolucionara su carrera.
Kirk miró su copa.
–No hay nada de vergonzoso en una capitanía tranquila. Sulu bebió un sorbo de brandy para concederse un poco de tiempo.
–Capitán, abandonar esta vida sin vergüenza es algo importante para mí. Es necesario... pero no suficiente. Observar las actividades diplomáticas ha sido algo educativo de por sí, y no hubiera querido perderme nuestras exploraciones; pero sin algo más, mi carrera acabará en punto muerto dentro de nada.
Observó ansiosamente el rostro de Kirk, intentando leer su expresión. Finalmente, Kirk levantó los ojos y en su voz advirtió una cierta frialdad.
–Nunca pensé que Hunter fuera a robarme la tripulación... ¿es a la Aerfen a la nave que quiere que lo trasladen?
–¡Sí, señor... pero la capitana Hunter no me ha dicho nada de esto! Hace mucho tiempo que pienso en el asunto. Mis preferencias de destino eran inicialmente las de servir en un escuadrón de cómbate, y me destinaron a esta nave porque la petición de la Enterprise estaba por encima de cualquier otra. –No estaba seguro de la conveniencia de admitir semejante cosa ante el capitán Kirk, pero era la verdad–.Discutí esa posibilidad con una persona de a bordo que es amiga mía, pero por lo demás es usted el único con el que he hablado del tema. –Hablar antes con Hunter era algo que carecía de toda ética, y Sulu se sentía herido por que el capitán lo creyera capaz de hacerlo–. Sé que ella ha perdido a dos miembros de su tripulación, pero no me hago ilusiones; sé que tiene que haber una lista de espera de voluntarios que quieren servir en la Aerfen. Ni siquiera sé cuáles son los requisitos que es necesario cumplir, ni si seré la persona adecuada para cumplirlos. No tengo forma de saber cómo reaccionará ella ante mi petición, incluso en el caso de que usted lo aprobase. –Se inclinó hacia delante con expresión seria–. Señor, antes nunca le he mentido, y no voy a comenzar ahora. Puede preguntarle a la capitana Hunter si he hablado con ella de este asunto... ella tampoco me parece a mí el tipo de persona que mentiría.
Sulu no podía saber, a través de la expresión lejana e introspectiva del capitán, cómo iba a reaccionar en aquel momento. Quizá sólo estaba intentando mantener el enojo bajo control.
–Señor Sulu –le dijo–, ¿qué ocurriría si ella no aceptara su candidatura o si la Flota Estelar ya hubiese designado a dos nuevas personas?
–Capitán Kirk... esto es algo que tengo que intentar, tanto si se trata del escuadrón de la capitana Hunter como de cualquier otro.
Por primera vez desde que Sulu había entrado en el camarote, Kirk sonrió. Sulu nunca se había sentido tan agradecido en toda su vida por ver esa expresión en el rostro de nadie.
–Tampoco sé yo cómo responderá Hunter a su petición, señor Sulu –le replicó–; pero si la rechaza pasará mucho tiempo antes de que encuentre a alguien ni la mitad de bueno que usted.

El proceso fue más rápido de lo que Sulu jamás imaginó posible. Se le concedió de inmediato un traslado temporal a la Aerfen. Al principio se preguntó si no lo habrían aceptado por desesperación, dado que la Aerfen estaba escasa de tripulación. Era posible que Hunter no lo quisiera realmente a bordo de su nave, pero Kirk le aseguró, y la capitana Hunter hizo otro tanto a su manera, que se le había aceptado tanto por sus méritos pasados como potenciales, y que el traslado sería permanente en cuanto la orden atravesara los retorcidos caminos de la maquinaria burocrática. Así pues, a la hora seiscientos, apenas cinco horas después de que hubiera mantenido aquella reunión privada con Kirk, se hallaba de pie en medio de su habitación vacía con una bolsa de lona y una caja pequeña llenas con sus pertenencias a los pies, y su sable antiguo en la mano.
Con todo aquello a cuestas, salió del camarote, caminó silenciosamente pasillo abajo y dio unos suaves golpes en la puerta de Mandala. La respuesta fue casi instantánea.
–¡Adelante!
La cerradura se abrió y él entró en el camarote a oscuras.
–¿Qué ocurre?
Mandala ya tenía la camisa de manga larga del uniforme por encima de la cabeza, pues daba por supuesto que se había producido una emergencia en la cual ella resultaba necesaria.
–Tranquila –le dijo Hikaru–. Sólo soy yo.
Ella lo miró desde el cuello de la camisa en la que se hallaba prisionera. Le cubría la parte inferior del rostro como una máscara, y le había soltado mechones de pelo que le caían por la frente.
–Ah, hola –lo saludó–. No parece que hayas venido a buscarme para que te ayude a rechazar una invasión. –Se quitó nuevamente la camisa, la arrojó en una silla en la que descansaban sus pantalones, e hizo un gesto con la mano para aumentar un punto las luces.
Los reflejos dorados de sus cabellos rojos destellaron. Cuando estaba de servicio, nunca llevaba los cabellos así, en una melena ondulada que le enmarcaba el rostro y los hombros, y le caía hasta la cintura. En realidad, Hikaru pensaba que era una de las poquísimas personas de a bordo que jamás la había visto con el pelo suelto.
La sonrisa de Mandala desapareció.
–Pero, por otra parte, tienes aspecto de que algo va mal. ¿De qué se trata, Hikaru? Siéntate.
Él se sentó en el borde de la cama, y ella flexionó las rodillas por debajo de las mantas y las rodeó con los brazos.
–Vamos –dijo ella con dulzura–. Dime qué ocurre.
–Lo he hecho –respondió él–. He pedido el traslado al escuadrón de Hunter.
–¡Ella te ha aceptado! –exclamó Mandala con deleite. Él asintió con la cabeza.
–Deberías estar dando saltos de alegría –le aseguró–.
¡Es perfecto para ti!
–Estoy comenzando a preguntarme si no habré cometido un error. No sé si debería pensarlo mejor.
–Hikaru, la Enterprise es un buen destino, pero no te has equivocado al creer que necesitas una experiencia más amplia.
–No estaba pensando en el aspecto profesional, sino en el personal.
Ella desvió los ojos, luego los volvió hacia él, lo miró directamente a los ojos y le cogió una mano.
–¿Te das cuenta a qué me refería –le señaló–, cuando hablaba de apegarse demasiado a alguien?
–Lo lamento –dijo él–. Ya sé cómo te sientes. No tenía intención de hablar de eso. Sólo he venido a despedirme y a regalarte mi sable, que excede al equipaje permitido.
Mandala aceptó el sable con la dignidad debida al mismo; se trataba de una pieza muy antigua y finamente trabajada.
–Gracias –le respondió.
Inclinó la cabeza, apoyó el rostro sobre las rodillas y él creyó que estaba llorando.
–Mandala, eh, lo siento...
Ella sacudió violentamente la cabeza sin levantar la cara, y lo aferró por una muñeca para interrumpir las disculpas. Cuando levantó el rostro, él vio que reía con tanta fuerza que se le saltaban las lágrimas.
–No –le contradijo Mandala–. Soy yo quien lo lamenta. No me estoy riendo del sable, sólo que, bueno, si fuera lo suficientemente rápida para improvisar te daría... –Miró en torno de sí–. ¡Ah, ya lo tengo!
Se quitó el grueso anillo del dedo del corazón de la mano derecha. Era un círculo de formación natural de una piedra parecida al rubí, con un color tan similar al de los cabellos de Mandala que incluso poseía los mismos reflejos dorados. Ella siempre lo llevaba puesto, salvo en los momentos en los que practicaba judo. Lo deslizó en el dedo meñique de Hikaru.
Mientras luchaba para conseguir que la ascendieran a teniente comandante, una de las cosas que Mandala había estudiado era psicología, incluida la historia de la misma. Mientras sonreía, le habló a Hikaru de las teorías sobre símbolos y sexo que se habían elaborado hacía algunos siglos: espadas y fundas, cerraduras y llaves. Cuando ella acabó, Hikaru rió con ella de las pintorescas ideas de una era pasada.
Se miraron el uno al otro con expresión seria.
–¿Lo que has dicho antes, lo pensabas de verdad...?
–Raramente digo algo que no piense –respondió Mandala–. ¿Has cambiado de opinión?
–Yo... no lo sé.
–No te pondría las cosas más fáciles, pero me gustaría que así fuese.
–Comencé a enamorarme de ti desde el día en que subiste a bordo –le aseguró Hikaru–. Pero me marcho...
Ella le apoyó las manos sobre los hombros.
–Si cambias de parecer, eso tampoco me pondrá las cosas más fáciles a mí. Yo también te amo, Hikaru, tanto como me he resistido a ello, y no sé qué es lo que lamentaremos más, si hacer el amor... o no hacerlo.
Mandala le acarició una mejilla, el borde de la mandíbula, el hueco de la garganta. Él se inclinó hacia ella y la mujer le respondió con un beso dulce mientras le recorría la espalda con las manos.
–No puedes imaginarte con cuánta frecuencia he deseado hacer esto –susurró Mandala.
Le desabotonó la camisa del uniforme y se la quitó por encima de la cabeza, tras lo cual le acarició los lados del torso. Le observó mientras se quitaba las botas y los pantalones, y una vez más admiró el compacto cuerpo de atleta de su amigo. Levantó las mantas para que se tendiera a su lado, y al tenderse él y volverse hacia ella, le acarició un muslo hasta llegar a la cadera, la cintura. Los dedos de Mandala recorrían la piel de Hikaru formando círculos, y lo hizo estremecerse. Él le cubrió el rostro con besos leves y cálidos, la acarició, enredó sus manos en la melena de cabellos rojos y le besó la cicatriz del hombro como si quisiera alejar de ella todo el dolor que representaba. Mandala se inclinó sobre él y dejó que sus cabellos ondulados cayeran sobre los hombros de él. Al principio con cautela, luego de forma juguetona y finalmente arrastrados por el placer, se amaron el uno al otro.

Jim Kirk se hallaba sentado en el salón de oficiales; rodeaba una taza de café con las manos. Estaba deprimido.
La puerta se abrió, deslizándose hacia un lado, y el doctor McCoy entró con paso decidido.
–Buenos días, Jim –dijo alegremente, con su acento sureño más marcado que de costumbre, como le ocurría habitualmente cuando se encontraba bajo los efectos de varias copas o de una resaca.
Kirk no sabía a cuál de las dos cosas se debía, y no estaba de humor para soportar ninguna de las dos.
–¡Vaya noche! –Se sirvió una taza de café y se sentó delante de Kirk–. ¡Vaya noche! ¿También lo fue para usted? Tiene aspecto de sentirse como yo.
–Sí –respondió Kirk, aunque no lo estaba escuchando realmente–. Fue una noche bastante fuerte.
Había pasado la mayor parte de la misma sentado ante el comunicador subespacial, intentando conseguir que el traslado de Sulu fuese efectivo, y ahora comenzaba a creer que había cometido un serio error. Si él no hubiera sido tan eficiente, quizá Sulu hubiese cambiado de opinión.
–Ya lo suponía –le dijo McCoy–. Espero que se haya divertido tanto como yo.
–¿Divertirme tanto como...?
Kirk retrocedió en su memoria para meditar sobre lo que acababa de decirle McCoy, y se dio cuenta de que dado que el doctor acababa de regresar de Aleph en aquel preciso instante, no tenía forma de saber lo que había ocurrido con Sulu. De hecho, Kirk no le había visto ni el pelo a McCoy desde que se había encontrado con él y con su amigo veterinario en el parque de Aleph, el día anterior.
–Bones, ¿de qué está hablando?
–Bueno... admito que me había tomado unas copas cuando tropecé con usted ayer, pero usted no fue demasiado sutil.
Kirk lo miró fijamente.
–Jim, amigo mío, parecía realmente feliz. No sé cuándo lo he visto con mejor aspecto. En fin, verá, si fuera más constante en ciertas cosas, no le haría el más mínimo daño...
Kirk no soportaba los momentos en los que McCoy se ponía con ese humor soldadesco, especialmente a esas horas de la mañana.
–... y, la verdad, es un auténtico placer verlo con una vieja amiga.
Kirk comprendió cuáles eran las conclusiones que había sacado McCoy. Por alguna razón, aquello lo irritó aunque, para ser sincero, McCoy no tenía ninguna razón concreta para pensar otra cosa. Además, ¿por qué tenía que importarle a Kirk lo que pensase McCoy de su amistad con Hunter? Realmente, no era asunto de nadie excepto de ellos dos.
–Se ha hecho una idea equivocada, Bones –le dijo Kirk.
McCoy adoptó el tono de chanza mediante el cual, con demasiada frecuencia, los dos hombres evitaban discutir de nada que fuese realmente importante.
–Bueno, Don Juan T. Kirk, Casanova de las rutas espaciales...
–¡Cállese!
McCoy lo miró con sobresalto y abandonó el tono de broma al darse cuenta de que todo lo que había dicho hasta aquel momento de la mañana estaba tan próximo al perfecto error como podía estarlo lo que inventara un imperfecto ser humano.
–Jim –dijo quedamente con una voz de la que había desaparecido todo rastro de humorística camaradería–. Lo siento. Sabía que usted y ella se habían visto con mucha frecuencia en otra época, y simplemente di por supuesto que... No pretendía hacerle recordar nada doloroso.
Kirk negó con la cabeza.
–No es culpa suya. Ni siquiera es una conclusión injusta, dado mi habitual comportamiento.
–¿Quiere que hablemos de ello? ¿O prefiere que me marche todo lo cabizbajo que merezco, con la boca cerrada?
–Hunter y yo somos amigos. Ella es una de las mejores amistades que tengo. En otra época fuimos amantes, pero ya no. Ella es miembro de una familia de parejas...
–Ah. Bueno, eso lo explica.
–No, no lo hace. Ni siquiera comienza a explicarlo.
–Jim, en este momento estoy comenzando a sentirme confuso.
–Las familias de parejas no se basan habitualmente en relaciones exclusivas. La suya, desde luego no lo es. Creo que actualmente cuenta con nueve personas... nueve adultos, quiero decir. Cuatro o cinco de ellos tienen carreras como la de Hunter, cosa que los mantiene alejados durante la mayor parte del tiempo, pero como el grupo es más grande, los niños gozan de una cierta estabilidad. Conocí a la hija de Hunter hace algunos años...
Al principio no se había llevado demasiado bien con ella; no estaba habituado a tener niños a su alrededor. Al fin se había dado cuenta de que ella se sentía insultada por sus modales protectores, y que lo despreciaba por ello. En cuanto comenzó a tratarla como a un ser humano racional, comenzaron a desarrollar una relación cautelosa.
–¡Su hija! –exclamó McCoy, sorprendido.
Nunca había pensado en Hunter de otra forma que no fuese su encarnación de oficial de la Flota Estelar, y estaba casi tan sorprendido como se hubiera sentido si el mismo Jim Kirk se pusiera a contarle historias de los hijos que tenía en casa.
–No ocurre con demasiada frecuencia que uno conozca a alguien de quien ha estado casi a punto de ser el padre –señaló Kirk.
McCoy bebió un largo trago de su taza y deseó que tuviera algo más fuerte dentro.
–Estuve a punto de unirme al grupo familiar de Hunter, Bones. Después de encontrarme con ellos unas cuantas veces... me invitaron a hacerlo en tres diferentes ocasiones a lo largo de cuatro años. Me sentía cómodo entre ellos. Todos me caían bien. Creo... creo que podría haberlos querido a todos. –Se interrumpió y no continuó hasta al cabo de varios segundos. Cuando lo hizo, su voz era muy queda–. Pensé que no estaba preparado para dar un paso tan importante. Continué rechazando la invitación. Quizá era cierto que no estaba preparado. Tal vez no lo estaría ni siquiera ahora. A lo mejor tomé la decisión correcta; pero a veces todavía pienso que ese rechazo fue el error más grande que he cometido en toda mi vida.
–Nunca es demasiado tarde para corregir un error.
–No estoy de acuerdo con usted en este caso –le aseguró Kirk–, pero de todas formas no volvieron a pedírmelo después de que yo comenzara a preguntarme si no debería haber aceptado.
–Podría pedírselo usted a ellos.
Kirk negó con la cabeza.
–No funciona de esa manera. Sería de tan mala educación, que casi tendrían que decirme que no.
–Pero si la relación de pareja no es exclusiva, y usted y ella continúan siendo amigos...
–Eso es lo que yo pensé durante mucho tiempo. Después de la primera vez en que me lo pidieron, yo creí que nada había cambiado. Hunter y yo estuvimos tan estrechamente unidos durante tanto tiempo... Pero ella estaba creciendo y yo continuaba tratando toda la relación como nada más que un juego. El juego está bien hasta un cierto punto, y es el motivo por el que las relaciones de pareja no son exclusivas; pero en el caso de Hunter y yo... especialmente después de la segunda invitación para que entrara a formar parte de la familia de parejas... fue como si yo estuviera queriendo tomarle el pelo desde el principio, como si yo quisiera llegar hasta ese punto, pero no más lejos como para confiar en ella, y sin embargo esperase que ella confiara plenamente en mí.
Hunter llegó incluso a decirme su nombre de sueño. ¿Sabe qué significa eso?
–No, creo que no.
–Tampoco yo lo sabía entonces. Resulta difícil de explicar, pero es algo más profundo incluso que confiarle a alguien la propia vida.
Kirk hizo una pausa y McCoy esperó a que continuara; no ignoraba lo difícil que le resultaba a Jim hablar de cosas tan personales.
–Entre nosotros hubieron muchos malos entendidos graves –explicó Jim–. Tantos que me sorprendió cuando me invitaron por tercera vez; y cuando rechacé la invitación por tercera vez consecutiva, ella se sorprendió... y se sintió herida. Creo que entonces casi dejó de confiar del todo en mí. Probablemente haya sido algo bueno que la enviaran a ella en una dirección y a mí en otra, y no volviéramos a vernos durante un par de años.
McCoy estaba descubriendo una faceta de su amigo que rara vez percibía, y se dio cuenta de que con demasiada frecuencia permitía que la superficie clara y cordial escondiera sus sentimientos más profundos. Kirk no permitía casi nunca que nadie atisbara siquiera un dolor personal suyo; y había aprendido bastante de Spock en el arte de ocultarlos, a pesar de que le tomaba el pelo al vulcaniano en lo referente a que en el fondo era realmente humano. A decir verdad, Kirk era más profundamente humano debajo de su apariencia de lo que le gustaba reconocer. McCoy deseaba poder decirle algo que lo ayudase en aquel momento.
Kirk respiró profundamente y exhaló el aire rápida y bruscamente.
–Jim –comenzó McCoy, mientras abrigaba la esperanza de no estar forzando excesivamente ni siquiera la amistad que los unía–, ¿no podría decirle a Hunter lo que acaba de decirme a mí... respecto a que piensa que ha cometido un error? Eso no sería lo mismo que pedir la entrada en la familia de parejas, ¿verdad?
–No lo sé. Lo he pensado, pero ya no sé si ella querría oír siquiera hablar de ello. ¿Por qué iba a quererlo? E incluso en el caso de que lo quisiera, la pondría en una situación incómoda. ¿Qué ocurriría si el resto del grupo dice que no? Bones, ¿qué ocurriría si dijeran que sí y yo me acobardara en el último momento? No constituiría otra cosa que un insulto deliberado. Es lo único a lo que no creo que pudiera sobrevivir nuestra amistad. No otra vez.
–Pero usted no cambia habitualmente una opinión una vez que se la ha formado. –Esto es diferente. –¿Por qué?
Kirk se encogió de hombros. –Simplemente, es así.

Hora estelar mil. Sulu depositó su bolsa de lona y la caja de objetos diversos sobre una de las plataformas de transporte, y luego se volvió hacia todos sus amigos. Aparentemente, la noticia de su traslado había corrido de forma casi inmediata, y por primera vez se sintió satisfecho de la red de rumores tremendamente eficaz de la nave. Él no hubiera dispuesto del tiempo necesario para encontrar a todos sus amigos, y mucho menos a sus conocidos; pero allí estaban todos, amontonados en la sala de transporte para desearle buena suerte: los miembros del primer curso de esgrima; Pavel Chekov, Janice Rand y Christine Chapel; la anciana yogui de la Enterprise, Beatrice Smith; el capitán Kirk, el doctor McCoy y Uhura. Incluso Spock estaba presente. Mientras Sulu se despedía de todos ellos, tuvo una repentina sensación de aprensión, el convencimiento de que había algo tremendamente erróneo en lo que estaba ocurriendo a pesar de que él lo había deseado, y que el péndulo volvería dentro de muy poco con una fuerza y una velocidad suficientes como para destruirlo. Se sacudió de encima aquella sensación de ansiedad incomprensible; por otra parte, él nunca había tenido una experiencia profética antes de aquel momento, y sus poderes extrasensoriales no superaban la media humana.
No le estrechó la mano al señor Spock, como lo hizo en el caso del capitán Kirk, y ciertamente no lo abrazó como a Uhura y luego al doctor McCoy. En cambio, Sulu le hizo una solemne reverencia al oficial científico, que levantó la mano con el gesto vulcaniano equivalente.
–Larga y próspera vida, señor Sulu –le dijo.
–Gracias, señor Spock.
Luego Sulu se volvió.
–Mandala...
Ella lo rodeó con los brazos.
–Estábamos en lo cierto, Hikaru –le aseguró con una voz tan baja que nadie más podía oír–, pero ni siquiera eso hace que las cosas sean más fáciles.
–No –respondió él.
Se le nubló la vista; se sentía incómodo porque las lágrimas le llenaban los ojos.
–Cuídate –le pidió ella.
–Tú también.
Se volvió abruptamente y saltó sobre la plataforma del transportador. No podía soportar permanecer en brazos de Mandala en un sitio tan público como aquél. Ambos ya se habían despedido en privado.
Ella levantó una mano para despedirse de él. Sulu le correspondió, y luego miró a Spock, que se hallaba detrás de los controles, y asintió con la cabeza. La vibrante frialdad del rayo lo envolvió, y Sulu desapareció ante los ojos de los demás.
Tras la marcha de Sulu, la sala de transporte fue vaciándose lentamente. La atmósfera era de depresión general, a la que Mandala Flynn era mucho más sensible de lo habitual. Se sacudió mentalmente y se obligó a concentrar la atención en su trabajo. El prisionero llegaría a bordo en cosa de minutos. Se sentía intranquila con respecto a toda aquella misión, y sabía que estaba ocurriendo algo insólito. El capitán y el oficial científico sabían de qué se trataba, pero ninguno de los dos le había hecho confidencias.
«No están para replicar,/Ni para razonar por qué,/Están para hacer y dejarse matar»: Flynn recitó mentalmente aquellos versos con el mismo tono cínico con que los había escrito Tennyson, no con la aprobación disparatada u obediencia ciega que se había incrustado en ellos y se hacía más y más gruesa con el paso de los siglos.
Cuanto más supiera de la misión, mejor podría llevarla a su fin; nunca se había encontrado con una excepción de esa máxima. Pero los altos oficiales de la Enterprise no la conocían lo suficiente como para saber hasta qué punto podían confiar en ella, y se preguntaba si el capitán Kirk se fiaría alguna vez. Hasta el momento no había dado muestras de querer hacerlo.
Sin más explicación, le había dicho lisa y llanamente que no creía que la misión de transporte del prisionero fuese a representar un reto demasiado grande, pero le había pedido que dispusiera una fuerza de seguridad que resultase impresionante; y estaba claro que no había lugar a discusión con el señor Spock en relación con el uso del camarote de honor. Así pues, el inexplicable señor Mordreaux sería llevado bajo estrecha vigilancia desde la plataforma de transporte hasta el camarote... pero después de eso, Flynn no podría confiarse demasiado, ni siquiera manteniendo una vigilancia de veinticuatro horas, ni a pesar de la nueva puerta de seguridad instalada en la habitación y los escudos energéticos que la rodeaban.
¿Quién está organizando un espectáculo para quién?, se preguntó Flynn. ¿Quién está engañando a quién?, y, lo que es aún más importante, ¿por qué?
Kirk la miró.
–Estamos casi a punto de recibir al prisionero, teniente comandante Flynn.
–Sí, señor. El destacamento estará aquí a las 1015, hora estelar, como ordenó usted. –Ya oía los pasos de su gente en el corredor.
Cuando el grupo entró, Mandala no pudo reprimir una sonrisa. Esperaba que no se sintieran ridículos, pero sabían por qué habían sido escogidos; ella había creído que sería mejor informarlos de lo poco que sabía. Cada uno de los cinco miembros del equipo llevaba un rifle fásico, pero dicha arma palidecía ante el aspecto físico de los oficiales de seguridad.
Beranardi al Auriga, el segundo al mando, medía más de dos metros de estatura, y era robusto y compacto como la materia concentrada; tenía piel negra, ojos de fuego, una espesa barba roja y un cabello del color de las llamas que abarcaba todos los tonos del rojo, el naranja y el dorado.
Neon, a pesar de sus escamas iridiscentes y la larga cola dentada como la de un estegosaurio, se parecía más a un tiranosaurius rex de tamaño medio. Los seres humanos a menudo pensaban en ella en los mismos términos que lo harían con un dinosaurio: fuerte y peligrosa pero lenta y estúpida. Sin embargo, era tan rápida como la electricidad, y las facetas de su coeficiente intelectual que la Flota Estelar había podido medir, comenzaban en 200 y subían a partir de allí.
Obviamente, también Snnanagfashtalli y Jenniver Aristides habían sido escogidas para formar parte del equipo. Jenniver era incluso más alta que Barry al Auriga, y parecía una estatua de acero. Al principio, Flynn había pensado que Aristides era la criatura humana más grotescamente fea que jamás había visto, pero al cabo de unas semanas comenzó a tener la sensación de que aquella mujer poseía una belleza extraña, pétrea, escultural.
Snnanagfashtalli era el único miembro realmente violento del grupo. Después de verla en acción el día anterior, Flynn había decidido designarla sólo para misiones en las que estaba segura de que no ocurriría nada, o cuando estuviera segura de que sucedería algo. Gruñido no atacaba sin razón, y atacaba con ferocidad cuando tenía un motivo para hacerlo, pero no servía para situaciones de término medio que requirieran contención y disciplina, porque no poseía ninguna de las dos cosas. En circunstancias extremas tenía más tendencia a utilizar los colmillos que la pistola fásica.
Máximo Alisaunder Arrunja, el último miembro de aquel destacamento, tenía la habilidad de mezclarse con las multitudes. Se trataba de un hombre de mediana edad, cabellos grises y rostro anguloso. Cuando decidía no mezclarse, emanaba de él el aura más escalofriante que Flynn había percibido en su vida. Ella lo había visto intervenir en una incipiente pelea a puñetazos de puño entre dos miembros irritables de la tripulación; no tuvo que ponerle un dedo encima a ninguno de los dos, y ni siquiera le hizo falta amenazarlos. Se sometieron a causa de puro terror irracional hacia lo que fuese capaz de hacer.
Flynn le echó una mirada rápida al capitán Kirk.
–Espero que el destacamento de seguridad sea adecuado, señor.
–Sí, teniente comandante Flynn –respondió él con una expresión tan impasible en el rostro que ella supo que la valoración que había hecho de la situación no estaba muy lejos de la realidad.
Flynn desvió la mirada hacia al Auriga.
–¿Todo preparado, Barry? –Sí, señora –respondió él.
Luego, pasados unos segundos, Jenniver Aristides dijo:
–En caso de que estemos esperando a una tropa de klingons.
Apenas sonrió. Max se echó a reír, un sonido que parecía un gruñido, Neon produjo un ruido extraño como de campanillas chinas, Barry profirió una risilla sofocada, y Gruñido miró de uno a otro rostro mientras gruñía bajo con la garganta, y se preguntaba si era de ella de quien estaban riéndose. Además de carecer de contención y disciplina, Gruñido no tenía sentido del humor alguno.
–Os aprecio a todos muchísimo –dijo Flynn.
Gruñido levantó las orejas, bajó el pelo del lomo y se deslizó silenciosamente hasta su posición junto al transportador.
–Capitán Kirk –dijo Spock en un tono al que Flynn hubiera catalogado como de angustia si alguien se lo hubiera preguntado–. Capitán Kirk, el doctor Mordreaux es un anciano académico. Este... este... comando de choque de guerrilla es completamente innecesario.
–Vamos, señor Spock... queremos que Tan Braithewaite vea que lo tomamos en serio, ¿no es cierto?
La mirada de Spock fue de Kirk a Flynn y recorrió todo el equipo. Luego miró al techo durante un largo rato.
–Como usted quiera, capitán.
En el transportador se encendió la luz que indicaba que al otro lado estaba todo preparado, y un momento más tarde el prisionero y el fiscal jefe de Aleph Prime se materializaron ante ellos. El quinteto de Flynn preparó los rifles fásicos para disparar, y ella deslizó lentamente la mano hasta la culata de su pistola fásica enfundada.
¡Vaya... está drogado!, pensó Flynn en cuanto Mordreaux se solidificó. La expresión ausente y la mirada perdida no daban lugar a otra interpretación. Además, el prisionero llevaba esposas de energía en las muñecas, y un juego de grilletes de resistencia de inercia que le permitía caminar, pero lo detendría de inmediato y lo derribaría si conseguía sobreponerse a las drogas el tiempo suficiente como para echar a correr. Era algo tan anticuado como unas cadenas de hierro, igualmente innecesario y humillante. Flynn miró a Spock, pero el rostro del oficial científico permanecía impasible; aparentemente había descargado toda su capacidad emocional sobre la fuerza de choque de guerrilla.
Braithewaite saltó de la plataforma, inspeccionó el equipo de seguridad y le hizo un gesto de asentimiento a Kirk.
–Fantástico –le dijo–. ¿Dónde está la celda?
–Señor Braithewaite –respondió Kirk–, voy a sacar la Enterprise inmediatamente de la órbita en torno a Aleph Prime. No hay tiempo para que usted vaya a echar un vistazo, ni existe necesidad alguna.
–Pero capitán... yo iré con usted hasta Rehab Siete.
–Eso es imposible.
–Son las órdenes, capitán.
Le entregó a Kirk un formulario de transmisión subespacial. Kirk lo examinó con el entrecejo fruncido.
–Nosotros no podremos traerlo de vuelta, y como usted mismo ha señalado, no hay por aquí muchas naves oficiales.
–Ya lo sé, capitán –le respondió Ian Braithewaite. Su expresión se hizo sombría y meditabunda–. Después de lo ocurrido... el juicio, y Lee, y... Bueno, necesito pasar algún tiempo solo. Para pensar en algunas cosas. He contratado una nave individual; regresaré en una nave de vela. –Bajó los ojos hasta Kirk–. Haré todo lo que pueda para mantenerme fuera de su vista hasta que lleguemos a Rehab Siete, y no tendrá que preocuparse por mí una vez hayamos llegado.
Se apresuró a seguir al equipo de seguridad y a su prisionero. Kirk se detuvo durante un instante; se sentía bastante perplejo de que alguien le dijese que no se preocupara por alguien que tenía la intención de atravesar todo el sistema solar en una nave de vela, sin motor, pequeña y frágil, completamente en solitario. Mientras meneaba la cabeza, siguió a los demás fuera de la sala de transporte.
Jim Kirk regresó a su camarote y se dejó caer en una silla, demasiado cansado como para desplazarse siquiera hasta la cama. No había dormido absolutamente nada durante treinta y seis horas; había perdido al mejor oficial de navegación que la nave había tenido en toda su existencia; su oficial científico, con el fin de salvar algunos de los resultados de las observaciones del fenómeno de vacío, alguna explicación posible para su existencia, había ocupado la mayor parte del tiempo de la computadora en formular ecuaciones que nadie más podía leer, así que para qué hablar de entenderlas; y Scott acababa de comenzar a exigir con irritación la parte del tiempo de la computadora que correspondía a los trabajos de ingeniería. Un lunático brillante o un genio calumniado –probablemente ambas cosas–, estaba detenido en el camarote de honor, y su implacable perro guardián se había instalado cerca de él. La nave volaba rechinando como una reliquia; los motores hiperespaciales necesitaban un reposo completo, y ni siquiera los motores de propulsión funcionaban de forma demasiado fiable.
Una de las razones por las que Kirk se sentía tan agotado, era que la animación de Ian Braithewaite no disminuía. Hubiera resultado más fácil de manejar si hubiese sido una persona despreciable, pero sólo era joven, inexperto, simpático... y ambicioso.
Kirk lamentaba en aquel momento no haberle explicado a la teniente comandante Flynn qué ocurría exactamente... aunque obviamente, ella sabía que no era algo que estuviera del todo dentro de lo normal. Cuando Kirk pretextó exceso de trabajo e intentó persuadir a Ian de que permaneciera en su camarote, el fiscal había acechado a Flynn para que le enseñara las medidas de seguridad adoptadas. Kirk esperaba que ella fuese lo suficientemente perspicaz como para continuar con la farsa que habían preparado. Creía que sí lo era, pero ahora lo averiguaría con toda seguridad.
Kirk no podía apartar su pensamiento de la conversación que había mantenido con el doctor McCoy aquella misma mañana. Una parte de él deseaba que nunca hubiese tenido lugar; no era habitual en él hacer confidencias de aquel tipo, y en las raras ocasiones en las que eso sucedía siempre se sentía incómodo posteriormente.
Condenación, pensó, pero precisamente era eso de lo que habían hablado. Leonard McCoy y Hunter son los mejores amigos que tengo, y ni siquiera consigo sincerarme con ninguno de los dos.
Es absurdo. He cambiado mi vida por una fachada de total independencia que sé que está llena de agujeros, incluso cuando intento mantenerla ante mí mismo. Ya no merece la pena... si es que alguna vez la mereció.
Si Spock consigue limpiar de culpa a Mordreaux, tendremos que llevarlo de vuelta a Aleph Prime. Incluso en el caso de que no lo consiga, la Enterprise necesitará muchísimas reparaciones antes de que podamos siquiera comenzar a pensar en que Spock reinicie sus observaciones, y los astilleros de reparación más próximos están en Aleph. Si Hunter se ha marchado ya, puedo alquilar una nave de alta velocidad y encaminarme hacia el sitio en el que tenga la base su escuadrón. Necesito volver a verla. Necesito hablar con ella... hablar con ella de verdad, esta vez. Bones tiene razón: incluso en el caso de que eso no consiga cambiar nada, tengo que decirle que estaba equivocado.

3

EL jefe de máquinas Montgomery Scott bajó por el pasillo a marcha de apisonadora mientras mascullaba imprecaciones en un oscuro dialecto escocés. Seis semanas de trabajo para nada, seis semanas de trabajo que tendrían que repetirse en su totalidad, o más probablemente abandonar la labor si podía ser interrumpida a sólo dos días del final... y por una razón tan estúpida como aquélla. Desde el mismo momento en que habían recibido aquel misterioso mensaje de emergencia que los había apartado de su misión, lo único que había oído era: «Pobre señor Spock, pobre señor Spock, tanto trabajo para nada».
¿Y qué había del pobre señor Scott?, se preguntaba Scott. Mantener los motores con un funcionamiento estable en las proximidades de un fenómeno de vacío no era precisamente una fiesta, y él había pasado en esa labor el mismo tiempo que Spock había dedicado a su tarea. Los motores habían soportado una presión espantosa, y la misión de Scott era la de asegurarse de que no fallaran; si se hubieran parado durante la corrección orbital, la misión hubiese terminado de forma instantánea... o habría durado mucho más que seis semanas, dependiendo desde qué punto de vista se considerara el asunto.
Desde el exterior, se habría observado que la Enterprise caía hacia aquel desorden del espacio, se hacía menos clara y más borrosa, y acababa por desaparecer. Desde el interior de la nave, la tripulación hubiera visto que el espacio mismo desaparecía, luego volvía a aparecer... eso si uno contaba con que la nave realizara dicho tránsito de una sola pieza, más que en piezas sueltas; pero hubiera sido el espacio de otro lugar y otro tiempo, y las posibilidades de que la Enterprise pudiera regresar a casa habrían estado tan próximas al cero como para resultar incalculables.
Los motores eran una de las principales causas del mal humor de Scott. Mientras que toda la tripulación de la nave, o tantos como para que el número perdiera importancia, había recibido un día de permiso para bajar a Aleph Prime, Scott –en lugar de relajarse en el mejor lugar de aquel punto espacial para pasar el permiso–, había dedicado la mayor parte del mismo a la caza de piezas para luego llevarlas a bordo. Eso era sólo el comienzo del trabajo; todavía tenía que reemplazar las piezas en los motores hiperespaciales desconectados. Estaba lejos de sentirse cómodo con sólo los motores de propulsión en condiciones de trasladar la Enterprise por el espacio. Pero no podían hacer que la nave entrase en dique, en Aleph; no, tenían que cumplir una misión. ¡Misión, bah!
Además, estaba el tema de Sulu. Era cierto que Scott y Sulu no tenían una relación particularmente estrecha, pero hacía muchos años que conocía al oficial de navegación y resultaba tremendamente molesto reaparecer después de una lucha sostenida de seis horas con los generadores energéticos, y encontrarse con que Sulu no sólo se había marchado sin dedicarle siquiera un «me–alegro–de–haberlo–conocido», sino que absolutamente todo el mundo sabía que se había ido excepto él.
Pasó por delante de la sala de transporte, y luego se detuvo. Creyó ver un chisporroteo de luz, como si alguien estuviese utilizando la unidad de transferencia. Aquello era imposible, por supuesto; estaban demasiado lejos de todas partes como para transferir a nadie a bordo por medio del rayo. A pesar de todo, Scott regresó sobre sus pasos.
Spock estaba de pie en medio de la sala, como si acabara de materializarse en la plataforma; descendió de ella y avanzó dos o tres pasos antes de parar; tenía los hombros caídos y parecía a punto de derrumbarse.
–¿Señor Spock?
Spock quedó inmóvil durante no más de un segundo, luego se enderezó y se volvió serenamente hacia el ingeniero jefe. –Señor Scott. Debería haberlo... esperado.
–¿Me llamó usted? ¿Se encuentra bien? ¿Ocurre algo con el transportador?
Sin duda, alguien se había olvidado de que lo arreglara, a pesar de que era una de sus responsabilidades. Daba la impresión de que en aquellos días nadie pensaba que Scott sirviera para algo.
–Sencillamente noté algunas fluctuaciones menores de potencia, señor Scott –le explicó el oficial científico–. Podrían convertirse en motivo de quejas.
–Puedo volver y ayudarle –dijo Scott–, en cuanto haya informado al capitán Kirk del estado de los motores.
Frunció el entrecejo. Spock, que nunca daba muestras de tensión, parecía ojeroso y cansado, mucho más cansado de lo que se sentía el mismo Scott. Así que todo el mundo, humanos, super humanos, vulcanianos e incluso Spock, tenían un límite, después de todo.
–Es innecesario –respondió Spock–. El trabajo está casi acabado.
El oficial científico no se movió. Scott permaneció en la puerta durante un momento más, luego giró sobre los talones y dejó a Spock solo. Después de todos los años que llevaba trabajando con él, no debería sentirse ofendido si Spock no daba las gracias por una oferta de ayuda que no había pedido y que no necesitaba; pero ese día, Scott estaba de un humor que hacía que se sintiera ofendido casi por cualquier cosa.
Cuando el ingeniero jefe se acercó al turboascensor, un civil lo alcanzó a la carrera; no había duda de que se trataba de una de las personas que habían recogido en Aleph. Como Kirk no le había hecho confidencia alguna a Scott, éste había dado por supuesto que se les había encomendado una tarea vital y esencialmente secreta. Había supuesto que trabajaban sobre las bases de que cada uno supiera lo estrictamente necesario. Esas suposiciones habían sido falsas, el mensaje era trivial, y Scott había permanecido en la ignorancia simplemente porque, como siempre, nadie se molestaba en explicarle qué estaba ocurriendo.
Scott saludó al civil con la cabeza cuando ambos entraron en el ascensor; hubiera deseado estar solo porque se sentía con más ganas de ser gruñón en privado que hosco en público.
–¡Esperen!
Scott volvió a abrir la puerta y el capitán entró. Parecía descansado, y tenía el uniforme limpio; Scott, por otra parte, había pasado en la sala de motores las seis horas transcurridas desde la salida de Aleph, y se sentía sucio.
–Hola, Scotty –lo saludó el capitán Kirk.
–Capitán –fue la corta respuesta de Scott.
De pronto se le ocurrió que el civil tenía que haber sido casi la última persona que había utilizado el transportador, ' la persona que Spock acababa de insinuar que podía quejarse.
–Señor –dijo Scott, abruptamente–, ¿podría describirme qué sintió cuando fue transportado a bordo por el rayo? Eso podría ayudarme a encontrar el fallo.
El civil pareció sorprendido.
–Disculpe, señor –continuó Scott–. Soy el jefe ingeniero de la nave. Me llamo Scott.
–¡Santo Dios, Scotty! –exclamó Kirk–. ¿Es que también el transportador está averiado?
–El transportador de la nave funcionaba bien, por lo que yo sé –le aseguró el civil, y sonrió–. Yo suponía que tenía que mejorar un poco la forma de uno.
Las puertas se abrieron y los tres entraron en el puente.
–No sé qué es lo que le ocurre, capitán –respondió Scott–. El señor Spock acaba de decirme hace un instante...
Se detuvo en seco y le falló la voz mientras miraba con absoluto asombro hacia el puesto del oficial científico. Allí, en el lugar habitual, Spock estaba inclinado sobre su terminal de la computadora.
El capitán Kirk y el civil bajaron al nivel inferior del puente, donde la teniente comandante Flynn los esperaba recostada contra la barandilla. Scott los siguió, pero no podía apartar la mirada de Spock y tropezó en los escalones. Flynn lo aferró por un brazo y lo ayudó a recobrar el equilibrio.
–¿Se encuentra bien?
–Sí –respondió él, molesto, y se libró de la mano de ella.
Kirk ocupó su asiento y se volvió hacia Scott.
–¿Qué malas noticias hay de los motores, Scotty?
–Los motores no están en muy buenas condiciones, capitán. En Aleph conseguí la mayor parte de las piezas que necesitábamos, y puedo hacer que todo funcione bien, siempre y cuando no exijamos mucho de los motores hiperespaciales, cuando vuelvan a funcionar. Será mejor que nos mantengamos por debajo de la velocidad lumínica hasta que hayamos conseguido que le hagan un repaso a fondo...
Su voz se apagó cuando Spock descendió para escuchar la conversación.
–¿Qué ocurre, Scotty? –preguntó Kirk.
–Bueno, en realidad no es nada serio, capitán... pero, señor Spock, ¿cómo consiguió llegar al puente antes que yo? Vine hasta aquí directamente desde la sala de transporte.
Spock levantó una ceja.
–¿La sala de transporte, señor Scott? Yo he permanecido en el puente desde que se marchó el señor Sulu; hace varias horas que no me acerco siquiera a la sala de transporte.
–Pero si allí me dijo que había algo que no funcionaba bien en el transportador.
–No tengo conocimiento de ninguna avería.
–Me dijo que había notado unas fluctuaciones de energía, señor Spock, y que ya casi había terminado de arreglarlo; pero lo que no entiendo es cómo consiguió llegar aquí arriba antes que yo.
Entre los oficiales más jóvenes, había uno o dos inveterados practicantes de bromas pesadas, pero Spock nunca se involucraría en semejantes frivolidades ni cooperaría con ellas.
Scott sacudió la cabeza como si quisiera dispersar la bruma de cansancio y confusión que lo rodeaba. Todo estaría mucho más claro si él no se sintiese tan cansado...
–Señor Scott, he permanecido en el puente durante bastante rato.
–¡Pero yo acabo de verlo... acabo de hablar con usted!
Spock no dijo nada pero volvió a levantar la ceja.
–¡Yo lo vi allí!
–Scotty –dijo Kirk–, ¿cuánto tiempo permaneció fuera de la nave, anoche?
Scott se volvió hacia el capitán.
–¡Eso no es justo, capitán! ¡Yo no disfruté de ningún permiso... no hice nada más que trabajar en los motores!
–Pero se suponía que debería haberse tomado un descanso en Aleph –dijo Kirk, en un tono mucho más aplacador– Scotty, todos estamos cansados, hemos estado todos bajo niucha tensión durante demasiado tiempo. Estoy seguro de que tiene que existir una explicación lógica para lo que usted vio...
–¿Está usted diciendo que sufro alucinaciones, capitán? ¡El señor Spock que vi en la sala de transporte no era más producto de una alucinación que el que veo ahora!
–No estoy diciendo nada parecido. Lo que digo es que quiero que usted descanse. Hablaremos más tarde de esto, si es necesario.
La expresión del rostro de Kirk prohibía cualquier otro comentario. Scott vaciló, pero estaba claro que se lo excluiría de futuras conversaciones. Spock lo miraba inquisitivamente, pero no dio ninguna explicación para su peculiar comportamiento.
Bueno, pensó Scott con la irritación de generaciones de oficiales de bajo rango a los que mantienen en la ignorancia la burocracia, los altos mandos y sus propios superiores inmediatos: Bueno, así que están ocurriendo cosas insólitas, después de todo; esto no es simple rutina; este no es un mero viaje de transporte. Sin duda me enteraré de los detalles en un momento u otro, y quizá llegue incluso a averiguar la verdad por mí mismo, sin esperar a que nadie se digne a explicármelo.
Se marchó del puente con la plena seguridad de que el oficial científico lo seguía con la mirada, suponiendo que incluso en ese momento Kirk le estaba diciendo a Spock, en voz baja, con admiración y respeto:
–Bueno, no podemos ocultarle nada a Scott durante mucho tiempo, ¿verdad?
E imaginaba que Spock respondía:
–No, capitán; posee facultades deductivas de un poder insólito para un ser humano.
Scott entró en el ascensor y se encaminó a su camarote con el deseo de darse una ducha –una ducha de agua caliente–, y la copa que se había negado a sí mismo algunas horas antes. Luego, tenía la intención de dormir unas cuantas horas.
Continuaba sin comprender cómo había hecho Spock para adelantársele y llegar de la sala de transporte al puente antes que él; porque eso era lo que había hecho, tanto si lo reconocía como si no.

En el puente, a Kirk le hubiera gustado preguntarle a Spock cuál era la causa de toda aquella escena con Scott,
pero tenía que volver su atención inmediatamente hacia Tan Braithewaite.
–Capitán Kirk... ¿estamos realmente viajando a velocidad infralumínica?
Kirk suspiró.
–Señor Braithewaite, Rehab Siete está tan cerca de Aleph, hablando en términos relativos, que si viajáramos a velocidad hiperespacial nos pasaríamos de largo. Someteríamos a los motores a una tensión mucho mayor a la del punto de peligro si les aplicáramos una aceleración y desaceleración tan inmediatas entre sí.
–Espere, capitán. Yo no estaba poniendo objeciones... Nunca antes había estado en una nave estelar, y me alegro de poder hacerlo ahora. Sin embargo, había abrigado la esperanza de sentir cómo era eso de viajar a velocidad hiperespacial –respondió, anhelante.
Kirk comenzaba a encontrar sumamente difícil mantener la irritación que le producía lan Braithewaite.
–Bueno, nunca se sabe qué oportunidades pueden surgir –le replicó a Ian–. Pero vayamos a lo que nos ha reunido. Usted pidió verme para discutir la seguridad, y pensé que la teniente comandante Flynn debía estar presente.
Flynn había guardado silencio; en aquel momento avanzó y se unió al grupo.
Ian sacó una hoja de papel plegado del bolsillo.
–Esto llegó mientras usted estaba durmiendo, capitán –explicó mientras se la entregaba.
Kirk la leyó: otro ciudadano de Aleph había enfermado de botulismo hipermórfico.
–¿Cree que Aleph pueda necesitar las instalaciones médicas de mi nave como refuerzo? ¿Está pensando que podría tratarse de una epidemia?
–Casi desearía pensar eso –respondió Ian–, pero dado que mi amiga Lee era la abogada defensora del doctor Mordreaux, y fue el juez Desmoulins quien se encargó del caso, no tengo más remedio que pensar que podría haber sido algo deliberado.
–¿Que alguien lo haya envenenado?
–No tengo ninguna prueba, pero creo que al menos es una posibilidad.
–¿Por qué?
–Es un punto sobre el que no he conseguido especular, pero la coincidencia me pone muy nervioso; y me asusta. La posibilidad que más me preocupa es la de que alguien esté intentando poner en libertad al doctor Mordreaux. Creo que deberíamos aumentar las medidas de seguridad.
–Ian –dijo Kirk con tono de tolerancia–, le aseguro que comprendo qué es lo que le inquieta, pero está usted perfectamente a salvo en la Enterprise, y la teniente comandante Flynn tiene al doctor Mordreaux bien seguro en sus manos. –Miró a Flynn en busca de confirmación, y ella evitó sus ojos–. ¿Teniente comandante Flynn?
Ella le miró directamente a los ojos con su mirada verde cristalina.
–Yo preferiría discutir de la seguridad delante de menos público, capitán.
–Ah –dijo Kirk, y comprendió que ella esperaba que captase una indirecta, que no estaba del todo conforme con las disposiciones de seguridad, de la misma forma que él había contado con que Flynn captara las indirectas suyas desde el comienzo de aquella misión–. Bien. De acuerdo. Pero, después de todo, el doctor Mordreaux es un hombre anciano...
–Teniente comandante Flynn –intervino Braithewaite–, el doctor Mordreaux es tanto mi responsabilidad como la suya, y no creo que sea justo que se me excluya de las discusiones a su respecto. Capitán Kirk...
–¡Kirk!
Braithewaite habló al mismo tiempo que sonó el chillido; por un instante, Flynn pensó que había sido él quien había gritado el nombre de Kirk.
–¡Usted me destruyó, Kirk! ¡Merece la muerte!
Consternados, todos se volvieron.
El doctor Mordreaux, con los ojos enloquecidos, se erguía en la entrada del puente. Blandía una pistola pesada, de aspecto peligroso, y con el cañón les hizo a Flynn y Braithewaite gesto de que se apartaran.
–Ustedes dos, fuera de mi camino.
–Doctor Mordreaux –le dijo Braithewaite–, no empeore las cosas, por su propio bien...
Con la hipersensitividad de la subida de adrenalina, Flynn vio que la pistola estaba apuntada hacia Braithewaite mientras éste avanzaba hacia Mordreaux. Pensó: «Erróneo, erróneo, es justo la cosa más errónea que puede hacerse, valiente pero estúpido, malditos aficionados...». Cuando se levantó el percutor, ella ya se había lanzado hacia delante. Su impulso empujó a Braithewaite fuera de la línea de fuego y la llevó a ella hasta el nivel superior del puente. Un segundo más de vacilación por parte de Mordreaux, y le aferraría la muñeca con una mano, un segundo más... Maldito fuera Kirk por no decirle qué era lo que estaba ocurriendo, maldito fuera por hacer que todo pareciese trivial; si no lo hubiera hecho ella habría mantenido su pistola fásica encendida y al diablo con las normas. Un instante más.
La pistola se disparó.
La explosión del sonido la sorprendió más que el aplastante golpe que la arrojó sobre la cubierta.
Jim Kirk se puso en pie de un salto. La pistola disparó una segunda vez, y el sonido atravesó el desorden cacofónico del puente. La bala penetró en su cuerpo y lo envolvió en una bruma de dolor brillante como una nova.
Mordreaux retrocedió hasta el ascensor y las puertas se cerraron un momento antes de que Spock llegara hasta ellas. El oficial científico no malgastó tiempo en intentar abrirlas por la fuerza. Saltó escaleras abajo, pasó junto a la teniente comandante Flynn que se estaba poniendo trabajosamente de pie, y le dio un manotazo al interruptor de llamada.
–¡Doctor McCoy, preséntese de inmediato en el puente! ¡Equipo de emergencia, emergencia nueve!
Spock se arrodilló junto a Kirk.
–Jim...
El puente estaba hecho un caos en torno a ellos. La sangre había salpicado la cubierta y los tabiques, y brillaba en las luminosas pantallas de datos. La teniente comandante de seguridad, con una mano apretada contra el hombro herido, dio crispadas órdenes a través de su intercomunicador con el fin de organizar sus fuerzas para la captura de Mordreaux. La sangre le goteaba por entre los dedos y salpicaba el piso junto a Spock, como una lluvia.
La segunda bala había alcanzado a Kirk en pleno pecho. La sangre le salía a borbotones con cada latido del corazón. Afortunadamente, eso significaba que su corazón todavía estaba latiendo.
–Spock... –Kirk se forzó a atravesar la masa de luz escarlata, hasta conseguir atravesarla lo suficiente para ver lo que había al otro lado.
–Quédese quieto, Jim. El doctor McCoy viene de camino. Spock intentó detener la hemorragia. Jim profirió un grito y buscó a tientas la muñeca de la mano de Spock.
–No –musitó–. Por favor...
Sentía que la sangre le burbujeaba en los pulmones. La herida era demasiado profunda, demasiado seria como para reducirla por presión directa. Spock abandonó aquel esfuerzo inútil que sólo provocaba dolor. Jim se sintió suavemente levantado, suavemente soportado, y la sensación de ahogo disminuyó de forma perceptible.
–¿Está herido alguien más? ¿Mandala...?
–Estoy bien, capitán. –Comenzó a subir los escalones. –¡Teniente Flynn! –la llamó Spock sin levantar la mirada.
–¿Qué?
–No llame el ascensor... el doctor McCoy no debe ser retrasado.
Ella necesitaba bajar para ayudar a su gente; necesitaba hacerlo, era algo instintivo; pero Spock tenía razón. Se quedó esperando, balanceándose como presa de un mareo.
–Mandala, déjame ayudarte.
Las amables manos de Uhura la ayudaron a volverse y avanzar algunos pasos antes de que ella protestase.
–No, no puedo.
–Mandala...
–Uhura –susurró la otra–. Uhura, si me siento no estoy segura de que luego pueda ser capaz de ponerme nuevamente en pie.
–Teniente Uhura –ordenó Spock con tono terminante–, vuelva a llamar al doctor McCoy.
Spock no quería mover a Jim sin contar con una camilla, pero si esta última y McCoy no llegaban en treinta segundos más, pensaba llevar él mismo a Jim Kirk a la enfermería.
–¿Qué ha ocurrido, Spock? –susurró Jim–. Se suponía que éste tenía que ser... un viaje de rutina. –En sus labios apareció una espuma de color rosa claro. La bala le había perforado un pulmón; respiraba de manera irregular, y cuando intentaba respirar profundamente el dolor lo torturaba.
–No lo sé, Jim. Por favor, no hable.
Jim comenzaba a ser víctima de un shock, y ya no había tiempo que perder.
La puerta se abrió y McCoy entró en el puente.
–¿Qué ha ocurrido? Oh, Dios mío... –Vio primero a Flynn y se encaminó hacia ella.
–No se trata de mí –le dijo ella–. Es el capitán.
Él vaciló sólo durante un momento, pero advirtió que la sangre que le cubría la camisa del uniforme, y le salpicaba la cara, las manos y los cabellos, provenía de una herida no crítica que tenía en la parte alta del hombro; se apresuró a acercarse a Jim.
Flynn entró en el ascensor y las puertas se cerraron detrás de ella.
McCoy se arrodilló junto a Jim.
–Tómeselo con calma, Jim, muchacho –lo tranquilizó–.Lo tendremos en la enfermería dentro de tan poco...
Kirk nunca había sido tan consciente de su propio pulso como en aquel momento, que le latía como una tempestad de truenos por todo el cuerpo.
–Bones... Yo...
–¡Silencio!
–Tenía usted razón... en lo que hablamos... iba a decirle a Hunter...
–Todavía tendrá la oportunidad de hacerlo. Cállese. ¿Qué forma de hablar es esa?
McCoy pasó un detector anatómico por encima del cuerpo de Kirk. El corazón de Jim estaba ileso, pero la arteria estaba seriamente rota. El sensor le dijo que había un pulmón perforado, pero eso resultaba obvio sin información mecánica alguna. Lo esencial era suministrarle oxígeno lo antes posible, y luego conectarlo al reemplazador de fluidos con un portador de hemoglobina; estaba sangrando con tal profusión que el peligro principal lo constituía la falta de oxígeno.
–¿Dónde está el equipo de emergencia? –preguntó Spock con voz tensa.
–Viene de camino –respondió McCoy para defender a su gente, aunque él mismo estaba furioso porque aún no hubiesen llegado. Sin embargo, ya sabía que podía salvar a Jim Kirk.
–Se pondrá bien, Jim –––le dijo, esta vez sinceramente.
Pero había algo más, una señal de peligro en el detector anatómico. McCoy pensó inmediatamente en veneno, pero los datos pertenecían a una serie incorrecta. Nunca antes había visto nada parecido a aquella señal.
–¿Qué demonios...?
Jim pensó que tenía sangre en los ojos. Una nube resplandeciente cruzó ante su vista.
–No puedo ver –dijo, y tendió los brazos a ciegas.
Spock le cogió la mano, se la estrechó con fuerza, y abrió deliberadamente los escudos emocionales _y mentales que había construido durante todo el tiempo que llevaba asociado con los seres humanos.
–Se pondrá bien, Jim –le aseguró.
Apoyó la mano derecha sobre la sien de Jim para completar el circuito telepático místico que lo unía a su amigo. Lo invadieron el dolor, el miedo y el arrepentimiento, que él los aceptó de buena gana y sintió que su amigo se sentía más aliviado.
–Mi fuerza para la suya –susurró en una voz tan baja que nadie podía oírla, las palabras hipnóticamente recordatorias de las técnicas que estaba empleando––. Mi fuerza para la suya, mi voluntad para la suya.
McCoy vio que los párpados de Spock se cerraban y los ojos se le ponían en blanco hasta que sólo quedó visible una zona de la esclerótica con forma de luna creciente; pero no podía ponerle atención a lo que estaba haciendo el vulcaniano. Las puertas del ascensor se abrieron y entró corriendo el grupo de emergencia con equipos de soporte vital.
–¡Vengan aquí! –gritó McCoy.
Los otros se apresuraron a obedecerle.
Lo conectaron a la unidad de soporte vital, y el oxígeno inundó el cuerpo de Jim. Sus nervios, hasta entonces carentes del gas vital, transmitieron nuevas agonías a su cuerpo. Jadeó, y la sangre comenzó a ahogarlo. Los largos dedos de Spock le aferraban una mano. El dolor disminuyó en grado infinitesimal, pero su visión desapareció en la casi absoluta oscuridad.
–¿Spock?
–Estoy aquí, Jim.
La mano de su amigo se apoyaba suavemente contra la sien y el lado de la cara. Jim era capaz de sentir la proximidad, la fuerza que lo mantenía con vida. Ya no podía ver, ni siquiera a nivel mental, pero de otra forma a la que no podía dar nombre, sentía la precisión de los pensamientos de Spock, cuyo orden estaba alterado por su propio dolor y miedo.
Jim Kirk sabía que iba a morir, y que Spock lo seguiría a lo largo de la espiral en aceleración hasta que hubiera caído ya demasiado profundamente como para regresar. De buena gana escogería morir para intentar salvar la vida de Kirk.
También al capitán James Kirk le quedaba una elección.
–Spock... –susurró–, cuide bien... de mi nave.
Temía haber esperado demasiado, pero el miedo le daba la fuerza necesaria. Arrancó su mano de la de Spock _y rompió el contacto; renegó de la fuerza y la voluntad de Spock y se entregó a la agonía, la desesperación y la muerte.
La resonancia física de la descarga emocional arrojó a Spock hacia atrás. Su cuerpo chocó contra la barandilla y cayó al suelo, laxo. Permaneció quieto mientras recuperaba fuerzas. Sentía la cubierta fría contra un flanco de la cara y las manos extendidas. Los ecos de las heridas de Jim Kirk se desvanecieron lentamente. Spock abrió los ojos y vio una niebla gris. Parpadeó una y otra vez: la membrana nictitante se deslizó sobre el iris y finalmente pudo ver. Spock se puso trabajosamente de pie, luchando para ocultar sus reacciones.
El cuerpo de Jim yacía ahora en la camilla de la unidad de emergencia, conectado al fluido y al respirador; respiraba, pero por lo demás estaba inmóvil. Sus ojos... sus ojos, completamente abiertos, estaban cubiertos por una capa de color gris plata.
–Doctor McCoy...
–Ahora no, Spock.
Spock sentía que el cuerpo se le estremecía. Tenía los puños cerrados.
McCoy y parte de su equipo de emergencia hicieron flotar la camilla hasta el interior del ascensor, mientras que dos de los sanitarios permanecieron en el puente para llevar a la enfermería a Braithewaite, que había quedado inconsciente a causa de la caída.
El cuerpo del capitán estaba vivo; a partir de ese momento podrían mantenerlo vivo indefinidamente.
Pero Spock había sentido morir a Jim Kirk.
Mandala Flynn estaba apoyada contra la pared posterior del ascensor, con los ojos cerrados, mientras identificaba mentalmente los daños que había sufrido su cuerpo. La bala había hecho un recorrido diagonal desde la clavícula izquierda, atravesado hasta la espalda y descendido, para alojarse finalmente contra las costillas inferiores como un trozo de plomo fundido. Hasta donde ella podía percibir, la bala le había atravesado el cuerpo sin causarle ningún daño grave, pero tenía la clavícula fracturada, una vez más; sabía cuál era la sensación.
Profirió una imprecación. La bala le había entrado casi exactamente por el mismo sitio por el que le había penetrado la metralla dos años antes. Ahora tendría que malgastar dos meses en terapia; el rompecabezas de trozos de hueso ya no recuperaría la resistencia original.
La presión sanguínea le estaba bajando; tenía que imponer su voluntad sobre su cuerpo para no sufrir un shock. Las técnicas de bio–retroalimentación estaban funcionando. Hasta el momento, había conseguido incluso reducir el dolor, o la mayor parte del mismo, por el sistema de enviarlo a un nivel inferior de la consciencia.
Era plenamente consciente de que no podría mantenerse en pie durante mucho tiempo más. Había perdido demasiada sangre, e incluso a pesar del biocontrol, el cuerpo humano tenía unos límites que ella ya casi había alcanzado.
Las puertas del ascensor se abrieron ante un corredor vacío.
¡Debería haber guardias en todos los niveles! La furia se apoderó de Mandala, la furia y la vergüenza, porque independientemente de lo grave o levemente que estuviera herido el capitán, la responsabilidad era sólo de ella. Incluso si nadie hubiese resultado herido, el prisionero había escapado. No existía excusa alguna para eso; pensaba que su dominio del mando de las fuerzas de seguridad era competente, incluso sobresaliente. Había visto cómo la moral se construía a partir de la nada, pero ahora allí estaba, como una farsante manifiesta.
Enfréntate a ello, Flynn, se dijo salvajemente; podrían haber reemplazado a tu predecesor con una roca, y la moral hubiese subido de todas formas. Eso no te convierte en alguien apto para el liderazgo. Deberían degradarte a alférez,
que es lo que te corresponde. Siempre tuvieron razón con respecto a ti.
Un lunático armado con una pistola estaba suelto por la nave, y no había ni un solo guardia junto a las condenadas puertas del ascensor.
Entró en el pasillo. Tenía los pies insensibles, como dormidos, y tenía las rodillas como de algodón, raras.
¿Es esto el shock?, se preguntó desconcertada. No son los síntomas del shock. ¿Qué diablos está ocurriendo?
Avanzó unos cuantos pasos. El camarote de Mordreaux estaba justo al girar el recodo. Modelos lingüísticos acerca de cerrar los establos cuando los caballos ya se habían escapado surgieron en su mente junto con la habitual incertidumbre que le provocaba no saber qué aspecto tenía un caballo... o un establo... Se obligó a fijar su atención nuevamente en el entorno. Si su gente no estaba junto al ascensor, el camarote de Mordreaux era un lugar tan bueno como cualquier otro para comenzar a buscarla.
¿Podría ser aquel un asalto planeado?, se preguntó. ¿Estaría Braithewaite en lo cierto? ¿Habrían apresado y eliminado a todos los miembros de las fuerzas de seguridad, uno a uno, con la intención de libertar a Mordreaux? En términos logísticos, no tenía sentido asaltar a una nave espacial en lugar de a las insignificantes fuerzas de seguridad de Aleph Prime. Allí, una fuerza atacante tendría que conseguir moverse por la nave sin ser detectada por los sensores de la nave; esa fuerza tendría que subir a bordo de la Enterprise sin disparar los sistemas de alarma, lo cual requería varias redundancias, y hubiera tenido que hacer su trabajo demasiado rápidamente, de una forma demasiado perfecta como para que no quedara nadie que pudiera accionar una alarma.
Mandala Flynn dio un traspié y cayó de rodillas, pero no sintió nada. Tenía dormidas las piernas casi hasta la cadera. Dirigió una mirada estúpida hacia abajo. Eso no servía para nada. De alguna manera, consiguió ponerse nuevamente de pie.
Un asalto de aquel tipo no tenía sentido en términos humanos; en términos humanos era imposible; pero ella había aprendido –una de las primeras lecciones que había aprendido en su vida–, que la consciencia humana pertenecía a un grupo minoritario, y que limitarse a pensar en términos humanos era la forma más rápida de demostrar que uno era imbécil.
Todavía no había visto a nadie. Podía llamarlos por el intercomunicador, pero estaba demasiado furiosa como para hablar con ninguno de sus subordinados de una forma que no fuese cara a cara y, a decir verdad, no creía poder levantar la mano izquierda. Ese brazo había perdido toda la fuerza y la sensibilidad.
Giró en el recodo del pasillo.
Allí, ante el camarote de Mordreaux, varios de sus subordinados se agitaban, confusos.
–¿Qué demonios está ocurriendo? –les gritó, con una voz suficientemente potente como para que la oyeran–. Mordreaux está suelto y vosotros estáis aquí como... como...
Beranardi al Auriga, que estaba inclinado para mirar a través de la ventanilla de observación de la nueva puerta de seguridad del camarote de honor, se irguió. Era cabeza y hombros más alto que su superior. Vio la sangre que le corría por entre los dedos y por el brazo y el flanco.
–Mandala... Teniente comandante, ¿qué...? Permítame que la ayude...
–¡Responde a mi pregunta! –Flynn apenas podía sentir el calor de su propia sangre. El dolor había desaparecido.
–Mordreaux está allí dentro, teniente –respondió al Auriga. Abrió la cerradura de la puerta para que ella pudiese mirar al interior, cosa que hizo.
Tendido sobre el lecho, apoyado sobre un codo como si acabaran de despertarlo, Mordreaux les dirigió una mirada turbia.
–¿Qué ocurre? –preguntó–. ¿A qué se debe toda esta conmoción?
–Neon –dijo Mandala–, ¿ascensor, puerta, guardias?
–Comandante –respondió Neon con su voz argentina–,
prisionero, celda, Neon, intersección; alarma.
–¿Qué...?
La confusión de Flynn no era debida a que no hubiese comprendido el insólito inglés de Neon. Neon acababa de decirle que no sólo Mordreaux estaba en la celda, sino que Neon estaba allí de guardia cuando había sonado la alarma.
–Prisionero, separación, puente –dijo Neon.
Flynn sacudió la cabeza para intentar aclarar su mente
del creciente aturdimiento. Todas las posibilidades del mundo pasaron velozmente por su consciente. Un duplicado androide. Clones. Clones, demonios, quizá Mordreaux tenía un hermano gemelo.
–Barry, haz que todo el mundo... todo el mundo permanezca levantado durante la guardia nocturna... y regístrad la nave. Dobla la guardia aquí, y pon una guardia en la lanzadera, y en las compuertas de descompresión y, maldición, también en la sala del transportador. –Boqueó; sentía que le faltaba la respiración y estaba mareada–. Mordreaux acaba de disparar contra el capitán en el puente... y si no era Mordreaux era alguien que causaba la misma condenada impresión. Asegúrate de notificarle a todo el mundo que va armado.
–Sí, comandante.
–¿Dónde está Jenniver? –preguntó Flynn. Aquélla debería haber sido su primera pregunta; tenía que estar sufriendo un shock. La vista se le nubló durante un momento. Cerró los ojos y los mantuvo así–. Se supone que Jenniver debía estar de servicio en este turno. ¿Dónde está? –Abrió nuevamente los ojos pero su vista no era clara.
–Enfermería –dijo Neon.
–Estoy bien –le espetó Flynn, a sabiendas de que no lo estaba.
–Jenniver, enfermería, enferma, intersección –dijo pacientemente Neon–. Mandala, enfermería, intersección; instante.
Flynn asintió. Neon hablaba con precisión, a pesar de que la única parte de su discurso que relacionaba entre su lengua natal y el inglés eran los sustantivos. Si Jenniver hubiera resultado herida en un intento de fuga, eso es lo que Neon le habría dicho. Pero se había enfermado y estaba en la enfermería. Neon pensaba que también a ella había que llevarla allí rápidamente. Estaba en lo cierto.
–Instante –repitió Neon.
Flynn volvió a cerrar los ojos. Sintió que perdía el equilibrio e intentó aferrarse a algo. Intentó levantar el brazo izquierdo, pero éste sólo se movió débilmente; la mano no le funcionaba en absoluto. El dolor le atravesó los hombros y la espalda, para desvanecerse en la insensibilidad del pecho y el abdomen; tropezó con la pared con un estremecimiento, y comenzó a deslizarse hacia el piso.
Necesito ambas manos, pensó confusamente. Eso es. La mano derecha no se le movía.
Sobresaltada, abrió los ojos y miró hacia abajo mientras intentaba ver con claridad.
Gimió.
Unas delicadas fibras plateadas, que destellaban a través de una niebla gris, le entrelazaban los dedos como si fueran de seda, atándoselos al hombro herido. Presa del pánico, arrancó la mano. Las fibras se estiraron, rompieron y enredaron entre sí como las cuerdas de un instrumento musical. Los extremos rotos se retorcieron por la superficie de la camisa, y las hebras sueltas se le apretaron en torno a la mano.
Neon avanzó en dirección a ella, emitiendo un ruido agudo e interrogativo.
–¡No te acerques! –Flynn sentía cómo aquellas fibras crecían en su interior y se retorcían, enroscándose como una tela de araña en torno a su espina dorsal. Neon y Barry se acercaron a ella para intentar ayudarla–. ¡Neon, Mandala, separación, separación! ¡Barry, no dejes que nadie me toque sin un traje de cuarentena!
La mandíbula y la lengua comenzaron a insensibilizársele al subir las hebras plateadas hasta su cerebro. Luchó para pronunciar algunas palabras. Las rodillas le fallaron y cayó hacia delante y de lado, aunque apenas percibió el impacto. Una película de zarcillos había crecido hasta cegarla.
Ahora sabía qué tipo de arma había utilizado Mordreaux.
–Rápido... –susurró–. Barry... dile a McCoy... tela de araña... capitán Kirk...
Las hebras alcanzaron la consciencia de Mandala Flynn y la destrozaron.

Spock se forzó para no someterse a las reacciones de su cuerpo ante lo que acababa de ocurrir. Aunque comprendía el concepto humano del alma y el espíritu, sus conceptos de lo que hacía que una criatura fuese racional e inteligente eran completamente vulcanianos, demasiado sutiles y complejos como para explicarlos en términos humanos o en cualquiera de los idiomas de la humanidad; pero había entrado en contacto con aquel concepto de una forma más profunda e íntima de lo que nunca había llegado a sondear una mente humana, y había observado, no, sentido morir hasta el último destello de aquél. Si Jim no hubiese roto la conexión hipnótica y le hubiera devuelto a Spock la voluntad y la fuerza que él había intentado canalizar hacia su amigo, Spock también hubiera estado en estado de coma y con el cerebro dañado bajo los tiernos y brutales cuidados de los equipos vitales del doctor McCoy.
–Señor Spock, ¿qué ha ocurrido? Por favor, déjeme ayudarlo. ––Uhura se acercó a él, sin tender el brazo para tocarlo pero ofreciéndole una mano medio levantada. Spock sabía que ella no lo tocaría sin su permiso.
Pavel Chekov estaba inclinado sobre los mandos, llorando de forma incontrolada a causa del shock psicológico y el alivio ya que, al igual que los otros humanos que estaban en el puente, Chekov también pensaba que el capitán Kirk viviría.
Las emociones que rodeaban a Spock eran tan fuertes que podía percibirlas sin valerse del contacto físico, y en su presente estado de debilidad necesitaba alejarse de todos ellos. No podía pensar con lógica en aquellas condiciones, y en aquel momento era esencial que alguien lo hiciese. Había que hacer un enorme montón de cosas.
A pesar de que las lágrimas corrían lenta y regularmente por el rostro de Uhura, la teniente no parecía darse cuenta de ello; su aspecto exterior era de una calma más grande que la que sentía el mismo Spock.
–Teniente... –Se interrumpió. Tenía la voz tan ronca como si hubiese estado gritando. Volvió a comenzar–. Necesito su ayuda. Llame a la teniente comandante Flynn y ordénele que vaya inmediatamente a la enfermería bajo mi autoridad. Existen razones para pensar que ha resultado más seriamente herida de lo que ella cree. No debe esperar más tiempo.
–Sí, señor –respondió ella. Cuando la luz de todos los canales se encendió con el color que indicaba que estaban abiertos, volvió a mirar a Spock–. Pero ¿y usted, señor Spock?
–Yo no he sufrido ningún daño físico –respondió Spock.
Necesitó hasta la última reserva de la fuerza que le quedaba para subir los escalones sin caer. Detrás de sí, oyó que Uhura llamaba a Mandala Flynn.
–Teniente, está aquí abajo –exclamó la voz de Beranardi al Auriga con un deje de histeria–. Delante de la celda del doctor Mordreaux. Se ha caído, pero nos ordenó que no la tocásemos. ¡Le han disparado con una bala de tela de araña, maldición, Uhura, y ella cree que lo mismo ocurrió con el capitán Kirk!
Spock le asestó una manotada a los controles del turboascensor. En el momento en que se cerraba la puerta, todos los miembros de la tripulación que estaban en el puente lo miraron con consternación, horror y sorpresa aterrorizada.
El ascensor bajó y los dejó a todos atrás. Spock se recostó pesadamente contra la pared del ascensor, mientras luchaba para controlar su cuerpo tembloroso. Una tela de araña; tendría que haberse dado cuenta desde el principio, pero aquella arma era tan peculiarmente humana en su brutalidad que él nunca había podido concebir que alguien la utilizase.
Ya lejos de los otros miembros de la tripulación, consiguió finalmente calmarse. Cuando las puertas del ascensor volvieron a abrirse, él salió con un paso tan seguro como si no hubiese pasado ni un instante por aquel estado de semiinconsciencia.
Al volver el recodo del pasillo y acercarse al camarote del doctor Mordreaux, Spock vio que Beranardi al Auriga pulsaba los controles de un intercomunicador.
–¡Dónde demonios está el equipo técnico de medicina!
A aquellas alturas, la sección médica debía de haber recibido ya las noticias de la tela de araña, pensó Spock. En la enfermería reinaría el caos.
Con la luz destellando en las escamas de su cuerpo, Neon estaba agachada por encima de Mandala Flynn como si pudiera protegerla con la ferocidad. Spock se arrodilló junto al cuerpo desplomado de la teniente comandante de seguridad. Cuando estaba viva, había dado la impresión de una competencia y un poder físicos absolutos; se trataba de una impresión correcta, pero era debida a sus habilidades y su confianza más que a su tamaño. Era una mujer menuda y delgada; al escapar de ella la vida, se había puesto de manifiesto la delicadeza de sus huesos y la transparencia de su piel de color marrón claro. Parecía muy frágil.
–No lo haga... –le dijo al Auriga a Spock cuando él tendió una mano hacia Mandala–. Ella ha dicho que no la tocaran.
–Yo no estoy bajo la autoridad de la teniente comandante Flynn –respondió Spock.
Spock extendió despacio un brazo hacia ella, pero vaciló. Tenía las manos cubiertas con la sangre de Jim Kirk. Spock pasó suavemente los dedos por la sien de Mandala Flynn. La herida que la mujer tenía en el hombro continuaba sangrando lentamente; cada célula de su cuerpo por separado mantenía aún una apariencia de vida; pero comprobó que no tenía pulso, y Spock no recibió ni la más ligera señal del cerebro.
Los ojos, que habían sido de una insólita tonalidad de verde, se habían convertido en un sedoso gris. Spock había visto que la misma película comenzaba a formarse sobre los ojos de Jim Kirk cuando lo sacaban del puente.
–El peligro ya ha pasado –anunció Spock. Levantó los ojos y sostuvo la mirada de cada uno de los oficiales de seguridad–. La tela ha dejado de crecer. La teniente comandante Flynn ha muerto.
Barry al Auriga se volvió de espaldas; Neon emitió un ronco gruñido sordo. Spock se preguntó si se vería obligado a defender al doctor Mordreaux.
Neon se sentó sobre las ancas.
–Venganza –susurró, pensativa–. Deber –agregó luego en voz más alta–. Lealtad, juramento, deber.
Spock se puso de pie.
–¿Dónde han capturado al doctor Mordreaux? –le preguntó al segundo de Flynn.
–No lo hemos hecho –respondió al Auriga con tono apagado. Lentamente y de mala gana, volvió a encararse con Spock–. Él estaba aquí. Estaba encerrado. Mandala... la teniente comandante Flynn nos ordenó que registráramos la nave, en busca de un doble.
Spock levantó una ceja.
–Un doble...
Antes de tomar en consideración esa posibilidad improbable, tenía que investigar la de un fallo en el sistema de seguridad.
–¿Quién estaba de guardia?
–Neon. Era el turno de Jenniver Aristides, pero ella está en la enfermería... señor Spock, lo lamento, pero todavía no sé realmente qué fue lo que ocurrió. Acabo de enterarme de que se sintió enferma, pero consideré que era más importante comenzar con la búsqueda.
–Perfecto. ¿Qué otras órdenes ha dado usted?
Barry al Auriga respiró profundamente.
–Que doblen la guardia. Lo que yo quiero es lo que quiso desde el principio la propia teniente comandante Flynn... cambiar al prisionero a una celda de seguridad. ¿Continúan en vigor las órdenes de mantenerlo en este camarote? ¿Se encuentra el capitán en condiciones de dar órdenes?
–No, teniente, no lo está, pero ésas eran órdenes mías y continúan en vigor.
–Después de lo que ha ocurrido... –El resentimiento se hizo manifiesto en la voz de al Auriga.
–El capitán comprendió mi razonamiento al respecto –respondió Spock, demasiado consciente de que su razonamiento había demostrado ser imperfecto.
–Esto es una locura, señor Spock. Si se ha escapado antes, quizá pueda volver a hacerlo a pesar de la doble guardia. Podría recuperar el arma del sitio en el que la esconde. La descripción de que disponemos indica una semiautomática de doce disparos, así que todavía le quedan diez de esos condenados proyectiles... en alguna parte.
–Las órdenes continúan en pie, señor al Auriga.
Oyó pisadas y se volvió a mirar por encima del hombro, antes de que el sonido estuviera al alcance del oído humano. Un técnico médico apareció por el recodo del pasillo, corriendo pesadamente. Parecía agitado y aturdido. Su bata estaba manchada de sangre.
Abrió torpemente su maletín médico antes incluso de detenerse junto al cuerpo de Mandala Flynn. Tras arrodillarse, buscó el pulso de la mujer y levantó unos ojos consternados.
–¡Por el amor de Dios, no se queden ahí parados! –Sacó del maletín un estimulante cardíaco y comenzó la reanimación. –
Spock lo apartó suave pero firmemente de Flynn.
–No hay necesidad –le aseguró–. No hay razón para hacerlo. Está muerta.
–¡Señor Spock...!
–Mírele los ojos.
El técnico hizo lo que le pedían, pero fue al Auriga quien profirió un grito ahogado.
–Ésa es la misma apariencia... –El técnico miró a Spock a los ojos–. Ésa es la misma apariencia que tienen los ojos del capitán. El doctor McCoy lo está operando en este preciso momento.
Spock le volvió deliberadamente la espalda al técnico. No quería pensar en que Jim Kirk estaba siendo mutilado aún más en un inútil intento de salvarle la vida.
Unos golpes los sobresaltaron a todos.
–¡Déjenme salir!, ¿me oyen? –gritó el doctor Mordreaux, golpeando nuevamente la puerta–. ¡Yo no he hecho nada! ¿De qué se me acusa esta vez? ¡Les digo que estuve aquí mismo desde que me subieron a bordo de esta maldita nave!
Barry al Auriga se volvió lentamente hacia la puerta cerrada, con el cuerpo tenso de ira. Spock esperó, para ver qué haría el oficial de seguridad; esperó para ver si el hombre de ojos escarlata podía controlarse lo suficiente como para ocupar el puesto de Mandala Flynn. De pronto, al Auriga se encogió de hombros aunque con las manos apretadas en sendos puños, y luego se relajó gradualmente. Se volvió hacia el técnico médico, que estaba de pie junto al cuerpo de Flynn, con actitud de impotencia.
–¿Tiene algún sedante para darle?
–¡No! –dijo Spock con tono tajante.
Los otros dos hombres lo miraron fijamente. Neon, haciendo caso omiso de todos ellos, sacó la camilla del compartimento correspondiente del maletín médico abandonado, y emprendió la tarea de desplegarla.
–Señor Spock –comenzó al Auriga–, no puedo interrogarlo si está en estado histérico.
–El doctor Mordreaux ha estado bajo la influencia de una cantidad excesiva de drogas que le fueron administradas por una cantidad de razones excesivamente endebles antes de que comenzara este viaje –respondió Spock–. A menos que se le permita recuperarse de los efectos de todas ellas, no oiremos jamás una historia coherente de sus labios. La teniente comandante Flynn ordenó un registro de la nave, ¿no es así?
–Sí –replicó al Auriga.
–En tal caso, quizá debería proceder a efectuarla.
–Ya ha comenzado –aseguró el oficial de seguridad. Luego profirió una imprecación en voz muy baja–. Y tenemos que encontrar esa condenada arma.
–Ya habrán, por supuesto, registrado al doctor Mordreaux.
Barry al Auriga pareció congelado.
–¡Oh, dioses míos! No creo que nadie lo haya hecho. ¿Neon...?
–Prisionero, seguridades, separación –dijo Neon. Alisó la camilla arrugada hasta convertirla en una lámina plateada plana y la empujó hacia abajo hasta que casi tocó la cubierta–. Corredor, camarote, separación.
–Ninguno de nosotros se ha acercado a él. La teniente comandante Flynn iba a registrarlo, creo, pero...
–Será mejor que lo hagamos ahora –decidió Spock–.Desbloquee la puerta y apártese de ella.
Mientras al Auriga desbloqueaba la puerta, Neon subió a Mandala Flynn sobre la camilla y luego la hizo flotar, junto con su carga, hasta la altura de la cintura. Se acercó al técnico médico que cogió el mando de dirección, y se quedó inmóvil mirándola con expresión ausente.
–Llévela a estasis hasta que hayamos leído su testamento –dijo Spock–. Neon: Neon, puerta, cubrir.
El técnico médico se apartó; Neon inclinó la cabeza en señal de asentimiento y se desplazó hacia un lado de la puerta, donde se preparó para saltar al interior del camarote y prestar su ayuda si era necesario.
–Doctor Mordreaux –llamó Spock en un tono de voz lo suficientemente alto como para que el otro pudiese oírlo–, por favor, cálmese. Voy a entrar para hablar con usted.
El aporreo de la puerta cesó.
–¿Señor Spock? ¿Es usted, señor Spock? ¡Gracias, dioses, una persona racional en lugar de todos estos estúpidos militares burócratas!
Spock empujó la puerta para abrirla. Estaba preparado para moverse con cada fibra de fuerza y velocidad para impedir que fuese disparado otro proyectil de telaraña; pero el doctor Mordreaux permaneció completamente inmóvil en el centro del camarote, con los brazos extendidos y rígidos. Cuando vio a Spock, sus ojos se abrieron enormemente, pero no se movió.
–Señor Spock, ¿qué ha ocurrido?
Spock se miró la camisa y las manos manchadas de sangre, pero no le respondió.
–Tengo que registrarle, doctor Mordreaux.
–Adelante –respondió Mordreaux con un tono de resignación en que resonaba una cierta ironía–. Estoy adquiriendo mucha práctica en seguir el protocolo.
Spock lo registró rápidamente.
–Está desarmado.
Barry al Auriga registró el camarote con su sensor.
–Señor Spock, ¿qué es lo que se supone que he hecho? –Acaban de dispararle al capitán Kirk.
–¿Qué? ¿Y sospecha usted de mí?
–Hubieron varios testigos.
–Están mintiendo. Están mintiendo exactamente igual que todos los otros que han mentido con respecto a mí. Yo no le he hecho daño a nadie. No he hecho nada. Lo único que he hecho en toda mi vida ha sido ayudar a mis amigos a realizar sus sueños.
Por muy perjudicial que pudiese ser la verdad, si Spock se la guardaba para sí, el profesor no volvería a tener nunca una razón válida para confiar en él.
–Señor... yo, soy uno de los testigos del ataque. –Le tendió las manos ensangrentadas.
Mordreaux lo miró fijamente, anonadado.
–¡Usted...! Por favor, señor Spock, ¿cómo puede usted creer eso de mí?
–Aquí dentro no hay arma alguna –anunció al Auriga, apagando en sensor–. Tiene que haberse deshecho de ella.
Tengo que ayudar en el registro, señor Spock. Creo que será mejor que salga aquí fuera hasta que pueda disponer otra guardia.
–No hace falta que se preocupe por mi seguridad.
–Señor Spock...
–Si es necesario, convertiré eso en una orden, señor al Auriga.
El oficial de seguridad le dirigió una feroz mirada momentánea, y luego se encogió bruscamente de hombros. –Lo que usted diga.
Spock y el doctor Mordreaux se quedaron solos.
–Ciertamente, me resulta difícil creer que usted haya asesinado a mi capitán ––le aseguró Spock–. Sin embargo, tengo la prueba de mis propios ojos.
–No era yo –afirmó el doctor Mordreaux–. Tiene que haber sido... un impostor. Alguien que intenta inculparme.
–Doctor Mordreaux, ¿qué razón tendría nadie para intentar acumular ahora cargos contra usted? Ya lo han sentenciado a ser recluido en una colonia de rehabilitación. No existe una pena más severa que esa.
–Sólo la muerte –dijo Mordreaux, y emitió una risilla ahogada–. No queda nada más que la muerte, y eso es lo que han planeado para mí. –De la risa histérica pasó a las lágrimas, y cayó llorando sobre la cama.
–¡Doctor Mordreaux! –exclamó Spock.
Cogió a Mordreaux por la pechera de la camisa y lo puso de pie. La otra mano de Spock estaba apretada en un puño.
Mordreaux sollozaba cubriéndose el rostro con las manos.
–No puedo evitarlo, lo siento, no puedo evitarlo.
Spock aflojó los dedos, impresionado por sus propios actos. Había sido presa del impulso nervioso de golpear al profesor.
–Doctor Mordreaux, en este momento no puedo permanecer aquí por más tiempo. Por favor, trate de calmarse.
–No soy yo –dijo Mordreaux a través de las lágrimas–. No soy yo, son las drogas las que hacen que me comporte de esta forma. Por favor, no vuelva a drogarme.
–No –le aseguró Spock–. Basta de drogas. –Bajó la mirada hasta el hombre al que había respetado durante tanto tiempo y que ahora se estremecía y lloraba totalmente fuera de control–. Regresaré cuando pueda.
Dejó a Mordreaux en el camarote y volvió a cerrar bien la puerta tras de sí. Neon reactivó los escudos energéticos.

4

Consultorio del doctor McCoy.
La placa con su nombre que descansaba sobre el escritorio estaba medio girada a causa de un golpe; Leonard McCoy la miró sin verla mientras la misma le devolvía la mirada, burlándose de él con las mismísimas letras de su título profesional. El bronce y el plástico valían tanto como su competencia. Vertió whisky en el vaso que acababa de vaciar; era un buen bourbon de Kentucky, no esa porquería de bebida alienígena que todos los demás tripulantes de la nave sacaban de vaya Dios a saber dónde, se la bebían y luego intercambiaban historias de resaca. Resultaba asombroso la enorme cantidad de especies supuestamente inteligentes que escogieran voluntariamente un auténtico veneno, el etanol, como droga de recreo; realmente asombroso que tantos tipos de sistemas biológicos diferentes reaccionaran de forma similar ante él. Incluso había visto a Spock borracho en una ocasión, aunque el vulcaniano se negaba a hablar de aquel incidente. No tenía importancia. Spock no era más divertido cuando estaba borracho de lo que lo era en estado de sobriedad.
Había acabado una vez más con la bebida del vaso. Creía que acababa de llenarlo. No importaba. Volvió a verter licor dentro del mismo. Las cosas que llegaba a beber la gente, incluso el horroroso brandy preferido por Jim...
Desde su garganta subió un suave sonido de dolor y tristeza. Se suponía que el bourbon tenía que hacerlo olvidar lo que había ocurrido, no obligarlo a recordar lo que había visto, oído, sentido, el recuerdo de aquel sedoso brillo gris sobre los ojos abiertos de Jim Kirk...
Desde el exterior de su despacho le llegaban los tonos y armonías del sistema de soporte vital de la unidad de cuarentena de cuidados intensivos. Se puso de pie de mala gana y se encaminó con paso inseguro a mirar las pantallas del sistema de soporte vital.
El crecimiento de la tela mecánica se había detenido; las fibras moleculares ya no continuaban retorciéndose más y más en el cerebro de Jim. McCoy había unido la arteria cortada y cerrado la herida del pulmón perforado; incluso había inducido la regeneración en el corte quirúrgico para que cicatrizara sin dejar marcas.
Sin embargo, el escáner presentaba unas señales tremendamente engañosas. Evidenciaban una respiración normal, pero era el respirador el que obligaba al aire a penetrar en los pulmones de Jim; su cuerpo no hacía movimiento ninguno por sí mismo. Los latidos del corazón de Kirk continuaban siendo regulares, pero la ausencia de señales en la pantalla paralela demostraba que el corazón se contraía a causa de la naturaleza del músculo mismo, y no como respuesta a un impulso nervioso. Los nervios estaban destruidos. Incluso el nudo seno–auricular y el nódulo aurículo–ventricular habían sido penetrados por las hebras y destrozados.
La química sanguínea parecía normal, pero era una normalidad inducida cuyas lecturas se mostraban completamente estables y no cambiaban nunca. El PH y los electrolitos, el azúcar de la sangre y la hemoglobina eran todos estabilizados por una parte extraordinariamente sensible del equipo. En un ser humano normal, sano y vivo, las lecturas estarían todas por encima de la escala media, reaccionarían ante todo, desde la forma de respirar y el hambre hasta las variaciones del humor, la observación y la imaginación.
McCoy procuraba mantener los ojos apartados de aquellas máquinas. Mientras no las mirara, podría continuar engañándose. Todavía tenía el vaso medio lleno en la mano. Lo vació y sintió una ola de esperanza, y la repentina certidumbre de que si volvía a mirar, se encontraría alguna prueba de que el cerebro de Jim había sobrevivido y que su dueño viviría y podría recuperarse.
Se volvió hacia la última y más importante pantalla.
Todas las líneas de onda cerebral eran planas, tan planas como un muerto, solían decir en la facultad de Medicina, con aquel cinismo autoprotector de los jóvenes que todavía no se han acostumbrado a la muerte. Alfa, beta, delta, zeta, y todas las ondas menores hasta omega; todas las señales que podían dar indicios de vida indicaban que Jim estaba muerto.
La tela estaba completa y había dejado de crecer por sí misma. No había nada que McCoy o cualquier otro pudiera hacer para detenerla. Así era como la habían diseñado. Los proyectiles de telaraña estaban prohibidos en todos los mundos de la Federación. Las armas que las disparaban eran sólo armas terroristas; mataban con seguridad y certeza y causaban una muerte lenta y horrible.
¿Había alguna muerte bella?, se preguntó McCoy. ¿Es menos segura la muerte causada por el rayo fásico? Es muerte de todas formas, tanto si uno desaparece de la existencia con un destello o si se disuelve lentamente en la entropía universal a pesar de los recursos de la medicina moderna.
Las hebras se ramificaban exponencialmente a lo largo de los axones y dendritas, subían por la médula espinal e invadían el cerebro. Las moléculas neurofílicas metalo–orgánicas se concentraban en el cerebelo, y tenían una afinidad tan grande con el nervio óptico que tras invadir y destruir la retina continuaban creciendo alrededor del ojo, por encima de la esclerótica y el iris, hasta dejar los párpados inmóviles y permanentemente abiertos.
Jim Kirk miraba al techo con sus ojos muertos de color gris sedoso.
McCoy entró nuevamente en su consultorio y se sirvió otra copa. Con las lágrimas calientes que le caían por las mejillas, se derrumbó en su silla mientras aferraba el vaso como si la frialdad del mismo pudiera proporcionarle algún consuelo para el ciego dolor vociferante que sentía.
–Doctor McCoy...
McCoy se sacudió bruscamente, sobresaltado por la silenciosa aparición de Spock en la puerta del despacho. Un poco de bourbon que saltó fuera del vaso y le salpicó la mano, le refrescó la piel al evaporarse el alcohol. Con actitud desafiante, bebió el poco de licor que quedaba y depositó la copa con un golpe.
–¿Qué quiere, Spock?
Spock lo miró con expresión impasible.
–Creo que debe usted de saber por qué he venido.
–No, no lo sé. Tendrá que decírmelo usted.
Spock salió del consultorio y se detuvo, cruzado de brazos, ante la unidad de cuarentena. Pasado un momento, el médico se levantó de mala gana y lo siguió.
–Doctor McCoy, el capitán está muerto.
–Eso no es lo que dicen mis máquinas –respondió McCoy con sarcasmo, y de pronto le vino a la memoria un fugaz recuerdo de Jim Kirk riendo y preguntando: « Bones, ¿desde cuándo ha depositado confianza alguna en sus máquinas?».
–Eso es precisamente lo que dicen sus máquinas.
Los hombros de McCoy cayeron.
–Spock, la vida es algo más que unas señales eléctricas.
Quizá, de alguna manera...
–Su cerebro está muerto, doctor McCoy.
McCoy se tensó; no quería estar de acuerdo con lo que decía Spock, por mucho que él mismo supiese que era verdad. Por algún motivo, su consciencia enturbiada por el alcohol insistía en que mientras él creyese que Jim podía recuperarse, la posibilidad era tan buena como si fuese real.
–Yo estuve en su mente hasta un momento antes de que muriera –declaró Spock–. Doctor, yo lo sentí morirse. ¿Sabe usted cómo funcionan las telarañas? Las hebras se enroscan a lo largo de las fibras nerviosas. Cuando aprietan, cortan las conexiones entre las neuronas. Cortan las neuronas mismas.
–He estudiado medicina militar, Spock. Más que usted. Incluso más que usted.
–El cerebelo del capitán está destrozado. No hay esperanza de recuperación.
–Spock...
–El cuerpo que queda es una cáscara vacía. No está más vivo que un clon sin cerebro, a la espera de que su dueño lo utilice para que le reemplacen órganos.
McCoy se lanzó hacia delante, lanzando su puño en un golpe desmañado de boxeo.
–¡Maldito sea, Spock! Maldito sea, maldito sea...
Spock le agarró la mano con toda facilidad. McCoy continuó intentando golpearlo, pero no consiguió vencer la fuerza del oficial científico.
–Doctor McCoy, usted sabe que tengo razón. McCoy se derrumbó, vencido.
–No puede mantenerlo así por más tiempo. Usted hizo lo que pudo para salvarlo, pero desde el mismo momento en que fue herido, nada podía salvarlo. Su fracaso no constituye una vergüenza para usted, a menos que continúe con esta farsa de vida. Déjelo marchar, doctor, se lo ruego. Déjelo marchar.
El vulcaniano hablaba con un penetrante apasionamiento. McCoy levantó los ojos hacia él, y Spock se volvió mientras luchaba por ocultar los poderosos sentimientos de dolor y desesperación que habían estado peligrosamente cerca de abrumarlo.
–Sí, señor Spock –reconoció McCoy–, usted tiene razón.
Abrió la puerta de la cámara de cuarentena. El aire siseó al pasar por su lado y entrar en la sala de presión negativa, y él entró. Spock lo seguía. McCoy examinó una vez más los equipos de soporte vital, pero sabía de sobras que no debía esperar cambio alguno. Las señales continuaban siendo planas e incoloras; todos los receptores emitían el mismo tono continuado.
McCoy apartó un mechón de cabellos de la frente de Jim. Apenas podía soportar mirar el rostro de su amigo, a causa del aspecto de los ojos.
Se puso a trabajar de forma deliberadamente precisa. Una vez que hubo tomado la decisión, sus manos se movieron con firmeza, sin que las afectara el licor que él había ingerido. Retiró las agujas de los brazos de Jim, e inmediatamente las señales comenzaron a variar sus armonías. Los tonos del oxígeno bajaron, los del dióxido de carbono subieron; ya nada filtraba al interior de aquel cuerpo los productos de la actividad metabólica. Las señales se deterioraron desde una armonía perfecta a acordes menores, para transformarse luego en una disonancia absoluta. McCoy quitó las conexiones que hubieran vuelto a poner en marcha el corazón de Jim cuando inevitablemente se parase. Finalmente, con los dientes apretados, el doctor McCoy desconectó el respirador.
El corazón de Jim Kirk continuó latiendo, porque hubiera continuado latiendo incluso si se lo hubieran arrancado del pecho; el músculo se contrae rítmicamente hasta que las células pierden la sincronía, el corazón entra en estado de fibrilación, y las células mueren una por una.
Pero el reflejo respiratorio requiere un impulso nervioso. Cuando McCoy apagó el respirador, el cuerpo de Jim no hizo el más mínimo intento de respirar. Después de la última exhalación involuntaria, no hubo lucha alguna y eso, mucho más que las pruebas que le presentaban las máquinas, las capacidades persuasivas de Spock, o su propia certeza intelectual, convenció finalmente a McCoy de que toda chispa o susurro de vida había abandonado a su amigo.
Todas las señales vitales se estabilizaron en cero, y los tonos se silenciaron.
El médico cubrió con la sábana cl rostro de Jim, sus muertos ojos grises.
McCoy se quebró. Lo sacudieron los sollozos y él se tambaleó, repentinamente consciente de la enorme cantidad de alcohol que había ingerido. Estuvo a punto de caer, pero Spock lo cogió y lo sostuvo en la cosa más cercana a un abrazo que podía soportar el vulcaniano.
–Oh, Dios, Spock, ¿cómo pudo ocurrir esto?
Spock aferró a McCoy cuando se caía, y lo levantó con facilidad. La sensación de pérdida y culpa se manifestaban tan intensamente en Spock que él no podía negar su existencia; lo único que podía hacer era evitar que afloraran a su exterior. Aquello no disminuía la vergüenza que sentía por dentro. Su rostro recobró la compostura, llevó a McCoy hasta uno de los cubículos y lo tendió sobre una cama. Le quitó las botas y aflojó los broches de la camisa manchada de sudor, lo cubrió con una manta y bajó la intensidad de las luces. Después, al recordar la única ocasión humillante y accidental en la que él mismo se había embriagado, Spock decidió quedarse junto a McCoy, hasta asegurarse de que el médico no había ingerido etanol suficiente como para poner en peligro su propia vida. Spock se sentó en una silla cercana a la cama de McCoy, y descansó la frente sobre una mano.

Spock ignoraba tanto como McCoy el hecho de que alguien los había observado. Al otro lado de la unidad de cuarentena, en un cubículo que tenía la cortina medio descorrida, Ian Braithewaite había visto todo lo ocurrido. Estaba profundamente sedado; se había fracturado el cráneo a la altura de la línea de crecimiento del cabello y tenía una grave conmoción provocada por la caída sufrida en el puente; sentía un dolor de cabeza feroz, y veía doble y cuádruple.
Al principio no se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo, y luego pensó que debía tratarse de una alucinación o un sueño. Cuando se dio cuenta, con incredulidad, de que estaba observando algo real, intentó luchar para levantarse, pero los sensores le inyectaron más sedantes. Mientras las pantallas de soporte vital que estaban junto al capitán se apagaban una a una, sintió que él mismo perdía la consciencia. Intentó gritar, hacer que McCoy y Spock se detuvieran, pero no podía moverse. Sólo pudo observar con impotencia mientras el señor Spock y el doctor McCoy discutían y esperaban luego a que Jim Kirk muriese.
Ian cayó en la total inconsciencia, convencido de que nunca volvería a despertarse, pero consciente de qué era lo que acababa de ver.

Spock, se puso bruscamente de pie. Había estado a punto de dormirse. Si se dormía en aquel momento, resultaría difícil despertarlo durante al menos unos cuantos días. Durante cuánto tiempo más podría resistir la creciente necesidad de descanso, era algo de lo que no estaba seguro, pero no le quedaba elección. Ante sí tenía demasiadas obligaciones como para permitirse un descanso.
¿Pero qué era lo que le había impedido dormirse? Miró al doctor McCoy, pero éste dormía profundamente y no manifestaba inquietud alguna.
En el espacio de luces bajas de la sala principal de la enfermería, la luz que llegaba desde la unidad de cuarentena estaba parcialmente bloqueada; fue la sombra que caía sobre él la que había llamado su atención.
Jenniver Aristides, la oficial de seguridad que se había puesto enferma cuando estaba de guardia ante el camarote del doctor Mordreaux, miraba a través de los cristales a las máquinas silenciosas, los sensores mudos y el cuerpo cubierto del capitán. La luz brillaba al reflejarse en ella mientras dos lágrimas bajaban de sus ojos plateados por sus mejillas gris acero, y sus dedos se aferraban al antepecho de la ventana.
Christine Chapel atravesó apresuradamente la sala.
–Alférez Aristides, no debería estar levantada.
–El capitán está muerto –dijo Aristides con voz suave.
Chapel vaciló.
–Ya lo sé –le respondió–. Ya lo sé. Por favor, regrese a su cama o se pondrá gravemente enferma.
–No puedo quedarme. Me necesitan.
Chapel se puso delante de Aristides para bloquearle la salida al pasillo. Aristides esperó pacientemente con sus enormes manos colgando laxas a los lados, sin manifestar agresividad alguna. El contraste entre ambas mujeres era tan marcado, que un observador que no estuviese familiarizado con sus antecedentes hubiera encontrado difícil creer que pertenecían a la misma especie. La enfermera Chapel era una mujer alta, fuerte y elegante, pero junto a la granítica solidez de Aristides, parecía tan traslúcida y delicada como los jinetes del viento que vivían por encima de los desiertos altos de Vulcano, demasiado frágil como para tocar siquiera el suelo.
Spock se puso de pie y se acercó silenciosamente a Aristides. Era el único ser humano de a bordo de la Enterprise que igualaba a Spock en lo que a la fuerza física se refería. Hacía algo más que igualarlo. Él y Chapel juntos no hubieran podido detener a la oficial de seguridad si ella hubiese decidido continuar adelante.
–Alférez –le dijo–, cuando esté aquí debe obedecer las órdenes del personal médico.
–Ya estoy recuperada –le respondió ella–. Tengo deberes que cumplir.
–El doctor McCoy la dio de baja en el servicio durante por lo menos una semana –aseguró Chapel.
Miró a Spock, que estaba detrás de Aristides, aliviada y agradecida, al menos por el apoyo moral; ella debía de ser tan consciente como él de que Aristides podía hacer lo que quisiera. Spock se preguntó si con ella tendría efecto un pinzamiento de nervio, si su mano podría abarcar el enorme trapecio de la mujer, y si el nervio mismo estaría lo suficientemente cerca de la superficie como para resultar accesible.
–Debería haber hablado del honor –explicó Aristides–. Me queda un poco de honor.
–Aquí nadie pone su honor en tela de juicio –replicó Spock.
Aristides no respondió.
–¿Qué es lo que la puso enferma? –le preguntó Spock a Chapel–. ¿Corre peligro de recaer?
Chapel parpadeó y se pasó una mano por los ojos mientras buscaba en su memoria un punto de las horas pasadas, que le daba la impresión de que habían sido días.
–Botulismo hipermórfico –respondió.
–Tremendamente insólito.
Spock, al igual que Kirk, había dado por supuesto que los dos colegas de lan Braithewaite habían sido contagiados por una fuente común de Aleph Prime, ¿pero cómo era posible que también Aristides hubiese contraído la enfermedad? Ni en Aleph Prime ni en la Enterprise se había producido una ola de envenenamiento alimenticio. Por el contrario, el único punto que las víctimas tenían en común era Mordreaux.
–Estoy recuperada –insistió Aristides–. No puedo permanecer aquí. Al menos, permítanme que me marche a mi habitación.
Spock levantó interrogativamente una ceja.
–¿Existe alguna objeción médica para eso?
–No es una buena idea.
–Por favor –susurró Aristides–. Se lo ruego.
Una expresión de lástima suavizó el rostro de Chapel. Tendió un brazo para tocar la banda de plástico y metal de la muñeca izquierda de Jenniver, pero la oficial de seguridad retrocedió como si... ¿como si Chapel pudiera golpearla? Eso no tenía sentido. Quizá, simplemente no le gustaba que la tocasen.
–Jenniver –dijo Chapel–, ¿me promete que no se quitará el sensor? De esa forma, si se encontrara mal, sabríamos dónde está y podríamos ir en su ayuda.
–Si me hace falta ayuda en algún momento, el sensor sonará.
Eso no era una respuesta, pensó Spock. Ha hecho una afirmación pero no ha prometido nada.
–Sí, sonará. Supongo que no hay problema en que se quede en su camarote –respondió Chapel, que sí interpretó la frase como una respuesta–. En este momento, lo que más necesita es descansar.
Jenniver Aristides inclinó la cabeza en señal de gratitud, y Christine Chapel se apartó para que pudiera salir. La oficial de seguridad se encaminó pasillo abajo caminando trabajosamente, giró en el recodo del pasillo y desapareció de la vista.
Chapel la observó marcharse, luego entró en la enfermería, avanzó unos pasos y se detuvo.
–Espero haber hecho lo correcto.
Spock quería volver a comprobar el estado del doctor McCoy, pero al volverse Chapel tendió una mano y le rozó la manga con los dedos. Spock volvió a encararse con ella, esperando una manifestación emocional de alguna clase que él se negaría a comprender.
–Señor Spock –le dijo ella con bastante compostura–, alguien debería informar a la tripulación de lo que ha sucedido. No es justo dejar que lo averigüen por los rumores, o de la forma que lo ha hecho Jenniver. Que lo he hecho yo. Ahora, está usted al mando. Si no puede... si prefiere no hacerlo, debe pedirle a alguien que informe en su lugar.
Spock vaciló durante un momento y luego asintió con la cabeza.
–Tiene razón –replicó. Le resultaba difícil admitir que había fallado, o al menos había tenido un descuido, con respecto a su primer deber para con la nave y la tripulación; hubiera hecho un correcto uso de su autoridad en caso de reprender a Chapel por hablar fuera de lugar, pero ella tenía razón–. En efecto, tiene razón. No lo retrasaré por más tiempo.
Ella asintió rápidamente sin dar muestras de satisfacción, y lo dejó solo, para desaparecer en las profundidades en sombras de salas llenas de máquinas, medicinas y conocimientos que eran, en aquel momento, de muy poca utilidad.
Detrás de Spock, McCoy gimió. Spock regresó al cubículo porque, si el alcohol había puesto enfermo al médico, éste necesitaría ayuda. Spock hizo aumentar las luces a un nivel ligeramente superior.
McCoy se echó los brazos sobre los ojos.
–Baje eso –murmuró, pronunciando las palabras de forma tan indistinta que Spock apenas pudo comprenderlas. La intensidad de la luz no constituía diferencia alguna para Spock; podía ver en lo que para el ojo humano hubiese parecido una oscuridad total. Accedió a la petición de McCoy.
–Doctor, ¿puede oírme?
La respuesta de McCoy fue completamente incomprensible.
–Doctor McCoy, tengo que volver a mis obligaciones.
–He tenido un sueño –dijo McCoy, pronunciando cada palabra con absoluta claridad.
Spock se enderezó. Podía dejar al médico solo. –Spock... he soñado con el tiempo.
–Vuelva a dormirse, doctor. Se encontrará bien por la mañana.
McCoy rió entre dientes, cínica y entrecortadamente. –Usted lo cree así, ¿verdad?
Se frotó la cara con ambas manos. Las arrugas se le habían profundizado desde el día anterior, y tenía los ojos enrojecidos e hinchados. Miró a Spock con los párpados entre cerrados, como si el vulcaniano estuviera a plena luz. –Ya sé qué es lo que tenemos que hacer –afirmó.
–Sí –dijo Spock–. Tengo que informar al resto de la tripulación de la Enterprise de lo que ha sucedido.
–¡No!
–Hay que hacerlo, doctor.
–Tiempo, Spock, tiempo. Lo hemos hecho antes... podemos hacerlo otra vez.
Spock no respondió. Sabía qué era lo que estaba a punto de decir McCoy. Él mismo había pensado en esa posibilidad, y la había rechazado de inmediato. Carecía de ética y era amoral; además, si ciertas hipótesis eran correctas, era, finalmente, algo tan destructivo que lo convertía en un imposible. –Tenemos que arreglar los motores y regresar al pasado. Podemos regresar. ¡Podemos regresar y salvar la vida de Jim!
–No, doctor McCoy, no podemos.
–¡Por el amor de Dios, Spock! ¡Usted sabe que es posible! Spock se preguntó cuánta lógica lograría atravesar el estado altamente emotivo de McCoy. Quizá ninguna, pero tendría que intentar hacérselo comprender.
–Sí. Sería posible regresar en el tiempo. Incluso puede que fuese posible evitar lo que ha ocurrido, pero la tensión provocada por ese acto nuestro distorsionaría el mismísimo espacio–tiempo.
McCoy sacudió la cabeza, como para apartar las palabras de Spock sin siquiera intentar comprenderlas.
–Salvaríamos la vida de Jim.
–Haríamos más daño del que estaríamos intentando reparar.
–¡Lo hemos hecho antes! Lo hicimos para ayudar a otras personas... ¿por qué no podemos hacerlo para ayudar a nuestro amigo?
–Doctor McCoy... en las otras ocasiones nos vimos obligados a intervenir en el curso de los acontecimientos... y no siempre ayudamos a otras personas... lo hicimos para hacer que la continuidad regresara a la línea de máxima probabilidad. No para desviarla.
–¿Y qué?
–Lo hicimos para evitar que el futuro cambiase. En esta ocasión, si cambiamos el pasado, cambiaremos también el futuro.
–Pero aquél era un futuro que ya había tenido lugar. Nosotros vivíamos en él. En este momento, para nosotros el futuro aún no ha ocurrido.
–Eso es lo que nos dirían las personas cuyas vidas se vieron afectadas en ese pasado.
–Me está diciendo que el futuro está irrevocablemente determinado... que nada de lo que hacemos constituye diferencia alguna porque no puede constituirla.
–Yo no estoy diciendo tal cosa. Lo que estoy diciendo es que existen unos caminos de máxima probabilidad que no pueden ser detenidos y recomenzados a nuestro antojo. Hacer eso crearía una discontinuidad... un fenómeno de vacío, si lo prefiere, cuyos efectos y destructividad potenciales no serían en nada diferentes del fenómeno que orbitábamos hace algunos días. Podría arrastrarnos a nuestra propia destrucción. ¿Es eso lo que usted desea para el futuro?
–¡En este mismo momento no me importa el futuro! Estamos viviendo en el presente. ¿Qué importancia puede tener si algo que hacemos ahora lo cambia, o lo hace algo que hagamos unas horas más atrás?
–Ya lo creo que tiene importancia. Eso está implícito en todas las teorías presentadas acerca del funcionamiento del tiempo, desde las extrapolaciones vulcanianas de hace un milenio, pasando por las derivaciones de la relatividad general elaboradas en la Tierra en el siglo veintiuno, hasta llegar al último trabajo publicado recientemente por el doctor Mordreaux.
McCoy lo miró fijamente.
–¡Mordreaux! ¡Me está citando su trabajo para demostrarme que no podemos deshacer el crimen que él cometió! –En efecto, eso es verdad. McCoy se puso en pie de un salto.
–Váyase al infierno. Usted no es el único de la nave que conoce lo relativo al efecto látigo. Voy a ir a buscar a Scotty y... Spock lo detuvo poniéndole una mano sobre el hombro, y McCoy sintió que un escalofrío le bajaba por la columna al apretarle Spock suavemente el nervio situado en la conjunción entre el cuello y el hombro.
–No deseo incapacitarlo, doctor McCoy. En las condiciones en que se encuentra, resultaría peligroso. Pero lo haré si me veo obligado a ello.
–No puede mantenerme inconsciente o encerrado para siempre...
–No, no puedo.
–¿Y cómo piensa detenerme, entonces?
–Esta noche lo confinaré en su camarote si es necesario. No puedo exagerar los peligros de lo que usted tiene enmente.
–¿Y después de esta noche?
–Espero que por la mañana se encuentre usted en un estado más receptivo al razonamiento.
–No cuente con ello.
–Doctor McCoy, le prohibo que siga por ese camino. McCoy se volvió bruscamente y se encaró con Spock, hecho una furia.
–Y usted cree que puede darme órdenes, a mí, ¿no es cierto? ¿Porque ahora es el capitán? ¡Usted nunca será el capitán de esta nave!
Su voz era un grito ronco aguardentoso, y sólo la ira impedía que cayera.
Spock retrocedió un paso y recobró la postura.
–Doctor McCoy, le pido que me dé su palabra como oficial de la Flota Estelar, de que esta noche no llevará a cabo el acto con el que acaba de amenazarme.
–Spock no verbalizó su propia amenaza.
McCoy lo miró con ferocidad y luego se relajó bruscamente.
–Claro. Esta noche no haré nada. Le doy mi palabra. ¿Qué más me da? –Se echó a reír con unas carcajadas que sonaban como el acero golpeado–. ¡Dispongo de todo el tiempo del mundo! –Se volvió y entró en la enfermería–. ¿Qué ha ocurrido con mi botella?

La teniente Uhura estaba sentada en su terminal del puente, a punto de gritar.
Teniente Uhura, se dijo. Recuerda eso. Recuerda eso en todo momento.
Sabía perfectamente bien que ni gritaría ni buscaría nada para arrojarle a Pavel Chekov, aunque deseaba poder hacer ambas cosas. Al incrementar la tensión de las últimas horas, el nervioso ruso se distraía mediante el sistema de alternar murmullos en su incomprensible idioma natal, con silbidos tan desafinados que no debía de darse cuenta de lo que estaba haciendo. Uhura tenía un oído perfecto; los silbidos de Chekov eran monótonos. A Uhura le sonaban como el constante raspar de unas uñas sobre una pizarra.
Uhura también sabía que su irritación por los hábitos nerviosos de Chekov era su manera de intentar no preocuparse más por el capitán. El doctor McCoy no había emitido ningún informe desde el momento inmediatamente posterior a la operación quirúrgica, y eso había ocurrido varias horas antes. No sabía si pensar en el silencio como en una señal de esperanza o de algo siniestro.
No se trataba tanto de que Chekov silbara media frase de la tonada una y otra vez, ni siquiera de que la silbara en un tono erróneo para esa música, pero cuanto más continuaba, más monótonas se hacían las notas.
Spock no había regresado, y Uhura no había tenido noticias suyas a través de los canales de comunicación de la nave desde el momento en que abandonó el puente. Tampoco había sabido nada de Mandala Flynn. Tenía que hallarse en la enfermería, porque Beranardi al Auriga estaba coordinando la búsqueda de un cómplice del agresor.
Uhura se estremeció. Las telarañas eran poco más que un rumor para ella; había nacido en la Tierra, donde hacía años que no existía el terrorismo. Sabía qué era lo que podían hacer las telarañas; sin embargo, daba por supuesto que los rumores eran exagerados. El capitán Kirk y Mandala Flynn estaban ambos en la enfermería, quizá gravemente heridos, pero se recuperarían. Uhura estaba segura de ello. Después de todo, Mandala se había marchado de allí por su propio pie, así que difícilménte podía estar herida de muerte.
Pavel llegó a una nota particularmente discordante, y Uhura le dirigió una mirada de fastidio.
Las puertas del turboascensor se abrieron y Pavel Chekov dejó de silbar.
Spock entró en el puente, y Uhura supo de inmediato, mientras sentía que la invadía una abrumadora ola de desesperación, que todo había salido terriblemente mal.
Sin pronunciar una sola palabra, Spock descendió hasta el nivel inferior del puente. Se detuvo durante un instante y luego se sentó en el sillón del capitán.
Uhura apretó sus largos dedos. Experimentó el impulso irracional de ponerse en pie de un salto y huir de su puesto hacia algún lugar en el que no tuviese que oír lo que Spock estaba a punto de anunciarles.
Pero Spock acababa de abrir los circuitos de llamada de emergencia: cuando hablara, todos los que estaban a bordo de la Enterprise lo oirían. No se podía huir a ninguna parte. Pavel se había girado; también él percibía el desastre y su rostro había palidecido hasta una tonalidad enfermiza.
El silencio y la tensión aumentaron.
Spock cerró los ojos de párpados caídos, los abrió nuevamente y los fijó delante de sí.
–Les habla el comandante Spock.
En muy raras ocasiones se refería a sí mismo por su rango, pensó Uhura, sino sólo por su posición, oficial científico, primer oficial...
–Es mi deber comunicarles que hace pocos minutos, James T. Kirk, capitán de la Enterprise, nave de la Flota Estelar, ha muerto. Recibió una herida fatal. No recuperó el conocimiento después de ser sacado del puente. No sufrió dolor alguno a partir de ese momento.
Uhura se retiró todo lo que pudo al interior de su propia mente, para dejar que las palabras se deslizaran por encima de su consciencia y resbalaran sobre la lisa superficie brillante con la que se había cubierto para defenderse del dolor. Aquella información tendría que penetrar muy lentamente; por el momento, ella era incapaz de aceptarla.
–En su intento por defender al capitán, la teniente comandante de seguridad Mandala Flynn fue herida de muerte. Murió en el cumplimiento de su deber.
Spock hizo una pausa, mientras buscaba alguna de las palabras de consuelo que le resultaban ajenas, para transmitírsela a la tripulación. No encontró ninguna. Cerró los circuitos; el interruptor produjo un chasquido terminante.
–¿EL capitán... está muerto? –Pavel Chekov formuló la pregunta con un tono de voz bajo e incrédulo.
–Sí, señor Chekov.
–Pero... ¿qué vamos a hacer?
–Continuaremos adelante con nuestra misión –respondió Spock–. Teniente Uhura...
Ella le dirigió una mirada inexpresiva, y finalmente le respondió como si hubiera tenido que recorrer una larga distancia para oír lo que decía.
–¿Sí, señor Spock?
–Notifique lo ocurrido a la Flota Estelar... y a las autoridades civiles. El señor al Auriga seguramente deseará tomarnos declaración dentro de las próximas horas. Todos nosotros tendremos que hacer lo posible para informarle de lo ocurrido con absoluta exactitud.
–Sí, señor –respondió ella con voz apagada.

Sulu entró silenciosamente en el minúsculo camarote que compartía con el oficial de artillería, Ilya Nikolaievich. Tenía la mitad del tamaño de su camarote privado a bordo de la Enterprise. Quizá llegaría un momento en el que encontraría desagradable compartir la habitación, pero en aquel preciso momento el entusiasmo que sentía por estar a bordo de la Aerfen era impenetrable. Además, durante las jornadas normales, él e Ilya Nikolaievich estarían de guardia a horas diferentes y cada uno dispondría de la habitación en solitario durante al menos unas cuantas horas por día.
Hacía años que Sulu no se sentía tan bien ni tan cansado como en aquel momento. Había trabajado durante dieciocho horas sin apenas interrupciones de descanso, mientras volvía a familiarizarse con el armamento que llevaba la Aerfen y sus naves hermanas, armas que dependían de la precisión y la sutileza, más que de la fuerza bruta, como ocurría con las de la Enterprise. Estaba contento de su pulso por las marcas que había alcanzado en las prácticas, aunque en absoluto satisfecho, y no se sentiría plenamente feliz hasta que no alcanzase o superase las marcas de los otros oficiales artilleros de la nave. La rivalidad era de carácter cordial, pero no por eso dejaba de ser rivalidad.
Ilya dormía tan tranquilo como un niño. Cuando estaba despierto, su rostro escultural de mandíbula cuadrada manifestaba rasgos de sospecha, vigilancia e incluso crueldad. Le enseñó a Sulu todos los mecanismos y procedimientos con eficacia, franqueza y neutralidad, sin demostrar ni resentimiento ni entusiasmo hacia su colega. Los otros miembros de la tripulación le llamaban Ilyushka, pero como él no invitó a Sulu a llamarlo por ese diminutivo, Sulu se ciñó cuidadosamente al nombre de pila y el apellido. Sulu sabía que tendría que demostrar ante todo el mundo su valía: ante Hunter, por supuesto, y quizá especialmente ante IIya Nikolaievich.
Ilya era más bajo que Sulu, pero de una constitución similar; compacto y bien proporcionado, delgado pero musculoso. El espeso cabello lacio y rubio le caía sobre la frente casi hasta las cejas, y más abajo de la clavícula por la parte de atrás. A Sulu le hacía pensar en Spock, por el tremendo control que ejercía sobre sí mismo. En aquel momento, su rostro no era menos sombrío de lo que lo había sido horas antes, pero la tensión había desaparecido de él. Era un ser humano: lo único que tenía de vulcaniano lo había incorporado deliberadamente a su carácter.
Sulu se quitó la camisa, y luego se sentó para despojarse de las botas. Estaban bastante apretadas, y cuando tiró de una de ellas, la mano le resbaló; la bota se le escapó de entre los dedos. Se lanzó hacia delante para cogerla, consciente de que no lo conseguiría, e hizo una mueca de dolor cuando el estampido rompió el silencio de la nave al chocar contra el piso.
Ilya saltó de su cama y se agachó, con un cuchillo brillándole en la mano derecha. Sulu se quedó inmóvil, inclinado hacia delante y con una mano todavía tendida hacia la bota.
–Lo siento –dijo, incómodo, mientras sentía que la sangre le afluía a las mejillas.
Ilya se irguió, con el entrecejo fruncido, y bajó el cuchillo.
–No se preocupe –replicó–. Debería habérselo advertido. Pasé dos años en las líneas de combate, durante las escaramuzas de la frontera de Orión. –Volvió a guardar el cuchillo debajo de la almohada–. Pero, por favor, no me toque cuando esté dormido, ni se me acerque por detrás sin avisarme. ¿Me comprende? Reacciono de forma refleja y podría herirlo.
–Lo recordaré –le aseguró Sulu.
Ilya asintió con la cabeza. La túnica rusa de cuello alto y larga hasta el muslo se abría por encima del fajín, y dejaba al descubierto una cicatriz que bajaba por el pecho y le cruzaba el abdomen. Sulu no pudo evitar mirarla fijamente, e Ilya advirtió la mirada y se encogió de hombros.
–Un recuerdo –dijo, volvió a meterse en la cama y se durmió sin decir una sola palabra más.
Sulu acabó de desvestirse y se metió en su propia cama de la forma más silenciosa que pudo. Se desperezó, se frotó la nuca y cerró los ojos durante unos minutos; pero no quería dormirse todavía. Bajó el lector que estaba empotrado en la pared de forma que quedara suspendido sobre su regazo. Ni siquiera había tenido tiempo para programarlo con su voz, y de todas formas no tenía manera de hablar con una computadora cuando otra persona estaba intentando dormir en el mismo camarote. Pulsó una tecla para sacar a pantalla los esquemas de la Aerfen. Estudió durante varias horas para memorizar los planos y tomar nota de las diferencias existentes entre aquella nave y las otras del mismo escuadrón.
Mientras leía, hacía girar y girar el anillo de rubí de Mandala en torno a su dedo una y otra vez. La echaba de menos. Todavía no había comenzado a echar de menos la Enterprise, y eso lo asombraba; pero, oh, sí, echaba de menos a Mandala Flynn. Constantemente ocurrían cosas de las que quería hablarle, y continuamente pensaba: « Durante su clase de esgrima, o durante la mía de judo», o «Cuando la vea más tarde... » y luego recordaba que al menos por el momento, esos ratos, los ratos que pasaban juntos, habían terminado.
Finalmente, alrededor de casi veinticuatro horas después de subir a bordo de la nave de la capitana Hunter, se quedó profundamente dormido con la pálida luz de la pantalla de lectura reflejada sobre el rostro.

El comandante Spock descendió por el amplio corredor de la nave que ahora era la suya. No era un ser carente de ambición, pero sus ambiciones apuntaban en una dirección diferente que la de capitanear una nave cuya tripulación estaba básicamente compuesta por seres humanos a menudo incomprensibles. McCoy tenía razón: él era de hecho, si no de título, el capitán de la Enterprise. Desempeñaría sus funciones lo mejor que le fuese posible durante todo el tiempo que tuviera que hacerlo; pero pediría el traslado, como oficial científico, a otra nave lo antes posible. Nunca le pasó por la mente que pudiera quedarse en la Enterprise; ni siquiera se le ocurrió que la actitud más lógica fuese permanecer en la Enterprise bajo el mando de otro capitán. Con la muerte de Jim Kirk, también aquella parte de la vida de Spock había llegado a su final, y él no le encontraba sentido a luchar para prolongarla.
Intentó dilucidar qué había ocurrido, y cómo, pero fracasó completamente. Incluso los cursos de pensamiento razonable acababan en una paradoja o una imposibilidad. No se había encontrado ni la más mínima prueba de la existencia de un cómplice, ni parecía posible que uno hubiese podido acceder a bordo de la nave y escapado posteriormente. La contradicción de aquello era que Mordreaux no podía haber escapado de su camarote sin ayuda, aunque aparentemente lo había hecho. Los informes médicos acerca de Jenniver Aristides eran muy peculiares. Había estado tan seriamente enferma, que Spock rechazó la posibilidad de que ella hubiese puesto en libertad a Mordreaux, y luego tomado veneno para encubrir su culpa. Sin embargo, podría haber sido una conspiradora traicionada. Eso parecía estar dentro de los límites de la posibilidad, si no de la probabilidad.
No se había encontrado el arma, y era seguro que nadie se había deshecho de ella: en el análisis del sistema de reciclaje no se había encontrado ninguna cantidad anómala de elementos insólitos.
¿Había conseguido el misterioso cómplice, o incluso el mismo doctor Mordreaux, alcanzar una de las compuertas de compartimento estanco antes de que todas las salidas fuesen puestas bajo vigilancia? En ese caso, el arma podría haber sido absorbida por el espacio hasta perderse en él. O quizá había sido lanzada a la nada mediante el rayo transportador, y ahora se esparcía, irrecuperable, por todo el volumen del espacio. Aquélla comenzaba a parecer la única conclusión lógica. Sin embargo, Mordreaux en persona no había dispuesto del tiempo necesario para llevar a cabo dicha tarea. Spock ni siquiera podía pensar que había tenido tiempo suficiente para hacer lo que le habían visto hacer.
Spock estaba llegando lentamente y de mala gana a la conclusión de que un miembro de la tripulación había organizado y quizá llevado a cabo aquel crimen absolutamente injustificado.
¿Pero podía confiar en aquella conclusión? Tenía la prueba de sus propias observaciones para demostrar que Mordreaux había cometido el asesinato; pero también tenía la prueba de sus propias observaciones y lo que debían haber sido conclusiones razonables para hacerlo creer que Mordreaux no era un hombre violento: y también esa conclusión parecía falsa.
Lo que había ocurrido en la Enterprise presentaba ciertas inquietantes similitudes con lo que Spock había descubierto implícito en sus observaciones del fenómeno de vacío. El análisis había parecido indicar que la entropía aumentaba a una velocidad mucho mayor de la que debería; que, de hecho, el ritmo mismo de incremento estaba aumentando. A Spock le resultaba extremadamente difícil creer en los resultados, tanto era así que si se hubiera permitido a sí mismo sentir alivio o enfado cuando llegaron las órdenes que interrumpieron su misión, el alivio hubiera superado a la ira. Necesitaba tiempo para revisar nuevamente sus aparatos, para determinar si los resultados estaban meramente originados en un fallo.
Los sucesos de la Enterprise tenían esa misma inquietante aura de error, de acontecimientos que no deberían haber sucedido, y que en realidad no podían haber ocurrido de la forma que parecían haberlo hecho.
De la misma forma que no podía llegar a una determinación final con respecto a los resultados de la entropía sin disponer de más datos, no podía comprender lo sucedido durante las últimas horas sin disponer de mayor información. Spock observaría, haría preguntas y observaría antes de intentar sacar otras conclusiones. Cualquier otro plan seria fútil.
Se enteraría de qué era lo que había ocurrido y por qué; averiguaría la causa de todo ello.
El idioma de Vulcano no contenía ninguna palabra que correspondiera a <.coincidencia:>.
–¡Señor Spock!
Spock se volvió en la dirección del grito. Snnanafashtalli brincaba por el corredor en dirección a él sobre sus cuatro extremidades. Los miembros peludos de la tripulación no tenían obligación de llevar los uniformes de reglamento diseñados para humanoides; Gruñido llevaba unas correas de cuero cruzadas con la insignia de la Enterprise, el comunicador y el soporte de la pistola de rayos fásicos. Se detuvo de forma silenciosa y suave que consiguieron sus músculos ondulando bajo la piel moteada de marrón y escarlata. Tenía los largos dedos enroscados en la postura de carrera, y flexionó las manos con las garras extendidas.
–Por favor, sígame. Existe una gran causa de aprensión.
Spock levantó una ceja. Gruñido hablaba un vulcaniano fluido, con apenas trazas de acento extranjero, y sin ninguno de los ceceos que deformaban su inglés corriente. Los sonidos sibilantes del vulcaniano eran pronunciados de forma muy diferente.
–¿Qué ocurre? –preguntó él, también en vulcaniano.
–La amiga Jenniver. La enfermedad le ha... trastornado la mente. El desorden está en su interior y a su alrededor, y ella sólo ve un sendero para su honor.
Spock no veía ninguna razón en absoluto para creer que Gruñido no comprendiera el significado de aquella frase.
Gruñido cambió al inglés.
–Está desesperada, señor Spock. –Aquello no podía expresarse en vulcaniano si no se recurría a palabras arcaicas–. Sólo desea morir.
–Lléveme hasta ella –pidió Spock–. Rápido.

Jenniver Aristides miró un cuadro de su planeta natal. Colgaba de la pared como si se tratara de una ventana. La había pintado ella misma, en una época en la que se sentía sola y llena de añoranza, débil e incompetente. La pintura no era un talento muy admirado en su mundo de origen, y a veces ella sentía desprecio de sí misma por entregarse a esa actividad; pero aquella escena, un paisaje, le proporcionaba un poco de consuelo. Casi había decidido pintar los pastos detrás del caballo, con los ponnies que salían a pastar después de las labores diarias. Sin embargo, eso hubiera sido desesperantemente sentimental, y el cuadro hubiera resultado estático; en la pintura, las poderosas criaturas de veinticuatro palmos de altura que comían dos toneladas métricas cada una, nunca hubieran levantado las orejas, agitado las melenas ni galopado hacia la lejana cerca entrechocando los cascos como un grupo de potros jóvenes. Así era como le gustaba recordarlos, y no congelados en el tiempo. Necesitaba un cuadro que pudiera hacerle creer que era la realidad.
La puerta de su camarote se abrió. Ella oyó el sonido que hacía pero no volvió la cabeza. Aparte de Jenniver, sólo Snnanagfashtalli podía abrir la puerta, y ella se alegraba de poder ver a su amiga por última vez, aunque no para decirle adiós. Si lo hacía, Fashtall intentaría detenerla. Tendió rápidamente una mano, cogió y escondió los restos del sensor médico aplastado. Había prometido que sólo si necesitaba ayuda, el sensor sonaría. A partir de ese momento no emitiría señal alguna, y ella no necesitaba ayuda ninguna para lo que tenía que hacer.
–Alférez Aristides.
–La voz no era la de Fashtall; pertenecía al oficial científico, al primer oficial... al capitán–. ¿Me permite entrar?
Snnanagfashtalli se acercó a ella por la espalda y frotó su mejilla contra la sien de Jenniver a modo de saludo entre amigas. El pelaje color crema y marrón se deslizó suavemente sobre el cabello áspero, corto y castaño de Jenniver.
–Si lo desea... –respondió ella.
No se trataba de una invitación; no la obligaba a nada ni estaba siquiera, estrictamente hablando, dentro de los límites de la cortesía. Debería de haberse puesto de pie, saludar, responder de alguna manera a la presencia de él, si no a su superioridad de rango; pero no podía siquiera reunir las pocas fuerzas necesarias para moverse en una gravedad normal terrestre. No deseaba ofender a Spock. Muy por el contrario, él era una de las pocas personas de a bordo a las que admiraba de verdad.
A pesar de que Mandala Flynn la había tratado amablemente, no con el desprecio que lo había hecho el teniente comandante de seguridad anterior, Jenniver la había temido por la violencia reprimida que había en ella y, paradójicamente, por su comparativa fragilidad física. Por una cuestión de deber, Jenniver había respetado al capitán Kirk de la misma forma despegada que empleaba para mantenerse apartada de la mayoría de los seres de tipo humano que al mirarla una y otra vez intentaban ocultar la repulsión que sentían hacia ella, no lo conseguían y se sentían profundamente incómodos en su presencia. En cuanto a Snnanagfashtalli, sentía por ella lo que jamás había sentido antes por ningún otro ser en toda su vida. Quizá se trataba de gratitud por la amistad y la consideración que le prodigaba; quizá fuera cariño; pero como ella nunca había sentido cariño por nadie ni lo había recibido, no lo sabía verdaderamente. No podía preguntárselo a Fashtall, y no conocía lo suficientemente bien a nadie más como para preguntárselo. Si formulaba esa pregunta y los otros se reían de ella, la humillación sería abrumadora.
Pero admiraba a Spock. Siempre sentía que podía volverse torpemente –aunque no era, de hecho, torpe–, e inadvertidamente destrozar a cualquier otro ser humano, o de tipo humano de la nave; pero Spock poseía una fortaleza flexible que le daba seguridad. Nunca se preocupaba por la posibilidad de lastimarlo por error a.causa de algún paso un tanto irreflexivo; y él era la única criatura humanoide que no sentía repugnancia hacia ella. Le resultaba indiferente, y aquella reacción era un alivio tan grande para ella que podía sentirse cómoda en su presencia.
–¿Se siente bien, ahora?
Ella vaciló, pero le dio una respuesta. No importaba lo que dijese; él no podría detenerla. Ella esperaba que tuviese la cortesía de no intentarlo.
–No. –No pensaba mentir a una pregunta directa–. Me siento avergonzada y deshonrada. He fracasado, de la misma forma que siempre he fracasado en todo.
–Alférez Aristides, ¿se da usted cuenta de que estuvo a punto de morir? ¿De que cualquier otro miembro de la tripulación hubiese muerto sin duda, demasiado rápidamente como para hacer sonar la alarma?
–El resultado fue el mismo. Me desmayé... tuve que haberme desmayado porque, de otra forma, ¿cómo podría haber escapado el prisionero? El capitán y la teniente comandante están muertos. No debería haberme puesto enferma. Mi pueblo no contrae enfermedades. Hubiera sido mejor haber muerto.
–Vuelvo a repetirte que la gente de tu pueblo exige demasiado de sí misma –gruñó Fashtall.
Jenniver le dio unas palmaditas a las manos de largos dedos de Fashtall, que estaba curvada y relajada sobre su hombro.
–No se exigen más de lo que pueden dar todos los otros. Lo único que ocurre es que yo no puedo responder.
Spock se acercó y se sentó delante de ella.
–No comprendo lo que está diciendo.
–Señor Spock, las semillas que cultiva y cosecha mi pueblo están tan cargadas de metales pesados, que un solo bocado de nuestro pan mataría a un miembro de cualquier especie natural conocida. Somos inmunes a todas las plagas humanas conocidas, y a casi todas las toxinas; ¿y el médico me dice que estoy enferma de envenenamiento alimenticio? –Rió amargamente–. Eso no es más que otra prueba de que soy una reversión biológica inservible, suspendida en algún punto entre la verdadera humanidad y la verdadera mutación.
–El suicidio no me parece que sea una manera creativa de solucionar sus problemas.
–Abandoné mi mundo natal porque no era adecuada para vivir en él. Las razones son diferentes en el caso presente, pero continúo siendo inadecuada. Soy medio humana y los mundos no tienen un lugar para mí. –Desvió la mirada–.Usted no puede comprenderlo.
–¿Cree que no? –preguntó Spock–. También yo soy medio humano.
Jenniver volvió a reír.
–Ja. ¿De verdad no ve ninguna diferencia entre nosotros dos? –preguntó.
Él tenía la educación suficiente como para no empeorar las cosas con una respuesta.
–No me cabe duda de que a veces le han hecho sentir incómodo, o de que ha sido el blanco de odios –dijo Jenniver–, pero he visto cómo lo miran los demás tripulantes de esta nave, y cómo me miran a mí. Me he dado cuenta de que usted no necesita amigos, pero si decide buscarlos, esos amigos lo estarán esperando. Admiro su independencia, pero no puedo imitarla. Yo ansío tener amigos, pero mi propia especie huye de mí. Me hubiese vuelto loca de no ser por Snnanagfashtalli. –Suspiró–. Hice todo lo que pude para llevar a cabo una tarea para la que no estoy preparada ni lo estaré jamás. Sabía que, inevitablemente, fracasaría. ¿Pero cree que puedo soportar la vergüenza del fracaso con la excusa de una enfermedad que me afectó sólo a mí?
–No se trató de una epidemia –le aseguró Spock–. Estrictamente hablando, no fue ni siquiera una enfermedad.
–No servirá de nada seguirme la corriente, señor Spock. También estoy cansada de eso.
–Lo sospeché cuando la enfermera Chapel me dijo que sólo usted había resultado afectada de entre toda la tripulación. A pesar de la virulencia de la toxina de Clostridium botulinum hipermórfica, tiene que haber ingerido una dosis masiva para que afectara... una dosis demasiado grande como para que pudiera administrársela de una forma que no fuese pura. Un análisis de los resultados de las pruebas han confirmado mis sospechas.
–¿Qué está diciendo?
–Que está usted envenenada.
Snnanagfashtalli profirió un ronco gruñido.
–Alguien intentó matarla, casi lo consiguió, y hubiera tenido éxito con cualquier otro miembro de la tripulación, incluido yo. Creo que ese mismo ser envenenó a otros dos ciudadanos de Aleph Prime de la misma manera y dispuso la muerte del capitán Kirk. Todavía no puedo dar por supuesto que la teniente comandante Flynn fuese un blanco planeado.
–Dioses míos. –Jenniver parpadeó lentamente varias veces, y sus gruesas pestañas castañas le acariciaron las mejillas. Fashtall la acarició suavemente.
–¿Quién ha hecho esto? –Las pardas pupilas diagonales de Fashtall se dilataron ante la perspectiva de una caza.
–¿Y por qué? –preguntó Jenniver.
–No lo sé –respondió Spock–. No conozco la respuesta a ninguna de esas dos preguntas. El doctor Mordreaux fue cuidadosamente registrado con los sensores cuando subió a bordo, y no llevaba nada encima... ciertamente ningún arma o cápsulas de veneno.
–Difícilmente permitiría que un prisionero me diese una cápsula de veneno, de cualquier forma –aseguró JenniverMi competencia llega al menos hasta ese punto.
–Sin duda –comentó Spock–. Alférez, cuando estaba de guardia, o poco antes, ¿sintió usted algún pinchazo o sensación del mismo tipo, de carácter punzante?
–¿Como la de un dardo, quiere decir? No, pero de todas formas sería imposible que la sintiera. Mi sistema nervioso no está diseñado para responder a esa clase de estímulo.
Los traumas físicos graves eran el único tipo de lesión que podría amenazar la vida de alguien como ella, y ése era el único tipo de dolor que estaba preparada para sentir.
–Ya veo. –Spock reflexionó acerca de lo que acababa de decir, y la miró directamente a los ojos–. ¿Recuerda usted haber perdido el conocimiento?
–No –respondió ella rápidamente y desvió los ojos–.Pero tiene que haber sucedido así.
–Según el señor al Auriga, la encontraron, apenas consciente, recostada contra la puerta. Eso indicaría que, incluso en el caso de que usted se hubiese desmayado, el doctor Mordreaux hubiera encontrado serias dificultades para salir.
–Ésa era mi intención, pero obviamente me equivoqué. Consiguió salir. Usted mismo lo vio.
–Yo creía que eso era verdad; pero si él no pudo haber huido del camarote, tiene que existir alguna otra explicación.
–Ojalá pudiera decirme qué fue, entonces.
Spock se puso de pie.
–¿Comprende ahora que usted no es responsable de lo que ocurrió? Sucediera lo que sucediese, no puede culpársela a usted.
Jenniver intentaba desesperadamente creerle, pero era difícil, demasiado difícil...
–No debería de haberme puesto enferma –afirmó, ya que aquello continuaba siendo verdad.
Snnanagfashtalli gruñó, con un aullido de frustración. –¡Ahora no se hará daño a sí misma! –afirmó–. ¡Si lo hace, le desgarraré la garganta!
Jenniver y Spock se volvieron a mirar a Snnanagfashtalli, que les devolvió una mirada feroz sin rastro ninguno de ironía. Con una repentina sensación de alivio, Jenniver estalló en carcajadas y abrazó a su amiga.
–De acuerdo. Todo irá bien, ahora.
Spock se encaminó hacia la puerta, la abrió y luego se volvió brevemente.
–Alférez –dijo–, por favor, satisfaga mi curiosidad. ¿No pidió usted este cargo de seguridad?
–No –respondió ella–. Intenté que me trasladaran a otro cuerpo. Hasta hace poco, mi petición siempre fue denegada, y no había reunido el coraje suficiente como para pedírselo a la teniente comandante Flynn.
–¿Qué puesto deseaba usted?
–Uno de botánica. No sería exactamente lo mismo que arar rocas con un tiro de cuatro ponnies, pero es lo más aproximado que puedo hacer sin regresar a mi planeta. –Hizo una pausa–. No quiero regresar a casa.
Spock asintió con la cabeza. La comprendía.
En cuanto hubiese acabado aquella crisis, él mismo pondría en marcha su traslado. Cerró la puerta tras de sí y dejó solas a las dos amigas.

5

EL doctor McCoy se despertó con la peor resaca que había tenido en toda su vida. Debería de haber tomado algún medicamento para ello la noche anterior, pero había estado demasiado borracho, demasiado distraído... y creía en el anacrónico precepto moral de que uno debía pagar sus excesos. Sin embargo, cuando se levantó tuvo que correr inmediatamente al lavabo; las náuseas persistieron hasta que le quedó el estómago vacío, los ojos le lloraban profusamente y la garganta le ardía a causa del ácido de la bilis. Tras abandonar el intento de disciplinar su cuerpo, tomó una píldora antináusea y dos aspirinas, y bebió un vaso de fluido isotónico que le ayudaría a rehidratarse. El sabor del fluido era tan asqueroso que estuvo a punto de vomitar otra vez.
McCoy suspiró, y se lavó la cara. Tenía los ojos ribeteados de rojo e inyectados en sangre; parecía que aún estaba llorando.
Quizá acabaré siendo un viejo alcohólico tirado en un callejón de algún planeta fronterizo dejado de la mano de Dios, pensó. Lo único que me falta es una barba de tres días...
En aquel momento, advirtió con disgusto que el modelo de hoja de afeitar que él utilizaba se había gastado completamente; no había seguido el programa de duplicados. A pesar de que las patillas no le habían crecido lo suficiente como para conferirle una apariencia todavía más disoluta, el resto de la cara resultaba irritante y rasposo.
Salió con pasos pesados del cubículo en el que había dormido –debes ser más preciso, se dijo: en el que había yacido inconsciente–, y regresó a su propio camarote. Fracasó al intentar mantener los ojos apartados, y vio que la unidad de cuarentena estaba vacía, las máquinas apagadas y arrimadas nuevamente contra la pared. Alguien –quizá Spock, o más probablemente Christine Chapel–, había conservado la sensatez la noche anterior mucho mejor que él. El cuerpo de Jim había sido trasladado a la sala de estasis.
McCoy se lavó, afeitó, se aplicó más inhibidor del crecimiento en las patillas, y se vistió con ropa limpia. Se sentía incómodo por la forma en que había actuado desde la muerte de Jim... no, desde mucho antes, desde que se había negado a creer en las pruebas que le suministraban sus máquinas al igual que sus propios conocimientos médicos y experiencia. En el momento en el que Uhura retransmitió la horrible información referente a las telarañas, McCoy supo que no podría salvar a Jim, pero algún impulso abrumador lo había obligado a intentar llevar a cabo una proeza sobrehumana. ¿La motivación de ello había sido el cariño, o meramente la testarudez y el orgullo? Ahora no importaba; había fracasado.
También estaba avergonzado por la forma en que había tratado a Spock. Lo peor del caso era que, incluso si se disculpaba como tenía intención de hacer, nunca estaría seguro de que Spock había comprendido cuán triste se sentía, de la misma forma que no sabría si lo había apenado en primer lugar.
La conversación que mantuvieron era muy vívida en su mente. Casi hubiera preferido perder la memoria. Pero, en aquel caso, recordaba la noche anterior con la claridad surrealista de un sueño.
Era un absurdo lo que él había insistido en que hicieran. A la luz del día, sobrio, cuando la primera acometida de dolor e incomprensión disminuía a un sordo latido de pérdida y tristeza, McCoy se dio cuenta de que su idea era un imposible. La había visto como un sueño porque era un sueño.
Spock lo sabía. Las excusas que le había presentado, las explicaciones dadas por él, eran más bien paja tecnológica, un disfraz de la verdadera razón por la que se negaba a hacer nada. Sabía, en el fondo de sus entrañas, que McCoy lo comprendía ahora, que jugar con el destino era un error. Quizá era cierto que la muerte de Jim le había afectado menos profundamente que a McCoy... quizá su despegada aceptación de las circunstancias le permitía ver con más claridad; pero a lo que se llegaba era a que la muerte no era un estado antinatural; podía retrasársela, pero no negarla; no podían regresar, como los niños que cuentan una historia, para arreglar las cosas de manera que todo saliese bien y todo el mundo viviera feliz por siempre jamás.
McCoy volvió a suspirar. Tenía trabajo por hacer que había descuidado durante demasiado tiempo. Pero en cuanto terminara iría a buscar a Spock y admitiría ante el vulcaniano que tenía razón.
–Un golpe en la puerta despertó a Sulu. Permaneció tendido, mirando al techo, durante varios segundos, preguntándose dónde estaba. No era la Enterprise...
Entonces lo recordó. Miró al otro lado del camarote, y vio la cama de Ilya, revuelta y vacía.
La puerta se abrió silenciosamente, y la luz del corredor penetró a través de la fina rendija.
–¿Señor Sulu?
Se levantó sobre los codos, parpadeando. Más allá de la línea de luz no podía distinguir más que sombras. –¿Sí...? ¿Qué...? ¿Quién es? –Se sentía tan cansado y aturdido que la cabeza le daba vueltas.
–Soy Hunter. Tengo que hablar con usted. –Su voz sonaba áspera y tensa.
Sulu empujó la pantalla para empotrarla nuevamente en la pared, donde obedientemente se apagó hasta quedar negra. Buscó a tientas el interruptor de la luz y aumentó la intensidad de la iluminación del camarote al tiempo que se subía las mantas hasta el pecho.
–¿Sí, señora? Entre.
Ella caminó lenta y reticentemente hasta los pies de la cama. Llevaba el cabello suelto, sin trenzar.
–Acabo de recibir una transmisión subespacial –dijo–. De la Enterprise. Son... unas noticias terriblemente malas.
Se pasó una mano por los ojos, como si eso pudiera apartarle el dolor.
Sulu apretó las manos con tanta fuerza que el anillo de Mandala se le clavó en la carne.
–¿De qué se trata? ¿Qué ha ocurrido?
Ella se sentó sobre el extremo inferior de la cama. –No existe una forma fácil de decirle esto. Jim Kirk ha sido asesinado.
Estupefacto, la escuchó mientras ella le relataba lo sucedido, aunque las palabras eran poco más que sonidos inconexos para él. ¿El capitán Kirk, muerto? Eso no era posible. Lo envolvió un remolino de imágenes, de la amabilidad que James Kirk le había demostrado, de todo lo que el capitán le había enseñado, de las muchas veces que Kirk le había salvado la vida.
Yo hubiera estado allí, pensó Sulu. Hubiera estado en el puente cuando ocurrió, e incluso podría haber hecho algo. Podría haber sido capaz de impedirlo.
–Yo soy la oficial de más alto rango de la Flota Estelar que se halla en el sector –dijo Hunter. La voz estuvo a punto de fallarle; se interrumpió, respiró profundamente y recobró el control de sí misma–. Mi deber es el de investigar las muertes de Jim Kirk y Mandala Flynn. No voy a...
Sulu levantó la cabeza, incrédulo, mientras un dolor frío lo invadía lentamente.
–¿Mandala? –susurró–. ¿Mandala está muerta?
La voz de la capitana Hunter se apagó. Sulu la miraba fijamente, temblando de forma incontrolada, con el rostro gris a causa de aquel segundo golpe, quizá el más devastador.
–Oh, dioses –dijo Hunter–. Oh, dioses, lo siento. No me di cuenta de que...
–No podía saberlo –le replicó Sulu–. Prácticamente nadie lo sabía. –Bajó la mirada hasta sus manos, que nada podían hacer ya. El anillo de rubí parecía tan opaco como la roca. Ahora, no podía hacer absolutamente nada–. Nosotros lo mantuvimos en secreto. –Si hubiera estado allí, quizá podría haber hecho algo–. No ha sido culpa suya.
Pero quizá lo fue mía, pensó. Quizá fue culpa mía.
–Me marcho a la Enterprise dentro de una hora –le informó la capitana Hunter–. Tengo una nave de transporte de dos asientos. La otra plaza es suya si la quiere.
Se levantó apresuradamente y se marchó. Pasado el tiempo, Sulu nunca supo si se había marchado porque estaba a punto de llorar, o porque era él quien lo estaba.

Max Arrunja desbloqueó la puerta del camarote del doctor Mordreaux para que entrara el señor Spock, sin más comentarios que los de puro civismo; el segundo miembro de la doble guardia se limitó a permanecer de pie junto a la puerta y mirar fijamente delante de sí. Spock no intentó hablar con ella, ni le pidió que le dirigiese la palabra. La división de seguridad había perdido a una dirigente respetada, alguien que había producido sobre sus vidas un efecto mucho más directo que el capitán Kirk, alguien que había reemplazado a un superior poco satisfactorio no con mera competencia, sino con una capacidad de liderazgo que merecía admiración. Hasta un cierto punto, ellos culpaban a Spock por su muerte, y él tenía muy pocas pruebas de que estuviesen equivocados.
Llamó a la puerta e interpretó la murmurada respuesta como un permiso para entrar. En la penumbra del interior, el profesor estaba enroscado sobre la cama y cubierto con las mantas.
–¿Profesor Mordreaux? Una pausa.
–¿Qué quiere, señor Spock?
–Le dije, señor, que regresaría cuando hubiese tenido tiempo para recuperarse de los efectos de las drogas que le administraron en Aleph Prime.
–En este momento, no estoy seguro de que las drogas fuesen una idea tan mala.
–Doctor Mordreaux, no hay tiempo para la autocompasión. Tengo que saber lo que ocurrió, tanto aquí como en la estación.
–Lo hice yo –dijo Mordreaux. Se sentó lentamente y se volvió hacia el vulcaniano, haciendo un gesto con la mano para que las luces aumentaran su potencia.
Spock se sentó delante de él, y esperó a que continuase. El oficial científico no confiaba en sí mismo lo suficiente como para hablar; se dio cuenta de que había esperado una negación que él pudiese creer, y alguna otra explicación que no fuese la de que el maestro, al que más había respetado durante toda una vida de búsqueda de conocimiento, había asesinado a Jim Kirk.
–Tengo que haberlo hecho, creo –continuó Mordreaux–.
Me pregunto qué fue lo que me llevó a hacerlo.
Apareció un rayo de esperanza.
–Profesor Mordreaux, si estaba trastornado hasta el punto de...
–No lo hice ahora, señor Spock. Todavía no me han vuelto loco; y a pesar de esa farsa de juicio, nunca he matado a nadie.
–Señor, acaba de decirme que usted cometió el crimen.
Mordreaux lo miró y se echó a reír. Su vida contenía algo de la vida que había tenido en el pasado, pero también estaba cargada de autodesaprobación.
–Lo siento –dijo–. Di por supuesto que estaba al día de mis trabajos, incluso de los últimos. Supongo que eran demasiado inauditos, incluso para usted.
–Por el contrario, doctor Mordreaux, mi terminal informativa está programada para buscar su nombre. He encontrado sus trabajos enormemente fascinantes. –Sacudió la cabeza–. Nunca debió de abandonar la Makropyrios; su investigación se hubiera mantenido en pie ante cualquier crítica.
El doctor Mordreaux rió entre dientes.
–Ya se ha mantenido en pie ante las críticas. Ha conseguido seguidores, los pocos que saben. Creen con mucho ahínco que están destruyendo el trabajo. Me están destruyendo a mí también, por lo que a eso respecta.
Spock le miró fijamente, mientras el significado comenzaba a aclararse lentamente. El doctor Mordreaux había dicho en dos ocasiones que su trabajo estaba destinado a hacer realidad los sueños de sus amigos; acababa de decir que debía de haber asesinado al capitán Kirk, pero que no lo había hecho ahora...
–¡No puede ser que esté queriendo decirme que puso en práctica sus trabajos teóricos de física temporal! –A pesar de sí mismo, el vulcaniano estaba impresionado.
–Por supuesto que lo hice. ¿Por qué no hacerlo?
–Por consideraciones éticas, por no mencionar el peligro. Las paradojas...
–Las pruebas teóricas no eran suficiente... Tenía que demostrar esos principios. Podía continuar publicando artículos durante toda mi vida, pero la revista Journal ya no los aceptaba, y si no eran impresos, mis monografías no obtenían más atención que las de algunos de esos pseudocientíficos trepadores. Habría sido mejor que me hiciera socio de alguna de las ridículas ramas de la Sociedad de la Tierra Plana.
–Hubiera hecho mejor decidiéndose por eso –le replicó Spock–. Al menos, en ese caso el único peligro era el existente para su propia cordura.
–No comprendo sus objeciones –le aseguró el doctor Mordreaux–. Nadie resultó herido. Los amigos que hice en Aleph Prime me rogaron que llevara a cabo una aplicación práctica.
–Así que usted cumplió con sus deseos. Los envió al pasado, y por eso lo condenaron por experimentación carente de ética.
El doctor Mordreaux se encogió de hombros.
–Sí. Estuve trabajando en los desplazamientos temporales, sólo para demostrar que eran posibles. Estoy un poco cansado de que se rían de mí; pero mis amigos no se reían de mí. Muy por el contrario, se sentían intrigados. Muchos de ellos incluso me ayudaron, sobre todo uno que se dio cuenta de que mi rayo transmisor temporal era, esencialmente, un transportador reajustado... y reajustó un transportador para mí. Eso aceleró mi trabajo un año o más.
–¡Doctor Mordreaux, existe una diferencia cualitativa entre una pequeña demostración llevada a cabo con objetos inanimados, y el envío de seres humanos a otras épocas temporales para siempre!
–Sí, supongo que tiene usted razón; pero creo que me hubiese metido en los mismos problemas tanto si hubiese trabajado con gente como si no.
–¿Por qué lo hizo?
–Porque esas personas eran mis amigos, y fueron muy persuasivos. Señor Spock, ¿no existe otra época y lugar en los que le gustaría vivir, mejores que el presente?
–No, profesor.
–¡Dígame la verdad!
–Doctor, como usted ya sabe, yo soy un híbrido. Las técnicas de cruce entre dos especies altamente evolucionadas, con orígenes evolutivos diferentes, se perfeccionaron sólo unos pocos años antes de mi nacimiento. Yo ni siquiera existiría en un tiempo previo.
–No me venga con sus historias vulcanianas. Sabe perfectamente qué es lo que quiero decir. No importa. El presente puede parecerle una utopía, pero le aseguro que virtualmente todos los seres humanos que llegan a confiar en uno lo suficiente como para hablarle de sus esperanzas y sueños, le manifestarán un deseo profundamente arraigado de vivir en otra época, la convicción de que de alguna forma están fuera de lugar y en realidad pertenecen a otra época que son incapaces de alcanzar.
–Muy romántico –replicó secamente Spock, mientras recordaba la fascinación que sentía el señor Sulu por una cultura de la Tierra extinguida hacía ya mucho tiempo, en la que si él hubiese aparecido, lo más probable hubiera sido que sus miembros lo consideraran un bárbaro pagano, y hubiera podido contar con las extáticas elecciones de morir envenenado por una herida de espada o a causa de la peste negra.
–Las personas a las que envié al pasado fueron las primeras que creyeron en mí después de mucho, mucho tiempo, señor Spock. Difícilmente podía decirles que tenía la única cosa del universo que deseaban, y negarme a dársela.
–Tiene que regresar y traerlos de vuelta.
–¡Me niego de plano!
–Respeto su lealtad para con sus amigos, profesor, pero su futuro..., esencialmente su vida, está en juego. Si de verdad son amigos suyos, no lo abandonarán a un castigo que ellos mismos podrían evitarle.
–Quizá no –replicó el doctor Mordreaux–, pero por otra parte, con esa aseveración, usted está poniendo a prueba de una forma muy severa incluso la amistad. De todas formas, ni siquiera el traerlos de vuelta me haría ningún bien a mí. No me juzgaron por experimentar con seres inteligentes, no realmente, aunque fue por eso por lo que me condenaron. Mis demostraciones hicieron que el pánico se apoderara de alguien, un alto personaje de la Federación; las autoridades volverían a encontrar una u otra forma de silenciarme.
–Pero los otros factores...
–Tomé en cuenta los cambios históricos, por supuesto; pero las probabilidades de provocar algún cambio significativo se acercan mucho al cero, en el séptimo lugar de los decimales.
–Pero, señor, si trajera usted de vuelta a sus amigos a su propio tiempo, evitaría llamar la atención de las autoridades, y nada de esto ocurriría.
El doctor Mordreaux volvió a reír.
–Ahora es usted quien está hablando de cambiar los acontecimientos del pasado. Usted no está hablando de recuperar a mis amigos, está hablando de regresar hasta al punto de evitar que se marchen en primer lugar. ¿Qué ha ocurrido con sus altos principios éticos?
–Profesor, la contradicción que usted está intentando señalarme es un sofisma.
–No voy a traerlos de vuelta. ¡Eso es lo único que me pidieron, que no los trajera de vuelta!
Spock se daba cuenta de que el doctor Mordreaux perdería muy pronto la paciencia si la conversación continuaba por el mismo camino, así que, por el momento, abandonó el intento de persuadirlo para que cambiara el curso de sus propios actos.
–Dejando a un lado el tiempo pretérito –comenzó a decir Spock–, supone que fue una versión futura de usted mismo la que asesinó al capitán Kirk.
–No sé por qué iba a hacerlo, pero es la única explicación que se me ocurre. Me preocupa que pueda llegar a cambiar tanto. Tenía la impresión de que la rehabilitación lo convertía a uno en alguien absolutamente carente de violencia; pero, sí, no veo ninguna otra explicación para ese caso. A menos, claro está, que piense usted que me convertí en niebla y me filtré al exterior de esta celda a través de los intersticios moleculares.
–La oficial de seguridad que estaba de guardia allí fuera fue envenenada. Debido a su metabolismo, no es fatalmente susceptible a la toxina, pero obviamente la intención era que muriese. Si eso hubiese ocurrido, se habría dado por supuesto que usted había escapado, y regresado luego al interior de la celda. Alguien tenía la intención de que lo culpasen por la muerte del capitán.
–¿Por qué iba a inculparme a mí mismo? –preguntó el doctor Mordreaux, hablando más para sí mismo que para Spock.
–La pregunta más básica aún sería la de por qué querría usted asesinar al capitán Kirk.
El doctor Mordreaux meneó la cabeza.
–No me había encontrado nunca con él, antes del día de ayer, así que tiene que deberse a algo que vaya a ocurrir en el futuro.
–El capitán Kirk está muerto, doctor Mordreaux. No afectará al futuro de nadie.
–Me refiero a algo que hizo en el futuro en que no fue asesinado... –La voz del profesor se apagó.
–Yo poseo experiencia empírica en lo que a los viajes temporales se refiere –le explicó Spock–. Esta nave se ha visto complicada en numerosos incidentes que podrían haber desbaratado el futuro de nuestra civilización en el mejor de los casos... y existen pruebas de que el daño potencial es algo mucho más básico. En todos los casos anteriores, fuimos capaces de evitar esa desorganización. Profesor, éste es otro de esos incidentes. Creo que debe usted reparar el daño causado en la continuidad temporal, o sufrir las consecuencias de esas alteraciones.
Mordreaux lo miró fijamente durante un rato.
–Usted lo que quiere es evitar que mi yo futuro asesine a Jim Kirk.
–Ése sería el efecto, sí; pero... –Spock se interrumpió. Quizá fuese mejor que, por el momento, el doctor Mordreaux creyera que sus motivaciones eran completamente egoístas.
–No puedo decir que me guste la idea de que yo mismo... incluso un yo que aún no existe... asesine a alguien, señor Spock.
–Entonces, tenemos que trabajar juntos para alcanzar nuestras finalidades.
El doctor Mordreaux se echó a reír de repente.
–Señor Spock... ¿Se da cuenta de que esta conversación en sí misma podría ser suficiente como para cambiar mis actos futuros? Quizá...
Se miraron fijamente durante varios segundos.
Nada cambió.
Los recuerdos de Spock permanecieron sin alteración; el capitán continuaba muerto.
El doctor Mordreaux se encogió de hombros.
–Bueno, no era más que una idea. –Miró a Spock con una repentina expresión de desconfianza–. Quiero que me haga una promesa antes de acceder a ayudarlo.
–¿Qué clase de promesa?
–No debe impedir que mis amigos regresen al pasado o se queden en él.
Spock meditó durante unos instantes aquella oferta. ¿Sería suficiente la reparación de la corriente temporal sin tener que cambiar los planes de aquellas personas? ¿O sería simplemente un esfuerzo inacabado y finalmente fútil? Dudaba de que pudiera reconciliar sus propios análisis de los efectos con los del doctor Mordreaux. En los niveles más altos de cualquier rama de la ciencia, no importa cuán precisa fuese, había siempre espacio para la duda, el conflicto y las filosofías contradictorias; obviamente, el doctor Mordreaux disentía de la opinión de que los desplazamientos temporales tuvieran un efecto dañino que fuera duradero.
Pero Spock creía que sí lo tenían, y tenía que intentar reparar el daño.
–Le ofreceré un compromiso, profesor. –¿Cuál?
–Me reservo el derecho de intentar convencerlo de que sus actos deben ser deshechos, aunque sólo sea para rescatarlo del destino al que usted mismo se ha condenado.
–¿Quiere que suprima deliberadamente mi propio trabajo?
–Desearía que pudiera persuadirse a sí mismo para utilizarlo de forma más responsable.
–¡Si lo utilizara de cualquier manera, volvería a hallarme de camino a la colonia de Rehab! No es lo que haga con mi creación lo que les asusta, sino el hecho de que exista en sí mismo. Su potencial como arma es prácticamente inimaginable. Tengo la opción de este destino y la reivindicación de mi trabajo ante unas pocas personas, o la de vivir como un imbécil desacreditado en la mente de todo el mundo. ¡Ya ve cuál es la que he escogido! ¿Acepta mis condiciones o nos olvidamos de todo este asunto?
Spock respiró profundamente; estaba ofreciendo su honor a cambio de riesgos muy elevados. –Cumpliré con sus deseos.
–Existen muy pocos seres en el universo en los que yo confiaría hasta este punto, ¿sabe? Especialmente ahora.
–Valoro su confianza, señor –le dijo Spock, con absoluta falta de sinceridad.
El doctor Mordreaux asintió con la cabeza.
Spock pasó otra media hora en el camarote de honor, mientras el profesor le describía el funcionamiento general del equipo temporal. A medida que Spock descubría lo simple que era el aparato en principio, más y más intrigado se sentía con respecto a él y al hecho de que nadie lo hubiese descubierto antes, aunque sólo fuese por pura casualidad.
Sin embargo, quizá alguien sí lo había hecho... y simplemente utilizado con muchísimo más secreto.

Ian Braithewaite entró en la sala de máquinas de la Enterprise. Había nacido en Aleph Prime y nunca había visto nada más. Intervenía en carreras de nave de vela como aficionado; sus técnicas para cambiar de los campos magnéticos a los vientos solares, o las de correr libremente ante una tormenta de iones hacia el espacio interestelar, eran comparables con las de cualquiera de Aleph. Pero las naves que había conducido, las más rápidas, frágiles, peligrosas y emocionantes, carecían completamente de motores. Ninguna de aquellas naves podía compararse con la Enterprise.
Sólo estaban funcionando los motores de propulsión. ¡Imaginaba qué se sentiría cuando los motores hiperespaciales iban a plena potencia! Las vibraciones sonaban en una frecuencia demasiado baja como para ser percibida por el oído humano, pero podía sentirlas. El latido le subía por las piernas hasta el tronco, y lo recorría hasta las puntas de los dedos. La Enterprise dependía de su determinación, y él no tenía la más mínima intención de que una nave como aquélla cayera en manos de traidores.
–¿Se ha extraviado?
Recientemente, Montgomery Scott había pasado más de una noche en vela, y la tensión de los días pasados se imponía incluso a su agotamiento. Aquél era un miembro de la tripulación que le había sido leal a su capitán; Ian estaba seguro de ello.
–Necesito hablar con usted, señor Scott.
–¿Sobre qué? –preguntó Scott.
–¡Esta nave es magnífica! –exclamó de pronto, incapaz de contener la admiración que sentía.
–Ah, sí –respondió Scott con indiferencia–. Lo es.
–Señor Scott...
–Señor... hemos pasado malos momentos. Técnicamente, usted no debería estar aquí... yo no soy de los que respetan las regulaciones estúpidas, pero en este momento no puedo llevarlo a recorrer todo esto.
–Señor Scott, no soy tan insensible como para pedirle un recorrido turístico después de lo que ha ocurrido. De lo que tengo que hablarle, es precisamente de lo sucedido.
Scott frunció el entrecejo.
–Venga conmigo –lo invitó finalmente–. Podemos hablar en mi oficina.
Señor Scott estuvo muy cerca de decirle que si no hubiese sido por él, nada de aquello hubiese ocurrido jamás; pero el fiscal parecía muy serio, tan inquietantemente apasionado que Scott sintió que debía acceder, aunque sólo fuese para averiguar, por una vez, qué estaba ocurriendo. Había intentado comprender los sucesos de las últimas veinticuatro horas y fracasado completamente; las únicas explicaciones que se le ocurrían llegaban a conclusiones que no podía aceptar no creer.
La oficina de la sala de máquinas era apenas un cubículo con espacio para un par de sillas, una terminal de computadora y apenas alguna cosa más. Scott quitó de una de las sillas una pila desordenada de fino papel de impresora, y lo depositó en el suelo, para que Braithewaite pudiera sentarse; luego apartó otra silla de la terminal y la giró, para sentarse él.
–Habitualmente, esto no está tan desordenado –dijo, con tono de disculpa.
–Eso no tiene ninguna importancia –le aseguró Braithewaite–. Señor Scott, estoy capacitado como investigador y tengo la firme decisión de apresar a las personas que mataron al capitán.
–¿Personas? –exclamó Scott–. Pero si la nave fue registrada de arriba abajo, y no encontraron a nadie que pudiera haber ayudado al doctor Mordreaux... a ningún cómplice.
–No encontraron a nadie a bordo que no perteneciese a la tripulación.
Scott le dirigió una fría mirada fija.
–¿Está usted diciendo que uno de nosotros ayudó a asesinar al capitán? ¿Quiere decir eso que soy sospechoso?
–¿Qué...? ¡No, al contrario! Estoy aquí porque me parece que es usted una de las pocas personas de la nave en quien puedo confiar absolutamente.
–¿Por qué?
–Señor Scott... al igual que usted, yo vi al señor Spock donde se suponía que no estaba. Lo vi en un sitio en el que no podía estar.
–No le comprendo.
–De alguna manera, él estaba en Aleph Prime antes de que llegase la Enterprise. No me pregunte cómo era posible, pero allí estaba. Yo lo vi. Él lo niega.
–Pero, eso es...
–¿Imposible? ¿De la misma forma que ayer era imposible que estuviese en la sala de transporte y en el puente al mismo tiempo?
–¡Sin duda... no pensará usted que el señor Spock está complicado en la muerte del capitán!
–Pienso que está ocurriendo algo extremadamente peculiar. Usted tropezó con ello, al igual que yo. Si el capitán Kirk le hubiera prestado atención a usted ayer, es posible que todavía estuviese vivo. Señor Scott, no pretendo dar a entender que comprendo lo ocurrido, todavía no. Lo único que tengo son sospechas, y no quiero darlas a conocer. Sin pruebas, no serían más que calumnias y, lo más importante, las sospechas son difíciles de desmentir una vez lanzadas.
–Oh, sí, eso es cierto –concedió Scott, impresionado a su pesar, porque él había sido incapaz de hablar con nadie acerca de sus preocupaciones por ese mismo motivo, aunque abrigase la esperanza de que los demás le dieran alguna razón simple e innegable que le demostrara que estaba equivocado–; y es difícil apartarlas de la propia mente... –Se interrumpió, porque no quería decir nada más, y deseaba no haber dicho lo anterior.
La frase inacabada atormentaba a Ian, pero era demasiado pronto para intentar averiguar más acerca de la misma. En cambio, hizo una pregunta que aparentemente cambiaba de tema, pero en realidad no lo hacía.
–Señor Scott, ¿le dio en algún momento el señor Spock alguna explicación de su presencia en la sala de transporte? ¿Alguna razón, por insignificante que fuese?
–Usted oyó todo lo que me dijo acerca del asunto; y justo después de eso, el capitán Kirk...
–Sí, claro. –Ian se frotó las sienes; el dolor de cabeza no se le había pasado del todo en ningún momento, y ahora comenzaba a intensificarse.
–¿Se encuentra bien? ¿Quiere un vaso de agua?
–Sí, por favor. –Braithewaite parpadeó para tratar de disipar la doble visión. Cerró apretadamente los ojos durante un momento; así se sentía mejor. Se preguntaba cuáles serían los primeros síntomas del botulismo hipermórfico. Scott le entregó un vaso con agua y él lo bebió con avidez.
–No tiene aspecto de encontrarse nada bien –le dijo Scott.
–No me siento demasiado bien, pero estoy trastornado y furioso y eso lo empeora aún más. Señor Scott, ¿puede trasladarse con el rayo a una persona desde un punto a otro dentro de la Enterprise?
–Bueno... podría trasladarse desde un punto determinado hasta la sala de transporte, y luego a otro lugar del interior de la nave. Tendría que materializarse en la plataforma entre los dos puntos. Sería una cosa de haraganes y un gasto desmesurado de energía. Un derroche muy grande.
–Pero podría hacerse.
–Sí.
–Señor Scott, supongamos que el doctor Mordreaux fue trasladado al exterior de su celda por el rayo transportador...
La expresión del ingeniero no se alteró mientras Ian hablaba, pero se puso involuntariamente blanco como un muerto.
–La posibilidad existe, ¿no es cierto? –Bueno...
–¿Sus objeciones son...?
–El camarote tenía escudos energéticos, las alarmas estaban conectadas, y si alguien lo hubiese intentado, lo hubiéramos sabido; además, no sería posible atravesar un campo energético con el rayo transportador.
–Los escudos tienen que haber sido instalados en torno al camarote específicamente para el viaje. Puede que no fuesen completamente seguros; o quizá el rayo entró por la parte superior, y alguien apagó las alarmas.
–Eso sería muy complicado de llevar a cabo.
–¿Pero podría hacerse?
–Quizá. Pero sólo podrían hacerlo muy pocas personas. Ian esperó.
–Podría haberlo hecho yo. –¿Sólo usted?
–El señor Spock...
Braithewaite se disponía a hablar, pero Scott estaba negando con la cabeza.
–No –dijo–. Esto es un disparate. No es posible.
Braithewaite se frotó los nudillos con frustración. Aquello había parecido tan practicable... trasladar a Mordreaux con el rayo fuera de la celda, y luego transferirlo al turboascensor vacío, detenido en el puente; hubiera salido, disparado contra el capitán, y vuelto a entrar en el ascensor. Su cómplice lo hubiera trasladado nuevamente a la sala de transporte, y seguidamente a la celda. Pero a menos que Scott estuviese encubriendo a alguien –e Tan no creía que lo estuviese haciendo–, su habilidad hubiera tenido que distar mucho de un conocimiento aproximado pero impreciso.
–No –continuó Scott–. Eso no es lo que ocurrió, precisamente. –Hizo una pausa y respiró profundamente–. Los escudos energéticos están diseñados para bloquear cualquier rayo transportador, y resulta imposible atravesarlos, independientemente del poder de que se disponga. –Miró a Ian con un aire resignado y de traición–. Alguien que conozca muy bien los sistemas de seguridad de esta nave, que sepa cómo están interrelacionados, interrumpió el paso de corriente de las alarmas y los escudos durante un instante y luego, antes de que ninguna de las dos pudiera recuperarse, cosa que pueden tardar unos segundos en hacer, pudo realizar la transferencia con el rayo. Puede haberlo hecho varias veces, y es probable que nadie lo advirtiese.
–¿Quién hubiera sido capaz de llevar a cabo esa operación?
–El capitán hubiese podido hacerlo, o la teniente comandante de seguridad. Yo podría haberlo hecho.
–La teniente comandante de seguridad. Eso es interesante. –Le habían dicho que Flynn era ambiciosa, pero tenía una educación pobre y además era una persona sin nacionalidad; no le daba la impresión de que tuviese la posibilidad de ascender mucho más. Sus sospechas se incrementaron–. ¿Alguien más, señor Scott?
–0... el señor Spock –respondió Scott de mala gana, demasiado consciente de lo que aquello significaba después del incidente ocurrido con el oficial científico.
–Puede que alguien más haya aprendido a hacerlo, de alguna manera –dijo abruptamente.
–Pero usted vio al señor Spock en la sala de transporte pocos minutos antes de que tuviese lugar el ataque, y él negó haber estado allí.
–Sí –replicó tristemente Scott–. No puedo creerlo... No podría creerlo si no hubiese visto al señor Spock con mis propios ojos, y no hubiera hablado con él. –Cuando se hallaba, como en ese momento, bajo una fuerte tensión, su acento escocés se hacía más marcado–. No puedo creerlo. Tiene que haber otra explicación. Tiene que haberla.
Ian Braithewaite se miró las manos de largos dedos. No era suficiente; sería mejor conseguir más pruebas, más testigos.
–Señor Scott, será mejor que no hablemos de esto con nadie más, al menos por el momento. Todo es demasiado circunstancial y, por supuesto, está usted en lo cierto. Podría existir otra explicación. Es posible que se trate de un terrible error. –Se interrumpió en seco.
–Yo no creo eso. ¿Usted sí?
–Ojalá lo creyera. –Le dio una suave palmada en el hombro a Scott, y se dispuso a salir.
–Señor Braithewaite –dijo Scott, con voz un poco demasiado alta.
Braithewaite se volvió.
–Existe otra explicación, ¿sabe?
–Dígame cuál es, por favor.
–Que yo esté intentando dirigir las sospechas hacia el señor Spock para protegerme y desviarlas de mí. Braithewaite lo miró durante varios segundos. –Señor Scott, espero que si alguna vez me hallo en una posición incómoda, tenga cerca un amigo que sea la mitad de leal que usted.
En la oficina de archivos, el doctor McCoy le pidió a la computadora los testamentos de James T. Kirk y Mandala Flynn.
El testamento de Flynn era un documento frío e impersonal, escrito, que ni siquiera estaba grabado en cinta auditiva, guardado en la memoria de la nave en forma de facsímil. En él no constaba más que la suma que había destinado a su velatorio –McCoy consiguió sonreír ligeramente ante aquello, porque su propio testamento destinaba una pequeña parte de sus bienes para el mismo propósito–, y que la enterraran en un planeta, no importaba cuál siempre que fuese un mundo con vida.
El testamento de Flynn era insólito, porque no legaba nada ni mencionaba a nadie. Medio por accidente, la mayoría de los tripulantes de una nave adquirían recuerdos de los lugares que habían visitado, como objetos exóticos alienígenas que querían conservar o regalárselos a amigos y familiares cuando regresaran a casa. Sin embargo, según los archivos de a bordo, la teniente comandante de seguridad había llegado con muy pocas cosas personales y, según su expediente personal, no sólo carecía de parientes vivos sino que tampoco tenía un planeta de origen oficial. Había nacido en el espacio profundo, a medio camino entre dos sistemas solares periféricos; ninguno de sus padres era nativo de ninguno de los dos. Pertenecían a la tripulación de una nave comercial, la Mitra, que navegaba bajo bandera de conveniencia; la madre de Flynn había sido evacuada durante su infancia de un planeta que ahora estaba desierto, perteneciente a la zona de nadie que quedaba entre la Federación y el espacio romulano; el padre había nacido en una colonia artificial que había acabado en bancarrota y desbandada general. Pocos años después de que Flynn se enrolara en la Flota Estelar, la nave comercial con toda su tripulación, toda su familia, fueron destruidos, víctimas de un accidente o una traición, y jamás se encontró rastro de ellos.
Había que retroceder al menos dos generaciones en la genealogía de Mandala Flynn para encontrar un mundo que pudiese reclamarla como suya, algún pariente que pudiera reconocerla; ella, por su parte, no se había molestado en hacer tal cosa. Aunque lo hubiese hecho, su clasificación hubiese continuado siendo la de persona sin nacionalidad; una ciudadana de ninguna parte, con el consiguiente prejuicio y sospecha que se les prodigaba a los que no tenían un mundo natal verdadero y –según dirían algunos–, tampoco verdaderas lealtades.
La mayoría de los tripulantes de las naves preferían la cremación o la sepultura en el espacio, pero a causa de los antecedentes de Flynn, a McCoy no le resultó sorprendente que deseara regresar a la tierra, cualquiera que fuese.
McCoy dejó que el testamento de Flynn se desvaneciera de la pantalla, y se acorazó mentalmente para leer el de Jim.
Como la mayoría de la gente, Jim Kirk había grabado su testamento directamente en una celda de memoria permanente. Podía ser enmendado por codicilo o destruido, pero el texto principal permanecería inalterable.
Jim apareció en la pantalla. A McCoy le escocían los ojos y él parpadeó rápidamente, porque era como si su amigo estuviera en la habitación contigua, hablando con él, y no muerto y frío.
Leyó unos papeles para dar a conocer las formalidades legales y las pruebas de identidad, así como la distribución clara y precisa de sus bienes. Le dejaba toda su herencia a su sobrino huérfano, Peter, hijo de su hermano, y nombraba un administrador hasta que el niño llegara a la mayoría de edad. Luego levantó la mirada directamente a la grabadora de memoria, directamente a los ojos de McCoy, y sonrió.
–Hola, Bones –dijo–. Si estás mirando esto, es porque estoy muerto o tan cerca de estarlo que ya no constituye diferencia alguna para mí. Ya sabes que no creo en las intervenciones heroicas para preservar la vida cuando el cerebro ha muerto, pero lo repito para que tengas una grabación legal de mi deseo de morir tan dignamente como sea posible.
La sonrisa se desvaneció abruptamente, y miró a la grabadora con más intensidad, lo que reforzó la extraña sensación que McCoy tenía de que Jim estaba realmente al otro lado de la fibra óptica.
–Leonard –continuó Jim–, hasta ahora jamás me había abierto lo suficiente como para decirte cuánto te valoro como amigo. Si he continuado sin decírtelo desde este momento hasta el de mi muerte, te pido disculpas. Espero que puedas perdonarme; espero que comprendas lo difícil que me resulta decir cosas de esa naturaleza. –Volvió a sonreír–. Y pensar que yo le tomo el pelo a Spock acerca de su carencia de emociones... cuando él admite al menos que ése es su ideal.
–Gracias por tu amistad –dijo simplemente Jim. Hizo una pausa momentánea, y acabó con las instrucciones que requiere un testamento. McCoy apenas oyó las últimas líneas del discurso; apenas podía ver el rostro de Jim. Sin sentir vergüenza alguna, dejó que las lágrimas le resbalaran mejillas abajo.
–Prefiero la cremación al entierro en el espacio –continuó Jim–. No me atrae mucho la idea de flotar momificado por el vacío durante los próximos miles de milenios. Prefiero ser quemado en el corazón de los motores de mi nave.
–Suponía que escogería el fuego –comentó Spock al ennegrecerse la pantalla.
McCoy se volvió, sobresaltado, enjugándose las lágrimas del rostro con una manga.
–¿Cuánto tiempo hace que está usted aquí? –preguntó enfadado, olvidando que le debía una disculpa a Spock.
–Apenas unos cuantos segundos –respondió suavemente Spock–. Pero hace un rato considerablemente más largo que lo estoy buscando, doctor McCoy. Tengo que hablar con usted en absoluto secreto. He descubierto algo importante. Me gustaría reanudar la conversación de anoche. ¿La recuerda usted?
–Sí –respondió McCoy, mitigando la irritación que había manifestado–. Tengo que pedirle disculpas. Estaba equivocado con respecto a la sugerencia que le hice, y también lo estaba con respecto a otras cosas que le dije. Lo lamento, señor Spock.
–No es necesaria disculpa alguna, doctor McCoy.
–¡Maldición, Spock! –exclamó McCoy–. ¡Al menos déme la oportunidad de excusarme dignamente, aun a pesar de que no le importe a usted cuán estúpidamente me comportara!
–Muy por el contrario, doctor McCoy. Aunque es verdad que sus impulsos fueron el resultado del exceso de emotividad, también es cierto que eran correctos. Señalaban el camino correcto a seguir... en realidad, indicaban un camino que es absolutamente esencial. Tenemos que impedir que el doctor Mordreaux asesine al capitán Kirk.
McCoy estudió el rostro de Spock en busca de alguna señal de locura. Su expresión era tan controlada como siempre; ¿pero había un cierto destello obsesivo en sus ojos?
Quizá los vulcanianos se volvían locos de la misma forma en que hacían todo lo demás, serenamente y con una absoluta carencia de emociones. ¿Traer a Jim de vuelta a la vida? McCoy tropezó con el territorio vacío de la pérdida que la muerte del amigo había creado en su mente. Siempre sentiría dolor cuando rozara los afilados bordes de aquella desesperación, pero los vacíos que había más allá se estaban llenando de recuerdos. McCoy había comenzado a aceptar la muerte de Jim, pero completar el proceso sería una tarea larga y ardua, y no creía que pudiese soportar que los locos planes de Spock le arrastraran a un lado y otro de] umbral que separaba la aceptación de la negación. El hecho de que fuese el mismo McCoy quien los sugiriera en primer lugar, hacía que aquellos planes fuesen menos tolerables, no más.
–Señor Spock, anoche me volví ligeramente loco. Sí no le hice daño, me alegro de ello, porque sin duda lo intenté. Me avergüenzo de mí mismo por ello. No podía aceptar el haber fracasado tan completamente, cuando la persona a la que le fallé era mi más íntimo amigo.
–No comprendo qué conexión existe entre su estado emocional de la pasada noche, y la tarea que debemos llevar a cabo.
–No tenemos ninguna tarea por delante, excepto la de sepultar a nuestros muertos y llorarlos.
–Doctor McCoy...
–¡No! Si yo puedo admitir que anoche estaba un poco fuera de mis cabales, usted puede admitir la posibilidad de que su juicio pueda simplemente ser ligeramente poco fiable en este preciso momento.
–Mi juicio está intacto. No me afectan los acontecimientos que a usted le han causado tanta aflicción.
McCoy no quería pelearse con Spock; ni siquiera se sentía en condiciones de obligarlo a reconocer que le importaba el hecho de que Jim estuviese muerto. La irritación que sentía no era suficientemente fuerte como para sobreponerse al tremendo letargo que se había apoderado de él. Le volvió la espalda.
–Por favor, márchese, Spock –le pidió. Déjeme en paz, pensó. Déjeme llorar en paz.
Se abrazó como si tuviera frío; sentía frío; un frío helado que había descendido con el silencio. Spock permaneció callado durante tanto tiempo, que McCoy llegó a creer que se había marchado tan silenciosa y sigilosamente como había llegado. El médico se volvió.
El sobresalto fue muy violento, al encontrarse con que Spock no se había movido del sitio, y lo miraba pacientemente.
–¿Querrá escucharme ahora, doctor McCoy?
McCoy suspiró, al darse cuenta de que no tendría un momento de paz hasta haber escuchado lo que Spock quería decirle. Se encogió de hombros con resignación.
Spock aceptó el gesto como uno de consentimiento. –El doctor Mordreaux no debería haber matado al capitán –declaró Spock.
McCoy estaba a la defensiva. –Soy bien consciente de eso.
Se había destrozado los nervios en el intento de pensaren cosas que hubiera podido hacer de forma diferente, cualquier procedimiento que hubiera salvado la vida de Jim. No se le había ocurrido nada. Quizá ahora Spock le hablaría de algún oscuro trabajo que debería haber leído, alguna monografía sin traducir acerca del tratamiento adecuado para la telaraña...
–No lo digo con intención de criticarle, doctor McCoy. Lo que quiero decir es que dentro del curso normal de probabilidades, no afectado por acontecimientos anacrónicos, James Kirk no hubiera muerto durante el día de ayer. En realidad, el doctor Mordreaux no hubiera aparecido en el puente.
El entrecejo fruncido de McCoy se hizo más profundo.
–¿Qué demonios está intentando decirme? ¿A qué se refiere con eso de «acontecimientos anacrónicos»?
–Las drogas que dieron al doctor Mordreaux para convertirlo en alguien manejable e incoherente han perdido ya su efecto. Esta mañana estuve hablando con él. Ahora sé en qué estaba trabajando, solo, en Aleph Prime. Sé por qué detuvieron su trabajo.
Molesto por el aparente cambio de tema, McCoy no replicó. Permanecería allí sentado hasta que Spock terminase, pero no tenía intención ninguna de manifestar entusiasmo por una conferencia sobre la investigación armamentística.
–Se había puesto a trabajar sobre sus monografías acerca del desplazamiento temporal, las que causaron tremendas controversias, e intentado llevar a la práctica las teorías expuestas en ellas. Lo consiguió.
McCoy, que lo había estado escuchando con indiferencia en el mejor de los casos, se irguió de pronto y repasó lo que acababa de decirle Spock, traduciendo los tecnicismos a lenguaje corriente.
–Desplazamiento temporal. Movimiento a través del tiempo. ¿Se refiere a... viajes por el tiempo?
–Eso es lo que acabo de decir.
–¿Así que tiene intención de utilizar sus teorías llevadas a la práctica para regresar al día de ayer y salvar la vida de Jim? No veo por qué su plan es en nada diferente, o más ético, que el que sugería yo.
–Sus efectos son muy poco diferentes, y sólo los diferencian las intenciones y los motivos. Sus motivaciones eran las de salvarle la vida al capitán. Las mías son las de detener al doctor Mordreaux.
–Discúlpeme, Spock, si no soy capaz de apreciar unos matices éticos tan sutiles como ésos. –El tono de McCoy se había hecho sarcástico.
–No existe sutileza alguna en todo esto, pero no le he suministrado la información suficiente como para que comprenda mi lógica.
McCoy se preparó de mala gana para escuchar un largo discurso, pero a medida que Spock le relataba lo que había averiguado durante las últimas horas, el médico se sintió más y más interesado a su pesar. No podía negar que Jenniver Aristides podría haber sido deliberadamente envenenada, y podía comprender perfectamente las razones que tenía Spock para convencerse de que Mordreaux no podía haber escapado de la celda, en primer lugar, y mucho menos regresar a ella a pesar del caos general de aquellos momentos. McCoy estaba menos convencido de que el arma representase un misterio; por muy minuciosamente que se hubiese registrado la nave, por muy sensibles que fuesen los instrumentos empleados para ello, por muy cerrada que fuese la red de seguridad, alguien que tuviera la inteligencia suficiente podría haber escondido el arma o hacerla desaparecer.
McCoy continuó escuchando, y finalmente se dio cuenta de hacia dónde llevaban las explicaciones del oficial científico.
–Spock –dijo cuando el otro acabó–, ¿me está diciendo que Jim no fue asesinado por el Georges Mordreaux que tenemos bajo custodia en la Enterprise... sino que lo hizo otro Georges Mordreaux. ¡Uno del futuro!?
–Exactamente, doctor McCoy. Es la única explicación que encaja en los parámetros del incidente. Es lo que cree el mismo doctor Mordreaux. Dado que él tenía la información necesaria para volver... para regresar aquí... en el tiempo; es además la explicación más simple.
–¡La más simple!
–Ciertamente.
–¿Más simple que la existencia de un cómplice?
–Un cómplice que apareció de la nada, tenía exactamente el mismo aspecto de Mordreaux, hizo referencia a un incidente que no había ocurrido... sí... y desapareció sin dejar rastro.
–Alguien de la nave que tenía motivos para odiar a Jim... alguien que tenía conocimientos de disfraces holográficos... –La voz de McCoy se apagó ante la mirada de Spock.
–Un actor, entonces. Alguien que tenía experiencia en transformaciones de apariencia...
–¿Que además consiguió ocultarse durante el tiempo suficiente como para volver a cambiar a su aspecto original y deshacerse del arma, mientras todo el mundo de a bordo estaba buscando a alguien que guardara algún parecido con el doctor Mordreaux?
–Es imposible –dijo McCoy con tono beligerante.
–Desde luego que lo es. También es posible que la Enterprise esté albergando un transformador de apariencia.
–¡Eso es más fácil de creer que lo de un asesino viajero del tiempo!
–Mi teoría posee un factor único que quizá lo persuada para que me ayude.
–¿Cuál?
–Si esta hipótesis es correcta, entonces los acontecimientos ocurridos se deben a una seria perturbación de la corriente temporal. Es vital que los volvamos a su cauce normal. El capitán Kirk no tiene por qué morir. No debe morir.
McCoy se frotó los ojos, mientras reseguía la andanada de razonamiento de Spock. Contenía una buena cantidad de sentido, aunque de una forma absurda; en el peor de los casos, explicaba la penetrante sensación que él, y Jim, y la mitad del resto de los otros habían tenido: que todo funcionaba de forma errónea, de una manera extraña, implacable e incontrolable.
–De acuerdo, Spock –accedió por fin–. ¿Qué es lo que quiere que haga yo? Le ayudaré si puedo.
¿Pasó un destello de alivio, incluso de gratitud, por el rostro del vulcaniano? McCoy decidió creerlo así.
–Técnicamente, estoy al mando de la Enterprise hasta que la Flota Estelar haya hecho una valoración de lo sucedido y designado un nuevo capitán –dijo Spock.
–O lo haya ascendido a usted a ese rango de forma permanente.
–Eso está fuera de toda discusión. No lo aceptaría, pero en todo caso, no se me hará semejante oferta. Eso no tiene relevancia alguna en este caso. No puedo desempeñar las funciones de capitán y llevar a cabo mi tarea al mismo tiempo; el doctor Mordreaux y yo tendremos que construir el aparato que me lleve de vuelta al día de ayer. Eso llevará algún tiempo, y sería mejor que no nos interrumpieran.
–¿Por qué no podemos limitarnos a regresar mediante el efecto látigo?
–Por la misma razón que no vamos a intentar calibrar el fenómeno de vacío y utilizarlo para que nos lleve de vuelta: porque el resultado sería que llevaríamos la nave entera al pasado, incluido el cadáver del capitán; nos veríamos obligados a enfrentarnos a nosotros mismos, a intentar persuadirnos a nosotros mismos...
–No se preocupe –se apresuró a interrumpirlo McCoy–. ¿Qué quiere que haga yo? ¿Que diga que lo he dado de baja de sus funciones por motivos médicos?
–No es una sugerencia irrazonable –respondió Spock, con aire pensativo–. Puede hacer lo que mejor le parezca, tanto si decide disimular como si se niega a responder a cualquier pregunta.
–En circunstancias normales, debería irse a dormir a una hora bastante temprana –señaló McCoy, que conocía los ciclos que Spock se había autoimpuesto–. Piense en ello... ¿cómo piensa mantenerse despierto?
–Puedo retrasar dicha compulsión.
McCoy frunció el entrecejo.
–¿Eso es prudente, señor Spock?
Spock se forzaba más allá de sus límites con mucha frecuencia, aunque sin duda se negaría a reconocer que se ponía a prueba más de lo que lo haría cualquier vulcaniano pu ro.
–Carece totalmente de importancia –respondió vivamente Spock–. Sólo me requerirá unos pocos minutos del día de hoy, más tarde, el estabilizar mi mctabolismo. No afectará a mi trabajo.
–¡Pero eso es absurdo! ¿Por qué no se va simplemente a dormir? ¡Disponemos de muchísimo tiempo!
–No, no disponemos de él. El esfuerzo necesario para cambiar un acontecimiento es proporcional al cuadrado de su distancia en el tiempo. La curva de la función energética se acerca al infinito con bastante rapidez.
–¿Cuanto más espere, más difícil será?
–Precisamente. Además, todavía vamos de camino hacia la colonia de rehabilitación, y si no puedo acabar el aparato antes de verme obligado a dejar al doctor Mordreaux en manos de las autoridades, puede que nunca consiga acabarlo.
–Espere. Creía que usted estaba convencido de que lo habían condenado por equivocación. Pensaba que iba a intentar demostrar su inocencia.
–Desgraciadamente, eso es imposible.
–¿Por qué?
–Porque incluso en el caso de que fuese inocente, cosa que técnicamente no es, no lo han condenado a rehabilitación por ese crimen. Su trabajo entrañaba una amenaza tal, que se tomó la decisión en las altas esferas de la Federación de eliminar dicho aparato.
–¡Eso es de paranoicos, señor Spock!
–¿Los actos de la Federación o la creencia del doctor Mordreaux de que es eso lo que ocurre? Yo mismo dudé de ello. En todo caso, los expedientes del juicio han desaparecido de los archivos públicos. El nombre del profesor ha sido eliminado de los índices de Aleph Prime; y, lo más importante, sus monografías están siendo sistemáticamente borradas de los bancos de memoria de la Federación. La computadora de Aleph Prime infectó a la computadora de la Enterprise con un programa virus que busca y destruye los trabajos del doctor Mordreaux; se reproduce por sí mismo y se transfiere a cualquier computadora con la que entra en contacto. Cuando lo descubrí, ya había llevado a cabo su tarea en la Enterprise, y el hecho de que mi propia computadora retenga copias de esos trabajos se debe sólo a que está protegida, inmunizada, podríamos decir, contra ese tipo de virus.
McCoy comenzó a comprender cuán aterradoras eran las consecuencias de las teorías de Mordreaux. Cualquiera que pudiese llevarlas a la práctica, podía cambiar el curso de la corriente temporal: la historia misma. Incluso en ese mismo momento ellos podían estar cambiando, siendo cambiados sin su consentimiento y ni siquiera su conocimiento. Se estremeció.
–Ningún argumento que yo o cualquier otro pueda presentar evitará que las autoridades envíen al doctor Mordreaux a rehabilitación –afirmó Spock.
El doctor McCoy cruzó los brazos sobre el pecho, y dijo:
–No tengo ninguna razón para sentir simpatía por ese hombre, Spock, pero a mí me parece que van a arrojarlo a los lobos.
–¿Arrojarlo a...? Oh... Ya recuerdo esa referencia. Al contrario, doctor. Existen varias formas de evitar que lo encarcelen, pero él no quiere aceptar mi ayuda. Prefiere que un grupo muy pequeño de personas aprecie la validez de su obra. La alternativa es que sus teorías permanezcan en el descrédito, y eso, él no puede aceptarlo.
–¿Va a permitir que lo «rehabiliten»?
–No tengo elección. Le he dado mi palabra de no intentar deshacer sus pasadas acciones, por autodestructivas que puedan ser.
–Señor Spock...
–Doctor McCoy, no dispongo de tiempo para discutir ahora con usted. No estoy en desacuerdo con su opinión, pero de momento tendremos que contentarnos con que el doctor Mordreaux nos ayude a salvar al capitán Kirk. ¿Desea un nombramiento formal para desempeñar las funciones de capitán?
–No creo que sea necesario –respondió McCoy. Spock asintió con la cabeza y se dispuso a salir. –Spock... espere.
El vulcaniano se volvió.
–¿Por qué tanto secreto, que yo lo encubra y todo eso? Informemos simplemente de lo que ha ocurrido y de lo que planeamos hacer, y tendremos a todos los miembros de la tripulación de nuestro lado.
–Ése es muy probablemente el peor curso de acción que pueda usted imaginar.
–Eso que dice no tiene sentido.
–Esta obra es considerada como una amenaza, no sólo para la Federación sino para la historia del universo mismo. Si nos descubren empleándola, Ian Braithewaite, por ejemplo, nos veremos irrevocablemente ante un tribunal militar y de camino hacia la misma colonia de rehabilitación que el doctor Mordreaux.
–Oh.
Spock le habló a McCoy con gravedad.
–Doctor McCoy, lo que intentaremos hacer no carece de riesgos, y la colonia de rehabilitación no es el mayor peligro existente. Yo podría fracasar. Podría ser concebible que empeorara las cosas. ¿Preferiría que procediera sin involucrarlo a usted?
McCoy respiró profundamente y dejó escapar el aire con lentitud.
–No, señor Spock, no puedo quedarme al margen aunque este asunto signifique correr el riesgo de caer con usted. Lo ayudaré en todo lo que pueda.
–Esa es una imagen confusa en el mejor de los casos, doctor McCoy, pero aprecio su resolución.
Spock sintió que el sueño se apoderaba de él, confundía sus percepciones y le distorsionaba la visión. Era demasiado temprano, demasiado temprano: tendría que disponer de bastante tiempo, al menos hasta el anochecer, antes de que la necesidad de dormir resultara irresistible. Las últimas veinticuatro horas habían estado tan cargadas de tensión, que habían apartado su atención del control de sus ciclos de descanso, hacia el control de las emociones que en circunstancias normales estaban tan perfectamente reprimidas como para resultar esencialmente inexistentes.
Se encaminó apresuradamente hacia sus dependencias, en lugar de ir al camarote del doctor Mordreaux, con la esperanza de no haber retrasado los cambios hasta demasiado tarde.
El calor del camarote, más parecido a la temperatura normal de Vulcano, lo envolvió, y la textura de las luces cambió por completo. Cerró la puerta y permaneció de pie durante un momento, mientras hacía la transición del mundo humano al suyo propio.
Pero no podía esperar mucho tiempo. Se tendió sobre la larga losa pulida de granito de Vulcano, una piedra de meditación, que era uno de los pocos lujos que se permitía. Cerró los ojos y se relajó lentamente. No podía relajarse todo lo que le hubiese gustado, ya que si lo hacía se dormiría de inmediato. Sin embargo, si permanecía tenso no sería capaz de controlar su cuerpo con el fin de conseguir los pocos días más, las pocas horas más de vigilia que necesitaba.
No podía evitarse. Tendría que correr el riesgo. Lo más irónico era que el nivel de concentración que debía alcanzar era tan profundo que no podría mantener la atención fija en permanecer despierto.
Gradualmente, tomó consciencia de cada hueso, cada órgano, cada músculo y cada tendón de su cuerpo. Respiró profundamente, obligando a las células a que degradaran las moléculas producidas por la fatiga. Entró hasta el fondo de su mente y reprimió la respuesta biológica ya comprimida hasta un punto peligroso. Mantuvo una lucha consigo mismo; se exigió hasta la última pizca de determinación que todavía le quedaba; pero cuando emergió a través de las diferentes capas de su mente, fue recompensado por una claridad intelectual renovada.
Por el momento, lo había conseguido.

El doctor McCoy salió del turboascensor al puente. Estuvo a punto de dirigirle un alegre saludo a Uhura, pero tras una mirada a la tensión y tristeza de su hermoso rostro, y a sus ojos enrojecidos por el llanto, recordó que por lo que a todos los demás respectaba, habían perdido un respetado oficial o un amigo. McCoy ya había comenzado a pensar que Jim sólo se había ido unas cortas vacaciones; la desesperación de McCoy se había desvanecido. Sin embargo, era de una vital importancia que ocultara sus esperanzas. La valoración que Spock había hecho de las circunstancias era indudablemente correcta: si alguien sospechaba, los detendrían.
Se detuvo cerca de Uhura. Ella cogió la mano que le tendía, y él se la estrechó suave y consoladoramente. Él quería ponerla en pie de un tirón, cogerla en brazos y hacerla girar, estrecharla con todas sus fuerzas y decirle que muy pronto todo se arreglaría; quería decirles a todos los que se hallaban en el puente, en la nave, que era todo un error, todo, prácticamente, una broma.
––Doctor McCoy...
–Uhura...
–¿Se encuentra bien?
–Más o menos –respondió él, sintiéndose brutal y carente de honradez–. ¿Y usted?
–Más o menos. –Ella sonrió, de una forma algo trémula. McCoy se encaminó al nivel inferior del puente. –¿Doctor McCoy?
–¿Sí?
–Doctor, las comunicaciones de la nave... son confusas. No me refiero al mecanismo. –Hizo un gesto en dirección a la estación ante la que se hallaba sentada–. Me refiero a la gente que habla entre sí. Los rumores. Las sospechas. Supongo que el señor Spock no puede decirnos si estamos todos bajo sospecha; pero si no lo estuviéramos, unas palabras suyas...
–¿Bajo sospecha? ¿De qué me está hablando, Uhura?
–He pasado por duros interrogatorios de seguridad... usted ya conoce el nivel de mis acreditaciones... pero nunca jamás había pasado por un interrogatorio parecido al de esta mañana.
McCoy frunció el entrecejo, muy sorprendido.
–Pensé que Barry al Auriga tendría más tacto.
Mandala Flynn había repasado el expediente de al Auriga junto con McCoy, y lo había recomendado para el ascenso a segundo en el mando, poco después de llegar a bordo. Una de las razones por las que lo había escogido a él entre varios otros oficiales de antigüedad comparable era que su perfil psicológico y su hoja de servicios indicaban que se comportaba con amabilidad y gentileza cuando se hallaba bajo presión.
–No me refiero a Barry. Él me ha tomado declaración, por supuesto. Se trata de Tan Braithewaite. Doctor McCoy, los rumores que corren dicen que el prisionero no pudo salir de la celda por sí mismo, así que tiene que existir una conspiración. Eso es lo que está intentando averiguar el señor Braithewaite. Llegó incluso a acusar a Mandala de estar involucrada. Cuando dijo eso, me entraron ganas de arrancarle los ojos con las uñas.
McCoy arrugó la frente.
–Nunca he oído una sarta tal de tonterías. Además, lan Braithewaite no tiene jurisdicción alguna sobre la Enlerprise, pero incluso si la tuviera, eso no le daría ningún derecho a intimidar a nadie de la tripulación... ni a calumniar a alguien que ya no puede defenderse. –Braithewaite estaba lejos de ser el único que creía que una persona que carecía de planeta natal era un riesgo para la seguridad, casi por definición. McCoy suspiró–. Uhura, llame al señor Braithewaite, ¿quiere? Búsquelo y dígale que suba al puente de inmediato.
–Sí, doctor.
Se sentó en el asiento de Jim Kirk y pasó los siguientes minutos mirando la pantalla de visión exterior, aunque le ponía muy poca atención al espectacular campo de estrellas. Se preguntaba qué ocurriría cuando Spock llevase a cabo sus planes. ¿Guardaría alguien recuerdo alguno de lo sucedido, o los acontecimientos se desvanecerían simplemente de sus memorias? Si era así, ¿qué efecto tendría aquello sobre los seres que se hallaban allí en aquel momento?
¿Nos desvaneceremos también nosotros?, se preguntó.
Cuanto más pensaba en el asunto, más atrapado se hallaba entre las paradojas y más lo confundían.
Las puertas del ascensor se abrieron, e Ian Braithewaite entró en el puente, con su maniática energía reprimida por la beligerante curva de sus hombros caídos. Descendió al nivel inferior con una sola zancada y se encaró con McCoy.
–Doy por supuesto que querrá usted hablar conmigo –le dijo McCoy–, dado que se ha mostrado tan agresivo en sus conversaciones con el resto de la tripulación.
–Preferiría hablar con el nuevo capitán, pero él me evita.
–Escúcheme, hijo –comenzó McCoy, que no se sentía ni aproximadamente como el anciano buen doctor que estaba representando–, es usted quien desapareció de la enfermería sin mi permiso. Tiene usted una fuerte conmoción... y debería de estar en cama.
–¡No intente cambiar de tema!
–¿Cuál es exactamente el tema? Por lo que he oído, tiene usted en el tejado algunas goteras que deberíamos tapar.
La expresión de Braithewaite era en todo igual a la que afloraba al rostro de Spock cuando no comprendía una de las coloridas metáforas humanas.
–¿Qué es una gotera? Y ya que estamos, ¿qué es un tejado?
–Oh, no tiene importancia. ¡Que Dios me libre de la gente que nunca ha caminado por la superficie de un planeta!
Braithewaite, ¿qué demonios pretende, acosando a la tripulación? Todos hemos pasado por demasiados momentos difíciles y dolorosos, gracias a usted y su maldito prisionero.
Hemos perdido a alguien a quien admirábamos enormemente, y no pienso permitir que someta a nadie más a tensiones adicionales.
–No veo que tenga usted nada que decir al respecto. El crimen tuvo lugar en mi jurisdicción, y estoy investigando.
–Usted no tiene ninguna jurisdicción sobre una nave de la Flota Estelar.
–Oh, es usted un experto en el sistema jurídico además de en medicina, por lo que veo. Estoy impresionado.
–Señor Braithewaite, ¿qué pretende? Todos vieron cómo su prisionero asesinaba al capitán, y a menos que haya usted dejado suelto a Mordreaux, está ahora bien seguro en su celda.
–No tengo intención de discutir lo que sé con usted. –Oh, no la tiene, ¿no es cierto? –Joven estúpido, agregó mentalmente McCoy, y estuvo a un tris de decirlo en voz alta. –¿Dónde está el señor Spock... o debería decir el capitán Spock?
–Creo que opondría objeciones en los términos más severos si lo llamara de esa forma a la cara. Él y Jim estaban muy unidos desde hacía mucho tiempo, y aunque preferiría que le arrancaran las uñas antes que admitirlo, la muerte de Jim ha sido un duro golpe para él.
–¿De veras? Supongo que está en alguna parte, postrado de dolor.
–Escuche, no comprendo en absoluto su beligerancia.
¿Qué demonios le ocurre? Si tiene algo que decir, dígalo...en lugar de salirse de sus casillas por cada cosa que digo. –Quiero hablar con el oficial al mando. –Tendré que hacerlo, en ese caso. –¿Spock le ha pasado el mando a usted? –Por el momento.
–¿Dónde está él?
–Está... dormido –respondió McCoy. Había preparado mal las mentiras. Intentó explicarle lo relativo a la observación del fenómeno de vacío y la habilidad vulcaniana para retrasar el sueño, hasta que se dio cuenta de que Braithewaite dudaba de cada una de sus palabras.
–A pesar de que las formalidades jerárquicas indican que sea Montgomery Scott quien asuma el mando, han delegado dicha responsabilidad en usted.
–La elección depende del oficial al mando –respondió McCoy. Luego intentó un tono más conciliador–. Además, Scotty está trabajando en los motores... no tiene tiempo de desempeñar labores de mando, es demasiado importante en el lugar en el que se encuentra.
Ante la expresión del rostro de Braithewaite, McCoy se arrepintió inmediatamente de haber intentado seguirle la corriente al fiscal.
–Tengo mejores cosas que hacer que intercambiar frases astutas con usted –dijo Braithewaite, y se volvió para marcharse.
–lan –lo llamó McCoy suavemente, con el arrastramiento sureño de las palabras que sólo se sorprendía utilizando en los momentos de la más profunda furia.
Braithewaite se detuvo pero no se volvió.
–Ian –continuó McCoy–, tanto si le gusta a usted como si no, yo estoy al mando aquí hasta que el señor Spock vuelva a asumirlo; y si usted continúa acosando a la tripulación... si continúa acosando a mi gente, le haré recluir en su camarote.
Entonces Braithewaite se volvió bruscamente con los puños apretados.
–Cree que puede hacer eso, ¿no es cierto?
McCoy le dirigió una amable sonrisa de anciano médico rural, pero su voz continuaba siendo muy suave, muy baja. –Póngame a prueba –le respondió.

Spock miró por encima del hombro del doctor Mordreaux los esquemas que el profesor había estado recreando durante las pasadas horas. Pasaban como un destello, uno tras otro, por la luminosa pantalla de la computadora. El diseño poseía la simplicidad de una elegante prueba matemática; era tan perfecto y mortífero como un cuchillo de cristal.
–Si ambos trabajamos en ello, deberíamos ser capaces de terminarlo en un par de horas ––aseguró el doctor Mordrcaux.
–¿Qué poder tiene ese equipo, profesor?
–¿Me pregunta que hasta qué punto del tiempo puede regresar? Eso no depende de la carga en sí, sino de cuánta energía se puede obtener. La Enterprise puede, probablemente, suministrar la energía suficiente como para enviarlo a una semana de distancia, si se hiciese una derivación de los motores hiperespaciales. Si intentara retroceder más, con seguridad, comenzaría a forzar el sistema más allá de su resistencia inherente.
–Comprendo –dijo Spock.
El doctor Mordreaux levantó los ojos hacia él.
–Eso es más de lo que usted necesita retroceder. A menos que me haya mentido con respecto a lo que tiene intención de hacer.
–Los vulcanianos no mentimos, profesor. Mantendré la palabra que le di, por muy ilógica que piense que es su actitud, a menos que me libere usted de esa promesa.
–Muy bien –replicó el doctor Mordreaux–. Regrese a salvar a su capitán, y conténtese con eso.
Spock no disponía de ningún otro argumento para exponerle al doctor Mordreaux con la finalidad de hacer que él cambiara de parecer, y por esa causa guardó silencio.
–Es una maravillosa coincidencia que se le ocurriera recoger esos cristales bioelectrónicos en Aleph –comentó el doctor Mordreaux–. Sin ellos, el transportador hubiese tenido el tamaño de una lanzadora y el doble de su masa.
–Yo no creo en las coincidencias –respondió Spock con tono distraído, mientras hacía una lista mental de las demás herramientas y material que les haría falta–. Cualquier coincidencia, si se la observa cuidadosa y lógicamente, demostraría tener una explicación.
–Asegúrese de cuál es la explicación para ésta, y hágamela saber cuando la averigüe –le dijo el profesor.
El concepto en el que Spock no creía, la coincidencia, sin duda se le había ocurrido frecuentemente durante los últimos días pasados; pero en aquel preciso momento, no tenía tiempo para llevar a cabo observaciones cuidadosas y lógicas de los diferentes fenómenos. Volvió a inclinarse sobre la pantalla de vídeo.
La puerta del camarote del doctor Mordreaux se abrió detrás de ellos. Spock se volvió.
Ian Braithewaite lo miraba con ferocidad desde la entrada.
–Dormido, sin duda –dijo–. Espero que esté usted teniendo dulces sueños, señor Spock.
–Mis hábitos de descanso no son asunto suyo, señor Braithewaite.
–Lo son cuando forman parte de las bases de una maquinación destinada a engañarme.
–¿Deseaba hablar conmigo, señor Braithewaite, o está simplemente comprobando que el doctor Mordreaux se halla en su camarote? Como bien puede ver, continúa encerrado.
Braithewaite se acercó, entrecerrando los ojos para ver mejor la pantalla.
–Encerrar al doctor Mordreaux y dejarle acceso abierto a la computadora, es lo mismo que entregarle la llave de la puerta. ¿Qué está...?
Mordreaux apretó la tecla con la palabra « CLEAR» escrita encima.
–¿Qué era eso?
–Nada que pueda interesarle –respondió Mordreaux, pero la bravata vaciló en su voz.
–El doctor Mordreaux me ha proporcionado una ayuda inapreciable con respecto a las observaciones que usted ordenó interrumpir –le dijo Spock–. Ésta podría ser su última oportunidad para contribuir al conocimiento científico, un hecho que incluso usted debería ser capaz de apreciar.
Braithewaite le dirigió una mirada de implacable hostilidad.
–Me resulta muy difícil sentirme impresionado por sus contribuciones a la fuente de la sabiduría universal. –Tendió una mano hacia la terminal.
–No manosee la computadora de la Enterprise, señor Braithewaite –le dijo Spock.
–¿Qué?
Spock no vio ninguna necesidad de repetir lo que acababa de decir.
Braithewaite se detuvo con los puños apretados y los brazos caídos. Luego se relajó lentamente. Asintió con expresión pensativa, y sin decir nada más se marchó del camarote.
Spock se volvió hacia el doctor Mordreaux.
–Sabe que le ha mentido, señor Spock. Él no amenaza...
espera hasta tener pruebas suficientes, y luego entra a matar. –El doctor Mordreaux sacó nuevamente los cálculos que estaban realizando de la memoria de la computadora a la pantalla.
–No le he mentido, señor. –Spock miró las intrincadas ecuaciones que pasaban por la pantalla–. Los trabajos en ese transportador me han suministrado valiosos atisbos del diseño correcto para mi aparato observacional. Me ha proporcionado usted el auxilio que esperaba.
–Un tecnicismo. Si lo he hecho, fue por pura inadvertencia. ¿0... se trata de otra coincidencia?
–Eso es muy poco probable –respondió Spock, y se puso nuevamente a trabajar.

El doctor McCoy se sobresaltó ante el sonido de su nombre, y se puso en pie de un salto con aquella alerta extrema que lo preparaba para las emergencias. Después de todos aquellos años, ni siquiera se había acostumbrado realmente a ello.
–¿Qué ocurre? ¡Estoy despierto!
Miró en torno de sí y se dio cuenta de que todavía estaba en el puente. Todos lo miraban con expresiones extrañas; no podía culparlos. Mientras se ruborizaba, volvió a sentarse en el asiento de mando, sin pretender realmente no haberse dormido pero sin invitar tampoco a que nadie hiciera comentarios al respecto.
Era Chekov quien le había hablado, para llamarle la atención sobre el hecho de que el señor Scott estaba llamando al puente.
–¿Sí, Scotty? –dijo McCoy–. ¿Todo marcha bien?
Se produjo una breve pausa.
–Doctor McCoy... ¿es usted?
–El mismo.
–Tengo que informar al señor Spock acerca del estado de los motores hiperespaciales. ¿Puede decirme dónde se encuentra?
–Probablemente esté profundamente dormido a estas alturas –respondió McCoy, lamentando la mentira que salía más fácilmente la segunda vez que la decía–. Creo que se–rá mejor que, de momento, me informe a mí.
Otra pausa. McCoy comenzaba a preguntarse si el intercomunicador también estaría fallando, como durante aquellos días les ocurría a los motores y la mitad del resto de los equipos de la nave.
–¿A usted, doctor McCoy? –preguntó Scott.
–Bueno, sí. Estoy más o menos al mando hasta que Spock regrese a su puesto.
–Entonces lo ha nombrado a usted segundo.
El dolor de la voz de Scott se percibió con toda claridad. Sus sentimientos estaban heridos; le habían pasado por encima, de eso no había ninguna duda. El ingeniero de máquinas no tenía forma de saber que lo habían hecho para protegerlo a él, precisamente, y McCoy no podía decírselo.
–No exactamente, Scotty –le replicó McCoy con un tono poco convincente, esperando salvar el ego magullado–. Sólo será hasta que todo haya sido solucionado. Supongo que tiene la sensación de que es usted de vital importancia en la sala de máquinas.
–Sí –dijo entonces Scotty con tono frío–, señor. No dudo de que sabe lo que está haciendo.
El intercomunicador se apagó con un chasquido. McCoy suspiró. No se las había arreglado con Scott mejor de lo que lo había hecho antes con Braithewaite.

Al apartarse del intercomunicador de su oficina, Montgomery Scott levantó lentamente la mirada hacia los ojos de Ian Braithewaite. Se sentía aturdido y traicionado.
–Lo lamento mucho –le dijo Braithewaite, con bastante sinceridad.
–El doctor McCoy tiene razón –señaló Scott–. No tengo tiempo para comandar la nave. El trabajo de los motores está hecho sólo a medias...
–¡Maldición, amigo! –gritó Braithewaite, poniéndose en pie de un salto–. ¡O bien McCoy está trabajando bajo coacción, o él y Spock juntos lo han traicionado a usted y a todo el resto de la tripulación! ¿Cómo puede continuar buscándoles excusas?
–Los conozco a ambos desde hace mucho tiempo, y nunca he tenido razón alguna para desconfiar de ninguno de ellos –respondió Scott.
Sus sentimientos de traición se mezclaban con la ira; no sabía si esa ira estaba dirigida contra McCoy y Spock, o contra Braithewaite. Quizá fuese contra todos ellos; tal vez no tuviese importancia.
–Es difícil –concedió Braithewaite, mientras recordaba una ocasión en la que había entregado su confianza para luego encontrarse que la usaban en su contra–; pero Spock, por lo menos, ha agotado sus oportunidades de que se le conceda el beneficio de la duda. Si Mandala Flynn fue la instigadora o simplemente lo siguió a él, carece ya de interés práctico. McCoy podría ser menos culpable... pero no hay forma de demostrar que ninguno de ellos sea completamente inocente.
Scott no dijo nada; suspiró mientras miraba fijamente al diseño esquemático que estaba pinchado en la pared de la oficina.
–¿La hay, señor Scott? –preguntó suavemente Ian–. Si puede darme alguna otra explicación lógica para lo que ha estado ocurriendo, me sentiré encantado de oírla. No me gusta la idea de que tres oficiales de la Flota Estelar hayan conspirado para apoderarse de una nave, poner en libertad a un criminal peligroso, y asesinar a su capitán...
–¡Basta! –le interrumpió Scott–. Por favor... no vuelva a recitar esa letanía. –Hizo una pausa y se rehízo–. Todo lo que usted dice es verdad, sí... Pero no consigo ver el porqué de todo ello. Quizá la Flota Estelar le entregará la Enterprise al señor Spock, y quizá no. Es correr demasiado riesgo. Si lo hubiese deseado, hubiera obtenido su propia capitanía, sin lugar a dudas. ¿Y por qué iba el doctor McCoy a tomar parte en semejante plan? No puede ascender más y continuar practicando la medicina, y ha dicho infinidad de veces que no quiere renunciar a ella.
Tan suspiró. No quería confiarle a Scott la totalidad de sus suposiciones, no tanto porque él mismo las encontrara imposibles de creer, ni siquiera porque revelar aquella información constituiría una violación de las órdenes que él mismo había recibido, como porque aquella información en sí pondría en peligro al ingeniero.
–No tengo pruebas absolutas de que el doctor McCoy sea un miembro voluntario del plan. Espero que no lo sea... ya que si no lo es, todavía tenemos la oportunidad de traerlo de vuelta a nuestro lado. Puedo hacer algunas suposiciones, pero no le gustarían más que cualquiera de mis sospechas.
Abrigo la esperanza de que lo que ha ocurrido sea que un plan destinado a poner en libertad al doctor Mordreaux, se haya escapado de las manos de los que pretendían llevarlo a cabo hasta el punto de que nadie pudo elegir lo que debía hacerse. Lo peor que podría ocurrir... bueno, el señor Spock tiene en este momento el control de la nave, y no le hace falta esperar a que la Flota Estelar se lo entregue.
–¡Eso es una locura! –dijo Scott–. ¡Además, la tripulación no lo toleraría!
–Es precisamente con eso con lo que cuento, señor Scott. Ése es el motivo de que haya confiado primero en usted.
–Oh.
––¿Puedo contar con usted para que me ayude?
–Puede contar conmigo para ayudarlo a intentar averiguar la verdad –respondió Scott, y eso era todo lo que estaba dispuesto a prometerle.

6

A primeras horas de la noche del mismo día, hora de a bordo, el doctor McCoy se encaminó, nervioso, hacia la sala de transporte donde Spock le había dado cita. La totalidad de aquella jornada había sido espantosa. Spock había permanecido fuera de la vista, trabajando en el desplazador temporal. El ego maltrecho de Scott le había hecho pasar por un momento atrozmente incómodo; no había respondido más que a las preguntas directas, y en esos casos sólo con monosílabos. Ian Braithewaite acechaba por todas partes sometiendo a tercer grado a todo aquel con quien entraba en contacto, e inventando Dios sabía qué clase de conspiraciones fantásticas. McCoy rió entre dientes al pensar qué haría el joven fiscal si consiguiera tropezar con la verdad, aunque esa risita contenía una cierta tristeza. Barry al Auriga estaba furioso porque cuando intentaba obtener información de los testigos del asesinato de Jim, no hacía más que tropezar con personas cuyas observaciones ya habían sido alteradas por las percepciones de Ian Braithewaite; y una de esas percepciones era la de que la teniente comandante Flynn, a pesar de haber muerto en el intento de proteger a Jim Kirk, había planeado de alguna manera su asesinato.
McCoy tenía la sospecha de que al Auriga sentía hacia su superiora algo más que el respeto de un subordinado; que tenía sentimientos que hasta el presente había conseguido mantener bien ocultos. Sin embargo, los nervios de Barry se habían tensado casi hasta el punto de ruptura. Intentaba mantener el control sobre sí mismo, y hasta el momento lo había conseguido; pero McCoy tenía la sensación de que el teniente no estaba muy lejos de arrojar por la ventana su cautela _y su paciencia si Braithewaite se interponía en su camino una sola vez más.
Aparentemente, la advertencia que McCoy le había hecho al fiscal había tenido muy poco o ningún efecto. El médico no quería llevar hasta el fin la amenaza de recluir a lan en su camarote, pero no iba a tener más remedio que hacerlo. La moral de la tripulación de la Enterprise estaba tan baja que no podía siquiera calibrársela; McCoy no podía permitir que las cosas continuaran de aquella manera, con rumores y sospechas corriendo por los corredores, durante mucho tiempo más.
Sin embargo, Spock había terminado el desplazador temporal, por lo que quizá las preocupaciones de McCoy no tenían sentido. El médico se detuvo en la entrada de la sala del transportador y vio al oficial científico en el interior, cambiando las entrañas de uno de los módulos del transportador.
Si lo que había planeado resultaba tener éxito, McCoy no iba a tener que tomar ninguna medida. Si Spock salía victorioso, nada de aquello llegaría a suceder jamás.
Spock percibió su presencia.
–Doctor McCoy.
El oficial científico cogió el más pequeño de dos artilugios de una apariencia particularmente orgánica, y lo introdujo en el módulo del transportador.
–Spock –comenzó McCoy–. Spock... ¿qué nos ocurrirá a todos nosotros?
–No comprendo a qué se refiere.
–Si usted retrocede en el tiempo y cambia las cosas, ya no existiremos.
–Por supuesto que lo haremos, doctor McCoy.
–No aquí, no ahora... no haciendo lo que estamos haciendo. ¿Qué ocurrirá con... con esta versión–probabilidad de todos nosotros? ¿Nos desvaneceremos simplemente de la existencia?
–No, doctor McCoy, no creo que sea eso lo que vaya a ocurrir.
–¿Qué, entonces?
–Nada.
Spock cerró el panel y volvió a abrirlo para comprobar que los agregados encajarían bien en el espacio disponible. McCoy profirió un bufido de frustración.
–Verá –continuó Spock, pasados unos instantes–, si tengo éxito, estas versiones–probabilidad nuestras no habrán existido jamás. No nos desvaneceremos de la existencia porque, para empezar, nunca habremos existido. Es bastante simple y lógico.
––Sin duda. ––McCoy decidió abandonar el tema. Sentía que el pulso se le aceleraba a causa de los nervios, e incluso del miedo; no quería ni pensar en cuál sería en ese preciso momento su presión sanguínea–. Hagámoslo y que así sea.
–Muy bien.
Spock cogió el artilugio de mayor tamaño y se lo colgó por encima del hombro. Se balanceó al final de la correa que lo sujetaba como un racimo de grandes cuentas de ámbar.
–Spock, espere... ¿cómo va usted a regresar?
–Como muy astutamente ha señalado usted ––le dijo el vulcaniano–, si tengo éxito no necesitaré regresar. Sin embargo, en caso de verme obligado a volver, la energía necesaria para hacerlo será mucho menor. De hecho, tras alcanzar la energía límite, uno es virtualmente arrastrado de vuelta a su propio tiempo. La energía contenida en la batería del desplazador será suficiente.
–¿Debo esperarlo aquí?... ¿Regresará inmediatamente después de haberse marchado? 0... –McCoy no pudo resistirse a formular la siguiente pregunta– ¿O antes?
–No intentaré regresar antes de haberme marchado –respondió Spock con una seriedad absoluta–. Aunque sería una experiencia intrigante... –Hizo una pausa y volvió a dedicar su atención a la tarea que tenía entre manos–. Los cálculos se hacen mucho menos complejos si uno permanece ausente tanto tiempo como permanezca en el pasado. Espero no estar ausente más de una hora.
–Haré todo lo posible para estar aquí.
–Doctor McCoy... si permanezco ausente durante un período de tiempo desmedido, es de vital importancia que yo, o lo que quede de mí, sea traído de vuelta aquí, a mi propio tiempo. En caso contrario, el conflicto creado entre dónde estoy y dónde debería estar, podría crear dificultades; también existe la posibilidad de una paradoja perjudicial. –Le señaló a McCoy un control del artilugio que había unido al transportador–. El desplazador auxiliar me traerá de vuelta. Lo único que, tendrá que hacer será activarlo; pero la señal del mismo no puede ser dirigida de forma precisa. No es probable que yo sobreviva si se ve obligado a emplearla.
–En ese caso, no lo haré.
–Debe hacerlo. Si permanezco ausente durante más de... un día, tendrá que hacerlo.
–De acuerdo, señor Spock.
Spock subió a la plataforma del transportador.
–Adiós, señor Spock. Buena suerte.
Spock pulsó un botón de su unidad de desplazamiento temporal. El transportador despertó a la vida con un zumbido, pero en lugar de aparecer el habitual rayo estable en torno a la silueta que se hallaba sobre la plataforma, se produjo un tronante destello, como un relámpago iridiscente.
Las luces se apagaron, y lo más atemorizador fue que el sonido de los ventiladores del aire cesó; la nave permaneció durante un momento en tal oscuridad y silencio que McCoy pensó que el estallido lo había ensordecido y dejado ciego.
La Enterprise se había quedado sin energía.

Ian Braithewaite sospechó de inmediato qué era lo que había ocurrido cuando la energía cesó de fluir por la nave: lo mismo había sucedido en Aleph Prime cuando el doctor Mordreaux comenzó a jugar con su máquina de viajes temporales. Eso era lo que por primera vez había alertado a Braithewaite de la existencia de actividades peculiares, y lo que lo había arrastrado a aquel asunto horriblemente complicado de conspiración, traición, terror y asesinato. Se maldijo a sí mismo por subestimar a Spock y Mordreaux; se maldijo particularmente por haber sido demasiado tímido como para llevar a cabo la investigación de manera agresiva. Debería haber llamado a la policía civil de Aleph mucho antes de aquel momento; también debería de haber llamado a la Flota Estelar; pero había estado intentando mantener la posibilidad de los viajes temporales tan en secreto como le era posible, según le habían ordenado; no tenía sentido suprimir aquellos trabajos si se hacían públicos en la Federación.
Los generadores de emergencia le devolvieron lentamente a la nave una media luz que le confería un aspecto sobrenatural. Ian se lanzó al exterior de su camarote y avanzó por el pasillo con paso de apisonadora en dirección a la celda de Mordreaux, con el temor de que el artilugio hubiese sido utilizado para sacar al profesor incluso de entre las manos de la absurda representación de custodia bajo la que había permanecido en la Enterprise. Se preguntó cuánto tiempo pasaría antes de que la nave fuese desviada de su rumbo hacia Rehab Siete, y de pronto se dio cuenta de que no tenía forma de saber si eso no había ocurrido ya, excepto por la seguridad de que el señor Scott se hubiese dado cuenta y se lo habría comunicado.
¿Y cuánto tiempo pasará antes de que se nos comunique a todos cuál será nuestro destino?, se preguntó. Antes de que nos vendan a los klingon o a los romulanos, como rehenes, y entreguen la nave estelar al enemigo; ¿o serían los planes reservados para la nave y su tripulación algo más directo y privado? Ian Braithewaite sabía que si alguna vez tenía en las manos una creación como la Enterprise, no la entregaría jamás a cambio de suma alguna de tesoros.
En el cruce de los pasillos, se detuvo. ¿Qué sentido tenía dirigirse al camarote de Mordreaux? ¡El hombre no estaría allí; Spock acababa de ponerlo en libertad! Pero el oficial científico tendría que haber empleado el transportador unido al desplazador temporal. Tan podía tener al menos la posibilidad de apresar a Spock, si se daba prisa.
Cambió de dirección y echó a correr.

Aún deslumbrado por el poderoso destello del transportador/desplazador, McCoy parpadeó. En la oscuridad, se preguntó si era eso lo que se sentía cuando uno no había existido jamás.
–¿Señor Spock?
No obtuvo respuesta.
Gradualmente percibió los cuadrantes luminosos del transportador, que arrojaban una extraña luz plateada sobre sus manos. Se apartó hacia las sombras, y permaneció en silencio esperando a que ocurriera algo, cualquier cosa.
La oscuridad se fue desvaneciendo con la mortecina luz encendida por los generadores de emergencia. Esperó, pero no se produjo cambio alguno.
McCoy comenzó a oír las exclamaciones de consternación que proferían los miembros de la tripulación que se hallaban cerca; las raras ocasiones en las que fallaba la energía en una nave estelar eran siempre traumáticas. Todos estaban asustados.
McCoy no los culpaba. Él también estaba asustado, y eso que sabía qué era lo que estaba ocurriendo.
McCoy miró la plataforma de transporte, pero decidió que sería mejor regresar al cabo de una hora que espera¡ – allí a Spock.
Cuando se dirigía hacia la salida, estuvo a punto de colisionar con tan Braithewaite.
–Maldición –dijo Braithewaite–. Espero que... Bloqueó la puerta con su cuerpo. Aparte de ser una cabeza más alto que el médico, tenía veinte años menos.
–No es demasiado tarde, doctor McCoy –le dijo con toda seriedad–. Yo sé qué fue lo que ocurrió la pasada noche...
ya sé bajo cuánta tensión estuvo trabajando. Sé que no estaba completamente en sus cabales.
–¿De qué está hablando?
–Yo estaba despierto cuando el capitán Kirk... murió. Vi cómo discutía usted con el señor Spock. Sé que no quería acceder a sus exigencias.
McCoy miró fijamente a Braithewaite, completamente pasmado.
–No puedo prometerle la inmunidad, después de lo de anoche. –Aterró a McCoy por los hombros–. Pero sé cuánta presión puede cargarse sobre una persona. Si me ayuda, le juro que haré todo lo que esté en mi mano para que le reduzcan la pena capital a una menor.
McCoy se quedó frío. Se dio cuenta... ¡Finalmente te das cuenta!, pensó, de que eres tú tras de quien va, tú y Spock, no sólo la teniente comandante Flynn u otros conspiradores fantasmagóricos sin rostro ni nombre.
Después de todo, la actitud de Spock no había sido tan paranoica como él creía.
–¿Está usted diciendo...? –McCoy volvió a oír la suave amenaza de su voz–. ¿Está usted diciendo que cree que Jim Kirk...? ¿Qué es exactamente lo que me está diciendo?
–El capitán Kirk estaba todavía vivo. Yo vi cómo desconectaba el equipo de soporte vital.
–Estaba muerto, Ian. El cerebro estaba muerto ya antes de que lo sacara del puente, pero yo no quería reconocerlo. Por eso es por lo que Spock y yo estábamos discutiendo. Yo no podía admitir que era incapaz de hacer nada para salvar a Jim, no podía reconocer que ya estaba muerto.
–Estaba usted tan borracho que no sabía lo que estaba haciendo, ¿cómo podía saber si estaba muerto o no lo estaba?
–Aunque estuviera ciego de borrachera, podría haber oído la señal del sensor de ondas cerebrales. ¡Oírlas! Dios mío, las estuve escuchando durante horas.
Braithewaite bajó los ojos hasta él, con expresión pensativa.
–Me gustaría creerle –dijo–, pero ¿por qué lo hizo en mitad de la noche, sin contactar con su familia, y ni siquiera con su albacea testamentario?
–El único familiar que tiene es su sobrino. So _y yo el albacea de Jim. Puede revisar su testamento si así lo desea. En él pide que no se lo mantenga con vida si no existe esperanza de recuperación. Yo había estado manteniendo con vida su cuerpo en contra de sus deseos, mientras intentaba convencerme de que podía recobrarse. No era justo, no lo sería para nadie, y menos aún para Jim.
Una parte de la tensión desapareció de la actitud de Braithewaite, y se apartó a un lado pero siguió a McCoy por el corredor.
–El fallo de energía... fue el resultado del empleo del aparato de viaje temporal.
McCoy no replicó.
–Doctor McCoy, escúcheme, quiero creer su historia acerca del capitán Kirk, por favor, créame; pero tiene que decirme adónde... y a cuándo... envió usted a Spock y Mordreaux.
–No los he enviado a ninguna parte. ¿Qué quiere decir con eso de «cuándo»? ¿Viajes temporales? Es la cosa más disparatada que he oído en toda mi vida. Ya le he dicho que no podrá hablar con Spock hasta que no haya dormido un poco; pero Mordreaux continúa estando en su camarote. ¿Por qué no va a comprobarlo?
McCoy estaba demasiado preocupado como para advertir la furia que aflojó al rostro de Tan Braithewaite cuando volvió a escuchar la patética historia de la hibernación de Spock, o estivación, o siesta si así era como querían llamarlo. La falsedad de aquello le había sido descaradamente demostrada; pero tan conocía sus propias limitaciones. Estaba fuera de su ambiente en aquel caso, como lo había estado desde el mismo principio, mientras intentaba equilibrar su pasión por la justicia con la amenaza de devastación que le resultaba prácticamente incomprensible, intentando sopesar las sospechas contra su propia buena fe.
Estás comportándote como un ingenuo, Ian, pensó, una vez más.
Pero cabía dentro de lo posible que el mismo doctor McCoy estuviese siendo engañado.
–De acuerdo –dijo–. Iré a comprobar si el doctor Mordreaux está en su camarote, pero usted tiene que venir conmigo. –No era tan cándido como para confiar en McCoy hasta haber obtenido alguna prueba de su inocencia.
McCoy suspiró.
–Como usted quiera, Ian –le respondió.
Su voz estaba descontrolada. Él temblaba, por haberse visto forzado a revivir la muerte de Jim. Se encaminó con Braithewaite hacia el camarote de Mordreaux, enfureciéndose cada vez más y más con el fiscal. Dudaba de que ver al profesor fuese a mitigar las sospechas de aquel muchacho entrometido, y se preguntaba qué ocurriría si Ian llegaba a descubrir que era Spock, y no Mordreaux, quien había desaparecido de la nave. Lo único seguro que se podía hacer era apartarlo del camino el tiempo suficiente como para que Spock pudiera llevar a cabo su trabajo.
Ante el camarote de Mordreaux, Barry al Auriga se hallaba hablando con los dos guardias de turno. Los tres oficiales de seguridad levantaron los ojos.
–Venimos a ver al doctor Mordreaux... si es que todavía está aquí –anunció Ian.
Barry al Auriga frunció el entrecejo, pero dominó su genio.
–Está aquí.
–Desbloquee la puerta.
–No, Barry –dijo McCoy–. No lo haga.
Todos se volvieron a mirar al doctor McCoy; Ian Braithewaite se puso pálido.
–Yo estaba en lo cierto –susurró–. Usted es...
–Ya he tenido bastante con su impertinencia –le respondió McCoy–. Barry, ¿quiere hacerme el favor de poner al señor Braithewaite bajo custodia, y encerrarlo en su habitación hasta que aprenda a comportarse con educación?
–Doctor McCoy –respondió al Auriga–, será un enorme placer cumplir con sus órdenes.
–Con suavidad, por favor.
–Lo trataré con guantes de la más suave de las sedas.
Ian trató de retroceder del enorme y macizo oficial de seguridad, pero estaba atrapado entre éste y McCoy, mientras que los otros dos guardias estaban preparados para la acción.
–¡No lo comprenden! ¡Mordreaux se ha escapado! ¡McCoy y Spock lo ayudaron a huir!
Tuvo que levantar la vista para mirar a al Auriga a los ojos; hacía años que no se encontraba ante nadie más alto que él, y el efecto que le produjo al Auriga, encumbrado en lo alto, fue aterrorizador. Apretó las palmas de las manos contra el frío tabique que tenía a la espalda.
–¡Ellos mataron a Jim Kirk! –dijo Ian–. La teniente comandante de seguridad los ayudó a planearlo todo, pero exigía demasiado, así que también la mataron a ella...
Barry al Auriga tendió una mano y aferró a Braithewaite por el cuello.
–Barry... –dijo McCoy.
–No le haré daño –le aseguró al Auriga–. No se lo haré... –Se le quebró la voz–. A menos que diga una palabra más. –Se inclinó y clavó sus ojos en Braithewaite, inmovilizándolo con una feroz mirada de sus increíbles ojos de color escarlata–. Si dice una sola palabra más en contra de Mandala, le mataré.
Braithewaite apretó fuertemente las mandíbulas y le devolvió la mirada a al Auriga, en silencio pero sin acobardarse.
Bueno, tiene bastantes agallas, pensó McCoy. Eso hay que reconocerlo.
Barry al Auriga lo escoltó pasillo abajo, ambos giraron en el recodo para dirigirse al camarote del fiscal, y desaparecieron de la vista.
McCoy agradeció el hecho de que Barry se hubiera refrenado para no espetarle: «Ya se lo había dicho, yo».

Spock se materializó en la plataforma, en medio de un destello iridiscente. Permaneció inmóvil durante un momento antes de descender, dado que el desplazador lo había arrebatado a través del tiempo y el espacio, retorciendo la continuidad de ambos y maltratándolo también a él. Se sentía como si cada músculo de su cuerpo hubiera sido retorcido.
Le llevó un momento conseguir vencer cl dolor, un momento más largo de lo que había creído que tardaría en hacerlo. Cuando se movió, se sintió rígido; intentó apresurarse, pero le resultó prácticamente imposible.
–¿Señor Spock?
Spock se quedó congelado durante no más de un scgundo, luego se volvió tranquilamente hacia el ingeniero jefe, mientras desplazaba el dispositivo temporal a la parte trasera de la correa, de forma que Scott no pudiese verlo.
–Señor Scott. Debería haberlo... esperado.
–¿Me llamó usted? ¿Se encuentra bien? ¿Ocurre algo con el transportador?
Spock le dijo lo primero que le vino a la cabeza, para darse cuenta después de hablar, de que acababa de repetir ante Scott lo que Scott había afirmado que Spock le había dicho en la sala del transportador.
–Sencillamente noté algunas fluctuaciones menores de potencia, señor Scott –le explicó Spock–. Podrían convertirse en motivo de quejas.
–Puedo volver y ayudarle –dijo Scott–, en cuanto haya informado al capitán Kirk del estado de los motores.
El ingeniero frunció el entrecejo.
––Es innecesario –respondió Spock–. El trabajo está casi acabado.
El oficial científico no se movió. Scott permaneció en la puerta durante un momento más, luego giró sobre los talones y dejó a Spock solo.
Spock esperó hasta estar seguro de que el ingeniero jefe estaba lejos de la sala de transporte. Scott entraría en el ascensor con Ian Braithewaite y el capitán, y luego, pocos minutos después, Scott volvería a salir. Después de eso, a Spock le sería posible entrar en el ascensor sin ser visto, pues nadie más había entrado en el puente antes de la aparición del doctor Mordreaux, y esperar allí dentro para interceptar al yo mentalmente trastornado del profesor. Spock tocó su pistola de rayos fásicos. Preferiría no tener que utilizarla, pero no veía ninguna otra manera de detener para siempre a Mordreaux. Impedir simplemente aquel acto y dejarlo vivo, sería inútil si podía simplemente regresar en el tiempo, a cual~ quier otro momento, y matar entonces al capitán.
Spock se ocultó cerca del ascensor, a la vuelta de un recodo, entre las sombras.
–Ah, Spock, ya suponía que vendría usted a buscarme.
El vulcaniano se volvió, para hallarse cara a cara con el doctor Mordreaux, el mismo que había dejado atrás, ligeramente más viejo; el mismo que había aparecido en el puente de la Enterprise, vestido con el uniforme gris amarillento de presidiario que llevaba su otro yo, con la misma pistola de aspecto maligno que tenía intención de utilizar al cabo de unos minutos.
–Debería haberlo pensado mejor antes de implicarle de forma alguna, pero tenía que apartarle de aquel maldito fenómeno de vacío, porque me estaba causando usted más problemas que Braithewaite, Kirk y toda la Federación juntos.
–No comprendo qué es lo que quiere usted decir, doctor Mordreaux. –Spock deslizó lentamente la mano hacia la pistola de rayos fásicos.
El doctor Mordreaux le hizo un gesto con el cañón de su propia pistola.
–Por favor, no haga eso. Nunca tuve intención de hacerle daño a nadie. Sólo intentaba no tener más problemas; pero no tiene usted ni idea de cuán complicadas pueden volverse las cosas. Uno provoca un solo cambio, que pone en movimiento toda una serie de cambios adicionales que uno es incapaz de predecir...
–Profesor, está usted seriamente trastornado. No debe llevar a cabo el acto que tiene planeado. Es exactamente como usted dice: dará inicio a toda una cadena de acontecimientos que usted no desea que tengan lugar.
–No, no, éste lo arreglará todo.
Miró fijamente a Spock durante un momento más, y el oficial científico se dio cuenta de que ninguno de los dos tenía ya alternativa posible. Si Spock no podía detener al profesor, el profesor iba a matarlos a él y a Jim Kirk.
Arrojándose a un lado, Spock sacó la pistola de rayos fásicos. Al apuntarla, oyó la detonación del arma del profesor, y sintió el impacto de la bala. Esta última lo lanzó contra el tabique del pasillo, y él se desplomó mientras intentaba todavía apuntar su pistola de rayos fásicos.
Había fracasado.
La visión de Spock se nubló cuando él abrió los ojos, y él reconoció aquello como un síntoma de la telaraña. Intentó hacer caso omiso de la perspectiva de su propia muerte, intentó hacer algo, cualquier cosa; quizá aún estuviese a tiempo de salvar la vida de Jim, de detener al profesor Mordreaux...
Vio y sintió las hebras que se extendían hacia la mano que tenía más alejada del cuerpo, que le hacían cosquillas en la palma. Se apartó de forma convulsiva, rodó sobre sí mismo para escapar, y acabó poniéndose de rodillas, jadeando, con la sangre corriéndole por todo el rostro y hasta el interior de los ojos, desde el roce de la bala que tenía en la sien. Se enjugó la sangre con una manga, y la vista se le aclaró.
La bala de telaraña se había incrustado en el tabique, y no en su cuerpo, y había comenzado a crecer hacia el piso en busca del calor y las células nerviosas. Mientras observaba la masa de fibras que continuaba creciendo hacia él, vio que se estremecían y destellaban en la luz como una madeja de hilos de plata. De repente, las hebras se contrajeron, retrocedieron hasta el cuerpo principal de la madeja, tras lo cual volvieron a relajarse y perdieron el brillo y el movimiento.
La telaraña estaba muerta, y aquélla había perdido su presa. Spock se enjugó la sangre del rostro y los ojos, y se concentró durante un momento para detener la hemorragia de la herida. Estaba empapado en sudor.
El doctor Mordreaux iba de camino hacia el puente.
A la carrera, Spock recogió la pistola fásica del sitio en el que había caído, y se encaminó hacia el turboascensor, sin preocuparse ya por si alguien lo veía y se preguntaba de dónde había salido. El ascensor pareció tardar horas en llegar, y cuando lo hizo él se zambulló al interior.
Pasada una eternidad, el ascensor aminoró la velocidad y se detuvo en el puente. Las puertas se abrieron.
Spock dio un paso adelante y se paró en seco.
Podía oler la sangre humana y la trabajosa respiración de su amigo mortalmente herido.
El doctor McCoy trabajaba frenéticamente. Nadie dirigió la vista hacia el ascensor abierto.
Una vez más, Spock se sintió atrapado por el caos; una vez más, volvió a sentir cómo el equipo médico intentaba salvar la vida del capitán.
Sintió cómo lo penetraban los tubos y las agujas, y adormeció la nueva ola de terrible dolor producida por el oxígeno que penetraba en su organismo; pero todas las manifestaciones físicas eran de naturaleza periférica. A pesar del poder de Spock, Jim se le estaba escapando. Las mentes de Spock y Jim Kirk estaban fundidas en una sola, pero toda la fuerza de la voluntad de Spock no podía evitar la disolución de la consciencia de su amigo. Estaba siendo físicamente aniquilada, y él no podía mantenerla viva contra aquel poder destructivo.
–¿Spock?
–Estoy aquí, Jim.
No supo si había oído las palabras o las había sentido directamente; no supo si había hablado o pensado la respuesta. Sentía que él se estaba escapando junto con Jim.
–Spock... –dijo Jim–, cuide bien... de mi nave.
–Jim...
Con un esfuerzo final, agónico, cuando ya era casi demasiado tarde, Jim Kirk se arrancó del contacto con Spock, interrumpiendo el terror y la desesperación.
La resonancia física de la descarga emocional arrojó a Spock contra la barandilla, y él se derrumbó sobre la cubierta.
Él y Jim Kirk estaban solos.
Cuando las puertas del ascensor se cerraron automáticamente, apartando a Spock de la escena que había esperado poder evitar, él se dio cuenta de que realmente había caído hacia atrás. Su cuerpo temblaba de forma incontrolable. El turboascensor esperó pacientemente a que le dijera a qué nivel debía llevarlo, pero no tenía nada que hacer allí, no había absolutamente nada que pudiese hacer.
Con mano temblorosa, pulsó el botón del desplazador que lo devolvería al tiempo en el que debía estar; desapareció de aquella corriente temporal.
Jim Kirk estaba muerto.

El rebote arrastró a Spock de regreso a través de la continuidad espacio–temporal, con la misma fuerza que le había retorcido los músculos en el viaje de ida. Se materializó en la plataforma de transporte, y luchó para conservar el equilibrio. Cuando se tambaleó, McCoy lo sostuvo y lo ayudó a estabilizarse.
–¡Santo Dios, Spock! ¿Qué ha ocurrido?
–He fracasado –dijo él. Tenía la voz áspera–. Observé una vez más cómo moría Jim.
McCoy vaciló durante un instante, mientras intentaba pensar en algo que decirle, y acabó por recurrir a cosas prácticas. –Vamos. Tenemos que limpiarlo y desinfectar esa herida. Se pasó un brazo de Spock por encima de los hombros y lo ayudó a salir de la sala de transporte.

–¡Señor Spock!
La visión de Spock con el rostro y la camisa manchadas de sangre verde medio seca sobresaltó a Christine Chapel. –¿Qué ha ocurrido?
–Se cayó de la cama –fue la respuesta de McCoy, e inmediatamente se arrepintió del tono que había empleado–.Lo siento, enfermera. No quería hablarle de esa manera. Por favor, tráigame una bandeja de instrumental y vea si puede encontrar la piel sintética de híbrido que preparé el otro día.
Hizo sentar a Spock. Chapel trajo la bandeja de instrumentos y la dejó sin decir una palabra.
McCoy le quitó la correa del desplazador a Spock, y la dejó a un lado del aparato, tras lo cual se puso a limpiar la sangre del rostro de su amigo.
–¿Qué ha ocurrido? Esto parece el roce de una bala.
–Lo es –respondió Spock sin levantar la mirada hacia los ojos de McCoy–. Me encontré con el futuro doctor Mordreaux. No conseguí detenerlo.
–Parece que él estuvo a punto de detenerlo a usted. –De pronto, McCoy se dio cuenta de lo que había sucedido–. Spock... no le habrá disparado con la misma pistola que...
Spock asintió con la cabeza.
McCoy silbó suavemente.
–Tuvo suerte. ¿Pero lo vio de verdad?
–Sí.
–Está seguro...
–¿De que era el del futuro? Sí, doctor McCoy. En esta ocasión tuve oportunidad de observarlo mejor. Era... un doctor Mordreaux diferente. –Le dirigió a McCoy una mirada interrogativa–. ¿Es que dudaba de que era eso lo que iba a encontrar?
–Bueno, es agradable que se lo confirmen a uno.
Spock guardó silencio durante unos instantes, mientras McCoy le limpiaba la herida de bala.
–Tengo que regresar otra vez.
McCoy comenzó a protestar, pero nada de lo que pudiese decir, desde que Spock había perdido posiblemente un litro de sangre, hasta que ambos estaban bajo sospecha de asesinato, traición e investigación de armamento prohibido, bastaría como para retenerlo el tiempo suficiente como para que se recuperara. Por otra parte, en aquel momento, era probable que la única posibilidad de que disponían residiera precisamente en que él regresase y lo intentara otra vez. McCoy tendría que quedarse allí, cubrirle las espaldas a Spock; en unas circunstancias diferentes, McCoy hubiera sido capaz de reírse de ello, tenía que darle tiempo.
–¿Va a regresar nuevamente al mismo sitio?
Spock meditó cuáles eran las alternativas; un número limitado.
–No –respondió finalmente–. El doctor Mordreaux del futuro me dijo algo que me lleva a creer que él es el responsable de la llamada que recibió la Enterprise para dirigirse a Aleph Prime. Mis observaciones del fenómeno de vacío estaban relacionadas de alguna forma con su trabajo, aparentemente para su perjuicio.
–¿Quiere decir que no fueron ni Braithewaite ni la Flota Espacial quienes nos desviaron, después de todo... sino el mismo doctor Mordreaux?
–El doctor Mordreaux del futuro. Sí. Creo que eso es lo que ocurrió en realidad.
–¿Puede retroceder a lo largo de tanto tiempo? Es una distancia bastante considerable, además de un período largo de tiempo. Cuando se marchó la vez anterior, dejó la nave a oscuras.
–Si no puedo obtener la potencia de los motores hiperespaciales, tendré que hacer girar la Enterprise y regresar a Aleph Prime... es decir, a la posición orbital que ocupaba Aleph cuando nosotros recibimos el mensaje.
Christine Chapel entró y dejó sobre la mesa un paquete de sintético dermatológico; McCoy y Spock callaron abruptamente. Ella les dirigió una mirada extraña y se marchó nuevamente.
–Scotty no va a sentirse loco de contento cuando se entere de que quiere usted que vuelva a encender los motores hiperespaciales; y no va a resultarnos fácil explicarle el porqué de que hayamos decidido regresar.
–No tengo intención de informar al señor Scott acerca de mis planes; si ya ha acabado de reparar uno solo de los motores hiperespaciales, no nos hará falta su permiso para derivar la energía del mismo. Tampoco veo ninguna razón por la que tenga que explicar un cambio de rumbo, excepto para decir que es necesario.
McCoy abrió el paquete y extrajo el sintético dérmico con unas pinzas esterilizadas. Era la primera vez que tenía oportunidad de utilizarlo, y estaba ansioso por comprobar si daba buenos resultados. Si las células se habían fusionado de la forma adecuada, el cuerpo de Spock no rechazaría la piel como lo hacía con la sintética que era tanto para seres humanos como para vulcanianos. Dado que Spock era el único cruce vulcaniano/humano de los contornos –al menos el único de que McCoy tuviese noticia–, el tejido sintético para su sistema inmunológico único no era precisamente algo común. El médico cubrió la larga herida del roce de la bala y luego la tapó con vendaje en aerosol.
–Apenas se nota –dijo, bastante satisfecho–. Quiero controlársela cada día, más o menos... –Su voz se apagó cuando Spock levantó una ceja.
–De acuerdo –se corrigió McCoy–. Usted no estará aquí. Yo no estaré aquí. Eso espero.
Spock se puso de pie.
–Tengo que averiguar en qué estado están los motores hiperespaciales...
–Está usted dormido, ¿recuerda? Spock, esto es una orden. Quédese tendido aquí, y no se mueva hasta que yo regrese. Yo averiguaré lo referente a los motores hiperespaciales y le traeré ropa limpia. Hágame un favor, y dígale a la computadora que me deje entrar en su camarote, de forma que no tenga que calcular el procedimiento que anula la cerradura.
–La computadora no mantiene cerrado con llave mi camarote, doctor McCoy.
_¿Qué?
–Mi camarote no tiene cerradura. Los vulcanianos no las utilizamos.
–Ahora no está en Vulcano.
–Soy consciente de ello, pero no veo razón alguna como para comportarme de forma diferente con respecto a las cerraduras, de la misma forma que no veo razón alguna como para cambiar mi comportamiento en otros aspectos.
McCoy le dirigió una mirada de incredulidad.
–Casi todo el mundo a bordo de la Enterprise es honrado, pero a mí me parece que está usted tentando su suerte.
–La suerte no tiene nada que ver con esto. He observado que los seres humanos se comportan como se espera que lo hagan.
–La mayoría de nosotros, quizá, pero...
–Doctor, ¿le parece que tenemos tiempo para discusiones filosóficas?
–No, probablemente no. –McCoy abandonó de mala gana la discusión, decidido a recomenzarla a la primera oportunidad, para. luego recordarse que si todo salía bien, aquello no ocurriría jamás.
–De acuerdo, no tiene importancia. Usted descanse durante unos minutos, ¿me oye? Volveré en seguida.
Después de que McCoy se hubo marchado, Spock se tendió en la cama del cubículo. Todavía debía tener cuidado para no dormirse, pero necesitaba desesperadamente descansar su cuerpo. No quería reconocer que sentía dolor, pero sólo podía hacer caso omiso de él durante algún tiempo; era una señal fisiológica de peligro.
Mientras descansaba sus músculos e intentaba mantener la mente alerta, pensó en las coincidencias, coincidencias que comenzaban a dejar entrever sus causas. La Enterprise no había sido llamada a Aleph Prime por casualidad; el doctor Mordreaux había inventado una manera para hacerle llegar la orden de que se dirigiera a la estación. Existía alguna relación poderosamente significativa entre el trabajo del doctor y el efecto entropía que Spock había descubierto derivado de sus observaciones del fenómeno de vacío.
Un destello intuitivo lo sacudió como una descarga eléctrica, y entonces se dio cuenta de cómo era ese nuevo factor aplicable a los trabajos del doctor Mordreaux. Era un resultado directo de los viajes a través de la cuarta dimensión; no era en absoluto un derivado. El fenómeno de vacío que se había creado no era más que el resultado de un viaje sin retorno que habían realizado los amigos del doctor Mordreaux. Spock no comprendía por qué no se había dado cuenta antes. Quizá había deseado con demasiada fuerza aceptar la visión de la coincidencia que tenían los seres humanos; o tal vez la conexión existente era demasiado simple como para verla. La conexión teórica entre los fenómenos de vacío y la posibilidad de los viajes temporales e, inversamente, los viajes temporales y la creación de fenómenos de vacío, tenía siglos de antigüedad. El descubrimiento de dicha interrelación parecía preceder al descubrimiento de los principios en los que se basaban los viajes estelares, virtualmente en todas las sociedades tecnológicas.
Pero el efecto entropía era un fenómeno nuevo, y se trataba de la más desastrosa de las posibles consecuencias del desplazamiento temporal.
Los amigos del doctor Mordreaux tenían que ser devueltos a su propio tiempo, para reparar el desgarrón de la continuidad causado por su viaje.
Spock no tenía forma de evaluar cómo reaccionaría el doctor Mordreaux ante esta nueva información, ni si la creería siquiera. Podía negarse a aceptarla, y verla como nada más que otro intento de Spock para hacerlo traicionar a sus amigos.
El vulcaniano comenzó entonces a darse cuenta de cuán altos eran los riesgos contra los que había apostado su honor.

McCoy dio sólo un paso hacia el interior de la sala de máquinas. El aire estaba cargado de olor de ozono, fibra aislante chamuscada y semiconductores fundidos. Scott estaba sentado en su oficina, inclinado sobre su terminal de la computadora; si las cosas estaban tan mal como para que él no pudiese ponerse a arreglarlas de inmediato, prácticamente por intuición según había podido observar McCoy, entonces las cosas estaban verdaderamente mal.
–Hola, Scotty –dijo McCoy–. Vaya un...
Interrumpió en seco la frívola observación al ver que Scott se ponía rígido en la silla. McCoy supo que el ingeniero jefe estaba furioso antes incluso de que se volviera, cosa que hizo lentamente, sentado en la silla giratoria, empujándose con la mano izquierda que estaba aferrada con tanta fuerza a la consola que todo el antebrazo le temblaba.
–Scotty –dijo McCoy, suavemente–. ¿Qué ocurre?
–Nada de nada.
–Vamos. ¿Se trata de ese maldito asunto del mando? Yo no lo quiero... estoy seguro de que el señor Spock no pensó siquiera en cómo se sentiría usted, sino que simplemente se decidió por el arreglo que creyó más eficiente.
–No ocurre nada de nada –repitió Scott–. Nada de nada en absoluto. ¿Qué es lo que quiere? No tengo tiempo para charlas.
De acuerdo, escocés testarudo, pensó McCoy, si quieres jugar al estilo oficial, tengo yo más años de experiencia en este juego que tú.
–Eso ya lo veo, señor Scott –le dijo McCoy–. No tengo ninguna intención de malgastar su valioso tiempo. Déme sólo el informe actual de los motores, los de propulsión y los hiperespaciales.
Scott pareció desconcertado por la respuesta de McCoy, como si de alguna manera hubiese estado fanfarroneando y no esperase que McCoy le saliera al paso ni lo tomara como una ofensa. McCoy también tenía la sensación de que, a pesar de todo, no había actuado como Scott esperaba que lo hiciese, pero no tenía ni la más remota idea de lo que Scott quería en aquel momento, y como no tenía tiempo para charlas, McCoy no tenía tiempo para jugar al psiquiatra de diván, ni para intentar nuevamente remendar el ego del ingeniero jefe.
–Los motores de impulsión funcionan a duras penas –respondió Scott–. Si mi gente trabaja sin descanso, tendremos la posibilidad de desacelerar para el momento en que lleguemos al giro de Rehab Siete; pero mi tripulación de la sala de máquinas hace varios días que trabaja sin descanso y están todos agotados.
–¿Sabe qué fue lo que causó el fallo energético? –preguntó McCoy, porque pensó que era la pregunta que se esperaba que hiciese.
–Un agotamiento de la potencia. Es como si alguien hubiese derivado la corriente al transportador, y hubiese enviado al espacio una tremenda cantidad de energía eléctrica.
–Bueno, no ha podido tratarse de eso –se apresuró a señalar McCoy, con la esperanza de apartar a Scott de una información que era mejor que el ingeniero no conociese–. Eso no tiene sentido.
–No, no tiene sentido.
–¿Qué hay de los motores hiperespaciales? –preguntó rápidamente McCoy, antes de que el otro tema pudiera continuar adelante.
–No podemos acelerar en el espacio normal con los motores hiperespaciales.
–Eso no es lo que yo he preguntado. Si subiera al puente y pidiera que avanzásemos a velocidad hiperespacial, factor cuatro en dirección a... en dirección a Arcturus, ¿podríamos conseguirlo?
Scott abrió la boca pero de ella no salió palabra alguna. Finalmente, tras un gran esfuerzo, consiguió responder con un murmullo débil.
–Sí –replicó–. Sí, podríamos conseguirlo. –Gracias, señor Scott. Es cuanto necesitaba saber.

McCoy se daba cuenta de que Spock resultaría más que un poco llamativo si se paseaba por Aleph Prime con un uniforme de la Flota Estelar y la insignia de la Enterprise; llegaría a la estación antes incluso de que la nave recibiera la orden de desplazarse hasta allí. Sería algo por lo menos inconveniente si detenían a Spock bajo los cargos de ausentarse sin permiso oficial.
McCoy se sentía incómodo por estar revolviendo en el armario de Spock, y la alta temperatura del camarote lo hacía sudar; pero se tomó unos instantes para buscar una ropa de corte menos militar. Detrás de las camisas de uniforme y las chaquetas formales, encontró varias túnicas de estilo más civil.
Regresó a la enfermería con la túnica limpia hecha un hato bajo el brazo, mientras abrigaba la esperanza de que nadie le hiciese preguntas al respecto.
–¿Spock?
Spock se incorporó suavemente en la penumbra del cubículo, completamente despierto y alerta, con un aspecto no tan macilento como cuando McCoy impidió que se cayera de la plataforma del transportador. El médico miró la sien de Spock y comprobó que la piel sintética se mantenía en buen estado.
–Aquí tiene una ropa bastante atractiva –le dijo McCoy, tendiéndole la túnica de color marrón oscuro–. Resultará menos evidente que el uniforme azul de la Flota Estelar.
Spock cogió la prenda con una expresión interrogativa, pero no puso objeciones a la elección de McCoy.
–¿Están en condiciones operativas los motores hiperespaciales?
–El señor Scott dice que lo están.
La túnica marrón estaba hecha con algún material sedoso, con los puños fruncidos, y un discreto adorno de oro en las muñecas y el cuello. Spock se la puso.
–Nunca le había visto con esta prenda –comentó McCoy.
–No sería apropiado llevarla en la Enterprise.
–Le sienta muy bien. Hace juego con sus ojos.
Spock recogió el desplazador temporal y se puso de pie.
–No me gustaría frustrar su curiosidad, doctor. Esta túnica me la regaló mi madre. –Luego pasó por delante de McCoy y salió de la enfermería.
Pasado un instante, McCoy lo siguió.
–No es necesario que me acompañe, doctor McCoy –le aseguró Spock cuando el médico le dio alcance. El oficial científico comenzó a ajustar el desplazador temporal sin mirar por dónde caminaba.
–¿Durante cuánto tiempo estará ausente esta vez?
Spock se detuvo.
–No podría decírselo –respondió lentamente–. No tengo... Es imposible hacer una estimación.
–Llamada al doctor McCoy –anunció la voz de la computadora de la nave–. Se nos acerca una nave. Doctor McCoy, preséntese en el puente, por favor.
–Oh, no ahora –refunfuñó el médico.
–Será mejor que responda, doctor. Va a producirse otro fallo energético en la nave, mucho más grave que el anterior, y su presencia será necesaria en otros lugares. Yo no necesito... una fiesta de despedida.
–De acuerdo –replicó McCoy, que se daba cuenta de que su deseo de acompañar a Spock no tenía razón ni lógica alguna–; pero si yo tuviese que traerlo de vuelta, ¿durante cuánto tiempo debo esperarlo, esta vez?
–Al menos doce horas; pero no más de catorce, ya que más tarde el desplazador temporal no dispondrá de la energía necesaria para traerme de regreso a lo largo de la distancia que la nave habrá recorrido para entonces.
–Santo Dios... ¿quiere decir que se materializaría en alguna parte del espacio profundo?
–Posiblemente. Es más probable, sin embargo, que el rayo de retorno se abra como un abanico por un considerable volumen del espacio y el tiempo que implicados...
–Es igual, déjelo –se apresuró a decir McCoy–. No más de catorce horas.
–Doctor McCoy, preséntese en el puente –repitió la computadora–. Doctor McCoy, por favor, responda.
–¿Es mi imaginación, o detecto un cierto tono de histeria?
–La integridad del banco de datos de la computadora se ha visto seriamente afectada –señaló Spock–, y desgraciadamente no he tenido oportunidad de reparar los daños causados por el repentino fallo energético.
–Hurtándole el bulto a sus responsabilidades, ¿eh? –dijo McCoy y luego, antes de que Spock pudiera replicarle con seriedad, agregó–: No quería decir eso, lo siento. Creo que yo mismo me estoy poniendo un poco histérico.
–Preséntese en el puente, doctor.
El vulcaniano giró sobre sus talones y se alejó.
–Nave no identificada se acerca –dijo la computadora–.Rayos fásicos preparados para disparar.
–Oh, cielo santo –dijo McCoy, y se encaminó apresuradamente hacia el ascensor.
Antes de llegar a la sala del transportador, Spock se detuvo a pensar durante un instante. Podía regresar a Aleph Prime y evitar que la Enterprise diera la orden de llamada, o podía hablar con el doctor Mordreaux una vez más y mostrarle la prueba que podría persuadirlo de que liberara a Spock de su promesa. Esa última era, sin duda alguna, la acción más lógica a emprender.

Para cuando el doctor McCoy canceló la orden automática de preparar los rayos fásicos para disparar, la nave desconocida se había acercado lo suficiente como para ser vista por la pantalla de visión exterior, sin necesidad de aumentarla. Era pequeña y veloz, una chispa plateada que avanzaba con el campo estelar como telón de fondo.
–¿De quién se trata? ¿De dónde proviene?
McCoy se preguntó si Braithewaite habría conseguido enviar un mensaje a Aleph Prime, para pedir refuerzos para los problemas que estaba causando.
Tanto Chekov como Uhura estaban fuera de servicio, y McCoy no recordaba los nombres de los dos alféreces jóvenes que ocupaban sus puestos.
–Estamos recibiendo un mensaje, doctor McCoy –anunció el oficial de comunicaciones del segundo turno.
–Sáquelo a pantalla.
Hunter surgió a la vida ante él. En la periferia de la pantalla, McCoy vio al señor Sulu, silencioso y ceñudo, con una vidriosa expresión de dolor en los ojos. Hunter no tenía un aspecto mucho mejor. McCoy sabía cómo debían de sentirse ella y Sulu: de la misma forma que se había sentido él la noche que murió Jim. Sintió el repentino impulso de decirles a ellos dos, a todos, que todo saldría bien, que iban a arreglar las cosas. De alguna manera.
Pero no había ocurrido nada, nada había cambiado. Ni siquiera la energía había fallado. ¿Dónde diablos estaba Spock?
Quizá nada cambiaría jamás. Tal vez aquella línea temporal permanecería inalterable, con Jim Kirk y Mandala Flynn muertos, y si Spock conseguía hacer algo, no sería más que comenzar una versión alternativa de la realidad. A McCoy le comenzaron a escocer los ojos con unas lágrimas que afloraron de pronto, con una sospecha de desesperanza provocada por la incertidumbre.
–Capitana Hunter –dijo con tono de tristeza–. Hola, Sulu.
–Hola, doctor McCoy –respondió Hunter.
Sulu se limitó a asentir con la cabeza, porque no confiaba en su voz.
–Lamento tener que volver a verlo en unas circunstancias como éstas.
–No es lo que hubiese deseado. ¿Se me concede el permiso para transferirme a bordo?
–Por supuesto –respondió McCoy, y luego se dio cuenta del error que acababa de cometer. Aparte del hecho de que Spock no se había marchado aún, McCoy no tenía ni idea de si el transportador continuaba siendo adecuado para su uso normal.
–Capitana Hunter –se apresuró a decir–, pensándolo mejor, creo que será más conveniente que conecte usted su nave a una de las entradas de la Enterprise. Acabamos de sufrir un fallo general de energía, y preferiría no utilizar el transportador hasta que hayamos solucionado el problema.
–Como usted prefiera –respondió Hunter.

Hunter hizo rotar su rechoncha navecilla transportadora, la aproximó cola con cola a la Enterprise y la unió a uno de los puertos de entrada con toda precisión. McCoy la estaba aguardando cuando bajó de un salto al campo de gravedad de la nave de mayor tamaño.
Sulu la siguió, lentamente.
–Capitana –saludó McCoy–. Señor Sulu.
–Oh, dioses, doctor –le dijo Hunter–, en este momento no estoy en condiciones de soportar toda esa mierda militar. ¿No podríamos ser un poco más informales? McCoy, ¿le llama Leonard la gente?
–A veces. Puede llamarme así, si quiere. –Gracias. ¿Qué ha ocurrido? McCoy suspiró.
–Eso requerirá bastantes explicaciones, Hunter. Vayamos a alguna parte en la que podamos hablar sentados. –De acuerdo.
Ninguno de los dos advirtió nada cuando Sulu los dejó solos, mucho antes de que llegasen a la sala de oficiales.

Sulu no creía que pudiese resistir el escuchar explicaciones. Lo único que sabía, lo único que tenía que saber, era que Mandala estaba muerta. Se detuvo ante la puerta de la sala de estasis para reunir los ánimos suficientes para entrar.
Finalmente, se aproximó lo suficiente a la puerta como para que ésta lo percibiese y se abriera.
En el interior, resplandecían suavemente dos de las unidades de estasis cuyos campos energéticos mantenían estables los cuerpos que albergaban. Estaban membretados con frialdad oficial, con las palabras KIRK, JAMES T., CAPITÁN y MANDALA FLYNN, TENIENTE COMANDANTE. Sulu rindió silenciosamente homenaje a su antiguo capitán, acariciando el nombre con los dedos. Finalmente, de muy mala gana, abrió la unidad en la que se encontraba el cuerpo de Mandala.
En torno a ella, brillaba una mortaja de luz azul.
Las telarañas no proporcionaban una muerte fácil ni dejaban unos recuerdos cómodos a los que quedaban atrás. Sulu pudo percibir la lucha por la que había pasado, incluso en aquel rostro de ojos sin mirada. Había peleado: no se había rendido ni durante los últimos momentos de su vida.
Tenía el cabello suelto, que se rizaba en una masa enredada alrededor de la cara y los hombros.
Sulu atravesó el campo protector con una mano para tocarle una mejilla, retirarle del rostro un mechón de cabello. El anillo de rubí que ella le había dado se volvió de un color negro resplandeciente en la luz azul, y sus brillos dorados destellaron.
Él hubiera deseado poder cerrarle los ojos, pero sabía que no podría hacerlo.
Se dejó deslizar hasta el piso, acercó las rodillas al pecho, se las rodeó con los brazos y hundió la cara en ellas.
Largo tiempo después, inmerso en sueños y recuerdos, sintió que le tocaban un hombro. Sobresaltado, levantó los ojos.
Barry al Auriga se acuclilló a su lado, mirándolo en silencio.
–Yo debería de haber estado allí –dijo Sulu–. En el puente.
–¿Para morir con ella? Ella no hubiese querido eso.
–¿Y qué sabe usted de eso?
La vehemencia de su propia reacción sobresaltó a Sulu, e intentó apartar la mirada.
La mano se Barry se tensó sobre su hombro.
–También yo la lloro –le dijo.
Sulu volvió a mirarlo.
–No es apropiado enamorarse de la comandante de la propia sección de uno –continuó Barry–, y me daba cuenta de que usted... me daba cuenta de que ella lo quería a usted... yo no podía hacer nada, pero la lloro con usted, igualmente.
Sulu se aferró al antebrazo de Barry al Auriga.
–Lo siento. No sabía que usted...
Barry al Auriga asió la mano de Sulu, cordialmente.
–Tampoco ella lo sabía. Ya no importa. –Se puso de pie, y arrastró a Sulu con él–. Vámonos. No es este el sitio para recordarla.
Sulu empujó la unidad de estasis para hacerla entrar nuevamente en su sitio. Fue precisamente lo que lo superó. Permaneció en pie, con la espalda vuelta hacia al Auriga, ambas manos apretadas contra la pared, mientras intentaba controlar las silenciosas lágrimas.
–Salgamos de aquí –repitió Barry. Rodeó a Sulu con un brazo, como si se tratara de un hermano; también él estaba llorando.

7

Hunter escuchó el relato de los acontecimientos con el rostro como una máscara inexpresiva. McCoy no podía saber qué sentía o cuánto creía de la historia que le estaba contando, dado lo inexpresivo de su rostro y cuerpo; pero era demasiado consciente de los puntos débiles del relato, de sus cabos sueltos e hipocresías. Cuando acabó, bebió un largo trago del vaso que tenía delante.
Hunter jugaba con su trenza negra acabada en una pluma.
–Muy bien, Leonard –le dijo–. Ahora, por favor, cuénteme la verdad.
Él parpadeó con sorpresa. No se le ocurría qué podía decirle; la incredulidad de ella era demasiado directa.
–Miente usted muy mal.
Él continuó sin poder responderle.
Hunter se inclinó hacia delante, apoyó los codos sobre las rodillas y le habló con iracunda sinceridad.
–Podría hacer pasar a esta nave por los agujeros que tiene esa historia. ¿Misteriosos cómplices, un arma desaparecida y una mutante que padece envenenamiento alimenticio? ¿Espera usted que yo crea que Mandala Flynn hubiera tolerado a un segundo en el mando que no ha podido encontrar ni una pizca de información útil en veinticuatro horas? Ella era demasiado ambiciosa como para escoger a un segundo oficial incompetente, ya que eso la dejaría a ella como a una estúpida. Puede que se haya mostrado con al Auriga tan evasivo como conmigo; pero existe una diferencia en mi caso: puede que sea usted su superior, pero no es el mío. ¿Dónde está el señor Spock? ¿Y dónde está lan Braithewaite?
–Bueno, hasta que Spock haya descansado...
–¡No! ¡Otra vez, no! El capitán está muerto, el crimen no ha sido resuelto, él está al mando, ¿y usted pretende que yo crea que se ha ido a dormir durante tres días? Incluso en el caso de que lo hubiese hecho, se ha producido un fallo total de energía, tienen ustedes todas las computadoras con problemas de funcionamiento... ¿y pretende que crea que un oficial científico vulcaniano permanece durmiendo? ¡Por favor!
–Después de tanto tiempo...
–Doctor McCoy –lo interrumpió ella, y su voz produjo escalofríos al médico–. Doctor McCoy, no hay nada de místico en eso de recuperar el sueño atrasado. Conozco las técnicas, y probablemente usted mismo podría aprenderlas. Spock no está en estado catatónico; no se encuentra en ninguna especie de trance del que no pueda sacárselo sin correr el riesgo de que sufra lesiones. Puede despertarse..., y se despertaría en unas circunstancias como las que acaba usted de describirme.
McCoy tenía las manos frías y agarrotadas, y una gota de sudor le bajó por un flanco. Si le decía la verdad... Ella sabía demasiado acerca de la nave y la gente que la tripulaba como para que pudiera engañársela durante tanto tiempo como a Braithewaite, y no podía recluir a Hunter en un camarote.
Pero no pensaba que ella fuese a creerle, y no podía correr el riesgo de intentar convencerla de que le estaba diciendo la verdad. Presa de la desesperación, trató de engañarla una vez más. Lo único que necesitaba hacer era ganar más tiempo para Spock, ¿pero qué estaba haciendo el oficial científico? A cada segundo que pasaba, con cada ruido casual, McCoy esperaba que la energía fallara al marcharse nuevamente su compañero. ¿Por qué permanecía aún a bordo de la Enterprise?
–Hunter –dijo McCoy, suavemente–, ninguno de nosotros ha estado actuando de una manera demasiado racional desde la muerte de Jim. Sé cómo se siente usted, de verdad que lo sé, pero pienso que se está dejando llevar por un exceso de emotividad...
Hunter se puso de pie.
McCoy continuó hablando con temeridad.
–Sé cuán unidos estaban usted y Jim. Él me lo contó... lo último que me dijo se refería a usted.
La expresión de Hunter no cambió. Lo miraba directamente a los ojos.
–Sabía que había cometido un error al rechazar las invitaciones de su familia de parejas. Quería decírselo él mismo, pero cuando lo hirieron supo que iba a morir. Supo que no volvería a verla nunca más. Me pidió que...
–Cállese.
–Quería que usted lo supiese.
–No le creo –le respondió ella con un tono de voz completamente inexpresivo.
–¡Es la verdad!
–No me ha dicho usted una sola palabra de verdad desde que he subido a bordo –replicó ella–. Jim le tenía confianza... le tenía a usted más confianza que a nadie, incluida yo; pero le juro que no sé por qué.
Comenzó a salir de la sala de oficiales.
McCoy se puso en pie de un salto y la aferró por un brazo. Sorprendida, ella giró repentinamente sobre sí para soltarse, y adoptó una posición de ataque tan rápidamente que estuvo a punto de darle un golpe, aunque se contuvo a tiempo, bajó las manos y le volvió la espalda.
–¿Adónde va?
La capitana no le respondió, pero McCoy salió tras ella. Pronto se dio cuenta de que tenía intención de dirigirse al camarote de Mordreaux.
–No tiene sentido intentar hablar con Mordreaux. –Habló con absoluta precipitación; su voz sonaba aún menos convincente que las deshilvanadas palabras por sí mismas–.Está completamente incoherente. Está...
–No continúe mintiéndome, Leonard –le interrumpió Hunter–. Dígame la verdad, o permanezca callado.

Ian Braithewaite intentó nuevamente abrir la puerta de su camarote, y fracasó una vez más. La cerradura ya no respondía a su voz. La terminal de comunicaciones, al estar bloqueada, le impedía hablar con nadie; no podía ponerse en contacto con el señor Scott. Lleno de furia y frustración, aporreó la puerta. Ya había quedado afónico por gritar cada vez que oía que alguien pasaba por el exterior.
McCoy le había engañado bien con aquella tontería sentimental de cumplir con los últimos deseos de su buen amigo. Aquel hombre era un actor consumado. Ian suponía que era un talento que la mayoría de los médicos cultivaba de todas formas, y McCoy había utilizado magníficamente aquella habilidad. De una forma extraña, lan apenas podía evitar sentir admiración hacia él. Tenía una aptitud especial para conseguir sus metas. El fiscal se daba cuenta ahora de que a McCoy no podían perdonársele ni excusársele ninguno de sus actos; por muy trastornado que hubiese estado en el momento de la muerte de Kirk, se había reconciliado muy bien con ello. Sin duda, el provecho potencial del secuestro de la Enterprise y el uso del desplazador temporal habían suavizado su dolor y tranquilizado su consciencia.
Ian se sentía completamente impotente, tan impotente como se había sentido en manos de al Auriga. El oficial de seguridad no le había hecho daño, pero lan se hallaba a merced de McCoy, Spock y Mordreaux. Lo precario de la posición en que se hallaba comenzó a hacérsele evidente. Hasta aquel momento, se había sentido demasiado furioso como para preocuparse por su propia seguridad. Era la primera vez, desde su llegada a bordo de la Enterprise, que no tenía demasiadas cosas por las que preocuparse.
No estaba asustado. Pensaba en su posible destino con una cierta resignación, con una actitud fatalista. Quizá le habían vencido. Sin duda, eso era lo que parecía, pero si tenía una alternativa más, un solo golpe de suerte, no se mostraría tan escrupuloso acerca de las pruebas absolutas de la culpabilidad de aquellos hombres.
Por lo que a él respectaba, la única pregunta que quedaba pendiente era si planeaban utilizar la nave y el desplazador temporal para su propio beneficio, de forma directa, o si llevarían dicho aparato y la Enterprise, el más avanzado ejemplo de la tecnología espacial de la Federación, para subastarlo entre los enemigos de esta última.
Se arrojó sobre el lecho y se echó un brazo sobre los ojos. Tenía el estómago revuelto, y sentía náuseas a causa de la tensión y la ira. La vida que llevaba lo mantenía al borde de la úlcera de estómago, hecho que él negaba. Estaba convencido de que si podía clasificar apropiadamente los acontecimientos del día pasado y deducir qué ocurriría a continuación, podría entonces, de alguna manera, detener la progresión del desastre; pero lo único que podía hacer era pensar, una y otra vez, que no debería de haber confiado en McCoy. Después de todo lo que he visto, debería de haber sabido perfectamente que no debía confiar en McCoy.
Oyó que la puerta se abría; permaneció muy quieto, haciéndose el dormido. La luz atravesó los pliegues de su manga. Se preguntó si McCoy habría venido a eliminarlo de la misma forma en que se había librado del capitán, o si Spock había venido a envenenarlo, de la misma manera que se las había ingeniado para envenenar a Lee, al juez Desmoulins y a la guardia de seguridad. Se le aproximaron unos pasos. Él se preparó para la lucha, intentando tensar los músculos sin que se le notara.
–¿Señor Braithewaite?
La tensión abandonó a lan de inmediato. Apartó el brazo de los ojos y se sentó rápidamente.
–¡Señor Scott... gracias a Dios!
–He tenido que anular el código de la cerradura –explicó Scott–. Intenté hablar con usted por el comunicador, pero no obtuve respuesta suya.
–Me han incomunicado –dijo Braithewaite, y se puso en pie de un salto–. Intenté darle una segunda oportunidad a McCoy, pero me arrestó.
–Sí –replicó tristemente Scott.
Ian aferró a Scott por los hombros. El ingeniero no lo miró a los ojos.
–Sabía que podía confiar en usted –dijo lan– Sabía que en esta nave tenía que haber alguien que fuese diferente. Dios mío, si no hubiera estado usted aquí...
–No me lo recuerde –lo interrumpió Scott–. No me halague. En todo esto no hay más que vergüenza.
–Tenemos que intentar capturar de nuevo a Spock y Mordreaux. Ambos han abandonado la nave, pero puede que hayan pasado por alto alguna pista que nos conduzca hasta ellos. Estuvieron trabajando en el camarote de Mordreaux... ¡vamos!
Se lanzó al corredor, sin pensar en que pudieran verlo y capturarlo nuevamente. Scott lo siguió.

El doctor Mordreaux se hallaba encorvado en el asiento, con los brazos cruzados sobre el pecho, mirando a Spock con el entrecejo fruncido.
–¡Maldición, no! –repitió–. Sabía que ocurriría esto si lo ayudaba. Lo sabía. ¡No quedará satisfecho hasta haber conseguido imponer su propia voluntad y ética sobre las mías!
–Le aseguro, doctor Mordreaux...
–¡Cállese! ¡Salga de aquí! Haga lo que le dé la gana. No me importa.
–¿Me libera usted de mi compromiso?
–¡Nunca! Sus actos caerán sobre su cabeza. Si hace usted eso, lo desenmascararé como al mentiroso que es.
Spock bajó los ojos para mirar el desplazador temporal. La amenaza del doctor Mordreaux era bastante trivial: si Spock rompía su promesa y evitaba que el profesor fuese arrestado, técnicamente esa promesa nunca sería hecha; si Spock fracasaba, el profesor sería llevado a la colonia de rehabilitación, y nadie haría caso alguno de lo que dijese; pero ni siquiera en el caso de que la amenaza fuese realmente importante, controlaría los actos del vulcaniano. Spock tendría que decidir por sí mismo si rompía la promesa hecha, y si sería capaz de vivir consigo mismo después de hacerlo.
La puerta del camarote del doctor Mordreaux se abrió.
–¡Dijo usted que se habían escapado! –exclamó el señor Scott, mirando a lan Braithewaite.
Braithewaite miraba fijamente a Spock y Mordreaux, mientras su expresión de pasmo cambiaba a una de alivio y triunfo.
–Eso no tiene importancia. Les hemos dado alcance. Quítele ese aparato a Spock. ¡Es... es un arma!
–Señor Scott –dijo Spock–, ¿ha estado usted buscándome?
–Señor Spock... el señor Braithewaite ha hecho serias acusaciones contra usted y el doctor McCoy. Tengo algunas cuestiones que no consigo apartar de mi mente, y creo que tenemos que hablar.
Braithewaite profirió un gruñido de disgusto.
–¿Me está dando una orden, señor Scott? –preguntó Spock.
–No me gustaría cursar formalmente un cargo de incapacidad contra usted, pero lo haré si me obliga a ello. –Será usted acusado de amotinamiento.
–¿Es que no piensa darme una explicación? –gritó Scott–. Ahora responderá a mis preguntas; usted me mintió...
–¡Por el amor de Dios, señor Scott! –chilló Braithewaite–. ¡Éste no es momento de discutir sobre sus sentimientos heridos! –Arremetió contra Spock–. Déme ese...
Al tender Braithewaite la mano hacia el desplazador temporal, Spock lo apartó a un lado de un empujón y escapó. Se abrió paso entre los dos oficiales de seguridad que estaban apostados ante la puerta del camarote del doctor Mordreaux, pero Scott y Braithewaite lo siguieron a la carrera; el hombre más alto acortaba rápidamente la distancia que los separaba.
–¡Deténganlo! –gritó Scott, y el sonido de voces confusas y pasos que corrían se intensificó hasta convertirse en un caos.
Spock corría por los pasillos de la Enterprise. Giró precipitadamente en un recodo, y tropezó de cabeza con el doctor McCoy y la capitana Hunter; pero Hunter no tenía ninguna razón para detenerlo; escapó una vez más y abandonó a McCoy a la confusión en el momento en que Scott y Braithewaite se encontraban con ellos. Oyó que todos se gritaban los unos a los otros, proferían imprecaciones, chillaban órdenes y explicaciones contradictorias, mientras McCoy hacía todo lo posible para complicar aún más las cosas. Sin embargo, pasado un momento, el embrollo se transformó nuevamente en una hilera de perseguidores. Cuando Spock se abalanzaba al interior de la sala del transportador, lan Braithewaite imprimió una aceleración final a su carrera, se lanzó hacia Spock y chocó con las rodillas del vulcaniano. Ambos cayeron trabados el uno con el otro, mientras Braithewaite aferraba el desplazador temporal e intentaba arrebatárselo al oficial científico.
Spock aferró con los dedos el músculo de la base del cuello de lan, en busca del nervio vulnerable. El fiscal se desplomó como un montón de músculos lleno de ángulos. Spock se lo quitó de encima y se puso en pie de un salto. Sin tomarse el tiempo necesario para comprobar una vez más las coordenadas del desplazador temporal, sin detenerse a pensar si debía intentar retroceder más de lo que había planeado originalmente, hasta el principio mismo de todos aquellos incidentes, Spock saltó sobre la plataforma del transportador. Hunter apareció en la entrada con la pistola de energía desenfundada. Lo apuntó con ella; no era un arma que pudiera provocar la inconsciencia, sino que sólo era mortal.
Braithewaite gimió, mientras luchaba para recuperar el conocimiento.
–Deténgalo –dijo–. Deténgalo, él ha asesinado al capitán Kirk.
Pero ella vaciló. En el momento en que el señor Scott entraba corriendo en la sala del transportador junto con dos oficiales de seguridad con aspecto desconcertado, seguidos un momento después por el doctor McCoy, Spock pulsó los controles y sintió que la luz iridiscente se envolvía, lo aplastaba, y lo arrastraba hacia la corriente temporal.
El doctor McCoy sintió que los motores hiperespaciales se estremecían al despertar involuntariamente a la vida, alimentando con su energía el desplazador temporal. El agotamiento energético fue excesivo. Al bajar la potencia de las luces, el médico vio que Hunter bajaba la pistola.
Tuvo muchísimo tiempo para disparar, pensó McCoy.
–¿Qué demonios ha hecho? –preguntó Hunter.
–Para empezar, ha estropeado mis reparaciones –respondió Scott desde la oscuridad; por un momento volvió a ser el mismo de siempre.
–La energía de los generadores de emergencia comenzará a funcionar dentro de un momento –aseguró McCoy–. Como ya le he dicho, hemos estado teniendo algunos problemas...
–Tiene usted algo más que problemas –lo interrumpió Hunter, con un tono que le redujo al silencio.
El silencioso movimiento del aire volvió a percibirse, y las luces volvieron a brillar débilmente en torno a ellos. Las voces de la atemorizada tripulación se mezclaron en un crescendo errático. La computadora comenzó a barbotar, y luego su voz se redujo a un barboteo débil.
El señor Scott ayudó a lan Braithewaite a ponerse de pie. Aturdido, el fiscal estuvo a punto de desplomarse nuevamente. McCoy se apresuró a ayudarlo, pero lan lo rechazó bruscamente.
–No me ponga las manos encima.
El fiscal se sentó sobre el borde de la plataforma del transportador y ocultó el rostro entre las manos.
–De acuerdo, lan –respondió suavemente, McCoy, y se volvió a mirar a los oficiales de seguridad–. ¿Está alguien custodiando al doctor Mordreaux?
–Creo... creo que no, doctor.
–En ese caso, será mejor que vuelvan los dos allí. Aquí está todo bajo control.
Lo miraron con escepticismo. McCoy no los culpaba.
–¡Fuera! –les chilló.
Se marcharon, de mala gana, y regresaron a sus puestos. McCoy se cruzó de brazos y miró a Braithewaite.
–Se supone que usted debería de estar en su camarote, lan –le dijo–. ¿Qué está haciendo, aquí fuera?
–Yo lo puse en libertad, doctor McCoy –le respondió Scott–. No me gusta lo que ha ocurrido en esta nave. No me gusta lo que ha ocurrido con usted y el señor Spock desde que comenzó todo esto; pero el señor Braithewaite ha hecho preguntas que necesitan respuesta, y usted va a responder a ellas.
–Scotty, ha desobedecido mis órdenes directas...
–¡Sus órdenes! ¡Usted no es un oficial comandante! ¿Qué se trae entre manos el señor Spock, como para dejarlo a usted al mando?
–Spock dejó al doctor al mando porque era la única forma de llevar a cabo sus planes –aseguró Braithewaite–. Tenía que mantenerlo a usted fuera de su camino.
–Eh, un momento –dijo McCoy.
–Basta ya, todos ustedes.
Los tres hombres guardaron silencio al reconocer el tono de voz de alguien a quien debían respeto y obediencia.
–Mi rango es superior al de todos ustedes, incluido Spock –declaró Hunter–, y si tengo que hacer valer mi rango para averiguar qué está ocurriendo aquí, consideren que acabo de hacerlo. Doctor McCoy, ¿tiene algo que decir ahora?
Iba a responderle... pero Spock se había marchado, y quizá necesitaría sólo unos minutos para enderezar las cosas; sin embargo, si volvía a fallar y regresaba, lo detendrían en caso de conocer sus planes. McCoy no podía arriesgarse a poner al descubierto qué era lo que estaban intentando hacer. Negó con la cabeza, vencido.
–¿Señor Scott? –preguntó Hunter.
–No me gusta lo que ha ocurrido. El doctor McCoy dijo que el señor Spock estaba profundamente dormido, pero no lo está; ya lo ha visto usted con sus propios ojos. Y eso tampoco se parecía a ningún rayo transportador que yo haya visto en mi vida... ¿y adónde pudo ir? No consigo hacer que todos estos actos adquieran sentido. A menos que las sospechas del señor Braithewaite sean correctas. No querría creerlas... pero si no son ciertas, ¿por qué quiere el señor McCoy dirigirse a Arcturus?
–¿Arcturus? –preguntó Hunter.
–Me gustaría saber de dónde ha sacado la idea de que quiero ir a Arcturus –preguntó McCoy, desconcertado.
–Usted mismo me lo dijo –respondió Scott y luego, cuando McCoy negó con la cabeza, agregó–: Usted me preguntó que si ordenaba avanzar a velocidad hiperespacial hacia Arcturus, podríamos conseguirlo.
–No quería decir que fuese a ir allí –aseguró McCoy–. Simplemente escogí el primer ejemplo que me pasó por la cabeza. De todas formas, ¿qué problema habría si quisiera ir a Arcturus? ¿Qué importancia podría tener?
–Leonard –dijo Hunter–, Arcturus está casi equidistante de la Federación, la zona klingon y la romulana. Es neutral... durante la mayor parte del tiempo, en todo caso. La gente se dirige a Arcturus para hacer tratos.
–Pero es que yo no quiero ir a Arcturus –repitió McCoy–. Sólo quería saber si los motores hiperespaciales estaban en condiciones de funcionamiento.
–¡Ni siquiera sabe dar excusas decentes! –exclamó lan.
–No, señor Braithewaite –replicó Hunter, y pareció a punto de estallar en carcajadas–. Tiene razón en eso; el doctor McCoy no sabe inventar buenas excusas. ¿Y qué tiene que decir usted?
–Spock ha estado intentando poner en libertad al doctor Mordreaux –le explicó Braithewaite–. Estaba en Aleph después del juicio. Yo lo vi; y estuvo manoseando el transportador justo antes de que Kirk fuese asesinado; pero Spock no pudo poner en libertad a Mordreaux, así que decidió escapar él mismo cuando las cosas comenzaron a caérsele encima. Ya ha conseguido arrastrar al doctor McCoy para que lo ayude en sus planes. La teniente comandante de seguridad estaba implicada, pero se libraron de ella...
–¿La teniente comandante de seguridad? ¡No puede referirse a Mandala Flynn!
–Sí... Ella deseaba tanto obtener el mando de una nave como ésta, que casi podía saborearlo. No era ningún secreto, ya que incluso se lo había dicho a Kirk; pero él se rió de ella. Debería de haber sabido que una persona sin nacionalidad no tiene oportunidad ninguna de ascender tan alto en la Flota Estelar.
–Tiene usted unas ideas bastante extrañas, señor Braithewaite.
–¡Pero eso es lo que ocurrió! Probablemente, Spock le ofreció la Enterprise como pago por su ayuda. Primero tenían que librarse de Kirk. El doctor Mordreaux intentó matarlo pero fracasó, así que Spock presionó a McCoy para que dejara morir a Kirk.
–¡Maldición, Braithewaite, estaba muerto! ¡Él ya estaba muerto! –A McCoy se le quebró la voz y él se volvió de espaldas. En el silencio que siguió, consiguió rehacerse–. Yo cumplí con sus deseos. Seguí lo que decía en su testamento. Pueden mirarlo si lo desean.
–Pienso hacerlo –le aseguró Hunter–. Lo que usted haya o no haya hecho después, no cambia el hecho de que Jim fuese atacado.
–¡Usted podría haberlos detenido! –le gritó lan–. ¿Por qué no disparó a Spock cuando tuvo la oportunidad de hacerlo?
Hunter bajó la mirada hasta la pistola que aún tenía en la mano, y la enfundó lentamente.
–¿Cree que mataría a una persona porque usted lo diga?
Ian se puso de pie y se encaminó hacia la consola del transportador.
–¡Todavía no es demasiado tarde! Todavía podemos... –Se detuvo justo cuando McCoy estaba a punto de lanzarse sobre él para evitar que descubriera la unidad auxiliar del desplazador temporal.
Se balanceó, como ausente, con una expresión confusa en el rostro.
–¿Qué ocurre? –preguntó Scott–. Ian...
El fiscal se desplomó, con el cuerpo completamente laxo.
–El pinzamiento del nervio... –comenzó Scott.
–No se trata de eso –lo interrumpió McCoy, que estaba ya arrodillado junto a Braithewaite. Reconoció los síntomas de inmediato, por segunda vez en la misma cantidad de días–. ¡Es botulismo hipermórfico! ¡Ayúdenme con él! ¡No hay tiempo para esperar a que traigan una camilla!

Preso en las garras del desplazador, Spock percibía el paso del tiempo. La sensación era muy diferente de la que producía el transportador por sí solo, que no producía más que un momento de desconcierto al final del proceso. En aquel momento se sentía como si estuviese cayendo por el espacio, a través de un vacío absoluto, abofeteado por todos los remolinos del viento solar, todas las corrientes de cada campo magnético, sacudido por olas gravitacionales, por la luz misma.
Se materializó a dos metros de altura, en el parque del núcleo de Aleph Prime, y cayó en el resto del camino. Se dio un golpe lo suficientemente poderoso como para quedarse sin aliento, y tuvo que luchar para no perder el conocimiento.
Podría haber sido peor. Sabía que no podía calibrar el aparato con total precisión –desplazarse desde una nave en movimiento hasta la posición que Aleph Prime había ocupado días antes era hazaña suficientemente grande–, así que había decidido aparecer en el espacio abierto. De esa manera, tendría más oportunidades de no materializarse en el interior de una pared. Hubiese preferido aparecer en la sala de transmisión de emergencia, pero le parecía que las posibilidades contrarias al éxito eran demasiadas como para desafiarlas. Se puso de pie mientras se sacudía la ropa y miraba en torno para averiguar si lo habían visto.
Además del espacio abierto, había escogido la oscuridad; el parque imitaba un ciclo diurno, y en aquel momento se hallaba sumido en las tinieblas de la noche. Una luna artificial estaba suspendida en el monótono cielo artificial sin estrellas.
Tras abandonar el parque, Spock entró en uno de los laberintos de corredores que conformaban Aleph Prime. Pasó junto a una terminal pública de información y pidió la hora: había llegado, como era su intención, alrededor de una hora antes de que fuera transmitido el mensaje de emergencia a la Enterprise.
En aquellas horas previas al amanecer, incluso la mayoría de los juerguistas que estaban de permiso procedentes de naves, transportes y centros de operación minera de los alrededores de la estación, se habían ido a la cama, pero los pocos seres con los que Spock se cruzó no le dedicaron ninguna atención. McCoy había tenido razón con respecto al uniforme; esa prenda lo habría puesto en evidencia. Era muy consciente de la afición que tenían los seres humanos de comparar destinos, naves, comandantes; de haber llevado puesto su uniforme, no hubiera pasado mucho tiempo antes de que un humano borracho y excesivamente cordial comenzase a hacerle más preguntas de las que él podría responder.
El pequeño sector gubernamental estaba todavía más en calma que el resto de la estación. Sabía dónde se hallaba el transmisor de emergencia, pero resultaba inaccesible para cualquiera que no dispusiese del código correcto. Descendió lentamente por el pasillo flanqueado por oficinas de paredes acristaladas, todas oscuras y desiertas; aduanas, seguridad, Federación, Flota Estelar, la oficina de los abogados defensores de oficio, la oficina del fiscal...
Las luces se encendieron; Ian Braithewaite salió de una sala interior al interior de la habitación principal. Spock se detuvo en seco, pero ya era demasiado tarde como para desaparecer del campo visual de aquel hombre. Tras coger un maletín, un lector portátil y un montón de papel fino de transcripciones, Braithewaite salió al corredor. Las luces se apagaron cuando cerró la puerta. No advirtió la presencia de Spock hasta que estuvo casi a punto de chocar con él; bajó los ojos con expresión distraída.
–Lo siento –dijo–. ¿Puedo ayudarle en algo? ¿Está buscando a alguien?
Por supuesto, pensó Spock. Todavía no me ha conocido; no sabe quién soy yo, y no sospecha de mí. Mañana, cuando llegue la Enterprise, recordará haberme visto.
¿Significa esto que también aquí fallaré?
–¿Dónde está el consulado de Vulcano? –preguntó Spock.
Braithewaite se pellizcó el puente de la nariz entre los dedos índice y pulgar.
–Ah, ya comprendo. Está usted en el sector equivocado; todos los consulados están en un sector de clase superior. –Le indicó la forma de llegar a un área de la región polar norte de Aleph Prime.
Spock le dio las gracias, y Braithewaite se marchó leyendo las transcripciones mientras caminaba. No era extraño que le llevase tiempo recordar dónde había visto antes a Spock.
Cuando el fiscal desapareció de la vista, Spock intentó abrir la puerta del transmisor de emergencia. Por supuesto, estaba cerrada con llave, y la computadora encargada de custodiarla le pidió que se identificara. Spock tuvo buen cuidado de no hablar ni apoyar la palma sobre el sensor; no quería que constara ninguna prueba legalmente admisible de su presencia en el lugar, y puso en ello toda su atención.
Durante un momento, pensó en regresar al cubículo de información pública, acceder desde él a la computadora y atravesar sus defensas para abrir la puerta de la sala de transmisión. Ya había engañado al sistema de Aleph Prime, antes o, para decirlo con mayor exactitud, lo haría en el futuro; podía hacerlo en ese momento.
Pero eso era exactamente lo que haría el doctor Mordreaux. Era la forma más sencilla y más directa de llegar hasta el transmisor, cosa que el profesor tendría que hacer si quería ordenarle a la Enterprise que se dirigiera a Aleph. Lo único que tendría que hacer Spock era encontrar un lugar para esconderse, esperar en él y capturar a Mordreaux cuando llegase.
Con mucha cautela, Spock intentó abrir cada una de las puertas del corredor. Para su sorpresa, una de ellas se abrió. El interior estaba oscuro, pero él no encendió las luces, porque podía ver lo suficiente; se trataba de una sala de justicia vacía y pequeña, quizá la misma en la que el doctor Mordreaux había sido condenado, sentenciado y donde se le había negado todo derecho de apelación.
Tout comprendre c'est tout pardonner, pensó Spock; una filosofía difícil de expresar en vulcaniano. Podía comprender por qué al encararse los humanos con las investigaciones del doctor Mordreaux, se habían sentido tan aterrorizados y tan decididos a suprimirlo hasta el punto de haber falseado la justicia para conseguirlo. Sin embargo, difícilmente le correspondía a él perdonarlos; sólo podía desear que no le hubiesen dado un trato tan absolutamente despectivo a los descubrimientos del profesor. Si aquello hubiese sucedido en Vulcano, de haber sido los vulcanianos los únicos seres implicados en todo aquello, hubiesen estudiado los principios y honrado debidamente al descubridor, para luego acordar, por consenso ético, no llevar nunca a la práctica dichos principios.
Él sabía que hubiese sido así. Estaba seguro de ello. Casi completamente seguro.
Tras ocultarse en la pequeña sala de justicia a oscuras, desde donde podía ver el exterior pero no ser visto desde él, se dispuso a esperar.
Su lógica no lo decepcionó en esa ocasión. Pasados apenas unos minutos, el doctor Mordreaux pasó furtivamente por el pasillo en dirección al transmisor de emergencia, mirando nerviosamente por encima del hombro a cada paso que daba, deteniéndose en seco a cada sonido por débil que fuese. Colgado del hombro, llevaba un desplazador temporal casi idéntico al que tenía Spock.
Apoyó la mano sobre el panel de la cerradura; había conseguido atravesar los circuitos de seguridad de la misma forma en que lo hubiese hecho Spock. La puerta se abrió. Spock sacó su pistola fásica y salió al corredor.
–Doctor Mordreaux –dijo suavemente.
El profesor se volvió en redondo, con expresión de pánico. Tendió la mano hacia su propia arma.
–¡No, espere! –gritó.
Spock abrió fuego.
Cogió a Mordreaux antes de que cayera al suelo. La pistola estaba, por supuesto, en posición de aturdir solamente. No quería matar si le era posible evitarlo. Levantó al anciano con toda facilidad y se lo llevó al interior de la sala de justicia, tras lo cual cerró la puerta por dentro, oscureció las paredes de vidrio y aumentó el nivel de la luz para que el profesor pudiese ver cuando volviera en sí. Spock se sentó a esperar.

En la enfermería, el doctor McCoy trabajaba desesperadamente, con el temor de que hubiese pasado demasiado tiempo, con miedo de volver a fracasar, con el temor de que tendría que observar cómo también lan Braithewaite se le moría en las manos.
Spock, pensó, ¿dónde demonios está usted? ¿Por qué no hace algo? Las costuras del mundo se están deshaciendo, y no hay nada que yo pueda hacer para impedirlo.
En el exterior de la unidad de cuidados intensivos, Hunter y Scott aguardaban. Los erráticos tonos de las señales del sistema de soporte vital no tapaban del todo la voz de Scott.
–Tenía miedo de que lo asesinaran –dijo, con una voz tensa y torturada–. Tenía miedo de...
El veneno estaba invadiendo el cuerpo de lan a pesar de la ayuda de las máquinas de cuidados críticos. El corazón entraba en fase de fibrilación, y su cuerpo se convulsionaba con la descarga eléctrica que devolvía las pulsaciones a la normalidad.
¡Luche, estúpido testarudo entrometido!, le gritó mentalmente, McCoy.
Ni siquiera se dio cuenta de que Hunter se marchaba.

8

Hikaru Sulu estaba sentado con las piernas cruzadas en el piso del camarote de Mandala Flynn, con las manos relajadas sobre las rodillas y los ojos cerrados. Intentaba captar nuevamente alguna de las sensaciones que había experimentado en aquel camarote cuando ella estaba viva; pero parecía que ella nunca hubiese estado en aquel lugar; no había dejado tras de sí nada de lo que hace que la habitación de uno sea un reflejo de la propia personalidad. Había colgado de la pared el antiguo sable de Hikaru, pero pendía en solitario en medio de una extensión desnuda. El anillo de ella, tibio en la superficie interior, frío en el exterior, rodeaba el dedo de Sulu.
La individualidad de Mandala no había sido una función de nada que poseyera. Se había marchado, y no existía forma de recuperarla que no fuese el recuerdo. Estaba fuerte y viva en la mente de él. Por un momento creyó percibir la delicada y penetrante esencia de los cabellos de Mandala, y Sulu comenzó a comprender por qué ella se negaba a reunir pertenencias. No podía perder los recuerdos que atesoraba de ella, y nadie podría arrebatárselos.
El lecho aún estaba desordenado por el momento de amor que habían pasado juntos.
El fallo energético lo sacó de su ensueño con un sobresalto y aguijoneó su sentimiento de culpa. Mientras vagara por la Enterprise en una niebla de dolor, no le sería de ninguna utilidad a Hunter, no sería de ninguna utilidad para averiguar qué era lo que había podido suceder. Por lo que le había contado Barry al Auriga, todas las explicaciones posibles se disolvían en un fango de acontecimientos muy peculiares. Hikaru se sentía tan aturdido y furioso como Barry por el hecho de que Mandala estuviese bajo sospecha.
Se puso lentamente de pie, levantándose con un solo movimiento desde la posición de piernas cruzadas; en el silencio, el zumbido de los motores de ventilación que volvían a ponerse en movimiento, sonó muy fuerte. Como un fantasma que atravesase la débil iluminación de la energía insuficiente, Sulu salió del camarote de su amante.

En la sala de transportes, Hunter tocó el curioso agregado que tenían los mandos, poniendo buen cuidado en no dañar las conexiones o activar los controles. Spock no podía haberse transferido a ninguna parte, no con un transportador normal pero, como Ian Braithewaite había intentado decirle, aquella máquina ya no era, obviamente, un transportador normal.
–¿Qué es esa cosa? –preguntó Sulu.
Se había reunido con ella cuando la capitana salía de la enfermería. Hunter se alegró de tenerlo por acompañante, no sólo porque podía serle de utilidad a causa de su conocimiento de la nave y su tripulación, sino porque le había preocupado que se quedara solo con su dolor. Habían hablado de Mandala y de Jim durante el viaje desde Aleph a la Enterprise; ella sabía cuánto daño le estaba haciendo todo aquello.
Hunter devolvió su atención al dispositivo que había en el transportador.
–No estoy muy segura. –Sentía un vivo deseo de abrirlo para mirar qué aspecto tenía el interior–. Creo que le concederé al doctor McCoy una oportunidad más para que nos explique qué está ocurriendo y qué es capaz de hacer esta cosa, antes de comenzar a meterle las manos dentro.
Volvió a encerrar los cristales ambarinos dentro del transportador, y ella y Sulu se encaminaron de vuelta a la enfermería.
–¿Qué tal se encuentra? –le preguntó ella, quedamente. –Un poco mejor que hace un rato –respondió él–. ¿Y usted?
–Cuando haya averiguado por qué tuvieron que morir ambos, seré capaz de decírselo –contestó ella–. No me gustaría que hubiese sido por nada.
–No creo que no esté ocurriendo nada –le aseguró Sulu–. Nadie está actuando como yo esperaría que lo hiciesen, ni el doctor McCoy, ni el señor Spock, ni el señor Scott, y la gente no cambia de esa manera sin ninguna razón para ello.
Ella sabía que lo estaba diciendo para defenderlos, pero que aquella declaración también podía ser utilizada para acusarlos, aunque no lo dijo.
En la enfermería, lan Braithewaite yacía inconsciente y rodeado por las máquinas de cuidados intensivos. Los sensores mostraban unas líneas vitales estables, según advirtió Hunter con cierto alivio; hasta aquel momento, no había abrigado esperanzas de que sobreviviera.
McCoy y Scott estaban sentados en silencio en la oficina del primero, y ninguno de los dos miraba al otro. Hunter se sentó sobre una esquina del escritorio del doctor, y Sulu permaneció de pie justo en la entrada.
–¿Va a ponerse bien lan Braithewaite?
–No lo sé –respondió McCoy.
–Él tenía miedo de que lo envenenaran –dijo Scott.
–¿Quiere dejar de decir eso? ¡Él no fue envenenado aquí! Alguien le dio el veneno en el interior de una cápsula que ha tardado unos dos días en disolverse. Eso fue antes de que subiera a bordo.
–;Desde luego, como que él vio al señor Spock en Aleph, antes de que la Enterprise llegara siquiera allí, de la misma forma que yo vi a Spock en un sitio en el que no podía estar!
–Probablemente, Braithewaite ya estaba entonces sufriendo alucinaciones...
–¿Está diciendo que también yo sufro alucinaciones? ¿Quiere decir que también a mí me han envenenado?
Hunter estaba dispuesta a dejarlos discutir si de ello resultaba alguna información de utilidad, pero aquello era ridículo.
–Doctor McCoy –intervino–, acabo de encontrar algo muy extraño en el transportador. Un agregado bioelectrónico.
Scott le dirigió una mirada penetrante.
–¡Bioelectrónico! Así era el dispositivo que tenía el señor Spock cuando desapareció... alguna especie de arma, según dijo el señor Braithewaite. ¡No debería de haber nada parecido en el transportador! –Se puso de pie.
–Quédese aquí, señor Scott –le advirtió Hunter sin mirarlo, manteniendo los ojos fijos en Leonard McCoy. El doctor no mentía con la expresión mejor que con las palabras. Mientras el rostro comenzaba a ponérsele muy pálido, levantó los ojos hacia Hunter–. No quiero destruirlo, señor Scott. Todavía no. Leonard, ¿quiere decirme qué es eso?
–No mucho, no.
–Entonces yo le diré algo acerca de eso. Hace rebotar el rayo, y lo transforma en... otra cosa. Lo más interesante que tiene es el botón de retorno.
–¡No lo habrá tocado...!
–No. Hasta ahora, no. Pero si lo acciono y el señor Spock tiene el dispositivo gemelo encima, lo traerá de vuelta desde donde se encuentre. ¿Es correcto eso?
–Quizá.
–¡Maldición! ¿Quiere hacer el favor de explicarme qué demonios está ocurriendo?
–Concédale a Spock un poco más de tiempo –le pidió McCoy–. Por favor.
–¿Cuánto tiempo más?
–Me dijo que intentaría regresar en el plazo máximo de doce horas. Ha permanecido ausente casi dos.
–¿Realmente espera que no haga nada durante doce horas? ¿Sin una explicación razonable? ¿Sin siquiera una irrazonable?
McCoy meneó la cabeza.
–Si no me creyó antes, no existe ninguna posibilidad de que vaya a creerme lo que le dijese ahora.
–Leonard –le dijo ella–, ¿qué tiene usted que perder?
–Todo.
Durante la pausa incómoda que siguió, Sulu dio un paso adelante.
–Doctor McCoy –le pidió–, por favor, confíe en ella. ¿Cómo va a poder confiar en usted si no le da una oportunidad de hacerlo?
McCoy miró al oficial de navegación, ocultó el rostro entre las manos mientras profería un gemido, y finalmente levantó la cabeza.
–Si activa el aparato del transportador –comenzó a decir lentamente–, puede que consiga traer de vuelta a Spock, pero lo más probable es que lo mate.
–¿Por qué no empieza por el principio?
Respiró profundamente, dejó escapar el aire, entrelazo los dedos, se apretó las palmas frías contra los ojos, y comenzó a relatar una historia que superaba tanto el absurdo de la construida incluso por lan Braithewaite, que Hunter lo escuchó, fascinada a pesar de sí misma.
Cuando terminó, Hunter, Scott y Sulu lo miraban fijamente.
–¡No he oído una historia más descabellada que esa en toda mi vida! –exclamó Scott.
–Scotty, usted sabe que los viajes temporales son posibles –le dijo McCoy.
–Sí... –El ingeniero se retrajo.
–O bien el doctor Mordreaux no estaba tan loco como yo pensaba –declaró Hunter–, o son ustedes dos los que se han vuelto locos de atar.
McCoy suspiró.
–Ya sé cómo le debe de sonar todo esto, especialmente cuando he pasado tanto tiempo intentando engañarla. Conservaba constantemente la esperanza de que Spock tendría éxito si conseguía darle la oportunidad.
–Y ahora quiere que sea yo quien le dé esa oportunidad.
–Hunter... usted podría habérselo impedido antes. No lo hizo.
–Yo no mataría a Spock porque usted me haya mentido, más de lo que lo haría porque lan Braithewaite quisiera que lo hiciese.
–No lo mate ahora. Sólo déle un poco más de tiempo. Todo lo que le he contado es verdad, se lo juro.
Hunter apoyó la espalda contra la pared y miró al techo.
–Yo ya no podía hacer nada por Jim, pero él era amigo de Jim, y ésa es la verdadera razón por la que no le disparé.
–Hunter –dijo Sulu con voz apasionada–, es un poco de tiempo... contra la posibilidad de que Mandala y el capitán no serán... no sean... asesinados, después de todo. ¡Es un riesgo que vale la pena correr!
Ella rió suavemente.
–No si estuviéramos equivocados; entonces no lo sería. –Meneó la cabeza, sorprendida de sí misma–. Creo que pasaré los próximos diez años colgada de los dedos pulgares en una prisión militar por esto, pero Spock podrá disponer de esas condenadas doce horas.
Tendido sobre un sofá de la sala de justicia, el profesor Mordreaux profirió un gemido. Spock se acercó a su lado y, cuando su antiguo maestro recuperó completamente el conocimiento, lo ayudó a sentarse.
–¿Spock? Señor Spock, ¿qué está haciendo aquí? ¿Cómo...? –Miró en dirección a los desplazadores temporales que estaban detrás del vulcaniano–. Oh, no –dijo, y se puso a reír.
Spock había esperado algo semejante, aunque había abrigado la esperanza de hallar en el profesor algún rastro de racionalidad. No podría razonar con aquella versión del doctor Mordreaux más que con la última con la que se había encontrado.
El profesor se puso en pie de un salto.
–¿Durante cuánto tiempo he permanecido inconsciente? ¡Quizá todavía haya tiempo! –Corrió hacia la puerta pero Spock lo cogió y detuvo antes de que hubiera avanzado tres pasos.
–¡Señor Spock, usted no lo comprende! ¡No tenemos tiempo que perder!
–Lo comprendo perfectamente, señor. Si esperamos durante unos cuantos instantes más, al menos uno de los acontecimientos de esta línea temporal habrá cambiado, y quizá la Enterprise no será jamás desviada de su curso.
–¡Pero es que ése no soy yo! ¡Quiero decir que yo no soy él! –Profirió un sonido inarticulado de pura frustración y respiró profundamente. Cerró los ojos, volvió a abrirlos y comenzó nuevamente a hablar.
–Está usted deteniendo a la persona equivocada –le dijo–. Yo he venido hasta aquí para intentar detenerme a mí mismo... a mi yo loco... para impedir que los aparte del fenómeno de vacío. Tengo conocimiento de todo lo que ha ocurrido. Usted ha venido aquí para evitar que Jim Kirk sea asesinado. Me he estado persiguiendo a mí mismo por las corrientes temporales desde... –Se interrumpió y volvió a reír, todavía al borde de la histeria–. Por supuesto que la duración carece de sentido. ¿No lo comprende, señor Spock? Estoy intentando detenerme a mí mismo, tratando de salvarme a mí mismo...
Spock pasó precipitadamente por su lado, salió de la sala de justicia y atravesó el corredor. La puerta de la sala del transmisor permanecía abierta de par en par. Spock se zambulló por ella, y el doctor Mordreaux lo hizo tras él.
Un segundo doctor Mordreaux se apartó del transmisor subespacial. La cinta giró rápidamente en el interior de la máquina como un remolino.
–¡Demasiado tarde! –gritó con deleite el doctor Mordreaux que tenía delante.
–Demasiado tarde –dijo con voz queda el doctor Mordreaux que tenía detrás–. Lamentablemente, demasiado tarde.
El doctor Mordreaux del futuro y Spock miraban fijamente el transmisor. Ambos sabían que el mensaje no podría ser contrarrestado ni anulado. Formaba parte del sistema antifallos.
–Maldición –susurró Mordreaux–. Salgamos de aquí antes de que llegue alguien. Si me reconocieran, probablemente me dispararían en cuanto me viesen.
Recuperaron los desplazadores temporales de la sala de justicia, abandonaron el sector gubernamental de Aleph Prime, y se encaminaron hacia el parque, en silencio. En aquel momento, a la hora del amanecer, estaba desierto y era probablemente el lugar más seguro para el doctor Mordreaux. Se sentaron en un banco, y Mordreaux ocultó el rostro entre las manos.
–¿Se encuentra bien, profesor?
Pasado un instante, asintió con la cabeza.
–Todo lo bien que puede esperarse, si consideramos que el universo me demuestra constantemente que es más fácil crear el caos que el orden.
–Uno puede probar fácilmente que el caos es el resultado primario de todo lo ocurrido.
Mordreaux lo miró.
–Ah. Veo que se ha dado cuenta de la conexión que existe entre su trabajo y el mío. No estamos luchando contra mí, sino que estamos luchando contra el caos. La entropía.
–Al principio creí que había cometido un error en mis anotaciones –le dijo Spock.
–No, sus observaciones eran todas demasiado precisas. A partir del momento en que comencé a utilizar el desplazador temporal, el crecimiento de la entropía se ha estado acelerando realmente.
–El potencial destructivo me resultaba difícil de aceptar. –Sí, a mí también me lo resulta. Durante millones de años, los seres humanos han hecho todo lo posible por descubrir el arma definitiva. Yo estaba destinado a inventar la única que puede realmente destruir la totalidad del universo. Se pasó los dedos de una mano por entre los cabellos, un hábito que no había cambiado con el correr de los años. –Las cosas se están poniendo muy mal en mi época, señor Spock. El universo se está simplemente... acabando. Bueno, ya puede usted imaginárselo.
–Desde luego.
La falsa luna se ocultó detrás de unas montañas pintadas en la pared más alejada de ellos, y unas líneas de luz solar de color escarlata incandescente comenzaron a surgir en la pared que tenían a la espalda.
–¿Por qué ha permitido que todo llegara tan lejos, profesor? ¿O es que hace mucho tiempo que está intentando devolver las cosas a su curso normal?
–Mucho tiempo, sí; pero ni siquiera pude comenzar hasta que no hube recreado nuevamente mi obra. El programa virus fue realmente muy eficaz, señor Spock. Todos mis trabajos escritos desaparecieron. Uno podría revisar los bancos de memoria y las librerías, sin encontrar siquiera una referencia a mi nombre.
–Podría haberse puesto en contacto conmigo. Usted tiene que saber el respeto que siento por su magnífico trabajo. Tendría que haber sabido que yo guardaba copias en lugar seguro.
Mordreaux tendió una mano para darle unas palmaditas en una mano a Spock, y el vulcaniano no escapó a ese contacto. Todas las emociones que recibió de su anciano maestro fueron de simpatía y aprecio, y para su vergüenza, Spock sintió que él mismo tenía una seria necesidad de sentimientos que no deseaba.
–Ah, amigo mío, pero es que usted no sobrevivió a las acusaciones hechas contra usted. Lo enviaron a la colonia de rehabilitación, a pesar de que las autoridades tenían que saber lo que eso significaría para usted. Estoy seguro de que sabían que usted resistiría los intentos que iban a hacer para reprogramar su mente...
Spock asintió con la cabeza. Muchos seres humanos habían sido enviados a rehabilitación, y habían salido de ella obedientes, complacientes, pero vivos; sólo unos pocos vulcanianos habían sido condenados a dicha sentencia, y todos ellos habían muerto. El saber que estaba tanto más próximo a los vulcanianos que a los humanos, le proporcionó a Spock una especie de consuelo muy peculiar.
–¿Y qué ocurrió con el doctor McCoy? ¿Y con Hunter?
–La Flota Estelar obligó a Hunter a aceptar un cargo deshonroso. Ella se divorció de su familia para proteger a los niños de la vergüenza, y se unió a los comandos libres. Murió en la frontera pocos meses después. Uno de los oficiales de ella cometió suicidio como protesta por el trato que le habían dado a la capitana. Hunter recibió...
–¡El señor Sulu!
A pesar de sí mismo, Spock estaba sorprendido. Sulu nunca lee había dado la impresión de ser del tipo capaz de llegar a hacerse un hara–kiri.
–¿Sulu...? No, su nombre era ruso. He olvidado cuál era exactamente. Creo que el señor Sulu se unió también a los comandos libres. –El, doctor Mordreaux se encogió de hombros–. Poca diferencia hay. Sólo un método de suicidio más lento. En cuanto al doctor McCoy... –El profesor meneó la cabeza–. He intentado seguirle la pista, pero desapareció en cuanto lo pusieron en libertad. Incluso antes de que lo sentenciaran, ya había perdido los ánimos. Verá, lo condenaron por el asesinato de Jim Kirk.
–Sin embargo, usted salió de todo eso con su mente intacta, eso está claro.
–Reconsideraron mi caso –le dijo él–. Se dieron cuenta de cuán valioso podía ser, haciendo exactamente aquello por lo que me habían condenado.
–¿Cómo consiguió escapar?
–Después de volverme loco, les resulté de muy poca utilidad y dejaron de vigilarme tan cuidadosamente como antes. Me llevó algún tiempo recobrar la cordura... y regresar aquí.
–No consigo comprender por qué su otro yo asesinó al capitán Kirk. Usted dijo en el puente –ayer, mañana–, que él lo había destruido; pero lo único que él hizo fue responder a la orden que usted mismo le envió.
–Lo sé; pero en la línea temporal en la que él no murió,el capitán defendía su postulado, el de que yo era demasiado valioso como para que me destruyeran, y lo hizo muy bien. Después de volverme loco, pensé que hubiera sido mejor que me enviaran a rehabilitación. Habría sido dócil y feliz, y nadie me hubiese perseguido. Así pues, decidí regresar y evitar que él me salvase.
–¿Cuántas líneas temporales hay?
–Se multiplican, señor Spock, como las ratas. La línea principal se bifurcó en varias direcciones cuando envié a mis amigos hacia el pasado; volvió a bifurcarse después del juicio, cuando una versión futura y particularmente asesina de mí mismo regresó y se puso en campaña para vengarse...
–¿La abogada defensora y el juez?
El doctor Mordreaux asintió con la cabeza.
–E Ian Braithewaite, pero él murió al final.
El sol de imitación había subido lo suficiente como para producir sombras, y las siluetas de ambos se alargaban hasta la falda de las colinas.
–Otra línea acaba de bifurcarse en el momento en que envié ese mensaje. Existe una en la que usted concluye sus observaciones y siguen la pista del cambio que los conduce hasta mí, tras lo cual la justicia me persigue por ello, y la otra en la que yo evito que las concluya, y me doy cuenta de los efectos de la entropía con varios años de antelación. –Le dirigió una mirada interrogativa a Spock–. Ya ve cuán complicado se vuelve.
–Y todas ellas evolucionan a partir de la primera vez que se utiliza el desplazador temporal. –Me temo que sí.
–¿Qué ocurrió cuando intentó cambiar esos hechos?
–Hasta ahora lo he intentado una sola vez. Regresé para persuadirme a mí mismo de no hacer una demostración práctica de los viajes temporales. Permanecí sólo un momento, porque vi que uno de mis amigos me asesinaba... quiero decir, que mataba a otro yo, uno de mi futuro, u otra línea temporal... He tenido miedo de intentarlo otra vez. Sé que finalmente tendré que hacerlo, pero...
–Las posibilidades que tiene de cambiar unos acontecimientos que vienen desde un futuro tan lejano son insignificantes.
–Tengo que intentarlo.
–Yo no estoy tan lejos en el tiempo como usted.
–¿Regresaría usted... para intentar detenerme?
–Le prometí a usted no interponerme en el camino de sus amigos. –Spock desvió la mirada–. Mi juramento parece... una cosa trivial, comparado con lo que ocurrirá si no lo rompo.
–Dudo de que su juramento le resulte trivial alguna vez a usted mismo, señor Spock –le dijo el doctor Mordreaux–.¿Puedo liberarlo yo de su promesa?
–No podría asegurárselo. ¿Es usted el mismo hombre al que se la hice?
–Creo que tengo que haberlo sido. Han ocurrido muchas cosas, y los recuerdos que guardo de la época anterior a volverme loco son muy borrosos; pero eso me resulta familiar, y sin duda alguna, es algo que le habría exigido cuando yo era más joven y estúpido. Señor Spock, le ruego que me permita librarlo de esa promesa. Le juro por lo mejor de mis conocimientos, que tengo el derecho de hacerlo.
–Tengo que ir hasta el principio de este lío –le replicó Spock–, tanto si tiene usted derecho de permitírmelo como si no. Agradezco su palabra, e intentaré aceptarla como válida.
–Gracias, señor Spock. –El doctor Mordreaux vaciló–.Sin embargo, hay algo más que tengo que decirle. Sería injusto no hacerlo.
–¿De qué se trata?
–Cuando más lejos vaya, cuanto más a menudo lo haga, tanto más dañino será para su organismo. No es sólo la continuidad temporal la que sufre desarreglos. ¿Ha advertido los efectos del viaje temporal en su cuerpo?
–He sentido... algunos malestares.
–Malestares, ¿eh? Bueno, todo el mundo sabe que los vulcanianos son más resistentes que los seres humanos. Sin embargo, es peligroso, y es acumulativo. No es más que la cosa más honrada que se puede hacer, el decirle eso antes de que decida qué hará.
Spock ni siquiera hizo una pausa.
–Las alternativas son la de viajar más lejos en el pasado, o regresar a mi propio tiempo y enfrentarme con el deshonor, la vergüenza para mi familia y la muerte. No veo que ésa sea una decisión particularmente difícil de tornar.
Recogió su desplazador.
Mordreaux recogió el suyo.
–Quizá debería ir con usted.
–Eso es tan innecesario como irracional. Estaría arriesgando su vida, y las probabilidades que tendría de conseguir algo se acercan mucho al cero.
Mordreaux pasó los dedos por la superficie ambarina de su desplazador.
–Gracias, señor Spock. Cuando más a menudo me desplazo por el tiempo, más asustado me siento. No tengo ningún deseo de morir.

El doctor Mordreaux condujo a Spock a sus propias dependencias de Aleph Prime; las dependencias del doctor Mordreaux de aquel presente, el que en ese momento aguardaba en el hospital a que lo transfirieran a bordo de la Enterprise. Había vivido en una sección antigua de la estación, a medio camino entre el parque del núcleo y la brillante coraza exterior. Los asteroides constituían una subestructura de la ciudad; en aquella zona, los pasillos se parecían a túneles, y las viviendas a cuevas.
Las pertenencias del doctor Mordreaux estaban en un estado lamentable. Los libros y papeles cubrían el suelo, y la terminal de computadora parpadeaba de la forma en que lo hacen las máquinas con consciencia cuando les arrancan la memoria y la destruyen. Los muebles habían sido puestos del revés, y todos los pisos estaban cubiertos por trozos de porcelana.
–Parece que se opuso usted vigorosamente a su arresto.
–Quizá no estoy en la misma línea temporal en la que creía estar –replicó el doctor Mordreaux–, pero no recuerdo ninguna en la que no me haya dejado prender tranquilamente.
Caminó por entre aquella destrucción hasta la sala del fondo, el laboratorio, donde el desorden no era tan excesivo. El transportador no parecía dañado. Mordreaux miró los controles.
–Se han llevado los desplazadores, por supuesto –señaló–, pero el resto parece estar en buen estado.
Realizó algunas conexiones mientras Spock calculaba las coordenadas necesarias que lo llevarían hasta un momento anterior al de que la línea de más probabilidad se bifurcara en una multitud de líneas que se desintegraban.
–El transportador está preparado –anunció el doctor Mordreaux–. ¿Lo está usted?
–Estoy listo –le replicó Spock–. ¿Qué hará usted, señor?
–En cuanto se haya marchado, yo regresaré a mi propio tiempo. Si puedo.
Spock subió a la plataforma del transportador, con el desplazador temporal cogido con ambas manos.
–Adiós, doctor Mordreaux.
–Adiós, señor Spock, y gracias.
Spock respondió accionando los mandos del desplazador. Los dos campos energéticos interactuaron en un destello luminoso muy potente, y Spock desapareció.
Desde el punto de vista de Spock, la habitación trasera parecida a una caverna del apartamento del doctor Mordreaux, se desvaneció aparentemente en los colores del espectro, desde el rojo–anaranjado–amarillo–verde–azul–púrpura, hasta un cegador ultravioleta al incrementar la energía; Spock sintió que era arrastrado a través del vacío, luego arrojado hacia atrás a través de la barrera de energía ultravioleta y el arco iris, al interior del espacio normal. Sintió que volvía a materializarse, al devolverlo el rayo a la existencia provocándole retorcimientos musculares.
Se tambaleó, perdió completamente el equilibrio y se desplomó sobre el piso de piedra, donde golpeó con fuerza, mientras disponía apenas del tiempo necesario para envolver con el cuerpo el desplazador temporal de forma que no resultase dañado. Rodó hasta ponerse de espaldas, y permaneció mirando fijamente al techo, momentáneamente cegado. Comenzó a incorporarse, pero se congeló y jadeó involuntariamente a causa de una pura agonía abrasadora.
Lo rodearon voces sobresaltadas, y luego todo quedó en sombras; todavía estaba deslumbrado por la luz ultravioleta. Apoyó las palmas de las manos sobre el suelo fresco, y cerró los ojos con fuerza. El dolor se había hecho demasiado poderoso como para intentar no hacerle caso o apartarlo a un lado.
Intentó identificar alguna voz entre la masa de ellas que lo rodeaba, pero fracasó. Podía oír y percibir la consternación, la sorpresa, la violencia. Las autoridades de Aleph Prime tenían que haberlos seguido a él y al doctor Mordreaux, o haber mantenido la vivienda bajo vigilancia; ahora habían venido a arrestarlos y, lo más importante, a impedirles actuar, y nada conseguiría convencer a nadie de que él y el doctor Mordreaux estaban intentando hacer algo de vital importancia.
Una voz se diferenció de las demás.
–¿Señor Spock? ¿Se encuentra usted bien?
Spock parpadeó lentamente varias veces, y gradualmente recobró el sentido de la vista. El profesor estaba inclinado sobre él, con el entrecejo fruncido por la preocupación.
–¿Cómo ha llegado hasta aquí? ¿Qué está haciendo aquí?
Spock se incorporó trabajosamente, con movimientos torpes y bruscos. Unos calambres le subían y bajaban por todos los músculos largos del cuerpo, y tenía la sensación de que la sala giraba en torno a él. Se negó a aceptar aquella percepción; se obligó a fijar la vista en el doctor Mordreaux, que estaba sentado sobre los talones, junto a él.
No se trataba del doctor Mordreaux que acababa de dejar atrás; era un hombre mucho más joven, uno que tenía casi el mismo aspecto que años antes, cuando Spock lo había conocido en Makropyrios. Dentro de un mes habría envejecido diez años a causa de las tensiones de la acusación, el juicio y la sentencia.
–¿Quiere que le ayude a levantarse? –preguntó Mordreaux, cortésmente.
Le tendió una mano pero no tocó a Spock, y este último negó con la cabeza.
–No. Gracias.
Se puso de pie con torpeza pero mediante sus propias fuerzas. El desplazador temporal le golpeó un flanco.
–¿Dónde, en nombre del cielo, ha conseguido eso? –le preguntó Mordreaux–. ¿Y de dónde ha venido usted?
–¿Qué ocurre? –preguntó alguien desde la habitación contigua, y una o dos personas que se hallaban de pie en la puerta se volvieron para responder.
–Alguien acaba de materializarse en la plataforma del desplazador temporal.
–Bueno, señor Spock, ha pasado mucho tiempo desde que nos vimos por última vez. –El doctor Mordreaux hizo un gesto en dirección al desplazador–. Aunque ha pasado más para usted que para mí, según creo, si contamos desde la época de Makropyrios.
–He venido a hacerle una advertencia, doctor Mordreaux –dijo Spock. Su voz sonaba débil, y no podía contener el temblor de sus manos y rodillas.
Se irguió, obligando al dolor a que lo abandonase, enfrentándose directamente con él. Varias de las personas que se hallaban en la sala contigua se habían reunido apretadamente en la entrada; eran los amigos del doctor Mordreaux, las personas cuyos sueños lo habían enviado por el camino fatal. Spock había abrigado la esperanza de llegar cuando el doctor Mordreaux estuviera solo.
–Venga a sentarse –lo invitó el profesor–. Tiene el aspecto de un muerto.
Incluso para Spock, había llegado el punto en el que tenía que admitir sus limitaciones. Cojeó hasta la sala adyacente, y se sentó en la silla que le ofrecía el profesor.
Las personas que se hallaban en la entrada se apartaron para dejarlo pasar, y permanecieron juntas en un desconfiado círculo formado por seis adultos y cuatro niños.
–¿Qué es lo que quiere, Georges?
–Bueno, Perim, no lo sé todavía.
Los invitó a todos con un gesto a sentarse.
–¿Es usted vulcaniano? –preguntó una niña.
–Éste es el señor Spock –le respondió el doctor Mordreaux–. Era uno de mis mejores estudiantes en la época en que yo ejercía como profesor de física, y ahora trabaja en una nave espacial. Al menos creo que eso es lo que hace ahora... pero puede que haya comenzado a hacer otra cosa en la época desde la que acaba de llegar a visitarnos.
–No –respondió Spock–. Continúo sirviendo en la Enterprise.
Uno de los adultos más jóvenes, de una edad no superior a la de un estudiante, le tendió a Spock un vaso de agua, del que el vulcaniano sorbió ligeramente.
–¿Qué les parece si dejamos de hablar de los viejos tiempos? –propuso Perim. Cogió de la mano a la niña que había formulado la pregunta y la apartó de Spock y el doctor Mordreaux–. ¿Qué está haciendo aquí ese hombre? Es un momento condenadamente inadecuado para hacer visitas, a menos que venga a intentar detenernos.
–¿Es por ese motivo por el que se halla usted aquí, señor Spock?
–Sí, señor, ése es.
Recorrió los rostros con los ojos, preguntándose cuál de aquellas personas había reaccionado –reaccionaría–, con aquel miedo y aquella violencia cuando el doctor Mordreaux del futuro trató de conseguir lo que Spock estaba a punto de intentar en ese momento. El grupo de viajeros del tiempo se apretó estrechamente, y Spock percibió una ira y una aprensión crecientes.
–Señor –dijo Spock–, dentro de un mes será usted acusado del asesinato de estas personas. El cargo contra usted será demostrado, y le acusarán de experimentación carente de ética con seres inteligentes. Sus trabajos no serán reconocidos; ni siquiera se le declarará como clasificado, y se le pondrá bajo control. Lo suprimirán. Engendrará una aprensión tal entre los oficiales ejecutivos y jurídicos, que no verán ninguna otra manera de controlar lo que ha creado. A usted lo enviarán a una colonia de rehabilitación. La Enterprise será la designada para transportarlo. Durante el viaje, provocará usted la muerte de la teniente comandante de seguridad y del capitán James T. Kirk.
–¡Eso es absurdo!
–Es la verdad. No debe continuar adelante con este experimento. Sólo llevará al desastre.
–Espere un momento –intervino uno de los viajeros del tiempo–. Usted está diciendo que no deberíamos marcharnos. Lo que quiere es que nos quedemos aquí.
–Deben hacerlo.
–Podemos dejar constancia de nuestros planes, para que Georges no se encuentre en problemas... todos hemos estado de acuerdo en probar sus teorías.
–Estar de acuerdo, una porra –dijo una mujer de mediana edad que estaba precariamente sentada sobre el respaldo de un sofá–. Nosotros lo convencimos de que nos dejara hacerlo.
–Varios de ustedes dejan constancias –les respondió Spock–, las cuales serán utilizadas contra él, como prueba de las habilidades persuasivas del profesor. Del poder que ejercía sobre ustedes, si lo prefieren.
El doctor Mordreaux se dejó caer en una silla.
–Creía que había tomado todas las precauciones necesarias como para evitar esos problemas –dijo–, pero sin duda puedo tomar otras medidas.
–No serían suficientes –aseguró Spock–; o, quizá sí que lo serían, pero no debe usted continuar adelante con este plan. Su destino, el destino de estas pocas personas... todo eso es relativamente trivial comparado con las más amplias implicaciones de sus actos. El desplazamiento de sus amigos de forma permanente a un punto de la continuidad que no les corresponde, creará una tensión que el espacio–tiempo no puede resistir.
–Santo Dios –exclamó Perim–, parece que esté hablando del fin del universo.
–Con el tiempo, es a eso a lo que equivale.
–¡Con el tiempo, eso es a lo que equivale todo! –dijo la mujer de mediana edad.
–No en un plazo inferior a cien años terrestres.
Silencio.
–¡Vaya una cantidad de mentiras! –exclamó la mujer con tono cortante–. Escúcheme, señor Spock, sea usted quien sea, venga de dónde y de cuándo venga, no me importa cuán fantástico fuese usted como estudiante de física; yo he repasado personalmente esas ecuaciones, y no veo que exista la más mínima posibilidad de crear una distorsión en la corriente del espacio–tiempo.
–Está usted equivocada. El error era inevitable, pero de todas formas cometió usted un error.
–Georges, maldición... –La mujer se volvió para mirar al doctor Mordreaux.
–Es verdad, señor Spock. Me preocupaba que la transferencia creara alguna distorsión, pero simplemente no ocurre eso. Nada en mis ecuaciones demuestra lo contrario.
–Ha cometido algún error –repitió Spock–. Sus planes distorsionan la realidad en una medida tal que el crecimiento de la entropía se acelera. El efecto no es muy grande al principio, claro... pero en un lapso de veinte años las estrellas de mayor tamaño han comenzado a convertirse en novas. Los ecosistemas precarios están desapareciendo.
–Demuéstrelo –le pidió Perim.
Spock miró la terminal de la computadora que estaba en una esquina de la sala.
–Les mostraré cuáles son las derivaciones –respondió.
Trabajó sobre el teclado durante media hora. Los niños se entretenían jugando en otro rincón. Pasados unos pocos minutos, la mayoría de los adultos se retiraron, incapaces de seguir la progresión de la demostración de algo que quedaba tan fuera de sus respectivas especialidades, pero la mujer de mediana edad, Mree, y el doctor Mordreaux, observaban cuidadosamente. Perim, el padre de la niña, estaba asomado por encima del hombro izquierdo de Spock, con los brazos cruzados sobre el pecho.
Spock abrió un espacio limpio en el centro de la pantalla, y tecleó una nueva ecuación.
–¿Puede saberse qué diablos es eso? –preguntó Mree.
–Las blasfemias no son necesarias –señaló Spock–. Les explicaré cualquier cosa que escape a sus conocimientos.
–No escapa a mis conocimientos –dijo ella con tono iracundo–. Eso es un factor de corrección; resulta bastante obvio. Puede demostrar cualquier condenado hecho que le dé la gana, si le agrega factores de corrección.
–Mree –dijo el doctor Mordreaux–, por favor, déjalo acabar antes de enfadarte; y, señor Spock, fue Mree quien construyó el desplazador temporal en primer lugar. Si pudiera contener un poco su sarcasmo, creo que todos nos sentiríamos más contentos.
–No pretendía ser sarcástico –respondió Spock.
–De acuerdo; pero puede dar perfectamente por supuesto que tanto Mree como yo podemos comprender cualquier cosa que aparezca en la pantalla, siempre y cuando no saque usted sus conclusiones del aire, que es exactamente del sitio del que ha sacado eso, por lo que yo puedo ver.
Spock se reclinó contra el respaldo, descansó las manos sobre las rodillas y miró la pantalla.
–Ésta es la ecuación que se deriva de las observaciones que yo mismo, en esta corriente temporal, estoy a punto de comenzar. Como puede ver, los valores numéricos actuales son extremadamente pequeños, pero como también puede ver, depende del valor de t menos t,, al cuadrado. En pocas palabras, su valor no sólo aumenta, sino que su incremento se acelera.
Volvió a inclinarse sobre el teclado, y les demostró cómo encajaba en factor de corrección en las ecuaciones originales.
El doctor Mordreaux silbó suavemente.
–¡Georges –dijo Mree–, no existe ni el más mínimo rastro de una prueba para ese factor!
–Eso es bastante cierto –respondió Mordreaux––. ¿Qué dice usted a eso, señor Spock?
–No hay prueba alguna de su existencia porque no existe todavía. El valor de t depende del momento en que usted comienza a distorsionar la continuidad temporal mediante el envío de personas al pasado, a las que deja permanentemente allí.
Mree murmuró algo profano e incrédulo.
–Ése es el argumento más estúpido que jamás haya escuchado. Es completamente circular.
–El doctor Mordreaux creó ese círculo –le respondió Spock.
–Lo que usted está intentando es salvar la vida de James Kirk, ¿no es cierto? –Mordreaux miró a Spock con ferocidad, mientras su ánimo dejaba de ser calmado por primera vez–. Por supuesto. Eso es algo obvio. Tiene que tratarse de una persona excepcional. Admiro su lealtad, señor Spock, pero ésa no es razón suficiente como para estropear los planes de todos mis amigos. Usted me ha advertido, y eso es suficiente... No permitiré que me arresten después de haber enviado a Mree y los demás al pasado. Me marcharé al pasado yo mismo si es necesario.
–He estado intentando persuadirte de que hicieras eso desde el principio –le dijo Mree.
Spock se puso de pie y se encaró con su antiguo maestro.
–Doctor Mordreaux, los vulcanianos no mentimos. El efecto entropía me causó a mí considerables... inquietudes... –el admitir eso le requirió una cantidad considerable de esfuerzo, a pesar de que era verdad–... cuando lo descubrí. Creí que se trataba de un error por mi parte, pero usted... una versión futura de usted que ha estado intentando reparar la continuidad de la misma forma que yo... me aseguró que no lo era. Él pertenece a una época en la que los efectos están teniendo consecuencias muy graves.
Mordreaux frunció el entrecejo.
–Los vulcanianos dicen que ellos no mienten, pero para empezar, esa afirmación no es necesariamente cierta, y para continuar usted no es vulcaniano. No enteramente; y los seres humanos son los mejores mentirosos del universo.
–Yo... yo me he esforzado por acentuar los elementos vulcanianos de mi herencia, y suprimir las características humanas.
–¿Por qué no se limita a aceptar mi palabra? No se verá complicado en lo que estoy haciendo, su nave nunca será llamada a Aleph Prime y su capitán estará a salvo.
–El destino de James Kirk no está relacionado con lo que acabo de explicarle. El hecho de que viva o muera no tiene nada que ver con lo que ocurrirá si continúa usted adelante con sus planes.
–¿Dónde está entonces esa fabulosa versión de mí mismo? ¿Por qué no regresa aquí para decirme todo eso por sí mismo?
Spock comenzó a responder, pero Perim, que se hallaba detrás de él, lo aferró de pronto, le hizo una llave con el brazo alrededor de la cabeza y lo arrastró hacia sí, inclinándolo con silla y todo.
–¡No podemos permitir que nos detenga! Ayudadme a atarlo y marchémonos...
Spock dejó que tirara de él hasta que el mismo Perim perdió el equilibrio, y entonces el vulcaniano se agachó y giró sobre sí, arrojando al hombre de mayor tamaño que él por encima del hombro, al suelo. Perim quedó tendido en estado de aturdimiento; ya no representaba un peligro, y Spock se volvió hacia el doctor Mordreaux, satisfecho por haber descubierto cuál de los amigos del profesor tenía el genio vivo.
–Lo intentó –le dijo Spock–. Lo intentó al menos dos veces. La segunda...
Sintió la mano que le aferraba el hombro, un instante demasiado tarde. Los dedos se hundieron en el músculo, buscaron y encontraron el nervio vulnerable antes de que pudiese reaccionar. Lo abandonó toda sensibilidad. Permaneció de pie durante un momento más, balanceándose, y luego se derrumbó.
A través de la niebla de la parálisis, Spock vio que Mree se inclinaba sobre él.
–Se recuperará, Georges –dijo la mujer–; pero Perim tiene razón... marchémonos de aquí antes de que sea demasiado tarde.
Spock luchó para recuperar el control de su cuerpo, pero el conocimiento que poseía Mree de aquella llave era preciso, y lo había incapacitado justo hasta el límite de la inconsciencia. Él no pudo evitar admirarla por el dominio que tenía de aquella técnica. Los humanos que lo intentaban, habitualmente no conseguían efecto alguno, o la usaban de forma tan agresiva que resultaba letal. Sólo un estudiante hábil podía conseguir la inmovilidad sin hacer perder el conocimiento.
El doctor Mordreaux vaciló. Spock podía verlo en la periferia de su campo visual, pero no podía girar la cabeza ni hablarle.
–De acuerdo –dijo abruptamente Mordreaux.
Se trasladaron al laboratorio. Spock luchaba en vano por recuperar la sensibilidad, un poco de poder de movimiento.
El remolino de luz iridiscente, un destello cegador de energía ultravioleta, le dijeron a Spock que había fracasado una vez más. Estaban huyendo hacia un lugar que él jamás encontraría, y podría regresar una vez y otra, y otra más, retroceder y retroceder en el tiempo, fragmentar infinitamente la sustancia misma del universo para intentar inútilmente reparar los daños constantemente causados; pero siempre fracasaría, ahora estaba seguro de ello, siempre ocurriría algo que lo haría fracasar. La entropía ganaría siempre la partida.
Como debía ser.
Lloró de desesperación.
Luchando contra la desesperanza que se había apoderado de él, se arrojó como pudo sobre el pecho. Cada músculo y cada nervio de su cuerpo gritó de dolor cuando se estiró para arrastrarse por el suelo como la criatura tullida que ahora era, como el primer anfibio antiguo que luchaba para respirar en la orilla de un lago que se estaba secando, mientras sabía por el instinto que le conferían las más primitivas interconexiones de su cerebro que probablemente iba a morir si continuaba adelante, que moriría irremisiblemente si se quedaba allí, que su única oportunidad residía en continuar avanzando, en intentar.

Hunter entró en la enfermería de la nave, mientras deseaba estar casi en cualquier otro lugar del universo. Se detuvo en la entrada de la oficina de McCoy.
–Leonard –dijo–, las doce horas de Spock ya casi se han terminado.
–Ya lo sé –dijo McCoy con tono de desdicha–. Hunter, me dijo que el límite máximo era de catorce horas...
–Oh, dioses –exclamó Hunter, exasperada–. Leonard...
–Espere... –McCoy levantó los ojos–. ¿Lo ha oído...? ¡Es el sensor! Se puso en pie de un salto y pasó junto a ella corriendo para entrar en la sala principal de la enfermería.
En la unidad de cuidados intensivos, las señales habían bajado a cero, pero no debido a que la toxina hubiese finalmente ahogado la vida de lan Braithewaite. Hunter echó una mirada a la cama vacía y corrió hacia el pasillo. Vio un atisbo de lan, que desaparecía al girar un recodo.
–¡Está intentando llegar al transportador! –exclamó McCoy.
Hunter se lanzó a la carrera detrás de lan. Él estaba todavía demasiado débil y ella redujo la distancia que los separaba, pero consiguió lanzarse al interior del ascensor. Hunter se abalanzó hacia él, y chocó contra las puertas del ascensor cerradas ya, un segundo demasiado tarde.
–¡Maldición!
Aguardó con impaciencia; McCoy le dio alcance cuando regresaba el ascensor. Ambos se abalanzaron al interior, y en cuanto se detuvo Hunter salió corriendo tras los pasos del fiscal. Éste ya había llegado a la sala del transportador, y ya había abierto la consola; tenía los ojos bajos, fijos en la construcción bioelectrónica que sobresalía del módulo como un tumor maligno.
–¡No lo haga, lan! ¡Dioses, no lo haga! –Es la única salida –susurró él.
Apoyado sobre un codo en la entrada del laboratorio, Spock susurró:
–Doctor Mordreaux...
El reducido grupo de veinte viajeros se separó, y todos se volvieron para mirarlo, sobresaltados al oír su voz. Todos ellos estaban allí.
Spock no podía forzar la vista para enfocarla adecuadamente; creyó que estaba viendo doble. Sin embargo, el segundo doctor Mordreaux bajó tambaleándose de la plataforma del transportador y cayó, al igual que le había ocurrido a Spock; el primer doctor Mordreaux, el que pertenecía a ese tiempo y ese lugar, se arrodilló a su lado y lo volvió de espaldas. El profesor más viejo gimió.
Utilizando la jamba de la puerta para aferrarse, Spock se puso trabajosamente de pie. Mree paseó los ojos de un doctor Mordreaux al otro, y luego volvió a mirar a Spock.
–Señor... –dijo Spock.
–Nada cambió –le respondió el doctor Mordreaux.
–Nada... cambió... –Su voz sonaba como la arena sobre las piedras, suave, seca, efímera–. Esperé, pero el caos...
Spock se obligó a recorrer los pocos metros que lo separaban del profesor, y cayó de rodillas. El doctor Mordreaux del presente lo miraba fijamente.
–Están decididos a marcharse, señor –explicó SpockIntenté demostrarles qué ocurriría...
Mordreaux se le había aferrado a las muñecas.
–No quiero morir así –dijo. Se miró a sí mismo, más joven–. Créeme. Por favor, créeme. –Suspiró, se le cerraron los ojos, las manos le cayeron laxas a ambos lados del cuerpo, y la vida se escapó lentamente de él.
El doctor Mordreaux del presente echó hacia atrás y se sentó sobre los talones.
–Dios mío –susurró Mree–. Dios mío, mirad.
El doctor Mordreaux del futuro se transformó gradualmente en polvo, y el polvo se disolvió en la nada. Mientras se deshacía en partículas subatómicas, Spock se apoderó del desplazador temporal, lo reajustó, y lo arrojó al polvo. Sintonizado como estaba con las moléculas que habían formado el cuerpo del doctor Mordreaux, las arrastró consigo tras estremecerse y desaparecer en dirección a su propio tiempo. Spock se preguntó por qué se había molestado en llevar a cabo aquella reparación en la continuidad del espaciotiempo, cuando parecía que no conseguiría evitar el daño más grave que estaba a punto de comenzar.
Se puso lentamente de pie, moviéndose de forma fatigosa.
–¿Me creen, ahora? –Su fachada de control y carencia de emociones comenzaba a resquebrajarse–. Él sabía que moriría si regresaba tan lejos en el tiempo una vez más. ¡Lo sabía! Tenía miedo de hacerlo. ¡En su época, los cambios provocados por ustedes se han hecho tan intolerables, que él escogió deliberadamente la muerte para intentar detenerlos!
–¿Y qué hay de nosotros? –gritó Perim–. Eso ocurrirá dentro de muchos años, en el futuro. Nuestras esperanzas...
–¿Y las esperanzas de vuestros hijos? –Spock miró a la niña curiosa que le había preguntado si era vulcaniano... se dio cuenta de que nadie había respondido adecuadamente a su pregunta..., y la niña lo miró con absoluta solemnidad, como si ella hubiese comprendido todo lo que acababa de ocurrir. Quizá era cierto que lo entendía mejor que él y que ninguno de los presentes–. En el futuro lejano, cuando su hija haya crecido, y el universo no sea más que un caos... ¿entonces, qué? Usted habrá retrocedido, usted estará a salvo. –Miró a cada miembro del grupo, adultos y niños–. Vuestros hijos sufrirán las consecuencias.
El doctor Mordreaux del presente se puso de pie.
–Señor Spock... –Le temblaba la voz–. Quizá...
–¡Georges! –Perim avanzó un paso con los puños apretados–. ¡No puedes...!
Mree lo cogió por un brazo, aparentemente con suavidad, pero él se detuvo y guardó silencio.
–Creo que vamos a tener que encontrar otras esperanzas –le dijo ella.
–¡No!
–Perim –dijo Mree–. Spock tiene razón. Hemos sido egoístas... lo supimos desde el principio, pero ahora sabemos cuáles serán los resultados de nuestro egoísmo.
–Lo lamento –dijo el doctor Mordreaux. Recorrió a sus amigos con los ojos, Mree, Perim, y los demás que lo habían observado con incredulidad.
Al joven estudiante que le había dado a Spock el vaso de agua, le corrían lágrimas abundantes por las mejillas.
–Hubiera sido... –No pudo terminar.
–Amigos míos, lo lamento –dijo el doctor Mordreaux. Se encaminó hacia el transportador y comenzó a desconectar los agregados. Perim y uno de los otros intentaron detenerlo, pero Mree y los otros tres adultos impidieron que interfiriesen. El doctor Mordreaux acabó de desmantelar el dispositivo y luego, también con lágrimas en las mejillas, abrazó a cada una de las otras personas–. Nunca podré compensarte por esto –dijo finalmente cuando llegó a Perim–. Lo sé.
Perim se apartó del abrazo.
–Estás en lo cierto –le replicó, con un tono más cercano al gruñido que a cualquier sonido humano–. No podrás. –Recogió a su hija y huyó de la casa.

Ian Braithewaite pulsó el botón de control del desplazador temporal. Hunter y McCoy llegaron hasta él al mismo tiempo, pero ya era demasiado tarde; lo apartaron del tablero de control en el momento en el que los agotados motores hiperespaciales rugían al entrar en funcionamiento, tan fuera de sincronía que la misma Enterprise se estremeció. La luz que se derramaba por el transportador comenzó su flujo iridiscente, rojo–anaranjado–amarillo...
McCoy gimió de tristeza y desesperación.
... verde–azul–violeta...
La nave quedó a oscuras; el rayo se desvaneció, y el propio McCoy se encontró tendido sobre el piso. Cuando abrió los ojos, las luces habían vuelto a la absoluta normalidad y se encontraba solo. Se puso trabajosamente de pie; estaba tan entumecido como si hubiera permanecido en ese sitio durante horas. Había ocurrido algo terrible, pero era como un sueño que se le escapaba por entre los dedos cuando intentaba asirlo. Algo había ocurrido, pero no sabía qué era.
–¿Qué estoy haciendo aquí? –murmuró.
Recorrió la sala vacía una vez más, se encogió de hombros y regresó a la enfermería.

En la sala de estar, después de que los demás se hubiesen marchado, el doctor Mordreaux miró tristemente a Spock, y luego a Mree.
–Supongo que será mejor que no publique mi último trabajo –reflexionó.
A pesar de todo lo que había ocurrido, Spock sentía más que una punzada de culpa e incomodidad ante la idea de suprimir el conocimiento. Una vez más, deseó una sociedad humana tan estable como la de Vulcano.
–Creo que será lo mejor –le replicó Mree–. Ciertamente, yo no pienso mencionarlo. Maldición. La idea fue maravillosa mientras duró.
–¿Podría alguno de los otros intentar obligarlos a que construyeran otra vez el desplazador temporal? –preguntó Spock.
Mordreaux se encogió de hombros.
–Podrían hacerlo. ¿Quién sabe? ¿Qué seguridad puede tener uno jamás? Pero creo que ése es nuestro problema, no el suyo, señor Spock.
–Espero no haberle hecho daño –dijo Mree–. Lo lamento.
–Su técnica es intachable –le aseguró Spock–. La felicito.
–Gracias –replicó ella.
Mordreaux miró hacia la entrada del laboratorio, donde su otro yo se había convertido en polvo.
–¿No tendrá usted problemas, señor Spock? Puede regresar a su propio tiempo sin... –Su otro yo había hecho muchos más viajes que yo. –Las fisiologías son diferentes.
–No tengo elección, doctor Mordreaux. Yo no puedo quedarme aquí más de lo que usted puede enviar a sus amigos a las épocas en las que preferirian vivir. Soy consciente d e los riesgos. –Se puso de pie. No tenía sentido permanecer allí por más tiempo y, con bastante probabilidad, era peligroso. A cada momento que pasaba aumentaban las probabilidades de que por inadvertencia cometiese algún acto cuyos efectos acabasen en desastre en algún momento del futuro–. Tengo que regresar –dijo. Recogió el desplazador temporal, y lo sintió suave y frío entre las manos.
–Señor Spock...
–Tengo que regresar –repitió–. Tengo que regresar ahora.
Los dedos se le tensaron convulsivamente sobre el desplazador temporal, porque no quería otra cosa que arrojarlo tan lejos de sí como pudiera y no volver a tocarlo nunca más. No quería volver a viajar a través del tiempo. Estaba demasiado cansado, y no quería luchar más contra el dolor...
Tenía miedo.
–Adiós –se despidió, y pulsó los controles.
Oyó que sus voces lo despedían, al liberar la batería incorporada en el desplazador, la energía que lo envolvió, y luego todos los sonidos se apagaron al ser él arrastrado hacia el ensordecedor remolino. Los ultravioletas lo devolvieron al mundo material.
A pesar de todas las seguridades que le había dado al doctor McCoy, no estaba seguro en el fondo de que él, aquella versión conocedora de la corriente temporal, continuaría existiendo al final de aquel viaje.
La Enterprise se materializó a su alrededor; dispuso de sólo un momento para asegurarse de eso, antes de desplomarse presa de una agonía tan pura que resultaba la única sensación que su mente era capaz de percibir.

La luz iridiscente se desvaneció y Spock había desaparecido. Georges miró a Mree; ella dirigió los ojos hacia la plataforma del transportador y meneó la cabeza.
–¿Crees que no le ocurrirá nada?
–Así lo espero. Tendremos que aguardar durante unas cuantas semanas hasta que regrese a casa. Entonces podré hacerle una llamada a la Enterprise. Si no recuerda nada de lo ocurrido, simplemente le diré hola.
–¿Vas a llamarlo desde aquí?
Georges frunció el entrecejo.
–Si Perim está lo suficientemente enfadado, podría comenzar a amenazarte muy fácilmente. Podrías estar en serio peligro.
Georges pensó en aquello durante unos instantes.
–¿Yo podría estar en peligro? –preguntó, con expresión inquisitiva.
Mree se encogió de hombros.
–Supongo que yo podría construir por mi propia cuenta el desplazador –continuó Georges–, pero Perim sabe tan bien como yo quién fue el que lo hizo.
–Sí –concedió ella–, pero de todas formas yo he estado planeando marcharme de Aleph. No creo que constituya tanta diferencia si viajo a través de la cuarta dimensión, o por la tercera como todo el mundo.
–Crees que yo también debería marcharme.
–Correcto.
–¿Huir?
–Como un conejo –respondió ella. Hizo una pausa, y cuando volvió a hablar su expresión era más seria–. Georges, ¿qué es lo que te retiene aquí?
–No mucho –admitió él. Los segundos se alargaron, mientras Mree y Georges se miraban el uno al otro, recordando otras conversaciones muy parecidas a ésa.
Te pedí que te vinieras conmigo bastantes veces antes de ahora –dijo ella–. ¿Debo pedírtelo una vez más o estás deseando que no lo haga?
–No –respondió él–. No tienes que volver a pedírmelo. Sea a donde sea que piensas ir... ¿crees que tendrán alguna ocupación para un científico loco?
–Sin duda –le respondió ella–. Siempre y cuando formes equipo con una inventora loca. –Hizo un gesto para señalar el desplazador temporal–. Piensa en los proyectos en los que podríamos trabajar juntos. No puede irnos mal, te lo aseguro.
Se echaron a reír juntos, con tristeza, y se abrazaron muy estrechamente durante largo rato.

Gritando de forma incoherente, Jim Kirk se sentó en su lecho. Se llevó las manos a la cara: algo estaba intentando apoderarse de sus ojos...
Las luces aumentaron gradualmente en respuesta a su movimiento; estaba en su camarote, en su nave, todo estaba en orden. No había sido más que una pesadilla.
Volvió a tenderse y se frotó el rostro con ambas manos. Estaba empapado en sudor. Aquél era el sueño más realista que había tenido en mucho tiempo. El acto terrorista que había presenciado al principio de su carrera en la Flota Estelar lo había atormentado durante años con sueños de la misma naturaleza que aquél. Aparecía una silueta en sombras, lo apuntaba con un arma, y disparaba; luego, como si él fuese dos personas separadas, se observaba morir y se sentía morir al infiltrársele la telaraña en el cerebro. El sueño siempre acababa cuando la muerte de color gris acero le nublaba los ojos.
Se frotó el pecho, justo por encima de la clavícula, donde le había penetrado la bala de aquel sueño.
–Al menos podría haberme matado de forma instantánea –dijo en voz alta, buscando desesperadamente aunque fuese un poco de humor negro, sin poder encontrarlo.
Sin embargo, el sueño anterior a la pesadilla había sido diferente. Se trataba de otro sueño que no tenía desde hacía mucho tiempo; había soñado con Hunter. Intentaba no pensar siquiera en ella durante la mayor parte del tiempo. Había estado muy cerca de destruir la relación que tenía con ella a causa de su inmadurez, y sin duda había destruido su intimidad con ella.
¿Por qué no creces, Jim?, pensó. Los sueños no vienen a ti sólo para entretenerte, sino que aparecen para darte un buen consejo. Se te ha advertido de tu mortalidad, aunque si tienes suerte encontrarás una muerte mejor que la que acabas de soñar. De todas formas, eres mortal... y también lo es ella. Durante la mayor parte del tiempo, ella corre más peligros que tú. ¿Qué ocurriría si un día le sucediese algo y tú nunca le hubieras dicho lo que sentías, o al menos que sabías que habías actuado como un consumado estúpido?
Hizo bajar las luces nuevamente con un gesto, y permaneció tendido en la oscuridad intentando dormirse otra vez; pero sabía que por la mañana no habría olvidado los sueños de aquella noche.

En el camarote en penumbra, Hunter levantó los ojos de la pantalla lectora iluminada, y se estremeció. ¿Se habría quedado dormida? No lo creía así. Se tendió de espaldas, se desperezó, se frotó las sienes y volvió a concentrarse en el lector. El artículo era bastante difícil después de tantos años pasados desde sus estudios de física, pero el trabajo era lo bastante raro como para interesarle. Siempre había pensado que Georges Mordreaux estaba un poco loco, y aquel trabajo confirmaba sus sospechas. Era el cuarto artículo de una serie de cinco, y la fecha de publicación databa de dos años antes. Hunter no pudo encontrar ninguna referencia de la monografía consecutiva, el trabajo número cinco.
Se preguntaba qué habría sido de Mordreaux después de que se marchara de Makropyrios en un arrebato de ego herido e irritado. Siempre firmaba sus artículos, pero nunca agregaba el lugar en que los había escrito.
Hunter se sentía demasiado inquieta como para concentrarse en la física. Apagó el lector, lo plegó nuevamente contra la pared, y subió al puente para preparar su nave para que entrara en los muelles de Aleph Prime.
Necesitaba reemplazar las bajas de su tripulación mucho más que reparar la Aerfen, pero la Flota Estelar había recibido su pedido y aún no se había dignado responderle. Cada vez que Hunter tropezaba con la burocracia, cosa que ocurría con más y más frecuencia a medida que aumentaba su responsabilidad, soñaba con renunciar. Siempre podría unirse a los comandos libres; o marcharse simplemente a casa y quedarse allí durante un tiempo. No tendría derecho a un año sabático hasta dentro de dos más; lo mejor que podía esperar, entre tanto, eran unas pocas semanas de permiso para estar con su familia, con su hija; y unos días para estar sola, en las montañas, para renovar su amistad con las águilas fénix que la habían vigilado mientras buscaba su nombre de sueño.
Hunter meneó la cabeza. A veces, podía ponerse insoportablemente sentimental; si se ponía un poco más emocionalmente tonta, comenzaría a pensar en Jim Kirk, lo que le provocaría un grave ataque de «si al menos».
Si al menos él fuese una persona completamente distinta, pensó Hunter. Si al menos yo también lo fuera. Entonces, las cosas habrían funcionado perfectamente.

De camino a su oficina, lan Braithewaite se detuvo y asomó la cabeza al interior del despacho de la defensora de oficio de Aleph Prime.
–Hola, Lee, ¿qué tal estás?
–Mejor –respondió ella–. Debo de haber comenzado a coger un virus, pero ya se ha marchado. –Eso está bien.
–¿Hay algo interesante a la vista? –preguntó ella–. Estoy cansada de pedir que les reduzcan la pena a una multa a los mineros borrachos. ¿Por qué no descubres un buen caso de contrabando?
–Ya me gustaría –le aseguró él.
–¿Quieres que vayamos a tomar un café, más tarde? –Claro –respondió lan–. Nos veremos después de los juicios.
Se encaminó pasillo abajo en dirección a su oficina para comenzar a trabajar sobre una pila moderadamente pesada de cantidades de casos aburridos como los que tenía día tras día, siempre igual.

Sin un solo sonido, sin un solo movimiento, Mandala Flynn se despertó. En un instante, pasó del sueño profundo a la vigilia absoluta. Estaba helada a causa del sudor del miedo.
Casi tan rápidamente como se había despertado, recordó dónde se hallaba; en su propio camarote, en la Enterprise, su nuevo destino. No estaba nuevamente en la patrulla, ni en medio de una lucha a fuego abierto. Se frotó la zona dolorida que quedaba debajo de la cicatriz que le cruzaba el hombro izquierdo. Debía de haber forzado demasiado el hueso soldado durante el entrenamiento del día anterior. Tendría realmente que encontrar el tiempo necesario para hacerse regenerar ese hueso. Era una tontería aceptar esa incomodidad; y esa vez el dolor había despertado recuerdos y le había provocado aquella pesadilla.
Pero no era más que una pesadilla. Se había enfrentado con los peligros y los había superado, de la misma forma en que había vencido otros peligros, peligros reales, y la lucha y la victoria la habían inundado de un regocijo feroz.
Hikaru dormía plácidamente a su lado. La luz débil destellaba sobre los hombros de él. Yacía boca abajo, con la cabeza apoyada sobre un brazo, vuelto hacia ella. El día anterior, ambos se habían dado cuenta de que querían y necesitaban pasar juntos todo el tiempo posible, incluso a pesar de que él fuera a 'marcharse pronto de la Enterprise.
Era un hombre tan dulce... A Mandala no le gustaba pensar que se endurecería con la violencia que iba a encontrar en su próximo destino; pero no iba a decírselo. Las razones de ella eran demasiado egoístas; y eso sería, en efecto, pedirle que renunciara a sus ambiciones.
Puede que él fuese lo suficientemente fuerte como para pasar por esa experiencia sin que lo cambiase. Era posible; aunque era tan probable como las posibilidades de ascender sin trasladarse de nave.
Apartó los pensamientos deprimentes, ya que aún se sentía entusiasmada por el sueño que acababa de tener. El corazón le latía apresuradamente; estaba emocionada. Se inclinó y depositó un bezo en la curva del hombro de Hikaru. Luego le besó la mejilla, la oreja, la sien. Él abrió los ojos, los cerró y volvió a abrirlos.
Respiró profundamente.
–Me alegro de que me hayas despertado. –Y yo me alegro de que te hayas despertado.
Ella recorrió la espalda de él con los dedos, lánguidamente, y él se estremeció.
–Me has sacado de una pesadilla –dijo él. –¿Muy mala?
–Al parecer, sí... pero ahora no puedo recordar nada.
Ella se aproximó más a él, le rodeó los hombros y lo acunó. Él la abrazó estrechamente y enterró el rostro entre los cabellos largos y sueltos de ella, hasta que Mandala consiguió ahuyentar la inquietud y el cuerpo de él comenzó a responderle.
Ella se inclinó sobre Hikaru, dejando que sus cabellos cayeran como una cortina en torno a los dos. Él sonrió cuando el pelo le hizo cosquillas en el cuello y los hombros. Mandala lo acarició, dibujando líneas cálidas con los dedos y líneas frías con su anillo.
–Eres muy hermoso –dijo Mandala, y se inclinó nuevamente para besarlo antes de que él pudiese pensar en algo que decir.
Jenniver Aristides y Snnanagfashtalli estaban sentadas la una frente a la otra en la sala de guardia, jugando al ajedrez. Ambas preferían el clásico tablero de dos dimensiones al de tres; era más claro y menos exigente, aunque conservaba la infinita complejidad del juego.
–Al menos si le pido a Mandala Flynn un traslado, no me escupirá a la cara –comentó Jenniver.
–No –concedió Fashtall–. Ella no es como el anterior. No es de los que escupen a nadie.
–Lo que ocurre es que me resulta demasiado penoso conseguir que alguien crea que no me gusta estampar a la gente contra el suelo a la primera oportunidad que se me presenta –continuó Jenniver, y se encogió de hombros–. Supongo que no puedo culparlos.
Fashtall levantó su fina cabeza y la miró desde el otro lado de la mesa, con sus interrogativas pupilas marrones.
–Yo te creo –le aseguró–. No se atreverán a decir que no te creen delante de mí; y nadie va a intentar escupirte a la cara.
–El predecesor de Maldala Flynn nunca lo hizo en realidad, ¿sabes? –dijo Jenniver suavemente–. No llegaba tan arriba.
–El predecesor de Mandala Flynn se ha marchado –le recordó Fashtall–, y ahora es Mandala Flynn nuestro oficial superior. Si no te concede el traslado a un departamento de botánica, al menos te dará una razón para no hacerlo. No creo que vaya a retenerte durante más tiempo del obligatorio, si sabe que no eres feliz.
–Tengo miedo de hablar con ella –le confesó Jenniver.
–No va hacerte ningún daño, y tú no vas a hacérselo a ella. ¿La has observado cuando practica judo? Ningún ser humano corriente de la nave podría vencerla, ni siquiera el capitán.
–¿Podrías vencerla tú? –preguntó Jenniver.
Fashtall la miró, parpadeando.
–Yo no juego limpio, con esas reglas.
La mutante se echó a reír. Mientras meditaba acerca de que Fashtall tenía mucho más sentido del humor del que nadie era capaz de creer, Jenniver movió el peón de su reina.
Pasado un momento, Fashtall gruñó.
Jenniver le dedicó una sonrisa.
–Ni siquiera estás en jaque.
–Pronto lo estaré. ¡Amenazada por un peón! –Profirió otro sonido de irritación– Tú siempre piensas un movimiento por delante de mí, amiga Jenniver, y te envidio por ello.
Se volvió repentinamente, con el pelaje moteado del cuello de punta, como un collar erizado.
–¿Qué ha sido eso?
–Algo ha caído. Alguien. En el observatorio.
Fashtall salió de un salto de la sala de guardia, sobre las cuatro extremidades, y Jenniver la siguió, corriendo cómodamente en aquella gravedad absurdamente baja. Se adelantó a Fashtall y llegó primero al observatorio.
El señor Spock se balanceaba, de pie, en medio de la sala débilmente iluminada, con los ojos tan completamente en blanco que sólo se le veía la esclerótica; tenía el cabello en desorden, la sangre le bajaba por el rostro desde una herida abierta en la sien izquierda y, lo más extraño de todo resultaba –en cuanto Jenniver lo advirtió– que, en lugar del uniforme de la Flota Estelar, tenía puesta una holgada túnica de color marrón. Se apresuró a acercarse a él; su bota pisó un artilugio que se deshizo como si fuera de plástico. Jenniver vaciló, temerosa como siempre de haber dañado por inadvertencia una de las frágiles pertenencias de los delicados seres que la rodeaban; pero el suelo estaba cubierto de fragmentos ambarinos; fuera cual fuese el daño, lo había causado ella.
A Spock se le doblaron las rodillas, y Jenniver se olvidó de los trozos del objeto roto que la rodeaban; saltó hacia delante y recogió al oficial científico antes de que cayera al piso. Mientras lo sostenía, Fashtall se irguió sobre las extremidades traseras y le tocó la frente.
–Fiebre –sentenció–. Alta... demasiado alta incluso para un vulcaniano.
Spock levantó la cabeza.
–Mis observaciones... –dijo–. Entropía... –En sus ojos había una expresión confusa y enloquecida–. El capitán Kirk...
–Fashtall, ve a despertar al doctor McCoy. Yo ayudaré al señor Spock a llegar hasta la enfermería.
Las patillas blancas de Snnanagfashtalli se erizaron; era un gesto que indicaba asentimiento. Saltó limpiamente por encima del instrumento destrozado y desapareció en el interior del pasillo.
–Estoy bien –aseguró Spock.
–Está usted sangrando, señor Spock.
Se llevó una mano a la sien; cuando retiró los dedos, estaban mojados de sangre. Luego se miró las mangas, que eran de seda marrón y no de terciopelo azul.
–Déjeme que lo lleve a la enfermería –le pidió Jenniver–. Por favor.
–¡No tengo necesidad alguna de asistencia médica!
Ella pensó que su propio comportamiento era cruel, pero no se le ocurría otra cosa que hacer, excepto obedecerle. Estaba aguantando la mayor parte de su peso; lo soltó, tan lentamente como se atrevía a hacerlo, de forma que él tuviera tantas posibilidades de aguantarse sobre los pies como ella le proporcionara para sujetarlo; pero tal y como había temido, las rodillas no soportaban el peso del propio cuerpo. Volvió a desplomarse, y una vez más ella evitó que se desplomara.
Ella miró hacia la pared del otro lado de la sala, no a sus ojos; si ella hacía como que no se había dado cuenta, quizá él pudiera convencerse de que ella no había visto lo ocurrido.
–Voy hacia la enfermería –le dijo ella–. ¿Querrá venir usted conmigo?
–Alférez Aristides –dijo él suavemente–, mi orgullo no requiere tanta protección. Le agradeceré que me ayude.

Leonard McCoy caminaba de un lado a otro por su oficina, mientras se preguntaba qué habría hecho para merecer aquel terrible insomnio. El inexplicable período de inconsciencia pasado en la sala del transportador, se tratara de lo que se tratase, no había hecho nada para aliviar su cansancio; sólo había conseguido empeorarlo, y hacer que él se preocupara aún más por ello. Se sentía como si hubiera pasado por una borrachera como las que no cogía desde que era un barbilampiño estudiante sin graduación, a pesar de su reputación y su pose de bebedor duro de la vieja escuela del sur. Sin embargo, no había bebido nada más fuerte que el café –y una cantidad muy pequeña de éste desde que había comenzado a tener problemas para dormir–, desde el café y el brandy de la recepción de oficiales ofrecida en honor de Mandala Flynn; difícilmente podía ser un exceso que regresara para aquejarlo dos meses más tarde.
–¡Doctor McCoy! –Snnanagfashtalli se irguió elegantemente sobre las extremidades traseras, desde su posición de carrera–. El señor Spock está enfermo. Tiene fiebre, al menos tres grados centígrados...
–El señor Spock siempre tiene fiebre de por lo menos tres grados centígrados.
–Al igual que la tengo yo –replicó ella, echando hacia atrás las orejas–, en términos humanos.
Gruñido no era de las que estaba dispuesta a intercambiar frases ingeniosas; McCoy se puso rápidamente muy serio.
–¿Dónde se encuentra?
–Está consciente, así que la alférez Aristides lo ayudará a llegar hasta la enfermería.
–Perfecto. Gracias.
McCoy se sintió aliviado cuando Gruñido volvió a levantar las orejas.
Jenniver Aristides entró con Spock en brazos. El vulcaniano estaba inconsciente; sus largos brazos pendían, laxos, y tenía la cabeza echada hacia atrás. Cada pocos segundos, una gota de sangre salpicaba el suelo.
–Se desmayó hace apenas un minuto. –A pesar de que la alférez era cabeza y hombros más alta que McCoy, hablaba con voz insegura–. Pensé que sería mejor traerlo que esperar una camilla.
–Ha demostrado muy buen juicio. –McCoy suspiró–. Tenía miedo de que esto ocurriera; ha trabajado tanto que ha llegado al agotamiento más absoluto.

Epílogo


Jim Kirk se hallaba sentado sobre el borde de la cama de Spock, dándole vueltas y más vueltas en las manos a un trozo de extraña forma de un artefacto roto. Nunca antes de ese momento había visto nada ni remotamente parecido, y no podía imaginarse qué era... o qué había sido. Se trataba del único trozo lo suficientemente grande como para poder examinarlo; los demás fragmentos diminutos se hallaban en el interior de una caja que tenía cerca.
McCoy entró y se sentó, mientras se frotaba los ojos con gesto de cansancio.
–Bones –le dijo Jim–, lo llamaré cuando comience a despertarse. ¿Por qué no se va a dormir un poco?
–Ése es precisamente el problema; lo he estado intentando –le respondió McCoy–. Sea lo que sea lo que Spock se haya hecho a sí mismo para no necesitar dormir, creo que me lo ha contagiado.
Jim pasó los dedos a lo largo de la suave superficie ambarina curva, y los detuvo en el borde toro.
–Me he sentido inquieto durante los últimos dos días –continuó McCoy–. Es como si estuviera a punto de suceder algo terrible y yo no pudiese hacer nada por evitarlo; o algo que ya ha ocurrido y de lo que ni siquiera me he enterado.
Kirk sonrió.
–¿Usted sólo lo ha sentido durante un par de días? Yo estoy sintiéndome así desde que entramos en el campo de influencia de ese condenado fenómeno de vacío.
Miró a Spock, que no se había movido en absoluto desde que Kirk había entrado en la habitación.
–¿Va a ponerse bien, Bones?
–Creo que sí.
–¿No está seguro? –preguntó Kirk con sobresalto, porque había formulado aquella pregunta con la única finalidad de obtener una respuesta tranquilizadora.
–Estoy razonablemente seguro –le respondió McCoy–, pero no comprendo, para empezar, cómo llegó al estado en que se encuentra. He estado esperando durante días que alguien lo entrara en volandas aquí, exhausto...
–Usted sabía que no estaba durmiendo...
–Sí.
–... ¿y no me dijo nada?
–¿Y qué hubiera hecho usted? ¿Prohibírselo? –McCoy sonrió–. No se lo conté por una cuestión de ética profesional. Por el carácter confidencial de las relaciones entre un médico y sus pacientes, no porque deseara que mi capitán me arrancase la cabeza de un mordisco.
–De acuerdo, de acuerdo; ¿pero qué daño ha sufrido, si se trata de agotamiento?
–Es agotamiento, pero del tipo que yo esperaría si Spock hubiese pasado por un esfuerzo físico terrible. Digamos que un par de maratones vulcanianas... unos cien kilómetros a través del desierto. Lo que resulta completamente inexplicable es la herida de la cabeza. No se la hizo al caer... se reabrió una rozadura de bala que estaba parcialmente cerrada; y fue curada con sintético dérmico para híbridos. Spock sabía que yo había preparado esa piel para que se adaptara a su fisiología. Podría haberla utilizado por su cuenta, pero ocurre que no lo hizo; el paquete continúa almacenado y sin abrir. –Interrumpió el discurso y se encogió de hombros–. ¿Quiere que continúe?
–No. Eso puedo hacerlo yo mismo. Estaba sin uniforme... y nunca lo había visto sin uniforme en la nave. Además... –sopesó el trozo de aparato extraño–, esto no es nada que yo haya visto antes. Scotty no sabe para qué sirve. Está principalmente construido con cristales bioelectrónicos, los cuales son tan nuevos que es difícil conseguirlos. Yo nunca firmé una orden de pedido de estas cosas, y no tenemos constancia de haberlos traído a bordo.
El señor Spock, cuya consciencia se abría lentamente paso desde las profundidades del sueño, advirtió gradualmente el sonido de las voces que lo rodeaban. Estaban hablando de él, pero todavía no podía extraer un significado de las palabras. Intentó concentrarse.
–Está ocurriendo algo muy extraño –dijo Jim Kirk–.Algo que no comprendo, y eso no me gusta nada.
–¡Jim!
Spock se sentó de forma tan brusca que cada músculo, articulación y tendón le rechinó; era consciente de la sensación, pero insensible a la misma, como debía ser, pero por razones erróneas. Aferró un brazo de Jim. Era sólido y real. El alivio y, sí, el júbilo, invadieron al vulcaniano. Deslizó la mano hacia arriba por el brazo u Jim; comenzó a tenderla hacia lo alto para apoyarle la mano sobre la mejilla y sentir la inquietante energía de la mente ilesa de Jim.
Se retiró abruptamente, impresionado por su propio impulso; desvió la mirada hacia la pared, mientras luchaba para recuperar el control de sus emociones.
–¿Qué le ocurre, Spock? Bones...
–Bueno, usted quería que se despertara –comentó secamente McCoy.
–No ocurre nada malo, capitán –aseguró Spock, y volvió a tenderse sobre el lecho. Su voz era lo suficientemente firme como para que no se le notara que estaba al borde de la rosa, de las lágrimas–. Estoy meramente... muy contento de verlo.
–También yo estoy contento de verlo a usted. –La expresión de Kirk era burlona–. Ha estado ausente durante bastante tiempo.
–¿Durante cuánto tiempo, capitán? –preguntó Spock, con urgencia en la voz.
–Un par de horas. ¿Por qué?
Spock se relajó.
–Porque, señor, el fenómeno de vacío está en proceso de convertirse en un pequeñísimo agujero negro, como lo llamaría usted, según las tradiciones de la Tierra, un agujero negro Hawking. Cuando el proceso haya sido completado, el sistema hará explosión.
Kirk se puso en pie de un salto y se encaminó hacia la puerta.
–Capitán –dijo Spock.
Kirk giró la cabeza.
–La Enterprise no corre ningún peligro –le aseguró el vulcaniano–. El proceso continuará durante al menos seis días más.
–Oh –dijo Kirk, y regresó junto a Spock–. Muy bien, señor Spock. ¿Qué ha ocurrido?
Spock levantó una mano y se tocó la herida de bala que tenía en la sien. Apenas se la notaba, porque McCoy había vuelto a cubrir la rozadura con sintético dérmico, y lo había protegido con venda transparente en aerosol. Su túnica marrón y oro estaba arrugada sobre una mesa, al otro lado de la habitación... y Jim tenía entre las manos los restos del desplazador temporal.
–Estaba usted en el observatorio –le explicó KirkGruñido lo oyó caer. Jenniver Aristides lo trajo a la enfermería. ¿Lo recuerda?
Los recuerdos de Spock estaban demasiado claros y definidos. Paseó los ojos de Jim a McCoy. Ninguno de los dos había existido como era ahora, en la corriente temporal alternativa, y Spock tenía recuerdos bastante claros de una corriente temporal en la que sus observaciones se habían desarrollado con absoluta normalidad; el fenómeno de vacío en sí había hecho su aparición, y a pesar de que él no podía deducir qué lo había provocado, estaba claro desde el principio que muy pronto se autodestruiría y dejaría de representar un peligro. La Enterprise no había recibido la llamada de Aleph Prime. El doctor Mordreaux no había subido nunca a bordo, y Spock no había detectado ninguna aceleración en el incremento de la entropía.
Y entonces él había aparecido en su observatorio, arrastrado hacia la Enterprise a través del espacio y el tiempo, hasta el lugar al que pertenecía y, simultáneamente al parecer, los fallos de cálculo que había cometido con respecto a su resistencia lo habían superado. El viaje, o el agotamiento, o ambas cosas, habían hecho que perdiera el conocimiento.
–¿Spock? –dijo suavemente Jim–. ¿Lo recuerda?
–No, capitán –dijo Spock con bastante sinceridad–. No puedo comprender qué fue lo que ocurrió.
No había esperado recordar los acontecimientos del bucle temporal que él había hecho volver sobre sí mismo y borrado de la existencia, pero los recordaba.
Había aprendido cuán frágil era la continuidad temporal. Él no la había devuelto a su forma original, sino que sólo la había remendado en los sitios en los que estaba más gravemente desgarrada; había puesto parches sobre las peores roturas,y esperaba que se mantuvieran en su sitio; quizá no debería sorprenderle que las costuras no fuesen demasiado rectas y la textura no muy lisa. Si las inconsistencias no eran peores que un fenómeno astronómico inexplicable que tendría que continuar siendo un misterio, y conflictivos conjuntos de recuerdos alojados en su propia memoria, tal vez entonces tendría que aceptarlos con elegancia y agradecimiento.
–Le pido que me disculpe, capitán. No consigo recordar qué ocurrió.
–Tiene una ligera conmoción cerebral –le explicó McCoy–. Puede que recupere la memoria cuando se haya recobrado de ella.
Spock abrigaba la sincera esperanza de que no fuese así, pero no lo dijo.
Kirk sopesó el trozo del desplazador temporal.
–Quizá pueda, al menos, explicarme qué es esto.
–Por supuesto, capitán. Es un instrumento que me ayudó a completar mi misión.
A pesar de que aquello era técnicamente exacto, se parecía lo suficiente a una mentira como para hacer que Spock se avergonzase de sí mismo.
–¿De dónde lo ha sacado?
–Lo construí, capitán.
–¡En esta nave no hay componentes bioelectrónicos!
–Eh, Jim –intervino McCoy–. Tranquilícese, ¿quiere?
–Claro, Bones, en cuanto el señor Spock responda a mi pregunta.
–Ésa no fue una pregunta, capitán –señaló Spock–. Fue una afirmación. Sin embargo, es muy cierto que la Enterprise no lleva a bordo componente bioelectrónico alguno. De todas formas, si me permite señalárselo, una de las propiedades más interesantes de los cristales bioelectrónicos es que se pueden cultivar. –Tendió la mano hacia el desplazador temporal.
Kirk le echó una mirada feroz y luego sonrió de pronto.
–Bueno, señor Spock –declaró–, nunca pensé que tuviera usted dedos verdes.
Inexplicablemente, McCoy profirió un gemido.
–¡Ya basta! ¡Fuera de aquí!
Spock se miró las manos. No comprendía la observación del capitán porque si, por cualquier razón en particular, se le ocurría pensar en los dedos de Spock, seguramente advertiría que eran, de hecho, ligeramente verdosos.
–Spock –dijo Kirk, nuevamente serio–, no me lo está contando todo, y eso no me gusta demasiado.
–Capitán... en las vecindades de un fenómeno de vacío temporal, lo único que puede uno predecir es que ocurrirán cosas que uno no podrá predecir.
–Entiendo que no le importaría extender su discurso sobre la naturaleza de esos acontecimientos.
–Preferiría no hacerlo, capitán.
Kirk frunció el entrecejo, y Spock pensó que se negaría a devolverle los restos del desplazador temporal. Bruscamente, Kirk volvió a sonreír y le tendió el aparato al oficial científico.
Spock lo aceptó.
–De acuerdo, señor Spock. Confío en usted y tengo fe en que su juicio, por lo que respecta a que sea lo que sea lo que no puede explicarnos, no afectará para nada la seguridad de esta nave ni de ninguno de sus tripulantes.
–Su confianza no se verá traicionada –respondió Spock.
McCoy cruzó los brazos a la altura del pecho.
–Y ahora que los dos han intercambiado expresiones de confianza eterna, quiero que usted –miró a Kirk con ferocidad– salga de aquí, y quiero que usted –desplazó su mirada de irritación hasta Spock– vuelva a dormirse. Es una orden.
Jim se echó a reír.
–De acuerdo, Bones. Señor Spock, ¿podemos marcharnos ya de este lugar?
–Sí, capitán. Mis observaciones han concluido. –Fantástico. –Kirk se puso de pie y se volvió para salir de la enfermería.
Spock se incorporó y apoyó sobre un codo. –Capitán... Jim...
Kirk volvió la cabeza.
–Gracias –le dijo Spock.
Al girar en un recodo del pasillo, Jim Kirk vio al señor Sulu delante de sí, que se encaminaba hacia el turboascensor.
–¡Señor Sulu! –lo llamó. El oficial navegante no se volvió; Kirk lo llamó nuevamente.
Sulu se detuvo en seco, y se encaró con él.
–Lo siento, capitán. Estaba... pensando en algo.
Continuaron pasillo abajo, uno junto a otro.
–¿Va a subir al puente?
–Sí, señor. Mi turno comienza dentro de diez minutos –contestó solícito.
–Me alegro de que comience ahora –le aseguró Kirk–. El señor Spock ha terminado su trabajo y podemos marcharnos de aquí. Prefiero tenerlo a usted al timón antes que a cualquier otro oficial cuando maniobramos por las vecindades de un fenómeno de vacío.
–Pues... gracias, capitán –respondió Sulu, obviamente asombrado por aquel espontáneo halago.
Sulu ha tenido aspecto de preocupación, últimamente, pensó Kirk; y tiene auténtica necesidad de un corte de pelo. También se está dejando el bigote... ¿por qué está haciendo todo eso? Comienza a tener el aspecto de alguien que pertenece a las patrullas de frontera, no a una nave de línea. Claro que es cierto que se ha hallado bajo mucha presión...
Estuvo a punto de hacer una broma con los cabellos de Sulu, una broma que Sulu comprendería claramente como una sugerencia de que al menos se lo hiciera recortar un poco.
¿Por qué quieres que se corte el pelo?, se preguntó Kirk. No constituye diferencia alguna para su trabajo; no es probable que vaya a enredársele en la arboladura.
Crece, Jim, pensó una vez más.
–¿Está usted contento en la Enterprise, señor Sulu?
Sulu vaciló. Al responder, el tono de su voz daba a entender que había estado pensando en esa pregunta con mucho ahínco durante largo tiempo.
–Sí, capitán. Es el mejor destino que jamás podría desear, y el mejor que jamás podría obtener.
Kirk se disponía a presentar objeciones para quitarle importancia al halago implícito en aquella respuesta, pero vio una interpretación alternativa para las palabras que Sulu acababa de pronunciar. Kirk conocía muy bien el historial de Sulu; sabía con qué ojos lo miraría un burócrata consumado. «Variedad de experiencia, insuficiente», sería el análisis más probable, a pesar de que nadie podía exigir una variedad mayor de experiencia que la que proporcionaba el servicio en la Enterprise. Desgraciadamente, el historial era lo que contaba, primordialmente, y Sulu sabía eso tan bien como cualquiera.
De pronto, Kirk se dio cuenta: si quiere avanzar en su carrera, es casi inevitable que acabe por pedir que lo trasladen de la Enterprise. Vas a perder al mejor oficial navegante que esta nave ha tenido jamás si no haces algo y lo haces pronto.
–He estado pensando –declaró Kirk–, y lo que creo es que ya es hora de que hablemos de cómo conseguir que su historial refleje todas las responsabilidades que pesan sobre usted, y no sólo las formales. Sería una condenada vergüenza si en algún momento de su carrera aspirase usted a un determinado puesto, y se lo dieran a alguien mediocre e incompetente sólo porque él ha ascendido en la escala por el camino habitual y usted no.
La expresión de Sulu le proporcionó a Kirk excusas suficientes para felicitarse.
–La solución no es la de normalizar su historial –señaló–, sino la de conseguir que sea único, de forma que tengan que juzgarlo en sus propios términos. Creo que un buen primer paso sería un ascenso de servicio a teniente comandante. No hay duda de que obtendría de todas formas ese ascenso dentro de pocos años, pero un ascenso en servicio es algo lo suficientemente insólito como para destacarse incluso ante los ojos de los burócratas.
–Capitán... –La voz de Sulu denunciaba un cierto pasmo.
–Por supuesto, eso significará una mayor responsabilidad.
–Eso estaría bien –dijo Sulu–. ¡Quiero decir... que eso sería maravilloso!
–Perfecto. Reunámonos para hablar del asunto. Usted da clases de esgrima por las tardes, ¿no es así?
–En días alternativos. Durante las otras tardes de la semana, tomo clases de judo con la teniente comandante Flynn. –¿A qué hora termina?
–Alrededor de las mil seiscientas, señor.
–Entonces, ¿qué le parece las mil setecientas, mañana, en el salón de oficiales?
–¡Allí estaré, capitán! Gracias, señor.
Kirk asintió con la cabeza. Llegaron al turboascensor, entraron, y comenzaron a subir en dirección al puente. –Por cierto, señor Sulu, creo que ése será un bigote muy distinguido cuando haya crecido un poco más.
A Sulu le subió el color a las mejillas. –Lo digo en serio –agregó Kirk.
–No estaba seguro de que a usted fuese a gustarle, señor. –Yo mismo me dejé el bigote hace algunos años. –¿Ah, sí? ¿Por qué se lo afeitó? –Se lo contaré si me promete no decírselo a nadie. –Claro que se lo prometo, señor.
–Era de color rojo. Rojo ladrillo. Era la cosa más ridícula que haya visto en mi vida.
Se echó a reír, y Sulu hizo lo mismo.
–No creo que el mío acabe siendo rojo, capitán –dijo Sulu.
Las puertas del ascensor se abrieron, y ambos salieron al puente. Kirk le sonrió a Sulu.
–No, realmente no creo que tenga que preocuparse usted por esa posibilidad.
Kirk ocupó su sitio; Sulu sustituyó al segundo oficial y comprobó los controles.
–Señor Sulu –dijo Kirk–, trace el curso para sacarnos de aquí.
–¡Sí, señor!
Le llevó sólo unos pocos segundos; había estado preparado para alejar la nave del fenómeno de vacío casi en cualquier momento; estaba preparado para cualquier clase de emergencia.
–Curso programado, señor. Velocidad hiperespacial, factor uno.
–Gracias, señor Sulu.
Como un pájaro en libertad, la Enterprise se soltó de la garra del fenómeno de vacío, lanzándose a través de las flameantes cortinas de materia en desintegración que la rodeaban, y voló hacia el espacio profundo.
DIARIO DE A BORDO DEL CAPITÁN, FECHA ESTELAR 500I.I:
Estamos a un día de distancia del fenómeno de vacío, y el desasosiego que se apoderó de la Enterprise y de mi tripulación durante nuestra permanencia allí ha desaparecido, dejándonos una sensación de alivio e incluso de contento. La moral está más alta de lo que lo había estado durante este último tiempo, especialmente en la sección de seguridad; a pesar de que personalmente encuentro que la nueva teniente comandante tiene un mal humor bastante marcado, reconozco que hace su trabajo espléndidamente.
He decidido llevar a la Enterprise a través del territorio fronterizo que queda entre el espacio de la Federación y el territorio klingon, que está vigilado por la flota de la capitana Hunter. Los klingon se han estado comportando de una forma más agresiva de lo habitual; le han causado algunas bajas al escuadrón, y hasta que les lleguen los reemplazos, la aparición de una nave de línea en el área no puede causar ningún daño.
Nota administrativa: le he transmitido a la Flota Estelar mi recomendación para que el señor Sulu reciba el ascenso a teniente comandante, por los servicios prestados. Dado que eso lo convertirá en uno de los más jóvenes oficiales en posesión de ese rango sin la experiencia de líneas de combate formal, puede que tenga que vencer a algunos burócratas chupatintas para poder conseguir la aprobación; por otra parte, si servir en la Enterprise no le da derecho a tener la misma cualificación de alguien que haya estado en las líneas de combate, no sé qué puede dárselo.
Por recomendación de la teniente comandante Flynn, he aprobado también el traslado de la alférez Jenniver Aristides, del departamento de seguridad al de botánica, y el señor Spock le ha pedido que se encargue de un proyecto que quiere poner en marcha, el de cultivar más componentes bioelectrónicos. Hasta ahora, Aristides siempre me había parecido alguien apenas más emotiva que Spock, pero está claramente encantada con su nuevo puesto de trabajo.
El señor Spock se está recuperando de una carga excesiva de trabajo bastante grave. Le ha asegurado a la Flota Estelar que el fenómeno de vacío desaparecerá muy pronto del universo. Mi oficial científico no da ahora más señales que antes de querer discutir acerca de los «acontecimientos impredecibles» que tuvieron lugar durante las observaciones. A pesar de una cierta tentación de preguntarle si se trata de una información que no debemos conocer –pregunta que indudablemente rechinaría sobre la superficie de su objetividad científica–, no me siento inclinado a presionarlo para obtener más respuestas. Es posible que simplemente haya cometido alguna clase de error que lo haría sentir humillado al tener que revelarlo.
Sea lo que sea lo que haya ocurrido, parece haber involucrado solamente a Spock; sea lo que sea, no ha afectado en absoluto a la Enterprise.
Y eso, por supuesto, es siempre mi principal preocupación.

FIN

ESTUDIOS OCULTISTAS -- H. P. BLAVATSKY

Escrito por imagenes 05-04-2009 en General. Comentarios (2)

ESTUDIOS OCULTISTAS -- H. P. BLAVATSKY

ESTUDIOS OCULTISTAS
***
Ocultismo Práctico
El Ocultismo en Oposición a las Artes Ocultas
Las Bendiciones de la Publicidad
El Hipnotismo y su relación con otros modos de sugestión
Magia Negra en la Ciencia
Indicios de como cambian los Tiempos
Acción Psíquica y Noética
La Mente Cósmica
El aspecto dual de la Sabiduría
Carácter esotérico de los Evangelios
Los cuerpos astrales o Doppelgangers
Constitución del hombre Interior

*
OCULTISMO PRACTICO
IMPORTANTE PARA LOS ESTUDIANTES
Hay muchos que ansían instrucciones prácticas de Ocultismo; y por lo tanto, es
necesario dejar sentado de una vez para siempre:
1º La esencial diferencia entre el Ocultismo teórico o Teosofía y el
Ocultismo práctico o Ciencias ocultas.
2º La índole de las dificultades que entraña el estudio del Ocultismo práctico. Es muy
fácil ser teósofo, pues puede serlo cualquiera de medianas facultades intelectuales,
aficionado a la metafísica, de conducta pura e inegoísta, que mayormente se goza en
prestar que en recibir auxilio, que siempre está dispuesto a privarse de su gusto en bien
de los demás, y sea amante de la verdad, la bondad y la sabiduría en sí mismas y no por
el provecho que prometan allegar.
Pero muy distinto es entrar en el sendero que conduce al conocimiento de lo que debe
hacerse, discerniendo acertadamente entre el bien y el mal; y también conduce al
hombre al punto en que le es posible hacer cuanto bien desea, sin ni siquiera a veces
levantar en apariencia un dedo de la mano.
Además, hay un importante hecho que le conviene conocer al estudiante, y es la
enorme y casi ilimitada responsabilidad asumida por el instructor en beneficio del
discípulo. Desde los gurus orientales, hasta los pocos cabalistas de países occidentales
que enseñan los rudimentos de la ciencia sagrada, ignorantes muchas veces del riesgo a
que se exponen, todos los instructores están sujetos a la misma ley inviolable. En
cuanto empiezan a enseñar de veras y confieren tal o cual poder o facultad a sus
discípulos, sea de índole física, psíquica o mental, cargan sobre sus hombros todos los
pecados del discípulo, ya de omisión, ya de comisión, que se refieren a las ciencias
ocultas, hasta el momento en que el discípulo llega a Maestro y es directamente
responsable. Hay una mística y fatal1 ley religiosa que reverencian y observan los
cristianos de la iglesia griega, que tienen medio olvidada los de la romana y está
absolutamente abolida entre los protestantes. Data de los primeros días del
1 Este vocablo está empleado en este pasaje según su origen etimológico, y significa: encadenamiento de
las cosas, no sujeto a las previsiones humanas sino a las contingencias del destino, o en términos
teosóficos, a la ley del karma. En rigor, lo fatal no ha de ser necesariamente desgraciado, pues la palabra
deriva de hado o destino, equivalente a karma. N. del T.

cristianismo, y es símbolo y expresión de aquella otra ley oculta a que antes nos
referimos acerca de las relaciones entre Maestro y discípulo. Consiste en que el padrino
y la madrina de la criatura en las fuentes bautismales contraen parentesco espiritual
entre sí y con su ahijado2. Los padrinos toman tácitamente sobre sí todos los pecados
del ahijado3 hasta que éste tiene uso de razón para conocer el bien y el mal y es
responsable de sus actos. Esto explica por qué los Maestros son tan escrupulosos, y por
qué a los discípulos se les exigen: siete años de prueba para demostrar su aptitud y
adquirir las cualidades requeridas por la seguridad de Maestro y discípulo.
El ocultismo no es magia. Resulta relativamente más fácil aprender las artimañas del
hechizo y los procedimientos para valerse de las sutiles, pero todavía materiales fuerzas
de la naturaleza física, porque muy luego se despiertan las potencias del alma animal
del hombre y prontamente se desarrollan las energías actualizadas por su amor, su odio
y sus pasiones. Pero esto es magia negra o hechicería únicamente del motivo depende
que el ejercicio de una facultad sea maligna y negra magia o bien magia blanca y
provechosa. Cuando en el actuante queda la mas leve huella de egoísmo, no es posible
utilizar las energías espirituales porque la intención no es absolutamente sincera, y la
energía espiritual se transmutará en psíquica, que obre en el plano astral con tal vez
funestos resultados.
Las potencias y energías de la naturaleza animal, lo mismo puede utilizarlas –el
egoísta y vengativo, que el abnegado e indulgente. Las potencias y energías del espíritu
sólo cederán al manejo de quien tenga perfectamente puro el corazón. Esto es magia
divina.
Así pues, ¿qué condiciones se requieren para ser estudiante de la Sabiduría divina?
Porque conviene advertir que no es posible instrucción alguna sobre este punto, a
menos que durante los años de estudio se satisfagan y rigurosamente se cumplan
determinadas condiciones. Este es un requisito indispensable y sine qua non. Nadie
sabrá nadar si no se arriesga en aguas profundas. Ningún ave puede volar antes de que
le crezcan las alas y disponga de espacio para moverlas y de valor para lanzarse al aire.
Quien quiera manejar una espada de dos filos debe saber esgrimir a la perfección el
florete para no herirse, o lo que es peor, dañar a otros al primer intento.
Todo instructor oriental poseo “reglas privadas” al objeto de enseñar con toda
seguridad el estudio de la Sabiduría divina; y esto dará aproximada idea de las
condiciones en que se ha de proseguir dicho estudio, para que la magia divina no se
2 Tan sagrado se juzga este parentesco espiritual en la iglesia griega, que el matrimonio entre padrino y
madrina de una misma criatura, se diputa por incesto de la peor especie y es, legalmente nulo. Esta
prohibición matrimonial alcanza a los hijos del padrino respecto de los de la madrina y viceversa.
3 Al bautizado se le unge con la crisma, como en la iniciación; y en verdad que el bautismo es un misterio.
invierta en magia negra. Los pasajes siguientes están escogidos de entre gran número
de ellos y se continúa su explicación entre paréntesis:
1º El lugar elegido para recibir instrucción debe ser tal, que no se distraiga la mente y
esté lleno de objetos magnéticos de “estimuladora influencia”. Entre otras cosas, han de
estar reunidos en un círculo los cinco colores sagrados. El lugar debe hallarse libre de
toda influencia maligna que planee en el ambiente.
[El lugar ha de servir exclusivamente Para la instrucción, y apartado de propósito. Los
“colores sagrados” son los matices del espectro, dispuestos en determinado orden, Pues
son muy magnéticos. Por “influencias malignas” se entiende toda perturbación, disputa,
altercado, malos sentimientos, etc., que se imprimen inmediatamente en la luz astral,
esto es, en la atmósfera, del lugar y planean “por el aire”. Esta primera condición parece
a primera vista muy fácil de cumplir, pero bien considerada resulta una de las más
difíciles de obtener].
2º Antes de que se le permita al discípulo estudiar “cara a cara”, ha de adquirir
conocimientos preliminares en una selecta compañía de otros discípulos legos
(upasaka) cuyo número debe ser impar.
[“Cara a cara” significa en este caso un estudio independiente o separado de los
demás, cuando el discípulo adquiere la instrucción cara a cara de sí mismo (su divino
YO superior) o de su gurú. Entonces recibe cada cual su debida información según el uso
que haya hecho de su conocimiento. Esto sólo puede acaecer al término del cielo de
instrucción].
Antes de que tú, (el instructor) comuniques a tu lanú (discípulo) las buenas (santas)
palabras del LAMRiN, o lo permitas “disponerse” para Dubjed, debes tener cuidado de
que su mente esté por completo purificada y en paz con todos, en especial con sus otros
Yos. De lo contrario, las palabras de Sabiduría y de la buena Ley se dispersarán
arrastradas por los vientos.
[“Lamrin” es un tratado de instrucciones prácticas escrito por Tson–kha–pa. Consta de
dos partes: una, con fines eclesiásticos y exotéricos, y otra para uso esotérico.
“Disponer” para Dubjed es preparar los objetos usados en la videncia, como espejos y
cristales. Los “otros Yos” se refieren a los condiscípulos. A menos que entre los
estudiantes reine la mayor armonía, no será posible el éxito. El instructor ha de hacer la
selección según las magnéticas y eléctricas naturalezas de los estudiantes y
aproximando y ajustando con sumo cuidado los elementos Positivo y negativo].
4º Durante el estudio deben los upasakas mantenerse unidos como los dedos de la
mano. Les enseñarás que todo cuanto perjudique a uno, ha de perjudicar a los demás; y
si lo que uno alegue no encuentra eco en el pecho de los demás, denotará que faltan las
requeridas condiciones y será inútil seguir adelante.
[Difícilmente sucederá esto si la elección preliminar se hizo con los requisitos
magnéticos. De otro modo, los discípulos, aunque parezcan aptos para recibir la verdad,
habrán de esperar muchos años, a causa de su temperamento y de la imposibilidad que
experimentan de ponerse, en armonía con sus compañeros].
5º El gurú debe armonizar a los condiscípulos como si fueran cuerdas de un laúd (vina)
que aunque cada una distinta de las demás, emiten concertados sonidos.
Colectivamente constituyen un teclado que responde en todas sus partes al más ligero
toque (el toque del Maestro). Así sus mentes se abrirán a las armonías de la Sabiduría,
vibrando en modulaciones de conocimiento en todas y en cada una de ellas, con efectos
placenteros para los dioses presidentes (ángeles tutelares o custodios) y provechosos
para el discípulo. También así quedará la Sabiduría por siempre impresa en sus
corazones, sin que jamás se quebrante la armonía de la ley.
6º Quienes deseen adquirir el conocimiento que conduce a los siddhis (potencias
ocultas) han de renunciar a todas las vanidades del mundo y de la vida. (Aquí sigue la
enumeración de los siddhis).
7º Nadie puede continuar siendo upâsaka si se cree diferente de sus condiscípulos y
superior a ellos diciendo: “Soy el más sabio”. “Soy el más santo, y mas grato al Maestro
o a mi comunidad que mi hermano” etc. Los pensamientos del upâsaka han de estar
predominantemente fijos sobre su corazón, eliminando de él todo pensamiento hostil a
cualquier ser viviente, y llenándolo del sentimiento de su unidad con los demás seres y
con todo cuanto en la naturaleza existe. De lo contrario, no es posible el éxito.
8º Un lanú (discípulo) sólo ha de rehuir las influencias externas (las emanaciones
magnéticas de las criaturas vivientes). Por lo tanto, aunque en unidad con todo en su
interna naturaleza, ha de tener cuidado de apartar su cuerpo externo de toda influencia
extraña. Nadie sino él ha de comer en su plato y beber en su vaso. Debe evitar el
contacto corporal (esto es, tocar o que le toquen) con seres humanos o con animales.
[Ni siquiera se permite tener animales domésticos, como perros, gatos, canarios, etc.,
ni tampoco tocar ciertos árboles y plantas. El discípulo ha de vivir, por decirlo así, en su
propia atmósfera, a fin de individualizarla con ocultistas propósitos].
9º La mente debe permanecer embotada para todo menos para las universales
verdades de la naturaleza, so pena de que la “Doctrina del Corazón” se reduzca a la
escueta “Doctrina del Ojo” (esto es, el vano ritualismo exotérico).
10º El discípulo no debe tomar alimentos de índole animal, ni nada que tenga vida.
Tampoco ha de beber vino, ni licores, ni usar opio, pues todas estas cosas son como los
espíritus malignos (lhamaym) que se aferran al incauto y devoran el entendimiento.
[El vino y los licores conservan y contienen el siniestro magnetismo de cuantas
personas contribuyen a elaborarlos. La carne conserva las características psíquicas del
animal de que procede.]
11º Los medios más eficaces de adquirir conocimiento y disponerse a recibir la
sabiduría superior son la meditación, la abstinencia, el cumplimiento de los deberes
morales, los pensamientos apacibles, las palabras amables, las buenas acciones y la
benevolencia hacia todo, con entero olvido de sí mismo.
12º Únicamente por la observancia de las reglas anteriores, puede esperar el lanú la
adquisición, a su debido tiempo, de los siddhis de los arhates, cuyo desenvolvimiento le
conducirá gradualmente a la unidad con el Todo universal.
Estos doce pasajes están entresacados de unas 73 reglas cuya enumeración fuera
inútil, porque ningún significado tendrían en Europa. Sin embargo, por pocos que sean,
bastan para indicar las inmensas dificultades con que en su sendero ha de tropezar el
aspirante a upâsaka, nacido y educado en países occidentales4.
Todos los métodos de educación en Occidente, y más todavía en Inglaterra, se apoyan
en el principio de emulación y porfía. A cada educando se le excita a aprender más
rápidamente, adelantar a sus compañeros y sobrepujarlos en todo lo posible. Se cultiva
asiduamente la equivocadamente llamada “rivalidad amistosa” y este mismo espíritu se
alimenta y vigoriza en todas las modalidades de la vida. Con tales ideas, inculcadas
desde su niñez, ¿cómo puede relacionarse un occidental con sus discípulos “como lo
están los dedos de la mano”? Además, aquellos condiscípulos no son de su propia
elección, o escogidos por él, llevado de personal simpatía y estimación. Los escoge su
instructor en muy distintos puntos, y quien desee ser estudiante debe tener primero la
fortaleza suficiente para matar en su corazón todo sentimiento de aversión y antipatía
hacia los demás. ¿Cómo pueden los occidentales ser capaces ni siquiera de intentar esto
ardientemente?
Por otra parte, los pormenores de la conducta diaria y la prescripción de no tocar ni
aun la mano de las personas más íntimas y queridas, ¡cuan opuestos son a las ideas
occidentales sobre el afecto y los buenos sentimientos! ¡Cuán frío y duro parece todo
ello! Habrá quien tilde de egoísmo el abstenerse de complacer al prójimo. A fin de
progresar uno mismo.
A los que así opinen, dejémosles que difieran hasta otra encarnación el intento de
entrar fervorosamente en el sendero. Sin embargo, no consintamos que se jacten de su
imaginario inegoísmo pues en realidad les engañan las apariencias y convencionalismos
basados en las emotivas efusiones de la llamada cortesía, que pertenecen a la vida
ficticia y no a los dictados de la verdad.
Pero aun prescindiendo de estas dificultades, que cabe considerar como “externas”, si
bien no deja de ser grande su importancia, ¿cómo podrán los estudiantes occidentales
4 Conviene advertir que a todos los discípulos, aunque sean legos, se les llama upâsakas hasta recibir la
primera iniciación, cuando se les da el nombre de upâsaka lanú. Pero antes de entonces se consideran
legos o seglares aun aquellos que pertenecen a las lamaserias y están ya seleccionados.

ponerse en la requerida armonía? En Europa y América es la personalidad tan vigorosa,
que cuantos profesan las letras o las artes se envidian y aun se odian mutuamente. El
odio y la envidia entre los de una misma profesión han llegado a ser proverbiales, y los
hombres procuran lucrar a toda costa, hasta el punto de que los modales urbanos y la
cortesía social no son más que una hipócrita máscara de los demonios del odio y de la
envidia. En Oriente, el espíritu de la inseparabilidad se le inculca a la niñez con tanta
firmeza como en Occidente el espíritu de la rivalidad. Allí no se fomenta la ambición
personal ni los sentimientos y deseos egoístas. Cuando el terreno es naturalmente
fértil, se cultiva en debida forma, de suerte que el niño, al llegar a hombre, está
acostumbrado vigorosa y potentemente a subordinar el yo inferior al Yo superior. En
Occidente predomina la creencia de que el principio guiador de la conducta es el gusto
y disgusto que inspiren los demás hombres y cosas, aunque no lleguen a convertir dicho
principio en norma de vida ni traten de imponerlo a nadie.
Quienes se quejan de haber aprendido poco en la Sociedad Teosófica, fijen su
atención en la siguiente sentencia entresacada de un artículo publicado en la revista
Path de Febrero de 1888: “En cada uno de los grados, la clave está en el mismo
aspirante”. No es “el temor de Dios” el Principio de la Sabiduría, sino que el
conocimiento del Yo es la Sabiduría misma. Al estudiante de Ocultismo que ya practica
alguna de las reglas precedentes, se lo representa, grande y verdadera, la respuesta del
Oráculo de Delfos a todos cuantos anhelaban oculta sabiduría, y que el sabio Sócrates
repitió corroborándola varias veces:
HOMBRE, CONÓCETE A TI MISMO.

*
EL OCULTISMO EN OPOSICIÓN A LAS ARTES OCULTAS
A menudo oí decir, pero nunca lo creí hasta ahora, que
hubiese quien por medio de poderosos encantos
mágicos rindiese a su determinado propósito las leyes
de la Naturaleza.
Milton
El Periódico Correspondencia, de Mayo de 1888, insertó varias cartas que
atestiguan la profunda emoción levantada en algunos ánimos por nuestro
artículo publicado en Abril del mismo año 1888, con el título de Ocultismo
Práctico. Dichas cartas comprueban y reafirman dos conclusiones lógicas, a saber:
1º Que muchos más hombres cultos y de buen entendimiento de los que pudieran
figurarse los materialistas, creen en el ocultismo y la magia5.
2º Que la mayor parte de ellos (incluso muchos teósofos) no tienen claro concepto de
la índole del ocultismo y lo confunden con las ciencias ocultas en general, sin exceptuar
la magia negra.
Las ideas que se forjan de las facultades que el ocultismo confiere al hombre y de los
medios que han de emplearse para adquirirlas son tan variadas como caprichosas.
Algunos se figuran que para igualar a Zanoni sólo es necesario un maestro en el arte,
que enseñe el camino.
Otros creen que para emular a Roger Bacon, o al conde de San Germán, no tienen más
que atravesar el canal de Suez e ir a la India. Muchos toman por ideal a Margrave con su
siempre renovada juventud, y no cuidan del alma que se ha de entregar en cambio. No
pocos confunden con el ocultismo la hechicería a estilo de la pitonisa de Endor6 que “a
través de la bostezante tierra evoca a los flácidos espectros desde la estigiana
lobreguez a la luz del día” y los disputa por aparecidos adeptos.
5 El Ocultismo difiere grandemente de la magia.
6 La pitonisa o hechicera que vivía en la ciudad hebrea de Endor, de la que el rey Saúl se valió para evocar
el espíritu de Samuel, antes de dar la batalla de los filisteos. (Véase I. Sam. 28: 7–2). N. del T.

La “magia ceremonial”, según las reglas burlonamente expuestas por Eliphas Levi, es
otro imaginario alter ego de la filosofía de los antiguos arhates. En resumen, los prismas
a cuyo través miran el Ocultismo los filósofos cándidos, son tan variados y multicolores
como cabe en la humana fantasía.
¿Se indignarán estos candidatos a la sabiduría y al poder si decimos la pura Verdad?
No solamente es útil, sino que ahora es ya necesario desengañarlos antes de que sea
demasiado tarde. La verdad sobre este punto puede declararse en Pocas palabras: Entre
los centenares que en Occidente se llaman ocultistas, no hay ni media docena que
tengan ni siquiera idea aproximada de la genuina naturaleza de la ciencia que tratan de
dominar. Con pocas excepciones, están todos en pleno camino de la hechicería; pero
dejémoslos restablecer algún tanto el orden en aquel caos que predomina en su mente,
antes de que protesten contra esta afirmación. Que conozcan primero la verdadera
relación entre las ciencias ocultas y el ocultismo, así como la diferencia entre una y otro,
y entonces se indignarán si todavía se figuran estar en lo cierto. Entretanto, digámosles
que el ocultismo difiere de la magia y demás ciencias ocultas, como el esplendente sol
difiere de un candil, y como el inmutable e inmortal espíritu del hombre (reflejo del
absoluto, infinito y desconocido TODO) difiere de la mortal arcilla del cuerpo humano.
En nuestra refinada civilización occidental, donde las lenguas modernas han ido
evolucionando con la formación de palabras expresivas de nuevas ideas y pensamientos,
no se sentía la necesidad de nuevos vocablos para expresar conceptos que tácitamente
se tildaban de “supersticiones”, pues toda nueva modalidad mental aparecía
materializada en la fría atmósfera del egoísmo de Occidente y el incesante afán tras los
dioses de este mundo. Dichos vocablos únicamente hubieran podido expresar ideas que
a duras penas eran capaces de albergar en su mente los hombres cultos, para quienes la
magia es sinónimo de prestidigitación, la hechicería equivalente a crasa ignorancia y el
ocultismo la triste reliquia de los desequilibrados filósofos medievales del fuego, como
Jacobo Boehme y San Martins; expresiones todas que se consideran más que suficientes
para abarcar el campo entero de un “dedal de costura”.
Tanto la palabra magia, como la de hechicería y ocultismo, se usan en Occidente en
sentido despectivo, y por lo general para designar las escorias residuales de los tiempos
del oscurantismo y los perversos siglos de paganismo. Por lo tanto, no hay en nuestro
idioma palabras que definan y maticen la diferencia entre las referidas facultades
anormales, o entre las ciencias que conducen a su adquisición, con la exactitud y fijeza
con que las definen y matizan los idiomas orientales y sobre todo el sánscrito.
Si las autoridades reconocidas en la materia dan a las palabras “milagro” y “hechizo” el
mismo significado, en cuanto les atribuyen la idea de operar prodigios quebrantando
las leyes de la naturaleza (!!), ¿qué significarán para quienes las oyen o pronuncian? El
cristiano, no obstante de “quebrantar las leyes de la naturaleza” al creer firmemente en
milagros, porque dice que los obró Dios por medio de Moisés, desdeñará los hechizos o
encantamientos de los magos de Faraón, o los atribuirá al demonio.
Nuestros piadosos enemigos relacionan al demonio con el ocultismo, mientras que sus
impíos adversarios, los infieles, se ríen de Moisés, de los magos y de los ocultistas, y se
sonrojarían de prestar seria atención a semejantes “supersticiones”. Todo esto por no
haber adecuadas palabras para expresar la diferencia entre lo sublime y verdadero y lo
absurdo y ridículo, ni señalar los claroscuros límites que los separan. Lo absurdo y
ridículo son las teológicas interpretaciones que hablan del “quebrantamiento de las
leyes de la naturaleza” por el hombre, Dios o el demonio. Lo sublime y verdadero son
los cientos milagros y encantamientos de Moisés y los magos, de conformidad con las
leyes naturales. Tanto Moisés como los magos egipcios estaban versados en la sabiduría
aprendida en los santuarios (que eran las academias y corporaciones científicas de
aquellos días) y en el verdadero ocultismo.
La palabra ocultismo induce seguramente a error, tal como está traducida de la
palabra compuesta Gupta–Vidya, que significa “conocimiento secreto”. Pero
¿conocimiento de qué? Algunos términos sánscritos nos ayudarán a responder.
Entre otros muchos nombres de las diversas clases de ciencia esotérica que aparecen
en los Puranas esotéricos, citaremos por más notables los cuatro siguientes:
1º Yajna–Vidya 7 es el conocimiento de las ocultas fuerzas de la naturaleza, puestas en
acción por la práctica de ciertos ritos y ceremonias religiosas.
2º Mahavidya, que significa “gran conocimiento”. Es la magia de los cabalistas y del
culto tantrika, aunque suele degenerar en hechicería de la peor especie.
3º Guhya Vidya, o conocimiento de las místicas fuerzas del sonido (éter); y por lo
tanto, de los mantras cantados en las oraciones y encantamientos, cuya eficacia
depende del ritmo y la melodía. También se define diciendo que es una práctica mágica
fundada en el conocimiento y correlación de las fuerzas de la naturaleza.
4º Atma–Vidya, que los orientalistas traducen literalmente por “Conocimiento del
alma” o verdadera Sabiduría, pero que significa mucho más.
7 Dicen los brahmanes que el Yajna existe desde la eternidad y procede del Ser Supremo… en quien está
latente “sin principio”. Es la clave de la traividya, la ciencia tres veces sagrada, contenida en los versículos
de los ritos sacrificiales. Según la INTRODUCCIÓN al brahmana Aitareya: “El Yajna existe en todo
tiempo, tan invisible como la energía almacenada en un acumulador eléctrico cuya actualización requiere
únicamente el debido manejo del aparato. Se supone que el Yajna se dilata desde el ahavaniya o fuego
del sacrificio, hasta los cielos, en forma de puente o escalera por la cual puede el sacrificador comunicarse
con el mundo espiritual y aun elevarse en vida hasta las moradas de los dioses”. El Yajna es una
modalidad del akâza, y para actualizarla es preciso que el sacerdote iniciado pronuncie la Palabra pedida,
bajo el impulso del poder de la voluntad. – Véase Isis sin Velo – Ante el velo, tomo I.
El Atma–Vidya es la única clase de ocultismo a que debe aspirar todo prudente e
inegoísta teósofo admirador de Luz en el Sendero. Las demás modalidades de ocultismo
son ramificaciones de las ciencias ocultas, esto es, artes basadas en el conocimiento de
la última esencia de todas las cosas en los reinos de la naturaleza (mineral, vegetal y
animal). Quien conoce esta última ciencia conoce también el reino material de la
naturaleza, por invisible que sea dicha esencia y por mucho que hasta ahora haya
escapado a las investigaciones científicas.
La alquimia, astrología, fisiología oculta y quiromancia tienen su razón de ser en la
naturaleza, y las ciencias que acaso por su inexactitud se llaman exactas en esta época
de paradójicas filosofías han descubierto ya no pocas de las citadas artes.
Pero la clarividencia, simbolizada en la India por el “Ojo de Siva” y llamada en el Japón
“Visión infinita”, no es el hipnotismo, hijo bastardo del mesmerismo y ni se adquiere
por medio de tales artes.
Todas las demás modalidades de ocultismo pueden dominarse y obtener de ellas
resultados buenos, malos o indiferentes; pero el Atma–Vidya no les da mucho valor,
pues a todas incluye y aun a veces las utiliza con benéficos propósitos después de
eliminar las escorias y tener cuidado de que no quede ni el menor elemento egoísta.
Expliquemos la cuestión. Toda persona puede estudiar cualquiera de las mencionadas
“artes ocultas” sin preparación especial, sin restringir demasiado su género de vida ni
depurar gran cosa su moralidad; pero en este caso, el noventa por ciento de los
estudiantes que se hayan distinguido en una razonable modalidad de magia, se
precipitan inconsideradamente en la negra. Pero ¿qué les importa? También los vudus y
los dugpas comen, beben y se alborozan en las hecales; y otro tanto, en diverso sentido,
hacen los amables caballeros que practican la vivisección y los hipnotizadores
diplomados por las Facultades de Medicina. La única diferencia entre ambos consiste en
que los vudus y los dugpas son hechiceros conscientes y los vivisectores de la taifa de
Charcot y Richet lo son inconscientes.
Pero como unos y otros han de cosechar los frutos de sus acciones en el arte negra, los
practicantes occidentales no dejarán de obtener gozoso provecho aunque luego reciban
su castigo, porque el hipnotismo y la vivisección, tal como se practican en Occidente,
son pura y simple hechicería, menos el conocimiento que poseen los vudus y dugpas, y
que ningún Charcot ni Richet puede adquirir en medio siglo de arduos estudios ni
experimental observación. Por lo tanto, que se queden sin Vidya–Atma o verdadero
ocultismo quienes lo desdeñan para chapucear en la magia, conscientes o no de su
índole, y repugnan por demasiado rigurosas las reglas impuestas a los estudiantes.
Dejémoslos que sean magos por cualquier medio, aunque durante las diez
encarnaciones siguientes no pasen de vudus y dugpas.
Sin embargo, el interés del lector se enfocará probablemente en quienes sienten
invencible atracción hacia el ocultismo, aunque todavía no hayan subyugado sus
pasiones ni mucho menos sean verdaderamente inegoístas. ¿Cómo proceder con estos
desgraciados a quienes así desgarran por mitad fuerzas antagónicas? Porque
demasiadas veces se ha dicho, para que haya que repetirlo, y es cosa evidente a
cualquier observador y que una vez despertado de veras en el corazón del hombre el
anhelo por el ocultismo, no le queda esperanza de paz ni lugar de descanso y consuelo
en el mundo. Una incesante y roedora inquietud, que no puede apaciguar, le empuja a
las más desoladas y ásperas circunstancias de la vida. Su ánimo es demasiado pasional y
egoísta para permitirle el paso por las Puertas de Oro, y no halla paz ni descanso en la
vida ordinaria. Así pues, ¿ha de caer inevitablemente en hechicería y magia negra y
acumularse durante, muchos años un karma terrible? ¿No hay para él otro camino?
Seguramente lo hay. No aspire a mayores cosas que las que se vea capaz de cumplir.
No eche sobre sus hombros una carga demasiado pesada. Aunque no llegue a ser un
mahatma, un buddha o un gran santo, si estudia la filosofía y la ciencia del alma podrá
ser un modesto bienhechor de la humanidad, por más que carezca de facultades
“sobrehumanas”, pues los siddhis o facultades del arhat se reservan únicamente para los
capaces de consagrar su vida al cumplimiento al pie de la letra de los terribles sacrificios
que su adquisición requiere. Ha de saber y recordar para siempre, que el verdadero
Ocultismo o Teosofía es la incondicional y absoluta renunciación de la personalidad en
pensamiento y obra. Es altruismo, y quien lo practica queda enteramente escogido de
entre las filas de los vivientes, tan luego como se entrega a la obra y porque “no vive
para él sino para el mundo”. Mucho se le dispensa durante los primeros años de prueba;
pero tan pronto como pasa a ser discípulo “aceptado” debe desvanecer su personalidad
y convertirse en una fuerza benéfica de la naturaleza. Desde entonces se abren a su
paso dos caminos opuestos: ha de ascender trabajosamente, paso a paso, durante
numerosas encarnaciones, sin intervalo devacánico, por la áurea escala que conduce al
arhatado; o al dar el primer paso en falso, resbalará escala abajo, rodando hasta el fondo
de la magia negra.
Todo esto se ignora o se ha olvidado enteramente en nuestros días. En efecto, quien
sea capaz de observar la silente evolución de las preliminares aspiraciones de los
candidatos, echará de ver que suelen preocuparles extrañas ideas. Las hay cuyas
racionales facultades torcieron ajenas influencias hasta el punto de figurarse que las
pasiones animales pueden sublimarse y elevarse de modo que todo su ardor se dirija
hacia dentro, a fin de mantenerlas encerradas en el pecho hasta que, en vez de estallar
su energía, se invierta en dirección a lo alto con santos propósitos; es decir, hasta que la
colectiva fuerza de las reprimidas pasiones capacite al hombre para entrar en el
verdadero santuario del alma y permanecer allí en presencia de su Maestro, del Yo
superior. A este fin no luchan con sus pasiones ni las matan, sino que mediante un
violento esfuerzo de voluntad las reprimen y mantienen en jaque, dejando sus brasas en
rescoldo. Se someten gozosamente a la tortura del joven espartano que consentía que
la zorra le devorase las entrañas antes que deshacerse de ella. ¡Oh, pobres ciegos
visionarios! Fuera esto lo mismo que si a una cuadrilla de deshollinadores, grasientos de
su labor, se les encerrara en un santuario adornado de blanquísimos lienzos, y en vez de
convertirlos con su contacto en un montón de sucios pingajos, se adueñaran del sagrado
recinto y salieran de él tan inmaculados como los lienzos. De igual suerte cupiera
imaginar que una docena de tejones encerrados en la pura atmósfera de un monasterio
(dgon–pa) pudieran salir de él impregnados de los perfumes del incienso. ¡Extraña
aberración de la mente humana! ¿Es posible que así sea? Discutámoslo.
En el santuario de nuestra alma, el “Maestro” es el “Yo superior” el divino Espíritu cuya
conciencia deriva y se funda en la Mente (por lo menos durante la vida mental del
hombre), a la que llamamos alma humana o alma personal (pues el alma espiritual es el
vehículo del Espíritu). A su vez el alma personal está constituida en su aspecto superior
por aspiraciones espirituales, voliciones y amor divino; en su aspecto inferior por deseos
animales y pasiones terrenas, comunicadas por su contacto con el cuerpo astral que es
el asiento de todas ellas. Por lo tanto, el alma personal es el enlace o eslabón entre la
naturaleza animal del hombre, que la razón procura dominar, y la naturaleza espiritual
hacia la que aquélla propende cuando logra ventaja en su lucha con la naturaleza
animal. Esta última es la instintiva alma animal, madriguera de las pasiones que el
imprudente entusiasmo arrulla en su pecho en vez de matar. ¿Cómo esperar que la
cenagosa corriente de la cloaca animal se convierta en el cristalino manantial de las
aguas de la vida? ¿A qué terreno neutral pueden relegarse las pasiones, sin que afecten
al hombre? Las violentas pasiones de amor y lujuria se mantienen vivas en su cuna, es
decir, en el alma animal, porque tanto el aspecto superior como el inferior de la mente
o alma humana rechazan a semejantes huéspedes, aunque no puedan evitar el rozarse
con ellos como vecinos. El Yo superior o Espíritu es tan impermeable a los malos
sentimientos, como incapaz el agua de mezclarse con el aceite o cualquier otro líquido
impuro y grasiento. El único lazo con el hombre y el Yo superior es la Mente, la única
que puede contaminarse y está en incesante riesgo de que las adormecidas pasiones
despierten a cualquier momento y la arrastren al abismo de la materialidad. ¿ Cómo
puede concertarse con la divina armonía del Yo superior, si esta armonía está
quebrantada por la presencia de las pasiones animales en el santuario? ¿ Cómo es
posible que la armonía prevalezca y triunfe, cuando la mente está contaminada y
turbada por el torbellino de las pasiones y los terrenales deseos de los sentidos
corporales y del hombre astral?
Porque el cuerpo astral no es compañero del Yo superior, sino del cuerpo terreno. Es
el lazo entre el manas inferior y el cuerpo físico; el vehículo de la vida transitoria, no de
la inmortal. Como sombra proyectada por el hombre, sigue servil y mecánicamente sus
movimientos e impulsos, propendiendo, por lo tanto, a la materia, sin ascender jamás
hacia el Espíritu. La unión con el Yo superior sólo puede cumplirse cuando, anulada la
fuerza de las pasiones, queden trituradas y aniquiladas en la retorta de una inflexible
voluntad; cuando no sólo han muerto las concupiscencias y ansias de la carne, sino que,
muerta asimismo la personalidad, se invalida el cuerpo astral, que refleja al hombre
triunfante y no a la codiciosa y egoísta personalidad. Entonces el brillante Augoeides, el
divino Yo, vibra en consciente armonía con los dos polos de la entidad humana: El
hombre de purificada materia y la siempre pura alma espiritual. El hombre permanece
en presencia y para siempre se une íntimamente con el yo superior, con el Maestro, el
Cristo de los gnósticos8.
Así, Pues, ¿cómo le fuera posible al hombre entrar por la angosta puerta “del
Ocultismo”, estando sus cotidianos pensamientos ligados a todas horas con las cosas
terrenas, con deseo de poderío, concupiscencias, ambiciones y deberes que, si bien
honrosos, no dejan de ser terrenos? Aun el amor a la familia, el más puro o inegoísta de
los afectos humanos, es un obstáculo para el verdadero ocultismo. Porque si ponemos
por ejemplo el santo amor maternal o el conyugal, aun en estos mismos sentimientos,
analizados en su fondo y enteramente cernidos, encontraremos egoísmo personal en la
madre y egoísmo dual en los cónyuges.
¿Qué madre no sacrificaría sin vacilar cien y mil vidas que tuviera por el hijo de sus
entrañas? ¿Y qué amante marido no satisfaría los deseos de su amada esposa aun a
costa de la dicha ajena?
Se nos dirá que esto es lo natural; pero aunque lo sea según el código de los humanos
afectos, no lo es tanto según el código del divino amor universal. Porque mientras el
corazón palpite de amor tan sólo por unos cuantos seres, los más queridos e inmediatos
¿cómo podrá el resto de la humanidad estar en nuestras almas? ¿Qué tanto de amor y
solicitud quedará en nosotros para concederlo a la “gran huérfana”? ¿Y cómo se hará oír
“la tenue y callada voz” en un alma enteramente ocupada en sus predilectos deudos?
¿Qué lugar se deja allí para las necesidades de la humanidad en conjunto, de modo que
el corazón las sienta y a ellas responda fácilmente? Con todo, quien aspire a
aprovecharse por la sabiduría de la mente universal, ha de lograrlo mediante la
humanidad entera sin distinción de raza, temperamento, creencia, ni condición social.
Sólo el altruismo y no el egoísmo, ni aun en su más noble y legítimo concepto, puede
conducir al hombre a identificar su individual Yo con el Yo universal. El verdadero
discípulo del verdadero ocultismo ha de consagrarse a la obra de satisfacer las
necesidades de la humanidad si quiere adquirir la Theo–Sophy o Sabiduría divina y
Conocimiento.
El aspirante ha de escoger absolutamente entre la vida del mundo y la vida del
ocultismo. Inútil y vano intento es conciliarlas, porque nadie puede servir a dos señores
8 Quienes se inclinen a ver tres Egos en el hombre denotarán su incapacidad para advertir el metafísico
significado de esta afirmación. El hombre es una trinidad de cuerpo, alma y espíritu; pero, sin embargo, el
hombre es uno y seguramente no es su cuerpo físico o transitoria vestidura. Los tres Egos son los tres
aspectos del hombre en los planos astral, mental y espiritual.

y complacer a ambos. Nadie puede servir a su cuerpo y a su Yo superior, ni cumplir los
deberes de familia al propio tiempo que los de la humanidad entera, sin privar a una o a
otra de sus derechos; porque si presta oído a la “tenue y callada voz”, no podrá escuchar
el clamor de sus pequeñuelos; o si atiende a las necesidades de éstos, quedará sordo a la
voz de la humanidad. El casado que intentara seguir el verdadero ocultismo práctico en
vez de la filosofía teórica, habría de sostener una incesante y desatentada lucha, porque
continuamente vacilaría entre la voz del impersonal y divino amor a la humanidad y la
del amor personal y terreno, lo cual sólo podría conducirlo al fracaso en uno u otro o tal
vez en ambos deberes.
No seria esto lo peor, pues quien quiera que después de haberse comprometido en el
ocultismo, ceda al halago de un amor experimentará por casi inmediata consecuencia el
verse irresistiblemente atraído del divino estado impersonal al inferior plano de
materia. El deleite sensual, aun sólo de pensamiento, entraña la inmediata pérdida del
discernimiento espiritual. La voz del Maestro no podrá distinguirse entre la de las
pasiones, como tampoco se distinguirá la de un dugpa, porque en semejantes
circunstancias no es posible distinguir lo justo de lo injusto y la sana moralidad del
estéril nominalismo. El fruto del Mar muerto es la más apropiada alegoría mística,
porque se vuelve ceniza en los labios y acíbar en el corazón, resultando en “cada vez
más profundas tinieblas, loco por sabiduría, culpable por inocencia, ansioso de éxtasis y
desesperado por esperanza”.
Pero una vez engañados y después de obrar según su engaño, muchos hombres
repugnan reconocer su error y se hunden más y más en el fango. Aunque de la intención
deriva principalmente el que la magia sea blanca o negra, los resultados de hechicería
involuntaria e inconsciente no pueden por menos de augurar mal karma. Bastante se ha
dicho en demostración de que hechicería es toda especie de maligna influencia ejercida
sobre otras personas, que sufren o hacen sufrir en consecuencia. El karma es una piedra
que chapoteada en las tranquilas aguas de la vida, levanta ondulaciones cada vez más
amplias hasta el infinito. Las causas engendradas han de producir efectos evidenciados
en la justa ley de retribución.
Muchos de estos defectos podrían evitarse si las gentes se abstuviesen de prácticas
cuya naturaleza e importancia desconocen.
Nadie espere sobrellevar una carga superior a sus fuerzas y facultades. Hay magos
congénitos, místicos y ocultistas de nacimiento, a causa de la directa herencia de una
serie de encarnaciones y siglos de sufrimientos y fracasos. Están ya a prueba de
pasiones. Ningún fuego de origen terreno puede inflamar sus sentidos ni sus deseos.
Ninguna voz humana halla respuesta en sus almas, excepto el ruidoso clamor de la
humanidad. Son los únicos que tienen asegurado el éxito. Pero son rarísimos y pasan
por las estrechas puertas del ocultismo porque no llevan la personal impedimenta de los
transitorios sentimientos humanos. Se han desprendido de los efectos de la naturaleza
inferior, paralizando la animalidad astral, y ante sus pasos se abre la estrecha, pero
áurea puerta.
No les sucede lo mismo a quienes todavía han de llevar durante varias encarnaciones
la carga de los pecados cometidos en pasadas y aun en la presente vida. A menos que
procedan con suma precaución, la áurea puerta de Sabiduría puede trasmutarse para
ellos en la ancha puerta y el espacioso camino que “conduce a la perdición” y por lo
tanto “muchos son los que entran por ella”. Esta ancha puerta es la de las artes ocultas
practicadas con motivos egoístas, sin la restrictiva y benéfica influencia del
Atma–Vidya.
Estamos en la edad Kali, cuya letal influencia es mil veces más poderosa en Occidente
que en Oriente. De aquí las fáciles presas que las Potestades tenebrosas hacen en este
ciclo de lucha, y las muchas ilusiones en que hoy día se agita el mundo, entre ellas la
relativa facilidad con que los hombres se figuran que pueden llegar a la “Puerta” y
cruzar el dintel del ocultismo sin grandes sacrificios. Tal es el sueño de algunos
teósofos, inspirado por el afán de poderío y egoísmo personal; pero estos sentimientos
no los conducirán a la ambicionada meta, pues como dijo uno de quien se cree que se
sacrificó por la humanidad: “Estrecha es la puerta y angosto el camino que lleva a la vida
y pocos son los que la hallan”. Tan estrecha es, en efecto, que a la simple mención de
algunas de las preliminares dificultades, los espantados candidatos occidentales
vuelven la espalda y se marchan temblorosos.
Dejemos que se queden aquí, sin que su mucha flaqueza les consienta mayor intento,
porque ¡ay! de ellos si al volver la espalda a la puerta estrecha, los arrastra su ansia de
ocultismo a dar un paso en dirección de las anchas y halagadoras puertas del áureo
misterio que centellea a la luz de la ilusión. Los conducirá a la magia negra, con
seguridad de desembocar muy luego en el fatal camino del Infierno, a cuya entrada leyó
el Dante estas palabras:
Per me si va nella citta dolente
Per me si va nell´eterno dolore
Per me si va tra la perduta gente.
*
LAS BENDICIONES DE LA PUBLICIDAD
Un conocido conferencista público, un distinguido Egiptólogo, pronunció en una
de sus conferencias contra las enseñanzas de la Teosofía, algunas palabras
sugerentes que citamos ahora y que deben ser contestadas:
“Es una desilusión suponer que existe algo en la experiencia o sabiduría del pasado, cuyos
resultados hallados se pueden comunicar solamente desde debajo del manto y de la
máscara del misterio… La explicación es el alma de la Ciencia. Le dirán no podemos tener su
conocimiento sin vivir su vida… La investigación experimental pública, la prensa y un
programa de libertad de pensamiento, anularon la necesidad del misterio. Ya no es
necesario para la ciencia tomar el velo, tal como ha sido obligado por seguridad en el
pasado…”
Esto es un punto de vista muy equivocado en un aspecto. “Secretos de la vida más pura
y más profunda” no solamente pueden sino deben ser dados a conocer universalmente.
Pero existen secretos que matan en los misterios del Ocultismo, y a menos que un
hombre viva la vida no le pueden ser confiados. El pasado Profesor Faraday tuvo muy
serias dudas si era prudente y razonable revelar al público sin limitación ciertos
descubrimientos de la ciencia moderna. La química llevó en nuestro siglo al invento de
medios de destrucción demasiados terribles como para permitir que caigan en las
manos del profano. Qué hombre de juicio –en la faz de tan infernales aplicaciones de
dinamita y otras substancias explosivas como son hechas por estas encarnaciones del
Poder Destructivo, quienes vanaglorian a si mismos Anarquistas y Socialistas– no
estaría de acuerdo con nosotros en decir: Mucho mejor para la humanidad de que nunca
debería haber detonado una roca por modernos medios perfeccionados, de que debería
haber roto los miembros de un por ciento siquiera de aquellos que fueron destruidos
así por la mano cruel de los Nihilistas rusos, Fenianos irlandeses y anarquistas. Que
tales descubrimientos, y sobre todo su aplicación sanguinaria, deberían haber sido
retenidos del conocimiento público, puede ser mostrado en la autoridad de estadísticas
y comisiones apuntadas a investigar y recordar los resultados de los hechos malignos.
La siguiente información recogida de diarios públicos dará una idea de lo que se pueda
esperar para la miserable humanidad. Solamente Inglaterra – el centro de la civilización
– tiene 21,268 compañías fabricando y vendiendo substancias explosivas9. Pero los
9 La Nitroglicerina se encuentra hasta en compuestos médicos. Médicos y farmacéuticos compiten con
los anarquistas en sus esfuerzos para destruir el excedente de la humanidad. ¡Se dice que las famosas

centros del comercio de dinamita, de máquinas infernales y otros resultados análogos
de la civilización moderna, se encuentran principalmente en Filadelfia y Nueva York. Es
en la antigua ciudad de “Brotherly Love” (Amor Fraternal) donde ahora el más famoso
fabricante de explosivos está prosperando. Es uno de los distinguidos y respetables
ciudadanos –el inventor y fabricante de los más crueles “juguetes de dinamita”– quién,
llamado ante el Senado de los Estados Unidos ansioso de adoptar medios para la
represión de un negocio demasiado libre en estos dispositivos, encontró un argumento
que debía volverse inmortalizado por su sofisma cínico: “Mis máquinas”, se informó que
este experto dijo, “se ven completamente inofensivas, ya que pueden ser fabricadas en
la forma de naranjas, sombreros, botes y lo que uno quiera… Criminal es aquél que
mata a gente con tales máquinas, no aquél que las fabrica. La compañía se niega a
aceptar que si no hubiera suministro, no habría incentivo para la demanda en el
mercado, pero insiste que cada demanda debería ser satisfecha con un suministro a la
mano.
Este “suministro” es el fruto de la civilización y de la publicidad dada al
descubrimiento de cada propiedad homicida en cuestión. ¿Qué es? Como encontrado
en el Reporte de la Comisión designada para investigar la variedad y el carácter de las
llamadas “máquinas infernales”, hasta ahora los siguientes dispositivos de destrucción
humana instantánea ya están a la mano. Las más modernas de todas entre las muchas
variedades fabricadas por el Sr. Holgate son el “Ticker”, la “Eight Day Machine”
(máquina de ocho días), el “Little Exterminator” (exterminador pequeño) y el “Bottle
Machine” (máquina de botella). El “Ticker” es en apariencia como un pedazo de plomo,
un pie de largo y cuatro pulgadas de ancho. Contiene un tubo de hierro o acero, lleno de
una especie de pólvora inventada por el mismo Holgate. No obstante, esta pólvora, en
apariencia como cualquier otra sustancia común de este nombre, tiene una sustancia
explosiva cien veces más fuerte que la pólvora común, conteniendo por lo tanto el
“Ticker” una pólvora que equivale en fuerza a doscientas libras de pólvora común. De un
lado de la máquina se sujeta un invisible mecanismo de relojería para regular el tiempo
de la explosión, el cual puede ser fijado desde un minuto hasta treinta y seis horas. La
chispa se produce mediante una aguja de acero que da una chispa en el oído del cañón y
comunica así el fuego a toda la máquina.
La “Eight Day Machine” está considerada la más poderosa, pero al mismo tiempo la
más complicada de todos estos inventos. Uno tiene que conocer el manejo antes de que
un éxito completo pueda ser asegurado. Debido a esta dificultad, la terrible suerte
destinada al London Bridge y sus alrededores fue desviada por el asesinato instantáneo
de los dos Fenianos criminales. El tamaño y la apariencia de esta máquina cambia,
parecido a Proteus, de acuerdo a la necesidad de traerla a escondidas, de una u otra
tabletas de chocolate contra la dispepsia contienen nitroglicerina! Pueden salvar, pero pueden matar aún
más fácilmente.
forma, sin que la víctima lo note. Puede ser escondida en pan, en un cesto de naranjas,
en un líquido, etc. Se dice que la Comisión de Expertos declaró que su pólvora explosiva
es tal como para reducir a átomos instantáneamente el más grande edificio en el
mundo.
El “Little Exterminator” es un sencillo utensilio de apariencia inocente, teniendo la
forma de una modesta jarra. No contiene ni dinamita ni pólvora, pero segrega un gas
mortal y tiene un mecanismo de reloj casi imperceptible atado a su borde, cuya aguja
indica el tiempo cuando el gas escapará. En un cuarto cerrado este nuevo “vril” letal,
sofocará hasta la muerte, casi inmediatamente, a cada ser viviente en una distancia de
cien pies, el radio de la jarra homicida.
Con estas tres “últimas novedades” en la alta estación de la civilización cristiana, se
cerró el catálogo de los dinamiteros; todo el resto pertenece a la “moda” antigua de los
años pasados. Consta de sombreros, porte cigars (portacigarros), botellas sencillas y
hasta perfumeros, llenados con dinamita, nitroglicerina, etc., etc. – armas, de las cuales,
siguiendo inconscientemente la ley Kármica, algunas mataron a muchos de los
dinamiteros en la última revolución de Chicago. ¡Añade a esto la venidera fuerza
vibratoria de Keely prometida desde hace mucho tiempo, capaz de reducir en pocos
segundos un toro muerto a un puño de ceniza, y entonces pregúntese si el Inferno de
Dante como localidad puede jamás competir con la tierra en la producción de más
máquinas bélicas de destrucción!
Por consiguiente, si dispositivos puramente materiales son capaces de hacer estallar,
desde pocas esquinas, las más grandes ciudades del globo, supuesto que las armas
mortales son dirigidas por manos expertas – ¡que terribles peligros no pueden surgir de
mágicos secretos ocultos revelados y permitidos caer en la posesión de personas
malévolas! Mil veces más peligrosos y letales son estos, porque ni la mano criminal ni el
arma invisible, inmaterial usado, puede jamás ser detectado.
Los magos negros congénitos –aquellos que, por una propensión innata hacia el mal,
unen naturalezas mediumnísticas altamente desarrolladas– son demasiado numerosos
en nuestra edad. Es tiempo cercano entonces que psicólogos y creyentes, por lo menos,
deberían dejar de abogar por las bellezas de la publicidad y demandar conocimiento de
los secretos de la naturaleza para todos. No es en nuestra edad de “sugestión” y
“explosivos” que el Ocultismo pueda abrir en todo lo ancho las puertas de sus
laboratorios excepto a aquellos que viven la vida.
*
EL HIPNOTISMO Y SUS RELACIONES CON OTROS MODOS DE
SUGESTIÓN

PREG.– ¿Qué es el hipnotismo? ¿En qué se diferencia del magnetismo animal o
mesmerismo? 10
RESP.– Hipnotismo es el nuevo nombre científico de una vieja “superstición”
de los “pueblos ignorantes” que se ha denominado de diversas formas, entre otras
“sugestión” y “encantamiento”. Es una mentira anticuada convertida en verdad
moderna. El hecho está ahí, pero su explicación científica aún se hace esperar: algunos
opinan que el hipnotismo es el resultado de una irritación producida artificialmente en
la periferia de los nervios; que esta irritación, reaccionando primero en la periferia, pasa
al interior de las células de la substancia cerebral y causa, por agotamiento nervioso, un
estado que no es sino otra manera de sueño (hipnosis procede del griego hypnos:
adormecimiento); según otros se trata simplemente de una insensibilidad autoinducida
que provoca principalmente la imaginación…
El hipnotismo difiere del magnetismo animal en que el estado hipnótico es producido
por el método Braid, que es puramente mecánico (la fijación de los ojos en algún punto
brillante, un metal o cristal), y se convierte en magnetismo animal o mesmerismo
cuando se logra por medio de pases mesmerianos sobre el paciente. Cuando se usa el
primer método no intervienen corrientes electropsíquicas ni electrónicas, sino
simplemente vibraciones mecánicas, moleculares, del metal o cristal contemplado
fijamente por el sujeto. El ojo –el órgano externo más misterioso de nuestro cuerpo– es
el que, sirviendo como intermediario entre ese trozo de metal o cristal y el cerebro,
armoniza las vibraciones moleculares de los centros nerviosos de este último en
unisonancia (es decir, igual número de oscilaciones respectivas) con las vibraciones del
objeto brillante que está siendo sostenido. Y es esta unisonancia la que produce el
estado hipnótico.
Pero en el segundo caso, el nombre correcto para el hipnotismo sería ciertamente
“magnetismo animal”, o la tan ridiculizada denominación de “mesmerismo”. Pues en la
hipnotización por pases preliminares es la voluntad humana del operador –tanto
10 La siguiente exposición –respondiendo a las demandas que hicieron a H.P. Blavatsky sus discípulos– se
fundamenta en los conocimientos del Ocultismo. Y no se tomarán en consideración aquellas hipótesis de
la ciencia moderna (otra forma de denominar al materialismo) que estén en desacuerdo con las
enseñanzas esotéricas.

conciente como inconscientemente– la que actúa sobre el sistema nervioso del
enfermo. También gracias a las vibraciones –solamente atómicas y no moleculares– que
se producen en el éter del espacio mediante esa acción enérgica llamada Voluntad (un
plano de acción completamente distinto al del otro método), se consigue ese estado
supra–hipnótico (“sugestión”).
Pero las que llamamos “vibraciones de voluntad” y sus auras son absolutamente
distintas de las vibraciones producidas por el simple movimiento molecular mecánico; y
en los planos cosmoterrestres cada una actúa en niveles separados. Aquí es necesaria,
claro está, una nítida comprensión de lo que se entiende por Voluntad en las Ciencias
Ocultas.
PREG. – Tanto en el hipnotismo como en el magnetismo animal hay un acto de
voluntad por parte del operador, un transito de algo de él al paciente, un efecto sobre el
paciente. ¿Qué es ese “algo” transmitido en ambos casos?
RESP.– Aquello que es transmitido no tiene nombre en las lenguas europeas, y si lo
describimos simplemente como voluntad pierde todo su sentido. Las viejas palabras
convertidas en tabú, como “encantamiento”, “fascinación”, “hechizo”, “ensalmo”, y
especialmente el verbo “hechizar”, sugerían mucho mejor la acción real que estaba
teniendo lugar durante el proceso de tal transmisión, que los términos modernos y sin
sentido como “psicologizar” y “biologizar”.
El Ocultismo denomina a la fuerza transmitida “fluido áurico”, para distinguirla de la
“luz áurica”. El “fluido” es una correlación de átomos en un plano superior, y un
descenso al inferior bajo la forma de substancias plásticas impalpables e invisibles,
generadas y dirigidas por la voluntad potencial. Por otra parte, la “luz áurica” –o lo que
Reichenbach llama Od–, una luz que circunda todo objeto animado e inanimado en la
Naturaleza, es sólo el reflejo astral que emana de los objetos; su color o colores
particulares, las combinaciones y variaciones de éstos, denotan el estado de las gunas (o
cualidades y características de cada objeto y sujeto particular), y el aura del ser humano
es la más intensa de todas.
PREG.– ¿Qué bases racionales tiene el “vampirismo”?
RESP. – Si con esta palabra se entiende la transmisión involuntaria de una porción de
la propia vitalidad o “esencia de vida” mediante una suerte de ósmosis misteriosa de
una persona a otra –estando esta última dotada de esta facultad vampirizadora, o bien,
sufriéndola– puedo asegurarle que es posible comprender el fenómeno estudiando bien
la naturaleza y la esencia de ese “fluido áurico” semi–material del que acabamos de
hablar.
Como en todo desarrollo oculto de la Naturaleza, este proceso endosmótico y
exosmótico puede ser hecho benéfica o maléficamente, ya sea de forma inconsciente o
a voluntad. Cuando el operador sano mesmeriza a un paciente con el deseo
determinado de aliviarle y curarle, el agotamiento sentido por el primero es
proporcional al alivio dado: ha tenido lugar un proceso de endósmosis en el que el
sanador ha cedido una porción de su aura vital para beneficiar al hombre enfermo. El
vampirismo, por otra parte, es un proceso mecánico y ciego, generalmente producido
sin el conocimiento del que absorbe ni de la persona vampirizada. Es Magia Negra,
conciente o inconciente, según los casos (pues cuando se trata de adeptos y hechiceros
entrenados, el proceso se realiza concientemente y guiado por la voluntad. Pero en
ambas ocasiones, el agente de transmisión es una capacidad magnética y de atracción
cuyos resultados se manifiestan en el plano terrestre y fisiológico, aunque es producida
y generada en el plano “cuatri–dimensional” –el reino de los átomos–.
PREG.– ¿En qué circunstancias es el hipnotismo “Magia Negra”?
RESP.– En las que acabamos de mencionar. Pero abarcar totalmente el tema, aun
dando pocos ejemplos, demandaría más espacio del que podemos utilizar para estas
respuestas. Baste decir que siempre que el motivo con que actúe el operador sea
egoísta o vaya en detrimento de cualquier ser vivo, la acción será clasificada por
nosotros como Magia Negra. El saludable fluido vital impartido por el médico que
mesmeriza a su paciente puede curar, y de hecho cura. Proporcionado en demasía, llega
a matar11.
PREG.– ¿Hay alguna diferencia entre la hipnosis producida por medios mecánicos,
tales como hacer pendular espejos, y la producida por la mirada fija y directa del
operador (fascinación)?
RESP.– Esta diferencia ha sido ya señalada en la respuesta a la primera pregunta. La
mirada fija del operador es más potente, y por ello más peligrosa, que los simples pases
mecánicos del hipnotizador –quien en nueve de cada diez casos no sabe cómo (ordenar),
y por tanto no puede ordenar–. Los estudiantes de la Ciencia Esotérica deben entender
que, por las mismas leyes de las correspondencias ocultas, la primera acción se ejerce en
el primer plano de la materia (el inferior), mientras que la última, que necesita una
voluntad bien concentrada, debe realizarse en el cuarto (si el operador es un novicio
profano) o en el quinto plano (si tiene algo de ocultista).
PREG.– ¿Por qué un trozo de cristal o un botón brillante son capaces de lanzar a una
persona al estado hipnótico y no afectan de ninguna manera a otra persona? Una
contestación a esto pensamos que resolvería más de una duda.
RESP.– La ciencia ha ofrecido varias hipótesis diferentes sobre el tema, pero hasta
ahora no ha aceptado ninguna como definitiva. Su incapacidad para encontrar una
explicación válida reside en que todas sus especulaciones giran en el círculo vicioso de
11 La explicación detallada de esto último se encuentra en la respuesta a la pregunta séptima, cuando se
evidencia que el experimento vibratorio puede romper un vaso en pedazos.

los fenómenos físicos y materiales con sus fuerzas ciegas y teorías mecánicas. El “fluido
aúrico” no es reconocido por los hombres de ciencia, y por tanto lo rechazan. Sin
embargo, ¿no han estado creyendo durante años en la eficacia de la metaloterapia,
disciplina que considera que la influencia de los metales sobre el sistema nervioso se
debe a la acción de los fluidos eléctricos o corrientes que poseen? Y esto simplemente
porque se encontró que existía una analogía entre la actividad de este sistema y la
electricidad. Pero la teoría falló, porque chocó con las observaciones y
experimentaciones más cuidadosas. En primer lugar fue contradicha por un hecho
fundamental que se daba en metaloterapia, y que ha demostrado ser la característica
más peculiar de esta ciencia:
a) que no siempre cualquier metal actuaba en toda enfermedad nerviosa, siendo un
paciente sensible a algún metal mientras que todos los demás no producían ningún
efecto en él;
b) que los pacientes afectados por ciertos metales eran pocos y excepcionales.
Esto demostraba, aparentemente, que los “fluidos eléctricos” curando y operando
sobre las enfermedades existían sólo en la imaginación de los teóricos. Si hubieran
tenido alguna existencia auténtica, entonces todos los metales influenciarían, en mayor
o menor grado, a todos los pacientes; y todo metal, tomado separadamente, influiría en
todos los casos de enfermedad nerviosa, siempre que las condiciones para generar tales
fluidos en los casos dados fueran exactamente las mismas.
El Dr. Charcot reivindicaba al Dr. Burke –el antaño desprestigiado descubridor de la
metaloterapia–, mientras que Shiff y otros desacreditaban a todos los que creían en la
existencia de los fluidos eléctricos (teoría que parece desplazada por la hipótesis del
“movimiento molecular”, que, naturalmente por ahora, ejerce el dominio absoluto en
fisiología).
Pero entonces surge una pregunta: la verdadera naturaleza, el comportamiento y las
condiciones del “movimiento”, ¿son mejor conocidos que la naturaleza,
comportamiento y condiciones de los “fluidos”? Hay que dudarlo. De cualquier manera,
el Ocultismo es lo suficientemente audaz como para sostener que los fluidos eléctricos
o magnéticos (que en realidad son exactamente iguales) son debidos en su esencia y
origen al mismo movimiento molecular –transformado ahora en energía atómica–, al
que también es debido cualquier otro fenómeno en la Naturaleza. En efecto: que la
aguja de un galvanómetro o electrómetro no oscile señalando la presencia de un fluido
electrónico o magnético no prueba, en absoluto, que no haya tales a registrar.
Simplemente, el electrómetro no puede ser afectado por la energía desplegada en un
plano del que está desconectado completamente, y en muchos casos los fluidos pasan a
un plano de acción superior.
Hemos tenido que explicar lo anterior para mostrar que la naturaleza de la fuerza
transmitida por un hombre u objeto a otro hombre u objeto, tanto en el hipnotismo, la
electricidad, la metaloterapia, como en la “fascinación”, es la misma en esencia, variando
sólo en su gradación, y modificada de acuerdo al subplano de materia en que está
actuando. Como todo ocultista sabe, estos subplanos son siete en nuestro plano
terrestre, así como en cualquier otro.
PREG.– ¿Está la ciencia completamente equivocada en su definición del fenómeno
hipnótico?
RESP.– No tiene definición alguna, hasta el momento. Ahora bien, si hay una cosa en
la que está de acuerdo el Ocultismo (hasta cierto punto) con los últimos
descubrimientos de la ciencia física, es en el hecho de que todos los cuerpos dotados de
la propiedad de inducir o provocar metaloterapia u otros fenómenos análogos, tienen, a
pesar de su gran variedad, una característica en común. Todos ellos son fuentes y
generadores de rápidas oscilaciones moleculares que, bien a través de agentes
transmisores, bien por contacto directo, se comunican ellos mismos con el sistema
nervioso, cambiando de ese modo el ritmo de las vibraciones nerviosas bajo la única
condición, eso sí, de estar en unisonancia.
Ahora bien, la unisonancia no implica siempre igualdad de naturaleza o de esencia,
sino simplemente identidad de grado, semejanza con respecto a la gravedad y agudeza,
e igualdad de potencia en la intensidad del sonido o del movimiento; un timbre puede
tener unisonancia con un violín, y una flauta con un órgano humano o animal. Además,
el porcentaje del número de vibraciones, especialmente en una célula u órgano animal,
cambia según el estado de salud y la condición general. De aquí que los centros
nerviosos del cerebro de un sujeto hipnotizado –aun cuando estén en perfecto unísono,
en grado potencial y en una actividad original esencial, con el objeto contemplado
fijamente– puedan, no obstante, entrar en desacuerdo en el número de vibraciones de
dicho objeto, a causa de alguna perturbación orgánica. En un caso así no se producirá la
condición hipnótica, y de ninguna manera podrá existir unisonancia entre las células
nerviosas y las células del cristal o del metal que se contempla; por lo tanto, ese objeto
particular no tendrá ningún efecto sobre él.
La conclusión de todo esto sería que se requieren dos condiciones para asegurar el
éxito en un experimento hipnótico:
1) como todo cuerpo orgánico o “inorgánico” posee en su naturaleza un número
específico y constante de oscilaciones moleculares, es necesario encontrar cuáles son
aquellos cuerpos que actuarán al unísono con un determinado sistema nervioso
humano;
2) recordar que las oscilaciones moleculares de un cuerpo pueden influir en la
actividad del sistema nervioso sólo cuando los ritmos de sus vibraciones respectivas
coincidan, es decir, cuando el número de sus oscilaciones sea idéntico; efecto que en el
caso del hipnotismo conseguido por medios mecánicos, se logra a través del ojo.
Aunque la diferencia entre la hipnosis producida por medios mecánicos y la que
consigue la mirada directa del operador más su voluntad, depende del plano en que se
produzca el fenómeno, el agente “fascinador” o dominante es creado por la misma
fuerza en acción. En el mundo físico y en sus planos materiales es denominada
movimiento; en los mundos mental y metafísico es conocida como voluntad –el
polifacético agente mágico que actúa en toda la Naturaleza–.
Así como la frecuencia de vibraciones (movimiento molecular) en los metales,
maderas, cristales, etc., cambia bajo el efecto del calor, del frío, etc., también las
moléculas cerebrales aumentan o disminuyen su frecuencia de la misma forma. Esto es
lo que realmente tiene lugar en el fenómeno del hipnotismo. En el caso de la
contemplación con mirada fija, es el ojo –principal agente de la voluntad del operador
activo, pero esclavizante y traidor cuando la voluntad está dormida– el que, de manera
inconsciente para el paciente o sujeto, armoniza las oscilaciones de sus centros
nerviosos cerebrales con el número de vibraciones del objeto contemplado, alcanzando
el ritmo de este último y llevándolo al cerebro. Pero en el caso de los pases directos, es
la voluntad del operador la que, irradiándose a través de su ojo, produce la requerida
unisonancia entre su voluntad y la de la persona sobre la que actúa. Esta clase de
unisonancia se explica porque en dos objetos armonizados, por ejemplo dos acordes,
uno será siempre más fuerte que el otro, y por lo tanto predominará sobre él, e incluso
tendrá la capacidad de destruir a su “correspondiente” (más débil que él).
La ciencia física corrobora este hecho. Tomemos como ejemplo actual el de la “llama
sensitiva”. La ciencia nos dice que si es tocada una nota al unísono con la frecuencia de
oscilaciones de las moléculas calóricas, la llama responderá inmediatamente al sonido o
nota tocada, de forma que “danzará y cantará” al ritmo de la música. Pero la Ciencia
Oculta añade que la llama también puede ser extinguida si se intensifica el sonido o
nota. He aquí otra prueba: cójase una copa de vino o un vaso de cristal muy fino y
transparente; produzca, golpeando suavemente con una cuchara de plata, una nota bien
determinada; reproduzca después la misma nota friccionando el borde con un dedo
húmedo, y si el experimento tiene éxito el vaso se resquebrajará y romperá
inmediatamente. Indiferente a cualquier otro sonido, el vaso no resiste la gran
intensidad de su propia nota fundamental, pues esa vibración particular causa tal
conmoción en sus partículas que toda su estructura cae en pedazos.
PREG.– ¿Qué sucede con las enfermedades curadas mediante el hipnotismo? ¿Son
realmente curadas, son pospuestas, o aparecen bajo otra forma? ¿Pertenecen las
enfermedades a nuestro karma? Y si es así, ¿es correcto tratar de curarlas?
RESP.– La sugestión hipnótica puede curar para siempre, y también puede que no.
Todo depende del grado de relaciones magnéticas entre el operador y el paciente. Si
son kármicas, serán sólo pospuestas y retornarán bajo alguna forma diferente, no
necesariamente como enfermedad, sino como un mal punitivo de otro tipo. Siempre
que podamos, es “correcto” tratar de aliviar el sufrimiento, poniendo en ello lo mejor de
nosotros mismos. Porque un hombre sufra justa prisión, ¿es ésta una razón para que el
médico no trate de curarle en su húmeda celda cuando coja fiebre?
PREG.– ¿Es necesario que las “sugestiones” hipnóticas del operador sean pronunciadas
con palabras?; ¿no es suficiente para él con pensarlas? Y además, ¿no es posible que sea
ignorante y no tenga conciencia de la inclinación que está produciendo en el sujeto?
RESP.– Ciertamente no, si la conformidad que existe entre los dos está firmemente
establecida de una vez para siempre. El pensamiento es más poderoso que la palabra en
casos de una real subyugación de la voluntad del paciente a la del operador. Pero, por
otra parte, a menos que la “sugestión” sea hecha para el solo beneficio del sujeto y esté
completamente desprovista de cualquier motivo egoísta, una sugestión por el
pensamiento es un acto de Magia Negra, aun más cargada de malas consecuencias que
la sugestión hablada. Es siempre erróneo e ilícito privar a un hombre de su libre
voluntad, a menos que sea para su propio bien y el de la Sociedad. Y aun así, esto debe
hacerse con gran discernimiento. El Ocultismo considera todas estas inmorales
tentativas como Magia Negra y hechicería, sean concientemente realizadas o no.
PREG.– ¿Afecta la intención y el carácter del operador al resultado, inmediato o
remoto?
RESP.– Sí, en la medida en que el proceso hipnótico se convierte bajo su operación en
Magia Blanca o Negra, como hemos visto en la pregunta anterior.
PREG.– ¿Es prudente hipnotizar a un paciente, no sólo para curarle una enfermedad,
sino para disminuir hábitos suyos tales como la bebida o el mentir?
RESP.– Es un acto de caridad y nobleza, próximo a la sabiduría. Pues aunque el
menguar sus hábitos viciosos no añadirá nada a su buen karma (el individuo lo podría
hacer con sus esfuerzos personales para reformarse, por su propia voluntad, mediante
grandes luchas físicas y mentales), una “sugestión” afortunada podrá prevenirle de
generar más karma negativo y de aumentar constantemente el historial de sus
transgresiones.
PREG.– ¿Qué es lo que el “sanador por la fe”, o curandero, ejerce sobre sí mismo
cuando tiene éxito? ¿Qué ardides emplea con sus principios y con su karma?
RESP.– La imaginación es una ayuda poderosa en cualquier hecho de nuestras vidas.
La imaginación actúa sobre la fe, y ambos son los delineantes que preparan los bocetos
que la voluntad grabará más o menos profundamente en las rocas de los obstáculos y
las oposiciones esparcidas en el sendero de la vida.
Paracelso dice: “La fe debe confirmar la imaginación, pues la fe establece la voluntad…
Una voluntad direccionada es el comienzo de todas las operaciones mágicas… Las artes
(de lo mágico) son inciertas, porque los hombres no imaginan ni creen de manera
perfecta en el resultado, cuando podrían ser perfectamente ciertas”. Este es todo el
secreto. La mitad, si no las dos terceras partes, de nuestras enfermedades y achaques
son el fruto de nuestra imaginación y nuestros miedos. Destruid estos últimos y dadle
un nuevo impulso a la primera, y la Naturaleza hará el resto. No hay nada pecaminoso o
nocivo en los métodos en sí. Ellos llegan a hacer dado sólo cuando la creencia en tal
poder se hace demasiado arrogante y marcada en el sanador por la fe, y cuando cree
que puede alejar con la voluntad, males que necesitan, para no llegar a ser fatales, la
ayuda inmediata de médicos y cirujanos expertos.
*
MAGIA NEGRA EN LA CIENCIA
Empieza la investigación donde la conjetura
moderna cierra sus fieles alas
– Bulwer's, Zanoni
La negación opaca de ayer se convirtió en el axioma
científico de hoy
– Aforismos Comunes.

Hace miles de años los Dáctilos Frigios, los sacerdotes iniciados, llamados los
“magos y exorcistas de enfermedades”, curaban enfermedades mediante
procesos magnéticos. Se sostenía que obtuvieron estos poderes curativos del
aliento poderoso de Cibeles, la deidad de múltiples senos, la hija de Coelus y Terra. En
verdad, su genealogía y los mitos atados a ella, muestran a Cibeles como la
personificación y el tipo de la esencia vital, cuya fuente se localizaba por los antiguos
entre la tierra y el cielo estrellado y que era considerado como el verdadero fons vitæ
de todo lo que vive y respira. Estando el aire de la montaña situado más cerca de esta
fuente, fortifica la salud y prolonga la existencia del hombre; por lo tanto la vida de
Cibeles, como infante, está mostrada en su mito como haber sido preservada en una
montaña. Esto fue antes de que Magna y Bona Dea, el Mater prolífico, fue transformado
en Ceres–Demeter, la patrona de los Misterios Eleusinianos.
Magnetismo animal (ahora llamado Sugestión e Hipnotismo) era el agente principal
en los misterios teúrgicos así como en Asclepieia –los templos curativos de Aesculapius,
donde los pacientes, una vez admitidos, eran tratados, durante el proceso de
“incubación”, magnéticamente durante su sueño.
Esta fuerza creativa y vivificante –negada y ridiculizada cuando se llamaba magia
teúrgica, acusada durante el último siglo por estar principalmente basada en
superstición y fraude, cada vez que se refería a mesmerismo –se llama ahora
hipnotismo, carcotismo, sugestión, “psicología”, y lo que no. Pero, cualquiera que sea la
expresión escogida, siempre será suelta si se usa sin una calificación propia. Porque
cuando se representa con todas las ciencias colaterales –que son ciencias dentro de la
ciencia –se encuentra que contiene posibilidades de cuya naturaleza nunca siquiera ha
soñado ni el más antiguo y más instruido profesor de la ciencia física ortodoxa. Las
últimas, llamadas “autoridades”, no son mejores, en efecto, que inocentes niños
groseros cuando se ponen cara a cara con los misterios del “mesmerismo” antidiluviano.
Como mencionado en repetidas ocasiones anteriores, el florecimiento de la magia, sea
blanca o negra, divina o infernal, emana todo de la raíz. El “aliento de Cibeles” – Akasa
tattwa, en la India –es el agente principal, y refuerza los llamados “milagros” y
fenómenos “sobrenaturales” en todas las edades y en todos los climas. Como la raíz
madre o esencia es universal, así son innumerables sus efectos. Hasta los más grandes
adeptos casi no pueden decir donde sus posibilidades deben parar.
La llave al mismísimo alfabeto de estos poderes teúrgicos se perdió después de que el
último gnóstico fue cazado a muerte por la persecución feroz de la iglesia; y cuando
gradualmente Misterios, Hierofantes, Teofanía y Teurgia se borró de la mente del
hombre hasta que quedó ahí solamente como una vaga tradición, se olvidó finalmente
todo esto. Pero durante el período renacentista en Alemania, un teósofo estudiado, un
filósofo per ignem, como se llamaron ellos mismos, redescubrió algunos de los secretos
perdidos de los sacerdotes frígios y de los Asclepieia. Era el grande y desafortunado
doctor ocultista Paracelso, el más grande alquimista de la época. Era tan ingenioso que
durante las épocas medievales era el primero en recomendar públicamente la acción del
imán en la cura de ciertas enfermedades. Theophrastus Paracelsus –el “charlatán” e
“impostor borracho” en la opinión de dichos “niños malcriados” de ese tiempo, y de sus
sucesores en el nuestro– inauguró entre otras cosas el siglo diecisiete, que se convirtió
en una rama comercial lucrativa en el siglo diecinueve. Fue él quien inventó y usó para la
cura de varias enfermedades musculares y nerviosas, brazaletes para brazos y pies,
brazales, cinturones, anillos y collares; sólo que sus imanes curaban mucho más
eficazmente que los actuales cinturones eléctricos. Van Helmont, el sucesor de
Paracelsus, y Robert Fludd, el Alquimista y Rosacruciano, también usaban imanes en el
tratamiento de sus pacientes. Mesmer en el siglo dieciocho y el Marqués de Puysegur
en el siglo diecinueve solamente siguieron sus pasos.
En el gran establecimiento curativo fundado por Mesmer en Viena, aparte del
magnetismo, él usó electricidad, metales y una variedad de maderas. Su doctrina
fundamental era la de los alquimistas. El creyó que metales, igual que maderas y plantas
tienen todos una afinidad y llevan una íntima relación con el organismo humano. Todo
en el universo se desarrolló de una substancia homogénea y primordial, diferenciada en
incalculables especies de materia y todo está destinado para retornar a ello. El secreto
de la curación, sostenía, se basa en el conocimiento de las correspondencias y
afinidades entre átomos relacionados. Encuentre el metal, madera, piedra o planta que
tiene la más correspondiente afinidad con el cuerpo del enfermo y, mediante uso
interno o externo, este agente particular imparte al paciente fuerza adicional para
combatir la enfermedad –(desarrollada generalmente a través de la introducción de
algún elemento extraño a la constitución)– y de expelerla, llevará invariablemente a su
cura. Muchas y maravillosas eran tales curaciones efectuadas por Anton Mesmer. Se
curaron sujetos con enfermedades del corazón. Una dama de alta sociedad y condenada
a muerte fue restaurada completamente de salud mediante la aplicación de ciertas
maderas afables. Mesmer mismo, sufriendo de reumatismo agudo, lo curó
completamente usando imanes preparados especialmente.
En 1774 él también dio con el secreto teúrgico de la transmisión vital directa; y estaba
tan altamente interesado que abandonó todos sus métodos antiguos para dedicarse
enteramente al nuevo descubrimiento. De aquí en adelante mesmerizó mediante
observaciones y aprobaciones, abandonando los imanes naturales. Los efectos
misteriosos de tales manipulaciones fueron llamados por él –magnetismo animal. Esto
trajo a Mesmer una cantidad de seguidores y discípulos. La nueva fuerza fue
experimentada en casi cada ciudad y pueblo de Europa y encontró por doquier un hecho
real.
Aproximadamente en 1780 Mesmer se instaló en París y pronto la metrópoli entera,
desde la familia real hasta el último histérico burgués, estaba a sus pies. El clero se
asustó y gritó –”¡el diablo!” Los “sanguijuelas” licenciados sintieron un déficit en
aumento en sus bolsillos; y la aristocracia y la corte se encontraron al borde de la locura
por pura excitación. No vale la pena repetir hechos conocidos, pero la memoria del
lector puede ser refrescada por algunos detalles que pudo haber olvidado.
Ocurrió que justo alrededor de este tiempo la Ciencia Académica oficial se sentía muy
orgullosa. Después de siglos de estancamiento mental en el campo de la medicina e
ignorancia general, finalmente si dieron diversos pasos determinados en dirección a la
sabiduría real. Las ciencias naturales lograron un éxito decidido, y la química y física
estaban en un camino razonable de progreso. Como los sabios de hace un siglo aún no
habían crecido a esta altura de modestia sublime, lo que caracteriza tan
preeminentemente sus sucesores modernos –se sintieron muy hinchados con su
grandiosidad. El momento para la humildad elogiable, seguido por una confesión de la
relativa insignificancia de la sabiduría del período –y hasta de la sabiduría moderna para
este tema– comparado con la que sabían los antiguos, aún no había llegado. Estos
fueron días de jactancia ingenua de los pavo reales de la ciencia, pavoneando y
demandando reconocimiento y admiración universal. Los Señores Oráculos no eran tan
numerosos como ahora, aunque su número era considerable. Y en efecto, ¿no fue el
Dulcamaras de las ferias públicas visitado apenas con ostracismo? ¿No habían
desaparecido los sanguijuelas para hacer lugar a los médicos diplomados con licencias
reales para matar y enterrar un piacere ad libitum? Por lo tanto, el “inmortal” que
asienta con la cabeza en su silla académica fue considerado como la única autoridad
competente en la decisión de preguntas que nunca había estudiado, y por rendir
veredictos sobre lo que nunca había oído. Era el REINO DE LA RAZÓN, y de la ciencia
–en su adolescencia; el inicio de la gran lucha mortal entre teología y hechos,
espiritualidad y materialismo. En las clases educadas de la sociedad, demasiada fe fue
sucedida por ninguna fe en absoluto. El ciclo de culto de la ciencia acababa de
establecerse, con sus peregrinaciones a la academia, el Olimpus, donde los “Cuarenta
Inmorales” están guardados como reliquia, y sus ataques sobre todos los que resisten
manifestar una admiración ruidosa, una especie de entusiasmo con locura juvenil, en la
puerta del templo de la ciencia. Cuando llegó Mesmer, París dividió su lealtad entre la
iglesia que atribuía todo tipo de fenómenos excepto sus propios milagros divinos al
diablo, y la academia que no creyó ni en Dios ni en el diablo, sino solamente en su
propia sabiduría infalible.
Pero había mentes que no se contentaron con ninguna de estas creencias. Por esto,
después de que Mesmer forzó a todo París a llenar sus salas, esperando horas para
obtener un lugar en la silla alrededor de la tina milagrosa, algunas personas pensaron
que era tiempo de que se encontrara la verdad real. Pusieron sus deseos legítimos a los
pies de la realeza y el rey ordenó de inmediato a su academia instruida de estudiar el
asunto. Entonces fueron, despertando de su siesta crónica, los “inmortales” que
designaron un comité de investigación, entre los que figuró Benjamin Franklin, y
escogieron algunos de los más ancianos, sabios e ilustrados entre sus “infantes” para
vigilar sobre el comité. Eso fue en 1784. Todos sabemos cual fue el reporte de éste y la
decisión final de la academia. Toda la transacción parece ahora un ensayo de la obra,
uno de los actos que fueron presentados por la “Sociedad Dialéctica” de Londres y
algunos de los más grandes científicos de Inglaterra, aproximadamente ochenta años
después.
De verdad, no resistiendo un reporte contrario por el Dr. Jussieu, un académico del
más alto rango, y el médico de corte D’Elson, quienes, como testigos oculares del más
sorprendente fenómeno, demandaron que se hiciera una investigación minuciosa por la
Facultad de Medicina sobre los efectos terapéuticos del flujo magnético –su demanda
fracasó. La Academia dudó de sus más eminentes científicos. Hasta el señor B. Franklin
se sintió confortable con su electricidad cósmica, no reconocería su origen y fuente
primordial, y junto con Bailly, Lavoisier, Magendie y otros, proclamó Mesmerismo y
desilusión. Tampoco tuvo la segunda investigación que siguió a la primera –es decir en
1825– mejores resultados. El reporte fue aplastado una vez más12.
Aun ahora cuando el experimento demostró ampliamente que “Mesmerismo” o
magnetismo animal, ahora conocido como hipnotismo (un efecto lastimoso,
ciertamente, del “aliento de Cibeles”) es un hecho, tenemos la mayoría de los científicos
negando su existencia. Es una bagatela en la matriz majestuosa del fenómeno
psicomagnético experimental, hasta hipnotismo parece demasiado increíble, demasiado
12 Véase Isis sin Velo, vol. I.
misterioso, para nuestros Darwinistas y Hækelianos. Necesita uno demasiado valor
moral para enfrentar la sospecha de sus colegas, la duda del público y la burla de los
tontos. “Misterio y charlatanismo van de mano en mano” dicen, y “amor propio y la
dignidad de la profesión”, como observa Magendie en su Physiologie Humaine
(Psicología Humana) “exigen que el médico bien informado debería recordar como
prontamente el misterio desliza al charlatanismo”. Es una lástima porque al bien
informado médico se le olvida recordar que la fisiología entre el resto está llena de
misterios –profundos, inexplicables misterios de la A a la Z– y pregunte si, empezando
por los “truismos” arriba indicados no debería aventar por la borda la Biología y la
Psicología como las más grandes piezas de charlatanería en la ciencia moderna. No
obstante, unos pocos en la minoría bien intencionados de nuestros médicos
emprendieron bien la investigación del hipnotismo. Pero incluso ellos, habiendo sido
obligados de mala gana para confesar la realidad de su fenómeno, aun perseveran en
ver en tales manifestaciones ningún factor elevado en el trabajo que las fuerzas
puramente materiales y físicas, y niegan su nombre legítimo de magnetismo animal.
Pero como el Reverendo Sr. Haweis (de quién más en la actualidad) acaba de decir en el
Daily Graphic… “Los fenómenos de Charcot son, debido a todo esto, en muchos modos
idénticos al fenómeno mesmeriano, e hipnotismo debe ser considerado adecuadamente
más bien como una rama del mesmerismo que algo diferente a ello. De todos modos,
los hechos de Mesmer, ahora generalmente aceptados, fueron primero negados
decididamente.
Pero mientras que rechazan al Mesmerismo, corren al hipnotismo, a pesar de los
peligros de esta ciencia, reconocidos ahora científicamente, en los cuales médicos en
Francia están mucho más adelantados que los ingleses. Y lo que los primeros dicen es
que entre los dos estados de mesmerismo (o magnetismo como lo llaman del otro lado
del charco) e hipnotismo “existe un abismo”. Aquel es benéfico, el otro maléfico, como
evidentemente debe ser; debido a que de acuerdo al Ocultismo y la Psicología moderna
se produce el hipnotismo mediante la retirada del fluido nervioso de los nervios
capilares, siendo esto, por así decirlo, los centinelas que mantienen las puertas de
nuestros sentidos abiertas y al quedar anestesiado bajo condiciones hipnóticas,
permiten que éstas se cierren. A. H. Simonin revela una gran verdad moral en su
excelente obra “Solution du probleme de la suggestion hypnotique.” (“Solución del
Problema de la Sugestión Hipnótica”)13. Por lo tanto muestra que mientras “en
Magnetismo (mesmerismo) ocurre en el sujeto un gran desarrollo de facultades
morales”, que estos pensamientos y sentimientos “se vuelven más soberbios y los
sentidos adquieren una agudeza anormal”, en hipnotismo, por el contrario, “el sujeto se
convierte en un simple espejo”. Es la sugestión que es el verdadero motor de cada acción
13 Ver el historial de su obra en el Journal du Magnetisme, Mayo, Junio, 1890, fundado en 1845 por el
Baron du Potet, y ahora editado por H. Durville, en París
.
en el hipnotismo: y si ocasionalmente “se producen aparentemente maravillosas
acciones, éstas se deben al hipnotizador, no al sujeto”. Nuevamente… “en el instinto
hipnótico, es decir, el animal, alcanza su mayor desarrollo; tanto, en efecto, que el
aforismo “los extremos se encuentran” nunca puede recibir una mejor aplicación que en
el magnetismo y el hipnotismo”. Qué gran verdad existe en estas palabras, también en
cuanto a la diferencia entre los sujetos mesmerizados y los hipnotizados. “En uno, su
naturaleza ideal, su ego moral –el reflejo de su naturaleza divina– es llevado a su límite
extremo, y el sujeto se convierte en un ser casi celestial (un ángel). En el otro, son sus
instintos los que se desarrollan de una manera muy sorprendente. El hipnótico baja al
nivel del animal. Desde un punto de vista psicológico, el magnetismo (Mesmerismo) es
reconfortante y curativo, y el hipnotismo, que es solamente el resultado de un estado
desequilibrado, es sumamente peligroso”.
Por consiguiente, el Reporte adverso sacado por Bailly al final del siglo pasado tuvo
efectos terribles en el presente, pero tuvo su Karma también. Con la intención de matar
el furor “Mesmeriano”, reaccionó como un golpe mortal a la confianza del público en
decretos científicos. En nuestros días el Non–Possumus de los Colegios y Academias
Reales está cotizado en la bolsa de la opinión mundial a un precio casi tan bajo como el
Non–Possumus del Vaticano. Los días de autoridad, siendo humana o divina, se están
desvaneciendo rápidamente; y ya vemos brillando en futuros horizontes un sólo
tribunal, supremo y final, ante el cual la humanidad se doblará – El Tribunal del Hecho y
de la Verdad.
Sí, a este tribunal sin apelación hasta el clérigo y predicadores famosos hacen
reverencia en nuestros días. Las partes ahora cambiaron de manos, y en muchas
instancias son los sucesores de quienes lucharon con todas sus fuerzas para la realidad
del diablo y su directa interferencia con los fenómenos psíquicos, durante muchos
siglos, quienes salen públicamente para reprochar la ciencia. Un ejemplo notable de
esto se encuentra en una excelente carta (recién mencionado) por el Reverendo Sr.
Haweis al Graphic. El predicador erudito parece compartir nuestra indignación en la
injusticia de los científicos modernos, a su supresión de la verdad, e ingratitud a sus
antiguos maestros. Su carta es tan interesante que sus mejores puntos deben ser
inmortalizados en nuestra revista. Aquí están algunos fragmentos de ello. Así él
pregunta:
¿Porque no pueden decir nuestros hombres científicos: “Cometimos un error
referente al Mesmerismo; es prácticamente verdadero”? No porque ellos son hombres
de ciencia, pero simplemente porque son humanos. No cabe duda que es humillante
cuando has dogmatizado en el nombre de la ciencia para decir “estuve equivocado”.
Pero no es más humillante quedar al descubierto; y no es lo más humillante, después de
arrastrarse y torcerse desesperadamente en las redes inexorables de hechos
compactados, para colapsar de repente y llamar a la red odiada un “anexo conveniente”,
en el cual ciertamente no te importa ser atrapado? Ahora, como me parece, esto es
precisamente lo que están haciendo los Sres. Charcot y los hipnotizadores franceses y
sus admiradores médicos en Inglaterra. Nunca desde la muerte de Mesmer a la edad de
ochenta, en 1815, la “Facultad” francesa e inglesa, con algunas excepciones honorables,
han ridiculizado y negado los hechos y las teorías de Mesmer como ahora, en 1890, una
hueste de científicos asientan de repente, mientras destruyen lo mejor que pueden el
nombre de Mesmer, para despojarle de todos sus fenómenos, de los cuales
silenciosamente se apropian bajo el nombre de “Hipnotismo”, “Sugestión”,
“Magnetismo Terapéutico”, “Masaje Psicopático” y todo el resto de ello. Bueno, “¿Qué
es en un nombre?”
Me preocupan más las cosas que los nombres, pero venero a los pioneros que fueron
rechazados, pisados y crucificados por los ortodoxos de todas las edades, y pienso que
lo mínimo que los científicos pueden hacer para los hombres como Mesmer, Du Potet,
Puysegur, o Mayo y Elliotson, ahora que se han ido, es “construir sus sepulturas”.
Pero el Sr. Haweis pudo haber añadido en su lugar, los aficionados Hipnotizadores de
Ciencia cavaron con sus propias manos las tumbas del intelecto de muchos hombres y
mujeres; esclavizaron y paralizaron el libre albedrío en sus “temas”, convirtieron
hombres inmortales en autómatas desalmados e irresponsables, y disecaron sus almas
con tanta indiferencia como disecan los cuerpos de conejos o perros. En resumen, pasan
rápido y floridamente a “hechiceros”, y convierten la ciencia en un amplio campo de
magia negra. El escritor, no obstante, perdona fácilmente a los culpables; y, remarcando
que acepta “la distinción” [entre Mesmerismo y Hipnotismo] “sin comprometerse a
ninguna teoría”, añade:
Estoy principalmente preocupado de los hechos, y lo que quiero saber es porqué estas
curas y estados anormales son pregonados como descubrimientos modernos, mientras
que la “facultad” todavía ridiculiza e ignora sus grandes predecesores sin tener ellos
mismos una teoría que pueden aceptar o un solo hecho que puede ser llamado nuevo.
La verdad es que estamos simplemente recayendo en el error con trabajo duro de
repasar nuevamente las minas abandonadas de los antiguos; el redescubrimiento de
estas ciencias ocultas está en exacta concordancia con la lenta recuperación de la
escultura y pintura en la moderna Europa. Aquí la historia de la ciencia oculta se
encuentra en una cáscara de nuez. 1.) Una vez conocido. 2.) Perdido. 3.) Redescubierto.
4.) Negado. 5.) Reafirmado, y en bajos niveles, bajo nuevos nombres, victorioso. La
evidencia para todo esto es exhaustiva y abundante. Aquí puede bastar notar que
Diodorus Siculus menciona cómo los sacerdotes egipcios, edades antes de Cristo,
atribuyeron clarividencia inducida para propósitos terapéuticos a Isis. Strabo atribuye
lo mismo a Serapis, mientras que Galen menciona un templo cerca de Memphis que es
famoso por sus curas hipnóticas. Pitágoras quien ganó la confianza de los sacerdotes
egipcios, está lleno de ello. Aristophanes en “Plutus” describe en un detalle a la cura
mesmeriana – [kai prota men de tes kephales ephepsato], etc., “y primero empezó a
tratar la cabeza”. Caelius Aurelianus describe manipulaciones (1569) para enfermedad
“conduciendo las manos desde las partes superiores a las inferiores”; y existía un
antiguo proverbio latino: Ubi dolor ibi digitus “Donde dolor hay dedos”. Pero el tiempo
me dejaría contar de Paracelsus (1462)14 y su “profundo secreto de Magnetismo”; de
Van Helmont (1644)15 y su fe en el poder de la mano en enfermedad”. Mucho de los
escritos de ambos hombres solamente fue hecho claro a los modernos con el
experimento de Mesmer, y en la opinión de los modernos hipnotizadores está claro con
él y sus discípulos que tenemos que hacer principalmente. Pretendía, sin duda, de
transmitir un fluido magnético animal, que creo niegan los hipnotizadores.
Lo hacen, lo hacen. Pero así hicieron los científicos con respecto a más de una verdad.
Negar “un fluido magnético animal” es seguramente no más absurdo que negar la
circulación de la sangre, como lo hicieron tan enérgicamente.
Algunos pocos detalles adicionales sobre Mesmerismo dado por el Sr. Haweis pueden
resultar interesante. Así nos recuerda de la contestación escrita por el muy lastimado
Mesmer a los académicos después de su reporte desfavorable, y se refiero a ello como
“palabras proféticas”.
“Usted dice que Mesmer nunca más levantará su cabeza. Si esto es el destino del
hombre, no es el destino de la verdad, que en su naturaleza es imperecedero y brillará
nuevamente tarde o temprano en el mismo país o en otro con más brillo que nunca, y su
triunfo aniquilará sus miserables difamadores.” Mesmer dejó Paris con repugnancia, y
se retiró a Suiza para morir; pero el ilustrado Dr. Jussieu se volvió un converso. Lavater
llevó el sistema de Mesmer a Alemania, mientras que Puysegur y Deleuze lo divulgaron
por toda la provincia de Francia, formando innumerables “sociedades armónicas”
dedicadas al estudio del magnetismo terapéutico y sus fenómenos unidos de
transferencia de pensamientos, hipnotismo y clarividencia.
Aproximadamente hace veinte años conocí el tal vez más ilustre discípulo de Mesmer,
el anciano Baron du Potet16. Alrededor de las proezas terapéuticas y mesmerianas de
este hombre hizo estragos, entre 1830 y 1846, una amarga controversia por toda
Francia. Un asesino fue perseguido, sentenciado y ejecutado únicamente bajo la
evidencia suministrada por uno de los clarividentes de Du Potet. El Juge de Paix (Juez de
Paz) admitió en pleno tribunal que esto bastaba. Esto era demasiado para el hasta
14 Esta fecha es un error. Paracelso nació en Zurich en 1493.
15 Esta es la fecha de la muerte de Van Helmont; él nació en 1577
16 El Baron du Potet era durante años miembro honorario de la Sociedad Teosófica. Cartas autografiadas
fueron recibidas de él y conservadas en Adyar, nuestra Sede, en las cuales él deplora el modo
irrespetuoso y poco científico con el cual se manejaba el Mesmerismo (entonces en la víspera de
convertirse en “hipnotismo” de ciencia) “par les charlatans du jour.” Si hubiera vivido para ver la ciencia
secreta en su completa parodia como hipnotismo, su voz poderosa habría podido parar su terrible abuso
y degradación actual a un espectáculo barato. Afortunadamente para él, y desafortunadamente para la
verdad, el más grande adepto del Mesmerismo en Europa de este siglo –está muerto.
escéptico Paris y la Academia determinó tener una nueva sesión y, hasta donde sea
posible, exterminar la superstición. Pero dicen, y es raro decirlo, que esta vez quedaron
convertidos. Itard, Fouquier, Guersent, Bourdois de la Motte, la crema de la facultad
francesa, pronunciaron el fenómeno del mesmerismo de ser genuino –curas, trances,
clarividencia, telepatía, hasta lectura de libros cerrados, y a partir de este tiempo estaba
invitada una nomenclatura elaborada ocultando hasta donde sea posible los nombres
detestados de los hombres incansables que impusieron la aprobación científica,
mientras que registraron los principales hechos que atestiguaron por Mesmer, Du Potet
y Puysegur entre los indiscutibles fenómenos para ser aceptados, en cualesquiera
teoría, por la ciencia médica…
Entonces viene la vuelta de esta isla brumosa y de sus confundidos científicos.
“Mientras” [sigue el escritor], Inglaterra era más obstinada. En 1846, el célebre Dr.
Elliot hijo, un médico práctico con una vasta clientela, pronunció la famosa oración
Harveyana, en la cual confesó su creencia en el Mesmerismo. Fue denunciado por los
médicos con tan cabales resultados que perdió su práctica y murió en ruinas si no con el
corazón partido. El Hospital Mesmeriano en la calle Marylebone fue fundado por él. Se
llevaron a cabo exitosas operaciones bajo el Mesmerismo y todos los fenómenos que
últimamente ocurrieron en Leeds y en otras partes a la satisfacción de los médicos
fueron producidos en Marylebone hace cincuenta y seis años. Hace treinta y cinco años,
el Profesor Lister hizo lo mismo –pero la introducción de cloroformo siendo más rápido
y seguro que un anestésico, mató durante un tiempo al tratamiento mesmeriano. El
interés público en el Mesmerismo se murió, y el Hospital Mesmeriano en la calle
Marylebone, que se encontró debajo de una nube desde la supresión de Elliotson, fue
finalmente cerrado. Hace poco sabemos que fue del destino de Mesmer y el
Mesmerismo. Se habla de Mesmer en el mismo instante que de Count Cagliostro, y se
menciona rara vez el mismo Mesmerismo; pero entonces oímos mucho de
electrobiología, magnetismo e hipnotismo terapéutico –solamente así. Oh, sombras de
Mesmer, Puysegur, Du Potet, Elliotson – sic vos non vobis! No obstante, digo Palmam
qui meruit ferat. Cuando conocí al Baron du Potet, estuvo en el borde de la muerte y
tenía casi ochenta años. Era un ardiente admirador de Mesmer; dedicó su vida entera al
magnetismo terapéutico y era absolutamente dogmático en el punto que un aura
magnético real pasó del mesmerista al paciente. “Le enseñaré esto”, dijo un día cuando
los dos estuvimos parados junto a la cama de un paciente en un trance tan profundo
que pusimos agujas en sus manos y brazos sin excitar la más mínima señal de
movimiento. El viejo Barón continuó: “En la distancia de un pié o dos provocaré ligeras
convulsiones en cualquier parte de su cuerpo con simplemente moviendo mi mano por
encima de la parte, sin contacto alguno”. Empezó en el hombro, que pronto mostró una
punzada. Cuando la calma fue restablecida, intentó el codo, luego la muñeca, luego la
rodilla, incrementando las convulsiones en intensidad de acuerdo al tiempo empleado.
“¿Está usted totalmente convencido?” dije, “totalmente convencido”, “y”, continuó, “a
cualquier paciente que he probado, me comprometo operarlo a través de una pared de
ladrillos en un tiempo y lugar donde el paciente estará ignorante de mi presencia o mi
propósito. Esto”, añadió Du Potet, “era una de las experiencias que más desconcertó a
los académicos de París. Repetí el experimento una y otra vez bajo todos los criterios y
condiciones, con un éxito casi invariable, hasta que el más escéptico era forzado a
ceder”.
Acusamos a la ciencia de deslizarse con velas grandes por el remolino de la Magia
Negra, practicando lo que la psicología antigua –la rama más importante de las Ciencias
Ocultas– siempre ha declarado como hechicería en su aplicación al hombre interior.
Estamos preparados a sostener lo que decimos, tener la intención de demostrarlo un
día de estos, en algunos futuros artículos, basándonos en hechos publicados y las
acciones producidas por el Hipnotismo de Viviseccionistas mismos. El que son
hechiceros inconscientes no quita el hecho que practican el Arte Negro bel et bien. En
resumen es esta la situación. La minoría de los médicos estudiados y otros científicos
experimentan con “hipnotismo” porque llegaron a ver algo en ello, mientras que la
mayoría de los miembros de los R.C.P.’s todavía niegan la actualidad del magnetismo
animal en su forma mesmeriana, aun debajo de su máscara moderna –hipnotismo. El
anterior –completamente ignorante de las leyes fundamentales del magnetismo
animal– experimentan fortuitamente, casi ciegamente. Para permanecer consistente
con sus declaraciones (a) que hipnotismo no es mesmerismo, y (b) que el aura magnética
o fluido que pasa del mesmerizador (o hipnotizador) es pura falacia – desde luego no
tienen ningún derecho de aplicar las leyes de la ciencia antigua a la más joven. Por lo
tanto interfieren con y despierten a la acción las fuerzas más peligrosas de la
naturaleza, sin estar consciente de ello. En vez de curar enfermedades –el único uso al
que el magnetismo animal bajo su nuevo nombre puede ser aplicado legítimamente–
frecuentemente inoculan los sujetos con sus propias enfermedades y vicios físicos y
mentales. Por esto y por la ignorancia de sus colegas de la minoría, la mayoría incrédula
de los Saduceos son muy responsables. Porque, oponiéndose a ellos, impiden la libre
acción y se aprovechan de la promesa Hipocrática, para dejarlos impotentes para
admitir y hacer mucho de lo que de otra forma los creyentes podrían hacer y harían.
Pero, como el Dr. A. Teste dice realmente en su obra – ”Existen ciertas verdades
desafortunadas que comprometen a aquellos que creen en ellas, y especialmente a
aquellos que son tan sinceros para admitirlo públicamente”. Así, la razón porqué el
hipnotismo no está siendo estudiado en sus propias líneas, es evidente.
Hace años se observó: “Es el deber de la Academia y de las autoridades médicas de
estudiar mesmerismo (es decir, las ciencias ocultas en su esencia) y de someterlo a
pruebas; finalmente, de quitar su uso y su práctica a personas que desconocen el arte,
que abusan de estos recursos, y hacen de ello un objeto de lucro y de especulación”. El
que pronunció esta gran verdad era “la voz hablando en el desierto”. Pero los que tienen
alguna experiencia en psicología oculta irían más lejos. Dirían que es preciso en cada
cuerpo científico –aun, en cada gobierno –de poner un fin a las exhibiciones públicas de
este tipo. Al probar el efecto mágico de la voluntad humana sobre voluntades más
débiles, al ridiculizar la existencia de fuerzas ocultas en la naturaleza –fuerzas cuyo
nombre es legión –y aun llamándolos, bajo el pretexto de que en absoluto son fuerzas
independientes, ni siquiera psíquicas en su naturaleza, sino “conectadas con conocidas
leyes físicas” (Binet y Fere), los hombres de autoridad son virtualmente responsables
para todos los efectos terribles que existen y que surgirán de sus peligrosos
experimentos públicos. En realidad, Karma –la terrible pero solamente retributiva ley–
visitará a todos los que desarrollan los más terribles resultados en el futuro, generado
en estas exhibiciones públicas para el entretenimiento del profano. ¡Solamente
dejemos pensarlos en peligros causados, de nuevos tipos de enfermedades, mentales y
físicas, producidas por el manejo tan insano de la voluntad psíquica! Esto es tan malo en
el plano moral como es la introducción artificial de materia animal a la sangre humana,
con el infame método Brown Sequard, en el plano físico. ¿Se ríen de las ciencias ocultas
y ridiculizan el Mesmerismo? Sin embargo, este siglo no terminará antes de que tengan
pruebas innegables de que la idea de un crimen sugerido para el fin experimental no
será removido tan fácilmente mediante una corriente contraria de la voluntad como fue
inspirado. Tal vez aprenderán que si la expresión externa de la idea de un crimen
“sugerido” pueda desvanecerse bajo la voluntad del operador, el activo germen viviente
implantado artificialmente no desaparecerá con ello; que una vez caído en el asiento
del humano –o más bien las pasiones animales– puede quedar dormido allí durante
años a veces, para despertar de repente por una circunstancia imprevista en realización.
Niños llorando asustados al silencio por la sugestión de un monstruo, un demonio
parado en la esquina, por una niñera ingenua, fueron conocidos de volverse dementes
veinte o treinta años más tarde por el mismo motivo. Existen misteriosos cajones
secretos, rincones oscuros y escondites en el laberinto de nuestra memoria, todavía
desconocidos por los fisiólogos, y que se abren solamente una vez, raramente dos veces,
en la vida del hombre, y esto solamente bajo condiciones anormales y peculiares. Pero
cuando lo hacen, siempre es una acción heroica cometida por una persona menos
calculada para ello, o –un terrible crimen perpetrado, cuya razón seguirá siendo un
misterio para siempre…
Por consiguiente, experimentos en “sugestión” por personas que desconocen las leyes
ocultas, son los pasatiempos más peligrosos. La acción y reacción de ideas en el “Ego”
inferior interior, nunca ha sido estudiada hasta ahora, porque este “Ego” mismo es terra
incognita (aún cuando no se niega) para el hombre o la ciencia. Por otra parte, tales
realizaciones ante un público promiscuo son un peligro en si. Hombres de una
educación científica innegable que experimentan con Hipnotismo en público, prestan
por eso la sanción de sus nombres a tales presentaciones. Y entonces cada especulador
indigno bastante grave para entender el proceso puede, desarrollando con práctica y
perseverancia la misma fuerza dentro de él mismo, usarlo para sus propios fines
egoístas, frecuentemente criminales.
Resultado sobre líneas Kármicas: cada Hipnotizador, cada hombre de ciencia, por bien
intencionado y honrado que sea, una vez que haya permitido convertirse en el
instructor inconsciente de uno que aprende solamente para abusar de la ciencia
sagrada, naturalmente se convierte moralmente en el cómplice de cada crimen
cometido por su medio.
Tal es la consecuencia de experimentos públicos de “Hipnotismo” que por
consiguiente conducen a, y virtualmente son, MAGIA NEGRA.
*

INDICIOS DE COMO CAMBIAN LOS TIEMPOS
Resulta muy interesante seguir temporada tras temporada la rápida evolución de
la opinión pública respecto a lo misterioso. Las mentes educadas manifiestan su
tenaz empeño, evidente a todas luces, para liberarse de las pesadas cadenas del
materialismo. El repulsivo gusano se retuerce en las agonías de la muerte, producto de
los poderosos esfuerzos de la mariposa psíquica por escapar de la prisión construida
por la ciencia… Y cada amanecer trae la buena nueva de uno o varios “nacimientos
mentales” al Conocimiento.
Como ya hemos mencionado en una de nuestras publicaciones, el que los temas
relativos al Esoterismo sean tomados como argumento para escribir novelas –y también
ensayos científicos y boletines– demuestra que el interés por ellos se ha extendido a
través de todos los estratos sociales. Este tipo de literatura es, paradójicamente, prueba
de que el Ocultismo ha dejado de ser un entretenimiento despreocupado para
constituirse en una fuente de investigación seria. Es suficiente echar una mirada
retrospectiva sobre las publicaciones de los últimos años, para darse cuenta de que
están predominando en todo tipo de literatura tópicos como el misticismo, la magia, la
brujería, el espiritualismo, la teosofía, el mesmerismo (actualmente denominado
hipnotismo) y, resumiendo, el conjunto de las distintas ramas del lado oculto de la
Naturaleza. La importancia de estos temas crece proporcionalmente a los esfuerzos
hechos tanto para desacreditar toda obra realizada por la causa de la Verdad, como para
estrangular cualquier honesta inquietud en el campo de la Filosofía Oculta, tratando de
ridiculizar a los heraldos, pioneros y esforzados defensores de las enseñanzas
esotéricas, embadurnándolos de alquitrán y plumas.
El punto de partida en el desarrollo y difusión de la literatura esoterista fue Mr. Isaacs
de Marion Crawford, seguido de su Zoroastro. Luego vino Romance de dos Mundos de
Marie Corelli; El Extraño Caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde de R. Louis Stevenson; El Idolo
Caído, de Anstey; Las Minas del Rey Salomón y el tres veces famoso Ella, obras de H.
Rider Haggard; Afinidades y El Hermano de la Sombra de la Sra. Campbell Praed;
Mansión de lágrimas de Edmund Downey; y otros muchos de menor importancia. Y
actualmente este impulso se renueva con Hija de los Trópicos de Florence Marryat, y Las
Extrañas Aventuras de Lucy Smith de F.C. Philip. Es innecesario mencionar en detalle la
literatura que han creado los ocultistas más conocidos, algunos de cuyos trabajos
resultan francamente interesantes, mientras que otros podemos calificarlos
positivamente de científicos, como Cábala Desvelada de S.L. MacGregor Mathers, y
Paracelso del Dr. F. Hartmann, así como Magia Blanca y Magia Negra del mismo autor.
Tampoco olvidemos que este creciente interés por los temas esotéricos ha cruzado el
Canal de la Mancha y está haciendo su aparición en la literatura francesa. La France
publica un extraño romance escrito por Ch. Chincholle y titulado La Grande Prêtesse,
que rebosa de enseñanzas ocultistas y fenómenos relativos al mesmerismo; y en La
Revue Politique et Littéraire de febrero de 1887 aparece una novela llamada Emancipée,
firmada por Th. Bentzon, en la que se mencionan doctrinas esotéricas así como
reconocidos Adeptos. ¡Signos evidentes de cómo cambian los tiempos!
La literatura –especialmente en los países libres de censura gubernamental– es el
pulso y el corazón del público. A parte del hecho evidente de que la producción existe
en virtud de la demanda, la literatura actual sólo tiende a complacer, y de ese modo se
convierte en un espejo que refleja fielmente el estado mental del público. Es cierto que
algunos editores –y sus serviles corresponsales y reporteros–, anclados en un
conservadurismo anacrónico, continúan azotando ocasionalmente con su belicosa
pluma la ingenua faz del espiritualismo místico, y que incluso algunos de ellos se
deleitan con crueles ataques personales. Pero en conjunto no dañan, excepto quizás a la
reputación de sus propias publicaciones, dado que tales editores no podrían nunca ser
sospechosos de poseer cultura y buen gusto tras hacer esos manifiestos ataques
personales desprovistos de buenas maneras. Por el contrario, están haciendo bien; pues
mientras que los filósofos y espiritualistas soportan con verdadero espíritu socrático las
injurias sobre ellos vertidas, y se consuelan a sí mismos en la certeza de que ninguno de
tales epítetos les son aplicables, por otro lado, el abuso en demasía de la difamación
termina, generalmente, por despertar la simpatía hacia ellos de parte del público. Y si
no del público en general, al menos de aquella parte que es verdaderamente imparcial.
En Inglaterra, generalizando, la gente gusta del juego limpio y no de las acciones
propias de un bachibozuk 17, en este caso de las de aquellos que se deleitan en mutilar al
herido y al moribundo; este comportamiento pronto perderá la simpatía por parte del
público. Si es verdad que –como mantienen nuestros seglares adversos y repiten con
cierta ingenuidad, pero mucha vehemencia, ciertos órganos misioneros– el
espiritualismo y la filosofía “están tan muertos como los clavos de una puerta”
–textualmente extractado de los periódicos cristianos americanos– y, más aún,
“muertos y enterrados”, ¿por qué, en tal caso, los buenos padres cristianos no dejan
descansar a los difuntos al menos hasta el “Día del juicio Final”? Y si ellos no están tan
muertos, ¿por qué entonces, señores editores –profanos y clérigos– tienen ustedes
17Palabra procedente del idioma turco, (báxi bózuk) significa literalmente “cabeza rota”. Se trataba de los
soldados voluntarios que formaban las tropas irregulares de caballería. Se destacaron en la batalla
ruso–turca, especialmente en Plewna porque remataban cruelmente a los soldados heridos. Enciclopedia
Universal Ilustrada. Editorial Espasa–Calpe, Barcelona.
todavía algo que temer? No se muestren como cobardes si tienen la verdad de su parte.
La Verdad es grande y prevalecerá, y tarde o temprano, si se tiene, saldrá a la luz.
Abran las columnas de sus publicaciones a las discusiones libres y audaces que se
realizan en la actualidad, y hagan como siempre se ha hecho en las publicaciones
filosóficas, como nuestra revista Lucifer. El “brillante Hijo de la Mañana” no teme a luz
alguna. Es más, necesita de ella y, por tanto, está preparado para publicar cualquier
trabajo en contra (presentado, eso sí, en lenguaje honesto), por grande que sea la
discrepancia con los puntos de vista filosóficos. Nuestras publicaciones escucharán
todos y cada uno de los casos bien planteados que vengan de ambos grupos
contendientes, y permitirán que hechos y pensamientos sean juzgados de acuerdo a sus
respectivos méritos. ¿Por qué debe uno tener miedo cuando la verdad es su único
objetivo? ¿Y a qué ha de temer? “Del choque entre las opiniones brotó la verdad”, dijo
un filósofo francés. Si la filosofía y el espiritualismo no son más que un “gigantesco
fraude de la época”, ¿qué razón hay para tan costosa cruzada contra ambos? Y si no lo
son, ¿por qué pues, deberían los gnósticos y los buscadores de la verdad ayudar a los
ciegos y encasillados materialistas, a los sectarios y dogmáticos, a ocultar, mediante la
fuerza bruta y la usurpación de autoridad, la luz que el Esoterismo puede aportar? Es
fácil sorprender la buena fe de los ingenuos; y más fácil aún es desacreditar aquello que,
por ser esencialmente extraño, es de por sí impopular y apenas podría tener crédito aun
en un momento de auge. “Ninguna suposición es mejor recibida que aquella que
concuerda con nuestros propios prejuicios y los intensifica”, dice don Jesualdo un
“popular” autor. De tal forma, los hechos se convierten a menudo en “fraudes”
productos de maliciosa intención; e incluso evidentes y clarísimas mentiras se aceptan
como verdades evangélicas al primer murmullo de La Calumnia de don Basilio. Y
quienes así hacen son los que aceptan esas difamaciones como rocío celestial que cae
sobre el duro caparazón de sus prejuicios.
Aun así, queridos enemigos, “la luz de nuestras publicaciones” puede, después de todo,
disipar algo de la oscuridad que nos envuelve. Y aunque poderosa y rugiente es la voz
acusadora –tan bien acogida precisamente por aquellos a quienes alimenta sus
pequeños odios, sus temores y su estancamiento mental en el entendimiento de la
respetabilidad social–, puede todavía ser silenciada por la voz de la Verdad, “la aún
pequeña voz” cuyo destino fue siempre predicar primero en el desierto. La luz artificial
y fría que todavía parece brillar de modo tan deslumbrante sobre la supuesta perfidia
de los médiums profesionales y los declarados pecados de comisión y de omisión de los
experimentalistas no profesionales y de los filósofos eclécticos, podría extinguirse aun
estando en la cima de su gloria. Porque esa luz no es como la que produce la perpetua
lámpara de los filósofos–alquimistas. Y tampoco es la luz que “nunca brilló en el mar o
en la tierra”, aquel rayo de divina intuición, la chispa que anida latente en las
percepciones espirituales, nunca erróneas, del hombre o de la mujer, y que ahora está
despertando porque su tiempo ha llegado. Dejemos pasar unos pocos años y veremos
desaparecer sin demora la lámpara de Aladino de donde surgió el servicial genio que,
luego de hacer tres reverencias al público, procedió sin más a devorar médiums y
filósofos, como un faquir que tragara espadas en la feria de una villa. Su luz, basada en
la cual los enemigos de la filosofía cantan hoy victoria, se extinguirá. Y entonces, quizás
se descubra que lo que fue tenido por emanación directa de la fuente de la Eterna
Verdad, no había sido más que un débil fuego en cuyo engañoso humo y hollín, la gente
quedó hipnotizada viéndolo todo al revés. Se verá entonces que el odioso monstruo del
fraude y la impostura no tenía existencia real más que dentro de la cenagosa mente de
los “Aladinos” en sus viajes de exploración. Y que, finalmente, la gente de buena
voluntad que les había prestado atención, estuvo todo el rato escuchando sonidos y
viendo visiones bajo inconsciente sugestión.
Esta es una explicación científica, y no necesita de magos negros o dugpas: la
sugestión ahora practicada por los brujos de la ciencia es negra en sí misma. Ningún
“adepto oriental de la mano izquierda” puede hacer más mal con su arte infernal que un
solemne hipnotizador de una Facultad de Medicina, un discípulo de Charcot o cualquier
otra luz científica de primera magnitud. En París, como en San Petersburgo (hoy
Leningrado), se han cometido crímenes bajo sugestión. Han habido divorcios, y algunos
maridos casi han llegado a matar a sus esposas y a los supuestos amantes, debido a
trucos ejercidos sobre inocentes y respetables mujeres, que así vieron su buen nombre y
el resto de sus vidas destrozados para siempre. Un hijo, bajo tales influencias, violó el
escritorio de su avaro padre quien le sorprendió en el acto y casi lo mató de un tiro en
un ataque de furia.
Una de las llaves del Ocultismo está en manos de la ciencia actual, fría, sin corazón,
materialista y desconocedora por completo del verdadero aspecto psíquico de los
fenómenos: en consecuencia es ineficaz para diferenciar los efectos fisiológicos de los
puramente espirituales en la enfermedad inoculada, e incapaz de prevenir los
resultados y las consecuencias de estos fenómenos sobre los que no tiene conocimiento
y, por ende, no ejerce control.
En la revista Lotus de septiembre de 1887 encontramos lo siguiente:
Un periódico francés, el París, del 12 de agosto, contiene un excelente artículo presentado
por G. Montorgueil, titulado Las Ciencias Malditas, del cual extraemos el siguiente texto, no
pudiendo –desafortunadamente– transcribirlo en su totalidad: “Algunos meses atrás, ya no
recuerdo en qué caso, el problema de la sugestión fue planteado y tomado en consideración
por los jueces. Ciertamente veremos personas en las Cortes acusadas del “uso indebido de
lo oculto”. Pero, ¿cómo hará su trabajo el fiscal acusador?, ¿qué argumentos utilizará? El
crimen por “sugestión” es la figura ideal del crimen perfecto. En tal caso, los cargos más
graves nunca pasarán de ser meras presunciones. ¿En qué frágil andamiaje de sospechas se
fundamentarán los cargos? No habrá indagación posible, a no ser moral. Deberemos
resignarnos a escuchar al Fiscal General decir al acusado: “Acusado, de una pesquisa
realizada dentro de su cerebro resulta que…” ¡Pobre jurado! De ellos se debe tener lástima.
Si se toman a pecho su tarea tendrán gran dificultad en separar lo verdadero de lo falso, los
hechos que son obvios, todos los detalles tangibles, y las definidas responsabilidades aun en
casos simples y claros. ¡Y les vamos a pedir que sobre su conciencia y su alma decidan en
cuestiones de Magia Negra! Está claro que enloquecerán en una quincena; o quizás den su
veredicto en menos de ese tiempo si utilizan el arte de hacer milagros…”
“Los tiempos corren rápidamente. Los extraños juicios por brujería florecerán de nuevo;
los sonámbulos, que no pasaban de ser considerados grotescos, resurgirán con trágico
resplandor. La adivinación por los posos de café –hasta ahora desacreditada– en adelante
hará escuchar sus sentencias en los tribunales. El mal de ojo figurará entre las ofensas
criminales. Estos últimos años del siglo XIX nos verán discurrir “de progreso en progreso”,
hasta que nos hundamos en tal atrocidad judicial: un segundo enjuiciamiento de Urbano
Grandier por parte de Laubardemont18”.
Periódicos serios, científicos y políticos rebosan de ardientes discusiones sobre la
materia. Un diario de San Petersburgo presenta un extenso artículo sobre Influencias de
las Sugestiones Hipnóticas en la Legislación Penal. “Los casos de hipnotismo con
intención criminal han tenido últimamente un progresivo incremento”, se le dice al
lector. Y éste no es el único periódico, ni es Rusia el único país donde se cuenta la
misma historia. Autoridades médicas y distinguidos abogados han llevado a cabo
cuidadosas investigaciones y sondeos. Constantemente se han compilado datos, y se ha
concluido que el curioso fenómeno –ridiculizado hasta el momento por los escépticos, y
utilizado por la gente joven como inocente juego en sus reuniones– es un nuevo y
terrible peligro para el Estado y la sociedad.
Dos hechos están ahora manifiestos para la ley y la ciencia:
1)Que en las percepciones del sujeto hipnotizado, las representaciones imaginarias
producidas por “sugestión” se transforman en hechos reales, y el sujeto transitoriamente
pasa a ser ejecutor automático de la voluntad del hipnotizador.
2) La gran mayoría de las personas sobre las que se experimentó son susceptibles de
caer en sugestión hipnótica.
Así, Liébeault encontró sólo sesenta sujetos no hipnotizables de un grupo de
setecientos sobre los que experimentó; y Bernheim, de mil catorce experimentos
hipnóticos, sólo falló en veintiséis. ¡Vasto es el campo de acción para aquellos nacidos
con el don de la brujería! El mal ha adquirido un gran escenario en el cual puede ahora
ejercitar su poder sobre más de una generación de inconscientes víctimas. Porque
ahora, esta nueva “ciencia maldita” nos invita y nos impulsa a cometer crímenes
impensables en estado de vigilia, y felonías de la más baja estofa. Los actores reales de
18 Juicio que acabó con la tortura y posterior quema en auto de fe –es decir, acusado por profesar falsas
doctrinas– del sacerdote Grandier gracias a la actuación del magistrado barón de Laubardemont, en
1634. A este mal juez, instrumento ciego y cruel de la política de Richelieu, se le atribuye la siguiente
frase “Dadme una línea escrita por un hombre, y me comprometo a ahorcarle”. Enciclopedia Universal
Ilustrada. Editorial Espasa–Calpe, Barcelona.
estas negras acciones pueden ahora permanecer fuera del alcance de la justicia humana.
La mano que ejecuta la acción criminal es sólo la de un irresponsable autómata, cuya
memoria no conservará rastro alguno del hecho ejecutado, y quien –más aún– es un
testigo del cual fácilmente uno puede librarse mediante un suicidio por compulsión,
también bajo “sugestión”. ¿Qué mejores medios que estos pueden ser ofrecidos a las
furias de la lujuria y de la venganza, a aquellos negros poderes –llamados pasiones
humanas– siempre a la caza de una oportunidad para romper el mandamiento universal
que obliga “no robar, no matar, no desear a la mujer del prójimo”?
Liébeault “sugirió” a una joven que se envenenara con ácido prúsico, y ella tragó la
supuesta droga sin la menor indecisión; el Dr. Liégeois “sugirió” a una joven dama que le
adeudaba a él cinco mil francos franceses, y ella firmó a continuación un cheque por tal
suma. Bernheim “sugirió” a una joven histérica una larga y complicada visión en relación
a un caso criminal; dos días después, aunque el hipnotizador no había ejercido ninguna
nueva presión sobre ella, la joven contó en detalle la totalidad de la sugerida historia a
un abogado mandado ex profeso. Si su “confesión” se hubiese tomado seriamente en
cuenta, la “acusada” habría sido condenada a la guillotina.
Estos casos presentan dos aspectos terribles y oscuros. Desde un punto de vista moral,
estos procedimientos y “sugestiones” dejan una marca imborrable sobre la pureza
natural del sujeto. Aun la inocente mente de un niño de diez años de edad puede así
verse inoculada de un vicio, del germen de un veneno que se irá desarrollando en el
curso de su vida.
En cuanto al aspecto jurídico no es necesario entrar en detalles. Será suficiente con
decir que esta característica típica del estado hipnótico –la entrega absoluta de la
voluntad y la conciencia al hipnotizador– es de gran importancia por su papel en la
realización del acto delictivo a los ojos de las autoridades legales. Porque si el
hipnotizador posee al sujeto enteramente a su disposición, y de tal manera lo puede
determinar a cometer cualquier crimen actuando –por así decirlo– invisiblemente
dentro de él, entonces, ¿cuáles serían los “terribles errores judiciales” que podrían
esperarse? ¡Cómo asombrarnos entonces de que los tribunales de justicia de todos los
países se hayan puesto en alerta y estén preparando medidas para reprimir el ejercicio
del hipnotismo! En Dinamarca ha sido recientemente prohibido. Los científicos han
experimentado sobre sujetos sensibles con tal éxito que una víctima hipnotizada fue
insultada y ridiculizada cuando se dirigía al lugar donde debía cometer “su” crimen,
hecho que hubiese realizado, completamente inconsciente, de no haber sido prevenida
por el hipnotizador.
Un reciente y triste caso acaecido en Bruselas es del conocimiento de todos. Una
joven de buena familia fue seducida, mientras se encontraba en estado hipnótico, por
un hombre que previamente la había puesto bajo su influencia durante una reunión
social. Ella no se dió cuenta de su situación hasta unos meses después de acaecido el
hecho, y fue entonces cuando sus familiares –que lograron averiguar quién era el
criminal– obligaron al seductor a la única reparación posible: tomar por esposa a la
víctima.
La Academia Francesa ha debatido recientemente la cuestión: hasta qué punto un
sujeto hipnotizado, de una mera víctima, puede llegar a ser instrumento formal de un
crimen. Ningún jurista o legislador puede permanecer indiferente a esta cuestión; y se
concluyó que los crímenes cometidos bajo “sugestión” son tan carentes de precedentes
que algunos de ellos apenas pueden ser incluidos dentro del ámbito de la ley. De ahí la
prudente prohibición legal recientemente adoptada en Francia que impide, excepto a
los cualificados legalmente para ejercer la profesión médica, hipnotizar a persona
alguna. Aun el médico, que goza de tal derecho legal sólo puede ejercerlo en presencia
de otro médico también cualificado, y con el permiso por escrito de quien va a ser
hipnotizado. Además, se prohíben las sesiones de hipnotismo en público, y quedan
estrictamente restringidas a clínicas y laboratorios médicos. Aquellos que infrinjan esta
legislación serán penados con elevadas multas y prisión.
Pero la nota clave ha sonado y muchos son los caminos por los que este arte negro
puede ser ejercido, a pesar de la ley. De que esto ocurra así, dan suficiente garantía las
bajas pasiones inherentes a la naturaleza humana.
Muchas e insólitas serán las fábulas que aún se desarrollarán; la realidad es a veces
más extraña que la ficción, y lo que es tenido por ficción es más de una vez realidad.
No nos debe sorprender entonces que la literatura ocultista crezca día a día.
Ocultismo y brujería están por doquier, pero sin un verdadero conocimiento filosófico
que guíe a los experimentadores y así pueda contrarrestar los resultados malignos. Se
les llama “trabajos de ficción” a las novelas y cuentos. “Ficción” en la disposición de los
personajes y en las aventuras de sus héroes y heroínas. Esto lo admitimos, pero no así
en lo referente a los hechos presentados: no son ficciones, sino verdaderos
presentimientos de lo que nos depara el futuro, mucho de lo cual ya ha nacido (como lo
vienen corroborando los experimentos científicos). ¡Indicios de cómo cambian los
tiempos! ¡El final de un ciclo psíquico! El tiempo de los fenómenos con o mediante
médiums, sean profesionales o no, ha terminado. Fue la temprana estación del
florecimiento, de la era mencionada incluso en la Biblia19; y ahora, el árbol del
Ocultismo se está preparando para dar sus frutos, y el espíritu de lo oculto se está
despertando en la sangre de las nuevas generaciones. Si los hombres viejos sólo “sueñan
sueños”, los jóvenes ya tienen visiones20, y nos las cuentan en novelas y trabajos de
19“Y será que después de esto, derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y
vuestras hijas; vuestros ancianos tendrán sueños y vuestros jóvenes verán visiones” (JI. II, 21 y ss.).
20Es curioso notar que Louis Stevenson, uno de los más fecundos escritores imaginativos, refirió
recientemente a un periodista su costumbre de construir las tramas de sus novelas en base a sueños, y ...

ficción. ¡Pobres de los ignorantes y no preparados; pobres de aquellos que escuchan el
canto de la sirena de la ciencia materialista! Porque, ciertamente, muchos serán los
crímenes cometidos inconscientemente, y muchas serán las víctimas inocentes que
sufrirán muerte en la horca o en la guillotina, a manos de los rigurosos jueces y de los
jurados demasiado inocentes; ambos por igual ignorantes de los malignos poderes de la
“SUGESTIÓN”.
puso como ejemplo la del Dr. Jekyll. “Soñé”, continuó él, “la historia de Olalla… y tengo en este momento
dos historias aún no escritas que también he soñado… Incluso cuando estoy profundamente dormido, sé
que soy yo el que está inventando…” ¡Pero quién sabe si la idea de “inventar” no es también un “sueño”!
*
ACCIÓN PSÍQUICA Y NOÉTICA
“ ... Hice al hombre justo y vertical
capaz de estar de pie, aunque libre para caer.
Así creé todos los poderes etéreos
y espíritus, aquellos que se mantuvieron en pie y
aquellos que cayeron.
Ciertamente, permanecieron
los que permanecieron
y cayeron los que cayeron.”
MILTON
“El asumir que la mente es un ser real,
sobre el que se puede actuar por medio
del cerebro, y el cual puede actuar
sobre el cuerpo a través del cerebro,
es la única conclusión compatible
con todos los hechos de la experiencia.”
GEORGE T. LADD
Elements of Physiological Psychology
Una nueva influencia, un aliento, un sonido –como un rápido soplo divino– ha
pasado de repente sobre las cabezas de algunos filósofos. Una idea, vaga al
principio, creció con el tiempo hasta tomar una forma definida, y ahora parece
estar actuando en ellos. Se trata de lo siguiente: las pocas enseñanzas ocultistas
destinadas hasta ahora a ser hechas públicas deberán, para poder conseguir prosélitos,
adaptarse o al menos no contradecir a la ciencia moderna. Y se argumenta que la
Cosmogonía, Antropología, Etnología, Geología, Psicología y sobre todo la Metafísica,
todo ello en su versión llamada esotérica21, habiendo sido adaptada para no contradecir
al pensamiento moderno (y por lo tanto materialista), no debería permitirse que de
ahora en adelante contradijera jamás (no al menos abiertamente) a la “filosofía
científica”. Esta última, suponemos, expone los puntos de vista fundamentales y
aceptados de las grandes escuelas alemanas, o de Herbert Spencer y algunas otras
estrellas inglesas de menor magnitud; y no sólo esto, sino también las deducciones que
puedan extraer de ellos sus discípulos más o menos preparados.
Esta es ciertamente una empresa por demás amplia, y sobre todo, de perfecta
conformidad con la norma de los casuistas medievales, que distorsionaban la verdad e
incluso la suprimían, si ella se contradecía con la Revelación Divina. Está de más decir
que nosotros rechazamos el compromiso. Es muy posible –más aún, probable y casi
ineludible– que los “errores cometidos” en la presentación de tales abstrusos principios
metafísicos, como son los pertenecientes al Ocultismo Oriental, puedan ser “frecuentes
y a menudo importantes”. Pero en este caso, todos los errores deberían ser rastreados
hasta llegar a los intérpretes o traductores; en ningún momento se podría acusar al
sistema mismo. Los errores de interpretación y traducción deben ser corregidos con la
autoridad de la misma doctrina, comparándolos con las enseñanzas que crecen en el
preparado y fértil suelo de la Gupta–Vidyâ 22 y no con las especulaciones que florecen
hoy por doquiera para marchitarse y desaparecer mañana en las arenas movedizas de
las adivinanzas de la ciencia moderna, especialmente en todo lo relacionado con la
psicología y los fenómenos mentales. De acuerdo a nuestro lema “No hay religión
superior a la Verdad”, rechazamos todo servilismo a la ciencia física. No obstante,
decimos que si las llamadas ciencias exactas limitaran su actividad al campo de la física
en la Naturaleza, si ellas se concentran estrictamente en la cirugía, en la química
–dentro de sus legítimas fronteras–, y en la fisiología –en lo relativo a la estructura de
nuestro marco corporal–, si todo ello ocurre, entonces los ocultistas serán los primeros
en buscar ayuda en las ciencias modernas, aunque sean muchos sus errores y
fantochadas. Pero los fisiólogos de la moderna escuela “animalista”23, yendo más allá de
los límites de la naturaleza material, pretenden entrometerse –y sentar cátedra– en las
21 Y decimos “llamada” esotérica, porque nada de lo que ha sido dado a conocer públicamente o impreso,
puede continuar llamándose esotérico.
22 Ciencia Oculta o Esotérica, significa lo mismo que Guhya–Vidyâ. Ver Glosario Teosófico.
23 El “Animalismo” es una palabra, por demás apropiada (quienquiera que haya sido su inventor) para usar
como contraste al término “animista” que Tylor aplicó a todas las “Razas Inferiores” de la Humanidad que
creen que el alma es una entidad distinta. Tylor encontró que las palabras psique, neuma, ánima, espíritus,
etc., pertenecen todas al mismo ciclo de superstición “de los más bajos niveles culturales”. El profesor A.
Bain designa a todas estas distinciones como una “pluralidad de almas” y un “doble materialismo”. Esto es
de lo más curioso, ya que habla con desdén del “materialismo” de Darwin en su Zoonomía, donde el
fundador de la moderna teoría de la evolución define la palabra “idea” como compendio del estado de
ánimo, o configuración de las fibras que constituyen los “órganos sensoriales inmediatos” (Ver A. Bain,
Mind and Body, the Theories of Their Relation).
funciones y fenómenos más sutiles de la mente, diciendo que un detenido análisis los
lleva a la firme convicción de que no se puede considerar al hombre más libre de lo que
es el animal, y –por lo tanto– tampoco más responsable por sus actos que los animales.
Frente a ello, los ocultistas tienen mayor derecho a protestar que cualquier idealista
moderno. Así, los ocultistas puntualizan que ningún materialista –que aun en el mejor
de los casos, es un testigo parcial y lleno de prejuicios– puede considerarse o ser
considerado una autoridad en cuestiones de fisiología mental, o en aquello que ahora
los materialistas llaman fisiología del alma. Tal sustantivo, no puede ser aplicado a la
palabra “alma” a menos que –claro está– cuando se diga alma, se esté haciendo
referencia a la mente inferior o psíquica, o a aquello que se desarrolla en el hombre
(proporcionalmente con la perfección de su cerebro) para constituir su intelecto,
mientras que en el animal va a formar su instinto superior. Pero desde que el gran
Charles Darwin enseñó que “nuestras ideas son impulsos animales de los órganos
sensorios” todo es posible para el fisiólogo moderno.
Así, para gran desmayo de nuestros simpatizantes con inclinaciones científicas,
debemos mostrar la magnitud de nuestro desacuerdo con la ciencia exacta, o –quizás
mejor– en qué medida las conclusiones de esa ciencia se están alejando de la verdad y
los hechos. Por “ciencia” indicamos, por supuesto, la mayoría de los hombres de ciencia;
la más apta minoría, y lo decimos con júbilo, está de nuestra parte, al menos hasta
donde concierne al libre albedrío en el hombre y a la inmaterialidad de la mente. Los
estudios de la “fisiología” del Alma, de la Voluntad en el hombre y de su Conciencia
superior desde el punto de vista de los genios y sus facultades manifestadas, nunca
podrán ser sintetizados dentro de un sistema general de ideas representadas en simples
fórmulas; como tampoco la psicología de la naturaleza material puede ver resueltos sus
polifacéticos misterios mediante el mero análisis de sus fenómenos físicos. No hay
ningún órgano especial de voluntad, como tampoco hay bases físicas para las actividades
de una conciencia de sí mismo.
“Si la cuestión se refiere a la base física para las actividades de la conciencia de sí mismo,
no se puede dar ni sugerir respuesta alguna… Debido a su misma naturaleza, ese
maravilloso verificador de la mente en el cual ella reconoce los estados como propios, no
puede tener substrato material análogo ni correspondiente. Es imposible especificar ningún
proceso fisiológico que represente este acto unificador; incluso tampoco se puede imaginar
cómo la descripción de cualquiera de esos procesos se puede poner en relación inteligible
con ese poder mental único”24.
Así, todo el cónclave de psicofisiólogos podría ser retado a definir correctamente la
Conciencia, y de seguro fallaría porque la conciencia de sí mismo pertenece solamente
24George T. Ladd, Physiological Psychology, obra formada por Elements of Physiological Psychology y
Outlines of Physiological Psichology. Ladd fue notable profesor de psicología y moral de la Universidad de
Yale.

al hombre y procede de uno mismo, del Manas superior. Mientras que el elemento
psíquico es común al animal y al ser humano –siendo en el hombre más alto el grado de
su desarrollo, motivado específicamente por la mayor sensibilidad y perfección de sus
células cerebrales–, ningún fisiólogo, ni siquiera el más inteligente, podrá nunca
resolver el misterio de la mente humana, en su más alta manifestación espiritual o en su
aspecto dual de mente psíquica y mente noética (o manásica) 25, ni tampoco
comprender los vericuetos de la mente psíquica en el plano puramente material, a
menos que sepa algo de este elemento dual, y esté preparado para admitir su presencia.
Esto significa que el fisiólogo debería admitir en el hombre una mente inferior (animal)
y una superior (divina), es decir, aquello que en Ocultismo es conocido como ego
personal y Ego impersonal. Porque entre lo psíquico y lo noético, entre la Personalidad y
la Individualidad, existe igual abismo que entre “Jack el Destripador” y un santo Buddha.
A menos que el fisiólogo acepte todo esto –insistimos– siempre terminará sobre
terreno de arenas movedizas. Intentaremos probarlo.
Como es sabido, la gran mayoría de nuestros eruditos “Didymi” rechazan la idea del
libre albedrío. Ahora bien, este problema ha ocupado durante épocas la mente de
muchos pensadores; cada una de las escuelas de pensamiento que abordaron el tema, lo
abandonaron tan lejos de la solución como al principio. Pero, a pesar de estar situado en
las primeras filas del conjunto de incertidumbres filosóficas, los actuales
“psicofisiólogos” reclaman de manera fría y engreída el haber cortado el nudo Gordiano
para siempre. Para ellos, el sentimiento de un libre albedrío personal es un error, una
ilusión, “la alucinación colectiva de la humanidad”. Esta convicción comienza a partir del
principio de que no hay actividad mental posible sin cerebro, y que no puede haber
cerebro sin un cuerpo. Como este último está además, sujeto a las leyes generales de un
mundo material donde todo está basado en la necesidad, y en el cual, no hay
espontaneidad, nuestros modernos psicofisiólogos deben, quieran o no, repudiar
cualquier espontaneidad propia en las acciones humanas. Nos encontramos, por
ejemplo, con un profesor de fisiología de la Academia de Lausanne (Suiza), A.A. Herzen,
para quien el pretendido libre albedrío en el hombre aparece como el absurdo más
acientífico. Dice este oráculo:
“En el ilimitado laboratorio físico y químico que rodea al hombre, la vida orgánica
representa un grupo de fenómenos sin mayor importancia; y entre estos fenómenos, el lugar
ocupado por la vida que ha alcanzado el nivel de conciencia es tan mínimo que es absurdo
excluir al hombre de la esfera de acción de una ley general para permitir en él la existencia
de una espontánea subjetividad o libre albedrío fuera de esa ley general”.
Para el Ocultista que conoce la diferencia entre los elementos psíquicos y noéticos en
el hombre, y no obstante su base científica, esto es una pura tontería. Porque cuando el
25Usamos la palabra sánscrita Manas (Mente) con preferencia a la palabra griega Nous (noética) porque al
haber sido esta última tan mal entendida en filosofía, no nos sugiere significado definitivo alguno
.
autor –partiendo de la base de que el fenómeno psíquico representa los resultados de
una acción de tipo molecular– presenta la cuestión: ¿dónde desaparecen entonces
nuestros impulsos después de alcanzar los centros sensoriales?, nosotros contestamos
que nunca negamos el hecho. Pero, ¿qué tiene que ver esto con el libre albedrío? Que
todo fenómeno en el Universo visible tiene su origen en el movimiento, es un viejo
axioma en Ocultismo. Tampoco dudamos de que el psicofisiólogo se colocaría en
disputa con la totalidad del cónclave de científicos matemáticos, si permitiera la idea de
que en un momento dado una serie completa de fenómenos físicos pudieran
desaparecer en el vacío. Así es que, cuando el autor del citado trabajo mantiene que la
mencionada fuerza no desaparece en el momento en que alcanza los centros nerviosos
más elevados, sino que se transforma en otra serie de fenómenos, esto es,
manifestaciones psíquicas, como son pensamientos, sentimientos y conciencia (como
esta misma fuerza psíquica cuando es aplicada para producir algún trabajo de carácter
físico, por ejemplo, muscular, se transforma en este último), el Ocultismo le apoya,
porque es el primero en decir que toda actividad psíquica, desde su manifestación más
ínfima hasta la más elevada, “no es más que movimiento”.
Sí, es Movimiento; pero no todo es movimiento “molecular”, como el autor pretende
que nosotros creamos. También encontrarnos movimiento en el sentido del Gran
Aliento y, por lo tanto, “sonido” al mismo tiempo; es el substrato del Movimiento
Cósmico. No tiene principio ni fin, es la Vida Una Eterna, la base y origen del Universo
subjetivo y objetivo; porque la Vida (o Seidad) es la fuente y origen de la existencia o
Ser. Pero el movimiento molecular es el más bajo y material de sus finitas
manifestaciones. Y si la ley general de la conservación de la energía lleva a la ciencia
moderna a la conclusión de que la actividad psíquica sólo representa una forma especial
de movimiento, la misma ley guiando a los ocultistas los lleva también a la misma
convicción, pero igualmente deja fuera de toda consideración a algo más que la
psicofisiología. El que la psicofisiología haya descubierto –sólo en el siglo XIX– que la
acción psíquica (digamos incluso espiritual) está sujeta a las mismas leyes generales e
inmutables de movimiento como cualquier otro fenómeno manifestado en el campo
objetivo del Cosmos –y que tanto en el mundo orgánico como en el inorgánico (?) toda
manifestación, sea conciente o inconsciente, no representa sino el resultado de una
colectividad de causas– esto sólo representa para la Filosofía Oculta el “A B C” de su
ciencia. “Todo el mundo está en el svara; svara es el Espíritu mismo, la Vida Una o
movimiento.” Dicen los viejos libros de la Filosofía Oculta hindú.
“La verdadera traducción de la palabra svara es la corriente de la onda de vida. Es aquel
movimiento ondulatorio que origina la evolución de la materia cósmica indiferenciada hasta
convertirse en el Universo diferenciado… ¿De dónde proviene este movimiento? Este
movimiento es el Espíritu mismo. La palabra Âtman (alma universal) usada en el libro
mencionado, lleva en sí misma la idea de movimiento eterno, pues deriva de la raíz At,
movimiento eterno, y la raíz At está relacionada con –o es de hecho simplemente otra forma
de– las raíces Ah (aliento) y As (ser). Todas estas raíces tienen por origen el sonido producido
por el aliento de los animales (seres vivos)… La corriente primordial de la onda de vida es,
entonces, la misma que asume en el hombre la forma de los movimientos inspiratorio y
espiratorio de los pulmones, y éste es el origen omnipenetrante de la evolución e involución
del Universo”.
Mucho se ha escrito sobre el movimiento y “la conservación de la energía” en antiguos
libros sobre la Magia, y se ha enseñado incontables años antes de que naciese la ciencia
inductiva y exacta. Porque, ¿qué dice esta última que no hayan dicho antes aquellos
libros, cuando hablan –por ejemplo– del mecanismo animal? Veamos:
“Desde el átomo visible hasta los cuerpos celestes perdidos en el espacio, todo está sujeto
al movimiento… las moléculas mantenidas a una distancia determinada unas de otras, en
proporción directa al movimiento que las anima, muestran una relación constante que sólo
pierden por la adición o sustracción de cierta cantidad de movimiento”26.
Pero el Ocultismo nos dice más. Al tiempo que hace del movimiento en el plano
material y de la conservación de la energía dos leyes fundamentales, o más bien, dos
aspectos de la misma Ley omnipresente–svara, niega que éstas tengan algo que ver con
el libre albedrío en el hombre, el cual pertenece a un plano muy diferente. El autor de
Psychophysiologie Générale, al hablar de su descubrimiento de que la acción psíquica no
es sino movimiento, y el resultado de un conjunto de causas, señala que, como esto es
así, no puede haber ninguna espontaneidad –en el sentido de cualquier tendencia
natural e interna creada por el organismo humano–, y agrega que con lo anterior se
pone fin a toda cuestión referente al libre albedrío. El ocultista niega tal conclusión. El
propio hecho de la individualidad psíquica (nosotros decimos manásica o noética) en el
hombre, es garantía suficiente para tener por errónea tal proposición tomada sin
prueba alguna; porque en el caso de que esta conclusión sea correcta, o siendo como lo
expresa el autor, la alucinación colectiva de toda la Humanidad a través de las edades,
habría también un final para la individualidad psíquica.
Por individualidad “psíquica”, queremos decir ese poder auto –determinativo que
posibilita al hombre superar las circunstancias. Coloque a media docena de animales de
la misma especie bajo las mismas circunstancias, y sus acciones –aunque no idénticas–
serán muy similares; coloque ahora media docena de hombres bajo las mismas
circunstancias y sus acciones serán tan diferentes como lo son sus caracteres, es decir,
sus individualidades psíquicas.
Pero si en lugar de “psíquica”, la llamamos conciencia superior de sí mismo, entonces
–habiendo sido demostrado por la misma ciencia de la psicofisiología que la voluntad
no tiene órgano especial alguno– ¿cómo podrán los materialistas conectarla con el
movimiento “molecular”? Como nos dice George T. Ladd:
26 E.J. Marey, La machine animale, locomotion terrestre et aérienne, 1886. Marey fue director de la
Escuela de Altos Estudios y en 1878 ingresó en la Academia de Ciencias francesa.
“Los fenómenos de la conciencia humana deben ser considerados como actividades de
alguna otra forma del Ser Real, más que como el movimiento de las moléculas del cerebro.
Para ello se necesita una materia o terreno que sea en su naturaleza –distinta de las grasas
fosforizadas de la masa encefálica–, como la formada por las fibras nerviosas, de células
nerviosas, pertenecientes a la corteza cerebral. Este Ser Real que se manifiesta
inmediatamente a sí mismo en el fenómeno de la conciencia, e indirectamente a otros a
través de cambios corporales, es la Mente (Manas). A ella se le deben atribuir los fenómenos
mentales, mostrando lo que es a través de lo que hace. Las llamadas “facultades” mentales
son sólo modos de comportamiento conciencial de este ser verdadero. Ciertamente vemos,
por medio del único método disponible, que ese Ser Real llamado Mente cree en ciertas
modalidades que se repiten perpetuamente; de ahí que le atribuyamos ciertas facultades…
Las facultades mentales no son entidades que tengan existencia propia… Son los modos de
comportamiento conciencial de la mente. Y la misma naturaleza de la acción clasificadora
que le lleva a ser distinta, es sólo explicable a partir de la presuposición de que existe un Ser
Real llamado Mente, y que debe ser distinto de los seres reales conocidos como moléculas
físicas de la masa nerviosa cerebral”27.
Y al haber mostrado que debemos considerar a la conciencia como una unidad (otra
proposición del Ocultismo) el autor agrega:
“Las consideraciones previas nos llevan a decir, como conclusión, que el sujeto de todos los
estados de conciencia es un ser unitario real, llamado Mente; que es de naturaleza no
material y que actúa y se desarrolla de acuerdo a leyes propias, pero que está especialmente
relacionado con ciertas masas y material molecular que forma la substancia del cerebro”28.
Esta “Mente es Manas”, o –más bien– su reflejo inferior, que siempre que se
desconecta momentáneamente de kâma se constituye en la canalizadora de las más
altas facultades mentales, y es el órgano del libre albedrío en el hombre físico. De tal
forma, esta presunción de la muy moderna psicofisiología es poco necesaria, hasta
podríamos decir gratuita, y la aparente imposibilidad de reconciliar la existencia del
libre albedrío con la ley de la conservación de la energía, es pura falacia. Esto fue
contundentemente demostrado en los Scientific Letters de Elpay en una crítica a esta
teoría. Pero para probarlo de manera concluyente y terminar con el tema, no se
necesitaba intervención tan elevada (elevada al menos para nosotros) como la de las
leyes ocultas, bastaría simplemente un poco de sentido común. Analicemos la cuestión
desapasionadamente.
Un hombre, presumiblemente un científico, postula que “ya que la acción psíquica se
encuentra sujeta a las leyes inmutables y generales del movimiento, no hay libre
27El Manas superior o “Ego” (Kchetrajna) es el “Espectador Silencioso”, y la “víctima sacrificial” voluntaria;
el Manas inferior, o Kâma–Manas, su representante, es ciertamente un déspota tiránico.
28 Elements of Physiological Psychology, tratado sobre las actividades y naturaleza de la Mente, desde el
punto de vista físico y experimental.

albedrío en el hombre”. El “método analítico de las ciencias exactas” lo ha demostrado, y
los científicos materialistas decretaron que “queda aprobada la resolución” que manda
que el hecho debe ser así aceptado por sus seguidores. Pero hay otros científicos, con
más prestigio, que piensan de manera diferente. William Lawrence, por ejemplo, el
eminente cirujano, declara en sus conferencias que:
“La doctrina filosófica del alma, y su separada existencia, no tiene nada que ver con la
cuestión fisiológica, sino que descansa sobre un tipo de pruebas totalmente diferentes.
Estos dogmas sublimes jamás pudieron haber sido dados a luz por un anatomista o un
fisiólogo, pues un ser inmaterial y espiritual no podría descubrirse entre la sangre y los
desperdicios de una sala de autopsias”29.
Analicemos ahora el testimonio de los materialistas y veamos como este “disolvente
universal” llamado “método analítico”, es aplicado en este caso especial. El autor de
Psychophysiologie descompone la actividad psíquica en sus elementos integrantes, los
sigue hasta que ellos vuelven a ponerse en movimiento, y no pudiendo encontrar en
ellos la mínima manifestación de libre albedrío o espontaneidad, llega a la conclusión
de que esto último, en general, no existe; y que tampoco será encontrado en la
actividad psíquica que él ha descompuesto. “¿Acaso no es evidente la falacia y el error
de tal procedimiento acientífico?, se pregunta su crítico, para luego muy correctamente
argumentar que:
“A este paso y partiendo del punto de vista de este método analítico, uno tendría igual
derecho a negar todo fenómeno en la Naturaleza, desde el primero hasta el último. ¿No es
cierto que el sonido y la luz, como el calor y la electricidad, como todos los otros procesos
químicos, una vez descompuestos en sus respectivos elementos, conducen al
experimentador de regreso al mismo movimiento, donde todas las peculiaridades de los
elementos dados desaparecen, dejando sólo detrás “las vibraciones de las moléculas”? Pero,
¿podríamos deducir necesariamente de ello, que el calor, la luz, la electricidad, son sólo
ilusiones en lugar de manifestaciones reales de las peculiaridades de nuestro mundo
material? Damos por supuesto que tales peculiaridades no van a ser encontradas en los
elementos compuestos, ya que no podemos esperar que una parte contenga, del principio al
fin, las propiedades del todo. ¿Qué diríamos de un químico que habiendo descompuesto el
agua en sus componentes hidrógeno y oxígeno, sin encontrar en ellos las características
especiales del agua, sostuviera que tales características no existen ni pueden ser
encontradas en ella? ¿Y qué del anticuario que luego de analizar cada letra por separado de
un documento que le es presentado, y no encontrando en ellas sentido alguno, asevere que
el documento tampoco lo tiene? ¿No será que el autor de Psychophysiologie actúa
justamente de esta manera, al negar la existencia de libre albedrío o espontaneidad propia
del hombre, basándose en que esta facultad distintiva de la actividad psíquica más elevada
está ausente de los elementos componentes que ha analizado?”
29 W. Lawrence, Lectures on Physiology, Zoology and Natural History Of Man, Londres, 1818.
Resulta innegable que en manos de un químico ningún trozo separado de madera,
ladrillo o hierro que haya sido alguna vez parte de un edificio ahora en ruinas, puede
esperarse que conserve el más pequeño trozo de la arquitectura de ese edificio. Aunque
si se tratara de un psicometrista, éste sí podría sacar conclusiones verdaderas, puesto
que la facultad que domina, demuestra la ley de la conservación de la energía de
manera más acabada que cualquier otra ciencia física, y lo hace actuando tanto en los
mundos subjetivos y psíquicos como en los planos objetivos y materiales. El origen del
sonido, en este plano, debe ser buscado en el mismo movimiento, e idénticas
correlaciones de fuerzas están en juego durante los fenómenos, como en el caso de
cualquier otra manifestación. ¿Deberá entonces el físico que descompone el sonido en
sus elementos componentes vibratorios y no encuentra en ellos ninguna melodía o
armonía especial, negar la existencia de ésta? ¿No nos prueba ello que el método
analítico al tratar exclusivamente con los elementos, y no analizando las combinaciones,
hace hablar al físico muy suelto de lengua sobre el movimiento, la vibración, y demás,
haciéndole perder de vista la armonía producida por ciertas combinaciones de ese
movimiento o “la armonía de las vibraciones”? La crítica está entonces acertada al
acusar a la psicofisiología materialista de relegar estas importantes distinciones, al
sostener que si una cuidadosa observación de los hechos es un deber en el más simple
de los fenómenos físicos, cuánto más lo será cuando se apliquen a complejas e
importantes cuestiones como las fuerzas y facultades psíquicas. Pero aun así, en
muchos casos, todas estas diferencias esenciales son ignoradas, y el método analítico es
aplicado de la manera más arbitraria y perjudicial. No nos puede sorprender entonces
que en el proceso de retrotracción de la acción psíquica a sus más básicos elementos de
movimiento, los psicofisiólogos la priven de todas sus características esenciales,
llegando a destruirla; y que una vez destruida se encuentre el psicofisiólogo, incapaz de
encontrar lo que ya no existe en ella. En otras palabras, él olvida, o más bien ignora a
propósito, el hecho de que así como todos los otros fenómenos en el plano material, las
manifestaciones psíquicas deben ser relacionadas en su examen final con el mundo de la
vibración (siendo el “sonido” el substrato del Akâsa universal), aunque en su origen esas
manifestaciones pertenecen a un Mundo de ARMONIA diferente y superior. Elpay tiene
unas frases muy severas contra las suposiciones de aquellos a quienes llama
“fisicobiologistas”; transcribiré las más ilustrativas:
“Inconscientes de su error, los psicofisiologistas identifican los elementos que componen
la actividad psíquica con esa actividad psíquica misma, y de allí la conclusión –desde el
punto de vista del método analítico– de que la más elevada y distintiva característica del
alma humana (libre albedrío, espontaneidad) es una ilusión, y no una realidad psíquica. Pero
como acabamos de mostrar, tal identificación no sólo carece de punto alguno en común con
la ciencia exacta, sino que debe ser tenida por inexistente, ya que contradice las más
fundamentales leyes de la lógica. Como consecuencia de ello, se desvanecen en el aire todas
las deducciones llamadas fisico–biológicas que emanan de la mencionada identificación. Por
ello, diremos que el encontrar el origen de la acción psíquica principalmente en el
movimiento, no significa de ningún modo el probar que “el libre albedrío es una ilusión”. Y
como ocurre en el caso del agua, cuyas cualidades específicas no pueden ser privadas de su
realidad, aunque ellas no puedan ser encontradas en sus gases componentes, lo mismo
vemos en las propiedades específicas de la acción psíquica; no se le puede quitar a la
realidad psíquica su característica de espontaneidad, aunque esta propiedad no esté
contenida en esos elementos finitos en los cuales los psicofisiólogos desmembran la
actividad en cuestión con su escalpelo mental”.
Este método es “una característica distintiva de la ciencia moderna en su esfuerzo por
satisfacer las cuestiones referentes a la naturaleza de sus objetos de investigación,
mediante una detallada descripción de su desarrollo”; dice G.T. Ladd, que en Elements
of Physiological Psychology, agrega:
“El proceso universal de Manifestación ha sido casi personificado y deificado con el fin de
mostrarlo como el campo verdadero de toda la existencia finita y concreta… Se ha
intentado referir el tan llamado desarrollo de la mente a la evolución de la substancia
cerebral, bajo causas puramente físicas y mecánicas. Este intento, entonces, niega que algún
ser–unidad real llamado Mente, necesite ser considerado como realizador de un proceso de
desarrollo de acuerdo a sus propias leyes… Por otro lado, todos los intentos para explicar el
aumento progresivo de complejidad y comprensión en el fenómeno mental mediante las
etapas de la evolución física del cerebro, son completamente insatisfactorios para muchas
mentes. No dudamos en considerarnos entre ellas. Aquellos hechos experimentales que
muestran una correspondencia en el orden de desarrollo del cuerpo y la mente, e incluso en
cierta dependencia necesaria de la última con el primero, deben ser, por supuesto,
admitidos; pero ellos son igualmente compatibles con otro enfoque del desarrollo de la
mente. Y este otro punto de vista tiene la ventaja adicional de que deja espacio para
muchos otros hechos experimentales que son muy difíciles de reconciliar con cualquier
teoría materialista. En su totalidad, la historia de las experiencias de cada individuo es tal
que requiere la aceptación de que un ser–unidad real (una Mente) esta atravesando un
proceso de desarrollo en relación a la condición cambiante o evolución del cerebro, y también
en concordancia con una naturaleza y leyes propias”.
En la parte final de este artículo veremos cuán de cerca toca esta última afirmación de
la ciencia las enseñanzas de la Filosofía Oculta. Por el momento, terminaremos con una
respuesta a la más reciente falacia materialista, que puede ser resumida en pocas
palabras. Como toda acción psíquica tiene por substrato los elementos nerviosos cuya
existencia ella postula, y fuera de los cuales no puede actuar, puesto que la actividad de
los elementos nerviosos son sólo movimiento molecular, no hay por lo tanto necesidad
de inventar una Fuerza especial psíquica para la explicación de los trabajos de nuestro
cerebro. El libre albedrío podría forzar a la ciencia a postular un libre albedriador, un
creador de esa Fuerza especial.
Estamos de acuerdo: “no existe ni la más mínima necesidad” de un creador de esa
“Fuerza especial” o de cualquier otra. Nadie dijo nunca tal absurdo. Pero hay una
diferencia entre el acto de crear y el de guiar, y este último no implica de ninguna
manera la creación de la energía del movimiento, ni de ninguna otra energía especial. La
mente psíquica (en contraste con la mente manásica o noética) sólo transforma esta
energía del “ser–unidad” de acuerdo a una “naturaleza y leyes propias”, por usar la feliz
expresión de Ladd. El “ser–unidad” no crea nada, sino que sólo provoca una correlación
natural en concordancia con las leyes físicas y con sus leyes propias; teniendo que usar
de la Fuerza, guía su dirección, eligiendo el camino a lo largo del cual ella actuará,
estimulándola a la acción. Y como su actividad es sui generis e independiente, ella
transporta esta energía desde este mundo de desarmonía hasta su propia esfera de
armonía. De no ser independiente, no podría hacer tal cosa. Como lo es, la libertad de la
voluntad del hombre está más allá de toda duda o cavilación. De ahí que, como ya
dijimos, no es una cuestión de creación, sino de simple guía. Porque así como el
marinero al timón no crea el vapor de las máquinas, ¿deberemos decir que tampoco
dirige al barco?
Y porque nos negamos a aceptar como la última palabra de la ciencia, las falacias de
algunos psicofisiólogos ¿daremos con ello una nueva prueba de que el libre albedrío es
una alucinación? Nos burlamos de la idea animalista. ¡Cuánto más científica y lógica,
además de tan poética como magnífica, es la enseñanza contenida en el Kathopanishad!
30. En una maravillosa y descriptiva metáfora dice:
“Los sentidos son los caballos, el cuerpo es el carro, la mente (Kâma–Manas) conforma las
riendas, y el intelecto (o libre albedrío) es el auriga”.
Hay más ciencia exacta en el menos importante de los Upanishads compilado hace
miles de años, que en todos los delirios materialistas de los modernos “psicobiólogos” y
“psicofísiólogos” juntos.
“El conocimiento del pasado, presente y futuro está corporizado en Kshetrajna (el
verdadero Yo)” 31 (Axiomas ocultos).
Habiendo explicado en qué, y por qué como ocultistas no estarnos de acuerdo con la
psicología materialista fisiológica, ahora podemos pasar a detallar la diferencia entre
las funciones mentales, psíquicas y noéticas, no estando reconocida esta última por la
ciencia oficial.
Más aún, nosotros los filósofos entendemos los términos “psíquico” y “psiquismo” de
diferente manera a como lo hace la gente, la ciencia y aun la teología, dándole esta
última un significado que la ciencia y el Ocultismo rechazan; y el público en general se
queda con una concepción confusa de lo que realmente se quiere decir con esos
términos. Para muchos, hay poca –sí acaso alguna– diferencia entre “psíquico” y
“psicológico”; ambas palabras se refieren al alma humana. Algunos metafísicos
30 Uno de los Upanishads comentado por Skankarâchârya. Ver Glosario Teosófico.
31 El verdadero Yo, el Ego conciente en sus manifestaciones más elevadas, el Espíritu supremo y
conciente que está en nosotros y en todos los seres del Universo. Ver Glosario Teosófico.

modernos se han puesto sabiamente de acuerdo para desvincular la palabra Mente
(pneuma) de Alma (psyché), siendo una la parte racional, espiritual, y la otra el principio
de vida en el hombre, el aliento que lo anima, (de anima, alma). Por ello, de ser esto
cierto, ¿por qué entonces le negarnos un alma a los animales? Ellos están no menos que
el hombre, imbuidos con el mismo principio de vida animada sensitiva, el nephesh del
capítulo II del Génesis 32. El alma no es en modo alguno la Mente, ni puede un idiota,
privado de esta última, ser considerado un ser sin alma, un desalmado. Describir, como
hacen los fisiólogos, al alma humana en relación con los sentidos y apetitos, deseos y
pasiones, comunes al hombre y al bruto y luego dotarle de un intelecto divino (como el
de Dios), con facultades espirituales y racionales que sólo pueden tener su origen en un
mundo supersensible, es echar para siempre sobre el tema un velo de impenetrable
misterio. Sin embargo, en la ciencia moderna, “psicología” y “psiquismo” tienen relación
sólo con las condiciones del sistema nervioso, mientras que el fenómeno mental está
relacionado únicamente con la acción molecular. La más alta característica noética del
principio “Mente” es ignorada por completo e incluso rechazada como “superstición”
por los fisiólogos y los psicólogos. De hecho, “psicología” ha llegado a ser en muchos
casos sinónimo para la ciencia de “psiquiatría”. De allí que, viéndose los estudiantes de
Ocultismo obligados a diferir de todo ello, han adoptado la doctrina que caracteriza a
las filosofías de Oriente, dignificadas por su antigüedad. Veremos a continuación en
qué consiste esta doctrina.
Para mejor entender los argumentos ya vertidos y los que seguirán, se pide al lector
que revise el artículo incluido en este mismo libro, titulado el Aspecto Dual de la
Sabiduría, y que se familiarice con el doble aspecto de lo que es llamado sin rodeos por
Santiago en su Epístola Universal (III, 15 y 17) sabiduría demoníaca y terrestre, como
opuesta a “la sabiduría que nos viene de lo alto”. En otro artículo titulado Mente
Cósmica, también se dice que los antiguos hindúes atribuían conciencia a toda célula en
el cuerpo humano, dándole a cada una el nombre de un Dios o Diosa. Hablando sobre
los átomos, en nombre de la Ciencia y la Filosofía, el profesor Ladd los llama “seres
supersensibles”. El Ocultismo considera a cada átomo33 como una “entidad
independiente” y cada célula como una “unidad conciente”. Ello explica que si bien tal
grupo de átomos forma células, éstas aparecen con el atributo de la conciencia, cada
una de su propio tipo, y la posibilidad de actuar con libre albedrío dentro de los límites
de la ley. Tampoco estamos nosotros, como bien prueban los dos artículos arriba
mencionados, enteramente privados de evidencias científicas para tales aseveraciones.
Actualmente, más de uno de los eruditos fisiólogos de la selecta minoría, está
alcanzando rápidamente la convicción de que la memoria no tiene ni asiento ni órgano
32 Génesis II, 7: “Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento
de vida, y fue el hombre un ser viviente”.
33 Uno de los nombres de Brahmâ es anu o “átomo”. Ver Glosario Teosófico.
especial propio en el cerebro humano, sino que tiene asientos en cada órgano del
cuerpo.
El profesor G.T. Ladd escribe:
“No existe base cierta alguna para hablar de ningún órgano especial o asiento de la
memoria. Cada órgano, ciertamente de cada área, y cada limite del sistema nervioso, tiene
su propia memoria”34.
El asiento de la memoria, entonces, no está con seguridad ni aquí ni allí, sino en todas
las partes del cuerpo humano. Localizar su órgano en el cerebro es limitar y
empequeñecer a la Mente Universal y sus incontables Rayos (los Mânasaputras), los
cuales instruyen a cada mortal racional.
Dado que escribimos, antes que nada, para ser leídos por filósofos, poco interesan los
prejuicios psicofóbicos de los materialistas que puedan leer estas líneas y manifestar
desdén ante la mención de la “Mente Universal”, y la parte más elevada del alma
noética de los hombres. Pero preguntamos, ¿qué es memoria? “La presentación de los
sentidos y la imagen de la memoria son ambas, fases transitorias de la conciencia”, nos
contestan. Pero, ¿qué es la conciencia misma?, preguntamos nuevamente. “No podemos
definir la conciencia” 35, nos dice Ladd. Así, aquello que la psicología fisiológica nos dice
que hagamos, es contentarnos con disputar sobre los varios estados de conciencia con
una hipótesis privada y no verificable por la gente; y esto, en “cuestiones de fisiología
cerebral donde los expertos y los principiantes son igualmente desconocedores”, para
usar las aseveraciones remarcadas del mencionado autor. Hipótesis por hipótesis,
entonces, podemos más bien quedarnos con las enseñanzas de nuestros visionarios,
antes que con las conjeturas de aquellos que los niegan, as! como a su sabiduría. Y más
aún, como nos dice el honesto hombre de ciencia, “si la Metafísica y la Ética no pueden
propiamente dictar sus hechos y conclusiones a la ciencia de la psicología fisiológica… a
su vez esta ciencia no puede con propiedad dictar a la Metafísica y a la Ética las
conclusiones que ellas extraen de los hechos de la conciencia, al exponer sus mitos y
fábulas en la forma de la bien comprobada historia del proceso cerebral”36.
Como la metafísica de la fisiología y psicología oculta postula la existencia dentro del
hombre mortal de una entidad inmortal, “Mente Divina”, o Nous –de ese hombre
durante el período de cada encarnación– y cuyo pálido y a menudo distorsionado
reflejo es lo que llamamos “Mente” e intelecto, decimos que los dos orígenes de la
“memoria” están en estos dos “principios”. A ellos los identificamos como el Manas
Superior (Mente superior o Ego), y el Kâma–Manas, es decir, el intelecto racional,
34 Elements of Physiological Psychology.
35 Elements of Psysiological Psychology
36 Ibídem.

terrenal, físico en el hombre, encajado en, y limitado por, materia, y por lo tanto sujeto
a su influencia. El Yo siempre conciente, aquello que reencarna periódicamente, ¡la
Palabra, el Verbo hecho carne!, es siempre el mismo; mientras que su “doble” reflejado,
cambiante con cada encarnación y personalidad nueva, es por lo tanto conciente sólo
por el período que dura una vida. Este segundo principio es el yo inferior, aquello que
manifestándose a través de nuestro sistema orgánico, actúa en este plano de ilusión, y
se imagina a sí mismo el Ego Sum; y así cae en lo que la filosofía budista define como la
“Gran Herejía de la Separatividad”. llamamos al primero Individualidad, y Personalidad
al segundo. Del primero, proceden todos los elementos noéticos; del segundo, los
psíquicos, es decir, en el mejor de los casos, “la sabiduría terrenal”, al estar influenciado
por todos los estímulos caóticos de las pasiones humanas (más bien animales) del
cuerpo viviente.
El “Ego Superior” no puede actuar directamente sobre el cuerpo, ya que su conciencia
pertenece a un plano diferente (planos de ideación); pero el yo inferior sí puede, y su
acción y comportamiento depende de su libre albedrío y elección frente a la disyuntiva
de gravitar en dirección a su padre (“el Padre Nuestro que estás en los Cielos”) o en
dirección a lo animal, a lo que él da vida, el hombre de carne. El Ego Superior, como
parte de la esencia de la Mente Universal, es incondicionalmente omnisciente en su
propio plano, pero en nuestra esfera terrestre sólo lo es potencialmente. Y ello es así
porque aquí sólo puede actuar a través de su alter ego, el yo personal. Ahora bien,
aunque el Ego Superior es el vehículo de todo el conocimiento del pasado, del presente,
y del futuro, y aunque es a partir de este manantial que su “doble” tiene ocasionalmente
algunos destellos de aquello que está más allá de los sentidos del hombre, y los
transmite a ciertas células del cerebro (de funciones desconocidas para la ciencia),
haciendo así de un hombre un visionario, un profeta y adivino; a pesar de todo ello, la
memoria de los acontecimientos pasados –especialmente de los más terrenales– tiene
su asiento sólo en el ego personal. Ningún recuerdo de una función puramente
relacionada con la vida diaria, de naturaleza física, egocéntrica o mental inferior, como
son beber y comer, gozar de los placeres sensuales personales, transaccionar
comercialmente con ventaja en detrimento de un vecino, etc., tiene relación alguna con
la Mente Superior o Ego. Tampoco tiene tal memoria ninguna relación directa en este
plano físico con nuestro cerebro o nuestro corazón, porque estos dos son los órganos
de un poder más elevado que la personalidad; ella sólo está relacionada con nuestros
órganos pasionales, como el hígado, el estómago, el bazo, etc. Del tal suerte, la
memoria de los mencionados hechos debe ser primeramente despertada en aquel
órgano que fue el primero en inducir la acción recordada a posteriori, y dirigida a
nuestra memoria de los sentidos, que es por entero diferente de la memoria
supersensorial. Sólo son las formas más elevadas de esta última, las experiencias
mentales supraconcientes, las que pueden relacionarse con los centros cerebrales y
cardíacos. El recuerdo de los logros físicos y egoístas (o personales), por otro lado, junto
con las experiencias mentales de una naturaleza terrenal, y de funciones biológicas
mundanas, sólo pueden ser relacionadas con la constitución molecular de varios
órganos de deseo (kâmicos) y con las “asociaciones dinámicas” de los elementos del
sistema nervioso en cada órgano particular.
Por ello, cuando el profesor Ladd, después de mostrar que cada elemento del sistema
nervioso tiene memoria propia, agrega: “Este punto de vista pertenece a la esencia
misma de toda teoría que considere la reproducción mental conciente como sólo una
forma o fase del hecho biológico de la memoria orgánica”; él debe incluir a las
enseñanzas ocultistas entre tales teorías. Porque ningún ocultista podría expresar tales
enseñanzas mejor que Ladd, que dice, ajustando su argumento: “Podríamos hablar con
propiedad entonces de la memoria del órgano terminal de la vista o el oído, de la
memoria de la médula espinal y de los diferentes “centros” de acción refleja
pertenecientes a médulas, de la memoria de la médula oblonga, el cerebelo, etc.”. Esta
es la esencia de la enseñanza del Ocultismo, incluso en los trabajos del Tantra.
Ciertamente, cada órgano de nuestro cuerpo tiene su propia memoria. Porque si cada
órgano es dotado con una conciencia “de su tipo”, cada célula por necesidad ha de tener
otra memoria de su propio tipo, como igualmente su propia acción psíquica o noética.
Respondiendo por igual a la llamada de una Fuerza37 física y de una metafísica, el
impulso dado por la fuerza psíquica (o psico–molecular) actuará desde fuera hacia
dentro; mientras que el de la fuerza noética (¿podemos hablar de un impulso espiritual
y dinámico?) trabajará desde dentro hacia fuera. Porque así como nuestro cuerpo es la
cobertura de los “principios” interiores (el alma, la mente, la vida, etc.), la molécula o la
célula es el cuerpo en el cual habitan sus “principios”, los átomos inmateriales (para
nuestros sentidos y comprensión) que conforman aquella célula. La actividad y el
comportamiento de la célula están determinados por ellos y es impelida hacia fuera o
hacia dentro por la fuerza noética o la psíquica, no teniendo relación alguna la primera
con las células físicas propias. Por ello, mientras que la fuerza psíquica actúa de acuerdo
a la inevitable ley de la conservación y correlación de la energía física, los átomos –no
siendo unidades físicas sino psico–espirituales– actúan bajo leyes propias, al igual que lo
hace el “Ser–Unidad” (que es nuestra “Mente–Ego”) del profesor Ladd, en su
ciertamente muy filosófica y científica hipótesis. Cada órgano humano y cada célula del
mismo tienen una tecla propia, como la de un piano, sólo que éstas registran y emiten
sensaciones en lugar de sonidos. Cada tecla posee la potencialidad de lo bueno y de lo
malo, de producir armonía o desarmonía. Ello depende del impulso dado y de la
combinación producida; de la fuerza de accionar del artista trabajando; ciertamente,
una “Unidad bifacial”. Y es la acción de esta o de la otra cara de la “Unidad” la que
determina la naturaleza y el carácter dinámico de los fenómenos manifestados como
una acción resultante, y esto tanto si son físicos como mentales, porque toda la vida del
37 Confiamos sinceramente en que este término por demás acientífico no lleve a los “animalistas” hacia
una histeria sin posibilidad de recuperación.
hombre está guiada por esta entidad de faz dual. Si el impulso proviene de la “Sabiduría
de lo alto”, siendo la fuerza aplicada noética o espiritual, los resultados serán acciones
acreedoras de una propulsión divina; si proviene de “la sabiduría diabólica terrenal”
(poder psíquico), las actividades del hombre serán egoístas y basadas únicamente en las
exigencias de su naturaleza física y por lo tanto animal. Lo antedicho puede parecer
pura tontería al lector común; pero todo esoterista lo debe entender cuando se le diga
que hay en él órganos manásicos, como también kâmicos, aunque las células de su
cuerpo contesten a ambos impulsos, el físico y el espiritual.
Ciertamente este cuerpo, tan profanado por el materialismo y por el mismo hombre,
es el templo del Sagrado Grial, el Adytum 38 del más grande de todos los misterios de la
Naturaleza en nuestro universo solar; ese cuerpo es un arpa Eólica, provista de dos
grupos de cuerdas, unas hechas de plata pura, y otras de tripas de carnero retorcidas.
Cuando el aliento del divino Fiat se mueve suavemente sobre las primeras, el hombre se
convierte en semejante a su Dios, pero el otro juego de cuerdas no lo siente. Este
necesita la brisa de un fuerte viento terrenal, impregnado de efluvios animales, para
que sus cuerdas se pongan a vibrar. La función de la mente inferior y física es actuar
sobre los órganos físicos y sus células; pero es únicamente la Mente superior la que
puede influenciar los átomos que se mueven en aquellas células, cuya interacción es la
única capaz de excitar el cerebro, a través de la médula espinal “central”, para una
representación mental de las ideas espirituales que se encuentran mucho más lejos que
cualquiera de los objetos de este plano material.
Los fenómenos de la conciencia divina tienen que ser considerados como actividades
de nuestra mente en un plano más alto y distinto, trabajando a través de algo menos
substancial que las moléculas en movimiento del cerebro. No pueden ser explicados
como la simple resultante de los procesos fisiológicos cerebrales, porque estos últimos
ciertamente sólo condicionan tales fenómenos o les dan una forma final con vistas a
una manifestación concreta. El Ocultismo enseña que las células del hígado y el bazo
son las más subordinadas a la acción de nuestra mente “personal”, siendo el corazón el
órgano por excelencia a través del cual el Ego superior actúa, teniendo como
intermediario el yo inferior.
Tampoco pueden las visiones o la memoria de los acontecimientos puramente
terrenales ser transmitidas directamente a través de las percepciones mentales del
cerebro, el receptor directo de las impresiones del corazón. Tales recuerdos deben ser
primeramente estimulados por, y despertados en, los órganos que fueron: a) los
originadores, como ya dijimos antes, de las causas varias que condujeron a los
resultados; o b) los receptores directos y participantes de estos resultados. En otras
38 El Santo de los Santos en los templos paganos. Nombre dado a los recintos secretos y sagrados de la
cámara interior en donde ningún profano podía entrar. Corresponde al sagrario de los altares de las
iglesias cristianas. Ver Glosario Teosófico.
palabras, si lo que es llamado “asociación de ideas” tiene mucho que ver con el
despertar de la memoria, mucho más lo tienen la interacción mutua y la interrelación
consistente entre la “Entidad–Mente” personal y los órganos del cuerpo humano. Un
estómago hambriento evoca la visión de un banquete al que se asistió, porque su acción
es reflejada y repetida en la mente personal. Pero incluso antes de que la memoria del
yo personal emita la visión desde las tabletas en las cuales están archivadas las
experiencias de la vida diaria de cada uno –incluso en los más mínimos detalles– la
memoria del estómago ya ha evocado tal hecho. Y lo mismo ocurre con todos los
órganos del cuerpo. Son ellos los que originan, de acuerdo con sus necesidades y deseos
animales, las chispas electro–vitales que iluminan al campo de la conciencia en el ego
inferior; y son estas chispas las que a su vez despiertan la función de reminiscencia en
este ego. La totalidad del cuerpo humano es una vastísima caja de resonancia en la cual
cada célula tiene un largo historial de impresiones en relación con los órganos de los
cuales forma parte, y cada célula tiene una memoria y una conciencia propia de su tipo,
o llámese instinto si se prefiere. Estas impresiones son, de acuerdo con la naturaleza del
órgano, físicas, psíquicas o mentales, según se relacionen con uno u otro plano. Como
hay estados de conciencia instintivos, mentales y puramente abstractos o espirituales,
estas impresiones pueden ser llamadas “estados de conciencia”, si se considera más
correcto. Si rastreando la totalidad de tales acciones “psíquicas” llegamos hasta el
accionar del cerebro, ello sólo se debe a que en la mansión llamada cuerpo humano el
cerebro es la puerta principal, la única que se abre hacia el Espacio. Todas las otras
puertas son interiores, aperturas en lo privado, en lo interno del edificio, a través de las
cuales viajan incesantemente los agentes transmisores de memoria y sensación. Su
claridad, vivacidad, e intensidad dependen del estado de salud y fuerza orgánica de los
transmisores. Pero su realidad, en el sentido de veracidad o corrección, emana del
“principio” en el que se originaron, y de la preponderancia en el Manas inferior del
elemento noético o del frénico (kâmico, terrenal).
Porque, como enseña el Ocultismo, si la Entidad–Mente superior ––lo permanente y
lo inmortal– es de la esencia homogénea divina del Alaya–Akâsa 39 o Mahat –su reflejo–,
la Mente personal, es, como un principio temporal de la substancia de la Luz Astral.
Como un rayo puro del “Hijo de la Mente Universal”, no podría desarrollar funciones en
el cuerpo, y no tendría poder alguno sobre los turbulentos órganos de la Materia. De tal
suerte, mientras que su constitución interior es manásica, su “cuerpo” (o más bien, su
esencia para los movimientos del cuerpo) es heterogénea, y contaminada con la Luz
Astral, el elemento más bajo del Eter. Es parte de la misión del Rayo manásico el
desprenderse gradualmente de los elementos ciegos y engañosos que, aunque hacen de
él una entidad espiritual activa en este plano, lo colocan en un contacto tan íntimo con
39 Otro nombre de la Mente Universal. La sutil, supersensible esencia espiritual que llena y penetra todo
el Espacio, es el Espacio donde está inmanente la Ideación eterna del Universo. Ver Glosario Teosófico.

la materia como para opacar por completo su naturaleza divina y hacer aparecer sus
intuiciones como ridículas y vanas.
Esto nos lleva a ver la diferencia entre las visiones puramente noéticas y las psíquicas
terrenales de las profetizaciones y la mediumnidad. Las primeras pueden ser obtenidas
por uno de los dos métodos siguientes: a) bajo la condición de paralizar a voluntad la
memoria y la acción instintiva e independiente de todos los órganos materiales –e
incluso células– en el cuerpo carnal (este acto es de fácil realización, una vez que la luz
del Ego Superior ha consumido y sometido para siempre la naturaleza pasional del ego
inferior y personal, pero requiere un Adepto); y b) como otra posibilidad, el ser una
reencarnación de quien en anterior vida haya llegado –a través de una extrema pureza
de vida y esfuerzos en la dirección correcta– casi hasta el estado de Yogi de santidad y
perfección40. Hay también una tercera posibilidad de alcanzar, mediante visiones
místicas, el plano del Manas superior; pero es sólo ocasional y no depende de la
voluntad del visionario, sino de la extrema debilidad y agotamiento del cuerpo material
a través de enfermedades y sufrimientos. La profetisa de Prevorst fue un ejemplo de
este último caso, y Jacobo Boehme del segundo método expuesto. En todos los otros
casos de profetización irregular, de la llamada clariaudiencia, clarividencia41, y trances,
se trata simplemente de mediumnidad.
Ahora bien, ¿qué es un médium? El término “médium”, cuando no se aplica
simplemente a cosas y objetos, se supone que es una persona a través de quien la acción
de otra persona o ser se manifiesta o transmite. Los espiritistas, que consideran a la
mediumnidad como una bendición y un gran privilegio, creen en comunicaciones con
otros espíritus desencarnados, y que estos se pueden manifestar a través de personas
sensitivas o impresionarlas a fin de que transmitan sus “mensajes”. Nosotros los
filósofos, por otro lado, no creemos en la “comunicación de los espíritus” como lo hacen
los espiritistas, y consideramos esta facultad como una de las más peligrosas de todas
las enfermedades nerviosas anormales. Un médium es simplemente alguien en cuyo
ego personal, o mente terrenal, el porcentaje de luz “astral” prepondera tanto como
para impregnar con ella toda su constitución física. Y así es que todo órgano y toda
célula están sometidos a una enorme y anormal tensión. La mente está siempre en el
plano de esa engañosa luz, y muy inmersa en ella; una luz cuya alma es divina, pero cuyo
cuerpo –infernal– son las ondas de luz en los planos inferiores: porque ellas no son sino
las negras y desfiguradas reflexiones de las memorias terrenales. El ojo no entrenado
40 Es el estado que, una vez alcanzado, hace al que lo practica dueño absoluto de sus seis Principios,
estando él entonces sumido en el séptimo. Dicho estado le da pleno dominio debido a su conocimiento
del Yo (superior) y del yo (inferior), sobre sus estados corporales, intelectuales y mentales que, incapaces
por más tiempo de crear obstáculos o de obrar sobre un Ego Superior, le dejan libre para existir en su
estado original, puro y divino. La voz Yogi significa además: devoto, asceta, místico, y partidario del
sistema de filosofía Yoga. Ver Glosario Teosófico.
41 Ibídem.

del poco sensitivo no puede penetrar el oscuro velo, la densa bruma de las emanaciones
terrenales: no puede ver, más allá, el radiante campo de las eternas verdades. Su visión
está desenfocada. Sus sentidos, acostumbrados desde el nacimiento al hedor y a la
basura, a las contorsiones antinaturales de las luces e imágenes lanzadas sobre las
caleidoscópicas olas del plano astral, no son capaces de discernir lo verdadero de lo
falso, y así, los pálidos y desalmados cuerpos arrastrándose por los campos sin sendas
del Kama–Loka 42, representan para el ser sensitivo las imágenes vivientes de los “seres
queridos que se fueron”; al pasar a través de su mente los vacilantes ecos de las que
fueron voces humanas, le sugieren a él frases bien coordinadas, que repite en la
ignorancia de que su forma final y bien pulida fueron recibidas en las profundidades
más íntimas de su propia fábrica cerebral. Y de allí la visión y la audición de aquello que
de ser visto en su propia dimensión y naturaleza, habría congelado el corazón del
médium por el horror causado, pero que ahora lo llena con un sentimiento de beatitud
y confidencia. El cree realmente que las visiones inconmensurables que se le presentan
son el mundo real espiritual, la morada de los bendecidos ángeles libres de cuerpo
carnal.
No habiendo espacio en un artículo como éste para casos excepcionales, sólo
describiremos en líneas generales los principales hechos y características de la
mediumnidad. Habiendo desafortunadamente vivido en propia carne –en determinado
momento de la vida– tales experiencias, sostenemos que la mediumnidad es, en su
conjunto, muy peligrosa; y las experiencias psíquicas aceptadas indiscriminadamente
sólo conducen a engañar honestamente a otros, porque el médium es la primera víctima
auto–engañada. Más aún, una asociación demasiado íntima con la “Vieja Serpiente
Terrestre”43 es infecciosa. Las corrientes magnéticas y ódicas44 de la Luz Astral incitan
con frecuencia al asesinato, embriaguez, inmoralidad, y –como expresó Eliphas Levi– las
naturalezas no del todo puras “pueden ser imprudentemente guiadas por las fuerzas
ciegas desencadenadas en la Luz », por los errores y los pecados impuestos sobre sus
ondas.
Y así es como el gran Mago del siglo XIX corroboró todo lo antedicho al hablar de la
Luz Astral:
42 Es el plano semi–material, subjetivo e invisible para nosotros, donde las almas impuras de los
desencamados viven (ya concientemente, o ya en un estado de sopor) hasta que sus formas astrales
(Kâma–rûpa) son abandonadas por una segunda muerte, y al desintegrarse se verifica la separación de los
principios superiores. Al despojarse de los principios inferiores, la entidad inmortal del hombre, con sus
virtudes y los poderes que haya adquirido durante su existencia terrenal, entra en el estado de Devachan.
Es el Hades de los antiguos griegos, el Amenti de los egipcios, la Región de las Sombras, y el Limbo o
Purgatorio de los católicos. Ver Glosario Teosófico.
43 En el plano de la Materia representa a Mâyâ, la tentación, el engaño, el Mal. Ver Glosario Teosófico.
44 Ibídem.
“Para adquirir facultades mágicas se necesitan dos cosas: desarraigar la voluntad de toda
servidumbre y ejercitarse en controlarla. La Voluntad soberana del Adepto está simbolizada
por la mujer que aplasta la cabeza de la serpiente y por el arcángel que con su lanza mata
bajo sus pies el dragón infernal. Las antiguas teogonías representaron en forma de serpiente
con cabeza de toro, carnero o perro, el agente mágico, la doble corriente lumínica, el fuego
viviente y astral de la Tierra, cuyos símbolos diversos son: la doble serpiente del Caduceo; la
serpiente del Paraíso, la serpiente de bronce de Moisés enroscada en el Tau o Lingam
generador; el macho cabrío de los aquelarres sabatinos; el Bafomet de los Templarios; el
Hyle de los Gnósticos; la doble cola de la serpiente que forma las piernas del gallo solar de
Abraxas; y finalmente el Diablo de M. Eudes de Merville. Pero en su verdadero significado
es la fuerza ciega contra la cual han de prevalecer las almas (Manas inferior o Nephesh) para
liberarse de las ligaduras terrenas, porque si su voluntad no las libra de esta fatal atracción,
quedarán absorbidas en la corriente por la fuerza que las produjo y volverán al fuego central
y eterno”. 45
El “fuego central y eterno” es esa fuerza desintegradora que gradualmente consume y
quema el Kâma–Rûpa –o “personalidad”– en el Kâma–loka, donde va después de la
muerte. Y ciertamente, los médiums son atraídos por la luz astral, siendo esa la causa
directa de que sus “almas” personales sean absorbidas “por la fuerza que han
producido” sus elementos terrenales. Y por lo tanto, como el mismo ocultista nos dice:
“Todas las operaciones mágicas consisten en liberarse de los anillos de la serpiente y
ponerle el pie encima de la cabeza para dominarla a voluntad”. En el mito evangélico
dice la serpiente: “Te daré todos los reinos de la Tierra si postrado me adoras”. A lo que
responde el Iniciado: “No me postraré, antes bien, tú caerás a mis pies. Nada puedes
darme y haré de ti lo que me plazca. Porque Yo soy tu Dueño y Señor” 46.
Y como tal, el ego personal convirtiéndose en uno con su Padre divino, comparte su
inmortalidad. De otro modo…
Baste con lo dicho. Bendito sea aquel que se ha familiarizado con los poderes duales
en acción en la Luz Astral; tres veces bendito el que ha aprendido a discernir lo noético
de lo psíquico en el accionar del Dios de “Doble–Faz” que hay en él, y que conoce la
potencia de su propio Espíritu o “Dinámica del Alma”.
45Ver Eliphas Levi, Dogma y Ritual de la Alta Magia.
46 Ibídem.
*
LA MENTE CÓSMICA
“Todo aquello que se separa del estado Laya (estado
homogéneo) conviértese en vida activa conciente. La
conciencia Individual emana de la conciencia Absoluta y
a ella vuelve; y la conciencia Absoluta es el
MOVIMIENTO eterno.”
Axiomas Esotéricos
“Sea lo que fuere aquello que piensa, comprende,
quiere y obra, es algo celeste y divino, y por esto
mismo, ha de ser necesariamente eterno.”
CICERÓN
En la entrevista que M. G. Parsons Lathrop realizó en el Harper's Magazine, al gran
inventor americano Edison, este expone su creencia personal de que “los átomos
poseen cierto grado de inteligencia”47, y Parsons lo muestra como que se entrega
a estas y otras fantasías por el estilo. Por ese delito de imaginación la Review of Reviews
la emprende con el inventor del fonógrafo, y le critica señalando que «es muy inclinado
Edison a soñar, por efecto de estar siempre activa su imaginación científica.”
¡Ojalá los hombres de ciencia ejercitasen un poco más su “imaginación científica”, y un
poco menos sus negaciones dogmáticas y frías! Los sueños difieren. En ese estado
extraño del ser que, como dice Byron, nos coloca en condición de “ver con los ojos
cerrados”, percibimos con frecuencia mayor número de hechos reales que cuando
estamos despiertos. La imaginación es, de nuevo, uno de los elementos más poderosos
de la naturaleza humana o, según palabras de Dugald Stewart, “es el gran resorte de la
actividad humana y el principal origen del progreso humano… Destruid esa facultad, y
el estado de los hombres quedará tan estacionario como el de los animales”. Es la mejor
guía de nuestros ciegos sentidos, sin la cual jamás podrían estos conducirnos más allá
47 Reproducimos el fragmento de la entrevista que hace referencia al tema:
“No creo que la materia sea inerte, que actúe por una fuerza exterior. A mi me parece que cada átomo
es poseído por cierto grado de inteligencia primitiva: fíjense en las mil maneras en que los átomos de
hidrógeno se combinan con otros tantos átomos de otros elementos. ¿Pretenden que hagan esto sin
inteligencia?”

de la materia y sus ilusiones. Los mayores descubrimientos de la ciencia moderna son
debidos a la facultad imaginativa de los investigadores; pero, ¿cuándo ha podido
exponerse jamás novedad alguna, si ésta contraría y contradice a otra teoría anterior
cómoda y admitida, sin que la ciencia ortodoxa se le eche encima desde el primer
momento tratando de aniquilarla? Harvey también fue tenido al principio por un
“soñador” y un loco de atar. En conclusión, toda la ciencia moderna está formada por
hipótesis “de trabajo”, frutos de esa “imaginación científica”, como oportunamente dijo
Mr. Tyndall.
¿Ha de rechazarse la idea de la existencia de conciencia en cada átomo del universo, y
la posibilidad para el hombre de un completo dominio sobre las células y los átomos de
su cuerpo y considerarla un sueño por no haber sido honrada hasta ahora con el
imprimatur de los Papas de la ciencia exacta?
El Ocultismo enseña esto. Nos dice que cada átomo, semejante a la mónada de
Leibnitz, es, en sí, un pequeño universo; y que cada órgano y célula del cuerpo humano
están dotados de un cerebro propio con memoria, y por lo tanto, experiencia y poder de
discernimiento. La idea de la Vida Universal compuesta de vidas atómicas individuales,
es una de las doctrinas más antiguas de la filosofía esotérica, y la muy novedosa
hipótesis de la ciencia moderna, la hipótesis de la vida cristalina, es el primer rayo que,
emanando del antiguo centro luminoso de la sabiduría arcaica, ha llegado hasta
nuestros sabios. Si puede demostrarse que las plantas están dotadas de nervios,
sensaciones e instinto (que no es sino otro nombre de la conciencia), ¿por qué habría de
negárselos a las células del cuerpo humano? La Ciencia divide a la materia en cuerpos
orgánicos e inorgánicos, sólo porque rechaza la idea de la vida absoluta y la de un
principio vital como entidad: de otro modo, sería la primera en ver que la vida absoluta
no puede producir ni un punto geométrico, ni un átomo siquiera que sean inorgánicos
en su esencia. Dicen que el Ocultismo, “enseña misterios”; y el misterio, es la negación
del sentido común, así como la metafísica no es sino una especie de poesía, según diría
Mr. Tyndall. El misterio no existe para la ciencia; y por lo tanto, como un Principio Vital
es y ha de seguir siendo eternamente un misterio en los planos físicos para los
“cerebros” de nuestras razas civilizadas, por tanto, los que tratan esa cuestión tienen
que ser necesariamente locos o farsantes.
Dixit. No obstante, podemos repetir con un predicador francés: “el misterio es la
fatalidad de la ciencia”. La ciencia oficial está rodeada por todas partes de inabordables
y eternamente impenetrables misterios. ¿Por qué? Simplemente porque la ciencia física
está condenada por sí misma, limitada por los cinco sentidos a un girar continuo en su
rueda de materia, de forma semejante al de la ardilla encerrada en su jaula; y aunque es
tan ignorante respecto a la formación de la materia, como en lo tocante a la generación
de una simple célula; y aunque es tan impotente para explicar qué es esto, aquello, o lo
de más allá, sin embargo, dogmatiza, e insiste acerca de lo que la vida, la materia y lo
demás no son. De ello se deduce que las palabras dirigidas por el Padre Félix hace
cincuenta años a los académicos franceses, casi se han convertido en inmortal evidencia:
«¡Señores –exclamó aquél–, nos echáis en cara que enseñamos misterios. Pero imaginad la
ciencia que queráis, seguid sus magníficas deducciones… y cuando lleguéis a su origen, os
encontraréis frente a frente con lo desconocido!”
Para tranquilizar de una vez para siempre la mente de los esoteristas, respecto a esa
cuestión tan debatida, intentamos demostrar que la ciencia moderna, gracias a la
fisiología, se halla en vísperas de descubrir que la conciencia es universal, justificando
así los “sueños” de Edison. Pero antes de hacerlo, también nos proponemos demostrar
que, si bien muchos hombres de ciencia están por completo penetrados de esa verdad,
muy pocos tienen el suficiente valor para declararlo abiertamente, como así lo hizo el
Dr. Pirogoff, de San Petersburgo, en sus Mémoires 48 póstumas. Ese gran cirujano y
patólogo atrajo con la publicación de aquéllas las protestas indignadas de sus colegas.
¿Qué es esto?, exclamaba el público; ¿el Dr. Pirogoff, al que casi considerábamos como
la personificación de la Ciencia europea, cree en las supersticiones de alquimistas
dementes? El, que según dijo un contemporáneo:
“Era la representación misma de la ciencia exacta y del pensamiento metódico; había
disecado centenares y miles de órganos humanos; conocía todos los misterios de la cirugía y
anatomía, tan bien como conocemos nosotros los muebles de nuestra casa; era el sabio para
quien no tenía la fisiología secretos y al que más que a ningún otro hombre, pudiera haber
preguntado irónicamente Voltaire si no había encontrado al alma inmortal entre la vejiga y
el intestino, –este mismo Pirogoff dedica capítulos enteros en su Testamento literario a la
demostración científica– …”
Novoye Vremya de 1887.
¿De qué? Pues de la existencia en cada organismo de una FUERZA VITAL particular,
distinta, independiente de todo procedimiento físico o químico. Así como Liebig,
aceptó la tan ridiculizada y condenada homogeneidad de la naturaleza –un Principio
Vital–, esa perseguida y desafortunada teleología o ciencia de las causas finales de las
cosas, que es tan filosófica como “no–científica” si hemos de creer a las imperiales y
reales academias.
Pero el pecado que resultó imperdonable a los ojos de la dogmática ciencia moderna,
fue que el gran anatomista y cirujano tuvo la “osadía” de declarar en sus Mémoires que:
“No tenemos motivo alguno para rechazar la posibilidad de la existencia de organismos
dotados de tales propiedades que pudieran convertirles en la expresión directa de la mente
universal, en perfección inaccesible para nuestra propia (humana) mente… Porque no
48 Este nombre hace referencia a la obra escrita por el Dr. Pirogoff, Diario de un Médico. Ver Enciclopedia
Universal Ilustrada, Ed. Espasa–Calpe. Barcelona.

tenemos derecho a sostener que el hombre es la última expresión del pensamiento creador
divino.”
Tales son los puntos principales de la herejía de un hombre que ocupó tan esclarecido
puesto entre los sabios representantes de la ciencia exacta de esta época. No sólo
demuestra claramente en sus Mémoires que creía en la Deidad Universal, en la Ideación
divina o «Pensamiento divino» Hermético, y en un Principio Vital, sino que enseñó sus
creencias e intentó probarlas científicamente. Así arguye que no necesita la Mente
Universal cerebro físico–químico o mecánico alguno, como órgano de transmisión.
Llega a admitirlo hasta tal punto, que escribe estas sugestivas palabras:
“Nuestra razón debe aceptar por fuerza la existencia de una Mente infinita y eterna que
rige y gobierna el océano de vida… El pensamiento y la ideación creadora, en plena
concordancia con las leyes de unidad y causación, se manifiestan claramente en la vida
universal sin la participación del cerebro. Ese principio de vida organizador dirigiendo las
fuerzas y elementos hacia la formación de organismos, se convierte en auto–senciente y
autoconciente, social o individualmente. La substancia, gobernada y dirigida por el principio
de vida está organizada de conformidad a un plan general definido en determinados
modelos…”
Explica esta creencia confesando que jamás, durante su larga vida de estudio,
observación y experimentos, pudo:
“Adquirir la convicción de que nuestro cerebro pudiera ser el único órgano de pensamiento
en el universo entero; de que todo en este mundo, salvo aquel órgano, hubiera de ser
incondicionado e insensible y que sólo el pensamiento humano ofreciese al universo una
explicación y una armonía razonable en su integridad.”
Y respecto al materialismo de Moleschott, añade:
“Por mucho pescado y guisantes que yo pueda comer, jamás consentiré en entregar mi Ego
a la abyecta cárcel de un producto casualmente extraído de la orina por la alquimia
moderna. Si dados nuestros conceptos acerca del Universo estamos destinados a ser
víctimas de ilusiones, en ese caso tiene al menos la ventaja mi “ilusión” de ser muy
consoladora. Porque presenta a mis ojos un Universo inteligente y la actividad de Fuerzas
obrando en él armoniosa e inteligentemente; y me demuestra que no es mi “yo” el producto
de elementos químicos e histológicos, sino la expresión de una Mente común universal.
Siento y me represento a esta última obrando libre y concientemente en concordancia con
las mismas leyes establecidas para dirigir mi propia mente, pero exenta de esa limitación
que pone trabas a nuestra individualidad humana conciente.”
Porque, como en otro lugar observa ese gran científico filósofo:
“Lo ilimitado y eterno no es solamente un postulado de nuestra mente y razón, sino
también un gigantesco hecho por sí mismo. ¡Qué sería de nuestro principio ético o moral si
no le sirviese de base la verdad íntegra y eterna!”
Los fragmentos anteriores, traducidos directamente de las confesiones de un hombre
que fue, durante su larga vida, estrena de primera magnitud en el campo de la patología
y cirugía, demuestran que estaba imbuido y penetrado de filosofía mística razonada y
científica. Leyendo las Mémoires de ese afamado hombre de ciencia, sentimos orgullo al
verle aceptar en su casi totalidad, las doctrinas y creencias fundamentales del
esoterismo.
Contando los místicos en sus filas con una inteligencia científica tan excepcional, las
muecas estúpidas, las sátiras y sarcasmos baratos, dirigidos contra nuestra gran
Filosofía por algunos “librepensadores” europeos y americanos, casi resultan un
cumplido. Más que nunca nos recuerdan el graznido discordante y espantado del búho,
que ante la luz matutina del sol, huye y se oculta en alguna sombría ruina.
Los progresos de la fisiología misma son, como acabamos de decir, garantía segura de
que no está lejano el día en que el completo reconocimiento de la existencia de una
mente universalmente difundida, será un hecho comprobado. Sólo es cuestión de
tiempo.
Porque aun cuando pretenda la fisiología que el único objeto de sus investigaciones
sea el de resumir todas las funciones vitales y ordenarlas de manera definida
demostrando sus mutuas relaciones y concordancias con las leyes físicas y químicas, y
por lo tanto, en su forma última, con las leyes de la mecánica, tememos que hay una
gran contradicción entre el objeto confesado y las especulaciones de algunos de
nuestros mejores fisiólogos modernos. Mientras pocos entre ellos se atreverían a volver
tan abiertamente como lo hizo el doctor Pirogoff, a la “superstición muerta” del
vitalismo y al desterrado principio de vida, al principium vitae de Paracelso, sin
embargo, muy perplejas se ven las más grandes eminencias de la fisiología ante ciertos
hechos. Desgraciadamente para nosotros, nuestra época no favorece el desarrollo del
valor moral. Aún no ha sonado para muchos la hora de obrar inspirados en la noble idea
de principia non homines 49. No obstante, existen excepciones a la regla general, y la
fisiología, cuyo destino es convertirse en criada de las verdades ocultas, no ha privado
de testigos a las últimas. Ya son varios los que protestan vigorosamente contra ciertas
teorías hasta hoy en boga. Algunos fisiólogos, por ejemplo, niegan ya que las fuerzas y
substancias de la llamada naturaleza “inánime” sean las que obren exclusivamente en
los seres vivientes. Porque, como con razón dicen:
«El hecho de que rechacemos la intervención de otras fuerzas en las cosas vivientes,
depende enteramente de la limitación de nuestros sentidos. Empleamos los mismos órganos
para nuestras observaciones tanto de la Naturaleza animada como de la inanimada, y sólo
pueden percibir esos órganos manifestaciones de un campo limitado del movimiento. Las
vibraciones que llegan por las fibras de nuestros nervios ópticos hasta el cerebro, las
percibimos por medio de nuestra conciencia como sensaciones de luz y color; las vibraciones
49 El hombre no es la ley.
que afectan nuestra conciencia por conducto de nuestros órganos auditivos, lo hacen en
forma de sonidos; todas nuestras sensaciones, cualquiera que sea el sentido conductor, no
son debidas a otra cosa sino al movimiento.”
Tales son las doctrinas de la ciencia física y tales eran en rasgos generales los
postulados del Ocultismo millones de años atrás.
Sin embargo, la diferencia y lo que distingue de modo esencial a las dos doctrinas, es
lo siguiente: la ciencia oficial sólo ve en el movimiento una simple fuerza o ley ciega e
irrazonada; el Ocultismo, retrotrayendo el movimiento a su origen, lo identifica con la
Deidad Universal y denomina a ese movimiento eterno e incesante el “Gran Aliento”50.
No obstante, aunque limitado, el concepto de la ciencia moderna respecto a esa
fuerza es bastante sugestivo, ya que obligó a un sabio eminente, profesor actual de
Fisiología en la Universidad de Basilea51, que habla como un ocultista, a declarar lo
siguiente:
“Sería locura nuestra esperar ser capaces de descubrir jamás en la Naturaleza animada, con
el sólo auxilio de nuestros sentidos externos, ese algo que somos incapaces de hallar en la
Naturaleza inerte.”
Y después añade el conferenciante que, siendo dotado el hombre, “además de sus
sentidos físicos, de un sentido interno”, percepción que le permite observar los estados
y fenómenos de su propia conciencia, “ha de emplear eso al tratar de la Naturaleza
animada”, profesión de fe que se aproxima de modo sospechoso a los linderos del
Ocultismo. Niega además, la suposición de que los estados y fenómenos de la
conciencia presenten en substancia las mismas manifestaciones del movimiento que en
el mundo externo, y funda su negación recordando que no todos, entre aquellos
estados y manifestaciones, tienen necesariamente extensión en el espacio. Según él,
sólo aquello que ha llegado a nuestra conciencia por medio de la vista, del tacto y del
sentido muscular, está relacionado con nuestro concepto del espacio, mientras que
todos los demás sentidos, todos los afectos, tendencias, así como todas las
interminables series de representaciones, no tienen extensión en el espacio, sino sólo
en el tiempo.
Y así, pregunta:
“Pues, ¿cómo puede caber aquí una teoría mecánica? Podrán argüir mis impugnadores que
sólo es así en apariencia, mientras que en realidad todos aquellos tienen extensión en el
espacio. Mas semejante argumento sería por completo erróneo. Nuestro único motivo para
creer que los objetos percibidos por los sentidos poseen tal extensión en el mundo externo,
50 Simboliza la Realidad Única considerada bajo el aspecto de absoluto Movimiento abstracto. Ver
Glosario Teosófico.
51 Sacado de un discurso leído por él en una conferencia pública hace algún tiempo.

se basa en la idea de que parecen hacerlo así, según podemos observarlos por medio de los
sentidos de la vista y del tacto. Sin embargo, respecto al reino de nuestro sentidos internos,
esa supuesta base pierde su fuerza y no hay motivo para admitirla.”
El argumento concluyente de la conferencia de este fisiólogo de la escuela moderna
del materialismo es de sumo interés para los filósofos; el dice:
“Así pues, una constatación más profunda y directa de nuestra naturaleza interna, nos
desvela un mundo enteramente distinto del que nos representan nuestros sentidos externos,
y revela las facultades más heterogéneas, así como objetos que nada tienen que ver con la
extensión en el espacio y fenómenos que no tienen en absoluto relación con los que caen
bajo las leyes de la mecánica.”
Hasta ahora, los adversarios del vitalismo y del “principio de vida”, así como los
partidarios de la teoría mecánica de la vida, basaron sus puntos de vista en el hecho
supuesto de que, con el progresar de la fisiología, sus estudiosos conseguirían
relacionar cada vez más, las funciones de la vida con las leyes de la materia ciega. Y
decían que todas aquellas manifestaciones que solían atribuirse a una “fuerza mística
de vida” serían explicadas por las leyes físicas y químicas. Clamaban y siguen clamando,
para que se reconozca que es sólo cuestión de tiempo hasta que sea mostrado
triunfalmente, que el proceso vital en su totalidad no es más misterioso que un
fenómeno muy complicado del movimiento, exclusivamente gobernado por las fuerzas
de la Naturaleza “inerte”.
Pero resulta que hay un profesor de fisiología que afirma que la historia de esta
ciencia prueba, desgraciadamente para aquellos, todo lo contrario, y pronuncia estas
ominosas palabras:
“Sostengo que cuanto más exactas y variadas son nuestras observaciones y experimentos,
que cuanto más profundizamos en los hechos, cuanto más intentamos penetrar en los
fenómenos de la vida y especular acerca de ellos, más nos convencemos de que aun aquellos
fenómenos que esperábamos poder explicar ya con leyes físicas y químicas, son en realidad
insondables. Son de hecho muchísimo más complicados; y en nuestro estado presente
ninguna explicación mecánica logrará explicarlos.”
Este es un golpe terrible dado al hinchado espantajo llamado materialismo, tan
dilatado como vacío. ¡Un Judas en el campo de los apóstoles de la negación, los
“animalistas”!
Pero no es el profesor de Basilea una excepción aislada como acabamos de demostrar,
pues son varios los fisiólogos que piensan como él. ¡Algunos llegan hasta casi admitir la
conciencia y el libre albedrío en los protoplasmas monádicos más simples!
Uno tras otro, tiende cada descubrimiento hacia esa dirección. Particularmente
interesantes son las obras de algunos fisiólogos alemanes acerca de los casos de
conciencia y discernimiento positivo –uno de ellos está inclinado a decir de
pensamiento– en las Amebas.
Ahora bien; las Amebas o animálculos son, como todos sabemos, protoplasmas
microscópicos –como la Vampyrella Spirogyra, por ejemplo–, una célula elemental
simplísima, una gota protoplásmica, informe y casi sin estructura; y, sin embargo, revela
en su modo de ser algo que tendrán que calificar los zoólogos, si no lo llaman mente y
poder de raciocinio, con otro término que habrán de crear. Porque ved lo que escribe
Cienkowsky52 acerca de ellas.
Hablando de esa célula microscópica, simple y rojiza, describe cómo busca su sustento,
y encuentra entre numerosas plantas acuáticas una llamada Spirogyra rechazando
cualquier otro alimento. Observando con un poderoso microscopio sus peregrinaciones,
vio que movida por el hambre, comienza por sacar sus pseudópodos (pies falsos), con
cuya ayuda se arrastra. Entonces empieza a moverse de un lado a otro hasta encontrar
entre una gran variedad de plantas una Spirogyra; dirigiéndose después hacia la parte
celulada de una de las células de esta última, y colocándose encima, rompe el tejido,
chupa el contenido de una célula y pasa a otra, repitiendo el mismo procedimiento.
jamás vio este naturalista a la célula en cuestión absorber cualquier otro alimento ni
tocar nunca a ninguna de las numerosas plantas puestas por Cienkowsky en su camino.
Otra Ameba –la Colpadella Pugnax–, dice que le vio demostrar la misma predilección
por el Chlamydomonas, del que se alimenta exclusivamente: “habiendo hecho una
punción en el cuerpo del Chlamydomonas, absorbe su clorofila y se va”; y añade estas
significativas palabras: “Tan sorprendente es el modo de obrar de esas mónadas
mientras buscan y reciben su alimento, que casi se inclina uno a ver en ellas seres que
obran concientemente.”
No menos sugestivas son las observaciones de Th. W. Engelman (Beiträge zur
Physiologie des Protoplasm), acerca de la Arcella, otro organismo unicelular, sólo que un
poco más complejo que la Vampyrella. Nos la presenta en una gota de agua sobre un
pedazo de cristal bajo el microscopio, echada de espaldas, por decirlo así, esto es, sobre
su lado convexo, de modo que los pseudópodos proyectados desde el borde de la
envoltura, no hallan presa en el espacio, dejando así impotente a la Ameba. En estas
circunstancias, se observa el hecho curioso siguiente: Debajo del mismo borde de uno
de los lados del protoplasma, comienzan inmediatamente a formarse burbujas de gas
que, aligerando aquel lado, le permiten elevarse, poniendo al mismo tiempo el lado
opuesto de ese ser en contacto con el cristal, dando así a sus pseudo o falsos pies los
medios de hacer presa en la superficie y, volviendo su cuerpo, de alzarse sobre todos sus
pseudópodos. Procede después la Ameba a absorber nuevamente en sí misma las
burbujas de gas y comienza a moverse. Si se coloca la misma gota de agua en la
52 L. Cienkowsky. Veáse su obra Beiträge zur Kentniss der Monaden; (Archiv für Mikroskopische
Anatomie).

extremidad inferior del cristal, entonces las Amebas, siguiendo la ley de gravedad, se
encontrarán en seguida en la parte inferior de la gota de agua. No hallando allí punto de
apoyo, emiten grandes burbujas de gas, y ya más ligeras que el agua, se elevan a la
superficie de la gota.
Sigue diciendo Engelman:
“Si alcanzada la superficie del cristal, no encuentra mayor apoyo para sus pies que antes,
inmediatamente vemos disminuir las burbujas de gas por uno de sus lados y aumentar en
tamaño, número, o ambas cosas por el otro, hasta que ese ser toca con el borde de su
envoltura la superficie del cristal, y puede volverse. Apenas hecho esto, desaparecen los
glóbulos de gas, comenzando la Arcella a arrastrarse. Separadla cuidadosamente de la
superficie del cristal por medio de una aguja fina y llevadla de nuevo a la superficie inferior
de la gota de agua; repetirá en el acto el mismo procedimiento, variando los detalles según
la necesidad y buscando nuevos medios de alcanzar su deseado objeto. Intentad cuanto
queráis: colocadla en malas posturas y hallará el medio de librarse de ellas, cada vez de un
modo u otro, v en cuanto lo ha logrado, desaparecen las burbujas de gas. No es posible dejar
de admitir que semejantes hechos sean indicadores de la presencia de algún proceso
PSÍQUICO en el protoplasma” 53.
Entre las mil acusaciones formuladas contra las naciones asiáticas, contra sus
degradantes supersticiones, “basadas en la más crasa ignorancia”, no existe ningún cargo
más grave que el acusarles de personificar y hasta divinizar los órganos principales de, y
en el cuerpo humano. ¿No oímos, en efecto, a esos “pobres locos” hindúes hablar de la
viruela variolosa como de una divinidad, personificando con ello los microbios del
virus? ¿No leemos que los tantrikas, una secta de místicos, denominan a los nervios,
células y arterias con nombres propios, relacionando e identificando varias partes del
cuerpo con ciertas deidades, dotando a las funciones fisiológicas de inteligencia y
tantas cosas más?
Las vértebras, fibras, ganglios, la médula de la espina dorsal; el corazón, sus cuatro
cámaras, aurículas y ventrículos, válvulas y lo demás; el estómago, hígado, pulmones y
bazo, todo tiene su nombre deífico especial, y creen los hindúes que todo acto
conciente obra bajo la poderosa voluntad del Yogi, cuyo corazón y cabeza son las
moradas de Brahmâ, siendo todas las distintas partes del cuerpo de aquél centros de
recreo de tal o cual deidad.
En efecto es ignorancia. Especialmente si pensamos que dichos órganos y el cuerpo
entero del hombre están compuestos de células, y que a éstas se las considera ahora
como organismos individuales; ¡y quién sabe si serán, quizás, reconocidas algún día
como una raza independiente de pensadores, habitantes del globo llamado hombre! Así
parece que sucederá verdaderamente. Porque ¿acaso no se había creído hasta ahora que
53Loc. Cit. Pflüger's Archiv, Bd. II, S. 387.
todos los fenómenos de asimilación y de absorción de los alimentos por el canal
intestinal podían explicarse por las leyes de difusión y endósmosis? Pero ¡mira tú! los
fisiólogos han aprendido ahora que la acción del canal de los intestinos durante el acto
de la absorción, no es idéntica a la acción de la membrana inerte del dializador54.
Bien demostrado queda actualmente que:
“Esa pared está cubierta con células epiteliales, cada una de las cuales es un organismo per
se, un ser viviente de funciones muy complejas. Sabemos, además, que semejantes células
asimilan el alimento por medio de contracciones activas de su cuerpo protoplásmico –de
una manera tan misteriosa como la que nos muestra la Ameba y otros animálculos
independientes–. Podemos observar en el epitelio intestinal de los animales de sangre fría,
cómo esas células (contractivas, lisas y protoplásmicas) proyectan brotes –pseudópodos o
falsos pies– que extraen del alimento gotas de grasa, las absorben en su protoplasma y las
dirigen hacían el conducto linfático.
…Fluyendo las células linfáticas de los nidos del tejido adiposo, y abriéndose camino a
través de las células del epitelio hasta la superficie de los intestinos, absorben allí las gotas
de grasa y, cargadas con su presa, vuelven a su punto de partida, los canales linfáticos.
Mientras esa activa labor de las células nos fue desconocida, fue inexplicable el hecho de
que, penetrando los glóbulos de grasa a través de las paredes de los intestinos en los canales
linfáticos, los granos de pigmento introducidos en el intestino, más pequeños que aquellos,
no lo hicieran también. Pero sabemos hoy día que esa facultad de escoger su alimento
especial, de asimilar lo útil, rechazando lo inútil y dañino, es común a todos los organismos
unicelulares55.”
Y preguntará el lector: ¿Si existe ese discernimiento respecto a la selección del
alimento en la más simple y elemental de las células, en las gotas protoplásmicas
informes y sin estructura alguna, por qué no habría de existir también en las células del
epitelio de nuestro canal intestinal? Si la Vampyrella reconoce entre centenares de
plantas diversas, como hemos visto más arriba, a su amada Spirogyra, ¿por qué no
habría de sentir, elegir y preferir la célula del epitelio su gota favorita de grasa a un
grano de pigmento? Se nos dirá que “sentir, elegir y preferir” sólo pertenece a seres
racionales, o por lo menos, al instinto de animales más “estructurados” que la célula
protoplásmica fuera o dentro del hombre. Conformes; mas, como se deduce de la
Conferencia del experimentado fisiólogo y las obras de otros naturalistas ilustres, sólo
podemos decir que deben conocer esos sabios señores el asunto del que hablan, aunque
ignoren probablemente el hecho de que sólo un grado separa su científica prosa del
ignorante, supersticioso pero bastante poético “parloteo” de los yoguis y tantrikas
hindúes.
54Aparato que se emplea para efectuar la diálisis. Procedimiento para separar las materias coloides de las
cristaloides disueltas en el mismo liquido. Ver Enciclopedia Universal Ilustrada, Editorial Espasa–Calpe.
Barcelona.
55De la conferencia leída por el profesor de Fisiología ya citado, en la Universidad de Basilea.

De todos modos, mal paradas deja nuestro profesor de fisiología las teorías
materialistas de la difusión y endósmosis. Armado con hechos como el evidente
discernimiento y la existencia de una mente en las células, demuestra con numerosos
ejemplos cuán ilusorio es el intento de explicar ciertos procesos fisiológicos por medio
de teorías mecánicas; otro ejemplo sería el hecho de pasar el azúcar desde el hígado
(donde queda transformado en glucosa) a la sangre. Los fisiólogos encuentran una gran
dificultad para explicar ese proceso, y lo consideran como un imposible hacerlo
depender de las leyes endosmóticas. Muy probable es que las células linfáticas
desempeñen un papel tan activo durante la absorción de las substancias alimenticias
disueltas en agua como el de las pepsinas, cosa bien demostrada por F. Hofmeister56.
Generalmente hablando, la endósmosis, tan cómoda la pobre, ha quedado destronada y
desterrada, no formando parte de los agentes activos del cuerpo humano, como cosa
inútil. Ya no tiene voz ni voto en la cuestión de las glándulas y otros agentes de la
secreción, en cuya acción ha sido reemplazada por aquellas mismas células del epitelio.
Las facultades misteriosas de la selección, de extraer de la sangre una clase de
substancia y rechazar otra, de transformar la primera por medio de la descomposición y
de la síntesis, de dirigir algunos de los productos hada canales que han de eliminarlos
del cuerpo y conducir otros a los vasos linfáticos y los de la sangre, tal es la obra de las
células. “Es evidente, que en todo esto no hay ni el más remoto indicio que apunte a la
difusión o endósmosis”, –dice el fisiólogo de Basilea–. Y añade: “Es ya enteramente
inútil intentar resolver y explicar esos fenómenos por las leyes químicas.”
¿Pero es acaso más afortunada la fisiología en otra de sus ramas? Si han fallado al
aplicar sus leyes a la alimentación, ¿habrán encontrado quizás aplicación sus teorías
mecánicas en la cuestión de la actividad de los músculos y de los nervios, que intentaron
explicar por medio de las leyes de la electricidad? En ningún organismo viviente (salvo
en algunos peces), y menos aún en el cuerpo humano, han podido hallar posibilidad
alguna que les permitiese considerar a las corrientes eléctricas como fuerza directora
principal. La electrobiología fracasó estrepitosamente en el campo de la electricidad
dinámica pura. ¡Ignorando el “Fohat”57, no hay corrientes eléctricas capaces de explicar
aquella actividad muscular o nerviosa!
Pero tenemos lo que se llama fisiología de las sensaciones externas. Aquí ya no
pisamos terra incognita, y para todos esos fenómenos han encontrado ya sus
explicaciones puramente físicas. Tenemos sin duda alguna, el fenómeno de la vista, el
ojo con su aparato óptico, su cámara oscura. Pero el hecho de la igualdad de la
reproducción de las cosas en el ojo, según las mismas leyes de refracción observadas en
la placa de una máquina fotográfica, no es un fenómeno vital. Lo mismo puede ser
56Untersuchungen über Resorption und Assimilation der Nährstoffe. (Archiv für Experimentalle Pathologie
und Pharmakologie, Bd. XIX, 1885).
57 Energía dinámica de la ideación cósmica, la Fuerza vital impulsora. Ver Glosario Teosófico
.
reproducido en un ojo muerto. El fenómeno de la vida consiste en la evolución y
desarrollo del ojo mismo.
¿Cómo se produce esa maravillosa y complicada obra? A esto contesta la fisiología:
“No lo sabernos”; porque hacia la solución de este gran problema:
“La fisiología aún no ha dado tan siquiera un paso. Es cierto que podemos seguir la serie de
pasos en la formación y el desarrollo del ojo; pero acerca del por qué es así y cuál es la
conexión causal, nada en absoluto sabemos. El segundo fenómeno vital del ojo es su
actividad de adaptación. Y aquí nos hallamos de nuevo frente a frente con las funciones de
los nervios y músculos: nuestros viejos e insolubles enigmas. Lo mismo puede decirse de
todos los órganos de los sentidos; lo mismo también de las demás ramas de la fisiología.
Esperábamos explicar los fenómenos de la circulación de la sangre por las leyes de la
hidrostática o de la hidrodinámica. Sin duda alguna, la sangre se mueve de acuerdo a las
leyes hidrodinámicas; pero su relación con éstas permanece completamente pasiva. En
cuanto a las funciones activas del corazón y de los músculos de sus vasos, nadie ha sido
capaz hasta ahora de explicarlas por medio de leyes físicas.”
Las palabras en cursiva con que termina la conferencia del hábil Profesor, son dignas
de un Ocultista. Parece, en verdad, repetir un aforismo de las Elementary Instructions
de la fisiología esotérica del Ocultismo práctico:
“El enigma de la vida se encuentra en las funciones activas de un organismo viviente 58; la
real percepción de su actividad sólo la podemos alcanzar por nuestra auto–observación y no
mediante nuestros sentidos externos: por las observaciones de nuestra voluntad, se desvela
ella misma a nuestro sentido interno, tanto como penetre en nuestra conciencia. Por lo
tanto, cuando el mismo fenómeno sólo obra sobre nuestros sentidos externos, ya no lo
reconocemos. Vemos todo aquello que se manifiesta en derredor del fenómeno del
movimiento, pero de ninguna manera vemos la esencia de ese fenómeno, porque para ello
carecemos de un órgano receptor adecuado. Podemos aceptar esta esse (esencia) de un
modo puramente hipotético, y as! hacemos de hecho cuando hablamos de “funciones
activas”. Así hace todo fisiólogo, porque no puede seguir adelante sin semejante hipótesis; y
esto es un primer experimento para una explicación psicológica de todos los fenómenos
vitales… Y si queda demostrado para nosotros que somos incapaces de explicar sólo con el
auxilio de la física y de la química los fenómenos de la vida, ¿qué podemos esperar de las
otras ciencias relacionadas con la fisiología: de la morfología, anatomía e histología?
Sostengo que jamás pueden éstas ayudamos a descifrar el problema de cualquiera de los
fenómenos misteriosos de la vida. Porque cuando hemos logrado dividir, con auxilio del
escalpelo y del microscopio, los organismos en sus componentes más elementales y
Regamos a la más simple de las células, es cuando precisamente nos encontramos frente a
frente con el mayor de todos los problemas. ¡La mónada más simple, un punto microscópico
58Vida y actividad son sólo dos nombres diferentes para expresar la misma idea, o lo que es más exacto
aún, son dos palabras con las cuales no relacionan los hombres de ciencia idea definida alguna. Sin
embargo, y quizás por eso precisamente, se ven obligados a usarlos, porque contienen el punto de
contacto entre los problemas más difíciles con que de hecho han tropezado jamás los más profundos
pensadores de la escuela materialista.

del protoplasma informe y sin estructura, manifiesta ya todas las funciones vitales
esenciales: alimentación, desarrollo, gestación, movimiento, sensibilidad y percepción
sensual, y hasta esas funciones que reemplazan a la “conciencia” –el alma de los animales
superiores”
¡El problema, en verdad, es terrible –para el materialismo–! ¿Harán por nosotros
nuestras células, y las mónadas infinitesimales de la Naturaleza, aquello que los
argumentos de los más grandes filósofos Panteístas no han conseguido hacer hasta
ahora? Esperémoslo; y si lo hacen, entonces los “supersticiosos e ignorantes” Yoguis
orientales, y hasta sus seguidores exotéricos, se verán vindicados. Porque nos dice el
mismo fisiólogo que:
“Gran número de venenos no pueden penetrar en los espacios linfáticos impedidos por las
células epiteliales, aunque sabemos que se descomponen fácilmente en los jugos
abdominales e intestinales. Más aún. La fisiología sabe que inyectando esos venenos
directamente en la sangre se separarán de ella y aparecerán a través de las paredes
intestinales, y que las células linfáticas desempeñan en ese proceso una parte muy activa.”
Si consulta el lector el Dictionary de Webster, en él encontrará una curiosa explicación
de las palabras “linfa” y “linfática”. Piensan los etimólogos que la palabra latina “limpha”
deriva de la palabra griega nymphe, “una ninfa o Diosa inferior”.
“Los poetas llamaban algunas veces ninfas a las Musas. Por consiguiente (según
Webster), todas las personas inspiradas, como los videntes, los poetas, los locos, etc.,
eran considerados como bajo el poder de las ninfas (nympholéptoi).”
La Diosa de las Aguas (la ninfa o linfa griega y latina); en la India se decía que había
nacido de los poros de uno de los Dioses, bien del Dios del Océano, Varuna, o de un
“Dios Fluvial” o menor, esto es algo que queda a la elección de las sectas y de la
imaginación de los creyentes. Pero la cuestión importante es que es admitido que los
antiguos griegos y latinos participaban de las mismas “supersticiones” que los hindúes.
Demostrada está esa superstición por el hecho de seguir sosteniendo aquellos hasta
hoy día, que cada átomo de materia en los cuatro (o cinco) Elementos es una emanación
de un Dios o Diosa inferior, siendo él o ella anterior emanación de una deidad superior;
y además, que cada uno de esos átomos –Brahmâ, uno de cuyos nombres es Anu o
átomo–, no es emanado antes que se encuentre dotado de conciencia, cada uno de su
grado, y de libre albedrío actuando dentro de los límites de la ley.
Ahora bien; el que sepa que la Trimurti Cósmica (trinidad) compuesta de Brahmâ, el
Creador; Vishnú, el Conservador, y Siva el Destructor, es un maravilloso y científico
símbolo del Universo material y de su evolución gradual; y el que encuentre una prueba
de ello en la etimología de los nombres de aquellas deidades59 más las doctrinas de la
Gupta–Vidya, o conocimiento esotérico, sabrá también cómo comprender
correctamente esa “superstición”. Los cinco títulos fundamentales de Vishnú –añadidos
al de Anu (átomo), común a todos los personajes de la Trimurti– que son: Bhutâtman,
“uno con los materiales creados o emanados del mundo”; Pradhanâtman, “uno con los
sentidos”; Paramâtman, “el Alma Suprema”, y Âtman, el Alma Cósmica, o la Mente
Universal, revelan suficientemente la intención de los antiguos hindúes al dotar a cada
átomo de mente y conciencia y darle el nombre especial de un Dios o una Diosa.
Colocad su Panteón, compuesto de 30 crores (o sea 300 millones) de deidades dentro
del macrocosmos (el Universo), o dentro del microcosmos (el hombre), y no parecerá
exagerado el número, ya que se relacionan con los átomos, células y moléculas de todo
cuanto existe.
Esto es, sin duda alguna, demasiado poético y abstracto para nuestra generación, pero
parece decididamente tan científico, si no más, que las doctrinas derivadas de los
últimos descubrimientos de la Fisiología e Historia Natural.
59 Brahmâ viene de la raíz brih, “extender”, “esparcir”; Vishnú, de la raíz vis o vish (fonéticamente) “entrar
en”, “penetrar” el universo de la materia. En cuanto a Siva, el patrón de los Yogis, la etimología de su
nombre resultaría incomprensible al común de los lectores.
*
EL ASPECTO DUAL DE LA SABIDURÍA
No hay duda, pero ustedes son la gente
y la sabiduría morirá con ustedes
Job XII, 2
Pero la sabiduría está justificada de sus hijos.
Matthew XI, 19
Es el privilegio –como también ocasionalmente la maldición– de los editores de
recibir numerosas cartas con consejos y los editores de Lucifer no escaparon al
destino común. Elevados en los aforismos de las edades, están conscientes de
que “él que puede recibir consejo es superior al que lo da”, y están por ello dispuestos a
aceptar con gratitud cualquier sugestión sensata y práctica ofrecida por amistades; pero
la última carta recibida no cumple con la condición. No es ni siquiera su propia
sabiduría, sino la de la edad en la que vivimos, la cual ha sido afirmada por nuestro
asesor, quien así arriesga seriamente su reputación en la observación sutil por tales
actos de devoción en el altar de pretensiones modernas. Es en defensa de la “sabiduría”
de nuestro siglo por la que estamos regañados y culpados de “preferir la antigüedad
bárbara a nuestra civilización moderna y sus inestimables ventajas”, de olvidar que
“nuestra sabiduría de nuestro tiempo, comparada con los instintos del pasado que se
están despertando, en ningún momento es inferior en sabiduría filosófica incluso a la
edad de Platón”. Finalmente nos dicen que a nosotros, los Teósofos, “nos gusta
demasiado el oscuro ayer, e igualmente injusto a nuestro glorioso (?) día presente, la
radiante hora del mediodía de la más alta civilización y cultura”!!
Bueno, todo esto es una cuestión de gustos. Nuestro corresponsal es bienvenido con
sus propias opiniones, pero así somos nosotros con las nuestras. Dejemos que se
imagine que la Torre Eiffel empequeñece a la Pirámide de Gizeh a un montículo y que
el terreno del Palacio de Cristal transforma a los jardines colgantes de Semiramis en un
jardín de cocina – si quiere. Pero si estamos seriamente “retados” por él de demostrar
“en qué aspecto nuestra edad de progreso continuo y pensamiento gigantesco” –no
obstante, un progreso una pequeñez arruinada por nuestros Huxleyanos denunciados
por nuestros cirujanos y las damas universitarias, autores clásicos mayores y
argumentadores, por las “doncellas aleluya”– es inferior a las edades de, digamos, un
“Sócrates dominado por su mujer y un Buda con las piernas cruzadas”, entonces le
contestaremos, dándole naturalmente nuestra propia opinión personal.
Nuestra edad, decimos, es inferior en Sabiduría a cualquier otra, porque profesa más
visiblemente cada día desprecio por la verdad y la justicia, sin la cual no puede haber
Sabiduría. Porque nuestra civilización, cimentada en engaños y apariencias, cuando
mucho es como una bella ciénaga verde, un pantano extendido sobre un lodazal mortal.
Porque este siglo de cultura y adoración de la materia, mientras que ofrece premios
para cada “mejor cosa” en este mundo, desde el bebé más grande y la orquídea más
enorme, hasta el más fuerte boxeador y el cerdo más gordo, no tiene ningún estímulo
para ofrecer a la moralidad, ningún premio para cualquier virtud moral. Porque tiene
sociedades para la prevención de crueldad física a los animales y ninguna con el
objetivo de prever la crueldad moral practicada en seres humanos. Porque anima, legal
y tácitamente, el vicio bajo cualquier forma, desde la venta de whisky hasta la
prostitución forzada y robo causado por sueldos de hambre, extorsión a manera de
Shylock, alquileres y otras comodidades de nuestra época cultural. Porque, finalmente,
esta es la edad que, aunque proclamada como una edad de libertad física y moral,
realmente es la edad de la más feroz esclavitud moral y mental, como nunca antes se ha
sabido. La esclavitud al Estado y a los hombres desapareció solamente para dar lugar a
la esclavitud a cosas y al Ego, a los propios vicios y tontas costumbres y maneras. Una
civilización rápida, adaptada a las necesidades de las clases altas y medias, que por
contraste solamente condenó a las masas hambrientas hacia una mayor desdicha.
Habiendo nivelado a las dos anteriores las hizo ignorar aún más la substancia a favor de
la forma y apariencia y por consiguiente forzando al hombre moderno a una vil prisión,
una dependencia servil de cosas inanimadas, para usar y servir que es el primer deber
obligado de todo hombre culto. ¿Dónde se encuentra entonces la sabiduría de nuestra
edad moderna?
En verdad, se requiere solamente de pocas líneas para mostrar porqué nos inclinamos
ante la Sabiduría antigua, mientras que rechazamos completamente verla en nuestra
civilización moderna. Pero para empezar, ¿qué opina nuestra crítica de la palabra
“Sabiduría”? A pesar de que nunca hemos admirado excesivamente a Lactantius, aunque
debemos reconocer que incluso este inocente Padre de iglesia con todos sus insultos
hirientes tocante al sistema heliocéntrico, definió el término muy correctamente al
decir que “el primer punto de Sabiduría es discernir qué es falso y el segundo saber qué
es verdad”. Y si es así, ¿qué posibilidad existe para nuestro siglo de falsificación, desde
el revisado texto bíblico hasta la mantequilla natural, de poner una queja a la
“Sabiduría”? Pero antes de cruzar las espadas sobre este asunto, haríamos bien, quizás,
de definir nosotros mismos el término.
Acertemos al decir que Sabiduría es, a lo mucho, una palabra elástica – sea como fuere
como es usada en lenguas europeas. Que no muestra ninguna idea clara de su
significado, a menos que sea precedida o seguida por algún adjetivo calificativo. En la
Biblia, efectivamente, el equivalente Chockmah en hebreo (en griego, Sophia) es
aplicado a las cosas más diferentes – abstractas y concretas. Por lo tanto encontramos
“Sabiduría” como la característica, tanto de inspiración divina, como también de astucia
y oficios terrenales; como significa la Sabiduría Secreta de las Ciencias Esotéricas y
también fe ciega; la “veneración del Señor” y los magos del Faraón. El nombre está
aplicado con indiferencia a Cristo y a hechicería, porque la bruja Sedecla también está
referida a la “mujer sabia de En–Dor”. De la más temprana antigüedad cristiana,
empezando con San Juan (III, 13–17), hasta el último predicador calvinista, quien ve en
el infierno y en la condenación eterna una prueba de “la sabiduría del Todopoderoso”, el
término ha sido usado con los más variados significados. Pero San Juan enseña dos
tipos de sabiduría; una enseñanza con la cual concordamos completamente. Tira una
gruesa línea de separación entre la “Sofía” divina o intuitiva – la Sabiduría de arriba – y
la sabiduría (III, 15) terrena, psíquica y diabólica. Para el verdadero Teósofo no hay
ninguna sabiduría salvo la anterior. Si esto fuera el caso, podría uno declarar con Pablo,
que habla de esta sabiduría exclusivamente sólo entre los “que son perfectos”, es decir
los iniciados en los misterios, o por lo menos familiarizados con el A B C de las ciencias
sagradas. Pero, por grande que haya sido su error, por prematuro que haya sido su
esfuerzo de sembrar las semillas de la verdadera y eterna gnosis en tierra sin preparar,
sus motivos eran buenos y su intención altruista, y por eso fue apedreado. Si solamente
hubiera tratado de predicar alguna ficción particular propia, o si lo hubiera hecho para
beneficio propio, ¿quién lo hubiera jamás divisado o tratado de aplastarlo, entre los
cientos de sectas falsas, “colecciones” diarias y “sociedades” locas? Pero su caso era
diferente. Por muy cuidadoso, no hablaba “la sabiduría de este mundo” sino la verdad o
la “sabiduría oculta”… la cual no conoce ninguno de los príncipes de este mundo (I
Corint. II.) como mínimo de todos los Arcontes de nuestra ciencia moderna. Con
respecto a la sabiduría “psíquica”, no obstante, que Juan define como terrenal y
diabólica, existían en todas las edades, desde los días de Pitágoras y Platón, cuando por
un philosophus existían nueve sophistæ, hasta nuestra era moderna. Para tal sabiduría
nuestro siglo está bienvenido, y en efecto completamente en su derecho de poner una
demanda. Además, es un vestuario de fácil puesta; nunca hubo un período donde los
cuervos se negaron formarse en las plumas del pavo real, si se ofrecía la oportunidad.
Pero ahora como en aquel entonces, tenemos un derecho de analizar los términos
usados e inquirir en las palabras del libro de Job, esta alegoría sugestiva de purificación
Kármica y ritos iniciáticos: “¿Dónde se puede encontrar (verdadera) sabiduría? ¿Dónde
está el lugar de la comprensión?” y para contestar nuevamente en sus palabras: “Con el
anciano está la sabiduría y en la longitud de los días la comprensión” (Job, XXVIII, 12 y
XII, 12).
Aquí tenemos que calificar una vez más un término dudoso, a saber: la palabra
“anciano”, y explicarla. Como está interpretada por la iglesia ortodoxa, en la boca de Job
tiene un significado; pero con el Cabalista otro muy diferente; mientras que en la
Gnosis del Ocultista y Teósofo tiene claramente un tercer significado, el mismo que
tenía en el original Libro de Job, una obra pre–mosaica y un tratado reconocido en la
iniciación. Por lo tanto el Cabalista aplica el adjetivo “anciano” a la PALABRA
manifestada o LOGOS (Dabar) de la deidad eternamente oculta y que no puede
reconocerse. Daniel, en una de sus visiones, también la usa al hablar de Jahve – el
andrógino Adam Kadmon. El hombre de iglesia la conecta con su Jehová
antropomórfico, el “Señor Dios” de la Biblia traducida. Pero el Ocultista Oriental
emplea el término místico solamente al referirse al Ego superior reencarnado. Porque,
siendo Sabiduría divina difundida a través del universo infinito, y siendo nuestro EGO
SUPERIOR una parte integral de ello, la luz átmica del último puede ser centrada
solamente en lo que, aunque eterno, está siempre individualizado – es decir, el Principio
intuitivo, el Dios manifestado dentro de cada ser racional, nuestro Manas Superior que
es uno con Buddhi. Es esa luz colectiva que es la “Sabiduría que es de arriba”, y la cual
cada vez que descienda al Ego personal, se encuentra “pura, pacífica, gentil”. De aquí es
la afirmación de Job que “Sabiduría está con el Anciano” o Buddhi–Manas. Porque el
Divino “Yo” Espiritual está eternamente sólo y el mismo a través de todos los
nacimientos; mientras que las “personalidades” que informa en sucesión son
desvanescentes, cambiando como las sombras de una serie de formas caleidoscópicas
en una linterna mágica. Es el “Anciano”, porque, siendo llamado Sofía, Krishna,
Buddhi–Manas o Cristo, es siempre el primer nacido de Alaya–Mahat, la Mente
Universal y la Inteligencia del Universo. Esotéricamente entonces, la declaración de Job
debe leerse: “Con el Anciano (el Ego Superior del hombre) está la Sabiduría, y en la
longitud de los días (o número de sus re–encarnaciones) está la comprensión”. Ningún
hombre puede aprender la verdad y la sabiduría final en un solo nacimiento; y cada
nuevo renacimiento, si reencarnamos para prosperidad o para pesar, es otra lección más
que recibimos en manos del estricto y siempre justo instructor – VIDA KARMICA.
Pero el mundo – el mundo occidental, de todas formas– no sabe nada de esto y se
niega a aprender algo. Para él, cualquier noción del Ego Divino o la pluralidad de sus
nacimientos es “estupidez pagana”. El mundo occidental rechaza estas verdades y no
quiere reconocer ningún hombre sabio, excepto los de su propia hechura, creado en su
propia imagen, nacido dentro de su propia era y enseñanzas cristianas. La única
sabiduría que entiende y practica es la psíquica, la sabiduría “terrenal y diabólica” de la
que habló Jacobo, haciendo por lo tanto de la Sabiduría real una designación inaplicable
y una degradación. Sin embargo, sin considerar sus múltiples variedades, existen dos
tipos hasta de la sabiduría “terrenal” en nuestro globo de lodo – la real y la aparente.
Entre los dos, hasta para el observador superficial de este mundo malicioso y bullicioso,
existe un abismo profundo, y no obstante ¡cuan poca gente consentirá verlo! La razón
para ello es bastante natural. El egoísmo humano es tan fuerte que dondequiera que
exista el más leve interés personal de ganancia, los hombres se vuelven sordos y ciegos
a la verdad, tantas veces conscientemente como no. Tampoco hay muchas personas
capaces de reconocer tan rápido como es aconsejable la diferencia entre hombres que
son sabios y los que solamente parecen sabios, siendo los últimos considerados
principalmente como tales, porque son muy inteligentes en hacer sonar su propia
trompeta. Hasta aquí sobre “sabiduría” en el mundo profano.
En cuanto al mundo de estudiantes en la enseñanza mística es casi peor. Las cosas se
alteraron extrañamente desde los días de la antigüedad, cuando el realmente sabio hizo
como primer deber de que ellos ocultaran su sabiduría, considerándola demasiado
sagrada para ni siquiera mencionarla delante del hoi polloi. Mientras que el medieval
Rosecroix (Rosacruces), el verdadero filósofo, teniendo en mente al viejo Sócrates,
repitió a diario que todo lo que sabía era que no sabía nada, su moderno sucesor
designado por él mismo, anuncia en nuestros días, a través de la prensa y el público, que
aquellos misterios en la naturaleza y sus leyes Ocultas, de los cuales no sabe nada,
nunca existieron en absoluto. Existía un tiempo cuando la obtención de la Sabiduría
Divina (Sapientia) requirió el sacrificio y devoción de la vida entera de un hombre.
Dependía de tales cosas como la pureza en los motivos del candidato, de su valentía y
espíritu separado; pero ahora, para recibir un patente para sabiduría y adeptado,
requiere solamente inmodestia desvergonzada. Un certificado de sabiduría divina es
ahora decretado y entregado a un “Adeptus” autodenominado por una mayoría regular
de votos de bobos profanos y de fácil presa, mientras que una hueste de urracas
ahuyentados del techo del Templo de la Ciencia lo anunciará al mundo en cada mercado
y feria. Cuente al público, incluso como mayor de edad, que ahora el genuino y sincero
observador de la vida y sus fenómenos subyacentes, el inteligente colaborador con la
naturaleza, al convertirse por eso en un experto en sus misterios, se convierte en un
hombre “sabio”, en el sentido terrenal de la palabra, pero que un materialista nunca
sacará de la naturaleza ningún secreto en un plano más elevado – y se reirán de usted
hasta el grado de desprecio. Añade que ninguna “sabiduría de arriba” baja en nadie
salvo en la condición sine qua non de dejar en el umbral de lo Oculto cada átomo de
egoísmo o deseo para fines y beneficios personales – y pronto será declarado por su
audiencia como candidato para el asilo lunático. No obstante, este es un antiguo, muy
antiguo truismo. La naturaleza cede sus secretos íntimos e imparte verdadera sabiduría
solamente a quien busca la verdad por el amor a ella misma y quien anhela la sabiduría
para conferir los beneficios a otros, no a su propia personalidad insignificante. Y, como
es precisamente por este beneficio propio que casi cada candidato al adeptado y magia
busca, y pocos son, los que consienten aprender a un precio tan alto y a un beneficio tan
pequeño para ellos mismos en perspectiva – los verdaderamente sabios Ocultistas son
cada siglo menos y más raros. ¿Cuántos existen efectivamente, quienes no preferirían el
aun pasajero fuego fatuo de la fama a la constante y eternamente creciente luz de la
eterna sabiduría divina, si la última debe permanecer, para todos excepto para uno
mismo – una luz escondida?
Lo mismo es el caso en el mundo de la ciencia materialista, donde vemos una gran
escasez de hombres realmente letrados y una hueste de científicos superficiales, pero
quienes demandan todo para ser considerados como unos Arquímedes y Newtons.
Como es arriba es abajo. Estudiantes que persiguen el conocimiento por el bien de la
verdad y del hecho, y lo divulgan, aunque sea difícil de aceptar, y no para la gloria
dudosa de imponer al mundo sus respectivos pasatiempos personales – pueden ser
contados con los dedos de una sola mano: mientras que el nombre de los pretensores es
legión. Hoy día, reputaciones para aprender parecen más bien ser construidas por
sugestión en el principio hipnótico que por mérito real. Las masas se hincan ante él que
se impone sobre ellos: por esto hay una tal galaxia de hombres considerados como
eminentes en la ciencia, artes y literatura; y si son aceptados con tanta facilidad, es
precisamente por la gigantesca opinión y aserción propias, en todo caso, de la mayoría
de ellos. Una vez analizado a fondo, no obstante, ¿cuántos de éstos quedarán quienes
verdaderamente merecen la denominación de “sabio” aún en sabiduría terrenal?
¿Cuántos, nos preguntamos, de las llamadas “autoridades” y “líderes de los hombres”
demostrarían mucho mejor que aquellos de los cuales se dijo – en efecto por un
“sabio”– “que son líderes ciegos de los ciegos”?
Que las enseñanzas, ni de los maestros modernos ni de los predicadores, son
“sabiduría de arriba”, está enteramente demostrado. No se demostró por ninguna
inexactitud personal en sus declaraciones o errores en la vida, porque “errar es
humano”, sino por hechos incontrovertibles. Sabiduría y Verdad son términos sinónimos
y lo que es falso o bien sabido representativo de la Iglesia de Inglaterra, que el Sermón
del Monte, significaría en su aplicación práctica, la ruina total para su país en menos de
tres semanas; y si no es menos verdad como afirmado por un crítico literario de la
ciencia, que “las campanas de la muerte de Charles Darwin tocaron en el libro actual del
Sr. A. R. Wallace”60, un evento ya profetizado por Quatrefages – entonces nos queda a
escoger entre dos direcciones. O bien tenemos que tomar ambas, la Teología y la
Ciencia, a fe y confianza ciegas; o bien proclamar ambas falsas e indignas de confianza.
No obstante, hay una tercera dirección abierta: pretender que creemos en ambas al
mismo tiempo, y no decir nada como lo hacen muchos; pero esto sería pecar contra la
Teosofía y difamar los prejuicios de la Sociedad – y rehusamos hacer esto. Más que
esto: declaramos abiertamente, de todos modos, que ninguno de los dos, ni Teólogo ni
Científico, tiene el derecho a la faz de esto de reclamar, él que predica lo que es
inspiración divina y el otro – ciencia exacta; ya que el primero demuestra lo que es
según su propio reconocimiento, perjudicial para los hombres y los estados – es decir
las éticas de Cristo; y el otro (en la persona del eminente naturalista, Sr. A. R. Wallace,
como mostrado por el Sr. Samuel Butler) enseña evolución Darwinística, en la cual ya no
60 Ver "El Callejón sin Salida del Darwinismo," por Samuel Butler, en el Universal Review para Abril de
1890.

cree; un esquema, además, que nunca existió en la naturaleza, si los oponentes del
Darwinismo están en lo correcto.
Sin embargo, si alguien se atrevería a llamar “insensato” o “falso” a las autoridades
escogidas por el mundo, o a declarar sus respectivas políticas deshonestas, muy pronto
se encontraría reducido al silencio. Dudar de la sabiduría exaltada de la religión del
Cardinal Newman, que ha sido de la Iglesia de Inglaterra, o nuevamente de nuestros
magníficos científicos modernos, es pecar contra el Espíritu Santo y la cultura. Pobre
aquel que se niega reconocer a los “Elegidos” del Mundo. No obstante, tiene que
doblarse ante uno u otro; si uno es verdad, el otro debe ser falso; y si la “sabiduría” ni del
obispo ni del científico es “de arriba” – lo que se puede demostrar con bastante justicia
hoy en día – entonces su “sabiduría” cuando mucho es “terrenal, psíquica, diabólica”.
Ahora nuestros lectores deben considerar que nada de lo arriba expuesto significa una
señal de menosprecio para las verdaderas enseñanzas de Cristo, o verdadera ciencia:
tampoco juzgamos a personalidades sino solamente a los sistemas de nuestro mundo
civilizado. Considerando la libertad de pensamiento por encima de todo como el único
camino de alcanzar en un futuro esta Sabiduría, de la cual cada Teósofo debería estar
enamorado, reconocemos el derecho a la misma libertad en nuestros enemigos como
en nuestros amigos. Lo único que disputamos es su demanda de sabiduría – como
entendemos este término. Tampoco culpamos, más bien compadecemos, en nuestro
más intimo corazón, a los “hombres sabios” de nuestra época por tratar de llevar a cabo
la única política que los mantendrá en la cima de su “autoridad”; porque no podrían, aún
si quisieran, actuar de otra forma y conservar su prestigio con las masas, o escapar de ser
rápidamente proscrito por sus colegas. El espíritu de grupo es tan fuerte con respecto a
las viejas huellas y surcos, que doblar a un sendero transversal significa traición
deliberada hacia él. Por consiguiente, para ser considerado hoy día una autoridad en
algún tema particular, el científico tiene que rechazar nolens volens lo metafísico y lo
teológico para mostrar desprecio para las enseñanzas materialistas. Todo esto es
política mundana y sentido común práctico, pero no es la Sabiduría ni de Job ni de
Jacob. ¿Será entonces considerado como demasiado rebuscado si, basando nuestras
palabras en observaciones y experiencias de toda una vida, nos atrevemos a ofrecer
nuestras ideas referente a los medios más rápidos y eficientes para obtener el respeto
universal de nuestro mundo presente y convertirnos en una “autoridad”? Muestre el
respeto afectuoso para los granos de los pasatiempos de cada grupo y ofrézcase usted
mismo como el oficial principal, el verdugo, de las reputaciones de los hombres y cosas
considerados como impopular. Aprenda que el gran secreto del poder consiste en el
arte de prostituir los prejuicios populares, a los gustos y disgustos mundanos. Una vez
cumplido con esta condición principal, aquel que lo practica puede estar seguro de
atraer hacia sí mismo al instruido y sus satélites – los menos educados – cuyo rol es de
posicionarse invariablemente al lado seguro de la opinión pública. Este lleva a la
harmonía perfecta o acción simultánea. Porque, mientras que la actitud favorita del
culto es esconderse detrás del bastión intelectual de los líderes favoritos del
pensamiento científico, y jurare in verba magistri, la de los menos cultos es de
transformarse en los fieles teléfonos mecánicos de sus superiores y de repetir como
pericos entrenados los dicta de sus líderes inmediatos. El ahora precepto axiomático del
Sr. Artemus Ward, el director de espectáculo de famosa memoria – “Rasgue mi espalda,
Sr. Editor, y yo rasgaré la suya” – demuestra ser inmortalmente verdad. La “estrella
saliente”, siendo un teólogo, un político, un autor, un científico, un periodista –tiene
que empezar a rasgar la espalda de los gustos y prejuicios públicos– un método
hipnótico tan antiguo como la vanidad humana. Gradualmente las masas hipnotizadas
empiezan a ronronear, están listas para la “sugestión”. Sugestione lo que quiera que
ellos crean, y en seguida empezarán a devolver sus caricias, y ronronear ahora a sus
pasatiempos de usted y prostituir a su vez todo sugestionado por el teólogo, político,
autor, científico o periodista. Tal es el sencillo secreto de convertirse en una “autoridad”
o un “líder de hombres”; y tal es el secreto de nuestra sabiduría del tiempo moderno.
Y esto es también el “secreto” y la verdadera razón de la impopularidad de Lucifer y
del ostracismo practicado por este mismo mundo moderno sobre la Sociedad
Teosófica: porque ni Lucifer ni la Sociedad a la cual pertenece, jamás siguieron el
precepto dorado del Sr. Artemus Ward. Ningún verdadero Teósofo, de hecho,
consentiría convertirse en el amuleto de una doctrina de moda, más que se convertiría
en el esclavo de un sistema de letra muerta en decadencia, cuyo espíritu ha
desaparecido para siempre. Tampoco se prostituiría a nadie ni nada y por consiguiente
siempre rehusaría mostrar creencia en lo que no hace, ni puede creer lo que está
mintiendo en su propia alma. Por esto, donde otros ven “la belleza y las gracias de la
cultura moderna”, el Teósofo ve solamente fealdad moral y las volteretas de los
payasos de los llamados centros culturales. Para él nada se aplica mejor a la moderna
sociedad mundana que la descripción de Sydney Smith del ritualismo papista: “Postura
e impostura, flexiones y genuflexiones, inclinándose hacia la derecha, reverenciándose
hacia la izquierda, y una cantidad inmensa de varones (y especialmente hembras)
modistas”. Sin duda alguna, para mentes mundanas puede haber un gran encanto en la
civilización moderna; pero para el teósofo todas sus generosidades escasamente
pueden compensar los perjuicios que trajo al mundo. Son tantos que no entra en los
límites de este artículo enumerar estos descendientes de la cultura y del progreso de la
ciencia física, cuyos últimos logros empiezan con vivisección y terminan en asesinato
mejorado por electricidad.
Sin la menor duda, nuestra contestación no está calculada para hacernos de más
amigos que enemigos, pero difícilmente podemos remediarlo. Nuestra revista puede
ser considerada como “pesimista”, pero nadie puede inculparla por publicar calumnias o
mentiras o, de hecho, nada aparte de lo que honestamente creemos que es verdad. No
obstante, sea como sea, esperamos que nunca nos falte el valor moral en la expresión
de nuestras opiniones o en la defensa de la Teosofía y de su Sociedad. Dejemos
entonces que nueve décimas de cada población se levante en armas contra la Sociedad
Teosófica donde sea que aparezca – nunca serán capaces de suprimir las verdades que
revela. Que las masas del materialismo creciente, los huéspedes del Espiritualismo,
todas las congregaciones eclesiásticas, fanáticos e iconoclastas, adoradores de Grundy,
imitadores y discípulos ciegos, que difamen, abusen, mientan, denuncien y publiquen
cada falsedad acerca de nosotros bajo el sol – no desarraigarán la Teosofía, ni siquiera
molestan a su Sociedad, si solamente sus miembros permanecen unidos. Dejemos que
hasta tales amigos y consejeros como él que ahora está contestado, se aparte con
disgusto de aquellos a los que se dirige en vano – no importa para nuestros dos
senderos en la vida correr diamétricamente opuesto. Que se atenga a su sabiduría
“terrestre”: nosotros no atendremos a aquel rayo puro “que viene desde arriba”, de la
luz del “Antiguo”.
¿Qué tiene SABIDURÍA, Theosophia –la sabiduría llena de misericordia y buenos
frutos, sin peleas o parcialidad y sin hipocresía” (Jacobo III, 17)– realmente que ver con
nuestro mundo cruel, egoísta, malicioso e hipócrita? ¿Qué hay en común entre Sofía
divina y las mejoras de la civilización y ciencia moderna; entre el espíritu y la letra que
mata? Más aún que en esta etapa de la evolución, el hombre más sabio en la tierra, de
acuerdo al sabio Carlyle, es solamente un niño inteligente deletreando letras de un
jeroglífico libro profético, el léxico de lo que se encuentra en la eternidad.

CARÁCTER ESOTÉRICO DE LOS EVANGELIOS
I
Dinos ¿cuándo ocurrirá esto, y cuál será la señal de tu presencia y de la
consumación de los tiempos?61, preguntaron los discípulos del Maestro en el
monte de los Olivos”.
La respuesta62 que dio el “Hombre de los Sufrimientos” –el Chrêstos– en sus
pruebas, y también en su camino al triunfo como Christos o Cristo63, es profética y muy
sugestiva.
Desde luego, es una advertencia. La respuesta será citada por completo. Jesús … les
dijo:
“Mirad que nadie os engañe. Porque vendrán muchos en mi nombre diciendo: “Yo soy el
Cristo”, y engañarán a muchos. Y oiréis hablar de guerras… mas aún no es el fin. Porque se
levantará nación contra nación y reino contra reino, y habrá hambre, pestilencias y
terremotos en diversos lugares. Pero todas estas cosas son el principio de los dolores… Y
muchos falsos profetas se levantarán y engañarán a muchos… Y entonces vendrá el fin…
Cuando veáis la abominable desolación anunciada por Daniel… Entonces, si alguno os
dijere: “He aquí el Cristo, o allí”, no lo creáis... Si os dijeren: “He aquí, en el desierto está”, no
salgáis. “He aquí, en los aposentos”, no le creáis. Porque como el cometa luminoso que sale
del Oriente y se ve lucir hasta el Occidente, así también será la presencia del Hijo del
Hombre…”
Dos cosas son evidentes para todos en los pasajes que preceden, cuando se corrige la
falsa traducción del texto revisado. Primero, “la venida de Cristo” significa la presencia
61Mt. XXIV, 3 y ss. las palabras en negrita son las que se hallan corregidas en el Nuevo Testamento,
después de la revisión que en 1881 se hizo de la versión de 1611, la cual está llena de errores voluntarios
e involuntarios. Las palabras “venida” en lugar de “presencia”, y “fin del mundo” en lugar de “consumación
de los tiempos” han cambiado desde hace poco tiempo el significado real de este párrafo, aun para los
cristianos más sinceros, si exceptuamos a los adventistas.
62Para una mejor comprensión de este interesante –y complejo– artículo, recomendamos leer
previamente lo que dice H.P. Blavatsky en el Glosario Teosófico, sobre las palabras “Chrêstos” y “Jesús”.
63Quien no quiera estudiar y comprender en profundidad la gran diferencia entre las dos palabras griegas
crhstóç y cristóç permanecerá por siempre ciego al verdadero significado esotérico de los Evangelios,
es decir, al espíritu vivo que se oculta en la estéril letra muerta de los textos, fruto desabrido de un
Cristianismo que sólo lo es de palabra.
del Christos en un mundo regenerado, y de ninguna manera la venida real de “Cristo”
Jesús en un cuerpo. Segundo, este Cristo no se ha de buscar en el desierto, ni en los
aposentos, ni en el santuario de ningún templo o iglesia construida por el hombre, pues
Christos –el verdadero Salvador esotérico– no es un hombre, sino el Principio Divino en
todo ser humano.
Quien se esfuerza por resucitar al Espíritu crucificado dentro de sí mismo Por sus
propias pasiones terrenales y enterrado en el “sepulcro” de su naturaleza carnal; quien
tiene la fuerza de apartar la piedra de materia de la puerta de su propio santuario
interior, tiene en sí mismo al Cristo resucitado 64. El “Hijo del Hombre” no es hijo de la
sierva –la carne–, sino en verdad de la mujer libre, el Espíritu 65, hijo de las acciones del
hombre y fruto de su propio trabajo espiritual.
Por otra parte, en ninguna época –desde el principio de la Era cristiana– se han podido
encontrar las señales precursoras descritas por San Mateo tan gráficamente o con tanta
nitidez, como se descubren en nuestros tiempos. ¿Cuándo se han alzado las naciones
unas contra otras más que ahora? ¿Cuándo ha sido más cruda el hambre –otro nombre
para designar la miseria y las multitudes hambrientas del proletariado– o más
frecuentes y extensos los terremotos que en los últimos años? ¿Cuándo han coincidido
tantas calamidades simultáneamente?
Los milenaristas y los adventistas de fe robusta pueden seguir diciendo de nuevo que
está próxima “la venida de Cristo encarnado” y seguir preparándose para “el fin del
mundo”. Los filósofos –al menos algunos de ellos– que entienden el significado oculto
de los universalmente esperados Avatâras 66, Mesías, Sosioshes 67 y Cristos, saben que
no es “el fin del mundo”, sino “la consumación de la Era”, es decir, un nuevo fin de ciclo,
como lo es el que ahora se aproxima68. Si nuestros lectores han olvidado los párrafos
64“Porque sois el templo –“santuario” en el Nuevo Testamento revisado– del Dios vivo” (II Cor. VI, 16).
65 Espíritu o el Espíritu Santo era femenino entre los judíos, así como entre los pueblos más antiguos; y lo
era también entre los cristianos primitivos. La Sophia de los gnósticos y el tercer Sephira Binah (el Jehovah
femenino de los cabalistas) son principios femeninos, el Divino Espíritu o Ruach. Se lee en el Sepher
Yezirah: “Achath Ruach Elohim Chiim”: “Uno es Ella, el Espíritu de los Elohim de la Vida”.
66 Avatâra es un término sánscrito que significa literalmente “descenso”. Así se denominan las
encarnaciones de la Divinidad, el descenso a nuestro mundo de un Dios o de algún Ser glorioso –que ha
progresado más allá de la necesidad de renacer en la Tierra– con el cuerpo de un simple mortal. Ver
Glosario Teosófico.
67 Sosiosh es el Salvador mazdeísta que –como Vishnú, Maitreya, Buddha y otros– aparecerá para salvar a
la Humanidad cuando venga “el fin del mundo”. Las profecías hacen referencia al fin del presente ciclo o
era de la Humanidad. “El exterminio definitivo de los malvados, el renovar la creación y el restablecer la
pureza”. Ibídem.
68 Varios ciclos importantes terminan con el siglo XIX: por ejemplo los primeros 5000 años del Kali Yuga,
o el ciclo mesiánico del hombre relacionado con Piscis (Ichthys o el hombre–pez Dag) de los judíos
samaritanos –y también cabalistas–. Este es un ciclo histórico y no muy largo pero ciertamente muy
finales de nuestro artículo Indicios de cómo Cambian los Tiempos, recomendamos que
se lea de nuevo para poder entender el significado de este ciclo particular.
Repetidas veces el aviso referente a los “falsos Cristos” y profetas que han de engañar
a los hombres, ha sido mal interpretado por los cristianos caritativos, los adoradores de
la letra muerta de sus escrituras, aplicándolo generalmente a los místicos, y muy
especialmente a los filósofos esoteristas. El reciente trabajo de Pember, Earth's Earliest
Ages, es una prueba de ello. Sin embargo, parece muy evidente que las palabras del
Evangelio de San Mateo y otros, difícilmente se pueden aplicar a los verdaderos
filósofos, pues nunca se les oyó decir: “Cristo está aquí o Cristo está allí, en el desierto o
en la ciudad”, y menos aún en los aposentos, detrás del altar de cualquier iglesia
moderna. Hayan nacido cristianos o paganos, rehúsan materializar, y de ese modo
degradar, aquello que es el ideal más puro y más grande, el símbolo de los símbolos: el
Divino Espíritu inmortal en el hombre, ya se le llame Horus, Krishna, Buddha o Cristo.
Ninguno de ellos ha dicho jamás “yo soy el Cristo”; porque los que han nacido en
Occidente se sienten tan solo Chrêstianos 69, por más que se esfuercen en llegar a ser
Christianos en espíritu.
Las palabras de Jesús anteriormente citadas se aplican con gran exactitud y fuerza a
aquellos que, en su presunción y orgullo colosal, rehúsan alcanzar el derecho a
semejante nombre, pues para eso deben llevar la vida de Chrêstos 70; a aquellos que se
proclaman arrogantemente “cristianos” (glorificados, ungidos) por la sola virtud del
bautismo que reciben cuando no tienen más que unos cuantos días de edad. ¿Acaso
puede todo aquel que ve los numerosos falsos profetas y seudoapóstoles (de Cristo)
que ahora vagan por el mundo, dudar del conocimiento profético de quien pronunció
este notable aviso?
Estos han dividido la divina Verdad Una en fragmentos, y roto –sólo en el ámbito de
los protestantes– la roca de la Eterna Verdad en trescientos cincuenta y tantos pedazos,
que equivalen al total de las sectas disidentes. Aceptando que sean unas trescientas
cincuenta, y suponiendo de entrada que al menos una de éstas tenga la Verdad
esotérico, y dura unos 2155 años solares; aunque para encontrar su verdadero significado se ha de
computar por meses lunares. Anteriormente se desarrolló entre los años 2410 y 255 a.C., o cuando el
equinoccio entró en el signo de Aries; luego lo hizo en el de Piscis; y cuando, pasados algunos años
(aproximadamente a partir de 1950) entre en el signo de Acuario, los psicólogos tendrán trabajo extra y
dará comienzo un profundo cambio en la idiosincrasia psíquica de nuestra humanidad.
69El primero de los autores cristianos primitivos, Justino Mártir, en su primera Apología llama a sus
correligionarios “Chrêstianos” crhstianoí, y no “Christianos”.
70Clemente de Alejandría, en el siglo II, nos ofrece un serio argumento sobre esta paranomasia que todos
los que creían en Chrêstos –es decir, “un buen hombre”– eran y se llamaban Chrêstianos, esto es, “buenos
hombres” (Stromata y también Godfrey Higgins, Anacalypsis). Y Lactancio en De Divinarum
Institutionum, dice que “es sólo por ignorancia que las gentes se llaman Christianos en vez de
Chrêstianos”: Qui propter ignorantium errorem cum immutata litera Chrestum solent dicere.
aproximada, las otras trescientas cuarenta y nueve han de ser forzosamente falsas 71.
Cada una de ellas pretende tener exclusivamente a Cristo en sus “aposentos”, y niega
que lo tengan las demás, mientras que, en verdad, la gran mayoría de sus respectivos
seguidores matan diariamente a Cristo en el madero cruciforme de la materia, el “árbol
de la ignominia” de los antiguos romanos.
El culto a la letra muerta en la Biblia no es sino una forma más de idolatría, y nada más.
Un dogma fundamental de la fe no puede existir bajo la forma de un Jano de doble cara.
La “justificación” por Cristo no puede efectuarse por la elección o el capricho de uno, ya
sea por la “fe” o por las “obras”; y como Santiago (II, 25) contradice a San Pablo (Heb. XI,
31) y viceversa72, uno de ellos ha de estar equivocado. Por consiguiente, la Biblia no es la
“Palabra de Dios”, sino que contiene sólo las palabras de hombres falibles y maestros
imperfectos. Ahora bien, cuando se lee esotéricamente podemos descubrir que
contiene, aunque no toda la verdad, sí nada más que la verdad bajo una forma
alegórica… quot homines, tot sententiae (Hay tantas opiniones como hombres).
El principio Cristo, el despierto y glorificado Espíritu de la Verdad, puesto que es
universal y eterno, el verdadero Christos no puede ser monopolizado por persona
alguna, aunque esta persona se haya atribuido deliberadamente el título de “Vicario de
Cristo” o “Jefe” de una u otra religión estatal. Los espíritus de Chrêstos y “Cristo” no se
pueden limitar a un credo o a una secta determinada, por el hecho de que a una secta le
plazca exaltarse por encima de todas las demás religiones o sectas. El nombre de
Cristianismo se ha utilizado de forma tan intolerante y tan dogmática, especialmente
en nuestros días, que hoy es la religión de la arrogancia par excellence (por excelencia),
no más que un peldaño para conseguir las ambiciones personales, una prebenda para la
riqueza, la impostura y el poder, una máscara donde esconder la hipocresía. El noble
epíteto antiguo, aquel que hizo decir a Justino Mártir: “Por el mero nombre: somos los
mejores, es por lo que se nos censura”73, se halla ahora degradado.
El misionero se jacta con la llamada conversión de los paganos, pero rara vez el
Cristianismo es para él otra cosa que una profesión. Más que una religión, su trabajo es
71Sólo en Inglaterra, en el año 1883 se contaron ciento ochenta y seis sectas declaradas. Cuatro años más
tarde, su número se había elevado a doscientas treinta y nueve, experimentando un crecimiento
constante.
72Para ser justos con San Pablo es preciso señalar que esta contradicción se debe, sin duda, a alguna
perversión ulterior de sus Epístolas. San Pablo era un gnóstico, es decir, un Hijo de la Sabiduría, y un
Iniciado en los verdaderos Misterios de Christos, aunque levantara su voz (al menos así se ha hecho creer)
contra algunas sectas gnósticas, que en su época abundaban. Pero su Christos no era Jesús de Nazaret ni
hombre vivo alguno, como demostró tan hábilmente Gerald Massey en su conferencia Paul, the
Opponent of Peter. San Pablo era un iniciado, un verdadero Maestro–Constructor o Adepto, según se ha
descrito en Isis sin Velo, tomo IV.
73 ds on te e1c tou<>Apologías.
una fuente de ingresos para los fondos de la misión a la que pertenece, y un pretexto
–ya que la sangre de Jesús ha redimido a los hombres, por anticipado, de todos los
pecados menores, desde la embriaguez y la mentira hasta el robo–. Sin embargo, ese
mismo misionero no vacilará en condenar públicamente a la perdición eterna y al fuego
del infierno al santo más grande, si éste tan sólo se hubiera negado a pasar por la forma
inútil y sin significado del bautismo con agua, con toda la palabrería de oraciones
huecas y vano ritualismo. Y decimos a propósito “oraciones huecas” y “vano ritualismo”.
Pocos cristianos entre los laicos conocen el verdadero significado de la palabra “Cristo”,
y aquellos entre el clero que la conocen –pues se les educa en la idea de que es
“pecaminoso” estudiar semejantes cosas– guardan ante sus feligreses el secreto del
conocimiento que poseen. De este modo, exigen una fe ciega e implícita y prohíben el
cuestionamiento como pecado imperdonable. Aunque nada de lo que conduce al
conocimiento de la Verdad puede ser otra cosa que santo. Pues, ¿qué es la Sabiduría
Divina o Gnosis sino la esencial realidad oculta por las efímeras apariencias de los
objetos de la Naturaleza, el alma misma del Logos manifestado? ¿Por qué los hombres
que se esfuerzan en efectuar su unión con la Deidad Una, Absoluta y Eterna, se
estremecerían ante la idea de penetrar en sus Misterios, por tremendos que estos sean?
Y sobre todo, ¿por qué habrían de emplear nombres y palabras cuyo significado es para
ellos un misterio sellado, un mero sonido? ¿Es acaso porque una institución sin
escrúpulos y sedienta de poder, llamada “una” Iglesia, ha perseguido cualquier tentativa
de conocimiento acusándola de blasfema, y se ha esforzado siempre por matar el
espíritu de cuestionamiento? Pero el Ocultismo, la Filosofía Esotérica, como camino de
búsqueda de la Sabiduría Divina, no ha prestado nunca atención a estas condenas y
sostiene con valor sus opiniones. Los escépticos pueden considerarlo un nuevo y vacío
“ismo”, los fanáticos verán sin duda un “satanismo” disfrazado, pero nunca podrán
destruirlo.
Los ocultistas han sido llamados ateos, aborrecedores del Cristianismo, los enemigos
de Dios y los Dioses, y no son nada de eso. Para demostrarlo vamos a exponer
claramente las ideas que la Filosofía Oculta mantiene respecto al monoteísmo y a la
religión cristiana, y someter así al juicio del lector imparcial para que los juzgue, y a sus
detractores, de acuerdo a los méritos de sus respectivas. Ningún amante de la verdad
objetará nada a este proceder honrado y sincero, ni quedará deslumbrado, aunque sí
sorprendido, por la nueva luz que se dé a este tema. Al contrario, esos sinceros
buscadores agradecerán a Lucifer estos nuevos conocimientos; en cuanto a aquellos de
quienes se dijo: qui vult decipi, decipiatur (quien quiera engañarse, que se engañe), que
sigan engañados.
Al igual que sucede con cualquier otro libro sagrado de las grandes religiones del
mundo, no se puede excluir la Biblia de aquella clase de escrituras alegóricas y
simbólicas que desde los tiempos prehistóricos han sido el receptáculo de las
enseñanzas secretas de los Misterios de la Iniciación, bajo una forma más o menos
velada. Los primitivos escritores de los Logia (ahora los Evangelios) conocían
ciertamente la verdad, y toda la verdad; no obstante, sus sucesores, por desgracia, tan
sólo conservaron el dogma y la forma –los cuales conducen, en el fondo, al poder
jerárquico, más que al espíritu de las llamadas enseñanzas de Cristo–, de aquí las
graduales deformaciones. Como dice Higgins acertadamente, en The Christologia of St.
Paul and Justin Martyr, tenemos la religión esotérica del Vaticano: un gnosticismo
refinado para los cardenales, y otro más burdo para el pueblo. Este último, pero aún
más materializado y desfigurado, es el que se ha transmitido a la época presente.
La idea de escribir este artículo nos fue sugerida por una carta titulada Are the
Teachings Ascribed to Jesus Contradictory?, aparecida en una de nuestras publicaciones.
Sin embargo, no tratamos de contradecir ni debilitar de ningún modo lo que expuso
Gerald Massey en su análisis crítico. Las contradicciones señaladas por el sabio
conferenciante y autor son demasiado patentes para que cualquier predicador o
“campeón” de la Biblia pueda hacerlas desaparecer con una simple explicación. Porque
lo que él ha dicho –aunque con un lenguaje más vigoroso y firme– es lo que se dijo del
descendiente de Joseph Pandira (o Pantera) en H.P. Blavatsky, Isis sin Velo, citando el
libro talmúdico Sepher Toldos Jeshu. Su creencia respecto al carácter espurio de la Biblia
y del Nuevo Testamento –tal como ahora están publicados– es también la creencia de la
que esto escribe. En vista de la revisión reciente de la Biblia y de sus muchos millares de
equívocos, traducciones erróneas e interpolaciones (algunas admitidas y otras negadas),
no se puede considerar muy apropiada la postura de algunos de nuestros adversarios
cada vez que estos vituperan a cualquiera que rehuse creer en los “textos autorizados”.
Sin embargo, quisiéramos aclarar algunas cosas sobre una frase que aparece en la
mencionada carta. Gerald Massey escribe:
“¿De qué os sirve prestar juramento sobre la Biblia acerca de la verdad de alguna cosa, si el
libro sobre el que juráis es una mina de falsedades que ya ha explotado, o está a punto de
hacerlo?”
Ciertamente, un estudioso en simbolismo con la capacidad y saber del señor Massey
no tacharla nunca de “mina de falsedades” al Libro de los Muertos, a los Vedas o a otras
escrituras antiguas74. ¿Por qué no se ha de considerar bajo el mismo punto de vista al
Antiguo Testamento, y con mayor razón al Nuevo Testamento?
74El extraordinario acopio de información cotejada por este experto egiptólogo prueba que ha llegado a
comprender perfectamente el secreto de la composición del Nuevo Testamento. Massey conoce la
diferencia entre el Christos espiritual, divino y puramente metafísico, y el “maniquí” del Jesús engendrado
carnalmente. Sabe también que el canon cristiano –especialmente los Evangelios, los Hechos y las
Epístolas– se compone de fragmentos de sabiduría gnóstica, cuyo fundamento es precristiano y descansa
en los Misterios de la Iniciación.
El estilo de la presentación teológica y los pasajes interpolados –como encontramos por ejemplo, en
San Marcos, XVI, desde el versículo 9 hasta el final– son los que hacen de los Evangelios una mina de
Todas estas escrituras son minas de falsedades si se aceptan las interpretaciones
exotéricas de la letra muerta que sus comentadores teológicos antiguos, y
especialmente modernos, han venido realizando. Cada una de estas versiones sirvió en
su momento como medio para asegurar el poder y la política ambiciosa de un
sacerdocio sin escrúpulos. Todos han promocionado la superstición; todos han
convertido a sus dioses en unos Molochs sanguinarios y mortales, indignos usurpadores
que han recibido la adoración de los pueblos suplantando al Dios de la Verdad. Sin
embargo, a pesar de que los dogmas artificiosamente fabricados y las deliberadas malas
interpretaciones de los escoliadores son, evidentemente y sin duda alguna, “falsedades
ya explotadas”, los textos mismos son minas de verdades universales. Sólo que para el
mundo de profanos y pecadores eran, y son todavía, como los caracteres misteriosos
trazados por “los dedos de una mano de hombre” en la pared del palacio de Beltsassar:
necesitan un Daniel para leer y comprenderlos.
No obstante, la Verdad no ha querido permanecer sin testigos. Además de los grandes
Iniciados en simbología bíblica, hay cierto número de modestos estudiantes de los
misterios del esoterismo arcaico, versados en el hebreo y otras lenguas muertas, que
han dedicado su vida a explicar los enigmas de la Esfinge de las religiones del mundo.
Estos estudiantes –aunque ninguno de ellos haya dominado todavía las siete claves que
dan la interpretación del gran problema– han descubierto lo suficiente como para poder
afirmar que existió un misterioso lenguaje universal con el que se escribieron todos los
Libros Sagrados del mundo, desde los Vedas hasta el Apocalipsis, desde el Libro de los
Muertos hasta los Hechos.
Una de las claves al menos –la clave numérica y geométrica–75 de este idioma
mistérico se ha recobrado hace poco; antigua lengua, en verdad, que hasta ahora había
permanecido oculta, pero de la cual existen abundantes pruebas, como se puede
demostrar por medio de irrefutables evidencias matemáticas. Desde luego, si se quiere
obligar al mundo a aceptar la Biblia con el significado de su letra muerta, a pesar de los
descubrimientos modernos de los orientalistas y los esfuerzos de los estudiantes
independientes y de los cabalistas, es fácil pronosticar que las nuevas generaciones
actuales de Europa y América la rechazarán, así como han hecho los materialistas y los
lógicos.
falsedades perniciosas que degradan al Christos. Pero el ocultista, que distingue entre dos corrientes (la
verdadera gnóstica y la seudocristiana), sabe que los pasajes que están libres de la perversión teológica
pertenecen a la Sabiduría Arcaica; y lo sabe también Massey, aunque su opinión difiera de la nuestra.
75 Por lo que ha podido averiguar la autora tras muchos esfuerzos, la clave de este lenguaje fue
encontrada por un geómetra cuando usó –muy extrañamente, por cierto– el descubrimiento en números
de la razón integral entre el diámetro y la circunferencia de un círculo. “Esta razón es de 6.561 para el
diámetro y de 20.612 para la circunferencia” (Manuscritos Cabalistas). Ver La Doctrina Secreta.
Porque cuanto más se estudian los antiguos textos religiosos, tanto más se encuentra
que el fundamento del Nuevo Testamento es el mismo que el de los Vedas, el de la
teogonía Egipcia y el de las alegorías Mazdeístas. Las expiaciones por sangre –pacto de
sangre y transferencias de sangre de los Dioses a los hombres y de los hombres a los
Dioses como sacrificio– son la primera nota tónica en todas las cosmogonías y
teogonías. Alma, vida y sangre eran sinónimos en todos los idiomas, especialmente
entre los judíos; y dar sangre era dar vida. “Muchas leyendas entre naciones
(geográficamente) extranjeras atribuyen el alma y la conciencia del recientemente
creado género humano, a la sangre de los Dioses creadores”. Beroso menciona una
leyenda caldea que atribuye la creación de una nueva raza del género humano a la
mezcla del polvo con la sangre que corría de la cabeza cortada de Belo, “y por esto
–añade Beroso– los hombres son racionales y participan de la sabiduría divina”76.
Lenormant escribe en Les Origines de l´Histoire d'après la Bible que “los órficos…
decían que la parte inmaterial del hombre, su alma (su vida), se originó de la sangre de
Dioniso Zagreus, al que… los titanes despedazaron”. La sangre “revivifica a los
muertos”, lo cual, interpretado metafísicamente, quiere decir que da vida conciente y un
alma al hombre de materia o barro, cuyo prototipo hoy día es el materialista moderno.
El sentido místico del precepto: “En verdad os digo que, a menos que comáis la carne
del Hijo del Hombre y bebáis su sangre, no tendréis vida en vosotros mismos 77”, no
puede jamás ser comprendido ni apreciado en su verdadero valor oculto, excepto por
aquellos que poseen alguna de las siete claves78 y hagan poco caso de San Pedro. Estas
palabras, ya fueran dichas por Jesús de Nazareth o Jeshua Ben Panthera, son las palabras
de un Iniciado. Han de interpretarse por medio de tres claves: una abre la puerta
psíquica; la segunda, la de la fisiología; y la tercera explica el misterio del ser terrenal
desvelando la invariable unión de la Teogonía con la Antropología. Por desvelar algunas
76 Cory, Ancient Fragments. Lo mismo dicen Sanchoniaton y Hesiodo, los cuales atribuyen la “vivificación”
de la Humanidad a la sangre derramada por los Dioses. Pero la sangre y el alma son una misma esencia
(nephesh), y la sangre de los Dioses significa aquí el alma que infunde la vida.
77 Jn. VI, 53.
78 La existencia de estas siete claves queda virtualmente admitida gracias a las profundas indagaciones de
Massey en Egiptología. Mientras que objeta a las enseñanzas de A.P. Sinnet, en Budismo Esotérico –las
que por desgracia ha comprendido mal en casi todos los puntos– dice en su conferencia The Seven Souls
of Man (las Siete Almas del Hombre): “Este sistema de pensamiento, este modo de representación, este
septenario de poderes, había sido establecido en varios aspectos en Egipto hace por lo menos 7000 años,
según se evidencia por ciertas alusiones a Atum (el Dios en quien la paternidad se personificó como el
“engendrador de un alma eterna”), este septenario principio coincide con el de los filósofos de todos los
tiempos encontrados en las inscripciones descubiertas en Sakkara; y digo establecido en varios aspectos
porque la Gnosis de los Misterios era por lo menos séptuple en su naturaleza –era primordial, biológica,
elementaria (humana), estelar, lunar, solar y espiritual– y nada que no sea la comprensión de todo el
sistema puede ayudarnos a distinguir las diferentes partes y determinar el porqué y el cómo, a medida
que procuramos seguir los Siete Símbolos en todas las fases de su carácter”.
de estas verdades –con el único objetivo de librar a la Humanidad intelectualmente de
la insalubridad del Materialismo y del Pesimismo– los místicos han sido a menudo
acusados de ser los sirvientes del Anticristo, aun por aquellos cristianos que son
personas muy dignas, respetables y sinceramente piadosas.
La primera clave que ha de utilizarse para desentrañar los oscuros secretos que
contiene el nombre místico de Cristo, es la clave que abría la puerta de los Antiguos
Misterios de los arios, sabeos y egipcios primitivos. La Gnosis suplantada por el sistema
cristiano era entonces universal. Era el eco de la Sabiduría, religión primitiva que en
otro tiempo había sido la herencia de todo el género humano. Y por tanto, se puede
decir con razón que, en su aspecto puramente metafísico, el Espíritu de Cristo (el Logos
divino) ha estado presente en la Humanidad desde su principio. El autor de las Homilías
Clementinas tiene razón: el misterio de Christos –que ahora se cree que fue transmitido
por Jesús de Nazareth– era idéntico a lo que había sido comunicado desde el principio a
los que eran dignos. Sabemos por el Evangelio según San Lucas que los dignos eran
aquellos que habían sido iniciados en los Misterios de la Gnosis, y que eran
considerados dignos de alcanzar aquella “resurrección de entre los muertos en esta
vida… aquellos que sabían que no podían volver a morir por ser iguales a los ángeles,
como hijos de Dios e hijos de la Resurrección”. En otras palabras, eran los grandes
Adeptos de cualquier religión. Y estas palabras se aplican a todos los que, sin ser
Iniciados, logran por sus propios esfuerzos “vivir la Vida” y obtener la iluminación
espiritual que se consigue al re–unir su personalidad, el Hijo con el Padre, su individual
Espíritu divino, el Dios en ellos. Esta Resurrección, por lo tanto, no puede ser monopolio
del Cristianismo, porque pertenece al patrimonio espiritual de todo ser humano dotado
de alma y espíritu, cualquiera que sea su religión. Tal individuo es un Hombre–Cristo.
Por otra parte, aquellos que escogen ignorar al Cristo (como principio) que hay dentro
de ellos, morirán como “paganos no regenerados” a pesar del bautismo, de los
sacramentos, de las oraciones rituales y de la creencia en dogmas.
A fin de seguir esta explicación, el lector debe recordar el antiguo y verdadero
significado de los parónimos Chrêstos y Christos . El primero significa, más que “hombre
bueno”, “hombre excelente”, mientras que el segundo no se aplicaba nunca a un hombre
vivo, sino solamente a cada Iniciado después de su segundo nacimiento y resurrección 79.
El que encuentra en sí mismo a Christos y lo reconoce como su único Camino, se
convierte en discípulo y “apóstol de Cristo”, aunque no haya sido bautizado, no se haya
cruzado con un cristiano nunca, ni tampoco se autodenomine como tal.
79 “En verdad, en verdad te digo: a menos que el hombre nazca de nuevo, no podrá ver el reino de Dios”
(Jn. III, 3). Aquí se está hablando del nacimiento “en lo superior”, el nacimiento espiritual que se efectúa
en la última y suprema Iniciación. Y más adelante insiste: “No te maravilles de lo que te digo: es necesario
nacer otra vez” (Jn. III, 7).

II
La palabra Chrêstos existía siglos antes de que se oyera hablar del Cristianismo. La
encontramos utilizada ya en el siglo V a.C. por Herodoto, Esquilo y otros autores
clásicos griegos, aplicando su significado a cosas y personas. Así, leemos en las Coéforas
de Esquilo Manteúmata Puqócrhsta (Pytho–Chrêsta): Los “oráculos pronunciados por
un Dios pitio” a través de una pitonisa; y Pythochrêstos es el nominativo singular de un
adjetivo derivado del verbo cráw (Eurípides, Ion, 1218). Respecto a esta acepción
primitiva, numerosos y muy distintos son los significados que posteriormente se han
querido encontrar: los clásicos paganos expresaban más de una idea con el verbo
cráomai “consultar un oráculo”, pues significa también “predestinado”, “condenado por
un oráculo” en el sentido de víctima sacrificial por decreto o Mandato. Y como
chrêstêrion no sólo es “el asiento de un oráculo”, sino también “una ofrenda, para el
oráculo80” Chrêstês crh’sthç es “uno que expone o explica oráculos, un profeta, un
adivino», y chrêstêrios crhsth’rioç es “el que pertenece o sirve a un oráculo, a un Dios
o a un Maestro81”… a pesar de todos los esfuerzos del canónigo Farrar82. Todo lo cual
prueba que los términos “Cristo” y “cristianos”, deletreados originalmente Chrêsto y
80 La palabra crew’n aparece en Herodoto como “aquello que declara un oráculo”; y Plutarco (Nicias)
utiliza tò crew’n como “predestinación”, “necesidad”. Ver Sófocles, Filoctetes.
81 Equivalentes a los términos guru (maestro) y chela (discípulo) en el sentido de su mutua relación.
82 En su obra The Earty Days of Christianity el canónigo Farrar observa: “Algunos han supuesto un
gracioso juego de palabras como… entre Chrêstos (dulce) y Christos (Cristo)”. Sin embargo, no hay nada
que suponer, puesto que en verdad comenzó con un juego de palabras. El término Christus no fue
“corrompido en Chrêstus”, como el ilustrado autor quiere hacer creer a sus lectores, sino que el nombre
Chrêstos fue convertido en Christus y aplicado a Jesús. En una nota respecto a la palabra Chrêstiano, que
aparecía en la Primera Epístola de San Pedro (IV, 16) y que fue cambiada por Christiano en los
manuscritos revisados ulteriormente, Farrar observa: “Tal vez deberíamos leer la ignorante corrupción
pagana Chrêstiano”, y desde luego debemos leerla así, pues el elocuente escritor debería acordarse del
mandamiento de su “Maestro”: “dad al César lo que es del César”.

Y a pesar de su disgusto, Farrar está obligado a admitir que el nombre “cristiano”–inventado por los
antioquenses en época tan remota como el año 44 de la presente Era– no llegó a emplearse comúnmente
hasta los días de las persecuciones de Nerón. Tácito, según Farrar, emplea la palabra “cristianos” con
carácter apologético. Pero en el Nuevo Testamento sólo figura tres veces y siempre con sentido contrario
(Hech. XI, 26; XXVI, 28; IV, 26). Claudio no era el único que miraba alarmado y con sospechas a los
cristianos –calificados así por materializar un principio o atributo subjetivo–, sino que también lo hacían
todas las naciones paganas. Tácito, hablando de aquellos que el pueblo llamaba “cristianos”, los describe
como un grupo de hombres odiados por sus “atrocidades”. Y esto no es de admirar… la historia se repite.
Sin embargo, actualmente existen muchos nobles, sinceros y virtuosos hombres y mujeres que “han
nacido cristianos”.
Chréstianos Crhstianoí 83, fueron tomados de la terminología de Templo de los
paganos y significaban la misma cosa.
El Dios de los judíos sustituyó al Oráculo y a los demás Dioses, el nombre genérico
Chrêstos se convirtió en un sustantivo aplicado a un personaje especial, y nuevos
términos como Chrêstianoi y Chrêstodoulos (discípulo o siervo de Chrêstos) fueron
elaborados del antiguo material. Esto está mostrado por Filón el judío –monoteísta, por
cierto– que empleaba ya dicho término para propósitos monoteístas. El habla de
qeócrhstoç (theochrêstos): “declarado por Dios”, o de lógia qeócrhsta (logia
theochrêsta): “discursos pronunciados por Dios”; lo cual prueba que escribió en un
tiempo –entre los siglos I a.C. y I d.C. – en que no se conocían ni Christianos ni
Chrêstianos, bajo esa denominación, sino los que se autodenominaban “nazarenos”.
La notable diferencia entre las dos palabras: cráw (consultar u obtener respuesta de
un Dios o un oráculo) cuya forma primitiva es créw y críw (chriô) – (frotar, untar) de la
cual deriva el nombre Christos–, no ha impedido la adopción eclesiástica de la expresión
de Filón qeócrhstoç y su consiguiente transformación en qeócristoç, “ungido de
Dios”. De este modo, para servir a los propósitos dogmáticos se efectuó la simple
sustitución de la letra i por la h , como ahora vemos.
La palabra Chrêstos se encuentra en toda la literatura griega con el significado secular
que tenía en los Misterios. Cuando Demóstenes emplea w3 crhsté está diciendo: “oh,
buen hombre”, Platón en su diálogo Fedro escribe crhstòç ei3 o7ti h2geî, “eres un
excelente muchacho…” Pero en la terminología esotérica de los templos, chrêstos 84
–que como el participio chrêsteis procede del verbo cráomai: “consultar a un Dios”
–equivale a Adepto, un gran chela o discípulo; y con este sentido la emplean Eurípídes
(Ion) y Esquilo. Esta calificación se aplicaba a aquellos a los que el Dios, el oráculo o
cualquier superior les habían proclamado esto, aquello o cualquier otra cosa.
83 Justino Mártir, Tertuliano, Lactancio, Clemente de Alejandría y otros, lo escriben de esta manera.
84Esta denominación era aplicada, en realidad, a todo aquel que estaba constantemente aconsejado,
avisado, guiado, ya fuera por un oráculo o un profeta. Massey no tiene razón cuando dice que “la forma
gnóstica del nombre Chrêst o Chrêstos se refiere al “Buen Dios”, y no a un tipo de hombre, porque
verdaderamente se refiere a lo segundo, es decir, a un hombre bueno o santo. Pero tiene razón cuando
añade que «Chréstianus… significa dulzura y luz”.

“Los Chrêstoi o “buenas gentes” existían mucho antes. Numerosas inscripciones griegas confirman que
a un difunto héroe o santo –es decir, el “bueno”– se le llamaba Chrêstos o el Cristo. Y de esta acepción,
Justino, el primer apologista, deriva el nombre cristiano. Esto lo identifica con los orígenes gnósticos y
con el “Buen Dios” que se mostró, según Marción, es decir, el Un–Nefer o “buen iniciador” de la teología
egipcia” (Agnostic Annual).
De esto último podemos dar un ejemplo. Las palabras crhpor Píndaro significan: “el oráculo le proclamó colonizador”. En un caso así, el peculiar
carácter de la lengua griega permitía que a tal hombre se le denominara crhstóç
(Chrêstos), y de este modo el término se aplicaba tanto a cualquier discípulo aceptado
por un Maestro como a cualquier hombre bueno.
Ahora bien, la lengua griega presenta extrañas etimologías. La teología cristiana ha
decidido y decretado que Christos derive de críw, crísw (Chrisô): “ungido de aceites
perfumados”. Pero esta palabra tiene varias acepciones. Homero en La Ilíada y La
Odisea la utiliza con el sentido de “frotar el cuerpo con aceites después del baño”, y
otros escritores antiguos la emplean también de este modo. Sin embargo, la palabra
crísthç (Christês) significa en algunas ocasiones white–washer, mientras que crh’sthç
(Chrêstês) quiere decir “sacerdote y profeta”, término mucho más apropiado para Jesús
que el de “Ungido” porque, como demuestra Nork, nunca fue ungido ni coronado como
rey o sacerdote. Resumiendo, en la base de todo este problema existe un profundo
misterio que, sostengo, sólo puede descubrirse gracias a un completo conocimiento de
los misterios paganos85.
El punto verdaderamente importante sobre este tema no es lo que afirmaran o
negaran los primitivos Padres de la Iglesia –que buscaban conseguir un objetivo
concreto–, sino la evidencia que ahora tenemos sobre el significado que se daba a los
términos Chrêstos y Christos por los antiguos en los siglos precristianos –pues estos no
tenían objetivo alguno que conseguir y, por lo tanto, nada que ocultar o desfigurar–,
que naturalmente es un testimonio más fidedigno que el de los Padres primitivos. Esta
evidencia se obtiene estudiando primero el sentido que los clásicos dan a estas
palabras, y luego su significado correcto dentro de la simbología mística.
Ahora bien, como ya se ha dicho anteriormente, Chrêstos es un término empleado en
diversos sentidos, y califica a la Deidad tanto como al ser humano. En los Evangelios la
encontramos empleada con la primera acepción, por ejemplo en San Lucas (VI, 35),
donde significa “bondadoso” y “misericordioso” crhstòç e1stin e1pì toùç, y en I San
Pedro (II, 3), que dice: “benigno es el Señor” crhstòç o2 Kúrioç.
Por otra parte, Clemente de Alejandría afirma que significaba simplemente “hombre
bueno”: “Todos los que creen en Chrêst (un hombre bueno) son, y son llamados
85 De nuevo cito a Gerald Massey, pues ha estudiado este tema profunda y concienzudamente: “Mi
afirmación, o más bien explicación, es que el verdadero origen del nombre “cristiano” está en el
Cristo–Momia de Egipto, el Karest, símbolo del Espíritu en el hombre (el Cristo interior, según se expresa
San Pablo), el Divino Hijo encarnado, el Logos, la Palabra de la Verdad, el Makheru egipcio. ¡Ello no se
originó como un simple símbolo! La momia preservada era el cadáver de “todo aquel que fuera Karest” o
momificado, y debía ser cuidada por los vivos. Y por la repetición constante, esto llegó a ser un símbolo
de la resurrección, no de los muertos, sino de entre los muertos”. Ver página 31 y ss.
Chrêstianos, es decir, hombres buenos” (Stromata). Y es muy natural la reticencia de
Clemente, cuyo cristianismo –como justamente observa King en su obra Gnostics– no
era otra cosa que un injerto en el tronco de su primitivo platonismo. El era un iniciado,
un neoplatónico, antes de hacerse cristiano, y esta conversión –por más que de algún
modo hubiera “renegado” de sus primeras convicciones– no le liberaba de la promesa de
guardar el secreto. Y Clemente, como gnóstico (es decir, “uno que sabía”), debería haber
sabido que Christos era el Camino, mientras que Chrêstos era el viajero solitario que
buscaba su destino a través de aquel Sendero cuya meta era Christos, el glorificado
Espíritu de la Verdad; y que la reunión con Christos lograba que el alma (el Hijo) fuera
una con el Espíritu (el Padre).
También San Pablo lo sabía, como lo prueban sus propias explicaciones. Pues, ¿qué
significan las palabras pálin w1dínw, a5criç ou4 morfwqh<>Criotòn dià – th<ç pístewç e1 taîç cardíaiç u2mwChristos en vuestro hombre interior a través del Conocimiento”, y no de la “fe”, como se
tradujo; porque Pistis es “conocimiento”, como probaremos más adelante.
Podemos encontrar todavía una prueba mucho más poderosa de que el nombre
Christos es precristiano. Evidencias de ello se descubren en la profecía de la Sibila de
Eritrea90: 1IHSOUS CREISTOS QEOU 1UIOS SWTHR STAUROS. Leída
esotéricamente, esta serie de palabras sueltas, sin sentido para el profano, contienen
87 “Christianus quantum interpretatione de unctione deducitas. Sed ut cum perferam Chrestianus
pronunciatus a vobis (nam nec nominis certa est notitia penes vos) de suavitate vel benignitate
compositum est.”
El canónigo Farrar hace grandes esfuerzos para probar que semejante lapsus calami (error
inintencionado), por parte de varios Padres, es el resultado del disgusto y temor. “No cabe duda –dice en
su obra The Early Days of Christianity– que… el nombre “cristiano”… era un apodo debido al ingenio de
los antioquenses... Es evidente que los escritores sacros evitaban este nombre (Christianos) porque lo
utilizaban sus enemigos (Tácito, Anales). Sólo empezó a extenderse su uso cuando las virtudes de los
cristianos le dieron esplendor…” Desde luego, esta es un disculpa frívola y una defectuosa explicación
para que proceda de un pensador tan eminente como Farrar. Y en cuanto al “esplendor” que dieron al
nombre las “virtudes cristianas”, suponemos que el escritor no estaría pensando en el obispo Cirilo de
Alejandría, ni en Eusebio, ni en el emperador Constantino, de fama sanguinaria, ni tampoco en los papas
Borgia y la Santa Inquisición.
88 Citado por G. Higgins.
89 Ef. III, 17.
90Antiguamente se daba este nombre a ciertas mujeres a las que se atribuía el conocimiento de lo pasado,
lo presente, lo futuro, y el don de la predicción. Hácese mención de las de Delfos, Eritrea, Cumas, Libia y
otras. Según parece, las sibilas profetizaron el gran temblor de tierra que conmovió la isla de Rodas,
puesto que Pausanias dijo con tal motivo que: “era demasiado cierta la predicción de la sibila”. Sin duda,
la más conocida fue la de Eritrea. Según Varrón, la sibila de Eritrea vendió a Tarquino el Soberbio unos
libros en los que había escrito los oráculos, libros divinos que se denominaron sibilinos.

una verdadera profecía –no sólo referida a Jesús– y un versículo del catecismo místico
del Iniciado. Dicha profecía se refiere al descenso del Espíritu de la Verdad (Christos)
sobre la Tierra, después de cuya venida –que tampoco tiene que ver con Jesús– dará
comienzo la Edad de Oro. Y este versículo nos recuerda que para alcanzar la bendita
condición de teofanía y teopneustía interiores (o subjetivas) se debe pasar antes por la
crucifixión de la carne o materia. Exotéricamente, las palabras Iesous Chreistos theou
huios sotêr stauros (Jesús, Cristo, Hijo de Dios, Salvador, Cruz) parecen idóneas para
referirse a una profecía cristiana; pero son paganas, y no cristianas.
Y si se nos pide la explicación del nombre Iesous Chreistos contestaremos: estudiad
Mitología –las tan renombradas “ficciones de los antiguos”– y os darán la clave.
Considerad a Apolo, el Dios solar y Sanador, y la alegoría de su hijo Jano (o Ion), su
sacerdote en Delfos y único mediador a través del cual las oraciones podían alcanzar a
los Dioses inmortales; y a su otro hijo, Esculapio, llamado Sotêr o Salvador. He aquí un
trozo de historia esotérica escrita con las simbólicas palabras de los antiguos poetas
griegos.
La ciudad de Chrisa (ahora deletreada Crisa)91 fue construida por Apolo en memoria de
Kreusa (o Creusa), hija del rey Erecteo y madre de Jano (o Ion) recordando el peligro del
cual Jano escapó. Cuentan las tradiciones que Jano fue abandonado por su madre en
una gruta para ocultar su vergüenza, pues sin estar casada había concebido un hijo de
Apolo. Hermes encontró al niño y lo llevó a Delfos, y cerca del santuario–oráculo de su
padre, fue educado con el nombre de Chrêsis (CrhChrêstês (un sacerdote, adivino o Iniciado) y después casi un Chrêstêrion (una víctima
sacrificial)93, pues estuvo a punto de ser envenenado por su propia madre, que no le
reconoció y que en sus celos (siguiendo la oscura indicación del oráculo) lo tomó por
hijo de su marido. El la persiguió hasta el altar mismo con intención de matarla, donde
91 En tiempo de Homero (en La Iliada) se menciona la ciudad de Krisa (Krîsa). Esta ciudad, antiguamente
célebre por sus Misterios, era el centro principal de la Iniciación, y el nombre Chrêstos se empleaba como
distintivo durante los Misterios.
El Dr. Clarke supuso (en Travels) que las ruinas de esta ciudad se encontraban debajo del
emplazamiento actual de Crestona, un pequeño pueblo, más bien aldea, de la Focia, cerca de la bahía de
Crisa. Actualmente está comprobada la veracidad de esta suposición.
92 La raíz de Crhtóç (Chrêtos) y crhstóç (Chrêstos) es la misma; cráw, en un sentido significa “consultar
el oráculo”, y en otro es “consagrado”, “apartado”, “perteneciente a algún templo u oráculo” o
“consagrado a los servicios del oráculo”.
Por otra parte, la palabra cre (créw) significa “obligación”, “un deber”, “un lazo”, “uno que está bajo la
obligación de votos contraídos”.
93 El adjetivo crhstóç fue también utilizado delante de nombres propios como un cumplido, como
vemos en Platón, Teeteto 2Ou4toç – o2 Swcráthç o2 crhstóç:: “aquí Sócrates es el Chrêstos”; y también
como un sobrenombre, como queda mostrado por Plutarco (ver Foción), quien se asombra cómo un
hombre tan áspero y torpe como Foción pudo ser denominado con el sobrenombre de Chrêstos.
fue salvada por la pitonisa, quien les desveló el secreto de su parentesco; en recuerdo
del inminente peligro del que ambos habían escapado se edificó la ciudad de Chrisa o
Krisa. Esta alegoría simboliza de un modo sencillo las pruebas de la iniciación94.
Si consideramos que Jano, el Dios solar hijo de Apolo, el Sol, significa el Iniciador,
aquel que abre la puerta de la Luz (o Sabiduría Secreta de los Misterios), que nació de
Krisa (esotéricamente Chris), que además era un Chréstos por medio del cual hablaba el
Dios, y finalmente que equivalía a Ion, el padre de los jonios, y según algunos un
aspecto de Esculapio, el otro hijo de Apolo, es fácil encontrar el cabo del “hilo de
Ariadna” en este laberinto de alegorías.
De todas maneras, no es éste el lugar para demostrar relaciones indirectas en temas
mitológicos. Basta evidenciar la conexión que existe entre los caracteres míticos de la
más remota antigüedad y las fábulas posteriores que señalan el principio de nuestra era
de civilización.
Esculapio (Aesculapius) era el médico divino, el Sanador, el Salvador, Swth’r, igual
título que el recibido por Jano de Delfos; y por otra parte Iaso, hija de Esculapio, era la
Diosa de las Curaciones y protegía a todos los candidatos a la Iniciación en el templo de
su padre, los novicios o Chrêstoi, llamados “hijos de Iaso”. (Véase Aristófanes, Pluto).
Ahora, si recordamos en primer lugar que los nombres de Jesús, en sus diferentes
formas –como Iasius, Iasion, Jason e Iasus–, eran muy comunes en la Grecia antigua,
especialmente entre los descendientes de Jasius (los Jásides), y como también
abundaban los “hijos de Iaso”, los Mystoi y los futuros Epoptai (Iniciados), ¿por qué no
94En el mito de Jano (si su historia es verdaderamente un mito) puede encontrar el ocultista extraños
caracteres bastante sugestivos. Algunos hacen de él la personificación del Kosmos, otros de Coelus (el
Cielo) ya que tiene dos rostros debido a sus dos aspectos: espíritu y materia. Pero además no es sólo
Janus Bifrons (bicéfalo), sino también Quadrifrons –el cuadrado perfecto, emblema de la Deidad
Cabalística–, y sus templos fueron construidos con cuatro lados iguales y tenían en cada pared una puerta
y tres ventanas. Los mitólogos han visto en ello un símbolo de las cuatro estaciones del año, cada una de
éstas con tres meses, y esto forma los doce meses del año. Sin embargo, durante los Misterios de la
Iniciación era emblema del Sol del día y del Sol de la noche, y por eso se le representaba a menudo con el
número 300 en una mano, y en la otra el 65, o sea, el número de días del año solar.
Chanoch (Kanoch y Enoch en la Biblia), según puede demostrarse por las autoridades cabalísticas, es el
mismo personaje, ya se le considere hijo de Caín, de Seth, Matusalén… Como Chanoch –según Fuerst– él
es el “Iniciador, el Instructor del círculo astronómico y del año solar”; como hijo de Matusalén de quien se
dice que vivió 365 años y que fue llevado vivo al Cielo como representante del Sol o Dios (ver Libro de
Enoch).
Este patriarca tiene muchos rasgos en común con Jano, que en sentido exotérico es Ion pero
cabalísticamente corresponde a Iao o Jehová, el “Señor Dios de las Generaciones”, el misterioso Yod o
Uno (un número fálico). Pues a Jano o Ion se le consideraba también como Consivius, uno de los
conserenda, porque presidía las generaciones; se le representaba dando hospitalidad a Saturno (Kronos, el
tiempo) y era además el iniciador del año, o sea, un ciclo de tiempo dividido en 365.
se leerían las enigmáticas palabras del Libro Sibilino según su verdadero significado, el
cual no tiene nada que ver con una profecía cristiana?
La Doctrina Secreta enseña que las dos primeras palabras: !IHSOUS CREISTOS,
significan simplemente “hijo de Iaso, un Chrêstos”, un siervo del Dios oracular. Pues
ciertamente, Iaso (!Iasw’) es Ieso (!Ihsw) en el dialecto jónico, y la expresión !Ihsoûç
(Iêsous) –en su forma arcaica !IHSOUS – significa simplemente “el hijo de Iaso (o Isêo)”,
“el Sanador”, esto es, o2 !Ihsoûç (ui2óç). Ninguna objeción puede por tanto ofrecerse en
contra de que se escriba Iêso en lugar de Iaso, porque la primera forma es ática y el
nombre referido es jónico. Iêso, de donde deriva Ho Iêsous (hijo de Ieso) –es decir, un
genitivo y no un nominativo– es jónico, y no puede ser nada más si consideramos la
antigüedad del Libro Sibilino. Pues la Sibila de Eritrea no pudo escribirlo de otro modo,
ya que su residencia era una ciudad de Ionia (Jonia, de Ion o Jano), en frente de Chios, y
además la forma jónica precedió a la ática.
Dejando de lado la significación mística, la interpretación literal de esta frase sibilina,
apoyada por la autoridad de todo lo que venimos diciendo, es la siguiente: “Hijo de Iaso,
Chrêstos –el sacerdote o siervo– (del) Hijo (del) Dios (Apolo), el SALVADOR de la
CRUZ” (de carne o materia)95.
Verdaderamente no se podrá comprender el Cristianismo hasta que se le purifique de
todas las brasas de dogmatismo y se sacrifique la letra muerta al eterno Espíritu de la
Verdad, que es Horus, Krishna, Buddha, lo mismo que el Christos gnóstico y el verdadero
Cristo de San Pablo.
En Travels, el Dr. Clarke describe un monumento pagano descubierto por él:
“Dentro del santuario, detrás del altar, vimos los fragmentos de una cátedra de mármol, en
el respaldo de la cual encontrarnos la siguiente inscripción, exactamente como aquí está
escrita. Ninguna parte de la misma había sufrido daño alguno o sido borrada, lo cual da,
quizás, el único ejemplo conocido de una inscripción fúnebre sobre monumento con esta
interesante forma.”
La inscripción era como sigue: CRHSTOS PRWTOSQESSALOS LARISSAIOS
PELASGIOTHS ETWN IH, es decir, “Chrêstos, el primero, un tesalonicense de Larisa,
Pelasgia, héroe de dieciocho años de edad.”
95 Stauros mucho más tarde, cuando empezó a representarse como símbolo cristiano y con la letra griega
T, la Tau, se convirtió en la cruz, el instrumento de crucifixión. Su significación primitiva era fálica, un
símbolo de los elementos masculino y femenino: la gran serpiente de la tentación, el cuerpo que tenía
que ser muerto o subyugado por el dragón de la Sabiduría, el Chnouphis solar de siete vocales o el
espíritu de Christos de los gnósticos; en definitiva, Apolo matando a Pitón.
¿Por qué Chrêstos, el primero (prôtos)? Leída literalmente, la inscripción tiene poco
sentido, pero su interpretación esotérica lo tiene y muy profundo. Como muestra
Clarke, la palabra Chrêstos se encuentra a menudo en los epitafios de casi todos los
antiguos larisenses, pero siempre precedida de un nombre propio. Si el adjetivo
Chrêstos estuviera después de un nombre, sólo significaría “hombre bueno”, cumplido
póstumo que se hacía al difunto, como con frecuencia puede verse en nuestros epitafios
modernos. Pero al hallarse sola la palabra Chrêstos, estando sola y seguida por prôtos,
le da un significado muy distinto, especialmente si consideramos que al difunto se le
llama “héroe”.
La interpretación ocultista es que el difunto era un neófito que había muerto en su
decimoctavo año como tal 96, y pertenecía a la primera o más alta clase del discipulado.
Había pasado sus pruebas preliminares como un “héroe”, pero murió antes del último
Misterio, que habría hecho de él un Christos, un “ungido”, uno con el espíritu de
Christos o la Verdad en él. No había alcanzado el final del Camino, pero sí había
dominado heroicamente los horrores de las pruebas teúrgicas preliminares.
Estamos plenamente autorizados para leer la inscripción de esta manera, conociendo
el lugar donde Clarke la descubrió, que era –según señala Godfrey Higgins– allí donde:
“Yo esperaba encontrarla, en Delfos, en el templo del dios Ie”, quien vino a llamarse Jah
o Jehová con los cristianos, uno con Cristo Jesús. Estaba al pie del Parnaso, en un
gimnasio “junto a la fuente de Castalia, cuyas aguas corrían cerca de las minas de Crisa,
probablemente en la ciudad llamada Crestona”, etc. Y “en la primera parte de su curso
desde la fuente (de Castalia), él (el río) separa las ruinas del gimnasio… desde el valle de
Castro”, como probablemente separaba también la antigua ciudad de Delfos
–asentamiento del gran oráculo de Apolo– de la ciudad de Crisa (o Creusa), el gran
centro de las Iniciaciones y de los Chrêstoi, de los decretos de los oráculos donde los
candidatos para el último trabajo eran ungidos con los óleos sagrados97 antes de ser
sumergidos en su último trance, que duraba cuarenta y nueve horas (igual que hoy día
en Oriente) y del cual surgían como glorificados Adeptos o Christoi.
“En Clementine Recognitions se menciona que el padre ungía a su hijo con “aceite obtenido
de la madera del Arbol de la Vida; y por este ungimiento se le llamaba el Cristo”, de lo cual
se deriva el nombre, cristiano. Todo esto también es egipcio, pues Horus era el hijo ungido
96 Todavía hoy en la India el candidato pierde su nombre y, al igual que en la Masonería, su edad (también
los monjes y las monjas cristianos cambian de nombre al tomar las órdenes o el velo), y comienza la
cuenta de sus años desde el día en que se les acepta como chelas y entran en el Ciclo de las Iniciaciones.
Así, Saúl era “hijo de un año” cuando empezó a reinar, aunque era adulto (Ver I Sam. XIII, 1, y los
pergaminos hebreos acerca de su Iniciación por Samuel).
97 Demóstenes, en su libro Sobre la Corona, declara que los candidatos para la Iniciación en los Misterios
griegos eran ungidos con aceite. Actualmente en la india se les unge para la Iniciación en los Misterios del
Yoga, para lo cual se emplean varios ungüentos.

del padre (y muy primitivo es en verdad el modo de ungirle del Arbol de la Vida, según se
puede observar en los monumentos). El Horus de Egipto se continuó en el Cristo gnóstico, el
cual se halla reproducido en las piedras gnósticas como el eslabón intermedio entre el
Karest y el Cristo, así como el Horus bisexual”. (Gerald Massey, The Name and Nature of the
Christ en Agnostic Annual).
G. Massey enlaza al Christos griego o Cristo, con el Karest egipcio, la momia simbólica
de la inmortalidad y prueba de manera exhaustiva esta relación. Empieza diciendo que
en egipcio la “Palabra de la Verdad” es Ma–Kheru, y que es el distintivo de Horus. Así
demuestra que Horus precedió a Cristo como mensajero de la Palabra de la Verdad, el
Logos o manifestador de la naturaleza divina en la Humanidad. En el mismo ensayo
dice:
“La Gnosis tenía tres fases: astronómica, espiritual y doctrinal, y las tres pueden
identificarse con el Cristo de Egipto. En la fase astronómica, la constelación de Orión se
llama Sahu o “momia”. El alma de Horus se representaba “elevándose de entre los muertos”
y ascendiendo al cielo en las estrellas de Orión. La imagen de la momia era el “preservado”,
el “salvado”, y por tanto un retrato del Salvador como un símbolo de inmortalidad. Esta
figura era la de un hombre muerto; y según nos dicen Plutarco y Herodoto, era llevada a los
banquetes egipcios, invitándose a los convidados para que la miraran, y luego comieran,
bebieran y se regocijaran, porque cuando muriesen, llegarían a ser lo que simbolizaba esta
imagen, es decir, ¡que ellos también serían inmortales! Este símbolo de la inmortalidad se
llamaba Karest o Karust, y era el Cristo egipcio. El verbo Kares significa: “embalsamar”,
“ungir”, “convertir a la Momia en lo característico de lo eterno”. Y cuando ya estaba
preparada se le llamaba Karest, es decir, que todo esto no es más que una correspondencia
de nombres entre el Karest y el Cristo.
Esta imagen del Karest estaba envuelta en un lienzo, ¡la misma vestidura que la del Cristo!,
cualquiera que fuese el largo de la venda, (y se han desenrollado algunas vendas que tenían
casi un kilómetro de largo), y estaban sin costura desde el principio hasta el fin… Ahora
bien, esta vestimenta sin costura del Karest egipcio es un símbolo muy desvelador del
místico Cristo, que viene a ser histórico en los Evangelios como portador de una casaca o
túnica, hecha sin una sola costura. Esto no lo explican claramente ni los griegos ni los
hebreos, pero queda explicado por la palabra que en egipcio designaba a la venda: Ketu, y
por la vestimenta sin costura o envoltura que se había hecho para durar eternamente, y que
era llevada por el Cristo–Momia, la imagen de la inmortalidad en las tumbas de Egipto.
Además, Jesús recibe su inhumación conforme a las instrucciones dadas para hacer el
Karest. Ningún hueso debe ser roto, pues el verdadero Karest ha de ser perfecto en cada
miembro. “Este es el que sale incólume y cuyo nombre no conocen los hombres”. En los
Evangelios, Jesús resucita con todos los miembros sanos, como el Karest perfectamente
preservado, para demostrar la resurrección física de la momia. Pero en el original egipcio, la
momia se transforma. El difunto dice: “Estoy espiritualizado. He llegado a ser un alma. Yo
resucito como un Dios”. Esta transformación de la imagen espiritual, el Ka, se ha omitido en
el Evangelio.
La manera de escribir este nombre en latín –Chrest o Chrêst– es de gran importancia,
porque me ayuda a comprobar la identidad con el Karest o Karust egipcio, el nombre del
Cristo como momia embalsamada, el cual era imagen de la resurrección en las tumbas de
Egipto, el símbolo de la inmortalidad, semejante al Horus que resucitó y abrió el camino de
salida del sepulcro para aquellos que eran sus discípulos o seguidores. Además, este símbolo
del Karest o Cristo–Momia está reproducido en las catacumbas de Roma. No se ha
encontrado en ninguno de los monumentos cristianos primitivos representación alguna de
la supuesta resurrección histórica de Jesús; en lugar de esto, encontramos la escena de la
resurrección de Lázaro, que aparece representada varias veces como la típica resurrección,
aunque realmente no fue tal. La escena no concuerda exactamente con la resurrección que
se describe en el Evangelio; ¡es puramente egipcia, y Lázaro es una momia egipcia! En cada
una de las representaciones, Lázaro es el símbolo momificado de la resurrección; Lazaro es
el Karest –quien fue el Cristo egipcio–, y así lo vemos reproducido en el arte gnóstico en las
catacumbas de Roma como un tipo del Cristo gnóstico el cual no era, ni podría llegar a ser,
un personaje histórico.
Además, como es egipcio, probablemente el nombre derive de dicho idioma. Si es así, Laz
(equivale a Ras) significa “ser resucitado”, mientras que Aru es la momia propiamente dicha,
y con la terminación griega s, el nombre se convirtió en Lazarus. A medida que el mito se fue
popularizando, la representación típica de la resurrección, según lo vemos en las tumbas de
Roma y Egipto, pudo llegar a ser la historia de Lázaro resucitado. Pero este símbolo del
Karest del Cristo en las catacumbas no se limita a Lázaro.
Por medio de la figura del Karest se puede descubrir el origen de Cristo y de los cristianos
en las antiguas tumbas de Egipto. La momia se hacía a semejanza del Cristo. El Cristo era
nominalmente idéntico a los Chrêstoi de las inscripciones griegas. Así, los venerados
difuntos que resucitaban como seguidores de Horus Ma –Kheru, la Palabra de la Verdad,
resultan ser los cristianos oi2 crhstoí en los monumentos egipcios. Ma–Kheru era el término
que se aplicaba siempre a los fieles que ganaban la corona de la vida y la llevaban en la fiesta
que se llamaba “Ven tú a mí” –una invitación de Horus el Justificador, a “los bienaventurados
de su padre Osiris”, los que habían hecho de la Palabra de la Verdad la ley de su vida y eran
los “justificados” oi2 crhstoí, los cristianos en la Tierra–.
En una representación del siglo V de la Madona con el Niño, tomada del cementerio de
San Valentino, el recién nacido, que está acostado en una caja o pesebre, es también el
Karest o figura–momificada, e identificado además como el niño divino del mito solar por el
disco del Sol y la cruz del equinoccio que hay detrás de su cabeza. Así el Cristo–niño de la fe
histórica nace y empieza visiblemente en la imagen Karest del Cristo muerto, que fue
símbolo momificado de la resurrección en Egipto durante miles de años antes de la Era
Cristiana. Esto corrobora la prueba de que el Cristo de las catacumbas cristianas era una
permanencia del Karest egipcio.
Además, como muestra Didron, había un retrato del Cristo que tenía el cuerpo pintado de
rojo98. Según una tradición popular, el Cristo tenía la tez roja; lo cual puede explicarse
también como una supervivencia del Cristo–Momia. Era un modo primitivo de convertir las
cosas en tapu, pintándolas de rojo. Se cubría el cuerpo con ocre rojo, forma muy primitiva
de preparar a la momia o al ungido. Así, el Dios Ptah dice a Ramsés II que “ha reconvertido
98 Porque es cabalísticamente el nuevo Adam, el “hombre celestial”, y Adam estaba hecho de tierra roja.
su carne en bermellón”. Esta unción con ocre rojo es llamada Kura por los maorís99 quienes
hacían igualmente el Karest o Cristo.
Vemos la imagen–momia continuada por otra línea de descendencia, cuando se nos
informa que entre otras herejías perniciosas y pecados mortales con que se acusó a los
caballeros templarios, estaba la impía costumbre de adorar una Momia con los ojos rojos.
También se cree que su ídolo, llamado Baphomet, era una momia… La Momia fue la imagen
humana más primitiva del Cristo.
No dudo que las antiguas fiestas romanas llamadas Charistía tenían relaciones en su
origen con el Karest y con la Eucaristía, como celebración en honor de los nombres de sus
parientes y amigos difuntos, por consideración a los cuales se reconciliaban en la asamblea
amistosa una vez al año… Por tanto, aquí tenemos que buscar la relación esencial entre el
Cristo egipcio, los cristianos y las catacumbas romanas.
Estos misterios cristianos, que ignorantemente han sido declarados inexplicables, pueden
interpretarse a través del Gnosticismo y la Mitología, pero no de otra manera. Y no es que
sean irresolubles por la razón humana, según pretenden hoy día sus incompetentes, aunque
muy bien asalariados, comentadores. Esta pretensión no es sino la excusa pueril que dan los
ineptos por su irremediable ignorancia; pues ellos no han poseído nunca la Gnosis o Ciencia
de los Misterios, por lo cual, únicamente pueden explicarse estas cosas conforme a su origen
natural. Sólo en Egipto podemos buscar las claves en su raíz, e identificar el origen del
Cristo por su naturaleza y por su nombre, para encontrar finalmente que el Cristo era la
momia simbólica, y que nuestra Cristología era un Mitología momificada” (Agnostic Annual).
Lo que precede es una explicación basada en evidencias puramente científicas, pero
quizás un poco “materialistas” –debido precisamente a esa característica científica–, a
pesar de ser el autor un espiritualista bien conocido. El Ocultismo puro y simple
encuentra los mismos elementos místicos en la fe cristiana que en las demás, aunque
rechaza enfáticamente su carácter dogmático e “histórico”. Es un hecho que en los
términos !Ihsoûç o2 Cristóç (Ver Act. V, 42; IX, 34; I Cor. III, II, etc.) el artículo o2
designando a Christos, resulta ser simplemente un sobrenombre como el de Foción, a
quien se refiere como Fwcíwn o2 crhstóç (Plutarco). Con todo, el personaje (Jesús) al
cual se ha aplicado tal título –cuando quiera que haya vivido– era un gran Iniciado y un
Hijo de Dios.
Insistimos; el sobrenombre Christos está basado en acontecimientos que precedieron
a la crucifixión, la cual se deriva de estos últimos. En todas partes, tanto en la India
como en Egipto, en Caldea como en Grecia, todas estas leyendas están fundamentadas
sobre el mismo símbolo primitivo: el sacrificio voluntario de los logoi, los “rayos” del
Logos Uno, la directa y manifiesta emanación del Uno–siempre–oculto, Infinito y
Desconocido, cuyos “rayos” se encarnaron en el género humano. Ellos consintieron en
99 Raza que habitaba la actual Nueva Zelanda. Su complicada religión y sus tradiciones místicas,
presentan asombrosos paralelismos con el panteísmo griego y también con la religión egipcia.
Enciclopedia Universal Ilustrada. Editorial Espasa–Calpe. Barcelona.
“caer en la materia” y son, por tanto, llamados los “Caídos”. Este es uno de los grandes
misterios que no se pueden tratar sino muy ligeramente en un artículo. Se encuentra
desarrollado con más profundidad en otra obra mía: La Doctrina Secreta.
A pesar de haber dicho tanto, puede añadirse algo más respecto a la etimología de las
dos palabras en cuestión. Cristóç es en griego el adjetivo verbal del críw (“untar” o
ungir o salvar); en la teología cristiana esta palabra ha venido a significar “el Ungido”, y
Kri (sánscrito) –la primera sílaba del nombre Krishna– significa “verter, frotar, untar”100,
entre muchas otras cosas. Esto puede fácilmente hacer de Krishna “el Ungido”. Los
filósofos cristianos se esfuerzan en limitar el significado del nombre Krishna a su
derivación de Krish: “negro”; pero si la analogía y la comparación de las raíces sánscritas
con las griegas, que están contenidas en los nombres de Chrêstos, Christos y Chrishna,
se analizan más cuidadosamente, se encontrará que tienen el mismo origen101.
“En la obra de Bockh, Christian Inscriptions (que data de 1287), no hay un solo caso
anterior al siglo III en que el nombre de Cristo aparezca de un modo diferente a Chrêst o
Chreist.” (G. Massey, The Name and Nature Of the Crist, The Agnostic Annual).
Sin embargo, ninguno de estos nombres puede explicarse –a pesar de lo que imaginan
algunos orientalistas– simplemente con la ayuda de la Astronomía y el conocimiento de
los signos zodiacales en conjunción con los símbolos fálicos. Pues mientras que los
símbolos cósmicos de los personajes o caracteres místicos que aparecen en los Purânas
o en la Biblia cumplen funciones astronómicas, sus prototipos espirituales gobiernan el
mundo de un modo invisible pero muy eficaz. Existen como abstracciones en el plano
superior, como ideas manifestadas en el astral, y llegan a ser poderes masculinos,
femeninos y andróginos en nuestro plano inferior. Escorpio como Chrêstos–Meshiach y
Leo como Christos Messiah se anticiparon en mucho a la Era Cristiana en las pruebas y
triunfos que se vivían en la Iniciación a los Misterios; Escorpio era símbolo de ellos y
Leo representaba el triunfo glorificado del Sol de la Verdad. La filosofía mística de esa
alegoría es entendida perfectamente por el autor de The Source of Measures, quien dice
(en el esquema de los autores del Cristianismo dogmático):
100De aquí la memorización de la doctrina durante los Misterios. La pura mónada, el Dios, encarnaba y se
convertía en Chrêstos u hombre en su prueba de la vida. Una serie de tales pruebas le conducían a la
crucifixión de la carne, y finalmente a la condición de Christos.
101Las más competentes autoridades en la materia afirman que el Christos griego se deriva de la raíz
sánscrita ghrish: “frotamiento”; así, ghrish–a–mi–to: “frotar”, y ghrish–ta–s: “desollado”, “llagado”.
Además, Krish, que significa en un sentido “arar” y “hacer surcos”, significa también “causar dolor”,
“torturar”, “atormentar”, y es equivalente a ghrish–ta–s (“frotamiento”). Como vemos, todos estos
términos se relacionan con las condiciones de Chrêstos y Christos. Uno tiene que morir en Chrêstos, es
decir, matar su propia personalidad y sus pasiones, borrar toda idea de separación de su propio Padre, el
Espíritu Divino en el hombre, volverse uno con la eterna y absoluta Vida y Luz (Sat) antes que pueda
alcanzar el glorioso estado de Christos, el hombre regenerado, el hombre libre espiritualmente.
“Uno (Chrêstos), haciéndose descender al abismo (de Escorpio o la encarnación en la
“matriz”) para la salvación del mundo. Este era el Sol, despojado de sus rayos dorados y
coronado de rayos ennegrecidos 102 (que simbolizan esta pérdida) como las espinas. El “otro”
era el Messiah triunfante llevado hasta la “cumbre del arco del cielo”, personificado como el
“León de la tribu de Judá”. En ambos casos tenía la cruz, ya fuera en la humillación (como
hijo de la cópula), o llevándola en su poder como ley de la creación, siendo él Jehovah”.
Pero como lo demuestra el mismo autor, Juan, Jesús, e incluso Apolonio de Tyana, no
eran sino compendiadores de la historia del Sol “bajo diferencias de aspecto o
condición”103. Dice:
“La explicación es bastante sencilla cuando se considera que los nombres Jesús, w’ en
hebreo, y Apolonio o Apolo, son igualmente nombres del “Sol en los cielos”, y que
necesariamente la historia del uno, en cuanto a sus viajes por los signos con las
personificaciones de sus sufrimientos, triunfos y milagros, no podía ser sino la historia del
otro, pues era muy extendido y común el método de describir aquellos viajes por la
personificación”.
El hecho de que la iglesia Secular fuera fundada por Constantino, y que fuera parte de
su decreto declarar que “el día sagrado del Sol debía ser el día reservado para adorar a
Jesucristo como el día del Sol”, demuestra que en dicha “Iglesia Secular” se sabía muy
bien que la alegoría se fundaba en una base astronómica, como afirma el autor antes
mencionado. Sin embargo, la circunstancia de que los Purânas y la Biblia estén llenos de
alegorías astronómicas y solares no se contradice con el hecho de que todas las
escrituras de esta índole, además de las dos ya mencionadas, son libros crípticos para
los eruditos que “tienen autoridad”. Ni tampoco altera aquella otra verdad: que todos
102Se invita a los orientalistas y teólogos a releer y estudiar la alegoría de Visvakarman, el “Omnisciente”,
el Dios védico, Arquitecto del mundo, que se sacrificó a sí mismo o al mundo después de ofrendar todos
los mundos, que son él mismo, en un Sarva Medha (sacrificio general). En la alegoría puránica, su hija
Yoga–Siddha (conciencia espiritual), la esposa de Sûrya, el Sol, se lamenta del resplandor demasiado
potente de su esposo, y Visvakarman, en su carácter de Takshaka (leñador y carpintero), coloca al Sol en
su torno y le quita parte de su brillo. Después de esto, Sûrya parece estar coronado con espinas oscuras
en vez de rayos, y se convierte en Vikârttana (despojado de sus rayos). Todos estos nombres son términos
que usaban los candidatos al pasar por las pruebas de la Iniciación. El Hierofante–Iniciador representaba
a Visvakarman, el Padre y artífice general de los Dioses (los Adeptos en la Tierra), y el candidato tomaba
el papel de Sûrya, el Sol, que tenía que matar todas sus ardientes pasiones y llevar la corona de espinas
mientras crucificaba su cuerpo, antes de poder resucitar y renacer en una nueva vida como el glorificado
“Luz del Mundo”, Christos.
Parece ser que ningún orientalista ha percibido jamás la sugestiva analogía, y mucho menos aplicarla.
103 Ralston Skinner en The Source of Measures cree que esto sirve para explicar por qué se ha evitado tan
cuidadosamente la traducción y la lectura popular de la Vida de Apolonio de Tyana, de Filostrato. Aquellos
que han estudiado el texto original, se han visto forzados a reconocer que, o la Vida de Apolonio de Tyana
fue tomada del Nuevo Testamento, o las narraciones de éste fueron sacadas de aquél, debido a la
manifiesta semejanza del modo de construir la narración.
estos sistemas no son la obra de un hombre mortal ni son invenciones suyas en cuanto a
su origen y fundamentos.
Así, Christos, bajo cualquier nombre que se le considere, significa más que Karest, una
momia, e incluso el “ungido” y el “elegido” de la teología. Estos dos últimos se aplican a
Chrêstos, el hombre de las tristezas y tribulaciones, en sus condiciones física, mental y
psíquica, y ambos se refieren a la condición del Mashiach hebreo (“Mesías”), según
queda etimologizado104 este término por Fuerst y el autor de The Source of Measures.
Christos es la corona de gloria del Chrêstos padeciente de los Misterios, así como del
candidato para la Unión final, cualesquiera que sean su raza y credo. Para el verdadero
discípulo del “Espíritu de la Verdad”, poco importa, por lo tanto, el que Jesús –como
hombre y Chrêstos–, viviera durante la Era llamada Cristiana o antes, o nunca haya
vivido. Los Adeptos que han vivido y muerto por la Humanidad, han existido en todos
los siglos, y muchos fueron los buenos y santos hombres de la Antigüedad que llevaron
el sobrenombre o título de Chrêstos antes de que naciera Jesús de Nazaret, o Jehoshua
(Jesús) Ben Pandira 105. Por consiguiente, se puede muy bien concluir que Jesús o
Jehoshua, lo mismo que Sócrates, Foción, Teodoro y muchos otros, fue llamado
Chrêstos, es decir el “bueno y excelente”, el manso y santo Iniciado, el que enseñó el
camino a la condición de Christos, y que se convirtió a sí mismo en “el Camino” para el
corazón de sus entusiastas admiradores. Los cristianos, lo mismo que todos los
“adoradores de Héroes”, se han esforzado en oscurecer a todos los demás Chréstoi que
les han parecido rivales de “su” Hombre–Dios. Pero si la voz de los “Misterios” ha
permanecido silenciosa por tantos siglos en Occidente, si Eleusis, Menfis, Ancio, Delfos
y Crêsa han sido convertidos hace mucho tiempo en las tumbas de una Ciencia –en otro
tiempo tan colosal en Occidente como lo es todavía en el Oriente– hay ahora sucesores
que están siendo preparados por ellos. Estamos en el año 1887, y el siglo XIX está a
104La palabra tyw schiach, es en hebreo a la vez sustantivo y verbo. Como verbo, significa “bajar al
abismo”; como sustantivo, “el lugar de las espinas, el abismo”. El participio hifil de esta palabra es tywm o
Meshiach, o el “Mesías” griego “Cristo”, y significa “el que hace bajar al abismo” (o infierno, según el
dogmatismo). En la filosofía Esotérica, este “bajar al abismo” tiene el más misterioso de los significados.
Se dice que el Espíritu Christos, o más bien el “Logos” (léase Logoi) “baja al abismo” cuando se encarna y
nace como hombre. Después de haber robado a los Elohim (o Dioses) su secreto, el procreativo “fuego de
la vida”, los Angeles de Luz, son arrojados al abismo de la materia, llamado “Infierno” por los bondadosos
teólogos. Esto es así, según la Cosmogonía y la Antropología; pero durante los Misterios, es el Chrêstos,
el “neófito” (como hombre) etc., el que tiene que bajar a las criptas de la Iniciación y de las pruebas; y
finalmente, durante el “Sueño de Siloam” o el trance final, durante las horas del cual se descubren al
nuevo Iniciado los últimos Misterios. Hades, Sheol o Pâtâla son una misma cosa. Ahora se verifica en
Oriente lo mismo que se verificaba en occidente, hace 2000 años, durante los Misterios.
105 Varios clásicos atestiguan este hecho; Lucio dice: Fwcíwn o2 crhstóç y Fwcíwn o2 e1píclhn
(legómenoç llamado) crhstóç. En Platón, Fedro, se lee: “Quereis decir Teodoro el Chrêstos. Tòn crhstòç
légeiç qeódwron Plutarco demuestra lo mismo: y Crhdiscípulo de Herodes Atico.
punto de concluir. El siglo XX tiene extraños desarrollos para la humanidad y quizá sea
el último de su nombre.
*
III
Ninguno puede ser considerado como cristiano, a menos que profese o se suponga
que profese la creencia en Jesús por el bautismo, y en la salvación “por la sangre de
Cristo”. Para ser considerado como buen cristiano, se tiene como conditio sine qua non
el mostrar fe en los dogmas expuestos por la iglesia y profesarlos; después de esto, se
queda en plena libertad para llevar una vida pública y privada, según principios
diametralmente opuestos a los expresados en el Sermón de la Montaña.
El punto principal y lo que se le pide a uno, es que tenga, o “pretenda tener” una fe
ciega y veneración en las enseñanzas eclesiásticas de su Iglesia especial. “La fe es la llave
de la Cristiandad”, dice Chaucer, y el castigo por su carencia está prescrito tan
claramente como lo permite el lenguaje en el Evangelio de San Marcos, (XVI, 16): “El que
creyere y fuere bautizado, será salvado; mas el que no creyere será condenado”.
Muy poco le inquieta a la Iglesia que hayan quedado infructuosas las muy cuidadas
indagaciones que se han hecho durante los últimos siglos en los textos más antiguos,
con el fin de encontrar dichas palabras; ni que la reciente revisión de la Biblia haya
producido entre los sabios indagadores, amantes de la verdad, empleados en esta tarea,
la convicción unánime de que no era posible encontrar esta frase tan anticristiana,
excepto en los textos fraudulentos más recientes.
Los buenos cristianos habían asimilado las palabras consoladoras, las cuales se habían
convertido en la quintaesencia de sus almas caritativas. El privar a estos receptáculos
elegidos del Dios de Israel de la esperanza de la condenación eterna para todos menos
ellos, equivalía a quitarles la vida misma. Se asustaron los revisadores amantes de la
verdad y llenos del temor de Dios dejaron el pasaje falsificado (una interpolación de
once versículos, desde el noveno hasta el vigésimo), y satisfacieron sus conciencias con
una nota de carácter muy equívoco, nota que adornaría la obra y honraría las facultades
diplomáticas de los más astutos jesuitas. Esta nota, informa al “creyente” que:
“Los dos manuscritos griegos más antiguos y algunas otras autoridades “omiten” desde el
versículo noveno hasta el final. Algunas autoridades hacen un final diferente de este
Evangelio106.”
106Véase el Evangelio según San Marcos en la edición revisada, impresa para las Universidades de
Oxford,y Cambridge, 1881.

y no explica más.
Pero los dos manuscritos griegos más antiguos omiten dichos versículos nolens volens,
(de buen grado, o de mal grado), como si estos no hubieran existido nunca y los
revisadores eruditos y amantes de la verdad, lo saben mucho mejor que nosotros; sin
embargo, la perniciosa falsedad se imprime en el centro mismo de la divinidad
protestante y se permite que contemple con mirada feroz a las futuras generaciones de
estudiantes de Teología, y por tanto, a sus futuros feligreses. Ni son engañados, ni
pueden serlo, y sin embargo, “pretenden” creer en la autenticidad de las crueles
palabras dignas de un “Satanás teológico”. Y este Moloch–Satanás es su propio “Dios
de infinita misericordia y justicia” en el Cielo, y el símbolo encarnado del amor y de la
caridad en la Tierra, ¡todo a la vez!
¡Misteriosos en verdad son vuestros medios paradójicos, oh, Iglesias de Cristo!
No es mi intención repetir aquí argumentos muy usados y “exposiciones” lógicas del
plan teológico entero; pues todo esto se ha hecho ya repetidas veces, y muy
eficazmente por los más hábiles “infieles” de Inglaterra y de América. Pero puedo
repetir brevemente una profecía que es resultado evidente del presente estado de la
mente del hombre de la Cristiandad. La creencia en la Biblia “literalmente”, y en un
Cristo “carnalizado”, no durará un cuarto de siglo más. Las Iglesias tendrán que
abandonar sus queridos dogmas, o el siglo XX verá la decadencia y la ruina de toda la
Cristiandad, y aun la desaparición de la creencia en un Christos como puro Espíritu. Se
ha llegado a censurar aun el nombre cristiano, y el Cristianismo teológico tiene que
perecer para “no volver a resucitar jamás” en su forma presente. Esto en si mismo, sería
la más feliz de todas las soluciones, a no ser por lo peligroso de la reacción natural que
con seguridad ha de seguir: el materialismo craso será la consecuencia y el resultado de
siglos de fe ciega, a menos que los viejos ideales que se van perdiendo, sean
reemplazados por otros inatacables por ser “universales”, y edificados en la roca de las
verdades eternas, en lugar de la arena movediza de la fantasía humana. La pura
inmaterialidad tiene que reemplazar, al final, al terrible antropomorfismo de esos
ideales que hay en los conceptos de nuestros dogmatistas modernos. De otro modo,
¿por qué han de pretender alguna superioridad los dogmas cristianos, que son la copia
perfecta de los que pertenecen a otras religiones exotéricas y paganas? Todas éstas
fueron edificadas sobre los mismos símbolos astronómicos y fisiológicos (o fálicos). Se
puede buscar, astrológicamente, el origen de todos los dogmas religiosos del mundo, y
encontrarlo en los signos del Zodíaco y en el Sol. Y mientras la ciencia de la simbología
comparativa, o cualquier teología, no tenga más que dos claves para esclarecer los
misterios de los dogmas religiosos, y estas claves, sólo muy parcialmente dominadas,
¿cómo es posible trazar una línea divisoria, o hallar alguna diferencia entre las
religiones, por ejemplo entre la de Chrishna y la de Christo; entre la salvación por la
sangre del “primitivo varón”, “primogénito” de una fe, y la salvación por la sangre del
“Hijo unigénito” de la otra, siendo ésta mucho más reciente?
Estudiad los Vedas; leed aun las obras superficiales, –y a menudo desfiguradas– de
nuestros grandes orientalistas, y meditad sobre lo que habéis aprendido. Ved los
Brâhamanes, los Hierofantes egipcios y los Magos caldeos, enseñando varios miles de
años antes de nuestra Era que los Dioses mismos habían sido tan sólo mortales (en
previos nacimientos) hasta que ganaron su inmortalidad “ofreciendo su sangre a su Dios
Supremo” o jefe. El Libro de los Muertos enseña que el hombre mortal “se hizo uno con
los Dioses a través de una intercomunicación por una vida común y por una misma
sangre”. Los mortales sacrificaban a los Dioses la sangre de sus primogénitos. El prof.
Monier Williams, en su obra Hindûism, traduciendo del Taittirîya Brâhmana, dice: “Por
medio del sacrificio, los Dioses alcanzaron el Cielo”. Y en el Tândya Brâhmana: “El
Señor de las criaturas se ofreció a sí mismo en sacrificio a los Dioses…”
Y de nuevo en el Satapatha Brâhmana: “El que sabiendo esto sacrifica con el
Purushamedha o el sacrificio del varón primitivo, llega a ser todo.”
Siempre que oigo discutir sobre los ritos védicos y llamarlos “asquerosos sacrificios
humanos” y canibalismo, me siento inclinada a preguntar dónde está la discrepancia.
Hay una: mientras los cristianos están obligados a aceptar literalmente el drama
alegórico (aunque altamente filosófico cuando se comprende) de la Crucifixión en el
Nuevo Testamento –así como el de Abraham e Isaac en el Antiguo Testamento 107– el
Brâhmanismo –al menos sus escuelas filosóficas– enseña a sus seguidores que este
sacrificio (pagano) del “varón primitivo”, es un símbolo puramente alegórico y filosófico.
Leídos en el significado de su letra muerta, los cuatro Evangelios son simplemente
versiones ligeramente alteradas de lo que la Iglesia declara ser plagios satánicos (por
anticipación) de las religiones paganas a los dogmas cristianos. El materialismo tiene
razón al encontrar en ellos el mismo culto sensual y los mismos mitos solares que en
cualquier otra parte. Plenamente justificado está el prof. Joly (Man Before Metals), si
analizamos y criticamos superficialmente lo que dice, al encontrar en la “Svastika”, la
“cruz ansata” y la “cruz” pura y sencilla, meros símbolos sexuales. Viendo que “el padre
del Fuego Sagrado (en la india), llevaba el nombre de Twashtri, es decir, el Carpintero
Divino que hizo la Svastika y el Pramantha, cuya fricción produjo el divino niño Agni, (en
latín Ignis); que su madre se llamaba Mâyâ, y que al niño se le llamó “Akta”, (“ungido” o
“Christos”), después que los sacerdotes hubieron derramado sobre su cabeza el soma
espirituoso, y sobre su cuerpo “manteca purificada por el sacrificio”, viendo todo esto,
tiene pleno derecho para observar que:
“La gran semejanza que existe entre ciertas ceremonias del culto de Agni, y ciertos ritos de
la religión católica, pueden explicarse por su origen común. Agni en la condición de “Akta” o
107Véase el artículo de T. G. Headley, The Soldier's Daughter, en el n. 6 de la rev. Lucifer, y observad la
protesta enérgica de este “verdadero” cristiano contra la aceptación “literal” en la Iglesia de Inglaterra, de
“los sacrificios de sangre”, “expiación por la sangre”, etc. La reacción ya empieza, esto es otro “indicio de
cómo cambian los tiempos”.
ungido, hace alusión a Cristo; Mâyâ, María, su madre; Twashtri, San José, el carpintero de la
Biblia.”
¿Ha explicado algo el profesor de la Facultad de Ciencias de Toulouse, al llamar la
atención hacia lo que cualquiera puede ver? Desde luego que no. Pero si en su
ignorancia del sentido esotérico de la alegoría no ha añadido nada al conocimiento
humano, por otra parte ha destruido en sus discípulos la fe en el origen divino del
Cristianismo y de su Iglesia, y ha ayudado a aumentar el número de materialistas.
Porque seguramente nadie, una vez se entregue a tales estudios comparativos, puede
considerar a la religión de Occidente de otro modo que una copia pálida y débil de
filosofías más antiguas y más nobles.
El origen de todas las religiones, incluso el Judeo–Cristianismo, se encuentra en unas
cuantas verdades primitivas, ninguna de las cuales puede explicarse aparte de las
demás, ya que cada una es el complemento de las otras en algún detalle, y todas son
más o menos, rayos truncados del mismo Sol de la Verdad, y sus orígenes han de
buscarse en los registros arcaicos de la Religión de la Sabiduría, sin cuya luz los más
grandes sabios no pueden ver más que los esqueletos de dichas verdades, disfrazadas
con la máscara de la fantasía, y basadas mayoritariamente en los signos personificados
del Zodíaco.
Así pues, un espeso velo de alegorías y ficciones, proverbios y parábolas, cubre los
textos esotéricos originales, de los cuales fue compilado, –tal como ahora se conoce– el
Nuevo Testamento. ¿De dónde pues, se derivan los Evangelios y la vida de Jesús de
Nazaret? ¿No se ha dicho repetidas veces que ningún “mortal”, ningún cerebro humano
había podido inventar la vida del Reformador judío con el trágico drama en el Calvario?
Apoyados en la autoridad de la Escuela Oriental esotérica, decimos que todo esto vino
de los gnósticos, hasta el nombre de Christos, y las alegorías astronómico–místicas,
proceden de las escrituras de los antiguos Tanaim, con respecto a la relación cabalística
de Jesús o Joshua con las personificaciones bíblicas. Una de éstas es el nombre místico
esotérico de Jehovah –no el actual Dios fantástico de los judíos profanos, ignorantes de
sus propios misterios, Dios aceptado por los cristianos aún más ignorantes– sino el
Jehovah compuesto de la Iniciación pagana. Esto queda claramente probado por los
glifos o combinaciones místicas de varios signos que se han preservado hasta hoy en los
jeroglíficos católico–romanos.
Las memorias gnósticas contienen el epítome de las principales escenas representadas
durante los Misterios de la Iniciación desde los tiempos más remotos, aunque esto se
expresaba invariablemente bajo una forma semi–alegórica, siempre que se confiaba al
pergamino o al papel. Pero los antiguos Tanaim, los Iniciados, de los cuales los
talmudistas obtuvieron la sabiduría de la Kabalah (“tradición oral”) tenían en su poder
los secretos del lenguaje mistérico, y “…este es el lenguaje en el que fueron escritos los
Evangelios108.
Únicamente el que ha dominado la cifra esotérica de la Antigüedad –el significado
secreto de los números, que en otro tiempo fue propiedad común de todas las
naciones–, tiene la prueba completa de la índole que se desarrolló al mezclar las
alegorías y nombres del Antiguo Testamento, puramente egipcio–judaico, y los de los
gnósticos greco–paganos, los más refinados de todos los místicos de aquellos tiempos.
El obispo Newton mismo lo prueba muy inocentemente al mostrar que “San Bernabé,
compañero de San Pablo, en su Epístola (Ch. IX), descubre el nombre de Jesús
crucificado en el número 318”, es decir, que San Bernabé lo encuentra en el místico
símbolo griego IHT, siendo la tau el glifo de la cruz. Acerca de esto, un cabalista, autor
de un manuscrito no publicado sobre la Clave de la Formación del Lenguaje Mistérico,
observa lo siguiente:
“Pero esto no es más que un juego sobre las letras hebreas Jod, Cheth y Shin, de las cuales
se deriva el monograma de Cristo IHS que se nos ha transmitido y que se lee así: wcy ó 3 8 1,
la suma de las letras, siendo 318 ó el número de Abraham y su Satanás, y de Josué y su
Amalec… también el número de Jacob y su antagonista… (La autoridad de Godfrey Higgins
avala el número 608)... Es el número del nombre de Melquisedec; pues el valor de éste es
304, y Melquisedec era el sacerdote del Dios altísimo, “sin principio ni fin de días”.
La solución y el secreto de Melquisedec se hallan en el hecho de que:
“En los antiguos panteones, los dos planetas que habían existido desde la eternidad
(eternidad cónica) y eran eternos, fueron el Sol y la Luna, u Osiris e Isis; de aquí los términos
“sin principio ni fin de días”; 304 multiplicado por dos, resulta 608. Así también los números
en la palabra Seth, que era un símbolo del año. Hay muchas autoridades a favor de la
aplicación del número 888 al nombre de Jesucristo, y como se ha dicho, esto es un
antagonismo al número 666 del Anticristo… El valor principal en el nombre de Josué era el
número 365, indicación del año solar, mientras que Jehovah se complacía en ser la
indicación del año lunar; y Jesucristo era a la vez Josué y Jehovah en el panteón cristiano…”
Esto no es más que un ejemplo para probar que la aplicación cristiana del nombre
compuesto Jesús–Cristo está basada en el misticismo oriental y en el gnóstico. Tan
justo y natural era que los Cronistas, lo mismo que los Gnósticos Iniciados, obligados a
guardar el secreto, “velaran u ocultaran” el significado final de sus enseñanzas más
antiguas y sagradas. Bastante más dudoso es el derecho de los Padres de la Iglesia, de
108Así, mientras que los tres sinópticos (ver al final de la nota) despliegan una combinación de las
simbologías greco–paganas y judías, la Revelación está escrita en el lenguaje misterioso de los Tanaim
–reliquia de la sabiduría caldea y egipcia– y el Evangelio de San Juan es puramente gnóstico. Los
evangelios de Mateo, Marcos y Lucas son entre sí tan semejantes, que con frecuencia se los imprime en
columnas paralelas, de tal modo que sea posible fijar sobre ellos una fácil “mirada de conjunto” (sinopsis).
Por eso, estos tres evangelios se llaman sinópticos.
cubrir todo con un epítema de fantasía racionalista109. El escriba o historiador gnóstico
no engañaba a nadie. Todo iniciado en la gnosis arcaica, sea del período precristiano o
del postcristiano, conocía muy bien el valor de cada palabra del “lenguaje mistérico”,
porque los gnósticos, inspiradores del Cristianismo primitivo, eran “los más
adelantados, los más sabios y los más acreedores al nombre cristiano”, según lo expresa
Gibbon. Ni ellos ni sus humildes seguidores corrían el riesgo de aceptar la letra muerta
de sus propios textos. Pero otra cosa sucedió con las víctimas de los inventos de lo que
se llama ahora Cristianismo “ortodoxo e histórico”. Se ha hecho caer a sus sucesores en
los errores de los “gálatas insensatos” reprendidos por San Pablo, los cuales, como él les
dice (Gál. III, 1–5), habiendo comenzado (a creer) en el espíritu (de Christos), “acabaron
por creer en la carne”, esto es, en un Cristo “corpóreo”, pues tal es la verdadera
significación de la frase griega110 e1narxámenoi Pneúmati, nûn sarcì e1piteleîsqe.
Para todo el mundo, menos para los dogmáticos y teólogos, está suficientemente
claro que San Pablo era un gnóstico, fundador de una nueva secta de gnosis que
reconocía, lo mismo que todas las otras sectas gnósticas, un “Cristo–espíritu”, aunque
iba en contra de sus antagonistas, las sectas rivales. Ni es menos evidente que las
enseñanzas primitivas de Jesús –cuando quiera que haya vivido– pudieron ser
descubiertas sólo en las enseñanzas gnósticas, contra cuyo descubrimiento, los
falsificadores que arrastraron al Espíritu hasta la materia, degradando así a la noble
filosofía de la religión de la Sabiduría Primitiva, tomaron desde el principio amplias
precauciones. Eusebio nos dice (Historia de la Iglesia) que sólo las obras de Basílides –
“el filósofo entregado a la contemplación de las cosas divinas”, como le llama
Clemente–, los 24 volúmenes de su Comentario sobre el Evangelio fueron todos
quemados por orden de la iglesia.
Como todo este Comentario sobre el Evangelio fue escrito en un tiempo en que no
existían111 aún los Evangelios como los tenemos ahora, es una buena prueba de que los
Evangelios, cuyas doctrinas fueron transmitidas a Basílides por el apóstol San Matias y
Glaucias, el discípulo de Pedro (Clemente de Alejandría, Stromata) deben haber sido
muy diferentes del Nuevo Testamento actual. No se pueden juzgar estas doctrinas por
109 La pretensión del Cristianismo de poseer la autoridad divina, se basa en la ignorante creencia de que
el Cristo místico podía llegar a ser, y llegó a ser una persona, mientras que la Gnósis prueba que el Cristo
corpóreo no es más que una presentación contrahecha del hombre transcorpóreo; por lo tanto, el retrato
histórico es, y siempre ha de ser, un fatal sistema ya que falsifica y desacredita la Realidad Espiritual. (G.
Massey, Gnostic and Historic Christianity).
110 Analizada esta frase, significa: “Vosotros que al principio contemplábais al Cristo –espíritu, ¿acabaréis
ahora por creer en un Cristo de carne?” o de lo contrario, no significa nada. El verbo e1piteloûmai no
tiene la significación de “llegar a ser perfecto” sino de “«acabar por llegar a serlo”. La incesante lucha de
San Pablo contra San Pedro y otros, y lo que él mismo dice de su visión de un Cristo–espiritual y no de
Jesús de Nazaret en los Hechos, son otras tantas pruebas de esto.
111 Véase Supernatural Religion, capítulo Basílides.
las relaciones distorsionadas que Tertuliano dejó a la posteridad. Sin embargo, aun lo
poco que desvela este sectario fanático, demuestra que las principales doctrinas
gnósticas eran idénticas, bajo su propia terminología y personificaciones peculiares, con
las de La Doctrina Secreta de Oriente; pues discutiendo acerca de Basílides, el piadoso,
divino filósofo teosófico, como lo consideraba Clemente de Alejandría, Tertuliano
exclama:
“Después de esto, Basílides el “Hereje” se explayó112, afirmó que hay un Dios Supremo,
llamado Abraxas, por el cual fue creada la Mente (Mahat), llamada por los griegos Nous. De
esto emanó el Verbo; del Verbo, la Providencia; de la Providencia, la Virtud y la Sabiduría; de
estas dos, las Virtudes, los “Principados”113, “y los Poderes” fueron hechos; y de estos,
producciones y emisiones infinitas de ángeles. Entre los ángeles inferiores, en verdad, y los
que hicieron este mundo, él pone como “último de todos” al dios de los judíos, al cual se
niega a admitir como a Dios mismo, afirmando que es tan sólo uno de los ángeles114” (Ver
Isis sin Velo).
Otra prueba de la pretensión de que el Evangelio de San Mateo en los textos griegos
usuales no es el Evangelio original escrito en hebreo, la tenemos de una autoridad, que
es nada menos que San Jerónimo (Hieronymus). La sospecha supuesta desde siempre de
una conciente y gradual euhemerización del principio Christos, se convierte en una
convicción, una vez que uno se familiariza con cierta confesión contenida en el libro
segundo de los Comentarios a San Mateo por San Jerónimo; pues encontramos en ella
las pruebas de una sustitución deliberada del Evangelio entero, el que está ahora en el
canon, evidencia claramente que fue reescrito por este demasiado celoso Padre de la
Iglesia115. El dice que, hacia el fin del siglo IV, fue enviado por sus ilustrísimas, los
obispos Cromacio y Heliodoro, a Cesarea con la misión de comparar el texto griego (el
112En Isis sin Velo, se pregunta “si la Iglesia de Roma no declaró también “heréticas” las opiniones del
obispo frigio Montano”. Es muy extraordinario ver cuán fácilmente esta Iglesia fomenta los ultrajes de un
“hereje”, Tertuliano, contra otro “hereje”, Basílides, cuando acontece que tales abusos le son útiles para
sus propósitos.
113 ¿No habla San Pablo mismo de “Principados y Potestades en lugares celestes” (Ef. III, 10; I, 21), y
confiesa que hay muchos “dioses” y muchos “señores” (Kurioi)?, ¿y ángeles, Potestades (Dunameis) y
Principados? (Véase I, Cor. VIII, 5 y Rom. VIII, 38).
114 Tertuliano, De Praescriptione Haereticorum. Se debe indudablemente tan sólo a un argumento
notablemente casuístico, con cierto carácter de prestidigitación, el que Jehovah, el cual en la Kabalah es
simplemente un Sephira, el tercero, el poder del lado izquierdo entre las Emanaciones (Binah), haya sido
elevado a la dignidad del Dios, “Uno” absoluto. Aun en la Biblia, él no es más que uno de los Elohim (véase
Gén. III, V, 22), “el Señor Dios”, no haciendo diferencia entre sí y los demás.
115 Esto es historia. Hasta qué grado se adulteraron los primitivos fragmentos gnósticos que ahora han
llegado a formar el Nuevo Testamento, puede deducirse leyendo Supernatural Religion, cuya obra ha
pasado por más de veintitrés ediciones, si no me equivoco. Literalmente espantosa es la hueste de
autoridades que presenta el autor. La lista de los críticos de la Biblia, ingleses y alemanes, parece
interminable.
único que jamás tuvieron) con la versión hebrea original conservada por los nazarenos
en su biblioteca y traducir dicha versión. El la tradujo, pero bajo protesta; pues, como
dice el Evangelio, presentaba materia “no para la edificación, sino para la
destrucción”116. ¿La “destrucción” de qué? Del dogma de que Jesús de Nazareth y el
Christos son uno, evidentemente, y por tanto, la “destrucción” de la religión
recientemente trazada117.
En esta misma carta, este santo (el cual aconsejaba a sus convertidos mataran a sus
padres, pisotearan los pechos que los habían alimentado, hollando los cuerpos de sus
madres, si sus padres y sus madres fuesen obstáculos entre sus hijos y Cristo), admite
que San Mateo no quiso que su Evangelio fuese “escrito abiertamente”, y por tanto, que
el manuscrito “era secreto”. Pero mientras admite también que este Evangelio fue
escrito con caracteres hebraicos y “por la mano de él mismo” (San Mateo), sin embargo,
en otro lugar se contradice y asegura a la posteridad que como fue adulterado y
reescrito por un discípulo de Maniqueo llamado Seleuco… “la Iglesia rehusó, con mucha
razón, a darle crédito”. (San Jerónimo, Comentarios a San Mateo).
No hay que extrañarse de que el significado mismo de los términos Chrêstos y
Christos, y la relación de ambos con Jesús de Nazareth, nombre fabricado con las
palabras Joshua el “Nazar”, hayan llegado a ser letra muerta para todos, con excepción
de los ocultistas no cristianos; pues incluso los cabalistas no tienen ahora datos
originales en qué apoyarse. El Zohar y la Kabalah han sido remodelados de tal manera
por los cristianos, que se hallan desfigurados; y a no ser por el Libro de los Números
(caldeo) no quedarían sino relaciones falseadas. No protesten con demasiada
vehemencia nuestros hermanos, los llamados cabalistas cristianos de Inglaterra y
Francia, muchos de los cuales son filósofos, pues “esto es historia” (véase Munk). Es tan
pueril el sostener, según lo hacen todavía algunos orientalistas alemanes y críticos
modernos, que la Kabalah no existió jamás antes del tiempo del judío español Moisés
de León, acusado de haber falsificado este seudógrafo en el siglo XIII, como el
pretender que cualquiera de las obras cabalistas, ahora en nuestro poder, son tan
originales como lo eran cuando el rabino Simón ben Jochai comunicó las “tradiciones” a
su hijo y a sus seguidores. Ni uno sólo de estos libros se halla inmaculado; ninguno ha
escapado a la mutilación por manos cristianas. Munk, uno de los cristianos más sabios y
más hábiles de su época en esta materia, lo prueba protestando contra la presunción de
que sea una fabricación post–cristiana, pues según él dice:
116 Los principales detalles se hallan en Isis sin Velo. En verdad, ha de ser enteramente ciega la fe en la
infabilidad de la iglesia, de lo contrario no podría existir.
117 Véase San Jerónimo, De Viris Illustribus, capítulo III, Olshausen, Nachweis der Echtheit der
Sämmtlichen Schriften des Neuen Testament. El texto griego del Evangelio según San Mateo es el único
texto empleado y poseído por la Iglesia.

“Nos parece evidente que el autor hizo uso de documentos antiguos, y entre estos, de
ciertos Midrashim, o colecciones de tradiciones y exposiciones bíblicas que ahora no
poseemos”.
Después de lo cual, citando a Tholuck, añade:
“Haya Gaón, que murió en 1038 es, por lo que sabemos, el primer autor que desarrolló la
teoría de los Sephirots, y les dio los nombres que volvemos a encontrar entre los cabalistas
(Tellenik, Moisés Ben Shem Tob di León). Este doctor que “tenía íntima relación con los
sabios cristianos sirios y caldeos” pudo, con la ayuda de éstos, adquirir un conocimiento de
las escrituras gnósticas.”
Estas “escrituras gnósticas” y dogmas esotéricos pasaron, en su parte esencial, a las
obras cabalísticas, con muchas otras interpolaciones modernas que ahora hallamos en el
Zohar, como lo prueba Munk. Hoy en día la Kabalah es cristiana, no judía.
Así, debido a las varias generaciones de muy activos Padres de la Iglesia, siempre
ocupados en destruir viejos documentos y en preparar nuevos pasajes que interpolar en
aquellos que tuvieron la fortuna de no ser destruidos, no quedan más que unos cuantos
fragmentos desfigurados de los gnósticos, descendencia legítima de la religión de la
Sabiduría Arcaica. Pero una partícula del oro genuino brillará por siempre jamás, y por
falseadas que estén las relaciones que dejaron Tertuliano y Epifanio de las doctrinas de
los “Herejes”, el ocultista puede todavía encontrar en ellas, huellas de aquellas verdades
primitivas que en otro tiempo se comunicaban universalmente durante los Misterios de
la iniciación.
Entre otras obras que contienen alegorías sumamente alusivas, tenemos todavía los
llamados Evangelios Apócrifos; y el último descubrimiento, la reliquia más preciosa de la
literatura gnóstica, es un fragmento llamado Pistis–Sophia, “ Conocimiento –Sabiduría”.
En mi próximo artículo sobre el Carácter Esotérico de los Evangelios 118, espero poder
demostrar que están completamente errados los que traducen Pistis por “Fe” La palabra
“fe” como “gracia” o algo que se ha de creer por medio de una fe irracional o ciega, es
una palabra que data solo desde el Cristianismo. San Pablo no empleó nunca este
término en semejante sentido en sus Epístolas, y San Pablo era, sin duda, un INICIADO.
118 Indicamos que la continuación a este artículo nunca fue completada por H.P. Blavatsky.

LOS CUERPOS ASTRALES O DOPPELGANGERS
PREG. –Existe una gran confusión en las opiniones de la gente sobre los distintos
tipos de apariciones, fantasmas, espectros o espíritus. ¿No deberíamos explicar
de una vez para siempre el significado de estos términos? Usted dice que hay
varios tipos de dobles. ¿Cuales son ?
RESP. –Nuestra Filosofía Oculta nos enseña que hay tres clases de dobles, utilizando
esta palabra en su sentido más amplio. Primero el hombre posee un doble,
acertadamente llamado sombra, alrededor del cual se construye el cuerpo físico del
feto, el futuro hombre. La imaginación de la madre, o un accidente que afecte al niño,
afectará también al cuerpo astral. El cuerpo físico y el astral existen antes de que la
mente se ponga en acción y antes de que despierte Âtma. Esto ocurre cuando el niño
tiene siete años, y con ello llega la responsabilidad inherente a un ser sensible y
conciente.
Este doble nace con el hombre, muere con él y nunca puede separarse mucho del
cuerpo durante la vida; y aunque sobrevive a éste, se desintegra a un ritmo parecido al
del cuerpo. Esto es lo que, bajo determinadas condiciones atmosféricas, se ha visto
algunas veces sobre las tumbas como la figura luminosa del hombre fallecido. En su
aspecto físico corresponde, durante la vida, al “doble vital”, del hombre, y después de la
muerte, únicamente a los gases emitidos por el cuerpo en proceso de putrefacción. Pero
por lo que se refiere a su origen y esencia, es algo más que eso. Este doble es lo que
hemos convenido en denominar Linga–Sharîra, pero que yo propondría llamar, para ser
más expresivos, “cuerpo plástico” o “proteico”.
PREG. –¿Por qué proteico o plástico?
RESP. –Proteico porque puede asumir todas las formas; por ejemplo la de los “brujos
pastores”, a quienes el rumor popular acusa, quizás no exento de alguna razón, de ser
“hombres–lobo” y “médiums de salón” cuyos cuerpos plásticos hacen el papel de
abuelas materializadas y “John Kings”. Si fuese de otra manera, ¿por qué la costumbre
invariable de los “queridos difuntos” de sobresalir del médium poco más que la longitud
de un brazo, tanto si está en trance como si no? No niego de ninguna manera
influencias exteriores en este tipo de fenómenos. Pero sí afirmo que las interferencias
exteriores son raras, y que la forma materializada es siempre la del cuerpo astral o
proteico del médium.
PREG. –¿Cómo se crea ese cuerpo astral?
RESP. –No es creado; como ya le dije, crece con el hombre y existe en estado
rudimentario aun antes del nacimiento del niño.
PREG. –¿Cuál es el segundo doble?
RESP. –El segundo doble es el “cuerpo mental”, o mejor dicho “cuerpo de sueño”,
conocido entre los ocultistas como Mâyâvi–rûpa o “cuerpo de ilusión”. Esta imagen es
en vida el vehículo tanto del pensamiento como de las pasiones y deseos animales,
extraídos simultáneamente del manas inferior (mente terrestre) y de Kâma (el elemento
de deseo). Es dual en su potencialidad, y después de la muerte forma lo que en Oriente
se llama Bhût o Kâma–Rûpa, también conocido como “espectro”.
PREG. –¿Y el tercer doble?
RESP. –El tercer doble es el verdadero “Yo”, llamado en Oriente con un nombre que
significa “cuerpo causal”, pero que en las escuelas transhimaláyicas es denominado
siempre “cuerpo kármico”, lo cual es lo mismo. Pues Karma –o acción– es la causa que
produce los incesantes renacimientos o reencarnaciones. No es la Mónada, ni es Manas
propiamente dicho; pero sí está, de alguna manera, indisolublemente unido –y
compuesto de ambos– a la Mónada y a Manas en el Devachan.
PREG. –¿Hay entonces tres dobles?
RESP. –Si se considera a la Trinidad cristiana y a otras Trinidades como “tres Dioses”,
entonces hay tres dobles. Pero en realidad sólo hay uno bajo tres aspectos o fases: la
parte más material que desaparece con el cuerpo; la intermedia que sobrevive como
entidad a la vez independiente y temporal en la región de las sombras; y la tercera,
inmortal durante el Manvantara 119, a menos que el Nirvana le ponga antes fin.
PREG. –Pero, ¿se nos podrá preguntar sobre la diferencia que existe entre el Mâyâvi y
el Kâmâ–rûpa, o como usted propone llamarlos: el “cuerpo de sueño” y el “espectro”?
RESP. –Desde luego que sí, y responderemos, además de lo expuesto, que el “poder
de pensamiento”, o aspecto del Mâyâvi o “cuerpo de ilusión”, se fusiona después de la
muerte enteramente en el cuerpo causal, el conciente y el Yo pensante. Los elementos
animales, o el poder de deseo del “cuerpo de sueño”, absorbiendo después de la muerte
todo lo que éste ha acumulado (por medio de su insaciable deseo de “vivir”) durante la
vida (esto es, toda la vitalidad astral, así como todas las impresiones de sus actos y
pensamientos materiales mientras vivía en posesión del cuerpo), forman el “espectro” o
Kâma–Rûpa. Todo filósofo esoterista sabe que después de la muerte el Manas superior
y la Mónada se unen y pasan al Devachan, mientras que los residuos del manas inferior
119 Es un período de manifestación del Universo, opuesto al Pralaya (reposo o disolución). Este término
se aplica a varios ciclos, especialmente a un Día de Brahmâ, es decir, 4.320.000.000 de años solares; pero
también al reinado de un Manú: 306.720.000 años. Literalmente significa “período entre dos Manús”.
o mente animal van a formar el “espectro”. Este tiene vida propia pero casi ninguna
conciencia, excepto cuando es atraído en la corriente de poder de un médium.
PREG. –¿Es eso todo lo que se puede decir sobre el tema?
RESP. –De momento ya hemos hablado suficiente de metafísica. Ocupémonos del
doble en su etapa terrenal. ¿Qué le interesaría saber?
PREG. –En todos los países del mundo se cree, de un modo u otro, en el doble o
doppelgänger. Su forma mas simple es la aparición del fantasma de un hombre a su
amigo más querido en el momento después de fallecer o en el instante mismo de la
muerte. ¿Es esta aparición el Mâyâvi–rûpa?
RESP. –Sí, pues es producto del pensamiento del moribundo.
PREG. –¿Es inconsciente?
RESP. –Es inconsciente hasta el punto de que el moribundo generalmente lo produce
sin saberlo, y ni siquiera es conciente de que aparezca así. A continuación exponemos lo
que sucede. Si él, en el momento de la muerte, piensa intensamente en la persona que
ansiosamente quiere ver o que más ama, se le aparecerá a ésta. El pensamiento se hace
objetivo, y el doble o la sombra del hombre no es más que una fiel reproducción de él
mismo, como una imagen reflejada en un espejo: lo que el hombre hace, aun
mentalmente, es lo que repite el doble. Es por esto que los fantasmas suelen ser vistos
en tales casos con la ropa que vestían en ese momento particular, y la imagen reproduce
incluso la expresión del rostro del difunto. Si se viera el doble de un hombre tomando
un baño, parecería estar inmerso en agua; así, cuando un hombre que ha perecido
ahogado se le aparece a su amigo, se verá su imagen chorreando agua.
La causa de la aparición puede ser también inversa. La persona moribunda puede no
estar pensando en absoluto en la persona a la que se le aparece su imagen, sino que es
esta última quien puede ser susceptible de que esto ocurra. O quizás porque su
simpatía o su odio hacia el individuo cuyo fantasma ha sido así evocado es muy intenso
física y psíquicamente. Y en este caso ha sido creada la aparición por el pensamiento y
depende de la intensidad del mismo. Lo que sucede es esto. Llamemos al hombre que
está a punto de morir “A”, y al que ve el doble, “B”. Debido al amor, al odio, o al miedo,
tiene este último tan profundamente impresa la imagen de “A” en su memoria psíquica,
que se establece una verdadera atracción o repulsión magnética entre los dos, tanto si
uno de los dos lo sabe y lo siente, como si no. Cuando “A” muere, el sexto sentido o la
inteligencia espiritual psíquica del hombre interno en “B” se da cuenta del cambio
sufrido por “A”, y en el acto informa a los sentidos físicos, proyectando ante sus ojos la
forma de “A” tal como era en el momento de ese gran cambio. Lo mismo sucede cuando
el moribundo anhela ver a alguien: su pensamiento telegrafía a su amigo, conciente o
inconscientemente, mediante el cable de la simpatía, y se hace objetivo. Esto es lo que
la «Spookical» Research Society llamaría pomposamente –pero sin embargo de manera
confusa– “impacto telepático”.
PREG. –Esto se aplica a la forma más simple de la aparición del doble. Pero ¿qué pasa
en los casos en que el doble hace lo contrario de los sentimientos y deseos del hombre?
RESP. –Esto es imposible. El doble no puede aparecer a menos que el motivo de su
aparición haya impactado la mente de la persona (a quien pertenece el doble), esté esta
persona recién muerta, o viva, con buena o mala salud. Si se detiene el pensamiento un
segundo –espacio de tiempo suficientemente largo para darle forma– antes de pasar a
otras imágenes mentales, este único segundo es suficiente para concretar su
personalidad en las ondas astrales, como lo es para un rostro impresionarse por sí
mismo sobre la placa sensible de una cámara fotográfica. Nada impide que su forma sea
entonces apresada por fuerzas circundantes –como una hoja seca caída de un árbol es
cogida y llevada lejos por el viento– para caricaturizar y distorsionar su pensamiento.
PREG. –¿Y si el doble expresa con palabras concretas un pensamiento desagradable
para la persona, y lo expresa por ejemplo a un amigo que vive lejos, quizás en otro
continente? He conocido casos de este tipo.
RESP. –Eso sucede entonces porque la imagen creada es cogida y usada por un
“cascarón”120. Es justamente lo que sucede en las sesiones espiritistas cuando
“imágenes” del muerto –que pueden estar ligadas inconscientemente en la memoria o
incluso en las auras de las personas presentes– son captadas y materializadas por los
elementales o sombras elementarias, siendo estas imágenes visibles para los presentes
e incluso obligadas a actuar bajo el mandato de una voluntad más fuerte, en este caso la
de las muchas y diferentes personas reunidas en el salón. En el caso que usted cita debe
existir además un vínculo de unión, (un “cable telegráfico”) entre las dos personas, un
punto de simpatía psíquica, y sobre éste viajará el pensamiento instantáneamente.
Naturalmente en cualquier caso debe haber una buena razón para que ese pensamiento
en particular tome aquella dirección; debe estar relacionado de alguna manera con la
otra persona, pues de otro modo tales apariciones serían hechos comunes y cotidianos.
PREG. –Esto parece muy simple ¿Por qué sucede entonces sólo con personas
excepcionales?
RESP. –Porque el poder plástico de la imaginación es mucho más fuerte en unas
personas que en otras. La mente es dual en su potencialidad: es física y metafísica. La
parte superior de la mente está asociada con el alma espiritual o Buddhi; la inferior, con
el alma animal, el principio Kâma. Hay personas que no piensan nunca con las facultades
120 También llamado “elementario” o “espectro”. Son los cadáveres astrales de los muertos, que tarde o
temprano se descompondrán en sus elementos constituyentes. En condiciones normales no tienen
conciencia propia; pero pueden recibir vitalidad del médium, o ser utilizados a modo de máscaras por
algún espíritu elemental de la Naturaleza. Ver Glosario Teosófico
.
superiores de su mente; aquellos que si lo hacen son minoría, y están por tanto de
alguna manera más allá –si no por encima– del común de la Humanidad. Incluso sobre
cuestiones comunes ellos pensarán en aquel plano más alto. La idiosincrasia de una
persona determina en qué “principio” de la mente se estaba desarrollando el
pensamiento, así como las facultades de una vida anterior y algunas veces las herencias
físicas. Por eso es tan difícil para un materialista –cuya porción metafísica de la mente
está casi atrofiada– elevarse por sí mismo; o para alguien que tiene por naturaleza
inclinaciones espirituales, descender al nivel concreto del pensamiento vulgar. El
optimismo y el pesimismo dependen en gran medida de ello.
PREG. –Pero, ¿puede desarrollarse el hábito de pensar con la Mente superior? Pues si
no, no habría esperanza para personas que desean cambiar sus vidas y evolucionar.
RESP. –Ciertamente puede ser desarrollado; pero sólo con gran dificultad, con una
firme determinación y a través de mucho sacrificio. Sin embargo, es relativamente fácil
para los que han nacido con ese don. ¿Por qué hay personas que ven poesía en una col o
en un cerdo con sus crías, mientras que otros, que sólo perciben los aspectos más bajos
y materiales de las cosas más elevadas, se reirán de la música de las esferas y
ridiculizarán las más sublimes concepciones y filosofías? La diferencia radica
simplemente en el poder innato de la mente de pensar en un plano superior o inferior,
con el astral (en el sentido en que usa esa palabra Saint Martin)121 o con la mente física.
El tener una gran capacidad intelectual frecuentemente no beneficia, sino más bien es
impedimento hacia lo espiritual y su recta comprensión. Ved si no a los grandes
hombres de ciencia. Debemos más bien apiadarnos de ellos que culparlos.
PREG. –¿Pero cómo es que la persona que piensa en el plano superior produce
imágenes y formas objetivas más perfectas y poderosas en su pensamiento?
RESP. –No sólo esa “persona”, sino todas aquellas que son generalmente sensibles. La
persona dotada de esta facultad de pensar, –por virtud de ese don que posee– tiene un
poder plástico formativo desde ese plano superior del pensamiento, por decirlo de
alguna manera, en su misma imaginación, incluso sobre los asuntos más insignificantes.
Sea cual sea el tema de su pensamiento, éste será sumamente más intenso que el de
una persona normal y, por esta misma intensidad, obtendrá el poder de crear. La ciencia
ha establecido el hecho de que el pensamiento es una energía. Esta energía perturba
con su acción los átomos de la atmósfera astral que existen alrededor de nosotros. Ya
lo dije antes: los rayos del pensamiento tienen la misma potencia para producir formas
en la atmósfera astral que los rayos del Sol con respecto a una lente. Así, cada
pensamiento producido con la energía del cerebro crea, queriendo o sin querer, una
forma.
PREG. –¿Es esta forma absolutamente inconsciente?
121 Luis Claudio de Saint Martin (1743–1803). Ver en Glosario Teosófico, la palabra “Martinistas”.
RESP. –Totalmente inconsciente, a menos que sea creada por un Adepto que tenga el
propósito preconcebido de darle conciencia, o mejor dicho, de enviar junto a ella lo
suficiente de su propia voluntad e inteligencia como para hacer que parezca conciente.
Esto debería hacernos más prudentes con respecto a nuestros pensamientos.
Pero la gran diferencia que existe, en esta materia, entre el Adepto y el hombre común
está en la mente. El Adepto puede usar a voluntad su Mâyâvi–rûpa, pero el hombre
normal no, salvo en casos muy raros. Se le llama Mâyâvi–rûpa porque es una forma
ilusoria creada para usarse en un caso determinado, y tiene en sí lo bastante de la
mente del Adepto como para conseguir el propósito para el que fue fabricado. El
hombre común solamente crea una imagen de pensamiento cuyas propiedades y
poderes son al mismo tiempo totalmente desconocidos para él.
PREG. –¿Puede decirse entonces que la forma de un Adepto que aparece a distancia de
su cuerpo, como por ejemplo Ram Lal en Mr. Isaacs, es simplemente una imagen?
RESP. –Exactamente. Es un pensamiento ambulante.
PREG. –Y en tal caso, un Adepto puede aparecerse en varios sitios casi
simultáneamente.
RESP. –Puede hacerlo. Justo como Apolonio de Tyana, que fue visto simultáneamente
en dos lugares a la vez mientras su cuerpo estaba en Roma. Pero debe entenderse que
ni siquiera el astral del Adepto está completamente presente en cada aparición.
PREG. –¿Es entonces muy necesario que las personas que posean imaginación y
poderes psíquicos en algún grado controlen sus pensamientos?
RESP. –Ciertamente, pues cada pensamiento tiene una forma que adopta la
apariencia del hombre ocupado en la acción que pensó. Si fuese de otra manera, ¿cómo
podrían ver los clarividentes en el aura de una persona el pasado y el futuro de ésta? Lo
que ellos ven es un panorama pasajero de la persona, que aparece representada por sus
propios pensamientos realizando las acciones que pensó.
Usted me preguntaba si somos castigados a causa de nuestros pensamientos. No por
todos, ya que algunos abortaron; pero sí a causa de aquellos otros que llamamos
pensamientos “mudos” y que sin embargo están en potencia. Tomemos un caso
extremo: por ejemplo, una persona tan perversa que desea la muerte de otra, a menos
que quien desee ese mal sea un dugpa, un alto adepto de Magia Negra, en cuyo caso se
demora el karma, entonces, tal deseo sólo vuelve para producir frutos amargos.
PREG. –Pero suponiendo que el que desea el mal tenga una voluntad muy fuerte, sin
ser un dugpa, ¿puede conseguir la muerte de otra persona?
RESP. –Sólo si esa persona maliciosa tiene el “mal de ojo”, lo cual significa
simplemente poseer un enorme poder plástico de la imaginación trabajando
involuntariamente, y que es empleado de manera inconsciente para malos fines. Pero,
¿qué es el poder del mal de ojo? Simplemente un gran poder plástico del pensamiento,
pero tan grande como para producir una corriente impregnada con todo tipo de
desgracias y accidentes en potencia, que se inyecta o se prende por sí misma a cualquier
persona que entra dentro de él. Un jettatore –alguien que posee el mal de ojo– no
necesita siquiera ser imaginativo ni tener malas intenciones o deseos. Puede ser
simplemente una persona que sea aficionada a presenciar o leer sobre escenas de
violencia, tales como asesinatos, ejecuciones, accidentes, etc.; puede que ni siquiera esté
pensando en ninguna de estas cosas en el momento en que su ojo encuentra a su futura
víctima. Pero las corrientes han sido producidas y existen en su rayo visual, listas a
entrar en acción en el instante en que encuentren terreno adecuado para ello, como una
semilla caída a la vera de un camino, dispuesta para brotar en la primera ocasión.
PREG. –Pero, ¿y los pensamientos que usted llama “mudos”? ¿Producen malos
resultados en nosotros tales deseos o pensamientos?
RESP. –Sí, de la misma manera que una pelota que no logra penetrar en un objeto
rebota contra el que la lanzó. Esto les sucede inclusive a algunos dugpas o hechiceros
que no son suficientemente fuertes o no siguen las normas –pues también ellos tienen
reglas a las que se han de someter–; pero no les ocurre a los verdaderos “magos negros”,
ya completamente desarrollados, pues estos tienen el poder de conseguir lo que
desean.
PREG. –Ya que usted habla de normas, quisiera terminar esta charla preguntándole lo
que quiere saber todo aquel que tiene algún interés por el Ocultismo. ¿Qué indicación
principal e importante les daría a quienes teniendo estos poderes quieren controlarlos
correctamente, para de verdad entrar en el Ocultismo?
RESP. –El primer y más importante paso que se da en Ocultismo es aprender a
adaptar los propios pensamientos e ideas a la potencia creadora de uno mismo.
PREG. –¿Por qué es esto tan importante?
RESP. –Porque de otra manera está usted creando cosas que pueden generar mal
karma. Nadie debería practicar el Ocultismo, ni siquiera superficialmente, antes de
conocer a la perfección sus propios poderes y saber cómo aplicarlos en sus acciones. Y
esto se puede lograr sólo mediante un estudio profundo de la filosofía del Ocultismo
antes de entrar en la preparación práctica. De otra forma, con toda seguridad… caerá
en la Magia Negra.
*
CONSTITUCIÓN DEL HOMBRE INTERIOR
Es ciertamente difícil, y como dice usted “un acertijo”, entender correctamente y
distinguir entre los varios aspectos, llamados por nosotros principios122, del
verdadero Ego. Y además de esto, existe una notable diferencia entre las varias
escuelas de Orientalismo a la hora de enumerar esos principios, aunque en el fondo
todas esas escuelas sigan y reconozcan idénticas enseñanzas de base.
PREG. –¿Está usted pensando en los vedantinos? Creo que ellos dividen nuestros
principios en cinco solamente.
RESP. –En efecto, aunque yo no presumiría hasta el punto de discutir el tema con un
entendido en la Vedânta, sin embargo puedo decirle que mi opinión personal es que
tienen sus razones para dividirlos así. Para ellos, sólo puede llamarse Hombre a ese
conjunto espiritual –agregado– que consta de varios aspectos mentales, considerando
al cuerpo físico como algo inferior, despreciable, mera ilusión.
Pero no es la Vedânta la única filosofía que deduce de esta manera. Lao–Tze, en el
Tâo–the–King, menciona sólo cinco principios, porque él, como los vedantinos, omite
incluir dos de ellos: el espíritu (Âtma) y el cuerpo físico, yendo aún más allá al llamar a
este último “el cadáver”. También tenemos a la escuela Târaka Râja Yoga123 cuyas
enseñanzas reconocen solamente tres principios. Pero en realidad, su Sthûlopâdhi –o
cuerpo físico en el jâgrat o estado de despertar conciencial–, su Sthûlopâdhi –el mismo
122 Son los elementos originales que dan lugar a todo lo manifestado. Término utilizado para designar los
siete aspectos fundamentales de la Realidad Única Universal en el Cosmos y en el hombre. En el ser
humano igualmente existen estos aspectos: divino, espiritual, psíquico, astral, fisiológico y simplemente
físico. Cada principio humano tiene correlación con un plano, un planeta y una raza. En la constitución
septenaria del hombre, no deben considerarse los diversos principios como entidades separadas entre sí
–como envolturas concéntricas y sobrepuestas a la manera de las diferentes capas de una cebolla– sino al
contrario, como puntos unidos, entremezclados en cierto modo, pero independientes uno de otro, que
conserva un estado esencial y vibratorio distinto. Ver Glosario Teosófico.
123 Escuela de adiestramiento estrictamente intelectual y espiritual, uno de los sistemas de yoga
brahmánicos para el desarrollo del conocimiento y los poderes internos del ser humano que conducen al
Nirvana.
Todo adepto hindú, ya sea de las escuelas de Patanjali, de Aryâsangha o de Mahâyâna, tiene que
convertirse en un Râja yogui, y por lo tanto debe aceptar la división brahamánica de la Târaka Râja, la
escuela más filosófica y de hecho la más secreta de todas, puesto que sus verdaderas enseñanzas jamás se
han revelado públicamente. Ver Glosario Teosófico.

cuerpo en svapna o estado de sueño–, y su Kâranopâdhi o “cuerpo causal” –aquello que
pasa de una encarnación a otra–, son todos principios duales en sus aspectos, resultando
por ello seis. Agregue a esto Âtma, el principio divino impersonal o elemento inmortal
en el Hombre, imposible de distinguir del Espíritu Universal, y tendrá entonces los
mismos siete principios, como en la división esotérica.
PREG. –Esto se asemeja en grado sumo a la división hecha por los místicos cristianos:
cuerpo, alma y espíritu.
RESP. –Justamente lo mismo. Podemos fácilmente hacer del cuerpo el vehículo del
doble vital; y de este último, el vehículo de vida o Prâna; de Kâma–Rûpa o alma (animal),
el vehículo de la mente superior y de la inferior; y ver seis principios en todo ello,
coronando el conjunto con el Espíritu uno e inmortal. En Ocultismo, cada variación de
importancia en nuestro estado de conciencia pone al hombre en posesión de un nuevo
aspecto, y si ese aspecto prevalece y pasa a ser parte del Ego que vive y actúa, recibe un
nombre especial que distingue al hombre, que está en tal estado particular, del que él
mismo era en su estado anterior.
PREG. –Eso es precisamente lo que resulta difícil de entender.
RESP. –A mí me parece por el contrario muy fácil, siempre y cuando usted comprenda
la idea principal: que el hombre actúa en este o en otro plano de conciencia como
reflejo de su condición mental y espiritual. Pero tal es el materialismo de la época en
que vivimos que, cuanto más lo explicamos, menos parece entenderse. Divida a la
criatura terrestre llamada hombre en tres aspectos principales, si así lo prefiere; pues no
se le puede otorgar menos sin convertirlo en un simple animal. Tome este cuerpo
objetivo; después, el principio del sentimiento en él, que es sólo un poco más elevado
que la característica instintiva en los animales, o alma vital elemental; y aquello que lo
coloca más allá y más arriba que el animal, es decir, su alma razonadora o “espíritu”. Si
usted toma estos tres grupos o entidades representativas y las subdivide de acuerdo a
las enseñanzas ocultas, ¿qué obtendrá?
Primeramente, un Espíritu (en el sentido de lo Absoluto, y por lo tanto invisible, el
Todo) o Âtma. Como éste no puede ser ni localizado ni condicionado en Filosofía
–siendo simplemente aquello que Es, en la Eternidad–, y como el Todo no puede estar
ausente ni siquiera del más pequeño punto geométrico o matemático del universo
material o substancia, no debería en verdad llamárselo principio “humano”. En todo
caso, y a lo sumo, es ese punto en el Espacio metafísico ocupado por la Mónada humana
y su vehículo “hombre” durante el período de cada vida. Este punto es tan imaginario
como el hombre mismo, y en realidad es una ilusión, es mâyâ. Pero entendamos que
para nosotros, como para otros Egos personales, somos una realidad durante esa ilusión
llamada “vida”, y debemos tomarnos en cuenta a nosotros mismos –para nuestro propio
interés al menos, si nadie más lo hace–.
Con idea de hacer este principio más comprensible al intelecto humano, cuando se
intenta por primera vez el estudio del Ocultismo, y para resolver “el A B C” de los
misterios del hombre, diremos que en Ocultismo se le llama séptimo principio, la
síntesis de seis, y se le da por vehículo el alma espiritual, Buddhi. Este último encierra un
misterio no desvelado a persona alguna, con excepción de los chelas124 de entrega
irrevocable, es decir, aquéllos en los que se puede confiar con seguridad. Por supuesto
que habría menos confusión si fuera posible divulgar tal secreto; pero como éste está
directamente relacionado con el poder de proyectar el propio doble de manera
conciente y a voluntad, y como ese don –a semejanza del “anillo de Giges”125 – sería
fatal para la mayoría de los hombres en general y para el que poseyera la facultad en
particular, el secreto es celosamente guardado. Sólo los Adeptos que han sido tentados
y que han sabido superar todo deseo, han recibido la “llave del misterio”… Pero
evitemos las cuestiones paralelas y concentrémonos en los principios. Este alma divina o
Buddhi es, pues, el vehículo del Espíritu. Conjuntamente ambos son uno, impersonal y
sin atributos (en este plano, por supuesto), y constituyen dos principios espirituales.
Pasemos ahora al alma humana (Manas, la mens); todos coincidirán en que la
inteligencia humana es dual. Por ejemplo, un hombre de elevados pensamientos
difícilmente podrá convertirse en hombre de pocas luces; el hombre muy intelectual y
con una mente espiritualizada está ciertamente separado por un abismo del hombre
obtuso, aburrido, opaco y materialista, por no decir del hombre con inteligencia de
animal. ¿Por qué entonces no representar a estos hombres con dos principios, o dos
aspectos? Todo hombre tiene estos dos principios en él, uno más activo que el otro, y
en raros casos uno de ellos está por entero detenido en su crecimiento, como
paralizado por la vehemencia y predominio del otro aspecto durante toda la vida del
hombre. Estos son los que nosotros llamamos los dos principios o aspectos de Manas: la
mente superior y la mente terrenal o superficial. La primera, o Ego conciente y pensante
que apunta al alma espiritual (Buddhi); el segundo es el principio instintivo atraído hacia
Kâma, asiento de los deseos y pasiones animales en el hombre. Por tanto, tenemos ya
cuatro principios justificados. Y los últimos tres serían: el doble que designamos como
alma plástica o proteica126, el vehículo del principio de vida, y el cuerpo físico.
124 En sánscrito significa literalmente “niño”. Discípulo de un guru (maestro o sabio). En el texto se utiliza
chela como discípulo ya aceptado para el estudio del Ocultismo. Ver Glosario Teosófico.
125El “anillo de Giges” es un mito conocido de la literatura europea. Platón en La República (libro II) nos
relata la leyenda de cómo Giges encontró el anillo de un modo providencial, y a partir de ese momento
pudo disponer de la facultad de hacerse invisible cuando giraba la piedra engarzada hacia el interior de su
mano. Con este nuevo poder llegó al palacio, corrompió a la reina, y con su auxilio se deshizo del rey y se
apoderó del trono de Lidia. Ibídem.
126 Es decir, que puede cambiar fácilmente de forma. Con este nombre se designa al Mâyâvi–Rûpa, la
“forma ilusoria” que toma sus elementos del astral y del mental inferior. Ver Glosario Teosófico.
Por supuesto, ningún fisiólogo ni biólogo aceptará estos principios, ni entenderá nada
de ellos. Y ésta es, quizás, la razón por la cual aún en nuestros días no se comprenden
bien las funciones del bazo, vehículo físico del doble proteico, o las funciones de cierto
órgano de la parte derecha del hombre, asiento de los deseos antes mencionados; ni
nada se sabe de la glándula pineal, descrita como glándula en forma de cuerno con un
poco de arena dentro, pero que es la llave que abre la más elevada y divina conciencia
en el hombre, su mente omnipotente, espiritual y que todo lo abarca. Este apéndice,
aparentemente inútil, es el péndulo que, una vez se haya dado cuerda al mecanismo de
relojería del hombre interior, lleva la visión espiritual del Ego a los más altos planos de
percepción, donde el horizonte que se abre ante él es casi infinito...
PREG. –Pero los científicos materialistas aseguran que después de la muerte del
hombre todo desaparece, que el cuerpo humano simplemente se desintegra en sus
elementos componentes, y que lo que llamamos alma es meramente una conciencia
temporal de nosotros mismos, producto secundario de la acción orgánica, que se diluirá
como vapor. ¿No es el de ellos un extraño estado de la mente?
RESP. –Nada extraño, en mi opinión. Si ellos dicen que la conciencia de uno mismo
cesa con el cuerpo, entonces en “su” caso simplemente pronuncian una inconsciente
profecía. Porque desde el momento en que están firmemente convencidos de lo que
dicen, no hay ninguna conciencia posible para ellos después de la vida.
PREG. –Pero si la conciencia humana propia sobrevive a la muerte como regla, ¿por qué
habrían de haber excepciones?
RESP. –Dado que las leyes fundamentales del mundo espiritual son inmutables, no
hay excepción posible. Pero esas son reglas para aquellos que ven, y hay otras para
aquellos que prefieren permanecer ciegos.
PREG. –Ciertamente, según yo lo entiendo. Es la aberración del hombre ciego que niega
la existencia del Sol porque no lo ve. Pero después de la muerte, sus ojos espirituales
seguramente le obligarán a ver.
RESP. –No, no le obligarán ni verá nada. Habiendo negado tan persistentemente
durante su encarnación una vida después de la muerte, no será capaz de sentirla.
Habiendo impedido el crecimiento de sus sentidos espirituales, que no pueden
desarrollarse después de la muerte, permanecerá ciego.
Insistiendo en que “debe” ver, usted evidentemente da a entender una cosa, y yo otra.
Usted habla del espíritu desde el punto de vista del Espíritu, o de la llama desde la
Llama –de Âtma, en una palabra–, confundiéndolo con el alma humana –Manas–. Pero
no es esa la idea; permítame que me explique. La clave de su pregunta está en conocer
si es posible, en el caso de un materialista convencido, la pérdida completa de la propia
conciencia y la propia percepción después de la muerte; ¿no es así? Pues yo le digo que
es posible. Porque creyendo firmemente en nuestra doctrina esotérica, que se refiere al
período post–mortem o al intervalo entre dos vidas o nacimientos como un mero
estado transitorio, yo digo que aunque ese intervalo entre dos actos del drama ilusorio
de la vida dure un año o un millón, ese estado post–mortem puede, sin contradecir la ley
fundamental, llegar a ser justamente el mismo estado que el de un hombre que sufre un
síncope mortal.
PREG. –Pero desde el momento en que usted ha afirmado que las leyes fundamentales
del estado después de la muerte no admiten excepción, ¿como puede suceder esto?
RESP. –Insisto en que no admiten excepciones. Pero las leyes espirituales de
continuidad se aplican sólo a cosas que son verdaderamente reales. Para alguien que
haya leído y entendido el Mândûkya Upanishad y la Vedânta–Sâra, todo esto está muy
claro. Y más aún: es suficiente entender qué significado damos al término Buddhi e
insistir sobre la dualidad de Manas, para tener una idea muy clara de por qué los
materialistas pueden no tener continuidad de conciencia propia después de la muerte.
Precisamente porque Manas, en su aspecto inferior, es el asiento de la mente terrenal, y
por esta razón puede dar una percepción del Universo sólo basada en lo que son
evidencias para esa mente, y no basadas en nuestra espiritual visión.
Se dice en nuestra escuela esotérica que entre Buddhi y Manas, o Ishvara y Prajñâ 127,
no hay en realidad más diferencia que la que existe “entre un bosque y sus árboles, un
lago y sus aguas”, como nos enseña el Mândukya. Uno o cientos de árboles muertos por
pérdida de vitalidad, o arrancados de raíz, no son capaces de hacer que el bosque deje
de ser bosque. La destrucción o muerte post–mortem de una personalidad, dentro de
una larga serie, no causará el menor cambio en el Ego espiritual, que seguirá siendo el
mismo Ego. La única diferencia consiste en que en lugar de pasar sus experiencias en el
Devachan 128 tendrá una reencarnación inmediata.
PREG. –Entonces, si le he entendido bien, Ego–Buddhi representa en esta comparación
el bosque, y las mentes personales los árboles. Si Buddhi es inmortal, ¿cómo puede
aquello que es similar a él, es decir, Manas–taijasi 129, perder enteramente su conciencia
hasta el día de su nueva encarnación ? Esto es lo que no puedo entender.
RESP. –No lo puede entender porque usted confunde una representación abstracta
del todo con sus cambios casuales de forma; y porque usted confunde Manas–taijasi, el
127 Ishvara es la conciencia colectiva de la deidad manifestada, Brahmâ, es decir, la conciencia colectiva de
la hueste de Dhyâni Chohans. Y Prajñâ es su sabiduría individual.
128 Término sánscrito que significa “morada resplandeciente” o “mansión de los Dioses”. Equivale al
Svarga de los indos, al Sukkâvati de los budistas, al Cielo o Paraíso de los zoroastrianos, cristianos y
musulmanes. Es un estado por el que pasa el Ego entre dos vidas terrestres. Ver Glosario Teosófico.
129 Taijasi significa “lo radiante”, como consecuencia de la unión de Manas con Buddhi; lo humano
iluminado por la radiación del alma divina. Y Manas–taijasi puede ser descrita como “mente radiante”, la
razón humana encendida por la luz del espíritu; puesto que Buddhi–Manas es la representación de lo
divino más el intelecto humano y la propia conciencia.
alma iluminada por Buddhi, con el alma humana animalizada. Recuerde que si bien
puede decirse que Buddhi es incondicionalmente inmortal, no puede esto afirmarse
respecto de Manas, y menos aún de taijasi, que es un atributo. No puede existir
conciencia post–mortem o Manas–taijasi separada de Buddhi, el alma divina; Manas, en
su aspecto inferior, es sólo un atributo cualitativo de la personalidad terrestre, y taijasi
es el mismo Manas sólo que con la luz de Buddhi reflejada en él. Buddhi, a su vez,
permanecería sólo como un espíritu impersonal si careciera de este elemento tomado
del alma humana (que es quien condiciona y hace aparecer a Buddhi, en este universo
engañoso, como si fuera algo separado del Alma Universal durante el período completo
del ciclo de encarnación).
Más bien debemos decir que Buddhi–Manas no puede ni morir ni perder su propia
conciencia de eternidad (que es uno de sus componentes), ni tampoco el recuerdo de
sus anteriores encarnaciones, en las cuales las almas espiritual y humana han estado
fuertemente ligadas la una a la otra. Pero no es así en el caso de un materialista, cuya
alma humana no sólo no recibe nada de su alma divina, sino que además se niega a
reconocer su existencia. Difícilmente podrá usted aplicar esta ley a los atributos y
calificaciones del alma humana; sería lo mismo decir que como su alma divina es
inmortal, la viveza en sus mejillas también lo es... Tal viveza, como taijasi –o radiación
espiritual–, es simplemente un fenómeno transitorio.
PREG.–¿Debo entender que usted ha dicho que no debemos confundir en nuestra
mente lo nouménico 130 con lo fenoménico, la causa con su efecto?
RESP. –Eso digo y repito; limitada a Manas, o sólo al alma humana, la radiación de
taijasi misma es sólo cuestión de tiempo. Porque tanto la inmortalidad como la
conciencia después de la muerte son simples atributos condicionados por la
personalidad terrenal del hombre; ambas dependen enteramente de condiciones y
creencias creadas por el alma humana misma durante la vida de su cuerpo. El Karma
actúa incesantemente131 sólo cosechamos después de la muerte los frutos de aquello
que nosotros mismos hemos sembrado, o más bien creado, en nuestra existencia
terrestre.
130 Según Platón, la realidad metafísica y esencial de las cosas. Ver Glosario Teosófico.
131 O de otra manera: “la rueda de la Ley muele de día y muele de noche”. Karma es un término sánscrito
que define la Ley de Acción y Reacción, en virtud de la cual toda energía emitida, sea del tipo que sea
(física, psíquica, mental…), produce una reacción que puede manifestarse instantáneamente, en un corto
espacio de tiempo o después de transcurrir un período muy largo. Ibídem.

PREG. –Pero si después de la destrucción de mi cuerpo, mi Ego puede sumergirse en un
estado de completa inconciencia, ¿cómo Puede manifestarse el castigo por los pecados
de mi vida pasada 132?
RESP. –Nuestra filosofía enseña que la expiación kármica alcanza al Ego sólo en su
próxima encarnación. Después de la muerte, el Ego sólo recibe recompensa por los
sufrimientos inmerecidos que soportó durante su inmediata existencia anterior133. Para
los materialistas, todo el castigo después de la muerte consiste entonces en la ausencia
de recompensa alguna y en la completa pérdida de conciencia de la dicha y el descanso.
El Karma es hijo del Ego terrenal, fruto de las acciones del árbol conformado por la
personalidad objetiva y visible, al igual que fruto de todos los pensamientos e incluso
intenciones del Yo espiritual. Pero el Karma es también la cariñosa madre que cura las
heridas por ella misma causadas durante la vida anterior, antes de comenzar a “torturar”
a este Ego produciendo sobre él nuevas heridas.
Si bien puede decirse que no hay sufrimiento mental o físico en la vida de un mortal,
que no sea fruto y consecuencia de algún pecado en esta vida o en la anterior (dado que
este mortal no recuerda causa alguna provocada en esta vida, y por lo tanto cree que no
merece tal castigo y está sinceramente convencido de que sufre por una culpa que no es
propia), esto es por sí suficiente para garantizar al alma humana la más completa de las
consolaciones, bienaventuranza y descanso en su existencia post–mortem. La muerte
llega entonces a nuestros “Yoes” espirituales como liberadora y amiga. Para el
materialista que, no obstante su materialismo, no fue un mal hombre, el intervalo entre
dos vidas será como el plácido e ininterrumpido dormir de un niño: o enteramente sin
sonar en cosa alguna, o con imágenes de las cuales no tendrá percepción definitiva. Para
el creyente, en cambio, será un sueño tan vívido, tan “real” como esta vida, lleno de
visiones y felicidad verdaderas. En lo que respecta al hombre malvado y cruel,
132Realmente las palabras “pecado” y “castigo” no responderían a lo que comúnmente hoy entendemos
por ambas. Si consideramos el Karma como la ley de retribución infalible, la acción kármica sería el ajuste
a los actos que, según su libre albedrío, realiza el hombre.
Sería semejante al de la rama de un árbol que se ha doblado con violencia; si la rama rebota con igual
violencia para recuperar su posición normal y fractura el brazo de quien así la dobló, ¿diremos que fue la
rama la que rompió el brazo, o que la propia imprudencia de quien lo hizo le ha acarreado esta desgracia?
Ver Glosario Teosófico.
133Al respecto, algunos estudiosos han manifestado sus reservas, pero esa es la instrucción de los
Maestros; y el sentido dado a la palabra “inmerecidos” es el arriba señalado. La idea esencial es que los
hombres a menudo sufren los efectos de acciones provocadas por otros hombres, efectos que no
pertenecen estrictamente a su propio karma, sino al de otra gente; y por tales sufrimientos merecen, por
supuesto, una compensación. Si bien es cierto que nada de lo que nos ocurre puede ser otra cosa que
Karma (efecto directo o indirecto de una causa), sería un gran error pensar que todo bien o mal que cae
sobre nosotros es debido solamente a nuestro propio karma personal.
materialista o no, renacerá inmediatamente y sufrirá su infierno en la Tierra, aunque
entrar en el Avîchi 134 es algo que ocurre rara y excepcionalmente.
PREG. –Hasta donde yo recuerdo, las encarnaciones periódicas de Sûtrâtma 135 son
comparadas en algunos Upanishads con la vida de un mortal, que oscila entre el dormir y
la vigilia. Esto no me resulta muy claro, y le diré por qué. Para el hombre que despierta,
un nuevo día comienza; pero el hombre es el mismo en cuerpo y alma que fue el día
anterior, mientras que en cada nueva encarnación tiene lugar un cambio completo no
sólo en su envoltura externa, sexo y personalidad, sino también en sus capacidades
mental y psíquica. Por tanto, esta similitud no la considero del todo correcta. El hombre
que se levanta de dormir recuerda claramente qué ha realizado el día de ayer, el anterior,
y aun meses y años atrás. Pero ninguno de nosotros tiene el menor recuerdo de una vida
anterior, ni de ningún hecho ni evento que le concierna… Puedo olvidar por la mañana lo
que he estado soñando durante la noche, pero sé que estuve durmiendo y tengo la
certeza de que estuve vivo mientras lo hacía. Y sin embargo, ¿qué recuerdos tengo de mi
pasada encarnación? ¿Cómo reconcilia usted todo esto?
RESP. –Alguna gente sí recuerda sus pasadas encarnaciones. Es lo que los Arhats 136
llaman Samma–Sambuddha –o conocimiento de todas sus encarnaciones pasadas–.
PREG. –Pero ¿nos cabe a nosotros esperar que los mortales ordinarios que no han
alcanzado Samma–Sambuddha comprendan la mencionada similitud?
RESP. –Comprenderán la similitud estudiándola y tratando de entender de manera
más correcta las características de los tres estados del dormir. El dormir es una ley
general e inmutable tanto para el hombre como para el animal, pero hay diferentes
estados en el acto de dormir, y –aún más– diferentes sueños y visiones.
PREG. –Cierto; pero esto nos aleja de nuestro tema. Retornemos al materialista que,
aunque no niegue los sueños, cosa que difícilmente puede hacer, así y todo niega la
inmortalidad en general y la supervivencia de su propia individualidad en especial.
134 Literalmente significa “infierno no interrumpido”. Lugar donde “los culpables mueren y renacen sin
interrupción, aunque no sin esperanza de redención final”. Es un estado al que son condenados, en este
plano físico, algunos hombres desalmados. Ver Glosario Teosófico.
135 Nuestro principio inmortal, aquel que reencarna, junto con los recuerdos manásicos de vidas
anteriores constituyen lo que se llama Sûtrâtmâ, que literalmente significa “Hilo del Alma”.
Porque como
perlas atravesadas por una hebra, son la larga serie de vidas humanas (todas unidas por ese hilo único).
Manas debe transformarse en taijasi, el radiante, antes de que pueda colgar en el Sûtrâtmâ como una
perla en su hilo, y así tener total y absoluta percepción de sí mismo en la Eternidad. Como ya se dijo, una
gran atención a la mente terrenal del alma humana hace que esta radiación se pierda por completo.
136 Término sánscrito que literalmente significa: “que merece honores divinos”. El Arhat es aquel que ha
entrado en el supremo Sendero, librándose así del renacimiento. Ver Glosario Teosófico.
RESP. –Y el materialista está en lo correcto, aunque sea por una vez. Puesto que para
aquel que no tiene percepción interior ni fe, no hay inmortalidad posible. Para vivir una
vida conciente en el otro mundo, primeramente debe creer uno en esa vida durante la
presente existencia terrenal. Toda la filosofía referente a la conciencia post–mortem y
la inmortalidad del alma, descansa en estos dos aforismos de la Ciencia Secreta. El Ego
siempre recibe de acuerdo a sus méritos. Después de la disolución del cuerpo, comienza
para el Ego un período de total y clara conciencia, o un estado de sueños caóticos, o un
liso y llano dormir sin sueños, imposibles de distinguir del aniquilamiento. Y estos son
los tres estados de conciencia.
Nuestros fisiólogos encuentran la causa de los sueños y visiones en una inconsciente
preparación para ello durante las horas de vigilia; ¿por qué no aceptar lo mismo para los
sueños post–mortem? Repito: la muerte es un dormir. Después de la muerte comienza,
ante los ojos espirituales del alma, una representación de acuerdo a programas
aprendidos y muchas veces compuestos inconscientemente por nosotros mismos; es la
representación práctica de creencias correctas o de ilusiones que han sido creadas por
nosotros mismos. Un metodista será metodista, un musulmán será musulmán; pero
todo esto es sólo por un tiempo –un perfecto paraíso de tontos, de creación propia y a
la medida de cada hombre–. Estos son los frutos post–mortem del árbol de la vida.
Naturalmente, nuestra negación o creencia en el hecho de la inmortalidad conciente es
incapaz de influir en la realidad incondicional del hecho en sí mismo, desde el momento
que existe. Pero la negación o creencia en esa inmortalidad –como la continuación o
aniquilación de entidades separadas– no puede dejar de “dar color” al hecho, en su
aplicación a cada una de esas entidades. ¿Comienza usted a entenderlo ahora?
PREG. –Pienso que sí. El materialista, negando toda cosa que no pueda ser probada por
medio de sus cinco sentidos o por razonamiento científico, y rechazando toda
manifestación espiritual, acepta la vida como la única existencia conciente. De ahí que,
de acuerdo a sus creencias, así será para él. Perderá su ego personal y se hundirá en un
descanso sin sueños ni visiones hasta un nuevo despertar, ¿no es así?
RESP. –Aproximadamente. Recuerde la enseñanza universal esotérica de los dos tipos
de existencia conciente: la terrenal y la espiritual. Esta última debe ser tenida como real,
partiendo de que se sitúa en la región de lo eterno, de lo que no cambia, la inmortal
causa de todo. Y por otro lado, el Ego encarnado se recubre con nuevas vestimentas
diferentes por completo a aquellas que llevó en la encarnación anterior, y en él todo
está destinado a cambiar de manera tan radical –salvo su prototipo espiritual– que no
quedará la menor huella de su existencia.
PREG. –¡Un momento!… ¿Puede la conciencia de mis egos terrestres extinguirse no sólo
por un tiempo, como la conciencia del materialista, sino en algún caso de manera tan
absoluta como para no dejar huella tras de sí?
RESP. –De acuerdo a las enseñanzas, de esa manera debe extinguirse en su totalidad;
todo, excepto aquel principio que habiéndose unido con la Mónada se ha transformado
por lo tanto en una esencia puramente espiritual e indestructible, uno con la Mónada
en la Eternidad. Pero en el caso de un materialista reincidente, en cuyo “yo” personal
jamás se ha reflejado Buddhi, ¿cómo puede este último llevar partícula alguna de esa
personalidad terrestre hacia el Infinito? Su “Yo” espiritual es inmortal; pero de su
presente “sí mismo” sólo puede llevar al mundo después de la muerte, a la dimensión
que se abre después de la vida, aquello que se ha hecho acreedor a la inmortalidad; es
decir, sólo el perfume de la flor que ha sido segada por la muerte.
PREG. –Bien, ¿pero qué ocurre con la flor, con el “yo” terrenal?
RESP. –La flor volverá al polvo porque del polvo viene, como todas las flores que
fueron y serán, que florecerán y morirán, y nuevamente florecerán en el regazo de la
madre, el Sûtrâtmâ, todas hijas de una misma raíz (Buddhi). Su “yo” presente, como
sabe, no es este cuerpo sentado frente a mí, ni tampoco es lo que yo llamaría
Manas–Sûtrâtmâ, sino Sûtrâtmâ–Buddhi.
PREG. –Pero todo esto no me explica por qué llama a la “vida después de la muerte”,
inmortal, infinita, y real; mientras que a la vida terrenal la caracteriza como un simple
fantasma o ilusión. Y no lo entiendo puesto que aun la vida post–mortem tiene límites,
aunque distintos a los de la vida terrenal.
RESP. –No hay duda al respecto. El Ego espiritual del hombre se mueve en la
Eternidad como un péndulo entre las horas de la vida y de la muerte. Pero si bien estas
horas, que marcan los períodos de vida terrenal y vida espiritual, son de limitada
duración –y si el número mismo de tales etapas dentro de la Eternidad entre descanso y
actividad (sueño y vigilia, ilusión y realidad) tiene su comienzo y su fin–, el “Peregrino”
espiritual es eterno. Por eso es que las horas de su vida post–mortem, son la única
realidad en nuestra concepción. Cuando abandona el cuerpo, se encuentra cara a cara
con la Verdad. Atrás quedan los mirages de su transitoria existencia en la Tierra durante
el período del peregrinaje llamado “ciclo de renacimientos”.
Ni estos intervalos, ni su limitación, le impiden al Ego, mientras se perfecciona a sí
mismo continuamente, seguir sin desviación alguna, aunque despacio y gradualmente,
el sendero hacia su transformación última (cuando, alcanzada ya su meta, se integra en
el Todo divino). Estos intervalos y etapas, lejos de retrasar, ayudan en el ascenso hacia el
resultado final. Aún más, se nos dice también que sin tales intervalos limitados, el Ego
divino nunca alcanzaría su meta final. Este Ego es el actor, y sus numerosas y variadas
encarnaciones son los papeles que representa. ¿Podríamos llamar a las representaciones
de un actor y a sus distintos vestuarios para cada papel “la individualidad” del actor
mismo? Bien, pues como ese actor, el Ego es forzado a representar durante el Ciclo de
Necesidad, hasta el umbral mismo de Para–nirvâna 137, una cantidad tal de personajes
que eso puede llegar a tener características “ingratas” para El.
De la misma manera que la abeja recolecta su miel de cada flor, dejando el resto
como alimento para los gusanos de la tierra, así hace nuestra individualidad espiritual,
sea que la llamemos Sûtrâtmâ o Ego. Toma de cada personalidad terrenal –en la cual el
Karma la fuerza a encarnar– sólo el néctar de las cualidades espirituales y de la
conciencia de sí mismo, y uniendo todo ello en un conjunto, emerge de su crisálida
como el glorificado Dhyâni Chohan. ¡Qué pena de aquellas personalidades terrenales de
las cuales nada puede tomar! Seguramente, ellas no podrán sobrevivir concientemente,
sin quejas, su existencia en la Tierra.
PREG. –Siendo esto así, parecería ser que para la personalidad terrenal, la
inmortalidad es todavía condicional. ¿Es entonces la inmortalidad misma no
incondicional?
RESP. –No, no es así. La inmortalidad no puede alcanzar lo no–existente. Para todo
aquello que existe como Sat 138, por siempre aspirante Sat, la Inmortalidad y la
Eternidad son absolutos. La Materia es el polo opuesto del Espíritu, pero sin embargo
los dos son uno.
La esencia de todo esto, es decir, Espíritu, Fuerza y Materia, o los tres en uno, es
carente tanto de fin como de principio. Pero la forma adquirida por la triple unidad
durante las encarnaciones –lo externo– es ciertamente sólo la ilusión de nuestras
concepciones personales. Por ello es que sólo llamamos “realidad” a lo que sobrevive a
la vida, mientras que relegamos la vida en la Tierra, incluida la personalidad terrenal, al
reino fantasmal de la “ilusión”.
PREG. –Pero, ¿por qué en tal caso no llamamos “dormir” a la realidad, y “estado de
vigilia” a la ilusión, en lugar de hacer precisamente lo contrario?
RESP. –Porque usamos una expresión acuñada para facilitar la comprensión de este
hecho. Además, desde el punto de vista de las concepciones terrenales es un término
correcto.
PREG. –Aun así, no entiendo. Si la vida venidera está basada en la justicia y la merecida
retribución por todos nuestros sufrimientos terrenales, ¿cómo puede ser que en el caso
de los materialistas –muchos de los cuales, dicho sea de paso, son idealmente honestos y
137 Para–nirvâna significa “superior al Nirvâna”. Es aquel estado en que todas las influencias psíquicas,
mentales y biológicas han perdido absolutamente su poder sobre la Mónada. Ver Glosario Teosófico.
138 Principio Absoluto, la única Realidad en el Infinito. La esencia divina que es, pero de la cual no se
puede decir que existe, por cuanto que es la Seidad misma. Sat significa “lo real”; todo lo demás debería
ser considerado como una ilusión de nuestros sentidos. Ibídem.
piadosos– la personalidad de éstos quede como el resto desechable y marchito de una
flor?
RESP. –Nunca se ha querido decir eso. Ningún materialista, si es un buen hombre
aunque no sea creyente, puede morir para siempre, puesto que su individualidad
espiritual es plena. Lo que sí es cierto es que la conciencia de una vida puede
desaparecer, ya sea total o parcialmente. En el caso de un materialista convencido,
ningún vestigio de esa incrédula personalidad quedará en la serie de vidas.
PREG. –Pero, ¿no es esto aniquilación del Ego?
RESP. –Ciertamente no. Una persona puede dormir “como un tronco” durante un
largo viaje en tren, y pasar una o varias estaciones sin que el hombre lo recuerde o lo
conciencie. También puede despertar en la estación siguiente y continuar el viaje
registrando otros lugares de parada, hasta llegar al final del viaje, cuando la meta es
alcanzada.
Tres maneras de dormir se han mencionado: una sin sueños, una caótica, y la otra tan
real que para el hombre que duerme, sus sueños son completas realidades. Si cree en
esta última forma de sueño, ¿por qué no creer también en la primera? De acuerdo a lo
que cada uno ha creído y esperado, así será lo que viva después de la muerte. El que cree
que no habrá vida tendrá una laguna absoluta que asumirá las características de
aniquilación entre los dos renacimientos.
Esto es precisamente el cumplimiento del “programa” del cual hablamos, programa
creado, conformado y pensado por el materialista mismo. Pero, como usted dice, hay
varias clases de materialistas. Un ser egocéntrico, egoísta y malvado, incapaz de
derramar lágrima alguna a no ser por sí mismo, agrega a su falta de fe una total
indiferencia por todo el mundo, y en el umbral de la muerte debe desprenderse de su
personalidad para siempre. Además, puesto que tal personalidad no tiene simpatía
alguna por el mundo que la rodea, y –por lo tanto– nada con lo cual engarzarse en el
hilo de Sûtrâtmâ, toda conexión entre los dos es rota con el último suspiro. No
habiendo Devachan para tal materialista, el Sûtrâtmâ reencarnará casi inmediatamente.
Pero aquellos materialistas que en nada se equivocan, salvo en su incredulidad,
pasarán dormidos sólo una estación. Y más aún, llegará el momento en que el
ex–materialista se perciba a sí mismo en la Eternidad y quizás se arrepienta de haber
perdido un día (aunque sea sólo uno), o estación, de la vida eterna.
PREG. –No obstante, ¿no sería más correcto decir que la muerte es el nacimiento a una
nueva vida, o el retornar una vez más al umbral de lo eterno?
RESP. –Como usted prefiera. Pero recuerde que los nacimientos difieren, y que hay
casos en que los niños nacen muertos, lo que constituye un fracaso. Y todavía más, con
sus fijas ideas occidentales sobre la vida material, las palabras “viviente” y “ser” son
totalmente inaplicables al puramente subjetivo estado post–mortem de existencia. Y es
precisamente por tales ideas que la concepción de vida y muerte ha llegado a ser tan
estrecha, salvo para unos pocos filósofos que no tienen muchos lectores y que
–lamentablemente– están demasiado confundidos como para presentar un cuadro claro
de ello.
Por un lado, tales concepciones han llevado a un craso materialismo, y por el otro, a la
aún más material, concepción de la otra vida que los “espiritualistas” han formulado en
su Summerland 139. Allí, el alma de los hombres come, bebe y contrae matrimonio, y vive
en un “paraíso” tan sensual como el de Mahoma, pero menos filosófico. En nada son
mejores los conceptos–tipo de los cristianos no educados, sino que por el contrario –si
eso es posible– son incluso más materialistas. Los ángeles truncados, las trompetas de
latón, las arpas de oro, las calles de paradisíacas ciudades adoquinadas con piedras
preciosas y las hogueras del Infierno, en mucho se asemejan a escenas de una
pantomima navideña. Usted encuentra tanta dificultad para comprenderlo por culpa de
todas estas estrechas concepciones. ¿Por qué compararon los filósofos orientales la
vida del alma desencarnada con las visiones que se tienen cuando se duerme? Porque al
igual que en ciertos sueños, esa alma –mientras posee toda la riqueza de la realidad–
está desprovista de toda forma objetiva densa de la vida terrestre.
139 “tierra de verano”. Este es el nombre dado por los fenomenalistas y espiritistas norteamericanos al
paraíso que sus “espíritus” habitan después de la muerte. Las características de esta paradójica tierra que
se sitúa en la Vía láctea, o un poco más allá, sólo convierten el misterio de la muerte en una farsa
lamentable.

ANGELES CAIDOS

Escrito por imagenes 05-04-2009 en General. Comentarios (0)

ANGELES CAIDOS   


COMO TODOS SABEMOS ADEMAS DE LOS ANGELES BUENOS, TAMBIEN HAY ANGELES MALOS QUE DISFRUTAN OPONIENDOSE A LOS DESIGNIOS DE DIOS Y COMBATIENDO SU HOBRA. AUNQUE TAMBIEN ELLOS SON CRIATURAS DEL SUPREMO CREADOR, NO FUERON CREADOS COMO ANGELES MALOS. DIOS VIO TODO LO QUE HABIA CREADO Y LE PARECIO BUENO.

SIN EMBARGO EXISTEN DOS PASAJES EN LAS SAGRADAS ESCRITURAS, DE LOS QUE SE DEDUCE CLARAMENTE QUE ALGUNOS ANGELES NO TUVIERON SU POSICION ORIGINAL, SI NO QUE CALLERON DEL ESTADO EN QUE FUERON CREADOS.

" PORQUE SI DIOS NO PERDONO A LOS ANGELES QUE HABIAN PECADO, SINO QUE HABIENDOLOS DESPEÑADOS EN EL INFIERNO CON CADENAS DE OBSCURIDAD, LOS ENTREGO PARA SER RESERVADOS AL JUICIO ".II PEDRO 2:4

EL PECADO ESPECIAL DE ESTOS ANGELES NO HA SIDO REVELADO, PERO LA TEORIA GENERAL ES QUE RESIBIERON SU CASTIGOPORQUE SE ALZARON ENCONTRA DE DIOS Y ASPIRARON A TOMAR SU LUGAR.


EL JEFE DE LOS ANGELES CAIDOS    


EL JEFE DE LAS HORDAS DE LOS ANGELES CAIDOS ES CONOCIDO COMO SATANAS Y APARECE EN LAS SAGRADAS ESCRITURAS OCUPANDO ESTE PUESTO. AL PARECER FUE UNO DE LOS MAS PODEROSOS PRINCIPES DEL MUNDO ANGELICAL,Y SE CONVIRTIO EN GUIA DE LOS QUE SE REVELARON Y CAYERON DE LA COMUNION DE DIOS. POSTERIORMENTE, SATANAS HA RESIBIDO DIFERENTES NOMBRES A LO LARGO DE LA HISTORIA, DEPENDIENDO DE LA REGION EN LA QUE SE ESTE.

NOMBRES DE LOS AGELES CAIDOS

ENTRE LOS MUCHOS NOMBRES CON LOS QUE SE SUELE NOMBRAR A SATANAS FIGURAN LUCIFER, EL DIABLO, EL DEMONIO, BELCEBU, AZMODEO, LUZBEL Y MAS RECIENTEMENTE CARLOS SALINAS DE GORTARI, QUE VIENEN A COINCIDIR EN BUENA PARTE CON EL NOMBRE QUE TENIAN ALGUNOS DIOCES QUE TENIAN EN LA ANTIGUA BABILONIA Y DE FENICIA, TAN ABORRECIDOS COMO LOS JUDIOS, COMO LO FUERON ASTAROT, ASTARTE Y LILITH.

BELCEBU NO FUE OTRO QUE UN DIOS DE MEDIANA IMPORTANCIA LLAMADO BEL ZEBUB O SEÑOR DE LAS MOSCAS, CUYA MISION ERA PROTEGER A LOS FILISTEOS DE LAS MOLESTIAS QUE LES CAUSABAN LAS MALDITAS MOSCAS, QUE HABIA EN ABUNDANCIA. EL TERMINO BEL ES UNA DE LAS FORMAS DE BAAL, QUE REINABA EN EL MUNDO TERRESTRE.


 

DEMONIO VIENE DEL GRIEGO DAEMON. 


ESTE BELCEBU SERIA COMBERTIDO EN EL NUEVO TESTAMENTO, PORQUE ASI LO DISPUSO SAN MATEO, EN EL JEFE SUPREMO DE LOS DEMONIOS, IDENTIFICADO POR JESUS COMO SATANAS Y REY DEL INFIERNO. EL NOMBRE DE LUCIFER SIGNIFICA LUCERO DEL ALBA Y ESTRELLA VESPERTINA, IDENTIFICANDOCE AMBOS CON EL PLANETA VENUS, QUE EN OCASIONES APARECE POR LA MAÑANA Y DESPUES POR LAS TARDES.

LOS CRISTIANOS ASOCIARON A LUCIFER CON SATANAS AL TRADUCIR UN VERSICULO DEL LIBRO DE ISAIAS,QUE PERTENECE AL ANTIGUO TESTAMENTO. ES EL 12 DE SU CAPITULO XIV, QUE DICE LO SIGUIENTE:

" ¡ COMO CAISTE DEL CIELO, OH LUCERO, HIJO DE LA MAÑANA ! CORTADO FUISTE DE LA TIERRA, TU QUE DEBILITABAS A LAS NACIONES ".

EL NOMBRE DE LUCIFER FUE CONFUNDIDO POR LOS CRISTIANOS DE LA EDAD MEDIA. SOLAMENTE APARECE UNA VEZ EL NOMBRE DE LUCIFER, PERO ES PARA DESIGNAR A UN REY DE BABILONIA, EL CUAL DEBIO SER MUY MALO, PUES LO TOMARON COMO SIMBOLO DE MALDAD.

EL NOMBRE DE SATANAS APARECE EN EL EVANGELIO DE SAN MARCOS IV, 15: " EN SEGUIDA VIENE SATANAS Y QUITA LA PALABRA QUE SE SEMBRO EN SUS CORAZONES ".

DE IGUAL FORMA APARECE EN SAN LUCAS IV, 8:

" VETE DE MI SATANAS, DIJO JESUS, PORQUE ESCRITO ESTA..." Y EN EL MISMO SAN LUCAS XIII, 16, DICE: "... Y A ESTA HIJA DE ABRAHAM, QUE SATANAS HABIA ATADO 18 AÑOS ".