ANTOLOGÍA DE NOVELAS DE ANTICIPACIÓN X

ANTOLOGÍA DE NOVELAS DE ANTICIPACIÓN X

 

 

 

 

I - MUNDOS DEL MAÑANA

 

 

Con el correo nocturno

Rudyard Kipling

 

 

A las nueve de una borrascosa noche de invierno me encontraba en las plataformas inferiores de una de las torres postales de la G.P.O. Mi propósito era un viaje a Québec en la «Nave Postal 162 u otra cualquiera disponible»; y el propio Director General de Correos había refrendado la orden. Este talismán abría todas las puertas, incluso las del centro de expediciones, situado al pie de la torre, donde estaban distribuyendo el clasificado correo Continental. Las sacas estaban apiladas como arenques en los largos cajones grises que nuestra G.P.O. continúa llamando «vagones». Cinco de tales vagones fueron llenados mientras yo esperaba, y fueron disparados hacia arriba a lo largo de las guías, para ser cargados en las naves que esperaban trescientos pies más cerca de las estrellas.

Desde el centro de distribución fui acompañado por un agradable y maravillosamente instruido oficial —Mr. L. L. Geary, Segundo Expedidor de la Ruta Occidental— al Cuarto de Capitanes (esto despierta un eco de novela antigua), donde los capitanes de correos se hacen cargo de su turno de servicio. Me presentó al capitán del «162», capitán Purnall, y a su relevo, el capitán Hodgson. El uno es bajito y moreno; el otro alto y rojizo; pero los dos tienen la mirada característica de las águilas y los aeronautas. Puede apreciarse en las fotografías de nuestros pilotos de competición profesionales, desde L. V. Rausch hasta la pequeña Ada Warrleigh: aquella insondable abstracción de la mirada, acostumbrada a penetrar las profundidades del espacio.

En el tablón de avisos del Cuarto de los Capitanes, las flechas vibratorias de unos veinte indicadores registran, grado por grado geográfico, los progresos de otras tantas naves de regreso. La palabra «Cabo» aparece en la esfera de un cuadrante; suena un gong: el correo sudafricano se encuentra en la Torre de Recepción de Highgate. Eso es todo. Recuerda cómicamente la pérfida campanilla que en el desván de los aficionados a las palomas notifica el regreso de una mensajera.

—Ya es la hora —dice el capitán Purnall, y nos dirigimos al ascensor que ha de trasladarnos a la cumbre de la torre—. Nuestro vagón se cerrará cuando esté cargado y el personal ocupe sus puestos...

El «N.° 162» nos espera en el Embarcadero E del último piso. La gran curva de su lomo despide un brillo opaco bajo las luces, y alguna leve alteración del equilibrio le hace mecerse ligeramente en los ganchos que lo sujetan.

El capitán Purnall frunce el ceño y penetra en el interior. Con un suave chirrido, el «162» se inmoviliza por completo. Desde su hocico, que ha taladrado incontables leguas de granizo, nieve y hielo, hasta la intercalación de sus tres ejes propulsores, hay una distancia de doscientos cuarenta pies. Su diámetro máximo, localizado en la parte delantera, es de treinta y siete pies. Contrasta esto con los novecientos por noventa y cinco de cualquier vapor de línea, y puede suponerse la energía que se necesita para arrastrar un casco a través de todos los climas a una velocidad muy superior a la del Cyclonic...

La mirada no detecta ninguna juntura en su piel, excepto la que corresponde al emplazamiento del timón. El timón de Magniac, que nos asegura el dominio del aire inestable y que dejó a su inventor en la miseria y medio ciego. Está calculado para la curva «ala de gaviota» de Castelli. Una inclinación hacia adelante o hacia atrás de tres octavos de pulgada equivale a un descenso o una ascensión de cinco millas.

—Sí —dice el capitán Hodgson, respondiendo a mi pensamiento—, Castelli creyó haber descubierto el secreto para controlar los aeroplanos, cuando lo único que hizo fue descubrir el modo de gobernar globos dirigibles. Magniac inventó su timón para que fuera aplicado a los buques de guerra, y la guerra pasó de moda y Magniac perdió la chaveta porque dijo que ya no podía servir a su patria. Me pregunto si alguno de nosotros sabe realmente lo que estamos haciendo.

—Si quiere ver el vagón cargado será mejor que suba a bordo —dice Mr. Geary.

Cruzo la puerta situada en el centro de la nave. Aquí no hay nada que alegre la vista. La hilera de tanques de gas discurre a un par de pies de distancia de mi cabeza, y gira por encima de la curva de la sentina. Los buques de línea y los yates disfrazan sus tanques con motivos decorativos, pero la G.P.O. se limita a cubrirlos con una capa de pintura gris, que es el color de reglamento. La sala de máquinas se encuentra casi en el centro de la nave. Delante de ella hay una abertura, ahora una escotilla sin fondo, en la cual quedará encajado nuestro vagón. Mirando hacia abajo, a trescientos pies de distancia, se percibe el centro de distribución. De pronto, algo asciende rápidamente hacia nosotros. Su tamaño aumenta paulatinamente: primero es un sello de correos, luego un naipe, después una batea y finalmente un pontón. Los dos empleados, su tripulación, ni siquiera levantan la mirada cuando llega a su destino. Las cartas para Québec vuelan bajo sus dedos y pasan a las correspondientes casillas, mientras los dos capitanes y Mr. Geary comprueban si el vagón queda bien encajado. Un empleado entrega la lista de embarque. El capitán Purnall le pone el visto bueno y se la pasa a Mr. Geary.

—¡Buen viaje! —dice Mr. Geary, y desaparece a través de la puerta, que un compresor neumático cierra detrás de él.

—¡A-ah! —suspira el compresor al relajarse.

Los ganchos que sujetan a la nave se sueltan con un chasquido metálico. Estamos libres.

El capitán Hodgson abre la gran portañola inferior a través de cuya mirilla coloide contemplo el iluminado Londres deslizarse hacia el este a medida que el viento nos arrastra. La primera de las bajas nubes de invierno oculta el conocido paisaje y oscurece el Middlesex. En uno de los extremos de la nube puedo ver las luces de una nave postal hundiéndose en la blanca masa. Por un instante brillan como estrellas antes de desaparecer en dirección a la Torre de Recepción de Highgate.

—El Correo de Bombay —dice el capitán Hodgson, y consulta su reloj—. Lleva cuarenta minutos de retraso.

—¿A qué altura estamos? —pregunto.

—A cuatro mil pies. ¿No va usted a subir al puente?

El puente (agradezcamos a la G.P.O. su preocupación por conservar las más antiguas tradiciones) está representado por una vista de las piernas del capitán Hodgson mientras permanece de pie en la Plataforma de Control. El bastidor coloide está abierto y el capitán Purnall, con una mano en el volante, está esperando una racha de viento favorable. El altímetro señala 4.300 pies.

—Hace una noche de perros —murmura Purnall, mientras remontamos capa tras capa de nubes—. En esta época del año, acostumbramos a encontrar una corriente de aire de levante por debajo de los tres mil pies, No me gusta avanzar a través de las nubes.

—Lo mismo le ocurre a Van Cutsem. Siempre anda buscando una racha de viento favorable —dice el capitán Hodgson.

Un centenar de brazas más abajo una luz empañada rompe las nubes. El Correo Nocturno de Antwerp está de regreso. El viento nos situaría sobre el Mar del Norte en media hora, pero el capitán Purnall gobierna la nave con prudencia.

«Cinco mil... seis mil, seis mil ochocientos.» El altímetro va subiendo hasta que encontramos la corriente de levante. Entonces, el capitán Purnall corta los motores y fija el gobernalle a una varilla situada delante de él. Sería absurdo utilizar las máquinas cuando Eolo nos empuja completamente gratis. Ahora avanzamos rápidamente. A esta altura, las nubes inferiores aparecen desplegadas, peinadas por los secos dedos del Este. Por encima de nuestras cabezas, una película de niebla a la deriva extiende una especie de gasa a través del firmamento. La luz de la luna convierte los estratos inferiores en plata sin una sola mancha, a excepción de la sombra que proyecta nuestra nave. Los Dobles Faros de Cardiff y de Bristol están apagados delante de nosotros, ya que seguimos la Ruta Meridional de Invierno. La Central de Coventry, el eje del sistema inglés, proyecta cada diez segundos su chorro de luz diamantina hacia el norte; a nuestra izquierda parpadea intermitentemente la inconfundible luz verde de El Puerro, el gran rompedor de nubes del cabo de San David. Con este tiempo tiene que haber una capa muy espesa de nubes encima de El Puerro, pero eso no le afecta.

—Nuestro planeta está superiluminado, desde luego —dice el capitán Purnall, mientras Cardiff-Bristol se deslizan por debajo de nosotros—. Recuerdo los viejos tiempos, cuando la localización de un lugar exigía una pericia especial. Sobre todo, cuando hacía mal tiempo. Ahora es como conducir por Piccadilly.

Señala las columnas de luz que taladran la capa de nubes. No vemos nada de los contornos de Inglaterra: sólo un blanco pavimento horadado en todas direcciones por aquellas escotillas multicolores. ¡Benditos sean Sargent, Ahrens y los hermanos Dubois, que inventaron los rompe nubes del mundo para que nosotros viajáramos con más seguridad!

—¿Va usted a remontarse para el Shamrock? —pregunta el capitán Hodgson.

El capitán Purnall asiente.

Debajo de nosotros el tránsito es muy intenso. El banco de nubes aparece cruzado de grietas llameantes: son las naves del Atlántico que regresan apresuradamente a Londres. Según las normas internacionales, las Naves Postales disponen de todo el espacio hasta cinco mil pies de altura, pero los extranjeros que tienen prisa se toman toda clase de libertades con el espacio inglés.

Sobre el Atlántico no hay ninguna nube, y unos leves regueros de espuma alrededor de la Bahía Dingle señalan los lugares donde el mar martillea la costa. Un enorme buque de línea de la S.A.T.A. (Société Anonyme des Transports Aëriens) está sumergiéndose a media milla debajo de nosotros en busca de alguna grieta en el sólido viento del oeste. Más abajo, una nave danesa averiada está comunicando con el buque de línea en clave internacional. Nuestro receptor de Comunicación General ha captado la conversación y la reproduce. El capitán Hodgson hace un movimiento para desconectarlo, pero cambia de idea.

—Tal vez a usted le guste escuchar —dice.

Argol, de Santo Tomás —susurra el danés—. Informando a los propietarios que tres soportes del eje de estribor se han fundido. En estas condiciones podemos llegar a Flores, pero imposible ir más allá. ¿Debemos comprar recambios en Fayal?

El buque de línea se da por enterado y recomienda invertir los soportes. El Argol contesta que ya lo ha hecho, sin resultado, y empieza a echar pestes contra los soportes alemanes. El francés asiente cordialmente, dice «Courage, mon ami" y corta la comunicación.

Sus luces se hunden bajo la curva del océano.

—Ese es uno de los buques de la Lundt & Bleamers —dice el capitán Hodgson—. Les está bien empleado por utilizar material alemán barato. ¡No llegará a Fayal esta noche! A propósito, ¿le gustaría echar un vistazo al cuarto de máquinas?

He estado esperando ávidamente esta invitación y sigo al capitán Hodgson, agachándome para evitar los tanques. Sabemos que el gas de Fleury carece de presión, como se demostró en el famoso proceso internacional de 1989, pero su enorme fuerza expansiva exige unos tanques muy amplios. Incluso en esta atmósfera tan tenue, los estabilizadores funcionan ininterrumpidamente eliminando una tercera parte de su presión normal, y el «162» tiene que ser revisado periódicamente para que nuestro vuelo no se convierta en una ascensión a las estrellas. El capitán Purnall prefiere una nave sobrecargada a una nave con poco peso. Pero resulta difícil encontrar dos capitanes que compartan las mismas ideas en lo que respecta al buen gobierno de un buque.

—Cuando yo ocupe el puente —dice el capitán Hodgson—, tendrá usted ocasión de ver cómo se gobierna una de estas naves... A propósito, eche una ojeada a los soportes. Aquí no encontrará material alemán. Son unas verdaderas joyas.

Nuestros soportes son piedras C.M.C. (Commercial Minerals Company), talladas con tanta precisión como los lentes de un telescopio. Cuestan 37 libras cada una. Hasta ahora no hemos llegado al término de su vida. Las nuestras proceden del «N.° 97», que las tomó del viejo Dominion of Light, el cual las había tomado a su vez del aeroplano Perseus, en los años en que los hombres volaban todavía en cometas de madera montadas sobre motores de gasolina.

Las piedras C.M.C. son un vivo reproche de los métodos de fabricación alemanes, con su peligrosa insistencia en lanzar al mercado aleaciones de aluminio que enriquecen a los cazadores de dividendos y vuelven locos a los navegantes.

Súbitamente, se oye el estridente sonido de un timbre. Los mecánicos se precipitan hacia las válvulas de las turbinas. Entran en funciones los frenos y ciamos, expresados en el lenguaje de la Plataforma de Control.

—Algo hay que no marcha a gusto de Tim —dice el capitán Hodgson—. Vamos a echar una mirada.

El capitán Purnall no es el hombre suave que hemos dejado una hora antes, sino la encarnación de la autoridad de la G.P.O. Delante de nosotros flota un anticuado cacharro, con tanto derecho al espacio de los 5.000 pies como una carrera de bueyes en una carretera moderna. Nuestro faro de señales lo barre, como barre la linterna de un agente de la autoridad una zona sospechosa. Y en la anticuada torreta aparece, como un ratero, un navegante en mangas de camisa. El capitán Purnall abre el coloide para hablar con él de hombre a hombre. A veces la Ciencia no resulta satisfactoria.

—¿Qué diablos está haciendo aquí? —grita, cuando las dos naves casi se tocan—. ¿No sabe que éste es un camino reservado a los vuelos postales? Y se tiene usted por marino, ¿eh? No sirve ni para venderles globos a los esquimales... ¡Déme su nombre y su número! Yo haré...

—No es el primer accidente que sufro —le interrumpe el hombre, con voz ronca—. Y me tiene sin cuidado lo que usted pueda hacer, Postillón.

—¿De veras? Yo haré que le importe. Le denunciaré por obstrucción. Y el seguro no le abonará ni un penique. ¿Comprende eso?

Entonces el desconocido aúlla:

—Mire mis propulsores! ¡Alguien nos ha embestido por debajo y nos ha hecho polvo! Mi piloto tiene un brazo roto; mi mecánico sufrió una herida en la cabeza; mi Rayo se apagó cuando se averiaron los motores; y... ¡Por el amor de Dios, déme mi altura, capitán! Creo que estamos cayendo.

—Seis mil ochocientos.

—Con un poco de suerte llegaremos a San Juan. Estamos tratando de obturar el tanque delantero, pero no deja de perder gas —explica el desconocido.

—Se está hundiendo como un tronco —dice el capitán Purnall en voz baja—. Llame al Banks Mark Boat, George.

Nuestro altímetro indica que, en el tiempo que llevamos junto a la otra nave, hemos descendido quinientos pies.

El capitán Purnall pulsa un interruptor y nuestro faro de señales empieza a oscilar a través de la oscuridad, proyectando haces de luz al infinito.

—Eso llamará la atención de alguien —dice, mientras el capitán Hodgson observa el Comunicador General. Ha llamado al North Banks Mark Boat, que se encuentra a un centenar de millas al oeste, y está informando del caso.

—Me quedaré junto a usted —le grita el capitán Purnall a la solitaria figura de la torreta.

—¿Tan serio es el caso? —inquiere el otro—. Mi nave no está asegurada. Es mía.

—Debí sospecharlo —murmura Hodgson—. El riesgo del propietario es el peor riesgo de todos.

—¿No puedo llegar a San Juan... ni siquiera con esta brisa? —se lamenta la voz.

—Prepárese a abandonar la nave. ¿No tiene algo que pueda contrarrestar la gravedad, delante o detrás?

—Sólo los tanques del centro, y no están demasiado tensos. Verá, mi Rayo se apagó, y...

El hombre tose, a causa del gas que se escapa.

—¡Pobre diablo! —La exclamación no llega a oídos de nuestro amigo—. ¿Qué dice el Mark Boat, George?

—Quiere saber si hay algún peligro para el tránsito. Dice que el tiempo no es favorable allí, que no puede salir de la estación. He efectuado una Llamada General, de modo que incluso en el caso de que no vean nuestro faro de señales, acuda alguien a ayudarnos. ¿Soltamos nuestras eslingas? ¡Atención! ¡Estamos aquí! ¡Un buque de línea de la Planet!

—Dígales que preparen sus eslingas —grita el capitán Purnall—. Tenemos que darnos prisa... Ate a su piloto —le grita ahora al hombre de la torreta.

—Mi piloto está bien. Se trata de mi mecánico. Se ha vuelto loco.

—Tranquilícele con una llave inglesa. Dése prisa.

—Pero, si usted se queda a mi lado, puedo llegar a San Juan...

—Llegará al profundo y húmedo Atlántico dentro de veinte minutos. Se encuentra a menos de cinco mil ochocientos pies de altura... Recoja su documentación.

Un buque de línea de la Planet se acerca a nosotros por el este, traza una soberbia espiral y se detiene junto al «162». Su escotilla inferior está abierta y sus eslingas cuelgan de ella como tentáculos. Apagamos nuestro faro de señales, mientras el recién llegado se sitúa sobre la torreta de la nave averiada. Aparece el piloto, con el brazo en cabestrillo, seguido de un hombre con la cabeza vendada, gritando que tiene que ir a reparar su rayo. El piloto le asegura que encontrarán un rayo nuevo en el cuarto de máquinas del buque de línea. La cabeza vendada continúa agitándose, muy excitada. Siguen un joven y una mujer. El buque de línea oscila encima de nosotros, y vemos los rostros de los pasajeros pegados al coloide de las ventanillas.

—Ahí va una guapa muchacha —dice el capitán Purnall—. ¿Qué diablos estará esperando ese imbécil?

Aparece el propietario de la nave averiada, suplicándonos que nos mantengamos junto a él hasta que llegue a San Juan. Desciende de la torreta y regresa con el gatito de la nave.

El buque de línea iza sus eslingas; su escotilla inferior se cierra y el buque reemprende la marcha. El altímetro señala ahora menos de 3.000 pies.

El Mark Boat nos indica que debemos ayudar a la nave abandonada, cuando cae ya debajo de nosotros en largos zigzags.

—Mantenga nuestro faro sobre ella y envíe un Aviso General —dice el capitán Purnall, siguiendo a la nave en su caída.

No es necesario. No hay un buque de línea en el aire que no conozca el significado de aquel rayo de luz vertical.

—Se hundirá en el agua, ¿verdad? —pregunto.

—No siempre se hunden —dice el capitán Purnall—. A veces flotan durante semanas enteras. Despídase de ella y piense en lo que nos espera.

—Mala suerte la suya —sentencia el capitán Hodgson.

 

 

 

MR. MURPHY DE NUEVA YORK

Thomas McMorrow

 

 

—Nueva York —dijo Cohen amargamente— está muriéndose. ¿La causa? Dilatación del corazón.

—Bien dicho —asentí, observando a aquel zar de una industria que empleaba a doscientos cincuenta mil neoyorquinos.

—El gran edificio, el rascacielos —continuó Cohen, con una sombra de fanatismo—, es una característica natural y necesaria de una ciudad moderna. ¿Cómo podrían, si no, conocerse unos a otros los hombres-clave? Si vivieran separados por varias millas de distancia y se comunicaran únicamente por televistos, no se necesitaría para nada una ciudad... El motivo de que Canabec sea la nueva metrópoli de América del Norte...

—¡Caramba! —exclamó Mr. Bligh, de Canabec, consultando su reloj—. Si pierdo el expreso de St. Lawrence no llegaré a casa hasta esta tarde. No quiero darles prisa, caballeros, pero si han decidido ustedes llevar a cabo esta obra, vamos al grano. Como ya les he dicho, yo puedo darles diez acres de terreno, los cuales serán suficientes para ubicar su industria; el edificio tendrá un mínimo de cien pisos, con un sesenta por ciento de viviendas. Aunque me atrevería a decir que Mr. Craig —se volvió a mirarme—, que va a construirlo para ustedes, está familiarizado con nuestras normas.

—Desde luego —dije brevemente, y volví a dirigirme a Cohen—: ¿Estaba usted en Nueva York cuando cayó la Torre Americus?

—Yo tenía mi residencia en el ático de la Americus —intervino el frívolo Mr. Murphy—, y era el más agradable de todos los hogares en que he vivido. Si puede prestarme unos minutos de atención, Mr. Craig, le mostraré lo que quiero que construya para mí a modo de residencia en la cima de su nueva Unidad Central de Canabec, y lo alquilaré por veinte años, a ochenta mil dólares anuales.

Mr. Murphy era un hombre lo bastante importante como para ser admitido a nuestra conferencia en calidad de observador, pero él opinaba que podía tomarse ciertas libertades. Había heredado una gran fortuna.

—Creo que no estaba usted en casa cuando cayó la Torre Americus, ¿no es cierto Mr. Murphy? —inquirió Cohen.

—¡Oh! ¡No estaría vivo! —exclamó Mr. Murphy—. En realidad, caballeros, estaba en mi finca del Maine, a orillas del mar. Precisamente me encontraba revisando las instalaciones de mi pista de bolos —Mrs. Murphy y yo somos muy aficionados a los bolos—, cuando se presentó mi empleado Rogers y me dijo que la radio acababa de anunciar la caída de la Torre Americus. Al principio no me lo tomé en serio; pensé que se trataba de un error informativo. «¡Tonterías, Rogers!», le dije a mi empleado, Sin embargo, caballeros, poco después se presentó mi esposa a almorzar, y lo primero que me dijo, caballeros, fue: «Darius, ¿te has enterado...?»

—...de que la Torre Americus ha caído —terminó Cohen.

El tema constituía un tópico de inagotable interés para los neoyorquinos, pero Mr. Murphy se estaba poniendo pesado, como de costumbre.

—¡Ah, exactamente! —dijo Mr. Murphy, dirigiendo una mirada de aprobación al ceñudo Cohen—. Esas fueron sus palabras.

Post mortem, caballeros —dijo Mr. Blight, en tono impaciente. A través de mi ventana dirigió una mirada al moribundo Nueva York—. La caída de la Torre Americus dio origen a su Ley de Seguridad, limitando la altura de los edificios a diez pisos, aunque la Ley estaba justificada de todos modos. Sus rascacielos estaban creando tales problemas de tránsito...

—¡Ni hablar! —le interrumpió Cohen—. Perdone, Mr. Blight. Yo le diré a usted lo que creó aquel problema de tránsito: fue nuestro sistema de transportes. Retrocedamos a 1930, cuando realmente empezó la construcción en serie de rascacielos, y veamos lo que se hacía en lo que respecta a los transportes. Se construyó el primer puente sobre el río Hudson, por ejemplo, situándolo en la calle Ciento Setenta y Ocho. ¿Quién necesitaba ir a la calle Ciento Setenta y Ocho? Los viajeros querían ir al centro de la ciudad, y tenían que recorrer siete millas a través de la isla de Manhattan para llegar allí. Supongo que resultó más fácil ubicarlo en aquel lugar... lo cual me recuerda un chiste que anoche me contaron en el Home Circuit... ¿No es usted socio del Home Circuit, Mr. Blight? Tienen lo más nuevo... Bueno, el chiste se refería a un borracho que perdió su reloj una noche en la calle Catorce, pero fue a buscarlo a la calle Cuarenta y Dos, porque en ésta había mucha más luz. ¡Ja, ja!... Lo mismo ocurrió con el puente. ¿Y qué pasó con los trenes subterráneos? Tendieron una gran línea de norte a sur, en vez de tender líneas más cortas en Long Island y Jersey, para que la ciudad se extendiera hacia el este y el oeste. La ventaja que ustedes tienen sobre nosotros, en mi opinión...

—¡Los neoyorquinos! —suspiró Mr. Blight—. Hablemos de negocios, caballeros, por favor.

—En mi opinión —repitió Cohen—, Canabec se ha convertido en el centro del mundo debido a que ha tenido la visión suficiente para adaptarse a los hechos. Rascacielos, desde luego. Pero con una elevada proporción de viviendas: este es el detalle. Canabec, con seis millones de habitantes, no tiene ningún problema de tránsito. La gente vive donde trabaja, y no necesita desplazarse. Nosotros tratábamos de aplicar aquí esa solución, hasta que la caída de la Torre Americus dio al traste con todo.

Frunció el ceño.

—Teníamos capacidad directiva —continuó—, pero ni pizca de imaginación. Invertimos un billón de dólares en la traída de agua a la ciudad, vaciando lagunas situadas a un centenar de millas de distancia, teniendo el Hudson delante de nuestras narices... Cuando la última laguna se secó, alguien se fijó en el Hudson y se le ocurrió estrecharlo en Spuyten Duyvil y levantarlo por encima del nivel del agua salada. Hace sólo dos años, vertíamos en el río nuestras aguas residuales... Nueva York no era una ciudad, era un gran poblado indio.

—Puertaventanas a prueba de gases y una planta de ventilación —dijo Mr. Murphy—. Debo insistir en eso, como hice en mi hogar de la Torre Americus, porque con Rusia a seis horas de distancia nunca se sabe lo que puede pasar. Cuando los Estados Unidos eran la única nación fuerte, no había problema; pero ahora hay tres —cuatro, contando el Canadá—, y en el periódico del pasado domingo leí un artículo describiendo la próxima guerra, y se me puso la carne de gallina. Y a Mrs. Murphy no le gustan las paredes de cristal; dice que privan a un hogar de toda su intimidad. Cualquier Tom, Dick o Harry puede espiar lo que hace en su apartamento... De modo que...

—Mr. Craig —dijo Cohen—, me he preguntado a menudo lo que podía haber de cierto en los rumores que circularon acerca de una conspiración de los obreros metalúrgicos para sabotear la Torre Americus, debido a que el constructor había sido un rompehuelgas en el Oeste.

—Poppycock. ¿Se refiere usted a que podían colocar la estructura metálica de modo que más tarde se viniera abajo? Imposible, Mr. Cohen. En Nueva York disponemos de un Departamento de Construcciones, con un competente grupo de inspectores, y la compañía que construyó el edificio disponía de sus propios supervisores. Y yo conozco al ingeniero que diseñó la estructura, y era uno de los mejores.

—Creo que usted vio derrumbarse el edificio, mister Craig.

—Sí —dije, resignándome a contar una vez más la vieja historia—. Y fue una suerte que no me aplastara, ya que yo era uno de sus inquilinos... Como ustedes recordarán, el edificio se derrumbó el día que el primer Controlane aterrizó en Nueva York, y ese fue el motivo de que murieran tan pocas personas: un centenar, aproximadamente. Casi todo el mundo había ido a presenciar el aterrizaje de la nave en el campo de Welfare Island, en el East River. Recordarán que era un sábado, y el alcalde lo declaró día festivo.

»Aquella mañana, a las once, me encontraba en el puente de Queensboro, hablando con un individuo que me describía la nueva nave, ponderándome la gran mejora que significaba en el mundo de los transportes; no era mucho mayor que el primer buque de vapor del viejo Robert Fulton. Me habló de las vías de control, y de cómo la nave era levantada y propulsada por medio de energía enviada a través del aire por las estaciones; dijo que aquellas estaciones podían levantar una locomotora y una hilera de vagones e impulsarlos a través del aire, y yo era lo bastante anticuado como para maravillarme.

»Se estaba produciendo cierto retraso, y yo no esperaba ver llegar la nave. Si no recuerdo mal, en aquella época la energía no era selectiva, y algunos bromistas arrojaban cosas desde el puente al chorro de energía, para contemplar cómo se desvanecían al ser impulsadas por el chorro a través del océano. Corrió la voz de que la nave estaba retenida en Islip, Inglaterra, a la espera de que cesara el bombardeo. Afortunadamente, la almohada protectora funcionaba bien, y nadie resultó seriamente lastimado, excepto en su dignidad; el embajador norteamericano, en pleno discurso, fue alcanzado por una corteza de melón, y luego llegaron pepinos y otros comestibles, ninguno de ellos muy escogido ni bien recibido. La policía de Nueva York se presentó en el puente para acabar con aquellos lanzamientos, y alguien gritó que el puente iba a ser arrastrado por el chorro, y se produjo una ola de pánico. Un tipo me empujó mientras otro me birlaba el reloj, y decidí marcharme a mi oficina y ver la nave otro día.

»Me marché andando, desde luego. En aquella época era el modo más rápido de circular por Nueva York. ¿Recuerdan las calles? Atestadas de automóviles, unos pegados a otros...

»Llegué a la calle Cuarenta y Dos, contemplé la Torre Americus a través del Bryant Park y pensé cuánto me gustaría ser su propietario; era un inmueble magnífico. Tenía doscientos pies de anchura en la base, cien pies de longitud y noventa pisos de altura. Un edificio para oficinas terminado hacía seis meses y con una renta en bruto de tres millones de dólares al año. Una suma muy atractiva, pensé con envidia. Tweed era un tipo con suerte. Tweed, como ustedes recordarán, era el propietario. Un gran éxito como aquel edificio, pensé, y me daría por satisfecho. Tweed había escogido una buena vecindad: una vecindad de clubs profesionales. Su edificio se remontaba por encima de todos ellos; noventa pisos de ladrillo hueco y de piedra caliza de Indiana, con el nuevo tejado holandés, dorado, sin una mancha ni una grieta, todo alquilado y produciendo para Tweed.

»Un camión cargado de tierra salía en aquel momento del solar contiguo a la Americus, en su lado oriental. Un nuevo rascacielos iba a levantarse allí; el excavador trabajaba a destajo, y le tenía sin cuidado la llegada de la nave.

»Estaba en el cruce de la calle Cuarenta y Dos con la Quinta Avenida, y me disponía a cruzar la calle, cuando oí el primer crujido. No fue muy fuerte; una puerta cerrada de golpe a mi lado me hubiera sobresaltado más. Se produjo una especie de trepidación, como la de un tren subterráneo oída desde la superficie.

Hice una pausa para encender un cigarrillo. Era una vieja historia, pero tenía un interés inmarchitable para los neoyorquinos, que encontraban en ella la fascinación de los misterios sin resolver y quizás insolubles. Las tranquilas calles de Manhattan podrían tapizarse en toda su longitud con el papel que se ha ennegrecido con discusiones acerca del derrumbamiento de la Torre Americus.

—Doce habitaciones y cinco cuartos de baño —dijo Mr. Murphy—, un verdadero palacio. Nosotros teníamos un estudio-sala de estar o treinta y cinco pies de longitud y veinte pies de altura; opino que lo que da más categoría a una vivienda son los techos altos. Pero no hay que olvidar las puertaventanas a prueba de gases, cerrando todas las aberturas al aire. Mrs. Murphy y yo no podríamos descansar tranquilos si creyésemos que podíamos ser gaseados en nuestros lechos. ¿Quién podría hacerlo, en realidad?

»Perdone, Mr. Craig, no pretendo interrumpirle. Sí, nosotros estábamos en nuestra finca de recreo, en Maine, cuando se derrumbó el edificio. Habíamos dejado nuestro hogar de la Americus a mediados de mayo, y llevábamos unas seis semanas en la playa cuando ocurrió la catástrofe. ¿Quién podía imaginar una cosa tan terrible? Me parece estar viendo a Mrs. Murphy, esperándome en el ascensor. "Darius —me dijo—, ¿estás completamente seguro de que has cerrado todas las ventanas, y de que has dejado abiertas todas las puertas interiores? Eres tan descuidado..." Habíamos tenido problemas con los ratones, y cuando en una casa hay ratones lo más juicioso es dejar abiertas las puertas interiores cuando uno se ausenta, ya que los muy granujas son capaces de agujerearlas para abrirse paso. Puede evitarse utilizando puertas de acero, desde luego. Pero yo soy partidario de las puertas de madera incombustible. Las de acero resultan frías, deshumanizadas... ¿No opina usted igual?

—Sí, Mr. Murphy, sí... Y luego se produjeron aquellos ensordecedores chirridos. Mis ojos contemplaban la Americus, y puedo asegurarles que estaban desorbitados. Los escaparates de las tiendas de la planta baja habían desaparecido; yo no los había visto desaparecer, ni los había oído; no podía oírse nada que no fuera aquel implacable chirriar... Los sillares de piedra que formaban el revestimiento exterior entre las aberturas de las ventanas se desprendieron, y dejaron al descubierto el armazón de hierro de color rojo. Levanté la mirada hasta el tejado. Las brillantes superficies doradas parecían ondular a la luz del sol.

»El edificio estaba... La gran Torre Americus... No podía creerlo. Al igual que nuestro amigo Mr. Murphy, aunque con menos disculpa, no podía creerlo. Permanecí allí. Los tres pisos de piedra labrada estaban ondulando, doblándose, y parecían tan flexibles y elásticos como la goma. No se desintegraban; no caían. Y luego cayeron —tres pisos de piedra labrada— a la calle. Pero mi incredulidad era tal, que me pareció que caían lentamente, como hojas de papel columpiándose en el aire.

»El edificio estaba cayendo. La Torre Americus estaba cayendo. La mampostería de todo el piso veinticinco —algunos dijeron que era el dieciocho, pero yo vi que era el veinticinco— cayó lentamente, flotando.

»La Americus se estaba inclinando. Su fachada se disolvía. Yo afirmo que la estructura de acero empezó a fallar en el piso veinticinco. Ahora ya no importa, pero en un momento determinado fue muy importante, antes de que la opinión pública llegara a unas conclusiones prematuras. Yo atestigüé en aquel sentido, diciendo lo que había visto; otras personas dijeron lo que ellas vieron. La fachada por debajo del piso veinticinco, pareció resistir mientras los veinte pisos superiores iniciaban su caída. Y luego toda la enorme estructura se movió de su lugar en el cielo... se movió hacia adelante, lentamente, muy lentamente; reuniendo velocidad.

»Di media vuelta y eché a correr, Nunca había corrido tanto; ni siquiera me daba cuenta de que corría; no pensaba más que en alejarme, para poner a salvo mi vida. Llegué al final de la Quinta Avenida. Dirigí una rápida mirada a mi alrededor, para comprobar si podía considerarme a salvo, y vi a la gente en la estación del Elevado de la Sexta Avenida, boquiabierta, con los brazos levantados. El pasado mes de febrero conocí a un hombre en Sebring que aquel día se encontraba en la estación del Elevado; me dijo que en aquel momento no había tenido consciencia de estar asustado, pero que su corazón dejó de latir. El mío, en cambio, parecía un caballo desbocado. Me han dicho que el aire estaba lleno de terribles sonidos, pero yo no oí nada. Cuando la Americus se desplomó sobre el Bryant Park y las manzanas situadas más al norte —la residencia de Mr. Murphy aterrizó en la calle Cuarenta y Cinco, aplastando una casa de diez pisos—, el estrépito se oyó en Irvington-on-the-Hudson y en Summit, en Nueva Jersey, pero yo no oí nada, palabra de honor. Yo estaba corriendo.

»En aquella época estaba muy gordo, y perdí el aliento en las cercanías de la calle Cuarenta y Cinco; un agente de policía me agarró por el hombro. Yo estaba tan ocupado en llenar de aire mis pulmones que no podía hablar. Yo conocía al agente y el agente me conocía a mí, y me dijo que había creído que yo estaba corriendo después de haber colocado una bomba; pero no supe hasta unos meses más tarde, en el curso de la investigación, que había disparado un tiro contra mí. Lo único que dijo al verme la cara fue: "Pero si es Mr. Craig..."

»"¿Lo ha visto?", jadeé.

»"¿El qué? Lo he oído, desde luego. ¿Qué ha pasado?"

»”El agua que bajaba por la calle Cuarenta y Cinco nos llegaba más arriba de las rodillas; se había roto una tubería, evidentemente.

»"Retrocedamos", dije. Y llevando al agente pegado a mis talones, corrí en sentido contrario, como si una ola me hubiera lanzado hacia la calle Cuarenta y Cinco y ahora me arrastrara, alejándome de ella con la misma fuerza.

»Sí, hay muchas personas en Nueva York que deben su vida a la llegada del nuevo Controlane y a la decisión del alcalde de declarar festivo aquel día. Siete mil personas hubieran estado trabajando en la Americus, tendida ahora a través del Bryant Park como un buque destrozado contra las rocas de un acantilado. Desde el último terremoto ninguna ciudad moderna había presenciado nada semejante; y me atrevo a decir que ni siquiera entonces lo presenciaron. Hace sesenta años, en San Francisco, los edificios que poseían estructuras metálicas permanecieron en pie; el clamor contra ellos después del desastre de la Americus fue un pánico reaccionario. Lo mismo que se condenó a los barcos con estructuras metálicas después del hundimiento del Titanic y del Burgundia; el Burgundia desplazaba noventa mil toneladas, y se hundió como una pequeña taza. Un accidente es un accidente, y ocurrirán hasta el fin del tiempo. El desastre de la Americus podía haber sido mucho peor. Creo que no murieron más de ciento cincuenta personas en total, lo cual fue una gran suerte, desde el punto de vista del resto de nosotros.

»Las empresas Northard y Hennessy, especializadas en aquella clase de tareas, tardaron cuatro meses en retirar los escombros; invirtieron dos semanas en limpiar la calle Cuarenta y Cinco de los restos del tejado metálico. Por cierto que el Metropolitano sólo obtuvo dos mil dólares de la venta del tejado como chatarra: un precio sospechosamente bajo, teniendo en cuenta que el metal se cotizaba en el mercado a un dólar y diez centavos la libra... En fin, el hecho no tiene importancia; lo he mencionado, porque salió a relucir en el curso de la investigación.

—Aquella fue una gran investigación —dijo Cohen—. Algunos de los testigos tenían que haber salido de la sala entre dos policías, ya que es evidente que violaron la Ley P. & P.

—Propaganda —asentí—. El testimonio de Harrigan es un claro ejemplo: propaganda descarada del nuevo procedimiento a base de acero estriado. Yo mismo había pensado algunas veces que los proyectistas llegaban demasiado lejos en su afán de hacer más ligeras las estructuras metálicas, pero yo no soy ingeniero, y supongo que Hendricks conoce su oficio; él diseñó la estructura de la Americus. Y demostró que se habían tenido en cuenta todos los factores de seguridad exigibles.

—Sin embargo, creyeron a Harrigan...

—¡Ya les he dicho que Harrigan vendía acero estriado! Observen el edificio de cincuenta pisos de la calle Mail, y verán ustedes las llamadas «grietas de asiento». Esta denominación es un puro eufemismo; en realidad, las grietas tienen su origen en el alabeo de las columnas de acero estriado. El material posee una enorme fuerza tensadora, y es excelente para armazones y conexiones —vigas secundarias, tizones y empalmes de vigas—, aunque yo prefiero el hierro colado, incluso, a efectos de compresión. No soy ingeniero, pero cada día apuesto mi dinero sobre mis ideas en el ramo de la construcción. El acero no falló hasta que la Americus se desplomó... arrastrada por la mampostería.

»Pero la gente excitada e intrigada está dispuesta a escucharlo todo; recordarán ustedes a aquel detective aficionado que metió las narices en el asunto y afirmó seriamente que las columnas del primer piso no eran de acero, sino de tierra cocida...

—¡Caballeros, caballeros! —dijo Mr. Blight.

—Creo, Mr. Craig —intervino de nuevo Mr. Murphy—, que ustedes, los constructores, calculan sus costos por pies cúbicos; corríjame si me equivoco. Ahora bien, incluyendo la sala de observación y el garaje, yo disponía de unos ciento diez mil pies cúbicos en mi residencia de la Torre Americus, y si les pago a ustedes ochenta mil dólares al año...

—Hendricks insistió hasta el día de su muerte en que los soportes de carga se habían movido. Era el mejor ingeniero de Nueva York, pero se había ganado su reputación reduciendo los márgenes de seguridad. Cualquiera puede diseñar una estructura si se le da carta blanca para reforzarla, pero el ingeniero que obtiene el contrato es el que utiliza menos material. Cuando fue construida la Americus, el acero se vendía a cien dólares la tonelada, y un ahorro de un millar de toneladas era digno de tenerse en cuenta. Yo opino que su cuarenta por ciento de aleación de aluminio era excesivo, en las columnas, pero todo el mundo lo había aceptado en la práctica, sin oponer el menor reparo.

»El acero falló en alguna parte, transformando en tensiones lo que tenían que ser compresiones. Los edificios con estructuras metálicas resisten una sacudida, un terremoto, por ejemplo, mucho mejor que un inmueble construido de acuerdo con las normas tradicionales; pero son más sensibles a un impulso lateral. Una bomba que estalle junto a una pared de mampostería abrirá un agujero en ella y dejará el resto de la pared en pie; pero si aquella bomba destruye una columna de una estructura metálica, todo el edificio se vendrá abajo. Esta es mi opinión, aunque no sea ingeniero. Hendricks dijo que el centro de gravedad de la carga se había desplazado, para gravitar sobre unas columnas que no estaban diseñadas para soportar aquel peso, pero no pudo explicar cómo había sucedido. Sus planos están todavía en los archivos municipales, y muchos ingenieros competentes los han revisado.

—¿Qué me dice usted de los cimientos?

—Nada que no se sepa ya. Aquella excavación contigua a la Americus pudo tener algo que ver con la catástrofe. Lástima que el excavador y sus ayudantes resultaran muertos cuando el muro de aguilón cayó sobre ellos. Dan Derry, más conocido por el apodo de «Dinamita Dan», era el excavador. Había hecho estallar varios barrenos al mismo tiempo, lo cual resulta poco prudente, ya que existe la posibilidad de que una carga sin estallar quede en la roca. Después de vaciar el agua del solar se procedió a una minuciosa inspección, pero no se descubrió nada.

—¿El agua? —inquirió Mr. Murphy, frunciendo el ceño.

—El conducto principal quedó roto, naturalmente.

—Mrs. Murphy...

—Los cimientos reposaban sobre un lecho rocoso y nada indicaba que se hubieran movido. Recordarán ustedes el informe del comité investigador; tras pasar revista a todas las posibilidades, se inclinaron por la teoría del ingeniero que atribuía el derrumbamiento a la «fatiga de los materiales».

—En otras palabras —sonrió Cohen—, dictaron un veredicto de muerte por suicidio: la Torre Americus se había cansado de vivir.

—¿Puedo atreverme a esperar que encontraremos tiempo para atender a nuestro negocio? —dijo Mr. Blight—. Si pueden utilizar ustedes esos diez acres en Canabec...

—Se me ocurre una idea —dijo Mr. Murphy—. Tal vez usted pueda resolver una controversia doméstica, Mr. Craig. A menudo he discutido con Mrs. Murphy —y no siempre de un modo amistoso—, a causa de su manía de utilizar mis navajas de afeitar.

»¿Se han fijado en lo que ocurre con las navajas de afeitar? Si se utiliza siempre la misma, llega a fatigarse y no corta. Pero si se la deja descansar, vuelve a funcionar perfectamente. Y lo mismo sucede con un hombre que parte una roca con un mazo; la golpea una docena de veces sin resultado, y luego, al siguiente golpe, se parte en dos.

—La fatiga de los materiales, Mr. Murphy —dije—, es un tema acerca del cual los científicos no han podido producirse todavía. Saben que es un hecho. Y nosotros podemos aceptar como un hecho que si la Torre Americus no contaba con un margen de seguridad suficiente, si el acero estaba sobrecargado hasta el límite de su resistencia, pudo haber resistido algún tiempo y luego ceder a la fatiga.

—Lo que ha dicho usted acerca de la rotura de la conducción de agua, Mr. Craig —insistió Mr. Murphy—, confirma mi postura de entonces. Después del desastre, el municipio me presentó una factura descabellada por consumo de agua. Tuve que declarar bajo juramento que cuando la Torre Americus se derrumbó yo llevaba seis semanas sin residir en ella. No puede imaginar cuan desatentos se mostraron aquellos individuos.

Cohen cogió los contratos que Mr. Blight le tendía, les echó una ojeada y los dejó sobre la mesa.

—¡Rascacielos, Mr. Craig! —exclamó.

—Desde luego —dije—. Una necesidad de la industria moderna; la gran unidad.

—¿Qué decía usted, Mr. Blight, acerca de la Ley de Educación de Canabec?

—Nos hemos puesto al día —dijo Mr. Blight orgullosamente—. Nuestros jóvenes deben abandonar las escuelas y encontrar un empleo remunerado a la edad de dieciocho años.

—Yo tenía veinticuatro cuando me gradué —dijo Mr. Murphy—. Es evidente, Mr. Blight, que un muchacho no puede completar el estudio del latín, del griego...

—Ni del sánscrito, Mr. Murphy; y todos los argumentos en favor del estudio universal del latín y del griego tienen validez para el sánscrito. Es el idioma básico y posee una gran literatura. Y, para la mayoría de las personas, la astrología es una ciencia más divertida y más interesante que las matemáticas superiores, y tan útil como estas últimas. Ustedes cometen el error de dejar a los educadores profesionales la tarea de decidir lo que los niños deben aprender; al limitar la edad escolar, nosotros persuadimos a nuestros ciudadanos para que se tomen interés en la educación de sus hijos y para que procuren que no pierdan el tiempo. Ustedes dejan que los jurisconsultos elaboren sus leyes, los profesores controlen su educación, los soldados planeen sus instituciones militares, y la población planee sus ciudades.

—Digamos más bien los contribuyentes —rectificó Cohen—. La mayoría de contribuyentes aprovecharon el derrumbamiento de la Americus para imponer unos determinados límites a la altura de los edificios. Sus intereses, desde luego, resultaban perjudicados por la construcción de rascacielos. El hecho de que el proceso fuera inevitable, biológico, no les servía de consuelo. Nosotros somos constructores, como hormigas: proporcionalmente, su Canabec no es tan alta como las ciudades levantadas por las hormigas africanas; nuestras ciudades son parte de nuestro proceso vital, y aunque podemos mejorar sus efectos sobre el individuo, no podemos forzar la biología humana, obligando a unos ciudadanos a unirse, a cooperar, a construir... rascacielos.

—No me parece lógico comparar a un ser humano con una hormiga, Mr. Cohen —objetó Mr. Murphy—. Es mucho más inteligente, sin duda.

—¿Quién?

—¿Eh? El ser humano, naturalmente.

—No estoy de acuerdo, Mr. Murphy. Primero llega el reparto del trabajo, luego la adaptación a la tarea, y finalmente la división de opiniones. Las hormigas han recorrido todo el camino.

Cohen era extravagante, mordaz, inclinado al escarnio; yo comprendía perfectamente sus sentimientos. También yo era un neoyorquino de muchas generaciones, y había sido testigo de la progresiva decadencia de nuestra ciudad. Los que viven en el campo se encariñan con la colina y el arroyo familiares; se encariñan incluso con el árbol —un simple vegetal— que da sombra a su casa. ¿No sería mayor su orgullo, más susceptible de ser herido profundamente, si su gente hubiera construido cada pie de aquel paisaje, si aquel árbol fuera un gigantesco edificio levantado por su gente? Cohen y yo, obedeciendo a la voluntad de vivir, más fuerte que el amor, más impetuosa que el orgullo, estábamos aquí para preparar una emigración en masa a la ciudad que estaba suplantando a nuestro incomparable Nueva York.

—No es una cuestión de sentimiento —declaró Cohen, como si hubiera captado mis pensamientos—. ¡El gran edificio es una necesidad insoslayable! Si vivimos, tenemos que crecer; a nuevos tiempos, nuevos sistemas. Nada de lo que se alega contra el rascacielos es un defecto del rascacielos. ¿Congestión del tránsito? El gran edificio inmoviliza el tránsito, reúne a una multitud de personas en un lugar. Dicen que convierte la calle en un desfiladero... Pero, ¿acaso no convierte a su vez la casa en una colina? Existe una morbosa oposición a los cambios; la gente desea que las cosas continúen como son, como eran. Fíjense en nuestros coleccionistas de antigüedades: mi esposa pagó ayer seis mil dólares por una cama de latón, fabricada en 1910; y ha colocado en nuestra sala de estar, donde tengo la mejor calefacción eléctrica, una antigua estufa de petróleo que huele a demonios. Botellas de Gordon Gin de contrabando, discos de fonógrafo, llamadores de hierro... Ella dice que soy un bárbaro. Que no sé apreciar lo que es bello y artístico.

—¿Su esposa colecciona botellas de G. G., Mr. Cohen? —inquirió Mr. Murphy, en un tono más deferente que el que había utilizado hasta entonces—. Me gustaría saber lo que opina de las pocas que he conseguido reunir; creo que son auténticas, pero no tengo una seguridad absoluta. ¡Abundan tanto las falsificaciones! ¿Posee su esposa alguna botella de American Scotch? Yo tengo una, y el comerciante me dio su palabra...

—¡Por favor, caballeros! —le interrumpió mister Blight—. Recuerden que estoy a más de mil kilómetros de mi casa y que todavía no he almorzado... Bueno, tendré que llamar. —Sacó su televistor de bolsillo—. ¡Allo! Billy llamando... ¡Hola, Molly! Te he llamado para decirte que posiblemente no almorzaré en casa... ¿Cómo dices, cariño?... ¡Oh, no, no!... Te aseguro que no, estoy en Nueva York, en una conferencia... Sí, negocios... ¡Oh, Molly! ¿Cómo puedes pedirme que sea tan descortés?... ¡Oh! Muy bien, querida, espera un momento. —Se volvió hacia nosotros, con las mejillas encendidas en rubor, y dijo—: ¿Me permiten ustedes?

También nosotros estábamos casados; nos pusimos en pie, sonriendo, y saludamos a la dama con una inclinación cuando apareció en la pantalla del televistor; sus ojos nos barrieron con una penetrante mirada.

—Lamento mucho que haya ocurrido esto, caballeros —dijo Mr. Blight, desconectando el televistor—. ¿Podemos ahora continuar con nuestro negocio?

—Sé lo que usted siente, Mr. Blight —dijo Mr. Murphy—. Y hablo como un compañero de enfermedad, y no como un médico. La semana pasada fui a pescar a Chesapeake. En aquellas aguas no hay nada que valga la pena, pero paso unas horas al aire libre. Entretenido con la pesca, olvidé mi televistor en la playa. No quieran saber la que me esperaba en casa por haber permanecido tanto tiempo fuera de la vista de mi esposa... Y no es que yo sea una persona olvidadiza, al contrario.

»A propósito, Mr. Craig, hay algo que no he podido olvidar durante los últimos veinte años, desde que el municipio me pasó aquella absurda factura por cien mil pies cúbicos de agua. Desde luego, si yo debía aquel dinero, estaría dispuesto a pagarlo incluso ahora. ¿Está usted completamente seguro de que se rompió la conducción?

—Desde luego... Mr. Cohen, será mejor que cerremos el trato. Si firmamos enseguida, tomaré el expreso de St. Lawrence con Mr. Blight y mi superintendente, y mañana por la mañana iniciaremos los trabajos. Tienen que decidir ahora si utilizarán ladrillo o cristal; a este respecto, he de informarles de que los albañiles se han declarado en huelga contra las nuevas máquinas que colocan mil ladrillos por minuto. El cristal les costará un poco más, pero no necesitarán ventanas, y el edificio resultará más moderno en todos los sentidos.

—Para los hogares prefiero las paredes de ladrillo —dijo Cohen—. Resultan más íntimas... Podemos construir treinta y cinco pisos de cristal, y los sesenta y cinco superiores de ladrillo. ¿Qué hay acerca de la iluminación? ¿Han pensado algo en este sentido?

—Yo continúo siendo partidario de las antiguas bombillas. Por otra parte, el servicio de Radio-luz es poco satisfactorio en cuanto se hace de noche. Para la calefacción, utilizamos el Silver-Bar, el mismo que tienen ustedes en sus hogares; el precio de la instalación es algo elevado, pero se amortiza en poco tiempo.

—Nosotros utilizamos luz de gas y calefacción a vapor —dijo Mr. Murphy con inocente vanidad—. Esos inventos modernos son muy vulgares, ¿no creen? A mí que me den el suave parpadeo de la llama del gas en los mecheros, y el alegre zumbido del vapor en los radiadores. Es un poco más caro, desde luego, pero a nosotros nos gustan las cosas antiguas. Dan otra atmósfera a un hogar. Y nosotros tenemos auténticos radiadores de la época de Hoover en todas las habitaciones. —Sonrió tímidamente—. No es que tenga importancia, Mr. Craig, pero me alegro de tener la seguridad de que cerré el grifo del agua de la bañera en nuestra residencia de la Torre Americus. Mrs. Murphy insistió siempre en que no lo había cerrado, y yo sostenía lo contrario. Y mientras estábamos discutiendo, el edificio se derrumbó, de modo que el asunto no quedará nunca claro entre nosotros.

Cohen contempló la pluma que tenía en la mano; la responsabilidad del momento le abrumaba. Habían transcurrido quince años desde que Nueva York dejó de crecer; doce desde que registró su primer descenso de población. Iniciado el movimiento, las ciudades que no habían adoptado la arbitraria altura-límite, habían aumentado lentamente de volumen, pero la nuestra sería la primera deserción en gran escala. Y no faltarían imitadores.

—Nuestro defecto —dijo Cohen— fue el de situar la administración en un plano demasiado elevado; siempre escogimos como caudillo al directivo más capacitado. Y la capacidad directiva no convirtió a Norteamérica en la primera potencia mundial, ni salvó a las otras naciones. ¡Fue la imaginación! Fue la empresa privada. La imaginación es privilegio de una minoría, y la empresa privada siempre la acoge con agrado. Al gobierno, a la administración, no les gusta la imaginación, se muestran hostiles a ella. El Gobierno expresa el modo de pensar de la mayoría que carece de imaginación. La empresa privada construyó Nueva York, la convirtió en la capital del mundo; y luego, a causa de una pequeña catástrofe, fue apartada a un lado, y la mayoría que carece de imaginación se hizo cargo de la ciudad, con sus rostros vueltos hacia el pasado. Basta de integración; basta de crecimiento; basta de rascacielos.

—Pero, Mr. Cohen —dijo Mr. Murphy, con desesperante paciencia—, antes de que existieran los rascacielos había grandes ciudades. Londres, París, Roma...

—Esas ciudades tienen ahora sus rascacielos —dijo Mr. Blight—. Y siempre han construido tan alto como han podido. El edificio moderno resultaba imposible antes de la invención del ascensor. Incluso así, Roma tenía sus edificios de diez y doce pisos... Por lo visto, los romanos tenían las piernas más fuertes en aquella época. ¿Y bien, Mr. Cohen?

Cohen hundió la pluma en el tintero.

—Recuerden la sangre y las lágrimas que costó la construcción de las pirámides. ¿Y para qué? Una de las historias más antiguas de nuestra raza es la de los hombres que trataron de construir una torre que llegara al cielo. Me atrevería a decir que fueron saboteados por los contribuyentes locales, cuyas cuevas no podrían ya ser alquiladas...

Yo había estado haciendo algunos cálculos.

—Esto puede tener un valor puramente histórico —dije, contemplando el resultado—, pero ahora estamos haciendo historia. Mr. Murphy, ¿dice usted que el municipio le envió una factura por cien mil pies cúbicos de agua? El agua no podía proceder de la conducción rota, pues de ser así no la hubiera registrado su contador.

—El municipio aceptó que el contador se había estropeado a consecuencia de la catástrofe, Mr. Craig —dijo Mr. Murphy—, cuando yo puntualicé que mi residencia había permanecido cerrada por espacio de seis semanas.

—¿Cerró usted bien, puertas y ventanas?

—¡Oh, sí! Mrs. Murphy...

—Mrs. Murphy, de Chicago —murmuró Cohen, captando mi intención. Sus ojos negros brillaban intensamente.

—De Nueva York, Mr. Cohen... Sí, lo hice todo rápidamente. Estábamos en mi habitación, vaciando mi bañera —habíamos enviado a los criados delante de nosotros—, cuando mi empleado Rogers nos envió recado de que la agencia de viajes le había comunicado que se aproximaba una tormenta, y que debíamos darnos prisa. Vistiéndome rápidamente...

—¿Dónde estaba su cuarto de baño?

—En el entresuelo. Teníamos cinco cuartos de baño. Pero creo que en nuestra residencia de Canabec...

—Si estaba vaciando su bañera, es posible que con las prisas interrumpiera aquella tarea —dije—. Y también es posible se marchara de la casa dejando el grifo abierto.

—Una mera suposición, Mr. Craig. ¿Pero, por qué insiste tanto? Si cree que debo pagar aquella factura, incluso ahora..

Respiré profundamente.

—Cien mil pies cúbicos de agua, caballeros, pesan más de tres mil toneladas. En mi opinión, aunque no soy ingeniero, la estructura metálica diseñada por Hendricks no podía resistir una carga suplementaria de tres mil toneladas... Bueno, supongo que es demasiado tarde para solicitar la reapertura de la investigación sobre el derrumbamiento de la Torre Americus.

—Probablemente —dijo Cohen en tono vehemente, poniendo en marcha el televistor—. Pero no tardaremos ni veinte minutos en conocer la opinión de un experto en lo que respecta al problema de ingeniería... ¡Allo! Póngame con el Departamento de Construcciones, y luego con la Alcaldía. No se vaya, Mr. Murphy, por favor. Parece ser que dio usted un puntapié a la lámpara, pero quizás la ciudad no esté aún destruida. Si existe una posibilidad de derogar la ley del límite de altura en un período razonable de tiempo, y nos permiten edificar aquí como queremos y debemos, mi industria no se trasladará a Canabec.

—¡Caballeros, caballeros! —exclamó Mr. Blight, de Canabec, enfurecido.

 

 

 

MANZANAS NUEVAS EN EL HUERTO

Kris Neville

 

 

Eddie Hibbs se presentó en la oficina y casi inmediatamente le llamaron para una emergencia. Era la tercera mañana consecutiva que se producía aquel hecho.

Esta vez, un trozo de cable de distribución se había fundido en el sector Oeste de los Angeles. Los cables fundidos eran una rutina, pero cada caso merecía la atención de un ayudante supervisor de superficie.

Eddie penetró en la boca de entrada con el capataz de la brigada de mantenimiento. En la plancha de plomo, encima del lugar donde se había fundido el cable, había unas abolladuras muy visibles.

—¿De dónde sacaron eso? —preguntó Eddie.

—De un remiendo en el East Side.

—¡Vaya chapuza! —comentó Eddie—. ¿Entra agua por el empalme?

—Esos tipos nuevos... —dijo el capataz.

Eddie palpó las abolladuras.

—Creo que está a punto de agujerearse, de todos modos. ¿Hay mucha en estas condiciones?

—Unos doscientos pies.

—¿Tanta?

—Sí.

Eddie silbó entre dientes.

—Casi por valor de quince mil dólares. Bien. Córtela por aquí y haga empalmes. No les pierda de vista mientras trabajan.

—Necesitaré dos hombres durante una semana.

—Trataré de encontrarlos.

—Probablemente puedo localizar otros mil kilómetros casi tan malos como este trozo.

—No se preocupe —dijo Eddie.

Aquel fue el trabajo productivo de Eddie durante la mañana. Entre el tránsito y los dos trozos de calle levantados por el personal del agua, no regresó a su oficina hasta poco antes de la hora del almuerzo. Mientras conducía, escuchó las cotizaciones de la Bolsa.

Se enteró de que el aumento en espiral de los costos habían demorado el programa de modernización de Hyspeed Electronics, y de que la mayoría de su utillaje actual era anticuado. También se enteró de que el descenso de las ventas conduciría a un descenso de la producción, perpetuando así un desdichado ciclo. Y finalmente fue advertido de que Hyspeed Electronics era un ejemplo de los riesgos implícitos de la inversión en las llamadas acciones de signo inflacionario.

Eddie desconectó la radio en el estacionamiento, cuando empezaba el informe Dow-Jones.

Durante el almuerzo, consiguió leer dos artículos de un ejemplar atrasado de Electrical World, el único de la docena de periódicos técnicos que tenía tiempo de hojear, de cuando en cuando.

A las 12:35 se filtró en el departamento la noticia de que uno de los obreros de la brigada de mantenimiento, Ramón López, había muerto. Una escalera de cuarenta pies se partió mientras en lo alto de ella López efectuaba un empalme, y se estrelló contra el suelo de hormigón.

Eddie trató de identificar al hombre. El nombre le resultaba vagamente familiar, pero no conseguía unirlo a un rostro. Finalmente, el rostro llegó. Eddie se fumó dos cigarrillos, uno detrás de otro. Aplastó furiosamente con el pie la colilla del último.

—Era un hombre vigoroso —dijo su supervisor, Forester, sentándose en el borde del escritorio de Eddie. Normalmente exuberante, el accidente le había dejado melancólico y distraído—. ¿Le conocía usted?

—Muy poco.

—Un buen hombre.

Permanecieron silenciosos unos instantes.

—¿Cómo estaba la Bolsa esta mañana? —preguntó Forester.

—Subiendo otra vez. No escuché las cotizaciones de cierre.

—Supongo que seguirán en alza.

—Por tercer día consecutivo —dijo Eddie.

—Ha sido una verdadera lástima —dijo Forester.

—Sí, López era un tipo simpático.

—Bueno...

Forester se interrumpió, con evidente apuro.

—¿Sí?

—Quería recordarle que tenemos una reunión...

Eddie consultó su reloj.

—¿Dentro de una hora y media?

—Sí. ¿Sabe? Me siento como... No importa... ¿Qué hay de esos transformadores? ¿Están ya a punto?

—¿Se refiere a los que hemos venido utilizando para enfriar las conducciones de agua? No están en condiciones. Ninguno de los talleres locales puede rebobinarlos hasta que el fabricante envíe un especialista que los prepare para el proceso de capsulado.

—¿Cuánto tiempo van a tardar? —preguntó Forester.

—Me han dicho que varios meses. Creo que tendremos que buscar otra solución.

—Supongo que habrá que instalar de nuevo el modelo montado sobre cojinetes.

—A la gente no le gustará enterarse de que utilizamos un material tan anticuado.

Forester se encogió de hombros.

—Redacte un informe sobre el asunto, Eddie —dijo, poniéndose en pie—. Tenía que ocurrir eso precisamente hoy. Se están produciendo demasiados accidentes. Una escalera rota...

Eddie trató de encontrar algo inteligente que decir. Finalmente, murmuró:

—Era un tipo vigoroso, desde luego.

 

Cuando Forester se hubo marchado, Eddie cogió distraídamente uno de los informes preliminares sometidos a su aprobación. El informe se refería a tres mil capacitores comprados el año anterior a una firma del Este, ahora en quiebra. Los capacitores empezaban a gotear. Eddie llamó al laboratorio eléctrico para comprobar si el problema estaba en vías de solución.

El supervisor informó:

—No tengo el material necesario para ocuparme de los capacitores. Compras ha pasado aviso a media docena de proveedores, pero hasta ahora no he recibido nada. Además, no dispongo de tiempo. He de atender con prioridad al programa de comprobación de los nuevos termínales.

—¿No podríamos encargar el trabajo a otra sección? —preguntó Eddie.

—No conozco ninguna que pueda reparar los capacitores.

Eddie colgó, y firmó el informe preliminar.

Pasó al siguiente.

A las 2:30, Forester pasó a recogerle y los dos se dirigieron a la Sala de Conferencias.

Catorce empleados asistían a la reunión, todos ellos pertenecientes a los departamentos operacionales. Entraron en la sala, buscaron asiento, encendieron cigarrillos, charlaron y bromearon unos con otros.

Cuando se presentó uno de los ayudantes del director, se hizo un gran silencio.

—Caballeros —dijo el ayudante—, iré derecho al asunto que ha motivado esta reunión. El Programa de Construcciones en el Valle ha absorbido ya dos emisiones de bonos. Los contribuyentes no darán su aprobación a una tercera.

Hizo una breve pausa, para que su auditorio captara bien el significado de lo que acababa de decir, y continuó:

—En el periódico de esta mañana he leído que el alcalde va a nombrar una comisión fiscalizadora. Supongo que también ustedes lo habrán leído. El Departamento de Aguas y Energía del Municipio de los Ángeles se encontrará en una situación muy comprometida al término del año fiscal.

»No necesito encarecerles la necesidad de una reducción de los costos. Tengo aquí el informe acerca del derrumbamiento de la subestación 115 KV, en la Bunker Hill, producido el mes pasado. La mayoría de ustedes ya lo habrán leído. Lo he hecho circular. Ahora bien...

El análisis de la situación se prolongó por espacio de diez minutos, para concluir con una bomba:

—Vamos a imponer una reducción del diez por ciento en los gastos operacionales.

Uno de los oyentes, más alerta que el resto, inquirió:

—¿Afectará esa reducción a los salarios?

—Afectará al personal cuyos ingresos superen los ochocientos dólares mensuales.

Siguieron unos instantes de asombrado silencio.

—No pueden hacer eso —dijo finalmente uno de los supervisores—. La mitad de mis mejores hombres se dedicarán a partir de mañana a buscar unos empleos mejor pagados... y los encontrarán.

—Yo me limito a transmitirles lo que me han ordenado.

Los hombres reunidos en la sala hablaron entre ellos en voz baja.

—De acuerdo —dijo uno de los supervisores—. Puesto que lo quieren así...

Después de la reunión, Forester acompañó a Eddie a su oficina.

—¿Vendrá usted mañana, Eddie?

—Supongo que sí, Les. En realidad, todavía no lo sé.

—Sentiría perderle.

—La cosa se pondrá difícil. El que a un hombre le recorten el sueldo es todo un problema.

—Veré lo que puedo hacer por usted. Si logro incluirle en una categoría superior...

—Gracias, Les.

Eddie consultó su reloj. Faltaba poco para la reunión convocada para tratar de los problemas de Seguridad.

Mientras esperaba, Eddie formó un informe preliminar de sesenta y tres páginas recomendando un programa para la sustitución de todos los cables de transmisión y distribución instalados antes del año 1946. Se calculaba que los ahorros, a largo plazo, ascenderían a unos doscientos cincuenta millones de dolares. Sin embargo, el gasto inicial era astronómico.

Después de la reunión, Eddie preparó otro memorándum señalando la apremiante necesidad de un programa de adiestramiento más completo y de un aumento del personal de mantenimiento. La escasez de técnicos calificados era endémica.

A las 4:25, el supervisor nocturno telefoneó para decir que tenía problemas con su nuevo automóvil y que no le sería posible llegar antes de las seis. Eddie accedió a esperarle.

A continuación, Eddie llamó a su casa para decirle a su esposa, Lois, que llegaría un poco tarde. Pero no consiguió la comunicación: su teléfono estaba averiado.

Ray Morely, uno de los ingenieros del servicio nocturno, entró en la oficina con una taza de café.

—¿Todavía aquí, Eddie?

—Sí, hasta que llegue Wheeler. Su automóvil no funciona.

—La Bolsa ha vuelto a experimentar un alza.

—Sí. Supongo que se ha enterado de lo de la reunión de hoy.

Ray bebió un sorbo de café.

—No he podido hablar con los del servicio diurno. Se ha producido un atasco y he llegado un poco tarde.

—Van a rebajarnos el sueldo.

—¿Bromea usted?

—¿Ha pasado ya por su oficina?

—No.

—No bromeo. El diez por ciento para los que cobran ochocientos dólares.

—Nadie va a aceptarlo —dijo Ray—. Andamos muy escasos de personal especializado. Hay un montón de ICBM oxidándose en los almacenes porque no disponemos de personal para manejarlos... Todo el mundo se marchará.

—No creo que pongan en vigor esa medida... Ramón López, uno de los miembros de la brigada de mantenimiento, ha muerto esta mañana.

—¿De veras?

Eddie le contó cómo había ocurrido el accidente.

—Lástima de muchacho, ¿no es cierto?

Sonó el teléfono.

Ray dijo:

—Yo contestaré.

Escuchó durante un par de minutos y colgó.

—Una avería en la zona de Silver Lake. A un autobús le fallaron los frenos y se llevó por delante un trozo del tendido eléctrico.

Eddie volvió a sentarse.

—No hay prisa —dijo—. El camión no llegará allí hasta las seis y media, por lo menos.

—De acuerdo. —Ray bebió otro sorbo de café, pensativamente—. ¿Piensa continuar aquí?

—Ya veremos. No lo he decidido todavía. ¿Y usted?

—Si me rebajan el sueldo, me descontarán casi cien dólares al mes... Es un buen bocado.

—Sigo opinando que no aplicarán esa medida.

—No podrán hacerlo —dijo Ray—. Les tenemos cogidos por el cuello. —Se retrepó en su asiento—. Yo veo esto como un fenómeno orgánico. Cuando la sociedad se hace tan complicada como la nuestra, necesita cada vez más ingenieros. Pero esa misma necesidad crea un círculo vicioso. Cuantos más ingenieros tenemos, más complicada se hace la sociedad. Cada nuevo ingeniero crea la necesidad de otros dos. Yo experimento una sensación de... no sé cómo expresarlo... de vitalidad, supongo, cuando visito una fábrica automatizada. Toda aquella maquinaria y todos aquellos aparatos electrónicos son como una célula de un organismo vivo: un organismo que crece cada día más, multiplicándose como bacterias. Y siempre está enfermo, y nosotros somos los médicos. La nuestra es la profesión más segura, porque controlamos el futuro. No creo que se atrevan a rebajarnos los sueldos.

—Espero que tenga usted razón —dijo Eddie.

 

Eddie se marchó a las 7:15, cuando llegó finalmente el supervisor del servicio nocturno. Al salir del edificio, oyó resonar un timbre de alarma que se había disparado, probablemente a causa de un cortocircuito. Aquella especie de rechinamiento alteró todavía más sus nervios. Aprensivamente, notó un viento cada vez más fuerte contra sus mejillas.

En casa, fue acogido con un beso formulario.

—Querido —le dijo Lois—, te has llevado el talonario de cheques y me he encontrado sin dinero.

—¡Oh! Lo siento. ¿Te ha hecho falta?

—No tenemos leche. Hoy no ha venido el lechero. Su máquina homogeneizadora se ha averiado. He llamado a la lechería alrededor de las nueve. Y luego, a partir de las once, el teléfono ha dejado de funcionar, de modo que no he podido pedirte que trajeras una botella.

—También yo he tratado de comunicar contigo.

—Al ver que eran las seis y no habías llegado, he imaginado que te habían retenido en la oficina.

Eddie se sentó, y Lois se instaló a su vez en el brazo del sillón, a su lado.

—¿Cómo han ido hoy las cosas?

Eddie estuvo a punto de contarle lo de la reducción de los salarios y lo de Ramón López, pero se dio cuenta de que no deseaba hablar de aquellos temas.

—Como siempre —dijo—. Poco antes de marcharme se ha producido una avería en la zona de Silver Lake.

—¿La han arreglado ya?

—Lo dudo —dijo Eddie—. Probablemente tardarán un par de horas.

—¡Vaya! —dijo Lois—. Cuando pienso en la carne que guardo en el refrigerador...

—Yo no almacenaría tanta —dijo Eddie.

Lois se puso en pie.

—Cariño, estoy nerviosa. No sé qué me pasa...

El viento hizo vibrar los cristales de las ventanas.

 

Mientras Lois calentaba la cena, su hijo entró en el cuarto de estar.

—Hola, papá.

—Hola, Larry.

—Papá, ¿cuándo vamos a arreglar el aparato de televisión?

Eddie soltó el periódico.

—En este preciso momento no disponemos de los cien dólares que costará la reparación. —Buscó cerillas en la mesita situada junto al sillón—. ¡Lois! ¿Dónde están las cerillas?

Lois entró en el cuarto.

—Me he olvidado de encargarlas a la tienda. Utiliza mi encendedor.

—Respecto al televisor...

Lois se estaba secando las manos con una toalla de papel.

—Las piezas de recambio para los aparatos antiguos son difíciles de encontrar —dijo—. De todos modos, hoy he leído que el Canal Tres ha dejado de funcionar. Sólo quedan el Dos y el Siete. Y los programas no son muy buenos, ¿verdad? Con tanto anuncio...

—Utilizan un montón de material viejo —admitió el hijo—, pero de cuando en cuando ponen algo nuevo.

—Hablaremos de esto en otra ocasión, ¿eh, Larry? —dijo Eddie—. ¿Has terminado ya los deberes?

—Me falta muy poco.

—Bueno, termínalos, y...

—Papá, quería preguntarte una cosa.

—Papá está cansado. Tiene que cenar. Y tú ya has cenado, Larry...

Después de cenar, Eddie volvió a coger el periódico, el Times vespertino. Ocho páginas, con una superabundancia de anuncios. En primera plana, un editorial comentaba una inminente subida de los precios.

—Subirán los precios una vez más, y tendremos que aceptarlo sin rechistar —dijo Lois—. ¿Has leído lo del avión que se ha estrellado en Florida? Algo terrible. ¿Cuál crees que ha sido la causa del accidente?

—Fatiga de los materiales, probablemente —dijo Eddie—. Era un jet con veinte años de servicio a cuestas.

—La compañía dice que la causa no ha sido esa.

—Siempre se niegan a admitirlo —dijo Eddie.

—Supongo que hoy no llegará el cheque de tu paga... Lo habrías mencionado.

—La nómina no está confeccionada todavía. Alguien apretó un botón por error en la nueva máquina, y unas cincuenta mil tarjetas sin clasificar salieron volando por toda la oficina.

—¡Oh, no! ¿Qué hacen los pobres que no tienen cuenta corriente en el banco?

—Esperar, como esperamos nosotros.

—Hoy tienes un mal día —dijo Lois—. Te veo nervioso.

—No... —dijo Eddie—. De veras que no.

—¿Continuaréis trabajando los sábados?

—Supongo que sí. No han dicho nada. Tal vez las cosas mejoren cuando haya pasado este mes.

—Dijiste que la falta de personal era debida a los nuevos trabajos de construcción en el Valle.

—En parte, sí.

—Su terminación no está prevista hasta... hasta el año próximo, ¿verdad?

—Hasta finales del 81.

—¡Eddie! ¡Escúchame! Apenas te veo. ¡No irás a decirme que esta situación durará dos años más!

—Desde luego que no —dijo Eddie—. Es posible que cuando haya transcurrido este mes cambien las cosas.

 

Larry, embutido en su pijama, entró.

—¿Papá?

—Tu padre está cansado.

—Quiero preguntarle una cosa.

—¿De qué se trata, Larry? —inquirió Eddie.

—Papá, ¿por qué aprendo tan poco en la clase de ciencias? Hay algo que no funciona. ¿Qué es?

—Papá está...

—Yo acostaré al niño, Lois.

Eddie acompañó a su hijo a su cuarto.

—¿Qué es lo que no funciona, papá?

—Bueno, verás...

Eddie permaneció unos instantes pensativo. Luego dijo:

—Temo que la ciencia ha muerto, devorada por ella misma. Es el peligro que corren todas las cosas que crecen exponencialmente. Imagina el dinero que tendrías al cabo de un mes, si empezaras con un penique y doblaras tu dinero cada día. En muy poco tiempo tendrías todo el dinero del mundo. Así ha crecido la ciencia, hasta invadir todos los terrenos posibles. Entonces, sin espacio para su actividad, tuvo que devorarse a sí misma, ¿comprendes?

—Sí, papá —murmuró Larry—. Supongo que sí.

Eddie hizo otra breve pausa. Luego acarició los cabellos de su hijo.

—Eso es ciencia ficción, Larry.

 

Más tarde, mientras escuchaban la FM, la radio informó de un gran incendio que acababa de producirse en la zona sur de Los Angeles.

—Eso queda cerca de la casa de Becky —dijo Lois—. Será mejor que telefonee.

El teléfono continuaba sin funcionar.

—Sin el teléfono me siento como aislada del mundo.

Después de un intermedio musical, Lois dijo:

—Larry quiere ser ingeniero, ahora. Después de lo que dijiste, creo que no es mala idea.

Eddie levantó la mirada de su cigarrillo.

—¿Cómo se le ha ocurrido eso?

—Uno de sus profesores le dijo lo mismo que tú dijiste: que hay una creciente escasez de ingenieros.

—Creí que quería ser astronauta.

—Ya conoces a Larry. Eso fue la semana pasada. Su profesor le dijo que los programas espaciales habían quedado suspendidos indefinidamente. Resultan demasiado caros. No tenemos material humano ni técnico para desperdiciarlo en aventuras que sólo pueden producir resultados a largo plazo.

—Es posible que ese profesor esté en lo cierto... A veces me pregunto...

La radio dio nuevas noticias del incendio.

Los bomberos tropezaban con muchas dificultades. Dos conducciones de agua se habían roto y la presión era cada vez menor. La causa del incendio había sido la explosión de una tubería de gas. El viento no amainaría hasta el amanecer.

—Estoy preocupada por Beck —dijo Lois—. ¡Oh! Me parece que no te lo había dicho... Su hermana tiene hipoglucemia. Por eso estaba siempre tan cansada.

—No sé lo que es. Nunca había oído hablar de esa enfermedad.

—Falta de azúcar en la sangre provocada por una glándula hiperactiva en el páncreas. Y el tratamiento es todo lo contrario de lo que imaginas. Apuesto a que no lo adivinas... Verás, si aumentas la cantidad de azúcar en la dieta, la glándula aumenta su actividad para eliminarlo, y la hipoglucemia se hace más aguda. Eso es lo que vosotros, los ingenieros, llamáis una «realimentación», ¿no es cierto? Bien, el tratamiento consiste en reducir la cantidad de azúcar que uno come. Y al cabo de una temporada, el páncreas vuelve a funcionar normalmente y el enfermo mejora. Ya te he dicho que no podrías adivinarlo.

Al cabo de un largo rato, Eddie dijo, en voz muy baja:

—¡Oh!

 

Poco después de medianoche se acostaron.

—He estado... —empezó a decir Lois, y no terminó la frase—. En realidad, no tengo un motivo concreto para sentirme preocupada. Y, sin embargo... Esta alza continua de la Bolsa... ¿Crees que va a producirse otro crack? ¿Cómo ocurrió en 1929?

Eddie, tendido a su lado, en la oscuridad, habló lentamente. Lois captó la extraña tensión de su voz.

—No. No lo creo.

Y repitió, en un susurro:

—No. No creo que se produzca otro crack.

A pesar del cálido ambiente de la habitación, Lois no pudo reprimir un involuntario estremecimiento, cuya causa no supo explicarse. Súbitamente, no deseó formular más preguntas.

El viento hizo vibrar los cristales de las ventanas.

 

 

 

CORDURA

Fritz Leiber

 

 

—Pasa, Phy, y ponte cómodo.

La voz meliflua —y la puerta que se abrió súbitamente— sorprendió al secretario general del Mundo jugueteando con una burbuja de gasoide verdoso, a la cual aplastaba en su mano para contemplar a continuación cómo se filtraba entre sus dedos en forma de espatulados zarcillos que no se disolvían. Lentamente, oblicuamente, volvió la cabeza. El Director Mundial Carrsbury captó una expresión que era al mismo tiempo estúpida, astuta, vacua. Bruscamente, la expresión fue reemplazada por una nerviosa sonrisa. El hombre, muy flaco, se irguió cuanto le permitían sus hombros habitualmente caídos, entró apresuradamente y se sentó en el borde de un sillón neumático.

Contempló con apuro la burbuja de gasoide que conservaba en la mano, y miró a su alrededor buscando un lugar a propósito para dejarla. Al no encontrar ninguno, la introdujo en su bolsillo. Luego reprimió el maquinal movimiento de sus dedos entrelazando fuertemente las dos manos.

—¿Cómo te encuentras, viejo? —preguntó Carrsbury en un tono que revelaba una benevolente amistad.

El secretario general no levantó la mirada.

—¿Te preocupa algo, Phy? —inquirió solícitamente Carrsbury—. ¿Te sientes disgustado, o insatisfecho, por tu... ejem... traslado, ahora que ha llegado el momento?

El secretario general no respondió. Carrsbury se inclinó hacia adelante a través del plateado escritorio semicircular, y apremió a su interlocutor.

—Vamos, viejo amigo, háblame de ello.

El secretario general no levantó la cabeza, pero hizo rodar sus extraños y distantes ojos hasta que quedaron fijos en Carrsbury. Se estremeció ligeramente, su cuerpo pareció contraerse y sus exangües manos se entrelazaron con más fuerza.

—Lo sé —dijo, en voz muy baja y monocorde—. Crees que estoy loco.

Carrsbury se echó hacia atrás, obligando a sus cejas a fruncirse debajo del mechón de cabello plateado.

—¡Oh! No es necesario que finjas sorprenderte —continuó Phy, en tono algo más firme, ahora que había roto el hielo—. Sabes tan bien como yo lo que significa la palabra. Mejor que yo, incluso, aunque ambos hemos tenido que efectuar investigaciones históricas para descubrirlo.

—Locura —repitió soñadoramente—. Desviamiento significativo de lo que constituye la norma. Incapacidad de adaptarse a los convencionalismos básicos a los cuales se subordina toda la conducta humana.

—¡Tonterías! —dijo Carrsbury, exhibiendo su sonrisa más cálida—. No tengo la menor idea de lo que estás diciendo. Estás un poco cansado, un poco aturdido... cosa muy comprensible teniendo en cuenta la carga que has soportado. Un breve descanso te pondrá como nuevo, unas vacaciones apartado de todo esto. Pero de eso a que estés... ¡Absurdo!

—No, dijo Phy, mirando fijamente a Carrsbury—. Tú crees que estoy loco. Crees que todos mis colegas del Servicio de Dirección Mundial están locos. Por eso nos has reemplazado por los hombres que has estado adiestrando durante diez años en tu Instituto de Caudillaje Político. Lo has creído desde el momento en que, con mi ayuda y mi complicidad, te convertiste en Director Mundial.

Carrsbury acusó el impacto. Por primera vez, su sonrisa se hizo un poco insegura. Empezó a decir algo, pero cambió de idea y miró a Phy, como si esperara que añadiese algo.

Sin embargo, Phy estaba mirando de nuevo fijamente el suelo.

Carrsbury se retrepó en su asiento, pensando. Cuando volvió a hablar, lo hizo en un tono más natural, menos melifluo y paternal.

—De acuerdo, Phy. Pero, sinceramente, dime una cosa: ¿no os sentiréis todos mucho más felices cuando os hayan relevado de vuestras responsabilidades?

Phy asintió con aire sombrío.

—Sí —dijo—. Indudablemente. Pero...

—Pero, ¿qué? —apremió Carrsbury.

Phy tragó saliva. Parecía incapaz de continuar. Se había deslizado paulatinamente hacia un lado del sillón, y la presión había hecho que el verde gasoide asomara por su bolsillo. Los largos dedos de Phy lo apretaron maquinalmente.

Carrsbury se puso en pie y dio la vuelta al escritorio. Sus cejas continuaban fruncidas, pero ahora no fingía.

—No veo motivo para que no hablemos de ello ahora, Phy —dijo—. Hasta cierto punto, te debo todo lo que soy. Y no hay razón para mantenerlo en secreto... no existe ningún peligro...

—Sí —asintió Phy, con una amarga sonrisa—, desde hace unos años no has corrido el peligro de que se produjera un golpe de estado. Y en el caso de que nos hubiéramos sublevado, disponías... —su mirada se posó en un punto de la pared opuesta donde una fina rendija vertical señalaba la presencia de una puerta— de tu policía secreta.

Carrsbury se sobresaltó. No se le había ocurrido que Phy pudiera estar enterado. Molesto, pensó: La astucia de los locos. Pero sólo por un instante. El sentimiento de amistad prevaleció de nuevo. Se situó detrás del sillón que ocupaba Phy y apoyó sus manos en los caídos hombros.

—Sabes que siempre he experimentado un afecto especial hacia ti, Phy. —dijo—, y no solamente por el hecho de que tus genialidades me facilitaran el camino para convertirme en Director Mundial. Siempre he sabido que eras distinto de los otros, que había momentos en que...

Vaciló.

Phy se encogió un poco bajo las amistosas manos.

—¿Te refieres a mis momentos de lucidez? —inquirió sin rodeos.

—Como ahora —dijo Carrsbury en voz baja, tras asentir con la cabeza, un gesto que el otro no pudo ver—. Siempre he sabido que a tu manera, poco realista, me comprendías. Y eso ha significado mucho para mí. He estado solo, Phy, espantosamente solo, durante diez años. No he tenido un solo compañero. Ni siquiera entre los hombres que he estado adiestrando en el Instituto de Caudillaje Político, ya que también delante de ellos tenía que representar un papel, mantenerles en la ignorancia de ciertos hechos, por temor a que se anticiparan a tomar el poder antes de estar suficientemente preparados. Siempre solo, sin más compañía que la de mis esperanzas... y los ocasionales momentos que he pasado contigo. Ahora que todo está superado y que un nuevo régimen empieza para los dos, puedo decirte eso. Y me alegro.

Se produjo un silencio. Luego... Phy no volvió la cabeza, pero una mano exangüe ascendió hasta tocar la de Carrsbury. Carrsbury carraspeó. Resultaba extraño, pensó, que pudiera existir una momentánea relación como ésta entre el cuerdo y el loco. Pero así era.

El Director Mundial regresó a su escritorio con cierta precipitación.

—Soy una regresión, Phy —empezó, hablando con más vivacidad que antes—. Una regresión a una época en la que la mentalidad humana era mucho más sana. Si mi caso se debió a las leyes de la herencia, o a determinados accidentes ambientales, o a las dos cosas, es algo que carece de importancia. Lo cierto es que había nacido una persona que estaba en condiciones de analizar el estado actual del género humano a la luz del pasado, de diagnosticar su enfermedad y de iniciar su curación. Durante largo tiempo me negué a enfrentarme con los hechos, pero finalmente mis investigaciones —especialmente las relacionadas con la literatura del siglo XX— no me dejaron otra alternativa. La mentalidad del género humano se había convertido en... anormal. Gracias a algunos avances tecnológicos, que habían hecho mucho más fácil y sencilla la tarea de vivir, y al hecho de que las guerras terminaron con la creación del actual estado mundial, se demoró el inevitable derrumbamiento de la civilización. Pero no hizo más que eso: demorarse. Las grandes masas humanas se han convertido en masas de lo que en otra época recibió el nombre de neuróticos incurables. Sus caudillos se han vuelto... tú te has adelantado a decirlo, Phy... locos. Incidentalmente, este último fenómeno —la tendencia de los enfermos mentales al caudillaje— ha sido observado en todas las épocas.

Carrsbury hizo una pausa. Tal vez se equivocaba, pero le pareció que Phy estaba siguiendo sus palabras con síntomas de una claridad mental mucho mayor que la había observado en él hasta entonces. Quizás —a menudo había soñado esperanzadamente en aquella posibilidad— existía aún la oportunidad de salvar a Phy. Quizás, si le explicaba las cosas claramente...

—En mis estudios históricos —continuó—, no tardé en llegar a la conclusión de que el período crucial fue el de la Amnistía Final, coincidente con la fundación del actual estado mundial. Se nos ha enseñado que con tal motivo fueron liberados millones de presos políticos... y millones de los otros. ¿Quiénes eran aquellos otros? A esta pregunta, nuestras historias actuales sólo dan respuestas vagas y vulgares. Las dificultades semánticas con que he tropezado han sido enormes. Pero he insistido obstinadamente. ¿Por qué, me he preguntado a mí mismo, habían desaparecido de nuestro vocabulario palabras tales como locura, demencia, psicosis, al tiempo que desaparecían de nuestra mente los conceptos que correspondían a ellas? ¿Por qué ha desaparecido del plan de estudios de nuestras Universidades la asignatura «Psicología anormal»? Y, lo que es mucho más significativo, ¿por qué nuestra moderna psicología resulta asombrosamente similar a lo que en el siglo XX se definía como psicología anormal? ¿Por que no existen ya, como en el siglo XX, instituciones para la reclusión y el tratamiento de los enfermos mentales?

Phy irguió la cabeza. Sonrió ladinamente.

—Porque ahora todo el mundo está loco —susurró.

La astucia de los locos. La frase acudió de nuevo a la mente de Carrsbury, como una advertencia. Pero sólo por un instante. Asintió con un gesto.

—Al principio me negué a aceptar esa conclusión. Pero poco a poco razoné el porqué y el cómo de lo que había sucedido. Una civilización altamente tecnológica había sometido al género humano a una gama más amplia de estímulos, convirtiéndolo en sujeto de tensiones mentales, de impulsos emotivos y de sugestiones conflictivas. Pero en los textos de psiquiatría del siglo XX descubrí, además, unas observaciones sobre un tipo de psicosis provocada por el éxito. Un individuo desequilibrado conserva una apariencia de normalidad mientras lucha por algo, mientras avanza hacia un objetivo. Pero alcanza el objetivo, y se desmorona. Sus reprimidas confusiones asoman a la superficie, se da cuenta de que no sabe lo que quiere, en realidad, sus energías, hasta entonces comprometidas en una lucha externa se vuelven contra él, y le destruyen. Bien, cuando la guerra quedó finalmente eliminada, cuando el mundo entero se convirtió en un estado unificado, cuando la desigualdad social quedó abolida... ¿Te das cuenta de la dirección de mi pensamiento?

Phy asintió lentamente.

—Esa es una deducción muy interesante —dijo, con una voz extraña, remota.

—Habiendo aceptado a regañadientes mi premisa principal —continuó Carrsbury—, todo se aclaró. Las cíclicas fluctuaciones semestrales del crédito mundial: me di cuenta en seguida de que Morgenstern, de Finanzas, era un maníaco-depresivo con una frase semestral, o una personalidad dualista, con una faceta de derrochador y otra de avaro. Resultó ser lo primero. ¿Por qué permanecía estancado el Departamento de Cultura? Porque el Director Howard era un catatónico. ¿Por qué se excedía en sus actividades el Departamento de Investigaciones Extraterrestres? Porque McElvy era un eufórico.

Phy le miró con una expresión de extrañeza.

—Es natural —dijo, extendiendo sus delgadas manos, de una de las cuales cayó el gasoide como un bucle de humo verde.

Carrsbury replicó.

—Sí, ya sé que tú y algunos de los otros os dais cuenta de las diferencias entre vuestras... personalidades, aunque no apreciéis la anormalidad fundamental implícita en todas ellas. Pero, sigamos. Cuando supe cuál era la situación, decidí lo que tenía que hacer. En mi calidad de hombre cuerdo, capaz de fijarme unos objetivos realistas, y rodeado de individuos cuyas inconsistencias y fantasías podía aprovechar en beneficio mío, estaba en condiciones de alcanzar, con tiempo y tacto, todo lo que me propusiera. Entonces formaba parte ya del Servicio Directivo. En tres años me convertí en Director Mundial. Entonces, mi esfera de influencia se amplió enormemente. Al igual que el hombre del epigrama de Arquímedes, tenía un punto de apoyo desde el cual podía mover el mundo. Conseguí, con diversos pretextos y bajo diferentes disfraces, promulgar unas disposiciones cuyo verdadero objetivo era el de apaciguar a las grandes masas neuróticas, eliminando muchos de los estímulos perturbadores e introduciendo un programa de vida más ordenado. Conseguí, halagando a mis compañeros del Directorio Mundial y poniendo a contribución toda mi capacidad de trabajo, mantener los asuntos mundiales dentro de unos límites razonables de seguridad, evitando, al menos, lo peor. Al mismo tiempo conseguí sacar adelante mi Plan Decenal: el adiestramiento, en un relativo aislamiento, primero en pequeño número, y luego, a medida que los instruidos podían convertirse en instructores, en número mayor, de un grupo de futuros dirigentes cuidadosamente escogidos teniendo en cuenta su relativa carencia de tendencias neuróticas.

—Pero, eso... —empezó a decir Phy, en tono excitado, poniéndose en pie.

—Eso, ¿qué? —inquirió Carrsbury rápidamente.

—Nada —murmuró Phy, dejándose caer de nuevo sobre el sillón.

—Creo que te lo he explicado todo —concluyó Carrsbury—. Excepto una cosa, quizás. Lo de mi proyección. No podía arriesgarme a prescindir de ella. Lo que a mí dependía era muy importante. Y existía el peligro de que me arrollara un estallido de violencia, desorganizado pero de todos modos efectivo, provocado por mis compañeros del Directorio Mundial. Por ello decidí dar un paso peligroso: creé mi policía secreta. Existe un tipo de locura conocida como paranoia, que se caracteriza por una exagerada suspicacia, la cual conduce a la manía persecutoria. Por medio de la técnica Rand de hipnotismo, muy utilizada a finales del siglo XX, inculqué a cierto número de esos desdichados individuos la idea fija de que sus vidas dependían de mí, de que yo estaba amenazado por todas partes y que debían protegerme a toda costa. Una desagradable medida, aunque haya resultado eficaz. Me sentiré satisfecho, muy satisfecho, cuando deje de ser necesaria. ¿Comprendes por qué me vi obligado a tomarla?

Miró a Phy con aire interrogador... y se dio cuenta con asombro de que su interlocutor le sonreía con una expresión idiota mientras sostenía el gasoide entre dos dedos.

—Hice un agujero en mi colchón y salió un montón de este material —explicó Phy, en el mismo tono que emplea un chiquillo para hablar de sus juegos—. Un material muy raro. Líquido rarificado. Gas de volumen fijo. —Esculpió con sus dedos una espantosa cabeza, verde transparente. Luego la aplastó en la palma de su mano—. Tengo el suelo de mi oficina lleno, enmarañado con los muebles.

Carrsbury se echó hacia atrás en su asiento y cerró los ojos. Se sintió súbitamente un poco cansado, un poco más ávido de ver llegar el día de su triunfo. Sabía que no debía desanimarse por su fracaso con Phy. Después de todo, había ganado la batalla principal. Siempre había sabido que, exceptuando algunos breves períodos de lucidez, Phy era tan incurable como el resto. Sin embargo...

—No tienes que preocuparte por el suelo de tu oficina, Phy —dijo, amablemente—. Tu sucesor se encargará de limpiarlo. A todos los efectos, ya has sido reemplazado.

—¡Eso es! —Carrsbury se sobresaltó ante el estallido de Phy. El Secretario Mundial se puso en pie de un salto y avanzó hacia él, extendiendo una excitada mano—. ¡Por eso he venido a verte! ¡Eso es lo que he estado tratando de decirte! ¡No puedo ser reemplazado así! ¡Ni tampoco los otros! ¡No puedes hacer eso!

Con una rapidez nacida de una larga práctica, Carrsbury se deslizó detrás de su escritorio. Obligó a sus facciones a reflejar una expresión de tranquila y sonriente benevolencia.

—Vamos, vamos, Phy —dijo, en tono contemporizador—. Si no puedo hacerlo, no puedo hacerlo, desde luego. Pero, ¿no crees que deberías decirme el motivo? ¿No crees que sería preferible que nos sentáramos, y habláramos del asunto, y me dijeras el motivo?

Phy se detuvo y dejó colgar su cabeza, desconcertado.

—Sí, supongo que sí —dijo lentamente, hablando de nuevo en voz baja y monocorde—. Supongo que tendré que hacerlo. Supongo que no hay otra solución. Sin embargo, había alimentado la esperanza de no tener que contártelo todo.

Carrsbury continuó sonriendo. Phy retrocedió hasta el sillón y se sentó.

—Bien —empezó finalmente, sin dejar de juguetear con el gasoide—. Todo comenzó cuando quisiste ser Director Mundial. No eras el tipo habitual, pero pensamos que podría resultar divertido. Sí, y al mismo tiempo útil. —Miró a Carrsbury—. En realidad, has beneficiado al Mundo en muchos sentidos, no lo olvides nunca —le aseguró—. Desde luego —añadió, concentrándose de nuevo en el torturado gasoide—, no lo has beneficiado exactamente en el sentido que tú creías.

—¿No? —inquirió Carrsbury maquinalmente.

Síguele la corriente. Síguele la corriente. La frase resonó una y otra vez en su cerebro.

Phy sacudió tristemente la cabeza.

—Tomemos, por ejemplo, esas disposiciones que promulgaste para apaciguar a la gente...

—¿Sí?

—Por ejemplo, tu prohibición de toda literatura excitante en las cintas de lectura... ¡Oh! Al principio tratamos de transigir con los temas sedantes que tú habías sugerido. La gente se lo tomó a risa, incluso. Pero, pasada la novedad, tu disposición se convirtió de hecho en una prohibición de toda literatura no excitante.

La sonrisa de Carrsbury se hizo más ancha.

—Todos los días paso por delante de varios puestos de venta de cintas de lectura —dijo, amablemente—. Los envases son completamente asépticos, desde el punto de vista de la moral. Han desaparecido las fotografías y los grabados obscenos que solían verse en todas partes.

—¿Has comprado alguna cinta? ¿La has escuchado? ¿0 proyectado el texto visual? —inquirió Phy.

—Durante diez años he sido un hombre muy atareado —respondió Carrsbury—. Desde luego, he leído los informes oficiales acerca de tales materias, y a veces he echado una ojeada a muestras resumidas de cintas de lectura.

—¡Oh, claro, los informes oficiales! —dijo Phy, alzando la mirada hacia la pared cubierta de archivos, más allá del escritorio—. Verás, lo que hicimos fue conservar los castos envases, y volver al antiguo contenido. ¿Comprendes? Como ya te he dicho antes, muchas de tus disposiciones han resultado beneficiosas.

Los informes oficiales. Aquellas tres palabras continuaban resonando desagradablemente en los oídos de Carrsbury. La rápida mirada que dirigió por encima de su hombro a la pared cubierta de archivos estaba cargada de suspicacia.

—¡Oh, sí! —continuó Phy—. Lo mismo que aquella prohibición de ceder a los impulsos anormales o indecorosos, con una larga relación de categorías específicas. La disposición entró en vigor, en efecto, pero con una breve coletilla: A menos que se considere indispensable ceder a ellos. Así quedaba garantizada la libertad del individuo —los dedos de Phy trabajaban furiosamente con el gasoide—. En lo que respecta a la prohibición de diversas bebidas estimulantes.... bueno, en esta localidad continúan sirviéndose bajo otros nombres, aunque se ha desarrollado una interesante costumbre: la de comportarse sobriamente mientras se ingieren. Y si hablamos de la jornada de ocho horas de trabajo...

Casi involuntariamente, Carrsbury se puso en pie y se acercó a una de las paredes. Con un gesto de su mano a través de un rayo invisible en forma de U, conectó la ventana. La pared desapareció. A través de su transparencia casi perfecta, el Director Mundial miró hacia abajo con curiosidad.

Las calles y parques parecían tranquilos y en orden. Pero luego se produjo una especie de confusión: una pandilla de personas, que desde aquella altura no eran más que diminutas cabezas con brazos y piernas, salió de un taller y empezó a bombardear a otro grupo con pieles de frutas. Al mismo tiempo, en otra calle contigua, dos pequeños vehículos ovoides, de color plateado, se embestían el uno al otro, retozando.

Carrsbury desconectó apresuradamente la ventana y dio media vuelta. Una simple casualidad, se dijo a sí mismo furiosamente. Desprovista de todo significado estadístico. Por espacio de diez años el género humano había tendido a la cordura, a pesar de las ocasionales recaídas. Lo había visto con sus propios ojos... Se había portado como un tonto al permitir que las divagaciones de Phy le afectaran.

Consultó su reloj.

—Tendrás que disculparme —dijo bruscamente, encaminándose hacia la salida—. Me gustaría continuar esta conversación, pero he de asistir a la primera reunión del nuevo Consejo Directivo Central.

Phy se puso rápidamente en pie.

—¡Oh! ¡No puedes hacer eso! ¡No puedes hacer eso! Es imposible!

Y agarró a Carrsbury por un brazo. El Director Mundial, impaciente, trató de desasirse. La rendija de la pared lateral se ensanchó, convirtiéndose en una puerta. Inmediatamente, los dos hombres dejaron de luchar.

En el umbral de la puerta apareció un cadavérico gigante, con un arma de color negro en la mano. Una barba negra sombreaba sus mejillas. En su rostro se reflejaba una cruel mezcla de suspicacia y de fanática devoción, la primera dirigida a lo largo del arma hacia Phy, y la segunda —con los ojos sonámbulos— hacia Carrsbury.

—¿Le estaba amenazando? —preguntó el hombre barbudo con voz ronca, moviendo significativamente el arma.

Por unos instantes, un brillo furioso y vengativo se reflejó en los ojos de Carrsbury. Luego se apagó. Se reprendió a sí mismo por aquel momentáneo impulso. El Secretario Mundial era un pobre lunático, y no debía odiarle, sino compadecerle.

—No pasa nada, Hartman —dijo tranquilamente—. Estábamos discutiendo un asunto, nos hemos excitado y hemos levantado un poco la voz. No pasa nada.

—Muy bien —dijo el hombre barbudo en tono dubitativo, después de una pausa. De mala gana, devolvió el arma a su funda, pero mantuvo su mano sobre ella y permaneció de pie en el umbral.

—Y ahora —dijo Carrsbury, desasiéndose—, tengo que marcharme.

Había recorrido todo el pasillo y estaba junto al ascensor cuando se dio cuenta de que Phy le había seguido y tiraba tímidamente de su manga.

—No puedes marcharte así —suplicó Phy, dirigiendo una aprensiva mirada hacia atrás por encima de su hombro. Carrsbury observó que Hartman también les había seguido—. Tienes que darme una oportunidad para que te explique el motivo, tal como me has pedido.

Síguele la corriente. El cerebro de Carrsbury estaba mortalmente cansado del susurro, pero decidió contemporizar.

—Puedes hablarme en el ascensor —concedió, al tiempo que su mano gesticulaba a través de un rayo en forma de U y un movimiento serpentino de luz en la pared señalaba la obediente subida del ascensor.

—Verás, no se trata únicamente de las disposiciones prohibitorias —dijo Phy apresuradamente—. Hay otras muchas cosas que nunca han funcionado como señalaban tus informes oficiales. Los presupuestos departamentales, por ejemplo. Los informes indicaban que las asignaciones para las Investigaciones Extraterrestres no experimentaban ningún aumento. En realidad, durante los últimos diez años, se han decuplicado. Desde luego, tú no podías saberlo. No podías estar en todo el mundo al mismo tiempo y presenciar todos los lanzamientos de cohetes supraestratosféricos.

El movimiento de la luz se interrumpió. Carrsbury entró en el ascensor. Pensó en la conveniencia de despedir a Hartman. El pobre Phy no representaba ninguna amenaza. Sin embargo... la astucia de los locos. Cambió de idea y accionó el rayo de control que enviaría al ascensor al centésimo y último piso. La puerta se cerró suavemente. Las cifras empezaron a parpadear. Veintiuno, veintidós, veintitrés.

—Y no hablemos del Servicio Militar. Tú lo redujiste drásticamente.

—Desde luego —asintió Carrsbury—. Hay un sólo país en el mundo. Evidentemente, la única necesidad militar es la de una adecuada fuerza policíaca. Además, sería muy arriesgado poner armas en manos de la actual población mundial.

—Lo sé —dijo Phy—. Sin embargo, lo que ha ocurrido es que, sin que tú lo supieras, el Servicio Militar se ha ido incrementando, y recientemente se han formado cuatro escuadrillas de cohetes.

Cincuenta y siete, cincuenta y ocho. Síguele la corriente.

—¿Por qué?

—Bueno, hemos descubierto que la Tierra está siendo explorada. Tal vez desde Andrómeda. Tal vez con intenciones hostiles. Tenemos que estar preparados. No te lo hemos dicho... bueno, porque temíamos que la noticia pudiera excitarte.

Carrsbury cerró los ojos. ¿Cuánto iba a durar aquello? Se dio cuenta, con un sentimiento de asombro, de que durante la última media hora, las personas como Phy, soportadas por espacio de diez años, se habían convertido para él en seres indeciblemente fastidiosos.

—¿Sabes cuántos pisos hay en este edificio?

Carrsbury no captó inmediatamente el nuevo tono de la voz de Phy, pero reaccionó inmediatamente.

—Cien —respondió.

—Entonces, ¿en qué piso estamos ahora?

Carrsbury abrió los ojos. Parpadeó una cifra: ciento veintisiete, ciento veintiocho, ciento veintinueve.

Algo muy frío se instaló en el estómago de Carrsbury, ascendió hasta su cerebro. Pensó en dimensiones ocultas, en agujeros insospechados en el espacio. Unos postulados de física elemental danzaron a través de sus pensamientos. Si era posible que un ascensor se mantuviera en movimiento hacia arriba con aceleración uniforme, sus ocupantes no podían determinar si los efectos que experimentaban eran debidos a la aceleración o a la gravedad: si el ascensor permanecía inmóvil sobre algún planeta, o se disparaba con creciente velocidad a través del libre espacio.

Ciento cuarenta y uno, ciento cuarenta y dos.

—O como si uno ascendiera a través de la conciencia hacia un reino insospechado de mentalidad situado encima —sugirió Phy con su nueva voz, sonriendo suavemente.

Ciento cuarenta y seis, ciento cuarenta y siete. El ascensor aminoraba ahora la velocidad. Ciento cuarenta y nueve, ciento cincuenta. Se había parado.

Esto era algún truco. La idea fue como un chorro de agua fría en el rostro de Carrsbury. Algún truco infantil de Phy. Cambiar las cifras de los pisos no resultaba difícil.

—Prepárate para una sorpresa —le advirtió Phy.

Casi simultáneamente, la brillante claridad del sol le deslumbró, mientras su estómago experimentaba un doloroso espasmo de vértigo.

Phy, Hartman y Carrsbury estaban de pie en el aire, cincuenta pisos por encima del Centro Directivo Mundial. Por un instante, Carrsbury se agarró frenéticamente a... nada. Luego se dio cuenta de que no estaban cayendo, y sus ojos... empezaron a localizar un asomo de paredes, techo y suelo e, inmediatamente debajo de ello una especie de pozo.

—Maravilloso, ¿no? —inquirió Phy—. Se trata de una de esas fascinadoras ideas modernas contra las cuales has legislado tan obstinadamente: como nuestras escaleras incompletas y nuestros caminos que no conducen a ninguna parte. El Comité de Construcciones decidió ampliar el radio de acción del ascensor y convertirlo en una especie de atalaya. El pozo tuvo que ser transparente para no estropear la forma del edificio original y para mejorar la visión. Los resultados fueron tan satisfactorios, que tuvo que ser instalado un sistema de alarma electrónico para la seguridad de las aeronaves.

Phy hizo una pausa y miró a Carrsbury con expresión burlona.

—Todo muy sencillo —observó—. Pero; ¿no encuentras una especie de simbolismo en ello? Durante diez años has pasado la mayor parte de tu vida en este edificio. Todos los días has utilizado este ascensor. Pero ni una sola vez —has sospechado la existencia de estos cincuenta pisos suplementarios. ¿No crees que pueda haberte ocurrido algo por el estilo en lo que respecta a tus observaciones de otros aspectos de la vida social contemporánea?

Carrsbury miró al Secretario Mundial con aire de desconcierto.

Phy se volvió a contemplar una aeronave que parecía dirigirse hacia ellos.

—Puedes mirarla, también —le dijo a Carrsbury—, ya que va a trasladarte a un lugar en el que gozarás de una vida más feliz y más descansada.

Carrsbury se humedeció los labios.

—Pero... —tartamudeó—. Pero...

Phy sonrió.

—Es verdad, he de terminar mi explicación. Bueno, tú podías haber continuado siendo Director Mundial toda tu vida, en el aislamiento de tu oficina, con tus informes oficiales y tus ocasionales contactos conmigo y con los otros. Pero se te ocurrió lo del Instituto de Caudillaje Político. Eso trastornó todas las cosas. Desde luego, nosotros estábamos tan interesados en él como tú. Ofrecía unas posibilidades concretas. Confiábamos en que la idea tendría éxito. Y nos hubiéramos retirado de buena gana de salir bien la cosa. Pero, afortunadamente, la idea fue un fracaso.

Sorprendió la dirección de la mirada de Carrsbury.

—No —dijo—. Temo que sus pupilos no están esperándole en la sala de conferencias del centésimo piso, como pensaba. Temo que están todavía en el Instituto. Y temo que éste se ha convertido en... bueno... en otra clase de Instituto.

Carrsbury notó que sus pensamientos y su voluntad emergían paulatinamente de la espantosa pesadilla que los había paralizado.

La astucia de los locos: no había hecho caso de aquella advertencia. En el preciso instante de la victoria... ¡No! ¡Se había olvidado de Hartman! Esta era justamente la emergencia para la cual había creado su cuerpo de protección personal.

Miró de soslayo al miembro principal de su policía secreta. El barbudo gigante, despreocupado al parecer de su extraña posición, contemplaba fijamente a Phy, como podría haber contemplado a un mago diabólico, capaz de las peores hazañas.

De pronto, Hartman captó la mirada de Carrsbury. Adivinó su pensamiento.

Sacando el arma de su funda, apuntó a Phy.

De sus labios brotó un sonido sibilante. Luego, en voz alta, gritó.

—¡Estás muerto, Phy! ¡Te he desintegrado!

Phy avanzó un par de pasos y arrancó el arma de manos del barbudo.

—Este es otro ejemplo de lo despistado que estás en lo que respecta al temperamento moderno —le dijo a Carrsbury—. Todos nosotros tenemos un aspecto débil en nuestro carácter. Hartman era excesivamente suspicaz; padecía un complejo de conjuras y persecuciones. Tú le asignaste la peor de las tareas, puesto que alimentaba y estimulaba su debilidad. Concentrado en una idea fija, se olvidó de las otras realidades, hasta el punto de que pasó años enteros sin darse cuenta de que llevaba una pistola de juguete.

»Pero —añadió Phy—, dale la tarea adecuada y funcionará perfectamente. Asignar a cada hombre el trabajo que mejor encaja con sus condiciones es un arte con infinitas posibilidades. Por eso teníamos a Morgenstern en Finanzas: para mantener el crédito fluctuante, con un ritmo seguro y vaticinable. Por eso teníamos a un eufórico en la dirección del programa de Investigaciones Extraterrestres: para crear un clima de superoptimismo. Y a un catatónico en el Departamento de Cultura: para que no se estrelle en su prisa por avanzar demasiado.

Carrsbury observó que la aeronave se estaba acercando cada vez más a ellos.

—Pero, entonces, ¿por qué...? —empezó a decir.

—¿Por qué te nombramos Director Mundial? —terminó Phy—. ¿Acaso no es obvio? ¿No te he dicho varias veces que has hecho mucho bien, indirectamente? Nos interesabas, ¿no lo comprendes? En realidad, tú eras prácticamente único. Como ya sabes, nuestro principio fundamental es el de permitir que cada individuo se exprese a sí mismo como desee. En tu caso, eso significaba permitir que te convirtieras en Director Mundial. En conjunto, la cosa no ha ido mal. Todo el mundo se ha divertido, se han promulgado algunas disposiciones constructivas, hemos aprendido mucho... ¡Oh! No hemos realizado todo lo que esperábamos llevar a cabo, pero esto es algo inevitable. Desgraciadamente, al final nos hemos visto obligados a interrumpir el experimento.

La aeronave había establecido contacto.

—Comprendes por qué ha sido necesario todo eso, ¿verdad? —continuó Phy, mientras acompañaba a Carrsbury hacia la portezuela abierta de la aeronave—. Estoy seguro de que lo comprendes. Todo se reduce a un problema de cordura. ¿Qué es la cordura... ahora, en el siglo XX, en cualquier época? La adhesión a unas normas. La conformidad con determinados convencionalismos fundamentales que presiden toda conducta humana. En nuestra época, el apartarse de la norma se ha convertido en la norma. La incapacidad para conformarse se ha convertido en la pauta del conformismo. Está claro, ¿no? Y explica tu propio caso y el de tus protegidos. Durante un largo período de años has insistido en adherirte a unas normas, en conformarte con determinados convencionalismos básicos. Has sido completamente incapaz de adaptarte a la sociedad que te rodeaba. Sólo podías fingir... y tus protegidos ni siquiera han sido capaces de eso. A pesar de tus muchas cualidades personales, no podíamos hacer otra cosa.

Carrsbury se volvió. Por fin había recobrado su voz. Una voz ronca, furiosa.

—¿Quieres decir que durante todos estos años os habéis estado burlando de mí?

La portezuela se cerraba ya. Phy gritó:

—Hubo una vez un indio sioux llamado Caballo Loco. Venció a Crock y venció a Custer. No creas que subestimo tu fuerza, Carrsbury.

Mientras la aeronave se remontaba, Phy agitó la burbuja de gasoide verde en un gesto de despedida.

—Encontrarás muy agradable el lugar al cual te diriges —gritó, en tono estimulante—. Alojamiento cómodo, aparatos adecuados para hacer ejercicio, y una biblioteca de literatura del siglo XX para que te ayude a pasar el tiempo.

Contempló el rígido rostro de Carrsbury, pegado al cristal de la portezuela, hasta que la aeronave se alejó, convirtiéndose en un pequeño punto en el espacio.

Entonces dio media vuelta, contempló sus manos, tiró el gasoide por la puerta abierta del ascensor, estudió su vuelo unos instantes y luego accionó el rayo en forma de U.

—Me alegro de haber perdido de vista a ese individuo —murmuró, más para sí mismo que para Hartman, mientras el ascensor descendía hacia el tejado.

Hartman le miró con ojos completamente inexpresivos.

—Sí —continuó Phy—, empezaba a ejercer una influencia muy perniciosa sobre mí. En realidad, estaba comenzando a temer por mí... —su expresión se hizo súbitamente vacua— «locura».

 

 

 

II - ALIENÍGENAS, EN LA TIERRA Y EN OTRAS PARTES

 

 

LAS FORMAS

J. H. Rosny

 

 

I

 

Sucedió mil años antes del comienzo de aquel centro de civilización del cual brotarían más tarde Nínive, Babilonia y Ecbatana.

La tribu nómada de Pjehu, con sus caballos, asnos y ganado, estaba cruzando la selva virgen de Kzur hacia el oeste, a través de una oblicua cortina de luz. Los bordes del sol poniente se hinchaban, revoloteaban, caían de sus graciosas perchas.

Todo el mundo estaba cansado y todos permanecían silenciosos, buscando un buen claro donde la tribu pudiera encender el fuego sagrado, preparar la cena y dormir a salvo de los animales salvajes detrás de una doble hilera de carbones encendidos.

Las nubes adquirieron tonos opalescentes; ilusorios paisajes se alejaron hacia los cuatro horizontes; los dioses de la noche empezaron a susurrar su dulce melopea, y la tribu continuaba avanzando. De pronto llegó un explorador, a caballo, anunciando la presencia de un claro y de agua, un manantial puro.

La tribu profirió tres prolongados gritos; todo el mundo avanzó con más rapidez. Estallaron risas infantiles; incluso los caballos y los asnos, acostumbrados a reconocer la proximidad de un lugar de descanso por el regreso de los exploradores y la alegría de los nómadas, irguieron sus cuellos orgullosamente.

Llegaron a la vista del claro. Allí, donde el delicioso manantial había excavado su lecho entre musgos y arbustos, una fantasmagoría se ofreció a los ojos de los nómadas.

Fue, primero, un gran círculo de traslúcidos conos azulados, con la punta hacia arriba, cuyo tamaño era casi la mitad del de un hombre. Unas cuantas rayas claras, unas cuantas espiras oscuras estaban esparcidas a través de sus superficies; cada uno de ellos tenía una deslumbrante estrella cerca de su base.

Más lejos, igualmente extrañas, había unas losas puestas en pie, con aspecto de corteza de abedul, salpicadas de elipses multicolores. Otras Formas, aquí y allá, eran casi cilíndricas: algunas altas y delgadas, otras bajas y achaparradas, todos de color bronceado, moteado de verde; y todas con el característico punto luminoso.

La tribu se detuvo, asombrada. Incluso los más valientes quedaron helados de supersticioso temor, que aumentó cuando las Formas empezaron a oscilar en el crepúsculo del claro. Y, súbitamente, sus estrellas parpadearon, los conos se alargaron, los cilindros y las losas chirriaron como agua arrojada encima de una llama, todos ellos avanzando hacia los nómadas con creciente velocidad.

Hechizada por el espectáculo, la tribu no se movió. Las Formas cayeron sobre ellos. El choque fue terrible. Guerreros, mujeres y niños cayeron a montones, misteriosamente derribados como por el rayo. Luego, los aterrorizados supervivientes encontraron fuerzas para huir. Y las Formas, rompiendo sus cerradas filas, se extendieron alrededor de la tribu, persiguiendo implacablemente a los que huían. Sin embargo, el espantoso ataque no fue infalible: mató a algunos, aturdió a otros, no hirió a ninguno. Unas cuantas gotas rojas brotaron de la nariz, ojos y oídos de los moribundos; pero otros, ilesos, se levantaron pronto y emprendieron la huida a la pálida luz crepuscular.

Fuera cual fuese la naturaleza de las Formas, se portaban como seres vivientes, no como elementos de la naturaleza, poseyendo, como los seres vivientes, una inconstancia y diversidad de movimiento, escogiendo claramente sus víctimas, sin confundir a los nómadas con árboles o arbustos, y ni siquiera con animales.

Los más rápidos de la tribu no tardaron en darse cuenta de que nadie les perseguía ya. Agotados y en harapos, al final se atrevieron a desandar su camino hacia el misterio. Muy lejos, entre los troncos de árboles inundados de sombras, la resplandeciente caza continuaba. Y las Formas, aparentemente por elección, destrozaban a los guerreros, desdeñando a menudo atacar a los débiles, a las mujeres y a los niños.

Vista a distancia, en medio de la oscuridad que ahora había caído, la escena era más sobrenatural, más abrumadora para unas mentes bárbaras. A punto de emprender la huida una vez más, los guerreros efectuaron un descubrimiento vital: hicieran lo que hicieran los fugitivos, las Formas abandonaban la persecución en un límite determinado. Por débil e indefensa que la víctima pudiera estar, incluso si se hallaba inconsciente, una vez había cruzado la frontera invisible se encontraba fuera de peligro.

Este tranquilizador descubrimiento, confirmado pronto por cincuenta observaciones, aplacó los frenéticos nervios de los fugitivos. Se atrevieron a esperar a sus compañeros, a sus esposas y a sus hijos, que habían escapado de la carnicería. Uno de ellos, su héroe, que había resultado conmocionado al principio, recobró su presencia de ánimo y encendió una fogata, y sopló en un cuerno de búfalo para guiar a los fugitivos.

Uno a uno llegaron los supervivientes. Muchos, derrengados, arrastrándose sobre manos y rodillas. Las madres, con indomable voluntad, habían protegido, reunido y transportado a sus hijos a través del salvaje encuentro.

Y muchos caballos, asnos y reses reaparecieron, menos asustados que sus dueños.

Siguió una noche lúgubre, pasada en insomne silencio, mientras los guerreros se sentían asaltados por frecuentes estremecimientos. Pero llegó el amanecer, proyectando claridades a través del espeso follaje, y los pájaros empezaron a piar, animándoles a vivir, ahuyentando los terrores de la oscuridad.

El Héroe, él caudillo natural, formó la multitud en grupos y empezó a pasar recuento a la tribu. Faltaban la mitad de los guerreros, doscientos. La pérdida de mujeres era mucho menor; los niños estaban casi todos.

Cuando terminó el recuento y fueron reunidas las bestias de carga (faltaban muy pocas, debido a la superioridad del instinto sobre la razón durante una crisis), el Héroe hizo formar a la tribu como de costumbre. Luego, ordenando a todo el mundo que le esperasen, echó a andar, pálido y solo, hacia el claro. Nadie se atrevió a seguirle, ni siquiera de lejos.

Se dirigió hacia el lugar donde los árboles estaban más espaciados, un poco más allá del límite observado el día anterior, y miró.

A cierta distancia, en la fría transparencia de la mañana, fluía el manantial. En torno, reunida, la fantástica tropa de Formas brillaba esplendorosamente. Sus colores habían cambiado. Los conos eran más compactos, su tono turquesa se había trocado en verdoso; los Cilindros estaban estriados de violeta y las Losas parecían de cobre puro. Pero todos tenían su resplandeciente estrella, deslumbrante incluso a la luz del día.

Los contornos de aquellos fantasmagóricos entes también habían cambiado. Los conos tendían a convertirse en cilindros, los cilindros a aplastarse y ensancharse, en tanto que las losas se curvaban ligeramente.

Pero, súbitamente, al igual que la noche anterior, las formas oscilaron, sus estrellas empezaron a parpadear; el Héroe, lentamente, se retiró más allá de la línea de seguridad.

 

II

 

La tribu de Pjehu se detuvo en el umbral del gran tabernáculo nómada, en el cual sólo podían entrar los jefes. En las rutilantes profundidades, debajo de la viril imagen del Sol, estaban sentados los tres altos sacerdotes. Debajo de ellos, en los dorados peldaños, los doce sacerdotes menores.

El Héroe se adelantó y explicó con detalle el espantoso viaje a través del bosque de Kzur; los sacerdotes escucharon con mucha gravedad en sus semblantes, asombrados, intuyendo que su poder menguaba ante aquella inconcebible aventura.

El Alto Sacerdote Supremo ordenó que la tribu sacrificara al Sol doce toros, siete onagros y tres garañones. Reconoció atributos divinos en las Formas y, después de los sacrificios, decidió llevar a cabo una expedición hierática.

Todos los sacerdotes, todos los jefes de la nación Zahelal, tomarían parte en ella.

Y fueron enviados mensajeros a los montes y las llanuras, en un centenar de leguas a la redonda del lugar donde más tarde se levantaría Ecbatana de los magos. En todas partes, el enigmático relato erizó los cabellos de los hombres; en todas partes, los jefes respondieron prestamente a la llamada sacerdotal.

Una mañana de otoño, el Macho taladró las nubes, inundó el tabernáculo y alcanzó el altar donde humeaba el sanguinolento corazón de un toro. Los altos sacerdotes, los sacerdotes menores y cincuenta jefes de tribu profirieron un grito de triunfo. Cien mil nómadas, que esperaban en el exterior del tabernáculo, recogieron el clamor, volviendo sus atezados rostros hacia el milagroso bosque de Kzur y estremeciéndose un poco Los presagios eran favorables.

Así, con los sacerdotes al frente, todo un pueblo marchó a través de los árboles. Por la tarde, y alrededor de la hora tercera, el Héroe de Pjehu dio la voz de alto. El gran claro se extendía delante de ellos en toda su majestad, con un resplandor otoñal. Un torrente de hojas secas cubría sus musgos. En las orillas del manantial, los sacerdotes vieron a las Formas que habían venido a adorar y a apaciguar. Eran muy agradables a la vista, bajo la sombra de los árboles, con sus trémulos cambios de color, las llamas puras de sus estrellas y sus tranquilos movimientos en torno al manantial.

—Debemos hacer la ofrenda aquí —dijo el Alto Sacerdote Supremo—. Así sabrán que nos sometemos a su poder.

Todos los barbagrises asintieron. Una voz se alzó, sin embargo. Era Yushik, de la tribu de Nim, el joven contador de estrellas, el pálido observador profético, de reciente fama, el cual pidió osadamente que se acercaran más a las Formas.

Pero, prevaleció la opinión de los ancianos. Se construyó el altar, se llevó hasta él a la víctima: un garañón de un blanco purísimo. Luego, en medio del silencio de los postrados hombres, el cuchillo de bronce encontró el corazón del noble animal. Se alzó un gran lamento. Y el Alto Sacerdote inquirió:

—¿Estáis apaciguados, oh dioses?

Más allá, entre los silenciosos troncos, las Formas se movieron en círculo, aumentando su brillo, prefiriendo los lugares donde los rayos del sol eran más espesos.

—¡Sí! —gritaron los entusiastas—. ¡Están apaciguados!

Un fanático arrancó el cálido corazón del garañón y, antes de que el Alto Sacerdote pudiera pronunciar una sola palabra, se precipitó hacia el claro. Otros fanáticos le siguieron, gritando. Las Formas oscilaron suavemente, agrupándose, deslizándose por encima de la hierba... Súbitamente, se lanzaron contra los atrevidos, en una matanza que aturdió a las cincuenta tribus.

Seis o siete fugitivos, perseguidos con saña, consiguieron alcanzar la frontera. Los otros habían muerto, Yushik entre ellos.

—¡Son unos dioses implacables! —exclamó solemnemente el Alto Sacerdote Supremo.

Luego se reunió el venerable consejo de sacerdotes, ancianos y jefes. Decidieron clavar una hilera de estacas alrededor de la línea fronteriza. Para poder fijar la línea, obligarían a unos esclavos a exponerse a ser atacados por las Formas en una parte del perímetro y después en otra.

Y así se hizo. Bajo la amenaza de muerte, los esclavos penetraron en el círculo. Las precauciones tomadas fueron tan cuidadosas que pocos de ellos perecieron. La frontera quedó establecida, visible para todos por su línea de estacas.

La expedición terminó felizmente, y los Zahelals se creyeron a salvo del enemigo.

 

III

 

Pero el sistema preventivo preconizado por el consejo no tardó en mostrar sus deficiencias. A la primavera siguiente, las tribus de Hertoth y Nazzum pasaban descuidadamente cerca del anillo de estacas, sin sospechar nada, cuando de pronto fueron cruelmente asaltados y diezmados por las Formas.

Los jefes que escaparon de la matanza declararon ante el gran consejo Zahelal que las Formas eran ahora mucho más numerosas que en el otoño anterior. Su persecución continuaba teniendo un límite, pero la frontera se había ensanchado.

Estas noticias desalentaron al pueblo; se derramaron muchas lágrimas y se ofrecieron muchos sacrificios. Luego, el consejo decidió destruir el bosque de Kzur por el fuego.

A pesar de todos sus esfuerzos, no pudieron incendiar más que las orillas del bosque.

Entonces, los sacerdotes, en su desesperación, consagraron el bosque y prohibieron que se penetrara en él.

Y pasaron muchos veranos.

Una noche de otoño, el campamento de la tribu de Zulf, situado a diez tiros de arco del bosque prohibido, fue invadido por las Formas. Trescientos guerreros más perdieron la vida.

A partir de aquel día, una tenebrosa leyenda circuló de tribu en tribu, una leyenda que era susurrada de noche, bajo los inmensos cielos estrellados de Mesopotamia. El Hombre iba a perecer. Las Formas, en continua expansión, en los bosques, a través de las llanuras, indestructibles, acabarían inexorablemente con la raza humana. Y este terrible secreto acosaba los cerebros de los hombres, minaba sus fuerzas y la confianza de sus jóvenes. Los nómadas, con semejantes pensamientos, no encontraban ya placer en los feraces pastos de sus padres. Alzaban sus cansados ojos al cielo, esperando que las estrellas se detuvieran en su carrera. Era la vejez milenaria de aquel pueblo infantil, el toque de difuntos del mundo.

Y, en su angustia, aquellos pensadores cayeron en un culto cruel, un culto de muerte predicado por pálidos profetas, el culto de Tinieblas más poderosas que las Estrellas, las Tinieblas que engullirían y devorarían la sagrada Luz, el resplandeciente fuego.

Por doquier eran vistas las demacradas, inmóviles figuras de los inspirados, los hombres del silencio, los cuales, pasando de cuando en cuando entre las tribus, hablaban de sus terribles sueños, del Crepúsculo de la Gran Noche que se acercaba, del moribundo Sol.

 

IV

 

En aquella época vivía un hombre extraordinario llamado Bakhun, miembro de la tribu de Ptuh y hermano del Alto Sacerdote Supremo de los Zahelals. En su juventud había abandonado la vida nómada para instalarse en un verde valle, entre cuatro colinas, donde un manantial entonaba su clara canción. Había construido una tienda de piedra, una morada ciclópea. Con paciencia, y utilizando sabiamente sus caballos y sus bueyes, había alcanzado la opulencia de las cosechas regulares. Sus cuatro esposas y sus treinta hijos vivían allí como en el paraíso.

Bakhun profesaba unas extrañas creencias, por las cuales podía haber sido lapidado, de no mediar el respeto que a los Zahelals les inspiraba su hermano mayor, el Alto Sacerdote Supremo.

En primer lugar, declaraba que la vida sedentaria era mejor que la vida de los nómadas, porque conservaba la fuerza del hombre para provecho de su espíritu.

En segundo lugar creía que el Sol, la Luna y las Estrellas no eran dioses, sino masas luminosas.

Los Zahelals le atribuían poderes mágicos, y los más osados se arriesgaban incluso a consultarle. Nunca se arrepintieron de ello. Decíase que Bakhun había ayudado con frecuencia a tribus infortunadas entregándoles alimentos.

Y en aquella hora crítica, cuando los hombres se enfrentaban con la melancólica elección de renunciar a sus feraces pastos o ser destruidos por los inexorables dioses, las tribus pensaron en Bakhun, y los propios sacerdotes, después de luchar con su orgullo, le enviaron una comisión formada por tres de los más grandes de entre ellos.

Bakhun escuchó con mucha atención sus relatos, pidió que le repitieran ciertos pasajes y formuló preguntas concretas. Solicitó dos días de plazo para meditar. Cuando hubieron transcurrido, anunció simplemente que dedicaría su vida al estudio de las Formas.

Las tribus quedaron un poco decepcionadas, ya que confiaban en que Bakhun sería capaz de liberar sus tierras por medio de la brujería. Sin embargo, los jefes se declararon satisfechos por aquella decisión, esperando grandes cosas de ella.

Bakhun instaló su observatorio en el lindero del bosque de Kzur, abandonándolo únicamente cuando se hacía de noche. Todo el largo día, montado en el garañón más rápido de Caldea, observaba. No tardó en convencerse de la superioridad del espléndido animal sobre las Formas más ágiles, y así pudo iniciar su atrevido y laborioso estudio de los enemigos del hombre, estudio del cual poseemos el gran antecuneiforme libro de sesenta tablillas, el mejor libro de piedra legado por la era nómada a la civilización moderna.

En aquel libro, admirable por su moderación y su paciente observación, se describe una forma de vida completamente distinta de nuestros reinos animal y vegetal, una forma que Bakhun admite humildemente que sólo pudo analizar en sus características más superficiales. Resulta imposible para un hombre leer, sin estremecerse, aquella monografía de los seres a los cuales Bakhun llamó los Xipehuz; aquellas desapasionadas notas, nunca forzadas para que encajaran en cualquier sistema, de sus actividades, de sus medios de locomoción, de combate, de procreación. Aquellas notas que demuestran que la raza humana estuvo una vez al borde de la nada, que la tierra estuvo a punto de convertirse en patrimonio de un reino del cual se ha perdido todo rastro.

El libro debería ser leído en la maravillosa traducción de Dessault, llena de sorprendentes descubrimientos en lo que respecta a las lenguas pre-asirias: descubrimientos más apreciados, por desgracia, en países extranjeros, en Inglaterra, en Alemania, que en la patria del autor. El eminente erudito ha dado a conocer algunas páginas destacadas de aquella valiosa obra, que reproduciremos a continuación, con la esperanza de que esas páginas induzcan al lector a trabar conocimiento con la soberbia traducción de Dessault.

 

V

 

Los Xipehuz son evidentemente seres vivientes. Todos sus movimientos revelan la libre voluntad, la impulsión, la cooperación y la parcial independencia que distinguen al Animal de la Planta y de la materia no viviente. Aunque su modo de avanzar resulta imposible de describir en términos comparativos— ya que es un simple movimiento de deslizamiento a través del suelo—, es obvio que se lleva a cabo bajo su voluntario control. Les vemos pararse súbitamente, girar, perseguirse el uno al otro, pasear en grupos de dos y de tres; muestran preferencias que les hacen abandonar una compañía para unirse a otra. Son incapaces de trepar a los árboles, pero consiguen matar pájaros después de atraerlos utilizando medios desconocidos. Con frecuencia pueden ser vistos rodeando a animales del bosque o tendidos al acecho detrás de un arbusto; puede afirmarse categóricamente que matan a todos los animales sin distinción, siempre que pueden capturarlos, y sin motivo aparente, ya que no los devoran, sino que se limitan a reducirlos a cenizas.

Para hacerlo no utilizan ninguna pira funeraria; el punto incandescente que tienen en su base les basta para ese propósito. Forman un círculo de diez o de veinte alrededor del cadáver de un gran animal y hacen que sus rayos coincidan sobre él. En los animales pequeños, los pájaros, por ejemplo, los rayos de un solo Xipehuz son suficientes para producir la incineración. Debe observarse que el calor que producen no es instantáneo en su efecto. A menudo he recibido la irradiación de un Xipehuz sobre mi mano, y la piel sólo ha empezado a calentarse después de transcurrido cierto tiempo.

No sé si es correcto decir que los Xipehuz tienen formas distintas, ya que cualquiera de ellos puede transformarse sucesivamente en un cono, un cilindro y una losa, y esto en el curso de un solo día. Sus colores varían constantemente, un hecho que en mi opinión puede ser atribuido a los cambios de la calidad de la luz de la mañana a la tarde y de la tarde a la mañana. Sin embargo, ciertas variaciones parecen ser debidas a los impulsos de los individuos, y en particular a sus pasiones, si puedo permitirme este vocablo, constituyendo así auténticas expresiones de fisonomía, de las cuales, a pesar de un incansable estudio, no he podido identificar ninguna, excepto por hipótesis. Así, nunca he sido capaz de distinguir entre un tono furioso y uno tranquilo, lo cual sería seguramente el descubrimiento primordial en este campo.

He hablado de sus pasiones. Me he referido también anteriormente a sus preferencias, las cuales podría calificar de amistades. También tienen sus odios. Un Xipehuz mantiene continuamente su distancia de otro, y viceversa. Parecen experimentar violentas rabias. Se atacan unos a otros con movimientos idénticos a los observados cuando atacan a hombres o a grandes animales, y en realidad fueron esos combates los que me demostraron que no eran inmortales, como al principio estaba dispuesto a creer, ya que en dos o tres ocasiones he visto sucumbir a Xipehuz en esos encuentros, es decir, caer, encogerse y petrificarse. He conservado cuidadosamente algunos de esos extraños cadáveres, y quizás en alguna época futura puedan servir para revelar la naturaleza de los Xipehuz. Son cristales amarillentos, dispuestos de un modo irregular y veteados de filamentos azules.

Partiendo del hecho de que los Xipehuz no eran inmortales, pude deducir que sería posible atacarles y derrotarles, y en consecuencia inicié una serie de experimentos marciales de los cuales tendré que hablar más adelante.

Dado que el resplandor de los Xipehuz es siempre suficiente para hacerlos visibles a través de la maleza e incluso detrás de grandes troncos de árboles —un amplio halo emana de ellos en todas direcciones y advierte su proximidad—, pude aventurarme a menudo en el bosque, confiando en la rapidez de mi garañón.

Allí, traté de descubrir si construían refugios para guarecerse, pero confieso que fracasé en aquella búsqueda. Los Xipehuz no mueven piedras ni plantas, y parecen ser ajenos a cualquier forma de industria tangible y visible, la única clase que puede ser distinguida por la observación humana. En consecuencia no tienen armas, en el habitual sentido de la palabra. Es cierto que no pueden matar a distancia: todo animal que ha sido capaz de huir sin entrar en contacto directo con un Xipehuz, ha escapado invariablemente, y yo he presenciado esto muchas veces.

Como la desdichada tribu de Pjehu había observado ya, los Xipehuz no pueden cruzar ciertas barreras intangibles; así, sus movimientos son limitados. Pero esos límites se amplían continuamente de año en año, de mes en mes. Traté de descubrir la causa de esto.

Bien, esta causa no parece ser otra que un fenómeno de crecimiento colectivo, y como la mayoría de las cosas que se refieren a los Xipehuz, resulta incomprensible para la mente humana. En resumen, el principio fundamental es este: los límites de movimiento de los Xipehuz se extienden en proporción al número de individuos vivos, es decir, que cuando aparecen seres nuevos, las fronteras se amplían; pero mientras su número no aumenta, cada uno de los individuos es completamente incapaz de abandonar el habitat asignado —¿por fuerzas naturales?— a la raza en conjunto. Este principio sugiere una relación más estrecha entre el individuo y el grupo que la que se observa entre otros animales y hombres. Más tarde vimos la recíproca de este principio en funcionamiento, ya que cuando el número dé Xipehuz empezó a disminuir, sus fronteras se encogieron proporcionalmente.

En lo que respecta al fenómeno de propagación en sí, tengo muy poco que decir; pero este poco es característico. Para empezar, esta propagación tiene lugar cuatro veces al año, un poco antes de los equinoccios y solsticios, y sólo en noches muy claras. Los Xipehuz se reúnen en grupos de tres, y esos grupos se amalgaman poco a poco hasta formar una sola elipse muy larga. Permanecen así toda la noche y hasta que el sol alcanza su cénit al día siguiente. Cuando se separan, surgen unas formas vagas, vaporosas y enormes.

Esas formas se condensan lentamente, encogiéndose, y al cabo de diez días se han transformado en conos de color ámbar, de un tamaño considerablemente mayor, aún, que el de un Xipehuz adulto. Tardan dos meses y varios días en alcanzar su máximo desarrollo, que en este caso equivale a disminución. Transcurrido ese período se convierten en seres similares a los otros miembros de su raza, variables en sus formas y colores de acuerdo con el tiempo, la hora y el humor del individuo. Unos días después de haberse completado su desarrollo o disminución, la frontera se ensancha. No hace falta decir que poco antes de ese temible momento yo había aguijoneado los flancos de mi noble Kuath, para establecer mi campamento un poco más lejos.

Es imposible decir si los Xipehuz tienen sentidos, tal como nosotros los entendemos. Desde luego, poseen órganos que sirven para el mismo fin.

La facilidad con que detectan la presencia de animales, y especialmente de hombres, a gran distancia, demuestra que sus órganos de percepción son tan eficientes, al menos, como nuestros ojos. Nunca les he visto confundir una planta con un animal, incluso en circunstancias que a mí mismo podrían haberme inducido a error, engañado por la luz filtrándose a través de las hojas, el color del objeto o su posición. El agrupamiento de veinte individuos para consumir a un animal grande al tiempo que uno solo incinera a un pájaro indica una correcta comprensión de las proporciones, y esta comprensión parece incluso más perfecta si se tiene en cuenta que también se reúnen en grupos de diez, doce o quince, siempre de acuerdo con el tamaño relativo del cadáver. Un argumento todavía mejor en favor de la existencia de órganos sensoriales análogos a los nuestros y de su inteligencia, es su manera de atacar a nuestras tribus, ya que al tiempo que persiguen implacablemente a los guerreros, apenas prestan atención a las mujeres y a los niños.

Ahora, la pregunta más importante: ¿poseen un lenguaje? Puedo contestar sin la menor vacilación. Sí, poseen un lenguaje. Y este lenguaje está compuesto de signos, algunos de los cuales he podido incluso descifrar.

Supongamos, por ejemplo, que un Xipehuz desea hablar con otro. Para hacerlo, le basta con dirigir la radiación de su estrella hacia el otro, algo que siempre es percibido inmediatamente. El que ha sido llamado, si está en movimiento se detiene y espera. El que habla traza entonces rápidamente sobre la misma piel del que escucha una serie de breves marcas luminosas, dibujándolas, por así decirlo, con la radiación de su estrella. Esas marcas permanecen fijas unos instantes, y luego se desvanecen.

El oyente, después de una breve pausa, contesta.

Antes de cualquier acción de combate o emboscada, siempre he visto que los Xipehuz utilizan la siguiente marca:

Cuando hablan de mí —cosa que ocurre con frecuencia, ya que han hecho todo lo posible para exterminarme, lo mismo que a mi noble Kuath— la marca es:

seguida de la anterior:

La marca habitual de llamada es:

Y esto hace que el individuo receptor se apresure. Cuando los Xipehuz son invitados a una reunión general, nunca he dejado de observar una señal de esta forma:

representando la triple apariencia de estos seres.

Además, los Xipehuz tienen signos más complicados que no se refieren a acciones similares a las nuestras, sino a un orden extraordinario de cosas que no he sido capaz de descifrar. No puede alimentarse ninguna duda acerca de su capacidad para intercambiar ideas de un orden abstracto, probablemente las equivalencias de las ideas humanas, ya que son capaces de permanecer inmóviles durante largos períodos, sin hacer nada más que conversar, lo cual indica una verdadera acumulación de pensamientos.

A pesar de sus metamorfosis (cuyas leyes difieren para cada uno de ellos, muy ligeramente, pero de un modo suficientemente característico para un observador paciente), durante mi prolongada estancia entre ellos aprendí a conocer a varios Xipehuz de un modo más bien íntimo localizando las peculiaridades entre sus diferencias individuales. (¿Debería decir entre sus caracteres?) He conocido Xipehuz taciturnos, que casi nunca trazaban una palabra; volubles, que escribían verdaderos discursos; atentos; charlatanes que hablaban al mismo tiempo, uno interrumpiendo al otro. Algunos eran de naturaleza retraída y preferían una vida solitaria; otros manifestaban un evidente deseo de compañía; algunos eran feroces, cazando continuamente pájaros y animales; y algunos compasivos, perdonando a menudo a los animales y dejándoles vivir en paz. ¿No abre todo esto una enorme avenida a la imaginación? ¿No nos conduce a imaginar diversidades de aptitud, fuerza e inteligencia análogas a las de la raza humana?

Los Xipehuz practican la educación. He visto muchas veces un Xipehuz anciano, sentado en medio de varios jóvenes, trazando en ellos signos que debían repetirse unos a otros... y que el anciano corregía cuando la repetición era imperfecta. Aquellas lecciones resultaban realmente maravillosas para mí, y en todo lo que afecta a los Xipehuz no hay nada que me haya llamado tanto la atención, nada que me haya preocupado tanto durante mis noches de insomnio. Tenía la impresión de que aquello podía alzar el velo del misterio, que alguna idea simple y primitiva podía brotar e iluminar para mí un rincón de aquella profunda oscuridad. No, nada me desalentaba; año tras año observé aquella educación, atribuyéndole innumerables interpretaciones. ¡Cuántas veces creí captar un resplandor fugitivo de la naturaleza esencial de los Xipehuz! Una luz invisible, una pura abstracción que, por desgracia, mis pobres facultades no podían seguir.

Ya he dicho anteriormente que durante largo tiempo creí que los Xipehuz eran inmortales. Habiendo abandonado esta creencia, después de presenciar las muertes violentas que seguían a algunos encuentros entre Xipehuz, tendí lógicamente a descubrir sus puntos vulnerables, y a partir de entonces dediqué todo mi tiempo a la búsqueda de medios de destrucción. Ya que los Xipehuz eran cada vez más numerosos, hasta el punto de que, después de rebasar el bosque de Kzur por el sur, el oeste y el norte, empezaban a extenderse por las llanuras en dirección a levante. Unos cuantos ciclos más y desposeerían al hombre de su hogar terrenal.

En consecuencia, me proveí de una honda y en cuanto tuve a un Xipehuz a tiro le disparé mi piedra. No obtuve ningún resultado, a pesar de que disparé contra todos los puntos de su superficie, incluida la estrella luminosa. Los Xipehuz parecían completamente insensibles a las pedradas, y ninguno de ellos se hizo nunca a un lado para evitar mis proyectiles. Al cabo de un mes de tentativas, llegué a la conclusión de que la honda era absolutamente ineficaz y abandoné aquel arma.

Probé con el arco. Con las primeras flechas que disparé, los Xipehuz dieron muestras de un intenso miedo, ya que en adelante procuraron quedar fuera de mi alcance. Durante una semana no conseguí alcanzar a ninguno. Al octavo día, un grupo de Xipehuz, supongo que arrastrados por su entusiasmo por la caza, pasaron muy cerca de mí en persecución de una hermosa gacela. Disparé rápidamente varias flechas, sin ningún efecto aparente, y el grupo se dispersó. Les perseguí gastando toda mi munición. Apenas había disparado mi última flecha cuando todos ellos volvieron sobre sus pasos con una rapidez increíble, tratando de rodearme, y puedo afirmar que salvé la vida gracias a la prodigiosa velocidad de mi valiente Kuath.

Aquella aventura me llenó de esperanza y de incertidumbre; durante una semana no hice nada, perdido en las profundidades oceánicas de mis meditaciones, en un sutil, absorbente y enigmático problema que me llenaba de alegría y de angustia. ¿Por qué temían mis flechas los Xipehuz? ¿Por qué, entre el gran número de proyectiles con los cuales había alcanzado a los cazadores, ninguno había producido el menor efecto? Mi conocimiento de la inteligencia de mi enemigo descartaba la hipótesis de un terror sin motivo. Por el contrario, todo lo que sabía me inducía a creer que la flecha, en adecuadas condiciones, debía ser un arma formidable contra ellos. Pero, ¿cuáles eran aquellas condiciones? ¿Cuál era el punto vulnerable de los Xipehuz? Súbitamente se me ocurrió la idea de que el punto a alcanzar era la estrella. Por unos instantes pensé que había dado con la solución.

Luego me asaltó una duda. Con una honda, ¿acaso no había disparado contra aquel punto, alcanzándolo en más de una ocasión? ¿Por qué había de ser la flecha más afortunada que la piedra?

Había llegado la noche, el inconmensurable abismo, con sus maravillosas lámparas colgando encima de la tierra. Y yo permanecí sentado, perdido en mis pensamientos, con la cabeza entre las manos, y mi espíritu más oscuro que la noche.

Un león empezó a rugir, los chacales corrían a través de la llanura, y de nuevo brotó una chispa de esperanza. Acababa de recordar que las piedras lanzadas por la honda eran relativamente grandes, y las estrellas de los Xipehuz muy pequeñas... Tal vez era necesario penetrar; profundamente, taladrar con una afilada punta. En tal caso, su temor al arco resultaba comprensible.

Pero Vega estaba girando lentamente alrededor del polo, no tardaría en amanecer, y durante unas horas el cansancio dominó a mis pensamientos con el sueño.

En los días que siguieron, armado con el arco, me dediqué a perseguir incansablemente a los Xipehuz, penetrando en su territorio tan profundamente como lo permitía la prudencia. Pero todos ellos evitaban mi asalto, manteniéndose a distancia, lejos de mi alcance. No cabía pensar en tender una emboscada; su capacidad de percepción les permitiría detectar mi presencia detrás de cualquier obstáculo.

Hacia el final del quinto día ocurrió un suceso que, en sí mismo, demostraba que los Xipehuz, al igual que los hombres, eran seres falibles. Aquella tarde, entre dos luces, un Xipehuz se acercó deliberadamente a mí con aquella rapidez continuamente acelerada que utilizan para atacar. Sorprendido, empuñé mi arco. El Xipehuz, avanzando como una columna de color turquesa, llegó casi al alcance de mi arco. Entonces, mientras me preparaba para soltar mi flecha, quedé asombrado al ver que el Xipehuz daba media vuelta sobre sí mismo, ocultando su estrella, y continuaba avanzando hacia mí. Apenas tuve tiempo de lanzar a Kuath al galope y ponerme fuera del alcance de aquel formidable adversario.

Aquella sencilla maniobra, en la cual ningún Xipehuz parecía haber pensado hasta entonces, además de demostrarme de nuevo la personalidad y la inventiva personal del enemigo, me sugirió dos ideas: en primer lugar, era probable que yo hubiera razonado correctamente acerca de la vulnerabilidad de la estrella de los Xipehuz; y en segundo lugar, la misma táctica, adoptada por todos, convertiría mi tarea en algo extraordinariamente difícil, quizás imposible.

Sin embargo, después de trabajar durante tanto tiempo para enterarme de la verdad, noté que mi coraje aumentaba ante la presencia de aquel obstáculo, y me atreví a esperar que mi ingenio me sugeriría los medios para superarlo[1].

 

VI

 

Regresé a mi valle. Anakhre, el tercer hijo de mi esposa Tepai, era un hábil constructor de armas. Le pedí que labrara un arco de extraordinario tamaño. Utilizó una rama del árbol Waham, dura como el hierro, y el arco que Anakhre confeccionó con ella era cuatro veces más fuerte que el del pastor Zankann, el mejor arquero de las mil tribus. Ningún hombre viviente podría haberlo tensado. Pero se me había ocurrido un artificio, y el resultado fue que el inmenso arco podía ser tensado y soltado por una mujer.

Siempre he sido hábil en el lanzamiento de dardos y flechas, y en unos cuantos días aprendí tan perfectamente a utilizar el arma construida por mi hijo Anakhre que no fallaba un solo disparo, aunque el blanco fuera tan pequeño como una mosca o tan rápido de movimientos como un halcón.

Después de hacer todo esto, regresé a Kzur, montado en mi fiel Kuath, y una vez más empecé a merodear alrededor de los enemigos del hombre.

Para infundirles confianza, lancé muchas flechas con mi antiguo arco cada vez que un grupo se acercaba a la frontera, procurando que quedaran algo cortas. De este modo aprenderían a conocer el alcance exacto del arma, lo cual les conduciría a considerarse completamente fuera de peligro a una distancia determinada. Sin embargo, continuaron mostrándose desconfiados, manteniéndose en movimiento cuando no estaban protegidos por el bosque y ocultando sus estrellas de mi vista.

A base de paciencia miné sus sospechas. En la mañana del sexto día un grupo de Xipehuz se instaló en frente de mí, debajo de un gran castaño, a una distancia de tres tiros de arco corriente. Inmediatamente lancé una nube de flechas inútiles. Entonces su vigilancia se relajó más y más, y sus movimientos se hicieron más libres, como en los primeros días de mi observación.

Era el momento decisivo. Mi corazón latía tan aprisa que de momento me sentí sin fuerzas. Esperé, ya que el futuro colgaba de una sola flecha. Si fallaba el primer disparo, tal vez los Xipehuz no volvieran a ofrecerse a mis experimentos. Y, entonces, ¿cómo podríamos saber si eran vulnerables a los golpes de los hombres?

Sin embargo, poco a poco, mi voluntad triunfó, apaciguó mi corazón, infundiendo agilidad y fuerza a mis miembros y firmeza a mi ojo. Entonces, lentamente, alcé el arco de Anakhre. Allí, a lo lejos, un gran cono color esmeralda permanecía inmóvil a la sombra del árbol, con su refulgente estrella vuelta hacia mí. El enorme arco se tensó; la flecha voló silbando a través del espacio... y el Xipehuz cayó, se encogió y quedó petrificado.

Un grito de triunfo brotó de mis labios. Extendiendo mis brazos en éxtasis, di gracias al Único.

¡Aquellos terribles Xipehuz eran vulnerables a las armas humanas! Por lo tanto, podíamos alimentar la esperanza de destruirlos.

Ahora, sin temor, dejé que mi corazón murmurara, me entregué a mí mismo a los latidos de la música de la alegría. Yo, que tanto había desesperado del futuro de mi raza, que debajo de las estrellas en su curso, debajo del cristal azul de los abismos, había calculado con tanta frecuencia que dentro de dos siglos los límites del mundo quedarían rebasados por la invasión de los Xipehuz.

Y, no obstante, cuando llegó de nuevo la bienamada Noche, la pensativa Noche, una sombra cayó sobre mi felicidad, la tristeza de que los hombres y los Xipehuz no pudieran existir juntos, que el aniquilamiento de los unos fuera condición imprescindible para la supervivencia de los otros.

 

VII

 

Los sacerdotes, los ancianos y los jefes habían escuchado mi historia maravillados; los mensajeros habían difundido la noticia hasta los más remotos confines. El gran consejo había ordenado que los guerreros se reunieran en la sexta luna del año 22.649, en la llanura de Mehur-Asar, y los profetas habían predicado una guerra santa. Se presentaron más de cien mil guerreros Zahelal, y muchos miembros de razas extranjeras —Dzums, Sahrs, Khaldes—, atraídos por el rumor, llegaron para ofrecerse a la gran nación.

Kzur fue rodeado por un anillo de arqueros, pero todas sus flechas fallaban ante la táctica de los Xipehuz, y eran numerosos los guerreros que perecían, por descuidar las debidas precauciones.

Durante varias semanas un gran temor prevaleció entre los hombres...

El tercer día de la octava luna, armado con un puntiagudo cuchillo, anuncié a las multitudes que iría a luchar contra los Xipehuz solo, con la esperanza de aventar las dudas que habían empezado a levantarse acerca de la veracidad de mi historia.

Mis hijos Lum, Demja y Anakhre se opusieron violentamente a aquel proyecto y se ofrecieron para ir en mi lugar. Y Lum dijo:

—Tú no puedes ir, ya que una vez que estés muerto todos creerán que los Xipehuz son invulnerables y la raza humana perecerá.

Demja, Anakhre y muchos de los jefes se hicieron eco de aquellas palabras y tuve que admitir que tenían razón. De modo que renuncié.

Entonces, Lum, tomando mi cuchillo con mango de cuerno, cruzó la frontera. Los Xipehuz salieron a su encuentro. Uno, mucho más rápido que el resto, estuvo a punto de precipitarse sobre él, pero Lum, más ágil que un leopardo, dio un salto de costado, eludiendo al Xipehuz, y luego volvió a saltar, hiriéndole con la afilada punta.

Los guerreros vieron al Xipehuz caer, encogerse y petrificarse. Un centenar de voces se alzaron al azul amanecer. Lum estaba ya de regreso, cruzando la frontera. La gloria de su nombre se extendió a través de los ejércitos.

El año 22.649 del mundo, el séptimo día de la octava luna.

Al romper el día resonaron los cuernos; los martillos golpearon campanas de bronce para la gran batalla. Un centenar de búfalos negros y doscientos garañones fueron sacrificados por los sacerdotes, y mis quince hijos y yo rogamos al único.

El globo del sol estaba engolfado en el rojo amanecer, los jefes galopaban al frente de sus ejércitos, el clamor del ataque se hinchaba con las voces de cien mil guerreros.

La tribu de Nazzum fue la primera en entablar combate con el enemigo. Indefensos al principio, derribados por invisibles rayos, los guerreros no tardaron en aprender el arte de golpear a los Xipehuz y destruirlos. Entonces, todas las naciones, Zahelals, Dzums, Sahrs, Khaldes, Xisoastres, Pjarvanns, rugiendo como océanos, invadieron la llanura y el bosque, rodeando por todas partes al silencioso enemigo.

Durante largo tiempo la batalla fue un caos; los mensajeros llegaban continuamente para informar a los sacerdotes de que los hombres morían a centenares, pero que sus muertes estaban siendo vengadas.

En el calor del mediodía mi hijo Surdar, enviado por Lum, vino a decirme que por cada Xipehuz destruido habían perecido una docena de los nuestros. Mi espíritu estaba en tinieblas y mi corazón débil, pero mis labios murmuraron:

—¡Cúmplase la voluntad del Único!

Recordándome a mí mismo el número de combatientes de nuestros ejércitos, que sumaban un total de ciento cuarenta mil, y sabiendo que los Xipehuz eran alrededor de cuatro mil, me dije que más de una tercera parte de nuestros guerreros moriría, pero que la tierra pertenecería al hombre.

—Por lo tanto, es una victoria —murmuré tristemente.

 

La tierra pertenece al hombre.

Dos días de combate han aniquilado a los Xipehuz. Todo el territorio que habían ocupado ha sido quemado, de modo que no crezca en él ni un solo árbol, ni una sola planta, ni un solo tallo de hierba. Y yo, ayudado por mis hijos Lum, Azah y Simho, he terminado de grabar esta historia en tablillas de granito para conocimiento e instrucción de las naciones futuras.

ahora estoy solo, en medio de la pálida noche. Una luna color de cobre cuelga sobre el oeste. Los leones están rugiendo a las estrellas. El arroyo discurre lentamente entre los sauces; su voz eterna habla del paso del tiempo, de la melancolía de las cosas perecederas.

yo estoy solo, en medio de la pálida noche. Y he enterrado mi rostro en mis manos, y mi corazón solloza. Ya que, ahora que los Xipehuz han dejado de existir, mi alma llora por ellos. Y le pregunto al Único qué Fatalidad exige que el esplendor de la Vida sea empañado por la Sombra del Asesinato...

 

 

 

LA OTRA CELIA

Theodore Sturgeon

 

 

Si uno vive en una casa de huéspedes lo bastante barata, y las puertas son de madera de pino, y las cerraduras son de un modelo antiguo, y las bisagras están sueltas, y si uno pesa ciento noventa libras, puede agarrar el pomo, apretar la puerta a un lado contra sus bisagras, y correr el pasador. Más tarde, al salir, puede cerrar la puerta del mismo modo.

Slim Walsh vivía, pesaba, y hacía aquellas cosas, en parte porque estaba aburrido. Los médicos de la Compañía le habían dado de baja por un período de observación de tres semanas, después que su ayudante le había golpeado encima mismo de la sien con una llave inglesa de catorce pulgadas. Si cobraba solamente el Seguro de Enfermedad, quería hacerlo durar. Entretanto, se encontraba perfectamente y no tenía nada que hacer en todo el día.

«Slim no es malo —solía decir su madre en el Tribunal de Menores, unos años antes—. Un poco fisgón, únicamente.»

Tenía razón.

Slim era congénitamente incapaz de utilizar de prestado un cuarto de baño sin revisar el armario de los medicamentos. Si se le enviaba a la cocina en busca de un salero, cuando regresaba, un minuto después, había inventariado el contenido de la nevera, las latas de conserva, y (dado que medía un metro ochenta y cinco) descubierto una jarra de guindas al marrasquino en la parte trasera del estante más alto, una jarra de la que el dueño de la casa se había olvidado.

Tal vez Slim, que no estaba impresionado por su impresionante tamaño, tenía la sensación que el saber que alguien utilizaba en secreto un tinte para los cabellos, o era una de aquellas extrañas personas que guardan un pequeño montón de calcetines desparejados en su segundo cajón, le daba una especie de superioridad. De seguridad, mejor dicho. O tal vez era una rara compensación para uno de los más desesperados casos de timidez que se hayan registrado nunca.

Sea como fuere, Slim se encontraba más a gusto si, mientras hablaba con alguien, sabía cuántas chaquetas colgaban en su armario, a cuándo se remontaba aquella factura del teléfono impagada, y dónde ocultaba aquellas fotografías. Por otra parte, Slim no insistía en enterarse de cosas desfavorables o comprometedoras. Sólo quería enterarse de cosas corrientes.

Su situación actual, en consecuencia, era casi un paraíso. Hileras de puertas, fáciles de abrir, para pasto de su insaciable curiosidad. No tocaba nada (y si lo hacía, volvía a colocarlo en su sitio cuidadosamente), no se llevaba nada, y al cabo de una semana sabía mucho más acerca de los pupilos de Mrs. Koyper que la propia dueña de la pensión. Cada visita secreta a las habitaciones le daba un punto de partida; las subsiguientes le permitían ampliar sus conocimientos. Sabía, no sólo lo que aquellas personas tenían, sino también lo que hacían, dónde, cuánto, por cuánto, y con qué frecuencia. En la mayoría de los casos sabía también por qué lo hacían.

En la mayoría de los casos.

Llegó Celia Sarton.

En diversas ocasiones, en diversos lugares, Slim había encontrado cosas raras en las habitaciones de otras personas. En un inmueble destartalado había una anciana que tenía un tren eléctrico debajo de su cama. Y jugaba con él, también. En el mismo inmueble vivía una vieja solterona que coleccionaba botellas, grandes y pequeñas, de cualquier precio o capacidad, con tal que fueran redondas y de cuello largo. En el segundo piso, un hombre guardaba sus objetos de valor con la automática del 25, descargada, en el cajón superior de su escritorio, en el cual guardaba también media caja de cartuchos del 38.

Había una (hablando con caballerosidad) muchacha en una de las habitaciones que colocaba siempre flores recién cortadas delante de una fotografía en su mesilla de noche. Mejor dicho, delante de un marco que contenía siete fotografías, una detrás de otra. Cada una de ellas ocupaba el lugar de honor un día a la semana. Siete días, siete fotografías. Slim admiró el sistema. Un nuevo amor cada día. Y todos ellos astros de la pantalla.

Docenas de habitaciones, docenas de improntas, huellas, impresiones, atmósferas de personas. Y no necesitaban ser extravagantes. Una mujer se traslada a una habitación, completamente vulgar; en el instante en que coloca su polvera encima de la repisa del lavabo, la habitación es suya. Algo pegado al mal encajado marco de un espejo, algo vistiendo el mechero de gas fuera de servicio, y la habitación empieza a encogerse hacia su ocupante como si deseara, algún día, adaptarse a él como una piel.

Pero no la habitación de Celia Sarton.

Slim Walsh la vio por primera vez subiendo la escalera detrás de Mrs. Koyper, en dirección al tercer piso. Mrs. Koyper, que cojeaba, subía la escalera con la lentitud suficiente como para permitir al más desinteresado de los testigos un detallado examen de la persona que la seguía. Y Slim no era un testigo desinteresado, precisamente. Sin embargo, durante varios días no pudo recordar claramente a Celia Sarton. Como si ésta hubiese sido, no invisible, ya que eso hubiera resultado memorable en sí mismo, sino traslúcida, o camaleónica, re-irradiando el color de la pared, el color de la alfombra, el color del maderaje.

Era... ¿Años? Los suficientes para pagar impuestos. ¿Estatura? Talla media. ¿Vestida? Llevaba lo que las mujeres utilizan para cubrirse, según las estadísticas: medias, falda, chaqueta y sombrero.

Llevaba un bolso. Tan impersonal como el resto. Un bolso de viaje, de color indefinido.

Y a Mrs. Koyper le dijo..., le dijo..., le dijo lo imprescindible cuando uno alquila una habitación barata. Y, para encontrar su voz, habría que dividir el sonido de una multitud por el número de personas que la componen.

Era tan anónima, tan imperceptible, que, aparte de tener conciencia que ella se marchaba por la mañana y regresaba por la noche, Slim dejó pasar dos días antes de entrar en el cuarto de Celia Sarton; no podía recordárselo a sí mismo, simplemente. Y cuando lo hizo, y lo hubo inspeccionado todo a su antojo, con la mano en el pomo, a punto de marcharse, se dio cuenta que la habitación estaba ocupada, después de todo. Hasta aquel instante, había pensado que estaba revisando uno de los cuartos desocupados. (Hacía esto de un modo regular; le daba un punto de referencia.)

Slim gruñó y dio media vuelta, recorriendo el cuarto con la mirada. Primero tuvo que asegurarse a sí mismo que se encontraba en la habitación de Celia Sarton, lo cual, para un hombre dotado de su sentido de la orientación, resultaba extraordinario. Cuando estuvo convencido, permaneció mudo de asombro, contemplando la negación de todo lo que su... hobby le había enseñado acerca de la gente y de los lugares en los cuales vivía.

Los cajones del armario estaban vacíos. El cenicero estaba limpio. No había cepillo de dientes, pasta dentífrica ni jabón. En el colgador, dos perchas de alambre, una de madera y nada más. Nada en la repisa del lavabo, nada en el botiquín...

Slim se acercó a la cama y levantó cuidadosamente la ajada colcha. Tal vez habían dormido en ella, tal vez no; Mrs. Koyper no perdía el tiempo planchando las sábanas, de modo que resultaba difícil adivinarlo. Enarcando las cejas, Slim dejó caer de nuevo la colcha y la alisó.

Súbitamente se golpeó la frente, y el impacto resonó dolorosamente en su herida.

«¡El bolso!»

Estaba debajo de la cama, asomando allí, no oculto allí. Lo contempló unos instantes, sin tocarlo, de modo que pudiera volver a dejarlo en el lugar exacto. Luego lo recogió.

Era un Gladstone negro, ni nuevo ni caro. Tenía un cierre de cremallera. Slim lo abrió. El bolso contenía una caja de cartón, nueva, con un millar de folios en blanco rodeados por una cinta de papel azul con un rombo blanco y la inscripción: El mejor auxiliar del escritor. 15% de fibra de algodón. Marca registrada.

Slim sacó el papel de la caja, miró debajo de él, sacudió la cabeza, volvió a dejar el papel en su sitio, cerró la caja, la metió en el bolso y colocó éste en el mismo lugar en que lo había encontrado. Se paró de nuevo en el centro de la habitación, convenciéndose que allí no había nada más que mirar. Salió del cuarto, cerró la puerta y regresó silenciosamente a su habitación.

Se sentó en el borde de su cama y finalmente protestó:

«¡Nadie vive así!»

 

Su habitación se encontraba en el cuarto y último piso del antiguo inmueble. Cualquier otra persona la hubiera llamado la peor habitación de la casa. Era pequeña, oscura, destartalada y remota, y Slim la hallaba muy apropiada. Encima de la puerta había una claraboya, cuyo cristal tenía muchas capas de pintura.

Subiéndose a su cama, Slim podía aplicar un ojo al atisbadero que había rascado en la pintura y controlar el rellano del tercer piso. En este rellano, colgando del tubo de uno de los antiguos mecheros de gas, había un borroso espejo rematado en su parte superior por un águila dorada cubierta de polvo y rodeado de numerosas flores rococó talladas en la madera del marco. Tras innumerables pruebas y muchos viajes silenciosos desde su habitación al rellano y viceversa, Slim había conseguido situar el espejo de modo que cubriera también el rellano del segundo piso.

De la misma manera que un técnico en radar aprende a traducir las misteriosas señales que aparecen en la pantalla, Slim se había convertido en un experto en la interpretación de las borrosas y lejanas imágenes que le proporcionaba el espejo. Así podía controlar las idas y venidas de la mitad de los inquilinos sin tener que abandonar su habitación.

En aquel espejo, a las seis y doce minutos, vio de nuevo a Celia Sarton. Y mientras la contemplaba subiendo la escalera, sus ojos brillaron, excitados.

El anonimato había desaparecido. Celia subía las escaleras de dos en dos, a pequeños saltos. Alcanzó el rellano, se adentró en su pasillo y desapareció, y mientras una parte de la mente de Slim escuchaba cómo abría la puerta de su cuarto (apresuradamente, haciendo sonar la llave contra la placa de la cerradura, abriendo la puerta de un empujón, cerrándola de golpe), otra parte estudiaba una fotografía mental de su rostro.

Un rostro obsesionado por una idea fija. Los ojos sólo estaban interesados superficialmente en rellanos, peldaños, puertas. Era como si hubiese proyectado todas las partes importantes de sí misma a aquella habitación vacía que era la suya y esperase allí impacientemente la llegada de su cuerpo. Había algo en la habitación, o algo tenía que hacer ella allí que no admitía demora. Se va así hacia un amante, después de una larga separación, o hacia la cabecera del lecho donde agoniza un ser querido. Aquella no era la llegada de alguien que desea, sino de alguien que necesita.

Slim abotonó su camisa, abrió silenciosamente la puerta de su cuarto y se deslizó al exterior. Se detuvo un momento en el rellano, como un alce olfateando el aire antes de descender a un abrevadero, y luego empezó a bajar con decisión y sigilo.

La única vecina de Celia Sarton en el pasillo norte —la solterona de las botellas—estaba a punto de acostarse; era una mujer de costumbres muy regulares y Slim las conocía perfectamente.

Convencido del hecho que no sería visto, se deslizó hasta la puerta de la habitación de la muchacha y se detuvo.

Estaba allí, desde luego. Slim pudo ver la luz a través de las rendijas de la mal encajada puerta, pudo captar la diferencia existente entre una habitación vacía y una ocupada, por muy silencioso que esté el ocupante. Y la persona que ocupaba aquella habitación estaba silenciosa. Por apremiante que fuera lo que la había conducido hasta allí con tanta urgencia, hiciera lo que hiciera, lo estaba haciendo sin ningún sonido ni movimiento que Slim pudiera detectar.

Durante un largo rato —seis minutos, siete—, Slim permaneció allí, con la boca abierta para celar el sonido de su respiración. Al final, sacudiendo la cabeza, retrocedió, subió la escalera, entró en su propia habitación y se dejó caer sobre su cama, con el ceño fruncido.

Lo único que podía hacer era esperar. Pero él podía esperar. Nadie hace una sola cosa durante mucho tiempo. Especialmente una cosa que no exige movimiento. Dentro de una hora, de dos horas...

A las once y media, un leve ruido procedente del piso inferior despertó a Slim, medio adormilado. Poniéndose rápidamente en pie sobre su cama, pegó el ojo al atisbadero de la claraboya. Vio a Celia Sarton que avanzaba por el pasillo lentamente, y se detenía, y miraba a su alrededor, a nada en concreto, como alguien encerrado durante largo tiempo en el camarote de un barco y que sube a cubierta, más en beneficio de sus ojos que de sus pulmones. Y cuando la muchacha bajó la escalera lo hizo sin prisa, como si (de nuevo) la parte importante de ella estuviera en la habitación. Pero lo que la había llevado a su habitación estaba terminado, y lo que había delante de ella carecía de importancia y podía esperar.

Slim decidió que también él podía esperar. La tentación de dirigirse inmediatamente al cuarto de Celia Sarton era muy intensa, pero se impuso la prudencia. Lo poco que Slim había averiguado acerca de las costumbres de Celia Sarton no incluía las salidas nocturnas.

No podía saber cuándo regresaría la muchacha y, en consecuencia, sería una estupidez exponerse a que le sorprendieran en pleno fisgoneo. Suspiró, con una mezcla de resignación y de anticipado placer, y se acostó.

Un cuarto de hora más tarde se gratificó a sí mismo con una soñolienta sonrisa al oír los pasos de la muchacha subiendo de nuevo la escalera.

Slim se durmió.

 

No había nada en el armario, no había nada en el cenicero, no había nada en la repisa del lavabo ni en el botiquín. La cama estaba hecha, los cajones estaban vacíos, y debajo de la cama se veía el mismo bolso. En él había una caja de cartón que contenía un millar de folios rodeados por una cinta de papel de color azul. Slim gruñó, sacudió la cabeza y luego, de un modo maquinal pero meticuloso, procedió a dejarlo todo tal como lo había encontrado.

«Sea lo que sea lo que esa muchacha hace por la noche —murmuró en tono sombrío—, deja rastro del mismo modo que hace ruido.»

Se marchó.

El resto del día, Slim estuvo muy ocupado. Por la mañana acudió al consultorio de un médico, y por la tarde pasó horas enteras en el despacho de un abogado que parecía decidido a (A) negar la existencia de cualquier herida en la cabeza y (B) demostrar a Slim y al mundo que la herida debió producirse hacía años. Pero Slim no se dejó convencer. A pesar de su timidez congénita, o quizás a causa de ella, resultaba muy difícil convencerle de algo de lo que no estuviera previamente persuadido. De todos modos, la entrevista duró varias horas, y eran más de las siete cuando llegó a casa.

Se detuvo en el rellano del tercer piso y echó una ojeada hacia el extremo del pasillo. La habitación de Celia Sarton estaba ocupada y silenciosa. Si la muchacha salía alrededor de medianoche, agotada y aliviada, Slim sabría que había subido precipitadamente la escalera para dedicarse a su urgente y callada tarea, cualquiera que fuese... Y al llegar a este punto de sus reflexiones, Slim se obligó a interrumpirlas. Hacía mucho tiempo que había comprobado la inutilidad de mantener ocupada su mente con conjeturas. Podían ocurrir mil cosas; sólo ocurriría una. Por lo tanto, esperaría.

Y de nuevo, horas más tarde, la vio salir al pasillo. Miró a su alrededor, pero Slim sabía que veía muy poco; su rostro tenía una expresión ausente, lo mismo que sus ojos. Luego, en vez de bajar la escalera, la muchacha regresó a su cuarto.

Media hora más tarde, Slim bajó al tercer piso, fue a pegar el oído a la puerta de la habitación de Celia Sarton y sonrió. La muchacha estaba lavando su ropa interior en el lavabo. No era gran cosa, pero Slim comprendió que estaba haciendo progresos. Aquello no explicaba por qué Celia Sarton vivía como vivía, pero revelaba cómo podía arreglárselas sin disponer de un solo pañuelo de recambio.

Bien, tal vez por la mañana.

Por la mañana, no hubo tal vez. Slim lo encontró, lo encontró, aunque no pudo saber lo que había encontrado. Al principio se echó a reír, no en tono de triunfo sino secamente, llamándose a sí mismo payaso. Luego se puso en cuclillas en el centro de la habitación (no quiso sentarse en la cama, para no añadir más arrugas a las que Mrs. Koyper proporcionaba), sacó cuidadosamente el paquete de papel de la caja y lo dejó en el suelo, delante de él.

Hasta entonces, se había limitado a echarle una ojeada al paquete de folios, por su parte superior y por la inferior. Pero esta vez hizo algo más: quitó cuidadosamente la cinta de papel azul que rodeaba el paquete y hojeó los folios en blanco.

Con un nuevo brillo en los ojos, descubrió que todos los folios, excepto un centenar de la parte superior y otro centenar de la parte inferior, tenían el mismo corte rectangular en el centro, dejando sólo un estrecho filete en los bordes. En el hueco así formado, había algo.

A primera vista, Slim sólo pudo apreciar que era algo de color canela claro, con un leve tinte sonrosado, semejante a cuero liso, sin curtir. Estaba cuidadosamente doblado, de modo que encajara exactamente en el hueco practicado en el paquete de papel.

Slim lo contempló unos instantes sin tocarlo, intrigado; luego, después de frotar las yemas de sus dedos contra su camisa hasta asegurarse que ellas quedaban completamente desprovistas de humedad y de grasa, levantó con cuidado la primera capa de la sustancia.

Debajo había más.

Slim no tardó en darse cuenta que el material era de una forma irregular y casi con seguridad de una sola pieza, de modo que plegarlo en forma de rectángulo exigía mucho cuidado y una gran habilidad. En consecuencia, Slim procedió lentamente, deteniéndose de cuando en cuando, para comprobar si sería capaz de volver a dejarlo tal como lo había encontrado, y tardó más de una hora en sacar el suficiente para poder identificarlo.

¿Identificarlo? Era completamente distinto a cualquier cosa que él hubiera visto hasta entonces.

Era una piel humana, hecha de alguna sustancia muy parecida a la auténtica. El primer pliegue, el que había desdoblado en primer lugar, correspondía a una zona de la espalda, y por ello no mostraba ningún rasgo. Podía compararse con un balón, excepto por el hecho que un balón deshinchado es menor en todas sus dimensiones que uno hinchado. Slim calculó que la supuesta piel era de tamaño normal: algo más de cinco pies de longitud, y una anchura proporcional. Los cabellos tenían un aspecto exactamente igual que los auténticos, pero al ser flexionados se descubría que eran de una sola pieza.

La piel tenía el rostro de Celia Sarton.

Slim cerró los ojos y volvió a abrirlos, y descubrió que continuaba siendo verdad. Contuvo el aliento, adelantó un dedo y apretó suavemente hacia arriba el párpado izquierdo. Debajo de él había un ojo, de color azul celeste y aparentemente húmedo, pero sin vida.

Slim expulsó el aire que se había acumulado en sus pulmones, cerró el ojo y se sentó sobre sus talones. Las piernas empezaban a dolerle debido al largo rato que había permanecido en cuclillas.

Miró a su alrededor una vez más, tratando de aclarar su mente, y luego empezó a plegar de nuevo la piel. Tardó un buen rato, pero cuando hubo terminado supo que lo había hecho bien. Volvió a colocar el paquete de papel en la caja y la caja en el bolso, dejó el bolso en su sitio y finalmente se quedó parado en el centro de la habitación, sumido en profundos pensamientos.

Unos instantes después empezó a inspeccionar el techo. Tenía un rebozado de yeso, como los de la mayoría de las casas antiguas. Estaba manchado y descascarillado en algunos lugares. Slim hizo un gesto de satisfacción, escuchó durante unos instantes junto a la puerta, salió del cuarto, lo cerró y subió a su habitación.

Permaneció en su propio pasillo por espacio de un minuto, comprobando la situación de las puertas y su correspondencia con las del piso inferior. Luego entró en su habitación.

Se dirigió directamente a su armario. Lo abrió y, arrodillándose, gruñó de satisfacción al comprobar lo sueltas que estaban las tablas del fondo. Arrancando una de ellas, descubrió que era posible alcanzar el cielo raso entre el suelo del cuarto piso y el techo del tercero. Arrancó más tablas hasta que hubo efectuado una abertura de unos cuarenta centímetros de anchura, y luego, trabajando en un silencio casi absoluto, empezó a horadar el suelo. Procedía con mucha meticulosidad, ya que no quería que cayera en la habitación situada debajo ni un solo grano de yeso, cuando finalmente agujereara el rebozado. Trabajó lentamente, y estaba avanzada la tarde cuando quedó satisfecho de sus preparativos y la emprendió, con su cuchillo, con el yeso.

Era más delgado y más blando de lo que se había atrevido a esperar; casi lo horadó al primer intento. Introdujo cuidadosamente la punta del cuchillo en la ranura que había practicado, ensanchándola.

Consultó su reloj y luego se dirigió a la habitación de Celia Sarton, para comprobar el resultado de su tarea desde abajo. Quedó muy complacido. La pequeña ranura quedaba a un pie de la pared, aproximadamente, encima de la cama, y era una simple línea de lápiz perdida en el barroco dibujo que formaba el yeso. Slim regresó a su cuarto y se sentó a esperar.

Para utilizar su nuevo atisbadero, tenía que tenderse en el suelo, medio cuerpo dentro y medio cuerpo fuera del armario, con la cabeza metida en el agujero, por debajo del nivel del suelo. Pero aquella posición no le incomodaba lo más mínimo, dando por bien empleadas sus molestias: una actitud que compartía con otros muchos ardientes aficionados, montañeros o espeleólogos o cazadores de patos.

 

Cuando la muchacha encendió la luz, Slim pudo verla estupendamente, así como la mayor parte del suelo, los dos tercios inferiores de la puerta y parte del lavabo.

Celia había entrado apresuradamente, con aquella misma prisa agonizante que Slim había observado antes. Inmediatamente después de encender la luz se precipitó hacia la cama y se inclinó a recoger el bolso. Abriéndolo, sacó la caja, la abrió a su vez, tomó el papel, quitó la cinta azul y apartó los folios que cubrían el hueco central.

Extrayendo la cosa oculta allí, la sacudió un par de veces para desplegarla. Luego la extendió cuidadosamente en el suelo, los brazos a un lado, las piernas ligeramente abiertas, boca arriba. Luego se tendió ella en el suelo, también, con su cabeza casi pegada a la de la cosa. Llevándose las manos a las orejas, se dedicó a una rara manipulación, haciendo partícipe de ella a la cabeza deshinchada que yacía a su lado.

Slim oyó un leve chasquido, semejante al sonido que producen dos uñas al entrechocar.

Las manos de Celia se deslizaron hacia las mejillas de la figura y palparon la vacía cabeza como si comprobaran una conexión. La cabeza parecía ahora haberse adherido a la suya.

Luego, Celia asumió la misma postura que la piel vacía, dejando caer sus manos a sus costados sobre el suelo, cerrando los ojos.

Durante un largo rato no pareció ocurrir nada, a excepción del extraño modo de respirar de Celia, muy profunda pero muy lentamente, como una imagen a cámara lenta de alguien jadeando, recobrando el aliento después de una fatigosa carrera. Al cabo de unos diez minutos, la respiración se hizo más honda e incluso más lenta, hasta que, pasada media hora, Slim no pudo detectarla.

Slim permaneció inmóvil en su puesto de acecho durante más de una hora, hasta que su cuerpo encogido protestó y la cabeza empezó a dolerle a causa de la tensión a que estaban sometidos sus ojos. No quería moverse, pero tuvo que hacerlo. Silenciosamente, salió del armario, se puso en pie y extendió todos sus miembros. Aquello le produjo una intensa sensación de placer, y la gozó profundamente. Se sintió impulsado a pensar en lo que acababa de ver, pero decidió no hacerlo..., todavía.

Cuando hubo desaparecido del todo el embotamiento de sus miembros, volvió a introducirse en el armario, metió la cabeza en el agujero y pegó nuevamente el ojo a la ranura.

Nada había cambiado. La muchacha continuaba tendida, completamente relajada, hasta el punto que sus manos habían vuelto las palmas hacia arriba.

Slim miró y miró. Estaba a punto de llegar a la conclusión que la muchacha pasaba las noches de aquel modo y que allí no había nada más que ver, cuando observó una leve y repentina contracción del plexo solar de Celia, y luego otra. Por unos instantes no ocurrió nada más, y luego la cosa vacía adherida a su cabeza empezó a llenarse.

Y Celia Sarton empezó a vaciarse.

Slim contuvo la respiración y contempló con una mezcla de incredulidad y de asombro lo que sucedía.

Una vez iniciado, el proceso avanzó rápidamente. Era como si algo pasara del vestido cuerpo de la muchacha a aquella cosa vacía. Aquel «algo», sea lo que fuere, tenía que ser líquido, ya que sólo un líquido llenaría un recipiente flexible de aquel modo. Slim pudo ver los dedos, que habían permanecido doblados contra las palmas, hincharse y moverse hasta adoptar la forma de una mano normal. Los codos se deslizaron un poco para reposar más normalmente contra el cuerpo. Y, sí, ahora era un cuerpo.

El otro ya no era un cuerpo. Yacía en el suelo, deshinchado bajo sus ropas.

La operación no duró más de diez minutos, pasados los cuales el cuerpo ahora lleno se movió.

Flexionó sus manos varias veces, levantó sus rodillas y extendió sus piernas de nuevo, arqueó su espalda contra el suelo. Sus ojos parpadearon y se abrieron. Alargó los brazos y efectuó una rápida manipulación en su cabeza. Slim oyó otra versión del chasquido anterior, y la cabeza ahora vacía cayó al suelo.

La nueva Celia Sarton se incorporó, sentándose en el suelo, suspiró y se frotó el cuerpo con las manos, como restableciendo la circulación de su sangre. Se desperezó con una expresión de placer que recordó a Slim el que él había experimentado unos minutos antes.

En la parte superior de su cabeza, Slim captó fugazmente una especie de ranura a través de la cual se veía una humedad blanquecina, pero parecía estar cerrándose. Al cabo de unos instantes sólo pudo ver una breve raya partiendo los cabellos, como en un peinado normal.

Celia Sarton suspiró de nuevo y se puso en pie. Recogió la piel vacía por el cuello, la levantó y la sacudió un par de veces, para hacer caer las ropas. A continuación tiró la piel sobre la cama, recogió las ropas del suelo y cruzó con ellas la habitación, para dejar las prendas interiores en el lavabo y colgar el vestido en una percha.

Moviéndose sin prisa pero con evidente decisión, abrió el grifo del lavabo y empezó a lavar las prendas que había dejado allí. Luego las colgó en otras perchas y las dejó en el armario. Terminada esta tarea, recogió la piel deshinchada que había quedado arrugada sobre la cama, la sacudió de nuevo, la enrolló y se dirigió otra vez al lavabo.

Corrió el agua y, guiándose por los sonidos, Slim supo que la nueva Celia había sometido la piel vacía a un jabonado y dos aclarados. Luego, la muchacha colgó el objeto en otra percha y la dejó también en el armario.

Después se tendió en la cama, no para dormir, ni para leer, ni siquiera para descansar —parecía muy descansada—, sino simplemente para esperar hasta que llegara el momento de hacer otra cosa.

Los huesos de Slim volvían a quejarse ya, de modo que se deslizó silenciosamente fuera del armario, se puso los zapatos y la chaqueta y salió en busca de algo para comer. Cuando regresó, una hora más tarde, y miró a través de su atisbadero, la luz de la habitación de Celia Sarton estaba apagada y no pudo ver nada. Extendió cuidadosamente su abrigo sobre el agujero del armario para que no se filtrase ninguna claridad a través de la ranura del techo, cerró la puerta, se entretuvo un rato leyendo una revista y se acostó.

Al día siguiente siguió a Celia Sarton. No especuló acerca de la extraña ocupación que podía tener, de las fantásticas obligaciones vampíricas que podía tener encomendadas. Estaba obstinadamente decidido a reunir información primero y pensar después.

Lo que descubrió acerca de sus actividades diurnas fue más sorprendente, si es posible, que cualquier descabellada suposición. Celia Sarton trabajaba como dependienta en una tienda del East Side. Almorzaba en el bar de la tienda al mediodía —una ensalada vegetal y una asombrosa cantidad de leche—, y por la tarde se detenía en un pequeño establecimiento y bebía más leche, sin comer nada.

A aquella hora, su paso era más lento y parecía estar muy cansada. Pero al llegar a la vista de la casa de huéspedes, le entró de nuevo la habitual prisa por llegar a su cuarto..., y ponerse algo más cómodo. Slim contempló otra vez toda la operación, y si el día anterior se había negado a dar crédito a sus propios ojos, ahora tuvo que admitir que no le habían engañado.

La cosa continuó igual durante una semana. Slim dedicó tres días a seguir a la muchacha, y todas las noches fue testigo de su extraño cambio de piel. Cada veinticuatro horas, Celia Sarton cambiaba de cuerpo, lavando, secando, plegando y guardando cuidadosamente el que no utilizaba.

Dos veces a la semana, salía a dar un corto paseo: media hora, alrededor de medianoche, sin dar más allá de un par de vueltas a la manzana.

En el trabajo se mostraba silenciosa, pero sin llamar la atención por ello; cuando le dirigían la palabra contestaba en voz más bien baja y poco musical. Parecía no tener amigos; nadie se interesaba por ella y ella, a su vez, no parecía interesarse por nadie. Nunca iba al cine ni al parque. No tenía citas, ni siquiera con muchachas. Slim estaba convencido que ella no dormía, sino que se limitaba a permanecer tendida en la oscuridad esperando la hora de levantarse y acudir a su trabajo.

Y cuando llegó a pensar en ello, como terminó por hacer, a Slim se le ocurrió que dentro del hormiguero en el cual vivimos todos, los miembros de la sociedad tienen derecho a permitirse cualquier clase de extravagancia, con tal que no la conviertan en un espectáculo público. Si a un hombre le gusta dormir patas arriba como un murciélago, y se las arregla de modo que nadie le vea durmiendo, ni vea el lugar donde duerme, puede dormir como un murciélago todos los días de su vida.

De acuerdo con esa norma, uno no necesita siquiera ser miembro de la raza humana. La extraña personalidad de Slim queda reflejada en el hecho que el raro comportamiento de Celia Sarton no le asustaba. Más aún, le desconcertaba menos ahora que antes de haber empezado a espiarla. Sabía lo que hacía en su habitación y cómo vivía. Antes, lo había ignorado. Ahora lo sabía. Y esto le hacía mucho más feliz.

Sin embargo, su curiosidad no se había agotado. Pero esa misma curiosidad no le conduciría nunca a lo que otro hombre podría hacer: hablar con Celia Sarton en la escalera o en la calle, a fin de enterarse de más cosas acerca de ella. Slim era demasiado tímido. Tampoco se sentía impulsado a contarle a alguien los extraños hechos de los que era testigo todas las noches. De acuerdo con su punto de vista, Celia Sarton no perjudicaba a nadie. En su cosmos, todo el mundo tenía derecho a vivir como se le antojara.

Slim no se preguntó qué clase de ser era aquél, ni si sus antepasados habían crecido entre seres humanos, viviendo con ellos en cavernas y en tiendas, desarrollándose y evolucionando al compás del homo sapiens, hasta que pudieron asumir la personalidad del más insignificante y más invisible de los asalariados. Nunca llegaría a la conclusión que, en la lucha por la supervivencia, una especie podía descubrir que el mejor modo de sobrevivir entre los seres humanos era no luchar contra ellos, sino unirse a ellos.

No, la curiosidad de Slim era mucho más simple, más básica y menos informada que cualquiera de aquellas conjeturas. Y así pasó del «qué sucede» al «¿qué sucedería si...?»

De modo que en el octavo día de su vigilancia, un martes, entró de nuevo en la habitación del tercer piso, recogió el bolso, lo abrió, sacó la caja, la abrió, sacó el paquete de folios, quitó la cinta de papel azul, levantó los folios de la parte superior, sacó la segunda Celia Sarton, la dejó sobre la cama, y luego volvió a colocar el papel, la caja y el bolso tal como lo había encontrado. Ocultó el tegumento debajo de su camisa, salió del cuarto, cerró cuidadosamente la puerta detrás de él y subió a su habitación. Puso su trofeo debajo de las cuatro camisas limpias, en un cajón de su cómoda, y se sentó a esperar el regreso de Celia Sarton.

Aquella noche, Celia Sarton se retrasó un poco: veinte minutos, quizás. El retraso parecía haber aumentado su fatiga y su avidez; sus movimientos eran febriles, casi aterrorizados. Estaba muy pálida y sus manos temblaban. Recogió el bolso de debajo de la cama, sacó la caja de cartón y la abrió, con visible precipitación.

Cuando descubrió que lo que buscaba había desaparecido, su expresión pareció petrificarse. Se agachó sobre la cama y permaneció completamente inmóvil durante dos interminables minutos. Luego se incorporó lentamente y echó una ojeada circular a la habitación. Comprobó de nuevo el contenido de la caja de cartón, pero resignadamente, sin esperanza. Emitió un sonido, una especie de triste sollozo, y a partir de aquel momento quedó silenciosa.

Se acercó a la ventana lentamente, arrastrando los pies, caídos los hombros. Durante largo rato permaneció allí contemplando la ciudad que encendía sus primeras luces, símbolos de vida. Luego echó la persiana y regresó junto a la cama.

Se quitó los zapatos y los dejó en el suelo, simétricamente, al pie del lecho. Se tendió, en la misma postura completamente relajada que adoptaba cuando efectuaba su cambio, con las manos abiertas y las piernas ligeramente separadas.

Su rostro semejaba una mascarilla. Su respiración era cada vez más débil. Unas leves contracciones del plexo solar..., y nada.

Slim se apartó de su observatorio y se sentó. Estaba preocupado. Sólo había deseado satisfacer su curiosidad, no quería que Celia Sarton enfermara, muriera. Ya que estaba seguro que ella había muerto. ¿Cómo podía saber qué clase de substitutivo del sueño exigía un organismo como aquél, o cuáles podían ser los resultados de un retraso en el cambio? ¿Qué podía saber él de la química de un ser semejante? Había pensado vagamente en volver a la habitación del tercer piso al día siguiente. mientras ella estaba fuera, y restituir lo que se había llevado. Sólo quería ver. Sólo quería saber «¿qué sucedería si...?». Simple curiosidad.

¿Debía llamar a un médico?

Ella no lo había hecho. Ni siquiera lo había intentado, a pesar que tenía que conocer mucho mejor que él lo grave de su estado. (Aunque, si una especie depende del secreto para su supervivencia, se impone que un individuo muera de un modo anónimo.) Bueno, tal vez el hecho que ella no llamara a un médico significaba que se encontraba bien, después de todo. Los médicos formularían un montón de preguntas absurdas. Celia Sarton podría verse obligada a hablarle al médico de su otra piel, y si el que avisaba al médico era Slim, podrían interrogarle acerca de aquel extremo.

Slim no deseaba verse complicado en nada. Sólo quería saber cosas.

Pensó:

«Echaré otra mirada.»

Se introdujo de nuevo en el armario y metió la cabeza en el agujero. Inmediatamente supo que Celia Sarton no sobreviviría. Su rostro estaba hinchado, sus ojos aparecían desorbitados y su amoratada lengua colgaba lejos —demasiado lejos— de la comisura de su boca. Mientras Slim la observaba, el rostro de Celia Sarton se ennegreció todavía más y la piel de las mejillas se arrugó de un modo que recordaba el papel carbón convertido en una bola y vuelto a alisar.

El impulso de sacar lo que ella necesitaba del cajón de las camisas y correr a la habitación del tercer piso murió en Slim apenas nacido, ya que vio brotar una espiral de humo de las fosas nasales de Celia Sarton y luego...

Slim profirió un grito, arrancó su cabeza del agujero, golpeándosela brutalmente, y se cubrió los ojos con las manos. El fogonazo que acababa de percibir a través de la pequeña ranura del techo había sido algo terrible, semejante al estallido de la más potente de las lámparas de magnesio, a una pulgada de la nariz.

Slim se sentó en el suelo, gimiendo y contemplando, en el interior de sus párpados, miríadas de gusanos incandescentes. Finalmente se desvanecieron y Slim abrió los ojos, lentamente. Le dolían aún, pero al menos podía ver...

Resonaron pasos precipitados en la escalera. Olía a humo y a grasa quemada, un hedor desagradable que Slim no pudo identificar. Alguien gritó. Alguien aporreó una puerta. Luego, alguien gritó y gritó.

 

Al día siguiente, los periódicos publicaban la noticia. Un misterio, era la conclusión general. Charles Fort, en ¡Lo!, había informado de otros casos idénticos, y se habían producido otros desde entonces: personas desintegradas por un terrible calor que, sin embargo, no había destruido los muebles ni las ropas, pero sin dejar nada para una autopsia. Según el periódico, se trataba de un tipo desconocido de calor, de una intensidad y brevedad indescriptibles. Las víctimas no tenían ningún pariente conocido. La policía estaba desconcertada: no existía ninguna pista, ningún sospechoso.

Slim no dijo nada a nadie. El asunto había dejado de excitar su curiosidad. Aquella misma noche tapó el agujero, y al día siguiente, después de leer el artículo, utilizó el periódico para envolver lo que guardaba en el cajón de las camisas. Olía muy mal.

Slim lo dejó caer en un cubo de basura cuando se dirigía a la oficina del abogado.

Aquella misma tarde firmó un acuerdo amistoso con el letrado y se mudó de pensión.

 

 

 

NEGRO CHARLIE

Gordon R. Dickson

 

 

Me preguntan: ¿qué es arte? Esperan de mí una respuesta lógica, porque he sido comprador para museos y galerías el tiempo suficiente para adquirir una abundante cosecha de cabellos grises. Pero la cosa no es tan sencilla como parece.

Bien, ¿qué es arte? Durante cuarenta años he examinado, palpado, admirado y querido muchas cosas moldeadas como receptáculos esperanzadores para aquel brillante espíritu al que llamamos arte..., y soy incapaz de contestar la pregunta directamente. Hay una respuesta fácil: belleza. Pero el arte no es necesariamente bello. A veces es feo. A veces es tosco. A veces es incompleto.

Yo he incurrido en algo muy frecuente entre los hombres de mi profesión, dejándome guiar por mis sensaciones para enjuiciar el arte. Ya saben lo que ocurre con las sensaciones. Uno encuentra algo. Un trozo de piedra, por ejemplo, tallado y coloreado por algún hombre de las épocas prehistóricas. Uno lo mira. Al principio no es nada, una reproducción a medio desarrollar de algún animal salvaje, ni siquiera tan buena como la que podría realizar un niño en edad escolar de nuestros días.

Pero luego, contemplándola, la imaginación retrocede súbitamente a través de la piedra y del tiempo, retrocede hasta el propio hombre, en cuclillas delante de la abertura de su caverna. Y uno ve, no la piedra que tiene en la mano, sino lo que el propio hombre vio en el momento de su creación. Uno contempla, más allá de la reproducción física, el espléndido logro de su imaginación.

Eso, entonces, puede ser llamado arte, al margen de su apariencia física: la magia que anula todas las distancias entre el artista y uno mismo. Permítanme que les cite un ejemplo, fruto de mi propia experiencia.

 

Hace algunos años, cuando recorría los mundos más nuevos en calidad de comprador para una de nuestras más conocidas instituciones de arte, recibí una comunicación de un hombre llamado Cary Longan, pidiéndome, si me era posible, que visitara un planeta llamado Mundo de Elman para examinar algunas esculturas que él tenía para su venta.

Los mensajes me llegaban rara vez directamente. Casi siempre me eran remitidos por la institución a la cual representaba en aquella época. Pero, teniendo en cuenta que el mundo en cuestión se encontraba cerca, ya que pertenecía al mismo sistema solar que estaba visitando, espaciografié una respuesta afirmativa a mi desconocido comunicante. Tras liquidar los asuntos que tenía pendientes en el lugar en que me hallaba, tomé una nave interestelar y, al cabo de un par de días, aterricé en el Mundo de Elman.

Se trataba de un planeta muy desolado, muy nuevo, en realidad. El puerto en el cual aterrizamos era uno de los dos únicos existentes que podían recibir naves de gran tonelaje. Y la ciudad circundante era poco más que un poblado. Mr. Longan no había venido a esperarme al puerto, de modo que tomé un taxi y me hice conducir al hotel en el cual había reservado previamente alojamiento.

Aquella tarde, en mi habitación, el anunciador zumbó, y luego habló, dándome un nombre. Abrí la puerta para admitir a un hombre alto, de tez bronceada, cabellos largos y enmarañados y ojos grises.

—¿Mr. Longan? —inquirí.

—¿Mr. Jones? —preguntó a su vez.

Trasladó a su mano izquierda la caja de madera sin pulimentar y extendió su mano derecha para estrechar la mía. Cerré la puerta detrás de él y le invité a sentarse.

Colocó la caja, sin abrirla, sobre una mesita situada entre nosotros. Entonces pude observar que vestía unas ropas muy rústicas dando a entender que pasaba la mayor parte del tiempo en contacto directo con la naturaleza. Confirmaba esta impresión lo rígido de su actitud, como si estuviera poco acostumbrado a comportarse de un modo sociable. No era la clase de persona de la que se podría esperar que se dedicara a la venta de obras de arte, desde luego...

—Su espaciograma —le dije—, no era muy explícito. La institución a la cual represento...

—Lo he traído aquí —dijo, colocando su mano sobre la caja.

La miré, asombrado. No tenía más de medio metro cuadrado de superficie, por veinte centímetros de profundidad.

—¿Ahí? —dije. Miré al hombre, mientras una sospecha empezaba a nacer en mi mente. Supongo que debí mostrarme más cauto, al ver que el mensaje me llegaba directamente, en vez de hacerlo a través de la Tierra. Pero, ya se sabe lo que pasa: uno siempre confía en descubrir una inesperada maravilla—. Dígame, Mr. Longan —añadí—, ¿de dónde procede esta escultura?

El hombre me miró, casi con aire de reto.

—Son obra de un amigo mío —dijo.

—¿Un amigo? —repetí..., y debo añadir que empezaba a sentirme fastidiado. No me gustaba que me tomaran el pelo—. ¿Puedo preguntarle si ese amigo suyo ha vendido ya alguna de sus obras?

—Bueno, no... —admitió Longan.

Era evidente que estaba pasando un mal rato, pero también lo estaba pasando yo, al pensar en el tiempo que había perdido.

—Comprendo —dije, poniéndome en pie—. Me ha obligado usted a desviarme de mi camino y a gastar mucho dinero, sólo para mostrarme la obra de algún aficionado. Adiós, Mr. Longan. Y haga el favor de llevarse la caja cuando se marche!

—¡No ha visto usted nunca nada igual! —exclamó Longan, en tono desesperado.

—No lo dudo —dije.

—Mire. Se lo enseñaré... —Hurgó nerviosamente en el cierre de la caja—. Ya que ha hecho el viaje, puede echarle una mirada, por lo menos.

Puesto que no parecía haber manera de librarme de él, a no ser que recurriera al director del hotel para que le echara por la fuerza, volví a sentarme, de mala gana.

—¿Cómo se llama su amigo? —inquirí.

Los dedos de Longan vacilaron sobre el cierre.

—Negro Charlie —respondió, sin mirarme.

Me sobresalté.

—Perdone —murmuré—. ¿Ha dicho usted Negro..., Charles Negro?

Longan alzó su mirada desafiadora, sostuvo la mía y sacudió la cabeza.

—Sólo Negro Charlie —dijo, con repentina calma—. Tal como suena. Negro Charlie.

Le contemplé con aire dubitativo, mientras él conseguía finalmente hacer funcionar el cierre. Se disponía a levantar la tapa, pero luego cambió de idea. Empujó la caja hacia mí a través de la mesita.

La madera era dura y rugosa al tacto. Alcé la tapa. Había cinco pequeños compartimientos, cada uno de los cuales contenía una roca de color grisáceo. Las formas eran distintas, aunque todas igualmente incomprensibles.

Las contemplé fijamente..., y luego miré a Longan, como inquiriendo qué clase de broma era aquélla. Pero los ojos del hombre no habían perdido nada de su seriedad. Lentamente, empecé a sacar las piedras una a una y las alineé sobre la mesa.

Las estudié con calma, tratando de encontrarles algún sentido. Pero allí no había nada, absolutamente nada. Una tenía un vago parecido con una pirámide de lados regulares. Otra recordaba, todavía más vagamente, una figura agachada. Lo mejor que podía decirse del resto era que mostraban una desconcertante semejanza con el tipo de piedras que la gente recoge para utilizarlas como pisapapeles. Pero era indudable que todas ellas habían sido trabajadas. Las huellas del cincel eran claramente visibles. Y, además, habían sido pulimentadas en la medida en que podía serlo aquella clase de roca.

Miré de nuevo a Longan. Sus ojos tenían ahora una expresión de ansiedad. Yo estaba completamente desconcertado ante su descubrimiento..., o lo que él creía que era un descubrimiento. Traté de ser justo en lo que respecta a su aceptación de aquello como arte. Evidentemente, se trataba de un simple sentimiento de lealtad a un amigo, un amigo que sin duda desconocía como el propio Longan lo que era arte. Procuré infundir un tono de amabilidad a mi voz.

—¿Qué espera su amigo que haga yo con esto? —inquirí.

—¿No está usted comprando cosas para el museo de la Tierra? —me preguntó a su vez.

Asentí. Tomé la pieza que parecía una figura agachada y le di vueltas entre mis dedos. Era una situación embarazosa.

—Mr. Longan —dije—, llevo muchos años en este negocio...

—Lo sé —me interrumpió—. Leí lo que se publicó sobre usted cuando aterrizó en el mundo contiguo. Por eso le escribí.

—Comprendo —dije—. Llevo mucho tiempo metido en esto, como le decía, y creo que puedo presumir sin jactancia de mis conocimientos en materia de arte. Si hubiera algo de arte en estas esculturas de su amigo, yo sería capaz de descubrirlo. Y no lo he descubierto.

Me miró, asombrado.

—Está usted... —murmuró finalmente—. No dice lo que siente. Está enojado porque le he traído aquí de este modo.

—Lo siento —dije—. No estoy enojado, y digo lo que siento. Estas piedras no tienen ningún valor. ¡Ninguno! Alguien ha engañado a su amigo haciéndole creer que tenía talento. Le hará usted un favor diciéndole la verdad escueta.

Longan me miró fijamente un largo instante, como esperando que dijera algo que suavizara el veredicto. Luego, súbitamente, se puso en pie y cruzó la habitación en tres largas zancadas, para situarse delante de la ventana. Sus encallecidas manos se abrían y se cerraban de un modo espasmódico.

Le concedí algún tiempo para que recobrara la calma. Luego empecé a colocar de nuevo las piedras en el interior de la caja.

—Lo siento —dije.

Longan dio media vuelta y se acercó a mí. Me miró rectamente a los ojos.

—¿Lo siente? —dijo—. ¿De veras?

—Puede creerme —dije, sinceramente—. Lo siento.

Y era cierto.

—Entonces, ¿hará usted algo por mí? —inquirió Longan precipitadamente—. ¿Irá usted a decirle a Charlie lo que me ha dicho a mí? ¿Le dará usted la noticia?

—Yo... —Quise protestar, pero con los atormentados ojos de Longan a seis pulgadas de distancia de los míos, las palabras no salieron—. De acuerdo —dije.

Longan dejó escapar un suspiro de alivio.

—Gracias —dijo—. Iremos mañana. No sabe usted lo que esto significa. Gracias.

Tuve tiempo de sobra para lamentar mi decisión, aquella misma noche y a la mañana siguiente, cuando Longan me arrancó del lecho a una hora muy temprana, me obligó a vestir unas ropas semejantes a las suyas, incluidas unas botas altas e impermeables, y me hizo subir a un anticuado modelo de vehículo tierra-aire, cargado con los artículos más heterogéneos. Pero palabra es palabra, y me reconcilié conmigo mismo diciéndome que mantenía la palabra empeñada.

Volamos hacia el sur a lo largo de una alta cadena de montañas hasta que llegamos a una zona costera y a lo que parecía ser el delta pantanoso de algún monstruoso río. Empezamos a descender. Demasiado, para mi gusto. Los climas cálidos y húmedos me desagradan profundamente, y no concibo que a alguien pueda gustarle vivir en semejantes condiciones.

Nos posamos suavemente sobre el agua, y Longan condujo el aparato a la orilla más próxima, un terreno cubierto de altas hierbas y de aspecto inquietante. Por iniciativa mía no hubiera pisado aquel suelo, temiendo que me engullese como arenas movedizas, pero Longan avanzó por él confiadamente y yo le seguí. Mis botas chapotearon en el barro. Un acre olor a vegetación descompuesta llegó a mi olfato. Bajo una delgada pero uniforme capa de nubes, el cielo tenía un aspecto enfermizo.

—Por aquí —dijo Longan, girando a la derecha.

Le seguí a lo largo de un sendero que desembocaba en un claro en el cual se alzaban varias chozas de forma semiesférica, construidas con ramas entrelazadas y barro. Y, por primera vez, se me ocurrió la idea que Negro Charlie podía no ser un terrestre expatriado. Podía, en realidad, ser un nativo de este planeta, aunque nunca había oído hablar de una raza humanoide en otros mundos. Dándole vueltas a esta idea, seguí a Longan hasta la entrada de una de las chozas y me detuve mientras él silbaba.

No recuerdo ahora lo que esperaba ver. Algo vagamente humanoide, sin duda. Pero lo que llegó a través de la entrada en respuesta al silbido de Longan era más parecido a una gran nutria, con unas prolongaciones planas, musculares y flexibles, en las cuatro extremidades, en vez de pies. Era negro y estaba cubierto de pelo lustroso y algo húmedo. Calculé que medía unos cuatro pies de longitud; no tenía cola, visible al menos, y su cuello era largo. Debía pesar de ciento veinticinco a ciento cincuenta libras. La cabeza, sobre su largo cuello, era también larga y estrecha, como la de un galgo, y estaba cubierta del mismo pelo negro. Los ojos eran vivos e inteligentes y la boca grande.

—Éste es Negro Charlie —dijo Longan.

El animal me miró y yo le devolví la mirada. Brevemente, tuve conciencia de lo absurdo de la situación. A cualquier persona normal le hubiera resultado difícil pensar en aquel ser como en un escultor. Añádase a esto la necesidad, la obligación de convencerle que no era un escultor.

—Oiga —le dije a Longan—. ¿Cómo espera usted que le manifieste...?

—Le comprenderá —me interrumpió Longan.

—¿Comprende el lenguaje humano? —preguntó, en tono de incredulidad.

—No —Longan sacudió la cabeza—. Pero comprende los ademanes.

Longan se separó de mí bruscamente y se internó en la maleza que rodeaba el claro. Regresó inmediatamente con dos objetos que parecían dos blandas calabazas. Me entregó uno.

—Siéntese encima de esto —dijo, sentándose.

Obedecí.

Negro Charlie —no se me ocurre otro modo de llamarle— se acercó más y se sentó a su vez sobre sus extremidades posteriores. Yo no había soltado la caja de madera que contenía sus esculturas y, ahora que estábamos sentados, sus brillantes ojos se fijaron en ella con una expresión interrogadora.

—De acuerdo —dijo Longan—. Deme la caja.

Se la entregué, y los ojos de Negro Charlie la siguieron como si fuera un imán. Longan se la puso debajo de un brazo y señaló con el otro hacia el lago: el lugar donde se había posado nuestro aparato. Luego, su brazo trazó un semicírculo en el aire y apuntó hacia el norte, el lugar del cual procedíamos.

Negro Charlie silbó súbitamente. Fue un extraño sonido, semejante al lamento de un ave palmípeda: triste, lejano...

Longan se golpeó el pecho, sosteniendo la caja con una mano. Luego golpeó la caja y me señaló a mí. Miró a Negro Charlie, me miró a mí..., y depositó la caja en mis manos.

—Mire las esculturas y devuélvaselas —dijo.

Contra mi voluntad, miré a Charlie.

Sus ojos se encontraron con los míos. Extraños, líquidos, negros ojos inhumanos, como dos diminutas lagunas de pez. Tuve que apartar la mirada.

Abrí la caja y saqué las piedras de sus compartimientos. Una a una, las hice girar en mi mano y las coloqué de nuevo donde estaban. Cerré la caja y se la devolví a Longan, ignorando si Charlie comprendería aquello.

Durante un largo instante, Longan permaneció sentado enfrente de mí, sosteniendo la caja. Luego, lentamente, se volvió y la depositó, todavía abierta, delante de Charlie.

Al principio, Charlie no reaccionó. Su cabeza, sobre su largo cuello, descendió sobre los abiertos compartimientos, como si los olfateara. Luego, sorprendentemente, abrió la boca, dejando al descubierto unos largos y afilados colmillos. Con ellos fue sacando las piedras de la caja, una a una. Sosteniéndolas con las prolongaciones de sus extremidades anteriores, las hizo girar en uno y otro sentido, como si buscara los defectos que podían tener. Finalmente, escogió una. Era la piedra que tenía un leve parecido con una figura agachada. La levantó hasta su boca, y con sus relucientes colmillos modificó ligeramente su superficie. Luego me la tendió.

La tomé en mis manos y la examiné. Los cambios que había hecho no habían alterado el conjunto, que continuaba siendo incomprensible. Me vi obligado a devolvérsela, sacudiendo la cabeza, y un molesto silencio cayó entre nosotros.

Yo había estado discurriendo desesperadamente, tratando de encontrar un modo de explicar, a través de la mímica, los motivos de mi negativa. Ahora, se me ocurrió una idea.

Me volví hacia Longan.

—¿Puede proporcionarme Charlie un trozo de piedra sin labrar? —le pregunté.

Longan se volvió hacia Charlie y efectuó unos movimientos como si estuviera rompiendo algo y entregándomelo a mí. Charlie permaneció inmóvil unos instantes, como si meditara en aquello. Luego entró en su choza, para volver a salir un momento después con un trozo de roca del tamaño de mi mano.

Yo tenía un cortaplumas y la roca era blanda. Mirando alternativamente a la roca y a Longan, y utilizando mi cortaplumas, tallé una tosca caricatura del amigo de Charlie, sentado enfrente de mí. Cuando hube terminado, deposité el trozo de roca en el suelo, al lado del modelo.

Negro Charlie la contempló largo rato. Luego se acercó a mí y, mirándome a los ojos, volvió a emitir aquel extraño sonido, una sola vez. Después dio media vuelta, lentamente, recogió con los dientes el trozo de piedra que yo había tallado y desapareció con ella en el interior de su choza.

Longan se puso en pie.

—Hemos terminado —dijo—. Vámonos.

Subimos al aparato que debía conducirme a la ciudad y a la nave espacial que me llevaría lejos de aquel mundo irracional. Cuando las montañas empezaron a deslizarse por debajo de nosotros miré de soslayo a Longan, sentado a mi lado ante los mandos del aparato. Su rostro era una máscara de estólida infelicidad.

La pregunta brotó de mis labios antes que tuviera tiempo de discutir conmigo mismo si era prudente o no formularla.

—Dígame, Mr. Longan, ¿qué derechos tiene Negro Charlie a su amistad?

Longan me miró con una expresión de sorpresa.

—¡Derechos! —exclamó. Luego, tras una breve pausa, durante la cual pareció estudiar mi rostro para comprobar si estaba bromeando, añadió—: Negro Charlie me salvó la vida.

—¡Oh! —dije—. Comprendo.

—¿De veras? —replicó—. Suponga que le digo que fue precisamente después que yo había asesinado a su compañera. Viven aparejados, ¿sabe?

—No, no lo sabía —contesté en voz baja.

—Olvidaba que la gente ignora muchas cosas —murmuró Longan. Yo no dije nada, esperando que, si no le distraía, me contaría algo más. Al cabo de unos instantes habló—: Este planeta no es muy bueno.

—Ya me he dado cuenta —dije—. No he visto fábricas ni instalaciones industriales. Y su mundo gemelo, el que acabo de visitar, está mucho más poblado.

—Esto es muy pobre —admitió Longan—. No hay minerales, por ejemplo. Y el clima es malo, excepto en las altiplanicies. El suelo no es muy fértil. —Hizo una pausa. Como si se resistiera a añadir lo que tenía en la mente. Por fin se decidió—: Antes existía un próspero comercio de pieles.

—¿Pieles?

—Las de los miembros de la tribu de Charlie —continuó Longan, manipulando en los mandos del aparato—. Tramperos y cazadores las perseguían mucho, al principio, antes de saber la verdad. Yo era uno de ellos.

—¿Usted? —inquirí, sorprendido.

—Yo. El negocio no marchaba mal..., hasta que maté a la compañera de Charlie. Casi siempre atrapaba a individuos aislados. Pero en aquella ocasión me encontraba cerca del poblado. Apenas había terminado de golpearla con una maza cuando toda la tribu se me echó encima. Me retuvieron prisionero un par de meses.

»Durante aquel tiempo aprendí muchas cosas. Me enteré que ellos eran seres inteligentes. Me enteré que Negro Charlie se había opuesto a que me mataran. Al parecer opinaba que yo era un ser racional y, en consecuencia, si podía discutir el asunto conmigo, podríamos llegar a un acuerdo para poner término a la guerra. —Longan rió, con cierta amargura—. La tribu de Charlie lo llamaba una guerra.

Longan dejó de hablar.

Esperé unos instantes antes de preguntar:

—¿Qué pasó?

—Me soltaron, finalmente —dijo Longan—. Y yo empecé a luchar por ellos. Acudí al Comisario enviado por la Tierra. Conseguí que se les reconociera como personas, en vez de animales. Terminé con la caza y con los cepos.

Se interrumpió de nuevo. Estábamos volando a través de la capa superior de aire del Mundo de Elman. El sol había terminado por asomar a través de las nubes, iluminando el suelo, que aparecía ahora como un enorme mapa verde en relieve.

—Comprendo —dije finalmente.

Longan me miró con ojos inexpresivos. Volábamos hacia la ciudad.

 

Salí del Mundo de Elman al día siguiente, completamente convencido que no volvería a oír hablar de Longan ni de Negro Charlie.

Unos años más tarde, en mi hogar de Nueva York, recibí la visita de un miembro de los Servicios Extranjeros del gobierno. Era un hombre delgado, moreno.

—Usted no me conoce —dijo, entregándome su tarjeta: Antonio Walters—. Yo era Delegado Representante Colonial en el Mundo de Elman en la época en que usted estuvo allí.

Le miré, sorprendido. Había olvidado por completo el Mundo de Elman.

—¿De veras? —pregunté, estúpidamente, sin que se me ocurriera nada mejor que decir—. ¿Qué puedo hacer por usted, Mr. Walters?

—El gobierno local del Mundo de Elman nos ha pedido que le localicemos, Mr. Jones —respondió Walters—. Cary Longan se está muriendo...

¡Muriendo! —exclamé.

—Cáncer pulmonar, desgraciadamente —dijo Walters—. En las zonas pantanosas es muy frecuente. Desea verle a usted antes de morir, y teniendo en cuenta lo agradecidos que le estamos por la labor que ha efectuado durante muchos años en beneficio de los nativos, le hemos reservado a usted una plaza en la nave-correo del gobierno que está a punto de zarpar para el Mundo de Elman..., si usted está dispuesto a ir allí.

—Bueno, yo... —Vacilé. Si quería quedar en paz con mi conciencia, no podía negarme—. Debo avisar a mis jefes.

—Desde luego —dijo Walters.

Seis días más tarde me encontraba junto al lecho de Longan en el hospital de la misma ciudad que había visitado años antes. Longan se había convertido en un esqueleto viviente. Toda su vitalidad le había abandonado, y apenas podía pronunciar media docena de palabras seguidas.

—Negro Charlie... —susurró.

—Negro Charlie —repetí—. Sí. ¿Qué pasa con él?

—Ha hecho algo nuevo —susurró Longan—. Aquella talla suya le impulsó a copiar cosas. A los de su tribu no les gustó.

—¿No?

—No lo comprenden —susurró Longan—. No es normal, desde su punto de vista. Están asustados...

—¿Quiere usted decir que se muestran supersticiosos? —pregunté.

—Algo por el estilo. Escuche, Charlie es un artista...

En mi fuero interno me sublevé al oír aquella palabra, pero guardé silencio en honor del moribundo.

—...un artista. Pero ahora que he desaparecido yo, le matarán. Usted puede salvarle.

—¿Yo? —inquirí.

—¡Usted! —La voz del hombre era como un viento susurrado a través de las hojas secas—. Si usted va allí..., y acepta la última de sus obras..., fingiendo que le ha gustado..., sus compañeros no se atreverán a tocarle. Pero, dese prisa. El peligro que corre Charlie es cada día mayor...

Le fallaron las fuerzas. Cerró los ojos y un ronco estertor ascendió a su garganta. La enfermera me hizo salir apresuradamente de la habitación.

 

El gobierno local me ayudó. Yo estaba sorprendido, y no poco emocionado, al comprobar lo conocido y apreciado que era Longan. Localizaron la tribu de Charlie en un mapa, y me proporcionaron un piloto que conocía la región.

Aterrizamos en el mismo paraje pantanoso. Me encaminé solo hacia el claro. El lugar no había experimentado ningún cambio, pero la choza de Negro Charlie ofrecía un aspecto lamentable. Silbé y esperé. Llamé. Y, finalmente, me agaché y penetré en la choza arrastrándome sobre manos y rodillas. Pero allí no había nada, aparte de un montón de piedras sueltas y una especie de lecho de hierba seca. Con todo el cuerpo dolorido, ya que no estoy acostumbrado a tales hazañas gimnásticas, salí de la choza, para encontrarme rodeado por una multitud.

Al parecer, todos los habitantes del poblado habían salido de sus chozas para reunirse delante de la de Charlie. Tenían un aspecto excitado, y de cuando en cuando se silbaban el uno al otro con aquella nota plañidera que era el único sonido que yo había oído emitir a Charlie. Paulatinamente, la excitación pareció disminuir, el grupo retrocedió, y un individuo se adelantó, solo. Examinó mi rostro un breve instante y luego dio media vuelta y echó a andar rápidamente hacia el lindero del claro.

Le seguí. Me pareció que era lo único que podía hacer. Y, en aquel momento, no se me ocurrió asustarme.

Mi guía me condujo sendero adelante, entre la maleza. Luego desapareció bruscamente. Miré a mi alrededor, sorprendido e indeciso, y estaba a punto de desandar mi camino cuando resonó, muy cercano, un silbido. Avancé unos pasos y encontré a Charlie.

Yacía de costado sobre un montón de maleza aplastada. Estaba demasiado débil para moverse, pero levantó la cabeza y me miró. Toda la superficie de su cuerpo estaba marcada por los trazos de numerosas heridas, de las cuales manaba lentamente la sangre, empapando la seca maleza que le servía de lecho. Yo había visto en la boca de Charlie los largos y afilados colmillos de los de su especie, y supe quién le había causado aquellas heridas. Me sentí inundado por una oleada de rabia, y me incliné para tomar a Charlie en brazos.

Lo levanté fácilmente, ya que los huesos de los de su especie son cartilaginosos y su carne es más ligera que nuestra carne humana. Cargado con él, di media vuelta y me encaminé de nuevo hacia el claro.

Los otros estaban esperándome. Les miré..., y la rabia que ardía en mi interior se apagó como barrida por un huracán. No podía odiarles. Ellos no habían odiado a Charlie. Le habían temido, simplemente, y su único pecado era la ignorancia.

Se apartaron, abriéndonos paso, y yo llevé a Charlie hasta la entrada de su propia choza. Una vez allí le dejé en el suelo. La pechera y las mangas de mi chaqueta estaban empapadas de un líquido de color oscuro, y comprobé que su sangre no se coagulaba como la nuestra.

Quitándome la camisa, improvisé unas cuantas vendas y traté de contener con ellas la hemorragia. Pero la sangre continuó brotando, a pesar de mis esfuerzos. Charlie, levantando su cabeza del suelo trabajosamente, trató de arrancarse los vendajes con los dientes, de modo que me decidí a quitárselos.

A continuación me senté a su lado, sintiéndome enfermo e impotente. A pesar de todos los esfuerzos de Longan, a pesar de todos los avances científicos de mi propia raza humana, yo había llegado demasiado tarde. Mirando tristemente a Charlie, me pregunté por qué no pude haber llegado un día antes.

Los intentos de Charlie para arrastrarse al interior de su choza me arrancaron de mis tristes pensamientos. Mi primera reacción fue la de sujetarle. Pero Charlie parecía haber reunido las escasas fuerzas que le quedaban e insistió. Al darme cuenta, cambié de idea y, en vez de obstaculizarle, le ayudé. Charlie penetró en su choza, al borde del agotamiento.

No esperaba verle salir otra vez. Pensé que algún instinto ancestral le había impulsado a esperar la muerte en lo que había sido su hogar. Pero, unos instantes después, oí un sonido como si alguien removiera piedras en el interior y al cabo de unos segundos Charlie empezó a salir. Pero las fuerzas le fallaron a medio camino. Entonces silbó débilmente.

Me acerqué a él y le arrastré con cuidado hasta sacarle de la choza. Charlie volvió la cabeza hacia mí, sosteniendo en la boca algo que en el primer momento pensé que era una bola de barro seco.

Lo tomé y empecé a rascar el barro con las uñas. Casi inmediatamente quedó al descubierto una de las piedras que Charlie utilizaba para sus esculturas..., y mis manos empezaron a temblar con tanta violencia que me vi obligado a dejar la piedra en el suelo unos instantes mientras recobraba el dominio de mí mismo. Por primera vez comprendí la importancia que tenían para Charlie aquellas cosas que había moldeado con sus dientes. Y comprendí que por extrañas e incomprensibles que pudieran resultar sus obras, merecían ocupar un puesto en algún respetable museo como verdaderas obras de arte. Porque habían sido concebidas con honradez y ejecutadas con el amor que no tiene en cuenta el esfuerzo requerido, con tal de alcanzar el fin propuesto.

Y luego, el resto del barro cayó al suelo. Y vi lo que representaba la talla, y pude haber llorado y reído al mismo tiempo. Ya que, de todas las formas que Charlie pudo haber escogido para una escultura, se había decidido por una que ningún crítico hubiera señalado como la elección de un artista de su raza. No había escogido ninguna planta ni animal, ninguna estructura o forma natural de su medio ambiente, para expresar el vehemente anhelo de su espíritu. Lo que había modelado, toscamente, en la blanda roca era la imagen de un hombre de pie.

Y supe quién era el hombre.

Charlie levantó su cabeza del húmedo suelo y miró hacia el lago, donde esperaba mi aparato. No soy un hombre intuitivo, pero, por una vez, fui capaz de comprender el significado de una mirada. Charlie quería que me separara de él antes que le llegara la muerte. Quería verme partir, portando la obra que él había modelado. Me incorporé, con la piedra en las manos, y eché a andar. Al llegar al borde del claro volví la cabeza. Charlie continuaba mirándome. Y el resto de su tribu se mantenía alejado. Pensé que ahora no volverían a molestarle.

Regresé a Nueva York.

 

Pero hay algo más que contar. Durante mucho tiempo, después de mi regreso del Mundo de Elman, no miré ni una sola vez la tosca escultura. No quería hacerlo, ya que sabía que el mirarla confirmaría lo que había sabido desde el primer momento, es decir, que todos los anhelos y deseos del mundo no pueden crear arte donde no existe talento ni verdadera visualización. Pero un día, mientras ponía en orden los cajones de mi escritorio, di con la escultura enterrada en el fondo de uno de ellos. Librándola de la envoltura de plástico que la protegía, la coloqué sobre la bruñida superficie de la mesa.

En aquel momento estaba solo en mi oficina. El sol de la tarde, moribundo ya, penetraba a través del alto ventanal y esparcía en la estancia una claridad ambarina. Deslicé mis dedos a lo largo de la figurilla de piedra y la observé con detenimiento.

Y entonces —por primera vez—, vi a través de la piedra lo que Negro Charlie había visto, con los ojos de Negro Charlie, al mirar a Longan. Vi a los hombres tal como la especie de Negro Charlie veía a los hombres. Y vi lo que los mundos de los hombres significaban para Negro Charlie. Y, por encima de todo, dominándolo todo, vi el arte tal como Negro Charlie lo veía, a través de sus brillantes ojos alienígenas. Vi la belleza que él había buscado a costa de su vida, y que casi había encontrado.

Pero, lo que es más importante, vi que aquella tosca escultura era arte.

Una palabra más. Entre el barro y la maleza del marjal, con la escultura en mis manos, me había prometido a mí mismo que algún día figuraría en una exposición. Y en aquel instante de revelación interior, decidí cumplir mi promesa.

Acudí en primer lugar a la institución cuya representación ostentaba, y luego a otros expositores que apreciaban mis cualidades de comprador.

Pero nadie quiso aceptar la escultura de Negro Charlie. Nadie, a pesar de la confianza que tenían en mí, quiso exponer una obra tan tosca en razón de una historia de cuya veracidad era yo testigo único. Durante varios años, mis tentativas fracasaron.

Eventualmente, silencié la verdadera historia y vendí la escultura, incluida en un lote de piezas raras, a un tratante de poca categoría.

Pero la estatuilla terminó por justificar mi creencia en lo que es arte: hace muy poco tiempo, visité una respetable galería de arte que exhibía una interesante colección de esculturas primitivas, cuyo origen se remontaba a los primeros pobladores de Norteamérica.

Y la escultura de Negro Charlie figuraba entre ellas. No diré de qué galería se trata ni dónde se encuentra.

 

 

 

III - OTRAS DIMENSIONES

 

 

UN METROPOLITANO LLAMADO MOBIUS

A. J. Deutsch

 

 

Partiendo de un foco central en Park Street, el metropolitano se había extendido a través de un complicado e ingenioso sistema ferroviario. Un desvío conectaba la línea de Lechmere con la de Ashmont para los trenes que se dirigían al sur, y con la línea de Forest Hills para los que se dirigían al norte. Harward y Brookline habían sido enlazadas con un túnel que pasaba a través de Kenmore Under, y durante las horas punta todos los otros trenes eran desviados a través del ramal de Kenmore hacia Egleston. El ramal de Kenmore enlazaba con el túnel Maverick cerca de Fields Comer. Ascendía un centenar de pies en dos manzanas para enlazar Copley Over con Scollay Square, y luego descendía de nuevo para unirse a la línea Cambridge en Boylston. La lanzadera de Boylston había unido finalmente las siete líneas principales a cuatro niveles distintos. Entró en servicio el 2 de marzo. A partir de entonces, un tren podía viajar desde una estación cualquiera a cualquier otra estación en todo el sistema.

Todos los días de la semana circulaban doscientos veintisiete trenes, y transportaban un millón y medio de pasajeros, aproximadamente. El tren Cambridge-Dorchester que desapareció el 4 de marzo era el número 86. Al principio, nadie le echó de menos. A última hora de la tarde, la línea estuvo un poco más cargada que de costumbre. Pero una multitud es una multitud. Los postes indicadores de los andenes de Forest Hills marcaron el Número 86 alrededor de las 7,30, pero ninguno de ellos mencionó su ausencia hasta tres días después. El interventor del cruce de la Milk Street pidió al inspector de la Harvard un tren suplementario aquella noche, con motivo de celebrarse un partido de hockey, y el inspector de la Harvard transmitió la petición. La central envió el 87, que había sido puesto fuera de servicio a las diez, como de costumbre. Nadie se dio cuenta de que faltaba el 86.

A la mañana siguiente, cuando la afluencia de pasajeros era más intensa, Jack O'Brien, del control de Park Street, llamó a Warren Sweeney, de Forest Hills, y le dijo que pusiera otro tren en la línea de Cambridge. Sweeney no disponía de ninguno, de modo que se dirigió al tablero y buscó en él algún tren disponible. Entonces, por primera vez, observó que Gallagher no había marcado su tarjeta la noche anterior. Sweeney dejó la tarjeta a la vista, con una nota. Gallagher tenía que entrar de servicio a las diez. A las diez y media, Sweeney se dirigió de nuevo al tablero, y comprobó que la tarjeta de Gallagher continuaba en el mismo sitio, con la nota que él había dejado. Acudió al inspector y le preguntó si Gallagher había llegado tarde. El inspector le dijo que no había visto a Gallagher aquella mañana. Entonces, Sweeney quiso saber quién conducía el 86.

Eran las 11,30 cuando se enteró, finalmente, de que había perdido un tren.

Sweeney pasó la siguiente hora y media en el teléfono, interrogando a todos los interventores e inspectores del sistema. Después de almorzar, a la 1,30, repitió las llamadas. A las 4,40, poco antes de que terminara su jornada laboral, informó del asunto a la Central de Tráfico. Los teléfonos zumbaron a través de los túneles y talleres hasta casi medianoche, antes de que el Director General recibiera finalmente la noticia en su casa.

El encargado del cambio de agujas principal fue el primero en asociar, a última hora de la mañana del día 6, el tren que faltaba con los artículos de los periódicos acerca de la súbita desaparición de numerosas personas. Llamó al Transcript, y aquella misma tarde tres periódicos publicaron números extraordinarios. Así se hizo pública la historia.

Kelvin Whyte, el Director General, pasó una buena parte de aquella tarde con la policía. Interrogaron a la esposa de Gallagher. El conductor del 86 no se había presentado en casa desde la mañana del día 4. A media tarde, la policía había comprobado que unos trescientos cincuenta bostonianos, aproximadamente, habían desaparecido con el tren. El Sistema se cerró, y Whyte casi enfermó de rabia. Pero el tren no fue encontrado.

Roger Tupelo, el matemático de Harvard, entró en escena la noche del día 6. Telefoneó a Whyte, muy tarde, a su casa, y le dijo que tenía algunas ideas acerca del tren desaparecido. Luego se dirigió a casa de Whyte en Newton, y sostuvo con él la primera de numerosas conversaciones acerca del número 86.

 

White era un hombre inteligente, un buen organizador, y no carecía de imaginación.

—¡Pero no sé de qué está usted hablando! —exclamó.

Tupelo estaba dispuesto a mostrarse paciente.

—Esto es algo muy difícil de comprender para cualquiera, Mr. Whyte —dijo—. No me extraña que esté intrigado. Pero es la única explicación. Ha desaparecido el tren, y las personas que iban en él. Pero el Sistema está cerrado. Los otros trenes continúan allí. ¡Está en alguna parte del Sistema!

Whyte replicó, levantando de nuevo la voz: —¡Y yo le digo a usted, doctor Tupelo, que el tren no está en el Sistema! ¡No está! Un tren de siete vagones con cuatrocientos pasajeros no puede pasarse por alto. El Sistema ha sido registrado de arriba a abajo. ¿Piensa usted que estoy tratando de ocultar el tren?

—Desde luego que no. Seamos razonables, Mr. Whyte.

Sabemos que el tren estaba en camino hacia Cambridge a las 8,40 de la mañana del día 4. Al menos veinte de las personas desaparecidas subieron al tren unos minutos antes, en Washington, y cuarenta más en Park Street. Unas cuantas se apearon en ambas estaciones. Y esto es todo. Las que iban a Kendall, a Central, a Harvard... no llegaron allí. El tren no llegó a Cambridge.

—Sé todo eso, doctor Tupelo —dijo Whyte bruscamente—. En el túnel, debajo del río, el tren se convirtió en un barco. Abandonó el túnel y empezó a navegar hacia África.

—No, Mr. Whyte. Estoy tratando de explicárselo. Chocó con un nódulo.

Whyte estaba lívido.

—¡Qué nódulo ni qué ocho cuartos! —estalló—. El Sistema mantiene las vías limpias. Nuestros servicios no dejan ningún nódulo...

—Sigue usted sin comprender. Un nódulo no es una obstrucción. Es una singularidad. Un polo de orden superior.

Las explicaciones de Tupelo en el curso de aquella primera conversación no contribuyeron a aclarar la situación para Kelvin Whyte. Pero a las dos de la mañana, el director general otorgó a Tupelo el privilegio de examinar los mapas principales del Sistema.

Tupelo se dirigió, pues, a la Central de Tráfico y estudió los mapas hasta que se hizo de día. Después de desayunar, se presentó en la oficina de Whyte.

Encontró al director general pegado al teléfono. Estaba dando órdenes para que se llevara a cabo una inspección más minuciosa del túnel Cambridge-Dorchester debajo del río Charles. Cuando terminó de hablar, Whyte colgó el receptor y miró a Tupelo.

—Creo que la causa de la desaparición está en la nueva lanzadera —dijo el matemático.

Whyte se agarró al borde de su escritorio rebuscó silenciosamente en su vocabulario hasta encontrar algunas palabras comedidas.

—Doctor Tupelo —dijo—, he estado despierto toda la noche pensando en su teoría. No la entiendo. No sé qué tiene que ver con todo esto la lanzadera de Boylston.

—¿Recuerda lo que le dije acerca de las propiedades conectivas de los retículos? —preguntó Tupelo—. ¿Recuerda la cinta Mobius que hicimos... la superficie con una cara y un borde? ¿Recuerda esto? —y sacó de su bolsillo un pequeño frasco de cristal Klein y lo depositó sobre el escritorio.

White se echó atrás en su asiento y contempló en silencio al matemático. Tres emociones se reflejaron en su rostro en rápida sucesión: rabia, desconcierto y absoluto desdén.

Tupelo continuó:

—Mr. Whyte, el Sistema es una red de sorprendente complejidad topológica. Ya era complicada antes de que se instalara la lanzadera de Boylston, y de un alto grado de conectividad. Pero esa lanzadera ha hecho que la red sea absolutamente única. No lo comprendo del todo, pero la situación parece ser esta: la lanzadera ha elevado hasta tal punto la conectividad del Sistema, que no sé cómo calcularlo. Sospecho que la conectividad se ha convertido en infinita.

El director general escuchaba como a través de una niebla. Mantenía sus ojos pegados al pequeño frasco Klein.

—La cinta Mobius —continuó Tupelo— posee unas propiedades desusadas debido a que tiene una singularidad. El fraseo Klein, con dos singularidades, consigue permanecer dentro de sí mismo. Los topólogos conocen superficies de hasta un millar de singularidades, las cuales poseen propiedades que hacen que la cinta Mobius y el frasco Klein parezcan sencillos. Pero una red con una conectividad infinita debe tener un número infinito de singularidades. ¿Puede usted imaginar cuáles podrían ser las propiedades de esa red?

Después de una larga pausa, Tupelo añadió:

—Yo tampoco puedo imaginarlo. A decir verdad, la estructura del Sistema, con la lanzadera de Boylston, supera por completo mis posibilidades de comprensión. Sólo puedo hacer conjeturas.

Whyte apartó sus ojos del escritorio en un momento en que la rabia era el sentimiento que predominaba en su interior.

—¡Y se dice usted matemático, Profesor Tupelo! —exclamó.

Tupelo se echó a reír. Lo absurdo de la situación no le hizo perder la calma.

—No soy topólogo, Mr. Whyte —dijo—. En realidad, soy un aprendiz en la materia. Sé de ella poco más que usted. Las matemáticas son un campo muy amplio. Y da la casualidad de que soy un algebrista.

Su sinceridad ablandó un poco a Whyte.

—Bueno —sugirió—, si usted no lo comprende, tal vez deberíamos llamar a un topólogo. ¿Hay alguno en Boston?

—Sí y no —respondió Tupelo—. El mejor del mundo está en Tech.

Whyte alargó la mano hacia el receptor telefónico.

—¿Cómo se llama? —preguntó.

—Merritt Turnbull. Pero no hay modo de localizarle. Lo he intentado desde hace tres días.

—¿Está fuera de la ciudad? —inquirió Whyte—. Le enviaremos a buscar. Diremos que se trata de una emergencia.

—No lo sé. El Profesor Turnbull es soltero. Vive solo en el Brattle Club. No le han visto desde la mañana del día 4.

Whyte captó inmediatamente las posibilidades de aquella afirmación.

—¿Iba en el tren? —preguntó.

—No lo sé —respondí el matemático—. ¿Qué opina usted?

Se produjo un largo silencio. Whyte miró alternativamente a Tupelo y al objeto de cristal depositado sobre el escritorio.

—No lo entiendo —dijo finalmente—. Hemos revisado todo el Sistema. No existe ningún medio para que el tren se saliera de él.

—El tren no se ha salido de él. Está todavía en el Sistema —dijo Tupelo.

—¿Dónde?

Tupelo se encogió de hombros.

—El tren no tiene ningún «dónde» real. No hay ningún «dónde» real en todo el Sistema. Tiene una doble entidad, como mínimo.

—¿Cómo podemos encontrarlo?

—No creo que podamos —dijo Tupelo.

Se produjo otro largo silencio. Whyte lo rompió profiriendo una exclamación en voz alta. Se puso en pie súbitamente y envió el frasco Klein volando a través de la habitación.

—¡Está usted loco, Profesor! —gritó—. Entre la medianoche de hoy y las 6 de la mañana, sacaremos todos los trenes de los túneles. Enviaré trescientos hombres para que revisen pulgada a pulgada las ciento ochenta y tres millas del tendido. ¡Encontraremos el tren! Ahora, discúlpeme, por favor.

Tupelo salió de la oficina. Se sentía agotado. Maquinalmente, echó a andar a lo largo de la Washington Street, hacia la Estación de Essex. Cuando bajaba la escalera se detuvo bruscamente y miró a su alrededor. Luego subió otra vez a la calle y paró un taxi. Una vez en su casa se sirvió un whisky doble y se acostó.

A las 3,30 de la tarde acudió a dar su clase de Álgebra. Después de una cena rápida en el Crimson Spa, regresó a su apartamento y pasó la velada intentando analizar, por segunda vez, las propiedades conectivas del Sistema. La tentativa resultó inútil, pero el matemático llegó a unas cuantas conclusiones importantes. A las once de la noche telefoneó a Whyte a la Central de Tráfico.

—Pensé que tal vez le gustaría consultarme durante la búsqueda de esta noche —le dijo—. ¿Puedo ir ahí?

Al director general no pareció entusiasmarle el ofrecimiento de Tupelo. Señaló que el Sistema resolvería su pequeño problema sin la ayuda de profesores chiflados que creían que todos los trenes metropolitanos podían saltar a la cuarta dimensión. Tupelo encajó sin pestañear el exabrupto de Whyte y se acostó. Alrededor de las cuatro de la mañana, el timbre del teléfono le despertó. El que llamaba era un contrito Kelvin Whyte.

—Anoche me mostré demasiado brusco —tartamudeó—. Tal vez pueda usted ayudarnos, después de todo. ¿Podría venir al enlace de Milk Street?

Tupelo asintió de buena gana. No experimentaba la satisfacción que había previsto. Llamó un taxi, y en menos de media hora se presentó en la estación señalada. Al pie de la escalera, en el piso superior, vio que el túnel estaba brillantemente iluminado, como cuando el Sistema funcionaba normalmente. Pero los andenes estaban desiertos, a excepción de un grupo de siete hombres que se encontraban en su extremo más alejado de la entrada. Mientras caminaba hacia el grupo, observó que dos de los hombres eran agentes de policía uniformados. Observó un tren de un solo vagón parado en la vía, junto al andén. La puerta delantera estaba abierta, el vagón brillantemente iluminado, y vacío. Whyte salió a su encuentro con aire compungido.

—Gracias por haber venido, Profesor —dijo, alargando su mano—. Caballeros, les presento al doctor Tupelo, de Harvard. Doctor Tupelo, Mr. Kennedy, nuestro ingeniero jefe; Mr. Wilson, representante del alcalde; doctor Gannot, del Hospital Mercy...

Whyte no se molestó en presentar al conductor del tren y a los dos agentes de policía.

—Encantado, caballeros —dijo Tupelo—. ¿Alguna novedad, Mr. Whyte?

El director general intercambió unas miradas indecisas con sus compañeros.

—Bueno..., sí, doctor Tupelo —dijo finalmente—. Creo que hemos conseguido algo.

—¿Ha sido visto el tren?

—Sí —dijo Whyte—. Es decir, prácticamente visto. Al menos, sabemos que se encuentra en alguna parte de los túneles.

Los otros seis asintieron.

A Tupelo no le sorprendió saber que el tren estaba aún en el Sistema. Después de todo, el Sistema estaba cerrado.

—¿Le importaría contarme lo que ha sucedido? —insistió Tupelo.

—Me topé con una señal roja —intervino el conductor—. A la salida del empalme de Copley.

—Todos los trenes han sido sacados del tendido —explicó Whyte—, excepto éste. Lo hemos hecho circular por todo el Sistema por espacio de cuatro horas. Cuando Edmunds, el conductor, se topó con una señal roja en el empalme de Copley se paró, desde luego. Yo pensé que la luz estaba averiada, y le dije que continuara. Pero en aquel momento oímos a otro tren que pasaba por el empalme.

—¿Lo vieron ustedes? —preguntó Tupelo.

—No podíamos verlo. La luz está situada detrás de una curva. Pero todos lo oímos. No cabe duda de que el tren pasó por el empalme. Y tiene que ser el Número 86, porque nuestro vagón era el único que circulaba por el tendido.

—¿Qué pasó después?

—Bueno, la luz roja se trocó en amarilla, y Edmunds siguió adelante.

—¿Detrás del otro tren?

—No podíamos arriesgarnos a seguirlo, puesto que ignorábamos la dirección que había tomado.

—¿Cuánto hace que ocurrió eso?

—A la 1,38, la primera vez...

—¡Oh! —dijo Tupelo—. Entonces, ¿volvió a suceder más tarde?

—Sí. Aunque no en el mismo sitio, desde luego. Encontramos otra señal roja cerca de la Estación Sur, a las 2,15. Y luego, a las 3,28...

Tupelo interrumpió al director general:

—¿Vieron ustedes el tren a las 2,15?

—Ni siquiera lo oímos. Edmunds trató de localizarlo, pero por lo visto había cruzado ya la lanzadera de Boylston.

—¿Qué pasó a las 3,28?

—Otra luz roja. Cerca de Park Street. Oímos el tren delante de nosotros.

—¿Pero no lo vieron?

—No. Más allá de la luz hay una leve pendiente. Pero todos lo oímos. Lo único que no comprendo, doctor Tupelo, es que ese tren pueda recorrer el tendido por espacio de cinco días sin que nadie lo vea…

Whyte se interrumpió bruscamente y levantó una mano con aire imperativo, reclamando silencio. A lo lejos, el metálico estruendo de un tren rodando a toda marcha fue hinchándose hasta convertirse en un rugido. El andén vibró de un modo perceptible mientras pasaba el tren.

—¡Ahora lo tenemos! —exclamó Whyte—. ¡Acaba de pasar por el andén inferior!

Echó a correr hacia la escalera que conducía al piso inferior. Todos los otros le siguieron, excepto Tupelo, el cual creía saber lo que iba a pasar En efecto, antes de que Whyte llegara a la escalera, asomó por ella un agente de policía uniformado.

—¿Los han visto ustedes? —gritó el policía.

Whyte se paró en seco, y los otros con él.

—¿Han visto ustedes el tren? —preguntó de nuevo el agente, mientras aparecían otros dos hombres procedentes del piso inferior.

—¿Qué ha pasado? —quiso saber Wilson.

—¿Lo han visto ustedes! —aulló Kennedy.

—Desde luego que no —respondió el agente—. Ha pasado por aquí arriba.

—¡Ni hablar! —rugió Whyte—. ¡Ha pasado por abajo!

Los seis hombres que acompañaban a Whyte se enfrentaron con expresión desafiante a los tres hombres procedentes del piso inferior. Tupelo se acercó al director general y le dijo, en voz baja:

—El tren no puede ser visto, Mr. Whyte.

Whyte le miró con aire de incredulidad.

—Usted mismo lo ha oído. Ha pasado por el piso de abajo...

—¿Podemos ir al vagón, Mr. Whyte? —inquirió Tupelo—. Creo que tendríamos que hablar un poco.

Whyte asintió de mala gana. Luego se volvió hacia el agente de policía y los otros dos hombres que habían estado vigilando en el andén inferior.

—¿De veras no lo han visto? —insistió.

—Lo hemos oído —respondió el agente—. Y nos ha parecido que pasaba por aquí...

—Vuelvan abajo, Maloney —ordenó uno de los agentes que acompañaban a Whyte.

Maloney se rascó la cabeza, dio media vuelta y desapareció por la escalera. Los otros dos hombres le siguieron. Tupelo condujo al grupo hacia el vagón estacionado junto al andén. Entraron en él y tomaron asiento, en silencio. Luego, todos miraron al matemático y esperaron.

—Supongo que no me ha hecho venir aquí sólo para decirme que había encontrado el tren desaparecido —empezó Tupelo, dirigiéndose a Whyte—. ¿Había ocurrido ya algo como esto?

Whyte se removió en su asiento e intercambió una mirada con el ingeniero jefe.

—No exactamente igual —dijo, en tono evasivo—, pero han sucedido algunas cosas raras.

—¿Por ejemplo? —insistió Tupelo.

—Bueno, lo de las luces rojas. Los vigilantes apostados cerca de Kendall descubrieron una luz roja al mismo tiempo que nosotros encontrábamos otra cerca de la Estación Sur.

—¿Qué más?

—Mr. Sweeney me llamó desde Forest Hills. Había oído el tren dos minutos después de que lo oyéramos nosotros en el empalme de Copley. A veintiocho millas de distancia.

—En realidad, doctor Tupelo —intervino Wilson—, varias docenas de hombres han visto luces rojas, o han oído el tren, o las dos cosas, durante las últimas cuatro horas. La cosa actúa como si pudiera estar en varios lugares al mismo tiempo.

—Puede —dijo Tupelo.

—Hemos estado recibiendo informes de vigilantes que veían la cosa —añadió el ingeniero—. Bueno, viéndola no, exactamente... A veces en dos e incluso en tres lugares, muy apartados entre sí, al mismo tiempo. Seguro que se encuentra en el tendido. Tal vez los vagones están desenganchados.

—¿Está usted realmente seguro de que se encuentra en el tendido, Mr. Kennedy? —preguntó Tupelo.

—Absolutamente —dijo el ingeniero—. El dinamómetro, en la central eléctrica, señala un consumo de energía. El consumo era continuo. De modo que a las 3,30 cerramos los circuitos. Cortamos la corriente.

—¿Y qué pasó?

—Nada —respondió Whyte—. Absolutamente nada. La corriente estuvo cortada por espacio de veinte minutos. Durante ese tiempo, ninguno de los doscientos cincuenta hombres apostados en los túneles vio una luz roja ni oyó un tren. Pero, cinco minutos después de haber vuelto a dar la corriente, nos habían llegado otros dos informes: uno de Arlington, otro de Egleston.

Cuando Whyte terminó de hablar se produjo un largo silencio. En el túnel inferior, un hombre le gritó algo a otro. Tupelo consultó su reloj. Eran las 5,20.

—En resumen, doctor Tupelo —dijo finalmente el director general—, nos vemos obligados a admitir que puede haber algo de cierto en su teoría.

Los otros asintieron.

—Gracias, caballeros —dijo Tupelo.

El médico se aclaró la garganta.

—En lo que respecta a los pasajeros —dijo—, ¿tiene usted idea de lo que...?

—Ninguna —le interrumpió Tupelo.

—¿Qué hemos de hacer? —preguntó el representante del Alcalde.

—No lo sé. ¿Qué puede hacer usted?

—Si no he comprendido mal las explicaciones de Mister Whyte —dijo Wilson—, el tren ha... bueno, ha saltado a otra dimensión. No se encuentra ya en el Sistema. Se ha marchado de él. ¿Es verdad eso?

—Es una forma de decirlo.

—¿Y esta... ejem... conducta singular se ha derivado de ciertas propiedades matemáticas asociadas con la nueva lanzadera de Boylston?

—Desde luego.

—¿Y no hay nada que podamos hacer para traer de nuevo al tren a... hum... esta dimensión?

—Que yo sepa, no.

Wilson agarró la ocasión por los pelos.

—En tal caso, caballeros —dijo—, la cosa está clara. En primer lugar, tenemos que cerrar la nueva lanzadera, para que no pueda volver a ocurrir algo tan fantástico. Después, dado que el tren desaparecido se encuentra en otra dimensión, a pesar de todas esas luces rojas y de todos esos ruidos, podemos restablecer el funcionamiento normal del Sistema. Al menos no existirá el peligro de una colisión, que era lo que más preocupaba a Mr. Whyte. En cuanto al tren desaparecido y a las personas que viajaban en él... —Wilson los remitió al infinito con un gesto—. ¿Está usted de acuerdo, doctor Tupelo? —le preguntó al matemático.

Tupelo sacudió la cabeza lentamente.

—No del todo, Mr. Wilson —respondió—. Les ruego que no pierdan de vista que no he comprendido en sus términos exactos lo que ha sucedido. Es una pena que no puedan encontrar ustedes a alguien capaz de dar una explicación satisfactoria de los hechos. El único hombre que podía haberla dado es el Profesor Turnbull, de Tech, y era uno de los pasajeros del tren. Pero, de todos modos, ustedes querrán contrastar mis conclusiones con las de algunos eminentes topólogos. Puedo ponerles en contacto con varios de ellos.

«Ahora bien, en lo que respecta a la recuperación del tren desaparecido, puedo decir que en mi opinión no se ha perdido toda esperanza. Existe una probabilidad finita, tal como yo lo veo, de que el tren pase eventualmente desde la parte no-espacial de la red, que ahora ocupa, a la parte espacial. Dado que la parte espacial es completamente inaccesible, no hay nada que podamos hacer, por desgracia, para contribuir a esa transición, ni siquiera para predecir cómo o cuándo se producirá. Pero la posibilidad de la transición se desvanecerá si se cierra la lanzadera de Boylston. Ese sector del tendido es precisamente el que da a la red sus singularidades fundamentales. Si las singularidades son eliminadas, el tren no podrá reaparecer nunca. ¿Está claro?

No estaba claro, desde luego, pero los siete hombres que le escuchaban asintieron en silencio.

Tupelo continuó:

—En cuanto a lo de restablecer el funcionamiento del Sistema mientras el tren desaparecido se encuentra en la parte no-espacial de la red, sólo puedo enumerarles los hechos, tal como yo los veo, y dejar a su criterio el extraer las pertinentes conclusiones. La transición de regreso a la parte espacial es impredecible, como ya les he dicho. No hay modo de saber cuándo se producirá, ni dónde. En especial, hay un cincuenta por ciento de probabilidades de que, cuando reaparezca el tren, discurra por una vía que no le corresponde. Entonces se producirá una colisión, desde luego.

El ingeniero preguntó:

—Para eliminar esa posibilidad doctor Tupelo, ¿no podríamos dejar abierta la lanzadera de Boylston, pero sin enviar ningún tren a través de ella? De este modo, cuando el tren desaparecido vuelva a presentarse, no podrá chocar con otro tren.

—Esa precaución sería ineficaz, Mr. Kennedy —respondió Tupelo—. Verá, el tren puede reaparecer en cualquier parte del Sistema. Es cierto que el Sistema debe su complejidad topológica a la nueva lanzadera. Pero, con la lanzadera en el Sistema, ahora es todo el Sistema el que posee una conectividad infinita. En otras palabras, la pertinente propiedad topológica es una propiedad derivada de la lanzadera, pero perteneciente a todo el Sistema. Recuerde que el tren efectuó su primera transición en un punto situado entre Park y Kendall, a más de tres millas de distancia de la lanzadera.

»Hay otra pregunta que ustedes querrán ver contestada. Si deciden ustedes restablecer el funcionamiento del Sistema, dejando abierta la lanzadera hasta que el tren reaparezca, ¿puede volver a ocurrir lo mismo con otro tren? No estoy seguro de la respuesta, pero creo que es negativa. Opino que en este caso existe un principio de exclusión, en virtud del cual el no-espacio de la red sólo puede ser ocupado por un tren. 1 El médico se puso en pie.

—Doctor Tupelo —inquirió, tímidamente—, cuando el tren reaparezca, ¿estarán los pasajeros...?

—No sé nada acerca de los ocupantes del tren —le interrumpió Tupelo—. La teoría topológica no tiene en cuenta esos aspectos. —Su mirada recorrió rápidamente los siete cansados rostros que le rodeaban—. Lo siento, caballeros —añadió, en tono más amable—. No lo sé, sencillamente. —Dirigiéndose a Whyte añadió—: Creo que esta noche no puedo serle útil en nada más. Ya sabe dónde encontrarme.

Dando media vuelta, salió del vagón y se encaminó a la escalera.

Al salir a la calle, las primeras claridades del alba empezaban a disolver las sombras de la noche.

 

Ningún periódico informó de aquella improvisada conferencia en un solitario vagón del metropolitano. Ni de los resultados de la vigilancia nocturna en los oscuros túneles. Durante la semana que siguió, Tupelo tomó parte en otras cuatro conferencias con Kelvin Whyte y algunos funcionarios de la municipalidad. En dos de ellas estuvieron presentes otros topólogos: Orstein, de Filadelfia, Kashta, de Chicago, y Michaelis, de Los Ángeles. Los matemáticos no lograron ponerse de acuerdo. Ninguno de los tres quiso aceptar como buenas las conclusiones de Tupelo, aunque Kashta admitió que podía haber algo de cierto en ellas. Orstein insistió en que una red finita no podía poseer una conectividad infinita, pero no pudo demostrar este aserto, y ni siquiera fue capaz de calcular la conectividad del Sistema. Michaelis expresó su opinión de que el asunto no tenía nada que ver con la topología del Sistema. Insistió en que si el tren no podía ser localizado en el Sistema, éste debía abrirse.

Pero, cuanto más a fondo analizaba Tupelo el problema, más convencido estaba de lo correcto de sus primeras conclusiones. Desde el punto de vista de la topología, el Sistema sugería inmediatamente la existencia de familias enteras de redes de entidad múltiple, cada una de ellas con un número infinito de discontinuidades infinitas. Pero Tupelo se substraía a un examen concreto de aquellas nuevas redes hiperespaciales. Dedicó toda su atención al tema por espacio de una semana. Luego, sus ocupaciones le obligaron a dejar el análisis a un lado. Decidió enfrentarse de nuevo con el problema más tarde, en primavera, cuando terminara el curso escolar.

Entretanto, el Sistema volvía a funcionar como si nada hubiese ocurrido. El director general y el representante del alcalde habían conseguido olvidar la noche del 6 de marzo, o al menos habían vuelto a interpretar a su manera lo que vieron y no vieron. Los periódicos y el público hacían las más descabelladas suposiciones, y continuaban presionando a Whyte. Muchas personas que habían perdido algún pariente presentaron demandas contra el Sistema. El Estado intervino en el asunto e investigaba por su cuenta. El caso llegó hasta el Congreso. Una versión resumida de la teoría de Tupelo fue ampliamente difundida por la prensa. Tupelo la ignoró, y no tardó en ser olvidada.

Transcurrieron varias semanas. La investigación estatal se dio por conclusa. Los periódicos trasladaron el caso de la primera a la segunda plana; luego lo pasaron a la veintitrés; y después dejaron de ocuparse de él. Las personas desaparecidas no regresaron. A la larga, nadie las echó de menos.

Un día, a mediados de abril, Tupelo viajaba en el metropolitano, desde Charles Street a Harvard. Iba sentado en la parte delantera del primer vagón y contemplaba las vías y las grises paredes de los túneles salir al encuentro del tren. Se detuvieron en dos ocasiones ante una luz roja, y Tupelo se preguntó súbitamente si el otro tren estaba allí, delante de ellos, o más allá del espacio. Bastó aquello para que el viaje resultara excitante.

Otra vez, en mayo, tomó el tren en Beacon Hill. Pero en esta ocasión se instaló en un asiento lateral y se dedicó a leer el periódico. De pronto, experimentó una extraña sensación. Miró al hombre sentado a su lado, con la cesta del almuerzo sobre las rodillas. Los otros asientos estaban ocupados, y había una docena de pasajeros que viajaban de pie. Un jovencito fumaba un cigarrillo, violando el reglamento. Detrás de él, dos muchachas hablaban de una fiesta a la que pensaban asistir. En el asiento de en frente, una joven madre reñía a su hijo. A su lado, un hombre leía el periódico. Lo mantenía abierto por las páginas centrales, y la mirada de Tupelo resbaló inconscientemente por la primera plana. Los titulares le sonaron a cosa olvidada. La mirada de Tupelo continuó subiendo, hasta llegar a la fecha: ¡era un periódico del mes de marzo!

Los ojos de Tupelo se volvieron hacia el hombre sentado a su lado. Debajo de su cesta del almuerzo había un periódico. Del día. Miró detrás de él. Un joven leía el Transcript, manteniéndolo abierto por las páginas deportivas. La fecha era 4 de marzo. Los ojos de Tupelo recorrieron el pasillo. Una docena de pasajeros llevaban periódicos con fecha de 4 de marzo.

Tupelo se levantó de un salto. El hombre del pasillo se quejó en voz alta mientras Tupelo le apartaba a un lado sin miramientos para precipitarse hacia el aparato de alarma. Tiró de la palanca con todas sus fuerzas. Chirriaron los frenos y el tren se detuvo. Los intrigados pasajeros contemplaban a Tupelo con ojos hostiles. En la parte trasera del vagón se abrió la puerta de paso y un hombre alto y delgado, uniformado de azul, la cruzó apresuradamente.

Tupelo corrió a su encuentro.

—¿Mr. Gallagher? —inquirió.

—¿Qué pasa? —preguntó a su vez el hombre, sorprendido.

Tupelo ignoró la pregunta.

—¿Dónde ha estado usted? —quiso saber.

—En el vagón contiguo, pero...

Tupelo no le dejó terminar. Consultando su reloj, les gritó a los pasajeros:

—¡Faltan diez minutos para las nueve de la mañana del día 17 de mayo!

Aquellas palabras acallaron por un momento el creciente clamor. Los pasajeros intercambiaron miradas desconcertadas.

—¡Miren sus periódicos! —gritó Tupelo—. ¡Sus periódicos!

Los pasajeros empezaron a cuchichear. A medida que consultaban las fechas de sus periódicos, las voces subían de tono. Tupelo cogió a Gallagher del brazo y le arrastró hacia la parte trasera del vagón.

—¿Qué hora es? —le preguntó.

—Las 8,21 —dijo Gallagher, consultando su reloj.

—Abra la puerta —dijo Tupelo—. Déjeme salir. ¿Dónde está el teléfono?

Gallagher siguió las instrucciones de Tupelo. Señaló un hueco en la pared del túnel, a un centenar de metros de distancia. Tupelo se apeó del vagón y echó a correr por el estrecho pasillo que discurría entre los vagones y la pared del túnel.

—¡Póngame con la Central de Tráfico! —le gritó al telefonista. Esperó unos segundos y vio que un tren se había parado ante la señal roja detrás del que él acababa de abandonar. Cuando la Central de Tráfico contestó, Tupelo gritó—: ¡Póngame con Whyte! ¡Es muy urgente!

Al otro extremo del hilo una voz de hombre dijo:

—Mr. Whyte está ocupado. Dígame lo que sea.

—El Número 86 ha vuelto —dijo Tupelo—. Ahora se encuentra entre la Estación Central y Harvard. Ignoro cuando efectuó el salto. Yo lo tomé en Charles Street, hace diez minutos, y no me he dado cuenta hasta hace un minuto.

Al otro extremo del hilo, el hombre que atendía la llamada tragó saliva audiblemente.

—¿Y los pasajeros? —tartamudeó.

—Están perfectamente... los que quedan en el tren. Algunos deben de haberse apeado en Kendall y en la Estación Central.

—¿Dónde han estado?

Tupelo dejó caer el receptor de su oído y lo contempló fijamente, con la boca abierta. Luego lo colgó y echó a correr hacia la puerta abierta del vagón.

Eventualmente, el orden quedó restablecido y al cabo de media hora el tren llegó a Harvard. En la estación, la policía tomó a los pasajeros bajo su custodia. Whyte había llegado a Harvard antes que el tren. Tupelo le encontró en el andén.

Whyte hizo un gesto en dirección a los pasajeros.

—¿Están realmente bien? —inquirió.

—Perfectamente —respondió Tupelo—. No saben dónde han estado.

—¿Alguna señal del Profesor Turnbull? —preguntó el director general.

—No le he visto. Probablemente se apeó en Kendall, como de costumbre.

—¡Lástima! —dijo Whyte—. Me gustaría verle.

—También a mí —declaró Tupelo—. A propósito, ahora es el momento de cerrar la lanzadera de Boylston.

—Demasiado tarde —dijo Whyte—. El tren 143 desapareció hace veinticinco minutos, entre Egleston y Dorchester.

Tupelo no dijo nada.

—Tenemos que encontrar a Turnbull —continuó Whyte.

Tupelo miró al director general y sonrió débilmente.

—¿Cree usted de veras que Turnbull se apeó de este tren en Kendall? —preguntó.    

—¡Desde luego! —respondió Whyte—. ¿En qué otra parte, si no?

 

 

 

EL HOMBRE QUE LLEGÓ TEMPRANO

Poul Anderson

 

 

Sí, cuando un hombre se hace viejo ha oído tantas cosas que no es fácil que haya algo que pueda sorprenderle. Dicen que en Miklagard el rey tiene una bestia de oro delante de su trono que se pone en pie y ruge. Se lo he oído contar a Eilif Ericsson, que sirvió en la guardia real cuando era joven y que es un tipo cabal, cuando no está borracho. También ha visto usar el fuego griego, que arde sobre el agua.

De modo, sacerdote, que no voy a cerrar los oídos a lo que dices acerca del Cristo Blanco. He estado en Inglaterra y en Francia, y he visto cómo prospera la gente. Tiene que ser un dios muy poderoso, para proteger tantos reinos... ¿Y dices que a todos los que se bauticen les regalarán una túnica blanca? Me gustaría tener una. No es muy apropiada para este maldito clima de Islandia, pero un pequeño sacrificio a los duendes domésticos... ¿Qué? ¿Nada de sacrificios? ¡Vamos! Renunciaré a la carne de caballo, si debo hacerlo, ya que mis dientes no son lo que eran, pero todo hombre sensible sabe cuán molestos pueden ser los duendes domésticos si no se les alimenta.

Bueno, tomemos otra copa y hablemos del asunto. ¿Qué te parece esta cerveza? Es de fabricación propia, ¿sabes? Las copas las traje de Inglaterra, hace muchos años. Entonces era joven... El tiempo pasa, el tiempo pasa. Después regresé aquí y heredé esto, la hacienda de mi padre, y no me he movido desde entonces. A los jóvenes les atrae la aventura; pero, a medida que uno se hace viejo, comprende dónde está la verdadera riqueza: aquí, en la tierra y el ganado.

Aviva el fuego, Hjalti. Se está apagando. A veces pienso que los inviernos son ahora más fríos que cuando era un muchacho. Lo mismo dice Thorbrand de la Salmondale, pero él cree que los dioses están furiosos debido a que son tantos los que se apartan de ellos. Te será difícil convencer a Thorbrand, sacerdote. Es un hombre obstinado. Yo soy más razonable, y estoy dispuesto a escuchar, al menos.

Bueno, hay un punto que quiero dejar bien sentado. Sé que el fin del mundo no está próximo, ni mucho menos.

Y si me preguntas por qué lo sé, te diré que es una historia muy larga, y hasta cierto punto terrible. Afortunadamente soy viejo, y estaré seguro en la tierra antes que llegue el gran mañana. Uno de los motivos por los que he escuchado tu predicación es que sé que el Cristo Blanco derrotará a Thor. Sé que Islandia será cristiana, y me parece más prudente alinearme en el bando de los vencedores.

No, no he tenido ninguna visión. Es algo que ocurrió hace cinco años, y que mis parientes y vecinos pueden jurar. La mayoría de ellos no creen lo que el extranjero dijo; por mi parte debo creerlo, ya que resulta inconcebible que un embustero pudiera acarrear tantas desgracias. Yo amaba a mi hija, sacerdote, y cuando todo hubo pasado encontré un buen marido para ella. No le despreció, pero ahora vive con él en su hacienda y nunca viene a visitarme. Y he oído decir que su marido está muy enojado a causa de su silencio y su tristeza, y pasa las noches con una amante irlandesa. No puedo reprochárselo, pero me apena.

Bueno, ahora estoy lo suficientemente borracho para contarte toda la verdad, y me tiene sin cuidado que me creas o no. ¡Eh! ¡Muchachas! Llenen de nuevo esas copas, ya que antes de terminar mi relato tendré la garganta seca.

 

La cosa empezó un día de principios de verano, hace cinco años. En aquella época, mi esposa Ragnhild y yo teníamos solamente dos hijos solteros viviendo con nosotros: nuestro benjamín Helgi, de diecisiete inviernos, y nuestra hija Thorgunna, de dieciocho. La muchacha, siendo guapa, había tenido ya pretendientes. Pero los había rechazado, y yo no soy de los que presionan a su hija. En cuanto a Helgi, siempre fue un muchacho inquieto. Ahora está sirviendo en la Guardia del Rey Olaf de Noruega. En la casa vivían, además, diez criados: dos siervos, dos muchachas para las tareas femeninas, y media docena de villanos a sueldo. Casi un pequeño ejército.

Ya has visto cómo se extiende mi hacienda. Un par de millas al este se encuentra la bahía; los caseríos de Reykjavik se hallan a unas cinco millas al sur. El terreno asciende hacia el Long Jökull, de modo que mis acres son montañosos; pero es buen terreno para pastos, y a menudo encontramos madera, restos de los barcos naufragados que las olas arrojan a la playa. He construido un cobertizo para guardarla, así como un embarcadero.

La noche anterior habíamos tenido tormenta, una de esas furiosas tormentas que a menudo descargan sobre Islandia, de modo que Helgi y yo nos dirigimos a la playa en busca de madera. Tú, que vienes de Noruega, no sabes lo valiosa que es para nosotros la madera, ya que sólo tenemos unos cuantos árboles raquíticos y debemos traer nuestra madera del extranjero.

Como yo estaba en buenas relaciones con mis vecinos, tomamos solamente armas de mano. Yo llevaba mi hacha, Helgi una espada, y los dos villanos que nos acompañaban llevaban lanzas. La tormenta nocturna había dejado un cielo limpio, y el sol brillaba sobre los húmedos tallos de la hierba. Los cabellos de mi hijo Helgi ondearon al viento del este mientras nos acercábamos al agua. Recuerdo perfectamente todo lo que ocurrió aquel día, aunque en honor a la verdad debo decir que no fue un día como los otros.

Cuando llegamos a la playa, el mar enviaba hasta ella con fuerza sus olas, blancas y grises, oliendo a sal y a algas. Unas cuantas gaviotas gritaban por encima de nuestras cabezas asustadas de un bacalao que retozaba cerca de la playa. Vi un montón de leña menuda, y un gran tronco caído seguramente del barco que lo transportaba, durante la noche. Aquello era un hallazgo útil, aunque como hombre cuidadoso que soy ofrecería más tarde un sacrificio, para asegurarme que el fantasma del dueño de aquel tronco no vendría a importunarme.

Estábamos arrastrando el tronco hacia el cobertizo cuando Helgi profirió un grito. Corrí en busca de mi hacha y miré al lugar señalado por mi hijo. En aquel momento estábamos en paz con todo el mundo, pero siempre hay forajidos.

Sin embargo, el recién llegado parecía inofensivo. En realidad, mientras se acercaba trabajosamente a través de la negra arena vi que iba completamente desarmado y me pregunté qué le había sucedido. Era un hombre alto y extrañamente vestido: llevaba chaqueta y pantalones y zapatos como todo el mundo, pero su corte era muy distinto del normal, y llevaba polainas de cuero en vez de vendas de paño. Tampoco había visto nunca un casco como aquel: era casi cuadrado, y bajaba por detrás para proteger su cuello, pero por delante no ofrecía ninguna protección. Y es posible que no lo creas, pero no era de metal y, sin embargo, había sido fundido en una sola pieza.

Cuando estuvo más cerca, el extranjero agitó sus brazos y gritó algo. Nunca había oído aquel lenguaje, y eso que he oído muchos; era como un ladrar de perros. Vi que iba completamente afeitado y que llevaba el pelo muy corto, y pensé que podía ser francés. Por otra parte, era un joven bien parecido, de facciones regulares y ojos azules. Por el color de su piel deduje que había pasado mucho tiempo bajo techado. Sin embargo, era un hombre robusto.

—¿Será un náufrago? —preguntó Helgi.

—Sus ropas están secas y limpias —dije—. Sin embargo, no he oído hablar de ningún extranjero que se aloje por estos alrededores...

Inclinamos nuestras armas y el extranjero se acercó más a nosotros y dejó de gritar. Vi que su chaqueta y la camisa que llevaba debajo estaban atadas con botones de hueso y no con cordones como los nuestros. Sus zapatos eran de un tipo nuevo para mí, muy bien cosidos. En su chaqueta, de color pardo-verdoso, había trozos de metal pegados, y pegadas también a sus mangas vi tres pequeñas franjas doradas; también llevaba una cinta negra con letras blancas, las mismas letras que figuraban en su casco. No eran rúnicas, sino romanas. Así: MP. Llevaba un cinturón muy ancho, con un pequeño objeto de metal metido en una funda de cuero en un lado y una porra en el otro.

—Creo que es un hechicero —murmuró mi villano Sigurd—. ¿Por qué llevaría tantos amuletos, si no?

—Pueden ser simples adornos, o una protección contra la brujería —susurré a su oído. Luego me dirigí al extranjero—: Soy Ospak Ulfsson, de Hillstead. ¿Qué te ha traído aquí?

Me miró, respirando agitadamente y con una expresión de extrañeza en los ojos. Por lo visto, había caminado mucho. Finalmente profirió una especie de gemido, se sentó en la arena y se cubrió el rostro con las manos.

—Si está enfermo, será mejor que le llevemos a la casa —dijo Helgi.

Asentí con un gesto. Aquí tenemos pocas ocasiones de ver rostros nuevos.

—No..., no... —El extranjero alzó la mirada—. Déjenme descansar un momento...

Hablaba el idioma noruego con bastante facilidad, aunque con un fuerte acento y con muchas palabras extranjeras que yo no entendía.

El otro villano, Grim, blandió su lanza.

—¿Han desembarcado vikingos por aquí? —preguntó.

—¿Cuándo has visto vikingos en Islandia? —me mofé—. Siguen otra ruta.

El recién llegado sacudió la cabeza, como si acabaran de golpeársela. Se puso en pie, trabajosamente.

—¿Qué ha pasado? —inquirió—. ¿Dónde está la ciudad?

—¿Qué ciudad? —pregunté a mi vez, amablemente.

—¡Reykjavik! —gritó—. ¿Dónde está?

—A cinco millas de aquí, en dirección sur, de donde tú has llegado. A no ser que te refieras a la bahía —dije al extranjero.

—¡No! Allí sólo había una playa, y unas cuantas chozas destartaladas, y...

—Procura que Hjalmar Broadnose no se entere de la opinión que tienes de su caserío —le aconsejé.

—¡Pero allí había una ciudad! —insistió—. Yo estaba cruzando la calle, en medio de una tormenta, y oí un estampido, y luego me encontré en la playa, y la ciudad había desaparecido.

—Está loco —dijo Sigurd, apartándose—. Cuidado. Si empieza a echar espuma por la boca, es que se pone furioso.

—¿Quién es usted? —balbuceó el extranjero—. ¿Por qué lleva esas ropas? ¿Y esa lanza?

—Por su manera de hablar no parece que esté loco —dijo Helgi—. Yo diría que está asustado y desconcertado. Como si algún diablo le hubiera perseguido.

—¡No quiero estar cerca de un hombre hechizado! —aulló Sigurd, y echó a correr.

—Alto! —grité—. ¡Quédate donde estás, o te parto en dos tu piojosa cabeza!

La amenaza hizo su efecto, ya que Sigurd no tenía ningún pariente que pudiera vengarle; se detuvo, pero no se acercó. Entretanto, el extranjero se había tranquilizado hasta el punto de poder expresarse de un modo más coherente.