IMAGENES . ENLACES

Los gatos de Ulthar

Escrito por imagenes 30-05-2009 en General. Comentarios (3)

UNIVERSIDAD MISKATÓNICA LOVECRAFTIANA


Los gatos de Ulthar

H.P. Lovecraft

 

Sedice que en Ulthar es un pueblo situado más allá del río Skai, nadie puedematar un solo gato; cosa que creo firmemente cuando contemplo el que tengoronroneando ante el fuego. Pues el gato es enigmático, y está familiarizado conlas cosas extrañas que los hombres no pueden ver. Es el alma del antiguoEgipto, y depositario de las leyendas de las ciudades olvidadas de Meroe yOphir. Es pariente de los señores de la selva, y heredero de los secretos de lavieja y siniestra África. La Esfinge es su prima, y recuerda lo que ella haolvidado.

EnUlthar, antes de que sus diputados prohibiesen matar gatos, vivían un viejocampesino y su esposa que disfrutaban poniendo trampas a los gatos delvecindario para matarlos. No sé por qué lo hacían; hay quienes detestan losmaullidos por la noche, y no les gusta que los gatos anden furtivamente porpatios y jardines al anochecer. Sea cual sea el motivo, este viejo matrimoniogozaba atrapando y matando todo gato que se acercaba a su casucha miserable; ypor lo que se oía después en la noche, muchos de los lugareños sospechaban quetenían un modo de matarlos de lo más singular. Sin embargo, no hablaban de estocon el viejo matrimonio, debido a la habitual expresión de sus rostrosarrugados, y a que su choza era muy pequeña y estaba oculta y oscurecida bajounos olmos corpulentos, en el fondo de un patio abandonado. En verdad, aunquelos dueños de los gatos odiaban a estos viejos, los temían aún más; y en vez detacharles de brutales asesinos, se limitaban a cuidar que ninguno de susadorados gatos se aproximara impensadamente a la apartada casucha oculta bajolos árboles sombríos. Cuando por un descuido inevitable se perdía alguno, y seoían los maullidos por la noche, su dueño lloraba con impotencia, o seconsolaba dando gracias al Destino por no haber sido uno de sus hijos eldesaparecido de este modo. Pues la gente de Ulthar era simple, y no sabía dedonde vinieron los gatos al principio.

Undía entró por las estrechas y empedradas calles de Ulthar una caravana deextraños vagabundos que procedían del sur. Eran trotamundos atezados, distintosde aquellas gentes ambulantes que pasaban por el pueblo dos veces al año.Decían la buenaventura a cambio de plata en los mercados, y compraban alegresabalorios a los mercaderes. Nadie sabía de que país venían estos vagabundos;pero observaron que eran dados a rezar extrañas plegarias, y que a los lados desus carromatos llevaban pintadas extrañas figuras con cuerpo humano y cabeza degato, de halcón, de león o de carnero. Y el jefe de la caravana llevaba untocado con dos cuernos y un curioso disco entremedias.

Ibaen esta singular caravana un niño que no te padre ni madre, sino sólo un gatitopequeño y negro al que cuidaba. La peste no había sido amable con él, aunque lehabía dejado este ser diminuto y peludo que dulcificaba su dolor; cuando se esmuy joven, uno puede encontrar gran alivio en las vivarachas travesuras de ungatito negro. Así, el niño a quien las atezadas gentes llamaban Menes sonreíacada vez más, y llora cada vez menos, cuando se sentaba a jugar con su graciosogatito en las escaleras de un carromato decorado de singular manera.

A lamañana del tercer día de estancia en Ulthar, Menes no pudo encontrar a sugatito; al verle sollozando en el mercado, los lugareños le hablaron del viejoy de su esposa, y de lo que se oía por la noche. Al escuchar todo aquello sussollozos dieron paso a la reflexión, y finalmente a la plegaria. Extendió losbrazos hacia el sol y rezó en una lengua que los lugareños no entendieron;aunque no pusieron mucho empeño en entender, ya que les acaparaban la atenciónel cielo y las formas curiosas que adoptaban las nubes. Era muy extraño, perotan pronto como el niño hubo terminado su oración, parecieron formarse en loalto las figuras brumosas y oscuras de unos seres exóticos, criaturas híbridascoronadas con los cuernos y el disco entremedias. La Naturaleza está llena detales ilusiones para sugestionar a quienes son imaginativos.

Esanoche, los trotamundos se fueron de Ulthar, y no se les volvió a ver. Y loshabitantes se sintieron consternados al darse cuenta de que no había un sologato en todo el pueblo. De cada uno de los hogares había desaparecido el gatofamiliar; los grandes y los pequeños, los negros, los grises, los rayados, losamarillos y los blancos. El viejo Kranon, que era el burgomaestre, juró quehabían sido las gentes atezadas quienes se los habían llevado en venganza porla muerte del gatito de Menes; y maldijo a la caravana y al niño. Pero Nith, elflaco notario, declaró que el viejo campesino y su esposa eran más sospechososaun, ya que su odio a los gatos era conocido por todos, y más atrevido cadavez. Sin embargo, nadie se atrevió a acusar al siniestro matrimonio, aun cuandoel hijo del posadero, el pequeño Atal, aseguraba haber visto a todos los gatosen aquel patio maldito, bajo los árboles, avanzando con paso medido, lenta yceremoniosamente, y describiendo un círculo alrededor de la choza en fila de ados, como si ejecutasen algún inaudito ritual. Los lugareños no sabían si creeral chico; y aunque temían que el malvado matrimonio hubiese hechizado yexterminado a todos los gatos, preferían no enfrentarse con el viejo campesinomientras no saliese de su patio tenebroso y repugnante.

Asíque el pueblo de Ulthar se acostó embargado por la ira y la impotencia; y heaquí que al despertar por la madrugada, ¡cada gato había regresado a su hogarrespectivo! Los grandes, los pequeños, los negros, los grises, los rayados, losamarillos y los blancos; no faltaba ninguno. Todos aparecieron gordos ylustrosos, emitiendo sonoros ronroneos de satisfacción. Los ciudadanos hablabanmaravillados del caso. El viejo Kranon insistió una vez más en que había sidoel pueblo atezado quien se los había llevado, puesto que los gatos jamásregresaban vivos de la choza del viejo matrimonio. Pero todos coincidieron enuna cosa: que la negativa de los gatos a probar sus respectivas raciones decomida y su plato de leche era sumamente singular. Y durante dos días enteros,los lustrosos y perezosos gatos de Ulthar no tocaron alimento alguno, y selimitaron a dormitar junto al fuego o al sol. Una semana transcurrió, hasta quelos lugareños observaron que no había luz, por la noche, en las ventanas de lachoza oculta bajo los árboles. Luego, el flaco Nith comentó que nadie habíavisto al viejo ni a la vieja desde la noche en que desaparecieron los gatos.Una semana después, el burgomaestre decidió vencer su temor y visitar lavivienda extrañamente silenciosa; como era su deber, aunque tuvo el cuidado dehacerse acompañar por Shang el herrero y Thul el cantero como testigos. Ycuando echaron abajo la frágil puerta no encontraron otra cosa que dosesqueletos humanos limpios y mondos en el suelo de tierra, y un montón decucarachas que corrían por los rincones oscuros.

Muchose habló después entre los habitantes de Ulthar. Zath, el alguacil, discutiólargamente con Nith, el flaco notario; y Kranon y Shang y Thul fueron abrumadosa preguntas. En cuanto al pequeño Atal, el hijo del posadero, fue interrogado afondo, y se le dio un caramelo en recompensa. Hablaron del viejo campesino y sumujer, de la caravana de atezados vagabundos, del pequeño Menes, de su gatitonegro, de la plegaria de Menes y el cambio del cielo, de la acción de los gatosla noche en que se fue la caravana, así como de lo que encontraron mas tarde enla choza que hay bajo los árboles sombríos del patio repugnante.

Alfinal, los diputados aprobaron esa famosa ley de que hablan los mercaderes enHatheg, y que discuten los viajeros de Nir; a saber: que en Ulthar, nadie puedematar un solo gato.

 

LOS SUPERJUGUETES DURAN TODO EL VERANO Brian W. Aldiss

Escrito por imagenes 25-05-2009 en General. Comentarios (1)

LOS SUPERJUGUETES DURAN TODO EL VERANO
Brian W. Aldiss


...
En el jardín de la señora Swinton siempre era verano. Los deliciosos almendros se
alzaban en él con un follaje perenne. Mónica Swinton cortó una rosa de color de
azafrán y se la mostró a David.
- ¿No es preciosa? - comentó
David alzó los ojos hacia su madre y sonrió sin responder. Tomando la flor, corrió con
ella por el césped y desapareció detrás de la perrera, donde permanecía almacenada
la segadora robot, dispuesta para cortar, barrer o cuidar el césped en el momento que
fuera necesario. La señora Swinton permaneció inmóvil en su impecable sendero de
gravilla de plástico.
La mujer había intentado amar al pequeño.
Cuando se decidió a seguir a David, le encontró en el patio haciendo flotar la rosa en
su pequeña alberca poco profunda. El pequeño, absorto con su flor, se había metido
en el agua sin quitarse las sandalias.
-David, querido, ¿por qué has de ser siempre tan travieso? Entra en casa enseguida y
cámbiate los zapatos y los calcetines.
El niño entró en la casa sin protestar, meneando su cabecita de cabello oscuro a la
altura de las caderas de su madre. A sus tres añitos, no mostraba el menor temor a la
secadora ultrasónica de la cocina. Sin embargo, antes de que su madre pudiera
encontrr unas zapatillas de repuesto, David se escabulló de la cocina y desapareció
en el silencio de la casa.
Probablemente, se dijo la madre, habría ido a buscar a Teddy.
Monica Swinton, una mujer de veintinueve años, silueta esbelta y ojos suavemente
radiantes, pasó a la sala de estar y tomó asiento cruzando las piernas con elegancia.
Al principio, permaneció sentada y pensativa; muy pronto, sólo estaba sentada. E1
tiempo transcurrió en torno de ella con la maníaca lentitud que reserva a los niños, los
locos y las esposas cuyos maridos están lejos de casa mejorando el mundo. Casi por
reflejo, extendió la mano y cambió la longitud de onda de las ventanas. El jardín se
desvaneció y, en su lugar, apareció junto a su mano izquierda el centro de la ciudad,
Ileno de una multitud abigarrada, vehículos de transporte y edificios (aunque mantuvo
bajo el sonido). La mujer permaneció sola. Un mundo superpoblado es el lugar ideal
para estar a solas.
Los directivos de Synthank estaban dando cuenta de un opíparo almuerzo para
celebrar el lanzamiento de su nuevo producto. Algunos de ellos lucían las máscaras
faciales de plástico que tan de moda estaban. Todos los hombres estaban
espléndidamente delgados a pesar de la gran cantidad de comida y bebida quc
consumían. Sus esposas también mantenían una espléndida esbeltez pese a la
abundancia de comida y bebida. Una generación anterior y menos sofisticada habría
considerado a todos los presentes como "gente guapa", salvo por sus ojos.
Henry Swinton, director administrativo de Synthank, se disponía a pronunciar unas
palabras.
- Lamento que su esposa no esté aquí para escucharle -- comentó su vecino de
asiento.
- Mónica prefiere quedarse en casa pensando en cosas bellas -- respondió Swinton,
manteniendo la sonrisa.
- Parece lógico que una mujer tan bella tenga pensamientos igualmente bellos --
añadió el vecino.
Aparta tu mente de mi esposa, cerdo, pensó Swinton sin dejar de sonreir. Después, se
puso de pie entre aplausos para pronunciar su pequeño discurso. Tras un par de
chistes como introducción, pasó a decir:
- La fecha de hoy marca un verdadero hito en la historia de nuestra empresa. Hace
casi diez años que lanzamos al mercado mundial nuestras primeras formas de vida
sintéticas y todos sabemos el gran éxito que han representado, en especial los
dinosaurios en miniatura. Sin embargo, ninguna de ellas posee inteligencia. Parece
una paradoja que hoy en dia seamos capaces de crear vida, pero no inteligencia.
Nuestra primera linea de productos, la Tenia Croswell, es la que más se vende y la
que posee menos inteligencia de todos. -- Una carcajada unánime acompañó sus
palabras --. Aunque tres cuartas partes de los habitantes de nuestro mundo
superpoblado pasan hambre, nosotros, gracias al control demográfico, podemos
disponer aquí de todo lo necesario y más. Nuestro problema es la obesidad, no la
desnutrición. Apuesto a que todos los que estamos sentados en torno a ésta mesa
tenemos trabajando para nosotros en el intestino delgado una Croswell, una tenia
parásita totalmente inofensiva que permite a su huésped ingerir hasta un cincuenta
por ciento más de comida sin que ello afecte a su figura. ¿Me equivoco? -- La mayoría
de los presentes asintió con la cabeza. Swinton continuó diciendo --: Nuestros
dinosaurios en miniatura apenas son más inteligentes que esos gusanos. Hoy, en
cambio, vamos a lanzar al mercado una forma de vida sintética dotada de inteligencia:
un sirviente humano de tamaño natural.
»Nuestro sirviente no sólo es inteligente, sino que posee un grado de inteligencia
limitado. Consideramos que las personas le tendrían miedo a un ser con un cerebro
humano, de modo que nuestro sirviente biónico tiene un pequeño ordenador en el
cráneo.
»Hasta ahora ha habido en el mercado objetos mecánicos con miniordenadores por
cerebro, objetos de plástico sin vida, superjuguetes, pero hoy, por fin, hemos
encontrado la manera de unir los circuitos del ordenador con la carne sintética.
David estaba sentado junto al amplio ventanal de su cuarto, pugnando con un lápiz y
un papel. Por último, dejó de escribir y se puso a hacer rodar el lápiz por la superficie
inclinada de la tapa del pupitre.
- ¡Teddy! -- exclamó de pronto.
Teddy estaba sobre la cama, apoyado en la pared bajo un libro con imágenes en
movimiento y un enorme soldado de plástico. El modelo fonológico de la voz de su
amo lo activó y Teddy se sentó erguido entre los juguetes.
- Teddy, no se me ocurre qué poner.
El osito saltó de la cama y dió unos pasos rígidos por el cuarto hasta agarrarse a las
piernas del pequeño. David lo levantó y lo instaló sobre el pupitre.
- ¿Qué has escrito hasta ahora?
- He puesto... -- El pequeño sostuvo en alto la carta y la repasó con una mirada seria y
penetrante --. He escrito, «Querida mamá, espero que te encuentres bien. Te quiero
mucho...».
Se produjo un largo silencio hasta que el osito respondió:
-- Suena muy bien. Ve abajo y dáselo.
Otro largo silencio.
- No está bien. Mamá no lo entenderá.
En el interior del osito, un pequeño ordenador repasó su programa de
posibilidades.
- ¿Por qué no lo vuelves a escribir con lápices de colores?
Al observar que David no respondía, el osito repitió su sugerencia:
-- ¿Por qué no lo vuelves a escribir con lápices de colores?
David tenía la vista fija en la ventana.
- ¿Sabes que estaba pensando, Teddy?¿Cómo puede uno distinguir las cosas reales
de las que no lo son?
El osito barajó sus alternativas.
- Las cosas reales son buenas.
- Me pregunto si el tiempo es bueno. No me parece que a mamá le guste demasiado
el tiempo. El otro día, hace un montón de dias, dijo que el tiempo pasaba por ella. ¿Es
real el tiempo, Teddy?
-- Los relojes marcan el paso del tiempo, los relojes son reales. Mamá tiene relojes, de
modo que deben gustarle. Lleva un reloj en la muñeca junto al dial.
David empezó a dibujar un reactor de gran capacidad en el reverso de la carta.
- Tú y yo somos reales, ¿verdad Teddy?
Los ojos del osito contemplaron al chiquillo sin parpadear.
- Tú y yo somos reales, David. -- El osito estaba especializado en proporcionar
consuelo.
Mónica deambuló lentamente por la casa. Faltaba poco para que llegara el correo de
la tarde por el aparato. Marcó el número de la oficina de correos en el dial que llevaba
en la muñeca, pero no obtuvo respuesta. Tendría que esperar unos minutos más.
Podía ocuparlos pintando un poco, o llamando a sus amigos, o esperando a que
Henry volviera a casa, o subiendo al piso de arriba para jugar con David...
Se dirigió al vestíbulo y anduvo hasta el pie de las escaleras.
-- ¡David!
No hubo respuesta. La mujer lo llamó tres veces más.
- ¡Teddy! -- exclamó a continuación en un tono de voz más agudo.
- ¡Sí, mamá! -- Tras un instante de pausa, la cabecita de pelo dorado de Teddy asomó
a lo alto de la escalera.
- ¿Está David en su cuarto, Teddy?
- Ha salido al jardín, mamá.
- ¡Ven aquí abajo, Teddy!
Mónica observó impasible la pequeña figura peluda mientras descendía los peldaños
uno a uno con sus patas cortas y rechonchas. Cuando el osito llegó al pie de la
escalera, la mujer lo levantó del suelo y lo condujo a la sala de estar. Teddy
permaneció inmóvil en sus brazos, contemplándola. La mujer pudo apreciar la
levísima vibración de su motor.
- Quédate aquí, Teddy. Quiero hablar contigo.
Mónica colocó al osito sobre una mesa y Teddy se quedó allí como ella le había dicho,
con los brazos extendidos y abiertos en el gesto eterno de un abrazo.
- Teddy, ¿te ha dicho David que me dijeras que ha salido al jardín? -- Los circuitos del
cerebro del juguete eran demasiado sencillos para saber mantener una mentira.
- Sí, mamá -- respondió finalmente.
- De modo que me has engañado...
- Sí mamá.
- ¡Deja de llamarme mamá! ¿Por qué intenta evitarme David? No tendrá miedo de mí,
¿verdad?
- No. David te quiere mucho.
- ¿Por qué no podemos comunicarnos entonces?
- David está arriba.
La respuesta hizo que Mónica enmudeciera. ¿Por qué perdía el tiempo hablando con
aquella máquina? ¿Por qué no subía las escaleras, sencillamente, y estrechaba a
David entre sus brazos y hablaba con él como haría cualquier madre cariñosa con su
hijo querido? Escuchó el silencio opresivo que reinaba en la casa, un silencio que
surgía de cada estancia con un matiz diferente. En el piso de arriba, algo se estaba
moviendo muy quedamente; era David, sin duda, intentando esconderse de ella...
Henry Swinton estaba llegando al final de su discurso. Los invitados seguían atentos a
sus comentarios; los miembros de la Prensa, que llenaban dos paredes de la sala de
banquetes, tomaban nota también de sus palabras y le sacaban fotografías de vez en
cuando.
- Nuestro sirviente será, en muchos aspectos, el producto de un ordenador. Sin los
ordenadores, no habríamos podido profundizar en el estudio de la complicada
bioquímica necesaria para conseguir una carne sintética. El sirviente que hoy
presentamos será también una extensión del ordenador, pues contendrá en su cabeza
un ordenador microcomputerizado capaz de desenvolverse en casi cualquier situación
que pueda encontrar en el hogar. Con algunas reservas, claro está.
Este último comentario fue acogido con risas, pues muchos de los presentes estaban
al corriente del acalorado debate que se había producido en la sala de sesiones hasta
adoptar la decisión final de dejar al sirviente asexuado bajo su impecable uniforme.
- Resulta triste observar que, pese a todos los triunfos de nuestra civilización -- si, y
también a pesar de los graves problemas que origina la superpoblación --, millones de
personas padecen cada vez más de soledad y aislamiento. Nuestro sirviente será para
ellas una bendición; él responderá siempre y no se aburrirá ni con la conversación
más soporífera.
»Para el futuro tenemos en proyecto más modelos, masculinos y femeninos - ¡algunos
de ellos sin las limitaciones de éste primero, se lo prometo! -, de un diseño más
avanzado: verdaderos seres bioelectrónicos que no solo posean sus propios
ordenadores, capaces de una programación individual, sino que estén integrados en la
Red Mundial de Datos. De éste modo, cualquiera podrá disfrutar en su propia casa del
equivalente a un Einstein. Entonces, el aislamiento personal quedará resuelto
definitivamente.
Swinton volvió a su asiento entre aplausos entusiastas. Incluso el sirviente sintético,
sentado a la mesa con un traje nada ostentoso, aplaudió satisfecho.
Con su carpeta escolar a rastras, David avanzó pegado a la pared exterior de la casa.
Se encaramó al banco ornamental situado bajo la ventana de la sala de estar y se
asomó con cautela al interior.
Su madre estaba en medio de la estancia. Sus facciones eran vagas y su
inexpresividad asustó al pequeño; que la observó fascinado. Permaneció inmóvil, y
ella también. El tiempo debía haberse detenido, como lo había hecho en el jardín.
Por último, la mujer se volvió y salió de la sala. David aguardó unos instantes y dio
unos golpecitos en la ventana. Teddy miró a su alrededor, le vió, saltó de la mesa y se
acercó a la ventana. Empleando sus zarpas, logró abrir ésta finalmente.
Los dos se miraron.
- No soy bueno, Teddy. ¡Escapémonos!
-- David, eres un niño muy bueno. Y tu mamá te quiere mucho.
El niño movió la cabeza lentamente, en gesto de negativa.
- Si me quiere, ¿por qué no puedo hablar con ella?
- No seas tonto, David. Mamá se siente sola. Por eso te tuvo.
- Ella tiene a papá. Yo no tengo a nadie más que a tí y me siento solo.
Teddy le dió un amistoso cachete en el rostro.
- Si tan mal te sientes, será mejor que acudas de nuevo al psiquiatra.
- Ese viejo psiquiatra no me gusta. Me hace sentir como si no fuera real.
David echó a correr por el césped. El osito se subió a la ventana y le siguió tan deprisa
como le permitían sus patas cortas y rechonchas.
Mónica Swinton estaba arriba, en el cuarto de juegos. Llamó a su hijo una vez y se
quedó allí indecisa. Todo estaba en silencio.
Sobre el pupitre había varios lápices de colores. Siguiendo un súbito impulso, la mujer
se acercó al mueble y abrió la tapa. En el interior había decenas de hojas de papel,
muchas de ellas llenas con la torpe escritura de David a lápiz, cada letra de un color
distinto a la precedente. Ninguno de los mensajes estaba terminado.
«Mi mamá querida, ¿cómo eres realmente, me quieres tanto como...?»
«Querida mamá, os quiero mucho a tí y a papá y el sol está brillando...»
«Querida queridísima mamá, Teddy me está ayudando a escribirte. Os quiero mucho
a tí y a Teddy...»
«Querida mamá, yo soy tu único hijo y te quiero tanto que a veces...»
«Mamá querida, tú eres realmente mi mamá y odio a Teddy...»
«Querida mamá, adivina cuánto te quiero...»
«Querida mamá, yo soy tu pequeñin y no Teddy y te quiero pero Teddy...»
«Querida mamá, te escribo ésta carta solo para decirte cuánto, cuantísimo... »
Mónica dejó caer las hojas de papel y rompió a llorar. Las letras, con sus colores
alegres e inexactos, se esparcieron por el suelo.
Henry Swinton tomó el expreso de vuelta a casa de muy buen humor y dirigió de vez
en cuando la palabra al sirviente sintético que le acompañaba en el viaje. El sirviente
le contestó con cortesía y precisión, aunque sus respuestas no siempre venían al caso
para una mentalidad humana.
Los Swinton vivían en uno de los bloques de casas mas opulentos de la ciudad, a
medio kilómetro sobre el nivel del suelo. Incrustado entre otras viviendas, su piso no
tenía ventanas al exterior. Nadie deseaba ver el mundo exterior superpoblado. Henry
abrió la puerta colocándose ante el portero automático que le identificaba por su retina
y penetró en la casa seguido por el sirviente.
De inmediato, se vio rodeado por la grata ilusión de unos jardines en perpetuo verano.
Resultaba sorprendente como el Holograma Total podía crear aquellos enormes
espejismos en un espacio tan reducido. Detrás de sus rosas y glicinas quedaba la
casa; el engaño era completo: una mansión georgiana parecía darle la bienvenida.
- ¿Qué te parece? -- preguntó al sirviente.
- A veces, las rosas padecen de puntos negros.
- Estas tienen garantía de estar libres de imperfecciones.
- Siempre es recomendable adquirir productos con garantía, aunque cuesten
ligeramente más.
- Gracias por la información -- replicó Henry seriamente. Las formas de vida sintética
tenían menos de diez años de existencia y los viejos androides mecánicos, menos de
dieciseis; los defectos de sus sistemas todavía estaban siendo pulidos año tras año.
Henry abrió la puerta y llamó a Mónica.
La mujer salió inmediatamente de la sala de estar y le echó los brazos al cuello,
besándole ardientemente las mejillas y los labios. A Henry le sorprendió la acogida. Al
apartarse un poco para observar su rostro, advirtió que Mónica parecía irradiar luz y
belleza. Hacia meses que no la veía tan excitada e, instintivamente, la abrazó con más
fuerza.
- ¿Qué ha sucedido, querida?
- ¡Henry, Henry...! Oh, querido, estaba desesperada.... Pero acabo de marcar el
número del correo de la tarde y... ¡No te lo creerás! ¡Oh, es tan maravilloso!
- Por el amor de dios, Mónica, ¿qué es eso tan maravilloso?
Henry alcanzó a ver fugazmente el membrete de la copia fotostática, aún húmeda al
salir de la impresora, que la mujer tenía en la mano: Ministerio de Población. Notó que
su rostro palidecía, embargado de pronto por la emoción y la esperanza.
- ¡Oh, Mónica...! ¡No me digas que ha salido nuestro número!
- ¡Si, amor mio, si! ¡Nos ha tocado la lotería de la paternidad de ésta semana! ¡Ahora
podremos concebir un hijo inmediatamente!
Henry soltó un grito de alegría y los dos se pusieron a bailar por la sala. La presión
demográfica era tal que la reproducción tenía que quedar estrictamente controlada.
Para tener un hijo era necesario el permiso gubernamental y la pareja llevaba cuatro
años esperando aquel momento. Ahora, la pareja expresó su felicidad con unas
lagrimas incoherentes.
Por fin, contuvieron su emoción entre jadeos y se quedaron en medio de la estancia
riéndose mutuamente de la felicidad que animaba sus rostros. Al bajar del cuarto de
David, Monica había pulsado en su dial la orden de que los cristales opacos d las
ventanas recobraran la transparencia, de modo que ahora podía contemplar la
panorámica del jardín al otro lado. Una luz solar artificial bañaba el césped con un
fulgor dorado... y David y Teddy aparecían allí fuera, contemplando a la pareja.
Al ver sus rostros, Henry y su esposa se pusieron serios.
-¿Qué haremos con ellos?--preguntó el hombre.
-Teddy no es problema. Funciona bien.
-¿David presenta algún defecto?
-Su centro de comunicación verbal todavía presenta problemas. Creo que tendrá que
volver a la fábrica.
-Muy bien. Veremos que tal está antes de que nazca el niño. Y eso me recuerda
que...Tengo una sorpresa para ti;¡una ayuda, justo en el momento en que resultará
más necesaria!Ven conmigo al vestíbulo y te enseñaré lo que he traido.
Mientras los dos adultos desaparecían de la sala, el niño y el osito se sentaron bajo
los rosales.
-Teddy...supongo que mamá y papá son reales, ¿verdad?
-Haces unas preguntas de lo más ridículas, David. Nadie sabe qué significa de verdad
eso de "real". Vamos adentro.
-¡Antes voy a coger otra rosa!
David cortó una flor de color de rosa brillante y la llevó consigo a la casa. La colocaría
en la almohada cuando se acostara. Su belleza y suavidad le recordaban a mamá.

CHARLES BUKOWSKI - DEJE DE MIRARME LAS TETAS,SEÑOR

Escrito por imagenes 23-05-2009 en General. Comentarios (2)

CHARLES BUKOWSKI - DEJE DE MIRARME LAS TETAS,SEÑOR

CHARLES BUKOWSKI - DEJE DE MIRARME LAS TETAS,SEÑOR



Big Bart era el tío más salvaje del Oeste. Tenía la pistola más veloz del Oeste,
y se había follado mayor variedad de mujeres que cualquier otro tío en el Oeste.
No era aficionado a bañarse, ni a la mierda de toro, ni a discutir, ni a ser un
segundón. También era guía de una caravana de emigrantes, y no había otro hombre
de su edad que hubiese matado más indios, o follado más mujeres, o matado más
hombres blancos.
Big Bart era un tío grande y él lo sabía y todo el mundo lo sabía. Incluso sus
pedos eran excepcionales, más sonoros que la campana de la cena; y estaba además
muy bien dotado, un gran mango siempre tieso e infernal. Su deber consistía en
llevar las carretas a través de la sabana sanas y salvas, fornicar con las
mujeres, matar a unos cuantos hombres, y entonces volver al Este a por otra
caravana. Tenía una barba negra, unos sucios orificios en la nariz, y unos
radiantes dientes amarillentos.
Acababa de metérsela a la joven esposa de Billy Joe, la estaba sacando los
infiernos a martillazos de polla mientras obligaba a Billy Joe a observarlos.
Obligaba a la chica a hablarle a su marido mientras lo hacían. Le obligaba a
decir:
—¡Ah, Billy Joe, todo este palo, este cuello de pavo me atraviesa desde el coño
hasta la garganta, no puedo respirar, me ahoga! ¡Sálvame, Billy Joe! ¡No, Billy
Joe, no me salves! ¡Aaah!
Luego de que Big Bart se corriera, hizo que Billy Joe le lavara las partes y
entonces salieron todos juntos a disfrutar de una espléndida cena a base de
tocino, judías y galletas.
Al día siguiente se encontraron con una carreta solitaria que atravesaba la
pradera por sus propios medios. Un chico delgaducho, de unos dieciséis años, con
un acné cosa mala, llevaba las riendas. Big Bart se acercó cabalgando.
—¡Eh, chico! —dijo.
El chico no contestó.
—Te estoy hablando, chaval...
—Chúpame el culo —dijo el chico.
—Soy Big Bart.
—Chúpame el culo.
—¿Cómo te llamas, hijo?
—Me llaman «El Niño».
—Mira, Niño, no hay manera de que un hombre atraviese estas praderas con una
sola carreta.
—Yo pienso hacerlo.
—Bueno, son tus pelotas, Niño —dijo Big Bart, y se dispuso a dar la vuelta a su
caballo, cuando se abrieron las cortinas de la carreta y apareció esa mujercita,
con unos pechos increíbles, un culo grande y bonito, y unos ojos como el cielo
después de la lluvia. Dirigió su mirada hacia Big Bart, y el cuello de pavo se
puso duro y chocó contra el torno de la silla de montar.
—Por tu propio bien, Niño, vente con nosotros.
—Que te den por el culo, viejo —dijo el chico—. No hago caso de avisos de viejos
follamadres con los calzoncillos sucios.
—He matado a hombres sólo porque me disgustaba su mirada.
El Niño escupió al suelo. Entonces se incorporó y se rascó los cojones.
—Mira, viejo, me aburres. Ahora desaparece de mi vista o te voy a convertir en
una plasta de queso suizo.
—Niño —dijo la chica asomándose por encima de él, saliéndosele una teta y
poniendo cachondo al sol—. Niño, creo que este hombre tiene razón. No tenemos
posibilidades contra esos cabronazos de indios si vamos solos. No seas
gilipollas. Dile a este hombre que nos uniremos a ellos.
—Nos uniremos —dijo el Niño.
—¿Cómo se llama tu chica? —preguntó Big Bart.
—Rocío de Miel —dijo el Niño.
—Y deje de mirarme las tetas, señor —dijo Rocío de Miel— o le voy a sacar la
mierda a hostias.
Las cosas fueron bien por un tiempo. Hubo una escaramuza con los indios en
Blueball Canyon. 37 indios muertos, uno prisionero. Sin bajas americanas. Big
Bart le puso una argolla en la nariz...
Era obvio que Big Bart se ponía cachondo con Rocío de Miel. No podía apartar sus
ojos de ella. Ese culo, casi todo por culpa de ese culo. Una vez mirándola se
cayó de su caballo y uno de los cocineros indios se puso a reír. Quedó un sólo
cocinero indio.
Un día Big Bart mandó al Niño con una partida de caza a matar algunos búfalos.
Big Bart esperó hasta que desaparecieron de la vista y entonces se fue hacia la
carreta del Niño. Subió por el sillín, apartó la cortina, y entró. Rocío de Miel
estaba tumbada en el centro de la carreta masturbándose.
—Cristo, nena —dijo Big Bart—. ¡No lo malgastes!
—Lárgate de aquí —dijo Rocío de Miel sacando el dedo de su chocho y apuntando a
Big Bart—. ¡Lárgate de aquí echando leches y déjame hacer mis cosas!
—¡Tu hombre no te cuida lo suficiente, Rocío de Miel!
—Claro que me cuida, gilipollas, sólo que no tengo bastante. Lo único que ocurre
es que después del período me pongo cachonda.
—Escucha, nena...
—¡Que te den por el culo!
—Escucha, nena, contempla...
Entonces sacó el gran martillo. Era púrpura, descapullado, infernal, y basculaba
de un lado a otro como el péndulo de un gran reloj. Gotas de semen lubricante
cayeron al suelo.
Rocío de Miel no pudo apartar sus ojos de tal instrumento. Después de un rato
dijo:
—¡No me vas a meter esa condenada cosa dentro!
—Dilo como si de verdad lo sintieras, Rocío de Miel.
—¡NO VAS A METERME ESA CONDENADA COSA DENTRO!
—¿Pero por qué? ¿Por qué? ¡Mírala!
—¡La estoy mirando!
—¿Pero por qué no la deseas?
—Porque estoy enamorada del Niño.
—¿Amor? —dijo Big Bart riéndose—. ¿Amor? ¡Eso es un cuento para idiotas! ¡Mira
esta condenada estaca! ¡Puede matar de amor a cualquier hora!
—Yo amo al Niño, Big Bart.
—Y también está mi lengua —dijo Big Bart—. ¡La mejor lengua del Oeste!
La sacó e hizo ejercicios gimnásticos con ella.
—Yo amo al Niño —dijo Rocío de Miel.
—Bueno, pues jódete —dijo Big Bart y de un salto se echó encima de ella. Era un
trabajo de perros meter toda esa cosa, y cuando lo consiguió, Rocío de Miel
gritó. Había dado unos siete caderazos entre los muslos de la chica, cuando se
vio arrastrado rudamente hacia atrás.
ERA EL NIÑO, DE VUELTA DE LA PARTIDA DE CAZA.
—Te trajimos tus búfalos, hijoputa. Ahora, si te subes los pantalones y sales
afuera, arreglaremos el resto...
—Soy la pistola más rápida del Oeste —dijo Big Bart.
—Te haré un agujero tan grande, que el ojo de tu culo parecerá sólo un poro de
la piel —dijo el Niño—. Vamos, acabemos de una vez. Estoy hambriento y quiero
cenar. Cazar búfalos abre el apetito...
Los hombres se sentaron alrededor del campo de tiro, observando. Había una tensa
vibración en el aire. Las mujeres se quedaron en las carretas, rezando,
masturbándose y bebiendo ginebra. Big Bart tenía 34 muescas en su pistola, y una
fama infernal. El Niño no tenía ninguna muesca en su arma, pero tenía una
confianza en sí mismo que Big Bart no había visto nunca en sus otros oponentes.
Big Bart parecía el más nervioso de los dos. Se tomó un trago de whisky,
bebiéndose la mitad de la botella, y entonces caminó hacia el Niño.
—Mira, Niño...
—¿Sí, hijoputa...?
—Mira, quiero decir, ¿por qué te cabreas?
—¡Te voy a volar las pelotas, viejo!
—¿Pero por qué?
—¡Estabas jodiendo con mi mujer, viejo!
—Escucha, Niño, ¿es que no lo ves? Las mujeres juegan con un hombre detrás de
otro. Sólo somos víctimas del mismo juego.
—No quiero escuchar tu mierda, papá. ¡Ahora aléjate y prepárate a desenfundar!
—Niño...
—¡Aléjate y listo para disparar!
Los hombres en el campo de fuego se levantaron. Una ligera brisa vino del Oeste
oliendo a mierda de caballo. Alguien tosió. Las mujeres se agazaparon en las
carretas, bebiendo ginebra, rezando y masturbándose. El crepúsculo caía.
Big Bart y el Niño estaban separados 30 pasos.
—Desenfunda tú, mierda seca —dijo el Niño—, desenfunda, viejo de mierda, sucio
rijoso.
Despacio, a través de las cortinas de una carreta, apareció una mujer con un
rifle. Era Rocío de Miel. Se puso el rifle al hombro y lo apoyó en un barril.
—Vamos, violador cornudo —dijo el Niño—. ¡DESENFUNDA!
La mano de Big Bart bajó hacia su revolver. Sonó un disparo cortando el
crepúsculo. Rocío de Miel bajó su rifle humeante y volvió a meterse en la
carreta. El Niño estaba muerto en el suelo, con un agujero en la nuca. Big Bart
enfundó su pistola sin usar y caminó hacia la carreta. La luna estaba ya alta.

El niño podrido de la jungla pasa de todo

Escrito por imagenes 22-05-2009 en General. Comentarios (0)

El niño podrido de la jungla pasa de todo 

Philip José Farmer

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Si William Burroughs, en lugar deEdgar Rice Burroughs, hubiera escrito las novelas de Tarzán...

Grabaciones cortadas y remontadas al azar por Ramaenrama Bruce, elviejo chimpancé narco, el tonto del culo, compinche del Niño, lívido y frío enla caja orgónica.

del discurso en el Parlamento deLord Greystoke, alias el Niño Podrido de la Jungla. a salón lleno, con gente depie incluso, y el Niño metiéndoselos realmente a todos en el bolsillo.

–¡Pelmazos capitalistas! ¡No meenviéis más ayuda a los subs!. Estáis corrompiendo a mis simples chicos negros,se pasan todo el día conduciendo por las viejas plantaciones a lo largo del ríoZambeze en Cadillacs con aire acondicionado, dándole al caballo, meneando a losubangi contra mí.. Buana aún no ha caído de morros al suelo pero tan segurocomo la mierda que va a hacerlo pronto. ¡Dadles M–16, tanques, morteros,lanzallamas para abrirse camino por los senderos de la jungla, tal como el tipoOjos–rasgados Mao nos prometió!

»¡Caballeros, señoras, tercersexo! Os hablé de la apeomorfina, pero no me escuchasteis! Os dije que habíaisinvertido demasiado en la Mafia y en la General Motors, os dije que debíaispatear también vuestro hábito del dinero. Buscad el verdor, liberad vuestrasespaldas..., no tenéis nada que perder excepto vuestras cadenas, es decirvuestros valores inmobiliarios, vuestros bonos, castillos, Rolls Royces, putas,papel higiénico perfumado, vuestra conexión con El Hombre... Es un largo caminohasta la jungla, pero vale la pena, edificad vuestros músculos y vuestrocarácter corte/

–¡...me habéis llamado aquí y mehabéis pagado todos los gastos para degradarme humillarme arrancarme mitaparrabo y mi antiguo y honorable título! Me odiáis porque estáis colgados dela civilización y yo nunca me he dejado atrapar por ella. Estáis sentados sobreun barril con autopistas llenas de smog y televisión y playas invadidas por elpetróleo e impuestos y alimentos congelados y despertadores y. productoscancerígenos y corbatas y toda esa mierda. Llamadme noble salvaje..., yo osdiré cómo es eso con mi personal purushartatarzánica..., implica abrazar el dharmay el artha y aferrarse al mohsha a través del kama...

El viejo Lord Bromley–Rimmer quelleva una peluca de vello púbico sobre su calva cabeza y tiene un pajarillo yunas bolillas arrugados como pasas de Corinto rematando una peluda serie depliegues de aspecto más bien desagradable agarra la entrepierna de LordMaterfutter y dice:

–¡Chaval, vaya tipo de tontajerga africana, vete a saber, ¿quién sabe?

–...y ellos, los jodidos árabes,se largaron de nuevo con mi Jane..., un complot de los banqueros venusianoscomunistas intersolares..., así que vuelvo de nuevo a mi jungla a patearme otravez mis senderos arbóreos a través de las chorreantes frondas, encontrarme conNuma el león, patear las civilizaciones desaparecidas, contarle mis problemas aSam Tantor alias el Niño Colalarga. El viejo Sam siempre escribiendo enmiendasa los protocolos de los antiguos de Marte, hundiendo su trompa en la sangre deinocentes espectadores, escribiendo enmiendas en la arena con sangre y sinnadie que pueda leer lo que ha escrito allí con

»Yo, el único jodido hombre libredel mundo..., viviendo en un estado de anarquía, arriba en los árboles..., contodos los críos y críos adultos (o así se llaman) soñando con el Viaje del GranArbol, con las colgantes lianas, con la libertad, con vivir con el cuchillo ala cintura y el nunca escrito código de la jungla...

El viejo morfodita LordBromley–Rimmer dice:

–Querido, esa Anarquía, ¿serefiere a las nuevas naciones africanas o qué?

El Niño Podrido de la Junglaaullando en la Cámara de los Lores como si estuviera aullándole al viejo SamTantor para que acudiera corriendo a ayudarle a salir del lío tirando realmentede los fláccidos colgajos de sangre azul.

–...he conseguido el satyagraha en el viejo sentido originalsánscrito de apuntar directamente al culo, gordos maricas. Abandono. Chao.Vuelvo al Continente Negro..., los jeques del desierto se largaron de nuevo conJane..., va a correr otra vez la sangre...

Fundido. La fantasmagórica imagende una erección de Lord Materfutter, el resuello paregórico de una respiración.

–¿Qué chorradas está diciendo esemacaco con el suspensorio de piel de leopardo acerca del precio de la gloria?corte/

Estos son los extractos deldiario de John Clayton que escribía en maldito francés sólo Dios sabe porqué... Sacre Bleu! Nom d'un con!Alice muerta, ¿quién va a soplarme el pito ahora? El chico gritando hastareventar, por supuesto no se parece en nada al vástago de bien modelados rasgosy pelo negro y ojos grises de una noble familia británica que vino aquí conWilIie el Bastardo y esos imbéciles cabezascuadradas de estirpe anglosajona. Nomás leche para él no más culo para mí, llevadme de vuelta al viejo Norfolk / /doble corte

Esa Cosa Goriloide que trastea enel cerrojo de la puerta de la vieja cabina de troncos que John Claytonconstruyó con sus propias manos. Ojos lanzando puñales a través de la ventana.Rojos como dos diamantes en el culo de un sodomita. John Clayton saliendo fueracon una gran hacha dispuesto a rebanar algo de buena madera antropoide.

Enormes garras peludas fuertescomo baluartes firmes como las de un yonqui lanzando a Clayton de un lado paraotro. Un aliento hediondo. Como si estuviera quemando pieles de plátanos. ¡Flash! ¡Flash! El Gorila Exprésbombeando túnel arriba por mi recto. Las almorranas estallan como tomatespodridos, suaves gemidos, casi suspiros. La muerte acudiendo. Y acudiendo. Yacudiendo. Deslumbrantes orgasmos sangrientos. No es una mala forma determinar..., pero no puedes tocar mi inviolada alma blanca... ¿demasiado tardepara hacer un trato con la Cosa Goriloide? Llévate a mi pequeño, Jaguar,castillo fosado, viejo y fiel servidor de la familia, llévatelo contigo..., ma tante de pisse... ¿quién cuidará delbebé, transmisor del nombre familiar? Vivela bougerie! corte/

Veinte años más tarde, dos añosmás, dos años menos, el Niño Podrido de la Jungla sigue el rastro del asesinode la Gran Mamá Mono que lo arrancó de su cuna y lo crió como si fuera suyo condisciplina y seguridad y cálidos recuerdos de peludas tetas y caliente leche nopasteurizada..., el Niño se balancea colgado de lianas de árbol en árbol, másrápido que la mierda de babuino pasando a través de un embudo de estaño. Hordasde hormigas lo blitzkriegizan como guerrilleros de la jungla profunda, rojascosas insectoides que son los pensamientos exteriorizados de la monstruosaMadre–Hormiga de la Nebulosa del Cangrejo en guerra secreta para apoderarse desu pequeño planeta, esa Peoria de la Tierra.

El mono que lleva sobre suhombro, Nkima, se come las rojas cosas insectoides, engulle millones de ellascon un solo movimiento de su tracto digestivo, y la Madre–Hormiga cierra poreste día su tienda galáctica..

El Niño echa su lazo corredizo entorno del asesino culonegro de su madre y lo iza por el cuello hasta hacerlopender del árbol frente a Dios y a los ciudadanos locales que se llamangomangani en dialecto simio.

–Has ido demasiado lejos esta vez–dice el Niño mientras le arranca el agujero del culo al asesino de su madrecon el viejo cuchillo de caza de su padre al tiempo que lo sodomiza a laantigua manera turca mientras el asesino de su madre se agita y se agita en laagonía de la muerte.

Como metal fundido el hijoputacongoleño eyacula girándolamente sobre los gomangani locales, que exclaman:

–¡Hey, mirad eso!

El viejo yonqui del doctor brujoescupe sus pulmones a golpes de tos en la sucia y enfermiza mañana grisafricana, arrastrando los pies a través del plateado polvo del viejo kraal.

–¿Decís que mi hijo ha muertodespanzurrado por el Niño?

Los tambores de la jungla batencomo las viejas sienes de un borracho a la mañana siguiente.

¡A la caza del blanco!

El Niño, conocido a veces comoGenocida Jim, liquida realmente a aquella estúpida mierda de gomangani.Naturalmente es una lástima desperdiciar tanta carne negra, dice el Niño, peroasí es el código de la jungla. Noblesseoblige.

Los nativos dicen:

–Ya estamos hasta los cojones detoda esta mierda –y se largan. El Niño se queda pues sin diversión, y el culode su chimpancé es demasiado pequeño, sin mencionar la costumbre de loschimpances de cagarse cuando les viene el orgasmo. Entonces llega Jane, aliasla Rubia de Baltimore, huyendo de un tipo estilo Rudolph Rassendale que pareceestar diciendo constantemente:

–Cásame con Jane o le pongo untapón al culo de tu padre.

El Niño rescata a Jane y llevan acabo la gran escena doméstica, van a Europa, al Continente Civilizado, pero elNiño descubre en seguida que el código de la jungla entra constantemente enconflicto con las ordenanzas lo–cales. Los polis dicen no puedes ir por ahíhaciéndoles una doble llave nelson a los criminales y rompiéndoles el cuelloaunque ellos te hayan atracado también tienen sus derechos civiles. La foto delNiño cuelga en las oficinas de correos y en las comisarías de policía y en lasparedes por todas partes, es conocido como el Arquetipo Archie y por la policíade París como La Magnifique Merde..., 50.000francos vivo o muerto. Con las cosas poniéndose calientes a su alrededor, elNiño y la rubia de Baltimore se vuelven a la casa en el árbol.

Entonces aparece La, conocida aveces como Sacrificio Sal, y más comúnmente como Margarita la Destripadora. Esla reina de Opar, gobernante de unos peludos hombrecillos que habitan la ocultacolonia de la antigua Atlántida, al Niño siempre le han hecho tilín lasciudades perdidas. Así que el Niño rompe con Jane para ir a hacerle la rosca aLa.

–Entonces vinieron esos jodidosárabes de nuevo y se llevaron a Jane, se la follaron en masa..., no ha validouna mierda desde entonces... me costó todas las joyas y todos los lingotes deoro que había mangado de Opar librarla de su gono, sífilis, pián. ladillas,piorrea disentería doble, recto reventado, uretra hendida, nariz desgarrada,orejas agujereadas, riñones magullados. ninfomanía, dependencia del hachís, yotras cosas demasiado desagradables como para mencionarlas...

Y entonces ahí llegaron losSeñores de la Guerra que Terminará con Todas las Guerras, estilo 1914, y losjodidos hunos se llevaron a Jane..., con sus ojos de mantis religiosa brillandocon lascivia insectoide. Como una negra y antiorgónica Weltanschauunghorbigeriana, reciben órdenes de venusianos verdes que se mantienentelepáticamente en contacto con Von Hindenburg.

–Ja Wohl! –ladra el tenienteHerrlipp von Dreckfinger a su coronel, Bombastus von Arschangst–.Yutilisarremos a esa de Baltimorre parra atrraphar al gottverdammerung NiñoPodrrido de la Yungla ese pseudoarrio Oberanffenmensch,¡y lo matarremos hasta que toda Áfrrica sea nuestrra! ;Bebhamos a la salud delKaiserr y de la Familia Krrupp!

El Niño, que estaba fornicando denuevo con La, la deja caer como un viejo yonqui dejaría caer sus pantalones acambio de una buena picada de caballo, y sigue el rastro de los hunos, en elcódigo de la jungla.

Frías burbujas orgónicas azulescaen derivando del cielo vespertino, el sol en el ocaso es un ensangrentadotampax extendiendo hediondos tentáculos escarlata sobre la enorme bola demierda que es la Tierra. La noche avanza como polis en su coche celular.Misteriosos sonidos de selva tropical: el rugir de Numa, los gruñidos como siestuvieran resfriados de los jabalíes salvajes, los gritos de ¡Rache! de lospapagayos de plumas verdes y ojos amarillos como un viejo tipo narco estiloPanamá 1910.

Mana la sangre huna, los cuellosarios crujen como varillas de canela, el Niño apoya su pie en el culo de unteutón muerto y lanza el grito de victoria del mono macho, que hace cagarse demiedo incluso a Numa el Rey de las Bestias.

El Niño y su compañera viven denuevo en la vieja casa del árbol, los chimpancés selacahc sol ed oroc led omtirla naejacrac es (*), Numaruge, Sheeta la pantera tose como un viejo yonqui. Jane alias la Puta deBaltimore regaña, chilla, se lamenta de los mosquitos de las moscas tsé–tsé delas hormigas de las hienas y de todos esos arrogantes gomangani que se haninstalado en el vecindario, están convirtiendo una jungla decente en una puramierda en tres días, yo no tengo prejuicios raciales ya lo sabes algunos de mismejores amigos son waziris, pero ya no me llevas nunca a cenar fuera, totalNairobi está solamente a mil quinientos kilómetros de distancia, allí al menoshay realmente algo que hacer por el amor de Dios y corte/

...los árboles derribados por lassierras mecánicas, los animales masacrados, los ríos polucionados bajandomierdas de todas clases con excrementos del grosor y el tamaño de serpientes,botellas de ginebra rotas, condones y todo tipo de otras cosas desechadas,detergentes, filtros de cigarrillos..., y los grandes monos embarcados a loszoos de los Estados Unidos, enviando telegramas: CLIMA CALIFORNIA DEL SUR YPROGRAMA BIENESTAR SIMPLEMENTE FABULOSOS STOP NO PROBLEMA PARA LIGAR STOP CERCADE TIJUANA STOP VAYA PRECIO LIBERTAD INDIVIDUALIDAD FILOSOFÍA EXISTENCIAL YTODA ESA MIERDA STOP.

...Opar es una trampa paraturistas, La controla todo el arte nativo Made–in–Japan y firma todas lasconcesiones y no puedes darte una vuelta por ningún lado sin tropezarte con elculo de un negro.

El progreso africano ha hundidorealmente a Tarzán..., la voz de Jane y los ruidos de la jungla vanamortiguándose como un cometa abandonando la Tierra para siempre en dirección alos fríos abismos interestelares...

El Niño ya nunca mueve un músculomientras contempla el dedo gordo de su pie sin pensar en nada –¿no haríanustedes lo mismo?–, ni siquiera en el coño de La adornado con diamantes, va noquiere joder con ninguna mujer, ya no quiere joder en absoluto, se carga decaballo, pasa de todo, la parte inferior de su espina dorsal está a diez gradospor debajo del cero absoluto como si se hallara en contacto directo con elHombre del Oxígeno Líquido en Cabo Kennedv...

El Niño viaja con tan sólobillete de ida en el Expreso Hegeliano tesis antítesis síntesis, chupando lasfrías burbujas orgónicas azules y expeliendo el Eterno Absoluto...

 

(*) Aquí el viejo RamaenramaBruce montó la cinta al revés.


LA VISIÓN DEL EDÉN ---- Howard Fast

Escrito por imagenes 21-05-2009 en General. Comentarios (0)

LA VISIÓN DEL EDÉN ---- Howard Fast

LA VISIÓN DEL EDÉN

Howard Fast








Estabanen órbita; el viaje había terminado. Habían cruzado el vacío, habíansalvado todos los abismos del tiempo y la imaginación, habían sondeadolo insondable, y habían pasado por los siete círculos del infierno.Estaban cuerdos, aunque habían rozado las fronteras mismas de lalocura. Sonreían, aunque habían conocido las simas de la aflicción ylas tentaciones del suicidio; y estaban vivos, aunque habían enfrentadolas distintas muertes que esperan en el espacio ilimitado.

Habíantenido un miedo y un terror indescriptibles, y ahora podían hablar deese miedo y de ese terror. Eran siete, tres mujeres y cuatro hombres, yhabían vivido cinco años interminables, encerrados en aquella naveestelar. Estaban a muchos años luz de la Tierra; la nave habíaatravesado las curvas y las trampas extrañas del espacio, alterando ydeformando los cálculos y la geometría conocidos por los hombres, yhabía llegado a la otra orilla del espacio, donde las estrellas searracimaban como uvas en las vides de otoño. Los siete tripulanteshabían cumplido su tarea, habían hecho lo que nadie en la Tierra habíahecho hasta entonces. Y ahora estaban en una órbita silenciosa yondulante, sobre un planeta tan azul, tan verde y tan hermoso como elque habían dejado atrás.

Ahora podían recordar y podíanjactarse. Se sentían muy seguros de sí mismos, como era de esperar.Ahora, en el cuarto de oficiales se miraban mutuamente de un ciertomodo. Lo habían hecho.

Todas las palabras que podían decirseahora eran en verdad inútiles. En cinco años se habían dicho todas laspalabras, se habían puesto a prueba todas las reacciones, se habíanderramado todas las lágrimas. Ahora sólo importaba la realidad actual,el planeta que tenían debajo, bañado por la luz del sol, lavado por elaire, y adornado con ríos, lagos y lagunas. Era la prueba del universolo habían arriesgado todo para demostrar que la vida no se limitaba alplaneta Tierra y el sistema solar, sino que era parte de la lógica deluniverso. La realidad actual era un planeta poco mayor que la Tierra,quizá de menor densidad, con una atmósfera de nitrógeno y oxígenorespirable, y con agua y vida vegetal en abundancia. Su día era detreinta y dos horas; su año de unos cuatrocientos quince días. Su sol,semejante al que alumbraba la Tierra, y de casi un millón y medio dekilómetros de diámetro, se encontraba en aquel momento a 179.000.921kilómetros del planeta. Había once planetas en el sistema; peroprimeramente tenían que examinar aquel; los otros diez podían esperar.

Lanave recorría su órbita en cinco horas y dieciséis minutos, y ya habíacumplido ocho revoluciones. Aquella era una reunión final en el cuartode oficiales donde se discutirían los distintos puntos de vista. Seríauna reunión breve y luego descenderían.

Briggs, el piloto y tan capitán como cualquier otro en la nave, miró a todos y dijo:

—Ya no queda mucho de que hablar, a menos que alguien pueda alegar algún motivo para no descender.

—Haytoda clase de motivos —contestó la doctora Frances Rhodes—. Microbios,gérmenes, virus, radiaciones; y ninguno es suficiente. —La doctorasonrió, y en aquel momento pareció hermosa, con el rostro iluminado,como los demás, por el resplandor de la hazaña—. Descenderíamos aunquefuese una colonia de leprosos, ¿no es así?

Hubieran descendidoaunque hubiese lava hirviente allá abajo, pues habían soportado todo elconfinamiento que es posible soportar, y habían sentido la desnudezvertiginosa del espacio vacío.

—No me preocupan los microbios —dijo Carrington, el agrónomo—. No es miedo a la enfermedad. Ni a la radiaciones. Es otra cosa.

Gene Ling, la segunda piloto, y Premio Nobel, movió la cabeza afirmativamente. Era una china delgada y cortés de San Francisco.

—Sí, otra cosa —dijo—. No hay océanos.

—Ni desiertos —añadió Carrington.

—Ni luces en las ciudades por la noche —dijo Gluckman, el ingeniero.

—Si hay ciudades —dijo McCaffery.

—Lasnoches son claras con la luz de las estrellas —reflexionó Briggs—.Quizá duerman de noche. Esto tiene que ser diferente. No lo olvidemos.

—Acaso ellos nos vean —dijo Laura Shawn, la bióloga—. ¿Por qué no nos llaman, no nos hacen señales, no suben hasta nosotros?

—¿Ellos?

—Con el telescopio parece el país de las hadas —observó con afectación Phillips, el segundo ingeniero—. No me gusta.

—¿Qué fue de su infancia, Phillips?

—No me gusta.

—¿Armas? —preguntó Gluckman.

—Supongo que sí —dijo Briggs, inquieto—. Armas blancas en todo caso.

—¿En el país de las hadas? —sonrió Laura Shawn.

Laconversación no era fácil ni agradable, y Briggs comprendió que siseguía así podía concluir con una nota de histeria. Se asían a larealidad muy débilmente y la reunión era inútil y se hacía demasiadolarga.

—Descenderemos —dijo—. Todos a sus puestos.

Losotros sintieron alivio, pues no deseaban seguir hablando. Fueron a suspuestos, y la nave del espacio descendió por su trayectoriaelectromagnética hasta que los tensores antigravitatorios flotaron atreinta centímetros sobre la superficie del planeta. Los tripulantesabrieron luego las cámaras de aire, y salieron.


El aire eradulce como la miel. Al sol la temperatura era cálida y agradable, y ala sombra había veintidós grados. Habían descendido en una anchapradera de unos quinientos acres, con un césped verde de doscentímetros y medio de altura, que parecía cuidadosamente recortado.Pero cuando examinaron las briznas, descubrieron que el césped crecíanaturalmente. Un arroyo cruzaba la pradera, zigzagueando perezosamente,y a lo largo de sus orillas había un millón de flores rojas, azules,amarillas. Las abejas zumbaban, y en el aire flotaba la fragancia delas flores, y aquí y allá crecía un árbol cargado con frutos dorados oazules. Aguas abajo, a un kilómetro, se alzaba un puente afiligranado.

Habíanestado cinco años en la nave, y al principio se contentaron con mirar yrespirar. Luego algunos se sentaron en el césped. Todos lloraron unpoco, como podía esperarse. Si hubiesen tenido que enfrentar algopeligroso, horroroso, o increíble, hubieran reaccionado de otro modo.Pero aquella belleza y aquella paz eran casi insoportables. Lloraron, yse sintieron un poco mejor.

Pasearon un poco, pero la mayorparte del tiempo estuvieron tendidos en el césped, escuchando el soplode la suave brisa. Nadie decía nada y nadie quería decir nada. Pasómedia hora y al fin Briggs dijo:

—No podemos quedarnos aquí.

—¿Por qué no? —preguntó Laura Shawn.

Todospensaban, como Briggs, que ese mundo era un sueño o una ilusión, o queestaban muertos. Pensaban que ese mundo era como una burbuja queestallaría de pronto, y Briggs dijo:

—Gluckman y Phillips, suban a la nave y sígannos.

Losotros cinco echaron a caminar, seguidos por la nave espacial queflotaba en. una red magnética. Fueron hacia el puente afiligranado deencaje de cristal, y cruzaron el río. Una senda de luz danzante y colorllevaba a una colina. Del otro lado había un jardín, y en el centro deljardín un edificio, un castillo de sueño o de país de hadas, parecido arisas de niños. Pero si el edificio se parecía a risas de niños, eljardín era como los sueños de los niños de las ciudades, cuando sueñancon jardines. Mientras Briggs llevaba a los tripulantes por un senderosinuoso, el jardín —de casi dos kilómetros cuadrados— parecía abrirseen innumerables brazos de encantamiento y maravilla. Era un jardín defuentes; de una salía agua dorada, de otra agua roja, de una terceraagua verde, de una cuarta un arco iris de colores; y había centenaresde fuentes, adornadas con niños que bailaban y reían, tallados en unapiedra del color de las aguas. Era un jardín de escondrijos y rinconesde secreta delicia, con bancos hermosos y cómodos. Era un jardín desetos verdes, amarillos y azules, de macizos de flores y maravillosospájaros, y era un jardín de surtidores.

Gene Ling se inclinó para beber de un surtidor. La observaron, pero no trataron de impedir que bebiera.

—Es agua —dijo Gene Ling—, agua límpida y fría.

Bebieron todos. Ya no se cuidaban. Las defensas se derrumbaban con demasiada rapidez.

Gluckmandetuvo la nave estelar y los siete tripulantes entraron en la casa. Enseguida se oyó una música y todos se pararon, nerviosos.

—Es automática —insinuó McCaffery—. Una célula fotoeléctrica, quizá.

Aquellanerviosidad momentánea no podía resistirse a la música; un río sonoro yvibrante de bienvenida y seguridad, y de encantamiento, y de inocencia.Recorrieron el edificio acompañados por la música. Entraron en unavasta sala de espectáculos con una pantalla de plata en un extremo.Atravesaron corredores desiertos, y en las paredes había unas pinturascon niños que jugaban. Encontraron habitaciones con divanes y la músicalos invitó entonces al sueño; y reconocieron comedores, salas de juego,y aulas. Le parecía siempre que todo era allí como debía ser, y losrecuerdos terrestres parecían toscos y absurdos. Salieron del edificioy volvieron a la nave estelar.

Con las miras abiertas, la navedel espacio recorrió la superficie del planeta a treinta metros dealtura. Vieron jardines tan hermosos como el primero, y todavía máshermosos. Vieron bosques de árboles viejos y magníficos, y sendas decolor entre los árboles. Vieron grandes anfiteatros para cien milpersonas y otros más pequeños. Vieron edificios de vidrio y alabastro,de piedra rosada y piedra violeta, de cristal verde. Vieron grupos deedificios parecidos a la Acrópolis de la antigua Atenas; pero era comosi los atenienses hubiesen trabajado mil años más en busca de unabelleza última. Vieron lagos con barcas amarradas a los muelles, barcaspequeñas, para excursiones de recreo. Vieron pabellones, campos dejuego, glorietas, enramadas...

Pero en ninguna parte vieron un hombre, una mujer o un niño vivientes.

Porla noche, después de comer, se reunieron y conversaron. Fue unaconversación que se arrastró en circunloquios, dudas, y especulaciones.Habían viajado demasiado; el espacio los había envuelto, y aunque lanave estaba ahora a trescientos metros de altura, sobre un planeta tangrande como la Tierra, tenían la impresión de haber cruzado lasfronteras de la nada.

—Supongamos —dijo Carrington— que han tomado forma todos nuestros sueños.

—Todos los recuerdos y deseos de nuestra infancia —dijo Frances Rhodes.

—Han tomado forma —repitió Carrington—. ¿Quién sabe qué es o qué hace la fábrica del espacio?

—Hace cosas raras —dijo Gene Ling, la física.

—¿Quées el pensamiento? —insistió Carrington—. Un planeta así es un país dehadas, está hecho de la materia de los sueños, de todos los sueños quehemos traído de la Tierra; de todos los anhelos y deseos... es unacreación del pensamiento.

—¿Quién dijo «haremos de la Tierra un jardín»?

—Yono lo creo —declaró Briggs, quizá con demasiada aspereza, pues advertíaque estaba aceptando las absurdas teorías de los otros—. ¡No lo creo enabsoluto! Están ustedes cayendo en un galimatías metafísico. Laimaginación no crea planetas.

—¿Cómo lo sabe usted? —preguntó Laura Shawn soñadoramente.

—¿Cómolo sé? Lo sé. Conozco la realidad y la sustancia de los sueños y larealidad y la sustancia de la materia, y son dos mundos diferentes.

—¿Y si nos hubiésemos salido de una curva del espacio pasando del mañana al ayer, eso sería real? —preguntó Gene Ling.

—Este planeta es real —insistió Briggs.

—¿Sin habitantes?

—¿Ni ciudades?

—¿Ni industria? Los palacios no nacen del aire. ¿O cree usted que sí, Briggs? ¿Dónde está la industria?

—¿Quiéncultiva la tierra? —preguntó Carrington, el agrónomo—. ¿Quién cuida unmillón de macizos de flores? ¿Quién abona el terreno? ¿Quién planta?¿Quién poda los setos?

—¿Y quién pinta esos murales con niños terrestres? ¿Quién talla esas estatuas de niños?

—¿Porqué han de ser niños terrestres? —preguntó Briggs lenta y tenazmente—.¿Por qué ha de ser el hombre una rareza de la Tierra, un accidente enun planeta, entre miles de millones de planetas? ¿Es el sol unaccidente?

—Yo juraría —dijo Carrington— que esos macizos de flores fueron atendidos ayer. ¿Dónde está esa gente?

—Si es que existe...

—Bueno,basta —interrumpió Briggs—. Sólo hemos visto un rincón de este mundo.Mañana veremos más. Ocho horas de sueño no nos vendrán mal, y quizádisipen estas telarañas metafísicas.



Llegó el díasiguiente, y a una velocidad de mil kilómetros por hora, la nave delespacio recorrió el planeta, a trescientos metros de altura. Lostripulantes miraron y vieron jardines, lagos, ríos dorados yserpeantes, palacios, y todos los lugares hermosos que el nombre habíaimaginado alguna vez, y otros que nunca había imaginado. Los observaronhasta que ya no soportaron más aquella resplandeciente abundancia. Alfin el sol se puso. Pero no vieron a ningún ser viviente. Era un mundodesierto.

Esa noche volvieron a conversar, y la conversación losllevó al borde de la locura, y Briggs les dijo que se callaran y sefueran a dormir. Briggs sabía que él mismo no estaba muy lejos delborde de la locura.

El tercer día, la nave del espacio se posó aorillas de un lago rodeado de casas de recreo y lugares de ensueño. Nose les ocurrían otros nombres para aquellos edificios. Phillips yGluckman se quedaron en la nave: Briggs llevó a los otros a un muelleque parecía de alabastro, y todos se subieron a una barca amarradaallí. Mientras se sentaban, la barca se animó con la música rara yencantada del planeta, una música que disipó temores y preocupaciones.Briggs vio que los otros sonreían.

—Podríamos quedarnos aquí —dijo Laura Shawn perezosamente.

Briggssabía lo que ella quería decir. Luego de cinco años en la nave estelartodos conocían los secretos de todos. Laura Shawn era fruto de lapobreza, la desdicha, y finalmente el divorcio. Sus triunfoscientíficos habían dejado atrás una serie de derrotas sentimentales.Nunca había sido feliz hasta entonces, y Briggs se preguntaba si algunode ellos lo había sido. Pero eran felices ahora, y él también, aunquehubiese querido conservar su escepticismo y su desconfianza. Ladesconfianza no era posible en aquel lugar.

Briggs se sentó altimón y movió una palanca. La barca no tenía hélice; se deslizó sobreel agua como si se moviera a sí misma, pero eso no los asombró, pues lanave del espacio era llevada por las olas y corrientes de magnetismo yde fuerza del universo. Briggs pensó que lo mismo sucedía con todos losmisterios y maravillas que había enfrentado alguna vez el hombre. Eranmilagros que no tenían explicación hasta que se descubría la causa,sencilla y evidente. El hombre se reía entonces de su temor y susuperstición anteriores. ¿Era aquel planeta más maravilloso oenigmático que la trama de fuerza que sostenía y ordenaba el universo?

Briggsllevó la embarcación a través del lago, y luego a lo largo de la costa,y los edificios, uno tras otro, los saludaron con una música distinta.Al fin la barca entró en un canal bordeado de árboles florecidos, yllegaron a otro lago de agua clara con un fondo de rocas doradas, rojasy purpúreas, y peces dorados y plateados. Luego entraron en un ríozigzagueante, de aguas serenas, y cuando habían viajado dos kilómetrospor ese río, vieron al hombre.

Estaba de pie en undesembarcadero de piedra rosada y translúcida, en medio de un círculode bancos tallados, y los saludó casi con indiferencia.

—¿Será también una creación del pensamiento? —preguntó Briggs cáusticamente mientras acercaba la barca al muelle.

Llegaronal embarcadero y el hombre los ayudó a salir de la barca. Era un hombrealto y fornido, sonriente, de cabellos castaños, peinado como los pajesde otro tiempo en la Tierra. Tenía una edad madura indeterminada, yvestía una túnica azul liviana ceñida en la cintura.

—Acompáñenmepor favor, y pónganse cómodos —dijo con voz afectuosa y sonora y en uninglés impecable—. Lamento esos tres días de perplejidad que han pasadoustedes, pero yo tenía algo que hacer. Siéntense; podemos descansar unrato, y hablar sobre algunos problemas que tenemos en común.

Los cinco terrestres se habían quedado sin habla. Al fin Briggs pudo decir:

—¡Bueno! ¿Que diablos es esto?


—LlámenmeSmith —dijo el hombre—. No tengo nombre realmente, pero Smith lesfacilitará las cosas. No, no están soñando. Soy real. Ustedes sonreales. Este sitio es real. No hay motivo para temer, créanme. Y haganel favor de sentarse.

Se sentaron en los bancos translúcidos, y el hombre respondió a lo que ellos pensaban:

—No, no soy un hombre de la Tierra, sólo un hombre.

—Entonces usted lee el pensamiento —dijo Frances Rhodes en voz baja.

—Leo el pensamiento, si. Por esa razón, entre otras, hablo con tanta facilidad el idioma de ustedes.

—¿Y las otras razones? —pensó McCaffery.

—Hemos escuchado sus señales de radio durante muchos, muchísimos años. Yo estudio inglés.

—Y este planeta... —murmuró Briggs—. ¿Vive usted aquí solo?

—Nadievive aquí —dijo Smith sonriendo—, excepto los custodios. Y cuandosupimos que ustedes iban a descender, les pedimos que se fueran duranteun tiempo.

—¡En nombre de Dios! —exclamó Carrington—. ¿Qué lugar es este?

—Sólo lo que parece ser —Smith sonrió y sacudió la cabeza—. No hay misterio alguno. ¿Qué parece ser?

—Un jardín —contestó Laura Shawn—. El jardín de todos mis sueños.

—Entoncessueña usted bien, señorita Shawn. En su planeta tienen ustedes lugarescomo este, parques, campos de deportes. Esto es un parque, un campo derecreo para niños. Por eso no vive nadie aquí. Es un lugar para que losniños jueguen y aprendan un poco acerca de la vida y la belleza... Ennuestra cultura, la belleza no está separada de la vida.

—¿Qué niños?

—Losniños de la Galaxia —y Smith movió una mano hacia el firmamento—, haymuchos niños, y muchos campos de recreo y parques parecidos. Hoy no haynadie aquí; mañana habrá cinco millones de niños, pues vienen y se van,como en los parques de ustedes.

—Nuestros parques —pensó Briggs amargamente.

—No,no me burlo, piloto Briggs. Trato de responder a sus preguntas y a suspensamientos, y de relacionar estas cosas con las que ustedes conocen ycomprenden.

—¿Quiere usted decirnos que la Galaxia está habitada... por hombres?

—¿Porqué no? ¿Pueden creer de veras que el hombre sea un accidente?Dondequiera que hay vida, aparece con el tiempo el hombre. Y ahora viveen más de medio millón de planetas, y eso sólo en nuestra Galaxia. Ycrea lugares como este para los niños.

—¿Y quién es usted? —preguntó Carrington—. ¿Y por qué está aquí, solo?

—¿Quéseré yo para ustedes? —se preguntó Smith—. Nosotros no tenemosgobiernos, no tenemos naciones. Yo podría ser un administrador. Y mehan enviado aquí para que los reciba y hable con ustedes. Los hemosobservado mucho tiempo. Si. observamos la Tierra desde hace muchotiempo.

—¿Para que hable con nosotros? —preguntó Frances Rhodes en voz baja.

—Sí.

—¿Acerca de qué? —preguntó a su vez Briggs.

—Acerca de la enfermedad de ustedes —contestó Smith con tristeza.


Había pasado una hora. Estaban sentados en silencio, mirándose y al fin Briggs dijo:

—Por favor, no nos compadezca. No pedimos compasión, ni de usted ni de ninguno de sus superhombres.

—No es compasión —replicó Smith—. Nosotros no sentimos compasión. Pena es una palabra más exacta.

—Evítenos también eso —dijo Gene Ling.

Carringtonse resistía a que la ira o la impaciencia perturbasen susrazonamientos. Quería demostrarle a Smith que podía razonardesapasionadamente, y dijo con calma y firmeza:

—Usted. Smith,nos pide que confesemos nuestra locura, y pide mucho. Usted haindicado, muy correctamente en mi opinión, que éramos ególatras yanticientíficos. Creíamos que la naturaleza limitaba al hombre a unoscuro planeta del borde de la Galaxia. Y yo le digo: es igualmenteanticientífico pretender que entre todas las razas humanas de todos losplanetas sólo los habitantes de la Tierra son mentalmente enfermos,sentimentalmente inestables, sí, dementes, aunque esta ha sido la únicapalabra que usted ha tenido la amabilidad de no emplear.

—Carrington, es inútil —dijo Briggs acremente—. Smith lee el pensamiento.

—Loque no cambia mis razones —le dijo Carrington a Smith—. Usted mencionanuestras guerras, nuestras matanzas en gran escala, nuestras armasatómicas, nuestra crónica de asesinatos y destrucciones. Pero esos sonlos errores particulares y despilfarradores de nuestra evolución.

—Sonpeculiares de su evolución —dijo Smith de mala gana—. Me desagradarepetir que ninguna otra raza humana en todo el universo tiene comoprincipal ocupación el homicidio. Sin embargo, así es. Solo en laTierra.

—Pero no todos somos asesinos —protestó Frances Rhodes—.Yo practico la medicina. Si usted conoce tan bien la Tierra, conocerála historia de la medicina...

—Practica la medicina y lleva un arma de fuego —dijo Smith encogiéndose de hombros.

—Para protegerme únicamente.

—¿Para protegerse? ¿De quién señorita Rhodes?

—Nosotros no sabíamos...

—Lo siento —suspiró Smith—. Lo siento.

—Ya dije que era inútil —dijo Briggs— Lee el pensamiento. Lo sabe. ¡Que Dios nos ayude, lo sabe!

—Sí, lo sé —convino Smith.

—Entonces,debe usted saber que nosotros no somos asesinos —insistió Carringtoncon la voz todavía tranquila—. Somos hombres de ciencia, somos personascivilizadas. Dice usted que somos supersticiosos, mentirosos,aficionados a los monstruos y lo obsceno. Habla usted de quinientosmillones de seres humanos que profesan el cristianismo, pero que no lopractican. Habla de los millones de personas que hemos matado en nombrede la libertad, de la fraternidad y de Dios. Habla de nuestra codicia,nuestra mezquindad, del modo como hemos pervertido el amor, el sexo yla belleza. ¿No comprende que somos seres conscientes, que los mejoresy más valientes de nosotros han luchado contra eso durante siglos?

—Lo comprendo —contestó Smith.

—Lee el pensamiento —repitió Briggs tercamente.

—Somoshombres de ciencia —continuó Carrington— Construimos la nave estelarque nos trajo aquí. Hemos vivido encerrados cinco años interminablespara conquistar las fronteras del espacio. Y ahora, cuando descubrimosun universo de hombres, y de hombres extraordinariamente capaces yadmirables, usted nos dice que esto no es para nosotros, que hemos devivir y morir en nuestra propia motita de polvo.

—Sí, me temo que sea así.

—Todo menos compasión —dijo Laura Shawn.

Smithse puso de pie, abrió la túnica, dejó que se le deslizara del cuerpo alsuelo, y quedó desnudo ante ellos. Las mujeres, instintivamente,apartaron los ojos. Los hombres mostraron una incredulidadescandalizada. Smith recogió la túnica y se la puso.

—Ya ven ustedes —dijo.

Los cinco terrestres se quedaron mirándolo, comprendiendo quizá por primera vez.

—Entodo el universo —dijo Smith— sólo hay una raza de hombres que seavergüence de su propio cuerpo, y lo desprecie. Todos los demás andandesnudos, con orgullo y sin avergonzarse. Sólo la Tierra ha hecho de laimagen del hombre una maldición y una ignominia. ¿Qué mas puedo decir?

—¿Se proponen ustedes destruirnos? —preguntó Briggs.

Smith lo miró tristemente.

—Nosotros no destruimos, Briggs. No matamos.

—¿Entonces?

—Ustedestienen una cosa que nosotros no tenemos —dijo Smith lenta yamablemente—. Nosotros no la necesitamos, pero ustedes han tenido queinventarla. pues de otro modo la enfermedad hubiera acabado con ustedes.

—La conciencia —murmuró Gene Ling.

—Sí,la conciencia. Ella los ayudara. Vuelvan a la nave del espacio yregresen a la Tierra. Y luego decidan olvidar, cuando lo hayandecidido, nosotros los ayudaremos.

—Si decidimos olvidar —dijo Briggs.

—Si deciden olvidar —convino Smith.

—Denos alguna esperanza —suplicó Laura Shawn— No nos despida así, por favor Somos los primeros viajeros.

—Noson los primeros —replicó Smith, con una tristeza insoportable en lavoz—. Han venido otros de la Tierra, pero se destruyeron mutuamente,destruyendo también lo que habían aprendido. No son ustedes losprimeros, ni serán los últimos.

—¿Podemos esperar? —preguntó Laura Shawn.

—Todos los hombres esperan —dijo Smith—. Más que eso... no sé.


Lanave del espacio circundó el hermoso planeta, y los siete tripulantesse reunieron en la sala de oficiales. Gluckman y Phillips habían sidoinformados, y ahora todos discutían interminablemente el asunto. SóloBriggs callaba, hasta que al fin preguntó:

—¿Por qué no podemos recordar que Smith lee el pensamiento? Smith sabía.

—Yosoy egoísta —murmuró Laura Shawn entre lágrimas—. Es más fácilrenunciar a un futuro mejor para la humanidad que a mis propiosrecuerdos.

—¿Recuerdos de tres días de infancia? —dijo Briggsagriamente—. ¡Que se vaya al diablo! ¡Que se vaya al diablo esa malditautopía! ¡Que se vayan al diablo las estrellas! ¡Crearemos una atmósferaen Marte y le sacaremos el gas tóxico a Venus! ¡Que se vayan al diabloSmith y sus jardines! ¡Tenemos mucho que hacer! ¡En rumbo hediondohacia la Tierra, McCaffery, y los demás a la cama! ¡Mañana será otrodía!

Briggs, más que cualquiera de los otros, sabía cuánta razóntenía Smith, y durante horas humedeció la almohada con sus lágrimasantes de dormirse. Por la mañana se sintió mejor. La nave del espacioya había recorrido cien millones de kilómetros, en dirección a laTierra, y Briggs se sentía más animado.

Como los otros, sólorecordaba un desierto de soles ardientes, y ningún otro planeta, entoda la Galaxia, que los del sistema solar. Como los otros, sabía queregresaba a un lugar raro y de una inestimable singularidad: la Tierra,única morada del hombre.





FIN