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IM GIVING UP THE GHOST OF LOVE -- Madame D

Escrito por imagenes 05-05-2009 en General. Comentarios (0)

IM GIVING UP THE GHOST OF LOVE -- Madame D

IM GIVING UP THE GHOST OF LOVE -- Madame D
dianela_2590@hotmail.com


YOU LOVE IS PAIN...

.
tu amor es dolor
un latigo,agugas que hieren mi cuerpo

tu amor es dolor
dandome vida y quitandomela
es luz y a la vez sombra

tu amor es dolor
mi corazon que arde
mi corazon se apaga

tu amor es dolor
me levanto y vuelvo al suelo
me sanas y vuelves a enfermarme

tu amor es dolor
sabroso veneno que emana tu piel

tu amor es dolor
mis heridas cicatrices en tus manos
y otra vez heridas en las mismas

tu amor es dolor
el dolor inevitable
tu amor tambien



de : dianela moran

LA VENUS DE LAS PIELES --- Sacher-Masoch

Escrito por imagenes 05-05-2009 en General. Comentarios (1)

LA VENUS DE LAS PIELES --- Sacher-Masoch

LA VENUS DE LAS PIELES
Sacher-Masoch


Die Damen in Pels





«Dios le castigó, poniéndole en manos de una mujer.»
(Libro de Judit, 16, Cap. VII)





Me encontraba en amable compañía.
Venus estaba frente a mí, sentada ante una gran chimenea Renacimiento. Esta Venus no era una mujer galante de las que —como Cleopatra— combatieron bajo ese nombre al sexo enemigo. No; era la diosa del amor en persona.
Recostada en una butaca, removía el fuego chispeante que enrojecía la palidez de su rostro y los menudos pies, que acercaba a la llama de vez en cuando.
A pesar de su mirada de estatua, tenía una cabeza admirable, que era cuanto yo veía de ella. Su divino cuerpo marmóreo le cubría un gran abrigo de pieles, en el cual se envolvía como una gata friolera.
—No comprendo, señora —dije—. En realidad no hace frío; hace ya dos semanas que llevamos una encantadora primavera. Estará usted nerviosa, sin duda.
—Buena está la dichosa primavera —contestó con voz opaca, estornudando después de una manera deliciosa—. No puedo apenas sostenerme y comienzo a comprender...
—¿Qué, gracia mía?
—Comienzo a creer en lo inverosímil y a comprender lo incomprensible. Comprendo ahora la virtud de los alemanes y su filosofía, y no me asombra que ustedes, en el Norte, no sepan amar, sin que parezcan dudar siquiera de lo que es el amor.
—Permitidme, señora —repliqué con viveza—. Nunca le he dado a usted ningún motivo.
La divina criatura estornudó por tercera vez y levantó los hombros con una gracia inimitable. Luego dijo:
—Por esto soy siempre graciosa para usted y hasta le busco de tiempo en tiempo, aunque me enfríe cada vez, a pesar de todas mis pieles. ¿Te acuerdas aún de nuestro primer encuentro?
—¿Podré olvidarle? Teníais espesos bucles pardos, ojos negros, boca de coral... Os reconocí en los rasgos de la cara y en la palidez de mármol. Llevabais siempre una chaqueta de terciopelo azul violeta guarnecida de piel de ardilla.
—Sí; ¡qué encaprichado estabas con aquel vestido y cuan dócil eras!
—Vos me enseñasteis lo que es el amor, y el culto divino que os consagraba me transportaba dos mil años atrás.
—¿Y no te guardé fidelidad sin ejemplo? —Ahora se trata de eso.
—¡Ingrato!
—No quiero hacer ningún reproche. Habéis sido una mujer divina, pero siempre mujer, y en amor, cruel como todas.
—Es que tú llamas cruel —replicó con viveza la diosa de amor— lo que constituye precisamente el elemento de la voluptuosidad, el amor puro, la naturaleza misma de la mujer de entregarse a lo que ama y de amar lo que le place.
—¿Qué puede haber más cruel para quien ama que la infidelidad del ser amado?
—¡Ay! —contestó—. Somos fieles en tanto que amamos; pero vosotros exigís que la mujer sea fiel sin amor, que se entregue sin goce. ¿Dónde está ahora la crueldad, en el hombre o en la mujer? Las gentes del Norte concedéis demasiada importancia y seriedad al amor. Habláis de deberes donde no hay otra cosa que placer.
—Sí, señora. Tenemos sobre ese punto sentimientos respetables y recomendables, y, además, sólidas razones.
—Y siempre la curiosidad, eternamente despierta y eternamente insaciada, de las desnudeces del paganismo; pero el amor, que es la mayor alegría, la pureza divina misma, eso no les conviene a ustedes los modernos, hijos de la reflexión. Les sienta mal. En cuanto se hacen ustedes naturales, se ponen groseros. La naturaleza les parece una cosa hostil y hacen de nosotras, rientes genios de los dioses griegos, de mí misma, un demonio. Podéis desterrarme, maldecirme, hasta inmolarme al pie de mi altar en un acceso báquico; pero alguno de vosotros habrá tenido el valor de besar mis labios purpurinos. Vaya, por esto, peregrino a Roma, descalzo, con cilicio, esperando que su bastón florezca, mientras que a mis pies surgen a cada instante rosas, mirtos y violetas que no dan su perfume para ustedes. Quedaos en vuestras nieblas hiperbóreas, entre vuestro incienso cristiano, y dejadnos reposar bajo la lava, no nos desenterréis, no. Pompeya, nuestras villas, nuestros baños, nuestro templo, no se hicieron para ustedes. ¡Ni siquiera necesitáis dioses! ¡Nos helamos en vuestro mundo!
La hermosa dama de mármol tosió y levantó sobre sus hombros la oscura piel de cebellina.
—Gracias por su lección clásica, contesté—; pero no me negaréis que, así en vuestro mundo lleno de sol como en nuestro brumoso país, el hombre y la mujer son enemigos por naturaleza, con los cuales el amor hace durante cierto tiempo un solo y mismo ser, capaz de un?, misma concepción, de una misma sensación, de una misma voluntad, para desunirlos luego más, y que —y esto lo sabéis vos mejor que yo— el que no sepa sojuzgar al uno será pronto pisoteado por el otro.
—Y lo que usted sabe mejor que yo —contestó doña Venus con arrogante tono de desprecio— es que el hombre está bajo los pies de la mujer.
—Seguramente, y de aquí no me haga ninguna ilusión.
—Lo que quiere decir que sois siempre mi esclavo sin ilusión, por lo cual no tendré yo misericordia.
—¡Señora!
—¿No me conocéis aún? Sí, soy cruel; ya que tanto te gusta esa palabra. ¿Pero no tengo derecho para serlo? El hombre es el que solicita, la mujer es lo solicitado. Esta es su ventaja única, pero decisiva. La naturaleza la entrega al hombre por la pasión que le inspira, y la mujer que no hace del hombre su súbdito, su esclavo, ¿qué digo?, su juguete, y que no le traiciona riendo, es una loca.
—¡Buenos principios, hermosa señora! —repliqué indignado.
—Descansan sobre diez siglos de experiencia —dijo ella en tono burlón, mientras en la sombría piel jugaban sus dedos blancos—. Cuanto más fácilmente se entrega la mujer, más frío e imperioso es el hombre. Pero cuanto más cruel e infiel le es, cuanto más juega de una manera criminal, cuanta menos piedad le demuestra, más excita sus deseos, más la ama y la desea. Siempre ha sido así, desde la bella Helena y Dalila, hasta las dos Catalinas y Lola Montes.
—No puedo dejar de convenir —contesté— que nada puede excitar más que la imagen de una déspota bella, voluptuosa y cruel, arrogante favorita, despiadada por capricho.
—Y que además lleve pieles —añadió la diosa.
—¿Por qué recordáis eso?
—Conozco tus gustos.
—¿Sabe usted que desde que no nos vemos se ha hecho usted una magnífica coqueta?
—¿Queréis decirme por qué?
—Porque no puede haber más deliciosa locura que la de envolver vuestro delicado cuerpo en una piel tan sombría.
La diosa sonrió.
—Usted sueña —exclamó—. ¡Despiértese! —con su mano de mármol me cogió por el brazo—. ¡Despierte! —volvió a murmurar rudamente.
Levanté los ojos con pena. Vi la mano que me tocaba, pero la mano era de color de bronce y la voz, áspera, de bebedor de aguardiente, era la de mi antiguo cosaco, que con toda su talla de cerca de seis pies se levantaba ante mí.
—Levántese usted —seguía diciendo el buen hombre—. Es una verdadera vergüenza.
—¿El qué?
—Dormirse vestido con un libro al lado —apagó las bujías casi consumidas y recogió el volumen caído—, con un libro —consultó la cubierta— de Hegel. Además, es hora de ir a casa de don Severino, que nos espera para el té.
—¡Extraño sueño! —dijo Severino cuando acabé—. Descansó el brazo sobre mi rodilla mientras contemplaba sus hermosas manos de delicadas venas y se abismó en una meditación profunda.
Yo sabía que desde hacía mucho no se podía mover, que apenas tenía alientos, habiendo llegado al punto de que su conducta no tenía nada de raro para mí, porque al cabo de tres años mantenía con él relaciones de buena amistad y me había acostumbrado a todas sus originalidades. Nadie podía negar que era extraño, loco casi peligroso, pasando como tal, no sólo entre sus amigos, sino en todo el círculo de Colomea. Para mí, su existencia no sólo era interesante, sino hasta simpática, lo que hacía que yo también pasara para algunos por algo loco.
Siendo un señor de la Galitzia, propietario, joven, pues apenas pasaba de treinta años, daba pruebas de una singular sobriedad de vida, de cierta severidad y hasta de cierta pedantería. Vivía con una minuciosidad exagerada según un sistema medio filosófico, medio práctico, regular como un reloj, como el termómetro, el barómetro, el anemómetro, el higrómetro, según los preceptos de Hipócrates, Hufeland, Platón, Kant, Knigge y Lord Chesterfield, con lo cual tenía a veces violentos accesos de ímpetu, en medio de los cuales intentaba romperse la cabeza contra el muro si alguien no lo evitara.
Sumido en su mutismo, el fuego crepitaba en el hogar, cantaba el grande y venerable samovar, crujía la butaca ancestral en que yo me balanceaba fumando, cantaba el grillo en los viejos muros y yo dejaba caer mis miradas en el extraño mobiliario: esqueletos de animales, pájaros disecados, escayolas y vaciados amontonados en su despacho, cuando de repente atrajo mi vista un cuadro que había visto con frecuencia, pero que precisamente hoy me produjo un efecto indecible a la luz rojiza del fuego de la chimenea.
Era una pintura al óleo, tratada con la habilidad y potencia de colorido de la escuela belga. Su asunto era muy curioso.
Una hermosa mujer con una risa radiante que la alumbraba el rostro, de opulenta cabellera trenzada en nudos antiguos, en la cual el polvo blanco aparecía como una escarcha ligera, descansaba la cabeza sobre el brazo izquierdo, desnuda entre una oscura pelliza. Su mano derecha jugaba con una fusta, y su pie, desnudo, reposaba descuidado sobre un hombre, tendido ante ella como un esclavo o un perro; y este hombre, de rasgos acentuados, pero de buen dibujo, en los que se leía una profunda tristeza y una devoción apasionada, alzaba hacia ella los ojos de un mártir, exaltado y ardiente. El hombre, taburete vivo bajo los pies de la mujer, no era otro que Severino, pero sin barba, con lo que parecía tener diez años menos.
—¡La Venus de las pieles! —exclamé, señalando el cuadro—. Tal como la vi en sueños.
—Yo también —replicó Severino—. Sólo que yo soñé con los ojos abiertos.
—¿Cómo es eso?
—¡Ay! Es una triste historia.
—Tu cuadro ha dado asunto a mi sueño —continué—. Pero dime de una vez lo que significa; quizá ha desempeñado en tu vida un papel capital. En cuanto a los detalles, los aguardo de ti.
—Examina bien la pareja —replicó mi extraño amigo sin atender a mi pregunta.
La pareja representaba una admirable copia de la Venus del Espejo, del Tiziano, en la galería del Hermitage de San Petersburgo.
—¿Adonde vas a parar?
Severino se levantó y señaló con el dedo la piel en que Tiziano envuelve a su diosa de amor.
—Mira también la Venus de las pieles —dijo con una fina sonrisa—. No creo que el viejo veneciano posara jamás la vista sobre el original. Hizo sencillamente el retrato de una Mesalina de rango, y tuvo la galantería de hacer que el Amor sostuviera el espejo en que examina sus encantos majestuosos con un placer indiferente, tarea que parece ser muy penosa para el niño. Más tarde, un inteligente cualquiera de la época rococó, bautizó a la dama con el nombre de Venus, y la piel en que Tiziano envolvió el lindo modelo, más por temor a un constipado que por pudor, se convirtió en símbolo de la tiranía y crueldad que ocultan a la mujer y su belleza. Sea lo que quiera del cuadro, se revela ante nosotros como la más picante sátira de nuestro amor; en nuestro Norte abstracto, en este mundo cristiano helado, Venus tiene que envolverse en una buena pelliza si no quiere resfriarse.
Severino se echó a reír y encendió otro cigarro.
Entre tanto la puerta se abrió, y una rubita encantadora, de ojos despiertos y simpáticos, vestida de seda negra, entró, trayendo fiambres y huevos para el desayuno. Severino tomó uno y le partió con el cuchillo.
—¿No te tengo dicho que los quiero poco cocidos? —exclamó con tal violencia que hizo temblar a la joven.
—Pero querido Sewtschu —dijo ella con timidez.
—¿Qué Sewtschu? Lo que tienes que hacer es obedecer, obedecer—. Y descolgó el kantschuck que pendía entre las armas.
La linda figura huyó como una corza, tímida y ligera.
—Espera un poco y te cojo todavía.
—Pero Severino —dije posando mi mano sobre su brazo—, ¿cómo puedes tratar así a una mujer tan encantadora?
—Examina un poco a la mujer —replicó guiñando finamente los ojos—. Si la hubiese acariciado, me estrangularía; pero como la he educado con el látigo, me adora.
—¡Absurdo!
—Exacto. Así es como hay que educar a las mujeres.
—¡Muy bien! Vive como un pacha en tu harén, pero no me hagas teorías sobre...
—¿Por qué no? —exclamó con viveza—. Las palabras de Goethe, «deberás ser yunque o martillo», no tienen mejor aplicación que a las relaciones entre hombre y mujer. Doña Venus te lo dijo también incidentalmente en sueños. En la pasión del hombre reposa el poder de la mujer, y ésta sabrá aprovecharse de su ventaja si aquél no se pone en guardia. Sólo queda escoger: tirano, o esclavo. Apenas se abandone, tendrá la cabeza bajo el yugo y sentirá el látigo.
—¡Singulares máximas!
—No son máximas, sino resultados de la experiencia —añadió bajando la cabeza—. Yo fui seriamente maltratado y curé. ¿Quieres saber cómo?
Se levantó y tomó de un mueble macizo un pequeño manuscrito, que colocó en la mesa ante mí.
—Acabas de pedirme que te explicara el cuadro. Te debo hace tiempo esa explicación. Lee esto.
Severino fue a sentarse cerca del fuego, dándome la espalda, y pareció soñar con los ojos enteramente abiertos. Reinaba nuevamente el silencio en la habitación, el fuego chisporroteaba en el hogar, el samovar y el grillo de los viejos muros cantaban. Abrí el manuscrito y leí:
Confesiones de un ultra-sentimental
Al frente del manuscrito, unos célebres versos del Fausto servían de epígrafe:
¡Oh, tú, sensual seductor ultra-sentimental! Una mujer te lleva por la punta de la nariz.
Mefistófeles.
Volví la hoja y leí:
«He sacado lo que sigue de mi diario de entonces, porque es imposible volver sobre lo pasado de una manera imparcial; así es que todas estas páginas poseen la frescura de color de antaño, el sabor de la actualidad.»
Gogol, el Moliere ruso, dice en algún lugar: «La verdadera musa cómica es aquella cuyas lágrimas corren bajo la máscara.»
¡Palabras admirables!
Mi estado de alma es así de extraño mientras escribo estas páginas. El aire me parece lleno de un olor de flores penetrante, que me aturde y hace que me duela la cabeza; el humo de la chimenea oscila, y sus espirales se redondean formando gnomos de barba gris que me señalan con el dedo burlándose, amorcillos mofletudos que cabalgan sobre el respaldo de mi silla y mis rodillas, que me hacen reír en tanto escribo mis aventuras. Y eso que no escribo con tinta ordinaria, sino con la sangre escarlata que destila mi corazón, porque todas las llagas, hace tiempo cicatrizadas, se han vuelto a abrir, y mi corazón palpita y sufre, y acá y allá una lágrima cae sobre el papel.

Los días pasan muy lentos en los bajos Cárpatos. No se ve a nadie, ni nadie lo ve a uno. Difícil sería escribir un idilio. Me proponía organizar aquí una galería de cuadros, un teatro con repertorio nuevo para toda una estación, conciertos virtuosos, dúos, tríos; pero —¿dónde voy a parar?— apenas he llegado a preparar la tela, a encerar el pavimento, a disponer el papel de música, porque, ¡ay!, ¿lo diré? —no tengo, amigo Severino, falsa vergüenza de mentir a nadie, pero no consigue uno engañarse a sí mismo—; no soy, casi, otra cosa que un dilettante en pintura, en poesía, en música y otros pretendidos conocimientos inútiles que proporcionan a los maestros el sueldo de un ministro, ¿qué digo ministros?, pequeños potentados. Pero, ante todo, soy un dilettante en amor.
Hasta ahora he amado lo mismo que he pintado y he hecho versos, lo que quiere decir que no pasé nunca de la impresión, el plan, el primer acto, la primera estrofa. Hay hombres que emprenden una cosa y no la acaban nunca; yo soy de ésos.
¿Pero quién está cantando ahora?
Veamos.
Salgo a mi ventana y encuentro el nido en que me desespero, enteramente poético. ¡Qué vista la de las cimas azules tejidas de oro solar de las montañas, a través de las cuales, como bandas de plata, ruedan los torrentes; y qué claro azul es el cielo, hacia el que se levantan las crestas nevadas; qué verdes y frescas las laderas, los prados en que pacen los rebaños; cómo amarillean más abajo los trigos, entre los cuales se inclinan y se enderezan las figuras de los segadores!
La casa donde vivo está situada en un parque de placer: un bosque, o un desierto, como quiera llamársele; tanto es de solitario.
Vivimos por junto en ella: yo, una viuda de Lemberg, la señora Tartakuska, una ancianita que de día en día envejece y se encoge, un perro viejo y un gato joven que juega constantemente con un ovillo, de propiedad, me figuro, de la guapa viuda.
La viuda es aún verdaderamente bella, joven todavía —lo más, veinticinco años— y muy rica. Vive en el primer piso; yo vivo en el bajo. Sus verdes persianas siempre están caídas y tiene un balcón adornado de plantas trepadoras; pero yo también tengo mi íntimo nido, en el cual leo, escribo, pinto y canto, como un pájaro en las ramas. Desde él veo el balcón donde, de cuando en cuando, aparece un traje blanco entre las verdes y poéticas mallas de las plantas. En verdad, la bella que vive por encima de mí me interesa muy poco, porque estoy perdido por otra, desesperadamente perdido, más que el caballero Eggenpurg, más que des Grieux en Manon Lescaut. Mi bien amada es una piedra.
En el jardín, en el estrecho retiro solitario hay una riente praderita en que pace tranquila una pareja de corzos domesticados. En esta pradera hay una estatua de Venus, en piedra, cuyo original me parece que se encuentra en Florencia. La tal Venus es la más hermosa mujer que he visto en mi vida.
No quiere esto decir mucho, puesto que he visto pocas mujeres y menos que sean guapas. Además, en amor soy todavía un dilettante que no ha pasado nunca de los preliminares del primer acto.
Dejemos, pues, el superlativo; como si lo que es bello pudiera ser excedido.
La Venus es hermosa y la quiero tan apasionadamente, tan dolorosamente, tan profunda, tan locamente, como se puede amar a una mujer; y ella responde a este amor con una sonrisa eternamente semejante, eternamente tranquila, una sonrisa de piedra. En una palabra: la adoro.
A veces, cuando el sol lanza sus cálidos dardos sobre los bosquecillos, me tiendo a la sombra de una copuda haya, y leo. A menudo, visito de noche a mi fría y cruel bien amada, me arrodillo ante ella, apoyada la cara sobre la fría piedra en que descansan sus pies, y la dirijo plegarias.
El espectáculo es inexpresable cuando la luna —que ahora está llena— sale transparentándose entre los árboles. La pradera se inunda de reflejos argentados, y la diosa parece irradiar la luz dulcísima.
Una vez, al volver a mi cuarto, a través de una de las avenidas que conducen a la casa, vi de repente una forma femenina, tan blanca como la piedra, iluminada por la luna. Tan sólo la separaba de mí la verde muralla. Me pareció que mi bella mujer de mármol tenía lástima de mí y me seguía viva; pero me sobrecogió una agonía sin nombre, mi corazón amenazaba romperse y dejó de latir.
Sí; verdaderamente soy un dilettante que no sabe salir del segundo verso. Pero en lugar de quedar clavado, huí tan de prisa como pude.

¡Vaya una aventura! Un judío, vendedor de fotografías, me ha puesto en las manos el retrato de mi ideal. ¡La Venus del Espejo, del Tiziano! ¡Qué mujer! ¡He de escribir una poesía! Tomo la hoja y escribo al dorso:
La Venus de las pieles.
«Tienes frío, ¡oh, tú, que haces nacer las llamas!
Envuélvete en tu pelliza de déspota, que a nadie conviene mejor que a ti, diosa cruel de amor y de belleza.»
Pocos instantes después adopté unos versos de Goethe, que había leído hacía poco en los paralipómenos sobre Fausto:
AL AMOR
Lleva dos alas falsas;
sus flechas son las garras,
su corona ocultas astas;
es, sin disputa,
como todos los dioses griegos
un demonio disfrazado.
Coloqué el retrato ante mí sobre la mesa, descansando en un libro y le contemplé.
La fría coquetería con que la gran señora envuelve sus encantos en una oscura piel de cebellina; el vigor y la dureza que reinan en su cara de mármol, me llenaban a la vez de encanto y horror.
Tomé la pluma y escribí:
«Amar, ser amado, ¡qué fortuna! ¡Y con qué resplandor brilla esta dicha comparada con la cruel felicidad de adorar a una mujer que hace de nosotros un juguete, de ser el esclavo de una hermosa!»
Me desayuné bajo la bóveda verde y me puse a leer el libro de Judit, envidiando el furor de Holofernes el Gentil, la real mujer que le decapitó y hasta su hermosa muerte.
«Dios le castigó poniéndole en manos de una mujer.»
Me choca esta frase.
¡Cuan poco galantes los judíos! Su Dios pudo elegir mejor expresión para el bello sexo.
«Dios le castigó poniéndole en manos de una mujer», me repetía entre tanto. ¿Qué podría hacer yo para que me castigase?
¡A la buena de Dios! He aquí que viene nuestra vieja. Cada día que pasa la reduce más. Arriba, entre el enredijo de los verdes tallos, otra vez flota el traje blanco. ¿Es Venus o la viuda?
Esta vez debe ser la viuda, porque la señora Tartakuska hace una reverencia y me busca en su nombre para que le preste libros. Corro a mi habitación y tomo un par de volúmenes.
Ya es tarde cuando recuerdo que el retrato de Venus va entre uno de ellos. La dama blanca se enterará de mis expansiones.
¿Qué será lo que diga?
La oigo reír.
¿De mí, acaso?

¡Plenilunio! El astro aparece ya sobre la cima de los abetos que bordean el parque; un vapor argentado envuelve la terraza, los grupos de árboles, todo el paisaje, hasta perderse de vista en la distancia como una onda palpitante.
No puedo resistir; todo esto me atrae y me llama tan extrañamente, que vuelvo a vestirme y recorro el jardín.
Me dirijo hacia la pradera, la suya, de mi diosa, la bien amada.
La noche es fresca. Me estremezco. El aire está cargado de aroma de flores y maderas. Embalsama.
¡Qué calma! ¡Qué música alrededor! Un ruiseñor se queja. Las estrellas palpitan dulcemente con un brillo azul pálido. La pradera parece un espejo, la capa helada de un estanque.
Augusta y radiante se levanta la imagen de Venus.
¿Pero qué es esto?
De las espaldas marmóreas de la diosa desciende hasta sus pies una gran capa oscura de pieles. Quedo estupefacto al pie de ella; de nuevo se apodera de mí un temor indescriptible a esta mujer, e intento emprender la fuga.
Apresuro el paso. Observo entonces que me he equivocado de avenida, y al volver lateralmente por una senda, me encuentro cara a cara con Venus; la hermosa mujer de piedra, ¡no!; la verdadera diosa de amor, cuya sangre es caliente, cuyo pulso late, erguida ante mí en un banco de piedra. Sí, sin duda ya me ama, como aquella otra estatua que se animó para su autor. Ya la primera sorpresa ha desaparecido. La blanca cabellera de la diosa parece de piedra todavía; su blanco vestido brilla como la luna —a no ser un efecto de la seda— y cae de sus espaldas la piel sombría. Pero sus labios son rojos, sus mejillas están coloreadas, caen de sus ojos dos rayos verdes, diabólicos, sobre mí, y ríe.
Su risa es extraña; nadie, ¡ay!, podría describirla; me quita la respiración, huyo de nuevo, a cada instante me veo obligado a detenerme para respirar, y su risa burlona me persigue siempre a través de los sombríos senderos, en la pradera alumbrada, en la fronda oscura, donde sólo penetran algunos rayos de luna. He perdido el camino, me extravío cada vez más, y gruesas gotas de sudor forman perlas en mi frente.
Me paro, por último, y me entrego a un corto monólogo.
Siempre uno es consigo mismo o muy amable o muy grosero.
Soy un asno, me digo.
Esta palabra ejerce una gran influencia, posee casi una acción mágica que me hace volver en mí.
En un guiñar de ojos me tranquilizo.
Vuelvo a repetirme alegre: ¡asno!
Entonces todo aparece para mí claro y distinto: aquí está la fuente, allí los matorrales, más allá la casa, en que entro lentamente.
De nuevo, burlona todavía, bajo el verdor a través del cual brilla la luna, como sobre el muro bordado de plata, la forma blanca, la hermosa mujer de piedra a quien adoro y temo, ante la que huyo.
En dos zancadas me he puesto en la casa. Respiro y reflexiono:
¿Qué es lo que soy, en realidad, ahora? ¿Un pequeño dilettante o un gran asno?
La mañana es sofocante, el aire lleno de excitantes aromas. Me siento de nuevo bajo mi dosel de madreselvas, y leo en la Odisea la historia de la encantadora que transformó a su adorador en bestia. ¡Deliciosa imagen del amor antiguo!
Un dulce estremecimiento pasa en las ramas y en los ramos; las hojas de mi libro se levantan y se escucha un frú-frú en la terraza.
Es un vestido de mujer.
He aquí a Venus sin las pieles; no, esta vez es la viuda, y sin embargo, Venus también. ¡Oh, qué mujer!
¡Cuan bien le sienta su blanco y ligero peinador, cómo levanta sus ojos hacia mí, qué poéticas y preciosas parecen ser sus nobles formas! No es alta ni baja; su cabeza es más tentadora, más picante —en el gusto del tiempo de las marquesas francesas— que estrictamente bella, pero de todos modos arrebatadora. ¡Qué dulzura, qué preciosa travesura se lee en toda ella, hasta en su pequeña boca! Su piel es tan fina, que es fácil distinguir las venas azules, incluso a través de la muselina que cubre sus brazos y su garganta. ¡Cómo cae su cabellera roja en ricos bucles, ni rubios ni dorados, jugando los rizos sobre su nuca, diabólicos, pero adorables! Sus ojos me lanzan verdes destellos; porque son verdes sus ojos, de dulce potencia indescriptible, verdes como piedras preciosas, como los profundos lagos de las montañas.
Ella nota la confusión que me hace tan descortés —sentado y cubierto como permanezco— y sonríe maliciosamente.
Por fin me levanto y la saludo. Se aproxima y se echa a reír como un niño.
Yo balbuceo, como sólo puede balbucear un pequeño dilettante o un asno grande.
Así fue como nos conocimos.
La diosa me pregunta mi nombre y declina el suyo.
Se llama Wanda de Dunaiew.
Es verdaderamente mi Venus.
—Pero, señora, ¿cómo se os ocurrió aquello?
—Gracias a la estampa de vuestro libro.
—No me acordaba ya...
—Aquellas cosas extrañas del reverso...
—¿Extrañas, por qué?
Me miró.
—Siempre me ha gustado conocer lo extravagante, por capricho, y usted me parece uno de los mayores extravagantes del mundo.
—En ese caso, señora mía...
Nuevamente se apoderó de mí la fatal idiótica tartamudez, y un rubor excusable en un adolescente de dieciséis años, pero no en quien tiene diez años más.
—Esta noche tuvo usted miedo de mí.
—Es verdad, no lo niego. Pero ¿no quiere usted sentarse?
Se sentó, saboreando mi agonía, porque yo tenía más miedo ahora en pleno día. Su labio superior bosquejaba una sonrisa provocativa y burlona.
—Usted ve el amor, y ante todo, la mujer —comenzó a decir— como algo hostil, algo contra lo que uno se defiende inútilmente, pero cuyo poder se siente como un dulce tormento, como una crueldad penetrante.
—¿No es usted de la misma opinión?
—No —respondió viva y categóricamente, sacudiendo la cabeza de manera que sus bucles se agitaron como llamas—. El goce sin dolor, la serena sensualidad griega es el ideal que procuro realizar en mi vida, y no creo en el amor que predican al espíritu el Cristianismo, los modernos, las almas caballerescas. Sí, miradme una vez más; soy más que un hereje, soy una pagana. «¿Crees tú que la diosa del amor haya resplandecido nunca como cuando quiso resplandecer para su Anquises en el bosque sagrado del monte Ida?» Estos versos de la elegía romana de Goethe me chocaron siempre mucho. En la naturaleza sólo se encuentra el amor de los tiempos heroicos, «cuando los dioses y las diosas se amaban». Entonces «el apetito seguía a la mirada, el goce al apetito». Todo lo demás es amanerado, afectado, falseado. En el Cristianismo, la cruz, el emblema de la cruz, para mí espantable, tiene algo de extraño, de enemigo de la naturaleza y sus inocentes impulsiones. La lucha del alma contra el mundo sensual es el evangelio del mundo moderno. No quiero saber de ello.
—Sí, señora; su puesto de usted está en el Olimpio —repliqué—. Pero nosotros, los modernos, no podemos soportar la antigua pureza, por lo menos, en amor. La idea de poseer conjuntamente con otros a una mujer, así sea una Aspasia, nos indigna. Somos celosos como nuestro Dios. Así es como el nombre de la admirable Friné se ha convertido para nosotros en una injuria. Nosotros buscamos una pobre y pálida jovencita, a lo Holbein, que sólo sea para nosotros, y no una Venus antigua, por muy hermosa que pueda ser, que hoy ame a Anquises, mañana a Paris, al siguiente a Adonis; y si la naturaleza triunfa en nosotros, si nos entregamos en un acceso de pasión a semejante mujer, su alegría de vivir nos parece satanismo, crueldad, y vemos en nuestra delicia un pecado que debemos expiar.
—Así es como sueñan ustedes la mujer moderna, mujercitas histéricas que en su camino de sonámbulas hacia un hombre ideal soñado no llegan a estimar al hombre mejor, y que, en medio de sus lágrimas y sus luchas, faltan diariamente a sus deberes cristianos, hoy engañadas y engañadoras mañana, siempre buscadas y eligiendo y siempre fracasadas en la elección de su amor. Esas mujeres ni son nunca dichosas ni dan la felicidad, acusando a la fatalidad siempre, en tanto que yo, para estar tranquila, quiero amar y vivir como Helena y Aspasia vivieron. La naturaleza no ha hecho durables las relaciones del hombre y la mujer.
—Señora mía...
—Déjeme concluir. Sólo es el egoísmo del hombre, que quiere enterrar a la mujer como un tesoro. Toda tentativa para asegurar el amor, mediante ceremonias santas, juramentos y pactos durables en el cambio constante de la existencia humana, constituye un desastre. ¿Me negará usted que nuestro mundo cristiano ha entrado en la putrefacción?
—Pero...
—Usted querrá decir que el individuo que se levante contra la organización social será expulsado, marcado con un hierro candente, lapidado. Muy bien. Yo me burlo de ello, mis máximas son paganas, quiero seguir mi vida. Renuncio a vuestro hipócrita respeto, y marcho adelante para ser feliz. Los inventores del matrimonio cristiano tuvieron razón desde este punto de vista, lo mismo que cuando inventaron la inmortalidad. Sin embargo, no por ello pienso vivir eternamente, y cuando, con mi último suspiro, todo haya acabado acá abajo para Wanda Dunaiew, ¿qué ventaja sacaré de que mi espíritu cante en un coro de ángeles o de que mis cenizas tomen una nueva existencia? De uno u otro modo, yo no renaceré tal como soy, de modo que he de renunciar a aquella consideración. ¿Pertenecer a un hombre a quien no amo, sólo por la razón de que le amé alguna vez? No, no renunciaré; amo a quien me place y le hago dichoso. ¿Acaso es repugnante esto? No; por lo menos es mucho más hermoso que si me regocijara del tormento cruel que provocan mis encantos, y me desviara, virtuosa, del desgraciado que se consume por mí. Soy joven, rica y bella, y vivo sólo para el goce y el placer.
En tanto que ella hablaba, bollándola los ojos maliciosamente, yo había cogido sus manos sin saber qué hacer de ellas, y como un verdadero dilettante, pronto acabé, dejándolas libres.
—Me encanta vuestra lealtad —dije— y sólo...
De nuevo maldito dilettantismo ahogaba mis palabras.
—¿Qué quiere usted decir?
—¿Qué quiero? Sí, quería..., disculpadme, señora, si os he interrumpido.
—¿Cómo eso?
Hubo una larga pausa, durante la cual ella discurrió un monólogo que, traducido a mi idioma, se resumía en esta palabra: «¡asno!»
—Si me permite usted, señora —continué al fin—, ¿cómo ha llegado usted a esas ideas?
—Muy sencillamente. Mi padre era un hombre muy sensato. Desde la cuna me he visto rodeada de esculturas antiguas. A los diez años leía yo Gil Blas; a los doce, La Pucelle. Como otros, durante su infancia, hablan del Pulgarcito, de Barba Azul, de la Cenicienta, yo nombraba a Venus y Apolo, Hércules y Laocoonte, como amigos míos. Mi marido era una naturaleza pura y animada; la incurable enfermedad que pesó sobre él poco después de nuestro matrimonio, jamás pudo velar su frente una sola vez de una manera duradera. La víspera de su muerte me tomó aún en su lecho, y durante los muchos meses en que se extinguió sobre un sillón de ruedas, me decía a menudo, bromeando: «¿Tienes ya un adorador?» Yo enrojecía de vergüenza. «No me engañes», añadió una vez. «Eso es repugnante; pero busca un buen mozo, o mejor, muchos. Eres una buena mujer; pero, como una niña, necesitas juguetes.» No será necesario decirle a usted que, rnientras él vivió, no hubo adorador; pero así hizo de mí lo que soy: una griega.
—Una diosa —interrumpí.
Sonrió.
—¿Cuál, por ventura? —Venus.
Me amenazó con el dedo y frunció las cejas.
—La Venus de las pieles. Aguardad, tengo una pelliza enorme con la que puedo taparos enteramente y en la que os cogeré como en una red.
—¿Cree usted —repliqué con viveza, al ocurrírseme lo que tomé por un buen pensamiento, siendo, en realidad, trivial y absurdo—; cree usted que sus ideas puedan realizarse en nuestra época y que Venus se atreva impunemente a pasear su belleza y su pureza sin velos en ferrocarriles y telégrafos?
—No; velada, ciertamente, no; pero entre pieles —exclamó riendo—. ¿Quiere usted ver las mías?
—¿Y luego?
—¿Cómo luego?
—Hombres hermosos, puros y felices, como lo fueron los griegos, no son posibles hoy sino teniendo esclavos que hagan para ellos la poco poética tarea de la vida diaria y que, ante todo, trabajen para ellos.
—Sin duda alguna —replicó con malicia—; pero ante todo, una diosa olímpica como yo necesita un ejército de esclavos. ¡Cuidado!
—¿De qué?
Yo mismo me asusté del atrevimiento con que lo dije; pero no ella, que entreabrió un poco los labios, dejando ver la blanca dentadura, y dijo con un tono ligero, como una cosa sin importancia:
—¿Queréis ser mi esclavo?
—En amor —repliqué yo con solemne sinceridad— no hay yuxtaposición, y si se me deja optar entre mandar o ser mandado, me parece muy irritante ser el esclavo de una bella mujer. ¿Dónde encontraría yo la mujer que, sin ejercer su influencia mediante mezquinas querellas, dominase absoluta, pero tranquilamente, guardando conciencia de sí misma?
—Sin embargo, no sería difícil.
—Usted cree...
—Yo... por ejemplo —dijo riendo y echándose hacia atrás—, tengo disposiciones de déspota... también poseo la pelliza indispensable... Pero, ¿de veras? ¿Tuvisteis sinceramente esta noche miedo de mí?
—Sinceramente.
—¿Y ahora?
—Ahora, sinceramente, sigo teniéndole.

Día por día, estamos juntos Venus y yo; completamente juntos: desayunamos en "mi bosquecillo y tomamos el té en su gabinete, dándome ocasión de desplegar mis pequeños, pequeñísimos talentos. ¿Con qué objeto me instruí yo en todos los ramos de los conocimientos humanos, me ensayé en todas las artes, no poseyendo una encantadora mujercita?
Pero ésta no tiene nada de pequeña y me impone de una manera prodigiosa. Hoy he dibujado su retrato y he comprendido seria y claramente cuan poco está hecho nuestro peinado moderno para su cabeza de camafeo. Tiene poco de romano, pero mucho de griego en las facciones.
Tan pronto me complazco en pintarla de Psiquis, tan pronto de Astarté, dando siempre a sus ojos una expresión exaltada o semilánguida de voluptuosidad extinguida; pero ella quiere de todas veras un retrato.
Ahora quiero ponerla unas pieles.
¡Ay! ¿Para qué, sino para ella, puede hacerse una pelliza real?
Estaba ayer tarde con ella leyéndole las elegías romanas. Pronto abandoné el libro y me puse a hacer algunas reflexiones. Parecían agradarla; hasta parecía estar pendiente de mis labios, y su seno palpitaba.
¿Me habré equivocado?
La lluvia hería melancólica los vidrios, y en el hogar el fuego recordaba el invierno, trayéndome a la memoria hasta tal punto mi patria que, olvidando por un momento todo respeto, besé la mano de la hermosa, sin que ella hiciera oposición.
Entonces me senté a sus pies y me puse a leerle un poemita que había escrito para ella:
LA VENUS DE LAS PIELES
Posa el pie sobre tu esclavo,
mitológica mujer, diabólicamente encantadora;
tiende tu cuerpo de mármol
entre los mirtos y agaves.
Esta vez estoy seguro de que pasé de la primera estrofa; pero por la noche me pidió el manuscrito y me he quedado sin copia, de suerte que sólo me acuerdo del principio.

Tengo una curiosa sensación. Me parece que no estoy enamorado de Wanda. Por lo menos en nuestra primera entrevista no experimenté ninguna pasión al ver sus ojos abrasadores. Pero también experimento que su belleza extraordinaria, verdaderamente divina, me tiende magníficas emboscadas. No es esto una atracción del corazón, que nazca en mí; es sujeción física, lenta, pero, por lo mismo, completa.
Yo sufro cada día más y ella no hace otra cosa que reír.

Hoy me ha dicho de repente, sin ningún motivo: —Me interesa usted. La mayoría de los hombres son vulgares, sin entusiasmo, sin poesía; usted, en cambio, posee cierta profundidad y exaltación, y, sobre todo, una gravedad que me sienta bien. Quizá le tome a usted afección.

Pasada una nube de verano, vamos a visitar juntos la pradera y la estatua de Venus. La tierra exhala vapores a nuestro alrededor, las nubes suben en el cielo como el humo de un sacrificio, flotan en el aire los restos del arco iris, los árboles gotean aún; pero los pájaros saltan de rama en rama gorjeando como regocijados de algún gran acontecimiento, y todo está lleno de aroma de frescor. No podemos avanzar por la pradera, porque está llena de humedad, aunque parece resplandeciente de sol como un estanque, sobre cuyo espejo se levanta la diosa de amor. Alrededor de su cabeza danza un enjambre de moscardones que, entre los rayos del sol, parecen formarla una aureola.
Wanda se regocija de ello, y como los bancos del paseo están todavía húmedos, se apoya en mi brazo para descansar. Una dulce laxitud se extiende por todo su ser, sus ojos están entornados, su aliento roza mi mejilla.
La tomo de la mano, y sin saber si le agrada, le pregunto:
—¿Podría usted amarme?
—¿Por qué no? —replica descansando un momento sobre mí su mirada tranquila.
Un instante después me arrodillo ante ella y oprimo mi rostro arrebatado sobre la muselina perfumada de su traje.
—Pero, Severino, esto es inconveniente.
Con todo, me apodero de su menudo pie y pego en él mis labios.
—¡Cada vez peor! —exclama desprendiéndose y huyendo precipitadamente a casa, mientras su deliciosa zapatilla queda entre mis manos. ¿Será un presagio?

En todo el día me he atrevido a acercarme a ella; al oscurecer, sentado en mi bosquecillo, vi de improviso su graciosa cabeza roja a través de las trepadoras de su balcón.
—¿Cómo no viene usted? —me decía impaciente.
Subí la escalinata. Al llegar arriba perdí nuevamente valor y llamé con timidez. Ella no dijo nada, pero abrió y apareció en el umbral.
—¿Y mi zapatilla?
—Está... tengo... quiero —balbuceé.
—Vaya usted a buscarla; después tomaremos el té y charlaremos.
Cuando volví, estaba preparado el té. Puse la zapatilla solemnemente sobre la mesa y me quedé en un rincón, como un niño que aguarda el castigo.
Noté que su frente estaba algo arrugada y que su boca tenía una expresión entre severa e imperiosa que me encantaba.
Una vez más se echó a reír.
—De modo... ¿que está usted verdaderamente enamorado... de mí?
—Sí, y sufro lo que usted no puede sospechar.
—¿Sufre usted? —y volvió a reírse.
Yo estaba sublevado, confuso, aniquilado, pero inútilmente.
—¿Qué es eso? —prosiguió—. Yo soy buena con usted, toda corazón —me dio la mano y me examinó amistosamente.
—¿Quiere usted ser mi mujer?
Wanda me miró, ¡con qué ojos! Me pareció asombrada y un poco burlona.
—¿De dónde saca usted tanta audacia?
—¿Audacia?
—Sí, audacia sin igual, audacia de tomar mujer, y particularmente a mí —luego levantó en el aire la zapatilla—. ¿Tan pronto se ha familiarizado usted con esto? Pero, bromas a un lado, ¿verdaderamente quiere usted casarse conmigo?
—Sí.
—Entonces, Severino, es una historia sincera. Creo serle querida a usted, como usted lo es para mí, y, lo que es mejor aún, nos interesamos el uno al otro. No hay ahora ningún peligro de que nos hastiemos; pero ya sabe usted que yo soy una mujer frívola que, por lo mismo, toma el matrimonio muy en serio, y que si asume deberes, quiere también poderlos cumplir. Pero temo que sea usted desgraciado.
—Yo le ruego que sea usted leal para mí.
—Le he hablado a usted lealmente. No creo poder amar a un hombre más de... —inclinó la cabeza con aire descorazonado, y reflexionó.
—Un año.
—¿En que está usted pensando?... Un mes quizá.
—¿Ni a mí?
—¿A usted? Quizá dos meses...
—¿Dos meses?
—Dos meses, muy largos.
—Señora, es una frase digna de la antigüedad.
—Ya ve usted cómo no puede soportar la verdad.
Wanda cruzó la habitación, volvió a apoyarse en la chimenea y me miró, recostando su brazo sobre el mármol.
—¿Qué quiere usted que haga?
—Lo que usted quiera —respondí con resignación—; lo que le dé gusto,
—¡Qué inconsecuente! — exclamó—. Primero me pide usted por mujer y luego se ofrece usted a mí como un juguete.
—Wanda, os quiero.
—Volvemos al punto de partida. Usted me ama y me quiere por mujer; pero yo no quiero contraer ningún nuevo matrimonio, porque dudo que mis sentimientos y los vuestros puedan ser duraderos,
—¡Pero yo quiero correr el riesgo con usted!
—Entonces se trata de saber si yo misma quiero correr ese riesgo con usted —dijo con la mayor tranquilidad—. Yo puedo imaginarme pertenecer por toda la vida a un hombre, pero ha de ser un nombre completo, que se me imponga, que me subyugue por la fuerza de su carácter, ¿comprende usted?; y este hombre —bien lo tengo sabido— apenas se enamore de veras, se hará débil, blando, ridículo; se pondrá en manos de la mujer, de rodillas ante ella, cuando yo no puedo amar de una manera duradera a un hombre que se ponga de rodillas. A pesar de todo, me es usted tan grato, que haré el ensayo con usted.
Yo caí a sus pies.
—¡Dios mío! Ya está usted de rodillas, principia usted bien —y añadió cuando me hube levantado—: Le doy a usted un año para conquistarme, o para convencerme de que podemos entendernos y vivir juntos. Si lo consigue usted, seré su mujer; una mujer, Severino, que cumplirá sus deberes estricta y concienzudamente. Durante este año viviremos como casados.
La sangre se me subió a la cabeza. Las mejillas de ella se abrasaron también.
—Viviremos juntos —añadió—. Participaremos de nuestras costumbres para ver si nos convienen. Yo le concedo a usted todos los derechos de un esposo, de un adorador, de un amigo. ¿Está usted satisfecho?
—Debo de estarlo.
—No debe usted nada.
—Pero lo quiero.
—Muy bien. Así es como hablan los hombres. Tome usted mi mano.
Hace diez días que no paso una hora sin ella, salvo las noches. Arde en mí siempre el deseo de contemplar sus ojos, de tener sus manos entre las mías, de oír sus palabras, de acompañarla constantemente.
Mi amor me parece un golfo, un abismo sin fondo en que me hundo cada vez más, y del que no podré salir ya.
Hoy nos hemos tendido a media noche ante la estatua de Venus, en la pradera. Yo cogí flores, que puse sobre sus rodillas, y ella tejió guirnaldas, con que coronamos a nuestra diosa.
De repente, Wanda me pareció tan turbada, que al momento las llamas de mi pasión invadieron todo mi ser. Incapaz de dominarme por más tiempo, la rodeé con los brazos y me suspendí a sus labios. Ella me oprimió sobre su pecho palpitante.
—¿La molesto a usted?
—Nunca me molesta lo que es natural; pero temo que usted sufra.
—¡Ay...! Sufro horriblemente.
—¡Pobre amigo! —me apartó el cabello desordenado sobre la frente—. Pero espero que será por nada.
—No —contesté—. Mi amor es una especie de demencia. El pensamiento de perderla a usted o de que realmente quede usted perdida para mí, me atormenta día y noche.
—¿Pero es que me posee usted de algún modo? —dijo Wanda mirándome con aquellos ojos lánguidos, húmedos, devorados de pasión, que ya otra vez me habían fascinado. Después se levantó y colocó una corona de anémonas azules sobre la blanca cabeza de Venus. Sin quererlo, casi, la rodeé la cintura con el brazo.
—No puedo vivir sin ti, hermosa mía; créeme, créeme; esta vez no es una frase, una fantasía; siento en lo más hondo de mi corazón que mi vida va ligada a la tuya. Moriré si te separas de mí.
—¿Qué falta hace eso, puesto que te amo? —me cogió la cara, y añadió—: ¡Pobre loco!
—Pero no quieres ser mía sin condiciones, en tanto que yo te pertenezco incondicionalmente.
—Eso no está bien, Severino —replicó ella casi consternada—, ¿No me conoce usted aún? ¿No quiere usted aprender a conocerme? Yo soy buena cuando me tratan sincera y razonablemente; pero si alguien se entrega demasiado a mí, me hago arrogante.
—¡Séalo usted, sea arrogante, sea déspota! —grité completamente exaltado—, ¡pero sea usted mía y para siempre! —me senté a sus pies y abracé sus rodillas.
—Vamos a acabar mal, amigo mío —replicó severamente, sin excitarse.
—¡Así no acabará nunca! —exclamé yo, loco de amor—. ¡Sólo la muerte puede separarnos! Si no quieres ser mía, toda mía para siempre, quiero ser tu esclavo, servirte, soportarlo todo de ti; pero no me rechaces.
—Cálmese, levántese, y béseme en la frente. Mi corazón es de usted, pero no son esos los medios de conquistarme y conservarme.
—Haré todo, todo lo que usted quiera, pero sin perderla; esa idea me...
—Levántese. Obedecí.
—Verdaderamente es usted un hombre extraño. ¿Quiere usted poseerme a ese precio?
—Sí, a cualquier precio.
—¿Y qué valor tendría mi posesión para usted— aquí reflexionó, sus ojos tomaron una expresión inquieta, desconfiada —si yo no le amase a usted, si quisiese pertenecer a otro?
Quedé aturdido. La contemplé. Su actitud era firme y segura, sus ojos me miraban fríos.
—Ya veo que ese pensamiento le da a usted miedo.
Repentinamente, una sonrisa benévola iluminó su faz.
—Sí, me causa horror figurarme que una mujer a quien amo, que ha respondido a mi amor, se entregue a otro sin piedad ninguna para mí. ¿Me quedaría alguna alternativa? Si amaba locamente a esa mujer, ¿la volveré la espalda dignamente y mi energía me llevará a la tumba, o me meteré una bala en la cabeza? Yo tengo dos ideales de mujer. ¿Encontraré una mujer que, fiel y benévola, comparta mi suerte brillante y generosa, cuando ahora quien la comparte sólo lo hace de una manera blanda o tímida? Entonces prefiero caer entre las manos de una mujer sin virtud, inconstante y despiadada. En su inmenso egoísmo, esa mujer es todavía un ideal. Si es que no puedo gozar plena y enteramente la dicha del amor, necesito apurar la copa de los sufrimientos y de las torturas, ser maltratado y engañado por la mujer amada, cuanto más cruelmente, mejor. ¡Es un verdadero goce!
—¿Está usted soñando?
—Amo a usted de tal modo, con toda mi alma —añadí—, con todo mi corazón, que la proximidad de usted, la atmósfera suya me son indispensables si he de vivir. Elija usted entre mis ideales. Haga usted de mí lo que quiera: un marido o un esclavo.
—Muy bien —dijo Wanda, frunciendo sus cejas enérgicas y sutiles—. Ha de ser muy divertido dominar de tal manera al hombre que nos interesa y ama. Pero ¡qué imprudencia dejarme escoger! Elijo, pues. Quiero que sea usted mi esclavo, mi juguete.
— ¡Hágalo! —exclamé medio espantado, medio encolerizado—. Si sobre la armonía de las ideas puede fundamentarse una unión, las pasiones proceden de los grandes contrastes. Nosotros somos dos contrastes que se yerguen hostilmente uno contra el otro, y si tengo que compartir ese amor, me es odioso, me causa miedo. Dado ese estado de cosas, no puedo ser sino martillo y yunque. Seré yunque. No puedo ser dichoso sin ver el objeto amado. Podría amar a una mujer, mas sólo siéndome cruel.
—Pero, Severino —replicó Wanda casi enfadada—, ¿me cree usted capaz de maltratar a un hombre que me ama como usted y al que también yo amo?
—¿Por qué no, si precisamente por eso os adoro tanto? Sólo se puede amar lo que está por encima de nosotros; una mujer que nos abruma por su belleza, por su temperamento, su alma, su fuerza de voluntad, que se muestra despótica para nosotros.
—¿De modo que lo que huyen los demás es lo que busca usted?
—¡Perfectamente! Esa es mi originalidad.
—La pasión de usted no tiene nada de original ni de extraño. ¿A quién no le gusta una hermosa piel? Y todo aquel a quien gusta sabe cuan próximos parientes son el amor y el dolor.
—Pero es que en mí todo eso llega al apogeo.
—Lo que quiere decir que la razón puede poco en usted y que usted es una naturaleza llena de molicie y de sensualidad.
—Los mártires, según usted, serían hombres de una naturaleza llena de molicie y de sensualidad.
—¿Los mártires?
—Y, sin embargo, eran hombres vacíos de sensualidad, que sacaban placer del sufrimiento y que buscaban espantosas torturas, incluso la muerte, como otros buscan la alegría. Yo, señora, soy uno de esos hombres vacíos de sensualidad.
—Tenga usted cuidado de no ser, por lo mismo, un mártir del amor.

Es una tibia noche de estío perfumada. Wanda y yo estamos sentados en un balcón, bajo el doble techo de la fronda de las trepadoras y de las estrellas del cielo. En el fondo del parque se deja oír la lenta, lamentable llamada amorosa del gato, mientras que, sentado a las plantas de mi diosa, yo le habló de mi juventud.
—¿De manera que ya tenía usted esas originalidades?
—He sido así desde que tengo memoria. Hasta en la cuna, según decía mi madre, fui extraño. Rehusé el seno de una lozana nodriza, y tuvieron que alimentarme con leche de cabra. De pequeñito experimentaba por las mujeres un terror inexplicable... precisamente por el impaciente interés que me inspiraban. La bóveda gris, la semioscuridad de una iglesia alarmaban mi alma, y una agonía solemne se apoderaba de mi ser ante los altares resplandecientes de las santas imágenes. En revancha, me deslizaba furtivamente, como para gozar de un placer prohibido, al lado de una Venus de yeso que se encontraba en la biblioteca de mi padre, y ante ella me arrodillaba, dirigiéndole las oraciones que me habían enseñado: el Padre Nuestro, el Ave María, el Credo. Una vez me levanté de la cama para verla; la luz de la luna me alumbraba y envolvía a la diosa en una fría claridad pálida. Me arrodillé ante ella y abracé sus pies helados, como había visto hacer a las aldeanas a los pies del Crucificado. Un deseo ardiente e invencible se apoderó de mí. Poniéndome de puntillas, estreché su hermoso cuerpo frío, besé sus labios, y me figuré que la diosa, con un brazo levantado, me amenazaba. Me enviaron muy pronto a la escuela, y no tardé en entrar en un colegio donde me entregué apasionadamente a la cultura de la antigüedad clásica. Me familiaricé antes con los dioses griegos que con Jesús; con Paris, concedí la manzana fatal a Venus, vi arder Troya y seguí a Ulises en su carrera vagabunda. Las imágenes de todo lo hermoso se imprimían fácilmente en mi alma, y a una edad en que los demás muchachos se conducían groseramente, yo demostraba horror por todo lo bajo, feo y vulgar. El amor de la mujer parece particularmente bajo y feo al joven, si la mujer se le muestra desde el principio en toda su trivialidad. Evité, por consiguiente, todo contacto con el bello sexo y me idealicé hasta la demencia. Mi madre tenía una encantadora camarera, joven, bonita, de formas opulentas. Tenía yo entonces trece años. Una mañana estaba estudiando a Tácito, extasiándome ante las virtudes de los antiguos germanos. La muchacha limpiaba cerca de mí. De repente se detuvo, se inclinó hacia mí, escoba en mano, y dos frescos y soberbios labios rozaron los míos. El beso de aquella gatita hizo temblar mi corazón, pero mi Germanía me sirvió de escudo contra la seductora, y abandoné la habitación. Wanda se echó a reír.
—Es usted, en efecto, un hombre raro; habría que ir muy lejos para encontrar otro como usted.
—Otra escena de esta época me ha quedado en la memoria de una manera inolvidable. Una tía lejana mía, la condesa Sobol, vino a casa de mis padres. Era una bella y majestuosa mujer, de risa seductora; pero yo la detestaba, porque tenía en la familia la fama de una Mesalina, y me trataba con la mayor insolencia y maldad. Sucedió que un día mis padres se fueron a la capital. Mi tía resolvió aprovecharse de su ausencia para ejecutar la sentencia que había decretado contra mí. Inopinadamente entró, vestida con su kazabaika y seguida de la cocinera, su hija y la gatita que yo había desdeñado. Sin decirme nada me cogieron, y a pesar de mi violenta resistencia, me ataron de pies y manos; después de lo cual, con su risa perversa, mi tía se levantó las mangas y se puso a pegarme con una vara, tan fuerte, que mi sangre corrió y, a pesar de mi valor, grité en demanda de gracia. Entonces hizo que me desataran, pero tuve que arrodillarme ante ella para darle las gracias por la corrección, y besarle la mano. Ahora verá usted el loco desprovisto de sensaciones. Bajo la vara de la bella y lasciva mujer, que se me representaba, con su chaquetilla de pieles, como una diosa, colérica, la sensación de la mujer se despertó en mí por vez primera, y desde entonces mi tía me pareció la mujer más atractiva de la tierra. Mi austeridad catoniana, mi misoginismo, cedían el puesto a un sentimiento estético elevado a su más alto grado. Mi sensualidad formaba en mi imaginación una cultura artística, y yo juraba no prodigar mis emociones con un ser vulgar, sino reservarlas para una mujer ideal, o, quizá, para la misma diosa del amor. Entré muy joven en la Universidad, que se encontraba en la ciudad principal, donde residía mi tía. Poco tardó en que mi habitación semejase la de Fausto: estantes repletos de libros, comprados por un precio irrisorio a un mercader de la Cervanica , esferas, atlas, retortas, mapas celestes, esqueletos de animales, calaveras, bustos de hombres célebres. Detrás de la gran estufa verde, hubiera podido destacarse la silueta de Mefistófeles. Lo estudié todo, sin orden, sin sistema: química, alquimia, historia, astronomía, filosofía, jurisprudencia, anatomía, literatura. Leí a Hornero, Virgilio, Schiller, Goethe, Shakespeare, Cervantes, Voltaire, Moliere, el Corán, el Cosmos y las Memorias de Casanova. Cada día me hacía más confuso, más fantástico y ultrasensualista. Y siempre con una hermosa mujer ideal en la cabeza, que de cuando en cuando se me aparecía como uña visión recostada entre rosas, rodeada de amorcillos, entre mis encuadernaciones en pergamino y mis osamentas, ya a la manera olímpica, con el rostro resplandeciente de blancura de la Venus de yeso, ya con las lujuriantes trenzas oscuras, los ojos azules, rientes y la kazabaika de terciopelo rojo guarnecida de armiño, de mi tía. Una mañana que la diosa se me apareció en la plena y riente seducción de sus encantos entre los celajes de mi imaginación, me fui a casa de la condesa Sobol, que me recibió amistosa y hasta cordial, dándome, como un gaje de bienvenida, un beso que trastornó mis sentidos. Tenía, sin embargo, cerca de cuarenta años; pero, como la mayoría de las mujeres robustas, todavía era deseable. Llevaba siempre una chaqueta guarnecida de pieles. Esta vez el vestido era verde guarnecido de marta; pero no le quedaba nada del rigor que tanto me entusiasmaba. Por el contrario, estuvo tan poco cruel que, sin muchas ceremonias, me concedió el permiso de... adorarla. Ella se dio cuenta pronto de mi tontería ultrasensualista, y la complació hacerme feliz. Yo estaba encantado como un dios joven.
¡Qué placer para mí cuando, arrodillado ante ella, me atreví a besar las mismas manos que me habían castigado! ¡Oh!, ¡qué manos tan maravillosas! Tan bien hechas, tan finas, tan regordetas y blancas, con hoyuelos tan bonitos... Me divertía con ellas, las hundía y las sacaba de entre la oscura piel, las tenía sobre mi corazón, y no me cansaba de verlas.
Wanda consideró involuntariamente sus manos; yo lo noté y no pude menos de reír.
—Ya ve usted hasta qué punto predominaba en mí el ultrasensualismo, cuando estaba enamorado de los crueles latigazos que recibí de mi tía, como lo estuve dos años después de una joven actriz a quien hacía la corte. Del mismo modo me apasioné por una señora muy respetable que jugaba a 4a virtud insuperable, y que me engañó finalmente con un judío rico. Vea usted, pues, que seré engañado, vendido, por cualquiera mujer que finja principios austeros, idealistas. Por eso es por lo que aborrezco las virtudes poéticas, sentimentales. Déme usted una mujer franca que me diga: soy una Pompadour, una Lucrecia Borgia, y la adoraré.
Wanda se levantó y abrió la ventana.
—Tiene usted una singular manera de excitar la imaginación y los nervios de cualquiera, haciéndole latir el pulso cada vez más. Rodea usted el vicio de una aureola, cuando le conviene hacerle respetable. Su ideal de usted es una cortesana descaradamente genial. En mi opinión, es usted un corruptor de mujeres, hasta la médula.

A media noche llaman a mi ventana, me levanto, abro, y me echo a temblar. Ante mí está la Venus de las pieles, casi lo mismo que se me apareció la vez primera.
—Me tiene usted agitada con sus historias; estoy dando vueltas en la cama sin poder dormir —dijo—. Venga usted a hacerme compañía.
—En seguida.
Cuando entré, Wanda estaba ante la chimenea, donde ardía un pequeño fuego.
—El otoño se anuncia. Las noches son frías. Quizá le disguste a usted, pero no puedo quitarme la piel antes que la habitación se haya calentado.
—¡Disgustarme! ¡Ah, picara! Bien sabe usted...
Rodeé mi brazo a su alrededor, y la abracé.
—Ya lo sé; pero ¿de dónde ha sacado usted esa pasión por las pieles?
—Es innata en mí, y ya de niño di muestras de esta predilección. Además, la piel ejerce una acción excitante sobre todas las naturalezas nerviosas, casi en general, como todas las leyes físicas. Es una atracción física, tan extraña como excitante. En estos últimos tiempos, la ciencia ha descubierto cierto parentesco entre la electricidad y el calor, y la acción que cada una de estas fuerzas ejerce sobre el organismo humano se aproxima a la de la otra. La zona tórrida engendra hombres apasionados; una atmósfera caldeada, la exaltación. Lo mismo ocurre con la electricidad. La compañía de los gatos produce efectos beneficiosos, que parecen verdaderos sortilegios, para las naturalezas excitables. No me choca que esos encantadores animales, lindas baterías vivientes de electricidad, fueran favoritos de Mahoma, de Richelieu, Crébillon, Rousseau, Wieland, etc.
—Y una mujer que lleva una piel —interrumpió Wanda—, ¿no es otra cosa para usted que un gato grande, una batería eléctrica?
—Sin duda, y así es como me explico el simbolismo que atribuye la piel al poder y a la belleza. Por esto, desde las primeras edades del mundo las adoptaron los reyes, y así también una tiránica nobleza tuvo la pretensión, mediante las leyes suntuarias, de reservárselas como un privilegio exclusivo, mientras a su vez los grandes pintores las destinaban a las bellezas grandes. Rafael y el Tiziano no encontraron fondo mejor que una piel oscura: aquél, para las divinas formas de la Fornarina; éste, para el cuerpo rosado de su bien amada.
—Le doy a usted gracias por esta disertación erótica —contestó Wanda—, pero no me lo ha dicho usted todo; usted añade aún otro sentido particular a las pieles.
—Ya le he dicho a usted y la he repetido que el dolor posee para mí un encanto raro, y que nada enciende más mi pasión que la tiranía, la crueldad y, sobre todo, la infidelidad de una mujer hermosa. Esta mujer, este extraño ideal de aborrecible estética, me lo imagino como el alma de Nerón en el cuerpo de Friné.
—Comprendo; eso da a la mujer algo de imperioso, de imponente.
—No es eso todo —continué—. Ya sabe usted que yo soy ultrasensualista, que en mí toda concepción procede, ante todo, de la imaginación y que se nutre de quimeras. Desde que, hacia los diez años de mi vida, pusieron en mis manos la vida de los mártires, me he desarrollado y sobreexcitado en este sentido. Recuerdo que leía con un horror que constituía para mí un verdadero embeleso, de qué manera languidecían en la prisión, les extendían en las parrillas, les atravesaban de saetas, les hervían en pez, les echaban a las fieras, les crucificaban, sufriéndolo todo ellos con una especie de alegría. Sufrir, soportar crueles torturas, me parecía entonces una forma de placer, sobre todo si estas torturas se infligían por la intermediación de una mujer guapa; de manera que para mí, siempre y en todo tiempo, toda poesía y toda infamia están concentradas en la mujer. Y la he rendido culto. Veía en la sensualidad algo sagrado, quizá lo único; en la mujer y su belleza, algo divino; en ella, el problema más importante de la existencia. La propagación de la especie es, ante todo, su vocación. Veía en la mujer la personificación de la naturaleza, Isis; y en el hombre, su sacerdote, su esclavo. Y veía a la mujer cruel con él, como la naturaleza, que aleja de sí lo que ha servido ya y ya no necesita; mientras para el hombre son verdaderas delicias los malos tratamientos, la misma muerte dada por una mujer. Envidiaba al rey Gunther, a quien la famosa Brunequilda ató la noche de sus bodas; al pobre trovador a quien su gaya dama hacía coser en una piel de lobo, para perseguirle como a fiera; envidiaba al caballero Etiard, a quien la audaz amazona Scharka hizo prisionero por astucia en un bosque cerca de Praga, arrastrándole a un torreón y atándole a la rueda al cabo.
—¡Espantoso! —exclamó Wanda—. Ya quisiera yo que cayera usted en manos de una de esas mujeres salvajes, y que, vestido con una piel de lobo, fuera entregado a los dientes de la jauría o que le ataran en la rueda. Ya vería usted cómo desaparecía la poesía.
—¿Usted lo cree así? Yo, no.
—Usted no está en su buen juicio.
—Quizá. Pero, escúcheme usted. Desde entonces leí con verdadera avidez historias en que se pintan las más espantosas crueldades, y miraba con atractivo especial las estampas y grabados que las ilustraban: tiranos sanguinarios que se sentaron en un trono; inquisidores que sometieron a tormento a los herejes, degollándolos y quemándolos vivos; depravadas, bellas y despóticas mujeres, como Libusa, Lucrecia Borgia, Inés de Hungría, la reina Margot, Isabeau, la sultana Roxelana, las zarinas rusas del siglo pasado..., todas vestidas de pieles o con ropas guarnecidas de armiño.
—De suerte que una piel despierta siempre en usted extrañas visiones —interrumpió Wanda, envolviéndose, llena de coquetería, en su soberbio manto de piel, de tal modo, que la pelliza de cebellina de sombríos reflejos dibujaba maravillosamente su busto y sus brazos—. Y ahora, ¿cómo se encuentra usted? ¿Está usted ya medio atacado?
Y sus ojos verdes, penetrantes, se posaron sobre mí con una extraña y dulce complacencia, mientras que, transportado de pasión, yo caía prosternado ante ella con los brazos tendidos.
—Sí, usted ha vuelto a despertar en mí mis fantasías favoritas, dormidas hacía tanto tiempo.
—¿Cuáles?
Y posó la mano en mi nuca.
Bajo el calor de aquel contacto, bajo la mirada que me escrutaba con ternura a través de los párpados entornados, se apoderó de mí una embriaguez dulce.
—Ser el esclavo de una mujer hermosa; tal es lo que amo, lo que adoro.
—¡Y por lo mismo os maltrata ella! —interrumpió Wanda, riendo.
—Me ata y me flagela, y me ofende con el pie, mientras pertenece a otro.
—Y cuando, enloquecido por los celos, se la disputa usted al rival dichoso, ¿lleva la arrogancia hasta venderle a ese mismo rival, dándole el precio de su barbarie? ¿Por qué no? ¿No le agrada a usted ese cuadro final?
Miré a Wanda aterrado.
—Va usted más allá de mis ensueños.
—Sí; nosotras, las, mujeres, somos ingeniosas; tenga usted cuidado con su ideal, porque puede ocurrirle que le trate peor que usted se imagine.
—¡Temo haberle encontrado ya! —exclamé, hundiendo mi cabeza abrasada entre sus senos.
—¡No seguramente en mí!
Y desprendiéndose de las pieles, rió, saltando por la habitación. Reía aún cuando yo bajaba la escalera, y sumido en mis reflexiones, vestido a medias, escuchaba aún arriba su risa loca, maliciosa.

—¿Podría encarnar ante usted su ideal? —me preguntó Wanda con aire travieso, cuando, a la mañana siguiente, nos encontramos en el parque.
Al principio quedé parado, solicitado por los sentimientos más contrarios. Entre tanto, ella se sentó en un banco de piedra, jugando con una flor.
—¿Podría?
Me eché a sus plantas y le cogí las manos.
—Se lo ruego a usted otra vez. Sea usted mi mujer, mi fiel y honrada mujer. ¿No puede serlo usted, por ser mi ideal, absolutamente sin reserva, según sea usted?
—Ya sabe usted que dentro de un año mi mano será de usted si usted es el hombre que busco — respondió ella con seriedad—; pero, de todos modos, espero que me quede usted agradecido si realizo su sueño. ¿Qué es lo que prefiere usted?
—Creo que todo lo que flota en mi imaginación se encuentra en usted.
—Usted se engaña.
—Creo que se complace usted teniendo a un hombre entre sus manos y torturándole.
—¡No, no! —gritó con viveza. Después reflexionó—. No me entiendo; pero debo hacerle a usted una confesión. Ha destruido usted mi sueño; mi sangre arde, y comienzo a no experimentar otro placer, delicias semejantes al entusiasmo con que usted habla de una Pompadour, de una Catalina II, de todas las mujeres egoístas, frívolas y crueles. Todo eso me excita, entra en mi alma y me impulsa a ser semejante a ellas que, a pesar de su crueldad, fueron adoradas servilmente mientras vivieron, y realizan aún milagros desde la tumba. En una palabra, haga usted de mí una déspota de pies pequeños, una Pompadour para andar por casa.
—Sí es así —contesté yo—, déjese usted llevar por los impulsos de su naturaleza, pero nunca a medias. Si no puede usted ser una mujer buena y honrada, sea usted un demonio.
Yo estaba deshecho, excitado; la proximidad de la hermosa determinaba en mí una especie de fiebre; no sé lo que dije, pero recuerdo que besé su pie y que, levantándole, le coloqué sobre mi nuca. Pero ella le retiró al punto y se levantó casi enfadada.
—Si me ama usted, Severino, no hable usted así —su voz se hizo incisiva e imperiosa—. ¿Me oye usted? ¡Nunca más! A la postre, podría ocurrir... Se echó a reír y se sentó de nuevo.
—Hablo con toda seriedad. Adoro a usted de tal manera, que quiero soportarlo todo de usted, con tal de pasar mi vida a su lado.
—Severino, se lo advierto a usted otra vez.
—¡Inútilmente! Haga usted de mí lo que quiera, pero sin alejarme.
—Severino, soy una mujer joven y sin sentido. Es peligroso para usted entregarse tan enteramente; al fin y al cabo, se convertirá usted en mi juguete. ¿Quién le asegura a usted que no abusaría de su demencia?
—Vuestra noble conducta.
—El poder engríe.
—Hágalo usted, pisotéeme usted.
Wanda me rodeó el cuello con sus brazos, me miró en los ojos y sacudió la cabeza.
—Tengo miedo de no poderlo hacer; pero lo ensayaré por ti, bien mío, a quien amo como nunca amé a ninguno.

De repente, ha cogido hoy su chal y su sombrero y he tenido que acompañarla al bazar. Allí hizo que la enseñaran látigos, látigos largos de mango corto, propios para perros.
—Estos serán buenos —dijo el vendedor.
—No, son demasiado pequeños —contestó Wanda, mirándome de reojo—. Los quiero mayores.
—¿Para algún dogo, quizá?
—Sí, como los que usaban en Rusia para los esclavos rebeldes.
Eligió, al cabo, uno; tenía un aire inquietante que me sorprendió.
—Ahora adiós, Severino. Tengo que hacer otras compras y no necesito que usted me acompañe.
Me despedí y di un paseo. Al volver vi a Wanda salir de una peletería. Me llamó.
—Reflexiónelo usted bien —comenzó a decirme de buen humor—. Nunca le he ocultado a usted que su seriedad y su aire soñador me cautivaran. Me encanta ver un hombre sincero entregarse enteramente a mí, extasiarse francamente a mis pies; pero, ¿durará este encanto? La mujer ama al hombre, pero al esclavo le pisa y le maltrata.
—Recházame entonces con el pie, si te has cansado de mí. Quiero ser tu esclavo.
—Voy viendo que hay instintos peligrosos dormidos en mí —añadió Wanda al cabo de un rato— y que los despiertas, no ciertamente en tu provecho. ¿Qué dirías tú, tan hábil en pintar las sensaciones del goce, la crueldad con el orgullo, si ensayara todo eso en ti, como Dionisio, que hizo abrasar al inventor del buey de bronce en su mismo invento para ver si sus lamentos, sus quejidos de muerte, se parecían de veras al mugido del buey? ¿No podría ser yo un Dionisio hembra?
—Sea así, y mi sueño quedará realizado. Te pertenezco en bien y en mal; elige tú misma. La fatalidad me empuja, está en mi corazón, ¡diabólica omnipotente!
«Amado mío: No te veré hoy ni mañana, sino hasta pasado mañana, y ya como mi esclavo. Tu dueña,
Wanda.»
Las palabras «como mi esclavo» estaban subrayadas. Leí una vez más el billete, recibí de buen humor la nueva mañana, y disponiendo que me ensillaran un asno, un verdadero burro sabio, me fui a la montaña a ahogar mi dolor, a engañar mis ardientes deseos en la grandiosa naturaleza de los Cárpatos.
Heme aquí de vuelta, fatigado, hambriento, muñéndome de sed, y sobre todo, de amor. Me visto a escape y llamo poco después a su puerta.
—¡Adelante!
Entro. Ella está en medio de la habitación, cruzados los brazos sobre el pecho, las cejas fruncidas, vestida con un traje de seda de un blanco desvanecedor, como el día, y con una kazabaika de seda escarlata, guarnecida de rico y soberbio armiño. Sobre sus cabellos empolvados, como de nieve, descansa una diadema de diamantes.
—¡Wanda! —avancé hacia ella en ademán de abrazarla. Ella retrocede un paso, midiéndome con la vista de arriba a abajo.
—¡Esclavo!
—¡Mi dueña! —me arrodillé y besé la orla de su vestido.
—Está bien.
—¡Cuan bella eres!
—¿Te gusto? —se aproximó al espejo y se contempló con altanera satisfacción.
—¡Voy a volverme loco!
Hizo un gesto de desdén y me contempló burlona a través de sus párpados entornados. —Dame el látigo. Miré a mi alrededor.
—¡No, continúa de rodillas! —fue a la chimenea, tomó el látigo, y mirándome mientras reía, le hizo silbar en el aire. Después se levantó muy despacio las mangas de la kazabaika. Yo murmuraba:
—¡Admirable mujer!
—¡Cállate, esclavo! —su mirada adquirió un aire sombrío, hasta salvaje, y me descargó un latigazo. Casi instantáneamente pasó con mucha delicadeza su brazo alrededor de mi cuello y se inclinó compasiva hacia mí.
—¿Te he hecho daño? —me preguntó entre confusa y llena de angustia.
—No —contesté—, y si le hicieras, los dolores serían un placer para mí. Castígame otra vez, si gustas.
—Pero si no me causa ningún placer...
La extraña embriaguez se apoderó de mí.
—¡Castígame —repliqué—, castígame, sin piedad!
Wanda blandió el látigo y me flageló dos veces.
—¿Es bastante?
—No.
—¿De veras, no?
—Flagélame, te lo ruego; es un placer para mí.
—Sí, porque sabes que no va de veras, que mi corazón no quiere hacerte mal. Este juego bárbaro me repugna; si yo fuera en realidad la mujer que azota a sus esclavos, te espantarías.
—No, Wanda, te amo más que a mí mismo; me he entregado a ti en vida y en muerte y puedes hacer seriamente contra mí lo que te sugiera tu orgullo.
—¡Severino!
—Pisotéame —y me tendí ante ella, cara al suelo.
—¡Aborrezco las comedias! —exclamó Wanda impaciente.
—Maltrátame, pues. Hubo una pausa inquietante. —Severino, ¡te lo digo por última vez! —Si me amas, sé cruel para mí —imploré con los ojos levantados hacia ella.
—¿Si te amo? ¡Estamos buenos! Retrocedió, mirándome con aire sombrío. Sé, pues, mi esclavo, y aprende lo que es haberse entregado a una mujer. En el acto me dio un puntapié.
—¿Qué tal, esclavo? Después blandió el látigo.
—¡Levántate!
Quise levantarme.
—¡Así no! ¡De rodillas!
Obedecí y comenzó a darme latigazos.
Los golpes llovían, vigorosos, sobre mi espalda y brazos, cortando mis carnes, en que dejaban una sensación de quemadura; pero el sufrimiento me transportaba porque provenía de ella, de la adorada, de aquella por quien estaba dispuesto en todo momento a entregar mi vida.
Por fin se detuvo.
—Principia a gustarme este juego, pero ya es bastante hoy; sólo que tengo la diabólica curiosidad de saber hasta dónde llega tu resistencia, la voluptuosidad cruel de sentirte temblar bajo mi látigo, de ver cómo te doblas, y de oír, por fin, tus gemidos, tus ayes y gritos de dolor, hasta que pidas gracia y yo continúe hiriéndote aún sin piedad hasta que caigas sin conocimiento. Has despertado en mí instintos peligrosos. Ahora, levántate.
Me apoderé de su mano para llevármela a los labios.
—¡Qué audacia! —y me alejó con el pie—. ¡Fuera de mi vista, esclavo!
Después de una noche de fiebre pasada en sueños confusos, desperté. Amanecía. ¿Qué hay de cierto en lo que flota en mis recuerdos? ¿Lo he experimentado o lo he soñado? Es cierto que me han flagelado; cuento, uno por uno, los golpes; puedo contar las huellas amoratadas y ardientes que surcan mi cuerpo. ¡Es ella quien me flageló! Sí, lo sé ya todo. Mi sueño ha tomado cuerpo. ¿Qué diré ahora? La realidad, ¿me ha desengañado de mi sueño? No. Sólo me encuentro algo fatigado; pero su crueldad me llena de alegría. ¡Oh, cómo la amo, cómo la adoro! ¡Ah! ¡Todo eso no expresa en manera alguna lo que siento por ella, hasta qué punto a ella me he entregado! ¡Qué delicia, estar en esclavitud!
Me llama desde el balcón. Subo apresuradamente la escalera. Ella está en la meseta y me tiende amistosa la mano.
—Estoy avergonzada —dice mientras la abrazo, abatiendo la cabeza sobre mi hombro.
—¿Por qué?
—Olvide usted la odiosa escena de ayer —dice con voz temblorosa—. Me presté a su loca manía. Seamos ahora razonables y felices; amémonos, y dentro de un año seré su mujer.
—Mi dueña, querrá usted decir, y yo su esclavo.
—Nada de esclavitud, de crueldad ni de látigo —interrumpió Wanda—. No le concedo a usted más que la chaqueta de pieles. Venga usted y ayúdeme a ponérmela.
El relojito de bronce sobre el cual duerme un amorcillo junto a su flecha, da la media noche.
Me levanto para salir.
Wanda no dice nada, pero me abraza y me atrae de nuevo al sofá, donde sigue abrazándome, en un lenguaje mudo, profundamente comprensible y convincente, que sin duda decía más que lo que yo osaba comprender. Tan lánguido abandono se reflejaba en toda la persona de Wanda, tal voluptuosa ternura salía de sus ojos entornados, de la onda roja de su cabellera brillante bajo la blancura de los polvos, de la seda blanca y roja que crujía a su alrededor a cada uno de sus movimientos, del armiño de la kazabaika en que se envolvía negligente.
—Te lo ruego —balbuceaba yo—. Pero vas a ser mala.
—Haz de mí lo que quieras —murmuraba ella—. Te pertenezco de veras.
—Pasa ahora sobre mí, te lo ruego, si no quieres trastornarme.
—¿No te lo he prohibido? Eres incorregible.
—¡Ay! Estoy terriblemente enamorado —caí de rodillas y hundí mi rostro ardiente en su pecho.
—Creo, en verdad —repuso Wanda reflexionando—, que toda tu demencia es una sensualidad insaciable. Nuestra monstruosidad hace brotar en nosotros este estado morboso. Si fueras menos virtuoso, te hubieras hecho más razonable.
—Hazme, pues, inteligente —murmuré yo. Mis manos se hundían entre su pelo y entre su brillante piel que, como un claro de luna, inundaba todos mis sentidos y subía y descendía sobre su seno palpitante.
La abracé; no, ella me abrazó a mí, con tal frenesí, con tan poca piedad, que parecía quererme comer a besos. Yo estaba como delirante; parecía haber perdido la razón y no tenía alientos. Quise desprenderme.
—¿Qué te pasa?
—Sufro atrozmente.
—¿Sufres? —y se echó a reír a carcajadas.
—¡Tú puedes reír! — gemí yo—. Luego no dudas. Otra, vez fue sincera. Tomó mi cabeza entré sus manos, y con un esfuerzo violento me atrajo hacia su seno.
—¡Wanda! —balbuceé.
—¡Muy bien! ¿De manera que te gusta sufrir? —volvió a reír—. ¡Espera, que pronto te haré razonable!
—¡No! No quiero pedir nada. Si quieres pertenecerme por siempre o sólo por un delicioso momento, yo quiero gozar mi felicidad. Sé ahora mía; prefiero perderte a no poseerte jamás.
—Ahora eres razonable —dijo, oprimiéndome con sus labios asesinos.
Yo desgarré de una vez pieles y encajes; su garganta desnuda palpitó contra la mía.
Perdí el conocimiento.
Cuando volví en mí, la sangre destilaba de mi mano. Pregunté a Wanda flemáticamente:
—¿Me has arañado?
—No; creo que te he mordido.

Es curioso observar cómo varían las relaciones de la vida cuando se interpone un extraño.
Hemos pasado juntos días encantadores, visitando la montaña, el lago, leyendo, terminando yo su retrato. ¡Cuánto nos hemos amado y qué sonriente estaba su encantador rostro!
Pero ahora sobreviene una amiga, una mujer divorciada, de alguna mayor edad, más experimentada y menos escrupulosa que Wanda, y ya su influencia se deja sentir en la dirección que le imprime.
Wanda frunce las cejas y me da pruebas de cierta impaciencia.
¿No me ama ya?

Esta sujeción, insoportable dura hace quince días. La amiga vive con ella y nunca nos vemos solos. Un círculo de señores rodea a ambas damas. Con mi gravedad, con mi humor sombrío, desempeño un mal papel de amante. Wanda me trata como a un extraño.
Hoy se ha quedado atrás conmigo, en paseo. Veo que lo ha hecho de propósito y a gusto. ¿Pero qué es lo que me dice?

—Mi amiga no comprende que pueda quererle a usted, pues no le parece usted guapo ni interesante. Además, siempre me está hablando de la brillante y frívola existencia de la ciudad, de las pretensiones que puedo hacer velar, de los aristocráticos adoradores que cautivaría. Pero hay una cosa que impide todo eso, y es que le amo aún.
Pierdo por un momento la respiración. Luego dije:
—¡Wanda! Dios es testigo de que no quiero servir de obstáculo a su dicha. No se cuide usted de mí.
Me quito el sombrero y la dejo marchar adelante.
Ella me contempla asombrada, pero no responde una palabra.
A la vuelta me encuentro por casualidad con ella. Ella me coge la mano a hurtadillas y me lanza una mirada tan cálida, tan llena de promesas de felicidad, que olvido todos los sufrimientos del día. Se cicatrizan todas las llagas.
—Mi amiga se queja de ti —me dice hoy Wanda.
—Ha advertido, sin duda, mi antipatía.
—¿Por qué te es antipática, loco? —me dice Wanda cogiéndome de las orejas.
—Porque es hipócrita. Yo no estimo más que a las mujeres virtuosas y a las que van al placer francamente.
—Lo mismo me pasa a mí; pero ya ves tú, niño; la mujer no puede ser así más que raras veces. No puede ser ni tan puramente sensual ni tan independiente de genio como el hombre. Su amor es siempre una sensación exterior y una atracción del espíritu; un estado mixto. Su corazón desea encadenar al hombre de una manera durable, siendo así que ella está sometida a variación. De aquí procede, y casi siempre contra su voluntad, la falta de armonía, la mentira, la traición, que pervierten su carácter.
—Verdad es; el carácter transcendental que la mujer quiere imprimir al amor, la conduce a la traición.
—Pero es que el mundo lo quiere así. Mira a esa mujer; tiene en Lemberg a su marido y a su amante, y aquí ha encontrado un nuevo adorador. A todos les engaña y todos la estiman, aunque el mundo la desprecie.
—Por lo que a mí me toca, debería dejarte seguir ese juego; pero te trata como una mercancía.
—¿Por qué? —interrumpió vivamente la hermosa— . Esa mujer tiene eL instinto, el propósito de aprovechar sus encantos, y no es poco entregarse sin amor, sin placer. Así conserva su sangre fría al par que su belleza, y puede obtener todas las ventajas.
—¡Wanda! ¿Eres tú quien dice eso?
—¿Por qué no? Fíjate bien en lo que voy a decirte. Nunca estés seguro de la mujer a quien ames, porque la naturaleza de la mujer oculta más adversidades que te parece. Las mujeres no son ni tan buenas como dicen sus apologistas, ni tan malas como las pintan sus detractores. La naturaleza de la mujer es la volubilidad. La mejor cae momentáneamente en el fango, la peor se alza cuando menos se piensa hasta las nubes, hasta las acciones más nobles, y avergüenza a quien la desprecia. Ninguna es tan buena ni tan mala que no sea capaz a cada instante de los pensamientos, sensaciones y acciones más diabólicas o divinos, más infames o delicados. A despecho de todos los progresos de la civilización, la mujer está hoy tan atrasada como si saliera de manos de la naturaleza; tiene el temperamento de la fiera que, después de la impulsión que la domina, se muestra pérfida o fiel, cruel o generosa. Una educación austera y celosa es lo único que en todo tiempo forma el carácter moral. Por esta razón, aun siendo malévolo y egoísta, el hombre acepta siempre los principios, mientras que la mujer sigue siempre sus impulsos. No lo olvides nunca: no confíes jamás en la mujer amada.

La amiga ha salido. Por fin pasamos una noche juntos. Wanda es tan buena, tan cordial, tan graciosa, que parece haberme reservado para esta noche todo el amor de que me viene privando.
¡Qué delicia suspenderme de sus labios, morir entre sus brazos, hundir mi mirada ebria en la suya, mientras, desfallecida de placer, enteramente entregada a mí, descansa sobre mi pecho!
No puedo creer ni concebir que sea mía, toda mía.
—Desde ese punto de vista tiene razón también —principió a decir Wanda, sin menearse, sin abrir los ojos, como si durmiera.
—¿Quién?
Calló.
—¿Tu amiga?
Wanda inclinó la cabeza.
—Sí, tiene razón. No eres un hombre, eres un soñador seductor, y como esclavo, inestimable; pero para marido no se puede pensar en ti. Me asusté.
—¿Qué tienes? ¿Tiemblas?
—Tiemblo de pensar con qué facilidad puedo perderte.
—Pero ¿eres por eso ahora menos feliz? ¿Te roba algo de tu alegría que yo haya pertenecido antes a otro y que otro me posea después de ti? ¿Será menor tu placer porque otro haya sido feliz como tú?
—¡Wanda!
—¿Ves? Eso sería un remedio; Tú no quieres perderme nunca; tú me eres grato, y me dices con mucha moralidad que quisieras vivir siempre junto conmigo, cuando a tu lado yo...
—¡Qué ideas! Principio a sentir una especie de aversión hacia ti.
—¿Me amas menos por eso?
—¡Al contrario!
Wanda se levantó sobre el brazo izquierdo.
—Yo creo —dijo— que para subyugar por completo a un hombre, hay que serle infiel ante todo. ¿Qué mujer honrada es tan adorada como una hetaira?
—Es verdad; la infidelidad de la amada posee un encanto doloroso, es la más alta voluptuosidad.
—¿Para ti también?
—También para mí.
—¿Y si te diera ese placer? —añadió irónicamente.
—Sufriría mucho, pero te adoraría más; pero si te atrevieras alguna vez a engañarme, debes tener la grandeza diabólica de decirme: yo te amaré siempre, pero quiero hacer dichoso a quien me plazca.
Wanda movió la cabeza.
—El engaño me repugna, soy leal; pero ¡quién no sucumbe bajo el peso de la verdad! Si te dijera que constituye mi ideal la pura vida sensual, el paganismo, ¿tendrías fuerza para soportarlo?
—Seguramente. Quiero soportarlo todo de ti; lo que no quiero es perderte. ¡Cuan de veras siento que te pertenezco!
—¡Pero... Severino!
—Así es, en efecto, y precisamente por ello...
—¿Podrías? —sonrió maliciosa—. ¿Lo he adivinado?
—¡Ser tu esclavo! ¡Tu propiedad absoluta, sin voluntad, con la cual hagas lo que quieras, sin reprochártelo! Mientras que tú saboreas ampliamente la vida; mientras sumergida en un lujo suntuoso gustas en el puro placer el amor del Olimpo, yo podría servirte, calzarte y descalzarte.
—No está mal eso, porque tan sólo como esclavo podrías soportar que yo amase a otro. Además, la libertad de placeres, a la manera del mundo antiguo, no puede concebirse sin esclavitud. ¡Ha de ser una sensación casi divina ver ante sí hombres arrodillados, temblando! Quiero tener esclavos. ¿Oyes, Severino?
—¿Acaso no lo soy yo?
—Escúchame —dijo Wanda exaltada, estrechándome la mano—. Quiero ser tuya mientras te ame.
—¿Un mes?
—Quizá dos.
—¿Y luego?
—Luego serás mi esclavo.
—¿Y tú?
—¿Yo? ¿Qué más quieres? Yo soy una diosa que, a veces, desciende ligera, muy ligera, casi furtivamente, de su Olimpo hacia ti. ¿Pero qué dignifica todo esto? —dijo Wanda, apoyando su cabeza entre sus manos, la mirada perdida en el vacío, ante un sueño dorado que no se realizaría jamás. Se había extendido por su ser una melancolía latente, inquietante. Nunca la había visto así.
—¿Y por qué no ha de realizarse?
—Porque la esclavitud no existe entre nosotros.
—Vamos, pues, donde la haya; a Oriente, a Turquía.
—¿De veras quieres, Severino?
Sus ojos ardían.
—Sinceramente quiero ser tu esclavo; quiero que tu poder sobre mí esté consagrado por la ley, que mi vida esté entre tus manos, que nada me proteja o me defienda contra ti. ¡Qué placer cuando sepa que dependo de tu capricho, de tu gesto, de tus gustos! ¡Qué delicia, si eres tan graciosa que permitas alguna vez al esclavo besar los labios de que depende su decreto de vida o de muerte!
Me arrojé a sus pies y apoyé mi frente ardiente sobre sus rodillas.
—Tienes fiebre, Severino —dijo Wanda excitada—. ¡Me amas de veras, con un amor infinito? —me estrechó sobre su pecho y me llenó de besos—. ¿Lo quieres? —añadió vacilante.
—Aquí, ante Dios y sobre mi honor, seré tu esclavo, te lo juro, cuando quieras, cuando mandes —exclamé casi fuera de mí.
—¿Y si te cojo la palabra?
—Hazlo.
—Es un encanto sin igual saber que un hombre que me adora, que me ama con toda su alma, se da completamente a mí para depender de mi voluntad, de mi capricho; para ser mi esclavo, mientras yo... —y me miró con un aire singular—. Si voy haciéndome demasiado frívola, tuya será la culpa. Hasta creo que tienes ya miedo de mí; pero yo tengo tu juramento.
—Le cumpliré.
—Déjame esta noche. Ahora pongo a Dios por testigo de que no ha de quedar en sueño. Tú eres mi esclavo, y yo seré la Venus de las pieles.
Creía conocer y comprender a fondo a esta mujer, y ahora veo que tendré que comenzar mi estudio. ¡Con qué repugnancia no acogía antes mis quimeras, y con qué celo no persigue hoy su realización!
Está en posesión de un contrato, según el cual me comprometo, mediante palabra de honor y juramento, a ser su esclavo en tanto que le plazca. Con el brazo alrededor de mi cuello, me ha leído este documento inaudito, increíble. A cada cláusula, servía de punto un beso.
—Pero el contrato sólo estipula deberes para mí —le he dicho impaciente.
—Es natural —respondió con toda seriedad—.Tú eres mi amante y yo estoy ligada a ti por estos deberes. Tendrás que considerar mis favores como una gracia: no tienes más derecho ni otra ventaja en este papel. Mi poder sobre ti no ha de tener límites. Piensa que no vas a ser más que un perro, una cosa inerte, juguete que puedo romper cuando me divierta. Tú eres nada y yo soy todo. ¿Comprendes?
Se echó a reír, me abrazó y sentí que me invadía un estremecimiento.
—¿Me permitirás otras estipulaciones?
—¿Estipulaciones? —frunció las cejas—. ¡Ah, ya! Es que tienes miedo o que te arrepientes; pero ya es tarde: tengo tu juramento, tu palabra de honor. Sin embargo, te escucho.
—La primera cláusula que quisiera poner en el contrato es que nunca te separarás completamente de mí, que nunca me abandonarás a la barbarie de cualquiera de tus adoradores.
—Pero Severino —dijo Wanda, con voz trémula y lágrimas en los ojos—, ¿puedes creer que me porte así con el hombre que me ama tanto, que se entrega completamente en mis manos...? —se detuvo.
—¡No, no! —exclamé cubriendo de besos su mano—; no temo que puedas quererme deshonrar. Perdona tan odioso pensamiento.
Wanda rió deliciosamente, juntó su mejilla con la mía y pareció soñar.
—Todavía has olvidado algo —añadió con malicia—. Lo más importante...
—¿Alguna cláusula?
—Sí; que tengo que mostrarme siempre ante ti vestida de pieles. Pero te prometo que las llevaré, porque me inspiran sentimientos despóticos y quiero ser cruel contigo. ¿Comprendes?
—¿Tengo que firmar el contrato? —Todavía no; quiero poner al pie esa cláusula tuya y añadir fecha y lugar.
—En Constantinopla.
—No. Lo he pensado bien. ¿De qué me serviría tener un esclavo donde todos le tienen? Quiero ser la única que aquí en nuestro mundo civilizado, prosaico, burgués, le posea, y un esclavo que no me han dado la ley ni mi derecho, esto es, mi potencia brutal, sino tan sólo el poder de mi belleza. Esto es atractivo. De todos modos, nos iremos a un país donde no nos conozcan y donde puedas pasar sin escrúpulos como mi criado. Quizá a Italia, a Roma o a Nápoles.

Estamos sentados en su sofá. Ella vestida con su chaqueta de armiño, con el pelo caído sobre la espalda, a la manera de una crin de león, y pegada a mis labios, bebiéndome el alma. La cabeza me daba vueltas, la sangre comenzaba a entrar en ebullición, mi corazón latía contra el suyo.
—Quiero estar enteramente en tus manos, Wanda —prorrumpí en un transporte de embriaguez que me hacía casi incapaz de pensar ni de tomar una decisión con libertad—, sin ninguna condición, sin restricción alguna; quiero entregarme a tu clemencia o a los signos de tu voluntad —al hablar así, me dejé caer a sus pies y loco de pasión, alcé los ojos hasta ella.
—¡Cuan hermoso estás así! Tus ojos medio extinguidos me encantan, tu mirada agonizante sería asombrosa si te flagelasen hasta la muerte. Tienes la mirada de un mártir.

A veces tengo miedo de entregarme tan completamente, tan incondicionalmente a una mujer. ¿Y si abusa de mi pasión, de su poder?
Voy viendo ahora que lo que ocupa mi imaginación desde la infancia, me llena siempre de un dulce horror.
¡Loca inquietud! Es un juego malicioso lo que está haciendo conmigo. Seguramente me ama, es buena, noble, incapaz de infidelidad; pero todo depende de ella; ella puede, si quiere...
¡Qué encanto en esta duda, en este temor!

Ahora comprendo a Manon Lescaut y al pobre caballero que la adoraba como querida de otro, incluso en la picota.
El amor no conoce virtud ni mérito; ama, perdona y lo sufre todo, porque debe; nuestro juicio nada nos sirve para el amor; ni preferencias, ni defectos que descubrimos, provocan nuestra abnegación ni nos hacen retroceder asustados.
Es una dulce, melancólica, misteriosa fuerza que nos impulsa; y dejando de pensar, de sentir y de querer, nos dejamos impulsar por ella, sin preguntar dónde nos lleva.

Por primera vez hemos visto hoy en paseo un príncipe ruso que, gracias a su atlética presencia, a su hermosa fisonomía, al lujo de su persona, causaba una sensación general. Las damas principales le miraban con asombro, como una bestia feroz; pero él marchaba con aire sombrío a través de las avenidas, sin fijarse en nadie. Dos servidores le seguían: un negro enteramente vestido de rojo y un tcherkés armado de pies a cabeza. De repente vio a Wanda, detuvo en ella su mirada escrutadora, volvió la cabeza cuando pasó, y se detuvo contemplándola.
Ella le devoró con sus vivísimos ojos verdes, mostrándose dispuesta a aceptarlo todo de él.
La coquetería refinada con que le miraba me estrangulaba literalmente. Al acercarnos a casa, se lo hice observar. Ella frunció la frente.
—¿Qué quieres? El príncipe podría gustarme; me desvanece un poco, y yo soy libre y puedo hacer lo que quiera.
—¿Luego no me amas ya? —balbuceé asustado.
—Sólo te amo a ti; pero quiero que el príncipe me haga la corte.
—¡Wanda!
—¿No eres mi esclavo? —preguntó con la mayor tranquilidad—. ¿No soy yo Venus, la cruel Venus de las pieles del Norte?
Me callé, sintiéndome destrozado por sus palabras, en tanto que su mirada fría entraba como un puñal en mi corazón.
—Vas a ir en seguida a informarte del nombre, señas y demás noticias del príncipe. ¿Oyes?
—Pero...
—¡Nada de objeciones! ¡Obedece! –exclamó Wanda con una dureza de que la hubiera creído incapaz—. No te presentes ante mí sin que puedas responder a todas mis preguntas.

Al medio día siguiente pude llevar a Wanda las noticias. Me dejó permanecer en pie ante ella, como un criado, mientras recostada en una butaca me escuchaba riendo. Hizo una señal con la cabeza y pareció satisfecha.
—¡Tráeme el taburete! —ordenó.
Obedecí, y cuando hube instalado y arreglado sus pies, me puse a sus rodillas.
—¿Cómo terminará esto? —pregunté con tristeza, después de una breve pausa.
Ella rió perversamente.
—Pero si no ha comenzado aún.
—Tienes tan poco corazón como pensaba —repliqué, ofendido.
—Severino —dijo con la mayor serenidad—, no he hecho nada aún, ni lo más pequeño, y ya me llamas sin corazón. ¿Qué sería si hiciese tus caprichos; si tuviese un círculo de adoradores a mi alrededor; si, para ser tu ideal, te diese de puntapiés y latigazos?
—Es que tomas mis caprichos muy en serio.
—¿Muy en serio? Una vez que principie, no será para bromas; pero sabes cuánto aborrezco esos juegos, esas comedias. Tú lo has querido así. ¿Fue ése mi ideal o el tuyo? ¿Te he arrastrado yo o has sido tú el que exaltó mi imaginación? Ahora es cuando va a ser serio.
—Wanda —le dije cariñosamente—, escúchame tranquila. Nos amamos de veras, somos felices. ¿Quieres sacrificar nuestro porvenir al capricho?
—¡No hay ningún capricho!
—¿Qué es, entonces? —pregunté aterrado. —Ese instinto ha entrado en mí —dijo con la mayor tranquilidad, como reflexionando—. Quizá no hubiera alumbrado nunca; pero le despertaste tú, tú le desarrollaste, alcanza ahora una fuerza irresistible que llena todo mi ser, que me causa un goce extremo, todo lo que puedo desear, y ¿ahora quieres tú que retroceda? ¿Eres un hombre?
—¡Mi querida Wanda!
Y comencé a abrazarla, a acariciarla.
—¡Déjame, no eres un hombre!
—¿Y tú qué eres?
—Muy terca, lo sabes. No soy fuerte en quimeras, ni débil en ejecución como tú; cuando emprendo algo, lo termino, tanto mejor si encuentro resistencia. ¡Déjame!
Me rechaza de sí y se aleja.
—¡Wanda!
Me levanté y fijé, ante ella, mis ojos en los suyos.
—Ya me conoces, y te lo he advertido una vez. Todavía puedes elegir. Yo no te obligo a que seas mi esclavo.
—¡Wanda! —repliqué, conmovido, saltándoseme las lágrimas de los ojos—. ¡No sabes tú cuánto te amo!
Ella movió desdeñosamente los labios. —Estás abusando y haciéndote más odiosa que eres; tu carácter es bueno, noble.
—¿Qué sabes tú de eso? —interrumpió, impetuosa—. Nunca aprenderás a conocerme.
—¡Wanda!
—Decide. ¿Quieres someterte sin reservas?
—¿Y si digo que no?...
—Entonces...
Se adelanta hacia mí, fría y odiosa. Con los brazos cruzados sobre el pecho, con su mala sonrisa en los labios, me parece la déspota de mis sueños. Sus facciones han tomado una expresión de dureza, y su mirada no anuncia nada bueno.
—Está bien —dice, por último.
—Eres mala; quisieras darme de latigazos.
—¡Oh, no! Quiero dejarte ir. Eres libre. No te retengo.
—¡Wanda, yo que te amo tanto!...
—Sí, usted que me adora —añadió con desdén—. Usted, un cobarde, un embustero, un traidor a su palabra. ¡Déjeme usted al instante!
—¡Wanda!
—¡Vil criatura!
La sangre me llenó el corazón y rompí a llorar, cayendo a sus plantas.
—¡Lágrimas aún! —y se echó a reír, ¡oh!, con aquella risa espantosa—. ¡Váyase usted, no quiero verle más!
—¡Dios mío! —exclamé fuera de mí —. Haré todo lo que me mandes: seré tu esclavo, tu juguete; pero no me alejes de ti... Voy al abismo; pero no puedo vivir sin ti.
Abracé sus rodillas y cubrí de besos sus manos.
—Sí, debes ser un esclavo, sentir el látigo, porque no eres un hombre —dijo tranquila, sin cólera, sin rapto, de propósito, para dañarme más—. Ahora te conozco; conozco tu naturaleza de perro, que lame a quien le pega y le maltrata siempre. Te conozco ya; pero tú también aprenderás a conocerme.
Se puso a pasear mientras yo quedaba de rodillas, aniquilado, baja la cabeza, inundado en lágrimas.
—Ven conmigo —ordenó Wanda, tendida en el sofá.
Me senté a su lado. Ella me miró con aire sombrío; después, de repente, sus ojos se iluminaron; me atrajo, sonriente, a su pecho y me abrazó, con lágrimas en la mirada.

Lo cómico de mi situación es que soy como el oso del parque Lili. Puedo huir y no quiero, y todo lo soporto cuando ella me amenaza con la libertad.
¡Si volviese a tomar el látigo en las manos! La amabilidad con que ahora me trata es inquietante. Parece que soy un ratoncito, con el que juega coquetamente una hermosa gata, dispuesta a devorarme a cada instante. Mi corazón de ratoncito amenaza estallar.
¿Qué es lo que prepara? ¿Qué va a hacer conmigo.

Parece haber olvidado por completo el contrato de esclavitud. ¿Fue aquello un capricho que abandonó al momento para que no pudiese oponerle ninguna resistencia, para que me abandonara a su soberana fantasía?
¡Qué buena es todavía para mí! ¡Cuan afectuosa y enamorada! Estamos pasando días deliciosos.

Hoy me ha hecho leer la escena de Fausto y Mefistófeles, cuando éste aparece como un estudiante vagabundo. Su mirada se detiene sobre mí, llena de satisfacción.
—No comprendo —dice al acabar la lectura— cómo un hombre pueda expresar grandes y bellos pensamientos de una manera tan maravillosamente clara, tan permanente, y a pesar de ello, ser un excéntrico, un Schlemihl ultrasensualista.
—¿Estás contenta? — le dije oprimiendo su mano.
Me acarició la frente amistosamente.
—Te amo, Severino —murmuró—, y creo que nunca podré amar más a nadie. ¿Quieres que seamos razonables?
Sin responder, la tomé en mis brazos. Una profunda melancólica alegría interior llenaba mi corazón; mis ojos se humedecieron y una lágrima cayó sobre mi mano.
—¿Por qué lloras? Eres un niño.

Paseando en coche, hemos encontrado al príncipe ruso, en coche también. Se le notó que le sorprendía de veras verme a mí al lado de Wanda, y parecía quererme atravesar con sus ojos grises eléctricos; pero ella —¡me hubiera echado a sus rodillas besándoles los pies!— pareció no darse cuenta, dejando resbalar su mirada indiferente sobre él, como si fuera un árbol o un objeto inerte. Después se volvió hacia mí, con una carcajada encantadora.
Al darle hoy las buenas noches, me ha parecido de repente distraída, aburrida, sin razón. ¿Qué estará conjurando?
—Me disgusta que te vayas —dijo cuando ya estaba en el umbral.
—Sólo de ti depende reducir el tiempo de prueba que me atormenta —dije gimiendo.
—Parece que no notas que también para mí es un tormento.
—Entonces, ponle término —dije, rodeándola con los brazos—. Sé mi mujer.
—Nunca, Severino —contestó con dulzura llena de firmeza.
—¿Qué hay, pues? —pregunté aterrorizado hasta lo más profundo de mi alma.
—No eres tú el hombre que me conviene.
La miré, retiré dulcemente mi brazo que aún reposaba sobre su talle, y abandoné la habitación. No volvió a llamarme.

Noche de insomnio. He tomado mil resoluciones y las he abandonado todas. Por la mañana he escrito una carta de rompimiento. Al cerrarla me temblaba la mano, sintiendo como una quemazón en los dedos.
Mis piernas parecían quebrarse cuando subí la escalinata para entregar la carta.
La puerta se abrió y Wanda asomó la cabeza, dispuesta para rizarse el pelo.
—No me he rizado aún el pelo —dijo riendo—, ¿Qué te ocurre?
—Una carta.
—¿Para mí?
Asentí con la cabeza.
—¡Ah! ¿Quieres romper conmigo? —preguntó en tono burlón.
—¿No dijiste ayer que no era yo tu hombre?
—Y lo repito.
Me eché a temblar, tendí la carta, la voz me faltó.
—Toma.
—Guárdala. Has olvidado, por lo visto, que no se trata aquí de saber si eres o no el hombre que me conviene y que bastas para esclavo.
—¡Mi dueña! —exclamé encantado.
—Sí, así deberás llamarme en lo sucesivo —dijo Wanda con un gesto de desdén indecible—. Arregla los asuntos en el término de veinticuatro horas, porque pasado mañana salgo para Italia y te llevaré conmigo como criado.
—¡Wanda!
—Quedan prohibidas esas familiaridades —me dijo, acentuando la palabra de un modo incisivo—, como asimismo que entres en mi habitación sin que te llame y que me hables sin que te invite. Desde hoy no te llamarás Severino, sino Gregorio.
Me estremecí de indignación —no puedo negarlo—, pero también de placer y de una emoción insuperable.
—Pero, señora, usted conoce bien mi situación; yo dependo todavía de mi padre, y dudo que disponga en mi favor de una cantidad tan crecida como la que supone el viaje.
—¿Quiere decir que no tienes dinero? —preguntó Wanda encantada—. ¡Tanto mejor! Así dependerás completamente de mí, como un esclavo.
—Pero usted no considera —intenté objetar— que me es imposible, como caballero...
—Lo que yo sé —interrumpió ella con imperio— es que, como caballero, usted se ha comprometido, bajo juramento, bajo palabra de honor, a seguirme, como esclavo, donde yo quiera, y a obedecerme en todo. ¡Basta ya, Gregorio!
Me volví hacia la puerta.
—Todavía no. Has de besarme antes la mano.
Me la tendió con cierto orgulloso abandono, y yo — ¡asno, dilettante, vil esclavo!— la llevé con afectuoso transporte a mis labios, secos por la fiebre y la excitación.
Hizo una señal con la cabeza.
Me despedía.

Ya era tarde cuando encendí la lámpara y la chimenea, porque aún tenía algunas cartas y papeles que arreglar. El viento de otoño, según costumbre aquí, comenzaba a soplar con violencia.
De repente, ella llamó con el puño del látigo en mi ventana.
Abrí y la encontré vestida con su chaqueta de armiño, cubriéndose la cabeza con una toca de cosaco, alta y redonda, también de armiño, como las que gustaba llevar la gran Catalina.
—¿Estás dispuesto, Gregorio? —preguntó con aire sombrío.
—Todavía no, mi dueña.
—Me agrada la palabra. Llámame siempre así, ¿entiendes? Mañana, a las nueve, dejamos estos lugares. Hasta la ciudad, serás mi acompañante, mi amigo; una vez que hayamos subido al coche, mi siervo, mi criado. Ahora cierra la ventana y abre la puerta.
Luego que hube cumplido sus órdenes, entró y me preguntó, fruncidas las cejas:
—¿Te gusto ahora?
—¿Tú?
—¿Quién te permite llamarme así? —y me dio un latigazo.
—Está usted maravillosamente hermosa, mi dueña.
Wanda rió y se sentó en mi butaca.
—Arrodíllate aquí, cerca de mí.
Obedecí.
—Bésame la mano.
Cogí su manecita fría y la besé.
—La boca ahora.
Eché mis brazos, en un transporte de mi pasión, al cuello de la cruel mujer, y cubrí su rostro, su boca y su busto de besos ardientes, que ella me devolvió con igual fuego, cerradas las pupilas, como en sueños, hasta medianoche.

A las nueve en punto, según había ordenado, todo estaba dispuesto para la partida, y dejábamos la aldeita de los Cárpatos, en que se había tramado el más interesante drama de mi vida, cuyo desenlace no podía presumir siquiera.

Todo va bien ahora. Voy sentado al lado de Wanda, charlando con el mayor afecto y espiritualidad del mundo, como amigos, de Italia, de la nueva novela de Pisemski y de la música de Wagner.
Ella lleva para el viaje una especie de amazona de paño negro y una chaqueta corta de la misma tela guarnecida de piel oscura, que dibuja la finura y esbeltez de sus formas. Además, una sombría pelliza de viaje. El pelo, recogido en nudo antiguo, descansa bajo una pequeña toca de piel negra, de que pende un velillo negro. Está de muy buen humor; me va hartando de bombones, me acaricia, me hace y deshace la corbata, instala sus pieles sobre mis rodillas, me estrecha furtivamente los dedos, y alguna vez, cuando el cochero se distrae, me besa con sus frescos labios, que tienen el perfume de una rosa abierta en otoño entre las hojas ya muertas, salpicada de los diamantes de la escarcha primeriza.

Llegamos a la capital del distrito. Bajamos ante la estación. Con una risa encantadora, Wanda me echa su abrigo al brazo, y se dirige a tomar los billetes.
Al volver, está completamente cambiada.
—Ten tu billete, Gregorio —dice con el tono de voz que las grandes señoras reservan a sus lacayos.
—¡De tercera! —exclamé con un terror cómico.
—Es natural; pero sube en seguida que yo haya tomado mi coche. A cada estación vendrás a recibir órdenes. No faltes. Dame el abrigo.
Luego que, como un esclavo sumiso, la hube ayudado a ponérselo, buscó, seguida de mí, un coche de primera; subió apoyándose en mis hombros, y me hizo envolverla los pies en la piel de oso, sobre el calorífero.
Me hizo una seña y me despidió. Subí a mi coche de tercera, lleno de humo de tabaco, espeso como dicen que está la entrada del infierno con la bruma del Aqueronte, y me puse a meditar sobre el problema de la existencia humana y el mayor de sus enigmas: la mujer.
Cada vez que el tren se detiene, corro a su vagón en espera de órdenes, sombrero en mano. Unas veces quiere café, otras un vaso de agua, una copa, agua tibia para lavarse las manos, mientras se deja hacer la corte por un par de caballeros que van en su departamento. Yo me muero de celos y me apresuro a cumplir las órdenes de mi dueña, sin perder el tren. La noche empieza a caer. No puedo comer ni dormir. Respiro el olor envenenado de la cebolla, de los aldeanos polacos, de los mercaderes judíos, de los soldados, y cuando voy a tomar órdenes, la encuentro tendida en su confortable piel, sobre los almohadones cubiertos de pieles de animales, como una déspota oriental. Los dos hombres, sentados como dioses indios, tiesos contra las paredes, apenas se atreven a respirar.

Nos detenemos en Viena un día para hacer ella unas compras, toda una serie de lujosos vestidos. Voy en su coche como criado. De tienda en tienda marcho detrás de Wanda, a diez pasos de distancia, sin que me honre con una sola mirada amistosa, recibiendo paquetes y dejándome ir cargado, sin alientos, como un mulo.
Antes de marcharnos ha cogido toda mi ropa, la ha repartido entre los criados del hotel y me ha hecho poner una librea, un traje al uso de Cracovia, de colorines, azul claro con rojo, con una gorrita adornada con plumas de pavo, que no me sienta del todo mal. Llevo sus armas en los botones de plata de mi traje. Me parece estar vendido o que he entregado mi alma al diablo.

Mi hermoso demonio me lleva desde Viena a Florencia. Ahora, en vez de masovianos y de judíos de pelo grasiento, tengo por compañeros contadini de cabello rizado, un brillante sargento del primer regimiento de granaderos italianos y un pobre pintor alemán. El coche ya no huele a cebolla, sino a queso y salchicha.
De nuevo la noche. Me tiendo a descansar, porque tengo los brazos y las piernas rotos. Pero aun en esto hay poesía. Las estrellas brillan en el cielo, el sargento parece un Apolo de Belvedere y el pintor alemán canta una maravillosa romanza de la tierra:
Dondequiera se espesan las tinieblas,
las estrellas se encienden, una tras otra;
¡qué soplo de ardiente deseo
flota a través de la noche!
Mi alma agitada sigue a la tuya
en el Océano de los sueños...
Yo pensé en la hermosa, que tranquila como una reina, reposa en sus blandas pieles.
¡Florencia! Una multitud que se agita gritando, cocheros y comisionistas importunos, Wanda toma un coche y despide a los mozos que se acercan.
—¿Para qué tengo un criado? Gregorio, toma el talón y ve por el equipaje.
Se envuelve en su abrigo y se sienta tranquilamente en el coche, mientras yo voy trayendo los bagajes uno tras otro. Hubo un momento que no pude resistir la carga de la última maleta. Un carabinero de aspecto inteligente se apiadó de mí y me tendió una mano. Ella se echó a reír.
—Debe pesar, porque tiene todas mis pieles.
Subí al pescante, limpiándome el sudor que goteaba de mi frente. Wanda dio la dirección del hotel, y el cochero fustigó el caballo. Poco después llegábamos a una puerta vivamente alumbrada.
—¿Hay habitaciones? —preguntó al conserje.
—Sí señora.
—Dos para mí y una para mi criado. Todas con estufa.
—Hay dos elegantes, con chimenea, ambas para usted —añadió un mozo que había acudido—, y otra, sin fuego, para el criado.
—Enséñemelas.
Le gustaron.
—Está bien, encienda usted el fuego; el criado dormirá sin él.
La miré.
—Sube el equipaje, Gregorio —ordenó sin fijarse en mi mirada—, mientras me arreglo y paso al comedor. Tú también puedes comer algo.
En tanto que Wanda pasa a la habitación, yo subo el baúl y ayudo al mozo a encender el fuego en la alcoba, considerando con sorda envidia la chimenea, el lecho, las alfombras. Después, fatigado y hambriento, subo la escalera y pido de comer. Un simpático mozo, a quien cuesta gran trabajo comprender mi alemán, me lleva al comedor y me sirve. Hacía treinta y seis horas que no comía caliente, cuando de repente entra ella.
Me levanté.
—¿Cómo puede usted conducirme a un comedor donde encuentro a mi criado? —reprocha al mozo con dureza; y roja de cólera, se retira.
Yo doy gracias al cielo por poder continuar comiendo, aunque intranquilo. En seguida subo a mi habitación, donde encuentro mi pobre maleta. Es un cuarto estrecho, sin chimenea, sin ventana, tan sólo con un pequeño respiradero. Arde en él una fétida lamparilla de aceite. A no ser por el frío, me parecería estar en los Plomos de Venecia. A pesar de todo, me echo a reír, pero me da miedo mi propia risa.
De repente se abre la puerta bruscamente, y el mozo, con gesto teatral, propio de un italiano, exclama:
—Baje usted en seguida cerca de la señora.
Tomo mi gorra, tropiezo en un escalón, llego a la puerta y llamo. — ¡Adelante!

Entro y permanezco en pie en la puerta.
Wanda se ha instalado confortablemente. Está sentada, vestida de muselina blanca y de encajes, sobre un diván de terciopelo rojo, los pies sobre un almohadón igual, envuelta en la misma pelliza que llevaba cuando se me apareció como la diosa del amor.
La luz amarilla de los candelabros se refleja en el espejo, y las llamas rojizas de la chimenea juegan majestuosas sobre el terciopelo verde, sobre la sombría cebellina de la capa, sobre la piel blanca y lisa, sobre la cabellera de tonos de fuego de la hermosa mujer, que vuelve hacia mí su cara fría y clara, dejando caer la mirada de sus ojos verdes.
—Estoy contenta de ti, Gregorio.
Me incliné.
—Acércate.
Obedecí.
—Más cerca —bajó los ojos acariciando la cebellina—. Venus de las pieles recibe a su esclavo. Veo que eres más que nunca el excéntrico de siempre; siempre bajo el imperio de tus sueños, y sería la cosa más loca del mundo llevar a cabo tu concepción. Confieso, no obstante, que me agrada, que me impone. Aquí reside tu pureza y sólo ésta es lo que se estima. Llego a creer que en circunstancias extraordinarias, en alguna gran época de la Historia, lo que constituye tu punto débil sería una fuerza asombrosa. Bajo los primeros emperadores, hubieras sido un mártir; en la Reforma, un anabaptista; cuando la Revolución francesa, uno de aquellos girondinos exaltados que subían al cadalso cantando la Marsellesa. Pero como sólo eres mi esclavo, mi...
Desprendiéndose de sus pieles, Wanda me echa los brazos al cuello en un rapto de ternura.
—Mi esclavo querido. Severino, ¡cuánto te amo, cuánto te adoro; qué elegante estás con tu traje de Cracovia! Pero vas a helarte esta noche en tu miserable cuarto sin chimenea. Yo te daré mi piel, corazoncito, la más grande.
La recoge con viveza del suelo, la echa sobre mis espaldas y me envuelve en ella con el mayor cuidado.
—¡Oh, qué bien te sienta la piel! ¡Cómo hace resaltar tus nobles rasgos! Pronto dejarás de ser mi esclavo, llevarás un traje de terciopelo orlado de cebellina, y si no, no me pondré nunca más pieles.
De nuevo comenzó a acariciarme, a abrazarme, a atraerme sin cesar hacia el diván rojo.
—Me parece que te gusta la piel; dámela, dámela en seguida; si no, pierdo el sentimiento de mi dignidad.
Le di la pelliza, y Wanda pasó el brazo derecho en la manga.
—Así es como Tiziano representa a su heroína. Pero basta de bromas. No tengas esa cara, me entristece; sólo eres provisionalmente mi criado para la gente; aún no eres mi esclavo, aún no has firmado el documento; eres libre, puedes dejarme cuando quieras; desempeñas tu papel de manera magistral. Estoy encantada, pero ya es bastante. ¿No te parezco abominable? Habla, te lo mando.
—¿Debo confiártelo, Wanda?
—Sí, debes.
—Es que aunque abuses, estaré siempre enamorado de ti, te honraré, te adoraré cada vez más, siempre fanáticamente. Cuando me maltratas, como antes, me quemas la sangre y embriagas mis sentidos —la estreché sobre mí y me colgué por un momento de sus labios húmedos—. ¡Oh, hermosa! —exclamé contemplándola, y en mi entusiasmo, la despojé de las pieles y cubrí su nuca de besos.
—¿Me amas, pues, cuando soy cruel? Anda, ¡vete! ¡Me incomodas! ¿Lo oyes?
Me dio tal bofetada que me hizo ver las estrellas. La oreja enrojeció.
—Ayúdame a poner la piel, esclavo.
La ayudé lo mejor que pude.
—¡Qué torpeza! — y apenas la tuvo puesta, volvió a pegarme en el rostro. Yo me sentí cambiar de color.
—¿Te he hecho daño? —me preguntó poniendo dulcemente la mano sobre mí.
—No, no.
—Es que no te atreves a quejarte. Ven, dame un beso.
La estreché con mis brazos, pegados sus labios a los míos. Descansando sobre mi pecho en su grande y pesada pelliza, experimenté una emoción extraña de sofocamiento, como si alguna bestia feroz, una osa, me hubiera abrazado y sintiera sus garras penetrar en mis carnes. Pero esta vez la osa me dejó marchar.
Lleno el corazón de risueñas esperanzas, subí a mi miserable cuarto de criado y me arrojé sobre el duro lecho.
La vida es verdaderamente cómica —pensé—. No hace un instante que la mujer más herniosa del mundo, la misma Venus, descansaba sobre mi pecho, y ahora tendré ocasión de estudiar el infierno de los chinos, que en vez de precipitar a los condenados, como nosotros creemos, en las llamas, los suponen lanzados por los demonios hacia los mares de hielo. Indudablemente, los fundadores de esta religión durmieron en habitaciones como ésta.

Esta noche me he despertado sobresaltado, lanzando un grito de espanto. Soñaba que me había extraviado en un mar de hielo y que no podía salir de él. De repente vi un esquimal en un trineo arrastrado por perros. Se parecía al mozo que me había procurado aquella habitación.
—¿Qué busca usted, señor? Estamos en el Polo Norte.
Y desapareció.
Luego pasó Wanda patinando; su traje de seda crujía, y el armiño de su chaqueta y de su toca eran más blancos que la nieve. Se dirigió hacia mí y me abrazó. De pronto sentí que la sangre brotaba de mi cuerpo en ondas apretadas y ardientes.
—¿Qué haces? —pregunté asustado.
Se echó a reír, cuando he aquí que ya no conocí a Wanda. Era una enorme osa blanca que hundía sus garras en mi cuerpo.
Grité desesperado y oía aún su risa diabólica cuando me desperté, y lleno de asombro paseé mis miradas en la habitación.

Bien de mañana me puse a la puerta de Wanda, y cuando apareció el mozo con el café, le tomé de sus manos para servírselo a mi hermosa dueña. Se había arreglado ya y estaba soberbia, fresca y sonrosada. Me sonrió con afecto y me recordó mi tentativa de alejarme de ella.
—Desayúnate pronto, Gregorio, porque vamos a buscar casa. No puedo permanecer en el hotel más que lo indispensable. Estamos muy mal aquí, y si se me ocurre hablar alguna vez contigo, dirán: «La rusa tiene buenas relaciones con su criado; la raza de las Catalinas aún no se ha extinguido.»
Media hora después salimos, Wanda, con su traje de paño, su toca rusa; yo, con mi librea cracovia.
Causamos sensación. Yo marchaba diez pasos detrás de ella, muy serio, pero temiendo a cada instante soltar la carcajada. En todas partes se veían carteles con el letrero Camere ammobiliate. Wanda hacía que yo subiese a verlas, y sólo se decidía a subir cuando yo le aseguraba que tenían buena apariencia. Así es que, a mediodía, estaba tan fatigado como un perro de caza.
No encontramos nada que nos conviniera. Wanda estaba algo contrariada. De repente me dijo:
—Severino, es deliciosa la seriedad con que desempeñas tu papel, y las obligaciones que nos hemos impuesto me excitan por demás. No puedo más; estás apetitoso, es preciso que te dé un beso. Entraremos en cualquier parte.
—¡Pero, señora!
—¡Gregorio!
Subimos al primer piso que encontramos y me abrazó en la escalera, en un transporte afectuoso.
—¡Ay, Severino, qué astuto eres! Como esclavo eres mucho más peligroso que creía; estás irresistible y temo prendarme otra vez de ti.
—¿Pero no me amas ya? —pregunté emocionado.
Wanda movió negativamente la cabeza. Después me abrazó otra vez e imprimió sobre los míos sus labios exquisitos.
Volvimos al hotel. Wanda almorzó y me hizo participar de su comida.
Pero a mí no me sirvieron con tanta diligencia como a ella; así es que apenas había tomado dos pedazos de beefsteak, entró el criado, diciéndome con su aire teatral:
—Le llama la señora.
Me despedí melancólicamente de mi almuerzo, y fatigado y hambriento fui a reunirme con Wanda, que ya estaba en la calle.
—Nunca le creí a usted tan cruel, mi dueña —le dije en tono de reproche—, que después de tantas fatigas no me dejara comer tranquilo.
Ella se echó a reír de todas veras.
—Creí que habías acabado, pero no importa. El hombre, en general, ha nacido para sufrir, y tú particularmente. Los mártires no comían beefsteaks.
La seguí lleno de rencor, conteniendo mi hambre.
—He renunciado a la idea de tomar cuarto amueblado; es molesto estar encerrada en un piso y no poder hacer lo que se quiere; tanto más en las circunstancias tan extrañas y fantásticas en que nos encontramos. Voy a alquilar toda una villa; pero aguarda y quédate asombrado. Te permito que vayas a hartarte y que visites la ciudad. No vayas a casa hasta la noche. Si te necesito, te llamaré.

He visitado a Duomo, el palacio antiguo, la loggia Lanzi, y luego he contemplado largo tiempo el Arno, dejando caer mis miradas sobre la antigua y majestuosa Florencia, con sus redondas cúpulas y campanarios dibujándose en el cielo azul puro, sobre los puentes magníficos, los grandes arcos por donde el hermoso río amarillento echa sus aguas rápidas, sobre las verdes colinas cubiertas de esbeltos cipreses y vastos monumentos, palacios y claustros, que rodean la ciudad.
Es un nuevo mundo este en que nos encontramos, voluptuoso, alegre, luminoso. El paisaje no tiene la seriedad y melancolía del nuestro. No hay un rincón, hasta perderse la vista, hasta las últimas villas blancas diseminadas en las verdes colinas, que el sol no dore con su brillante luz. También los hombres son menos serios que nosotros, menos capaces —tal vez— de pensar, pero todo lo miran como si fueran felices.
Dicen que en el Mediodía hay una gran mortalidad. No hay, pues, rosa sin espinas, ni voluptuosidad sin tormento.
Wanda ha descubierto en la orilla izquierda del Arno una villa encantadora, cercana a los Cascinos , y la ha alquilado por todo el invierno. Está rodeada de un delicioso jardín, con bosquecillos encantadores, praderas y parterres de camelias.
Es una villa de un solo piso, de estilo italiano, cuadrada. En la fachada delantera hay una galería abierta, una especie de «loggia» con estatuas de yeso de gusto antiguo, instaladas sobre pedestales o sobre los escalones que descienden al jardín. Por esta galería se llega a un majestuoso baño de mármol, con una escalera de caracol cercana que conduce a la alcoba de la dueña.
Wanda ocupa todo el primer piso.
A mí me reserva en el piso bajo una habitación bastante bonita, con chimenea y todo.
Me pongo a recorrer el jardín, cuando descubro en una colina un pequeño templo cerrado. Miro por una rendija y veo dentro a la diosa de amor en pie sobre un pedestal.
Un dulce estremecimiento me recorre. Ella me dice riendo:
—¿Estás ahí? Te esperaba.

Anochece. Una linda doncellita me comunica la orden de comparecer ante mi dueña. Subo la escalera de mármol, atravieso la antecámara, el gran salón lleno de suntuosas riquezas, y llamo a la puerta de la alcoba. El lujo que veo dondequiera me inquieta, haciéndome llamar con timidez. Me pregunto qué actitud guardaré en la alcoba de la gran Catalina, y cómo se me aparecería ahora con su verde pelliza, el cordón rojo sobre la garganta desnuda y sus buclecitos empolvados.
Vuelvo a llamar. Wanda abre, impaciente y violenta.
—¿Por qué has tardado?
—Estaba detrás de la puerta; sin duda no me oíste llamar —respondí con timidez.
Cierra la puerta, viene hacia mí y me conduce al sofá de damasco rojo en que reposaba. Todo es rojo, todo de damasco. El edredón representa un asunto —Sansón y Dalila— soberbiamente trabajado.
Wanda me recibe en el más fascinador deshabillé. Su traje de seda blanca modela ligera y artísticamente su cuerpo gracioso, dejando al descubierto lá garganta y los brazos, delicados y llenos de abandono, rodeados de las sombrías pieles de la gran pelliza de terciopelo verde guarnecida de cebellina. Su cabellera de fuego, medio deshecha y sostenida por nudos de perlas negras, cae hasta sus caderas.
—Venus de las pieles —balbuceé, en tanto que me atrae a su garganta, casi ahogándome a besos. Después quedo mudo y privado de pensamiento, sumergido en un mar de delicias no soñadas.
Al fin Wanda se desprende y me mira, apoyada sobre su brazo. Caí a sus pies; ella me atrajo a sí y comenzó a jugar con mi pelo.
—¿Me amas aún? —me dijo con los ojos embriagados.
—¡Tú lo preguntas!
—¿Recuerdas aún tu juramento? —añadió con una encantadora sonrisa—. Todo está ya arreglado, todo dispuesto. Vuelvo a preguntarte otra vez: ¿De veras quieres ser mi esclavo?
—¿No lo soy ya? —repliqué asombrado. —No has firmado aún el contrato.
—¡El contrato! ¿Qué contrato?
—¿Lo ves? ¡Ya no te acuerdas! Dejémoslo, pues.
—Pero, Wanda, bien sabes tú que yo no conozco mayor delicia que servirte, ser tu esclavo, y que todo lo daría por esa voluptuosidad, incluso mi vida.
—¡Cuan hermoso estás cuando te exaltas, cuando hablas con tanto fuego! ¡Ah! Cada vez estoy más perdida por ti, y seré dura, imperiosa y cruel contigo. Pero temo no poder serlo.
—Eso no me inquieta —dije riendo— ¿Dónde está el documento?
—Aquí —dijo confusa, y le sacó del pecho para dármelo—. En él está tu felicidad; quedas completamente a mi disposición, porque, además, tengo redactado otro documento en que declaras tu intención de matarte. Puedo matarte, si me parece.
—Trae.
Mientras yo desplegaba el documento y leía, Wanda tomó tintero y pluma, se sentó luego a mi lado, pasó el brazo alrededor de mi cuello y miró el papel por detrás de mí.
El documento decía así:
CONTRATO
ENTRE LA
SEÑORA WANDA DE DUNAIEW
Y EL
SEÑOR SEVERINO DE KUSIEMSKI

«El señor Severino de Kusiemski quiere, desde el día de hoy, ser el prometido de la señora Wanda de Dunaiew, renunciando a todos sus derechos de amante y obligándose, bajo palabra de honor y caballero, a ser su esclavo, en tanto que ella no le conceda libertad.
Como esclavo de la señora Dunaiew, tomará el nombre de Gregorio, y se compromete a satisfacer sin reservas todos los deseos de la susodicha señora, su dueña, obedeciendo todas sus órdenes, siéndole humildemente sumiso, considerando cualquier merced que reciba como Uña gracia extraordinaria.
La señora Dunaiew, no sólo adquiere el derecho de golpear a su esclavo por las faltas que cometa, sino también el de maltratarle por capricho o por pasatiempo, incluso hasta matarle, si le place. Queda, en suma, en su propiedad absoluta.
Si la señora Dunaiew concede libertad a su esclavo, el señor Severino de Kusiemski se compromete a olvidar todo lo que, como esclavo, haya podido sufrir, y a no vengarse jamás, en ninguna manera por ningún medio y bajo ninguna especie de consideración, ni a ejercitar acción alguna contra aquélla.
Por su parte, la señora Dunaiew se obliga a comparecer vestida de pieles con la mayor frecuencia ante su esclavo, incluso cuando se muestre cruel para con él.
Hecho hoy...»
El segundo documento sólo contenía estas palabras:
«Cansado de las decepciones de un año de existencia, pongo fin libremente a mi vida inútil.»
Un profundo horror me invadió al leerle. Todavía era tiempo, podía volverme atrás; pero la demencia de la pasión, la vista de la hermosa que, ebria de alegría, se apoya en mi hombro, me arrastraban.
—Tienes que copiar éste —dijo Wanda, señalando el segundo documento—, que debe ir escrito enteramente de tu puño y letra. El contrato no hace falta.
Copié a escape las palabras en que proclamaba mi suicidio, y di el papel a Wanda. Lo leyó, y riendo, lo puso sobre la mesa.
—Ahora, ¿tendrás valor para firmar éste? —preguntó, sacudiendo la cabeza, con una sonrisa fina.
Tomé la pluma.
—Déjame firmar antes —dijo Wanda—. Te tiembla la mano. ¿Temes?
Ella tomó el contrato y la pluma, y yo levanté los ojos, en lucha conmigo mismo, cuando mis miradas cayeron sobre numerosas pinturas de las escuelas italiana y holandesa, cuyo extraño carácter se relacionaba con el asunto del edredón, que tenía para mí un aspecto inquietante. Dalila, una buena moza de cabellera de fuego, medio cubierta por un manto de pieles oscuras, estaba tendida sobre un diván rojo, inclinándose riente hacia Sansón, derribado y maniatado por los filisteos. Su burlona coquetería, su sonrisa, tiene una crueldad verdaderamente infernal; sus ojos entornados se dirigen a los de Sansón, que lanzan una última mirada de amor llena de clemencia, porque ya uno de los enemigos se arrodilla sobre su pecho, dispuesto a cegarle con el hierro ardiente.
—De manera que estás completamente perdido. ¿Qué te sucede? Deja todo eso a los antiguos. ¿Acaso me conocerás menos cuando hayas firmado?
Miré el papel. El nombre de Wanda aparecía en amplios caracteres. Hundí mi mirada en la suya, de un encanto irresistible, después tomé la pluma y puse mi firma en el contrato.
—Tiemblas —dijo Wanda—. ¿Tendré que llevarte la mano?
Y cogió dulcemente mi mano, cuando ya mi nombre aparecía en el papel. Wanda examinó una vez más los documentos y los guardó en una mesita próxima.
—Ahora dame tu pasaporte y el dinero que tengas.
Saqué mi cartera y se la di. Ella la registró y la colocó luego sobre el pasaporte, en tanto que yo me arrodillaba ante ella y, lleno de una dulce embriaguez, dejaba descansar mi cabeza sobre su seno.
Pero de repente me rechazó con el pie, se levantó e hizo sonar la campanilla. Instantáneamente entraron, provistas de cuerdas, tres negras jóvenes, esbeltas, vestidas de rojo.
Comprendí todo el horror de mi situación y quise levantarme; pero ya Wanda se erguía como una dueña, volviendo hacia mí su frío y hermoso rostro, sus cejas amenazadoras, sus desdeñosos ojos. Hizo una señal con la mano, y antes de que hubiese podido darme cuenta de lo que iba a pasar, las negras me derribaron y ataron de pies y manos, hasta el punto de no poderme mover apenas.
—Tráeme el látigo, Haydée —ordenó Wanda con una flema imperturbable.
La negra se lo presentó de rodillas a su ama.
— ¡Quítame esta piel tan pesada, me molesta! La negra obedeció.
—Trae aquella chaqueta.
Haydée volvió con la bazabaika de armiño tendida en la cama y Wanda, con un gesto de inimitable gracia, ordenó:
—¡Atadle a esa columna!
Las negras me levantaron, pasaron una fuerte cuerda alrededor de mi cuerpo y me ataron, en pie, a una de las macizas columnas que sostenían el amplio techo italiano.
Después desaparecieron, como si las hubiera tragado la tierra.
Wanda se aproximó a mí; su traje de seda blanca flotaba como un rayo de luna; su cabellera ardía sobre las pieles de la chaqueta. Con la mano izquierda apoyada en un costado, el látigo en la derecha, me dijo con un tono despiadado:
—Toda comedia ha cesado entre nosotros. ¡Ahora va de veras, insensato, despreciable, entregado a mí como un juguete en tu ciega demencia; a mí, orgullosa y llena de caprichos! Has dejado de ser mi bien amado; eres mi esclavo, y puedo disponer de tu vida si me place. Así aprenderás a conocerme. Empezarás por gustar el látigo de mi mano, por capricho, sin haberlo merecido, y así sabrás lo que te espera cuando cometas falta.
Con una gracia salvaje se levantó la manga orlada de armiño y me descargó un latigazo sobre los riñones.
Todo mi cuerpo se estremeció; el látigo había entrado en mi carne como la hoja de un cuchillo.
—¡Ah! ¿Te gusta? —exclamaba ella—. Espera, espera, voy a hacerte aullar como un perro —añadió amenazadora, volviendo a golpearme.
Los golpes llovían, duros y rápidos, con espantosa violencia, sobre mis lomos, mis brazos, mi cuello. Yo apretaba los dientes para no chillar. Una de las veces el látigo me cruzó la cara y la sangre saltó. Ella se echó a reír sin dejar de pegarme.
—Ahora comprendo el placer de poseer a un hombre que ama. ¿Me amas aún? ¡No! ¡Aguarda, que he de desgarrarte! A cada golpe, el placer que experimento aumenta. ¡Todavía un poco más! ¡Chilla, grita! No he de tener piedad.
Por fin se cansó.
Arrojó el látigo, se extendió en el sofá y llamó.
Las negras entraron.
—¡Desatadle!
Al quitarme la cuerda caí a tierra como una masa inerte. Las negras rieron, enseñando sus dientes blancos.
—¡Quitadle la cuerda de los pies! Al fin pude levantarme.
—Ven a mi lado, Gregorio.
Me aproximé a la hermosa, que nunca me había parecido tan seductora como entonces, en su crueldad, en su sarcasmo.
—Da un paso más, arrodíllate y bésame los pies.
Alargó el pie y yo apoyé mis labios en él, ¡loco, pobre insensato!
—No vas a verme en todo un mes, Gregorio —añadió muy seria—. Y en todo ese tiempo, que aliviará tu nueva posición, trabajarás en el jardín y aguardarás mis órdenes. Ahora, ¡marcha, esclavo!

Ha transcurrido un mes con monótona regularidad, en el duro trabajo, en la melancolía, invadido del ardiente deseo de ver a la que me causa tantos sufrimientos. Soy ayudante del jardinero, y con él podo árboles, corto troncos, trasplanto flores, cavo y limpio las avenidas. Comparto con él su grosera comida y su duro lecho. Me levanto y me acuesto con los pájaros, y, de vez en cuando, sé que la dueña se divierte, que está rodeada de adoradores, y una vez he escuchado sus alegres carcajadas en el jardín.
Voy volviéndome estúpido. ¿He aceptado este oficio ha poco, o le he ejercido antes? Pasado mañana termina el mes. ¿Qué va a ser de mí? ¿O me habrá olvidado y deberé dedicarme a cortar troncos y hacer ramilletes hasta el término de mis días?
ORDEN ESCRITA
«El esclavo Gregorio, conforme a la presente, deberá permanecer a mi disposición personal.
WANDA DE DUNAIEW
A la mañana siguiente, palpitándome el corazón, levanto el cortinaje adamascado y penetro en la alcoba de mi diosa, medio a oscuras.
—¿Estás ahí, Gregorio? —pregunta Wanda, mientras yo, arrodillado ante la chimenea, preparo el fuego, estremecido al escuchar la voz de mi amada.
—Sí, mi dueña.
—¿Qué hora es?
—Han dado ya las nueve.
—Tráeme el desayuno.
Me apresuro a prepararle. Luego vuelvo con él y me arrodillo ante su lecho.
—Aquí está el desayuno, mi dueña.
Wanda entreabre las cortinas, y al principio, extrañamente despeinada, no la reconozco. Las queridas facciones no tienen la belleza acostumbrada. El rostro se ha endurecido, y presenta una marcada expresión de laxitud y hastío.
¿Acaso es que yo no reparé antes en ella?
Detiene sobre mí sus ojos verdes, más bien curiosos que amenazadores, hasta compadecidos, y, levantando las pieles sobre que descansa, cubre con ellas sus espaldas desnudas.
En este momento está tan deliciosa, tan tentadora, que siento que la sangre se agolpa en mi cabeza y en mi corazón, hasta el punto de que el servicio de café oscila en mis manos. Ella lo nota y se apodera del látigo, colocado sobre una mesa de noche.
—¡Torpe esclavo! —dice, frunciendo el entrecejo.
Bajo los ojos y sostengo la bandeja lo mejor que puedo. Ella toma su desayuno, bosteza y estira sus soberbios miembros entre las ricas pieles.

Ha llamado. Entro.
—Esta carta al príncipe Corsini.
Corro a la ciudad, entrego la carta al príncipe —guapo mozo de ojos ardientes— y, devorado por los celos, conduzco la respuesta.
—¿Qué tienes? —me dice espiándome maliciosamente—. Estás horriblemente pálido.
—Nada, mi dueña; es que vengo corriendo.

El príncipe almuerza con ella y yo estoy condenado a servirles a los dos, para los cuales no existo. Hay un momento en que mis ojos se oscurecen y dejo caer el Burdeos sobre el mantel y aun sobre los comensales.
—¡Torpe! —exclama Wanda, dándome un bofetón.
El príncipe y ella se echan a reír, y la sangre me sube al rostro.

Después de almorzar ha ido a pasear a los Cascinos, guiando su cochecito arrastrado por un tronco de caballos ingleses. Yo voy sentado detrás y observo sus coqueterías, sus sonrisas, cuando algún caballero importante la saluda.
Al bajar del coche se apoya levemente sobre mí y su contacto me produce el efecto de una descarga eléctrica. ¡Esta mujer es maravillosamente bella y la amo cada vez más!

Damas y caballeros se reúnen a cenar a las seis de la tarde. Yo sirvo la mesa, sin que esta vez haya derramado el vino.
Una bofetada vale más que diez amonestaciones, sobre todo cuando la aplica una manecita regordeta de mujer.
Después de cenar ha ido en coche al teatro Pérgola. Al bajar la escalera, vestida de seda negra, con su cuello de armiño y una diadema de rosas blancas en la cabeza, se me aparece verdaderamente deslumbradora. Abro la portezuela y la ayudo a subir. Ante el teatro, salto al estribo, ella se apoya en mí, y yo tiemblo.
Abro la puerta del palco y aguardo en el vestíbulo. La representación dura cuatro horas, durante las cuales la acompaña un caballero. Yo aprieto los dientes de cólera.

Es más de medianoche cuando suena por última vez la campanilla.
—Lumbre —ordena.
Luego, mientras enciendo, pide té.
Cuando vuelvo con el samovar ya está desnuda, poniéndose el deshabillé blanco con ayuda de una negra.
Haydée no tarda en desaparecer.
—Dame la pelliza de noche —dice Wanda tendiendo sus bellos miembros adormecidos.
Tomo la piel, que descansa en una de las butacas y la sostengo, mientras ella, con cierto descuido, pasa los brazos por las mangas.
—Quítame los zapatos y ponme las zapatillas.
Me arrodillo y tiro del zapatito, que se me resiste.
—¡Quita, quita! Me haces daño. ¡Ahora verás!
En un abrir y cerrar de ojos me da un latigazo.
—¡Anda, vete!
Un puntapié aún, y me voy a acostar.
Hoy la he llevado a una recepción. En la antecámara me ordena que la quite el abrigo. Después entra con altiva sonrisa, segura de su triunfo, en la sala brillantemente alumbrada. Otra vez veo desfilar hora tras hora mis tristes pensamientos. De tiempo en tiempo, la música llega hasta mí, cuando la puerta se abre un instante. Dos lacayos quieren entablar conversación conmigo, pero lo dejan en vista de que hablo muy pocas palabras en italiano.
Me duermo, finalmente, y sueño que he matado a Wanda en un furioso acceso de celos y que me han condenado a muerte. Me veo atado en el cadalso; el hacha cae, la siento sobre la nuca, pero estoy vivo.
El verdugo me golpea entonces la cara.
No, no es el verdugo; es Wanda, que está ante mí, reclamando su abrigo. En un abrir y cerrar de ojos vuelvo sobre mí y la obedezco.
Es todavía un placer poner el abrigo a una hermosa y soberbia mujer; ver, sentir su cuello, sus miembros magníficos hundirse en la piel rica y delicada, levantar los bucles caídos de su cabellera; y es para perder el sentido cuando se quita la pelliza y el dulce calor y el perfume sutil de su cuerpo persisten sobre el pelo dorado de la cebellina.

¡Por fin un día sin convidados, sin teatro, sin sociedad! Respiro ampliamente. Wanda está sentada leyendo en la galería, sin que parezca dispuesta a ordenarme nada. Al oscurecer se retira con la bruma plateada. La sirvo la cena. Cena sola. No tiene una mirada, una sílaba, ni siquiera una bofetada para mí.
¡Ah! ¡Cómo echo de menos ser golpeado por ella!
Las lágrimas se me saltan al sentirme humillado tan cruelmente, sin que una vez tenga el valor de torturarme, de maltratarme.
Antes de irse a la cama me llama:
—Esta noche te acostarás cerca de mí. Anoche tuve un sueño espantoso y me dio miedo. Toma uno de los almohadones del sofá y extiéndele a mis pies sobre la piel de oso.
Luego apaga la lámpara y sube al lecho, la única luz de un globo opaco que pende del techo de la alcoba.
—No te muevas, no me despiertes.
Así lo hago, pero sin poder dormir. Veo a la bella, soberbia como una diosa, descansando sobre las pieles, tendida sobre el torso, los brazos bajo la nuca, inundados por su cabellera rutilante. Escucho la rítmica cadencia de su respiración. Cada vez que se mueve, atiendo para ver si me necesita.
Pero ella no tiene necesidad de mí.
No tengo para ella ningún otro deber que cumplir, ninguna otra significación que un revólver o una lamparilla.
¿Quién es el loco, ella o yo? Todo esto, ¿proviene de un cerebro de mujer mala, fértil en traspasar mis fantasías ultrasensuales o quizá esta mujer es una de esas naturalezas a lo Nerón, que encuentran un placer diabólico en aplastar como gusanos hombres que piensan y sienten, y que poseen —como ellos— una voluntad?
¡Qué no he sufrido!
Al arrodillarme hoy ante su lecho, llevándola el café, Wanda apoyó, de repente, su mano sobre mis hombros, y hundió profundamente sus ojos en los míos.
—¡Qué hermosos ojos tienes desde que sufres! —me dijo con dulzura—. ¿Eres desgraciado?
Bajé la cabeza y callé.
—Severino, ¿me quieres aún? —añadió en tono doloroso—. ¿Puedes quererme todavía?
Y su rostro adquirió un aire tan desgarrador, que la bandeja se me cayó, y tazas y vasos cayeron al suelo.
—¡Wanda, Wanda mía! —exclamé, abrazándola apasionadamente, cubriendo de besos su boca, su garganta—. ¡Ay, sí! Mi miseria es que te amo cada vez más, con mayor locura, cuanto más me maltratas y traicionas. ¡Oh! ¡Quisiera morir de dolor, de amor y de celos!
—Pero si no te he engañado aún, Severino —replicó Wanda, riendo.
—¡No, Wanda! ¡Por el amor de Dios! ¡No te burles de mí tan despiadadamente! ¿No fui yo quien llevé la carta al príncipe?
—Sin duda, invitándole a almorzar.
—Desde que estamos en Florencia, has...
—Te he sido siempre fiel, te lo juro por lo más sagrado. No he hecho más que satisfacer tus caprichos por amor tuyo. Pero quisiera tomar un adorador; todavía la cosa no esta hecha más que a medias y ya me diriges el reproche final de que no soy bastante cruel para contigo, ¡mi bello y querido esclavo! Pero hoy eres de nuevo mi Severino, mi sólo y único amante. Mira: no di tu ropa; la encontrarás en aquella maleta; vístete como en los bajos Cárpatos, donde tanto nos amábamos; olvida lo sucedido entre mis brazos; mis besos disiparán tus penas.
Y se puso a acariciarme como a un niño, abrazándome, mimándome. Luego me dijo con dulce sonrisa:
—Vístete, te lo ruego, mientras me arreglo yo. ¿Quieres que me ponga la chaqueta de pieles? Sí, sí, anda.
Cuando volví la encontré en medio de la habitación con su traje blanco de seda, su kazabaika roja guarnecida de armiño, su cabello empolvado y una diadema de brillantes sobre la frente. Se parecía de una manera inquietadora a Catalina II; pero no pude reflexionar, porque, atrayéndome al sofá, me hizo pasar dos horas deliciosas. Ya no era la dueña severa y caprichosa, sino la señora elegante, la amante tierna. Me enseñó fotografías, libros que acababan de publicarse, discurriendo con tanto ingenio, tanta claridad y gusto, que más de una vez, encantado, llevé su mano a mis labios. Después me leyó dos historias de Lermontov, y posando afectuosamente su mano sobre la mía, mientras sus facciones adorables expresaban un placer inefable, reflejado también en su dulce mirada, me preguntó:
—Y ahora, ¿eres dichoso?
—Todavía no.
Entonces se tendió sobre el diván, y lentamente abrió su kazabaika.
Pero yo volví vivamente el armiño sobre su garganta de alabastro.
—¡Me enloqueces! —balbucí.
Ya estaba yo en sus brazos; ya, como una serpiente, me acariciaba con su lengua. Todavía murmuró una vez:
—¿Eres dichoso?
—¡Por encima de todo!
Se echó a reír; pero era una risa malvada y sonora que me heló.
—¡En otro tiempo querías ser el esclavo, el juguete de una linda mujer, y ahora te figuras ser un hombre libre, un hombre, un amante...! ¡Loco! Una mirada de mis ojos y otra vez mi esclavo. ¡De rodillas!
Me dejé caer del sofá a sus pies, mis ojos fijos en los suyos, llenos de duda.
—Créeme —me dijo, considerándome, con los brazos cruzados sobre el pecho—. Me aburres y no llegas a distraerme dos horas seguidas. No me mires así.
Me empujó con el pie.
—No eres lo que deseo; no eres un hombre, sino una cosa, una bestia.
Llamó; las negras entraron.
—¡Atadle las manos a la espalda!
Quedé arrodillado, sin oponer resistencia, y me condujeron a la viña situada en la extremidad meridional del jardín. La tierra estaba plantada de maíz, y aquí y allí aparecían algunos árboles. A un lado se encontraba un arado.
Las negras me ataron a un poste y se entretuvieron en pincharme con sus agujas de oro. Esto no duró mucho. Llegó Wanda con su toca de armiño en la cabeza, las manos metidas en los bolsillos. Hizo que me desataran y, atados los brazos a la espalda, con un yugo al cuello, tuve que tirar de un arado.
Las diabólicas negras me condujeron al campo. Una guiaba el arado, otra tiraba de la cuerda y la tercera me golpeaba con el látigo, mientras la Venus de las pieles miraba el cuadro.
A la mañana siguiente, al servirla de almorzar, Wanda me dijo:
—Trae un cubierto y almuerza hoy conmigo.
Y cuando quise sentarme ante ella, añadió:
—No, cerca de mí; muy cerquita de mí.
Está de muy buen humor: me da de comer en su misma cuchara, con su propio tenedor, y juega y coquetea conmigo como una joven gata. Desgraciadamente, he mirado a Haydée, que nos sirve, algo más de lo debido. La pureza de líneas casi europea de sus facciones, su busto soberbio y escultural, que parece tallado en mármol negro, me gusta mucho. Ella lo nota y descubre sus dientes con risa tonta. Apenas ha salido de la habitación, Wanda se estremece de cólera.
—¿De modo que te atreves a mirar a otra mujer delante de mí? ¿Te gusta, acaso, más? ¿Es más diabólica?
Me echo a temblar, nunca la he visto así: pálida hasta los labios y estremecida. Celosa de su esclava, Venus de las pieles descuelga bruscamente el látigo y me cruza la cara con él. Luego llama a las negras y las ordena que me conduzcan atado a la cueva, que parece una verdadera prisión.
La puerta se cierra, chirrían los cerrojos, la llave da la vuelta en la cerradura. Estoy encerrado, enterrado.
Allí quedé tendido no sé cuánto tiempo, atado como una bestia en el matadero, sobre un montón de paja húmeda, sin luz, sin agua, sin pan, sin reposo. A ella no le faltará nada y me deja morir de hambre, si ya no es de frío. Estoy tiritando. ¿Será fiebre? Creo que voy a odiar a esta mujer.

Un rayo de claridad roja como la sangre entra por una rendija. Es luz; la puerta va a abrirse.
Wanda aparece en el umbral envuelta en su cebellina, alumbrándose con una antorcha.
—¿Vives aún? —pregunta.
—¿Vienes para matarme? —respondo yo con voz moribunda y opaca.
En dos saltos, Wanda llega hasta mí, se arrodilla y recuesta mi cabeza en su pecho.
—¿Estás enfermo? ¡Cómo te relucen los ojos! ¿Me amas? Yo quiero queme ames.
Saca un pequeño puñal. Yo me estremezco cuando la hoja brilla ante mi vista, temiendo que me mate. Pero ella se echa a reír y corta las cuerdas que me sujetan.

Me ha dejado cenar con ella esta noche; la leo unas páginas y se entretiene conmigo en multitud de cosas interesantes. Paréceme metamorfoseada, avergonzada de la barbarie que ha usado conmigo. Una dulce tranquilidad ilumina su persona, y cuando me coge la mano sus ojos toman una expresión sobrehumana de bondad y de amor, que nos arrancan a los dos lágrimas con que olvidamos los sufrimientos de la existencia y los terrores de la muerte.

Estamos leyendo Manon Lescaut. Ella comprende la intención, sin decir nada, pero sonríe de cuando en cuando. Por último, me cierra el libro.
—¿No quiere usted que siga leyendo, señora?
—Por hoy, no. Hoy vamos a jugar a la Manon Lescaut. Tengo una cita en los Cascinos, y tú, mi querido caballero, me acompañarás. Sí lo harás, ¿no es eso?
—¡Usted lo ordena!
—Yo no ordeno, ruego —añadió con un encanto maravilloso indescriptible. Luego se levantó, apoyó su manecita en mi hombro, y mirándome—: ¡Oh, qué ojos tienes! —dijo—. Severino, te amo; no sabes cuánto te amo.
—Sí —repliqué y o con amargura—, hasta el punto de dar una cita a otro.
—Hago eso para excitarte; necesito un adorador para no perderte; no quiero perderte jamás, ¡jamás!, ¿entiendes?, porque te amo a ti, a ti solo.
Y se colgó apasionada de mis labios.
—¡Que no pueda darte toda mi alma en un beso...!, así... pero, vamos.
Se puso un vestido sencillo de seda negra y se cubrió la cabeza con un oscuro bacbelik . Atravesó con rapidez la galería y montó en un coche.
—Gregorio me llevará —dijo al cochero, que quedó sorprendido.
Subí al pescante y fustigué los caballos con rabia.
En el lugar de los Cascinos en que la avenida principal hace más espesa su fronda, Wanda descendió. Era de noche. Algunas estrellas solitarias brillaban a través de las nubes grises que vagaban por el cielo. Cerca del Arno estaba un hombre envuelto en una capa oscura, con sombrero de alas anchas, contemplando las ondas amarillentas. Wanda se aproximó a él a través del boscaje y le tocó en el hombro. Pude observar cómo él se volvía hacia ella. Después desaparecieron en la espesura.
Pasó sobre mí una hora de tormento. Por fin, escuché un rumor hacia el matorral. Volvían.
El hombre la acompañó hasta el carruaje. La luz viva de uno de los faroles cayó de lleno sobre un rostro joven, dulce y novelesco por encima de toda expresión, a que formaba marco una cabellera rubia y rizada.
Ella le tendió la mano, que él besó respetuosamente; luego me hizo una señal y el coche tomó la interminable avenida abovedada, semejante a un toldo verde puesto a la orilla del río.

Llaman a la puerta del jardín. Es una cara conocida: el hombre de los Cascinos.
—¿A quién anuncio? —pregunté en francés.
Mi interlocutor movió la cabeza con aire cortado.
—¿No comprende usted alemán? —preguntó con timidez.
— ¡Ya lo creo! —repliqué en alemán—. Tengo el honor de preguntarle su nombre.
—No le tengo, desgraciadamente —dijo confuso—. Diga usted sólo a la señora que está aquí el pintor alemán de los Cascinos. Pero, mírela usted.
Wanda se había asomado al balcón y hacía al extranjero señal de que pasara.
—Gregorio, acompaña al caballero.
—Perdone, yo subiré. Muchas gracias.
Mientras subía los peldaños, yo quedé en pie abajo considerando al pobre pintor con profunda compasión.
La Venus de las pieles le ha hechizado. Va a retratarla y le volverá loco.

¡Hermoso día de invierno! El sol brilla como el oro en la pradera. Al pie de la galería se abren las camelias orgullosas en sus ricos botones. Wanda está sentada en la loggia y dibuja, mientras a su lado el pintor la mira extasiado con las manos cruzadas, indiferente a todo, hundiendo sus miradas en las de ella.
Pero Wanda no le ve, ni tampoco que yo cavo en el parterre para contemplarla y sentir su presencia, que mece mi alma como una música, como una poesía.
El pintor ha salido. Es una empresa atrevida, pero me arriesgo. Entro en la galería, me acerco a Wanda y la pregunto:
—¿Estás enamorada del pintor, mi dueña?
Ella me mira sin cólera, sacude la cabeza y se echa a reír.
—Me da lástima, pero no le amo. Yo no amo a nadie. Te he amado a ti tan profunda, tan apasionadamente, tan íntimamente como sabía amar, pero ya no te amo; mi corazón está herido, muerto, y esto me desespera.
—¡Wanda! —exclamé yo, lleno de dolor.
—En breve, tú tampoco me amarás —continuó—. Dime si ese momento está muy lejano, para que te dé la libertad.
—Entonces seré toda mi vida esclavo tuyo, porque te adoro y te adoraré siempre —exclamé, presa otra vez del fanático amor que me era tan funesto.
Wanda me miró con placer.
—Acuérdate bien de que te he amado por encima de toda expresión, de que he sido despótica para ti por halagar tu fantasía, que mi corazón todavía guarda para ti dulces sentimientos, una especie de íntima simpatía. Cuando ésta haya desaparecido, ¿quién sabe si te dejaré en libertad o si me haré entonces verdaderamente cruel, despiadada, salvaje contigo, o si seré indiferente o amaré a otro sin que me cause una alegría diabólica atormentar, incluso hasta la muerte, al hombre que me adora como una diosa? ¡Acuérdate bien de esto!
—Hace mucho que he soñado —repliqué, devorado por la fiebre— que no puedo vivir sin ti. Moriré si me dejas en libertad. Permíteme ser tu esclavo, mátame, pero no me alejes de tu presencia.
—Bueno; sé mi esclavo, pero no olvides que no te amo ya y que, por consiguiente, tu amor no tiene más valor para mí que la adhesión de un perro a quien se echa.

Hoy he visitado la Venus de Medícis.
Aún era tiempo. La salita ochavada de la Tribuna estaba llena de una dulce claridad crepuscular, semejante a la de un santuario, y permanecí con las manos juntas en profunda meditación ante la imagen de la diosa.
Pero no permanecí en pie largo tiempo.
No se veía a nadie, ni siquiera un inglés, en la galería. Caí de rodillas, y con los ojos entornados contemplé el cuerpo esbelto, arrebatador, la garganta dilatada de la voluptuosa figura virginal, los rizos perfumados, que parecen ocultar a cada lado pequeños cuernecillos.

Oigo sonar la campanilla.
Es mediodía. Está aún en la cama, doblados los brazos bajo la nuca.
—Voy a bañarme y quiero que tú me sirvas. Cierra la puerta.
Obedecí.
—Ahora, mira si abajo está todo también cerrado.
Descendí por la escalera de caracol, que pone en comunicación la alcoba con el cuarto de baño. Una vez me faltó el pie y tuve que apoyarme en la barandilla. Luego que hallé cerrada la puerta que da a la loggia y a los jardines, volví. Wanda, despeinada, cubierta con su capa de terciopelo verde, estaba, sentada en la cama. Hizo al verme un movimiento rápido, que me permitió comprender que estaba desnuda, y sin saber por qué me turbé como un condenado a muerte que sabe que va al cadalso y comienza a temblar ante su vista.
—Ven Gregorio; tómame en brazos.
—¿Cómo, mi dueña?
—Quiero que me lleves tú, ¿oyes?
La levanté, sentándola sobre mis brazos, mientras ella me rodeaba el cuello con los suyos. Al bajar lentamente, peldaño tras peldaño, rozándome su pelo la mejilla, sintiendo que su pie se apoyaba levemente sobre mi rodilla, pensaba a cada instante no poder más. El cuarto de baño ocupaba una amplia rotonda, alumbrada por una luz filtrada en una roja cúpula de vidrio. Dos palmeras extendían sus anchas hojas, como un techo de verdor, sobre un lecho de almohadones de terciopelo rojo, desde donde por algunas gradas cubiertas de tapices turcos, se descendía al baño de mármol puesto en el centro.
—Arriba, sobre mi mesa de noche, hay un libro de cubierta verde; tráemelo, y el látigo también —dijo Wanda tendiéndose en los almohadones.
Subí y bajé de cuatro en cuatro las escaleras, y arrodillándome, deposité ambos objetos en manos de mi dueña, que en seguida me hizo reunir su lujuriante cabellera eléctrica en un nudo con una cinta de terciopelo verde. Hecho esto, la preparé el baño torpemente, pues los pies y las manos rehusaban servirme; y cada vez que contemplaba a la hermosa extendida sobre los almohadones de terciopelo verde, contrastando de vez en cuando el brillo de una parte u otra de su soberbio cuerpo con las pieles sombrías, en una contemplación involuntaria, atraído por una fuerza magnética, comprendía cómo la voluptuosidad y la concupiscencia residen solamente en el semidesnudo, en lo excitante, y todavía lo comprendí mejor cuando, por fin, estuvo lleno el baño y Wanda, de un solo gesto, rechazó el manto de pieles, quedando ante mí como la diosa de la Tribuna.
En este momento, en su belleza sin velo, se me apareció tan divina, tan casta, que, como el día anterior ante la diosa, caí de rodillas ante ella, y en un acto de adoración apreté mis labios sobre sus pies.
Mi alma, presa hacía poco de la más viva agitación, quedó tranquila de repente, y Wanda no tuvo ya ninguna crueldad para mí.
Descendió lentamente al baño, y con una alegría tranquila, en que no se mezclaba el menor sufrimiento ni la menor envidia, pude contemplarla a mi gusto sumergirse y levantarse en la onda cristalina, jugando amorosamente a su alrededor las ondas que levantaba su cuerpo.
Nuestro artista nihilista tiene razón. Una manzana natural es más hermosa que una manzana pintada, y una mujer viva más que una Venus de piedra.
Al salir del baño, deslizándose en su piel las gotitas plateadas y la rosada luz, se apoderó de mí un éxtasis mudo. Sequé con el lienzo su admirable cuerpo, frotándole, y la tranquila beatitud persistió todavía en mí cuando, envuelta en la capa, descansó sobre los almohadones, apoyando un pie sobre mí como un taburete. La elástica piel de cebellina se pegaba voluptuosa a su fresco cuerpo de mármol, y el brazo izquierdo en que se apoyaba, como un cisne dormido, aparecía en la sombría piel de la manga, en tanto que su mano derecha jugaba con el látigo,
Mis miradas cayeron por casualidad en un espejo colgado en la pared opuesta, y lancé un grito cuando vi reflejada la escena en su marco dorado, como un cuadro; un cuadro tan maravillosamente bello, tan fantástico, que una profunda tristeza invadió mi alma al pensar que sus líneas y sus colores se desvanecerían como una niebla.
—¿Qué te sucede? —preguntó Wanda.
La señalé el espejo.
—¡Ah! ¡Muy hermoso! ¡Lástima que no pueda conservarse la escena!
—¿Y por qué no? Ese artista, ¿no sería el más valiente y famoso de los pintores si te tomara de modelo y eternizara tus rasgos con su pincel? El pensamiento de que tanta belleza extraordinaria —continué, contemplándola con entusiasmo—, tan soberbio rostro, ojos tan extraños de reflejos verdosos, cabellera tan diabólica, tanto esplendor de cuerpo, queden perdidos para el mundo, es atroz y me causa todas las angustias de la muerte, del aniquilamiento, porque no tienes, como los demás, el derecho de desaparecer enteramente para siempre, sin dejar detrás de ti una huella de tu existencia. Tus rasgos deben vivir cuando hayas vuelto al polvo; tu belleza debe triunfar de la muerte.
Wanda se echó a reír.
—¡Qué lástima que la escuela italiana de hoy no posea un Tiziano o un Rafael! ¿Quién sabe si el amor podrá reemplazar al genio y si nuestro alemancito...?
Y quedó pensativa.
—¡Sí! Ha de hacer mi retrato —añadió de repente—, y corre de mi cuenta que mezcle el amor a sus colores.

El joven pintor ha establecido su estudio en la villa de Wanda, caído perfectamente en el cepo. ¡Hasta ha comenzado una madona de ojos verdes y cabello de fuego! ¡Sólo el idealismo de un alemán puede hacer del retrato de esta mujer voluptuosa la imagen de la virginidad! El pobre mozo está hecho un asno casi tan grande como yo. Desgraciadamente, nuestra Titania ha descubierto demasiado pronto nuestras orejas.
Ella se ríe de nosotros, ¡y de qué manera! Oigo su risa insolente y melodiosa resonar en el estudio, bajo la ventana abierta, a cuyo pie escucho celoso.
—¿Está usted loco? ¡Eso es inverosímil! ¡Yo de virgen! —exclamó, riendo de nuevo—. Aguarde usted un momento; voy a enseñarle a usted otro retrato mío, otro retrato pintado por mí. Va usted a copiarle.
Su cabeza apareció en la ventana, como rodeada de rayos de sol.
—¡Gregorio!
Salí a toda prisa, y me dirigí al estudio por la galería.
— ¡Llévale al cuarto de baño! Y se retiró en seguida.
Nos dirigimos a la rotonda, y abrí.
Poco después llegó Wanda, vestida sólo con la piel de cebellina y con el látigo en la mano. Se tendió como la última vez en los almohadones de terciopelo. Yo me tendí a sus pies, y ella, jugando con el látigo, puso su pie sobre mi cuello.
—Mírame —dijo— con tu mirada fanática. Así está bien. Vamos.
El pintor se había quedado espantosamente pálido; miraba la escena con sus hermosos ojos azules soñadores. Sus labios se entreabrieron, pero quedáronse mudos.
—¿Qué tal? —dijo Wanda—. ¿Te gusta el cuadro?
—Sí, voy a pintarle así —dijo el alemán; pero aquello no era verdaderamente hablar; su voz era un gemido elocuente, el llanto de un alma enferma, agonizante.

El croquis al carbón está dispuesto; las cabezas y carnes, manchadas. Su rostro diabólico se presenta ya en líneas atrevidas; brilla la vida en sus ojos verdes.
Wanda está en pie ante la tela, los brazos cruzados sobre, el pecho.
—Como muchas obras de la escuela veneciana, este cuadro será, a la vez, un retrato y un asunto histórico —explica el pintor, otra vez pálido como la muerte.
—Y ¿con qué nombre le designaréis? —pregunta Wanda—. Pero, ¿qué tiene usted? ¿Está usted enfermo?
—Tengo miedo —contesta, devorando con los ojos a la hermosa—. Pero hablemos del cuadro.
—Sí, hablemos un poco del cuadro.
—Me represento a la diosa, descendida del Olimpo hacia un mortal, que, tiritando en esta tierra moderna, procura calentar su cuerpo augusto bajo una grande y pesada piel, y los pies en el regazo de su bien amado. Me represento el elegido de una hermosa déspota que fustiga a su esclavo cuando se cansa de abrazarle, y que es tanto más amada cuanto más le pisotea. He aquí por qué llamaría al cuadro La Venus de las pieles.

El artista pinta lentamente, haciéndose su pasión más viva. Temo que a la postre se nos suicide. Ella juega con él y le propone un enigma que no puede resolver. La sangre le arde, y ella se divierte. Mientras le sirve de modelo, no hace más que comer bombones y lanzarle bolitas de papel.
—Me encanta ver a usted de tan buen humor, señora —dice el pintor—. Pero la cara de usted pierde la expresión que necesito para mi cuadro.
—Aguarde usted un instante; ya la recobraré.
Se levanta y me da un latigazo. El pintor la contempla con aire cohibido, expresando su rostro un asombro ingenuo en que se mezcla el horror y la sorpresa.
Mientras Wanda me flagela, su rostro adquiere la expresión de cruel desdén que me encanta de manera tan inquietante.
—¿Es ésta la expresión que se necesita?
Lleno de confusión, el pintor baja la vista ante los fríos rayos de su mirada.
—Esa es —balbucea—, pero me siento ahora incapaz de pintar.
—¿Cómo? —pregunta Wanda burlona—. ¿Podría yo ayudarle?
—¡Sí! —grita el alemán como un demente—. ¡Flagéleme usted a mí!
—Con mucho gusto —replica alzando los hombros—. Pero sepa usted que cuando me sirvo del látigo no es en broma.
—¡Pégueme usted hasta la muerte!
—¿Me deja usted que le ate?
—Me dejo —gime.
Wanda nos deja un instante y vuelve al punto provista de cuerdas.
—¿De manera que se entrega usted a la Venus de las pieles, la hermosa déspota? —dice con aire burlón.
—Áteme usted —clama el pintor sordamente.
Wanda le ata las manos a la espalda, le pasa una cuerda bajo los brazos, otra alrededor del cuerpo y le ata a la falleba del balcón. Luego, dejando caer sus pieles, coge el látigo y se aproxima al alemán.
La escena tenía para mí un encanto lúgubre que no podré expresar. Sentí saltárseme el corazón cuando, riendo, dio el primer golpe y el látigo silbó en el aire. Al oírlo el pintor tembló levemente. Luego con la boca entreabierta, brillando los dientes entre los labios purpurinos, Wanda descargó sobre él sus golpes, hasta que los conmovedores ojos azules parecieron pedir gracia. Era indescriptible.

Ahora está sola ella, sirviéndole de modelo.
Wanda me ha puesto en la habitación contigua, detrás de una gran colgadura, desde donde puedo ver sin ver visto.
¿Qué le pasa?
¿Tiene miedo, o es un nuevo suplicio que prepara para mí? Me tiemblan las piernas.
Están hablando juntos. El baja tanto la voz que no puedo escuchar nada; ella le responde del mismo modo. ¿Qué significa esto? Evidentemente están de acuerdo.
Sufro horriblemente. Mi corazón parece que va a romperse.
Ahora se arrodilla ante ella, la abraza y apoya su cabeza en su pecho. Ella —¡la cruel!— ríe, y ahora los oigo decir en alta voz:
—¡Todavía necesita usted el látigo!
—¡Mujer! ¡Diosa! ¡No tienes corazón! ¿No sabes tú lo que es amar, consumirse de pasión en la espera? ¡No puedes figurarte un instante lo que sufro! ¿No tienes piedad de mí?
—Ninguna —replica, malvada e insolente—. No tengo más que el látigo.
Y sacándole de entre las pieles, cruza la cara con él al pintor. Luego se levanta y retrocede dos pasos.
—¿Va usted a quejarse más? —pregunta con aire de indiferencia.
El no responde, pero se vuelve al caballete y toma la paleta y los pinceles.
Está maravillosamente bien. Es un retrato que reproduce sus facciones y que al mismo tiempo parece un ideal: tan ardientes, sobrenaturales y hasta diabólicos son los colores.
El artista ha pintado su tormento, su adoración, su éxtasis.
Ahora me está pintando a mí, y todos los días pasamos juntos algunas horas. Hoy se ha vuelto de repente hacia mí, y me ha dicho:
—¿La ama usted?
—Sí.
—Yo la amo también.
Sus ojos se llenaron de lágrimas; permaneció algunos instantes silencioso y luego volvió a pintar.

El cuadro está acabado. Ella ha querido pagarle, generosa como una reina.
—¡Oh! ¡Ya me ha pagado usted —dice rehusando con dolorosa sonrisa.
Antes de partir, abre misteriosamente la cartera y me permite mirar dentro. Tengo miedo. He visto la cabeza de Wanda, viva como en un espejo.
—Esto es para mí y no puede quitármelo. ¡Bien me lo he ganado!

—Verdaderamente, me da pena ese pobre pintor —me dice hoy—. Verdaderamente, es idiota ser tan virtuosa como soy, ¿no te parece?
No me atrevo a responder.
—¡Ah! Olvidaba que hablaba a un esclavo. Quiero salir, distraerme y olvidar. ¡Que enganchen... en seguida!
Nuevo traje fantástico. Medias botas rusas de terciopelo azul violeta, guarnecidas de armiño; traje de la misma tela levantado por estrechas bandas y escarapelas de piel; un abrigo corto ajustado, correspondiente al traje y también ricamente orlado y forrado de armiño; una alta toca de esta piel a lo Catalina II, sostenida por un alfiler de brillantes, y los cabellos incandescentes cayendo sobre las espaldas. Así es como ha subido al coche, que guía ella misma. Yo me senté detrás. Había que verla fustigar a los caballos. Iban volando.
Es indudable que hoy causará sensación y será la leona de los Cascinos. Los conocidos la saludan desde sus carruajes; en las avenidas se forman grupos de paseantes que se paran a hablar de ella. Pero ella no advierte nada de esto y tan sólo inclina la cabeza cuando la saluda un caballero grave.
De pronto aparece un joven montando un soberbio caballo negro, fogoso. Al ver a Wanda, modera el paso, se detiene, la deja pasar delante y ella le mira entonces también, la leona de los leones. Sus ojos se encuentran, pero ella no puede resistir la fuerza magnética de los suyos y tiene que volver la cabeza.
Sofocado por esta mirada, entre sorprendida y encantada, con que ha envuelto al joven, el corazón me desfallece.
Indudablemente es un hombre hermoso, más aún, un hombre como nunca vi otro. Parece un Belvedere de mármol; tiene los mismo músculos suaves, pero de acero; el mismo pelo encrespado; pero lo que le da una belleza característica es que carece de bigote y de barba. Si tuviese las caderas más anchas, se le tomaría por una mujer disfrazada. La boca es enteramente femenina, con labios de león que dejan entrever los dientes, dando, a veces, a su rostro una expresión cruel. ¡Es Apolo desollando vivo al sátiro Marsyas!
Lleva botas de montar, un chaleco de cuero blanco estrecho y ajustado, un dolmán de paño negro guarnecido de astracán y de ricas pasamanerías, como las de los oficiales italianos. Un fez rojo cubre su cabeza.
Ahora comprendo el Eros masculino y admiro al Sócrates que fuera virtuoso con este Alcibíades.

Nunca he visto a mi leona tan excitada. Sus mejillas ardían cuando descendía del coche ante su villa; subió a escape las escaleras, y con una mirada imperiosa me ordenó que la siguiera.
Paseando agitada a lo largo de la habitación, comenzó a decirme en un tono de odio que me causaba miedo:
—Vas a ir a tomar informes sobre el joven de los Cascinos, hoy mismo, a escape. ¡Qué hombre! ¿Le has visto? ¿Qué dices? ¡Habla!
—Es muy guapo —respondí sordamente.
—Tan guapo que he perdido la respiración —añadió parándose en medio de la habitación y apoyándose en el respaldo de una silla.
—Comprendo la impresión que te ha hecho —respondí, arrastrado de nuevo en un torbellino por mi loca fantasía—; yo mismo estaba fuera de mí, y puedo imaginar...
— ¡Que es mi amante! —riendo— ¡Que te da de latigazos y que es un placer para ti recibirlos de su mano! Vete.

Lo he conseguido antes de la caída del día. A mi regreso, Wanda se halla aún vestida, tendida en el sofá, la cabeza entre las manos, despeinada la cabellera, como la melena de un león.
—¿Cómo se llama? —me preguntó con una calma inquietante.
—Alejo Papadopolis.
—¿Griego entonces? Asentí con la cabeza. —Debe de ser muy joven.
—Poco mayor que tú. Dicen que ha estudiado en París y que se sabe que es ateo; que ha combatido en Candía contra los turcos, haciéndose notar no poco por su odio de raza, su crueldad y su bravura.
—¡De modo que es todo un varón! —exclamó con los ojos deslumbrantes.
—En la actualidad vive en Florencia... y es enormemente rico.
—Eso no te he preguntado yo —replicó con viveza acentuando las palabras.
—Es peligroso —añadió tras una pausa—. ¿No tienes miedo de él? Yo, sí. ¿No tendrá mujer?
—No.
—¿Querida? —Tampoco.
—¿A qué teatros va?
—Esta noche va al teatro Nicolini, en que trabajan la simpática Virginia Marini y Salvini, el primer cantante actual de Italia, quizá de toda Europa.
—No dejes de tomar un palco. ¡Pronto, pronto!
—Pero, señora...
—¿Quieres probar el látigo?

—Aguarda en la galería —me dice, mientras coloco sus gemelos y el programa en la delantera del palco y la coloco el taburete a los pies. Salgo a la galería y me recuesto contra el muro para no caer de celos y de cólera, o mejor —porque no es ésta la palabra propia— de agonía de muerte. La veo en su traje de moaré azul, su gran manto de armiño pendiente de las espaldas desnudas, frente a frente del palco que ocupa el griego. Los veo devorarse con los ojos. La Pamela de Goldoni, Salvini, la Marini, el público, el mundo entero, no existen ya para ellos. Y yo, ¿qué es lo que soy en este instante?
Hoy ha ido al baile del ministro de Grecia. ¿Le busca acaso?
Se ha vestido de seda verde mar, que dibuja sus formas divinas, dejando descubierto el busto y los brazos. Su pelo, atado en un solo nudo incandescente, adornado con un nenúfar blanco sobre su verde tallo, cae sobre su cuello en una onda única. Su expresión no guarda la menor huella de emoción que deje sospechar el estado de fiebre intensa que agita su alma. Va tan tranquila, tan tranquila, que mi sangre se hiela y siento congelarse mi corazón bajo su mirada. Lenta, con una majestad indolente y lánguida, sube la escalera de mármol, dejando arrastrar la opulencia de su manto, y penetra con abandono en el salón, que la luz de centenares de bujías llena de una niebla dorada.
Instantáneamente se pierde a mi vista, y recojo del suelo su abrigo, que, sin notarlo, se me ha caído de las manos.
Beso las pieles y mis ojos se llenan de lágrimas.

Es él.
Vestido de seda negra adornada con costosa cebellina oscura, es el hermoso déspota altivo que juega con la vida y el alma de los hombres. Llega al vestíbulo, mira altanero a su alrededor, y fija largo rato sus ojos sobre mí, de una manera inquietante.
Bajo su mirada de acero, me sobrecoge de nuevo la agonía mortal, la sospecha de que él pueda cautivarla, tomarla, subyugarla; y un sentimiento de vergüenza, de celos, de envidia de su poderosa virilidad, me invade el alma.
¡Cuan bien me cercioro ahora de que soy un ser débil y confuso! Lo más ignominioso es que debería aborrecerle, y no puedo. ¿Cómo es posible que él me haya reconocido al instante entre una multitud de lacayos?
Me llama, moviendo la cabeza con una distinción inimitable; y yo, obedeciéndole, me aproximo a mi pesar.
—Quítame el abrigo —me dice con la mayor tranquilidad.
La rebeldía de mi alma hace temblar todo mi ser; pero obedezco, sumiso como un esclavo.

Espero impaciente toda la noche, delirante de fiebre. Extraños cuadros pasan ante mi vista. Los veo hablarse en una primera mirada larga; colgada de su brazo, ebria, la veo atravesar el salón, los párpados entornados, recostada sobre su pecho; ahora le veo en el santuario del amor, no como esclavo, sino como dueño, en el sofá, ella a sus pies. ¡Me veo yo también sirviéndoles de rodillas! La bandeja tiembla en mi mano y él toma el látigo...
Ahora los lacayos se ponen a hablar de él.
Como es hermoso como una mujer, y lo sabe, se viste cuatro o cinco veces al día, a la manera de una verdadera cortesana.
En París, dos veces se mostró en público vestido de mujer, y los hombres le asediaron. Cierto cantante italiano, célebre por su talento y sus aventuras galantes, forzó su puerta y le amenazó con matarse a sus pies si no satisfacía su pasión.
—¡Lo siento! —replicó el griego, riendo—; tendría mucho gusto en complacerle a usted; pero no puedo hacer otra cosa que ejecutar su sentencia de muerte, porque soy hombre.

Ha comenzado la dispersión; pero ella, sin duda, no piensa aún en salir.
El alba asoma ya tras las persianas.
Oigo, por fin, el frú-frú de su traje de seda, envolviéndola en sus ondas verdosas. Viene hablando con él.
Yo ya no existo para ella, y ni siquiera se toma el trabajo de darme órdenes.
—El abrigo de la señora —dice él, que, naturalmente, no piensa en ayudarla.
Mientras la pongo la pelliza, ella permanece a su lado. Luego, cuando de rodillas la calzo las botas de abrigo, poniendo levemente su mano sobre la espalda del griego, le pregunta:
—¿Qué os parece la leona?
—Si el león que ella ha escogido vive con ella y le ataca otro —dijo el Apolo—, tiéndase la leona y contemple la lucha; y si su compañero queda debajo, no le socorra en modo alguno, déjele morir en su sangre bajo las garras de su rival, y siga al vencedor, al más fuerte, porque esto es naturaleza en la hembra.
La leona me lanzó entonces una mirada rápida y extraña.
Me estremecí sin saber por qué, y la luz roja, matutina, nos inundó de sangre a los tres: a ella, a él y a mí.

No ha querido acostarse; tan sólo se ha quitado el traje de baile y ha deshecho su peinado. Me ordena que encienda la chimenea y se queda junto a ella, mirando el fuego con fijeza.
—¿Me necesitas, mi dueña? —pregunté, faltándome la voz en la última palabra.
Wanda meneó la cabeza.
Salgo de la habitación y me siento en los peldaños de la galería que conduce al jardín. Del Amo sopla un ligero viento Norte, una frescura fría y húmeda; a lo lejos, las verdes colinas se envuelven en nubes rosadas; un vapor de oro flota sobre la ciudad y la cúpula del Duomo.
Algunas estrellas brillan aún en el cielo azul pálido.
Me quito el abrigo y apoyo mi abrasada frente sobre el mármol. Todo lo pasado hasta aquí me parecía un juego de niños; pero ahora viene la realidad espantosa.
Presiento la catástrofe, la veo delante de mí, puedo cogerla con las manos; pero me falta valor para afrontarla, mis fuerzas se agotaron. Y si soy hombre de honor, no pueden asustarme los dolores físicos ni los sufrimientos morales que puedan caer sobre mí, los malos tratos que, acaso, me amenazan.
Ahora experimento un temor: el temor de perder a esta mujer, a quien he amado con una especie de fanatismo. Este temor es tan poderoso, me aplasta de tal modo, que, de repente, me pongo a sollozar como un niño.

Toda la mañana ha permanecido encerrada en la habitación, servida por una negra. Cuando la estrella de la tarde principia a aparecer en el cielo azul, la he visto atravesar el jardín, y al seguirla prudentemente de lejos, la he visto penetrar en el templo de Venus. Me deslicé furtivamente tras ella, y miré por la hendidura de la puerta.
Estaba ante la augusta estatua de la diosa, con las manos juntas, como en oración, y la luz sagrada de la estrella del amor la alumbraba con sus rayos azules.
De noche, en el lecho, me sofocan la agonía de perderla, la desesperación que, de un libertino como yo, hace un héroe. Enciendo fe lamparilla que pende en el corredor bajo una imagen, y con ella en la mano, velándola con la otra, llego hasta su alcoba.
La leona, vencida, al fin, por la fatiga, completamente aniquilada, duerme extendida sobre la espalda; cerrados lo puños, respirando desigualmente. Parece angustiada por un sueño. Lentamente retiro la mano y dejo caer la claridad roja, con toda su crudeza, sobre su rostro admirable.
¡No se despierta!
Deposito sin ruido la lámpara sobre el suelo, me arrodillo ante el lecho y reclino mi cabeza sobre su brazo, suave y tibio.
Se agita un instante, pero tampoco despierta. No sé cuánto tiempo permanecí así, en medio de la noche, petrificado de atroz tormento.
Por fin, en un violento estremecimiento, puedo llorar. Mis lágrimas corren sobre su brazo. Se estremece varias veces de pies a cabeza; se despierta al fin, y mira.
—¡Severino! —exclama, más asombrada que colérica.
No puedo responder.
—¡Severino! —vuelve a decir con dulzura—. ¿Qué tienes? ¿Estás enfermo?
Su voz era tan compasiva, tan buena, tan afectuosa, que me arrancó el corazón como con tenazas enrojecidas al fuego, y comencé a sollozar alto.
—¡Severino! ¡Pobre desgraciado amigo! —su mano cayó tiernamente sobre mi pelo—. Sufro, sufro por ti, pero no puedo socorrerte; con la mejor voluntad del mundo, no conozco remedio para ti.
—¡Ay, Wanda! ¿Y es eso como es debido? —gemí en mi dolor.
—¿El qué, Severino? ¿De qué hablas?
—¿No me amas ya? ¿No tienes piedad de mí? ¿Te ha subyugado ya el guapo extranjero?
—No sé mentir —respondió con dulzura, después de una leve pausa—. Me ha causado una impresión que no puedo comprender, bajo la cual sufro y tiemblo; una impresión que he encontrado descrita por los poetas, que he visto en el teatro, pero que consideraba como una creación fantástica. El es como un león, fuerte, hermoso, orgulloso y tierno; nada bárbaro, como los hombres del Norte. Mucho lo siento por ti, Severino, pero es preciso que yo le posea; ¿qué estoy diciendo? Que me posea él cuando le plazca.
—Piensa en tu honor, Wanda, intacto hasta ahora, si es que soy algo para ti.
—Yo pienso; he sido fuerte mientras he podido; pero ahora —ocultó, avergonzada, la cara entre la almohada— quiero ser su mujer, si me acepta.
—¡Wanda! —exclamé asaltado de nuevo por la agonía mortal que me quitaba respiración y conocimiento—. ¡Quieres ser su mujer, quieres pertenecerle! ¡Oh, no me eches de tu presencia! El no te ama.
—¿Quién te lo ha dicho? —exclamó encendida.
—No te ama, no —continué con pasión—. Quien te ama soy yo, tu esclavo, que quiere echarse a tus pies y sostenerte en sus brazos toda la vida.
—¿Quién te ha dicho que no me ama? —volvió a decir con afán.
—¡Sé mía! —sollocé—. ¡Sé mía! ¡No puedo existir, no puedo vivir sin ti! ¡Ten compasión de mí, Wanda!
Me miró, y de repente su mirada tomó la fría expresión desalmada, la sonrisa perversa que ya me eran conocidas.
—¿Dices que no me ama? —dijo con desdén—. Está bien, consuélate tú también.
Y al mismo tiempo me volvió la espalda despreciativamente.
—¡Dios mío! ¿Luego no eres una mujer de carne y hueso? ¿Luego no tienes corazón como lo tengo yo? —exclamé, mientras un espasmo sacudía convulsivamente todo mi ser.
—Bien sabes tú que soy una mujer de piedra, la Venus de las pieles, tu ideal. Arrodíllate y adórame.
—¡Wanda! ¡Piedad, piedad!
Ella reía. Recliné la cara sobre su almohada y dejé que las lágrimas calmaran mi dolor.
Hubo un largo silencio. Al fin, Wanda se incorporó.
—¡Me estas aburriendo!
—¡Wanda!
—Tengo sueño, déjame dormir.
—¡Piedad! ¡No me alejes de tu presencia; nadie te amará, nadie podrá amarte tanto como yo!
—¡Déjame dormir!
Y de nuevo me volvió la espalda.
De un salto me apoderé del puñal colgado a su cabecera. Le saqué de la vaina y le puse sobre mi pecho.
—Voy a matarme ante ti —murmuré sordamente.
—Haz lo que quieras —respondió Wanda con perfecta indiferencia—, pero déjame dormir.
Luego volvió a bostezar.
—¡Qué sueño tengo!
Durante cierto tiempo permanecí petrificado; luego yo también reí y volví a llorar otra vez. Me guardé el puñal y me arrodillé nuevamente ante ella.
—¡Wanda, escúchame un instante!
—¡Quiero dormir! ¿Lo oyes? —exclamó encolerizada. Y saltando de su lecho me dio un puntapié—. ¿Olvidas que soy tu dueña?
Como yo permaneciera inmóvil, cogió el látigo y me pegó. Me levanté y me hirió de nuevo en la cara.
—¡Mujer, esclavo!
Amenazando al cielo con las manos salí resuelto de la habitación. Ella arrojó el látigo y se puso a reír a carcajadas. Ahora pienso que mi actitud teatral debía ser realmente cómica.

Decidido a separarme de la mujer sin corazón que tan cruelmente me ha maltratado y que, a cambio de mi adoración esclava, de todo lo que he sufrido por ella, está a punto de faltar ahora a la fe jurada, hago un paquete con mis pobres ropas y luego escribo la carta siguiente:
«Señora: La he amado a usted como un insensato; me he entregado a usted, pero usted ha profanado mis sentimientos más sagrados, desempeñando para mí un papel descaradamente frívolo. Mientras sólo ha sido, usted cruel y despiadada, la he podido amar, pero ya no, a punto de ser grosera. No soy yo el esclavo que se deja pisotear por usted. Usted misma me ha dado la libertad, y yo abandono a una mujer a la que ahora sólo puedo dar odio y desprecio.
SEVERINO DE KUSIEMSKI
Di la carta a una de las negras y partí tan de prisa como pude. Llegué desalentado a la estación del ferrocarril, y allí sentí una violenta herida en el corazón...; me detuve...; me eché a llorar. ¡Ah! ¡Qué ignominia! ¡Quiero huir y no puedo! Me vuelvo. ¿Dónde? ¡Hacia ella, a quien aborrezco y amo a la vez!
Reflexiono de nuevo. No me atrevo a volver.
¿Cómo abandonar Florencia? Otra vez recuerdo que carezco absolutamente de dinero. Iré a pie. Es más decoroso mendigar que comer el pan de una cortesana.
Pero no puedo.
Ella tiene mi palabra de honor. Debo volver. Quizá me deje ella.
Doy rápidamente algunos pasos. Después me detengo de nuevo. Ella tiene mi palabra de honor, mi juramento de esclavo, que durará en tanto que ella quiera, mientras ella no me devuelva la libertad. Tampoco puedo matarme.
Me encuentro en los Cascinos, a orilla del Arno, junto a sus aguas amarillentas que riegan con un murmullo sordo algunos sauces perdidos. Rememoro todos los incidentes de mi vida y la encuentro lamentable, no obstante algunas alegrías aisladas, infinitamente indiferentes y sin valor, sembrada con abundancia de sufrimiento, dolores, agonías, desilusiones, esperanzas fallidas, penas, remordimientos, duelos.
Pienso en mi madre, tan amada, a quien vi extinguirse de espantosa enfermedad; en mi hermano, que lleno de derechos al placer y a la felicidad, murió en la flor de su edad sin haber podido aproximar a sus labios la copa de la vida; pienso en mi nodriza muerta, en los amigos que trabajaron y estudiaron conmigo, en todos a quienes cubre con su sudario la indiferente y fría tierra. Pienso en el palomo que, a menudo, hastiado de su paloma, me hacía una reverencia, retrocediendo... Todo esto ha vuelto ya al polvo.
Luego me echo a reír y me deslizo en el agua; pero en el mismo instante, me agarro a unos juncos que se levantan por encima de las ondas amarillas, y veo ante mí la mujer que me puso en tan miserable condición. Flota en la superficie del agua, alumbrada por el sol, como si fuera transparente, rodeada la cabeza y la nuca de llamas rojizas. Vuelve hacia mí su rostro y me sonríe.

He vuelto otra vez a su casa, chorreando, rojo de fiebre y de vergüenza. La negra ha entregado la carta; de manera que estoy juzgado, perdido, completamente en manos de una mujer sin corazón, ofendida.
Ahora me matará. Yo no quiero matarme, y, sin embargo, tampoco quiero vivir mucho.
Cuando entré en la villa, Wanda estaba en la galería, apoyada en la balaustrada, la cara iluminada plenamente por el sol, los ojos entornados.
—¿Vives aún? —me preguntó sin moverse.
Yo quedé mudo, la cabeza inclinada sobre el pecho.
—Dame el puñal — continuó—. Para nada te sirve. No tienes valor para dejar la vida.
—No —respondí, temblando de frío.
Me envolvió en una mirada altanera de desprecio.
—Le has perdido en el Arno. Está bien. Pero ¿por qué no te has ido?
Murmuré algo que ni ella ni yo pudimos entender.
—¡Ah! ¿No tienes dinero? ¡Toma! —y sin decir más, llena de desdén, me lanzó el portamonedas a la cara.
No le recogí.
Ambos quedamos callados.
—¿No quieres irte, pues?
—No puedo.

Wanda ha ido en coche a los Cascinos sin mí, y sin mí ha vuelto al teatro. Ha recibido visitas. La negra la ha servido. Nadie se fija en mí. Voy rondando por el jardín como un animal sin dueño.
Tendido en el césped he visto los gorriones disputarse algunos granos.
De repente, oigo el roce de un traje de mujer.
Wanda se acerca. Viste un traje oscuro de seda de cuello alto, y el griego la acompaña. Hablan muy animados, pero no puedo coger una sola palabra. De pronto, el griego golpea el suelo con el pié con tanta violencia que hace saltar guijarros y se pone a sacudir su fusta en el aire. Wanda queda espantada.
¿Tiene miedo?
¿Dónde están ya?

La ha dejado; ella le llama, pero él no la oye o no quiere oírla.
Wanda mueve tristemente la cabeza y se sienta en el banco más próximo, abstraída en sus pensamientos. Yo la contemplo con una especie de perversa alegría. Por fin, me levanto y me acerco con aire de desdén.
—Vengo a desear a usted buena suerte —digo, inclinándome—. Ya veo que ha encontrado usted su dueño, señora.
—¡Sí! ¡Dios sea alabado! ¡Basta de esclavos! ¡Un amo! La mujer necesita amo, y le adora.
—De suerte que tú, Wanda, ¿amas a ese bárbaro?
—Como no he amado nunca a nadie.
—¡Wanda! —cogí el puñal; pero las lágrimas me invadían ya los ojos, y me sobrecogió un transporte de pasión, de dulce demencia—. ¡Bien, tómale por esposo; él será tu dueño y yo tu esclavo mientras viva!
—¿Quieres ser mi esclavo, a pesar de todo? Sería gracioso; pero temo que no quiera él.
—¿Él?
—Sí, está celoso de ti, ¡de ti! Ha exigido que te abandone, y cuando ha sabido que eres...
—¡Le has dicho... —repliqué, cortado. —Todo; le he contado toda nuestra historia, tus caprichos y, en vez de echarse a reír, se ha encolerizado...
—¿Y te amenazó?
Wanda miró al suelo y se calló.
—¡Sí, sí! —dije con amargo desdén—. Le has tenido miedo. ¡Wanda! —me lancé a sus pies y abracé sus rodillas—. No deseo nada de ti; nada, sino ser tu esclavo, tu perro...
—¿Sabes que me aburres? —dijo ella con aire apático.
Di un salto, indignado.
—Ya no eres cruel, sino grosera —dije, pronunciando las palabras con tono incisivo y duro.
—Ya lo decías en la carta —replicó, alzando los hombros con aire arrogante—. Un hombre de talento jamás debe repetirse.
—¡Cómo me tratas! ¿Qué nombre das a eso?
—Podría castigarte a latigazos, pero prefiero responderte. No tienes derecho a quejarte. ¿No he sido siempre honrada contigo? ¿No te lo advertí varias veces? ¿No te he amado cordialmente, apasionadamente, dándote a entender de todos modos que era peligroso entregarse a mí, rebajarte ante mí? ¿No te dije que quería ser dominada? ¡Y tú quisiste ser mi esclavo, mi juguete! ¡Y habrás experimentado el mayor placer al serlo, bajo el látigo y bajo el pie de una mujer cruel y orgullosa! ¿Qué pretendes ahora? Los malos instintos dormitaban en mí y tú los despertaste. Si ahora me complazco en torturarte, en maltratarte, tú eres el único responsable; tú has hecho de mí lo que soy, y ahora eres bastante cobarde, miserable e inhumano para quejarte ante mí!
—¡Sí, soy culpable! Pero ¿no he sufrido bastante? Cesa este juego cruel.
—Mucho lo quiero —contestó, mirándome con un aire falso y extraño.
—¡Wanda! —exclamé con violencia—. ¡No abuses, mira que esta vez soy ya hombre!
—¡Humo de paja, que alarma un instante y que se apaga tan pronto como se encendió! Cree» intimidarme, y me haces reír. Si hubieses sido el hombre que me figuré al principio, un pensador, un hombre serio, te hubiera amado fielmente y sería hoy tu mujer. La mujer desea un hombre hacia el cual pueda levantar su mirada. Un hombre como tú, que ofrece libremente su cuello para que la mujer ponga sobre él el pie, sólo puede servir de juguete agradable; pero no tarda en tirarle cuando se hastía.
—Intenta ahora arrojarme —dije desdeñosamente—. Mira que soy un juguete peligroso.
—No me provoques —contestó Wanda. Sus ojos y sus mejillas se encendieron.
—Si no puedo poseerte —repliqué poseído de cólera—, ningún otro te poseerá.
—¿En qué drama has visto eso? —exclamó con un aire de desdén que me sofocó. Estaba pálida de cólera—. No me provoques —añadió—; mira que no soy cruel, pero no sé hasta dónde llegaría si no pones límite...
—¿Qué peor puedes hacer para mí que entregarte a ese hombre? —respondí cada vez más exasperado.
—Puedo hacerte su esclavo. ¿Acaso no estás en mi poder? ¿No hay un contrato? Pero, francamente, sería un placer para ti si te hiciera atar y le dijera: haz de él lo que quieras.
—¿Estás loca, mujer?
—Estoy en toda mi razón. Te lo dije la última vez. Ya no me ofreces ninguna resistencia, y puedo ir más lejos aún. Siento una especie de odio hacia ti, y veré con verdadera voluptuosidad cómo él te flagela hasta la muerte; aguarda, aguarda.
Apenas dueño dé mí, la cogí de las muñecas y la arrojé a tierra, cayendo de rodillas ante mí.
—¡Severino! —exclamó con la cólera y el miedo pintados en el rostro.
—¡Te he de matar si te haces su mujer! —mis palabras salían secas y ardientes de mi boca—. Me perteneces y no te abandonaré, porque te he amado mucho —la cogí, trayéndola hacia mí, mientras impensadamente mi mano derecha se apoderó del puñal pendiente de mi cintura.
Wanda levantó hacia mí sus grandes ojos, de una tranquilidad inconcebible.
—Así me gustas —dijo con resignación—. Ahora me pareces un hombre, y en este momento te amo aún.
—¡Wanda! —las lágrimas me saltaron de los ojos, me incliné hacia ella y cubrí de besos su rostro encantador, mientras ella, riendo con malicia, exclamó:
—¿Tienes ya bastante ideal? ¿Estás contento de mí?
—¿Cómo? —balbuceé—. ¿Eres sincera?
—Lo soy cuando te digo que te he amado a ti, a ti solo, y tú, ¡loco!, no has notado que todo era juego y broma, ni lo penoso que me era darte un latigazo en el instante mismo que deseaba abrazarte. Pero ya es bastante, ¿oyes? He desempeñado mi cruel papel mucho mejor que tú creías y ahora serás feliz poseyendo tu mujercita, buena y tan poco bonita, ¿no es eso? Viviremos razonablemente y...
—¡Serás mi mujer! —exclamé inundado de alegría.
—¡Sí! ¡Tú mujer, querido mío! —murmuró Wanda, besándome las manos.
Yo la levanté hasta mi pecho. —Ya has dejado de ser Gregorio, mi esclavo; vuelves a ser Severino, mi elegido.
—¿Y él? ¿No le amas ya?
—¡Cómo puedes creer que pueda amar a un bárbaro! Tú estabas ciego; tenía miedo por ti.
—¡Y yo que he estado a punto de matarme!
—¿De verás? ¡Ay! ¡Tiemblo al pensar si hubieras caído en el Amo!
—Pero tú me salvaste —añadí con dulzura—. Tú flotabas sobre las aguas sonriendo y tu sonrisa me devolvió a la vida.

Experimento una sensación extraña cuando la estrecho ahora en mis brazos, mientras ella descansa sobre mi pecho y se deja abrazar sonriendo. Me parece que salgo repentinamente de un acceso de fiebre o que, habiendo naufragado, llego, al fin, a la costa, después de haber luchado todo el día contra las olas que amenazaban tragarme a cada instante.

—Aborrezco esta Florencia donde has sido tan desgraciado —dijo ella cuando la deseaba buena noche—, y quiero marcharme mañana mismo. Tendrás la bondad de escribirme algunas cartas, y entre tanto, yo iré a hacer unas compras. ¿Quieres?
—Sí, mi querida, mi buena y hermosa mujer.

Muy de mañana, Wanda viene a llamar a mi puerta para preguntarme cómo he pasado la noche.
Su amabilidad me tiene encantado. Nunca imaginé que fuera tan buena.
Hace ya más de cuatro horas que salió, y hace tiempo que terminé sus cartas. Me siento en la galería e interrogo la calle cercana. Tuve algún recelo en otro tiempo; pero ya, ¡gracias a Dios!, nada de dudas ni temores. Y, con todo, mi corazón está oprimido, sin que pueda yo evitarlo. Tal vez son los sufrimientos pasados, cuyo recuerdo pesa aún sobre mi alma.

Ya está aquí, radiante de alegría.
—¿Ha salido todo a tu gusto? —la pregunto, besándola la mano.
—Sí, corazón mío. Esta noche nos» vamos. Ayúdame a arreglar los maletines.

Por la tarde me ruega que vaya yo por mí mismo a dejar las cartas en el correo. Tomo el coche y vuelvo al cabo de una hora.
—El ama ha preguntado por ti —me dice una negra riendo, al subir las escaleras.
—¿Ha venido alguien?
—Nadie.
Y como una gata negra, escapa escaleras abajo.
Atravesé lentamente el salen y me detuve ante la puerta de su alcoba,
¿Por qué me late el corazón, si soy dichoso?
Al abrir despacito la puerta y retirar los cortinajes, Wanda está tendida en el sofá y finge no darse cuenta de mi llegada, ¡Qué hermosa en su traje de seda gris plateada, que revela sus divinas formas y descubre su admirable garganta y sus brazos! Una cinta de terciopelo negro ata su pelo, En la chimenea arde el fuego; la lámpara lanza a su alrededor su luz roja; toda la habitación parece nadar en sangre.
—¡Wanda! —exclamé al fin.
—¡Oh, Severino! —exclamó con alegría—. Te he aguardado impaciente,
Se levantó y me enlazó en sus brazos. Después se sentó de nuevo sobre el rico almohadón, y quiso atraerme hacia ella; pero yo me deslicé a sus pies y recliné mi cabeza sobre sus rodillas.
—¿Sabes que hoy estoy muy enamorada de ti? —murmuró, mientras apartando dos mechones de pelo de mi frente me besaba en los ojos—, ¡Cuan hermosos tus ojos! Siempre fue lo que más admiré de ti, pero ahora estoy verdaderamente loca. ¡Me muero!
Extendió sus adorables miembros y me envolvió en una dulce mirada a través de las pestañas.
—¡Pero estás frío! Me tienes en los brazos como un pedazo de madera. ¡Aguarda, yo te encenderé! —y se pegó otra vez a mis labios, acariciante y maligna—. Veo que ya no te gusta, y tendré que ser cruel contigo a la fuerza. Sin duda he sido hoy demasiado buena para ti. ¿Sabes, loco? Tendré que apelar al látigo...
—Pero niña;..
—Sí, lo quiero.
—¡Wanda!
—¡Anda! ¡Déjate atar! ¡Quiero verte enamorado! ¿Entiendes? Aquí tenernos las cuerdas. Vamos a ver si sé.
Me ató primero los pies, luego las manos a la espalda, y, por último, me agarrotó los brazos como Un criminal.
—¿Qué es eso? ¿Puedes aún moverte?
—No.
—Bueno.
Hizo un lazo con una cuerda gruesa, me la pasó por la cabeza, dejándole deslizar hasta las caderas; luego tiró y me ató a íá columna.
En este momento sentí un extraño estremecimiento.
—Experimento la sensación que debe experimentar un sentenciado.
—¡Es que hoy te van a flagelar de veras!
—Entonces te ruego que te pongas la chaqueta de armiño.
—Te complaceré.
Y quitándose la kazabaika se puso aquella prenda. Luego, con los brazos cruzados sobre el pecho, se colocó ante mí y me miró con los ojos entornados.
—¿Conoces la historia del toro de Dionisio, tirano de Siracusa? —me preguntó.
—La recuerdo malamente. ¿Qué es ello?
—Un cortesano inventó un nuevo modo de suplicio para uso del tirano de Siracusa. Consistía en un toro de bronce hueco, en cuya entraña debía ser encerrado, el sentenciado. Una vez dentro éste, el toro era sometido a la acción de un fuego violento. Apenas la máquina comenzaba a caldearse, el desgraciado aullaba de dolor, y sus quejas semejaban el mugido del animal. Dionisio sonrió agradecido al inventor, sólo que, para probar su descubrimiento, lo encerró a él mismo en su toro de bronce. Esta historia está llena de enseñanzas. Lo mismo te pasa a ti, que me has enseñado el egoísmo, el orgullo y la crueldad, y que serás la primera víctima mía. Siento ahora el placer de tener bajo mi dominio a un hombre que piensa, siente y quiere como yo; un hombre más fuerte que yo, de cuerpo y espíritu, y de maltratarle particularmente porque me ama. ¿Me amas tú aún?
—¡Hasta la locura!
—¡Tanto mejor! Así sólo experimentarás placer en lo que voy a hacer de ti.
—¿Qué tienes? ¡No comprendo! La crueldad brilla verdaderamente hoy en tus ojos y estás tan extrañamente hermosa..., hasta tal punto eres la encarnación de la Venus de las pieles...
Sin contestarme, Wanda pasó su brazo sobre mi cuello y me besó en la nuca. Todo el fanatismo de mi pasión se apoderó de nuevo de mí.
—¿Pero dónde está el látigo? —grité. Wanda, sonriente, retrocedió.
—De modo ¿que quieres de veras? —exclamó, echando atrás desdeñosa la cabeza.
—¡Sí!
El rostro de Wanda cambió completamente de expresión, y alterado como estaba por la cólera, hasta me pareció odioso.
—¡Anda, flagélale! —dijo en voz alta.
En el mismo momento, el rostro del hermoso griego apareció a través del cortinaje de la cama. Quedó al principio mudo y cohibido. La situación era espantosamente cómica, y yo mismo me hubiera echado a reír a carcajadas, si no hubiese sido a la vez tan desesperadamente triste e ignominiosa conmigo.
Esto era más que mi sueño. Sentí frío en la espalda cuando mi rival se acercó hacia mí, con sus botas de montar, su blanco chaleco, su dolmán rico, y cuando mi mirada cayó sobre sus músculos de atleta.
—¿Eres cruel hasta este punto? —dijo volviéndose hacia Wanda.
—Tan sólo por el placer —respondió ella con aire huraño—. La vida sólo vale por el placer; quien le goza, deja la vida con pena; el que sufre, saluda a la muerte como amiga. Pero quien pretende gozar, ha de tomar la vida en el sentido antiguo, sin avergonzarse de caer en la disipación, incluso a expensas de otro; ha de ser siempre despiadado; debe uncir a los otros a su carro o a su arado, como bestias de carga. A los hombres que, como éste, experimentan voluptuosidad y placer en la esclavitud, felices en ella y compartiendo las alegrías que causan, no les pidáis ir libremente a la muerte. Su amo debe decirse: si me tuvieran en su mano, como yo le tengo, harían lo mismo conmigo y tendría que pagar su placer con mi sudor, con mi sangre, acaso con mi alma. Así era el mundo antiguo: placer y crueldad, libertad y esclavitud han sido juntos. Los que quieran vivir como dioses del Olimpo, deben tener esclavos que arrojar en los estanques, gladiadores que combatan en sus suntuosos festines y que sólo se hacen un poco de sangre.
Sus palabras me destrozaron el alma por completo. Comprendía.
—¡Desatadme! —exclamé furioso.
—¿No eres mi esclavo, mi propiedad? ¿Tendré que enseñarte el contrato?
—¡Desatadme! —volví a gritar desesperado, tirando con violencia de la cuerda.
—¿Podrá desatarse? —preguntó Wanda al griego—. Me ha amenazado con la muerte.
—Tranquilízate —dijo él examinando las ligaduras.
—¡Pediré socorro!
—Nadie nos oye y nadie me impedirá profanar otra vez tus sentimientos más sagrados, y desempeñar contigo un papel frívolo —continuó citando con desdén satánico las frases de mi carta—. ¿Soy ahora cruel y despiadada, o bien grosera? ¿Me amas o me desprecias? Ten el látigo —y se lo alargó al griego, que vino con rapidez hacia mí.
—No lo intentéis —exclamé temblando de cólera—. No lo toleraré de vos.
—¿Lo dice usted porque no llevo pieles? —replicó el griego sonriendo con aire frívolo. Y tomó de sobre la cama la pelliza de cebellina.
—¡Qué bueno eres! —dijo Wanda, besándole y ayudándole a ponerse la prenda.
—¿Puedo darle de veras? —preguntó.
—¡Haz de él lo que quieras! —fue la contestación de Wanda.
—¡Bárbaro! —dije, rabioso.
El griego levantó sobre mí su fría mirada de tigre y probó el látigo, hinchándosele el bíceps de acero. Yo estaba agarrotado como Marsyas, y condenado a ver cómo Apolo me desollaba vivo. Mi mirada, errante por la habitación, se detuvo en el corredor que representaba a Sansón cegado por los filisteos, a los pies de Dalila. Esta imagen se me presentó como un símbolo, la eterna alegoría de la pasión, de la voluptuosidad, del amor que siente el hombre por la mujer. Cada uno de nosotros, me puse a pensar, es un Sansón a la postre, engañado por su amada, ya lleve ésta un justillo de lienzo o una capa de cebellina.
—Mira ya cómo le domo —exclamó el griego.
Mostró los dientes, y su cara tomó la expresión sanguinaria que me asustó cuando le vi por primera vez.
Y comenzó a descargar sobre mí el látigo, tan despiadada, tan espantosamente, que yo saltaba a cada golpe con todo mi cuerpo. Las lágrimas corrían por mis mejillas y, entre tanto, Wanda, recostada en el sofá entre sus pieles, contemplaba la escena con cruel curiosidad, retorciéndose de risa.
Imposible es describir los sentimientos que experimenta un hombre maltratado por un rival feliz ante la mujer a quien adora. Me sentía morir de vergüenza y desesperación.
Lo más ignominioso es que, en mi dolorosa situación, bajo el látigo de Apolo y las risas de Venus cruel, experimenté al principio una especie de encanto fantástico, ultrasensual. Pero el látigo de Apolo disipó pronto ese encanto poético. Los golpes llovían sobre mí; apreté los dientes, y el sueño voluptuoso, la mujer, el amor, se desvanecieron para mí.
Vi entonces con terrible precisión que, desde Holofernes y Agamenón hasta aquí, la pasión ciega, la voluptuosidad ha llevado siempre al hombre al cepo que le tiende la mujer..., la miseria, la esclavitud, la muerte.
Me pareció salir de un sueño.
En breve mi sangre saltó bajo el látigo. Yo me retorcía como un gusano, pero él hería siempre sin piedad y ella reía sin piedad también, cerrando las maletas, envuelta en su abrigo de viaje. Y seguía riendo cuando subió al coche en el pórtico.
Después cesó todo ruido.
Escuché, reteniendo la respiración.
El coche se alejó; se acabó todo.
Hubo un momento en que pensé vengarme, matarla. Pero recordé el contrato. Tenía que cumplir mi palabra a regañadientes.

El primer sentimiento que experimenté, después de esta cruel catástrofe de mi vida, fue un ardiente deseo de fatigarme, de viajar, de gustar las superfluidades de la existencia. Quise hacerme militar y marchar a Asia o a Argelia; pero mi padre, anciano y enfermo, me llamaba.
Volví, pues, tranquilamente al hogar doméstico y le ayudé, durante dos años, a soportar los cuidados y responsabilidades de su puesto. Entonces aprendí lo que ignoraba hasta entonces, y ahora me parece tan confortante como un vaso de agua a un ebrio. Aprendí a trabajar y a cumplir mis deberes.
Mi padre murió y me convertí en propietario, sin cambiar por esto. Llevo botas de campo y vivo con la moderación que tendría si mi padre viviese aún y me diera esta lección, mirándome.
Un día recibí una caja y una carta, en cuyo sobre reconocí la letra de Wanda.
Extrañamente emocionado, la leí:
«Caballero:
»Ahora que han pasado más de tres años de la huida de Florencia en la memorable noche que usted recordará, puedo escribirle para decirle, una vez más, cuánto le he amado. Pero usted hirió todos mis sentimientos con el extraño donativo que me hizo de su persona en su loca pasión. Tan luego como se hizo usted mi esclavo, sentí que no podía ser usted ya mi marido. Pero me parecía gracioso constituirme en ideal de usted, y quizá —cosa que me divertía más— llegar a curarle.
»Yo encontré el hombre fuerte que necesitaba, y he sido tan feliz con él como se puede ser en esta cómica bola de barro.
»Pero como cosa humana, mi felicidad duró poco. Apenas hace un año me le mataron en duelo, y ahora vivo en París como una Aspasia.
»¿Y usted? Su vida no habrá sido muy alegre desde que perdió los sueños de esclavitud, sin que hallaran satisfacción las desdichadas inclinaciones que me quitaron desde el principio toda claridad de pensamiento, toda bondad de corazón, toda sinceridad moral.
»Espero que mi látigo le habrá hecho bien. La cura fue cruel, pero radical. Recuerdo de los días pasados y de una mujer que le amó a usted con pasión, sea ese cuadro que le envío, obra del pobre alemán.
VENUS DE LAS PIELES.»
No podía hacer otra cosa que echarme a reír. Y cuando estaba sumergido en mis pensamientos, se presentó ante mí, látigo en mano, la bella de la chaqueta de armiño. De nuevo me eché a reír de lar que tanto había amado, de su famosa chaqueta de pieles, mi antiguo encanto, del látigo que había probado, de mis propios dolores, y me dije: Sí, la cura fue cruel, pero radical. Lo esencial es que estoy curado.

—Muy bien. ¿Y cuál es la moraleja de esta historia? —dije a Severino, colocando el manuscrito sobre la mesa.
—¡Qué fui un burro! —exclamó sin volverse hacia mí—. ¡Así la hubiera golpeado!
—Curioso medio, que puede emplearse con tus paisanas.
—¡Ah, sí! ¡Están muy acostumbradas! Pero piensa en su acción ante nuestras hermosas damas, nerviosas e histéricas.
—¿Y la moraleja?
—La moraleja es que, tal como la naturaleza la ha creado y como el hombre en la actualidad la trata, la mujer es enemiga del hombre, pudiendo ser su esclava o su déspota, pero jamás compañera. Sólo cuando el nacimiento haya igualado a la mujer con el hombre, mediante la educación y el trabajo; cuando, como él, pueda mantener sus derechos, podrá ser su compañera. En la actualidad, o somos el yunque o el martillo. Yo fui un burro al hacerme esclavo de una mujer, ¿comprendes? Esa es la moraleja: el que se deja dar de latigazos, lo merece. Como has visto, yo he sido golpeado, pero sané. Las nubes rosas del ultrasensualismo se desvanecieron y nadie me hará ya tomar las monas sagradas de Benarés o el gallo de Platón por imagen de Dios.


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Leopold von Sacher-Masoch (*27 de enero 1836, Lemberg- 9 de marzo 1895, Lindheim, Frankfurt am Main), fue un escritor austríaco reconocido en su época por sus descripciones de la vida, paisajes y costumbres de todas las regiones que formaron el Imperio Austrohúngaro.
En nuestros días su celebridad se debe ante todo al escándalo que acompañó la publicación de algunas de sus novelas, en particular de La venus de las pieles, y a ser el apellido Masoch el inspirador de la palabra masoquismo, cuya utilización para definir ciertos comportamientos sexuales patológicos aparece por primera vez en Psicopatía Sexual (1886), de Kraft-Ebing, quien le otorgó este dudoso honor a causa de las peculiares aficiones de sus personajes
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MORGUE -- POEMARIO

Escrito por imagenes 04-05-2009 en General. Comentarios (1)

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RÉQUIEM



Dos en cada mesa. Hombres y mujeres
en cruz. Cerca, desnudos, y, pese a ello, sin dolor.
El cráneo abierto. El pecho partido en la mitad. Los cuerpos
engendran ahora por última vez.

Cada uno llena tres cazuelas: desde el cerebro hasta los testículos.
Y el templo de Dios y el Corral del demonio
ahora pecho a pecho en el fondo de un cubo
se ríen del Gólgota y del pecado original.

El resto, en ataúdes. Sólo nuevas creaturas:
pierna de hombre, pecho de niño y pelo de mujer.
Yo vi lo que engendraron dos que antaño se jodian,
yacer allí, como si hubiera salido de un cuerpo materno.


SAAL DER KREISSENDEN FRAUEN



Die ärmsten Frauen von Berlin
—dreizehn Kinder in anderthalb Zimmern,
Huren, Gefangene, Ausgestoßene—
krümmen hier ihren Leib und wimmern.
Es wird nirgends so viel geschrien.
Es wird nirgends Schmerzen und Leid
so ganz und gar nicht wie hier beachtet,
weil hier eben immer was schreit.

"Pressen Sie, Frau! Verstehn Sie, ja?
Sie sind nicht zum Vergnügen da.
Ziehn Sie die Sache nicht in die Länge.
Kommt auch Kot bei dem Gedränge!
Sie sind nicht da, um auszuruhn.
Es kommt nicht selbst. Sie müssen was tun!"
Schließlich kommt es: bläulich und klein.
Urin und Stuhlgang salben es ein.

Aus elf Betten mit Tränen und Blut
grüßt es ein Wimmern als Salut.
Nur aus zwei Augen bricht ein Chor
von Jubilaten zum Himmel empor.

Durch dieses kleine fleischerne Stück
wird alles gehen: Jammer und Glück.
Und stirbt es dereinst in Röcheln und Qual,
liegen zwölf andere in diesem Saal.



PABELLÓN DE PARTURIENTAS



Las mujeres más pobres de Berlín
—trece niñas en cuarto y medio,
putas, prisioneras, execradas—
retuercen aquí sus cuerpos y gimen.
En ninguna parte se grita tanto.
En ninguna parte se ignoran tan completamente
dolores y angustias como en este lugar,
aquí siempre grita algo.

"¡Empuje Usted, mujer! ¿Entiende, sí?
No está aquí por diversión.
No alargue la cosa
¡También salen excrementos en este aprieto!
No está aquí para descansar
No viene solo. ¡Usted tiene que hacer algo!"
Por fin llega: azulado y pequeño.
Orina y heces lo ungen.

De once camas con lágrimas y sangre
los gemidos le dan la bienvenida.
Sólo en dos ojos estalla un coro de júbilos al cielo.

Por este pequeño pedazo de carne
pasará todo: desolación y felicidad.
Y cuando muera entre estertores y sufrimientos,
otros doce dormirán en este pabellón
.

 

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VALAQUENTA

Escrito por imagenes 02-05-2009 en General. Comentarios (0)
VALAQUENTA
Historia de los Valar y los Maiar según el saber de los Eldar




En el principio Eru, el Único, que en la lengua élfica es llamado Ilúvatar, hizo a los Ainur de su pensamiento; y ellos hicieron una Gran Música delante de él. En esta música empezó el Mundo; porque Ilúvatar hizo visible el canto de los Ainur, y ellos lo contemplaron como una luz en la oscuridad. Y muchos de entre ellos se enamoraron de la belleza y la historia del mundo, que vieron comenzar y desarrollarse como en una visión. Por tanto Ilúvatar dio Ser a esta visión, y la puso en medio del Vacío, y el Fuego Secreto fue enviado para que ardiera en el corazón del Mundo; y se lo llamó Eä.
Entonces aquellos de entre los Ainur que así lo deseaban, se levantaron y entraron en el mundo en el principio del Tiempo; y era su misión acabarlo, y trabajar para que la visión se cumpliese. Largo tiempo trabajaron en las regiones de Eä, de una vastedad inconcebible para los Elfos y los Hombres, hasta que en el tiempo señalado se hizo Arda, el Reino de la Tierra. Entonces se vistieron con las galas de la Tierra, y allí descendieron y moraron.
De los Valar
A los Grandes de entre estos espíritus los Elfos llaman Valar, los Poderes de Arda, y los hombres con frecuencia los han llamado dioses. Los Señores de Valar son siete; y las Valier, las Reinas de los Valar, son siete también. Estos eran sus nombres en la lengua élfica tal como se la hablaba en Valinor, aunque tienen otros nombres en el habla de los Elfos de la Tierra Media, y muchos y variados entre los hombres. Los nombres de los Señores son éstos, en debido orden: Manwë, Ulmo, Aulë, Oröme, Mandos, Lorien, y Tulkas; y los nombres de las Reinas son: Varda, Yavanna, Nienna, Estë, Vairë, Vana y Nessa. Melkor ya no se cuenta entre los Valar, y su nombre no se pronuncia en la Tierra.
Manwë y Melkor eran hermanos en el pensamiento de Ilúvatar. El más poderoso de los Ainur que descendieron al Mundo era en un principio Melkor; pero Manwë es el más caro al corazón de Ilúvatar y el que comprende mejor sus propósitos. Se lo designó para ser, en la plenitud de los tiempos, el primero de todos los reyes: señor del Reino de Arda y regidor de todo lo que allí habita. En Arda su deleite son los vientos y las nubes y todas las regiones del aire, desde las alturas hasta los abismos, desde los confines superiores del Velo de Arda hasta las brisas que soplan en la hierba. Lo llaman Súlimo, Señor del Aliento de Arda. Ama a todas las aves veloces de alas vigorosas, y ellas vienen y van de acuerdo con lo que él ordene.
Con Manwë habita Varda, la Dama de las Estrellas, que conoce todas las regiones de Eä. Demasiado grande es la belleza de Varda para que se la declare en palabras de los Hombres o de los Elfos; pues la luz de Ilúvatar vive aún en su rostro. En la luz están el poder y la alegría de Varda. Desde las profundidades de Eä, acudió en ayuda de Manwë; porque a Melkor lo conoció antes de la ejecución de la Música lo rechazó, y él la odió y la temió más que a todos Los otros hechos por Eru. Manwë y Varda rara vez se separan y permanecen en Valinor. Los palacios se alzan sobre las nieves eternas, en Oiolossë, la más alta torre de Taniquetil, la más elevada de todas las montañas de la Tierra. Cuando Manwë asciende allí a su trono y mira enfrente, si Varda está a su lado ve más lejos que otra mirada alguna, a través de la niebla y a través de la oscuridad y por sobre las leguas del mar. Y si 13 Manwë está junto a ella, Varda oye más claramente que todos los otros oídos el sonido de las voces que claman de este a oeste, desde las colinas y los valles, y desde los sitios oscuros que Melkor ha hecho en la Tierra. De todos los Grandes que moran en este mundo a Varda es a quien más reverencian y aman los Elfos. La llaman Eibereth, e invocan su nombre desde las sombras de la Tierra Media y la ensalzan en cantos cuando las estrellas aparecen.
Ulmo es el Señor de las Aguas. Está solo. No habita mucho tiempo en parte alguna, sino que se traslada a su antojo por las aguas profundas alrededor de la Tierra o debajo de la Tierra. Sigue en poder a Manwë, y antes de que Valinor fuera hecha, era el más próximo a él en amistad; pero después, raras veces asistía a los consejos de los Valar, a menos que se debatieran muy grandes asuntos. Porque tiene siempre presente a toda Arda y no necesita lugar de descanso. Además no le agrada andar sobre la Tierra y rara vez viste un cuerpo, a la manera de sus pares.
Cuando los Hijos de Eru llegaban a verlo, sentían un gran terror, pues la aparición del Rey del Mar era terrible, como una ola gigantesca que avanza hacia la tierra, con un yelmo oscuro de cresta espumosa y una cota de malla que resplandece pasando del color plata a unas sombras verdes. Altas son las trompetas de Manwë, pero la voz de Ulmo es profunda como los abismos del océano que sólo él ha visto.
No obstante Ulmo ama tanto a los Elfos como a los Hombres y nunca los abandona, ni aun cuando soportan la ira de los Valar. A veces llega invisible a las costas de la Tierra Media o sube tierra adentro por los brazos de mar, y allí hace música con los grandes cuernos, los Ulumúri, de conchas blancas labradas; y aquellos a quienes llega esa música, la escuchan desde entonces y para siempre en el corazón, 7 la nostalgia del mar ya nunca los abandona. Pero Ulmo habla sobre todo a los que moran en la Tierra Media con voces que se oyen sólo como música del agua. Porque todos los mares, los ríos y las fuentes le están sometidos; de modo que los Elfos dicen que el espíritu de Ulmo corre por todas las venas del mundo. Así le llegan a Ulmo las nuevas, aun en las profundidades abismales, de todas las necesidades y los dolores de Arda, que de otro modo permanecerían ocultos para Manwë.
Poco menos poder que Ulmo tiene Aulë. Domina todas las sustancias de que Arda está hecha. En un principio trabajó mucho en compañía de Manwë y Ulmo; y fue él quien dio forma a las tierras. Es herrero y maestro de todos los oficios, y los trabajos que requieren habilidad, aun los muy pequeños, tanto como de las poderosas construcciones de antaño. Suyas son las gemas que yacen profundas en la Tierra y el oro que luce en la mano, y también los muros de las montañas y las cuencas del mar. Los Noldor fueron quienes más aprendieron de Aulë, quien fue siempre amigo de ellos. Melkor estaba celoso, pues Aulë era el que más se le parecía en pensamiento y en poderes; y hubo entre los dos una prolongada lucha en la que Melkor siempre estropeaba o deshacía las obras de Aulë, y Aulë se cansaba de reparar los tumultos y los desórdenes provocados por Melkor. Ambos, también, deseaban hacer cosas propias que fueran nuevas y que los otros no hubieran pensado, y se complacían en las alabanzas de los demás. Pero Aulë fue siempre leal y sometía todo lo que hacía a la voluntad de Eru; y no envidiaba la obra de los otros, sino que buscaba y daba consejo. Mientras Melkor se consumía en envidias y en odios, hasta que por último nada pudo hacer, salvo mofarse del pensamiento de los demás, y destruir todas sus obras, si le era posible.
La esposa de Aulë es Yavanna, la Dadora de Frutos. Es amante de todas las cosas que crecen en la tierra, y conserva en la mente todas las innumerables formas, desde los árboles como torres en los bosques antiguos hasta el musgo de las piedras o las criaturas pequeñas y secretas del moho. Entre las Reinas de los Valar, Yavanna es la más venerable después de Varda. En forma de mujer es alta y viste de verde; pero a veces asume otras formas. Hay quienes la han visto erguida como un árbol bajo el cielo, coronada por el sol; y de todas las ramas se derramaba un rocío dorado sobre la tierra estéril que de pronto verdeaba con el trigo; pero las 14 raíces del árbol llegaban a las aguas de Ulmo y los vientos de Manwë Hablaban en sus hojas. En la lengua Eldarin la llaman Kementári, Reina de la Tierra.
Los Fëanturi, los Amos de los Espíritus, son hermanos, y con mucha frecuencia responden a los nombres de Mandos y Lorien. Sin embargo éstos son los nombres de los sitios en que habitan, y ellos en verdad se llaman Námo e Irmo.
Námo, el mayor, habita en Mandos, en el oeste de Valinor. Es el guardián de las Casas de los Muertos, y convoca a los espíritus de quienes tuvieron una muerte violenta. No olvida nada; y conoce todas las cosas que serán, excepto aquellas que aún dependen de la libertad de Ilúvatar. Es el Juez de los Valar; pero condena y enjuicia sólo por orden de Manwë. Vairë la Tejedora es su esposa, que teje todas las cosas que han sido alguna vez en el Tiempo en tramas de historias, y las estancias de Mandos, más amplias a medida que transcurren las edades, se adornan con ellas.
Irmo, el menor, es el patrono de las visiones y los sueños. Los jardines de Irmo se encuentran en Lorien, en la tierra de los Valar, y es el más hermoso de todos los lugares del mundo, habitado por muchos espíritus. Esté la Gentil, curadora de las heridas y ¿as tangas, es su esposa. Gris es su vestido, y reposo es su don. No camina durante el día, pero duerme en una isla en el lago de Lórellin, sombreado de árboles. Las fuentes de Irmo y Estë calman la sed de todos los que moran en Valinor; y a menudo los mismos Valar acuden a Lorien y encuentran allí reposo y alivio de la carga de Arda.
Más poderosa que Esté es Nienna, hermana de los Féanturi; vive sola. Está familiarizada con el dolor y llora todas las heridas que ha sufrido Arda por obra de Melkor. Tan grande era su pena, mientras la Música se desplegaba, que su canto se convirtió en lamento mucho antes del fin, y los sonidos de duelo se confundieron con los temas del Mundo antes que éste empezase. Pero ella no llora por sí misma; y quienes la escuchan aprenden a tener piedad, y firmeza en la esperanza. Los palacios de Nienna se alzan al oeste del Oeste en los límites del Mundo; y ella rara vez viene a la ciudad de Valimar, donde todo es regocijo. Visita sobre todo los palacios de Mandos, que están cerca de los suyos; y todos los que la esperan en Mandos claman por elía, pues fortalece los espíritus y convierte el dolor en sabiduría. Las ventanas de su casa miran hacia afuera desde los muros del mundo.
El más grande en fuerza y en proezas es Tulkas, a quien llaman Astaldo el Valiente. Fue el último en llegar a Arda para ayudar a los Valar en las primeras batallas contra Melkor. Ama la lucha y los torneos de fuerza; y no monta a caballo, pues corre más rápidamente que todas las criaturas que andan a pie, y no conoce la fatiga. Tiene el pelo y la barba dorados y la piel rojiza; sus armas son las manos.
Poco caso hace del pasado o del futuro, y no es buen consejero pero sí un amigo intrépido. Su esposa es Nessa, hermana de Oromë, y también ella es ágil y ligera de pies. Ama a los ciervos, y ellos van detrás de su séquito toda vez que ella se interna en las tierras salvajes, pero los vence en la carrera, veloz como una flecha con el viento en los cabellos. La danza la deleita, y danza en Valinor en los prados siempre verdes.
Oromë es un poderoso señor. Aunque no tan fuerte como Tulkas, es más terrible en cólera; mientras que Tulkas ríe siempre, en el juego como en la fuerra, y llegó a reírse en la cara de Melkor en las alalias de antes que los Elfos nacieran.
Oromë amaba la Tierra Media, la dejó de mala gana y fue el último en llegar a Valinor; y en otro tiempo volvía a menudo al este por las montañas y regresaba con su ejército a las colinas y las llanuras. Es cazador de monstruos y de bestias feroces, y encuentra deleite en los caballos y los perros; y ama a todos los árboles, por lo que recibe el nombre de Aldaron, y los Sindar lo llaman Tauron, el Señor de los Bosques. Nahar es el nombre de su caballo, blanco al sol y de plata refulgente por la noche. El gran cuerno que lleva consigo se llama Valaróma, y el sonido de este cuerno es como el ascenso del sol envuelto en una luz escarlata o el rayo que 15 atraviesa las nubes. Por sobre todos los cuernos de su ejército se oyó a Valaróma en los bosques que Yavanna hizo crecer en Valinor; pues allí preparaba Oromë a gente y a bestias para perseguir a las criaturas malignas de Melkor. La esposa de Oromë es Vana, la Siempre Joven, hermana menor de Yavanna. Las flores brotan cuando ella pasa, y se abren cuando ella las mira; y todos los pájaros cantan cuando ella se acerca.
Estos son los nombres de los Valar y las Valier y aquí se cuenta brevemente qué aspecto tenían, tal como los Eldar los contemplaron en Aman. Pero aunque las formas en que se manifestaron a los Hijos de Ilúvatar parecieran hermosas y nobles, no eran sino un velo que ocultaba su hermosura y su poder. Y si poco se dice aquí de todo lo que una vez supieron los Eldar, no es nada en comparación con lo que ellos son en verdad, pues se remontan a regiones y edades que nuestro pensamiento no alcanza. Entre ellos, Nueve eran los más poderosos y venerables, pero uno fue eliminado y quedaron Ocho, los Aratar, los Principales de Arda: Manwë y Varda, Ulmo, Yavanna y Aulë, Mandos, Nienna y Oromë. Aunque Manwë es el Rey y responsable de la lealtad de todos a Eru, son pares en majestad y sobrepasan sin comparación a todos los demás, Valar o Maiar, o a cualquier otro enviado por Ilúvatar a Eä.
De los Maiar
Con los Valar vinieron otros espíritus que fueron también antes que el Mundo, del mismo orden de los Valar, pero de menor jerarquía. Son éstos los Maiar, el pueblo sometido a los Valar, y sus servidores y asistentes. El número de estos espíritus no es conocido de los Elfos y pocos tienen nombre en las lenguas de los Hijos de Ilúvatar; porque aunque no ha sido así en Aman, en la Tierra Media los Maiar rara vez se han aparecido en forma visible a los Elfos y los Hombres.
Principales entre los Maiar de Valinor cuyos nombres se recuerdan en las historias de los Días Antiguos son limaré, doncella de Varda, y Eönwë, el portador del estandarte y el heraldo de Manwë, con un poder en el manejo de las armas que nadie sobrepasa en Arda. Pero de todos los Maiar, Ossë y Uinen son los más conocidos de los Hijos de Ilúvatar.
Ossë es vasallo de Ulmo y amo de los mares que bañan las costas de la Tierra Media. No desciende a las profundidades, pero ama las costas y las islas y se regocija con los vientos de Manwë; se deleita en las tormentas y se ríe en medio del rugir de las olas. Su esposa es Uinen, la Señora de los Mares, cuyos cabellos se esparcen por todas las aguas bajo el cielo. Ama a todas las criaturas que habitan en las corrientes salinas y todas las algas que crecen allí; a ella claman los marineros, porque puede tender la calma sobre las olas, restringiendo el frenesí salvaje de Ossë. Los Númenóreanos vivieron largo tiempo bajo la protección de Uinen, y la tuvieron en igual reverencia que a los Valar.
Melkor odiaba al mar, pues no podía someterlo. Se dice que mientras hacían a Arda, intentó ganarse la lealtad de Ossë, prometiéndole todo el reino y el poder de Ulmo, si lo servía. Así fue que mucho tiempo atrás hubo grandes tumultos en el mar que llevaron ruina a las tierras. Pero Uinen, por ruego de Aulë, disuadió a Ossë y lo condujo ante Ulmo; y fue perdonado y volvió a su servicio y le fue fiel, la mayoría de las veces; porque nunca perdió del todo el gusto por la violencia, y a veces mostraba una furiosa terquedad aun sin el consentimiento de Ulmo, su señor.
Por tanto, los que habitan junto al mar o se trasladan en embarcaciones suelen amarlo, pero no confían en él.
Melian era el nombre de una Maia que servía a Vana y a Esté; vivió largo tiempo en Lorien, donde cuidaba de los árboles que florecen en los jardines de Irmo, antes de que ella se trasladara a la Tierra Media. Los ruiseñores cantaban a su alrededor dondequiera que ella fuese.
16 El más sabio de entre los Maiar era Olórin. También él vivía en Lorien, pero sus caminos lo llevaban a menudo a casa de Nienna, y de ella aprendió la piedad y la paciencia.
De Melian mucho se dice en el Quenta Silmarillion. Pero de Olórin nada cuenta ese relato; porque aunque amaba a los Elfos, andaba entre ellos invisible o con la forma de un Elfo, y ellos desconocían el porqué de aquellas hermosas visiones o la impronta de sabiduría que él les ponía en el corazón. Más tarde fue amigo de todos los Hijos de Ilúvatar y compadeció sus sufrimientos, y quienes lo escuchaban despertaban de la desesperación y apartaban las aprensiones sombrías.

De los Enemigos
Ultimo de todos se inscribe el nombre de Melkor, el que se Alza en Poder.
Pero ha perdido ese nombre, a causa de sus propias faltas, y los Noldor, que de entre los Elfos son los que más han sufrido su malicia, nunca lo pronuncian, y lo llaman en cambio Morgoth, el Enemigo Oscuro del Mundo. Gran poder le concedió Ilúvatar, y fue coevo de Manwë. De los poderes y el conocimiento de todos los otros Valar, tenía él una parte, pero los volcó a propósitos malvados, y prodigó su fuerza en violencia y tiranía. Porque codiciaba a Arda y a todo lo que había en ella, deseando el reinado de Manwë y tener dominio sobre los reinos de sus pares.
Desde los días de esplendor llegó por arrogancia a despreciar a todos los seres con excepción de él mismo, espíritu estéril e implacable. Cambió el conocimiento en artes sutiles, para acomodar torcidamente a su propia voluntad todo lo que deseaba, hasta convertirse en un embustero que no conocía la vergüenza. Empezó con el deseo de la luz, pero cuando no pudo tenerla sólo para él, descendió por el fuego y la ira a una gran hoguera que ardía allá abajo, en la Oscuridad. Y fue la oscuridad lo que él más utilizó para obrar maldades en Arda, e hizo que la gente de Arda tuviese miedo de todas las criaturas vivientes.
Sin embargo, tan grande era el poder de su levantamiento, que en edades olvidadas contendía con Manwë y todos los Valar, y por largos años tuvo a Arda sometida en la mayor parte de las regiones de la Tierra. Pero no estaba solo.
Porque de entre los Maiar, muchos se sintieron atraídos por el esplendor de Melkor en los días de su grandeza, y permanecieron junto a él hasta el descenso a la oscuridad; y después corrompió a otros y los atrajo con mentiras y regalos traicioneros. Terribles entre ellos eran los Valaraukar, los azotes de fuego que en la Tierra Media recibían el nombre de Balrogs, demonios de terror.
Entre sus servidores con nombre, el más grande fue ese espíritu a quien los Eldar llamaron Sauron o Gorthaur el Cruel. Se lo contó al principio entre los Maiar de Aulë, y fue siempre una figura poderosa en las tradiciones de ese pueblo. En todos los hechos de Melkor el Morgoth en el Reino de Arda, en las vastas obras que el edificó y en las trampas que tendía, Sauron tuvo parte, y era menor en maldad que su amo sólo porque durante mucho tiempo sirvió a otro y no a sí mismo. Pero en años posteriores se levantó como una sombra de Morgoth y como un fantasma de su malicia, y anduvo tras él por el mismo ruinoso sendero que descendía al Vacío.


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ANTOLOGÍA DE NOVELAS DE ANTICIPACIÓN X

Escrito por imagenes 01-05-2009 en General. Comentarios (0)

ANTOLOGÍA DE NOVELAS DE ANTICIPACIÓN X

 

 

 

 

I - MUNDOS DEL MAÑANA

 

 

Con el correo nocturno

Rudyard Kipling

 

 

A las nueve de una borrascosa noche de invierno me encontraba en las plataformas inferiores de una de las torres postales de la G.P.O. Mi propósito era un viaje a Québec en la «Nave Postal 162 u otra cualquiera disponible»; y el propio Director General de Correos había refrendado la orden. Este talismán abría todas las puertas, incluso las del centro de expediciones, situado al pie de la torre, donde estaban distribuyendo el clasificado correo Continental. Las sacas estaban apiladas como arenques en los largos cajones grises que nuestra G.P.O. continúa llamando «vagones». Cinco de tales vagones fueron llenados mientras yo esperaba, y fueron disparados hacia arriba a lo largo de las guías, para ser cargados en las naves que esperaban trescientos pies más cerca de las estrellas.

Desde el centro de distribución fui acompañado por un agradable y maravillosamente instruido oficial —Mr. L. L. Geary, Segundo Expedidor de la Ruta Occidental— al Cuarto de Capitanes (esto despierta un eco de novela antigua), donde los capitanes de correos se hacen cargo de su turno de servicio. Me presentó al capitán del «162», capitán Purnall, y a su relevo, el capitán Hodgson. El uno es bajito y moreno; el otro alto y rojizo; pero los dos tienen la mirada característica de las águilas y los aeronautas. Puede apreciarse en las fotografías de nuestros pilotos de competición profesionales, desde L. V. Rausch hasta la pequeña Ada Warrleigh: aquella insondable abstracción de la mirada, acostumbrada a penetrar las profundidades del espacio.

En el tablón de avisos del Cuarto de los Capitanes, las flechas vibratorias de unos veinte indicadores registran, grado por grado geográfico, los progresos de otras tantas naves de regreso. La palabra «Cabo» aparece en la esfera de un cuadrante; suena un gong: el correo sudafricano se encuentra en la Torre de Recepción de Highgate. Eso es todo. Recuerda cómicamente la pérfida campanilla que en el desván de los aficionados a las palomas notifica el regreso de una mensajera.

—Ya es la hora —dice el capitán Purnall, y nos dirigimos al ascensor que ha de trasladarnos a la cumbre de la torre—. Nuestro vagón se cerrará cuando esté cargado y el personal ocupe sus puestos...

El «N.° 162» nos espera en el Embarcadero E del último piso. La gran curva de su lomo despide un brillo opaco bajo las luces, y alguna leve alteración del equilibrio le hace mecerse ligeramente en los ganchos que lo sujetan.

El capitán Purnall frunce el ceño y penetra en el interior. Con un suave chirrido, el «162» se inmoviliza por completo. Desde su hocico, que ha taladrado incontables leguas de granizo, nieve y hielo, hasta la intercalación de sus tres ejes propulsores, hay una distancia de doscientos cuarenta pies. Su diámetro máximo, localizado en la parte delantera, es de treinta y siete pies. Contrasta esto con los novecientos por noventa y cinco de cualquier vapor de línea, y puede suponerse la energía que se necesita para arrastrar un casco a través de todos los climas a una velocidad muy superior a la del Cyclonic...

La mirada no detecta ninguna juntura en su piel, excepto la que corresponde al emplazamiento del timón. El timón de Magniac, que nos asegura el dominio del aire inestable y que dejó a su inventor en la miseria y medio ciego. Está calculado para la curva «ala de gaviota» de Castelli. Una inclinación hacia adelante o hacia atrás de tres octavos de pulgada equivale a un descenso o una ascensión de cinco millas.

—Sí —dice el capitán Hodgson, respondiendo a mi pensamiento—, Castelli creyó haber descubierto el secreto para controlar los aeroplanos, cuando lo único que hizo fue descubrir el modo de gobernar globos dirigibles. Magniac inventó su timón para que fuera aplicado a los buques de guerra, y la guerra pasó de moda y Magniac perdió la chaveta porque dijo que ya no podía servir a su patria. Me pregunto si alguno de nosotros sabe realmente lo que estamos haciendo.

—Si quiere ver el vagón cargado será mejor que suba a bordo —dice Mr. Geary.

Cruzo la puerta situada en el centro de la nave. Aquí no hay nada que alegre la vista. La hilera de tanques de gas discurre a un par de pies de distancia de mi cabeza, y gira por encima de la curva de la sentina. Los buques de línea y los yates disfrazan sus tanques con motivos decorativos, pero la G.P.O. se limita a cubrirlos con una capa de pintura gris, que es el color de reglamento. La sala de máquinas se encuentra casi en el centro de la nave. Delante de ella hay una abertura, ahora una escotilla sin fondo, en la cual quedará encajado nuestro vagón. Mirando hacia abajo, a trescientos pies de distancia, se percibe el centro de distribución. De pronto, algo asciende rápidamente hacia nosotros. Su tamaño aumenta paulatinamente: primero es un sello de correos, luego un naipe, después una batea y finalmente un pontón. Los dos empleados, su tripulación, ni siquiera levantan la mirada cuando llega a su destino. Las cartas para Québec vuelan bajo sus dedos y pasan a las correspondientes casillas, mientras los dos capitanes y Mr. Geary comprueban si el vagón queda bien encajado. Un empleado entrega la lista de embarque. El capitán Purnall le pone el visto bueno y se la pasa a Mr. Geary.

—¡Buen viaje! —dice Mr. Geary, y desaparece a través de la puerta, que un compresor neumático cierra detrás de él.

—¡A-ah! —suspira el compresor al relajarse.

Los ganchos que sujetan a la nave se sueltan con un chasquido metálico. Estamos libres.

El capitán Hodgson abre la gran portañola inferior a través de cuya mirilla coloide contemplo el iluminado Londres deslizarse hacia el este a medida que el viento nos arrastra. La primera de las bajas nubes de invierno oculta el conocido paisaje y oscurece el Middlesex. En uno de los extremos de la nube puedo ver las luces de una nave postal hundiéndose en la blanca masa. Por un instante brillan como estrellas antes de desaparecer en dirección a la Torre de Recepción de Highgate.

—El Correo de Bombay —dice el capitán Hodgson, y consulta su reloj—. Lleva cuarenta minutos de retraso.

—¿A qué altura estamos? —pregunto.

—A cuatro mil pies. ¿No va usted a subir al puente?

El puente (agradezcamos a la G.P.O. su preocupación por conservar las más antiguas tradiciones) está representado por una vista de las piernas del capitán Hodgson mientras permanece de pie en la Plataforma de Control. El bastidor coloide está abierto y el capitán Purnall, con una mano en el volante, está esperando una racha de viento favorable. El altímetro señala 4.300 pies.

—Hace una noche de perros —murmura Purnall, mientras remontamos capa tras capa de nubes—. En esta época del año, acostumbramos a encontrar una corriente de aire de levante por debajo de los tres mil pies, No me gusta avanzar a través de las nubes.

—Lo mismo le ocurre a Van Cutsem. Siempre anda buscando una racha de viento favorable —dice el capitán Hodgson.

Un centenar de brazas más abajo una luz empañada rompe las nubes. El Correo Nocturno de Antwerp está de regreso. El viento nos situaría sobre el Mar del Norte en media hora, pero el capitán Purnall gobierna la nave con prudencia.

«Cinco mil... seis mil, seis mil ochocientos.» El altímetro va subiendo hasta que encontramos la corriente de levante. Entonces, el capitán Purnall corta los motores y fija el gobernalle a una varilla situada delante de él. Sería absurdo utilizar las máquinas cuando Eolo nos empuja completamente gratis. Ahora avanzamos rápidamente. A esta altura, las nubes inferiores aparecen desplegadas, peinadas por los secos dedos del Este. Por encima de nuestras cabezas, una película de niebla a la deriva extiende una especie de gasa a través del firmamento. La luz de la luna convierte los estratos inferiores en plata sin una sola mancha, a excepción de la sombra que proyecta nuestra nave. Los Dobles Faros de Cardiff y de Bristol están apagados delante de nosotros, ya que seguimos la Ruta Meridional de Invierno. La Central de Coventry, el eje del sistema inglés, proyecta cada diez segundos su chorro de luz diamantina hacia el norte; a nuestra izquierda parpadea intermitentemente la inconfundible luz verde de El Puerro, el gran rompedor de nubes del cabo de San David. Con este tiempo tiene que haber una capa muy espesa de nubes encima de El Puerro, pero eso no le afecta.

—Nuestro planeta está superiluminado, desde luego —dice el capitán Purnall, mientras Cardiff-Bristol se deslizan por debajo de nosotros—. Recuerdo los viejos tiempos, cuando la localización de un lugar exigía una pericia especial. Sobre todo, cuando hacía mal tiempo. Ahora es como conducir por Piccadilly.

Señala las columnas de luz que taladran la capa de nubes. No vemos nada de los contornos de Inglaterra: sólo un blanco pavimento horadado en todas direcciones por aquellas escotillas multicolores. ¡Benditos sean Sargent, Ahrens y los hermanos Dubois, que inventaron los rompe nubes del mundo para que nosotros viajáramos con más seguridad!

—¿Va usted a remontarse para el Shamrock? —pregunta el capitán Hodgson.

El capitán Purnall asiente.

Debajo de nosotros el tránsito es muy intenso. El banco de nubes aparece cruzado de grietas llameantes: son las naves del Atlántico que regresan apresuradamente a Londres. Según las normas internacionales, las Naves Postales disponen de todo el espacio hasta cinco mil pies de altura, pero los extranjeros que tienen prisa se toman toda clase de libertades con el espacio inglés.

Sobre el Atlántico no hay ninguna nube, y unos leves regueros de espuma alrededor de la Bahía Dingle señalan los lugares donde el mar martillea la costa. Un enorme buque de línea de la S.A.T.A. (Société Anonyme des Transports Aëriens) está sumergiéndose a media milla debajo de nosotros en busca de alguna grieta en el sólido viento del oeste. Más abajo, una nave danesa averiada está comunicando con el buque de línea en clave internacional. Nuestro receptor de Comunicación General ha captado la conversación y la reproduce. El capitán Hodgson hace un movimiento para desconectarlo, pero cambia de idea.

—Tal vez a usted le guste escuchar —dice.

Argol, de Santo Tomás —susurra el danés—. Informando a los propietarios que tres soportes del eje de estribor se han fundido. En estas condiciones podemos llegar a Flores, pero imposible ir más allá. ¿Debemos comprar recambios en Fayal?

El buque de línea se da por enterado y recomienda invertir los soportes. El Argol contesta que ya lo ha hecho, sin resultado, y empieza a echar pestes contra los soportes alemanes. El francés asiente cordialmente, dice «Courage, mon ami" y corta la comunicación.

Sus luces se hunden bajo la curva del océano.

—Ese es uno de los buques de la Lundt & Bleamers —dice el capitán Hodgson—. Les está bien empleado por utilizar material alemán barato. ¡No llegará a Fayal esta noche! A propósito, ¿le gustaría echar un vistazo al cuarto de máquinas?

He estado esperando ávidamente esta invitación y sigo al capitán Hodgson, agachándome para evitar los tanques. Sabemos que el gas de Fleury carece de presión, como se demostró en el famoso proceso internacional de 1989, pero su enorme fuerza expansiva exige unos tanques muy amplios. Incluso en esta atmósfera tan tenue, los estabilizadores funcionan ininterrumpidamente eliminando una tercera parte de su presión normal, y el «162» tiene que ser revisado periódicamente para que nuestro vuelo no se convierta en una ascensión a las estrellas. El capitán Purnall prefiere una nave sobrecargada a una nave con poco peso. Pero resulta difícil encontrar dos capitanes que compartan las mismas ideas en lo que respecta al buen gobierno de un buque.

—Cuando yo ocupe el puente —dice el capitán Hodgson—, tendrá usted ocasión de ver cómo se gobierna una de estas naves... A propósito, eche una ojeada a los soportes. Aquí no encontrará material alemán. Son unas verdaderas joyas.

Nuestros soportes son piedras C.M.C. (Commercial Minerals Company), talladas con tanta precisión como los lentes de un telescopio. Cuestan 37 libras cada una. Hasta ahora no hemos llegado al término de su vida. Las nuestras proceden del «N.° 97», que las tomó del viejo Dominion of Light, el cual las había tomado a su vez del aeroplano Perseus, en los años en que los hombres volaban todavía en cometas de madera montadas sobre motores de gasolina.

Las piedras C.M.C. son un vivo reproche de los métodos de fabricación alemanes, con su peligrosa insistencia en lanzar al mercado aleaciones de aluminio que enriquecen a los cazadores de dividendos y vuelven locos a los navegantes.

Súbitamente, se oye el estridente sonido de un timbre. Los mecánicos se precipitan hacia las válvulas de las turbinas. Entran en funciones los frenos y ciamos, expresados en el lenguaje de la Plataforma de Control.

—Algo hay que no marcha a gusto de Tim —dice el capitán Hodgson—. Vamos a echar una mirada.

El capitán Purnall no es el hombre suave que hemos dejado una hora antes, sino la encarnación de la autoridad de la G.P.O. Delante de nosotros flota un anticuado cacharro, con tanto derecho al espacio de los 5.000 pies como una carrera de bueyes en una carretera moderna. Nuestro faro de señales lo barre, como barre la linterna de un agente de la autoridad una zona sospechosa. Y en la anticuada torreta aparece, como un ratero, un navegante en mangas de camisa. El capitán Purnall abre el coloide para hablar con él de hombre a hombre. A veces la Ciencia no resulta satisfactoria.

—¿Qué diablos está haciendo aquí? —grita, cuando las dos naves casi se tocan—. ¿No sabe que éste es un camino reservado a los vuelos postales? Y se tiene usted por marino, ¿eh? No sirve ni para venderles globos a los esquimales... ¡Déme su nombre y su número! Yo haré...

—No es el primer accidente que sufro —le interrumpe el hombre, con voz ronca—. Y me tiene sin cuidado lo que usted pueda hacer, Postillón.

—¿De veras? Yo haré que le importe. Le denunciaré por obstrucción. Y el seguro no le abonará ni un penique. ¿Comprende eso?

Entonces el desconocido aúlla:

—Mire mis propulsores! ¡Alguien nos ha embestido por debajo y nos ha hecho polvo! Mi piloto tiene un brazo roto; mi mecánico sufrió una herida en la cabeza; mi Rayo se apagó cuando se averiaron los motores; y... ¡Por el amor de Dios, déme mi altura, capitán! Creo que estamos cayendo.

—Seis mil ochocientos.

—Con un poco de suerte llegaremos a San Juan. Estamos tratando de obturar el tanque delantero, pero no deja de perder gas —explica el desconocido.

—Se está hundiendo como un tronco —dice el capitán Purnall en voz baja—. Llame al Banks Mark Boat, George.

Nuestro altímetro indica que, en el tiempo que llevamos junto a la otra nave, hemos descendido quinientos pies.

El capitán Purnall pulsa un interruptor y nuestro faro de señales empieza a oscilar a través de la oscuridad, proyectando haces de luz al infinito.

—Eso llamará la atención de alguien —dice, mientras el capitán Hodgson observa el Comunicador General. Ha llamado al North Banks Mark Boat, que se encuentra a un centenar de millas al oeste, y está informando del caso.

—Me quedaré junto a usted —le grita el capitán Purnall a la solitaria figura de la torreta.

—¿Tan serio es el caso? —inquiere el otro—. Mi nave no está asegurada. Es mía.

—Debí sospecharlo —murmura Hodgson—. El riesgo del propietario es el peor riesgo de todos.

—¿No puedo llegar a San Juan... ni siquiera con esta brisa? —se lamenta la voz.

—Prepárese a abandonar la nave. ¿No tiene algo que pueda contrarrestar la gravedad, delante o detrás?

—Sólo los tanques del centro, y no están demasiado tensos. Verá, mi Rayo se apagó, y...

El hombre tose, a causa del gas que se escapa.

—¡Pobre diablo! —La exclamación no llega a oídos de nuestro amigo—. ¿Qué dice el Mark Boat, George?

—Quiere saber si hay algún peligro para el tránsito. Dice que el tiempo no es favorable allí, que no puede salir de la estación. He efectuado una Llamada General, de modo que incluso en el caso de que no vean nuestro faro de señales, acuda alguien a ayudarnos. ¿Soltamos nuestras eslingas? ¡Atención! ¡Estamos aquí! ¡Un buque de línea de la Planet!

—Dígales que preparen sus eslingas —grita el capitán Purnall—. Tenemos que darnos prisa... Ate a su piloto —le grita ahora al hombre de la torreta.

—Mi piloto está bien. Se trata de mi mecánico. Se ha vuelto loco.

—Tranquilícele con una llave inglesa. Dése prisa.

—Pero, si usted se queda a mi lado, puedo llegar a San Juan...

—Llegará al profundo y húmedo Atlántico dentro de veinte minutos. Se encuentra a menos de cinco mil ochocientos pies de altura... Recoja su documentación.

Un buque de línea de la Planet se acerca a nosotros por el este, traza una soberbia espiral y se detiene junto al «162». Su escotilla inferior está abierta y sus eslingas cuelgan de ella como tentáculos. Apagamos nuestro faro de señales, mientras el recién llegado se sitúa sobre la torreta de la nave averiada. Aparece el piloto, con el brazo en cabestrillo, seguido de un hombre con la cabeza vendada, gritando que tiene que ir a reparar su rayo. El piloto le asegura que encontrarán un rayo nuevo en el cuarto de máquinas del buque de línea. La cabeza vendada continúa agitándose, muy excitada. Siguen un joven y una mujer. El buque de línea oscila encima de nosotros, y vemos los rostros de los pasajeros pegados al coloide de las ventanillas.

—Ahí va una guapa muchacha —dice el capitán Purnall—. ¿Qué diablos estará esperando ese imbécil?

Aparece el propietario de la nave averiada, suplicándonos que nos mantengamos junto a él hasta que llegue a San Juan. Desciende de la torreta y regresa con el gatito de la nave.

El buque de línea iza sus eslingas; su escotilla inferior se cierra y el buque reemprende la marcha. El altímetro señala ahora menos de 3.000 pies.

El Mark Boat nos indica que debemos ayudar a la nave abandonada, cuando cae ya debajo de nosotros en largos zigzags.

—Mantenga nuestro faro sobre ella y envíe un Aviso General —dice el capitán Purnall, siguiendo a la nave en su caída.

No es necesario. No hay un buque de línea en el aire que no conozca el significado de aquel rayo de luz vertical.

—Se hundirá en el agua, ¿verdad? —pregunto.

—No siempre se hunden —dice el capitán Purnall—. A veces flotan durante semanas enteras. Despídase de ella y piense en lo que nos espera.

—Mala suerte la suya —sentencia el capitán Hodgson.

 

 

 

MR. MURPHY DE NUEVA YORK

Thomas McMorrow

 

 

—Nueva York —dijo Cohen amargamente— está muriéndose. ¿La causa? Dilatación del corazón.

—Bien dicho —asentí, observando a aquel zar de una industria que empleaba a doscientos cincuenta mil neoyorquinos.

—El gran edificio, el rascacielos —continuó Cohen, con una sombra de fanatismo—, es una característica natural y necesaria de una ciudad moderna. ¿Cómo podrían, si no, conocerse unos a otros los hombres-clave? Si vivieran separados por varias millas de distancia y se comunicaran únicamente por televistos, no se necesitaría para nada una ciudad... El motivo de que Canabec sea la nueva metrópoli de América del Norte...

—¡Caramba! —exclamó Mr. Bligh, de Canabec, consultando su reloj—. Si pierdo el expreso de St. Lawrence no llegaré a casa hasta esta tarde. No quiero darles prisa, caballeros, pero si han decidido ustedes llevar a cabo esta obra, vamos al grano. Como ya les he dicho, yo puedo darles diez acres de terreno, los cuales serán suficientes para ubicar su industria; el edificio tendrá un mínimo de cien pisos, con un sesenta por ciento de viviendas. Aunque me atrevería a decir que Mr. Craig —se volvió a mirarme—, que va a construirlo para ustedes, está familiarizado con nuestras normas.

—Desde luego —dije brevemente, y volví a dirigirme a Cohen—: ¿Estaba usted en Nueva York cuando cayó la Torre Americus?

—Yo tenía mi residencia en el ático de la Americus —intervino el frívolo Mr. Murphy—, y era el más agradable de todos los hogares en que he vivido. Si puede prestarme unos minutos de atención, Mr. Craig, le mostraré lo que quiero que construya para mí a modo de residencia en la cima de su nueva Unidad Central de Canabec, y lo alquilaré por veinte años, a ochenta mil dólares anuales.

Mr. Murphy era un hombre lo bastante importante como para ser admitido a nuestra conferencia en calidad de observador, pero él opinaba que podía tomarse ciertas libertades. Había heredado una gran fortuna.

—Creo que no estaba usted en casa cuando cayó la Torre Americus, ¿no es cierto Mr. Murphy? —inquirió Cohen.

—¡Oh! ¡No estaría vivo! —exclamó Mr. Murphy—. En realidad, caballeros, estaba en mi finca del Maine, a orillas del mar. Precisamente me encontraba revisando las instalaciones de mi pista de bolos —Mrs. Murphy y yo somos muy aficionados a los bolos—, cuando se presentó mi empleado Rogers y me dijo que la radio acababa de anunciar la caída de la Torre Americus. Al principio no me lo tomé en serio; pensé que se trataba de un error informativo. «¡Tonterías, Rogers!», le dije a mi empleado, Sin embargo, caballeros, poco después se presentó mi esposa a almorzar, y lo primero que me dijo, caballeros, fue: «Darius, ¿te has enterado...?»

—...de que la Torre Americus ha caído —terminó Cohen.

El tema constituía un tópico de inagotable interés para los neoyorquinos, pero Mr. Murphy se estaba poniendo pesado, como de costumbre.

—¡Ah, exactamente! —dijo Mr. Murphy, dirigiendo una mirada de aprobación al ceñudo Cohen—. Esas fueron sus palabras.

Post mortem, caballeros —dijo Mr. Blight, en tono impaciente. A través de mi ventana dirigió una mirada al moribundo Nueva York—. La caída de la Torre Americus dio origen a su Ley de Seguridad, limitando la altura de los edificios a diez pisos, aunque la Ley estaba justificada de todos modos. Sus rascacielos estaban creando tales problemas de tránsito...

—¡Ni hablar! —le interrumpió Cohen—. Perdone, Mr. Blight. Yo le diré a usted lo que creó aquel problema de tránsito: fue nuestro sistema de transportes. Retrocedamos a 1930, cuando realmente empezó la construcción en serie de rascacielos, y veamos lo que se hacía en lo que respecta a los transportes. Se construyó el primer puente sobre el río Hudson, por ejemplo, situándolo en la calle Ciento Setenta y Ocho. ¿Quién necesitaba ir a la calle Ciento Setenta y Ocho? Los viajeros querían ir al centro de la ciudad, y tenían que recorrer siete millas a través de la isla de Manhattan para llegar allí. Supongo que resultó más fácil ubicarlo en aquel lugar... lo cual me recuerda un chiste que anoche me contaron en el Home Circuit... ¿No es usted socio del Home Circuit, Mr. Blight? Tienen lo más nuevo... Bueno, el chiste se refería a un borracho que perdió su reloj una noche en la calle Catorce, pero fue a buscarlo a la calle Cuarenta y Dos, porque en ésta había mucha más luz. ¡Ja, ja!... Lo mismo ocurrió con el puente. ¿Y qué pasó con los trenes subterráneos? Tendieron una gran línea de norte a sur, en vez de tender líneas más cortas en Long Island y Jersey, para que la ciudad se extendiera hacia el este y el oeste. La ventaja que ustedes tienen sobre nosotros, en mi opinión...

—¡Los neoyorquinos! —suspiró Mr. Blight—. Hablemos de negocios, caballeros, por favor.

—En mi opinión —repitió Cohen—, Canabec se ha convertido en el centro del mundo debido a que ha tenido la visión suficiente para adaptarse a los hechos. Rascacielos, desde luego. Pero con una elevada proporción de viviendas: este es el detalle. Canabec, con seis millones de habitantes, no tiene ningún problema de tránsito. La gente vive donde trabaja, y no necesita desplazarse. Nosotros tratábamos de aplicar aquí esa solución, hasta que la caída de la Torre Americus dio al traste con todo.

Frunció el ceño.

—Teníamos capacidad directiva —continuó—, pero ni pizca de imaginación. Invertimos un billón de dólares en la traída de agua a la ciudad, vaciando lagunas situadas a un centenar de millas de distancia, teniendo el Hudson delante de nuestras narices... Cuando la última laguna se secó, alguien se fijó en el Hudson y se le ocurrió estrecharlo en Spuyten Duyvil y levantarlo por encima del nivel del agua salada. Hace sólo dos años, vertíamos en el río nuestras aguas residuales... Nueva York no era una ciudad, era un gran poblado indio.

—Puertaventanas a prueba de gases y una planta de ventilación —dijo Mr. Murphy—. Debo insistir en eso, como hice en mi hogar de la Torre Americus, porque con Rusia a seis horas de distancia nunca se sabe lo que puede pasar. Cuando los Estados Unidos eran la única nación fuerte, no había problema; pero ahora hay tres —cuatro, contando el Canadá—, y en el periódico del pasado domingo leí un artículo describiendo la próxima guerra, y se me puso la carne de gallina. Y a Mrs. Murphy no le gustan las paredes de cristal; dice que privan a un hogar de toda su intimidad. Cualquier Tom, Dick o Harry puede espiar lo que hace en su apartamento... De modo que...

—Mr. Craig —dijo Cohen—, me he preguntado a menudo lo que podía haber de cierto en los rumores que circularon acerca de una conspiración de los obreros metalúrgicos para sabotear la Torre Americus, debido a que el constructor había sido un rompehuelgas en el Oeste.

—Poppycock. ¿Se refiere usted a que podían colocar la estructura metálica de modo que más tarde se viniera abajo? Imposible, Mr. Cohen. En Nueva York disponemos de un Departamento de Construcciones, con un competente grupo de inspectores, y la compañía que construyó el edificio disponía de sus propios supervisores. Y yo conozco al ingeniero que diseñó la estructura, y era uno de los mejores.

—Creo que usted vio derrumbarse el edificio, mister Craig.

—Sí —dije, resignándome a contar una vez más la vieja historia—. Y fue una suerte que no me aplastara, ya que yo era uno de sus inquilinos... Como ustedes recordarán, el edificio se derrumbó el día que el primer Controlane aterrizó en Nueva York, y ese fue el motivo de que murieran tan pocas personas: un centenar, aproximadamente. Casi todo el mundo había ido a presenciar el aterrizaje de la nave en el campo de Welfare Island, en el East River. Recordarán que era un sábado, y el alcalde lo declaró día festivo.

»Aquella mañana, a las once, me encontraba en el puente de Queensboro, hablando con un individuo que me describía la nueva nave, ponderándome la gran mejora que significaba en el mundo de los transportes; no era mucho mayor que el primer buque de vapor del viejo Robert Fulton. Me habló de las vías de control, y de cómo la nave era levantada y propulsada por medio de energía enviada a través del aire por las estaciones; dijo que aquellas estaciones podían levantar una locomotora y una hilera de vagones e impulsarlos a través del aire, y yo era lo bastante anticuado como para maravillarme.

»Se estaba produciendo cierto retraso, y yo no esperaba ver llegar la nave. Si no recuerdo mal, en aquella época la energía no era selectiva, y algunos bromistas arrojaban cosas desde el puente al chorro de energía, para contemplar cómo se desvanecían al ser impulsadas por el chorro a través del océano. Corrió la voz de que la nave estaba retenida en Islip, Inglaterra, a la espera de que cesara el bombardeo. Afortunadamente, la almohada protectora funcionaba bien, y nadie resultó seriamente lastimado, excepto en su dignidad; el embajador norteamericano, en pleno discurso, fue alcanzado por una corteza de melón, y luego llegaron pepinos y otros comestibles, ninguno de ellos muy escogido ni bien recibido. La policía de Nueva York se presentó en el puente para acabar con aquellos lanzamientos, y alguien gritó que el puente iba a ser arrastrado por el chorro, y se produjo una ola de pánico. Un tipo me empujó mientras otro me birlaba el reloj, y decidí marcharme a mi oficina y ver la nave otro día.

»Me marché andando, desde luego. En aquella época era el modo más rápido de circular por Nueva York. ¿Recuerdan las calles? Atestadas de automóviles, unos pegados a otros...

»Llegué a la calle Cuarenta y Dos, contemplé la Torre Americus a través del Bryant Park y pensé cuánto me gustaría ser su propietario; era un inmueble magnífico. Tenía doscientos pies de anchura en la base, cien pies de longitud y noventa pisos de altura. Un edificio para oficinas terminado hacía seis meses y con una renta en bruto de tres millones de dólares al año. Una suma muy atractiva, pensé con envidia. Tweed era un tipo con suerte. Tweed, como ustedes recordarán, era el propietario. Un gran éxito como aquel edificio, pensé, y me daría por satisfecho. Tweed había escogido una buena vecindad: una vecindad de clubs profesionales. Su edificio se remontaba por encima de todos ellos; noventa pisos de ladrillo hueco y de piedra caliza de Indiana, con el nuevo tejado holandés, dorado, sin una mancha ni una grieta, todo alquilado y produciendo para Tweed.

»Un camión cargado de tierra salía en aquel momento del solar contiguo a la Americus, en su lado oriental. Un nuevo rascacielos iba a levantarse allí; el excavador trabajaba a destajo, y le tenía sin cuidado la llegada de la nave.

»Estaba en el cruce de la calle Cuarenta y Dos con la Quinta Avenida, y me disponía a cruzar la calle, cuando oí el primer crujido. No fue muy fuerte; una puerta cerrada de golpe a mi lado me hubiera sobresaltado más. Se produjo una especie de trepidación, como la de un tren subterráneo oída desde la superficie.

Hice una pausa para encender un cigarrillo. Era una vieja historia, pero tenía un interés inmarchitable para los neoyorquinos, que encontraban en ella la fascinación de los misterios sin resolver y quizás insolubles. Las tranquilas calles de Manhattan podrían tapizarse en toda su longitud con el papel que se ha ennegrecido con discusiones acerca del derrumbamiento de la Torre Americus.

—Doce habitaciones y cinco cuartos de baño —dijo Mr. Murphy—, un verdadero palacio. Nosotros teníamos un estudio-sala de estar o treinta y cinco pies de longitud y veinte pies de altura; opino que lo que da más categoría a una vivienda son los techos altos. Pero no hay que olvidar las puertaventanas a prueba de gases, cerrando todas las aberturas al aire. Mrs. Murphy y yo no podríamos descansar tranquilos si creyésemos que podíamos ser gaseados en nuestros lechos. ¿Quién podría hacerlo, en realidad?

»Perdone, Mr. Craig, no pretendo interrumpirle. Sí, nosotros estábamos en nuestra finca de recreo, en Maine, cuando se derrumbó el edificio. Habíamos dejado nuestro hogar de la Americus a mediados de mayo, y llevábamos unas seis semanas en la playa cuando ocurrió la catástrofe. ¿Quién podía imaginar una cosa tan terrible? Me parece estar viendo a Mrs. Murphy, esperándome en el ascensor. "Darius —me dijo—, ¿estás completamente seguro de que has cerrado todas las ventanas, y de que has dejado abiertas todas las puertas interiores? Eres tan descuidado..." Habíamos tenido problemas con los ratones, y cuando en una casa hay ratones lo más juicioso es dejar abiertas las puertas interiores cuando uno se ausenta, ya que los muy granujas son capaces de agujerearlas para abrirse paso. Puede evitarse utilizando puertas de acero, desde luego. Pero yo soy partidario de las puertas de madera incombustible. Las de acero resultan frías, deshumanizadas... ¿No opina usted igual?

—Sí, Mr. Murphy, sí... Y luego se produjeron aquellos ensordecedores chirridos. Mis ojos contemplaban la Americus, y puedo asegurarles que estaban desorbitados. Los escaparates de las tiendas de la planta baja habían desaparecido; yo no los había visto desaparecer, ni los había oído; no podía oírse nada que no fuera aquel implacable chirriar... Los sillares de piedra que formaban el revestimiento exterior entre las aberturas de las ventanas se desprendieron, y dejaron al descubierto el armazón de hierro de color rojo. Levanté la mirada hasta el tejado. Las brillantes superficies doradas parecían ondular a la luz del sol.

»El edificio estaba... La gran Torre Americus... No podía creerlo. Al igual que nuestro amigo Mr. Murphy, aunque con menos disculpa, no podía creerlo. Permanecí allí. Los tres pisos de piedra labrada estaban ondulando, doblándose, y parecían tan flexibles y elásticos como la goma. No se desintegraban; no caían. Y luego cayeron —tres pisos de piedra labrada— a la calle. Pero mi incredulidad era tal, que me pareció que caían lentamente, como hojas de papel columpiándose en el aire.

»El edificio estaba cayendo. La Torre Americus estaba cayendo. La mampostería de todo el piso veinticinco —algunos dijeron que era el dieciocho, pero yo vi que era el veinticinco— cayó lentamente, flotando.

»La Americus se estaba inclinando. Su fachada se disolvía. Yo afirmo que la estructura de acero empezó a fallar en el piso veinticinco. Ahora ya no importa, pero en un momento determinado fue muy importante, antes de que la opinión pública llegara a unas conclusiones prematuras. Yo atestigüé en aquel sentido, diciendo lo que había visto; otras personas dijeron lo que ellas vieron. La fachada por debajo del piso veinticinco, pareció resistir mientras los veinte pisos superiores iniciaban su caída. Y luego toda la enorme estructura se movió de su lugar en el cielo... se movió hacia adelante, lentamente, muy lentamente; reuniendo velocidad.

»Di media vuelta y eché a correr, Nunca había corrido tanto; ni siquiera me daba cuenta de que corría; no pensaba más que en alejarme, para poner a salvo mi vida. Llegué al final de la Quinta Avenida. Dirigí una rápida mirada a mi alrededor, para comprobar si podía considerarme a salvo, y vi a la gente en la estación del Elevado de la Sexta Avenida, boquiabierta, con los brazos levantados. El pasado mes de febrero conocí a un hombre en Sebring que aquel día se encontraba en la estación del Elevado; me dijo que en aquel momento no había tenido consciencia de estar asustado, pero que su corazón dejó de latir. El mío, en cambio, parecía un caballo desbocado. Me han dicho que el aire estaba lleno de terribles sonidos, pero yo no oí nada. Cuando la Americus se desplomó sobre el Bryant Park y las manzanas situadas más al norte —la residencia de Mr. Murphy aterrizó en la calle Cuarenta y Cinco, aplastando una casa de diez pisos—, el estrépito se oyó en Irvington-on-the-Hudson y en Summit, en Nueva Jersey, pero yo no oí nada, palabra de honor. Yo estaba corriendo.

»En aquella época estaba muy gordo, y perdí el aliento en las cercanías de la calle Cuarenta y Cinco; un agente de policía me agarró por el hombro. Yo estaba tan ocupado en llenar de aire mis pulmones que no podía hablar. Yo conocía al agente y el agente me conocía a mí, y me dijo que había creído que yo estaba corriendo después de haber colocado una bomba; pero no supe hasta unos meses más tarde, en el curso de la investigación, que había disparado un tiro contra mí. Lo único que dijo al verme la cara fue: "Pero si es Mr. Craig..."

»"¿Lo ha visto?", jadeé.

»"¿El qué? Lo he oído, desde luego. ¿Qué ha pasado?"

»”El agua que bajaba por la calle Cuarenta y Cinco nos llegaba más arriba de las rodillas; se había roto una tubería, evidentemente.

»"Retrocedamos", dije. Y llevando al agente pegado a mis talones, corrí en sentido contrario, como si una ola me hubiera lanzado hacia la calle Cuarenta y Cinco y ahora me arrastrara, alejándome de ella con la misma fuerza.

»Sí, hay muchas personas en Nueva York que deben su vida a la llegada del nuevo Controlane y a la decisión del alcalde de declarar festivo aquel día. Siete mil personas hubieran estado trabajando en la Americus, tendida ahora a través del Bryant Park como un buque destrozado contra las rocas de un acantilado. Desde el último terremoto ninguna ciudad moderna había presenciado nada semejante; y me atrevo a decir que ni siquiera entonces lo presenciaron. Hace sesenta años, en San Francisco, los edificios que poseían estructuras metálicas permanecieron en pie; el clamor contra ellos después del desastre de la Americus fue un pánico reaccionario. Lo mismo que se condenó a los barcos con estructuras metálicas después del hundimiento del Titanic y del Burgundia; el Burgundia desplazaba noventa mil toneladas, y se hundió como una pequeña taza. Un accidente es un accidente, y ocurrirán hasta el fin del tiempo. El desastre de la Americus podía haber sido mucho peor. Creo que no murieron más de ciento cincuenta personas en total, lo cual fue una gran suerte, desde el punto de vista del resto de nosotros.

»Las empresas Northard y Hennessy, especializadas en aquella clase de tareas, tardaron cuatro meses en retirar los escombros; invirtieron dos semanas en limpiar la calle Cuarenta y Cinco de los restos del tejado metálico. Por cierto que el Metropolitano sólo obtuvo dos mil dólares de la venta del tejado como chatarra: un precio sospechosamente bajo, teniendo en cuenta que el metal se cotizaba en el mercado a un dólar y diez centavos la libra... En fin, el hecho no tiene importancia; lo he mencionado, porque salió a relucir en el curso de la investigación.

—Aquella fue una gran investigación —dijo Cohen—. Algunos de los testigos tenían que haber salido de la sala entre dos policías, ya que es evidente que violaron la Ley P. & P.

—Propaganda —asentí—. El testimonio de Harrigan es un claro ejemplo: propaganda descarada del nuevo procedimiento a base de acero estriado. Yo mismo había pensado algunas veces que los proyectistas llegaban demasiado lejos en su afán de hacer más ligeras las estructuras metálicas, pero yo no soy ingeniero, y supongo que Hendricks conoce su oficio; él diseñó la estructura de la Americus. Y demostró que se habían tenido en cuenta todos los factores de seguridad exigibles.

—Sin embargo, creyeron a Harrigan...

—¡Ya les he dicho que Harrigan vendía acero estriado! Observen el edificio de cincuenta pisos de la calle Mail, y verán ustedes las llamadas «grietas de asiento». Esta denominación es un puro eufemismo; en realidad, las grietas tienen su origen en el alabeo de las columnas de acero estriado. El material posee una enorme fuerza tensadora, y es excelente para armazones y conexiones —vigas secundarias, tizones y empalmes de vigas—, aunque yo prefiero el hierro colado, incluso, a efectos de compresión. No soy ingeniero, pero cada día apuesto mi dinero sobre mis ideas en el ramo de la construcción. El acero no falló hasta que la Americus se desplomó... arrastrada por la mampostería.

»Pero la gente excitada e intrigada está dispuesta a escucharlo todo; recordarán ustedes a aquel detective aficionado que metió las narices en el asunto y afirmó seriamente que las columnas del primer piso no eran de acero, sino de tierra cocida...

—¡Caballeros, caballeros! —dijo Mr. Blight.

—Creo, Mr. Craig —intervino de nuevo Mr. Murphy—, que ustedes, los constructores, calculan sus costos por pies cúbicos; corríjame si me equivoco. Ahora bien, incluyendo la sala de observación y el garaje, yo disponía de unos ciento diez mil pies cúbicos en mi residencia de la Torre Americus, y si les pago a ustedes ochenta mil dólares al año...

—Hendricks insistió hasta el día de su muerte en que los soportes de carga se habían movido. Era el mejor ingeniero de Nueva York, pero se había ganado su reputación reduciendo los márgenes de seguridad. Cualquiera puede diseñar una estructura si se le da carta blanca para reforzarla, pero el ingeniero que obtiene el contrato es el que utiliza menos material. Cuando fue construida la Americus, el acero se vendía a cien dólares la tonelada, y un ahorro de un millar de toneladas era digno de tenerse en cuenta. Yo opino que su cuarenta por ciento de aleación de aluminio era excesivo, en las columnas, pero todo el mundo lo había aceptado en la práctica, sin oponer el menor reparo.

»El acero falló en alguna parte, transformando en tensiones lo que tenían que ser compresiones. Los edificios con estructuras metálicas resisten una sacudida, un terremoto, por ejemplo, mucho mejor que un inmueble construido de acuerdo con las normas tradicionales; pero son más sensibles a un impulso lateral. Una bomba que estalle junto a una pared de mampostería abrirá un agujero en ella y dejará el resto de la pared en pie; pero si aquella bomba destruye una columna de una estructura metálica, todo el edificio se vendrá abajo. Esta es mi opinión, aunque no sea ingeniero. Hendricks dijo que el centro de gravedad de la carga se había desplazado, para gravitar sobre unas columnas que no estaban diseñadas para soportar aquel peso, pero no pudo explicar cómo había sucedido. Sus planos están todavía en los archivos municipales, y muchos ingenieros competentes los han revisado.

—¿Qué me dice usted de los cimientos?

—Nada que no se sepa ya. Aquella excavación contigua a la Americus pudo tener algo que ver con la catástrofe. Lástima que el excavador y sus ayudantes resultaran muertos cuando el muro de aguilón cayó sobre ellos. Dan Derry, más conocido por el apodo de «Dinamita Dan», era el excavador. Había hecho estallar varios barrenos al mismo tiempo, lo cual resulta poco prudente, ya que existe la posibilidad de que una carga sin estallar quede en la roca. Después de vaciar el agua del solar se procedió a una minuciosa inspección, pero no se descubrió nada.

—¿El agua? —inquirió Mr. Murphy, frunciendo el ceño.

—El conducto principal quedó roto, naturalmente.

—Mrs. Murphy...

—Los cimientos reposaban sobre un lecho rocoso y nada indicaba que se hubieran movido. Recordarán ustedes el informe del comité investigador; tras pasar revista a todas las posibilidades, se inclinaron por la teoría del ingeniero que atribuía el derrumbamiento a la «fatiga de los materiales».

—En otras palabras —sonrió Cohen—, dictaron un veredicto de muerte por suicidio: la Torre Americus se había cansado de vivir.

—¿Puedo atreverme a esperar que encontraremos tiempo para atender a nuestro negocio? —dijo Mr. Blight—. Si pueden utilizar ustedes esos diez acres en Canabec...

—Se me ocurre una idea —dijo Mr. Murphy—. Tal vez usted pueda resolver una controversia doméstica, Mr. Craig. A menudo he discutido con Mrs. Murphy —y no siempre de un modo amistoso—, a causa de su manía de utilizar mis navajas de afeitar.

»¿Se han fijado en lo que ocurre con las navajas de afeitar? Si se utiliza siempre la misma, llega a fatigarse y no corta. Pero si se la deja descansar, vuelve a funcionar perfectamente. Y lo mismo sucede con un hombre que parte una roca con un mazo; la golpea una docena de veces sin resultado, y luego, al siguiente golpe, se parte en dos.

—La fatiga de los materiales, Mr. Murphy —dije—, es un tema acerca del cual los científicos no han podido producirse todavía. Saben que es un hecho. Y nosotros podemos aceptar como un hecho que si la Torre Americus no contaba con un margen de seguridad suficiente, si el acero estaba sobrecargado hasta el límite de su resistencia, pudo haber resistido algún tiempo y luego ceder a la fatiga.

—Lo que ha dicho usted acerca de la rotura de la conducción de agua, Mr. Craig —insistió Mr. Murphy—, confirma mi postura de entonces. Después del desastre, el municipio me presentó una factura descabellada por consumo de agua. Tuve que declarar bajo juramento que cuando la Torre Americus se derrumbó yo llevaba seis semanas sin residir en ella. No puede imaginar cuan desatentos se mostraron aquellos individuos.

Cohen cogió los contratos que Mr. Blight le tendía, les echó una ojeada y los dejó sobre la mesa.

—¡Rascacielos, Mr. Craig! —exclamó.

—Desde luego —dije—. Una necesidad de la industria moderna; la gran unidad.

—¿Qué decía usted, Mr. Blight, acerca de la Ley de Educación de Canabec?

—Nos hemos puesto al día —dijo Mr. Blight orgullosamente—. Nuestros jóvenes deben abandonar las escuelas y encontrar un empleo remunerado a la edad de dieciocho años.

—Yo tenía veinticuatro cuando me gradué —dijo Mr. Murphy—. Es evidente, Mr. Blight, que un muchacho no puede completar el estudio del latín, del griego...

—Ni del sánscrito, Mr. Murphy; y todos los argumentos en favor del estudio universal del latín y del griego tienen validez para el sánscrito. Es el idioma básico y posee una gran literatura. Y, para la mayoría de las personas, la astrología es una ciencia más divertida y más interesante que las matemáticas superiores, y tan útil como estas últimas. Ustedes cometen el error de dejar a los educadores profesionales la tarea de decidir lo que los niños deben aprender; al limitar la edad escolar, nosotros persuadimos a nuestros ciudadanos para que se tomen interés en la educación de sus hijos y para que procuren que no pierdan el tiempo. Ustedes dejan que los jurisconsultos elaboren sus leyes, los profesores controlen su educación, los soldados planeen sus instituciones militares, y la población planee sus ciudades.

—Digamos más bien los contribuyentes —rectificó Cohen—. La mayoría de contribuyentes aprovecharon el derrumbamiento de la Americus para imponer unos determinados límites a la altura de los edificios. Sus intereses, desde luego, resultaban perjudicados por la construcción de rascacielos. El hecho de que el proceso fuera inevitable, biológico, no les servía de consuelo. Nosotros somos constructores, como hormigas: proporcionalmente, su Canabec no es tan alta como las ciudades levantadas por las hormigas africanas; nuestras ciudades son parte de nuestro proceso vital, y aunque podemos mejorar sus efectos sobre el individuo, no podemos forzar la biología humana, obligando a unos ciudadanos a unirse, a cooperar, a construir... rascacielos.

—No me parece lógico comparar a un ser humano con una hormiga, Mr. Cohen —objetó Mr. Murphy—. Es mucho más inteligente, sin duda.

—¿Quién?

—¿Eh? El ser humano, naturalmente.

—No estoy de acuerdo, Mr. Murphy. Primero llega el reparto del trabajo, luego la adaptación a la tarea, y finalmente la división de opiniones. Las hormigas han recorrido todo el camino.

Cohen era extravagante, mordaz, inclinado al escarnio; yo comprendía perfectamente sus sentimientos. También yo era un neoyorquino de muchas generaciones, y había sido testigo de la progresiva decadencia de nuestra ciudad. Los que viven en el campo se encariñan con la colina y el arroyo familiares; se encariñan incluso con el árbol —un simple vegetal— que da sombra a su casa. ¿No sería mayor su orgullo, más susceptible de ser herido profundamente, si su gente hubiera construido cada pie de aquel paisaje, si aquel árbol fuera un gigantesco edificio levantado por su gente? Cohen y yo, obedeciendo a la voluntad de vivir, más fuerte que el amor, más impetuosa que el orgullo, estábamos aquí para preparar una emigración en masa a la ciudad que estaba suplantando a nuestro incomparable Nueva York.

—No es una cuestión de sentimiento —declaró Cohen, como si hubiera captado mis pensamientos—. ¡El gran edificio es una necesidad insoslayable! Si vivimos, tenemos que crecer; a nuevos tiempos, nuevos sistemas. Nada de lo que se alega contra el rascacielos es un defecto del rascacielos. ¿Congestión del tránsito? El gran edificio inmoviliza el tránsito, reúne a una multitud de personas en un lugar. Dicen que convierte la calle en un desfiladero... Pero, ¿acaso no convierte a su vez la casa en una colina? Existe una morbosa oposición a los cambios; la gente desea que las cosas continúen como son, como eran. Fíjense en nuestros coleccionistas de antigüedades: mi esposa pagó ayer seis mil dólares por una cama de latón, fabricada en 1910; y ha colocado en nuestra sala de estar, donde tengo la mejor calefacción eléctrica, una antigua estufa de petróleo que huele a demonios. Botellas de Gordon Gin de contrabando, discos de fonógrafo, llamadores de hierro... Ella dice que soy un bárbaro. Que no sé apreciar lo que es bello y artístico.

—¿Su esposa colecciona botellas de G. G., Mr. Cohen? —inquirió Mr. Murphy, en un tono más deferente que el que había utilizado hasta entonces—. Me gustaría saber lo que opina de las pocas que he conseguido reunir; creo que son auténticas, pero no tengo una seguridad absoluta. ¡Abundan tanto las falsificaciones! ¿Posee su esposa alguna botella de American Scotch? Yo tengo una, y el comerciante me dio su palabra...

—¡Por favor, caballeros! —le interrumpió mister Blight—. Recuerden que estoy a más de mil kilómetros de mi casa y que todavía no he almorzado... Bueno, tendré que llamar. —Sacó su televistor de bolsillo—. ¡Allo! Billy llamando... ¡Hola, Molly! Te he llamado para decirte que posiblemente no almorzaré en casa... ¿Cómo dices, cariño?... ¡Oh, no, no!... Te aseguro que no, estoy en Nueva York, en una conferencia... Sí, negocios... ¡Oh, Molly! ¿Cómo puedes pedirme que sea tan descortés?... ¡Oh! Muy bien, querida, espera un momento. —Se volvió hacia nosotros, con las mejillas encendidas en rubor, y dijo—: ¿Me permiten ustedes?

También nosotros estábamos casados; nos pusimos en pie, sonriendo, y saludamos a la dama con una inclinación cuando apareció en la pantalla del televistor; sus ojos nos barrieron con una penetrante mirada.

—Lamento mucho que haya ocurrido esto, caballeros —dijo Mr. Blight, desconectando el televistor—. ¿Podemos ahora continuar con nuestro negocio?

—Sé lo que usted siente, Mr. Blight —dijo Mr. Murphy—. Y hablo como un compañero de enfermedad, y no como un médico. La semana pasada fui a pescar a Chesapeake. En aquellas aguas no hay nada que valga la pena, pero paso unas horas al aire libre. Entretenido con la pesca, olvidé mi televistor en la playa. No quieran saber la que me esperaba en casa por haber permanecido tanto tiempo fuera de la vista de mi esposa... Y no es que yo sea una persona olvidadiza, al contrario.

»A propósito, Mr. Craig, hay algo que no he podido olvidar durante los últimos veinte años, desde que el municipio me pasó aquella absurda factura por cien mil pies cúbicos de agua. Desde luego, si yo debía aquel dinero, estaría dispuesto a pagarlo incluso ahora. ¿Está usted completamente seguro de que se rompió la conducción?

—Desde luego... Mr. Cohen, será mejor que cerremos el trato. Si firmamos enseguida, tomaré el expreso de St. Lawrence con Mr. Blight y mi superintendente, y mañana por la mañana iniciaremos los trabajos. Tienen que decidir ahora si utilizarán ladrillo o cristal; a este respecto, he de informarles de que los albañiles se han declarado en huelga contra las nuevas máquinas que colocan mil ladrillos por minuto. El cristal les costará un poco más, pero no necesitarán ventanas, y el edificio resultará más moderno en todos los sentidos.

—Para los hogares prefiero las paredes de ladrillo —dijo Cohen—. Resultan más íntimas... Podemos construir treinta y cinco pisos de cristal, y los sesenta y cinco superiores de ladrillo. ¿Qué hay acerca de la iluminación? ¿Han pensado algo en este sentido?

—Yo continúo siendo partidario de las antiguas bombillas. Por otra parte, el servicio de Radio-luz es poco satisfactorio en cuanto se hace de noche. Para la calefacción, utilizamos el Silver-Bar, el mismo que tienen ustedes en sus hogares; el precio de la instalación es algo elevado, pero se amortiza en poco tiempo.

—Nosotros utilizamos luz de gas y calefacción a vapor —dijo Mr. Murphy con inocente vanidad—. Esos inventos modernos son muy vulgares, ¿no creen? A mí que me den el suave parpadeo de la llama del gas en los mecheros, y el alegre zumbido del vapor en los radiadores. Es un poco más caro, desde luego, pero a nosotros nos gustan las cosas antiguas. Dan otra atmósfera a un hogar. Y nosotros tenemos auténticos radiadores de la época de Hoover en todas las habitaciones. —Sonrió tímidamente—. No es que tenga importancia, Mr. Craig, pero me alegro de tener la seguridad de que cerré el grifo del agua de la bañera en nuestra residencia de la Torre Americus. Mrs. Murphy insistió siempre en que no lo había cerrado, y yo sostenía lo contrario. Y mientras estábamos discutiendo, el edificio se derrumbó, de modo que el asunto no quedará nunca claro entre nosotros.

Cohen contempló la pluma que tenía en la mano; la responsabilidad del momento le abrumaba. Habían transcurrido quince años desde que Nueva York dejó de crecer; doce desde que registró su primer descenso de población. Iniciado el movimiento, las ciudades que no habían adoptado la arbitraria altura-límite, habían aumentado lentamente de volumen, pero la nuestra sería la primera deserción en gran escala. Y no faltarían imitadores.

—Nuestro defecto —dijo Cohen— fue el de situar la administración en un plano demasiado elevado; siempre escogimos como caudillo al directivo más capacitado. Y la capacidad directiva no convirtió a Norteamérica en la primera potencia mundial, ni salvó a las otras naciones. ¡Fue la imaginación! Fue la empresa privada. La imaginación es privilegio de una minoría, y la empresa privada siempre la acoge con agrado. Al gobierno, a la administración, no les gusta la imaginación, se muestran hostiles a ella. El Gobierno expresa el modo de pensar de la mayoría que carece de imaginación. La empresa privada construyó Nueva York, la convirtió en la capital del mundo; y luego, a causa de una pequeña catástrofe, fue apartada a un lado, y la mayoría que carece de imaginación se hizo cargo de la ciudad, con sus rostros vueltos hacia el pasado. Basta de integración; basta de crecimiento; basta de rascacielos.

—Pero, Mr. Cohen —dijo Mr. Murphy, con desesperante paciencia—, antes de que existieran los rascacielos había grandes ciudades. Londres, París, Roma...

—Esas ciudades tienen ahora sus rascacielos —dijo Mr. Blight—. Y siempre han construido tan alto como han podido. El edificio moderno resultaba imposible antes de la invención del ascensor. Incluso así, Roma tenía sus edificios de diez y doce pisos... Por lo visto, los romanos tenían las piernas más fuertes en aquella época. ¿Y bien, Mr. Cohen?

Cohen hundió la pluma en el tintero.

—Recuerden la sangre y las lágrimas que costó la construcción de las pirámides. ¿Y para qué? Una de las historias más antiguas de nuestra raza es la de los hombres que trataron de construir una torre que llegara al cielo. Me atrevería a decir que fueron saboteados por los contribuyentes locales, cuyas cuevas no podrían ya ser alquiladas...

Yo había estado haciendo algunos cálculos.

—Esto puede tener un valor puramente histórico —dije, contemplando el resultado—, pero ahora estamos haciendo historia. Mr. Murphy, ¿dice usted que el municipio le envió una factura por cien mil pies cúbicos de agua? El agua no podía proceder de la conducción rota, pues de ser así no la hubiera registrado su contador.

—El municipio aceptó que el contador se había estropeado a consecuencia de la catástrofe, Mr. Craig —dijo Mr. Murphy—, cuando yo puntualicé que mi residencia había permanecido cerrada por espacio de seis semanas.

—¿Cerró usted bien, puertas y ventanas?

—¡Oh, sí! Mrs. Murphy...

—Mrs. Murphy, de Chicago —murmuró Cohen, captando mi intención. Sus ojos negros brillaban intensamente.

—De Nueva York, Mr. Cohen... Sí, lo hice todo rápidamente. Estábamos en mi habitación, vaciando mi bañera —habíamos enviado a los criados delante de nosotros—, cuando mi empleado Rogers nos envió recado de que la agencia de viajes le había comunicado que se aproximaba una tormenta, y que debíamos darnos prisa. Vistiéndome rápidamente...

—¿Dónde estaba su cuarto de baño?

—En el entresuelo. Teníamos cinco cuartos de baño. Pero creo que en nuestra residencia de Canabec...

—Si estaba vaciando su bañera, es posible que con las prisas interrumpiera aquella tarea —dije—. Y también es posible se marchara de la casa dejando el grifo abierto.

—Una mera suposición, Mr. Craig. ¿Pero, por qué insiste tanto? Si cree que debo pagar aquella factura, incluso ahora..

Respiré profundamente.

—Cien mil pies cúbicos de agua, caballeros, pesan más de tres mil toneladas. En mi opinión, aunque no soy ingeniero, la estructura metálica diseñada por Hendricks no podía resistir una carga suplementaria de tres mil toneladas... Bueno, supongo que es demasiado tarde para solicitar la reapertura de la investigación sobre el derrumbamiento de la Torre Americus.

—Probablemente —dijo Cohen en tono vehemente, poniendo en marcha el televistor—. Pero no tardaremos ni veinte minutos en conocer la opinión de un experto en lo que respecta al problema de ingeniería... ¡Allo! Póngame con el Departamento de Construcciones, y luego con la Alcaldía. No se vaya, Mr. Murphy, por favor. Parece ser que dio usted un puntapié a la lámpara, pero quizás la ciudad no esté aún destruida. Si existe una posibilidad de derogar la ley del límite de altura en un período razonable de tiempo, y nos permiten edificar aquí como queremos y debemos, mi industria no se trasladará a Canabec.

—¡Caballeros, caballeros! —exclamó Mr. Blight, de Canabec, enfurecido.

 

 

 

MANZANAS NUEVAS EN EL HUERTO

Kris Neville

 

 

Eddie Hibbs se presentó en la oficina y casi inmediatamente le llamaron para una emergencia. Era la tercera mañana consecutiva que se producía aquel hecho.

Esta vez, un trozo de cable de distribución se había fundido en el sector Oeste de los Angeles. Los cables fundidos eran una rutina, pero cada caso merecía la atención de un ayudante supervisor de superficie.

Eddie penetró en la boca de entrada con el capataz de la brigada de mantenimiento. En la plancha de plomo, encima del lugar donde se había fundido el cable, había unas abolladuras muy visibles.

—¿De dónde sacaron eso? —preguntó Eddie.

—De un remiendo en el East Side.

—¡Vaya chapuza! —comentó Eddie—. ¿Entra agua por el empalme?

—Esos tipos nuevos... —dijo el capataz.

Eddie palpó las abolladuras.

—Creo que está a punto de agujerearse, de todos modos. ¿Hay mucha en estas condiciones?

—Unos doscientos pies.

—¿Tanta?

—Sí.

Eddie silbó entre dientes.

—Casi por valor de quince mil dólares. Bien. Córtela por aquí y haga empalmes. No les pierda de vista mientras trabajan.

—Necesitaré dos hombres durante una semana.

—Trataré de encontrarlos.

—Probablemente puedo localizar otros mil kilómetros casi tan malos como este trozo.

—No se preocupe —dijo Eddie.

Aquel fue el trabajo productivo de Eddie durante la mañana. Entre el tránsito y los dos trozos de calle levantados por el personal del agua, no regresó a su oficina hasta poco antes de la hora del almuerzo. Mientras conducía, escuchó las cotizaciones de la Bolsa.

Se enteró de que el aumento en espiral de los costos habían demorado el programa de modernización de Hyspeed Electronics, y de que la mayoría de su utillaje actual era anticuado. También se enteró de que el descenso de las ventas conduciría a un descenso de la producción, perpetuando así un desdichado ciclo. Y finalmente fue advertido de que Hyspeed Electronics era un ejemplo de los riesgos implícitos de la inversión en las llamadas acciones de signo inflacionario.

Eddie desconectó la radio en el estacionamiento, cuando empezaba el informe Dow-Jones.

Durante el almuerzo, consiguió leer dos artículos de un ejemplar atrasado de Electrical World, el único de la docena de periódicos técnicos que tenía tiempo de hojear, de cuando en cuando.

A las 12:35 se filtró en el departamento la noticia de que uno de los obreros de la brigada de mantenimiento, Ramón López, había muerto. Una escalera de cuarenta pies se partió mientras en lo alto de ella López efectuaba un empalme, y se estrelló contra el suelo de hormigón.

Eddie trató de identificar al hombre. El nombre le resultaba vagamente familiar, pero no conseguía unirlo a un rostro. Finalmente, el rostro llegó. Eddie se fumó dos cigarrillos, uno detrás de otro. Aplastó furiosamente con el pie la colilla del último.

—Era un hombre vigoroso —dijo su supervisor, Forester, sentándose en el borde del escritorio de Eddie. Normalmente exuberante, el accidente le había dejado melancólico y distraído—. ¿Le conocía usted?

—Muy poco.

—Un buen hombre.

Permanecieron silenciosos unos instantes.

—¿Cómo estaba la Bolsa esta mañana? —preguntó Forester.

—Subiendo otra vez. No escuché las cotizaciones de cierre.

—Supongo que seguirán en alza.

—Por tercer día consecutivo —dijo Eddie.

—Ha sido una verdadera lástima —dijo Forester.

—Sí, López era un tipo simpático.

—Bueno...

Forester se interrumpió, con evidente apuro.

—¿Sí?

—Quería recordarle que tenemos una reunión...

Eddie consultó su reloj.

—¿Dentro de una hora y media?

—Sí. ¿Sabe? Me siento como... No importa... ¿Qué hay de esos transformadores? ¿Están ya a punto?

—¿Se refiere a los que hemos venido utilizando para enfriar las conducciones de agua? No están en condiciones. Ninguno de los talleres locales puede rebobinarlos hasta que el fabricante envíe un especialista que los prepare para el proceso de capsulado.

—¿Cuánto tiempo van a tardar? —preguntó Forester.

—Me han dicho que varios meses. Creo que tendremos que buscar otra solución.

—Supongo que habrá que instalar de nuevo el modelo montado sobre cojinetes.

—A la gente no le gustará enterarse de que utilizamos un material tan anticuado.

Forester se encogió de hombros.

—Redacte un informe sobre el asunto, Eddie —dijo, poniéndose en pie—. Tenía que ocurrir eso precisamente hoy. Se están produciendo demasiados accidentes. Una escalera rota...

Eddie trató de encontrar algo inteligente que decir. Finalmente, murmuró:

—Era un tipo vigoroso, desde luego.

 

Cuando Forester se hubo marchado, Eddie cogió distraídamente uno de los informes preliminares sometidos a su aprobación. El informe se refería a tres mil capacitores comprados el año anterior a una firma del Este, ahora en quiebra. Los capacitores empezaban a gotear. Eddie llamó al laboratorio eléctrico para comprobar si el problema estaba en vías de solución.

El supervisor informó:

—No tengo el material necesario para ocuparme de los capacitores. Compras ha pasado aviso a media docena de proveedores, pero hasta ahora no he recibido nada. Además, no dispongo de tiempo. He de atender con prioridad al programa de comprobación de los nuevos termínales.

—¿No podríamos encargar el trabajo a otra sección? —preguntó Eddie.

—No conozco ninguna que pueda reparar los capacitores.

Eddie colgó, y firmó el informe preliminar.

Pasó al siguiente.

A las 2:30, Forester pasó a recogerle y los dos se dirigieron a la Sala de Conferencias.

Catorce empleados asistían a la reunión, todos ellos pertenecientes a los departamentos operacionales. Entraron en la sala, buscaron asiento, encendieron cigarrillos, charlaron y bromearon unos con otros.

Cuando se presentó uno de los ayudantes del director, se hizo un gran silencio.

—Caballeros —dijo el ayudante—, iré derecho al asunto que ha motivado esta reunión. El Programa de Construcciones en el Valle ha absorbido ya dos emisiones de bonos. Los contribuyentes no darán su aprobación a una tercera.

Hizo una breve pausa, para que su auditorio captara bien el significado de lo que acababa de decir, y continuó:

—En el periódico de esta mañana he leído que el alcalde va a nombrar una comisión fiscalizadora. Supongo que también ustedes lo habrán leído. El Departamento de Aguas y Energía del Municipio de los Ángeles se encontrará en una situación muy comprometida al término del año fiscal.

»No necesito encarecerles la necesidad de una reducción de los costos. Tengo aquí el informe acerca del derrumbamiento de la subestación 115 KV, en la Bunker Hill, producido el mes pasado. La mayoría de ustedes ya lo habrán leído. Lo he hecho circular. Ahora bien...

El análisis de la situación se prolongó por espacio de diez minutos, para concluir con una bomba:

—Vamos a imponer una reducción del diez por ciento en los gastos operacionales.

Uno de los oyentes, más alerta que el resto, inquirió:

—¿Afectará esa reducción a los salarios?

—Afectará al personal cuyos ingresos superen los ochocientos dólares mensuales.

Siguieron unos instantes de asombrado silencio.

—No pueden hacer eso —dijo finalmente uno de los supervisores—. La mitad de mis mejores hombres se dedicarán a partir de mañana a buscar unos empleos mejor pagados... y los encontrarán.

—Yo me limito a transmitirles lo que me han ordenado.

Los hombres reunidos en la sala hablaron entre ellos en voz baja.

—De acuerdo —dijo uno de los supervisores—. Puesto que lo quieren así...

Después de la reunión, Forester acompañó a Eddie a su oficina.

—¿Vendrá usted mañana, Eddie?

—Supongo que sí, Les. En realidad, todavía no lo sé.

—Sentiría perderle.

—La cosa se pondrá difícil. El que a un hombre le recorten el sueldo es todo un problema.

—Veré lo que puedo hacer por usted. Si logro incluirle en una categoría superior...

—Gracias, Les.

Eddie consultó su reloj. Faltaba poco para la reunión convocada para tratar de los problemas de Seguridad.

Mientras esperaba, Eddie formó un informe preliminar de sesenta y tres páginas recomendando un programa para la sustitución de todos los cables de transmisión y distribución instalados antes del año 1946. Se calculaba que los ahorros, a largo plazo, ascenderían a unos doscientos cincuenta millones de dolares. Sin embargo, el gasto inicial era astronómico.

Después de la reunión, Eddie preparó otro memorándum señalando la apremiante necesidad de un programa de adiestramiento más completo y de un aumento del personal de mantenimiento. La escasez de técnicos calificados era endémica.

A las 4:25, el supervisor nocturno telefoneó para decir que tenía problemas con su nuevo automóvil y que no le sería posible llegar antes de las seis. Eddie accedió a esperarle.

A continuación, Eddie llamó a su casa para decirle a su esposa, Lois, que llegaría un poco tarde. Pero no consiguió la comunicación: su teléfono estaba averiado.

Ray Morely, uno de los ingenieros del servicio nocturno, entró en la oficina con una taza de café.

—¿Todavía aquí, Eddie?

—Sí, hasta que llegue Wheeler. Su automóvil no funciona.

—La Bolsa ha vuelto a experimentar un alza.

—Sí. Supongo que se ha enterado de lo de la reunión de hoy.

Ray bebió un sorbo de café.

—No he podido hablar con los del servicio diurno. Se ha producido un atasco y he llegado un poco tarde.

—Van a rebajarnos el sueldo.

—¿Bromea usted?

—¿Ha pasado ya por su oficina?

—No.

—No bromeo. El diez por ciento para los que cobran ochocientos dólares.

—Nadie va a aceptarlo —dijo Ray—. Andamos muy escasos de personal especializado. Hay un montón de ICBM oxidándose en los almacenes porque no disponemos de personal para manejarlos... Todo el mundo se marchará.

—No creo que pongan en vigor esa medida... Ramón López, uno de los miembros de la brigada de mantenimiento, ha muerto esta mañana.

—¿De veras?

Eddie le contó cómo había ocurrido el accidente.

—Lástima de muchacho, ¿no es cierto?

Sonó el teléfono.

Ray dijo:

—Yo contestaré.

Escuchó durante un par de minutos y colgó.

—Una avería en la zona de Silver Lake. A un autobús le fallaron los frenos y se llevó por delante un trozo del tendido eléctrico.

Eddie volvió a sentarse.

—No hay prisa —dijo—. El camión no llegará allí hasta las seis y media, por lo menos.

—De acuerdo. —Ray bebió otro sorbo de café, pensativamente—. ¿Piensa continuar aquí?

—Ya veremos. No lo he decidido todavía. ¿Y usted?

—Si me rebajan el sueldo, me descontarán casi cien dólares al mes... Es un buen bocado.

—Sigo opinando que no aplicarán esa medida.

—No podrán hacerlo —dijo Ray—. Les tenemos cogidos por el cuello. —Se retrepó en su asiento—. Yo veo esto como un fenómeno orgánico. Cuando la sociedad se hace tan complicada como la nuestra, necesita cada vez más ingenieros. Pero esa misma necesidad crea un círculo vicioso. Cuantos más ingenieros tenemos, más complicada se hace la sociedad. Cada nuevo ingeniero crea la necesidad de otros dos. Yo experimento una sensación de... no sé cómo expresarlo... de vitalidad, supongo, cuando visito una fábrica automatizada. Toda aquella maquinaria y todos aquellos aparatos electrónicos son como una célula de un organismo vivo: un organismo que crece cada día más, multiplicándose como bacterias. Y siempre está enfermo, y nosotros somos los médicos. La nuestra es la profesión más segura, porque controlamos el futuro. No creo que se atrevan a rebajarnos los sueldos.

—Espero que tenga usted razón —dijo Eddie.

 

Eddie se marchó a las 7:15, cuando llegó finalmente el supervisor del servicio nocturno. Al salir del edificio, oyó resonar un timbre de alarma que se había disparado, probablemente a causa de un cortocircuito. Aquella especie de rechinamiento alteró todavía más sus nervios. Aprensivamente, notó un viento cada vez más fuerte contra sus mejillas.

En casa, fue acogido con un beso formulario.

—Querido —le dijo Lois—, te has llevado el talonario de cheques y me he encontrado sin dinero.

—¡Oh! Lo siento. ¿Te ha hecho falta?

—No tenemos leche. Hoy no ha venido el lechero. Su máquina homogeneizadora se ha averiado. He llamado a la lechería alrededor de las nueve. Y luego, a partir de las once, el teléfono ha dejado de funcionar, de modo que no he podido pedirte que trajeras una botella.

—También yo he tratado de comunicar contigo.

—Al ver que eran las seis y no habías llegado, he imaginado que te habían retenido en la oficina.

Eddie se sentó, y Lois se instaló a su vez en el brazo del sillón, a su lado.

—¿Cómo han ido hoy las cosas?

Eddie estuvo a punto de contarle lo de la reducción de los salarios y lo de Ramón López, pero se dio cuenta de que no deseaba hablar de aquellos temas.

—Como siempre —dijo—. Poco antes de marcharme se ha producido una avería en la zona de Silver Lake.

—¿La han arreglado ya?

—Lo dudo —dijo Eddie—. Probablemente tardarán un par de horas.

—¡Vaya! —dijo Lois—. Cuando pienso en la carne que guardo en el refrigerador...

—Yo no almacenaría tanta —dijo Eddie.

Lois se puso en pie.

—Cariño, estoy nerviosa. No sé qué me pasa...

El viento hizo vibrar los cristales de las ventanas.

 

Mientras Lois calentaba la cena, su hijo entró en el cuarto de estar.

—Hola, papá.

—Hola, Larry.

—Papá, ¿cuándo vamos a arreglar el aparato de televisión?

Eddie soltó el periódico.

—En este preciso momento no disponemos de los cien dólares que costará la reparación. —Buscó cerillas en la mesita situada junto al sillón—. ¡Lois! ¿Dónde están las cerillas?

Lois entró en el cuarto.

—Me he olvidado de encargarlas a la tienda. Utiliza mi encendedor.

—Respecto al televisor...

Lois se estaba secando las manos con una toalla de papel.

—Las piezas de recambio para los aparatos antiguos son difíciles de encontrar —dijo—. De todos modos, hoy he leído que el Canal Tres ha dejado de funcionar. Sólo quedan el Dos y el Siete. Y los programas no son muy buenos, ¿verdad? Con tanto anuncio...

—Utilizan un montón de material viejo —admitió el hijo—, pero de cuando en cuando ponen algo nuevo.

—Hablaremos de esto en otra ocasión, ¿eh, Larry? —dijo Eddie—. ¿Has terminado ya los deberes?

—Me falta muy poco.

—Bueno, termínalos, y...

—Papá, quería preguntarte una cosa.

—Papá está cansado. Tiene que cenar. Y tú ya has cenado, Larry...

Después de cenar, Eddie volvió a coger el periódico, el Times vespertino. Ocho páginas, con una superabundancia de anuncios. En primera plana, un editorial comentaba una inminente subida de los precios.

—Subirán los precios una vez más, y tendremos que aceptarlo sin rechistar —dijo Lois—. ¿Has leído lo del avión que se ha estrellado en Florida? Algo terrible. ¿Cuál crees que ha sido la causa del accidente?

—Fatiga de los materiales, probablemente —dijo Eddie—. Era un jet con veinte años de servicio a cuestas.

—La compañía dice que la causa no ha sido esa.

—Siempre se niegan a admitirlo —dijo Eddie.

—Supongo que hoy no llegará el cheque de tu paga... Lo habrías mencionado.

—La nómina no está confeccionada todavía. Alguien apretó un botón por error en la nueva máquina, y unas cincuenta mil tarjetas sin clasificar salieron volando por toda la oficina.

—¡Oh, no! ¿Qué hacen los pobres que no tienen cuenta corriente en el banco?

—Esperar, como esperamos nosotros.

—Hoy tienes un mal día —dijo Lois—. Te veo nervioso.

—No... —dijo Eddie—. De veras que no.

—¿Continuaréis trabajando los sábados?

—Supongo que sí. No han dicho nada. Tal vez las cosas mejoren cuando haya pasado este mes.

—Dijiste que la falta de personal era debida a los nuevos trabajos de construcción en el Valle.

—En parte, sí.

—Su terminación no está prevista hasta... hasta el año próximo, ¿verdad?

—Hasta finales del 81.

—¡Eddie! ¡Escúchame! Apenas te veo. ¡No irás a decirme que esta situación durará dos años más!

—Desde luego que no —dijo Eddie—. Es posible que cuando haya transcurrido este mes cambien las cosas.

 

Larry, embutido en su pijama, entró.

—¿Papá?

—Tu padre está cansado.

—Quiero preguntarle una cosa.

—¿De qué se trata, Larry? —inquirió Eddie.

—Papá, ¿por qué aprendo tan poco en la clase de ciencias? Hay algo que no funciona. ¿Qué es?

—Papá está...

—Yo acostaré al niño, Lois.

Eddie acompañó a su hijo a su cuarto.

—¿Qué es lo que no funciona, papá?

—Bueno, verás...

Eddie permaneció unos instantes pensativo. Luego dijo:

—Temo que la ciencia ha muerto, devorada por ella misma. Es el peligro que corren todas las cosas que crecen exponencialmente. Imagina el dinero que tendrías al cabo de un mes, si empezaras con un penique y doblaras tu dinero cada día. En muy poco tiempo tendrías todo el dinero del mundo. Así ha crecido la ciencia, hasta invadir todos los terrenos posibles. Entonces, sin espacio para su actividad, tuvo que devorarse a sí misma, ¿comprendes?

—Sí, papá —murmuró Larry—. Supongo que sí.

Eddie hizo otra breve pausa. Luego acarició los cabellos de su hijo.

—Eso es ciencia ficción, Larry.

 

Más tarde, mientras escuchaban la FM, la radio informó de un gran incendio que acababa de producirse en la zona sur de Los Angeles.

—Eso queda cerca de la casa de Becky —dijo Lois—. Será mejor que telefonee.

El teléfono continuaba sin funcionar.

—Sin el teléfono me siento como aislada del mundo.

Después de un intermedio musical, Lois dijo:

—Larry quiere ser ingeniero, ahora. Después de lo que dijiste, creo que no es mala idea.

Eddie levantó la mirada de su cigarrillo.

—¿Cómo se le ha ocurrido eso?

—Uno de sus profesores le dijo lo mismo que tú dijiste: que hay una creciente escasez de ingenieros.

—Creí que quería ser astronauta.

—Ya conoces a Larry. Eso fue la semana pasada. Su profesor le dijo que los programas espaciales habían quedado suspendidos indefinidamente. Resultan demasiado caros. No tenemos material humano ni técnico para desperdiciarlo en aventuras que sólo pueden producir resultados a largo plazo.

—Es posible que ese profesor esté en lo cierto... A veces me pregunto...

La radio dio nuevas noticias del incendio.

Los bomberos tropezaban con muchas dificultades. Dos conducciones de agua se habían roto y la presión era cada vez menor. La causa del incendio había sido la explosión de una tubería de gas. El viento no amainaría hasta el amanecer.

—Estoy preocupada por Beck —dijo Lois—. ¡Oh! Me parece que no te lo había dicho... Su hermana tiene hipoglucemia. Por eso estaba siempre tan cansada.

—No sé lo que es. Nunca había oído hablar de esa enfermedad.

—Falta de azúcar en la sangre provocada por una glándula hiperactiva en el páncreas. Y el tratamiento es todo lo contrario de lo que imaginas. Apuesto a que no lo adivinas... Verás, si aumentas la cantidad de azúcar en la dieta, la glándula aumenta su actividad para eliminarlo, y la hipoglucemia se hace más aguda. Eso es lo que vosotros, los ingenieros, llamáis una «realimentación», ¿no es cierto? Bien, el tratamiento consiste en reducir la cantidad de azúcar que uno come. Y al cabo de una temporada, el páncreas vuelve a funcionar normalmente y el enfermo mejora. Ya te he dicho que no podrías adivinarlo.

Al cabo de un largo rato, Eddie dijo, en voz muy baja:

—¡Oh!

 

Poco después de medianoche se acostaron.

—He estado... —empezó a decir Lois, y no terminó la frase—. En realidad, no tengo un motivo concreto para sentirme preocupada. Y, sin embargo... Esta alza continua de la Bolsa... ¿Crees que va a producirse otro crack? ¿Cómo ocurrió en 1929?

Eddie, tendido a su lado, en la oscuridad, habló lentamente. Lois captó la extraña tensión de su voz.

—No. No lo creo.

Y repitió, en un susurro:

—No. No creo que se produzca otro crack.

A pesar del cálido ambiente de la habitación, Lois no pudo reprimir un involuntario estremecimiento, cuya causa no supo explicarse. Súbitamente, no deseó formular más preguntas.

El viento hizo vibrar los cristales de las ventanas.

 

 

 

CORDURA

Fritz Leiber

 

 

—Pasa, Phy, y ponte cómodo.

La voz meliflua —y la puerta que se abrió súbitamente— sorprendió al secretario general del Mundo jugueteando con una burbuja de gasoide verdoso, a la cual aplastaba en su mano para contemplar a continuación cómo se filtraba entre sus dedos en forma de espatulados zarcillos que no se disolvían. Lentamente, oblicuamente, volvió la cabeza. El Director Mundial Carrsbury captó una expresión que era al mismo tiempo estúpida, astuta, vacua. Bruscamente, la expresión fue reemplazada por una nerviosa sonrisa. El hombre, muy flaco, se irguió cuanto le permitían sus hombros habitualmente caídos, entró apresuradamente y se sentó en el borde de un sillón neumático.

Contempló con apuro la burbuja de gasoide que conservaba en la mano, y miró a su alrededor buscando un lugar a propósito para dejarla. Al no encontrar ninguno, la introdujo en su bolsillo. Luego reprimió el maquinal movimiento de sus dedos entrelazando fuertemente las dos manos.

—¿Cómo te encuentras, viejo? —preguntó Carrsbury en un tono que revelaba una benevolente amistad.

El secretario general no levantó la mirada.

—¿Te preocupa algo, Phy? —inquirió solícitamente Carrsbury—. ¿Te sientes disgustado, o insatisfecho, por tu... ejem... traslado, ahora que ha llegado el momento?

El secretario general no respondió. Carrsbury se inclinó hacia adelante a través del plateado escritorio semicircular, y apremió a su interlocutor.

—Vamos, viejo amigo, háblame de ello.

El secretario general no levantó la cabeza, pero hizo rodar sus extraños y distantes ojos hasta que quedaron fijos en Carrsbury. Se estremeció ligeramente, su cuerpo pareció contraerse y sus exangües manos se entrelazaron con más fuerza.

—Lo sé —dijo, en voz muy baja y monocorde—. Crees que estoy loco.

Carrsbury se echó hacia atrás, obligando a sus cejas a fruncirse debajo del mechón de cabello plateado.

—¡Oh! No es necesario que finjas sorprenderte —continuó Phy, en tono algo más firme, ahora que había roto el hielo—. Sabes tan bien como yo lo que significa la palabra. Mejor que yo, incluso, aunque ambos hemos tenido que efectuar investigaciones históricas para descubrirlo.

—Locura —repitió soñadoramente—. Desviamiento significativo de lo que constituye la norma. Incapacidad de adaptarse a los convencionalismos básicos a los cuales se subordina toda la conducta humana.

—¡Tonterías! —dijo Carrsbury, exhibiendo su sonrisa más cálida—. No tengo la menor idea de lo que estás diciendo. Estás un poco cansado, un poco aturdido... cosa muy comprensible teniendo en cuenta la carga que has soportado. Un breve descanso te pondrá como nuevo, unas vacaciones apartado de todo esto. Pero de eso a que estés... ¡Absurdo!

—No, dijo Phy, mirando fijamente a Carrsbury—. Tú crees que estoy loco. Crees que todos mis colegas del Servicio de Dirección Mundial están locos. Por eso nos has reemplazado por los hombres que has estado adiestrando durante diez años en tu Instituto de Caudillaje Político. Lo has creído desde el momento en que, con mi ayuda y mi complicidad, te convertiste en Director Mundial.

Carrsbury acusó el impacto. Por primera vez, su sonrisa se hizo un poco insegura. Empezó a decir algo, pero cambió de idea y miró a Phy, como si esperara que añadiese algo.

Sin embargo, Phy estaba mirando de nuevo fijamente el suelo.

Carrsbury se retrepó en su asiento, pensando. Cuando volvió a hablar, lo hizo en un tono más natural, menos melifluo y paternal.

—De acuerdo, Phy. Pero, sinceramente, dime una cosa: ¿no os sentiréis todos mucho más felices cuando os hayan relevado de vuestras responsabilidades?

Phy asintió con aire sombrío.

—Sí —dijo—. Indudablemente. Pero...

—Pero, ¿qué? —apremió Carrsbury.

Phy tragó saliva. Parecía incapaz de continuar. Se había deslizado paulatinamente hacia un lado del sillón, y la presión había hecho que el verde gasoide asomara por su bolsillo. Los largos dedos de Phy lo apretaron maquinalmente.

Carrsbury se puso en pie y dio la vuelta al escritorio. Sus cejas continuaban fruncidas, pero ahora no fingía.

—No veo motivo para que no hablemos de ello ahora, Phy —dijo—. Hasta cierto punto, te debo todo lo que soy. Y no hay razón para mantenerlo en secreto... no existe ningún peligro...

—Sí —asintió Phy, con una amarga sonrisa—, desde hace unos años no has corrido el peligro de que se produjera un golpe de estado. Y en el caso de que nos hubiéramos sublevado, disponías... —su mirada se posó en un punto de la pared opuesta donde una fina rendija vertical señalaba la presencia de una puerta— de tu policía secreta.

Carrsbury se sobresaltó. No se le había ocurrido que Phy pudiera estar enterado. Molesto, pensó: La astucia de los locos. Pero sólo por un instante. El sentimiento de amistad prevaleció de nuevo. Se situó detrás del sillón que ocupaba Phy y apoyó sus manos en los caídos hombros.

—Sabes que siempre he experimentado un afecto especial hacia ti, Phy. —dijo—, y no solamente por el hecho de que tus genialidades me facilitaran el camino para convertirme en Director Mundial. Siempre he sabido que eras distinto de los otros, que había momentos en que...

Vaciló.

Phy se encogió un poco bajo las amistosas manos.

—¿Te refieres a mis momentos de lucidez? —inquirió sin rodeos.

—Como ahora —dijo Carrsbury en voz baja, tras asentir con la cabeza, un gesto que el otro no pudo ver—. Siempre he sabido que a tu manera, poco realista, me comprendías. Y eso ha significado mucho para mí. He estado solo, Phy, espantosamente solo, durante diez años. No he tenido un solo compañero. Ni siquiera entre los hombres que he estado adiestrando en el Instituto de Caudillaje Político, ya que también delante de ellos tenía que representar un papel, mantenerles en la ignorancia de ciertos hechos, por temor a que se anticiparan a tomar el poder antes de estar suficientemente preparados. Siempre solo, sin más compañía que la de mis esperanzas... y los ocasionales momentos que he pasado contigo. Ahora que todo está superado y que un nuevo régimen empieza para los dos, puedo decirte eso. Y me alegro.

Se produjo un silencio. Luego... Phy no volvió la cabeza, pero una mano exangüe ascendió hasta tocar la de Carrsbury. Carrsbury carraspeó. Resultaba extraño, pensó, que pudiera existir una momentánea relación como ésta entre el cuerdo y el loco. Pero así era.

El Director Mundial regresó a su escritorio con cierta precipitación.

—Soy una regresión, Phy —empezó, hablando con más vivacidad que antes—. Una regresión a una época en la que la mentalidad humana era mucho más sana. Si mi caso se debió a las leyes de la herencia, o a determinados accidentes ambientales, o a las dos cosas, es algo que carece de importancia. Lo cierto es que había nacido una persona que estaba en condiciones de analizar el estado actual del género humano a la luz del pasado, de diagnosticar su enfermedad y de iniciar su curación. Durante largo tiempo me negué a enfrentarme con los hechos, pero finalmente mis investigaciones —especialmente las relacionadas con la literatura del siglo XX— no me dejaron otra alternativa. La mentalidad del género humano se había convertido en... anormal. Gracias a algunos avances tecnológicos, que habían hecho mucho más fácil y sencilla la tarea de vivir, y al hecho de que las guerras terminaron con la creación del actual estado mundial, se demoró el inevitable derrumbamiento de la civilización. Pero no hizo más que eso: demorarse. Las grandes masas humanas se han convertido en masas de lo que en otra época recibió el nombre de neuróticos incurables. Sus caudillos se han vuelto... tú te has adelantado a decirlo, Phy... locos. Incidentalmente, este último fenómeno —la tendencia de los enfermos mentales al caudillaje— ha sido observado en todas las épocas.

Carrsbury hizo una pausa. Tal vez se equivocaba, pero le pareció que Phy estaba siguiendo sus palabras con síntomas de una claridad mental mucho mayor que la había observado en él hasta entonces. Quizás —a menudo había soñado esperanzadamente en aquella posibilidad— existía aún la oportunidad de salvar a Phy. Quizás, si le explicaba las cosas claramente...

—En mis estudios históricos —continuó—, no tardé en llegar a la conclusión de que el período crucial fue el de la Amnistía Final, coincidente con la fundación del actual estado mundial. Se nos ha enseñado que con tal motivo fueron liberados millones de presos políticos... y millones de los otros. ¿Quiénes eran aquellos otros? A esta pregunta, nuestras historias actuales sólo dan respuestas vagas y vulgares. Las dificultades semánticas con que he tropezado han sido enormes. Pero he insistido obstinadamente. ¿Por qué, me he preguntado a mí mismo, habían desaparecido de nuestro vocabulario palabras tales como locura, demencia, psicosis, al tiempo que desaparecían de nuestra mente los conceptos que correspondían a ellas? ¿Por qué ha desaparecido del plan de estudios de nuestras Universidades la asignatura «Psicología anormal»? Y, lo que es mucho más significativo, ¿por qué nuestra moderna psicología resulta asombrosamente similar a lo que en el siglo XX se definía como psicología anormal? ¿Por que no existen ya, como en el siglo XX, instituciones para la reclusión y el tratamiento de los enfermos mentales?

Phy irguió la cabeza. Sonrió ladinamente.

—Porque ahora todo el mundo está loco —susurró.

La astucia de los locos. La frase acudió de nuevo a la mente de Carrsbury, como una advertencia. Pero sólo por un instante. Asintió con un gesto.

—Al principio me negué a aceptar esa conclusión. Pero poco a poco razoné el porqué y el cómo de lo que había sucedido. Una civilización altamente tecnológica había sometido al género humano a una gama más amplia de estímulos, convirtiéndolo en sujeto de tensiones mentales, de impulsos emotivos y de sugestiones conflictivas. Pero en los textos de psiquiatría del siglo XX descubrí, además, unas observaciones sobre un tipo de psicosis provocada por el éxito. Un individuo desequilibrado conserva una apariencia de normalidad mientras lucha por algo, mientras avanza hacia un objetivo. Pero alcanza el objetivo, y se desmorona. Sus reprimidas confusiones asoman a la superficie, se da cuenta de que no sabe lo que quiere, en realidad, sus energías, hasta entonces comprometidas en una lucha externa se vuelven contra él, y le destruyen. Bien, cuando la guerra quedó finalmente eliminada, cuando el mundo entero se convirtió en un estado unificado, cuando la desigualdad social quedó abolida... ¿Te das cuenta de la dirección de mi pensamiento?

Phy asintió lentamente.

—Esa es una deducción muy interesante —dijo, con una voz extraña, remota.

—Habiendo aceptado a regañadientes mi premisa principal —continuó Carrsbury—, todo se aclaró. Las cíclicas fluctuaciones semestrales del crédito mundial: me di cuenta en seguida de que Morgenstern, de Finanzas, era un maníaco-depresivo con una frase semestral, o una personalidad dualista, con una faceta de derrochador y otra de avaro. Resultó ser lo primero. ¿Por qué permanecía estancado el Departamento de Cultura? Porque el Director Howard era un catatónico. ¿Por qué se excedía en sus actividades el Departamento de Investigaciones Extraterrestres? Porque McElvy era un eufórico.

Phy le miró con una expresión de extrañeza.

—Es natural —dijo, extendiendo sus delgadas manos, de una de las cuales cayó el gasoide como un bucle de humo verde.

Carrsbury replicó.

—Sí, ya sé que tú y algunos de los otros os dais cuenta de las diferencias entre vuestras... personalidades, aunque no apreciéis la anormalidad fundamental implícita en todas ellas. Pero, sigamos. Cuando supe cuál era la situación, decidí lo que tenía que hacer. En mi calidad de hombre cuerdo, capaz de fijarme unos objetivos realistas, y rodeado de individuos cuyas inconsistencias y fantasías podía aprovechar en beneficio mío, estaba en condiciones de alcanzar, con tiempo y tacto, todo lo que me propusiera. Entonces formaba parte ya del Servicio Directivo. En tres años me convertí en Director Mundial. Entonces, mi esfera de influencia se amplió enormemente. Al igual que el hombre del epigrama de Arquímedes, tenía un punto de apoyo desde el cual podía mover el mundo. Conseguí, con diversos pretextos y bajo diferentes disfraces, promulgar unas disposiciones cuyo verdadero objetivo era el de apaciguar a las grandes masas neuróticas, eliminando muchos de los estímulos perturbadores e introduciendo un programa de vida más ordenado. Conseguí, halagando a mis compañeros del Directorio Mundial y poniendo a contribución toda mi capacidad de trabajo, mantener los asuntos mundiales dentro de unos límites razonables de seguridad, evitando, al menos, lo peor. Al mismo tiempo conseguí sacar adelante mi Plan Decenal: el adiestramiento, en un relativo aislamiento, primero en pequeño número, y luego, a medida que los instruidos podían convertirse en instructores, en número mayor, de un grupo de futuros dirigentes cuidadosamente escogidos teniendo en cuenta su relativa carencia de tendencias neuróticas.

—Pero, eso... —empezó a decir Phy, en tono excitado, poniéndose en pie.

—Eso, ¿qué? —inquirió Carrsbury rápidamente.

—Nada —murmuró Phy, dejándose caer de nuevo sobre el sillón.

—Creo que te lo he explicado todo —concluyó Carrsbury—. Excepto una cosa, quizás. Lo de mi proyección. No podía arriesgarme a prescindir de ella. Lo que a mí dependía era muy importante. Y existía el peligro de que me arrollara un estallido de violencia, desorganizado pero de todos modos efectivo, provocado por mis compañeros del Directorio Mundial. Por ello decidí dar un paso peligroso: creé mi policía secreta. Existe un tipo de locura conocida como paranoia, que se caracteriza por una exagerada suspicacia, la cual conduce a la manía persecutoria. Por medio de la técnica Rand de hipnotismo, muy utilizada a finales del siglo XX, inculqué a cierto número de esos desdichados individuos la idea fija de que sus vidas dependían de mí, de que yo estaba amenazado por todas partes y que debían protegerme a toda costa. Una desagradable medida, aunque haya resultado eficaz. Me sentiré satisfecho, muy satisfecho, cuando deje de ser necesaria. ¿Comprendes por qué me vi obligado a tomarla?

Miró a Phy con aire interrogador... y se dio cuenta con asombro de que su interlocutor le sonreía con una expresión idiota mientras sostenía el gasoide entre dos dedos.

—Hice un agujero en mi colchón y salió un montón de este material —explicó Phy, en el mismo tono que emplea un chiquillo para hablar de sus juegos—. Un material muy raro. Líquido rarificado. Gas de volumen fijo. —Esculpió con sus dedos una espantosa cabeza, verde transparente. Luego la aplastó en la palma de su mano—. Tengo el suelo de mi oficina lleno, enmarañado con los muebles.

Carrsbury se echó hacia atrás en su asiento y cerró los ojos. Se sintió súbitamente un poco cansado, un poco más ávido de ver llegar el día de su triunfo. Sabía que no debía desanimarse por su fracaso con Phy. Después de todo, había ganado la batalla principal. Siempre había sabido que, exceptuando algunos breves períodos de lucidez, Phy era tan incurable como el resto. Sin embargo...

—No tienes que preocuparte por el suelo de tu oficina, Phy —dijo, amablemente—. Tu sucesor se encargará de limpiarlo. A todos los efectos, ya has sido reemplazado.

—¡Eso es! —Carrsbury se sobresaltó ante el estallido de Phy. El Secretario Mundial se puso en pie de un salto y avanzó hacia él, extendiendo una excitada mano—. ¡Por eso he venido a verte! ¡Eso es lo que he estado tratando de decirte! ¡No puedo ser reemplazado así! ¡Ni tampoco los otros! ¡No puedes hacer eso!

Con una rapidez nacida de una larga práctica, Carrsbury se deslizó detrás de su escritorio. Obligó a sus facciones a reflejar una expresión de tranquila y sonriente benevolencia.

—Vamos, vamos, Phy —dijo, en tono contemporizador—. Si no puedo hacerlo, no puedo hacerlo, desde luego. Pero, ¿no crees que deberías decirme el motivo? ¿No crees que sería preferible que nos sentáramos, y habláramos del asunto, y me dijeras el motivo?

Phy se detuvo y dejó colgar su cabeza, desconcertado.

—Sí, supongo que sí —dijo lentamente, hablando de nuevo en voz baja y monocorde—. Supongo que tendré que hacerlo. Supongo que no hay otra solución. Sin embargo, había alimentado la esperanza de no tener que contártelo todo.

Carrsbury continuó sonriendo. Phy retrocedió hasta el sillón y se sentó.

—Bien —empezó finalmente, sin dejar de juguetear con el gasoide—. Todo comenzó cuando quisiste ser Director Mundial. No eras el tipo habitual, pero pensamos que podría resultar divertido. Sí, y al mismo tiempo útil. —Miró a Carrsbury—. En realidad, has beneficiado al Mundo en muchos sentidos, no lo olvides nunca —le aseguró—. Desde luego —añadió, concentrándose de nuevo en el torturado gasoide—, no lo has beneficiado exactamente en el sentido que tú creías.

—¿No? —inquirió Carrsbury maquinalmente.

Síguele la corriente. Síguele la corriente. La frase resonó una y otra vez en su cerebro.

Phy sacudió tristemente la cabeza.

—Tomemos, por ejemplo, esas disposiciones que promulgaste para apaciguar a la gente...

—¿Sí?

—Por ejemplo, tu prohibición de toda literatura excitante en las cintas de lectura... ¡Oh! Al principio tratamos de transigir con los temas sedantes que tú habías sugerido. La gente se lo tomó a risa, incluso. Pero, pasada la novedad, tu disposición se convirtió de hecho en una prohibición de toda literatura no excitante.

La sonrisa de Carrsbury se hizo más ancha.

—Todos los días paso por delante de varios puestos de venta de cintas de lectura —dijo, amablemente—. Los envases son completamente asépticos, desde el punto de vista de la moral. Han desaparecido las fotografías y los grabados obscenos que solían verse en todas partes.

—¿Has comprado alguna cinta? ¿La has escuchado? ¿0 proyectado el texto visual? —inquirió Phy.

—Durante diez años he sido un hombre muy atareado —respondió Carrsbury—. Desde luego, he leído los informes oficiales acerca de tales materias, y a veces he echado una ojeada a muestras resumidas de cintas de lectura.

—¡Oh, claro, los informes oficiales! —dijo Phy, alzando la mirada hacia la pared cubierta de archivos, más allá del escritorio—. Verás, lo que hicimos fue conservar los castos envases, y volver al antiguo contenido. ¿Comprendes? Como ya te he dicho antes, muchas de tus disposiciones han resultado beneficiosas.

Los informes oficiales. Aquellas tres palabras continuaban resonando desagradablemente en los oídos de Carrsbury. La rápida mirada que dirigió por encima de su hombro a la pared cubierta de archivos estaba cargada de suspicacia.

—¡Oh, sí! —continuó Phy—. Lo mismo que aquella prohibición de ceder a los impulsos anormales o indecorosos, con una larga relación de categorías específicas. La disposición entró en vigor, en efecto, pero con una breve coletilla: A menos que se considere indispensable ceder a ellos. Así quedaba garantizada la libertad del individuo —los dedos de Phy trabajaban furiosamente con el gasoide—. En lo que respecta a la prohibición de diversas bebidas estimulantes.... bueno, en esta localidad continúan sirviéndose bajo otros nombres, aunque se ha desarrollado una interesante costumbre: la de comportarse sobriamente mientras se ingieren. Y si hablamos de la jornada de ocho horas de trabajo...

Casi involuntariamente, Carrsbury se puso en pie y se acercó a una de las paredes. Con un gesto de su mano a través de un rayo invisible en forma de U, conectó la ventana. La pared desapareció. A través de su transparencia casi perfecta, el Director Mundial miró hacia abajo con curiosidad.

Las calles y parques parecían tranquilos y en orden. Pero luego se produjo una especie de confusión: una pandilla de personas, que desde aquella altura no eran más que diminutas cabezas con brazos y piernas, salió de un taller y empezó a bombardear a otro grupo con pieles de frutas. Al mismo tiempo, en otra calle contigua, dos pequeños vehículos ovoides, de color plateado, se embestían el uno al otro, retozando.

Carrsbury desconectó apresuradamente la ventana y dio media vuelta. Una simple casualidad, se dijo a sí mismo furiosamente. Desprovista de todo significado estadístico. Por espacio de diez años el género humano había tendido a la cordura, a pesar de las ocasionales recaídas. Lo había visto con sus propios ojos... Se había portado como un tonto al permitir que las divagaciones de Phy le afectaran.

Consultó su reloj.

—Tendrás que disculparme —dijo bruscamente, encaminándose hacia la salida—. Me gustaría continuar esta conversación, pero he de asistir a la primera reunión del nuevo Consejo Directivo Central.

Phy se puso rápidamente en pie.

—¡Oh! ¡No puedes hacer eso! ¡No puedes hacer eso! Es imposible!

Y agarró a Carrsbury por un brazo. El Director Mundial, impaciente, trató de desasirse. La rendija de la pared lateral se ensanchó, convirtiéndose en una puerta. Inmediatamente, los dos hombres dejaron de luchar.

En el umbral de la puerta apareció un cadavérico gigante, con un arma de color negro en la mano. Una barba negra sombreaba sus mejillas. En su rostro se reflejaba una cruel mezcla de suspicacia y de fanática devoción, la primera dirigida a lo largo del arma hacia Phy, y la segunda —con los ojos sonámbulos— hacia Carrsbury.

—¿Le estaba amenazando? —preguntó el hombre barbudo con voz ronca, moviendo significativamente el arma.

Por unos instantes, un brillo furioso y vengativo se reflejó en los ojos de Carrsbury. Luego se apagó. Se reprendió a sí mismo por aquel momentáneo impulso. El Secretario Mundial era un pobre lunático, y no debía odiarle, sino compadecerle.

—No pasa nada, Hartman —dijo tranquilamente—. Estábamos discutiendo un asunto, nos hemos excitado y hemos levantado un poco la voz. No pasa nada.

—Muy bien —dijo el hombre barbudo en tono dubitativo, después de una pausa. De mala gana, devolvió el arma a su funda, pero mantuvo su mano sobre ella y permaneció de pie en el umbral.

—Y ahora —dijo Carrsbury, desasiéndose—, tengo que marcharme.

Había recorrido todo el pasillo y estaba junto al ascensor cuando se dio cuenta de que Phy le había seguido y tiraba tímidamente de su manga.

—No puedes marcharte así —suplicó Phy, dirigiendo una aprensiva mirada hacia atrás por encima de su hombro. Carrsbury observó que Hartman también les había seguido—. Tienes que darme una oportunidad para que te explique el motivo, tal como me has pedido.

Síguele la corriente. El cerebro de Carrsbury estaba mortalmente cansado del susurro, pero decidió contemporizar.

—Puedes hablarme en el ascensor —concedió, al tiempo que su mano gesticulaba a través de un rayo en forma de U y un movimiento serpentino de luz en la pared señalaba la obediente subida del ascensor.

—Verás, no se trata únicamente de las disposiciones prohibitorias —dijo Phy apresuradamente—. Hay otras muchas cosas que nunca han funcionado como señalaban tus informes oficiales. Los presupuestos departamentales, por ejemplo. Los informes indicaban que las asignaciones para las Investigaciones Extraterrestres no experimentaban ningún aumento. En realidad, durante los últimos diez años, se han decuplicado. Desde luego, tú no podías saberlo. No podías estar en todo el mundo al mismo tiempo y presenciar todos los lanzamientos de cohetes supraestratosféricos.

El movimiento de la luz se interrumpió. Carrsbury entró en el ascensor. Pensó en la conveniencia de despedir a Hartman. El pobre Phy no representaba ninguna amenaza. Sin embargo... la astucia de los locos. Cambió de idea y accionó el rayo de control que enviaría al ascensor al centésimo y último piso. La puerta se cerró suavemente. Las cifras empezaron a parpadear. Veintiuno, veintidós, veintitrés.

—Y no hablemos del Servicio Militar. Tú lo redujiste drásticamente.

—Desde luego —asintió Carrsbury—. Hay un sólo país en el mundo. Evidentemente, la única necesidad militar es la de una adecuada fuerza policíaca. Además, sería muy arriesgado poner armas en manos de la actual población mundial.

—Lo sé —dijo Phy—. Sin embargo, lo que ha ocurrido es que, sin que tú lo supieras, el Servicio Militar se ha ido incrementando, y recientemente se han formado cuatro escuadrillas de cohetes.

Cincuenta y siete, cincuenta y ocho. Síguele la corriente.

—¿Por qué?

—Bueno, hemos descubierto que la Tierra está siendo explorada. Tal vez desde Andrómeda. Tal vez con intenciones hostiles. Tenemos que estar preparados. No te lo hemos dicho... bueno, porque temíamos que la noticia pudiera excitarte.

Carrsbury cerró los ojos. ¿Cuánto iba a durar aquello? Se dio cuenta, con un sentimiento de asombro, de que durante la última media hora, las personas como Phy, soportadas por espacio de diez años, se habían convertido para él en seres indeciblemente fastidiosos.

—¿Sabes cuántos pisos hay en este edificio?

Carrsbury no captó inmediatamente el nuevo tono de la voz de Phy, pero reaccionó inmediatamente.

—Cien —respondió.

—Entonces, ¿en qué piso estamos ahora?

Carrsbury abrió los ojos. Parpadeó una cifra: ciento veintisiete, ciento veintiocho, ciento veintinueve.

Algo muy frío se instaló en el estómago de Carrsbury, ascendió hasta su cerebro. Pensó en dimensiones ocultas, en agujeros insospechados en el espacio. Unos postulados de física elemental danzaron a través de sus pensamientos. Si era posible que un ascensor se mantuviera en movimiento hacia arriba con aceleración uniforme, sus ocupantes no podían determinar si los efectos que experimentaban eran debidos a la aceleración o a la gravedad: si el ascensor permanecía inmóvil sobre algún planeta, o se disparaba con creciente velocidad a través del libre espacio.

Ciento cuarenta y uno, ciento cuarenta y dos.

—O como si uno ascendiera a través de la conciencia hacia un reino insospechado de mentalidad situado encima —sugirió Phy con su nueva voz, sonriendo suavemente.

Ciento cuarenta y seis, ciento cuarenta y siete. El ascensor aminoraba ahora la velocidad. Ciento cuarenta y nueve, ciento cincuenta. Se había parado.

Esto era algún truco. La idea fue como un chorro de agua fría en el rostro de Carrsbury. Algún truco infantil de Phy. Cambiar las cifras de los pisos no resultaba difícil.

—Prepárate para una sorpresa —le advirtió Phy.

Casi simultáneamente, la brillante claridad del sol le deslumbró, mientras su estómago experimentaba un doloroso espasmo de vértigo.

Phy, Hartman y Carrsbury estaban de pie en el aire, cincuenta pisos por encima del Centro Directivo Mundial. Por un instante, Carrsbury se agarró frenéticamente a... nada. Luego se dio cuenta de que no estaban cayendo, y sus ojos... empezaron a localizar un asomo de paredes, techo y suelo e, inmediatamente debajo de ello una especie de pozo.

—Maravilloso, ¿no? —inquirió Phy—. Se trata de una de esas fascinadoras ideas modernas contra las cuales has legislado tan obstinadamente: como nuestras escaleras incompletas y nuestros caminos que no conducen a ninguna parte. El Comité de Construcciones decidió ampliar el radio de acción del ascensor y convertirlo en una especie de atalaya. El pozo tuvo que ser transparente para no estropear la forma del edificio original y para mejorar la visión. Los resultados fueron tan satisfactorios, que tuvo que ser instalado un sistema de alarma electrónico para la seguridad de las aeronaves.

Phy hizo una pausa y miró a Carrsbury con expresión burlona.

—Todo muy sencillo —observó—. Pero; ¿no encuentras una especie de simbolismo en ello? Durante diez años has pasado la mayor parte de tu vida en este edificio. Todos los días has utilizado este ascensor. Pero ni una sola vez —has sospechado la existencia de estos cincuenta pisos suplementarios. ¿No crees que pueda haberte ocurrido algo por el estilo en lo que respecta a tus observaciones de otros aspectos de la vida social contemporánea?

Carrsbury miró al Secretario Mundial con aire de desconcierto.

Phy se volvió a contemplar una aeronave que parecía dirigirse hacia ellos.

—Puedes mirarla, también —le dijo a Carrsbury—, ya que va a trasladarte a un lugar en el que gozarás de una vida más feliz y más descansada.

Carrsbury se humedeció los labios.

—Pero... —tartamudeó—. Pero...

Phy sonrió.

—Es verdad, he de terminar mi explicación. Bueno, tú podías haber continuado siendo Director Mundial toda tu vida, en el aislamiento de tu oficina, con tus informes oficiales y tus ocasionales contactos conmigo y con los otros. Pero se te ocurrió lo del Instituto de Caudillaje Político. Eso trastornó todas las cosas. Desde luego, nosotros estábamos tan interesados en él como tú. Ofrecía unas posibilidades concretas. Confiábamos en que la idea tendría éxito. Y nos hubiéramos retirado de buena gana de salir bien la cosa. Pero, afortunadamente, la idea fue un fracaso.

Sorprendió la dirección de la mirada de Carrsbury.

—No —dijo—. Temo que sus pupilos no están esperándole en la sala de conferencias del centésimo piso, como pensaba. Temo que están todavía en el Instituto. Y temo que éste se ha convertido en... bueno... en otra clase de Instituto.

Carrsbury notó que sus pensamientos y su voluntad emergían paulatinamente de la espantosa pesadilla que los había paralizado.

La astucia de los locos: no había hecho caso de aquella advertencia. En el preciso instante de la victoria... ¡No! ¡Se había olvidado de Hartman! Esta era justamente la emergencia para la cual había creado su cuerpo de protección personal.

Miró de soslayo al miembro principal de su policía secreta. El barbudo gigante, despreocupado al parecer de su extraña posición, contemplaba fijamente a Phy, como podría haber contemplado a un mago diabólico, capaz de las peores hazañas.

De pronto, Hartman captó la mirada de Carrsbury. Adivinó su pensamiento.

Sacando el arma de su funda, apuntó a Phy.

De sus labios brotó un sonido sibilante. Luego, en voz alta, gritó.

—¡Estás muerto, Phy! ¡Te he desintegrado!

Phy avanzó un par de pasos y arrancó el arma de manos del barbudo.

—Este es otro ejemplo de lo despistado que estás en lo que respecta al temperamento moderno —le dijo a Carrsbury—. Todos nosotros tenemos un aspecto débil en nuestro carácter. Hartman era excesivamente suspicaz; padecía un complejo de conjuras y persecuciones. Tú le asignaste la peor de las tareas, puesto que alimentaba y estimulaba su debilidad. Concentrado en una idea fija, se olvidó de las otras realidades, hasta el punto de que pasó años enteros sin darse cuenta de que llevaba una pistola de juguete.

»Pero —añadió Phy—, dale la tarea adecuada y funcionará perfectamente. Asignar a cada hombre el trabajo que mejor encaja con sus condiciones es un arte con infinitas posibilidades. Por eso teníamos a Morgenstern en Finanzas: para mantener el crédito fluctuante, con un ritmo seguro y vaticinable. Por eso teníamos a un eufórico en la dirección del programa de Investigaciones Extraterrestres: para crear un clima de superoptimismo. Y a un catatónico en el Departamento de Cultura: para que no se estrelle en su prisa por avanzar demasiado.

Carrsbury observó que la aeronave se estaba acercando cada vez más a ellos.

—Pero, entonces, ¿por qué...? —empezó a decir.

—¿Por qué te nombramos Director Mundial? —terminó Phy—. ¿Acaso no es obvio? ¿No te he dicho varias veces que has hecho mucho bien, indirectamente? Nos interesabas, ¿no lo comprendes? En realidad, tú eras prácticamente único. Como ya sabes, nuestro principio fundamental es el de permitir que cada individuo se exprese a sí mismo como desee. En tu caso, eso significaba permitir que te convirtieras en Director Mundial. En conjunto, la cosa no ha ido mal. Todo el mundo se ha divertido, se han promulgado algunas disposiciones constructivas, hemos aprendido mucho... ¡Oh! No hemos realizado todo lo que esperábamos llevar a cabo, pero esto es algo inevitable. Desgraciadamente, al final nos hemos visto obligados a interrumpir el experimento.

La aeronave había establecido contacto.

—Comprendes por qué ha sido necesario todo eso, ¿verdad? —continuó Phy, mientras acompañaba a Carrsbury hacia la portezuela abierta de la aeronave—. Estoy seguro de que lo comprendes. Todo se reduce a un problema de cordura. ¿Qué es la cordura... ahora, en el siglo XX, en cualquier época? La adhesión a unas normas. La conformidad con determinados convencionalismos fundamentales que presiden toda conducta humana. En nuestra época, el apartarse de la norma se ha convertido en la norma. La incapacidad para conformarse se ha convertido en la pauta del conformismo. Está claro, ¿no? Y explica tu propio caso y el de tus protegidos. Durante un largo período de años has insistido en adherirte a unas normas, en conformarte con determinados convencionalismos básicos. Has sido completamente incapaz de adaptarte a la sociedad que te rodeaba. Sólo podías fingir... y tus protegidos ni siquiera han sido capaces de eso. A pesar de tus muchas cualidades personales, no podíamos hacer otra cosa.

Carrsbury se volvió. Por fin había recobrado su voz. Una voz ronca, furiosa.

—¿Quieres decir que durante todos estos años os habéis estado burlando de mí?

La portezuela se cerraba ya. Phy gritó:

—Hubo una vez un indio sioux llamado Caballo Loco. Venció a Crock y venció a Custer. No creas que subestimo tu fuerza, Carrsbury.

Mientras la aeronave se remontaba, Phy agitó la burbuja de gasoide verde en un gesto de despedida.

—Encontrarás muy agradable el lugar al cual te diriges —gritó, en tono estimulante—. Alojamiento cómodo, aparatos adecuados para hacer ejercicio, y una biblioteca de literatura del siglo XX para que te ayude a pasar el tiempo.

Contempló el rígido rostro de Carrsbury, pegado al cristal de la portezuela, hasta que la aeronave se alejó, convirtiéndose en un pequeño punto en el espacio.

Entonces dio media vuelta, contempló sus manos, tiró el gasoide por la puerta abierta del ascensor, estudió su vuelo unos instantes y luego accionó el rayo en forma de U.

—Me alegro de haber perdido de vista a ese individuo —murmuró, más para sí mismo que para Hartman, mientras el ascensor descendía hacia el tejado.

Hartman le miró con ojos completamente inexpresivos.

—Sí —continuó Phy—, empezaba a ejercer una influencia muy perniciosa sobre mí. En realidad, estaba comenzando a temer por mí... —su expresión se hizo súbitamente vacua— «locura».

 

 

 

II - ALIENÍGENAS, EN LA TIERRA Y EN OTRAS PARTES

 

 

LAS FORMAS

J. H. Rosny

 

 

I

 

Sucedió mil años antes del comienzo de aquel centro de civilización del cual brotarían más tarde Nínive, Babilonia y Ecbatana.

La tribu nómada de Pjehu, con sus caballos, asnos y ganado, estaba cruzando la selva virgen de Kzur hacia el oeste, a través de una oblicua cortina de luz. Los bordes del sol poniente se hinchaban, revoloteaban, caían de sus graciosas perchas.

Todo el mundo estaba cansado y todos permanecían silenciosos, buscando un buen claro donde la tribu pudiera encender el fuego sagrado, preparar la cena y dormir a salvo de los animales salvajes detrás de una doble hilera de carbones encendidos.

Las nubes adquirieron tonos opalescentes; ilusorios paisajes se alejaron hacia los cuatro horizontes; los dioses de la noche empezaron a susurrar su dulce melopea, y la tribu continuaba avanzando. De pronto llegó un explorador, a caballo, anunciando la presencia de un claro y de agua, un manantial puro.

La tribu profirió tres prolongados gritos; todo el mundo avanzó con más rapidez. Estallaron risas infantiles; incluso los caballos y los asnos, acostumbrados a reconocer la proximidad de un lugar de descanso por el regreso de los exploradores y la alegría de los nómadas, irguieron sus cuellos orgullosamente.

Llegaron a la vista del claro. Allí, donde el delicioso manantial había excavado su lecho entre musgos y arbustos, una fantasmagoría se ofreció a los ojos de los nómadas.

Fue, primero, un gran círculo de traslúcidos conos azulados, con la punta hacia arriba, cuyo tamaño era casi la mitad del de un hombre. Unas cuantas rayas claras, unas cuantas espiras oscuras estaban esparcidas a través de sus superficies; cada uno de ellos tenía una deslumbrante estrella cerca de su base.

Más lejos, igualmente extrañas, había unas losas puestas en pie, con aspecto de corteza de abedul, salpicadas de elipses multicolores. Otras Formas, aquí y allá, eran casi cilíndricas: algunas altas y delgadas, otras bajas y achaparradas, todos de color bronceado, moteado de verde; y todas con el característico punto luminoso.

La tribu se detuvo, asombrada. Incluso los más valientes quedaron helados de supersticioso temor, que aumentó cuando las Formas empezaron a oscilar en el crepúsculo del claro. Y, súbitamente, sus estrellas parpadearon, los conos se alargaron, los cilindros y las losas chirriaron como agua arrojada encima de una llama, todos ellos avanzando hacia los nómadas con creciente velocidad.

Hechizada por el espectáculo, la tribu no se movió. Las Formas cayeron sobre ellos. El choque fue terrible. Guerreros, mujeres y niños cayeron a montones, misteriosamente derribados como por el rayo. Luego, los aterrorizados supervivientes encontraron fuerzas para huir. Y las Formas, rompiendo sus cerradas filas, se extendieron alrededor de la tribu, persiguiendo implacablemente a los que huían. Sin embargo, el espantoso ataque no fue infalible: mató a algunos, aturdió a otros, no hirió a ninguno. Unas cuantas gotas rojas brotaron de la nariz, ojos y oídos de los moribundos; pero otros, ilesos, se levantaron pronto y emprendieron la huida a la pálida luz crepuscular.

Fuera cual fuese la naturaleza de las Formas, se portaban como seres vivientes, no como elementos de la naturaleza, poseyendo, como los seres vivientes, una inconstancia y diversidad de movimiento, escogiendo claramente sus víctimas, sin confundir a los nómadas con árboles o arbustos, y ni siquiera con animales.

Los más rápidos de la tribu no tardaron en darse cuenta de que nadie les perseguía ya. Agotados y en harapos, al final se atrevieron a desandar su camino hacia el misterio. Muy lejos, entre los troncos de árboles inundados de sombras, la resplandeciente caza continuaba. Y las Formas, aparentemente por elección, destrozaban a los guerreros, desdeñando a menudo atacar a los débiles, a las mujeres y a los niños.

Vista a distancia, en medio de la oscuridad que ahora había caído, la escena era más sobrenatural, más abrumadora para unas mentes bárbaras. A punto de emprender la huida una vez más, los guerreros efectuaron un descubrimiento vital: hicieran lo que hicieran los fugitivos, las Formas abandonaban la persecución en un límite determinado. Por débil e indefensa que la víctima pudiera estar, incluso si se hallaba inconsciente, una vez había cruzado la frontera invisible se encontraba fuera de peligro.

Este tranquilizador descubrimiento, confirmado pronto por cincuenta observaciones, aplacó los frenéticos nervios de los fugitivos. Se atrevieron a esperar a sus compañeros, a sus esposas y a sus hijos, que habían escapado de la carnicería. Uno de ellos, su héroe, que había resultado conmocionado al principio, recobró su presencia de ánimo y encendió una fogata, y sopló en un cuerno de búfalo para guiar a los fugitivos.

Uno a uno llegaron los supervivientes. Muchos, derrengados, arrastrándose sobre manos y rodillas. Las madres, con indomable voluntad, habían protegido, reunido y transportado a sus hijos a través del salvaje encuentro.

Y muchos caballos, asnos y reses reaparecieron, menos asustados que sus dueños.

Siguió una noche lúgubre, pasada en insomne silencio, mientras los guerreros se sentían asaltados por frecuentes estremecimientos. Pero llegó el amanecer, proyectando claridades a través del espeso follaje, y los pájaros empezaron a piar, animándoles a vivir, ahuyentando los terrores de la oscuridad.

El Héroe, él caudillo natural, formó la multitud en grupos y empezó a pasar recuento a la tribu. Faltaban la mitad de los guerreros, doscientos. La pérdida de mujeres era mucho menor; los niños estaban casi todos.

Cuando terminó el recuento y fueron reunidas las bestias de carga (faltaban muy pocas, debido a la superioridad del instinto sobre la razón durante una crisis), el Héroe hizo formar a la tribu como de costumbre. Luego, ordenando a todo el mundo que le esperasen, echó a andar, pálido y solo, hacia el claro. Nadie se atrevió a seguirle, ni siquiera de lejos.

Se dirigió hacia el lugar donde los árboles estaban más espaciados, un poco más allá del límite observado el día anterior, y miró.

A cierta distancia, en la fría transparencia de la mañana, fluía el manantial. En torno, reunida, la fantástica tropa de Formas brillaba esplendorosamente. Sus colores habían cambiado. Los conos eran más compactos, su tono turquesa se había trocado en verdoso; los Cilindros estaban estriados de violeta y las Losas parecían de cobre puro. Pero todos tenían su resplandeciente estrella, deslumbrante incluso a la luz del día.

Los contornos de aquellos fantasmagóricos entes también habían cambiado. Los conos tendían a convertirse en cilindros, los cilindros a aplastarse y ensancharse, en tanto que las losas se curvaban ligeramente.

Pero, súbitamente, al igual que la noche anterior, las formas oscilaron, sus estrellas empezaron a parpadear; el Héroe, lentamente, se retiró más allá de la línea de seguridad.

 

II

 

La tribu de Pjehu se detuvo en el umbral del gran tabernáculo nómada, en el cual sólo podían entrar los jefes. En las rutilantes profundidades, debajo de la viril imagen del Sol, estaban sentados los tres altos sacerdotes. Debajo de ellos, en los dorados peldaños, los doce sacerdotes menores.

El Héroe se adelantó y explicó con detalle el espantoso viaje a través del bosque de Kzur; los sacerdotes escucharon con mucha gravedad en sus semblantes, asombrados, intuyendo que su poder menguaba ante aquella inconcebible aventura.

El Alto Sacerdote Supremo ordenó que la tribu sacrificara al Sol doce toros, siete onagros y tres garañones. Reconoció atributos divinos en las Formas y, después de los sacrificios, decidió llevar a cabo una expedición hierática.

Todos los sacerdotes, todos los jefes de la nación Zahelal, tomarían parte en ella.

Y fueron enviados mensajeros a los montes y las llanuras, en un centenar de leguas a la redonda del lugar donde más tarde se levantaría Ecbatana de los magos. En todas partes, el enigmático relato erizó los cabellos de los hombres; en todas partes, los jefes respondieron prestamente a la llamada sacerdotal.

Una mañana de otoño, el Macho taladró las nubes, inundó el tabernáculo y alcanzó el altar donde humeaba el sanguinolento corazón de un toro. Los altos sacerdotes, los sacerdotes menores y cincuenta jefes de tribu profirieron un grito de triunfo. Cien mil nómadas, que esperaban en el exterior del tabernáculo, recogieron el clamor, volviendo sus atezados rostros hacia el milagroso bosque de Kzur y estremeciéndose un poco Los presagios eran favorables.

Así, con los sacerdotes al frente, todo un pueblo marchó a través de los árboles. Por la tarde, y alrededor de la hora tercera, el Héroe de Pjehu dio la voz de alto. El gran claro se extendía delante de ellos en toda su majestad, con un resplandor otoñal. Un torrente de hojas secas cubría sus musgos. En las orillas del manantial, los sacerdotes vieron a las Formas que habían venido a adorar y a apaciguar. Eran muy agradables a la vista, bajo la sombra de los árboles, con sus trémulos cambios de color, las llamas puras de sus estrellas y sus tranquilos movimientos en torno al manantial.

—Debemos hacer la ofrenda aquí —dijo el Alto Sacerdote Supremo—. Así sabrán que nos sometemos a su poder.

Todos los barbagrises asintieron. Una voz se alzó, sin embargo. Era Yushik, de la tribu de Nim, el joven contador de estrellas, el pálido observador profético, de reciente fama, el cual pidió osadamente que se acercaran más a las Formas.

Pero, prevaleció la opinión de los ancianos. Se construyó el altar, se llevó hasta él a la víctima: un garañón de un blanco purísimo. Luego, en medio del silencio de los postrados hombres, el cuchillo de bronce encontró el corazón del noble animal. Se alzó un gran lamento. Y el Alto Sacerdote inquirió:

—¿Estáis apaciguados, oh dioses?

Más allá, entre los silenciosos troncos, las Formas se movieron en círculo, aumentando su brillo, prefiriendo los lugares donde los rayos del sol eran más espesos.

—¡Sí! —gritaron los entusiastas—. ¡Están apaciguados!

Un fanático arrancó el cálido corazón del garañón y, antes de que el Alto Sacerdote pudiera pronunciar una sola palabra, se precipitó hacia el claro. Otros fanáticos le siguieron, gritando. Las Formas oscilaron suavemente, agrupándose, deslizándose por encima de la hierba... Súbitamente, se lanzaron contra los atrevidos, en una matanza que aturdió a las cincuenta tribus.

Seis o siete fugitivos, perseguidos con saña, consiguieron alcanzar la frontera. Los otros habían muerto, Yushik entre ellos.

—¡Son unos dioses implacables! —exclamó solemnemente el Alto Sacerdote Supremo.

Luego se reunió el venerable consejo de sacerdotes, ancianos y jefes. Decidieron clavar una hilera de estacas alrededor de la línea fronteriza. Para poder fijar la línea, obligarían a unos esclavos a exponerse a ser atacados por las Formas en una parte del perímetro y después en otra.

Y así se hizo. Bajo la amenaza de muerte, los esclavos penetraron en el círculo. Las precauciones tomadas fueron tan cuidadosas que pocos de ellos perecieron. La frontera quedó establecida, visible para todos por su línea de estacas.

La expedición terminó felizmente, y los Zahelals se creyeron a salvo del enemigo.

 

III

 

Pero el sistema preventivo preconizado por el consejo no tardó en mostrar sus deficiencias. A la primavera siguiente, las tribus de Hertoth y Nazzum pasaban descuidadamente cerca del anillo de estacas, sin sospechar nada, cuando de pronto fueron cruelmente asaltados y diezmados por las Formas.

Los jefes que escaparon de la matanza declararon ante el gran consejo Zahelal que las Formas eran ahora mucho más numerosas que en el otoño anterior. Su persecución continuaba teniendo un límite, pero la frontera se había ensanchado.

Estas noticias desalentaron al pueblo; se derramaron muchas lágrimas y se ofrecieron muchos sacrificios. Luego, el consejo decidió destruir el bosque de Kzur por el fuego.

A pesar de todos sus esfuerzos, no pudieron incendiar más que las orillas del bosque.

Entonces, los sacerdotes, en su desesperación, consagraron el bosque y prohibieron que se penetrara en él.

Y pasaron muchos veranos.

Una noche de otoño, el campamento de la tribu de Zulf, situado a diez tiros de arco del bosque prohibido, fue invadido por las Formas. Trescientos guerreros más perdieron la vida.

A partir de aquel día, una tenebrosa leyenda circuló de tribu en tribu, una leyenda que era susurrada de noche, bajo los inmensos cielos estrellados de Mesopotamia. El Hombre iba a perecer. Las Formas, en continua expansión, en los bosques, a través de las llanuras, indestructibles, acabarían inexorablemente con la raza humana. Y este terrible secreto acosaba los cerebros de los hombres, minaba sus fuerzas y la confianza de sus jóvenes. Los nómadas, con semejantes pensamientos, no encontraban ya placer en los feraces pastos de sus padres. Alzaban sus cansados ojos al cielo, esperando que las estrellas se detuvieran en su carrera. Era la vejez milenaria de aquel pueblo infantil, el toque de difuntos del mundo.

Y, en su angustia, aquellos pensadores cayeron en un culto cruel, un culto de muerte predicado por pálidos profetas, el culto de Tinieblas más poderosas que las Estrellas, las Tinieblas que engullirían y devorarían la sagrada Luz, el resplandeciente fuego.

Por doquier eran vistas las demacradas, inmóviles figuras de los inspirados, los hombres del silencio, los cuales, pasando de cuando en cuando entre las tribus, hablaban de sus terribles sueños, del Crepúsculo de la Gran Noche que se acercaba, del moribundo Sol.

 

IV

 

En aquella época vivía un hombre extraordinario llamado Bakhun, miembro de la tribu de Ptuh y hermano del Alto Sacerdote Supremo de los Zahelals. En su juventud había abandonado la vida nómada para instalarse en un verde valle, entre cuatro colinas, donde un manantial entonaba su clara canción. Había construido una tienda de piedra, una morada ciclópea. Con paciencia, y utilizando sabiamente sus caballos y sus bueyes, había alcanzado la opulencia de las cosechas regulares. Sus cuatro esposas y sus treinta hijos vivían allí como en el paraíso.

Bakhun profesaba unas extrañas creencias, por las cuales podía haber sido lapidado, de no mediar el respeto que a los Zahelals les inspiraba su hermano mayor, el Alto Sacerdote Supremo.

En primer lugar, declaraba que la vida sedentaria era mejor que la vida de los nómadas, porque conservaba la fuerza del hombre para provecho de su espíritu.

En segundo lugar creía que el Sol, la Luna y las Estrellas no eran dioses, sino masas luminosas.

Los Zahelals le atribuían poderes mágicos, y los más osados se arriesgaban incluso a consultarle. Nunca se arrepintieron de ello. Decíase que Bakhun había ayudado con frecuencia a tribus infortunadas entregándoles alimentos.

Y en aquella hora crítica, cuando los hombres se enfrentaban con la melancólica elección de renunciar a sus feraces pastos o ser destruidos por los inexorables dioses, las tribus pensaron en Bakhun, y los propios sacerdotes, después de luchar con su orgullo, le enviaron una comisión formada por tres de los más grandes de entre ellos.

Bakhun escuchó con mucha atención sus relatos, pidió que le repitieran ciertos pasajes y formuló preguntas concretas. Solicitó dos días de plazo para meditar. Cuando hubieron transcurrido, anunció simplemente que dedicaría su vida al estudio de las Formas.

Las tribus quedaron un poco decepcionadas, ya que confiaban en que Bakhun sería capaz de liberar sus tierras por medio de la brujería. Sin embargo, los jefes se declararon satisfechos por aquella decisión, esperando grandes cosas de ella.

Bakhun instaló su observatorio en el lindero del bosque de Kzur, abandonándolo únicamente cuando se hacía de noche. Todo el largo día, montado en el garañón más rápido de Caldea, observaba. No tardó en convencerse de la superioridad del espléndido animal sobre las Formas más ágiles, y así pudo iniciar su atrevido y laborioso estudio de los enemigos del hombre, estudio del cual poseemos el gran antecuneiforme libro de sesenta tablillas, el mejor libro de piedra legado por la era nómada a la civilización moderna.

En aquel libro, admirable por su moderación y su paciente observación, se describe una forma de vida completamente distinta de nuestros reinos animal y vegetal, una forma que Bakhun admite humildemente que sólo pudo analizar en sus características más superficiales. Resulta imposible para un hombre leer, sin estremecerse, aquella monografía de los seres a los cuales Bakhun llamó los Xipehuz; aquellas desapasionadas notas, nunca forzadas para que encajaran en cualquier sistema, de sus actividades, de sus medios de locomoción, de combate, de procreación. Aquellas notas que demuestran que la raza humana estuvo una vez al borde de la nada, que la tierra estuvo a punto de convertirse en patrimonio de un reino del cual se ha perdido todo rastro.

El libro debería ser leído en la maravillosa traducción de Dessault, llena de sorprendentes descubrimientos en lo que respecta a las lenguas pre-asirias: descubrimientos más apreciados, por desgracia, en países extranjeros, en Inglaterra, en Alemania, que en la patria del autor. El eminente erudito ha dado a conocer algunas páginas destacadas de aquella valiosa obra, que reproduciremos a continuación, con la esperanza de que esas páginas induzcan al lector a trabar conocimiento con la soberbia traducción de Dessault.

 

V

 

Los Xipehuz son evidentemente seres vivientes. Todos sus movimientos revelan la libre voluntad, la impulsión, la cooperación y la parcial independencia que distinguen al Animal de la Planta y de la materia no viviente. Aunque su modo de avanzar resulta imposible de describir en términos comparativos— ya que es un simple movimiento de deslizamiento a través del suelo—, es obvio que se lleva a cabo bajo su voluntario control. Les vemos pararse súbitamente, girar, perseguirse el uno al otro, pasear en grupos de dos y de tres; muestran preferencias que les hacen abandonar una compañía para unirse a otra. Son incapaces de trepar a los árboles, pero consiguen matar pájaros después de atraerlos utilizando medios desconocidos. Con frecuencia pueden ser vistos rodeando a animales del bosque o tendidos al acecho detrás de un arbusto; puede afirmarse categóricamente que matan a todos los animales sin distinción, siempre que pueden capturarlos, y sin motivo aparente, ya que no los devoran, sino que se limitan a reducirlos a cenizas.

Para hacerlo no utilizan ninguna pira funeraria; el punto incandescente que tienen en su base les basta para ese propósito. Forman un círculo de diez o de veinte alrededor del cadáver de un gran animal y hacen que sus rayos coincidan sobre él. En los animales pequeños, los pájaros, por ejemplo, los rayos de un solo Xipehuz son suficientes para producir la incineración. Debe observarse que el calor que producen no es instantáneo en su efecto. A menudo he recibido la irradiación de un Xipehuz sobre mi mano, y la piel sólo ha empezado a calentarse después de transcurrido cierto tiempo.

No sé si es correcto decir que los Xipehuz tienen formas distintas, ya que cualquiera de ellos puede transformarse sucesivamente en un cono, un cilindro y una losa, y esto en el curso de un solo día. Sus colores varían constantemente, un hecho que en mi opinión puede ser atribuido a los cambios de la calidad de la luz de la mañana a la tarde y de la tarde a la mañana. Sin embargo, ciertas variaciones parecen ser debidas a los impulsos de los individuos, y en particular a sus pasiones, si puedo permitirme este vocablo, constituyendo así auténticas expresiones de fisonomía, de las cuales, a pesar de un incansable estudio, no he podido identificar ninguna, excepto por hipótesis. Así, nunca he sido capaz de distinguir entre un tono furioso y uno tranquilo, lo cual sería seguramente el descubrimiento primordial en este campo.

He hablado de sus pasiones. Me he referido también anteriormente a sus preferencias, las cuales podría calificar de amistades. También tienen sus odios. Un Xipehuz mantiene continuamente su distancia de otro, y viceversa. Parecen experimentar violentas rabias. Se atacan unos a otros con movimientos idénticos a los observados cuando atacan a hombres o a grandes animales, y en realidad fueron esos combates los que me demostraron que no eran inmortales, como al principio estaba dispuesto a creer, ya que en dos o tres ocasiones he visto sucumbir a Xipehuz en esos encuentros, es decir, caer, encogerse y petrificarse. He conservado cuidadosamente algunos de esos extraños cadáveres, y quizás en alguna época futura puedan servir para revelar la naturaleza de los Xipehuz. Son cristales amarillentos, dispuestos de un modo irregular y veteados de filamentos azules.

Partiendo del hecho de que los Xipehuz no eran inmortales, pude deducir que sería posible atacarles y derrotarles, y en consecuencia inicié una serie de experimentos marciales de los cuales tendré que hablar más adelante.

Dado que el resplandor de los Xipehuz es siempre suficiente para hacerlos visibles a través de la maleza e incluso detrás de grandes troncos de árboles —un amplio halo emana de ellos en todas direcciones y advierte su proximidad—, pude aventurarme a menudo en el bosque, confiando en la rapidez de mi garañón.

Allí, traté de descubrir si construían refugios para guarecerse, pero confieso que fracasé en aquella búsqueda. Los Xipehuz no mueven piedras ni plantas, y parecen ser ajenos a cualquier forma de industria tangible y visible, la única clase que puede ser distinguida por la observación humana. En consecuencia no tienen armas, en el habitual sentido de la palabra. Es cierto que no pueden matar a distancia: todo animal que ha sido capaz de huir sin entrar en contacto directo con un Xipehuz, ha escapado invariablemente, y yo he presenciado esto muchas veces.

Como la desdichada tribu de Pjehu había observado ya, los Xipehuz no pueden cruzar ciertas barreras intangibles; así, sus movimientos son limitados. Pero esos límites se amplían continuamente de año en año, de mes en mes. Traté de descubrir la causa de esto.

Bien, esta causa no parece ser otra que un fenómeno de crecimiento colectivo, y como la mayoría de las cosas que se refieren a los Xipehuz, resulta incomprensible para la mente humana. En resumen, el principio fundamental es este: los límites de movimiento de los Xipehuz se extienden en proporción al número de individuos vivos, es decir, que cuando aparecen seres nuevos, las fronteras se amplían; pero mientras su número no aumenta, cada uno de los individuos es completamente incapaz de abandonar el habitat asignado —¿por fuerzas naturales?— a la raza en conjunto. Este principio sugiere una relación más estrecha entre el individuo y el grupo que la que se observa entre otros animales y hombres. Más tarde vimos la recíproca de este principio en funcionamiento, ya que cuando el número dé Xipehuz empezó a disminuir, sus fronteras se encogieron proporcionalmente.

En lo que respecta al fenómeno de propagación en sí, tengo muy poco que decir; pero este poco es característico. Para empezar, esta propagación tiene lugar cuatro veces al año, un poco antes de los equinoccios y solsticios, y sólo en noches muy claras. Los Xipehuz se reúnen en grupos de tres, y esos grupos se amalgaman poco a poco hasta formar una sola elipse muy larga. Permanecen así toda la noche y hasta que el sol alcanza su cénit al día siguiente. Cuando se separan, surgen unas formas vagas, vaporosas y enormes.

Esas formas se condensan lentamente, encogiéndose, y al cabo de diez días se han transformado en conos de color ámbar, de un tamaño considerablemente mayor, aún, que el de un Xipehuz adulto. Tardan dos meses y varios días en alcanzar su máximo desarrollo, que en este caso equivale a disminución. Transcurrido ese período se convierten en seres similares a los otros miembros de su raza, variables en sus formas y colores de acuerdo con el tiempo, la hora y el humor del individuo. Unos días después de haberse completado su desarrollo o disminución, la frontera se ensancha. No hace falta decir que poco antes de ese temible momento yo había aguijoneado los flancos de mi noble Kuath, para establecer mi campamento un poco más lejos.

Es imposible decir si los Xipehuz tienen sentidos, tal como nosotros los entendemos. Desde luego, poseen órganos que sirven para el mismo fin.

La facilidad con que detectan la presencia de animales, y especialmente de hombres, a gran distancia, demuestra que sus órganos de percepción son tan eficientes, al menos, como nuestros ojos. Nunca les he visto confundir una planta con un animal, incluso en circunstancias que a mí mismo podrían haberme inducido a error, engañado por la luz filtrándose a través de las hojas, el color del objeto o su posición. El agrupamiento de veinte individuos para consumir a un animal grande al tiempo que uno solo incinera a un pájaro indica una correcta comprensión de las proporciones, y esta comprensión parece incluso más perfecta si se tiene en cuenta que también se reúnen en grupos de diez, doce o quince, siempre de acuerdo con el tamaño relativo del cadáver. Un argumento todavía mejor en favor de la existencia de órganos sensoriales análogos a los nuestros y de su inteligencia, es su manera de atacar a nuestras tribus, ya que al tiempo que persiguen implacablemente a los guerreros, apenas prestan atención a las mujeres y a los niños.

Ahora, la pregunta más importante: ¿poseen un lenguaje? Puedo contestar sin la menor vacilación. Sí, poseen un lenguaje. Y este lenguaje está compuesto de signos, algunos de los cuales he podido incluso descifrar.

Supongamos, por ejemplo, que un Xipehuz desea hablar con otro. Para hacerlo, le basta con dirigir la radiación de su estrella hacia el otro, algo que siempre es percibido inmediatamente. El que ha sido llamado, si está en movimiento se detiene y espera. El que habla traza entonces rápidamente sobre la misma piel del que escucha una serie de breves marcas luminosas, dibujándolas, por así decirlo, con la radiación de su estrella. Esas marcas permanecen fijas unos instantes, y luego se desvanecen.

El oyente, después de una breve pausa, contesta.

Antes de cualquier acción de combate o emboscada, siempre he visto que los Xipehuz utilizan la siguiente marca:

Cuando hablan de mí —cosa que ocurre con frecuencia, ya que han hecho todo lo posible para exterminarme, lo mismo que a mi noble Kuath— la marca es:

seguida de la anterior:

La marca habitual de llamada es:

Y esto hace que el individuo receptor se apresure. Cuando los Xipehuz son invitados a una reunión general, nunca he dejado de observar una señal de esta forma:

representando la triple apariencia de estos seres.

Además, los Xipehuz tienen signos más complicados que no se refieren a acciones similares a las nuestras, sino a un orden extraordinario de cosas que no he sido capaz de descifrar. No puede alimentarse ninguna duda acerca de su capacidad para intercambiar ideas de un orden abstracto, probablemente las equivalencias de las ideas humanas, ya que son capaces de permanecer inmóviles durante largos períodos, sin hacer nada más que conversar, lo cual indica una verdadera acumulación de pensamientos.

A pesar de sus metamorfosis (cuyas leyes difieren para cada uno de ellos, muy ligeramente, pero de un modo suficientemente característico para un observador paciente), durante mi prolongada estancia entre ellos aprendí a conocer a varios Xipehuz de un modo más bien íntimo localizando las peculiaridades entre sus diferencias individuales. (¿Debería decir entre sus caracteres?) He conocido Xipehuz taciturnos, que casi nunca trazaban una palabra; volubles, que escribían verdaderos discursos; atentos; charlatanes que hablaban al mismo tiempo, uno interrumpiendo al otro. Algunos eran de naturaleza retraída y preferían una vida solitaria; otros manifestaban un evidente deseo de compañía; algunos eran feroces, cazando continuamente pájaros y animales; y algunos compasivos, perdonando a menudo a los animales y dejándoles vivir en paz. ¿No abre todo esto una enorme avenida a la imaginación? ¿No nos conduce a imaginar diversidades de aptitud, fuerza e inteligencia análogas a las de la raza humana?

Los Xipehuz practican la educación. He visto muchas veces un Xipehuz anciano, sentado en medio de varios jóvenes, trazando en ellos signos que debían repetirse unos a otros... y que el anciano corregía cuando la repetición era imperfecta. Aquellas lecciones resultaban realmente maravillosas para mí, y en todo lo que afecta a los Xipehuz no hay nada que me haya llamado tanto la atención, nada que me haya preocupado tanto durante mis noches de insomnio. Tenía la impresión de que aquello podía alzar el velo del misterio, que alguna idea simple y primitiva podía brotar e iluminar para mí un rincón de aquella profunda oscuridad. No, nada me desalentaba; año tras año observé aquella educación, atribuyéndole innumerables interpretaciones. ¡Cuántas veces creí captar un resplandor fugitivo de la naturaleza esencial de los Xipehuz! Una luz invisible, una pura abstracción que, por desgracia, mis pobres facultades no podían seguir.

Ya he dicho anteriormente que durante largo tiempo creí que los Xipehuz eran inmortales. Habiendo abandonado esta creencia, después de presenciar las muertes violentas que seguían a algunos encuentros entre Xipehuz, tendí lógicamente a descubrir sus puntos vulnerables, y a partir de entonces dediqué todo mi tiempo a la búsqueda de medios de destrucción. Ya que los Xipehuz eran cada vez más numerosos, hasta el punto de que, después de rebasar el bosque de Kzur por el sur, el oeste y el norte, empezaban a extenderse por las llanuras en dirección a levante. Unos cuantos ciclos más y desposeerían al hombre de su hogar terrenal.

En consecuencia, me proveí de una honda y en cuanto tuve a un Xipehuz a tiro le disparé mi piedra. No obtuve ningún resultado, a pesar de que disparé contra todos los puntos de su superficie, incluida la estrella luminosa. Los Xipehuz parecían completamente insensibles a las pedradas, y ninguno de ellos se hizo nunca a un lado para evitar mis proyectiles. Al cabo de un mes de tentativas, llegué a la conclusión de que la honda era absolutamente ineficaz y abandoné aquel arma.

Probé con el arco. Con las primeras flechas que disparé, los Xipehuz dieron muestras de un intenso miedo, ya que en adelante procuraron quedar fuera de mi alcance. Durante una semana no conseguí alcanzar a ninguno. Al octavo día, un grupo de Xipehuz, supongo que arrastrados por su entusiasmo por la caza, pasaron muy cerca de mí en persecución de una hermosa gacela. Disparé rápidamente varias flechas, sin ningún efecto aparente, y el grupo se dispersó. Les perseguí gastando toda mi munición. Apenas había disparado mi última flecha cuando todos ellos volvieron sobre sus pasos con una rapidez increíble, tratando de rodearme, y puedo afirmar que salvé la vida gracias a la prodigiosa velocidad de mi valiente Kuath.

Aquella aventura me llenó de esperanza y de incertidumbre; durante una semana no hice nada, perdido en las profundidades oceánicas de mis meditaciones, en un sutil, absorbente y enigmático problema que me llenaba de alegría y de angustia. ¿Por qué temían mis flechas los Xipehuz? ¿Por qué, entre el gran número de proyectiles con los cuales había alcanzado a los cazadores, ninguno había producido el menor efecto? Mi conocimiento de la inteligencia de mi enemigo descartaba la hipótesis de un terror sin motivo. Por el contrario, todo lo que sabía me inducía a creer que la flecha, en adecuadas condiciones, debía ser un arma formidable contra ellos. Pero, ¿cuáles eran aquellas condiciones? ¿Cuál era el punto vulnerable de los Xipehuz? Súbitamente se me ocurrió la idea de que el punto a alcanzar era la estrella. Por unos instantes pensé que había dado con la solución.

Luego me asaltó una duda. Con una honda, ¿acaso no había disparado contra aquel punto, alcanzándolo en más de una ocasión? ¿Por qué había de ser la flecha más afortunada que la piedra?

Había llegado la noche, el inconmensurable abismo, con sus maravillosas lámparas colgando encima de la tierra. Y yo permanecí sentado, perdido en mis pensamientos, con la cabeza entre las manos, y mi espíritu más oscuro que la noche.

Un león empezó a rugir, los chacales corrían a través de la llanura, y de nuevo brotó una chispa de esperanza. Acababa de recordar que las piedras lanzadas por la honda eran relativamente grandes, y las estrellas de los Xipehuz muy pequeñas... Tal vez era necesario penetrar; profundamente, taladrar con una afilada punta. En tal caso, su temor al arco resultaba comprensible.

Pero Vega estaba girando lentamente alrededor del polo, no tardaría en amanecer, y durante unas horas el cansancio dominó a mis pensamientos con el sueño.

En los días que siguieron, armado con el arco, me dediqué a perseguir incansablemente a los Xipehuz, penetrando en su territorio tan profundamente como lo permitía la prudencia. Pero todos ellos evitaban mi asalto, manteniéndose a distancia, lejos de mi alcance. No cabía pensar en tender una emboscada; su capacidad de percepción les permitiría detectar mi presencia detrás de cualquier obstáculo.

Hacia el final del quinto día ocurrió un suceso que, en sí mismo, demostraba que los Xipehuz, al igual que los hombres, eran seres falibles. Aquella tarde, entre dos luces, un Xipehuz se acercó deliberadamente a mí con aquella rapidez continuamente acelerada que utilizan para atacar. Sorprendido, empuñé mi arco. El Xipehuz, avanzando como una columna de color turquesa, llegó casi al alcance de mi arco. Entonces, mientras me preparaba para soltar mi flecha, quedé asombrado al ver que el Xipehuz daba media vuelta sobre sí mismo, ocultando su estrella, y continuaba avanzando hacia mí. Apenas tuve tiempo de lanzar a Kuath al galope y ponerme fuera del alcance de aquel formidable adversario.

Aquella sencilla maniobra, en la cual ningún Xipehuz parecía haber pensado hasta entonces, además de demostrarme de nuevo la personalidad y la inventiva personal del enemigo, me sugirió dos ideas: en primer lugar, era probable que yo hubiera razonado correctamente acerca de la vulnerabilidad de la estrella de los Xipehuz; y en segundo lugar, la misma táctica, adoptada por todos, convertiría mi tarea en algo extraordinariamente difícil, quizás imposible.

Sin embargo, después de trabajar durante tanto tiempo para enterarme de la verdad, noté que mi coraje aumentaba ante la presencia de aquel obstáculo, y me atreví a esperar que mi ingenio me sugeriría los medios para superarlo[1].

 

VI

 

Regresé a mi valle. Anakhre, el tercer hijo de mi esposa Tepai, era un hábil constructor de armas. Le pedí que labrara un arco de extraordinario tamaño. Utilizó una rama del árbol Waham, dura como el hierro, y el arco que Anakhre confeccionó con ella era cuatro veces más fuerte que el del pastor Zankann, el mejor arquero de las mil tribus. Ningún hombre viviente podría haberlo tensado. Pero se me había ocurrido un artificio, y el resultado fue que el inmenso arco podía ser tensado y soltado por una mujer.

Siempre he sido hábil en el lanzamiento de dardos y flechas, y en unos cuantos días aprendí tan perfectamente a utilizar el arma construida por mi hijo Anakhre que no fallaba un solo disparo, aunque el blanco fuera tan pequeño como una mosca o tan rápido de movimientos como un halcón.

Después de hacer todo esto, regresé a Kzur, montado en mi fiel Kuath, y una vez más empecé a merodear alrededor de los enemigos del hombre.

Para infundirles confianza, lancé muchas flechas con mi antiguo arco cada vez que un grupo se acercaba a la frontera, procurando que quedaran algo cortas. De este modo aprenderían a conocer el alcance exacto del arma, lo cual les conduciría a considerarse completamente fuera de peligro a una distancia determinada. Sin embargo, continuaron mostrándose desconfiados, manteniéndose en movimiento cuando no estaban protegidos por el bosque y ocultando sus estrellas de mi vista.

A base de paciencia miné sus sospechas. En la mañana del sexto día un grupo de Xipehuz se instaló en frente de mí, debajo de un gran castaño, a una distancia de tres tiros de arco corriente. Inmediatamente lancé una nube de flechas inútiles. Entonces su vigilancia se relajó más y más, y sus movimientos se hicieron más libres, como en los primeros días de mi observación.

Era el momento decisivo. Mi corazón latía tan aprisa que de momento me sentí sin fuerzas. Esperé, ya que el futuro colgaba de una sola flecha. Si fallaba el primer disparo, tal vez los Xipehuz no volvieran a ofrecerse a mis experimentos. Y, entonces, ¿cómo podríamos saber si eran vulnerables a los golpes de los hombres?

Sin embargo, poco a poco, mi voluntad triunfó, apaciguó mi corazón, infundiendo agilidad y fuerza a mis miembros y firmeza a mi ojo. Entonces, lentamente, alcé el arco de Anakhre. Allí, a lo lejos, un gran cono color esmeralda permanecía inmóvil a la sombra del árbol, con su refulgente estrella vuelta hacia mí. El enorme arco se tensó; la flecha voló silbando a través del espacio... y el Xipehuz cayó, se encogió y quedó petrificado.

Un grito de triunfo brotó de mis labios. Extendiendo mis brazos en éxtasis, di gracias al Único.

¡Aquellos terribles Xipehuz eran vulnerables a las armas humanas! Por lo tanto, podíamos alimentar la esperanza de destruirlos.

Ahora, sin temor, dejé que mi corazón murmurara, me entregué a mí mismo a los latidos de la música de la alegría. Yo, que tanto había desesperado del futuro de mi raza, que debajo de las estrellas en su curso, debajo del cristal azul de los abismos, había calculado con tanta frecuencia que dentro de dos siglos los límites del mundo quedarían rebasados por la invasión de los Xipehuz.

Y, no obstante, cuando llegó de nuevo la bienamada Noche, la pensativa Noche, una sombra cayó sobre mi felicidad, la tristeza de que los hombres y los Xipehuz no pudieran existir juntos, que el aniquilamiento de los unos fuera condición imprescindible para la supervivencia de los otros.

 

VII

 

Los sacerdotes, los ancianos y los jefes habían escuchado mi historia maravillados; los mensajeros habían difundido la noticia hasta los más remotos confines. El gran consejo había ordenado que los guerreros se reunieran en la sexta luna del año 22.649, en la llanura de Mehur-Asar, y los profetas habían predicado una guerra santa. Se presentaron más de cien mil guerreros Zahelal, y muchos miembros de razas extranjeras —Dzums, Sahrs, Khaldes—, atraídos por el rumor, llegaron para ofrecerse a la gran nación.

Kzur fue rodeado por un anillo de arqueros, pero todas sus flechas fallaban ante la táctica de los Xipehuz, y eran numerosos los guerreros que perecían, por descuidar las debidas precauciones.

Durante varias semanas un gran temor prevaleció entre los hombres...

El tercer día de la octava luna, armado con un puntiagudo cuchillo, anuncié a las multitudes que iría a luchar contra los Xipehuz solo, con la esperanza de aventar las dudas que habían empezado a levantarse acerca de la veracidad de mi historia.

Mis hijos Lum, Demja y Anakhre se opusieron violentamente a aquel proyecto y se ofrecieron para ir en mi lugar. Y Lum dijo:

—Tú no puedes ir, ya que una vez que estés muerto todos creerán que los Xipehuz son invulnerables y la raza humana perecerá.

Demja, Anakhre y muchos de los jefes se hicieron eco de aquellas palabras y tuve que admitir que tenían razón. De modo que renuncié.

Entonces, Lum, tomando mi cuchillo con mango de cuerno, cruzó la frontera. Los Xipehuz salieron a su encuentro. Uno, mucho más rápido que el resto, estuvo a punto de precipitarse sobre él, pero Lum, más ágil que un leopardo, dio un salto de costado, eludiendo al Xipehuz, y luego volvió a saltar, hiriéndole con la afilada punta.

Los guerreros vieron al Xipehuz caer, encogerse y petrificarse. Un centenar de voces se alzaron al azul amanecer. Lum estaba ya de regreso, cruzando la frontera. La gloria de su nombre se extendió a través de los ejércitos.

El año 22.649 del mundo, el séptimo día de la octava luna.

Al romper el día resonaron los cuernos; los martillos golpearon campanas de bronce para la gran batalla. Un centenar de búfalos negros y doscientos garañones fueron sacrificados por los sacerdotes, y mis quince hijos y yo rogamos al único.

El globo del sol estaba engolfado en el rojo amanecer, los jefes galopaban al frente de sus ejércitos, el clamor del ataque se hinchaba con las voces de cien mil guerreros.

La tribu de Nazzum fue la primera en entablar combate con el enemigo. Indefensos al principio, derribados por invisibles rayos, los guerreros no tardaron en aprender el arte de golpear a los Xipehuz y destruirlos. Entonces, todas las naciones, Zahelals, Dzums, Sahrs, Khaldes, Xisoastres, Pjarvanns, rugiendo como océanos, invadieron la llanura y el bosque, rodeando por todas partes al silencioso enemigo.

Durante largo tiempo la batalla fue un caos; los mensajeros llegaban continuamente para informar a los sacerdotes de que los hombres morían a centenares, pero que sus muertes estaban siendo vengadas.

En el calor del mediodía mi hijo Surdar, enviado por Lum, vino a decirme que por cada Xipehuz destruido habían perecido una docena de los nuestros. Mi espíritu estaba en tinieblas y mi corazón débil, pero mis labios murmuraron:

—¡Cúmplase la voluntad del Único!

Recordándome a mí mismo el número de combatientes de nuestros ejércitos, que sumaban un total de ciento cuarenta mil, y sabiendo que los Xipehuz eran alrededor de cuatro mil, me dije que más de una tercera parte de nuestros guerreros moriría, pero que la tierra pertenecería al hombre.

—Por lo tanto, es una victoria —murmuré tristemente.

 

La tierra pertenece al hombre.

Dos días de combate han aniquilado a los Xipehuz. Todo el territorio que habían ocupado ha sido quemado, de modo que no crezca en él ni un solo árbol, ni una sola planta, ni un solo tallo de hierba. Y yo, ayudado por mis hijos Lum, Azah y Simho, he terminado de grabar esta historia en tablillas de granito para conocimiento e instrucción de las naciones futuras.

ahora estoy solo, en medio de la pálida noche. Una luna color de cobre cuelga sobre el oeste. Los leones están rugiendo a las estrellas. El arroyo discurre lentamente entre los sauces; su voz eterna habla del paso del tiempo, de la melancolía de las cosas perecederas.

yo estoy solo, en medio de la pálida noche. Y he enterrado mi rostro en mis manos, y mi corazón solloza. Ya que, ahora que los Xipehuz han dejado de existir, mi alma llora por ellos. Y le pregunto al Único qué Fatalidad exige que el esplendor de la Vida sea empañado por la Sombra del Asesinato...

 

 

 

LA OTRA CELIA

Theodore Sturgeon

 

 

Si uno vive en una casa de huéspedes lo bastante barata, y las puertas son de madera de pino, y las cerraduras son de un modelo antiguo, y las bisagras están sueltas, y si uno pesa ciento noventa libras, puede agarrar el pomo, apretar la puerta a un lado contra sus bisagras, y correr el pasador. Más tarde, al salir, puede cerrar la puerta del mismo modo.

Slim Walsh vivía, pesaba, y hacía aquellas cosas, en parte porque estaba aburrido. Los médicos de la Compañía le habían dado de baja por un período de observación de tres semanas, después que su ayudante le había golpeado encima mismo de la sien con una llave inglesa de catorce pulgadas. Si cobraba solamente el Seguro de Enfermedad, quería hacerlo durar. Entretanto, se encontraba perfectamente y no tenía nada que hacer en todo el día.

«Slim no es malo —solía decir su madre en el Tribunal de Menores, unos años antes—. Un poco fisgón, únicamente.»

Tenía razón.

Slim era congénitamente incapaz de utilizar de prestado un cuarto de baño sin revisar el armario de los medicamentos. Si se le enviaba a la cocina en busca de un salero, cuando regresaba, un minuto después, había inventariado el contenido de la nevera, las latas de conserva, y (dado que medía un metro ochenta y cinco) descubierto una jarra de guindas al marrasquino en la parte trasera del estante más alto, una jarra de la que el dueño de la casa se había olvidado.

Tal vez Slim, que no estaba impresionado por su impresionante tamaño, tenía la sensación que el saber que alguien utilizaba en secreto un tinte para los cabellos, o era una de aquellas extrañas personas que guardan un pequeño montón de calcetines desparejados en su segundo cajón, le daba una especie de superioridad. De seguridad, mejor dicho. O tal vez era una rara compensación para uno de los más desesperados casos de timidez que se hayan registrado nunca.

Sea como fuere, Slim se encontraba más a gusto si, mientras hablaba con alguien, sabía cuántas chaquetas colgaban en su armario, a cuándo se remontaba aquella factura del teléfono impagada, y dónde ocultaba aquellas fotografías. Por otra parte, Slim no insistía en enterarse de cosas desfavorables o comprometedoras. Sólo quería enterarse de cosas corrientes.

Su situación actual, en consecuencia, era casi un paraíso. Hileras de puertas, fáciles de abrir, para pasto de su insaciable curiosidad. No tocaba nada (y si lo hacía, volvía a colocarlo en su sitio cuidadosamente), no se llevaba nada, y al cabo de una semana sabía mucho más acerca de los pupilos de Mrs. Koyper que la propia dueña de la pensión. Cada visita secreta a las habitaciones le daba un punto de partida; las subsiguientes le permitían ampliar sus conocimientos. Sabía, no sólo lo que aquellas personas tenían, sino también lo que hacían, dónde, cuánto, por cuánto, y con qué frecuencia. En la mayoría de los casos sabía también por qué lo hacían.

En la mayoría de los casos.

Llegó Celia Sarton.

En diversas ocasiones, en diversos lugares, Slim había encontrado cosas raras en las habitaciones de otras personas. En un inmueble destartalado había una anciana que tenía un tren eléctrico debajo de su cama. Y jugaba con él, también. En el mismo inmueble vivía una vieja solterona que coleccionaba botellas, grandes y pequeñas, de cualquier precio o capacidad, con tal que fueran redondas y de cuello largo. En el segundo piso, un hombre guardaba sus objetos de valor con la automática del 25, descargada, en el cajón superior de su escritorio, en el cual guardaba también media caja de cartuchos del 38.

Había una (hablando con caballerosidad) muchacha en una de las habitaciones que colocaba siempre flores recién cortadas delante de una fotografía en su mesilla de noche. Mejor dicho, delante de un marco que contenía siete fotografías, una detrás de otra. Cada una de ellas ocupaba el lugar de honor un día a la semana. Siete días, siete fotografías. Slim admiró el sistema. Un nuevo amor cada día. Y todos ellos astros de la pantalla.

Docenas de habitaciones, docenas de improntas, huellas, impresiones, atmósferas de personas. Y no necesitaban ser extravagantes. Una mujer se traslada a una habitación, completamente vulgar; en el instante en que coloca su polvera encima de la repisa del lavabo, la habitación es suya. Algo pegado al mal encajado marco de un espejo, algo vistiendo el mechero de gas fuera de servicio, y la habitación empieza a encogerse hacia su ocupante como si deseara, algún día, adaptarse a él como una piel.

Pero no la habitación de Celia Sarton.

Slim Walsh la vio por primera vez subiendo la escalera detrás de Mrs. Koyper, en dirección al tercer piso. Mrs. Koyper, que cojeaba, subía la escalera con la lentitud suficiente como para permitir al más desinteresado de los testigos un detallado examen de la persona que la seguía. Y Slim no era un testigo desinteresado, precisamente. Sin embargo, durante varios días no pudo recordar claramente a Celia Sarton. Como si ésta hubiese sido, no invisible, ya que eso hubiera resultado memorable en sí mismo, sino traslúcida, o camaleónica, re-irradiando el color de la pared, el color de la alfombra, el color del maderaje.

Era... ¿Años? Los suficientes para pagar impuestos. ¿Estatura? Talla media. ¿Vestida? Llevaba lo que las mujeres utilizan para cubrirse, según las estadísticas: medias, falda, chaqueta y sombrero.

Llevaba un bolso. Tan impersonal como el resto. Un bolso de viaje, de color indefinido.

Y a Mrs. Koyper le dijo..., le dijo..., le dijo lo imprescindible cuando uno alquila una habitación barata. Y, para encontrar su voz, habría que dividir el sonido de una multitud por el número de personas que la componen.

Era tan anónima, tan imperceptible, que, aparte de tener conciencia que ella se marchaba por la mañana y regresaba por la noche, Slim dejó pasar dos días antes de entrar en el cuarto de Celia Sarton; no podía recordárselo a sí mismo, simplemente. Y cuando lo hizo, y lo hubo inspeccionado todo a su antojo, con la mano en el pomo, a punto de marcharse, se dio cuenta que la habitación estaba ocupada, después de todo. Hasta aquel instante, había pensado que estaba revisando uno de los cuartos desocupados. (Hacía esto de un modo regular; le daba un punto de referencia.)

Slim gruñó y dio media vuelta, recorriendo el cuarto con la mirada. Primero tuvo que asegurarse a sí mismo que se encontraba en la habitación de Celia Sarton, lo cual, para un hombre dotado de su sentido de la orientación, resultaba extraordinario. Cuando estuvo convencido, permaneció mudo de asombro, contemplando la negación de todo lo que su... hobby le había enseñado acerca de la gente y de los lugares en los cuales vivía.

Los cajones del armario estaban vacíos. El cenicero estaba limpio. No había cepillo de dientes, pasta dentífrica ni jabón. En el colgador, dos perchas de alambre, una de madera y nada más. Nada en la repisa del lavabo, nada en el botiquín...

Slim se acercó a la cama y levantó cuidadosamente la ajada colcha. Tal vez habían dormido en ella, tal vez no; Mrs. Koyper no perdía el tiempo planchando las sábanas, de modo que resultaba difícil adivinarlo. Enarcando las cejas, Slim dejó caer de nuevo la colcha y la alisó.

Súbitamente se golpeó la frente, y el impacto resonó dolorosamente en su herida.

«¡El bolso!»

Estaba debajo de la cama, asomando allí, no oculto allí. Lo contempló unos instantes, sin tocarlo, de modo que pudiera volver a dejarlo en el lugar exacto. Luego lo recogió.

Era un Gladstone negro, ni nuevo ni caro. Tenía un cierre de cremallera. Slim lo abrió. El bolso contenía una caja de cartón, nueva, con un millar de folios en blanco rodeados por una cinta de papel azul con un rombo blanco y la inscripción: El mejor auxiliar del escritor. 15% de fibra de algodón. Marca registrada.

Slim sacó el papel de la caja, miró debajo de él, sacudió la cabeza, volvió a dejar el papel en su sitio, cerró la caja, la metió en el bolso y colocó éste en el mismo lugar en que lo había encontrado. Se paró de nuevo en el centro de la habitación, convenciéndose que allí no había nada más que mirar. Salió del cuarto, cerró la puerta y regresó silenciosamente a su habitación.

Se sentó en el borde de su cama y finalmente protestó:

«¡Nadie vive así!»

 

Su habitación se encontraba en el cuarto y último piso del antiguo inmueble. Cualquier otra persona la hubiera llamado la peor habitación de la casa. Era pequeña, oscura, destartalada y remota, y Slim la hallaba muy apropiada. Encima de la puerta había una claraboya, cuyo cristal tenía muchas capas de pintura.

Subiéndose a su cama, Slim podía aplicar un ojo al atisbadero que había rascado en la pintura y controlar el rellano del tercer piso. En este rellano, colgando del tubo de uno de los antiguos mecheros de gas, había un borroso espejo rematado en su parte superior por un águila dorada cubierta de polvo y rodeado de numerosas flores rococó talladas en la madera del marco. Tras innumerables pruebas y muchos viajes silenciosos desde su habitación al rellano y viceversa, Slim había conseguido situar el espejo de modo que cubriera también el rellano del segundo piso.

De la misma manera que un técnico en radar aprende a traducir las misteriosas señales que aparecen en la pantalla, Slim se había convertido en un experto en la interpretación de las borrosas y lejanas imágenes que le proporcionaba el espejo. Así podía controlar las idas y venidas de la mitad de los inquilinos sin tener que abandonar su habitación.

En aquel espejo, a las seis y doce minutos, vio de nuevo a Celia Sarton. Y mientras la contemplaba subiendo la escalera, sus ojos brillaron, excitados.

El anonimato había desaparecido. Celia subía las escaleras de dos en dos, a pequeños saltos. Alcanzó el rellano, se adentró en su pasillo y desapareció, y mientras una parte de la mente de Slim escuchaba cómo abría la puerta de su cuarto (apresuradamente, haciendo sonar la llave contra la placa de la cerradura, abriendo la puerta de un empujón, cerrándola de golpe), otra parte estudiaba una fotografía mental de su rostro.

Un rostro obsesionado por una idea fija. Los ojos sólo estaban interesados superficialmente en rellanos, peldaños, puertas. Era como si hubiese proyectado todas las partes importantes de sí misma a aquella habitación vacía que era la suya y esperase allí impacientemente la llegada de su cuerpo. Había algo en la habitación, o algo tenía que hacer ella allí que no admitía demora. Se va así hacia un amante, después de una larga separación, o hacia la cabecera del lecho donde agoniza un ser querido. Aquella no era la llegada de alguien que desea, sino de alguien que necesita.

Slim abotonó su camisa, abrió silenciosamente la puerta de su cuarto y se deslizó al exterior. Se detuvo un momento en el rellano, como un alce olfateando el aire antes de descender a un abrevadero, y luego empezó a bajar con decisión y sigilo.

La única vecina de Celia Sarton en el pasillo norte —la solterona de las botellas—estaba a punto de acostarse; era una mujer de costumbres muy regulares y Slim las conocía perfectamente.

Convencido del hecho que no sería visto, se deslizó hasta la puerta de la habitación de la muchacha y se detuvo.

Estaba allí, desde luego. Slim pudo ver la luz a través de las rendijas de la mal encajada puerta, pudo captar la diferencia existente entre una habitación vacía y una ocupada, por muy silencioso que esté el ocupante. Y la persona que ocupaba aquella habitación estaba silenciosa. Por apremiante que fuera lo que la había conducido hasta allí con tanta urgencia, hiciera lo que hiciera, lo estaba haciendo sin ningún sonido ni movimiento que Slim pudiera detectar.

Durante un largo rato —seis minutos, siete—, Slim permaneció allí, con la boca abierta para celar el sonido de su respiración. Al final, sacudiendo la cabeza, retrocedió, subió la escalera, entró en su propia habitación y se dejó caer sobre su cama, con el ceño fruncido.

Lo único que podía hacer era esperar. Pero él podía esperar. Nadie hace una sola cosa durante mucho tiempo. Especialmente una cosa que no exige movimiento. Dentro de una hora, de dos horas...

A las once y media, un leve ruido procedente del piso inferior despertó a Slim, medio adormilado. Poniéndose rápidamente en pie sobre su cama, pegó el ojo al atisbadero de la claraboya. Vio a Celia Sarton que avanzaba por el pasillo lentamente, y se detenía, y miraba a su alrededor, a nada en concreto, como alguien encerrado durante largo tiempo en el camarote de un barco y que sube a cubierta, más en beneficio de sus ojos que de sus pulmones. Y cuando la muchacha bajó la escalera lo hizo sin prisa, como si (de nuevo) la parte importante de ella estuviera en la habitación. Pero lo que la había llevado a su habitación estaba terminado, y lo que había delante de ella carecía de importancia y podía esperar.

Slim decidió que también él podía esperar. La tentación de dirigirse inmediatamente al cuarto de Celia Sarton era muy intensa, pero se impuso la prudencia. Lo poco que Slim había averiguado acerca de las costumbres de Celia Sarton no incluía las salidas nocturnas.

No podía saber cuándo regresaría la muchacha y, en consecuencia, sería una estupidez exponerse a que le sorprendieran en pleno fisgoneo. Suspiró, con una mezcla de resignación y de anticipado placer, y se acostó.

Un cuarto de hora más tarde se gratificó a sí mismo con una soñolienta sonrisa al oír los pasos de la muchacha subiendo de nuevo la escalera.

Slim se durmió.

 

No había nada en el armario, no había nada en el cenicero, no había nada en la repisa del lavabo ni en el botiquín. La cama estaba hecha, los cajones estaban vacíos, y debajo de la cama se veía el mismo bolso. En él había una caja de cartón que contenía un millar de folios rodeados por una cinta de papel de color azul. Slim gruñó, sacudió la cabeza y luego, de un modo maquinal pero meticuloso, procedió a dejarlo todo tal como lo había encontrado.

«Sea lo que sea lo que esa muchacha hace por la noche —murmuró en tono sombrío—, deja rastro del mismo modo que hace ruido.»

Se marchó.

El resto del día, Slim estuvo muy ocupado. Por la mañana acudió al consultorio de un médico, y por la tarde pasó horas enteras en el despacho de un abogado que parecía decidido a (A) negar la existencia de cualquier herida en la cabeza y (B) demostrar a Slim y al mundo que la herida debió producirse hacía años. Pero Slim no se dejó convencer. A pesar de su timidez congénita, o quizás a causa de ella, resultaba muy difícil convencerle de algo de lo que no estuviera previamente persuadido. De todos modos, la entrevista duró varias horas, y eran más de las siete cuando llegó a casa.

Se detuvo en el rellano del tercer piso y echó una ojeada hacia el extremo del pasillo. La habitación de Celia Sarton estaba ocupada y silenciosa. Si la muchacha salía alrededor de medianoche, agotada y aliviada, Slim sabría que había subido precipitadamente la escalera para dedicarse a su urgente y callada tarea, cualquiera que fuese... Y al llegar a este punto de sus reflexiones, Slim se obligó a interrumpirlas. Hacía mucho tiempo que había comprobado la inutilidad de mantener ocupada su mente con conjeturas. Podían ocurrir mil cosas; sólo ocurriría una. Por lo tanto, esperaría.

Y de nuevo, horas más tarde, la vio salir al pasillo. Miró a su alrededor, pero Slim sabía que veía muy poco; su rostro tenía una expresión ausente, lo mismo que sus ojos. Luego, en vez de bajar la escalera, la muchacha regresó a su cuarto.

Media hora más tarde, Slim bajó al tercer piso, fue a pegar el oído a la puerta de la habitación de Celia Sarton y sonrió. La muchacha estaba lavando su ropa interior en el lavabo. No era gran cosa, pero Slim comprendió que estaba haciendo progresos. Aquello no explicaba por qué Celia Sarton vivía como vivía, pero revelaba cómo podía arreglárselas sin disponer de un solo pañuelo de recambio.

Bien, tal vez por la mañana.

Por la mañana, no hubo tal vez. Slim lo encontró, lo encontró, aunque no pudo saber lo que había encontrado. Al principio se echó a reír, no en tono de triunfo sino secamente, llamándose a sí mismo payaso. Luego se puso en cuclillas en el centro de la habitación (no quiso sentarse en la cama, para no añadir más arrugas a las que Mrs. Koyper proporcionaba), sacó cuidadosamente el paquete de papel de la caja y lo dejó en el suelo, delante de él.

Hasta entonces, se había limitado a echarle una ojeada al paquete de folios, por su parte superior y por la inferior. Pero esta vez hizo algo más: quitó cuidadosamente la cinta de papel azul que rodeaba el paquete y hojeó los folios en blanco.

Con un nuevo brillo en los ojos, descubrió que todos los folios, excepto un centenar de la parte superior y otro centenar de la parte inferior, tenían el mismo corte rectangular en el centro, dejando sólo un estrecho filete en los bordes. En el hueco así formado, había algo.

A primera vista, Slim sólo pudo apreciar que era algo de color canela claro, con un leve tinte sonrosado, semejante a cuero liso, sin curtir. Estaba cuidadosamente doblado, de modo que encajara exactamente en el hueco practicado en el paquete de papel.

Slim lo contempló unos instantes sin tocarlo, intrigado; luego, después de frotar las yemas de sus dedos contra su camisa hasta asegurarse que ellas quedaban completamente desprovistas de humedad y de grasa, levantó con cuidado la primera capa de la sustancia.

Debajo había más.

Slim no tardó en darse cuenta que el material era de una forma irregular y casi con seguridad de una sola pieza, de modo que plegarlo en forma de rectángulo exigía mucho cuidado y una gran habilidad. En consecuencia, Slim procedió lentamente, deteniéndose de cuando en cuando, para comprobar si sería capaz de volver a dejarlo tal como lo había encontrado, y tardó más de una hora en sacar el suficiente para poder identificarlo.

¿Identificarlo? Era completamente distinto a cualquier cosa que él hubiera visto hasta entonces.

Era una piel humana, hecha de alguna sustancia muy parecida a la auténtica. El primer pliegue, el que había desdoblado en primer lugar, correspondía a una zona de la espalda, y por ello no mostraba ningún rasgo. Podía compararse con un balón, excepto por el hecho que un balón deshinchado es menor en todas sus dimensiones que uno hinchado. Slim calculó que la supuesta piel era de tamaño normal: algo más de cinco pies de longitud, y una anchura proporcional. Los cabellos tenían un aspecto exactamente igual que los auténticos, pero al ser flexionados se descubría que eran de una sola pieza.

La piel tenía el rostro de Celia Sarton.

Slim cerró los ojos y volvió a abrirlos, y descubrió que continuaba siendo verdad. Contuvo el aliento, adelantó un dedo y apretó suavemente hacia arriba el párpado izquierdo. Debajo de él había un ojo, de color azul celeste y aparentemente húmedo, pero sin vida.

Slim expulsó el aire que se había acumulado en sus pulmones, cerró el ojo y se sentó sobre sus talones. Las piernas empezaban a dolerle debido al largo rato que había permanecido en cuclillas.

Miró a su alrededor una vez más, tratando de aclarar su mente, y luego empezó a plegar de nuevo la piel. Tardó un buen rato, pero cuando hubo terminado supo que lo había hecho bien. Volvió a colocar el paquete de papel en la caja y la caja en el bolso, dejó el bolso en su sitio y finalmente se quedó parado en el centro de la habitación, sumido en profundos pensamientos.

Unos instantes después empezó a inspeccionar el techo. Tenía un rebozado de yeso, como los de la mayoría de las casas antiguas. Estaba manchado y descascarillado en algunos lugares. Slim hizo un gesto de satisfacción, escuchó durante unos instantes junto a la puerta, salió del cuarto, lo cerró y subió a su habitación.

Permaneció en su propio pasillo por espacio de un minuto, comprobando la situación de las puertas y su correspondencia con las del piso inferior. Luego entró en su habitación.

Se dirigió directamente a su armario. Lo abrió y, arrodillándose, gruñó de satisfacción al comprobar lo sueltas que estaban las tablas del fondo. Arrancando una de ellas, descubrió que era posible alcanzar el cielo raso entre el suelo del cuarto piso y el techo del tercero. Arrancó más tablas hasta que hubo efectuado una abertura de unos cuarenta centímetros de anchura, y luego, trabajando en un silencio casi absoluto, empezó a horadar el suelo. Procedía con mucha meticulosidad, ya que no quería que cayera en la habitación situada debajo ni un solo grano de yeso, cuando finalmente agujereara el rebozado. Trabajó lentamente, y estaba avanzada la tarde cuando quedó satisfecho de sus preparativos y la emprendió, con su cuchillo, con el yeso.

Era más delgado y más blando de lo que se había atrevido a esperar; casi lo horadó al primer intento. Introdujo cuidadosamente la punta del cuchillo en la ranura que había practicado, ensanchándola.

Consultó su reloj y luego se dirigió a la habitación de Celia Sarton, para comprobar el resultado de su tarea desde abajo. Quedó muy complacido. La pequeña ranura quedaba a un pie de la pared, aproximadamente, encima de la cama, y era una simple línea de lápiz perdida en el barroco dibujo que formaba el yeso. Slim regresó a su cuarto y se sentó a esperar.

Para utilizar su nuevo atisbadero, tenía que tenderse en el suelo, medio cuerpo dentro y medio cuerpo fuera del armario, con la cabeza metida en el agujero, por debajo del nivel del suelo. Pero aquella posición no le incomodaba lo más mínimo, dando por bien empleadas sus molestias: una actitud que compartía con otros muchos ardientes aficionados, montañeros o espeleólogos o cazadores de patos.

 

Cuando la muchacha encendió la luz, Slim pudo verla estupendamente, así como la mayor parte del suelo, los dos tercios inferiores de la puerta y parte del lavabo.

Celia había entrado apresuradamente, con aquella misma prisa agonizante que Slim había observado antes. Inmediatamente después de encender la luz se precipitó hacia la cama y se inclinó a recoger el bolso. Abriéndolo, sacó la caja, la abrió a su vez, tomó el papel, quitó la cinta azul y apartó los folios que cubrían el hueco central.

Extrayendo la cosa oculta allí, la sacudió un par de veces para desplegarla. Luego la extendió cuidadosamente en el suelo, los brazos a un lado, las piernas ligeramente abiertas, boca arriba. Luego se tendió ella en el suelo, también, con su cabeza casi pegada a la de la cosa. Llevándose las manos a las orejas, se dedicó a una rara manipulación, haciendo partícipe de ella a la cabeza deshinchada que yacía a su lado.

Slim oyó un leve chasquido, semejante al sonido que producen dos uñas al entrechocar.

Las manos de Celia se deslizaron hacia las mejillas de la figura y palparon la vacía cabeza como si comprobaran una conexión. La cabeza parecía ahora haberse adherido a la suya.

Luego, Celia asumió la misma postura que la piel vacía, dejando caer sus manos a sus costados sobre el suelo, cerrando los ojos.

Durante un largo rato no pareció ocurrir nada, a excepción del extraño modo de respirar de Celia, muy profunda pero muy lentamente, como una imagen a cámara lenta de alguien jadeando, recobrando el aliento después de una fatigosa carrera. Al cabo de unos diez minutos, la respiración se hizo más honda e incluso más lenta, hasta que, pasada media hora, Slim no pudo detectarla.

Slim permaneció inmóvil en su puesto de acecho durante más de una hora, hasta que su cuerpo encogido protestó y la cabeza empezó a dolerle a causa de la tensión a que estaban sometidos sus ojos. No quería moverse, pero tuvo que hacerlo. Silenciosamente, salió del armario, se puso en pie y extendió todos sus miembros. Aquello le produjo una intensa sensación de placer, y la gozó profundamente. Se sintió impulsado a pensar en lo que acababa de ver, pero decidió no hacerlo..., todavía.

Cuando hubo desaparecido del todo el embotamiento de sus miembros, volvió a introducirse en el armario, metió la cabeza en el agujero y pegó nuevamente el ojo a la ranura.

Nada había cambiado. La muchacha continuaba tendida, completamente relajada, hasta el punto que sus manos habían vuelto las palmas hacia arriba.

Slim miró y miró. Estaba a punto de llegar a la conclusión que la muchacha pasaba las noches de aquel modo y que allí no había nada más que ver, cuando observó una leve y repentina contracción del plexo solar de Celia, y luego otra. Por unos instantes no ocurrió nada más, y luego la cosa vacía adherida a su cabeza empezó a llenarse.

Y Celia Sarton empezó a vaciarse.

Slim contuvo la respiración y contempló con una mezcla de incredulidad y de asombro lo que sucedía.

Una vez iniciado, el proceso avanzó rápidamente. Era como si algo pasara del vestido cuerpo de la muchacha a aquella cosa vacía. Aquel «algo», sea lo que fuere, tenía que ser líquido, ya que sólo un líquido llenaría un recipiente flexible de aquel modo. Slim pudo ver los dedos, que habían permanecido doblados contra las palmas, hincharse y moverse hasta adoptar la forma de una mano normal. Los codos se deslizaron un poco para reposar más normalmente contra el cuerpo. Y, sí, ahora era un cuerpo.

El otro ya no era un cuerpo. Yacía en el suelo, deshinchado bajo sus ropas.

La operación no duró más de diez minutos, pasados los cuales el cuerpo ahora lleno se movió.

Flexionó sus manos varias veces, levantó sus rodillas y extendió sus piernas de nuevo, arqueó su espalda contra el suelo. Sus ojos parpadearon y se abrieron. Alargó los brazos y efectuó una rápida manipulación en su cabeza. Slim oyó otra versión del chasquido anterior, y la cabeza ahora vacía cayó al suelo.

La nueva Celia Sarton se incorporó, sentándose en el suelo, suspiró y se frotó el cuerpo con las manos, como restableciendo la circulación de su sangre. Se desperezó con una expresión de placer que recordó a Slim el que él había experimentado unos minutos antes.

En la parte superior de su cabeza, Slim captó fugazmente una especie de ranura a través de la cual se veía una humedad blanquecina, pero parecía estar cerrándose. Al cabo de unos instantes sólo pudo ver una breve raya partiendo los cabellos, como en un peinado normal.

Celia Sarton suspiró de nuevo y se puso en pie. Recogió la piel vacía por el cuello, la levantó y la sacudió un par de veces, para hacer caer las ropas. A continuación tiró la piel sobre la cama, recogió las ropas del suelo y cruzó con ellas la habitación, para dejar las prendas interiores en el lavabo y colgar el vestido en una percha.

Moviéndose sin prisa pero con evidente decisión, abrió el grifo del lavabo y empezó a lavar las prendas que había dejado allí. Luego las colgó en otras perchas y las dejó en el armario. Terminada esta tarea, recogió la piel deshinchada que había quedado arrugada sobre la cama, la sacudió de nuevo, la enrolló y se dirigió otra vez al lavabo.

Corrió el agua y, guiándose por los sonidos, Slim supo que la nueva Celia había sometido la piel vacía a un jabonado y dos aclarados. Luego, la muchacha colgó el objeto en otra percha y la dejó también en el armario.

Después se tendió en la cama, no para dormir, ni para leer, ni siquiera para descansar —parecía muy descansada—, sino simplemente para esperar hasta que llegara el momento de hacer otra cosa.

Los huesos de Slim volvían a quejarse ya, de modo que se deslizó silenciosamente fuera del armario, se puso los zapatos y la chaqueta y salió en busca de algo para comer. Cuando regresó, una hora más tarde, y miró a través de su atisbadero, la luz de la habitación de Celia Sarton estaba apagada y no pudo ver nada. Extendió cuidadosamente su abrigo sobre el agujero del armario para que no se filtrase ninguna claridad a través de la ranura del techo, cerró la puerta, se entretuvo un rato leyendo una revista y se acostó.

Al día siguiente siguió a Celia Sarton. No especuló acerca de la extraña ocupación que podía tener, de las fantásticas obligaciones vampíricas que podía tener encomendadas. Estaba obstinadamente decidido a reunir información primero y pensar después.

Lo que descubrió acerca de sus actividades diurnas fue más sorprendente, si es posible, que cualquier descabellada suposición. Celia Sarton trabajaba como dependienta en una tienda del East Side. Almorzaba en el bar de la tienda al mediodía —una ensalada vegetal y una asombrosa cantidad de leche—, y por la tarde se detenía en un pequeño establecimiento y bebía más leche, sin comer nada.

A aquella hora, su paso era más lento y parecía estar muy cansada. Pero al llegar a la vista de la casa de huéspedes, le entró de nuevo la habitual prisa por llegar a su cuarto..., y ponerse algo más cómodo. Slim contempló otra vez toda la operación, y si el día anterior se había negado a dar crédito a sus propios ojos, ahora tuvo que admitir que no le habían engañado.

La cosa continuó igual durante una semana. Slim dedicó tres días a seguir a la muchacha, y todas las noches fue testigo de su extraño cambio de piel. Cada veinticuatro horas, Celia Sarton cambiaba de cuerpo, lavando, secando, plegando y guardando cuidadosamente el que no utilizaba.

Dos veces a la semana, salía a dar un corto paseo: media hora, alrededor de medianoche, sin dar más allá de un par de vueltas a la manzana.

En el trabajo se mostraba silenciosa, pero sin llamar la atención por ello; cuando le dirigían la palabra contestaba en voz más bien baja y poco musical. Parecía no tener amigos; nadie se interesaba por ella y ella, a su vez, no parecía interesarse por nadie. Nunca iba al cine ni al parque. No tenía citas, ni siquiera con muchachas. Slim estaba convencido que ella no dormía, sino que se limitaba a permanecer tendida en la oscuridad esperando la hora de levantarse y acudir a su trabajo.

Y cuando llegó a pensar en ello, como terminó por hacer, a Slim se le ocurrió que dentro del hormiguero en el cual vivimos todos, los miembros de la sociedad tienen derecho a permitirse cualquier clase de extravagancia, con tal que no la conviertan en un espectáculo público. Si a un hombre le gusta dormir patas arriba como un murciélago, y se las arregla de modo que nadie le vea durmiendo, ni vea el lugar donde duerme, puede dormir como un murciélago todos los días de su vida.

De acuerdo con esa norma, uno no necesita siquiera ser miembro de la raza humana. La extraña personalidad de Slim queda reflejada en el hecho que el raro comportamiento de Celia Sarton no le asustaba. Más aún, le desconcertaba menos ahora que antes de haber empezado a espiarla. Sabía lo que hacía en su habitación y cómo vivía. Antes, lo había ignorado. Ahora lo sabía. Y esto le hacía mucho más feliz.

Sin embargo, su curiosidad no se había agotado. Pero esa misma curiosidad no le conduciría nunca a lo que otro hombre podría hacer: hablar con Celia Sarton en la escalera o en la calle, a fin de enterarse de más cosas acerca de ella. Slim era demasiado tímido. Tampoco se sentía impulsado a contarle a alguien los extraños hechos de los que era testigo todas las noches. De acuerdo con su punto de vista, Celia Sarton no perjudicaba a nadie. En su cosmos, todo el mundo tenía derecho a vivir como se le antojara.

Slim no se preguntó qué clase de ser era aquél, ni si sus antepasados habían crecido entre seres humanos, viviendo con ellos en cavernas y en tiendas, desarrollándose y evolucionando al compás del homo sapiens, hasta que pudieron asumir la personalidad del más insignificante y más invisible de los asalariados. Nunca llegaría a la conclusión que, en la lucha por la supervivencia, una especie podía descubrir que el mejor modo de sobrevivir entre los seres humanos era no luchar contra ellos, sino unirse a ellos.

No, la curiosidad de Slim era mucho más simple, más básica y menos informada que cualquiera de aquellas conjeturas. Y así pasó del «qué sucede» al «¿qué sucedería si...?»

De modo que en el octavo día de su vigilancia, un martes, entró de nuevo en la habitación del tercer piso, recogió el bolso, lo abrió, sacó la caja, la abrió, sacó el paquete de folios, quitó la cinta de papel azul, levantó los folios de la parte superior, sacó la segunda Celia Sarton, la dejó sobre la cama, y luego volvió a colocar el papel, la caja y el bolso tal como lo había encontrado. Ocultó el tegumento debajo de su camisa, salió del cuarto, cerró cuidadosamente la puerta detrás de él y subió a su habitación. Puso su trofeo debajo de las cuatro camisas limpias, en un cajón de su cómoda, y se sentó a esperar el regreso de Celia Sarton.

Aquella noche, Celia Sarton se retrasó un poco: veinte minutos, quizás. El retraso parecía haber aumentado su fatiga y su avidez; sus movimientos eran febriles, casi aterrorizados. Estaba muy pálida y sus manos temblaban. Recogió el bolso de debajo de la cama, sacó la caja de cartón y la abrió, con visible precipitación.

Cuando descubrió que lo que buscaba había desaparecido, su expresión pareció petrificarse. Se agachó sobre la cama y permaneció completamente inmóvil durante dos interminables minutos. Luego se incorporó lentamente y echó una ojeada circular a la habitación. Comprobó de nuevo el contenido de la caja de cartón, pero resignadamente, sin esperanza. Emitió un sonido, una especie de triste sollozo, y a partir de aquel momento quedó silenciosa.

Se acercó a la ventana lentamente, arrastrando los pies, caídos los hombros. Durante largo rato permaneció allí contemplando la ciudad que encendía sus primeras luces, símbolos de vida. Luego echó la persiana y regresó junto a la cama.

Se quitó los zapatos y los dejó en el suelo, simétricamente, al pie del lecho. Se tendió, en la misma postura completamente relajada que adoptaba cuando efectuaba su cambio, con las manos abiertas y las piernas ligeramente separadas.

Su rostro semejaba una mascarilla. Su respiración era cada vez más débil. Unas leves contracciones del plexo solar..., y nada.

Slim se apartó de su observatorio y se sentó. Estaba preocupado. Sólo había deseado satisfacer su curiosidad, no quería que Celia Sarton enfermara, muriera. Ya que estaba seguro que ella había muerto. ¿Cómo podía saber qué clase de substitutivo del sueño exigía un organismo como aquél, o cuáles podían ser los resultados de un retraso en el cambio? ¿Qué podía saber él de la química de un ser semejante? Había pensado vagamente en volver a la habitación del tercer piso al día siguiente. mientras ella estaba fuera, y restituir lo que se había llevado. Sólo quería ver. Sólo quería saber «¿qué sucedería si...?». Simple curiosidad.

¿Debía llamar a un médico?

Ella no lo había hecho. Ni siquiera lo había intentado, a pesar que tenía que conocer mucho mejor que él lo grave de su estado. (Aunque, si una especie depende del secreto para su supervivencia, se impone que un individuo muera de un modo anónimo.) Bueno, tal vez el hecho que ella no llamara a un médico significaba que se encontraba bien, después de todo. Los médicos formularían un montón de preguntas absurdas. Celia Sarton podría verse obligada a hablarle al médico de su otra piel, y si el que avisaba al médico era Slim, podrían interrogarle acerca de aquel extremo.

Slim no deseaba verse complicado en nada. Sólo quería saber cosas.

Pensó:

«Echaré otra mirada.»

Se introdujo de nuevo en el armario y metió la cabeza en el agujero. Inmediatamente supo que Celia Sarton no sobreviviría. Su rostro estaba hinchado, sus ojos aparecían desorbitados y su amoratada lengua colgaba lejos —demasiado lejos— de la comisura de su boca. Mientras Slim la observaba, el rostro de Celia Sarton se ennegreció todavía más y la piel de las mejillas se arrugó de un modo que recordaba el papel carbón convertido en una bola y vuelto a alisar.

El impulso de sacar lo que ella necesitaba del cajón de las camisas y correr a la habitación del tercer piso murió en Slim apenas nacido, ya que vio brotar una espiral de humo de las fosas nasales de Celia Sarton y luego...

Slim profirió un grito, arrancó su cabeza del agujero, golpeándosela brutalmente, y se cubrió los ojos con las manos. El fogonazo que acababa de percibir a través de la pequeña ranura del techo había sido algo terrible, semejante al estallido de la más potente de las lámparas de magnesio, a una pulgada de la nariz.

Slim se sentó en el suelo, gimiendo y contemplando, en el interior de sus párpados, miríadas de gusanos incandescentes. Finalmente se desvanecieron y Slim abrió los ojos, lentamente. Le dolían aún, pero al menos podía ver...

Resonaron pasos precipitados en la escalera. Olía a humo y a grasa quemada, un hedor desagradable que Slim no pudo identificar. Alguien gritó. Alguien aporreó una puerta. Luego, alguien gritó y gritó.

 

Al día siguiente, los periódicos publicaban la noticia. Un misterio, era la conclusión general. Charles Fort, en ¡Lo!, había informado de otros casos idénticos, y se habían producido otros desde entonces: personas desintegradas por un terrible calor que, sin embargo, no había destruido los muebles ni las ropas, pero sin dejar nada para una autopsia. Según el periódico, se trataba de un tipo desconocido de calor, de una intensidad y brevedad indescriptibles. Las víctimas no tenían ningún pariente conocido. La policía estaba desconcertada: no existía ninguna pista, ningún sospechoso.

Slim no dijo nada a nadie. El asunto había dejado de excitar su curiosidad. Aquella misma noche tapó el agujero, y al día siguiente, después de leer el artículo, utilizó el periódico para envolver lo que guardaba en el cajón de las camisas. Olía muy mal.

Slim lo dejó caer en un cubo de basura cuando se dirigía a la oficina del abogado.

Aquella misma tarde firmó un acuerdo amistoso con el letrado y se mudó de pensión.

 

 

 

NEGRO CHARLIE

Gordon R. Dickson

 

 

Me preguntan: ¿qué es arte? Esperan de mí una respuesta lógica, porque he sido comprador para museos y galerías el tiempo suficiente para adquirir una abundante cosecha de cabellos grises. Pero la cosa no es tan sencilla como parece.

Bien, ¿qué es arte? Durante cuarenta años he examinado, palpado, admirado y querido muchas cosas moldeadas como receptáculos esperanzadores para aquel brillante espíritu al que llamamos arte..., y soy incapaz de contestar la pregunta directamente. Hay una respuesta fácil: belleza. Pero el arte no es necesariamente bello. A veces es feo. A veces es tosco. A veces es incompleto.

Yo he incurrido en algo muy frecuente entre los hombres de mi profesión, dejándome guiar por mis sensaciones para enjuiciar el arte. Ya saben lo que ocurre con las sensaciones. Uno encuentra algo. Un trozo de piedra, por ejemplo, tallado y coloreado por algún hombre de las épocas prehistóricas. Uno lo mira. Al principio no es nada, una reproducción a medio desarrollar de algún animal salvaje, ni siquiera tan buena como la que podría realizar un niño en edad escolar de nuestros días.

Pero luego, contemplándola, la imaginación retrocede súbitamente a través de la piedra y del tiempo, retrocede hasta el propio hombre, en cuclillas delante de la abertura de su caverna. Y uno ve, no la piedra que tiene en la mano, sino lo que el propio hombre vio en el momento de su creación. Uno contempla, más allá de la reproducción física, el espléndido logro de su imaginación.

Eso, entonces, puede ser llamado arte, al margen de su apariencia física: la magia que anula todas las distancias entre el artista y uno mismo. Permítanme que les cite un ejemplo, fruto de mi propia experiencia.

 

Hace algunos años, cuando recorría los mundos más nuevos en calidad de comprador para una de nuestras más conocidas instituciones de arte, recibí una comunicación de un hombre llamado Cary Longan, pidiéndome, si me era posible, que visitara un planeta llamado Mundo de Elman para examinar algunas esculturas que él tenía para su venta.

Los mensajes me llegaban rara vez directamente. Casi siempre me eran remitidos por la institución a la cual representaba en aquella época. Pero, teniendo en cuenta que el mundo en cuestión se encontraba cerca, ya que pertenecía al mismo sistema solar que estaba visitando, espaciografié una respuesta afirmativa a mi desconocido comunicante. Tras liquidar los asuntos que tenía pendientes en el lugar en que me hallaba, tomé una nave interestelar y, al cabo de un par de días, aterricé en el Mundo de Elman.

Se trataba de un planeta muy desolado, muy nuevo, en realidad. El puerto en el cual aterrizamos era uno de los dos únicos existentes que podían recibir naves de gran tonelaje. Y la ciudad circundante era poco más que un poblado. Mr. Longan no había venido a esperarme al puerto, de modo que tomé un taxi y me hice conducir al hotel en el cual había reservado previamente alojamiento.

Aquella tarde, en mi habitación, el anunciador zumbó, y luego habló, dándome un nombre. Abrí la puerta para admitir a un hombre alto, de tez bronceada, cabellos largos y enmarañados y ojos grises.

—¿Mr. Longan? —inquirí.

—¿Mr. Jones? —preguntó a su vez.

Trasladó a su mano izquierda la caja de madera sin pulimentar y extendió su mano derecha para estrechar la mía. Cerré la puerta detrás de él y le invité a sentarse.

Colocó la caja, sin abrirla, sobre una mesita situada entre nosotros. Entonces pude observar que vestía unas ropas muy rústicas dando a entender que pasaba la mayor parte del tiempo en contacto directo con la naturaleza. Confirmaba esta impresión lo rígido de su actitud, como si estuviera poco acostumbrado a comportarse de un modo sociable. No era la clase de persona de la que se podría esperar que se dedicara a la venta de obras de arte, desde luego...

—Su espaciograma —le dije—, no era muy explícito. La institución a la cual represento...

—Lo he traído aquí —dijo, colocando su mano sobre la caja.

La miré, asombrado. No tenía más de medio metro cuadrado de superficie, por veinte centímetros de profundidad.

—¿Ahí? —dije. Miré al hombre, mientras una sospecha empezaba a nacer en mi mente. Supongo que debí mostrarme más cauto, al ver que el mensaje me llegaba directamente, en vez de hacerlo a través de la Tierra. Pero, ya se sabe lo que pasa: uno siempre confía en descubrir una inesperada maravilla—. Dígame, Mr. Longan —añadí—, ¿de dónde procede esta escultura?

El hombre me miró, casi con aire de reto.

—Son obra de un amigo mío —dijo.

—¿Un amigo? —repetí..., y debo añadir que empezaba a sentirme fastidiado. No me gustaba que me tomaran el pelo—. ¿Puedo preguntarle si ese amigo suyo ha vendido ya alguna de sus obras?

—Bueno, no... —admitió Longan.

Era evidente que estaba pasando un mal rato, pero también lo estaba pasando yo, al pensar en el tiempo que había perdido.

—Comprendo —dije, poniéndome en pie—. Me ha obligado usted a desviarme de mi camino y a gastar mucho dinero, sólo para mostrarme la obra de algún aficionado. Adiós, Mr. Longan. Y haga el favor de llevarse la caja cuando se marche!

—¡No ha visto usted nunca nada igual! —exclamó Longan, en tono desesperado.

—No lo dudo —dije.

—Mire. Se lo enseñaré... —Hurgó nerviosamente en el cierre de la caja—. Ya que ha hecho el viaje, puede echarle una mirada, por lo menos.

Puesto que no parecía haber manera de librarme de él, a no ser que recurriera al director del hotel para que le echara por la fuerza, volví a sentarme, de mala gana.

—¿Cómo se llama su amigo? —inquirí.

Los dedos de Longan vacilaron sobre el cierre.

—Negro Charlie —respondió, sin mirarme.

Me sobresalté.

—Perdone —murmuré—. ¿Ha dicho usted Negro..., Charles Negro?

Longan alzó su mirada desafiadora, sostuvo la mía y sacudió la cabeza.

—Sólo Negro Charlie —dijo, con repentina calma—. Tal como suena. Negro Charlie.

Le contemplé con aire dubitativo, mientras él conseguía finalmente hacer funcionar el cierre. Se disponía a levantar la tapa, pero luego cambió de idea. Empujó la caja hacia mí a través de la mesita.

La madera era dura y rugosa al tacto. Alcé la tapa. Había cinco pequeños compartimientos, cada uno de los cuales contenía una roca de color grisáceo. Las formas eran distintas, aunque todas igualmente incomprensibles.

Las contemplé fijamente..., y luego miré a Longan, como inquiriendo qué clase de broma era aquélla. Pero los ojos del hombre no habían perdido nada de su seriedad. Lentamente, empecé a sacar las piedras una a una y las alineé sobre la mesa.

Las estudié con calma, tratando de encontrarles algún sentido. Pero allí no había nada, absolutamente nada. Una tenía un vago parecido con una pirámide de lados regulares. Otra recordaba, todavía más vagamente, una figura agachada. Lo mejor que podía decirse del resto era que mostraban una desconcertante semejanza con el tipo de piedras que la gente recoge para utilizarlas como pisapapeles. Pero era indudable que todas ellas habían sido trabajadas. Las huellas del cincel eran claramente visibles. Y, además, habían sido pulimentadas en la medida en que podía serlo aquella clase de roca.

Miré de nuevo a Longan. Sus ojos tenían ahora una expresión de ansiedad. Yo estaba completamente desconcertado ante su descubrimiento..., o lo que él creía que era un descubrimiento. Traté de ser justo en lo que respecta a su aceptación de aquello como arte. Evidentemente, se trataba de un simple sentimiento de lealtad a un amigo, un amigo que sin duda desconocía como el propio Longan lo que era arte. Procuré infundir un tono de amabilidad a mi voz.

—¿Qué espera su amigo que haga yo con esto? —inquirí.

—¿No está usted comprando cosas para el museo de la Tierra? —me preguntó a su vez.

Asentí. Tomé la pieza que parecía una figura agachada y le di vueltas entre mis dedos. Era una situación embarazosa.

—Mr. Longan —dije—, llevo muchos años en este negocio...

—Lo sé —me interrumpió—. Leí lo que se publicó sobre usted cuando aterrizó en el mundo contiguo. Por eso le escribí.

—Comprendo —dije—. Llevo mucho tiempo metido en esto, como le decía, y creo que puedo presumir sin jactancia de mis conocimientos en materia de arte. Si hubiera algo de arte en estas esculturas de su amigo, yo sería capaz de descubrirlo. Y no lo he descubierto.

Me miró, asombrado.

—Está usted... —murmuró finalmente—. No dice lo que siente. Está enojado porque le he traído aquí de este modo.

—Lo siento —dije—. No estoy enojado, y digo lo que siento. Estas piedras no tienen ningún valor. ¡Ninguno! Alguien ha engañado a su amigo haciéndole creer que tenía talento. Le hará usted un favor diciéndole la verdad escueta.

Longan me miró fijamente un largo instante, como esperando que dijera algo que suavizara el veredicto. Luego, súbitamente, se puso en pie y cruzó la habitación en tres largas zancadas, para situarse delante de la ventana. Sus encallecidas manos se abrían y se cerraban de un modo espasmódico.

Le concedí algún tiempo para que recobrara la calma. Luego empecé a colocar de nuevo las piedras en el interior de la caja.

—Lo siento —dije.

Longan dio media vuelta y se acercó a mí. Me miró rectamente a los ojos.

—¿Lo siente? —dijo—. ¿De veras?

—Puede creerme —dije, sinceramente—. Lo siento.

Y era cierto.

—Entonces, ¿hará usted algo por mí? —inquirió Longan precipitadamente—. ¿Irá usted a decirle a Charlie lo que me ha dicho a mí? ¿Le dará usted la noticia?

—Yo... —Quise protestar, pero con los atormentados ojos de Longan a seis pulgadas de distancia de los míos, las palabras no salieron—. De acuerdo —dije.

Longan dejó escapar un suspiro de alivio.

—Gracias —dijo—. Iremos mañana. No sabe usted lo que esto significa. Gracias.

Tuve tiempo de sobra para lamentar mi decisión, aquella misma noche y a la mañana siguiente, cuando Longan me arrancó del lecho a una hora muy temprana, me obligó a vestir unas ropas semejantes a las suyas, incluidas unas botas altas e impermeables, y me hizo subir a un anticuado modelo de vehículo tierra-aire, cargado con los artículos más heterogéneos. Pero palabra es palabra, y me reconcilié conmigo mismo diciéndome que mantenía la palabra empeñada.

Volamos hacia el sur a lo largo de una alta cadena de montañas hasta que llegamos a una zona costera y a lo que parecía ser el delta pantanoso de algún monstruoso río. Empezamos a descender. Demasiado, para mi gusto. Los climas cálidos y húmedos me desagradan profundamente, y no concibo que a alguien pueda gustarle vivir en semejantes condiciones.

Nos posamos suavemente sobre el agua, y Longan condujo el aparato a la orilla más próxima, un terreno cubierto de altas hierbas y de aspecto inquietante. Por iniciativa mía no hubiera pisado aquel suelo, temiendo que me engullese como arenas movedizas, pero Longan avanzó por él confiadamente y yo le seguí. Mis botas chapotearon en el barro. Un acre olor a vegetación descompuesta llegó a mi olfato. Bajo una delgada pero uniforme capa de nubes, el cielo tenía un aspecto enfermizo.

—Por aquí —dijo Longan, girando a la derecha.

Le seguí a lo largo de un sendero que desembocaba en un claro en el cual se alzaban varias chozas de forma semiesférica, construidas con ramas entrelazadas y barro. Y, por primera vez, se me ocurrió la idea que Negro Charlie podía no ser un terrestre expatriado. Podía, en realidad, ser un nativo de este planeta, aunque nunca había oído hablar de una raza humanoide en otros mundos. Dándole vueltas a esta idea, seguí a Longan hasta la entrada de una de las chozas y me detuve mientras él silbaba.

No recuerdo ahora lo que esperaba ver. Algo vagamente humanoide, sin duda. Pero lo que llegó a través de la entrada en respuesta al silbido de Longan era más parecido a una gran nutria, con unas prolongaciones planas, musculares y flexibles, en las cuatro extremidades, en vez de pies. Era negro y estaba cubierto de pelo lustroso y algo húmedo. Calculé que medía unos cuatro pies de longitud; no tenía cola, visible al menos, y su cuello era largo. Debía pesar de ciento veinticinco a ciento cincuenta libras. La cabeza, sobre su largo cuello, era también larga y estrecha, como la de un galgo, y estaba cubierta del mismo pelo negro. Los ojos eran vivos e inteligentes y la boca grande.

—Éste es Negro Charlie —dijo Longan.

El animal me miró y yo le devolví la mirada. Brevemente, tuve conciencia de lo absurdo de la situación. A cualquier persona normal le hubiera resultado difícil pensar en aquel ser como en un escultor. Añádase a esto la necesidad, la obligación de convencerle que no era un escultor.

—Oiga —le dije a Longan—. ¿Cómo espera usted que le manifieste...?

—Le comprenderá —me interrumpió Longan.

—¿Comprende el lenguaje humano? —preguntó, en tono de incredulidad.

—No —Longan sacudió la cabeza—. Pero comprende los ademanes.

Longan se separó de mí bruscamente y se internó en la maleza que rodeaba el claro. Regresó inmediatamente con dos objetos que parecían dos blandas calabazas. Me entregó uno.

—Siéntese encima de esto —dijo, sentándose.

Obedecí.

Negro Charlie —no se me ocurre otro modo de llamarle— se acercó más y se sentó a su vez sobre sus extremidades posteriores. Yo no había soltado la caja de madera que contenía sus esculturas y, ahora que estábamos sentados, sus brillantes ojos se fijaron en ella con una expresión interrogadora.

—De acuerdo —dijo Longan—. Deme la caja.

Se la entregué, y los ojos de Negro Charlie la siguieron como si fuera un imán. Longan se la puso debajo de un brazo y señaló con el otro hacia el lago: el lugar donde se había posado nuestro aparato. Luego, su brazo trazó un semicírculo en el aire y apuntó hacia el norte, el lugar del cual procedíamos.

Negro Charlie silbó súbitamente. Fue un extraño sonido, semejante al lamento de un ave palmípeda: triste, lejano...

Longan se golpeó el pecho, sosteniendo la caja con una mano. Luego golpeó la caja y me señaló a mí. Miró a Negro Charlie, me miró a mí..., y depositó la caja en mis manos.

—Mire las esculturas y devuélvaselas —dijo.

Contra mi voluntad, miré a Charlie.

Sus ojos se encontraron con los míos. Extraños, líquidos, negros ojos inhumanos, como dos diminutas lagunas de pez. Tuve que apartar la mirada.

Abrí la caja y saqué las piedras de sus compartimientos. Una a una, las hice girar en mi mano y las coloqué de nuevo donde estaban. Cerré la caja y se la devolví a Longan, ignorando si Charlie comprendería aquello.

Durante un largo instante, Longan permaneció sentado enfrente de mí, sosteniendo la caja. Luego, lentamente, se volvió y la depositó, todavía abierta, delante de Charlie.

Al principio, Charlie no reaccionó. Su cabeza, sobre su largo cuello, descendió sobre los abiertos compartimientos, como si los olfateara. Luego, sorprendentemente, abrió la boca, dejando al descubierto unos largos y afilados colmillos. Con ellos fue sacando las piedras de la caja, una a una. Sosteniéndolas con las prolongaciones de sus extremidades anteriores, las hizo girar en uno y otro sentido, como si buscara los defectos que podían tener. Finalmente, escogió una. Era la piedra que tenía un leve parecido con una figura agachada. La levantó hasta su boca, y con sus relucientes colmillos modificó ligeramente su superficie. Luego me la tendió.

La tomé en mis manos y la examiné. Los cambios que había hecho no habían alterado el conjunto, que continuaba siendo incomprensible. Me vi obligado a devolvérsela, sacudiendo la cabeza, y un molesto silencio cayó entre nosotros.

Yo había estado discurriendo desesperadamente, tratando de encontrar un modo de explicar, a través de la mímica, los motivos de mi negativa. Ahora, se me ocurrió una idea.

Me volví hacia Longan.

—¿Puede proporcionarme Charlie un trozo de piedra sin labrar? —le pregunté.

Longan se volvió hacia Charlie y efectuó unos movimientos como si estuviera rompiendo algo y entregándomelo a mí. Charlie permaneció inmóvil unos instantes, como si meditara en aquello. Luego entró en su choza, para volver a salir un momento después con un trozo de roca del tamaño de mi mano.

Yo tenía un cortaplumas y la roca era blanda. Mirando alternativamente a la roca y a Longan, y utilizando mi cortaplumas, tallé una tosca caricatura del amigo de Charlie, sentado enfrente de mí. Cuando hube terminado, deposité el trozo de roca en el suelo, al lado del modelo.

Negro Charlie la contempló largo rato. Luego se acercó a mí y, mirándome a los ojos, volvió a emitir aquel extraño sonido, una sola vez. Después dio media vuelta, lentamente, recogió con los dientes el trozo de piedra que yo había tallado y desapareció con ella en el interior de su choza.

Longan se puso en pie.

—Hemos terminado —dijo—. Vámonos.

Subimos al aparato que debía conducirme a la ciudad y a la nave espacial que me llevaría lejos de aquel mundo irracional. Cuando las montañas empezaron a deslizarse por debajo de nosotros miré de soslayo a Longan, sentado a mi lado ante los mandos del aparato. Su rostro era una máscara de estólida infelicidad.

La pregunta brotó de mis labios antes que tuviera tiempo de discutir conmigo mismo si era prudente o no formularla.

—Dígame, Mr. Longan, ¿qué derechos tiene Negro Charlie a su amistad?

Longan me miró con una expresión de sorpresa.

—¡Derechos! —exclamó. Luego, tras una breve pausa, durante la cual pareció estudiar mi rostro para comprobar si estaba bromeando, añadió—: Negro Charlie me salvó la vida.

—¡Oh! —dije—. Comprendo.

—¿De veras? —replicó—. Suponga que le digo que fue precisamente después que yo había asesinado a su compañera. Viven aparejados, ¿sabe?

—No, no lo sabía —contesté en voz baja.

—Olvidaba que la gente ignora muchas cosas —murmuró Longan. Yo no dije nada, esperando que, si no le distraía, me contaría algo más. Al cabo de unos instantes habló—: Este planeta no es muy bueno.

—Ya me he dado cuenta —dije—. No he visto fábricas ni instalaciones industriales. Y su mundo gemelo, el que acabo de visitar, está mucho más poblado.

—Esto es muy pobre —admitió Longan—. No hay minerales, por ejemplo. Y el clima es malo, excepto en las altiplanicies. El suelo no es muy fértil. —Hizo una pausa. Como si se resistiera a añadir lo que tenía en la mente. Por fin se decidió—: Antes existía un próspero comercio de pieles.

—¿Pieles?

—Las de los miembros de la tribu de Charlie —continuó Longan, manipulando en los mandos del aparato—. Tramperos y cazadores las perseguían mucho, al principio, antes de saber la verdad. Yo era uno de ellos.

—¿Usted? —inquirí, sorprendido.

—Yo. El negocio no marchaba mal..., hasta que maté a la compañera de Charlie. Casi siempre atrapaba a individuos aislados. Pero en aquella ocasión me encontraba cerca del poblado. Apenas había terminado de golpearla con una maza cuando toda la tribu se me echó encima. Me retuvieron prisionero un par de meses.

»Durante aquel tiempo aprendí muchas cosas. Me enteré que ellos eran seres inteligentes. Me enteré que Negro Charlie se había opuesto a que me mataran. Al parecer opinaba que yo era un ser racional y, en consecuencia, si podía discutir el asunto conmigo, podríamos llegar a un acuerdo para poner término a la guerra. —Longan rió, con cierta amargura—. La tribu de Charlie lo llamaba una guerra.

Longan dejó de hablar.

Esperé unos instantes antes de preguntar:

—¿Qué pasó?

—Me soltaron, finalmente —dijo Longan—. Y yo empecé a luchar por ellos. Acudí al Comisario enviado por la Tierra. Conseguí que se les reconociera como personas, en vez de animales. Terminé con la caza y con los cepos.

Se interrumpió de nuevo. Estábamos volando a través de la capa superior de aire del Mundo de Elman. El sol había terminado por asomar a través de las nubes, iluminando el suelo, que aparecía ahora como un enorme mapa verde en relieve.

—Comprendo —dije finalmente.

Longan me miró con ojos inexpresivos. Volábamos hacia la ciudad.

 

Salí del Mundo de Elman al día siguiente, completamente convencido que no volvería a oír hablar de Longan ni de Negro Charlie.

Unos años más tarde, en mi hogar de Nueva York, recibí la visita de un miembro de los Servicios Extranjeros del gobierno. Era un hombre delgado, moreno.

—Usted no me conoce —dijo, entregándome su tarjeta: Antonio Walters—. Yo era Delegado Representante Colonial en el Mundo de Elman en la época en que usted estuvo allí.

Le miré, sorprendido. Había olvidado por completo el Mundo de Elman.

—¿De veras? —pregunté, estúpidamente, sin que se me ocurriera nada mejor que decir—. ¿Qué puedo hacer por usted, Mr. Walters?

—El gobierno local del Mundo de Elman nos ha pedido que le localicemos, Mr. Jones —respondió Walters—. Cary Longan se está muriendo...

¡Muriendo! —exclamé.

—Cáncer pulmonar, desgraciadamente —dijo Walters—. En las zonas pantanosas es muy frecuente. Desea verle a usted antes de morir, y teniendo en cuenta lo agradecidos que le estamos por la labor que ha efectuado durante muchos años en beneficio de los nativos, le hemos reservado a usted una plaza en la nave-correo del gobierno que está a punto de zarpar para el Mundo de Elman..., si usted está dispuesto a ir allí.

—Bueno, yo... —Vacilé. Si quería quedar en paz con mi conciencia, no podía negarme—. Debo avisar a mis jefes.

—Desde luego —dijo Walters.

Seis días más tarde me encontraba junto al lecho de Longan en el hospital de la misma ciudad que había visitado años antes. Longan se había convertido en un esqueleto viviente. Toda su vitalidad le había abandonado, y apenas podía pronunciar media docena de palabras seguidas.

—Negro Charlie... —susurró.

—Negro Charlie —repetí—. Sí. ¿Qué pasa con él?

—Ha hecho algo nuevo —susurró Longan—. Aquella talla suya le impulsó a copiar cosas. A los de su tribu no les gustó.

—¿No?

—No lo comprenden —susurró Longan—. No es normal, desde su punto de vista. Están asustados...

—¿Quiere usted decir que se muestran supersticiosos? —pregunté.

—Algo por el estilo. Escuche, Charlie es un artista...

En mi fuero interno me sublevé al oír aquella palabra, pero guardé silencio en honor del moribundo.

—...un artista. Pero ahora que he desaparecido yo, le matarán. Usted puede salvarle.

—¿Yo? —inquirí.

—¡Usted! —La voz del hombre era como un viento susurrado a través de las hojas secas—. Si usted va allí..., y acepta la última de sus obras..., fingiendo que le ha gustado..., sus compañeros no se atreverán a tocarle. Pero, dese prisa. El peligro que corre Charlie es cada día mayor...

Le fallaron las fuerzas. Cerró los ojos y un ronco estertor ascendió a su garganta. La enfermera me hizo salir apresuradamente de la habitación.

 

El gobierno local me ayudó. Yo estaba sorprendido, y no poco emocionado, al comprobar lo conocido y apreciado que era Longan. Localizaron la tribu de Charlie en un mapa, y me proporcionaron un piloto que conocía la región.

Aterrizamos en el mismo paraje pantanoso. Me encaminé solo hacia el claro. El lugar no había experimentado ningún cambio, pero la choza de Negro Charlie ofrecía un aspecto lamentable. Silbé y esperé. Llamé. Y, finalmente, me agaché y penetré en la choza arrastrándome sobre manos y rodillas. Pero allí no había nada, aparte de un montón de piedras sueltas y una especie de lecho de hierba seca. Con todo el cuerpo dolorido, ya que no estoy acostumbrado a tales hazañas gimnásticas, salí de la choza, para encontrarme rodeado por una multitud.

Al parecer, todos los habitantes del poblado habían salido de sus chozas para reunirse delante de la de Charlie. Tenían un aspecto excitado, y de cuando en cuando se silbaban el uno al otro con aquella nota plañidera que era el único sonido que yo había oído emitir a Charlie. Paulatinamente, la excitación pareció disminuir, el grupo retrocedió, y un individuo se adelantó, solo. Examinó mi rostro un breve instante y luego dio media vuelta y echó a andar rápidamente hacia el lindero del claro.

Le seguí. Me pareció que era lo único que podía hacer. Y, en aquel momento, no se me ocurrió asustarme.

Mi guía me condujo sendero adelante, entre la maleza. Luego desapareció bruscamente. Miré a mi alrededor, sorprendido e indeciso, y estaba a punto de desandar mi camino cuando resonó, muy cercano, un silbido. Avancé unos pasos y encontré a Charlie.

Yacía de costado sobre un montón de maleza aplastada. Estaba demasiado débil para moverse, pero levantó la cabeza y me miró. Toda la superficie de su cuerpo estaba marcada por los trazos de numerosas heridas, de las cuales manaba lentamente la sangre, empapando la seca maleza que le servía de lecho. Yo había visto en la boca de Charlie los largos y afilados colmillos de los de su especie, y supe quién le había causado aquellas heridas. Me sentí inundado por una oleada de rabia, y me incliné para tomar a Charlie en brazos.

Lo levanté fácilmente, ya que los huesos de los de su especie son cartilaginosos y su carne es más ligera que nuestra carne humana. Cargado con él, di media vuelta y me encaminé de nuevo hacia el claro.

Los otros estaban esperándome. Les miré..., y la rabia que ardía en mi interior se apagó como barrida por un huracán. No podía odiarles. Ellos no habían odiado a Charlie. Le habían temido, simplemente, y su único pecado era la ignorancia.

Se apartaron, abriéndonos paso, y yo llevé a Charlie hasta la entrada de su propia choza. Una vez allí le dejé en el suelo. La pechera y las mangas de mi chaqueta estaban empapadas de un líquido de color oscuro, y comprobé que su sangre no se coagulaba como la nuestra.

Quitándome la camisa, improvisé unas cuantas vendas y traté de contener con ellas la hemorragia. Pero la sangre continuó brotando, a pesar de mis esfuerzos. Charlie, levantando su cabeza del suelo trabajosamente, trató de arrancarse los vendajes con los dientes, de modo que me decidí a quitárselos.

A continuación me senté a su lado, sintiéndome enfermo e impotente. A pesar de todos los esfuerzos de Longan, a pesar de todos los avances científicos de mi propia raza humana, yo había llegado demasiado tarde. Mirando tristemente a Charlie, me pregunté por qué no pude haber llegado un día antes.

Los intentos de Charlie para arrastrarse al interior de su choza me arrancaron de mis tristes pensamientos. Mi primera reacción fue la de sujetarle. Pero Charlie parecía haber reunido las escasas fuerzas que le quedaban e insistió. Al darme cuenta, cambié de idea y, en vez de obstaculizarle, le ayudé. Charlie penetró en su choza, al borde del agotamiento.

No esperaba verle salir otra vez. Pensé que algún instinto ancestral le había impulsado a esperar la muerte en lo que había sido su hogar. Pero, unos instantes después, oí un sonido como si alguien removiera piedras en el interior y al cabo de unos segundos Charlie empezó a salir. Pero las fuerzas le fallaron a medio camino. Entonces silbó débilmente.

Me acerqué a él y le arrastré con cuidado hasta sacarle de la choza. Charlie volvió la cabeza hacia mí, sosteniendo en la boca algo que en el primer momento pensé que era una bola de barro seco.

Lo tomé y empecé a rascar el barro con las uñas. Casi inmediatamente quedó al descubierto una de las piedras que Charlie utilizaba para sus esculturas..., y mis manos empezaron a temblar con tanta violencia que me vi obligado a dejar la piedra en el suelo unos instantes mientras recobraba el dominio de mí mismo. Por primera vez comprendí la importancia que tenían para Charlie aquellas cosas que había moldeado con sus dientes. Y comprendí que por extrañas e incomprensibles que pudieran resultar sus obras, merecían ocupar un puesto en algún respetable museo como verdaderas obras de arte. Porque habían sido concebidas con honradez y ejecutadas con el amor que no tiene en cuenta el esfuerzo requerido, con tal de alcanzar el fin propuesto.

Y luego, el resto del barro cayó al suelo. Y vi lo que representaba la talla, y pude haber llorado y reído al mismo tiempo. Ya que, de todas las formas que Charlie pudo haber escogido para una escultura, se había decidido por una que ningún crítico hubiera señalado como la elección de un artista de su raza. No había escogido ninguna planta ni animal, ninguna estructura o forma natural de su medio ambiente, para expresar el vehemente anhelo de su espíritu. Lo que había modelado, toscamente, en la blanda roca era la imagen de un hombre de pie.

Y supe quién era el hombre.

Charlie levantó su cabeza del húmedo suelo y miró hacia el lago, donde esperaba mi aparato. No soy un hombre intuitivo, pero, por una vez, fui capaz de comprender el significado de una mirada. Charlie quería que me separara de él antes que le llegara la muerte. Quería verme partir, portando la obra que él había modelado. Me incorporé, con la piedra en las manos, y eché a andar. Al llegar al borde del claro volví la cabeza. Charlie continuaba mirándome. Y el resto de su tribu se mantenía alejado. Pensé que ahora no volverían a molestarle.

Regresé a Nueva York.

 

Pero hay algo más que contar. Durante mucho tiempo, después de mi regreso del Mundo de Elman, no miré ni una sola vez la tosca escultura. No quería hacerlo, ya que sabía que el mirarla confirmaría lo que había sabido desde el primer momento, es decir, que todos los anhelos y deseos del mundo no pueden crear arte donde no existe talento ni verdadera visualización. Pero un día, mientras ponía en orden los cajones de mi escritorio, di con la escultura enterrada en el fondo de uno de ellos. Librándola de la envoltura de plástico que la protegía, la coloqué sobre la bruñida superficie de la mesa.

En aquel momento estaba solo en mi oficina. El sol de la tarde, moribundo ya, penetraba a través del alto ventanal y esparcía en la estancia una claridad ambarina. Deslicé mis dedos a lo largo de la figurilla de piedra y la observé con detenimiento.

Y entonces —por primera vez—, vi a través de la piedra lo que Negro Charlie había visto, con los ojos de Negro Charlie, al mirar a Longan. Vi a los hombres tal como la especie de Negro Charlie veía a los hombres. Y vi lo que los mundos de los hombres significaban para Negro Charlie. Y, por encima de todo, dominándolo todo, vi el arte tal como Negro Charlie lo veía, a través de sus brillantes ojos alienígenas. Vi la belleza que él había buscado a costa de su vida, y que casi había encontrado.

Pero, lo que es más importante, vi que aquella tosca escultura era arte.

Una palabra más. Entre el barro y la maleza del marjal, con la escultura en mis manos, me había prometido a mí mismo que algún día figuraría en una exposición. Y en aquel instante de revelación interior, decidí cumplir mi promesa.

Acudí en primer lugar a la institución cuya representación ostentaba, y luego a otros expositores que apreciaban mis cualidades de comprador.

Pero nadie quiso aceptar la escultura de Negro Charlie. Nadie, a pesar de la confianza que tenían en mí, quiso exponer una obra tan tosca en razón de una historia de cuya veracidad era yo testigo único. Durante varios años, mis tentativas fracasaron.

Eventualmente, silencié la verdadera historia y vendí la escultura, incluida en un lote de piezas raras, a un tratante de poca categoría.

Pero la estatuilla terminó por justificar mi creencia en lo que es arte: hace muy poco tiempo, visité una respetable galería de arte que exhibía una interesante colección de esculturas primitivas, cuyo origen se remontaba a los primeros pobladores de Norteamérica.

Y la escultura de Negro Charlie figuraba entre ellas. No diré de qué galería se trata ni dónde se encuentra.

 

 

 

III - OTRAS DIMENSIONES

 

 

UN METROPOLITANO LLAMADO MOBIUS

A. J. Deutsch

 

 

Partiendo de un foco central en Park Street, el metropolitano se había extendido a través de un complicado e ingenioso sistema ferroviario. Un desvío conectaba la línea de Lechmere con la de Ashmont para los trenes que se dirigían al sur, y con la línea de Forest Hills para los que se dirigían al norte. Harward y Brookline habían sido enlazadas con un túnel que pasaba a través de Kenmore Under, y durante las horas punta todos los otros trenes eran desviados a través del ramal de Kenmore hacia Egleston. El ramal de Kenmore enlazaba con el túnel Maverick cerca de Fields Comer. Ascendía un centenar de pies en dos manzanas para enlazar Copley Over con Scollay Square, y luego descendía de nuevo para unirse a la línea Cambridge en Boylston. La lanzadera de Boylston había unido finalmente las siete líneas principales a cuatro niveles distintos. Entró en servicio el 2 de marzo. A partir de entonces, un tren podía viajar desde una estación cualquiera a cualquier otra estación en todo el sistema.

Todos los días de la semana circulaban doscientos veintisiete trenes, y transportaban un millón y medio de pasajeros, aproximadamente. El tren Cambridge-Dorchester que desapareció el 4 de marzo era el número 86. Al principio, nadie le echó de menos. A última hora de la tarde, la línea estuvo un poco más cargada que de costumbre. Pero una multitud es una multitud. Los postes indicadores de los andenes de Forest Hills marcaron el Número 86 alrededor de las 7,30, pero ninguno de ellos mencionó su ausencia hasta tres días después. El interventor del cruce de la Milk Street pidió al inspector de la Harvard un tren suplementario aquella noche, con motivo de celebrarse un partido de hockey, y el inspector de la Harvard transmitió la petición. La central envió el 87, que había sido puesto fuera de servicio a las diez, como de costumbre. Nadie se dio cuenta de que faltaba el 86.

A la mañana siguiente, cuando la afluencia de pasajeros era más intensa, Jack O'Brien, del control de Park Street, llamó a Warren Sweeney, de Forest Hills, y le dijo que pusiera otro tren en la línea de Cambridge. Sweeney no disponía de ninguno, de modo que se dirigió al tablero y buscó en él algún tren disponible. Entonces, por primera vez, observó que Gallagher no había marcado su tarjeta la noche anterior. Sweeney dejó la tarjeta a la vista, con una nota. Gallagher tenía que entrar de servicio a las diez. A las diez y media, Sweeney se dirigió de nuevo al tablero, y comprobó que la tarjeta de Gallagher continuaba en el mismo sitio, con la nota que él había dejado. Acudió al inspector y le preguntó si Gallagher había llegado tarde. El inspector le dijo que no había visto a Gallagher aquella mañana. Entonces, Sweeney quiso saber quién conducía el 86.

Eran las 11,30 cuando se enteró, finalmente, de que había perdido un tren.

Sweeney pasó la siguiente hora y media en el teléfono, interrogando a todos los interventores e inspectores del sistema. Después de almorzar, a la 1,30, repitió las llamadas. A las 4,40, poco antes de que terminara su jornada laboral, informó del asunto a la Central de Tráfico. Los teléfonos zumbaron a través de los túneles y talleres hasta casi medianoche, antes de que el Director General recibiera finalmente la noticia en su casa.

El encargado del cambio de agujas principal fue el primero en asociar, a última hora de la mañana del día 6, el tren que faltaba con los artículos de los periódicos acerca de la súbita desaparición de numerosas personas. Llamó al Transcript, y aquella misma tarde tres periódicos publicaron números extraordinarios. Así se hizo pública la historia.

Kelvin Whyte, el Director General, pasó una buena parte de aquella tarde con la policía. Interrogaron a la esposa de Gallagher. El conductor del 86 no se había presentado en casa desde la mañana del día 4. A media tarde, la policía había comprobado que unos trescientos cincuenta bostonianos, aproximadamente, habían desaparecido con el tren. El Sistema se cerró, y Whyte casi enfermó de rabia. Pero el tren no fue encontrado.

Roger Tupelo, el matemático de Harvard, entró en escena la noche del día 6. Telefoneó a Whyte, muy tarde, a su casa, y le dijo que tenía algunas ideas acerca del tren desaparecido. Luego se dirigió a casa de Whyte en Newton, y sostuvo con él la primera de numerosas conversaciones acerca del número 86.

 

White era un hombre inteligente, un buen organizador, y no carecía de imaginación.

—¡Pero no sé de qué está usted hablando! —exclamó.

Tupelo estaba dispuesto a mostrarse paciente.

—Esto es algo muy difícil de comprender para cualquiera, Mr. Whyte —dijo—. No me extraña que esté intrigado. Pero es la única explicación. Ha desaparecido el tren, y las personas que iban en él. Pero el Sistema está cerrado. Los otros trenes continúan allí. ¡Está en alguna parte del Sistema!

Whyte replicó, levantando de nuevo la voz: —¡Y yo le digo a usted, doctor Tupelo, que el tren no está en el Sistema! ¡No está! Un tren de siete vagones con cuatrocientos pasajeros no puede pasarse por alto. El Sistema ha sido registrado de arriba a abajo. ¿Piensa usted que estoy tratando de ocultar el tren?

—Desde luego que no. Seamos razonables, Mr. Whyte.

Sabemos que el tren estaba en camino hacia Cambridge a las 8,40 de la mañana del día 4. Al menos veinte de las personas desaparecidas subieron al tren unos minutos antes, en Washington, y cuarenta más en Park Street. Unas cuantas se apearon en ambas estaciones. Y esto es todo. Las que iban a Kendall, a Central, a Harvard... no llegaron allí. El tren no llegó a Cambridge.

—Sé todo eso, doctor Tupelo —dijo Whyte bruscamente—. En el túnel, debajo del río, el tren se convirtió en un barco. Abandonó el túnel y empezó a navegar hacia África.

—No, Mr. Whyte. Estoy tratando de explicárselo. Chocó con un nódulo.

Whyte estaba lívido.

—¡Qué nódulo ni qué ocho cuartos! —estalló—. El Sistema mantiene las vías limpias. Nuestros servicios no dejan ningún nódulo...

—Sigue usted sin comprender. Un nódulo no es una obstrucción. Es una singularidad. Un polo de orden superior.

Las explicaciones de Tupelo en el curso de aquella primera conversación no contribuyeron a aclarar la situación para Kelvin Whyte. Pero a las dos de la mañana, el director general otorgó a Tupelo el privilegio de examinar los mapas principales del Sistema.

Tupelo se dirigió, pues, a la Central de Tráfico y estudió los mapas hasta que se hizo de día. Después de desayunar, se presentó en la oficina de Whyte.

Encontró al director general pegado al teléfono. Estaba dando órdenes para que se llevara a cabo una inspección más minuciosa del túnel Cambridge-Dorchester debajo del río Charles. Cuando terminó de hablar, Whyte colgó el receptor y miró a Tupelo.

—Creo que la causa de la desaparición está en la nueva lanzadera —dijo el matemático.

Whyte se agarró al borde de su escritorio rebuscó silenciosamente en su vocabulario hasta encontrar algunas palabras comedidas.

—Doctor Tupelo —dijo—, he estado despierto toda la noche pensando en su teoría. No la entiendo. No sé qué tiene que ver con todo esto la lanzadera de Boylston.

—¿Recuerda lo que le dije acerca de las propiedades conectivas de los retículos? —preguntó Tupelo—. ¿Recuerda la cinta Mobius que hicimos... la superficie con una cara y un borde? ¿Recuerda esto? —y sacó de su bolsillo un pequeño frasco de cristal Klein y lo depositó sobre el escritorio.

White se echó atrás en su asiento y contempló en silencio al matemático. Tres emociones se reflejaron en su rostro en rápida sucesión: rabia, desconcierto y absoluto desdén.

Tupelo continuó:

—Mr. Whyte, el Sistema es una red de sorprendente complejidad topológica. Ya era complicada antes de que se instalara la lanzadera de Boylston, y de un alto grado de conectividad. Pero esa lanzadera ha hecho que la red sea absolutamente única. No lo comprendo del todo, pero la situación parece ser esta: la lanzadera ha elevado hasta tal punto la conectividad del Sistema, que no sé cómo calcularlo. Sospecho que la conectividad se ha convertido en infinita.

El director general escuchaba como a través de una niebla. Mantenía sus ojos pegados al pequeño frasco Klein.

—La cinta Mobius —continuó Tupelo— posee unas propiedades desusadas debido a que tiene una singularidad. El fraseo Klein, con dos singularidades, consigue permanecer dentro de sí mismo. Los topólogos conocen superficies de hasta un millar de singularidades, las cuales poseen propiedades que hacen que la cinta Mobius y el frasco Klein parezcan sencillos. Pero una red con una conectividad infinita debe tener un número infinito de singularidades. ¿Puede usted imaginar cuáles podrían ser las propiedades de esa red?

Después de una larga pausa, Tupelo añadió:

—Yo tampoco puedo imaginarlo. A decir verdad, la estructura del Sistema, con la lanzadera de Boylston, supera por completo mis posibilidades de comprensión. Sólo puedo hacer conjeturas.

Whyte apartó sus ojos del escritorio en un momento en que la rabia era el sentimiento que predominaba en su interior.

—¡Y se dice usted matemático, Profesor Tupelo! —exclamó.

Tupelo se echó a reír. Lo absurdo de la situación no le hizo perder la calma.

—No soy topólogo, Mr. Whyte —dijo—. En realidad, soy un aprendiz en la materia. Sé de ella poco más que usted. Las matemáticas son un campo muy amplio. Y da la casualidad de que soy un algebrista.

Su sinceridad ablandó un poco a Whyte.

—Bueno —sugirió—, si usted no lo comprende, tal vez deberíamos llamar a un topólogo. ¿Hay alguno en Boston?

—Sí y no —respondió Tupelo—. El mejor del mundo está en Tech.

Whyte alargó la mano hacia el receptor telefónico.

—¿Cómo se llama? —preguntó.

—Merritt Turnbull. Pero no hay modo de localizarle. Lo he intentado desde hace tres días.

—¿Está fuera de la ciudad? —inquirió Whyte—. Le enviaremos a buscar. Diremos que se trata de una emergencia.

—No lo sé. El Profesor Turnbull es soltero. Vive solo en el Brattle Club. No le han visto desde la mañana del día 4.

Whyte captó inmediatamente las posibilidades de aquella afirmación.

—¿Iba en el tren? —preguntó.

—No lo sé —respondí el matemático—. ¿Qué opina usted?

Se produjo un largo silencio. Whyte miró alternativamente a Tupelo y al objeto de cristal depositado sobre el escritorio.

—No lo entiendo —dijo finalmente—. Hemos revisado todo el Sistema. No existe ningún medio para que el tren se saliera de él.

—El tren no se ha salido de él. Está todavía en el Sistema —dijo Tupelo.

—¿Dónde?

Tupelo se encogió de hombros.

—El tren no tiene ningún «dónde» real. No hay ningún «dónde» real en todo el Sistema. Tiene una doble entidad, como mínimo.

—¿Cómo podemos encontrarlo?

—No creo que podamos —dijo Tupelo.

Se produjo otro largo silencio. Whyte lo rompió profiriendo una exclamación en voz alta. Se puso en pie súbitamente y envió el frasco Klein volando a través de la habitación.

—¡Está usted loco, Profesor! —gritó—. Entre la medianoche de hoy y las 6 de la mañana, sacaremos todos los trenes de los túneles. Enviaré trescientos hombres para que revisen pulgada a pulgada las ciento ochenta y tres millas del tendido. ¡Encontraremos el tren! Ahora, discúlpeme, por favor.

Tupelo salió de la oficina. Se sentía agotado. Maquinalmente, echó a andar a lo largo de la Washington Street, hacia la Estación de Essex. Cuando bajaba la escalera se detuvo bruscamente y miró a su alrededor. Luego subió otra vez a la calle y paró un taxi. Una vez en su casa se sirvió un whisky doble y se acostó.

A las 3,30 de la tarde acudió a dar su clase de Álgebra. Después de una cena rápida en el Crimson Spa, regresó a su apartamento y pasó la velada intentando analizar, por segunda vez, las propiedades conectivas del Sistema. La tentativa resultó inútil, pero el matemático llegó a unas cuantas conclusiones importantes. A las once de la noche telefoneó a Whyte a la Central de Tráfico.

—Pensé que tal vez le gustaría consultarme durante la búsqueda de esta noche —le dijo—. ¿Puedo ir ahí?

Al director general no pareció entusiasmarle el ofrecimiento de Tupelo. Señaló que el Sistema resolvería su pequeño problema sin la ayuda de profesores chiflados que creían que todos los trenes metropolitanos podían saltar a la cuarta dimensión. Tupelo encajó sin pestañear el exabrupto de Whyte y se acostó. Alrededor de las cuatro de la mañana, el timbre del teléfono le despertó. El que llamaba era un contrito Kelvin Whyte.

—Anoche me mostré demasiado brusco —tartamudeó—. Tal vez pueda usted ayudarnos, después de todo. ¿Podría venir al enlace de Milk Street?

Tupelo asintió de buena gana. No experimentaba la satisfacción que había previsto. Llamó un taxi, y en menos de media hora se presentó en la estación señalada. Al pie de la escalera, en el piso superior, vio que el túnel estaba brillantemente iluminado, como cuando el Sistema funcionaba normalmente. Pero los andenes estaban desiertos, a excepción de un grupo de siete hombres que se encontraban en su extremo más alejado de la entrada. Mientras caminaba hacia el grupo, observó que dos de los hombres eran agentes de policía uniformados. Observó un tren de un solo vagón parado en la vía, junto al andén. La puerta delantera estaba abierta, el vagón brillantemente iluminado, y vacío. Whyte salió a su encuentro con aire compungido.

—Gracias por haber venido, Profesor —dijo, alargando su mano—. Caballeros, les presento al doctor Tupelo, de Harvard. Doctor Tupelo, Mr. Kennedy, nuestro ingeniero jefe; Mr. Wilson, representante del alcalde; doctor Gannot, del Hospital Mercy...

Whyte no se molestó en presentar al conductor del tren y a los dos agentes de policía.

—Encantado, caballeros —dijo Tupelo—. ¿Alguna novedad, Mr. Whyte?

El director general intercambió unas miradas indecisas con sus compañeros.

—Bueno..., sí, doctor Tupelo —dijo finalmente—. Creo que hemos conseguido algo.

—¿Ha sido visto el tren?

—Sí —dijo Whyte—. Es decir, prácticamente visto. Al menos, sabemos que se encuentra en alguna parte de los túneles.

Los otros seis asintieron.

A Tupelo no le sorprendió saber que el tren estaba aún en el Sistema. Después de todo, el Sistema estaba cerrado.

—¿Le importaría contarme lo que ha sucedido? —insistió Tupelo.

—Me topé con una señal roja —intervino el conductor—. A la salida del empalme de Copley.

—Todos los trenes han sido sacados del tendido —explicó Whyte—, excepto éste. Lo hemos hecho circular por todo el Sistema por espacio de cuatro horas. Cuando Edmunds, el conductor, se topó con una señal roja en el empalme de Copley se paró, desde luego. Yo pensé que la luz estaba averiada, y le dije que continuara. Pero en aquel momento oímos a otro tren que pasaba por el empalme.

—¿Lo vieron ustedes? —preguntó Tupelo.

—No podíamos verlo. La luz está situada detrás de una curva. Pero todos lo oímos. No cabe duda de que el tren pasó por el empalme. Y tiene que ser el Número 86, porque nuestro vagón era el único que circulaba por el tendido.

—¿Qué pasó después?

—Bueno, la luz roja se trocó en amarilla, y Edmunds siguió adelante.

—¿Detrás del otro tren?

—No podíamos arriesgarnos a seguirlo, puesto que ignorábamos la dirección que había tomado.

—¿Cuánto hace que ocurrió eso?

—A la 1,38, la primera vez...

—¡Oh! —dijo Tupelo—. Entonces, ¿volvió a suceder más tarde?

—Sí. Aunque no en el mismo sitio, desde luego. Encontramos otra señal roja cerca de la Estación Sur, a las 2,15. Y luego, a las 3,28...

Tupelo interrumpió al director general:

—¿Vieron ustedes el tren a las 2,15?

—Ni siquiera lo oímos. Edmunds trató de localizarlo, pero por lo visto había cruzado ya la lanzadera de Boylston.

—¿Qué pasó a las 3,28?

—Otra luz roja. Cerca de Park Street. Oímos el tren delante de nosotros.

—¿Pero no lo vieron?

—No. Más allá de la luz hay una leve pendiente. Pero todos lo oímos. Lo único que no comprendo, doctor Tupelo, es que ese tren pueda recorrer el tendido por espacio de cinco días sin que nadie lo vea…

Whyte se interrumpió bruscamente y levantó una mano con aire imperativo, reclamando silencio. A lo lejos, el metálico estruendo de un tren rodando a toda marcha fue hinchándose hasta convertirse en un rugido. El andén vibró de un modo perceptible mientras pasaba el tren.

—¡Ahora lo tenemos! —exclamó Whyte—. ¡Acaba de pasar por el andén inferior!

Echó a correr hacia la escalera que conducía al piso inferior. Todos los otros le siguieron, excepto Tupelo, el cual creía saber lo que iba a pasar En efecto, antes de que Whyte llegara a la escalera, asomó por ella un agente de policía uniformado.

—¿Los han visto ustedes? —gritó el policía.

Whyte se paró en seco, y los otros con él.

—¿Han visto ustedes el tren? —preguntó de nuevo el agente, mientras aparecían otros dos hombres procedentes del piso inferior.

—¿Qué ha pasado? —quiso saber Wilson.

—¿Lo han visto ustedes! —aulló Kennedy.

—Desde luego que no —respondió el agente—. Ha pasado por aquí arriba.

—¡Ni hablar! —rugió Whyte—. ¡Ha pasado por abajo!

Los seis hombres que acompañaban a Whyte se enfrentaron con expresión desafiante a los tres hombres procedentes del piso inferior. Tupelo se acercó al director general y le dijo, en voz baja:

—El tren no puede ser visto, Mr. Whyte.

Whyte le miró con aire de incredulidad.

—Usted mismo lo ha oído. Ha pasado por el piso de abajo...

—¿Podemos ir al vagón, Mr. Whyte? —inquirió Tupelo—. Creo que tendríamos que hablar un poco.

Whyte asintió de mala gana. Luego se volvió hacia el agente de policía y los otros dos hombres que habían estado vigilando en el andén inferior.

—¿De veras no lo han visto? —insistió.

—Lo hemos oído —respondió el agente—. Y nos ha parecido que pasaba por aquí...

—Vuelvan abajo, Maloney —ordenó uno de los agentes que acompañaban a Whyte.

Maloney se rascó la cabeza, dio media vuelta y desapareció por la escalera. Los otros dos hombres le siguieron. Tupelo condujo al grupo hacia el vagón estacionado junto al andén. Entraron en él y tomaron asiento, en silencio. Luego, todos miraron al matemático y esperaron.

—Supongo que no me ha hecho venir aquí sólo para decirme que había encontrado el tren desaparecido —empezó Tupelo, dirigiéndose a Whyte—. ¿Había ocurrido ya algo como esto?

Whyte se removió en su asiento e intercambió una mirada con el ingeniero jefe.

—No exactamente igual —dijo, en tono evasivo—, pero han sucedido algunas cosas raras.

—¿Por ejemplo? —insistió Tupelo.

—Bueno, lo de las luces rojas. Los vigilantes apostados cerca de Kendall descubrieron una luz roja al mismo tiempo que nosotros encontrábamos otra cerca de la Estación Sur.

—¿Qué más?

—Mr. Sweeney me llamó desde Forest Hills. Había oído el tren dos minutos después de que lo oyéramos nosotros en el empalme de Copley. A veintiocho millas de distancia.

—En realidad, doctor Tupelo —intervino Wilson—, varias docenas de hombres han visto luces rojas, o han oído el tren, o las dos cosas, durante las últimas cuatro horas. La cosa actúa como si pudiera estar en varios lugares al mismo tiempo.

—Puede —dijo Tupelo.

—Hemos estado recibiendo informes de vigilantes que veían la cosa —añadió el ingeniero—. Bueno, viéndola no, exactamente... A veces en dos e incluso en tres lugares, muy apartados entre sí, al mismo tiempo. Seguro que se encuentra en el tendido. Tal vez los vagones están desenganchados.

—¿Está usted realmente seguro de que se encuentra en el tendido, Mr. Kennedy? —preguntó Tupelo.

—Absolutamente —dijo el ingeniero—. El dinamómetro, en la central eléctrica, señala un consumo de energía. El consumo era continuo. De modo que a las 3,30 cerramos los circuitos. Cortamos la corriente.

—¿Y qué pasó?

—Nada —respondió Whyte—. Absolutamente nada. La corriente estuvo cortada por espacio de veinte minutos. Durante ese tiempo, ninguno de los doscientos cincuenta hombres apostados en los túneles vio una luz roja ni oyó un tren. Pero, cinco minutos después de haber vuelto a dar la corriente, nos habían llegado otros dos informes: uno de Arlington, otro de Egleston.

Cuando Whyte terminó de hablar se produjo un largo silencio. En el túnel inferior, un hombre le gritó algo a otro. Tupelo consultó su reloj. Eran las 5,20.

—En resumen, doctor Tupelo —dijo finalmente el director general—, nos vemos obligados a admitir que puede haber algo de cierto en su teoría.

Los otros asintieron.

—Gracias, caballeros —dijo Tupelo.

El médico se aclaró la garganta.

—En lo que respecta a los pasajeros —dijo—, ¿tiene usted idea de lo que...?

—Ninguna —le interrumpió Tupelo.

—¿Qué hemos de hacer? —preguntó el representante del Alcalde.

—No lo sé. ¿Qué puede hacer usted?

—Si no he comprendido mal las explicaciones de Mister Whyte —dijo Wilson—, el tren ha... bueno, ha saltado a otra dimensión. No se encuentra ya en el Sistema. Se ha marchado de él. ¿Es verdad eso?

—Es una forma de decirlo.

—¿Y esta... ejem... conducta singular se ha derivado de ciertas propiedades matemáticas asociadas con la nueva lanzadera de Boylston?

—Desde luego.

—¿Y no hay nada que podamos hacer para traer de nuevo al tren a... hum... esta dimensión?

—Que yo sepa, no.

Wilson agarró la ocasión por los pelos.

—En tal caso, caballeros —dijo—, la cosa está clara. En primer lugar, tenemos que cerrar la nueva lanzadera, para que no pueda volver a ocurrir algo tan fantástico. Después, dado que el tren desaparecido se encuentra en otra dimensión, a pesar de todas esas luces rojas y de todos esos ruidos, podemos restablecer el funcionamiento normal del Sistema. Al menos no existirá el peligro de una colisión, que era lo que más preocupaba a Mr. Whyte. En cuanto al tren desaparecido y a las personas que viajaban en él... —Wilson los remitió al infinito con un gesto—. ¿Está usted de acuerdo, doctor Tupelo? —le preguntó al matemático.

Tupelo sacudió la cabeza lentamente.

—No del todo, Mr. Wilson —respondió—. Les ruego que no pierdan de vista que no he comprendido en sus términos exactos lo que ha sucedido. Es una pena que no puedan encontrar ustedes a alguien capaz de dar una explicación satisfactoria de los hechos. El único hombre que podía haberla dado es el Profesor Turnbull, de Tech, y era uno de los pasajeros del tren. Pero, de todos modos, ustedes querrán contrastar mis conclusiones con las de algunos eminentes topólogos. Puedo ponerles en contacto con varios de ellos.

«Ahora bien, en lo que respecta a la recuperación del tren desaparecido, puedo decir que en mi opinión no se ha perdido toda esperanza. Existe una probabilidad finita, tal como yo lo veo, de que el tren pase eventualmente desde la parte no-espacial de la red, que ahora ocupa, a la parte espacial. Dado que la parte espacial es completamente inaccesible, no hay nada que podamos hacer, por desgracia, para contribuir a esa transición, ni siquiera para predecir cómo o cuándo se producirá. Pero la posibilidad de la transición se desvanecerá si se cierra la lanzadera de Boylston. Ese sector del tendido es precisamente el que da a la red sus singularidades fundamentales. Si las singularidades son eliminadas, el tren no podrá reaparecer nunca. ¿Está claro?

No estaba claro, desde luego, pero los siete hombres que le escuchaban asintieron en silencio.

Tupelo continuó:

—En cuanto a lo de restablecer el funcionamiento del Sistema mientras el tren desaparecido se encuentra en la parte no-espacial de la red, sólo puedo enumerarles los hechos, tal como yo los veo, y dejar a su criterio el extraer las pertinentes conclusiones. La transición de regreso a la parte espacial es impredecible, como ya les he dicho. No hay modo de saber cuándo se producirá, ni dónde. En especial, hay un cincuenta por ciento de probabilidades de que, cuando reaparezca el tren, discurra por una vía que no le corresponde. Entonces se producirá una colisión, desde luego.

El ingeniero preguntó:

—Para eliminar esa posibilidad doctor Tupelo, ¿no podríamos dejar abierta la lanzadera de Boylston, pero sin enviar ningún tren a través de ella? De este modo, cuando el tren desaparecido vuelva a presentarse, no podrá chocar con otro tren.

—Esa precaución sería ineficaz, Mr. Kennedy —respondió Tupelo—. Verá, el tren puede reaparecer en cualquier parte del Sistema. Es cierto que el Sistema debe su complejidad topológica a la nueva lanzadera. Pero, con la lanzadera en el Sistema, ahora es todo el Sistema el que posee una conectividad infinita. En otras palabras, la pertinente propiedad topológica es una propiedad derivada de la lanzadera, pero perteneciente a todo el Sistema. Recuerde que el tren efectuó su primera transición en un punto situado entre Park y Kendall, a más de tres millas de distancia de la lanzadera.

»Hay otra pregunta que ustedes querrán ver contestada. Si deciden ustedes restablecer el funcionamiento del Sistema, dejando abierta la lanzadera hasta que el tren reaparezca, ¿puede volver a ocurrir lo mismo con otro tren? No estoy seguro de la respuesta, pero creo que es negativa. Opino que en este caso existe un principio de exclusión, en virtud del cual el no-espacio de la red sólo puede ser ocupado por un tren. 1 El médico se puso en pie.

—Doctor Tupelo —inquirió, tímidamente—, cuando el tren reaparezca, ¿estarán los pasajeros...?

—No sé nada acerca de los ocupantes del tren —le interrumpió Tupelo—. La teoría topológica no tiene en cuenta esos aspectos. —Su mirada recorrió rápidamente los siete cansados rostros que le rodeaban—. Lo siento, caballeros —añadió, en tono más amable—. No lo sé, sencillamente. —Dirigiéndose a Whyte añadió—: Creo que esta noche no puedo serle útil en nada más. Ya sabe dónde encontrarme.

Dando media vuelta, salió del vagón y se encaminó a la escalera.

Al salir a la calle, las primeras claridades del alba empezaban a disolver las sombras de la noche.

 

Ningún periódico informó de aquella improvisada conferencia en un solitario vagón del metropolitano. Ni de los resultados de la vigilancia nocturna en los oscuros túneles. Durante la semana que siguió, Tupelo tomó parte en otras cuatro conferencias con Kelvin Whyte y algunos funcionarios de la municipalidad. En dos de ellas estuvieron presentes otros topólogos: Orstein, de Filadelfia, Kashta, de Chicago, y Michaelis, de Los Ángeles. Los matemáticos no lograron ponerse de acuerdo. Ninguno de los tres quiso aceptar como buenas las conclusiones de Tupelo, aunque Kashta admitió que podía haber algo de cierto en ellas. Orstein insistió en que una red finita no podía poseer una conectividad infinita, pero no pudo demostrar este aserto, y ni siquiera fue capaz de calcular la conectividad del Sistema. Michaelis expresó su opinión de que el asunto no tenía nada que ver con la topología del Sistema. Insistió en que si el tren no podía ser localizado en el Sistema, éste debía abrirse.

Pero, cuanto más a fondo analizaba Tupelo el problema, más convencido estaba de lo correcto de sus primeras conclusiones. Desde el punto de vista de la topología, el Sistema sugería inmediatamente la existencia de familias enteras de redes de entidad múltiple, cada una de ellas con un número infinito de discontinuidades infinitas. Pero Tupelo se substraía a un examen concreto de aquellas nuevas redes hiperespaciales. Dedicó toda su atención al tema por espacio de una semana. Luego, sus ocupaciones le obligaron a dejar el análisis a un lado. Decidió enfrentarse de nuevo con el problema más tarde, en primavera, cuando terminara el curso escolar.

Entretanto, el Sistema volvía a funcionar como si nada hubiese ocurrido. El director general y el representante del alcalde habían conseguido olvidar la noche del 6 de marzo, o al menos habían vuelto a interpretar a su manera lo que vieron y no vieron. Los periódicos y el público hacían las más descabelladas suposiciones, y continuaban presionando a Whyte. Muchas personas que habían perdido algún pariente presentaron demandas contra el Sistema. El Estado intervino en el asunto e investigaba por su cuenta. El caso llegó hasta el Congreso. Una versión resumida de la teoría de Tupelo fue ampliamente difundida por la prensa. Tupelo la ignoró, y no tardó en ser olvidada.

Transcurrieron varias semanas. La investigación estatal se dio por conclusa. Los periódicos trasladaron el caso de la primera a la segunda plana; luego lo pasaron a la veintitrés; y después dejaron de ocuparse de él. Las personas desaparecidas no regresaron. A la larga, nadie las echó de menos.

Un día, a mediados de abril, Tupelo viajaba en el metropolitano, desde Charles Street a Harvard. Iba sentado en la parte delantera del primer vagón y contemplaba las vías y las grises paredes de los túneles salir al encuentro del tren. Se detuvieron en dos ocasiones ante una luz roja, y Tupelo se preguntó súbitamente si el otro tren estaba allí, delante de ellos, o más allá del espacio. Bastó aquello para que el viaje resultara excitante.

Otra vez, en mayo, tomó el tren en Beacon Hill. Pero en esta ocasión se instaló en un asiento lateral y se dedicó a leer el periódico. De pronto, experimentó una extraña sensación. Miró al hombre sentado a su lado, con la cesta del almuerzo sobre las rodillas. Los otros asientos estaban ocupados, y había una docena de pasajeros que viajaban de pie. Un jovencito fumaba un cigarrillo, violando el reglamento. Detrás de él, dos muchachas hablaban de una fiesta a la que pensaban asistir. En el asiento de en frente, una joven madre reñía a su hijo. A su lado, un hombre leía el periódico. Lo mantenía abierto por las páginas centrales, y la mirada de Tupelo resbaló inconscientemente por la primera plana. Los titulares le sonaron a cosa olvidada. La mirada de Tupelo continuó subiendo, hasta llegar a la fecha: ¡era un periódico del mes de marzo!

Los ojos de Tupelo se volvieron hacia el hombre sentado a su lado. Debajo de su cesta del almuerzo había un periódico. Del día. Miró detrás de él. Un joven leía el Transcript, manteniéndolo abierto por las páginas deportivas. La fecha era 4 de marzo. Los ojos de Tupelo recorrieron el pasillo. Una docena de pasajeros llevaban periódicos con fecha de 4 de marzo.

Tupelo se levantó de un salto. El hombre del pasillo se quejó en voz alta mientras Tupelo le apartaba a un lado sin miramientos para precipitarse hacia el aparato de alarma. Tiró de la palanca con todas sus fuerzas. Chirriaron los frenos y el tren se detuvo. Los intrigados pasajeros contemplaban a Tupelo con ojos hostiles. En la parte trasera del vagón se abrió la puerta de paso y un hombre alto y delgado, uniformado de azul, la cruzó apresuradamente.

Tupelo corrió a su encuentro.

—¿Mr. Gallagher? —inquirió.

—¿Qué pasa? —preguntó a su vez el hombre, sorprendido.

Tupelo ignoró la pregunta.

—¿Dónde ha estado usted? —quiso saber.

—En el vagón contiguo, pero...

Tupelo no le dejó terminar. Consultando su reloj, les gritó a los pasajeros:

—¡Faltan diez minutos para las nueve de la mañana del día 17 de mayo!

Aquellas palabras acallaron por un momento el creciente clamor. Los pasajeros intercambiaron miradas desconcertadas.

—¡Miren sus periódicos! —gritó Tupelo—. ¡Sus periódicos!

Los pasajeros empezaron a cuchichear. A medida que consultaban las fechas de sus periódicos, las voces subían de tono. Tupelo cogió a Gallagher del brazo y le arrastró hacia la parte trasera del vagón.

—¿Qué hora es? —le preguntó.

—Las 8,21 —dijo Gallagher, consultando su reloj.

—Abra la puerta —dijo Tupelo—. Déjeme salir. ¿Dónde está el teléfono?

Gallagher siguió las instrucciones de Tupelo. Señaló un hueco en la pared del túnel, a un centenar de metros de distancia. Tupelo se apeó del vagón y echó a correr por el estrecho pasillo que discurría entre los vagones y la pared del túnel.

—¡Póngame con la Central de Tráfico! —le gritó al telefonista. Esperó unos segundos y vio que un tren se había parado ante la señal roja detrás del que él acababa de abandonar. Cuando la Central de Tráfico contestó, Tupelo gritó—: ¡Póngame con Whyte! ¡Es muy urgente!

Al otro extremo del hilo una voz de hombre dijo:

—Mr. Whyte está ocupado. Dígame lo que sea.

—El Número 86 ha vuelto —dijo Tupelo—. Ahora se encuentra entre la Estación Central y Harvard. Ignoro cuando efectuó el salto. Yo lo tomé en Charles Street, hace diez minutos, y no me he dado cuenta hasta hace un minuto.

Al otro extremo del hilo, el hombre que atendía la llamada tragó saliva audiblemente.

—¿Y los pasajeros? —tartamudeó.

—Están perfectamente... los que quedan en el tren. Algunos deben de haberse apeado en Kendall y en la Estación Central.

—¿Dónde han estado?

Tupelo dejó caer el receptor de su oído y lo contempló fijamente, con la boca abierta. Luego lo colgó y echó a correr hacia la puerta abierta del vagón.

Eventualmente, el orden quedó restablecido y al cabo de media hora el tren llegó a Harvard. En la estación, la policía tomó a los pasajeros bajo su custodia. Whyte había llegado a Harvard antes que el tren. Tupelo le encontró en el andén.

Whyte hizo un gesto en dirección a los pasajeros.

—¿Están realmente bien? —inquirió.

—Perfectamente —respondió Tupelo—. No saben dónde han estado.

—¿Alguna señal del Profesor Turnbull? —preguntó el director general.

—No le he visto. Probablemente se apeó en Kendall, como de costumbre.

—¡Lástima! —dijo Whyte—. Me gustaría verle.

—También a mí —declaró Tupelo—. A propósito, ahora es el momento de cerrar la lanzadera de Boylston.

—Demasiado tarde —dijo Whyte—. El tren 143 desapareció hace veinticinco minutos, entre Egleston y Dorchester.

Tupelo no dijo nada.

—Tenemos que encontrar a Turnbull —continuó Whyte.

Tupelo miró al director general y sonrió débilmente.

—¿Cree usted de veras que Turnbull se apeó de este tren en Kendall? —preguntó.    

—¡Desde luego! —respondió Whyte—. ¿En qué otra parte, si no?

 

 

 

EL HOMBRE QUE LLEGÓ TEMPRANO

Poul Anderson

 

 

Sí, cuando un hombre se hace viejo ha oído tantas cosas que no es fácil que haya algo que pueda sorprenderle. Dicen que en Miklagard el rey tiene una bestia de oro delante de su trono que se pone en pie y ruge. Se lo he oído contar a Eilif Ericsson, que sirvió en la guardia real cuando era joven y que es un tipo cabal, cuando no está borracho. También ha visto usar el fuego griego, que arde sobre el agua.

De modo, sacerdote, que no voy a cerrar los oídos a lo que dices acerca del Cristo Blanco. He estado en Inglaterra y en Francia, y he visto cómo prospera la gente. Tiene que ser un dios muy poderoso, para proteger tantos reinos... ¿Y dices que a todos los que se bauticen les regalarán una túnica blanca? Me gustaría tener una. No es muy apropiada para este maldito clima de Islandia, pero un pequeño sacrificio a los duendes domésticos... ¿Qué? ¿Nada de sacrificios? ¡Vamos! Renunciaré a la carne de caballo, si debo hacerlo, ya que mis dientes no son lo que eran, pero todo hombre sensible sabe cuán molestos pueden ser los duendes domésticos si no se les alimenta.

Bueno, tomemos otra copa y hablemos del asunto. ¿Qué te parece esta cerveza? Es de fabricación propia, ¿sabes? Las copas las traje de Inglaterra, hace muchos años. Entonces era joven... El tiempo pasa, el tiempo pasa. Después regresé aquí y heredé esto, la hacienda de mi padre, y no me he movido desde entonces. A los jóvenes les atrae la aventura; pero, a medida que uno se hace viejo, comprende dónde está la verdadera riqueza: aquí, en la tierra y el ganado.

Aviva el fuego, Hjalti. Se está apagando. A veces pienso que los inviernos son ahora más fríos que cuando era un muchacho. Lo mismo dice Thorbrand de la Salmondale, pero él cree que los dioses están furiosos debido a que son tantos los que se apartan de ellos. Te será difícil convencer a Thorbrand, sacerdote. Es un hombre obstinado. Yo soy más razonable, y estoy dispuesto a escuchar, al menos.

Bueno, hay un punto que quiero dejar bien sentado. Sé que el fin del mundo no está próximo, ni mucho menos.

Y si me preguntas por qué lo sé, te diré que es una historia muy larga, y hasta cierto punto terrible. Afortunadamente soy viejo, y estaré seguro en la tierra antes que llegue el gran mañana. Uno de los motivos por los que he escuchado tu predicación es que sé que el Cristo Blanco derrotará a Thor. Sé que Islandia será cristiana, y me parece más prudente alinearme en el bando de los vencedores.

No, no he tenido ninguna visión. Es algo que ocurrió hace cinco años, y que mis parientes y vecinos pueden jurar. La mayoría de ellos no creen lo que el extranjero dijo; por mi parte debo creerlo, ya que resulta inconcebible que un embustero pudiera acarrear tantas desgracias. Yo amaba a mi hija, sacerdote, y cuando todo hubo pasado encontré un buen marido para ella. No le despreció, pero ahora vive con él en su hacienda y nunca viene a visitarme. Y he oído decir que su marido está muy enojado a causa de su silencio y su tristeza, y pasa las noches con una amante irlandesa. No puedo reprochárselo, pero me apena.

Bueno, ahora estoy lo suficientemente borracho para contarte toda la verdad, y me tiene sin cuidado que me creas o no. ¡Eh! ¡Muchachas! Llenen de nuevo esas copas, ya que antes de terminar mi relato tendré la garganta seca.

 

La cosa empezó un día de principios de verano, hace cinco años. En aquella época, mi esposa Ragnhild y yo teníamos solamente dos hijos solteros viviendo con nosotros: nuestro benjamín Helgi, de diecisiete inviernos, y nuestra hija Thorgunna, de dieciocho. La muchacha, siendo guapa, había tenido ya pretendientes. Pero los había rechazado, y yo no soy de los que presionan a su hija. En cuanto a Helgi, siempre fue un muchacho inquieto. Ahora está sirviendo en la Guardia del Rey Olaf de Noruega. En la casa vivían, además, diez criados: dos siervos, dos muchachas para las tareas femeninas, y media docena de villanos a sueldo. Casi un pequeño ejército.

Ya has visto cómo se extiende mi hacienda. Un par de millas al este se encuentra la bahía; los caseríos de Reykjavik se hallan a unas cinco millas al sur. El terreno asciende hacia el Long Jökull, de modo que mis acres son montañosos; pero es buen terreno para pastos, y a menudo encontramos madera, restos de los barcos naufragados que las olas arrojan a la playa. He construido un cobertizo para guardarla, así como un embarcadero.

La noche anterior habíamos tenido tormenta, una de esas furiosas tormentas que a menudo descargan sobre Islandia, de modo que Helgi y yo nos dirigimos a la playa en busca de madera. Tú, que vienes de Noruega, no sabes lo valiosa que es para nosotros la madera, ya que sólo tenemos unos cuantos árboles raquíticos y debemos traer nuestra madera del extranjero.

Como yo estaba en buenas relaciones con mis vecinos, tomamos solamente armas de mano. Yo llevaba mi hacha, Helgi una espada, y los dos villanos que nos acompañaban llevaban lanzas. La tormenta nocturna había dejado un cielo limpio, y el sol brillaba sobre los húmedos tallos de la hierba. Los cabellos de mi hijo Helgi ondearon al viento del este mientras nos acercábamos al agua. Recuerdo perfectamente todo lo que ocurrió aquel día, aunque en honor a la verdad debo decir que no fue un día como los otros.

Cuando llegamos a la playa, el mar enviaba hasta ella con fuerza sus olas, blancas y grises, oliendo a sal y a algas. Unas cuantas gaviotas gritaban por encima de nuestras cabezas asustadas de un bacalao que retozaba cerca de la playa. Vi un montón de leña menuda, y un gran tronco caído seguramente del barco que lo transportaba, durante la noche. Aquello era un hallazgo útil, aunque como hombre cuidadoso que soy ofrecería más tarde un sacrificio, para asegurarme que el fantasma del dueño de aquel tronco no vendría a importunarme.

Estábamos arrastrando el tronco hacia el cobertizo cuando Helgi profirió un grito. Corrí en busca de mi hacha y miré al lugar señalado por mi hijo. En aquel momento estábamos en paz con todo el mundo, pero siempre hay forajidos.

Sin embargo, el recién llegado parecía inofensivo. En realidad, mientras se acercaba trabajosamente a través de la negra arena vi que iba completamente desarmado y me pregunté qué le había sucedido. Era un hombre alto y extrañamente vestido: llevaba chaqueta y pantalones y zapatos como todo el mundo, pero su corte era muy distinto del normal, y llevaba polainas de cuero en vez de vendas de paño. Tampoco había visto nunca un casco como aquel: era casi cuadrado, y bajaba por detrás para proteger su cuello, pero por delante no ofrecía ninguna protección. Y es posible que no lo creas, pero no era de metal y, sin embargo, había sido fundido en una sola pieza.

Cuando estuvo más cerca, el extranjero agitó sus brazos y gritó algo. Nunca había oído aquel lenguaje, y eso que he oído muchos; era como un ladrar de perros. Vi que iba completamente afeitado y que llevaba el pelo muy corto, y pensé que podía ser francés. Por otra parte, era un joven bien parecido, de facciones regulares y ojos azules. Por el color de su piel deduje que había pasado mucho tiempo bajo techado. Sin embargo, era un hombre robusto.

—¿Será un náufrago? —preguntó Helgi.

—Sus ropas están secas y limpias —dije—. Sin embargo, no he oído hablar de ningún extranjero que se aloje por estos alrededores...

Inclinamos nuestras armas y el extranjero se acercó más a nosotros y dejó de gritar. Vi que su chaqueta y la camisa que llevaba debajo estaban atadas con botones de hueso y no con cordones como los nuestros. Sus zapatos eran de un tipo nuevo para mí, muy bien cosidos. En su chaqueta, de color pardo-verdoso, había trozos de metal pegados, y pegadas también a sus mangas vi tres pequeñas franjas doradas; también llevaba una cinta negra con letras blancas, las mismas letras que figuraban en su casco. No eran rúnicas, sino romanas. Así: MP. Llevaba un cinturón muy ancho, con un pequeño objeto de metal metido en una funda de cuero en un lado y una porra en el otro.

—Creo que es un hechicero —murmuró mi villano Sigurd—. ¿Por qué llevaría tantos amuletos, si no?

—Pueden ser simples adornos, o una protección contra la brujería —susurré a su oído. Luego me dirigí al extranjero—: Soy Ospak Ulfsson, de Hillstead. ¿Qué te ha traído aquí?

Me miró, respirando agitadamente y con una expresión de extrañeza en los ojos. Por lo visto, había caminado mucho. Finalmente profirió una especie de gemido, se sentó en la arena y se cubrió el rostro con las manos.

—Si está enfermo, será mejor que le llevemos a la casa —dijo Helgi.

Asentí con un gesto. Aquí tenemos pocas ocasiones de ver rostros nuevos.

—No..., no... —El extranjero alzó la mirada—. Déjenme descansar un momento...

Hablaba el idioma noruego con bastante facilidad, aunque con un fuerte acento y con muchas palabras extranjeras que yo no entendía.

El otro villano, Grim, blandió su lanza.

—¿Han desembarcado vikingos por aquí? —preguntó.

—¿Cuándo has visto vikingos en Islandia? —me mofé—. Siguen otra ruta.

El recién llegado sacudió la cabeza, como si acabaran de golpeársela. Se puso en pie, trabajosamente.

—¿Qué ha pasado? —inquirió—. ¿Dónde está la ciudad?

—¿Qué ciudad? —pregunté a mi vez, amablemente.

—¡Reykjavik! —gritó—. ¿Dónde está?

—A cinco millas de aquí, en dirección sur, de donde tú has llegado. A no ser que te refieras a la bahía —dije al extranjero.

—¡No! Allí sólo había una playa, y unas cuantas chozas destartaladas, y...

—Procura que Hjalmar Broadnose no se entere de la opinión que tienes de su caserío —le aconsejé.

—¡Pero allí había una ciudad! —insistió—. Yo estaba cruzando la calle, en medio de una tormenta, y oí un estampido, y luego me encontré en la playa, y la ciudad había desaparecido.

—Está loco —dijo Sigurd, apartándose—. Cuidado. Si empieza a echar espuma por la boca, es que se pone furioso.

—¿Quién es usted? —balbuceó el extranjero—. ¿Por qué lleva esas ropas? ¿Y esa lanza?

—Por su manera de hablar no parece que esté loco —dijo Helgi—. Yo diría que está asustado y desconcertado. Como si algún diablo le hubiera perseguido.

—¡No quiero estar cerca de un hombre hechizado! —aulló Sigurd, y echó a correr.

—Alto! —grité—. ¡Quédate donde estás, o te parto en dos tu piojosa cabeza!

La amenaza hizo su efecto, ya que Sigurd no tenía ningún pariente que pudiera vengarle; se detuvo, pero no se acercó. Entretanto, el extranjero se había tranquilizado hasta el punto de poder expresarse de un modo más coherente.

—¿Ha sido la bombache? —preguntó—. ¿Ha estallado la guerra?

Utilizó aquella palabra a menudo, bombache, de modo que ahora la conozco, aunque no estoy seguro de lo que significa. Parece ser una especie de fuego griego. En cuanto a la guerra, no sabía a qué guerra se refería, y se lo dije.

—Anoche tuvimos una gran tormenta —añadí—. Y tú dices que te encontraste en medio de otra, también. Tal vez el martillo de Thor te ha golpeado, trasladándote desde el lugar en que te encontrabas hasta aquí.

—Pero, ¿dónde es aquí? —insistió.

—Ya te lo he dicho. Esto es Hillstead, que pertenece a Islandia.

—¡Aquí estaba yo! —exclamó—. En Reykjavik... ¿Qué ha pasado? ¿Lo ha destruido todo la bombache mientras yo estaba sin sentido?

—Nada ha sido destruido —dije.

—Tal vez se refiera al incendio de Olafsvik del pasado mes —sugirió Helgi.

—¡No, no, no! —gritó el extranjero, cubriéndose de nuevo el rostro con las manos. Al cabo de unos instantes alzó la mirada y dijo—: Escuchen: soy el sargento Gerald Robbins, del Ejército de los Estados Unidos, y pertenezco a la base de Islandia. Estaba en Reykjavik, y fui herido por un rayo o algo por el estilo. De pronto me encontré en la playa, perdí la cabeza y eché a correr. Esto es todo. Ahora, ¿pueden indicarme ustedes el camino más corto para regresar a la base?

Esas fueron más o menos sus palabras, sacerdote. Desde luego, no entendimos la mitad de ellas, y se las hicimos repetir varias veces. Lo único que sacamos en limpio fue que el extranjero era de un país llamado los Estados Unidos de Norteamérica, el cual se encuentra más allá de Groenlandia, hacia el oeste, y que él y algunos otros estaban en Islandia para ayudar a nuestro pueblo contra sus enemigos. Esto no lo consideré una mentira, sino un error o una fantasía. Grim le hubiera hecho pedazos por creernos tan tontos como para tragarnos aquel cuento, pero yo comprendí que hablaba sinceramente.

El hablar le tranquilizó todavía más.

—Bueno —dijo—, tal vez podamos llegar a la verdad a través de lo que ustedes saben. ¿Ha habido alguna guerra? Algo que... Verán, los hombres de mi país vinieron a Islandia para protegerla contra los alemanes. Ahora se trata de los rusos, pero la primera vez los enemigos eran los alemanes. ¿Cuándo fue eso?

Helgi sacudió la cabeza.

—Nunca ha ocurrido eso, que yo sepa —dijo—. ¿Quiénes son esos rusos? —Más tarde descubrimos que se refería al pueblo de los Gardariki—. A no ser —añadió Helgi— que los antiguos hechiceros...

—Se refiere a los monjes irlandeses —expliqué—. Vinieron unos cuantos aquí con los noruegos, pero fueron expulsados. Eso fue hace más de un centenar de años... ¿Ayudó tu reino en alguna ocasión a los monjes?

—Nunca he oído hablar de ellos —respondió el extranjero—. Ustedes... ¿No llegaron acaso los islandeses de Noruega?

—Sí, hace un centenar de años —contesté pacientemente—. Después que el Rey Harald el Rubio sometió el territorio y...

¡Hace un centenar de años! —susurró el extranjero. Vi extenderse la palidez por toda su piel—. ¿En qué año estamos?

Le miramos con asombro.

—Bueno, estamos en el segundo año después de la captura del gran salmón —dije.

—Me refiero al año después de Cristo —insistió el extranjero, con voz ronca.

—¡Oh! De modo que eres cristiano... Hum, déjame pensar... En cierta ocasión hablé con un obispo en Inglaterra; le reteníamos con nosotros en calidad de rehén, y me dijo..., vamos a ver..., creo que dijo que el tal Cristo vivió hace mil años, o quizás un poco menos.

—Hace mil años... —murmuró el extranjero, con ojos vidriados... Sí, he visto vidrio, ya te he dicho que he viajado mucho.

Y cuando emprendimos el camino de regreso, el extranjero nos siguió como un chiquillo.

Ya has podido ver, sacerdote, que mi esposa Ragnhild conserva restos de su pasada belleza, y Thorgunna había salido a ella. Era —es— alta y esbelta, con una hermosa mata de cabellos dorados. En aquella época, siendo soltera, los llevaba sueltos sobre los hombros. Tenía unos grandes ojos azules, un rostro ovalado y unos labios muy rojos. Era muy alegre, y cariñosa, de modo que todo el mundo la quería. Sverri Snorrasson se unió a una expedición vikinga cuando ella le rechazó, y le mataron, pero nadie tuvo la imaginación suficiente para comprender que ella era desdichada.

Llevamos al tal Gerald Samsson —cuando se lo pregunté, me dijo que su padre se llamaba Sam— a casa, dejando a Sigurd y a Grim en la playa terminando de recoger la madera. Mucha gente no hubiera admitido a un cristiano en su casa, por miedo a la brujería, pero yo soy un hombre de criterio muy amplio y Helgi, a su edad, tenía una insaciable sed de novedades. Nuestro huésped tropezaba a cada instante, como si estuviera ciego, pero pareció recuperarse cuando entramos en el patio. Sus ojos observaron con expresión de curiosidad los establos, los cobertizos, el cuarto de ahumar las carnes, la cocina, la fábrica de cerveza y la urna del dios, y finalmente se posaron en la casa. Y Thorgunna estaba de pie en el umbral de la puerta.

Las miradas de los dos jóvenes se cruzaron, y vi que Thorgunna se ruborizaba, pero en aquel momento no me llamó la atención. Cruzamos el patio. Mis dos siervos dejaron de limpiar los establos para curiosear, boquiabiertos, hasta que me dirigí a ellos diciéndoles que un hombre que se preocupa de los demás constituye siempre una buena materia para un sacrificio a los dioses. Esa es una práctica muy útil que los cristianos no aplican. Personalmente, nunca he llevado a cabo un sacrificio humano, pero no puedes imaginarte cuánto me habría ayudado el hecho de poder hacerlo.

Entramos en la casa y anuncié a los míos el nombre de Gerald y cómo le habíamos encontrado. Ragnhild ordenó a las criadas que avivaran el fuego y trajeran cerveza, mientras yo conducía a Gerald al asiento de honor y me instalaba junto a él. Thorgunna nos trajo los vasos de cuerno llenos. Su categoría no era como la tuya, y por eso no utilizamos las copas.

Gerald probó la cerveza e hizo una mueca. Me sentí algo ofendido, ya que mi cerveza tiene fama de buena, y le pregunté si no la encontraba de su gusto. Se echó a reír y dijo que estaba acostumbrado a una cerveza que hacía espuma y no era ácida.

—¿Y dónde pueden fabricar esa clase de cerveza? —le pregunté, extrañado.

—En todas partes —dijo—. En Islandia, también... No... —Fijó delante de él una mirada inexpresiva—. Digamos..., en Finlandia.

—¿Dónde está Finlandia? —pregunté.

—Es un país situado al oeste de donde yo he llegado. Creí que lo conocían ustedes... Un momento —frunció el ceño—. Tal vez pueda averiguar algo. ¿Ha oído usted hablar de Leif Eiriksson?

—No —dije.

Más tarde pude comprobar que lo que decía el extranjero era cierto, ya que Leif Eiriksson es ahora un jefe muy conocido.

—¿Y a su padre, Eirik el Rojo? —preguntó el extranjero.

—¡Oh, sí! —dije—. Si es que te refieres al noruego que vino aquí porque había matado a un hombre, y luego se marchó de Islandia por el mismo motivo, y ahora se ha establecido con sus amigos en Groenlandia.

—Entonces, estamos a... un poco antes del viaje de Leif —murmuró—. A finales del siglo décimo.

—Oye, amigo —intervino Helgi—, hasta ahora hemos sido pacientes contigo, pero déjate ya de acertijos. Nosotros los reservamos para los festines. ¿Por qué no nos dices claramente de dónde has venido y cómo has llegado aquí?

Gerald inclinó la mirada hacia el suelo, desconcertado.

—Déjale en paz, Helgi —dijo Thorgunna—. ¿No ves que está trastornado?

El extranjero levantó la cabeza y miró a Thorgunna con los ojos de un perro herido al que acaban de dar una palmada cariñosa. No había ninguna vela encendida y en la estancia reinaba una semipenumbra. Sin embargo, observé que los rostros de los dos jóvenes habían enrojecido.

Gerald suspiró y empezó a rebuscar. Sus ropas estaban llenas de bolsillos. De uno de ellos sacó una cajita de pergamino casi llena de palitos blancos. Tomó uno de los palitos y se lo puso en la boca. Luego sacó otra caja, y de ella un palito más pequeño y lo rascó contra la misma caja. Brotó una llama, y el extranjero la acercó al palito que tenía en la boca y chupó, sacando mucho humo.

Mientras efectuaba todas aquellas operaciones, le habíamos estado observando fijamente.

—¿Es eso un rito cristiano? —preguntó Helgi.

—No —respondió el extranjero, mientras una sonrisa decepcionada asomaba a sus labios—. Pensé que quedarían ustedes más sorprendidos, incluso aterrorizados.

—Es algo nuevo —admití—, pero en Islandia no nos asombramos fácilmente. Esos palitos de fuego podrían ser útiles. ¿Has venido a comerciar con ellos?

—Ni pensarlo —suspiró. El humo que respiraba parecía tranquilizarle, lo cual resultaba muy raro, ya que el humo de nuestro hogar le había hecho toser y lagrimear los ojos—. La verdad es... Bueno, algo que ustedes no creerían. Apenas puedo creerlo yo mismo.

Esperamos. Thorgunna estaba de pie, inclinada hacia adelante, con los labios entreabiertos.

—Aquel rayo... —continuó Gerald—. Me sorprendió la tormenta, y aquel rayo debió alcanzarme en el punto exacto, algo que sólo ocurre una vez entre millones de veces. Y me transportó al pasado.

Esas fueron sus palabras, sacerdote. Yo no las comprendí, y se lo dije.

—Resulta difícil de comprender —convino—. Dios quiera que esté soñando. Pero si esto es un sueño, debo soportarlo hasta que despierte. Verán... Yo nací mil novecientos treinta y tres años después de Cristo, en un país del oeste, que ustedes no han descubierto aún. En el año vigésimocuarto de mi vida, me encontraba en Islandia con un ejército de mi país. El rayo me hirió, y ahora, ahora estamos en el año mil después de Cristo, y sin embargo estoy aquí. ¡Casi mil años antes de nacer, estoy aquí!

Permanecimos sentados, en silencio. Bebí un largo trago de cerveza. Una de las criadas gimió, y Ragnhild la reprendió duramente:

—¡Cállate! —le dijo—. El pobre muchacho no está en sus cabales. Pero es inofensivo.

Pensé que Ragnhild tenía razón, al menos en la última de sus afirmaciones. Los dioses pueden hablar a través de un loco, y los dioses no son siempre de fiar. El extranjero podía ponerse furioso de repente, o podía ser víctima de una maldición capaz de afectarnos también a nosotros.

Mientras meditaba, capturé unas cuantas pulgas y las aplasté entre las uñas de mis pulgares. Gerald se dio cuenta y me preguntó, al parecer horrorizado, si teníamos muchas pulgas aquí.

—Desde luego —dijo Thorgunna—. ¿Acaso tú no tienes ninguna?

—No —respondió Gerald, sonriendo tímidamente—. Todavía no.

—¡Ah! —suspiró mi hija—. Entonces, debes estar enfermo.

Era una muchacha lista. Adiviné lo que pensaba, y lo adivinaron también Ragnhild y Helgi. Evidentemente, un hombre tan enfermo que no tiene pulgas, puede desvariar... Esto representó un alivio para mí: no se trataba de nada sobrenatural, sino de una simple enfermedad, de algo con lo cual podíamos enfrentarnos.

Siendo yo un jefe que ofrecía sacrificios a los dioses, no podía echar de mi casa a un extranjero. Además, si Gerald llevaba muchos de aquellos palitos de fuego, podríamos hacer un provechoso negocio. De modo que le dije a Gerald que se fuera a descansar. Protestó, pero le conducimos a una de las alcobas. Se dejó caer sobre el lecho y no tardó en quedarse dormido. Thorgunna dijo que ella le cuidaría.

 

Al día siguiente decidí sacrificar un caballo, en acción de gracias por la madera que habíamos encontrado y, al mismo tiempo, para alejar cualquier maldición que pudiera pesar sobre Gerald. Además, el animal que había escogido era viejo e inútil, y andábamos escasos de carne fresca. Gerald había pasado la mañana vagando tristemente por el patio, pero cuando llegué a mediodía para comer le encontré en compañía de mi hija, riendo.

—Parece que has mejorado —le dije.

—¡Oh, sí! Podía haber sido mucho peor para mí. —Se sentó a mi lado mientras los villanos instalaban la mesa y las criadas traían la comida—. Además, siempre me había gustado la época de los vikingos, y sé hacer algunas cosas.

—Bueno —dije—, si no tienes hogar, puedes quedarte aquí una temporada.

—Puedo trabajar —se apresuró a decir—. Me ganaré mi paga.

Entonces supe que era de muy lejos, porque ningún jefe querría trabajar una tierra que no fuera la suya, ni convertirse en un asalariado. Sin embargo, Gerald tenía unos modales que parecían demostrar la nobleza de su cuna, y era evidente que había comido con abundancia toda su vida. Pasé por alto el hecho que no me había ofrecido ningún presente; después de todo, era un náufrago.

—Tal vez puedas regresar a tus Estados Unidos —dijo Helgi—. Podríamos alquilar un barco. Me gustaría ver aquel reino.

—No —dijo Gerald secamente—No existe tal lugar. Todavía no.

—¿De modo que sigues aferrado a la idea que tú has llegado del mañana? —gruñó Sigurd—. Una idea absurda. Pásame el cerdo.

—Desde luego —dijo Gerald. Había recobrado la calma—. Y puedo demostrarlo.

—No veo cómo puedes hablar nuestro lenguaje, si vienes de casi mil años después —dije.

Yo no llamaría embustero a un hombre, en su propia cara, a no ser que estuviéramos fanfarroneando amistosamente, pero...

—En mi país y en mi época se habla otro lenguaje —dijo Gerald—, pero da la casualidad que en Islandia el idioma ha cambiado muy poco desde los viejos tiempos. Y como siempre me ha gustado hablar con la gente, lo aprendí al llegar aquí.

—Si eres cristiano —dije—, no te gustará asistir al sacrificio, esta noche.

—Al contrario —dijo Gerald—. Temo que nunca he sido un buen cristiano. Me agradará verlo. ¿En qué consiste?

Le expliqué que aturdíamos al caballo con una maza delante del dios, golpeándolo en la cabeza, y luego lo degollábamos, rociando el suelo con la sangre. Después lo descuartizábamos y celebrábamos un festín.

Gerald se apresuró a decir:

—Esta es mi oportunidad para demostrar lo que soy. Poseo un arma que matará al caballo como un relámpago.

—¿Qué clase de arma es esa? —pregunté. Nos agolpamos a su alrededor mientras sacaba la porra de metal de su funda y nos la enseñaba. Yo tenía mis dudas; parecía bastante buena para golpear a un hombre, de acuerdo, pero era demasiado corta—. Bueno, podemos probarlo —dije.

Ya habrás visto que en Islandia no seguimos los ritos tan al pie de la letra como en los países más antiguos.

Gerald nos enseñó las otras cosas que llevaba en los bolsillos. Había algunas monedas muy bien acabadas, aunque ninguna de ellas era de oro ni de plata; una llave diminuta; un palo con un plomo dentro para escribir; una bolsa plana con muchos trozos de papel marcado. Cuando nos dijo seriamente que aquellos trozos de papel eran dinero, incluso Thorgunna se echó a reír. Mejor era un cuchillo cuya hoja se doblaba dentro del mango. Cuando vio que lo admiraba, me lo regaló, un gesto muy de agradecer en un náufrago. Le dije que le daría a cambio ropas y una buena hacha, así como alojamiento por todo el tiempo que fuera necesario.

No, no tengo el cuchillo ahora. Ya sabrás por qué. Es una lástima, porque era un buen cuchillo, aunque más bien pequeño.

—¿Qué hacías antes que la guerra te obligara a salir de tu país? —preguntó Helgi—. ¿Comerciante?

—No —dijo Gerald—. Era... endginiero..., mejor dicho, aprendiendo a serlo. Un hombre que construye cosas, puentes, y caminos, y herramientas..., algo más que un simple artesano. Y creo que mis conocimientos pueden ser muy útiles aquí. —Vi una especie de fiebre en sus ojos—. Sí, denme tiempo, y seré un rey.

—En Islandia no tenemos ningún rey —gruñí—. Nuestros antepasados vinieron aquí para huir de los reyes. Cada hombre, en su hacienda, es su propio rey.

—Pero, supongamos que alguno codicia la hacienda o los bienes de su vecino... —objetó Gerald.

—En tal caso, el perjudicado sabría defenderse —dijo Helgi, y empezó a contar algunas de las matanzas que se habían producido en los últimos años. Gerald parecía molesto y acariciaba su revólver. Así llamaba él a su porra escupefuego. Thorgunna intervino de pronto, seguramente para desviar el curso de la conversación: tampoco a ella le gustaban aquella clase de relatos.

—Llevas unas ropas muy buenas —dijo—. Tu familia debe poseer muchos acres.

—No —dijo Gerald—. Nuestro..., nuestro rey da a todos los hombres del ejército ropas como estas. En cuanto a mi familia, no poseemos ninguna hacienda. Alquilamos nuestro hogar en un edificio, en el cual viven también otras muchas familias.

No soy un hombre orgulloso de lo que poseo, pero me pareció que el extranjero no había sido honrado al compartir mi asiento de honor, como un jefe, cuando en realidad era un hombre que no poseía ninguna hacienda. Pero Thorgunna debió adivinar lo que estaba pensando, porque se apresuró a decir:

—Ganarás una hacienda más tarde.

Después de la puesta del sol fuimos a la urna del dios. Los villanos habían encendido una fogata delante de ella, y cuando abrí la puerta apareció la imagen de madera de Odín. Mi familia le había invocado más que a cualquier otro dios. Gerald, dirigiéndose a mi hija, murmuró que la talla era muy tosca, y el comentario me enfureció, ya que la imagen había sido tallada por mi padre. Algunas personas desconocen por completo las bellas artes.

De todos modos, le permití que me ayudara a conducir el caballo hasta el altar de piedra. Tomé en mis manos el cuenco para recoger la sangre, y le dije a Gerald que podía ya matar al caballo. Sacó su revólver, apoyó la punta detrás de la oreja del animal y apretó. Oímos un chasquido, y el caballo dio un respingo y cayó con un agujero en el cráneo, por el que se le salían los sesos. Un arma muy rústica. Mi olfato captó un olor a humo, acre y picante, como el que se percibe en las cercanías de un volcán. Todos nos sobresaltamos, y una de las mujeres gritó, y Gerald pareció quedar muy satisfecho de su demostración. Disimulando mi desconcierto, terminé la ceremonia como era debido. Gerald no quiso que le rociara con la sangre del animal, pero después de todo era un cristiano. Y se limitó a comer un poco de sopa y de carne.

Más tarde, Helgi le interrogó acerca del revólver, y Gerald dijo que podía matar a un hombre a la distancia de un tiro de flecha, pero que no había en ello ninguna brujería, sólo la utilización de algunos artificios que nosotros desconocíamos. Habíamos oído hablar del fuego griego, le creí. Un revólver podía ser útil en una lucha, como tuve ocasión de comprobar, pero no parecía muy práctico: el hierro es muy caro, y se tardarían meses en forjar cada uno de ellos.

Me preocupaba más el hombre en sí.

Y a la mañana siguiente le encontré contándole a Thorgunna muchas tonterías acerca de su país: edificios tan altos como montañas, y carros que volaban o corrían sin caballos. Decía que en su pueblo, un lugar llamado Nueva Yorvik o algo así, vivían ocho o nueve miles de millares de personas. Yo celebro una buena fanfarronada como el primero, pero aquello era demasiado, y le dije bruscamente que viniera a ayudarme a reunir algún ganado disperso.

 

Después de un día entero buscando por las colinas, me di cuenta que Gerald no sabía absolutamente nada acerca del ganado. No distinguía a un buey de una vaca. Le pregunté si sabía ordeñar, esquilar, manejar una guadaña o aventar el grano, y me dijo que no, que nunca había vivido en el campo.

—Eso es una vergüenza —observé—, ya que en Islandia todo el mundo lo hace, a menos que sea un forajido.

Gerald enrojeció.

—Sé hacer otras cosas —replicó—. Deme algunas herramientas y le mostraré cómo se trabaja el metal.

Aquello me gustó ya que, a decir verdad, ninguno de mis sirvientes estaba dotado para la herrería.

—Ese es un hermoso oficio —dije—, y puedes serme de gran ayuda. Tengo una espada rota y varias lanzas despuntadas, y no sería una mala idea herrar a los caballos.

Su confesión de no saber poner una herradura enfrió mucho mi entusiasmo.

Mientras hablábamos habíamos llegado a casa, y Thorgunna salió a nuestro encuentro con una expresión furiosa en el rostro.

—Ese no es modo de tratar a un huésped, padre —dijo—. ¡Haciéndole trabajar como un villano!

Gerald sonrió.

—Me gusta trabajar —dijo—. Necesito hacer algo para distraerme. Y, al mismo tiempo, quiero corresponder a lo amables que son conmigo.

Aquellas palabras me reconciliaron con él, y dije que no era culpa suya si en los Estados Unidos tenían unas costumbres distintas de las nuestras. Por la mañana podría empezar a trabajar en la herrería, y yo le pagaría, aunque sería tratado como un igual, puesto que los artesanos tienen su mérito. Esto le hizo ganarse unas negras miradas por parte del resto de los criados.

Aquella noche, Gerald nos entretuvo con historias de su país. Ciertas o no, resultaban interesantes y amenas. Sin embargo, no era un verdadero narrador, ya que era incapaz de componer una línea de verso. En los Estados Unidos, la gente debía ser muy ruda y atrasada. Dijo que su tarea en el ejército había consistido en mantener el orden entre las tropas. Helgi objetó que un hombre solo no podía dominar a tanta gente, pero Gerald replicó que la gente le obedecía por temor al rey. Cuando añadió que la duración de un enganche en los Estados Unidos era de dos años, y que los hombres podían ser llamados para guerrear incluso en la época de la recolección, le dije que había estado de suerte al salir de un país con un amo tan implacable y poderoso.

—No —declaró Gerald—. Somos personas libres, y decimos lo que queremos.

—Pero, al parecer, no pueden hacer lo que quieren —dijo Helgi.

—Bueno —dijo Gerald—, no podemos asesinar a un hombre sólo porque nos ha ofendido.

—¿Ni siquiera si ha asesinado a alguien de tu propia sangre? —preguntó Helgi.

—No. Le corresponde al..., al rey hacer justicia, en nombre de los que han sido perjudicados.

Me eché a reír.

—Tienes salida para todo —dije—, pero aquí te he pillado. ¿Cómo podría el rey, por sí solo, hacer justicia por todos los crímenes que se cometen? Ni siquiera le quedaría tiempo para engendrar un heredero...

Gerald no pudo decir nada más a causa de las risas que siguieron.

 

Al día siguiente fue a la herrería, con un siervo que se encargaría del fuelle de la fragua. Yo estuve ausente todo el día y toda la noche: había ido a Reykjavik a venderle unas ovejas a Hjalmar Broadnose. Le invité a venir a mi casa en compañía de su hijo Ketill, un joven pelirrojo de veinte inviernos que había sido rechazado por Thorgunna.

Encontré a Gerald sentado en un banco, dentro de la casa, y su expresión me pareció lúgubre. Llevaba las ropas que yo le había dado; las suyas habían sido estropeadas por la ceniza y las chispas del fuego. ¿Qué esperaba, entonces? Hablaba en voz baja con mi hija.

—Bueno —dije de buenas a primeras—, ¿cómo va la tarea?

El villano Grim hizo una mueca de desdén.

—Ha echado a perder dos puntas de lanza, pero hemos logrado apagar el incendio que provocó; por muy poco no ha ardido toda la herrería.

—¡Cómo! —grité—. Dijiste que eras un herrero.

Gerald se puso en pie, desafiador.

—Yo trabajaba con herramientas distintas, y mucho mejores —replicó—. Aquí lo hacen ustedes todo de otra manera.

Los villanos me contaron que había encendido un fuego demasiado fuerte; que su maza había golpeado en todas partes, menos el lugar en que debía hacerlo; que había estropeado el temple del acero, por no saber cuándo debía enfriarlo. Se tarda muchos años en dominar el oficio de herrero, desde luego, pero Gerald podía haber confesado que no era más que un aprendiz.

—Bien —dije—, ¿qué puedes hacer, entonces, para ganar tu pan?

Lo que más me fastidiaba era quedar como un tonto delante de Hjalmar y de Ketill, a los cuales había hablado del extranjero.

—Sólo Odín lo sabe —dijo Grim—. Me lo llevé conmigo a caballo para reunir las cabras, y nunca había visto un jinete peor. Le pregunté si sabía hilar o tejer, y me dijo que no.

—¡Eso no se le pregunta a un hombre! —exclamó Thorgunna—. Debía haberte matado por eso.

—Es cierto —rió Grim—. Pero déjenme terminar la historia. Pensé que podíamos reparar el puente sobre el foso. Pues bien, apenas sabe manejar una sierra, pero estuvo a punto de cortarse su propio pie con la azuela.

—¡Ya he dicho que nosotros no utilizamos esas herramientas! —protestó Gerald, cerrando los puños.

Hice un gesto a mis huéspedes para que se sentaran y continuamos la conversación.

—Supongo que tampoco sabes descuartizar ni ahumar un cerdo —dije—, ni salar un pescado, ni encespedar un tejado...

—No.

Apenas pude oír su respuesta.

—Bueno, entonces, ¿qué sabes hacer?

—Yo...

Las palabras no le salían.

—Tú eres un guerrero —dijo Thorgunna.

—¡Sí, eso era yo! —se apresuró a decir Gerald, animándose.

—En Islandia te servirá de muy poco, si no tienes otras habilidades —gruñí—. Aunque tal vez, si puedes llegar a las tierras del este, algún rey te aceptará en su guardia.

A Ketill Hjalmarsson no le había gustado, evidentemente, la actitud de Thorgunna hablando en favor de Gerald. Llameándole los ojos, dijo:

—Yo podría dudar también de tu habilidad para luchar.

—Eso es lo que me han enseñado a hacer —replicó Gerald secamente.

—¿Quieres luchar conmigo? —preguntó Ketill.

—¡De buena gana! —escupió Gerald.

A medida que me hago viejo, sacerdote, voy descubriendo que la vida no hace a los hombres absolutamente buenos o absolutamente malos, sin transición entre lo blanco y lo negro; cada uno de nosotros tiene alguna faceta gris. Aquel tipo inútil, aquel individuo pusilánime capaz de permitir, sin levantar el hacha, que le preguntaran si sabía hacer los trabajos de las mujeres, salió al patio con Ketill Hjalmarsson y le derribó por tres veces consecutivas. Se portaba mal, agarrando por las ropas a Ketill cada vez que éste se precipitaba contra él... Di la voz de alto cuando el hijo de Hjalmar se estaba dejando poseer por una rabia asesina, les elogié a los dos y ordené que llenaran los vasos de cuerno. Pero Ketill pasó toda la velada enfurruñado.

Gerald habló de fabricar un revólver como el suyo, pero mucho mayor, que podría hundir barcos y dispersar ejércitos. Un cañón, lo llamó. Necesitaría la ayuda de varios herreros, y también materiales diversos. El carbón estaba a mano, y el azufre podía encontrarse junto a los volcanes, supongo, pero no tenía la menor idea de lo que podía ser el salitre.

Y, ¿cómo iba a fabricar una cosa así? ¿Sabía acaso cómo mezclar el polvo? No, admitió. ¿Qué tamaño tendría el revólver? Cuando me lo dijo —al menos tan largo como un hombre—, me eché a reír y le pregunté cómo podría ser fundida o agujereada una pieza de aquellas dimensiones, suponiendo que pudiéramos reunir tanto hierro. Tampoco lo sabía.

—No tienen ustedes las herramientas para hacer las herramientas con las cuales hacer las herramientas —dijo. No comprendí el significado de sus palabras—. Y no puedo avanzar a través de mil años de historia con mi solo esfuerzo.

Sacó el último de sus palitos de humo y lo encendió. Helgi había tratado de chupar uno pero se mareó, aunque no por ello dejó de ser amigo de Gerald. Ahora, mi hijo propuso que a la mañana siguiente tomáramos una barca, él, Gerald y yo, para ir a Ice Fjord, donde yo tenía pendiente de cobro el producto de una venta de ganado. Hjalmar y Ketill dijeron que nos acompañarían, y Thorgunna suplicó tanto que terminé accediendo a que también ella fuera con nosotros.

—Una imprudencia —murmuró Sigurd—. A los dioses no les gusta que una mujer viaje a bordo de una embarcación. Trae mala suerte.

—¿Cómo trajeron tus padres a las mujeres a esta isla? —le dije.

Ojalá le hubiera escuchado. No era un hombre listo, pero a menudo sabía lo que se decía.

 

El viento era favorable, de modo que levantamos mástil y vela. Gerald trató de ayudar, pero no distinguía una cuerda de otra y se hizo un lío. Grim le regañó y Ketill se burló de él descaradamente, de modo que vino a sentarse a mi lado. Yo manejaba el remo-timón.

Al cabo de un largo rato, Gerald aventuró tímidamente:

—En mi país tenemos..., tendremos unos aparejos y un timón mucho mejores que éstos. Con ellos puede navegarse incluso contra el viento.

—¡Ah! Nuestro sabio marinero nos da consejos —se mofó Ketill.

—¡Cállate! —dijo Thorgunna secamente—. Deja que Gerald hable.

Gerald le dirigió una mirada de agradecimiento, y a mí no me desagradaba escucharle.

—Es algo que podría hacerse fácilmente. Aunque no soy marino, he navegado en esa clase de embarcaciones y las conozco bien. En primer lugar, la vela no tiene que ser cuadrada y colgar del peñol de la verga, sino de tres puntas, con las dos puntas inferiores atadas a una verga giratoria unida al mástil; y tiene que haber otro par de velas de la misma forma, más pequeñas. En segundo lugar, el remo-timón no está en el lugar que debiera. Tendría que haber un timón en la popa, guiado por una barra. —Trazó el plano con su uña sobre la capa de Thorgunna—. Con esas dos cosas y una quilla profunda, que se hundiera tres pies para una embarcación de este tamaño, podrían cortar el viento...

Bueno, sacerdote, debo admitir que la idea no era mala, pero tenía sus inconvenientes, y los señalé de un modo razonable.

—El principal de todos —dije—, es que ese timón y esa quilla profunda no permitirían navegar a la embarcación por ríos con poca agua. Es posible que en tu país haya muchos puertos donde recalar, pero aquí una embarcación debe atracar donde pueda, y ser lanzada al agua rápidamente si se produce un ataque.

—La quilla podría construirse de modo que se replegara al interior del casco —dijo Gerald—, con una caja alrededor para que no entrara el agua.

—¿Cómo evitarías que se pudriera la caja? —repliqué—. No, tu quilla tendría que ser fija, y muy pesada para que la embarcación no volcara bajo el peso de tanto velamen. Eso significaría la utilización de hierro o plomo, y el precio sería ruinoso. Además —dije—, ese mástil tuyo resultaría muy difícil de quitar cuando amainara el viento y se tuvieran que utilizar los remos. Por otra parte, las velas no podrían extenderse como un toldo cuando hay que dormir en el mar.

—La embarcación podría quedar quieta mientras los ocupantes se dirigían a tierra en un pequeño bote —dijo Gerald—. También se podrían construir camarotes a bordo para resguardarse.

—Los camarotes no permitirían manejar los remos —dije—, a no ser que la embarcación fuese muy ancha, o que los remeros se sentaran debajo de una cubierta; y aunque he oído decir que los esclavos de las galeras lo hacen así en los países del sur, los hombres libres no remarían nunca en tales condiciones.

—¿Son imprescindibles los remos? —preguntó Gerald, ingenuamente.

Estalló un coro de carcajadas.

—¿Acaso en tu país tienen vientos domesticados? —inquirió burlonamente Hjalmar—. ¿Qué pasaría si el viento dejara de soplar durante días enteros, y las provisiones escasearan?

—Podría construirse una embarcación suficientemente grande para transportar provisiones para muchas semanas.

—Podría construirse..., con las riquezas de un rey —dijo Helgi—. Y esa embarcación suntuosa, abandonada en el mar, sería invadida por todos los vikingos, desde aquí hasta Jomsborg. En cuanto a dejarla en el agua mientras uno acampaba, ¿cómo se guarecería y qué defensa tendría si era atacado en tierra?

Gerald se encogió de hombros. Thorgunna le dijo, amablemente:

—Algunas personas no tienen corazón para probar algo nuevo. Yo creo que es una gran idea.

Gerald le agradeció aquellas palabras con una sonrisa y se reanimó hasta el punto de decir algo acerca de un sistema para encontrar el norte con cielo nublado; según él, había una clase de piedra que siempre apuntaba al norte cuando colgaba de un cordel. Yo le dije amablemente que estaría más interesado si podía encontrarme un trozo de aquella piedra, o si sabía dónde podía adquirirse, ya que estaba dispuesto a pedirle a un comerciante que me comprara un trozo. Pero lo ignoraba, y permaneció silencioso. Ketill abrió la boca, pero Thorgunna le dirigió una mirada tan imperativa, que volvió a cerrarla inmediatamente. Pero la expresión de su rostro reflejaba a las claras su opinión respecto a que Gerald era un mentiroso y que le molestaba todo cuanto decía.

Poco después amainó el viento, de modo que inclinamos el mástil y empuñamos los remos. Gerald era fuerte y voluntarioso, aunque torpe; sin embargo, sus manos eran tan blandas que no tardaron en sangrar. Le dije que podía descansar, pero insistió obstinadamente en continuar remando.

Contemplándole, mientras se movía hacia adelante y hacia atrás, con el mango del remo rojo y húmedo en el punto por el cual lo empuñaba, pensé en muchas cosas relacionadas con él. Había hecho todas las cosas equivocadas que un hombre podía hacer —así lo imaginaba entonces, no conociendo el futuro—, y no me gustaba la manera que Thorgunna tenía de mirarle. No era un hombre para mi hija, desde luego. No tenía hacienda ni dinero. Sin embargo, yo no podía evitar que me agradara. Su historia podía ser cierta o producto de la locura, pero yo estaba convencido de su sinceridad al contarla; y cualquiera que fuese el camino que le había traído hasta aquí, no era un camino normal, evidentemente. Observé los cortes que se había hecho en la cara con mi navaja de afeitar; dijo que no estaba acostumbrado a nuestro tipo de afeitado y que se dejaría crecer la barba. Me pregunté cómo me sentiría yo, y qué hubiera hecho, de haber desembarcado solo en este país, con un foso de centenares de años entre mí mismo y mi tierra natal.

Tal vez aquella misma indefensión había conmovido el corazón de Thorgunna. Las mujeres son muy raras, sacerdote, y yo, que he dormido con medio centenar de ellas en seis países distintos, no creo haber llegado a comprenderlas. Pero el nacimiento, la vida y la muerte son los grandes misterios, y una mujer está más cerca de ellos que un hombre.

 

El viento continuó sin soplar. Unas nubes bajas y plomizas cubrían el cielo. Después de la puesta del sol no pudimos remar más, de modo que decidimos recalar en una pequeña bahía desierta y pasar allí la noche.

Habíamos cargado leña para encender una fogata. Gerald, a pesar de su visible fatiga, nos resultó muy útil, ya que sus palitos de azufre eran mucho más prácticos y rápidos que la yesca y el pedernal. Thorgunna se dispuso a preparar nuestra cena. Los hombres nos envolvimos en nuestras capas y acercamos nuestras entumecidas manos a las llamas, sin apenas hablar.

Comprendí que necesitábamos algo que nos animara, y ordené que se abriera un casco de mi cerveza más fuerte. Un espíritu maligno me impulsó a dar aquella orden, pero ningún hombre escapa a su destino. Con los estómagos vacíos, la cerveza se nos subió rápidamente a la cabeza. Recuerdo que empecé a recitar el canto fúnebre de Ragnar Hairybreeks, por el simple motivo que me gustaba recitarlo.

Thorgunna se acercó al lugar donde estaba sentado Gerald. Vi cómo los dedos de mi hija rozaban ligeramente los cabellos del extranjero, y Ketill Hjalmarsson también lo vio.

—¿No tienen versos en tu país? —preguntó Thorgunna.

—Como los de ustedes, no —respondió Gerald, alzando la mirada. Y ya no la apartó del rostro de mi hija—. Más que declamar, cantamos. Si tuviera aquí mi guitarra... Es una especie de arpa —explicó.

—¡Ah! Un bardo irlandés —dijo Hjalmar Broadnose.

Recuerdo la sonrisa de Gerald y lo que dijo en su propio idioma, aunque no comprendí el significado: «Sólo le canto a mi dama...» Supuse que eran unas palabras de magia.

—Bueno, canta para nosotros —rió Thorgunna.

—Déjame pensar —dijo Gerald—. Tendré que poner palabras noruegas a la melodía, en honor tuyo...

Al cabo de unos instantes, sin dejar de mirarla, empezó a cantar.

 

Dicen en el valle que vas a marcharte.

Echaré de menos tus ojos ardientes y tu dulce sonrisa

Te llevarás contigo el brillo del sol,

que ha iluminado mi vida hasta ahora...

 

Cuando hubo terminado, Hjalmar y Grim fueron a darle vuelta a la carne. Capté un brillo de lágrimas en los ojos de mi hija.

—Ha sido una canción maravillosa —murmuró.

Ketill se irguió. Las llamas iluminaron su rostro con un resplandor rojizo, sangriento.

—Sí —declaró, en tono despreciativo—, ya hemos descubierto lo que este individuo sabe hacer. Sentarse junto al fuego y entonar bonitas canciones para las muchachas. Consérvalo para eso, Ospak.

Thorgunna palideció, y Helgi llevó su mano al pomo de su espada. El rostro de Gerald adquirió un tono ceniciento y su voz se espesó.

—Ese no es modo de hablar. Retira lo que acabas de decir.

Ketill se puso en pie.

—No —dijo—. Yo no le pido perdón a un vago que vive a costa de unas personas honradas.

Estaba furioso, pero conservó el suficiente sentido común para no extender a mi familia el insulto contra Gerald. De no ser así, él y su padre hubieran tenido que enfrentarse a cuatro de los nuestros.

Gerald se puso en pie, también, con los puños pegados a sus costados, y dijo:

—¿Te atreverás a apartarte de aquí y sostener tus palabras?

—¡Desde luego!

Ketill dio media vuelta y echó a andar a lo largo de la playa, tomando su escudo de la embarcación. Gerald le siguió. Thorgunna permaneció unos instantes como petrificada. Luego tomó el hacha de Gerald y corrió detrás de él.

—¿Vas a luchar sin armas? —inquirió.

Gerald se detuvo, y miró a Thorgunna con una expresión de asombro.

—Tengo mis puños —murmuró.

Ketill desenvainó su espada.

—No dudo que en tu país están acostumbrados a luchar como villanos —dijo—. De modo que si me pides perdón, daré por terminado este asunto.

Gerald miró a Thorgunna como preguntándole que debía hacer. Ella le tendió el hacha.

—¿Quieres que le mate? —susurró Gerald.

—Sí —respondió Thorgunna.

Entonces supe que ella le amaba, ya que de no ser así, ¿por qué había de preocuparle el hecho que Gerald se deshonrara a sí mismo?

Helgi le entregó a Gerald su casco. El extranjero se lo puso y empuñó el hacha.

—Un asunto desagradable —me dijo Hjalmar—. ¿Estás de parte del extranjero, Ospak?

—No —dije—. No es pariente mío ni hermano de sangre.

—Me alegro —dijo Hjalmar—. No me gustaría luchar contigo. Siempre has sido un buen vecino.

Nos acercamos juntos al lugar donde los combatientes se disponían a batirse. Thorgunna me dijo que le prestara a Gerald mi espada, de modo que también él pudiera utilizar un escudo, pero el hombre me dirigió una extraña mirada y me dijo que prefería conservar el hacha.

Gerald y Ketill empezaron a luchar.

Aquel no era un duelo reglamentado, de los que se interrumpen con el primer derramamiento de sangre, señalando con él un vencedor. Era un duelo a muerte. Borrachos como estábamos, todos nos dimos cuenta, pero nadie trató de imponer la paz. Ketill empezó a girar, descargando terribles mandobles con su espada. Gerald retrocedió, empuñando torpemente el hacha. Cuando se atrevió a descargarla, rebotó contra el escudo de Ketill. Éste sonrió torvamente y atacó con su espada las piernas de Gerald. La sangre brotó con fuerza, empapando los rasgados calzones.

Lo que siguió fue una carnicería. Gerald no había utilizado nunca un hacha de guerra. Ketill se ensañó con él, y el extranjero no tardó en sangrar por una docena de heridas.

—¡Basta de lucha! —gritó Thorgunna, y echó a correr hacia ellos. Helgi la tomó por los brazos y la obligó a retroceder, aunque para ello necesitó la ayuda de Grim.

Vi una expresión de pena en el rostro de mi hijo, pero los ojos del villano resplandecían de maligno júbilo. Parecía gozarse en la derrota del extranjero.

La espada de Ketill descendió y acuchilló la mano izquierda de Gerald, el cual dejó caer el hacha. Ketill profirió un aullido de triunfo y se dispuso a terminar con él. Gerald desenfundó su revólver. Al fogonazo siguió un estampido. Ketill cayó, con la cara destrozada.

Se produjo un largo silencio, turbado solamente por el leve susurro del viento y el murmullo del mar.

Luego, Hjalmar se adelantó, muy rígido. Se arrodilló junto al cadáver de su hijo y le cerró los ojos, reclamando así el derecho a vengarle. Incorporándose, dijo:

—Has jugado sucio, extranjero. Y por ello serás declarado fuera de la ley.

—No me quedaba otra alternativa —murmuró Gerald—. ¿Qué otra cosa podía hacer? Yo quería luchar solamente con mis puños.

Me interpuse entre ellos y dije que la Justicia decidiría, pero que esperaba que Hjalmar aceptaría una indemnización por Ketill.

—Pero, yo le maté para salvar mi propia vida —protestó Gerald.

—De todos modos, la indemnización tiene que ser pagada, si los parientes de Ketill la aceptan —expliqué—. A causa del arma, creo que ascenderá al doble de lo habitual, pero eso debe decidirlo la Justicia.

Hjalmar dejó oír una risa sarcástica y preguntó de dónde sacaría el dinero un hombre que no poseía absolutamente nada.

Thorgunna se acercó a nosotros, muy tranquila, y dijo que su familia pagaría la indemnización. Yo abrí la boca para protestar, pero cuando vi la expresión de sus ojos asentí:

—Sí, la pagaremos, para mantener la paz.

—¿De modo que haces tuya la lucha? —preguntó Hjalmar.

—No —contesté—. Este hombre no es de mi sangre. Pero si se me antoja regalarle una suma de dinero, ¿acaso no tengo derecho a hacerlo?

Hjalmar sonrió. Sus ojos estaban llenos de tristeza, pero me miró con la antigua camaradería.

—Algún día puede convertirse en tu yerno —dijo—. Conozco los síntomas, Ospak. Entonces pertenecerá realmente a tu familia. Incluso ayudándole ahora en su necesidad, te pones de su parte.

—¿Y bien? —intervino Helgi, en tono tranquilo.

—Aunque yo estimo vuestra amistad, tengo hijos que se tomarán muy a pecho la muerte de su hermano. Querrán vengarse en la persona de Gerald Samsson, aunque sólo sea por dejar a salvo su buen nombre, y así nuestras dos casas se convertirán en enemigas, y una muerte conducirá a otra. Ha ocurrido con mucha frecuencia hasta ahora. —Hjalmar suspiró—. Yo mismo deseo tu amistad, Ospak, pero si te pones de parte de este asesino no podremos conservarla.

Medité unos instantes, pensando en Helgi caído en el suelo con la cabeza abierta, en mis otros hijos que vivían tranquilos en sus hogares y que se verían arrastrados a una lucha por causa de un hombre al que nunca habían visto. Pensé que tendríamos que llevar escolta cada vez que bajáramos a la playa en busca de madera, y que nunca sabríamos, al acostarnos, si al despertar encontraríamos la casa llena de hombres armados.

—Sí —dije—, tienes razón, Hjalmar. Retiro mi oferta. Dejaré que arreglen este asunto ustedes dos.

Sellamos el pacto con un apretón de manos.

Thorgunna profirió un grito y voló a los brazos de Gerald. Él la estrechó contra su pecho.

—¿Qué significa eso? —preguntó lentamente.

—No puedo darte alojamiento en mi casa por más tiempo —dije—, pero tal vez algún campesino te admitirá bajo su techo. Hjalmar es un hombre cumplidor de la ley, y no te hará ningún daño hasta que la Justicia te haya declarado proscrito. Pasarán unos días antes que suceda eso. Tal vez para entonces hayas conseguido salir de Islandia.

—¿Una persona tan inútil como yo? —inquirió con amargura.

Thorgunna se desasió del abrazo y gritó que yo era un cobarde, y un perjuro y todas las peores cosas del mundo. Dejé que se desahogara, antes de posar mis manos en sus hombros.

—Hago esto por nuestro hogar —le dije—. El hogar y la sangre son sagrados. Los hombres mueren y las mujeres lloran, pero mientras pervive la casta nuestros nombres son recordados. ¿Puedes pedirle a los hombres de tu sangre que mueran por tus anhelos?

Thorgunna permaneció callada, y nunca he sabido cuál hubiera sido su respuesta. Pero Gerald habló.

—No —dijo—. Supongo que tiene usted razón, Ospak..., la razón de su época, que no es la mía.

Estrechó mi mano y la de Helgi. Sus labios rozaron la mejilla de Thorgunna. Luego dio media vuelta y se hundió en la oscuridad.

 

Oí contar, más tarde, que fue a parar a la casa de Thorvald Halsson, el campesino de Humpback Fell, y que no le dijo lo que había sucedido. Seguramente esperaba pasar inadvertido hasta que pudiera embarcar en alguna nave que se dirigiera al este. Pero se corrió la voz. Recuerdo que a veces Gerald nos contaba que en los Estados Unidos la gente podía hablar con cualquier persona, aunque ésta se encontrara en el extremo más alejado del mundo. De modo que debió pensar que entre nosotros, solitarios en nuestras haciendas, no corrían las noticias con tanta rapidez. El hijo de Thorvald, Hrolf, fue a casa de Brand Sealskin-Boots para hablar de algún asunto, y mencionó al huésped, y todo el occidente de la isla se enteró de la historia.

Si Gerald hubiese sabido que tenía que dar la noticia de la muerte de un hombre a la primera hacienda que encontrara, hubiera estado a salvo al menos hasta que la Justicia dictara su fallo, ya que Hjalmar y sus hijos son hombres de bien que no matarían a un hombre sin saberse apoyados por la ley. Pero, el mantener el asunto secreto le convirtió en un asesino y, en consecuencia, en un proscrito. Hjalmar y los suyos cabalgaron inmediatamente hacia Humpback Fell y le sacaron de la casa. Pero Gerald se abrió paso entre ellos con su revólver y huyó a las colinas. Le siguieron, con varios heridos y un muerto más que vengar. Me he preguntado muchas veces si Gerald creyó que lo misterioso de su arma nos asustaría. Es posible que no comprendiera que cada hombre muere cuando le llega el momento, ni antes ni después, de modo que el temor a la muerte es inútil.

Al final, cuando le tenían cercado, su arma le falló. Entonces tomó la espada de un muerto y se defendió con tanta valentía, que desde entonces Ulf Hjalmarsson ha cojeado. Incluso sus enemigos reconocieron que había luchado como un hombre. Los estadounidenses pertenecen a una raza muy fantasiosa, pero no carecen de valor.

Cuando hubo muerto, su cadáver fue quemado, por miedo a su fantasma, ya que tal vez había sido un hechicero, y todas sus pertenencias ardieron con él. Así perdí el cuchillo que me había regalado.

La tumba que contiene sus restos se encuentra en el marjal, al norte de aquí, y la gente evita el lugar, aunque el fantasma no se ha presentado nunca. Hoy, con la constante sucesión de acontecimientos, el estadounidense ha sido casi olvidado.

Y esta es la historia, sacerdote, tal como yo la presencié y la oí. La mayoría de los hombres creen que Gerald Samsson estaba loco, pero yo opino, por mi parte, que vino desde más allá del tiempo, y que su desgracia consistió en que ningún hombre puede madurar una cosecha antes de la época de la recolección.

Pero yo miro al futuro, a un millar de años a partir de ahora, cuando los hombres vuelen a través del aire y cabalguen en carros sin caballos y aplasten una ciudad entera en unos segundos...

Pienso en nuestra Islandia de entonces, y en los jóvenes de los Estados Unidos que vendrán a ayudarnos a defendernos cuando esté próximo el fin del mundo.

Tal vez alguno de ellos, paseando por estos alrededores, descubra aquella tumba y se pregunte qué antiguo guerrero reposa enterrado allí, y tal vez piense que le hubiera gustado vivir en su época, cuando los hombres eran libres.

 

 

 

EL OTRO AHORA

Murray Leinster

 

 

Era algo absurdo, desde luego. Si Jimmy Patterson se lo hubiera contado a alguien que no fuera Haynes, unos hombres forzudos, embutidos en unas batas blancas, se lo hubieran llevado para someterle a un tratamiento psiquiátrico, que sin duda habría sido eficaz. Jimmy hubiera recobrado la cordura y el sentido común, lo cual habría provocado probablemente su muerte. De modo que para cualquiera que simpatizara con Jimmy y con Jane, es preferible que las cosas sucedieran como sucedieron.

Aunque a Haynes le hubiera gustado mucho saber por qué fue precisamente en el caso de Jimmy y Jane, y en ningún otro. Tenía que haber algún motivo específico, pero no existía ninguna clave para identificarlo.

Empezó tres meses después de la muerte de Jane en aquel accidente de automóvil. Jimmy había sentido muchísimo la desaparición de su esposa. Aquella noche no parecía distinta de las otras.

Llegó a casa como de costumbre, y la garganta le dolía un poco, como de costumbre también, mientras se disponía a abrir la puerta. Resultaba todavía insoportable saber que Jane no estaba esperándole. El dolor en la garganta era una sensación familiar que Jimmy confiaba en que acabaría por desaparecer. Pero esta noche era más intenso que nunca, y Jimmy se preguntó con cierta desesperación si dormiría, y en ese caso, si soñaría. A veces soñaba con Jane y era feliz hasta que despertaba, y entonces deseaba abrirse las venas. Pero aquella noche no había llegado a aquel extremo. Todavía no.

Como le explicó a Haynes más tarde, se limitó a introducir la llave en la cerradura, a abrir la puerta y a echar a andar. Una vez dentro, cerró la puerta detrás de él. Hasta aquí, todo era completamente normal.

Luego, mientras cruzaba el recibidor, notó una corriente de aire. Volvió la cabeza: la puerta no estaba cerrada. Estaba abierta de par en par. Tuvo que volver a cerrarla. Eso fue lo que ocurrió para distinguir aquella noche de cualquier otra, y no existe ninguna explicación del por qué ocurrió aquella noche. Jimmy se acostó con una sensación de desconcierto. Estaba convencido de haber cerrado la puerta dos veces. La misma puerta. Durmió, afortunadamente, sin soñar. A la mañana siguiente despertó y encontró sus músculos tensos. Era una costumbre adquirida. Antes de abrir los ojos, cada mañana, se recordaba a sí mismo que Jane no estaba a su lado. Era necesario. Si lo olvidaba, el dolor de estar vivo, cuando Jane no lo estaba, resultaba insoportable.

 

Aquella mañana permaneció tendido en la cama con los ojos cerrados para recordárselo a sí mismo, y en vez de ello se encontró pensando en el asunto de la puerta. Estaba intrigado. Su sentido común le decía que aquella repetición había sido un simple espejismo, pero su memoria insistía en que se había producido, fuera o no posible.

Con el ceño fruncido, salió a la calle, desayunó en un restaurante y se dirigió a su oficina. El trabajo era una bendición, porque obligaba a Jimmy a pensar en él. La principal dificultad estribaba en que a veces ocurría algo que a Jane le hubiera divertido oír. y Jimmy tenía que recordarse a sí mismo la inutilidad de tomar nota mental de lo sucedido para contárselo a ella. Jane estaba muerta.

Durante el día pensó mucho en lo de la puerta, pero cuando llegó a casa supo que iba a pasar una mala noche. No dormiría, y el olvido total aparecería como un recurso muy tentador, ya que el dolor de estar vivo, cuando Jane no lo estaba, resultaba insoportable y Jimmy no podía imaginarle un final.

Sería una noche muy mala, desde luego.

Después de colgar su chaqueta se dejó caer en una silla, llenó su pipa y se dispuso a enfrentarse con una noche que iba a ser una de las peores. Encendió un fósforo, aplicó la llama a la pipa y dejó el fósforo en un cenicero.

En el cenicero había unas cuantas colillas de cigarrillo. De la marca que fumaba Jane. Recién fumados.

Jimmy los tocó con las puntas de los dedos. Eran reales. Luego se sintió invadido por una intensa rabia. Tal vez la mujer de la limpieza había tenido la intolerable insolencia de fumarse los cigarrillos de Jane. Se puso en pie y recorrió toda la casa, furiosamente, en busca de otras señales de impertinencia. No encontró ninguna. Un poco más tranquilo, regresó a su asiento. El cenicero estaba vacío. Y no había nadie en torno para vaciarlo. Resultaba lógico interrogar a su propia cordura, y la pregunta quedó sin respuesta. Sólo podía atribuir lo ocurrido a una jugarreta de su propia imaginación. Pero continuó pensando en el problema. Durante el día, el trabajo era un don del cielo. A veces era capaz de olvidar por espacio de media hora el hecho que Jane estaba muerta. Ahora, se enfrentaba con el problema de averiguar si estaba loco o cuerdo. Se dirigió al escritorio donde Jane había guardado sus cuentas domésticas. Las examinó metódicamente. El diario de Jane estaba sobre el escritorio, con un lápiz entre dos de sus páginas. Jimmy lo tomó con cierto temor. Algún día podría leerlo —una absurda crónica que Jane nunca le había ofrecido—, pero no ahora. ¡Ahora, no!

Luego se dio cuenta que el diario no tendría que estar allí. Lo soltó, sobresaltado, y cayó abierto. Jimmy vio la caligrafía angulosa de Jane y le dolió. Cerró el diario rápidamente. Pero la fecha impresa en la parte superior de la página quedó registrada en su cerebro. Permaneció sentado durante varios minutos, completamente inmóvil.

Cuando volvió a abrir el diario, tenía una explicación absolutamente razonable: Jane no había tenido suficiente espacio con el asignado a cada fecha y se había desentendido del orden cronológico establecido en el cuaderno.

¡Desde luego!

Jimmy buscó la última página escrita. Observó que la fecha era la de aquel día. La página estaba llena. La escritura era reciente. Era la caligrafía de Jane.

«He ido al cementerio —decían aquellas líneas—. Lo he pasado muy mal. Hace tres meses que ocurrió el accidente, y mi estado de ánimo no ha mejorado. Estoy fomentando un odio personal a la casualidad. Ya no me parece una abstracción. La casualidad mató a Jimmy. Pudo haberme matado a mí, o a ninguno de los dos. Quisiera...»

Jimmy pareció enloquecer súbitamente. Cuando recobró el dominio de sí mismo, estaba mirando fijamente un escritorio vacío. No había ningún cuaderno delante de él. No había ningún lápiz entre sus dedos. Recordaba haber tomado el lápiz para escribir desesperadamente debajo de la anotación de Jane.

«¡Jane! —había escrito. Y podía recordar el aspecto desgarbado de su caligrafía debajo de la de Jane—. ¿Dónde estás? ¡Yo no estoy muerto! ¡Creí que lo estabas tú! En nombre del cielo, ¿dónde estás?»

Pero no podía haber sucedido nada de aquello. Pura imaginación.

Aquella noche fue especialmente mala, aunque no tan mala como habían sido otras noches. Jimmy experimentaba el horror del hombre normal a la locura, pero aquella no era, por así decirlo, una locura normal. Un lunático tenía siempre una explicación para sus fantasías. Jimmy no tenía ninguna. Observó el hecho.

A la mañana siguiente compró una pequeña cámara fotográfica con su correspondiente flash y se aprendió de memoria las instrucciones para su utilización. Creía haber descubierto el modo de poner en claro el asunto.

Y aquella noche, cuando llegó a casa, de oscurecida ya como de costumbre, tenía la cámara preparada.

Al entrar, su mirada barrió el escritorio: estaba tan vacío como lo había dejado por la mañana. Jimmy colgó su chaqueta y se sentó. Encendió su pipa. De pronto, miró el cenicero y vio varias colillas.

Se estremeció ligeramente. Continuó fumando, procurando no mirar hacia el escritorio. Sólo después de golpear la pipa contra el cenicero se permitió volver los ojos hacia el lugar donde había estado el diario de Jane.

Volvía a estar allí. Con una regla encima para mantenerlo abierto.

Jimmy no se sintió asustado ni esperanzado. No había ningún motivo para que le sucediera esto. Con el ceño fruncido, cruzó la habitación. Vio la anotación del día anterior y su propio mensaje histérico. Y había algo más escrito detrás de aquello.

La caligrafía era de Jane.

«Querido, tal vez me estoy volviendo loca. Pero pienso que me has escrito como si estuvieras vivo. Tal vez estoy loca al contestarte. Pero, por favor, querido, si estás vivo en alguna parte y de algún modo...»

Seguía una palabra semiborrada por una lágrima. El resto era asustado, y tierno, y tan desesperado como las propias sensaciones de Jimmy.

Jimmy escribió, con dedos temblorosos, antes de poner la cámara en posición y apretar el disparador.

Cuando sus ojos se recobraron del fogonazo, no había nada sobre el escritorio.

Aquella noche no durmió, y al día siguiente no fue a trabajar. Llevó la película a un fotógrafo y pagó lo que le pidieron para que le revelaran y ampliaran inmediatamente la fotografía. Una fotografía muy clara, teniendo en cuenta las circunstancias. Reproducía un cuaderno abierto, y podía leerse lo escrito en sus páginas.

Jimmy paseó prácticamente al azar durante un par de horas, mirando la fotografía de cuando en cuando. Con fotografía o sin ella, la cosa era absurda. Pero no tardaría en salir de dudas. Fue a ver a Haynes. Haynes era su amigo, abogado a regañadientes. A regañadientes, porque sus obligaciones en el Foro robaban mucho tiempo a sus verdaderas aficiones.

—Haynes —dijo Jimmy sin dar muestras de excitación—. Quiero que le eches una mirada a una fotografía y digas si ves lo que veo yo. Es posible que no esté bien de la cabeza.

Haynes miró. Leyó lo que estaba fotografiado tan claramente en las páginas de un diario que no había estado delante de la cámara. Luego miró a Jimmy con evidente desconcierto.

—¿Le encuentras alguna explicación? —preguntó Jimmy. Tragó saliva—. Yo..., no veo ninguna.

Contó lo que había sucedido hasta la fecha, sin eufemismos y sin tratar de hacerlo razonable.

Haynes le escuchó con asombro. Pero no tardó en asomar a sus ojos una expresión compasiva. Entre otras cosas, el abogado creía en la cuarta dimensión y en otras ideas esotéricas; pero tenía sentido común, y una buena y variada experiencia legal.

De pronto, dijo amablemente:

—Te hablaré francamente, Jimmy... En cierta ocasión tuve una cliente. Acusaba a un individuo de malos tratos físicos. Un caso muy patético. Ella era absolutamente sincera. Pero su propia familia admitió que ella misma se había producido los moretones que exhibía en su cuerpo, y los médicos llegaron a la conclusión que ella había borrado inconscientemente de su cerebro aquel hecho.

—Sugieres —dijo Jimmy, sin perder la calma— que puedo haber falsificado esa página del diario para consolarme a mí mismo, y después haber olvidado la falsificación... No creo que sea este mi caso, Haynes. ¿Qué posibilidades quedan?

—Sólo hay una explicación teórica. Lo malo es que en la práctica resulta imposible.

Jimmy esperó.

—Analicemos el accidente que provocó la muerte de Jane —continuó Haynes—. Iban en su automóvil. Te situaste detrás de un camión que transportaba estructuras de acero. Del camión sobresalía, por la parte de atrás, una barra muy larga, de cuyo extremo colgaba un trapo rojo. El camión llevaba frenos de aire comprimido. El conductor frenó inmediatamente después de haber pasado sobre un tramo de pavimento húmedo. El camión se paró. Tu automóvil patinó, a pesar que estaba completamente frenado. ¡Es absurdo, Jimmy!

—Continúa —dijo Jimmy, muy pálido.

—Chocaste contra el camión, y tu automóvil zigzagueó un poco mientras patinaba. La barra de acero pasó a través del parabrisas. Pudo haberte herido a ti. Pudo no haber herido a ninguno de los dos. Por pura casualidad, hirió a Jane.

—Y la mató —murmuró Jimmy en voz baja—. Sí. Pero pudo haberme matado a mí. La anotación en el diario da a entender que el que murió fui yo. ¿Te has dado cuenta?

Hubo una larga pausa. El mundo exterior, más allá de las ventanas del despacho de Haynes continuaba siendo prosaico y normal. Haynes se removió en su asiento.

—Creo —dijo, como a regañadientes— que has hecho lo mismo que aquella muchacha que fue mi cliente: falsificar esa anotación en el diario y luego olvidarlo. ¿Has ido ya a ver a un médico?

—Lo haré —respondió Jimmy—. Pero antes quiero que sistematices mi locura, Haynes. Si es que puede hacerse.

—No es un hecho aceptado por la ciencia —dijo Haynes—. En realidad, está considerado como una patraña. Pero se ha especulado... —Hizo una mueca—. El primer punto es que Jane fue herida por pura casualidad. Podía haberte tocado a ti, o a ninguno de los dos. Si te hubiera tocado a ti...

—Jane —dijo Jimmy— estaría viviendo en nuestra casa, sola, y podía haber anotado perfectamente esa entrada en el diario.

—Sí —convino Haynes—. No debería sugerir esto..., pero hay un montón de futuros posibles.

Nosotros ignoramos cuál nos llegará. Nadie, excepto los fatalistas, puede discutir esa afirmación.

Cuando hoy estaba en el futuro, había un montón de ahoras posibles. El momento actual es sólo uno de los muchos ahoras que podían haber sido. De modo que se ha sugerido, te repito que no se trata de un hecho aceptado por la ciencia, sino de pura charlatanería, se ha sugerido que puede existir más de un ahora real. Antes que la barra golpeara a alguien, existían tres ahoras en el futuro posible. Uno en el cual ninguno de los dos resultara herido, uno en el cual el herido fueras tú, y uno...

Haynes hizo una pausa, indeciso.

—De modo que algunas personas dirían: ¿cómo sabemos que el ahora en el cual Jane fue herida es el único ahora? Ellas dicen que los otros pudieron haber ocurrido, y que tal vez ocurrieron. Jimmy asintió.

—Si eso fuera cierto —dijo despreocupadamente—, Jane estaría en un momento presente, un ahora, en el cual el muerto sería yo. Y yo estoy en un ahora en el cual la que murió fue ella. ¿No es eso?

Haynes se encogió de hombros.

Jimmy meditó unos instantes y terminó por decir:

—Gracias. Raro, ¿verdad?

Recogió la fotografía y se marchó.

Haynes era el único que estaba enterado del asunto, y le preocupaba. Pero no resulta fácil denunciar a alguien como loco, sin que exista alguna prueba demostrando que puede ser peligroso.

Se tomó la molestia de comprobar que Jimmy obraba de un modo razonablemente normal, acudiendo a su trabajo y hablando como una persona cuerda durante el día. Pero Haynes sospechaba que por las noches, en su casa, se portaba de un modo muy distinto.

 

Sin embargo, por espacio de una semana, después de la explicación seudocientífica de Haynes, Jimmy se sintió casi alegre. Ya no tenía que recordarse a sí mismo que Jane estaba muerta. Tenía pruebas demostrando que no lo estaba. Jane le escribía en el diario que había encontrado en su escritorio, y él leía sus mensajes y los contestaba. Durante una semana la dicha de poder comunicarse el uno con el otro fue suficiente.

La segunda semana no fue tan buena. Saber que Jane estaba viva resultaba agradable, pero estar separado de ella sin esperanza no lo era. No había ningún significado en un cosmos en el cual uno sólo podía escribir cartas de amor a su esposa o a su marido en otro ahora posible. Pero, durante unos días, Jimmy y Jane trataron de ocultarse mutuamente aquella nueva desesperanza. Jimmy le explicó eso minuciosamente a Haynes antes que todo terminara. Se encontraron un día en la calle. Habían transcurrido dos semanas desde su última conversación. Jimmy tenía mejor aspecto, aunque había adelgazado mucho. Saludó a Haynes con absoluta naturalidad, pero el abogado, por su parte, se sintió algo incómodo.

Tras los saludos de rigor, Haynes dijo:

—Oye, Jimmy... Aquel asunto que comentamos el otro día..., aquella fotografía...

—Sí. Tenías razón —dijo Jimmy tranquilamente—. Hay más de un ahora. En el ahora en que yo vivo, Jane está muerta. En el ahora en que vive ella, el muerto soy yo. Haynes vaciló.

—¿Te molestaría enseñarme otra vez aquella fotografía? —preguntó finalmente—. Me gustaría ampliarla un poco más. ¿Tienes algún inconveniente?

—Desde luego que no —respondió Jimmy—. Ya no la necesito.

Haynes vaciló de nuevo. Jimmy, en realidad, le había contado todo lo que había ocurrido hasta la fecha. Pero no tenía la menor idea de lo que había dado origen a aquellos hechos. Haynes casi se retorció las manos.

—¡No puede ser! ¡Es imposible! —exclamó desesperadamente—. ¡Tienes que estar loco, Jimmy!

Pero no le hubiera dicho aquello a un hombre de cuya cordura sospechara realmente.

Jimmy asintió.

—A propósito, Jane me ha dicho algo. ¿Estuviste a punto de sufrir un accidente anteanoche? ¿Alguien estuvo a punto de estrellarse contra tu automóvil en la carretera de Saw Mill?

Haynes palideció.

—Al ir a tomar una curva, me salió al encuentro un automóvil que corría en dirección contraria. Los dos frenamos de golpe. El otro aplastó mi guardabarros y casi se salió de la carretera. Pero emprendió nuevamente la marcha sin pararse a comprobar si me había ocurrido algo. Si llego a estar cinco pies más cerca de la curva cuando él apareció...

—Estarías donde está Jane —dijo Jimmy—. Sólo cinco pies más cerca de la curva. En el otro automóvil iba Tony Shields. Ahora está..., donde está Jane.

Haynes se pasó la lengua por los labios. Era absurdo, pero dijo:

—¿Y qué pasa conmigo?

—Donde Jane está —respondió Jimmy—, tú estás en el hospital.

Haynes no pudo reprimir una exclamación de enojo.

Jimmy no podía estar enterado de aquel accidente. No se lo había mencionado a nadie, porque ignoraba quién era el ocupante del otro automóvil.

—¡No lo creo! —exclamó. Pero añadió, en tono de súplica—: No es cierto, Jimmy, ¿verdad?

¿Cómo diablos podrías saberlo?

Jimmy se encogió de hombros.

—Jane y yo..., nos queríamos mucho. La casualidad nos separó. Pero nuestro mutuo cariño volvió a unirnos. A veces se dice que dos personas se convierten en una sola carne. Si pudiera ocurrir una cosa así, esas dos personas seríamos Jane y yo. Después de todo, es posible que un diminuto guijarro o una gota de agua de más hicieran patinar mi auto lo suficiente como para matar a Jane..., viéndolo desde donde yo estoy, desde luego. Una causa insignificante. De modo que con semejante nimiedad separándonos, y tantas cosas luchando para volver a unirnos... Bueno, a veces la barrera se hace más delgada. Ella deja una puerta cerrada en la casa donde está. Yo abro aquella misma puerta donde estoy. A veces tengo que abrir la puerta que ella dejó cerrada, también. Esto es todo. Haynes no dijo una sola palabra pero la pregunta que no quiso formular era tan evidente que Jimmy la contestó.

—Estamos esperando —dijo—. Es muy triste estar separados, pero el fenómeno continúa produciéndose. De modo que esperamos. Su diario se encuentra a veces en el ahora donde ella está, y a veces en el ahora mío. Quizás... —Fue la única vez que Jimmy mostró un rastro de emoción. Habló como si tuviera la boca seca—. Si en algún momento consigo estar en su ahora, o ella en el mío, todos los diablos del infierno no podrán volver a separarnos.

Era una locura. En realidad, era la tercera semana de locura. Jimmy le dijo a Haynes tranquilamente que el diario de Jane estaba sobre su escritorio cada noche, y había en él una carta de Jane, y él le escribía otra. Dijo tranquilamente que la barrera entre ellos estaba haciéndose cada vez más delgada. Que al menos en una ocasión, al acostarse, estaba seguro de haber contado una colilla más en el cenicero de las que había contado al llegar a casa.

Estaban muy cerca el uno del otro, en realidad. Sólo estaban separados por la diferencia entre lo que era y lo que podía haber sido. En un sentido, la diferencia era un guijarro o una gota de agua. En otro, la diferencia era la existente entre la vida y la muerte. Pero ellos esperaban. Y confiaban. Estaban convencidos que la barrera iba haciéndose más delgada. En una ocasión, a Jimmy le pareció que se habían tocado las manos. Pero no estaba seguro. Estaba todavía lo bastante cuerdo para no estar seguro.

Luego, una noche, Haynes llamó a Jimmy por teléfono. Jimmy respondió.

Su voz tenía un tono impaciente.

—¡Jimmy! —dijo Haynes. Estaba casi histérico—. ¡Creo que estoy loco! ¿Recuerdas que me dijiste que Tony Shields iba en el automóvil que chocó con el mío?

—Sí —dijo Jimmy cortésmente—. ¿Qué pasa?

—Yo no le había hablado a nadie del accidente —explicó Haynes en tono febril—. Pero hace unos instantes se me ha ocurrido llamarle por teléfono. ¡Y fue Tony Shields! Y me ha dicho que se asustó mucho con lo ocurrido, y que va a pagarme el guardabarros... A Jimmy no parecía importarle lo más mínimo el asunto.

—Voy ahora mismo hacia tu casa! —dijo Haynes—. ¡Tenemos que hablar!

—No —dijo Jimmy—. Jane y yo estamos muy cerca el uno del otro. Nos hemos tocado el uno al otro de nuevo. Estamos esperando. Confiamos en romper la barrera.

—Pero, ¡eso es imposible! —protestó Haynes—. ¿Qué pasará si tú vas al lugar donde ella está..., o ella vuelve aquí?

—No lo sé —dijo Jimmy—. Pero estaremos juntos.

—¡Estás loco! No debes...

—Adiós —dijo Jimmy cortésmente—. Estoy esperando, Haynes. Algo tiene que ocurrir... Se interrumpió. Se produjo un ruido en la habitación, detrás de él; Haynes lo oyó. Sólo dos palabras, débilmente, y a través de un teléfono, pero Haynes se juró a sí mismo que era la voz de Jane, palpitante de felicidad. Las dos palabras que Haynes creyó oír fueron:

«¡Jimmy! ¡Querido!»

 

Haynes permaneció desvelado toda la noche. A la mañana siguiente llamó a Jimmy por teléfono a su casa, y luego llamó a su oficina, sin resultado positivo.

Entonces acudió a la policía. Explicó que Jimmy había dado muestras de un gran desequilibrio nervioso desde que murió su esposa.

De modo que finalmente la policía se presentó en la casa. Tuvieron que descerrajar la puerta, ya que todas las puertas y ventanas habían sido cuidadosamente cerradas por dentro, como si Jimmy hubiese querido asegurarse para que nadie pudiese interrumpir lo que él y Jane esperaban que iba a suceder.

Pero Jimmy no estaba en la casa. No había el menor rastro de él. Parecía haberse desvanecido en el aire.

La policía efectuó numerosas pesquisas tratando de localizar a Jimmy o su cadáver, pero no se encontró ninguna pista. Nadie volvió a ver a Jimmy. Se cerró la investigación, dando por sentado que Jimmy se había marchado de la ciudad, y todo el mundo aceptó aquella evidente explicación. Lo que realmente intrigaba a Haynes era el hecho que Jimmy le había dicho quién ocupaba el automóvil que chocó con el suyo en la carretera de Saw Mill, y era verdad. Y había otro hecho desconcertante: el de la fotografía del diario de Jane. Pero, por otra parte, si había ocurrido algo, ¿por qué les había ocurrido precisamente a Jimmy y a Jane, y a nadie más? ¿Qué es lo que había puesto en marcha el mecanismo? ¿Por qué habían empezado aquellas rarezas en aquel momento determinado, a aquellas personas determinadas, de aquel modo determinado? En realidad, ¿había ocurrido algo?

 

Ahora, después de la desaparición de Jimmy, a Haynes le hubiera gustado poder hablar con él una vez más: hablar tranquilamente, sin temor y sin histeria de ninguna clase. Ya que él le había sugerido a Jimmy, y Jimmy la había aceptado, la posibilidad del otro ahora. Pero con aquella aceptación habían llegado otras. En una, Jane estaba muerta. En una, Jimmy estaba muerto. Entre aquellas dos, la barrera había ido adelgazando...

¡Si pudiera hablar de ello con Jimmy!

Existía también un ahora en el cual ambos habían muerto, y otro en el cual ninguno de los dos había muerto. Y si lo que cada uno de ellos deseaba tan desesperadamente era reunirse con el otro..., ¿qué ahora era ése?

Esas eran cosas que a Haynes le hubiera gustado mucho saber, pero mantuvo la boca cerrada, para no exponerse a que se presentaran unos hombres robustos, embutidos en unas batas blancas, y se lo llevaran para someterle a tratamiento. Como se hubieran llevado a Jimmy. La única cosa realmente segura era la imposibilidad de todo. Pero, para alguien que simpatizara con Jimmy y Jane —y sin duda para los propios Jimmy y Jane—, cualquiera que fuese la barrera que se había roto, era una imposibilidad más bien satisfactoria.

El automóvil de Haynes fue reparado. Podía haber ido fácilmente al cementerio. Por algún motivo desconocido, nunca lo hizo.

 

 

 

IV - MUTANTES Y MONSTRUOS

 

 

¿QUÉ LE OCURRIÓ AL CABO CUCKOO?

Gerald Kersh

 

 

Varios millares de oficiales y soldados del Ejército de los Estados Unidos que lucharon en Europa durante la II Guerra Mundial pueden dar testimonio de ciertos hechos fundamentales de esta historia, que de no ser así resultaría increíble.

Permitidme refrescar la memoria de mis testigos.

El buque Queen Mary, de la Cunard White Star, zarpó de Greenock, en la desembocadura del río Clyde, el 6 de julio de 1945, rumbo a Nueva York, atestado de pasajeros. Ninguno de los que efectuaron aquel viaje puede haberlo olvidado: había catorce mil hombres a bordo; unas cuantas damas; y un perro. El perro era un pastor alemán, cariñoso e inteligente, salvado de una lenta y dolorosa muerte por un joven oficial norteamericano en Holanda. Me contaron que aquel bravo animal, exhausto y debilitado por el hambre, había tratado de saltar por encima de una alta barrera de alambre de espino, y había quedado enganchado en los pinchos de la parte superior, donde quedó colgado durante varios días, incapaz de avanzar ni de retroceder. El joven oficial le ayudó a bajar, y el perro se encariñó con el hombre, y el hombre se encariñó con el perro. Los animales domésticos no pueden viajar con las tropas. Sin embargo, el joven oficial consiguió que el perro fuese admitido a bordo. Decíase que toda la Compañía había jurado que no regresaría a los Estados Unidos sin el perro, y que las autoridades hicieron la vista gorda, por una sola vez y sin que sirviera de precedente; a eso se refiere Kipling cuando alude a El Poder del Perro. Todos los que embarcaron en el Queen Mary en Greenock, el 6 de julio de 1945, recordarán aquel perro. Llegó a bordo en un estado deplorable, andando trabajosamente, y cuando se le acariciaba el lomo la mano resbalaba por un esqueleto cubierto por una piel deslustrada. Al cabo de tres días de afectuosos cuidados —medio centenar de hombres hambrientos mendigaban o robaban trozos de carne para él—, el perro empezó a recuperarse. El 11 de julio, cuando el Queen Mary atracó en Nueva York, el perro mostraba un interés muy canino por una pelota de goma con la cual varios oficiales estaban jugando en la cubierta del buque.

 

Menciono todo esto para demostrar que estaba allí, en calidad de corresponsal de guerra, de camino hacia el Pacífico. Dado que llevaba un uniforme de campaña y una poblada barba, creo que mi presencia a bordo tampoco pasó inadvertida. Y la escuela secreta de practicantes de juegos prohibidos debe recordarme con nostálgico afecto. Llegué a Nueva York con quince centavos en el bolsillo, y tuve que pedirle prestados cinco dólares a un amable pastor Congregacionalista llamado John Smith, el cual también dará testimonio de mi presencia a bordo. Si se necesitaran más pruebas, una enfermera, la teniente Grace Dimichele, de Vermont, me tomó una fotografía cuando estábamos a punto de desembarcar.

Pero en medio de la excitación de aquel glorioso momento, cuando millares de hombres se empujaban en su afán de ser los primeros en saltar a tierra, reían y lloraban, y disparaban sus cámaras contra la silueta de Nueva York, que es la más bella del mundo, perdí al cabo Cuckoo. Realicé exhaustivas investigaciones tratando de localizarle, pero aquel hombre extraordinario se había desvanecido como una bocanada de humo.

Seguramente, habrá muchos hombres que conserven un recuerdo de Cuckoo, al cual vieron centenares y centenares de veces en el Queen Mary, entre el 6 y el 11 de julio de 1945.

Era un hombre de cabellos claros y mediana estatura, aunque debía pesar al menos ciento noventa libras, ya que era muy robusto y tenía una poderosa osamenta. Sus ojos desvaídos oscilaban entre el verde y el gris, y cojeaba un poco de la pierna izquierda. En términos generales, la gente es poco observadora, lo sé, pero ninguno de los que vieron al cabo Cuckoo dejará de recordar sus cicatrices. Su cráneo, entre su ceja izquierda y su oreja derecha, mostraba una espantosa hendidura. La primera vez que la vi recordé un asesinato a hachazos que me hizo estremecer cuando era reportero de sucesos, hace muchos años. Aquel hombre debía poseer una constitución extraordinaria para haber sobrevivido a una herida como aquella, pensé. Su barbilla y su garganta estaban literalmente cosidas a cuchilladas. Le faltaba la mitad de la oreja derecha, y muy cerca tenía otra cicatriz, desde el pómulo hasta el mastoide. El dorso de su mano derecha parecía haber sido picada con un cuchillo: conté al menos cuatro formidables cortes, todos antiguos, blancos y profundos. Producía esta impresión: que hacía mucho tiempo, un grupo de personas se había ensañado con él hiriéndole con hachas, sables y cuchillos, y que a pesar de todos sus esfuerzos el hombre había sobrevivido. Ya que todas sus cicatrices eran antiguas. Sin embargo, el hombre era joven: le calculé unos treinta y cinco años.

Me llenó de una ardiente curiosidad. ¡Alguno de ustedes tiene que acordarse de él! Iba de un lado para otro, arisco e insociable, fumando cigarrillos que nunca se quitaba de la boca: sólo escupía las colillas cuando el fuego tocaba sus labios. Era particularmente aficionado a ocupar los rincones más oscuros, donde se entregaba a profundas meditaciones... o al menos eso me parecía a mí. Traté de informarme acerca de él, pero en aquellos momentos todo el mundo estaba interesado apasionadamente por un oficial que se parecía a Spencer Tracy. Aunque al final descubrí lo que quería por mis propios medios.

 

También el licor estaba prohibido a bordo. Me lo habían advertido, de modo que tomé la precaución de ocultar varias botellas de whisky. El primer día ofrecí un trago a un capitán de infantería. En un abrir y cerrar de ojos me encontré rodeado por diecisiete nuevos amigos que me abrumaron con sus expresiones de afecto y me pidieron un autógrafo. De modo que el segundo día, después de arrojar por la portañola la última de las botellas vacías, me alegré mucho al recibir la visita de Mr. Charles Bennet, el comediógrafo de Hollywood. (También él, si su modestia se lo permite, atestiguará que estoy diciendo la verdad). Bennet me regaló una botella de excelente whisky, la cual oculté debajo de la blusa de mi uniforme de campaña, sin atreverme a permitir que alguno de mis amigos se enterara de que la tenía. Me dirigí a un lugar tranquilo y al mismo tiempo lo bastante iluminado para poder leer. Me proponía luchar de nuevo con algunos de los poemas de François Villon, y refrescarme a intervalos con un trago del whisky de Mr. Bennet. Era difícil encontrar un lugar desocupado más allá de las puertas cerradas en el Queen Mary, pero yo encontré uno. Estaba tratando de leer la Balada del Buen Consejo, que aquel gran poeta que fue Villon escribió en el argot de la gente del hampa medieval, el cual resulta incomprensible incluso para los franceses eruditos que han estudiado la jerga de la época. Repetí los dos primeros versos en voz alta, con la esperanza de captar algún nuevo significado en ellos:

 

Car ou sote porteur de bulles

Pipeur ou hasardeur de dez.

 

Entonces, una voz lánguida dijo:

—¡Eh! ¿Qué sabe usted acerca de eso?

Levanté la mirada y vi el sombrío rostro, lleno de cicatrices, del misterioso cabo, medio oculto en las sombras. Tuve que invitarle a beber, ya que tenía la botella en la mano y él la estaba mirando. Me dio las gracias secamente, se bebió la mitad del contenido de la pequeña botella de un trago y me la devolvió.

Pipeur ou hasardeur de dez —dijo, suspirando—. Eso es muy antiguo. ¿Le gusta a usted?

Dije:

—Mucho. ¡Qué gran hombre debió ser Villon! ¿Quién, si no él, podría haber conseguido tales efectos con un lenguaje tan ordinario? ¿Quién, si no él, podría haber tomado la jerga de los ladrones —la cual es siempre fea— y convertirla en maravillosa poesía?

—Usted la entiende, ¿eh? —preguntó el cabo, con una mueca que podía pasar por una sonrisa.

—No del todo —contesté—. Pero, desde luego, suena a poesía.

—Sí, lo sé.

Pipeur ou hasardeur de dez... Tiene ritmo y fuerza.

—¿Quién es usted? Hace mucho tiempo que en el ejército no está permitido dejarse crecer la barba.

—Soy corresponsal de guerra —dije—. Me llamo Kersh. Puede usted terminar esto.

Vació la pequeña botella y dijo:

—Gracias, Mr. Kersh. Yo me llamo Cuckoo.

Se dejó caer a mi lado, golpeando la cubierta como un saco de arena húmeda. Luego cogió mi libro con su acuchillada mano derecha, lo golpeó contra su rodilla y me lo devolvió.

¡Hasardeur de dez! —dijo, sin el menor acento.

—Ha leído usted a Villon, ¿no es cierto? —dije.

—No. No soy aficionado a la lectura.

—Pero, habla usted francés... ¿Dónde lo aprendió? —pregunté.

—En Francia.

—¿Regresa a su casa, ahora?

—Supongo que sí.

—No está usted preocupado, al parecer.

—No, supongo que no.

—¿Estaba en Francia?

—En Holanda.

—¿Lleva mucho tiempo en el Ejército?

—Bastante.

—¿Le gusta?

—Desde luego. ¿De dónde es usted?

—De Londres —dije.

—He estado allí.

Pregunté:

—Y usted, ¿de dónde es?

—¿Quién? ¿Yo? ¡Oh! De Nueva York, supongo.

—¿Qué le pareció Londres?

—Lo encontré muy mejorado.

—¿Mejorado? Seguro que estuvo allí antes de la guerra, cabo Cuckoo.

—Sí, estuve allí antes de la guerra.

—Sería usted muy joven...

El cabo Cuckoo respondió:

—No demasiado joven...

Dije:

—Yo soy corresponsal de guerra, y reportero, de modo que tengo derecho a formular preguntas impertinentes. Podría escribir un artículo acerca de usted para mi periódico, ¿sabe? ¿Qué clase de nombre es Cuckoo? Nunca lo había oído.

Para salvar las apariencias, había sacado un cuaderno de notas y un lápiz.

El cabo dijo:

—Mi nombre no es realmente Cuckoo. Es un nombre francés, Lecocu. Ya sabe lo qué significa, ¿verdad?

Algo desconcertado, dije:

—Bueno, si mal no recuerdo, un hombre cocu es un hombre cuya esposa le engaña.

—Exactamente.

—¿Tiene usted familia?

—No.

—Pero ha estado casado...

—Muchas veces.

—¿Qué piensa hacer cuando llegue a los Estados Unidos, cabo Cuckoo?

Dijo:

—Cultivar flores, y criar abejas y gallinas.

—¿Sin la ayuda de nadie?

—Me basto yo solo —respondió el cabo Cuckoo.

—Flores, abejas y gallinas... ¿Qué clase de flores? —pregunté.

—Rosas —respondió, sin vacilar—. Tal vez un poco más tarde vaya hacia el sur —añadió.

El cabo Cuckoo, pensé, debe estar loco. Se me ocurrió que su cerebro podía haberse visto afectado por la herida que dejó aquella espantosa cicatriz en su cabeza.

Dije:

—Al parecer, le han herido a usted en más de una ocasión...

—Desde luego, en más de una.

—La primera vez que le vi tuve la impresión de que había sido usted atrapado por algún engranaje.

—¿Qué quiere usted decir con eso del engranaje?

—¡Oh! No se ofenda, cabo, pero esas heridas en su cabeza, en su cara y en su cuello no tienen el aspecto de las que podría haberle inferido un arma moderna...

—¿Quién ha dicho que me las ha inferido un arma moderna? —replicó el cabo Cuckoo bruscamente. Luego se llenó los pulmones de aire y lo expelió ruidosamente—. ¡Uf! ¿Qué es lo que me ha dado usted a beber?

—Un whisky excelente. ¿Por qué?

—Es bueno, desde luego. Y yo no tendría que beberlo. Hacía muchos años que no probaba el licor. Se me sube a la cabeza. No tendría que probarlo.

—Nadie le pidió que vaciara una botella de un cuarto de litro de whisky en dos tragos —dije, resentido.

—Lo siento, mister. Cuando lleguemos a Nueva York le compraré una botella grande, si quiere —dijo el cabo Cuckoo, parpadeando como si le dolieran los ojos y pasando sus dedos a lo largo de la horrorosa cicatriz de su cabeza.

Dije:

—Algo serio esa herida, ¿verdad?

—Desde luego —respondió—. Muy serio. Perdí parte de los sesos. Y, vea esto... —Desabotonó su camisa y echó hacia arriba su camiseta con la mano izquierda, mientras abría y encendía un mechero Zippo con la derecha—. Eché una mirada.

Proferí una exclamación de asombro. Nunca había visto un cuerpo vivo tan increíblemente maltratado y mutilado. Su torso era como un paraje asolado por la ira divina: fulminado por los rayos, aplastado por los derrumbamientos, devastado por los huracanes. La mayor parte de las costillas, en el lado izquierdo, habían sido troceadas en fragmentos tan pequeños como la falange de un dedo por algún objeto terriblemente pesado. Los huesos, de un modo milagroso habían vuelto a soldarse, y un círculo de nudos muy duros bordeaban una profunda hendidura; a la vacilante claridad de la llama, me recordó uno de los volcanes muertos de la luna. Debajo mismo del esternón había un agujero negro, de casi tres pulgadas de longitud y media pulgada de anchura, y espantosamente profundo. Yo había visto cicatrices como aquella en el muslo de un hombre, pero nunca en la región del pecho.

—¡Dios mío! —exclamé—. ¡Tienen que haberle partido a trozos y pegado de nuevo!

El cabo Cuckoo se echó a reír y sostuvo su encendedor de modo que yo pudiera ver su cuerpo, desde el estómago a las caderas. Debajo mismo del hígado había una antigua cicatriz en la cual cabían tres dedos. Cruzándola, otra cicatriz, mucho menos profunda, pero de una longitud superior a las doce pulgadas, se curvaba hacia la ingle izquierda. Otra asombrosa cicatriz surgía de debajo de la hebilla de su cinturón para terminar en un profundo agujero triangular en la región del diafragma. Y había otras cicatrices... pero el encendedor se apagó y el cabo Cuckoo abotonó su camisa.

—¿Qué le parece? —preguntó.

—¡Dios mío! —exclamé—. No soy médico, pero no hace falta serlo para darse cuenta de que cualquiera de esas heridas bastaría para matar a cualquier hombre. ¿Cómo ha conseguido sobrevivir a todas ellas, Cuckoo?

—Eso no es nada... ¿Qué diría usted, pues, si viera mi espalda?

—¿Dónde diablos le causaron todas esas heridas? —inquirí—. Parecen muy antiguas. No pueden habérselas causado en esta guerra...

El cabo Cuckoo aflojó el nudo de su corbata, desabotonó su cuello y dijo:

—No. Mire: esto es lo único que he pescado esta vez. —Señaló con indiferencia su garganta. Conté cinco agujeros de bala en un racimo, espaciados como las yemas de los dedos de una mano medio abierta, en la base del cuello—. Una ametralladora ligera —explicó.

—¡Pero eso es imposible! —dije, mientras él volvía a apretar el nudo de su corbata—. Esa ráfaga debió seccionarle por lo menos un par de arterias y destrozar sus vértebras cervicales.

—Desde luego —dijo el cabo Cuckoo.

—¿Y qué edad ha dicho usted que tenía? —pregunté.

El cabo Cuckoo respondió:

—Alrededor de cuatrocientos treinta y ocho años.

—¿Treinta y ocho?

—He dicho cuatrocientos treinta y ocho.

Este hombre está loco, pensé.

—¿Nacido en 1907? —pregunté.

—En 1507 —dijo el cabo Cuckoo, pasándose un dedo por la hendidura de su cráneo. Luego añadió, lentamente—: Ha hablado usted de escribir acerca de mí en el periódico... Yo puedo proporcionarle los datos. Pero si usted cobra por su trabajo, creo que tengo derecho a alguna gratificación.

 

Dije:

—¿Para las rosas, las abejas y las gallinas? Cuckoo vaciló y luego dijo:

—Bueno, sí —y volvió a frotarse la cabeza.

—¿Le molesta? —pregunté.

—No, si no bebo.

—¿Dónde le causaron esa herida? —pregunté.

—En la Batalla de Turín.

—No recuerdo ninguna Batalla de Turín, cabo Cuckoo. ¿Cuándo fue eso?

—Ya se lo he dicho, en la Batalla de Turín. Me hirieron en el Desfiladero de Susa.

—¿Cuándo fue eso? —insistí.

—En 1536 o 1537. El rey Francisco nos envió a luchar contra el Marqués de Guast. El enemigo dominaba el desfiladero, pero nosotros lo cruzamos. Aquel fue mi bautismo de fuego.

—¿Estuvo usted allí, cabo Cuckoo?

—Desde luego que estuve allí. Pero entonces no era cabo ni me llamaba Cuckoo. Me llamaban Lecocu. Mi verdadero nombre era Lecoq. Procedía de Yvetot. Trabajaba para un hombre llamado Nicolás, el cual...

Transcurrieron dos o tres minutos mientras el cabo me informaba de la opinión que tenía de Nicolás. Luego, habiéndose desahogado, continuó:

—Resumiendo, Denise me abandonó, y todos los chiquillos del pueblo empezaron a cantar: «Lecoq, lecoq, lecoq, lecoq, lecoq, lecoq» De modo que lo mandé todo al diablo y me alisté en el ejército... En aquella época tenía alrededor de treinta años. Bueno, el rey Francisco nos envió a Turín —Monsieur de Montagnan era Coronel-General de Infantería—, y mi comandante, el capitán Le Rat, recibió la orden de cruzar el desfiladero. Allí me hicieron esto.

El cabo se tocó la cabeza.

Pregunté:

—¿Cómo?

—Fue un alabardero. Ya sabe usted lo que es una alabarda, ¿no? Es una especie de hacha con un mango de diez pies de longitud. Con una alabarda, sabiendo manejarla, puede partirse a un hombre en dos pedazos. Menos mal que no me dio de lleno. Tuve la suerte de resbalar en un charco de sangre en el preciso instante en que descendía la alabarda y sólo me dio de refilón, aquí, en la cabeza. Perdí el mundo de vista, ¿sabe? pero no estaba muerto. Desperté, y allí estaba el médico del ejército, empapado en sangre hasta los codos. En nuestra sangre, naturalmente. Ya sabe cómo son los médicos militares...

—¡Oh, sí! —dije—. Lo sé, lo sé. ¿Y dice usted que eso ocurrió en 1537?

—Tal vez fue en 1536, no lo recuerdo con exactitud. Como iba diciendo, desperté, y vi al médico, y estaba hablando con otro médico al cual no pude ver; y a mi alrededor había muchos hombres gritando desesperadamente... pidiendo a sus amigos que les degollaran de una vez para acabar con sus sufrimientos... reclamando a un sacerdote... Creí que me encontraba en el infierno. Mi cabeza estaba abierta, y noté una especie de corriente de aire a través de mis sesos, y un bump-bump-bump continuo. Pero, aunque no podía moverme ni hablar, podía ver y oír lo que pasaba. El médico me miró y dijo...

Él cabo Cuckoo se interrumpió.

—¿Qué dijo? —pregunté.

—Bueno —respondió el cabo Cuckoo, en tono burlón—, ni siquiera sabe usted el significado de lo que lee en su libro —Pipeur ou hasardeur de dez, y todo eso—, a pesar de que puede verlo en letra impresa. Se lo traduciré de modo que lo entienda. El médico dijo algo así: «¡Venga a echar una mirada, sir! Los sesos de este individuo se le salían del cráneo. Si le hubiera aplicado el Theriac, a estas horas estaría enterrado y olvidado. Pero, al no tener el Theriac a mano, le apliqué mi Digestivo. Y vea lo que ha ocurrido. ¡Ha abierto los ojos! Observe, también, que los huesos se están soldando, y que se está formando una especie de piel sobre su cerebro. Mi tratamiento debe ser correcto, porque está sanando.» Entonces, el médico al cual no podía ver, dijo algo así: «No seas tonto, Ambroise. Estás desperdiciando tu tiempo y tu medicamento en un cadáver.» Bueno, el médico me miró, y tocó mis ojos con las yemas de sus dedos —así—, y yo parpadeé. Pero el otro dijo: «¿Vas a desperdiciar el tiempo y el medicamento en un muerto?»

"Después de parpadear, no pude abrir de nuevo los ojos. No podía ver. Pero podía oír, y cuando oí aquellas palabras, temí que me enterraran vivo. Y no podía moverme. Pero el primero de los médicos dijo: «Después de cinco días, la carne de este pobre soldado continúa teniendo buen aspecto, y, a pesar de que estoy agotado, no veo visiones y le juro que he visto cómo este hombre abría los ojos.» Luego llamó a alguien: «¡Jehan! ¡Tráeme el Digestivo!... Me propongo retener a este hombre hasta que vuelva a la vida o empiece a oler mal. Y voy a verter un poco más de mi Digestivo en su herida.»

"Entonces noté que algo penetraba en el interior de mi cráneo, produciéndome un dolor insoportable. Como si dejaran caer un chorro de agua helada sobre mi cerebro. Perdí el conocimiento. Cuando volví a despertar, me encontraba en otro lugar y vi al joven doctor. Comprobé que podía moverme y hablar, y pedí algo para beber. Cuando me oyó hablar, el médico abrió la boca como si se dispusiera a gritar, pero se dominó y me dio un poco de vino. Pero sus manos temblaban tanto que vertió más vino en mi barba que en mi boca. En aquella época yo también llevaba barba, como usted, aunque un poco mayor, ya que me cubría toda la cara. Oí que alguien se acercaba corriendo desde el otro extremo de la habitación Vi un muchacho que tendría quince o dieciséis años, el cual abrió la boca y empezó a decir algo, pero el médico le agarró por el cuello y dijo... bueno, podemos traducirlo así: «Por lo que más quieras, Jehan, cierra la boca.»

"El muchacho dijo: «¡Maestro! ¡Le ha resucitado usted!»

"Entonces el médico dijo: «Silencio, por lo que más quieras. Ni una palabra de esto, o nos llevarán a la hoguera.»

"Luego me quedé dormido, y cuando desperté estaba en una pequeña habitación con todas las ventanas cerradas y un gran fuego ardiendo en el hogar, de modo que el calor resultaba insoportable. El médico estaba allí, y se llamaba Ambroise Paré. Tal vez haya usted leído algo sobre Ambroise Paré.

—¿Se refiere usted a Ambroise Paré que fue cirujano militar bajo Ana de Montmorency en el ejército de Francisco I?

El cabo Cuckoo asintió.

—Eso es lo que estaba diciendo, ¿no? Francisco Primero de Montmorency era nuestro Teniente-General, cuando nos liamos con Carlos V. La cosa empezó entre Francia e Italia, y así fue cómo me abrieron la cabeza en aquel desfiladero, cerca de Turín. Ya se lo he contado, ¿no?

—Cabo Cuckoo —dije—, me ha dicho usted que tiene cuatrocientos treinta y ocho años. Nació en 1507, y se marchó de Yvetot para alistarse en el Ejército porque su esposa le engañó con un comerciante llamado Nicolás. El nombre de usted era Lecoq, y los chiquillos le llamaban Lecocu. Luchó en la Batalla de Turín, y resultó herido en el desfiladero de Susa alrededor de 1537. Le abrieron la cabeza con una alabarda, y perdió parte de sus sesos. Un cirujano llamado Ambroise Paré vertió en la herida de su cabeza lo que usted llama un Digestivo. De modo que volvió usted a la vida... ¡hace más de cuatrocientos años! ¿No es eso?

—Exactamente —asintió el cabo Cuckoo—. Estaba seguro de que usted lo creería.

Yo estaba estupefacto ante lo absurdo de todo aquello, y sólo pude murmurar:

—Bueno, mi venerable amigo, después de cuatrocientos treinta y tantos años de vida, debe usted estar tan lleno de sabiduría, conocimientos y experiencia como la Biblioteca del Museo Británico.

—¿Por qué? —preguntó el cabo Cuckoo.

—¿Por qué? —repetí—. La explicación es sencilla. Un filósofo, digamos, o un científico, no empieza realmente a aprender hasta que su vida toca a su fin. ¿Qué no daría por quinientos años más de vida? Por quinientos años de vida vendería su alma, porque si dispusiera de tanto tiempo, dado que el conocimiento es poder, podría convertirse en el dueño del mundo entero.

El cabo Cuckoo dijo:

—Eso puede ser cierto para los filósofos y esa clase de gente. Sí, podrían continuar haciendo lo que absorbía su interés y aprender a convertir el hierro en oro, o algo por el estilo. Pero, ¿qué me dice de un jugador de fútbol, por ejemplo, o un boxeador? ¿Qué harían con quinientos años de más? Continuarían dándole patadas al balón o pegando puñetazos. ¿Qué haría usted?

—Sí, creo que tiene usted razón, cabo Cuckoo —dije—. Yo continuaría aporreando una máquina de escribir y gastando todo el dinero que ganara, de modo que dentro de quinientos años no sería más sabio ni más rico que en este momento.

—No, espere —dijo Cuckoo, apuntándome con un dedo tan rígido como una varilla de hierro—. Usted continuaría escribiendo libros y cosas. Usted cobra un tanto por ciento por todo lo que publica, de modo que dentro de quinientos años tendría más dinero del que podría gastar. Pero, ¿qué me dice de mí? Para lo único que sirvo es para estar en el ejército. No sé absolutamente nada de filosofía, ni de todas esas monsergas. Y me tienen completamente sin cuidado. No soy más sabio ahora que cuando tenía treinta años. Nunca me ha gustado leer, y nunca me gustará. Lo único que ambiciono es un establecimiento como el de Jack Dempsey en Broadway.

—Me había parecido oírle decir que deseaba cultivar rosas, y criar abejas y gallinas —dije.

—Sí, es cierto.

—¿Cómo compagina usted las dos cosas? Quiero decir, ¿qué relación tiene un restaurante en Broadway con las rosas, las abejas, etcétera?

—Bueno, trataré de explicárselo, Mr. Kersh —dijo el cabo Cuckoo.

—Ya le he contado cómo el doctor Paré me curó la cabeza. Cuando pude andar un poco, me permitió que me quedara en su casa, y puedo asegurarle que me trató a cuerpo de rey, a pesar de que él mismo no vivía demasiado bien. Sí, me cuidó como a un hijo, mucho mejor de lo que me cuidó nunca mi verdadero padre. Al cabo de dos o tres semanas, yo estaba más fuerte que un toro. De modo que aquella vida de reclusión empezó a aburrirme y dije que quería marcharme. El doctor Paré trató de quitarme la idea de la cabeza. Yo le dije: «Doctor, yo soy un hombre activo, y tengo que ganarme la vida; y antes de que me abrieran la cabeza oí decir que había mucho dinero a ganar en uno u otro ejército en estos momentos.»

»Bueno, el doctor Paré me ofreció un par de monedas de oro para que me quedara otro mes en su casa. Acepté el dinero, pero me olí que en todo aquel asunto había algo raro, y decidí averiguarlo. Quiero decir que él era un cirujano del ejército, y yo un piojoso soldado de infantería. ¿Por qué tenía tanto interés en que me quedara? De modo que me hice el tonto, pero procuré mantener los ojos muy abiertos y entablé amistad con Jehan, el muchacho que ayudaba al doctor. El tal Jehan era un chiquillo delgado, de ojos muy grandes, con una pierna más corta que la otra, y me admiraba mucho cuando me veía romper una nuez entre dos dedos, o cargarme a la espalda una enorme mesa, que al menos pesaba quinientas libras. Jehan me dijo que siempre había deseado ser un tipo fuerte, como yo. Pero tenía una constitución enfermiza, y estaba vivo porque el doctor Paré le había cuidado. Bueno, empecé a trabajar a Jehan, y descubrí cuál era el juego del doctor. Ya conoce usted a los médicos, ¿eh?

Dije:

—Desde luego. Continúe.

—Parece ser que en la época en que nosotros cruzamos el desfiladero de Susa, las heridas graves eran tratadas con un compuesto de aceite de saúco y un chorro de algo que era conocido como Theriac. El Theriac se elaboraba con miel y hierbas. Bueno, parece ser que en aquellos días de la Batalla de Turín el doctor Paré había agotado el aceite de saúco y el Theriac, y decidió utilizar un compuesto de su invención al cual había dado el nombre de Digestivo.

»Mi comandante, el capitán Le Rat, que había recibido un balazo en la cadera, fue el primero en ser tratado con el Digestivo. Su cadera mejoró mucho. Yo fui el tercero o el cuarto soldado que recibió una dosis de Digestivo del doctor Paré. El doctor recorría el campo de batalla, en busca de un cadáver para sus experimentos. Ya sabe usted cómo son los médicos. Jehan me dijo que necesitaba un cerebro. Bueno, allí estaba yo, con los sesos al aire. Resumiendo, vio que yo estaba respirando, y se preguntó cómo diablos podía respirar un hombre con la cabeza abierta. Bueno, vertió un poco de Digestivo en el agujero, me vendó la cabeza y esperó. Ya le he contado lo que pasó. Volví a la vida. Más aún, los huesos de mi cráneo se soldaron. El doctor Ambroise Paré creía haber descubierto algo. Y me tenía bajo observación, por así decirlo, y tomaba notas.

«Conozco a los médicos. Bueno, de todos modos, yo continué trabajando a Jehan. Le dije: "Sé un buen chico, Jehan, y dile a tu amigo qué diablos es ese Digestivo."

»Jehan dijo: "El doctor no hace ningún secreto de ello. No es más que una mezcla de yemas de huevo y aceite de rosas. (No me importa decírselo a usted, amigo, porque ya ha aparecido en letra impresa.)

Le dije al cabo Cuckoo:

—Ignoro cómo demonios ha podido enterarse de esos hechos tan curiosos, pero da la casualidad de que sé que son ciertos. Se encuentran descritos en varias historias de la medicina. El Digestivo del doctor Paré, con el cual trató a los heridos después de la batalla de Turín, era, como usted dice, una simple mezcla de aceite de rosas y yemas de huevo. Y también es un hecho conocido que el primer herido al que aplicó el tratamiento fue el capitán Le Rat, en 1537. Paré dijo en aquella época: «Yo cuidé sus heridas, y Dios le curó...»

—Sí —dijo el cabo Cuckoo—. Desde luego. Aceite de rosas y yemas de huevo. Exacto. ¿Conoce usted las proporciones?

—No —contesté.

—Sabía que no las conocía, amigo. Bueno, yo sí. ¿Comprende? Y le diré algo más. En mi caso, como un experimento, el doctor Paré añadió otro ingrediente al aceite de rosas y las yemas de huevo. Y yo sé cuál es el ingrediente.

Dije:

—Bien, continúe.

—Me di cuenta de que el doctor Ambroise Paré pretendía utilizarme para algo, de modo que mantuve los ojos muy abiertos, y continué trabajando a Jehan, hasta que descubrí lo que el doctor anotaba en su cuaderno. En aquella época, uno podía obtener sesenta o setenta mil dólares por un trozo de hueso de lo que era conocido como «cuerno de unicornio». ¿Comprende? Quiero decir que si yo conseguía una fórmula capaz de resucitar a un hombre, capaz de soldar sus huesos y dejarlo como nuevo en un par de semanas, aunque se le salieran los sesos del cráneo, podía hacerme rico en muy poco tiempo, ya que entonces todo el mundo estaba en guerra.

Dije:

—No lo dudo.

—¿Qué derecho tenía el doctor a utilizarme como conejillo de Indias? —dijo el cabo Cuckoo—. ¿Dónde estaría él de no haber sido por mí? ¿Y dónde cree usted que hubiera estado yo al final de todo aquello? Dando tumbos por ahí, sin más recompensa que un par o tres de monedas de oro, mientras el doctor obtenía la gloria y los millones. Yo deseaba abrir un establecimiento en París: muchachas y todo eso, comprende? ¿Podía hacerlo con dos o tres monedas de oro? No, ¿verdad? De acuerdo. Una noche, cuando el doctor Paré y Jehan estaban fuera, me apoderé del cuaderno, salté por una ventana y me perdí de vista.

«Cuando me creí a salvo, entré en una taberna, bebí un poco de vino y entablé conversación con una muchacha. Pero parece ser que había alguien más interesado en aquella muchacha, y se produjo una lucha. El otro tipo me dio un navajazo en la cara. Yo también tenía una navaja. Ya sabe usted lo que son estas cosas: de repente noté que mi navaja se hundía en algo blando, y vi que la había clavado entre las costillas del hombre. Era uno de esos tipos flacos, que no pesaba más de ciento veinte libras, y tenía la cara picada de viruelas. (Ella era una chica alta y rubia.) Me di cuenta de que le había matado, de modo que escapé, dejando la navaja donde estaba: clavada entre sus costillas. Me oculté, temiendo lo peor. Pero no dieron conmigo. La mayor parte de aquella noche la pasé tumbado debajo de un puente. Me sentía muy enfermo. Aquel individuo me había herido profundamente con su navaja, y el corte se extendía desde mi pómulo derecho hasta la nuca. Me había seccionado, además, la parte superior de la oreja. El dolor que experimentaba era insoportable, pero no me atrevía moverme, porque sabía que me identificarían fácilmente por aquel navajazo y por la media oreja que había perdido. Y, si me pescaban, nadie me libraría de la horca, ¿comprende? Antes de que amaneciera me quedé dormido. Y, al despertar, la herida no me dolía, ni siquiera la oreja... y puedo asegurarle que cuando a uno le cortan media oreja no deja de notarlo. Me levanté y fui a lavarme la cara en una charca, y cuando el agua se quedó quieta pude verme el rostro, y comprobé que mis heridas, incluso la de la oreja, estaban cicatrizadas como si me las hubieran inferido hacía media docena de años. ¡Y todo en unas horas! De modo que continué mi camino. Dos días más tarde, el perro de un granjero me mordió en la pierna, arrancando un trozo de carne. Bueno, una mordedura como aquella debía tardar varias semanas en curar. Pero no la mía. Al día siguiente estaba completamente cicatrizada. La mezcla que Paré había vertido en mi cabeza había hecho que yo pudiera sanar inmediatamente de cualquier herida, en cualquier parte, como por arte de magia. Yo sabía que el cuaderno que le había quitado a Paré era algo importante. Pero no hasta ese extremo...

—¿Tiene usted todavía el cuaderno, cabo Cuckoo?

—¿Qué cree usted? Claro que lo tengo, envuelto en un trozo de tela y atado alrededor de la cintura. Cuatro páginas de pergamino, dobladas por la mitad y cosidas a lo largo del pliegue. La parte exterior estaba en blanco, como una cubierta. Pero todas las páginas interiores estaban escritas. Lo malo era que no podía leerlas. Nunca he sabido leer, ¿comprende? Bueno, tenía aún parte de las dos monedas de oro que me había entregado el doctor Paré, y me dirigí a París.

Pregunté:

—¿Dijo algo el doctor Ambroise Paré?

El cabo Cuckoo me miró con asombro.

—¿Qué diablos podía decir? —inquirió—. ¿Decir qué? ¿Decir que había resucitado a un muerto con su Digestivo? Aquello hubiera terminado con él. ¿Dónde estaba la prueba? Y puede usted apostar la vida a que Jehan hubiera mantenido la boca cerrada; no quería que el doctor supiera que se había ido de la lengua. ¿Comprende? No, nadie dijo una sola palabra. Llegué a París sin novedad.

—¿Qué hizo usted allí? —pregunté.

—Mi intención era encontrar a alguien de confianza para que me leyera aquellos papeles, ¿comprende? Si quiere saber cómo me ganaba la vida, hacía todo lo que podía: eso no importa ahora. Una noche, en un establecimiento de bebidas me encontré con un estudiante, medio borracho. Nos hicimos amigos. Le enseñé los papeles del doctor y le pregunté qué significaban. Le hicieron pensar un poco, pero al fin los descifró. El doctor había escrito cómo mezcló su Digestivo, y esto llenaba una página. Otras dos páginas estaban llenas de cifras, y en la última página hablaba de mí y de mi curación.

Dije:

—¿Con un compuesto de yemas de huevo y aceite de rosas?

El cabo Cuckoo asintió y dijo:

—Sí. Con esas dos cosas y algo más.

Dije:

—Le apuesto lo que quiera a que sé cuál es el tercer ingrediente de ese Digestivo.

—¿Qué apuesta usted? —preguntó el cabo Cuckoo.

Dije:

—Le apuesto una colmena.

—¿Qué quiere usted decir?

—Vamos, cabo, la cosa cae por su propio peso. Dijo usted que quería cultivar rosas y criar gallinas y abejas. Ha citado el aceite de rosas y las yemas de huevo como componentes de la fórmula del doctor Paré. ¿Para qué querría criar abejas un hombre como usted? Evidentemente, el tercer ingrediente es la miel.

—Sí —dijo el cabo Cuckoo—. Tiene usted razón, amigo. El doctor añadió algo de miel. —Sacó una navaja de uno de sus bolsillos, la abrió, me miró fijamente, volvió a cerrarla y se la guardó, diciendo—: Usted no conoce las proporciones. No sabe cómo mezclar la pócima. No sabe lo caliente que tiene que estar, o cuánto tiempo debe dejarla en reposo...

—De modo que posee usted el Secreto de la Vida —dije—. Tiene más de cuatrocientos años, y las heridas no pueden matarle. Sólo se requiere cierta mezcla de aceite de rosas, yemas de huevo y miel. ¿No es cierto?

—Es cierto —dijo el cabo Cuckoo.

—Bueno, ¿no ha pensado en comprar los ingredientes y mezclarlos usted mismo?

—Desde luego que sí. El doctor decía en sus notas que el Digestivo que nos había aplicado al capitán Le Rat y a mí lo había guardado en una botella y en un lugar oscuro durante dos años. De modo que llené una botella con la mezcla y la guardé a cubierto de la luz por espacio de dos años, dondequiera que fui. Luego, unos amigos y yo nos vimos envueltos en un jaleo, y uno de mis compañeros, un tipo llamado Pierre Solitude, recibió un tiro de pistola en el pecho. Le apliqué la mezcla, pero murió. Al mismo tiempo, yo había recibido un sablazo en un costado. Créalo o no, aquella herida cicatrizó en nueve horas, por sí misma.

»Me marché de Francia, y viví a salto de mata por espacio de un año hasta que me encontré en Salzburgo. Habían pasado cuatro años desde que me hirieron en el desfiladero de Susa. Bueno, en Salzburgo me enteré de que se encontraba en la ciudad el mejor médico del mundo. Recuerdo su nombre perfectamente, aunque la cosa no es de extrañar, porque, ¿quién no lo recuerda? Se llamaba Aureolus Theophrastus Bombastus von Hohenheim. Había dado mucho que hablar en Basilea unos años antes. Era más conocido como Paracelsus. En aquella época apenas trabajaba. Se pasaba la mayor parte del tiempo en una bodega llamada Las Tres Palomas, bebiendo como un condenado. Allí le conocí una noche —debió ser en 1541—, y cuando creí que nadie podría oírnos le conté la historia.

Dije:

—Paracelsus fue un gran hombre. Fue uno de los médicos más famosos del mundo.

El cabo Cuckoo se echó a reír.

—No era más que un viejo borrachín —dijo, en tono despectivo—. Aquella noche iba bastante cargado. Cuando le hablé del asunto, confidencialmente, empezó a soltar palabrotas —y le aseguro que su repertorio era bastante extenso— y terminó por arrojarme a la cabeza una jarra cuyo contenido acababa de vaciar. La sangre brotó de mi frente. Me disponía a darle su merecido, pero súbitamente pareció calmarse y me dijo: «¡Experimento, experimento! ¡Una demostración! Si vuelve usted mañana y me enseña esa herida completamente cicatrizada, charlatán, le escucharé.» Luego estalló en una carcajada inacabable, y yo pensé que no tardaría en hacerle tragar aquella risa. De modo que salí a dar un paseo, y al cabo de una hora la herida de mi frente había cicatrizado, y regresé a la bodega. Y allí estaba el Doctor von Hohenheim, o Paracelsus, como usted prefiera, caído en el suelo con una daga clavada en el pecho. Por lo visto, había discutido con otro cliente de tendencias tan agresivas como las suyas. Nunca he tenido suerte, y nunca la tendré...

—¿Y luego? —pregunté.

—Permanecí en Salzburgo cosa de un año, hasta que me expulsaron de la ciudad por vagabundo. Me dirigí a Suiza, y me alisté como mercenario —allí les llamaban condottieri— a las órdenes de un coronel suizo, para luchar en Italia. Se suponía que allí había un buen botín. Pero alguien me robó lo poco que había conseguido reunir, y tampoco percibí la paga que me habían prometido. De modo que regresé a Francia. Allí conocía a un capitán de la marina mercante que transportaba coñac a Inglaterra y que necesitaba un hombre para completar su tripulación. Un barco pirata inglés nos detuvo en el Canal. El capitán se apoderó del cargamento y ordenó el degüello de Bordelais y el lanzamiento por la borda de toda la tripulación... excepto yo. Al capitán pirata, Hawker, le gustó mi aspecto. Me uní a la tripulación, pero nunca he tenido vocación de marino. El barco había sido bautizado con el nombre de Harry, en homenaje al rey de Inglaterra, Enrique VIII, cuyas bodegas abastecíamos. Estábamos especializados en coñac francés: parábamos los barcos en medio del Canal, nos apoderábamos del cargamento y arrojábamos al capitán y a la tripulación por la borda. «Los muertos no hablan», decía siempre el viejo Hawker. Bueno, abandoné el barco en un puerto cercano a Romsey, con algo de dinero en el bolsillo. Nunca me ha gustado el mar, ¿comprende? Además, sabía que las heridas no podían matarme. Pero, ¿qué sucedería si me arrojaban por la borda? Seguro que me ahogaría, porque ni siquiera sabía nadar.

»De modo que abandoné el barco y me dirigí a Londres. Allí conocí a una viuda que tenía una trapería cerca del Puente de Londres. Se encariñó conmigo, y, ¡qué diablos!, me casé con ella, después de enterarme del volumen de sus ahorros. Vivimos juntos trece años. Al principio se mostró muy dominante, pero no tardé en educarla. Se llamaba Rose, y murió el mismo año en que fue coronada la reina Elizabeth. En 1558, si mal no recuerdo. Yo le infundía miedo —a Rose, no a la reina Elizabeth—, porque siempre andaba metido en experimentos con miel, huevos y aceite de rosas. Además, ella iba envejeciendo, y yo conservaba el mismo aspecto que tenía el día de nuestra boda, y eso no le gustaba. Llegó a pensar que yo era un brujo. Decía que yo tenía la piedra filosofal y conocía el secreto de la eterna juventud. Y no andaba muy equivocada. Quería que yo la hiciera partícipe de aquellas ventajas. Pero, como ya le he dicho, yo continuaba trabajando con las notas del doctor Paré, mezclando miel, aceite de rosas y yemas de huevo, como había hecho él, en las proporciones correctas y a la temperatura adecuada, y conservaba la mezcla embotellada en un lugar oscuro durante el tiempo necesario... pero sin conseguir ningún resultado positivo.

Le pregunté al cabo Cuckoo:

—¿Cómo sabía usted que su mezcla no obraba sus efectos?

—Bueno, la probé en Rose. No me dejó en paz hasta que lo hice. De cuando en cuando discutíamos, como todos los matrimonios, y terminada la gresca le aplicaba el Digestivo. Pero sus heridas tardaban en cicatrizar lo mismo que las de cualquier persona normal. Lo más interesante era que yo, no sólo no podía morir a consecuencia de una herida, sino que no podía envejecer, ni enfermar. ¡No podía morir! De modo que, calcúlelo usted mismo: si una pócima que curaba cualquier clase de herida valía una fortuna, ¿qué no valdría si además conservara la juventud y la salud para siempre? ¿Eh?

El cabo Cuckoo hizo una pausa.

Dije:

—Una meditación interesante... Podía usted haberle aplicado la pócima, por ejemplo, a Shakespeare. Su obra hubiera mejorado a medida que pasaba el tiempo. ¿A qué cimas habría llegado? Claro que si Shakespeare hubiera tomado un elixir de vida y juventud eternas cuando era muy joven, se habría quedado tal cual, joven y sin desarrollar. Tal vez continuaría abriendo portezuelas de carruajes delante de los teatros...

»Pero, si hubiera tomado la pócima cuando escribió, digamos, La Tempestad, su genio podía haber alcanzado alturas inaccesibles. Sin embargo después de vivir más de cien años, su aburrimiento no hubiera tenido fin, y estoy convencido de que habría anhelado morir. ¡Esa pócima suya puede ser muy peligrosa, cabo Cuckoo!

—¿Shakespeare? —dijo Cuckoo—. ¿Shakespeare? William Shakespeare. Le conocí. Conocí a un compañero suyo cuando estaba luchando en los Países Bajos, y él nos presentó cuando regresamos a Londres. William Shakespeare: un hombre de rostro abotargado, calvo... Gesticulaba mucho al hablar. Simpatizó conmigo. Sostuvimos muchas conversaciones.

—¿Qué decía? —pregunté.

El cabo Cuckoo respondió:

—¡Oh! ¿Cómo diablos puedo recordar lo que hablamos hace tiempo? Me hacía preguntas, como usted. Hablábamos, sencillamente.

—¿Y qué impresión le causó? —pregunté.

El cabo Cuckoo meditó unos instantes y luego dijo, lentamente:

—La clase de hombre que cuenta el cambio y deja cinco centavos de propina... Un día de éstos voy a leer sus libros, pero nunca he tenido mucho tiempo para leer.

—Tengo la impresión de que su único interés por el Digestivo Paré ha sido un interés financiero —dije—. ¿Me equivoco?

—Claro que no —dijo el cabo Cuckoo—. Yo he tomado la pócima. Yo no la necesito, personalmente.

—Cabo Cuckoo, ¿no se le ha ocurrido pensar que anda usted detrás de un imposible?

—¿Cómo es eso?

—Verá —dije—. Su Digestivo Paré está compuesto de yema de huevo, aceite de rosa y miel. ¿No es cierto?

—Sí. ¿Y qué? ¿Qué hay de imposible en eso?

Dije:

—Usted sabe que la dieta de una gallina altera el sabor de un huevo, ¿verdad?

—¿Y qué?

—Lo que come una gallina cambia no sólo el sabor, sino también el color de un huevo. Cualquier granjero puede confirmárselo.

—¿Y qué?

—Bueno, lo que come una gallina pasa al huevo, del mismo modo que lo que come una vaca pasa a la leche... ¿Se ha parado usted a pensar cuántas especies distintas de gallinas han existido en el mundo desde la Batalla de Turín, en 1537, y la variedad de los alimentos que han ingerido en el curso de los años? ¿Ha pensado usted que la yema de huevo es solamente uno de los tres ingredientes mezclados en el Digestivo Paré? ¿Es posible que no se le haya ocurrido que ese ingrediente implica permutaciones y combinaciones de varios millones de otros ingredientes?

El cabo Cuckoo permaneció silencioso.

Continué:

—Hablemos de las rosas. Si no hay dos huevos exactamente iguales, ¿qué me dice de las rosas? Según usted, procede de una región en la cual abundan las viñas. Por lo tanto, debe saber que el simple espesor de una pared puede separar dos clases completamente distintas de vino: que un viñedo noble puede encontrarse a menos de dos pies de distancia de unas cepas que no sirven para nada. Lo mismo puede decirse del tabaco. ¿Se ha parado usted a pensar en sus rosas? Las rosas son polinizadas por las abejas, que van de flor en flor, haciéndolas fértiles.

Su aceite de rosas, por lo tanto, engloba una infinidad de posibles ingredientes. ¿No es cierto?

El cabo Cuckoo continuó silencioso.

Continué, con una especie de malicioso entusiasmo:

—Hablemos de la miel. Sí, mi querido amigo, hablemos de la miel. Hay más clases de miel en el mundo de las que puedan haber sido clasificadas. Cada colmena produce una miel ligeramente distinta. Debe usted saber que las abejas que viven en los brezos producen una clase de miel, mientras que las que viven en un huerto de manzanos producen algo completamente distinto. Todo es miel, desde luego, pero su aroma y su calidad varían mucho.

—¿Y qué? —repitió el cabo Cuckoo, en tono lúgubre.

—Bien. Todo esto es relativamente simple, cabo, comparado con lo que sigue. No sé cuántas colmenas hay en el mundo. Supongamos que en cada colmena hay —seamos moderados— mil abejas. (Hay más, desde luego, pero estoy tratando de simplificar.) Cada una de esas abejas deja en la colmena una gota de miel ligeramente distinta. Cada una de esas abejas, en sus viajes, puede tomar miel de cincuenta flores distintas. La miel acumulada por todas las abejas en la colmena se mezcla. ¡Cualquier célula individual de cualquier colmena contiene un gran número de elementos ligeramente distintos! Y no hablemos del factor tiempo. La miel de seis meses es muy distinta de la miel sacada de la misma colmena un año después. De un día a otro, la miel cambia. Ahora, tomando todas las combinaciones posibles de huevos, rosas y miel, ¿dónde está usted? Responda a eso, cabo Cuckoo.

El cabo Cuckoo luchó con la idea unos segundos, y luego dijo:

—No lo sé. Usted cree que estoy chiflado, ¿no es cierto?

—Yo no he dicho eso —contesté.

—No, no lo ha dicho. Escuche, déjese de discursos. Le estoy haciendo un favor. Mire...

Sacó y abrió su navaja, y examinó su mano izquierda, buscando una zona de piel sin cicatrices.

—¡No! —grité, y agarré la mano que empuñaba la navaja.

El efecto fue el mismo que si hubiese tratado de echar hacia atrás el vástago de émbolo de una gran locomotora. Mi capacidad de arrastre no era nada para el cabo Cuckoo.

—Mire —repitió, tranquilamente, y cortó a través de la carne entre el pulgar y el índice de su mano izquierda, hasta que la hoja del acero topó con el hueso, y el pulgar se dobló hacia atrás hasta tocar el antebrazo—. ¿Ve esto?

Lo vi a través de una bruma. Súbitamente, el buque había empezado a dar vueltas.

—¿Estará usted loco? —dije, cuando recobré el uso de la palabra.

—No —dijo el cabo Cuckoo—. Voy a demostrarle que no lo estoy.

Acercó su mutilada mano a mi rostro.

—Aparte eso —dije.

—Desde luego —dijo el cabo Cuckoo—. Mire esto. —Devolvió a su sitio el pulgar casi cercenado, y lo sostuvo allí con su mano derecha—. No pasa nada —añadió—, no tiene por qué poner esa cara de difunto. Voy a hacerle una demostración, ¿comprende? No se vaya... siéntese. No estoy bromeando. Puedo proporcionarle a usted una gran historia, una historia real. Puedo enseñarle el cuaderno de notas del doctor Paré y todo lo demás. ¿Vio usted lo que le enseñé al levantarme la camisa? ¿Vio lo que tengo aquí, en el costado izquierdo?

Dije:

—Sí.

—Bueno, aquí es donde me dio una bala de cañón de nueve libras cuando me encontraba en el Mary Ambrée, luchando contra la Escuadra Española. Aplastó mi pecho y mis costillas quedaron destrozadas... y al cabo de quince días estaba como nuevo. Y todas mis heridas sanaron del mismo modo, mientras a mi alrededor los hombres morían como moscas. ¡Puedo demostrárselo, se lo aseguro! Es una historia que vale dinero, ¿no? Mi propuesta es esta: yo se la cuento, usted la escribe y nos partimos las ganancias. ¿Qué le parece? Así podré comprar una granja...

Sólo se me ocurrió preguntar:

—¿Por qué no ha ahorrado una parte de su paga durante todos estos años?

El cabo Cuckoo replicó, en tono burlón:

—¡Por qué no he ahorrado una parte de mi paga! ¡Porque soy el que soy, idiota! Hubo una época en que, si hubiera dejado de jugar a los naipes, podría haber comprado la isla de Manhattan por menos de lo que perdí jugando con un holandés llamado Brucker... ¡Ahorrar parte de mi paga! Cuando no era una cosa era otra. Dejé de beber. De acuerdo. Pero me aficioné a las mujeres Dejé las mujeres. Y me aficioné a las cartas o a los dados Siempre me proponía ahorrar parte de mi paga, pero nunca lo llevé a cabo. La pócima del doctor Paré me dejó clavado tal como era, y soy, y siempre seré. ¿Comprende? Un ignorante soldado de infantería. Me costó casi cien años aprender a escribir mi nombre, y cuatrocientos años ascender a cabo. ¿Qué le parece? Repito: la mitad de las ganancias que produzca la historia. Y si cree que bromeo échele una mirada a esto. ¿Vio lo que hice?

—Lo vi, cabo.

—Mire —dijo, poniendo su mano izquierda delante de mi nariz.

Estaba cubierta de sangre. El puño de su camisa aparecía húmedo y rojo. Fascinado, vi una gota colgando de la tela, cerca del ojal, antes de caer sobre mi rodilla Conservo aún la huella de la mancha en la tela de mi pantalón.

—¿Ve? —dijo el cabo Cuckoo, y lamió el espacio entre sus dedos donde había cortado su navaja. Apareció una zona clara—. ¿Dónde me he cortado? —preguntó.

Sacudí la cabeza: allí no había ninguna herida: sólo una cicatriz blanca. El cabo Cuckoo limpió la navaja en la palma de su mano —dejó una mancha roja— y la cerró. Luego secó su mano en la pernera de su pantalón y dijo:

—¿Estoy bromeando?

—Bueno —murmuré, completamente aturdido—. Bueno...

—Bueno —gruñó a su vez el cabo Cuckoo—. ¿Cree usted que es un truco? Vamos a ver... ¿tiene usted un cuchillo?

—Sí. ¿Por qué?

—¿Un cuchillo grande?

—De tamaño mediano.

—De acuerdo. Húndalo en mi garganta y vea lo que pasa. Apuñáleme donde quiera. Le apuesto mil dólares a que estaré perfectamente dentro de dos o tres horas. Vamos. De hombre a hombre, es una apuesta. O pida prestada un hacha, si lo prefiere; hiérame en la cabeza con ella.

—Que me aspen si lo hago —dije, estremeciéndome.

—¿Se da cuenta? —dijo el cabo Cuckoo, desesperado—. Me persigue la negra. Cada vez ocurre lo mismo. Docenas de individuos se hacen ricos vendiendo jabones y dentífricos, y yo, con algo en el bolsillo que garantiza la juventud y la salud eternas... ¡Maldita sea! No debí aceptar ese condenado whisky. Pero lleva usted una barba como la que yo llevaba antes de que me destrozaran la barbilla en Zutphen, cuando luchaba a las órdenes de Sir Philip Sidney... De no ser por eso no hubiera hablado con usted. ¡Oh! De buena gana le mataría... ¡Váyase al diablo!

El cabo Cuckoo se puso en pie y se alejó tan rápidamente, que antes de que consiguiera incorporarme había desaparecido.

—¡Cuckoo! ¡Cuckoo! —grité—. ¡Oh! ¡Cuckoo! ¡Cuckoo!

 

Pero no volví a ver al cabo Cuckoo, y me pregunto dónde puede estar. Es posible que me diera un nombre falso. Pero lo que oí lo oí, y lo que vi lo vi, y tengo quinientos dólares aquí, en un sobre, para el hombre que me ponga en contacto con él.

Miel, aceite de rosas y yemas de huevo. Tres ingredientes que implican, como ya dije, permutaciones y combinaciones infinitas. Lo mismo que cualquier mezcla equivalente.

Sin embargo, creo que vale la pena investigar. ¿Por qué no?

Fleming obtuvo la penicilina del moho. Sólo Dios conoce los gloriosos misterios del polvo, del cual proceden los arbustos y las abejas, y la vida en todas sus formas, desde el moho hasta el hombre.

Perdí de vista al cabo Cuckoo antes de que atracáramos en Nueva York, el 11 de julio de 1945. En alguna parte de los Estados Unidos, creo, hay un hombre que tiene una fuerza terrible en los brazos y que está cubierto de espantosas cicatrices. Ese hombre posee el secreto —un secreto muy peligroso— de la juventud y la vida eternas. Aparenta unos treinta y tantos años de edad y sus ojos, desvaídos, oscilan entre el verde y el gris.

 

 

 

EL GORGOJO

Cyril M. Kornbluth

 

 

El atractivo joven y la guapa enfermera resistieron el impulso durante un período de tiempo razonable, pero las azules aguas del Pacífico, las lánguidas noches tropicales y el pequeño atolón difuminado contra el horizonte —y la ausencia absoluta de cualquier otra persona joven y simpática para acompañarles en sus excursiones en bote—, ejercieron su influencia. El 30 de junio, contemplaron a través de unas gafas ahumadas la asombrosa seta que se extendía sobre el atolón. La manicurada mano de la enfermera agarró el brazo del joven con una mezcla de excitación y de terror. Una insensible radiación pasó a través de sus espaldas.

Al cabo de unos meses, la enfermera fue despedida. Sus jefes alegaron que, siendo soltera, su aspecto actual no era el más a propósito para inspirar confianza a los enfermos. El joven, que no era aficionado a escribir, le telefoneó desde Manila y le dijo que lo que habían hecho con ella era una vergüenza. Cuando la gratitud de la enfermera dio paso a unas preguntas más concretas, su enlace ultramarino sufrió algún fallo, y el joven tuvo que colgar.

La enfermera tuvo un hijo, un niño, lo dejó en una inclusa y no volvió a ocuparse de él. Encontró un buen empleo y finalmente se casó.

El niño creció canijo y obstinado, voraz y desdichado. Un día se encaró con el profesor de gimnasia y le dijo súbitamente:

—Usted me odia. Usted piensa que hago desmerecer a los otros chicos.

El profesor de gimnasia se echó a reír, pero más tarde le dijo al médico, mientras tomaban café:

—Siempre procuro contenerme delante de los muchachos. Son muy listos: captan en seguida el significado de una mirada o de un gesto, y es como una bofetada para ellos. Lo sé, y por eso procuro controlarme. ¿Cómo ha podido saberlo?

El médico le dijo al muchacho:

—Tres libras de aumento en un mes no está mal, pero, ¿qué te parece si dejaras limpio el plato todos los días? No se puede vivir a base de carne y agua; las verduras te convertirían en un chico alto y fuerte.

El muchacho dijo:

—¿Qué significa «neurastenia»

Más tarde, el médico le dijo al director:

—Se me ha puesto la carne de gallina. Estaba examinando su delgado cuerpo y habiéndole de lo buenas que son las verduras en la alimentación, y en mi fuero interno pensaba: «En otra época hubiéramos dicho que estaba neurasténico y santas pascuas.»

—Entonces, ¿es capaz de leer los pensamientos? —preguntó el director. Mira que si se le ocurre leer mi pensamiento acerca del diez por ciento que me paga la Carnicería Schultz...—. Doctor, creo que este año voy a tomarme las vacaciones un poco antes de lo previsto. ¿Se ha interesado alguien por adoptar al muchacho?

—No. No era un bebé atractivo cuando ingresó en el establecimiento, y ahora es un niño excepcionalmente feo. Y ya sabe usted que en lo primero que se fija la gente es en el aspecto exterior.

Algunas parejas aceptarían cualquier cosa, o al menos eso me dicen.

—¿Se refiere usted a las personas incapacitadas por la ley para adoptar a un niño?

—Las clasificaciones arbitrarias nos imponen a veces unas limitaciones demasiado severas.

—Si piensa usted entregarlo a alguna pareja incapacitada por la ley, no quiero saber nada del asunto.

—No tiene usted que saber nada de él, doctor. A propósito, ¿en qué ala del edificio se encuentra el dormitorio de ese muchacho?

—Oeste —gruñó el médico, saliendo de la oficina.

El director llamó a unos cuantos amigos: un juez, una pareja que el juez le había recomendado y un escribiente del juzgado. Luego se encaminó al ala oeste del edificio.

El muchacho vivió tres meses con los Berryman. La alcohólica Mimi le acariciaba y le apaleaba alternativamente; Edward W. trató de ser un buen explorador pero paulatinamente perdió su interés, viendo claro en su interior. En junio se fugó de la casa. Llevaba un uniforme de Boy Scout, y los Boy Scouts pueden ir a cualquier parte. El dinero que se había llevado le duró un mes. Tres días después de haber gastado el último centavo del último dólar, Edward W. vagaba por una pradera de Nebraska. Se había marchado del último pueblo porque el alguacil empezaba a preguntarse qué diablos estaba haciendo por allí y quiénes eran sus padres. El pueblo se encontraba a unas millas de distancia de una carretera de segundo orden; los escasos automóviles que pasaban por allí no se detenían.

Uno de los «ríos» de Nebraska, un cauce seco en aquella época del año, se extendía delante de él, cruzado por la alcantarilla de una vía férrea. Unos hombres descansaban a su sombra, y él tenía hambre.

Eran unos hombres feos y sucios, y sus pensamientos eran embrollados y estúpidos. Inmediatamente le aplicaron el apodo de «Shorty» y le dieron un poco de pan seco y unas malolientes sardinas que sacaron de una lata. Los pensamientos de uno de ellos se hicieron menos embrollados y más asquerosos. Habló con sus compañeros a espaldas del muchacho, y todos estallaron en grandes carcajadas. El muchacho quiso echar a correr, pero las piernas no le sostenían.

Pudo leer claramente los pensamientos de los hombres mientras avanzaban hacia él. Asco, miedo y furor se mezclaron en su cerebro, y algo estalló en él como un relámpago, y súbitamente uno de los hombres estaba muerto sobre el reseco suelo, y los otros huían, asustados ahora, muy asustados.

El muchacho ya no tenía hambre. Se sentía completamente saciado y satisfecho. Se incorporó y salió detrás de los otros hombres, que corrían. El terror de aquellos individuos resultaba tan agradable como el placer que acababa de experimentar. Distinto, pero igualmente agradable.

Despojó al cadáver de los tres dólares y veinticuatro centavos que llevaba en sus bolsillos.

A partir de entonces, su fama le precedió como un viento de muerte. Dos años vagando por los caminos y completó su desarrollo, saciándose con las mentes obtusas y estúpidas que encontraba en ellos. Se trasladó a las ciudades del norte, un año aquí, un año allá, silencioso, prudente, epicúreo.

 

Sebastián Long despertó de pronto, con algo en la mente. A medida que se aclaraba la niebla de su cerebro, recordó, feliz. ¡Hoy empezaba con la Copa Deméter! Al fin tenía tiempo, al fin tenía dinero: seiscientos veintitrés dólares en el Banco. La noche anterior había empaquetado y enviado las tres docenas de vasos para combinados con las iniciales de Mrs. Klausman: su último pedido hasta que terminara la Copa.

Se vistió, bebió un sorbo de café, hirvió un huevo, pero estaba demasiado excitado para comerlo. Se dirigió a la parte delantera de su tienda-taller-apartamento, saludó con la mano a los niños de la vecindad que iban a la escuela y colocó ceremoniosamente un letrero en el escaparate.

Decía: «NO SE ACEPTAN ENCARGOS HASTA NUEVA ORDEN.»

De un armario sacó con mucho cuidado un objeto envuelto y lo dejó sobre su mesa de trabajo. Lo desenvolvió. Era una copa de vidrio. ¡Pero qué copa de vidrio! El más puro cristal sueco, las líneas más puras que nunca había visto, su secreto tesoro desde el día que la había comprado, hacía mucho tiempo, con sus ganancias de seis meses. Su esposa no había dejado de reprochárselo ni un solo día hasta que murió. Del mismo armario sacó una carpeta llena de bocetos y dibujos que se remontaban a la época en que había comprado la copa. Sebastián Long sonrió al contemplarlos: una idea muy rococó, que no encajaba en el clasicismo de las líneas y la serenidad del cristal perfecto.