Hacíauna mañana magnífica, cosa normal en el planeta Olimpo, y Jay Crystalacababa de desayunar en su palacio privado cuando el robot-mayordomoanunció la llegada del Instalador. Jay se incorporó al instante y sedirigió, casi corriendo, hacia la habitación desocupada. Jamás habíaestado tan excitado en toda su vida inmortal. Cuando llegó a la sala...sí, allí estaba: la reluciente máquina, que parecía un órgano demediano tamaño y apto para luz, olor y sonido, estaba siendorápidamente instalada por los robots rojos y verdes de la CorporaciónCreación. El instalador permanecía junto a ellos, no para supervisar eltrabajo, ya que los robots lo conocían a la perfección, sino más biencomo dándoles su aprobación. El instalador era un olímpico decabello tan oscuro como rubio era el de Jay. Sus pobladas cejas sehabían curvado acompañando una sonrisa ligeramente irónica. -Señor--dijo-, nos hemos tomado la libertad de empezar antes de que ustedllegara. Pensamos que le gustaría tener acabado el trabajo lo antesposible. -Sí, sí -contestó Jay-. Excelente. ¿Cuánto tardarán? ---Escuestión de un minuto. Y después... Señor Crystal, nos alegra que hayatomado esta decisión. Admiro su trabajo para el cinematrón público...Esas piezas tan delicadas, tan civilizadas... Pero, compréndalo, elcreatrón representa el futuro en la industria de la diversión. Además,esta máquina puede inspirarle en su trabajo con el cinematrón. ¡Mirel-Los robots se apartaron a un lado-. Ya han terminado. ¡Aquí tiene sucreatrón, señor¡ Y ahora, ¿querrá apretar el contacto maestro, porfavor? No es una simple ceremonia, sino un detalle esencial para elfuncionamiento de esta máquina personalizada... Jay se acercó albotón rojo lateral. Lo tocó suavemente con el dedo índice de su manoderecha, sabiendo que en aquel momento estaban siendo captadas susemanaciones. El creatrón cobró vida en tan solo unos milisegundos. Seprodujo un zumbido, tenue pero profundo, y en la pantalla situada en laparte superior del tablero de mandos apareció una franja irregular deluz verdosa. -Se trata de su monitor cerebral ---explicó elinstalador, sonriendo amablemente-. Básicamente es un dispositivo deprotección. No podemos asegurarle que no vaya a tener problemas, señor.Un cliente puede verse envuelto emocionalmente en sus creaciones hastatal punto que debamos... asistirlo. Todos los controles de loscreatrones transmiten sus señales a la sede de nuestra empresa, dondeaquellas son sometidas a constante vigilancia. De momento, todo lo quemuestra el monitor es su agradable excitación, una emoción lógica eneste caso. ¿Le apetecería una sesión ahora mismo? Sí, naturalmente.Enviaré fuera los robots y después... Y después se sentaron ambosante el creatrón. 0 mejor dicho, se sentó el Instalador, mientras queJay permaneció medio tumbado boca abajo, con el cuerpo cómodamenteapoyado, las manos descansando sobre los mandos y la cabeza envuelta enel casco sensitivo. Ante él, y también bajo él, detrás del grancristal, yacía el vacío que sería su mundo... cuando lo creara. Por elmomento solo había un caos amorfo y grisáceo. -Bajo su manoizquierda, señor -dijo el Instalador, empezando a explicar elfuncionamiento de los mandos-, tiene los diales y botonesfundamentales. Los cuatro de la fila inferior son los dimensionales:largo, alto, ancho y ese botón más grande y graduado que usted estátocando es para el tiempo. Encima están los mandos de fuerzas:controles analógicos de energía nuclear y eléctrica, gravitación... Másarriba está el fijador de pseudo-masa. Todo le resultará más claro conla práctica. Si creara un mundo ahora... -Bien... ¿Podré anularlo después? -Porsupuesto -sonrió el Instalador-. Abajo de todo, a su izquierda, sehalla el aniquilador. Sí, el botón rojo. 0 si lo prefiere, puedeapretar ese botón ámbar que indica «Grabación». Así podrá retirar suuniverso del área funcional, pero grabando toda su historia, de modoque podrá volverlo a contemplar o situarlo en pantalla para introducirnuevos cambios- Usando «Grabación» podrá crear diversos universosdistintos... El botón correspondiente a su derecha, el que indica«Pausa», detiene el tiempo en pleno funcionamiento. Las criaturas deese mundo no advertirán nada, claro está, puesto que no tendrán tiempode hacerlo. Entre otras cosas, «Pausa» le permite añadir una acciónespecial si así lo desea. Y el mando graduado situado por debajo de«Pausa» es el Supresor de Tiempo Limitado: anula el pasado reciente yle permite añadir toda una nueva secuencia. Y esos botones cercanos, asu derecha, son los iniciadores, precisamente para dichos añadidos... -He oído hablar de ellos -interrumpió Jay; frunciendo la frente-. Los llaman botones de milagros, ¿me equivoco? -Si,es cierto. Algunos clientes les dan ese nombre. Y son muy populares.Hacen la creación tan sencilla como dibujar con papel y goma deborrar... -Y casi tan artística -añadió despectivamente Jay. -Deacuerdo. Ya veo que es un poco purista, señor Crystal. Y me complace,yo también soy así. Con los botones de milagros es posible obtenerefectos muy cómicos, pero resulta más satisfactorio dejar que un mundoposea una coherencia intrínseca. Es como no hacer trampas cuando estáshaciendo un solitario. Usted establece las leyes al principio y luegorespeta las consecuencias. En cualquier caso, dispondrá de suficientesgrados de libertad a través del albedrío de sus criaturas. 0 dicho deotra forma, las criaturas se obstinarán en sorprenderle y divertirle.Bien, ¿le gustaría empezar? Jay dispuso el mando de tiempo y apretóel botón «Marcha» y uno de los dimensionales. Apareció al instante unalínea blanca atravesando el espacio-mundo. 0 más bien el espacioexistía ahora como una dimensión aislada y solitaria en medio del caos. -¿Qué sucede si no aprieto más botones dimensionales? -preguntó. -Queobtiene un universo unidimensional. Es perfectamente posible y le daoportunidad de gozar un mundo divertido y más bien clásico. Porsupuesto, todas sus criaturas serán masas lineales y no podráncruzarse... Jay se apresuró a tocar el segundo mando dimensional. Elcaos desapareció y el mundo se convirtió en una inmensa lámina grispálido. -El mundo plano -dijo el Instalador-. Uno de nuestrosclientes, un tal señor Abbas, logró una creación notable en dosdimensiones... -Con círculos y cuadrados como personajes --concluyóJay- Sí, ya lo sabía. Pero todo eso tiene bastantes limitaciones,carece de interés humano. Tocó la tercera dimensión. El gris pálidoque tenía delante cambió súbitamente y sintió la emoción del vértigo.Le pareció estar contemplando algo infinito, sobrecogedor, fantasmal...El vacío eterno. Jay se agarró ansiosamente a los laterales que servíande brazos. -Realista, ¿no le parece? ---opinó el Instalador-. Perono se preocupe, es imposible que se caiga ahí dentro. Ese espacio estotalmente irreal en nuestros términos. No tiene más existencia que elespacio descrito en una obra de ficción. 0 dicho de otro modo, estádentro de usted, en su mente. Le asustará menos si lo llena de algo.Prosiga, señor Crystal. Establezca algunas leyes para su mundo. Siquiere algo realista, puedo sugerirle los próximos pasos, solo paraempezar... Jay siguió las instrucciones y apretó los botonescorrespondientes. Un instante después no pudo contener un grito deasombro. A través del cristal vio chispas reluciendo en la negrura,como en una muda exhibición de fuegos artificiales. -Acaba de crearluz y materia --explicó el Instalador---. Su universo está explotando.Si gira el control de tiempo en sentido inverso al de las agujas delreloj, la explosión se convertirá en una sosegada expansión... Así, esoes. Esas gotas flotantes son galaxias. Si desea ver una más de cerca,este control de visión, el que está bajo el botón de anchura... Jaymaniobró fascinado durante media hora de tiempo real. Le pareciósumergirse en el corazón de una galaxia que luego se condensó y formóestrellas. Observó un sistema solar formando una estrella amarilla ydespués siguió la evolución de un pequeno planeta hasta que losasteroides dejaron de caer en su superficie. De los cráteres surgióaire y agua y toda la superficie quedó convertida en un océano humeantey cubierto de nubes. -Es el momento de crear vida -anunció suavemente el Instalador. -¿No surge automáticamente? -se sorprendió Jay. -Enrealidad, nada surge «automáticamente», señor Crystal. La máquinafunciona poniendo en práctica los impulsos mentales que usted emite. Yhay ciertos momentos cruciales que requieren un impulso especial por suparte. Este es uno de ellos. Todo lo que debe hacer es desearlo, ysurgirá. Diga «Hágase la vida»... La verbalización sirve de ayudaalgunas veces. -Hágase la vida -repitió Jay. Y la vida se hizo.Tal como estaba dispuesto el control de tiempo, mil millones de añospasaban en un minuto. A los dos minutos apareció una franja verde enlas costas de los nacientes continentes. A los cuatro minutos brotaronselvas y animales anfibios se arrastraban por ellas. Jay tocó uno delos mandos situados bajo su mano izquierda y retrasó el tiempo creadocon respecto a los observadores olímpicos. Pasaron algunos minutosantes de que evolucionaran gigantescos reptiles, aves y mamíferos. YJay empezó a sentirse cada vez más extraño e incómodo. Se removiónerviosamente. -Yo... --empezó a decir. -No se inquiete -dijo elInstalador, observando la pantalla del monitor y poniendo una manosobre el brazo de Jay-. Es algo normal, señor. Está creando formassuperiores de vida, ¿no es cierto? Y esas formas empiezan a tener unaconciencia cada vez más elevada. Pero, claro está, se trata de suconciencia trasladada a esos seres. Dígame qué siente ahora. -Como si me desgarrara. Estoy dividido en un millón de fragmentos. Y parece que me pinchen con un millón de agujas. -Perfectamente.Lo puede controlar de dos formas. Primera, mecánicamente ... Ese dialgris que hay a su derecha, el que indica «Empatía» ... Gírelo ensentido opuesto a las agujas de un reloj y desaparecerá el dolor. Elproblema es que lo mismo ocurrirá con su interés por la creación. Loscreadores expertos dominan el dolor sin perder tal interés, utilizandouna técnica de relajación mental. Puedo enseñársela, si lo desea, perollevará algo de tiempo. Necesitaremos otra sesión, quizá varias. Nocobramos las sesiones extra, forman parte del servicio de instalación.Mire, Yo siempre uso la relajación mental. -¿Quiere decir que... también usted practica la creación? -Porsupuesto, señor. Tengo un creatrón en casa. Debo ser un experto,compréndalo, o me resultaría muy difícil aconsejar a mis clientes... Jay chilló en aquel momento. El Instalador se inclinó y giró a la izquierda el díal gris. -Perdone,señor -se excusó-. Puede ponerlo en la posición anterior si loprefiere, pero quería protegerle contra un ataque emotivo. Si mepermite la pregunta, ¿qué era eso? Mi visor no está tan bien ajustadocomo el suyo. -Un primate --contestó el tembloroso Jay-. Fueatrapado y lentamente aplastado por una inmensa serpiente. He sentidoel horror del primate, su dolor... -Meditó por un instante-. Escuche,¿no es esta mi creación? ¡Es mi universo! ¿Por qué ha de producirinedolor? ¿No me sería posible introducir algo que acabara con esto? -Bien, si eso es lo que quiere --dijo el instalador, con una sonrisa bastante forzada-, dispone de varias estrategias posibles. Primera:alterar ligeramente las leyes fundamentales. Una relación distintaentre las fuerzas básicas imposibilitaría la vida sensible en todo suuniverso. En consecuencia, no habría dolor. Pero es un poco drástico,¿no cree? Falta de interés humano, como usted dijo. Estrategia númerodos: use uno de los botones de milagros. Puede introducir un programaestablecido de forma que la vida se desarrolle sin nervios sensitivos.Desaparecerá el dolor, pero también el placer. Además, deberíaprogramar otra serie de milagros para mantener vivas a esas criaturas,ya que al no sufrir dolor morirían enseguida. Carecerían de incentivopara evitar caerse por un precipicio y cosas por el estilo. ¿No leparece que sería un universo bastante antiartístico, señor? Suscriaturas serían zombíes y no obtendría diversión alguna con ellas.Créame, lo sé por experiencia: en cierta ocasión, yo mismo hice eseexperimento. Fue una simple diversión y nada más. Bien, nos queda laestrategia número tres: milagros discretos. -¿A qué se refiere? -Puedeapretar el botón «Pausa» en diversos momentos críticos... Por ejemplo,podría haber salvado al primate apretando «Pausa» y aniquilando luegola serpiente. Ese botón que está arriba, a la izquierda... el de colornaranja, sí... Es el de anulación selectiva. Incluso puede programar lamáquina para que actúe así siempre, en situaciones concretas, de modoque usted no deba pasarse toda la noche efectuando un millón demilagros distintos por hora. Y de una forma similar puede interferir enla evolución. Es un caso más complicado, pero ya le explicaré el trucoy así podrá eliminar la raza de reptiles que con el tiempo setransformarán en serpientes. Y muchas cosas más. -Inartístico -gruñó Jay-. ¿No hay otro medio? -Metemo que no. No existe medio de obtener cosas agradables sin detallesdesagradables, como no sea a través de milagros. -El Instalador empezóa levantarse-. Bien, señor, lo lamento mucho, pero tengo otra citadentro de media hora. Otra instalación. Compréndalo, el negocio está enauge. Pero si lo desea, volveré mañana mismo para comprobar susprogresos... Bien, bien -contestó Jay. Acababa de apretar elbotón de «Pausa» y su universo, aun sin saberlo, se había detenido. Unade las especies de primates había abandonado los árboles. Jay meditabaahora en la creación del hombre. A la mañana siguiente, Jay estabaprofundamente absorto con su creatrón cuando el robot-mayordomo emitióuna discreta tos electrónica. Pero Jay no alzó la vista hasta latercera tos, tan sonora como el rugido de un gran carnívoro del mundoque había creado. -El señor Harriman, señor. -¿Quién? -El Instalador de la Corporación Creación. -Hazle pasar, hazle pasar enseguida -respondió malhurnoradamente Jay-. Debo hablar con él ahora mismo. Harriman entró en la sala luciendo su característica y enigmática sonrisa. -Y bien, señor Crystal -,dijo-. ¿Cómo va su creación? -Nodemasiado bien. Escuche, tengo problemas para crear una especiehumanoide. He estado ensayando con primates apropiados de distintosplanetas y... bueno, he debido usar algunos botones de milagros. Penséque no tenía mucha importancia, tratándose de un experimento. Elegí laespecie de mejor aspecto y luego eliminé... Me refiero a que aniquilé asus rivales más próximos. -¿Cómo? ¿Uno por uno? ¡Debe haber sido una tarea colosal! -No,no. Estudié las cintas de instrucciones y... eli... preparé unprograma. El programa identificaba toda especie de primate que fueramuy violenta o agresiva... y la eliminaba automáticamente. -Untratamiento muy correcto, sí me permite decirlo. Pensaba que deberíaexplicarle programación, pero ya veo que usted ha ido más deprisa.Bien, señor, ¿qué ocurrió después de eliminar a esos monstruososprimates? ¿Me permitiría... observarlo personalmente? -Sí, sí, adelante. Ambosse inclinaron sobre sus visores respectivos. Harriman mostró a Jay laforma de mejorar la imagen del visor secundario (el que servía para los«invitados») y luego observaron atentamente un panorama selvático. Elplaneta era muy parecido a Olimpo. Tenla un sol amarillo y un cieloazul, aunque naturalmente era mucho más silvestre, conteniendo grandesbosques y sabanas tropicales. Un grupo de primates se hallaba cerca deun bosque. Había cincuenta ejemplares de ambos sexos y distintasedades, mucho más peludos que los humanos, pero con caras desprovistasde pelo y delicadas facciones. Algunos erraban tranquilamente entre losárboles en busca de fruta, caminando a cuatro patas o erguidos sobrelas traseras. Era evidente que podían andar de una forma bípeda, perose mostraban bastante variables a este respecto. De vez en cuando, dosde ellos encontraban una suculenta fruta casi al mismo tiempo. Cuandotal cosa sucedía, ambos primates se miraban sor prendidos y se alejabandel lugar sonriendo de una forma más bien tonta que resultaba curiosa.Ninguno de los dos cogía la fruta, sino que se iban a buscar otras. De las profundidades del bosque surgió repentinamente otro grupo de criaturas. -Estoserá interesante -musitó Harriman al oído de JaY-- Es una situacióncrítica. En mis mundos siempre he... ¡Caramba¡ ¿Qué les ocurre? La«situación crítica» se resolvió del modo más sencillo. El grupo invasorse encontró con los animales que ya estaban allí. Estos últimosquedaron sorprendidos y sonrieron bobamente. Los invasores losimitaron, contemplaron un momento la extensa sabana que se extendíaante ellos, relincharon o, gimotearon un poco y desaparecieron de nuevoen la espesura del bosque. -¡Vaya¡ -exclamó Harriman---. ¿Siempre sucede eso cuando dos grupos se encuentran? ¿No hay peleas, no defienden el territorio? -No.Me alegra decirle que mi gente no es violenta. Elegí la especie máspacífica que pude encontrar. Quería evitar la triste historia denuestro propio pasado... -Comprendo. ¿Nunca se adentra en la sabana esa «gente» suya? -Jamás. Es que en esa zona hay grandes carnívoros, ¿sabe? -¿Es que su gente no es carnívora? Suponía que... -No,no lo son. ¡Son vegetarianos estrictosl Deseo crear una civilizacióndecente, sin anticuados detalles barbáricos. Como ya sabrá, es el idealque he estado promoviendo en mis obras cinematrónicas. Interaccióncivilizada entre individuos y especies. Es importante empezar bien, ¿no? -Sí,lo es -admitió Harriman. Aspiró profundamente-. Dígame, ¿cuánto tiempoha vivido su especie a ese nivel evolutivo? Al decir tiempo, me refieroal de ellos, no al nuestro. Semibípedos, comedores de fruta que vivenen los bosques sin arma alguna... ¿0 tal vez debería decir«herramientas»? -Veinte millones de años -respondió tristementeJay-. Y en ese tiempo mi programa ha eliminado cuatro especies afinesde ese planeta, todas ellas salvajes. -Bien, señor Crystal, ese hasido su error. Es evidente que, mediante su programa, ha eliminadocuatro candidatos muy prometedores a convertirse enteramente en humanos. -¿Humanos? -gritó Jay-. ¡Son bestias crirninalesl -Eso fuimos nosotros en otro tiempo -afirmó Harriman. Sus ojos brillaron un instante---. Y la bestia sigue dentro nuestro. Nuestracivilización es simple apariencia; quizá necesaria, si, pero paramuchos de nosotros es más bien aburrida en el fondo. Esto explicasuficientemente el auge de la venta de creatrones. La gran pantallapermite a muchísimas personas el placer de disfrutar inofensivamentecon un salvajismo delicioso. ¡Espere a que le muestre todo el alcancede las técnicas empáticas, señor Crystall Tal vez entonces cambie unpoco su opinión respecto a qué es deseable o indeseable en un submundo.Por ejemplo: ¿No le gustaria ser el caudillo salvaje de una poderosahorda de espléndidos bárbaros, recorriendo a galope la jungla y eldesierto, la montaña y la llanura, saqueando pueblos y ciudades,teniendo a raya a sus temerosos enemigos y a las igualmente temerosas,pero mucho más atractivas, mujeres de estos? -¡No! -Oh, noimporta. -Harriman suspiró----. Pero compréndalo, señor. Sean cualessean sus ideales más profundos, permítame decirle que nunca creará unaespecie humanoide de esta forma, con esos individuos tan agradables. Lagente agradable llega al final del proceso, y ya es mucho decir. Ustedprecisa dos cosas: en primer lugar, seres que coman carne. En segundolugar, seres que sean agresivos, egoístas, que luchen hasta la muerte.La habilidad de la caza agudiza el cerebro y la competición con otrosmiembros de la misma especie... eso crea una ambición auténtica. Siestamos en Olimpo es fundamentalmente por ambición. ¿Recuerda como seinició el viaje espacial? Salimos al espacio gracias a una carreraespacial. -Debe existir otro medio -insistió Jay~. Escuche,Harriman, yo también he estudiado historia. Sí, llegamos a Olimpo, peroantes destruimos nuestro planeta original y casi resultamosexterminados en el proceso. ¡El daño que hicimos al universo ... ¡ Megustaría meditar un modo mejor, comprobar si puedo crear una raza nosometida a nuestros males. No se trata de un juego. Si triunfo, quizápueda dar un mensaje vital a todos nosotros, en el mundo auténtico. -Deacuerdo, inténtelo. Le enseñaré todo lo que debe saber sobre lamáquina, las técnicas de programación, empatía, etc. Y después... hagalo que quiera. Pero podría sugerirle algo. -¿El qué? -Si usa losbotones de milagros para favorecer a una especie determinada sobre elresto, elija la más malvada, astuta y sanguinaria que le ofrezca elplaneta. De ese modo acelerará mucho la evolución de la humanidadreal... ¡Oh, clarol Ya sé que no hará. Pero en tal caso, ¿por qué nodeja que todo siga su curso normal? No toque los botones de milagros ylimítese a esperar los resultados de la evolución. Cuando sus criaturasusen ropas, Y espadas ocúpese de ellas y trate de domesticarlas.Existen técnicas incluso para manipular especies inteligentes, paravolverlas más dóciles 0 fieras. Por ejemplo... Cuando acabó aquellasesión, Jay manejaba con tanta destreza el creatrón que llarrirnandecidió dejarle solo con sus experimentos durante algunos días. Enrealidad pasó una semana antes de que el robot-mayordomo volviera aanunciar a anunciarle. Jay no estaba ocupado con la máquina, sino yendode un lado a otro en la habitación donde se la habían instalado. Alentrar Harriman fue a recibirlo apresuradamente. -Harriman, yo... -balbuceó-. Es... es abrumador. -Esmuy excitante en cuanto se domina la creación, ¿no es cierto? -dijo elsiempre sonriente visitante-. Bien, cuénteme sus experiencias. Mire,señor Crystal, pronto se acabará esta relación profesional. Dentro dealgunos días, si no me equivoco, le borraré de mi lista de nuevosclientes y usted pasará a estar atendido por la sección demantenimiento de la corporación, no por la mía. Cuando tal cosa suceda,confío en que podamos ser simplemente compañeros en este gran arte. Y,¿por qué no«?, amigos. Y ahora, señor Crystal... -Llámerne Jay, por favor. -De acuerdo, Jay, siempre que usted me llame Sam... De Samuel, ya sabe. Pero todos mis amigos me llaman Sam. -Sam... he creado al hombre. -Felicidades, Jay. ¿Qué es lo que hizo? -Nada,en realidad. Dejé que la evolución siguiera su curso y... ¡surgió lahumanidad1 Fueron haciéndose muy parecidos a nosotros... -¿Quiénes? ¿Aquellos necios y bondadosos hombres mono del bosque? -No,hombre, no -replicó Jay, agitando su mano como si apartara una mosca-Me desembaracé de ellos. Decidí no hacer más trampas, nada de milagros,y empezar desde el principio . Aniquilé mi primer universo... -¡Todo su universol ¿Por qué no se conformó con aquel planeta? -Estabademasiado confundido. Quería comenzar de nuevo, partir de cero. Y asílo hice. Establecí las cuatro leyes y la constante de masa y lancé elnuevo universo a toda velocidad. Luego escogí una galaxia de tamañomedio y observé diversos soles amarillos muy prometedores. Simplemente,observé. Muchos de ellos formaron el tipo adecuado de planetas y creévida una y otra vez, solo deseándola, como usted me enseñó. Y dejé quela vida evolucionara como quisiese. Usé la banda de empatla media...Fue una sensación realmente sobrenatural... -Le creo -dijo Harriman.Los recuerdos hicieron chispear sus ojos-. Es algo que parece salir delestómago, ¿verdad? Todos los animales: tiburones, serpientes,dinosaurios, tigres... A veces usaba el micrófono y sentía cómo dabavida a pequeños organismos. Bacterias, virus... ¡Carambal Me heescindido en infinidad de microbios: sífilis, rabia, célulascancerígenas... y también en los leucocitos que los perseguían. Me hematado y devorado a todos los niveles. No hay otra excitación igual. -Sí,pero es francamente inquietante --objetó Jay, pasando una nerviosa manosobre su cabello rubio---. Tanto horror, tanta maldad... Cuando llegasa los animales mayores todo es maldad... ¡y toda procedía de imí! Todolo que odio tomaba forma tras abandonar la oscuridad de mi mente. Paraser franco, casi me volvíá loco de vez en cuando. Me costó muchosesfuerzos no apretar los botones de milagros y exterminar un monstruotras otro. Pero lo logré. ¡Esas pesadillas fueron desarrollándose a susanchas¡ -Un estremecimiento le impidió seguir hablando. -¿Se apartó de la máquina para relajarse? -preguntó ansiosamente Harriman-. Si no lo hizo, puede tener problemas. -Oh,claro que me aparté. ¿Qué otra cosa podía hacer? ¿Piensa que puedosoportar una empatfa total, o aunque solo sea moderada, con unamasacre? ¿Siendo yo todas las víctimas y todos los asesinos al mismotiempo? -Bien, bien. Así pues, ¿a qué resultado llegó? -Civilizaciones,muchas civilizaciones en numerosos planetas. No todas eran dehumanoides... ¡Gran Olimpo, he sido centauro, delfín, canguro, pulpo... ¡ Pero en definitiva, fueron los humanoides los que más mefascinaron. ¡Tan parecidos a nosotros! -¿Y existían razas dóciles entro sus civilizaciones? -Niuna -admitió tristemente Jay---. Todas carnívoras y asesinas, comousted dijo, Sam. Supongo que debe ser así al principio. El paraísonunca se perdió... aunque quizá pueda ser encontrado. Quiero proseguiren esa dirección. Mientras tanto... mientras tanto, debo decirlo,algunas de mis razas han hecho las cosas más increíbles. ¡Incluso hanproducido literatura! -Es un hecho frecuente -asintió Harriman altiempo que sonreía . De hecho, muchos guionistas del cinematrón plagianlas obras de sus criaturas. Es una idea que debe considerar ustedmismo, Jay. Y en realidad no es como hacer trampas, porque suscriaturas son usted. Son una parte de su mente que usted libera... -Jamásimaginé que pudiera escribir algo como esto. Lo he grabado. -Apretó unbotón-. lEscuchel Naturalmente, es una traducción a nuestro idioma deotra lengua que inventaron mis criaturas. Es mucho mejor en el idiomaoriginal, que yo, ¡gran Olimpo¡, entiendo perfectamente. Se trata de unpoema muy extenso... La voz remota e impersonal del sintetizador empezó a recitar: Pues yo tengo fijo en mí, yo presiento que llegará el día en que perecerá la sagrada Ilión y con ella su rey y su pueblo. Pero ni la caída de la ciudad, ni la pérdida de los troyanos, de la misma Hécuba, del rey, de mis hermanos, que sin duda caerán sobre el polvo a manos de nuestros enemigos, me importa tanto como tu propio destino, cuando un saqueo te arrastrará angustiada y bañada en lágrimas, perdiendo tu libertad y conduciéndote a Argos, huérfana de mi protección y cariño, tendrás que tejer bajo las órdenes de una extranjera o bien irás a por agua a las fuentes Meseida o Hipería bien contra tu voluntad, por dura necesidad. Y alguien viéndote llorar dirá sin duda: «Esa fue la esposa de Héctor, el más señalado entre los troyanos en los combates, cuando se peleaba en torno a la sagrada Ilión». Y de nuevo habrá dolor sobre dolor al conocer que ha muerto tu marido, el único, que de alentar, llegaría a arrancarte de tu esclavitud. Pero ¡cúbrame un montón de tierra antes de que oiga tus clamores y te sepa cautiva de los aqueosl La voz cesó y Jay desconectó el aparato. -Nose escribe poesía de este tipo en la actualidad -dijo Jay-. No ennuestro universo. -Por supuesto que no. -Harriman se encogió dehombros---. ¿Cómo van a hacerlo? ¿Cómo vamos a hacerlo? Gozamos de unacivilización cómoda y la píldora de la inmortalidad, y las guerrasestán prohibidas por la Organización de los Planetas Unidos. Examinelas grandes poesías... por ejemplo, ese extracto que usted grabó y que,ciertamente, es magnífico. Los componentes son muerte, guerra yesclavitud, las peores maldades. Pura tragedia. Sin eso, no haypoesía brillante. Y tampoco hay estímulos, hay que irlos a buscar aesos subuniversos. A propósito, ¿qué raza produjo ese poema? Debe sergente excelente, hasta considerándola según mis criterios... -Sonlos seres más aterradores de entre todos mis humanoides. -Jay seestremeció-. Su aspecto es insignificante, relativamente hablando. Casitodos los especimenes están muy por debajo de los dos metros y medio dealtura... -¡Enanos! --exclamó Harriman torciendo el gesto. -...perocompensan eso con su fiereza, ciega determinación y pura crueldad.Cuando pienso que yo soy ellos... Debo hacer algo. Son un reto a todolo que amo y en lo que creo. -¿Por qué no se limita a apretar determinado botón? Jay, no vale la pena que se trastorne por ellos. -No.No habrá más aniquilacioncs. Me lo he prometido. Esas criaturas sonmías. Debo ayudarlas, transformarlas. Pensaré en algo. -Pareció cambiarde tema Sam, ¿puede explicarme una cosa? ¿Para qué sirve ese mando, elque está arriba de todo, a la derecha del tablero? -¿Qué mando? -Este-aclaró Jay, tocándolo. Era una pequeña proyección, aparentementeinútil, unida mediante una rosca al cuerpo principal del tablero demandos. -Ese... Oh, no sirve para nada -explicó llarriman. Se rióbreverriente- No debería encontrarse en esta máquina. En uno de losmodelos había un control extra en ese mismo ugar, para un tipo especialde empatía, pero nos pareció muy peligroso y lo eliminamos. Lo másprobable es que no funcione en este aparato. -¿Peligroso? ¿Es que el creatrón puede ser peligroso? ¿En el mundo real? -No,si lo usa sensatamente. Cuando se iniciaron las ventas de creatroneshubo algunos clientes muy poco sensatos que sufrieron accidentes. Enuno de los más graves... Bueno, nunca supimos con exactitud lo ocurridoporque cuando muere el creador, se aniquilan automáticamente todos susuniversos. La existencia de estos depende de la del creador, y aldesaparecer el segundo, desaparecen también los primeros. -¿Dice que murió alguien? -preguntó atónito Jay-. ¿En Olimpo? ¿Por qué no informaron los noticiarios? -Nofue en Olimpo, por fortuna. Fue en Amentet, planeta que nuestracorporación controla casi por completo, detalle que nos permitióocultar la noticia. En cualquier caso, la culpa fue del usuario. Seenvició con el aparato y en aquel tiempo no teníamos bastanteexperiencia para detectar los síntomas de esta enfermedad. Era unempleado de la Corporación y creo que se llamaba 0. Siris. Decía una yotra vez que le estaban despedazando y eso fue lo que finalmenteocurrió. Encontraron su cuerpo, aún unido al creatrón, sangrando pormás de diez heridas. Mire, hay sueños que pueden resultar mortales siel individuo permite que se adueñen de él. Ahora ya lo sabe, Jay. Estosmodelos actuales son mucho más seguros que los primitivos, pero... esemonitor cumple una misión. Y si presiente que está en apuros, no dudeen llamarme por el daserófono. -De acuerdo. Siguieron pasando losmagníficos días del planeta Olimpo. Jay se absorbió completamente en suafición, su creatrón. Dejó de escribir para el cinematróntridimensional y, en realidad, no precisaba hacerlo: los derechos de-autor de sus obras anteriores le proporcionaban una buena renta,aparte de recibir el salario básico que la Organización de los PlanetasUnidos pagaba a todos los ciudadanos en virtud del Derecho Existencial.La interrupción de su trabajo normal no le preocupó mucho pues sentíaque estaba profundizando en su comprensión de la naturaleza humana. Sunueva máquina de los sueños le permitiría progresar tanto que, cuandovolviera a escribir para el cinematrón, produciría obras maestras. Eldetalle grave era que su dedicación a su subuniverso estaba destrozandosu vida social en el mundo auténtico. Su última amiga, Afro, no cesabade quejarse. Una mañana, Afro, recostada en el lecho antigravitatoriode Jay, tragó la píldora que la convertía inmediatamente en inmortal yestéril. Y a continuación bebió un poco de néctar. -Jay, me voy --dijo. -Ah, sí -contestó distraídamente Jay~. Supongo que ya es tarde. Sedeslizó hasta el otro lado de la cama y cogió su ropa de un modomecánico, sin prestar atención a lo que hacía. Afro se incorporóbruscamente sobre la espuma del campo de fuerza. Sus cabellos, largos yrubios, se agitaron como serpientes y sus ojos azules, el detalle quemás dulzura daba a su rostro normalmente, se contrajeron en un gesto deirritación. -No -dijo- Lo que quiero decirte es que no aguanto más.¿Quieres escucharme, por favor? Cuando hacemos el amor tienes la cabezaen otra parte. Bueno, no eres el único tipo que... Sam, por ejemplo: esmás divertido estar con él, ¡se interesa un poco por mí! Y no estáatontado por esa máquina. Si quieres volver a verme, Jay, llámame a sucasa. Jay estaba pensando en otras cosas y dejó que Afro se fuera. No tenía celos. Además, Sam era ahora su mejor amigo y cuidaría bien de Afro. Samvenía a verle casi todos los días, para intercambiar detalles sobre lossubuniversos. Su relación vendedor-cliente había concluidooficialmente: no eran más que simples aficionados que se reunían. Samparecía sentirse más tranquilo en cuanto a los peligros potenciales delcreatrón. -Lo comprobé en la corporación --explicó en una de susvisitas-. El mando de empatía total de tu máquina no funciona. No sé elmotivo, pero el botón sigue estando bajo ese saliente metálico, aunquelos técnicos me aseguraron que no está conectado a parte alguna. Apartir de ahora, todos los modelos nuevos carecerán de ese mando. Y encualquier caso, sé que no harás una locura como aquel tipo, Siris.-Sonrió e hizo un gesto de cabeza, señalando el creatrón-. ¿Qué tal teva, Jay? -Terrible... y maravillosamente. -Jay tragó saliva-. Encuanto desconecto «Pausa», tengo el control de tiempo dispuesto paraexaminar en una hora un año del planeta que te mencioné. Sí, ya sé quees un procedimiento muy lento, pero es que ahora sigo su civilizaciónal detalle. He avanzado dos siglos desde la época de aquel poema, ¿teacuerdas?, y... están pasando cosas extrañas, Sam. Esas criaturas estándesarrollando filosofía, religión... -Sí, suelen hacerlo --dijoHarriman, sonriendo nuevamente . Disfruto mucho con las religiones demis criaturas. Todas implican sacrificios humanoides, algunos muyingeniosos en cuanto a sus métodos, y es normal que los sacrificios seofrezcan a... ¿A quién dirías? ¡A mí, el auténtico señor y creador deluniverso, Samuel Harrimant -También en mi planeta hay algo de eso.-Jay sintió un escalofrío-. Es horrible. Pero tengo esperanzas. Estetipo de hechos está disminuyendo, sobre todo en una franja que ocupa elcentro del mayor de los continentes. En los dos últimos siglos hansurgido algunos hombres brillantes, en diversas culturas. Una pequeñatribu abandonó los sacrificios humanos hace mucho tiempo,sustituyéndolos por los de animales. Y hace poco, uno de sus mejoreshombres denunció incluso esto. Lo más curioso es que afirmó hablar enmi nombre. Explicó a su gente que yo deseaba «misericordia, nosacrificios». Y otros hombres han dicho cosas parecidas en otroslugares. Mira, vamos a la máquina y te lo mostrare. Una vezacomodados ante los visores, Jay deslizó el buscador a través de lasnubes de aquel planeta azul y blanco. Surgieron las cimas de unaelevada cordillera, llenas de hielo y nieve. Jay maniobró hacia el sur,descendiendo paulatinamente hasta que la visión, similar a la de unáguila, mostró una zona cálida que se extendía ampliamente en ladistancia, repleta de arroyos, junglas y pequeños claros en los quehombres de piel oscura cuidaban arrozales. De vez en cuando los claroseran más grandes y en sus centros, a orillas de los ríos, se alzabanciudades amuralladas. Su planificación parecía bastante buena: mercadosbulliciosos, palacios espléndidos, templos ricamente adornados yparques espaciosos. Finalmente, Jay concentró la visión en una delas ciudades y enfocó un bellísimo parque. A lo lejos, dóciles ciervoserraban entre los prados y árboles de flores rojas y brillantes. Máscerca, entre los diseminados árboles, había una muchedumbre formada portodo tipo de personas, sentadas, en cuclillas o de pie: grupitos deenjoyados nobles y mercaderes con su guardia personal y esclavos deambos sexos, sacerdotes con la cabeza afeitada y una inmensa multitudde gente ordinaria, hombres, mujeres y ninos, aparte de una hilera desucios y enfermos pordioseros. Hacia el centro de esta muchedumbrehabía un espacio libre en torno a un gran árbol de hojas verdes. Anteel árbol, delante de la multitud, había un grupo de hombres enjutosvestidos con ropas de color amarillo. Y bajo el árbol había otrohombre-, encarado con los anteriores y toda la multitud. Tambiénllevaba vestiduras amarillas, pero era menos delgado que suscompaneros. Su aspecto resultaba imponente y sus facciones eranhermosas y bien formadas. Esta, al menos, fue la escena que vioHarriman. En cuanto a Jay, la cosa era distinta. No solo veía laescena, sino que él era esa escena: estaba en la tierra y en la hierbay suyas eran las ramas verdes que se agitaban bajo la acción de lacálida brisa. Estas sensaciones resultaban relativamente difusas. Jaysentía con mucha más fuerza la vitalidad del ciervo que pacía a lolejos y la multitud que atestaba la zona más próxima. Jay era el nobleorgulloso y bien alimentado, la seductora bailarina, el joven y robustocampesino que llegaba a la ciudad durante el día, el anciano pordioseroque sufría lo indecible con su rodilla rota... Pero sobre todo, Jay era el hombre sentado bajo el árbol. Miróa la muchedumbre a través de los ojos de este hombre y sintió unainmensa compasión. Sufrimiento ... Todo el mundo sufría. Nacimiento,vejez, enfermedad, muerte ... Sufrimientos y más sufrimientos. Elcontraste éntre lo que se apetecía y la desagradable realidad era unnuevo sufrimiento. Y tan solo él conocía el remedio, la liberación, elcamino medio... Y él, el Iluminado, impartió sus enseñanzas. Lascuatro verdades nobles, el camino óctuple y los cinco preceptos. Todala vida era sagrada: en consecuencia, absteneros de dañar una criaturaviviente. Toda la vida era única: la noción de que se tenía un almaindividual y eterna era la gran ilusión de la que la persona debíaliberarse. Si el individuo se aferraba a ese ego ilusorio, seencontraría atado a la cadena del sufrimiento. - Sabbe sankhära dukkha. Laspalabras del idioma de aquel cálido país fluían de sus labios, sonoraspero no extrañas, ya que poseía el don de comprender las lenguas detodas sus criaturas. -La existencia es sufrimiento... La multitud estaba impresionada. Algunos de los asistentes se armaron de valor y formularon diversas preguntas. -¿Qué debemos sacrificar a los dioses, oh Iluminado? -preguntó un sacerdote. -Elmejor sacrificio es el de la acción moral correcta, el de lamisericordia ante todos los seres vivientes... En cuanto a los dioses,también ellos son criaturas como nosotros y también ellos necesitaniluminación. -¡Oh, Iluminado¡ -gritó repentinamente una mujer. Acababade llegar. Apretaba contra sus caderas a un niño que... No, no era unniño. La vida solo existía en él al microscópico nivel de ladecadencia. Era el cadáver de un niño. La mujer se aferraba a estadesgracia personal, y en consecuencia, estaba ligada a ella. -¡Oh, Iluminado! -repitió-. ¡Tú, que conoces todos los secretos, explícame la magia, el remedio para devolver la vida a mi hijo¡ -Mujer----contestó él-. Ve a todas las casas de la ciudad donde nadie hayamuerto y pide a sus moradores una semilla de mostaza... -¡Pero eso es imposiblel -replicó la afligida mujer---. ¡Por todas las casas ha pasado la muerte! -Ese conocimiento -replicó el hombre que se hallaba bajo el árbol- es el único remedio de la muerte. Jayempezó a retirarse de la escena hasta que empezó a ver el prado dondeestaban los ciervos a través de los ojos de un halcón que planeaba yrevoloteaba sin descanso, emitiendo sonidos lastimeros mientrasescudriñaba el paisaje en busca de una presa. Jay apretó el botón«Pausa». Mientras ambos se apartaban del creatrón, Jay tradujo a Samlas palabras del hombre sentado bajo el árbol. Jay se sentía tanconfundido como entusiasmado. -¡Es increíble que este tipo de cosas estén en mi interiorl exclamóal acabar sus explicaciones-. ¡Yo, el Iluminado! ¡Sam, amparándome eneso podría establecerme como filósofo en este rnundo! -Es indudableque era tu mundo, Jay -afirmó Sam, sin poder evitar un bostezo-. Mismejores criaturas son incapaces de impartir enseñanzas similares. Enrealidad, mis creaciones manifiestan una fuerte tendencia hacia elzurrismo. -¿Zurrismo? -Exacto. La primera verdad noble delzurrismo es la siguiente: Zurra a la rata antes de que la rata te zurrea ti. Así habló mi Zurratustra. Pero debo ser sincero, Jay: tu mundo esbrillante, complejo, artístico. Me gustó mucho toda tu muchedumbre. Lospordioseros, las prostitutas, los nobles... Tienes un talento tremendo.No, me quedo corto. Debería decir que eres un genio. Mis mundos son mástoscos, más simples... -Sam, ¿qué pretendía decir aquel hombrecuando explicó que los dioses son criaturas como nosotros y tambiénellos necesitan iluminación? Estaba hablando de nosotros, ¿no es cierto? -Supongo que sí. ¿Qué tiene de extraño? -Pero es que... parecía que aquel hombre nos conociera. ¡Era como si estuviéramos al mismo nivel de realidad que él! -¿Ypor qué no? -Harriman exhibió su sonrisa característica. Al fin y alcabo, ese tipo es una parte de tu mente, Jay, por lo que en ciertosentido se encuentra en el mismo nivel de realidad. Y nuestrascriaturas tienen nociones vagas sobre nosotros. Es un hecho que losaficionados al creatrón descubrieron desde el primer momento.---Se rióun instante-. Antes de que aquel hombre, Siris, sufriera el accidente,dijo algo que nos dejó bastante trastornados. A ver que te parece, johIluminado! Dijo: «Nosotros creamos los submundos, pero ¿quién creónuestro mundo? Quiza fueron los habitantes de esos submundos. Nosotroslos creamos a ellos, ellos a nosotros. Vosotros garabateáis mi esencia,yo hago lo propio con la vuestra. jUn engaño mutuo¡ Es el arte creativoel que hace girar los planetas ... » ¿Qué opinas de eso, Jay? -Heráclito -murmuró Jay. -¿Qué has dicho? ¿Es una maldición, o algo parecido? -No.Heráclito es uno de los filósofos del planeta de mi subuniverso. Susideas son semejantes a las que has mencionado. Vive en una zona situadaun poco al noroeste de la que estuvimos observando. Su civilizacióntambién es bastante brillante y estoy seguro de que te gustaría. Sonhombres con un gran sentido artístico y muy crueles. Heráclito es unode los más feroces e inteligentes. Afirma que hombres y dioses estánestrechamente relacionados: unos y otros se generan mutuamente. Tambiéndice que toda la existencia se basa en el conflicto, la lucha, laguerra... Si el conflicto acabara, todo el universo desaparecería. -Tienetoda la razón. -Harriman sonrió-. Al menos tendría razón en miuniverso, porque yo apretaría el botón de aniquilación si dejaran deproducirse batallas en mi mundo. Es demasiado aburrido soportar una pazeterna. Jay, me gusta más ese Heráclito tuyo que el otro tipo queacabas de mostrarme. Es una criatura muy competente. -Debo logar queesté equivocado -murmuró Jay-. Oh, he aprendido que cierta agresividades precisa en la primera etapa de la humanidad, ¡pero no tanta como laque se está produciendo actualmente en la mayoría de lugares de mimundo! Guerra, masacres, esclavitud, torturas... No, eso no debeproseguir. -Estás equivocado -dijo enérgicamente Harriman-. Debeproseguir en alguna parte, Jay, o nos volveremos locos. Aunque no locreas, nosotros, los de la Corporación Creación, hemos salvado anuestra civilización de un colapso general. Deberías haber visto lacantidad de altas que se producían en los hospitales mentales, elnúmero de suicidios e incluso asesinatos que se producían antes de lainvención de esta máquina. La gente necesita estímulos, ¿comprendes?, yahora los tiene con sus creatrones, eso es todo... Por eso nos podemos permitir una vida pacífica y sin sufrimientos en el gran mundo, en el mundo real. -Losotros mundos también son reales. Ya lo has admitido antes y yo sé quees cierto. Cuando estoy allí, todo es tan real como aquí. ¡Y pensar queuna vez aniquilé todo un universol -Jay se estremeció y Harriman empezóa reír. -¡Oye, pero si esa es la mayor diversión de todasl –objetóSam-. Pero es mejor no aniquilarlo todo simultáneamente. De locontrario, todas esas criaturas desaparecen sin darse cuenta. Si vasaniquilando de una forma selectiva puedes divertirte, observando comoesos pobres tontos ven desaparecer sus soles y lunas, luego el paísvecino y así sucesivamente. Yo siempre empleo este método. Jay contempló a Harriman con un aire de consternación. Y a partir de aquel día, su amistad no volvió a ser nunca como antes. Muchosdías más tarde, Jay se sumergió completamente en el mundo de sucreación. No salió para nada de su palacio y ni siquiera abandonaba lasala que alojaba su creatrón, ordenando a los robots que sirvieran lascomidas en una mesita situada junto a la gran máquina. Comía a todaprisa y se apresuraba a regresar al terrible y maravilloso planeta azuly blanco. Siguió manteniendo el control de tiempo al ritmo de un añopor hora, con lo que podía observar una generación del submundo en unpar de días olímpicos. Subjetivamente, cuando se hallaba en empatlamedia o profunda, su tiempo era el del submundo. Es decir, los sueñostridimensionales de Jay colmaban lo que parecía ser la experiencia detoda una vida en tres o cuatro días «reales». Poco a poco, Jay fueconcentrándose en la cultura que había dado origen al terrible filósofoHeráclito. Estas criaturas estaban alcanzando la cima de la gloria.Numéricamente débiles, habían derrotado, no obstante, a un inmensoimperio oriental: y Jay estuvo allí cuando lo hicieron. Se introdujo enel cerebro de un soldado armado hasta los dientes, en un barco que seacercaba a una isla rocosa, y sintió el júbilo de su criatura al saltara tierra y empezar a lancear a sus atemorizados enemigos. Debería habersido una sensación horrible, pero no fue así: el guerrero se complacíaen lo que estaba haciendo, el simple ejercicio de una de sus mejoreshabilidades para defender su amada ciudad, y no por odio personal. Alterminar la batalla, con todos los enemigos muertos o encadenados,empezaron a formarse palabras en el cerebro del hoplita... y Jaydescubrió que también era un gran poeta. Iba a escribir una tragediapara el próximo festival, y aquel combate formarla parte de ella. Perono ensalzaría el valor de su gente, sino que más bien sería un poema detemerosa admiración ante la justicia de los dioses: como aniquilaban laarrogancia, el ansia de conquista. El héroe de la tragedia sería el reyenemigo. Pero su propia canción guerrera ocuparía un lugar modesto: ¡Oh,hijos de Hélade, adelante¡ Liberad vuestra patria, vuestros hijos ymujeres, los dioses y las tumbas de vuestros mayores: ahora debeiscombatir por todo... Jay también estuvo en el teatro el día que serepresentó la obra. La tragedia resultó magnífica y lo mejor de todofue que la audiencia lloró por los sufrimientos del enemigo... Sí, pensó Jay. este pueblo tiene una cualidad de grandeza. Quizá transformen este mundo en algo mejor. Siguióobservándolos durante dos generaciones. La ciudad que habla luchado tannoblemente se convirtió en imperio, con toda la arrogancia y ansia deconquista que el hoplita había denunciado. Provocaron una y otra vez asus vecinos, hasta que estos se unieron en una coalición contra losprimeros. Atacaron a todo amigo de sus enemigos, incluso a genteneutral... Jay contempló horrorizado cómo, en tiempo de paz, lasfuerzas de la ciudad cercaron una pequeña población isleña que hastaentonces había permanecido aparte de la contienda. Algunos traidoresabrieron las puertas desde el interior de la fortaleza. El ejércitoinvasor reunió a los derrotados en dos grandes grupos, uno de mujeres yniños, otro de hombres. Después, los soldados empezaron a cortarmetódicamente los cuellos de los varones, entre chillidos de mujeres yniños. Completada la masacre, esposas e hijos fueron embarcados conrumbo a los mercados de esclavos... También en esta ocasión hubo unpoeta de la ciudad que escribió una obra sobre el suceso. Pero suestilo resultó amargo y espantoso. Situó la tragedia en tiemposlegendarios, aunque la historia fue muy similar: el incendio, lamatanza, las mujeres cautivas... La reina, esclavizada, gritaba: ¡Oh, Dios, nuestro creador y engendradorl ¿Ves nuestra desgracia? Y las demás esclavas contestaban a coro: La ve, mas las llamas no se han extinguido todavía... Jayse apresuró a tocar el botón «Pausa» y se apartó del creatrón. Inclusoabandonó aquella sala. Anonadado, pasó varias horas en su lujoso lecho. Allevantarse, había perdido toda esperanza de salvación que proviniera delas ciudades de Hélade. Y se sentía profundamente culpable. El, Jay,era el dios insensible al que gritaban en vano aquellas esclavas. Elera los asesinos, los esclavizadores y los torturadores. Debía expiarsus culpas de algún modo. Pensó en los botones de los milagros, perorechazó la idea. No, sería hacer trampas y tampoco resolvería nada. Elmal estaba dentro de él mismo y allí era donde debía atacarlo. Salvaríasu mundo, si el mundo le mataba a él... Sintió un deseo imperioso dedescender a su mundo, hacer algo efectivo, comprometerse. Luego le vinoalgo a la memoria. No, sería imposible... Sam había explicado que nohabía conexiones. Aunque, pensándolo mejor, valdría la penainvestigarlo. Volvió a la sala y se dirigió a la parte trasera delcreatrón para buscar las cintas de instrucciones. Nunca las habíaescuchado hasta el final y en esta ocasión lo hizo. Por fin, laimpersonal voz de un robot dijo: -Control de empatía total. Arriba ala derecha, color púrpura. No tocar, repito, no tocar, a menos que estépresente un ayudante para vigilar el monitor cerebral y, si es preciso,apretar el botón «Pausa» para dar fin a la empatía. »La empatíatotal produce una ilusión extrema. El operador perderá toda concienciaque no sea la de sus criaturas. Será, subjetivamente, una de talescriaturas hasta que esta muera o sea apretado el botón «Pausa». Esaconsejable que el operador seleccione una criatura que goze de buenasalud y se encuentre a salvo de peligros externos. También esconveniente acordar con el ayudante que active el dispositivo de«Pausa» tras un período de tiempo muy limitado. Además, el operadordeberá asegurarse de estar en perfecto estado físico antes de ensayarla empatía total. »Repito: Control de empatía total. Arriba a la derecha, color púrpura... Jay cerró la grabación y llamó a su mayordomo-robot. -Esa tapa metálica -dijo, señalando la pieza a que se referfa-. ¿Puedes quitarla? -Por supuesto, señor --contestó el robot. Elmayordomo abrió con una mano la pequeña abertura que había en su pechometálico y extrajo un instrumento que apenas había cambiado en losúltimos mil años: un destornillador. Luego se inclinó sobre elcreatrón. Un minuto más tarde, el mayordomo se enderezó, mostrando ensu mano un objeto metálico de pequeño tamaño. -He terminado, señor -dijo. -Bien. Ahora, déjame solo. -Señor. Elrobot salió de la sala. Allí estaba: un botón púrpura que no sediferenciaba en tamaño o forma de otros muchos de la gran máquina. Noservía para nada, por supuesto, se dijo Jay, pero podía ser una ayudapsicológica. Su plan consistía en llegar a un estado de profundaempatía, elegir una criatura que valiera la pena, apretar el botón yseguir a dicha criatura a través de su vida de esfuerzos en pro de lajusticia y la caridad. Debería ser alguien parecido al gran iluminado,aunque tal vez más activo, más apasionado. No lo buscaría en elOriente, ni tampoco en Hélade. ¿Quizá uno de los miembros de aquellapequeña tribu que vivía en una zona intermedia, cuyos profetas sehabían opuesto a los sacrificios desde hacía mucho tiempo? Pulsó elbotón «Marcha» y la historia siguió su camino. Jay localizó la tribuque buscaba. Habían sufrido diversas tribulaciones, pero parecíanhaberlas superado, y su fe en un dios justo y misericordioso era másfirme que nunca. Los helenos dominaban el centro del planeta y tratabandespóticamente a aquella tribu. Querían que ellos imitaran a loshelenos y aceptaran el mundo tal como era, con toda su sensualidad ycrueldad. Pero la tribu se resistía furiosamente. La persecución quesufrían sus miembros solo servía para estimularlos a desarrollaresfuerzos todavía mayores. Por fin, los helenos fueron dominados porotra potencia occidental. Los nuevos caudillos eran gente aún másinflexible. Al principio favorecieron a la pequeña tribu, pero estasituación no podía prolongarse mucho. Los nuevos dominadores formabanun gran imperio y estaban totalmente influidos por los valores helenos.Eran los mayores esclavizadores de la época, ricos, arrogantes ydespiadados. La masacre de la población insular volvió a repetirse eninfinidad de ocasiones a lo largo de las costas de aquel marintermedio, hasta que el imperio se hizo insoportable y Jay se encontródesesperado. Era muy de noche. Apretó el botón «Pausa», fue hasta su dormitorio... y apenas pudo concilar el sueño. Ala mañana siguiente se levantó un poco más tarde de lo normal,desayunó, aunque mas bien poco, y ocupó su puesto ante el creatrón.Apretó el botón «Marcha» y buscó a su tribu favorita, encontrándola talcomo había esperado: sus miembros ardían de justa ira contra sus amos,los dominadores del imperio. Todos tenían el mismo presentimiento: había llegado la hora. Alborde de un río se hallaba un hombre, un profeta. Un grupo deperegrinos se aproximaba hacia él. El profeta hizo que todos searrodillaran en el cauce del río y vertió agua sobre sus cabezas, enseñal de purificación. -¡Preparad el camino del Señor! -gritó. Jayanalizó la personalidad del profeta. Sí, había fuego e indignación enaquel hombre, pero también una cierta intolerancia, una falta deequilibrio. ¿No podía encontrar ... ? Un nuevo peregrino se acercó ala orilla del río. Era un hombre joven de corta y aseada barba,cabellos hasta los hombros y ropas pobres pero limpias. Jay no tuvonecesidad de analizar a fondo al recién llegado. Ya estaba sintiendo laatracción, la grandeza de aquel alma, su vehemente piedad. Jay alzó su mano derecha y apretó el botón púrpura. Lahabitación estaba iluminada por el sol de mediodía de Olimpo cuando leencontraron. Afro fue la primera en entrar, precediendo a Sam. Cuandola mujer vio aquel cuerpo inerte aferrado a la máquina, gritó y seabalanzó hacia Jay. -¡Sam, está sangrandol ---exclamó. -Ojalá solo se trate de eso -murmuró Harriman. Samcorrió hasta la parte derecha del creatrón y apretó el botón «Pausa»antes de examinar a Jay. Brotaba sangre de los antebrazos del creador.Afro se inclinó sobre el pecho de Jay para comprobar si el corazónlatía y tocó los labios del herido. -¡Vivel -dijo muy contenta-. Sam, ¿qué ha sucedido? -Melo imagino --contestó Harriman, mirando con aire sombrío el botónpúrpura-. Esos estúpidos técnicos me aseguraron que... No importa.Vamos a sacarle de ahí. Con mucho cuidado, podría tener algún huesoroto. Es una suerte que insistieras en venir hoy aquí. Creo que nodebía haber nadie vigilando el monitor, en la corporación. No, no lomuevas todavía. Pediré ayuda. Los robots, siguiendo las instruccionesde Sam, pusieron a Jay en una camilla y le condujeron a su lechoantigravitatorio. El accidentado gimió y abrió los ojos. -¿Qué ocurre? ¿Dónde ... ? -balbuceó. -Tranquilízate,Jay -dijo Harriman-. Pronto estarás bien. Sufriste un pequeñoaccidente, pero te hemos encontrado a tiempo. Has tenido mucha mássuerte que aquel tipo del que te hablé, Siris. Tienes varias heridas,la peor la del costado, aunque no parece afectar tus órganos vitales.No hables todavía. Te aplicaremos el doctor automático dentro de poco yluego... Las heridas de Jay fueron curadas en cuestión de segundos,y dos minutos después entró en la fase de sedación. Respiróprofundamente y se sentó en la cama. -Bien, ¿qué te ocurrió?-preguntó Harriman. Sus ojos reflejaban ansiedad-. Jay, en ciertosentido me alegra tu accidente. Jamás habíamos tenido estaoportunidad... Nadie que haya experimentado la empatía total,exponiéndose a peligrosas consecuencias físicas, ha vivido paracontarlo. ¿Qué sentiste? Jay explicó su experiencia. -¡Caramba!--exclamó Harriman---. Jamás se me habría ocurrido ese método. Jay, tumente es increíblemente creativa. Y ahora, claro está, podré empleartus ideas en mis mundos... Es una pena que te sucediera a ti, aunquefuera de un modo subjetivo. Bien, espero que hayas aprendido lalección. Escucha, ya he llamado a la corporación y ahora hay un equipode técnicos en la sala donde tienes tu creatrón. De momentodesconectarán ese botón púrpura, como medida precautoria. Después deeso, si quieres, te entregaremos una máquina nueva. Es lo mínimo quepodemos hacer por ti, teniendo en cuenta que tu accidente se debió anuestra falta de cuidado. -No -dijo Jay. Saltó de la carna---. Ordena a tus hombres que se detengan. Corrió hacia la puerta. Harriman se puso delante. -Tranquilízate, Jay. ¿Qué ... ? -¡No quiero que aniquilen mi universol -No harán tal cosa. Ese privilegio te corresponde. Supongo que desearás aniquilarlo lentamente, empezando por esos tipos que... -No.No pienso aniquilarlo, no voy a tocar nada de ese mundo. No voy aensayar la empatía total de nuevo, por descontado... No me hace falta.Ahora ya sé lo que se siente siendo un hombre que vive en un mundo dedolor, sufrimiento y crueldad. Y también sé que es imposible eliminarel dolor, el sufrimiento y la crueldad. Ni siquiera lo hemos logrado ennuestro mundo. Lo único que hemos hecho ha sido apartar esas desgraciasde nuestros egos deiformes, ocultarlas en lugares como esos universosde los creatrones. El dolor y la maldad deben existir, porque el dolorintensifica el placer y la maldad realza la bondad. Lo importante, Sam,es saber de qué lado estás. A partir de aquel día, la vida de Jay enOlimpo se hizo más normal. Siguió escribiendo para el cinematrón, y loscírculos artísticos aclamaron la aparición de un nuevo genio del drama.Dejó de ser un escritor de pequeñas y delicadas piezas y se convirtióen un poeta apasionado, algo sin precedentes en la historia de Olimpo.Algunos olímpicos se quedaron perplejos, otros reconocieron sugrandeza. En definitiva, Jay logró un éxito total e incluso alcanzópopularidad social. Y Afro volvió a compartir su cama. -Me gustasmucho más que ese Sam -dijo ella estremeciéndose-. Jay, lo hedescubierto de la forma más difícil posible. ¿Sabes el qué? Sam es unsádico. Jay también dedicó muchas horas a su creatrón, aunque porsimple curiosidad, no por afición. El imperio anterior se desmoronó yluego, para su sorpresa, Jay contempló cómo le aclamaban igual que a undios y cómo se levantó un, nuevo tipo de imperio en su nombre. El nuevoimperio habló del amor y la caridad universales y, al mismo tiempo,preparó cruzadas para masacrar a herejes e infieles. Jay esbozó unasonrisa irónica. Siempre se repetía la misma y aburrida historia: lasvictorias sobre la crueldad no tardaban mucho en dar paso a máscrueldades. También aquel nuevo tipo de imperio sucumbió. El planetaquedó dividido entre varias naciones importantes que hacían grandesprogresos en la ciencia física. Todas empezaron a devastar su mundo. -A este paso -pensó Jay-, ¡pronto se convertirán en nosotros! Y entonces, ¿quiénes serán dioses y quiénes criaturas? Devez en cuando, alguien ocupaba el visor secundario. No Harriman, sinoAfro. La amiga de Jay disfrutaba mucho con el mundo de Jay, era lacompañía perfecta. Afro amaba tanto a pecadores y villanos como asantos y virtuosos, aunque su verdadera debilidad eran losconquistadores. -¡Oh, qué atractivo! -exclamó al contemplar a unjoven oficial de artillería que se había nombrado emperador y demolíaviejos reinos con la misma rapidez con que sus hombres avanzaban. -Teparece atractivo ahora? -preguntó Jay. El gran ejército había quedadodiezmando por el frío y la nieve, mientras que el emperador seapresuraba a regresar a su lejana capital. Afro echó a un lado los rubios mechones de su cabello. -No-admitió-. Además, es un poco viejo y está echando barriga. En cambio,ese emperador joven, el del otro bando... y ese general tan rígido...¡Estos sí que son divertidos! Jay sonrió. Se estaba acostumbrando alpunto de vista de Afro, que parecía presidir su mundo como un espíritude belleza. Sí, dolor y maldad debían estar allí. Numerosas aves derapiña poseían una belleza tan terrible como cierta, incluso lashumanas. Seguía siendo preciso elegir la bondad, pero si era posibleelegirla con sinceridad era únicamente debido a que la bondad jamáspodía triunfar por completo. Y así, el gran juego proseguía sin cesar. ¿Teníasentido todo aquello? Jay no estaba seguro. A veces creía que sí, aveces se sentía abrumado por el enorme misterio que emanaba delsubuniverso. Siguió buscando sabiduría entre los subpobladores de suplaneta azul y blanco. Si bien la ciencia de sus criaturas era tosca,la filosofía y teología resultaban a menudo bastante sutiles. Teníanmucho que decir acerca de la naturaleza de Jay, cosas que lesorprendían completamente. Por fin, casi dos mil años de subtiempodespués del accidente con el botón púrpura, surgió una nueva idea entrelos filósofos y religiosos. Jay se introdujo en las mentes de susotrora adoradores (permitiéndose únicamente una empatía moderada) ysupo lo que pensaban y decían. -¡Dios ha muertol -repetían con voz grave. Jay sonrió y apretó el botón «Pausa». -¡Cuánequivocados estáril -comentó a Afro-. Y no saben la suerte que tienende estar equivocados. Pero es cierto: en una ocasión, ellos y yo nossalvamos por un pelo...
Escrito por imagenes el 04/06/2009 16:24 | Comentarios (0)
¡VAMPIROS! JUAN MARINO Cuando el potente aullido de la tormenta subrayaba la endemoniada sinfonía del viento entre los desgarbados árboles, el hombre y la mujer dejaban caer el pesado aldabón sobre la puerta de la solariega casa, ubicada a unos cien metros de la carretera, flanqueada por los mismos raquíticos árboles de la sinfonía. El viento hacía oscilar el letrero colocado sobre el dintel, con un sonido semejante al de mil grillos que chirriasen al unísono. En el letrero, cuya pintura estaba ya desapareciendo, podía leerse aún: «Posada Solitaria». El hombre miró a su joven compañera y sonrieron, pese a que el agua los calaba hasta los huesos. Otra vez el joven volvió a batir el aldabón; otra vez las respuestas del chirrido del letrero. Pasaron algunos segundos, finalmente oyeron que alguien descorría pesados cerrojos del otro lado de la puerta y comenzó a abrirse lentamente con un roce escalofriante, como un macabro instrumento que se sumase a la música de los elementos de la noche. Al terminar de abrirse, en el umbral apareció un hombre de elevada estatura, delgado, de faz cadavérica. Portaba en la mano izquierda un arruinado candelabro, cuyas velas amenazaban apagarse por el soplo de Eolos. El único ojo del hombre, pues era tuerto, se posó en los jóvenes, inquisitiva y malignamente. —Buenas noches, señor —saludó él, alzando la voz para hacerse oír a través de la tormenta. Hemos visto el letrero y deseamos que nos albergue por esta noche. El ojo del hombre chispeó al contestar: —¡Mala noche! Pero pasen, por favor. Cerró la puerta tras los visitantes, los que se sacudían los abrigos de las agujas que los empapaban. —Sírvanse seguirme —indicó el posadero, precediéndolos hacia una escalera. Los jóvenes observaron que era cojo, y el caer de su pie, más corto que el otro y calzado con zapato ortopédico, sobre el piso producía un acompasado y lúgubre golpe que se acentuaba cuando era dado sobre los escalones de la vieja y carcomida escalera de madera. La muchacha oprimió el brazo de su acompañante al comenzar a subir hacia la oscuridad de arriba, a ella le pareció que los movimientos del posadero tenían algo de automático y sin quererlo pensó en los zombies. No hacía mucho había leído en un periódico que un tal Doctor Mortis había revolucionado una Universidad, al levantar a todos los cadáveres del depósito. Los pensamientos de la joven se vieron interrumpidos cuando el cojo se detuvo ante una puerta en un pasadizo. Abrió e invitó a pasar a sus huéspedes. —Esta será vuestra habitación por el tiempo que permanezcan en mi posada. Era un cuarto muy amplio, maloliente y sucio. Telarañas colgaban por doquier y algunas ratas huyeron despavoridas a la luz del candelabro. —Gracias, señor..., señor... —Thrope es mi apellido. ¡Guy Thrope! Lamento no poder proporcionarles mayores comodidades por el momento, pero dado lo avanzado de la hora... —¡Comprendemos! No se preocupe, señor Thrope. El hombre inició un movimiento como para retirarse pero, lanzando una mirada de soslayo a la muchacha, preguntó: —¿Cómo se han atrevido a aventurarse por estos lados en una noche como ésta? —Nuestro automóvil sufrió una avería a un kilómetro de aquí —se apresuró en responder el joven. —Justo frente al cementerio —subrayó ella. —¡Oh! ¡Ya veo! Frente al pequeño cementerio, ¿eh? —El ojo de Thrope se movió rápidamente en la órbita, como queriendo huir de ella—. ¿A qué han venido a esta región? Podían haber viajado por el camino principal, es mucho más seguro. —Es que hace muchos años que mi esposo y yo faltamos de aquí —sonrió la joven— y deseamos volver a ver estos parajes. Entonces nos sorprendió la tormenta. —¡Ah! ¡Son ustedes de Northrute! —Veo que esta casa está muy abandonada, señor Thrope —apuntó él. —En efecto; esto que ahora no es ni siquiera un mal figón, fue hace veinte años la mejor posada de la región. La carretera por la cual ustedes han venido, era el camino real entonces. Pero el progreso... — suspiró el gigante. —Sí, sí. Recuerdo también, señor Thrope, que se hablaba de una leyenda de vampiros del cementerio de «Mortise». El posadero sonrió con una mueca que afeó aún más su rostro. —¡Oh! ¡«Mortise»! —exclamó—. «La Mortaja», veo que están bien enterados. Sí, sí..., pero una vez construida la nueva carretera, todo esto murió, la leyenda, la posada, todo..., ¡como mueren todas las cosas! —Otra vez el ojo brilló al resplandor de las velas que había depositado sobre la desvencijada mesa. —Significa que usted debe recibir muy pocos huéspedes, ¿verdad? —preguntó ella, tímidamente. —Muy pocos, muy pocos. Pero de vez en cuando llegan personas como ustedes y... dejan algo. —El posadero rió desagradablemente, siendo secundado por sendas sonrisas de los jóvenes—. Pero, no quiero privarlos del descanso que necesitan. —Señor Thrope, un momento por favor. En verdad mi esposa y yo somos periodistas y nos interesaría saber algo sobre esta región de sus propios labios. Nuestros recuerdos de niñez no alcanzan a darnos una verdadera visión de lo que fueron Northrute y el cementerio hace unos treinta años. —¡Hum! Están obsesionados con los vampiros de «Mortise», ¿eh? —Bueno. Algo así. Claro que un reportaje sobre ellos sería sensacional —sonrió él. —Y si logramos fotografiarlos, tanto mejor —apoyó ella, con una encantadora mueca. —¿Fotografiarlos? ¿Creen que aquí existen en verdad tales mamíferos? —Thrope los miró con suspicacia. —¡En mi niñez oí que...! —Bien, bien, bien. ¿Saben? Lo que ustedes podrán fotografiar aquí serán, a lo sumo, un par de inofensivos murciélagos, de los que abundan en esta casa, pero... ¡vampiros... —el posadero sonrió malignamente— eso es otra cosa! —¡Oh, qué pena! —mohineó ella. —Si usted nos permitiera recorrer la casa, señor Thrope, tal vez encontraríamos algo interesante. —Hagan como quiera, pero observo que no traen cámaras fotográficas. —¡Oh, sí! Vea. —Él extrajo del bolsillo interior de su abrigo una pequeña cámara fotográfica, no mayor que un paquete de cigarrillos. —Artefactos modernos —murmuró Thrope—. Bien, repito que pueden hacer como gusten, pero les advierto que las tablas del tercer piso están podridas y cualquier descuido... Es mejor que no se aventuren por ahí. Buenas noches, señores. Thrope salió, cerrando tras sí. Cuando los jóvenes quedaron solos... —¿Qué idea tuviste para hablarle de vampiros? —Quise divertirme un poco, querida. Si nos fijamos bien, este Thrope podría ser uno de los vampiros de «Mortise» —rió el joven—. ¿No te parece? ¿Has visto sus dientes? ¿Y ese ojo que parece moverse como un basilisco? ¿Y sus manos cadavéricas y potentes? Ella, quitándose el abrigo, parecía no escuchar lo que su marido le decía. Abruptamente preguntó: —¿Visitaremos el caserón? —Sí, creo que aquí encontraremos lo que buscamos, querida. La muchacha se volvió hacia él y lo miró a los ojos: —Sé lo que piensas —dijo—. Thrope despoja y asesina a los incautos que vienen a solicitar albergue, como nosotros. —Sí. Se le conoce como el vampiro de Northrute, pero estoy seguro que es algo más que un vampiro. —¿Le tenderemos una trampa? Él no respondió; ponía atención. Se llevó el índice a los labios y con la otra mano indicó el cielo raso. Un crujido de madera en el piso superior llegó a ellos, apagado. Luego otro, más débil y lejano y, por último, cesaron cuando unos pesados pies parecían ir subiendo una escalera de madera. —Hay actividad en el tercer piso, querida. Ni siquiera han de esperar que nos durmamos para atacarnos. —¿Quién subirá y a qué? —Thrope va en busca de su hijo. Apaga la luz. —Él ignora que nosotros sabemos que tiene mujer e hijo, querido —dijo ella mientras apagaba las velas. —Ni tampoco sabe otras cosas que le sorprenderán. Mientras tanto, el gigantesco posadero llegaba a una pocilga del tercer piso. Ronquidos de amplia gama politonal parecieron recibirlo. Thrope encendió una vela y lanzó un puntapié a un bulto enorme que dormía sobre un asqueroso jergón. —¡Arriba, Tom! ¡Despierta, bestia maldita! Los ronquidos cambiaron una vez más el tono y cesaron. En el lecho se alzó un ser humano de aspecto mil veces más repugnante que el de Guy Thrope. La naturaleza se había ensañado con aquella criatura; como a su padre, le había privado del ojo derecho, dejando en su lugar algo semejante a una llaga purulenta. La boca torcida descubría largos y desiguales dientes; la frente estrecha y casi totalmente cubierta de cerdosos cabellos, que nacían junto a las cejas, formando el todo un parecido brutal con los grandes simios. Los brazos eran extremadamente largos y terminaban en grandes manos, provistas sólo de tres dedos cada una, estando atrofiados los otros dos (el meñique y el dedo anular de cada mano); pero a simple vista esas manos resultaban más potentes que la más fuerte de las tenazas. Su estatura sobrepasaba con mucho la de su padre; pese a que sus cortas piernas habían sido creadas retorcidas. Ese hombre debía medir dos metros por lo menos. Mientras Thrope lo despertaba, la bestia movía la cabeza de un lado a otro para despabilarse del todo... —¡Arriba, Tom! —azuzaba su padre—. ¡Despierta, despierta! —Algunos gruñidos apagados respondieron al apremio del otro—. Abajo hay dos que parecen muy ricos, Tom. Ve abajo y chúpales la sangre, luego los arrojas al pozo. Mientras decía esto, Thrope reía quedamente, siendo coreado por un cloqueo espeluznante de Tom. —¿Me has entendido? Los arrojas al pozo como hemos hecho con los otros que han llegado hasta aquí. ¿Me has comprendido, Tom? El monstruo volvió a cloquear, mientras sacudía la cabeza afirmativamente. —Ellos han preguntado por los vampiros de «Mortise», ¡ja, ja, ja!, los vampiros del cementerio y, más aún, quieren fotografiarlos. Se burlan de la leyenda. Pero nosotros les haremos ver la realidad. ¡Los vampiros de Northrute o de «Mortise», como ellos quieran, existen, Tom! ¡Vamos, vamos! ¡Arriba! ¡Arriba! Mientras tú preparas todo, yo iré a avisar a tu madre. Gruñidos y cloqueos respondieron a Thrope, mientras abandonaba la maloliente habitación. El posadero salió al pasillo, totalmente sumido en tinieblas; y se encaminó a la desvencijada escalera procurando no hacer crujir las tablas del piso. Fue cuando llegaba al descanso para iniciar el descenso que, algo proveniente de su espalda, más negro que la misma oscuridad, pasó por sobre su cabeza con un ominoso aleteo. Thrope lanzó un juramento: —¡Malditos murciélagos! Jamás había sentido sobre mi cabeza uno tan grande. Guy Thrope llegó abajo y cuando su pie más corto se apoyaba en el último escalón, un alarido de mujer, lleno de terror, angustia y muerte, sacudió la vieja casona. El posadero se detuvo asombrado; el grito había sonado en el cuarto donde descansaba la madre de Tom, es decir su propia esposa. Rápidamente y con más agilidad que la que pudiera suponérsele, dada su deficiencia física, Thrope entró en el cuarto; justamente cuando abría la puerta de la habitación en tinieblas, un ave negra, batiendo sus grandes alas membranosas, salía de la estancia, casi derribando a Thrope. La verdad es que el posadero creyó que era un ave, pero en realidad aquella cosa más se parecía a un murciélago enorme que a un ave. Thrope tuvo que apoyarse en la pared para no caer; el corazón le palpitaba furiosamente. Cuando se rehizo de la impresión, buscó a tientas la vela que siempre había sobre un cajón que servía de velador en la alcoba. Ahí estaba; la encendió. Entonces, lo que vio, le erizó el cabello de pavor al «Vampiro de Northrute»: sobre el lecho yacía una mujer robusta, sucia y desgreñada. La mitad de su cuerpo yacía caído fuera de la cama mugrienta y sus grasientos cabellos pendían como una macabra peluca; el rostro, retorcido por el terror, tocaba casi el suelo; los ojos desorbitados y el rictus de los labios contraídos en un segundo grito que no fue emitido. Thrope, sin poder creer lo que veía, se aproximó al lecho, levantando la vela; entonces pudo ver dos puntos rojos en el cuello de la muerta, al parecer producidos recientemente, ya que aún dejaban escapar sendos hilillos de sangre que goteaba sobre el piso. La luz temblaba en su mano... —¡Ma... Maggie! —musitó incrédulo—. ¡Vampiros! ¡Vampiros de «Mortise»! Como alma que lleva el diablo, Guy Thrope abandonó la habitación, dejando caer la vela. Cayendo y levantándose, corrió hacia la habitación de los huéspedes, mientras balbuceaba palabras incoherentes, producto de su miedo. Cuando estuvo ante la cerrada puerta, golpeó con frenesí mientras exclamaba: —¡Abran! ¡Abran! ¡Le ha ocurrido una desgracia a mi esposa! Dentro de la habitación, ella dijo: —Es el señor Thrope. —El vampiro parece aterrorizado. Me pregunto, ¿formará parte esto, de su procedimiento para atraparnos? La voz ahogada de Thrope y sus golpes en la puerta hicieron que él abriera, no sin ciertas precauciones. —Señor Thrope. —Una desgracia, señor, una desgracia —gimió el tuerto. —¿Qué ha sucedido? El rostro del joven parecía preocupado. —Mi esposa ha sido atacada por... por los vampiros. Ella se acercó a su marido, como buscando refugio. —¿Vampiros? Yo pensaba que... —Sí, sí, todo el mundo cree que los Thrope somos los vampiros —interrumpió el posadero—. Nos llaman vampiros y asesinos, pero ya ven, ¡ella... ha sido atacada y muerta! —¿Quién puede decir que los Thrope son asesinos? —indagó él. —¡Señor, le ruego que me acompañe! Venga conmigo, se lo suplico. Quizás haya tiempo para salvar a Maggie. Los dos jóvenes se miraron. —Tú te quedas aquí, querida. Cierra bien la puerta por dentro. —Así lo haré. Descuida. —Vamos, señor Thrope. Poco después el joven y el posadero estaban frente al cadáver de Maggie. El periodista la examinó someramente y luego, irguiéndose, dijo con acento solemne: —No hay nada que hacer, Thrope. —¡Los vampiros le han robado la sangre! —berreó el gigante. —Yo diría que Maggie no murió a causa de la sangre que le fue succionada, Thrope; más bien murió por la impresión que le causó algo horrible. Observe usted su mirada. Conserva aún la expresión horrorizada que... —Ella debió haber visto lo que pasó sobre mi cabeza, cuando yo entraba aquí —interrumpió Thrope—. También lo sentí en el pasadizo del tercer piso. El joven se quedó pensativo unos segundos, con la barbilla apoyada en la palma de la mano. Luego levantó la cabeza y lanzó su pregunta: —¿Ha ido a ver si su hijo está bien? El posadero abrió desmesuradamente el ojo y la boca. —¿Qué quiere decir? —balbuceó—. ¡Mi hijo! ¡Tom...! —Sí, a él me refiero, señor Thrope. Creo que usted lo envió a preparar el pozo... Los labios del posadero temblaron convulsivamente y dio un paso atrás como si en el periodista estuviese viendo a uno de los vampiros. —¿Có... cómo lo... lo sabe? ¿Quién es usted? ¿Son malditos policías acaso que...? Y como si aquello fuese el santo y seña del horror, un grito desgarrador, proveniente de lo más profundo de la casa, estremeció sus cimientos. —¡Toooooommm! Lanzando un ronco gemido, Thrope salió de la habitación seguido por el joven. Abrió violentamente una puerta oculta tras un raído y sucio cortinaje y descendió los resbaladizos escalones de piedra. Su voz, dolorida y angustiada, seguía llamando a su hijo, pero sin obtener respuesta. Antes de llegar abajo, cayó dos veces en la oscuridad. Por último, llegó a lo que parecía una bodega de vinos. Una vela esparcía su macilenta luz en torno y en medio de la estancia, junto a una puerta-trampa abierta, yacía caído el monstruoso hijo de Thrope. Por segunda vez el posadero sintió que el valor lo abandonaba; como fascinado, pero temblando, se acercó al cadáver. Desde lo profundo de la oquedad que dejaba expedita la puerta-trampa llegaba un vaho terrorífico; un vaho a podredumbre y muerte. Thrope se arrodilló junto al cuerpo y entonces vio los puntos rojizos en el cuello, sobre la yugular. Lanzando una exclamación, Thrope se levantó. Justamente entonces sintió que la estancia se llenaba de aleteos, poderosos y agoreros. Giró rápidamente sobre sus talones y... ¡los vio! Eran dos vampiros negros, enormes, que batiendo sus alas se abalanzaban sobre él, mirándole con sus ojillos de una manera odiosa. Los chatos hocicos se abrieron dejando ver agudos dientes, afilados como puñales, y una de las bestias aún tenía vestigios de la sangre adherida a los pelos de la piel que circundaba la boca. Un alarido de terror se multiplicó por la reverberación de la habitación, yendo a morir en el fondo del pozo que había servido de sepulcro a tanta víctima inocente. Las poderosas alas de uno de ellos golpeó la vela que Thrope había dejado sobre el piso junto a Tom, apagándola. El otro, lo derribó con su peso; el gigante se debatía ahora angustiosamente bajo los dos mamíferos malolientes y peludos, pero era inútil. Se dio cuenta que terminaría por ser víctima de sus ansias de sangre. Vio a escasos centímetros de su rostro los cuatro ojos que lo miraban con salvaje alegría y entonces en ellos Thrope creyó reconocer las miradas de... Chilló de dolor y miedo cuando un par de incisivos se clavaron en su garganta; luego otro par. Luchó, luchó con desesperación pero las zarpas y alas de las bestias lo inmovilizaban. Sintió el sonido propio de la succión de la sangre, de su propia sangre; luego una especie de lasitud que lo iba sumiendo en un sueño no deseado. Sin embargo, Thrope se daba cuenta que al dormirse ya no despertaría jamás en este mundo. Quiso gritar pidiendo auxilio; se revolvió levemente una vez más; su cuerpo se sacudió como el de un animal que ha sido apresado por una fiera de la selva y está muriendo. Y Thrope estaba muriendo. Por último, con un último suspiro quedó inerte: todo había concluido. Faltando treinta minutos para que los rayos del sol sonrieran a la Tierra, él y ella, los huéspedes de Thrope, estaban en su cuarto. Los ojos les chispeaban de alegría, como si hubiesen pasado una excelente noche. Las mejillas sonrosadas y los labios muy rojos indicaban que la permanencia en la posada había sido reparadora. Afuera la tormenta ya cesaba. Ella se volvió hacia él con una encantadora sonrisa: —Había tanta sangre en el cuerpo regordete de la mujer, querido. —Sí, sí —sonrió él—, pero debemos apresurarnos. Pronto saldrá el sol y su luz debe encontrarnos ya en nuestros refugios de «Mortise». ¡Vamos! Los dos jóvenes extendieron sus brazos como en actitud de volar e hicieron un extraño movimiento, entonces dos vampiros emprendieron el vuelo a través de la abierta ventana, alejándose en dirección al pequeño cementerio de «La Mortaja». Los malditos se perdieron entre los raquíticos árboles, buscando el sepulcro que les daría reposo. Los vampiros descansarían hasta el crepúsculo. F I N
Escrito por imagenes el 13/06/2009 22:24 | Comentarios (2)
En un sueño Kuranes vio la ciudad del valle y lacosta que había más allá, y el pico que dominaba el mar, y las galeras pintadasde alegres colores que zarpan desde el puerto rumbo a las distantes regionesdonde el mar se junta con los cielos. También en un sueño consiguió el nombrede Kuranes, ya que durante la vigilia era llamado de forma distinta. Quizás lefue natural el soñar un nombre nuevo, ya que era el último de su estirpe y sehallaba solo entre las muchedumbres indiferentes de Londres, por lo que nohabía demasiados que pudieran hablar con él y recordarle quién había sido.Había perdido sus tierras y dineros, y no se preocupaba de los hábitos de lagente alrededor, ya que prefería soñar y plasmar tales sueños. Cuantoescribiera había despertado la hilaridad de aquellos a los que se lo habíamostrado, y, por último, dejó de escribir. Cuanto más se retiraba del mundoinmediato, más maravillosos se volvían sus sueños, y hubiera sido casi inútilel intentar traspasarlos al papel. Kuranes no era un hombre moderno, y no teníalas miras de otros que también escriben. Mientras ellos pugnaban por despojar ala vida de las ornadas vestimentas del mito, Kuranes tan sólo aspiraba a labelleza. Cuando la verdad y la experiencia no se la mostraron, se volvió haciala fantasía y la ilusión, hallándola en sus mismos umbrales, entre losnebulosos recuerdos de los cuentos de su niñez y entre los sueños.
Nohay mucha gente que sepa cuántas maravillas se les abren en las historias y visionesde juventud, ya que cuando somos niños oímos y soñamos, albergamos ideas amedio cuajar, y cuando al hacernos hombres intentamos recordar, nos vemosestorbados y convertidos en seres prosaicos por el veneno de la vida. Peroalgunos de nosotros nos despertamos en mitad de la noche entre extrañosfantasmas de colinas y jardines encantados, de fuentes cantarinas al sol, deacantilados dorados a la vera de mares rumorosos, de llanuras abiertas en tornoa somnolientas ciudades de bronce y piedra, de la severa compañía de héroescabalgando blancos caballos engualdrapados junto a espesas selvas; y entoncessabremos que hemos vuelto los ojos a las puertas de marfil del mundo deprodigios que fuera nuestro antes de convertirnos en sabios e infelices.
Kuranesvolvió de súbito al viejo mundo de la infancia. Había estado soñando con lacasa donde naciera; el gran hogar de piedra cubierto por la hiedra, dondevivieran trece generaciones de antepasados, y donde hubiera ansiado morir.Lucía la luna, y él se había escabullido por la fragante noche veraniega;atravesó jardines, bajó terrazas, dejó atrás los grandes robles y recorrió ellargo camino blanquecino hacia el pueblo. La villa parecía muy antigua, con suslímites tan reducidos como aquella luna que comenzaba a menguar, y Kuranes sepreguntó si bajo los tejados picudos de las casitas se albergaría el sueño o lamuerte. Las malas hierbas crecían en las calles, y los cristales de lasventanas a ambos lados se encontraban rotos o acechaban transparentes. Kuranesno se demoró, antes bien prosiguió trabajosamente, como al reclamo de algunameta. No osó desobedecer su llamada por miedo a que se revelase como unailusión similar a las necesidades y aspiraciones de la vigilia, que no conducena destino alguno. Luego se sintió atraído hacia un callejón que salía delcasco de la ciudad rumbo a los acantilados del canal y alcanzó el final de lascosas... el precipicio y el abismo donde el pueblo y el mundo entero sedesplomaban abruptamente en una vacuidad sin sonidos de infinito, y donde elcielo por delante se hallaba a oscuras, despojado de la menguante luna o de lasacechantes estrellas. La confianza le urgió a proseguir sobre el precipicio,en el abismo por donde descendió flotando, flotando, flotando; pasó oscuridad,incorporeidad, sueños no soñados, esferas débilmente iluminadas que podían sersueños soñados a medias y burlones seres alados que parecían mofarse de lossoñadores de todos los mundos. Entonces pareció abrirse una falla en laoscuridad de delante y vio la ciudad del valle, refulgiendo de forma radiante alo lejos, lejos y abajo, con el trasfondo del mar y del cielo, y la montañacubierta de nieves al pie de la orilla.
Kuranesse despertó en el mismo instante de vislumbrar la ciudad, aunque gracias aaquel fugaz vistazo supo que no se trataba sino de Celephaïs, en el valle deOoth-Nargai, más allá de las colinas Tanarias, donde su espíritu morara durantetoda la eternidad de una hora, una tarde de verano, mucho tiempo atrás, cuandose había escapado de su aya y había permitido que la cálida brisa marina leacunara hasta alcanzar el sueño mientras observaba las nubes desde los riscospróximos al pueblo. Entonces se había resistido, cuando lo encontraron, lodespertaron y lo llevaron de vuelta a casa, ya que justo al despertar habíaestado al borde de embarcar en una galera dorada rumbo a esas seductorasregiones donde el mar se reúne con el cielo. Y ahora
se sentía igualmente molesto de despertar, ya quehabía reencontrado su fabulosa ciudad tras cuarenta fatigosos años.
PeroKuranes volvió a Celephaïs tres noches después. Como anteriormente, soñó alprincipio con el pueblo durmiente o muerto, y con el abismo por el que unodebía caer flotando en el silencio; luego apareció de nuevo el acantilado ypudo contemplar los resplandecientes minaretes de la ciudad, y vio las galerasllenas de gracia fondeadas en el puerto azul, y observó los gingkos de monteAran meciéndose con la brisa marina. Pero esta vez no se vio bruscamentearrebatado y fue a posarse tan suavemente como un ser alado sobre una colinaherbosa, hasta que al fin sus pies reposaron sin violencia sobre el césped.Había por fin regresado al valle de Ooth-Nargai y a la esplendorosa ciudad deCelephaïs.
Kuranesfue cuesta abajo entre hierbas aromáticas y flores brillantes, cruzó elburbujeante Naraxa por el puentecillo de madera sobre el que grabara su nombretantos años atrás, y cruzó las susurrantes arboledas rumbo al gran puente depiedra que llevaba a las puertas de la ciudad. Todo seguía como antes; ni lasmurallas marmóreas se habían descolorido, ni se habían deslucido las estatuasde bronce que las coronaban. Y Kuranes vio que no debía temer que las cosas queconociera hubieran desaparecido, ya que incluso los centinelas de las murallaseran los mismos, y tan jóvenes como los recordaba. Al entrar en la ciudad,cruzando las puertas de bronce y pisando el pavimento de ónice, los mercaderesy los camelleros lo saludaban como si no se hubiera marchado jamás; y leocurrió lo mismo en el templo de turquesa de Nath-Horthath, donde lossacerdotes tocados de orquídeas le informaron de que el tiempo no existe enOoth-Nargai, sino tan sólo juventud eterna. Entonces Kuranes fue por la callede las Columnas hasta el muro marítimo, donde se reunían mercaderes ymarineros, así como extrañas gentes llegadas de las regiones donde el mar sejunta con el cielo. Allí
estuvo largo rato, oteando sobre el puerto brillantedonde el oleaje centellea bajo un sol desconocido y donde se encuentran listaspara zarpar las galeras de lugares lejanos. Y contempló también al monte Aranalzándose regiamente sobre la orilla, las suaves laderas verdes con sus árbolesbalanceándose y su cima blanca rozando las nubes.
Másque nunca, Kuranes sintió el anhelo de embarcar en una galera rumbo a loslejanos lugares sobre los que había oído contar tantas extrañas historias, ybuscó de nuevo al capitán que había aceptado enrolarlo hacía tanto tiempo.Encontró a aquel hombre, Athib, sentado sobre el mismo cofre de especias que ocuparaantaño, y Athib no parecía ser consciente de cuánto tiempo había transcurrido.Entonces los dos remaron hasta una galera del puerto y, dando órdenes a losremeros, comenzaron a bogar sobre el ondulante mar Cerenio que conduce hasta elcielo. Durante varios días se deslizaron sobre el mar agitado hasta alcanzarpor fin el horizonte, donde el mar se reúne con el firmamento. Aquí la galerano llegó a detenerse, sino que fue flotando despacio por el azul celeste entrenubes de algodón teñidas de rosa. Y muy por debajo de la quilla, Kuranes llegóa divisar extrañas tierras y ríos y ciudades de arrebatadora belleza, tendidasindolentes al resplandor de un sol que nunca parecía menguar o desaparecer. Alfin Athib le comunicó que el viaje estaba próximo a concluir, y que prontoarribarían al puerto de Serannian, la ciudad de mármol rojo de las nubes, queha sido edificada en esa etérea costa donde el viento del poniente sopla porlos cielos; pero cuando la más alta de las torres talladas de la ciudadapareció a la vista, se produjo un sonido en algún lugar y Kuranes despertó ensu buhardilla de Londres.
Durantemuchos meses, Kuranes buscó en vano la maravillosa ciudad de Celephaïs y susgaleras celestiales; y aunque sus sueños le llevaron a multitud de lugares magníficos,nunca antes narrados, nadie de cuantos se cruzó fue capaz de indicarle cómoencontrar Ooth-Nargai, más allá de la colinas Tanarias. Una noche sobrevolóoscuras montañas donde ardían mortecinos y solitarios fuegos de campamento, auna gran distancia, y había extraños rebaños de seres velludos cuyos guíasportaban resonantes campanillas; y en la parte más salvaje de aquel montañosodistrito, tan remoto que pocos hombres habían llegado a verlo, encontró unmuro o calzada de piedra, de espantosa antigüedad, zigzagueando entre las cimasy los valles; demasiado grande incluso para haber sido construido por manoshumanas, y de tal longitud que ninguno de sus extremos estaba a la vista. Másallá del muro, en el alba gris, llegó a una tierra de pintorescos jardines ycerezos, y al alzarse el sol pudo contemplar la belleza de flores rojas yblancas, follajes verdes y céspedes, caminos blancos, arroyos cristalinos,estanques azules, puentes tallados y pagodas de tejados rojos; y buscó a lagente de esa tierra, pero comprobó que allí no había nadie, fuera de pájaros,abejas y mariposas. Otra noche Kuranes se acercó a una escalera espiral depiedra, húmeda y sin fin, y llegó a una ventana de una torre que dominaba unagran llanura y un río a la luz de la luna llena, y en aquella silenciosaciudad que se extendía por la orilla del río creyó columbrar algún rasgo oaspecto nunca antes visto. Hubiera bajado a preguntar por el camino aOoth-Nargai de no ser por la temible aurora que se alzó sobre algún remoto lugarmás allá del horizonte, mostrando las ruinas y la antigüedad de la ciudad, yel estancamiento del río enrojecido y la muerte enseñoreándose de esa tierra,tal y como sucediera desde que el rey Kynaratholis volviera de sus conquistaspara arrostrar la venganza de los dioses.
Asíque Kuranes buscó infructuosamente la maravillosa ciudad de Celephaïs y susgaleras que bogan hasta Seranman a través de los cielos, presenciando mientrastanto multitud de maravillas y escapando en una ocasión por los pelos del sumosacerdote que no puede ser descrito, aquel que porta una máscara de sedaamarilla sobre el rostro y mora solitario en un prehistórico monasterio depiedra en la fría meseta desértica de Leng. Según crecía su impaciencia durantelos pocos acogedores intervalos de vigilia, comenzó a comprar drogas paraprolongar sus periodos de sueño. El hachís resultó de gran ayuda, y una vez locondujo hasta una parte del espacio donde no existen formas, pero donde gasesresplandecientes estudian los secretos de la existencia. Y un gas violeta ledijo que esa parte del espacio se encontraba más allá de lo que se conoce comoinfinito. El gas no había oído hablar anteriormente de planetas u organismos,pero identificó sin dificultad a Kuranes como alguien procedente de eseinfinito donde existen materia, energía y gravitación. Kuranes se sentía ahorasumamente ansioso de volver a esa Celephaïs salpicada de minaretes y aumentósus dosis de drogas, pero finalmente se le acabó el dinero y ya no pudo comprarmás. Entonces, un día de verano lo desahuciaron de su buhardilla y vagabundeóindefenso por las calles, pasando por un puente hasta un sitio donde las casasresultaban cada vez más míseras. Y entonces llegó la culminación, y se encontrócon el cortejo de caballeros llegados de Celephaïs para llevarlo allí porsiempre.
Apuestoscaballeros eran, a horcajadas sobre caballos ruanos y revestidos de brillantesarmaduras y tabardos de curiosos blasones. Resultaban tan numerosos queKuranes estuvo a punto de confundirlos con un ejército, pero su jefe le informóde que habían sido enviados en su honor, ya que era él quien había creadoOoth-Nargai en sus sueños, por lo que sería nombrado su dios supremo parasiempre. Entonces brindó un caballo a Kuranes y lo emplazaron a la cabeza de lacomitiva, y todos cabalgaron majestuosamente por las calles de Surrey camino dela región donde Kuranes y sus antepasados nacieran. Era algo muy extraño, yaque cada vez que pasaban por un pueblo a la luz del crepúsculo tan sólo veíanlas casas y pueblos que Chaucer y gentes aún anteriores podían habercontemplado, y a veces veían a caballeros en sus monturas, acompañados depequeñas compañías de secuaces. Al caer la noche viajaron más ligeros, hastaque pronto parecieron volar de forma asombrosa por los aires. Con la débilalborada llegaron al pueblo que Kuranes viera vivo durante su infancia y queahora estaba dormido o muerto en sus sueños. Ahora vivía, y los pueblerinos másmadrugadores les hicieron reverencias mientras los jinetes cruzabanruidosamente las calles y torcían por el callejón que iba a parar al abismo delsueño. Previamente, Kuranes había entrado en tal abismo sólo de noche, y sepreguntaba por su aspecto durante el día; así que oteó ansioso mientras lacolumna se aproximaba al borde. Cuando galopaban por la pendiente hacia elprecipicio, un fulgor dorado se alzó en alguna parte del oriente y cubrió todoel paisaje de resplandecientes ropajes. El abismo se mostraba ahora como uncaos hirviente de esplendores rosados y cerúleos, y unas voces invisiblescantaban exultantes mientras el séquito de caballeros rebasaba el borde yflotaba graciosamente a través de las nubes resplandecientes y los fulgoresplateados. Los jinetes flotaron sin fin, sus monturas hollando el éter como sigaloparan sobre arenas doradas, y luego los vapores luminosos se abrieron paradesvelar una luz aún mayor, el brillo de la ciudad de Celephaïs y de la riberade más allá, y el pico nevado que dominaba el mar, y las galeras alegrementepintadas que zarpan rumbo a las lejanas regiones donde se juntan el mar y elcielo.
YKuranes reinó desde entonces en Ooth-Nargai y todas las regiones cercanas delsueño, y estableció alternativamente su corte entre Celephaïs y la Serannian,la ciudad de las nubes. Aún reina allí, y reinará feliz por siempre, aunquebajo los acantilados las mareas del canal agitaban burlonas el cuerpo de unvagabundo que pasara dando traspiés por el pueblo medio desierto al alba;jugueteaban burlonas y lo zaherían contra las piedras bajo Trevor Tower,cubierta de hiedra, donde un fabricante de cerveza particularmente paletodisfrutaba de una atmósfera comprada de extinta nobleza.
Escrito por imagenes el 14/06/2009 08:04 | Comentarios (0)
DE LA ANTOLOGÍA VISIONES PELIGROSAS DE HARLANELLISON
Philip K. Dick
En unasociedad devastada por la Guerra de Hidrógeno la joven doncella se dirige a unzoológico futurista y tiene relaciones sexuales con varias formas de vidainhumanas y deformes en las jaulas. En este particular sentido es una mujer queha sido formada con los restos de los cuerpos dañados de varias mujeres, ytiene relaciones con una alienígena, ahí en la jaula, y después aplicados sobrela mujer medios de una ciencia futurista, concibe. El niño nace, y ella y laalienígena en la jaula luchan para ver quién se queda con él. La joven mujerhumana gana, e inmediatamente devora a su progenie, pelo, dientes, dedos ytodo. Justo después de haber terminado descubre que el bebé es Dios.
FIN
Escrito por imagenes el 14/06/2009 22:46 | Comentarios (0)
Hace pocos días entré en una tienda de tiroleses, y como había de fijarme en otra cosa, me fijé en un reloj de pared y pregunté el precio. -Quince duros -me dijo el dueño. ¡Quince duros! -repetí yo en voz baja y como dudando si me decidiría o no a comprarle. -Es una ganga -se apresuró a añadir mi interlocutor para acabar de decidirme-. Ya ve usted, por quince duros un reloj de péndulo. Esto acompaña por las noches. -Esto acompaña -exclamé yo entonces-; he aquí lo que yo busco: algo que me acompañe en mis largas horas de fastidio; algo que rompa el triste silencio de mis eternas noches de insomnio. Y sin meterme en más averiguaciones, compré el reloj y lo llevé a mi casa. En hora aciaga lo hice. Razón tienen los que aseguran que más vale estar solo que mal acompañado. Pero no adelantemos el discurso. Vamos por partes, que la cosa merece ser referida punto por punto. Llevé, como dejo dicho, el reloj a mi casa, lo colgué en mi alcoba, le di cuerda y comenzó a moverse el péndulo. Entre las cosas que ignoro, que son bastantes, una de ellas es en qué consiste sobre poco más o menos el mecanismo del reloj. Quedéme, pues, un gran espacio de tiempo contemplando aquella maraña de ruedas y aquel péndulo, que se movían por sí solos, con una estupidez digna del salvaje más salvaje de la más remota isla del mundo. El reloj comenzaba a divertirme, lo cual probará a mis lectores que a pesar de todo yo me divierto con bastante poca cosa. Pasó el día, llegó la noche, metíme en la cama, y aquí te quiero ver escopeta, o mejor dicho, aquí te quiero ver reloj -exclamé para mi almilla-, acomodándome como mejor pude en el fementido lecho y cerrando los ojos no sin haber antes apagado la luz con el tacón de una bota. El reloj, en efecto, hubo de comprender que había llegado la hora de lucir sus habilidades y pareció como que empezaba a moverse con un ruido más igual y perceptible. Al principio el compasado tric... trac del péndulo que llevaba la batuta en esa misteriosa sinfonía de ruidos que accidentan el alto silencio de la noche, me distrajo un poco, y hasta puedo decir que me acompañó en la soledad. Al cabo de una media hora comencé a encontrar alguna monotonía en aquel continuo y alternado martilleo, y si con la voluntad hubiera podido hacer que se apresurase o se retardara el movimiento del péndulo, de seguro lo habría apresurado o detenido. Más tarde, cuando comenzaron mis párpados a cerrarse insensiblemente, cuando hasta mis ideas se elaboraban con más lentitud, cuando el sopor del sueño comenzó a embargarme con su voluptuosa languidez, cien veces estuve tentado de levantarme a parar aquella maldita máquina que con imperturbable compás seguía sonando sin debilitar su ruido ni retardarlo a medida que todo se apagaba y parecía borrarse dentro y fuera de mí. Unas tras otras, mis ideas reales fueron desapareciendo, y otra serie de ideas informes que pertenecen a la vida del sueño, que es sin duda alguna una existencia doble y aparte de la existencia positiva, se alzaron del fondo de mi cerebro y comenzaron a flotar como un vapor ligerísimo ante los ojos del alma. Me dormí, pero no tan profundamente que no siguiera escuchando como un rumor alternado y confuso el tric trac del reloj. Aquel monótono ruido debió influir en la visión de mi sueño, o al menos modificarla, como sucede a menudo con las sensaciones que se experimentan durante la noche. La imaginación se apodera de estas sensaciones exteriores y, desfigurándolas y dándolas una forma extraña, las asimila a sus extravagantes desvaríos. Sólo así puedo explicarme la visión que tuve. Soñé que me encontraba en un campo inmenso; ante mis ojos se abría un horizonte dilatadísimo; ni una ligera nube empañaba el cielo, ni una línea pintoresca accidentaba el paisaje; todo era igual y monótono, todo verde a mis pies, todo azul sobre mi cabeza: una faja gris cortaba el fondo en el punto donde el suelo y el cielo parecían tocarse y confundirse. Una mujer hermosa pasó a mi lado; la hablé, y no me contestó, ni levantó siquiera los ojos de una flor que llevaba en las manos. Sino, sano, iba diciendo a medida que arrancaba las hojas de la flor, que era blanca y con el botón amarillo. Sí... no, sí... no, sí... no y de aquí no salía. Diríase que las hojas arrancadas tornaban a reproducirse en el instante, pues ella no cesaba de quitarle hojas a la flor, y a la flor siempre le quedaban algunas. No puede nadie formarse una idea de lo que me fatigaba una cosa tan sencilla. Porque lo particular del caso era que las hojas, al desprenderse, hacían un ruido particular, de modo que al mismo tiempo que la mujer decía si... no, sí... no, las hojas la acompañaban haciendo tric trac, tric trac. Pero ya se ve. ¿No había de fatigarme aquel laberinto si allí no había campo, ni mujer, ni flor, ni palabra alguna, sino el maldito péndulo? «Vamos -exclamé entreabriendo los soñolientos párpados-, el reloj me va a dar la noche», y me volví del otro lado y procuré coger de nuevo el sueño. El reloj seguía impasible, por donde no había forma de volverme a dormir. Determiné, por tanto, sacar el mejor partido que pudiera de sus acompasados golpes. Primero me tomé el pulso y me entretuve en notar si marchaba al compás del péndulo. Después empecé a contar los latidos del corazón de acero de aquella endiablada máquina. Conté no sé hasta cuántos; lo que puedo decir es que ya me faltaba tiempo para enumerar la cifra en el espacio que mediaba entre golpe y golpe. Ochenta y ocho mil novecientos noventa y ocho, ochenta y ocho mil novecientos noventa y nueve, decía yo entre dientes y apresurándome para no trabucar la cuenta, con un afán y una angustia que no los tendría mayores si se tratara de darme un doblón por cada uno de los golpes que iba contando. Y es el caso que yo no quería contar más y, no obstante mi deseo, seguía contando con la imaginación. En esta batahola de la voluntad, en pugna con la pertinacia de esta otra voluntad independiente de nosotros que nos hace hacer lo que no queremos, me quedé por segunda vez dormido. Volví a soñar. De este segundo sueño me queda un recuerdo tan confuso que es muy difícil coordinarlo. Soñé que estaba quieto y que andaba. Estaba quieto porque, deseando no andar, me había sentado en un camino del que no veía el fin; y andaba porque oía el ruido de los tacones de mis botas, que parecían de acero y que yo iba sobre un plano de cristal. Y lo particular de la pesadilla consistía en que a pesar de tener la conciencia de mi quietud, me empeñaba en que aquel ruido de pasos era mío, y estaba tan persuadido de esto que por un fenómeno inexplicable me cansaba el movimiento sin moverme. «¿Si andará alguien junto a mí?», decía yo entre dientes, sudando ya la gota gorda y con una angustia indecible. Volvía la cara a todos los lados y no veía a nadie. Y el ruido de los pasos no dejaba de oírse con una regularidad matemática. Tric trac, tric trac..., seguían haciendo los tacones: los tacones, digo mal, porque lo que seguía sonando era el maldito de cocer del péndulo. Pues, señor, está visto -torno a decir al tornar a despertarme-; es cosa decidida que yo no he de pegar los ojos en toda la noche. Y no sabiendo ya qué hacer, me puse a tararear una barcarola al compás de los golpes del reloj, que yo en mi mente fingía que eran los de los remos. Figuraos una noche serena, un cielo azul oscuro sembrado de puntos de oro, un mar de plata en cuyas olas se quiebra y chispea la claridad de la luna, un esquife ligerísimo que corta las aguas dejando en pos una estela ancha y brillante, el profundo silencio de la inmensidad y las notas de una canción que flotan en el aire, donde la melodía se mece impregnada en voluptuosa languidez al cadencioso golpe de remo. No hay poeta romántico, no hay niña novelesca que no haya soñado alguna vez este cuadro del mar, la cancioncita, el barquito y la luna; cuadro magnífico, situación llena de poesía, de la que se ha abusado tal vez, pero que indudablemente es hermosa. Perfectamente arrebujado en la ropa de la cama, entre despierto y dormido, cantando más que con los labios con la Imaginación una célebre barcarola de Weber, gocé durante algunos minutos de todas las delicias que hubiera podido gozar con la realidad de lo que me fingía. Hubo momentos durante los cuales creí que mi catre de hierro oscilaba al compás de los repetidos golpes del reloj, y que las gotas del agua, heridas por el remo, me saltaban a la cara. «¿Pero adónde diablos voy cantando y dándole al remo como un galeote por esta mar sin límites?», empecé a preguntarme al cabo de un cuarto de hora, y cuando ya había, por decirlo así, pasado revista a todo mi repertorio musical marítimo, que no es pequeño. Y bogaba y bogaba, y parecía que los golpes que marcaban la mesura, me obligaban a cantar, que quieras que no, siempre en un mismo compás. Con la frente cubierta de sudor, cansado de agitarme a un lado y otro, y completamente hastiado de aquella música que sin que yo quisiera me seguía sonando en el oído, resolví incorporarme en la cama para salir de la especie de sonambulismo lúcido en que me encontraba. -¡Gracias a Dios! -exclamé una vez sentado, ya el golpe del péndulo no me parece otra cosa que lo que en efecto es. Y me tranquilicé un rato, aunque para volverme a desesperar de nuevo. Yo he oído la polilla roer durante horas y horas, con una persistencia digna de mejor causa, los maderos del balcón de mi cuarto. Yo me he pasado en claro una y hasta tres noches sintiendo el aire entrar con un ruido sin nombre por el cañón de la chimenea de mi gabinete, y en un puerto de mar he soportado quince días de temporal escuchando el monótono y lejano bramido del oleaje; yo, por último, tengo un vecino, que Dios confunda, el cual vecino tiene un perro, cuyo perro, no sé si casual o intencionadamente, deja la mitad de las noches en la escalera, de modo que el animalito se entretiene en aullar hasta que amanece, y sin embargo yo, que he tenido el disgusto de apreciar y aquilatar tantos ruidos incómodos, confieso que no conozco nada tan impertinente, tan cansado, tan abrumador como el eterno dale que le das de un reloj de péndulo. Después de haberlos descompuesto y analizado, en el ruido del insecto que roe, en el murmullo del aire que zumba, en el eco lejano del mar que brama, en los lastimosos aullidos del perro que araña las puertas, hay una inmensa escala de tonos cuya diferencia llega a hacerse perceptible y rompen la monotonía. En algunas ocasiones he creído oír hasta palabras y frases entrecortadas en el silbo de los vientos, he seguido al insecto invisible en todas las peripecias de su titánica obra y he escuchado como una especie de himno en el murmullo de las aguas; pero por más que aquella noche intenté descomponer el continuado martilleo del reloj, no pude sacar en limpio sino dos golpes secos, metálicos, monótonos hasta la saciedad. Ya no podía dormir, ya no podía soñar siquiera para variar el suplicio; en mi lucha con el péndulo, comenzaba a ceder; a la impaciencia nerviosa, había sucedido una postración momentánea, precursora tal vez de una gran crisis. Oía los golpes como si me sonasen dentro de la cabeza. Los latidos de mis sienes no marchaban ya a compás con los de la máquina, porque la fiebre los había apresurado. Yo no sé dónde he leído que en la Inquisición daban un tormento horrible, dejando caer alternativamente sobre la cabeza del acusado una gota de agua fría y otra hirviendo. En aquel instante hubiera jurado que cada uno de aquellos golpes era una gota de plomo derretido o de nieve que me taladraba el cráneo y me encendía o me espasmodizaba, causándome dolores horribles. Intenté sustraerme a aquel extraño tormento tapándome los oídos. ¡Afán inútil! Desesperado, sin fuerzas para aguardar el día en aquella angustia, salté de la cama, busqué a tientas y precipitadamente un fósforo y lo encendí. Yo no podré asegurar hoy que no fuese una alucinación, pero al derramarse la claridad por la alcoba, al fijar mis ojos en la esfera del reloj, se me figuró que las manecillas retorciéndose y los números romanos combinándose extrañamente fingían una cara diabólica que se reía con una carcajada muda de mi tormento y mi afán. No pude contenerme; levanté una silla con las dos manos e hice añicos la condenada máquina, origen de todos mis sinsabores. Después volví a acostarme y me dormí con la tranquilidad de un justo. Al despertar el otro día y ver hecho pedazos el reloj, no pude menos de exclamar qué género de sistema nervioso sería el de nuestros padres, que no sólo gustaban de los relojes con péndulo, sino que ,¡horror!, los tenían hasta con cuco. El Contemporáneo 30 de abril, 1863
Escrito por imagenes el 15/06/2009 20:25 | Comentarios (0)
VINUM SABBATI Arthur Machen ... Vinum Sabbati Arthur Machen -- Mi nombre es Leicester; mi padre, el mayor general Wyn Leicester, distinguido oficial de artillería, sucumbió hace cinco años a una compleja enfermedad del hígado, adquirida en el letal clima de la india. Un año después, Francis, mi único hermano, regresó a casa después de una carrera excepcionalmente brillante en la universidad, y aquí se quedó, resuelto como un ermitaño a dominar lo que con razón se ha llamado el gran mito del Derecho. Era un hombre que parecía sentir una total indiferencia hacia todo lo que se llama placer; aunque era más guapo que la mayoría de los hombres y hablaba con la alegría y el ingenio de un vagabundo, evitaba la sociedad y se encerraba en la gran habitación de la parte alta de la casa para convertirse en abogado. Al principio, estudiaba tenazmente durante diez horas diarias; desde que el primer rayo de luz aparecía en el este hasta bien avanzada la tarde permanecía encerrado con sus libros. Sólo dedicaba media hora a comer apresuradamente conmigo, como si lamentara el tiempo que perdía en ello, y después salía a dar un corto paseo cuando comenzaba a caer la noche. Yo pensaba que tanta dedicación sería perjudicial, y traté de apartarlo suavemente de la austeridad de sus libros de texto, pero su ardor parecía más bien aumentar que disminuir, y creció el número de horas diarias de estudio. Hablé seriamente con él, le sugerí que ocasionalmente tomara un descanso, aunque fuera sólo pasarse una tarde de ocio leyendo una novela fácil; pero él se rió y dijo que, cuando tenía ganas de distraerse, leía acerca del régimen de propiedad feudal y se burló de la idea de ir al teatro o de pasar un mes al aire libre. Confieso que tenía buen aspecto, y no parecía sufrir por su trabajo, pero sabía que su organismo terminaría por protestar, y no me equivocaba. Una expresión de ansiedad asomó en sus ojos, se veía débil, hasta que finalmente confesó que no se encontraba bien de salud. Dijo que se sentía inquieto, con sensación de vértigo, y que por las noches se despertaba, aterrorizado y bañado en sudor frío, a causa de unas espantosas pesadillas. —Me cuidaré —dijo—, así que no te preocupes. Ayer pasé toda la tarde sin hacer nada, recostado en ese cómodo sillón que tú me regalaste, y garabateando tonterías en una hoja de papel. No, no; no me cargaré de trabajo. Me pondré bien en una o dos semanas, ya verás. Sin embargo, a pesar de sus afirmaciones, me di cuenta que no mejoraba, sino empeoraba cada día. Entraba en el salón con una expresión de abatimiento, y se esforzaba en aparentar alegría cuando yo lo observaba. Me parecía que tales síntomas eran un mal agüero, y a veces, me asustaba la nerviosa irritación de sus gestos y su extraña y enigmática mirada. Muy en contra suya, lo convencí de que accediera a dejarse examinar por un médico, y por fin llamó, de muy mala gana, a nuestro viejo doctor. El doctor Haberden me animó, después de la consulta. —No es nada grave —me dijo—. Sin duda lee demasiado, come de prisa y vuelve a los libros con demasiada precipitación y la consecuencia natural es que tenga trastornos digestivos y alguna mínima perturbación del sistema nervioso. Pero creo, señorita Leicester, que podremos curarlo. Ya le he V inum Sabbati A rthur Machen recetado una medicina que obtendrá buenos resultados. Así que no se preocupe. Mi hermano insistió en que un farmacéutico de la colonia le preparara la receta. Era un establecimiento extraño, pasado de moda, exento de la estudiada coquetería y el calculado esplendor que alegran tanto los escaparates y estanterías de las modernas boticas. Pero Francis le tenía mucha simpatía al anciano farmacéutico y creía a ciegas en la escrupulosa pureza de sus drogas. La medicina fue enviada a su debido tiempo, y observé que mi hermano la tomaba regularmente después de la comida y la cena. Era un polvo blanco de aspecto común, del cual disolvía un poco en un vaso de agua fría. Yo lo agitaba hasta que se diluía, y desaparecía dejando el agua limpia e incolora. Al principio, Francis pareció mejorar notablemente; el cansancio desapareció de su rostro, y se volvió más alegre incluso que cuando salió de la universidad; hablaba animadamente de reformarse, y reconoció que había perdido el tiempo. —He dedicado demasiadas horas al estudio del Derecho —decía riéndose— ; creo que me has salvado justo a tiempo. Bien, de cualquier modo, seré canciller, pero no debo olvidarme de vivir. Haremos un viaje a París, nos divertiremos, y nos mantendremos alejados por un tiempo de la Biblioteca Nacional. He de confesar que me sentí encantada con el proyecto. —¿Cuándo nos vamos? —pregunté—. Podríamos salir pasado mañana, si te parece. —No, es demasiado pronto. Después de todo, no conozco Londres todavía, y supongo que un hombre debe comenzar por entregarse a los placeres de su propio país. Pero saldremos en una o dos semanas, así que practica tu francés. Por mi parte, de Francia sólo conozco las leyes, y me temo que eso no nos servirá de nada. Estábamos terminando de comer. Tomó su medicina con gesto de catador, como, si fuera un vino de la cava más selecta. —¿Tiene algún sabor especial? —pregunté. —No; es como si fuera sólo agua. —Se levantó de la silla y empezó a pasear de arriba abajo por la habitación, sin decidir qué hacer. —¿Vamos al salón a tomar café? —le pregunté—. ¿O prefieres fumar? —No; me parece que voy a dar un paseo. La tarde está muy agradable. Mira ese crepúsculo: es como una gran ciudad en llamas, como si, entre las casas oscuras, lloviera sangre. Sí. Voy a salir. Pronto estaré de vuelta, pero me V inum Sabbati A rthur Machen llevo mi llave. Buenas noches, querida, si es que no te veo más tarde. La puerta se cerró de golpe tras él, y le vi caminar rápidamente por la calle, balanceando su bastón, y me sentí agradecida con el doctor Haberden por esta mejoría. Creo que mi hermano regresó a casa muy tarde aquella noche, pero a la mañana siguiente se encontraba de muy buen humor. —Caminé sin pensar adónde iba —dijo gozando de la frescura del aire, y vivificado por la multitud cuando me acercaba a los barrios más transitados. Después, en medio de la gente, me encontré con Orford, un antiguo compañero de la universidad, y después... bueno, nos fuimos por ahí a divertirnos. He sentido lo que es ser joven y hombre. He descubierto que tengo sangre en las venas como los demás. Me he citado con Orford para esta noche; algunos amigos nos reuniremos en el restaurante. Sí, me divertiré durante una semana o dos, y todas las noches oiré las campanadas de las doce. Y después tú y yo haremos nuestro pequeño viaje. Fue tal el cambio de carácter de mi hermano, que en pocos días se convirtió en un amante de los placeres, en un indolente asiduo de los barrios alegres, en un cliente fiel de los restaurantes opulentos y en un excelente crítico de baile. Engordaba ante mis ojos, y no hablaba ya de París, pues claramente había encontrado su paraíso en Londres. Yo me alegré, pero no dejaba de sorprenderme, porque en su alegría encontraba algo que me desagradaba, aunque no podía definir la sensación. El cambio le sobrevino poco a poco. Seguía regresando en las frías madrugadas; pero yo ya no le oía hablar de sus diversiones, y, una mañana, cuando desayunábamos juntos, lo miré de pronto a los ojos y vi a un extraño frente a mí. —¡Oh, Francis! —exclamé— ¡Francis, Francis! ¿Qué has hecho? Y dejando escapar el llanto, no pude decir ni una palabra más. Me retiré llorando a mi habitación, pues aunque no sabía nada, lo sabía todo, y por un extraño juego del pensamiento, recordé la noche en que salió por primera vez, y el cuadro de la puesta de sol que iluminaba el cielo ante mí: las nubes, como una ciudad en llamas, y la lluvia de sangre. Sin embargo, luché contra esos pensamientos, y consideré que tal vez, después de todo, no había pasado nada malo. Por la tarde, a la hora de comer, decidí presionarlo para que fijara el día de comenzar nuestras vacaciones en París. Estábamos charlando tranquilamente, y mi hermano acababa de tomar su medicina, que no había suspendido para nada. iba yo a abordar el tema, cuando las palabras desaparecieron de mi mente, y me pregunté por un segundo qué peso helado e intolerable oprimía mi corazón y me sofocaba como si me hubieran encerrado viva en un ataúd. Habíamos comido sin encender las velas. La habitación había pasado de la V inum Sabbati A rthur Machen penumbra a la lobreguez, y las paredes y los rincones se confundían entre sombras indistintas. Pero desde donde yo estaba sentada podía ver la calle, y cuando pensaba en lo que iba a decirle a Francis, el cielo comenzó a enrojecerse y a brillar, como durante aquella noche que tan bien recordaba; y en el espacio que se abría entre las dos oscuras moles de casas apareció el horrible resplandor de las llamas: espeluznantes remolinos de nubes retorcidas, enormes abismos de fuego, masas grises como el vaho que se desprende de una ciudad humeante y una luz maligna brillando en las alturas con las lenguas del más ardiente fuego, y en la tierra, como un inmenso lago de sangre. Volví los ojos a mi hermano; las palabras apenas se formaban en mis labios, cuando vi su mano sobre la mesa. Entre el pulgar y el índice tenía una marca, una pequeña mancha del tamaño de una moneda de seis peniques y el color de un moretón. Sin embargo, por algún sentido indefinible, supe que no era un golpe. ¡Ah!, si la carne humana pudiera arder en llamas, y si la llama fuese negra como la noche... sin pensamiento ni palabras, el horror me invadió al verlo, y en lo más profundo de mi ser comprendí que era un estigma. Durante algunos interminables segundos, el manchado cielo se oscureció como si se tratara de la medianoche, y cuando la luz volvió, me encontraba sola en la silenciosa habitación. Poco después, pude oír cómo salía mi hermano. A pesar de que ya era tarde, me puse el sombrero y fui a visitar al doctor Haberden, y en su amplio consultorio, mal iluminado por una vela que el doctor trajo consigo, con labios trémulos y voz vacilante pese a mi determinación, le conté todo lo que había sucedido desde el día en que mi hermano comenzó a tomar la medicina hasta la horrible marca que había descubierto hacía apenas media hora. Cuando terminé, el doctor me miró durante un momento con una expresión de gran compasión en su rostro. —Mi querida señorita Leicester —dijo— usted se ha angustiado por su hermano; se preocupa mucho por él, estoy seguro , ¿no es así? —Sí, me tiene preocupada —dije Desde hace una o dos semanas no he estado tranquila. —Muy bien. Ya sabe usted lo complicado que es el cerebro. —Comprendo lo que quiere usted decir, pero no estoy equivocada. He visto con mis propios ojos todo lo que acabo de decirle. —Sí, sí; por supuesto. Pero sus ojos habían estado contemplando ese extraordinario crepúsculo que tuvimos hoy. Es la única explicación. Mañana lo comprobará a la luz del día, estoy seguro. Pero recuerde que siempre estoy a su disposición para prestarle cualquier ayuda que esté a mi alcance. No dude en acudir a mí o mandarme llamar si se encuentra en un apuro. Me marché intranquila, completamente confusa, llena de tristeza y temor, V inum Sabbati A rthur Machen y sin saber que hacer. Cuando nos reunimos mi hermano y yo al día siguiente, le dirigí una rápida mirada y descubrí, con el corazón oprimido, que llevaba la mano derecha envuelta en un pañuelo. La mano en la que había visto aquella mancha de fuego negro. —¿Qué tienes en la mano, Francis? —le pregunté con firmeza. —Nada importante. Anoche me corté un dedo y me salió mucha sangre. Me lo vendé lo mejor que pude. —Yo te lo curaré bien, si quieres. —No, gracias, querida, esto bastará. ¿Qué te parece si desayunamos? Tengo mucha hambre. Nos sentamos, y yo lo observaba. Comió y bebió muy poco. Le tiraba la comida al perro cuando creía que yo no miraba. Había una expresión en sus ojos que nunca le había visto; cruzó por mi mente la idea de que aquella expresión no era humana. Estaba firmemente convencida de que, por espantoso e increíble que fuese lo que había visto la noche anterior, no era una ilusión, ni era ningún engaño de mis sentidos agobiados, y, en el transcurso de la mañana, fui de nuevo a la casa del médico. El doctor Haberden movió la cabeza contrariado e incrédulo, y pareció reflexionar durante unos minutos. —¿Y dice usted que continúa tomando la medicina? Pero, ¿por qué? Según tengo entendido, todos los síntomas de que se quejaba desaparecieron hace tiempo. ¿Por qué sigue tomando ese brebaje, si ya se encuentra bien? Y, a propósito, ¿dónde encargó que le prepararan la receta? ¿Con Sayce? Nunca envío a nadie allí; el anciano se está volviendo descuidado. Supongo que no tendrá usted inconveniente en venir conmigo a su casa; me gustaría hablar con él. Fuimos juntos a la tienda. El viejo Sayce conocía al doctor Haberden, y estaba dispuesto a darle cualquier clase de información. —Según tengo entendido, usted lleva varias semanas preparando esta receta mía al señor Leicester —dijo el doctor, entregándole al anciano un pedazo de papel. —Sí —dijo—, y ya me queda muy poco. Es una droga muy poco común, y la he tenido embodegada durante mucho tiempo sin usarla. Si el señor Leicester continúa el tratamiento, tendré que encargar más. —Por favor, déjeme ver el preparado —dijo Haberden. El farmacéutico le dio un frasco. Haberden le quitó el tapón, olió el V inum Sabbati A rthur Machen contenido y miró con extrañeza al anciano. —¿De dónde sacó esto? —dijo—. ¿Qué es? Además, señor Sayce, esto no es lo que yo prescribí. Sí, sí, ya veo que la etiqueta está bien, pero le digo que ésta no es la medicina correcta. —La he tenido mucho tiempo —dijo el anciano, aterrado—. Se la compré a Burbage, como de costumbre. No me la piden con frecuencia, y la he tenido desde hace algunos años. Como ve usted, ya queda muy poco. —Sería mejor que me lo diera —dijo Haberden—. Me temo que ha habido una equivocación. Nos marchamos de la tienda en silencio; el médico llevaba bajo el brazo el frasco envuelto en papel. —Doctor Haberden —dije, cuando ya llevábamos un rato caminando—, doctor Haberden. —Sí —dijo él, mirándome sobriamente. —Quisiera que me dijese qué ha estado tomando mi hermano dos veces al día durante poco más de un mes. —Francamente, señorita Leicester, no lo sé. Hablaremos de esto cuando lleguemos a mi casa. Continuamos caminando rápidamente sin pronunciar palabra, hasta que llegamos a su casa. Me pidió que me sentara, y comenzó a pasear de un extremo al otro de la habitación, con la cara ensombrecida por temores nada comunes. —Bueno —dijo al fin—. Todo esto es muy extraño. Es natural que se sienta alarmada, y debo confesar que estoy muy lejos de sentirme tranquilo. Dejemos a un lado, se lo ruego, lo que usted me contó anoche y esta mañana, aunque persiste el hecho de que durante las últimas semanas el señor Leicester ha estado saturando su organismo con un preparado completamente desconocido para mí. Como le digo, eso no es lo que yo le receté. No obstante, está por ver qué contiene realmente este frasco. Lo desenvolvió, vertió cautelosamente unos pocos granos de polvo blanco en un pedacito de papel y los examinó con curiosidad. —Sí —dijo—. Parece sulfato de quinina, como usted dice; forma escamitas. Pero huélalo. Me tendió el frasco, y yo me incliné a oler. Era un olor extraño, empalagoso, etéreo, irresistible, como el de un anestésico fuerte. V inum Sabbati A rthur Machen —Lo mandaré analizar —dijo Haberden—. Tengo un amigo que se dedica a la química. Después sabremos qué hacer. No, no; no me diga nada sobre la otra cuestión. No quiero escucharlo de momento. Siga mi consejo y procure no pensar más en eso. Aquella tarde, mi hermano no salió como siempre después de la comida. —Ya me he divertido lo suficiente —dijo con una risa extraña— y debo volver a mis viejas costumbres. Un poco de leyes será el descanso adecuado, tras una dosis tan sobrecargada de placer —sonrió para sí mismo. Poco después subió a su habitación. Su mano seguía vendada. El doctor Haberden pasó por casa unos días más tarde. —No tengo ninguna noticia especial para usted —dijo—. Chambers está fuera de la ciudad, así que no sé nada que usted no sepa sobre la sustancia. Pero me gustaría ver al señor Leicester, si está en casa. —Está en su habitación —dije—. Le diré que está usted aquí. —No, no; yo subiré. Quiero hablar con él con toda tranquilidad. Me atrevería a decir que nos hemos alarmado mucho por muy poca cosa. Al fin y al cabo, sea lo que sea, parece que ese polvo blanco le ha sentado bien. El doctor subió, y, al pasar por el recibidor, lo oí llamar a la puerta, abrirse ésta, y cerrarse después. Estuve esperando en el silencio de la casa durante más de una, hora, y la quietud se volvía cada vez más intensa, mientras las manecillas del reloj caminaban lentamente. Oí arriba el ruido de una puerta que se abría vigorosamente, y el médico bajó. Sus pasos cruzaron el recibidor y se detuvieron ante la puerta. Respiré largamente y con dificultad, vi mi cara, en un espejo, demasiado pálida, mientras él volvía y se paraba en la puerta. Había un indecible horror en sus ojos; se sostuvo con una mano en el respaldo de una silla, su labio inferior temblaba como el de un caballo; tragó saliva y tartamudeó una serie de sonidos ininteligibles, antes de hablar. —He visto a ese hombre —comenzó, en un áspero susurro—. Acabo de pasar una hora con él. ¡Dios mío! ¡Y estoy vivo y entero! Yo que me he enfrentado toda mi vida con la muerte y conozco las ruinas de nuestra fortaleza... ¡Pero eso no, Dios mío, eso no! —y se cubrió el rostro con las manos para apartar de sí alguna horrible visión. —No me mande llamar otra vez, señorita Leicester —dijo, recobrando un poco la compostura—. Nada puedo hacer ya por esta casa. Adiós. Lo vi bajar las escaleras tembloroso, y cruzar la calzada en dirección a su casa. Me dio la impresión de que había envejecido diez años desde la mañana. Mi hermano permaneció en su habitación. Me dijo con voz apenas V inum Sabbati A rthur Machen reconocible que estaba muy ocupado, que le gustaría que le dejara su comida afuera de la puerta, y que me hiciera cargo de los criados. Desde aquel día, me pareció que el arbitrario concepto que llamamos tiempo había desaparecido para mí. Vivía con la continua sensación de horror, llevando a cabo mecánicamente la rutina de la casa, y hablando sólo lo imprescindible con los criados. De vez en cuando salía a pasear una hora o dos y luego volvía a casa. Pero tanto dentro como fuera, mi espíritu se detenía ante la puerta cerrada de la habitación de arriba, y, temblando, esperaba que se abriera. He dicho que apenas me daba cuenta del tiempo, pero supongo que debieron transcurrir un par de semanas, desde la visita del doctor Haberden, cuando un día, después del paseo, regresaba a casa reconfortada con una sensación de alivio. El aire era dulce y agradable, y las formas vagas de las hojas verdes flotaban en la plaza como una nube; el perfume de las flores hechizaba mis sentidos. me sentía feliz y caminaba con ligereza. Cuando iba a cruzar la calle para entrar a casa, me detuve un momento a esperar que pasara un carro y miré por casualidad hacia las ventanas. instantáneamente se llenaron mis oídos de un fragor tumultuoso de aguas profundas y frias; el corazón me dio un vuelco y cayó en un pozo sin fondo, y me quedé sobrecogida de un terror sin forma ni figura. Extendí ciegamente una mano en la oscuridad para no caer, mientras, las piedras temblaban bajo mis pies, perdían consistencia y parecían hundirse. En el momento de mirar hacia la ventana de mi hermano, se abrió la persiana, y algo dotado de vida se asomó a contemplar el mundo. No, no puedo decir si vi un rostro humano o algo semejante; era una criatura viviente con dos ojos llameantes que me miraron desde el centro de algo amorfo representando el símbolo y el testimonio de todo el mal y la siniestra corrupción. Durante cinco minutos permanecí inmóvil, sin fuerza, presa de la angustia, la repugnancia y el horror. Al llegar a la puerta, corrí escaleras arriba, hasta la habitación de mi hermano, y lo llamé. —¡Francis, Francis! —grité—. Por el amor de Dios, contéstame. ¿Qué es esa bestia espantosa que tienes en la habitación? ¡Sácala, Francis, arrójala fuera de aquí! Oí un ruido como de pies que se arrastraban, lentos y cautelosos, y un sonido ahogado, como si alguien luchara por decir algo. Después, el sonido de una voz, rota y apagada, pronunció unas palabras que apenas pude entender. —Aquí no hay nada —dijo la voz—. Por favor, no me molestes. No me encuentro bien hoy. Me volví, horrorizada pero impotente. Me preguntaba por qué me habría mentido Francis, pues había visto, aunque sólo fuera por un momento, la aparición aquella, demasiado nítida para equivocarme. Me senté en silencio, consciente de que había sido algo más, algo que había visto en el primer instante de terror antes de que aquellos ojos llameantes se fijaran en mí. Y, súbitamente, lo recordé. Al mirar hacia arriba, las persianas se estaban cerrando, pero tuve tiempo de ver a aquella criatura, y al evocarla, comprendí V inum Sabbati A rthur Machen que la imagen no se borraría jamás de mi memoria. No era una mano; no había dedos que sostuvieran el postigo, sino un muñón negro que la empujaba. El torpe movimiento de la pata de una bestia se había grabado en mis sentidos, antes de que aquella oleada de terror me arrojara al abismo. Me horroricé al recordar esto y pensar que aquella espantosa presencia vivía con mi hermano. Subí de nuevo y lo llamé desesperadamente, pero no me contestó. Aquella noche, uno de los criados vino a mi y me contó con cierto recelo que hacía tres días que colocaba regularmente la comida junto a la puerta y después la retiraba intacta. La sirvienta había tocado, pero sin obtener respuesta; sólo oyó los mismos pies arrastrándose que yo había oído. Pasaron los días, uno tras otro, y siguieron dejándole a mi hermano las comidas delante de la puerta y retirándolas intactas, y aunque llamé repetidamente a la puerta, no conseguí jamás que me contestara. La servidumbre quiso entonces hablar conmigo. Al parecer, estaban tan alarmados como yo. La cocinera dijo que, cuando mi hermano se encerró por vez primera en su habitación, ella empezó a oírle salir por la noche, y deambular por la casa; y una vez, según dijo, oyó abrirse la puerta del recibidor, y cerrarse después. Pero hacía varias noches que no oía ruido alguno. Por último, la crisis se desencadenó; fue en la penumbra del atardecer. El salón donde me encontraba se fue poblando de tinieblas, cuando un alarido terrible desgarró el silencio y oí unos precipitados pasos escabullirse por la escalera. Aguardé, y un segundo después irrumpió la doncella en el cuarto y se quedó delante de mí, pálida y temblorosa. —¡Oh, señorita Helen! —murmuró—. ¡Por Dios, señorita Helen! ¿Qué ha pasado? Mire mi mano, señorita, ¡mire esta mano! La conduje hasta la ventana, y vi una mancha húmeda y negra en su mano. —No te comprendo —dije—. ¿Quieres explicarte? —Estaba arreglando su habitación hace un momento —comenzó—. Estaba cambiando las sábanas, y de repente me cayó en la mano algo mojado; miré hacia arriba y vi que era el techo, que estaba negro y goteaba justo encima de mí. Primero la miré con severidad y luego me mordí los labios. —Ven conmigo —dije—. Trae tu vela. La habitación donde yo dormía estaba debajo de la de mi hermano, y al entrar sentí que yo temblaba también. Miré el techo; en él había una mancha negra y húmeda, que goteaba persistente sobre un charco horrible que empapaba la blanca ropa de mi cama. Me lancé escaleras arriba y toqué con fuerza la puerta. V inum Sabbati A rthur Machen —¡Francis, Francis, hermano mío! ¿Qué te ha pasado? Me puse a escuchar. Hubo un sonido ahogado; luego, un gorgoteo y un vómito, pero nada más. Llamé más fuerte, pero no contestó. A pesar de lo que el doctor Haberden había dicho, fui a buscarlo. Le conté, con los ojos arrasados en lágrimas, lo que había sucedido, y él me escuchó con una expresión de dureza en el semblante. —En recuerdo de su padre —dijo finalmente—, iré con usted, aunque nada puedo hacer por él. Salimos juntos; las calles estaban oscuras, silenciosas y densas por el calor y la sequedad de varias semanas. Bajo los faroles de gas, el rostro del doctor se veía blanco. Cuando llegamos a casa, le temblaban las manos. No dudamos, sino que subimos directamente. Yo sostenía la lámpara y él llamó con voz fuerte y decidida: —Señor Leicester, ¿me oye? Insisto en verlo. Conteste de inmediato. No hubo respuesta, pero los dos oímos aquel gorgoteo que ya he mencionado. —Señor Leicester, estoy esperando. Abra la puerta en este instante, o me veré obligado a echarla abajo —dijo. Y llamó una tercera vez, con una voz que hizo eco por todo el edificio—: ¡Señor Leicester! Por última vez, le ordeno abrir la puerta. —¡Ah! —exclamó, después de unos pesados momentos de silencio—, estamos perdiendo el tiempo. ¿Sería tan amable de proporcionarme un atizador o algo parecido? Corrí a una pequeña habitación donde guardábamos las cosas viejas y encontré una especie de azadón que me pareció le serviría al doctor. —Muy bien —dijo—, esto funcionará. ¡Pongo en su conocimiento, señor Leicester —gritó por el ojo de la cerradura—, que voy a destrozar la puerta! Luego comenzó a descargar golpes con el azadón, haciendo saltar la madera en astillas. De pronto, la puerta se abrió con un grito espantoso de una voz inhumana que, como un rugido monstruoso, brotó inarticuladamente en la oscuridad. —Sostenga la lámpara —dijo entonces el doctor. Entramos y miramos rápidamente por toda la habitación. —Ahí está —dijo el doctor Haberden, dejando escapar un suspiro—. Mire, en ese rincón. V inum Sabbati A rthur Machen Sentí una punzada de horror en el corazón. En el suelo había una masa oscura y pútrida, hirviendo de corrupción y espantosa podredumbre, ni líquida ni sólida, que se derretía y se transformaba ante nuestros ojos con un gorgoteo de burbujas oleaginosas. Y en el centro brillaban dos puntos llameantes, como dos ojos. Y vi, también, cómo se sacudió aquella masa en una contorsión temblorosa, y cómo trató de levantarse algo que bien podía ser un brazo. El doctor avanzó, alzó el azadón y descargó un golpe sobre los dos puntos brillantes; y golpeó una y otra vez, enfurecido. Finalmente reinó el silencio. Un par de semanas más tarde, cuando ya me había recobrado de la terrible impresión, el doctor Haberden vino a visitarme. —He traspasado mi consultorio —comenzó—. Mañana emprendo un largo viaje por mar. No sé si volveré a Inglaterra algún día; es muy probable que compre un pequeño terreno en California y me quede allí el resto de mi vida. Le he traído este sobre, que usted podrá abrir y leer cuando se sienta con fuerza y valor para ello. Contiene el informe del doctor Chambers sobre la muestra que le remití. Adiós, señorita, adiós. En cuanto se marchó, abrí el sobre y leí los papeles. No podía esperar. Aquí está el manuscrito, y, si me lo permiten, les leeré la asombrosa historia que narra: "Mi querido Haberden —comenzaba la carta—: Le pido mil perdones por haberme retrasado en contestar su pregunta sobre la sustancia blanca que me envió. A decir verdad, he dudado un tiempo sobre qué determinación tomar, pues hay tanto fanatismo y ortodoxia en las ciencias físicas como en la teología, y sabía que si yo me decidía a contarle la verdad, podría ofender prejuicios que alguna vez me fueron caros. No obstante, he decidido ser sincero con usted, así que, en primer lugar, permítame entrar en una breve aclaración personal. "Usted me conoce, Haberden, desde hace muchos años, como un escrupuloso hombre de ciencia. Usted y yo hemos hablado a menudo de nuestras profesiones, y hemos discutido el abismo insondable que se abre a los pies de quienes creen alcanzar la verdad por caminos que se aparten de la vía ordinaria de la experiencia y la observación de la materia. Recuerdo el desdén con que me hablaba usted una vez de aquellos científicos que han escarbado un poco en lo oculto y han insinuado tímidamente que tal vez, después de todo, no sean los sentidos la frontera eterna e impenetrable de todo conocimiento, el inmutable límite, más allá del cual ningún ser humano ha llegado jamás. Nos hemos reído cordialmente, y creo que con razón, de las tonterías del 'ocultismo' actual, disfrazado bajo nombres diversos: mesmerismos, espiritualismos, materializaciones, teosofías, y toda la complicada infinidad de imposturas, con su maquinaria de trucos y conjuros, que son la verdadera armazón de la magia que se ve por las calles londinenses. Con todo, a pesar de lo que le he dicho, debo confesarle que no V inum Sabbati A rthur Machen soy materialista, tomando este término en su acepción más común. Hace muchos años me convencí —me he convencido a pesar de mi anterior escepticismo—, de que mi vieja teoría de la limitación es absoluta y totalmente falsa. Quizá esta confesión no le sorprenda en la misma medida en que le hubiera sorprendido hace veinte años, pues estoy seguro de que *no habrá dejado de observar que, desde hace algún tiempo, ciertas hipótesis han sido superadas por hombres de ciencia que no son nada menos que trascendentales; y me temo que la mayor parte de los modernos químicos y biólogos famosos no dudarían en suscribir el díctum de la vieja escolástica, Omnía exeunt ín mysterium, que significa que toda rama del saber humano, si nos remontamos a sus orígenes y primeros principios, se desvanece en el misterio. No tengo por qué agobiarlo ahora con una relación detallada de los dolorosos pasos que me han conducido a mis conclusiones. Unos cuantos experimentos de lo más simple me dieron motivo para dudar de mi propio punto de vista, el tren de pensamiento que surgió en aquellas circunstancias relativamente paradójicas, me llevó lejos. Mi antigua concepción del universo se ha venido abajo; estoy en un mundo que me resulta tan extraño y temible como las interminables olas del océano a los ojos de quien lo contempla por primera vez desde Darién. Ahora sé que los límites de los sentidos, que resultaban tan impenetrables que parecían cerrarse en el cielo y hundirse en unas tinieblas de profundidad inalcanzable no son las barreras tan inexorablemente herméticas que habíamos pensado, sino velos finísimos y etéreos que se deshacen ante el investigador y se disipan como la neblina matinal de los riachuelos. Sé que usted no adoptó jamás una postura extremadamente materialista; usted no trató de establecer una negación universal, pues su sentido común lo apartó de tal absurdo. Pero estoy convencido de que encontrará lo que digo extraño y repugnante a su habitual forma de pensar. No obstante, Haberden, lo que digo es cierto; y en nuestro lenguaje común, se trata de la verdad única y científica, probada por la experiencia. Y el universo es más espléndido y más terrible de lo que imaginábamos. El universo entero, mi amigo, es un tremendo sacramento, una fuerza, una energía mística e inefable, velada por la forma exterior de la materia. Y el hombre, y el sol, y las demás estrellas, la flor, y la yerba, y el cristal del tubo de ensayo, todos y cada uno, son tanto materiales como espirituales y están sujetos a una actividad interior. Probablemente se preguntará usted, Haberden, adónde voy con todo esto; pero creo que una pequeña reflexión podrá aclararlo. Usted comprenderá que, desde semejante punto de vista, cambia la concepción entera de todas las cosas, y lo que nos parecía increíble y absurdo podría ser posible. En resumen, debemos mirar con otros ojos la leyenda y las creencias, y estar preparados para aceptar hechos que se habían convertido en fábulas. En verdad, esta exigencia no es excesiva. Al fin y al cabo, la ciencia moderna admite hipócritamente muchas cosas. Es cierto que no se trata de creer en la brujería, pero ha de concederse cierto crédito al hipnotismo; los fantasmas están pasados de moda, pero aún hay mucho que decir sobre la teoría de la telepatía. Póngale un nombre griego a una superstición y crea en ella, y será casi un proverbio. V inum Sabbati A rthur Machen "Hasta aquí mi aclaración personal. Ahora bien, usted me envió un frasco tapado y sellado, que contenía una pequeña cantidad de un polvo blanco y escamoso, y que cierto farmacéutico proporcionó a uno de sus pacientes. No me sorprende que usted no haya conseguido ningún resultado en sus análisis. Es una sustancia que hace muchos cientos de años cayó en el olvido y que es prácticamente desconocida hoy en día. jamás hubiera esperado que me llegara de una farmacia moderna. Al parecer, no hay ninguna razón para dudar de la veracidad del farmacéutico. Efectivamente, como dice, pudo comprar en un almacén las sales que usted prescribió; y es muy posible también que permanecieran en su estante durante veinte años, o tal vez más. Aquí comienza a intervenir lo que llamamos azar o casualidad: durante todos estos años, las sales de esa botella han estado expuestas a ciertas variaciones periódicas de temperatura; variaciones que probablemente oscilan entre los cinco y los 30 grados centígrados. Y, por lo que se aprecia, tales alteraciones,, repetidas año tras año durante periodos irregulares, con distinta intensidad y duración, han provocado un proceso tan complejo y delicado que no sé si un moderno aparato científico, manejado con la máxima precisión, podría producir el mismo resultado. El polvo blanco que usted me ha enviado es algo muy diferente del medicamento que usted recetó; es el polvo con que se preparaba el Vino Sabático, el Vínum Sabbati. Sin duda habrá leído usted algo sobre los aquelarres de las brujas, y se habrá reído de los relatos que hacían temblar a nuestros mayores: gatos negros, escobas y maldiciones formuladas contra la vaca de alguna pobre vieja. Desde que descubrí la verdad, he pensado a menudo que, en general, es una gran suerte que se crea en todas estas supercherías, pues de este modo se ocultan muchas otras cosas que es preferible ignorar. No obstante, si se toma la molestia de leer el apéndice a la monografía de Payne Knight encontrará que el verdadero sabbath era algo muy diferente, aunque el escritor haya felizmente callado ciertos aspectos que conocía muy bien. Los secretos del verdadero sabbath datan de tiempos muy remotos, y sobrevivieron hasta la Edad Media. Son los secretos de una ciencia maligna que existía muchísimo antes de que los arios entraran en Europa. Hombres y mujeres, seducidos y sacados de sus hogares con pretextos diversos, iban a reunirse con ciertos seres especialmente calificados para asumir con toda justicia el papel de demonios. Estos hombres y estas mujeres eran conducidos por sus guías a algún paraje solitario y despoblado, tradicionalmente conocido por los iniciados y desconocido para el resto del mundo. Quizá a una cueva, en algún monte pelado y barrido por el viento, o a un recóndito lugar, en algún bosque inmenso. Y allí se celebraba el sabbath. Allí, a la hora más oscura de la noche, se preparaba el Vinum Sabbati, se llenaba el cáliz diabólico hasta los bordes y se ofrecía a los neófitos, quienes participaban de un sacramento infernal; sumentes caficem principis inferorum, como lo expresa muy bien un autor antiguo. Y de pronto, cada uno de los que habían bebido se veía atraído por un acompañante (mezcla de hechizo y tentación ultraterrena) que lo llevaba aparte para proporcionarle goces más intensos y más vivos que los del ensueño, mediante la consumación de las nupcias sabáticas. Es difícil escribir sobre estas cosas, principalmente porque esa forma que atraía con sus encantos no era una alucinación sino, por V inum Sabbati A rthur Machen espantoso que parezca, el hombre mismo. Debido al poder del vino sabático — unos pocos granos de polvo blanco disueltos en un vaso de agua—, la morada de la vida se abría en dos, disolviéndose la humana trinidad, y el gusano que nunca muere, el que duerme en el interior de todos nosotros, se transformaba en un ser tangible y externo, y se vestía con el ropaje de la carne. Y entonces, a la medianoche, se repetía y representaba la caída original, y el ser espantoso oculto bajo el mito del Árbol del Bien y del Mal era nuevamente engendrado. Tales eran las nuptiae sabbatí. "Prefiero no decir más. Usted, Haberden, sabe, tan bien como yo que no pueden infringirse impunemente las leyes más triviales de la vida, y que un acto tan terrible como éste, en el que se abría y profanaba el santuario más íntimo del hombre, era seguido de una venganza feroz. Lo que comenzaba con la corrupción, terminaba también con la corrupción." Debajo está lo siguiente, escrito por el doctor Haberden: "Por desgracia, todo esto es estricta y totalmente cierto. Su hermano me lo confesó todo la mañana en que estuve con él. Lo primero que me llamó la atención fue su mano vendada, Y lo obligué a que me la enseñara. Lo que vi yo, un hombre de ciencia, me puso enfermo de odio. Y la historia que me vi obligado a escuchar fue infinitamente más espantosa de lo que habría sido capaz de imaginar. Hasta me sentí tentado a dudar de la Bondad Eterna, que permite que la naturaleza ofrezca tan abominables posibilidades. Y si no hubiera visto usted el desenlace con sus propios ojos, le habría pedido que no diera crédito a nada de todo esto. A mí no me quedan más que unas semanas de vida, pero usted es joven, y quizá pueda olvidarlo. Dr. Joseph Haberden.
Era un día de abril del año2.022, la gran puerta de la biblioteca restalló, secamente, como un trueno.
Hey, pensé.
Jonathan Barnes estaba en lascortas escaleras que ascendían hasta mi escritorio, enfundado en su uniforme dela Legión Unida que le caía tan mal como hacía veinte años.
Su altanera agresividad,marcada en su pausa, trajo a mi mente los diez mil discursos a los Veteranosque habían surgido de su boca en los innumerables desfiles en los que habíaparticipado, sudando y resoplando, en los banquetes de patriotas a base depollo frío y guisantes, seguramente cocinados por él mismo, en todos susproyectos abortados.
Jonathan Barnes subió conpesadez los peldaños de la escalera, marcando en cada pisada todo el peso de sucorpulencia y de su recién adquirida autoridad. Los ecos, repercutiendo en laalta bóveda, le hicieron sin duda darse cuenta de lo burdo de sus modales yaque, cuando llegó junto a mi escritorio, su voz impregnada en alcohol fueapenas un susurro junto a mi rostro.
–Vengo a por los libros, Tom.
Rebusqué entre mis fichasíndice de forma casual.
–Ya le llamaré cuando esténpreparados.
–Espere un momento... –dijo.
–Supongo que se refiere a loslibros para la Obra Social de los Veteranos, ¿no?, para distribuir entre loshospitales.
–No, no –gritó–. He venido apor todos los libros.
Le miré, sin decir nada.
–Bueno –dijo–, casi todos.
Estuve a punto de parpadearmientras continuaba buscando entre las fichas índice.
–La norma son diez volúmenesmáximo por persona y vez. Aquí está. Además, su tarjeta de lector caducó cuandousted tenía treinta años... hace otros treinta años de ello. ¿Lo ve? –le tendísu ficha.
Barnes apoyó ambas manos en elescritorio e inclinó hacia mí su enorme corpachón.
–Lo que veo es que está ustedintentando interferir –dijo. Su rostro se encendió, empezó a jadear–. ¡Nonecesito ninguna tarjeta de lector para efectuar mi trabajo!
Seguía hablando en susurros,pero había alzado la voz lo suficiente como para que una miríada de páginasblancas suspendieran sus aleteos bajo la luz verdosa de las lámparas en lasenormes estancias de paredes de piedra. Algunos libros se cerraron con un sordoy casi imperceptible ruido.
Varios lectores alzaron unosrostros apacibles. Sus ojos, calmados por la quietud y el recogimiento de aquellugar, pedían silencio, como los del tigre cuando acude a beber a las aguastranquilas. Viendo aquellos ojos vueltos hacia nosotros, esos rostros serenos,pensé en los cuarenta años en que había vivido, trabajado, incluso dormidoallí, entre las silenciosas vidas arropadas en terciopelo de todos aquellospersonajes imaginarios. Siempre había considerado mi biblioteca, y la seguíaconsiderando, como un oasis de frescor donde, procedentes del ruido y la febrilactividad diaria, los hombres acudían a bañar sus mentes y a refrescar suscuerpos en la verdosa luz y en la suave brisa de las páginas al ser giradas.Tras lo cual, ya más centrados, con las ideas más claras y los cuerpos másrelajados, podían sumergirse de nuevo en el ardiente horno de la realidad, lanoche, el tráfico, la improbable vejez, la inevitable muerte. He visto acientos de ellos penetrar en mi biblioteca con ojos alucinados para verlossalir después relajados y tranquilos. He visto a gentes buscándose en vano a símismas y hallando aquí la serenidad. He visto a realistas sumergirse aquí en elsueño y a soñadores hallar finalmente la realidad, en este refugio de piedra ymármol donde cada libro está marcado por el silencio.
–Sí –dije finalmente–. No lellevará mucho tiempo registrarse de nuevo. Rellene esta ficha y traiga dosreferencias que sean solventes...
–No necesito referencias –dijo Jonathan Barnes–. ¡No para quemar libros
–Al contrario –dije–. Para eso va a necesitar más.
–Mis hombres son misreferencias. Están fuera, esperando a los libros. Son peligrosos.
–Esos hombres siempre lo son.
–No, no, me refiero a loslibros, estúpido. Los libros sonpeligrosos. Buen Dios, no hay dos que piensen lo mismo. Siempre los mismosmalditos dobles sentidos. Siempre la misma torre de Babel y la misma salivamalgastada. Nosotros estamos aquí para clarificar, para simplificar, parasanear. Necesitamos...
–Perdón –dije, tomando unejemplar de Demóstenes bajo mi brazo–. Es la hora de mi comida. ¿Me acompaña?
Estaba ya a medio camino de lapuerta cuando Barnes, con los ojos desorbitados, pareció recordar el silbato deplata que colgaba de su cinturón; lo llevó hasta sus labios y lanzó unprolongado pitido.
Las puertas de la bibliotecase abrieron bruscamente. Una marea de hombres uniformados de negro penetraronruidosamente escaleras arriba.
Les llamé la atención, consuavidad. Se detuvieron, sorprendidos.
–Sin hacer ruido –les indiqué
Barnes me sujetó del brazo.
–¿Se está oponiendo usted anuestra actuación?
–No –dije–. Ni siquiera voy apedirles la orden que les autoriza a esta invasión. Lo único que les pido esque guarden silencio mientras trabajan.
Los lectores se habíanlevantado de sus mesas ante el estrepitoso resonar de las pisadas. Les indiquéque volvieran a sentarse. Se enfrascaron de nuevo en sus lecturas, sin que ningunovolviera a levantar la vista hacia aquellos hombres, impecablemente uniformadosde negro, que me miraban con una no fingida estupefacción. Barnes hizo un gestocon la cabeza. Los hombres avanzaron entonces con cuidado, de puntillas, hacialas distintas salas de la gran biblioteca. Con precaución extrema, procurandono hacer el menor ruido, abrieron las ventanas. Hablaban en susurros, tomabanlos libros de sus estanterías y los iban arrojando al patio de abajo, todo enel más completo silencio. De tanto en tanto lanzaban miradas furtivas a loslectores que, iban volviendo las páginas de sus libros con tranquilidad, aunqueninguno osó tomar aquellos volúmenes, limitándose a vaciar las estanterías.
–Bien –dije.
–¿Bien? –repitió Barnes.
–Sus hombres pueden trabajarsin usted. Vamos fuera.
Y salí tan rápidamente que notuvo más remedio que seguirme, ardiendo con preguntas no formuladas.Atravesamos el césped que rodeaba el edificio, allí había sido montado un hornoportátil, una enorme parrilla negra de donde surgían rojizos chorros que seconvertían en azuladas llamas, a las cuales los hombres precipitaban lospájaros silvestres y las aterciopeladas palomas que alzaban el vuelo en unfrenético batir de alas antes de caer heridos de muerte, consumiéndose entrelas terribles llamas De todas las ventanas surgían aterrorizados pájaros, quecaían al suelo y eran empapados en gasolina antes de ser arrojados a lasdestructivas y coloreadas llamas.
–Es extraño –murmuró Barnes,sorprendido–. Debería haber una multitud contemplando un espectáculo como este.Sin embargo no hay nadie. ¿Cómo lo explica usted?
Lo dejé con la palabra en elaire. Tuvo que correr para alcanzarme.
Llegamos al pequeño café delotro lado de la calle. Me senté a una mesa y Barnes, irritado, sin ningúnmotivo aparente, comenzó a gritar en cuanto ocupamos nuestras sillas:
–¡Camarero! ¡Rápido, he devolver inmediatamente al trabajo!
Walter, el propietario, seacercó con el menú en la mano.
Walter me miró.
Le guiñé un ojo.
Walter miró a Jonathan Barnes.
Walter dijo:
–Ven conmigo y sé mi amor, yprobaremos de la felicidad el ardor.
–¿Qué? –Jonathan Barnesparpadeó.
–Llámeme Ismael –dijo Walter.
–Ismael –dije–, empezaremoscon un café.
Walter volvió con el café.
–Tigre, tigre, brillante hasde arder –dijo–, en la penumbra del bosque, al anochecer.
Barnes se quedó mirando alhombre que se alejaba con un paso casual.
–¿Qué demonios le ocurre?¿Está loco?
–No –dije–. Pero sigamos conlo que me decía en la biblioteca. Explíqueme.
–¿Explicar? –dijo Barnes–. Diosmío, todos quieren saber las razones. Está bien, se lo explicaré: es unexperimento de importancia capital. Esta ciudad nos servirá de prueba, si laquema de libros funciona aquí, funcionará en todas partes. No lo quemamos todo,no, no. Se habrá dado cuenta de que mis hombres tan sólo desalojan ciertascategorías de libros. Eliminamos alrededor de un 49'2 por ciento. Luegoinformaremos del éxito al comité central del gobierno...
–Excelente –dije.
Barnes se quedómirándome fijamente.
–¿Cómo puede estar usted tanalegre?
–El problema de cualquierbiblioteca –indiqué– es dónde meter los libros. Usted me ayuda a resolverlo.
–Creí que ustedevidenciaría... miedo.
–Siempre he estado rodeado degentuza.
–¿Perdón?
–Todas las cosas tienennombre. Los que queman libros son gentuza.
–¡Maldita sea, soy el JefeCensor de Green Town, Illinois!
Llegó un nuevo camarero,portando una humeante cafetera.
–Hola, Keats –dije.
–La estación de las brumas yel dulzor de la fruta madura –dijo el camarero.
–¿Keats? –preguntó el JefeCensor–. Su nombre no es Keats.
–Oh, qué tonto soy –dije–.Este es un restaurante griego. ¿No es cierto, Platón?
El muchacho llenó mi taza.
–El pueblo dispone siempre dealgún campeón que empuja hacia adelante y lo alimenta de grandezas... Esta y nootra es la raíz de la cual surge el tirano; cuando aparece el primero, es unprotector.
Barnes se inclinó haciaadelante para mirar mejor al camarero que permaneció inmutable. Luego tomó sucafé y sopló.
–Como le decía, nuestro planes tan simple como el que uno más uno son dos...
–Casi nunca he conocido a unmatemático que fuera capaz de razonar –dijo el muchacho.
–¡Maldita sea! –Barnes dejósu taza sobre la mesa, con brusquedad–. ¡Paz! Lárgate de aquí antes de quepierda la paciencia, Keats, Platón... Holdridge, estees tu nombre. Ahora lo recuerdo: ¡Holdridge!¿Qué es toda esa jerga?
–Sólo imaginación –dije–.Vanidad.
–Maldita sea la imaginación yal infierno con la vanidad. Puede usted comer solo si quiere, me largoinmediatamente de esta casa de locos.– Y Barnes se tragó el café de un sorbo,mientras el dueño y el camarero lo miraban y al otro lado de la calle el fuegoardía con orgullo en las entrañas de la monstruosa parrilla. Nuestrassilenciosas miradas hicieron que Barnes se estremeciera, con la taza en unamano y una gota de café colgando de su mentón.
–¿Por qué? ¿Por qué nogritan? ¿Por qué no luchan contra mí?
–Yo estoy luchando –dije,tomando el libro que había traído bajo mi brazo. Lo abrí por la página quedecía DEMÓSTENES, dejé que Barnes viera bien el nombre, la enrollé en forma decigarro, la prendí, contemplé la creciente llama y murmuré–-: Aunque el hombrepueda escapar a todos los demás peligros, jamás podrá escapar completamente aaquellos que no reconocen, a una persona como él, el derecho a existir.
Barnes saltó, de pie,gritando, me arrancó el “cigarro” de la mano, lo pateó, y el salió del lugardando un portazo.
Lo único que podía hacer eraseguirle.
En la puerta, Barnes tropezócon un hombre ya anciano que entraba en el café. El viejo estuvo a punto decaer. Lo sostuve del brazo.
–Profesor Einstein –dije.
–Señor Shakespeare–respondió.
Barnes huyó.
Lo encontré de nuevo en elcésped ante la antigua y hermosa biblioteca, donde los hombres de negrodesprendían olor a gasolina a cada movimiento y seguían transportando brazadasde palomas abatidas, de moribundos faisanes, todo un otoño de oro y plata quecaía de las altas ventanas. Y todo silenciosa, pausadamente. Mientras estatranquila y casi serena pantomima continuaba, Barnes permanecía inmóvil,gritando en silencio, ahogando los gritos que pugnaban por surgir por entre susdientes apretados, su lengua, sus labios, sus mandíbulas, acallándolos de modoque nadie los pudiera oír. Pero los gritos surgían igualmente de sus ojos muyabiertos, en relámpagos que estallaban en sus puños crispados y daban color asu rostro, ahora blanco, ahora rojo, mientras me miraba fijamente, miraba alcafé, a su maldito propietario y al terrible camarero que, desde la puerta, lehacían gestos amigables. El incinerador de Baal saciaba su enorme apetito,esparciendo chispas por todas partes, y Barnes contemplaba aquel ciego sol rojoque ardía y llameaba en su estómago.
–Ustedes –dije con voz suavea los hombres de negro, se detuvieron–. Recuerden las Ordenanzas Municipales:se cierra a las nueve en punto. Por favor, procuren terminar antes de entonces.No me gustaría quebrantar la ley... Buenas noches, señor Lincoln.
–Ochenta –dijo un hombre,pasando a nuestro lado–, y siete años...
–¿Lincoln? –el Jefe Censor segiró, lentamente–. Ese es Bowman. Charlie Bowman. Le conozco, Charlie, vengaaquí un momento... Charlie... ¡Chuck!
Pero el hombre se habíaalejado, y los coches pasaban, y de tanto en tanto, mientras el fuego seguíaardiendo, algunos hombres me saludaban y yo les saludaba, y era “¡Hola señorPoe!”, o un gesto amable a algún extranjero cuyo nombre sonaba algo así comoFreud, y nuestras voces eran alegres al saludarnos, y el señor Barnes seestremecía cada vez como si fuera atravesado por un dardo de fuego que continuaraardiendo en su interior y consumiera su vida. Y nadie se detenía a ver elespectáculo.
De pronto, por alguna razónoculta, el señor Barnes cerró los ojos, abrió mucho la boca, inspiró profundamentey gritó:
–¡Alto!
Los hombres, en el piso dearriba, dejaron inmediatamente de arrojar libros por las ventanas.
–Pero –dije–, aún no es lahora de cerrar.
–¡Es la hora de cerrar! ¡Todo el mundofuera! –Profundos pozos habían devorado las pupilas de Jonathan Barnes. Hizouna seña, indicando que bajaran. Obedientes, todas las ventanas descendieroncomo otras tantas guillotinas, y se oyó el ruido de las contraventanas alcerrarse.
Los hombres de negro, lasorpresa reflejada en sus semblantes, descendieron y salieron fuera.
–Jefe Censor –metí en su manola llave que no quería aceptar, le obligué a tomarla–, vuelva usted mañana,mantenga el silencio y termine con su trabajo.
Sus ahora insondables yvacíos ojos intentaron en vano mantener mi mirada.
–¿Cuánto... cuánto tiempohace que dura...?
–¿Esto?
–Esto... y... esto... y ellos.
Intentó, sin éxito, señalarel café, los coches que pasaban, los tranquilos lectores que salían ahora de laacogedora biblioteca, saludando con la cabeza cuando pasaban a nuestro lado enel frío aire del anochecer, amigos, todos ellos amigos míos. Sus ciegos ycrispados ojos devoraron la oscuridad que era ahora mi rostro, su lenguaparalizada murmuró no sin esfuerzo:
–¿Creen ustedes, estúpidos,que van a engañarme a mí, a mí, a mí?
No contesté.
–¿Cómo pueden estar seguros–dijo– de que no voy a quemar gente, como ahora quemo libros?
No contesté.
Lo dejé de pie, inmóvil, alláen medio de la noche.
En la biblioteca, comprobé los últimos volúmenes delos que se iban, mientras la noche llegaba finalmente y la gran máquina de Baalseguía vomitando la humareda de su mugriento fuego sobre el alto césped alládonde el Jefe Censor permanecía inmóvil como una estatua de cemento, sin versiquiera cómo sus hombres se marchaban. Su puño se levantó bruscamente y algorápido y brillante fue a golpear contra el cristal de la puerta de entrada.Luego Barnes se giró y se fue tras el Incinerador que resonaba contra elpavimento, una panzuda urna funeraria que dejaba tras ella jirones de negrosvelos de duelo, humo, y olor a papel quemado.
Me senté y escuché.
En las salas de lectura másalejadas, sumidas en una débil penumbra, se oía aún un suave y otoñal tornar dehojas, el sonido de un brisa ligera, movimientos infinitesimales, el gesto deuna mano, el destello de un anillo, el brillar de una pupila vivaz como la deuna ardilla. Algún viajero nocturno se había demorado entre las estanteríasahora medio vacías. Con una tranquila serenidad, las aguas se deslizabansuavemente hacia un quieto y distante mar. Mi gente, mis amigos, uno por uno,salían del acogedor mármol, de la cálida luz verdosa, a una noche mejor de loque nunca me hubiera atrevido a esperar.
A las nueve, salí pararecoger la llave que Barnes había arrojado contra la puerta. Acompañé al últimolector, un hombre viejo, hasta fuera, y mientras cerraba aspiró a pleno pulmónel frío aire, miró a la ciudad, a la hierba amarilleada por las chispas, ydijo:
–¿Crees que volverán?
–Dejemos que lo hagan. Yaestamos preparados para recibirlos, ¿no?
El anciano sujetó mi mano.
–Y el lobo cohabitará con elcordero, y el leopardo yacerá con el antílope, y el ternero y el joven leónandarán juntos.
Bajamos juntos los últimospeldaños.
–Buenas noches, Isaías –dije.
–Buenas noches, señorSócrates –dijo.
Y cada cual tomó su camino enla oscuridad.
POSTFACIO (es absurdoque no exista esta palabra):
Sí, este relato es elembrión de lo que, seis años después, en 1.953, se convertiría en Fahrenheit451. Puede ser simple, puede ser sólo una curiosidad, puede ser muchas cosas,pero sólo por una de sus frases ya creo que vale la pena. Una frase que,desgraciadamente, resume la actitud de muchas personas desde el principio delos tiempos hasta nuestros días:
“¿Cómo pueden estar seguros de que no voy a quemargente, como ahora quemo libros?”
Escrito por imagenes el 19/06/2009 18:14 | Comentarios (0)
En el nombre de Dios yo te invoco, espíritu del Dominio, espírituIntranquilo, espíritu del Desespero, espíritu de Don Juan de laConquista, espíritu del Amor, espíritu de don JUAN de los Caminos,espíritu de san Juan Minero, espíritu de San Juan De La Calle, espíritude los 4 vientos, sendas y lugares, espíritu de San Marcos de León,espíritu de Santa Martha y Santa Elena de Jerusalén, espíritu de SanSalvador de Orta, espíritu de Santa Inés del monte perdido, espíritu deMaría de la cabeza, espíritus benéficos todos, yo los conjuro para queme ayuden a dominar los cinco sentidos, pensamientos, juicio, espírituvivo y la voluntad de ___J.A.S.R._____________________ ofrezco esteconjuro al santo ángel de la guarda de________________________J.A.S.R.__________ por el santo día que lobautizaron, por el día en que nació ___J.A.S.R.________________ por eldía en que lo bautizaron por el día que ha de morir. lo que estoyconjurando (vela o tabaco) es el espíritu vivo cuerpo, mente, miembrosexual, cabeza, pies y manos, pensamiento, juicio y voluntad, de________J.A.S.R.______________________ Concédeme espíritu del Dominioque ____J.A.S.R.___________ no pueda estar, ni vivir tranquilo, que nopueda comer, ni dormir, ni beber, ni andar, Sin el pensamiento puestoen mi que me llamo _________________N.P.Q.______hasta que a mis piesvengas a parar, rendido de amor, de interés y deseo por verme,desesperado por tenerme, atraído por mis sexo, ofreciéndome el suyo,deseoso arrepentido y humilde, halagándome con besos y caricias,arrastrándose a mis pies suplicante y manso , siendo yo su dueña parami y por mi que me llamo______N.P.Q.___________ Con dos te veo, contres te ato la sangre te bebo el corazón te parto. Cristo valedme ydadme la paz ven ________________J.A.S.R._______ dominado en cuerpo,pensamiento y voluntad, ya no puedes mirar a nadie mas que a mi y tucariño solo son para mi, mi presencia te es atractiva mi mirada tesugestiona, mi voz te domina, mis ojos te ciegan y mi voluntad es latuya, así sea, así sea, así sea, así sea, Oración Milagrosa… confío en ti mi Dios, padre, hijo y espíritusanto mi Señor Jesús mi único salvador con todas las fuerzas te pido meconcedas la gracia que tanto deseo (se pide la gracia o deseo) a SantaMarta santa marta virgen por caramanchel vas a consumir hoy por lallama con que se enciende esta vela y por el algodón con que selimpiaron los santos oleos, te enciendo yo esta vela para que remediesmis necesidades, socorras mis miserias y me venzas todas lasdificultades como venciste la fiera brava que tienes a tus pies, parati no hay imposibles dame suerte y dinero para cubrir mis miserias ynecesidades.. Así madre mía concédeme que__________J.A.S.R._________________ no pueda estar ni vivir tranquilohasta que a mis pies venga a parar así madre mía concédeme lo que tepido para aliviar mis penas por el amor de Jesús, Santa Marta virgenque al monte entraste, las fieras bravas espantaste con tus cintas lasataste y cobn él hisopo las amansaste a si madre mía si esto es verdadconcédeme que _________J.A.S.R._____________ regrese a mi para siempre.Santa Marta que no lo dejes en silla sentar ni en cama acostar ni tengaun momento de tranquilidad hasta que a los pies míos venga a pararSanta Marta escúchame ampárame por el amor de Dios, Amen. Oración alespíritu del dominio. Tu que dominas todos los corazones, domina elcorazón de ________J.A.S.R._____________ con el poder infinito que tuvosanta marta para amansar el dragón, así yo quiero que amarres a__________J.A.S.R._________ OH espíritu dominante con tu divino poderque dios te a dado haz que _______________J.A.S.R.________ sea dominadoen cuerpo y alma dormir y que no pueda mirar a nadie mas que mi, que suamor y su cariño sean solo para mi, que mi presencia le haga faltadonde este, que no pueda estar tranquilo sin mi. Espíritu Dominantedomina mis enemigos con tu divino poder que Dios te ha dado. AMEN sereza 9 ave maria y 1 gloria al padre durante 9 días y luego al 9 día sepublica la oración y se cumplirán tus deseos observa lo que ocurre eldía 4 de su publicación. muchas gracias Dios padre hijo espiritu santo, virgencita, Santamarta, espiritu del dominio , espiritu del desespero, espiritu del amory espiritus beneficos todos!!!..ayudenme por lo que tanto lespedi!!!...
Escrito por imagenes el 26/06/2009 08:12 | Comentarios (12)
HEREJÍAS DEL DIOS INMENSO Brian W. Aldiss EL LIBRO SECRETO DE HARAD IV
. Yo, Harad IV, Escriba Mayor declaro que éste mi escrito solo puede ser mostrado a los sacerdotes de rango de la Iglesia Ortodoxa Universal Sacrificial y a los Ancianos Elegidos del Consejo de la Iglesia Ortodoxa Universal Sacrificial, porque aquí se entiende en cuestiones relativas a las cuatro Herejías Viles que no deben ser vistas ni discutidas por el pueblo. Para una Correcta Consideración de las más recientes y viles herejías, debemos contemplar en perspectiva los acontecimientos de la historia. Así pues, retrocedamos al Primer Año de nuestra era, cuando las Tinieblas del Mundo fueron desterradas por la venida del Dios Inmenso, nuestro más verdadero y enorme Señor, a quien todos honramos y tememos. Desde este año actual, 910 D.I., es imposible recordar cómo era el mundo entonces, pero a partir de los pocos registros que todavía se conservan podemos hacernos cierta idea de aquellas épocas e incluso realizar las Contorsiones Mentales necesarias para ver cómo debieron ser juzgados los acontecimientos por aquellos pecadores que tomaron parte en ellos. El mundo sobre el que descendió el Dios Inmenso estaba repleto de gentes y de sus maquinarias, todos completamente desprevenidos para Su Visita. Puede que hubiera cien mil veces más gente de la que hoy existe. El Dios Inmenso aterrizó en lo que ahora es el Mar Sagrado, sobre el que actualmente navegan algunas de nuestras más bellas iglesias dedicadas a Su Nombre. En aquellos tiempos, la región era mucho menos placentera, pues estaba dividida en numerosos estados que pertenecían a distintas naciones. Tal era el sistema de posesión de la tierra antes de que se formasen nuestras actuales teorías sobre la migración y evacuación constantes. Las patas traseras del Dios Inmenso se extendieron muy hacia el interior de África - que entonces no era el continente insular que es hoy en día, casi tocando el río Congo, en el punto sagrado donde ahora se alza la Iglesia Sacrificial de Basolo-Aketi-Ele, y en el punto sagrado donde ahora se alza el Templo Santuario de Adén, arrasando el antiguo puerto de Adén. Algunas de las patas del Dios Inmenso se extendieron sobre el Sudán y a través de lo que entonces constituía el Reino de Libia y ahora es parte del Mar del Viejo Pesar, mientras que uno de sus pies reposaba en una ciudad llamada Túnez en lo que entonces era la costa de Tunicia. Allí se posaron algunas de las patas del costado izquierdo del Dios Inmenso. Las patas de su costado derecho bendijeron y comprimieron las arenas de Arabia Saudita, hoy denominada Valle de la Vida, y las estribaciones del Cáucaso, arrasando el Monte llamado Ararat en el Asia Menor, en tanto que su pata Más delantera se extendió sobre el territorio de Rusia, destruyendo de inmediato la gran ciudad capital de Moscú. El cuerpo del Dios Inmenso, descansando en reposo sobre tres antiguos mares, si hemos de creer a los Viejos Registros, llamados el Mar del Mediterráneo, el Mar Rojo y el Mar del Nilo, que juntos forman parte del actual Mar Sagrado. Con su Gran Mole erradicó también parte del Mar Negro, que ahora llamamos Mar Blanco, así como Egipto, Atenas, Chipre y la Península Balcánica hasta las cercanías de Belgrado, hoy Santo Belgrado, puesto que sobre esta ciudad se irguió el Cuello del Dios Inmenso en su Primera Visita a nosotros los mortales, rozando casi los tejados de las casas. En cuanto a su Cabeza, se cernía sobre la región montañosa que denominamos Italandia y que entonces era conocida como Europa, una región muy poblada del planeta, alzándose a tal altitud que en los días despejados fácilmente podía divisarse desde Londres, entonces como ahora la ciudad principal de la tierra de los anglofranceses. En aquellos primeros días se calculó que la longitud del Dios Inmenso era de más de siete millares de kilómetros de extremo a extremo, y cada una de sus ocho patas media sobre un millar y medio de kilómetros. Ahora profesamos en nuestro Credo que el Dios Inmenso cambia su forma, longitud y número de patas según esté Complacido o Enojado con el hombre. En aquellos días se desconocía la naturaleza de Dios. Ningún preparativo se había hecho para su venida, aunque corrían algunos rumores sobre el milenio. Por lo tanto, las especulaciones sobre su naturaleza se alejaban mucho de la verdad y con frecuencia eran sumamente blasfemas. Aquí sigue un resumen del notorio Documento Gersheimer, que contribuyó en gran medida a precipitar los acontecimientos que condujeron a la Primera Cruzada en 271 D.I. Ignoramos quién era el Gersheimer Negro, con la salvedad carente de significado de que se trataba de un Profeta Científico de un lugar llamado Cornell o Carnell, obviamente una Iglesia del Continente Americano (cuya forma era entonces distinta). "Los reconocimientos aéreos parecen indicar que esta criatura —si podemos llamarla así—, que se extiende más o menos en línea recta a lo largo del Mar Rojo y por el sudeste de Europa, no es un ser viviente, al menos tal y como concebimos nosotros la vida. El hecho de que se parezca vagamente a un lagarto de ocho patas puede deberse a una mera coincidencia, así que no debemos preocuparnos por su posible carácter maligno, como han sugerido algunos periódicos sensacionalistas". La vil jerga de aquellos remotos días no resulta hoy plenamente comprensible, pero creemos que "reconocimientos aéreos" es una referencia a los aparatos voladores mecánicos que aquella última generación de Impíos poseía. El Gersheimer Negro prosigue: "Si este objeto no está vivo, tal vez sea un fragmento de escombros galácticos que se ha adherido momentáneamente al planeta, quizá del mismo modo en que una hoja puede adherirse a un balón de fútbol durante su trayectoria. Esta creencia no implica necesariamente una modificación de nuestros conceptos científicos del universo. Tanto si la cosa tiene vida como si no, no hemos de volvernos todos supersticiosos. Sencillamente, debemos recordarnos que en el universo, tal como lo concebimos a la luz de la ciencia del siglo XX, existen muchos fenómenos que nos siguen siendo desconocidos. Por muy dolorosa que resulte esta aparición inesperada, podemos consolarnos en parte pensando que nos proporcionará nuevos conocimientos, tanto sobre nosotros mismos como acerca del mundo que se extiende más allá de nuestro sistema solar". Aunque términos como "escombros galácticos" han perdido todo su significado, si es que alguna vez lo tuvieron, el sentido general de este párrafo es claramente injurioso. Se decreta una restricción contra el culto al Dios Inmenso, oponiendo en su lugar un herético Dios de la Ciencia. Sólo hace falta citar otro pasaje de este ofensivo revoltijo, porque resulta esencial para Mostrar la Actitud mental de Gersheimer y, es de suponer, de la mayoría de sus contemporáneos. "Como es natural, todos los pueblos del mundo, y especialmente aquellos que aún se demoran en los umbrales de la civilización, se hallan hoy muy asustados. Les parece ver algo de sobrenatural en la llegada de esta cosa, y creo que cualquier hombre, si es sincero consigo mismo, admitirá sentir en su corazón un eco de este temor. Solamente podremos suprimirlo, solamente podremos enfrentarnos al caos en que el mundo se halla ahora sumergido, si retenemos en nuestras mentes una imagen galáctica de la situación. La propia inmensidad de esta cosa que yace perniciosamente tendida sobre nuestro planeta es causa suficiente para el terror. Pero imaginémosla en proporción. Un ciempiés está posado sobre una naranja. O, para elegir un ejemplo que resulte menos repulsivo, una pequeña salamanquesa de unos nueve centímetros descansa momentáneamente sobre un globo terráqueo de plástico de sesenta centímetros de diámetro. Nos corresponde a nosotros, a toda la raza humana, con todas las fuerzas tecnológicas a nuestra disposición, unirnos como nunca lo hemos hecho y expulsar esta cosa, esta cosa grande y estúpida, hacia las profundidades del espacio de las que ha surgido. Buenas noches". El motivo que me impulsa a repetir esta Blasfemia Inicial es que veamos en este mensaje de un miembro de las Tinieblas del Mundo las huellas de aquel pecado original que —pese a todos nuestros sacrificios, a todas nuestras penalidades, á todas nuestras cruzadas— aún no hemos logrado extirpar. Por eso nos enfrentamos ahora con la mayor Crisis de la Iglesia Ortodoxa Universal Sacrificial, y por eso ha llegado la hora de una Cuarta Cruzada que supere en su envergadura a todas las anteriores. El Dios Inmenso permaneció donde se hallaba, en lo que hoy designamos la Posición del Mar Sagrado, durante cierto número de años, en todo y por todo inmóvil. Para la humanidad, éste fue el gran período de formación de la Creencia, marcado por el establecimiento de la Iglesia Universal y caracterizado por sus numerosas convulsiones. Grandemente hubieron de sufrir los primeros sacerdotes y profetas a fin de que la Palabra se diseminara por el Mundo y las sectas blasfemas fuesen destruidas, aunque el Libro Clandestino de los Hechos de la Iglesia parece indicar que muchos de ellos eran en realidad miembros de anteriores iglesias que, viendo la luz, mudaron su lealtad. La poderosa figura del Dios Inmenso se vio sometida a multitud de pequeños agravios. Las Mayores Armas de aquella remota era, frutos de la charlatanería técnica, eran llamadas Nucleares, y ésas le fueron arrojadas al Dios Inmenso, pero, como cabía esperar, sin efecto alguno. Muros de fuego se alzaron en vano a su alrededor. Nuestro Dios Inmenso, al que todos honramos y tememos, es inmune a la debilidad terrenal. Su cuerpo estaba revestido como con un Metal —ésa fue la semilla de la Segunda Cruzada— pero no tenía ninguna de las debilidades del metal. Su descenso a la tierra fue acogido por la naturaleza con una respuesta inmediata. Los antiguos vientos que hasta entonces prevalecían se estrellaron contra sus poderosos costados y fueron desviados hacia otros lugares. Esto produjo el efecto de enfriar el centro de África, de tal manera que desaparecieron las selvas tropicales y todas las criaturas que en ellas moraban. En las tierras limítrofes de Caspana (entonces llamadas Persia y Járkov, según antiguos relatos), se desencadenaron huracanes de nieve durante una docena de crudos inviernos, llegando por el este hasta el interior de la India. En los demás lugares, por todo el mundo, la venida del Dios Inmenso se dejó sentir en los cielos, en forma de lluvias inesperadas, vientos erráticos y temporales que duraron muchos meses. También los océanos fueron perturbados, mientras que el gran volumen de agua desplazado por su cuerpo inundó las tierras cercanas, matando a muchos millares de seres y arrojando diez mil ballenas muertas a los muelles de Colombo. La tierra se sumó a las convulsiones. Mientras se hundía el territorio situado bajo la gran masa del Dios Inmenso, disponiéndose a recibir lo que luego seria el Mar Sagrado, las tierras de alrededor se elevaron hacia Arriba formando pequeñas colinas, como las abruptas y salvajes Dolominas que hoy protegen los límites meridionales de Italandia. Hubo seísmos y nuevos volcanes y géiseres allí donde jamás había manado el agua, y plagas de serpientes, florestas incendiadas y muchos signos prodigiosos que ayudaron a los Primeros Padres de nuestra fe a convertir a los ignorantes. Por todas partes se extendieron, predicando que la única salvación se hallaba en entregarse a él. Numerosos Pueblos Enteros perecieron en esta época de convulsión, entre ellos Búlgaros, Egipcios, Israelitas, Moravos, Kurdos, Turcos, Sirios, Turcos de las Montañas y también la mayor parte de los Eslavos del Sur, Georgianos y Croatas, los robustos Valacos y las razas Griegas, Chipriotas y Cretenses. Además de otras cuyos pecados eran muy grandes y cuyos nombres no fueron recogidos en los anales de la iglesia. El Dios Inmenso abandonó nuestro mundo en el año 89 o, como algunos sostienen, en el 90. (Ésta fue la primera Partida y como tal se celebra. en el calendario de nuestra Iglesia, aunque la Iglesia Católica Universal lo denomina Día de la Primera Desaparición). Regresó en el 91, grande y temido sea su nombre. Es poco lo que sabemos del periodo en que estuvo ausente de la Tierra. Podemos hacernos una idea de cómo pensaba entonces la gente si consideramos que, en general, las naciones de la Tierra se regocijaron grandemente. Siguieron produciéndose cataclismos naturales, pues los océanos se derramaran en el enorme hueco que él había creado, formando así nuestro amado y venerado Mar Sagrado. En toda la faz del planeta estallaron Grandes Guerras. Su regreso en el año 91 puso fin a las guerras, como un signo de la gran paz que su presencia le prometía a su pueblo elegido. Pero los habitantes del mundo en Aquella Época no eran todos de nuestra religión, por más que los profetas andaban entre ellos, y numerosas eran sus blasfemias. En el Museo Negro que hay adjunto a la gran basílica de Omán y Yemen se conservan pruebas documentales de que en este periodo intentaron comunicarse con el Dios Inmenso por medio de sus máquinas. No hace falta decir que no obtuvieron respuesta; pero muchos hombres razonaron entonces, en la confusión de sus mentes, que esto se debía a que el Dios era una Cosa, tal y como había profetizado el Gersheimer Negro. En ésta su Segunda Venida, el Dios Inmenso bendijo nuestra tierra aposentándose principalmente dentro de los confines del Círculo Ártico, o lo que entonces era el Círculo Ártico, con su cuerpo extendido sobre el norte del Canadá, como era llamado, por encima de una gran península denominada Alaska, a través del Mar de Bering y por las regiones septentrionales de las tierras rusas hasta el río Lena, hoy Bahía de Lenn. Algunas de sus patas traseras quebraron grandes fragmentos del Hielo Ártico, mientras que otras patas delanteras se sumergían en el norte del Océano Pacífico. Pero en verdad para él no somos más que arena bajo sus pies y sus pies son indiferentes a nuestras montañas y nuestras Variaciones Climáticas. En cuanto a su pavorosa cabeza, desde todas las ciudades de la franja costera del norte de América se la podía ver alzándose hasta la estratosfera y refulgiendo con un brillo metálico; desde ciudades hoy desaparecidas como Vancouver, Seattle, Edmonton, Portland, Blanco, Reno e incluso San Francisco. Fue la enérgica y pecaminosa nación que poseía estas ciudades la que entonces se volvió con más fuerza contra el Dios Inmenso. Todo el peso de su impía civilización científica se volvió contra él, pero lo único que consiguieron sus gentes fue destruir sus propias costas. Mientras tanto, se produjeron nuevos cambios naturales. La masa del Dios Inmenso desvió a la Tierra en su diario girar, de modo que las estaciones se alteraron y los libros proféticos nos cuentan cómo los grandes árboles hacían brotar sus hojas para cubrirse en invierno y las perdían en verano. Los murciélagos volaban a la luz del día y las mujeres daban a luz niños peludos. La fusión de los casquetes polares causó grandes inundaciones, olas de marea y rocíos ponzoñosos, y sabemos que una noche se agitaron las aguas de la Profundidad, de tal forma que la marea que surgió de las Tierra Altas Malayas (como hoy las conocemos) fue tan poderosa que en pocas horas formó la península continental de Bestlandia con lo que hasta entonces habían sido los Continentes o Islas independientes de Singapur, Sumatra, Indonesia, Java, Sidney y Australia o Austria. Con tan impresionantes portentos, nuestros sacerdotes pudieron Convertir a los Pueblos, y millones de supervivientes se apresuraron a ingresar en la Iglesia. Ésa fue la Primera Gran Época de la Iglesia, cuando la palabra se extendió por todo el asolado y transformado planeta. Nuestras instituciones se crearon a lo largo de las siguientes generaciones, principalmente en los diversos Concilios de la Nueva Iglesia (algunos de los cuales han sido luego reconocidos como heréticos). No nos establecimos sin dificultades, e hizo falta quemar a mucha gente antes de que el resto se apercibiera de la fe que Ardía En Ellos. Pero, según fueron pasando las generaciones, el Verdadero Nombre del Dios se extendió por un territorio cada vez más amplio. Solo los habitantes del norte de América seguían aferrándose mayoritariamente a su abyecta superstición. Fortificados por su ciencia, rechazaban la Gracia. Así fue como en el Año 271 se emprendió la Primera Cruzada, especialmente contra ellos pero también contra los Irlandeses, cuyas opiniones heréticas no estaban sustentadas en la ciencia: los Irlandeses fueron rápidamente Erradicados casi hasta el último hombre. Los Americanos eran más formidables, pero esta dificultad sólo sirvió para agrupar a la gente y unir aún más a la Iglesia. La Primera Cruzada se libró para combatir la Primera Gran Herejía de la Iglesia, la herejía que proclamaba que el Dios Inmenso era una Cosa y no un Dios, según lo había expuesto Gersheimer Negro. Concluyó satisfactoriamente cuando el jefe de los Americanos, Lionel Undermeyer, se reunió con el Venerable Obispo Emperador del Mundo, Jon II, y consintió en que los mensajeros de la Iglesia disfrutaran de libertad para predicar en América sin ser estorbados. Tal vez habría podido forzarse un convenio más severo, como aducen algunos comentaristas, pero para entonces ambos bandos padecían grandes penurias a causa de la peste y la hambruna, porque las cosechas del mundo se habían perdido. Fue una afortunada coincidencia que la población del mundo ya se hubiera reducido a la mitad, pues de otro modo la reorganización de las estaciones habría ido seguida del hambre más absoluta. En todas las iglesias del mundo se rogó al Dios Inmenso que diera una señal de que había sido Testigo de la gran derrota infligida a los infieles Americanos. Quienes se opusieron a este inspirado acto fueron destruidos. El Dios respondió a las plegarias en el 297, avanzando velozmente una Pequeña Porción y acomodándose principalmente en el Océano Pacífico a donde llegaba por el sur a lo que ahora es la Antarta, entonces era el Trópico de Capricornio y anteriormente había sido el Ecuador. Algunas de sus patas izquierdas cubrieron numerosas ciudades de la costa occidental de América, entre las que se contaban algunas de las que ya hemos citado, como San Francisco, y llegaron por el sur hasta Guadalajara (donde el Templo del Santo Dedo honra todavía la huella de su pie). Este es el movimiento que designamos Primera Mudanza, y fue justamente considerado como una prueba indiscutible del desprecio del Dios Inmenso hacia América. Tal sensación prevaleció también en la propia América. Purificados por el hambre, los descomunales terremotos y otras catástrofes naturales, sus habitantes quedaron mejor preparados para aceptar las palabras de los sacerdotes y se convirtió hasta el último hombre. Se emprendieron peregrinaciones en masa para contemplar el enorme cuerpo de Dios, que cubría su nación de un extremo a otro. Los peregrinos más osados ascendían en aeroplanos voladores y sobrevolaban su lomo, barrido Sin Cesar por terribles tempestades durante más de cien años. Los que allí se convirtieron se volvieron más Extremados que sus hermanos del otro lado del mundo, más antiguos en la fe. Apenas se habían unido las congregaciones americanas con las nuestras cuando ya se separaban por una desavenencia doctrinal en el Concilio de la Tenca Muerta (322). Esta fecha marca el surgimiento de la Iglesia Católica Universal Sacrificial. En aquellos remotos días, los creyentes de la fe Ortodoxa no disfrutábamos de la armonía que reina hoy con nuestros hermanos Americanos. El punto de la doctrina que dio lugar al cisma de las iglesias fue, como por todos es sabido, la cuestión de si la humanidad debía o no utilizar vestiduras que imitaran el lustre metálico del Dios Inmenso. Se adujo que esto equivalía, a equiparar al hombre con la Imagen de Dios, pero en realidad se trataba de una calumnia deliberada contra los sacerdotes Ortodoxos Universales, que utilizaban prendas de plástico o metal en honor de su hacedor. De ahí surgió la Segunda Gran Herejía. Como este prolongado y confuso periodo ha sido estudiado a fondo en otros tratados, no es necesario que nos detengamos en él: diremos tan sólo que la disputa llegó a su apogeo con la Segunda Cruzada, que los Católicos Universales Americanos emprendieron contra nosotros en el año 450. Puesto que todavía poseían una gran preponderancia de máquinas, consiguieron imponer sus opiniones, saquear varios monasterios a las orillas del Mar Sagrado, deshonrar a nuestras mujeres y regresar gloriosamente a su tierra. Desde entonces, todos los habitantes del planeta se cubren únicamente con prendas de lana o piel. Quienes se opusieron a este inspirado acto fueron destruidos. Sería un error resaltar excesivamente las querellas del pasado. Durante todo este tiempo, la mayoría de las personas se dedicaban pacíficamente al culto, eran sacrificadas regularmente y rezaban cada amanecer y cada anochecer (fuera cuando fuese) para que el Dios Inmenso abandonara nuestro mundo, ya que no éramos dignos de él. La Segunda Cruzada dejó un reguero de problemas tras ella; en conjunto, los cincuenta años que siguieron no fueron años felices. Las huestes Americanas regresaron a su país para descubrir que la enorme presión ejercida sobre la plataforma continental occidental había creado muchos volcanes en su mayor cordillera, las Montañas Rocosas. Su tierra estaba cubierta de lava y fuego, y su aire cargado de hedionda ceniza. Acertadamente, aceptaron esto como una señal de que su conducta dejaba mucho que desear a los ojos del Dios Inmenso (pues, aunque nunca se ha podido demostrar que tenga ojos, no cabe duda de que Nos Ve). Puesto que el resto del mundo no había sido Visitado por un castigo de semejante escala, adivinaron correctamente que su pecado era que seguían aferrándose a la tecnología y a las armas de la tecnología contra los deseos de Dios. Con fe intensa en sus corazones, destruyeron hasta el último artefacto de la ciencia que aún quedaba, desde los Nucleares a los Abrelatas y, como acto propiciatorio, arrojaron a cien millares de vírgenes de la fe en los volcanes más a propósito. Quienes se opusieron a estos inspirados actos fueron destruidos, y algunos ceremonialmente devorados. Nosotros, los creyentes de la fe Ortodoxa Universal, aplaudimos esta ejemplar acción de nuestros hermanos. Pero no estábamos seguros de que se hubieran purificado lo suficiente. Puesto que ya no poseían armas y nosotros aún teníamos algunas era evidente que podíamos ayudarles en su purificación. Por consiguiente, una poderosa flota de ciento sesenta y seis navíos de madera zarpó con rumbo a América, para ayudarles a sufrir por la religión y, de paso, para recobrar parte del botín que se habían llevado. Esta fue la Tercera Cruzada del año 482, bajo Jon el Rechoncho. Mientras los dos ejércitos contendientes libraban la batalla en las afueras de Nueva York, se produjo la Segunda Mudanza. No duró más allá de cinco minutos. En este lapso, el Dios Inmenso se volvió hacia su costado izquierdo, se arrastró sobre el centro de lo que entonces era el continente del Norte de América, cruzó el Atlántico como si fuera un charco, se desplazó a través de África y vino a detenerse al Sur del Océano Indico, destruyendo Madagaska con una pata trasera. En Todas las Partes de la Tierra se hizo la noche. Cuando llegó el amanecer, difícilmente podía quedar un solo hombre que no creyera en el poder y la sabiduría del Dios Inmenso, a cuyo nombre corresponde todo el Terror y la Fuerza. Lamentablemente, entre los que no podían creer figuraban los dos ejércitos rivales, que habían sido engullidos por una Oleada de Tierra y Rocas ante el paso del Dios. En el caos subsiguiente sólo prevaleció una nota de cordura: la cordura de la Iglesia. La Iglesia estableció como Tercera Gran Herejía la idea de que al hombre pudiera serle permitida ninguna máquina contra los deseos de Dios. Hubo cierta disputa doctrinal acerca de si los libros debían considerarse o no como máquinas. Por las dudas, se decidió que sí lo eran. A partir de entonces todos los hombres quedaron en libertad de no hacer nada más que trabajar en los campos y rendir culto, y orar al Dios Inmenso para que se retirase a otro mundo más digno de su poderío. Al mismo tiempo se incrementó el número de sacrificios y se introdujo el Método de la Quema Lenta (año 499). A continuación vino la gran Paz, que duró hasta el 900. Durante todo este tiempo, el Dios Inmenso no se movió; en verdad se ha dicho que los siglos no son más que segundos para él. Es probable que la humanidad no haya conocido jamás una paz tan prolongada como la de estos cuatrocientos años; una paz que existía en el interior de los corazones ya que no en el exterior, pues, naturalmente, el mundo se hallaba sumido en Cierto Desorden. La enorme fuerza del desplazamiento del Dios Inmenso a través de medio mundo había trastornado en gran medida la sucesión de los días y las noches. Algunas leyendas afirman que, antes de la Segunda Mudanza, el sol salía por el este y se ponía por el oeste; precisamente al contrario que el orden natural de las cosas según nosotros las conocemos. Gradualmente, este periodo de paz conoció cierto restablecimiento del orden de las estaciones y cierta cesación de las crecidas, chubascos de sangre, pedriscos, terremotos, diluvios de carámbanos, apariciones de cometas, erupciones volcánicas, nieblas miasmáticas, vendavales destructivos, plagas agrícolas, plagas de lobos y dragones, maremotos, tornados de un año de duración, lluvias feroces y demás azotes que las escrituras de este periodo con tanta elocuencia describen. Los Padres de la Iglesia, retirándose a la relativa seguridad de los mares interiores y las soleadas praderas de Gobilandia, en Mongolia, establecieron una nueva ortodoxia bien calculada en su rigor de oraciones y sacrificios humanos en la hoguera para incitar al Dios Inmenso a dejar nuestro pobre y miserable mundo rumbo a otro mejor y más substancioso. Con esto la historia llega casi al momento actual. El año 900, apenas una década antes del momento en que vuestro escriba redacta estas notas. ¡Ese año el Dios Inmenso abandonó nuestra tierra! Recordad, si os place, que la Primera Partida en el año 89 no duró más de veinte meses. ¡Ya ahora el Dios Inmenso se ha alejado de nosotros casi la mitad de este número de años! ¡Necesitamos su vuelta; no podemos vivir sin él, como habríamos debido comprender Hace Mucho de no haber sido blasfemos en nuestro corazón! Al partir, impulsó nuestro humilde globo hacia un rumbo tal que estamos condenados a vivir todo el año en el más crudo de los inviernos; el sol está lejano y encogido; los mares se congelan durante la mitad del año: témpanos de hielo desfilan por nuestros campos; a mediodía, es demasiado oscuro para leer sin una vela. ¡Ay de nosotros! Pero, en verdad, merecemos nuestro sino. Es un castigo justo, pues durante todos los siglos de nuestra época, cuando nuestra especie vivía relativamente feliz y sin perturbaciones, orábamos como dementes para que el Dios Inmenso nos dejara. Solicito a todos los Ancianos Elegidos del Consejo que repudien tales oraciones como la Cuarta y Mayor Herejía y declaren que, de ahora en adelante, todos los esfuerzos de la humanidad se encaminarán a llamar al Dios Inmenso para rogarle que regrese a nosotros de inmediato. Igualmente solicito que vuelva a incrementarse el número de sacrificios. Es inútil tratar de escatimar sólo porque se nos están acabando las mujeres. Igualmente solicito que se emprenda una Cuarta Cruzada a toda prisa, ¡antes de que el aire empiece a congelarse dentro de nuestras narices!
Escrito por imagenes el 26/06/2009 21:50 | Comentarios (0)