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HEREJÍAS DEL DIOS INMENSO

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BESTIARIO -- HEREJIA FUTURISTA : HEREJIAS DE UN DIOS INMENSO

HEREJÍAS DEL DIOS INMENSO
Brian W. Aldiss

EL LIBRO SECRETO DE HARAD IV






.
Yo, Harad IV, Escriba Mayor declaro que éste mi escrito solo puede ser mostrado a
los sacerdotes de rango de la Iglesia Ortodoxa Universal Sacrificial y a los Ancianos
Elegidos del Consejo de la Iglesia Ortodoxa Universal Sacrificial, porque aquí se
entiende en cuestiones relativas a las cuatro Herejías Viles que no deben ser vistas ni
discutidas por el pueblo.
Para una Correcta Consideración de las más recientes y viles herejías, debemos
contemplar en perspectiva los acontecimientos de la historia. Así pues, retrocedamos al
Primer Año de nuestra era, cuando las Tinieblas del Mundo fueron desterradas por la
venida del Dios Inmenso, nuestro más verdadero y enorme Señor, a quien todos
honramos y tememos.
Desde este año actual, 910 D.I., es imposible recordar cómo era el mundo
entonces, pero a partir de los pocos registros que todavía se conservan podemos
hacernos cierta idea de aquellas épocas e incluso realizar las Contorsiones Mentales
necesarias para ver cómo debieron ser juzgados los acontecimientos por aquellos
pecadores que tomaron parte en ellos.
El mundo sobre el que descendió el Dios Inmenso estaba repleto de gentes y de
sus maquinarias, todos completamente desprevenidos para Su Visita. Puede que
hubiera cien mil veces más gente de la que hoy existe.
El Dios Inmenso aterrizó en lo que ahora es el Mar Sagrado, sobre el que
actualmente navegan algunas de nuestras más bellas iglesias dedicadas a Su Nombre.
En aquellos tiempos, la región era mucho menos placentera, pues estaba dividida en
numerosos estados que pertenecían a distintas naciones. Tal era el sistema de
posesión de la tierra antes de que se formasen nuestras actuales teorías sobre la
migración y evacuación constantes.
Las patas traseras del Dios Inmenso se extendieron muy hacia el interior de África -
que entonces no era el continente insular que es hoy en día, casi tocando el río Congo,
en el punto sagrado donde ahora se alza la Iglesia Sacrificial de Basolo-Aketi-Ele, y en
el punto sagrado donde ahora se alza el Templo Santuario de Adén, arrasando el
antiguo puerto de Adén.
Algunas de las patas del Dios Inmenso se extendieron sobre el Sudán y a través de
lo que entonces constituía el Reino de Libia y ahora es parte del Mar del Viejo Pesar,
mientras que uno de sus pies reposaba en una ciudad llamada Túnez en lo que
entonces era la costa de Tunicia. Allí se posaron algunas de las patas del costado
izquierdo del Dios Inmenso.
Las patas de su costado derecho bendijeron y comprimieron las arenas de Arabia
Saudita, hoy denominada Valle de la Vida, y las estribaciones del Cáucaso, arrasando
el Monte llamado Ararat en el Asia Menor, en tanto que su pata Más delantera se
extendió sobre el territorio de Rusia, destruyendo de inmediato la gran ciudad capital de
Moscú.
El cuerpo del Dios Inmenso, descansando en reposo sobre tres antiguos mares, si
hemos de creer a los Viejos Registros, llamados el Mar del Mediterráneo, el Mar Rojo y
el Mar del Nilo, que juntos forman parte del actual Mar Sagrado. Con su Gran Mole
erradicó también parte del Mar Negro, que ahora llamamos Mar Blanco, así como
Egipto, Atenas, Chipre y la Península Balcánica hasta las cercanías de Belgrado, hoy
Santo Belgrado, puesto que sobre esta ciudad se irguió el Cuello del Dios Inmenso en
su Primera Visita a nosotros los mortales, rozando casi los tejados de las casas.
En cuanto a su Cabeza, se cernía sobre la región montañosa que denominamos
Italandia y que entonces era conocida como Europa, una región muy poblada del
planeta, alzándose a tal altitud que en los días despejados fácilmente podía divisarse
desde Londres, entonces como ahora la ciudad principal de la tierra de los
anglofranceses.
En aquellos primeros días se calculó que la longitud del Dios Inmenso era de más
de siete millares de kilómetros de extremo a extremo, y cada una de sus ocho patas
media sobre un millar y medio de kilómetros. Ahora profesamos en nuestro Credo que
el Dios Inmenso cambia su forma, longitud y número de patas según esté Complacido
o Enojado con el hombre.
En aquellos días se desconocía la naturaleza de Dios. Ningún preparativo se había
hecho para su venida, aunque corrían algunos rumores sobre el milenio. Por lo tanto,
las especulaciones sobre su naturaleza se alejaban mucho de la verdad y con
frecuencia eran sumamente blasfemas.
Aquí sigue un resumen del notorio Documento Gersheimer, que contribuyó en gran
medida a precipitar los acontecimientos que condujeron a la Primera Cruzada en 271
D.I. Ignoramos quién era el Gersheimer Negro, con la salvedad carente de significado
de que se trataba de un Profeta Científico de un lugar llamado Cornell o Carnell,
obviamente una Iglesia del Continente Americano (cuya forma era entonces distinta).
"Los reconocimientos aéreos parecen indicar que esta criatura —si podemos
llamarla así—, que se extiende más o menos en línea recta a lo largo del Mar Rojo y
por el sudeste de Europa, no es un ser viviente, al menos tal y como concebimos
nosotros la vida. El hecho de que se parezca vagamente a un lagarto de ocho patas
puede deberse a una mera coincidencia, así que no debemos preocuparnos por su
posible carácter maligno, como han sugerido algunos periódicos sensacionalistas".
La vil jerga de aquellos remotos días no resulta hoy plenamente comprensible, pero
creemos que "reconocimientos aéreos" es una referencia a los aparatos voladores
mecánicos que aquella última generación de Impíos poseía. El Gersheimer Negro
prosigue:
"Si este objeto no está vivo, tal vez sea un fragmento de escombros galácticos que
se ha adherido momentáneamente al planeta, quizá del mismo modo en que una hoja
puede adherirse a un balón de fútbol durante su trayectoria. Esta creencia no implica
necesariamente una modificación de nuestros conceptos científicos del universo. Tanto
si la cosa tiene vida como si no, no hemos de volvernos todos supersticiosos.
Sencillamente, debemos recordarnos que en el universo, tal como lo concebimos a la
luz de la ciencia del siglo XX, existen muchos fenómenos que nos siguen siendo
desconocidos. Por muy dolorosa que resulte esta aparición inesperada, podemos
consolarnos en parte pensando que nos proporcionará nuevos conocimientos, tanto
sobre nosotros mismos como acerca del mundo que se extiende más allá de nuestro
sistema solar".
Aunque términos como "escombros galácticos" han perdido todo su significado, si
es que alguna vez lo tuvieron, el sentido general de este párrafo es claramente
injurioso. Se decreta una restricción contra el culto al Dios Inmenso, oponiendo en su
lugar un herético Dios de la Ciencia. Sólo hace falta citar otro pasaje de este ofensivo
revoltijo, porque resulta esencial para Mostrar la Actitud mental de Gersheimer y, es de
suponer, de la mayoría de sus contemporáneos.
"Como es natural, todos los pueblos del mundo, y especialmente aquellos que aún
se demoran en los umbrales de la civilización, se hallan hoy muy asustados. Les
parece ver algo de sobrenatural en la llegada de esta cosa, y creo que cualquier
hombre, si es sincero consigo mismo, admitirá sentir en su corazón un eco de este
temor. Solamente podremos suprimirlo, solamente podremos enfrentarnos al caos en
que el mundo se halla ahora sumergido, si retenemos en nuestras mentes una imagen
galáctica de la situación. La propia inmensidad de esta cosa que yace perniciosamente
tendida sobre nuestro planeta es causa suficiente para el terror. Pero imaginémosla en
proporción. Un ciempiés está posado sobre una naranja. O, para elegir un ejemplo que
resulte menos repulsivo, una pequeña salamanquesa de unos nueve centímetros
descansa momentáneamente sobre un globo terráqueo de plástico de sesenta
centímetros de diámetro. Nos corresponde a nosotros, a toda la raza humana, con
todas las fuerzas tecnológicas a nuestra disposición, unirnos como nunca lo hemos
hecho y expulsar esta cosa, esta cosa grande y estúpida, hacia las profundidades del
espacio de las que ha surgido. Buenas noches".
El motivo que me impulsa a repetir esta Blasfemia Inicial es que veamos en este
mensaje de un miembro de las Tinieblas del Mundo las huellas de aquel pecado
original que —pese a todos nuestros sacrificios, a todas nuestras penalidades, á todas
nuestras cruzadas— aún no hemos logrado extirpar. Por eso nos enfrentamos ahora
con la mayor Crisis de la Iglesia Ortodoxa Universal Sacrificial, y por eso ha llegado la
hora de una Cuarta Cruzada que supere en su envergadura a todas las anteriores.
El Dios Inmenso permaneció donde se hallaba, en lo que hoy designamos la
Posición del Mar Sagrado, durante cierto número de años, en todo y por todo inmóvil.
Para la humanidad, éste fue el gran período de formación de la Creencia, marcado
por el establecimiento de la Iglesia Universal y caracterizado por sus numerosas
convulsiones. Grandemente hubieron de sufrir los primeros sacerdotes y profetas a fin
de que la Palabra se diseminara por el Mundo y las sectas blasfemas fuesen
destruidas, aunque el Libro Clandestino de los Hechos de la Iglesia parece indicar que
muchos de ellos eran en realidad miembros de anteriores iglesias que, viendo la luz,
mudaron su lealtad.
La poderosa figura del Dios Inmenso se vio sometida a multitud de pequeños
agravios. Las Mayores Armas de aquella remota era, frutos de la charlatanería técnica,
eran llamadas Nucleares, y ésas le fueron arrojadas al Dios Inmenso, pero, como cabía
esperar, sin efecto alguno. Muros de fuego se alzaron en vano a su alrededor. Nuestro
Dios Inmenso, al que todos honramos y tememos, es inmune a la debilidad terrenal. Su
cuerpo estaba revestido como con un Metal —ésa fue la semilla de la Segunda
Cruzada— pero no tenía ninguna de las debilidades del metal.
Su descenso a la tierra fue acogido por la naturaleza con una respuesta inmediata.
Los antiguos vientos que hasta entonces prevalecían se estrellaron contra sus
poderosos costados y fueron desviados hacia otros lugares. Esto produjo el efecto de
enfriar el centro de África, de tal manera que desaparecieron las selvas tropicales y
todas las criaturas que en ellas moraban. En las tierras limítrofes de Caspana
(entonces llamadas Persia y Járkov, según antiguos relatos), se desencadenaron
huracanes de nieve durante una docena de crudos inviernos, llegando por el este hasta
el interior de la India. En los demás lugares, por todo el mundo, la venida del Dios
Inmenso se dejó sentir en los cielos, en forma de lluvias inesperadas, vientos erráticos
y temporales que duraron muchos meses. También los océanos fueron perturbados,
mientras que el gran volumen de agua desplazado por su cuerpo inundó las tierras
cercanas, matando a muchos millares de seres y arrojando diez mil ballenas muertas a
los muelles de Colombo.
La tierra se sumó a las convulsiones. Mientras se hundía el territorio situado bajo la
gran masa del Dios Inmenso, disponiéndose a recibir lo que luego seria el Mar
Sagrado, las tierras de alrededor se elevaron hacia Arriba formando pequeñas colinas,
como las abruptas y salvajes Dolominas que hoy protegen los límites meridionales de
Italandia. Hubo seísmos y nuevos volcanes y géiseres allí donde jamás había manado
el agua, y plagas de serpientes, florestas incendiadas y muchos signos prodigiosos que
ayudaron a los Primeros Padres de nuestra fe a convertir a los ignorantes. Por todas
partes se extendieron, predicando que la única salvación se hallaba en entregarse a él.
Numerosos Pueblos Enteros perecieron en esta época de convulsión, entre ellos
Búlgaros, Egipcios, Israelitas, Moravos, Kurdos, Turcos, Sirios, Turcos de las Montañas
y también la mayor parte de los Eslavos del Sur, Georgianos y Croatas, los robustos
Valacos y las razas Griegas, Chipriotas y Cretenses. Además de otras cuyos pecados
eran muy grandes y cuyos nombres no fueron recogidos en los anales de la iglesia.
El Dios Inmenso abandonó nuestro mundo en el año 89 o, como algunos sostienen,
en el 90. (Ésta fue la primera Partida y como tal se celebra. en el calendario de nuestra
Iglesia, aunque la Iglesia Católica Universal lo denomina Día de la Primera
Desaparición). Regresó en el 91, grande y temido sea su nombre.
Es poco lo que sabemos del periodo en que estuvo ausente de la Tierra. Podemos
hacernos una idea de cómo pensaba entonces la gente si consideramos que, en
general, las naciones de la Tierra se regocijaron grandemente. Siguieron
produciéndose cataclismos naturales, pues los océanos se derramaran en el enorme
hueco que él había creado, formando así nuestro amado y venerado Mar Sagrado. En
toda la faz del planeta estallaron Grandes Guerras.
Su regreso en el año 91 puso fin a las guerras, como un signo de la gran paz que
su presencia le prometía a su pueblo elegido.
Pero los habitantes del mundo en Aquella Época no eran todos de nuestra religión,
por más que los profetas andaban entre ellos, y numerosas eran sus blasfemias. En el
Museo Negro que hay adjunto a la gran basílica de Omán y Yemen se conservan
pruebas documentales de que en este periodo intentaron comunicarse con el Dios
Inmenso por medio de sus máquinas. No hace falta decir que no obtuvieron respuesta;
pero muchos hombres razonaron entonces, en la confusión de sus mentes, que esto se
debía a que el Dios era una Cosa, tal y como había profetizado el Gersheimer Negro.
En ésta su Segunda Venida, el Dios Inmenso bendijo nuestra tierra aposentándose
principalmente dentro de los confines del Círculo Ártico, o lo que entonces era el
Círculo Ártico, con su cuerpo extendido sobre el norte del Canadá, como era llamado,
por encima de una gran península denominada Alaska, a través del Mar de Bering y
por las regiones septentrionales de las tierras rusas hasta el río Lena, hoy Bahía de
Lenn. Algunas de sus patas traseras quebraron grandes fragmentos del Hielo Ártico,
mientras que otras patas delanteras se sumergían en el norte del Océano Pacífico.
Pero en verdad para él no somos más que arena bajo sus pies y sus pies son
indiferentes a nuestras montañas y nuestras Variaciones Climáticas.
En cuanto a su pavorosa cabeza, desde todas las ciudades de la franja costera del
norte de América se la podía ver alzándose hasta la estratosfera y refulgiendo con un
brillo metálico; desde ciudades hoy desaparecidas como Vancouver, Seattle,
Edmonton, Portland, Blanco, Reno e incluso San Francisco. Fue la enérgica y
pecaminosa nación que poseía estas ciudades la que entonces se volvió con más
fuerza contra el Dios Inmenso. Todo el peso de su impía civilización científica se volvió
contra él, pero lo único que consiguieron sus gentes fue destruir sus propias costas.
Mientras tanto, se produjeron nuevos cambios naturales. La masa del Dios
Inmenso desvió a la Tierra en su diario girar, de modo que las estaciones se alteraron y
los libros proféticos nos cuentan cómo los grandes árboles hacían brotar sus hojas para
cubrirse en invierno y las perdían en verano. Los murciélagos volaban a la luz del día y
las mujeres daban a luz niños peludos. La fusión de los casquetes polares causó
grandes inundaciones, olas de marea y rocíos ponzoñosos, y sabemos que una noche
se agitaron las aguas de la Profundidad, de tal forma que la marea que surgió de las
Tierra Altas Malayas (como hoy las conocemos) fue tan poderosa que en pocas horas
formó la península continental de Bestlandia con lo que hasta entonces habían sido los
Continentes o Islas independientes de Singapur, Sumatra, Indonesia, Java, Sidney y
Australia o Austria.
Con tan impresionantes portentos, nuestros sacerdotes pudieron Convertir a los
Pueblos, y millones de supervivientes se apresuraron a ingresar en la Iglesia. Ésa fue
la Primera Gran Época de la Iglesia, cuando la palabra se extendió por todo el asolado
y transformado planeta. Nuestras instituciones se crearon a lo largo de las siguientes
generaciones, principalmente en los diversos Concilios de la Nueva Iglesia (algunos de
los cuales han sido luego reconocidos como heréticos).
No nos establecimos sin dificultades, e hizo falta quemar a mucha gente antes de
que el resto se apercibiera de la fe que Ardía En Ellos. Pero, según fueron pasando las
generaciones, el Verdadero Nombre del Dios se extendió por un territorio cada vez más
amplio.
Solo los habitantes del norte de América seguían aferrándose mayoritariamente a
su abyecta superstición. Fortificados por su ciencia, rechazaban la Gracia. Así fue
como en el Año 271 se emprendió la Primera Cruzada, especialmente contra ellos pero
también contra los Irlandeses, cuyas opiniones heréticas no estaban sustentadas en la
ciencia: los Irlandeses fueron rápidamente Erradicados casi hasta el último hombre.
Los Americanos eran más formidables, pero esta dificultad sólo sirvió para agrupar a la
gente y unir aún más a la Iglesia.
La Primera Cruzada se libró para combatir la Primera Gran Herejía de la Iglesia, la
herejía que proclamaba que el Dios Inmenso era una Cosa y no un Dios, según lo
había expuesto Gersheimer Negro. Concluyó satisfactoriamente cuando el jefe de los
Americanos, Lionel Undermeyer, se reunió con el Venerable Obispo Emperador del
Mundo, Jon II, y consintió en que los mensajeros de la Iglesia disfrutaran de libertad
para predicar en América sin ser estorbados. Tal vez habría podido forzarse un
convenio más severo, como aducen algunos comentaristas, pero para entonces ambos
bandos padecían grandes penurias a causa de la peste y la hambruna, porque las
cosechas del mundo se habían perdido. Fue una afortunada coincidencia que la
población del mundo ya se hubiera reducido a la mitad, pues de otro modo la
reorganización de las estaciones habría ido seguida del hambre más absoluta.
En todas las iglesias del mundo se rogó al Dios Inmenso que diera una señal de
que había sido Testigo de la gran derrota infligida a los infieles Americanos. Quienes se
opusieron a este inspirado acto fueron destruidos. El Dios respondió a las plegarias en
el 297, avanzando velozmente una Pequeña Porción y acomodándose principalmente
en el Océano Pacífico a donde llegaba por el sur a lo que ahora es la Antarta, entonces
era el Trópico de Capricornio y anteriormente había sido el Ecuador. Algunas de sus
patas izquierdas cubrieron numerosas ciudades de la costa occidental de América,
entre las que se contaban algunas de las que ya hemos citado, como San Francisco, y
llegaron por el sur hasta Guadalajara (donde el Templo del Santo Dedo honra todavía
la huella de su pie). Este es el movimiento que designamos Primera Mudanza, y fue
justamente considerado como una prueba indiscutible del desprecio del Dios Inmenso
hacia América.
Tal sensación prevaleció también en la propia América. Purificados por el hambre,
los descomunales terremotos y otras catástrofes naturales, sus habitantes quedaron
mejor preparados para aceptar las palabras de los sacerdotes y se convirtió hasta el
último hombre. Se emprendieron peregrinaciones en masa para contemplar el enorme
cuerpo de Dios, que cubría su nación de un extremo a otro. Los peregrinos más osados
ascendían en aeroplanos voladores y sobrevolaban su lomo, barrido Sin Cesar por
terribles tempestades durante más de cien años. Los que allí se convirtieron se
volvieron más Extremados que sus hermanos del otro lado del mundo, más antiguos en
la fe. Apenas se habían unido las congregaciones americanas con las nuestras cuando
ya se separaban por una desavenencia doctrinal en el Concilio de la Tenca Muerta
(322). Esta fecha marca el surgimiento de la Iglesia Católica Universal Sacrificial. En
aquellos remotos días, los creyentes de la fe Ortodoxa no disfrutábamos de la armonía
que reina hoy con nuestros hermanos Americanos.
El punto de la doctrina que dio lugar al cisma de las iglesias fue, como por todos es
sabido, la cuestión de si la humanidad debía o no utilizar vestiduras que imitaran el
lustre metálico del Dios Inmenso. Se adujo que esto equivalía, a equiparar al hombre
con la Imagen de Dios, pero en realidad se trataba de una calumnia deliberada contra
los sacerdotes Ortodoxos Universales, que utilizaban prendas de plástico o metal en
honor de su hacedor.
De ahí surgió la Segunda Gran Herejía. Como este prolongado y confuso periodo
ha sido estudiado a fondo en otros tratados, no es necesario que nos detengamos en
él: diremos tan sólo que la disputa llegó a su apogeo con la Segunda Cruzada, que los
Católicos Universales Americanos emprendieron contra nosotros en el año 450. Puesto
que todavía poseían una gran preponderancia de máquinas, consiguieron imponer sus
opiniones, saquear varios monasterios a las orillas del Mar Sagrado, deshonrar a
nuestras mujeres y regresar gloriosamente a su tierra.
Desde entonces, todos los habitantes del planeta se cubren únicamente con
prendas de lana o piel. Quienes se opusieron a este inspirado acto fueron destruidos.
Sería un error resaltar excesivamente las querellas del pasado. Durante todo este
tiempo, la mayoría de las personas se dedicaban pacíficamente al culto, eran
sacrificadas regularmente y rezaban cada amanecer y cada anochecer (fuera cuando
fuese) para que el Dios Inmenso abandonara nuestro mundo, ya que no éramos dignos
de él.
La Segunda Cruzada dejó un reguero de problemas tras ella; en conjunto, los
cincuenta años que siguieron no fueron años felices. Las huestes Americanas
regresaron a su país para descubrir que la enorme presión ejercida sobre la plataforma
continental occidental había creado muchos volcanes en su mayor cordillera, las
Montañas Rocosas. Su tierra estaba cubierta de lava y fuego, y su aire cargado de
hedionda ceniza.
Acertadamente, aceptaron esto como una señal de que su conducta dejaba mucho
que desear a los ojos del Dios Inmenso (pues, aunque nunca se ha podido demostrar
que tenga ojos, no cabe duda de que Nos Ve). Puesto que el resto del mundo no había
sido Visitado por un castigo de semejante escala, adivinaron correctamente que su
pecado era que seguían aferrándose a la tecnología y a las armas de la tecnología
contra los deseos de Dios.
Con fe intensa en sus corazones, destruyeron hasta el último artefacto de la ciencia
que aún quedaba, desde los Nucleares a los Abrelatas y, como acto propiciatorio,
arrojaron a cien millares de vírgenes de la fe en los volcanes más a propósito. Quienes
se opusieron a estos inspirados actos fueron destruidos, y algunos ceremonialmente
devorados.
Nosotros, los creyentes de la fe Ortodoxa Universal, aplaudimos esta ejemplar
acción de nuestros hermanos. Pero no estábamos seguros de que se hubieran
purificado lo suficiente. Puesto que ya no poseían armas y nosotros aún teníamos
algunas era evidente que podíamos ayudarles en su purificación. Por consiguiente, una
poderosa flota de ciento sesenta y seis navíos de madera zarpó con rumbo a América,
para ayudarles a sufrir por la religión y, de paso, para recobrar parte del botín que se
habían llevado. Esta fue la Tercera Cruzada del año 482, bajo Jon el Rechoncho.
Mientras los dos ejércitos contendientes libraban la batalla en las afueras de Nueva
York, se produjo la Segunda Mudanza. No duró más allá de cinco minutos.
En este lapso, el Dios Inmenso se volvió hacia su costado izquierdo, se arrastró
sobre el centro de lo que entonces era el continente del Norte de América, cruzó el
Atlántico como si fuera un charco, se desplazó a través de África y vino a detenerse al
Sur del Océano Indico, destruyendo Madagaska con una pata trasera. En Todas las
Partes de la Tierra se hizo la noche.
Cuando llegó el amanecer, difícilmente podía quedar un solo hombre que no
creyera en el poder y la sabiduría del Dios Inmenso, a cuyo nombre corresponde todo
el Terror y la Fuerza. Lamentablemente, entre los que no podían creer figuraban los
dos ejércitos rivales, que habían sido engullidos por una Oleada de Tierra y Rocas ante
el paso del Dios.
En el caos subsiguiente sólo prevaleció una nota de cordura: la cordura de la
Iglesia. La Iglesia estableció como Tercera Gran Herejía la idea de que al hombre
pudiera serle permitida ninguna máquina contra los deseos de Dios. Hubo cierta
disputa doctrinal acerca de si los libros debían considerarse o no como máquinas. Por
las dudas, se decidió que sí lo eran. A partir de entonces todos los hombres quedaron
en libertad de no hacer nada más que trabajar en los campos y rendir culto, y orar al
Dios Inmenso para que se retirase a otro mundo más digno de su poderío. Al mismo
tiempo se incrementó el número de sacrificios y se introdujo el Método de la Quema
Lenta (año 499).
A continuación vino la gran Paz, que duró hasta el 900. Durante todo este tiempo,
el Dios Inmenso no se movió; en verdad se ha dicho que los siglos no son más que
segundos para él. Es probable que la humanidad no haya conocido jamás una paz tan
prolongada como la de estos cuatrocientos años; una paz que existía en el interior de
los corazones ya que no en el exterior, pues, naturalmente, el mundo se hallaba
sumido en Cierto Desorden. La enorme fuerza del desplazamiento del Dios Inmenso a
través de medio mundo había trastornado en gran medida la sucesión de los días y las
noches. Algunas leyendas afirman que, antes de la Segunda Mudanza, el sol salía por
el este y se ponía por el oeste; precisamente al contrario que el orden natural de las
cosas según nosotros las conocemos.
Gradualmente, este periodo de paz conoció cierto restablecimiento del orden de las
estaciones y cierta cesación de las crecidas, chubascos de sangre, pedriscos,
terremotos, diluvios de carámbanos, apariciones de cometas, erupciones volcánicas,
nieblas miasmáticas, vendavales destructivos, plagas agrícolas, plagas de lobos y
dragones, maremotos, tornados de un año de duración, lluvias feroces y demás azotes
que las escrituras de este periodo con tanta elocuencia describen. Los Padres de la
Iglesia, retirándose a la relativa seguridad de los mares interiores y las soleadas
praderas de Gobilandia, en Mongolia, establecieron una nueva ortodoxia bien calculada
en su rigor de oraciones y sacrificios humanos en la hoguera para incitar al Dios
Inmenso a dejar nuestro pobre y miserable mundo rumbo a otro mejor y más
substancioso.
Con esto la historia llega casi al momento actual. El año 900, apenas una década
antes del momento en que vuestro escriba redacta estas notas. ¡Ese año el Dios
Inmenso abandonó nuestra tierra!
Recordad, si os place, que la Primera Partida en el año 89 no duró más de veinte
meses. ¡Ya ahora el Dios Inmenso se ha alejado de nosotros casi la mitad de este
número de años! ¡Necesitamos su vuelta; no podemos vivir sin él, como habríamos
debido comprender Hace Mucho de no haber sido blasfemos en nuestro corazón!
Al partir, impulsó nuestro humilde globo hacia un rumbo tal que estamos
condenados a vivir todo el año en el más crudo de los inviernos; el sol está lejano y
encogido; los mares se congelan durante la mitad del año: témpanos de hielo desfilan
por nuestros campos; a mediodía, es demasiado oscuro para leer sin una vela. ¡Ay de
nosotros!
Pero, en verdad, merecemos nuestro sino. Es un castigo justo, pues durante todos
los siglos de nuestra época, cuando nuestra especie vivía relativamente feliz y sin
perturbaciones, orábamos como dementes para que el Dios Inmenso nos dejara.
Solicito a todos los Ancianos Elegidos del Consejo que repudien tales oraciones
como la Cuarta y Mayor Herejía y declaren que, de ahora en adelante, todos los
esfuerzos de la humanidad se encaminarán a llamar al Dios Inmenso para rogarle que
regrese a nosotros de inmediato.
Igualmente solicito que vuelva a incrementarse el número de sacrificios. Es inútil
tratar de escatimar sólo porque se nos están acabando las mujeres.
Igualmente solicito que se emprenda una Cuarta Cruzada a toda prisa, ¡antes de
que el aire empiece a congelarse dentro de nuestras narices!

ORACION SANTA MARTA

Escrito por imagenes 26-06-2009 en General. Comentarios (19)
ORACION  SANTA MARTA


 En el nombre de Dios yo te invoco, espíritu del Dominio, espírituIntranquilo, espíritu del Desespero, espíritu de Don Juan de laConquista, espíritu del Amor, espíritu de don JUAN de los Caminos,espíritu de san Juan Minero, espíritu de San Juan De La Calle, espíritude los 4 vientos, sendas y lugares, espíritu de San Marcos de León,espíritu de Santa Martha y Santa Elena de Jerusalén, espíritu de SanSalvador de Orta, espíritu de Santa Inés del monte perdido, espíritu deMaría de la cabeza, espíritus benéficos todos, yo los conjuro para queme ayuden a dominar los cinco sentidos, pensamientos, juicio, espírituvivo y la voluntad de ___J.A.S.R._____________________ ofrezco esteconjuro al santo ángel de la guarda de________________________J.A.S.R.__________ por el santo día que lobautizaron, por el día en que nació ___J.A.S.R.________________ por eldía en que lo bautizaron por el día que ha de morir. lo que estoyconjurando (vela o tabaco) es el espíritu vivo cuerpo, mente, miembrosexual, cabeza, pies y manos, pensamiento, juicio y voluntad, de________J.A.S.R.______________________ Concédeme espíritu del Dominioque ____J.A.S.R.___________ no pueda estar, ni vivir tranquilo, que nopueda comer, ni dormir, ni beber, ni andar, Sin el pensamiento puestoen mi que me llamo _________________N.P.Q.______hasta que a mis piesvengas a parar, rendido de amor, de interés y deseo por verme,desesperado por tenerme, atraído por mis sexo, ofreciéndome el suyo,deseoso arrepentido y humilde, halagándome con besos y caricias,arrastrándose a mis pies suplicante y manso , siendo yo su dueña parami y por mi que me llamo______N.P.Q.___________ Con dos te veo, contres te ato la sangre te bebo el corazón te parto. Cristo valedme ydadme la paz ven ________________J.A.S.R._______ dominado en cuerpo,pensamiento y voluntad, ya no puedes mirar a nadie mas que a mi y tucariño solo son para mi, mi presencia te es atractiva mi mirada tesugestiona, mi voz te domina, mis ojos te ciegan y mi voluntad es latuya, así sea, así sea, así sea, así sea,
Oración Milagrosa… confío en ti mi Dios, padre, hijo y espíritusanto mi Señor Jesús mi único salvador con todas las fuerzas te pido meconcedas la gracia que tanto deseo (se pide la gracia o deseo) a SantaMarta santa marta virgen por caramanchel vas a consumir hoy por lallama con que se enciende esta vela y por el algodón con que selimpiaron los santos oleos, te enciendo yo esta vela para que remediesmis necesidades, socorras mis miserias y me venzas todas lasdificultades como venciste la fiera brava que tienes a tus pies, parati no hay imposibles dame suerte y dinero para cubrir mis miserias ynecesidades.. Así madre mía concédeme que__________J.A.S.R._________________ no pueda estar ni vivir tranquilohasta que a mis pies venga a parar así madre mía concédeme lo que tepido para aliviar mis penas por el amor de Jesús, Santa Marta virgenque al monte entraste, las fieras bravas espantaste con tus cintas lasataste y cobn él hisopo las amansaste a si madre mía si esto es verdadconcédeme que _________J.A.S.R._____________ regrese a mi para siempre.Santa Marta que no lo dejes en silla sentar ni en cama acostar ni tengaun momento de tranquilidad hasta que a los pies míos venga a pararSanta Marta escúchame ampárame por el amor de Dios, Amen. Oración alespíritu del dominio. Tu que dominas todos los corazones, domina elcorazón de ________J.A.S.R._____________ con el poder infinito que tuvosanta marta para amansar el dragón, así yo quiero que amarres a__________J.A.S.R._________ OH espíritu dominante con tu divino poderque dios te a dado haz que _______________J.A.S.R.________ sea dominadoen cuerpo y alma dormir y que no pueda mirar a nadie mas que mi, que suamor y su cariño sean solo para mi, que mi presencia le haga faltadonde este, que no pueda estar tranquilo sin mi. Espíritu Dominantedomina mis enemigos con tu divino poder que Dios te ha dado. AMEN sereza 9 ave maria y 1 gloria al padre durante 9 días y luego al 9 día sepublica la oración y se cumplirán tus deseos observa lo que ocurre eldía 4 de su publicación.
muchas gracias Dios padre hijo espiritu santo, virgencita, Santamarta, espiritu del dominio , espiritu del desespero, espiritu del amory espiritus beneficos todos!!!..ayudenme por lo que tanto lespedi!!!...

FÉNIX BRILLANTE

Escrito por imagenes 19-06-2009 en General. Comentarios (0)

 

 

 

FÉNIXBRILLANTE

(BrightPhoenix)

 

Era un día de abril del año2.022, la gran puerta de la biblioteca restalló, secamente, como un trueno.

Hey, pensé.

Jonathan Barnes estaba en lascortas escaleras que ascendían hasta mi escritorio, enfundado en su uniforme dela Legión Unida que le caía tan mal como hacía veinte años.

Su altanera agresividad,marcada en su pausa, trajo a mi mente los diez mil discursos a los Veteranosque habían surgido de su boca en los innumerables desfiles en los que habíaparticipado, sudando y resoplando, en los banquetes de patriotas a base depollo frío y guisantes, seguramente cocinados por él mismo, en todos susproyectos abortados.

Jonathan Barnes subió conpesadez los peldaños de la escalera, marcando en cada pisada todo el peso de sucorpulencia y de su recién adquirida autoridad. Los ecos, repercutiendo en laalta bóveda, le hicieron sin duda darse cuenta de lo burdo de sus modales yaque, cuando llegó junto a mi escritorio, su voz impregnada en alcohol fueapenas un susurro junto a mi rostro.

–Vengo a por los libros, Tom.

Rebusqué entre mis fichasíndice de forma casual.

–Ya le llamaré cuando esténpreparados.

–Espere un momento... –dijo.

–Supongo que se refiere a loslibros para la Obra Social de los Veteranos, ¿no?, para distribuir entre loshospitales.

–No, no –gritó–. He venido apor todos los libros.

Le miré, sin decir nada.

–Bueno –dijo–, casi todos.

Estuve a punto de parpadearmientras continuaba buscando entre las fichas índice.

–La norma son diez volúmenesmáximo por persona y vez. Aquí está. Además, su tarjeta de lector caducó cuandousted tenía treinta años... hace otros treinta años de ello. ¿Lo ve? –le tendísu ficha.

Barnes apoyó ambas manos en elescritorio e inclinó hacia mí su enorme corpachón.

–Lo que veo es que está ustedintentando interferir –dijo. Su rostro se encendió, empezó a jadear–. ¡Nonecesito ninguna tarjeta de lector para efectuar mi trabajo!

Seguía hablando en susurros,pero había alzado la voz lo suficiente como para que una miríada de páginasblancas suspendieran sus aleteos bajo la luz verdosa de las lámparas en lasenormes estancias de paredes de piedra. Algunos libros se cerraron con un sordoy casi imperceptible ruido.

Varios lectores alzaron unosrostros apacibles. Sus ojos, calmados por la quietud y el recogimiento de aquellugar, pedían silencio, como los del tigre cuando acude a beber a las aguastranquilas. Viendo aquellos ojos vueltos hacia nosotros, esos rostros serenos,pensé en los cuarenta años en que había vivido, trabajado, incluso dormidoallí, entre las silenciosas vidas arropadas en terciopelo de todos aquellospersonajes imaginarios. Siempre había considerado mi biblioteca, y la seguíaconsiderando, como un oasis de frescor donde, procedentes del ruido y la febrilactividad diaria, los hombres acudían a bañar sus mentes y a refrescar suscuerpos en la verdosa luz y en la suave brisa de las páginas al ser giradas.Tras lo cual, ya más centrados, con las ideas más claras y los cuerpos másrelajados, podían sumergirse de nuevo en el ardiente horno de la realidad, lanoche, el tráfico, la improbable vejez, la inevitable muerte. He visto acientos de ellos penetrar en mi biblioteca con ojos alucinados para verlossalir después relajados y tranquilos. He visto a gentes buscándose en vano a símismas y hallando aquí la serenidad. He visto a realistas sumergirse aquí en elsueño y a soñadores hallar finalmente la realidad, en este refugio de piedra ymármol donde cada libro está marcado por el silencio.

–Sí –dije finalmente–. No lellevará mucho tiempo registrarse de nuevo. Rellene esta ficha y traiga dosreferencias que sean solventes...

–No necesito referencias –dijo Jonathan Barnes–. ¡No para quemar libros

–Al contrario –dije–. Para eso va a necesitar más.

–Mis hombres son misreferencias. Están fuera, esperando a los libros. Son peligrosos.

–Esos hombres siempre lo son.

–No, no, me refiero a loslibros, estúpido. Los libros sonpeligrosos. Buen Dios, no hay dos que piensen lo mismo. Siempre los mismosmalditos dobles sentidos. Siempre la misma torre de Babel y la misma salivamalgastada. Nosotros estamos aquí para clarificar, para simplificar, parasanear. Necesitamos...

–Perdón –dije, tomando unejemplar de Demóstenes bajo mi brazo–. Es la hora de mi comida. ¿Me acompaña?

Estaba ya a medio camino de lapuerta cuando Barnes, con los ojos desorbitados, pareció recordar el silbato deplata que colgaba de su cinturón; lo llevó hasta sus labios y lanzó unprolongado pitido.

Las puertas de la bibliotecase abrieron bruscamente. Una marea de hombres uniformados de negro penetraronruidosamente escaleras arriba.

Les llamé la atención, consuavidad. Se detuvieron, sorprendidos.

–Sin hacer ruido –les indiqué

Barnes me sujetó del brazo.

–¿Se está oponiendo usted anuestra actuación?

–No –dije–. Ni siquiera voy apedirles la orden que les autoriza a esta invasión. Lo único que les pido esque guarden silencio mientras trabajan.

Los lectores se habíanlevantado de sus mesas ante el estrepitoso resonar de las pisadas. Les indiquéque volvieran a sentarse. Se enfrascaron de nuevo en sus lecturas, sin que ningunovolviera a levantar la vista hacia aquellos hombres, impecablemente uniformadosde negro, que me miraban con una no fingida estupefacción. Barnes hizo un gestocon la cabeza. Los hombres avanzaron entonces con cuidado, de puntillas, hacialas distintas salas de la gran biblioteca. Con precaución extrema, procurandono hacer el menor ruido, abrieron las ventanas. Hablaban en susurros, tomabanlos libros de sus estanterías y los iban arrojando al patio de abajo, todo enel más completo silencio. De tanto en tanto lanzaban miradas furtivas a loslectores que, iban volviendo las páginas de sus libros con tranquilidad, aunqueninguno osó tomar aquellos volúmenes, limitándose a vaciar las estanterías.

–Bien –dije.

–¿Bien? –repitió Barnes.

–Sus hombres pueden trabajarsin usted. Vamos fuera.

Y salí tan rápidamente que notuvo más remedio que seguirme, ardiendo con preguntas no formuladas.Atravesamos el césped que rodeaba el edificio, allí había sido montado un hornoportátil, una enorme parrilla negra de donde surgían rojizos chorros que seconvertían en azuladas llamas, a las cuales los hombres precipitaban lospájaros silvestres y las aterciopeladas palomas que alzaban el vuelo en unfrenético batir de alas antes de caer heridos de muerte, consumiéndose entrelas terribles llamas De todas las ventanas surgían aterrorizados pájaros, quecaían al suelo y eran empapados en gasolina antes de ser arrojados a lasdestructivas y coloreadas llamas.

–Es extraño –murmuró Barnes,sorprendido–. Debería haber una multitud contemplando un espectáculo como este.Sin embargo no hay nadie. ¿Cómo lo explica usted?

Lo dejé con la palabra en elaire. Tuvo que correr para alcanzarme.

Llegamos al pequeño café delotro lado de la calle. Me senté a una mesa y Barnes, irritado, sin ningúnmotivo aparente, comenzó a gritar en cuanto ocupamos nuestras sillas:

–¡Camarero! ¡Rápido, he devolver inmediatamente al trabajo!

Walter, el propietario, seacercó con el menú en la mano.

Walter me miró.

Le guiñé un ojo.

Walter miró a Jonathan Barnes.

Walter dijo:

–Ven conmigo y sé mi amor, yprobaremos de la felicidad el ardor.

–¿Qué? –Jonathan Barnesparpadeó.

–Llámeme Ismael –dijo Walter.

–Ismael –dije–, empezaremoscon un café.

Walter volvió con el café.

–Tigre, tigre, brillante hasde arder –dijo–, en la penumbra del bosque, al anochecer.

Barnes se quedó mirando alhombre que se alejaba con un paso casual.

–¿Qué demonios le ocurre?¿Está loco?

–No –dije–. Pero sigamos conlo que me decía en la biblioteca. Explíqueme.

–¿Explicar? –dijo Barnes–. Diosmío, todos quieren saber las razones. Está bien, se lo explicaré: es unexperimento de importancia capital. Esta ciudad nos servirá de prueba, si laquema de libros funciona aquí, funcionará en todas partes. No lo quemamos todo,no, no. Se habrá dado cuenta de que mis hombres tan sólo desalojan ciertascategorías de libros. Eliminamos alrededor de un 49'2 por ciento. Luegoinformaremos del éxito al comité central del gobierno...

–Excelente –dije.

Barnes se quedómirándome fijamente.

–¿Cómo puede estar usted tanalegre?

–El problema de cualquierbiblioteca –indiqué– es dónde meter los libros. Usted me ayuda a resolverlo.

–Creí que ustedevidenciaría... miedo.

–Siempre he estado rodeado degentuza.

–¿Perdón?

–Todas las cosas tienennombre. Los que queman libros son gentuza.

–¡Maldita sea, soy el JefeCensor de Green Town, Illinois!

Llegó un nuevo camarero,portando una humeante cafetera.

–Hola, Keats –dije.

–La estación de las brumas yel dulzor de la fruta madura –dijo el camarero.

–¿Keats? –preguntó el JefeCensor–. Su nombre no es Keats.

–Oh, qué tonto soy –dije–.Este es un restaurante griego. ¿No es cierto, Platón?

El muchacho llenó mi taza.

–El pueblo dispone siempre dealgún campeón que empuja hacia adelante y lo alimenta de grandezas... Esta y nootra es la raíz de la cual surge el tirano; cuando aparece el primero, es unprotector.

Barnes se inclinó haciaadelante para mirar mejor al camarero que permaneció inmutable. Luego tomó sucafé y sopló.

–Como le decía, nuestro planes tan simple como el que uno más uno son dos...

–Casi nunca he conocido a unmatemático que fuera capaz de razonar –dijo el muchacho.

–¡Maldita sea! –Barnes dejósu taza sobre la mesa, con brusquedad–. ¡Paz! Lárgate de aquí antes de quepierda la paciencia, Keats, Platón... Holdridge, este es tu nombre. Ahora lo recuerdo: ¡Holdridge! ¿Qué es toda esa jerga?

–Sólo imaginación –dije–.Vanidad.

–Maldita sea la imaginación yal infierno con la vanidad. Puede usted comer solo si quiere, me largoinmediatamente de esta casa de locos.– Y Barnes se tragó el café de un sorbo,mientras el dueño y el camarero lo miraban y al otro lado de la calle el fuegoardía con orgullo en las entrañas de la monstruosa parrilla. Nuestrassilenciosas miradas hicieron que Barnes se estremeciera, con la taza en unamano y una gota de café colgando de su mentón.

–¿Por qué? ¿Por qué nogritan? ¿Por qué no luchan contra mí?

–Yo estoy luchando –dije,tomando el libro que había traído bajo mi brazo. Lo abrí por la página quedecía DEMÓSTENES, dejé que Barnes viera bien el nombre, la enrollé en forma decigarro, la prendí, contemplé la creciente llama y murmuré–-: Aunque el hombrepueda escapar a todos los demás peligros, jamás podrá escapar completamente aaquellos que no reconocen, a una persona como él, el derecho a existir.

Barnes saltó, de pie,gritando, me arrancó el “cigarro” de la mano, lo pateó, y el salió del lugardando un portazo.

Lo único que podía hacer eraseguirle.

En la puerta, Barnes tropezócon un hombre ya anciano que entraba en el café. El viejo estuvo a punto decaer. Lo sostuve del brazo.

–Profesor Einstein –dije.

–Señor Shakespeare–respondió.

Barnes huyó.

Lo encontré de nuevo en elcésped ante la antigua y hermosa biblioteca, donde los hombres de negrodesprendían olor a gasolina a cada movimiento y seguían transportando brazadasde palomas abatidas, de moribundos faisanes, todo un otoño de oro y plata quecaía de las altas ventanas. Y todo silenciosa, pausadamente. Mientras estatranquila y casi serena pantomima continuaba, Barnes permanecía inmóvil,gritando en silencio, ahogando los gritos que pugnaban por surgir por entre susdientes apretados, su lengua, sus labios, sus mandíbulas, acallándolos de modoque nadie los pudiera oír. Pero los gritos surgían igualmente de sus ojos muyabiertos, en relámpagos que estallaban en sus puños crispados y daban color asu rostro, ahora blanco, ahora rojo, mientras me miraba fijamente, miraba alcafé, a su maldito propietario y al terrible camarero que, desde la puerta, lehacían gestos amigables. El incinerador de Baal saciaba su enorme apetito,esparciendo chispas por todas partes, y Barnes contemplaba aquel ciego sol rojoque ardía y llameaba en su estómago.

–Ustedes –dije con voz suavea los hombres de negro, se detuvieron–. Recuerden las Ordenanzas Municipales:se cierra a las nueve en punto. Por favor, procuren terminar antes de entonces.No me gustaría quebrantar la ley... Buenas noches, señor Lincoln.

–Ochenta –dijo un hombre,pasando a nuestro lado–, y siete años...

–¿Lincoln? –el Jefe Censor segiró, lentamente–. Ese es Bowman. Charlie Bowman. Le conozco, Charlie, vengaaquí un momento... Charlie... ¡Chuck!

Pero el hombre se habíaalejado, y los coches pasaban, y de tanto en tanto, mientras el fuego seguíaardiendo, algunos hombres me saludaban y yo les saludaba, y era “¡Hola señorPoe!”, o un gesto amable a algún extranjero cuyo nombre sonaba algo así comoFreud, y nuestras voces eran alegres al saludarnos, y el señor Barnes seestremecía cada vez como si fuera atravesado por un dardo de fuego que continuaraardiendo en su interior y consumiera su vida. Y nadie se detenía a ver elespectáculo.

De pronto, por alguna razónoculta, el señor Barnes cerró los ojos, abrió mucho la boca, inspiró profundamentey gritó:

–¡Alto!

Los hombres, en el piso dearriba, dejaron inmediatamente de arrojar libros por las ventanas.

–Pero –dije–, aún no es lahora de cerrar.

–¡Es la hora de cerrar! ¡Todo el mundofuera! –Profundos pozos habían devorado las pupilas de Jonathan Barnes. Hizouna seña, indicando que bajaran. Obedientes, todas las ventanas descendieroncomo otras tantas guillotinas, y se oyó el ruido de las contraventanas alcerrarse.

Los hombres de negro, lasorpresa reflejada en sus semblantes, descendieron y salieron fuera.

–Jefe Censor –metí en su manola llave que no quería aceptar, le obligué a tomarla–, vuelva usted mañana,mantenga el silencio y termine con su trabajo.

Sus ahora insondables yvacíos ojos intentaron en vano mantener mi mirada.

–¿Cuánto... cuánto tiempohace que dura...?

–¿Esto?

–Esto... y... esto... y ellos.

Intentó, sin éxito, señalarel café, los coches que pasaban, los tranquilos lectores que salían ahora de laacogedora biblioteca, saludando con la cabeza cuando pasaban a nuestro lado enel frío aire del anochecer, amigos, todos ellos amigos míos. Sus ciegos ycrispados ojos devoraron la oscuridad que era ahora mi rostro, su lenguaparalizada murmuró no sin esfuerzo:

–¿Creen ustedes, estúpidos,que van a engañarme a mí, a mí, a ?

No contesté.

–¿Cómo pueden estar seguros–dijo– de que no voy a quemar gente, como ahora quemo libros?

No contesté.

Lo dejé de pie, inmóvil, alláen medio de la noche.

En la biblioteca, comprobé los últimos volúmenes delos que se iban, mientras la noche llegaba finalmente y la gran máquina de Baalseguía vomitando la humareda de su mugriento fuego sobre el alto césped alládonde el Jefe Censor permanecía inmóvil como una estatua de cemento, sin versiquiera cómo sus hombres se marchaban. Su puño se levantó bruscamente y algorápido y brillante fue a golpear contra el cristal de la puerta de entrada.Luego Barnes se giró y se fue tras el Incinerador que resonaba contra elpavimento, una panzuda urna funeraria que dejaba tras ella jirones de negrosvelos de duelo, humo, y olor a papel quemado.

Me senté y escuché.

En las salas de lectura másalejadas, sumidas en una débil penumbra, se oía aún un suave y otoñal tornar dehojas, el sonido de un brisa ligera, movimientos infinitesimales, el gesto deuna mano, el destello de un anillo, el brillar de una pupila vivaz como la deuna ardilla. Algún viajero nocturno se había demorado entre las estanteríasahora medio vacías. Con una tranquila serenidad, las aguas se deslizabansuavemente hacia un quieto y distante mar. Mi gente, mis amigos, uno por uno,salían del acogedor mármol, de la cálida luz verdosa, a una noche mejor de loque nunca me hubiera atrevido a esperar.

A las nueve, salí pararecoger la llave que Barnes había arrojado contra la puerta. Acompañé al últimolector, un hombre viejo, hasta fuera, y mientras cerraba aspiró a pleno pulmónel frío aire, miró a la ciudad, a la hierba amarilleada por las chispas, ydijo:

–¿Crees que volverán?

–Dejemos que lo hagan. Yaestamos preparados para recibirlos, ¿no?

El anciano sujetó mi mano.

–Y el lobo cohabitará con elcordero, y el leopardo yacerá con el antílope, y el ternero y el joven leónandarán juntos.

Bajamos juntos los últimospeldaños.

–Buenas noches, Isaías –dije.

–Buenas noches, señorSócrates –dijo.

Y cada cual tomó su camino enla oscuridad.

 

 

 

POSTFACIO (es absurdoque no exista esta palabra):

Sí, este relato es elembrión de lo que, seis años después, en 1.953, se convertiría en Fahrenheit451. Puede ser simple, puede ser sólo una curiosidad, puede ser muchas cosas,pero sólo por una de sus frases ya creo que vale la pena. Una frase que,desgraciadamente, resume la actitud de muchas personas desde el principio delos tiempos hasta nuestros días:

“¿Cómo pueden estar seguros de que no voy a quemargente, como ahora quemo libros?”

VINUM SABBATI --- Arthur Machen

Escrito por imagenes 17-06-2009 en General. Comentarios (0)
VINUM SABBATI
Arthur Machen
...

Vinum Sabbati Arthur Machen

--
Mi nombre es Leicester; mi padre, el mayor general Wyn Leicester,
distinguido oficial de artillería, sucumbió hace cinco años a una compleja
enfermedad del hígado, adquirida en el letal clima de la india. Un año después,
Francis, mi único hermano, regresó a casa después de una carrera
excepcionalmente brillante en la universidad, y aquí se quedó, resuelto como
un ermitaño a dominar lo que con razón se ha llamado el gran mito del
Derecho. Era un hombre que parecía sentir una total indiferencia hacia todo lo
que se llama placer; aunque era más guapo que la mayoría de los hombres y
hablaba con la alegría y el ingenio de un vagabundo, evitaba la sociedad y se
encerraba en la gran habitación de la parte alta de la casa para convertirse en
abogado. Al principio, estudiaba tenazmente durante diez horas diarias; desde
que el primer rayo de luz aparecía en el este hasta bien avanzada la tarde
permanecía encerrado con sus libros. Sólo dedicaba media hora a comer
apresuradamente conmigo, como si lamentara el tiempo que perdía en ello, y
después salía a dar un corto paseo cuando comenzaba a caer la noche. Yo
pensaba que tanta dedicación sería perjudicial, y traté de apartarlo
suavemente de la austeridad de sus libros de texto, pero su ardor parecía más
bien aumentar que disminuir, y creció el número de horas diarias de estudio.
Hablé seriamente con él, le sugerí que ocasionalmente tomara un descanso,
aunque fuera sólo pasarse una tarde de ocio leyendo una novela fácil; pero él
se rió y dijo que, cuando tenía ganas de distraerse, leía acerca del régimen de
propiedad feudal y se burló de la idea de ir al teatro o de pasar un mes al aire
libre. Confieso que tenía buen aspecto, y no parecía sufrir por su trabajo, pero
sabía que su organismo terminaría por protestar, y no me equivocaba. Una
expresión de ansiedad asomó en sus ojos, se veía débil, hasta que finalmente
confesó que no se encontraba bien de salud. Dijo que se sentía inquieto, con
sensación de vértigo, y que por las noches se despertaba, aterrorizado y
bañado en sudor frío, a causa de unas espantosas pesadillas.
—Me cuidaré —dijo—, así que no te preocupes. Ayer pasé toda la tarde sin
hacer nada, recostado en ese cómodo sillón que tú me regalaste, y
garabateando tonterías en una hoja de papel. No, no; no me cargaré de
trabajo. Me pondré bien en una o dos semanas, ya verás.
Sin embargo, a pesar de sus afirmaciones, me di cuenta que no mejoraba,
sino empeoraba cada día. Entraba en el salón con una expresión de
abatimiento, y se esforzaba en aparentar alegría cuando yo lo observaba. Me
parecía que tales síntomas eran un mal agüero, y a veces, me asustaba la
nerviosa irritación de sus gestos y su extraña y enigmática mirada. Muy en
contra suya, lo convencí de que accediera a dejarse examinar por un médico, y
por fin llamó, de muy mala gana, a nuestro viejo doctor.
El doctor Haberden me animó, después de la consulta.
—No es nada grave —me dijo—. Sin duda lee demasiado, come de prisa y
vuelve a los libros con demasiada precipitación y la consecuencia natural es
que tenga trastornos digestivos y alguna mínima perturbación del sistema
nervioso. Pero creo, señorita Leicester, que podremos curarlo. Ya le he
V inum Sabbati A rthur Machen
recetado una medicina que obtendrá buenos resultados. Así que no se
preocupe.
Mi hermano insistió en que un farmacéutico de la colonia le preparara la
receta. Era un establecimiento extraño, pasado de moda, exento de la
estudiada coquetería y el calculado esplendor que alegran tanto los
escaparates y estanterías de las modernas boticas. Pero Francis le tenía mucha
simpatía al anciano farmacéutico y creía a ciegas en la escrupulosa pureza de
sus drogas. La medicina fue enviada a su debido tiempo, y observé que mi
hermano la tomaba regularmente después de la comida y la cena.
Era un polvo blanco de aspecto común, del cual disolvía un poco en un
vaso de agua fría. Yo lo agitaba hasta que se diluía, y desaparecía dejando el
agua limpia e incolora. Al principio, Francis pareció mejorar notablemente; el
cansancio desapareció de su rostro, y se volvió más alegre incluso que cuando
salió de la universidad; hablaba animadamente de reformarse, y reconoció que
había perdido el tiempo.
—He dedicado demasiadas horas al estudio del Derecho —decía riéndose—
; creo que me has salvado justo a tiempo. Bien, de cualquier modo, seré
canciller, pero no debo olvidarme de vivir. Haremos un viaje a París, nos
divertiremos, y nos mantendremos alejados por un tiempo de la Biblioteca
Nacional.
He de confesar que me sentí encantada con el proyecto.
—¿Cuándo nos vamos? —pregunté—. Podríamos salir pasado mañana, si
te parece.
—No, es demasiado pronto. Después de todo, no conozco Londres todavía,
y supongo que un hombre debe comenzar por entregarse a los placeres de su
propio país. Pero saldremos en una o dos semanas, así que practica tu francés.
Por mi parte, de Francia sólo conozco las leyes, y me temo que eso no nos
servirá de nada.
Estábamos terminando de comer. Tomó su medicina con gesto de catador,
como, si fuera un vino de la cava más selecta.
—¿Tiene algún sabor especial? —pregunté.
—No; es como si fuera sólo agua. —Se levantó de la silla y empezó a
pasear de arriba abajo por la habitación, sin decidir qué hacer.
—¿Vamos al salón a tomar café? —le pregunté—. ¿O prefieres fumar?
—No; me parece que voy a dar un paseo. La tarde está muy agradable.
Mira ese crepúsculo: es como una gran ciudad en llamas, como si, entre las
casas oscuras, lloviera sangre. Sí. Voy a salir. Pronto estaré de vuelta, pero me
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llevo mi llave. Buenas noches, querida, si es que no te veo más tarde.
La puerta se cerró de golpe tras él, y le vi caminar rápidamente por la
calle, balanceando su bastón, y me sentí agradecida con el doctor Haberden
por esta mejoría.
Creo que mi hermano regresó a casa muy tarde aquella noche, pero a la
mañana siguiente se encontraba de muy buen humor.
—Caminé sin pensar adónde iba —dijo gozando de la frescura del aire, y
vivificado por la multitud cuando me acercaba a los barrios más transitados.
Después, en medio de la gente, me encontré con Orford, un antiguo
compañero de la universidad, y después... bueno, nos fuimos por ahí a
divertirnos. He sentido lo que es ser joven y hombre. He descubierto que tengo
sangre en las venas como los demás. Me he citado con Orford para esta noche;
algunos amigos nos reuniremos en el restaurante. Sí, me divertiré durante una
semana o dos, y todas las noches oiré las campanadas de las doce. Y después
tú y yo haremos nuestro pequeño viaje.
Fue tal el cambio de carácter de mi hermano, que en pocos días se
convirtió en un amante de los placeres, en un indolente asiduo de los barrios
alegres, en un cliente fiel de los restaurantes opulentos y en un excelente
crítico de baile. Engordaba ante mis ojos, y no hablaba ya de París, pues
claramente había encontrado su paraíso en Londres. Yo me alegré, pero no
dejaba de sorprenderme, porque en su alegría encontraba algo que me
desagradaba, aunque no podía definir la sensación. El cambio le sobrevino
poco a poco. Seguía regresando en las frías madrugadas; pero yo ya no le oía
hablar de sus diversiones, y, una mañana, cuando desayunábamos juntos, lo
miré de pronto a los ojos y vi a un extraño frente a mí.
—¡Oh, Francis! —exclamé— ¡Francis, Francis! ¿Qué has hecho?
Y dejando escapar el llanto, no pude decir ni una palabra más. Me retiré
llorando a mi habitación, pues aunque no sabía nada, lo sabía todo, y por un
extraño juego del pensamiento, recordé la noche en que salió por primera vez,
y el cuadro de la puesta de sol que iluminaba el cielo ante mí: las nubes, como
una ciudad en llamas, y la lluvia de sangre. Sin embargo, luché contra esos
pensamientos, y consideré que tal vez, después de todo, no había pasado nada
malo. Por la tarde, a la hora de comer, decidí presionarlo para que fijara el día
de comenzar nuestras vacaciones en París. Estábamos charlando
tranquilamente, y mi hermano acababa de tomar su medicina, que no había
suspendido para nada. iba yo a abordar el tema, cuando las palabras
desaparecieron de mi mente, y me pregunté por un segundo qué peso helado
e intolerable oprimía mi corazón y me sofocaba como si me hubieran
encerrado viva en un ataúd.
Habíamos comido sin encender las velas. La habitación había pasado de la
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penumbra a la lobreguez, y las paredes y los rincones se confundían entre
sombras indistintas. Pero desde donde yo estaba sentada podía ver la calle, y
cuando pensaba en lo que iba a decirle a Francis, el cielo comenzó a
enrojecerse y a brillar, como durante aquella noche que tan bien recordaba; y
en el espacio que se abría entre las dos oscuras moles de casas apareció el
horrible resplandor de las llamas: espeluznantes remolinos de nubes
retorcidas, enormes abismos de fuego, masas grises como el vaho que se
desprende de una ciudad humeante y una luz maligna brillando en las alturas
con las lenguas del más ardiente fuego, y en la tierra, como un inmenso lago
de sangre. Volví los ojos a mi hermano; las palabras apenas se formaban en
mis labios, cuando vi su mano sobre la mesa. Entre el pulgar y el índice tenía
una marca, una pequeña mancha del tamaño de una moneda de seis peniques
y el color de un moretón. Sin embargo, por algún sentido indefinible, supe que
no era un golpe. ¡Ah!, si la carne humana pudiera arder en llamas, y si la llama
fuese negra como la noche... sin pensamiento ni palabras, el horror me invadió
al verlo, y en lo más profundo de mi ser comprendí que era un estigma.
Durante algunos interminables segundos, el manchado cielo se oscureció como
si se tratara de la medianoche, y cuando la luz volvió, me encontraba sola en
la silenciosa habitación. Poco después, pude oír cómo salía mi hermano.
A pesar de que ya era tarde, me puse el sombrero y fui a visitar al doctor
Haberden, y en su amplio consultorio, mal iluminado por una vela que el
doctor trajo consigo, con labios trémulos y voz vacilante pese a mi
determinación, le conté todo lo que había sucedido desde el día en que mi
hermano comenzó a tomar la medicina hasta la horrible marca que había
descubierto hacía apenas media hora.
Cuando terminé, el doctor me miró durante un momento con una
expresión de gran compasión en su rostro.
—Mi querida señorita Leicester —dijo— usted se ha angustiado por su
hermano; se preocupa mucho por él, estoy seguro , ¿no es así?
—Sí, me tiene preocupada —dije Desde hace una o dos semanas no he
estado tranquila.
—Muy bien. Ya sabe usted lo complicado que es el cerebro.
—Comprendo lo que quiere usted decir, pero no estoy equivocada. He
visto con mis propios ojos todo lo que acabo de decirle.
—Sí, sí; por supuesto. Pero sus ojos habían estado contemplando ese
extraordinario crepúsculo que tuvimos hoy. Es la única explicación. Mañana lo
comprobará a la luz del día, estoy seguro. Pero recuerde que siempre estoy a
su disposición para prestarle cualquier ayuda que esté a mi alcance. No dude
en acudir a mí o mandarme llamar si se encuentra en un apuro.
Me marché intranquila, completamente confusa, llena de tristeza y temor,
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y sin saber que hacer. Cuando nos reunimos mi hermano y yo al día siguiente,
le dirigí una rápida mirada y descubrí, con el corazón oprimido, que llevaba la
mano derecha envuelta en un pañuelo. La mano en la que había visto aquella
mancha de fuego negro.
—¿Qué tienes en la mano, Francis? —le pregunté con firmeza.
—Nada importante. Anoche me corté un dedo y me salió mucha sangre.
Me lo vendé lo mejor que pude.
—Yo te lo curaré bien, si quieres.
—No, gracias, querida, esto bastará. ¿Qué te parece si desayunamos?
Tengo mucha hambre.
Nos sentamos, y yo lo observaba. Comió y bebió muy poco. Le tiraba la
comida al perro cuando creía que yo no miraba. Había una expresión en sus
ojos que nunca le había visto; cruzó por mi mente la idea de que aquella
expresión no era humana. Estaba firmemente convencida de que, por
espantoso e increíble que fuese lo que había visto la noche anterior, no era una
ilusión, ni era ningún engaño de mis sentidos agobiados, y, en el transcurso de
la mañana, fui de nuevo a la casa del médico.
El doctor Haberden movió la cabeza contrariado e incrédulo, y pareció
reflexionar durante unos minutos.
—¿Y dice usted que continúa tomando la medicina? Pero, ¿por qué? Según
tengo entendido, todos los síntomas de que se quejaba desaparecieron hace
tiempo. ¿Por qué sigue tomando ese brebaje, si ya se encuentra bien? Y, a
propósito, ¿dónde encargó que le prepararan la receta? ¿Con Sayce? Nunca
envío a nadie allí; el anciano se está volviendo descuidado. Supongo que no
tendrá usted inconveniente en venir conmigo a su casa; me gustaría hablar
con él.
Fuimos juntos a la tienda. El viejo Sayce conocía al doctor Haberden, y
estaba dispuesto a darle cualquier clase de información.
—Según tengo entendido, usted lleva varias semanas preparando esta
receta mía al señor Leicester —dijo el doctor, entregándole al anciano un
pedazo de papel.
—Sí —dijo—, y ya me queda muy poco. Es una droga muy poco común, y
la he tenido embodegada durante mucho tiempo sin usarla. Si el señor
Leicester continúa el tratamiento, tendré que encargar más.
—Por favor, déjeme ver el preparado —dijo Haberden.
El farmacéutico le dio un frasco. Haberden le quitó el tapón, olió el
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contenido y miró con extrañeza al anciano.
—¿De dónde sacó esto? —dijo—. ¿Qué es? Además, señor Sayce, esto no
es lo que yo prescribí. Sí, sí, ya veo que la etiqueta está bien, pero le digo que
ésta no es la medicina correcta.
—La he tenido mucho tiempo —dijo el anciano, aterrado—. Se la compré a
Burbage, como de costumbre. No me la piden con frecuencia, y la he tenido
desde hace algunos años. Como ve usted, ya queda muy poco.
—Sería mejor que me lo diera —dijo Haberden—. Me temo que ha habido
una equivocación.
Nos marchamos de la tienda en silencio; el médico llevaba bajo el brazo el
frasco envuelto en papel.
—Doctor Haberden —dije, cuando ya llevábamos un rato caminando—,
doctor Haberden.
—Sí —dijo él, mirándome sobriamente.
—Quisiera que me dijese qué ha estado tomando mi hermano dos veces al
día durante poco más de un mes.
—Francamente, señorita Leicester, no lo sé. Hablaremos de esto cuando
lleguemos a mi casa.
Continuamos caminando rápidamente sin pronunciar palabra, hasta que
llegamos a su casa. Me pidió que me sentara, y comenzó a pasear de un
extremo al otro de la habitación, con la cara ensombrecida por temores nada
comunes.
—Bueno —dijo al fin—. Todo esto es muy extraño. Es natural que se
sienta alarmada, y debo confesar que estoy muy lejos de sentirme tranquilo.
Dejemos a un lado, se lo ruego, lo que usted me contó anoche y esta mañana,
aunque persiste el hecho de que durante las últimas semanas el señor
Leicester ha estado saturando su organismo con un preparado completamente
desconocido para mí. Como le digo, eso no es lo que yo le receté. No obstante,
está por ver qué contiene realmente este frasco.
Lo desenvolvió, vertió cautelosamente unos pocos granos de polvo blanco
en un pedacito de papel y los examinó con curiosidad.
—Sí —dijo—. Parece sulfato de quinina, como usted dice; forma
escamitas. Pero huélalo.
Me tendió el frasco, y yo me incliné a oler. Era un olor extraño,
empalagoso, etéreo, irresistible, como el de un anestésico fuerte.
V inum Sabbati A rthur Machen
—Lo mandaré analizar —dijo Haberden—. Tengo un amigo que se dedica a
la química. Después sabremos qué hacer. No, no; no me diga nada sobre la
otra cuestión. No quiero escucharlo de momento. Siga mi consejo y procure no
pensar más en eso.
Aquella tarde, mi hermano no salió como siempre después de la comida.
—Ya me he divertido lo suficiente —dijo con una risa extraña— y debo
volver a mis viejas costumbres. Un poco de leyes será el descanso adecuado,
tras una dosis tan sobrecargada de placer —sonrió para sí mismo. Poco
después subió a su habitación. Su mano seguía vendada.
El doctor Haberden pasó por casa unos días más tarde.
—No tengo ninguna noticia especial para usted —dijo—. Chambers está
fuera de la ciudad, así que no sé nada que usted no sepa sobre la sustancia.
Pero me gustaría ver al señor Leicester, si está en casa.
—Está en su habitación —dije—. Le diré que está usted aquí.
—No, no; yo subiré. Quiero hablar con él con toda tranquilidad. Me
atrevería a decir que nos hemos alarmado mucho por muy poca cosa. Al fin y
al cabo, sea lo que sea, parece que ese polvo blanco le ha sentado bien.
El doctor subió, y, al pasar por el recibidor, lo oí llamar a la puerta, abrirse
ésta, y cerrarse después. Estuve esperando en el silencio de la casa durante
más de una, hora, y la quietud se volvía cada vez más intensa, mientras las
manecillas del reloj caminaban lentamente. Oí arriba el ruido de una puerta
que se abría vigorosamente, y el médico bajó. Sus pasos cruzaron el recibidor
y se detuvieron ante la puerta. Respiré largamente y con dificultad, vi mi cara,
en un espejo, demasiado pálida, mientras él volvía y se paraba en la puerta.
Había un indecible horror en sus ojos; se sostuvo con una mano en el respaldo
de una silla, su labio inferior temblaba como el de un caballo; tragó saliva y
tartamudeó una serie de sonidos ininteligibles, antes de hablar.
—He visto a ese hombre —comenzó, en un áspero susurro—. Acabo de
pasar una hora con él. ¡Dios mío! ¡Y estoy vivo y entero! Yo que me he
enfrentado toda mi vida con la muerte y conozco las ruinas de nuestra
fortaleza... ¡Pero eso no, Dios mío, eso no! —y se cubrió el rostro con las
manos para apartar de sí alguna horrible visión.
—No me mande llamar otra vez, señorita Leicester —dijo, recobrando un
poco la compostura—. Nada puedo hacer ya por esta casa. Adiós.
Lo vi bajar las escaleras tembloroso, y cruzar la calzada en dirección a su
casa. Me dio la impresión de que había envejecido diez años desde la mañana.
Mi hermano permaneció en su habitación. Me dijo con voz apenas
V inum Sabbati A rthur Machen
reconocible que estaba muy ocupado, que le gustaría que le dejara su comida
afuera de la puerta, y que me hiciera cargo de los criados. Desde aquel día, me
pareció que el arbitrario concepto que llamamos tiempo había desaparecido
para mí. Vivía con la continua sensación de horror, llevando a cabo
mecánicamente la rutina de la casa, y hablando sólo lo imprescindible con los
criados. De vez en cuando salía a pasear una hora o dos y luego volvía a casa.
Pero tanto dentro como fuera, mi espíritu se detenía ante la puerta cerrada de
la habitación de arriba, y, temblando, esperaba que se abriera.
He dicho que apenas me daba cuenta del tiempo, pero supongo que
debieron transcurrir un par de semanas, desde la visita del doctor Haberden,
cuando un día, después del paseo, regresaba a casa reconfortada con una
sensación de alivio. El aire era dulce y agradable, y las formas vagas de las
hojas verdes flotaban en la plaza como una nube; el perfume de las flores
hechizaba mis sentidos. me sentía feliz y caminaba con ligereza. Cuando iba a
cruzar la calle para entrar a casa, me detuve un momento a esperar que
pasara un carro y miré por casualidad hacia las ventanas. instantáneamente se
llenaron mis oídos de un fragor tumultuoso de aguas profundas y frias; el
corazón me dio un vuelco y cayó en un pozo sin fondo, y me quedé
sobrecogida de un terror sin forma ni figura. Extendí ciegamente una mano en
la oscuridad para no caer, mientras, las piedras temblaban bajo mis pies,
perdían consistencia y parecían hundirse. En el momento de mirar hacia la
ventana de mi hermano, se abrió la persiana, y algo dotado de vida se asomó
a contemplar el mundo. No, no puedo decir si vi un rostro humano o algo
semejante; era una criatura viviente con dos ojos llameantes que me miraron
desde el centro de algo amorfo representando el símbolo y el testimonio de
todo el mal y la siniestra corrupción. Durante cinco minutos permanecí inmóvil,
sin fuerza, presa de la angustia, la repugnancia y el horror. Al llegar a la
puerta, corrí escaleras arriba, hasta la habitación de mi hermano, y lo llamé.
—¡Francis, Francis! —grité—. Por el amor de Dios, contéstame. ¿Qué es
esa bestia espantosa que tienes en la habitación? ¡Sácala, Francis, arrójala
fuera de aquí!
Oí un ruido como de pies que se arrastraban, lentos y cautelosos, y un
sonido ahogado, como si alguien luchara por decir algo. Después, el sonido de
una voz, rota y apagada, pronunció unas palabras que apenas pude entender.
—Aquí no hay nada —dijo la voz—. Por favor, no me molestes. No me
encuentro bien hoy.
Me volví, horrorizada pero impotente. Me preguntaba por qué me habría
mentido Francis, pues había visto, aunque sólo fuera por un momento, la
aparición aquella, demasiado nítida para equivocarme. Me senté en silencio,
consciente de que había sido algo más, algo que había visto en el primer
instante de terror antes de que aquellos ojos llameantes se fijaran en mí. Y,
súbitamente, lo recordé. Al mirar hacia arriba, las persianas se estaban
cerrando, pero tuve tiempo de ver a aquella criatura, y al evocarla, comprendí
V inum Sabbati A rthur Machen
que la imagen no se borraría jamás de mi memoria. No era una mano; no
había dedos que sostuvieran el postigo, sino un muñón negro que la
empujaba. El torpe movimiento de la pata de una bestia se había grabado en
mis sentidos, antes de que aquella oleada de terror me arrojara al abismo. Me
horroricé al recordar esto y pensar que aquella espantosa presencia vivía con
mi hermano. Subí de nuevo y lo llamé desesperadamente, pero no me
contestó. Aquella noche, uno de los criados vino a mi y me contó con cierto
recelo que hacía tres días que colocaba regularmente la comida junto a la
puerta y después la retiraba intacta. La sirvienta había tocado, pero sin
obtener respuesta; sólo oyó los mismos pies arrastrándose que yo había oído.
Pasaron los días, uno tras otro, y siguieron dejándole a mi hermano las
comidas delante de la puerta y retirándolas intactas, y aunque llamé
repetidamente a la puerta, no conseguí jamás que me contestara. La
servidumbre quiso entonces hablar conmigo. Al parecer, estaban tan
alarmados como yo. La cocinera dijo que, cuando mi hermano se encerró por
vez primera en su habitación, ella empezó a oírle salir por la noche, y
deambular por la casa; y una vez, según dijo, oyó abrirse la puerta del
recibidor, y cerrarse después. Pero hacía varias noches que no oía ruido
alguno. Por último, la crisis se desencadenó; fue en la penumbra del atardecer.
El salón donde me encontraba se fue poblando de tinieblas, cuando un alarido
terrible desgarró el silencio y oí unos precipitados pasos escabullirse por la
escalera. Aguardé, y un segundo después irrumpió la doncella en el cuarto y se
quedó delante de mí, pálida y temblorosa.
—¡Oh, señorita Helen! —murmuró—. ¡Por Dios, señorita Helen! ¿Qué ha
pasado? Mire mi mano, señorita, ¡mire esta mano!
La conduje hasta la ventana, y vi una mancha húmeda y negra en su
mano.
—No te comprendo —dije—. ¿Quieres explicarte?
—Estaba arreglando su habitación hace un momento —comenzó—. Estaba
cambiando las sábanas, y de repente me cayó en la mano algo mojado; miré
hacia arriba y vi que era el techo, que estaba negro y goteaba justo encima de
mí.
Primero la miré con severidad y luego me mordí los labios.
—Ven conmigo —dije—. Trae tu vela.
La habitación donde yo dormía estaba debajo de la de mi hermano, y al
entrar sentí que yo temblaba también. Miré el techo; en él había una mancha
negra y húmeda, que goteaba persistente sobre un charco horrible que
empapaba la blanca ropa de mi cama.
Me lancé escaleras arriba y toqué con fuerza la puerta.
V inum Sabbati A rthur Machen
—¡Francis, Francis, hermano mío! ¿Qué te ha pasado?
Me puse a escuchar. Hubo un sonido ahogado; luego, un gorgoteo y un
vómito, pero nada más. Llamé más fuerte, pero no contestó.
A pesar de lo que el doctor Haberden había dicho, fui a buscarlo.
Le conté, con los ojos arrasados en lágrimas, lo que había sucedido, y él
me escuchó con una expresión de dureza en el semblante.
—En recuerdo de su padre —dijo finalmente—, iré con usted, aunque nada
puedo hacer por él.
Salimos juntos; las calles estaban oscuras, silenciosas y densas por el
calor y la sequedad de varias semanas. Bajo los faroles de gas, el rostro del
doctor se veía blanco. Cuando llegamos a casa, le temblaban las manos.
No dudamos, sino que subimos directamente. Yo sostenía la lámpara y él
llamó con voz fuerte y decidida:
—Señor Leicester, ¿me oye? Insisto en verlo. Conteste de inmediato.
No hubo respuesta, pero los dos oímos aquel gorgoteo que ya he mencionado.
—Señor Leicester, estoy esperando. Abra la puerta en este instante, o me
veré obligado a echarla abajo —dijo. Y llamó una tercera vez, con una voz que
hizo eco por todo el edificio—: ¡Señor Leicester! Por última vez, le ordeno abrir
la puerta.
—¡Ah! —exclamó, después de unos pesados momentos de silencio—,
estamos perdiendo el tiempo. ¿Sería tan amable de proporcionarme un
atizador o algo parecido?
Corrí a una pequeña habitación donde guardábamos las cosas viejas y
encontré una especie de azadón que me pareció le serviría al doctor.
—Muy bien —dijo—, esto funcionará. ¡Pongo en su conocimiento, señor
Leicester —gritó por el ojo de la cerradura—, que voy a destrozar la puerta!
Luego comenzó a descargar golpes con el azadón, haciendo saltar la
madera en astillas. De pronto, la puerta se abrió con un grito espantoso de una
voz inhumana que, como un rugido monstruoso, brotó inarticuladamente en la
oscuridad.
—Sostenga la lámpara —dijo entonces el doctor. Entramos y miramos
rápidamente por toda la habitación.
—Ahí está —dijo el doctor Haberden, dejando escapar un suspiro—. Mire,
en ese rincón.
V inum Sabbati A rthur Machen
Sentí una punzada de horror en el corazón. En el suelo había una masa
oscura y pútrida, hirviendo de corrupción y espantosa podredumbre, ni líquida
ni sólida, que se derretía y se transformaba ante nuestros ojos con un
gorgoteo de burbujas oleaginosas. Y en el centro brillaban dos puntos
llameantes, como dos ojos. Y vi, también, cómo se sacudió aquella masa en
una contorsión temblorosa, y cómo trató de levantarse algo que bien podía ser
un brazo. El doctor avanzó, alzó el azadón y descargó un golpe sobre los dos
puntos brillantes; y golpeó una y otra vez, enfurecido. Finalmente reinó el
silencio.
Un par de semanas más tarde, cuando ya me había recobrado de la
terrible impresión, el doctor Haberden vino a visitarme.
—He traspasado mi consultorio —comenzó—. Mañana emprendo un largo
viaje por mar. No sé si volveré a Inglaterra algún día; es muy probable que
compre un pequeño terreno en California y me quede allí el resto de mi vida.
Le he traído este sobre, que usted podrá abrir y leer cuando se sienta con
fuerza y valor para ello. Contiene el informe del doctor Chambers sobre la
muestra que le remití. Adiós, señorita, adiós.
En cuanto se marchó, abrí el sobre y leí los papeles. No podía esperar.
Aquí está el manuscrito, y, si me lo permiten, les leeré la asombrosa historia
que narra:
"Mi querido Haberden —comenzaba la carta—: Le pido mil perdones por
haberme retrasado en contestar su pregunta sobre la sustancia blanca que me
envió. A decir verdad, he dudado un tiempo sobre qué determinación tomar,
pues hay tanto fanatismo y ortodoxia en las ciencias físicas como en la
teología, y sabía que si yo me decidía a contarle la verdad, podría ofender
prejuicios que alguna vez me fueron caros. No obstante, he decidido ser
sincero con usted, así que, en primer lugar, permítame entrar en una breve
aclaración personal.
"Usted me conoce, Haberden, desde hace muchos años, como un
escrupuloso hombre de ciencia. Usted y yo hemos hablado a menudo de
nuestras profesiones, y hemos discutido el abismo insondable que se abre a los
pies de quienes creen alcanzar la verdad por caminos que se aparten de la vía
ordinaria de la experiencia y la observación de la materia. Recuerdo el desdén
con que me hablaba usted una vez de aquellos científicos que han escarbado
un poco en lo oculto y han insinuado tímidamente que tal vez, después de
todo, no sean los sentidos la frontera eterna e impenetrable de todo
conocimiento, el inmutable límite, más allá del cual ningún ser humano ha
llegado jamás. Nos hemos reído cordialmente, y creo que con razón, de las
tonterías del 'ocultismo' actual, disfrazado bajo nombres diversos:
mesmerismos, espiritualismos, materializaciones, teosofías, y toda la
complicada infinidad de imposturas, con su maquinaria de trucos y conjuros,
que son la verdadera armazón de la magia que se ve por las calles
londinenses. Con todo, a pesar de lo que le he dicho, debo confesarle que no
V inum Sabbati A rthur Machen
soy materialista, tomando este término en su acepción más común. Hace
muchos años me convencí —me he convencido a pesar de mi anterior
escepticismo—, de que mi vieja teoría de la limitación es absoluta y totalmente
falsa. Quizá esta confesión no le sorprenda en la misma medida en que le
hubiera sorprendido hace veinte años, pues estoy seguro de que *no habrá
dejado de observar que, desde hace algún tiempo, ciertas hipótesis han sido
superadas por hombres de ciencia que no son nada menos que
trascendentales; y me temo que la mayor parte de los modernos químicos y
biólogos famosos no dudarían en suscribir el díctum de la vieja escolástica,
Omnía exeunt ín mysterium, que significa que toda rama del saber humano, si
nos remontamos a sus orígenes y primeros principios, se desvanece en el
misterio. No tengo por qué agobiarlo ahora con una relación detallada de los
dolorosos pasos que me han conducido a mis conclusiones. Unos cuantos
experimentos de lo más simple me dieron motivo para dudar de mi propio
punto de vista, el tren de pensamiento que surgió en aquellas circunstancias
relativamente paradójicas, me llevó lejos. Mi antigua concepción del universo
se ha venido abajo; estoy en un mundo que me resulta tan extraño y temible
como las interminables olas del océano a los ojos de quien lo contempla por
primera vez desde Darién. Ahora sé que los límites de los sentidos, que
resultaban tan impenetrables que parecían cerrarse en el cielo y hundirse en
unas tinieblas de profundidad inalcanzable no son las barreras tan
inexorablemente herméticas que habíamos pensado, sino velos finísimos y
etéreos que se deshacen ante el investigador y se disipan como la neblina
matinal de los riachuelos. Sé que usted no adoptó jamás una postura
extremadamente materialista; usted no trató de establecer una negación
universal, pues su sentido común lo apartó de tal absurdo. Pero estoy
convencido de que encontrará lo que digo extraño y repugnante a su habitual
forma de pensar. No obstante, Haberden, lo que digo es cierto; y en nuestro
lenguaje común, se trata de la verdad única y científica, probada por la
experiencia. Y el universo es más espléndido y más terrible de lo que
imaginábamos. El universo entero, mi amigo, es un tremendo sacramento, una
fuerza, una energía mística e inefable, velada por la forma exterior de la
materia. Y el hombre, y el sol, y las demás estrellas, la flor, y la yerba, y el
cristal del tubo de ensayo, todos y cada uno, son tanto materiales como
espirituales y están sujetos a una actividad interior.
Probablemente se preguntará usted, Haberden, adónde voy con todo esto;
pero creo que una pequeña reflexión podrá aclararlo. Usted comprenderá que,
desde semejante punto de vista, cambia la concepción entera de todas las
cosas, y lo que nos parecía increíble y absurdo podría ser posible. En resumen,
debemos mirar con otros ojos la leyenda y las creencias, y estar preparados
para aceptar hechos que se habían convertido en fábulas. En verdad, esta
exigencia no es excesiva. Al fin y al cabo, la ciencia moderna admite
hipócritamente muchas cosas. Es cierto que no se trata de creer en la brujería,
pero ha de concederse cierto crédito al hipnotismo; los fantasmas están
pasados de moda, pero aún hay mucho que decir sobre la teoría de la
telepatía. Póngale un nombre griego a una superstición y crea en ella, y será
casi un proverbio.
V inum Sabbati A rthur Machen
"Hasta aquí mi aclaración personal. Ahora bien, usted me envió un frasco
tapado y sellado, que contenía una pequeña cantidad de un polvo blanco y
escamoso, y que cierto farmacéutico proporcionó a uno de sus pacientes. No
me sorprende que usted no haya conseguido ningún resultado en sus análisis.
Es una sustancia que hace muchos cientos de años cayó en el olvido y que es
prácticamente desconocida hoy en día. jamás hubiera esperado que me llegara
de una farmacia moderna. Al parecer, no hay ninguna razón para dudar de la
veracidad del farmacéutico. Efectivamente, como dice, pudo comprar en un
almacén las sales que usted prescribió; y es muy posible también que
permanecieran en su estante durante veinte años, o tal vez más. Aquí
comienza a intervenir lo que llamamos azar o casualidad: durante todos estos
años, las sales de esa botella han estado expuestas a ciertas variaciones
periódicas de temperatura; variaciones que probablemente oscilan entre los
cinco y los 30 grados centígrados. Y, por lo que se aprecia, tales alteraciones,,
repetidas año tras año durante periodos irregulares, con distinta intensidad y
duración, han provocado un proceso tan complejo y delicado que no sé si un
moderno aparato científico, manejado con la máxima precisión, podría producir
el mismo resultado. El polvo blanco que usted me ha enviado es algo muy
diferente del medicamento que usted recetó; es el polvo con que se preparaba
el Vino Sabático, el Vínum Sabbati. Sin duda habrá leído usted algo sobre los
aquelarres de las brujas, y se habrá reído de los relatos que hacían temblar a
nuestros mayores: gatos negros, escobas y maldiciones formuladas contra la
vaca de alguna pobre vieja. Desde que descubrí la verdad, he pensado a
menudo que, en general, es una gran suerte que se crea en todas estas
supercherías, pues de este modo se ocultan muchas otras cosas que es
preferible ignorar. No obstante, si se toma la molestia de leer el apéndice a la
monografía de Payne Knight encontrará que el verdadero sabbath era algo
muy diferente, aunque el escritor haya felizmente callado ciertos aspectos que
conocía muy bien. Los secretos del verdadero sabbath datan de tiempos muy
remotos, y sobrevivieron hasta la Edad Media. Son los secretos de una ciencia
maligna que existía muchísimo antes de que los arios entraran en Europa.
Hombres y mujeres, seducidos y sacados de sus hogares con pretextos
diversos, iban a reunirse con ciertos seres especialmente calificados para
asumir con toda justicia el papel de demonios. Estos hombres y estas mujeres
eran conducidos por sus guías a algún paraje solitario y despoblado,
tradicionalmente conocido por los iniciados y desconocido para el resto del
mundo. Quizá a una cueva, en algún monte pelado y barrido por el viento, o a
un recóndito lugar, en algún bosque inmenso. Y allí se celebraba el sabbath.
Allí, a la hora más oscura de la noche, se preparaba el Vinum Sabbati, se
llenaba el cáliz diabólico hasta los bordes y se ofrecía a los neófitos, quienes
participaban de un sacramento infernal; sumentes caficem principis inferorum,
como lo expresa muy bien un autor antiguo. Y de pronto, cada uno de los que
habían bebido se veía atraído por un acompañante (mezcla de hechizo y
tentación ultraterrena) que lo llevaba aparte para proporcionarle goces más
intensos y más vivos que los del ensueño, mediante la consumación de las
nupcias sabáticas. Es difícil escribir sobre estas cosas, principalmente porque
esa forma que atraía con sus encantos no era una alucinación sino, por
V inum Sabbati A rthur Machen
espantoso que parezca, el hombre mismo. Debido al poder del vino sabático —
unos pocos granos de polvo blanco disueltos en un vaso de agua—, la morada
de la vida se abría en dos, disolviéndose la humana trinidad, y el gusano que
nunca muere, el que duerme en el interior de todos nosotros, se transformaba
en un ser tangible y externo, y se vestía con el ropaje de la carne. Y entonces,
a la medianoche, se repetía y representaba la caída original, y el ser espantoso
oculto bajo el mito del Árbol del Bien y del Mal era nuevamente engendrado.
Tales eran las nuptiae sabbatí.
"Prefiero no decir más. Usted, Haberden, sabe, tan bien como yo que no
pueden infringirse impunemente las leyes más triviales de la vida, y que un
acto tan terrible como éste, en el que se abría y profanaba el santuario más
íntimo del hombre, era seguido de una venganza feroz. Lo que comenzaba con
la corrupción, terminaba también con la corrupción."
Debajo está lo siguiente, escrito por el doctor Haberden:
"Por desgracia, todo esto es estricta y totalmente cierto. Su hermano me
lo confesó todo la mañana en que estuve con él. Lo primero que me llamó la
atención fue su mano vendada, Y lo obligué a que me la enseñara. Lo que vi
yo, un hombre de ciencia, me puso enfermo de odio. Y la historia que me vi
obligado a escuchar fue infinitamente más espantosa de lo que habría sido
capaz de imaginar. Hasta me sentí tentado a dudar de la Bondad Eterna, que
permite que la naturaleza ofrezca tan abominables posibilidades. Y si no
hubiera visto usted el desenlace con sus propios ojos, le habría pedido que no
diera crédito a nada de todo esto. A mí no me quedan más que unas semanas
de vida, pero usted es joven, y quizá pueda olvidarlo.
Dr. Joseph Haberden.


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ENTRE SUEÑOS

Escrito por imagenes 15-06-2009 en General. Comentarios (0)
ENTRE SUEÑOS



Hace pocos días entré en una tienda de tiroleses, y como había de fijarme en otra cosa, me fijé
en un reloj de pared y pregunté el precio.
-Quince duros -me dijo el dueño.
¡Quince duros! -repetí yo en voz baja y como dudando si me decidiría o no a comprarle.
-Es una ganga -se apresuró a añadir mi interlocutor para acabar de decidirme-. Ya ve usted, por
quince duros un reloj de péndulo. Esto acompaña por las noches.
-Esto acompaña -exclamé yo entonces-; he aquí lo que yo busco: algo que me acompañe en mis
largas horas de fastidio; algo que rompa el triste silencio de mis eternas noches de insomnio. Y
sin meterme en más averiguaciones, compré el reloj y lo llevé a mi casa. En hora aciaga lo hice.
Razón tienen los que aseguran que más vale estar solo que mal acompañado. Pero no
adelantemos el discurso. Vamos por partes, que la cosa merece ser referida punto por punto.
Llevé, como dejo dicho, el reloj a mi casa, lo colgué en mi alcoba, le di cuerda y comenzó a
moverse el péndulo.
Entre las cosas que ignoro, que son bastantes, una de ellas es en qué consiste sobre poco más o
menos el mecanismo del reloj. Quedéme, pues, un gran espacio de tiempo contemplando
aquella maraña de ruedas y aquel péndulo, que se movían por sí solos, con una estupidez digna
del salvaje más salvaje de la más remota isla del mundo. El reloj comenzaba a divertirme, lo
cual probará a mis lectores que a pesar de todo yo me divierto con bastante poca cosa.
Pasó el día, llegó la noche, metíme en la cama, y aquí te quiero ver escopeta, o mejor dicho,
aquí te quiero ver reloj -exclamé para mi almilla-, acomodándome como mejor pude en el
fementido lecho y cerrando los ojos no sin haber antes apagado la luz con el tacón de una bota.
El reloj, en efecto, hubo de comprender que había llegado la hora de lucir sus habilidades y
pareció como que empezaba a moverse con un ruido más igual y perceptible.
Al principio el compasado tric... trac del péndulo que llevaba la batuta en esa misteriosa
sinfonía de ruidos que accidentan el alto silencio de la noche, me distrajo un poco, y hasta
puedo decir que me acompañó en la soledad. Al cabo de una media hora comencé a encontrar
alguna monotonía en aquel continuo y alternado martilleo, y si con la voluntad hubiera podido
hacer que se apresurase o se retardara el movimiento del péndulo, de seguro lo habría
apresurado o detenido. Más tarde, cuando comenzaron mis párpados a cerrarse insensiblemente,
cuando hasta mis ideas se elaboraban con más lentitud, cuando el sopor del sueño comenzó a
embargarme con su voluptuosa languidez, cien veces estuve tentado de levantarme a parar
aquella maldita máquina que con imperturbable compás seguía sonando sin debilitar su ruido ni
retardarlo a medida que todo se apagaba y parecía borrarse dentro y fuera de mí.
Unas tras otras, mis ideas reales fueron desapareciendo, y otra serie de ideas informes que
pertenecen a la vida del sueño, que es sin duda alguna una existencia doble y aparte de la
existencia positiva, se alzaron del fondo de mi cerebro y comenzaron a flotar como un vapor
ligerísimo ante los ojos del alma. Me dormí, pero no tan profundamente que no siguiera
escuchando como un rumor alternado y confuso el tric trac del reloj. Aquel monótono ruido
debió influir en la visión de mi sueño, o al menos modificarla, como sucede a menudo con las
sensaciones que se experimentan durante la noche.
La imaginación se apodera de estas sensaciones exteriores y, desfigurándolas y dándolas una
forma extraña, las asimila a sus extravagantes desvaríos. Sólo así puedo explicarme la visión
que tuve. Soñé que me encontraba en un campo inmenso; ante mis ojos se abría un horizonte
dilatadísimo; ni una ligera nube empañaba el cielo, ni una línea pintoresca accidentaba el
paisaje; todo era igual y monótono, todo verde a mis pies, todo azul sobre mi cabeza: una faja
gris cortaba el fondo en el punto donde el suelo y el cielo parecían tocarse y confundirse. Una
mujer hermosa pasó a mi lado; la hablé, y no me contestó, ni levantó siquiera los ojos de una
flor que llevaba en las manos. Sino, sano, iba diciendo a medida que arrancaba las hojas de la
flor, que era blanca y con el botón amarillo. Sí... no, sí... no, sí... no y de aquí no salía. Diríase
que las hojas arrancadas tornaban a reproducirse en el instante, pues ella no cesaba de quitarle
hojas a la flor, y a la flor siempre le quedaban algunas. No puede nadie formarse una idea de lo
que me fatigaba una cosa tan sencilla. Porque lo particular del caso era que las hojas, al
desprenderse, hacían un ruido particular, de modo que al mismo tiempo que la mujer decía si...
no, sí... no, las hojas la acompañaban haciendo tric trac, tric trac.
Pero ya se ve. ¿No había de fatigarme aquel laberinto si allí no había campo, ni mujer, ni flor,
ni palabra alguna, sino el maldito péndulo? «Vamos -exclamé entreabriendo los soñolientos
párpados-, el reloj me va a dar la noche», y me volví del otro lado y procuré coger de nuevo el
sueño. El reloj seguía impasible, por donde no había forma de volverme a dormir. Determiné,
por tanto, sacar el mejor partido que pudiera de sus acompasados golpes. Primero me tomé el
pulso y me entretuve en notar si marchaba al compás del péndulo. Después empecé a contar los
latidos del corazón de acero de aquella endiablada máquina. Conté no sé hasta cuántos; lo que
puedo decir es que ya me faltaba tiempo para enumerar la cifra en el espacio que mediaba entre
golpe y golpe. Ochenta y ocho mil novecientos noventa y ocho, ochenta y ocho mil novecientos
noventa y nueve, decía yo entre dientes y apresurándome para no trabucar la cuenta, con un
afán y una angustia que no los tendría mayores si se tratara de darme un doblón por cada uno de
los golpes que iba contando. Y es el caso que yo no quería contar más y, no obstante mi deseo,
seguía contando con la imaginación.
En esta batahola de la voluntad, en pugna con la pertinacia de esta otra voluntad independiente
de nosotros que nos hace hacer lo que no queremos, me quedé por segunda vez dormido. Volví
a soñar. De este segundo sueño me queda un recuerdo tan confuso que es muy difícil
coordinarlo. Soñé que estaba quieto y que andaba. Estaba quieto porque, deseando no andar, me
había sentado en un camino del que no veía el fin; y andaba porque oía el ruido de los tacones
de mis botas, que parecían de acero y que yo iba sobre un plano de cristal. Y lo particular de la
pesadilla consistía en que a pesar de tener la conciencia de mi quietud, me empeñaba en que
aquel ruido de pasos era mío, y estaba tan persuadido de esto que por un fenómeno inexplicable
me cansaba el movimiento sin moverme. «¿Si andará alguien junto a mí?», decía yo entre
dientes, sudando ya la gota gorda y con una angustia indecible. Volvía la cara a todos los lados
y no veía a nadie. Y el ruido de los pasos no dejaba de oírse con una regularidad matemática.
Tric trac, tric trac..., seguían haciendo los tacones: los tacones, digo mal, porque lo que seguía
sonando era el maldito de cocer del péndulo.
Pues, señor, está visto -torno a decir al tornar a despertarme-; es cosa decidida que yo no he de
pegar los ojos en toda la noche.
Y no sabiendo ya qué hacer, me puse a tararear una barcarola al compás de los golpes del reloj,
que yo en mi mente fingía que eran los de los remos. Figuraos una noche serena, un cielo azul
oscuro sembrado de puntos de oro, un mar de plata en cuyas olas se quiebra y chispea la
claridad de la luna, un esquife ligerísimo que corta las aguas dejando en pos una estela ancha y
brillante, el profundo silencio de la inmensidad y las notas de una canción que flotan en el aire,
donde la melodía se mece impregnada en voluptuosa languidez al cadencioso golpe de remo.
No hay poeta romántico, no hay niña novelesca que no haya soñado alguna vez este cuadro del
mar, la cancioncita, el barquito y la luna; cuadro magnífico, situación llena de poesía, de la que
se ha abusado tal vez, pero que indudablemente es hermosa.
Perfectamente arrebujado en la ropa de la cama, entre despierto y dormido, cantando más que
con los labios con la Imaginación una célebre barcarola de Weber, gocé durante algunos
minutos de todas las delicias que hubiera podido gozar con la realidad de lo que me fingía.
Hubo momentos durante los cuales creí que mi catre de hierro oscilaba al compás de los
repetidos golpes del reloj, y que las gotas del agua, heridas por el remo, me saltaban a la cara.
«¿Pero adónde diablos voy cantando y dándole al remo como un galeote por esta mar sin
límites?», empecé a preguntarme al cabo de un cuarto de hora, y cuando ya había, por decirlo
así, pasado revista a todo mi repertorio musical marítimo, que no es pequeño. Y bogaba y
bogaba, y parecía que los golpes que marcaban la mesura, me obligaban a cantar, que quieras
que no, siempre en un mismo compás. Con la frente cubierta de sudor, cansado de agitarme a
un lado y otro, y completamente hastiado de aquella música que sin que yo quisiera me seguía
sonando en el oído, resolví incorporarme en la cama para salir de la especie de sonambulismo
lúcido en que me encontraba.
-¡Gracias a Dios! -exclamé una vez sentado, ya el golpe del péndulo no me parece otra cosa que
lo que en efecto es.
Y me tranquilicé un rato, aunque para volverme a desesperar de nuevo. Yo he oído la polilla
roer durante horas y horas, con una persistencia digna de mejor causa, los maderos del balcón
de mi cuarto. Yo me he pasado en claro una y hasta tres noches sintiendo el aire entrar con un
ruido sin nombre por el cañón de la chimenea de mi gabinete, y en un puerto de mar he
soportado quince días de temporal escuchando el monótono y lejano bramido del oleaje; yo, por
último, tengo un vecino, que Dios confunda, el cual vecino tiene un perro, cuyo perro, no sé si
casual o intencionadamente, deja la mitad de las noches en la escalera, de modo que el
animalito se entretiene en aullar hasta que amanece, y sin embargo yo, que he tenido el disgusto
de apreciar y aquilatar tantos ruidos incómodos, confieso que no conozco nada tan
impertinente, tan cansado, tan abrumador como el eterno dale que le das de un reloj de péndulo.
Después de haberlos descompuesto y analizado, en el ruido del insecto que roe, en el murmullo
del aire que zumba, en el eco lejano del mar que brama, en los lastimosos aullidos del perro que
araña las puertas, hay una inmensa escala de tonos cuya diferencia llega a hacerse perceptible y
rompen la monotonía. En algunas ocasiones he creído oír hasta palabras y frases entrecortadas
en el silbo de los vientos, he seguido al insecto invisible en todas las peripecias de su titánica
obra y he escuchado como una especie de himno en el murmullo de las aguas; pero por más que
aquella noche intenté descomponer el continuado martilleo del reloj, no pude sacar en limpio
sino dos golpes secos, metálicos, monótonos hasta la saciedad. Ya no podía dormir, ya no podía
soñar siquiera para variar el suplicio; en mi lucha con el péndulo, comenzaba a ceder; a la
impaciencia nerviosa, había sucedido una postración momentánea, precursora tal vez de una
gran crisis. Oía los golpes como si me sonasen dentro de la cabeza. Los latidos de mis sienes no
marchaban ya a compás con los de la máquina, porque la fiebre los había apresurado. Yo no sé
dónde he leído que en la Inquisición daban un tormento horrible, dejando caer alternativamente
sobre la cabeza del acusado una gota de agua fría y otra hirviendo.
En aquel instante hubiera jurado que cada uno de aquellos golpes era una gota de plomo
derretido o de nieve que me taladraba el cráneo y me encendía o me espasmodizaba,
causándome dolores horribles. Intenté sustraerme a aquel extraño tormento tapándome los
oídos. ¡Afán inútil! Desesperado, sin fuerzas para aguardar el día en aquella angustia, salté de la
cama, busqué a tientas y precipitadamente un fósforo y lo encendí. Yo no podré asegurar hoy
que no fuese una alucinación, pero al derramarse la claridad por la alcoba, al fijar mis ojos en la
esfera del reloj, se me figuró que las manecillas retorciéndose y los números romanos
combinándose extrañamente fingían una cara diabólica que se reía con una carcajada muda de
mi tormento y mi afán. No pude contenerme; levanté una silla con las dos manos e hice añicos
la condenada máquina, origen de todos mis sinsabores. Después volví a acostarme y me dormí
con la tranquilidad de un justo. Al despertar el otro día y ver hecho pedazos el reloj, no pude
menos de exclamar qué género de sistema nervioso sería el de nuestros padres, que no sólo
gustaban de los relojes con péndulo, sino que ,¡horror!, los tenían hasta con cuco.
El Contemporáneo
30 de abril, 1863