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EL CUENTO FINAL DE TODOS LOS CUENTOS

Escrito por imagenes 14-06-2009 en General. Comentarios (0)

EL CUENTOFINAL DE TODOS LOS CUENTOS

DE LA ANTOLOGÍA VISIONES PELIGROSAS DE HARLANELLISON

Philip K. Dick

En unasociedad devastada por la Guerra de Hidrógeno la joven doncella se dirige a unzoológico futurista y tiene relaciones sexuales con varias formas de vidainhumanas y deformes en las jaulas. En este particular sentido es una mujer queha sido formada con los restos de los cuerpos dañados de varias mujeres, ytiene relaciones con una alienígena, ahí en la jaula, y después aplicados sobrela mujer medios de una ciencia futurista, concibe. El niño nace, y ella y laalienígena en la jaula luchan para ver quién se queda con él. La joven mujerhumana gana, e inmediatamente devora a su progenie, pelo, dientes, dedos ytodo. Justo después de haber terminado descubre que el bebé es Dios.

 

 

FIN

CELEPHAÏS

Escrito por imagenes 14-06-2009 en General. Comentarios (0)

 

CELEPHAÏS 

H. P. Lovecraft

 

 

            En un sueño Kuranes vio la ciudad del valle y lacosta que había más allá, y el pico que dominaba el mar, y las galeras pintadasde alegres colores que zarpan desde el puerto rumbo a las distantes regionesdonde el mar se junta con los cielos. Tam­bién en un sueño consiguió el nombrede Kuranes, ya que durante la vigilia era llamado de forma distinta. Quizás lefue natural el soñar un nombre nuevo, ya que era el último de su estirpe y sehallaba solo entre las muchedumbres indiferentes de Londres, por lo que nohabía demasiados que pudieran hablar con él y recordarle quién había sido.Había perdido sus tierras y dineros, y no se preocupaba de los hábitos de lagente alrededor, ya que prefería soñar y plasmar tales sueños. Cuantoescribiera había despertado la hilaridad de aquellos a los que se lo habíamostrado, y, por último, dejó de escribir. Cuanto más se retiraba del mundoinmediato, más maravillosos se volvían sus sueños, y hubiera sido casi inútilel intentar traspasarlos al papel. Kuranes no era un hombre moderno, y no teníalas miras de otros que también escriben. Mientras ellos pugnaban por despojar ala vida de las ornadas vestimentas del mito, Kuranes tan sólo aspi­raba a labelleza. Cuando la verdad y la experiencia no se la mos­traron, se volvió haciala fantasía y la ilusión, hallándola en sus mismos umbrales, entre losnebulosos recuerdos de los cuentos de su niñez y entre los sueños.

            Nohay mucha gente que sepa cuántas maravillas se les abren en las historias y visionesde juventud, ya que cuando somos niños oímos y soñamos, albergamos ideas amedio cuajar, y cuando al hacernos hombres intentamos recordar, nos vemosestorbados y convertidos en seres prosaicos por el veneno de la vida. Peroalgunos de nosotros nos despertamos en mitad de la noche entre extrañosfantasmas de colinas y jardines encantados, de fuentes cantarinas al sol, deacantilados dorados a la vera de mares rumorosos, de llanuras abiertas en tornoa somnolientas ciudades de bronce y piedra, de la severa compañía de héroescabalgando blancos caballos engualdrapados junto a espesas sel­vas; y entoncessabremos que hemos vuelto los ojos a las puertas de marfil del mundo deprodigios que fuera nuestro antes de convertirnos en sabios e infelices.

            Kuranesvolvió de súbito al viejo mundo de la infancia. Había estado soñando con lacasa donde naciera; el gran hogar de piedra cubierto por la hiedra, dondevivieran trece generacio­nes de antepasados, y donde hubiera ansiado morir.Lucía la luna, y él se había escabullido por la fragante noche veraniega;atravesó jardines, bajó terrazas, dejó atrás los grandes robles y recorrió ellargo camino blanquecino hacia el pueblo. La villa parecía muy antigua, con suslímites tan reducidos como aquella luna que comenzaba a menguar, y Kuranes sepreguntó si bajo los tejados picudos de las casitas se albergaría el sueño o lamuerte. Las malas hierbas crecían en las calles, y los cristales de lasventanas a ambos lados se encontraban rotos o acechaban transparentes. Kuranesno se demoró, antes bien prosiguió tra­bajosamente, como al reclamo de algunameta. No osó desobe­decer su llamada por miedo a que se revelase como unailusión similar a las necesidades y aspiraciones de la vigilia, que no con­ducena destino alguno. Luego se sintió atraído hacia un calle­jón que salía delcasco de la ciudad rumbo a los acantilados del canal y alcanzó el final de lascosas... el precipicio y el abismo donde el pueblo y el mundo entero sedesplomaban abrupta­mente en una vacuidad sin sonidos de infinito, y donde elcielo por delante se hallaba a oscuras, despojado de la menguante luna o de lasacechantes estrellas. La confianza le urgió a prose­guir sobre el precipicio,en el abismo por donde descendió flo­tando, flotando, flotando; pasó oscuridad,incorporeidad, sue­ños no soñados, esferas débilmente iluminadas que podían sersueños soñados a medias y burlones seres alados que parecían mofarse de lossoñadores de todos los mundos. Entonces pare­ció abrirse una falla en laoscuridad de delante y vio la ciudad del valle, refulgiendo de forma radiante alo lejos, lejos y abajo, con el trasfondo del mar y del cielo, y la montañacubierta de nieves al pie de la orilla.

            Kuranesse despertó en el mismo instante de vislumbrar la ciudad, aunque gracias aaquel fugaz vistazo supo que no se tra­taba sino de Celephaïs, en el valle deOoth-Nargai, más allá de las colinas Tanarias, donde su espíritu morara durantetoda la eternidad de una hora, una tarde de verano, mucho tiempo atrás, cuandose había escapado de su aya y había permitido que la cálida brisa marina leacunara hasta alcanzar el sueño mientras observaba las nubes desde los riscospróximos al pueblo. Enton­ces se había resistido, cuando lo encontraron, lodespertaron y lo llevaron de vuelta a casa, ya que justo al despertar habíaestado al borde de embarcar en una galera dorada rumbo a esas seductorasregiones donde el mar se reúne con el cielo. Y ahora

se sentía igualmente molesto de despertar, ya quehabía reen­contrado su fabulosa ciudad tras cuarenta fatigosos años.

            PeroKuranes volvió a Celephaïs tres noches después. Como anteriormente, soñó alprincipio con el pueblo durmiente o muerto, y con el abismo por el que unodebía caer flotando en el silencio; luego apareció de nuevo el acantilado ypudo con­templar los resplandecientes minaretes de la ciudad, y vio las galerasllenas de gracia fondeadas en el puerto azul, y observó los gingkos de monteAran meciéndose con la brisa marina. Pero esta vez no se vio bruscamentearrebatado y fue a posarse tan suavemente como un ser alado sobre una colinaherbosa, hasta que al fin sus pies reposaron sin violencia sobre el césped.Había por fin regresado al valle de Ooth-Nargai y a la esplendo­rosa ciudad deCelephaïs.

            Kuranesfue cuesta abajo entre hierbas aromáticas y flores brillantes, cruzó elburbujeante Naraxa por el puentecillo de madera sobre el que grabara su nombretantos años atrás, y cruzó las susurrantes arboledas rumbo al gran puente depiedra que llevaba a las puertas de la ciudad. Todo seguía como antes; ni lasmurallas marmóreas se habían descolorido, ni se habían deslucido las estatuasde bronce que las coronaban. Y Kuranes vio que no debía temer que las cosas queconociera hubieran desaparecido, ya que incluso los centinelas de las murallaseran los mismos, y tan jóvenes como los recordaba. Al entrar en la ciudad,cruzando las puertas de bronce y pisando el pavimento de ónice, los mercaderesy los camelleros lo saludaban como si no se hubiera marchado jamás; y leocurrió lo mismo en el tem­plo de turquesa de Nath-Horthath, donde lossacerdotes toca­dos de orquídeas le informaron de que el tiempo no existe enOoth-Nargai, sino tan sólo juventud eterna. Entonces Kuranes fue por la callede las Columnas hasta el muro marítimo, donde se reunían mercaderes ymarineros, así como extrañas gentes lle­gadas de las regiones donde el mar sejunta con el cielo. Allí

estuvo largo rato, oteando sobre el puerto brillantedonde el oleaje centellea bajo un sol desconocido y donde se encuentran listaspara zarpar las galeras de lugares lejanos. Y contempló también al monte Aranalzándose regiamente sobre la orilla, las suaves laderas verdes con sus árbolesbalanceándose y su cima blanca rozando las nubes.

            Másque nunca, Kuranes sintió el anhelo de embarcar en una galera rumbo a loslejanos lugares sobre los que había oído contar tantas extrañas historias, ybuscó de nuevo al capitán que había aceptado enrolarlo hacía tanto tiempo.Encontró a aquel hombre, Athib, sentado sobre el mismo cofre de especias que ocuparaantaño, y Athib no parecía ser consciente de cuánto tiempo había transcurrido.Entonces los dos remaron hasta una galera del puerto y, dando órdenes a losremeros, comenzaron a bogar sobre el ondulante mar Cerenio que conduce hasta elcielo. Durante varios días se deslizaron sobre el mar agitado hasta alcanzarpor fin el horizonte, donde el mar se reúne con el firmamento. Aquí la galerano llegó a detenerse, sino que fue flotando despacio por el azul celeste entrenubes de algodón teñidas de rosa. Y muy por debajo de la quilla, Kuranes llegóa divisar extrañas tierras y ríos y ciudades de arrebatadora belleza, tendidasindolentes al resplandor de un sol que nunca parecía menguar o desaparecer. Alfin Athib le comunicó que el viaje estaba próximo a concluir, y que prontoarribarían al puerto de Serannian, la ciudad de mármol rojo de las nubes, queha sido edificada en esa etérea costa donde el viento del poniente sopla porlos cielos; pero cuando la más alta de las torres talladas de la ciudadapareció a la vista, se produjo un sonido en algún lugar y Kuranes despertó ensu buhardilla de Londres.

            Durantemuchos meses, Kuranes buscó en vano la maravi­llosa ciudad de Celephaïs y susgaleras celestiales; y aunque sus sueños le llevaron a multitud de lugares magníficos,nunca antes narrados, nadie de cuantos se cruzó fue capaz de indicarle cómoencontrar Ooth-Nargai, más allá de la colinas Tanarias. Una noche sobrevolóoscuras montañas donde ardían mortecinos y solitarios fuegos de campamento, auna gran distancia, y había extraños rebaños de seres velludos cuyos guíasportaban resonan­tes campanillas; y en la parte más salvaje de aquel montañosodis­trito, tan remoto que pocos hombres habían llegado a verlo, encontró unmuro o calzada de piedra, de espantosa antigüedad, zigzagueando entre las cimasy los valles; demasiado grande incluso para haber sido construido por manoshumanas, y de tal longitud que ninguno de sus extremos estaba a la vista. Másallá del muro, en el alba gris, llegó a una tierra de pintorescos jardines ycerezos, y al alzarse el sol pudo contemplar la belleza de flores rojas yblancas, follajes verdes y céspedes, caminos blancos, arro­yos cristalinos,estanques azules, puentes tallados y pagodas de tejados rojos; y buscó a lagente de esa tierra, pero comprobó que allí no había nadie, fuera de pájaros,abejas y mariposas. Otra noche Kuranes se acercó a una escalera espiral depiedra, húmeda y sin fin, y llegó a una ventana de una torre que dominaba unagran llanura y un río a la luz de la luna llena, y en aquella silen­ciosaciudad que se extendía por la orilla del río creyó columbrar algún rasgo oaspecto nunca antes visto. Hubiera bajado a pre­guntar por el camino aOoth-Nargai de no ser por la temible aurora que se alzó sobre algún remoto lugarmás allá del hori­zonte, mostrando las ruinas y la antigüedad de la ciudad, yel estancamiento del río enrojecido y la muerte enseñoreándose de esa tierra,tal y como sucediera desde que el rey Kynaratholis vol­viera de sus conquistaspara arrostrar la venganza de los dioses.

            Asíque Kuranes buscó infructuosamente la maravillosa ciu­dad de Celephaïs y susgaleras que bogan hasta Seranman a tra­vés de los cielos, presenciando mientrastanto multitud de mara­villas y escapando en una ocasión por los pelos del sumosacer­dote que no puede ser descrito, aquel que porta una máscara de sedaamarilla sobre el rostro y mora solitario en un prehistórico monasterio depiedra en la fría meseta desértica de Leng. Según crecía su impaciencia durantelos pocos acogedores intervalos de vigilia, comenzó a comprar drogas paraprolongar sus periodos de sueño. El hachís resultó de gran ayuda, y una vez locondujo hasta una parte del espacio donde no existen formas, pero donde gasesresplandecientes estudian los secretos de la existen­cia. Y un gas violeta ledijo que esa parte del espacio se encon­traba más allá de lo que se conoce comoinfinito. El gas no había oído hablar anteriormente de planetas u organismos,pero identificó sin dificultad a Kuranes como alguien procedente de eseinfinito donde existen materia, energía y gravitación. Kura­nes se sentía ahorasumamente ansioso de volver a esa Celephaïs salpicada de minaretes y aumentósus dosis de drogas, pero finalmente se le acabó el dinero y ya no pudo comprarmás. Entonces, un día de verano lo desahuciaron de su buhardilla y vagabundeóindefenso por las calles, pasando por un puente hasta un sitio donde las casasresultaban cada vez más míseras. Y entonces llegó la culminación, y se encontrócon el cortejo de caballeros llegados de Celephaïs para llevarlo allí porsiempre.

            Apuestoscaballeros eran, a horcajadas sobre caballos ruanos y revestidos de brillantesarmaduras y tabardos de curiosos bla­sones. Resultaban tan numerosos queKuranes estuvo a punto de confundirlos con un ejército, pero su jefe le informóde que habían sido enviados en su honor, ya que era él quien había creadoOoth-Nargai en sus sueños, por lo que sería nombrado su dios supremo parasiempre. Entonces brindó un caballo a Kuranes y lo emplazaron a la cabeza de lacomitiva, y todos cabalgaron majestuosamente por las calles de Surrey camino dela región donde Kuranes y sus antepasados nacieran. Era algo muy extraño, yaque cada vez que pasaban por un pueblo a la luz del crepúsculo tan sólo veíanlas casas y pueblos que Chaucer y gen­tes aún anteriores podían habercontemplado, y a veces veían a caballeros en sus monturas, acompañados depequeñas compañías de secuaces. Al caer la noche viajaron más ligeros, hastaque pronto parecieron volar de forma asombrosa por los aires. Con la débilalborada llegaron al pueblo que Kuranes viera vivo durante su infancia y queahora estaba dormido o muerto en sus sueños. Ahora vivía, y los pueblerinos másmadrugadores les hicieron reverencias mientras los jinetes cruzabanruidosamente las calles y torcían por el callejón que iba a parar al abismo delsueño. Previamente, Kuranes había entrado en tal abismo sólo de noche, y sepreguntaba por su aspecto durante el día; así que oteó ansioso mientras lacolumna se aproximaba al borde. Cuando galopaban por la pendiente hacia elprecipicio, un fulgor dorado se alzó en alguna parte del oriente y cubrió todoel paisaje de resplandecientes ropajes. El abismo se mostraba ahora como uncaos hirviente de esplendores rosados y cerúleos, y unas voces invisiblescantaban exultantes mientras el séquito de caballeros rebasaba el borde yflotaba graciosamente a través de las nubes resplandecientes y los fulgoresplateados. Los jinetes flotaron sin fin, sus monturas hollando el éter como sigaloparan sobre are­nas doradas, y luego los vapores luminosos se abrieron parades­velar una luz aún mayor, el brillo de la ciudad de Celephaïs y de la riberade más allá, y el pico nevado que dominaba el mar, y las galeras alegrementepintadas que zarpan rumbo a las lejanas regiones donde se juntan el mar y elcielo.

            YKuranes reinó desde entonces en Ooth-Nargai y todas las regiones cercanas delsueño, y estableció alternativamente su corte entre Celephaïs y la Serannian,la ciudad de las nubes. Aún reina allí, y reinará feliz por siempre, aunquebajo los acantilados las mareas del canal agitaban burlonas el cuerpo de unvaga­bundo que pasara dando traspiés por el pueblo medio desierto al alba;jugueteaban burlonas y lo zaherían contra las piedras bajo Trevor Tower,cubierta de hiedra, donde un fabricante de cerveza particularmente paletodisfrutaba de una atmósfera comprada de extinta nobleza.

 

 

 


¡VAMPIROS!

Escrito por imagenes 13-06-2009 en General. Comentarios (2)
¡VAMPIROS!
JUAN MARINO
Cuando el potente aullido de la tormenta subrayaba la endemoniada sinfonía del viento entre los
desgarbados árboles, el hombre y la mujer dejaban caer el pesado aldabón sobre la puerta de la solariega
casa, ubicada a unos cien metros de la carretera, flanqueada por los mismos raquíticos árboles de la
sinfonía. El viento hacía oscilar el letrero colocado sobre el dintel, con un sonido semejante al de mil grillos
que chirriasen al unísono. En el letrero, cuya pintura estaba ya desapareciendo, podía leerse aún: «Posada
Solitaria». El hombre miró a su joven compañera y sonrieron, pese a que el agua los calaba hasta los
huesos. Otra vez el joven volvió a batir el aldabón; otra vez las respuestas del chirrido del letrero. Pasaron
algunos segundos, finalmente oyeron que alguien descorría pesados cerrojos del otro lado de la puerta y
comenzó a abrirse lentamente con un roce escalofriante, como un macabro instrumento que se sumase a la
música de los elementos de la noche.
Al terminar de abrirse, en el umbral apareció un hombre de elevada estatura, delgado, de faz
cadavérica. Portaba en la mano izquierda un arruinado candelabro, cuyas velas amenazaban apagarse por
el soplo de Eolos. El único ojo del hombre, pues era tuerto, se posó en los jóvenes, inquisitiva y
malignamente.
—Buenas noches, señor —saludó él, alzando la voz para hacerse oír a través de la tormenta. Hemos
visto el letrero y deseamos que nos albergue por esta noche.
El ojo del hombre chispeó al contestar:
—¡Mala noche! Pero pasen, por favor.
Cerró la puerta tras los visitantes, los que se sacudían los abrigos de las agujas que los empapaban.
—Sírvanse seguirme —indicó el posadero, precediéndolos hacia una escalera. Los jóvenes observaron
que era cojo, y el caer de su pie, más corto que el otro y calzado con zapato ortopédico, sobre el piso
producía un acompasado y lúgubre golpe que se acentuaba cuando era dado sobre los escalones de la
vieja y carcomida escalera de madera. La muchacha oprimió el brazo de su acompañante al comenzar a
subir hacia la oscuridad de arriba, a ella le pareció que los movimientos del posadero tenían algo de
automático y sin quererlo pensó en los zombies. No hacía mucho había leído en un periódico que un tal
Doctor Mortis había revolucionado una Universidad, al levantar a todos los cadáveres del depósito. Los
pensamientos de la joven se vieron interrumpidos cuando el cojo se detuvo ante una puerta en un pasadizo.
Abrió e invitó a pasar a sus huéspedes.
—Esta será vuestra habitación por el tiempo que permanezcan en mi posada.
Era un cuarto muy amplio, maloliente y sucio. Telarañas colgaban por doquier y algunas ratas huyeron
despavoridas a la luz del candelabro.
—Gracias, señor..., señor...
—Thrope es mi apellido. ¡Guy Thrope! Lamento no poder proporcionarles mayores comodidades por
el momento, pero dado lo avanzado de la hora...
—¡Comprendemos! No se preocupe, señor Thrope.
El hombre inició un movimiento como para retirarse pero, lanzando una mirada de soslayo a la
muchacha, preguntó:
—¿Cómo se han atrevido a aventurarse por estos lados en una noche como ésta?
—Nuestro automóvil sufrió una avería a un kilómetro de aquí —se apresuró en responder el joven.
—Justo frente al cementerio —subrayó ella.
—¡Oh! ¡Ya veo! Frente al pequeño cementerio, ¿eh? —El ojo de Thrope se movió rápidamente en la
órbita, como queriendo huir de ella—. ¿A qué han venido a esta región? Podían haber viajado por el
camino principal, es mucho más seguro.
—Es que hace muchos años que mi esposo y yo faltamos de aquí —sonrió la joven— y deseamos
volver a ver estos parajes. Entonces nos sorprendió la tormenta.
—¡Ah! ¡Son ustedes de Northrute!
—Veo que esta casa está muy abandonada, señor Thrope —apuntó él.
—En efecto; esto que ahora no es ni siquiera un mal figón, fue hace veinte años la mejor posada de la
región. La carretera por la cual ustedes han venido, era el camino real entonces. Pero el progreso... —
suspiró el gigante.
—Sí, sí. Recuerdo también, señor Thrope, que se hablaba de una leyenda de vampiros del cementerio
de «Mortise».
El posadero sonrió con una mueca que afeó aún más su rostro.
—¡Oh! ¡«Mortise»! —exclamó—. «La Mortaja», veo que están bien enterados. Sí, sí..., pero una vez
construida la nueva carretera, todo esto murió, la leyenda, la posada, todo..., ¡como mueren todas las
cosas! —Otra vez el ojo brilló al resplandor de las velas que había depositado sobre la desvencijada mesa.
—Significa que usted debe recibir muy pocos huéspedes, ¿verdad? —preguntó ella, tímidamente.
—Muy pocos, muy pocos. Pero de vez en cuando llegan personas como ustedes y... dejan algo. —El
posadero rió desagradablemente, siendo secundado por sendas sonrisas de los jóvenes—. Pero, no quiero
privarlos del descanso que necesitan.
—Señor Thrope, un momento por favor. En verdad mi esposa y yo somos periodistas y nos interesaría
saber algo sobre esta región de sus propios labios. Nuestros recuerdos de niñez no alcanzan a darnos una
verdadera visión de lo que fueron Northrute y el cementerio hace unos treinta años.
—¡Hum! Están obsesionados con los vampiros de «Mortise», ¿eh?
—Bueno. Algo así. Claro que un reportaje sobre ellos sería sensacional —sonrió él.
—Y si logramos fotografiarlos, tanto mejor —apoyó ella, con una encantadora mueca.
—¿Fotografiarlos? ¿Creen que aquí existen en verdad tales mamíferos? —Thrope los miró con
suspicacia.
—¡En mi niñez oí que...!
—Bien, bien, bien. ¿Saben? Lo que ustedes podrán fotografiar aquí serán, a lo sumo, un par de
inofensivos murciélagos, de los que abundan en esta casa, pero... ¡vampiros... —el posadero sonrió
malignamente— eso es otra cosa!
—¡Oh, qué pena! —mohineó ella.
—Si usted nos permitiera recorrer la casa, señor Thrope, tal vez encontraríamos algo interesante.
—Hagan como quiera, pero observo que no traen cámaras fotográficas.
—¡Oh, sí! Vea. —Él extrajo del bolsillo interior de su abrigo una pequeña cámara fotográfica, no mayor
que un paquete de cigarrillos.
—Artefactos modernos —murmuró Thrope—. Bien, repito que pueden hacer como gusten, pero les
advierto que las tablas del tercer piso están podridas y cualquier descuido... Es mejor que no se aventuren
por ahí. Buenas noches, señores.
Thrope salió, cerrando tras sí. Cuando los jóvenes quedaron solos...
—¿Qué idea tuviste para hablarle de vampiros?
—Quise divertirme un poco, querida. Si nos fijamos bien, este Thrope podría ser uno de los vampiros
de «Mortise» —rió el joven—. ¿No te parece? ¿Has visto sus dientes? ¿Y ese ojo que parece moverse
como un basilisco? ¿Y sus manos cadavéricas y potentes?
Ella, quitándose el abrigo, parecía no escuchar lo que su marido le decía. Abruptamente preguntó:
—¿Visitaremos el caserón?
—Sí, creo que aquí encontraremos lo que buscamos, querida.
La muchacha se volvió hacia él y lo miró a los ojos:
—Sé lo que piensas —dijo—. Thrope despoja y asesina a los incautos que vienen a solicitar albergue,
como nosotros.
—Sí. Se le conoce como el vampiro de Northrute, pero estoy seguro que es algo más que un vampiro.
—¿Le tenderemos una trampa?
Él no respondió; ponía atención. Se llevó el índice a los labios y con la otra mano indicó el cielo raso.
Un crujido de madera en el piso superior llegó a ellos, apagado. Luego otro, más débil y lejano y, por
último, cesaron cuando unos pesados pies parecían ir subiendo una escalera de madera.
—Hay actividad en el tercer piso, querida. Ni siquiera han de esperar que nos durmamos para
atacarnos.
—¿Quién subirá y a qué?
—Thrope va en busca de su hijo. Apaga la luz.
—Él ignora que nosotros sabemos que tiene mujer e hijo, querido —dijo ella mientras apagaba las
velas.
—Ni tampoco sabe otras cosas que le sorprenderán.
Mientras tanto, el gigantesco posadero llegaba a una pocilga del tercer piso. Ronquidos de amplia gama
politonal parecieron recibirlo. Thrope encendió una vela y lanzó un puntapié a un bulto enorme que dormía
sobre un asqueroso jergón.
—¡Arriba, Tom! ¡Despierta, bestia maldita!
Los ronquidos cambiaron una vez más el tono y cesaron. En el lecho se alzó un ser humano de aspecto
mil veces más repugnante que el de Guy Thrope. La naturaleza se había ensañado con aquella criatura;
como a su padre, le había privado del ojo derecho, dejando en su lugar algo semejante a una llaga
purulenta. La boca torcida descubría largos y desiguales dientes; la frente estrecha y casi totalmente
cubierta de cerdosos cabellos, que nacían junto a las cejas, formando el todo un parecido brutal con los
grandes simios. Los brazos eran extremadamente largos y terminaban en grandes manos, provistas sólo de
tres dedos cada una, estando atrofiados los otros dos (el meñique y el dedo anular de cada mano); pero a
simple vista esas manos resultaban más potentes que la más fuerte de las tenazas. Su estatura sobrepasaba
con mucho la de su padre; pese a que sus cortas piernas habían sido creadas retorcidas. Ese hombre debía
medir dos metros por lo menos. Mientras Thrope lo despertaba, la bestia movía la cabeza de un lado a
otro para despabilarse del todo...
—¡Arriba, Tom! —azuzaba su padre—. ¡Despierta, despierta! —Algunos gruñidos apagados
respondieron al apremio del otro—. Abajo hay dos que parecen muy ricos, Tom. Ve abajo y chúpales la
sangre, luego los arrojas al pozo.
Mientras decía esto, Thrope reía quedamente, siendo coreado por un cloqueo espeluznante de Tom.
—¿Me has entendido? Los arrojas al pozo como hemos hecho con los otros que han llegado hasta
aquí. ¿Me has comprendido, Tom?
El monstruo volvió a cloquear, mientras sacudía la cabeza afirmativamente.
—Ellos han preguntado por los vampiros de «Mortise», ¡ja, ja, ja!, los vampiros del cementerio y, más
aún, quieren fotografiarlos. Se burlan de la leyenda. Pero nosotros les haremos ver la realidad. ¡Los
vampiros de Northrute o de «Mortise», como ellos quieran, existen, Tom! ¡Vamos, vamos! ¡Arriba!
¡Arriba! Mientras tú preparas todo, yo iré a avisar a tu madre.
Gruñidos y cloqueos respondieron a Thrope, mientras abandonaba la maloliente habitación. El posadero
salió al pasillo, totalmente sumido en tinieblas; y se encaminó a la desvencijada escalera procurando no
hacer crujir las tablas del piso. Fue cuando llegaba al descanso para iniciar el descenso que, algo
proveniente de su espalda, más negro que la misma oscuridad, pasó por sobre su cabeza con un ominoso
aleteo. Thrope lanzó un juramento:
—¡Malditos murciélagos! Jamás había sentido sobre mi cabeza uno tan grande.
Guy Thrope llegó abajo y cuando su pie más corto se apoyaba en el último escalón, un alarido de mujer,
lleno de terror, angustia y muerte, sacudió la vieja casona. El posadero se detuvo asombrado; el grito había
sonado en el cuarto donde descansaba la madre de Tom, es decir su propia esposa. Rápidamente y con
más agilidad que la que pudiera suponérsele, dada su deficiencia física, Thrope entró en el cuarto;
justamente cuando abría la puerta de la habitación en tinieblas, un ave negra, batiendo sus grandes alas
membranosas, salía de la estancia, casi derribando a Thrope. La verdad es que el posadero creyó que era
un ave, pero en realidad aquella cosa más se parecía a un murciélago enorme que a un ave. Thrope tuvo
que apoyarse en la pared para no caer; el corazón le palpitaba furiosamente. Cuando se rehizo de la
impresión, buscó a tientas la vela que siempre había sobre un cajón que servía de velador en la alcoba. Ahí
estaba; la encendió. Entonces, lo que vio, le erizó el cabello de pavor al «Vampiro de Northrute»: sobre el
lecho yacía una mujer robusta, sucia y desgreñada. La mitad de su cuerpo yacía caído fuera de la cama
mugrienta y sus grasientos cabellos pendían como una macabra peluca; el rostro, retorcido por el terror,
tocaba casi el suelo; los ojos desorbitados y el rictus de los labios contraídos en un segundo grito que no
fue emitido. Thrope, sin poder creer lo que veía, se aproximó al lecho, levantando la vela; entonces pudo
ver dos puntos rojos en el cuello de la muerta, al parecer producidos recientemente, ya que aún dejaban
escapar sendos hilillos de sangre que goteaba sobre el piso. La luz temblaba en su mano...
—¡Ma... Maggie! —musitó incrédulo—. ¡Vampiros! ¡Vampiros de «Mortise»!
Como alma que lleva el diablo, Guy Thrope abandonó la habitación, dejando caer la vela. Cayendo y
levantándose, corrió hacia la habitación de los huéspedes, mientras balbuceaba palabras incoherentes,
producto de su miedo. Cuando estuvo ante la cerrada puerta, golpeó con frenesí mientras exclamaba:
—¡Abran! ¡Abran! ¡Le ha ocurrido una desgracia a mi esposa!
Dentro de la habitación, ella dijo:
—Es el señor Thrope.
—El vampiro parece aterrorizado. Me pregunto, ¿formará parte esto, de su procedimiento para
atraparnos?
La voz ahogada de Thrope y sus golpes en la puerta hicieron que él abriera, no sin ciertas precauciones.
—Señor Thrope.
—Una desgracia, señor, una desgracia —gimió el tuerto.
—¿Qué ha sucedido? El rostro del joven parecía preocupado.
—Mi esposa ha sido atacada por... por los vampiros.
Ella se acercó a su marido, como buscando refugio.
—¿Vampiros? Yo pensaba que...
—Sí, sí, todo el mundo cree que los Thrope somos los vampiros —interrumpió el posadero—. Nos
llaman vampiros y asesinos, pero ya ven, ¡ella... ha sido atacada y muerta!
—¿Quién puede decir que los Thrope son asesinos? —indagó él.
—¡Señor, le ruego que me acompañe! Venga conmigo, se lo suplico. Quizás haya tiempo para salvar a
Maggie.
Los dos jóvenes se miraron.
—Tú te quedas aquí, querida. Cierra bien la puerta por dentro.
—Así lo haré. Descuida.
—Vamos, señor Thrope.
Poco después el joven y el posadero estaban frente al cadáver de Maggie. El periodista la examinó
someramente y luego, irguiéndose, dijo con acento solemne:
—No hay nada que hacer, Thrope.
—¡Los vampiros le han robado la sangre! —berreó el gigante.
—Yo diría que Maggie no murió a causa de la sangre que le fue succionada, Thrope; más bien murió
por la impresión que le causó algo horrible. Observe usted su mirada. Conserva aún la expresión
horrorizada que...
—Ella debió haber visto lo que pasó sobre mi cabeza, cuando yo entraba aquí —interrumpió Thrope—.
También lo sentí en el pasadizo del tercer piso.
El joven se quedó pensativo unos segundos, con la barbilla apoyada en la palma de la mano. Luego
levantó la cabeza y lanzó su pregunta:
—¿Ha ido a ver si su hijo está bien?
El posadero abrió desmesuradamente el ojo y la boca.
—¿Qué quiere decir? —balbuceó—. ¡Mi hijo! ¡Tom...!
—Sí, a él me refiero, señor Thrope. Creo que usted lo envió a preparar el pozo...
Los labios del posadero temblaron convulsivamente y dio un paso atrás como si en el periodista
estuviese viendo a uno de los vampiros.
—¿Có... cómo lo... lo sabe? ¿Quién es usted? ¿Son malditos policías acaso que...?
Y como si aquello fuese el santo y seña del horror, un grito desgarrador, proveniente de lo más
profundo de la casa, estremeció sus cimientos.
—¡Toooooommm!
Lanzando un ronco gemido, Thrope salió de la habitación seguido por el joven. Abrió violentamente una
puerta oculta tras un raído y sucio cortinaje y descendió los resbaladizos escalones de piedra. Su voz,
dolorida y angustiada, seguía llamando a su hijo, pero sin obtener respuesta. Antes de llegar abajo, cayó
dos veces en la oscuridad. Por último, llegó a lo que parecía una bodega de vinos. Una vela esparcía su
macilenta luz en torno y en medio de la estancia, junto a una puerta-trampa abierta, yacía caído el
monstruoso hijo de Thrope. Por segunda vez el posadero sintió que el valor lo abandonaba; como
fascinado, pero temblando, se acercó al cadáver. Desde lo profundo de la oquedad que dejaba expedita la
puerta-trampa llegaba un vaho terrorífico; un vaho a podredumbre y muerte. Thrope se arrodilló junto al
cuerpo y entonces vio los puntos rojizos en el cuello, sobre la yugular.
Lanzando una exclamación, Thrope se levantó. Justamente entonces sintió que la estancia se llenaba de
aleteos, poderosos y agoreros. Giró rápidamente sobre sus talones y... ¡los vio! Eran dos vampiros negros,
enormes, que batiendo sus alas se abalanzaban sobre él, mirándole con sus ojillos de una manera odiosa.
Los chatos hocicos se abrieron dejando ver agudos dientes, afilados como puñales, y una de las bestias aún
tenía vestigios de la sangre adherida a los pelos de la piel que circundaba la boca. Un alarido de terror se
multiplicó por la reverberación de la habitación, yendo a morir en el fondo del pozo que había servido de
sepulcro a tanta víctima inocente. Las poderosas alas de uno de ellos golpeó la vela que Thrope había
dejado sobre el piso junto a Tom, apagándola. El otro, lo derribó con su peso; el gigante se debatía ahora
angustiosamente bajo los dos mamíferos malolientes y peludos, pero era inútil. Se dio cuenta que terminaría
por ser víctima de sus ansias de sangre. Vio a escasos centímetros de su rostro los cuatro ojos que lo
miraban con salvaje alegría y entonces en ellos Thrope creyó reconocer las miradas de...
Chilló de dolor y miedo cuando un par de incisivos se clavaron en su garganta; luego otro par. Luchó,
luchó con desesperación pero las zarpas y alas de las bestias lo inmovilizaban. Sintió el sonido propio de la
succión de la sangre, de su propia sangre; luego una especie de lasitud que lo iba sumiendo en un sueño no
deseado. Sin embargo, Thrope se daba cuenta que al dormirse ya no despertaría jamás en este mundo.
Quiso gritar pidiendo auxilio; se revolvió levemente una vez más; su cuerpo se sacudió como el de un
animal que ha sido apresado por una fiera de la selva y está muriendo. Y Thrope estaba muriendo. Por
último, con un último suspiro quedó inerte: todo había concluido.
Faltando treinta minutos para que los rayos del sol sonrieran a la Tierra, él y ella, los huéspedes de
Thrope, estaban en su cuarto. Los ojos les chispeaban de alegría, como si hubiesen pasado una excelente
noche. Las mejillas sonrosadas y los labios muy rojos indicaban que la permanencia en la posada había
sido reparadora. Afuera la tormenta ya cesaba. Ella se volvió hacia él con una encantadora sonrisa:
—Había tanta sangre en el cuerpo regordete de la mujer, querido.
—Sí, sí —sonrió él—, pero debemos apresurarnos. Pronto saldrá el sol y su luz debe encontrarnos ya
en nuestros refugios de «Mortise». ¡Vamos!
Los dos jóvenes extendieron sus brazos como en actitud de volar e hicieron un extraño movimiento,
entonces dos vampiros emprendieron el vuelo a través de la abierta ventana, alejándose en dirección al
pequeño cementerio de «La Mortaja».
Los malditos se perdieron entre los raquíticos árboles, buscando el sepulcro que les daría reposo. Los
vampiros descansarían hasta el crepúsculo.
F I N

BLOGS DE SIR SNAKE PETER PUNK

Escrito por imagenes 13-06-2009 en General. Comentarios (1)

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CREADOR --- DAVID LAKE

Escrito por imagenes 04-06-2009 en General. Comentarios (0)



Creador
David Lake


..--..



Hacíauna mañana magnífica, cosa normal en el planeta Olimpo, y Jay Crystalacababa de desayunar en su palacio privado cuando el robot-mayordomoanunció la llegada del Instalador.
Jay se incorporó al instante y sedirigió, casi corriendo, hacia la habitación desocupada. Jamás habíaestado tan excitado en toda su vida inmortal. Cuando llegó a la sala...sí, allí estaba: la reluciente máquina, que parecía un órgano demediano tamaño y apto para luz, olor y sonido, estaba siendorápidamente instalada por los robots rojos y verdes de la CorporaciónCreación. El instalador permanecía junto a ellos, no para supervisar eltrabajo, ya que los robots lo conocían a la perfección, sino más biencomo dándoles su aprobación.
El instalador era un olímpico decabello tan oscuro como rubio era el de Jay. Sus pobladas cejas sehabían curvado acompañando una sonrisa ligeramente irónica.
-Señor--dijo-, nos hemos tomado la libertad de empezar antes de que ustedllegara. Pensamos que le gustaría tener acabado el trabajo lo antesposible.
-Sí, sí -contestó Jay-. Excelente. ¿Cuánto tardarán?
---Escuestión de un minuto. Y después... Señor Crystal, nos alegra que hayatomado esta decisión. Admiro su trabajo para el cinematrón público...Esas piezas tan delicadas, tan civilizadas...
Pero, compréndalo, elcreatrón representa el futuro en la industria de la diversión. Además,esta máquina puede inspirarle en su trabajo con el cinematrón. ¡Mirel-Los robots se apartaron a un lado-. Ya han terminado. ¡Aquí tiene sucreatrón, señor¡ Y ahora, ¿querrá apretar el contacto maestro, porfavor? No es una simple ceremonia, sino un detalle esencial para elfuncionamiento de esta máquina personalizada...
Jay se acercó albotón rojo lateral. Lo tocó suavemente con el dedo índice de su manoderecha, sabiendo que en aquel momento estaban siendo captadas susemanaciones. El creatrón cobró vida en tan solo unos milisegundos. Seprodujo un zumbido, tenue pero profundo, y en la pantalla situada en laparte superior del tablero de mandos apareció una franja irregular deluz verdosa.
-Se trata de su monitor cerebral ---explicó elinstalador, sonriendo amablemente-. Básicamente es un dispositivo deprotección. No podemos asegurarle que no vaya a tener problemas, señor.Un cliente puede verse envuelto emocionalmente en sus creaciones hastatal punto que debamos... asistirlo. Todos los controles de loscreatrones transmiten sus señales a la sede de nuestra empresa, dondeaquellas son sometidas a constante vigilancia. De momento, todo lo quemuestra el monitor es su agradable excitación, una emoción lógica eneste caso. ¿Le apetecería una sesión ahora mismo? Sí, naturalmente.Enviaré fuera los robots y después...
Y después se sentaron ambosante el creatrón. 0 mejor dicho, se sentó el Instalador, mientras queJay permaneció medio tumbado boca abajo, con el cuerpo cómodamenteapoyado, las manos descansando sobre los mandos y la cabeza envuelta enel casco sensitivo. Ante él, y también bajo él, detrás del grancristal, yacía el vacío que sería su mundo... cuando lo creara. Por elmomento solo había un caos amorfo y grisáceo.
-Bajo su manoizquierda, señor -dijo el Instalador, empezando a explicar elfuncionamiento de los mandos-, tiene los diales y botonesfundamentales. Los cuatro de la fila inferior son los dimensionales:largo, alto, ancho y ese botón más grande y graduado que usted estátocando es para el tiempo. Encima están los mandos de fuerzas:controles analógicos de energía nuclear y eléctrica, gravitación... Másarriba está el fijador de pseudo-masa. Todo le resultará más claro conla práctica. Si creara un mundo ahora...
-Bien... ¿Podré anularlo después?
-Porsupuesto -sonrió el Instalador-. Abajo de todo, a su izquierda, sehalla el aniquilador. Sí, el botón rojo. 0 si lo prefiere, puedeapretar ese botón ámbar que indica «Grabación». Así podrá retirar suuniverso del área funcional, pero grabando toda su
historia, de modoque podrá volverlo a contemplar o situarlo en pantalla para introducirnuevos cambios- Usando «Grabación» podrá crear diversos universosdistintos... El botón correspondiente a su derecha, el que indica«Pausa», detiene el tiempo en pleno funcionamiento. Las criaturas deese mundo no advertirán nada, claro está, puesto que no tendrán tiempode hacerlo. Entre otras cosas, «Pausa» le permite añadir una acciónespecial si así lo desea. Y el mando graduado situado por debajo de«Pausa» es el Supresor de Tiempo Limitado: anula el pasado reciente yle permite añadir toda una nueva secuencia. Y esos botones cercanos, asu derecha, son los iniciadores, precisamente para dichos añadidos...
-He oído hablar de ellos -interrumpió Jay; frunciendo la frente-. Los llaman botones de milagros, ¿me equivoco?
-Si,es cierto. Algunos clientes les dan ese nombre. Y son muy populares.Hacen la creación tan sencilla como dibujar con papel y goma deborrar...
-Y casi tan artística -añadió despectivamente Jay.
-Deacuerdo. Ya veo que es un poco purista, señor Crystal. Y me complace,yo también soy así. Con los botones de milagros es posible obtenerefectos muy cómicos, pero resulta más satisfactorio dejar que un mundoposea una coherencia intrínseca. Es como no hacer trampas cuando estáshaciendo un solitario. Usted establece las leyes al principio y luegorespeta las consecuencias. En cualquier caso, dispondrá de suficientesgrados de libertad a través del albedrío de sus criaturas. 0 dicho deotra forma, las criaturas se obstinarán en sorprenderle y divertirle.Bien, ¿le gustaría empezar?
Jay dispuso el mando de tiempo y apretóel botón «Marcha» y uno de los dimensionales. Apareció al instante unalínea blanca atravesando el espacio-mundo. 0 más bien el espacioexistía ahora como una dimensión aislada y solitaria en medio del caos.
-¿Qué sucede si no aprieto más botones dimensionales? -preguntó.
-Queobtiene un universo unidimensional. Es perfectamente posible y le daoportunidad de gozar un mundo divertido y más bien clásico. Porsupuesto, todas sus criaturas serán masas lineales y no podráncruzarse...
Jay se apresuró a tocar el segundo mando dimensional. Elcaos desapareció y el mundo se convirtió en una inmensa lámina grispálido.
-El mundo plano -dijo el Instalador-. Uno de nuestrosclientes, un tal señor Abbas, logró una creación notable en dosdimensiones...
-Con círculos y cuadrados como personajes --concluyóJay- Sí, ya lo sabía. Pero todo eso tiene bastantes limitaciones,carece de interés humano.
Tocó la tercera dimensión. El gris pálidoque tenía delante cambió súbitamente y sintió la emoción del vértigo.Le pareció estar contemplando algo infinito, sobrecogedor, fantasmal...El vacío eterno. Jay se agarró ansiosamente a los laterales que servíande brazos.
-Realista, ¿no le parece? ---opinó el Instalador-. Perono se preocupe, es imposible que se caiga ahí dentro. Ese espacio estotalmente irreal en nuestros términos. No tiene más existencia que elespacio descrito en una obra de ficción. 0 dicho de otro modo, estádentro de usted, en su mente. Le asustará menos si lo llena de algo.Prosiga, señor Crystal. Establezca algunas leyes para su mundo. Siquiere algo realista, puedo sugerirle los próximos pasos, solo paraempezar...
Jay siguió las instrucciones y apretó los botonescorrespondientes. Un instante después no pudo contener un grito deasombro. A través del cristal vio chispas reluciendo en la negrura,como en una muda exhibición de fuegos artificiales.
-Acaba de crearluz y materia --explicó el Instalador---. Su universo está explotando.Si gira el control de tiempo en sentido inverso al de las agujas delreloj, la explosión se convertirá en una sosegada expansión... Así, esoes. Esas gotas flotantes son galaxias. Si desea ver una más de cerca,este control de visión, el que está bajo el botón de anchura...
Jaymaniobró fascinado durante media hora de tiempo real. Le pareciósumergirse en el corazón de una galaxia que luego se condensó y formóestrellas. Observó un sistema solar formando una estrella amarilla ydespués siguió la evolución de un pequeno planeta hasta que losasteroides dejaron de caer en su superficie. De los cráteres surgióaire y agua y toda la superficie quedó convertida en un océano humeantey cubierto de nubes.
-Es el momento de crear vida -anunció suavemente el Instalador.
-¿No surge automáticamente? -se sorprendió Jay.
-Enrealidad, nada surge «automáticamente», señor Crystal. La máquinafunciona poniendo en práctica los impulsos mentales que usted emite. Yhay ciertos momentos cruciales que requieren un impulso especial por suparte. Este es uno de ellos. Todo lo que debe hacer es desearlo, ysurgirá. Diga «Hágase la vida»... La verbalización sirve de ayudaalgunas veces.
-Hágase la vida -repitió Jay.
Y la vida se hizo.Tal como estaba dispuesto el control de tiempo, mil millones de añospasaban en un minuto. A los dos minutos apareció una franja verde enlas costas de los nacientes continentes. A los cuatro minutos brotaronselvas y animales anfibios se arrastraban por ellas. Jay tocó uno delos mandos situados bajo su mano izquierda y retrasó el tiempo creadocon respecto a los observadores olímpicos.
Pasaron algunos minutosantes de que evolucionaran gigantescos reptiles, aves y mamíferos. YJay empezó a sentirse cada vez más extraño e incómodo. Se removiónerviosamente.
-Yo... --empezó a decir.
-No se inquiete -dijo elInstalador, observando la pantalla del monitor y poniendo una manosobre el brazo de Jay-. Es algo normal, señor. Está creando formassuperiores de vida, ¿no es cierto? Y esas formas empiezan a tener unaconciencia cada vez más elevada. Pero, claro está, se trata de suconciencia trasladada a esos seres. Dígame qué siente ahora.
-Como si me desgarrara. Estoy dividido en un millón de fragmentos. Y parece que me pinchen con un millón de agujas.
-Perfectamente.Lo puede controlar de dos formas. Primera, mecánicamente ... Ese dialgris que hay a su derecha, el que indica «Empatía» ... Gírelo ensentido opuesto a las agujas de un reloj y desaparecerá el dolor. Elproblema es que lo mismo ocurrirá con su interés por la creación. Loscreadores expertos dominan el dolor sin perder tal interés, utilizandouna técnica de relajación mental. Puedo enseñársela, si lo desea, perollevará algo de tiempo. Necesitaremos otra sesión, quizá varias. Nocobramos las sesiones extra, forman parte del servicio de instalación.Mire, Yo siempre uso la relajación mental.
-¿Quiere decir que... también usted practica la creación?
-Porsupuesto, señor. Tengo un creatrón en casa. Debo ser un experto,compréndalo, o me resultaría muy difícil aconsejar a mis clientes...
Jay chilló en aquel momento. El Instalador se inclinó y giró a la izquierda el díal gris.
-Perdone,señor -se excusó-. Puede ponerlo en la posición anterior si loprefiere, pero quería protegerle contra un ataque emotivo. Si mepermite la pregunta, ¿qué era eso? Mi visor no está tan bien ajustadocomo el suyo.
-Un primate --contestó el tembloroso Jay-. Fueatrapado y lentamente aplastado por una inmensa serpiente. He sentidoel horror del primate, su dolor... -Meditó por un instante-. Escuche,¿no es esta mi creación? ¡Es mi universo! ¿Por qué ha de producirinedolor? ¿No me sería posible introducir algo que acabara con esto?
-Bien, si eso es lo que quiere --dijo el instalador, con una sonrisa bastante forzada-, dispone de varias estrategias posibles.
Primera:alterar ligeramente las leyes fundamentales. Una relación distintaentre las fuerzas básicas imposibilitaría la vida sensible en todo suuniverso. En consecuencia, no habría dolor. Pero es un poco drástico,¿no cree? Falta de interés humano, como usted dijo. Estrategia númerodos: use uno de los botones de milagros. Puede introducir un programaestablecido de forma que la vida se desarrolle sin nervios sensitivos.Desaparecerá el dolor, pero también el placer. Además, deberíaprogramar otra serie de milagros para mantener vivas a esas criaturas,ya que al no sufrir dolor morirían enseguida. Carecerían de incentivopara evitar caerse por un precipicio y cosas por el estilo. ¿No leparece que sería un universo bastante antiartístico, señor? Suscriaturas serían zombíes y no obtendría diversión alguna con ellas.Créame, lo sé por experiencia: en cierta ocasión, yo mismo hice eseexperimento. Fue una simple diversión y nada más. Bien, nos queda laestrategia número tres: milagros discretos.
-¿A qué se refiere?
-Puedeapretar el botón «Pausa» en diversos momentos críticos... Por ejemplo,podría haber salvado al primate apretando «Pausa» y aniquilando luegola serpiente. Ese botón que está arriba, a la izquierda... el de colornaranja, sí... Es el de anulación selectiva. Incluso puede programar lamáquina para que actúe así siempre, en situaciones concretas, de modoque usted no deba pasarse toda la noche efectuando un millón demilagros distintos por hora. Y de una forma similar puede interferir enla evolución. Es un caso más complicado, pero ya le explicaré el trucoy así podrá eliminar la raza de reptiles que con el tiempo setransformarán en serpientes. Y muchas cosas más.
-Inartístico -gruñó Jay-. ¿No hay otro medio?
-Metemo que no. No existe medio de obtener cosas agradables sin detallesdesagradables, como no sea a través de milagros. -El Instalador empezóa levantarse-. Bien, señor, lo lamento mucho, pero tengo otra citadentro de media hora. Otra instalación. Compréndalo, el negocio está enauge. Pero si lo desea, volveré mañana mismo para comprobar susprogresos...
Bien, bien -contestó Jay.
Acababa de apretar elbotón de «Pausa» y su universo, aun sin saberlo, se había detenido. Unade las especies de primates había abandonado los árboles. Jay meditabaahora en la creación del hombre.
A la mañana siguiente, Jay estabaprofundamente absorto con su creatrón cuando el robot-mayordomo emitióuna discreta tos electrónica. Pero Jay no alzó la vista hasta latercera tos, tan sonora como el rugido de un gran carnívoro del mundoque había creado.
-El señor Harriman, señor.
-¿Quién?
-El Instalador de la Corporación Creación.
-Hazle pasar, hazle pasar enseguida -respondió malhurnoradamente Jay-. Debo hablar con él ahora mismo.
Harriman entró en la sala luciendo su característica y enigmática sonrisa.
-Y bien, señor Crystal -,dijo-. ¿Cómo va su creación?
-Nodemasiado bien. Escuche, tengo problemas para crear una especiehumanoide. He estado ensayando con primates apropiados de distintosplanetas y... bueno, he debido usar algunos botones de milagros. Penséque no tenía mucha importancia, tratándose de un experimento. Elegí laespecie de mejor aspecto y luego eliminé... Me refiero a que aniquilé asus rivales más próximos.
-¿Cómo? ¿Uno por uno? ¡Debe haber sido una tarea colosal!
-No,no. Estudié las cintas de instrucciones y... eli... preparé unprograma. El programa identificaba toda especie de primate que fueramuy violenta o agresiva... y la eliminaba automáticamente.
-Untratamiento muy correcto, sí me permite decirlo. Pensaba que deberíaexplicarle programación, pero ya veo que usted ha ido más deprisa.Bien, señor, ¿qué ocurrió después de eliminar a esos monstruososprimates? ¿Me permitiría... observarlo personalmente?
-Sí, sí, adelante.
Ambosse inclinaron sobre sus visores respectivos. Harriman mostró a Jay laforma de mejorar la imagen del visor secundario (el que servía para los«invitados») y luego observaron atentamente un panorama selvático.
Elplaneta era muy parecido a Olimpo. Tenla un sol amarillo y un cieloazul, aunque naturalmente era mucho más silvestre, conteniendo grandesbosques y sabanas tropicales. Un grupo de primates se hallaba cerca deun bosque. Había cincuenta ejemplares de ambos sexos y distintasedades, mucho más peludos que los humanos, pero con caras desprovistasde pelo y delicadas facciones. Algunos erraban tranquilamente entre losárboles en busca de fruta, caminando a cuatro patas o erguidos sobrelas traseras. Era evidente que podían andar de una forma bípeda, perose mostraban bastante variables a este respecto. De vez en cuando, dosde ellos encontraban una suculenta fruta casi al mismo tiempo. Cuandotal cosa sucedía, ambos primates se miraban sor prendidos y se alejabandel lugar sonriendo de una forma más bien tonta que resultaba curiosa.Ninguno de los dos cogía la fruta, sino que se iban a buscar otras.
De las profundidades del bosque surgió repentinamente otro grupo de criaturas.
-Estoserá interesante -musitó Harriman al oído de JaY-- Es una situacióncrítica. En mis mundos siempre he... ¡Caramba¡ ¿Qué les ocurre?
La«situación crítica» se resolvió del modo más sencillo. El grupo invasorse encontró con los animales que ya estaban allí. Estos últimosquedaron sorprendidos y sonrieron bobamente. Los invasores losimitaron, contemplaron un momento la extensa sabana que se extendíaante ellos, relincharon o, gimotearon un poco y desaparecieron de nuevoen la espesura del bosque.
-¡Vaya¡ -exclamó Harriman---. ¿Siempre sucede eso cuando dos grupos se encuentran? ¿No hay peleas, no defienden el territorio?
-No.Me alegra decirle que mi gente no es violenta. Elegí la especie máspacífica que pude encontrar. Quería evitar la triste historia denuestro propio pasado...
-Comprendo. ¿Nunca se adentra en la sabana esa «gente» suya?
-Jamás. Es que en esa zona hay grandes carnívoros, ¿sabe?
-¿Es que su gente no es carnívora? Suponía que...
-No,no lo son. ¡Son vegetarianos estrictosl Deseo crear una civilizacióndecente, sin anticuados detalles barbáricos. Como ya sabrá, es el idealque he estado promoviendo en mis obras cinematrónicas. Interaccióncivilizada entre individuos y especies. Es importante empezar bien, ¿no?
-Sí,lo es -admitió Harriman. Aspiró profundamente-. Dígame, ¿cuánto tiempoha vivido su especie a ese nivel evolutivo? Al decir tiempo, me refieroal de ellos, no al nuestro. Semibípedos, comedores de fruta que vivenen los bosques sin arma alguna... ¿0 tal vez debería decir«herramientas»?
-Veinte millones de años -respondió tristementeJay-. Y en ese tiempo mi programa ha eliminado cuatro especies afinesde ese planeta, todas ellas salvajes.
-Bien, señor Crystal, ese hasido su error. Es evidente que, mediante su programa, ha eliminadocuatro candidatos muy prometedores a convertirse enteramente en humanos.
-¿Humanos? -gritó Jay-. ¡Son bestias crirninalesl
-Eso fuimos nosotros en otro tiempo -afirmó Harriman. Sus ojos brillaron un instante---. Y la bestia sigue dentro nuestro.
Nuestracivilización es simple apariencia; quizá necesaria, si, pero paramuchos de nosotros es más bien aburrida en el fondo. Esto explicasuficientemente el auge de la venta de creatrones. La gran pantallapermite a muchísimas personas el placer de disfrutar inofensivamentecon un salvajismo delicioso. ¡Espere a que le muestre todo el alcancede las técnicas empáticas, señor Crystall Tal vez entonces cambie unpoco su opinión respecto a qué es deseable o indeseable en un submundo.Por ejemplo: ¿No le gustaria ser el caudillo salvaje de una poderosahorda de espléndidos bárbaros, recorriendo a galope la jungla y eldesierto, la montaña y la llanura, saqueando pueblos y ciudades,teniendo a raya a sus temerosos enemigos y a las igualmente temerosas,pero mucho más atractivas, mujeres de estos?
-¡No!
-Oh, noimporta. -Harriman suspiró----. Pero compréndalo, señor. Sean cualessean sus ideales más profundos, permítame decirle que nunca creará unaespecie humanoide de esta forma, con esos individuos tan agradables. Lagente agradable llega al final del proceso, y ya es mucho decir. Ustedprecisa dos cosas: en primer lugar, seres que coman carne. En segundolugar, seres que sean agresivos, egoístas, que luchen hasta la muerte.La habilidad de la caza agudiza el cerebro y la competición con otrosmiembros de la misma especie... eso crea una ambición auténtica. Siestamos en Olimpo es fundamentalmente por ambición. ¿Recuerda como seinició el viaje espacial? Salimos al espacio gracias a una carreraespacial.
-Debe existir otro medio -insistió Jay~. Escuche,Harriman, yo también he estudiado historia. Sí, llegamos a Olimpo, peroantes destruimos nuestro planeta original y casi resultamosexterminados en el proceso. ¡El daño que hicimos al universo ... ¡ Megustaría meditar un modo mejor, comprobar si puedo crear una raza nosometida a nuestros males. No se trata de un juego. Si triunfo, quizápueda dar un mensaje vital a todos nosotros, en el mundo auténtico.
-Deacuerdo, inténtelo. Le enseñaré todo lo que debe saber sobre lamáquina, las técnicas de programación, empatía, etc. Y después... hagalo que quiera. Pero podría sugerirle algo.
-¿El qué?
-Si usa losbotones de milagros para favorecer a una especie determinada sobre elresto, elija la más malvada, astuta y sanguinaria que le ofrezca elplaneta. De ese modo acelerará mucho la evolución de la humanidadreal... ¡Oh, clarol Ya sé que no hará. Pero en tal caso, ¿por qué nodeja que todo siga su curso normal? No toque los botones de milagros ylimítese a esperar los resultados de la evolución. Cuando sus criaturasusen ropas, Y espadas ocúpese de ellas y trate de domesticarlas.Existen técnicas incluso para manipular especies inteligentes, paravolverlas más dóciles 0 fieras. Por ejemplo...
Cuando acabó aquellasesión, Jay manejaba con tanta destreza el creatrón que llarrirnandecidió dejarle solo con sus experimentos durante algunos días. Enrealidad pasó una semana antes de que el robot-mayordomo volviera aanunciar a anunciarle. Jay no estaba ocupado con la máquina, sino yendode un lado a otro en la habitación donde se la habían instalado. Alentrar Harriman fue a recibirlo apresuradamente.
-Harriman, yo... -balbuceó-. Es... es abrumador.
-Esmuy excitante en cuanto se domina la creación, ¿no es cierto? -dijo elsiempre sonriente visitante-. Bien, cuénteme sus experiencias. Mire,señor Crystal, pronto se acabará esta relación profesional. Dentro dealgunos días, si no me equivoco, le borraré de mi lista de nuevosclientes y usted pasará a estar atendido por la sección demantenimiento de la corporación, no por la mía. Cuando tal cosa suceda,confío en que podamos ser simplemente compañeros en este gran arte. Y,¿por qué no«?, amigos. Y ahora, señor Crystal...
-Llámerne Jay, por favor.
-De acuerdo, Jay, siempre que usted me llame Sam... De Samuel, ya sabe. Pero todos mis amigos me llaman Sam.
-Sam... he creado al hombre.
-Felicidades, Jay. ¿Qué es lo que hizo?
-Nada,en realidad. Dejé que la evolución siguiera su curso y... ¡surgió lahumanidad1 Fueron haciéndose muy parecidos a nosotros...
-¿Quiénes? ¿Aquellos necios y bondadosos hombres mono del bosque?
-No,hombre, no -replicó Jay, agitando su mano como si apartara una mosca-Me desembaracé de ellos. Decidí no hacer más trampas, nada de milagros,y empezar desde el principio . Aniquilé mi primer universo...
-¡Todo su universol ¿Por qué no se conformó con aquel planeta?
-Estabademasiado confundido. Quería comenzar de nuevo, partir de cero. Y asílo hice. Establecí las cuatro leyes y la constante de masa y lancé elnuevo universo a toda velocidad. Luego escogí una galaxia de tamañomedio y observé diversos soles amarillos muy prometedores. Simplemente,observé. Muchos de ellos formaron el tipo adecuado de planetas y creévida una y otra vez, solo deseándola, como usted me enseñó. Y dejé quela vida evolucionara como quisiese. Usé la banda de empatla media...Fue una sensación realmente sobrenatural...
-Le creo -dijo Harriman.Los recuerdos hicieron chispear sus ojos-. Es algo que parece salir delestómago, ¿verdad? Todos los animales: tiburones, serpientes,dinosaurios, tigres... A veces usaba el micrófono y sentía cómo dabavida a pequeños organismos. Bacterias, virus... ¡Carambal Me heescindido en infinidad de microbios: sífilis, rabia, célulascancerígenas... y también en los leucocitos que los perseguían. Me hematado y devorado a todos los niveles. No hay otra excitación igual.
-Sí,pero es francamente inquietante --objetó Jay, pasando una nerviosa manosobre su cabello rubio---. Tanto horror, tanta maldad... Cuando llegasa los animales mayores todo es maldad... ¡y toda procedía de imí! Todolo que odio tomaba forma tras abandonar la oscuridad de mi mente. Paraser franco, casi me volvíá loco de vez en cuando. Me costó muchosesfuerzos no apretar los botones de milagros y exterminar un monstruotras otro. Pero lo logré. ¡Esas pesadillas fueron desarrollándose a susanchas¡ -Un estremecimiento le impidió seguir hablando.
-¿Se apartó de la máquina para relajarse? -preguntó ansiosamente Harriman-. Si no lo hizo, puede tener problemas.
-Oh,claro que me aparté. ¿Qué otra cosa podía hacer? ¿Piensa que puedosoportar una empatfa total, o aunque solo sea moderada, con unamasacre? ¿Siendo yo todas las víctimas y todos los asesinos al mismotiempo?
-Bien, bien. Así pues, ¿a qué resultado llegó?
-Civilizaciones,muchas civilizaciones en numerosos planetas. No todas eran dehumanoides... ¡Gran Olimpo, he sido centauro, delfín, canguro, pulpo... ¡ Pero en definitiva, fueron los humanoides los que más mefascinaron. ¡Tan parecidos a nosotros!
-¿Y existían razas dóciles entro sus civilizaciones?
-Niuna -admitió tristemente Jay---. Todas carnívoras y asesinas, comousted dijo, Sam. Supongo que debe ser así al principio. El paraísonunca se perdió... aunque quizá pueda ser encontrado. Quiero proseguiren esa dirección. Mientras tanto... mientras tanto, debo decirlo,algunas de mis razas han hecho las cosas más increíbles. ¡Incluso hanproducido literatura!
-Es un hecho frecuente -asintió Harriman altiempo que sonreía . De hecho, muchos guionistas del cinematrón plagianlas obras de sus criaturas. Es una idea que debe considerar ustedmismo, Jay. Y en realidad no es como hacer trampas, porque suscriaturas son usted. Son una parte de su mente que usted libera...
-Jamásimaginé que pudiera escribir algo como esto. Lo he grabado. -Apretó unbotón-. lEscuchel Naturalmente, es una traducción a nuestro idioma deotra lengua que inventaron mis criaturas. Es mucho mejor en el idiomaoriginal, que yo, ¡gran Olimpo¡, entiendo perfectamente. Se trata de unpoema muy extenso...
La voz remota e impersonal del sintetizador empezó a recitar:
Pues yo tengo fijo en mí, yo presiento que llegará el día
en que perecerá la sagrada Ilión
y con ella su rey y su pueblo.
Pero ni la caída de la ciudad, ni la pérdida de los troyanos,
de la misma Hécuba, del rey, de mis hermanos,
que sin duda caerán sobre el polvo a manos de nuestros enemigos,
me importa tanto como tu propio destino,
cuando un saqueo te arrastrará angustiada y bañada en lágrimas,
perdiendo tu libertad y conduciéndote a Argos,
huérfana de mi protección y cariño,
tendrás que tejer bajo las órdenes de una extranjera
o bien irás a por agua a las fuentes Meseida o Hipería
bien contra tu voluntad, por dura necesidad.
Y alguien viéndote llorar dirá sin duda:
«Esa fue la esposa de Héctor, el más señalado entre los troyanos
en los combates, cuando se peleaba en torno a la sagrada Ilión».
Y de nuevo habrá dolor sobre dolor al conocer que ha muerto tu marido,
el único, que de alentar, llegaría a arrancarte de tu esclavitud.
Pero ¡cúbrame un montón de tierra antes de que oiga tus clamores
y te sepa cautiva de los aqueosl
La voz cesó y Jay desconectó el aparato.
-Nose escribe poesía de este tipo en la actualidad -dijo Jay-. No ennuestro universo. -Por supuesto que no. -Harriman se encogió dehombros---. ¿Cómo van a hacerlo? ¿Cómo vamos a hacerlo? Gozamos de unacivilización cómoda y la píldora de la inmortalidad, y las guerrasestán prohibidas por la Organización de los Planetas Unidos. Examinelas grandes poesías... por ejemplo, ese extracto que usted grabó y que,ciertamente, es magnífico. Los componentes son muerte, guerra yesclavitud, las peores maldades. Pura tragedia.
Sin eso, no haypoesía brillante. Y tampoco hay estímulos, hay que irlos a buscar aesos subuniversos. A propósito, ¿qué raza produjo ese poema? Debe sergente excelente, hasta considerándola según mis criterios...
-Sonlos seres más aterradores de entre todos mis humanoides. -Jay seestremeció-. Su aspecto es insignificante, relativamente hablando. Casitodos los especimenes están muy por debajo de los dos metros y medio dealtura...
-¡Enanos! --exclamó Harriman torciendo el gesto.
-...perocompensan eso con su fiereza, ciega determinación y pura crueldad.Cuando pienso que yo soy ellos... Debo hacer algo. Son un reto a todolo que amo y en lo que creo.
-¿Por qué no se limita a apretar determinado botón? Jay, no vale la pena que se trastorne por ellos.
-No.No habrá más aniquilacioncs. Me lo he prometido. Esas criaturas sonmías. Debo ayudarlas, transformarlas. Pensaré en algo. -Pareció cambiarde tema Sam, ¿puede explicarme una cosa? ¿Para qué sirve ese mando, elque está arriba de todo, a la derecha del tablero?
-¿Qué mando?
-Este-aclaró Jay, tocándolo. Era una pequeña proyección, aparentementeinútil, unida mediante una rosca al cuerpo principal del tablero demandos.
-Ese... Oh, no sirve para nada -explicó llarriman. Se rióbreverriente- No debería encontrarse en esta máquina. En uno de losmodelos había un control extra en ese mismo ugar, para un tipo especialde empatía, pero nos pareció muy peligroso y lo eliminamos. Lo másprobable es que no funcione en este aparato.
-¿Peligroso? ¿Es que el creatrón puede ser peligroso? ¿En el mundo real?
-No,si lo usa sensatamente. Cuando se iniciaron las ventas de creatroneshubo algunos clientes muy poco sensatos que sufrieron accidentes. Enuno de los más graves... Bueno, nunca supimos con exactitud lo ocurridoporque cuando muere el creador, se aniquilan automáticamente todos susuniversos. La existencia de estos depende de la del creador, y aldesaparecer el segundo, desaparecen también los primeros.
-¿Dice que murió alguien? -preguntó atónito Jay-. ¿En Olimpo? ¿Por qué no informaron los noticiarios?
-Nofue en Olimpo, por fortuna. Fue en Amentet, planeta que nuestracorporación controla casi por completo, detalle que nos permitióocultar la noticia. En cualquier caso, la culpa fue del usuario. Seenvició con el aparato y en aquel tiempo no teníamos bastanteexperiencia para detectar los síntomas de esta enfermedad. Era unempleado de la Corporación y creo que se llamaba 0. Siris. Decía una yotra vez que le estaban despedazando y eso fue lo que finalmenteocurrió. Encontraron su cuerpo, aún unido al creatrón, sangrando pormás de diez heridas. Mire, hay sueños que pueden resultar mortales siel individuo permite que se adueñen de él. Ahora ya lo sabe, Jay. Estosmodelos actuales son mucho más seguros que los primitivos, pero... esemonitor cumple una misión. Y si presiente que está en apuros, no dudeen llamarme por el daserófono.
-De acuerdo.
Siguieron pasando losmagníficos días del planeta Olimpo. Jay se absorbió completamente en suafición, su creatrón. Dejó de escribir para el cinematróntridimensional y, en realidad, no precisaba hacerlo: los derechos de-autor de sus obras anteriores le proporcionaban una buena renta,aparte de recibir el salario básico que la Organización de los PlanetasUnidos pagaba a todos los ciudadanos en virtud del Derecho Existencial.La interrupción de su trabajo normal no le preocupó mucho pues sentíaque estaba profundizando en su comprensión de la naturaleza humana. Sunueva máquina de los sueños le permitiría progresar tanto que, cuandovolviera a escribir para el cinematrón, produciría obras maestras. Eldetalle grave era que su dedicación a su subuniverso estaba destrozandosu vida social en el mundo auténtico. Su última amiga, Afro, no cesabade quejarse. Una mañana, Afro, recostada en el lecho antigravitatoriode Jay, tragó la píldora que la convertía inmediatamente en inmortal yestéril. Y a continuación bebió un poco de néctar.
-Jay, me voy --dijo.
-Ah, sí -contestó distraídamente Jay~. Supongo que ya es tarde.
Sedeslizó hasta el otro lado de la cama y cogió su ropa de un modomecánico, sin prestar atención a lo que hacía. Afro se incorporóbruscamente sobre la espuma del campo de fuerza. Sus cabellos, largos yrubios, se agitaron como serpientes y sus ojos azules, el detalle quemás dulzura daba a su rostro normalmente, se contrajeron en un gesto deirritación.
-No -dijo- Lo que quiero decirte es que no aguanto más.¿Quieres escucharme, por favor? Cuando hacemos el amor tienes la cabezaen otra parte. Bueno, no eres el único tipo que... Sam, por ejemplo: esmás divertido estar con él, ¡se interesa un poco por mí! Y no estáatontado por esa máquina. Si quieres volver a verme, Jay, llámame a sucasa.
Jay estaba pensando en otras cosas y dejó que Afro se fuera.
No tenía celos. Además, Sam era ahora su mejor amigo y cuidaría bien de Afro.
Samvenía a verle casi todos los días, para intercambiar detalles sobre lossubuniversos. Su relación vendedor-cliente había concluidooficialmente: no eran más que simples aficionados que se reunían. Samparecía sentirse más tranquilo en cuanto a los peligros potenciales delcreatrón.
-Lo comprobé en la corporación --explicó en una de susvisitas-. El mando de empatía total de tu máquina no funciona. No sé elmotivo, pero el botón sigue estando bajo ese saliente metálico, aunquelos técnicos me aseguraron que no está conectado a parte alguna. Apartir de ahora, todos los modelos nuevos carecerán de ese mando. Y encualquier caso, sé que no harás una locura como aquel tipo, Siris.-Sonrió e hizo un gesto de cabeza, señalando el creatrón-. ¿Qué tal teva, Jay?
-Terrible... y maravillosamente. -Jay tragó saliva-. Encuanto desconecto «Pausa», tengo el control de tiempo dispuesto paraexaminar en una hora un año del planeta que te mencioné. Sí, ya sé quees un procedimiento muy lento, pero es que ahora sigo su civilizaciónal detalle. He avanzado dos siglos desde la época de aquel poema, ¿teacuerdas?, y... están pasando cosas extrañas, Sam. Esas criaturas estándesarrollando filosofía, religión...
-Sí, suelen hacerlo --dijoHarriman, sonriendo nuevamente . Disfruto mucho con las religiones demis criaturas. Todas implican sacrificios humanoides, algunos muyingeniosos en cuanto a sus métodos, y es normal que los sacrificios seofrezcan a... ¿A quién dirías? ¡A mí, el auténtico señor y creador deluniverso, Samuel Harrimant
-También en mi planeta hay algo de eso.-Jay sintió un escalofrío-. Es horrible. Pero tengo esperanzas. Estetipo de hechos está disminuyendo, sobre todo en una franja que ocupa elcentro del mayor de los continentes. En los dos últimos siglos hansurgido algunos hombres brillantes, en diversas culturas. Una pequeñatribu abandonó los sacrificios humanos hace mucho tiempo,sustituyéndolos por los de animales. Y hace poco, uno de sus mejoreshombres denunció incluso esto. Lo más curioso es que afirmó hablar enmi nombre. Explicó a su gente que yo deseaba «misericordia, nosacrificios». Y otros hombres han dicho cosas parecidas en otroslugares. Mira, vamos a la máquina y te lo mostrare.
Una vezacomodados ante los visores, Jay deslizó el buscador a través de lasnubes de aquel planeta azul y blanco. Surgieron las cimas de unaelevada cordillera, llenas de hielo y nieve. Jay maniobró hacia el sur,descendiendo paulatinamente hasta que la visión, similar a la de unáguila, mostró una zona cálida que se extendía ampliamente en ladistancia, repleta de arroyos, junglas y pequeños claros en los quehombres de piel oscura cuidaban arrozales. De vez en cuando los claroseran más grandes y en sus centros, a orillas de los ríos, se alzabanciudades amuralladas. Su planificación parecía bastante buena: mercadosbulliciosos, palacios espléndidos, templos ricamente adornados yparques espaciosos.
Finalmente, Jay concentró la visión en una delas ciudades y enfocó un bellísimo parque. A lo lejos, dóciles ciervoserraban entre los prados y árboles de flores rojas y brillantes. Máscerca, entre los diseminados árboles, había una muchedumbre formada portodo tipo de personas, sentadas, en cuclillas o de pie: grupitos deenjoyados nobles y mercaderes con su guardia personal y esclavos deambos sexos, sacerdotes con la cabeza afeitada y una inmensa multitudde gente ordinaria, hombres, mujeres y ninos, aparte de una hilera desucios y enfermos pordioseros. Hacia el centro de esta muchedumbrehabía un espacio libre en torno a un gran árbol de hojas verdes. Anteel árbol, delante de la multitud, había un grupo de hombres enjutosvestidos con ropas de color amarillo. Y bajo el árbol había otrohombre-, encarado con los anteriores y toda la multitud. Tambiénllevaba vestiduras amarillas, pero era menos delgado que suscompaneros. Su aspecto resultaba imponente y sus facciones eranhermosas y bien formadas.
Esta, al menos, fue la escena que vioHarriman. En cuanto a Jay, la cosa era distinta. No solo veía laescena, sino que él era esa escena: estaba en la tierra y en la hierbay suyas eran las ramas verdes que se agitaban bajo la acción de lacálida brisa. Estas sensaciones resultaban relativamente difusas. Jaysentía con mucha más fuerza la vitalidad del ciervo que pacía a lolejos y la multitud que atestaba la zona más próxima. Jay era el nobleorgulloso y bien alimentado, la seductora bailarina, el joven y robustocampesino que llegaba a la ciudad durante el día, el anciano pordioseroque sufría lo indecible con su rodilla rota...
Pero sobre todo, Jay era el hombre sentado bajo el árbol.
Miróa la muchedumbre a través de los ojos de este hombre y sintió unainmensa compasión. Sufrimiento ... Todo el mundo sufría. Nacimiento,vejez, enfermedad, muerte ... Sufrimientos y más sufrimientos. Elcontraste éntre lo que se apetecía y la desagradable realidad era unnuevo sufrimiento. Y tan solo él conocía el remedio, la liberación, elcamino medio...
Y él, el Iluminado, impartió sus enseñanzas. Lascuatro verdades nobles, el camino óctuple y los cinco preceptos. Todala vida era sagrada: en consecuencia, absteneros de dañar una criaturaviviente. Toda la vida era única: la noción de que se tenía un almaindividual y eterna era la gran ilusión de la que la persona debíaliberarse. Si el individuo se aferraba a ese ego ilusorio, seencontraría atado a la cadena del sufrimiento.
- Sabbe sankhära dukkha.
Laspalabras del idioma de aquel cálido país fluían de sus labios, sonoraspero no extrañas, ya que poseía el don de comprender las lenguas detodas sus criaturas.
-La existencia es sufrimiento...
La multitud estaba impresionada. Algunos de los asistentes se armaron de valor y formularon diversas preguntas.
-¿Qué debemos sacrificar a los dioses, oh Iluminado? -preguntó un sacerdote.
-Elmejor sacrificio es el de la acción moral correcta, el de lamisericordia ante todos los seres vivientes... En cuanto a los dioses,también ellos son criaturas como nosotros y también ellos necesitaniluminación.
-¡Oh, Iluminado¡ -gritó repentinamente una mujer.
Acababade llegar. Apretaba contra sus caderas a un niño que... No, no era unniño. La vida solo existía en él al microscópico nivel de ladecadencia. Era el cadáver de un niño. La mujer se aferraba a estadesgracia personal, y en consecuencia, estaba ligada a ella.
-¡Oh, Iluminado! -repitió-. ¡Tú, que conoces todos los secretos, explícame la magia, el remedio para devolver la vida a mi hijo¡
-Mujer----contestó él-. Ve a todas las casas de la ciudad donde nadie hayamuerto y pide a sus moradores una semilla de mostaza...
-¡Pero eso es imposiblel -replicó la afligida mujer---. ¡Por todas las casas ha pasado la muerte!
-Ese conocimiento -replicó el hombre que se hallaba bajo el árbol- es el único remedio de la muerte.
Jayempezó a retirarse de la escena hasta que empezó a ver el prado dondeestaban los ciervos a través de los ojos de un halcón que planeaba yrevoloteaba sin descanso, emitiendo sonidos lastimeros mientrasescudriñaba el paisaje en busca de una presa. Jay apretó el botón«Pausa».
Mientras ambos se apartaban del creatrón, Jay tradujo a Samlas palabras del hombre sentado bajo el árbol. Jay se sentía tanconfundido como entusiasmado.
-¡Es increíble que este tipo de cosas estén en mi interiorl
exclamóal acabar sus explicaciones-. ¡Yo, el Iluminado! ¡Sam, amparándome eneso podría establecerme como filósofo en este rnundo!
-Es indudableque era tu mundo, Jay -afirmó Sam, sin poder evitar un bostezo-. Mismejores criaturas son incapaces de impartir enseñanzas similares. Enrealidad, mis creaciones manifiestan una fuerte tendencia hacia elzurrismo.
-¿Zurrismo?
-Exacto. La primera verdad noble delzurrismo es la siguiente: Zurra a la rata antes de que la rata te zurrea ti. Así habló mi Zurratustra. Pero debo ser sincero, Jay: tu mundo esbrillante, complejo, artístico. Me gustó mucho toda tu muchedumbre. Lospordioseros, las prostitutas, los nobles... Tienes un talento tremendo.No, me quedo corto. Debería decir que eres un genio. Mis mundos son mástoscos, más simples...
-Sam, ¿qué pretendía decir aquel hombrecuando explicó que los dioses son criaturas como nosotros y tambiénellos necesitan iluminación? Estaba hablando de nosotros, ¿no es cierto?
-Supongo que sí. ¿Qué tiene de extraño?
-Pero es que... parecía que aquel hombre nos conociera. ¡Era como si estuviéramos al mismo nivel de realidad que él!
-¿Ypor qué no? -Harriman exhibió su sonrisa característica. Al fin y alcabo, ese tipo es una parte de tu mente, Jay, por lo que en ciertosentido se encuentra en el mismo nivel de realidad. Y nuestrascriaturas tienen nociones vagas sobre nosotros. Es un hecho que losaficionados al creatrón descubrieron desde el primer momento.---Se rióun instante-. Antes de que aquel hombre, Siris, sufriera el accidente,dijo algo que nos dejó bastante trastornados. A ver que te parece, johIluminado! Dijo: «Nosotros creamos los submundos, pero ¿quién creónuestro mundo? Quiza fueron los habitantes de esos submundos. Nosotroslos creamos a ellos, ellos a nosotros. Vosotros garabateáis mi esencia,yo hago lo propio con la vuestra. jUn engaño mutuo¡ Es el arte creativoel que hace girar los planetas ... » ¿Qué opinas de eso, Jay?
-Heráclito -murmuró Jay.
-¿Qué has dicho? ¿Es una maldición, o algo parecido?
-No.Heráclito es uno de los filósofos del planeta de mi subuniverso. Susideas son semejantes a las que has mencionado. Vive en una zona situadaun poco al noroeste de la que estuvimos observando. Su civilizacióntambién es bastante brillante y estoy seguro de que te gustaría. Sonhombres con un gran sentido artístico y muy crueles. Heráclito es unode los más feroces e inteligentes. Afirma que hombres y dioses estánestrechamente relacionados: unos y otros se generan mutuamente. Tambiéndice que toda la existencia se basa en el conflicto, la lucha, laguerra... Si el conflicto acabara, todo el universo desaparecería.
-Tienetoda la razón. -Harriman sonrió-. Al menos tendría razón en miuniverso, porque yo apretaría el botón de aniquilación si dejaran deproducirse batallas en mi mundo. Es demasiado aburrido soportar una pazeterna. Jay, me gusta más ese Heráclito tuyo que el otro tipo queacabas de mostrarme. Es una criatura muy competente.
-Debo logar queesté equivocado -murmuró Jay-. Oh, he aprendido que cierta agresividades precisa en la primera etapa de la humanidad, ¡pero no tanta como laque se está produciendo actualmente en la mayoría de lugares de mimundo! Guerra, masacres, esclavitud, torturas... No, eso no debeproseguir.
-Estás equivocado -dijo enérgicamente Harriman-. Debeproseguir en alguna parte, Jay, o nos volveremos locos. Aunque no locreas, nosotros, los de la Corporación Creación, hemos salvado anuestra civilización de un colapso general. Deberías haber visto lacantidad de altas que se producían en los hospitales mentales, elnúmero de suicidios e incluso asesinatos que se producían antes de lainvención de esta máquina. La gente necesita estímulos, ¿comprendes?, yahora los tiene con sus creatrones, eso es todo...
Por eso nos podemos permitir una vida pacífica y sin sufrimientos en el gran mundo, en el mundo real.
-Losotros mundos también son reales. Ya lo has admitido antes y yo sé quees cierto. Cuando estoy allí, todo es tan real como aquí. ¡Y pensar queuna vez aniquilé todo un universol -Jay se estremeció y Harriman empezóa reír.
-¡Oye, pero si esa es la mayor diversión de todasl –objetóSam-. Pero es mejor no aniquilarlo todo simultáneamente. De locontrario, todas esas criaturas desaparecen sin darse cuenta. Si vasaniquilando de una forma selectiva puedes divertirte, observando comoesos pobres tontos ven desaparecer sus soles y lunas, luego el paísvecino y así sucesivamente. Yo siempre empleo este método.
Jay contempló a Harriman con un aire de consternación. Y a partir de aquel día, su amistad no volvió a ser nunca como antes.
Muchosdías más tarde, Jay se sumergió completamente en el mundo de sucreación. No salió para nada de su palacio y ni siquiera abandonaba lasala que alojaba su creatrón, ordenando a los robots que sirvieran lascomidas en una mesita situada junto a la gran máquina. Comía a todaprisa y se apresuraba a regresar al terrible y maravilloso planeta azuly blanco.
Siguió manteniendo el control de tiempo al ritmo de un añopor hora, con lo que podía observar una generación del submundo en unpar de días olímpicos. Subjetivamente, cuando se hallaba en empatlamedia o profunda, su tiempo era el del submundo. Es decir, los sueñostridimensionales de Jay colmaban lo que parecía ser la experiencia detoda una vida en tres o cuatro días «reales».
Poco a poco, Jay fueconcentrándose en la cultura que había dado origen al terrible filósofoHeráclito. Estas criaturas estaban alcanzando la cima de la gloria.Numéricamente débiles, habían derrotado, no obstante, a un inmensoimperio oriental: y Jay estuvo allí cuando lo hicieron. Se introdujo enel cerebro de un soldado armado hasta los dientes, en un barco que seacercaba a una isla rocosa, y sintió el júbilo de su criatura al saltara tierra y empezar a lancear a sus atemorizados enemigos. Debería habersido una sensación horrible, pero no fue así: el guerrero se complacíaen lo que estaba haciendo, el simple ejercicio de una de sus mejoreshabilidades para defender su amada ciudad, y no por odio personal. Alterminar la batalla, con todos los enemigos muertos o encadenados,empezaron a formarse palabras en el cerebro del hoplita... y Jaydescubrió que también era un gran poeta. Iba a escribir una tragediapara el próximo festival, y aquel combate formarla parte de ella. Perono ensalzaría el valor de su gente, sino que más bien sería un poema detemerosa admiración ante la justicia de los dioses: como aniquilaban laarrogancia, el ansia de conquista. El héroe de la tragedia sería el reyenemigo. Pero su propia canción guerrera ocuparía un lugar modesto:
¡Oh,hijos de Hélade, adelante¡ Liberad vuestra patria, vuestros hijos ymujeres, los dioses y las tumbas de vuestros mayores: ahora debeiscombatir por todo...
Jay también estuvo en el teatro el día que serepresentó la obra. La tragedia resultó magnífica y lo mejor de todofue que la audiencia lloró por los sufrimientos del enemigo...
Sí, pensó Jay. este pueblo tiene una cualidad de grandeza. Quizá transformen este mundo en algo mejor.
Siguióobservándolos durante dos generaciones. La ciudad que habla luchado tannoblemente se convirtió en imperio, con toda la arrogancia y ansia deconquista que el hoplita había denunciado. Provocaron una y otra vez asus vecinos, hasta que estos se unieron en una coalición contra losprimeros. Atacaron a todo amigo de sus enemigos, incluso a genteneutral...
Jay contempló horrorizado cómo, en tiempo de paz, lasfuerzas de la ciudad cercaron una pequeña población isleña que hastaentonces había permanecido aparte de la contienda. Algunos traidoresabrieron las puertas desde el interior de la fortaleza. El ejércitoinvasor reunió a los derrotados en dos grandes grupos, uno de mujeres yniños, otro de hombres. Después, los soldados empezaron a cortarmetódicamente los cuellos de los varones, entre chillidos de mujeres yniños. Completada la masacre, esposas e hijos fueron embarcados conrumbo a los mercados de esclavos...
También en esta ocasión hubo unpoeta de la ciudad que escribió una obra sobre el suceso. Pero suestilo resultó amargo y espantoso. Situó la tragedia en tiemposlegendarios, aunque la historia fue muy similar: el incendio, lamatanza, las mujeres cautivas... La reina, esclavizada, gritaba:
¡Oh, Dios, nuestro creador y engendradorl ¿Ves nuestra desgracia?
Y las demás esclavas contestaban a coro:
La ve, mas las llamas no se han extinguido todavía...
Jayse apresuró a tocar el botón «Pausa» y se apartó del creatrón. Inclusoabandonó aquella sala. Anonadado, pasó varias horas en su lujoso lecho.
Allevantarse, había perdido toda esperanza de salvación que proviniera delas ciudades de Hélade. Y se sentía profundamente culpable. El, Jay,era el dios insensible al que gritaban en vano aquellas esclavas. Elera los asesinos, los esclavizadores y los torturadores. Debía expiarsus culpas de algún modo. Pensó en los botones de los milagros, perorechazó la idea. No, sería hacer trampas y tampoco resolvería nada. Elmal estaba dentro de él mismo y allí era donde debía atacarlo. Salvaríasu mundo, si el mundo le mataba a él...
Sintió un deseo imperioso dedescender a su mundo, hacer algo efectivo, comprometerse. Luego le vinoalgo a la memoria. No, sería imposible... Sam había explicado que nohabía conexiones. Aunque, pensándolo mejor, valdría la penainvestigarlo.
Volvió a la sala y se dirigió a la parte trasera delcreatrón para buscar las cintas de instrucciones. Nunca las habíaescuchado hasta el final y en esta ocasión lo hizo. Por fin, laimpersonal voz de un robot dijo:
-Control de empatía total. Arriba ala derecha, color púrpura. No tocar, repito, no tocar, a menos que estépresente un ayudante para vigilar el monitor cerebral y, si es preciso,apretar el botón «Pausa» para dar fin a la empatía.
»La empatíatotal produce una ilusión extrema. El operador perderá toda concienciaque no sea la de sus criaturas. Será, subjetivamente, una de talescriaturas hasta que esta muera o sea apretado el botón «Pausa». Esaconsejable que el operador seleccione una criatura que goze de buenasalud y se encuentre a salvo de peligros externos. También esconveniente acordar con el ayudante que active el dispositivo de«Pausa» tras un período de tiempo muy limitado. Además, el operadordeberá asegurarse de estar en perfecto estado físico antes de ensayarla empatía total.
»Repito: Control de empatía total. Arriba a la derecha, color púrpura...
Jay cerró la grabación y llamó a su mayordomo-robot.
-Esa tapa metálica -dijo, señalando la pieza a que se referfa-. ¿Puedes quitarla?
-Por supuesto, señor --contestó el robot.
Elmayordomo abrió con una mano la pequeña abertura que había en su pechometálico y extrajo un instrumento que apenas había cambiado en losúltimos mil años: un destornillador. Luego se inclinó sobre elcreatrón. Un minuto más tarde, el mayordomo se enderezó, mostrando ensu mano un objeto metálico de pequeño tamaño.
-He terminado, señor -dijo.
-Bien. Ahora, déjame solo.
-Señor.
Elrobot salió de la sala. Allí estaba: un botón púrpura que no sediferenciaba en tamaño o forma de otros muchos de la gran máquina. Noservía para nada, por supuesto, se dijo Jay, pero podía ser una ayudapsicológica. Su plan consistía en llegar a un estado de profundaempatía, elegir una criatura que valiera la pena, apretar el botón yseguir a dicha criatura a través de su vida de esfuerzos en pro de lajusticia y la caridad. Debería ser alguien parecido al gran iluminado,aunque tal vez más activo, más apasionado. No lo buscaría en elOriente, ni tampoco en Hélade. ¿Quizá uno de los miembros de aquellapequeña tribu que vivía en una zona intermedia, cuyos profetas sehabían opuesto a los sacrificios desde hacía mucho tiempo?
Pulsó elbotón «Marcha» y la historia siguió su camino. Jay localizó la tribuque buscaba. Habían sufrido diversas tribulaciones, pero parecíanhaberlas superado, y su fe en un dios justo y misericordioso era másfirme que nunca. Los helenos dominaban el centro del planeta y tratabandespóticamente a aquella tribu. Querían que ellos imitaran a loshelenos y aceptaran el mundo tal como era, con toda su sensualidad ycrueldad.
Pero la tribu se resistía furiosamente. La persecución quesufrían sus miembros solo servía para estimularlos a desarrollaresfuerzos todavía mayores. Por fin, los helenos fueron dominados porotra potencia occidental. Los nuevos caudillos eran gente aún másinflexible. Al principio favorecieron a la pequeña tribu, pero estasituación no podía prolongarse mucho. Los nuevos dominadores formabanun gran imperio y estaban totalmente influidos por los valores helenos.Eran los mayores esclavizadores de la época, ricos, arrogantes ydespiadados. La masacre de la población insular volvió a repetirse eninfinidad de ocasiones a lo largo de las costas de aquel marintermedio, hasta que el imperio se hizo insoportable y Jay se encontródesesperado.
Era muy de noche. Apretó el botón «Pausa», fue hasta su dormitorio... y apenas pudo concilar el sueño.
Ala mañana siguiente se levantó un poco más tarde de lo normal,desayunó, aunque mas bien poco, y ocupó su puesto ante el creatrón.Apretó el botón «Marcha» y buscó a su tribu favorita, encontrándola talcomo había esperado: sus miembros ardían de justa ira contra sus amos,los dominadores del imperio.
Todos tenían el mismo presentimiento: había llegado la hora.
Alborde de un río se hallaba un hombre, un profeta. Un grupo deperegrinos se aproximaba hacia él. El profeta hizo que todos searrodillaran en el cauce del río y vertió agua sobre sus cabezas, enseñal de purificación.
-¡Preparad el camino del Señor! -gritó.
Jayanalizó la personalidad del profeta. Sí, había fuego e indignación enaquel hombre, pero también una cierta intolerancia, una falta deequilibrio. ¿No podía encontrar ... ?
Un nuevo peregrino se acercó ala orilla del río. Era un hombre joven de corta y aseada barba,cabellos hasta los hombros y ropas pobres pero limpias.
Jay no tuvonecesidad de analizar a fondo al recién llegado. Ya estaba sintiendo laatracción, la grandeza de aquel alma, su vehemente piedad.
Jay alzó su mano derecha y apretó el botón púrpura.
Lahabitación estaba iluminada por el sol de mediodía de Olimpo cuando leencontraron. Afro fue la primera en entrar, precediendo a Sam. Cuandola mujer vio aquel cuerpo inerte aferrado a la máquina, gritó y seabalanzó hacia Jay.
-¡Sam, está sangrandol ---exclamó.
-Ojalá solo se trate de eso -murmuró Harriman.
Samcorrió hasta la parte derecha del creatrón y apretó el botón «Pausa»antes de examinar a Jay. Brotaba sangre de los antebrazos del creador.Afro se inclinó sobre el pecho de Jay para comprobar si el corazónlatía y tocó los labios del herido.
-¡Vivel -dijo muy contenta-. Sam, ¿qué ha sucedido?
-Melo imagino --contestó Harriman, mirando con aire sombrío el botónpúrpura-. Esos estúpidos técnicos me aseguraron que... No importa.Vamos a sacarle de ahí. Con mucho cuidado, podría tener algún huesoroto. Es una suerte que insistieras en venir hoy aquí. Creo que nodebía haber nadie vigilando el monitor, en la corporación. No, no lomuevas todavía. Pediré ayuda. Los robots, siguiendo las instruccionesde Sam, pusieron a Jay en una camilla y le condujeron a su lechoantigravitatorio. El accidentado gimió y abrió los ojos.
-¿Qué ocurre? ¿Dónde ... ? -balbuceó.
-Tranquilízate,Jay -dijo Harriman-. Pronto estarás bien. Sufriste un pequeñoaccidente, pero te hemos encontrado a tiempo. Has tenido mucha mássuerte que aquel tipo del que te hablé, Siris. Tienes varias heridas,la peor la del costado, aunque no parece afectar tus órganos vitales.No hables todavía. Te aplicaremos el doctor automático dentro de poco yluego...
Las heridas de Jay fueron curadas en cuestión de segundos,y dos minutos después entró en la fase de sedación. Respiróprofundamente y se sentó en la cama.
-Bien, ¿qué te ocurrió?-preguntó Harriman. Sus ojos reflejaban ansiedad-. Jay, en ciertosentido me alegra tu accidente. Jamás habíamos tenido estaoportunidad... Nadie que haya experimentado la empatía total,exponiéndose a peligrosas consecuencias físicas, ha vivido paracontarlo. ¿Qué sentiste?
Jay explicó su experiencia.
-¡Caramba!--exclamó Harriman---. Jamás se me habría ocurrido ese método. Jay, tumente es increíblemente creativa. Y ahora, claro está, podré empleartus ideas en mis mundos... Es una pena que te sucediera a ti, aunquefuera de un modo subjetivo. Bien, espero que hayas aprendido lalección. Escucha, ya he llamado a la corporación y ahora hay un equipode técnicos en la sala donde tienes tu creatrón. De momentodesconectarán ese botón púrpura, como medida precautoria. Después deeso, si quieres, te entregaremos una máquina nueva. Es lo mínimo quepodemos hacer por ti, teniendo en cuenta que tu accidente se debió anuestra falta de cuidado.
-No -dijo Jay. Saltó de la carna---. Ordena a tus hombres que se detengan.
Corrió hacia la puerta. Harriman se puso delante.
-Tranquilízate, Jay. ¿Qué ... ?
-¡No quiero que aniquilen mi universol
-No harán tal cosa. Ese privilegio te corresponde. Supongo que desearás aniquilarlo lentamente, empezando por esos tipos que...
-No.No pienso aniquilarlo, no voy a tocar nada de ese mundo. No voy aensayar la empatía total de nuevo, por descontado... No me hace falta.Ahora ya sé lo que se siente siendo un hombre que vive en un mundo dedolor, sufrimiento y crueldad. Y también sé que es imposible eliminarel dolor, el sufrimiento y la crueldad. Ni siquiera lo hemos logrado ennuestro mundo. Lo único que hemos hecho ha sido apartar esas desgraciasde nuestros egos deiformes, ocultarlas en lugares como esos universosde los creatrones. El dolor y la maldad deben existir, porque el dolorintensifica el placer y la maldad realza la bondad. Lo importante, Sam,es saber de qué lado estás.
A partir de aquel día, la vida de Jay enOlimpo se hizo más normal. Siguió escribiendo para el cinematrón, y loscírculos artísticos aclamaron la aparición de un nuevo genio del drama.Dejó de ser un escritor de pequeñas y delicadas piezas y se convirtióen un poeta apasionado, algo sin precedentes en la historia de Olimpo.Algunos olímpicos se quedaron perplejos, otros reconocieron sugrandeza. En definitiva, Jay logró un éxito total e incluso alcanzópopularidad social.
Y Afro volvió a compartir su cama.
-Me gustasmucho más que ese Sam -dijo ella estremeciéndose-. Jay, lo hedescubierto de la forma más difícil posible. ¿Sabes el qué? Sam es unsádico.
Jay también dedicó muchas horas a su creatrón, aunque porsimple curiosidad, no por afición. El imperio anterior se desmoronó yluego, para su sorpresa, Jay contempló cómo le aclamaban igual que a undios y cómo se levantó un, nuevo tipo de imperio en su nombre. El nuevoimperio habló del amor y la caridad universales y, al mismo tiempo,preparó cruzadas para masacrar a herejes e infieles.
Jay esbozó unasonrisa irónica. Siempre se repetía la misma y aburrida historia: lasvictorias sobre la crueldad no tardaban mucho en dar paso a máscrueldades.
También aquel nuevo tipo de imperio sucumbió. El planetaquedó dividido entre varias naciones importantes que hacían grandesprogresos en la ciencia física. Todas empezaron a devastar su mundo.
-A este paso -pensó Jay-, ¡pronto se convertirán en nosotros! Y entonces, ¿quiénes serán dioses y quiénes criaturas?
Devez en cuando, alguien ocupaba el visor secundario. No Harriman, sinoAfro. La amiga de Jay disfrutaba mucho con el mundo de Jay, era lacompañía perfecta. Afro amaba tanto a pecadores y villanos como asantos y virtuosos, aunque su verdadera debilidad eran losconquistadores.
-¡Oh, qué atractivo! -exclamó al contemplar a unjoven oficial de artillería que se había nombrado emperador y demolíaviejos reinos con la misma rapidez con que sus hombres avanzaban.
-Teparece atractivo ahora? -preguntó Jay. El gran ejército había quedadodiezmando por el frío y la nieve, mientras que el emperador seapresuraba a regresar a su lejana capital.
Afro echó a un lado los rubios mechones de su cabello.
-No-admitió-. Además, es un poco viejo y está echando barriga. En cambio,ese emperador joven, el del otro bando... y ese general tan rígido...¡Estos sí que son divertidos!
Jay sonrió. Se estaba acostumbrando alpunto de vista de Afro, que parecía presidir su mundo como un espíritude belleza. Sí, dolor y maldad debían estar allí. Numerosas aves derapiña poseían una belleza tan terrible como cierta, incluso lashumanas. Seguía siendo preciso elegir la bondad, pero si era posibleelegirla con sinceridad era únicamente debido a que la bondad jamáspodía triunfar por completo. Y así, el gran juego proseguía sin cesar.
¿Teníasentido todo aquello? Jay no estaba seguro. A veces creía que sí, aveces se sentía abrumado por el enorme misterio que emanaba delsubuniverso.
Siguió buscando sabiduría entre los subpobladores de suplaneta azul y blanco. Si bien la ciencia de sus criaturas era tosca,la filosofía y teología resultaban a menudo bastante sutiles. Teníanmucho que decir acerca de la naturaleza de Jay, cosas que lesorprendían completamente.
Por fin, casi dos mil años de subtiempodespués del accidente con el botón púrpura, surgió una nueva idea entrelos filósofos y religiosos. Jay se introdujo en las mentes de susotrora adoradores (permitiéndose únicamente una empatía moderada) ysupo lo que pensaban y decían.
-¡Dios ha muertol -repetían con voz grave.
Jay sonrió y apretó el botón «Pausa».
-¡Cuánequivocados estáril -comentó a Afro-. Y no saben la suerte que tienende estar equivocados. Pero es cierto: en una ocasión, ellos y yo nossalvamos por un pelo...