ULTIMAMENTE, ESTOY RECIBIENDO UNOS MAILS, QUE SEGUN DICEN, ESTAN ESCRITOS POR MI; SNAKE ; EN ESOS MAILS, DICEN QUE AGRADECIDOS POR LOS TRABAJOS QUE SE HACEN EN SU NOMBRE,(INVOCACIONES, PACTOS CON EL DIABLO, AMARRES, HECHIZOS, Y COSAS AFINES..:) SE DA LAS GRACIAS, Y EN ALGUNOS DE ELLOS, SE DICE, "QUE EL DINERO QUE FALTA POR PAGAR, EN LO MAS BREBE POSIBLE, SERA ABONADO, ASEMAS DE VOLVER A DAR LAS GRACIAS POR LA ATENCION PERSONAL , Y LAS COMODIDADES QUE LES HAN DADO, PARA ABONAR DICHAS ATENCIONES.
NOTA, EN ESTAS PAGINAS, NO SE VENDE NADA, SOLO HACE A VECES REFERENCIAS A ESCRITOS OSCUROS, HISTORIAS QUE HAN PASADO, TESTIMONIOS DE GENTE, CON PROBLEMAS; Y GENTE QUE TOMA ESTOS SITIOS PARA SUBIR SUS ORACIONES( NO CATOLICAS, NI CRISTIANAS), Y POR ESO SE LE HA PUESTO EL TABU DE BRUJERIA; ESO, ES OTRA HISTORIA, NO COMULGAMOS CON NINGUN GRUPO RELIGIOSO, LO UNICO QUE NOS MUEVE, ES LA CURIOSIDAD.
PERO, LO PEOR, NO ES ESO, LO PEOR, ES QUE GENTE "ESTAFE DINERO" A PERSONAS QUE EN REALIDAD, ESTAN PASANDO POR MALOS MOMENTOS, Y ENCIMA CON NOMBRES Y PAGINAS AJENAS; SI ALQUIEN RECIBE UN MAIL EN NOMBRE DE ESTAS PAGINAS, DICIENDO QUE TIENE SOLUCION PARA TU PROBLEMA, NO HAGAS CASO, SON ESTAFADORES.
ATENTAMENTE : SNAKE
RITUALES DE MAGIA
60 Rituales
· RITOS: LOS RITUALES SON LA PERFECCION ENERGETICA DE AYUDA AL INDIVIDUO ENFERMO DE UN ATAQUE NOCIVO PSIQUICO.
· RITUALES DE LIMPIEZA PARA SACAR ESPIRITUS.
Rudamacho, ruda hembra, laurel, càscara de cebolla, càscara de ajo macho yhembra, incienso. Quemar con carbones y pasar por toda la casa de atràspara adelante rezando su oraci+on de preferencia. Luego de hecho estopasar por todos los zòcalos de la casa durante 7 dìas, lo mismo que conla defumaci+on , limòn. Luego de haber pasado por los 7 dìas delimpieza se comienza con la defumaci+on de apertura. Incienso, cafè,tè, canela, azùcar, laurel, yerba y sàndalo, durante 7 dìas. Jabones delimpieza durante los 14 dìas que dura el ritual.
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· RITUAL DE CORTE DE MAGIA NEGRA CON SAN CIPRIANO
Durante 4 viernes consecutivos preparar una vela sapo verde, se ahuecarà y en un papel blanco se escribirà lo siguiente: EN EL NOMBRE DE TODOS LOS ENEMIGOS.Si se conoce el causante del daño se pondrà el nombre del mismo. Debajodel plato colocar el nombre de la persona a curar. Se acompaña con unvaso de agua a la izquierda del mismo y a la derecha conos SanCipriano. Los restos se despachan por agua. Al lunes siguiente seencenderàn 3 velas San Cipriano en forma de triàngulo. Despuès de las18 hs.
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· RITUAL COMPLETO DE CORTE Y LIBERACION DE SAN JORGE
Comenzarun dìa martes o viernes despuès de las 18 horas. 7 velas S. Jorge. 7espadas S. Jorge. 7 nudos S. Jorge. 7 puños S,Jorge. 7 llaves S. Jorge.Siempre deberà acompañarse con un vaso de agua y conos S. Jorge. Losjabones de limpieza deberàn usarse durante todo el ritual. Se prenderàuna vela por dìa, hasta finalizar todo el ritual Despachar en agua opasto las llaves.
· RITUAL DE RETORNO (CUANDO UNA PERSONA SE ALEJA)
1vela sapo rojo. conos uniòn de pareja. pò retorno o uniòn aceite reinade la noche. Ahuecar la vela sapo y rellenar con un pedido en papelblanco donde iràn los nombres en forma de cruz. En forma horizontal elde la persona y en forma vertical el de la que se desea retornar. Esteritual se harà un dìa màrtes o viernes luego de las 18 hs. Repetir a lasemana, si fuera necesario. . .
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· RITUAL PARA CURAR VERRUGAS:
1paquete de sal gruesa nuevo. 1 botella de aceite nuevo. 1 toalla blancanueva. Este ritual se harà durante 7 dìas consecutivos. 1 grano de salpor cada verruga. En cada una de ellas tomar el granito de sal y enforma de cruz sobre la misma se rezaràn 7 Ave Marìa y 7 Padre Nuestro.Luego pedir al Espìritu Santo que corte todo mal en la persona a curar,Luego con el aceite bendecir en forma de cruz la verruga, la palma y eldorso de la mano. (la sal se tira por agua). Al tercer dìa de cura conla palma de la mano del curador se da energìa vizualizando el colorverde imaginando que se està arrancando la verruga y luego vizualizarel color violeta. Al 7 dìa se la verruga està bien dura con un alicatese corta lo que sobra de ella. La persona deberà quedarse 15 minutoscon las manos en la toalla. (previo al corte con alicate la personadeberà poner sus manos en remojo para ablandar el corte)
· TRABAJOS DE SALUD:
Se invocarà para estos trabajos la asistencia de San Pantaleòn. Velasmitad blanca y mitad verde. Prender una de èstas velas, sobre elsìmbolo, junto a un vaso de agua a la izquierda y a la derecha 3 conossalud. Con la cinete, tocar haciendo cruces sobre la llama, rezando laoraciòn correspondiente. TU,QUE SUFRISTE EN CARNE PROPIA LA INFUSTICIA DE LOS HOMBRES Y CONOCES ELSECRETO DE LA ENFERMEDAD Y DE LA MUERTE. AYUDA A LOS ENFERMOS YNECESITADOS, CURA SUS LLAGAS, CICATRIZA SUS HERIDAS PARA QUE LA SALUDVUELVA A ELLOS Y NO LOS ABANDONE JAMAS. QUE ASI SEA.
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DOLOR DE CABEZA:
4 velas paloma blanca 4 sahumerios de varilla salud.(o conos salud)Dentro del cìrculo màgico de S. Pantaleòn, colocar 4 palomas en formade cruz. Previamente perfore cada una de ellas por la base, colocandodentro el nombre de la persona doliente untado con miel. Acompañe eltrabajo con sahumerios en varilla salud o 3 conos salud.
· PROBLEMAS DE VISTA:
2limones pequeños. miel olivo algodòn Shaumerio en varilla de incienso oconos 1 velòn 7 dìas blanco Coloque la foto de su paciente sobre elsìmbolo màgico, invocando la ayuda de S. Pantaleòn. Apoue los doslimones a la altura de la cabeza de la foto, untados previamente conmiel. Cubra todo èsto con algodòn y ramitas de olivo. Vele el trabajodurante 7 dìas, utilizando diariamente sahumerios efectuados con hojasde olivo e incienso.
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· ECZEMAS Y SALADURAS:
Prepareuna pomada a base de manteca y azufre en polvo, en cantidades iguales.Adicione 7 gotas de tintura de todo. Unte las partes afectadas durante7 dìas. Agradezca con 9 velas para el santo y un sahumerio salud.
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· PARA SACAR A UN ENFERMO DEL HOSPITAL:
1 bolsita de tela verde del tamaño de un puño. 9 velas en forma deSansòn blancas. 1 estampa o imàgen de Sansòn 1 metro de cinta verdefina 1 medalla de S. Pantaleòn 1 cruz de caravaca pequeña 1 porotoguaycurù Eucaliptu ruda Coloque dentro de la bolsita la estampa, lamedalla, 7 hojas de eucalipto y 7 de ruda, la cruz y el poroto. Escribael nombre de la persona (completo) sobre la cinta y ate con ella labolsa. Colòquela sobre el sìmbolo màgico de S. Pantaleòn y vèleladurante 3 dìas consecutivos con las velas de Sansòn (3 por dìa) enforma de triàngulo y la bolsa en el medio del mismo. Finalizado eltrabajo, coloque la bolsita debajo de la almoada del enfermo.
· TRABAJOS DE ABRECAMINOS:
1velòn rojo 7 velas rojas 7 trozos de papel rojo del tamaño de 1 pañuelo7 pochoclos 7 maices rojos 7 monedas de uso corriente 7 caranelos demiel 7 trozos de cinta bebè roja de 0,50 cm. c.u. Arme 7 paquetitos conlos papeles rojos, colocando un ingrediente en c.u.y atàndolos luegocon la cinta roja. Acomodar dentro del sìmbolo de San Antonio ydistribuya 7 velas rojas en su contorno. Rezar la oraciòn del Santo yencienda un sahumerio para dinero y otro para trabajo. Luego de las 21hs. entreque los paquetes a su paciente, quièn deberà caminar 7 cuadrasconsecutivas depositando un paquete en cada esquina hasta terminar conellos. Regresarà por otra calle y al llegar a su casa, agradecerà a S.Antonio encendiendo el velòn rojo 7 dìas u una l lave roja.
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· SENCILLO ABRECAMINOS:
7 Velas llave rojas 7 monedas 7 puñados de arroz Con el nombre de lapersona anotado en 7 papelitos juntamente con su fecha de nacimiento,encender 1 llave roja por dìa, colocando un papel una moneda debajo deella.Rodèela con un puñado de arroz. Vaya juntando todos los restos enun papel rojo.Terminado el trabajo, caminar 7 cuadras. En la ùltimaesquina depositar los restos de velas, cubrirlas con el arroz yrodearlo con las 7 monedas. Usar lociòn atrae dinero y jabonesabrecaminos durante 7 semanas.
· ABRECAMINOS AFRICANO:
4 velas de S. Cipriano 4 velas rojas 4 velas negras 4 velas blancas 1fluìdo S.Cipriano 7 varas de membrillo 1 sahumerio en conos S. Cipriano1 botella de aguardiente o caña tipo ombù. Se requiere tranquilidad ypaz interior y un ambiente calmo en su recinto. Pare a su pacientefrente al altar con los ojos cerrados y pìdale que rece 3 PadreNuestros con mucha devociòn. Mientras tanto usted prenda una vela S.Cipriano en cada esquina de su recint (a modo de protecciòn del lugar)Tome las varas de membrillo y pàselas por el cuerpo de su paciente,sacudiendolas sobre el piso, pidiendo la liberaciòn de todo mal, detoda hechicerìa, que ha cerrado sus caminos. Con la tijera ritual,corte el aire en forma de cruz desde la altura de la cabeza hasta lospies. Limpie a su paciente primero con las velas rojas encendidas,luego con las blancas y despuès con las negras, quebràndolas cada vez asus pies. Colòquese fluido en las manos y haga una descarga final a supaciente. Entregue los conos para que los use en su casa durante 2semanas, igual que el fluido. Luego de consumidas las velas de lasesquinas, lleve los restos a una esquina y vacìe el contenido de lacaña sobre las mismas.
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· ABRECAMINOS CON VELAS DE MIEL
7velas destrabe de miel Pò abrecaminos Pò trabajo Pò destrabe 1 vaso demiel. Vuelque el contenido de los 3 po en un vaso de miel, mezcle todo.Sobre un plato playo coloque el nombre de la persona escrito en unpapel 7 veces. Vuelque todo el preparado, tape el nombre con 21 monedasy encienda 1 vela por dìa a la cabecera del plato. Una vez velado dejetodo en un cruce de calles que tenga bastante movimiento.
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· ABRECAMINOS DE SAN JORGE:
3puños de San Jorge 1 pò abrecaminos 1 pò destranca 1 jabòn de S. Jorge7 caramelos de miel 3 monedas en uso 1 medalla de san Jorge. Escriba en3 papelitos y de ambos lados el nombre del paciente y envuelva 1 a 1las monedas. Perfore las velas puño por la base y coloque lasenvolturas de a una en ellos,sellar con vela roja. Sobre el sìmbolo deSan Jorge coloque la medalla en el medio, acomode los puños en forma detrìangulo y rodee estos con 7 caramelos de miel (sin envoltura) Juntelos restos y deposìtelos el la puerta de 1 banco. El paciente se bañaràutilizando el jab+on durante 21 dìas consecutivos y llevarà la medallaencima a modo de amuleto.
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· TRABAJOS DE UNION DE PAREJA
Setrabaja comenzando un dìa viernes, cuando la luna està en cuartocreciente, durante 7 dìas. 7 velas Adàn y Eva. miel, canela, tabacorubio y cinta bebè roja. 7 velas blancas 1 caja de conos San Marcos,uniòn y paz espiritual. 1 pò retorno o uniòn o amarradiño (segùn elcaso) En la frente de cada vela hacemos 1 hueco y a ella le ponemos elnombre de èl y a èl el de ella y la volvemos a sellar. En el pecho deambos hacemos un hueco y le ponemos incienso y canela (sellar) Con lacinta B.B. hacemos 2 nudos en el cuello (con pedidos) 3 nudos en lacadera (con pedidos) y 2 nudos en las piernas (con pedidos) Se enciendeuniendo los 2 pabilos. Sl lado de la vela pareja, prendemos una velablanca, invocando a nuestro Angel (optativo). Alrededor de la vela ,sobre el plato, hacemos un cìrculo con azùcar y canela. Se espolvoreala vela con los Po o en caso de no tener con canela y tabaco. Una vrzque tenemos los restos y finalizados los 7 dìas, se entierran losmismos en una maceta con semillas de alfalfa y cuando lo enterramosdecimos:
ASI COMO CRECE ESTE PASTO, QUE CREZCA EL AMOR DE ESTA PAREJA (y se la nombra)
Si la planta crece, el trabajo està hecho con felicidad. Si no, es queesta pareja no era de Dios que estuviera unida. Otra opciòn esdepositar los restos con bolsa cerrada en la puerta de un hotelalojamiento o sobre pasto. Antes de cerrar la bolsa cubrimos los restoscon miel. La oraciòn que se reza en èste ritual es la sig: Oh, SanMarcos de Leòn, tu que sesarmaste a la fiera màs grande del mundo,desata todo trabajo adverso que exista entre...N N y N N Que se desarmeel corazòn de N.N. que corra, que venga, que nadie lo detenga, que lascalles se le acorten y que los pasos se alarguen para que llegue comoun manso cordero humildemente rendido a sus pies. Amèn..
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· DESUNION DE PAREJA (pareja de novios)
Se hace un dìa martes, preferentemente en la fase lunar de cuarto menguante.
ELEMENTOS A USAR:
1) Si estàn trabajados o sea unidos por magia, usaremos velas pareja de novios negra.
2) Se estàn unidos solamente por la parte sexual, velas parejas rojas.
3) Si estàn unidos solamente por amistad, velas pareja blancas.
4) Se usaran de 3 a 7 parejas.
Vamosa trabajar la mente de cada uno de ellos con un agujerito en la frentey ponemos los nombres cambiados y los lacramos con pimienta negra engrano, pòlvora y azufre. En el corazòn y sexo hacemos lo mismo pero sinponer los nombres.Siempre mentalizando el pedido de ruptura. Ponemos lapareja en un plato blanco. Encendemos la vela y una vez que llega a laparte de la mente cortamos con un cuchillo de mango blanca la pareja enel medio y decimos: Asì como corto esta vela, pido que se corte estarelaciòn malèvola, con el poder de Adonai, Alfa y Omega, que aceptastesde Abraham, tu fiel servidos, con la humildad te suplicamos, oh,magestad que por tu potencia se corten los males. Que cortes estapareja malèvola por el bien de todos, sea cortada yà.
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· ABRECAMINOS.
GANANCIA ECONOMICA.
Dibujarel sìmbolo de San Jorge con pemba roja. Disponer alrededor de èl, 7velas S. Jorge, debajo de cada una, poner 1 papel con el nombre de lapersona a ayudar. En el Centro del sìmbolo colocar una vela figurahombre o mujer, que represente al paciente.Encima de la vela figuraespolborear con pò abrecaminos, destrabe y atrae dinero. Encender lasvelas de izquierda a derecha, mientras se reza la oraciòn de San Jorge.Una vez finalizado el trabajo, poner todos los restos en una bolsita ydejar en la puerta de un banco o sobre pasto. Los platos se lavanprimero con vinagre y luego con jabòn de miel.
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· TRABAJOS PARA ATRAER A UN HOMBRE.
ELEMENTOS A USAR:
7 velas flor rojas. 1 vela hombre roja 1 pò de liga y de uniòn. 1 velacorazòn roja 1 cazuela de barro mediana. 7 vasitos pequeños vìrgenes 1lociòn pega hombre. Escribir con un alfiler virgen el nombre de lapaciente sobre la vela hombre, adelante y atràs. Untarla con miel yespolvorearla con ambos pò. Ponerla sobre la cazuela, la cual estaràcolocada sobre el sìmbolo de Santa Bàrbara. Distribuya alrededor los 7vasos, coloque en el fondo de cada uno el nombre de la paciente.Llènelos hasta la mitad con agua, un poco de miel, 21 gotas de lalociòn pega hombre y 1 chorrito de agua bendita o consagrada. Sobrecada vaso coloque una vela flor roja. Encender todas las velas,invocando la ayuda de Sta. Bàrbara, con su cineta ritual. El despachose realizarà en una esquina donde la paciente encenderà la velacorazòn, pidiendo a Sta. Bàrbara que le ayude a atraer al hombre amado.
· ORACIONDE SANTA BARBARA PARA UNIONES DE PAREJA. GUERRERA DE LOS CIELOS SANTABARBARA BENDITA, ATIENDE MIS SUPLICAR DE AMOR PARA QUE........Y........ SE UNAN EN CUERPO Y ALMA, PROTEGIENDOLOS PARA QUENADIE SE INTERPONGA EN SUS CAMINOS DE FELIDIDAD Y UNION. UNGE MISCABELLOS Y APLACA MI SED CON TU INFINITO AMOR HACIA MIS BUENOS DESEOS.PODEROSA JUSTICIERA DE LO IMPOSIBLE, LUCHA EN LA DEFENSA DE ESTOSAMANTES ETERNOS. QUE ASI SEA.
ORACIONDE RETORNO: ESPIRITUS DE LUZ, GUIAS Y PROTECTORES NUESTROS, SILFOS YNEREIDAS, GNOMOS Y SALAMANDRAS, HAZ QUE........VENGA HACIA......., QUENADA LO DETENGA, QUE CORRA Y QUE CORRA Y QUE NADIE LO SOCORRA, QUE NOPUEDA DORMIR, NI COMER, HASTA QUE RETORNE A LOS BRAZOS DE SU AMADA.
TRABAJO DE LIMPIEZA DE HOGARES:
CURACION DE UNA CASA CON SU DIAGRAMA:
1croquis de la casa. 8 velas de miel. 8 monedas. miel. 1 puñado de ruda,romero, alhucema y alcanfor. 1 fluido lava casa. 1 caja de conos sai demim. pò destranca y abrecaminos. Coloque el plano sobre el sìmbolo deSan Jorge, rocìelo con miel, los dos pos y salpique con el fluido ,cubra todo con las hierbas. Distribuya alrededor del sìmbolo (del ladode adentro) las 8 monedas y sobre ellas una vela de miel. Intercale losconos como es habitual. Encienda las velas y los conos, rezando laoraciòn de San Jorge.Finalizado el trabajo, coloque el croquis dentrode una bolsa, sin deteriorarlo, con todos los elementos arriba ydeposìtelos en una plaza al amanecer.
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· LIMPIEZA DE CASA POR MAGIA NEGRA:
7varas de membrillo. 4 platitos. 4 vasitos. miel. 1 botella de cervezablanca. 4 velas blancas. Velas espada de San Jorge, tantas como puertastenga la casa. 1 velòn 7 dìas de San Cipriano. 3 velas destranca negras1 fluìdo lava casa. 1 fluìdo ruda. 1 fluìdo S. Cipriano. 1 vela 7colores. Elementos para defumaciòn: incienso, laurel, benjui, lavanda,raspa de chifre, pò de mico, azufre y 7 gramos de pimienta da costa. 7carbones vegetales. Prenda la vela de 7 colores al lado de la puerta deentrada, rezando la oracion de apertura de trabajos. De èsta formapedirà energìas y poder a las 7 fuerzas del cosmos. Defume la casa conla mezcla de hierbas. Coloque en cada rincòn terminal de la casa unplatito con una vela blanca rociada con miel, acompañe cada vela con unvaso de cerveza. Dibuje el sìmbolo de S. Jorge en la puerta de cada unade las habitaciones con una pemba roja, encendiendo una espada en sucentro. Recorra las paredes con las velas destranca encendidas una porvez, comenzando por el costado derecho de la puerta de entrada yretornando por el izquierdo, quebràndolas al llegar a la puerta deentrada (haciendo cruces). Salpique el piso de toda la casa, de atràshacia adelante con el fluido lava casa. Por ùltimo, descargue a losintegrantes de la familia, utilizando las varas de membrillo. Esto serealiza de arriba hacia abajo, golpeando el piso con las mismas a modode descarga y quebràndolas al terminar con la ùltima persona. Apagueud. mismo las velas blancas, mojàndolas en su respectivo vaso decerveza. Arroje el contenido de los vasos en el cordòn de la vereda.Las demàs velas quedaràn encendidas. Ud. solamente se llevarà losvasos, los platos, las velas blancas y las varas de membrillo, quedejarà en una esquina a màs de 7 cuadras de la casa.
Su pacientelavarà el piso con el fluìdo de ruda y San Cipriano diluidos en unbalde con agua. Una vez apagadas las demàs velas, que se despacharàn alrìo, junto con el sìmbolo,, si està hecho con artulina. Si estàdibujado en el piso, borrarlo con los fluidos. El velòn quedarà enmanos de su paciente, quièn deberà encenderlo al otro dìa.
· DEFUMACION DEL HOGAR.
7pellejos de ajo 1 bolsita de incienso 1 bolsita de benjui 1 de alhucema1 de ruda 1 de contrayerba 7 carbones vegetales Defumar de atràs haciaadelante repitiendo la siguiente oraciòn: CASADE JERUSALEM, DONDE JESUS ENTRO EL MAL DE ALLI SALIO, PARA ENTRAR PORSIEMPRE EL BIEN. YO PIDO A JESUS TAMBIEN QUE EL MAL SE VAYA DE AQUI,PARA ENTRAR POR SIEMPRE EL BIEN POR ESTE GRAN SAHUMERIO. AMEN.
LIMPIEZA DE NEGOCIOS CON DIAGRAMA:
Uncroquis del negocio. 3 velas tijera S.Jorge. 3 velas llave blancas. Unavela de forma figura S. Jorge. 1 pò destranca 1 pò abrecaminos. 1 pò S.Jorge. Conos S.Jorge. Hojas de ruda, romero y olivo. 1 medallòncabalistico de S. Jorge. Colocar el medallòn sobre el cìrculo màgico deSan JOrge y encime de èl, el croquis con los sig. elementos: mezcle los3 polvos y espàrzalos sobre el dibujo, salpique con el fluido y cubratodo con las hierbas en el sig. òrden: ruda, romero, olivo. Disponeralrededor del sìmbolo las velas, intercalando una llave y una tijera.Sl piè de cada vela se coloca un cono. Se encenderà todo al mismotiempo invocando la protecciòn de San Jorge. La vela en forma de SanJorge se mantiene a un costado sin encender, junto con el fluido de SanJorge abierto. Ambas cosas se la entregaràn al pacientepara queencienda la vela en el negocio y limpie el piso con el fluìdo.
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· DEFUMACION PARA NEGOCIOS:
1bolsita de incienso en polvo , una de mirra o sangre de drago, una debenjui, una de alhucema, una de almizcle, dos de sàndalo. Ruda, romeroy contrayerba (secas) una cucharada de cada una. Una cucharada deazùcar impalpable. 7 pellejos de ajo. 7 carbones vegetales. Estasdefumaciones son muy importantes para que el negocio mantenga su ventaeficiente, debe realizarse los martes y viernes antes de abrir. Losdìas restantes se prenderàn conos o sahumerios en varilla. Los màsaconsejados son: abrecaminos, 7 poderes y corta envidia.
UNION DE FAMILIA:
Unrecipiente grande de barro. Una caja de sal Iemanjà Un fluido IemanjàUna lociôn Iemanjà Un sahumerio en varilla de Iemanjà Cuatro velasflotantes celestes pò uniòn miel una medalla de Iemanjà Pètalos de 4flores blancas. Coloque la cazuela sobre el sìmbolo de Iemanjà. Escribael nombre de toda la familia en un papel en forma de corazòn y ùntelocon miel. Colòquelo en la cazuela. Coloque tres vasos de agua y agua desu altar (bendita o consagrada) dentro del aguidar agregàndole 3cucaharaditas de la sal de Iemanjà y 3 del fluido. Coloque la medallaen el fondo y haga flotarsobre el agua las flores, espolvoreàndolas conpò uniòn. Coloque los pètalos alrededor de las flores y 7 sahumeriosalrededor de la cazuela. Encienda las velas haciendo sonar la cinete ypidiendo a Iemanjà por la uniòn de esa familia. Terminado el veladoarroje el agua sobre pastos limpios y entregue la medalla a unintegrante de la familia para ser colocada pegada bajo la mesafamiliar, El fluido lo utilizarà junto con la sal para baldear la casay con la lociòn diluìda, enjuagarà todas las ropas interiores de lafamilia. El sìmbolo debe dibujarse con pemba o marcador celeste.
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· PARA QUITAR ENERGIAS NEGATIVAS DE SU CASA:
Lavedesde el fondo hacia el frente los pisos con agua de ruda y enseguidarepasar con fluìdo lava casa. Aromatice su hogar con sahumerios envarilla poder espiritual.
PARA CURAR PATA DE CABRA:
Mòjeseel dedo pulgar en un vaso que contenga agua, miel y ruda, Santigue lazona afectada (haciendo cruces) con el dedo pulgar, rezando losiguiente: " Yo de curo y te doy vuelta en tres dìas piè de cabra: portres noches te perseguirè y te matarè. No te quiero macho ni te quierohembra, por el poder de San Pantaleòn y de la Santìsima Trinidad ". Lapata de cabra aparece en la parte que denominamos vulgarmente "huesitodulce", con la forma de una pisada de cabra. Recuerde siempre rezartres Padre Nuestro o tres Ave Marìa, segùn el sexo del paciente. Nota:Para todos los casos, las oraciones se realizan durantre tres dìasconsecutivos, prometiendo una novena a San Pantaleòn en agradecimientopor cura del enfermo.
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· CONSAGRACION DE LA CRUZ DE CARAVACA.
Elementosa usar: Una cruz de caravaca tijera. Agua bendita. Se lava la cruz conagua bendita, y se dice: "Dios que estàs entre nosotros, dale (dame)todo el bien a.....(en ese momento se limpia con los dedos la cruz dederecha a izquierda), que no tenga penuurias, ni miserias, ni soledad,ni tristeza (se le da un beso y se dice:) Que no me reste a mì (o a èlo ella) si no que me (le) venga el bien en el nombre de Dios y de laCruz de Caravaca," Amèn.
· ESCUDO PROTECTOR DE SU CASA CONTRA ENVIDIA Y MAGIA NEGRA:
Elementosa usar: 7 velas espada S. Jorge. una bandeja redornda de plàstico. 3manzanas rojas frescas. 3 naranjas 7 monedas. miel. una espada debronce de 20 cms, aprox. un cuchillo de cocina sin uso. Un fluìdo deSan Jorge. Un jabòn de San Jorge. Un sahumerio de varilla o conos SanJorge. Antes de iniciar este trabajo de defensa, usted deberà bañarsedurante 7 dìas con el jabòn de San Jorge. Prepare la bandeja deplàstico, las frutas contadas en cuatro partes, con el cuchillo ritual.Distribuya las monedas en cìrculo y rocie todo con miel. Coloque laespada y el cuchillo en forma de cruz, sobre las frutas. Salpique todoesto con fluìdo de San Jorge, santiguando. Coloque las siete velasespada alrededor de la bandeja y encièndalas de izquierda a derecha,rezando la oraciòn del santo. Intercale 7 sahumerios o conos. Entierela bandeja en el jardìn, o bien dentro de una maceta, de la siguientemanera: forme un colchòn con ruda fresca dentro del pozo, y coloque labandeja encima de èste. Clave la espada en la fruta y haga lo mismo conel cuchillo, teniendo en cuenta que el filo de ambos apunte hacia lapuerta de entrada. Rocìe con el fluìdo y cubra todo con tierra. Si esteescudo protector ha sido enterrado en el jardìn, plante una ruda frescasobre èl. Si lo enterrò en una maceta, coloque una planta Sanseviera(màs conocida como vara de San Jorge o Sasiveria).
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· PARA LIBRARSE DE UN TRABAJO DE MUERTE:
Elementosa usar: 9 velas manzana rojas. Un cono San Cipriano. 12 velas espadasde San Jorge. 9 cruces de madera, chicas. 9 espadas chicas de metal. 9m. de cinta b.b. roja. idem verde. miel. Ahueque las velas manzana,colocando su nombre, su direcciòn y miel dentro de cada una. Enciendauna por dìa hasta que se terminen. Dìa a dìa, mientras realiza lanovena, ate una cruz en la cinta roja, diciendo la sig. oraciòn: "Cruzpoderosa del gran San Cipriano, que me defiendes de tpdp ,añ u de lasinfluencias de Satàn, de los temibles demonios del Averno, hoy te pidoque me protejas con tu magnanimo poder, a mì, tu humilde servidor. Eneste acto de gran recogimiento y protecciòn, ato la fuerza de lanaturaleza y la tomo a mi favor, cono el glorioso Cipriano atò supergamino a disposiciòn del bien." Luego de transcurridos los nuevedìas, lleve las 9 cruces atadas con la misma cinta a orillas de un rìo,para que el agua recoja su pedido. Deje pasar tres dìas de esta novenay comience a trabajar con las espadas de San Jorge de la siguientemanera: Encienda la vela, rece la oraciòn de San Jorge y apàguela,depositàndola dentro del sìmbolo màgico. Repita esta operaciòn durantedoce dìas para luego atar las doce velas con la cinta verde, con 7nudos, Clave las nueve espaditas en nueve velas, diciendo lo sig,:Durante estos dìas de divino trabajo, he liberado mi cuerpo de lasfuerzas del mal, y ahora refuerzo la protecciòn de mi lugar de brabajocon el poder de las nueve espadas sagradas de San Jorge. Sè que todoqueda en sus manos, santo guerrero del cielo, en tì me regocijo hoy ysiempre por los siglos de los siglos". durante el trascurso del trabajose utilizarà el sahumerio y los restos de velas se entregaràn en unavìa muerta.
· PARA ALEJAR A UN RIVAL:
Elementosa usar: 1 vela blanca, negra o roja, que se debera encender el primermartes de luna llena. Procedimiento: El mejor horario es el atardecer,con una foto de la persona en cuestiòn (o nombre y fecha de nacimiento)colocada al revès. Estre procedimiento se realizarà durante 4 martes yya nadie volverà a interferir en su camino.
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· ORACION PARA AHUYENTAR A LOS ESPIRITUS.
"Lomismo que tù salvaste a la hija del rey, de las garras del dragòn,mantèn lejos de mì la malevolencia del perverso." La frase deberepetirse varias veces en un sitio oscuro y tranquilo. A lo sumo lahabitaciòn podrà estar iluminada por velas.
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· PARA LAS VERRUGAS:
Setomaràn tantos garbanzos como verrugas y se han de tirar a un pozodiciendo: Que con ellos se vayan las verrugas. Se tapa el pozo con aguay luego con tierra. Cuando los garbanzos se pudran caeràn las verrugas.
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· TRABAJO DE RETORNO:
Tomaruna vela hombre roja y una mujer roja, escribir a lo largo de ellas, enel frente, los nombres y apellidos de ambos en forma invertida. Atarlascon un metro de cinta roja. Untar las velas con miel y espolvorearlascon polvo retorno. Dibujar el sìmbolo sig. con pempa roja (sìmbolo deS. Barbara) colocar las velas dentro del sìmbolo y encenderlas mientrasse reza la oraciòn de Santa Bàrbara. Los restos del trabajo se leentregaràn al paciente, quien deberà conservarlos durante 7 nochesconsecutivas debajo de su almoada.
· TRABAJOS DE SALUD:
Se invocarà para èstos trabajos la asistencia de San Pantaleòn.
Velas mitad blanca y verde.
Prenderunas de èstas velas, sobre el sìmbolo , junto a un vaso de agua a laizquierda y a la derecha 3 conos salud. Con la cineta, tocar haciendocruces sobre la llama, rezando la oraciòn del santo.
"TUQUE SUFRISTE EN CARNE PROPIA LA INJUSTICIA DE LOS HOMBRES Y CONOCES ELSECRETO DE LA ENFERMEDAD Y DE LA MUERTE, AYUDA A LOS ENFERMOS YNECESITADOS, CURA SUS LLAGAS, CICATRIZA SUS HERIDAS PARA QUE LA SALUDVUELVA A ELLOS Y NO LOS ABANDONE JAMAS". QUE ASI SEA.
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· DOLOR DE CABEZA:
4 velas paloma blanca.
4 sahumerios de varilla salud o conos salud.
Dentrodel cìrculo màgico de San Pantaleòn, colocar las cuatro palomas enforma de cruz. Previamente perfore cada una de ellas por la base,colocando dentro el nombre de la persona doliente untado con miel.
Acompañe el trabajo con los 4 conos o sahumerios salud. (ver dibujo).
· PROBLEMAS DE VISTA:
2 limones pequeños.
miel.
olivo.
algodòn.
sahumerio en varilla incienso.
1 velòn 7 dìas blanco.
Coloquela foto de su paciente sobre el sìmbolo màgico, invocando la ayuda deSan Pantaleòn. Apoye los dos limones a la altur de la cabeza de lafoto, untados previamente con miel. Cubra todo èsto con algodòn yramitas de olivo. Vele el trabajo durante 7 dìas, utilizandodiariamente sahumerios efectuados con hojas de olivo e incienso.
EXCEMAS Y SALADURAS:
Prepare una pomada a base de manteca y azufre en polvo, en cantidades iguales. Adicione 7 gotas de tintura de yodo.
Unte las partes afectadas durante 7 dìas. Agradezca con 9 velas de San Pantaleòn y un sahumerio salud.
PARA SACAR A UN ENFERMO DEL HOSPITAL:
1 bolsita de tela verde del tamaño de un puño.
9 velas en forma de sansòn blancas.
1 estampa o imàgen de Sansòn.
1 metro de cinta bebè fina verde.
1 nedalla de San Pantaleòn.
1 cruz de Caravaca pequeña.
1 poroto guaycurù.
Eucalipto
Ruda.
Coloque dentro de la bolsita la estampa, la medalla, 7 hojas de eucalipto, y 7 de ruda, la cruz y el poroto.
Escriba el nombre de la persona completo y fecha de nacimiento, sobre la cinta y ate con ella la bolsa.
Coloquela sobre el sìmbolo màgico de S. Pantaleòn y vèlela durante 3 dìas consecutivos.
Finalizado el trabajo, coloque la bolsita debajo de la almoada del enfermo.
Dentro del cìrculo màgico el siguiente diagrama del ritual:
vela Sansòn
bolsita
vela Sansòn vela Sansòn
RECUPERACION RAPIDA DE ENFERMOS:
Tome un velòn blanco 7 dìas, perfòrelo por su base (sin sacar el celofàn del costado) y rellènelo con:
El nombre de la persona escrito 7 veces.
7 hojas de ruda.
7 granos de maìz rojo.
1 puñado de arroz.
Miel.
Sellela base con 3 velas verdes encendidas, dejando que la cera derretidavaya cubriendo la base. Encièndalo y acompañe su efecto con unsahumerio en conos 7 poderes.
RITUAL DE SAN JORGE DE UN DIA:
3 tijeras S. Jorge.
4 espadas S. Jorge.
3 conos de S. Jorge.
DIAGRAMA DEL RITUAL:
Imàgen del Santo
Agua cono cono cono
tijera
tijera tijera
espada N.y A. espada
espada espada
Pedidos en cada vela,pidiendo corte en las tijeras, y liberaciòn en las espadas.
RITO COMUN PARA EXORCIZAR UNA CASA:
RITUAL DE EXPULSION DE LOS ESPIRITUS NEGATIVOS.
(Rito para librarse de los malos espìritus y la operaciòn que se debe hacer)
PREPARACION DEL RITO:
SERA EXORCIZADO;
SERA CONSAGRADO;
SE ENCUENTRA DISPUESTO DE ESTA MANERA:
1.- Se colocarà un PEQUEÑO ALTAR, formado por una planca de piedra o madera y recubierta de un lienzo blanco.
2.- Sobre el altar se colocaràn:
SIETE CIRIOS blancos consagrados;
UN INCIENCIARIO;
UNA CRUZ de madera sagrada.
3.-No lejos se encontraràn los perfumes (estoraque, sangre de drago,incienso, mirra, laurel y azufre), las aguas consagradas, los aceites yotros accesorios.
4.- Se pondrà, ademàs, en el medio del altar una CRUZ EXORCISTA construìda por los Operarios, con dos cirios rojos, segùn lo indicado.
(todos los objetos que se utilizan han de estar consagrados).
RECOMENDACIONES PARA OPERAR:
-Puede iniciar la ceremonia; un oficiante (sacerdote - ocultista) y dosministros (ayudantes), cada uno de los cuales ha de estar preparado enlas enseñanzas iniciàticas.
- Serà necesario escribir los nombres de los siete Angeles o Arcàngeles que han de precidir la ceremonia.
- Estos han de colocarse junto a cada uno de los cirios blancos, manteniendo el òrden y la jerarquìa; por ejemplo:
(Jerarquìa de los arcàngeles) Anael, Gabriel, Samael, Michael, Sachiel, Rafael y Cassiel.
- En el altar se escribirà cuatro veces el nombre hebreo de Dios (heloim), dispuesto en forma de cruz.
-Es de señalar que fuera del altar, y en cada uno de los àngulos de lahabitaciòn donde ha de practicarse el ritual, debe haber un pentàgono,es decir una estrella de cinco puntas, con la inscripciòn divina FODER (espìritu liberador)
-Toda consagraciòn debe hacerse por convocaciòn del o de los espìritusdel "Libro de los espìritus". Este ùltimo se colocarà abiero sobre elaltar; donde cada uno de los espìritus es invitado a poner su manosobre el lugar en que se encuentran su imàgen y su caràcter.
ORACIONES PROPICIATORIAS:
Operaciòn:
1.- El operador rociarà con agua sagrada.
2.- Fumigarà el altar y los alrededores.
3.- Se arrodillarà.
4.- INVOCARA POR SIETE VECES LAS POTENCIAS; y procederà asì:
5.- Ungirà sobre sì mismo, y sobre la frente de sus ministros la señal de la cruz.
6.- Deberà encender los siete cirios blancos, al mismo tiempo que invocarà los nombres divinos de las potencias celestiales (EJ. AQUI ANAEL, AQUI GABRIEL, etc.)
7.- Se sirve de la cruz de madera en alto.
8.- Oraciòn:
"HE AQUI EL SANTO MADERO DE LA CRUZ,huìd todos los demonios y cosas adversas, vencedlas tambièn vos Señormi Dios Omnipotente y Emperador del mundo, de la trivu de Judà y delReino de David".
9.- Rociar las habitaciones en forma de cruz;
10.- Oraciòn:
"Bendìganos el Padre, el Hijo y el Espìritu Santo, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Cristo".
11.- A continuaciòn, delante del altar, el oficiante se arrodillarà y rezara la "ORACION IN PENITENCIA":
"Señor, escucha la oraciòn mìa y mi clamor llegue a Tì".
Oremos: Es Señor sea con vosotros y con mi espìritu.
"Omnipotentey eterno Dios que por medio de mi oraciòn y de la verdadera fe quedistes a tu pueblo, para que pudiera adorar tu gloriosa y eternaunidad, haced que seamor firmes en esa misma fe para que siemprevenzamos todas las adversidades.
Protege a tus siervos en larga paz y libràles de todo peligro y de caer en poder de sus enemigos".
12.- Se volverà a cada una de las habitaciones e incensarà, al mismo tiempo que ora diciendo:
"Porla intercesiòn de los àngeles y arcàngeles y por tu misericordia, esteincienso sagrado ascienda y descienda las bendiciones y resplandezca tuluz en todo tiempo sobre cualquier ligamento o encantamiento deespìritus presentes o ausentes que trabajen para el mal".
13.- Despuès de haber realizado lo precedente, se enciende la cruz exorcista y el Operador SALMODIA diciendo el sig. texto latino:
PERCHIRISTUM DOMINUM NOSTRUM AMEN. BENEDICCIO DEI OMNIPOTENTIS PATER,FILII, SIRITOS SANCTI DESENDDA SUPER DOMUN OMNES HABITANTOS IN EASEMPER, AMEN".
14.- Finalmente, se levantarà y ORARA en "REENVIO DE LOS ESPIRITUS".
Marchaos,genios, bienhechores,(nombre de los espìritus) retornen en paz a loslugares que les estàn destinados y estèn siempre dispuestos a aparecercuando yo les llamare en nombre y de parte del Gran Alfa.
ABRECAMINOS DE SAN ANTONIO:
1 bandeja redornda
7 caramelos de miel.
Purè hecho con un kilo de papas (sin sal).
1 velòn rojo de 3 o 7 dìas.
7 monedas en uso
1 pò abrecaminos, 1 dinero, 1 trabajo.
1 po destranca y un 7 poderes. (5 en total).
Aceite de sàndalo.
Sahumerio en varilla de sàndalo.
Pètalos de 7 flores rojas.
Prepararla bandeja con papel rojo y pedido. Hacer con el purè una llave grande(poner sobre la bandeja). Colocar las 7 monedas (paradas) sobre lallave en fila. Rodear la llave con los 7 caramelos. Espovorear la llavecon la mezcla de los 5 pò. Cubrir todo con los pètalos de las 7 floresy rociar todo con aceite de sàndalo, luego colocar la bandeja sobre elsìmbolo de San Antonio. Encender el velòn y prender las varillasdurante 3 o 7 dìas. Se despacha sobre un puente.
VELA BLANCA PARA CURAR A UN INFANTE:
Colocar una vela blanca sobre un plato previamente lubricado con aceite comestible en los bordes.
Encenderla vela frente a la estampa de algùn santo preferido o en un lugar pocotransitado de la casa, en ambos casos elevar el pensamiento y rogar porla salud del infante invocando su nombre completo. (repetir 3 veces).
PARA ALEJAR A UN RIVAL:
Una vela que se deberà prender en luna llena, el primer martes en que entre en esa fase.
Elmejor horario es al atardecer, con una foto de la persona en cuestiòncolocada al revès. Este procedimiento se realizara durante 4 martes yya nadie volverà a interferir en su camino.
ORACION PARA AHUYENTAR MALOS ESPIRITUS: (San Jorge)
"Lo mismo que tu salvaste a la hija del rey de las garras del dragòn, mantèn lejos de mì la malevolencia del perverso".
La frase debe repetirse varias veces en un sitio oscuro y tranquilo. A lo sumo, la habitaciòn podrà estar iluminada por velas.
PARA LAS VERRUGAS:
Setomaràn tantos garbanzos como verrugas se tengan y se han de tirar a unpozo diciendo: "Que con ellos se vayan las verrugas, se tapa el pozocon agua y luego con tierra. Cuando los garbanzos se pudran caeràn lasverrugas.
AZUCAR PARA ATRAER DINERO:
Tomarun billete de poco valor y dejarlo a la intemperie en una noche de lunallena. Al dìa siguiente colocarlo (por la noche) dentro de unrecipiente de azùcar. Asì preparado dejarlo a la intemperie duranteesta segunda noche. Al otro dìa agregar mas azùcar al recipiente ydejarlo toda la noche al sereno. A la mañana siguiente tomar elbillete, envolverlo en papel celofàn y guardarlo junto con el dineroque se lleva habitualmente en la billetera.
DOLORES ESTOMACALES:
Verbena hembra.
Hervirel agua, al retirarla del fuego, echar media cucharadita escasa deplanta por taza de agua, dejàndola en infusiòn unos minutos. No tomarmàs de dos tazas por dìa.
RITUAL CONTRA MAGIA NEGRA:
9 velas San Cipriano.
6 tijeras San Cipriano.
Cinta negra, blanca y roja.
Un velòn de San Jorge
Conos Sahumeadores.
Mirra, incienso, benjui, azufre, Estoraque, Sangre de Drago, laurel y carbones.
Un vaso de agua.
Debajodel velòn de San Jorge, el plano de la casa, negocio etc. del sujeto enpapel blanco con làpiz. El pedido. Nombre y fecha de naciemiento de losintegrantes de la familia o del negocio y-o foto. Si es para unapersona se pondrà una foto de el o ella.
Todos los restos de velas se tiraràn menos el velòn de San Jorge.
Luego de apagarse el vèlòn, quemar el pedido con foto y enterrarlo con semillas para que florezca.
CONJURO CONTRA HERPES HOSTER O CULEBRILLA:
Herpe maligno, vaite de aquì,
que la Virgen Marìa pasò por aquì.
Yo te maldigo, que no te bendigo
asì mueras como verdad te digo,
ni subas ni vayas para arriba.
Se hacen cruces con tinta china de arriba para abajo .
CONJURO CONTRA HERPES HOSTER O CULEBRILLA:
Dearriba para abajo con tinta china negra, se hacen 7 cruces, y antes sepide a Dios y al Espìritu Santo que corte el mal y en cada cruz se rezaun padre nuestro.
Tambièn se corta rezando el Padre Nuestro al revès.
RITUAL ALAEA:
Una foto de la persona (en su defecto su nombre)
agua bendita
pan
vino tinto
7 velas blancas
7 velas rojas
7 velas violetas
7 velas naranjas.
1 cruz (madera)
mirra
incienso
6 semillas de ajì
sal gruesa.
En forma de cìrculo se intercalan por colores las 28 velas.
En el centro del cìrculo la foto envuelta en un pañuelo mojado con agua bendita.
Una vez dentro del cìrculo se encienden las velas.
Luego, siempre dentro del mismo comer pan y tomar vino.
Leer el Salmo 24. y Evangelio segùn Marcos.
Luego se reza la sig. oraciòn
"Dios, ayùdame. Siente el alma en mis enemigos, no dejes ni un rastro de su mal. Perdònalos y libèrame HGEO ERSENA YESE, ALAEA,
H. P. LOVECRAFT Y AUGUST DERLETH
LA VENTANA EN LA BUHARDILLA
I
Me trasladé a casa de mi primo Wilbur cuando aún no había pasado un mes
desde su inesperada muerte. Lo hice no sin cierto recelo, pues no me agradaba
demasiado la soledad del valle entre montañas del Aylesbury Pike. Pero me
parecía bastante lógico que esa propiedad de mi primo favorito hubiese recaído
sobre mí. Cuando aún no era propiedad de los Wharton, la casa había estado
sin habitar durante mucho tiempo. No había sido utilizada desde que el nieto
del campesino que la había construido se marchó a la ciudad de Kingston, en la
costa, y mi primo la compró a aquel heredero disgustado con el tipo de vida
que llevaba en esa triste y agotada tierra. Fue algo imprevisto, como solían
hacer las cosas los Akeley: impulsivamente.
Wilbur había sido estudiante de arqueología y antropología durante muchos
años. Se había licenciado en la Universidad de Miskatonic, en Arkham, e
inmediatamente después pasó tres años en Mongolia, Tíbet, Sinkiang, y otros
tres en América del Sur, América Central y la parte suroeste de Estados Unidos.
Había venido personalmente a dar la respuesta a una proposición que le
hicieron para formar parte del profesorado de la Universidad de Miskatonic,
pero en lugar de eso, se compró la vieja finca de los Wharton y se dedicó a
repararla: tiró todas las alas con excepción de una, y dio a la estructura central
una forma todavía más extraña que la que había adquirido a lo largo de las
veinte décadas de su existencia. Pero ni siquiera yo tuve plena conciencia del
alcance de estas reformas hasta que tomé posesión de la casa.
Fue entonces cuando me di cuenta de que Wilbur sólo había dejado sin alterar
uno de los laterales de la casa, había reconstruido por completo la fachada y la
parte posterior, y había acondicionado una habitación en el desván del ala sur
de la planta baja. La casa había sido en principio de una planta, con un enorme
desván, que sirvió en su época para llenarse de todo tipo de bártulos de la vida
rural de Nueva Inglaterra. En parte había sido construida con troncos; y ese tipo
de construcción lo había dejado Wilbur tal cual, lo que demostraba el respeto de
mi primo por la artesanía de nuestros antepasados de estas tierras: la familia
Akeley llevaba en América cerca de doscientos años cuando Wilbur decidió
dejar sus viajes y asentarse en su lugar de origen. El año, si mal no recuerdo, era
1921: no vivió allí más que tres años, de modo que fue en 1924 -el 16 de abrilcuando
me trasladé a la casa para hacerme cargo de ella según disponía el
testamento.
La casa estaba más o menos como la había dejado. No concordaba con el paisaje
de Nueva Inglaterra, ya que a pesar de las huellas del pasado en sus cimientos
de piedra y en los troncos, lo mismo que en la chimenea, había sido tan
renovada que parecía fruto de varias generaciones. La mayor parte de estas
reformas las había hecho Wilbur para su mayor comodidad, pero había un
cambio que me causó extrañeza, y del que Wilbur nunca había dado ninguna
explicación: era la instalación en la zona sur de la buhardilla, de una gran
ventana redonda, con un curioso cristal opaco, del que simplemente había
dicho que era una antigüedad muy valiosa, descubierta y adquirida durante su
estancia en Asia. Se refirió a ella en una ocasión como «el cristal de Leng» y en
otra habló de que «su origen posiblemente se deba a las Híadas». Ninguna de
las dos referencias me aclaraba nada, pero, si he de ser sincero, tampoco estos
caprichos de mi primo me interesaban lo suficiente como para averiguar más.
Pronto deseé, sin embargo, haberlo hecho. En seguida descubrí, una vez
instalado en la casa, que toda la vida de mi primo parecía desenvolverse, no en
las habitaciones centrales del piso de abajo, como sería de esperar, puesto que
eran las más acondicionadas en cuanto a comodidades, sino en torno al cuarto
abuhardillado. Aquí era donde tenía sus pipas, sus libros favoritos, sus discos, y
los muebles más cómodos. Era también aquí donde trabajaba, donde estudiaba
los manuscritos relacionados con su profesión y donde le sorprendió -mientras
consultaba unos volúmenes de la Biblioteca de la Universidad de Miskatonic- la
enfermedad coronaria que acabó con su vida.
O adaptaba mi forma de vida a sus cosas, o adaptaba sus cosas a mi forma de
vida. Decidí esto último. Como primera medida, tenía que restablecer la
disposición adecuada de la casa y vivir de nuevo en las estancias de la planta
baja, ya que, a decir verdad, sentí desde el principio que la buhardilla me
repelía. En parte, cierto, porque me recordaba la presencia de mi primo muerto,
quien nunca mas ocuparía su lugar favorito de la casa, pero también porque la
habitación me resultaba totalmente extraña y fría. Me sentía rechazado como
por una fuerza física que no podía comprender, aunque posiblemente aquel
rechazo se correspondía con mi actitud hacia la habitación a la que no
comprendía, como nunca pude comprender a mi primo Wilbur.
Las reformas que deseaba hacer no eran del todo fáciles. Pronto me di cuenta de
que la vieja ‘guarida’ de mi primo imprimía carácter a toda la casa. Hay quien
piensa que las casas asumen algo del carácter de sus dueños; si la vieja casa
había adquirido algo del carácter de los Wharton, que habían vivido en ella
durante tanto tiempo, sin duda mi primo lo había borrado con sus reformas,
pues ahora parecía hablar fielmente de la presencia de Wilbur Akeley. No era
tanto una sensación opresiva como la molesta convicción de no estar solo, de
ser observado minuciosamente por algo que me era desconocido.
Quizá la responsable de estas fantasías era la propia soledad de la casa, pero me
daba la impresión de que la habitación favorita de mi primo era algo vivo, que
esperaba su regreso, como un animal que no se ha dado cuenta de que la
muerte ha hecho acto de presencia y el dueño a quien espera no volverá jamás.
Quizá debido a esta obsesión presté a aquel cuarto más atención que la que de
hecho merecía. Había retirado de allí algunas cosas, como, por ejemplo, una
cómoda silla; pero algo me impulsó a devolverla a su lugar, como una
obligación emanada de convicciones diversas, y a menudo conflictivas: que esta
silla, por ejemplo, pudiera estar hecha para alguien con diferente constitución a
la mía, y por ello resultaba incómoda a mi persona, o que la luz no fuera tan
buena abajo como arriba, por lo que también devolví a la buhardilla los libros
que había retirado de sus estantes.
Sin lugar a dudas, las características de la habitación eran totalmente diferentes
a las del resto de la casa. La casa de mi primo era en general bastante vulgar, si
se exceptúa esa habitación. La planta baja estaba llena de comodidades, pero
parecía haber sido poco utilizada, con excepción de la cocina. La habitación, en
cambio, estaba bien amueblada, pero de un modo diferente, difícil de explicar.
Era como si la habitación, sin duda un estudio construido por un hombre para
su propio uso, hubiese sido utilizada por innumerables personas, cada una de
las cuales hubiese dejado algo de sí misma dentro de esas paredes, pero sin
ninguna huella identificadora. Sin embargo, yo sabía que mi primo había
llevado una vida de ermitaño, con la excepción de sus salidas a la Universidad
de Miskatonic de Arkham y a la Biblioteca Widener de Boston. No había
viajado, ni recibía visitas. En las pocas ocasiones en que paré en su casa -por
razones de trabajo muchas veces me encontraba en los alrededores-, aunque
siempre se portó cortésmente, parecía estar deseando que me marchase. Y eso
que nunca permanecí allí más de quince minutos.
A decir verdad, el ambiente que flotaba en la buhardilla me hizo olvidar el
deseo de cambiarla. El piso de abajo era suficiente para mí; me proporcionaba
un hogar agradable, y no me fue difícil prescindir de la buhardilla y de las
reformas que pensaba hacer allí, hasta casi olvidarme de ello y considerarlo sin
importancia. Además, con frecuencia pasaba fuera varios días y varias noches, y
no tenía prisa alguna por reformar la casa. El testamento de mi primo había
sido refrendado oficialmente, y la casa registrada a mi nombre, de modo que
nada amenazaba mi propiedad.
Iodo habría ido bien, puesto que ya me había olvidado de los incumplidos
planes para la buhardilla, de no haber sido por los pequeños incidentes que
empezaron a turbarme. Al principio, sin ninguna consecuencia; eran cosas sin
importancia que casi pasaron inadvertidas. Creo recordar que la primera de
ellas sucedió al mes escaso de estar allí, y fue tan insignificante que, hasta
pasadas varias semanas, no se me ocurrió relacionarla con acontecimientos
posteriores. Escuché el ruido una noche, mientras leía cerca de la chimenea en
la planta baja, y no era probablemente nada más que un gato o algún animal
similar arañando la puerta para que le dejase entrar. Pero se oía con tanta
claridad que me levanté a mirar en la puerta principal y en la puerta posterior,
sin encontrar rastro de ningún gato. El animal había desaparecido en la noche.
Le llamé varias veces, pero no obtuve respuesta ni escuché el menor ruido. No
me había dado tiempo a sentarme, cuando empezó de nuevo a arañar la puerta.
Lo intenté por lo menos media docena de veces, pero no logré ver al gato, hasta
que me molestó tanto aquello que, de haberlo visto, probablemente lo habría
matado.
Por sí solo, este incidente era trivial, y nadie pensaría dos veces en él. ¿Sería un
gato que conocía a mi primo, y que al no conocerme a mí se había asustado?
Pudiera ser. No pensé más en ello. Sin embargo, no había pasado una semana
cuando ocurrió un incidente similar, pero con una acusada diferencia respecto
al primero. Esta vez, en lugar de arañazos de gato, el sonido era algo que se
deslizaba a tientas, y que me provocó un escalofrío, como si una serpiente
gigante o la trompa de un elefante rozase en las ventanas y en las puertas. Tras
el sonido, mi reacción fue idéntica a la vez anterior. Oí, pero no vi nada;
escuchaba y no descubría nada, sólo los sonidos inaprensibles. ¿Un gato? ¿Una
serpiente? ¿O qué?
Aparte del gato y de la serpiente, que no tardaron en volver, sucedieron otros
nuevos incidentes. En ocasiones escuchaba lo que parecía el sonido de las
pezuñas de una bestia, o las pisadas de un gigantesco animal, o los picotazos de
pájaros en las ventanas, o el deslizamiento de un gran cuerpo, o el sonido
aspirante de unos labios. ¿Qué podía deducir de todo esto? Consideré que eran
alucinaciones mías y descarté que existiera una explicación, puesto que los
sonidos aparecían en cualquier momento, a todas horas de la noche y del día.
De haber habido algún animal de cualquier tamaño en la puerta o en la
ventana, tendría que haberlo visto antes de que desapareciese en el bosque de
las colinas que rodeaban la casa (lo que había sido campo se hallaba ahora
cubierto de álamos, abedules y fresnos).
Este ciclo misterioso quizá no bahía sido interrumpido, de no ser porque una
noche abrí la puerta de las escaleras que conducían a la buhardilla de mi primo,
debido al calor que hacía en la planta baja; fue entonces cuando los arañazos del
gato empezaron otra vez, y me di cuenta de que el ruido no venía de las
puertas, sino de la misma ventana de la buhardilla. Subí escaleras arriba, sin
dudarlo, sin pararme a pensar que tendría que tratarse de un gato muy especial
para poder trepar hasta el segundo piso de la casa y llamar para que le dejasen
entrar por la ventana redonda, única abertura al exterior de la habitación. Y
puesto que la ventana no se abría, ni siquiera parcialmente, y como se trataba
de un cristal opaco, no pude ver nada. Pero sí me quedé allí escuchando el
ruido producido por los arañazos de un gato, tan cerca como si viniese del otro
lado del cristal.
Bajé corriendo, cogí una potente linterna y salí a la calurosa noche de verano
para iluminar la pared en que estaba la ventana. Pero ya había cesado todo
ruido, y ya no había nada que ver excepto la pared de la casa y la ventana, tan
negra por fuera como blanca y opaca por dentro. Pude haber seguido
desconcertado durante el resto de mi vida y muchas veces pienso que
indudablemente eso habría sido lo mejor, pero no fue así.
Por esta época recibí de una vieja tía un gato, llamado «Little Sam», que se
había llevado un premio y que había sido mascota mía hacía cosa de dos años,
cuando aún era pequeño. Mi tía había acogido con cierta alarma mis intenciones
de vivir solo, y finalmente me había mandado uno de sus gatos para que me
hiciese compañía. «Little Sam», ahora, desafiaba su nombre: tendría que
haberse llamado «Big Sam». Había engordado mucho desde la última vez que
lo vi, y se había convertido en un felino fiero y negro, todo un ejemplar de su
especie. «Little Sam» me demostraba con arrumacos su afecto, pero mostraba
una gran desconfianza hacia la casa. A veces dormía cómodamente a los pies de
la chimenea; en otros momentos parecía un gato poseído: aullaba para que le
dejara salir afuera. Y cuando sonaban aquellos extraños sonidos que parecían
de animales que pretendían entrar en la casa, «Little Sam» se volvía loco de
miedo y de furia, y tenía que dejarle salir de inmediato para que pudiera
refugiarse en una vieja dependencia que no había sido afectada por las reformas
de mi primo. Allí dentro se pasaba la noche -allí o en el bosque- y no volvía
hasta el amanecer, cuando le entraba hambre. A lo que se negaba siempre
rotundamente era a entrar en la buhardilla.
II
Fue el gato, en realidad, el que me impulsó a profundizar en los trabajos de mi
primo. Las reacciones de «Little Sam» eran tan anómalas que no me quedó otro
remedio que rebuscar entre los revueltos papeles que había dejado mi primo, a
ver si encontraba alguna explicación al fenómeno ya habitual de la casa. Casi en
seguida me tropecé con una carta sin terminar, en el cajón del escritorio de una
habitación de la planta baja; estaba dirigida a mí, y parecía evidente que Wilbur
era consciente de su enfermedad, puesto que la carta parecía contener
instrucciones en caso de muerte. Pero lo más probable también era que Wilbur
ignorase la inminencia de su muerte, pues la carta había sido empezada tan sólo
un mes antes de que le sobreviniese aquélla y aguardaba a medio acabar en un
cajón, como si mi primo hubiera pensado que le quedaba tiempo de sobra para
terminarla.
«Querido Fred -había escrito-, los mejores médicos me dicen que me queda
poco tiempo de vida, y como ya he dicho en mi testamento que serás mi
heredero, quiero añadir a ese documento unas cuantas disposiciones últimas
que te ruego recuerdes y lleves a cabo fielmente. Hay en especial tres cosas que
debes hacer sin falta, y del modo que te indico:
l. Todos los papeles que están en los cajones A, B y C de mi
armario deben ser destruidos.
2. Todos los libros de los estantes H, I, J y K han de ser devueltos a
la Biblioteca de la Universidad de Miskatonic de Arkham.
3. La ventana redonda que está en el cuarto abuhardillado de
arriba tiene que ser rota. No se trata de quitarla simplemente,
debe ser hecha añicos.
Has de aceptar mi decisión sobre estos tres puntos y si no lo haces puedes ser
responsable de enviar un terrible azote sobre el mundo. No quiero hablar más
de esto. Hay otras cosas de las que quiero hablar mientras puedo hacerlo. Una
de éstas es la cuestión... »
Aquí se interrumpió y dejó su carta.
¿Qué hacer con tan extrañas instrucciones? Comprendía que esos libros se
devolviesen a la Biblioteca de la Universidad de Miskatonic. Yo no tenía ningún
interés especial en ellos. Pero ¿por qué destruir los papeles? ¿Por qué no
llevarlos también allí? Y respecto al cristal... Destruirlo era sin duda una
tontería; tendría que comprar una ventana nueva, y esto representaría un gasto
superfluo. Esta parte de la carta produjo el desgraciado efecto de despertar más
y más mi curiosidad, y me propuse mirar entre sus cosas con mayor atención.
Esa misma noche fui a la habitación abuhardillada del piso de arriba y empecé
con los libros de las estanterías indicadas. El interés de mi primo por los temas
de arqueología y antropología se reflejaba claramente en la selección de sus
libros: textos referentes a las civilizaciones polinesias, mongólicas y de varias
tribus primitivas, y obras acerca de las migraciones de pueblos, el culto y los
mitos de las religiones primitivas. Estos, sin embargo, sólo podían considerarse
los primeros de los libros destinados a ser entregados a la Biblioteca de la
Universidad de Miskatonic. Muchos de ellos parecían ser muy viejos, tan viejos
que ni siquiera se indicaba fecha alguna, y a juzgar por su apariencia y su letra
deduje que provenían de la Edad Media. Los más recientes -ninguno era
posterior a 1850- habían sido recibidos de diversos lugares: algunos habían
pertenecido al padre de mi primo, Henry Akeley, de Vermont, que se los había
dejado a Wilbur ; otros llevaban el sello de la Biblioteca Nacional de París, lo
que inducía a sospechar que Wilbur se los había llevado de allí.
Estos libros en varios idiomas llevaban títulos como: los Manuscritos Pnakóticos,
el Texto de R’lyeh, los Unaussprechlichen Kulten de von Junzt, el Libro de Eibon, los
Cánticos de Dhol, los Siete Libros Crípticos de Hsan, De Vermis Mysteriis de Ludvig
Prinn, los Fragmentos de Celaeno, los Cultes des Goules del conde d’Erlette, el Libro
de Dzyan, una copia fotostática del Necronomicon, de un árabe llamado Abdul
Alhazred, y muchos otros, algunos aparentemente en forma de manuscritos.
Confieso que estos libros me sorprendieron, puesto que estaban llenos -aquellos
que leí- de ciencias ocultas, de mitos y de leyendas relativos a las creencias
antiguas y primitivas de las religiones de nuestra raza... Y si no había leído mal,
también de razas desconocidas. Por supuesto, no podía enjuiciar debidamente
los textos en latín, francés y alemán; ya era bastante difícil descifrar el inglés
antiguo de algunos de sus manuscritos y libros. De cualquier forma, pronto se
acabó la paciencia: los libros mantenían unos postulados tan extraños que sólo
un antropólogo con gran vocación podía coleccionar tal cantidad de literatura
de ese tipo.
Aquellas obras no carecían de interés, pero todas trataban más o menos del
mismo tema. Era el viejo credo del poder de la luz contra el poder de las
tinieblas, o por lo menos así lo interpreté yo. No importaba que se denominasen
Dios y Demonio, o los Dioses Arquetípicos y los Primordiales, el Bien y el Mal o
nombres como los Nodens, el Señor de los Abismos, el único nombrado, el Dios
Arquetípico, o éstos de los Primigenios: el dios idiota, Azathoth, amorfa plaga
de la confusión de los mundos abismales que blasfema y parlotea en el centro
del infinito; Yog-Sothoth, el todo en uno, el uno en todo, no sujeto ni a las leyes
del tiempo ni del espacio, coexistente con el tiempo y co-aniquilante con el
espacio; Nyarlathotep, el mensajero de los Primordiales: el Gran Cthulhu que,
mantenido en un estado letárgico mágico, espera surgir otra vez de la cósmica
R’lyeh, sumergida en las profundidades del océano; Hastur, señor del espacio
interestelar; Shub-Niggurath, la Cabra Negra de los Bosques y sus mil crías. Y
así como las razas de los hombres que adoraban varios dioses conocidos
llevaban nombres de sectas, así también ocurría con los adeptos de los
Primordiales, que incluían a los Abominables Hombres de las Nieves del
Himalaya y de otras regiones montañosas de Asia; los Profundos, que
merodeaban en las profundidades del océano, bajo las órdenes de Dagon, para
servir al Gran Cthulhu; los Shantaks; el Pueblo Tcho-Tcho; y otros muchos.
Según constaba, algunos de ellos habían surgido de aquellos lugares a los
cuales los Primordiales fueron desterrados -como Lucifer, que fue desterrado
del Paraíso- después de su rebelión contra los Dioses Arquetípicos; eran lugares
tales como las distantes estrellas de las Híadas, Kadath la Desconocida, la
Meseta de Leng, o incluso la ciudad hundida de R’lyeh.
A través de esos textos, dos elementos preocupantes sugerían que mi primo se
había tomado todo esto de las mitologías más en serio de lo que yo pensaba.
Las repetidas referencias a las Híadas, por ejemplo, me recordaban que Wilbur
me había hablado del cristal de la ventana y de que «su origen posiblemente se
deba a las Híadas». Y más específicamente como «el cristal de Leng». Es cierto
que estas referencias podían ser meras coincidencias, y me tranquilicé por un
momento diciéndome a mí mismo que «Leng» podía ser algún comerciante
chino en antigüedades, y la palabra «Híadas» podía provenir de una errónea
interpretación. Pero esto era un mero pretexto por mi parte, pues todo indicaba
que para Wilbur estas mitologías desconocidas habían significado algo más que
un entretenimiento temporal. De no haber sido suficiente su colección de libros,
sus anotaciones no habrían dejado lugar a dudas.
Las anotaciones contenían algo más que misteriosas referencias. Había dibujos
toscos pero significativos que me causaron una extraña y desagradable
impresión: alucinantes escenas y criaturas extrañas, seres que no hubiese
podido imaginar en mis peores sueños. En su mayor parte estas criaturas eran
imposibles de describir; eran aladas, semejantes a murciélagos del tamaño de
un hombre; vastos y amorfos cuerpos, llenos de tentáculos, que parecían a
primera vista pulpos, pero definitivamente más inteligentes que un pulpo; seres
con garras, mitad hombres, mitad pájaros; cosas horribles, con cara de batracio,
que caminaban erectas, con brazos escamosos y de un color verde claro, como el
agua del mar. Había seres humanos más reconocibles, aunque distorsionados;
hombres con rasgos orientales, atrofiados y enanos, que vivían en lugares fríos
a juzgar por sus ropas, y había una raza nacida de repetidos cruces, con ciertos
caracteres de batracios, aunque indiscutiblemente humanos. Nunca pensé que
mi primo tuviese tanta imaginación; sabía que tío Henry admitía como ciertas
las que no eran sino fantasías de su mente, pero nunca, que yo supiese, había
demostrado Wilbur esta misma tendencia; veía ahora que había escamoteado lo
esencial de su verdadera naturaleza, y este hallazgo me dejaba atónito.
Ciertamente, ningún ser vivo podía haber servido de modelo para estos dibujos,
y no había tales ilustraciones en los manuscritos y libros que había dejado.
Movido por la curiosidad, busqué más a fondo en sus anotaciones. Finalmente,
separé aquellas de sus referencias crípticas que parecían, aunque muy
remotamente, encerrar lo que buscaba, y las ordené cronológicamente, cosa
fácil, pues estaban fechadas.
«15 de octubre,’21. Paisaje más claro. ¿Leng? Parece el suroeste de América.
Cuevas llenas de bandadas de murciélagos -como una densa nube- que
empiezan a salir justo antes del ocaso, y tapan el sol. Arbustos y árboles
torcidos. Un lugar venteado. A lo lejos, hacia la derecha, montañas con nieve en
las cimas, a la orilla de la región desértica.»
«21 de octubre,’21. Cuatro Shantaks en medio del paisaje. Estatura media mayor
que la de un hombre. Peludos. Cuerpo similar al de los murciélagos, con alas
que se extienden tres pies sobre la cabeza. Cara picuda, como de buitres. Por lo
demás se parecen a un murciélago. Cruzaron el escenario en vuelo. Se pararon a
descansar en un risco a mitad de camino. No enterados. ¿Iba alguien montado
encima de uno de ellos? No puedo estar seguro.»
«7 de noviembre,’21. Noche. Océano. Una isla parecida a un arrecife, en primer
plano. Profundos junto con humanos de origen parcialmente similar. blancos
híbridos. Los Profundos, escamosos, caminan con movimiento semejante al de
las ranas, un andar intermedio entre el salto y el paso, algo encogidos, también
como casi todos los batracios. Otros parecían estar nadando hacia el arrecife.
¿Innsmouth? No se veía la costa, ni luces de un pueblo. Tampoco barcos. Salen
del fondo, al lado del arrecife. ¿El Arrecife del Diablo? Incluso los híbridos no
pueden nadar muy lejos sin pararse a descansar. Posiblemente la costa no se
veía.»
«17 de noviembre,’21. Paisaje totalmente desconocido. No de la tierra, por lo
que vi. Cielos negros, algunas estrellas, peñascos de pórfido o sustancia similar.
En primer plano un profundo lago. ¿Hali? A los cinco minutos el agua empezó
a burbujear en el lugar de donde algo acababa de surgir. Mirando hacia
adentro. Un ser acuático gigantesco, con tentáculos. Pulpo, pero mucho más
grande, diez, veinte veces más grande que el gigante Octopus apollyon de la
costa oeste. El cuello medía fácilmente unas quince varas de diámetro. No podía
arriesgarme a ver su cara y destruí la estrella.»
«4 de enero,’22. Un intervalo de nada. ¿El espacio? Acercamiento planetario,
como si estuviese mirando a través de los ojos de algún ser acercándose a un
objeto en el espacio. Cielo negro, pocas estrellas, pero la superficie del planeta
cada vez más cercana. Al aproximarme vi parajes arrasados. Sin vegetación,
como en la estrella negra. Un círculo de fieles alrededor de una torre de piedra.
Sus gritos: ¡Iä! ¡Shub-Niggurath!
«16 de enero,’22. Región bajo el mar. ¿Atlantis? Lo dudo. Un edificio grande y
cavernoso semejante a un templo, destruido por cargas de profundidad. Piedras
monumentales, similares a las de las pirámides. Escalones que descendían al
negro fondo, Profundos al fondo de la escena. Movimiento en la oscuridad de
las escaleras. Un enorme tentáculo empezó a subir. A gran distancia de éste, dos
ojos líquidos, separado el uno del otro por muchas varas. ¿R’lyeh? Temeroso del
acercamiento de la cosa de abajo. destruí la estrella.»
«24 de febrero,’22. Paisaje familiar. ¿La región de Wilbraham? Casas de campo
destrozadas, familia encerrada en sí misma. En primer plano, un viejo
escuchando. Hora: la noche. Chotacabras llamando muy alto. Una mujer se
acerca con una réplica de la estrella de piedra. El viejo huye. Curioso. Debo
buscar referencias.
«21 de marzo,’22. Experiencia enervante la de hoy. Debo tener más cuidado.
Construí la estrella y pronuncié las palabras: Ph’nglui mglw’nafh Cthulhu R’lyeh
wgah’nagl fhtagn. Se abrió inmediatamente con un enorme shantak en primer
plano. Shantak enterado y en seguida se movió hacia adelante. Llegué incluso a
oír sus garras. Pude romper la estrella a tiempo.
«7 de abril,’22. Ahora sé que lo atravesarán si no tengo cuidado. Hoy el paisaje
tibetano, y los Abominables Hombres de las Nieves. Otro intento. ¿Pero y sus
amos? Si los sirvientes intentan trascender el tiempo y el espacio ¿qué será del
Gran Cthulhu, Hastur, Shub-Niggurath? Pretendo abstenerme por algún
tiempo. Profundo shock.»
No volvió a abordar su extraño intento hasta primeros del otro año. O por lo
menos eso indicaban sus notas. Una abstinencia en su obsesiva preocupación,
seguida una vez más por un período de breve indulgencia. Su primera
anotación era casi de un año después.
«7 de febrero,’23. No hay duda, están enterados ya de la existencia de la puerta.
Muy arriesgado mirar dentro. Excepto cuando el paisaje está despejado. Y como
uno nunca sabe sobre qué escena se posará la vista, el riesgo es aún más grave.
Sin embargo, me resisto a cerrar la entrada. Construí la estrella, como de
costumbre, dije las palabras, y esperé. Durante un rato sólo vi el paisaje familiar
del suroeste americano al anochecer: murciélagos, búhos, ratas y gatos salvajes.
Entonces salió de una cueva un Habitante de la Arena, de piel áspera, ojos
grandes, orejas grandes; su rostro guardaba un horrible y distorsionado
parecido con el oso koala, y el cuerpo tenía un aspecto consumido. Se arrastró
hacia adelante, con evidente intención. ¿Es posible que la puerta abierta les
permita ver este lado del mismo modo que me deja ver a mí el suyo? Cuando vi
que se dirigía directamente a mí, destruí la estrella. Todo desapareció, como de
costumbre. Pero después, la casa se lleno de murciélagos. ¡Veintisiete en total! ¡Y
yo no creo en la mera coincidencia!»
Vino después otro paréntesis, durante el cual mi primo escribió notas crípticas
sin referencia a sus visiones o a la misteriosa «estrella» de la que tanto había
hablado. No me cabía duda de que fue víctima de alucinaciones, producto
probablemente del intenso estudio del material de aquellos libros procedentes
de todos los rincones del mundo. Estos párrafos eran como una especie de
justificación de racionalizar lo que había «visto».
Todas aquellas notas estaban mezcladas con recortes de periódicos, que mi
primo sin duda intentaba relacionar con las mitologías a las que era tan
aficionado: relatos de extraños acontecimientos, objetos desconocidos en el
cielo, desapariciones misteriosas en el espacio, revelaciones curiosas referentes
a cultos desconocidos, y otras noticias por el estilo. Era dolorosamente patente
que Wilbur había llegado a creer con intensidad en ciertas facetas de credos
primitivos: en especial que había supervivientes contemporáneos de los
endemoniados Primordiales y de sus adoradores y adeptos, y era esto, más que
nada, lo que trataba de probar. Era como si hubiese tomado los escritos
impresos en los viejos libros que poseía y, tras aceptarlos como verdades
literales, intentase añadir a la evidencia del pasado el peso de la evidencia de su
época. Cierto, había un elemento de similitud, que resultaba inquietante, entre
aquellos relatos antiguos y muchos de los que mi primo había recortado, pero
sin duda podía explicarse como simple coincidencia. Aun siendo convincentes,
los envié a la Biblioteca de la Universidad de Miskatonic para la Colección
Akeley, sin copiar ninguno. Pero los recuerdo vívidamente, tanto más por el
desenlace inolvidable que siguió a mis investigaciones, un poco inciertas,
respecto a lo que había obsesionado a mi primo.
III
Nunca habría sabido de la «estrella» de no haberme encontrado
accidentalmente con ella. Mi primo había escrito repetidamente acerca de
«hacer», «romper», «construir» y «destruir» la estrella, como algo necesario
para sus visiones, pero esta referencia carecía de sentido para mí, y
posiblemente continuaría sin sentido de no haber tenido oportunidad de fijarme
en el suelo, a la tenue luz de la buhardilla de la ventana redonda: las marcas en
el suelo formaban una estrella de cinco puntas. Esto no había sido visible
previamente, ya que una gran alfombra cubría el suelo; pero la alfombra se
había desplazado durante el traslado de libros y papeles a la Biblioteca de la
Universidad de Miskatonic, y por pura casualidad quedó el suelo al
descubierto.
Incluso en aquel momento no caí en que aquellas marcas pudiesen representar
una estrella. Hasta que acabé mi trabajo con los libros y papeles y moví del todo
la alfombra, quedando al descubierto el centro de la habitación, no se me
apareció el diseño entero. Vi entonces que era una estrella de cinco puntas,
decorada con dibujos ornamentales, de un tamaño que permitía dibujarla desde
el interior de la buhardilla. Me di cuenta en seguida de que ésta era la razón por
la que había en el cuarto de mi primo una caja de tizas cuya utilidad no había
comprendido antes. Empujé libros, papeles y todo lo demás a un lado. Fui a
buscar una tiza y me puse a dibujar el contorno de la estrella y todas las
ornamentaciones del interior. Se trataba sin duda de un diseño cabalístico, y no
cabía otra opción, para quien lo dibujaba, que sentarse en su interior.
De modo que tras completar el dibujo, de acuerdo con las marcas dejadas por
frecuentes reconstrucciones, me senté dentro. Muy posiblemente esperaba que
algo ocurriese, aunque estaba confundido con las anotaciones de mi primo
referentes a la destrucción del diseño cada vez que se veía amenazado.
Recordaba que en los rituales cabalísticos era la destrucción de esos diseños la
que traía el peligro de invasión física. Sin embargo, no ocurrió nada. Sólo
pasados unos minutos recordé «las palabras». Las había copiado, y me levanté a
buscarlas. Regresé y las pronuncié;
«Ph’nglui mglw’nafh Cthulhu R’lyeh wgah’nagl fhtagn.»
De repente se produjo un extraordinario fenómeno. Con la mirada fija en la
ventana redonda de la pared sur, pude ver todo lo que pasó. El cristal opaco de
la ventana se volvió transparente y me encontré, sorprendido, contemplando un
paisaje bañado por el sol, aunque era de noche, algunos minutos después de las
nueve de una noche de finales de verano en el Estado de Massachusetts. Pero el
paisaje que apareció en el cristal no podía encontrarse en ningún sitio de Nueva
Inglaterra: una tierra árida de piedras arenosas, de vegetación desértica, de
cavernas y, en el fondo, montañas con nieve en las cimas. Ese mismo paisaje
había sido descrito más de una vez en las notas crípticas de mi primo.
Dirigí mi vista fascinada hacia este paisaje, con la mente confusa. Parecía haber
vida en el paisaje que yo miraba, y aprehendí uno a uno sus aspectos: la
serpiente de cascabel que trepaba sinuosamente y el halcón de ojos rasgados
que comenzaba a elevarse. Esto me permitió observar que no era mucho antes
de la puesta del sol, ya que el reflejo de la luz en el pecho del halcón así lo
indicaba. Todos los caracteres prosaicos -el monstruo del Gila, el correcaminosdel
suroeste americano componían lo que estaba presenciando. ¿Dónde se
desarrollaba, entonces, la escena? ¿En Arizona? ¿En Nuevo Méjico?
Pero continuaron produciéndose acontecimientos, sin ningún punto de
referencia, en la desconocida tierra. La serpiente y el monstruo del Gila
desaparecieron, el halcón cayó como un plomo y volvió a subir con una
serpiente entre sus garras, el correcaminos se unió a otro. La luz del sol se iba, y
la escena toda se convertía en un paisaje de gran belleza. Entonces, de la boca
de una de las mayores cavernas emergieron los murciélagos, Venían volando
desde la oscura cueva miles de murciélagos, en bandada, y me parecía oírles.
No sé cuánto tiempo les llevó volar y volar hacia el crepúsculo. Acababan de
desaparecer cuando surgió algo, una especie de ser humano, de ser humano de
piel áspera, como si la arena del desierto se le hubiese incrustado en la
superficie de su cuerpo, con los ojos y orejas anormalmente grandes. Tenía un
aspecto escuálido, con las costillas marcadas a través de la piel, pero lo más
repelente era su rostro, parecido al del osito australiano llamado koala. Y al
verlo recordé que mi primo había llamado a esta gente -pues aparecieron otros
detrás del primero, algunos de ellos hembras- los Habitantes de la Arena.
Procedían de la caverna. Guiñaban sus grandes ojos. Pronto aparecieron en
mayor número, y se repartieron por todas partes detrás de los arbustos.
Entonces, parsimoniosamente, un monstruo increíble hizo su aparición:
primero un tentáculo, o algo así, luego otro, y ahora media docena de ellos que
exploraban cautelosamente el exterior de la cueva. Y luego, desde la oscuridad
del pozo de la caverna, emergió a medias una terrible cabeza. De pronto, al
impulsarse hacia delante, casi grité de horror. La cara era una desfiguración
monstruosa del mundo conocido: se elevaba de un cuerpo sin cuello que era
una masa de carne gelatinosa -a la vista parecía goma-, y los tentáculos que la
adornaban salían de una parte del cuerpo que podía ser la mandíbula inferior o
un aparente cuello.
Además, aquella cosa tenía una percepción inteligente, pues desde el principio
parecía haberse percatado de mi presencia. Arrastrándose desde la caverna, fijó
sus ojos en mí, y empezó a moverse con increíble rapidez en dirección a la
ventana sobre el cada vez más oscurecido paisaje. Supongo que no me estaba
dando cuenta del verdadero peligro que corría, puesto que observaba absorto, y
sólo cuando la cosa empezó a cubrir todo el paisaje, cuando uno de sus
tentáculos alcanzaba la ventana -¡y la atravesaba!-, sólo entonces experimenté la
parálisis del miedo.
¡La atravesaba! ¿Era ésta, entonces, la alucinación culminante?
Recuerdo haber roto la gelidez del miedo durante el tiempo suficiente para
quitarme un zapato y lanzarlo con todas mis fuerzas hacia el cristal de la
ventana. Al mismo tiempo, recordaba las frecuentes citas de mi primo relativas
a la destrucción de la estrella. Me incliné hacia adelante y borré parte del
diseño. Y mientras oía el ruido de los vidrios al romperse, me sumergí en una
bendita oscuridad.
Sabía ahora lo que sabía mi primo.
Si no hubiera esperado tanto, podía haberme evitado el conocimiento de todo
aquello, podía haber seguido pensando en ilusiones o alucinaciones. Pero ahora
sé que la ventana redonda era una potente puerta hacia otras dimensiones, a un
espacio y un tiempo desconocidos, una entrada a algún paisaje que Wilbur
Akeley deseaba encontrar, la llave de esos lugares secretos de la tierra y del
espacio, de las estrellas en que los súbditos de los Primordiales -¡y los propios
Primigenios!- se esconden para siempre, esperando resurgir otra vez. El cristal
de Leng -que quizá provenía de las Híadas, pues nunca supe de dónde lo había
sacado mi primo- podía girar dentro de su marco; no estaba sujeto a las leyes
físicas excepto en el hecho de que su dirección variaba al compás del
movimiento de la tierra sobre su eje. Y de no haberlo roto, habría dejado caer
sobre la tierra el azote de esas otras dimensiones, a causa de mi ignorancia y mi
curiosidad.
Y ahora sé que los modelos de los dibujos hechos por mi primo, entre sus
anotaciones, por muy toscos que fueran, representaban a seres que existían y no
eran producto de su imaginación. La culminante prueba final lo demuestra. Los
murciélagos que encontré en la casa cuando recuperé el conocimiento pudieron
haber entrado por la ventana rota. Que el cristal opaco se hubiese vuelto
translúcido podía explicarse como una ilusión óptica. Pero yo sabía algo más.
Sé, sin lugar a dudas, que lo que vi allí no era producto de una fantasía, porque
nada podría destruir esa prueba terrible que encontré cerca de los cristales rotos
en el suelo de la buhardilla: un trozo de tentáculo, de diez pies de largo, que se había
quedado atrapado entre las dimensiones cuando la puerta se cerró contra el monstruoso
cuerpo al que pertenecía. ¡El tentáculo que ningún científico hubiese podido identificar
como perteneciente a criatura conocida alguna, viva o muerta, en la superficie o en las
profundidades subterráneas de la tierra!
Bestiario
Entrela última cucharada de arroz con leche -poca canela, una lástima- y losbesos antes de subir a acostarse, llamó la campanilla en la pieza delteléfono e Isabel se quedó remoloneando hasta que Inés vino de atendery dijo algo al oído de su madre. Se miraron entre ellas y después lasdos a Isabel, que pensó en la jaula rota y las cuentas de dividir y unpoco en la rabia de misia Lucera por tocarle el timbre a la vuelta dela escuela. No estaba tan inquieta, su madre e Inés miraban como másallá de ellas, casi tomándola como pretexto ; pero la miraban.
-A mí, créeme que no me gusta que vaya - dijo Inés.- No tanto por eltigre, después de todo cuidan bien ese aspecto. Pero la casa tantriste, y ese chico sólo para jugar con ella...
-A mí tampoco me gusta - dijo la madre, e Isabel supo como desde untobogán que la mandarían a lo de Funes a pasar el verano. Se tiró en lanoticia, en la enorme ola verde, lo de Funes, lo de Funes, claro queella mandaban. No les gustaba pero convenía. Bronquios delicados, Mardel Plata carísima , difícil manejarse con una chica consentida, boba yconducta regular con lo buen que es la señorita Tania, sueño inquieto yjuguetes por todos lados, preguntas, botones, rodillas ssucias. Sintiómiedo, delicia, olor de sauces y la ú de Funes se le mezclaba con elarroz con leche, tan tarde y a dormir, ya mismo a la cama.
Acostada,sin luz, llena de besos y miradas tristes de Inés y su madre, no biendecididas pero ya decididas del todo a mandarla. Anteviviía la llegadaen break, el primer ayuno, la alegría de Nino cazador de cucarachas,Nino sapo, Nino pescado (un recuerdo de tres años atrás, Ninomostrándole unas figuritas puestas con engrudo en un álbum , ydiciéndole grave : "Este es un sapo y éste un pes - ca -do"). AhoraNino en el parque esperándola con la red de mariposas, y las manosblandas de Rema - las vio que nacían de la oscuridad, estaba con losojos abiertos y en vez de las cara de Nino zás las manos de Rema, lamenor de los Funes. "Tía Rema me quiere tanto", y los ojos de Nino sehacían grandes y mojados, otra vez vio a Nino desgajarse flotando en elaire confuso del dormitorio, mirándola contento. Nino pescado. Sedurmió queriendo que la semana pasara esa misma noche, y lasdespedidas, el viaje en tren., la legua en break, el portón,los eucaliptos del camino de entrada. Antes de dormirse tuvo un momentode horror cuando pensó que podía estar soñando. Estirándose de golpedio con los pies en los barrotes de bronce, le dolieron a través de lascolchas, y en el comedor grande se oía hablar a su madre y a Inés,equipaje, ver al médico por lo de la erupciones, aceite de bacalao yhammaelis virgínica. No era un sueño, no era un sueño.
Noera un sueño. La llevaron a Constitución una mañana ventosa, conbanderitas en los puestos ambulantes de la plaza, torta en el Tren Mixtoy gran entrada en el andén. Número catorce. La besaron tanto entre Inésy su madre que le quedó la cara como caminada, blanda y oliendo a rougey polvo rache de Coty., húmeda alrededor de la boca, un asco que elviento le sacó de un manotazo. No tenía miedo de viajar sola porque erauna chica grande, con nada menos que veinte pesos en la cartera,Compañía Sansinena de de Carnes Congeladas metiéndose por la ventanillacon un olor dulzón, el Riachuel amarillo e Isabel repuesta ya delllanto forzado, contenta, muerta de miedo, activa en el ejercicio plenode su asiento, su ventanilla, viajera casi única en un pedazo de cochedonde se podía probar todos los lugares y verse en los espejitos. Pensóuna o dos veces en su madre, en Inés -ya estarían en el 97, saliendo deConstitución-, leyó prohibido fumar, prohibido escupir, capacidad 42pasajeros sentados, pasaban por Banfield a toda carrera, ¡vuuuúm !campo más campo mezclado con el gusto de milkibar y las pastilla dementol. Inés le había aconsejado que fuera tejiendo la mañanita de lanaverde., de manera que Isabel la llevaba en lo más escondido de sumaletín, pobre Inés con cada idea tan pava.
En la estación le vino un poco de miedo, porque si el break...Pero estaba Ahí, con don Nicasio florido y respetuoso, niña de aquí yniña de allá, si el viaje bueno, si doña Elisa siempre guapa, claro quehabía llovido - Oh andar del break, vaivén para traerle elentero acuario de su anterior venida a los Horneros. Todo más a menudo,más de cristal y rosa, sin el tigre entonces, con don Nicanor mensocanoso, apenas tres años atrás., Nino un sapo, Nino un pescado, y lasmanos de Rema que daban deseos de llorar y sentirlas eternamente contrasu cabeza, en una caricia casi de muerte y de vainillas con crema, lasdos mejores cosas de la vida.
Ledieron un cuarto arriba, entero para ella, lindísimo. Un cuarto paragrande (idea de Nino, todo rulos negros y ojos, bonito en su mono azul; claro que de tarde Luis lo hacía vestir muy bien, de gris pizarra concorbata colorada) dentro de otro cuarto chiquito con un cardenal enormey salvaje. El baño quedaba a dos puertas (pero internas, de modo que sepodía ir sin averiguar antes dónde estaba el tigre), lleno de canillasy metales, aunque a Isabel no la engañaban fácil y ya en el baño senotaba bien el campo, las cosas no eran tan perfectas como en un bañode ciudad. Olía a viejo, la segunda mañana encontró un bicho de humedadpaseando por el lavabo. Lo tocó apenas, se hizo una bolita temerosa,perdió pie y se fue por el agujero borboteante.
Queridamamá tomo la pluma para - Comían en el comedor de cristales , donde seestaba más fresco. El Nene se quejaba a cada momento del calor, Luis nodecía nada pero poco a poco se le veía brotar el agua en la frente y labarba. Solamente rema estaba tranquila, pasaba los platos despacio ysiempre como si la comida fuera de cumpleaños, un poco solemne yemocionante. (Isabel aprendía en secreto su manera de trinchar, dedirigir a las sirvientitas). Luis casi siempre leía, los puños en lassienes y el libro apoyado en un sifón. Rema le tocaba el brazo antes depasarle el plato, y a veces el Nene lo interrumpía y lo llamabafilósofo. A Isabel le dolía que Luis fuera filósofo, no por eso sinopor el Nene tenía pretexto para burlarse y decírselo.
Comíanasí : Luis en la cabecera, Rema y Nino en un lado, el Nene e Isabel delotro , de manera que había un grande en la punta y a los lados un chicoy un grande. Cuando Nino quería decirle algo de veras le daba con elzapato en la canilla. Una vez Isabel gritó y el Nene se puso furioso yle dijo malcriada. Rema se quedó mirándola, hasta que Isabel se consolóen su mirada y la sopa juliana.
Mamita,antes de ir a comer es como en todos los otros momentos, hay quefijarse si - Casi siempre era Rema la que iba a ver si se podía pasaral comedor de cristales. Al segundo día vino al living grande y lesdijo que esperaran. Pasó un rato largo hasta que un peón avisó que eltigre estaba en el jardín de los tréboles, entonces rema tomó a loschicos de la mano y entraron todos a comer. Esta mañana las papasestuvieron resecas, aunque solamente el Nene y Nino protestaron.
Vosme dijiste que no debo andar haciendo - Porque Rema parecía detener,con su tersa bondad, toda pregunta. Estaba tan bien que no eranecesario preocuparse por lo de las piezas. Una casa grandísima, y enel pero de los casos había que no entrar en una habitación ; nunca másde una, de modo que no importaba. A los dos días Isabel se habituóigual que Nino. Jugaban de la mañana a la noche en el bosque de sauces,y si no se en el bosque de sauces le quedaba el jardín de los tréboles,el parque de las hamacas y las costra del arroyo. En la casa era lomismo, tenían sus dormitorios, el corredor del medio, la biblioteca deabajo (salvo un jueves en que no se pudo ir ala biblioteca) y elcomedor de cristales. Al estudio de Luis no iban porque Luis leía todoel tiempo, a veces llamaba a su hijo y le daba libros con figuras ;pero Nino los sacaba de ahí, se iban a mirarlos al living o al jardínde enfrente. No entraban nunca en el estudio del Nene porque teníanmiedo de sus rabias. Rema les dijo que era mejor así, se los dijo comoadvirtiéndoles ; ellos ya sabían leer en sus silencios.
Alfin y al cabo era un vida triste. Isabel se preguntó una noche por quélos Funes la habrían invitado a veranear. Le faltó edad para comprenderque no era por ella sino por Nino, un juguete estival para alegrar aNino. Sólo alcanzaba a advertir la casa triste, que rema estaba comocansada, que apenas llovía y las cosas tenían, sin embargo, algo dehúmedo y abandonado. Después de unos días se habituó al orden de lacasa, a la no difícil disciplina de aquel verano en Los Horneros. Ninoempezaba a comprender el microscopio que le regalar Luis, pasaron unasemana espléndida criando bichos en una batea con agua estancada yhojas de cala, poniendo gotas en la placa de vidrio para mirar losmicrobios. "Son larvas de mosquito, con ese microscopio no van a vermicrobios", les decía Luis desde su sonrisa un poco quemada y lejana.Ellos no podían creer que ese rebullente horror no fuese un microbio.Rema les trajo un caleidoscopio que guardaba en su armario, perosiempre les gustó más descubrir microbios y numerarles las patas.Isabel llevaba una libreta con los apuntes de los experimentos,combinaba la biología con la química y la preparación de un botiquín.Hicieron el botiquín en el cuarto de Nino, después de requisar la casapara proveerse de cosas. Isabel se lo dijo a Luis : "Queremos de todo :cosas.". Luis les dio pastillas de Andréu, algodón rosado, un tubo deensayo. El Nene, una bolsa de goma y un frasco de píldoras verdes conla etiqueta raspada. Rema fue a ver el botiquín, leyó el inventario enla libreta, y les dijo que estaban aprendiendo cosas útiles. A ella o aNino (que siempre se excitaba y quería lucirse delante de Rema) se leocurrió montar un herbario. Como esta mañana se podía ir al jardín delos tréboles, anduvieron sacando muestras y a la noche tenían el pisode sus dormitorios lleno de hojas y flores sobre papeles, casi noquedaba donde pisar. Antes de dormirse, Isabel apuntó : "Hoja número 74: verde, forma de corazón, con pintitas marrones". La fastidiaba unpoco que casi todas las hojas fueran verdes, casi todas lisas, casitodas lanceoladas.
Eldía que salieron a cazar las hormigas, vio a los peones de la estancia.Al capataz y al mayordomo los conocía bien porque iban con las noticiasa la casta. Peo estos otros peones, más jóvenes, estaban ahí del ladode los galpones con un aire de siesta, bostezando a ratos y mirandojugar a los niños. Uno le dijo a Nino : "Pa que vaj a juntar tó esosbichos", y le dijo con dos dedos en la cabeza, entre los rulos. Isabelhubiera querido que Nino se enojara, que demostrase ser el hijo delpatrón. Ya estaba con la botella hirviendo de hormigas y en la costadel arroyo dieron con un enorme cascarudo y lo tiraron también adentropara ver. La idea del formicario la habían sacado del Tesoro de laJuventud, y Luis les prestó un largo y profundo cofre de cristal..Cuando se iban, llevándolo entre los dos, Isabel le oyó decirle a Rema: "Mejor que se estén así quietos en casa". También le pareció que remasuspiraba. Se acordó antes dormirse, a la hora de las caras en laoscuridad, lo vio otra vez al Nene saliendo a fumar al porche, delgadoy canturreando, a rema que le levaba el café y él que tomaba la tazaequivocándose, tan torpe que apretó los dedos de rema al tomar la taza,Isabel había visto desde el comedor que Rema tiraba la mano atrás y elNene salvaba apenas la taza de caerse, y se reían con la confusión.Mejor hormigas negras que coloradas : más grandes, más feroces. Soltardespués un montón de coloradas, seguir la guerra detrás del vidrio,bien seguros. Salvo que no se pelearan. Dos hormigueros, uno en cadaesquina de la caja de vidrio. Se consolarían estudiando las distintascostumbres, con una libreta especial para cada clase de hormigas. Perocasi seguro que se pelearían, guerra sin cuartel para mirar por losvidrios, y una sola libreta.
ARema no le gustaba espiarlos, a veces pasaba delante de los dormitoriosy los veía con los formicarios al lado de la ventana, apasionados eimportantes . Nino era especial para señalar en seguida las nuevasgalerías, e Iasbel ampliaba el plano trazado con tinta a doble página.Por consejo de Luis terminaron aceptando hormigas negras solamente, yel formicario ya era enorme, las hormigas parecían furiosas ytrabajaban hasta la noche, cavando y removiendo con mil órdenes yevoluciones, avisado frotar de antenas y patas, repentinos arranques defuror o vehemencia, concentraciones y desbandes sin causa visible.Isabel ya no sabía que apuntar, dejó poco a poco la libreta, dejó pocoa poco la libreta y se pasaban estudiando y olvidándose losdescubrimientos. Nino empezaba a querer volver al jardín, aludía a lashamacas y a los petisos. Isabel lo despreciaba un poco. El formicariovalía más que todo Los Horneros, y a ella le encantaba pensar que lashormigas iban y venían sin miedo a ningún tigre, a veces le daba porimaginarse un tigrecito chico como una goma de borrar, rondando lasgalerías del formicario ; tal vez por eso los desbandes, lasconcentraciones. Y le gustaba repetir el mundo grande en el de cristal,ahora que se sentía un poco presa, ahora que estaba prohibido bajar alcomedor hasta que Rema les avisara.
Acercóla nariz a uno de los libros, de pronto atenta porque le gustaba queella consideraran ; oyó a rema detenerse en la puerta, callar, mirarla.Esas cosas las oía con tan nítida claridad cuando era Rema.
- ¿Por qué así sola ?
- Nino se fue a las hamacas. Me parece que ésta debe ser una reina, es grandísima.
Eldelantal de Rema se reflejaba en el vidrio. Isabel le vio una manolevemente alzada, con el reflejo en el vidrio parecía como si estuvieradentro del formicario, de pronto pensó en la misma mano dándole la tazade café al Nene, pero ahora eran las hormigas que le andaban por losdedos, las hormigas en vez de la taza y la mano del Nene apretándolelas yemas.
- Saque la mano, Rema - pidió
- ¿La mano ?
- Ahora está bien. El reflejo asusta a las hormigas.
- Ah. Ya se puede bajar al comedor.
- Después. ¿El Nene está enojado con Ud., Rema ?.
Lamano pasó sobre el vidrio como un pájaro por una ventana. A Isabel lepareció que las hormigas se espantaban de veras, que huían de reflejo.Ahora ya no se veía nada, rema se había ido, andaba por el corredorcomo escapando de algo. Isabel sintió miedo de su pregunta, un miedosordo y sin sentido, quizá no de la pregunta como se verla irse así arema, del vidrio otra vez límpido donde las galerías desembocaban y setorcían como crispados dedos dentro de la tierra.
Unatarde hubo siesta, sandía, pelota a paleta en la red que miraba alarroyo, y Nino estuvo espléndido sacando tiros que parecían perdidos ysubiéndose al techo por la glicina para desenganchar la pelota metidaentre dos tejas. Vino un peoncito del lado de los sauces y los acompañóa jugar, pero era lerdo y se le iban los tiros. Isabel olía hojas deaguaribay y en un momento, al devolver con un revés una pelotainsidiosa que Nino le mandaba baja, sintió como muy adentro lafelicidad del verano. Por primera vez entendía su precencia en LosHorneros, las vacaciones , Nino. Pensó en el formicario, allá arriba, yera una cosa muerta y rezumante, un horror de patas buscando salir, unaire vaciado y venenoso. Golpeó la pelota con rabia, con alegría, cortóun tallo de aguaribay con los dientes y lo escupió asqueada, feliz, porfin de veras bajo el sol del campo.
Losvidrios cayeron como granizo. Era en el estudio del Nene. Lo vieronasomarse en mangas de camisa, con los anchos anteojos negros.
- ¡Mocosos de porquería !
El peoncito escapaba. Nino se puso al lado de Isabel, ella lo sintió temblar con el mismo viento que los sauces.
- Fue sin querer, tío.
- De veras, Nene, fue sin querer.
Ya no estaba.
Lehabía pedido a rema que se llevara el formicario y Rema se lo prometió.Después charlando mientras la ayudaba a colgar su ropa y a ponerse elpiyama, se olvidaron. Isabel sintió la cercanía de las hormigas cuandorema le apagó la luz y se fue por el corredor a darle las buenas nochesa Nino todavía lloroso y dolido, pero no se animó a llamarla de nuevo,rema hubiera pensado que era una chiquilina. Se propuso dormir enseguida, y se desveló como nunca. Cuando fue el momento de las caras enla oscuridad, vio a su madre y a Inés mirándose con un sonriente airede cómplices y poniéndose unos guantes de fosforescente amarillo. Vio aNino llorando, a su madre y a Inés con los guantes que ahora erangorros violeta que les giraban y giraban en la cabeza, a Nino con ojosenormes y huecos - tal vez por haber llorado tanto - y previó que ahoravería a Rema y a Luis, deseaba verlos y no al Nene, pro vio al Nene sinlos anteojos, con la misma cara contraía que tenía cuando empezó apegarle a Nino y Nino se iba echando atrás hasta quedar contra la paredy lo miraba como esperando que eso concluyera, y el Nene volvía acruzarle la cara con un bofetón suelto y blando que sonaba a mojado,hasta que Rema se puso delante y él se rió con la cara casi tocando lade rema, y entonces se oyó volver a Luis y decir desde lejos que yapodían ir al comedor de adentro.
Todotan rápido, todo porque Nino estaba ahí y Rema vino a decirles que nose movieran del living hasta que Luis verificara en qué pieza estaba eltigre, y se quedó con ellos mirándolos jugar a las damas. Nino ganaba yRema lo elogió, entonces Nino se puso tan contento que le pasó losbrazos por el talle y quiso besarla. Rema se había inclinándoseriéndose, y Nino la besaba en los ojos y la nariz, los dos se reían ytambién Isabel, estaban tan contentos jugando así. No vieron acercarseal Nene, cuando estuvo a l lado arrancó a Nino de un tirón, le dijoalgo del pelotazo al vidrio de su cuarto y empezó a pegar, miraba aRema cuando pegaba, parecía furioso contra Rema y ella lo desafió unmomento con los ojos, Isabel asustada la vio que lo encaraba y se poníadelante para proteger a Nino. Toda la cena fue un disimulo, unamentira, Luis creía que Nino lloraba por un porrazo, el nene miraba aRema como mandándola que se callara, Isabel lo veía ahora con la bocadura y hermosa, de labios rojísimos ; en la tiniebla los labios erantodavía más escarlata, se le veía un brillo de dientes naciendo apenas.De los dientes salió una nube esponjosa, un triángulo verde, Isabelparpadeaba para borrar las imágenes y otra vez salieron Inés y su madrecon guantes amarillos ; las miró un momento y pensó en el formicario:eso estaba ahí y no se veía ; los guantes amarillos no estaban y ellalos veía en cambio como a pleno sol. Le pareció casi curioso, no podíahacer salir el formicario, más bien lo alcanzaba como un peso, unpedazo de espacio denso y vivo. Tanto lo sintió que se puso a buscarlos fósforos, la vela de noche. El formicario saltó de la nada envueltoen penumbra oscilante. Isabel se acercaba llevando la vela. Pobreshormigas, iban a creer que era el sol que salía. Cuando pudo mirar unode los lados, tuvo miedo ; en plena oscuridad las hormigas habíanestado trabajando. Las vio ir y venir, bullentes, en un silencio tanvisible, tan palpable. Trabajan allí adentro, como si no hubieranperdido todavía la esperanza de salir.
Casisiempre era el capataz el que avisaba de los movimientos del tigre ;Luis le tenía la mayor confianza y como se pasaba casi todo el díatrabajando en su estudio, no salía nunca no dejaba moverse a los quevenían del piso alto hasta que don Roberto mandaba su informe. Perotambién tenían que confiar entre ellos. Rema, ocupada en los quehaceresde adentro, sabía bien lo que pasaba en la planta alta y arriba. Otrasveces nada, pero sin don Roberto los encontraba afuera les marcaba elparadero del tigre y ellos volvían a avisar. A Nino le creían todo, aIsabel menos porque era nueva y podía equivocarse. Después, como andabasiempre con Nino pegado a sus polleras, terminaron creyéndole lo mismo.Eso, de mañana y tarde ; por la noche era el Nene quien salía averificar si los perros estaban atados o sin no habían quedado rescoldocerca de las casas. Isabel vio que llevaba el revólver y a veces unbastón con puño de plata.
ARema no quería preguntarle porque Rema parecía encontrar en eso algotan obvio y necesario ; preguntarle hubiera sido pasar por tonta, yella cuidaba su orgullo delante de otra mujer. Nino era fácil, hablabay refería. Todo tan claro y evidente cuando él lo explicaba. Sólo porla noche, si quería repetirse esa claridad y esa evidencia, Isabel sedeba cuenta de que la razones importantes continuaban faltando.Aprendió pronto lo que de veras importaba : verificar previamente si deveras se podía salir de la casa o bajar al comedor de cristales, alestudio de Luis, a la biblioteca. "Hay que fiar en don Roberto", habíadicho Rema. También en ella y en Nino. A Luis no le preguntaba porquepocas veces sabía. Al Nene que sabía siempre, no le preguntó jamás. Yasí todo era fácil, la vida se organizaba para Isabel con algunasobligaciones más del lado de los movimientos, y en algunas menos dellado de la ropa , de las comidas, la hora de dormir. Un veraneo deveras, como debería ser el año entero.
... verte pronto. Ellos están bien. Con Nino tenemos un formicario y jugamos y llevamos un herbario muy grande. Rema te manda beso, está bien. Yo la encuentro triste, lo mismo a Luis que es muy bueno. Yo creo que Luis tiene algo, y eso que estuida tanto. Rema me dio unos pañuelos de colores preciosos, a Inés le van a gustar. Mamá esto es lindo y yo me divierto con Nino y don Roberto, es el capataz y nos dice cuando podemos salir y adónde, una tarde casi se equivoca y nos manda a la costa del arroyo, en eso vino un peón a decir que no, vieras qué afligido estaba don Roberto y después Rema, lo alcanzó a Nino y lo estuvo besando, y a mí me apretó tanto. Luis anduvo diciendo que la casa no era para chicos, y Nino le preguntó quiénes eran los chicos y se rieron, hasta el Nene se reía. Don Roberto es el capataz.
Si vinieras a buscarme te quedarías unos días y podrías estar con rema y alegrarla. Yo creo que ella....
Perodecirle a su madre que rema lloraba de noche, que la había oído llorarpasando por el corredor a pasos titubeantes, pararse en la puerta deNino, seguir, bajar la escalera (se estaría secando los ojos) y la vozde Luis, lejana : "¿Qué tenés Rema ? ¿No estás bien ?", un silencio,toda la casa como una inmensa oreja, después de un murmullo y otra vezla voz de Luis : "Es un miserable, un miserable...", casi comocomprobando fríamente un hecho, una filiación, tal vez un destino.
...está un poco enferma, le haría bien que vinieras y las acompañaras. Tengo que mostrarte el herbario y unas piedras del arroyo que me trajeron los peones. Decile a Inés...
Erauna noche como le gustaba a ella, con bichos, humedad, pan recalentadoy flan de sémola con pasas de corinto. Todo el tiempo ladraban losperros sobre las costa del arroyo, un mamboretá enorme se plantó de unvuelo en el mantel y Nino fue a buscar una lupa, lo taparon con un vasoancho y lo hicieron rabiar para que mostrase los colores de las alas.
- Tirá ese bicho - pidió rema-. Les tengo un asco.
- Es un buen ejemplar - admitió Luis-. Miren como sigue mi mano con los ojos. El único insecto que gira la cabeza.
- Qué maldita noche - dijo el Nene detrás de su diario.
Isabel hubiera querido decapitar al mamboretá , darle un tijeretazo y ver qué pasaba.
- Dejalo dentro del vaso - pidió Nino-. Mañana lo podríamos meter en el formicario y estudiarlo.
Elcalor subía, a las diez y media no se respiraba. Los chicos se quedaroncon Rema en el comedir de adentro, los hombres estaban en sus estudios.Nino fue el primero en decir que tenía sueño.
-Subí solo, yo voy después de verte. Arriba está todo bien. - Y rema loceñía por la cintura, con un gesto que a él le gustaba tanto.
-¿Nos contás un cuento, tía Rema ?
- Otra noche.
Sequedaron solas, con el mamboretá que las miraba. Vino Luis a darles lasbuenas noches, murmuró algo sobre la hora en que los chicos debían irsea la cama, Rema les sonrió al besarlo.
-Oso gruñón - dijo, e Isabel inclinada sobre el vaso del mamboretá pensóque nunca había visto a rema besando al Nene y a un mamboretá de unverde tan verde. Le movía un poco el vaso y el mamboretá rabiaba. Remase acercó para pedirle que fuera a dormir.
- Tirá ese bicho, es horrible..
- Mañana, rema.
Lepidió que subiera a darle las buenas noches. El Nene tenía entornada lapuerta de su estudio y estaba paseándose en mangas de camisa, con elcuello suelto. Le silbó al pasar.
- Me voy a dormir, Nene.
- Oíme: decíle a Rema que me haga una limonada bien fresca y me la traiga aquí. Después subís no más a tu cuarto.
Claroque iba a subir a su cuarto, no veía por qué tenía él que mandárselo.Volvió al comedor para decirle a rema, vio que vacilaba.
- No subás todavía. Voy a a hacer la limonada y se la llevás vos misma.
- El dijo que ...
- Por favor.
Isabelse sentó al lado de la mesa. Por favor. Había nubes de bichos girandobajo la lámpara de carburo, se hubiera quedando horas mirando la nada yrepitiendo : Por favor, por favor. Rema, Rema. Cuánto la quería, y esavoz de tristeza sin fondo, sin razón posible, la voz de la tristeza.Por favor. Rema, Rema... Un calor de fiebre le ganaba la cara, un deseode tirarse a los pies de Rema, de dejarse llevar en los brazos porrema, una voluntad de morirse mirándola y que Rema le tuviera lástima,le pasara finos dedos frescos por el pelo, por los párádos...
Ahora le alcanzaba una jarra verde llena de limones partidos y hielo.
- Llevásela...
- Rema ...
Le pareció que temblaba, que se ponía de espaldas a la mesa para que ella no le viese los ojos.
- Ya tiré el mamboretá, Rema.
Seduerme mal con el calor pegajoso y tanto zumbar de mosquitos. Dos vecesestuvo a punto de levantarse, salir al corredor o ir al baño a mojarselas muñecas y la cara. Pero oía andar a alguien, abajo, alguien sepaseaba de un lado al otro del comedor, llegaba al pie de la escalera,volvía... No eran los pasos oscuros y espaciados de Luis, no era elandar de rema. Cuánto calor tenía esa noche el Nene, cómo se habríabebido a sorbos la limonada. Isabel lo veía bebiendo de la jarra, lasmanos sosteniendo la jarra verde con rodajas amarillas oscilando en elagua bajo la lámpara ; pero a la vez estaba segura de que el Nene nohabía bebido la limonada, que estaba aún mirando la jarra que ella lellevara hasta le mesa como alguien que mora una perversidad infinita.No quería pensar en la sonrisa del Nene, su hasta la puerta como paraasomarse al comedor, su retorno lento.
- Ella tenía que traérmela. A vos te dije que subieras a tu cuarto. Y no ocurrírsele más que una respuesta tan idiota :
- Está bien fresca, Nene.
Y la jarra verde como el mamboretá.
Ninose levantó el primero y le propuso ir a buscar caracoles al arroyo.Isabel caso no había dormido, recordaba salones con flores,campanillas, corredores de clínica, hermanas de caridad, termómetros enbocales con bicloruro, imágenes de primera comunión, Inés, la bicicletarota, el tren Mixto, el disfraz de gitana de los ocho años. Entre todoeso, como delgado aire entre hojas de álbum, se veía despierta ,pensando en tantas cosas que no eran flores, campanillas, corredores declínica. Se levantó de mala gana, se lavó duramente las orejas. Ninodijo que eran las diez y que el tire estaba en la sala del piano, demodo que podía irse en seguida al arroyo. Bajaron juntos, saludandoapenas a Luis y al Nene que leían con las puertas abiertas. Loscaracoles quedaban en la costa sobre los trigales. Nino anduvoquejándose de la distracción de Isabel, la trató de mala compañera y deque no ayudaba a formar la colección. Ella lo veía de repente tanchico, tan un muchachito entre sus caracoles y su hojas.
Volvióla primera, cuando en la casa izaban la bandera para el almuerzo. DonRoberto venía de inspeccionar e Isabel le preguntó como siempre. YaNino se acercaba despacio, cargando la caja de los caracoles y losrastrillos, Isabel lo ayudó a dejar los rastrillos en el porch yentraron juntos. Rema estaba ahí, blanca y callada. Nino le puso uncaracol azul en la mano..
- Para vos, el más lindo.
ElNen ya comía, con el diario al lado, a Isabel le quedaba apenas sitiopara apoyar el brazo. Luis vino el último de su cuarto, contento comosiempre a mediodía. Comieron, Nino hablaba de los caracoles, los huevosde caracoles en las cañas, la colección por tamaños o colores. Él losmataría solo, porque a Isabel le daba pena, los pondría a secar contrauna chapa de cinc. Después vino el café y Luis los miró con la preguntausual, entonces Isabel se levantó la primera para buscar a don Roberto,aunque don Roberto ya le había dicho antes. Dio vuelta al porch ycuando entró otra vez, Rema y Nino tenían las cabezas juntas sobre loscaracoles, estaban como en una fotografía de familia, solamente Luis lamiró y ella dijo : "Está en el estudio del Nene", se quedó viendo comoel Nene alzaba los hombros, fastidiado, y rema que tocaba un caracolcon la punta del dedo, tan delicadamente que también su dedo tenía algode caracol. Después Rema se levantó para ir a buscar más azúcar, eIsabel fue detrás de ella charlando hasta que volvieron riendo por unabroma que habían cambiado en la antecocina. Como a Luis le faltabatabaco y mandó a Nino a su estudio, Isabel lo desafió a que encontrabaprimero los cigarrillos y salieron juntos. Ganó Nino, volvieroncorriendo y empujándose, casi chocan con el Nene que se iba a leer eldiario a la biblioteca, quejándose por no poder usar su estudio. Isabelse acercó a mirar los caracoles, y Luis esperando que le encendieracomo siempre el cigarrillo la vio perdida, estudiando los caracoles queempezaban despacio a asomar y moverse, mirando de pronto a rema, perosaliéndose de ella como una ráfaga, y obsesionada por los caracoles,tanto que no se movió al primer alarido del Nene, todos corrían ya yella estaba sobre los caracoles como si no oyera el grito ahogado delNene, los golpes de Luis en la puerta de la biblioteca, don Roberto queentraba con perros, y Luis repitiendo: "¡Pero si estaba en el estudiode él ! ¡Ella dijo que estaba en el estudio de él !", inclinada sobrelos caracoles esbeltos como dedos, quizá como los dedos de Rema, o erala mano de rema que le tomaba el hombro, le hacía alzar la cabeza paramirarla, para estarla mirando una eternidad, rota por su llanto ferozcontra la pollera de rema, su alterada alegría, y rema pasándole lamano por el pelo, calmándola con un suave apretar de dedos y unmurmullo contra su oído, un balbucear como de gratitud, de innombrable aquiescencia.
http://www.juliocortazar.com.ar
CHARLES BUKOWSKI - SE BUSCA UNA MUJER
Edna bajaba por la calle con su bolsa de la compra, cuando pasó a la altura del
automóvil. Había algo escrito en la ventanilla lateral:
SE BUSCA UNA MUJER.
Se paró. Era un cartón pegado a la ventanilla, con alguna especie de anuncio. En
su mayor parte estaba escrito a máquina. Edna no podía leerlo desde el lugar de
la acera en que se encontraba. Sólo podía ver las letras grandes:
SE BUSCA UNA MUJER.
Era un coche nuevo y de los caros. Edna cruzó la hierba y se acercó a leer la
parte mecanografiada:
«Hombre de 49 años. Divorciado. Busca una mujer con fines matrimoniales. Que
tenga entre 35 y 44 años. Me gusta la televisión y los films. La buena comida.
Soy contable y tengo el trabajo bien asegurado. Tengo dinero en el banco. Me
gustan las mujeres algo rellenas.
Edna tenía 37 años y estaba algo rellena. Había un número de teléfono. También
había tres fotos del caballero que buscaba una mujer. Parecía rico y elegante,
con su traje y corbata. También parecía algo estúpido y un poco cruel. Y hecho
de madera, pensó Edna, hecho de madera...
Siguió su camino, con una pequeña sonrisa. También sentía una especie de
repulsión. Pero cuando llegó a su apartamento ya se había olvidado por completo
de todo. Fue varias horas más tarde, sentada en la bañera, cuando empezó a
pensar en él otra vez, y esta vez pensó en lo solo, en lo terriblemente solo que
debía encontrarse para haber llegado a hacer una cosa así:
SE BUSCA UNA MUJER.
Se lo imaginó llegando a la casa, encontrándose las facturas del gas y del
teléfono en el buzón, desnudándose, tomando un baño, la televisión encendida.
Después leería el periódico de la tarde. Luego entraría en la cocina a hacerse
la cena. Allí, quieto, mirando como se fríe el pan, en calzoncillos. Luego
cogería la comida y la llevaría a una mesa, se la comería. Le podía ver
bebiéndose su café. Luego más televisión. Y quizás un solitario bote de cerveza
antes de acostarse. Debía haber millones de hombres como él en toda América.
Edna salió de la bañera, se secó, se vistió y salió del apartamento. El coche
seguía allí. Apuntó su nombre, Joe Lighthill, y el número de teléfono. Leyó de
nuevo toda la parte mecanografiada. «Films». Era un término muy culto. La gente
decía «películas» normalmente. Se busca una mujer. El anuncio era bastante
atrevido. Por lo menos había mostrado ser original al escribirlo.
Cuando Edna volvió a casa se tomó tres tazas de café antes de marcar el número.
El teléfono sonó cuatro veces. «¿Hola?» Contestó él.
—¿Señor Lighthill?
—¿Sí?
—Es que vi su anuncio. Su anuncio en el coche...
—Ah, sí.
—Me llamo Edna.
—¿Cómo estás, Edna?
—Oh, muy bien. Pero hace tanto calor. Este tiempo es demasiado.
—Sí, hace la vida difícil.
—Bueno, señor Lighthill...
—Llámame Joe, a secas.
—Bueno, Joe, ja, ja, ja, me siento como una tonta. ¿Sabes por qué he llamado?
—Viste mi anuncio.
—Bueno, quiero decir, ja, ja, ja. ¿Qué es lo que te pasa? ¿No puedes conseguir
una mujer?
—Creo que no. Edna, dime. ¿Dónde están?
—¿Las mujeres?
—Sí.
—Oh, pues en todas partes, ya sabes.
—¿Dónde? Dime. ¿Dónde?
—Bueno, en la iglesia, por ejemplo. Hay mujeres en la iglesia.
—No me gusta la iglesia.
—Oh.
—Escucha. ¿Por qué no te vienes aquí, Edna?
—¿Quieres decir allí, a tu casa?
—Sí. Tengo un buen apartamento. Podemos tomarnos una copa, conversar. Sin
compromiso.
—Es tarde.
—No es tan tarde. Escucha, viste mi anuncio y llamaste. Debes estar interesada.
—Bueno, es que...
—Tienes miedo, eso es lo que te pasa. Tienes miedo.
—No, yo no tengo miedo.
—Entonces vente, Edna.
—Bueno, es que...
—Vamos.
—Bueno, de acuerdo. Estaré allí en quince minutos.
Era en el último piso de un moderno complejo de apartamentos. Apartamento 17. La
piscina reflejaba las luces. Edna llamó. La puerta se abrió y allí estaba el
señor Lighthill. Con una calvicie incipiente; la nariz afilada con pelos
saliéndole de los orificios; la camisa abierta por el cuello.
—Entra, Edna...
Ella pasó y la puerta se cerró detrás. Edna se había puesto un vestido de seda
azul. No se había puesto medias. Iba en sandalias y fumando un cigarrillo.
—Siéntate. Te serviré algo de beber.
Era un sitio bonito. Todo estaba decorado en azul y verde, y además estaba muy
limpio. Pudo oír al señor Lighthill canturreando sordamente mientras preparaba
las bebidas... Parecía relajado y eso la tranquilizó.
El señor Lighthill —Joe— salió con las bebidas. Le alcanzó a Edna la suya y fue
a sentarse a una silla en el lado opuesto de la habitación.
—Sí —dijo él—, hace calor, un calor infernal. Pero yo tengo aire acondicionado.
¿Te has dado cuenta?
—Sí, ya lo noté. Está muy bien.
—Bebe algo.
—Oh, sí.
Edna probó un trago. Estaba bueno, un poco fuerte, pero sabía bien. Vio a Joe
inclinar la cabeza hacia atrás al beber. Tenía una gruesa papada. Y sus
pantalones eran demasiado holgados. Parecían ser varias tallas más grandes. Le
daban a sus piernas un aspecto cómico, ridículo.
—Llevas un vestido muy bonito, Edna.
—¿Te gusta?
—Oh, sí, te cae muy bien. Parece cómodo, muy cómodo.
Edna no dijo nada. Y Joe tampoco. Y allí estaban, sentados, mirándose el uno al
otro, bebiéndose sus vasos.
¿Por qué no habla?, pensó Edna. Se supone que es él quien debe empezar la
conversación. Verdaderamente tenía algo de madera...
Edna terminó su bebida.
—Deja que te sirva otro —dijo Joe.
—No. Me tengo que ir ya.
—Oh, vamos —dijo él—; déjame que te sirva otro trago. Necesitamos beber algo
para soltarnos.
—Está bien, pero después de éste me voy.
Joe se llevó los vasos a la cocina. Esta vez no canturreó. Salió, le dio a Edna
su vaso y volvió a sentarse en la silla al lado opuesto de la habitación. La
bebida era ahora más fuerte.
—Sabes —dijo—, soy bastante bueno en el sexo.
Edna bebió su vaso y no contestó nada.
—¿Qué tal eres tú en la cuestión sexual? —preguntó Joe.
—Nunca lo he hecho.
—Deberías hacerlo, sabes, así te darías cuenta de quién eres y qué eres.
—¿Tú crees que todo eso es verdad? Quiero decir, yo lo he leído en los
periódicos, no sé qué pensar. Yo no lo he hecho nunca pero he visto fotos —dijo
Edna.
—Por supuesto que es verdad, deberías hacerlo.
—Tal vez no sea muy buena para estas cosas —dijo Edna—. Tal vez es por eso que
estoy sola. —Se tomó un buen trago del vaso.
—Cada uno de nosotros, al fin y al cabo, siempre solos —dijo Joe.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que, no importe cómo vaya la cuestión sexual, o el amor, o ambos,
llega un día en que todo se acaba.
—Eso es triste —dijo Edna.
—Sí, claro. Así llega un día en que todo se pasa. Y entonces, o se corta o todo
se convierte en una tregua infernal: Dos personas viviendo juntas sin el menor
sentimiento entre ellas. Creo que es mucho mejor vivir solo que eso.
—¿Tú te divorciaste de tu mujer, Joe?
—No, ella se divorció de mí.
—Y qué es lo que fue mal?
—Las orgías sexuales.
—¿Las orgías sexuales?
—Sí, ya sabes, una orgía es el lugar más solitario del mundo. Esas orgías... Me
sentía desesperado... Esas pollas deslizándose dentro y fuera... Perdóname...
—No pasa nada.
—Bueno, esas pollas deslizándose dentro y fuera, piernas enredadas, los dedos
trabajando, hurgando por todos lados, bocas, todo el mundo babeando, y sudando,
y una ciega determinación a hacerlo... como sea.
—No sé mucho acerca de esas cosas, Joe —dijo Edna.
—Yo creo que, sin amor, el sexo no es nada. Las cosas sólo pueden tener un
significado cuando existe algún sentimiento entre los participantes.
—¿Quieres decir que a cada uno le debe gustar el otro?
—Eso ayuda bastante.
—¿Supón que ambos se casen. Supón que tienen que seguir juntos, por cuestiones
económicas, niños, cualquier cosa?
—Las orgías no arreglarán nada.
—¿Y entonces qué?
—Bueno, no sé. Tal vez el swap.
—¿El swap?
—Sí, ya sabes, cuando dos parejas se conocen muy bien y entonces hacen
intercambio de componentes. Los sentimientos, al fin y al cabo, tienen una
oportunidad. Por ejemplo, digamos que a mí siempre me ha gustado la mujer de
Mike. Me viene gustando desde hace meses. La he visto pasear por la habitación.
Me gustan sus movimientos, llaman mi atención. Me imagino, ya sabes, lo que va
con esos movimientos. La he visto furiosa, la he visto
borracha, la he visto sobria. Y entonces, el swap. Estás en la cama con ella, y
por fin la estás conociendo. Existe la posibilidad de que sea algo real. Por
supuesto, Mike se está tirando a tu mujer en la otra habitación. Muy bien, buena
suerte, Mike, piensas, y espero que seas tan buen amante como yo.
—¿Y funciona bien?
—Bueno, no sé... Los swaps pueden traer problemas... a la larga. Tiene que estar
todo muy hablado... bien hablado y con tiempo. Y aún así puede haber gente que
no sepa bastante, no importa cuánto se haya hablado...
—¿Tú sabes bastante, Joe?
—Bueno, estos swaps... Creo que pueden ser buenos para algunos... Tal vez para
muchos. Pero me temo que conmigo no funcionan. Soy bastante mojigato.
Joe acabó su bebida. Edna se bebió de un trago el resto de la suya y se levantó.
—Escucha, Joe, me tengo que ir...
Joe cruzó la habitación hacia ella. Parecía un elefante mientras se acercaba,
con esos pantalones. Vio sus grandes orejas. Entonces la agarró y comenzó a
besarla. Su mal aliento arrastraba todas las bebidas; era un olor agrio. Parte
de su boca no hacía contacto. Era fuerte pero su fuerza no era real. Ella apartó
su cabeza pero él la siguió agarrando.
SE BUSCA UNA MUJER.
—¡Déjame, Joe! ¡Estás yendo muy de prisa, Joe! ¡Deja que me vaya!
—¿Por qué viniste aquí, zorra?
La intentó besar otra vez y lo consiguió. Era horrible. Edna subió la rodilla
bruscamente. Y le alcanzó de lleno. El se llevó las manos a las partes y cayó al
suelo.
—Dios, Dios... ¿Por qué has tenido que hacerme esto? Me has querido asesinar...
¡Auuggh!
Rodó por el suelo gimiendo.
Su trasero, pensó ella, tiene un trasero tan horrible.
Le dejó tirado en el suelo y bajó corriendo las escaleras. El aire estaba limpio
allá fuera. Mientras bajaba, pudo oír gente hablando, pudo oír sus televisores.
Su casa no estaba muy lejos. Sintió que necesitaba darse otro baño, quitarse su
vestido de seda azul y lavarse bien todo el cuerpo. Hacía calor. Más tarde,
salió de la bañera, se secó y se colocó unos rulos rosados en el pelo. Decidió
no volver a verle más.
JACK DEDOS DE MUELLESusan Casper
Sabía a dónde iba tan pronto como entró en la sala de juegos electrónicos. Dejó atrás las filas de atareados chiquillos, las estridentes y electrónicas voces que surgían de las máquinas, los centelleos luminosos y los incesantes pitidos. Pasó frente a las viejas máquinas del millón, todas ellas desocupadas, relampagueando con lucecitas y timbres como anticuados voceadores mecánicos que intentaban vanamente tentar a un público que pasaba de largo.
La máquina que él buscaba estaba al fondo, en un rincón iluminado tenuemente, y dejó escapar un suspiro de alivio al ver que nadie la utilizaba. Su pantalla, que miraba sin decir nada, estaba encajada en un armazón amarillo, por encima de una hilera de palancas y botones. En el costado, debajo de la ranura para echar las monedas, había un dibujo chillón que representaba a una mujer ataviada según la antigua moda victoriana. El sombrero, grande y adornado, estaba ligeramente ladeado en lo alto de su cabeza y de allí caía hacia los lados una cabellera cuidadosamente peinada. La mujer estaba gritando, con los ojos muy abiertos y el dorso de la mano casi cubriéndole la encantadora boca. Y detrás suyo, bosquejada en un tono blanco borroso, se adivinaba una figura acechante.
Dejó su cartera de mano en el suelo, al lado de la máquina. Con dedos inseguros, buscó una moneda y la metió en la ranura. La pantalla adquirió vida y luz. Un hombre siniestro, con gorro de cazador, agitó un cuchillo con la punta manchada de carmesí y desapareció detrás de una hilera de edificios. Las imágenes eran excelentes, extremadamente realistas. La pantalla se llenó con hileras de instrucciones de color azul oscuro contra un fondo azul claro, y él las miró superficialmente, esperando con impaciencia a que empezara el juego.
Apretó un botón y la imagen volvió a cambiar, convirtiéndose en un laberinto de calles miserables con hileras de edificios ruinosos. Una figura única, la suya, ocupaba el centro de la pantalla. Una mujer con un vestido de la época victoriana, sobre la que figuraba el nombre de Polly, andaba hacia él. Recordó que tenía que hacerle quitar el gorro al hombre; de lo contrario, ella no querría ir con él. Se pusieron a andar juntos, y él, cuidadosamente, la hizo pasar de largo la primera intersección. La vieja calle Montague era una trampa para principiantes en la cual él no había caído desde hacía tiempo. La primera calle por la que se tenía que ir era Buck's Row.
A un lado, un policía estaba separando a un par de harapientas mujeres que peleaban. Allí, él tenía que llevar cuidado porque si era localizado le costaría puntos. Llevó a su pareja por el callejón apropiado y tuvo la satisfacción de ver que estaba desierto.
Los latidos de su corazón se hicieron más fuertes cuando hizo situar a su figura detrás de la figura de la mujer; notó una respiración fuerte y ronca, que salía de su boca. Esta parte del juego tenía limitación de tiempo, por lo que tendría que actuar contra el reloj. Sacó un cuchillo del interior de su chaqueta. Tapando la boca de Polly con una mano, le abrió malignamente la garganta de oreja a oreja. En la pantalla aparecieron unas líneas de color rojo brillante, pero apartadas de él. Buena cosa. No se había manchado de sangre. Ahora venía la parte más dura. Tendió a la mujer en el suelo y la empezó a destripar, abriéndole cuidadosamente el abdomen casi hasta el diafragma y manteniendo la mirada sobre el reloj. Terminó con veinte segundos de ventaja y movió a su figura, alejándola triunfalmente del policía que se acercaba poco a poco. Una vez hubo encontrado la primera fuente pública donde lavarse, concluyó la primera parte.
Su figura quedó de nuevo centrada en la pantalla. Esta vez, la figura que se acercó fue Annie La Sombría y él la llevó a la calle Hanbury. Pero esta vez se olvidó de taparle la boca cuando la apuñaló y ella pudo soltar un grito; un grito estridente y terrorífico. Inmediatamente la pantalla empezó a relampaguear con una tonalidad roja brillante mientras resonaban los ensordecedores pitidos del silbato de un policía. Dos agentes se materializaron uno a cada lado de su figura y lo sujetaron firmemente por los brazos. Un nudo de horca se agitó en la pantalla mientras sonaba una marcha fúnebre. Y la pantalla se oscureció.
Se quedó mirándola, temblando, sintiéndose agitado y enfermo, y se maldijo amargamente a sí mismo. ¡Había cometido un error de principiante! Había sido demasiado impaciente. Enfadado, metió otra moneda en la ranura.
Esta vez anduvo con mucho cuidado al acercarse a Kate, logrando acumular puntos de ventaja y no cometer errores fatales. Ahora estaba sudando y tenía la boca seca. Le dolían las mandíbulas a causa de la tensión. Era realmente difícil vencer al reloj en esta parte y requería una intensa concentración. Se acordó de hacer cortes en los párpados, lo cual era esencial; sacar los intestinos y ponerlos encima del hombro derecho no era demasiado duro, pero cortar correctamente el riñón... eso era espantoso. Finalmente el reloj le ganó y tuvo que quedarse sin el riñón, lo cual le costó una pérdida de puntos. Estaba tan desconcertado que casi tropezó con un policía al avanzar por los callejones que conducían a Mitre Square. Los obstáculos fueron haciéndose más difíciles a medida que superaba cada parte con éxito y ahora la cosa se estaba poniendo particularmente dura, porque el tiempo se acortaba y era necesario evitar a los enjambres de mirones, a los periodistas, a las rondas de comités de vigilancia y a un mayor número de policías. Nunca había encontrado aún la calle correcta para Mary La Negra...
Una voz gritó «última partida» y poco después su hombre fue atrapado de nuevo. Dio un manotazo a la máquina con frustración y después se arregló el vestido y cogió la cartera de mano. Echó una mirada a su Roloflex. Las diez y cinco minutos: era temprano aún. Las máquinas parpadearon desde sus puestos mientras los últimos clientes salían por las puertas de cristal. El los siguió hasta la calle. Una vez fuera, bajo el cálido aire nocturno, empezó a pensar de nuevo en el juego y a planear su estrategia para el día siguiente, reparando sólo superficialmente en los borrachos que farfullaban en los portales, en las busconas ligeras de ropa de la esquina. Tenues luces de neón que anunciaban locales de cine porno, librerías para «adultos» y pensiones de baja categoría desfilaron ante sus ojos como imágenes de video, y sus dedos oprimieron imaginarios botones y palancas mientras se abría paso a través de las poco recomendables multitudes de última hora de la noche.
Se metió por un callejón estrecho, que se adentraba en las sombras, y después se detuvo y se apoyó de espaldas contra los fríos y húmedos ladrillos. Hizo girar las tres esferas de la combinación del cierre, dejando cada una en su número adecuado, y abrió la cartera de mano.
La máquina; había pensado en ella durante todo el día en el trabajo; había pensado en ella hasta el último segundo mientras esperaba impacientemente que fuesen las cinco y ahora había tenido y perdido otra oportunidad, y aún no la había vencido. Rebuscó entre los papeles de la cartera y sacó un largo y pesado cuchillo.
Esta noche practicaría y mañana derrotaría a la máquina.
FIN
EL NUMERO 13
Montague Rhodes James
Viborg es una de las ciudades de Jutlandia, de mayor prestigio e
importancia. Es sede de un obispado, tiene una hermosa catedral —restaurada
casi en su totalidad—, un encantador parque, un lago bellísimo y muchas
cigüeñas. Hald, a su vez, es uno de los lugares más atractivos de Dinamarca, y
Finderup, también otro donde Marsk Stig asesinó al rey Eric Glipping, el día de
Santa Cecilia del año 1286. En el siglo XVII, abrieron su tumba y dicen que la
calavera de Eric conservaba las huellas de cincuenta y seis mazazos. De todos
modos, mi intención no es exponer una guía turística.
Viborg tiene excelentes hoteles; el Preisler y el Fénix son algunos de los
mejores. Mi primo, personaje principal del relato, la primera vez que visitó
Viborg, se dirigió al León de Oro. Sin embargo, nunca más volvió a alojarse en
ese lugar. Tal vez las páginas siguientes expliquen la razón.
El León de Oro es uno de los pocos edificios de la ciudad que
sobrevivieron al gran incendio de 1726, que devastó la catedral casi en su
totalidad, así como la Sognekirke, la Raadhuus y otras construcciones tan
antiguas como interesantes. El León de Oro es una casa de ladrillo rojo. Su
frente es de ladrillo, con altos gabletes almenados y una leyenda en la parte
superior de la puerta principal. El patio por donde entran los vehículos es de
madera y estuco, de matices blancos y negros.
Cuando mi primo llegó al león de Oro, los últimos rayos del sol hacían
brillar cada detalle de la imponente fachada. El aspecto anticuado del lugar
impactó a mi primo, por lo que pronosticó días placenteros y entretenidos. Esa
posada conservaba todas las características de un lugar clásico de la vieja
Jutlandia.
No eran los negocios, en el sentido vulgar de la palabra, el motivo del viaje
de Mr. Anderson a Viborg. Estaba realizando algunas investigaciones sobre la
historia de la Iglesia en Dinamarca y se había enterado de que el Rigsarkiv de
Viborg conservaba algunos documentos, salvados del incendio, sobre los
últimos días del Catolicismo Romano en ese país.
Por lo tanto, se propuso dedicar el tiempo necesario, tal vez dos o tres
semanas, al examen y copia de esos documentos. En el león de Oro esperaba
contar con una amplia habitación que fuera dormitorio y a la vez estudio. Mr.
Anderson le informó lo que deseaba al posadero y éste, tras meditar unos
instantes, sugirió que lo mejor para conformar al caballero sería que él mismo
visitara los cuartos más amplios y eligiera el más conveniente. Mr. Anderson
aceptó la idea.
El piso superior fue descartado de inmediato: tantas escaleras exigían un
esfuerzo excesivo luego de un día de trabajo; en el segundo piso, no había
cuartos de la amplitud requerida, pero en el primero había dos o tres
habitaciones que se adecuaban con total precisión a las exigencias del caballero,
al menos en cuanto al tamaño.
El posadero recomendó con énfasis la Número 17, pero Mr. Anderson
advirtió que sus ventanas se abrían sólo hacia el muro ciego de la casa vecina,
por lo que durante la tarde, debía ser muy oscura. Prefería, por su parte, la
Número 12 y la Número 14. Las dos daban a la calle y tenían las ventajas de una
iluminación adecuada más una vista agradable, ventajas que aceleraron con
creces la elección.
Eligió, entonces, el cuarto Número 12. Éste tenía, al igual que los cuartos
vecinos, tres ventanas, todas sobre una misma pared. Sus dimensiones eran
poco habituales: el techo era muy alto y su longitud llamaba la atención. Carecía
de chimenea y en su lugar había una antigua estufa de hierro forjado, sobre la
que era posible observar un bajorrelieve que representaba a Abraham
sacrificando a Isaac, con la inscripción: I Bog Mose, Cap. 22 (es decir, Génesis
XXII). No había otro objeto interesante. El único cuadro atractivo era un viejo
grabado en colores de la ciudad, cercano a 1820.
La hora de la cena se acercaba. Cuando Anderson, ya más despabilado
luego de su baño habitual, descendió las escaleras, faltaban unos minutos para
que la campanilla sonase. Dedicó el tiempo que faltaba a observar la nómina de
huéspedes de la posada. Según una costumbre de Dinamarca, los nombres
estaban expuestos en una amplia pizarra, dividida en casilleros que sumaban la
cantidad de habitaciones del lugar, cada uno con el número correspondiente y
el nombre de su huésped. No encontró nada de mucho interés. Se habían
registrado un abogado (o Sagförer), un alemán y algunos viajantes de
Copenhague. El único detalle que generó asombro fue la ausencia del Número
13 en la lista de habitaciones, un detalle que Anderson ya había observado en
otros hoteles que visitó en Dinamarca. Sin embargo, no pudo evitar un
pensamiento: ¿la supersticiosa reacción que suele provocar este número tendría
tanta difusión y vigencia como para que fuera un obstáculo, a punto tal que un
viajero no pudiera instalarse en la habitación con ese número? Decidió
preguntarle al posadero si él o sus colegas, en verdad, se habían encontrado con
muchos huéspedes que rechazaron ocupar el cuarto Número 13.
No pudo contarme nada interesante (yo registro los hechos tal como me
los transmitió) sobre lo ocurrido, durante la cena. El resto de la velada, en la que
se dedicó a ordenar ropas, libros y papeles, tampoco tuvo trascendencia alguna.
Alrededor de las once, decidió irse a acostar, pero tal como le sucede a muchas
personas, le era casi imposible dormir sin haber leído unas páginas. Recordó
entonces que el libro que venía leyendo en el tren, el único que en ese momento
podía conformarlo, estaba en el bolsillo de su abrigo, colgado a la entrada del
comedor.
Tardó un instante en bajar y tomar el libro. Puesto que los corredores
tenían muy buena iluminación, le costó poco hallar el camino de regreso a su
cuarto. Al menos, eso fue lo que creyó. Pero al llegar allí, giró el picaporte, la
puerta se resistió a abrirse y él pudo escuchar, en el interior de la habitación,
pasos que se dirigían hacia la entrada. Por supuesto, se había confundido de
cuarto. ¿El suyo estaba a la derecha o a la izquierda? Miró el número: era el 13.
El suyo, por lo tanto, debía estar a la izquierda, y así nomás fue. Ya en la cama,
leyó como de costumbre un par de páginas, apagó la luz y se dispuso a dormir.
Recién en ese momento reflexionó que, aunque en la pizarra del hotel no había
ningún cuarto con el número 13, existía, indudablemente, en la posada. Se
arrepintió de no haberlo ocupado él mismo. Quizá podría haber favorecido al
propietario ocupándolo y dándole la oportunidad de contar que un distinguido
caballero inglés había vivido en él durante tres semanas con sumo placer.
Aunque, quizás, tenía uso como habitación de servicio o algo por el estilo.
Incluso, seguramente, no era tan amplio ni agradable como su propio cuarto.
Con ojos somnolientos, observó su habitación, bajo la luz del crepúsculo que
daba la lámpara de la calle. Curioso brillo, sin duda, pensó. Las habitaciones
suelen parecer más amplias cuanto menos iluminadas están y este cuarto, por el
contrario, parecía haber disminuido en longitud y aumentado
proporcionalmente en altura. En fin, era más importante dormir que malgastar
el tiempo en reflexiones incoherentes. Así que se dispuso a hacerlo.
Al día siguiente de su llegada, Anderson se dirigió al Rigsarkiv de Viborg.
Lo recibieron, como suele hacerse en Dinamarca, con la mayor amabilidad, y
pusieron a su disposición cuanto necesitaba. Le facilitaron documentos cuya
cantidad e interés superó con creces sus expectativas. Además de los
documentos oficiales, encontró una carpeta con gran cantidad de cartas del
obispo Jörgen Friis, último obispo católico residente en esa sede, que describía
muchos detalles entretenidos y a la vez "íntimos", de la vida privada de
diversos personajes de la época. Abundaban las menciones acerca de cierta casa
de la ciudad, propiedad del obispo, deshabitada. Su inquilino anterior había
provocado un escándalo y esto significó un obstáculo para los partidarios de la
Reforma. Era un ser infame para la ciudad, a causa de sus prácticas, tan secretas
como condenables; sus adversarios decían también que había vendido su alma
al diablo. ¿Qué mejor prueba de la tremenda corrupción e impiedad de la
Iglesia de Babilonia que la protección que el propio obispo brindaba a
Troldmand, esa víbora que se nutría de sangre? El obispo afrontaba con coraje
tales acusaciones: acentuaba su repudio por los adeptos a llevar a cabo dichas
prácticas secretas, y solicitaba a sus opositores que presentaran el caso a un
tribunal eclesiástico, con el fin de que se investigase con la mayor severidad
posible. Nadie más interesado que él en castigar a Mag. Nicolás Francken, si en
verdad era culpable de los delitos que se le imputaban.
Antes de que cerraran el archivo, Anderson apenas tuvo tiempo para
echar una ojeada fugaz a la carta siguiente, escrita por Rasmus Nielsen, el jefe
de los protestantes. Esa lectura le bastó para darse una idea general de su
contenido: los cristianos ya no se sometían a las decisiones de los obispos de
Roma. El tribunal eclesiástico no era ni podía serlo el más competente para
dictaminar sobre una causa de tal gravedad e importancia.
Mr. Anderson abandonó el archivo acompañado por el anciano que lo
organizaba. Mientras caminaban, no pudieron evitar que la conversación girase
en torno a los documentos previamente mencionados.
Herr Scavenius, el archivista de Viborg, si bien estaba muy informado
sobre los documentos que tenía a su cargo, no era un especialista en los que se
referían al período de la Reforma. Tal vez por esa razón se mostró muy atraído
por los comentarios de Anderson. Leería con mucho interés, declaró, el artículo
que Mr. Anderson iba a escribir basándose en esos documentos.
—En cuanto a esa casa del obispo Friis —agregó—, es todo un enigma
conocer el sitio exacto donde pudo haber estado. He estudiado minuciosamente
la topografía de la antigua Viborg, y sin embargo, en el viejo inventario de
propiedades del obispo —datado en 1560, y que está casi completo en nuestro
archivo— falta la parte correspondiente a los bienes que tenía en la ciudad. No
importa. Tal vez algún día pueda encontrarla.
Tras un breve paseo —no recuerdo con precisión por dónde—, Anderson
regresó al León de Oro, donde lo aguardaban su cena, su solitario y su cama. Ya
en el pasillo, recordó que había olvidado comentarle al posadero la ausencia del
cuarto Número 13, pero decidió verificar si existía una habitación con ese
número, antes de alarmar con una alusión.
La respuesta no se demoró. La puerta con su número pintado con toda
claridad de ese estilo, allí estaba. Evidentemente alguien ocupaba el cuarto,
pues al acercarse a la puerta, oyó el rumor de pasos y de voces, o de una sola
voz, tal vez. En cuanto se detuvo un momento para verificar el número, el ruido
de pasos cesó de inmediato, al parecer muy cerca de la puerta. Anderson,
asombrado, creyó escuchar una respiración jadeante, como de una persona
profundamente convulsionada. Se dirigió a su cuarto y una vez más se
sorprendió por encontrarlo mucho más pequeño de lo que le había parecido en
el primer momento cuando lo habitó. La pequeña decepción que le hizo sentir
era fácil de remediar: si lo deseaba, podía mudarse a otra habitación. En ese
momento, necesitó un pañuelo que estaba en su maleta. Un sirviente había
colocado la maleta sobre un taburete, contra la pared, en el otro extremo del
cuarto. Pero iba a recibir una sorpresa: la maleta ya no estaba. Indudablemente,
algún sirviente —en un exceso de prudencia— la había guardado luego de
ubicar su contenido en el guardarropa. Allí, sin embargo, no había nada.
Comenzaba a preocuparse. De inmediato descartó la posibilidad de un robo,
pues en Dinamarca rara vez sucede. Era indudable que alguien había cometido
un estúpido error, lo cual eso no es tan raro, por lo que decidió increpar a la
mucama. De todos modos, no era una necesidad urgente y podía esperar hasta
la mañana. Resolvió entonces no molestar a la servidumbre. Fue hasta la
ventana derecha y contempló la calle desierta. Se enfrentó con la pared ciega de
un alto edificio. No había transeúntes, la noche era oscura; nada interesante
despertaba su atención.
Al estar la luz situada a sus espaldas, pudo observar su propia sombra,
reflejada en la pared del edificio de enfrente. A la izquierda también veía la
sombra del huésped del cuarto Número 11, un hombre de barba, que se
paseaba en mangas de camisa y al que descubrió cepillándose el cabello y luego
cubriéndose con una bata de noche. A la derecha se veía la silueta del huésped
del cuarto Número 13. Ésta, tal vez, se presentaba más interesante. Estaba igual
que Mr. Anderson, apoyado en el alféizar de la ventana, contemplando la calle.
Parecía un hombre alto y delgado... ¿o tal vez una mujer? De todos modos, la
persona desconocida se cubría la cabeza con algo parecido a un velo, antes de
irse a la cama. Anderson dedujo que debía tener en la habitación una lámpara
con pantalla roja, porque el reflejo de una luz rojiza danzaba en la pared de
enfrente. Se asomó para ver si podía ver algo, pero sólo distinguió los pliegues
de una tela clara, que parecía blanca, sobre el alféizar.
Al escuchar el ruido de unos pasos que se acercaban por la calle, el
Número 13 pareció darse cuenta de que estaba expuesto a curiosas miradas y,
con gran habilidad y rapidez, se apartó de la ventana; su luz roja se desvaneció.
Anderson, que había estado fumando, dejó la colilla del cigarrillo sobre el
alféizar y se fue a dormir.
A la mañana siguiente lo despertó la mucama, que le traía agua caliente y
todo lo neesario para un baño personal. Anderson se incorporó, y luego de
pensar muy bien sus palabras, dijo, en el danés más correcto que pudo articular:
—No debió mover mi maleta. ¿Dónde está?
Como suele suceder, la criada se echó a reír y salió del cuarto sin decirle
nada.
Anderson, muy irritado, se sentó en la cama, dispuesto a llamarla otra vez.
De repente, fijó su vista en el extremo opuesto de la habitación. Sobre el
taburete estaba su maleta, en el mismo lugar en el que había visto que el
sirviente la dejó al entrar al cuarto por primera vez. Se trató de una ingrata
sorpresa para un hombre que siempre se jactaba de un profundo poder de
percepción. No quiso explicarse por qué la había ignorado la noche anterior. Al
fin de cuentas, era obvio que volvía a estar allí.
La luz del día no sólo le permitió ver la maleta sino comprobar las
verdaderas proporciones del cuarto, incluyendo sus tres ventanas, y verificar
que, después de todo, había elegido correctamente. Mientras terminaba de
vestirse, se asomó a la ventana del medio para ver el estado del tiempo. Y aquí
se llevó una segunda sorpresa. Su distracción, la noche anterior, sin duda había
llegado al extremo. Habría podido jurar que estuvo fumando un cigarrillo,
asomado a la última ventana de la derecha, antes de irse a dormir. Ahora
descubría la colilla sobre el alféizar, pero de la ventana del medio.
Salió de su habitación para ir a desayunar. Estaba retrasado, si bien el
Número 13 lo estaba aún más: sus botas todavía se hallaban al lado de la
puerta. Dedujo que el Número 13 era un hombre, no una mujer. Sin embargo,
en ese instante miró el número de la puerta: era el 14. Sin duda había pasado
junto al Número 13 sin darse cuenta. Tres errores estúpidos en tan sólo doce
horas eran mucho para un hombre metódico y fanático de la precisión, de modo
que volvió para asegurarse. El cuarto vecino al Número 14 era el Número 12, el
suyo. No existía en absoluto un cuarto con el Número 13.
Tras dedicarle unos minutos a repasar cuanto había comido y bebido en
las últimas veinticuatro horas, Anderson decidió olvidarse del asunto. Si la vista
o el cerebro empezaban a fallarle, ya tendría otras oportunidades de saberlo. Si
otra era la explicación, estaba frente a una experiencia llena de interés. De
cualquier modo, convenía estar atento ante cada uno de los acontecimientos.
Durante el día, Anderson continuó el estudio de la correspondencia
episcopal ya mencionada. Y su decepción fue grande cuando descubrió que
estaba incompleta. Sólo pudo hallar una carta más relacionada con el asunto de
Mag. Nicolás Francken, redactada por el obispo Jörgen Friis, quien la dirigía a
Rasmus Nielsen. Decía así:
"De ningún modo podemos aceptar vuestras declaraciones acerca de
nuestro tribunal, por lo que estaremos dispuestos a combatirlos, y si fuera
necesario, hasta el último de los extremos en aquella opinión. No obstante ello,
dado que nuestro fiel y bienamado Mag. Nicolás Francken, a quien se han
atrevido a acusar con cargos tan falsos como maliciosos, ha sido
repentinamente sustraído a nuestro afecto, es evidente que, por esta ocasión, el
caso queda cerrado. Mas en cuanto a vuestras declaraciones, en las que
aseguran que el Apóstol y Evangelista San Juan, en su divino Apocalipsis, cita a
la Sacra Iglesia Romana con el símbolo de la Mujer vestida de púrpura y grana,
sabed que...", etcétera.
A pesar de sus investigaciones, Anderson no encontró respuesta alguna a
esa carta ni tampoco algún dato sobre la forma en que fue "sustraído" el casus
belli. Sólo dedujo que Francken había padecido una muerte súbita. Apenas dos
días mediaban entre la carta de Nielsen, evidentemente redactada cuando
Francken vivía, y la del obispo, por lo que se podía sospechar que había sido
una muerte inesperada.
Anderson visitó Hald durante la tarde y tomó el té en Baekkelund.
Aunque estaba algo nervioso, no descubrió alteración alguna en la vista o en su
mente. Sus experiencias anteriores le habían hecho dudar de eso.
Durante la cena, le tocó sentarse frente al posadero.
—¿Por qué razón —preguntó luego de cambiar una conversación
intrascendenteen la mayoría de los hoteles de este país no existe un cuarto
Número 13? Por lo que veo, aquí sucede lo mismo.
El posadero lo miró sonriendo.
—Es curioso que usted lo haya notado. La verdad, yo mismo me lo
pregunté varias veces. Un hombre erudito, me dije, no debe hacerle caso a tales
supersticiones. Yo estudié aquí, en la escuela secundaria de Viborg, y nuestro
viejo maestro siempre descartaba esas creencias. Hace muchos años que murió.
Era un hombre maravilloso, muy hábil con las manos y con la mente. Recuerdo
a mis compañeros, un día en que nevaba...
Y continuó con sus recuerdos.
—Entonces, ¿usted cree que no hay ninguna razón válida para omitir el
Número 13? —insistió Anderson.
—Por supuesto. Bueno, escuche, mi pobre padre me inició en el oficio.
Primero tuvo un hotel en Aarhuus, y luego, cuando nacimos nosotros, llegó
aquí a Viborg, su ciudad natal. Dirigió el Fénix hasta su muerte, en 1876. Allí
hice mis primeras armas como hotelero, en Silkeborg, y apenas hace dos años
compré esta casa.
Luego detalló en forma minuciosa las características del establecimiento
en el momento en que se hizo cargo.
—Y cuando usted vino aquí, ¿había un cuarto Número 13?
—No, justo iba a decírselo. Usted sabe, en un sitio como éste, atendemos a
viajantes de comercio sobre todo. Y no se le ocurra ofrecerles una habitación
con el Número 13. Preferirían dormir en la calle antes que eso. A mí me importa
un bledo el número de las habitaciones, y a menudo se los he dicho. Ellos
siguen con la idea de que les trae mala suerte. Y se pueden pasar el día
contando cuentos de historias sobre viajantes que han dormido en una
habitación Número 13 y que nunca han vuelto a ser los mismos, o que han
perdido los mejores clientes, o..., bueno, imagínese cosas así... —concluyó el
posadero, tras buscar en vano una frase más.
—Entonces, ¿para qué usa usted el cuarto Número 13? —preguntó
Anderson, y al decirlo sintió una extrema ansiedad, que desentonaba con la
importancia de su pregunta.
—¿El cuarto Número 13? Si acabo de decirle que no hay ningún cuarto con
ese número en esta posada. Pensé que ya se había dado cuenta; además, si
hubiera una habitación Número 13, estaría exactamente al lado de la suya.
—Sí, claro; lo que pasa es que... Sinceramente, anoche me pareció ver una
puerta con el Número 13 en ese pasillo, y estoy casi seguro de no haberme
equivocado también con haberla visto anteanoche.
Herr Kristensen, como Anderson lo esperaba, se echó a reír, y repitió una
y mil veces que en esa posada no había ni hubo jamás una habitación Número
13.
Anderson sintió algo de alivio ante la firmeza de la respuesta, aunque aún
persistían sus dudas. Entonces pensó que la única manera de resolver de una
vez por todas el problema era invitar al posadero, esa noche, a su habitación. Lo
sedujo con algunas fotografías de ciudades inglesas que había traído y con un
buen cigarro.
Herr Kristensen, contento por la invitación, la aceptó con ganas.
Acordaron encontrarse a las diez. Mr. Anderson se retiró en ese momento, para
escribir unas cartas. Aunque lo avergonzara aceptarlo, era innegable que la
existencia o no de ese bendito cuarto Número 13 comenzaba a preocuparlo, a tal
punto que, para regresar a su habitación, lo hizo por el lado del Número 11,
para no tener que cruzar la puerta Número 13 o el lugar que correspondía a la
puerta. Al entrar, inspeccionó con rapidez su habitación, pero no advirtió nada
que no fuera esa idea imprecisa de que estaba más pequeña que de costumbre;
por su maleta no debía preocuparse, la había vaciado y ubicado bajo la cama.
Por un momento logró olvidarse del Número 13 y se puso a escribir.
Sus vecinos no lo molestaban. Sólo se escuchaba, de vez en cuando, el
gemido de una puerta y el ruido de un par de botas arrojadas al pasillo; o el
canto de algún viajante que lo recorría. Sobre la calle mal empedrada se
escuchaba, cada tanto, algún carro, o bien los pasos veloces de algún transeúnte.
Anderson terminó sus cartas y pidió un whisky con soda. Se dirigió hacia
la ventana para observar el edificio de enfrente y las sombras reflejadas sobre su
pared.
Si mal no recordaba, el cuarto Número 14 lo ocupaba un abogado, persona
grave y formal, que muy poco hablaba durante las comidas; por lo general, se
limitaba a revisar una pila de papeles que ubicaba junto a su plato.
Al parecer, tenía el hábito de liberar sus instintos cuando se encontraba
solo. No cabía otra posibilidad para los movimientos con que en ese momento
se divertía. La sombra en la pared de enfrente demostraba, con toda claridad,
que estaba bailando. Una y otra vez, su delgada figura se acercaba a la ventana,
agitaba y alzaba los brazos con gran agilidad, junto a una pierna macilenta.
Debía estar descalzo en un piso que mostraba gran solidez. Ningún ruido
denunciaba sus movimientos. El Sagförer Herr Anders Jensen, bailando a las
diez de la noche en un cuarto de hotel parecía un argumento justo para una
pintura histórica de gran estilo. Los pensamientos de Anderson, tal como los de
Emily en Los misterios de Udolfo comenzaron a "formar por sí mismos los
siguientes versos":
A mi hotel al regresar,
A eso de la hora diez,
Percibe en mí un malestar
El camarero esta vez.
Indiferente, la puerta
Cierro, y tiro el calzado,
No escuchando las reyertas
Que en mis vecinos alertas
Mi feroz danza despierta.
Y como la ley conozco,
De sus comentarios hoscos
Sonrío con desenfado.
Si el posadero no hubiese golpeado a la puerta, sin duda el lector ahora
tendría frente a sí un poema mucho más extenso. A juzgar por el gesto de
asombro que mostró al entrar en la habitación, Herr Kristensen se hallaba
sorprendido, tal como Anderson en otras ocasiones, por algo inusual en el
interior del cuarto. Evitó todo comentario. Demostró gran interés en las
fotografías de Anderson, las que le sirvieron de excusa para retomar aspectos
autobiográficos. Tal vez, la conversación se hubiese encauzado para el tema del
cuarto Número 13 si no fuese que el abogado, de repente, se puso a cantar de
una manera que no podía dejar dudas a nadie de que estaba borracho o
completamente loco. Su voz, aguda y chillona, revelaba un tono agrietado, tal
como si no hubiese cantado desde hacía mucho tiempo. Cantaba hasta llegar a
alturas increíbles, y luego proseguía en un ronco y desgarrado gemido, como el
viento feroz del invierno en el hueco de una chimenea o el de un órgano cuyas
notas saturaban los tubos. Ante sonido tan aterrador, Anderson no dudó de
que, de haber estado solo, se habría acercado al cuarto de algún viajante en
busca de refugio y compañía.
El posadero, boquiabierto, se tiró sobre la silla.
—No entiendo nada —dijo al fin, secándose el sudor de la frente—. Es
aterrador. Ya lo había escuchado antes, pero pensaba que era u n gato.
—¿Estará loco? —preguntó Anderson.
—Seguramente. ¡Pero qué cosa más decadente! Tan buen cliente según
dicen, le va muy bien con los negocios. Y tiene mujer e hijos que mantener...
En ese momento, alguien sacudió la puerta con golpes secos y perentorios
e interrumpió sin esperar la respuesta. Era el abogado, en bata de dormir y con
el cabello despeinado. Demostraba furor.
—Perdón, señor —comenzó—, pero le pediría por favor que dejara de...
Se interrumpió, asombrado, ya que ninguno de los presentes era
responsable de los estruendos y los cantos. Luego de una breve pausa, el salvaje
alarido se repitió con mayor estridencia.
—En nombre de Dios, ¿qué significa esto? —exclamó el abogado—. ¿De
dónde viene? ¿Qué es? ¿Acaso me estoy volviendo loco?
—Viene de su cuarto, Herr Jensen. ¿No habrá un gato o algún animal
encerrado en la chimenea?
Acabó de decir eso, y Anderson comprendió lo inútil de su explicación.
Todo era preferible a guardar un silencio que taladraría ese gemido atroz, o a
contemplar el débil rostro del posadero, que se aferraba, temblando, al respaldo
del sillón.
—Imposible —repuso el abogado—. No hay chimenea allí. Si vine a este
cuarto es porque estaba seguro de que el ruido provenía de aquí. Pero sin duda
viene del cuarto vecino al mío.
—¿No había ninguna puerta entre su habitación y la mía? —inquirió
Anderson, sabiendo lo que preguntaba.
—No, señor —respondió Herr Jensen, seco.
—Por lo menos, esta mañana no la había.
—¡Ah! —dijo Anderson—. ¿Y esta noche?
—No estoy seguro —dudó el abogado.
De pronto, la voz que cantaba o gemía en el cuarto vecino se transformó
en una risa sofocada, un gruñido que estremeció a los tres hombres. Luego,
retornó un absoluto silencio.
—Y bien, ¿usted qué tiene qué decir, Herr Kristensen? —increpó el
abogado—. ¿Qué significa todo esto?
—¡Por Dios! —respondió Kristensen—. ¿Qué quiere que le diga? Yo
tampoco entiendo nada. ¡Ojalá no deba escuchar nunca más un sonido así en
toda mi vida!
—Lo mismo digo —respondió Herr tensen, y murmuró luego algunas
palabras que Anderson reconoció —aunque no podía asegurarlo—: era la
última frase del Salterio, omnis spiritus laudet Dominum.
—Debemos hacer algo —propuso Anderson—. ¿Por qué no vamos los tres
e ingresamos en el cuarto contiguo?
—¡Pero si es el de Herr Jensen! —protestó el posadero—. ¿De qué servirá?
Él acaba de salir de ahí.
—Ya no estoy tan seguro —dijo Jensen—. Creo que este caballero tiene
razón. Tenemos que ir a ver qué pasa.
Las únicas armas de defensa de que disponían eran un bastón y un
paraguas; con ellas, la expedición se agrupó en el pasillo, presa de cierto temor.
En el corredor dominaba un silencio total, aunque por debajo de la puerta de al
lado filtrábase un poco de luz. Anderson y el abogado se acercaron. Jensen, tras
hacer girar el picaporte, arremetió con violencia. Fue en vano: la puerta no se
abrió.
—Herr Kristensen —dijo Jensen—. Será mejor que cuanto antes llame a
varios de sus empleados, los más fuertes, porque debemos aclarar esto.
El posadero aprobó y se alejó rápidamente, deseoso de abandonar el
campo de operaciones. Jensen y Anderson permanecieron en el corredor, sin
dejar de observar la puerta.
—No hay duda, es el Número 13 —dijo el segundo.
—Sí. Ahí está la puerta de mi cuarto, allá la del suyo —repuso Jensen.
—Mi habitación tiene tres ventanas durante el día —comentó Anderson,
ocultando una risa nerviosa.
—¡Por Dios, también la mía! —contestó el abogado, girando hacia la
posición de Anderson. De esa manera, quedó de espaldas a la puerta. Y, en ese
momento, la puerta se entreabrió, y de ella surgió un brazo, envuelto en
harapos amarillentos, aunque se veía la piel desnuda, cubierta por un vello
grisáceo y salvaje. La mano intentó clavarse en el hombro de Jensen.
Anderson tuvo el tiempo de empujar a Jensen a un lado, mientras profería
un grito que llamaba al rechazo y al terror. La puerta volvió a cerrarse y desde
el interior del cuarto, escucharon una risa ahogada.
Jensen no pudo ver nada, pero cuando Anderson, apresuradamente, le
sintetizó lo ocurrido, se mostró muy convulsionado y propuso abandonar la
expedición y encerrarse en uno de los dos cuartos.
En ese momento llegaron el dueño de la posada y dos robustos sirvientes,
los tres muy serios y preocupados. Jensen los recibió con una cantidad de
explicaciones, las que no resultaron estimulantes.
Los hombres abandonaron las barras que habían traído y anunciaron, sin
posibilidad de arrepentirse, que no estaban dispuestos a arriesgar la vida en ese
antro diabólico. El posadero estaba cada vez más nervioso e indeciso: sabía que,
de no desafiar el peligro, se arruinaría, su posada se vendría abajo y tampoco
estaba demasiado decidido a afrontarlo.
Por suerte, Anderson halló una estrategia para reanimar a la tropa
desmoralizada.
—¿Dónde está el tan afamado coraje danés? El enemigo no es un alemán
y, si así lo fuera, somos cinco contra uno.
Tal exhortación estimuló a ambos sirvientes y a Jensen. juntos embistieron
la puerta.
—¡Un momento! —los contuvo Anderson—. No pierdan la cordura.
Usted, Herr Kristensen, quédese aquí, con la lámpara, uno de ustedes rompa la
puerta, pero no entren cuando ceda —ordenó.
Los hombres asintieron. El más joven avanzó hacia la puerta; alzó la barra
de hierro y dio un rotundo golpe a la parte superior. El resultado fue diferente
al que esperaban. No se escuchó el seco crujido de la madera, sino un ruido
sordo y opaco, como si golpearan contra un muro hermético. El hombre tiró a
un costado la herramienta con un grito de dolor, y comenzó a frotarse el codo.
Todos acudieron hacia él. Anderson, luego, miró nuevamente hacia la puerta.
Había desaparecido. Miró otra vez hacia la puerta del corredor, cuyo revoque
mostraba el destrozo profundo producido por la barra. El Número 13 había
dejado de existir.
Todos, por un instante, permanecieron inmóviles ante la pared desnuda.
Desde el patio trasero se escuchó el canto de un gallo, y cuando Anderson giró
la cabeza descubrió a través del ventanal, en el fondo del extenso pasillo, las
primeras luces del alba.
—Tal vez —insinuó el posadero— para esta noche los señores preferirán
otro cuarto... ¿Uno con dos camas?
Ni Jensen ni Anderson rechazaron la propuesta. Luego de la reciente
experiencia, preferían permanecer juntos. Por esa misma razón decidieron que,
cuando cada uno de ellos ingresara en su cuarto para tomar lo que necesitaba
para pasar la noche, el otro lo acompañaría para iluminarlo. Los dos
comprobaron que ambos cuartos, el Número 12 como el Número 14, tenían tres
ventanas.
A la mañana siguiente, los expedicionarios se reunieron en el cuarto
Número 12. El posadero, como es natural, no quería la participación de
extraños, pero a la vez tenía mucho interés en que el misterio se aclarase lo
antes posible. Por lo tanto, había ordenado a los dos sirvientes que por el
momento trabajaran de carpinteros. Movieron los muebles y, tras arrancar
varios tablones, dejaron al descubierto la superficie del piso más cercano al
Número 14.
El lector, por supuesto, pensará que descubrieron un esqueleto, por
ejemplo, el de Mag. Nicolas Francken. No fue así. Sólo encontraron, entre las
vigas que sostenían el piso, una pequeña caja de cobre, que contenía un
pergamino plegado prolijamente, donde había escritas unas veinte líneas. Tanto
Anderson como Jensen, quien se confesó un discreto paleógrafo, se
entusiasmaron con el descubrimiento, que podía facilitar el esclarecimiento de
fenómenos extraordinarios.
Tengo en mi poder un ejemplar de una obra de astrología que jamás he
leído. En su portada tiene una xilografía de Hans Sebald Beham, que representa
a un grupo de sabios reunidos en torno a una mesa. Tal vez este detalle permita
que los especialistas descubran algo. Ahora no está a mi alcance y no puedo
recordar el título. Las páginas blancas del principio y del final llevan una
escritura que aún no he podido descifrar, a pesar de haber transcurrido ya diez
años. Tampoco he podido descubrir en qué sentido debería leerse, y mucho
menos a qué lengua pertenece tal escritura. Anderson y Jensen, tras someter a
un examen el documento encontrado en la caja de cobre, no lograron
conclusiones fehacientes.
Después de dos días de un análisis minucioso, Jensen, el más audaz de los
dos, puso en práctica la hipótesis de que la escritura sea latín o danés antiguo.
Anderson renunció a toda hipótesis y se limitó a donar —en actitud muy
digna— la caja y el pergamino al Museo de la Sociedad Histórica de Viborg.
Escuché este relato de sus propios labios, unos meses más tarde y después
de una visita a la biblioteca, en un bosque próximo a Upsala. En la biblioteca me
había burlado o nos habíamos burlado del contrato en el cual Daniel Salthenius
—posteriormente profesor de hebreo en Könisberg— vendía su alma al diablo.
Anderson, en verdad, no parecía muy entretenido.
—¡Qué muchacho estúpido! —exclamó, refiriéndose a Salthenius, que aún
era estudiante cuando cometió esa torpeza—. No se debe invocar a quien se
desconoce.
Y cuando yo sugerí las interpretaciones habituales, se limitó a encogerse
de hombros, con una queja. Esa misma tarde me contó el episodio que acabo de
relatar, aunque evitó sacar conclusiones y se negó a juzgar la hipótesis que yo
formulé por mi cuenta.
EL ENEMIGO
Damon Knight
La nave espacial estaba posada en una esfera de roca en medio del cielo. Había un
resplandor en Draco; era el sol, a seis billones de kilómetros de distancia. En el silencio,
las estrellas no parpadeaban ni fluctuaban: ardían, frías y distantes. La estrella polar
resplandecía allá arriba. La Vía Láctea era un arco iris congelado sobre el horizonte.
En el círculo amarillo de la cámara neumática aparecieron dos figuras, ambas de mujer,
de rostros pálidos y duros detrás de los visores de los cascos. Llevaron un disco
plegable de metal a cien metros de distancia y lo montaron sobre tres altos aisladores.
Volvieron a la nave, moviéndose ágilmente de puntillas, como bailarinas, y salieron otra
vez con una abultada colección de objetos envueltos en una membrana transparente.
Sellaron la membrana al disco, y la inflaron a través de un tubo desde la nave. Los
objetos que había dentro eran artículos domésticos: una hamaca con armazón de
metal, una lámpara, un aparato transmisor y receptor de radio. Las dos mujeres
entraron en la membrana por la válvula flexible y pusieron en orden los muebles. Luego,
con cuidado, llevaron allí los últimos objetos: tres tanques con cosas exuberantes y
verdes, dentro de burbujas protectoras.
Bajaron de la nave un vehículo con forma de araña, con seis enormes ruedas infladas, y
lo dejaron montado sobre tres aisladores.
El trabajo había concluido. Las dos mujeres se detuvieron frente a frente junto a la casaburbuja.
La mayor dijo:
- Si descubres algo, quédate aquí hasta que yo vuelva dentro de diez meses. Si no,
deja el equipo y regresa en la cápsula de emergencia.
Las dos miraron hacia arriba, donde se movía una tenue chispa contra el campo de
estrellas. La nave madre la había dejado en órbita antes de aterrizar. Si fuese
necesario, podía ser llamada por radio para que aterrizase automáticamente; de lo
contrario, no había necesidad de gastar combustible.
- Comprendido - dijo la más joven. Se llamaba Zael; tenía quince años, y ésta era la
primera vez que salía de la nave espacial para quedarse sola. Isar, la madre, caminó
hasta la nave y entró sin mirar atrás. La compuerta se cerró; arriba, la chispa flotaba
hacia el horizonte. Una breve explosión de llamas levantó a la nave madre, que empezó
a girar y a subir. La antorcha se inflamó otra vez, y en unos pocos momentos la nave
era sólo una estrella brillante.
Zael apagó la luz de su traje y se quedó allí en la oscuridad, bajo la enorme semiesfera
del cielo. Era el único cielo que ella conocía; como su madre, y la madre de su madre,
Zael había nacido en el espacio. Siglos atrás, expulsado de los mundos grandes y
verdes, su pueblo se había vuelto austero, como los campos de estrellas entre los
cuales vagaba. En las cinco grandes ciudades del espacio, y en Plutón, Titán, Mimas,
Eros y mil mundos menores, ese pueblo luchaba por su existencia. Eran pocos
habitantes; la vida era dura y breve; no era ninguna novedad para una niña de quince
años quedarse sola en un planetoide para buscar minerales.
La nave era una chispa borrosa que ascendía describiendo una larga curva hacia la
eclíptica. Allá arriba, Isar y sus hijas tenían que distribuir cosas y llevar cargamentos a
Plutón. Gron, la ciudad de ellas, las había enviado a este largo viaje para que realizaran
un estudio. El planetoide, en su excéntrica órbita cometaria, se acercaba al sol por
primera vez en veinte mil años. Después de llegar a ese sitio sería una tontería no
perforar minas en la superficie del planetoide y sacar lo que tuviese valor. Una niña
podía hacer eso, y estudiar además el planetoide.
Sola, Zael se giró impasible hacia el artefacto de seis ruedas. Podría haber descansado
un poco en la casa-burbuja, pero le quedaban unas horas de traje, y no había
necesidad de desperdiciarlas. En la leve gravedad pudo saltar fácilmente a la cabina de
conducción; encendió las luces, y puso en marcha el motor.
El vehículo arácnido se arrastró sobre sus seis ruedas de amortiguación individual. El
terreno era asombrosamente quebrado; agujas y cráteres gigantes se alternaban con
hondonadas y grietas, alguna de diez metros de ancho y cientos de profundidad. Según
los astrónomos, la órbita del planetoide pasaba cerca del sol, quizá más cerca que la
órbita de Venus. Ahora mismo la temperatura de las rocas era de apenas unos pocos
grados sobre el cero absoluto. Ese era un frío más intenso que todos los que Zael había
experimentado en su vida. Lo sentía en los pies a través de los largos clavos aislantes
de las suelas de las botas. Las moléculas de cada piedra se habían inmovilizado; el
mundo era un congelado bostezo de hambre.
Pero en otra época había sido un mundo cálido. Allí estaban las señales. Cada vez que
pasaba por el perihelio, las rocas debían de resquebrajarse una y otra vez, produciendo
esta pesadilla de rocas destrozadas.
En la superficie la gravedad era solamente un décimo de G, casi como la caída libre; el
vehículo ligero, de ruedas hinchadas, trepaba fácilmente por cuestas que estaban a
pocos grados de la vertical. Donde no podía trepar, daba un rodeo. Las hendiduras
estrechas eran salvadas por las patas extensibles del vehículo; en otras más grandes,
Zael disparaba un arpón que volaba sobre la abertura y se clavaba al otro lado. La
máquina, al llegar al borde, caía al vacío y se columpiaba al extremo del cable; pero
mientras la débil gravedad la llevaba hacia el otro lado de la hendedura, el motor del
cabrestante enrollaba el cable. El vehículo tocaba el otro lado con una pequeña
sacudida y, sin detenerse, trepaba sobre el borde y continuaba la marcha.
Sentada con el cuerpo erguido detrás de los instrumentos, Zael trazaba un mapa de los
depósitos minerales sobre los cuales iba pasando. Fue para ella una satisfacción
descubrir que esos depósitos eran suficientemente ricos como para justificar allí la
explotación de minas. Las ciudades podían hacer casi cualquier cosa con cualquier
cosa, pero necesitaban una fuente primaria: los minerales.
Metódicamente, Zael se fue alejando en espiral de la casa-burbuja, registrando una
región de no más de cincuenta kilómetros de diámetro. La máquina trepadora era un
vehículo no presurizado, y no podía abarcar una zona grande.
Trabajando sola bajo el cielo inmutable, hora tras hora, identificó las vetas más ricas,
las señaló, y estableció rutas. Entre una y otra salida, comía y dormía en la casaburbuja,
cuidaba las platas, tan necesarias, y atendía los aparatos. Fuera del traje
espacial era esbelta y delgada, de movimientos rápidos, con la gracia rigurosa y severa
de su pueblo.
Completó el mapa y volvió a salir. En cada punto señalado colocó dos polos, muy
separados. Esos polos se clavaban solos en el terreno, y cada par generaba una
corriente que ionizaba los metales, o las sales metálicas, y depositaba lentamente metal
puro alrededor de cada cátodo. Con el tiempo era tal la concentración que resultaba
posible cortar el metal en bloques, para transportarlo con facilidad.
Zael prestó atención a los rastros de metal trabajado, adheridos acá y allá a las rocas.
Eran casi todos ellos fragmentos, parecidos a los que se encontraban comúnmente en
satélites fríos, como Mimas y Titán, y a veces en asteroides pétreos. No era un asunto
importante; significaba simplemente que el planetoide había sido habitado o colonizado
en otra época por la misma civilización prehumana que había dejado rastros en todo el
sistema solar.
A Zael la habían enviado a ver todo lo que tuviese algún interés. Casi había concluido
su trabajo; examinó concienzudamente los rastros metálicos, fotografió algunos, guardó
otros como muestras. Enviaba regularmente informes por radio a Gron; a veces, cinco
días más tarde, la esperaba en la casa-burbuja un breve acuse de recibo; a veces no.
Visitaba regularmente los polos, midiendo la concentración de metal. Estaba preparada
para cambiar los polos que no funcionasen adecuadamente, pero nunca tuvo ocasión;
los aparatos de Gron pocas veces fallaban.
El planetoide flotaba describiendo su arco milenario. Alrededor, el cielo giraba
imperceptiblemente. La chispa móvil de la cápsula de emergencia trazaba una y otra
vez su sendero. Zael comenzó a impacientarse y llevó el vehículo a exploraciones más
amplias. En el fondo de las frías grietas encontró algunas construcciones metálicas que
no eran simples fragmentos, sino obras completas: viviendas o máquinas. Las viviendas
(si eran eso) estaban hechas para criaturas más pequeñas que el hombre; las puertas
eran óvalos de no más de treinta centímetros de diámetro. Obedientemente, Zael
transmitió por radio esa información, y recibió el acostumbrado acuse de recibo.
Y de pronto, un día, antes de tiempo, el receptor cobró vida. El mensaje decía: ya llego.
Isar.
La nave tardaría tres veces más que el mensaje. Zael continuó recorriendo los polos,
sin mostrar ninguna emoción en su rostro iluminado por las estrellas. Por encima de su
cabeza la cápsula de emergencia, ya innecesaria, seguía pasando monótonamente.
Zael estaba rastreando los restos de un complejo de estructuras que habían sobrevivido
milagrosamente, algunas enterradas a medias, otras desnudas bajo las estrellas.
Encontró hacia donde llevaban esos restos, en un cráter, a sólo sesenta kilómetros de
la base, una semana antes de la fecha de llegada de la nave.
En el cráter había un globo metálico muy reforzado, con abolladuras y marcas, pero no
aplastado. Las luces de la máquina trepadora de Zael lo alumbraron un rato, y de pronto
aquello exhaló un bocanada de vapor; durante un segundo el globo pareció
oscurecerse. Zael miró, interesada: el leve calor del rayo de luz debía haber derretido
alguna película de gas congelado.
El fenómeno se repitió, y ahora Zael vio claramente que el chorro salía de una grieta
delgada y oscura que no había estado allí antes.
La grieta se ensanchó ante los ojos de la muchacha. El globo se estaba partiendo por la
mitad. En la estrecha abertura entre las dos mitades, se movía algo. Asustada, Zael dio
marcha atrás con el vehículo. Al retroceder cuesta arriba, las luces apuntaron hacia el
suelo. En la oscuridad, fuera de los rayos de luz, vio que el globo se expandía más aún.
Había un movimiento ambiguo entre las apenas visibles mitades del globo, y Zael deseó
no haber apartado la luz.
El vehículo subía oblicuamente por una piedra grande. Zael se volvió hacia abajo,
retrocediendo todavía en un ángulo agudo. La luz se apartó totalmente del globo, y
luego, al estabilizar la máquina, apuntó de nuevo hacia aquel sitio.
Las dos mitades de globo se habían separado por completo. En el centro, al dar allí la
luz, se agitó algo. Zael no vio más que una gruesa y fulgurante espiral metálica.
Mientras vacilaba, hubo un nuevo movimiento entre las mitades del globo. Algo fulguró
brevemente; la tierra tembló un instante, y de pronto algo golpeó sonora y rudamente el
vehículo. Las luces, perplejas, giraron y se apagaron.
En la oscuridad, la máquina se inclinó. Zael apretó los controles, pero fue demasiado
lenta. El vehículo volcó, quedando con las ruedas hacia arriba.
Zael sintió que era despedida de la máquina. Mientras rodaba y le zumbaban los oídos,
su impresión primera y más aguda fue la del frío que le atravesaba el traje espacial por
los guantes y las rodillas. Consiguió arrodillarse rápidamente, con la ayuda de las botas
de suela claveteada.
Aun ese breve contacto con el frío hizo que le dolieran los dedos. Buscó
automáticamente el vehículo, que significaba seguridad y calor. Lo vio aplastado en la
ladera de la montaña. A pesar de eso, el instinto le hizo caminar hacia allí, pero apenas
había dado el primer paso cuando la máquina volvió a saltar y a rodar otra docena de
metros por la pendiente.
Zael dio media vuelta, y por primera vez comprendió claramente que algo estaba
atacando a la trepadora. Entonces vio una figura centelleante que se retorcía
arrastrándose hacia la máquina destrozada. Zael no tenía encendida la luz del casco;
se acurrucó y se quedó inmóvil; sintió dos golpes metálicos, demoledores, transmitidos
por la roca.
La cosa móvil reapareció al otro lado de la trepadora, desapareció dentro, y tras un rato
salió otra vez. Zael vio fugazmente una cabeza estrecha alzada, y dos ojos rojos que
brillaban. La cabeza bajó, y la forma sinuosa se deslizó por una grieta, avanzando hacia
la muchacha. En lo único que pensaba Zael era en escapar. Gateó levantándose en la
oscuridad, y caminó alrededor de una aguja de piedra. Vio la cabeza fulgurante, alzada
más abajo, entre una maraña de cantos rodados, y echó a correr peligrosamente por la
cuesta hacia la trepadora.
El tablero de controles estaba destruido, las palancas torcidas o aplastadas, los diales
rotos. La muchacha se enderezó para mirar el motor y la palanca de velocidades, pero
inmediatamente vio que no servían para nada; el pesado eje de transmisión estaba
totalmente torcido. Si no la llevaban a un taller de reparaciones, la trepadora no andaría
nunca más.
Notó que allá abajo la figura plateada se deslizaba por el borde de la hendedura. Sin
perderla de vista, Zael se examinó el traje y los instrumentos. Aparentemente, el traje
estaba bien cerrado, los tanques de oxígeno y el sistema de recirculación intactos.
Mientras miraba el globo abierto bajo las estrellas, la muchacha pensó fríamente. La
cosa debía de haber estado allí enroscada durante miles de años. Quizás había en el
globo algún dispositivo fotosensible, destinado a abrirlo cuando el planetoide volviera a
acercarse al sol. Pero la luz de Zael había roto prematuramente el globo; la cosa que
estaba dentro había despertado antes de tiempo. ¿Qué sería, y qué haría, ahora que
volvía a estar viva?
Sucediese lo que sucediese, la primera obligación de Zael era advertir a la nave.
Conectó el transmisor de radio del traje; no tenía mucho alcance, pero ahora que la
nave estaba tan cerca quizá consiguiera enviar el mensaje.
Esperó largos minutos, pero no llegó ninguna respuesta. Desde donde estaba ella el sol
no era visible; uno de los riscos altos debía de bloquear la transmisión.
La pérdida de la trepadora había sido un desastre. Zael estaba sola y a pie, a sesenta
intransitables kilómetros de la casa-burbuja. Sus probabilidades de supervivencia, lo
sabía, eran ahora muy pocas.
Sin embargo, salvarse ella sin averiguar más acerca de la cosa sería no cumplir con su
deber. Zael miró dubitativamente hacia el globo vacío. La distancia que los separaba
era quebrada y peligrosa. Tendría que acercarse lentamente para no atraer la atención
de la cosa si usaba la luz.
Echó a andar hacia allí de todos modos, escogiendo cuidadosamente el camino entre
las piedras caídas. Varias veces saltó por encima de hendiduras que eran demasiado
largas para poder rodearlas. Cuando estaba a medio camino, cuesta abajo, vio un
movimiento y se detuvo. La cosa apareció retorciéndose sobre el borde roto de un cerro
- Zael vio otra vez la cabeza triangular y unos tentáculos ondulantes -, y luego
desapareció dentro del globo abierto.
Zael se acercó con cautela, dando un rodeo para poder ver directamente la abertura.
Luego de unos pocos movimientos la cosa reapareció, curiosamente gruesa y rígida. En
un sitio llano fuera del globo, la cosa se separó en dos partes, y la muchacha vio ahora
que una era la cosa en sí, y la otra una armazón metálica, estrecha y rígida, de unos
tres metros de largo. La cosa volvió a meterse en el globo. Cuando salió llevaba un
mecanismo bulboso que acopló de alguna manera a un extremo de la armazón. Siguió
trabajando durante un rato usando los miembros tentaculares y articulados que le
brotaban detrás de la cabeza. Luego regresó al globo, y esta vez salió con dos grandes
objetos cúbicos, que fijó al otro extremo de la armazón, conectándolos por una serie de
tubos al mecanismo bulboso.
Por primera vez entró en la mente de Zael la sospecha de que la cosa estaba
construyendo un vehículo espacial. Seguramente no había nada que pudiese parecerse
menos a una nave convencional: no había casco, sólo un hueco donde podría ir la
cosa, el objeto bulboso que podría ser un motor, y los dos recipientes grandes para
masa radiactiva. De pronto la muchacha ya no tuvo dudas. No llevaba contador Geiger -
había quedado en la trepadora -, pero estaba segura de que tenía que haber elementos
radiactivos en el mecanismo bulboso: ¡una micropila sin blindaje para una nave espacial
sin casco! Mataría a cualquier criatura viviente que viajase en ella, ¿pero qué criatura
de carne y hueso podría sobrevivir veinte mil años en este planetoide sin atmósfera,
cerca del cero absoluto?
Zael estaba seria e inmóvil. Como todo su pueblo, había visto los rastros de una guerra
entre los planetoides fríos que había tenido lugar hacía millones de años. Algunos
pensaban que la guerra había terminado con la destrucción deliberada del cuarto
planeta, el que antiguamente había ocupado el sitio de los asteroides. Debía haber sido
una guerra amarga; y ahora Zael pensó que entendía por qué. Si uno de los
contrincantes había tenido forma humana, y el otro la de esta cosa, entonces ninguno
de los dos podría descansar hasta que hubiese exterminado al otro. Y si esta cosa
escapaba ahora, y engendraba a más como ella...
Zael avanzó poco a poco, pasando de una piedra a otra cuando la cosa no estaba a la
vista. El ser había terminado de acoplar varios objetos pequeños y ambiguos a la parte
delantera de la armazón. Entró otra vez en el globo. A Zael le pareció que la estructura
estaba casi completa. Si le ponían más cosas, no quedaría espacio para el piloto.
El corazón latía con fuerza en el pecho de Zael. La muchacha salió del escondite y
avanzó desmañadamente, de puntillas, más rápido que si saltara. Cuando casi podía
tocar la armazón con la mano, la cosa salió del globo abierto. Se deslizó hacia ella,
enorme a la luz de las estrellas, con la cabeza metálica en alto.
Por puro instinto, Zael tocó el botón de la luz. Los locos del casco se encendieron, y
tuvo una fugaz imagen de costillas metálicas y fauces fulgurantes. De pronto la cosa
huyó precipitadamente hacia la oscuridad. La muchacha quedó aturdida un momento.
Pensó: ¡No soporta la luz! Y se lanzó desesperadamente hacia el globo.
La cosa estaba allí enroscada, oculta. Cuando la luz la tocó saltó fuera del globo y se
escondió. Zael la volvió a perseguir, y la encontró al otro lado de la pequeña colina. La
cosa se zambulló en una hondonada, desapareciendo.
Zael volvió junto al artefacto. La armazón estaba posada en la roca donde había
quedado. La muchacha la levantó tentativamente con la mano. Tenía más masa de lo
que había esperado, pero pudo balancearla al extremo del brazo hasta que adquirió
una velocidad respetable. La estrelló contra la piedra más cercana; el impacto le
entumeció los dedos. La armazón se desprendió y resbaló sobre la piedra hasta
detenerse. Los dos recipientes se desprendieron; el mecanismo bulboso se torció. Zael
la levantó otra vez, y otra vez la arrojó con fuerza contra la roca. La armazón se torció,
combándose, y saltaron unas pocas piezas. Volvió a hacerla oscilar con la mano, hasta
que la parte bulbosa se soltó.
El ser no estaba a la vista. Zael llevó los pedazos de la armazón a la hendidura más
cercana y los arrojó dentro. A la luz de su casco, flotaron descendiendo silenciosamente
y desaparecieron.
La muchacha regresó junto al globo. La criatura no había aparecido todavía. Zael
examinó el interior del globo: estaba repleto de tabiques de formas extrañas y de
máquinas, la mayoría demasiado grandes para poder moverlas, algunas sueltas y
portátiles. La muchacha no pudo saber con certeza si alguna de esas máquinas eran
armas. Para estar segura, sacó todos los objetos movibles y los arrojó al mismo sitio
que la armazón.
Había hecho todo lo que podía, y quizá más de lo prudente. Ahora su tarea era
sobrevivir: volver a la casa-burbuja, llamar a la cápsula de emergencia y partir.
Retrocedió subiendo otra vez por la cuesta, pasando junto a la trepadora destrozada,
desandando el camino hasta que llegó a la pared del cráter.
Las puntas de los riscos asomaban allá arriba, a cientos de metros sobre su cabeza, tan
escarpadas que cuando intentó escalarlas ni siquiera el impulso la mantuvo en pie;
comenzó a perder el equilibrio, y tuvo que danzar hacia atrás lentamente hasta que pisó
un sitio más firme.
Dio toda la vuelta alrededor del cráter antes de convencerse: no había salida.
Transpiraba debajo del traje: un mal comienzo. Las cimas ásperas de las montañas
parecían inclinarse hacia delante, mirándola burlonamente. Se detuvo un momento para
tranquilizarse, y tomó una píldora y un sorbo de agua del recipiente que llevaba en el
casco. Los indicadores mostraban que le quedaban menos de cinco horas de aire. Era
muy poco. Tenía que salir de allí.
Escogió lo que parecía la cuesta más fácil a su alcance. Subió por ella cuidadosamente.
Cuando empezó a perder impulso, usó las manos. El frío le picó a través de los guantes
como agujas de fuego. El más leve contacto producía dolor; asirse firmemente se
transformaba en una agonía. Estaba a pocos metros de la cima cuando se, le
empezaron a entumecer los dedos. Arañó furiosamente, pero los dedos se negaban a
cerrarse sobre las rocas; las manos le resbalaban, inútiles.
Cayó. Rodó lentamente por la cuesta que tanto dolor le había costado escalar; con un
esfuerzo recuperó el equilibrio, y fue a detenerse en el fondo, agitada y temblorosa.
Sintió en el corazón una desesperación fría. Era joven; no le gustaba la idea de la
muerte, ni siquiera una muerte limpia y rápida. Morir lentamente, jadeando dentro de un
sucio traje o perdiendo el calor contra la piedra, sería horrible.
Vio un movimiento indistinto a la luz de las estrellas, al otro lado del suelo del cráter. Era
la cosa; ¿qué estaría haciendo ahora que ella le había destruido los medios que tenía
para huir? Lentamente, se le ocurrió que quizá tampoco la criatura podía salir del cráter.
Esperó un momento y luego, vacilante, bajó por la cuesta hacia ella.
A mitad del camino se acordó de apagar las luces del traje para no ahuyentarla.
Innumerables hendiduras surcaban el suelo del cráter. Al acercarse más, vio que la
esfera partida estaba rodeada de esas hendiduras por todas partes. En un extremo de
la larga e irregular isla rocosa, la criatura se lanzaba de un lado para otro.
Volvió la cabeza hacia la muchacha cuando ella saltó la última abertura. Zael vio
aquellos ojos que fulguraban en la oscuridad, y el círculo de brazos articulados y finos
que formaban un collar detrás de la cabeza de la criatura. Al acercarse ella la cabeza se
alzó más, y las fauces se separaron.
Al ver a la cosa tan de cerca, la muchacha sintió una repugnancia que nunca había
conocido. No se trataba solamente de que la criatura fuera metálica y estuviera viva; era
una sensación de maldad que parecía llegar directamente desde la cosa, y que sugería
algo así como: «Soy la muerte de todo lo que amas.»
Los ojos rojos y ciegos miraban con un odio implacable. ¿Cómo podría conseguir que
aquella cosa comprendiese?
El cuerpo de la criatura era sinuoso y fuerte; los brazos articulados podían asir y
sostener. Estaba hecha para trepar, pero no para saltar.
De pronto, la muchacha no pudo dominar su repugnancia hacia la cosa. Dio media
vuelta y saltó otra vez por encima de la grieta. Desde el otro lado, se volvió para mirar.
La cosa se mecía erguida, levantando más de la mitad del cuerpo sobre la roca. Zael
vio ahora que había otro grupo de miembros prensiles en la cola. La criatura se deslizó
hasta el mismo borde de la grieta y volvió a erguirse, las fauces abiertas, los ojos
brillantes.
No tenían en común otra cosa que el odio y el miedo. Mirando a la criatura, Zael
comprendió que debía de tener tanto miedo como ella misma. Aunque era metálica, no
podía vivir para siempre sin calor. Zael le había roto las máquinas, y ahora estaba
atrapada igual que ella. Pero, ¿cómo se lo podía hacer entender?
La muchacha caminó unos pocos metros por el borde de la grieta, y luego volvió a
saltar del lado de la criatura. La cosa la miró alerta. Era inteligente; sin duda tenía que
serlo. Debía de saber que Zael no era nativa de ese planetoide, y que por lo tanto debía
de tener una nave o algún otro medio para huir.
La muchacha extendió los brazos. El círculo de miembros de la cosa se ensanchó en
respuesta; pero, ¿era esto un gesto de invitación o una amenaza? Conteniendo el
miedo y la repugnancia, Zael se acercó más. La alta figura oscilaba por encima de su
cabeza. La muchacha vio que los segmentos del cuerpo de la criatura eran anillos
metálicos que ajustaban suavemente, unos sobre otros. Cada anillo estaba un poco
abierto en la parte de abajo, y por allí se veía el mecanismo que había dentro.
Una cosa como esa no podía haber evolucionado en ningún mundo; tenía que haber
sido construida para alguna oscura finalidad. El cuerpo largo y flexible estaba hecho
para perseguir y capturar; las fauces eran para matar. Sólo un odio de una intensidad
que escapaba a su comprensión podía haber concebido y soltado ese horror en el
mundo de los vivos.
Zael se obligó a acercarse otro paso. Se señaló a sí misma con el dedo, y luego señaló
la pared del cráter. Dio media vuelta y saltó sobre la grieta; recuperó el equilibrio, Y
volvió a saltar en la otra dirección
Tuvo la impresión de que la actitud de la cosa, mientras la miraba, era casi una parodia
humana de la cautela y la duda. La muchacha se señaló y señaló a la criatura; dio
media vuelta, y saltó otra vez por encima de la hendedura, ida y vuelta. Se señaló a sí
misma y a la cosa, y luego hizo un ademán con el brazo por encima! de la grieta, un
movimiento lento y amplio. Esperó.
Después de un largo rato la criatura se movió, adelantándose lentamente. Zael
retrocedió con la misma lentitud, hasta que estuvo al borde de la grieta. Temblando,
tendió un brazo. La enorme cabeza se inclinó, y los miembros prensiles ondearon hacia
su manga y la rodearon. Aquellos ojos rojos miraron fijamente los de la muchacha, a
unos pocos centímetros de distancia.
Zael se giró y saltó con fuerza. Trató de tener en cuenta la masa de la cosa, pero la
desacostumbrada resistencia en el brazo la hizo retorcerse hacia atrás en el aire.
Aterrizaron juntas, golpeándose. Torpemente, Zael consiguió levantarse y alejarse del
frío que le atravesaba el traje. La cosa, erguida, se balanceaba cerca... demasiado
cerca.
Instintivamente otra vez, la muchacha tocó el botón de la luz. La cosa se alejó
retorciéndose en espirales plateadas.
Zael temblaba. El corazón le latía en la garganta. Con un esfuerzo, volvió a apagar la
luz. La cosa alzó la cabeza a una docena de metros de distancia, y esperó a la
muchacha.
Cuando Zael se movía, la cosa se movía, manteniendo la distancia. Al llegar a la grieta
siguiente, la muchacha volvió a detenerse hasta que la criatura se acercó y le rodeó el
brazo con los miembros prensiles.
Al otro lado de la grieta, se separaron de nuevo. De esa manera atravesaron cuatro
islas de roca antes de llegar a la pared del cráter.
La cosa se deslizó lentamente por la empinada cuesta. Con todo el cuerpo estirado, los
brazos prensiles encontraron algo de donde asirse; la cola se balanceó en el aire. El
largo cuerpo se dobló graciosamente hacia arriba; los miembros de la cola encontraron
otro sitio de donde asirse, encima de la cabeza.
Allí la cosa hizo una pausa, y miró a la muchacha. Zael tendió los brazos; hizo
pantomima de trepar, luego retrocedió, agitando la cabeza. Tendió otra vez los brazos.
La cosa vaciló. Tras un momento, los miembros de la cabeza volvieron a asirse de algo,
y la cola colgó balanceándose. Al acercarse la criatura, Zael la abrazó. La cabeza lisa y
brillante la miraba desde arriba. En ese momento glacial, Zael se encontró pensando
que para la cosa, el universo era quizá como un negativo fotográfico: todas las cosas
malas eran buenas, todas las cosas buenas eran malas.
La cabeza se deslizó junto al hombro; las potentes espirales le rodearon el cuerpo con
un leve roce. La cosa estaba fría, pero no era ése el superfrío entumecedor de las
rocas. Las espirales apretaron, y la muchacha sintió la fuerza helada y constrictiva de
aquel enorme cuerpo. De pronto sus pies dejaron de tocar la roca. La empinada pared
se inclinó y giró en un ángulo insensato.
Dentro de aquella espiral metálica, las fuerzas de Zael languidecieron. Las estrellas
giraron sobre su cabeza, luego se aquietaron. La cosa la había depositado en la cima
de la pared del cráter.
La fría espiral se deslizó, apartándose lentamente. Agitada y aturdida, Zael siguió a la
criatura por la quebrada pendiente. Todavía le ardía en la carne el contacto de aquel
cuerpo metálico. Era como un significado oculto, que sólo descubría con un esfuerzo.
Era como un anillo que uno ha usado tanto tiempo que, después de quitárselo, aún
parece seguir allí.
Más abajo, en la revuelta inmensidad del valle, al borde de una grieta, la esperaba la
criatura, con la cabeza alzada.
Humildemente, Zael se le acercó. Esta vez, en lugar de asirse del brazo de la
muchacha, la pesada masa se le enroscó alrededor del cuerpo.
Zael saltó. Al otro lado de la grieta, lentamente, aquella figura flexible se deslizó,
bajando y apartándose. Al llegar a un sitio alto, la cosa la rodeó otra vez con su frío
abrazo y la alzó sin ningún esfuerzo, como a una mujer en un sueño.
El sol estaba en el cielo, a poca altura sobre el horizonte. Zael estuvo a punto de tocar
la llave de la radio, vaciló, y apartó la mano. ¿Qué podía decirles? ¿Cómo podría
hacerles comprender?
El tiempo huía. Cuando pasaron por una de las zonas donde Zael había puesto minas,
donde las rocas reflejaban la luz fría y purpúrea, la muchacha supo que iban por buen
camino. Se orientó con eso y con el sol. En cada grieta, la cosa se le enroscaba
alrededor de los hombros; en cada cuesta empinada, la cosa la sujetaba por la cintura y
la alzaba, describiendo largos arcos, hasta la cima.
Cuando vio la casa-burbuja desde un cerro, comprendió con un sobresalto que había
perdido la noción del tiempo. Miró los indicadores. Le quedaba media hora de aire.
Ese conocimiento le despertó una parte de la mente que había estado sumergida y
dormida. Sabía que el otro había visto también la casa-burbuja; había en su
comportamiento una nueva tensión, una nueva intensidad en su manera de mirar hacia
adelante. Trató de recordar la topografía entre este punto y la casa. La había
atravesado docenas de veces, pero siempre en el vehículo trepador. Ahora era muy
diferente. Los cerros altos que antes habían sido solamente obstáculos momentáneos
eran ahora insuperables. Todo el aspecto del terreno había cambiado; ni siquiera podía
estar ya segura de las marcas.
Pasaban por la última zona de minas. La luz fría y purpúrea se deslizaba sobre las
rocas. Un poco más allá de ese sitio, recordó Zael, tenía que haber una ancha grieta; la
criatura, a unos pocos metros de distancia, no miraba hacia la muchacha. Inclinándose
hacia adelante, Zael echó a correr de puntillas. La grieta estaba allí; llegó al borde, y
saltó.
Al otro lado, se volvió para mirar. La cosa se retorcía al borde de la hendidura, furiosa,
el collar de miembros abierto, los ojos rojos encendidos. Tras un instante, los
movimientos se aquietaron y se detuvieron. Zael y la criatura se miraron por encima de
la brecha de silencio; luego Zael dio media vuelta.
Los indicadores le señalaban otros quince minutos. Echó a andar apresuradamente, y
pronto se encontró descendiendo a una profunda barranca que reconocía. A su
alrededor estaban las marcas de la ruta que solía tomar en el vehículo. Delante y a la
derecha, donde brillaban las estrellas por una abertura, debía de estar el sitio donde
unas rocas caídas formaban una escalera natural hasta la parte superior de la barranca.
Pero a medida que se acercaba al sitio empezó a inquietarse. La pared del otro lado de
la barranca era demasiado escarpada y demasiado alta.
Llegó por fin al fondo, y no había ninguna escalera.
Debía de haberse equivocado de sitio. No le quedaba otro remedio que caminar por la
hondonada hasta llegar al sitio indicado. Tras un momento de indecisión, echó a andar
apresuradamente hacia la izquierda.
A cada paso la barranca prometía volverse conocida. ¡Seguramente no podía haberse
equivocado tanto en tan poco tiempo! Los puntos de luz que dibujaban los rayos del
casco danzaban allá delante, burlonamente esquivos. De repente comprendió que se
había perdido.
Le quedaban siete minutos de aire.
Se le ocurrió que la criatura debía de estar todavía donde la había dejado, atrapada en
una isla de roca. Si volvía allí directamente, ahora, sin vacilar ni un segundo, quizá
tuviera aún tiempo.
Dio media vuelta, lanzando un involuntario quejido de protesta. Sus movimientos eran
apresurados e inseguros; tropezó una vez, y apenas pudo evitar una caída peligrosa.
Sin embargo, no se atrevió a ir más despacio ni a detenerse un momento. Respiraba
con dificultad dentro del casco; el olor tan conocido del aire reciclado parecía más
sofocante.
Miró los indicadores: cinco minutos.
Al llegar a una cima vio un líquido destello de metal que se movía entre los fuegos
purpúreos. Saltó la última hendidura y se detuvo cautelosamente. La cosa se le
acercaba con lentitud. En la enorme cabeza metálica no había ninguna expresión, las
fauces estaban cerradas; la corona de miembros prensiles casi no se movía: sólo de
cuando en cuando se retorcía alguno, repentinamente. Había en la cosa una quietud
torva, expectante, que inquietó a la muchacha; pero no tenía tiempo para la cautela.
Apresuradamente, con gestos bruscos, trató de representar su necesidad. Tendió los
brazos. La cosa se deslizó adelantándose lentamente, y lentamente se enroscó en ella.
Zael casi no sintió el salto ni el aterrizaje. La criatura se movía a su lado; cerca esta vez,
casi tocándola. Allá descendieron, a la semioscuridad estrellada de la grieta; Zael
caminaba inseguramente, porque no podía usar las luces del casco. Se detuvieron al
pie del precipicio. La cosa se volvió para mirarla un momento.
A la muchacha le zumbaban los oídos. La cabeza se meció hacia ella y pasó a su lado.
Los brazos metálicos asieron la roca; el enorme cuerpo se balanceó hacia arriba, por
encima de la cabeza de Zael. La muchacha miró y vio que la criatura se retorcía
diagonalmente sobre la faz de la roca, centelleaba brevemente contra las estrellas, y
desaparecía.
Zael se quedó mirando hacia allí con incrédulo horror. Había sucedido con demasiada
rapidez; no entendía cómo había podido ser tan estúpida. ¡Ni siquiera había intentado
agarrar el cuerpo cuando pasaba!
Los indicadores eran borrosos; las agujas casi tocaban el cero. Tambaleándose un
poco, Zael echó a andar por la hondonada hacia la derecha. Le quedaba quizás un
minuto o dos de aire, y luego cinco o seis minutos de asfixia lenta. Tal vez encontrase
todavía la escalera; aún no estaba muerta.
La pared de la hondonada no descendía a niveles más accesibles: subía en forma de
agujas y pináculos. La muchacha se detuvo, helada y saturada de fatiga. Las
silenciosas cumbres se alzaban contra las estrellas. No había salvación en ese sitio, ni
en todo el mundo vampiresco y muerto que la rodeaba.
Algo saltó en la roca, a los pies de Zael. Asustada, la muchacha retrocedió. La cosa que
había saltado se alejaba girando bajo las estrellas. Mientras miraba apareció, otro trozo
de piedra, y otro. Esta vez vio cómo caía, golpeaba la roca y rebotaba.
Volvió la cabeza bruscamente. Por la mitad de la faz de la roca, balanceándose con
facilidad de un punto de apoyo a otro, venía la criatura. Una nube de piedras,
arrancadas al pasar, bajaban flotando lentamente y rebotaban alrededor de la cabeza
de Zael. La criatura se deslizó los últimos metros y se detuvo junto a la muchacha.
La cabeza le daba vueltas a Zael. Sintió que aquel cuerpo fuerte se enroscaba a su
alrededor; que la alzaba y se ponía en marcha. La apretaba demasiado; no le dejaba
respirar. Cuando la soltó, la presión no cedió.
Haciendo eses, echó a andar hacia la casa-burbuja, que parpadeaba llamándola en el
horizonte chato. Le ardía la garganta. A su lado, el extraño ser se movía como mercurio
entre las rocas.
Zael cayó una vez - una caída lenta, aterradora, en aquel frío doloroso -, y las pesadas
roscas de la criatura la ayudaron a levantarse.
Llegaron a la grieta. Zael vaciló en el borde, entendiendo oscuramente por qué la
criatura había vuelto a buscarla. Era una retribución: y ahora ella estaba demasiado
aturdida para volver a entretenerse con ese juego. Los miembros de la criatura tocaban
la manga.
Allá arriba, hacia Draco, la nave de Isar estaba en camino. Zael buscó a tientas el
interruptor de la radio. La voz le salió ronca y extraña:
- Mamá...
El pesado cuerpo se le estaba enroscando alrededor de los hombros. Le dolía el pecho
al respirar, y veía oscuro. Juntando todas sus fuerzas, saltó.
Al otro lado de la hondonada, se movió con imprecisa lentitud. Vio la luz de la casaburbuja
que parpadeaba prismáticamente al final de una brumosa avenida, y supo que
tenía que llegar a ella. No sabía muy bien por qué; quizá tenía algo que ver con el ser
plateado que se deslizaba a su lado.
El zumbido de una onda de radio estalló en sus auriculares.
- ¿Eres tú, Zael?
La muchacha oyó las palabras, pero no entendió el significado. La casa-burbuja estaba
cerca ahora; veía la válvula flexible de la puerta. Sabía de algún modo que la criatura no
debía entrar allí; si entraba, quizá usara aquel sitio para tener crías, y luego extendería
por todas partes una plaga de criaturas metálicas.
Se volvió torpemente para impedírselo, pero perdió el equilibrio y cayó contra la pared
de la burbuja. La enorme cabeza plateada, allá arriba, abrió las fauces, y aparecieron
dos brillantes colmillos. La cabeza se inclinó delicadamente, las fauces se cerraron
sobre el muslo de Zael, y los colmillos se hundieron una vez. Sin prisa, la criatura se
deslizó, desapareciendo del campo visual de la muchacha.
Zael sintió en el muslo un frío que se le empezó a extender por el cuerpo. Vio dos
pequeños chorros de vapor que se escapaban del traje, donde había sido perforado.
Giró la cabeza; la criatura estaba entrando en la burbuja por la válvula flexible. Adentro,
se movió para un lado y para otro, evitando la diminuta luz. Olfateó la hamaca, la
lámpara, y luego el transmisor-receptor de radio. Zael recordó algo, y dijo
quejumbrosamente:
- ¿Mamá?
En respuesta, la onda de radio zumbó otra vez y la voz dijo:
- ¿Qué pasa, Zael?
La muchacha trató de responder, pero su gruesa lengua no encontró las palabras. Se
sentía débil y helada, pero no tenía miedo. Buscó a tientas en el equipo, encontró la
pasta adhesiva, y la extendió sobre las perforaciones. La pasta burbujeó un momento.
Luego, se endureció. Una cosa lenta y lánguida, que nacía en el dolor helado, le corría
por el muslo. Al girarse otra vez, vio que la criatura seguía inclinada sobre el aparato
transmisor-receptor. Aun desde donde estaba, la muchacha veía la palanca rojo vivo
que servía para llamar a la cápsula de emergencia. Mientras miraba, uno de los
miembros de la criatura asió esa palanca y empujó hacia abajo.
Zael alzó la mirada. Tras un momento, la chispa anaranjada que se movía en el cielo se
detuvo aparentemente, y poco a poco fue creciendo hasta transformarse en una estrella
brillante, y después en un fulgor dorado.
La cápsula de emergencia se posó en un llano rocoso, a cien metros de distancia. La
antorcha se apagó. Deslumbrada, Zael vio como la figura negra de la criatura se
deslizaba saliendo de la casa-burbuja.
La criatura se detuvo, y por un instante la cabeza cruel osciló allá arriba, mirando a la
muchacha. Luego continuó arrastrándose.
La puerta de la cámara neumática era un círculo de luz amarilla. Al llegar a ella la
criatura pareció vacilar; luego siguió adelante y desapareció dentro. La puerta se cerró.
Un instante más tarde la antorcha se encendió otra vez, y la cápsula se elevó sobre una
columna de fuego.
Zael estaba acunada contra la curva flexible de la burbuja. Tuvo un borroso
pensamiento: dentro de la burbuja, a muy poca distancia, había aire y calor. El veneno
que la criatura había depositado en su carne, fuese lo que fuese, quizá tardaría mucho
tiempo en matarla. La nave de su madre llegaría pronto. Tenía una posibilidad de vivir.
Pero la cápsula de emergencia continuaba elevándose sobre el largo penacho dorado;
y Zael no podía apartar la mirada de aquella terrible belleza que ascendía hacia la
noche.
FIN
E L E N T I E R R O
P R E M A T U R O
E D G A R A L L A N P O E
EL ENTIERRO PREMATURO
Hay ciertos temas de interés absorbente, pero
demasiado horribles para ser objeto de una obra de
ficción. El buen escritor romántico debe evitarlos si
no quiere ofender o ser desagradable. Sólo se tratan
con propiedad cuando lo grave y majestuoso de la
verdad los santifican y sostienen. Nos estremecemos,
por ejemplo, con el más intenso «dolor agradable
» ante los relatos del paso del Beresina, del
terremoto de Lisboa, de la peste de Londres y de la
matanza de San Bartolomé o de la muerte por asfixia
de los ciento veintitrés prisioneros en el Agujero
Negro de Calcuta. Pero en estos relatos lo excitante
es el hecho, la realidad, la historia. Como ficciones,
nos parecerían sencillamente abominables.
He mencionado algunas de las más destacadas y
augustas calamidades que registra la historia, pero
en ellas el alcance, no menos que el carácter de la
calamidad, es lo que impresiona tan vivamente la
imaginación. No necesito recordar al lector que, del
largo y horrible catálogo de miserias humanas, podría
haber escogido muchos ejemplos individuales
más llenos de sufrimiento esencial que cualquiera de
esos inmensos desastres generales. La verdadera
desdicha, la aflicción última, en realidad es particular,
no difusa. ¡Demos gracias a Dios misericordioso
que los horrorosos extremos de agonía los sufra el
hombre individualmente y nunca en masa!
Ser enterrado vivo es, sin ningún género de duda,
el más terrorífico extremo que jamás haya caído
en suerte a un simple mortal. Que le ha caído en
suerte con frecuencia, con mucha frecuencia, nadie
con capacidad de juicio lo negará. Los límites que
separan la vida de la muerte son, en el mejor de los
casos, borrosos e indefinidos... ¿Quién podría decir
dónde termina uno y dónde empieza el otro? Sabemos
que hay enfermedades en las que se produce
un cese total de las funciones aparentes de la vida, y,
sin embargo, ese cese no es más que una suspensión,
para llamarle por su nombre. Hay sólo pausas
temporales en el incomprensible mecanismo.
Transcurrido cierto período, algún misterioso principio
oculto pone de nuevo en movimiento los mágicos
piñones y las ruedas fantásticas. La cuerda de
plata no quedó suelta para siempre, ni irreparablemente
roto el vaso de oro. Pero, entretanto, ¿dónde
estaba el alma?
Sin embargo, aparte de la inevitable conclusión
a priori de que tales causas deben producir tales
efectos, de que los bien conocidos casos de vida en
suspenso, una y otra vez, provocan inevitablemente
entierros prematuros, aparte de esta consideración,
tenemos el testimonio directo de la experiencia médica
y del vulgo que prueba que en realidad tienen
lugar un gran número de estos entierros. Yo podría
referir ahora mismo, si fuera necesario, cien ejemplos
bien probados. Uno de características muy
asombrosas, y cuyas circunstancias igual quedan aún
vivas en la memoria de algunos de mis lectores,
ocurrió no hace mucho en la vecina ciudad de Baltimore,
donde causó una conmoción penosa, intensa
y muy extendida. La esposa de uno de los más
respetables ciudadanos- abogado eminente y miembro
del Congreso- fue atacada por una repentina e
inexplicable enfermedad, que burló el ingenio de los
médicos. Después de padecer mucho murió, o se
supone que murió. Nadie sospechó, y en realidad
no había motivos para hacerlo, de que no estaba
verdaderamente muerta. Presentaba todas las apariencias
comunes de la muerte. El rostro tenía el
habitual contorno contraído y sumido. Los labios
mostraban la habitual palidez marmórea. Los ojos
no tenían brillo. Faltaba el calor. Cesaron las pulsaciones.
Durante tres días el cuerpo estuvo sin enterrar,
y en ese tiempo adquirió una rigidez pétrea.
Resumiendo, se adelantó el funeral por el rápido
avance de lo que se supuso era descomposición.
La dama fue depositada en la cripta familiar, que
permaneció cerrada durante los tres años siguientes.
Al expirar ese plazo se abrió para recibir un sarcófago,
pero, ¡ay, qué terrible choque esperaba al marido
cuando abrió personalmente la puerta! Al empujar
los portones, un objeto vestido de blanco cayó rechinando
en sus brazos. Era el esqueleto de su mujer
con la mortaja puesta.
Una cuidadosa investigación mostró la evidencia
de que había revivido a los dos días de ser sepultada,
que sus luchas dentro del ataúd habían
provocado la caída de éste desde una repisa o nicho
al suelo, y al romperse el féretro pudo salir de él.
Apareció vacía una lámpara que accidentalmente se
había dejado llena de aceite, dentro de la tumba;
puede, no obstante, haberse consumido por evaporación.
En los peldaños superiores de la escalera que
descendía a la espantosa cripta había un trozo del
ataúd, con el cual, al parecer, la mujer había intentado
llamar la atención golpeando la puerta de hierro.
Mientras hacía esto, probablemente se desmayó o
quizás murió de puro terror, y al caer, la mortaja se
enredó en alguna pieza de hierro que sobresalía hacia
dentro. Allí quedó y así se pudrió, erguida.
En el año 1810 tuvo lugar en Francia un caso de
inhumación prematura, en circunstancias que contribuyen
mucho a justificar la afirmación de que la
verdad es más extraña que la ficción. La heroína de
la historia era mademoiselle [señorita] Victorine Lafourcade,
una joven de ilustre familia, rica y muy
guapa. Entre sus numerosos pretendientes se contaba
Julien Bossuet, un pobre littérateur [literato] o
periodista de París. Su talento y su amabilidad habían
despertado la atención de la heredera, que, al
parecer, se había enamorado realmente de él, pero el
orgullo de casta la llevó por fin a rechazarlo y a casarse
con un tal Monsieur [señor] Rénelle, banquero y
diplomático de cierto renombre. Después del matrimonio,
sin embargo, este caballero descuidó a su
mujer y quizá llegó a pegarla. Después de pasar
unos años desdichados ella murió; al menos su estado
se parecía tanto al de la muerte que engañó a
todos quienes la vieron. Fue enterrada, no en una
cripta, sino en una tumba común, en su aldea natal.
Desesperado y aún inflamado por el recuerdo de su
cariño profundo, el enamorado viajó de la capital a
la lejana provincia donde se encontraba la aldea, con
el romántico propósito de desenterrar el cadáver y
apoderarse de sus preciosos cabellos. Llegó a la
tumba. A medianoche desenterró el ataúd, lo abrió
y, cuando iba a cortar los cabellos, se detuvo ante
los ojos de la amada, que se abrieron. La dama había
sido enterrada viva. Las pulsaciones vitales no habían
desaparecido del todo, y las caricias de su amado
la despertaron de aquel letargo que
equivocadamente había sido confundido con la
muerte. Desesperado, el joven la llevó a su alojamiento
en la aldea. Empleó unos poderosos reconstituyentes
aconsejados por sus no pocos
conocimientos médicos. En resumen, ella revivió.
Reconoció a su salvador. Permaneció con él hasta
que lenta y gradualmente recobró la salud. Su corazón
no era tan duro, y esta última lección de amor
bastó para ablandarlo. Lo entregó a Bossuet. No
volvió junto a su marido, sino que, ocultando su
resurrección, huyó con su amante a América. Veinte
años después, los dos regresaron a Francia, convencidos
de que el paso del tiempo había cambiado
tanto la apariencia de la dama, que sus amigos no
podrían reconocerla. Pero se equivocaron, pues al
primer encuentro monsieur Rénelle reconoció a su
mujer y la reclamó. Ella rechazó la reclamación y el
tribunal la apoyó, resolviendo que las extrañas circunstancias
y el largo período transcurrido habían
abolido, no sólo desde un punto de vista equitativo,
sino legalmente la autoridad del marido.
La Revista de Cirugía de Leipzig, publicación de
gran autoridad y mérito, que algún editor americano
haría bien en traducir y publicar, relata en uno de
los últimos números un acontecimiento muy penoso
que presenta las mismas características.
Un oficial de artillería, hombre de gigantesca estatura
y salud excelente, fue derribado por un caballo
indomable y sufrió una contusión muy grave en la
cabeza, que le dejó inconsciente. Tenía una ligera
fractura de cráneo pero no se percibió un peligro
inmediato. La trepanación se hizo con éxito. Se le
aplicó una sangría y se adoptaron otros muchos remedios
comunes. Pero cayó lentamente en un sopor
cada vez más grave y por fin se le dio por muerto.
Hacía calor y lo enterraron con prisa indecorosa
en uno de los cementerios públicos. Sus funerales
tuvieron lugar un jueves. Al domingo siguiente, el
parque del cementerio, como de costumbre, se llenó
de visitantes, y alrededor del mediodía se produjo
un gran revuelo, provocado por las palabras de un
campesino que, habiéndose sentado en la tumba del
oficial, había sentido removerse la tierra, como si
alguien estuviera luchando abajo. Al principio nadie
prestó demasiada atención a las palabras de este
hombre, pero su evidente terror y la terca insistencia
con que repetía su historia produjeron, al fin, su
natural efecto en la muchedumbre. Algunos con
rapidez consiguieron unas palas, y la tumba, vergonzosamente
superficial, estuvo en pocos minutos
tan abierta que dejó al descubierto la cabeza de su
ocupante. Daba la impresión de que estaba muerto,
pero aparecía casi sentado dentro del ataúd, cuya
tapa, en furiosa lucha, había levantado parcialmente.
Inmediatamente lo llevaron al hospital más cercano,
donde se le declaró vivo, aunque en estado de
asfixia. Después de unas horas volvió en sí, reconoció
a algunas personas conocidas, y con frases inconexas
relató sus agonías en la tumba.
Por lo que dijo, estaba claro que la víctima
mantuvo la conciencia de vida durante más de una
hora después de la inhumación, antes de perder los
sentidos. Habían rellenado la tumba, sin percatarse,
con una tierra muy porosa, sin aplastar, y por eso le
llegó un poco de aire. Oyó los pasos de la multitud
sobre su cabeza y a su vez trató de hacerse oír. El
tumulto en el parque del cementerio, dijo, fue lo
que seguramente lo despertó de un profundo sueño,
pero al despertarse se dio cuenta del espantoso horror
de su situación.
Este paciente, según cuenta la historia, iba mejorando
y parecía encaminado hacia un restablecimiento
definitivo, cuando cayó víctima de la
charlatanería de los experimentos médicos. Se le
aplicó la batería galvánica y expiró de pronto en uno
de esos paroxismos estáticos que en ocasiones produce.
La mención de la batería galvánica, sin embargo,
me trae a la memoria un caso bien conocido y muy
extraordinario, en que su acción resultó ser la manera
de devolver la vida a un joven abogado de Londres
que estuvo enterrado dos días. Esto ocurrió en
1831, y entonces causó profunda impresión en todas
partes, donde era tema de conversación.
El paciente, el señor Edward Stapleton, había
muerto, aparentemente, de fiebre tifoidea acompañada
de unos síntomas anómalos que despertaron la
curiosidad de sus médicos. Después de su aparente
fallecimiento, se pidió a sus amigos la autorización
para un examen post-mortem [autopsia], pero éstos se
negaron. Como sucede a menudo ante estas negativas,
los médicos decidieron desenterrar el cuerpo y
examinarlo a conciencia, en privado. Fácilmente
llegaron a un arreglo con uno de los numerosos
grupos de ladrones de cadáveres que abundan en
Londres, y la tercera noche después del entierro el
supuesto cadáver fue desenterrado de una tumba de
ocho pies de profundidad y depositado en el quirófano
de un hospital privado.
Al practicársele una incisión de cierta longitud
en el abdomen, el aspecto fresco e incorrupto del
sujeto sugirió la idea de aplicar la batería. Hicieron
sucesivos experimentos con los efectos acostumbrados,
sin nada de particular en ningún sentido,
salvo, en una o dos ocasiones, una apariencia de
vida mayor de la norma en cierta acción convulsiva.
Era ya tarde. Iba a amanecer y se creyó oportuno,
al fin, proceder inmediatamente a la disección.
Pero uno de los estudiosos tenía un deseo especial
de experimentar una teoría propia e insistió en aplicar
la batería a uno de los músculos pectorales. Tras
realizar una tosca incisión, se estableció apresuradamente
un contacto; entonces el paciente, con un
movimiento rápido pero nada convulsivo, se levantó
de la mesa, caminó hacia el centro de la habitación,
miró intranquilo a su alrededor unos
instantes y entonces habló. Lo que dijo fue ininteligible,
pero pronunció algunas palabras, y silabeaba
claramente. Después de hablar, se cayó pesadamente
al suelo.
Durante unos momentos todos se quedaron paralizados
de espanto, pero la urgencia del caso
pronto les devolvió la presencia de ánimo. Se vio
que el señor Stapleton estaba vivo, aunque sin sentido.
Después de administrarle éter volvió en sí y
rápidamente recobró la salud, retornando a la sociedad
de sus amigos, a quienes, sin embargo, se les
ocultó toda noticia sobre la resurrección hasta que
ya no se temía una recaída. Es de imaginar la maravilla
de aquellos y su extasiado asombro.
El dato más espeluznante de este incidente, sin
embargo, se encuentra en lo que afirmó el mismo
señor Stapleton. Declaró que en ningún momento
perdió todo el sentido, que de un modo borroso y
confuso percibía todo lo que le estaba ocurriendo
desde el instante en que fuera declarado muerto por
los médicos hasta cuando cayó desmayado en el
piso del hospital. «Estoy vivo», fueron las incomprendidas
palabras que, al reconocer la sala de disección,
había intentado pronunciar en aquel grave
instante de peligro.
Sería fácil multiplicar historias como éstas, pero
me abstengo, porque en realidad no nos hacen falta
para establecer el hecho de que suceden entierros
prematuros. Cuando reflexionamos, en las raras veces
en que, por la naturaleza del caso, tenemos la
posibilidad de descubrirlos, debemos admitir que tal
vez ocurren más frecuentemente de lo que pensamos.
En realidad, casi nunca se han removido muchas
tumbas de un cementerio, por alguna razón, sin que
aparecieran esqueletos en posturas que sugieren la
más espantosa de las sospechas.
La sospecha es espantosa, pero es más espantoso
el destino. Puede afirmarse, sin vacilar, que ningún
suceso se presta tanto a llevar al colmo de la angustia
física y mental como el enterramiento antes de la
muerte. La insoportable opresión de los pulmones,
las emanaciones sofocantes de la tierra húmeda, la
mortaja que se adhiere, el rígido abrazo de la estrecha
morada, la oscuridad de la noche absoluta, el
silencio como un mar que abruma, la invisible pero
palpable presencia del gusano vencedor; estas cosas,
junto con los deseos del aire y de la hierba que crecen
arriba, con el recuerdo de los queridos amigos
que volarían a salvarnos si se enteraran de nuestro
destino, y la conciencia de que nunca podrán saberlo,
de que nuestra suerte irremediable es la de los
muertos de verdad, estas consideraciones, digo, llevan
el corazón aún palpitante a un grado de espantoso
e insoportable horror ante el cual la
imaginación más audaz retrocede. No conocemos
nada tan angustioso en la Tierra, no podemos imaginar
nada tan horrible en los dominios del más
profundo Infierno. Y por eso todos los relatos sobre
este tema despiertan un interés profundo, interés
que, sin embargo, gracias a la temerosa
reverencia hacia este tema, depende justa y específicamente
de nuestra creencia en la verdad del asunto
narrado. Lo que voy a contar ahora es mi conocimiento
real, mi experiencia efectiva y personal.
Durante varios años sufrí ataques de ese extraño
trastorno que los médicos han decidido llamar catalepsia,
a falta de un nombre que mejor lo defina.
Aunque tanto las causas inmediatas como las
predisposiciones e incluso el diagnóstico de esta enfermedad
siguen siendo misteriosas, su carácter evidente
y manifiesto es bien conocido. Las
variaciones parecen serlo, principalmente, de grado.
A veces el paciente se queda un solo día o incluso
un período más breve en una especie de exagerado
letargo. Está inconsciente y externamente inmóvil,
pero las pulsaciones del corazón aún se perciben
débilmente; quedan unos indicios de calor, una leve
coloración persiste en el centro de las mejillas y, al
aplicar un espejo a los labios, podemos detectar una
torpe, desigual y vacilante actividad de los pulmones.
Otras veces el trance dura semanas e incluso
meses, mientras el examen más minucioso y las
pruebas médicas más rigurosas no logran establecer
ninguna diferencia material entre el estado de la
víctima y lo que concebimos como muerte absoluta.
Por regla general, lo salvan del entierro prematuro
sus amigos, que saben que sufría anteriormente de
catalepsia, y la consiguiente sospecha, pero sobre
todo le salva la ausencia de corrupción. La enfermedad,
por fortuna, avanza gradualmente. Las primeras
manifestaciones, aunque marcadas, son
inequívocas. Los ataques son cada vez más característicos
y cada uno dura más que el anterior. En esto
reside la mayor seguridad, de cara a evitar la inhumación.
El desdichado cuyo primer ataque tuviera la
gravedad con que en ocasiones se presenta, sería
casi inevitablemente llevado vivo a la tumba.
Mi propio caso no difería en ningún detalle importante
de los mencionados en los textos médicos.
A veces, sin ninguna causa aparente, me hundía poco
a poco en un estado de semisíncope, o casi desmayo,
y ese estado, sin dolor, sin capacidad de
moverme, o realmente de pensar, pero con una borrosa
y letárgica conciencia de la vida y de la presencia
de los que rodeaban mi cama, duraba hasta que
la crisis de la enfermedad me devolvía, de repente,
el perfecto conocimiento. Otras veces el ataque era
rápido, fulminante. Me sentía enfermo, aterido, helado,
con escalofríos y mareos, y, de repente, me
caía postrado. Entonces, durante semanas, todo estaba
vacío, negro, silencioso y la nada se convertía
en el universo. La total aniquilación no podía ser
mayor. Despertaba, sin embargo, de estos últimos
ataques lenta y gradualmente, en contra de lo repentino
del acceso. Así como amanece el día para el
mendigo que vaga por las calles en la larga y desolada
noche de invierno, sin amigos ni casa, así lenta,
cansada, alegre volvía a mí la luz del alma.
Pero, aparte de esta tendencia al síncope, mi
salud general parecía buena, y no hubiera podido
percibir que sufría esta enfermedad, a no ser que
una peculiaridad de mi sueño pudiera considerarse
provocada por ella. Al despertarme, nunca podía
recobrar en seguida el uso completo de mis facultades,
y permanecía siempre durante largo rato en un
estado de azoramiento y perplejidad, ya que las facultades
mentales en general y la memoria en particular
se encontraban en absoluta suspensión.
En todos mis padecimientos no había sufrimiento
físico, sino una infinita angustia moral. Mi
imaginación se volvió macabra. Hablaba de «gusanos,
de tumbas, de epitafios» Me perdía en meditaciones
sobre la muerte, y la idea del entierro
prematuro se apoderaba de mi mente. El espeluznante
peligro al cual estaba expuesto me obsesionaba
día y noche. Durante el primero, la tortura de la
meditación era excesiva; durante la segunda, era suprema,
Cuando las tétricas tinieblas se extendían
sobre la tierra, entonces, presa de los más horribles
pensamientos, temblaba, temblaba como las trémulas
plumas de un coche fúnebre. Cuando mi naturaleza
ya no aguantaba la vigilia, me sumía en una
lucha que al fin me llevaba al sueño, pues me estremecía
pensando que, al despertar, podía encontrarme
metido en una tumba. Y cuando, por fin, me
hundía en el sueño, lo hacía sólo para caer de inmediato
en un mundo de fantasmas, sobre el cual flotaba
con inmensas y tenebrosas alas negras la única,
predominante y sepulcral idea.
De las innumerables imágenes melancólicas que
me oprimían en sueños elijo para mi relato una visión
solitaria. Soñé que había caído en un trance
cataléptico de más duración y profundidad que lo
normal. De repente una mano helada se posó en mi
frente y una voz impaciente, farfullante, susurró en
mi oído: «¡Levántate!»
Me incorporé. La oscuridad era total. No podía
ver la figura del que me había despertado. No podía
recordar ni la hora en que había caído en trance, ni
el lugar en que me encontraba. Mientras seguía inmóvil,
intentando ordenar mis pensamientos, la fría
mano me agarró con fuerza por la muñeca, sacudiéndola
con petulancia, mientras la voz farfullante
decía de nuevo:
-¡Levántate! ¿No te he dicho que te levantes?
-¿Y tú- pregunté- quién eres?
-No tengo nombre en las regiones donde habito-
replicó la voz tristemente- Fui un hombre y soy
un espectro. Era despiadado, pero soy digno de lástima.
Ya ves que tiemblo. Me rechinan los dientes
cuando hablo, pero no es por el frío de la noche, de
la noche eterna. Pero este horror es insoportable.
¿Cómo puedes dormir tú tranquilo? No me dejan
descansar los gritos de estas largas agonías. Estos
espectáculos son más de lo que puedo soportar.
¡Levántate! Ven conmigo a la noche exterior, y deja
que te muestre las tumbas. ¿No es este un espectáculo
de dolor?... ¡Mira!
Miré, y la figura invisible que aún seguía apretándome
la muñeca consiguió abrir las tumbas de
toda la humanidad, y de cada una salían las irradiaciones
fosfóricas de la descomposición, de forma
que pude ver sus más escondidos rincones y los
cuerpos amortajados en su triste y solemne sueño
con el gusano. Pero, ¡ay!, los que realmente dormían,
aunque fueran muchos millones, eran menos
que los que no dormían en absoluto, y había una
débil lucha, y había un triste y general desasosiego, y
de las profundidades de los innumerables pozos
salía el melancólico frotar de las vestiduras de los
enterrados. Y, entre aquellos que parecían descansar
tranquilos, vi que muchos habían cambiado, en mayor
o menor grado, la rígida e incómoda postura en
que fueron sepultados. Y la voz me habló de nuevo,
mientras contemplaba:
-¿No es esto, ¡ah!, acaso un espectáculo lastimoso?
Pero, antes de que encontrara palabras para
contestar, la figura había soltado mi muñeca, las luces
fosfóricas se extinguieron y las tumbas se cerraron
con repentina violencia, mientras de ellas salía
un tumulto de gritos desesperados, repitiendo:
«¿No es esto, ¡Dios mío!, acaso un espectáculo
lastimoso?»
Fantasías como ésta se presentaban por la noche
y extendían su terrorífica influencia incluso en
mis horas de vigilia. Mis nervios quedaron destrozados,
y fui presa de un horror continuo. Ya no me
atrevía a montar a caballo, a pasear, ni a practicar
ningún ejercicio que me alejara de casa. En realidad,
ya no me atrevía a fiarme de mí lejos de la presencia
de los que conocían mi propensión a la catalepsia,
por miedo de que, en uno de esos ataques, me enterraran
antes de conocer mi estado realmente. Dudaba
del cuidado y de la lealtad de mis amigos más
queridos. Temía que, en un trance más largo de lo
acostumbrado, se convencieran de que ya no había
remedio. Incluso llegaba a temer que, como les causaba
muchas molestias, quizá se alegraran de considerar
que un ataque prolongado era la excusa suficiente
para librarse definitivamente de mí. En vano
trataban de tranquilizarme con las más solemnes
promesas. Les exigía, con los juramentos más sagrados,
que en ninguna circunstancia me enterraran
hasta que la descomposición estuviera tan avanzada,
que impidiese la conservación. Y aun así mis terrores
mortales no hacían caso de razón alguna, no
aceptaban ningún consuelo. Empecé con una serie
de complejas precauciones. Entre otras, mandé remodelar
la cripta familiar de forma que se pudiera
abrir fácilmente desde dentro. A la más débil presión
sobre una larga palanca que se extendía hasta
muy dentro de la cripta, se abrirían rápidamente los
portones de hierro. También estaba prevista la entrada
libre de aire y de luz, y adecuados recipientes
con alimentos y agua, al alcance del ataúd preparado
para recibirme. Este ataúd estaba acolchado con un
material suave y cálido y dotado de una tapa elaborada
según el principio de la puerta de la cripta, incluyendo
resortes ideados de forma que el más débil
movimiento del cuerpo sería suficiente para que se
soltara. Aparte de esto, del techo de la tumba colgaba
una gran campana, cuya soga pasaría (estaba previsto)
por un agujero en el ataúd y estaría atada a
una mano del cadáver. Pero, ¡ay!, ¿de qué sirve la
precaución contra el destino del hombre? ¡Ni siquiera
estas bien urdidas seguridades bastaban para
librar de las angustias más extremas de la inhumación
en vida a un infeliz destinado a ellas!
Llegó una época- como me había ocurrido antes
a menudo- en que me encontré emergiendo de un
estado de total inconsciencia a la primera sensación
débil e indefinida de la existencia. Lentamente, con
paso de tortuga, se acercaba el pálido amanecer gris
del día psíquico. Un desasosiego aletargado. Una
sensación apática de sordo dolor. Ninguna preocupación,
ninguna esperanza, ningún esfuerzo. Entonces,
después de un largo intervalo, un zumbido
en los oídos. Luego, tras un lapso de tiempo más
largo, una sensación de hormigueo o comezón en
las extremidades; después, un período aparentemente
eterno de placentera quietud, durante el cual
las sensaciones que se despiertan luchan por transformarse
en pensamientos; más tarde, otra corta
zambullida en la nada; luego, un súbito restablecimiento.
Al fin, el ligero estremecerse de un párpado;
e inmediatamente después, un choque eléctrico de
terror, mortal e indefinido, que envía la sangre a
torrentes desde las sienes al corazón. Y entonces, el
primer esfuerzo por pensar. Y entonces, el primer
intento de recordar. Y entonces, un éxito parcial y
evanescente. Y entonces, la memoria ha recobrado
tanto su dominio, que, en cierta medida, tengo conciencia
de mi estado. Siento que no me estoy despertado
de un sueño corriente. Recuerdo que he
sufrido de catalepsia. Y entonces, por fin, como si
fuera la embestida de un océano, el único peligro
horrendo, la única idea espectral y siempre presente
abruma mi espíritu estremecido.
Unos minutos después de que esta fantasía se
apoderase de mí, me quedé inmóvil. ¿Y por qué?
No podía reunir valor para moverme. No me atrevía
a hacer el esfuerzo que desvelara mi destino, sin
embargo algo en mi corazón me susurraba que era
seguro. La desesperación- tal como ninguna otra clase
de desdicha produce-, sólo la desesperación me
empujó, después de una profunda duda, a abrir mis
pesados párpados. Los levanté. Estaba oscuro, todo
oscuro. Sabía que el ataque había terminado. Sabía
que la situación crítica de mi trastorno había pasado.
Sabía que había recuperado el uso de mis facultades
visuales, y, sin embargo, todo estaba oscuro, oscuro,
con la intensa y absoluta falta de luz de la noche que
dura para siempre.
Intenté gritar, y mis labios y mi lengua reseca se
movieron convulsivamente, pero ninguna voz salió
de los cavernosos pulmones, que, oprimidos como
por el peso de una montaña, jadeaban y palpitaban
con el corazón en cada inspiración laboriosa y difícil.
El movimiento de las mandíbulas, en el esfuerzo
por gritar, me mostró que estaban atadas, como
se hace con los muertos. Sentí también que yacía
sobre una materia dura, y algo parecido me apretaba
los costados. Hasta entonces no me había atrevido a
mover ningún miembro, pero al fin levanté con
violencia mis brazos, que estaban estirados, con las
muñecas cruzadas. Chocaron con una materia sólida,
que se extendía sobre mi cuerpo a no más de
seis pulgadas de mi cara. Ya no dudaba de que reposaba
al fin dentro de un ataúd.
Y entonces, en medio de toda mi infinita desdicha,
vino dulcemente la esperanza, como un querubín,
pues pensé en mis precauciones. Me retorcí e
hice espasmódicos esfuerzos para abrir la tapa: no
se movía. Me toqué las muñecas buscando la soga:
no la encontré. Y entonces mi consuelo huyó para
siempre, y una desesperación aún más inflexible reinó
triunfante pues no pude evitar percatarme de la
ausencia de las almohadillas que había preparado
con tanto cuidado, y entonces llegó de repente a mis
narices el fuerte y peculiar olor de la tierra húmeda.
La conclusión era irresistible. No estaba en la cripta.
Había caído en trance lejos de casa, entre desconocidos,
no podía recordar cuándo y cómo, y ellos me
habían enterrado como a un perro, metido en algún
ataúd común, cerrado con clavos, y arrojado bajo
tierra, bajo tierra y para siempre, en alguna tumba
común y anónima.
Cuando este horrible convencimiento se abrió
paso con fuerza hasta lo más íntimo de mi alma,
luché una vez más por gritar. Y este segundo intento
tuvo éxito. Un largo, salvaje y continuo grito o
alarido de agonía resonó en los recintos de la noche
subterránea.
-Oye, oye, ¿qué es eso?- dijo una áspera voz,
como respuesta.
-¿Qué diablos pasa ahora?- dijo un segundo.
-¡Fuera de ahí!- dijo un tercero.
-¿Por qué aúlla de esa manera, como un gato
montés?- dijo un cuarto.
Y entonces unos individuos de aspecto rudo me
sujetaron y me sacudieron sin ninguna consideración.
No me despertaron del sueño, pues estaba
completamente despierto cuando grité, pero me
devolvieron la plena posesión de mi memoria.
Esta aventura ocurrió cerca de Richmond, en
Virginia. Acompañado de un amigo, había bajado,
en una expedición de caza, unas millas por las orillas
del río James. Se acercaba la noche cuando nos sorprendió
una tormenta. La cabina de una pequeña
chalupa anclada en la corriente y cargada de tierra
vegetal nos ofreció el único refugio asequible. Le
sacamos el mayor provecho posible y pasamos la
noche a bordo. Me dormí en una de las dos literas;
no hace falta describir las literas de una chalupa de
sesenta o setenta toneladas. La que yo ocupaba no
tenía ropa de cama. Tenía una anchura de dieciocho
pulgadas. La distancia entre el fondo y la cubierta
era exactamente la misma. Me resultó muy difícil
meterme en ella. Sin embargo, dormí profundamente,
y toda mi visión- pues no era ni un sueño ni
una pesadilla- surgió naturalmente de las circunstancias
de mi postura, de la tendencia habitual de
mis pensamientos, y de la dificultad, que ya he mencionado,
de concentrar mis sentidos y sobre todo de
recobrar la memoria durante largo rato después de
despertarme. Los hombres que me sacudieron eran
los tripulantes de la chalupa y algunos jornaleros
contratados para descargarla. De la misma carga
procedía el olor a tierra. La venda en torno a las
mandíbulas era un pañuelo de seda con el que me
había atado la cabeza, a falta de gorro de dormir.
Las torturas que soporté, sin embargo, fueron
indudablemente iguales en aquel momento a las de
la verdadera sepultura. Eran de un horror inconcebible,
increíblemente espantosas; pero del mal procede
el bien, pues su mismo exceso provocó en mi
espíritu una reacción inevitable. Mi alma adquirió
temple, vigor. Salí fuera. Hice ejercicios duros.
Respiré aire puro. Pensé en más cosas que en la
muerte. Abandoné mis textos médicos. Quemé el
libro de Buchan. No leí más Pensamientos nocturnos, ni
grandilocuencias sobre cementerios, ni cuentos de
miedo como éste. En muy poco tiempo me convertí
en un hombre nuevo y viví una vida de hombre.
Desde, aquella noche memorable descarté para
siempre mis aprensiones sepulcrales y con ellas se
desvanecieron los achaques catalépticos, de los
cuales quizá fueran menos consecuencia que causa.
Hay momentos en que, incluso para el sereno
ojo de la razón, el mundo de nuestra triste humanidad
puede parecer el infierno, pero la imaginación
del hombre no es Caratis para explorar con impunidad
todas sus cavernas. ¡Ay!, la torva legión de los
terrores sepulcrales no se puede considerar como
completamente imaginaria, pero los demonios, en
cuya compañía Afrasiab hizo su viaje por el Oxus,
tienen que dormir o nos devorarán..., hay que permitirles
que duerman, o pereceremos.