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JACK DEDOS DE MUELLE ---- SUSAN CASPER

Escrito por imagenes 06-07-2009 en General. Comentarios (0)

 


JACK DEDOS DE MUELLE
Susan Casper



Sabía a dónde iba tan pronto como entró en la sala de juegos electrónicos. Dejó atrás las filas de atareados chiquillos, las estridentes y electrónicas voces que surgían de las máquinas, los centelleos luminosos y los incesantes pitidos. Pasó frente a las viejas máquinas del millón, todas ellas desocupadas, relampagueando con lucecitas y timbres como anticuados voceadores mecánicos que intentaban vanamente tentar a un público que pasaba de largo.
La máquina que él buscaba estaba al fondo, en un rincón iluminado tenuemente, y dejó escapar un suspiro de alivio al ver que nadie la utilizaba. Su pantalla, que miraba sin decir nada, estaba encajada en un armazón amarillo, por encima de una hilera de palancas y botones. En el costado, debajo de la ranura para echar las monedas, había un dibujo chillón que representaba a una mujer ataviada según la antigua moda victoriana. El sombrero, grande y adornado, estaba ligeramente ladeado en lo alto de su cabeza y de allí caía hacia los lados una cabellera cuidadosamente peinada. La mujer estaba gritando, con los ojos muy abiertos y el dorso de la mano casi cubriéndole la encantadora boca. Y detrás suyo, bosquejada en un tono blanco borroso, se adivinaba una figura acechante.
Dejó su cartera de mano en el suelo, al lado de la máquina. Con dedos inseguros, buscó una moneda y la metió en la ranura. La pantalla adquirió vida y luz. Un hombre siniestro, con gorro de cazador, agitó un cuchillo con la punta manchada de carmesí y desapareció detrás de una hilera de edificios. Las imágenes eran excelentes, extremadamente realistas. La pantalla se llenó con hileras de instrucciones de color azul oscuro contra un fondo azul claro, y él las miró superficialmente, esperando con impaciencia a que empezara el juego.
Apretó un botón y la imagen volvió a cambiar, convirtiéndose en un laberinto de calles miserables con hileras de edificios ruinosos. Una figura única, la suya, ocupaba el centro de la pantalla. Una mujer con un vestido de la época victoriana, sobre la que figuraba el nombre de Polly, andaba hacia él. Recordó que tenía que hacerle quitar el gorro al hombre; de lo contrario, ella no querría ir con él. Se pusieron a andar juntos, y él, cuidadosamente, la hizo pasar de largo la primera intersección. La vieja calle Montague era una trampa para principiantes en la cual él no había caído desde hacía tiempo. La primera calle por la que se tenía que ir era Buck's Row.
A un lado, un policía estaba separando a un par de harapientas mujeres que peleaban. Allí, él tenía que llevar cuidado porque si era localizado le costaría puntos. Llevó a su pareja por el callejón apropiado y tuvo la satisfacción de ver que estaba desierto.
Los latidos de su corazón se hicieron más fuertes cuando hizo situar a su figura detrás de la figura de la mujer; notó una respiración fuerte y ronca, que salía de su boca. Esta parte del juego tenía limitación de tiempo, por lo que tendría que actuar contra el reloj. Sacó un cuchillo del interior de su chaqueta. Tapando la boca de Polly con una mano, le abrió malignamente la garganta de oreja a oreja. En la pantalla aparecieron unas líneas de color rojo brillante, pero apartadas de él. Buena cosa. No se había manchado de sangre. Ahora venía la parte más dura. Tendió a la mujer en el suelo y la empezó a destripar, abriéndole cuidadosamente el abdomen casi hasta el diafragma y manteniendo la mirada sobre el reloj. Terminó con veinte segundos de ventaja y movió a su figura, alejándola triunfalmente del policía que se acercaba poco a poco. Una vez hubo encontrado la primera fuente pública donde lavarse, concluyó la primera parte.
Su figura quedó de nuevo centrada en la pantalla. Esta vez, la figura que se acercó fue Annie La Sombría y él la llevó a la calle Hanbury. Pero esta vez se olvidó de taparle la boca cuando la apuñaló y ella pudo soltar un grito; un grito estridente y terrorífico. Inmediatamente la pantalla empezó a relampaguear con una tonalidad roja brillante mientras resonaban los ensordecedores pitidos del silbato de un policía. Dos agentes se materializaron uno a cada lado de su figura y lo sujetaron firmemente por los brazos. Un nudo de horca se agitó en la pantalla mientras sonaba una marcha fúnebre. Y la pantalla se oscureció.
Se quedó mirándola, temblando, sintiéndose agitado y enfermo, y se maldijo amargamente a sí mismo. ¡Había cometido un error de principiante! Había sido demasiado impaciente. Enfadado, metió otra moneda en la ranura.
Esta vez anduvo con mucho cuidado al acercarse a Kate, logrando acumular puntos de ventaja y no cometer errores fatales. Ahora estaba sudando y tenía la boca seca. Le dolían las mandíbulas a causa de la tensión. Era realmente difícil vencer al reloj en esta parte y requería una intensa concentración. Se acordó de hacer cortes en los párpados, lo cual era esencial; sacar los intestinos y ponerlos encima del hombro derecho no era demasiado duro, pero cortar correctamente el riñón... eso era espantoso. Finalmente el reloj le ganó y tuvo que quedarse sin el riñón, lo cual le costó una pérdida de puntos. Estaba tan desconcertado que casi tropezó con un policía al avanzar por los callejones que conducían a Mitre Square. Los obstáculos fueron haciéndose más difíciles a medida que superaba cada parte con éxito y ahora la cosa se estaba poniendo particularmente dura, porque el tiempo se acortaba y era necesario evitar a los enjambres de mirones, a los periodistas, a las rondas de comités de vigilancia y a un mayor número de policías. Nunca había encontrado aún la calle correcta para Mary La Negra...
Una voz gritó «última partida» y poco después su hombre fue atrapado de nuevo. Dio un manotazo a la máquina con frustración y después se arregló el vestido y cogió la cartera de mano. Echó una mirada a su Roloflex. Las diez y cinco minutos: era temprano aún. Las máquinas parpadearon desde sus puestos mientras los últimos clientes salían por las puertas de cristal. El los siguió hasta la calle. Una vez fuera, bajo el cálido aire nocturno, empezó a pensar de nuevo en el juego y a planear su estrategia para el día siguiente, reparando sólo superficialmente en los borrachos que farfullaban en los portales, en las busconas ligeras de ropa de la esquina. Tenues luces de neón que anunciaban locales de cine porno, librerías para «adultos» y pensiones de baja categoría desfilaron ante sus ojos como imágenes de video, y sus dedos oprimieron imaginarios botones y palancas mientras se abría paso a través de las poco recomendables multitudes de última hora de la noche.
Se metió por un callejón estrecho, que se adentraba en las sombras, y después se detuvo y se apoyó de espaldas contra los fríos y húmedos ladrillos. Hizo girar las tres esferas de la combinación del cierre, dejando cada una en su número adecuado, y abrió la cartera de mano.
La máquina; había pensado en ella durante todo el día en el trabajo; había pensado en ella hasta el último segundo mientras esperaba impacientemente que fuesen las cinco y ahora había tenido y perdido otra oportunidad, y aún no la había vencido. Rebuscó entre los papeles de la cartera y sacó un largo y pesado cuchillo.
Esta noche practicaría y mañana derrotaría a la máquina.


FIN

EL NUMERO 13

Escrito por imagenes 04-07-2009 en General. Comentarios (0)

EL NUMERO 13

Montague Rhodes James





Viborg es una de las ciudades de Jutlandia, de mayor prestigio e
importancia. Es sede de un obispado, tiene una hermosa catedral —restaurada
casi en su totalidad—, un encantador parque, un lago bellísimo y muchas
cigüeñas. Hald, a su vez, es uno de los lugares más atractivos de Dinamarca, y
Finderup, también otro donde Marsk Stig asesinó al rey Eric Glipping, el día de
Santa Cecilia del año 1286. En el siglo XVII, abrieron su tumba y dicen que la
calavera de Eric conservaba las huellas de cincuenta y seis mazazos. De todos
modos, mi intención no es exponer una guía turística.
Viborg tiene excelentes hoteles; el Preisler y el Fénix son algunos de los
mejores. Mi primo, personaje principal del relato, la primera vez que visitó
Viborg, se dirigió al León de Oro. Sin embargo, nunca más volvió a alojarse en
ese lugar. Tal vez las páginas siguientes expliquen la razón.
El León de Oro es uno de los pocos edificios de la ciudad que
sobrevivieron al gran incendio de 1726, que devastó la catedral casi en su
totalidad, así como la Sognekirke, la Raadhuus y otras construcciones tan
antiguas como interesantes. El León de Oro es una casa de ladrillo rojo. Su
frente es de ladrillo, con altos gabletes almenados y una leyenda en la parte
superior de la puerta principal. El patio por donde entran los vehículos es de
madera y estuco, de matices blancos y negros.
Cuando mi primo llegó al león de Oro, los últimos rayos del sol hacían
brillar cada detalle de la imponente fachada. El aspecto anticuado del lugar
impactó a mi primo, por lo que pronosticó días placenteros y entretenidos. Esa
posada conservaba todas las características de un lugar clásico de la vieja
Jutlandia.
No eran los negocios, en el sentido vulgar de la palabra, el motivo del viaje
de Mr. Anderson a Viborg. Estaba realizando algunas investigaciones sobre la
historia de la Iglesia en Dinamarca y se había enterado de que el Rigsarkiv de
Viborg conservaba algunos documentos, salvados del incendio, sobre los
últimos días del Catolicismo Romano en ese país.
Por lo tanto, se propuso dedicar el tiempo necesario, tal vez dos o tres
semanas, al examen y copia de esos documentos. En el león de Oro esperaba
contar con una amplia habitación que fuera dormitorio y a la vez estudio. Mr.
Anderson le informó lo que deseaba al posadero y éste, tras meditar unos
instantes, sugirió que lo mejor para conformar al caballero sería que él mismo
visitara los cuartos más amplios y eligiera el más conveniente. Mr. Anderson
aceptó la idea.
El piso superior fue descartado de inmediato: tantas escaleras exigían un
esfuerzo excesivo luego de un día de trabajo; en el segundo piso, no había
cuartos de la amplitud requerida, pero en el primero había dos o tres
habitaciones que se adecuaban con total precisión a las exigencias del caballero,
al menos en cuanto al tamaño.
El posadero recomendó con énfasis la Número 17, pero Mr. Anderson
advirtió que sus ventanas se abrían sólo hacia el muro ciego de la casa vecina,
por lo que durante la tarde, debía ser muy oscura. Prefería, por su parte, la
Número 12 y la Número 14. Las dos daban a la calle y tenían las ventajas de una
iluminación adecuada más una vista agradable, ventajas que aceleraron con
creces la elección.
Eligió, entonces, el cuarto Número 12. Éste tenía, al igual que los cuartos
vecinos, tres ventanas, todas sobre una misma pared. Sus dimensiones eran
poco habituales: el techo era muy alto y su longitud llamaba la atención. Carecía
de chimenea y en su lugar había una antigua estufa de hierro forjado, sobre la
que era posible observar un bajorrelieve que representaba a Abraham
sacrificando a Isaac, con la inscripción: I Bog Mose, Cap. 22 (es decir, Génesis
XXII). No había otro objeto interesante. El único cuadro atractivo era un viejo
grabado en colores de la ciudad, cercano a 1820.
La hora de la cena se acercaba. Cuando Anderson, ya más despabilado
luego de su baño habitual, descendió las escaleras, faltaban unos minutos para
que la campanilla sonase. Dedicó el tiempo que faltaba a observar la nómina de
huéspedes de la posada. Según una costumbre de Dinamarca, los nombres
estaban expuestos en una amplia pizarra, dividida en casilleros que sumaban la
cantidad de habitaciones del lugar, cada uno con el número correspondiente y
el nombre de su huésped. No encontró nada de mucho interés. Se habían
registrado un abogado (o Sagförer), un alemán y algunos viajantes de
Copenhague. El único detalle que generó asombro fue la ausencia del Número
13 en la lista de habitaciones, un detalle que Anderson ya había observado en
otros hoteles que visitó en Dinamarca. Sin embargo, no pudo evitar un
pensamiento: ¿la supersticiosa reacción que suele provocar este número tendría
tanta difusión y vigencia como para que fuera un obstáculo, a punto tal que un
viajero no pudiera instalarse en la habitación con ese número? Decidió
preguntarle al posadero si él o sus colegas, en verdad, se habían encontrado con
muchos huéspedes que rechazaron ocupar el cuarto Número 13.
No pudo contarme nada interesante (yo registro los hechos tal como me
los transmitió) sobre lo ocurrido, durante la cena. El resto de la velada, en la que
se dedicó a ordenar ropas, libros y papeles, tampoco tuvo trascendencia alguna.
Alrededor de las once, decidió irse a acostar, pero tal como le sucede a muchas
personas, le era casi imposible dormir sin haber leído unas páginas. Recordó
entonces que el libro que venía leyendo en el tren, el único que en ese momento
podía conformarlo, estaba en el bolsillo de su abrigo, colgado a la entrada del
comedor.
Tardó un instante en bajar y tomar el libro. Puesto que los corredores
tenían muy buena iluminación, le costó poco hallar el camino de regreso a su
cuarto. Al menos, eso fue lo que creyó. Pero al llegar allí, giró el picaporte, la
puerta se resistió a abrirse y él pudo escuchar, en el interior de la habitación,
pasos que se dirigían hacia la entrada. Por supuesto, se había confundido de
cuarto. ¿El suyo estaba a la derecha o a la izquierda? Miró el número: era el 13.
El suyo, por lo tanto, debía estar a la izquierda, y así nomás fue. Ya en la cama,
leyó como de costumbre un par de páginas, apagó la luz y se dispuso a dormir.
Recién en ese momento reflexionó que, aunque en la pizarra del hotel no había
ningún cuarto con el número 13, existía, indudablemente, en la posada. Se
arrepintió de no haberlo ocupado él mismo. Quizá podría haber favorecido al
propietario ocupándolo y dándole la oportunidad de contar que un distinguido
caballero inglés había vivido en él durante tres semanas con sumo placer.
Aunque, quizás, tenía uso como habitación de servicio o algo por el estilo.
Incluso, seguramente, no era tan amplio ni agradable como su propio cuarto.
Con ojos somnolientos, observó su habitación, bajo la luz del crepúsculo que
daba la lámpara de la calle. Curioso brillo, sin duda, pensó. Las habitaciones
suelen parecer más amplias cuanto menos iluminadas están y este cuarto, por el
contrario, parecía haber disminuido en longitud y aumentado
proporcionalmente en altura. En fin, era más importante dormir que malgastar
el tiempo en reflexiones incoherentes. Así que se dispuso a hacerlo.
Al día siguiente de su llegada, Anderson se dirigió al Rigsarkiv de Viborg.
Lo recibieron, como suele hacerse en Dinamarca, con la mayor amabilidad, y
pusieron a su disposición cuanto necesitaba. Le facilitaron documentos cuya
cantidad e interés superó con creces sus expectativas. Además de los
documentos oficiales, encontró una carpeta con gran cantidad de cartas del
obispo Jörgen Friis, último obispo católico residente en esa sede, que describía
muchos detalles entretenidos y a la vez "íntimos", de la vida privada de
diversos personajes de la época. Abundaban las menciones acerca de cierta casa
de la ciudad, propiedad del obispo, deshabitada. Su inquilino anterior había
provocado un escándalo y esto significó un obstáculo para los partidarios de la
Reforma. Era un ser infame para la ciudad, a causa de sus prácticas, tan secretas
como condenables; sus adversarios decían también que había vendido su alma
al diablo. ¿Qué mejor prueba de la tremenda corrupción e impiedad de la
Iglesia de Babilonia que la protección que el propio obispo brindaba a
Troldmand, esa víbora que se nutría de sangre? El obispo afrontaba con coraje
tales acusaciones: acentuaba su repudio por los adeptos a llevar a cabo dichas
prácticas secretas, y solicitaba a sus opositores que presentaran el caso a un
tribunal eclesiástico, con el fin de que se investigase con la mayor severidad
posible. Nadie más interesado que él en castigar a Mag. Nicolás Francken, si en
verdad era culpable de los delitos que se le imputaban.
Antes de que cerraran el archivo, Anderson apenas tuvo tiempo para
echar una ojeada fugaz a la carta siguiente, escrita por Rasmus Nielsen, el jefe
de los protestantes. Esa lectura le bastó para darse una idea general de su
contenido: los cristianos ya no se sometían a las decisiones de los obispos de
Roma. El tribunal eclesiástico no era ni podía serlo el más competente para
dictaminar sobre una causa de tal gravedad e importancia.
Mr. Anderson abandonó el archivo acompañado por el anciano que lo
organizaba. Mientras caminaban, no pudieron evitar que la conversación girase
en torno a los documentos previamente mencionados.
Herr Scavenius, el archivista de Viborg, si bien estaba muy informado
sobre los documentos que tenía a su cargo, no era un especialista en los que se
referían al período de la Reforma. Tal vez por esa razón se mostró muy atraído
por los comentarios de Anderson. Leería con mucho interés, declaró, el artículo
que Mr. Anderson iba a escribir basándose en esos documentos.
—En cuanto a esa casa del obispo Friis —agregó—, es todo un enigma
conocer el sitio exacto donde pudo haber estado. He estudiado minuciosamente
la topografía de la antigua Viborg, y sin embargo, en el viejo inventario de
propiedades del obispo —datado en 1560, y que está casi completo en nuestro
archivo— falta la parte correspondiente a los bienes que tenía en la ciudad. No
importa. Tal vez algún día pueda encontrarla.
Tras un breve paseo —no recuerdo con precisión por dónde—, Anderson
regresó al León de Oro, donde lo aguardaban su cena, su solitario y su cama. Ya
en el pasillo, recordó que había olvidado comentarle al posadero la ausencia del
cuarto Número 13, pero decidió verificar si existía una habitación con ese
número, antes de alarmar con una alusión.
La respuesta no se demoró. La puerta con su número pintado con toda
claridad de ese estilo, allí estaba. Evidentemente alguien ocupaba el cuarto,
pues al acercarse a la puerta, oyó el rumor de pasos y de voces, o de una sola
voz, tal vez. En cuanto se detuvo un momento para verificar el número, el ruido
de pasos cesó de inmediato, al parecer muy cerca de la puerta. Anderson,
asombrado, creyó escuchar una respiración jadeante, como de una persona
profundamente convulsionada. Se dirigió a su cuarto y una vez más se
sorprendió por encontrarlo mucho más pequeño de lo que le había parecido en
el primer momento cuando lo habitó. La pequeña decepción que le hizo sentir
era fácil de remediar: si lo deseaba, podía mudarse a otra habitación. En ese
momento, necesitó un pañuelo que estaba en su maleta. Un sirviente había
colocado la maleta sobre un taburete, contra la pared, en el otro extremo del
cuarto. Pero iba a recibir una sorpresa: la maleta ya no estaba. Indudablemente,
algún sirviente —en un exceso de prudencia— la había guardado luego de
ubicar su contenido en el guardarropa. Allí, sin embargo, no había nada.
Comenzaba a preocuparse. De inmediato descartó la posibilidad de un robo,
pues en Dinamarca rara vez sucede. Era indudable que alguien había cometido
un estúpido error, lo cual eso no es tan raro, por lo que decidió increpar a la
mucama. De todos modos, no era una necesidad urgente y podía esperar hasta
la mañana. Resolvió entonces no molestar a la servidumbre. Fue hasta la
ventana derecha y contempló la calle desierta. Se enfrentó con la pared ciega de
un alto edificio. No había transeúntes, la noche era oscura; nada interesante
despertaba su atención.
Al estar la luz situada a sus espaldas, pudo observar su propia sombra,
reflejada en la pared del edificio de enfrente. A la izquierda también veía la
sombra del huésped del cuarto Número 11, un hombre de barba, que se
paseaba en mangas de camisa y al que descubrió cepillándose el cabello y luego
cubriéndose con una bata de noche. A la derecha se veía la silueta del huésped
del cuarto Número 13. Ésta, tal vez, se presentaba más interesante. Estaba igual
que Mr. Anderson, apoyado en el alféizar de la ventana, contemplando la calle.
Parecía un hombre alto y delgado... ¿o tal vez una mujer? De todos modos, la
persona desconocida se cubría la cabeza con algo parecido a un velo, antes de
irse a la cama. Anderson dedujo que debía tener en la habitación una lámpara
con pantalla roja, porque el reflejo de una luz rojiza danzaba en la pared de
enfrente. Se asomó para ver si podía ver algo, pero sólo distinguió los pliegues
de una tela clara, que parecía blanca, sobre el alféizar.
Al escuchar el ruido de unos pasos que se acercaban por la calle, el
Número 13 pareció darse cuenta de que estaba expuesto a curiosas miradas y,
con gran habilidad y rapidez, se apartó de la ventana; su luz roja se desvaneció.
Anderson, que había estado fumando, dejó la colilla del cigarrillo sobre el
alféizar y se fue a dormir.
A la mañana siguiente lo despertó la mucama, que le traía agua caliente y
todo lo neesario para un baño personal. Anderson se incorporó, y luego de
pensar muy bien sus palabras, dijo, en el danés más correcto que pudo articular:
—No debió mover mi maleta. ¿Dónde está?
Como suele suceder, la criada se echó a reír y salió del cuarto sin decirle
nada.
Anderson, muy irritado, se sentó en la cama, dispuesto a llamarla otra vez.
De repente, fijó su vista en el extremo opuesto de la habitación. Sobre el
taburete estaba su maleta, en el mismo lugar en el que había visto que el
sirviente la dejó al entrar al cuarto por primera vez. Se trató de una ingrata
sorpresa para un hombre que siempre se jactaba de un profundo poder de
percepción. No quiso explicarse por qué la había ignorado la noche anterior. Al
fin de cuentas, era obvio que volvía a estar allí.
La luz del día no sólo le permitió ver la maleta sino comprobar las
verdaderas proporciones del cuarto, incluyendo sus tres ventanas, y verificar
que, después de todo, había elegido correctamente. Mientras terminaba de
vestirse, se asomó a la ventana del medio para ver el estado del tiempo. Y aquí
se llevó una segunda sorpresa. Su distracción, la noche anterior, sin duda había
llegado al extremo. Habría podido jurar que estuvo fumando un cigarrillo,
asomado a la última ventana de la derecha, antes de irse a dormir. Ahora
descubría la colilla sobre el alféizar, pero de la ventana del medio.
Salió de su habitación para ir a desayunar. Estaba retrasado, si bien el
Número 13 lo estaba aún más: sus botas todavía se hallaban al lado de la
puerta. Dedujo que el Número 13 era un hombre, no una mujer. Sin embargo,
en ese instante miró el número de la puerta: era el 14. Sin duda había pasado
junto al Número 13 sin darse cuenta. Tres errores estúpidos en tan sólo doce
horas eran mucho para un hombre metódico y fanático de la precisión, de modo
que volvió para asegurarse. El cuarto vecino al Número 14 era el Número 12, el
suyo. No existía en absoluto un cuarto con el Número 13.
Tras dedicarle unos minutos a repasar cuanto había comido y bebido en
las últimas veinticuatro horas, Anderson decidió olvidarse del asunto. Si la vista
o el cerebro empezaban a fallarle, ya tendría otras oportunidades de saberlo. Si
otra era la explicación, estaba frente a una experiencia llena de interés. De
cualquier modo, convenía estar atento ante cada uno de los acontecimientos.
Durante el día, Anderson continuó el estudio de la correspondencia
episcopal ya mencionada. Y su decepción fue grande cuando descubrió que
estaba incompleta. Sólo pudo hallar una carta más relacionada con el asunto de
Mag. Nicolás Francken, redactada por el obispo Jörgen Friis, quien la dirigía a
Rasmus Nielsen. Decía así:
"De ningún modo podemos aceptar vuestras declaraciones acerca de
nuestro tribunal, por lo que estaremos dispuestos a combatirlos, y si fuera
necesario, hasta el último de los extremos en aquella opinión. No obstante ello,
dado que nuestro fiel y bienamado Mag. Nicolás Francken, a quien se han
atrevido a acusar con cargos tan falsos como maliciosos, ha sido
repentinamente sustraído a nuestro afecto, es evidente que, por esta ocasión, el
caso queda cerrado. Mas en cuanto a vuestras declaraciones, en las que
aseguran que el Apóstol y Evangelista San Juan, en su divino Apocalipsis, cita a
la Sacra Iglesia Romana con el símbolo de la Mujer vestida de púrpura y grana,
sabed que...", etcétera.
A pesar de sus investigaciones, Anderson no encontró respuesta alguna a
esa carta ni tampoco algún dato sobre la forma en que fue "sustraído" el casus
belli. Sólo dedujo que Francken había padecido una muerte súbita. Apenas dos
días mediaban entre la carta de Nielsen, evidentemente redactada cuando
Francken vivía, y la del obispo, por lo que se podía sospechar que había sido
una muerte inesperada.
Anderson visitó Hald durante la tarde y tomó el té en Baekkelund.
Aunque estaba algo nervioso, no descubrió alteración alguna en la vista o en su
mente. Sus experiencias anteriores le habían hecho dudar de eso.
Durante la cena, le tocó sentarse frente al posadero.
—¿Por qué razón —preguntó luego de cambiar una conversación
intrascendenteen la mayoría de los hoteles de este país no existe un cuarto
Número 13? Por lo que veo, aquí sucede lo mismo.
El posadero lo miró sonriendo.
—Es curioso que usted lo haya notado. La verdad, yo mismo me lo
pregunté varias veces. Un hombre erudito, me dije, no debe hacerle caso a tales
supersticiones. Yo estudié aquí, en la escuela secundaria de Viborg, y nuestro
viejo maestro siempre descartaba esas creencias. Hace muchos años que murió.
Era un hombre maravilloso, muy hábil con las manos y con la mente. Recuerdo
a mis compañeros, un día en que nevaba...
Y continuó con sus recuerdos.
—Entonces, ¿usted cree que no hay ninguna razón válida para omitir el
Número 13? —insistió Anderson.
—Por supuesto. Bueno, escuche, mi pobre padre me inició en el oficio.
Primero tuvo un hotel en Aarhuus, y luego, cuando nacimos nosotros, llegó
aquí a Viborg, su ciudad natal. Dirigió el Fénix hasta su muerte, en 1876. Allí
hice mis primeras armas como hotelero, en Silkeborg, y apenas hace dos años
compré esta casa.
Luego detalló en forma minuciosa las características del establecimiento
en el momento en que se hizo cargo.
—Y cuando usted vino aquí, ¿había un cuarto Número 13?
—No, justo iba a decírselo. Usted sabe, en un sitio como éste, atendemos a
viajantes de comercio sobre todo. Y no se le ocurra ofrecerles una habitación
con el Número 13. Preferirían dormir en la calle antes que eso. A mí me importa
un bledo el número de las habitaciones, y a menudo se los he dicho. Ellos
siguen con la idea de que les trae mala suerte. Y se pueden pasar el día
contando cuentos de historias sobre viajantes que han dormido en una
habitación Número 13 y que nunca han vuelto a ser los mismos, o que han
perdido los mejores clientes, o..., bueno, imagínese cosas así... —concluyó el
posadero, tras buscar en vano una frase más.
—Entonces, ¿para qué usa usted el cuarto Número 13? —preguntó
Anderson, y al decirlo sintió una extrema ansiedad, que desentonaba con la
importancia de su pregunta.
—¿El cuarto Número 13? Si acabo de decirle que no hay ningún cuarto con
ese número en esta posada. Pensé que ya se había dado cuenta; además, si
hubiera una habitación Número 13, estaría exactamente al lado de la suya.
—Sí, claro; lo que pasa es que... Sinceramente, anoche me pareció ver una
puerta con el Número 13 en ese pasillo, y estoy casi seguro de no haberme
equivocado también con haberla visto anteanoche.
Herr Kristensen, como Anderson lo esperaba, se echó a reír, y repitió una
y mil veces que en esa posada no había ni hubo jamás una habitación Número
13.
Anderson sintió algo de alivio ante la firmeza de la respuesta, aunque aún
persistían sus dudas. Entonces pensó que la única manera de resolver de una
vez por todas el problema era invitar al posadero, esa noche, a su habitación. Lo
sedujo con algunas fotografías de ciudades inglesas que había traído y con un
buen cigarro.
Herr Kristensen, contento por la invitación, la aceptó con ganas.
Acordaron encontrarse a las diez. Mr. Anderson se retiró en ese momento, para
escribir unas cartas. Aunque lo avergonzara aceptarlo, era innegable que la
existencia o no de ese bendito cuarto Número 13 comenzaba a preocuparlo, a tal
punto que, para regresar a su habitación, lo hizo por el lado del Número 11,
para no tener que cruzar la puerta Número 13 o el lugar que correspondía a la
puerta. Al entrar, inspeccionó con rapidez su habitación, pero no advirtió nada
que no fuera esa idea imprecisa de que estaba más pequeña que de costumbre;
por su maleta no debía preocuparse, la había vaciado y ubicado bajo la cama.
Por un momento logró olvidarse del Número 13 y se puso a escribir.
Sus vecinos no lo molestaban. Sólo se escuchaba, de vez en cuando, el
gemido de una puerta y el ruido de un par de botas arrojadas al pasillo; o el
canto de algún viajante que lo recorría. Sobre la calle mal empedrada se
escuchaba, cada tanto, algún carro, o bien los pasos veloces de algún transeúnte.
Anderson terminó sus cartas y pidió un whisky con soda. Se dirigió hacia
la ventana para observar el edificio de enfrente y las sombras reflejadas sobre su
pared.
Si mal no recordaba, el cuarto Número 14 lo ocupaba un abogado, persona
grave y formal, que muy poco hablaba durante las comidas; por lo general, se
limitaba a revisar una pila de papeles que ubicaba junto a su plato.
Al parecer, tenía el hábito de liberar sus instintos cuando se encontraba
solo. No cabía otra posibilidad para los movimientos con que en ese momento
se divertía. La sombra en la pared de enfrente demostraba, con toda claridad,
que estaba bailando. Una y otra vez, su delgada figura se acercaba a la ventana,
agitaba y alzaba los brazos con gran agilidad, junto a una pierna macilenta.
Debía estar descalzo en un piso que mostraba gran solidez. Ningún ruido
denunciaba sus movimientos. El Sagförer Herr Anders Jensen, bailando a las
diez de la noche en un cuarto de hotel parecía un argumento justo para una
pintura histórica de gran estilo. Los pensamientos de Anderson, tal como los de
Emily en Los misterios de Udolfo comenzaron a "formar por sí mismos los
siguientes versos":
A mi hotel al regresar,
A eso de la hora diez,
Percibe en mí un malestar
El camarero esta vez.
Indiferente, la puerta
Cierro, y tiro el calzado,
No escuchando las reyertas
Que en mis vecinos alertas
Mi feroz danza despierta.
Y como la ley conozco,
De sus comentarios hoscos
Sonrío con desenfado.
Si el posadero no hubiese golpeado a la puerta, sin duda el lector ahora
tendría frente a sí un poema mucho más extenso. A juzgar por el gesto de
asombro que mostró al entrar en la habitación, Herr Kristensen se hallaba
sorprendido, tal como Anderson en otras ocasiones, por algo inusual en el
interior del cuarto. Evitó todo comentario. Demostró gran interés en las
fotografías de Anderson, las que le sirvieron de excusa para retomar aspectos
autobiográficos. Tal vez, la conversación se hubiese encauzado para el tema del
cuarto Número 13 si no fuese que el abogado, de repente, se puso a cantar de
una manera que no podía dejar dudas a nadie de que estaba borracho o
completamente loco. Su voz, aguda y chillona, revelaba un tono agrietado, tal
como si no hubiese cantado desde hacía mucho tiempo. Cantaba hasta llegar a
alturas increíbles, y luego proseguía en un ronco y desgarrado gemido, como el
viento feroz del invierno en el hueco de una chimenea o el de un órgano cuyas
notas saturaban los tubos. Ante sonido tan aterrador, Anderson no dudó de
que, de haber estado solo, se habría acercado al cuarto de algún viajante en
busca de refugio y compañía.
El posadero, boquiabierto, se tiró sobre la silla.
—No entiendo nada —dijo al fin, secándose el sudor de la frente—. Es
aterrador. Ya lo había escuchado antes, pero pensaba que era u n gato.
—¿Estará loco? —preguntó Anderson.
—Seguramente. ¡Pero qué cosa más decadente! Tan buen cliente según
dicen, le va muy bien con los negocios. Y tiene mujer e hijos que mantener...
En ese momento, alguien sacudió la puerta con golpes secos y perentorios
e interrumpió sin esperar la respuesta. Era el abogado, en bata de dormir y con
el cabello despeinado. Demostraba furor.
—Perdón, señor —comenzó—, pero le pediría por favor que dejara de...
Se interrumpió, asombrado, ya que ninguno de los presentes era
responsable de los estruendos y los cantos. Luego de una breve pausa, el salvaje
alarido se repitió con mayor estridencia.
—En nombre de Dios, ¿qué significa esto? —exclamó el abogado—. ¿De
dónde viene? ¿Qué es? ¿Acaso me estoy volviendo loco?
—Viene de su cuarto, Herr Jensen. ¿No habrá un gato o algún animal
encerrado en la chimenea?
Acabó de decir eso, y Anderson comprendió lo inútil de su explicación.
Todo era preferible a guardar un silencio que taladraría ese gemido atroz, o a
contemplar el débil rostro del posadero, que se aferraba, temblando, al respaldo
del sillón.
—Imposible —repuso el abogado—. No hay chimenea allí. Si vine a este
cuarto es porque estaba seguro de que el ruido provenía de aquí. Pero sin duda
viene del cuarto vecino al mío.
—¿No había ninguna puerta entre su habitación y la mía? —inquirió
Anderson, sabiendo lo que preguntaba.
—No, señor —respondió Herr Jensen, seco.
—Por lo menos, esta mañana no la había.
—¡Ah! —dijo Anderson—. ¿Y esta noche?
—No estoy seguro —dudó el abogado.
De pronto, la voz que cantaba o gemía en el cuarto vecino se transformó
en una risa sofocada, un gruñido que estremeció a los tres hombres. Luego,
retornó un absoluto silencio.
—Y bien, ¿usted qué tiene qué decir, Herr Kristensen? —increpó el
abogado—. ¿Qué significa todo esto?
—¡Por Dios! —respondió Kristensen—. ¿Qué quiere que le diga? Yo
tampoco entiendo nada. ¡Ojalá no deba escuchar nunca más un sonido así en
toda mi vida!
—Lo mismo digo —respondió Herr tensen, y murmuró luego algunas
palabras que Anderson reconoció —aunque no podía asegurarlo—: era la
última frase del Salterio, omnis spiritus laudet Dominum.
—Debemos hacer algo —propuso Anderson—. ¿Por qué no vamos los tres
e ingresamos en el cuarto contiguo?
—¡Pero si es el de Herr Jensen! —protestó el posadero—. ¿De qué servirá?
Él acaba de salir de ahí.
—Ya no estoy tan seguro —dijo Jensen—. Creo que este caballero tiene
razón. Tenemos que ir a ver qué pasa.
Las únicas armas de defensa de que disponían eran un bastón y un
paraguas; con ellas, la expedición se agrupó en el pasillo, presa de cierto temor.
En el corredor dominaba un silencio total, aunque por debajo de la puerta de al
lado filtrábase un poco de luz. Anderson y el abogado se acercaron. Jensen, tras
hacer girar el picaporte, arremetió con violencia. Fue en vano: la puerta no se
abrió.
—Herr Kristensen —dijo Jensen—. Será mejor que cuanto antes llame a
varios de sus empleados, los más fuertes, porque debemos aclarar esto.
El posadero aprobó y se alejó rápidamente, deseoso de abandonar el
campo de operaciones. Jensen y Anderson permanecieron en el corredor, sin
dejar de observar la puerta.
—No hay duda, es el Número 13 —dijo el segundo.
—Sí. Ahí está la puerta de mi cuarto, allá la del suyo —repuso Jensen.
—Mi habitación tiene tres ventanas durante el día —comentó Anderson,
ocultando una risa nerviosa.
—¡Por Dios, también la mía! —contestó el abogado, girando hacia la
posición de Anderson. De esa manera, quedó de espaldas a la puerta. Y, en ese
momento, la puerta se entreabrió, y de ella surgió un brazo, envuelto en
harapos amarillentos, aunque se veía la piel desnuda, cubierta por un vello
grisáceo y salvaje. La mano intentó clavarse en el hombro de Jensen.
Anderson tuvo el tiempo de empujar a Jensen a un lado, mientras profería
un grito que llamaba al rechazo y al terror. La puerta volvió a cerrarse y desde
el interior del cuarto, escucharon una risa ahogada.
Jensen no pudo ver nada, pero cuando Anderson, apresuradamente, le
sintetizó lo ocurrido, se mostró muy convulsionado y propuso abandonar la
expedición y encerrarse en uno de los dos cuartos.
En ese momento llegaron el dueño de la posada y dos robustos sirvientes,
los tres muy serios y preocupados. Jensen los recibió con una cantidad de
explicaciones, las que no resultaron estimulantes.
Los hombres abandonaron las barras que habían traído y anunciaron, sin
posibilidad de arrepentirse, que no estaban dispuestos a arriesgar la vida en ese
antro diabólico. El posadero estaba cada vez más nervioso e indeciso: sabía que,
de no desafiar el peligro, se arruinaría, su posada se vendría abajo y tampoco
estaba demasiado decidido a afrontarlo.
Por suerte, Anderson halló una estrategia para reanimar a la tropa
desmoralizada.
—¿Dónde está el tan afamado coraje danés? El enemigo no es un alemán
y, si así lo fuera, somos cinco contra uno.
Tal exhortación estimuló a ambos sirvientes y a Jensen. juntos embistieron
la puerta.
—¡Un momento! —los contuvo Anderson—. No pierdan la cordura.
Usted, Herr Kristensen, quédese aquí, con la lámpara, uno de ustedes rompa la
puerta, pero no entren cuando ceda —ordenó.
Los hombres asintieron. El más joven avanzó hacia la puerta; alzó la barra
de hierro y dio un rotundo golpe a la parte superior. El resultado fue diferente
al que esperaban. No se escuchó el seco crujido de la madera, sino un ruido
sordo y opaco, como si golpearan contra un muro hermético. El hombre tiró a
un costado la herramienta con un grito de dolor, y comenzó a frotarse el codo.
Todos acudieron hacia él. Anderson, luego, miró nuevamente hacia la puerta.
Había desaparecido. Miró otra vez hacia la puerta del corredor, cuyo revoque
mostraba el destrozo profundo producido por la barra. El Número 13 había
dejado de existir.
Todos, por un instante, permanecieron inmóviles ante la pared desnuda.
Desde el patio trasero se escuchó el canto de un gallo, y cuando Anderson giró
la cabeza descubrió a través del ventanal, en el fondo del extenso pasillo, las
primeras luces del alba.
—Tal vez —insinuó el posadero— para esta noche los señores preferirán
otro cuarto... ¿Uno con dos camas?
Ni Jensen ni Anderson rechazaron la propuesta. Luego de la reciente
experiencia, preferían permanecer juntos. Por esa misma razón decidieron que,
cuando cada uno de ellos ingresara en su cuarto para tomar lo que necesitaba
para pasar la noche, el otro lo acompañaría para iluminarlo. Los dos
comprobaron que ambos cuartos, el Número 12 como el Número 14, tenían tres
ventanas.
A la mañana siguiente, los expedicionarios se reunieron en el cuarto
Número 12. El posadero, como es natural, no quería la participación de
extraños, pero a la vez tenía mucho interés en que el misterio se aclarase lo
antes posible. Por lo tanto, había ordenado a los dos sirvientes que por el
momento trabajaran de carpinteros. Movieron los muebles y, tras arrancar
varios tablones, dejaron al descubierto la superficie del piso más cercano al
Número 14.
El lector, por supuesto, pensará que descubrieron un esqueleto, por
ejemplo, el de Mag. Nicolas Francken. No fue así. Sólo encontraron, entre las
vigas que sostenían el piso, una pequeña caja de cobre, que contenía un
pergamino plegado prolijamente, donde había escritas unas veinte líneas. Tanto
Anderson como Jensen, quien se confesó un discreto paleógrafo, se
entusiasmaron con el descubrimiento, que podía facilitar el esclarecimiento de
fenómenos extraordinarios.
Tengo en mi poder un ejemplar de una obra de astrología que jamás he
leído. En su portada tiene una xilografía de Hans Sebald Beham, que representa
a un grupo de sabios reunidos en torno a una mesa. Tal vez este detalle permita
que los especialistas descubran algo. Ahora no está a mi alcance y no puedo
recordar el título. Las páginas blancas del principio y del final llevan una
escritura que aún no he podido descifrar, a pesar de haber transcurrido ya diez
años. Tampoco he podido descubrir en qué sentido debería leerse, y mucho
menos a qué lengua pertenece tal escritura. Anderson y Jensen, tras someter a
un examen el documento encontrado en la caja de cobre, no lograron
conclusiones fehacientes.
Después de dos días de un análisis minucioso, Jensen, el más audaz de los
dos, puso en práctica la hipótesis de que la escritura sea latín o danés antiguo.
Anderson renunció a toda hipótesis y se limitó a donar —en actitud muy
digna— la caja y el pergamino al Museo de la Sociedad Histórica de Viborg.
Escuché este relato de sus propios labios, unos meses más tarde y después
de una visita a la biblioteca, en un bosque próximo a Upsala. En la biblioteca me
había burlado o nos habíamos burlado del contrato en el cual Daniel Salthenius
—posteriormente profesor de hebreo en Könisberg— vendía su alma al diablo.
Anderson, en verdad, no parecía muy entretenido.
—¡Qué muchacho estúpido! —exclamó, refiriéndose a Salthenius, que aún
era estudiante cuando cometió esa torpeza—. No se debe invocar a quien se
desconoce.
Y cuando yo sugerí las interpretaciones habituales, se limitó a encogerse
de hombros, con una queja. Esa misma tarde me contó el episodio que acabo de
relatar, aunque evitó sacar conclusiones y se negó a juzgar la hipótesis que yo
formulé por mi cuenta.

EL ENEMIGO

Escrito por imagenes 02-07-2009 en General. Comentarios (0)
EL ENEMIGO
Damon Knight



La nave espacial estaba posada en una esfera de roca en medio del cielo. Había un
resplandor en Draco; era el sol, a seis billones de kilómetros de distancia. En el silencio,
las estrellas no parpadeaban ni fluctuaban: ardían, frías y distantes. La estrella polar
resplandecía allá arriba. La Vía Láctea era un arco iris congelado sobre el horizonte.
En el círculo amarillo de la cámara neumática aparecieron dos figuras, ambas de mujer,
de rostros pálidos y duros detrás de los visores de los cascos. Llevaron un disco
plegable de metal a cien metros de distancia y lo montaron sobre tres altos aisladores.
Volvieron a la nave, moviéndose ágilmente de puntillas, como bailarinas, y salieron otra
vez con una abultada colección de objetos envueltos en una membrana transparente.
Sellaron la membrana al disco, y la inflaron a través de un tubo desde la nave. Los
objetos que había dentro eran artículos domésticos: una hamaca con armazón de
metal, una lámpara, un aparato transmisor y receptor de radio. Las dos mujeres
entraron en la membrana por la válvula flexible y pusieron en orden los muebles. Luego,
con cuidado, llevaron allí los últimos objetos: tres tanques con cosas exuberantes y
verdes, dentro de burbujas protectoras.
Bajaron de la nave un vehículo con forma de araña, con seis enormes ruedas infladas, y
lo dejaron montado sobre tres aisladores.
El trabajo había concluido. Las dos mujeres se detuvieron frente a frente junto a la casaburbuja.
La mayor dijo:
- Si descubres algo, quédate aquí hasta que yo vuelva dentro de diez meses. Si no,
deja el equipo y regresa en la cápsula de emergencia.
Las dos miraron hacia arriba, donde se movía una tenue chispa contra el campo de
estrellas. La nave madre la había dejado en órbita antes de aterrizar. Si fuese
necesario, podía ser llamada por radio para que aterrizase automáticamente; de lo
contrario, no había necesidad de gastar combustible.
- Comprendido - dijo la más joven. Se llamaba Zael; tenía quince años, y ésta era la
primera vez que salía de la nave espacial para quedarse sola. Isar, la madre, caminó
hasta la nave y entró sin mirar atrás. La compuerta se cerró; arriba, la chispa flotaba
hacia el horizonte. Una breve explosión de llamas levantó a la nave madre, que empezó
a girar y a subir. La antorcha se inflamó otra vez, y en unos pocos momentos la nave
era sólo una estrella brillante.
Zael apagó la luz de su traje y se quedó allí en la oscuridad, bajo la enorme semiesfera
del cielo. Era el único cielo que ella conocía; como su madre, y la madre de su madre,
Zael había nacido en el espacio. Siglos atrás, expulsado de los mundos grandes y
verdes, su pueblo se había vuelto austero, como los campos de estrellas entre los
cuales vagaba. En las cinco grandes ciudades del espacio, y en Plutón, Titán, Mimas,
Eros y mil mundos menores, ese pueblo luchaba por su existencia. Eran pocos
habitantes; la vida era dura y breve; no era ninguna novedad para una niña de quince
años quedarse sola en un planetoide para buscar minerales.
La nave era una chispa borrosa que ascendía describiendo una larga curva hacia la
eclíptica. Allá arriba, Isar y sus hijas tenían que distribuir cosas y llevar cargamentos a
Plutón. Gron, la ciudad de ellas, las había enviado a este largo viaje para que realizaran
un estudio. El planetoide, en su excéntrica órbita cometaria, se acercaba al sol por
primera vez en veinte mil años. Después de llegar a ese sitio sería una tontería no
perforar minas en la superficie del planetoide y sacar lo que tuviese valor. Una niña
podía hacer eso, y estudiar además el planetoide.
Sola, Zael se giró impasible hacia el artefacto de seis ruedas. Podría haber descansado
un poco en la casa-burbuja, pero le quedaban unas horas de traje, y no había
necesidad de desperdiciarlas. En la leve gravedad pudo saltar fácilmente a la cabina de
conducción; encendió las luces, y puso en marcha el motor.
El vehículo arácnido se arrastró sobre sus seis ruedas de amortiguación individual. El
terreno era asombrosamente quebrado; agujas y cráteres gigantes se alternaban con
hondonadas y grietas, alguna de diez metros de ancho y cientos de profundidad. Según
los astrónomos, la órbita del planetoide pasaba cerca del sol, quizá más cerca que la
órbita de Venus. Ahora mismo la temperatura de las rocas era de apenas unos pocos
grados sobre el cero absoluto. Ese era un frío más intenso que todos los que Zael había
experimentado en su vida. Lo sentía en los pies a través de los largos clavos aislantes
de las suelas de las botas. Las moléculas de cada piedra se habían inmovilizado; el
mundo era un congelado bostezo de hambre.
Pero en otra época había sido un mundo cálido. Allí estaban las señales. Cada vez que
pasaba por el perihelio, las rocas debían de resquebrajarse una y otra vez, produciendo
esta pesadilla de rocas destrozadas.
En la superficie la gravedad era solamente un décimo de G, casi como la caída libre; el
vehículo ligero, de ruedas hinchadas, trepaba fácilmente por cuestas que estaban a
pocos grados de la vertical. Donde no podía trepar, daba un rodeo. Las hendiduras
estrechas eran salvadas por las patas extensibles del vehículo; en otras más grandes,
Zael disparaba un arpón que volaba sobre la abertura y se clavaba al otro lado. La
máquina, al llegar al borde, caía al vacío y se columpiaba al extremo del cable; pero
mientras la débil gravedad la llevaba hacia el otro lado de la hendedura, el motor del
cabrestante enrollaba el cable. El vehículo tocaba el otro lado con una pequeña
sacudida y, sin detenerse, trepaba sobre el borde y continuaba la marcha.
Sentada con el cuerpo erguido detrás de los instrumentos, Zael trazaba un mapa de los
depósitos minerales sobre los cuales iba pasando. Fue para ella una satisfacción
descubrir que esos depósitos eran suficientemente ricos como para justificar allí la
explotación de minas. Las ciudades podían hacer casi cualquier cosa con cualquier
cosa, pero necesitaban una fuente primaria: los minerales.
Metódicamente, Zael se fue alejando en espiral de la casa-burbuja, registrando una
región de no más de cincuenta kilómetros de diámetro. La máquina trepadora era un
vehículo no presurizado, y no podía abarcar una zona grande.
Trabajando sola bajo el cielo inmutable, hora tras hora, identificó las vetas más ricas,
las señaló, y estableció rutas. Entre una y otra salida, comía y dormía en la casaburbuja,
cuidaba las platas, tan necesarias, y atendía los aparatos. Fuera del traje
espacial era esbelta y delgada, de movimientos rápidos, con la gracia rigurosa y severa
de su pueblo.
Completó el mapa y volvió a salir. En cada punto señalado colocó dos polos, muy
separados. Esos polos se clavaban solos en el terreno, y cada par generaba una
corriente que ionizaba los metales, o las sales metálicas, y depositaba lentamente metal
puro alrededor de cada cátodo. Con el tiempo era tal la concentración que resultaba
posible cortar el metal en bloques, para transportarlo con facilidad.
Zael prestó atención a los rastros de metal trabajado, adheridos acá y allá a las rocas.
Eran casi todos ellos fragmentos, parecidos a los que se encontraban comúnmente en
satélites fríos, como Mimas y Titán, y a veces en asteroides pétreos. No era un asunto
importante; significaba simplemente que el planetoide había sido habitado o colonizado
en otra época por la misma civilización prehumana que había dejado rastros en todo el
sistema solar.
A Zael la habían enviado a ver todo lo que tuviese algún interés. Casi había concluido
su trabajo; examinó concienzudamente los rastros metálicos, fotografió algunos, guardó
otros como muestras. Enviaba regularmente informes por radio a Gron; a veces, cinco
días más tarde, la esperaba en la casa-burbuja un breve acuse de recibo; a veces no.
Visitaba regularmente los polos, midiendo la concentración de metal. Estaba preparada
para cambiar los polos que no funcionasen adecuadamente, pero nunca tuvo ocasión;
los aparatos de Gron pocas veces fallaban.
El planetoide flotaba describiendo su arco milenario. Alrededor, el cielo giraba
imperceptiblemente. La chispa móvil de la cápsula de emergencia trazaba una y otra
vez su sendero. Zael comenzó a impacientarse y llevó el vehículo a exploraciones más
amplias. En el fondo de las frías grietas encontró algunas construcciones metálicas que
no eran simples fragmentos, sino obras completas: viviendas o máquinas. Las viviendas
(si eran eso) estaban hechas para criaturas más pequeñas que el hombre; las puertas
eran óvalos de no más de treinta centímetros de diámetro. Obedientemente, Zael
transmitió por radio esa información, y recibió el acostumbrado acuse de recibo.
Y de pronto, un día, antes de tiempo, el receptor cobró vida. El mensaje decía: ya llego.
Isar.
La nave tardaría tres veces más que el mensaje. Zael continuó recorriendo los polos,
sin mostrar ninguna emoción en su rostro iluminado por las estrellas. Por encima de su
cabeza la cápsula de emergencia, ya innecesaria, seguía pasando monótonamente.
Zael estaba rastreando los restos de un complejo de estructuras que habían sobrevivido
milagrosamente, algunas enterradas a medias, otras desnudas bajo las estrellas.
Encontró hacia donde llevaban esos restos, en un cráter, a sólo sesenta kilómetros de
la base, una semana antes de la fecha de llegada de la nave.
En el cráter había un globo metálico muy reforzado, con abolladuras y marcas, pero no
aplastado. Las luces de la máquina trepadora de Zael lo alumbraron un rato, y de pronto
aquello exhaló un bocanada de vapor; durante un segundo el globo pareció
oscurecerse. Zael miró, interesada: el leve calor del rayo de luz debía haber derretido
alguna película de gas congelado.
El fenómeno se repitió, y ahora Zael vio claramente que el chorro salía de una grieta
delgada y oscura que no había estado allí antes.
La grieta se ensanchó ante los ojos de la muchacha. El globo se estaba partiendo por la
mitad. En la estrecha abertura entre las dos mitades, se movía algo. Asustada, Zael dio
marcha atrás con el vehículo. Al retroceder cuesta arriba, las luces apuntaron hacia el
suelo. En la oscuridad, fuera de los rayos de luz, vio que el globo se expandía más aún.
Había un movimiento ambiguo entre las apenas visibles mitades del globo, y Zael deseó
no haber apartado la luz.
El vehículo subía oblicuamente por una piedra grande. Zael se volvió hacia abajo,
retrocediendo todavía en un ángulo agudo. La luz se apartó totalmente del globo, y
luego, al estabilizar la máquina, apuntó de nuevo hacia aquel sitio.
Las dos mitades de globo se habían separado por completo. En el centro, al dar allí la
luz, se agitó algo. Zael no vio más que una gruesa y fulgurante espiral metálica.
Mientras vacilaba, hubo un nuevo movimiento entre las mitades del globo. Algo fulguró
brevemente; la tierra tembló un instante, y de pronto algo golpeó sonora y rudamente el
vehículo. Las luces, perplejas, giraron y se apagaron.
En la oscuridad, la máquina se inclinó. Zael apretó los controles, pero fue demasiado
lenta. El vehículo volcó, quedando con las ruedas hacia arriba.
Zael sintió que era despedida de la máquina. Mientras rodaba y le zumbaban los oídos,
su impresión primera y más aguda fue la del frío que le atravesaba el traje espacial por
los guantes y las rodillas. Consiguió arrodillarse rápidamente, con la ayuda de las botas
de suela claveteada.
Aun ese breve contacto con el frío hizo que le dolieran los dedos. Buscó
automáticamente el vehículo, que significaba seguridad y calor. Lo vio aplastado en la
ladera de la montaña. A pesar de eso, el instinto le hizo caminar hacia allí, pero apenas
había dado el primer paso cuando la máquina volvió a saltar y a rodar otra docena de
metros por la pendiente.
Zael dio media vuelta, y por primera vez comprendió claramente que algo estaba
atacando a la trepadora. Entonces vio una figura centelleante que se retorcía
arrastrándose hacia la máquina destrozada. Zael no tenía encendida la luz del casco;
se acurrucó y se quedó inmóvil; sintió dos golpes metálicos, demoledores, transmitidos
por la roca.
La cosa móvil reapareció al otro lado de la trepadora, desapareció dentro, y tras un rato
salió otra vez. Zael vio fugazmente una cabeza estrecha alzada, y dos ojos rojos que
brillaban. La cabeza bajó, y la forma sinuosa se deslizó por una grieta, avanzando hacia
la muchacha. En lo único que pensaba Zael era en escapar. Gateó levantándose en la
oscuridad, y caminó alrededor de una aguja de piedra. Vio la cabeza fulgurante, alzada
más abajo, entre una maraña de cantos rodados, y echó a correr peligrosamente por la
cuesta hacia la trepadora.
El tablero de controles estaba destruido, las palancas torcidas o aplastadas, los diales
rotos. La muchacha se enderezó para mirar el motor y la palanca de velocidades, pero
inmediatamente vio que no servían para nada; el pesado eje de transmisión estaba
totalmente torcido. Si no la llevaban a un taller de reparaciones, la trepadora no andaría
nunca más.
Notó que allá abajo la figura plateada se deslizaba por el borde de la hendedura. Sin
perderla de vista, Zael se examinó el traje y los instrumentos. Aparentemente, el traje
estaba bien cerrado, los tanques de oxígeno y el sistema de recirculación intactos.
Mientras miraba el globo abierto bajo las estrellas, la muchacha pensó fríamente. La
cosa debía de haber estado allí enroscada durante miles de años. Quizás había en el
globo algún dispositivo fotosensible, destinado a abrirlo cuando el planetoide volviera a
acercarse al sol. Pero la luz de Zael había roto prematuramente el globo; la cosa que
estaba dentro había despertado antes de tiempo. ¿Qué sería, y qué haría, ahora que
volvía a estar viva?
Sucediese lo que sucediese, la primera obligación de Zael era advertir a la nave.
Conectó el transmisor de radio del traje; no tenía mucho alcance, pero ahora que la
nave estaba tan cerca quizá consiguiera enviar el mensaje.
Esperó largos minutos, pero no llegó ninguna respuesta. Desde donde estaba ella el sol
no era visible; uno de los riscos altos debía de bloquear la transmisión.
La pérdida de la trepadora había sido un desastre. Zael estaba sola y a pie, a sesenta
intransitables kilómetros de la casa-burbuja. Sus probabilidades de supervivencia, lo
sabía, eran ahora muy pocas.
Sin embargo, salvarse ella sin averiguar más acerca de la cosa sería no cumplir con su
deber. Zael miró dubitativamente hacia el globo vacío. La distancia que los separaba
era quebrada y peligrosa. Tendría que acercarse lentamente para no atraer la atención
de la cosa si usaba la luz.
Echó a andar hacia allí de todos modos, escogiendo cuidadosamente el camino entre
las piedras caídas. Varias veces saltó por encima de hendiduras que eran demasiado
largas para poder rodearlas. Cuando estaba a medio camino, cuesta abajo, vio un
movimiento y se detuvo. La cosa apareció retorciéndose sobre el borde roto de un cerro
- Zael vio otra vez la cabeza triangular y unos tentáculos ondulantes -, y luego
desapareció dentro del globo abierto.
Zael se acercó con cautela, dando un rodeo para poder ver directamente la abertura.
Luego de unos pocos movimientos la cosa reapareció, curiosamente gruesa y rígida. En
un sitio llano fuera del globo, la cosa se separó en dos partes, y la muchacha vio ahora
que una era la cosa en sí, y la otra una armazón metálica, estrecha y rígida, de unos
tres metros de largo. La cosa volvió a meterse en el globo. Cuando salió llevaba un
mecanismo bulboso que acopló de alguna manera a un extremo de la armazón. Siguió
trabajando durante un rato usando los miembros tentaculares y articulados que le
brotaban detrás de la cabeza. Luego regresó al globo, y esta vez salió con dos grandes
objetos cúbicos, que fijó al otro extremo de la armazón, conectándolos por una serie de
tubos al mecanismo bulboso.
Por primera vez entró en la mente de Zael la sospecha de que la cosa estaba
construyendo un vehículo espacial. Seguramente no había nada que pudiese parecerse
menos a una nave convencional: no había casco, sólo un hueco donde podría ir la
cosa, el objeto bulboso que podría ser un motor, y los dos recipientes grandes para
masa radiactiva. De pronto la muchacha ya no tuvo dudas. No llevaba contador Geiger -
había quedado en la trepadora -, pero estaba segura de que tenía que haber elementos
radiactivos en el mecanismo bulboso: ¡una micropila sin blindaje para una nave espacial
sin casco! Mataría a cualquier criatura viviente que viajase en ella, ¿pero qué criatura
de carne y hueso podría sobrevivir veinte mil años en este planetoide sin atmósfera,
cerca del cero absoluto?
Zael estaba seria e inmóvil. Como todo su pueblo, había visto los rastros de una guerra
entre los planetoides fríos que había tenido lugar hacía millones de años. Algunos
pensaban que la guerra había terminado con la destrucción deliberada del cuarto
planeta, el que antiguamente había ocupado el sitio de los asteroides. Debía haber sido
una guerra amarga; y ahora Zael pensó que entendía por qué. Si uno de los
contrincantes había tenido forma humana, y el otro la de esta cosa, entonces ninguno
de los dos podría descansar hasta que hubiese exterminado al otro. Y si esta cosa
escapaba ahora, y engendraba a más como ella...
Zael avanzó poco a poco, pasando de una piedra a otra cuando la cosa no estaba a la
vista. El ser había terminado de acoplar varios objetos pequeños y ambiguos a la parte
delantera de la armazón. Entró otra vez en el globo. A Zael le pareció que la estructura
estaba casi completa. Si le ponían más cosas, no quedaría espacio para el piloto.
El corazón latía con fuerza en el pecho de Zael. La muchacha salió del escondite y
avanzó desmañadamente, de puntillas, más rápido que si saltara. Cuando casi podía
tocar la armazón con la mano, la cosa salió del globo abierto. Se deslizó hacia ella,
enorme a la luz de las estrellas, con la cabeza metálica en alto.
Por puro instinto, Zael tocó el botón de la luz. Los locos del casco se encendieron, y
tuvo una fugaz imagen de costillas metálicas y fauces fulgurantes. De pronto la cosa
huyó precipitadamente hacia la oscuridad. La muchacha quedó aturdida un momento.
Pensó: ¡No soporta la luz! Y se lanzó desesperadamente hacia el globo.
La cosa estaba allí enroscada, oculta. Cuando la luz la tocó saltó fuera del globo y se
escondió. Zael la volvió a perseguir, y la encontró al otro lado de la pequeña colina. La
cosa se zambulló en una hondonada, desapareciendo.
Zael volvió junto al artefacto. La armazón estaba posada en la roca donde había
quedado. La muchacha la levantó tentativamente con la mano. Tenía más masa de lo
que había esperado, pero pudo balancearla al extremo del brazo hasta que adquirió
una velocidad respetable. La estrelló contra la piedra más cercana; el impacto le
entumeció los dedos. La armazón se desprendió y resbaló sobre la piedra hasta
detenerse. Los dos recipientes se desprendieron; el mecanismo bulboso se torció. Zael
la levantó otra vez, y otra vez la arrojó con fuerza contra la roca. La armazón se torció,
combándose, y saltaron unas pocas piezas. Volvió a hacerla oscilar con la mano, hasta
que la parte bulbosa se soltó.
El ser no estaba a la vista. Zael llevó los pedazos de la armazón a la hendidura más
cercana y los arrojó dentro. A la luz de su casco, flotaron descendiendo silenciosamente
y desaparecieron.
La muchacha regresó junto al globo. La criatura no había aparecido todavía. Zael
examinó el interior del globo: estaba repleto de tabiques de formas extrañas y de
máquinas, la mayoría demasiado grandes para poder moverlas, algunas sueltas y
portátiles. La muchacha no pudo saber con certeza si alguna de esas máquinas eran
armas. Para estar segura, sacó todos los objetos movibles y los arrojó al mismo sitio
que la armazón.
Había hecho todo lo que podía, y quizá más de lo prudente. Ahora su tarea era
sobrevivir: volver a la casa-burbuja, llamar a la cápsula de emergencia y partir.
Retrocedió subiendo otra vez por la cuesta, pasando junto a la trepadora destrozada,
desandando el camino hasta que llegó a la pared del cráter.
Las puntas de los riscos asomaban allá arriba, a cientos de metros sobre su cabeza, tan
escarpadas que cuando intentó escalarlas ni siquiera el impulso la mantuvo en pie;
comenzó a perder el equilibrio, y tuvo que danzar hacia atrás lentamente hasta que pisó
un sitio más firme.
Dio toda la vuelta alrededor del cráter antes de convencerse: no había salida.
Transpiraba debajo del traje: un mal comienzo. Las cimas ásperas de las montañas
parecían inclinarse hacia delante, mirándola burlonamente. Se detuvo un momento para
tranquilizarse, y tomó una píldora y un sorbo de agua del recipiente que llevaba en el
casco. Los indicadores mostraban que le quedaban menos de cinco horas de aire. Era
muy poco. Tenía que salir de allí.
Escogió lo que parecía la cuesta más fácil a su alcance. Subió por ella cuidadosamente.
Cuando empezó a perder impulso, usó las manos. El frío le picó a través de los guantes
como agujas de fuego. El más leve contacto producía dolor; asirse firmemente se
transformaba en una agonía. Estaba a pocos metros de la cima cuando se, le
empezaron a entumecer los dedos. Arañó furiosamente, pero los dedos se negaban a
cerrarse sobre las rocas; las manos le resbalaban, inútiles.
Cayó. Rodó lentamente por la cuesta que tanto dolor le había costado escalar; con un
esfuerzo recuperó el equilibrio, y fue a detenerse en el fondo, agitada y temblorosa.
Sintió en el corazón una desesperación fría. Era joven; no le gustaba la idea de la
muerte, ni siquiera una muerte limpia y rápida. Morir lentamente, jadeando dentro de un
sucio traje o perdiendo el calor contra la piedra, sería horrible.
Vio un movimiento indistinto a la luz de las estrellas, al otro lado del suelo del cráter. Era
la cosa; ¿qué estaría haciendo ahora que ella le había destruido los medios que tenía
para huir? Lentamente, se le ocurrió que quizá tampoco la criatura podía salir del cráter.
Esperó un momento y luego, vacilante, bajó por la cuesta hacia ella.
A mitad del camino se acordó de apagar las luces del traje para no ahuyentarla.
Innumerables hendiduras surcaban el suelo del cráter. Al acercarse más, vio que la
esfera partida estaba rodeada de esas hendiduras por todas partes. En un extremo de
la larga e irregular isla rocosa, la criatura se lanzaba de un lado para otro.
Volvió la cabeza hacia la muchacha cuando ella saltó la última abertura. Zael vio
aquellos ojos que fulguraban en la oscuridad, y el círculo de brazos articulados y finos
que formaban un collar detrás de la cabeza de la criatura. Al acercarse ella la cabeza se
alzó más, y las fauces se separaron.
Al ver a la cosa tan de cerca, la muchacha sintió una repugnancia que nunca había
conocido. No se trataba solamente de que la criatura fuera metálica y estuviera viva; era
una sensación de maldad que parecía llegar directamente desde la cosa, y que sugería
algo así como: «Soy la muerte de todo lo que amas.»
Los ojos rojos y ciegos miraban con un odio implacable. ¿Cómo podría conseguir que
aquella cosa comprendiese?
El cuerpo de la criatura era sinuoso y fuerte; los brazos articulados podían asir y
sostener. Estaba hecha para trepar, pero no para saltar.
De pronto, la muchacha no pudo dominar su repugnancia hacia la cosa. Dio media
vuelta y saltó otra vez por encima de la grieta. Desde el otro lado, se volvió para mirar.
La cosa se mecía erguida, levantando más de la mitad del cuerpo sobre la roca. Zael
vio ahora que había otro grupo de miembros prensiles en la cola. La criatura se deslizó
hasta el mismo borde de la grieta y volvió a erguirse, las fauces abiertas, los ojos
brillantes.
No tenían en común otra cosa que el odio y el miedo. Mirando a la criatura, Zael
comprendió que debía de tener tanto miedo como ella misma. Aunque era metálica, no
podía vivir para siempre sin calor. Zael le había roto las máquinas, y ahora estaba
atrapada igual que ella. Pero, ¿cómo se lo podía hacer entender?
La muchacha caminó unos pocos metros por el borde de la grieta, y luego volvió a
saltar del lado de la criatura. La cosa la miró alerta. Era inteligente; sin duda tenía que
serlo. Debía de saber que Zael no era nativa de ese planetoide, y que por lo tanto debía
de tener una nave o algún otro medio para huir.
La muchacha extendió los brazos. El círculo de miembros de la cosa se ensanchó en
respuesta; pero, ¿era esto un gesto de invitación o una amenaza? Conteniendo el
miedo y la repugnancia, Zael se acercó más. La alta figura oscilaba por encima de su
cabeza. La muchacha vio que los segmentos del cuerpo de la criatura eran anillos
metálicos que ajustaban suavemente, unos sobre otros. Cada anillo estaba un poco
abierto en la parte de abajo, y por allí se veía el mecanismo que había dentro.
Una cosa como esa no podía haber evolucionado en ningún mundo; tenía que haber
sido construida para alguna oscura finalidad. El cuerpo largo y flexible estaba hecho
para perseguir y capturar; las fauces eran para matar. Sólo un odio de una intensidad
que escapaba a su comprensión podía haber concebido y soltado ese horror en el
mundo de los vivos.
Zael se obligó a acercarse otro paso. Se señaló a sí misma con el dedo, y luego señaló
la pared del cráter. Dio media vuelta y saltó sobre la grieta; recuperó el equilibrio, Y
volvió a saltar en la otra dirección
Tuvo la impresión de que la actitud de la cosa, mientras la miraba, era casi una parodia
humana de la cautela y la duda. La muchacha se señaló y señaló a la criatura; dio
media vuelta, y saltó otra vez por encima de la hendedura, ida y vuelta. Se señaló a sí
misma y a la cosa, y luego hizo un ademán con el brazo por encima! de la grieta, un
movimiento lento y amplio. Esperó.
Después de un largo rato la criatura se movió, adelantándose lentamente. Zael
retrocedió con la misma lentitud, hasta que estuvo al borde de la grieta. Temblando,
tendió un brazo. La enorme cabeza se inclinó, y los miembros prensiles ondearon hacia
su manga y la rodearon. Aquellos ojos rojos miraron fijamente los de la muchacha, a
unos pocos centímetros de distancia.
Zael se giró y saltó con fuerza. Trató de tener en cuenta la masa de la cosa, pero la
desacostumbrada resistencia en el brazo la hizo retorcerse hacia atrás en el aire.
Aterrizaron juntas, golpeándose. Torpemente, Zael consiguió levantarse y alejarse del
frío que le atravesaba el traje. La cosa, erguida, se balanceaba cerca... demasiado
cerca.
Instintivamente otra vez, la muchacha tocó el botón de la luz. La cosa se alejó
retorciéndose en espirales plateadas.
Zael temblaba. El corazón le latía en la garganta. Con un esfuerzo, volvió a apagar la
luz. La cosa alzó la cabeza a una docena de metros de distancia, y esperó a la
muchacha.
Cuando Zael se movía, la cosa se movía, manteniendo la distancia. Al llegar a la grieta
siguiente, la muchacha volvió a detenerse hasta que la criatura se acercó y le rodeó el
brazo con los miembros prensiles.
Al otro lado de la grieta, se separaron de nuevo. De esa manera atravesaron cuatro
islas de roca antes de llegar a la pared del cráter.
La cosa se deslizó lentamente por la empinada cuesta. Con todo el cuerpo estirado, los
brazos prensiles encontraron algo de donde asirse; la cola se balanceó en el aire. El
largo cuerpo se dobló graciosamente hacia arriba; los miembros de la cola encontraron
otro sitio de donde asirse, encima de la cabeza.
Allí la cosa hizo una pausa, y miró a la muchacha. Zael tendió los brazos; hizo
pantomima de trepar, luego retrocedió, agitando la cabeza. Tendió otra vez los brazos.
La cosa vaciló. Tras un momento, los miembros de la cabeza volvieron a asirse de algo,
y la cola colgó balanceándose. Al acercarse la criatura, Zael la abrazó. La cabeza lisa y
brillante la miraba desde arriba. En ese momento glacial, Zael se encontró pensando
que para la cosa, el universo era quizá como un negativo fotográfico: todas las cosas
malas eran buenas, todas las cosas buenas eran malas.
La cabeza se deslizó junto al hombro; las potentes espirales le rodearon el cuerpo con
un leve roce. La cosa estaba fría, pero no era ése el superfrío entumecedor de las
rocas. Las espirales apretaron, y la muchacha sintió la fuerza helada y constrictiva de
aquel enorme cuerpo. De pronto sus pies dejaron de tocar la roca. La empinada pared
se inclinó y giró en un ángulo insensato.
Dentro de aquella espiral metálica, las fuerzas de Zael languidecieron. Las estrellas
giraron sobre su cabeza, luego se aquietaron. La cosa la había depositado en la cima
de la pared del cráter.
La fría espiral se deslizó, apartándose lentamente. Agitada y aturdida, Zael siguió a la
criatura por la quebrada pendiente. Todavía le ardía en la carne el contacto de aquel
cuerpo metálico. Era como un significado oculto, que sólo descubría con un esfuerzo.
Era como un anillo que uno ha usado tanto tiempo que, después de quitárselo, aún
parece seguir allí.
Más abajo, en la revuelta inmensidad del valle, al borde de una grieta, la esperaba la
criatura, con la cabeza alzada.
Humildemente, Zael se le acercó. Esta vez, en lugar de asirse del brazo de la
muchacha, la pesada masa se le enroscó alrededor del cuerpo.
Zael saltó. Al otro lado de la grieta, lentamente, aquella figura flexible se deslizó,
bajando y apartándose. Al llegar a un sitio alto, la cosa la rodeó otra vez con su frío
abrazo y la alzó sin ningún esfuerzo, como a una mujer en un sueño.
El sol estaba en el cielo, a poca altura sobre el horizonte. Zael estuvo a punto de tocar
la llave de la radio, vaciló, y apartó la mano. ¿Qué podía decirles? ¿Cómo podría
hacerles comprender?
El tiempo huía. Cuando pasaron por una de las zonas donde Zael había puesto minas,
donde las rocas reflejaban la luz fría y purpúrea, la muchacha supo que iban por buen
camino. Se orientó con eso y con el sol. En cada grieta, la cosa se le enroscaba
alrededor de los hombros; en cada cuesta empinada, la cosa la sujetaba por la cintura y
la alzaba, describiendo largos arcos, hasta la cima.
Cuando vio la casa-burbuja desde un cerro, comprendió con un sobresalto que había
perdido la noción del tiempo. Miró los indicadores. Le quedaba media hora de aire.
Ese conocimiento le despertó una parte de la mente que había estado sumergida y
dormida. Sabía que el otro había visto también la casa-burbuja; había en su
comportamiento una nueva tensión, una nueva intensidad en su manera de mirar hacia
adelante. Trató de recordar la topografía entre este punto y la casa. La había
atravesado docenas de veces, pero siempre en el vehículo trepador. Ahora era muy
diferente. Los cerros altos que antes habían sido solamente obstáculos momentáneos
eran ahora insuperables. Todo el aspecto del terreno había cambiado; ni siquiera podía
estar ya segura de las marcas.
Pasaban por la última zona de minas. La luz fría y purpúrea se deslizaba sobre las
rocas. Un poco más allá de ese sitio, recordó Zael, tenía que haber una ancha grieta; la
criatura, a unos pocos metros de distancia, no miraba hacia la muchacha. Inclinándose
hacia adelante, Zael echó a correr de puntillas. La grieta estaba allí; llegó al borde, y
saltó.
Al otro lado, se volvió para mirar. La cosa se retorcía al borde de la hendidura, furiosa,
el collar de miembros abierto, los ojos rojos encendidos. Tras un instante, los
movimientos se aquietaron y se detuvieron. Zael y la criatura se miraron por encima de
la brecha de silencio; luego Zael dio media vuelta.
Los indicadores le señalaban otros quince minutos. Echó a andar apresuradamente, y
pronto se encontró descendiendo a una profunda barranca que reconocía. A su
alrededor estaban las marcas de la ruta que solía tomar en el vehículo. Delante y a la
derecha, donde brillaban las estrellas por una abertura, debía de estar el sitio donde
unas rocas caídas formaban una escalera natural hasta la parte superior de la barranca.
Pero a medida que se acercaba al sitio empezó a inquietarse. La pared del otro lado de
la barranca era demasiado escarpada y demasiado alta.
Llegó por fin al fondo, y no había ninguna escalera.
Debía de haberse equivocado de sitio. No le quedaba otro remedio que caminar por la
hondonada hasta llegar al sitio indicado. Tras un momento de indecisión, echó a andar
apresuradamente hacia la izquierda.
A cada paso la barranca prometía volverse conocida. ¡Seguramente no podía haberse
equivocado tanto en tan poco tiempo! Los puntos de luz que dibujaban los rayos del
casco danzaban allá delante, burlonamente esquivos. De repente comprendió que se
había perdido.
Le quedaban siete minutos de aire.
Se le ocurrió que la criatura debía de estar todavía donde la había dejado, atrapada en
una isla de roca. Si volvía allí directamente, ahora, sin vacilar ni un segundo, quizá
tuviera aún tiempo.
Dio media vuelta, lanzando un involuntario quejido de protesta. Sus movimientos eran
apresurados e inseguros; tropezó una vez, y apenas pudo evitar una caída peligrosa.
Sin embargo, no se atrevió a ir más despacio ni a detenerse un momento. Respiraba
con dificultad dentro del casco; el olor tan conocido del aire reciclado parecía más
sofocante.
Miró los indicadores: cinco minutos.
Al llegar a una cima vio un líquido destello de metal que se movía entre los fuegos
purpúreos. Saltó la última hendidura y se detuvo cautelosamente. La cosa se le
acercaba con lentitud. En la enorme cabeza metálica no había ninguna expresión, las
fauces estaban cerradas; la corona de miembros prensiles casi no se movía: sólo de
cuando en cuando se retorcía alguno, repentinamente. Había en la cosa una quietud
torva, expectante, que inquietó a la muchacha; pero no tenía tiempo para la cautela.
Apresuradamente, con gestos bruscos, trató de representar su necesidad. Tendió los
brazos. La cosa se deslizó adelantándose lentamente, y lentamente se enroscó en ella.
Zael casi no sintió el salto ni el aterrizaje. La criatura se movía a su lado; cerca esta vez,
casi tocándola. Allá descendieron, a la semioscuridad estrellada de la grieta; Zael
caminaba inseguramente, porque no podía usar las luces del casco. Se detuvieron al
pie del precipicio. La cosa se volvió para mirarla un momento.
A la muchacha le zumbaban los oídos. La cabeza se meció hacia ella y pasó a su lado.
Los brazos metálicos asieron la roca; el enorme cuerpo se balanceó hacia arriba, por
encima de la cabeza de Zael. La muchacha miró y vio que la criatura se retorcía
diagonalmente sobre la faz de la roca, centelleaba brevemente contra las estrellas, y
desaparecía.
Zael se quedó mirando hacia allí con incrédulo horror. Había sucedido con demasiada
rapidez; no entendía cómo había podido ser tan estúpida. ¡Ni siquiera había intentado
agarrar el cuerpo cuando pasaba!
Los indicadores eran borrosos; las agujas casi tocaban el cero. Tambaleándose un
poco, Zael echó a andar por la hondonada hacia la derecha. Le quedaba quizás un
minuto o dos de aire, y luego cinco o seis minutos de asfixia lenta. Tal vez encontrase
todavía la escalera; aún no estaba muerta.
La pared de la hondonada no descendía a niveles más accesibles: subía en forma de
agujas y pináculos. La muchacha se detuvo, helada y saturada de fatiga. Las
silenciosas cumbres se alzaban contra las estrellas. No había salvación en ese sitio, ni
en todo el mundo vampiresco y muerto que la rodeaba.
Algo saltó en la roca, a los pies de Zael. Asustada, la muchacha retrocedió. La cosa que
había saltado se alejaba girando bajo las estrellas. Mientras miraba apareció, otro trozo
de piedra, y otro. Esta vez vio cómo caía, golpeaba la roca y rebotaba.
Volvió la cabeza bruscamente. Por la mitad de la faz de la roca, balanceándose con
facilidad de un punto de apoyo a otro, venía la criatura. Una nube de piedras,
arrancadas al pasar, bajaban flotando lentamente y rebotaban alrededor de la cabeza
de Zael. La criatura se deslizó los últimos metros y se detuvo junto a la muchacha.
La cabeza le daba vueltas a Zael. Sintió que aquel cuerpo fuerte se enroscaba a su
alrededor; que la alzaba y se ponía en marcha. La apretaba demasiado; no le dejaba
respirar. Cuando la soltó, la presión no cedió.
Haciendo eses, echó a andar hacia la casa-burbuja, que parpadeaba llamándola en el
horizonte chato. Le ardía la garganta. A su lado, el extraño ser se movía como mercurio
entre las rocas.
Zael cayó una vez - una caída lenta, aterradora, en aquel frío doloroso -, y las pesadas
roscas de la criatura la ayudaron a levantarse.
Llegaron a la grieta. Zael vaciló en el borde, entendiendo oscuramente por qué la
criatura había vuelto a buscarla. Era una retribución: y ahora ella estaba demasiado
aturdida para volver a entretenerse con ese juego. Los miembros de la criatura tocaban
la manga.
Allá arriba, hacia Draco, la nave de Isar estaba en camino. Zael buscó a tientas el
interruptor de la radio. La voz le salió ronca y extraña:
- Mamá...
El pesado cuerpo se le estaba enroscando alrededor de los hombros. Le dolía el pecho
al respirar, y veía oscuro. Juntando todas sus fuerzas, saltó.
Al otro lado de la hondonada, se movió con imprecisa lentitud. Vio la luz de la casaburbuja
que parpadeaba prismáticamente al final de una brumosa avenida, y supo que
tenía que llegar a ella. No sabía muy bien por qué; quizá tenía algo que ver con el ser
plateado que se deslizaba a su lado.
El zumbido de una onda de radio estalló en sus auriculares.
- ¿Eres tú, Zael?
La muchacha oyó las palabras, pero no entendió el significado. La casa-burbuja estaba
cerca ahora; veía la válvula flexible de la puerta. Sabía de algún modo que la criatura no
debía entrar allí; si entraba, quizá usara aquel sitio para tener crías, y luego extendería
por todas partes una plaga de criaturas metálicas.
Se volvió torpemente para impedírselo, pero perdió el equilibrio y cayó contra la pared
de la burbuja. La enorme cabeza plateada, allá arriba, abrió las fauces, y aparecieron
dos brillantes colmillos. La cabeza se inclinó delicadamente, las fauces se cerraron
sobre el muslo de Zael, y los colmillos se hundieron una vez. Sin prisa, la criatura se
deslizó, desapareciendo del campo visual de la muchacha.
Zael sintió en el muslo un frío que se le empezó a extender por el cuerpo. Vio dos
pequeños chorros de vapor que se escapaban del traje, donde había sido perforado.
Giró la cabeza; la criatura estaba entrando en la burbuja por la válvula flexible. Adentro,
se movió para un lado y para otro, evitando la diminuta luz. Olfateó la hamaca, la
lámpara, y luego el transmisor-receptor de radio. Zael recordó algo, y dijo
quejumbrosamente:
- ¿Mamá?
En respuesta, la onda de radio zumbó otra vez y la voz dijo:
- ¿Qué pasa, Zael?
La muchacha trató de responder, pero su gruesa lengua no encontró las palabras. Se
sentía débil y helada, pero no tenía miedo. Buscó a tientas en el equipo, encontró la
pasta adhesiva, y la extendió sobre las perforaciones. La pasta burbujeó un momento.
Luego, se endureció. Una cosa lenta y lánguida, que nacía en el dolor helado, le corría
por el muslo. Al girarse otra vez, vio que la criatura seguía inclinada sobre el aparato
transmisor-receptor. Aun desde donde estaba, la muchacha veía la palanca rojo vivo
que servía para llamar a la cápsula de emergencia. Mientras miraba, uno de los
miembros de la criatura asió esa palanca y empujó hacia abajo.
Zael alzó la mirada. Tras un momento, la chispa anaranjada que se movía en el cielo se
detuvo aparentemente, y poco a poco fue creciendo hasta transformarse en una estrella
brillante, y después en un fulgor dorado.
La cápsula de emergencia se posó en un llano rocoso, a cien metros de distancia. La
antorcha se apagó. Deslumbrada, Zael vio como la figura negra de la criatura se
deslizaba saliendo de la casa-burbuja.
La criatura se detuvo, y por un instante la cabeza cruel osciló allá arriba, mirando a la
muchacha. Luego continuó arrastrándose.
La puerta de la cámara neumática era un círculo de luz amarilla. Al llegar a ella la
criatura pareció vacilar; luego siguió adelante y desapareció dentro. La puerta se cerró.
Un instante más tarde la antorcha se encendió otra vez, y la cápsula se elevó sobre una
columna de fuego.
Zael estaba acunada contra la curva flexible de la burbuja. Tuvo un borroso
pensamiento: dentro de la burbuja, a muy poca distancia, había aire y calor. El veneno
que la criatura había depositado en su carne, fuese lo que fuese, quizá tardaría mucho
tiempo en matarla. La nave de su madre llegaría pronto. Tenía una posibilidad de vivir.
Pero la cápsula de emergencia continuaba elevándose sobre el largo penacho dorado;
y Zael no podía apartar la mirada de aquella terrible belleza que ascendía hacia la
noche.

FIN

EL ENTIERRO PREMATURO

Escrito por imagenes 01-07-2009 en General. Comentarios (5)

E L   E N T I E R R O

P R E M A T U R O

E D G A R   A L L A N   P O E






EL ENTIERRO PREMATURO

Hay ciertos temas de interés absorbente, pero
demasiado horribles para ser objeto de una obra de
ficción. El buen escritor romántico debe evitarlos si
no quiere ofender o ser desagradable. Sólo se tratan
con propiedad cuando lo grave y majestuoso de la
verdad los santifican y sostienen. Nos estremecemos,
por ejemplo, con el más intenso «dolor agradable
» ante los relatos del paso del Beresina, del
terremoto de Lisboa, de la peste de Londres y de la
matanza de San Bartolomé o de la muerte por asfixia
de los ciento veintitrés prisioneros en el Agujero
Negro de Calcuta. Pero en estos relatos lo excitante
es el hecho, la realidad, la historia. Como ficciones,
nos parecerían sencillamente abominables.
He mencionado algunas de las más destacadas y
augustas calamidades que registra la historia, pero
en ellas el alcance, no menos que el carácter de la
calamidad, es lo que impresiona tan vivamente la
imaginación. No necesito recordar al lector que, del
largo y horrible catálogo de miserias humanas, podría
haber escogido muchos ejemplos individuales
más llenos de sufrimiento esencial que cualquiera de
esos inmensos desastres generales. La verdadera
desdicha, la aflicción última, en realidad es particular,
no difusa. ¡Demos gracias a Dios misericordioso
que los horrorosos extremos de agonía los sufra el
hombre individualmente y nunca en masa!
Ser enterrado vivo es, sin ningún género de duda,
el más terrorífico extremo que jamás haya caído
en suerte a un simple mortal. Que le ha caído en
suerte con frecuencia, con mucha frecuencia, nadie
con capacidad de juicio lo negará. Los límites que
separan la vida de la muerte son, en el mejor de los
casos, borrosos e indefinidos... ¿Quién podría decir
dónde termina uno y dónde empieza el otro? Sabemos
que hay enfermedades en las que se produce
un cese total de las funciones aparentes de la vida, y,
sin embargo, ese cese no es más que una suspensión,
para llamarle por su nombre. Hay sólo pausas
temporales en el incomprensible mecanismo.
Transcurrido cierto período, algún misterioso principio
oculto pone de nuevo en movimiento los mágicos
piñones y las ruedas fantásticas. La cuerda de
plata no quedó suelta para siempre, ni irreparablemente
roto el vaso de oro. Pero, entretanto, ¿dónde
estaba el alma?
Sin embargo, aparte de la inevitable conclusión
a priori de que tales causas deben producir tales
efectos, de que los bien conocidos casos de vida en
suspenso, una y otra vez, provocan inevitablemente
entierros prematuros, aparte de esta consideración,
tenemos el testimonio directo de la experiencia médica
y del vulgo que prueba que en realidad tienen
lugar un gran número de estos entierros. Yo podría
referir ahora mismo, si fuera necesario, cien ejemplos
bien probados. Uno de características muy
asombrosas, y cuyas circunstancias igual quedan aún
vivas en la memoria de algunos de mis lectores,
ocurrió no hace mucho en la vecina ciudad de Baltimore,
donde causó una conmoción penosa, intensa
y muy extendida. La esposa de uno de los más
respetables ciudadanos- abogado eminente y miembro
del Congreso- fue atacada por una repentina e
inexplicable enfermedad, que burló el ingenio de los
médicos. Después de padecer mucho murió, o se
supone que murió. Nadie sospechó, y en realidad
no había motivos para hacerlo, de que no estaba
verdaderamente muerta. Presentaba todas las apariencias
comunes de la muerte. El rostro tenía el
habitual contorno contraído y sumido. Los labios
mostraban la habitual palidez marmórea. Los ojos
no tenían brillo. Faltaba el calor. Cesaron las pulsaciones.
Durante tres días el cuerpo estuvo sin enterrar,
y en ese tiempo adquirió una rigidez pétrea.
Resumiendo, se adelantó el funeral por el rápido
avance de lo que se supuso era descomposición.
La dama fue depositada en la cripta familiar, que
permaneció cerrada durante los tres años siguientes.
Al expirar ese plazo se abrió para recibir un sarcófago,
pero, ¡ay, qué terrible choque esperaba al marido
cuando abrió personalmente la puerta! Al empujar
los portones, un objeto vestido de blanco cayó rechinando
en sus brazos. Era el esqueleto de su mujer
con la mortaja puesta.
Una cuidadosa investigación mostró la evidencia
de que había revivido a los dos días de ser sepultada,
que sus luchas dentro del ataúd habían
provocado la caída de éste desde una repisa o nicho
al suelo, y al romperse el féretro pudo salir de él.
Apareció vacía una lámpara que accidentalmente se
había dejado llena de aceite, dentro de la tumba;
puede, no obstante, haberse consumido por evaporación.
En los peldaños superiores de la escalera que
descendía a la espantosa cripta había un trozo del
ataúd, con el cual, al parecer, la mujer había intentado
llamar la atención golpeando la puerta de hierro.
Mientras hacía esto, probablemente se desmayó o
quizás murió de puro terror, y al caer, la mortaja se
enredó en alguna pieza de hierro que sobresalía hacia
dentro. Allí quedó y así se pudrió, erguida.
En el año 1810 tuvo lugar en Francia un caso de
inhumación prematura, en circunstancias que contribuyen
mucho a justificar la afirmación de que la
verdad es más extraña que la ficción. La heroína de
la historia era mademoiselle [señorita] Victorine Lafourcade,
una joven de ilustre familia, rica y muy
guapa. Entre sus numerosos pretendientes se contaba
Julien Bossuet, un pobre littérateur [literato] o
periodista de París. Su talento y su amabilidad habían
despertado la atención de la heredera, que, al
parecer, se había enamorado realmente de él, pero el
orgullo de casta la llevó por fin a rechazarlo y a casarse
con un tal Monsieur [señor] Rénelle, banquero y
diplomático de cierto renombre. Después del matrimonio,
sin embargo, este caballero descuidó a su
mujer y quizá llegó a pegarla. Después de pasar
unos años desdichados ella murió; al menos su estado
se parecía tanto al de la muerte que engañó a
todos quienes la vieron. Fue enterrada, no en una
cripta, sino en una tumba común, en su aldea natal.
Desesperado y aún inflamado por el recuerdo de su
cariño profundo, el enamorado viajó de la capital a
la lejana provincia donde se encontraba la aldea, con
el romántico propósito de desenterrar el cadáver y
apoderarse de sus preciosos cabellos. Llegó a la
tumba. A medianoche desenterró el ataúd, lo abrió
y, cuando iba a cortar los cabellos, se detuvo ante
los ojos de la amada, que se abrieron. La dama había
sido enterrada viva. Las pulsaciones vitales no habían
desaparecido del todo, y las caricias de su amado
la despertaron de aquel letargo que
equivocadamente había sido confundido con la
muerte. Desesperado, el joven la llevó a su alojamiento
en la aldea. Empleó unos poderosos reconstituyentes
aconsejados por sus no pocos
conocimientos médicos. En resumen, ella revivió.
Reconoció a su salvador. Permaneció con él hasta
que lenta y gradualmente recobró la salud. Su corazón
no era tan duro, y esta última lección de amor
bastó para ablandarlo. Lo entregó a Bossuet. No
volvió junto a su marido, sino que, ocultando su
resurrección, huyó con su amante a América. Veinte
años después, los dos regresaron a Francia, convencidos
de que el paso del tiempo había cambiado
tanto la apariencia de la dama, que sus amigos no
podrían reconocerla. Pero se equivocaron, pues al
primer encuentro monsieur Rénelle reconoció a su
mujer y la reclamó. Ella rechazó la reclamación y el
tribunal la apoyó, resolviendo que las extrañas circunstancias
y el largo período transcurrido habían
abolido, no sólo desde un punto de vista equitativo,
sino legalmente la autoridad del marido.
La Revista de Cirugía de Leipzig, publicación de
gran autoridad y mérito, que algún editor americano
haría bien en traducir y publicar, relata en uno de
los últimos números un acontecimiento muy penoso
que presenta las mismas características.
Un oficial de artillería, hombre de gigantesca estatura
y salud excelente, fue derribado por un caballo
indomable y sufrió una contusión muy grave en la
cabeza, que le dejó inconsciente. Tenía una ligera
fractura de cráneo pero no se percibió un peligro
inmediato. La trepanación se hizo con éxito. Se le
aplicó una sangría y se adoptaron otros muchos remedios
comunes. Pero cayó lentamente en un sopor
cada vez más grave y por fin se le dio por muerto.
Hacía calor y lo enterraron con prisa indecorosa
en uno de los cementerios públicos. Sus funerales
tuvieron lugar un jueves. Al domingo siguiente, el
parque del cementerio, como de costumbre, se llenó
de visitantes, y alrededor del mediodía se produjo
un gran revuelo, provocado por las palabras de un
campesino que, habiéndose sentado en la tumba del
oficial, había sentido removerse la tierra, como si
alguien estuviera luchando abajo. Al principio nadie
prestó demasiada atención a las palabras de este
hombre, pero su evidente terror y la terca insistencia
con que repetía su historia produjeron, al fin, su
natural efecto en la muchedumbre. Algunos con
rapidez consiguieron unas palas, y la tumba, vergonzosamente
superficial, estuvo en pocos minutos
tan abierta que dejó al descubierto la cabeza de su
ocupante. Daba la impresión de que estaba muerto,
pero aparecía casi sentado dentro del ataúd, cuya
tapa, en furiosa lucha, había levantado parcialmente.
Inmediatamente lo llevaron al hospital más cercano,
donde se le declaró vivo, aunque en estado de
asfixia. Después de unas horas volvió en sí, reconoció
a algunas personas conocidas, y con frases inconexas
relató sus agonías en la tumba.
Por lo que dijo, estaba claro que la víctima
mantuvo la conciencia de vida durante más de una
hora después de la inhumación, antes de perder los
sentidos. Habían rellenado la tumba, sin percatarse,
con una tierra muy porosa, sin aplastar, y por eso le
llegó un poco de aire. Oyó los pasos de la multitud
sobre su cabeza y a su vez trató de hacerse oír. El
tumulto en el parque del cementerio, dijo, fue lo
que seguramente lo despertó de un profundo sueño,
pero al despertarse se dio cuenta del espantoso horror
de su situación.
Este paciente, según cuenta la historia, iba mejorando
y parecía encaminado hacia un restablecimiento
definitivo, cuando cayó víctima de la
charlatanería de los experimentos médicos. Se le
aplicó la batería galvánica y expiró de pronto en uno
de esos paroxismos estáticos que en ocasiones produce.
La mención de la batería galvánica, sin embargo,
me trae a la memoria un caso bien conocido y muy
extraordinario, en que su acción resultó ser la manera
de devolver la vida a un joven abogado de Londres
que estuvo enterrado dos días. Esto ocurrió en
1831, y entonces causó profunda impresión en todas
partes, donde era tema de conversación.
El paciente, el señor Edward Stapleton, había
muerto, aparentemente, de fiebre tifoidea acompañada
de unos síntomas anómalos que despertaron la
curiosidad de sus médicos. Después de su aparente
fallecimiento, se pidió a sus amigos la autorización
para un examen post-mortem [autopsia], pero éstos se
negaron. Como sucede a menudo ante estas negativas,
los médicos decidieron desenterrar el cuerpo y
examinarlo a conciencia, en privado. Fácilmente
llegaron a un arreglo con uno de los numerosos
grupos de ladrones de cadáveres que abundan en
Londres, y la tercera noche después del entierro el
supuesto cadáver fue desenterrado de una tumba de
ocho pies de profundidad y depositado en el quirófano
de un hospital privado.
Al practicársele una incisión de cierta longitud
en el abdomen, el aspecto fresco e incorrupto del
sujeto sugirió la idea de aplicar la batería. Hicieron
sucesivos experimentos con los efectos acostumbrados,
sin nada de particular en ningún sentido,
salvo, en una o dos ocasiones, una apariencia de
vida mayor de la norma en cierta acción convulsiva.
Era ya tarde. Iba a amanecer y se creyó oportuno,
al fin, proceder inmediatamente a la disección.
Pero uno de los estudiosos tenía un deseo especial
de experimentar una teoría propia e insistió en aplicar
la batería a uno de los músculos pectorales. Tras
realizar una tosca incisión, se estableció apresuradamente
un contacto; entonces el paciente, con un
movimiento rápido pero nada convulsivo, se levantó
de la mesa, caminó hacia el centro de la habitación,
miró intranquilo a su alrededor unos
instantes y entonces habló. Lo que dijo fue ininteligible,
pero pronunció algunas palabras, y silabeaba
claramente. Después de hablar, se cayó pesadamente
al suelo.
Durante unos momentos todos se quedaron paralizados
de espanto, pero la urgencia del caso
pronto les devolvió la presencia de ánimo. Se vio
que el señor Stapleton estaba vivo, aunque sin sentido.
Después de administrarle éter volvió en sí y
rápidamente recobró la salud, retornando a la sociedad
de sus amigos, a quienes, sin embargo, se les
ocultó toda noticia sobre la resurrección hasta que
ya no se temía una recaída. Es de imaginar la maravilla
de aquellos y su extasiado asombro.
El dato más espeluznante de este incidente, sin
embargo, se encuentra en lo que afirmó el mismo
señor Stapleton. Declaró que en ningún momento
perdió todo el sentido, que de un modo borroso y
confuso percibía todo lo que le estaba ocurriendo
desde el instante en que fuera declarado muerto por
los médicos hasta cuando cayó desmayado en el
piso del hospital. «Estoy vivo», fueron las incomprendidas
palabras que, al reconocer la sala de disección,
había intentado pronunciar en aquel grave
instante de peligro.
Sería fácil multiplicar historias como éstas, pero
me abstengo, porque en realidad no nos hacen falta
para establecer el hecho de que suceden entierros
prematuros. Cuando reflexionamos, en las raras veces
en que, por la naturaleza del caso, tenemos la
posibilidad de descubrirlos, debemos admitir que tal
vez ocurren más frecuentemente de lo que pensamos.
En realidad, casi nunca se han removido muchas
tumbas de un cementerio, por alguna razón, sin que
aparecieran esqueletos en posturas que sugieren la
más espantosa de las sospechas.
La sospecha es espantosa, pero es más espantoso
el destino. Puede afirmarse, sin vacilar, que ningún
suceso se presta tanto a llevar al colmo de la angustia
física y mental como el enterramiento antes de la
muerte. La insoportable opresión de los pulmones,
las emanaciones sofocantes de la tierra húmeda, la
mortaja que se adhiere, el rígido abrazo de la estrecha
 morada, la oscuridad de la noche absoluta, el
silencio como un mar que abruma, la invisible pero
palpable presencia del gusano vencedor; estas cosas,
junto con los deseos del aire y de la hierba que crecen
arriba, con el recuerdo de los queridos amigos
que volarían a salvarnos si se enteraran de nuestro
destino, y la conciencia de que nunca podrán saberlo,
de que nuestra suerte irremediable es la de los
muertos de verdad, estas consideraciones, digo, llevan
el corazón aún palpitante a un grado de espantoso
e insoportable horror ante el cual la
imaginación más audaz retrocede. No conocemos
nada tan angustioso en la Tierra, no podemos imaginar
nada tan horrible en los dominios del más
profundo Infierno. Y por eso todos los relatos sobre
este tema despiertan un interés profundo, interés
que, sin embargo, gracias a la temerosa
reverencia hacia este tema, depende justa y específicamente
de nuestra creencia en la verdad del asunto
narrado. Lo que voy a contar ahora es mi conocimiento
real, mi experiencia efectiva y personal.
Durante varios años sufrí ataques de ese extraño
trastorno que los médicos han decidido llamar catalepsia,
a falta de un nombre que mejor lo defina.
Aunque tanto las causas inmediatas como las
predisposiciones e incluso el diagnóstico de esta enfermedad
siguen siendo misteriosas, su carácter evidente
y manifiesto es bien conocido. Las
variaciones parecen serlo, principalmente, de grado.
A veces el paciente se queda un solo día o incluso
un período más breve en una especie de exagerado
letargo. Está inconsciente y externamente inmóvil,
pero las pulsaciones del corazón aún se perciben
débilmente; quedan unos indicios de calor, una leve
coloración persiste en el centro de las mejillas y, al
aplicar un espejo a los labios, podemos detectar una
torpe, desigual y vacilante actividad de los pulmones.
Otras veces el trance dura semanas e incluso
meses, mientras el examen más minucioso y las
pruebas médicas más rigurosas no logran establecer
ninguna diferencia material entre el estado de la
víctima y lo que concebimos como muerte absoluta.
Por regla general, lo salvan del entierro prematuro
sus amigos, que saben que sufría anteriormente de
catalepsia, y la consiguiente sospecha, pero sobre
todo le salva la ausencia de corrupción. La enfermedad,
por fortuna, avanza gradualmente. Las primeras
manifestaciones, aunque marcadas, son
inequívocas. Los ataques son cada vez más característicos
y cada uno dura más que el anterior. En esto
reside la mayor seguridad, de cara a evitar la inhumación.
El desdichado cuyo primer ataque tuviera la
gravedad con que en ocasiones se presenta, sería
casi inevitablemente llevado vivo a la tumba.
Mi propio caso no difería en ningún detalle importante
de los mencionados en los textos médicos.
A veces, sin ninguna causa aparente, me hundía poco
a poco en un estado de semisíncope, o casi desmayo,
y ese estado, sin dolor, sin capacidad de
moverme, o realmente de pensar, pero con una borrosa
y letárgica conciencia de la vida y de la presencia
de los que rodeaban mi cama, duraba hasta que
la crisis de la enfermedad me devolvía, de repente,
el perfecto conocimiento. Otras veces el ataque era
rápido, fulminante. Me sentía enfermo, aterido, helado,
con escalofríos y mareos, y, de repente, me
caía postrado. Entonces, durante semanas, todo estaba
vacío, negro, silencioso y la nada se convertía
en el universo. La total aniquilación no podía ser
mayor. Despertaba, sin embargo, de estos últimos
ataques lenta y gradualmente, en contra de lo repentino
del acceso. Así como amanece el día para el
mendigo que vaga por las calles en la larga y desolada
noche de invierno, sin amigos ni casa, así lenta,
cansada, alegre volvía a mí la luz del alma.
Pero, aparte de esta tendencia al síncope, mi
salud general parecía buena, y no hubiera podido
percibir que sufría esta enfermedad, a no ser que
una peculiaridad de mi sueño pudiera considerarse
provocada por ella. Al despertarme, nunca podía
recobrar en seguida el uso completo de mis facultades,
y permanecía siempre durante largo rato en un
estado de azoramiento y perplejidad, ya que las facultades
mentales en general y la memoria en particular
se encontraban en absoluta suspensión.
En todos mis padecimientos no había sufrimiento
físico, sino una infinita angustia moral. Mi
imaginación se volvió macabra. Hablaba de «gusanos,
de tumbas, de epitafios» Me perdía en meditaciones
sobre la muerte, y la idea del entierro
prematuro se apoderaba de mi mente. El espeluznante
peligro al cual estaba expuesto me obsesionaba
día y noche. Durante el primero, la tortura de la
meditación era excesiva; durante la segunda, era suprema,
Cuando las tétricas tinieblas se extendían
sobre la tierra, entonces, presa de los más horribles
pensamientos, temblaba, temblaba como las trémulas
plumas de un coche fúnebre. Cuando mi naturaleza
ya no aguantaba la vigilia, me sumía en una
lucha que al fin me llevaba al sueño, pues me estremecía
pensando que, al despertar, podía encontrarme
metido en una tumba. Y cuando, por fin, me
hundía en el sueño, lo hacía sólo para caer de inmediato
en un mundo de fantasmas, sobre el cual flotaba
con inmensas y tenebrosas alas negras la única,
predominante y sepulcral idea.
De las innumerables imágenes melancólicas que
me oprimían en sueños elijo para mi relato una visión
solitaria. Soñé que había caído en un trance
cataléptico de más duración y profundidad que lo
normal. De repente una mano helada se posó en mi
frente y una voz impaciente, farfullante, susurró en
mi oído: «¡Levántate!»
Me incorporé. La oscuridad era total. No podía
ver la figura del que me había despertado. No podía
recordar ni la hora en que había caído en trance, ni
el lugar en que me encontraba. Mientras seguía inmóvil,
intentando ordenar mis pensamientos, la fría
mano me agarró con fuerza por la muñeca, sacudiéndola
con petulancia, mientras la voz farfullante
decía de nuevo:
-¡Levántate! ¿No te he dicho que te levantes?
-¿Y tú- pregunté- quién eres?
-No tengo nombre en las regiones donde habito-
replicó la voz tristemente- Fui un hombre y soy
un espectro. Era despiadado, pero soy digno de lástima.
Ya ves que tiemblo. Me rechinan los dientes
cuando hablo, pero no es por el frío de la noche, de
la noche eterna. Pero este horror es insoportable.
¿Cómo puedes dormir tú tranquilo? No me dejan
descansar los gritos de estas largas agonías. Estos
espectáculos son más de lo que puedo soportar.
¡Levántate! Ven conmigo a la noche exterior, y deja
que te muestre las tumbas. ¿No es este un espectáculo
de dolor?... ¡Mira!
Miré, y la figura invisible que aún seguía apretándome
la muñeca consiguió abrir las tumbas de
toda la humanidad, y de cada una salían las irradiaciones
fosfóricas de la descomposición, de forma
que pude ver sus más escondidos rincones y los
cuerpos amortajados en su triste y solemne sueño
con el gusano. Pero, ¡ay!, los que realmente dormían,
aunque fueran muchos millones, eran menos
que los que no dormían en absoluto, y había una
débil lucha, y había un triste y general desasosiego, y
de las profundidades de los innumerables pozos
salía el melancólico frotar de las vestiduras de los
enterrados. Y, entre aquellos que parecían descansar
tranquilos, vi que muchos habían cambiado, en mayor
o menor grado, la rígida e incómoda postura en
que fueron sepultados. Y la voz me habló de nuevo,
mientras contemplaba:
-¿No es esto, ¡ah!, acaso un espectáculo lastimoso?
Pero, antes de que encontrara palabras para
contestar, la figura había soltado mi muñeca, las luces
fosfóricas se extinguieron y las tumbas se cerraron
con repentina violencia, mientras de ellas salía
un tumulto de gritos desesperados, repitiendo:
«¿No es esto, ¡Dios mío!, acaso un espectáculo
lastimoso?»
Fantasías como ésta se presentaban por la noche
y extendían su terrorífica influencia incluso en
mis horas de vigilia. Mis nervios quedaron destrozados,
y fui presa de un horror continuo. Ya no me
atrevía a montar a caballo, a pasear, ni a practicar
ningún ejercicio que me alejara de casa. En realidad,
ya no me atrevía a fiarme de mí lejos de la presencia
de los que conocían mi propensión a la catalepsia,
por miedo de que, en uno de esos ataques, me enterraran
antes de conocer mi estado realmente. Dudaba
del cuidado y de la lealtad de mis amigos más
queridos. Temía que, en un trance más largo de lo
acostumbrado, se convencieran de que ya no había
remedio. Incluso llegaba a temer que, como les causaba
 muchas molestias, quizá se alegraran de considerar
que un ataque prolongado era la excusa suficiente
para librarse definitivamente de mí. En vano
trataban de tranquilizarme con las más solemnes
promesas. Les exigía, con los juramentos más sagrados,
que en ninguna circunstancia me enterraran
hasta que la descomposición estuviera tan avanzada,
que impidiese la conservación. Y aun así mis terrores
mortales no hacían caso de razón alguna, no
aceptaban ningún consuelo. Empecé con una serie
de complejas precauciones. Entre otras, mandé remodelar
la cripta familiar de forma que se pudiera
abrir fácilmente desde dentro. A la más débil presión
sobre una larga palanca que se extendía hasta
muy dentro de la cripta, se abrirían rápidamente los
portones de hierro. También estaba prevista la entrada
libre de aire y de luz, y adecuados recipientes
con alimentos y agua, al alcance del ataúd preparado
para recibirme. Este ataúd estaba acolchado con un
material suave y cálido y dotado de una tapa elaborada
según el principio de la puerta de la cripta, incluyendo
resortes ideados de forma que el más débil
movimiento del cuerpo sería suficiente para que se
soltara. Aparte de esto, del techo de la tumba colgaba
una gran campana, cuya soga pasaría (estaba previsto)
 por un agujero en el ataúd y estaría atada a
una mano del cadáver. Pero, ¡ay!, ¿de qué sirve la
precaución contra el destino del hombre? ¡Ni siquiera
estas bien urdidas seguridades bastaban para
librar de las angustias más extremas de la inhumación
en vida a un infeliz destinado a ellas!
Llegó una época- como me había ocurrido antes
a menudo- en que me encontré emergiendo de un
estado de total inconsciencia a la primera sensación
débil e indefinida de la existencia. Lentamente, con
paso de tortuga, se acercaba el pálido amanecer gris
del día psíquico. Un desasosiego aletargado. Una
sensación apática de sordo dolor. Ninguna preocupación,
ninguna esperanza, ningún esfuerzo. Entonces,
después de un largo intervalo, un zumbido
en los oídos. Luego, tras un lapso de tiempo más
largo, una sensación de hormigueo o comezón en
las extremidades; después, un período aparentemente
eterno de placentera quietud, durante el cual
las sensaciones que se despiertan luchan por transformarse
en pensamientos; más tarde, otra corta
zambullida en la nada; luego, un súbito restablecimiento.
Al fin, el ligero estremecerse de un párpado;
e inmediatamente después, un choque eléctrico de
terror, mortal e indefinido, que envía la sangre a
torrentes desde las sienes al corazón. Y entonces, el
primer esfuerzo por pensar. Y entonces, el primer
intento de recordar. Y entonces, un éxito parcial y
evanescente. Y entonces, la memoria ha recobrado
tanto su dominio, que, en cierta medida, tengo conciencia
de mi estado. Siento que no me estoy despertado
de un sueño corriente. Recuerdo que he
sufrido de catalepsia. Y entonces, por fin, como si
fuera la embestida de un océano, el único peligro
horrendo, la única idea espectral y siempre presente
abruma mi espíritu estremecido.
Unos minutos después de que esta fantasía se
apoderase de mí, me quedé inmóvil. ¿Y por qué?
No podía reunir valor para moverme. No me atrevía
a hacer el esfuerzo que desvelara mi destino, sin
embargo algo en mi corazón me susurraba que era
seguro. La desesperación- tal como ninguna otra clase
de desdicha produce-, sólo la desesperación me
empujó, después de una profunda duda, a abrir mis
pesados párpados. Los levanté. Estaba oscuro, todo
oscuro. Sabía que el ataque había terminado. Sabía
que la situación crítica de mi trastorno había pasado.
Sabía que había recuperado el uso de mis facultades
visuales, y, sin embargo, todo estaba oscuro, oscuro,
con la intensa y absoluta falta de luz de la noche que
dura para siempre.
Intenté gritar, y mis labios y mi lengua reseca se
movieron convulsivamente, pero ninguna voz salió
de los cavernosos pulmones, que, oprimidos como
por el peso de una montaña, jadeaban y palpitaban
con el corazón en cada inspiración laboriosa y difícil.
El movimiento de las mandíbulas, en el esfuerzo
por gritar, me mostró que estaban atadas, como
se hace con los muertos. Sentí también que yacía
sobre una materia dura, y algo parecido me apretaba
los costados. Hasta entonces no me había atrevido a
mover ningún miembro, pero al fin levanté con
violencia mis brazos, que estaban estirados, con las
muñecas cruzadas. Chocaron con una materia sólida,
que se extendía sobre mi cuerpo a no más de
seis pulgadas de mi cara. Ya no dudaba de que reposaba
al fin dentro de un ataúd.
Y entonces, en medio de toda mi infinita desdicha,
vino dulcemente la esperanza, como un querubín,
pues pensé en mis precauciones. Me retorcí e
hice espasmódicos esfuerzos para abrir la tapa: no
se movía. Me toqué las muñecas buscando la soga:
no la encontré. Y entonces mi consuelo huyó para
siempre, y una desesperación aún más inflexible reinó
triunfante pues no pude evitar percatarme de la
ausencia de las almohadillas que había preparado
con tanto cuidado, y entonces llegó de repente a mis
narices el fuerte y peculiar olor de la tierra húmeda.
La conclusión era irresistible. No estaba en la cripta.
Había caído en trance lejos de casa, entre desconocidos,
no podía recordar cuándo y cómo, y ellos me
habían enterrado como a un perro, metido en algún
ataúd común, cerrado con clavos, y arrojado bajo
tierra, bajo tierra y para siempre, en alguna tumba
común y anónima.
Cuando este horrible convencimiento se abrió
paso con fuerza hasta lo más íntimo de mi alma,
luché una vez más por gritar. Y este segundo intento
tuvo éxito. Un largo, salvaje y continuo grito o
alarido de agonía resonó en los recintos de la noche
subterránea.
-Oye, oye, ¿qué es eso?- dijo una áspera voz,
como respuesta.
-¿Qué diablos pasa ahora?- dijo un segundo.
-¡Fuera de ahí!- dijo un tercero.
-¿Por qué aúlla de esa manera, como un gato
montés?- dijo un cuarto.
Y entonces unos individuos de aspecto rudo me
sujetaron y me sacudieron sin ninguna consideración.
No me despertaron del sueño, pues estaba
completamente despierto cuando grité, pero me
devolvieron la plena posesión de mi memoria.
Esta aventura ocurrió cerca de Richmond, en
Virginia. Acompañado de un amigo, había bajado,
en una expedición de caza, unas millas por las orillas
del río James. Se acercaba la noche cuando nos sorprendió
una tormenta. La cabina de una pequeña
chalupa anclada en la corriente y cargada de tierra
vegetal nos ofreció el único refugio asequible. Le
sacamos el mayor provecho posible y pasamos la
noche a bordo. Me dormí en una de las dos literas;
no hace falta describir las literas de una chalupa de
sesenta o setenta toneladas. La que yo ocupaba no
tenía ropa de cama. Tenía una anchura de dieciocho
pulgadas. La distancia entre el fondo y la cubierta
era exactamente la misma. Me resultó muy difícil
meterme en ella. Sin embargo, dormí profundamente,
y toda mi visión- pues no era ni un sueño ni
una pesadilla- surgió naturalmente de las circunstancias
de mi postura, de la tendencia habitual de
mis pensamientos, y de la dificultad, que ya he mencionado,
de concentrar mis sentidos y sobre todo de
recobrar la memoria durante largo rato después de
despertarme. Los hombres que me sacudieron eran
los tripulantes de la chalupa y algunos jornaleros
contratados para descargarla. De la misma carga
procedía el olor a tierra. La venda en torno a las
mandíbulas era un pañuelo de seda con el que me
había atado la cabeza, a falta de gorro de dormir.
Las torturas que soporté, sin embargo, fueron
indudablemente iguales en aquel momento a las de
la verdadera sepultura. Eran de un horror inconcebible,
increíblemente espantosas; pero del mal procede
el bien, pues su mismo exceso provocó en mi
espíritu una reacción inevitable. Mi alma adquirió
temple, vigor. Salí fuera. Hice ejercicios duros.
Respiré aire puro. Pensé en más cosas que en la
muerte. Abandoné mis textos médicos. Quemé el
libro de Buchan. No leí más Pensamientos nocturnos, ni
grandilocuencias sobre cementerios, ni cuentos de
miedo como éste. En muy poco tiempo me convertí
en un hombre nuevo y viví una vida de hombre.
Desde, aquella noche memorable descarté para
siempre mis aprensiones sepulcrales y con ellas se
desvanecieron los achaques catalépticos, de los
cuales quizá fueran menos consecuencia que causa.
Hay momentos en que, incluso para el sereno
ojo de la razón, el mundo de nuestra triste humanidad
puede parecer el infierno, pero la imaginación
del hombre no es Caratis para explorar con impunidad
todas sus cavernas. ¡Ay!, la torva legión de los
terrores sepulcrales no se puede considerar como
completamente imaginaria, pero los demonios, en
cuya compañía Afrasiab hizo su viaje por el Oxus,
tienen que dormir o nos devorarán..., hay que permitirles
que duerman, o pereceremos.