Lingotes De Oro

Lingotes De Oro
Agatha Christie

Estos relatos son contados por los miembros del Club de los Martes que se reúnen cada semana. En la cual  cada uno de los miembros y por turno expone un problema o algún misterio que cada uno conozca personalmente y del que, desde luego sepa la solución.
Para así el resto del grupo poder dar con la solución del problema o misterio.

El grupo esta formado por seis personas:

Miss Marple, Mujer ya mayor pero especialista en resolver cualquier tipo de misterio.
Raymond West: Sobrino de Miss Marple y escritor.
Sir Henry Clithering:Hombre de mundo y comisionado de Scotland Yard.
Doctor Pender: Anciano clérigo de parroquia
Mr. Petherick:Notable abogado
Joyce Lempriére:Joven artista


No se si la historia que voy a contarles es aceptable —dijo Raymond West—, porque no puedo brindarles la solución. No obstante, los hechos fueron tan interesantes y tan curiosos que me gustaría proponerla como problema y, tal vez entre todos, podamos llegar a alguna conclusión lógica.
»Ocurrió hace dos años, cuando fui a pasar la Pascua de Pentecostés a Cornualles con un hombre llamado John Newman.
—¿Cornualles? —preguntó Joyce Lemprire con viveza.
—Sí. ¿Por qué?
—Por nada, sólo que es curioso. Mi historia también ocurrió en cierto lugar de Cornualles, en un pueblecito pesquero llamado Rathole. No irá usted a decirme que el suyo es el mismo.
—No, el mío se llama Polperran y está situado en la costa oeste de Cornualles, un lugar agreste y rocoso. A Newman me lo habían presentado pocas semanas antes y me pareció un compañero interesante. Era un hombre de aguda inteligencia y posición acomodada, poseído de una romántica imaginación. Como resultado de su última afición, había alquilado Pol House. Era una autoridad en la época isabelina y me describió con lenguaje vivo y gráfico la ruta de la Armada Invencible. Lo hizo con tal entusiasmo, que uno hubiera dicho que fue testigo presencial de la escena. ¿Existe algo de cierto en la reencarnación? Quisiera saberlo. Me lo he preguntado tantas veces...
—Eres tan romántico, querido Raymond -dijo miss Marpie mirándole con benevolencia.
—Romántico es lo último que soy —respondió su sobrino ligeramente molesto—. Pero ese individuo, Newman, me interesaba por esa razón, como una reliquia curiosa del pasado. Parece ser que cierto barco perteneciente a la Armada y que contenía un enorme tesoro en oro procedente de la parte oriental del mar Caribe, había naufragado en la costa de Cornualles, en las famosas y temibles Rocas de la Serpiente. Newman me contó que a lo largo de los años se habían hecho intentos de rescatar el barco y recuperar el tesoro. Creo que estas historias son muy corrientes, aunque el número de barcos con tesoros mitológicos es mucho mayor que el de los verdaderos. Formaron una compañía, pero quebraron, y Newman pudo comprar los derechos de aquella cosa, o como quieran llamarle, por cuatro cuartos. Se mostraba entusiasmado. Según él, sólo era cuestión de utilizar la maquinaria más moderna. El oro estaba allí, no le cabía la menor duda de que podría ser recuperado.
»Mientras le escuchaba, se me ocurrió pensar en la frecuencia con que ocurren cosas como ésta. Un hombre rico como Newman logra el éxito casi sin esfuerzo y, no obstante, es probable que el valor de su hallazgo en dinero no signifique nada para él. Debo confesar que me contagié de su entusiasmo. Veía galeones surcando las aguas de la costa, desafiando la tormenta, y abatidos y destrozados contra las negras rocas. La palabra «galeón» me resultaba romántica. La frase el «oro español» emociona a los escolares, y también a los hombres hechos y derechos. Además, yo estaba trabajando por aquel entonces en una novela, algunas de cuyas escenas transcurrían en el siglo XVI, y vi la oportunidad de poder darle un valioso colorido local gracias a Newman.
»Salí de la estación de Paddington el viernes por la mañana, ilusionado ante la perspectiva de mi viaje. El compartimiento del tren estaba vacío, con la sola excepción de un hombre sentado ante mí en el rincón opuesto. Era alto, con aspecto de militar, y no pude evitar la sensación de que lo había visto antes en alguna otra parte. Me estuve devanando los sesos en vano durante algún tiempo y al fin di con ello. Mi compañero de viaje no era otro que el inspector Badgworth, a quien yo conociera cuando escribí una serie de artículos sobre el caso de la misteriosa desaparición de Everson.
»Me di a conocer y no tardamos en charlar amigablemente. Cuando le dije que me dirigía a Polperran comentó que era una coincidencia singular ya que él también iba a aquel lugar. No quise parecer indiscreto y me guardé de preguntarle qué era lo que le llevaba allí. En vez de eso, le hablé de mi propio interés por el lugar, mencionando el naufragio del galeón español. Para mi sorpresa, el inspector parecía saberlo todo al respecto.
»—Seguro que es el Juan Fernández —me dijo—. Su amigo no será el primero que ha dilapidado todo su dinero tratando de sacar el oro a flote. Es un capricho romántico.
»—Y probablemente toda la historia es un mito —repliqué yo—. Nunca habrá naufragado un barco en este lugar.
»—Oh, el hundimiento del barco sí es cosa cierta
—me dijo el inspector—, así como el de muchos otros. Le sorprendería a usted conocer el número de naufragios que hubo en esa parte de la costa. A decir verdad, ése es el motivo que me lleva allí ahora. Ahí es donde hace seis meses se hundió el Otranto.
»—Recuerdo haberlo leído —contesté—. Creo que no hubo desgracias personales.
»—No —contestó el inspector—, pero se perdió otra cosa. No es del dominio público, pero llevaba a bordo lingotes de oro.
»—¿Sí? —pregunté muy interesado.
»—Naturalmente utilizamos buzos para los trabajos de salvamento, pero el oro había desaparecido, Mr. West.
»—¡Desaparecido! —exclamé mirándole asombrado-. ¿Cómo es posible?
»—Ese es el problema —replicó el inspector—. Las rocas abrieron un boquete en la cámara acorazada y los buzos pudieron penetrar fácilmente en ella por ese camino, pero la encontraron vacía. La cuestión es, ¿fue robado el oro antes o después del naufragio? ¿Estuvo alguna vez siquiera en la cámara acorazada?
»—Un caso muy curioso -comenté.
»—Lo es, considerando lo que representan los lingotes de oro. No es como un collar de brillantes, que puede llevarse en el bolsillo. Bueno, parece del todo imposible. Debieron de hacer alguna triquiñuela antes de que partiera el barco. Pero, de no ser así, el oro ha tenido que desaparecer en los últimos seis meses, y yo voy a investigar el asunto.
 

»Encontré a Newman esperándome en la estación. Se disculpó por no traer su automóvil, que se encontraba en Truro a causa de ciertas reparaciones necesarias. En su lugar había traído una camioneta de la finca.
»Tomé asiento a su lado y avanzamos con prudencia por las estrechas callejuelas del pueblecito pesquero, subimos por una pendiente muy pronunciada, yo diría que de un veinte por ciento, recorrimos una corta distancia por un camino zigzagueante y finalmente enfilamos los pilares de granito de la entrada de Pol House.
»Era un lugar encantador, situado sobre los acantilados, con una estupenda vista sobre el mar. Algunas partes tenían unos trescientos o cuatrocientos años de antigüedad, pero se le había añadido un ala moderna. Detrás de ella se extendían unos siete u ocho acres de terreno de cultivo.
»—Bienvenido a Pol House —dijo Newman—. Y a la enseña del Galeón Dorado —y señaló hacia la puerta principal, de donde pendía una reproducción perfecta de un galeón español con todas sus velas desplegadas.
»Mi primera noche allí fue deliciosa e instructiva. Mi anfitrión me mostró viejos manuscritos que hacían referencia al Juan Fernández. Desplegó cartas de navegación ante mí, indicándome posiciones marcadas con líneas de puntos, y me enseñó planos de aparatos de inmersión, los cuales, debo confesar, me satisficieron por completo.
»Le hablé del encuentro con el inspector Badgworth, cosa que le interesó sobremanera.
»—Hay gentes muy extrañas por esta costa -dijo en tono pensativo-. Llevan en la sangre el contrabando y la destrucción. Cuando un barco se hunde en sus costas no pueden evitar considerarlo un pillaje legal para sus bolsillos. Hay aquí un individuo al que me gustaría que conociera. Es un tipo interesante.
»El día siguiente amaneció claro y radiante. Fuimos a Polperran y allí me fue presentado el buzo de Newman, un hombre llamado Higgins. Era un indiv-duo de rostro curtido, extremadamente taciturno y cuyas intervenciones en la conversación se reducían a monosílabos. Después de discutir entre ellos sobre asuntos técnicos, nos dirigimos a Las Tres Ancoras. Una jarra de cerveza contribuyó un poco a desatar la lengua de aquel individuo.
»—Ha venido un detective de Londres —gruñó—. Dicen que ese barco que se hundió en noviembre pasado llevaba a bordo gran cantidad de oro. Bueno, no fue el primero en zozobrar y tampoco será el último.
»—Cierto, cierto —intervino el posadero de Las Tres Áncoras—. Has dicho una gran verdad, Bill Higgins.
»—Vaya silo es, Mr. Kelvin —replicó Higgins.
»Miré con cierta curiosidad al posadero. Era un hombre muy peculiar, moreno, de rostro bronceado y anchas espaldas. Sus ojos parecían inyectados en sangre y tenían un modo muy extraño de evitar la mirada de los demás. Sospeché que aquél era el hombre de que me hablara Newman, al que calificó de sujeto interesante.
»—No queremos extranjeros entrometidos en estas costas -dijo con tono siniestro.
»—¿Se refiere a la policía? —preguntó Newman con una sonrisa.
»—A la policía y a otros —replicó Kelvin significativamente—. Y no lo olvide usted, señor.
»—¿Sabe usted, Newman, que me ha sonado como una amenaza? —le dije cuando subíamos la colina para dirigirnos a casa.
»Mi amigo se echó a reír.
«—Tonterías, yo no le hago ningún daño a la gente de aquí.
»Yo moví la cabeza pensativo. En Kelvin había algo siniestro y salvaje, y comprendí que su mente podía discurrir por sendas extrañas e insospechadas.
»Creo que mi inquietud comenzó a partir de aquel momento. La primera noche había dormido bastante bien, pero la siguiente mi sueño fue intranquilo y entrecortado. El domingo amaneció gris y triste, con el cielo encapotado y la amenaza de los truenos estremeciendo el aire. Me fue difícil disimular mi estado de ánimo y Newman observó el cambio operado en mí.
»—¿Qué le ocurre West? Esta mañana está hecho un manojo de nervios.
»—No lo sé —dije—, pero tengo un horrible presentimiento.
»—Es el tiempo.
»—Sí, es posible.
»No dije más. Por la tarde salimos en la lancha motora de Newman, pero se puso a llover con tal fuerza que tuvimos que regresar a la playa y ponernos inmediatamente ropa seca.
»Aquella noche creció mi ansiedad. En el exterior la tormenta aullaba y rugía. A eso de las diez la tempestad se calmó y Newman miró por la ventana.
»—Está aclarando —anunció—. No me extrañaría que dentro de media hora hiciera una noche magnífica. Si es así, saldré a dar un paseo.
»Yo bostecé.
»—Tengo mucho sueño —dije—. Anoche no dormí mucho y me parece que me acostaré temprano.
»Así lo hice. La noche anterior había dormido muy poco y, en cambio, aquella tuve un sueño profundo. No obstante, mi sopor no me proporcionó descanso. Seguía oprimiéndome el terrible presentimiento de un cercano peligro: soñé cosas horribles, espantosos abismos y enormes precipicios entre los cuales me hallaba vagando, sabiendo que el menor tropiezo de uno de mis pies hubiera significado la muerte. Cuando desperté, mi reloj señalaba las ocho. Me dolía mucho la cabeza y seguía bajo la opresión de mis pesadillas.
»Tan fuerte era ésta que, cuando me acerqué a mirar por la ventana, retrocedí con un nuevo sentimiento de terror, pues lo primero que vi, o creí ver, fue la figura de un hombre cavando una tumba.
»Tardé un par de minutos en rehacerme y entonces comprendí que el sepulturero no era otro que el jardinero de Newman y que  «la tumba» estaba destinada a tres nuevos rosales que estaban sobre el césped esperando a ser plantados.
»El jardinero alzó la cabeza y al yerme se llevó la mano al sombrero.
»—Buenos días señor, hermosa mañana.
»—Supongo que lo es, sí —repliqué dubitativo sin poder sacudir por completo mi pesimismo.
»Sin embargo, como había dicho el jardinero, la mañana era espléndida. El sol brillaba en un cielo azul pálido que prometía un tiempo magnífico para todo el día. Bajé a desayunar silbando una tonadilla. Newman no tenía ninguna doncella en la casa, solo un par de hermanas de mediana edad, que vivían en una granja cercana, acudían diariamente para atender a sus sencillas necesidades. Una de ellas estaba colocando la cafetera sobre la mesa cuando yo entré en la habitación.
»—Buenos días, Elizabeth —dije—. ¿No ha bajado todavía Mr. Newman?
»—Debe de haber salido muy temprano, señor —me contestó—, pues no estaba en la casa cuando llegamos.
»Al instante sentí renacer mi inquietud. Las dos mañanas anteriores Newman había bajado a desayunar un poco tarde y en ningún momento supuse que fuese madrugador. Impulsado por mis presentimientos, subí a su habitación. La encontré vacía y, además, sin señales de que hubiera dormido en su cama. Tras un breve examen de su dormitorio, descubrí otras dos cosas. Si Newman salió a pasear debió de hacerlo en pijama, puesto que éste había desaparecido.
»Entonces tuve el convencimiento de que mis temores eran justificados. Newman había salido, como dijo que haría, a dar un paseo nocturno y, por alguna razón desconocida, no había regresado. ¿Por qué? ¿Habría tenido un accidente? ¿Se habría caído por el acantilado? Debíamos averiguarlo en seguida.
»En pocas horas ya había reclutado a un gran número de ayudantes y juntos lo buscamos en todas direcciones, por los acantilados y en las rocas de abajo, pero no había rastro de Newman.
»Al fin, desesperado, fui a buscar al inspector Badgworth. Su rostro adquirió una expresión grave.
»—Tengo la impresión de que ha sido víctima de una mala jugada —dijo—. Hay gente muy poco escrupulosa por esta zona. ¿Ha visto usted a Kelvin, el posadero de Las Tres Ancoras?
»Le contesté afirmativamente.
»—¿Sabía usted que estuvo cuatro años en la cárcel por asalto y agresión?
»—No me sorprende —repliqué.
»—La opinión general de los habitantes de este pueblo parece ser que su amigo se entromete demasiado en cosas que no le conciernen. Espero que no haya sufrido ningún daño.
»Continuamos la búsqueda con redoblado ánimo y hasta última hora de la tarde no vimos recompensa-dos nuestros esfuerzos. Descubrimos a Newman en su propia finca, dentro de una profunda zanja, con los pies y las manos fuertemente atados con cuerdas y un pañuelo en la boca, a modo de mordaza, para evitar que gritase.
»Estaba terriblemente exhausto y dolorido, pero después de unas fricciones en las muñecas y en los tobillos y un buen trago de whisky, pudo referirnos lo que le había ocurrido.
«Cuando aclaró el tiempo, salió a dar un paseo, a eso de las once. Llegó hasta cierto lugar de los acantilados conocidos vulgarmente como la Ensenada de los Contrabandistas debido al gran número de cuevas que hay allí. Allí observó que unos hombres sacaban algo de un pequeño bote y bajó para ver de qué se trataba. Fuera lo que fuera, parecía ser algo muy pesado y lo trasladaban a una de las cuevas más lejanas.
»Sin imaginar que se tratase en realidad de algo ilegal, Newman lo encontró extraño. Se acercó un poco más sin ser visto, mas de pronto se oyó un grito de alarma e inmediatamente dos fornidos marineros cayeron sobre él y le dejaron inconsciente. Cuando volvió en sí, se encontró tendido en un vehículo que iba a toda velocidad y que subía, dando tumbos y saltando sobre los baches, por lo que pudo deducir, por el camino que conduce de la costa al pueblo. Ante su sorpresa el camión penetró por la entrada de su propia casa. Allí, tras sostener una conversación en voz baja, los hombres lo sacaron para arrojarlo a la zanja en el lugar en que su profundidad haría más improbable que fuera hallado por algún tiempo. Después, el camión se puso en marcha y le pareció que salía por la otra entrada, situada una milla más cerca del pueblo. No pudo darnos descripción alguna de los asaltantes, excepto que desde luego eran hombres de mar y, por su acento, cornualleses.
»El inspector Badgworth pareció muy interesado por el relato.
»—Apuesto a que es ahí donde ha sido escondido el oro —exclamó—. De un modo u otro debió ser salvado del naufragio y almacenado en alguna cueva solitaria, en alguna otra parte. Hemos registrado todas las cuevas de la Ensenada de los Contrabandistas y, como que ahora nos dedicamos a buscarlo más hacia el interior, lo han trasladado de noche a una cueva que ya ha sido registrada y que, por consiguiente, no es probable que volvamos a mirar. Por desgracia han tenido por lo menos dieciocho horas para llevárselo de nuevo. Si capturaron a Mr. Newman ayer noche, dudo que encontremos nada allí a estas horas.
»El inspector se apresuró a efectuar un registro en la cueva y encontró pruebas definitivas de que el oro había sido almacenado allí como supuso, pero los lingotes habían sido trasladados una vez más y no existía la menor pista de cuál era el nuevo escondrijo.
»No obstante, sí había una pista y el propio inspector me la señaló al día siguiente.
»—Este camino lo utilizan muy poco los automóviles —dijo- y en uno o dos lugares se ven claramente huellas de neumáticos. A uno de ellos le falta una pieza triangular y deja una huella inconfundible. Eso demuestra que entraron por esta entrada y aquí hay una clara huella que indica que salieron por la otra, de modo que no cabe duda de que se trata del vehículo que andamos buscando. Ahora bien, ¿por qué salieron por la entrada más lejana? A mí me parece clarísimo que el camión vino del pueblo. No hay muchas personas que tengan uno: dos o tres a lo sumo. Kelvin, el posadero de Las Tres Áncoras, tiene uno.
»—¿Cuál era la profesión origimal de Kelvin? —preguntó Newman.
»—Es curioso que me pregunte usted eso, Mr. New-man. En su juventud Kelvin fue buzo profesional.
»Newman y yo nos miramos significativamente. Las piezas del rompecabezas parecían empezar a encajar.
»—¿No reconoció a Kelvin en uno de los hombres de la playa? —preguntó el inspector.
»Newman negó con la cabeza.
»—Temo no poder ayudarle en eso -dijo pesaroso-. La verdad es que no tuve tiempo de ver nada.
»El inspector, muy amablemente, me permitió acompañarlo a Las Tres Ancoras. El garaje se hallaba en una calle lateral. Sus grandes puertas estaban cerradas, pero al subir por la callejuela lateral encontrarnos una pequeña puerta que daba acceso al interior del mismo y que estaba abierta. Un breve examen de los neumáticos fue suficiente para el inspector.
»—Lo hemos pillado, diantre —exclamó—. Aquí está la marca, tan clara como el día, en la rueda posterior izquierda. Ahora, Mr. Kelvin, veremos de qué le sirve su inteligencia para salir de ésta.
Raymond West hizo un alto en su relato.
 

—Bueno -dijo la joven Joyce—. Hasta ahora no veo dónde está el problema, a menos que nunca encontrasen el oro.
—Nunca lo encontraron, desde luego —repitió Raymond—, y tampoco pudieron acusar a Kelvin. Supongo que era demasiado listo para ellos, pero no veo cómo se las arregló. Fue detenido por la prueba del neumático, pero surgió una dificultad extraordinaria. Al otro lado de las grandes puertas del garaje había una casita que en verano alquilaba una artista.
—¿Oh, esas artistas! -exclamó Joyce riendo.
—Como tú dices: ¡Oh, esas artistas! Ésta en particular había estado enferma algunas semanas y por este motivo tenía dos enfermeras que la atendían. La que estaba de guardia aquella noche acercó su butaca a la ventana, que tenía la persiana levantada, y declaró que el camión no pudo haber salido del garaje de enfrente sin que ella lo viera y juró que nadie salió de allí aquella noche.
—No creo que esto deba considerarse un problema —comentó Joyce—. Es casi seguro que la enfermera se quedó dormida, siempre se duermen.
—Es lo que siempre ocurre -dijo Mr. Petherick juiciosamente—. Pero me parece que aceptamos los hechos sin examinarlos lo suficiente. Antes de aceptar el testimonio de la enfermera debiéramos investigar de cerca su buena fe. Una coartada que surge con tal sospechosa prontitud despierta dudas en la mente de cualquiera.
—También tenemos la declaración de la artista -dijo Raymond—. Dijo que se encontraba muy mal y pasó despierta la mayor parte de la noche, de modo que hubiera oído sin duda alguna el camión, puesto que era un ruido inusitado y la noche había quedado muy apacible después de la tormenta.
—¡Hum...! —dijo el clérigo—. Eso desde luego es un factor adicional. ¿Tenía alguna coartada el propio Kelvin?
—Declaró que estuvo en su casa durmiendo desde las diez en adelante, pero no pudo presentar ningún testigo que apoyara su declaración.
—La enfermera debió quedarse dormida lo mismo que su paciente —dijo la joven—. La gente enferma siempre se imagina que no ha pegado ojo en toda la noche.
Raymond West lanzó una mirada interogativa al doctor Pender.
—Me da lástima ese Kelvin. Me parece que es víct-ma de aquello de «Por un perro que maté...». Kelvin había estado en la cárcel. Aparte de la huella del neumático, que es desde luego algo demasiado evidente para ser mera coincidencia, no parece haber mucho en contra suya, excepto sus desgraciados antecedentes.
—¿Y usted, sir Henry?
El aludido movió la cabeza.
—Da la casualidad —replicó sonriendo- que conozco este caso, de modo que evidentemente no debo hablar.
—Bien, adelante, tía Jane. ¿No tienes nada que decir?
—Espera un momento, querido —respondió miss Marple—. Me temo que he contado mal. Dos puntos del revés, tres del derecho, saltar uno, dos del revés... sí, está bien. ¿Qué me decías, querido?
—¿Cuál es tu opinión?
—No te gustaría, querido. He observado que a los jóvenes nunca les gusta. Es mejor no decir nada.
—Tonterías, tía Jane. Adelante.
—Pues bien, querido Raymond -dijo miss Marple dejando la labor para mirar a su sobrino- creo que deberías tener más cuidado al escoger a tus amistades. Eres tan crédulo, querido, y te dejas engañar tan fácilmente. Supongo que eso se debe a que eres escritor y tienes mucha imaginación. ¡Toda esa historia del galeón español! Si fueras mayor y tuvieses mi experiencia de la vida te habrías puesto en guardia en seguida. ¡Además, un hombre al que conocías sólo desde hacía unas semanas!
Sir Henry lanzó un torrente de carcajadas al tiempo que golpeaba su rodilla.
—Esta vez te han pillado, Raymond —dijo—. Miss Marpie, es usted maravillosa. Tu amigo Newman, muchacho, tenía otro nombre, es decir, varios más. En estos momentos no está en Cornualles, sino en Devonshire. En Dartmoor, para ser exacto y en calidad de convicto en la prisión de Princetown. No pudimos cogerlo por el asunto del oro robado, pero sí por robar la cámara acorazada de uno de los bancos de Londres. Cuando revisamos sus antecedentes supimos que buena parte del oro robado fue enterrado en el jardín de Pol House. Fue una idea bastante buena. Por toda la costa de Cornualles se cuentan historias de barcos hundidos llenos de oro. Serviría para justificar el buzo y para justificar el oro. Pero se necesitaba una víctima propiciatoria y Kelvin era la ideal. Newman representó su pequeña comedia muy bien y nuestro amigo Raymond, una celebridad como escritor, hizo de testigo impecable.
—Pero ¿y la huella del neumático? —objetó Joyce.
—Oh, yo lo vi en seguida, querida, y no sé nada de automóviles —dijo miss Marpie—. Ya sabes que la gente cambia las ruedas, a menudo lo he visto hacer y, claro, pudieron coger la rueda de la camioneta de Kelvin y sacarla por la puerta pequeña del garaje y salir con ella al callejón. Allí la colocarían en la camioneta de Mr. Newman y bajarían hasta la playa, cargarían el oro y volverían a entrar por la otra entrada al pueblo. Luego volvieron a colocar la rueda en la camioneta de Mr. Kelvin, me imagino, mientras alguien maniataba a Mr. Newton y lo arrojaba a la zanja. Estuvo muy incómodo y probablemente tardaron en encontrarlo más de lo que habían calculado. Imagino que el individuo que se llamaba a sí mismo jardinero debía ocuparse de eso.
—¿Por qué dices que se llamaba a sí mismo jardinero, tía Jane? —preguntó Raymond con extrañeza.
—Pues porque no podía ser un jardinero auténtico —dijo miss Marple—. Los jardineros no trabajan durante el lunes de la Pascua de Pentecostés, todo el mundo lo sabe.
Sonrió sin apartar los ojos de su labor.
—En realidad fue ese pequeño detalle lo que me puso sobre la verdadera pista -dijo.
Luego miró a Raymond.
—Cuando tengas tu propia casa, querido, y un jardinero que cuide de tu jardín, conocerás estos pequeños detalles.
 
 
 

Perdido en el banco de memoria

Perdido en el banco de memoria

John  Varley

Escaneado "digitalmente" (a dos dedos, uno de cada mano) del libro

 

 

**

Era día de escuela en el disneylandia de Kenia. Cinco niños de nueve años estaban visitando con su maestro la sección de medicánica, donde Fingal se hallaba tendido en la mesa de grabación, la parte superior de su cráneo quitada, mirándoles por medio de un espejo. Fingal estaba de mal humor (de ahí su viaje al disneylandia), y hubiera pasado muy bien sin los niños. El maestro estaba haciendo todo lo que podía, pero ¿quién puede controlar a cinco niños de nueve años?

-¿Para qué es el gran cable verde, maestro? - Preguntó una niñita, alzando una mano dudosamente limpia y tocando el cerebro de Fingal allí donde el cable principal de grabación se hundía en la terminal empotrada.

-Lupus, ya te he dicho que no toques nada. Y mírate, ni siquiera te has lavado las manos.

El maestro tomó la mano de la niña y la apartó.

-Pero ¿qué importa eso? Usted nos dijo ayer que la razón por la que no hay que preocuparse hoy en día por la suciedad como se preocupaban antes es porque ya no es suciedad.

Estoy seguro de que no te dije exactamente eso. Lo que dije fue que cuando los humanos se vieron obligados a salir fuera de la Tierra, aprovecharon la ocasión para eliminar a todos los gérmenes nocivos. Cuando quedaron sólamente tres mil personas vivas en la Luna, después de la Ocupación, nos resultó fácil esterilizarlo todo. Por eso la médica no necesita llevar guantes como acostumbraban a hacer antes los cirujanos, o ni siquiera lavarse las manos. No hay peligro de infección. Pero no es educado. No deseamos que ese señor crea que no estamos siendo educados con él, simplemente porque su sistema nervioso está desconectado y no puede hacer nada al respecto, ¿no?

-No, maestro.

-¿Qué es un cirujano?

-¿Qué es una infección?

Fingal hubiera deseado que los pequeños monstruitos hubieran elegido otro día para su lección, pero como muy bien había dicho el maestro, él podía hacer muy poco al respecto. La médica había desviado su control motor al ordenador mientras éste efectuaba el registro. Estaba paralizado. Observó al niño pequeño que llevaba un bastón tallado, y esperó que no se le ocurriera clavárselo en el cerebelo. Fingal estaba asegurado, pero ¿quién quiere problemas?

Todos vosotros, retroceded un poco, para que la médica pueda hacer su trabajo. Así está mejor. Ahora, ¿quién puede decirme qué es ese gran cable verde? ¿Destry?

Destry confesó que no sabía nada al respecto, ni le importaba, y que lo único que quería era salir de allí y jugar a la pelota. El maestro lo olvidó y siguió con los demás.

-El hilo verde es el electrodo principal de sondeo -dijo-, está unido a una serie de cables muy finos en la cabeza del hombre, como los que tenéis vosotros, y que son implantados tras el nacimiento. ¿Puede alguien decirme cómo se efectúa un registro?

La niñita de las manos sucias fue quien respondió:

-Haciendo nudos en una cuerda.

El maestro se echó a reír, pero no la médica. Había oído ya aquello antes. El maestro también, por supuesto, pero para eso era maestro. Tenía la paciencia necesaria para tratar con los niños, una rara cualidad que cada vez poseían menos personas.

-No, eso es simplemente una analogía. ¿Todos sabéis decir "analogía"?

-Analogía- repitieron a coro.

-Estupendo. Lo que yo os he dicho es que las cadenas de AFFN son muy parecidas a cuerdas llenas de nudos. Si cada milímetro está codificado y cada nudo tiene un significado, uno puede escribir palabras sobre una cuerda haciendo nudos en ella. Eso es lo que hace la máquina con el AFFN. Ahora... ¿puede explicarme alguien lo que significa AFFN?

-Ácido Ferro-Foto-Nucleico- dijo la niñita, que parecía ser el genio de la clase.

-Correcto, Lupus. Es una variante del ADN, y puede ser anudado mediante campos magnéticos y luz, y activado mediante cambios químicos. Lo que está haciendo ahora la médica es hilvanar largas tiras de AFFN en los pequeños tubos que se hallan en el cerebro del hombre. Cuando eso esté hecho, conectará la máquina y la corriente empezará a hacer nudos. ¿Y qué ocurrirá entonces?

-Todos sus recuerdos pasarán al cubo memoria- dijo Lupus.

-Exacto, pero es un poco más complicado que eso. ¿Recordáis lo que os dije acerca de un código desdoblado? ¿El tipo que tiene dos partes, ninguna de las cuales sirve para nada sin la otra? Imaginad dos de las hebras, cada una con un montón de nudos en ella.  Bien, intentáis leer una de ellas con vuestro decodificador, y descubrís que no tiene el menor sentido. Eso es debido a que quien la escribió utilizó dos hebras, con nudos hechos en distintos lugares. Sólamente adquieren sentido cuando las colocas una al lado de la otra y las lees así, juntas. Así es como funciona este decodificador, pero la médica utiliza veinticinco hebras. Cuando todas ellas están anudadas de la forma correcta y colocadas en aberturas adecuadas en ese cubo de ahí -dijo señalando al cubo rosa sobre el banco de trabajo de la médica-, contendrán todos los recuerdos y la personalidad de este hombre. En cierto sentido, todo él estará en el cubo, pero él no lo sabrá, porque hoy estará siendo un león africano.

Aquello excitó a los niños, que hubieran preferido mucho más pasearse por la sabana de Kenya que oír cómo se tomaba un multiholo. Cuando se tranquilizaron el maestro prosiguió, utilizando analogías que eran cada vez más forzadas:

-Cuando las hebras se hallan en... niños, prestad atención. Cuando se hallan en el cubo, una corriente las mantiene en su lugar. Lo que tenemos entonces es un multiholo. ¿Puede decirme alguien por qué no podemos simplemente tomar una grabación de lo que está ocurriendo en el cerebro de este hombre, y utilizarla?

Por una vez, fue uno de los chicos quien respondió:

-Porque la memoria no es..., ¿cuál es la palabra?

-Secuencial.

-Ajá, eso es. Sus recuerdos están  almacenados un poco por todas partes en su cerebro, y no hay forma de hacer una selección. Por eso este registro toma una imagen de la totalidad, como un holograma. ¿Significa eso que uno puede cortar el cubo por la mitad, y conseguir así dos personas?

-No, pero ésa es una buena pregunta. No se trata de ese tipo de holograma. Es algo como..., como cuando tú aprietas tu mano contra un bloque de arcilla, pero en cuatro dimensiones. Si rompes una parte de la arcilla una vez se ha secado, pierdes parte de la información, ¿de acuerdo? Bien, esto es algo parecido. No se puede ver la huella de la impresión porque es demasiado pequeña, pero todo lo que ese hombre haya hecho, visto, oido y pensado en toda su vida está en el cubo.

-¿Quieren apartarse un poco hacia atrás?-solicitó la médica. Los niños en el espejo sobre la cabeza de Fingal retrocedieron, convirtiéndose en algo más que simples cabezas cortadas al nivel de los hombros. La médica ajustó la última hebra de AFFN suspendida en el córtex de Fingal según las estrictas normas de tolerancia especificadas por el ordenador.

-Me gustará ser médico cuando sea mayor-dijo uno de los chicos.

-Creía que deseabas ir a la universidad y estudiar para ser un científico.

-Bueno, quizá. Pero tengo un amigo que me está enseñando medicánica. Parece mucho más fácil.

-Será mejor que te quedes en la escuela, Destry. Estoy seguro que tus padres desearán que hagas algo por tí mismo.

La médica estaba echando humo silenciosamente. Sabía que no debía hablar; la educación era un asunto serio, y la interferencia con la labor de un maestro traía consigo una buena reprimenda. Pero se mostró obviamente complacida cuando la clase le dio las gracias y cruzó la puerta, dejando sucias huellas de pisadas tras ellos.

Accionó un interruptor con más brusquedad de la necesaria, y Fingal descubrió que podía respirar y mover los músculos de la cabeza.

-Sucios y engreídos graduados universitarios...- dijo la mujer- ¿Qué demonios hay de malo en tener las manos sucias, me pregunto?

Se secó la sangre de las manos con su blusón azul.

-Los maestros son los peores- dijo Fingal.

-Tiene usted toda la razón. Bueno, ser médica no es nada de lo que una deba avergonzarse. De acuerdo, no he ido a la universidad, ¿y qué? Puedo hacer mi trabajo, y puedo ver lo que he hecho cuando he terminado. Siempre me gustó el trabajo manual. ¿Sabe usted que la de médico era una de las profesiones más respetadas?

-¿De verás?

-Se lo aseguro. Tenían que ir a la universidad durante años y años, y se hinchaban de ganar dinero, puede creerme.

Fingal no dijo nada, pensando que debía de estar exagerando.  ¿Qué había que fuera tan difícil en la medicina? Sólo un poco de sentido mecánico y una mano firme, eso era todo lo que se necesitaba. Gran parte del mantenimiento de su propio cuerpo lo efectuaba él mismo, dejando a la consulta únicamente el trabajo importante. Y eso era una buena cosa, vistos los precios que cargaban. De todos modos, no era el tipo de cuestión que uno podía discutir mientras se hallaba tendido indefenso en una mesa.

-De acuerdo, ya está listo.

La médica extrajo los módulos que contenían el invisible AFFN y los introdujo en la solución de desarrollo. Volvió a colocar el cráneo de Fingal en su sitio y apretó los tornillos encajados en el hueso. Le devolvió el control motor mientras volvía a soldar en su lugar el cuero cabelludo. Fingal se desperezó y bostezó. Siempre sentía sueño en la consulta del médico; no sabía por qué.

-¿Eso es todo por hoy, señor? Tenemos una promoción en cambio de sangre, y puesto que está usted aquí en vez de hallarse paseando por el parque, tal vez podría...

-No, gracias. Ya la cambié hace un año. ¿No ha leído usted mi historial?

Ella tomó la tarjeta y le echó una ojeada.

-Ah, sí, lo hizo. Estupendo. Puede usted levantarse, señor Fingal.

Hizo una anotación en la tarjeta y volvió a dejarla sobre la mesa. En aquel momento se abrió la puerta y un pequeño rostro asomó.

-Olvidé el bastón- dijo el chico.

Entró y empezó a mirar debajo de los muebles,  ante la irritación de la médica. Intentó ignorarlo mientras tomaba nota del resto de la información que necesitaba.

-¿Y va a usted a experimentar sus vacaciones ahora, o esperará hasta que su doble haya terminado y se las transmita?

-¿Eh? Oh, quiere decir... Sí, entiendo. No, entraré directamente en el animal. Mi psiquiatra me aconsejó que viniera aquí a causa de los nervios, así que no me va a hacer ningún bien esperar ahora, ¿no?

-No, supongo que no. Así que usted dormirá aquí mientras su doble se pasea por el parque... ¡Eh, tú! -Se volvió para enfrentarse con el muchacho, que estaba metiendo la nariz en cosas de las  que debía permanecer alejado.  Lo agarró y lo apartó-. O encuentras en un minuto lo que has venido a buscar, o te echo de aquí, ¿entiendes?

El chico prosiguió su búsqueda, riéndose a escondidas y mirando hacia cosas más interesantes que la búsqueda de su bastón.

La médica hizo una comprobaciones en la tarjeta, echó un vistazo a los números luminosos de la uña de su pulgar, y descubrió que ya casi era la hora del cambio de turno. Conectó el tubo memoria por medio de una máquina a una terminal en la parte de atrás de la cabeza de Fingal.

-Usted nunca había hecho antes, ¿verdad? Su finalidad es evitar las lagunas, que a veces pueden resultar desconcertantes. El cubo está casi listo, pero ahora añadiré los últimos diez minutos a registro al mismo tiempo que lo pongo a dormir. De esa forma no experimentará usted ninguna desorientación, pasará del estado de sueño a la plena consciencia de hallarse en el cuerpo de un león. Su cuerpo será trasladado a una de nuestras salas de durmientes mientras usted esté fuera. No hay nada de qué preocuparse.

Fingal no estaba preocupado, sólamente cansado y tenso. Deseaba que todo aquello hubiera terminado ya y no tener que seguir hablando y hablando del asunto. Y deseaba que el chico dejara de dar golpes con su bastón a la pata de la mesa. Se preguntó si su dolor de cabeza también sería transferido al león.

Ella lo desconectó.

 

Trasladaron su cuerpo, y llevaron su cubo memoria a la sala de instalaciones. La médica echó al chico al corredor y desconectó todos los instrumentos de la sala de grabación. Tenía una cita, e iba ya retrasada.

Los empleados del disneylandia de Kenya instalaron el cubo en una caja de metal injertada en el cráneo de una leona africana adulta. Debido a la estructura social de los leones, los propietarios cargaban un suplemento por el uso de un cuerpo macho, pero a Fingal no le importaba el sexo.

Un corto viaje por un ferrocarril subterráneo con el cuerpo lleno de sedantes de la leona-Fingal, y ésta fue depositada bajo el cegador sol de la sabana de Kenya. Fingal despertó, olisqueó el aire, y se sintió inmediatamente mejor.

El disneylandia de Kenya era un ambiente total enterrado a unos veinte kilómetros por debajo del Mare Moscoviense, en la cara lejana de la Luna. Era aproximadamente circular, con un radio de doscientos kilómetros. Desde el suelo hasta el "cielo" había dos kilómetros, excepto por encima de la réplica a tamaño natural del Kilimanjaro, donde formaba una especie de cúpula para permitir que las nubes se formaran de una forma realista sobre su cima cubierta de nieve.

La ilusión era irreprochable. La curva del suelo era consistente con la curvatura de la Tierra, de modo que el horizonte era mucho más distante que cualquier cosa  a la que Fingal estuviera acostumbrado. Los árboles eran auténticos, y también todos los animales. Por la noche un astrónomo hubiera necesitado un espectroscopio para distinguir las estrellas de las auténticas.

Fingal, por supuesto, no era capaz de descubrir ningún fallo. Ni tampoco deseaba hacerlo. Los colores eran extraños, pero eso procedía de las limitaciones de la óptica felina. Los sonidos eran mucho más vívidos, del mismo modo que los olores. Si hubiera pensado el ello, se habría dado cuenta de que la gravedad era demasiado débil  para Kenya. Pero no estaba pensando en ello; había acudido allí para evitar todo eso.

El tiempo era gloriosamente cálido. La reseca hierba no hacía ningún sonido mientras caminaba sobre ella con patas acolchadas. Olió a antílope, a ñu y a ... ¿babuino? Sintió retortijones de hambre, pero realmente no deseaba cazar. Sin embargo, se dio cuenta de que el cuerpo de la leona tomaba la delantera.

Fingal se hallaba en extraña posición. Controlaba a la leona, pero sólo relativamente. Podía guiarla hacia donde deseaba ir, pero no tenía nada que decir respecto a sus comportamientos instintivos. Era un peón, del mismo modo que lo era la leona. En cierto sentido, él era la leona; cuando deseaba alzar una pata o dar media vuelta, simplemente lo hacía. El control motor era completo. Era grandioso caminar sobre cuatro patas, y hacerlo tan fácilmente como respirar. Pero el olor del antílope seguía un camino directo desde la nariz al cerebro inferior, conectaba con los retortijones de hambre  e iniciaba automáticamente la caza.

La guía decía que había que rendirse a ello. Luchar no le haría ningún bien, y podía frustrarle. Si uno pagaba por ser un león, debía leer el capítulo de "Cosas que hay que hacer", a fin de ser realmente un león, y no limitarse a llevar el cuerpo de un león y ver un poco el paisaje.

Fingal no estaba seguro de que aquello fuera a gustarle cuando avanzó a favor del viento en dirección al antílope y  se agazapó detrás de unos matorrales secos. Se lo preguntó mientras examinaba la docena o así de animales que pastaban apenas a unos pocos metros de él, seleccionando a los más pequeños, a los débiles y a los jóvenes con ojo predador. Quizás debiera darles la espalda y seguir su camino. Aquellas hermosas criaturas no estaban causándole ningún daño. La parte Fingal de él deseaba admirarlas, no devorarlas.

 Pero antes de que se diera cuenta siquiera de lo que había ocurrido, estaba erguido triunfante sobre el sangrante cuerpo de un pequeño antílope. Los otros eran apenas rastros polvorientos en la distancia.

¡Había sido increíble!

La leona era rápida, pero sus movimientos apenas alcanzaban la cámara lenta con relación a los del antílope. Su única ventaja residía en la sorpresa, la confusión , y el ataque brusco y repentino. Una cabeza se había alzado; algunas orejas habían aleteado hacia los matorrales donde se estaba ocultando, y él había estallado. Diez segundos de furioso esfuerzo y sus dientes se habían clavado en una suave garganta, había sentido el sabor de la sangre brotando a chorro y las agónicas patadas de las patas traseras bajo sus garras. Respiraba pesadamente y la sangre martilleaba en sus venas. Sólo había una forma de liberar la tensión.

Echó la cabeza hacia atrás y rugió su sed de sangre.

***

Al terminar la semana ya estaba harto de leones. Aquella vida no valía la pena  por unos pocos minutos de borrachera asesina. Era una vida de interminables persecuciones, incontables fracasos, luego un lamentable debatirse para conseguir unos cuantos bocados de su propia presa. Descubrió muy a su pesar que aquella leona estaba muy abajo en la jerarquía de los de su clase. Cuando trajo su presa a su manada - él no sabía por qué lo había hecho, pero la leona sí parecía saberlo -, le fue robada de inmediato. Él/ella se sentó a un lado, impotente, y observó al dominante macho tomar su parte, seguido por el resto de la manada.  Cuatro horas más tarde le dejaron tan sólo unos tristes despojos, y aún éstos tuvo que disputárselos a los buitres y a las hienas. Entonces comprendió el porqué del suplemento. Los machos lo tenían todo  más fácil.

Pero tuvo que admitir que valía la pena. Se sintió mejor; su psiquiatra había tenido razón. Era bueno abandonar los insaciables ordenadores de su oficina durante una semana para dedicarse a vivir. No había que tomar complicadas decisiones allí fuera. Si tenía alguna duda, escuchaba  sus instintos. Sólo que la próxima vez escogería un elefante. Los había estado observando. Todos los demás animales los dejaban tranquilos, y podía ver por qué. Ser un macho solitario, libre de vagar por donde quisiera, con la comida al alcance de su trompa en la rama más cercana...

Estaba pensando todavía en aquello cuando el equipo de recogida acudió a por él.

***

Se despertó con la vaga sensación de que algo estaba mal. Se sentó en la cama y miró a su alrededor. Nada parecía estar fuera de lugar. No había nadie en la habitación con él.  Sacudió la cabeza para aclarársela.

Aquello no le hizo ningún bien. Seguía habiendo algo que iba mal. Intentó recordar cómo había ido a parar allí, y se rió de sí mismo ¡Su propio dormitorio! ¿Qué había de extraordinario en ello?

Pero ¿acaso no había ido de vacaciones, un viaje de fin de semana? Recordó haber sido un león, comer carne cruda de antílope, ser arrastrado con la manada, luchar con las demás hembras y perder, y retirarse para gruñir aparte para sí mismo/a.

Naturalmente, debería haber recuperado su consciencia humana en la sección médica del disneylandia. No podía recordarlo. Alargó la mano hacia su teléfono, sin saber a quién deseaba llamar. A su psiquiatra, quizá, o a la oficina de Kenya.

-Lo siento, señor Fingal - le dijo el teléfono - Esta línea no está disponible para llamadas al exterior. Si usted...

-¿Por qué no? - preguntó irritado y confuso - He pagado mi factura.

- Eso no corresponde a nuestro departamento, señor Fingal. Y por favor, no interrumpa.  Ya es bastante difícil mantener la comunicación con usted. Estoy debilitándome, pero el mensaje proseguirá si mira usted a su derecha.

La voz  y el fuerte zumbido que la acompañaban se desvanecieron. El teléfono estaba muerto.

Fingal miró a su derecha y se sobresaltó. Allí había una mano, una mano de mujer, escribiendo en la pared. La mano desaparecía a la altura de la muñeca.

"Mene,mene",  escribió, en finas letras de fuego. Luego la mano se agitó irritadamente y borró aquello con el pulgar. La pared quedó como tiznada de hollín  allí dónde habían estado las letras.

"Está usted proyectando, señor Fingal - escribió la mano, grabando rápidamente las palabras con una manicurada uña -. Esto es lo que usted esperaba ver. -La mano subrayó la palabra "esperaba" tres veces-. Por favor, coopere, aclare su mente, y vea lo que está escrito aquí, o no vamos a llegar a ninguna. Maldita sea, ya casi he agotado este soporte."

Y realmente lo había agotado. La escritura llenaba toda la pared, y la mano estaba ahora rozando el suelo. La aparición fue escribiendo cada vez más y más pequeño, en un esfuerzo por hacer caber todo el mensaje.

Fingal tenía un excelente control de la realidad, según su psiquiatra. Se aferraba fuertemente a esa evaluación  como si fuera un talismán mientras se inclinaba hacia la pared para leer la última frase.

"Mire en su librería - escribió la mano- El título es Orientación en su mundo de fantasía.

Fingal sabía que no tenía aquel  libro, pero no podía pensar en nada mejor que hacer.

Su teléfono no funcionaba, y si estaba sufriendo una crisis psicótica, no creía que fuera prudente salir al corredor público hasta tener alguna idea de lo que estaba ocurriendo.

Encontró el libro con bastante facilidad. En realidad era un folleto, con una portada chillona. Se trataba del tipo de cosa que había visto en las oficinas exteriores del disneylandia de Kenya, un folleto publicitario. En la parte interior de la contracubierta decía:

"Publicado bajo los auspicios del ordenador de Kenya; A. Joachim, operadora". Lo abrió, y empezó a leer.

CAPÍTULO PRIMERO

¿Dónde estoy?

 

Probablemente en estos momentos se estará usted preguntando dónde está.

Ésa es una reacción enteramente sana y normal, señor Fingal. Cualquiera se  preguntaría, enfrentado a lo que parecen ser manifestaciones paranormales, si su control de la realidad se ha visto debilitado. O, en lenguaje sencillo: "¿Estoy loco, o qué?"

No, señor Fingal, no está loco. Pero tampoco se halla usted, como probablemente pensará,  sentado en su cama, leyendo un libro. Todo está en su mente. Se halla usted todavía en el disneylandia de Kenya. Más especificamente, está contenido en el cubo memoria que tomamos de usted antes de que  iniciara su fin de semana en la sabana. Entienda, se ha producido un tremendo error.

CAPÍTULO SEGUNDO

¿Qué ha ocurrido?

 

Eso es lo que nos gustaría saber,  señor Fingal. Pero esto es lo que sabemos ya: su cuerpo fue colocado en un lugar erróneo. No hay por qué preocuparse, estamos haciendo todo lo posible por localizarlo y descubrir cómo pudo ocurrir algo así, pero eso toma un poco de tiempo. Quizá sea un pobre consuelo, pero esto nunca había ocurrido antes en los últimos setenta y cinco años que llevamos operando, y tan pronto descubramos qué es lo que ha ocurrido esta vez, puede estar usted seguro de que tomaremos todas las medidas  para que no vuelva a producirse de nuevo. Estamos siguiendo varias pistas a la vez, y puede estar tranquilo de que su cuerpo le será devuelto intacto tan pronto  como lo localicemos.

En estos momentos se encuentra usted despierto y consciente  porque hemos incorporado su cubo memoria a los bancos de nuestro ordenador  H-210, uno de los más sofisticados sistemas de holomemoria disponibles en estos momentos. Entienda, existen algunos problemas.

CAPÍTULO TERCERO

¿Qué problemas?

 

Es difícil plantearlos en términos que pueda usted entender, pero déjenos intentarlo, ¿de acuerdo?

El soporte que utilizamos para grabar sus recuerdos no es el mismo que usted probablemente utilizó como seguro contra una muerte accidental. Como debe de saber,  ese sistema almacenará sus recuerdos durante mas de veinte años sin la menor degradación ni perdida de información, y es muy caro.  El sistema que utilizamos nosotros es uno temporal, bueno para un periodo de dos, cinco, catorce o veintiocho días, según lo que se prolongue su estancia. Sus recuerdos son colocados en el cubo, donde puede que usted crea que permanecerán estáticos y sin cambios, del mismo modo que lo hacen en su registro del seguro. Si ha pensado así, está equivocado, señor Fingal.  Piense en ello. Si usted muere, su banco fabricará inmediatamente un clon del plasma que usted almacenó junto con su cubo memoria. En seis meses,  sus recuerdos serán introducidos en el clon y usted despertará, faltándole los recuerdos que su cuerpo fue acumulando a partir del momento de su último registro. Quizás eso ya le ha ocurrido a usted. Si es así, sabrá  sin duda del shock de despertar del proceso de registro para oírse decir que han pasado tres o cuatro años, y que en ese tiempo usted ha resultado muerto.

En cualquier caso, el proceso que utilizamos nosotros es acumulativo, o de otro modo no tendría ninguna utilidad para usted. El cubo que instalamos en el animal africano elegido por usted es capaz de añadir los recuerdos de su estancia en Kenya al cubo memoria. Cuando su visita ha terminado, esos recuerdos son grabados en su cerebro, y usted abandona el disneylandia con las excitantes, educativas y refrescantes experiencias que ha vivido como animal, aunque su cuerpo nunca haya abandonado nuestra sala de durmientes. Llamamos a este proceso "doppling" del alemán doppelgänger (fantasma, doble).

Ahora, vayamos a los problemas de que hemos hablado. Pensó que nunca íbamos a llegar a ellos, ¿verdad?.

En primer lugar, puesto que usted se registró para una estancia de fin de semana, la médica naturalmente utilizó uno de los cubos de dos días,  como establecen nuestras tarifas de excursión. Esos cubos poseen un factor de seguridad, pero no son demasiado estables después del tercer día, en la mejor de las condiciones. Una vez transcurrido ese tiempo, el cubo puede empezar a deteriorarse. Por supuesto, nosotros esperábamos tenerlo a usted instalado en su cuerpo antes de eso. Además, está el problema del almacenaje. Puesto que esos cubos de memoria acumulativa se supone que están en uso durante todo el tiempo en que sus recuerdos están almacenados en ellos, presentan algunos problemas cuando nos encontramos en la situación en que nos hallamos ahora. ¿Me sigue, señor Fingal? Aunque el cubo ha agotado ya su capacidad de funcionar en coexistencia con un anfitrión vivo, como la leona que usted acaba de abandonar, es preciso mantenerlo en constante actividad o se producirá pérdida de información. Estoy seguro de que usted no deseará que esto ocurra, ¿verdad? Por supuesto que no. Así que lo que hemos hecho ha sido "meterlo" en nuestro ordenador, que lo mantendrá despierto y en buena salud, y protegido contra la dispersión de sus nexos memorísticos.  No voy a entrar en detalles al respecto; digamos simplemente que la dispersión no es algo que a usted le gustaría que ocurriera.

CAPÍTULO CUARTO

¿Y qué resulta de todo esto, eh?

 

Me alegro que haya usted hecho esa pregunta. (Porque usted ha hecho esa pregunta, señor Fingal.  Este folleto forma parte del proceso analógico que le explicaré un poco más adelante.)

Vivir en un ordenador no significa que usted pueda simplemente saltar dentro y esperar retener la compatibilidad con la imagen del mundo que resulta tan necesaria para un comportamiento equilibrado en esta compleja sociedad. Ha sido probado, así que puede creer en nuestra palabra. O mejor dicho, en mi palabra. ¿Permite que me presente? Soy Apollonia Joachim, Operadora de Primera Clase del ordenador Protegedatos de nuestra sociedad de auxilios informáticos.  Es probable que no haya oído hablar nunca de nosotros, aunque trabaje usted en el campo de los ordenadores.

Puesto que no puede usted limitarse a permanecer consciente en el desconcertante y fluctuante mundo que pasa por la realidad en un sistema de datos, su mente, en cooperación con un programa analógico que yo he alimentado al ordenador, interpreta las cosas de forma que parezcan seguras y confortables. El mundo que ve usted a su alrededor es una ficción de su imaginación. Por supuesto, le parece real, puesto que procede de la misma parte de la mente que normalmente utiliza usted  para interpretar la realidad. Si deseáramos ponernos filosóficos al respecto, probablemente podríamos estar discutiendo todo el día acerca de lo que constituye la realidad, y preguntarnos por qué lo que está percibiendo usted ahora es menos real que lo que está acostumbrado a percibir. Pero no vamos a entrar en ello, ¿de acuerdo?.

El mundo seguirá funcionando verosímilmente en la misma forma en que está usted acostumbrado a que funcione. Aunque no será exactamente lo mismo.  Las pesadillas, por ejemplo. Señor Fingal, espero que no sea usted del tipo nervioso, porque sus pesadillas pueden cobrar vida allí donde está usted.  Le parecerá completamente reales. Deberá usted evitarlas si le es posible,  porque pueden dañarle realmente. Le hablaré mas detenidamente de ello luego, si lo cree necesario. Por ahora, será mejor que no se preocupe.

CAPÍTULO QUINTO

¿Qué debo hacer ahora?

 

Le aconsejo que continúe con sus actividades normales. No se alarme ante nada fuera de lo habitual.

Por un lado, yo sólamente puedo comunicarme con usted por medio de fenómenos paranormales. Entienda, cada vez que un mensaje mío es alimentado al ordenador, llega hasta usted de una forma que su cerebro no es capaz de asimilar. Naturalmente, su cerebro lo clasifica como un acontecimiento no habitual, y encarna la comunicación de la forma más sorprendente.  La mayor parte de las cosas extrañas que ve usted, si permanece tranquilo y no permite que sus propios miedos salgan del armario para perseguirle, comprobará que soy yo. Aparte de eso, le anticipo que su mundo parecerá, sonará, olerá y sabrá completamente normal. He hablado con su psiquiatra. Él me asegura que su captación del mundo real es fuerte. Así que manténgase firme. Estamos trabajando intensamente para sacarle de ahí.

CAPÍTULO SEXTO

¡Socorro!

 

Sí, vamos a ayudarle. Es realmente desafortunado que haya ocurrido esto, y por supuesto vamos a devolverle de inmediato todo su dinero.  Además, el abogado de Kenya desea que le pregunte si el depósito de una cantidad importante para responder de futuros perjuicios sería algo digno de discutir con usted. Puede pensar acerca de ello; no hay prisa.

En el interín, encontraré formas de responder a sus preguntas. Cuanto más luche su mente por normalizar mis comunicaciones, transformándolas en cosas a las que esté familiarizado, más complicada resultará mi tarea. Ésa es a la vez su mayor fuerza - la habilidad de su mente de transformar el mundo del ordenador, que inconscientemente rechaza, a conceptos que le son familiares - y mi mayor handicap. Búsqueme en las hojas de té, en los carteles, en la holovisión; ¡en todas partes! Puede resultar algo excitante si se dedica con pasión a ello.

Mientras tanto, si ha recibido este mensaje, puede responderme llenando el cupón que va unido a él y echándolo en el tubo del correo.  Su respuesta estará probablemente esperándole en la oficina. ¡Buena suerte!

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¡Sí! He recibido su mensaje y estoy interesado en las excitantes oportunidades en el campo de ¡vivir en un ordenador! Por favor, envíeme, sin ningún compromiso ni cargo por mi parte, su excitante catálogo diciéndome cómo puedo avanzar ¡hacia el enorme y maravilloso mundo exterior!

Nombre..............................................................................

Dirección............................................................................

Identificación......................................................................

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Fingal resistió a la tentación de pellizcarse.  Si lo que decía el folleto era cierto -y podía creer en ello-, le dolería y no se despertaría. De todos modos, se pellizcó. Le dolió.

Si comprendía bien aquello, todo a su alrededor era producto de su imaginación. En algún lugar, había una mujer sentada ante una entrada de computador, hablándole en lenguaje normal, el cual llegaba hasta su cerebro en forma de impulsos electrónicos que él no podía aceptar como tales y que por lo tanto transformaba en símbolos más familiares. Estaba analogizando como un loco. Se preguntó si habría adquirido aquel vicio de su profesor, si las analogías eran contagiosas.

-¿Qué demonios hay de malo en una simple voz en el aire?- se preguntó en voz alta.

No obtuvo respuesta, y en cierto modo se alegró de ello. Ya había suficientes misterios por ahora. Y pensándolo bien, una voz en el aire probablemente haría que se le cayeran los pantalones de miedo.

Decidió que su cerebro tenía que saber lo que estaba ocurriendo. Después de todo, aquella mano le había sorprendido pero no le había asustado. Podía verla, y creía más en su sentido de la vista que en voces en el aire, un signo clásico de locura, si es que alguna vez había habido alguno.

Se levantó y se dirigió a la pared. Las letras de fuego habían desaparecido, pero el tizne de lo borrado seguía todavía allí. Lo olisqueó: carbón. Palpó el ordinario papel del folleto, rompió un trozo de una esquina, se lo llevó a la boca y lo masticó. Sabía a papel.

Se sentó y llenó el cupón, y lo echó en el tubo de correo.

 

Fingal no se irritó acerca de todo aquello hasta que se encontró en su oficina. Era una persona tranquila, a la que le costaba montar en cólera. Pero finalmente alcanzó el punto en el que tenía que decir algo.

Todo había sido tan normal que sintió deseos de echarse a reír.  Todos sus amigos y conocidos estaban allí, haciendo exactamente lo que había esperado que estuvieran haciendo. Lo que le sorprendió y le dejó perplejo fue el número y variedad de segundones, de personajes secundarios que intervenían en su comedia interior. Los extras que su mente había elaborado llenaban los pasillos, como aquel hombre al que no conocía y que lo había empujado en el tubo yendo al trabajo, se había disculpado y había desaparecido, presumiblemente a la profundidades de su imaginación.

No había nada que pudiera hacer para expresar públicamente su irritación excepto comprobar toda aquella absurda situación. Una duda barrenaba su mente: quizá todo lo ocurrido aquella mañana no fuera más que una fuga, un deslizamiento temporal al país de los sueños. Quizá nunca había ido a Kenya, después de todo, y su mente le estaba gastando bromas. ¿Para llevarle hasta allí, o para mantenerle aparte? No lo sabía, pero tendría tiempo de ocuparse de ello si la prueba le fallaba.

Se puso en pie ante su terminal, que estaba en la tercera  columna de la decimoquinta hilera de otros terminales idénticos, cada uno de los cuales provisto de su diligente operador. Alzó las manos y silbó. Todo el mundo alzó la vista.

- No creo en vosotros - chilló.

Tomó un montón de cintas de su terminal y las arrojó a Felicia Nahum, que se hallaba en la terminal  más inmediata a la suya. Felicia era una buena amiga suya, y mostró la actitud adecuada cuando las cintas la golpearon.  Luego se fundió. Fingal miró a su alrededor en la habitación, y vio que todo se había inmovilizado, como cuando uno para una película.

Se sentó y recorrió con los dedos el teclado de su terminal. El corazón le latía fuertemente, y tenía el rostro enrojecido. Por un horrible momento tuvo la impresión de que estaba equivocado.  Empezó a tranquilizarse, alzando la vista cada pocos segundos para asegurarse de que el mundo se había detenido realmente.

Al cabo de tres minutos estaba cubierto de un sudor frío. ¿Qué demonios había probado? ¿Que esa mañana había sido real, o que estaba realmente loco? Comprendió que nunca sería capaz de verificar los postulados bajo los cuales vivía.

Una línea impresa parpadeó en la pantalla de su terminal.

- Pero ¿cómo ha podido hacer eso, señor Fingal?

- ¿Señorita Joachim? - gritó, mirando a su alrededor-. ¿Dónde está usted? Tengo miedo.

- No debe tenerlo -imprimió la terminal-. Tranquilícese. Posee usted un fuerte sentido de la realidad, ¿recuerda? Piense en esto: incluso antes de hoy, ¿cómo podía estar seguro de que el mundo que veía no era el resultado de ilusiones catatónicas? ¿Entiende lo que quiero decir? La pregunta "¿Qué es la realidad?" e, en último término, una pregunta sin respuesta. Todos debemos sceptar hasta cierto punto lo que vemos y lo que se nos dice, y vivir con un conjunto de suposiciones incomprobadas e incomprobables. Le pido que acepte usted el escenario que le ofrecí esta mañana porque, sentada aquí en la sala del ordenador donde usted no puede verme, mi imagen del mundo me dice que  es el auténtico escenario. Por otra parte, usted puede creer que estoy creándome ilusiones a mí misma, que no hay nada en el cubo rosado que estoy viendo y que usted es un elemento más en mi sueño. ¿Le hace esto sentirse más cómodo?

-No- murmuró, avergonzado de sí mismo-. Entiendo lo que quiere decir. Aunque yo esté loco,  me sentiré más cómodo si sigo la corriente que si intento resistirme.

-Perfecto, señor Fingal. Si necesita usted más ilustraciones, puede imaginarse a sí mismo aprisionado por una camisa de fuerza. Quizás haya en este preciso momento algunos técnicos trabajando para rectificar su condición, y estén haciéndole pasar por  este psicodrama como primer paso para ello.  ¿Le resulta eso más atractivo?

-No, creo que no.

-El asunto es que se trata de una suposición tan razonable como el conjunto de hechos que le he brindado esta mañana.  Pero lo más importante es que debe usted comportarse del mismo modo, sea cual sea la verdad. ¿Comprende? Luchar contra ello en un caso sólo le traerá problemas, y en el otro impedirá su tratamiento. Me doy cuenta de que le estoy pidiendo que acepte sin más mi palabra. Y eso es todo lo que puedo darle.

-La creo -dijo Fingal-. Ahora, ¿puede usted empezar de nuevo desde el principio?

-Ya le he dicho que no tengo control sobre su mundo.  De hecho, resulta un obstáculo considerable para mí el tener que hablar con usted por estos medios tan sorprendentes. Pero las cosas se arreglarán por sí solass tan pronto como usted les deje hacerlo. Mire a su alrededor.

Lo hizo, y vio y oyó la actividad normal de la oficina. Felicia estaba allí en el escritorio,  como si nada hubiera ocurrido. No había ocurrido nada. Sí, algo había ocurrido, después de todo. Las cintas estaban esparcidas por el suelo cerca de su escritorio, allí  donde habían caído.  Se habían desenrollado y estaban  enredadas.

Fue a recogerlas, y entonces se dio cuenta de que no estaban tan enredadas como había pensado. Deletreó un mensaje en la forma en que estaban mezcladas.

-Va usted por buen camino -decía el mensaje.

 

Durante tres semanas, Fingal se comportó como un buen chico. Sus compañeros de trabajo, si hubieran sido gente real, tal vez hubieran observado una cierta reserva en él, y su vida social  en su hogar se había visto drásticamente recortada.  Por lo demás, se comportaba exactamente como si todo el mundo a su alrededor fuera real.

Pero su paciencia tenía límites. Había sido tensada durante mucho más tiempo del que había esperado. Empezó a inquietarse ante su terminal, a dejar vagar su mente. Alimentar información a un ordenador podía ser  frustrante, ingrato y, en pocas palabras, embrutecedor. Era lo que había estado sintiendo ya antes de su viaje a Kenya; había sido la causa de su viaje a Kenya. Tenía sesenta  y ocho años,  con siglos por delante, y estaba enjaezado a una rutina ferromagnética. Una larga vida puede ser una bendición relativa cuando uno siente el aburrimiento reptar en su interior.

Lo que más le abrumaba era el creciente desagrado que sentía ante su trabajo. Ya era bastante malo cuando se limitaba a sentarse en una auténtica oficina con dos centenares de auténticas personas, arrojando irreales datos a las fauces de un ordenador aún más irreal para sus sentidos. Pero ahora era mucho peor, puesto que sabía que los datos que introducía en él no tenían el menor significado para nadie excepto para él mismo, no eran sino una terapia ocupacional creada por su mente y por un programa de ordenador para mantenerlo ocupado mientras Apollonia Joachim buscaba su cuerpo.

Por primera vez en su vida empezó a pulsar algunos botones por sí mismo. Bajo un estrés algo más ligero hubiera acudido a toda prisa a ver a su psiquiatra, la solución aprobada y perfectamente normal que cualquiera hubiera elegido. Aquí, sabía que el resultado no sería sino una charla consigo mismo. No conseguía ver las ventajas de un procedimiento psicoanalítico tan idealizado; por otra parte, nunca había creído realmente  que un psiquiatra hiciera algo más que escuchar.

Su propia vida empezó a cambiar cuando comenzó a irritarse con su jefa.  Ésta le señaló que su coeficiente de errores estaba aumentando, y le sugirió que se enmendara o que empezara a buscar algún otro empleo.

Aquello lo encolerizó. Había sido un buen trabajador durante veinticinco años. ¿Por qué tenía ella que adoptar esa actitud cuando él estaba atravesando una mala racha de una o dos semanas?

Luego se encolerizó aún más cuando pensó que su jefa  era tan sólo una proyección de su propia mente. ¿Por qué debía permitir  que le tratara de aquel modo?

-No deseo oir nada de eso -dijo-. Déjeme solo. Mejor aún, auménteme el sueldo.

-Fingal - dijo ella rápidamente-, estas últims semanas ha sido usted un orgullo para nuestra sección.  Voy a concederle un aumento.

-Gracias. Ahora márchese.

Ella lo hizo, disolviéndose en el tenue aire. Aquello le hizo sentir que aquel era realmente su gran día. Se reclinó en su asiento y pensó en su situación por primera vez  desde que era joven.

No le gustó lo que pensó.

En mitad de sus meditaciones, la pantalla de su  ordenador  se iluminó de nuevo.

-Cuidado, Fingal -leyó-. Ese camino conduce a la catatonia.

Tomó en serio la advertencia, aunque no pretendía abusar de su recién descubierto poder.  No veía por qué  un uso juicioso de él de tanto en cuanto podía hacer daño a nadie.Se estiró y bostezó enormente. Miró a su alrededor, odiando de pronto la oficina, con sus hileras de trabajadores, indistinguibles de sus terminales. ¿Por qué no tomarse el día libre?

Cediendo a un repentino impulso,  se levantó y caminó los pocos pasos que  le separaban de la terminal de Felicia.

-¿Por qué no vamos a mi casa y hacemos el amor? -le preguntó.

Ella le miró sorprendida, y él sonrió. La joven estaba casi tan desconcertada como cuando él le había arrojado las cintas.

-¿Es una broma? ¿En mitad del día? Tienes un trabajo que hacer, ya sabes. ¿Deseas que nos echen a los dos?

Él meneó lentamente la cabeza.

-Ésa no es una respuesta aceptable.

Ella se detuvo, y rebobinó desde aquel punto. Él la oyó repetir sus últimas frases al revés, luego sonrió.

-Seguro, ¿por qué no? -dijo.

Luego, Felicia se fue del mismo modo ligeramente desconcertante en que su jefa se había ido antes, fundiéndose en el aire. Fingal se quedó sentado inmóvil en su cama, preguntándose qué hacer consigo mismo.  Tenía la impresión de que iniciaba un mal camino si pretendía construir él mismo su propio mundo.

Su teléfono sonó.

-Tiene usted todo la razón - dijo una voz de mujer, obviamente irritada con él.

Se sentó envarado.

-¿Apollonia?

-La señorita Joachim para usted, Fingal. No puedo hablar mucho rato; esto representa un tremendo esfuerzo para mí. Pero escúcheme, y escúcheme bien. Su ombligo es muy profundo, Fingal. Desde el lugar en que está usted ahora, es un pozo cuyo fondo ni siquiera puedo ver. Si cae dentro de él, no puedo garantizarle que pueda sacarle luego.

- Pero ¿tengo que tomarlo todo tal como es? ¿No se me permite hacer mejoras?

- No bromee. Eso no eran mejoras, sino pura pereza. No era otra cosa que masturbación, y aunque no hay ningún mal en ello, si lo hace con exclusión de todo lo demás, su mente se encerrará en sí misma. Está usted en grave peligro de excluir al universo externo de su realidad.

-Pero yo creía que no había universo externo para mí aquí donde estoy.

- Casi cierto. Sin embargo, estoy alimentándole con  estímulos externos a fin de mantenerlo en actividad.  Además, es la actitud lo que cuenta. Usted nunca ha tenido problemas  en encontrar compañía sexual; ¿por qué se siente impulsado ahora a alterar las condiciones?

-No lo sé -admitió-. Como usted ha dicho, pereza, supongo.

-Exacto. Mire, si desea abandonar su trabajo, es usted libre de hacerlo. Si piensa en serio acerca de mejoras, hay oportunidades disponibles para usted aquí.  Búsquelas. Mire a su alrededor, explore. Pero no intente mezclarse en cosas que no comprende.  Ahora tengo que irme. Le escribiré una carta si puedo, y me explicaré un poco más.

-¡Espere! ¿Qué hay de mi cuerpo? ¿Han hecho algún progreso?

- Sí, han descubierto cómo ocurrió. Parece que....

Su voz se desvaneció, y él colgó el teléfono.

Al día siguiente recibió una carta explicando lo que se sabía hasta entonces. Al parecer, todo el lío había sido  resultado de la visita del maestro a la sección de medicánica el día de su  registro.  Más específicamente, se debía al regreso del muchachito después de que los otros se hubieran ido.  Ahora estaban seguros de que había trasteado con la tarjeta de ruta que decía a los ayudantes lo que había que hacer con el cuerpo de Fingal.  En vez de trasladarlo a la sala de durmientes, que correspondía a la tarjeta verde, lo habían enviado a algún lugar -nadie sabía todavía adónde- para un cambio de sexo, lo cual correspondía a la tarjeta azul.  La médica, en su prisa por irse a casa para su cita, no se había dado cuenta del cambio. Ahora el cuerpo podía estar en cualquiera de los varios cientos de consultas médicas en la Luna. Estaban buscándolo, y también al muchachito.

Fingal dejó a un lado la carta y pensó intensamente.

La señorita Joachim había dicho que había oportunidades para él en los bancos de memoria. Había dicho también que no todo lo que veía eran sus propias proyecciones. Estaba recibiendo, era capaz de recibir, estímulos externos. ¿Por qué era eso? ¿Porque sin ellos tendría tendencia a moverse al azar, o por alguna otra razón? Deseó que la carta hubiera sido más explícita en ese punto.

Mientras tanto, ¿qué hacer?

Repentinamente lo supo. Deseaba aprender acerca de ordenadores. Deseaba saber qué los hacía funcionar, experimentar una sensación de poder sobre ellos. Y esa sensación se acentuaba cuando pensaba que virtualmente era un prisionero dentro de uno de ellos. Era como un trabajador en una línea de montaje. Todo el día realizando el mismo trabajo, tomando pequeñas piezas de una cinta rodante e instalándolas en un montaje más grande. Un día, al trabajador se le ocurre preguntarse quién coloca las piezas en la cinta rodante. ¿De dónde proceden? ¿Cómo son hechas? ¿Qué ocurre después de que él las ha instalado?

Se preguntó por qué no había pensado en ello antes.

La oficina de admisiones el el Instituto Técnico de la Luna estaba atestada. Le tendieron un formulario y le dijeron que lo llenara. Parecía deprimente. Los espacios para "experiencia anterior" y "grados de aptitud" estaban casi en blanco cuando hubo terminado con ellos. En su conjunto, el resultado no parecía muy prometedor. Regresó al escritorio y tendió el formulario al hombre sentado tras la terminal.

El hombre metió los datos del formulario en el ordenador, el cual rápidamente decidió que Fingal no poseía  talento para ser un reparador de ordenadores. Empezaba a darse la vuelta cuando sus ojos repararon en un gran cartel situado detrás del hombre. Estaba allí en la pared cuando había llegado, pero no lo había leído.

LA LUNA NECESITA TÉCNICOS ORDENADORES.

ESO SIGNIFICA

¡QUE LE NECESITA A USTED, SEÑOR FINGAL

 

¿Está usted insatisfecho con su actual empleo? ¿Tiene la impresión de que se merece algo mejor? Entonces hoy puede ser su día de suerte. Ha venido usted al lugar correcto, y si atrapa esta  oportunidad de oro verá que se le abren puertas que hasta ahora habían estado cerradas para usted.

Actúe, señor Fingal. Ésta es la ocasión. ¿Quién es capaz de juzgar sobre usted? Simplemente, tome este bolígrafo y llene la solicitud, rellenando tan sólo las casillas que usted desee.

¡Sea grande, sea osado! La suerte está echada, y se halla usted  camino de GRANDES BENEFICIOS!

 

El secretario no dijo nada fuera de lo normal cuando Fingal regresó al escritorio una segunda vez, y ni siquiera parpadeó cuando el ordenador decidió que era elegible para el curso acelerado.

 

Al principio no fue fácil. En realidad tenía pocas aptitudes para la electrónica, pero la aptitud es algo caprichoso. Su personalidad matriz era tan flexible ahora como lo sería en cualquier otro momento de su vida. Un pequeño esfuerzo en el instante adecuado representaría un gran paso hacia su perfeccionamiento. No dejaba de decirse a sí mismo que todo aquello que era y que hacía de él lo que era estaba grabado en aquel pequeño tubo conectado al ordenador, y que si era cuidadoso podía mejorarlo.

No radicalmente, le dijo la señorita Joachim en una larga y útil carta a finales de la semana. Aquello conduciría a una completa disrupción de la matriz AFFN y a la catatonia, que en ese caso sería distinguible de la muerte tan sólo por el filo de un cabello.

Pensó mucho en la muerte mientras ahondaba en los libros. Se hallaba en una extraña posición. El ser conocido como Fingal no moriría en ninguna de las posibles salidas de aquella aventura. Por una parte, su cuerpo se hallaba camino de un cambio sexual, y era difícil imaginar que lo que pudiera ocurrirle fuera susceptible de matarlo. Quienquiera que lo tuviera en custodia ahora cuidaría de él tan bien como podrian hacerlo los médicos de la sala de durmientes. Si Apollonia no tenía éxito en su intento de mantenerlo consciente y cuerdo en el banco de memoria, simplemente despertaría sin recordar nada del tiempo que había permanecido dormido sobre la mesa.

Si, por alguna improbable concatenación de circunstancias, su cuerpo era dejado morir, tenía un registro de su póliza de seguros a salvo en la caja fuerte de su banco. El registro tenía tres años de antigüedad. Despertaría en el  cuerpo clónico recién desarrollado sin saber nada de lo ocurrido en los últimos tres años, y tendría una fantástica historia que oir cuando le pusieran al día.

Pero nada de aquello le importaba. Los humanos son una especie ligada al tiempo, y que existen en un eterno ahora. El futuro fluye a través de ellos y se convierte en el pasado, pero es siempre el presente el que cuenta. El Fingal de hace tres años no era el Fingal  en el banco de memoria. De hecho, la inmortalidad por medio del registro de recuerdos era una pobre solución. La encrucijada tridimensional que era el Fingal de ahora se comportaría siempre como sisu vida dependiera de sus actos, porque sentiría el dolor de la muerte si le ocurría a él. Era un pequeño consuelo para un hombre moribundo saber que  volvería a ponerse en pie, algunos años más joven y menos sabio. Si Fingal se perdía ahí afuera, moriría, puesto que con el registro de la memoria era tres personas: la que vivía ahora, la perdida en algún lugar de la Luna, y la persona potencial en la caja fuerte del banco. En realidad no eran sino parientes próximos.

Todo el mundo sabía eso, pero era tan infinitamente mejor que la otra alternativa que poca gente lo rechazaba. Intentaban no pensar en ello, y generalmente lo conseguían. Se hacían grabar nuevos registros tan a menudo como podían permitírselo. Lanzaban un suspiro de alivio cuando se tendían sobre la mesa para hacerse grabar otro registro, sabiendo que otro trozo de sus vidas estaba seguro para siempre.  Pero aguardaban nerviosos el despertar, temiendo que les dijeran que habían transcurrido veinte años porque habían muerto en algún momento después de la grabación y había habido que empezar todo de nuevo. Podían ocurrir muchas cosas en veinte años. La persona en el nuevo cuerpo clónico podía tener que enfrentarse a un hijo que no había visto nunca, a un nuevo cónyuge o a la terrible noticia de que su empleo estaba ahora a cargo de una máquina.

De modo que Fingal se tomó en serio las advertencias de la señorita Joachim. La muerte era la muerte, y aunque uno podía burlarla, la muerte aún seguía siendo la que reía la última.  En vez de arrancarte de golpe toda tu vida, la muerte exigía ahora tan sólo un pequeño porcentaje, pero bajo muchos aspectos era el porcentaje más importante.

Se inscribió en varios cursos. Siempre que le fue posible, tomó aquellos que estaban disponibles telefónicamente, de modo que no necesitara salir de su habitación. Encargaba la comida y los artículos de primera necesidad por teléfono, y pagaba las facturas simplemente mirándolas y deseando que dejaran de existir.  Aquello hubiera podido ser intensamente  aburrido o locamente interesante. Después de todo era un mundo de sueños, ¿y quién no piensa en retirarse a la fantasía de tanto en tanto? Fingal lo pensaba realmente, pero reprimió con firmeza la idea cuando le llegó. Pretendía salirse de aquel sueño.

Por un lado, echaba de menos la compañía de otra gente. Aguardaba las cartas semanales de Apollonia (ella le había permitido que le llamara por su nombre de pila) con una extenuante pasión, y devoraba cada una de sus palabras. Su archivo de estas cartas crecía. En los momentos en que se sentía más solo tomaba una de estas cartas al azar y la leía una y otra vez.

Siguiendo el consejo de ella, abandonaba regularmente el apartamento y vagaba por los alrededores más o menos al azar.  Durante esas salidas le sucedían alocadas aventuras. Literalmente.  Apollonia lo bombardeaba con estímulos exteriores durante esas ocasiones, y podían ser cualquier cosa, desde La maldición de la momia hasta Murieron con las botas puestas con su reparto original. Él no se cansaba de las películas. Simplemente echaba a andar por los corredores públicos y abría una puerta al azar. Detrás podían estar las minas del rey Salomón o el harén del sultán. Lo aceptaba todo estoicamente. Era incapaz de obtener ningún placer con el sexo. Sabía que era un ejercicio de una sola mano,  y aquello hacía desaparecer toda excitación.

Su único placer brotaba de los estudios.  Leía  todo lo que caía en sus manos sobre la ciencia de los ordenadores, y conseguía situarse el primero de su clase. Y a medida que iba aprendiendo, se le ocurrió aplicar sus conocimientos a su propia situación.

Empezó a ver cosas a su alrededor que hasta entonces le habían aparecido veladas. Empezaba a distinguir atisbos de la realidad a través de sus ilusiones. Cada vez más a menudo, alzaba la vista y veía la débil sombra del mundo real de flujos electrónicos y de oscilantes circuitos donde vivía. Aquello lo asustó al principio. Le preguntó a Apollonia al respecto en uno de sus ilusorios recorridos, esta vez a Coney Island a mediados del siglo XX. Le gustaba aquel lugar. Podía tenderse en la arena y hablarle a las olas.  Sobre su cabeza, un avión escribía con humo las respuestas a sus preguntas. Ignoró concienzudamente al brontosaurio que alborotaba con estrépito a su derecha.

- ¿Qué significa,  oh Diosa de la Transistoria, cuando empiezo a ver diagramas de circuitos en las paredes de mi apartamento? ¿Exceso de trabajo?

- Significa que la ilusión está debilitándose progresivamente -deletreó el avión durante la siguiente media hora-. Se está adaptando usted a la realidad que hasta ahora ha estado negando. Eso puede representar problemas, pero estamos a punto de encontrar el rastro de su cuerpo. Pronto lo encontraremos y podremos sacarle de ahí.

Todo aquello fue demasiado para el avión. El sol se había puesto ya, el brontosaurio era el vencedor, y al avión se le había agotado el combustible.  Picó en espirales hacia el océano, y las multitudes se agolparon cerca del agua para presenciar el rescate. Fingal se levantó y se dirigió al paseo de tablas de madera que seguía la línea de la playa.

Allí había un enorme cartel publicitario. Entrelazó los dedos a la espalda y leyó.

-Lamento el retraso. Como estaba diciendo, casi lo hemos conseguido. Concédanos algunos meses más. Uno de nuestros agentes cree que localizará la consulta médica en cuestión en el término de una semana.  A partir de ahí todo irá rápidamente. Por el momento, evite esos lugares en donde puede ver los circuitos.  Eso no es bueno para usted, crea en mi palabra.

Fingal evitó los circuitos durante tanto tiempo como le fue posible. Terminó sus primeros cursos en la ciencia de los ordenadores y se inscribió en la sección intermedia. Transcurrieron seis meses.

Sus estudios se hacían cada vez más fáciles. Su velocidad de lectura iba incrementándose de forma fantástica. Descubrió que era más ventajoso para él acudir a una biblioteca compuesta por volúmenes que por cintas. Podía tomar un volúmen de la estantería, hojearlo rápidamente, y aprender todo lo que había en él.  Ahora sabía lo suficiente como para comprender que estaba adquiriendo la habilidad de conectar directamente con el conocimiento almacenado en el ordenador, pasando por encima de sus sentidos. Los libros que tenía en sus manos eran simplemente los análogos sensitivos del teclado de la terminal. Apollonia se mostraba nerviosa acerca de ello, pero lo permitía continuar.  Pasó rápidamente por el grado intermedio y se inscribió en las clases superiores.

Pero estaba rodeado de cables. Estaban por todas lados hacia donde mirara, en las venillas que salpicaban el rostro de un hombre, en el plato de patatas fritas que encargaba para almorzar, en las huellas de sus propias palmas, sobreimpresos sobre el aparente desorden de unos cabellos rubios revueltos a su lado sobre la almohada.

Los cables eran analogías de analogías.  Había poco cableado en los modernos ordenadores. En su mayor parte estaban constituidos por  circuitos moleculares que o bien estaban encajados en una red cristalina, o bien estaban reproducidos fotográficamente en una pequeña lámina de silicona. Visualmente, eran difíciles de imaginar, de modo que era su mente la que creaba esos complejos diagramas de circuitos que servían para la misma finalidad, pero que él podía experimentar de forma directa.

Un día ya no pudo resistir más. Estaba en el cuarto de baño, en el lugar tradicional para ponderar lo imponderable. Su mente vagaba, especulando acerca de la necesidad de evacuar el contenido de sus entrañas, preguntándose si valía la pena eliminar la necesidad de eliminar. El dedo gordo de su pie estaba siguiendo ociosamente el esquema de un circuito impreso incorporado al embaldosado suelo.

Los sanitarios empezaron a desbordarse, no de agua sino de monedas. En algún lugar resonaban alegremente timbres. Saltó en pie y contempló alucinado cómo su cuarto de baño se llenaba de dinero.

Fue consciente de una sutil alteración en el tono de los timbres. Cambiaron del alegre campanilleo de una máquina tragaperras a un tañido funerario. Miró apresuradamente a su alrededor en busca de una manifestación. Sabía que Apollonia debía de estar furiosa.

Lo estaba. Su mano apareció y empezó a escribir en la pared. Esta vez  estaba escribiendo con la sangre de él. Goteaba amenazadoramente de todas las palabras.

-¿Qué está haciendo? -escribió la mano, y una vez escrito eso siguió adelante- Le dije que dejara tranquilos esos cables. Es probable que haya borrado todos los asientos contables de Kenya. Puede que pasen meses antes de que podamos volver a ponerlos en orden.

-Bueno, ¿y a mí qué me importa?-estalló-. ¿Qué han hecho ellos por mí ultimamente? Es Increíble que a estas alturas no hayan localizado mi cuerpo. Ha pasado ya todo un año.

La mano se crispó en un puño. Luego lo aferró por la garganta y apretó fuertemente hasta que sus ojos se desorbitaron. Después se relajó lentamente. Cuando Fingal pudo ver de nuevo con claridad, retrocedió con circunspección.

La mano se agitó nerviosamente, tabaleó sus dededos en el suelo. Luego volvió a la pared.

-Lo siento -escribió-. Supongo que estoy muy cansada. Espere un momento.

Aguardó, más agitado de lo que nunca recordara desde que empezara su odisea. "No hay nada como una dosis de dolor -reflexionó-, para que te des cuenta de lo que puede ocurrirte."

La pared con las letras de sangre se disolvió lentamente en un panorama celestial. Mientras observaba, las nubes pasaron por delante de su punto de observación para fundirse maravillosamente con los dorados rayos del sol. Oyó una música de órgano procedente de tubos del tamaño de secoyas.

Sintió deseos de aplaudir. Era tan excesivo, y sin embargo tan convincente... En el centro de la torbellineante masa de blanca bruma apareció un ángel. Iba provisto de alas y de un halo, pero le faltaba la tradicional ropa blanca. Iba desnudo, mejor dicho, desnuda, puesto que su sexo era femenino, y el cabello flotaba a su alrededor como si se hallara debajo del agua.

El ángel levitó hasta él,caminando sobre las torbellineantes nubes, y le tendió dos tablillas de piedra. Fingal apartó sus ojos de la aparición y miró las tablillas.

No trastearás con cosas que no comprendas.

-De acuerdo, prometo no hacerlo -le dijo al ángel-. Apollonia. ¿es usted? Quiero decir, ¿es realmente usted?

-Lea los mandamientos, Fingal.  Esto me resulta tremendaamente difícil.

Volvió a mirar las tablillas.

No interferirás en los sistemas hardware de la Corporación de Kenya, puesto que Kenya no indemnizará a quien se tome libertades con las cosas que son propiedad suya.

No explorarás los límites de tu prisión. Confía en la Corporación de Kenya para salir de ella.

No alterarás ningún programa.

No te preocuparás acerca de la localización de tu cuerpo, porque ya ha sido encontrado, la ayuda está en camino, la caballería ha llegado, todo está bajo mano.

Encontrarás a una persona conocida, alta y bien parecida, que te guiará para hacerte salir de esta terrible situación.

Permanecerás abierto a nuevas instrucciones.

Alzó la vista y le alegró comprobar que el ángel seguía allí.

-Obedeceré, lo prometo. Pero ¿dónde está mi cuerpo, y por qué ha costado tanto encontrarlo? ¿Puede...?

- Sepa que aparecer ante usted en estas encarnaciones es terriblemente agotador, señor Fingal. Estoy sufriendo tensiones cuya naturaleza no tengo tiempo de revelarle. Ensille su caballo, aguarde, y muy pronto verá la luz al otro lado del túnel.

-Espere, no se vaya.

Ella empezaba ya a disolverse.

-No puedo demorarme.

-Pero... Apollonia, todo esto es encantador, pero ¿por qué tiene que aparecérseme usted siempre de esa forma tan absurda? ¿Por qué toda esta parafernalia? ¿Qué hay de malo en las cartas?

Ella miró a su alrededor a las nubes, los rayos del sol, las tablillas en las manos de Fingal, y el cuerpo del hombre, como si lo viera todo por primera vez. Echó la cabeza hacia atrás y rió como una orquesta sinfónica. Era algo casi demasiado hermoso como para que Fingal pudiera soportarlo.

-¿Yo? -dijo ella, despojándose de sus atributos angélicos-. ¿Yo? Yo no elijo las visiones, Fingal. Se lo dije, es su cabeza, yo simplemente paso a través de ella.  -Enarcó las cejas-. Y realmente, señor, no tenía la menor idea de que albergara usted esos sentimientos hacia mí. ¿Se trata de un amor de adolescencia?

Y desapareció, excepto su sonrisa.

La sonrisa le atormentó durante días enteros. Se sintió disgustado consigo mismo al respecto. Odiaba ver que una metáfora como aquella le abrumaba. Llegó a la conclusión de que su mente era una analogizadora más bien inepta.

Pero todo tenía su finalidad.  La sonrisa le obligó a contemplar sus propios sentimientos. Estaba enamorado, desesperadamente, ridículamente, como un quinceañero. Sacó todas las viejas cartas de ella y las leyó de nuevo, buscando las palabras mágicas que podían haberle  infligido aquello. Porque todo aquello era estúpido. Él nunca la había conocido excepto bajo circunstancias figurativas. La única vez que la había visto, la mayor parte de lo que vio era producto de su propia mente.

No había ningún indicio en las cartas. La mayor parte de ellas eran tan impersonales como un libro de texto, aunque tendían a ser más bien prolijas. Amistosas, sí; pero ¿íntimas, poéticas, intuitivas, reveladoras? No. Era absolutamente imposible descubrir en ellas algo que pudiera calificarse como amor, ni siquiera como pasión quinceañera.

Se dedicó a sus estudios con renovado vigor, aguardando la siguiente comunicación.  Transcurrieron las semanas sin una palabra siquiera. Llamó a la oficina de correos varias veces, puso anuncios personales en todos los periódicos en que pudo pensar, escribió mensajes en las paredes de los edificios públicos, metió notas en las botellas y las arrojó a la baura, alquiló vallas publicitarias, compró tiempo de publicidad en  televisión. Le gritó a las vacías paredes de su apartamento, paró a la gente que se cruzaba conél por la calle, golpeó utilizando el código Morse todas las cañerías, hizo circular rumores por las tabernas, hizo imprimir y difundir folletos por todo el sistema solar.  Intentó todos los medios en que pudo pensar, y no consiguió contactar con ella. Estaba solo.

Consideró la posibilidad de que estuviera muerto. En su actual situación, era difícil decirlo con seguridad. Lo abandonó como algo imposible de verificar. Todo aquello ya era lo bastante incierto como para intentar adivinar de qué lado de la dicotomía vida/muerte estaba viviendo. Además, cuanto más pensaba en el hecho de existir sólo como impulsos electrónicos en un conjunto de macromoléculas en el interior de un sistema de datos, más asustado se sentía. Había sobrevivido durante tanto tiempo gracias a que había evitado tales pensamientos.

Las pesadillas se apoderaron de él, se alojaron  permanentemente en su apartamento. Constituyeron una fuerte decepción, y confirmaron su conclusión de que su imaginación no era tan vívida como debiera. Estaban constituidas por el infantil hombre del saco, el tipo de apariciones que podían asustarle cuando se le aparecían vagamente entre las brumas pesadillescas, pero que resultaban casi risibles cuando se exponían a la plena luz de la consciencia. Había una enorme y charlatana serpiente burdamente bosquejada, creada sobre la base del dibujo que un niño haría de una serpiente. Una compañía constructora de juguetes habría hecho un trabajo mejor. Había un hombre lobo que el único temor que causaba a Fingal era la posibilidad de llenarle toda la alfombra de pelos. Había una mujer que consistía básicamente en pechos y genitales, residuo de su adolescencia, sospechaba. Gruñía embarazado cada vez que la veía. Puede que en otros tiempos se hubiera visto dominado por tales infantilismos, pero habría preferido que sus huellas hubieran quedado enterradas para siempre.

Los pateaba constantemente al corredor, pero se deslizaban dentro de su apartamento por las noches como unos parientes pobres. Hablaban incesantemente, y siempre acerca de él. ¡Las cosas que sabían! Parecían tener una opinión muy baja de él. La serpiente expresaba a menudo la opinión  de que Fingal  nunca llegaría a ningún sitio debido a que había aceptado con demasiada docilidad los resultados de los test de aptitud que le habían hecho cuando niño. Eso dolía, pero el mejor remedio contra ello era estudiar con mayor concentración.

Finalmente llegó una carta. Hizo una mueca tan pronto como la abrió. El inicio bastaba para saber que no iba a gustarle.

Querido señor Fingal:

Esta vez no voy a disculparme por mi retraso. Parece que la mayor parte de mis manifestaciones han incluido una disculpa, y creo que esta vez me merezco un descanso.  No puedo estar siempre a la escucha. Tengo también mi propia vida.

Tengo entendido que se ha comportado usted de forma ejemplar desde la última vez que hablé con usted. Ignoró usted el funcionamiento interno del ordenador, exactamente como yo le dije. No he sido totalmente franca con usted, y le explicaré mis razones.

La relación entre usted y el ordenador es, y siempre lo ha sido, de doble sentido. Nuestro mayor temor en este lado ha sido que empezara a interferir con los trabajos del ordenador, lo cual habría causado grandes problemas a todo el mundo. O que se volviera loco furioso, y que en uno de sus ataques destruyera todo el sistema de datos. Lo instalamos a usted en el ordenador como una necesidad humana, porque habría muerto si no lo hubiéramos hecho, aunque eso hubiera representado para usted únicamente la pérdida de dos días de recuerdos. Sin embargo, uno de los negocios de Kenya es vender recuerdos, y los recuerdos de sus clientes son sagrados para ellos. Fue un error de la Corporación de Kenya lo que lo trajo aquí, así que decidimos que teníamos que hacer todo lo posible por usted.

Pero nuestras operaciones de este lado corrían un gran riesgo debido a su presencia.

En una ocasión, hace seis meses, se enredó usted en el sector de control de clima del ordenador, y desencadenó una tormenta sobre el Kilimanjaro que todavía no ha podido ser controlada totalmente. Perdimos varios animales.

He tenido  que enfrentarme con el Consejo Directivo para mantenerlo a usted ahí, y varias veces el programa estuvo a punto de ser interrumpido. Ya sabe usted lo que eso significa.

Ahora me he sincerado con usted.  Deseaba hacerlo desde el principio, pero a la gente que dirige las cosas por aquí les preocupaba el que usted  pudiera empezar a hacer tonterías movido por un espíritu vindicativo si conocía todos los hechos, así que decidieron no decírselo. Puede usted hacer todavía mucho daño antes de que podamos sacarlo de ahí. Ahora tengo a los directores mordiéndose las uñas por encima de mi hombro mientras le transmito esto. Por favor, no cause problemas.

Pasemos a otro punto.

Desde un principio tuve miedo de que lo que ha ocurrido llegara a ocurrir. Durante más de un año he sido su único contacto con el mundo exterior. He sido la única otra persona en  su universo. Hubiera tenido que ser una persona extremadamente fría, odiosa, horrible -lo cual no soy- para que no se sintiera atraído hacia mí bajo tales circunstancias. Está sufriendo una intensa privación sensorial, y es bien conocido que cualquiera en tal estado se vuelve sugestionable, maleable, y solitario. Ha volcado sus sentimientos hacia mí como la única persona a la que podía aferrarse.

He intentado evitar cualquier tipo de intimidad con usted por esa razón, para mantener las cosas en un estricto plano  de impersonalidad. Pero cedí durante uno de sus periodos de desesperación. Y usted leyó en mis cartas algunas cosas que no estaban en ellas. Recuerde, incluso a través de un medio impreso es su mente la que controla lo que ve. Su censor ha dejado pasar lo que desea ver, y quizá incluso ha añadido algunas cosas por sí mismo. Estoy a su merced. Es probable que usted haya estado leyendo esas cartas como una apasionada afirmación de amor. He utilizado todos los refuerzos posibles que conozco para asegurarme de que este mensaje le llegaba a través de un canal prioritario y no resultaba deformado. Yo no, repito, no le correspondo. Usted comprenderá por qué, al menos en parte, cuando consigamos sacarle de ahí.

Nunca resultaría, señor Fingal. Renuncie a ello.

APOLLONIA JOACHIM

Fingal se graduó el primero de su clase. Terminó los estudios requeridos para obtener el título durante la larga semana que siguió a la carta de Apollonia. Fue una amarga victoria para él, pero se aferró furiosamente a ella mientras subía al estrado para recibir el título. Al menos había sacado el mayor provecho de su situación, al menos no se había limitado a dejar que las ruedas de la máquina lo trituraran como a cualquier buen empleado.

Adelantó el brazo para estrechar la mano del rector de la universidad y vio que esa mano se transformaba. Alzó la vista, y observó que la barbuda silueta envuelta en su ropaje universitario oscilaba y se convertía en una mujer alta, uniformada.  Con un acceso de alegría, supo quién era. Luego la alegría se convirtió en cenizas en su boca, y las escupió rápidamente.

-Siempre supe que se ahogaría usted con una forma de expresión- dijo ella, riendo tensamente.

-Así que está usted aquí- dijo él.

No podía creerlo. La miró torpemente, sujetando su mano y el diploma con idéntica tenacidad. Era alta, como había dicho la profecía, y hermosa. Su cabello corto coronaba un rostro competente, y el cuerpo bajo el uniforme era musculoso. El uniforme estaba abierto en el escote, y arrugado. Tenía ojeras, y sus ojos estaban enrojecidos. Vaciló ligeramente sobre sus pies.

-Estoy aquí, sí. ¿Está usted dispuesto a volver? -Se volvió hacia los estudiantes reunidos- ¿Qué pensáis, muchachos? ¿Creéis que merece volver?

Parecieron volverse locos, aplaudiendo y gritando vivas y lanzando capirotes al aire. Fingal se volvió aturdidamente para mirarles, empezando a darse cuenta de algo. Bajó la vista hacia el diploma.

-No sé -dijo-. No sé. ¿De vuelta a trabajar a la sala de datos?

Ella le dio una palmada en la espalda.

-No, se lo prometo.

-Pero ¿cómo puede ser diferente? He llegado a pensar en este trozo de papel como en algo.. . real. ¡Real! ¿Cómo puedo haberme engañado de esa manera? ¿Por qué lo he aceptado?

-Yo le estuve ayudando todo el tiempo -dijo ella-. Pero no todo era un juego. Realmente aprendió usted todas las cosas que aprendió. No desaparecerán cuando regrese. Eso que tiene usted en la mano es imaginario, por supuesto, pero ¿quién cree que imprime los auténticos diplomas?  Se haya usted registrado allí donde importa, en el ordenador,  como habiendo superado los cursos. Obtendrá un auténtico diploma cuando regrese.

Fingal vaciló. Había una tentadora visión en su cabeza. Llevaba allí más de un año, y en realidad no había explotado la naturaleza del lugar. Quizá ese asunto de morir en el banco de memoria fuera todo él una estupidez, otra mentira inventada para mantenerle a él en su sitio. En ese caso, podía quedarse allí y satisfacer sus más locos deseos, convertirse en el rey del universo sin ninguna oposición, nadar en placeres que ningún emperador hubiera imaginado nunca. Cualquier cosa que deseara podría conseguirla allí, absolutamente cualquier cosa.

Y de hecho tenía la impresión de que podía ganar la partida. Había observado muchas cosas acerca de aquel lugar, y ahora poseía el conocimiento de la tecnología del ordenador para ayudarle. Podía deslizarse por allí dentro y evitar los intentos de ellos de borrarle, incluso sobrevivir si retiraban su cubo programándose a sí mismo en otras partes del ordenador. Podía hacerlo.

Con una súbita inspiración, se dio cuenta entonces de que no sentía el deseo suficiente para quedarse allí dentro, en su ombligo. En realidad, tan solo sentía un deseo importante, y ella estaba desvaneciéndose lentamente. Se disolvía, y estaba siendo reemplazada de nuevo por el viejo rector.

-¿Viene? -preguntó ella.

-Sí.

Era tan sencillo como eso. La tribuna, el rector, los estudiantes y la sala desaparecieron, y surgió la sala del ordenador en Kenya. Sólo Apollonia seguía constante. él mantuvo sujeta su mano hasta que todo se estabilizó.

-Uf -dijo ella, y se llevó una mano a la nuca.

Extrajo un cable de la conexión en la parte de atrás de su cabeza y se derrumbó en una silla. Alghuien extrajo un cable similar de la nuca de Fingal, y finalmente se halló libre del ordenador.

Apollonia tendió una mano hacia una humeante taza de café sobre la mesa repleta de tazas vacías.

-Ha sido usted difícil -dijo-. Por un momento pensé que iba a quedarse. Ya sucedió una vez. No es usted el primero al que le pasa esto, pero no será  más allá del vigésimo. Este es un campo inexplorado, peligroso.

-¿De veras? -dijo él-. ¿No se estará usted burlando?

Ella se echó a reir.

-No. Ahora puedo decirle la verdad. Es peligroso. Nadie ha sobrevivido nunca más de tres horas en ese tipo de cubo, conectado a un ordenador. Usted ha resistido seis. Tiene usted una fuerte imagen del mundo.

Ella le había estado observando para ver cómo reaccionaba a aquello. No se sorprendió al ver que lo aceptaba fácilmente.

-Hubiera tenido que saberlo -dijo él-. Hubiera debido pensar en ello. Fueron sólo seis horas aquí fuera, y más de un año para mí. Los ordenadores piensan rápido. ¿Por qué no me di cuenta de ello?

-Yo ayudé a que no lo viera -admitió ella-. Como la forma en que lo incité a para que no se preguntara acerca del  porqué estaba estudiando tan intensamente. Esas dos órdenes trabajaron mucho mejor que algunas de las otras órdenes que le di.

Bostezó de nuevo, un bostezo que pareció eterno.

-Mire, fue bastante duro para mí mantener el contacto con usted durante seis horas ininterrumpidas. Nadie lo había hecho antes; puede ser terriblemente agotador. Así que ambos hemos conseguido algo de lo que podemos estar orgullosos.

Le sonrió, pero su sonrisa se borró cuando él no se la devolvió.

-No adopte esa expresión tan dolida, Fingal. ¿Cuál es su nombre de pila? Lo sabia, pero lo borré en los primeros momentos.

-¿Importa?

-No lo sé. Seguro que tiene usted que comprender por qué no me he enamorado de usted, aunque sea usted una persona a la que una puede perfectamente querer.  No he tenido tiempo. Han sido seis horas muy largas, pero pese a todo han sido sólo seis horas. ¿Qué puedo hacer por usted?

El rostro de Fingal estaba atravesando una serie de cambios a medida que asimilaba todo aquello. Las cosas no estaban tan mal, después de todo.

-Podría venir a cenar conmigo -dijo.

- Ya estoy ligada sentimentalmente a otra persona, tengo que advertírselo.

-Pero puede venir a cenar igualmente conmigo. No se ha dado cuenta de mi nueva determinación. En reaalidad, soy otra persona.

Ella se echó a reir cálidamente y se levantó. Tomó la mano de Fingal.

-¿Sabe?, es posible que incluso tenga usted éxito. Eso sí, no vuelva a ponerme alas, ¿de acuerdo? Nunca va a conseguir nada de ese modo.

-Se lo prometo. Ya he tenido bastante de visiones... para el resto de mi vida.

 

 

Imperio de sueños

 

Imperio de sueños

Ian McDonald

El autor de este relato dice que la acción de Imperio de sueños sólo puede situarse en su país natal, Irlanda del Norte. Pero el conseguir superar —o no superar— los efectos de la violencia desatada es una tragedia que actualmente, por desgracia, todos podemos comprender.

Puede oler la enfermedad en todas partes. Su olfato no está embotado por el desesperado olor a antisépticos; la enfermedad posee un hedor particular que nada puede ocultar, un hedor compuesto por la gruesa y lustrosa pintura barata que, a lo largo de los años de repintar y repintar, ha ido formando capa tras capa de arraigada desesperación. La enfermedad lanza su hedor al aire a partir de esos impotentes estratos. El olor de un hospital no lo disimula; rezuma de las baldosas del suelo cada vez que una camilla rueda por encima de ellas, y bajo la ligera presión del simple paso de una enfermera.

Mientras permanece sentada en la silla junto a la cama respira la enfermedad, y se sorprende al descubrir lo fría que es. No es el frío de la nieve cayendo al otro lado de la ventana, la nieve que ablanda y oculta la silueta del Royal Victoria Hospital como blanco antiséptico. Es el frío que rodea la muerte, el frío del muchacho en la cama, el que extrae de ella el calor de la vida; el frío y la enfermedad.

No sabe para qué sirven las máquinas. Los doctores se lo han explicado, más de una vez, pero tiene que haber más para la vida de su hijo que las blancas líneas de los osciloscopios. La vida de una persona no se mide en líneas, porque si eso es todo lo que constituye la vida, ¿dónde están las líneas para el amor y las líneas para la devoción, dónde está el pulso de la felicidad o el rítmico resonar del dolor? No desea ver esas líneas. Catherine Semple es una mujer temerosa de Dios que ha oído el rítmico retumbar del dolor más que cualquier otra persona en toda una vida, pero no oirá el susurro de ningún rumor blasfemo. Acepta alegría y dolor de los dedos del mismo Dios, puede hacerse preguntas, pero nunca se revolverá. Su hijo yace allí en coma, con la cabeza afeitada, los cables enviando corrientes a su cerebro, los tubos penetrando en su nariz, en su garganta, en sus brazos, en sus piernas. No se ha movido en dieciséis horas, ningún signo de vida excepto las blancas mediciones de las máquinas. Pero Catherine Semple seguirá sentada allí junto a esa cama hasta que vea. A medianoche una enfermera le traerá café y algunas nuevas revistas femeninas antiguas; la enfermera Hannon, la amable y asustada enfermera del condado de Monaghan. Por aquel entonces puede haber ocurrido cualquier cosa.

—Mayor Tom, mayor Tom —retumba la fuerte voz del capitán Zarkon—. Mayor Tom a hangar de cazas, mayor Tom a hangar de cazas. Flota de guerra zigón en los sensores de largo alcance, repito, flota de guerra zigón en los sensores de largo alcance. Atrápalos, Tom, eres la última esperanza del Imperio. —Y abajo, en el hangar, bajo el domo bajo el domo bajo el domo (el alto y curvado techo de la torreta, la ampolla de plasmoglás de la nave, la burbuja de tu casco), te aplastas en el asiento de atrás del astrogador del astrocaza X15 y murmuras las fabulosas palabras: «Eres la última esperanza del Imperio.» Por supuesto, tú no eres el mayor Tom cuyo nombre resuena por toda la inmensa torreta del artillero, tú eres Thomas Junior, el Chico, menos del cincuenta por ciento del más famoso (y temido de un confín a otro, desde Centralis hasta Alphazar 3) dúo de combate de la galaxia, pero es agradable estar sentado aquí y cierras los ojos y crees que están hablando de ti.

Ahí viene el mayor Tom; el último Gran Luchador Estelar, el As del Espacio, el Astrodestructor, el Valiente Defensor, tres veces condecorado por el emperador Geoffrey en persona con la Medalla Galáctica, cruzando la cubierta del hangar, magnífico en su ajustado e

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iridiscente traje de combate y, sujeto bajo su brazo, el casco con el famoso logotipo del Relámpago de Luz y el nombre, «Mayor Tom», grabado en gruesas letras negras. La cubierta corredera de la carlinga se abre para admitirle, y el héroe se desliza al asiento delantero de mando.

—Hola, Pequeño Tom.

—Hola, Gran Tom.

Los técnicos con sus armaduras espaciales corren rápidamente a ponerse a cubierto mientras es evacuado el puente. Sellas la carlinga, la presurización interna alcanza su nivel y hace que resuenen tus oídos, pese al chicle que no has dejado de masticar con tus molares posteriores; el iris de la compuerta espacial se abre, y tu caza se desliza hasta la catapulta de lanzamiento. ¿Qué hay más allá de la compuerta que se abre al espacio? El vacío, las estrellas, los zigón. No necesariamente en ese orden. Las luces del display táctico parpadean verdes, pequeños y veloces astrocazas destellan en media docena de pantallas de ordenador. Colocas tu chicle en la esquina del display de estado del armamento.

—¿Secuencia de ignición primaria?

—Verde.

—¿Bancos de energía a toda carga?

—Comprobado.

—¿Todos los sistemas de maniobra y empuje, astrogación y canales de comunicación?

—De acuerdo, Pequeño Tom. Adelante. Somos la Última Esperanza del Imperio.

El empuje de la aceleración clava tus dientes al fondo de tu garganta, aplasta tus globos oculares hasta convertirlos en monedas de cincuenta peniques y aferra tu nuca con una irresistible mano de hierro cuando la catapulta agarra al Caza Líder Naranja y lo envía hacia la compuerta del espacio. El aire escapa de tus pulmones; todo se vuelve rojo cuando la compuerta del espacio se lanza hacia ti. Luego la cruzas y, antes de que la rojez haya desaparecido de tus ojos y el aire haya vuelto a llenar tus pulmones, el mayor Tom ha hecho girar vuestro X15 hacia arriba y por encima de los kilómetros y kilómetros y kilómetros de largo de la semieclipsada masa de la «Excalibur», la nave insignia de Geoffrey I, Emperador del Espacio, Señor de las Marchas de Shogon, Defensor de Altair, Señor Feudal del Brazo de Orión, Dueño de la Nebulosa Oscura.

—Chequeo de astrogación.

—Fuerza enemiga localizada en Sector Verde 14 Delta J. Acelerando a velocidad de ataque.

—Buen trabajo, Pequeño Tom. Líder Naranja a Fuerza Naranja: dirigíos a…

Uno a uno aparecen por encima de la «Excalibur» , alejándose de ella, los valientes pilotos de la Fuerza Naranja: El Gran Ian, El Príncipe, John-Paul (J. P. sólo para sus camaradas), el capitán «Kit» Carson, Negro Morrisey: apodos conocidos y respetados (y en algunos lugares temidos) en toda la resplandeciente espiral de la galaxia. Tal es la fama de esos hombres que forma un nudo en tu garganta ver la luz de las estrellas reflejarse en sus pulidos fuselajes y transformar sus cazas llenos con las cicatrices de mil batallas en carros de fuego.

—Fuerza Naranja informando, Naranja Uno a Naranja Cinco, Líder Naranja —dices.

—Okay —responde el mayor Tom con esa decidida tensión en su voz que tanto te gusta escuchar. Hace agitar las alas de su caza en la característica señal de ataque, y la Fuerza Naranja se reúne en una mortal flecha tras él.— Vamos a por ellos. Tenemos un trabajo que hacer.

CONFERENCIA DE PRENSA

11:35 A.M., 16 DE ENERO DE 1987

Sí, el diagnóstico oficial fue leucemia, pero, como fuese que la enfermedad no respondía a los tratamientos convencionales, el doctor Blair la clasificó como un caso psicológicamente dependiente de… No, no psicosomático, psicológicamente dependiente es la expresión del

doctor Montgomery, la que al doctor Blair le hubiera gustado usar. Dicho en palabras sencillas, la quimioterapia convencional era ineficaz en tanto persistiera el bloqueo psicológico a su efectividad. Sí, la leucemia ha remitido por completo. ¿Cuánto hace? Aproximadamente unos doce días.

El caballero del fondo…, señor. Éste es el trigésimo octavo día del coma, contando desde el momento en que el crecimiento del cáncer fue detenido, como opuesto a la completa remisión. El paciente ha permanecido en estado ortocurativo durante unos veintiséis días antes que eso, mientras se administraba la quimioterapia y se descubría que era efectiva. Sí, señor, la quimioterapia fue efectiva solamente mientras el paciente se hallaba en estado ortocurativo. Fue discontinuada después de treinta días.

El caballero de la Irish News… El muchacho está perfectamente sano…, ahora bien, no me cite en esto, se trata de algo estrictamente no oficial, no existe ninguna razón médica por la que Thomas Semple no pueda levantarse de su cama y salir por su propio pie de este hospital. Nuestra única conclusión es que existe algún desequilibrio psicológico que lo mantiene, o más probablemente que hace que se mantenga a sí mismo, en suspensión Montgomery/Blair.

Señor, ahí, al lado de la puerta… No, el proyecto no va a ser interrumpido, se ha demostrado que es muy efectivo médicamente, y las bases psicológicas del proceso se han revelado válidas. Los intereses médicos internacionales son altos. Puedo decir que más de una universidad de ultramar, junto con las de aquí mismo, de Irlanda, han enviado representantes para observar el desarrollo del caso, y que existe un interés comercial a gran escala en la tecnología asistida por ordenador de sistemas de simulación de sueño por carencia sensorial. De hecho, el doctor Montgomery está asistiendo a una conferencia internacional en La Haya, donde presentará su informe sobre los principios de la ortocuración. Sí, señor, puedo confirmar que el doctor Montgomery regresará pronto de la conferencia, y me gustaría saber de dónde ha obtenido usted su información, pero no se ha producido ningún deterioro en la condición de Thomas Semple. Es estable, aunque comatosa, dentro del estado de ortocuración. ¿De acuerdo? La siguiente pregunta.

Señor…, del Guardian, ¿no? Puede formular su pregunta. Sí, la señora Semple se halla a la cabecera de la cama, hemos dispuesto una habitación contigua para ella aquí en el hospital, puede ver a su hijo en cualquier momento y pasa la mayor parte de su tiempo en la habitación con él. Aceptará que le hagan fotografías, pero bajo ninguna circunstancia consentirá en ser entrevistada, así que no se molesten y pierdan su tiempo intentándolo. Sí, fue idea suya, pero estamos completamente de acuerdo con su decisión. Estoy seguro de que se darán cuenta, caballeros, de la tensión a la que está sometida, tras la trágica muerte de su esposo, con su único hijo afectado de leucemia, y ahora con la desconcertante naturaleza de su coma. La siguiente pregunta. ¿El representante de la I.R.N.?

No tenemos ninguna prueba que nos haga pensar que se ha desgajado del sueño ortocurativo programado. Eso es improbable, puesto que el sueño fue diseñado específicamente teniendo en cuenta sus fantasías ideales. Creemos que sigue viviendo mentalmente su fantasía de La guerra de las galaxias, lo que nosotros llamamos el programa de simulación Comandos del Espacio. Para explicárselo un poco, disponemos de más de una docena de programas arquetípicos diseñados especialmente para perfiles psicológicos típicos. Los deseos de realización de Thomas Semple Junior pasan por la consecución de los juegos de simulación electrónicos, con un número infinito de puntos, si me perdonan la analogía. Las células cancerígenas están representadas por invasores alienígenas que deben ser destruidos; él mismo ha asumido el papel de Luke Skywalker, el héroe. Creo que fue el caballero del Irish Times el que acuñó la expresión «El caso Luke Skywalker», ¿no es así?

De acuerdo… ¿Alguna otra pregunta? ¿No? Bien. Hay un montón de comunicados para la prensa junto a la puerta; si recogen uno cuando salgan les servirán para redactar sus artículos.

Lamento que no hallen en ellos nada que no hayan oído ya de mis labios. Gracias, caballeros, por ser tan pacientes y por haber venido con un tiempo tan horrible. Gracias, buenos días.

(VUELO DE LA LANZADERA BA4503 LONDRES-HEATHROW A BELFAST. DESPUÉS DEL CAFÉ, ANTES DE LAS BEBIDAS):

Señora MacNeill: No he podido evitar el ver su maletín. ¿Es usted médico, señor Montgomery?

Doctor Montgomery: Bueno, soy doctor, sí. Pero me temo que no doctor en medicina. Soy doctor en psicología.

Señora MacNeill: Oh. Entonces debo tener cuidado con lo que diga.

Doctor Montgomery: Bueno, todos dicen lo mismo. No se preocupe, no soy psiquiatra. Soy psicólogo investigador, psicología clínica. Estoy agregado al equipo del Royal Victoria Hospital que trabaja en la ortocuración, ya sabe, el caso Luke Skywalker.

Señora MacNeill: He oído hablar de él; apareció en las noticias de las diez, ¿no?, y estuvo en El Mundo del Mañana de hace un par de semanas. Es esa cosa acerca de hacer que las personas sueñen en ponerse mejor, ¿no es así?

Doctor Montgomery: En pocas palabras eso es, señora…

Señora MacNeill: Oh, lo siento; aquí estoy charlando por los codos, y ni siquiera le he dicho mi nombre. Soy la señora MacNeill, Violet MacNeill, del 32 de Beechmount Park, Finaghy.

Doctor Montgomery: Bueno, supongo que ya habrá adivinado quién soy yo, señora MacNeill. ¿Puedo preguntarle qué la trae a cruzar el agua?

Señora MacNeill: Oh, vengo de ver a mi hijo. Se llama Michael, enseña inglés en una universidad técnica en Dortmund, en Alemania, y siempre estaba invitándome a que fuera a verle, así que pensé, bueno, ahora que tengo dinero, creo que es la mejor ocasión de hacerlo, puesto que tal vez sea la última vez que lo haga.

Doctor Montgomery: ¿Oh? ¿Por qué? ¿Acaso él se traslada más lejos todavía?

Señora MacNeill: Oh, no. Pero podríamos decir que yo sí. (RISAS, TOSES.) Vea, doctor Montgomery, bueno, no me queda mucho tiempo. Soy una de esas personas que cree en llamar al pan pan y al vino vino. Me estoy muriendo. Es el cáncer, ¿sabe? Ni siquiera puedes mencionarlo hoy en día, a la gente no le gusta que pronuncies esa palabra cuando están por los alrededores, pero no me importa. Creo en llamar al pan pan y al vino vino, eso es lo que digo. Se lo menciono porque no seguiremos hablando del tema si usted no quiere, pero es estúpido intentar ocultarse de ello, ¿no cree? Usted está en la profesión médica, así que ya debe saberlo.

Doctor Montgomery: Todo es psicológico, señora MacNeill.

Señora MacNeill: ¿Lo ve? Usted es el tipo de hombre al que pueden contársele esas cosas. La mente entrenada. Lo descubrieron hará unos ocho meses: cáncer de estómago, bastante desarrollado, y dicen que solo me queda un año como máximo. Yo calculo algo más que eso, pero no me hago ilusiones de ponerme mejor. Mi hija, Christine, quería meterme en un asilo, ya sabe, uno de esos lugares para los enfermos terminales, pero yo le dije: quítatelo de la cabeza, todo lo que haces en uno de esos lugares es permanecer sentada todo el día y pensar sobre la muerte, y ellos le llaman a eso una actitud positiva. «Morir con dignidad», le dicen, pero si usted me lo pregunta, le diré que lo único que haces es vivir un poco menos y morir un poco más cada día, hasta que finalmente no puedes decir cuál es la diferencia. Tengo intención de mantenerme viva hasta el momento en que caiga. Siempre fuera de vuestros asilos, le dije a Christine; antes que malgastar dinero en esos mataderos dámelo en efectivo y lo gastaré haciendo todas las cosas que siempre he deseado hacer y nunca he tenido tiempo. Y, ¿sabe, doctor Montgomery?, ella me lo dio y yo cogí un poco de mis ahorros, y voy a disfrutar de todo lo que no he disfrutado en mi vida.

Doctor Montgomery: Eso es lo que yo llamo una actitud positiva, señora MacNeill.

Señora MacNeill: ¿Lo ve? Ésa es la diferencia entre los médicos; oh, ya sé que es usted psicólogo, pero para mí todo es lo mismo, y un hombre como los demás. Usted puede hablar acerca de esas cosas, puede ir y decir: «Eso es lo que yo llamo una actitud positiva, Violet MacNeill», mientras que todos los demás lo único que harán será pensar en ello y temer decirlo por si acaso me ofenden o algo así. Pero no me importa, no me importa en absoluto, lo que realmente me ofende es que la gente no diga lo que tiene en la cabeza. Pero le diré una cosa: sólo hay algo que me preocupa y no me deja dormir en paz.

Doctor Montgomery: ¿Qué es?

Señora MacNeill: No soy yo, no tiene nada que ver conmigo; me lo estoy pasando mejor que nunca. He estado en Mallorca, en uno de esos viajes de invierno, y en Londres a ver todos los espectáculos, ¿sabe?, eso de Tim Rice y lo de Andrew Lloyd-Webber, y tengo un primo en Toronto al que he de ir a ver y quiero ir a París; siempre he deseado ver París en primavera, como la canción. Me encanta en cualquier época del año. Tengo que aguantar hasta que haya visto París. Y luego están esas vacaciones en Alemania. Lo cual me lleva de vuelta a lo que le estaba diciendo. Divago demasiado, ¿verdad? Son los chicos los que me preocupan: Michael y Christine y el pequeño Richard; lo llamo pequeño, pero ya trabaja fijo en la R.U.C.; son ellos los que me preocupan. Mire, no me preocupa mucho morirme, tiene que ocurrir y no voy a permitir que eso arruine mi vida, pero me preocupan los que voy a dejar detrás. ¿Me perdonarán los chicos alguna vez?

Doctor Montgomery: Esa es una buena pregunta, señora MacNeill. ¿Se siente culpable acerca de morir?

Señora MacNeill: ¿Ve? Pregunta usted como un auténtico psicólogo. Tiene razón; no tienes que preocuparte nunca de nada. En un cierto sentido, es estúpido sentirse culpable acerca de morir. Quiero decir, no voy a preocuparme por ello, ¿verdad? Pero de algún modo tengo la impresión de que les estoy traicionando. Soy la capa de arriba entre ellos y sus propios finales, y cuando yo haya desaparecido ellos ascenderán un peldaño y se convertirán en la capa de arriba. ¿Entiende lo que quiero decir?

Doctor Montgomery: La entiendo. ¿Quiere algo de beber? El carrito de las bebidas viene por el pasillo.

Señora MacNeill: Oh, sí, por favor. Ginebra y un bitter de limón para mí. No debería tomarlo, pero calculo que poco daño puede hacerme ya. Bien, ¿qué estaba diciendo? Oh, sí: ¿usted cree que los chicos perdonan alguna vez a sus padres por morirse? Cuando eres pequeño, tus padres son como Dios; recuerdo los míos, Dios los tenga en su gloria: no podían hacer nada equivocado, eran tan sólidos como el Peñón de Gibraltar y siempre lo serían. Pero ambos murieron en el bombardeo del cuarenta y uno, ¿sabe, doctor? No sé si alguna vez llegué a perdonarles por ello. Ellos edificaron mi vida, me lo dieron todo, y luego fue como si me abandonaran. Y me pregunto si mi Michael y mi Christine y el pequeño Richard pensarán lo mismo de mí. ¿Pensarán que les he traicionado, o les daré ese empujón por la espalda que los llevará a la madurez? ¿Qué piensa usted, doctor Montgomery? ¿Perdonan alguna vez los chicos a sus padres por ser humanos?

Doctor Montgomery: Señora MacNeill, no lo sé. Sinceramente, no lo sé.

(EL CARRITO CON LAS BEBIDAS LLEGA A LOS ASIENTOS 28-C Y 28-D EN EL MISMO INSTANTE EN QUE EL BOEING 757 EFECTÚA EL SUTIL CAMBIO DE ALTITUD QUE SEÑALA EL COMIENZO DE SU DESCENSO A LA NEVADA IRLANDA DEL NORTE.)

Había formulado su deseo sobre una estrella, la estrella en torno a las órbitas de su hijo, una estrella errante, veloz, baja y muy brillante, hundiéndose tras las montañas Divis. Cuando formulas un deseo sobre una estrella no importa quién seas; todo lo que tu corazón desea se cumplirá, un grillo se lo había cantado en una ocasión en una lluviosa tarde de sábado en los

años sesenta, en alguna parte, pero si esa estrella es un satélite o un helicóptero del Ejército, ¿invalida eso el deseo, dobla sobre sí mismo ese deseo del corazón y lo deja contemplando su propio reflejo en la ventana llena de noche? La noche, fuera, llena de sombras, el reflejo de sus mejillas y, en el desesperado calor de la habitación del hospital, llena con el olor de la enfermedad, se aferra a sí misma y sabe que ella es el reflejo y ello el objeto. Cada noche, el hueco se llena de nuevo con sombras del oscuro paisaje exterior donde los sarracenos militares rugen en la noche y los Fords a toda la potencia de sus motores cruzan la madrugada en torno a los cuidados senderos de gravilla del cementerio de la ciudad o apuestan sus vidas atravesando los puntos de control de los cautelosos reservistas de la policía, vigilando desde la parte de atrás de los Land Rover gris acero con los rifles cargados.

Te acercas a ellos en punto muerto, le había dicho él en una ocasión, nosotros lo hacemos a veces. Te acercas a los Land Rover en punto muerto y avanzas durante un par de centenares de metros. Luego pones la segunda y sales pitando, y el petardeo del tubo de escape a tus espaldas suena como pistoletazos. Haces que telefoneen a la Central: oídos disparos, calle Tennant, a la 1:15 de la madrugada. Algunos hacen que suene como la última carga de Custer, le había dicho. En aquella ocasión la había hecho reír. La última carga en el País de las Sombras.

En alguna parte en la habitación está el alma de un chico de doce años, en alguna parte entre los montones de chatarra que el doctor Montgomery ha sugerido que podían desencadenar alguna respuesta en él. Algunas veces cree verla, el alma escondida, como un trasgo, o como uno de los duendecillos traviesos que su madre la había convencido de que vivían detrás del aparador en la cocina de la granja; un trasgo, saliendo de debajo de su casco de fútbol americano para esconderse detrás de su póster de U2, oculto como un último acorde de las cuerdas de su guitarra o girando interminablemente en las entrañas de su ordenador, como el fantasma de un programa abandonado. Aquí están sus álbumes favoritos del conjunto U2, y las cassettes grabadas especialmente para él por John Cleese para intentar suscitar una sonrisa en su rostro; aquí está la fotografía de Horace, medio collie, medio barzoi, mirándola con sus ojos glaucos; aquí está la fotografía de Tom Senior.

Tom Senior, que lo sabía todo acerca de petardear a los Land Rover de la policía, y la habitación en la comisaría con los altavoces a toda potencia, allí al lado, donde metían a los skin-heads, y las doce rutas distintas que elaboraban cada día. Tom, que había sido siempre papá para él. No, el alma de un chico de doce años, sea cual sea su color, sea cual sea su forma, no es algo que pueda ser capturado por una maquinaria asistida por ordenador o atraída hasta el suelo y atrapada como un pájaro en una red por una heterogeneidad de reliquias emocionales, no cuando está ahí fuera en la noche trazando círculos en torno a Andrómeda.

Tantas como estrellas en el cielo o copos de nieve en una tormenta o granos de arena en una playa, así es la flota zigón, oleada tras oleada de cazas y destructores y naves de reconocimiento y destructores y naves de guerra y acorazados y estaciones móviles, y allí en el corazón de todo, como la oscura semilla en el centro de una bola de anís: la nave insignia zigón. El enemigo es tan numeroso que hace que contengas el aliento, y hay un latir de miedo en tu corazón, pero la trono-nave imperial «Excalibur» es sólo una nave y el mayor Tom es sólo un hombre. El mayor Tom apunta directamente el morro de su caza hacia la parte más densa del enjambre y conduce a la Fuerza Naranja al ataque.

¿No tiene miedo en absoluto?, te preguntas a ti mismo, sudando bajo tu casco mientras la repentina aceleración te empuja profundamente contra tu asiento acolchado, se clava en tus costillas y empaña momentáneamente tus ojos.

—¿De dónde han salido tantos? —susurras, para darle a tu miedo un nombre que puedas retener. El mayor Tom te oye, porque la intimidad no es algo que un equipo de combate con una reputación a nivel galáctico pueda permitirse, y responde:

—Supervivientes de la destrucción por el Imperio de su mundo capital, Carcinoma. Debimos eliminar a la Inteligencia Primordial zigón antes de destruir Carcinoma, y ahora aquí están, reagrupándose para otro ataque asesino contra los pacíficos planetas del Imperio. Y tenemos que detenerles antes de que destruyan todo el universo. Una flota de guerra podría estar luchando durante un centenar de años sin conseguir acercarse a la nave insignia de la Inteligencia Primordial, pero una fuerza pequeña de cazas biplazas puede, sólo puede, deslizarse por entre sus defensas y atacar la nave insignia con torpedos pulsar. —Y, a través de los canales de comunicación que has abierto para él, dice:

—Líder Naranja a Naranja Uno a Cinco, aceleración a velocidad de combate. A por ellos, muchachos. El destino del Imperio está hoy en nuestras manos.

Cómo te gustaría poder pronunciar frases como ésa, palabras que inspiran a los hombres y los envían a la batalla, palabras que agitan la bandera estrellada del Imperio Galáctico, palabras que hacen que tu pelo hormiguee bajo el casco y lágrimas de orgullo broten de las comisuras de los ojos de los más endurecidos marines. Piensas que no tiene que ser tan terrible morir con palabras como ésas resonando en tus oídos.

Tu ordenador balístico ha localizado el enjambre de acorazados y cazas zigón que protegen la nave insignia de la Inteligencia Primordial. Los primeros rayos fotónicos de los atomizadores de largo alcance de las naves de guerra sacuden tu X15 cuando los cazas enemigos se sitúan en formación para interceptaros. Puntos opacos aparecen en tu visor para proteger tu vista de la cegadora luz de los rayos fotónicos.

—Líder Naranja a Fuerza Naranja —dice el mayor Tom—. Allá voy.

—Ordenador táctico preparado —dices.

—Olvídalo, hijo: el mayor Tom dirige sus propios tiros. —Tus pulgares hormiguean sobre imaginarios disparadores mientras el mayor Tom fija un caza zigón en su punto de mira y le da de lleno con su desintegrador láser. La negra nave alienígena estalla en una hermosa flor de blancas llamas. El mayor Tom tiene ya otra en su punto de mira. Pasando por encima de la bola de fuego nuclear, hace dar un brusco giro al X15 y derriba otra nave enemiga. Y otra, y otra, y otra…

En tu display táctico, un cuadrado de rejilla verde empieza a parpadear rojo.

—¡Gran Tom, uno a tu cola!

—Ya lo he visto. Líder Naranja a Naranja Dos: Gran Ian, tengo a un tipo en mi cola. Voy a por la grande, la nave insignia. —Lanza tu caza a una rápida serie de maniobras evasivas. Un repentino resplandor de fusión arroja tu sombra ante ti sobre el equipo astrogador cuando la nave perseguidora zigón estalla en un billón de fragmentos en expansión. Naranja Dos se sitúa en paralelo a tu rumbo. El osado piloto estelar intercambia señales de saludo, y Naranja Dos se aleja sin esfuerzo en un billón de años luz cúbicos de espacio. Allá al frente, la nave insignia zigón está arrojando cazas como semillas demoníacas, y ahora sus enormes torretas láser están girando hacia ti. Los estallidos fotónicos llenan el aire como vilanos en un día de verano.

—¡Sujétate a tu asiento, muchacho; eso requiere unas cuantas maniobras bruscas! —grita el mayor Tom en los auriculares de tu casco, y gira bruscamente, vuelve a girar, traza círculos, bucles, da saltos, lleva el X15 hasta más allá de los entrecruzantes cazas zigón y el fuego láser de la nave insignia. La inmensa masa metálica de la nave enemiga parece hincharse ahora ante ti, tan cerca que puedes ver a los servidores en sus baterías con sus trajes espaciales—. Arma sistemas de disparo de los torpedos pulsar.

Accionas un interruptor, aprietas un botón; las luces verdes se reflejan en tu visor.

—Torpedos pulsar armados.

El infinitesimal astrocaza X15 blanco avanza a toda velocidad hacia un enloquecedor paisaje metálico que parece estallar con fuego láser. Ante ti se abren las compuertas de los hangares, enormes como cadenas montañosas, vulnerables como baterías de huevos. Tu boca está seca, tus manos empapadas, tus ojos tan resecos como dos guijarros redondos. Luces rojas...

detrás de nosotros, acercándose rápido.

El paisaje metálico parece desenfocarse ante tus ojos; aquella nave alienígena es tan enorme...

—Maldita sea. Líder Naranja a Fuerza Naranja, ¿qué ha ocurrido con la protección? Mark, tres tipos en mi cola; ocúpate de ellos. Yo voy a por los conductos de los motores… Cinco… —las montañas de hierro se abren como fauces—, cuatro… —en tu pantalla de cola tres diabólicas naves zigón negras intentan alcanzarte—, tres… —de pronto te inclinas sobre un repentino valle en la monstruosa geografía de la sección de motores de la nave insignia—, dos… —delante se abre el infierno blanco del resplandor de los astromotores—, uno… ¡Fuego!

El Líder Naranja asciende bruscamente, alejándose de los motores enemigos. Las naves perseguidoras vienen tras de ti, sin ver el pequeño estallido de luz que se desprende de tu caza a la cuenta de cero y penetra en los tubos de los motores hasta las entrañas, a kilómetros de distancia, de la nave insignia enemiga. El mayor Tom ha trazado una curva de veinte mil kilómetros por encima de la condenada astronave y declara:

—¡Detonación!

Al principio no ocurre nada, como si la voz del mayor Tom necesitara su tiempo para viajar a través del espacio y el torpedo para oírla, pero luego, como a su orden expresa, la nave insignia zigón se expande silenciosamente en un arco iris de resplandecientes partículas. Las secuelas del estallido pintan el casco del caza de rosa, un hermoso color rosa de cuarto de baño. El resplandor tarda mucho tiempo en desvanecerse, un ocaso producido por la mano del hombre.

—¡Hurra! —gritas—. ¡Hurra! ¡Le dimos!

—Claro que le dimos —dice el mavor Tom—. Claro que le dimos, hijo.

—¿Y ahora qué? —preguntas—. ¿Nos encargamos de esas naves que nos persiguen y volvemos a la «Excalibur»?

—Todavía no —dice el mayor Tom, y hay una extraña nota en su voz que te recuerda algo que has olvidado a propósito—. Seguiremos adelante, prosiguiendo el ataque por nuestra cuenta, porque hay un planeta ahí delante, más allá de la línea de naves zigón, un planeta oculto por un millón de años de distancia del conocimiento galáctico, y nosotros, nosotros solos, debemos ir hasta allá para destruir el poder zigón para siempre.

NOTA DE PRENSA

22 DE DICIEMBRE DE 1986 (EXTRACTOS)

…el concepto de la «Caja Mental», el bagaje de creencias y valores que determina las reacciones individuales a los acontecimientos de su vida. Las investigaciones sobre la depresión han demostrado las relaciones entre los síntomas psicosomáticos y el estado de la «Caja Mental» individual. El doctor Montgomery trazó la hipótesis, en su tesis doctoral, de que este concepto de Caja Mental puede explicar muchos de los casos médicos más severos que nunca han sido diagnosticados como psicosomáticos pero que de otro modo no poseen razones médicas para su falta de respuesta al tratamiento convencional.

…desarrollado el «sueño profundo» sobre el trabajo de Luzerski y Baum sobre los sueños lúcidos, sueños en los cuales el que sueña ejerce un control consciente sobre el contenido de su sueño. Es una muy refinada versión de las técnicas del sueño de Luzerski y Baum en la que el individuo entra en un estado de sueño interactivo a través de un proceso inducido hipnótica y químicamente y efectúa las reparaciones necesarias en su Caja Mental dañada, aliviando así las presiones psicológicas que han conducido al deterioro de su condición médica. Puede decirse que sueña literalmente en sí mismo en un estado de autocuración. El doctor Blair ha relacionado este efecto con las teorías ganadoras de un premio Nobel de Stoppard/Lowe sobre las zonas isoinformativas de orden molecular generadas por las moléculas de proteína individuales que estabilizan el material genético contra la interferencia y las mutaciones de los campos electromagnético y gravitatorio. Razona la analogía del sueño profundo, «devolviendo» los

campos isoinformativos del cuerpo a un estado de metástasis biológica y psicológica, o «armonía», lo cual hace al paciente —al menos a nivel celular— sensible al tratamiento convencional.

Thomas Semple, Jr., es el caso piloto del proceso. El paciente, un muchacho de doce años, contrajo leucemia poco después de la muerte de su padre, un sargento de la policía. Fue ingresado en el hospital, pero no respondió a la quimioterapia convencional.

…los doctores Montgomery y Blair han creado un escenario de sueño profundo para el joven Thomas análogo a los juegos de ordenador a los que es tan aficionado. En su sueño-simulación representa el papel de héroe de un juego electrónico de guerra espacial que rechaza a los invasores que son las células cancerosas de su interior. Pasa quince horas al día en esa suspensión de sueño profundo, durante las cuales es administrada la quimioterapia normal. El estado de su sueño es monitorizado constantemente por la más moderna tecnología electrónica, la cual mantiene a la vez su ilusión de sueño profundo mediante la estimulación directa (en privación sensorial) de las neuronas, tanto química como eléctricamente…

…Durante sus períodos despierto habla constantemente acerca de lo excitante que es el sueño de la guerra espacial, y los doctores Montgomery y Blair confían en que este primer caso de utilización de su proceso de ortocuración sea un completo éxito.

(LOS ASIENTOS DELANTEROS DE UN VAUXHALL CAVALIER MATRÍCULA GXI 1293, EN ALGÚN LUGAR EN LA AUTOPISTA ENTRE EL AEROPUERTO DE BELFAST Y EL ROYAL VICTORIA HOSPITAL. PAISAJE: UN PANORAMA DE CAMPOS CUBIERTOS DE NIEVE PASANDO RÁPIDAMENTE A AMBOS LADOS, Y CARTELES DE LAS SALIDAS DE LA AUTOPISTA. DOS PERSONAJES.)

Doctor Montgomery: ¿Cómo fue la conferencia de prensa, pues?

MacKenzie: Mejor no pregunte.

Doctor Montgomery: ¿Tan malo fue? Oh, vamos, las cosas no pueden haber ido mal, el chico permanece estable, no hay ninguna causa para el pánico de los media, ¿no? Nunca la hubo.

MacKenzie: Si realmente quiere saberlo, están intentando obtener un ángulo informativo de interés a través de la madre…, ya sabe, la esposa de un policía enviudada trágicamente, su hijo golpeado por usted ya sabe qué, no se puede mencionar la palabra cáncer en los titulares, afecta la tirada; bien, ahora, para agravar sus sufrimientos, este experimento médico que aun no ha sido probado en ninguna otra parte cae sobre ella como un golpe más del destino. Eso fue lo que intentaron que yo dijera en la conferencia de prensa. Nunca más. La próxima vez la dará usted.

Doctor Montgomery: Bastardos. Supongo que usted… no dijo nada.

MacKenzie: Ni una palabra.

Doctor Montgomery: Buena chica. ¿Qué periódicos?

MacKenzie: Como he dicho, los sensacionalistas: Mirror, Sun, Star, Mail, Express.

Doctor Montgomery: Bastardos.

MacKenzie: La señora Semple está manteniéndolos a raya por el momento, pero es sólo cuestión de tiempo antes de que alguno consiga atravesar la barrera de enfermeras y agite un cheque bajo su nariz.

Doctor Montgomery: Maldita sea. ¿Por qué todo este repentino interés?

MacKenzie: No lo sé. Algún periódico local debe haber levantado la liebre, y ahora los cruzados están aguardando para acorralarle cuando vuelva usted ahí, Saladino. Me dieron unos momentos difíciles.

Doctor Montgomery: Y arrastrar el nombre del hospital por el fango. Supongo que usted no…

MacKenzie: ¿Dejarles saber que yo estaba a cargo del software de simulación y los sistemas de ordenadores? ¿Piensa que soy estúpida? Ni un soplo.

Doctor Montgomery: Gracias a Dios. (Mira la nieve y guarda silenció durante unos instantes.) Roz, dígame: ¿cree que los chicos les perdonan alguna vez a sus padres el que se mueran?

MacKenzie: Me gustaría saberlo. Los míos están asquerosamente sanos. En mejor forma que yo.

Doctor Montgomery: Entonces dígame qué piensa de esto. Revisaré algunos hechos acerca del caso y usted dígame qué piensa. Uno: la leucemia de Thomas Semple Junior esta curada, pero él sigue todavía en el coma ortocurativo que lo curó. Suponemos que sigue en sueño profundo porque no ha habido cambios en sus signos vitales entre las dos situaciones.

MacKenzie: Una suposición bastante correcta. Dos.

Doctor Montgomery: Dos: en tal estado de sueño lúcido, puede ser cualquier cosa que desee ser, en cualquier momento, en cualquier lugar, subjetivamente hablando…, existe en su propio universo privado, donde todo es exactamente como desea que sea.

MacKenzie: Dentro de los parámetros del programa.

Doctor Montgomery: Bueno, ése es su campo de competencia, no el mío. Tres: su padre, un sargento de la Real Policía del Ulster, fue muerto ante sus ojos por una bomba colocada bajo su coche.

MacKenzie: Usted mismo dedujo que ésa había sido la base neuropsicológica de la leucemia.

Doctor Montgomery: Y su falta de respuesta a la terapia convencional, sí. Infiernos, a los doce años no deben sentirse deseos de morir, ¿verdad?

MacKenzie: Fue usted quien pensó que se trataba de un comportamiento de castigo desplazado.

Doctor Montgomery: Cualquier otro martes pensaré que la luna está hecha de queso y que al fin y al cabo vale la pena vivir la vida. Escuche esto: creo que le hemos dado a Thomas Semple Junior el entorno perfecto para recrear a su padre. Ahora no tiene que morir para unirse a él: lo tiene todo el tiempo, todo él, completo, en ese mundo de ensueño suyo. El chico no puede enfrentarse a un mundo donde su padre fue hecho pedazos por una bomba terrorista, no puede enfrentarse a la realidad de la muerte de su padre, y ahora no tiene que hacerlo puesto que puede estar con su padre, su perfecto e idealizado padre, para siempre, en el estado de sueño profundo.

MacKenzie: Es espantoso.

Doctor Montgomery: Lo es, realmente. ¿Qué piensa usted de ello?

MacKenzie: ¿Pensó en todo eso en el avión de venida?

Doctor Montgomery: Tuve una conversación con la mujer del asiento de al lado; hablando de extraños compañeros de cama, los ordenadores de las aerolíneas se llevan la palma… Tenía cáncer, uno de esos casos que dan seis meses de vida, y era una charlatana; ya sabe como son algunas, les hace sentirse mejor si pueden hablar un poco de ello; bien, sea como sea, en medio de su conversación mencionó que lo que más temía era que sus hijos nunca le perdonaran el morirse y dejarlos solos en el mundo. Paranoico quizá, pero me hizo pensar.

MacKenzie: Encaja. Encaja perfectamente.

Doctor Montgomery: ¿Usted también lo cree? Apostaría a que si revisamos los registros impresos de los monitores del sueño encontraremos a Thomas Semple Senior en ellos, completamente vivo y dos veces más apuesto, porque su hijo huérfano está castigándole una y otra y otra vez.

MacKenzie: ¿Y qué entonces? ¿Va a exorcizar ese fantasma?

Doctor Montgomery: Sí, lo haré.

(LAS SEÑALES INDICANDO: M1, CENTRO CIUDAD, M5, CARRICKFERGUS, NEWTOWNABBEY, BANGOR, LISBURN, APARECEN SOBRE EL COCHE. MACKENZIE DESVÍA EL VAUXHALL CAVALIER HACIA EL CARRIL SEÑALADO CENTRO CIUDAD.)

Desea que se vayan. Odia sus ruidosos pies, su ajetreado rumor, sus conversaciones murmuradas sobre el ruido de sierra de la impresora del ordenador, su terriblemente educado «Señora Semple, discúlpeme pero…» y «Señora Semple, ¿sabe usted si…?» y «Señora Semple, ¿puede decirnos si…?» ¿Qué están haciendo que es tan importante que les obliga a ir de un lado para otro con sus ruidosos zapatos y recordarle el mundo que hay más allá de las puertas basculantes? No le gusta que estén tan cerca, aunque el hombre es el doctor que inventó el proceso y la mujer es la que desarrolló los ordenadores a los que está conectado su hijo por el cráneo y los ojos y los oídos y la garganta. Le preocupa ver sus manos cerca de las máquinas, teme que puedan apretar botones y accionar interruptores y ella nunca saber por qué lo han hecho. Odia no comprender, y hay tanto allí que no comprende...

Ahora están hablando, excitados acerca de algo en una de las pantallas del ordenador. Puede ver qué es lo que les ha excitado, aunque no puede comprender por qué. ¿Quién es este «mayor Tom»? La vacía coincidencia de nombres no la engaña. Mayor Tom, mayor Tom…, recuerda una canción que oyó una vez acerca del mayor Tom, el hombre del espacio que nunca bajaba a la Tierra. ¿No era ése, el mayor Tom, el hombre del espacio, siempre orbitando alrededor y alrededor y alrededor del mundo en su destructor? Nunca había conocido al mayor Tom. Pero había conocido al sargento Tom, el sargento Tom alto y apuesto en su uniforme verde botella, el sargento Tom fotografiado con su bañador en una playa de España, moreno y sonriente, con aquel pequeño bigote a lo Tom Selleck, el sargento Tom sentado a la mesa del desayuno en mangas de camisa, pistolera al hombro y botas de policía, aguardando la llamada telefónica que le diría la ruta segura para hoy, el sargento Tom poniéndose la chaqueta, dándole un beso en los labios y diciéndole al Pequeño Tom que tuviera un buen día en la escuela y que cuidara sus sumas mentales. El sargento Tom subiendo al Ford Sierra, el sargento Tom dando la vuelta a la llave de contacto…

—Señora Semple, señora Semple.

Rostros inclinados ante ella, cambiando de tamaño y de distancia cuando sus ojos se enfocan.

—¿Sí, doctor Montgomery?

—Desearíamos su permiso para intentar algo que creemos hará que su hijo salga de su coma.

—¿Qué es lo que quieren hacer? —La debilidad de su propia voz la sorprende.

—Adaptar ligeramente los parámetros del programa. La señora MacKenzie desea introducir nuevo material en la simulación del sueño…

—Ya han probado eso antes. Incluso probaron desconectar completamente las máquinas.

—Lo sé, señora Semple. No dio resultado. —El joven doctor (¿cómo puede alguien tan joven como él tener experiencia en moldear las vidas de la gente?) completa el pensamiento por ella. Es listo pero ingenuo. Le envidia eso—. Thomas se limitó a mantener el coma-sueño ejercitando su propia imaginación. No, lo que deseamos hacer es introducir algo tan inaceptable en el sueño que su única escapatoria sea salir del coma del sueño profundo.

—¿Y qué es ese algo?

—Preferiría no decirlo por el momento, señora Semple, en caso de que no dé resultado.

—¿Y si no da resultado?

—Entonces usted y él no estarán peor de lo que están ahora.

—¿Y si da resultado?

—¿Tengo que responder realmente a esa pregunta, señora Semple?

—Por supuesto que no. De acuerdo. Tienen mi permiso, y mi bendición.

—Gracias, señora Semple. Adelante, Roz.

¡Qué dedos más largos tiene la muchacha! No puede ver por encima de esos largos y estilizados dedos mientras teclea algo en el teclado del ordenador. Parecen más tentáculos que

dedos. Su atención se ve dividida entre esos danzantes dedos y las blancas palabras que flotan en la pantalla verde:

PROGRAMA «LUKE SKYWALKER».

MODO INTERRUPTIVO

CHANGE: IRRAY 70432 GOTO 70863

READ: MATA MAYOR TOM

MATA MAYOR TOM

En la cúspide de la entrada, cuando el X15 ha saltado y se ha sacudido como un mal sueño del que no consigues despertar y cada salto y cada sacudida te ha estremecido de pies a cabeza y ha hecho que tus dientes bailaran sueltos en tu cabeza, los escudos deflectores han brillado con un azul violento y la ionización de la estela dejada por el caza ha resplandecido tras de ti como el paso de una estrella fugaz en una noche de otoño. Ha habido un momento (sólo un momento) en el que ha vencido el miedo, en el que tu confianza en la habilidad del mayor Tom no ha sido tan firme como siempre y has visto tu nave abrirse como un huevo al que le dan una patada y has gritado y aullado ardiendo a lo largo de quinientos kilómetros de espacio. El aullido ha crecido en tu pecho y ha golpeado contra la barrera de tus dientes y tu cerebro ha resonado resonado resonado contra el domo de tu casco. Luego te has recuperado y el aire estaba tranquilo dentro de la cabina y los deflectores resplandecían con el apagado rojo cereza habitual y tu fiel caza seguía atravesando los kilómetros de airespacio hacia la alfombra de nubes amontonadas como lana.

Ahora hay miedo de nuevo, no el miedo de la desintegración en la ionosfera, porque eso significa sólo la muerte y morir es abandonar el yo y unirse a los demás, sino el miedo de lo que te aguarda bajo la sábana de nubes, porque eso es más terrible que la muerte, porque niega todo lo demás y te deja solo contigo mismo.

—¡Gran Tom, tenemos que retroceder! ¡La «Excalibur» ha estado llamando y llamando, el capitán Zarkon, incluso el propio emperador Geoffrey, nos han ordenado que volvamos! ¡Es demasiado peligroso, te prohiben ir más lejos solo!

El mayor Tom no dice nada pero hace descender más y más tu astrocaza X15. Las nubes se desgarran como papel tisú en la punta de tus alas, la niebla torbellinea y se hace más tenue en algunos lugares; luego has salido de la base de la capa de nubes y debajo tienes la superficie. Los motores Montgomery/Blair resuenan cuando el mayor Tom inicia el frenado; está preparándose para aterrizar y tu estómago, ahora firmemente aferrado por seis trillones de toneladas de gravedad, se agita convulso, un mareante movimiento que te abruma cuando hace inclinar el X15 sobre su ala izquierda hacia una orilla.

El suelo está ahí delante al otro lado de la carlinga, un planeta prohibido extendiéndose ante tus ojos al lado del mar: bungalows neogeorgianos de ladrillo rojo en medio de ciento cincuenta metros cuadrados de jardines encadenados en blanco, remolques en el camino, botes y lanchas y segundos coches aparcados fuera, macizos de rojas flores, niños deteniéndose, señalando, abriendo la boca.

—Inicia secuencia de aterrizaje.

Tú no quieres hacerlo. No puedes bajar allí. Bajar allí significa morir y peor aún. A un trillón de kilómetros de distancia, la «Excalibur», el Trono Imperial, cuelga inmóvil al borde del hiperespacio, pero su abrumadora masa es tan insustancial como una nube comparada con la dolorosa verdad de este lugar, tan nítido que incluso puedes leer el nombre de la calle: Clifden Road. De pronto ya no eres el Pequeño mayor Tom, la mitad del más grande equipo de combate que la galaxia haya conocido nunca. De pronto eres un chico pequeño que tiene doce años y está más asustado de lo que nunca antes había estado.

—Inicia secuencia de aterrizaje —ordena el mayor Tom.

—¡No!— gimes, deseando más allá de toda esperanza oír las palabras que volverán a poner las cosas en su sitio, las palabras que pueden hacer que los hombres mueran felices en el vacío del espacio—. ¡Quiero volver! ¡Llévame de vuelta!

—Inicia secuencia de aterrizaje —dice de nuevo el mayor Tom, y en su voz sólo hay determinación y mando.

—Secuencia de aterrizaje iniciada —sollozas, tocando con dedos pesados los fríos paneles de control. El tren de aterrizaje surge de sus alojamientos y se encaja con un ruido sordo. El sonido del motor asciende hasta un aullido. El mayor Tom hace descender más y más el astrocaza X15 sobre los techos, como Santa Claus en su trineo, y termina deteniéndolo en el aire sobre la plazoleta al final de la calle, allá donde giran los coches. Los cafés matutinos de las amas de casa se enfrían mientras éstas permanecen junto a sus ventanas, con sus bebés en brazos, para contemplar el espectáculo del aterrizaje del astrocaza. Azotado por pequeños tornados, el polvo se remolinea en la calle bajo el aparato. Hay un blando contacto, tan suave como el dedo de una madre sobre la mejilla agitada por una pesadilla: has aterrizado.

—Energía fuera —dice el mayor Tom, pero antes de que el ruido de los motores haya muerto con un suspiro ya ha abierto la carlinga, soltado los cinturones de seguridad, y está corriendo calle abajo, a una casa que tiene el número 32 junto a la entrada y en cuyo peldaño inferior está tendido un encantador perro blanco y marrón. Tras la ventana de aquella casa también hay una mujer, con una taza de café en una mano y la cabeza de un chico de unos doce años bajo la otra.

Entonces el mundo se dobla sobre sí mismo como uno de esos papeles con adivinanzas que acostumbrabas a hacer en la escuela. El ajustado y brillante uniforme del mayor Tom se rasga y se hace jirones mientras corre y el viento azota y arrastra esos jirones revelando un nuevo uniforme debajo, verde oscuro con botones plateados. Un astrocaza X15 se eleva en el aire por encima de Clifden Road sobre una columna de luz, con la carlinga abierta, y desaparece para siempre en el cielo. Tu uniforme ha desaparecido, y la suave presión sobre tu cabeza no es la presión de un casco sino la de una mano pequeña y esbelta, y te das cuenta de que tú eres el chico en la ventana mientras el X15 se empequeñece, se convierte en un diminuto punto y desaparece en un parpadeo. Estás sujeto, estás atrapado bajo la suave mano, naufragado en el Planeta de las Pesadillas.

Ahora el mayor Tom está junto al coche y saluda con la mano y todo lo que tú puedes hacer es devolverle el saludo porque las palabras que deseas gritar, las advertencias que quieres aullar, resuenan una y otra y otra vez en tu cabeza como guijarros en las olas y no consiguen salir. Ahora ha abierto la puerta. Ahora está en el coche. Cierra la puerta, se coloca el cinturón, acciona el contacto…

Esta vez reconoces el estallido por lo que es. Esta vez estás preparado y puedes apreciar este momento vital en su terrible repetición.

La bola de luz llena el interior del Ford Sierra. Un instante más tarde, aún iluminado por la mortífera luz, el techo se hincha como un globo y la puerta se comba sobre sus bisagras. Otro instante y las ventanillas revientan en azúcar blanco y luego la ventana de la casa ante tus ojos se hace añicos, un soplo de ardiente viento te arroja al otro lado de la habitación en medio de un confuso agitar de vidrios y te aplasta contra el sofá. La piel del coche se desgarra y los trozos vuelan en todas direcciones. La capota sigue a través de la ventana y se une contigo en el sofá. El techo ha sido arrancado de cuajo y vuela hacia el cielo, para unirse con Dios. El coche ruge en llamas, y dentro del coche, dentro de las llamas, un muñeco ennegrecido se agita y baila por unos interminables momentos antes de desmoronarse en chisporroteantes cenizas negras.

Una lluvia roja ha salpicado el papel de la pared. No hay una ventana intacta en Clifden Road. Tu madre está tendida en una postura absurda contra la pared, con la bata enrollada en torno a su pecho. Allá en el camino la pira ruge y derrama gasolina ardiendo sobre el asfalto. El humo asciende en volutas hacia el cielo, un humo negro y aceitoso, y allá en el lugar hacia el que

se dirigen tus ojos, el lugar donde ya no puede verse el humo, hay un punto blanco brillante, como un pájaro: un astrocaza Imperial X15 que desciende del espacio, y tú sabes que ahora todo va a empezar de nuevo, el aterrizaje, la carrera del mayor Tom, las extrañas transformaciones, el hombre con el uniforme verde dirigiéndose a su coche, la explosión, el arder, el astrocaza regresando para el aterrizaje, los cambios, el estallido, el arder, aterrizaje estallido arder, estallido arder estallido arder estallido arder una y otra y otra y otra vez.

—¡Mayor Tom! —gritas—. ¡Mayor Tom, no me abandones! ¡Papá! ¡Papá!

Cuando las alarmas han sonado, cuando las luces destellantes han arrojado las sombras de su débil parpadeo rojo al suelo, se ha dicho a sí misma: Está muerto, lo han perdido y, aunque el mundo ha terminado para ella, ha descubierto que no podía sentir ningún odio en su corazón hacia aquellos que han matado a su hijo. Han actuado de buena fe. Ella lo ha consentido. Toda la responsabilidad ha sido suya. Podrá perdonarles a ellos, pero nunca a sí misma. Dios podrá perdonar a Catherine Semple, pero ella nunca. Se ha ido, ha pensado, y se ha levantado de su silla para marcharse. Tazas de café vacías y revistas femeninas cubren la mesa. Se deslizará silenciosa mientras las alarmas aún siguen sonando y las luces destellan. Los pasos apresurados de las enfermeras resuenan por el pasillo, pero en la puerta la repentina y aterradora quietud la ha detenido como hielo en su corazón. Y luego, después de la tormenta, le llega la débil voz, pequeña, frágil y doliente.

—¡Mayor Tom! ¡Mayor Tom, no me abandones! ¡Papá! ¡Papá!

—No lo haré —ha susurrado. No te abandonaré. —Y todo se ha detenido entonces. Es como si la ciudad entera hubiera callado para oír los gritos de la nueva natividad, y luego, con un estremecimiento, el mundo ha vuelto a ponerse en marcha. Las líneas han danzado y se han perseguido en los osciloscopios, las vejigas de caucho han iniciado de nuevo su artificial respiración, las válvulas han siseado y el bip electrónico de los latidos del corazón han vuelto a contar el tiempo. Pero incluso ella ha captado la diferencia. Las luces rojas que han permanecido rojas durante tanto tiempo que ya no puede recordar que hayan sido nunca de otro color brillan ahora desafiantemente verdes, y aunque no puede leer los indicadores sabe que aquellos son los signos normales de un chico de doce años que se despierta suavemente de un turbado pero saludable sueño. Puede sentir el calor de encima de la cama sobre su piel y oler el aroma que no es el hedor de la enfermedad sino el olor de la enfermedad purgada, de la dolencia curada.

Recuerda todo esto, recuerda las enfermeras, recuerda los apretones de manos y los abrazos y las exclamaciones, recuerda los labios del doctor Montgomery moviéndose pero las palabras se le escapan, porque el tiempo está embrollado y las enfermeras, los periodistas, los doctores, los fotógrafos, todos se apilan unos junto a otros sin ningún orden significativo, como una caja de antiguas fotografías halladas en un desván. Recuerda destellos de flashes y periodistas, cámaras de vídeo arrastrando cables e ingenieros de sonido, locutores de televisión; recuerda sus preguntas, pero ninguna de sus respuestas.

Ahora está sentada a la cabecera de la cama. Hay una taza de café frío en el brazo de su sillón, que la amable enfermera del condado de Monaghan le ha traído. El doctor Montgomery y la mujer, MacKenzie, aquella con el brillo de los ordenadores tras sus ojos, responden a las preguntas. No pretende comprender lo que han hecho, pero sabe lo que puede haber sido. Ignorada por un tiempo, puede permanecer sentada y observar a su hijo y ser observada por él. Sin ser vistos por ninguna cámara, los ojos se encuentran y sonríen. Ha habido dolor, habrá dolor de nuevo, pero ahora, aquí, hay felicidad.

Fuera parece que ha parado de nevar, pero por el aspecto del cielo, cada vez más oscuro, sabe que no va a durar mucho. Las luces de un helicóptero Lynx del Ejército pasan altas sobre la parte oeste de Belfast, y frunce los ojos, medio cerrándolos, para hacerse creer a sí misma que no se trata de las luces de un helicóptero, sino la estela del cohete del mayor Tom, volviendo a casa desde Andrómeda.

 

LA METAMORFOSIS

 

Franz Kafka

La Metamorfosis

Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó convertido en

un monstruoso insecto. Estaba echado de espaldas sobre un duro caparazón y, al alzar la

cabeza, vio su vientre convexo y oscuro, surcado por curvadas callosidades, sobre el que

casi no se aguantaba la colcha, que estaba a punto de escurrirse hasta el suelo. Numerosas

patas, penosamente delgadas en comparación con el grosor normal de sus piernas, se

agitaban sin concierto.

- ¿Qué me ha ocurrido?

No estaba soñando. Su habitación, una habitación normal, aunque muy pequeña,

tenía el aspecto habitual. Sobre la mesa había desparramado un muestrario de paños -

Samsa era viajante de comercio-, y de la pared colgaba una estampa recientemente

recortada de una revista ilustrada y puesta en un marco dorado. La estampa mostraba a

una mujer tocada con un gorro de pieles, envuelta en una estola también de pieles, y que,

muy erguida, esgrimía un amplio manguito, asimismo de piel, que ocultaba todo su

antebrazo.

Gregorio miró hacia la ventana; estaba nublado, y sobre el cinc del alféizar

repiqueteaban las gotas de lluvia, lo que le hizo sentir una gran melancolía.

«Bueno –pensó–; ¿y si siguiese durmiendo un rato y me olvidase de todas estas

locuras?» Pero no era posible, pues Gregorio tenía la costumbre de dormir sobre el lado

derecho, y su actual estado no le permitía adoptar tal postura. Por más que se esforzara

volvía a quedar de espaldas. Intentó en vano esta operación numerosas veces; cerró los

ojos para no tener que ver aquella confusa agitación de patas, que no cesó hasta que notó

en el costado un dolor leve y punzante, un dolor jamás sentido hasta entonces.

- ¡Qué cansada es la profesión que he elegido! –se dijo–. Siempre de viaje. Las

preocupaciones son mucho mayores cuando se trabaja fuera, por no hablar de

las molestias propias de los viajes: estar pendiente de los enlaces de los trenes;

la comida mala, irregular; relaciones que cambian constantemente, que nunca

llegan a ser verdaderamente cordiales, y en las que no tienen cabida los

sentimientos. ¡Al diablo con todo!

Sintió en el vientre una ligera picazón. Lentamente, se estiró sobre la espalda en

dirección a la cabecera de la cama, para poder alzar mejor la cabeza. Vio que el sitio que

le picaba estaba cubierto de extraños puntitos blancos. Intentó rascarse con una pata; pero

tuvo que retirarla inmediatamente, pues el roce le producía escalofríos.

- Estoy atontado de tanto madrugar –se dijo–. No duermo lo suficiente. Hay

viajantes que viven mucho mejor. Cuando a media mañana regreso a la fonda

para anotar los pedidos, me los encuentro desayunando cómodamente

sentados. Si yo, con el jefe que tengo, hiciese lo mismo, me despedirían en el

acto. Lo cual, probablemente sería lo mejor que me podría pasar. Si no fuese

por mis padres, ya hace tiempo que me hubiese marchado. Hubiera ido a ver

el director y le habría dicho todo lo que pienso. Se caería de la mesa, ésa sobre

la que se sienta para, desde aquella altura, hablar a los empleados, que, como

es sordo, han de acercársele mucho. Pero todavía no he perdido la esperanza.

En cuanto haya reunido la cantidad necesaria para pagarle la deuda de mis

padres –unos cinco o seis años todavía–, me va a oír. Bueno; pero, por ahora,

lo que tengo que hacer es levantarme, que el tren sale a las cinco.

Volvió los ojos hacia el despertador, que tictaqueaba encima del baúl.

- ¡Dios mío! -exclamó para sí.

Eran más de las seis y media, y las manecillas seguían avanzando tranquilamente.

En realidad, ya eran casi las siete menos cuarto. ¿Es que no había sonado el despertador?

Desde la cama se veía que estaba puesto a las cuatro; por tanto, tenía que haber sonado.

Pero ¿era posible seguir durmiendo a pesar de aquel sonido que hacía estremecer hasta

los muebles? Su sueño no había sido tranquilo. Pero, por eso mismo, debía de haber

dormido al final más profundamente. ¿Qué podía hacer ahora? El tren siguiente salía a las

siete; para cogerlo tendría que darse muchísima prisa. El muestrario no estaba aún

empaquetado, y él mismo no se sentía nada dispuesto. Además, aunque alcanzase el tren,

no evitaría reprimenda del amo, pues el mozo del almacén, que había acudido al tren a las

cinco, debía de haber dado ya cuenta de su falta. El mozo era un esbirro del dueño, sin

dignidad ni consideración. Y si dijese que estaba enfermo, ¿qué pasaría? Pero esto,

además de ser muy penoso, despertaría sospechas, pues Gregorio, en los cinco años que

llevaba empleado, no había estado nunca enfermo. Vendría el gerente con el médico del

Montepío. Se desharía en reproches, delante de los padres, respecto a la holgazanería de

Gregorio, y refutaría cualquier objeción con el dictamen del doctor, para quien todos los

hombres están siempre sanos y sólo padecen de horror al trabajo. Y la verdad es que, en

este caso, su diagnóstico no habría sido del todo infundado. Salvo cierta somnolencia,

fuera de lugar después de tan prolongado sueño, Gregorio se sentía francamente bien,

además de muy hambriento.

Mientras pensaba atropelladamente, sin decidirse a levantarse, y justo en el

momento en que el despertador daba las siete menos cuarto, llamaron a la puerta que

estaba junto a la cabecera de la cama.

- Gregorio –dijo la voz de su madre–, son las siete menos cuarto. ¿No tenías

que ir de viaje?

¡Qué voz tan dulce! Gregorio se horrorizó al oír en cambio suya propia, que era la

de siempre, pero mezclada con un penoso y estridente silbido, en el cual las palabras, al

principio claras, se confundían luego y sonaban de forma tal que uno no estaba seguro de

haberlas oído. Gregorio hubiera querido dar una explicación detallada; pero, al oír su

propia voz, se limitó a decir:

- Sí, sí. Gracias, madre. Ya me levanto.

A través de la puerta de madera, la transformación de la voz de Gregorio no debió

notarse, pues la madre se tranquilizó con esta respuesta y se retiró. Pero este breve

diálogo reveló que Gregorio, contrariamente a lo que se creía, estaba todavía en casa.

Llegó el padre a su vez y, golpeando ligeramente la puerta, llamó:

- ¡Gregorio! ¡Gregorio! ¿Qué pasa?

Esperó un momento y volvió a insistir, alzando la voz:

- ¡Gregorio!

Mientras tanto, detrás de la otra puerta, la hermana le preguntaba suavemente:

- Gregorio, ¿no estás bien? ¿Necesitas algo?

- Ya estoy bien –respondió Gregorio a ambos a un tiempo, esforzándose por

pronunciar con claridad, y hablando con gran lentitud, para disimular el

insólito sonido de su voz. El padre reanudó su desayuno, pero la hermana

siguió susurrando:

- Abre, Gregorio, por favor.

Gregorio no tenía la menor intención de abrir, felicitándose, por el contrario, de la

precaución –contraída en los viajes– de encerrarse en su cuarto por la noche, aun en su

propia casa.

Lo primero que tenía que hacer era levantarse tranquilamente, arreglarse sin que

le molestaran y, sobre todo, desayunar. Sólo después de hecho todo esto pensaría en lo

demás, pues se daba cuenta de que en la cama no podía pensar con claridad. Recordaba

haber sentido en más de una ocasión un vago malestar en la cama, producido, sin duda,

por alguna postura incómoda, la cual, una vez levantado, se disipaba rápidamente; y tenía

curiosidad por ver desvanecerse paulatinamente sus imaginaciones de hoy. En cuanto al

cambio de su voz era simplemente el preludio de un resfriado, enfermedad profesional

del viajante de comercio.

Apartar la colcha era cosa fácil. Le bastaría con arquearse un poco y la colcha

caería por sí sola. Pero la dificultad estaba en la extraordinaria anchura de Gregorio. Para

incorporarse, podía haberse apoyado en brazos y manos; pero, en su lugar, tenía ahora

innumerables patas en constante agitación y le era imposible controlarlas. Y el caso es

que quería incorporarse. Se estiraba; lograba por fin dominar una de sus patas; pero,

mientras tanto, las demás proseguían su anárquica y penosa agitación.

«No es bueno haraganear en la cama», pensó Gregorio.

Primero intentó sacar la parte inferior del cuerpo. Pero dicha parte inferior –que

no había visto todavía y que, por tanto, no podía imaginar con exactitud– resultó

sumamente difícil de mover. Inició la operación muy lentamente. Hizo acopio de energías

y se arrastró hacia delante. Pero calculó mal la dirección, se dio un fuerte golpe contra los

pies de la cama, y el dolor subsiguiente le reveló que la parte inferior de su cuerpo era

quizá, en su nuevo estado, la más sensible. Intentó, pues, sacar la parte superior, y volvió

cuidadosamente la cabeza hacia el borde del lecho. Hizo esto sin problemas y, a pesar de

su anchura y su peso, el cuerpo siguió por fin, lentamente, el movimiento iniciado por la

cabeza. Pero entonces tuvo miedo de continuar avanzando de aquella forma, porque, si se

dejaba caer así, sin duda se haría daño en la cabeza; y ahora menos que nunca quería

Gregorio perder el sentido. Prefería quedarse en la cama.

Pero cuando, después de realizar a la inversa los mismos movimientos, en medio

de grandes esfuerzos y jadeos, se halló de nuevo en la misma posición y volvió a ver sus

patas moviéndose frenéticamente, comprendió que no podía hacer otra cosa, y volvió a

pensar que no debía seguir en la cama y que lo más sensato era arriesgarlo todo, aunque

sólo tuviera una mínima posibilidad. Pero en seguida recordó que meditar serenamente

era mejor que tomar decisiones drásticas. Sus ojos se clavaron en la ventana; pero, por

desgracia, la niebla que aquella mañana ocultaba por completo el lado opuesto de la calle,

pocos ánimos le infundió.

«Las siete ya –pensó al oír el despertador–. ¡Las siete ya, y todavía sigue la

niebla!»

Durante unos momentos permaneció echado, inmóvil y respirando lentamente,

como si esperase que el silencio le devolviera a su estado normal.

Pero, al poco rato, pensó: «Antes de que den las siete y cuarto es indispensable

que me haya levantado. Además, seguramente vendrá alguien del almacén a preguntar

por mí, pues abren antes de las siete.» Se dispuso a salir de la cama, balanceándose sobre

su borde. Dejándose caer de esta forma, la cabeza, que pensaba mantener firmemente

erguida, probablemente no sufriría daño ninguno. La espalda parecía resistente, y no le

pasaría nada al dar con ella en la alfombra. Únicamente le hacía vacilar el temor al

estrépito que esto habría de producir, y que sin duda asustaría a su familia. Pero no

quedaba más remedio que correr el riesgo.

Ya estaba Gregorio con casi medio cuerpo fuera de la cama (el nuevo método era

como un juego, pues consistía simplemente en balancearse hacia atrás), cuando cayó en

cuenta de que todo sería muy sencillo si alguien viniese en su ayuda. Con dos personas

robustas (y pensaba en su padre y en la criada) bastaría. Sólo tendrían que pasar los

brazos por debajo de su abombada espalda, sacarle de la cama y, agachándose luego con

la carga, dejar que se estirara en el suelo, en donde era de suponer que las patas se

mostrarían útiles. Ahora bien, y prescindiendo del hecho de que las puertas estaban

cerradas con llave, ¿convenía realmente pedir ayuda? Pese a lo apurado de su situación,

no pudo por menos de sonreír.

Había adelantado ya tanto, que un solo balanceo, algo más enérgico que los

anteriores, bastaría para hacerle bascular sobre el borde de la cama. Además pronto no le

quedaría más remedio que decidirse, pues sólo faltaban cinco minutos para las siete y

cuarto. En ese momento, llamaron a la puerta del piso.

«Debe ser alguien del almacén», pensó Gregorio, mientras sus patas se agitaban

cada vez más rápidamente. Por un momento permaneció todo en silencio. «No abren»,

pensó entonces, aferrándose a tan descabellada esperanza. Pero, como no podía por

menos de suceder, oyó aproximarse a la puerta las fuertes pisadas de la criada. Y la

puerta se abrió. A Gregorio le bastó oír la primera palabra del visitante para percatarse de

quién era. Era el gerente en persona. ¿Por qué estaría Gregorio condenado a trabajar en la

cual la más mínima ausencia despertaba inmediatamente las más terribles sospechas? ¿Es

que los empleados eran todos unos sinvergüenzas? ¿Es que no podía haber entre ellos

algún hombre de bien que, después de perder un par de horas en la mañana, se volviese

loco de remordimiento y no estuviera en condiciones de abandonar la cama? ¿Es que no

bastaba con mandar a un chico a preguntar (suponiendo que tuviese fundamento esa

manía de averiguar), sino que tenía que venir el mismísimo gerente a enterar a una

inocente familia de que sólo él tenía autoridad para intervenir en la investigación de tan

grave asunto? Y Gregorio, excitado por estos pensamientos más que decidido a ello, se

tiró violentamente de la cama. Se oyó un golpe sordo, pero no demasiado. La alfombra

amortiguó la caída; la espalda tenía mayor elasticidad de lo que Gregorio había supuesto,

y esto evitó que el ruido fuese tan estrepitoso como había temido. Pero no tuvo cuidado

de mantener la cabeza suficientemente erguida; se lastimó y el dolor le hizo frotarla

furiosamente contra la alfombra.

- Algo ha ocurrido ahí dentro –dijo el gerente en la habitación de la izquierda.

Gregorio intentó imaginar que al gerente pudiera sucederle algún día lo

mismo que hoy a él, cosa ciertamente posible. Pero el gerente, como

replicando con energía a esta suposición, dio unos cuantos pasos por el cuarto

vecino, haciendo crujir sus zapatos de charol. Desde la habitación contigua de

la derecha, la hermana susurró:

- Gregorio, está aquí el gerente del almacén.

- Ya lo sé –contestó Gregorio débilmente, sin atreverse a levantar la voz hasta

el punto de hacerse oír por su hermana.

- Gregorio –dijo por fin el padre desde la habitación contigua de la izquierda–,

ha venido el señor gerente y pregunta por qué no tomaste el primer tren. No

sabemos que contestar. Además, desea hablar personalmente contigo. Con que

haz el favor de abrir la puerta. El señor tendrá la bondad de disculpar el

desorden del cuarto.

- ¡Buenos días, señor Samsa! –terció entonces amablemente el gerente.

- No se encuentra bien –dijo la madre a este último mientras el padre

continuaba hablando junto a la puerta–. Está enfermo, créame. ¿Cómo si no,

iba a perder el tren? Gregorio no piensa más que en el almacén. ¡Si casi me

molesta que no salga ninguna noche! Ahora, por ejemplo, ha estado aquí ocho

días; pues bien, ¡ni una sola noche ha salido de casa! Se sienta con nosotros

alrededor de la mesa lee el periódico en silencio o estudia itinerarios. Su única

distracción es la carpintería. En dos o tres tardes ha tallado un marquito.

Cuando lo vea, se va a asombrar; es precioso. Está colocado en su cuarto;

ahora lo verá en cuanto abra Gregorio. Por otra parte, me alegro de que haya

venido usted, pues nosotros no hubiéramos podido convencer a Gregorio de

que abra la puerta. ¡Es tan testarudo! Seguramente no se encuentra bien,

aunque antes dijo lo contrario.

- Voy en seguida –dijo débilmente Gregorio, sin moverse para no perder

palabra de la conversación.

- Seguro que es como dice usted señora. –repuso el jefe–. Espero que no sea

nada serio. Aunque, por otra parte, he de decir que nosotros, los comerciantes,

tenemos que saber afrontar a menudo ligeras indisposiciones, anteponiendo a

todo los negocios.

- Bueno –preguntó el padre, impacientándose y volviendo a llamar a la puerta–;

¿puede entrar ya el señor?

- No –respondió Gregorio.

En la habitación de la izquierda se hizo un apenado silencio, y en la de la derecha

comenzó a sollozar la hermana.

¿Por qué no iba a reunirse con los demás? Claro, acababa de levantarse y ni

siquiera habría empezado a vestirse. Pero ¿por qué lloraba? Acaso porque el hermano no

se levantaba, porque no abría la puerta, porque corría riesgo de perder su empleo, con lo

cual el dueño volvería a atormentar a los padres con las viejas deudas. Pero, por el

momento, estas preocupaciones no venían a cuento. Gregorio estaba allí, y no pensaba ni

remotamente en abandonar a los suyos. Yacía sobre la alfombra, y nadie que supiera en

qué estado se encontraba hubiera pensado que podía hacer pasar a su jefe. Pero esta leve

descortesía, que más adelante explicaría satisfactoriamente, no era motivo suficiente para

despedirle. Y Gregorio pensó que, de momento, en vez de molestarle con quejas y

sermones era mejor dejarle en paz. Pero la incertidumbre en que se hallaban con respecto

a él era precisamente lo que inquietaba a los otros, disculpando su actitud.

- Señor Samsa –dijo por fin, el gerente con voz engolada–, ¿qué significa esto?

Se ha atrincherado usted en su cuarto y no contesta más que con monosílabos.

In quieta usted inútilmente a sus padres y, dicho sea de paso, falta a su

obligación con el almacén de una manera inconcebible. Le hablo en nombre

de sus padres y de la empresa, y le ruego encarecidamente que se explique en

seguida y con claridad. Estoy asombrado; yo le tenía a usted por un hombre

formal y juicioso, y no entiendo estas extravagancias. La verdad es que el

señor director me insinuó esta mañana una posible explicación de su ausencia:

el cobro que se le encomendó que hiciese efectivo anoche. Yo dije que

respondía personalmente que no había ni que pensar en tal posibilidad; pero

por ahora, ante esta incompresible actitud, no siento ya deseos de seguir

intercediendo por usted. Su posición no es, desde luego, muy sólida. Mi

intención era decirle todo esto a solas; pero como a usted al parecer no le

importa hacerme perder el tiempo, no veo por qué no habrían de oírlo sus

señores padres. Últimamente su trabajo ha dejado bastante que desear. Es

verdad que no está en la época más propicia para los negocios; nosotros

mismos lo reconocemos. Pero, señor Samsa, no hay época, no puede haberla,

en que los negocios se paralicen.

- Ya voy –gritó Gregorio fuera de sí, olvidándose en su excitación de todo lo

demás–. Voy inmediatamente. Una ligera indisposición me retenía en la cama.

Estoy todavía acostado. Pero ya me siento bien. Ahora mismo me levanto.

¡Un momento! Aún no me encuentro tan bien como creía. Pero ya estoy

mejor. ¡No entiendo cómo me ha podido ocurrir! Ayer me encontraba

perfectamente. Sí, mis padres lo saben. Mejor dicho, ya ayer percibí los

primeros síntomas. ¿Cómo no me lo habrán notado? ¿Por qué no lo diría yo en

el almacén? Pero siempre se cree uno que pondrá bien sin necesidad de

quedarse en casa. ¡Por favor, tenga consideración de mis padres! No hay

motivo para los reproches que me acaba de hacer; nunca me han dicho nada

parecido. Sin duda, no ha visto usted los últimos pedidos que he transmitido.

Además, saldré en el tren de las ocho. Con estas dos horas de descanso he

recuperado las fuerzas. No se entretenga usted más. En seguida voy al

almacén. Explique allí esto, se lo suplico, y presente mis respetos al director.

Mientras decía atropelladamente todo esto, Gregorio, gracias a la habilidad

adquirida en la cama, se acercó sin dificultad al baúl e intentó enderezarse apoyándose en

él. Quería abrir la puerta, presentarse ante el gerente, hablar con él. Sentía curiosidad por

saber lo que dirían cuando le viesen los que tan insistentemente le llamaban. Si se

asustaban, no era culpa de él y no tenía nada que temer. Si, por el contrario, se quedaban

tranquilos, tampoco él tenía por que excitarse, y podía, si se daba prisa, estar a las ocho

en la estación. Varias veces resbaló contra las lisas paredes del baúl; pero, al fin logró

incorporarse. El dolor en el abdomen, aunque muy intenso, no le preocupaba. Se dejó

caer contra el respaldo de una silla cercana, a cuyos bordes se agarró fuertemente con sus

patas. Logró tranquilizarse, y calló para escuchar lo que decía el gerente.

- ¿Han entendido una sola palabra? –preguntó éste a los padres–. ¿No será que

se hace el loco?

- ¡Por el amor de Dios! –exclamó la madre llorando–. Tal vez se encuentre muy

mal y nosotros le estamos mortificando. –Y seguidamente llamó–: ¡Grete!

¡Grete!

- ¿Qué quieres madre? –contestó la hermana desde el otro lado de la habitación

de Gregorio, a través de la cual hablaban.

- Tienes que ir en seguida a buscar al médico Gregorio está enfermo. Ve

corriendo. ¿Has oído cómo hablaba?

- Es una voz de animal –dijo el gerente, que hablaba en voz muy baja, en

comparación con los gritos de la madre.

- ¡Ana! ¡Ana! –llamó el padre, volviéndose hacia la cocina a través del

recibidor y dando palmadas–. Vaya inmediatamente a buscar un cerrajero.

Se oyó por el recibidor el rumor de las faldas de dos jóvenes que salían corriendo

(¿cómo se habría vestido la hermana?), y el ruido brusco de la puerta del piso abrirse.

Pero no se escuchó ningún portazo. Debían de haber dejado la puerta abierta, como suele

suceder en las casas en donde ha ocurrido una desgracia.

Gregorio, sin embargo, estaba mucho más tranquilo. Sus palabras resultaban

ininteligibles, aunque a él le parecían muy claras, más claras que antes, sin duda porque

ya se le iba acostumbrando el oído; pero lo importante era que ya se habían percatado los

demás de que algo anormal le sucedía y se disponían a acudir en su ayuda. Se sintió

aliviado por la prontitud y energía con que habían tomado las primeras medidas. Se sintió

nuevamente incluido entre los seres humanos, y esperaba tanto del médico como del

cerrajero acciones insólitas y maravillosas.

A fin de poder intervenir lo más claramente posible en las conversaciones

decisivas que se avecinaban, carraspeó ligeramente; lo hizo muy levemente, por temor a

que también este ruido sonase a algo que no fuese una tos humana, pues ya no tenía

seguridad de poder apreciarlo. Mientras tanto, en la habitación contigua reinaba un

profundo silencio. Tal vez los padres, sentados a la mesa con el gerente, estuvieran

hablando en voz baja. Tal vez permanecieran pegados a la puerta, escuchando.

Gregorio se deslizó lentamente con la silla hacia la puerta; al llegar allí, soltó la

silla se dejó caer contra la puerta y se sostuvo en pie, pegado a ella por la viscosidad de

sus patas. Descansó así un momento del esfuerzo realizado. Luego intentó hacer girar la

llave con la boca. Por desgracia, no parecía tener dientes propiamente dichos. ¿Con qué

iba entonces a coger la llave? Pero, en cambio, sus mandíbulas eran muy fuerte y, gracias

a ellas, pudo poner la llave en movimiento, sin reparar en el daño que seguramente se

hacía, pues un líquido oscuro le salió por la boca, resbalando por la llave y goteando

hasta el suelo.

- Escuchen –dijo el gerente–; está girando la llave.

Estas palabras alentaron mucho a Gregorio. Pero todos, el padre, la madre,

deberían haber gritado: «¡Adelante, Gregorio!» Sí, deberían haber gritado: «¡Adelante!

¡Duro con la cerradura!» Imaginando la ansiedad con que todos seguirían sus esfuerzos,

mordió con desesperación la llave, desfallecido. A medida que la llave giraba en la

cerradura, Gregorio se bamboleaba en el aire, colgando por la boca, forcejeando,

empujando la llave hacia abajo con todo el peso de su cuerpo. El sonido metálico de la

cerradura al abrirse le volvió completamente en sí.

«Bueno –se dijo con un suspiro de alivio–; no ha sido necesario que viniera el

cerrajero», y dio con la cabeza en el pestillo para acabar de abrir.

Este modo de abrir la puerta fue la causa de que no le viesen inmediatamente.

Gregorio tuvo que girar lentamente contra una de las hojas de la puerta, con gran cuidado

para no caer de espaldas. Y aún estaba ocupado en llevar a cabo tan difícil operación, sin

tiempo para pensar otra cosa, cuando oyó una exclamación del gerente que sonó como el

aullido del viento, y le vio, junto a la puerta, taparse la boca con la mano y retroceder

lentamente, como empujado por una fuerza invisible.

La madre –que, a pesar de la presencia del gerente, estaba allí sin arreglar, con el

pelo revuelto– miró a Gregorio, juntando las manos, avanzó liego dos pasos hacia él, y se

desplomó por fin, en medio de sus faldas desplegadas a su alrededor, con la cabeza caída

sobre su pecho. El padre amenazó con el puño, con expresión hostil, como si quisiera

empujar a Gregorio hacia el interior de la habitación; se volvió luego, saliendo con paso

inseguro al recibidor y, cubriéndose los ojos con las manos, manos rompió a llorar de tal

modo, que el llanto sacudía su robusto pecho.

Gregorio no llegó, pues, a salir de su habitación; permaneció apoyado en la hoja

de la puerta, mostrando sólo la mitad de su cuerpo, con la cabeza ladeada, contemplando

a los presentes. La lluvia había amainado, y al otro lado de la calle se recortaba nítido un

trozo de edificio negruzco de enfrente. Era un hospital, cuya monótona fachada jalonaban

numerosas ventanas idénticas. La lluvia caía ahora en goterones aislados, que se veían

llegar claramente al suelo. Sobre la mesa estaban los utensilios del desayuno; para el

padre, era la comida principal del día, que prolongaba con la lectura de varios periódicos.

En la pared que Gregorio tenía enfrente, colgaba un retrato de éste durante su servicio

militar, con uniforme de teniente, la mano en el puño de la espada, sonriendo

despreocupadamente, con un aire que parecía exigir respeto para su uniforme y su

actitud. Esa habitación daba al recibidor; por la puerta abierta se veía la del piso, también

abierta, el rellano de la escalera y el primer tramo de ésta que conducía a los pisos

inferiores,

- Bueno –dijo Gregorio, convencido de ser el único que había conservado la

calma–. Enseguida me visto, recojo el muestrario y me voy. Me dejaréis que

salga de viaje, ¿verdad? Ya ve usted, señor gerente, que no soy testarudo y

que trabajo con gusto. Viajar es cansado; pero yo no sabría vivir sin viajar.

¿Adónde va usted? ¿Al almacén? ¿Sí? ¿Lo contará todo tal como ha sucedido?

Uno puede tener un bajón momentáneo; pero es precisamente entonces

cuando deben acordarse los jefes de lo útil que uno ha sido y pensar que, una

vez superado el contratiempo, trabajará con redobladas energías. Yo, como

usted bien sabe, le estoy muy agradecido al señor director. Por otra parte,

tengo que atender a mis padres y a mi hermana. Es verdad que hoy me

encuentro en un apuro. Pero trabajando saldré bien de él. No me ponga las

cosas más difíciles de lo que están. Póngase de mi parte. Ya sé que al viajante

no se le quiere. Todos creen que gana el dinero a espuertas, sin trabajar

apenas. No hay ninguna razón para que este prejuicio desaparezca; pero usted

está más enterado de l que son las cosas que el resto del personal, incluso que

el propio director, que, en su calidad de propietario, se equivoca con

frecuencia respecto a un empleado. Usted sabe muy bien que el viajante, como

está fuera del almacén la mayor parte del año, es fácil blanco de habladurías,

equívocos y quejas infundadas, contra las cuales no le es fácil defenderse, ya

que la mayoría de las veces no llegan a sus oídos, y sólo al regresar reventado

de un viaje empieza a notar directamente las consecuencias negativas de una

acusación desconocida. No se vaya sin decirme algo que me pruebe que me da

usted la razón, por lo menos en parte.

Pero, desde las primeras palabras de Gregorio, el gerente había dado media vuelta

y le contemplaba por encima del hombro, con una mueca de repugnancia en el rostro.

Mientras Gregorio hablaba, no permaneció un momento quieto. Se retiró hacia la puerta

sin quitarle la vista de encima, muy lentamente, como si una fuerza misteriosa le

retuviese allí. Llegó, por fin, al recibidor y dio los últimos pasos con tal rapidez que

parecía que estuviera pisando brasas ardientes. Alargó el brazo derecho en dirección a la

escalera, como si esperase encontrar allí milagrosamente la libertad.

Gregorio comprendió que no debía permitir que el gerente se marchará de aquel

modo, pues si no su puesto en el almacén estaba seriamente amenazado. No lo veían los

padres tan claro como él, porque, con el transcurso de los años, habían llegado a pensar

que la posición de Gregorio en aquella empresa era inamovible; además, con la inquietud

del momento se habían olvidado de toda prudencia. Pero no así Gregorio, que se daba

cuenta de que era indispensable retener al gerente y tranquilizarle. De ello dependía el

porvenir de Gregorio y de los suyos. ¡Si al menos estuviera allí su hermana! Era muy

lista; había llorado cuando Gregorio yacía aún tranquilamente sobre su espalda. Seguro

que el gerente, hombre galante, se hubiera dejado convencer por la joven. Ella habría

cerrado la puerta del piso y le habría tranquilizado en el recibidor. Pero no estaba su

hermana, y Gregorio tenía que arreglárselas solo. Sin reparar en que todavía no conocía

sus nuevas facultades de movimiento, y que lo más probable era que no lograse entender,

abandonó la hoja de la puerta en que se apoyaba y se deslizó por el hueco formado al

abrirse la otra con intención de avanzar hacia el gerente, que seguía cómicamente

agarrado a la barandilla del rellano. Pero inmediatamente cayó al suelo, intentando con

grandes esfuerzos, sostenerse sobre sus innumerables y diminutas patas, profiriendo un

leve quejido. Entonces se sintió, por primera vez en el día, invadido por un verdadero

bienestar: las patitas, apoyadas en el suelo, le obedecían perfectamente. Con alegría, vio

que empezaban a llevarle adonde deseaba ir, dándole la sensación de que sus sufrimientos

habían concluido. Pero en el momento en que Gregorio empezaba a avanzar lentamente,

balanceándose a ras de tierra, no lejos y enfrente de su madre, ésta, pese a su

desvanecimiento previo, dio de pronto un brinco y se puso a gritar, extendiendo los

brazos con las manos abiertas: «¡Socorro! ¡Por el amor de Dios! ¡Socorro!» Inclinaba la

cabeza como para ver mejor a Gregorio, pero de pronto, como para desmentir esta

impresión, se desplomó hacia atrás cayendo sobre la mesa, y, ajena al hecho de que

estaba aún puesta, quedó sentado en ella, sin darse cuenta de que a su lado el café salía de

la cafetera volcada, derramándose sobre la alfombra.

- ¡Madre! ¡Madre! –gimió Gregorio, mirándola desde abajo. Por un momento se

olvidó del gerente; y no pudo evita, ante el café vertido, abrir y cerrar

repetidas veces las mandíbulas en el vacío. Su madre, gritando de nuevo y

huyendo de la mesa, se lanzó en brazos del padre, que corrió a su encuentro.

Pero Gregorio no podía dedicar ya su atención a sus padres; el gerente estaba

en la escalera y, con la barbilla apoyada sobre la baranda, dirigía una última

mirada a aquella escena. Gregorio tomó impulso para darle alcance, pero él

debió de comprender su intención, pues, de un salto, bajó varios escalones y

desapareció, profiriendo unos alaridos que resonaron por toda la escalera. Para

colmo de males, la huida del jefe pareció trastornar por completo al padre, que

hasta entonces se había mantenido relativamente sereno; pues, en lugar de

correr tras el fugitivo, o por lo menos permitir que así lo hiciese Gregorio,

empuño con la diestra el bastón del gerente –que éste no había recogido, como

tampoco su sombrero y su gabán, olvidados en una silla– y, armándose con la

otra mano de un gran periódico que había sobre la mesa, se dispuso, dando

fuertes patadas en el suelo, esgrimiendo papel y bastón, a hacer retroceder a

Gregorio hasta el interior de su cuarto. De nada le sirvieron a éste sus súplicas,

que no fueron entendidas; y aunque inclinó sumiso la cabeza, sólo consiguió

excitar aún más a su padre. La madre, a pesar del mal tiempo, había abierto

una ventana y, violentamente inclinada hacia fuera, se cubría el rostro con las

manos. Entre el aire de la calle y el de la escalera se estableció una fuerte

corriente; las cortinas de la ventana se ahuecaron; sobre la mesa se agitaron

los periódicos, y algunas hojas sueltas se agitaron por el suelo. El padre,

inflexible, resoplaba violentamente, intentando hacer retroceder a Gregorio.

Pero éste carecía aún de práctica en la marcha hacia atrás, y la cosa iba muy

despacio. ¡Si al menos hubiera podido moverse! En un santiamén se hubiese

encontrado en su cuarto. Pero temía, con su lentitud en girar, impacientar a su

padre, cuyo bastón podía deslomarle o abrirle la cabeza. Finalmente, sin

embargo, no tuvo más remedio que volverse, pues advirtió contrariado que,

caminado hacia atrás, no podía controlar la dirección. Así que, sin dejar de

mirar angustiosamente a su padre, empezó a girar lo más rápidamente que

pudo, es decir, con extraordinaria lentitud. El padre debió percatarse de su

buena voluntad, pues dejó de hostigarle, dirigiendo incluso de lejos, con la

punta del bastón, el movimiento giratorio. ¡Si al menos hubiese dejado de

resopla! Esto era lo que más alteraba a Gregorio. Cuando ya iba a terminar el

giro, aquel resoplido le hizo equivocarse, obligándole a retroceder poco a

poco. Por fin logró quedarse frente a la puerta. Pero entonces recordó que su

cuerpo era demasiado ancho para poder pasar sin más. Al padre, en medio de

su excitación, no se le ocurrió abrir la otra hoja para dejar espacio suficiente.

Estaba obsesionado con la idea de que Gregorio había de meterse cuanto antes

en su habitación. Tampoco hubiera permitido los lentos preparativos que

Gregorio necesitaba para incorporarse y, de este modo, pasar por la puerta.

Como si no hubiese problema alguno azuzaba a Gregorio con furia creciente.

Gregorio oía tras de sí una voz que parecía imposible que fuese la de un padre.

Se incrustó en el marco de la puerta. Se irguió de medio lado y quedó

atravesado en el umbral, lacerándose el costado. En la puerta aparecieron unas

manchas repulsivas. Gregorio quedó allí atascado, sin posibilidad de hacer el

menor movimiento.

Las patitas de uno de los lados colgaban en el aire, mientras que las del otro

quedaban dolorosamente oprimidas contra el suelo... En esto, el padre le dio por detrás un

empujón enérgico y salvador, que lo lanzó dentro del cuarto, sangrando copiosamente.

Luego, cerró la puerta con el bastón, y por fin volvió a la calma.

Hasta la noche no despertó Gregorio de un pesado sueño, semejante a un

desmayo. No habría tardado mucho en despabilarse por sí solo, pues ya había descansado

bastante, pero le pareció que le despertaban unos pasos furtivos y el ruido de la puerta del

recibidor, que alguien cerraba suavemente. El reflejo del tranvía proyectaba franjas de luz

en el techo de la habitación y la parte superior de los muebles; pero de abajo, donde

estaba Gregorio, reinaba la oscuridad. Lenta y todavía torpemente, tanteando con sus

antenas, que en ese momento le mostraron su utilidad, se deslizó hacia la puerta para ver

lo que había ocurrido. En su costado izquierdo había una larga y repugnante llaga.

Renqueaba alternativamente sobre cada una de sus dos hileras de patas, una de las cuales

herida en el accidente de la mañana –sorprendentemente, las demás habían quedado

ilesas–, se arrastraba sin vida.

Al llegar a la puerta, comprendió que lo que le había atraído era el olor de algo

comestible. Encontró una cazoleta llena de leche con azúcar, en la que flotaban trocitos

de pan. Estuvo a punto de reír de gozo, pues tenía aún más hambre que por la mañana.

Hundió la cabeza en la leche casi hasta los ojos; pero enseguida la retiró contrariado, pues

no sólo la herida de su costado izquierdo le hacía dificultosa la operación (para comer

tenía que mover todo el cuerpo), sino que, además, la leche, que hasta entonces había

sido su bebida predilecta –por eso, sin duda, la había puesto allí su hermana–, no le gustó

nada. Se apartó casi con repugnancia de la cazoleta y se arrastró de nuevo hacia el centro

de la habitación. Por la rendija de la puerta vio que la luz estaba encendida en el

comedor. Pero, en contra de lo habitual, no se oía al padre leer en voz alta a la madre y la

hermana el diario de la tarde. No se oía el menor ruido. Quizá esta costumbre, de la que

siempre le hablaba la hermana en sus cartas, hubiese desaparecido. Todo estaba

silencioso, pese a que, con toda seguridad, la casa no estaba vacía. «¡Qué vida tan

tranquila lleva mi familia!», pensó Gregorio. Mientras su mirada se perdía en las

sombras, se sintió orgulloso de haber podido proporcionar a sus padres y a su hermana

tan sosegada existencia, en un hogar tan acogedor. De pronto pensó con terror que

aquella tranquilidad, aquel bienestar y aquella alegría iban a terminar... Para no

abandonarse en estos pensamientos, prefirió ponerse en movimiento y comenzó a

arrastrarse por la habitación.

Durante la noche se entreabrió una vez una de las hojas de la puerta, y otra vez la

otra: alguien quería entrar. Gregorio, en vista de ello, se colocó contra la puerta que daba

al comedor, dispuesto a atraer hacia el interior al indeciso visitante, o por lo menos a

averiguar quién era. Pero la puerta no volvió a abrirse, y esperó en vano. Esa mañana,

cuando la puerta estaba cerrada, todos habían intentado entrar, y ahora que él había

abierto una puerta y que la otra había sido también abierta, sin duda, durante el día, ya no

venía nadie, y las llaves habían sido puestas en la parte exterior de las cerraduras.

Estaba muy avanzada la noche cuando se apagó la luz del comedor. Gregorio

comprendió que sus padres habían permanecido en vela hasta entonces. Oyó como se

alejaban de puntillas. Hasta la mañana no entraría seguramente nadie a ver a Gregorio:

tenía tiempo de sobra para pensar, sin temor a ser importunado, en su futuro. Pero aquella

habitación fría y de techo alto, en donde había de permanecer echado de bruces. Le dio

miedo; no entendía por qué, pues era la suya, la habitación en que vivía desde hacía cinco

años... Bruscamente, y no sin algo de vergüenza, se metió debajo del sofá, en donde, a

pesar de sentirse algo estrujado, por no poder levantar la cabeza, se encontró en seguida

muy bien, lamentando únicamente no poder introducirse allí por completo a causa de su

excesiva corpulencia.

Así permaneció toda la noche, sumido en un duermevela del que le despertaba

con sobresalto el hambre, y sacudido por preocupaciones y esperanzas no muy concretas,

pero cuya conclusión era siempre la necesidad de tener calma y paciencia y de hacer lo

posible para que su familia se hiciese cargo de la situación y no sufriera más de lo

necesario.

Muy temprano, cuando apenas empezaba a clarear, Gregorio tuvo ocasión de

poner en práctica sus resoluciones. Su hermana, ya casi arreglada, abrió la puerta que

daba al recibidor y le buscó ansiosamente con la mirada. Al principio no le vio; pero al

descubrirle debajo del sofá –¡en algún sitio había de estar! ¡No iba a haber volado!– se

asustó tanto que, compulsivamente, volvió a cerrar la puerta. Pero inmediatamente se

arrepintió de su reacción, pues volvió abrir y entró de puntillas, como si fuese la

habitación de un enfermo grave o un extraño. Gregorio, asomando apenas la cabeza fuera

del sofá, la observaba. ¿Se daría cuenta de que no había probado la leche y,

comprendiendo que no había sido por falta de hambre, le traería alimentos más

adecuados? Pero si no lo hacía, él preferiría morirse de hambre antes que pedírselo, pese

a que sentía enormes deseos de salir de debajo del sofá y suplicarle que le trajese algo

bueno de comer. Pero su hermana, asombrada, advirtió inmediatamente que la cazoleta

estaba intacta; únicamente se había vertido un poco de leche. La recogió, y se la llevó.

Gregorio sentía una gran curiosidad por ver lo que la bondad de su hermana le reservaba.

A fin de ver cuál era su gusto, le trajo un surtido completo de alimentos y los extendió

sobre un periódico viejo: legumbres de días atrás, medio podridas ya; huesos de la cena

de la víspera, rodeados de blanca salsa cuajada; pasas y almendras; un trozo de queso que

dos días antes Gregorio había descartado como incomible; un mendrugo de pan duro;

otro untado con mantequilla, y otro con mantequilla y sal. Volvió a traer la cazoleta, que

por lo visto quedaba destinada a Gregorio, pero ahora llena de agua. Y por delicadeza

(pues sabía que Gregorio no comería estando ella presente) se retiró cuanto antes y echó

la llave, sin duda para que Gregorio comprendiese que nadie le iba a importunar. Al ir

Gregorio a comer, sus antenas fueron sacudidas por una especie de vibración. Pero por

otra parte, sus heridas debían de haberse curado ya, pues no sintió ninguna molestia, cosa

que le sorprendió bastante, pues recordó que hacia más de un mes se había cortado un

dedo con un cuchillo y que el día anterior todavía le dolía. «¿Tendré menos sensibilidad

que antes?», pensó, mientras probaba golosamente el queso, que fue lo que más le atrajo.

Con gran avidez y llorando de alegría, devoró sucesivamente el queso, las legumbres y la

salsa. En cambio, los alimentos frescos le disgustaron: su olor mismo le resultaba

desagradable, hasta el punto de que apartó de ellos las cosas que quería comer.

Hacía un buen rato que había terminado y permanecido estirado perezosamente en

el mismo sitio, cuando la hermana, sin duda para darle tiempo a retirarse, empezó a girar

lentamente la llave. A pesar de estar medio dormido, Gregorio se sobresaltó y corrió a

ocultarse de nuevo debajo del sofá. Para permanecer allí, aunque sólo fue el breve tiempo

que su hermana estuvo en el cuarto, tuvo que hacer esta vez gran esfuerzo de voluntad,

pues, a consecuencia de la abundante comida, su cuerpo se había abultado lo suficiente

como para que apenas pudiera respirar en aquel reducido espacio. Un tanto sofocado,

contempló con los ojos desorbitados cómo su hermana, ajena a lo que le sucedía barría no

sólo los restos de la comida, sino también los alimentos que Gregorio no había tocado,

como si ya no pudiesen aprovecharse. Y vio también cómo lo tiraba todo a un cubo, que

cerró con una tapa de madera. Apenas se hubo marchado su hermana con el cubo,

Gregorio salió de su escondrijo, se estiró y respiró profundamente.

De esta manera recibió Gregorio, día tras día, su comida: una vez por la mañana

temprano, antes de que se levantaran sus padres y la criada, y otra después del almuerzo,

mientras los padres dormían la siesta y la criada salía a algún recado al que la mandaba la

hermana. Sin duda sus padres tampoco querían que Gregorio se muriese de hambre; pero

tal vez no hubieran podido soportar el espectáculo de sus comidas, y era mejor que sólo

tuvieran noticias de ellas a través de la hermana. Tal vez también quería ésta ahorrarles

un sufrimiento extra.

Gregorio no pudo averiguar con qué disculpas habían despedido la primera

mañana al médico y al cerrajero. Como nadie le entendía, nadie pensaba, ni siquiera su

hermana, que él pudiese entender a los demás. Tenía, pues, que contentarse, cuando su

hermana entraba en su cuarto, con oírla gemir y lamentarse. Más adelante, cuando ella se

hubo acostumbrado un poco a la nueva situación (desde luego no se podía esperar que se

acostumbrase por completo), Gregorio empezó a notar en ella ciertos indicios de

amabilidad. «Hoy sí que le ha gustado», decía, cuando Gregorio había apurado la comida;

mientras que en el caso contrario, cada vez más frecuente, solía decir apenada: «Vaya,

hoy lo ha dejado todo.»

Aunque Gregorio no podía obtener directamente ninguna noticia, siempre estaba

atento a lo que sucedía en las habitaciones contiguas, y en cuanto oía voces, corría hacia

la puerta correspondiente y se pegaba a ella. Al principio todas las conversaciones se

referían a él, aunque no claramente. Durante dos días, en todas las comidas se discutió lo

que correspondía hacer en lo sucesivo. También fuera de las comidas se hablaba de lo

mismo; ninguno de los miembros de la familia quería quedarse solo en casa, y como

tampoco querían dejarla abandonada, siempre había por lo menos dos personas. Ya el

primer día, la criada –de la que no sabían hasta que punto estaba enterada de lo ocurrido–

le había rogado a la madre que la despidiese en seguida, y al marcharse, un cuarto de hora

después, dando las gracias efusivamente y sin que nadie se lo pidiese, juró solemnemente

que no contaría nada a nadie.

La hermana tuvo que ayudar a cocinar a la madre, cosa que, en realidad, no le

daba mucho trabajo, pues casi no comían. Gregorio los oía continuamente animarse en

vano unos a otros a comer, siendo un «gracias, ya he comido bastante», u otra frase por el

estilo, la respuesta invariable a estos requerimientos. Tampoco bebían casi nada. Con

frecuencia preguntaba la hermana al padre si quería cerveza, ofreciéndose a ir a buscarla.

Callaba el padre, y entonces ella añadía que también podían mandar a la portera. Pero el

padre respondía finalmente con una negativa tajante, y no se hablaba más del asunto.

Ya el primer día el padre planteó a la madre y a la hermana la situación

económica de la familia y sus perspectivas futuras. De vez en cuando se levantaba de la

mesa para buscar en su pequeña caja de caudales –salvada de la quiebra cinco años

antes– algún documento o libro de notas. Se oía el chasquido de la complicada cerradura

al abrirse o volverse a cerrar, después de que el padre hubiese sacado lo que buscaba.

Estas explicaciones constituyeron la primera noticia agradable que escuchó Gregorio

desde su encierro. Siempre había creído que a su padre no le quedaba absolutamente

nada del antiguo negocio. El padre nunca le había dado a entender que fuera de otro

modo, aunque lo cierto era que Gregorio tampoco le había preguntado nada al respecto.

Por aquel entonces, Gregorio sólo se había preocupado de hacer lo posible para que su

familia olvidara cuanto antes el revés financiero que los había hundido en la más

completa desesperación. Por eso había comenzado a trabajar con tal ahínco,

convirtiéndose en poco tiempo, de simple dependiente, en todo un viajante de comercio,

con grandes posibilidades de ganar dinero, y cuyos éxitos profesionales se concretaban en

sustanciosas comisiones entregadas a la familia ante el asombro y alegría de todos.

Habían sido días felices. Pero no se habían repetido, al menos con igual esplendor, pese a

que Gregorio había llegado a ganar lo suficiente como para llevar por sí solo el peso de

toda la casa. La costumbre, tanto en la familia, que recibía agradecida el dinero de

Gregorio, como en éste, que lo entregaba con gusto, hizo que la sorpresa y alegría

iniciales no volvieran a producirse con la misma intensidad. Sólo la hermana permaneció

siempre estrechamente unida a Gregorio, y como, contrariamente a éste, era muy

aficionada a la música y tocaba el violín con gran entusiasmo, Gregorio confiaba en

poder mandarla al año siguiente al conservatorio, pese a los gastos que ello conllevaría, y

a los que ya encontraría modo de hacer frente. Durante las breves estancias de Gregorio

junto a los suyos, la palabra «conservatorio» se repetía con frecuencia en las charlas con

la hermana, pero siempre como un hermoso sueño, en cuya realización no se podía ni

soñar. Los padres no veían con agrado estos ingenuos proyectos; pero para Gregorio era

un asunto muy serio, y tenía decidido anunciarlo solemnemente la noche de Navidad.

Estos pensamientos, ahora tan superfluos, se agitaban en su mente mientras,

pegado a la puerta, escuchaba lo que hablaban en la habitación contigua. De cuando en

cuando, la fatiga le impedía seguir escuchando, y dejaba caer cansado la cabeza sobre la

puerta. Pero en seguida volvía a levantarla, pues incluso el levísimo ruido debido a este

movimiento suyo, era oído por su familia, que enmudecía en el acto.

- ¿Qué estará haciendo ahora? –decía al poco el padre, si duda mirando hacia la

puerta.

Y, pasados unos momentos, se reanudaba la conversación interrumpida.

Así pudo enterarse Gregorio, con gran satisfacción –el padre se extendía en sus

explicaciones, pues hacia tiempo que no se había ocupado de aquellos asuntos, y además

la madre tardaba en entenderlos– que, a pesar de la desgracia les había quedado algún

dinero; no mucho, desde luego pero poco a poco había ido aumentando desde entonces,

gracias a los intereses intactos. Además, el dinero que entregaba Gregorio todos los

meses, quedándose para él únicamente una ínfima cantidad, no se gastaba por completo,

y había ido formando un pequeño capital. Tras la puerta, Gregorio aprobaba con la

cabeza, satisfecho de que existieran estas inesperadas reservas. Cierto que con ese dinero

sobrante podía haber pagado poco a poco la deuda que su padre tenía con el dueño, y

haberse visto libre de ella mucho antes; pero tal como estaban las cosas, era mejor así.

Ahora bien, ese dinero era del todo insuficiente para permitir a la familia vivir de

él; todo lo más bastaría para uno o dos años, pero no para más tiempo. Por tanto, era un

capital que no se debía tocar, pues convenía conservarlo para caso de necesidad. El

dinero para ir viviendo había que ganarlo. Pero el padre, aunque estaba bien de salud, era

ya viejo y llevaba cinco años sin trabajar; por tanto no se podía contar con él: en los

últimos cinco años, los primeros de descanso en su vida laboriosa, aunque fracasada,

había engordado mucho y se había vuelto lento y pesado. ¿Y cómo podría trabajar la

madre, que padecía de asma, que se fatigaba con sólo andar un poco por casa y

continuamente tenía que tumbarse en el sofá, con la ventana abierta de par en par, porque

le daban ahogos? ¿Tendría, entonces, que trabajar la hermana, una niña de diecisiete

años, y cuya envidiable existencia había consistido, hasta el momento, en ocuparse de sí

misma, dormir cuanto quería, ayudar en las tareas de la casa, participar en alguna sencilla

diversión y, sobre todo, tocar el violín?

Cada vez que la conversación derivaba hacia la necesidad de ganar dinero,

Gregorio se apartaba de la puerta y, trastornado por la pena y la vergüenza, se metía bajo

el fresco sofá de cuero. A menudo pasaba allí toda la noche en vela, arañando el cuero

hora tras hora. A veces llevaba a cabo el extraordinario esfuerzo de empujar el sillón

hasta la ventana y, agarrándose al alféizar, permanecía de pie en el asiento y apoyado en

la ventana, sumido en sus recuerdos, pues antes solía asomarse a menudo a aquella

ventana.

Poco a poco empezó a ver con menos claridad. Ya no distinguía el hospital de

enfrente, cuya vista tanto le desagradaba; y de no haber sabido que vivía en una calle en

plena ciudad, aunque tranquila, hubiera podido creer que su ventana daba a un desierto,

en el cual se confundían el cielo y la tierra, igualmente grises.

Sólo dos veces vio la hermana, siempre atenta, que el sillón se encontraba junto a

la ventana. Y ya, al arreglar la habitación, aproximaba ella misma el sillón. Más aún:

dejaba abiertos los primeros dobles cristales.

Si al menos hubiera podido Gregorio hablar con su hermana; de haberle podido

dar las gracia por cuanto hacía por él, le hubieran resultado más leves las molestias que

ocasionaba, y que de este modo tanto le hacían sufrir. Sin duda, su hermana hacía lo

posible para atenuar lo doloroso de la situación, y, a medida que transcurría el tiempo, iba

consiguiéndolo mejor, como es natural. Pero también Gregorio, a medida que pasaban los

días, tenía más clara la situación.

Ahora, las visitas de su hermana eran para él algo terrible. En cuanto entraba en la

habitación, y sin cerrar siquiera previamente las puertas, como antes, para ocultar a todos

la vista del cuarto, iba corriendo hacia la ventana y la abría bruscamente, como si

estuviese a punto de asfixiarse; y hasta cuando el frío era intenso, permanecía allí un rato

respirando ansiosamente. Este ajetreo asustaba a Gregorio dos veces al día; aunque

convencido de que ella le hubiera evitado esas molestias, de haber podido permanecer en

la habitación con las ventanas cerradas, Gregorio se quedaba temblando debajo del sofá

todo el tiempo que duraba la visita.

Un día –ya había transcurrido un mes desde la metamorfosis, así que no tenía por

qué sorprenderse del aspecto de Gregorio– su hermana entró algo más temprano que de

costumbre y se lo encontró mirando inmóvil por la ventana. No le hubiera extrañado a

Gregorio que su hermana no entrase, pues tal como estaba le impedía abrir la ventana.

Pero no sólo no entró, sino que retrocedió y cerró la puerta rápidamente: quien la hubiera

visto reaccionar de esa forma hubiera creído que Gregorio se disponía a atacarla.

Gregorio se metió inmediatamente debajo del sofá; pero hasta el mediodía no volvió su

hermana, más intranquila que de costumbre. Este incidente le hizo comprender que su

vista seguía resultándole insoportable ala hermana, que sólo gracias a un esfuerzo de

voluntad evitaba echar a correr al divisar la pequeña parte del cuerpo que sobresalía por

debajo del sofá. Con objeto de ahorrarle por completo su visión, llevó un día sobre su

espalda –trabajó para el cual precisó de cuatro horas– una sábana hasta el sofá, y la puso

de modo que le tapara por completo y que su hermana no pudiese verle por mucho que se

agachase.

De no haberle parecido oportuno tal medida, ella misma hubiera quitado la

sábana, pues fácil era comprender que, para Gregorio, el aislarse no era nada agradable.

Pero su hermana dejó la sábana tal como estaba, y Gregorio, al levantar sigilosamente

con la cabeza la punta de ésta, para ver como era acogida la nueva disposición, creyó

adivinar en la joven una mirada de gratitud.

Durante las dos primeras semanas, sus padres no se decidieron a entrar a verle. A

menudo los oyó alabar la actitud de la hermana, cuando hasta entonces solían, por el

contrario, considerarla poco menos que una inútil. Los padres solían esperar ante la

habitación de Gregorio mientras la hermana la arreglaba, y en cuanto salía se hacían

contar como estaba el cuarto, qué había comido Gregorio, cuál había sido su actitud y si

daba señales de mejoría.

La madre había querido visitar a Gregorio enseguida, pero el padre y la hermana

la habían hecho desistir con argumentos que Gregorio escuchó con la mayor atención y

aprobó por entero. Más adelante tuvieron que impedírselo por la fuerza, y cuando

exclamaba: «¡Dejadme entrar a ver a Gregorio! ¡Pobre hijo mío! ¿No comprendéis que

necesito verle?», Gregorio pensaba que tal vez fuera mejor que su madre entrase, no

todos lo días, pero sí, por ejemplo, una vez a la semana: ella era mucho más comprensiva

que la hermana, quien, pese a su indudable valor, al fin y al cabo no era más que una

niña, que quizá sólo por juvenil inconsciencia había podido asumir tan penosa tarea.

No tardó en cumplirse el deseo de Gregorio de ver a su madre. Durante el día, por

consideración a sus padres, no se asomaba a la ventana, y en los dos metros cuadrados de

suelo libre de su habitación casi no podía moverse. Descansar tranquilo le era ya difícil

durante la noche. La comida pronto dejó de causarle placer, y para distraerse empezó a

trepar zigzagueando por las paredes y el techo. En el techo era donde más a gusto se

encontraba: aquello era mucho mejor que estar echado en el suelo; respiraba mejor, y se

estremecía con una suave vibración. Un día Gregorio, casi feliz y despreocupado, se

desprendió del techo, con gran sorpresa suya, y se estrelló contra el suelo. Pero su cuerpo

se había vuelto más resistente y, pese a la fuerza del golpe, no se lastimó.

Su hermana advirtió inmediatamente el nuevo entretenimiento de Gregorio –tal

vez dejase al trepar un leve rastro de baba–, y quiso hacer todo lo posible para facilitarle

su actividad, quitando los muebles que le estorbaban, sobre todo el baúl y el escritorio.

No podía hacerlo sola y tampoco se atrevía a pedir ayuda al padre; con la criada no podía

contar, pues la buena mujer, de unos sesenta años, aunque se había mostrado muy

animosa desde la despedida de su antecesora, había rogado que le dejaran tener siempre

cerrada la puerta de la cocina, y no abrirla sino cuando la llamasen. Por tanto, la única

posibilidad era pedir ayuda a la madre en ausencia del padre.

La madre acudió eufórica, pero se quedó muda al llegar a la puerta. La hermana

comprobó que todo estuviera en orden, y sólo entonces hizo pasar a la madre. Gregorio

había bajado la sábana más que de costumbre, de modo que formara abundantes pliegues

y pareciera que estaba allí por causalidad. En esta ocasión no atisbó por debajo; renunció

a ver a su madre, feliz de que por fin hubiese entrado a su habitación.

- Pasa, no se le ve –dijo la hermana, que seguramente llevaba a la madre de la

mano.

Gregorio oyó a las dos frágiles mujeres mover el viejo y pesado baúl; la hermana,

animosa como siempre, hacía la mayor parte del esfuerzo, sin hacer caso de las

advertencias de la madre, que tenía miedo de que se fatigara excesivamente.

Al cabo de un cuarto de hora, la madre dijo que era mejor dejar el baúl donde

estaba, en primer lugar porque era muy pesado y no acabarían antes del regreso del padre;

además, estando en medio de la habitación el baúl le cortaría el paso a Gregorio; por

último, tal vez a Gregorio no le agradara que se retirasen los muebles, sino todo lo

contrario. La vista de las paredes desnudas la deprimía. ¿Por qué no había de sentir

Gregorio lo mismo, acostumbrado desde hacía tiempo a los muebles de su cuarto? ¿No se

sentiría como abandonado en la habitación vacía?

- Al quitar los muebles –continuó en voz muy baja, casi en un susurro, como si

quisiese evitar a Gregorio, que no sabía exactamente dónde se encontraba,

hasta el sonido de su voz, pues estaba convencida de que no entendía las

palabras–, ¿no parecería que renunciábamos a toda esperanza de mejoría, y

que lo abandonábamos sin más a sus suerte? Yo creo que lo mejor sería dejar

el cuarto igual que antes, para que Gregorio, cuando vuelva a ser uno de

nosotros, lo encuentre todo como estaba y pueda olvidar más fácilmente este

paréntesis.

Al oír estas palabras de la madre, Gregorio comprendió que la falta de toda

relación humana directa, unida a la monotonía de su nueva vida, debía de haber

trastornado su mente en aquellos dos meses, pues de otro modo no podía explicarse su

deseo de que vaciaran la habitación.

¿Acaso quería realmente que se convirtiese aquella confortable habitación, con

sus muebles familiares, en un desierto en el cual hubiera podido, es verdad, trepar en

todas las direcciones sin obstáculos, pero donde en poco tiempo hubiera olvidado por

completo su pasada condición humana?

De hecho, ya estaba a punto de olvidarla, y únicamente la voz de su madre, que

no oía hacía tiempo, le había hecho reaccionar. No, no había que quitar nada; todo tenía

que quedar como antes; no podía prescindir de la benéfica influencia que los muebles

ejercían sobre él, aunque coartaran su libertad de movimientos, lo cual, en todo caso,

antes que un perjuicio, debía considerarlo una ventaja.

Desgraciadamente, su hermana no era de esta opinión, y como se había

acostumbrado –no sin motivo– a considerarse la experta de la familia en lo que a

Gregorio se refería, rebatió los argumentos de su madre y declaró que no sólo debían

sacar de la habitación el baúl y el escritorio, como al principio habían pensado, sino

también todos los demás muebles, con excepción del indispensable sofá.

Su actitud no era fruto de la mera testarudez juvenil ni de la en sí misma, tan

repentinamente adquirida en los últimos tiempos: había observado que Gregorio, además

de necesitar mucho espacio para arrastrarse y trepar, no utilizaba los muebles en lo más

mínimo. Tal vez, con el entusiasmo propio de su edad y deseosa de mostrarse útil,

también deseaba inconscientemente que la situación de Gregorio se volviera aún más

drástica, a fin de poder hacer por él más de lo que hacía. Pues en un cuarto en el cual

Gregorio se hallase completamente solo entre las paredes desnudas, seguramente no se

atrevería a entrar nadie excepto Grete.

No logró, pues, la madre hacerla cambiar de idea, y como en aquel cuarto sentía

una gran desazón, tardó en callarse y en ayudar a la hermana, con todas sus fuerzas, a

sacar el baúl. Gregorio podía prescindir de él, si no había más remedio; pero el escritorio

tenía que quedarse allí. Apenas hubieran abandonado el cuarto las dos mujeres, jadeando

y arrastrando el baúl trabajosamente, saco Gregorio la cabeza de debajo del sofá para

estudiar la forma de intervenir con la mayor delicadeza y el máximo de precauciones. Por

desgracia su madre fue la primera en volver, mientras Grete, en la habitación de al lado,

seguía forcejeando con el baúl, aunque sin lograr cambiarlo de sitio. La madre no estaba

acostumbrada a la vista de Gregorio y la impresión podía ser muy fuerte, por lo que éste,

asustado, retrocedió rápidamente hasta el otro extremo del sofá; pero no pudo evitar que

la sábana que le ocultaba se moviese ligeramente, lo cual bastó para llamar la atención de

la madre. Ésta se detuvo bruscamente, quedó un instante indecisa y volvió junto a Grete.

Aunque Gregorio se decía que no iba a ocurrir nada del otro mundo, y que sólo

unos muebles serían cambiados de sitio, aquel ajetreo de las mujeres y el ruido de los

muebles al ser arrastrados le causaron una gran desazón. Encogiendo cuanto pudo la

cabeza y las piernas, aplastando el vientre contra el suelo, se confesó a sí mismo que no

podría soportarlo mucho tiempo.

Estaban vaciando su cuarto, quitándole cuanto amaba: se habían llevado el baúl

en el que guardaba la sierra y las demás herramientas, y ahora estaban moviendo el

escritorio, sólidamente asentado en el suelo, en el cual, cuando estudiaba la carrera de

comercio e incluso cuando iba a la escuela, había hecho sus ejercicios. No tenía un

minuto que perder para neutralizar las buenas intenciones de su madre y su hermana,

cuya existencia, por lo demás, casi había olvidado, pues, rendidas de cansancio,

trabajaban en silencio y sólo se oía el rumor de sus pasos cansinos.

Mientras las dos mujeres, en la habitación contigua, se recostaban un momento en

el escritorio para tomar aliento, Gregorio salió de repente de su escondrijo, cambiando de

trayectoria hasta cuatro veces: no sabía por dónde empezar. En esto, le llamó la atención,

en la pared ya desnuda, el retrato de la mujer envuelta en pieles. Trepó precipitadamente

hasta allí y se agarró al cristal, cuyo frío contacto calmó el ardor de su vientre. Al menos

esta estampa, que su cuerpo cubría ahora por completo, no se la quitarían. Volvió la

cabeza hacia la puerta del comedor, para ver a las mujeres cuando entrasen.

Éstas casi no se concedieron descanso, pues enseguida estuvieron allí de nuevo;

Grete rodeaba a la madre con el brazo, casi sosteniéndola.

- ¿Qué nos llevamos ahora? –preguntó Grete mirando a su alrededor.

En esto, su mirada se cruzó con la de Gregorio, pegado a la pared. Grete logró

dominarse únicamente a causa de la presencia de la madre; se inclinó hacia ésta, para

impedir que viera a Gregorio, y, aturdida y temblorosa, dijo:

- Ven, vamos un momento al comedor.

Para Gregorio, las intenciones de Grete estaban claras: quería poner a salvo a la

madre, y después echarle de la pared. ¡Que lo intentase si se atrevía! Él continuaba

agarrado a su estampa, y no cedería. Prefería saltarle a Grete a la cara.

Pero las palabras de Grete sólo habían logrado inquietar a la madre. Ésta se echó a

un lado, vio aquella enorme mancha oscura sobre la empapelada pared y, antes de poder

darse siquiera cuenta de que aquello era Gregorio, gritó con voz aguda:

- ¡Dios mío! ¡Dios mío!

Se desplomó sobre el sofá, con los brazos extendidos, como si sus fuerzas la

abandonasen, quedando allí sin movimiento.

Y se desmayó.

- Gregorio –exclamó la hermana con el puño en alto y la mirada de reprobación.

Era la primera vez que le hablaba directamente después de la metamorfosis. Grete

fue a la habitación contigua, en busca de algo que dar a la madre para reanimarla.

Gregorio hubiera querido ayudarla –para salvar el cuadro había tiempo–, pero

estaba pegado al cristal, y tuvo que desprenderse de él de un brusco tirón. Luego corrió a

la habitación contigua, como si aún pudiese, igual que antes, dar algún consejo a su

hermana. Pero tuvo que contentarse con permanecer quieto detrás de ella.

Grete estaba rebuscando entre diversos frascos; al volverse, se asustó, dejó caer al

suelo la botellita, que se rompió, y un fragmento hirió a Gregorio en la cara,

salpicándosela de un líquido corrosivo. Grete, sin detenerse, cogió tantos frascos como

pudo y entró en el cuarto de Gregorio, cerrando tras de sí la puerta con el pie. Gregorio se

encontró, pues, completamente separado de la madre, la cual, por culpa suya, se hallaba

tal vez en peligro de muerte. No podía entrar sin echar de allí a su hermana, cuya

presencia junto a la madre era necesaria; por tanto, no tenía más remedio que esperar.

Alterado por el remordimiento y la inquietud, comenzó a trepar por las paredes,

los muebles y el techo hasta que se sintió mareado y se dejó caer con desesperación

encima de la mesa.

Pasó un rato. Gregorio yacía extenuado; en la casa reinaba el silencio, lo cual era

tal vez buena señal. Llamaron. La criada estaba, como siempre, en la cocina, y Grete tuvo

que salir a abrir. Era el padre.

- ¿Qué ha pasado?

Éstas fueron sus primeras palabras. La expresión de Grete se lo había revelado

todo. Grete ocultó su cara en el pecho del padre, y dijo ahogadamente:

- Madre se ha desmayado, pero ya está mejor. Gregorio se ha escapado.

- Lo sabía –dijo el padre–. Os lo advertí; pero vosotras, las mujeres, nunca

hacéis caso.

Gregorio comprendió que el padre había malinterpretado el comentario de Grete y

seguramente creía que el había hecho algo malo. Por tanto, debía apaciguar a su padre,

pues no tenía tiempo ni forma de aclararle lo ocurrido. Se lanzó hacia la puerta de su

habitación, aplastándose contra ella, para que su padre, en cuanto entrase, comprendiese

que tenía intención de regresar inmediatamente a su cuarto, y no hacía falta empujarlo

hacia dentro, sino que bastaba con abrirle la puerta para que entrase en el acto.

Pero el padre no estaba en condiciones de captar estas sutilezas.

- ¡Ah! –exclamó con un tono a la vez furioso y amenazador. Gregorio apartó la

cabeza de la puerta y la dirigió hacia su padre. En los últimos tiempos

ocupado por completo en perfeccionar su técnica de trepar por las paredes,

había dejado de preocuparse como antes de lo que sucedía en la casa; por

tanto, debía haber imaginado que iba a encontrar las cosas muy cambiadas.

Sin embargo, ¿era aquél realmente su padre? ¿Era el mismo hombre que, antes,

cuando Gregorio iba a salir en viaje de negocios, permanecía fatigado en la cama? ¿Era el

mismo hombre que, al regresar a la casa, se encontraba en batín, hundido en su butaca, y

que, sin fuerzas para levantarse, se limitaba a levantar los brazos en señal de alegría? ¿

Era el mismo hombre que, en los raros paseos en común, algunos domingos u otros días

festivos, entre Gregorio y la madre, cuyo paso lento se volvía aún más pausado, avanzaba

envuelto en su viejo gabán, apoyándose cuidadosamente en el bastón, y que solía pararse

cada vez que quería decir algo, obligando a los demás a detenerse a su alrededor?

Ahora, sin embargo, aparecía firme y erguido, con un severo uniforme azul con

botones dorados, como el que suelen llevar los ordenanzas de los Bancos. Del rígido

cuello alto sobresalía la papada; bajo las pobladas cejas, los ojos negros destellaban con

una mirada vivaz y alerta, y el cabello blanco, hasta entonces siempre en desorden, estaba

reluciente y peinado con una raya impecable.

Tiró sobre el sofá la gorra, que llevaba una insignia dorada –probablemente la de

algún Banco– y, dando un rodeo, fue hacia Gregorio con expresión hostil, con las manos

en los bolsillos del pantalón y los largos faldones de su uniforme de levita recogidos

hacia atrás. El padre no sabía lo que iba a hacer; al caminar levantaba los pies a una altura

desusada, y Gregorio quedó asombrado del enorme tamaño de sus suelas. Sin embargo,

no se revolvió, pues ya sabía, desde el primer día de su vida, que cabía esperar de su

padre el máximo rigor con respecto a él. Echó a correr delante de su padre, deteniéndose

cuando éste lo hacía y corriendo de nuevo en cuanto le veía hacer un movimiento.

Dieron veces la vuelta a la habitación, sin que pasara nada y sin que esto, debido a

las dilatadas pausas, tuviese siquiera el aspecto de una persecución. Gregorio optó por

permanecer en el suelo: temía que su padre interpretase su huida por las paredes o por el

techo como un gesto malévolo.

Gregorio no tardó en comprender que aquella situación no podía prolongarse,

pues mientras su padre daba un paso él tenía que llevar a cabo un sinfín de movimientos,

y ya empezaba a jadear. Aunque lo cierto era que tampoco en su estado anterior podía

confiar mucho en sus pulmones.

Se estremeció, intentando hacer acopio de energías para emprender nuevamente la

huida. Apenas si podía tener los ojos abiertos; estaba tan aturdido que no pensaba más

que en seguir corriendo, olvidando la posibilidad de trepar por las paredes; aunque lo

cierto era que estaban atestadas de muebles tallados de peligrosos ángulos y picos. De

pronto, algo diestramente lanzado cayó a su lado y rodó ante él; era una manzana, a la

que inmediatamente siguió otra. Gregorio, atemorizado, no se movió; era inútil que

siguiera corriendo, puesto que su padre le estaba bombardeando. Se había llenado los

bolsillos con las manzanas del frutero que estaba sobre el aparador, y se las lanzaba una

tras otra, aunque sin acertarle por el momento.

Las rojas manzanas rodaban por el suelo como electrizadas, tropezando unas con

otras. Una de ellas, lanzada con mayor precisión, rozó la espalda de Gregorio, pero no le

hizo daño. En cambio, la siguiente le dio de lleno. Gregorio intentó correr, como si

pudiese liberarse del insoportable dolor cambiando de sitio; pero era como si le hubieran

clavado donde estaba, y quedó allí indefenso, sin noción de cuanto sucedía a su

alrededor.

Con el último resto de conciencia vio abrirse bruscamente la puerta de su

habitación y a su madre corriendo en camisa –pues Grete la había desnudado para hacerla

volver en sí– delante de la hermana, que gritaba; luego vio a la madre lanzándose hacia el

padre, perdiendo en el camino una tras otra de sus desabrochadas, para por fin llegar a

trompicones junto a su marido y abrazarse a él...

Y Gregorio, con la vista ya nublada, oyó por último cómo su madre, echando los

brazos al cuello del padre, le suplicaba que no matase a su hijo.

Aquella grave herida, que tardó más de un mes en curar –nadie se atrevió a

quitarle la manzana, que quedó, pues, incrustada en su carne como testimonio ostensible

de lo ocurrido–, pareció recordar, incluso al padre, que Gregorio, pese a su aspecto

repulsivo actual, era un miembro de la familia, a quien no se debía tratar como a un

enemigo, sino, por el contrario, con la máxima consideración, y que era un elemental

deber de familia sobreponerse a la repugnancia y resignarse.

Aun cuando a causa de su herida se había mermado, acaso para siempre, su

capacidad de movimiento; aun cuando precisaba ahora, como un viejo tullido, varios e

interminables minutos para cruzar su habitación y no podía ni soñar en volver a trepar por

las paredes, Gregorio tuvo, en aquel empeoramiento de su estado, una compensación que

le pareció suficiente: por la tarde, la puerta del comedor, en la que tenía puestos fijos los

ojos desde hacía una o dos horas antes, se abría, y él, echado en su cuarto a oscuras,

invisible para los demás, podía observar a su familia en torno a la mesa iluminada y oír

sus conversaciones con la aprobación general. Claro que dichas conversaciones no eran,

ni mucho menos, las animadas charlas de otros tiempos, que Gregorio añoraba –durante

sus viajes– en los cuartuchos de la fondas, al dejarse caer exhausto sobre las húmedas

sábanas de una cama extraña. Ahora, las veladas eran casi siempre monótonas y tristes.

Poco después de cenar, el padre se dormía en su sillón, y la madre y la hermana se hacían

mutuas señas de silencio. La madre, inclinada muy cerca de la luz, cosía lencería para una

tienda, y la hermana, que se había colocado de dependienta, estudiaba por las noches

estenografía y francés, con miras a conseguir un puesto mejor que el actual. De vez en

cuando, el padre despertaba y, como si no se diese cuenta de haber dormido, la decía a la

madre: «¡No haces más que coser!» Y volvía a dormirse en seguida, mientras la madre y

la hermana, rendidas de cansancio, cambiaban una sonrisa.

El padre se negaba obstinadamente a quitarse, ni siquiera en casa, su uniforme de

ordenanza. Y mientras el batín, ya inútil, colgaba de la percha, dormitaba totalmente

uniformado, como si quisiera estar siempre preparado y esperase oír incluso en la casa la

orden de algunos de sus jefes. De este modo el uniforme, que ya al principio no era

nuevo, se fue ajando rápidamente, a pesar de los cuidados de la madre y la hermana.

Gregorio a menudo se pasaba horas enteras contemplando aquel traje lustroso, lleno de

manchas, pero con los botones dorados siempre relucientes, dentro del cual su padre

dormía incómodo pero tranquilo.

A las diez, la madre intentaba despertar al padre para convencerle de que se

acostara y durmiera como es debido, cosa que él tanto necesitaba, puesto que entraba a

trabajar a las seis. Pero el padre, con la obstinación que le caracterizaba desde que era

ordenanza, insistía en permanecer más tiempo en la mesa, pese a que se dormía

invariablemente y al gran trabajo que costaba hacerle cambiar el sillón por la cama.

Sordo a los argumentos de la madre y la hermana, seguía allí con los ojos cerrados dando

cabezadas. La madre le tiraba de la manga, diciéndole al oído palabras cariñosas; la

hermana interrumpía su tarea para ayudarla. Pero no servía de nada, pues el padre se

hundía aún más en su sillón y no abría los ojos hasta que las dos mujeres le asían por

debajo de los brazos. Entonces las miraba a una tras otra, y solía exclamar:

- ¡Vaya vida! ¿Ni siquiera los últimos años voy a poder estar tranquilo?

Y penosamente, como si llevara una pesada carga, se ponía de pie, apoyándose en

la madre y la hermana, se dejaba acompañar hasta la puerta, les indicaba con un gesto que

ya no las necesitaba, y seguía solo su camino, mientras las dos mujeres dejaban sus tareas

e iban tras él para continuar ayudándole.

¿Quién, en aquella familia agotada por el trabajo, hubiera podido dedicar a

Gregorio más tiempo que el estrictamente necesario? El nivel de la vida doméstica se

redujo cada vez más. Se despidió a la criada y se contrató, para que ayudara en los

trabajos más duros, a una asistenta corpulenta y huesuda, de cabellos blancos, que venía

un rato por la mañana y otro por la tarde, y la madre tuvo que añadir a su nada desdeñable

labor de costura las demás tareas de la casa. Incluso tuvieron que vender varias joyas de

la familia, que en otros tiempos habían llevado orgullosas la madre y la hermana en

fiestas y reuniones. Gregorio se enteró de ello por los comentarios acerca del resultado de

la venta en una de las conversaciones nocturnas de la familia. Pero el mayor motivo de

lamentación consistía siempre en la imposibilidad de dejar aquel piso, demasiado grande

en las actuales circunstancias, ya que no había forma de trasladar a Gregorio. Sin

embargo, éste se daba cuenta de que no era él el verdadero impedimento para la

mudanza, ya que se le podría transportar fácilmente en un cajón con agujeros para

respirar. La verdadera razón por la que no se mudaban, era porque ello les hubiera

obligado a asumir plenamente el hacho de que habían sido alcanzados por una desgracia

inaudita, sin precedentes en el círculo de sus parientes y conocidos.

El infortunio se cebaba en ellos: el padre tenía que ir a buscar el desayuno del

humilde empleado de Banco, la madre cosía ropas de extraños, sujeta a los caprichos de

los clientes. La familia estaba llegando al límite de sus fuerzas. Y Gregorio sentía

renovarse el dolor de la herida de su espalda cuando la madre y la hermana, después de

acostar al padre, volvían al comedor y dejaban sus respectivas tareas para sentarse muy

juntas, casi mejilla con mejilla. La madre señalaba hacia la habitación d Gregorio y decía:

- Grete, cierra esa puerta.

Y Gregorio quedaba de nuevo sumido en la oscuridad, mientras en la habitación

contigua las dos mujeres lloraban en silencio o se quedaban mirando fijamente a la mesa,

con los ojos secos.

Gregorio casi nunca dormía, ni de noche ni de día. A veces pensaba que iba

abrirse la puerta de su cuarto, y que él iba a encargarse de nuevo, como antes, de los

asuntos de la familia. Volvió acordarse, tras largo tiempo, del director y el gerente del

almacén, el dependiente y el aprendiz, aquel ordenanza tan robusto, dos o tres amigos que

tenía en otros comercios, una camarera de una fonda provinciana... También le asaltó el

recuerdo dulce y pasajero de una cajera de una sombrerería, a quien había cortejado

formalmente, aunque sin empeño suficiente...

Todas estas personas se mezclaban en su mente con otras extrañas hace tiempo

olvidadas; pero ninguna podía ayudarle, ni a él ni a los suyos. Eran inasequibles, y se

sentía aliviado cuando lograba apartar su recuerdo. Luego, dejaba también de

preocuparse por su familia, y sólo sentía hacia ella la irritación producida por la poca

atención que le prestaban. No había nada que le apeteciera realmente, sin embargo, hacía

planes para llegar hasta la despensa y apoderarse, aunque sin hambre, de lo que le

pertenecía por derecho propio. La hermana no se preocupaba ya de buscar alimentos a su

gusto; antes de irse a trabajar, por la mañana y por la tarde, empujaba con el pie cualquier

cosa dentro del cuarto, y luego, al regresar, sin mirar si Gregorio sólo había probado la

comida –lo cual era lo más frecuente– o si ni siquiera al había tocado, recogía los restos

con la escoba. El arreglo de la habitación, que siempre tenía lugar de noche, era

igualmente apresurado. Las paredes estaban cubiertas de suciedad, y el polvo y los

desperdicios se amontonaban en los rincones.

En los primeros tiempos, al entrar la hermana, Gregorio se situaba precisamente

en el rincón en que había más suciedad. Pero ahora podía haber permanecido allí semanas

enteras sin que ella se hubiese aplicado más, pues veía la porquería tan bien como él, pero

al parecer estaba decidida a dejarla. Con una susceptibilidad en ella completamente

nueva, pero que se había extendido a toda la familia, no admitía que ninguna otra persona

se ocupase del arreglo de la habitación. Un día, la madre quiso limpiar a fondo el cuarto

de Gregorio, tarea para la que tuvo que emplear varios cubos de agua, mientras Gregorio

yacía amargado e inmóvil debajo del sofá, molesto por la humedad. Pero en cuanto noto

la hermana, al regresar por la tarde, el cambio operado en la habitación, se sintió

terriblemente ofendida, irrumpió en el comedor y, sin escuchar las explicaciones de la

madre, rompió a llorar con tal violencia y desconsuelo que los padres se asustaron. El

padre, a la derecha de la madre, le reprochó el no haber cedido por entero a la hermana el

cuidado de la habitación de Gregorio; la hermana, a la izquierda, dijo que ya no le sería

posible encargarse de aquella limpieza. La madre quería llevarse el dormitorio al padre,

que no acababa de calmarse: la hermana, sacudida por los sollozos, daba puñetazos en la

mesa, y Gregorio silbaba de rabia, porque nadie se había acordado de cerrar la puerta

para ahorrarle aquel espectáculo.

Pro si la hermana, extenuada por el trabajo, estaba cansada de cuidar a Gregorio,

no tenía por qué reemplazarla la madre, ni Gregorio tenía por qué sentirse abandonado:

para eso estaba la asistenta. Aquella viuda entrada en años, a quien su huesuda

constitución debía de haber permitido resistir las mayores amarguras a lo largo de su

vida, no sentía hacia Gregorio ninguna repulsión. Sin que ello pudiera achacarse a la

curiosidad, abrió un día la puerta del cuarto de Gregorio, que en su sorpresa, y aunque

nadie le perseguía, comenzó a correr de un lado para otro; sin embargo, la mujer

permaneció inmutable, con las manos cruzadas sobre el vientre.

Desde entonces, cada mañana y cada tarde entreabría furtivamente la puerta para

contemplar a Gregorio. Al principio, incluso le llamaba, con palabras que sin duda creía

cariñosas, como: «¡Ven aquí, bicharraco!».

Gregorio no respondía a estas llamadas: permanecía inmóvil, como si ni siquiera

se hubiese abierto la puerta. ¡Cuánto mejor hubiera sido que se ordenase a la sirvienta

limpiar diariamente su cuarto, en vez de dedicarse a importunarle inútilmente!

Una mañana temprano –mientras una lluvia que parecía anunciar la inminente

primavera azotaba furiosamente los cristales– la asistenta le incordió como de costumbre,

y Gregorio se irritó de tal manera que se volvió contra ella, lenta y débilmente, pero en

disposición de atacar. Sin embargo, en vez de asustarse, la mujer alzó en alto una silla

que estaba junto a la puerta, y esperó con la boca abierta de par en par, mostrando a las

claras su propósito de no cerrarla hasta no haber desgarrado sobre la espalda de Gregorio

la silla que blandía.

- No vienes, ¿eh? –dijo al ver que Gregorio retrocedía. Y tranquilamente volvió

a colocar la silla en el rincón.

Gregorio casi no comía. Al pasar junto a los alimentos que le ponían, tomaba

algún bocado, lo guardaba en la boca durante horas, y casi siempre acababa escupiéndolo.

Al principio, pensó que su desgana era efecto de la melancolía en que le sumía el estado

de su habitación; pero se acostumbró muy pronto al aspecto de ésta. Habían adoptado la

costumbre de meter allí las cosas que estorbaban en otra parte, que por cierto eran

muchas, pues uno de los cuartos de la casa había sido alquilado a tres huéspedes. Eran

tres señores muy formales –los tres llevaban barba, según comprobó Gregorio una vez

por la rendija de la puerta– y cuidaban de que reinase el orden más escrupuloso no sólo

en su habitación, sino en toda la casa, y muy especialmente en la cocina. No soportaban

los trastos inútiles, y mucho menos la suciedad.

Además, habían traído consigo la mayor parte de su mobiliario, lo cual hacía

innecesario algunos muebles imposibles de vender, pero que la familia tampoco quería

tirar. Y todas esas cosas habían ido a parar al cuarto de Gregorio, junto con el recogedor

de la ceniza y el cubo de la basura. Lo que de momento no había de ser utilizado, la

asistenta lo tiraba rápidamente al cuarto de Gregorio, quien, por fortuna, la mayoría de las

veces, sólo veía el objeto en cuestión y la mano que lo sujetaba. Quizá tuviese intención

la asistenta de volver en busca de aquellas cosas cuando tuviese tiempo, o pensara tirarlas

todas de una vez; pero el hecho es que permanecían allí donde habían sido dejadas, a

menos que Gregorio se revolviese contra algún trasto y lo desplazara, impulsado a ello

porque el objeto en cuestión no le dejaba ya sitio libre para arrastrarse o por pura rabia,

aunque después de tales traslados quedaba horriblemente triste y fatigado, sin ganas de

moverse durante horas enteras.

A veces los huéspedes cenaban en casa, en el comedor, con lo cual la puerta que

daba a la habitación de Gregorio permanecía cerrada también algunas noches; pero a

Gregorio esto le importaba ya muy poco, pues incluso algunas noches en que la puerta

estaba abierta, no había aprovechado la ocasión, sino que se había retirado, sin que la

familia lo advirtiese, al rincón más oscuro de su cuarto.

Un día la sirvienta dejó algo entornada la puerta que daba al comedor, y así siguió

cuando los huéspedes entraron por la noche y encendieron la luz. Se sentaron a la mesa,

en los sitios antaño ocupados por el padre, la madre y Gregorio, desdoblaron las

servilletas y empuñaron los cubiertos. Acto seguido llagó la madre con una fuente de

carne, seguida de la hermana, que llevaba otra fuente llena de patatas.

Los huéspedes se inclinaron sobre las fuentes de humeante comida, como si

quisiesen probarla antes de servirse, y, en efecto, el que se hallaba sentado en medio y

parecía llevar la voz cantante, cortó un pedazo de carne en la fuente misma, sin duda para

comprobar que estaba suficientemente tierna y que no era necesario devolverla a la

cocina. Mostró su aprobación, y la madre y la hermana, que habían observado

expectantes la operación, respiraron aliviadas y sonrieron.

La familia comía en la cocina. El padre, antes de dirigirse hacia ésta, entró en el

comedor, hizo una reverencia y, con la gorra en la mano, se acercó a la mesa. Os

huéspedes musitaron algo. Después, ya solos, comieron casi en silencio.

A Gregorio le resultaba extraño oír, entre los diversos ruidos de la comida, el de

los dientes al masticar, como si quisiesen demostrarle que para comer se necesitan

dientes, y que la más hermosa mandíbula de nada sirve sin ellos. «Qué hambre tengo –

pensó Gregorio, preocupado–. Pero no son éstas las cosas que me apetecen... ¡Cómo

comen estos huéspedes! ¡Y yo, mientras, muriéndome de hambre!»

Aquella noche –Gregorio no recordaba haber oído el violín en todo aquel tiempo–

oyó tocar en la cocina. Ya habían acabado los huéspedes de cenar. El que estaba en

medio había sacado un periódico y dado una hoja a cada uno de los otros dos, y los tres

leían y fumaban recostados en sus asientos. Al oír el violín, se levantaron y, de puntillas,

fueron hasta la puerta del recibidor, junto a la cual permanecieron inmóviles, apretados

uno contra otro. Debieron de oírles desde la cocina, pues el padre preguntó:

- ¿A los señores les molesta la música? De ser así, puede cesar al momento.

- Todo lo contrario –aseguró el señor de más autoridad–. ¿No querría la señorita

tocar aquí? Sería mucho más cómodo y agradable.

- ¡Claro no faltaba más! –contestó el padre, como si fuese él mismo el

violinista.

Los huéspedes volvieron al comedor y esperaron. Muy pronto llegó el padre con

el atril, luego la madre con las partituras y, por fin, la hermana con el violín. Grete lo

dispuso todo para comenzar a tocar. Mientras, los padres, que nunca habían tenido

habitaciones alquiladas y extremaban la cortesía para con los huéspedes, no se atrevían a

sentarse en sus propios sillones. El padre quedó apoyado en la puerta, con la mano

derecha metida entre los botones de la librea cerrada; uno de los huéspedes le ofreció un

sillón a la madre, y ésta se sentó en un rincón apartado, pues no movió el asiento de

donde aquel señor lo había colocado casualmente.

La hermana comenzó a tocar, y el padre y la madre, cada uno desde su sitio ,

seguían todos los movimientos de sus manos. Gregorio, atraído por la música, se atrevió

a avanzar un poco y se encontró con la cabeza en el comedor. Casi no le sorprendía la

escasa consideración que tenía para con los demás en los últimos tiempos; sin embargo,

esa consideración había sido antes su mayor orgullo. Por otra parte, ahora más que nunca

tenía motivo para ocultarse, pues, debido al estado de su habitación, cualquier

movimiento que hacía levantaba nubes de polvo a su alrededor, y él mismo estaba

cubierto de polvo y llevaba pegados, en el dorso y en los costados, hilachos, pelos y

restos de comida. Su indiferencia hacia todos era mucho mayor que cuando podía, echado

sobre la espalda, restregarse contra la alfombra. A pesar del estado en que se hallaba, no

se avergonzaba lo más mínimo de arrastrarse por el inmaculado suelo del comedor.

Aunque lo cierto era que nadie se fijaba en él. La familia estaba completamente

absorta por el violín, y los huéspedes, que al principio se habían colocado, con las manos

en los bolsillos del pantalón, cerca del atril para poder ir leyendo las notas y molestaban

seguramente a la hermana, no tardaron en retirarse hacia la ventana, en donde

permanecían cuchicheando con la cabeza inclinada, observados por el padre, a quien esta

actitud contrariaba visiblemente, pues parecía indicar a las claras que sus esperanzas de

escuchar buena música habían sido defraudadas y empezaban a cansarse, y que sólo por

cortesía seguían allí. Especialmente el modo en que echaban por la boca o la nariz el

humo de sus cigarros, delataban gran nerviosidad.

Sin embargo, ¡que bien tocaba Grete! Con el rostro ladeado seguía el pentagrama

atenta y tristemente. Gregorio se arrastró otro poco hacia adelante y mantuvo la cabeza

pegada al suelo, ansioso de encontrar con su mirada la de su hermana.

¿Sería una fiera, que la música le emocionaba de aquel modo?

Era como si ante él se abriese un camino que había de conducirle hasta un

alimento desconocido, ardientemente anhelado. Estaba decidido a llegar hasta su

hermana, a tirarle de la falda y hacerle comprender que había de ir a su cuarto con el

violín, porque nadie apreciaba su música como él. No la dejaría marcharse mientras él

viviese. Por primera vez iba a servirle de algo su espantosa forma.

Quería poder estar a un tiempo en todas las puertas, dispuesto a saltar sobre los

que pretendiesen atacarle. Pero era preciso que su hermana permaneciese junto a él, no a

la fuerza, sino voluntariamente; era preciso que se sentase junto a él en el sofá, que se

inclinase hacia él, y entonces le contaría al oído que había tenido el firme propósito de

enviarla al conservatorio y que, de no haber sobrevenido la desgracia, durante las pasadas

Navidades –pues las Navidades ya habían pasado, ¿no?– se lo hubiera dicho a los padres,

sin aceptar ninguna objeción. Y al oír esta confidencia, la hermana, conmovida, rompería

a llorar, y Gregorio se alzaría hasta sus hombros y la besaría en el cuello, que, desde que

iba a la tienda, llevaba desnudo.

- Señor Samsa –dijo de pronto al padre el señor que parecía la voz cantante. Y

sin más palabras señaló con el índice a Gregorio, que iba avanzando

lentamente. El violín enmudeció al instante, y el señor sonrió a sus amigos,

meneando la cabeza, y volvió a mirar a Gregorio.

Al padre le pareció más urgente echar de allí a Gregorio, tranquilizar a los

huéspedes, los cuales no se mostraron ni muchos menos intranquilos, y parecían

divertirse más con la aparición de Gregorio que con el violín. Se precipitó hacia ellos y,

extendiendo los brazos, intentó empujarlos hacia su habitación a la vez que les ocultaba

con su cuerpo la vista de Gregorio. Ellos, entonces, no disimularon su contrariedad,

aunque no era posible saber si se debía a la actitud del padre o al hecho de descubrir que

habían convivido sin saberlo con un ser de aquella índole.

Pidieron explicaciones al padre, alzaron los brazos al cielo, se mesaron las barbas

nerviosamente y no retrocedieron sino muy despacio hacia su habitación.

Mientras, la hermana había logrado sobreponerse a la impresión causada por tan

brusca interrupción. Permaneció un instante con los brazos caídos, sujetando con

indolencia el arco y el violín, y la mirada fija en la partitura, como si todavía estuviera

tocando. Y de pronto estalló: soltó el instrumento en el regazo de su madre, que seguía

sentada en su sillón, respirando con gran dificultad, y corrió al cuarto contiguo, al que los

huéspedes, empujados por el padre, se iban acercando ya más rápidamente. Con gran

destreza manipuló mantas y almohadas, y antes de que los huéspedes entrasen en su

habitación, ya había terminado de arreglarles las camas y se había escabullido.

El padre estaba tan fuera de sí que olvidaba hasta el más elemental respeto debido

a los huéspedes, y los seguía empujando frenéticamente. Ya en el umbral, el que parecía

llevar la voz cantante dio una patada en el suelo, y le detuvo diciendo enérgicamente:

- Participo a ustedes –alzó la mano al decir esto y buscó con la mirada también

a la madre y a la hermana– que, en vista de las repugnantes circunstancias que

en esta casa concurren –y al llegar aquí escupió con fuerza en el suelo–, en

este mismo momento me despido. Por supuesto no voy a pagar lo más mínimo

por los días que aquí he vivido; al contrario, me pensaré si he de pedirles una

indemnización, la cual, desde luego, sería muy fácil de justificar.

Calló y miró a su alrededor, como esperando algo. Y, efectivamente, sus dos

amigos se solidarizaron en el acto diciendo:

- También nosotros nos despedimos.

Tras lo cual, el primero en hablar agarró el picaporte y cerró la puerta de un golpe.

El padre, con paso vacilante, tanteando con las manos, fue hasta su sillón y se

dejó caer en él. Parecía disponerse a echar su sueñecillo de todas las noches, pero la

profunda inclinación de su cabeza, caída como sin vida, demostraba que no dormía.

Durante todo este tiempo, Gregorio había permanecido callado, inmóvil en el

mismo sitio en que lo habían sorprendido los huéspedes. La decepción por el fracaso de

su plan, y tal vez también la debilidad producida por el hambre, le hacían imposible el

menor movimiento. No sin razón, temía que se desencadenara de un momento a otro una

reacción general contra él, y esperaba. No siquiera se sobresaltó con el ruido del violín,

que cayó del regazo de la madre a causa del temblor de sus manos.

- Queridos padres –dijo la hermana, dando, a modo de introducción, un fuerte

puñetazo sobre la mesa–, esto no puede seguir así. Si vosotros no lo queréis

ver, yo sí. Ante este monstruo, no quiero ni siquiera pronunciar el nombre de

mi hermano; y, por tanto, sólo diré que hemos de librarnos de él. Hemos

hecho todo lo humanamente posible para cuidarlo y soportarlo, y no creo que

nadie pueda hacernos el menor reproche.

- Tienes toda la razón –dijo el padre.

La madre, que aún no podía respirar bien, comenzó a toser ahogadamente, con la

mano en el pecho y los ojos extraviados como una loca.

La hermana corrió hacia ella y le sostuvo la cabeza.

Al padre, las palabras de la hermana parecían haberle movido a reflexión. Se

había incorporado en el sillón, jugaba con su gorra de ordenanza por entre los platos de la

cena de los huéspedes y de vez en cuando dirigía una mirada a Gregorio, impertérrito.

- Hay que deshacerse de él –repitió, por último, la hermana al padre, pues la

madre, con su tos, no podía oír nada–. Esto acabará matándonos a los dos.

Cuando hay que trabajar como nosotros trabajamos, no se puede soportar,

encima, una tortura como ésta. Yo tampoco puedo más.

Y se puso a llorar de tal forma que sus lágrimas cayeron sobre el rostro de la

madre, se las limpió mecánicamente con la mano.

- Hija mía –dijo el padre con compasión y sorprendente lucidez–. ¿Qué

podemos hacer?

La hermana se encogió de hombros, expresando así la perplejidad que se había

apoderado de ella mientras lloraba, en contraste con su anterior determinación.

- Si al menos nos comprendiese –dijo el padre en tono medio interrogativo.

Pero la hermana, sin cesar de llorar, agitó enérgicamente la mano, indicando con

ello que no había ni que pensar en tal posibilidad.

- Si al menos nos comprendiese –insistió el padre, cerrando los ojos, como para

dar a entender que él también estaba convencido de que era imposible–, tal

vez pudiéramos llegar a un acuerdo con él. Pero en estas condiciones...

- Tiene que irse –dijo la hermana–. No hay más remedio, padre. Basta que

procures desechar la idea de que se trata de Gregorio. El haberlo creído

durante tanto tiempo es, en realidad, la causa de nuestra desgracia. ¿Cómo

puede ser Gregorio? Si lo fuera, hace ya tiempo que hubiera comprendido que

unos seres humanos no pueden vivir con semejante bicho. Y se habría ido por

su propia iniciativa. Habríamos perdido al hermano, pero podríamos seguir

viviendo,, y su recuerdo perduraría para siempre entre nosotros. Mientras que

así, este animal nos acosa, echa a los huéspedes y es evidente que quiere

apoderarse de toda la casa y dejarnos en la calle. ¡Mira, padre –gritó de

pronto–, ya empieza otra vez!

Y con un terror que a Gregorio le pareció incomprensible, la hermana se apartó el

sillón, como si prefiriese abandonar a la madre que permanecer cerca de Gregorio, y

corrió a refugiarse detrás del padre; éste, excitado a su vez por la actitud de su hija, se

puso en pie, extendiendo los brazos ante Grete con gesto protector.

Gregorio no quería asustar a nadie, y mucho menos a su hermana. Lo único que

había hecho era empezar a dar la vuelta para volver a su habitación, y esto era lo que

había impresionado a los demás, pues, a causa de su deplorable estado, para realizar

aquel difícil movimiento tenía que ayudarse con la cabeza, apoyándola en el suelo. Se

detuvo y miró a su alrededor. Al parecer, su familia había captado su buena intención;

sólo había sido un susto momentáneo.

Ahora todos le miraban tristes y pensativos. La madre estaba en su sillón, con las

piernas muy juntas extendidas ante sí y los ojos entrecerrados de cansancio. La hermana

estaba sentada junto al padre y rodeaba con su brazo el cuello de éste.

«Tal vez ya pueda moverme», pensó Gregorio, iniciando de nuevo sus penosos

esfuerzos. No podía contener sus resoplidos, y de vez en cuando tenía que parase a

descansar. Pero nadie le metía prisa; le dejaban actuar tranquilamente. Cuando hubo dado

la vuelta, inició el regreso en línea recta. Le asombró la gran distancia que le separaba de

su habitación; no lograba comprender cómo, dada su debilidad, había podido, momentos

antes, recorrer ese mismo trecho sin notarlo. Con la única preocupación de arrastrarse lo

más rápidamente posible, apenas se percató de que nadie le azuzaba con palabras o gritos.

Al llegar al umbral, volvió a cabeza, aunque sólo a medias, pues sentía cierta

rigidez en el cuello, y vio que nada había cambiado. Únicamente su hermana se había

puesto en pie.

Su última mirada había sido para su madre, que se había quedado dormida.

Apenas dentro de su habitación, oyó cerrarse rápidamente la puerta y echar la

llave. El brusco ruido le asustó de tal modo que se le doblaron las patas. La hermana era

quien tan prontamente había actuado. Había permanecido en pie esperando el momento

de correr a encerrarlo. Gregorio no la había oído acercarse.

- ¡Por fin! –exclamó ella haciendo girar la llave en la cerradura.

«¿Y ahora?», se preguntó Gregorio mirando a su alrededor en la oscuridad.

Pronto comprendió que no podía moverse absoluto. Esto no le asombró: al

contrario, no le parecía natural haber podido avanzar, como había hecho hasta entonces,

con aquellas patitas tan endebles. Por lo demás, se sentía relativamente a gusto. Si bien le

dolía todo el cuerpo, le parecía que el dolor se iba atenuando poco a poco, y pensaba que,

por último, cesaría. Apenas si notaba ya la manzana podrida que tenía en la espalda y la

infección blanqueada por el polvo. Pensaba con emoción y cariño en los suyos. Estaba, si

cabe, aun más convencido que su hermana de que tenía que desaparecer.

Permaneció en un estado de apacible meditación e insensibilidad hasta que el reloj

de la iglesia dio las tres de la madrugada. Todavía pudo vislumbrar el alba que

despuntaba tras los cristales. Luego, a pesar suyo, dejó caer la cabeza y de su hocico

surgió débilmente su último suspiro.

A la mañana siguiente, cuando entró la asistenta –daba tales portazos que en

cuanto llega era imposible seguir durmiendo, a pesar de lo mucho que se le había rogado

que no hiciera tanto ruido– para hacer su breve visita de costumbre a Gregorio, no halló

en él, al principio, nada de particular. Supuso que permanecía así, inmóvil, con toda

intención, para hacerse el indiferente, pues le consideraba plenamente dotado de

raciocinio. Casualmente llevaba en la mano el deshollinador, y le hizo cosquillas desde la

puerta.

Al ver que seguía sin moverse, se irritó y empezó a hostigarle, y sólo después de

que le hubo empujado sin encontrar ninguna resistencia se dio cuenta de lo sucedido,

abrió desmesuradamente los ojos y dejó escapar un silbido de sorpresa. Acto seguido,

abrió bruscamente la puerta del dormitorio de los padres y gritó en la oscuridad:

- ¡Ha estirado la pata!

El señor y la señora Samsa se incorporaron en la cama. Les costó bastante

sobreponerse al susto, y tardaron en comprender lo que les anunciaba la asistenta. Pero en

cuanto se hubieron hecho cargo de la situación, bajaron de la cama, cada uno por su lado

y con la mayor rapidez posible. El señor Samsa se echó la colcha por los hombros; la

señora Samsa sólo llevaba el camisón, y así entraron en la habitación de Gregorio.

Mientras, se había abierto también la puerta del comedor, donde dormía la

hermana desde la llegada de los huéspedes. Grete estaba completamente vestida, como si

no hubiese dormida en toda la noche, cosa que parecía confirmar la palidez de su rostro.

- ¿Muerto? –preguntó la señora Samsa, mirando interrogativamente a la

asistenta, no obstante poder comprobarlo por sí misma, e incluso verlo sin

necesidad de comprobación alguna.

- Así es –contestó la asistenta, empujando un buen trecho con el escobón el

cadáver de Gregorio, como para comprobar la veracidad de sus palabras.

La señora Samsa hizo un movimiento como para detenerla, pero no la detuvo.

- Bueno –dijo el señor Samsa–, demos gracias a Dios.

Se santiguó, y las tres mujeres le imitaron.

Grete no apartaba la vista del cadáver:

- Qué delgado está –dijo–. Hacía tiempo que no probaba bocado. Siempre

dejaba la comida intacta.

El cuerpo de Gregorio aparecía, efectivamente, completamente plano y seco. De

esto sólo se daban cuenta ahora, porque ya no lo sostenían sus patitas. Nadie apartaba la

vista de él.

- Grete, ven un momento con nosotros –dijo la Señora Samsa, sonriendo

melancólicamente.

Y Grete, sin dejar de mirar hacia el cadáver, siguió a sus padres al dormitorio.

La asistenta cerró la puerta y abrió la ventana de par en par. Era todavía muy

temprano, pero el aire no era del todo frío. Estaban a finales de marzo.

Los tres huéspedes salieron de su habitación y buscaron con la vista su desayuno.

Los habían olvidado.

- ¿Y el desayuno? –le preguntó a la asistenta, de mal humor, el que parecía

llevar la voz cantante.

Pero la asistenta, poniéndose el índice ante los labios, les invitó silenciosamente,

con grandes aspavientos, a entrar en la habitación de Gregorio.

Entraron, pues, y allí estuvieron, en el cuarto inundado de claridad, en torno al

cadáver de Gregorio, con expresión desdeñosa y las manos hundidas en los bolsillos de

sus raídos chaqués.

Entonces se abrió la puerta del dormitorio y apareció el señor Samsa, vestido con

su librea, llevando del brazo a su mujer y del otro a su hija. Los tres tenían aspecto de

haber llorado un poco, y Grete ocultaba de vez en cuando el rostro contra el brazo del

padre.

- Salgan inmediatamente de mi casa –dijo el señor Samsa, señalando la puerta,

pero sin soltar a las mujeres.

- ¿Qué pretende usted decir con esto? –le preguntó el que llevaba la voz

cantante, algo desconcertado y sonriendo con timidez.

Los otros dos tenían las manos cruzadas a la espalda, y se las frotaban como si

esperasen gozosos una disputa cuyo resultado les sería favorable.

- Pretendo decir exactamente lo que he dicho –contestó el señor Samsa,

avanzando con las dos mujeres en una sola línea hacia el huésped.

Éste permaneció un momento callado y tranquilo, con la mirada fija en el suelo,

como si estuviera ordenando sus pensamientos.

- En este caso, nos vamos –dijo, por fin, mirando al señor Samsa como si una

fuerza repentina le impulsase a pedirle autorización incluso para esto.

El señor Samsa se limitó a abrir mucho los ojos y mover varias veces, breve y

afirmativamente, la cabeza.

Acto seguido, el huésped se encaminó con grandes pasos al recibidor. Sus dos

compañeros habían dejado de frotarse las manos, y salieron pisándole los talones, como

si temiesen que el señor Samsa llegase antes al recibidor y se interpusiese entre ellos y su

guía.

Una vez en el recibidor, los tres cogieron sus sombreros del perchero, sacaron sus

bastones del paragüero, se inclinaron en silencio y abandonaron la casa.

Con desconfianza injustificada, el señor Samsa y las dos mujeres salieron al

rellano y, asomados sobre la barandilla, miraron cómo aquellos tres señores, lentamente

pero sin pausas, descendían la larga escalera, desapareciendo al llegar a la vuelta que

daba ésta en cada piso, y reapareciendo unos segundos después.

A medida que iban bajando, disminuía el interés que hacia ellos sentía la familia

Samsa, y al cruzarse con ellos el repartidor de la carnicería, que sostenía su cesto sobre la

cabeza, el señor Samsa y las mujeres abandonaron la barandilla y, aliviados, entraron de

nuevo en la casa.

Decidieron dedicar aquel día al descanso y a pasear: no sólo tenían bien merecida

una tregua en su trabajo, sino que les era indispensable. Se sentaron, pues, a la mesa y

escribieron sendas cartas disculpándose: el señor Samsa, a su superior; la señora Samsa ,

al dueño de la tienda, y Grete, a su jefe.

Mientras escribían, entró la asistenta a decir que se iba, pues ya había terminado

su trabajo de la mañana. Los tres siguieron escribiendo sin prestarle atención y se

limitaron a hacer un signo afirmativo con la cabeza. Pero al ver que no se marchaba

alzaron los ojos con irritación.

- ¿Qué pasa? –preguntó el señor Samsa.

La asistenta permanecía sonriente en el umbral, como si tuviese que comunicar

una feliz noticia, pero indicando con su actitud que sólo lo haría después de haber sido

convenientemente interrogada. La tiesa pluma de su sombrero, que molestaba al señor

Samsa desde que aquella mujer había entrado a su servicio, se bamboleaba en todas

direcciones.

- Bueno, ¿qué desea? –preguntó la señora Samsa, que era la persona a quien

más respetaba la asistenta.

- Pues –contestó ésta, y la risa no la dejaba seguir–, pues que no tienen que

preocuparse de cómo quitar de en medio eso de ahí al lado. Ya será todo

arreglado.

La señora Samsa y Grete se inclinaron otra vez sobre sus cartas, como para seguir

escribiendo, y el señor Samsa, notando que la asistenta se disponía a contarlo todo

minuciosamente, la detuvo, extendiendo con energía la mano hacia ella.

La asistenta, al ver que no le dejaban contar lo que traía preparado, se fue

bruscamente.

- ¡Buenos días! –dijo visiblemente ofendida.

Dio medio vuelta con gran irritación y abandonó la casa dando un portazo terrible.

- Esta misma tarde la despido –dijo el señor Samsa.

Pero no recibió respuesta, ni de su mujer ni de su hija, pues la asistenta parecía

haber vuelto a turbar aquella tranquilidad que acababan apenas de recobrar.

La madre y la hija se levantaron y se dirigieron hacia la ventana, ante la cual

permanecieron abrazadas. El señor Samsa hizo girar su sillón en aquella dirección, y

estuvo observándolas un momento tranquilamente. Luego dijo:

- Vamos, vamos. Olvidad de una vez las cosas pasadas. Tened también un poco

de consideración conmigo.

Las dos mujeres le obedecieron al instante, corrieron hacia él, le abrazaron y

terminaron de escribir.

Luego, salieron los tres juntos, cosa que no habían hecho desde hacía meses, y

tomaron el tranvía para ir a respirar el aire puro de las afueras. El tranvía, en el cual eran

los únicos viajeros, estaba inundado por la cálida luz del sol. Cómodamente recostados en

sus asientos, fueron cambiando impresiones acerca del provenir, y concluyeron que, bien

mirado, no era nada negro, pues sus respectivos empleos –sobre los cuales todavía no

habían hablado claramente– eran muy buenos y, sobre todo, prometían mejorar en un

futuro próximo.

Lo mejor que de momento podían hacer era cambiarse de casa. Les convenía una

casa más pequeña y más barata y, sobre todo, mejor situada y más cómoda que la actual,

que había sido elegida por Gregorio.

Mientras charlaban, el señor y la señora Samsa se dieron cuenta casi a la vez de

que su hija, pese a que con tantas preocupaciones había perdido el color en los últimos

tiempos, se había desarrollado y convertido en una linda joven llena de vida. Sin

palabras, entendiéndose con la mirada, se dijeron uno a otro que ya iba siendo hora de

encontrarle un buen marido.

Y cuando, al llegar al final del trayecto, la hija se levantó la primera e irguió sus

formas juveniles, pareció corroborar los nuevos proyecto y las sanas intenciones de los

padres.

* * *

FRANQUESTEIN

 

Mary W. Shelley

Frankenstein

 

VOLUMEN I

Prólogo[L1] 

El suceso en el cual se fundamenta este relato imaginario ha sido considerado por el doctor Darwin[L2]  y otros fisiólogos alemanes como no del todo imposible. En modo alguno quisiera que se suponga que otorgo el mínimo grado de credibilidad a semejantes fantasías; sin embargo, al tomarlo como base de una obra fruto de la imaginación, no considero haberme limitado simplemente a enlazar, unos con otros, una serie de terrores de índole sobrenatural. El hecho que hace despertar el interés por la historia está exento de las desventajas de un simple relato de fantasmas o encantamientos. Me vino sugerido por la novedad de las situaciones que desarrolla, y, por muy imposible que parezca como hecho físico, ofrece para la imaginación, a la hora de analizar las pasiones humanas, un punto de vista más comprensivo y autorizado que el que puede proporcionar el relato corriente de acontecimientos reales. Así pues, me he esforzado por mantener la veracidad de los elementales principios de la naturaleza humana, a la par que no he sentido escrúpulos a la hora de hacer innovaciones en cuanto a su combinación. La Ilíada, el poema trágico de Grecia; Shakespeare en La tempestad y El sueño de una noche de verano; y sobre todo Milton en El paraíso perdido se ajustan a esta regla. Así pues, el más humilde novelista que intente proporcionar o recibir algún deleite con sus esfuerzos puede, sin presunción, emplear en su narrativa una licencia, o, mejor dicho, una regla, de cuya adopción tantas exquisitas combinaciones de sentimientos humanos han dado como fruto los mejores ejemplos de poesía.

La circunstancia en la cual se basa mi relato me fue sugerida en una conversación trivial. Lo comencé en parte como diversión y en parte como pretexto para ejercitar cualquier recurso de mi mente que aún tuviera intacto. A medida que avanzaba la obra, otros motivos se fueron añadiendo a éstos. En modo alguno me siento indiferente ante cómo puedan afectar al lector los principios morales que existan en los sentimientos o caracteres que contiene la obra. Sin embargo, mi principal preocupación en este punto se ha centrado en la eliminación de los efectos enervantes de las novelas de hoy en día, y en exponer la bondad del amor familiar, así como la excelencia de la virtud universal. Las opiniones que lógicamente surgen del carácter y situación del héroe en modo alguno deben considerarse siempre como convicciones mías; ni se debe extraer de las páginas que siguen conclusión alguna que prejuicie ninguna doctrina filosófica del tipo que fuera.

Es además de gran interés para la autora el hecho de que esta historia se comenzara en la majestuosa región donde se desarrolla la obra principalmente, y rodeada de personas cuya ausencia no cesa de lamentar. Pasé el verano de 1816 en los alrededores de Ginebra. La temporada era fría y lluviosa, y por las noches nos agrupábamos en torno a la chimenea. Ocasionalmente nos divertíamos con historias alemanas de fantasmas, que casualmente caían en nuestras manos. Aquellas narraciones despertaron en nosotros un deseo juguetón de emularlos. Otros dos amigos[L3]  (cualquier relato de la pluma de uno de ellos resultaría bastante más grato para el lector que nada de lo que yo jamás pueda aspirar a crear) y o nos comprometimos a escribir un cuento cada uno, basado en algún acontecimiento sobrenatural.

Sin embargo, el tiempo de repente mejoró, y mis dos amigos partieron de viaje hacia los Alpes donde olvidaron, en aquellos magníficos parajes, cualquier recuerdo de sus espectrales visiones. El relato que sigue es el único que se termino[L4] .

 

CARTA 1[L5] 

 

A la señora SAVILLE, Inglaterra

 

San Petersburgo, 11 de diciembre de 17...

 

Te alegrarás de saber que ningún percance ha acompañado el comienzo de la empresa que tú contemplabas con tan malos presagios. Llegué aquí ayer, y mi primera obligación es tranquilizar a mi querida hermana sobre mi bienestar y comunicarle mi creciente confianza en el éxito de mi empresa.

Me encuentro ya muy al norte de Londres, y andando por las calles de Petersburgo noto en las mejillas una fría brisa norteña que azuza mis nervios j me llena de alegría. ¿Entiendes este sentimiento? Esta brisa, que viene de aquellas regiones hacia las que yo me dirijo, me anticipa sus climas helados. Animado por este viento prometedor, mis esperanzas se hacen más fervientes y reales. Intento en vano convencerme de que el Polo es la morada del hielo y la desolación. Sigo imaginándomelo como la región de la hermosura y el deleite. Allí, Margaret, se ve siempre el sol[L6] , su amplio círculo rozando justo el horizonte y difundiendo un perpetuo resplandor. Allí pues con tu permiso, hermana mía, concederé un margen de confíanza a anteriores navegantes, allí, no existen ni la nieve ni el hielo [L7]  y navegando por un mar sereno se puede arribar a una tierra que supera, en maravillas y hermosura, cualquier región descubierta hasta el momento en el mundo habitado. Puede que sus productos y paisaje no tengan precedente, como sin duda sucede con los fenómenos de los cuerpos celestes de esas soledades inexploradas. ¿Hay algo que pueda sorprender en un país donde la luz es eterna? Puede que allí encuentre la maravillosa fuerza que mueve la brújula; podría incluso llegar a comprobar mil observaciones celestes que requieren sólo este viaje para deshacer para siempre sus aparentes contradicciones. Saciaré mi ardiente curiosidad viendo una parte del mundo jamás hasta ahora visitada y pisaré una tierra donde nunca antes ha dejado su huella el hombre. Estos son mis señuelos, y son suficientes para vencer todo temor al peligro o a la muerte e inducirme a emprender este laborioso viaje con el placer que siente un niño cuando se embarca en un bote con sus compañeros de vacaciones para explorar su río natal. Pero, suponiendo que todas estas conjeturas fueran falsas, no puedes negar el inestimable bien que podré transmitir a toda la humanidad, hasta su última generación, al descubrir, cerca del Polo, una ruta hacia aquellos países a los que actualmente se tarda muchos meses en llegar; o al desvelar el secreto del imán, para lo cual, caso de que esto sea posible, sólo se necesita de una empresa como la mía.

Estos pensamientos han disipado la agitación con la que empecé mi carta y siento arder mi corazón con un entusiasmo que me transporta; nada hay que tranquilice tanto la mente como un propósito claro, una meta en la cual el alma pueda fiar su aliento intelectual. Esta expedición ha sido el sueño predilecto de mis años jóvenes. Apasionadamente he leído los relatos de los diversos viajes que se han hecho con el propósito de llegar al Océano Pacífico Norte a través de los mares que rodean el Polo[L8] . Quizá recuerdes que la totalidad de la biblioteca de nuestro buen tío Thomas se reducía a una historia de todos los viajes realizados con fines exploradores. Mi educación estuvo un poco descuidada, pero fui un lector empedernido. Estudiaba estos volúmenes día y noche y, al familiarizarme con ellos, aumentaba el pesar que sentí cuando, de niño, supe que la última voluntad de mi padre en su lecho de muerte prohibía a mi tío que me permitiera seguir la vida de marino.

Aquellas visiones se desvanecieron cuando entré en contacto por primera vez con aquellos poetas cuyos versos llenaron mi alma y la elevaron al cielo. Me convertí en poeta también y viví durante un año en un paraíso de mi propia creación; me imaginé que yo también podría obtener un lugar allí donde se veneran los nombres de Homero y Shakespeare. Tú estás bien al corriente de mi fracaso y de cuán amargo fue para mí este desengaño. Pero justo entonces heredé la fortuna de mi primo, y, mis pensamientos retornaron a su antiguo cauce.

Han pasado seis años[L9]  desde que decidí llevar a cabo la presente empresa. Incluso ahora puedo recordar el momento preciso en el que decidí dedicarme a esta gran labor. Empecé por acostumbrar mi cuerpo a la privación. Acompañé a los balleneros en varias expediciones al mar del Norte y voluntariamente sufrí frío, hambre, sed y sueño. A menudo trabajé más durante el día que cualquier marinero, mientras dedicaba las noches al estudio de las matemáticas, la teoría de la Medicina y aquellas ramas de las ciencias físicas que pensé serían de mayor utilidad práctica para un aventurero del mar. En dos ocasiones me enrolé como segundo de a bordo en un ballenero de Groenlandia y ambas veces salí con éxito. Debo reconocer que me sentí orgulloso cuando el capitán me ofreció el puesto de piloto en el barco y me pidió reiteradamente que me quedara ya que tanto apreciaba mis servicios.

Y ahora, querida Margaret, ¿no merezco llevar a cabo alguna gran empresa? Podía haber pasado mi vida rodeado de lujo y comodidad, pero he preferido la gloria a cualquiera de los placeres que me pudiera proporcionar la riqueza. ¡Si tan sólo una voz, alentadora me respondiera afirmativamen­te! Mi valor y mi resolución son firmes, pero mis esperanzas fluctúan y mi ánimo se deprime con frecuencia. Estoy a punto de emprender un largo y difícil viaje, cuyas vicisitudes exigirán de mí todo mi valor. Se me pide no sólo que levante el ánimo de otros, sino que conserve mi entereza cuando ellos flaqueen.

Esta es la época más favorable para viajar por Rusia. Vuelan sobre la nieve en sus trineos; el movimiento es agradable y, a mi modo de ver, mucho más cómodo que el de los coches de caballos ingleses. El frío no es extremado, si vas envuelto en pieles, atuendo que yo ya he adoptado. Hay una gran diferencia entre andar por la cubierta y permanecer sentado, inmóvil durante horas, sin hacer el ejercicio que impediría que la sangre se te hiele materialmente en las venas. ¡No tengo la intención de perder la vida en la ruta entre San Petersburgo y Arkángel[L10] .

Partiré hacia esta última ciudad dentro de dos o tres semanas, y pienso fletar allí un barco, cosa que me será fácil si le pago el seguro al dueño; también contrataré cuantos marineros considere precisos de entre los que están acostumbrados a ir en balleneros. No pienso navegar hasta el mes de Junio; y en cuanto a mi regreso, querida hermana, ¿cómo responder a esta pregunta? Si tengo éxito, pasarán muchos, muchos meses, incluso años, antes de que tú y yo nos volvamos a encontrar. Si fracaso, me verás o muy pronto, o nunca.

Hasta la vista, mi querida y excelente Margaret. Que el cielo te envíe todas las bendiciones y a mí me proteja para que pueda atestiguarte una y otra vez mi gratitud por todo tu amor y tu bondad.

Tu afectuoso hermano,

ROBERT WALTON.

 

CARTA 2

 

A la señora SAVILLE, Inglaterra

 

Arkángel, 28 de marzo de 17..

¡Qué despacio pasa aquí el tiempo, rodeado como estoy de nieve y hielo![L11] . Sin embargo, he dado ya un segundo paso hacia la realización de mi empresa. He fletado un barco y estoy ocupado en reunir la tripulación; los que ya he contratado parecen hombres en quienes puedo confiar e indudablemente están dotados de invencible valor.

Tengo, empero, un deseo aún por satisfacer y este vacío me acucia ahora de manera terrible. No tengo amigo alguno, Margaret; cuando arda con el entusiasmo del éxito, no habrá nadie que comparta mi alegría;  si soy víctima del desaliento, nadie se esforzará por disipar mi desánimo. Podré plasmar mis pensamientos en el papel, cierto, pero es un pobre medio para comunicar los sentimientos. Añoro la compañía de un hombre que pudiera compenetrarse conmigo, cuya mirada respondiera a la mía. Me puedes tachar de romántico, querida hermana, pero echo muy en falta a un amigo. No tengo a nadie cerca que sea tranquilo a la vez que valeroso, culto  y capaz, cuyos gustos se parezcan a los míos, que pueda aprobar o corregir mis proyectos. ¡Qué bien enmendaría un amigo así los fallos de tu pobre hermano! Soy demasiado impulsivo en la ejecución y demasiado impaciente con los obstáculos. Pero aún me resulta más nocivo el hecho de haberme autoeducado. Durante los primeros catorce años de mi vida corrí por los campos como un salvaje, y no leí nada salvo los libros de viajes de nuestro tío Thomas. A esa edad empecé a familiarizarme con los renombrados poetas de nuestra patria. Pero no vi la necesidad de aprender otras lenguas que la mía hasta que no estaba en mi poder el sacar los máximos beneficios de esta convicción. Tengo ahora veintiocho años, y en realidad soy más inculto que muchos colegiales de quince. Es cierto que he reflexionado más, y que mis sueños son más ambiciosos y magníficos, pero carecen de equilibrio (como dicen los pintores). Me hace mucha falta un amigo que tuviera el suficiente sentido común como para no despreciarme por romántico y que me estimara lo bastante como para intentar ordenar mi mente.

Bien, son éstas lamentaciones vanas; sé que no encontraré amigo alguno en el vasto océano, ni siquiera aquí, en Arkángel, entre mercaderes y hombres de mar. Sin embargo, incluso en estos rudos corazones laten algunos sentimientos, extraños a la escoria de la naturaleza humana. Mi lugarteniente, por ejemplo, es un hombre de enorme valor e iniciativa, empecinado en su afán de gloria. Es inglés, y, aunque lleno de prejuicios nacionales y profesionales, jamás limados por la educación, retiene algunas de las más preciosas cualidades humanas. Lo conocí a bordo de un ballenero, y, al saber que se encontraba en esta ciudad sin trabajo, no tuve ninguna dificultad para persuadirlo de que me ayudara en mi aventura.

El capitán[L12]  es una persona de excelente disposición y muy querido en el barco por su amabilidad y flexibilidad en la disciplina. Tanta es la bondad de su naturaleza, que no quiere calar (deporte favorito aquí) casi la única diversión, porque no soporta derramar sangre. Es además de una heroica generosidad. Hace algunos años se enamoró de una joven rusa de familia relativamente acomodada; tras hacerse con una considerable fortuna por la captura de navíos enemigos, el padre de la joven dio su consentimiento al matrimonio. Él vio a su prometida una vez antes de la ceremonia. Bañada en lágrimas, se le arrojó a los pies, y le suplicó la perdonara, a la vez que le confesaba su amor por otro hombre con el cual su padre nunca consentiría que se casara, ya que carecía de fortuna. Mi desprendido amigo tranquilizó a la suplicante muchacha y, en cuanto supo el nombre de su amado, abandonó al instante su galanteo. Había ya comprado con su dinero una granja, en la cual pensaba pasar el resto de su vida, pero se la cedió a su rival, junto con el resto de su fortuna, para que pudiera comprar algunas reses. El mismo solicitó del padre de la joven el consentimiento para la boda, mas el anciano se negó considerándose en deuda de honor con mi amigo, el cual, al ver al padre en actitud tan inflexible, abandonó el país para no regresar hasta saber que su antigua novia se había casado con el hombre a quien amaba. «¡Qué persona tan noble!», exclamarás sin duda, y así es, pero desgraciadamente ha pasado toda su vida a bordo de un barco y apenas tiene idea de algo que no sean las maromas y los obenques.

Mas no pienses que el que me queje un poco, o crea que quizá nunca llegue a conocer el consuelo para mi tristeza, signifique que titubeo en mi decisión. Esta es tan firme como el destino mismo, y mi viaje se ve retrasado tan sólo porque espero un tiempo favorable que me permita zarpar. El invierno ha sido tremendamente duro; pero la primavera promete ser buena e incluso parece que se adelantará, de modo que quizá pueda hacerme a la mar antes de lo previsto. No actuaré con precipitación; me conoces lo suficientemente bien como para fiarte de mi prudencia y moderación cuando tengo confiada la seguridad de otros.

No puedo describirte la emoción que tengo ante la proximidad del comienzo de mi empresa. Es imposible transmitirte una idea de la tremenda emoción, mezcla de agrado y de temor, con la cual me dispongo a partir. Marcho hacia lugares inexplorados, hacia «la región de la brumas la nieve», pero no mataré a ningún albatros[L13] , así que no temas por mi suerte.

¿Te encontraré de nuevo, tras cruzar inmensos mares y rodear los cabos de Africa o América? ,No me atrevo a esperar tal éxito, y no obstante no puedo soportar la idea del fracaso.

Continúa aprovechando toda oportunidad de escribirme; puede que reciba tus cartas (si bien hay pocas esperanzas) cuando más las necesite para animarme. Te quiero mucho. Recuérdame con afecto si no vuelves a saber de mí.

Tu afectuoso hermano,

ROBERT WALTON

CARTA 3

 

A la señora SAVILLE, Inglaterra

 

7 de julio de 17...

Mi querida hermana:

Te escribo con premura unas líneas para decirte que estoy bien y que mi viaje está muy avanzado. Te llegará esta carta por un buque mercante que regresa a casa desde Ankángel; es más afortunado que yo, que puede que no vea mi patria en muchos años. Sin embargo, estoy animado; mis hombres son valerosos y parecen tener una firme voluntad. No les desaniman ni siquiera las capas de hielo que constantemente flotan a nuestro lado, presagio de los peligros que alberga la región hacia la cual nos dirigimos. Ya hemos alcanzado una latitud muy alta, pero estamos en pleno verano, y, aunque la temperatura es menos alta que en Inglaterra, los vientos del sur, que nos empujan velozmente hacia las costas que ansío ver, traen consigo un alentador grado de calor que no había esperado.

Hasta el momento no nos ha acaecido ningún incidente que merezca la pena contar. Un par de ventiscas fuertes y la ruptura de un mástil son accidentes que navegantes avezados apenas si recordarían. Yo me encontraré satisfecho si nada peor nos acontece durante el viaje.

Adiós, querida Margaret. Estáte tranquila, pues tanto por mi bien como por el tuyo no afrontaré peligros innecesariamente. Permaneceré sereno, perseverante y prudente.

Mis saludos a mis amigos ingleses.

Tuyo afectísimo,

ROBERT WALTON

 

CARTA 4[L14] 

 

A la señora SAV1LLE, Inglaterra

 

5 de agosto de 17...

Nos ha ocurrido un accidente tan extraño, que no puedo dejar de anotarlo, si bien es muy probable que me veas antes de que estos papeles lleguen a tus manos.

El lunes pasado (31 de julio) nos hallábamos rodeados por el hielo, que cercaba el barco por todos los lados, dejándonos apenas el agua precisa para continuar a flote. Nuestra situación era algo peligrosa, sobre todo porque nos envolvía una espesa niebla. Decidimos, por tanto, permanecer al pairo con la esperanza de que adviniera algún cambio en la atmósfera y el tiempo. Hacia las dos de la tarde, la niebla levantó y observamos, extendiéndose en todas direcciones, inmensas e irregulares capas de hielo que parecían no tener fin. Algunas de mis compañeros lanzaron un gemido, y yo mismo empezaba a intranquilizarme, cuando de pronto una insólita imagen acaparó nuestra atención y distrajo nuestros pensamientos de la situación en la que nos encontrábamos. Como a media milla y en dirección al norte vimos un vehículo de poca altura, sujeto a un trineo y tirado por perros. Un ser de apariencia humana, pero de gigantesca estatura, iba sentado en el trineo y dirigía los perros. Observamos con el catalejo el rápido avance del viajero hasta que se perdió entre los lejanos montículos de hielo.

Esta visión provocó nuestro total asombro. Nos creíamos a muchas millas de cualquier tierra, pero esta aparición parecía demostrar que en realidad no nos encontrábamos tan lejos como suponíamos. Pero, cercados como estábamos por el hielo, era imposible seguir el rastro de aquel hombre al que habíamos observado con la mayor atención.

Unas dos horas después de esto oímos el bramido del mar y antes del anochecer el hielo rompió, liberando nuestro navío. Sin embargo, permaneci­mos allí hasta la mañana siguiente, temerosos de encontrarnos con esos grandes témpanos sueltos que flotan tras haberse roto el hielo. Aproveché ese tiempo para descansar unas horas.

Por la mañana, en cuanto hubo amanecido, salí a cubierta y me encontré a toda la tripulación hacinada a un lado del navío, aparentemente conversando con alguien fuera del barco. En efecto, sobre un gran fragmento de hielo, que se nos había acercado durante la noche, había un trineo parecido al que ya habíamos divisado.

Unicamente un perro permanecía vivo; pero había un ser humano en el trineo, al cual los marineros intentaban persuadir de que subiera al barco. No parecía, como el viajero de la noche anterior, un habitante salvaje procedente de alguna isla inexplorada, sino un europeo. Cuando aparecí en cubierta, mi segundo oficial gritó:

––Aquí está nuestro capitán, y no permitirá que usted muera en mar abierto.

Al verme, el hombre se dirigió a mí en inglés, si bien con acento extranjero.

––Antes de subir al navío ––dijo––––, ¿tendría la amabilidad de indicarme hacia dónde se dirige?

Podrás imaginar mi sorpresa al oír semejante pregunta de labios de una persona al borde de la muerte y para la cual yo habría pensado que mi barco ofrecía un recurso que no hubiese cambiado ni por las mayores riquezas del mundo. Le respondí, sin embargo, que nos dirigíamos al Polo Norte en viaje de exploración. Pareció satisfacerle y consintió en subir a bordo. ¡Santo cielo, Margaret! Si hubieras visto al hombre que de esta forma ponía condiciones a su salvación, tu sorpresa hubiera sido ilimitada. Tenía los miembros casi helados y el cuerpo horriblemente demacrado por la fatiga y el sufrimiento. Jamás vi hombre alguno en condición tan lastimosa. Intentamos llevarlo al camarote, pero en cuanto dejó de estar al aire libre perdió el conocimiento, de manera que volvimos a subirlo a cubierta y lo reanimamos frotándolo con coñac y obligándolo a beber una pequeña cantidad. En cuanto volvió a mostrar síntomas de vida lo envolvimos en mantas y lo colocamos cerca del fogón de la cocina. Poco a poco se fue recuperando, y tomó un poco de sopa, que le hizo mucho bien.

Así pasaron dos días, sin que pudiera hablar, y a menudo temí que los sufrimientos le hubiesen privado de la razón. Cuando se hubo repuesto un poco, lo llevé a mi propio camarote y lo atendí cuanto me lo permitían mis obligaciones. Nunca había conocido a nadie más interesante. Suele tener una expresión exaltada, como de locura, en la mirada. Pero hay momentos en los que, si alguien le demuestra alguna atención o le presta el más mínimo servicio, se le ilumina la fas con una benevolencia j ternura que no he visto en otro hombre. Mas por lo general está melancólico y resignado; a veces aprieta los dientes, como si se impacientara con el peso de los males que lo afligen.

Cuando mi huésped se encontró un poco mejor, me costó protegerlo del acoso de la tripulación que quería hacerle mil preguntas. No permití que lo atormentaran con su ociosa curiosidad, ya que aún se encontraba en un estado físico y moral cuyo restablecimiento dependía por completo del reposo. Sin embargo, en una ocasión el lugarteniente le preguntó que por qué había llegado tan lejos por el hielo en un vehículo tan extraño.

Una expresión de dolor le cubrió el rostro de inmediato; y respondió:

––Voy en busca de alguien que huyó de mí.

¿Y el hombre a quien perseguía viajaba de manera semejante?

––Sí.

–Entonces pienso que lo hemos visto, pues el día antes de recogerlo a usted vimos unos perros tirando de un trineo, en el cual iba un hombre. Esto despertó la atención del extranjero, e hizo múltiples preguntas acerca de la dirección que había tomado aquel demonio, como él le llamó. Al poco rato, cuando se hallaba solo conmigo, dio:

––Sin duda he despertado su curiosidad, así como la de esta buena gente, aunque es usted demasiado discreto como para hacerme ninguna pregunta.

––Sería impertinente e inhumano por mi parte él molestarlo con ellas[L15] .

Y no obstante ––prosiguió––, me rescató usted de una extraña y peligrosa situación. Usted me ha devuelto generosamente la vida.

Poco después de esto quiso saber si yo creía que el hielo, al resquebrajarse, habría destruido el otro trineo. Le contesté que no podía responderle con ninguna certeza, ya que el hielo no se había roto hasta cerca de medianoche, y el viajero podía haber llegada a algún lugar seguro con anterioridad. Me era imposible aventurar juicio alguno.

A partir de este momento el extranjero demostró gran interés por estar en cubierta, para vigilar la aparición del otro trineo. He conseguido persuadirlo de que permanezca en el camarote, pues está aún demasiado débil para soportar las inclemencias del tiempo, pero le he prometido que alguien oteará en su lugar y lo avisará en cuanto aparezca cualquier objeto nuevo a la vista.

Por lo que respecta a este extraño incidente, éste es mi diario hasta el momento. La salud de nuestro huésped ha ido mejorando gradualmente, pero apenas habla, y parece inquietarse cuando alguien que no sea yo entra en su camarote. Sin embargo, sus modales son tan conciliadores y delicados, que todos los marineros se interesan por su estado, a pesar de no haber tenido apenas relación con él. Por mi parte, empiezo a quererlo como a un hermano, y su constante y profundo pesar me llena de piedad y simpatía. Debe haber sido una persona muy noble en otros tiempos, ya que, deshecho como está ahora, sigue siendo tan interesante y amable.

Te decía en una de mis cartas, querida Margaret, que no hallaría ningún amigo en el vasto océano, pero he encontrado un hombre a quien, antes de que la desgracia quebrara su espíritu, me hubiera gustado tener por hermano.

De tener nuevos incidentes que relatar respecto del extranjero, continuaré a intervalos mi diario.

 

13 de agosto de 17...

 

El afecto que siento por mi invitado aumenta cada día. Suscita a la vez mi piedad y mi admiración hasta extremos asombrosos. ¿Cómo puedo ver a tan noble criatura destruida por la miseria sin sentir el dolor más acuciante? Es tan dulce y a la vez tan sabio; tiene la mente muy cultivada, y cuando habla, si bien escoge las palabras cuidadosamente, éstas fluyen con una rapidez y elocuencia poco frecuentes.

Está muy restablecido de su enfermedad, y pasea continuamente por la cubierta, vigilando la aparición del trineo que precedió al suyo. Sin embargo, aunque apenado, no está tan sumido en su propia desgracia como para no interesarse profundamente por los quehaceres de los demás. Me ha hecho muchas preguntas respecto a mis propósitos y yo le he contado mi pequeña historia con toda sinceridad. Pareció alegrarle mi franqueza, y me sugirió varios cambios en mis planes, que encontraré sumamente útiles. No hay pedantería en su ademán, sino que más bien todo lo que hace parece brotar tan sólo del interés que instintivamente siente por el bienestar de todos los que lo rodean. A menudo le invade la tristeza y entonces se sienta sólo e intenta superar todo lo que de hosco y antisocial hay en su humor. Estos paroxismos pasan, como una nube por delante del sol, si bien su abatimiento nunca le abandona. Me he esforzado por granjearme su confianza y espero haber tenido éxito. Un día le mencioné mi eterno deseo de encontrar un amigo que pudiera simpatizar conmigo y orientarme con su consejo. Le dije que no pertenecía a la clase de hombres a quienes un consejo puede ofender.

––Soy autodidacta, y quizá no confíe demasiado en mi propia capacidad. Por tanto, desearía que mi amigo fuera más sabio y avezado que yo, para afianzarme y apoyarme en él. Tampoco creo que sea imposible encontrar un verdadero amigo.

––Estoy de acuerdo con usted                 contestó el extranjero–– en que la amistad es algo no sólo deseable, sino posible. Tuve una vez un amigo, el más noble de los seres humanos, y por tanto estoy capacitado para juzgar con respecto a la amistad. Tiene usted esperanzas y el mundo ante usted es suyo, y no tiene razón para desesperar. Mas yo..., yo he perdido todo y no puedo empezar la vida de nuevo.

Al decir esto, su rostro cobró una expresión de sereno y resignado dolor que me llegó al corazón. Pero él permaneció en silencio, y al poco se retiró a su camarote.

Incluso desfondado como está, nadie puede gozar con mayor intensidad que él de la hermosura de la naturaleza. El cielo estrellado, el mar y todo el paisaje que estas maravillosas regiones nos proporcionan parecen tener aún el poder de despegar su alma de la tierra. Un hombre así tiene una doble existencia[L16] : puede padecer desgracias, y verse arrollado por el desencanto; pero, cuando se encierre en sí mismo, será como un espíritu celeste rodeado de un halo cuyo círculo no ose atravesar ni el pesar ni la locura.

¿Te ríes del entusiasmo que demuestro respecto a este divino nómada? Si fuera así, debes haber perdido esa inocencia que constituía tu encanto característico. Pero, si quieres, sonríete ante el calor de mis alabanzas, mientras yo sigo encontrando ––mayores razones para ellas de día en día.

 

19 de agosto de 17...

Ayer el extranjero[L17]  me dijo:

––Fácilmente habrá podido comprobar, capitán Walton, que he padecido grandes y singulares desventuras. Una vez decidí que el recuerdo de estos males moriría conmigo, pero usted me ha inducido a cambiar mis propósitos. Busca usted el conocimiento y la sabiduría, como me sucedió a mí antaño; deseo con fervor que el fruto de sus ansias no se convierta para usted en una serpiente que le muerda, como me ocurrió a mí. No creo que el relato de mis desventuras le sea útil, pero, si quiere, escuche mi historia. Pienso que los extraños sucesos a ella vinculados pueden proporcionarle una visión de la naturaleza humana que amplíe sus facultades y conocimientos, y le descubrirá poderes y sucesos que usted ha estado acostumbrado a creer imposibles. Pero no dudo de que a lo largo de mi relato se pruebe la evidencia interna de la veracidad de los sucesos que lo componen.

Como te puedes imaginar, me halagó mucho la confianza que depositaba en mí, pero me dolía que él reavivara sus sufrimientos contándome sus desventuras. Estaba ansioso por escuchar la narración prometida, en parte por curiosidad y en parte por un deseo de aliviar su suerte, caso de que esto estuviera en mi mano, y así se lo expresé en mi respuesta.

––Le agradezco su amabilidad                me contestó––, pero es inútil; mi sino casi se ha cumplido. Espero sólo un acontecimiento y luego descansaré en paz. Comprendo lo que siente                continuó al advertir que quería interrumpirlo––, pero está confundido, amigo mío, si así me permite llamarle. Nada puede alterar mi destino. Escuche mi relato y verá cuán irrevocablemente está determinado.

Me dio entonces que empezaría su narración al día siguiente, cuando yo estuviera más libre. Esta promesa provocó mi más profundo agradecimien­to. Me he propuesto escribir cada noche, cuando no esté ocupado, lo que me haya contado durante el día, empleando en lo posible sus propias palabras. De estarlo, al menos tomaré algunas notas. Sin duda este manuscrito te proporcionará gran placer. ¡Y con qué interés y simpatía lo leeré yo algún día en el futuro! ¡Yo, que lo conozco y que lo oigo de sus propios labios![L18] .

 

Capítulo 1

 

Soy ginebrino[L19]  de nacimiento, y mi familia es una de las más distinguidas de esa república[L20] . Durante muchos años mis antepa­sados habían sido consejeros y jueces, y mi padre había ocupado con gran honor y buena reputación diversos cargos públicos. Todos los que lo conocían lo respetaban por su integridad e infatigable dedicación. Pasó su juventud dedicado por completo a los asuntos de su país, y sólo al final de su vida pensó en el matrimonio y así dar al Estado unos hijos que pudieran perpetuar su nombre y sus virtudes.

Puesto que las circunstancias de su matrimonio reflejan su personalidad, no puedo dejar de referirme a ellas. Uno de sus más íntimos amigos era un comerciante, que, debido a numerosos contratiempos, cayó en la miseria tras gozar de una muy desahogada situación. Este hombre, de nombre Beaufort, era de carácter orgulloso y altivo y se resistía a vivir en la pobreza y el olvido en el mismo país[L21]  en el que, con anterioridad, se le distinguiera por su categoría y riqueza. Habiendo, pues, saldado sus deudas en la forma más honrosa, se retiró a la ciudad de Lucerna con su hija, donde vivió sumido en el anonimato y la desdicha. Mi padre profesaba a Beaufort una auténtica amistad, y su reclusión en estas desgraciadas circunstancias le afligió mucho. También sentía íntimamente la ausencia de su compañía, y se propuso encontrarlo y persuadirlo de que, con su crédito y ayuda, empezara de nuevo.

Beaufort había tomado medidas eficaces para esconderse, y mi padre tardó diez meses en descubrir su paradero. Entusiasmado con el descubrimiento, mi padre se apresuró hacia su casa situada en una humilde calle cerca del Reuss[L22] . Pero al llegar sólo encon­tró miseria y desesperación. Beaufort no había logrado salvar más que una pequeña cantidad de dinero de los despojos de su fortuna. Era suficiente para sustentarlo durante algunos meses y, mientras tanto, esperaba encontrar un trabajo respetable con algún comerciante. Así pues, pasó el intervalo inactivo; y, con tanto tiempo para reflexionar sobre su dolor, se hizo más profundo y amargo y, al fin, se apoderó de tal forma de él, que tres meses después estaba enfermo en cama, incapaz de realizar cualquier esfuerzo.

Su hija lo cuidaba con el máximo cariño, pero veía con desazón que su pequeño capital disminuía con rapidez y que no había otras perspectivas de sustento. Pero Caroline Beaufort estaba dotada de una inteligencia poco común; y su valor vino en su ayuda en la adversidad. Empezó a hacer labores sencillas; trenzaba paja, y de diversas maneras consiguió ganar una miseria que apenas le bastaba para sustentarse.

Así pasaron varios meses. Su padre empeoró, y ella cada vez tenía que emplear más tiempo en atenderlo; sus medios de sustento menguaban. A los diez meses murió su padre dejándola huérfana e indigente. Este golpe final fue demasiado para ella. Al entrar en la casa mi padre, la encontró arrodillada junto al ataúd, llorando amargamente; llegó como un espíritu protector para la pobre criatura, que se encomendó a él. Tras el entierro de su amigo, mi padre la llevó a Ginebra, confiándola al cuidado de un pariente; y dos años después se casó con ella.

Cuando mi padre se convirtió en esposo y padre, las obligaciones de su nueva situación le ocupaban tanto tiempo que dejó varios de sus trabajos públicos y se dedicó por entero a la educación de sus hijos. Yo era el mayor y el destinado a heredar todos sus derechos y obligaciones. Nadie puede haber tenido padres más tiernos que yo. Mi salud y desarrollo eran su constante ocupación, ya que fui hijo único durante varios años. Pero, antes de proseguir mi narración, debo contar un incidente que tuvo lugar cuando yo tenía cuatro años.

Mi padre tenía una hermana a quien amaba tiernamente y que se había casado muy joven con un caballero italiano. Poco después de su boda, había acompañado a su marido a su país natal, y durante algunos años mi padre tuvo muy poca relación con ella. Murió alrededor de la época de la que hablo, y pocos meses después mi padre recibió una carta de su cuñado haciéndole saber que tenía la intención de casarse con una dama italiana y pidiéndole que se hiciera cargo de la pequeña Elizabeth, la única hija de su difunta hermana.

Es mi deseo ––dijo–– que la consideres como hija tuya y que como a tal la eduques. Es la heredera de la fortuna de su madre, y te enviaré los documentos que así lo demuestran.

Reflexiona sobre esta propuesta y decide si preferirías educar a tu sobrina tú mismo o que lo haga una madrastra.

Mi padre no dudó un instante, y de inmediato se puso en camino hacia Italia con el fin de acompañar a la pequeña Elizabeth hasta su futuro hogar. A menudo he oído a mi madre decir que era la criatura más preciosa que jamás había visto, e incluso ya entonces mostraba síntomas de un carácter dulce y afectuoso. Estas características y el deseo de afianzar los lazos del amor familiar hicieron que mi madre considerara a Elizabeth como mi futura esposa, plan del cual nunca encontró razón para arrepentirse.

A partir de este momento, Elizabeth Lavenza se convirtió en mi compañera de juegos y, a medida que crecíamos, en una amiga. Era dócil y de buen carácter, a la vez que alegre y ju­guetona como un insecto de verano. A pesar de que era vivaz y animada, tenía fuertes y profundos sentimientos y era desacos­tumbradamente afectuosa. Nadie podía disfrutar mejor de la libertad ni podía plegarse con más gracia que ella a la sumisión o lanzarse al capricho. Su imaginación era exuberante, pero tenía una gran capacidad para aplicarla. Su persona era el reflejo de su mente, sus ojos de color avellana, aunque vivos como los de un pájaro, poseían una atractiva dulzura. Su figura era ligera y airosa y, aunque era capaz de soportar gran fatiga, parecía la criatura más frágil del mundo. A pesar de que me cautivaba su compren­sión y fantasía, me deleitaba cuidarla como a un animalillo predilecto. Nunca vi más gracia, tanto personal como mental, ligada a mayor modestia.

Todos querían a Elizabeth. Si los criados tenían que pedir algo, siempre lo hacían a través de ella. No conocíamos ni la desunión ni las peleas, pues aunque éramos muy diferentes de carácter, incluso en esa diferencia había armonía. Yo era más tranquilo y filosófico que mi compañera, pero menos dócil. Mi capacidad de concentración era mayor, pero no tan firme. Yo me deleitaba investigando los hechos relativos al mundo en sí, ella prefería las aéreas creaciones de los poetas. Para mí el mundo era un secreto que anhelaba descubrir, para ella era un vacío que se afanaba por poblar con imaginaciones personales.

Mis hermanos eran mucho más jóvenes que yo; pero tenía un amigo entre mis compañeros del colegio, que compensaba esta deficiencia. Henry Clerval era hijo de un comerciante de Ginebra, íntimo amigo de mi padre, y un chico de excepcional talento e imaginación. Recuerdo que, cuando tenía nueve años, escribió un cuento que fue la delicia y el asombro de todos sus compañeros. Su tema de estudio favorito eran los libros de caballería y romances, y recuerdo que de muy jóvenes solíamos representar obras escritas por él, inspiradas en estos sus libros predilectos, siendo los principales personajes Orlando, Robin Hood, Amadís y San Jorge[L23] .

Juventud más feliz que la mía no puede haber existido. Mis padres eran indulgentes y mis compañeros amables. Para nosotros los estudios nunca fueron una imposición; siempre teníamos una meta a la vista que nos espoleaba a proseguirlos. Esta era el método, y no la emulación, que nos inducía a aplicarnos. Con el fin de que sus compañeras no la dejaran atrás, a Elizabeth no se la orientaba hacia el dibujo. Sin embargo, se dedicaba a él motivada por el deseo de agradar a su tía, representando alguna escena favorita dibujada por ella misma. Aprendimos inglés y latín para poder leer lo que en esas lenguas se había escrito. Tan lejos estaba el estudio de resultarnos odioso a consecuencia de los castigos, que disfrutábamos con él, y nuestros entretenimientos constituían lo que para otros niños hubieran sido pesadas tareas. Quizá no leímos tantos libros ni aprendimos lenguas tan rápidamente como aquellos a quienes se les educaba conforme a los métodos habituales, pero lo que aprendimos se nos fijó en la memoria con mayor profundidad.

Incluyo a Henry Clerval en esta descripción de nuestro círculo doméstico, pues estaba con nosotros continuamente. Iba al colegio conmigo, y solía pasar la tarde con nosotros; pues, siendo hijo único y encontrándose solo en su casa, a su padre le complacía que tuviera amigos en la nuestra. Por otro lado nosotros tampoco estábamos del todo felices cuando Clerval estaba ausente.

Siento placer al evocar mi infancia, antes de que la desgracia me empañara la mente y cambiara esta alegre visión de utilidad universal por tristes y mezquinas reflexiones personales. Pero al esbozar el cuadro de mi niñez, no debo omitir aquellos aconte­cimientos que me llevaron, con paso inconsciente, a mi ulte­rior infortunio. Cuando quiero explicarme a mí mismo el origen de aquella pasión que posteriormente regiría mi destino, veo que arranca, como riachuelo de montaña, de fuentes poco no­bles y casi olvidadas, engrosándose poco a poco hasta que se convierte en el torrente que ha arrasado todas mis esperanzas y ale­grías.

La filosofía natural[L24]  es lo que ha forjado mi destino. Deseo, pues, en esta narración explicar las causas que me llevaron a la predilección por esa ciencia. Cuando tenía trece años fui de excursión con mi familia a un balneario que hay cerca de Thonon[L25] . La inclemencia del tiempo nos obligó a permanecer todo un día encerrados en la posada, y allí, casualmente, encontré un volumen de las obras de Cornelius Agrippa[L26] . Lo abrí con aburrimiento, pero la teoría que intentaba demostrar y los maravillosos hechos que relataba pronto tornaron mi indiferencia en entusiasmo. Una nueva luz pareció iluminar mi mente, y lleno de alegría le comuniqué a mi padre el descubrimiento. No puedo dejar de comentar aquí las múltiples oportunidades de que disponen los educadores para orientar la atención de sus alumnos hacia conocimientos prácticos, y que desaprovechan lamentablemente. Mi padre ojeó distraídamente la portada del libro y dijo:

¡Ah, Cornelius Agrippa! Víctor[L27] , hijo mío, no pierdas el tiempo con esto, son tonterías.

Si en vez de hacer este comentario, mi padre se hubiera molestado en explicarme que los principios de Agrippa estaban totalmente superados, que existía una concepción científica moderna con posibilidades mucho mayores que la antigua, puesto que eran reales y prácticas mientras que las de aquélla eran quiméricas, tengo la seguridad de que hubiera perdido el interés por Agrippa. Probablemente, sensibilizada como tenía la imagina­ción, me hubiera dedicado a la química, teoría más racional y pro­ducto de descubrimientos modernos[L28] . Es incluso posible que mi pensamiento no hubiera recibido el impulso fatal que me llevó a la ruina. Pero la indiferente ojeada de mi padre al volumen que leía en modo alguno me indicó que él estuviera familia­rizado con el contenido del mismo, y proseguí mi lectura con mayor avidez.

Mi primera preocupación al regresar a casa fue hacerme con la obra completa de este autor y, después, con la de Paracelso y Alberto Magno[L29] . Leí y estudié con gusto las locas fantasías de estos escritores[L30] . Me parecían tesoros que, salvo yo, pocos conocían. Aunque a menudo hubiera querido comunicarle a mi padre estas secretas reservas de mi sabiduría, me lo impedía su imprecisa desaprobación de mi querido Agrippa. Por tanto, y bajo promesa de absoluto secreto, le comuniqué mis descubri­mientos a Elizabeth, pero el tema no le interesó y me vi obligado á continuar solo.

Puede parecer extraño que en el siglo XVIII surja un discípulo de Alberto Magno, pero nuestra familia no era científica, y yo no había asistido a ninguna de las clases que se daban en la universidad de Ginebra. Así pues, mis sueños no se veían turbados por la realidad, y me lancé con enorme diligencia a la búsqueda de la piedra filosofal y el elixir de la vida[L31] . Pero era esto último lo que recibía mi más completa atención: la riqueza era un objetivo inferior; pero ¡qué fama rodearía al descubrimien­to si yo pudiera eliminar de la humanidad toda enfermedad y hacer invulnerables a los hombres a todo salvo a la muerte violenta!

No eran éstos mis únicos pensamientos. Provocar la aparición de fantasmas y demonios era algo que mis autores predilectos prometían que era fácil, cumplimiento que yo ansiaba fervorosa­mente conseguir. Atribuía el que mis hechizos jamás tuvieran éxito más a mi inexperiencia y error que a la falta de habilidad o veracidad por parte de mis instructores.

Los fenómenos naturales que a diario tienen lugar no escapaban a mi observación. La destilación y los maravillosos efectos del vapor[L32] , procesos que mis autores favoritos descono­cían por completo, provocaban mi asombro. Pero mi mayor sorpresa la suscitaron unos experimentos con una bomba de aire que empleaba un caballero al cual solíamos visitar.

El desconocimiento de los antiguos filósofos sobre éste y varios otros temas disminuyeron mi fe en ellos, pero no podía desecharlos por completo sin que algún otro sistema ocupara su lugar en mi mente.

Tenía alrededor de quince años cuando, habiéndonos retirado a la casa que teníamos cerca de Belrive[L33] , presenciamos una terri­ble y violenta tormenta. Había surgido detrás de las montañas del Jura[L34] , y los truenos estallaban al unísono desde varios puntos del cielo con increíble estruendo. Mientras duró la tormenta, observé el proceso con curiosidad y deleite. De pronto, desde el dintel de la puerta, vi emanar un haz de fuego de un precioso y viejo roble que se alzaba a unos quince metros de la casa; en cuanto se desvaneció el resplandor, el roble había desaparecido y no quedaba nada más que un tocón destrozado. Al acercarnos a la mañana siguiente, encontramos el árbol insólitamente destruido. No estaba astillado por la sacudida; se encontraba reducido por completo a pequeñas virutas de madera. Nunca había visto nada tan deshecho.

La catástrofe de este árbol avivó mi curiosidad, y con enorme interés le pregunté a mi padre acerca del origen y naturaleza de los truenos y los relámpagos.

Es la electricidad                me contestó, a la vez que me describía los diversos efectos de esa energía.

Construyó una pequeña máquina eléctrica y realizó algunos experimentos. También hizo una cometa con cable y cuerda, que arrancaba de las nubes ese fluido[L35] .

Esto último acabó de destruir a Cornelius Agrippa, Alberto Magno y Paracelso, que durante tanto tiempo habían reinado como dueños de mi imaginación. Pero, por alguna fatalidad, no me sentí inclinado a empezar el estudio de los sistemas modernos, desinclinación que se vio influida por la siguiente circunstancia. Mi padre expresó el deseo de que asistiera a un curso sobre filosofía natural. Gustosamente asentí a esto, pero algún motivo me impidió ir hasta que el curso estuvo casi terminado. Por tanto, al ser ésta una de las últimas clases, me resultó totalmente incomprensible. El profesor disertaba con la mayor locuacidad sobre el potasio y el boro, los sulfatos y óxidos, términos que yo no podía asociar a ninguna idea. Empecé a aborrecer la ciencia de la filosofía natural, aunque seguí leyendo a Plinio y Buffon[L36]  con deleite, autores, a mi juicio, de similar interés y utilidad.

A esta edad las matemáticas y la mayoría de las ramas cercanas a esa ciencia constituían mi principal ocupación. También me afanaba por aprender lenguas; el latín ya me era familiar, y sin ayuda del diccionario empecé a leer algunos de los autores griegos más asequibles. También entendía inglés y alemán perfectamente. Este era mi bagaje cultural a los diecisiete años, además de las muchas horas empleadas en la adquisición y conservación del conocimiento de la vasta literatura.

También recayó sobre mí la obligación de instruir a mis hermanos. Ernest, seis años menor que yo, era mi principal alumno. Desde la infancia había sido enfermizo, y Elizabeth y yo lo habíamos cuidado constantemente; era de disposición dócil, pero incapaz de cualquier prolongado esfuerzo mental. William, el benjamín de la familia, era todavía un niño y la criatura más preciosa del mundo; tenía los ojos vivos y azules, hoyuelos en las mejillas y modales zalameros, e inspiraba la mayor ternura.

Tal era nuestro ambiente familiar, en el cual el dolor y la inquietud no parecían tener cabida. Mi padre dirigía nuestros estudios, y mi madre participaba de nuestros entretenimientos. Ninguno de nosotros gozaba de más influencia que el otro; la voz de la autoridad no se oía en nuestro hogar, pero nuestro mutuo afecto nos obligaba a obedecer y satisfacer el más mínimo deseo del otro.

 

Capítulo 2

 

Cuando contaba diecisiete años, mis padres decidieron que fuera a estudiar a la universidad de Ingolstadt[L37] . Hasta entonces había ido a los colegios de Ginebra, pero mi padre consideró conveniente que, para completar mi educación, me familiarizara con las costumbres de otros países. Se fijó mi marcha para una fecha próxima, pero, antes de que llegara el día acordado, sucedió la primera desgracia de mi vida, como si fuera un presagio de mis futuros sufrimientos.

Elizabeth había cogido la escarlatina, pero la enfermedad no era grave[L38]  y se recuperó con rapidez. Muchas habían sido las razones expuestas para convencer a mi madre de que no la atendiera personalmente, y en un principio había accedido a nuestros ruegos. Pero, cuando supo que su favorita mejoraba, no quiso seguir privándose de su compañía y comenzó a frecuentar su dormitorio mucho antes de que él peligro de infección hubiera pasado. Las consecuencias de esta imprudencia fueron fatales. Mi madre cayó gravemente enferma al tercer día, y el semblante de los que la atendían pronosticaba un fatal desenlace. La bondad y grandeza de alma de esta admirable mujer no la abandonaron en su lecho de muerte. Uniendo mis manos y las de Elizabeth dijo:

––Hijos míos, tenía puestas mis mayores esperanzas en la posibilidad de vuestra futura unión. Esta esperanza será ahora el consuelo de vuestro padre. Elizabeth, cariño, debes ocupar mi puesto y cuidar de tus primos pequeños. ¡Ay!, siento dejaros. ¡Qué difícil resulta abandonaros habiendo sido tan feliz y habiendo gozado de tanto cariño! Pero no son éstos los pensa­mientos que debieran ocuparme. Me esforzaré por resignarme a la muerte con alegría y abrigaré la esperanza de reunirme con vosotros en el más allá.

Murió dulcemente; y su rostro aun en la muerte reflejaba su cariño. No necesito describir los sentimientos de aquellos cuyos lazos más queridos se ven rotos por el más irreparable de los males, el vacío que inunda el alma y la desesperación que embarga el rostro. Pasa tanto tiempo antes de que uno se pueda persuadir de que aquella a quien veíamos cada día, y cuya existencia misma formaba parte de la nuestra, ya no está con nosotros; que se ha extinguido la viveza de sus amados ojos y que su voz tan dulce y familiar se ha apagado para siempre. Estos son los pensamientos de los primeros días. Pero la amargura del dolor no comienza hasta que el transcurso del tiempo demuestra la realidad de la pérdida. ¿Pero a quién no le ha robado esa desconsiderada mano algún ser querido? ¿Por qué, pues, había de describir el dolor que todos han sentido y deberán sentir? Con el tiempo llega el momento en el que el sufrimiento es más una costumbre que una necesidad y, aunque parezca un sacrilegio, y a no se reprime la sonrisa que asoma a los labios. Mi madre había muerto, pero nosotros aún teníamos obligaciones que cumplir; debíamos continuar nuestro camino junto a los demás y conside­rarnos afortunados mientras quedara a salvo al menos uno de nosotros.

De nuevo se volvió a hablar sobre mi viaje a Ingolstadt, que se había visto aplazado por los acontecimientos. Obtuve de mi padre algunas semanas de reposo, período que transcurrió tristemente. La muerte de mi madre y mi cercana marcha nos deprimía, pero Elizabeth intentaba reavivar la alegría en nuestro pequeño círculo. Desde la muerte de su tía había adquirido una nueva firmeza y vigor. Se propuso llevar a cabo sus obligaciones con la mayor exactitud, y entendió que su principal misión consistía en hacer felices a su tío y primos. A mí me consolaba, a su tío lo distraía, a mis hermanos los educaba. Nunca la vi tan encantadora como en estos momentos, cuando se desvivía por lograr la felicidad de los demás, olvidándose por completo de sí misma.

Llegó por fin el día de mi marcha. Me había despedido de todos mis amigos menos Clerval, que pasó la última velada con nosotros. Lamentaba profundamente no acompañarme, pero su padre se resistió a dejarlo partir. Tenía la intención de que su hijo lo ayudara en el negocio, y seguía su teoría favorita de que los estudios resultaban superfluos en la vida diaria. Henry tenía una mente educada; no era su intención permanecer ocioso ni le disgustaba ser el socio de su padre, sin embargo creía que se podría ser muy buen negociante y no obstante ser una persona culta.

Estuvimos hasta muy tarde escuchando sus lamentaciones y haciendo múltiples pequeños planes para el futuro. Las lágrimas asomaban a los ojos de Elizabeth, lágrimas ante mi partida y ante el pensamiento de que mi marcha debía haberse producido meses antes y acompañada de la bendición de mi madre.

Me dejé caer en la calesa que debía transportarme, y me embargaron los pensamientos más tristes. Yo, que siempre había vivido rodeado de afectuosos compañeros, prestos todos a proporcionarnos mutuas alegrías, me encontraba ahora solo. En la universidad hacia la que me dirigía debería buscarme mis propios amigos y valerme por mí mismo. Hasta aquel momento mi vida había sido extraordinariamente hogareña y resguardada, y esto me había creado una invencible repugnancia hacia los rostros desconocidos. Adoraba a mis hermanos, a Elizabeth y a Clerval; sus caras eran «viejas conocidas»[L39] ; pero me consideraba totalmen­te incapaz de tratar con extraños. Estos eran mis pensamientos al comenzar el viaje, pero a medida que avanzaba se me fue levantando el ánimo. Deseaba ardientemente adquirir nuevos conocimientos. En casa, a menudo había reflexionado sobre lo penoso de permanecer toda la juventud encerrado en el mismo lugar, y ansiaba descubrir el mundo y ocupar mi puesto entre los demás seres humanos. Ahora se cumplían mis deseos, y no hubiera sido consecuente arrepentirme.

Durante el viaje, que fue largo y fatigoso, tuve tiempo suficiente para pensar en estas y otras muchas cosas. Por fin apareció el alto campanario blanco de la ciudad. Bajé y me condujeron a mi solitaria habitación. Disponía del resto de la tarde para hacer lo que quisiera.

A la mañana siguiente entregué mis cartas de presentación y visité a los principales profesores, entre otros al señor Krempe, profesor de filosofía natural. Me recibió con mucha educación y me hizo diversas preguntas sobre mi conocimiento de las distintas ramas científicas, relacionadas con la filosofía natural. Temblando y con cierto miedo, a decir verdad, cité los únicos autores cu­yas obras yo había leído al respecto. El profesor me miró fija­mente:

––¿De verdad que ha pasado usted el tiempo estudiando semejantes tonterías?                --me preguntó.

Al responder afirmativamente, el señor Krempe continuó con énfasis:

––Ha malgastado cada minuto invertido en esos libros. Se ha embotado la memoria de teorías rebasadas y nombres inútiles, ¡Dios mío! ¿En qué desierto ha vivido usted que no había nadie lo suficientemente caritativo como para informarle de que esas fantasías que tan concienzudamente ha absorbido tienen va mil años y están tan caducas como anticuadas? No esperaba encon­trarme con un discípulo de Alberto Magno y Paracelso en esta época ilustrada. Mi buen señor, deberá empezar de nuevo sus estudios.

Y diciendo esto, se apartó, me hizo una lista de libros sobre filosofía natural, que me pidió que leyera, y me despidió, comunicándome que a principios de la semana próxima comenza­ría un seminario sobre filosofía natural y sus implicaciones generales, y que el señor Waldman, un colega suyo, en días alternos a él hablaría de química.

Regresé a casa no del todo disgustado, pues hacía tiempo que yo mismo consideraba inútiles a aquellos autores tan desaproba­dos por el profesor, si bien no me sentía demasiado inclinado a leer los libros que conseguí bajo su recomendación. El señor Krempe era un hombrecillo fornido, de voz ruda y desagradable aspecto, y por tanto me predisponía poco en favor de su doctrina. Además yo sentía cierto desprecio por la aplicación de la filosofía natural moderna. Era muy distinto cuando los maestros de la ciencia buscaban la inmortalidad y el poder; tales enfoques, si bien carentes de valor, tenían grandeza; pero ahora el panorama había cambiado. El objetivo del investigador parecía limitarse a la aniquilación de las expectativas sobre las cuales se fundaba todo mi interés por la ciencia. Se me pedía que trocara quimeras de infinita grandeza por realidades de escaso valor.

Estos fueron mis pensamientos durante los dos o tres primeros días que pasé en casi completa soledad. Pero al comenzar la semana siguiente recordé la información que sobre las conferencias me había dado el señor Krempe, y aunque no pensaba escuchar al fatuo hombrecillo pronunciando sentencias desde la cátedra, me vino a la memoria lo que había dicho sobre el señor Waldman, al cual aún no había conocido por hallarse fuera de la ciudad. En parte por curiosidad y en parte por ocio, me dirigí a la sala de conferencias, donde poco después hizo su entrada el señor Waldman. Era muy distinto de su colega. Aparentaba tener unos cincuenta años, pero su aspecto demostra­ba una gran benevolencia. Sus sienes aparecían levemente encane­cidas, pero tenía el resto del pelo casi negro. No era alto pero sí erguido, y tenía la voz más dulce que hasta entonces había oído. Empezó su conferencia con un resumen histórico de la química y los diversos progresos llevados a cabo por los sabios, pronuncian­do con gran respeto el nombre de los investigadores más relevantes. Pasó entonces a hacer una exposición rápida del estado actual en el que se encontraba la ciencia, y explicó muchos términos elementales. Tras algunos experimentos preparatorios concluyó con un panegírico de la química moderna, en términos que nunca olvidaré.

––Los antiguos maestros de esta ciencia ––dijo–– prometían cosas imposibles, y no llevaban nada a cabo. Los científicos modernos prometen muy poco; saben que los metales no se pueden transmutar, y que el elixir de la vida es una ilusión. Pero éstos filósofos, cuyas manos parecen hechas sólo para hurgar en la suciedad, y cuyos ojos parecen servir tan sólo para escrutar con el microscopio o el crisol, han conseguido milagros. Conocen hasta las más recónditas intimidades de la naturaleza y demuestran cómo funciona en sus escondrijos. Saben del firmamento, de cómo circula la sangre y de la naturaleza del aire que respiramos. Poseen nuevos y casi ilimitados poderes; pueden dominar el trueno, imitar terremotos, e incluso parodiar el mundo invisible con su propia sombra.

Me fui contento con el profesor y su conferencia, y lo visité esa misma tarde. Sus modales resultaron en privado aún más atractivos y complacientes que en público; pues durante la conferencia su apariencia reflejaba una dignidad, que sustituía en su casa por afecto y amabilidad. Escuchó con atención lo que le conté respecto de mis estudios, sonriendo, pero sin el desdén del señor Krempe, ante los nombres de Cornelius Agrippa y Paracel­so. Dij