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Los Elementales

Escrito por imagenes 28-09-2009 en General. Comentarios (2)

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Los Elementales

Los Elementales

Franz Harttmann

(Pneumatología)



La ortodoxia de la Edad Media consideraba a los ángeles, demonios o espíritus humanos desencarnados, como entidades personales invisibles. Personificaron a los poderes del bien y del mal, e hicieron de ellos caricaturas y monstruos que volaban de lugar a lugar, tratando de subyugar las almas de los hombres o de sujetarlos a su poder. El gobierno de aquellos tiempos era oligárquico, y el pobre dependía de los favores del rico. El poder de la Iglesia era supremo, y los dictados del clero no toleraban la desobediencia. El servilismo y anhelo por favores personales estaban a la orden de aquel tiempo, y este estado de la mente influenció y modificó necesariamente las concepciones religiosas del pueblo. El Espíritu Supremo del Universo fue degradado a sus ojos como un tirano personal, y cuyo favor trataban de ganar por medio de penitencias, súplicas, y por medio de la intercesión de los sacerdotes, que se suponía eran sus favoritos. Todo lo que no podía ser reconciliado con las preocupaciones y opiniones existentes, era atribuido al diablo; y los horrores de la Inquisición, las persecuciones religiosas y procesos de brujas, son bien conocidos para traerse a la memoria del lector.
"Pneuma", o "alma", significa un espíritu semi- material, una esencia o forma que no es ni "material" en el sentido aceptado de la palabra, ni espíritu puro. Es (como todo lo demás en el universo) una forma de la voluntad, y puede tener una o ninguna inteligencia. Generalmente significa el eslabón que une el espíritu con el cuerpo; pero hay seres que pertenecen enteramente al reino del alma y no tienen cuerpos como los llamados comúnmente "materiales".
Se puede decir que el alma es cierto estado de actividad de la voluntad, y lo mismo se puede decir del cuerpo físico; porque si consideramos al universo como siendo una manifestación de la voluntad en movimiento, entonces todas las formas y objetos que conocemos, o que podemos imaginar, son determinadas vibraciones de la voluntad. Así, pues, podemos considerar a la naturaleza física como constituída de un orden inferior de vibraciones, al alma como una octava superior de las mismas, y al espíritu como más superior todavía. Si el cuerpo físico muere, la octava inferior deja de sonar, pero la superior continúa y continuará en vibración mientras esté en contacto con lo más elevado; pero sí el espíritu se ha separado de ella, tarde o temprano cesará su actividad. Así pues, si el hombre muere el alma sobrevive, y sus esencias superiores van a formar la substancia del cuerpo del hombre paradisíaco, "el hombre del nuevo Olimpo" (Devachán), y las esencias inferiores del alma, de la cual el espíritu se ha separado, se disuelven en los elementos astrales a que pertenecen, así como el cuerpo terrenal se disuelve en los elementos de la tierra.
Esta disolución, sin embargo, no se verifica inmediatamente en el momento de la separación del alma del cuerpo, sino que puede necesitar largo tiempo. Lo que constituía la mente de un hombre (el astra), continúa todavía existiendo después de la muerte del cuerpo, aunque el astrum no es la persona a que el astrum perteneció. Si un hombre ha sido veraz durante su vida, su espíritu será veraz después de la muerte del hombre. Si ha sido un gran astrónomo, un mago o alquimista, su espíritu será todavía lo mismo, y podemos aprender muchísimas cosas de tales espíritus; esas cosas son los restos de la mente que en un tiempo constituyeron el hombre terrenal.
Hay dos muertes o dos separaciones. La separación del espíritu y alma del cuerpo y la separación del espíritu del alma; o, para expresarlo más claro, la separación de lo espiritual del alma meramente intelectual o animal. Si una persona muere de muerte natural (esto es, de vejez), si sus pasiones han muerto durante la vida, si su voluntad egoísta se ha debilitado y su mente se ha hecho como la de un niño, y si ha puesto su confianza en su padre, su espíritu y su alma, al momento de la muerte, serán libres de las cadenas materiales y será atraído al cuerpo de Cristo.9
"Tal alma es la carne y sangre de Cristo y Cristo es su Dueño. No entra en comunicación con los mortales, porque no desea nada terrenal. No "piensa" o especula acerca de las cosas terrestres, ni se apena por sus relaciones o amigos. Vive en un estado de pura sensación, dicha y gozo".10
Tal es la suerte de los que mueren de muerte natural en Dios; pero las condiciones de los que mueren prematuramente sin ser regenerados, las de los suicidas o las de los que mueren a consecuencia de algún accidente, difieren muchísimo; porque aunque sus almas han sido separadas por fuerza de sus cuerpos, el espíritu no por esto deja necesariamente al alma, sino que puede permanecer con ella hasta que otra separación se verifique. Permanecen en tales casos seres humanos como cualesquiera otros; sólo, con esta diferencia, que no poseen un cuerpo físico, y permanecen en tal estado hasta que llega el tiempo cuando, según la ley de la Naturaleza y su propia predestinación (Karma), su muerte física debería haber llegado. Al terminar este tiempo se verifica la separación de sus principios inferiores y superiores. Mientras tanto viven en sus cuerpos astrales. Tales cuerpos son invisibles para nosotros, pero son visibles entre ellos, y tienen sensación y facultades perceptivas11, y ejecutan en sus pensamientos lo que tenían costumbre de ejecutar durante la vida, y creen que lo están ejecutando físicamente. Permanecen todavía en la esfera de la tierra, y Paracelso les llama Caba- li, Lemures, etc. Están todavía en posesión completa de sus deseos terrenales y pasiones; tratan de satisfacerlas, y son instintivamente atraídos hacia personas en quienes hallan deseos y pasiones correspondientes, y a los lugares en donde pueden esperar satisfacerlas, entrando en simpatía con los llamados médiums, y son por lo mismo inclinados con frecuencia a instigar a tales médiums a que cometan crímenes e inmoralidades; no se puede evitar que lo hagan así, porque, al perder sus cuerpos físicos, han perdido también la suma necesaria de energía y poder de voluntad para ejercer dominio propio y emplear sus facultades de raciocinio. Con frecuencia rondan los lugares donde acostumbraban pasar el tiempo durante la vida12; de este modo tratan de hallar alivio a la sed devoradora que sienten por satisfacer sus deseos. A donde quiera que sus pensamientos les atraigan, hallá irán. Si han cometido algún crimen, pueden ser encadenados por el arrepentimiento al lugar en que fue perpetrado; si tienen un tesoro sepultado, el cuidado de su dinero puede retenerlos allí; el odio o deseo de venganza puede encadenarlos a sus enemigos 13; el amor material puede convertirlos en vampiros, y encadenarlos con el objeto de su pasión, con tal que haya algunos elementos en la víctima que les den acceso, porque el cuerpo astral de una persona mala no puede influenciar la mente de una persona pura, ni durante la vida ni después de la muerte, a menos que estén en mutua relación por alguna semejanza en sus organizaciones mentales 14.
"Bajo ciertas circunstancias, tales entidades humanas pueden hacerse visibles o manifestar su presencia de alguna manera. Pueden aparecer en forma corporal, o permanecer invisibles y producir sonidos y ruidos - como toques, risas, silbidos, estornudos, gemidos, suspiros, pasos, pataleos -; pueden arrojar piedras y mover los muebles u otros objetos, y todo esto lo pueden hacer con el fin de llamar la atención de los vivos, a fin de que puedan obtener una oportunidad de entrar en comunicación con ellos".15
Pero no todas las apariencias de visitadores supramundanos o submundanos son causadas por las apariciones de los espectros o cuerpos astrales de los suicidas o víctimas de accidentes, ni por los cadáveres astrales y el Evestra de los muertos, sino que hay otras entidades invisibles que pueden rondar las casas de los mortales, y pueden en ocasiones hacerse visibles y tangibles a los sentidos físicos, si existen las condiciones necesarias para tal fin.
"Una de estas clases la forman los seres llamados "fantasmata". Estos seres semejantes a espectros son "espíritus nocturnos", que tienen raciocinio semejante al del hombre. Tratan de apegarse a los hombres, especialmente a los que tienen muy poco poder de dominio propio, y a quienes pueden dominar. Hay muchísimas clases de estos espíritus, buenos lo mismo que malos, y les gusta estar cerca del hombre. En esto son comparables a los perros, que también gustan de la compañía de los hombres. Pero el hombre no puede aprovechar nada de su compañía. Son sombras vacías, y sólo un embarazo para él. Temen los corales rojos, como los perros temen a un látigo; pero los corales obscuros les atraen". ("Herbarius Theophrasti: De corallis".)16
"Algunos creen que tales espíritus pueden ser arrojados con agua bendita y quemando incienso; pero no se puede tener ninguna agua bendita mientras no se halle un hombre bastante santo para poder dotar al agua con un poder oculto, y el olor del incienso puede más bien atraer a los malos espíritus que arrojarlos: porque los malos espíritus son atraídos por las cosas que son atractivas a los sentidos, y si queremos arrojarlos sería más racional emplear olores desagradables para este fin. El verdadero y efectivo poder contra todos los malos espíritus es la voluntad. Si amamos a la fuente de todo bien con todo nuestro corazón, mente y deseo, podemos estar seguros de no caer nunca en el poder del mal; pero las ceremonias sacerdotales - rociar agua, quemar incienso y cantar encantamientos - son invenciones de la vanidad clerical, y por lo mismo tienen su origen en la fuente de todo mal. Las ceremonias han sido instituidas en su origen para dar una forma externa a un acto interno; pero donde el poder interno, para ejecutar tales actos, no existe, una ceremonia no será de ningún valer, sino sólo para atraer a los espíritus a quienes puede gustar burlarse de nuestra tontería". ("Filos. Oculta".)
Otra clase consta de los Incubos y Súbcubos, de los que hablan las tradiciones rabínicas de una manera alegórica como habiendo sido creados por el derrame del semen de Adam (el hombre animal) mientras se ocupaba de Lilith, su primera esposa (dando a entender una imaginación mórbida). Paracelso dice en su libro "De Origine Morborum Inivibilium", lib.III.: "La imaginación es la causa de los Incubos y Súbcubos, y de la Larva fluídica. Los Incubos son seres masculinos y los Súbcubos femeninos. Son el producto de una imaginación intensa y lasciva de los hombres y mujeres, y después que toman forma desaparecen. Son formados del Esperma que se halla en la imaginación de los que cometen el pecado contra natura de Onán en pensamiento y acto. Viniendo, como viene, sólo de la imaginación, no es verdadero esperma, sino sólo una sal corrompida (esencia). Sólo una semilla que entra a los órganos de la Naturaleza suministra para su desarrollo puede desarrollarse en un cuerpo.5 Si la semilla es plantada en el suelo a propósito, se pudrirá. Si la esperma no cae en la matriz conveniente, no producirá nada bueno, sino algo inútil. Por lo mismo, los Incubos y Súbcubos que se producen de la semilla corrompida, sin el orden natural de las cosas, son malos e inútiles, y Tomás de Aquino ha cometido un error tomando equivocadamente tal cosa inútil por una "perfecta".
"Este esperma que viene de la imaginación, nace en Amore Hereos. Esto significa una clase de amor en que un hombre puede imaginarse una mujer, o una mujer un hombre, para ejecutar el acto connubial con la imagen creada en la esfera de la mente. De este acto resulta la expulsión del flúido etéreo inútil, impotente para engendrar un niño, pero capaz de producir Larva. Tal imaginación es madre de una impúdica lujuria, que, si continúa, puede hacer al hombre impotente y a la mujer estéril, porque mucho del poder verdadero creativo y formativo es perdido por el ejercicio frecuente de esta mórbida imaginación. Esta es frecuentemente la causa de las molas, abortos, fracasos y malas formaciones. Este esperma corrompido puede ser tomado por los espíritus que vagan por la noche, que pueden llevarlo a un lugar donde pueden fecundarlo. Hay espíritus que pueden ejecutar un "actus" con él, como también lo pueden hacer las brujas, y, a consecuencia de este "actus", pueden producirse muchos monstruos curiosos de formas horribles". ("De Orig. Morb. Invis.")
"Si tales monstruos nacen de una imaginación consciente poderosa, la misma conciencia será creada también con ellos. Los espíritus de la noche pueden usar todo lo que nace de tal esperma según quieran, pero no pueden usar nada de carácter humano o que posea verdadero espíritu". "El amor erótico es un estado del cuerpo invisible, y es causado por una imaginación sobreexcitada, estimulada a tal grado que arroja esperma, de la cual pueden resultar Incubos y Súbcubos. En las pollutionibus nocturnalis ordinarias, el cuerpo pierde esperma sin ningún esfuerzo de la imaginación, y los espíritus de la noche no pueden por lo mismo usarla para sus fines".
"Si las mujeres que han pasado de la edad en que pueden concebir, son impúdicas y de vivida imaginación, pueden también producir tales cosas. Si las personas de uno u otro sexo tienen deseos lujuriosos y una imaginación activa, o si se enamoran apasionadamente de una persona del sexo opuesto, y no pueden obtener el objeto de su deseo y fantasía, entonces un Incubo o Súbcubo puede tomar el lugar del objeto ausente, y de este modo los hechiceros pueden producir Súbcubos y las brujas Incubos"6. "Para impedir tan desgraciados sucesos, es necesario ser casto, honrado y puro, en pensamiento y deseo, y todo el que no pueda ser así debe casarse.7 La imaginación es un gran poder, y si el mundo conociera las cosas extrañas que se puede producir por el poder de la imaginación, las autoridades harían que todos los vagos se fueran a trabajar y a emplear su tiempo de alguna manera útil, y tendrían cuidado de los que no pueden gobernar su imaginación, a fin de evitar que aconteciesen malos resultados". ("Morb. Invis." IV.)
"El llamado Dragón es un ser invisible, que puede hacerse visible y aparecer en forma humana y cohabitar con las brujas. Esto se verifica por medio del esperma que se pierde por los onanistas, fornicadores y prostitutas in acte venereo 8, y que tales espíritus usan como cuerpo para obtener la forma humana se halla en germen en el esperma, y si estos espíritus usan el esperma de cierta persona, es como si un hombre se pusiera el vestido de otro, y entonces tienen la forma de esa persona y se le parecen en todas sus partes y detalles" 9. ("De Fertilitate." Trat.II)
"Otro monstruo horrible es el Basilisc, creado por la Sodomía, y también el Aspis y Leo. Hay innumerables formas bastardas, mitad hombre, mitad araña o sapos, etc., los cuales habitan el plano astral; pertenecen a la serpiente cuya cabeza tiene que ser aplastada por el pie de Cristo. ("Fragm.")
"Si estas formas son suficientemente densas para hacerse visibles, aparecen como una sombra o niebla de color. No tienen vida propia, sino que la toman de la persona que le dio el ser, lo mismo que una sombra es producida por un cuerpo; y donde no hay cuerpo, no puede haber sombra ninguna. Con frecuencia son engendradas por idiotas, personas inmorales, depravadas o enfermizas, que llevan una vida irregular y solitaria, y que son adictas a malos hábitos. La coherencia de las partículas que componen los cuerpos de estos seres no es muy fuerte, y temen el aire, la luz, el fuego, las puntas y armas. Son una especie de apéndice aéreo al cuerpo de sus padres, y hay algunas veces tan íntima relación entre ellos y el cuerpo de sus progenitores, que si se hace un daño a los primeros, puede transmitirse a los segundos. Son parásitos que extraen la vitalidad de las personas a quienes son atraídos, y pueden agotar la vitalidad de sus víctimas muy pronto, si éstas no son muy fuertes" 10.
"Algunos de estos seres influencian a lso hombres según sus cualidades; los vigilan, aumentan y excitan sus faltas, hallan excusas a sus errores, les hacen desear el éxito de sus malas acciones, y gradualmente absorben su vitalidad. Fortifican y sostienen la imaginación en las operaciones de hechicería, algunas veces hacen predicciones falsas y dan oráculos erróneos. Si un hombre tiene una imaginación fuerte y mala, y quiere dañar a otro, estos serse están siempre prontos para ayudar en el cumplimiento de su objeto". Estos seres pueden hacer que sus víctimas pierdan la razón, si son demasiado débiles para resistir a su influencia. "Una persona sana y pura no puede ser obsesada por ellos, porque tal Larva sólo puede obrar en los hombres si éstos le dan lugar en sus mentes. Una mente sana es un castillo que no puede ser invadido sin la voluntad de su dueño; pero si se les permite entrar, excitan las pasiones de los hombres y mujeres, crean malos deseos en ellos, producen perversos pensamientos que obra dañosamente en el cerebro; aguzan el intelecto animal y sofocan el sentido moral. Los malos espíritus obsesan únicamente a los seres humanos en quienes la naturaleza animal prepondera. Las mentes que están iluminadas por el espíritu de verdad no pueden ser poseídas; sólo los que son habitualmente guiados por sus propios impulsos inferiores pueden ser sujetados a su influencia. Los exorcismos y ceremonias son inútiles en tales casos. La oración 11 y abstinencia de todos los pensamientos que puede estimular la imaginación o excitar el cerebro son los únicos remedios verdaderos". ("De ente Spirituali.") "La cura de la obsesión es un acto puramente psíquico y moral. La persona obsesada debe hacer uso de la verdadera oración y abstinencia, y después de esto, que una persona de fuerte voluntad quiera que tales espíritus se vayan". ("Filosofía Oculta")
La razón porque no podemos ver estas entidades astrales es porque son transparentes como el aire. No podemos ver el aire a menos que hagamos humo, y aun en ese caso no vemos el aire mismo, sino el humo que es llevado por el aire. Pero podemos sentir el aire cuando se mueve, y podemos también en ocasiones sentir la presencia de tales entidades, si son bastante densas para ser sentidas. Además, el objeto de nuestros sentidos es percibir los objetos que existen en el plano para el cual esos sentidos están adaptados, y por lo mismo los sentidos físicos existen con el objeto de ver cosas físicas, y los sentidos del hombre interior son para ver las cosas del alma. Cuando los sentidos externos están inactivos, los sentidos interiores pueden despertar a la vida, y podemos ver los objetos del plano astral como vemos las cosas en un sueño. Hay también algunos venenos por los cuales la actividad orgánica del cuerpo se puede suprimir por algún tiempo, y la conciencia del hombre interior hacerse más activa, y la cual, por lo mismo, nos puede hacer ver las cosas del plano astral. Pero tales venenos destruyen la razón y son muy dañosos a la salud. En las fiebres, delirios, etc., se pueden ver también estas cosas. Algunas de ellas pueden ser creaciones de la mente del paciente, otras pueden haber sido creadas por la imaginación mórbida de otra persona, como ya se dijo 13.
Pero si estas entidades son invisibles bajo condiciones normales para el ser humano, puede ser muy bien percibidas por un Elementario humano, que exista conscientemente en su plano. Los caracteres humanos depravados pueden, después de la muerte, tomar las formas animales y monstruos, a los que se parecieron por sus malos pensamientos. La forma es sólo una apariencia que representa un carácter, y el carácter da impresión a la forma. Si el carácter de una persona es completamente malo, hará que la forma astral sea horrible. Por esta razón las almas de los depravados puede aparecer en formas animales .
El espíritu puro no tiene forma: es sin forma como los rayos del sol. Pero así como éstos hacen que los elementos de la materia se desarrollen en plantas, igualmente las substancias del alma pueden convertirse en seres con formas, por medio de la acción de los rayos espirituales. Hay espíritus buenos y espíritus del mal; espíritus planetarios y ángeles. Hay los espíritus de los cuatro elementos, y hay muchos miles de clases diferentes.
"Cada niño, al nacer, recibe un espíritu familiar o genio, y estos espíritus instruyen algunas veces a sus discípulos aun desde su más tierna edad. Muchas veces les enseñan a hacer cosas extraordinarias. Hay en el universo un número incalculable de tales genios, y podemos aprender de ellos todos los misterios del Caos, a causa de que están en relación con el Misterio Magno. Estos espíritus familiares son llamados Flage.
Hay varias clases de Flage, y hay dos modos por los que podemos obtener conocimiento de ellos. Uno es haciéndose visibles para poder hablar con nosotros; el otro es ejerciendo una influencia invisible en nuestra mente. El arte de la Nectromancia 17 hace que el hombre perciba cosas interiores, y no hay misterio tocante al ser humano que no se pueda conocer por este arte, y al Flage se le puede hacer que lo revele o por persuasión o por la fuerza de la voluntad, porque el Flage obedece a la voluntad del hombre por la misma razón que un soldado obedece la voluntad del que manda, o un inferior obedece a su superior, aunque éste pueda ser físicamente más fuerte que el primero. Se puede hacer que el Flage aparezca visiblemente en un espejo de Beryll, en un pedazo de carbón o un cristal, etc., y no sólo se puede ver al Flage sino también a la persona a quien pertenezca, y todos sus secretos pueden ser conocidos. Y si no es posible hacerles que se aparezcan, entonces tale secretos se pueden saber por comunicación de pensamiento o por signos, visiones alegóricas, etc. Con la ayuda de estos Flages se puede hallar tesoros ocultos y las cartas cerradas se pueden leer, a pesar de lo oculto que se hallen para la vista, porque la apertura de la vista interior quita el velo de la materia. Las cosas que han sido sepultadas se pueden hallar de ese modo, las robadas recobrarse, etc. El Flage puede revelarnos sus secretos tanto buenos como malos, en nuestros sueños. El que obtiene conocimiento del espíritu lo obtiene de su padre; el que conoce a los Elementales se conoce a sí mismo; el que comprende la naturaleza de los elementos sabe como está construido el Microcosmo. Los Flage son los espíritus que instruyeron al género humano en las artes y ciencias en los tiempos antiguos, y sin ellos no habría seguramente ni ciencia ni filosofía ninguna en el mundo" 18.
"En la práctica de la divinación por sortilegio, etc., el Flage guía la mano. Tales artes no son ni de Dios ni del diablo, sino que son el Flage. Las ceremonias que de costumbre se usan en estas ocasiones son mera superstición, y han sido inventadas para dar a tales ocasiones un aire de solemnidad. Los que practican ese arte ignoran ellos mismos con frecuencia las leyes que lo gobiernan, y puede atribuir los resultados obtenidos a las ceremonias, y confunden erróneamente sus supercherías con la cosa esencial" 19.
Respecto a la confianza que se pueda tener en las revelaciones de los seres invisibles, Paracelso dice: "A los malos espíritus les gusta hacer caer a los hombres en error, y por lo mismo sus profecías son generalmente falsas y sus predicciones basadas en engaño. Dios hizo a los espíritus mudos, para que no puedan decirlo todo tan claramente al hombre que éste no necesite usar su razón para evitar cometer errores. Los espíritus no deben instruir al hombre, pero no siempre obedecen ese mandato. Por esta razón con frecuencia guardan silencio cuando su informe es más necesario y muchas veces hablan falsedades cuando más importa saber la verdad". Esta es la causa de que tantas cosas que han dicho los espíritus hayan sido mentiras e ilusiones, y algunos espíritus mienten muchísimo más que otros. Pero puede suceder que tal vez de doce predicciones hechas por tales espíritus una accidentalmente salga cierta, y en este caso los ignorantes no se fijarán en que las otras once fueron falsas, sino que estarán prontos para creer todo lo que tales espíritus puedan decir. "Estos espíritus enseñan con frecuencia a las personas que tratan con ellos, a practicar ciertas ceremonias, a decir ciertas palabras y nombres en que no hay ninguna significación, y todo esto lo hacen para divertirse, y tener algún pasatiempo a costa de las personas crédulas. Rara vez son los que pretenden ser; aceptan nombres, y uno usará el nombre de otro, o pueden asumir la máscara y modo de obrar de otro. Si una persona tiene tal espíritu, que pertenezca a una clase mejor, puede ser un buen decidor de la buenaventura; pero el que tiene un espíritu mentiroso no oirá sino mentiras, y, en general, todos estos espíritus en su clase se sobrepasan mutuamente en engaños y mentiras" (Filosofía Sagaz") 20.
"El hombre es un instrumento por el cual los tres mundos - el espiritual, el astral y el elementario - están obrando. En él hay seres de todos estos mundos, racionales y no racionales, criaturas inteligentes y sin inteligencia. Una persona sin conocimiento ni gobierno propio, obra impulsado según la voluntad de estas criaturas; pero el verdadero filósofo obra conforme a la voluntad del Supremo Ser, el Creador, que está en él. Si los amos a quienes el hombre obedece son locos, ellos, sus siervos, también obrarán locamente. Es cierto que cada uno cree que él es el amo y señor y que hace lo que quiere; pero no ve al engañador que está dentro de él, el cual es su amo, y en quien él mismo viene a ser un engañado". ("De Meteoris.")
Hay otra clase de espíritus, los Sagane o Espíritus Elementales de la Naturaleza. Paracelso dice tocante a sus cuerpos lo siguiente: "Hay dos clases de carne. Una que viene de Adam, y otra que no viene de Adam. La primera es material y grosera, visible y tangible para nosotros; la otra no es tangible y no está hecha de tierra. Si un hombre que desciende de Adam, quiere pasar por una pared, tiene primero que hacer un agujero en ella; pero un ser que no desciende de Adam, no necesita hacer ningún agujero o puerta, sino que puede pasar por la materia que nos parece sólida, sin causarle ningún daño. Los seres que no han descendido de Adam, lo mismo que los que de él han descendido, están organizados y tienen cuerpo substanciales; pero hay tanta diferencia entre la substancia que compone sus cuerpos, como la que hay entre la Materia y el Espíritu. Sin embargo, los Elementales no son espíritus, porque tienen carne, sangre y huesos; viven y propagan su especie, comen y hablan, obran y duermen, etcétera, y por consiguiente no pueden propiamente ser llamados "espíritus". Son seres que ocupan un lugar entre los hombres y los espíritus, pareciéndose a los hombres y mujeres en su organización y forma, y pareciéndose a los espíritus en la rapidez de su locomoción. Son seres intermediarios, o Composita, formados de dos partes en una; lo mismo que dos colores mezclados parecerán como un color, no pareciéndose a ninguno de los dos originales. Los Elementales no tienen principios superiores; por lo mismo no son inmortales, y cuando mueren, perecen como los animales. Ni el agua ni el fuego puede dañarles, y no pueden ser encerrados en nuestras prisiones materiales. Están, sin embargo, sujetos a enfermedades. Sus costumbres, acciones, formas, maneras de hablar, etc., no son muy diferentes a las de los seres humanos pero hay muchísimas variedades. Tienen sólo intelecto animal, y son incapaces de desarrollo espiritual". ("Lib. Filos." II.)
"Estos espíritus de la naturaleza no son animales; tienen razón y lenguaje como el hombre; tienen mente, pero no alma espiritual. Esto puede parecer extraño e increíble; pero las posibilidades de la naturaleza no están limitadas por el conocimiento que el hombre y la sabiduría de Dios es insondable. Tienen hijos, y éstos son como ellos. El hombre está hecho a la imagen de Dios y se puede decir que ellos están hechos a la imagen del hombre; pero el hombre no es Dios, y los espíritus elementales de la naturaleza no son seres humanos, aunque se parecen al hombre. Pueden enfermar y mueren como animales. Sus costumbres se parecen a las de los hombres, trabajan y duermen, comen, beben y hacen sus vestidos, y así como el hombre está más cerca de Dios, así ellos están más cerca del hombre". (Lib. Filos." II )
"Viven en los cuatro elementos: las Ninfas en el agua, las Sílfides en el aire, los Pigmeos en la tierra, y las Salamandras en el fuego. Son llamados también Ondinas, Silvestres, Gnomos, Vulcanos, etc. Cada especie se mueve únicamente en el elemento a que pertenece, y ninguno de ellos puede salir de su elemento propio, que es para ellos como el aire es para nosotros, o el agua para los peces, y ninguno de ellos puede vivir en el elemento que pertenece a otra clase. Para cada ser elemental, el elemento en que vive es transparente, invisible y respirable, como la atmósfera lo es para nosotros".
"Las cuatro clases de espíritus de la naturaleza no se relacionan entre sí; los Gnomos no se comunican con las Ondinas o Salamandras, ni los silvestres con ninguna de aquéllas. Así como los peces viven en el agua que es su elemento, así cada ser vive en su propio elemento. Por ejemplo, el elemento en que el hombre respira y vive es el aire; pero para las Ondinas el agua es lo que el aire para nosotros, y si nos sorprendemos de que estén en el agua, también ellas se pueden sorprender de que estemos en el aire. Así pues, el elemento de los Gnomos es la tierra, y pasan por las rocas, paredes y piedras como un espíritu, porque tales cosas no son para ellos más grandes obstáculos de lo que el aire es para nosotros. En el mismo sentido el fuego es el aire en que las Salamandras viven; pero los Silvestres o Sílfides, son los que están en más cercana relación con nosotros; porque viven en el aire como nosotros; porque viven en el aire como nosotros, se ahogarían si estuviesen bajo el agua, se sofocarían en la tierra y se quemarían en el fuego, porque cada ser pertenece a su propio Caos y muere si es transportado a otro. Si ese Caos es denso, los seres que viven en él son sutiles, y si el Caos es sutil, los seres son densos. Por lo mismo tenemos cuerpos densos para que podamos pasar por el aire sin impedimento, y los Gnomos tienen forma sutiles, para que puedan pasar por las rocas. Los hombres tienen sus jefes y autoridades; las abejas y hormigas sus reinas, los gansos y otros animales sus guías también, y lo mismo los espíritus de la naturaleza tienen sus reyes y reinas. Los animales reciben su vestido de la naturaleza; pero los espíritus de la naturaleza lo preparan por sí mismos. La omnipotencia de Dios no está limitada a cuidar sólo al hombre, sino que se extiende a cuidar también de los espíritus de la naturaleza y de muchas otras cosas de que los hombres no saben nada. Todos estos seres, ven el sol y el firmamento lo mismo que nosotros, porque cada elemento es transparente para los que viven en él. Así pues, el sol brilla a través de las rocas para los Gnomos, y el agua no impide a las Ondinas ver el sol y las estrellas; tienen sus primaveras e inviernos, y su "tierra" les produce frutos; porque cada ser vive del elemento de que ha brotado". ("Lib.Filos." II )
"Con respecto a la personalidad de los Elementales, se puede decir que los que pertenecen al elemento del agua se parecen a los seres humanos de ambos sexos, los del aire son más grandes y más fuertes 21; las Salamandras son largas, delgadas y secas; los Pigmeos o Gnomos, son de dos palmos de estatura, pero pueden extender o alargar sus formas hasta que parezcan como gigantes. Los Elementales del aire y el agua, las Sílfides y Ninfas, son de bondadosa disposición para con el hombre; las Salamandras, no se le puede asociar a causa de la naturaleza ígnea del elemento en que viven, y los Pigmeos son generalmente de naturaleza maliciosa. Estos construyen casas, bóvedas y edificios de extraño aspecto con ciertas substancias semi - materiales desconocidas para nosotros. Tienen una clase de alabastro, mármol, cemento, etcétera; pero estas substancias son tan diferentes de las nuestras como la tela de una araña es diferente de nuestro lino. Las Ninfas tienen sus residencias y palacios en el agua; las Sílfides y Salamandras no tienen moradas fijas. En general, los Elementales aborrecen a personas presuntuosas y obstinadas, tales como los dogmáticos, científicos, borrachos y glotones, lo mismo que a los pendencieros y gentes vulgares de todas clases; pero aman a los hombres naturales, que tienen mente sencilla y son como los niños, inocentes y sinceros; mientras menos vanidad e hipocresía haya en el hombre, más fácil les será acercarse a él; pero si es lo contrario, son tan reservados y huraños como los animales silvestres".
El hombre vive en los elementos exteriores, y los Elementales en los interiores. Tienen habitaciones y vestido, métodos y costumbres, lenguaje, lenguaje y gobierno propios, en el mismo sentido que las abejas tienen sus reinas y los rebaños de animales su jefe. Algunas veces se les ve bajo diversas formas. Las Salamandras han sido vistas como bolas o lenguas de fuego corriendo en los campos o apareciendo en las casas. Ha habido casos en que las ninfas han adoptado la forma humana, vestido maneras, y han entrado en unión con el hombre. Hay ciertas localidades en que gran número de Elementales viven juntos, y ha ocurrido que un hombre haya sido admitido en su comunidad y haya vivido con ellos por algún tiempo, y que se hayan hecho visibles y tangibles para él 22.
"Los ángeles son invisibles para nosotros; pero sin embargo un ángel puede aparecer a nuestra vista espiritual, e igualmente el hombre es invisible a los espíritus de la naturaleza,
y lo que las Ondinas saben de nosotros es para ellas simplemente lo que los cuentos de duendes son para nosotros. Las Ondinas se aparecen al hombre, pero no el hombre a ellas. El hombre es denso en el cuerpo y sutil en el Caos (plano astral) y aparecérsele, permanecer con él, casarse y concebir hijos de él. Así pues, una Ondina puede casarse con un hombre, hacerle casa, y sus hijos serán seres humanos y no Ondinas, porque reciben un alma humana del hombre, y además la Ondina misma recibe por esto el germen de la inmortalidad. El hombre está ligado a Dios por medio de su alma espiritual, y si una Ondina se une al hombre, vendrá a ser por esto ligada a Dios. Así como una Ondina sin su unión con el hombre muere como un animal, igualmente el hombre es como un animal si destruye su unión con Dios".
"Por lo mismo las Ninfas están ansiosas de unirse con el hombre; procuran hacerse inmortales por medio de él. Tienen mente e intelecto como el hombre, pero no el alma inmortal, como la que hemos obtenido por el Cristo. Pero los espíritus de la tierra, el aire y el fuego, rara vez se casan con un ser humano. Pueden, sin embargo, apegársele y entrar a su servicio. No se debe suponer que son nada aéreo o simplemente espectros o apariencias; son de carne y sangre, sólo que más sutiles que el hombre (esto es, de la substancia de la mente)".
"Las Ninfas algunas veces salen del agua y se las puede ver sentadas en la orilla cerca de donde viven, y lo mismo que los Gnomos tienen un lenguaje como el hombre; pero los espíritus de los bosques son más huraños y no hablan nada, aunque pueden hablar y son muy hábiles. Las Ninfas aparecen con forma humana y vestido; pero los espíritus del fuego son de forma ígnea. Usualmente no se hallan en compañía de los hombres, pero cohabitan con viejas, tales como las brujas, que algunas veces son obsesadas por el diablo. Si un hombre tiene una Ninfa por esposa, cuídese de no ofenderla mientras está cerca del agua, pues en tal caso volverá a su elemento 23; y si alguno tiene un Gnomo por criado, séale fiel, porque cada uno tiene que ser obediente para con el otro; si cumplís vuestro deber para con él, él lo cumplirá con vosotros. Todo esto está en el orden divino de las cosas y será manifiesto a su debido tiempo; de modo que entonces podremos ver lo que ahora parece casi increíble". ("Lib. Filos.II")
En las leyendas de los santos se hace alusión a los Espíritus Elementales de la Naturaleza llamándolos muchas veces "diablos", nombre que no merecen; porque hay Elementales buenos tanto como malos; pero aunque pueden ser muy egoístas, no han desarrollado ningún amor por el mal absoluto, porque sólo tienen almas mortales, pero no esencia espiritual que los haga inmortales.
Además de las almas astrales que hay en el hombre y los Espíritus Elementales de la Naturaleza, hay otros muchos espíritus nacidos dentro del alma madre (la voluntad e imaginación de la naturaleza); y así como la mente del hombre puede crear monstruos, y el hombre puede pintar sus imágenes en el lienzo, o esculpirlas en piedra o madera, igualmente el poder universal de la voluntad crea monstruos en la luz astral, y puede arrojar sus sombras en el mundo físico de las apariencias, haciéndose objetivas en cuerpos sobre la tierra. Algunas de ellas son de corta vida y otras vivirán hasta el día de la disolución de todas las cosas. "Todos sabemos que un hombre puede cambiar su carácter en el curso de su vida, de modo que al fin llegue a ser una persona muy diferente de lo que era antes; y así toda criatura que tenga voluntad puede cambiar y hacerse sobrenatural o contranatural, esto es, diferente de lo que normalmente pertenece a su naturaleza. Muchas de las lumbreras de la iglesia, que ahora se pavonean llenas de joyas y diamantes, parecerán dragones y gusanos cuando el cuerpo humano en que están ahora enmascarados haya desaparecido cuando llegue la muerte". (Lib. Filos. IV")
"Hay también Sirenas; pero son simplemente una clase de peces monstruos; pero hay dos clases más de espíritus, relacionados con las Ninfas y Pigmeos, a saber: los Gigantes y los Enanos. Esto no puede ser creído, pero debe recordarse que el principio del conocimiento divino es que la luz de la naturaleza ilumine al hombre, y que por esta luz conozca todas las cosas de la naturaleza por medio de la luz interior. Los Gigantes y Enanos son monstruos, estando en relación con los Silvestres y Gnomos en el mismo sentido que las Sirenas están relacionadas con las Ondinas. No tienen alma (espiritual), y pueden mejor ser comparados a monos que a serse humanos. Estos espíritus son con frecuencia los guardianes de los tesoros ocultos".
"Tales cosas pueden ser negadas por el sabio mundanal; pero al fin del mundo, cuando todas las cosas serán reveladas, entonces también se verán avergonzados y corridos los llamados "doctores" y "profesores", que fueron grandes en su ignorancia; entonces se verá quiénes fueron los verdaderamente instruidos en el fundamento de la naturaleza, y cuáles los instruidos simplemente en charla vacía. Entonces conoceremos a los que han escrito conforme a la verdad, y los que han enseñado según su fantasía; y cada uno recibirá lo que merezca. No habrá entonces doctores ni magistrados, y los que están haciendo ahora mucho ruido estarán entonces muy callados; pero los que hubieren recibido la verdadera inteligencia serán felices. Por lo mismo recomiendo que mis escritos sean juzgados en aquel tiempo cuando todas las cosas se manifestarán y cuando cada uno verá la luz como le fue revelada.
"Los malos espíritus son, por decirlo así, los alguaciles y ejecutores de Dios (la Ley). Han sido producidos por las influencias del mal y siguen su destino. Pero el vulgo tiene una estima demasiado elevada de sus poderes, especialmente del poder del diablo. El diablo no tiene bastante poder para remendar ollas viejas, y mucho menos para enriquecer a un hombre. El - o ello - es la cosa más pobre que puede hallarse en los cuatro elementos 24. Hay muchísimas invenciones, ciencias y artes que se atribuyen a la agencia del diablo (personal); pero antes que el mundo sea más viejo, se hallará que el diablo nada tiene que ver con estas cosas, que el diablo es nada y no sabe nada, y que estas cosas son el resultado de causas naturales. La verdadera ciencia puede hacer muchísimo; la Sabiduría Eterna de la existencia de todas las cosas es sin tiempo, sin principio y sin fin. Las cosas que son consideradas ahora como imposibles se realizarán; lo inesperado se verá en el futuro que es cierto, y lo que es mirado como una superstición en nuestro siglo, será la base de la ciencia aprobada del siguiente". ("Filosofía Oculta")
9 No pueden, sin embargo hacerse visibles, a menos que puedan extraer algo de la esencia astral de la persona o personas en cuya presencia desean aparecer; en otras palabras, las personas deben ser médiums para producir tales manifestaciones de forma.
10 Paracelso da aquí una descripción muy buen de algunas de las materializaciones modernas espíritas. El "doble aéreo" (forma astral) usualmente sale del lado izquierdo del médium, en la región del bazo. No es preciso que los médiums sean necesariamente personas depravadas, pero debe haber alguna falta en su organización, pues de lo contrario la combinación de sus principios sería demasiado fuerte para separar algo de su substancia astral. Los médiums de materialización pueden ser personas muy buenas, pero la vida solitaria y costumbres viciosas pueden conducir al desarrollo de esta medumnidad que al fin puede ser fatal.
11 Por "oración" se entiende el ejercicio de la voluntad espiritual. "¡Oh tú, estúpido y tonto sacerdote, que no sabes absolutamente nada; te imaginas que puedes arrojar a los malos espíritus con el suave olor del incienso, el cual les gusta tanto a los buenos como a los malos espíritus. Si en vez de incienso emplearas asafétida, podrías entonces arrojar a los malos espíritus y aun a los buenos". ("Filos. Ocult.")
12 Sucede muchas veces que las enfermedades corporales son la causa de mórbidos deseos. Una enfermedad de la piel (prurito de la vagina o scroti) puede causar deseos eróticos; un desplazamiento del útero, una erosión, una úlcera o inflamación del hueso uterino, causan depresión mental e histericia; las almorranas pueden causar melancolía, etc., etc.; pero todas estas causas son a su vez los efectos de causas anteriores que pueden tener un origen psíquico, y establecen las condiciones por las cuales pueden obrar las influencias elementarias.
13 SE han hecho experimentos en Londres. Con la inhalación de varios éteres, cloroformo, gas óxido nitroso e hidrocarbonatos se han obtenido el efecto de producir tales "alucinaciones". Antes que estos gases fueran conocidos, se usaban fumigaciones de substancias venenosas para tales fines. Las recetas de los materiales usados para tales fumigaciones eran guardadas muy secretas, a causa del abuso que podría hacerse de tal conocimiento, y a consecuencia de lo cual puede hasta producirse locura. Una de las fumigaciones más efectivas para producir apariciones estaba, según Eckartshausen, compuesta de las siguientes substancias; cicuta, haba, azafrán, linaloe, opio, mandrágora, salano, semilla de amapola, asafétida y perejil. Las fumigaciones para arrojar a los malos espíritus se componía de azufre, asafétida, castóreo, y más especialmente de pericón y vinagre. El ácido carbónico no se conocía en aquel tiempo.
14 Esto es confirmado por Swendenborg en su descripción del "Infierno", y también por Jacobo Boehme. El alma animal de los muertos toma forma y figura del animal cuyo carácter predominó en su constitución.
15 Hay una cadena sin fin de nacimientos y transformaciones que se verifican en el mundo de las causas (espiritual), tanto como en el mundo de los efectos (material). La vida de algunas de estas entidades dura enormes períodos de tiempo; otras tienen sólo una corta existencia individual. Según las enseñanzas brahmánicas, hay siete clases principales de espíritus, algunas de ellas con innumerables subdivisiones: 1. Arupa Devas (espíritus sin forma), espíritus planetarios; el sexto principio inteligente del planeta, cuyo producto son; 2. Rupa Devas (con forma). Elevados espíritus planetarios Dhyan - Chohans; 3. Pisachas y Mohinis. Elementarios masculinos y femeninos, compuestos de las formas astrales de los muertos, que pueden ser obsesados por Elementales, y producen los Incubos y Súbcubos; 4. Mara Rupas: formas de deseo o pasión. Almas condenadas a la destrucción; 5. Asuras: Elementales (Gnomos, Sílfides, Ondinas, Salamandras, etc.) Estos se desarrollarán en seres humanos en el siguiente Manvántara (ciclo de evolución); 6. Bestias. Elementales con formas de animales, monstruosidades; 7. Raksasas o demonios. Almas de hechiceros y de hombres de gran inteligencia, pero con tendencias malas. Los que se hacen criminales, por el progreso de la ciencia, los dogmatistas, sofistas, viviseccionistas o descuartizadores de animales vivos, etcétera, son los que suministran material para el desarrollo de tales "diablos". Los Asuras son llamados con frecuencia Devas, y son adorados en muchos lugares de la India. Son los espíritus guardianes de ciertos lugares, jardines, casas, etc., y tienen templos propios. Hay muchos miles de variedades. Véase "Isis sin Velo".

16 Son evidentemente una clase diferente de "espíritus familiares" de los guías "invisibles" mencionados ya. El espíritu que cada niño recibe cuando nace, y que acompaña a la persona durante su vida terrestre, es su propio mismo o yo espiritual, el "Karana Sharira".
17 No se debe confundir la Nectormancia con la Necromancia.
18 Todo el universo es una expresión de conciencia, y por lo mismo hay en el mundo innumerables estados de voluntad consciente e inteligente, algunos con forma visible y otros con invisible. Algunos sin forma, como corrientes de aire; otros indefinidos, como nieblas o nubes; otros sólidos, como las rocas; algunos impermanentes; otros permanentes como las estrellas.
19 El "rationale" en que la adivinación, la geomancia, la práctica de la vara adivinatoria, etc., están basadas en que por medio de tales prácticas puede adquirir y comprender el intelecto de la personalidad el conocer ciertas cosas, que ya existen en el espíritu del hombre. El hombre inferior no puede, bajo todas circunstancias, comunicar su conocimiento al hombre externo, porque la conciencia de los dos no es idéntica; pero el espíritu puede influenciar el aura nerviosa de la persona, gobernar los músculos de su cuerpo, y así guiar sus manos.
20 Los que tienen alguna experiencia en el espiritismo moderno, reconocerán la verdad de esta descripción. Los espiritistas no deben obrar por consejos de los espíritus, si estos consejos son contra su razón, y los científicos no deben confiar en las opiniones de otros, si estas opiniones son contra su propio sentido común.
21 El hombre semi - animal puede ser considerado como un elemental del aire, originado de la unión de los Dhyan Choans (Hijos de Sabiduría) con las hijas de los Gigantes. (Véase Biblia, Génesis VI, 4)
22 No es creíble que una persona haya entrado con su cuerpo físico en la montaña de Venus o Untersberg, o en cualesquiera otro lugar renombrado de que habla la tradición popular. Ni las brujas y hechiceros de la Edad Media han estado en el sábado de las brujas con sus cuerpos físicos y parece igualmente improbable que una persona hubiera entrado alguna vez físicamente en donde viven los adeptos desencarnados. Pero el cuerpo físico del hombre no es el hombre, es sólo su sombra externa, y donde quiera que la conciencia del hombre esté, allí estará presente él. Pero mientras está allí, no pierde su cuerpo exterior, del cual no usa por el momento como sucede con una parte de su vestido que intencionadamente se quita, y al despertar, volviendo a la conciencia física, puede muy bien creer que había estado en tal lugar con su forma física.

23 "Si alguno se casa con una ninfa del agua, y ella le abandona, no debe tomar otra esposa, porque el matrimonio no ha sido disuelto. Si se casa, morirá poco después". (De Ninf.)
24 El "diablo" es la mala voluntad espiritual. El diablo no tiene poder en el hombre, pero si éste permite que el diablo se desarrolle en su interior, entonces el gran Diablo ayudará al diablo chico para que crezca y se alimente con su propia substancia. (Véase "Las Doctrinas de Jacob Boehme".)
9 Boheme dice: "Cuando el alma ha pasado por la muerte está entonces en la esencia de Dios. Permanece con las obras que ha hecho aquí, y en este estado contemplará la majestad de Dios y verá a los ángeles cara a cara. En el mundo insondable en donde el alma está, no hay fin u objeto que el alma no alcance. Donde la carroña esté, allí se juntarán las águilas".
10 Boehme dice: "la mayoría de las almas parten de sus formas terrestres sin el cuerpo de Cristo (amor divino); y sólo están en relación con él por un pequeño hilo". Tales almas, teniendo muy poca espiritualidad, no existirán en dicha tan gloriosa como aquellas cuya espiritualidad se desplegó en la tierra y que amaron a Dios sobre todas las cosas.
11 La sensación es un atributo de la vida. Si la vida reside en el cuerpo astral, éste tendrá sensación, y mientras este cuerpo esté en relación simpática con el cuerpo muerto físico, puede hasta sentir cualquier daño que se haga a este último. El cuerpo físico, si está inanimado, no tiene sensación; ésta pertenece al hombre interior. Donde quiera que el centro de conciencia se establece, allí está la sensación.
12 Se podrían llenar libros con relación de casas frecuentadas por fantasmas, y hay ejemplos en que se ha visto que tales espectros son excesivamente numerosos. Algunas personas, que no pueden verlos, pueden sentirlos instintivamente, y hasta físicamente, como un viento frío, o como una corriente de electricidad que pasa por el cuerpo.
13 Se han visto chinos e indios que se han matado con el fin de vengarse, de modo que sus almas puedan apegarse a sus enemigos, turbar sus mentes y arrojarlos al suicidio. También está bien probado que las guerras son con frecuencia seguidas por numerosos suicidios que ocurren en el ejército victorioso.
14 Tal caso de vampirismo me es conocido personalmente. Un joven se mató a causa de su pasión por una señora casada. Esta le amaba, pero no le correspondió a causa de sus obligaciones matrimoniales. Después de la muerte, su forma astral se apegó a ella, y como ésta era de temperamento medianímico, halló él las condiciones necesarias para materializarse en parte. La señora necesitó de un esfuerzo largo y continuado, hasta que finalmente se libertó del íncubo. Si nuestros practicantes de medicina estuvieran más familiarizados con los hechos ocultos, muchos casos "misteriosos" que caen bajo su observación podrían serles claros, y obtendrían un conocimiento más profundo de algunas causas de manía, histericia, alucinación, etc.
15 Fragmento, "De animabus mortuorum". Una gran parte de este fragmento se ha perdido. Todos estos espíritus son el producto de la imaginación y la voluntad. Si una persona tiene una imaginación mala, crea una forma correspondiente en su mente, y si a esa forma le infunde voluntad, ha creado entonces "un espíritu".
16 Paracelso recomienda llevar corales rojos como remedio contra la melancolía. Se dice que son gobernados por la influencia del sol, mientras los de color obscuro están bajo la influencia de la luna. Los rojos son desagradables no sólo al Fantasma, sino también a los Monstruos, Incubos, Súbcubos, y otros malos espíritus; pero los corales obscuros gustan y los atraen. Conozco algunos casos de melancolía, depresión de la mente, hipocondrái, etc., que han sido tratados con éxito usando corales rojos, mientras que otros artículos empleados para el mismo fin no tuvieron efecto, y la curación por lo mismo no podía atribuirse simplemente a la creencia del paciente. El ignorante hallará más fácil ridiculizar estas cosas que explicarlas.
5 5 no se trata aquí de cosas simplemente visibles y tangibles, sino de los productos de la mente, que son también substanciales y que pueden hacerse visibles y tangibles bajo ciertas condiciones.
"El cuerpo visible, lo mismo que el terrestre, obran cada uno a su propia manera. Lo que el cuerpo visible ejecuta es hecho con las manos; el hombre interior obra por medio de su imaginación y voluntad. Las obras del primero nos parecen reales; las del segundo como sombras". ("Morb.Invisib." III.)
6 La literatura oculta de la Edad Media y la del espiritismo moderno contienen muchos ejemplos de Incubos y Súbcubos, habiéndose aparecido algunos de ellos visible y tangiblemente; otros, aunque invisibles, fueron tocados y sentidos. Estos casos son al presente mucho más numerosos de lo que comúnmente se cree; pero estos espíritus pueden "materializarse" únicamente si las condiciones necesarias son dadas. Por lo mismo, sólo son sentidos durante un estado de enfermedad, y cuando el paciente se recobra desaparecen, porque de una constitución sana no pueden extraer los elementos necesarios para su materialización. Estos Incubos y Súbcubos son, por lo mismo, el producto de un estado física y moralmente enfermo. La imaginación mórbida crea una imagen, la voluntad de la persona la hace objetiva, y el aura nerviosa puede hacerla substancial a la vista y al tacto. Además, cuando la imagen ha sido creada, atrae hacia si misma influencias correspondientes del alma del mundo.
7 Los instintos animales no pueden ser suprimidos, y la "carne" no puede ser "mortificada", sino despertando una actividad psíquica superior en lugar de las inferiores, o exaltando la naturaleza espiritual sobre el principio animal del hombre. La abstinencia en los actos es inútil para el desarrollo espiritual, si no se sigue la abstinencia en pensamiento. El celibato forzoso no forma un sacerdote; un verdadero sacerdote es un santo, y los santos son personas que han desarraigado sus deseos carnales.
8 Esta es la clase de "espíritu" creado por los seguidores de P. B. Randolph, según las instrucciones dadas en su libro titulado "Eulis".

 

http://mitosyleyendas-snake.blogspot.com/2009/09/los-elementales.html 

EL ASESINO

Escrito por imagenes 24-09-2009 en General. Comentarios (0)

 

EL ASESINO

GUY DE MAUPASSANT

*


 El culpable era defendido por un jovencísimo abogado, un novato que habló así:
      -Los hechos son innegables, señores del jurado. Mi cliente, un hombre honesto, un empleado irreprochable, bondadoso y tímido, ha asesinado a su patrón en un arrebato de cólera que resulta incomprensible. ¿Me permiten ustedes hacer una sicología de este crimen, si puedo hablar así, sin atenuar nada, sin excusar nada? Después ustedes juzgarán.
 Jean-Nicolas Lougère es hijo de personas muy honorables que hicieron de él un hombre simple y respetuoso.
 Este es su crimen: ¡el respeto! Este es un sentimiento, señores, que nosotros hoy ya no conocemos, del que únicamente parece quedar todavía  el nombre, y cuya fuerza ha desaparecido. Es necesario entrar en determinadas familias antiguas y modestas, para encontrar esta tradición severa, esta devoción a la cosa o al hombre, al sentimiento o a la creencia revestida de un carácter sagrado, esta fe que no soporta ni la duda ni la sonrisa ni el roce de la sospecha.
 No se puede ser un hombre honesto, un hombre honesto de verdad, con toda la fuerza que este término implica,  si no se es respetuoso. El hombre que respeta con los ojos cerrados, cree. Nosotros, con nuestros ojos muy abiertos sobre el mundo, que vivimos aquí, en este palacio de justicia que es la cloaca de la sociedad, donde vienen a parar todas las infamias, nosotros que somos los confidentes de todas las vergüenzas, los defensores consagrados de todas las miserias humanas, el sostén, por no decir los defensores de todos los bribones y de todos los desvergonzados, desde los príncipes hasta los vagabundos de los arrabales, nosotros que acogemos con indulgencia, con complacencia, con una benevolencia sonriente a todos los culpables para defenderlos delante de ustedes, nosotros que, si amamos verdaderamente nuestro oficio, armonizamos nuestra simpatía de abogado con la dimensión del crimen, nosotros ya no podemos tener el alma respetuosa. Vemos demasiado este río de corrupción que fluye de los más poderosos a los últimos pordioseros, sabemos muy bien como ocurre todo, como todo se da, como todo se vende. Plazas, funciones, honores, brutalmente a cambio de un poco de oro, hábilmente a cambio de títulos y de lotes de reparto en las empresas industriales, o simplemente  por un beso de mujer. Nuestro deber y nuestra profesión nos fuerzan a no ignorar nada, a desconfiar de todo el mundo, ya que todo el mundo es sospechoso, y quedamos sorprendidos cuando nos encontramos enfrente de un hombre que tiene, como el asesino  sentado delante de ustedes, la religión del respeto tan arraigada como para llegar a convertirse en un mártir.
 Nosotros, señores, hacemos uso del honor igual que del aseo personal, por repugnancia a la bajeza, por un sentimiento de dignidad personal y de orgullo; pero no  llevamos al fondo del corazón la fe ciega, innata, brutal, como este hombre.
 Déjenme contarles su vida.
 Fue educado, como se educaba antaño a los niños, dividiendo en dos clases  todos los actos humanos: lo que está bien y lo que está mal. Se le enseñó el bien, con una autoridad tan  irresistible, que se le hizo distinguir del mal como se distingue el día de la noche. Su padre no pertenecía a esa raza de espíritus superiores que, mirando desde lo alto, ven los orígenes de las creencias y reconocen las necesidades sociales de donde nacen estas distinciones.
 Creció pues, religioso y confiado, entusiasta e íntegro.
 Con veintidós años se casó. Se le hizo casar con una prima, educada como él, sencilla como él, pura como él. Tuvo cierta suerte inestimable de tener por compañía una honesta mujer virtuosa, es decir, lo que hay de más escaso y respetable en el mundo. Tenía hacia su madre la veneración que rodea a las madres en las familias patriarcales, el culto profundo que se reserva a las divinidades. Trasladó sobre su madre un poco de esta religión, apenas atenuada por las familiaridades conyugales. Y vivió en una ignorancia absoluta de la picardía, en un estado de rectitud obstinada y de tranquila dicha que hizo de él un ser aparte. No engañando a nadie, no sospechaba que se le pudiera engañar a él.
 Algún tiempo antes de su boda había entrado como contable en la empresa del señor Langlais, asesinado por él hace unos días.
 Sabemos, señores del jurado, por los testimonios de la señora Langlais, de su hermano, el señor Perthuis, asociado de su marido, de toda la familia y de todos los empleados superiores de este banco, que Lougère fue un empleado modelo, ejemplo de probidad, de sumisión, de dulzura, de deferencia hacia sus jefes y ejemplo de regularidad.
 Se le trataba, por otra parte, con la consideración merecida por su conducta ejemplar. Estaba acostumbrado a este respeto y a la especie de veneración manifestada a la señora Lougère, cuyo elogio estaba en boca de todos.
 Unos días después, ella murió de unas fiebres tifoideas.
 Él sintió seguramente un dolor profundo, pero un dolor frío y tranquilo en su corazón metódico. Solo se vio en su palidez y en la alteración de sus rasgos hasta qué punto había sido herido.
 Entonces, señores, ocurrió algo muy natural.
 Este hombre estaba casado desde hacía diez años. Desde hacía diez años tenía la costumbre de sentir  una mujer cerca de él, siempre. Estaba acostumbrado a sus cuidados, a esta voz familiar cuando uno llega a casa, al adiós de la tarde, a los buenos días de la mañana, a ese suave sonido del vestido, tan del gusto femenino, a esta caricia ora amorosa, ora maternal que alivia la existencia, a esta presencia amada que hace menos lento el transcurrir de las horas. Estaba también acostumbrado a la condescendencia material de la mesa, a todas las atenciones que no se notan y que se vuelven poco a poco indispensables. Ya no podía vivir solo. Entonces, para pasar las interminables tardes, cogió la costumbre de ir a sentarse una hora o dos a la cervecería vecina. Bebía un bock y se quedaba allí, inmóvil, siguiendo con una mirada distraída las bolas de billar corriendo una detrás de la otra bajo el humo de las pipas, escuchando, sin pensar en ello, las disputas de los jugadores, las discusiones de los vecinos sobre política y las carcajadas que provocaban a veces una broma pesada al otro extremo de la sala. Acababa a menudo por quedarse dormido de lasitud y aburrimiento. Pero tenía en el fondo de su corazón y de sus entrañas, la necesidad irresistible de un corazón y de un cuerpo de mujer; y sin pensarlo, se fue aproximando, un poco cada tarde, al mostrador donde reinaba la cajera, una rubia pequeña, atraído hacia ella invenciblemente por tratarse de una mujer.
 Pronto conversaron, y él cogió la costumbre, muy agradable, de pasar todas las tardes a su lado. Era graciosa  y atenta como se tiene que ser en estos amables ambientes, y se divertía renovando su consumición lo más a menudo posible, lo cual beneficiaba al negocio. Pero cada día Lougère se ataba más a esta mujer que no conocía, de la que ignoraba toda su existencia y que quiso únicamente porque no veía otra.
 La muchacha, que era astuta, pronto se dio cuenta que podría sacar partido de este ingenuo y buscó cual sería la mejor forma de explotarlo. Lo más seguro era casarse.
      A esta conclusión llegó sin remordimiento alguno.
      Tengo que decirles, señores del jurado, que la conducta de esta chica era de lo más irregular y que la boda, lejos de poner freno a sus extravíos, pareció al contrario hacerla más desvergonzada.
 Por juego natural de la astucia femenina, pareció cogerle gusto a engañar a este honesto hombre con todos los empleados de su despacho. Digo “con todos”. Tenemos cartas, señores. Pronto se convirtió en un escándalo público, que únicamente el marido, como todo, ignoraba.
 Al fin esta pícara, con un interés fácil de concebir, sedujo al hijo del mismísimo patrón, joven de diecinueve años, sobre cuyo espíritu y sentido tuvo pronto ella una influencia deplorable. El señor Langlais, que hasta ese momento tenía los ojos cerrados por la bondad, por amistad hacia su empleado, sintió, viendo a su hijo entre las manos, -debería decir entre los brazos de esta peligrosa criatura- una cólera legítima.
 Cometió el error de llamar inmediatamente a Lougère y de hablarle impelido por su indignación paternal.
 Ya no me queda, señores, más que leerles el relato del crimen, formulado por los labios del mismo moribundo y recogido por la instrucción:
 
      “Acababa de saber que mi hijo había donado, la misma víspera, diez mil francos a esta mujer y mi cólera ha sido más fuerte que mi razón. Verdaderamente, nunca he sospechado de la honorabilidad de Lougère, pero ciertas cegueras son más peligrosas que auténticas faltas.
 Le hice pues llamar a mi lado y le dije que me veía obligado a privarme des sus servicios.
 Él permanecía de pié delante de mí, azorado, sin comprender. Terminó por pedir explicaciones con cierta vivacidad.
 Yo rechacé dárselas, afirmando que mis razones eran de naturaleza íntima. Él creyó entonces que yo tenía sospechas de su falta de delicadeza, y, muy pálido, me rogó, me requirió que me explicara. Convencido de esto, se mostró arrogante y se tomó el derecho de levantarme la voz.
 Como yo seguía callado, me injurió, me insultó, llegó a tal grado de exasperación que yo temía que pasara a la acción.
 Ahora bien, de repente, con una palabra hiriente que me llegó a pleno corazón, le dije toda la verdad a la cara.
 Se quedó de pié algunos segundo, mirándome con ojos huraños; después le vi coger de su despacho las largas tijeras que utilizo para recortar el margen de algunos documentos; a continuación le vi caer sobre mi con el brazo levantado, y sentí entrar algo en mi garganta, encima del pecho, sin sentir ningún dolor.”

 He aquí, señores del jurado, el sencillo relato de su muerte. ¿Qué más se puede decir para su defensa? Él ha respetado a su segunda mujer con ceguera porque había respetado a la primera con la razón.

 Después de una corta deliberación, el acusado fue absuelto.

 

UN ADIOS - Arfego

Escrito por imagenes 23-09-2009 en General. Comentarios (1)

 

UN ADIOS - Arfego

Un Adios
arfego
*

Vete pues, huye con aquella que tu mano toma

¡¡¡Y no regreses!!!

Que mi tragedia se hunda junto a tu recuerdo

Que este silencio ahogue mi pena

Si.

Te condeno al silencio. Silencio eterno.

Y que este llanto que corre por mi rostro sea cruel testigo de este juramento

Nunca volver. ¡Nunca volverás!.. mi llanto.

Esta locura que toma posesión de mi alma,

En esta locura en la que te veo vestida de blanco

y desfallezco

Esta locura que me hace reír. Llorar.

¡Y odiarte!. Odiar todo aquello que me recuerde a ti

Odiar aquellas mañanas en las cuales me embriagaba en tu aroma

¡¡Y aquellos besos!!

Deseo. Fue solo deseo……..

Deseo el volverte a ver, el volverte a sentir.

Y sentir que te vas y te pierdes en el tiempo y en mis lágrimas que no dejan de caer

Te fuiste y no volverás.

¡¡Pues vete!!

Llévame contigo que no te puedo olvidar

Mi ángel, mi todo, pues bella eres,

Bella estas,

Bella como nuestro primer amanecer,

Bella como aquel día en el altar,

Bella como hoy,

Que tierra sobre ti cae,

Que en este ataúd al eterno entrego tu cuerpo

Al eterno devuelvo mi amor y mi paz.
*
ARFEGO

EL HORLA

Escrito por imagenes 21-09-2009 en General. Comentarios (1)

 

EL HORLA

Guy De Maupassant

 

 

 

8 de mayo

 

¡Qué hermoso día! He pasado toda la mañana tendido sobre la hierba, delante de mi casa, bajo el enorme plátano que la cubre, la resguarda y le da sombra. Adoro esta región, y me gusta vivir aquí porque he echado raíces aquí, esas raíces profundas y delicadas que unen al hombre con la tierra donde nacieron y murieron sus abuelos, esas raíces que lo unen a lo que se piensa y a lo que se come, a las costumbres como a los alimentos, a los modismos regionales, a la forma de hablar de sus habitantes, a los perfumes de la tierra, de las aldeas y del aire mismo.

Adoro la casa donde he crecido. Desde mis ventanas veo el Sena que corre detrás del camino, a lo largo de mi jardín, casi dentro de mi casa, el grande y ancho Sena, cubierto de barcos, en el tramo entre Ruán y El Havre.

A lo lejos y a la izquierda, está Ruán, la vasta ciudad de techos azules, con sus numerosas y agudas torres góticas, delicadas o macizas, dominadas por la flecha de hierro de su catedral, y pobladas de campanas que tañen en el aire azul de las mañanas hermosas enviándome su suave y lejano murmullo de hierro, su canto de bronce que me llega con mayor o menor intensidad según que la brisa aumente o disminuya.

¡Qué hermosa mañana!

A eso de las once pasó frente a mi ventana un largo convoy de navíos arrastrados por un remolcador grande como una mosca, que jadeaba de fatiga lanzando por su chimenea un humo espeso.

Después, pasaron dos goletas inglesas, cuyas rojas banderas flameaban sobre el fondo del cielo, y un soberbio bergantín brasileño, blanco y admirablemente limpio y reluciente. Saludé su paso sin saber por qué, pues sentí placer al contemplarlo.

 

11 de mayo

 

Tengo algo de fiebre desde hace algunos días. Me siento dolorido o más bien triste.

¿De dónde vienen esas misteriosas influencias que trasforman nuestro bienestar en desaliento y nuestra confianza en angustia? Diríase qué el aire, el aire invisible, está poblado de lo desconocido, de poderes cuya misteriosa proximidad experimentamos. ¿Por qué al despertarme siento una gran alegría y ganas de cantar, y luego, sorpresivamente, después de dar un corto paseo por la costa, regreso desolado como si me esperase una desgracia en mi casa? ¿Tal vez una ráfaga fría al rozarme la piel me ha alterado los nervios y ensombrecido el alma? ¿Acaso la forma de las nubes o el color tan variable del día o de las cosas me ha perturbado el pensamiento al pasar por mis ojos? ¿Quién puede saberlo? Todo lo que nos rodea, lo que vemos sin mirar, lo que rozamos inconscientemente, lo que tocamos sin palpar y lo que encontramos sin reparar en ello, tiene efectos rápidos, sorprendentes e inexplicables sobre nosotros, sobre nuestros órganos y, por consiguiente, sobre nuestros pensamientos y nuestro corazón.

¡Cuán profundo es el misterio de lo Invisible! No podemos explorarlo con nuestros mediocres sentidos, con nuestros ojos que no pueden percibir lo muy grande ni lo muy pequeño, lo muy próximo ni lo muy lejano, los habitantes de una estrella ni los de una gota de agua... con nuestros oídos que nos engañan, trasformando las vibraciones del aire en ondas sonoras, como si fueran hadas que convierten milagrosamente en sonido ese movimiento, y que mediante esa metamorfosis hacen surgir la música que trasforma en canto la muda agitación de la naturaleza... con nuestro olfato, más débil que el del perro... con nuestro sentido del gusto, que apenas puede distinguir la edad de un vino.

¡Cuántas cosas descubriríamos a nuestro alrededor si tuviéramos otros órganos que realizaran para nosotros otros milagros!

 

16 de mayo

 

Decididamente, estoy enfermo. ¡Y pensar que estaba tan bien el mes pasado! Tengo fiebre, una fiebre atroz, o, mejor dicho, una nerviosidad febril que afecta por igual el alma y el cuerpo. Tengo continuamente la angustiosa sensación de un peligro que me amenaza, la aprensión de una desgracia inminente o de la muerte que se aproxima, el presentimiento suscitado por el comienzo de un mal aún desconocido que germina en la carne y en la sangre.

 

18 de mayo

 

Acabo de consultar al médico pues ya no podía dormir. Me ha encontrado el pulso acelerado, los ojos inflamados y los nervios alterados, pero ningún síntoma alarmante. Debo darme duchas y tomar bromuro de potasio.

 

25 de mayo

 

¡No siento ninguna mejoría! Mi estado es realmente extraño. Cuando se aproxima la noche, me invade una inexplicable inquietud, como si la noche ocultase una terrible amenaza para mí. Ceno rápidamente y luego trato de leer, pero no comprendo las palabras y apenas distingo las letras. Camino entonces de un extremo a otro de la sala sintiendo la opresión de un temor confuso e irresistible, el temor de dormir y el temor de la cama. A las diez subo a la habitación. En cuanto entro, doy dos vueltas a la llave y corro los cerrojos; tengo miedo... ¿de qué?... Hasta ahora nunca sentía temor por nada... abro mis armarios, miro debajo de la cama; escucho... escucho... ¿qué?... ¿Acaso puede sorprender que un malestar, un trastorno de la circulación, y tal vez una ligera congestión, una pequeña perturbación del funcionamiento tan imperfecto y delicado de nuestra máquina viviente, convierta en un melancólico al más alegre de los hombres y en un cobarde al más valiente? Luego me acuesto y espero el sueño como si esperase al verdugo. Espero su llegada con espanto; mi corazón late intensamente y mis piernas se estremecen; todo mi cuerpo tiembla en medio del calor de la cama hasta el momento en que caigo bruscamente en el sueño como si me ahogara en un abismo de agua estancada. Ya no siento llegar como antes a ese sueño pérfido, oculto cerca de mi, que me acecha, se apodera de mi cabeza, me cierra los ojos y me aniquila.

Duermo durante dos o tres horas, y luego no es un sueño sino una pesadilla lo que se apodera de mí. Sé perfectamente que estoy acostado y que duermo... lo comprendo y lo sé... y siento también que alguien se aproxima, me mira, me toca, sube sobre la cama, se arrodilla sobre mi pecho y tomando mi cuello entre sus manos aprieta y aprieta... con todas sus fuerzas para estrangularme.

Trato de defenderme, impedido por esa impotencia atroz que nos paraliza en los sueños: quiero gritar y no puedo; trato de moverme y no puedo; con angustiosos esfuerzos y jadeante, trato de liberarme, de rechazar ese ser que me aplasta y me asfixia, ¡pero no puedo!

Y de pronto, me despierto enloquecido y cubierto de sudor. Enciendo una bujía. Estoy solo.

Después de esa crisis, que se repite todas las noches, duermo por fin tranquilamente hasta el amanecer.

 

2 de junio

 

Mi estado se ha agravado. ¿Qué es lo que tengo? El bromuro y las duchas no me producen ningún efecto. Para fatigarme más, a pesar de que ya me sentía cansado, fui a dar un paseo por el bosque de Roumare. En un principio, me pareció que el aire suave, ligero y fresco, lleno de aromas de hierbas y hojas vertía una sangre nueva en mis venas y nuevas energías en mi corazón. Caminé por una gran avenida de caza y después por una estrecha alameda, entre dos filas de árboles desmesuradamente altos que formaban un techo verde y espeso, casi negro, entre el cielo y yo.

De pronto sentí un estremecimiento, no de frío sino un extraño temblor angustioso. Apresuré el paso, inquieto por hallarme solo en ese bosque, atemorizado sin razón por el profundo silencio. De improviso, me pareció que me seguían, que alguien marchaba detrás de mí, muy cerca, muy cerca, casi pisándome los talones.

Me volví hacia atrás con brusquedad. Estaba solo. Únicamente vi detrás de mí el resto y amplio sendero, vacío, alto, pavorosamente vacío; y del otro lado se extendía también hasta perderse de vista de modo igualmente solitario y atemorizante.

Cerré los ojos, ¿por qué? Y me puse a girar sobre un pie como un trompo. Estuve a punto de caer; abrí los ojos: los árboles bailaban, la tierra flotaba, tuve que sentarme. Después ya no supe por dónde había llegado hasta allí. ¡Qué extraño! Ya no recordaba nada. Tomé hacia la derecha, y llegué a la avenida que me había llevado al centro del bosque.

 

3 de junio

 

He pasado una noche horrible. Voy a irme de aquí por algunas semanas. Un viaje breve sin duda me tranquilizará.

 

2 de julio

 

Regreso restablecido. El viaje ha sido delicioso. Visité el monte Saint-Michel que no conocía.

¡Qué hermosa visión se tiene al llegar a Avranches, como llegué yo al caer la tarde! La ciudad se halla sobre una colina. Cuando me llevaron al jardín botánico, situado en un extremo de la población, no pude evitar un grito de admiración. Una extensa bahía se extendía ante mis ojos hasta el horizonte, entre dos costas lejanas que se esfumaban en medio de la bruma, y en el centro de esa inmensa bahía, bajo un dorado cielo despejado, se elevaba un monte extraño, sombrío y puntiagudo en las arenas de la playa. El sol acababa de ocultarse, y en el horizonte aún rojizo se recortaba el perfil de ese fantástico acantilado que lleva en su cima un fantástico monumento.

Al amanecer me dirigí hacia allí. El mar estaba bajo como la tarde anterior y a medida que me acercaba veía elevarse gradualmente a la sorprendente abadía. Luego de varias horas de marcha, llegué al enorme bloque de piedra en cuya cima se halla la pequeña población dominada por la gran iglesia. Después de subir por la calle estrecha y empinada, penetré en la más admirable morada gótica construida por Dios en la tierra, vasta como una ciudad, con numerosos recintos de techo bajo, como aplastados por bóvedas y galerías superiores sostenidas por frágiles columnas. Entré en esa gigantesca joya de granito, ligera como un encaje, cubierta de torres, de esbeltos torreones, a los cuales se sube por intrincadas escaleras, que destacan en el cielo azul del día y negro de la noche sus extrañas cúpulas erizadas de quimeras, diablos, animales fantásticos y flores monstruosas, unidas entre sí por finos arcos labrados.

Cuando llegué a la cumbre, dije al monje que me acompañaba:

- ¡Qué bien se debe estar aquí, padre!

- Es un lugar muy ventoso, señor - me respondió. Y nos pusimos a conversar mientras mirábamos subir el mar, que avanzaba sobre la playa y parecía cubrirla con una coraza de acero.

El monje me refirió historias, todas las viejas historias del lugar, leyendas, muchas leyendas.

Una de ellas me impresionó mucho. Los nacidos en el monte aseguran que de noche se oyen voces en la playa y después se perciben los balidos de dos cabras, una de voz fuerte y la otra de voz débil. Los incrédulos afirman que son los graznidos de las aves marinas que se asemejan a balidos o a quejas humanas, pero los pescadores rezagados juran haber encontrado merodeando por las dunas, entre dos mareas y alrededor de la pequeña población tan alejada del mundo, a un viejo pastor cuya cabeza nunca pudieron ver por llevarla cubierta con su capa, y delante de él marchan un macho cabrío con rostro de hombre y una cabra con rostro de mujer; ambos tienen largos cabellos blancos y hablan sin cesar: discuten en una lengua desconocida, interrumpiéndose de pronto para balar con todas sus fuerzas.

- ¿Cree usted en eso? - pregunté al monje.

- No sé - me contestó.

Yo proseguí:

- Si existieran en la tierra otros seres diferentes de nosotros, los conoceríamos desde hace mucho tiempo; ¿cómo es posible que no los hayamos visto usted ni yo?

- ¿Acaso vemos - me respondió - la cienmilésima parte de lo que existe? Observe por ejemplo el viento, que es la fuerza más poderosa de la naturaleza; el viento, que derriba hombres y edificios, que arranca de cuajo los árboles y levanta montañas de agua en el mar, que destruye los acantilados y que arroja contra ellos a las grandes naves, el viento que mata, silba, gime y ruge, ¿acaso lo ha visto alguna vez? ¿Acaso lo puede ver? Y sin embargo existe.

Ante este sencillo razonamiento opté por callarme. Este hombre podía ser un sabio o tal vez un tonto. No podía afirmarlo con certeza, pero me llamé a silencio. Con mucha frecuencia había pensado en lo que me dijo.

 

3 de julio

 

Dormí mal; evidentemente, hay una influencia febril, pues mi cochero sufre del mismo mal que yo. Ayer, al regresar, observé su extraña palidez. Le pregunté:

- ¿Qué tiene, Jean?

- Ya no puedo descansar; mis noches desgastan mis días. Desde la partida del señor parece que padezco una especie de hechizo.

Los demás criados están bien, pero temo que me vuelvan las crisis.

 

4 de julio

 

Decididamente, las crisis vuelven a empezar. Vuelvo a tener las mismas pesadillas. Anoche sentí que alguien se inclinaba sobre mí y con su boca sobre la mía, bebía mi vida. Sí, la bebía con la misma avidez que una sanguijuela. Luego se incorporó saciado, y yo me desperté tan extenuado y aniquilado, que apenas podía moverme. Si eso se prolonga durante algunos días volveré a ausentarme.

 

5 de julio

 

¿He perdido la razón? Lo que pasó, lo que vi anoche, ¡es tan extraño que cuando pienso en ello pierdo la cabeza!

Había cerrado la puerta con llave, como todas las noches, y luego sentí sed, bebí medio vaso de agua y observé distraídamente que la botella estaba llena.

Me acosté en seguida y caí en uno de mis espantosos sueños del cual pude salir cerca de dos horas después con una sacudida más horrible aún. Imagínense ustedes un hombre que es asesinado mientras duerme, que despierta con un cuchillo clavado en el pecho, jadeante y cubierto de sangre, que no puede respirar y que muere sin comprender lo que ha sucedido.

Después de recobrar la razón, sentí nuevamente sed; encendí una bujía y me dirigí hacia la mesa donde había dejado la botella. La levanté inclinándola sobre el vaso, pero no había una gota de agua. Estaba vacía, ¡completamente vacía! Al principio no comprendí nada, pero de pronto sentí una emoción tan atroz que tuve que sentarme o, mejor dicho, me desplomé sobre una silla. Luego me incorporé de un salto para mirar a mi alrededor. Después volví a sentarme delante del cristal trasparente, lleno de asombro y terror. Lo observaba con la mirada fija, tratando de imaginarme lo que había pasado. Mis manos temblaban. ¿Quién se había bebido el agua? Yo, yo sin duda. ¿Quién podía haber sido sino yo? Entonces... yo era sonámbulo, y vivía sin saberlo esa doble vida misteriosa que nos hace pensar que hay en nosotros dos seres, o que a veces un ser extraño, desconocido e invisible anima, mientras dormimos, nuestro cuerpo cautivo que le obedece como a nosotros y más que a nosotros.

¡Ah! ¿Quién podrá comprender mi abominable angustia? ¿Quién podrá comprender la emoción de un hombre mentalmente sano, perfectamente despierto y en uso de razón al contemplar espantado una botella que se ha vaciado mientras dormía? Y así permanecí hasta el amanecer sin atreverme a volver a la cama.

 

6 de julio

 

Pierdo la razón. ¡Anoche también bebieron el agua de la botella, o tal vez la bebí yo!

 

10 de julio

 

Acabo de hacer sorprendentes comprobaciones. ¡Decididamente estoy loco! Y sin embargo...

El 6 de julio, antes de acostarme puse sobre la mesa vino, leche, agua, pan y fresas. Han bebido - o he bebido - toda el agua y un poco de leche. No han tocado el vino, ni el pan ni las fresas.

El 7 de julio he repetido la prueba con idénticos resultados.

El 8 de julio suprimí el agua y la leche, y no han tocado nada.

Por último, el 9 de julio puse sobre la mesa solamente el agua y la leche, teniendo especial cuidado de envolver las botellas con lienzos de muselina blanca y de atar los tapones. Luego me froté con grafito los labios, la barba y las manos y me acosté.

Un sueño irresistible se apoderó de mí, seguido poco después por el atroz despertar. No me había movido; ni siquiera mis sábanas estaban manchadas. Corrí hacia la mesa. Los lienzos que envolvían las botellas seguían limpios e inmaculados. Desaté los tapones, palpitante de emoción. ¡Se habían bebido toda el agua y toda la leche! ¡Ah! ¡Dios mío!...

Partiré inmediatamente hacia París.

 

12 de julio

 

París. Estos últimos días había perdido la cabeza. Tal vez he sido juguete de mi enervada imaginación, salvo que yo sea realmente sonámbulo o que haya sufrido una de esas influencias comprobadas, pero hasta ahora inexplicables, que se llaman sugestiones. De todos modos, mi extravío rayaba en la demencia, y han bastado veinticuatro horas en París para recobrar la cordura. Ayer, después de paseos y visitas, que me han renovado y vivificado el alma, terminé el día en el Théatre-Francais. Representábase una pieza de Alejandro Dumas hijo. Este autor vivaz y pujante ha terminado de curarme. Es evidente que la soledad resulta peligrosa para las mentes que piensan demasiado. Necesitamos ver a nuestro alrededor a hombres que piensen y hablen. Cuando permanecemos solos durante mucho tiempo, poblamos de fantasmas el vacío.

Regresé muy contento al hotel, caminando por el centro. Al codearme con la multitud, pensé, no sin ironía, en mis terrores y suposiciones de la semana pasada, pues creí, sí, creí que un ser invisible vivía bajo mi techo. Cuán débil es nuestra razón y cuán rápidamente se extravía cuando nos estremece un hecho incomprensible.

En lugar de concluir con estas simples palabras: «Yo no comprendo porque no puedo explicarme las causas», nos imaginamos en seguida impresionantes misterios y poderes sobrenaturales.

 

14 de julio

 

Fiesta de la República. He paseado por las calles. Los cohetes y banderas me divirtieron como a un niño. Sin embargo, me parece una tontería ponerse contento un día determinado por decreto del gobierno. El pueblo es un rebaño de imbéciles, a veces tonto y paciente, y otras, feroz y rebelde. Se le dice: «Diviértete». Y se divierte. Se le dice: «Ve a combatir con tu vecino». Y va a combatir. Se le dice: «Vota por el emperador». Y vota por el emperador. Después: «Vota por la República». Y vota por la República.

Los que lo dirigen son igualmente tontos, pero en lugar de obedecer a hombres se atienen a principios, que por lo mismo que son principios sólo pueden ser necios, estériles y falsos, es decir, ideas consideradas ciertas e inmutables, tan luego en este mundo donde nada es seguro y donde la luz y el sonido son ilusorios.

 

16 de julio

 

Ayer he visto cosas que me preocuparon mucho. Cené en casa de mi prima, la señora Sablé, casada con el jefe del regimiento 76 de cazadores de Limoges. Conocí allí a dos señoras jóvenes, casada una de ellas con el doctor Parent que se dedica intensamente al estudio de las enfermedades nerviosas y de los fenómenos extraordinarios que hoy dan origen a las experiencias sobre hipnotismo y sugestión.

Nos refirió detalladamente los prodigiosos resultados obtenidos por los sabios ingleses y por los médicos de la escuela de Nancy. Los hechos que expuso me parecieron tan extraños que manifesté mi incredulidad.

- Estamos a punto de descubrir uno de los más importantes secretos de la naturaleza - decía el doctor Parent -, es decir, uno de sus más importantes secretos aquí en la tierra, puesto que hay evidentemente otros secretos importantes en las estrellas. Desde que el hombre piensa, desde que aprendió a expresar y a escribir su pensamiento, se siente tocado por un misterio impenetrable para sus sentidos groseros e imperfectos, y trata de suplir la impotencia de dichos sentidos mediante el esfuerzo de su inteligencia. Cuando la inteligencia permanecía aún en un estado rudimentario, la obsesión de los fenómenos invisibles adquiría formas comúnmente terroríficas. De ahí las creencias populares en lo sobrenatural. Las leyendas de las almas en pena, las hadas, los gnomos y los aparecidos; me atrevería a mencionar incluso la leyenda de Dios, pues nuestras concepciones del artífice creador de cualquier religión son las invenciones más mediocres, estúpidas e inaceptables que pueden salir de la mente atemorizada de los hombres. Nada es más cierto que este pensamiento de Voltaire: «Dios ha hecho al hombre a su imagen y semejanza pero el hombre también ha procedido así con él.»

«Pero desde hace algo más de un siglo, parece percibirse algo nuevo. Mesmer y algunos otros nos señalan un nuevo camino y, efectivamente, sobre todo desde hace cuatro o cinco años, se han obtenido sorprendentes resultados.»

Mi prima, también muy incrédula, sonreía. El doctor Parent le dijo:

- ¿Quiere que la hipnotice, señora?

- Sí; me parece bien.

Ella se sentó en un sillón y él comenzó a mirarla fijamente. De improviso, me dominó la turbación, mi corazón latía con fuerza y sentía una opresión en la garganta. Veía cerrarse pesadamente los ojos de la señora Sablé, y su boca se crispaba y parecía jadear.

Al cabo de diez minutos dormía.

- Póngase detrás de ella - me dijo el médico.

Obedecí su indicación, y él colocó en las manos de mi prima una tarjeta de visita al tiempo que le decía: «Esto es un espejo; ¿qué ve en él?»

- Veo a mi primo - respondió.

- ¿Qué hace?

- Se atusa el bigote.

- ¿Y ahora?

- Saca una fotografía del bolsillo.

- ¿Quién aparece en la fotografía?

- Él, mi primo.

¡Era cierto! Esa misma tarde me habían entregado esa fotografía en el hotel.

- ¿Cómo aparece en ese retrato?

- Se halla de pie, con el sombrero en la mano. Evidentemente, veía en esa tarjeta de cartulina lo que hubiera visto en un espejo.

Las damas decían espantadas: «¡Basta! ¡Basta, por favor!»

Pero el médico ordenó: «Usted se levantará mañana a las ocho; luego irá a ver a su primo al hotel donde se aloja, y le pedirá que le preste los cinco mil francos que le pide su esposo y que le reclamará cuando regrese de su próximo viaje». Luego la despertó.

Mientras regresaba al hotel pensé en esa curiosa sesión y me asaltaron dudas, no sobre la insospechable, la total buena fe de mi prima a quien conocía desde la infancia como a una hermana, sino sobre la seriedad del médico. ¿No escondería en su mano un espejo que mostraba a la joven dormida, al mismo tiempo que la tarjeta?

Los prestidigitadores profesionales hacen cosas semejantes.

No bien regresé me acosté.

Pero a las ocho y media de la mañana me despertó mi mucamo y me dijo:

- La señora Sablé quiere hablar inmediatamente con el señor.

Me vestí de prisa y la hice pasar.

Sentóse muy turbada y me dijo sin levantar la mirada ni quitarse el velo:

- Querido primo, tengo que pedirle un gran favor.

- ¿De qué se trata, prima?

- Me cuesta mucho decirlo, pero no tengo más remedio. Necesito urgentemente cinco mil francos.

- Pero cómo, ¿tan luego usted?

- Sí, yo, o mejor dicho mi esposo, que me ha encargado conseguirlos.

Me quedé tan asombrado que apenas podía balbucear mis respuestas. Pensaba que ella y el doctor Parent se estaba burlando de mí, y que eso podía ser una mera farsa preparada de antemano y representada a la perfección.

Pero todas mis dudas se disiparon cuando la observé con atención. Temblaba de angustia. Evidentemente esta gestión le resultaba muy penosa y advertí que apenas podía reprimir el llanto.

Sabía que era muy rica y le dije:

- ¿Cómo es posible que su esposo no disponga de cinco mil francos? Reflexione. ¿Está segura de que le ha encargado pedírmelos a mí?

Vaciló durante algunos segundos como si le costara mucho recordar, y luego respondió:

- Sí... sí... estoy segura.

- ¿Le ha escrito?

Vaciló otra vez y volvió a pensar. Advertí el penoso esfuerzo de su mente. No sabía. Sólo recordaba que debía pedirme ese préstamo para su esposo. Por consiguiente, se decidió a mentir.

- Sí, me escribió.

- ¿Cuándo? Ayer no me dijo nada.

- Recibí su carta esta mañana.

- ¿Puede enseñármela?

- No, no... contenía cosas íntimas... demasiado personales... y la he... la he quemado.

- Así que su marido tiene deudas.

Vaciló una vez más y luego murmuró:

- No lo sé.

Bruscamente le dije:

- Pero en este momento, querida prima, no dispongo de cinco mil francos.

Dio una especie de grito de desesperación:

- ¡Ay! ¡Por favor! Se lo ruego! Trate de conseguirlos...

Exaltada, unía sus manos como si se tratara de un ruego. Su voz cambió de tono; lloraba murmurando cosas ininteligibles, molesta y dominada por la orden irresistible que había recibido.

- ¡Ay! Le suplico... si supiera cómo sufro... los necesito para hoy. Sentí piedad por ella.

- Los tendrá de cualquier manera. Se lo prometo.

- ¡Oh! ¡Gracias, gracias! ¡Qué bondadoso es usted!

- ¿Recuerda lo que pasó anoche en su casa? - le pregunté entonces.

- Sí.

- ¿Recuerda que el doctor Parent la hipnotizó?

- Sí..

- Pues bien, fue él quien le ordenó venir esta mañana a pedirme cinco mil francos, y en este momento usted obedece a su sugestión.

Reflexionó durante algunos instantes y luego respondió:

- Pero es mi esposo quien me los pide. Durante una hora traté infructuosamente de convencerla. Cuando se fue, corrí a casa del doctor Parent. Me dijo:

- ¿Se ha convencido ahora?

- Sí, no hay más remedio que creer.

- Vamos a ver a su prima.

Cuando llegamos dormitaba en un sofá, rendida por el cansancio. El médico le tomó el pulso, la miró durante algún tiempo con una mano extendida hacia sus ojos que la joven cerró debido al influjo irresistible del poder magnético.

Cuando se durmió, el doctor Parent le dijo:

- ¡Su esposo no necesita los cinco mil francos! Por lo tanto, usted debe olvidar que ha rogado a su primo para que se los preste, y si le habla de eso, usted no comprenderá.

Luego le despertó. Entonces saqué mi billetera.

- Aquí tiene, querida prima. Lo que me pidió esta mañana.

Se mostró tan sorprendida que no me atreví a insistir. Traté, sin embargo, de refrescar su memoria, pero negó todo enfáticamente, creyendo que me burlaba, y poco faltó para que se enojase.

Acabo de regresar. La experiencia me ha impresionado tanto que no he podido almorzar.

 

19 de julio

 

Muchas personas a quienes he referido esta aventura se han reído de mí. Ya no sé qué pensar. El sabio dijo: «Quizá».

 

21 de julio

 

Cené en Bougival y después estuve en el baile de los remeros. Decididamente, todo depende del lugar y del medio. Creer en lo sobrenatural en la isla de la Grenouillère sería el colmo del desatino... pero ¿no es así en la cima del monte Saint - Michel, y en la India? Sufrimos la influencia de lo que nos rodea. Regresaré a casa la semana próxima.

 

30 de julio

 

Ayer he regresado a casa. Todo está bien.

 

2 de agosto

 

No hay novedades. Hace un tiempo espléndido. Paso los días mirando correr el Sena.

 

4 de agosto

 

Hay problemas entre mis criados. Aseguran que alguien rompe los vasos en los armarios por la noche. El mucamo acusa a la cocinera y ésta a la lavandera quien a su vez acusa a los dos primeros. ¿Quién es el culpable? El tiempo lo dirá.

 

6 de agosto

 

Esta vez no estoy loco. Lo he visto... ¡lo he visto! Ya no tengo la menor duda... ¡lo he visto! Aún siento frío hasta en las uñas... el miedo me penetra hasta la médula... ¡Lo he visto!...

A las dos de la tarde me paseaba a pleno sol por mi rosedal; caminaba por el sendero de rosales de otoño que comienzan a florecer.

Me detuve a observar un hermoso ejemplar de géant des batailles, que tenía tres flores magníficas, y vi entonces con toda claridad cerca de mí que el tallo de una de las rosas se doblaba como movido por una mano invisible: ¡luego, vi que se quebraba como si la misma mano lo cortase! Luego la flor se elevó, siguiendo la curva que habría descrito un brazo al llevarla hacia una boca y permaneció suspendida en el aire trasparente, muy sola e inmóvil, como una pavorosa mancha a tres pasos de mí.

Azorado, me arrojé sobre ella para tomarla. Pero no pude hacerlo: había desaparecido. Sentí entonces rabia contra mí mismo, pues no es posible que una persona razonable tenga semejantes alucinaciones.

Pero, ¿tratábase realmente de una alucinación? Volví hacia el rosal para buscar el tallo cortado e inmediatamente lo encontré, recién cortado, entre las dos rosas que permanecían en la rama. Regresé entonces a casa con la mente alterada; en efecto, ahora estoy convencido, seguro como de la alternancia de los días y las noches, de que existe cerca de mí un ser invisible, que se alimenta de leche y agua, que puede tocar las cosas, tomarlas y cambiarlas de lugar; dotado, por consiguiente, de un cuerpo material aunque imperceptible para nuestros sentidos, y que habita en mi casa como yo...

 

7 de agosto

 

Dormí tranquilamente. Se ha bebido el agua de la botella pero no perturbó mi sueño.

Me pregunto si estoy loco. Cuando a veces me paseo a pleno sol, a lo largo de la costa, he dudado de mi razón; no son ya dudas inciertas como las que he tenido hasta ahora, sino dudas precisas, absolutas. He visto locos. He conocido algunos que seguían siendo inteligentes, lúcidos y sagaces en todas las cosas de la vida menos en un punto. Hablaban de todo con claridad, facilidad y profundidad, pero de pronto su pensamiento chocaba contra el escollo de la locura y se hacía pedazos, volaba en fragmentos y se hundía en ese océano siniestro y furioso, lleno de olas fragorosas, brumosas y borrascosas que se llama «demencia».

Ciertamente, estaría convencido de mi locura, si no tuviera perfecta conciencia de mi estado, al examinarlo con toda lucidez. En suma, yo sólo sería un alucinado que razona. Se habría producido en mi mente uno de esos trastornos que hoy tratan de estudiar y precisar los fisiólogos modernos, y dicho trastorno habría provocado en mí una profunda ruptura en lo referente al orden y a la lógica de las ideas. Fenómenos semejantes se producen en el sueño, que nos muestra las fantasmagorías más inverosímiles sin que ello nos sorprenda, porque mientras duerme el aparato verificador, el sentido del control, la facultad imaginativa vigila y trabaja. ¿Acaso ha dejado de funcionar en mí una de las imperceptibles teclas del teclado cerebral? Hay hombres que a raíz de accidentes pierden la memoria de los nombres propios, de las cifras o solamente de las fechas. Hoy se ha comprobado la localización de todas las partes del pensamiento. No puede sorprender entonces que en este momento se haya disminuido mi facultad de controlar la irrealidad de ciertas alucinaciones.

Pensaba en todo ello mientras caminaba por la orilla del río. El sol iluminaba el agua, sus rayos embellecían la tierra y llenaban mis ojos de amor por la vida, por las golondrinas cuya agilidad constituye para mí un motivo de alegría, por las hierbas de la orilla cuyo estremecimiento es un placer para mis oídos.

Sin embargo, paulatinamente me invadía un malestar inexplicable. Me parecía que una fuerza desconocida me detenía, me paralizaba, impidiéndome avanzar, y que trataba de hacerme volver atrás. Sentí ese doloroso deseo de volver que nos oprime cuando hemos dejado en nuestra casa a un enfermo querido y presentimos una agravación del mal.

Regresé entonces, a pesar mío, convencido de que encontraría en casa una mala noticia, una carta o un telegrama. Nada de eso había, y me quedé más sorprendido e inquieto aún que si hubiese tenido una nueva visión fantástica.

 

8 de agosto

 

Pasé una noche horrible. Él no ha aparecido más, pero lo siento cerca de mí. Me espía, me mira, se introduce en mí y me domina. Así me resulta más temible, pues al ocultarse de este modo parece manifestar su presencia invisible y constante mediante fenómenos sobrenaturales.

Sin embargo he podido dormir.

 

9 de agosto

 

Nada ha sucedido. pero tengo miedo.

 

10 de agosto

 

Nada: ¿qué sucederá mañana?

 

11 de agosto

 

Nada, siempre nada; no puedo quedarme aquí con este miedo y estos pensamientos que dominan mi mente; me voy.

 

12 de agosto, 10 de la noche

 

Durante todo el día he tratado de partir, pero no he podido. He intentado realizar ese acto tan fácil y sencillo - salir, subir en mi coche para dirigirme a Ruán - y no he podido. ¿Por qué?

 

13 de agosto

 

Cuando nos atacan ciertas enfermedades nuestros mecanismos físicos parecen fallar. Sentimos que nos faltan las energías y que todos nuestros músculos se relajan; los huesos parecen tan blandos como la carne y la carne tan líquida como el agua. Todo eso repercute en mi espíritu de manera extraña y desoladora. Carezco de fuerzas y de valor; no puedo dominarme y ni siquiera puedo hacer intervenir mi voluntad. Ya no tengo iniciativa; pero alguien lo hace por mí, y yo obedezco.

 

14 de agosto

 

¡Estoy perdido! ¡Alguien domina mi alma y la dirige! Alguien ordena todos mis actos, mis movimientos y mis pensamientos. Ya no soy nada en mí; no soy más que un espectador prisionero y aterrorizado por todas las cosas que realizo. Quiero salir y no puedo. Él no quiere y tengo que quedarme, azorado y tembloroso, en el sillón donde me obliga a sentarme. Sólo deseo levantarme, incorporarme para sentirme todavía dueño de mí. ¡Pero no puedo! Estoy clavado en mi asiento, y mi sillón se adhiere al suelo de tal modo que no habría fuerza capaz de movernos.

De pronto, siento la irresistible necesidad de ir al huerto a cortar fresas y comerlas. Y voy. Corto fresas y las como. ¡Oh Dios mío! ¡Dios mío! ¿Será acaso un Dios? Si lo es, ¡salvadme! ¡Libradme! ¡Socorredme! ¡Perdón! ¡Piedad! ¡Misericordia! ¡Salvadme! ¡Oh, qué sufrimiento! ¡Qué suplicio! ¡Qué horror!

 

15 de agosto

 

Evidentemente, así estaba poseída y dominada mi prima cuando fue a pedirme cinco mil francos. Obedecía a un poder extraño que había penetrado en ella como otra alma, como un alma parásita y dominadora. ¿Es acaso el fin del mundo? Pero, ¿quién es el ser invisible que me domina? ¿Quién es ese desconocido, ese merodeador de una raza sobrenatural?

Por consiguiente, ¡los invisibles existen! ¿Pero cómo es posible que aún no se hayan manifestado desde el origen del mundo en una forma tan evidente como se manifiestan en mí? Nunca leí nada que se asemejara a lo que ha sucedido en mi casa. Si pudiera abandonarla, irme, huir y no regresar más, me salvaría, pero no puedo.

 

16 de agosto

 

Hoy pude escaparme durante dos horas, como un preso que encuentra casualmente abierta la puerta de su calabozo. De pronto, sentí que yo estaba libre y que él se hallaba lejos. Ordené uncir los caballos rápidamente y me dirigí a Ruán. Qué alegría poder decirle a un hombre que obedece: «¡Vamos a Ruán!»

Hice detener la marcha frente a la biblioteca donde solicité en préstamo el gran tratado del doctor Hermann Herestauss sobre los habitantes desconocidos del mundo antiguo y moderno.

Después, cuando me disponía a subir a mi coche, quise decir: «¡A la estación!» y grité - no dije, grité - con una voz tan fuerte que llamó la atención de los transeúntes: «A casa», y caí pesadamente, loco de angustia, en el asiento. Él me había encontrado y volvía a posesionarse de mí.

 

17 de agosto

 

¡Ah! ¡Qué noche! ¡Qué noche! Y sin embargo me parece que debería alegrarme. Leí hasta la una de la madrugada. Hermann Herestauss, doctor en filosofía y en teogonía, ha escrito la historia y las manifestaciones de todos los seres invisibles que merodean alrededor del hombre o han sido soñados por él. Describe sus orígenes, sus dominios y sus poderes. Pero ninguno de ellos se parece al que me domina. Se diría que el hombre, desde que pudo pensar, presintió y temió la presencia de un ser nuevo más fuerte que él - su sucesor en el mundo - y que como no pudo prever la naturaleza de este amo, creó, en medio de su terror, todo ese mundo fantástico de seres ocultos y de fantasmas misteriosos surgidos del miedo. Después de leer hasta la una de la madrugada, me senté junto a mi ventana abierta para refrescarme la cabeza y el pensamiento con la apacible brisa de la noche.

Era una noche hermosa y tibia, que en otra ocasión me hubiera gustado mucho.

No había luna. Las estrellas brillaban en las profundidades del cielo con estremecedores destellos.

¿Quién vive en aquellos mundos? ¿Qué formas, qué seres vivientes, animales o plantas, existirán allí? Los seres pensantes de esos universos, ¿serán más sabios y más poderosos que nosotros? ¿Conocerán lo que nosotros ignoramos? Tal vez cualquiera de estos días uno de ellos atravesará el espacio y llegará a la tierra para conquistarla, así como antiguamente los normandos sometían a los pueblos más débiles.

Somos tan indefensos, inermes, ignorantes y pequeños, sobre este trozo de lodo que gira disuelto en una gota de agua.

Pensando en eso, me adormecí en medio del fresco viento de la noche.

Pero después de dormir unos cuarenta minutos, abrí los ojos sin hacer un movimiento, despertado por no sé qué emoción confusa y extraña. En un principio no vi nada, pero de pronto me pareció que una de las páginas del libro que había dejado abierto sobre la mesa acababa de darse vuelta sola. No entraba ninguna corriente de aire por la ventana. Esperé, sorprendido. Al cabo de cuatro minutos, vi, sí, vi con mis propios ojos, que una nueva página se levantaba y caía sobre la otra, como movida por un dedo. Mi sillón estaba vacío, aparentemente estaba vacío, pero comprendí que él estaba leyendo allí, sentado en mi lugar. ¡Con un furioso salto, un salto de fiera irritada que se rebela contra el domador, atravesé la habitación para atraparlo, estrangularlo y matarlo! Pero antes de que llegara, el sillón cayó delante de mí como si él hubiera huido... la mesa osciló, la lámpara rodó por el suelo y se apagó, y la ventana se cerró como si un malhechor sorprendido hubiese escapado por la oscuridad, tomando con ambas manos los batientes.

Había escapado; había sentido miedo, ¡miedo de mí!

Entonces, mañana... pasado mañana o cualquier a de estos... podré tenerlo bajo mis puños y aplastarlo contra el suelo. ¿Acaso a veces los perros no muerden y degüellan a sus amos?

 

18 de agosto

 

He pensado durante todo el día. ¡Oh!, sí, voy a obedecerle, seguiré sus impulsos, cumpliré sus deseos, seré humilde, sumiso y cobarde. Él es más fuerte. Hasta que llegue el momento...

 

19 de agosto

 

¡Ya sé... ya sé todo! Acabo de leer lo que sigue en la Revista del Mundo Científico: «Nos llega una noticia muy curiosa de Río de Janeiro. Una epidemia de locura, comparable a las demencias contagiosas que asolaron a los pueblos europeos en la Edad Media, se ha producido en el Estado de San Pablo. Los habitantes despavoridos abandonan sus casas y huyen de los pueblos, dejan sus cultivos, creyéndose poseídos y dominados, como un rebaño humano, por seres invisibles aunque tangibles, por especies de vampiros que se alimentan de sus vidas mientras los habitantes duermen, y que además beben agua y leche sin apetecerles aparentemente ningún otro alimento.»

«El profesor don Pedro Henríquez, en compañía de varios médicos eminentes, ha partido para el Estado de San Pablo, a fin de estudiar sobre el terreno el origen y las manifestaciones de esta sorprendente locura, y poder aconsejar al Emperador las medidas que juzgue convenientes para apaciguar a los delirantes pobladores.»

¡Ah! ¡Ahora recuerdo el hermoso bergantín brasileño que pasó frente a mis ventanas remontando el Sena, el 8 de mayo último! Me pareció tan hermoso, blanco y alegre. Allí estaba él que venía de lejos, ¡del lugar de donde es originaria su raza! ¡Y me vio! Vio también mi blanca vivienda, y saltó del navío a la costa. ¡Oh Dios mío!

Ahora ya lo sé y lo presiento: el reinado del hombre ha terminado.

Ha venido aquel que inspiró los primeros terrores de los pueblos primitivos. Aquel que exorcizaban los sacerdotes inquietos y que invocaban los brujos en las noches oscuras, aunque sin verlo todavía. Aquel a quien los presentimientos de los transitorios dueños del mundo adjudicaban formas monstruosas o graciosas de gnomos, espíritus, genios, hadas y duendes. Después de las groseras concepciones del espanto primitivo, hombres más perspicaces han presentido con mayor claridad. Mesmer lo sospechaba, y hace ya diez años que los médicos han descubierto la naturaleza de su poder de manera precisa, antes de que él mismo pudiera ejercerlo. Han jugado con el arma del nuevo Señor, con una facultad misteriosa sobre el alma humana. La han denominado magnetismo, hipnotismo, sugestión... ¡qué sé yo! ¡Los he visto divertirse como niños imprudentes con este terrible poder! ¡Desgraciados de nosotros! ¡Desgraciado del hombre! Ha llegado el... el... ¿cómo se llama?... el... parece qué me gritara su nombre y no lo oyese... el... sí... grita... Escucho... ¿cómo?... repite... el... Horla... He oído... el Horla... es él... ¡el Horla... ha llegado!...

¡Ah! El buitre se ha comido la paloma, el lobo ha devorado el cordero; el león ha devorado el búfalo de agudos cuernos: el hombre ha dado muerte al león con la flecha, el puñal y la pólvora, pero el Horla hará con el hombre lo que nosotros hemos hecho con el caballo y el buey: lo convertirá en su cosa, su servidor y su alimento, por el solo poder de su voluntad. ¡Desgraciados de nosotros!

No obstante, a veces el animal se rebela y mata a quien lo domestica... yo también quiero... yo podría hacer lo mismo... pero primero hay que conocerlo, tocarlo y verlo. Los sabios afirman que los ojos de los animales no distinguen las mismas cosas que los nuestros... Y mis ojos no pueden distinguir al recién llegado que me oprime. ¿Por qué? ¡Oh! Recuerdo ahora las palabras del monje del monte Saint-Michel: «¿Acaso vemos la cienmilésima parte de lo que existe? Observe, por ejemplo, el viento que es la fuerza más poderosa de la naturaleza, el viento que derriba hombres y edificios, que arranca de cuajo los árboles, y levanta montañas de agua en el mar, que destruye los acantilados y arroja contra ellos a las grandes naves; el viento, que silba, gime y ruge. ¿Acaso lo ha visto usted alguna vez? ¿Acaso puede verlo? ¡Y sin embargo existe!»

Y yo seguía pensando: mis ojos son tan débiles e imperfectos que ni siquiera distinguen los cuerpos sólidos cuando son trasparentes como el vidrio... Si un espejo sin azogue obstruye mi camino chocaré contra él como el pájaro que penetra en una habitación y se rompe la cabeza contra los vidrios. Por lo demás, mil cosas nos engañan y desorientan. No puede extrañar entonces que el hombre no sepa percibir un cuerpo nuevo que atraviesa la luz.

¡Un ser nuevo! ¿Por qué no? ¡No podía dejar de venir! ¿Por qué nosotros íbamos a ser los últimos? Nosotros no los distinguimos pero tampoco nos distinguían los seres creados antes que nosotros. Ello se explica porque su naturaleza es más perfecta, más elaborada y mejor terminada que la nuestra, tan endeble y torpemente concebida, trabada por órganos siempre fatigados, siempre forzados como mecanismos demasiado complejos, que vive como una planta o como un animal, nutriéndose penosamente de aire, hierba y carne, máquina animal acosada por las enfermedades, las deformaciones y las putrefacciones; que respira con dificultad, imperfecta, primitiva y extraña, ingeniosamente mal hecha, obra grosera y delicada, bosquejo del ser que podría convertirse en inteligente y poderoso.

Existen muchas especies en este mundo, desde la ostra al hombre. ¿Por qué no podría aparecer una más, después de cumplirse el período que separa las sucesivas apariciones de las diversas especies?

¿Por qué no puede aparecer una más? ¿Por qué no pueden surgir también nuevas especies de árboles de flores gigantescas y resplandecientes que perfumen regiones enteras? ¿Por qué no pueden aparecer otros elementos que no sean el fuego, el aire, la tierra y el agua? ¡Sólo son cuatro, nada más que cuatro, esos padres que alimentan a los seres! ¡Qué lástima! ¿Por qué no serán cuarenta, cuatrocientos o cuatro mil? ¡Todo es pobre, mezquino, miserable! ¡Todo se ha dado con avaricia, se ha inventado secamente y se ha hecho con torpeza! ¡Ah! ¡Cuánta gracia hay en el elefante y el hipopótamo! ¡Qué elegante es el camello!

Se podrá decir que la mariposa es una flor que vuela. Yo sueño con una que sería tan grande como cien universos, con alas cuya forma, belleza, color y movimiento ni siquiera puedo describir. Pero lo veo... va de estrella a estrella, refrescándolas y perfumándolas con el soplo armonioso y ligero de su vuelo... Y los pueblos que allí habitan la miran pasar, extasiados y maravillados...

¿Qué es lo que tengo? Es el Horla que me hechiza, que me hace pensar esas locuras. Está en mí, se convierte en mi alma. ¡Lo mataré!

 

19 de agosto

 

Lo mataré. ¡Lo he visto! Anoche yo estaba sentado a la mesa y simulé escribir con gran atención. Sabía perfectamente que vendría a rondar a mi alrededor, muy cerca, tan cerca que tal vez podría tocarlo y asirlo. ¡Y entonces!... Entonces tendría la fuerza de los desesperados; dispondría de mis manos, mis rodillas, mi pecho, mi frente y mis dientes para estrangularlo, aplastarlo, morderlo y despedazarlo.

Yo acechaba con todos mis sentidos sobreexcitados.

Había encendido las dos lámparas y las ocho bujías de la chimenea, como si fuese posible distinguirlo con esa luz.

Frente a mí está mi cama, una vieja cama de roble, a la derecha la chimenea; a la izquierda la puerta cerrada cuidadosamente, después de dejarla abierta durante largo rato a fin de atraerlo; detrás de mí un gran armario con espejos que todos los días me servía para afeitarme y vestirme y donde acostumbraba mirarme de pies a cabeza cuando pasaba frente a él.

Como dije antes, simulaba escribir para engañarlo, pues él también me espiaba. De pronto, sentí, sentí, tuve la certeza de que leía por encima de mi hombro, de que estaba allí rozándome la oreja. Me levanté con las manos extendidas, girando con tal rapidez que estuve a punto de caer. Pues bien... se veía como si fuera pleno día, ¡y sin embargo no me vi en el espejo!... ¡Estaba vacío, claro, profundo y resplandeciente de luz! ¡Mi imagen no aparecía y yo estaba frente a él! Veía aquel vidrio totalmente límpido de arriba abajo. Y lo miraba con ojos extraviados; no me atrevía a avanzar, y ya no tuve valor para hacer un movimiento más. Sentía que él estaba allí, pero que se me escaparía otra vez, con su cuerpo imperceptible que me impedía reflejarme en el espejo. ¡Cuánto miedo sentí! De pronto, mi imagen volvió a reflejarse pero como si estuviese envuelta en la bruma, como si la observase a través de una capa de agua. Me parecía que esa agua se deslizaba lentamente de izquierda a derecha y que paulatinamente mi imagen adquiría mayor nitidez. Era como el final de un eclipse. Lo que la ocultaba no parecía tener contornos precisos; era una especie de trasparencia opaca, que poco a poco se aclaraba.

Por último, pude distinguirme completamente como todos los días.

¡Lo había visto! Conservo el espanto que aún me hace estremecer.

 

20 de agosto

 

¿Cómo podré matarlo si está fuera de mi alcance?

¿Envenenándolo? Pero él me verá mezclar el veneno en el agua y tal vez nuestros venenos no tienen ningún efecto sobre un cuerpo imperceptible. No... no... decididamente no. Pero entonces... ¿qué haré entonces?

 

21 de agosto

 

He llamado a un cerrajero de Ruán y le he encargado persianas metálicas como las que tienen algunas residencias particulares de París, en la planta baja, para evitar los robos. Me haré además una puerta similar. Me debe haber tomado por un cobarde, pero no importa...

 

10 de setiembre

 

Ruán, Hotel Continental. Ha sucedido... ha sucedido... pero, ¿habrá muerto? Lo que vi me ha trastornado.

Ayer, después que el cerrajero colocó la persiana y la puerta de hierro, dejé todo abierto hasta medianoche a pesar de que comenzaba a hacer frío. De improviso, sentí que estaba aquí y me invadió la alegría, una enorme alegría. Me levanté lentamente y caminé en cualquier dirección durante algún tiempo para que no sospechase nada. Luego me quité los botines y me puse distraídamente unas pantuflas. Cerré después la persiana metálica y regresé con paso tranquilo hasta la puerta, cerrándola también con dos vueltas de llave. Regresé entonces hacia la ventana, la cerré con un candado y guardé la llave en el bolsillo.

De pronto, comprendí que se agitaba a mi alrededor, que él también sentía miedo, y que me ordenaba que le abriera. Estuve a punto de ceder, pero no lo hice. Me acerqué a la puerta y la entreabrí lo suficiente como para poder pasar retrocediendo, y como soy muy alto mi cabeza llegaba hasta el dintel. Estaba seguro de que no había podido escapar y allí lo acorralé solo, completamente solo. ¡Qué alegría! ¡Había caído en mi poder! Entonces descendí corriendo a la planta baja; tomé las dos lámparas que se hallaban en la sala situada debajo de mi habitación, y, con el aceite que contenían rocié la alfombra, los muebles, todo. Luego les prendí fuego, y me puse a salvo después de cerrar bien, con dos vueltas de llave, la puerta de entrada.

Me escondí en el fondo de mi jardín tras un macizo de laureles. ¡Qué larga me pareció la espera! Reinaba la más completa oscuridad, gran quietud y silencio; no soplaba la menor brisa, no había una sola estrella, nada más que montañas de nubes que aunque no se veían hacían sentir su gran peso sobre mi alma.

Miraba mi casa y esperaba. ¡Qué larga era la espera! Creía que el fuego ya se había extinguido por sí solo o que él lo había extinguido. Hasta que vi que una de las ventanas se hacía astillas debido a la presión del incendio, y una gran llamarada roja y amarilla, larga, flexible y acariciante, ascender por la pared blanca hasta rebasar el techo. Una luz se reflejó en los árboles, en las ramas y en las hojas, y también un estremecimiento, ¡un estremecimiento de pánico! Los pájaros se despertaban; un perro comenzó a ladrar; parecía que iba a amanecer. De inmediato, estallaron otras ventanas, y pude ver que toda la planta baja de mi casa ya no era más que un espantoso brasero. Pero se oyó un grito en medio de la noche, un grito de mujer horrible, sobreagudo y desgarrador, al tiempo que se abrían las ventanas de dos buhardillas. ¡Me había olvidado de los criados! ¡Vi sus rostros enloquecidos y sus brazos que se agitaban!...

Despavorido, eché a correr hacia el pueblo gritando: «¡Socorro! ¡Socorro! ¡Fuego! ¡Fuego!» Encontré gente que ya acudía al lugar y regresé con ellos para ver.

La casa ya sólo era una hoguera horrible y magnífica, una gigantesca hoguera que iluminaba la tierra, una hoguera donde ardían los hombres, y él también. Él, mi prisionero, el nuevo Ser, el nuevo amo, ¡el Horla!

De pronto el techo entero se derrumbó entre las paredes y un volcán de llamas ascendió hasta el cielo. Veía esa masa de fuego por todas las ventanas abiertas hacia ese enorme horno, y pensaba que él estaría allí, muerto en ese horno...

¿Muerto? ¿Será posible? ¿Acaso su cuerpo, que la luz atravesaba, podía destruirse por los mismos medios que destruyen nuestros cuerpos?

¿Y si no hubiera muerto? Tal vez sólo el tiempo puede dominar al Ser Invisible y Temido. ¿Para qué ese cuerpo trasparente, ese cuerpo invisible, ese cuerpo de Espíritu, si también está expuesto a los males, las heridas, las enfermedades y la destrucción prematura?

¿La destrucción prematura? ¡Todo el temor de la humanidad procede de ella! Después del hombre, el Horla. Después de aquel que puede morir todos los días, a cualquier hora, en cualquier minuto, en cualquier accidente, ha llegado aquel que morirá solamente un día determinado en una hora y en un minuto determinado, al llegar al límite de su vida.

No... no... no hay duda, no hay duda... no ha muerto... entonces tendré que suicidarme...

 

FIN

 

 

La catacumba

Escrito por imagenes 21-09-2009 en General. Comentarios (0)

 

La catacumba

Peter Shilston

 Estoy relatando esta historia tal como me fue contada. Imaginen si pueden un autocar efectuando la visita de la isla de Sicilia a mediados de agosto, transportando un par de docenas de turistas ingleses de vacaciones, ansiosos de inspeccionar los lugares habituales de interés... Palermo en dos días, Agrigento en otros dos, Siracusa mereciendo sólo uno, un viaje en telesilla hasta la cima del Etna, y luego de vuelta a casa. El tipo de gente que uno encuentra en tales viajes es invariablemente el mismo: cierto número de maestros de escuela, serias parejas de jubilados, padres que han traído equivocadamente a sus hijos y están empezando a preguntarse por qué no se han ahorrado problemas yendo simplemente a la playa, y un puñado de personas solas sin ningún lazo aparente. Además, su comportamiento es siempre el mismo: algunos pasan todo el tiempo gruñendo sobre la calidad de los hoteles y la comida, los jóvenes se preguntan por qué no hay chicas jóvenes y atractivas disponibles en el viaje, los niños se aburren, y los maestros de escuela cargan por todos lados con sus mapas y sus guías y toman muchas fotos. Otros no parecen mostrar el menor interés por los lugares históricos y pasan todo su tiempo sentados en el café más próximo o comprando los recuerdos más horribles y variados.

      Ese autocar en particular era uno de los típicos, creo. Entre sus miembros había un tal señor Pearsall, un tranquilo y solitario hombre de mediana edad de apariencia vagamente erudita. Había gozado del viaje turístico y se había mostrado convenientemente impresionado por los templos griegos de Agrigento y los mosaicos de la gran catedral de Monreale, pero no había conseguido hacer amistad con ninguno de los demás pasajeros, y como las vacaciones estaban a un par de días de su término empezaba a considerar el regreso a casa. En consecuencia, se mostró ligeramente irritado cuando la vieja señora Tavistock, en la parte de atrás del autocar, empezó a quejarse de dolores en el estómago. No había dejado de quejarse en todo el viaje, pero ahora parecía realmente enferma, lo que dio como resultado que Giuliano, el guía, pidiera al conductor que se detuviera en el primer pueblo a fin de buscar un doctor.

      El primer pueblo resultó ser un conjunto de casas que ni siquiera estaba señalizado en los mapas, apiñadas debajo de un enorme farallón, sin ningún rasgo característico que permitiera distinguirlo de cualquiera de los otros cincuenta pequeños pueblos por los que habían cruzado a lo largo de su camino. Allí Giuliano fue en busca de un médico, dejando a sus turistas medio adormilados, leyendo ociosamente sus libros o charlando de cosas inconcretas. Era la media tarde, y el sol caía con fuerza. Todos los sicilianos sensatos estaban dentro de sus casas durmiendo la siesta. Todos los postigos de las ventanas estaban cerrados, y no se veía ni un alma en la calle.

      Al cabo de un rato regresó Giuliano, lamentando informarles que iban a tener que esperar al menos una hora antes de que la señora Tavistock pudiera recibir atención y ellos pudieran continuar. Mientras tanto, podían salir y estirar las piernas, aunque era difícil que hallaran algo abierto. El autocar haría sonar el claxon para llamarles de vuelta cuando llegara el momento. En este punto se enzarzó en una animada conversación en italiano con Umberto, el conductor, que hizo varios gestos enfáticos, resultado de los cuales fue una información no demasiado alentadora. La gente del lugar, dijo Giuliano, no era muy sociable precisamente, de modo que los turistas no iban a encontrar muchas facilidades. Los autocares normalmente no se paraban nunca allí, y no tenía el menor objeto visitar el pueblo; realmente, no tema nada que ofrecer. Expresó de nuevo su consternación y habló unas cuantas palabras más con Umberto. El conocimiento del italiano del señor Pearsall no era demasiado grande, pero creyó captar que «no es probable que surjan complicaciones si van todos juntos».

      Sin embargo, el señor Pearsall no tenía la menor intención de permanecer con los demás mientras se quedaban parados sin saber qué hacer. Había vislumbrado una iglesia en la parte de debajo de una calle lateral cuando penetraban en el pueblo, le pareció antigua y sorprendentemente grande para un lugar tan insignificante, y pensó que quizá valdría la pena efectuar una visita de exploración. Las «complicaciones» que Giuliano había mencionado (suponiendo que lo hubiera comprendido bien) podían interpretarse como ladrones. Les había advertido que tuvieran cuidado con los tirones de bolsos en las grandes ciudades, pero era muy poco probable que bandas de asaltantes se molestaran en patrullar un pueblo donde los turistas no se paraban nunca. Las calles aparecían absolutamente desiertas. Además, el señor Pearsall aún estaba en buena forma, e imaginaba que podía defender sus pertenencias contra cualquier tipo de ratero; o, en el peor de los casos, echar a correr lo suficientemente rápido como para librarse de él. Así pues, agarrando su cámara, comunicó su pretendido destino a otro pasajero (que no demostró ni la más pequeña inclinación a acompañarle) y partió decidido.

      Las calles laterales del pueblo eran muy estrechas y ascendían en pronunciada pendiente la colina hacia el imponente farallón que lo dominaba desde arriba. Algunas de ellas tenían gradas. El señor Pearsall se preguntó si no sería claustrofóbico vivir bajo aquella gran sombra negra, y también especuló acerca de si el pueblo no habría sufrido nunca daños por la caída de rocas. Tras un par de vueltas por calles sin salida, desembocó en una pequeña placita pavimentada con guijarros, y tan desprovista de gente como el resto

del pueblo, que daba paso a la iglesia. Una mirada al sol le indicó que estaba acercándose a ella por su lado oeste: la esquina meridional casi tocaba la base del farallón. Debido a que tenía exactamente el mismo color y textura que aquella imponente masa, la iglesia daba la inquietante impresión de haber sido tallada, por la mano de un gigante, de un solo bloque de la enorme roca.

      Su primera sensación, nos dijo el señor Pearsall, fue de gran vejez y ruina general. La iglesia parecía mucho más vieja que los templos dóricos de Agrigento que habían admirado aquella misma semana, aunque su intelecto le decía que aquél no podía ser el caso. Supuso que debía tratarse de un edificio normando, aunque posiblemente erigido sobre unos cimientos aún más viejos: árabes o incluso romanos. El estilo era sin embargo lo suficientemente típico, aunque más bien fuera de proporciones. Dos achaparradas y pesadas

torres, con muy pocas ventanas (y además muy pequeñas), flanqueaban un pórtico de tres amplios arcos puntiagudos. La escasa decoración que pudo existir en algún momento allí, apenas era ahora discernible. Parecía como si en su época hubiese habido frescos en el interior del pórtico, pero ahora el enlucido estaba terriblemente cuarteado, y en algunos lugares había caído por completo. Sólo unas pocas e imprecisas siluetas de figuras humanas —presumiblemente santos— podían descubrirse aún. Había una gran puerta de madera, deteriorada y carcomida, con paneles tallados en lo que en su tiempo habían sido recargados esquemas abstractos. Influencia morisca, se dijo a sí mismo el señor Pearsall, y empujó la puerta. Estaba cerrada.

      Aquello era predecible bajo cualquier circunstancia, pero aun así irritante. El señor Pearsall retrocedió hasta la plaza para tomar una foto, y luego miró su reloj. Apenas habían pasado quince minutos desde que abandonara el autocar y aún quedaba mucho tiempo que matar. El día era más caluroso que nunca, y si había algunas tiendas en aquella plaza olvidada de Dios, todas estaban resueltamente cerradas. Decidió dar la vuelta a la iglesia, a falta de otra cosa que hacer. Además, durante parte del recorrido estaría en la sombra, donde haría más fresco. Sin gran entusiasmo, inició el camino. Era un hombre de temperamento tranquilo, pero si había algo que le irritaba era encontrarse de pronto sin nada que hacer cuando había confiado en estar ocupado.

      A lo largo del lado sur, las cerradas casas estaban situadas tan cerca de la iglesia que la calle más bien parecía un túnel. No había avanzado gran cosa cuando observó una pequeña puerta lateral. No debe sorprendemos que intentara abrirla. Para su gran alegría, descubrió que no estaba cerrada con llave. Sorprendido ante su buena suerte, y felicitándose por su persistencia, penetró en el interior.

      Al principio no vio nada, tan oscuro estaba después del fuerte resplandor del sol de la tarde allá afuera. Muy pronto, los ojos del señor Pearsall se acostumbraron a la penumbra y fue capaz de mirar a su alrededor. Inmediatamente supo que su paseo había sido provechoso. Con su metódica costumbre, empezó a clasificar cuanto podía ver. Una larga y alta nave, con pequeñas naves laterales a ambos lados. Claramente, otra iglesia normanda, con los puntiagudos arcos aprendidos de los árabes. Pero, a diferencia de algunas de las otras que había visto en sus visitas, aquella no había sido reformada durante el período barroco. No se veía ninguna pilastra corintia. Los capiteles de las columnas parecían una masa de grotesca talla, aunque estaban tan sucios de un espeso tizne que no podían distinguirse claramente. Por supuesto, todo el interior estaba muy sucio; los bancos llenos de polvo y las velas tan descoloridas que parecía como si no hubieran sido encendidas en años. Sin lugar a dudas, no esperaban visitantes, puesto que no había guía alguno para la visita ni postales visibles por ningún lado.

      Entonces el señor Pearsall vio los mosaicos. Había sido iniciado ya en las maravillas que los normandos habían legado a Sicilia al respecto, con muestras tan asombrosas como las de la catedral de Monreale y la Capilla Palatina en Palermo, pero, pese a ello, los ejemplos de aquel arte desplegados en aquel lugar apartado le hicieron perder el aliento. Allí, algún anónimo artesano del siglo XII había tomado el estilo bizantino y lo había interpretado con un vigor y un álito propios. Una verdadera biblia popular de sorprendente fuerza cubría las paredes. El señor Pearsall olvidó por completo el paso del tiempo mientras seguía aquellos tesoros. Allí estaba la creación del mundo en una secuencia de siete cuadros, y allí estaban Adán y Eva tentados por la serpiente y expulsados del Paraíso. Seguían más escenas: Caín asesinando a Abel, la construcción del Arca, la embriaguez de Noé, la Torre de Babel, Abraham y la destrucción de las Ciudades de la Llanura, el sacrificio de Isaac; y así muchas más, cada una más sorprendente que la anterior.

      Resultaba extraño, pensó el señor Pearsall mientras avanzaba de escena en escena lleno de maravilla y admiración, que los habitantes de aquel pueblo desanimaran a los turistas. Allí tenían algunos de los mosaicos más excelentes de la isla, si no de toda Italia, y sin embargo dejaban que fueran deteriorándose lejos de la vista, en una sucia iglesia cerrada. Solamente con un poco de iniciativa y energía por parte de las autoridades del pueblo, era seguro que los visitantes acudirían en tromba para ver tales maravillas. ¿Qué tenían en contra de los turistas? Seguro que en el lugar había suficientes propietarios de cafés en perspectiva y vendedores de recuerdos como para insistir en que se hiciera algo. ¿Por qué la iglesia no se mencionaba en ninguna de las guías turísticas que tan asiduamente había leído antes de iniciar el viaje? Tales eran los pensamientos que cruzaron la mente del señor Pearsall, pero al cabo de un rato empezó a sufrir otras dudas.

      Se le hizo evidente que, aunque el artista poseía un gran vigor natural, era la plasmación del mal lo que más atraía lo mejor de su arte. La serpiente en el Jardín del Edén, por ejemplo, poseía un rostro humano que exhibía una siniestra y seductora mirada de soslayo. En la historia de Caín y Abel, no había la menor duda de que era Caín quien representaba al héroe: Abel, mientras yacía impotente en el suelo, era un simple y desventurado bobalicón, mientras que su asesino, de pie sobre él con una espada alzada para hendirle el cráneo, estaba lleno de potencia salvaje. En Babel, los soldados del rey Nimrod parecían meros autómatas sin voluntad. Por su parte, el cuadro de Saúl y la bruja de Endor estaba situado en el extremo más oscuro de la iglesia, quizá deliberadamente, cubierto de telarañas. Tras examinarlo de cerca, el señor Pearsall casi se alegró de ello, porque dentro de la cueva de la bruja había algunas desagradables formas no humanas que quizá hubiera sido mejor no exponerlas a la vista.

      «Quizás el artista era un maniqueo —se dijo el señor Pearsall—, un cátaro o un albigense. (¿O son todos lo mismo? ¿He tomado bien las fechas?), más convencido de la existencia del mal que de la del bien. Quizá sus mosaicos fueron condenados por heréticos. Pero, en ese caso, ¿por qué no fueron destruidos, en vez de mantener cerrada la iglesia? Me pregunto qué habrá hecho con el Nuevo Testamento...»

      Aquellos mosaicos aún le resultaron más turbadores. El señor Pearsall no pudo descubrir una Anunciación, ni siquiera una Natividad, pero había una horriblemente realista Matanza de los Inocentes, en la cual se representaba un amplio número de ingeniosos y repugnantes medios para asesinar niños, mientras el rey Heredes permanecía sentado en su trono, contemplando la carnicería y riendo. El retrato de Judas recibiendo sus treinta monedas de plata por parte de Caifas hubiera sido considerado una obra maestra de todos los tiempos, de no haber sido tan absolutamente desagradable. Y así seguía... a través de varios detestables retratos de gente poseída por los demonios, a través de las historias de Simón Mago y Ananías, los cuales eran de nuevo la más viva caracterización de sus respectivas escenas, hasta el aterrador cuadro de los Cuatro Jinetes del Apocalipsis.

      En ese momento, el señor Pearsall no sólo estaba claramente trastornado por los mosaicos, sino que empezaba a sentirse francamente mal. Al principio la iglesia estaba en completo silencio, pero ahora parecía llena de pequeños ruidos incapaces de localizar. Sus pasos resonaban una y otra vez en un largo decrescendo, pero parecía como si les respondiesen extraños roces y crujidos. Sin duda eran los sonidos normales de la vida roedora, o de una madera envejecida al inicio de su penosa muerte, pero cuando, como el señor Pearsall, uno se encuentra solo en una antigua iglesia en medio de un pueblo extraño, donde ni siquiera un solo habitante ha mostrado aún su rostro y donde además uno está rodeado por las más inquietantes ilustraciones del mal bíblico, tales explicaciones racionales pierden inevitablemente fuerza. Una o dos veces contuvo el aliento y permaneció completamente inmóvil para ver si los ruidos continuaban. No sólo por eso, sino que además tema la creciente sensación de que estaba siendo observado. Probablemente sólo eran los rostros de los mosaicos los que le provocaban aquello, pero en más de una ocasión pensó que había visto un movimiento exactamente en su ángulo de visión. Alarmado, dio media vuelta sólo para descubrir que no había nada.

      Finalmente llegó ante una Virgen María que no sólo estaba desprovista de la habitual serenidad, sino que además poseía la voluptuosidad de un vampiro. Tan sorprendente era su expresión, que por un momento pensó que debía tratarse de una representación de la Prostituta Escarlata de Babilonia, pero no, tenía la postura y las ropas habituales de la Virgen. Además, en sus brazos estaba el niño Jesús, un horrible pequeño con una untuosa y mojigata sonrisa que hizo pensar al señor Pearsall en el saciado apetito hacia algo perverso. Se estremeció y sintió una sensación de tan agudo desagrado que por un momento olvidó completamente los ruidos.

      Durante todo aquel tiempo había evitado mirar hacia el lado este, procurando reservar para el final la visión de lo que siempre era la gloria de las iglesias sicilianas: la gran figura de Cristo en el ábside encima del altar. Incapaz de contenerse por más tiempo, volvió su mirada en aquella dirección.

      Por supuesto, era una obra maestra, pese a la suciedad y a las telarañas que lo envolvían. Como es costumbre, la imagen representaba la cabeza y los hombros de Cristo, vestido de rojo y azul, el brazo derecho levantado para dar la bendición, el izquierdo sosteniendo un libro abierto escrito en griego. El tratamiento dado por el desconocido artista era maravilloso, pero la expresión en el rostro de Cristo únicamente podía calificarse de horrible: una maligna sonrisa de desprecio, la mirada muy penetrante. El señor Pearsall

no sabía griego, pero sospechó que las palabras escritas en la página abierta del libro no eran ningún texto normal de las escrituras. Y la mano derecha... ¿Era el gesto habitual de bendición? ¿O el primero y último dedos estaban erguidos con... el conocido gesto de los

cuernos del diablo?

      «Ésta es una iglesia blasfema —se dijo el señor Pearsall a sí mismo—. Los mosaicos pueden ser excelentes, pero también son terribles. Algún obispo, quizá incluso el Papa, los condenó e hizo que la iglesia fuera cerrada. Ni siquiera la gente del pueblo querrá hablar de ellos porque sigue siendo gente muy religiosa, ni dejará que los turistas entren en ella. En realidad, esos cuadros son capaces de provocar pesadillas a cualquiera. Bien, me alegro de haberlos visto, pero éste no es un lugar agradable para visitar solo.»

      Miró a su reloj, y casi se sintió aliviado al descubrir que su hora había prácticamente expirado. Eso le dio una excusa para marcharse sin explorar el resto de la iglesia. Con paso rápido, que cualquier observador imparcial hubiera dicho que estaba peligrosamente cerca de una carrera motivada por el pánico, volvió a la puerta del lado sur por donde había entrado.

      Estaba cerrada.

      Durante un rato, el señor Pearsall luchó con la puerta de forma más bien fútil, sacudiéndola, girando a un lado y a otro la manija metálica, intentando averiguar si se había quedado trabada con algo, pero enteramente incapaz de conseguir algún resultado. Golpeó la puerta con la palma de las manos y le dio patadas, con lo que un gran estruendo resonó formando múltiples ecos por toda la iglesia, parecidos a una salva de cañonazos, y hasta el día de hoy jura que desde algún lugar le llegó como respuesta una especie de siniestra risita.

      Con un considerable esfuerzo, logró tranquilizarse.

      «Eso es estúpido —se dijo a sí mismo—. Probablemente se trata de algún vigilante que olvidó cerrar la iglesia antes de la siesta, y sólo se dio cuenta de su error cuando despertó. Debe de ser un hombre muy estúpido o descuidado, de lo contrario hubiese mirado para comprobar si había alguien dentro.»

      De todos modos, no deseaba volver a golpear de nuevo la puerta y obtener aquel horrible eco, así que decidió buscar otra puerta que pudiera estar abierta. La lógica le sugería que debía haber una en el lado norte, quizá abriéndose a un claustro o algo parecido. Cruzó la nave con una cierta ansiedad nerviosa (y evitando cuidadosamente mirar la blasfema figura del Cristo, aunque podía sentir la cruel mirada clavada en él con una fuerza casi tangible) y fue en su busca.

      Por supuesto, existía una puerta en el ángulo de la nave lateral norte, y no estaba cerrada, aunque daba la sensación de que hacía mucho tiempo que no había sido abierta. Necesitó desarrollar una gran fuerza para hacerla girar. Chirrió horriblemente mientras se

abría hacia dentro, dejando escapar una lluvia de polvo, y un peculiar olor a moho se expandió por el aire. El señor Pearsall se encontró ante un tramo de gastados peldaños de piedra que descendían hacia la oscuridad.

      Aquello no parecía en absoluto una salida. De hecho, el olor sugería que la cámara inferior, fuera lo que fuese, estaba completamente aislada del aire exterior, y así había estado durante mucho tiempo. Era un camino nada prometedor para alguien que deseaba abandonar el edificio, e incluso hoy el señor Pearsall no ha sido nunca capaz de proporcionar una explicación satisfactoria del porqué decidió descender aquellos peldaños. Ya era tarde, y después del turbador efecto de los mosaicos, la mayor parte de su celo explorador se había evaporado. Sin embargo, no conseguía resistir la atracción de aquel umbral. Más tarde se preguntó si realmente había poseído un completo control de sus movimientos. Todo aquel lugar tenía un aire claramente siniestro; pese a todo, empujó la puerta hasta abrirla por completo y dio sus primeros pasos tentativos hacia la descendente oscuridad.

      La escalera era larga y curiosamente húmeda pese a la sequedad del clima. Muy pronto, todo rastro de luz procedente del cuerpo principal de la iglesia (que le había parecido tan tenebrosa cuando entró) desapareció, viéndose obligado a sacar el encendedor de su bolsillo y avanzar a la luz de la oscilante llama. Giró un recodo bajo un amenazante arco de piedra sin desbastar, descendió una rampa, y se quedó con la boca abierta ante la visión.

      Era una catacumba. Un largo corredor se abría ante él, con pasadizos laterales a ambos lados. Quizá cubría toda el área bajo la nave. Y estaba habitada. Una larga hilera doble de formas humanas se alineaba en cada pasadizo. Todas las clases y edades tenían sus representantes allí: hombres, mujeres y niños, monjes y guerreros, eruditos y damas encopetadas. Todos vestidos con ropas que en su tiempo debieron de ser las mejores; pieles, sedas y trajes recamados, ahora lamentablemente rotos y deteriorados, pero conservando aún un destello de su pasada gloria. Y todos tenían rostro, puesto que evidentemente se había gastado mucho ingenio para conservar los cuerpos, aunque con distintos grados de éxito. Había una muchachita cuyas ropas parecían tener al menos doscientos años de antigüedad, pero que por su piel y su pelo cualquiera hubiera dicho que estaba dormida. Sin embargo, más allá, un hombre con ropas de clérigo había perdido su nariz y sus mejillas, y sus ojos se habían degradado hasta convertirse en unos glóbulos lechosos. Y algo más apartado, un soldado con coraza de acero repujado, que quizá fuera un mercenario del período del Renacimiento, había perdido enteramente su carne, sonriendo impávido desde su calavera desnuda.

      ¡Pobre señor Pearsall! El efecto habría sido ya bastante desagradable bajo una potente luz eléctrica y rodeado por sus compañeros de viaje, pero allí, completamente solo, encerrado, y tras la alarma y el trastorno de aquellos horribles mosaicos, y sólo con una tenue llama para protegerle de la oscuridad, la impresión fue abrumadora. Jamás ha conseguido explicar por qué no dio media vuelta y salió huyendo. Se refugia diciendo que «sintió como una llamada» que le atraía hacia allí. Realmente es irrefutable que caminó adentrándose en aquel pasillo, por entre aquellas espeluznantes hileras de muertos, el horror apoderándose de él, entrando en él, pero totalmente incapaz de retroceder.

      Todos aquellos cuerpos llevaban allí mucho tiempo. El conocimiento que el señor Pearsall tenía de la historia de la indumentaria no era muy grande, pero estaba completamente seguro de que ninguno de aquellos deteriorados atuendos se había colocado más allá de mediado el siglo XVIII, y sin embargo la mayoría parecían medievales. Lo que le quedaba de su mente racional le dijo que catacumbas similares eran algo común en todas partes, pero tal pieza de información parecía extraordinariamente inútil. A medida que penetraba en la catacumba, le parecía retroceder en el tiempo hasta los inicios de la Edad Media. Muy pocos de los rostros conservaban carne ya en ellos; algunos casi estaban desnudos, con las ropas reducidas a pobres andrajos, y otras simplemente caídas en el suelo. Pero siguió adelante, hasta llegar al final.

      Por entonces ya había perdido todo sentido de la orientación, pero sospechaba que estaba avanzando bajo el altar, bajo el Cristo de los cuernos del diablo bendiciendo y su malevolente mirada. Y allí estaba el centro de aquel laberinto de muerte: un gran trono de madera dorada, en buena parte podrida, donde había un cuerpo sentado, con las espléndidas ropas y la mitra de un obispo. Todo esto, el señor Pearsall lo vio a distancia, pero a medida que se iba acercando no miraba directamente a la figura. Intentó forzar la vista para mirar solamente las zapatillas, pues estaba convencido de que perdería la razón si miraba más arriba. Pero fue incapaz de luchar cuando una fuerza más fuerte que su propia mente le hizo levantar gradualmente la cabeza más y más arriba: la capa consistorial bordada en oro, las esqueléticas manos con el anillo episcopal rodeando holgadamente el hueso de un dedo, el báculo sujeto verticalmente en la otra mano, los huesos del rostro desnudos de toda carne, los risueños dientes amarillos, los ojos... ¡Los ojos! ¡No habían desaparecido! ¡Seguían vivos, penetrantes, mirando fijamente! ¡Dios mío! ¡Los mismos ojos del Cristo en el mosaico!

      El encendedor cayó de la inerte mano del señor Pearsall, que se vio sumido en la oscuridad. Era un encendedor de forma cilíndrica, y pudo oír cómo rodaba fuera de su alcance. Por unos breves segundos tanteó inútilmente el suelo en su busca, luego se dio cuenta de que la búsqueda era inútil. Tendría que encontrar su camino de salida en una total oscuridad. ¿Cuan lejos estaba? ¿Cuántas vueltas había dado? Agitó sus brazos hacia delante y a ambos lados, caminó unos pocos pasos, tocó piedra, se volvió, anduvo un poco más hasta que encontró otro obstáculo, giró de nuevo... Fue en ese instante cuando empezó de nuevo a oír ruidos, un roce seco, horrible, que hubiese querido pensar que se trataba de una rata. Iba detrás de él. Avanzó más de prisa y chocó con uno de los cuerpos. Su rostro se enterró en la podrida tela y sintió cómo los brazos sin vida rodeaban sus hombros. Perdiendo completamente los nervios, gritó: un sonido ahogado que se extinguió rápidamente. Corrió a la ventura, golpeó contra otro cuerpo, volvió a correr y chocó de nuevo. Los cadáveres se estaban derrumbando a todo su alrededor, y sin embargo aún se oía un roce como si se arrastraran y un seco y sepulcral crujido detrás de él, también moviéndose. No rápidamente, pero pronto le alcanzaría si no conseguía hallar las escaleras. Cayó, se cortó en las manos y gritó de nuevo, pero no de dolor. Perdió la cuenta de cuántas veces tropezó con obstáculos, hasta que, lleno de arañazos y sangrante, no pudo ir más allá y se cubrió las espaldas apoyándolas contra el muro de piedra. El sonido susurrante estaba muy cerca ahora. Luz. ¡Necesitaba luz! Había perdido su encendedor y no tenía cerillas. Frenéticamente, sus manos rebuscaron en sus bolsillos esperando un milagro. ¡Por supuesto! ¡Los cubos de flash para su cámara! Con dedos temblorosos, extrajo uno y tanteó durante lo que le pareció una eternidad hasta conseguir encajarlo en su lugar. Pulsó el disparador y nada. ¡Un fracaso! Le dio un cuarto de vuelta y probó otra vez. Nada tampoco. El sonido susurrante estaba ahora tan sólo a unos pocos centímetros. ¡Piensa hombre, piensa! ¡Claro! Había olvidado correr la película, así que el flash no podía funcionar. Haz pasar la película a inténtalo de nuevo... justo a tiempo...

      En el cegador instante pudo verle a no más de un metro de su rostro: las ropas doradas, la mitra, el cráneo, y los ojos, los terribles ojos...

      Debió de perder el conocimiento. Cuando despertó, estaba rodeado por la brillante luz del día, tendido en el asiento trasero del autocar, y Giuliano se inclinaba sobre él. El otro turista le había dicho dónde se había dirigido el señor Pearsall, y cuando vieron que no regresaba a tiempo, Giuliano y Umberto se habían dirigido a la iglesia en su busca. Al entrar por la puerta sur (negaron categóricamente que estuviese cerrada) oyeron sus gritos desde la cripta y vieron el flash. Lo encontraron sin dificultad: estaba a pocos metros de las escaleras.

      Giuliano se sentía más aliviado que irritado, pero reprendió al señor Pearsall por desordenar los cuerpos de la catacumba. Chocar contra ellos en la oscuridad podía considerarse una falta de cuidado y poco respeto, pero arrastrar deliberadamente un cuerpo desde su lugar de reposo... y además el cuerpo de un obispo...

      El señor Pearsall no tuvo fuerzas para discutir.