IMAGENES . ENLACES

EL CONDE DRACULA

Escrito por imagenes 20-09-2009 en General. Comentarios (3)

 

Woody Allen

EL CONDE DRÁCULA

En algún lugar de Transilvania yace Drácula, el monstruo, durmiendo en su ataúd y

aguardando a que caiga la noche. Como el contacto con los rayos solares le causaría la

muerte con toda seguridad, permanece en la oscuridad en su caja forrada de raso que

lleva iniciales inscritas en plata. Luego, llega el momento de la oscuridad, y movido por

instinto milagroso, el demonio emerge de la seguridad de su escondite y, asumiendo

las formas espantosas de un murciélago o un lobo, recorre los alrededores y bebe la

sangre de sus victimas. Por último, antes de que los rayos de su gran enemigo, el sol,

anuncien el nuevo día, se apresura a regresar a la seguridad de su ataúd protector y

se duerme mientras vuelve a comenzar el ciclo.

Ahora, empieza a moverse. El movimiento de sus cejas responde a un instinto

milenario e inexplicable, es señal de que el sol está a punto de desaparecer y se acerca

la hora. Esta noche, está especialmente sediento y, mientras allí descansa, ya

despierto, con el smoking y la capa forrada de rojo confeccionada en Londres,

esperando sentir con espectral exactitud el momento preciso en que la oscuridad es

total antes de abrir la tapa y salir, decide quiénes serán las víctimas de esta velada. El

panadero y su mujer, reflexiona. Suculentos, disponibles y nada suspicaces. El

pensamiento de esa pareja despreocupada, cuya confianza ha cultivado con

meticulosidad, exita su sed de sangre y apenas puede aguantar estos últimos

segundos de inactividad antes de salir del ataúd y abalanzarse sobre sus presas.

De pronto, sabe que el sol se ha ido. Como un ángel del infierno, se levanta

rápidamente, se metamorfosea en murciélago y vuela febrilmente a la casa de sus

tentadoras víctimas.

-¿Vaya, conde Drácula, que agradable sorpresa! -dice la mujer del panadero al abrir la

puerta para dejarlo pasar. (Asumida otra vez su forma humana. entra en la casa

ocultando, con sonrisa encantadora, su rapaz objetivo.)

-¿Qué le trae por aquí tan temprano? -pregunta el panadero.

-Nuestro compromiso de cenar juntos -contesta el conde-. Espero no haber cometido

un error. Era esta noche, ¿no?

-Sí, esta noche, pero aún faltan siete horas.

-¿Cómo dice? -inquiere Drácula echando una mirada sorprendida a la habitación.

-¿O es que ha venido a contemplar el eclipse con nosotros?

-¿Eclipse?

-Así es. Hoy tenemos un eclipse total.

-¿Qué dice?

-Dos minutos de oscuridad total a partir de las doce del mediodía.

-¡Vaya por Dios! ¡Qué lío!

-¿Qué pasa, señor conde?

-Perdóneme... debo... Debo irme...Hem...¡Oh, qué lío!... -y, con frenesí, se aferra al

picaporte de la puerta.

-¿Ya se va? Si acaba de llegar.

-Sí, pero, creo que...

-Conde Drácula, está usted muy pálido.

-¿Sí? necesito un poco de aire fresco. Me alegro de haberlos visto...

-¡Vamos! Siéntese. Tomaremos un buen vaso de vino juntos.

-¿Un vaso de vino? Oh, no, hace tiempo que dejé la bebida, ya sabe, el hígado y todo

eso. Debo irme ya. Acabo de acordarme que dejé encendidas las luces de mi castillo...

Imagínese la cuenta que recibiría a fin de mes...

-Por favor -dice el panadero pasándole al conde un brazo por el hombro en señal de

amistad-. usted no molesta. No sea tan amable. Ha llegado temprano, eso es todo.

-Créalo, me gustaría quedarme, pero hay una reunión de viejos condes rumanos al

otro lado de la ciudad y me han encargado la comida.

-Siempre con prisas. Es un milagro que no haya tenido un infarto.

-Sí, tiene razón, pero ahora...

-Esta noche haré pilaf de pollo -comenta la mujer del panadero-. Espero que le guste.

-¡Espléndido, espléndido! -dice el conde con una sonrisa empujando a la buena mujer

sobre un montón de ropa sucia. Luego, abriendo por equivocación la puerta del

armario, se mete en él-. Diablos, ¿dónde está esa maldita puerta?

-¡Ja, ja! -se ríe la mujer del panadero-. ¡Qué ocurrencias tiene, señor conde!

-Sabía que le divertiría -dice Drácula con una sonrisa forzada-, pero ahora déjeme

pasar.

Por fin, abre la puerta, pero ya no le quedaba tiempo.

-¡Oh, mira, mamá! -dice el panadero-, ¡el eclipse debe de haber terminado! Vuelve a

salir el sol.

-Así es -dice Drácula cerrando de un portazo la puerta de entrada-. He decidido

quedarme. Cierren todas las persianas, rápido, ¡rápido! ¡No se queden ahí!

-¿Qué persianas? -preguntó el panadero.

-¿No hay? ¡Lo que faltaba! ¡Qué para de...! ¿Tendrían al menos un sótano en este

tugurio?

-No -contesta amablemente la esposa-. Siempre le digo a Jarslov que construya uno,

pero nunca me presta atención. Ese Jarslov...

-Me estoy ahogando. ¿Dónde está el armario?

-Ya nos ha hecho esa broma, señor conde. Ya nos ha hecho reír lo nuestro.

-¡Ay... qué ocurrencia tiene!

-Miren, estaré en el armario. Llámenme a las siete y media.

Y, con esas palabras, el conde entra al armario y cierra la puerta.

-¡Ja,ja...! ¡Qué gracioso es, Jarslov!

-Señor conde, salga del armario. deje de hacer burradas.

Desde el interior del armario, llega la voz sorda de Drácula.

-No puedo... de verdad. Por favor, créanme. Tan solo permítanme quedarme aquí.

Estoy muy bien. De verdad.

-Conde Drácula, basta de bromas. Ya no podemos más de tanto reírnos.

-Pero créanme, me encanta este armario.

-Sí, pero...

-Ya sé, ya sé... parece raro y sin embargo aquí estoy, encantado. El otro día

precisamente le decía a la señora Hess, deme un buen armario y allí puedo quedarme

durante horas. Una buena mujer, la señora Hess. Gorda, pero buena... Ahora, ¿por

qué no hacen sus cosas y pasan a buscarme al anochecer? Oh,Ramona, la la la la,

Ramona...

En aquel instante entran el alcalde y su mujer, Katia. Pasaban por allí y habían

decidido hacer una visita a sus buenos amigo, el panadero y su mujer.

-¡Hola Jarslov! espero que Katia y yo no molestemos.

-Por supuesto que no, señor alcalde. Salga, conde Drácula.¡Tenemos visita!

-¿Está aquí el conde? -pregunta el alcalde, sorprendido.

-Sí, y nunca adivinaría dónde está -dice la mujer del panadero.

-¡Que raro es verlo a esta hora! De hacho no puedo recordar haberle visto ni una sola

vez durante el día.

-Pues bien, aquí está. ¡Salga de ahí, conde Drácula!

-¿Dónde está? -pregunta Katia sin saber si reír o no.

-¡Salga de ahí ahora mismo! ¡Vamos! -La mujer del panadero se impacienta.

-Está en el armario -dice el panadero con cierta vergüenza.

-¡No me digas! -exclama el alcalde.

-¡Vamos! -dice el panadero con un falso buen humor mientras llama a la puerta del

armario-. Ya basta. Aquí está el alcalde.

-Salga de ahí conde Drácula -grita el alcalde-. Tome un vaso de vino con nosotros.

-No, no cuenten conmigo. Tengo que despachar unos asuntos pendientes.

-¿En el armario?

-Sí, no quiero estropearles el día. Puedo oír lo que dicen: Estaré con ustedes en cuanto

tenga algo que decir.

Se miran y se encogen de hombros. Sirven vino y beben.

-Qué bonito el eclipse de hoy -dice el alcalde tomando un buen trago.

-¿Verdad? -dice el panadero-. Algo increíble.

-¡Díganmelo a mí! ¡Espeluznante! -dice una voz desde el armario.

-¿Qué, Drácula?

-Nada, nada. No tiene importancia.

Así pasa el tiempo hasta que el alcalde, que ya no puede soportar esa situación, abre

la puerta del armario y grita:

-¡Vamos, Drácula! Siempre pensé que usted era una persona sensata. ¡Déjese de

locuras!

Penetra la luz del día; el diabólico monstruo lanza un grito desgarrador y lentamente

se disuelve hasta convertirse en un esqueleto y luego en polvo ante los ojos de las

cuatro personas presentes. Inclinándose sobre el montón de ceniza blanca, la mujer

del panadero pega un grito:

-¡Se ha fastidiado mi cena!

El miedo

Escrito por imagenes 17-09-2009 en General. Comentarios (1)

 

El miedo

 

Guy de Maupassant

 

Volvimos a subir a cubierta después de la cena. Ante nosotros, el Mediterráneo no tenía el más mínimo temblor sobre toda su superficie, a la que una gran luna tranquila daba reflejos. El ancho barco se deslizaba, echando al cielo, que parecía estar sembrado de estrellas, una gran serpiente de humo negro; detrás de nosotros, el agua blanquísima, agitada por el paso rápido del pesado buque, golpeada por la hélice, espumaba, removía tantas claridades que parecía luz de luna burbujeando.

Ahí estábamos, unos seis u ocho, silenciosos, llenos de admiración, la vista vuelta hacia la lejana África, a donde nos dirigíamos. De pronto el comandante, que fumaba un puro en medio de nosotros, retomó la conversación de la cena.

—Sí, aquel día tuve miedo. Mi navío se quedó seis horas con esa roca en el vientre, golpeado por el mar. Afortunadamente, por la tarde nos recogió un barco carbonero inglés que nos había visto.

Entonces un hombre alto con el rostro quemado, de aspecto serio, uno de esos hombres que uno imagina que han cruzado largos países desconocidos, en medio de peligros incesantes, y cuyos ojos tranquilos parecen conservar, en su profundidad, algo de los países extraños que han visto; uno de esos hombres que uno adivina empapado en el valor, habló por primera vez: —Usted dice, comandante, que tuvo miedo; no le creo en absoluto. Usted se equivoca en la palabra y en la sensación que experimentó. Un hombre enérgico nunca tiene miedo ante un peligro apremiante. Está emocionado, agitado, ansioso; pero el miedo es otra cosa.

El comandante prosiguió, riéndose: —¡Caray ! Le vuelvo a decir que yo tuve miedo.

Entonces el hombre de tez morena dijo con una voz lenta : —¡Permítame explicarme ! El miedo (y hasta los hombres más intrépidos pueden tener miedo) es algo espantoso, una sensación atroz, como una descomposición del alma, un espasmo horroroso del pensamiento y del corazón, cuyo mero recuerdo provoca estremecimientos de angustia. Pero cuando se es valiente, esto no ocurre ni ante un ataque, ni ante la muerte inevitable, ni ante todas las formas conocidas de peligro: ocurre en ciertas circunstancias anormales, bajo ciertas influencias misteriosas frente a riesgos vagos. El verdadero miedo es como una reminiscencia de los terrores fantásticos de antaño. Un hombre que cree en los fantasmas y se imagina ver un espectro en la noche debe de experimentar el miedo en todo su espantoso horror.

«Yo adiviné lo que es el miedo en pleno día, hace unos diez años. Lo experimenté, el pasado invierno, una noche de diciembre.

«Y, sin embargo, he pasado por muchas vicisitudes, muchas aventuras que parecían mortales. He luchado a menudo. Unos ladrones me dieron por muerto. Fui condenado, como sublevado, a la horca en América y arrojado al mar desde la cubierta de un buque frente a la costa de China. Todas las veces creí estar perdido e inmediatamente me resignaba, sin enternecimiento e incluso sin arrepentimientos.

«Pero el miedo no es eso.

«Lo presentí en África. Y, sin embargo, es hijo del Norte; el sol lo disipa como una niebla. Fíjense en esto, señores. Entre los orientales, la visa no vale nada; se resignan en seguida; las noches están claras y vacías de las sombrías preocupaciones que atormentan los cerebros en los países fríos. En Oriente, donde se puede conocer el pánico, se ignora el miedo.

«Pues bien, esto es lo que me ocurrió en esa tierra de África:

«Atravesaba las grandes dunas al sur de Uargla. Es éste uno de los países más extraños del mundo. Conocerán la arena unida, la arena recta de las interminables playas del Océano. ¡Pues bien! Figúrense al mismísimo Océano convertido en arena en medio de un huracán; imaginen una silenciosa tormenta de inmóviles olas de polvo amarillo. Olas altas como montañas, olas desiguales, diferentes, totalmente levantadas como aluviones desenfrenados, pero mis grandes aún, y estriadas como el moaré. Sobre ese mar furioso, mudo y sin movimiento, el sol devorador del sur derrama su llama implacable y directa. Hay que escalar aquellas láminas de ceniza de oro, volver a bajar, escalar de nuevo, escalar sin cesar, sin descanso y sin sombra. Los caballos jadean, se hunden hasta las rodillas y resbalan al bajar la otra vertiente de las sorprendentes colinas.

«Íbamos dos amigos seguidos por ocho espahíes y cuatro camellos con sus camelleros. Ya no hablábamos, rendidos por el calor, el cansancio, y resecos de sed como aquel desierto ardiente. De pronto uno de aquellos hombres dio como un grito; todos se detuvieron; permanecimos inmóviles, sorprendidos por un inexplicable fenómeno conocido por los viajeros en aquellas regiones perdidas.

«En algún lugar, cerca de nosotros, en una dirección indeterminada, redoblaba un tambor, el misterioso tambor de las dunas; sonaba con claridad, unas veces más vibrante, otras debilitado, deteniéndose, e iniciando de nuevo su redoble fantástico.

«Los árabes, espantados, se miraban; uno dijo, en su idioma: "La muerte está sobre nosotros." Y entonces, de pronto, mi compañero, mi amigo, casi mi hermano, se cayó de cabeza del caballo, fulminado por una insolación.

«Y durante dos horas, mientras intentaba en vano salvarle, aquel tambor inalcanzable me llenaba el oído con su ruido monótono, intermitente e incomprensible; y sentía deslizarse por mis huesos el miedo, el verdadero miedo, el odioso miedo, frente al cadáver amado, en ese agujero incendiado por el sol entre cuatro montes de arena, mientras el eco desconocido nos arrojaba, a doscientas leguas de cualquier pueblo francés, el redoble rápido del tambor.

«Aquel día entendí lo que era tener miedo; y lo supe aún mejor en otra ocasión...

El comandante interrumpió al narrador: —Perdone, señor, pero ¿aquel tambor? ¿Qué era?

El viajero contestó: —No lo sé. Nadie lo sabe. Los oficiales, a menudo sorprendidos por ese ruido singular, lo suelen atribuir al eco aumentado, multiplicado, desmesuradamente inflado por las ondulaciones de las dunas, de una lluvia de granos de arena arrastrados por el viento al chocar con una mata de hierbas secas; ya que siempre se ha comprobado que el fenómeno se produce cerca de pequeñas plantas quemadas por el sol, y duras como el pergamino.

«Aquel tambor no sería más que una especie de espejismo del sonido. Eso es todo. Pero no lo supe hasta más tarde.

«Sigo con mi segunda emoción.

«Ocurrió el invierno pasado, en un bosque del noreste de Francia. El cielo estaba tan oscuro que la noche llegó dos horas antes. Tenía como guía a un campesino que andaba a mi lado, por un pequeñísimo camino, bajo una bóveda de abetos a los que el viento desenfrenado arrancaba aullidos. Entre las copas veía correr nubes desconcertadas, nubes enloquecidas que parecían huir ante un espanto. A veces, bajo una inmensa ráfaga, todo el bosque se inclinaba en el mismo sentido con un gemido de sufrimiento; y me invadía el frío, a pesar de mi paso ligero y mi ropa pesada.

«Teníamos que cenar y dormir en la casa de un guardabosque, cuya morada ya no quedaba muy lejos. Iba allí para cazar.

«A veces mi guía levantaba los ojos y murmuraba: "¡Qué tiempo tan triste!" Luego me habló de la gente a cuya casa llegábamos. El padre había matado a un cazador furtivo dos años antes y, desde entonces, parecía sombrío, como atormentado por un recuerdo. Sus dos hijos, ya casados, vivían con él.

«La noche era profunda. No veía nada delante de mí, ni a mi alrededor, y las ramas de los árboles chocaban entre sí llenando la noche de un incesante rumor. Finalmente vi una luz y en seguida mi compañero llamó a una puerta. Nos contestaron los gritos agudos de unas mujeres. Después una voz de hombre, una voz sofocada, preguntó: "¿Quién es?" Mi guía dio su nombre. Entramos. Fue un cuadro inolvidable.

«Un hombre viejo de pelo blanco y mirada loca, con la escopeta cargada en la mano, nos esperaba de pie en mitad de la cocina mientras dos mozarrones, armados con hachas, vigilaban la puerta. Distinguí en los rincones oscuros a dos mujeres arrodilladas, con el rostro escondido contra la pared.

«Nos presentamos. El viejo volvió a poner su arma contra la pared y mandó que se preparara mi habitación; luego, como las mujeres no se movían, me dijo bruscamente: —Verá usted, señor; esta noche, hace dos años, maté a un hombre. El año pasado volvió para buscarme. Le espero otra vez esta noche. —Y añadió con un tono que me hizo sonreír: —Por eso no estamos tranquilos.

«Le tranquilicé como pude, feliz por haber venido precisamente aquella noche, y asistir al espectáculo de ese terror supersticioso. Conté varias historias y conseguí tranquilizarles a casi todos.

«Cerca del fuego, un viejo perro, bigotudo y casi ciego, uno de esos perros que se parecen a gente que conocemos, dormía el morro entre las patas.

«Fuera, la tormenta encarnizada azotaba la pequeña casa y, a través de un estrecho cristal, una especie de mirilla situada cerca de la puerta, veía de pronto todo un desbarajuste de árboles empujados violentamente por el viento a la luz de grandes relámpagos.

«Notaba perfectamente que, a pesar de mis esfuerzos, un terror profundo se había apoderado de aquella gente, y cada vez que dejaba de hablar, todos los oídos escuchaban a lo lejos. Cansado de presenciar aquellos temores estúpidos, iba a pedir acostarme, cuando el viejo guarda de pronto saltó de su silla, cogió de nuevo su escopeta, mientras tartamudeaba con una voz enloquecida: —¡Ahí está! ¡Ahí está! ¡Le oigo!

«Las dos mujeres volvieron a caerse de rodillas en los rincones, escondiendo el rostro; y los hijos volvieron a coger sus hachas. Iba a intentar tranquilizarles otra vez, cuando el perro dormido se despertó de pronto y, levantando la cabeza, tendiendo el cuello, mirando hacia el fuego con sus ojos casi apagados, dio uno de esos lúgubres aullidos que hacen estremecerse a los viajeros, de noche, en el campo. Todos los ojos se volvieron hacia él; ahora permanecía inmóvil, tieso sobre las patas, como atormentado por una visión; se echó de nuevo a aullar hacia algo invisible, desconocido, sin duda horroroso, ya que todo el pelo se le ponía de Punta. El guarda, lívido, gritó: —¡Lo huele! ¡Lo huele! Estaba ahí cuando lo maté.— Y las dos mujeres enloquecidas se echaron a gritar con el perro.

«A mi pesar, un gran escalofrío me corrió entre los hombros. El ver al animal en aquel lugar, a aquella hora, en medio de aquella gente enloquecida, resultaba espantoso.

«Entonces, durante una hora, el perro aulló sin moverse; aulló como preso de angustia en un sueño; y el miedo, el espantoso miedo entró en mí; ¿el miedo a qué? ¿Lo sabré yo? Era el miedo, y punto.

«Permanecíamos inmóviles, lívidos, en espera de un acontecimiento horroroso, aguzando el oído, el corazón latiendo, descompuestos al menor ruido. Y el perro se puso a dar vueltas alrededor del cuarto, oliendo las paredes y siempre gimiendo. ¡Aquel animal nos volvía locos! Entonces el campesino que me había guiado, se abalanzó sobre él, en una especie de paroxismo de terror furioso, y abriendo una puerta que daba a un pequeño patio, echó al animal afuera.

«Éste se calló en seguida, y nos quedamos sumidos en un silencio aún más terrorífico. Y de pronto todos a la par tuvimos una especie de sobresalto: un ser se deslizaba contra la pared, en el exterior, hacia el bosque; luego pasó junto a la puerta, que pareció palpar, con una mano vacilante; no volvimos a oír nada más durante dos minutos que nos convirtieron en insensatos; luego volvió, siempre rozando la pared; y raspó ligeramente, como lo haría un niño con la uña; y de pronto una cabeza apareció contra el cristal de la mirilla, una cabeza blanca con ojos luminosos como los de una fiera. Y un sonido salió de su boca, un sonido indistinto, un murmullo quejumbroso.

«Entonces un estruendo formidable estalló en la cocina. El viejo guarda había disparado. Inmediatamente sus hijos se precipitaron, taparon la mirilla levantando la gran mesa que sujetaron con el aparador.

«Y les juro que al oír el estrépito del disparo que no me esperaba tuve tal angustia en el corazón, el alma y el cuerpo, que me sentí desfallecer y a punto de morir de miedo.

«Nos quedamos ahí hasta la aurora, incapaces de movernos, de decir una palabra, crispados en un enloquecimiento inefable.

«No nos atrevimos a desatrancar la salida hasta no ver, por la hendidura de un sobradillo, un fino rayo de día.

«Al pie del muro, junto a la puerta, yacía el viejo perro, con el hocico destrozado por una bala.

«Había salido del patio escarbando un agujero bajo una empalizada.

El hombre de rostro moreno se calló; luego añadió: —Aquella noche no corrí ningún peligro, pero preferiría volver a empezar todas las horas en las que me enfrenté con los peligros más terribles, antes que el minuto único del disparo sobre la cabeza barbuda de la mirilla.

 

F I N

 

(23 de octubre de 1882)

 

LA PÓCIMA VUDÚ DE AMOR COMPRADA CON SANGRE

Escrito por imagenes 15-09-2009 en General. Comentarios (0)

 

La Pócima Vudú De Amor Comprada Con Sangre

 

Brad Steiger y Sherry Hansen Steiger

 

L

as narraciones de los consortes demoníacos también traen a la mente aquellos ejemplos en que los satanistas descarriados han buscado crear pócimas de amor que les dieran un poder ilimitado sobre el sexo opuesto. Un acontecimiento que tuvo lugar en New Jersey hace unos años es un clásico ejemplo de cómo la combinación de sexo, vudú y oscuros deseos puede provocar un motivo espeluznante para el asesinato y el sacrificio humano.

Juan Rivera Aponte había nacido en Puerto Rico y había sido educado en una mezcla de cristianismo, magia negra y vudú. Siempre desde su infancia había oído a los hechiceros hablar de una legendaria fórmula que podía darle a un hombre control sexual completo sobre las mujeres.

Cuando vino a los Estados Unidos, consiguió un trabajo en una granja de pollos en las afueras de Vineland, New Jersey. Se encargó de traer consigo algunos de los antiguos libros de magia negra de su familia en su vieja maleta, y una vez que finalizaba sus tareas en la granja se pasaba las noches indagando en los viejos volúmenes en busca de la pócima mágica de amor. Aunque esas noches eran más bien solitarias y deprimentes, en su corazón sabía que pasaría las noches futuras haciendo el amor con mujeres hermosas.

Su mente enfebrecida se había centrado en una muchacha en particular. Una hermosa estudiante de instituto de ojos oscuros, cabello negro y un cuerpo que empezaba a florecer había llegado a obsesionarle. Juan sabía que ella era demasiado joven para casarse, pero la magia la obligaría a entregarse a él.

           

Control Completo Sobre Las Mujeres, Que Las Convierte En “Esclavas De Amor”

 

Finalmente, en un viejo libro de vudú, encontró la fórmula para una legendaria pócima “esclava de amor”. Había vuelto las amarillentas y frágiles páginas del antiguo tomo hasta que sus ojos se clavaron en el texto español bajo el título que prometía Pócimas de Amor.

Le temblaba todo el cuerpo de ansiedad mientras leía las instrucciones y los ingredientes. Las alas de murciélago desecadas serían fáciles de conseguir. Las entrañas de lagarto presentaban pocos problemas.

Confiado, siguió leyendo. Mezclaría y prepararía la pócima de inmediato. Todas las mujeres que deseaba serían sus esclavas de amor.

 

Polvo Triturado Del Cráneo De Un Niño Inocente

 

Entonces leyó el último ingrediente, y la respiración se le entrecortó ásperamente en la garganta.

“Rocía la pócima con harina de huesos reseca y triturada de un cráneo humano. El polvo ha de prepararse del cráneo de un niño inocente.”

Juan soltó el libro y se levantó de la silla de un salto. Aunque quedó momentáneamente asqueado de horror ante esa cosa sórdida que debía hacer, sabía que ningún precio sería demasiado alto por su derecho a tener a cualquier mujer que quisiera.

La noche del 13 de octubre, Roger Carletto, un estudiante de instituto de trece años, planeaba ir al cine en Vineland con su hermana.

—Un tío me debe un dólar —le dijo a su hermana—. Espérame mientras voy a pedírselo.

Montó en su bicicleta y pedaleó a toda velocidad por North Mill Road en dirección a las afueras de la ciudad.

Cuando Roger no regresó en un tiempo razonable, su hermana se lo contó a sus padres, y después de un intervalo más largo, la familia se lo notificó a la policía. A Roger Carletto nunca más se lo volvió a ver vivo.

Pasó el invierno, y cuando llegó el deshielo de la primavera, se repitió el dragado de los ríos y estanques de los alrededores de Vineland en busca del cuerpo del chico desaparecido.

En el verano todo el mundo se preguntaba qué le había sucedido a Roger Carletto. La policía aún carecía de pistas sobre su desaparición. Era como si el chico, sencillamente, hubiera entrado en otra dimensión.

 

El Cuerpo Desmembrado En El Gallinero

 

Entonces, en la noche del 1 de julio, las autoridades recibieron por fin su primera pista en el caso. Los patrulleros Joseph Cassissi y Albert Genetti respondieron a una llamada nocturna realizada por un granjero de North Mill Road que dijo que su mozo de campo se había vuelto completamente loco.

Según el joven granjero, su esposa se había despertado durante la noche y había descubierto a su mozo, Juan Rivera Aponte, paralizado en su cuarto de baño, de pie, como si fuera una estatua de piedra. Tenía un palo en la mano, que comenzó a blandir ante la pareja, hasta que el granjero se lo arrebató.

Los dos agentes de policía fueron conducidos hasta el cuarto de Aponte, situado encima del gallinero. Era un hombre delgado, de cabello y ojos oscuros, casi hipnóticos. Dormía en un camastro rodeado de varias botellas de cerveza vacías. Las paredes del cuarto estaban cubiertas de fotografías de chicas desnudas y estrellas de cine.

Durante el interrogatorio inicial de Aponte, afirmó que su jefe, el joven granjero, había matado al niño Carletto y lo había enterrado en el gallinero.

Siguiendo las instrucciones del mozo de campo, la policía se puso a excavar en el suelo de tierra del gallinero y quedó sorprendida al encontrar el cadáver del muchacho. El cuerpo estaba vestido sólo con unos pantalones cortos, y le faltaba la parte superior del cráneo, la mano izquierda y un pie. Siguiendo con la excavación, los agentes desenterraron el pie y la mano, pero no pudieron encontrar rastro alguno de la parte que faltaba del cráneo.

Al horrorizado granjero, que estaba demasiado atontado para protestar por su inocencia, se le pidió que acompañara a los agentes a la comisaría.

El detective Tom Jost no podía creer que el granjero fuera culpable, aduciendo que tenía fama de ser un hombre muy trabajador y de buen carácter. Aponte había afirmado que su jefe había matado a Roger Carletto debido a su ascendencia italiana, y que el granjero odiaba a todos los italianos porque en la Segunda Guerra Mundial habían sido fascistas. Jost no podía tragarse un prejuicio que se remontaba a la Segunda Guerra Mundial como un motivo convincente para matar y mutilar a un adolescente.

 

Libros Extraños Y Antiguos De Magia Negra, Vudú Y Hechizos De Amor

 

El capitán John Bursuglia tampoco se creyó la historia. Ordenó un registro del cuarto de Aponte y contrató a un traductor para que le contara qué había en todos esos libros viejos escritos en español.

Entonces, a la mujer joven que había actuado como intérprete durante los interrogatorios de Aponte se le asignó la lectura de los libros del mozo de campo. No le hizo falta más que un vistazo para informarle al capitán Bursuglia que los volúmenes trataban de vudú, rituales de magia negra e instrucciones sobre cómo hechizar a la gente.

Varios días después consiguió la total atención del oficial de policía, cuando leyó en voz alta los ingredientes para una pócima de amor especial, una que requería el cráneo de un niño inocente.

Después de cinco horas de ser interrogado por los detectives y de dar respuestas evasivas e insatisfactorias, el puertorriqueño finalmente se derrumbó y confesó el asesinato de Roger Carletto.

Aponte explicó cómo había necesitado esa pócima de amor con el fin de conseguir a la chica de sus sueños. Se había estado preguntando dónde podría dar con un joven inocente cuando Roger Carletto llamó a su puerta. Éste le había prestado un dólar a Aponte y quería que se lo devolviera.

 

“Habría Matado A Cualquiera Para Conseguir Ese Cráneo”

 

—Necesitaba el hueso triturado del cráneo —dijo Aponte con indiferencia—. Habría matado a cualquiera para conseguir ese cráneo. Dio la casualidad de que Roger fue el primer niño que apareció.

Los horrorizados oficiales escucharon en silencio mientras Aponte describía cómo había golpeado al muchacho, cómo le había estrangulado con una cuerda y cómo había enterrado luego el cuerpo en el suelo de tierra del gallinero.

—No dejé de regar la tumba para evitar que el cuerpo se hundiera —explicó—. No quería que mi jefe viera la depresión en la tierra y sospechara algo.

”Pasados unos meses, desenterré el cuerpo y le saqué la parte superior del cráneo con un cuchillo de cocina. Luego volví a meterlo en la tumba, le pasé unos alambres al cráneo y lo colgué dentro del hornillo de mi cuarto. Quería que se secara rápidamente para poder terminar la pócima.

¿Por qué había irrumpido aquella noche en el hogar de su jefe?

Aponte sólo pudo sugerir que había bebido mucha cerveza y que quizá quería que lo atraparan. Tal vez su conciencia le había vencido.

—Creo que lo hice con el fin de que viniera la policía y me arrestara.

Las pruebas psiquiátricas indicaron que Juan Aponte conocía la diferencia entre el bien y el mal. Durante su juicio, el asesino del vudú presentó un alegato de no defensa y fue sentenciado a cadena perpetua.

—Jamás llegué a completar mi pócima de amor de esclava —se quejó Aponte a un compañero de celda antes de ser trasladado a una prisión estatal—. Sé que habría funcionado. Podría haber obtenido el poder para tener a cualquier mujer que quisiera.

 

 

THE VOODOO LOVE POTION THAT WAS BOUGHT WITH BLOOD

Extraído de Demon Deaths

Citas del Buda

Escrito por imagenes 09-09-2009 en General. Comentarios (1)

Citas del Buda

 

“Y descubrí una verdad profunda, tan difícil de percibir, difícil de entender, tranquilizante y sublime, la que no se adquiere por puro razonamiento, y es sólo visible al sabio.”

 

“[cuando un discípulo ve correctamente la naturaleza del surgimiento causal, nunca se le ocurrirá] regresar corriendo al pasado, pensando ‘¿He vivido en tiempos pasados? ¿O no? ¿Qué era antes? ¿Cómo era entonces? O libre de ser qué, ¿qué llegué a ser?’ Ni tampoco [le va a pasar] que vaya corriendo hacia los tiempos por venir pensando: ‘¿Renaceré en el futuro? ¿O no? ¿Qué seré en el futuro? …’ O que se quede perplejo consigo mismo en el tiempo presente, pensando ‘¿Realmente soy? ¿O realmente no soy? ¿Qué soy en realidad? ¿Cómo soy es que soy realmente? La persona que es yo, ¿de dónde vino, adónde irá?’ ¿Por qué nunca surge esto? Porque el discípulo, hermanos, ha visto muy bien por medio de la comprensión correcta cómo realmente son tanto este acontecer causal como cómo han causalmente ocurrido las cosas.”

 

“Este cuerpo (kaya), hermanos, no es ni tuyo propio ni es el de otros. Debe ser considerado como consecuencia de las acciones pasadas, de los planes, de las voliciones, de los sentimientos.”

 

“El pensamiento se manifiesta en la palabra

La palabra se manifiesta en un hecho

El hecho se desarrolla en un hábito

El hábito se solidifica en el carácter

Del carácter nace el destino

De manera que observa con cuidado tus pensamientos

y permíteles nacer del amor

que nace del respeto a todos los seres”

 

“Y además, un monje sabe que cuando está yendo, ‘Estoy yendo’. Sabe que cuando está parado, ‘Estoy parado’. Sabe que cuando está sentado, ‘Estoy sentado’. Sabe que cuando está acostado, ‘Estoy acostado’.”

 

“La confusión condiciona la actividad, la que condiciona la consciencia, la que condiciona la personalidad encarnada, la que condiciona la experiencia sensorial, la que condiciona el impacto, el que condiciona el estado de ánimo, el que condiciona el anhelo, el que condiciona el aferrarse, el que condiciona el llegar a ser, el que condiciona el nacimiento, el que condiciona el envejecer y la muerte.”

 

 “Pero si no existe otro mundo y si las acciones bien y mal hechas no fructifican y maduran, entonces aquí en esta vida yo estaré libre de hostilidad, angustia y ansiedad, y viviré feliz.

Éste es el segundo bienestar adquirido …”

 

“Del mismo modo que el amanecer es el precursor de la salida del sol, la verdadera amistad es la precursora del surgimiento del noble camino óctuple.”

 

“Somos lo que pensamos.

Todo lo que somos se origina en nuestros pensamientos.

Con nuestros pensamientos, hacemos el mundo.”

 

“Del mismo modo que examinarías el oro, quemando, cortando y frotando, también los monjes y estudiosos deberían examinar mis palabras. Sólo así deberían ser aceptadas; y no simplemente por respeto a mí.” (atribuido al Buda)

 

“No creas en nada, simplemente porque te lo han dicho o porque es tradicional. No le creas a tu maestro simplemente por respeto. Pero si de alguna forma, por medio de un examen, encuentras que es uno que lleva al bienestar y felicidad de todas las criaturas, entonces sigue ese camino como la luna  sigue el camino de las estrellas.”

 

“No estén satisfechos con rumores o con la tradición o con erudición legendaria o con lo que ha bajado en las escrituras o con conjeturas o con inferencias lógicas o con pesar evidencia o con gustar un punto de vista luego de ponderarlo o con la habilidad de otro o con el pensamiento ‘El monje es mi maestro’. Cuando sepan internamente: ‘Estas cosas son íntegras, sin culpa, alabadas por el sabio y al ser adoptadas y aplicadas llevan al bienestar y felicidad’, entonces deberían practicarlas y morar en ellas …”  (Kalama Sutha)

 

“Mientras mi visión no fuera totalmente clara … respecto de las cuatro verdades que ennoblecen, no pretendí haber llegado a un despertar auténtico…”

 

“Supón, Malunkyaputta, que un hombre fuera herido por una flecha embebida en veneno, y que sus amigos y compañeros trajeran a un médico para curarlo. El hombre diría: ‘No voy a permitir que el médico me quite la flecha hasta que sepa el nombre y clan del hombre que me hirió; si utilizó un arco o una ballesta; si la flecha tenía punta de pezuña o era curva o tenía púas’.

Nada de esto sabría el hombre y mientras tanto, moriría. También así, Malunkyaputta, si alguien dijera: no voy a llevar una vida noble bajo el Buda hasta que el Buda me declare si el mundo es o no eterno, finito o infinito; si el alma es lo mismo o diferente del cuerpo; si uno que ha logrado el despertar continua o no existiendo luego de la muerte’, eso seguiría sin ser declarado por el Buda y mientras tanto esa persona moriría.”

 

“No hay condiciones permanentes;

No hay condiciones confiables;

Nada es sí mismo.”

 

 

Apariciones de un Ángel

Escrito por imagenes 04-09-2009 en General. Comentarios (2)

 

Apariciones de un Ángel

Ángela

Un día me encontraba en lo más recóndito del cielo, recostado en una nube, cuando de repente vino a mí esa figura, una imagen majestuosa y descomunal, su belleza era inmensa, tanto que perturbó mis pensamientos.

Entonces me puse de pie y me dispuse a buscar a aquella persona que me había puesto las alas de punta. Busqué por todo el cielo, pero mi búsqueda fue vana, no pude encontrar a nadie con  semejante belleza.

Pasaron siglos y mi búsqueda seguía inconclusa, no podía entender porque no la encontraba, ¿acaso solo había sido un sueño? ¿No era real? No podía creer que no lo fuera, me negaba rotundamente. Entonces me recosté de nuevo en esa nube, aquella que me traía recuerdos del amor que nunca encontraría, cada vez me volvía mas loco al recordar semejante hermosura, sus ojos tan cálidos, su boca tan frágil y encantadora, aquellas mejillas sonrosadas, un hermoso cabello rojizo incandescente, su escultural figura me hacia pensar en los más viles deseos, mi juicio se perdía con su sola belleza, no podía conciliar el hecho de que sólo existiera en mis pensamientos.

Tal vez solo había sido una ilusión creada por mi perturbada mente, o un llamado divino, el cual anunciaba mi partida del cielo. Deseaba con todas mis fuerzas encontrarla, tenerla a mi lado por la eternidad, entonces me decidí, me levanté  de un salto y volé lo más rápido que pude, caí en picada, baje a la tierra sin consentimiento de Dios, y  me puse a indagar por todas partes, pero seguía sin aparecer. Solo quedaba un  lugar en donde buscar, y si lo hacia seria mi ultimo vistazo al sol, así que me quede acostado en una piedra viendo el crepúsculo y grabé su efigie en mi memoria, respiré hondo y bajé.

Las cosas abajo (infierno) eran terroríficas, había miles de almas torturadas, sus gritos casi me dejaron sordo, traté de caminar con cautela para no ser descubierto, pasé por cada uno de los niveles, llegué a ver a los más viles demonios como a Aamon, Empusa, incluso vi a uno de nuestros antiguos amigos, un ángel caído, su nombre era Ertrael, no podía creer semejante masacre, pero que esperaba,  estaba en el infierno, entonces bajé más, y entonces la encontré, su beldad era infinita, me quedé petrificado con semejante atractivo, era la mejor torturadora, sus víctimas reflejaban un dolor monstruoso, no pude hablar solo me quedé detenidamente a observarla, en ese momento sus ojos se posaron en mi, y entonces desperté de mi sueño inalienable.

 

No podía creer que solo había sido un sueño nada más, me levanté rápidamente, desplegué las alas, quería volar a sus brazos no importaba el castigo que me impusieran al dejar el cielo, entonces sentí un gran estremecimiento.

 

Mis alas  habían sido arrancadas, jamás vería a mi amor verdadero, estaba condenado a no poder dejar el cielo nunca más.




denis_lig@hotmail.com