Post – Mortem

 

Post – Mortem

Mariano Bertello

I

El hombre enfundado en el guardapolvo blanco levantó suavemente la funda

plástica que cubría el cuerpo inerte del muchacho. Lo miró fijamente, con un poco de

lástima, y corrió un mechón de cabello negro de su frente con suma delicadeza. Observó

las cuencas oculares, donde la sangre comenzaba su proceso de coagulación. Donde una

vez habían reinado dos ojos azules llenos de vida ahora no había nada, solo oscuridad.

Alguien los había quitado.

Un escalofrío recorrió su espalda como un río helado. A pesar de que hacía más

de veinte años que era médico forense, la vacuidad de las órbitas lo hacían sentir

incómodo. Decidió bajar su mirada lentamente hacia la herida sangrante ubicada en el

tronco del chico, era un tajo largo y profundo, en forma de Y invertida que abarcaba

todo el pecho y el abdomen.

Con un leve temblor de manos recogió un par de pinzas que descansaban sobre

una pequeña bandeja de acero resplandeciente. Con ellas tomó cada uno de los colgajos

de piel y los retiró hacia los costados, dejando al descubierto la parrilla costal y los

órganos internos del cuerpo.

Hizo un leve recorrido superficial con la mirada y confirmó sus sospechas.

El esternón había sido abierto con una sierra y separado para tener un mejor

acceso al corazón, el cual ya no estaba en su lugar. Lo mismo había ocurrido con ambos

riñones, los cuales habían sido seccionados con precisión quirúrgica. Al cabo de unos

segundos retomó las pinzas y volvió a dejar todo como lo había encontrado.

Dirigió la vista una vez más a la cara del muchacho y suspiró. Le abrió la boca

con un movimiento rápido pero carente de violencia alguna, y acercó su nariz a la

misma.

Reconoció el aroma al instante:

- Cloroformo- musitó entre dientes.

Se acercó a la bandeja metálica y retiró un extraño aparato, mezcla de lupa y

linterna, y una pinza semejante a una de depilación. Introdujo el aparato en la boca e

investigó durante unos segundos. Acto seguido introdujo la pinza, y con ella retiro un

delgadísimo hilo blanco, el cual fue a parar directo a una bolsa de polietileno rotulada

“EVIDENCIA”.

Acabado esto, cerró la boca y ésta emitió un chasquido desagradable. Luego

meneó un poco la cabeza y decidió dar por concluida la autopsia. Cubrió nuevamente el

cuerpo con la mortaja plástica e hizo una pausa para respirar (si es que eso aún era

posible) y aclarar su mente.

Sabía lo que debía hacer, sin embargo había muchas cosas que no entendía, y que

seguramente nadie entendería tampoco. ¿Por qué había muerto el niño y no él?. Espero

unos breves instantes, pero no hubo respuesta. Su mente le aventuró la posibilidad de

que Dios o “alguien” le había dado algo así como una oportunidad única para corregir

las cosas, una última chance para hacer justicia, y aunque ésta era una teoría un poco

descabellada, se abrazó a ella, al no surgir otra opción.

Decidió que ya no podía perder más tiempo, y se encaminó con pasos lentos hacia

el armario que reposaba tranquilamente contra la pared. Abrió uno de sus chirriantes

cajones y retiró unas hojas de papel que tenían el membrete del hospital.

Se dirigió al pequeño escritorio y apoyó las hojas sobre el mismo. Tuvo que

desechar la primera porque al parecer había rozado su guardapolvo y ahora lucía un

extraño garabato de sangre.

Retiró un bolígrafo azul del portalápices y comenzó a escribir.

Con el correr de los minutos notó cómo su escritura se iba deformando, las letras

se alargaban y estiraban ante sus ojos. Era claro que sus tendones se estaban

endureciendo y sus manos adoptaban la forma de una garra animal.

- Me queda poco tiempo- pensó para sí mismo.

Al cabo de un rato logró terminar su cometido. Tomó el papel con las palmas de

ambas manos y lo depositó lentamente sobre el cuerpo del chico. Giró torpemente sobre

sus talones y avanzó trastabillando en su intento de llegar a la otra mesada de mármol

disponible en la morgue. A ese punto ya no lograba pensar con claridad. Se sentía

mareado y confundido, perdido en un mar de incógnitas que ya no serían respondidas.

Se tomó un pequeño descanso para recuperar el aire, pero su pecho ya no se inflaba

como de costumbre. Sus músculos estaban cada vez más rígidos.

Lastimosamente consiguió sentarse sobre la mesada, se agachó con extrema

dificultad y pudo escuchar cómo las vértebras de su espalda crujían como ramas secas.

Tomó el cartón identificatorio y volvió a colgarlo en el dedo gordo de su pie

derecho. Luego se recostó en la mesada. No sintió el frío abrazo del mármol, pero eso

no le extrañó, los nervios estaban muriendo, y con ellos la percepción de las cosas.

Con el único ojo que le quedaba (el otro y la parte izquierda de su cara habían

desaparecido luego de que la bala impactara su rostro), pudo ver como se acercaba el

Dr. Santos, el otro patólogo forense encargado de las autopsias, caminando

enérgicamente por el pasillo.

- Bien... él sabrá qué hacer.- pensó.

Cubrió su cuerpo con una funda similar a la del muchacho, tuvo tiempo para una

última sonrisa y luego todo fue oscuridad...

II

El Dr. Santos entró como una tromba a la sala de autopsias, tal era su costumbre,

pero inmediatamente amainó su paso al encontrar la hoja de papel sobre el cuerpo tieso

del joven Andrés Valencia. Eran las 2:30 de la madrugada, y en teoría sólo dos personas

tenían acceso a la morgue después de las doce de la noche. Una de ellas era él, y la otra

yacía muerta en la mesada contigua desde hacía ya más de cuatro horas.

Según los informes policiales, Valencia, el muchacho asesinado, había sido

atacado mientras se recuperaba de una deshidratación en una sala intermedia en el ala

Este. De acuerdo a los primeros peritajes, el asesino fue sorprendido en el momento del

crimen por David Azconzábal, médico forense encargado de la morgue del hospital y

compañero de Santos, quien al tratar de detener al asesino fue baleado con

consecuencias nefastas, muriendo en el acto. Tres disparos, uno al corazón, uno al

cuello y el último al rostro. Tres disparos, cada uno de ellos mortífero por sí solo.

Con ojos vidriosos y al borde de las lágrimas, Santos contempló desde lejos los

restos de su colega con inmensa amargura.

Su mirada volvió a posarse sobre el chico, más exactamente sobre la nota que

descansaba sobre su pecho. Estiró su brazo izquierdo y la recogió, leyó sus líneas en

silencio y muy cuidadosamente. Cuando terminó, se tomó un breve segundo para

releerla y observar el cuerpo sin vida de su colega en la mesa de autopsias. Estaba

confundido.

Se llevó la mano izquierda a la boca y comprimió su labio inferior con un gesto

pensativo.

“Esto no puede ser”- dijo para sus adentros, y sintió como se le aflojaban las

rodillas. Miró nuevamente el cuerpo del Dr. Azconzábal, implorando por una

explicación que no llegaría nunca.

A continuación cruzó la habitación primero con pasos vacilantes y luego casi

corriendo para abalanzarse sobre el teléfono.

El número que marcaba era el 911.

III

Nota encontrada sobre el cadáver de Andrés Valencia por el Dr. Claudio Santos:

A quien corresponda:

Realmente no sé cómo comenzar, ni cuánto tiempo me queda, así

que iré directo al grano.

Mientras realizaba un último recorrido por el ala Este antes de marcharme a casa,

escuché unos sonidos extraños que salían de la habitación 217, algo así como ruidos de pelea. El

sector estaba en completo silencio y no había un alma. Lo primero que pensé es que el paciente

de ese cuarto se había caído de su cama o que alguien necesitaba atención urgente. Entré

rápidamente en la habitación, y lo que observé me dejó sin aliento.

El Dr. Julio Minelli estaba cabalgado sobre el cuerpo de un paciente (un muchacho joven y

delgado), con un bisturí ensangrentado en su mano derecha y un pañuelo en la otra. Al notar mi

intromisión se sobresaltó, me miró con ojos enloquecidos y velozmente extrajo un revólver

calibre .45 de su cinturón.

Mi último recuerdo consciente es la detonación del arma.

Después de eso y por un breve período de tiempo no hubo nada, absolutamente nada.

Luego llegó el dolor, un dolor terrible y lacerante, como si alguien arrancara toda la piel de

mi cuerpo de un solo tirón, como si me estuviera quemando vivo, el dolor de volver a nacer.

No sabía dónde estaba, ni en qué posición me encontraba, hasta que giré la cabeza y vi a mi

lado el cuerpo del joven paciente de la 217.

Una voz desconocida tronó en mi cabeza:

- “Tienes poco tiempo, así que ponte a trabajar rápido, haz lo tuyo.”

Sin detenerme a pensarlo dos veces comencé con la autopsia del chico.

El examen post mortem revela la extirpación de corazón, riñones y globos oculares, el

nivel de las secciones vasculares es compatible con el protocolo de transplantes, por lo que no

sería extraño que la intención de Minelli sea el comercio de los mismos en el mercado negro.

En su boca hay restos de paño con esencia de cloroformo (ver evidencia).

Minelli guarda un arma en la cajonera de su oficina, la investigación determinará que

se trata del mismo calibre que las balas que se alojan en mi cuerpo.

Esos son los hallazgos más significativos, los cuales pueden conducir a la policía a la

detención del criminal. Por favor, vea los medios necesarios para que esto ocurra lo más

pronto posible. La justicia debe ser servida, y ahora queda en sus manos.

Es todo, el tiempo se agota rápidamente.

Cuiden a mi familia y envíenle todo mi amor.

“La vida encierra muchos misterios, y la muerte es quizá el más grande de todos ellos.”

D. Azconzábal

Médico Forense.

Hospital Santa Helena.

VELA POR LOS VIVOS

 

VELA POR LOS VIVOS

Ray Bradbury

 

 

 

Durante bastante días, en los que estuvo recibiendo partes metálicas y otros trastos, que Charles Braling llevaba con ansiedad febril a su pequeño taller, se estuvo oyendo continuamente martillear y golpetear. Era un hombre moribundo, casi agonizante, y parecía tener mucha prisa, entre accesos de tos y escupitajos, en montar un último invento.

- ¿Qué es lo que estás haciendo? - inquirió su hermano menor Richard Braling. Había escuchado con creciente dificultad y mucha curiosidad todo aquel trastear y martillear, y ahora metió la cabeza por la puerta del taller.

- Vete muy lejos, y déjame tranquilo - dijo Charles Braling, que tenía setenta años y se pasaba temblando y babeando la mayor parte del tiempo. Temblequeando, colocaba clavos en su lugar, y temblequeando los martilleaba con débiles golpes sobre un gran madero, colocando luego una pequeña tira de metal dentro de una intrincada máquina. Estaba trabajando como un loco.

Richard continuó mirando, con ojos amargos, durante largo tiempo. Se odiaban. Llevaban haciéndolo durante bastantes años, y ahora, el que Charlie se estuviera muriendo no alteraba la situación. Richard estaba muy contento al conocer que se le acercaba la muerte, cuando pensaba en ello. Pero todo este dedicado fervor de su hermano le preocupaba.

- Dímelo, por favor - dijo, sin moverse de la puerta.

- Si es que quieres saberlo - gruñó el viejo Charles, metiendo algo en la caja colocada frente a él -, estaré muerto dentro de una semana, así que estoy... ¡estoy fabricando mi propio féretro!

- ¿Un féretro, mi querido Charlie?; eso no «parece un» féretro. Un féretro no es tan complejo. Venga ya, ¿qué es lo que estás haciendo?

- ¡Te digo que es un féretro! Un féretro raro, pero sin embargo... - el viejo movió los dedos por dentro de la gran caja -, sin embargo, un féretro.

- Pero sería más fácil comprar uno.

- ¡No uno como éste! No se podría comprar uno como éste en ninguna parte, nunca. Oh, desde luego, será un féretro verdaderamente bueno.

- Obviamente estás mintiendo - Richard se movió hacia delante -. ¡Pero si ese féretro tiene más de tres metros y medio de largo! ¡Tiene un metro y medio más largo del tamaño normal!

- ¿Y? - el viejo rió silenciosamente.

- Y una tapa transparente. ¿Quién ha oído hablar de un ataúd a través del cual se puede mirar? ¿Para qué le sirve a un cadáver una tapa transparente?

- Bah, simplemente, no te preocupes - cantó alegremente el viejo -. ¡Laaa! - y continuó canturreando y martilleando por el taller.

- ¡Este ataúd es terriblemente grueso! - gritó el hermano menor por encima del ruido -. ¡Pero si debe tener un metro y medio de espesor! ¡Es totalmente innecesario!

- Tan sólo desearía poder vivir para patentar este asombroso féretro - dijo el viejo Charlie -. Sería un regalo del cielo para todas las gentes pobres del mundo. Piensa en cómo eliminaría los gastos en la mayor parte de los funerales. Ah, pero naturalmente, tú no sabes cómo haría esto, ¿no es así? ¡Qué tonto soy! Bueno, no te lo diré. Si este ataúd fuera producido en serie, naturalmente al principio saldría caro, pero cuando uno lograse producirlo en grandes cantidades, ah, la cantidad de dinero que se ahorraría la gente.

- ¡Al infierno con ello! - y el hermano menor salió echando chispas del taller.

Había sido una vida desagradable. El joven Richard siempre había sido tan inepto que nunca había logrado juntar dos monedas al mismo tiempo. Todo su dinero le había venido de su hermano mayor Charlie, que había tenido la indecencia de recordárselo a cada momento. Richard pasaba muchas horas con sus diversiones: le gustaba mucho el amontonar las botellas de vino francés en el jardín.

- Me gusta la forma en que «brillan» - decía a menudo, sentado y dando un trago, dando un trago y estando sentado. Era el hombre del país que podía mantener la mayor cantidad de ceniza de un cigarro de cincuenta centavos durante más tiempo. Y sabía cómo poner la mano de forma en que sus diamantes brillasen a la luz. Pero ni había comprado el vino ni los diamantes ni los cigarros. ¡No! Todo era regalos. Nunca le permitía comprar nada. Siempre se lo compraba todo y se lo daba. Tenía que pedírselo todo, incluso el papel de escribir. Se consideraba casi un mártir por haber aceptado el recibir cosas de aquel pesado hermano suyo durante tanto tiempo. Todo en lo que Charlie ponía la mano se convertía en dinero. Todo lo que Richard había intentado para lograr una vida de placeres había fracasado.

Y ahora ahí estaba el vejestorio ese, trabajando en un nuevo invento que probablemente le daría un buen capital adicional aun después de que sus huesos se estuviesen pudriendo en la tierra.

Bueno, pasaron dos semanas.

Una mañana, el hermano mayor subió arriba y robó las tripas del fonógrafo eléctrico. Otra mañana, invadió el invernadero del jardinero. Y en otra ocasión, recibió una entrega de una compañía médica. Todo lo que podía hacer el joven Richard era sentarse y sostener su larga ceniza gris de cigarro quieta mientras las murmurantes excursiones tenían lugar.

- ¡He terminado! - gritó el viejo Charlie a la catorceava mañana. Y cayó muerto.

Richard terminó su cigarrillo y, sin demostrar la más mínima excitación, lo dejó en el cenicero, con su hermosa y larga ceniza de al menos cinco centímetros de largo - un verdadero récord - para levantarse luego.

Caminó hasta la ventana y contempló como la luz del sol jugueteaba alegremente entre las gruesas botellas de champaña en el jardín.

Miró hacia arriba, al final de las escaleras, en donde el querido viejo hermano Charlie yacía apaciblemente derrumbado sobre la baranda. Luego, se dirigió al teléfono y descuidadamente marcó un número.

- ¿Oiga? ¿La funeraria Verde Pradera? Aquí es la residencia Braling. ¿Tendrán la bondad de enviar a alguien? Sí. Para mi hermano Charlie. Sí. Gracias. Gracias.

Mientras la gente de las pompas fúnebres estaban metiendo al hermano Charlie en un baúl de mimbre, recibieron sus instrucciones:

- Un ataúd ordinario - dijo el joven Richard -. No quiero servicio funerario. Póngalo en un féretro de pino. Él lo habría preferido así: simple. Adiós.

- ¡Ahora! - dijo Richard, frotándose las manos -. ¡Ahora veremos ese «ataúd» fabricado por el querido Charlie! No creo que se dé cuenta de que no lo están enterrando en su caja especial. Ja.

Entró en el taller del piso alto.

El ataúd se hallaba frente a unas ventanas de estilo francés abiertas; con su tapa cerrada, completo y bien acabado, montado con la precisión de un reloj suizo. Era amplio, y descansaba sobre una muy larga mesa con rodillos por debajo para su fácil manejo.

El interior del ataúd, como vio mientras curioseaba por la tapa acristalada, tenía un metro ochenta de largo. Debían de haber noventa centímetros de doble fondo tanto a los pies como en la cabeza del féretro. Noventa centímetros a cada lado que tal vez revelasen, cubierto por paneles secretos que en alguna forma debería abrir... ¿exactamente el qué?

Dinero, naturalmente. Sería muy propio de Charlie el llevarse consigo a la tumba su dinero, dejando a Richard sin un solo centavo con el que comprar una simple botella. ¡El viejo tacaño!

Alzó la tapa transparente y palpó el interior, no encontrando ningún botón escondido. Había un pequeño cartelito escrito cuidadosamente en papel blanco, y colocado con chinchetas a un lado de la caja forrada de satén. Decía:

«EL ATAÚD ECONÓMICO BRALING. De fácil manejo. Puede ser usado una y otra vez por las funerarias y las familias previsoras.»

Richard dio un débil bufido. ¿A quién creía estar engañando Charlie?

Había algo más escrito:

«INSTRUCCIONES: SIMPLEMENTE COLOQUEN EL CUERPO EN EL ATAÚD.»

Qué cosa más tonta. ¡Colocar el cuerpo en el ataúd! ¡Naturalmente! ¿Para qué iba a servir si no? Siguió leyendo cuidadosamente, terminando con las instrucciones:

«SIMPLEMENTE COLOQUEN EL CUERPO EN EL ATAÚD, Y COMENZARÁ A SONAR LA MUSICA.»

- «¡No puede ser¡» - Richard se quedó con la boca abierta, mirando el cartel -. Que no me digan que todo este trabajo ha sido para... - se dirigió a la abierta puerta del taller, atravesó la terraza y llamó al jardinero, que se hallaba en su invernadero -: ¡Rogers! - el jardinero sacó la cabeza -. ¿Qué hora es? - preguntó Richard.

- Las doce en punto, señor - replicó Rogers.

- Bueno, a las doce y cuarto sube aquí arriba y mira si todo va bien.

- Sí, señor - contestó el jardinero. Richard se dio la vuelta y volvió de nuevo al taller.

- Ahora veremos... - dijo tranquilamente.

No pasaría nada por meterse en la caja para probarla.

Había visto pequeños agujeros de ventilación en los costados. Aunque estuviese la tapa cerrada, no le faltaría aire. Rogers subiría en un momento o dos. Simplemente coloquen el cuerpo en el ataúd, y comenzará a sonar la música. Realmente, qué simple había sido su hermano. Richard se subió a la caja.

Era como un hombre metiéndose dentro de una bañera. Se sintió desnudo y observado. Introdujo un brillante zapato dentro del ataúd, e inclinó su rodilla, apoyándose confortablemente, e hizo una pequeña observación no dirigida a nadie en particular; luego, subió su otra rodilla y pie, y se quedó allí acurrucado, como si estuviese inseguro acerca de la temperatura del agua del baño. Removiéndose, riéndose suavemente, se tendió, bromeando consigo mismo; pues era divertido el hacer ver que estaba muerto, que la gente estaba llorando por él, que humeaban velas que lo iluminaban, y que el mundo se había quedado detenido a causa de su muerte. Puso una cara de circunstancias, cerró los ojos, y contuvo su risa tras unos labios cerrados. Cruzó los brazos y decidió que se sentía inerte y frío.

«Brrr... ¡clang!» Algo susurró dentro de la pared de la caja. «¡Clang!»

¡La tapa se había cerrado sobre él!

Desde fuera, si alguien hubiera llegado a la habitación, se hubiera imaginado que un loco estaba dando patadas, golpeando, chillando y agitándose dentro de un armario. Se oía un atronar de carne y puños. Se oyó el sonido de un cuerpo bailando y retorciéndose. Se oyó un chillido y un soplido producido por los pulmones de un hombre atemorizado. Se oyó un crujido como el del papel, y el quejido de numerosas gaitas tocadas a la vez. Entonces se oyó un alarido verdaderamente hermoso. Luego... silencio.

Richard Braling yacía en el ataúd, y se relajaba. Distendió todos sus músculos. Comenzó a reír. El perfume de la caja no era molesto. A través de las pequeñas perforaciones obtenía aire más que suficiente para vivir confortablemente. Tan sólo tenía que empujar suavemente hacia arriba con las manos, sin molestarse en patalear y gritar, y la tapa se abriría. Uno tenía que mantener la calma. Flexionó los brazos.

La tapa estaba firme.

Bueno, todavía no había peligro. Rogers subiría dentro de un momento o dos. No había nada que temer.

La música comenzó a sonar.

Parecía venir de alguna parte del interior de la cabeza del ataúd. Era música buena. Música de órgano, muy lenta y melancólica, que recordaba a los arcos góticos y largas velas negras. Olía a tierra y a susurros. Producía ecos hacia lo alto entre paredes de piedra. Era tan triste que uno casi se echaba a llorar escuchándola. Era música de plantas en macetas y ventanas con cristales azules y carmesíes. Era el sol del atardecer y un frío viento soplando. Era una mañana con niebla y la lejana sirena de un faro sonando.

- Charlie, Charlie, Charlie, ¡viejo tonto! ¡Así que este es tu raro ataúd! - lágrimas de risa inundaron los ojos de Richard -. Nada más que un féretro que suena su propia música fúnebre. ¡Oh, por mi santa abuela!

Yació, y escuchó críticamente, pues era una hermosa música, y no podía hacer nada hasta que subiese Rogers y lo dejase salir. Sus ojos erraban sin rumbo. Sus dedos tamborileaban suaves cancioncillas en los cojines de satén. Cruzó las piernas indolente. A través de la tapa acristalada vio la luz penetrando por las ventanas de estilo francés, y observó las partículas de polvo bailando. Era un bello día azul con jirones de nubes en lo alto.

Comenzó el sermón.

Se acalló la música de órgano, y una suave voz dijo:

- Estamos aquí reunidos, aquellos que conocíamos y amábamos al finado, para rendirle nuestro homenaje.

- ¡Charlie, bendito seas! ¡Esa es «tu» voz! - Richard estaba encantado. Un funeral transcrito mecánicamente, ¡por Dios! ¡Música de órgano, y un sermón en discos! ¡y el propio Charlie rezando su responso por sí mismo!

La suave voz continuó diciendo:

- Aquellos que lo conocimos y que lo amamos estamos apenados por el fallecimiento de...

- ¿Qué fue «eso»? - Richard se semiincorporó, asombrado. No podía creer lo que había oído. Lo repitió para sí mismo, tal y como lo había oído -: Aquellos que lo conocimos y que lo amamos estamos apenados por el fallecimiento de Richard Braling.

Esto era lo que había dicho la voz.

- Richard Braling - dijo el hombre del ataúd -. ¡Pero si yo «soy» Richard Braling!

Un desliz, naturalmente. Simplemente, un desliz. Charlie había querido decir «Charles» Braling. Seguro. Sí. Naturalmente. Sí. Seguro. Sí. Naturalmente. Sí.

- Richard era una buena persona - dijo la voz, continuando -. No conoceremos a nadie mejor en nuestros días.

- ¡«De nuevo» mi nombre!

Richard comenzó a agitarse inquieto en el interior del féretro.

¿Por qué no subía Rogers?

Era muy difícil que fuera una equivocación el usar dos veces un nombre. Richard Braling. Richard Braling. Estamos aquí reunidos. Te echaremos de menos... Nos apena... No habrá un hombre mejor... No encontraremos uno mejor en nuestros días... Estamos aquí reunidos... El fallecido... Richard Braling... «Richard» Braling.

«¡Trrrrr! ¡Caplum!»

¡Flores! ¡Seis docenas de brillantes flores azules, rojas y amarillas saltaron de dentro del ataúd impelidas por ocultos muelles!

El dulce olor de flores recién cortadas llenó el féretro. Las flores se balanceaban suavemente ante su asombrada vista, golpeando silenciosamente la tapa transparente. Otras saltaron, y otras, hasta que el ataúd estuvo recubierto por pétalos y color y dulces aromas. Gardenias y dalias y petunias y narcisos, temblando y brillando.

- ¡Rogers!

El sermón continuaba:

-...Richard Braling, en su vida, fue un conocedor de las cosas grandes y buenas...

La música suspiró, se hizo más fuerte y disminuyó de nuevo en la distancia.

-...Richard Braling saboreó la vida como lo hace uno con un vino de vieja cosecha, paladeando...

Se abrió un pequeño panel en el costado de la caja. Una rápida palanca metálica saltó. Una aguja se clavó en el tórax de Richard, no muy profundamente. Gritó. La aguja le inyectó una buena dosis de líquido coloreado antes de que pudiera agarrarla. Luego se volvió a introducir en su receptáculo y el panel se cerró de golpe.

- ¡Rogers!

Un creciente abotargamiento. Repentinamente, no podía mover sus dedos o sus brazos, o girar la cabeza. Sus piernas estaban inertes y frías.

- Richard Braling amaba las cosas bellas. La música. Las flores - dijo la voz.

- ¡Rogers!

Esta vez no logró gritarlo. Tan sólo pudo pensarlo. Su lengua estaba inerte en su boca anestesiada.

Se abrió otro panel. De él surgieron fórceps metálicos, en el extremo de brazos de acero. Su muñeca izquierda fue traspasada por una gran aguja absorbente.

Su sangre estaba siendo extraída de su cuerpo.

Oyó una pequeña bomba funcionando en alguna parte.

-...echaremos a faltar a Richard Braling de entre nosotros...

El órgano sollozaba y murmuraba.

Las flores lo contemplaban, agitando sus cabezas cubiertas de brillantes pétalos. Seis cirios, negros y esbeltos, se alzaron de receptáculos ocultos y quedaron entre las flores, parpadeando y luciendo.

Otra bomba comenzó a funcionar. Mientras su sangre era vertida por un extremo de su cuerpo, su muñeca derecha fue también traspasada, aferrada y clavada por una aguja, mientras la segunda bomba comenzaba a introducirle formaldehído en sus venas.

«Chup», pausa, «chup», pausa, «chup», pausa, «chup», pausa.

El ataúd se movía.

Un pequeño motor traqueteaba y vibraba. La habitación se deslizó por ambos lados. Pequeñas ruedas giraban. No eran necesarios portadores. Las flores se agitaban a medida que el ataúd salía a la terraza bajo un claro cielo azul.

«Chup», pausa, «chup», pausa.

- Richard Braling será echado a faltar por todos sus...

Dulce y suave música.

«Chup», pausa.

- Ah, dulce misterio de la vida, al fin... - cantos.

- Braling, el gourmet...

- Ah, conozco al fin el secreto de todas...

Contemplando, contemplando, con sus ojos ciegos, el pequeño letrero con el rabillo de sus ojos. «EL ATAUD ECONOMICO BRALING.»

«Instrucciones: Simplemente coloquen el cuerpo en el ataúd, y comenzará a sonar la música.»

Un árbol pasó por encima. El ataúd rodaba suavemente a través del jardín, por detrás de unos matorrales, llevando consigo la voz y la música.

- Y es ya la hora en que debemos confiar esta parte de este hombre a la tierra...

De los costados del féretro surgieron pequeñas palas brillantes.

Comenzaron a cavar.

Vio como las palas lanzaban la tierra hacia arriba. El ataúd se hundía. Golpeaba, se hundía. Paletada, golpe, hundimiento; paletada, golpe y hundimiento de nuevo.

«Chup», pausa. «Chup», pausa. «Chup», pausa. «Chup», pausa.

- Las cenizas con las cenizas, el polvo con el polvo...

Las flores brillaban y se mecían. La caja estaba ya profunda. La música sonaba.

La última cosa que Richard Braling vio fue los brazos de las palas del Ataúd Económico Braling extendiéndose y cubriendo el agujero con tierra.

- Richard Braling, Richard Braling, Richard Braling, Richard Braling, Richard Braling...

El disco se había rayado.

Pero a nadie le importaba. Nadie lo escuchaba.

 

FIN

 

 

EL PANTANO DE LA LUNA

 

                                                   EL PANTANO DE LA LUNA

H. P. Lovecraft

 

 

 

            Denys  Barry se ha esfumado en alguna parte, en alguna región espantosa y remota de la que nada sé. Estaba con él la última noche que pasó entre los hombres, y escuché sus gritos cuando el ser le atacó; pero ni todos los campesinos y policías del condado de Meath pudieron encontrarlo, ni a él ni a los otros, aunque los buscaron por todas partes. Y ahora me estre­mezco cuando oigo croar a las ranas en los pantanos o veo la luna en lugares solitarios.

            Había intimado con Denys Barry en América, donde éste se había hecho rico, y le felicité cuando recompró el viejo castillo junto al pantano, en el somnoliento Kilderry. De Kilderry pro­cedía su padre, y allí era donde quería disfrutar de su riqueza, entre parajes ancestrales. Los de su estirpe antaño se enseñorea­ban sobre Kilderry, y habían construido y habitado el castillo; pero aquellos días ya resultaban remotos, así que durante gene­raciones el castillo había permanecido vacío y arruinado. Tras volver a Irlanda, Barry me escribía a menudo contándome cómo, mediante sus cuidados, el castillo gris veía alzarse una torre tras otra sobre sus restaurados muros, tal como se alzaran ya tantos siglos antes, y cómo los campesinos lo bendecían por devolver los antiguos días con su oro de ultramar. Pero después surgieron problemas y los campesinos dejaron de bendecirlo y lo rehuyeron como a una maldición. Y entonces me envió una carta pidiéndome que le visitase, ya que se había quedado solo en el castillo, sin nadie con quien hablar fuera de los nuevos criados y peones contratados en el norte.

            La fuente de todos los problemas era la ciénaga, según me contó Barry la noche de mi llegada al castillo. Alcancé Kilderry en el ocaso veraniego, mientras el oro de los cielos iluminaba el verde de las colinas y arboledas y el azul de la ciénaga, donde, sobre un lejano islote, unas extrañas ruinas antiguas resplande­cían de forma espectral. El crepúsculo resultaba verdaderamente grato, pero los campesinos de Ballylough me habían puesto en guardia y decía que Kilderry estaba maldita, por lo que casi me estremecí al ver los altos torreones dorados por el resplandor. El coche de Barry me había recogido en la estación de Ballylough, ya que el tren no pasa por Kilderry. Los aldeanos habían esqui­vado al coche y su conductor, que procedía del norte, pero a mí me habían susurrado cosas, empalideciendo al saber que iba a Kilderry. Y esa noche, tras nuestro encuentro, Barry me contó por qué.

            Los campesinos habían abandonado Kilderry porque Denys Barry iba a desecar la gran ciénaga. A pesar de su gran amor por Irlanda, América no lo había dejado intacto y odiaba ver aban­donada la amplia y hermosa extensión de la que podía extraer turba y desecar las tierras. Las leyendas y supersticiones de Kil­derry no lograron conmoverlo y se burló cuando los aldeanos primero rehusaron ayudarle y más tarde, viéndolo decidido, lo maldijeron marchándose a Ballylough con sus escasas pertenencias. En su lugar contrató trabajadores del norte y cuando los criados le abandonaron también los reemplazó. Pero Barry se encontraba solo entre forasteros, así que me pidió que lo vi­sitara.

            Cuando supe qué temores habían expulsado a la gente de Kilderry, me reí tanto como mi amigo, ya que tales miedos eran de la clase más indeterminada, estrafalaria y absurda. Tenían que ver con alguna absurda leyenda tocante a la ciénaga, y con un espantoso espíritu guardián que habitaba las extrañas ruinas antiguas del lejano islote que divisara al ocaso. Cuentos de luces danzantes en la penumbra lunar y vientos helados que soplaban cuando la noche era cálida; de fantasmas blancos merodeando sobre las aguas y de una supuesta ciudad de piedra sumergida bajo la superficie pantanosa. Pero descollando sobre todas esas locas fantasías, única en ser unánimemente repetida, estaba el que la maldición caería sobre quien osase tocar o drenar el inmenso pantano rojizo. Había secretos, decían los campesinos, que no debían desvelarse; secretos que permanecían ocultos desde que la plaga exterminase a los hijos de Partholan, en los fabulosos años previos a la historia. En el Libro de los invasores se cuenta que esos retoños de los griegos fueron todos enterrados en Tallaght, pero los viejos de Kilderry hablan de una ciudad protegida por su diosa de la luna tutelar, así como de los montes boscosos que la ampararon cuando los hombres de Nemed lle­garon de Escitia con sus treinta barcos.

            Tales eran los absurdos cuentos que habían conducido a los aldeanos al abandono de Kilderry, y al oírlos no me resultó extraño que Denys Barry no hubiera querido prestarles aten­ción. Sentía, no obstante, gran interés por las antigüedades, y estaba dispuesto a explorar a fondo el pantano en cuanto lo desecasen. Había ido con frecuencia a las ruinas blancas del islote pero, aunque evidentemente muy antiguas y su estilo guardaba muy poca relación con la mayoría de las ruinas irlandesas, se encontraba demasiado deteriorado para ofrecer una idea de su época de gloria. Ahora se estaba a punto de comenzar los trabajos de drenaje, y los trabajadores del norte pronto des­pojarían a la ciénaga prohibida del musgo verde y del brezo rojo, y aniquilarían los pequeños regatos sembrados de conchas y los tranquilos estanques azules bordeados de juncos.

            Me sentí muy somnoliento cuando Barry me hubo contado todo aquello, ya que el viaje durante el día había resultado fati­goso y mi anfitrión había estado hablando hasta bien entrada la noche. Un criado me condujo a mi alcoba, que se hallaba en una torre lejana, dominando la aldea y la llanura que había al pie del pantano, así como la propia ciénaga, por lo que, a la luz lunar, pude ver desde la ventana las silenciosas moradas abando­nadas por los campesinos, y que ahora alojaban a los trabajado­res del norte, y también columbré la iglesia parroquial con su antiguo chapitel, y a lo lejos, en la ciénaga que parecía al acecho, las remotas' ruinas antiguas, resplandeciendo de forma blanca y espectral sobre el islote. Al tumbarme, creí escuchar débiles sonidos en la distancia, sones extraños y medio musicales que me provocaron una rara excitación que tiñeron mis sueños. Pero la mañana siguiente, al despertar, sentí que todo había sido un sueño, ya que las visiones que tuve resultaban mas maravillosas que cualquier sonido de flautas salvajes en la noche. Influida por la leyenda que me había contado Barry, mi mente había mero­deado en sueños en torno a una imponente ciudad, ubicada en un valle verde, cuyas calles y estatuas de mármol, villas y tem­plos, frisos e inscripciones evocaban de diversas maneras la glo­ria de Grecia. Cuando compartí ese sueño con Barry, nos echa­mos a reír juntos; pero yo me reía más, porque él se sentía per­plejo ante la actitud de sus trabajadores norteños. Por sexta vez se habían quedado dormidos, despertando de una forma muy lenta y aturdidos, actuando como si no hubieran descansado, aun cuando se habían acostado temprano la noche antes.

            Esa mañana y tarde deambulé a solas por la aldea bañada por el sol, hablando aquí y allá con los fatigados trabajadores, ya que Barry estaba ocupado con los planes finales para comenzar su trabajo de desecación. Los peones no estaban tan contentos como debieran, ya que la mayoría parecía desasosegada por culpa de algún sueño, aunque intentaban en vano recordarlo. Les conté el mío, pero no se interesaron por él hasta que no mencioné los extraños sonidos que creí oír. Entonces me mira­ron de forma rara y dijeron que ellos también creían recordar sonidos extraños.

            Al anochecer, Barry cenó conmigo y me comunicó que comenzaría el drenaje en dos días. Me alegré, ya que aunque me disgustaba ver el musgo y el brezo y los pequeños regatos y lagos desaparecer, sentía un creciente deseo de posar los ojos sobre los arcaicos secretos que la prieta turba pudiera ocultar. Y esa noche el sonido de resonantes flautas y peristilos de mármol tuvo un final brusco e inquietante, ya que vi caer sobre la ciudad del valle una pestilencia, y luego la espantosa avalancha de las lade­ras boscosas que cubrieron los cuerpos muertos en las calles y dejaron expuesto tan sólo el templo de Artemisa en lo alto, donde Cleis, la anciana sacerdotisa de la luna, yacía fría y silen­ciosa con una corona de marfil sobre sus sienes de plata.

            He dicho que desperté de repente y alarmado. Por un ins­tante no fui capaz de determinar si me encontraba despierto o dormido; pero cuando vi sobre el suelo el helado resplandor lunar y los perfiles de una ventana gótica enrejada, decidí que debía estar despierto y en el castillo de Kilderry. Entonces escu­ché un reloj en algún lejano descansillo de abajo tocando las dos y supe que estaba despierto. Pero aún me llegaba el monótono toque de flauta a lo lejos; aires extraños, salvajes, que me hacían pensar en alguna danza de faunos en el remoto Menalo. No me dejaba dormir y me levanté impaciente, recorriendo la estancia. Sólo por casualidad llegué a la ventana norte y oteé la silenciosa aldea, así como la llanura al pie de la ciénaga. No quería mirar, ya que lo que deseaba era dormir; pero las flautas me atormenta­ban y tenía que hacer o mirar algo. ¿Cómo sospechar lo que estaba a punto de contemplar?

            Allí, a la luz de la luna que fluía sobre el espacioso llano, se desarrollaba un espectáculo que ningún mortal, habiéndolo pre­senciado, podría nunca olvidar. Al son de flautas de caña que despertaban ecos sobre la ciénaga se deslizaba silenciosa y espe­luznantemente una multitud entremezclada de oscilantes figu­ras, acometiendo una danza circular como las que los sicilianos debían ejecutar en honor a Deméter en los viejos días, bajo la luna de cosecha, junto a Ciane. La amplia llanura, la dorada luz lunar, las siluetas bailando entre las sombras y, ante todo, el estridente y monótono son de flautas producían un efecto que casi me paralizó, aunque a pesar de mi miedo noté que la mitad de aquellos danzarines incansables y maquinales eran los peones que yo había creído dormidos, mientras que la otra mitad eran extraños seres blancos y aéreos, de naturaleza medio indetermi­nada, que sin embargo sugerían meditabundas y pálidas náyades de las amenazadas fuentes de la ciénaga. No sé cuánto estuve contemplando esa visión desde la ventana del solitario torreón antes de derrumbarme bruscamente en un desmayo sin sueños del que me sacó el sol de la mañana, ya alto.

            Mi primera intención al despertar fue comunicar a Denys Barry todos mis temores y observaciones, pero en cuanto vi el resplandor del sol a través de la enrejada ventana oriental me convencí de que lo que creía haber visto no era algo real. Soy propenso a extrañas fantasías, aunque no lo bastante débil como para creérmelas, por lo que en esta ocasión me limité a pregun­tar a los peones, que habían dormido hasta muy tarde y no recordaban nada de la noche anterior salvo brumosos sueños de sones estridentes. Este asunto del espectral toque de flauta me atormentaba de veras y me pregunté si los grillos de otoño habrían llegado antes de tiempo para fastidiar las noches y aco­sar las visiones de los hombres. Más tarde encontré a Barry en la librería, absorto en los planos para la gran faena que iba a aco­meter al día siguiente, y por primera vez sentí el roce del mismo miedo que había ahuyentado a los campesinos. Por alguna des­conocida razón sentía miedo ante la idea de turbar la antigua ciénaga y sus tenebrosos secretos, e imaginé terribles visiones yaciendo en la negrura bajo las insondables profundidades de la vieja turba. Me parecía locura que se sacase tales secretos a la luz y comencé a desear tener una excusa para abandonar el castillo y la aldea. Fui tan lejos como para mencionar de pasada el tema a Barry, pero no me atreví a proseguir cuando soltó una de sus resonantes risotadas. Así que guardé silencio cuando el sol se hundió llameante sobre las lejanas colinas y Kilderry se cubrió de rojo y oro en medio de un resplandor semejante a un pro­digio.

            Nunca sabré a ciencia cierta si los sucesos de esa noche fue­ron realidad o ilusión. En verdad trascienden a cualquier cosa que podamos suponer obra de la naturaleza o el universo, aun­ que no es posible dar una explicación natural a esas desaparicio­nes que fueron conocidas tras su consumación. Me retiré tem­prano y lleno de temores, y durante largo tiempo me fue impo­sible conciliar el sueño en el extraordinario silencio de la noche. Estaba verdaderamente oscuro, ya que a pesar de que el cielo estaba despejado, la luna estaba casi en fase de nueva y no sal­dría hasta la madrugada. Mientras estaba tumbado pensé en Denys Barry, y en lo que podía ocurrir en esa ciénaga al llegar el alba, y me descubrí casi frenético por el impulso de correr en la oscuridad, coger el coche de Barry y conducir enloquecido hacia Ballylough, fuera de las tierras amenazadas. Pero antes de que mis temores pudieran concretarse en acciones, me había dor­mido y atisbaba sueños sobre la ciudad del valle, fría y muerta bajo un sudario de sombras espantosas.

            Probablemente fue el agudo son de flautas el que me des­pertó, aunque no fue eso lo primero que noté al abrir los ojos. Me encontraba tumbado de espaldas a la ventana este, desde la que se divisaba la ciénaga y por donde la luna menguante se alzaría, y por tanto yo esperaba ver incidir la luz sobre el muro opuesto, frente a mí; pero no había esperado ver lo que apare­ció. La luz, efectivamente, iluminaba los cristales del frente, pero no se trataba del resplandor que da la luna. Terrible y penetrante resultaba el raudal de roja refulgencia que fluía a tra­vés de la ventana gótica, y la estancia entera brillaba envuelta en un fulgor intenso y ultraterreno. Mis acciones inmediatas resul­tan peculiares para tal situación, pero tan sólo en las fábulas los hombres hacen las cosas de forma dramática y previsible. En vez de mirar hacia la ciénaga, en busca de la fuente de esa nueva luz, aparté los ojos de la ventana, lleno de terror, y me vestí desma­ñadamente con la aturdida idea de huir. Me recuerdo tomando sombrero y revólver, pero antes de acabar había perdido ambos sin disparar el uno ni calarme el otro. Pasado un tiempo, la fas­cinación de la roja radiación venció en mí el miedo y me arras­tré hasta la ventana oeste, mirando mientras el incesante y enlo­quecedor toque de flauta gemía y reverberaba a través del casti­llo y sobre la aldea.

            Sobre la ciénaga caía un diluvio de luz ardiente, escarlata y siniestra, que surgía de la extraña y arcaica ruina del lejano islote. No puedo describir el aspecto de esas ruinas... debí estar loco, ya que parecía alzarse majestuosa y pletórica, espléndida y circundada de columnas, y el reflejo de llamas sobre el mármol de la construcción hendía el cielo como la cúspide de un templo en la cima de una montaña. Las flautas chirriaban y los tambo­res comenzaron a doblar, y mientras yo observaba lleno de espanto y terror creí ver oscuras formas saltarinas que se siluetea­ban grotescamente contra esa visión de mármol y resplandores. El efecto resultaba titánico –completamente inimaginable– y podría haber estado mirando eternamente de no ser que el sonido de flautas parecía crecer hacia la izquierda. Trémulo por un terror que se entremezclaba de forma extraña con el éxtasis, crucé la sala circular hacia la ventana norte, desde la que podía verse la aldea y el llano que se abría al pie de la ciénaga. Enton­ces mis ojos se desorbitaron ante un extraordinario prodigio aún más grande, como si no acabase de dar la espalda a una escena que desbordaba la naturaleza, ya que por la llanura espectral­mente iluminada de rojo se desplazaba una procesión de seres con formas tales que no podían proceder sino de pesadillas.

            Medio deslizándose, medio flotando por los aires, los fantas­mas de la ciénaga, ataviados de blanco, iban retirándose lenta­mente hacia las aguas tranquilas y las ruinas de la isla en fantás­ticas formaciones que sugerían alguna danza ceremonial y anti­gua. Sus brazos ondeantes y traslúcidos, al son de los detestables toques de aquellas flautas invisibles, reclamaban con extraordi­nario ritmo a una multitud de tambaleantes trabajadores que les seguían perrunamente con pasos ciegos e involuntarios, trastabi­llando como arrastrados por una voluntad demoníaca, torpe pero irresistible. Cuando las náyades llegaban a la ciénaga sin desviarse, una nueva fila de rezagados zigzagueaba tropezando como borrachos, abandonando el castillo por alguna puerta apartada de mi ventana; fueron dando tumbos de ciego por el patio y a través de la parte interpuesta de aldea, y se unieron a la titubeante columna de peones en la llanura. A pesar de la altura, pude reconocerlos como los criados traídos del norte, ya que reconocí la silueta fea y gruesa del cocinero, cuyo absurdo aspecto ahora resultaba sumamente trágico. Las flautas sonaban de forma horrible y volví a escuchar el batir de tambores proce­dente de las ruinas de la isla. Entonces, silenciosa y graciosa­mente, las náyades llegaron al agua y se fundieron una tras otra con la antigua ciénaga, mientras la línea de seguidores, sin medir sus pasos, chapoteaba desmañadamente tras ellas para acabar desapareciendo en un leve remolino de insalubres burbu­jas que apenas pude distinguir en la luz escarlata. Y mientras el último y patético rezagado, el obeso cocinero, desaparecía pesa­damente de la vista en el sombrío estanque, las flautas y tambo­res enmudecieron, y los cegadores rayos de las ruinas se esfuma­ron al instante, dejando la aldea de la maldición desolada y soli­taria bajo los tenues rayos de una luna recién acabada de salir.

            Mi estado era ahora el de un indescriptible caos. No sabiendo si estaba loco o cuerdo, dormido o despierto, me salvé sólo mer­ced a un piadoso embotamiento. Creo haber hecho cosas tan ridículas como rezar a Artemisa, Latona, Deméter, Perséfona y Plutón. Todo cuando podía recordar de mis días de estudios clá­sicos de juventud me acudió a los labios mientras los horrores de la situación despertaban mis supersticiones más arraigadas. Sentía que había presenciado la muerte de toda una aldea y sabía que estaba a solas en el castillo con Denys Barry, cuya audacia había desatado la maldición. Al pensar en él me acome­tieron nuevos terrores y me desplomé en el suelo, no incons­ciente, pero sí físicamente incapacitado. Entonces sentí el helado soplo desde la ventana este, por donde se había alzado la luna, y comencé a escuchar los gritos en el castillo, abajo. Pronto tales gritos habían alcanzado una magnitud y cualidad que no quiero transcribir, y que me hacen enfermar al recordar­los. Todo cuanto puedo decir es que provenían de algo que yo conocí como amigo mío.

            En cierto instante, durante ese periodo estremecedor, el viento frío y los gritos debieron hacerme levantar, ya que mi siguiente impresión es la de una enloquecida carrera por la estancia y a través de corredores negros como la tinta y, fuera, cruzando el patio para sumergirme en la espantosa noche. Al alba me descubrieron errando trastornado cerca de Ballylough, pero lo que me enloqueció por completo no fue ninguno de los terrores vistos u oídos antes. Lo que yo musitaba cuando volví lentamente de las sombras eran un par de incidentes acaecidos durante mi huida, incidente de poca monta, pero que me reco­men sin cesar cuando estoy solo en ciertos lugares pantanosos o a la luz de la luna.

            Mientras huía de ese castillo maldito por el borde de la cié­naga, escuché un nuevo sonido; algo común, aunque no lo había oído antes en Kilderry. Las aguas estancadas, últimamente bastante despobladas de vida animal, ahora hervían de enormes ranas viscosas que croaban aguda e incesantemente en tonos que desentonaban de forma extraña con su tamaño. Relucían verdes e hinchadas bajo los rayos de luna, y parecían contemplar fija­mente la fuente de luz. Yo seguí la mirada de una rana muy gorda y fea, y vi la segunda de las cosas que me hizo perder el tino.

            Tendido entre las extrañas ruinas antiguas y la luna men­guante, mis ojos creyeron descubrir un rayo de débil y trémulo resplandor que no se reflejaba en las aguas de la ciénaga. Y ascendiendo por ese pálido camino mi mente febril imaginó una sombra leve que se debatía lentamente; una sombra vaga­mente perfilada que se retorcía como arrastrada por monstruos invisibles. Enloquecido como estaba, encontré en esa espantosa sombra un monstruoso parecido, una caricatura nauseabunda e increíble, una imagen blasfema del que fuera Denys Barry.

 

EL ALBERGUE

 

EL ALBERGUE

GUY DE MAUPASSANT

 


     Semejante a todas las hospederías de madera construidas en los altos Alpes, al pie de los glaciares, en esos pasadizos rocosos y pelados que cortan las cimas blancas de las montañas, el albergue de Schwarenbach sirve de refugio a los viajeros que siguen el paso de la Gemmi.
     Durante seis meses permanece abierto, habitado por la familia de Jean Hauser; después, en cuanto las nieves se amontonan, llenando el valle y haciendo impracticable la bajada a Loéche, las mujeres, el padre y los tres hijos se marchan, y dejan al cuidado de la casa al viejo guía Gaspard Han con el joven guía Ulrich Kunsi, y Sam, un gran perro de montaña.
     Los dos hombres y el animal se quedan hasta la primavera en aquella cárcel de nieve, teniendo ante los ojos solamente la inmensa y blanca pendiente del Balmhorn, rodeados de cumbres pálidas y brillantes, encerrados, bloqueados, sepultados bajo la nieve que asciende a su alrededor, envuelve, abraza, aplasta la casita, se acumula en el tejado, llega a las ventanas y tapia la puerta.
     Era el día en que la familia Hauser iba a volver a Loéche, pues el invierno se acercaba y la bajada se volvía peligrosa.
     Tres mulos partieron delante, cargados de ropas y enseres y guiados por los tres hijos. Después la madre, Jeanne Hauser, y su hija Louise subieron a un cuarto mulo, y se pusieron en camino a su vez.
     El padre las seguía acompañado por los dos guardas, que debían escoltar a la familia hasta lo alto de la pendiente.
     Rodearon primero el pequeño lago, helado ahora en el fondo del gran hueco de rocas que se extiende ante el albergue, y después siguieron por el valle, blanco como una sábana y dominado por todos los lados por cumbres nevadas.
     El sol inundaba aquel desierto blanco resplandeciente y helado, lo iluminaba con llamas cegadoras y frías; ninguna vida aparecía en aquel océano de montañas; ningún movimiento en aquella desmesurada soledad; ningún ruido turbaba su profundo silencio.
     Poco a poco Ulrich Kunsi, el guía joven, un suizo muy alto de largas piernas, dejó atrás al padre Hauser y al viejo Gaspard Han, para alcanzar el mulo que llevaba a las dos mujeres.
     La más joven lo veía llegar, parecía llamarlo con ojos tristes. Era una campesinita rubia, cuyas mejillas lechosas y cuyos cabellos pálidos parecían descoloridos por las largas estancias entre los hielos.
     Cuando hubo alcanzado al animal que la llevaba, posó la mano en la grupa y aflojó el paso. La señora Hauser empezó a hablarle, enumerando con infinitos detalles todas las recomendaciones para la invernada. Era la primera vez que él se quedaba allá arriba, mientras que el viejo Han ya había pasado catorce inviernos bajo la nieve en el albergue de Schwarenbach.
     Ulrich Kunsi escuchaba, sin tener pinta de entender, y miraba sin cesar a la joven. De vez en cuando respondía:
     «Sí, señora Hauser.» Pero su pensamiento parecía lejos y su rostro tranquilo seguía impasible.
     Llegaron al lago de Daube, cuya gran superficie helada se extendía, muy lisa, al fondo del valle. A la derecha, el Daubehorn mostraba sus peñascos negros cortados a pico cerca de las enormes morrenas del glaciar de Loemmern que dominaba el Wildstrubel.
     Cuando se acercaron al puerto de la Gemmi, donde comienza la bajada hacia Loéche, descubrieron de repente el inmenso horizonte de los Alpes del Valais, de los que los separaba el profundo y ancho valle del Ródano.
     Había, a lo lejos, cumbres blancas sin cuento, desiguales, achatadas o picudas y brillantes bajo el sol: el Mischabel con sus dos cuernos, el poderoso macizo del Wissehorn, el pesado Brunnegghor, la alta y temible pirámide del Cervino, asesino de hombres, y la Dent Blanche, esa monstruosa coqueta.
     Después, debajo de ellos, en un agujero inmenso, al fondo de un abismo espantoso, divisaron Loéche, cuyas casas parecían granos de arena arrojados a esa hendidura enorme que limita y cierra la Gemmi, y que se abre, allá al fondo, sobre el Ródano.
     El mulo se detuvo al borde del sendero que avanza, serpenteando, con incesantes vueltas y revueltas, fantástico y maravilloso, a lo largo de la montaña recta, hasta la aldehuela casi invisible, a sus pies. Las mujeres desmontaron en la nieve.
     Los dos viejos se habían reunido con ellos.
     «Vamos, dijo el viejo Hauser, adiós y ánimo, amigos míos, hasta el año próximo.»
     El viejo Han repitió: «Hasta el año próximo.»
     Se besaron. Después la señora Hauser, a su vez, les ofreció las mejillas; y la joven hizo otro tanto.
     Cuando le llegó el turno a Ulrich Kunsi, murmuró al oído de Louise: «No se olvide de los de aquí arriba.» Ella respondió un «no» tan bajo que él lo adivinó sin oírlo.
     «Vamos, adiós, repitió Jean Hauser, a seguir bien.»
     Y, pasando ante las mujeres, empezó a bajar.
     Pronto desaparecieron los tres por el primer recodo del camino.
     Y los dos hombres regresaron hacia el albergue de Schwarenbach.
     Marchaban lentamente, uno junto a otro, sin hablar. Se había acabado, se quedarían solos, frente a frente, cuatro o cinco meses.
     Después Gaspard Han empezó a contar su vida durante el invierno pasado. Se había quedado con Michel Canol, demasiado anciano ahora para volver a hacerlo, pues durante la prolongada soledad puede ocurrir cualquier accidente. No se habían aburrido, por lo demás; todo estribaba en resignarse desde el primer día; y se acababa por inventar distracciones, juegos, muchos pasatiempos.
     Ulrich Kunsi lo escuchaba, los ojos bajos, siguiendo con el pensamiento a los que bajaban hacia el pueblo por todas las ondulaciones de la Gemmi.
     Pronto divisaron el albergue, apenas visible, tan pequeño, un punto negro al pie de la monstruosa ola de nieve.
     Cuando abrieron, Sam, el gran perro rizoso, empezó a brincar en torno a ellos.
     «Vamos, hijo, dijo el viejo Gaspard, ya no tenemos mujeres ahora, hay que hacer la cena; monda patatas.»
     Y los dos, sentándose en taburetes de madera, empezaron a preparar la sopa.
     la mañana del siguiente día le pareció larga a Ulrich Kunsi. El viejo Han fumaba y escupía al lar, mientras que el joven miraba por la ventana la resplandeciente montaña frontera a la casa.
     Salió por la tarde y, repitiendo el trayecto de la víspera, buscaba en el suelo las huellas de los cascos del mulo que había llevado a las dos mujeres. Después, cuando estuvo en el puerto de la Gemmi, se tumbó sobre el vientre el borde del abismo y miró hacia Loéche.
     El pueblo, en su pozo de rocas, aún no estaba anegado bajo la nieve, aunque ésta llegase muy cerca, detenida en seco por los bosques de abetos que protegían sus alrededores. Sus casas bajas parecían, desde allá arriba, adoquines en un prado.
     La hija de los Hauser estaba allí, ahora, en una de aquellas grises moradas. ¿En cuál? Ulrich Kunsi se hallaba demasiado lejos para distinguirlas por separado. ¡Cómo le hubiera gustado bajar, mientras aún estaba a tiempo!
     Pero el sol había desaparecido tras la gran cima del Wildstrubel, y el joven regresó. El viejo Han fumaba. Al ver entrar a su compañero, le propuso una partida de cartas; y se sentaron uno frente a otro a ambos lados de la mesa.
     Jugaron mucho tiempo, a un juego sencillo que se llama brisca, y después, habiendo cenado, se acostaron.
     Los días siguiente fueron parecidos al primero, claros y fríos, sin nuevas nieves. El viejo Gaspard se pasaba las tardes acechando a las águilas y a los pocos pájaros que se aventuran por aquellas cumbres heladas mientras que Ulrich volvía regularmente al puerto de la Gemmi para contemplar el pueblo. Después jugaban a las cartas, a los dados, al dominó, ganaban y perdían pequeños objetos para dar interés a las partidas.
     Una mañana, Han, que se había levantado el primero, llamó a su compañero. Una nube movediza, profunda y ligera, de espuma blanca, se abatía sobre ellos, a su alrededor, sin ruido, los sepultaba poco a poco bajo un espeso y sordo colchón de nieve. Duró cuatro días y cuatro noches. Hubo que despejar la puerta y las ventanas, cavar un pasillo y tallar peldaños para escalar aquel polvo helado que doce horas de escarcha habían vuelto más duro que el granito de las morrenas.
     Entonces vivieron como prisioneros, sin aventurarse ya lejos de su morada. Se habían repartido las tareas, que realizaban con regularidad. Ulrich Kunsi se encargaba de fregar, de lavar, de todos los cuidados y tareas de limpieza. También era el que partía la leña, mientras que Gaspard Han cocinaba y mantenía el fuego. Sus quehaceres, regulares y monótonos, eran interrumpidos por largas partidas de cartas o de dados. Nunca reñían, pues los dos eran tranquilos y plácidos. Tampoco nunca se mostraban impacientes, de mal humor, ni se decían palabras agrias, pues habían hecho provisión de resignación para la invernada en las cumbres.
     A veces el viejo Gaspard cogía su escopeta y marchaba en busca de gamuzas; mataba alguna de vez en cuando. Entonces era día de fiesta en el albergue de Schwarenbach, con un gran banquete de carne fresca.
     Una mañana, salió así. El termómetro de fuera marcaba dieciocho bajo cero. Como el sol aún no había salido, el cazador esperaba sorprender a los animales en las proximidades del Wildstrubel.
     Ulrich, solo, se quedó hasta las diez en cama. Era de natural dormilón; pero no se hubiera atrevido a abandonarse así a su inclinación en presencia del viejo guía, siempre activo y madrugador.
     Almorzó lentamente con Sam, que también se pasaba los días y las noches durmiendo junto al fuego; y después se sintió triste, casi asustado por la soledad, y asaltado por la necesidad de la cotidiana partida de cartas, como suele ocurrir con el deseo de un hábito invencible.
     Entonces salió para ir al encuentro de su compañero, que debía regresar a las cuatro.
     La nieve había nivelado todo el profundo valle, colmando las grietas, borrando los dos lagos, acolchando las rocas; formaba sólo, entre las inmensas cumbres, una inmensa concavidad blanca regular, cegadora y helada.
     Hacía tres semanas que Ulrich no había vuelto al borde del abismo desde donde miraba el pueblo. Quiso regresar allá antes de subir las pendientes que conducían al Wildstrubel. Loéche estaba ahora plantado en la nieve, y ya no se reconocían casi las casas, sepultadas bajo aquel manto pálido.
     Después, girando a la derecha, llegó al glaciar de Loemmern. Avanzaba con su paso largo de montañés, golpeando con su bastón herrado la nieve, dura como una piedra. Y buscaba con su aguda vista el puntito negro y móvil, a lo lejos, sobre aquella alfombra desmesurada.
     Cuando estuvo a la orilla del glaciar se detuvo, preguntándose si el viejo habría tomado aquel camino; después se puso a bordear las morrenas con pasos más rápidos e inquietos.
     La luz disminuía; la nieve se volvía rosada; un viento seco y helado corría con bruscas ráfagas sobre su superficie de cristal. Ulrich lanzó una llamada aguda, vibrante, prolongada. La voz se perdió en el silencio de muerte en el que dormían las montañas; corrió a lo lejos, sobre las olas inmóviles y profundas de espuma glacial, como un grito de pájaro sobre las olas del mar; después se extinguió sin que nada le respondiese.
     Reanudó la marcha. El sol se había hundido, allá abajo, tras las cimas que los reflejos del cielo teñían de púrpura aún; pero las profundidades del valle se estaban poniendo grises. Y el joven tuvo miedo de repente. Le pareció que el silencio, el frío, la soledad, la muerte invernal de aquellos montes entraban en él, iban a detener y helar su sangre, a entumecer sus miembros, a convertirlo en un ser inmóvil y helado. Y echó a correr, huyendo hacia la casa. El viejo, pensaba, habría regresado durante su ausencia. Había tomado otro camino; estaría sentado al amor de la lumbre, con una gamuza muerta a sus pies.
     Pronto divisó el albergue. No salía ningún humo. Ulrich corrió más de prisa, abrió la puerta. Sam se abalanzó a hacerle fiestas, pero Gaspard Han no había regresado.
     Asustado, Kunsi giró sobre sí mismo, como si hubiera esperado descubrir a su compañero escondido en un rincón. Después encendió el fuego y preparó la sopa, esperando siempre ver aparecer al anciano.
     De vez en cuando, salía para ver si llegaba. Había caído la noche, la macilenta noche de las montañas, la pálida noche, la lívida noche que iluminaría, al borde del horizonte, una media luna amarilla y fina a punto de ocultarse tras las cumbres.
     Después el joven volvía a entrar, se sentaba, se calentaba los pies y las manos imaginando todos los posibles accidentes.
     Gaspard había podido romperse una pierna, caer en un hoyo, dar un paso en falso que le había torcido el tobillo. Y permanecía tendido en la nieve, presa del frío, entumecido, angustiado, perdido, quizás pidiendo auxilio, llamando con toda la fuerza de sus pulmones en el silencio de la noche.
     Pero ¿dónde? La montaña era tan vasta, tan dura, tan peligrosa en las cercanías, sobre todo en esta estación, que habrían sido precisos diez o veinte guías y caminar durante ocho días en todas las direcciones para encontrar a un hombre en aquella inmensidad.
     Ulrich Kunsi, sin embargo, se decidió a salir con Sam si Gaspard Han no había vuelto entre la medianoche y la una de la madrugada.
     E hizo sus preparativos.
     Metió víveres para dos días en una bolsa, cogió sus garfios de hierro, se arrolló a la cintura una cuerda larga, delgada y fuerte, comprobó el estado de su bastón herrado y de la hachuela que sirve para tallar escalones en el hielo. Después esperó. El fuego ardía en la chimenea; el gran perro roncaba bajo la claridad de la llama; el reloj palpitaba como un corazón con golpes regulares en su caja de madera sonora.
     Esperaba, la oreja aguzada a los ruidos lejanos, estremeciéndose cuando el leve viento rozaba el tejado y los muros.
     Sonó la medianoche; él se estremeció. Después, como se notaba tembloroso y acobardado, puso agua al fuego, con el fin de tomar un café muy caliente antes de ponerse en camino.
     Cuando el reloj dio la una, se levantó, despertó a Sam, abrió la puerta y echó a andar en dirección al Wildstrubel. Durante cinco horas trepó, escalando las rocas con ayuda de los garfios, cortando el hielo, avanzando siempre y a veces izando, con la cuerda, al perro que se había quedado al pie de una escarpadura demasiado abrupta. Eran cerca de las seis cuando llegó a una de las cumbres donde el viejo Gaspard solía ir en busca de gamuzas.
     Y esperó a que amaneciera.
     El cielo palidecía sobre su cabeza; y de pronto un extraño resplandor, nacido no se sabe dónde, iluminó bruscamente el inmenso océano de las pálidas cimas que se extendían en cien leguas a la redonda. Hubiérase dicho que aquella vaga claridad brotaba de la propia nieve para difundirse por el espacio. Poco a poco las más altas cumbres lejanas se volvieron todas de un rosa tierno como la carne, y el rojo sol apareció tras los pesados gigantes de los Alpes berneses.
     Ulrich Kunsi reanudó su camino. Marchaba como un cazador, inclinado, rastreando huellas, diciéndole al perro: «Busca, pequeño, busca.»
     Bajaba la montaña ahora, registrando con la mirada las simas, y a veces, al llamar, lanzando un grito prolongado, muerto muy pronto en la inmensidad muda. Entonces pegaba la oreja al suelo, para escuchar; creía percibir una voz, echaba a correr, llamaba de nuevo, no oía ya nada y se sentaba, agotado, desesperado. Hacia mediodía almorzó y le dio la comida a Sam, tan cansado como él mismo. Después reanudó su búsqueda.
     Cuando anocheció, seguía caminando, habiendo recorrido cincuenta kilómetros de montaña. Como se hallaba demasiado lejos de la casa para volver a ella, y demasiado fatigado para arrastrarse más tiempo, cayó un hoyo en la nieve y se agazapó en él con su perro, bajo una manta que había llevado. Y se acostaron uno junto al otro, aunque helados hasta la médula.
     Ulrich apenas durmió, la mente obsesionada por visiones, los miembros sacudidos por escalofríos.
     Iba a amanecer cuando se levantó. Tenía las piernas rígidas como barras de hierro, el alma tan débil que casi gritaba de angustia, el corazón tan palpitante que casi se desplomaba de emoción en cuanto creía oír el menor ruido.
     Pensó de pronto que también él se iba a morir de frío en aquella soledad, y el espanto de aquella muerte, fustigando su energía, despertó su vigor.
     Descendía ahora hacia el albergue, cayendo, levantándose, seguido de lejos por Sam, que cojeaba de una pata.
     Llegaron a Schwarenbach sólo hacia las cuatro de la tarde. La casa estaba vacía. El joven encendió lumbre, comió y se durmió, tan embrutecido que ya no pensaba en nada.
     Durmió mucho tiempo, mucho tiempo, con un sueño invencible. Pero de pronto una voz, un grito, un nombre «Ulrich», sacudió su profundo letargo y lo hizo erguirse. ¿Había soñado? ¿Era una de esas llamadas extrañas que cruzan por los sueños de las almas inquietas? No, lo oía aún, aquel grito vibrante, metido en sus tímpanos y que seguía en su carne hasta la punta de sus nerviosos dedos. Sí, habían gritado; habían llamado: «¡Ulrich!» Alguien estaba allí, cerca de la casa. No cabían dudas. Abrió la puerta y chilló: «¿Eres tú, Gaspard?» con todo el poder de sus pulmones.
     Nada respondió; ni el menor sonido, ni el menor murmullo, ni el menor gemido, nada. Era de noche. La nieve estaba descolorida.
     Se había levantado viento, ese viento helado que raja las piedras y no deja nada vivo en aquellas alturas abandonadas. Pasaba con ráfagas bruscas más agostadoras y mortales que el viento de fuego del desierto. Ulrich gritó de nuevo: «¡Gaspard! ¡Gaspard! ¡Gaspard!»
     Después esperó. ¡Todo seguía mudo en la montaña! Entonces el espanto lo sacudió hasta los huesos. De un salto entró en el albergue, cerró la puerta y corrió los cerrojos; después cayó tiritando en una silla, seguro de que su camarada acababa de llamarlo en el momento en que entregaba su espíritu.
     De esto estaba seguro, como se está seguro de vivir o de comer pan. El viejo Gaspard Han había agonizado durante dos días y tres noches en alguna parte, en un hoyo, en uno de esos hondos barrancos inmaculados cuya blancura es más siniestra que las tinieblas de los subterráneos. Había agonizado durante dos días y tres noches, y acababa de morir ahora mismo pensando en su compañero. Y su alma, apenas libre, había volado hacia el albergue donde dormía Ulrich, y lo había llamado con la virtud misteriosa y terrible que tienen las almas de los muertos para hostigar a los vivos. Había gritado, esa alma sin voz, dentro del alma abrumada del durmiente; había gritado su postrer adiós, o su reproche, o su maldición al hombre que no había buscado lo bastante.
     Y Ulrich la sentía allí, muy cerca, detrás del muro, detrás de la puerta que acababa de cerrar. Merodeaba, como un ave nocturna que roza con sus plumas una ventana iluminada; y el joven, enloquecido, estaba a punto de gritar de horror. Quería huir y no se atrevía a salir; no se atrevía ni se atrevería ya en adelante, pues el fantasma se quedaría allí, día y noche, alrededor del albergue, mientras el cuerpo del viejo guía no fuera hallado y depositado en la tierra bendita de un cementerio.
     Llegó el día y Kunsi recobró parte de su seguridad con el brillante retorno del sol. Preparó su comida, hizo la del perro, y después se quedó en una silla, inmóvil, el corazón torturado, pensando en el viejo tendido en la nieve.
     Después, en cuanto la noche cubrió la montaña, nuevos terrores lo asaltaron. Caminaba ahora por la cocina oscura, apenas iluminada por la llama de una candela, caminaba de un extremo a otro de la pieza, a grandes pasos, escuchando, escuchando por si el grito espantoso de la otra noche iba a cruzar de nuevo el lóbrego silencio del exterior. Se sentía solo, el desdichado, ¡solo como ningún hombre había estado jamás! Estaba solo en aquel inmenso desierto de nieve, solo a dos mil metros sobre la tierra habitada, sobre las casas humanas, sobre la vida que se agita, bulle y palpita, ¡solo en el cielo helado! Lo atenazaban unas ganas locas de escapar a cualquier sitio, de cualquier manera, de bajar a Loéche arrojándose al abismo; pero ni siquiera se atrevía a abrir la puerta, seguro de que el otro, el muerto, le cerraría el camino, para no quedarse también solo allá arriba.
     Hacia medianoche, harto de caminar, abrumado de angustia y de miedo, se amodorró por fin en una silla, pues temía la cama como se teme un lugar frecuentado por aparecidos.
     Y de pronto el grito estridente de la otra noche le desgarró los oídos, tan agudo que Ulrich extendió el brazo para rechazar al aparecido, y cayó de espaldas con su asiento.
     Sam, despertado por el ruido, empezó a aullar como aullan los perros asustados, y daba vueltas alrededor de la vivienda buscando de dónde venía el peligro. Al llegar junto a la puerta, olfateó por debajo, resoplando y husmeando con fuerza, el pelaje erizado, la cola tiesa, gruñendo.
     Kunsi, enloquecido, se había levantado y, sujetando la silla por una pata, gritó: «No entres, no entres o te mato.» Y el perro, excitado por aquella amenaza, ladraba con furia contra el invisible enemigo que desafiaba la voz de su amo.
     Sam, poco a poco, se calmó y volvió a tumbarse cerca de la lumbre, pero seguía inquieto, la cabeza alzada, los ojos brillantes y gruñendo entre los colmillos.
     Ulrich, a su vez, recobró los sentidos, pero como se sentía desfallecer de terror, fue a buscar una botella de aguardiente a la alacena, y tomó, uno tras otro, varios vasos. Sus ideas se volvían vagas; su valor se afirmaba; una fiebre de fuego se deslizaba por sus venas.
     Casi no comió al día siguiente, limitándose a beber alcohol. Y durante varios días seguidos vivió así, borracho como una cuba. En cuanto volvía el pensamiento de Gaspard Han, empezaba a beber hasta el instante en que caía al suelo, abatido por la embriaguez. Y alli se quedaba, de bruces, borracho perdido, con los miembros rotos, roncando, la frente en el suelo. Pero apenas había digerido el líquido enloquecedor y ardiente, el grito, siempre el mismo de «¡Ulrich!», lo despertaba como una bala que le perforase el cráneo; y se erguía tambaleándose aún, extendiendo las manos para no caer, llamando a Sam en su auxilio. Y el perro, que parecía volverse loco como su amo, se precipitaba a la puerta, la arañaba con las patas, la roía con sus largos dientes blancos, mientras el joven, el cuello hacia atrás, la cabeza alzada, sorbía a grandes tragos, como si fuera agua fresca tras una carrera, el aguardiente que en seguida adormecería de nuevo su mente, y su recuerdo, y su pavoroso terror.
     En tres semanas se bebió toda su provisión de alcohol. Pero aquella borrachera continua no hacía sino adormecer su espanto, que se despertó con mayor furia cuando fue imposible calmarlo. Entonces la idea fija, exasperada por un mes de embriaguez, y creciendo sin cesar en la total soledad, penetraba en él a la manera de una barrena. Caminaba ahora por su morada como un animal enjaulado, pegando la oreja a la puerta para escuchar si el otro estaba allí, y desafiándolo, a través de los muros.
     Después, cuando se adormilaba, vencido por la fatiga, oía la voz que le hacía ponerse en pie de un salto.
     Por fin, una noche, semejante a un cobarde sacado de sus casillas, se precipitó hacia la puerta y la abrió para ver al que lo llamaba y para obligarlo a callarse.
     Recibió en pleno rostro un soplo de aire frío que lo heló hasta los huesos y volvió a cerrar la hoja y corrió los cerrojos, sin fijarse en que Sam se había lanzado al exterior. Después, temblando, arrojó leña al fuego, y se sentó ante él para calentarse; pero de pronto se estremeció, alguien arañaba el muro llorando.
     Gritó enloquecido: «Vete.» Le respondió una queja, larga y dolorosa.
     Entonces todo lo que le quedaba de razón fue arrastrado por el terror. Repetía «Vete» girando sobre sí mismo para encontrar un rincón donde ocultarse. El otro, sin dejan de llorar, pasaba a lo largo de la casa frotándose contra el muro. Ulrich se lanzó hacia el aparador de roble lleno de vajilla y provisiones, y, levantándolo con una fuerza sobrehumana, lo arrastró hasta la puerta, para defenderse con una barricada. Después, amontonando unos sobre otros todo lo que quedaba de muebles, los colchones, los jergones, las sillas, tapó la ventana como se hace cuando el enemigo nos sitia.
     Pero el de fuera lanzaba ahora grandes gemidos lúgubres a los que el joven empezó a responder con gemidos similares.
     Y transcurrieron días y noches sin que cesaran de aullar uno y otro. El uno giraba sin cesar en torno a la casa y clavaba sus uñas en las paredes con tanta fuerza que parecía querer derribarlas; el otro, dentro, seguía todos sus movimientos, encorvado, la oreja pegada a la piedra, y respondía a todas sus llamadas con espantosos gritos.
     Una noche, Ulrich no oyó ya nada; y se sentó tan destrozado por el cansancio que se durmió al punto.
     Se despertó sin un recuerdo, sin una idea, como si toda la cabeza se le hubiera vaciado durante aquel sueño agotador. Tenía hambre, comió.
    
     El invierno había acabado. El paso de la Gemmi volvía a ser practicable; y la familia Hauser se puso en camino para regresar a su albergue.
     En cuanto llegaron a lo alto de la cuesta las mujeres se encaramaron al mulo, y hablaron de los dos hombres a quienes iban a ver enseguida.
     Les extrañaba que uno de ellos no hubiera bajado unos días antes, en cuando el camino se había vuelto transitable, para dar noticias de la larga invernada.
     Por fin divisaron el albergue, todavía cubierto y acolchado de nieve. La puerta y la ventana estaban cerradas; un poco de humo salía por el tejado, lo cual tranquilizó al viejo Hauser. Pero al acercarse vio, sobre el umbral, un esqueleto de animal descuartizado por las águilas, un gran esqueleto tendido sobre un costado.
     Todos lo examinaron: «Debe ser Sam», dijo la madre. Y llamó: «¡Eh, Gaspard!» Un grito respondió en el interior, un grito agudo, que se hubiera dicho lanzado por un animal. El viejo Hauser repitió: «¡Eh, Gaspard! »Otro grito semejante al primero se dejó oír.
     Entonces los tres hombres, el padre y los dos hijos, trataron de abrir la puerta. Resistió. Cogieron en el establo vacío una larga viga para usarla como ariete, y la lanzaron con todo su peso. La madera crujió, cedió, las tablas volaron en pedazos; después un gran ruido estremeció la casa y vieron, dentro, detrás del aparador derribado, a un hombre de pie, con el pelo que le caía por los hombros, una barba que le caía sobre el pecho, ojos brillantes y jirones de tela sobre el cuerpo.
     No lo reconocían, pero Louise Hauser exclamó: «¡Es Ulrich, mamá! » Y la madre comprobó que era Ulrich, aun cuando su cabello era blanco.
     Los dejó acercarse; se dejó tocar; pero no respondió a las preguntas que le hicieron; y hubo que llevarlo a Loéche, donde los médicos comprobaron que estaba loco.
     Y nadie supo jamás qué había sido de su compañero. La joven Hauser estuvo a punto de morir, aquel verano, de una enfermedad de postración que se atribuyó al frío de la montaña.
    
 

VELANDO EL CADÁVER

 

VELANDO EL CADÁVER
GUY DE MAUPASSANT
 

     Había muerto sin agonía, tranquilamente, como mujer cuya vida fué irreprochable; y descansaba ahora en la cama boca arriba, cerrados los ojos, tranquilas sus facciones, los largos cabellos blancos cuidadosamente peinados cual si hubiese hecho su tocado diez minutos antes de morir, y toda su fisonomía de difunta tan recogida, tan reposada, tan resignada, que se comprendía que un alma tiernísima había habitado en aquel cuerpo, que aquella anciana serena había llevado la más tranquila de las existencias, que en su fin no había habido ni sacudidas ni remordimientos.    
De rodillas junto al lecho mortuorio, su hijo, un magistrado de principios inflexibles, y su hija Margarita, en religión la hermana Eulalia, lloraban amargamente.    
Desde su infancia les había inculcado una irreprochable moral, enseñándoles la religión sin debilidades y el deber sin transacción. Él, el varón, se había hecho magistrado, y blandiendo la ley sacudía sin piedad a los débiles, a los desfallecidos; ‘ella, la muchacha, empapada en la virtud que la había bañado en aquella familia austera, se había casado con Dios, disgustada de los hombres. No habían conocido a su padre; lo único que sabían era que había hecho a su madre desgraciada; y no tenían más detalles acerca de él.    
La religiosa besaba locamente una de las manos de la muerta, una mano de marfil semejante a la del Cristo amortajado. Al otro lado del cuerpo tendido, la otra mano de la difunta parecía tener todavía la colcha estrujada con ese errante gesto que se llama el decisivo; y la ropa había allí conservado pequeñas arrugas, como un recuerdo de los movimientos que preceden a la eterna inmovilidad. Unos ligeros golpes dados en la puerta hicieron que se alzasen los dos trastornados rostros, y el sacerdote, que acababa de cenar, entró nuevamente. Estaba rojo, sofocado por los comienzos de la digestión, pues había echado mucho coñac en el café para luchar contra la fatiga de las pasadas noches y la de la noche de vela que comenzaba.    
Parecía triste; en su rostro se veía esa falsa tristeza del eclesiástico para quien la muerte es una manera de ganarse la vida. Hizo la señal de la cruz, y acercándose con su gesto profesional:    
 —Aquí estoy, pobres hijos míos —murmuró—, dispuesto a ayudarlos a pasar estas tristes horas.    
 Pero sor Eulalia se levantó súbitaamente:    
 —Gracias, padre mío; mi hermano y yo deseamos quedar solos con ella. Son éstos los últimos instantes que la veremos, y deseamos estar los tres solos, como en otra época, como cuando..., cuando... cuando éramos niños y nuestra po..., pobre madre…    
No pudo acabar; tantas eran sus lágrimas, de tal modo la oprimía el dolor.    
 El sacerdote se inclinó, más alegre, pensando en su cama.    
—Como gustéis, hijos míos—dijo. Se arrodilló, se santiguó, rezó, se levantó y salió despacito, murmurando:    
 —¡Era una santa!    
 La difunta y sus hijos quedaron solos. Un oculto reloj producía en la sombra un ruido regular, y por la abierta ventana los suaves perfumes del heno y de la madera penetraban con un lánguido claror de luna. De la campiña no llegaba ningún sonido más que el de las notas volantes de los sapos y, a veces, el ronquido de un insecto nocturno que penetraba como una bala y chocaba en la pared. Una infinita paz, una divina melancolía y una silenciosa serenidad rodeaban a aquella difunta, pareciendo huir con ella y echarse fuera de allí apaciguando la propia Naturaleza.    
 De pronto, el magistrado, de rodillas siempre y con la cabeza oculta entre las ropas del lecho, con voz lejana, desgarradora, lanzada a través de las mantas y las sábanas, gritó:    
—¡Madre, madre, madre!    
 Y la hermana, echándose contra el suelo, dando en el entarimado con su frente de fanática, convulsionada, retorcida, vibrante, como en una crisis de epilepsia, gimió:    
 —¡Jesús, Jesús, madre, Jesús! Y, sacudidos por un huracán de dolor, ambos jadeaban, gemían amargamente.    
Mucho tiempo después se levantaron y se quedaron mirando el querido cadáver. Y los recuerdos, esos recuerdos lejanos, ayer tan dulces y hoy tan crueles, se presentaban en su imaginación con todos esos pequeños detalles olvidados, esos pequeños detalles íntimos y familiares que hacen vivir de nuevo al ser desaparecido. Recordaban circunstancias, palabras, sonrisas, entonaciones de voz de la que ya no volvería a hablarles. La tornaban a ver feliz y tranquila, se repetían las frases que en otro tiempo les dirigiera con un ligero movimiento de la mano que ella empleaba a veces, como para llevar el compás, cuando pronunciaba un discurso importante.    
 Y la amaban como nunca la habían amado. Y comprendían, midiendo su desesperación, hasta qué punto iban ahora a verse abandonados.    
 Luego, poco a poco, la fuerza de la crisis fue disminuyendo como las lluviosas calmas siguen a las borrascas en el agitado Océano, y se pusieron a llorar de un modo más suave.    
Era su sostén, su guía, toda su juventud, toda la alegre parte de su existencia lo que desaparecía; era su lazo con la vida, la madre, la mamá, la carne creadora, el punto de unión con los abuelos que no tenían ya.    
Ahora quedaban solitarios, aislados; ya no podrían mirar tras sí.    
 La monja dijo a su hermano:    
—Ya sabes que mamá tenía grande afición a leer sus viejas cartas; todas están ahí, en ese cajón. ¿No haríamos bien en leerlas a nuestra vez, reviviendo toda su vida en esta noche que hemos de pasar junto a ella? Sería como un camino del Calvario, como un conocimiento que haríamos con su madre, con nuestros viejos parientes desconocidos, cuyas cartas se encuentran ahí, y de quienes tan a menudo nos hablaba. ¿Te acuerdas?   
 
 *  
       
 Y tomaron del cajón unos diez legajos de papeles amarillentos, cuidadosamente sujetos y colocados unos contra otros. Depositaron encima de la cama estas reliquias y escogiendo una de ellas, sobre la cual estaba escrita la palabra «Padre», la abrieron y leyeron.    
Eran esas viejas epístolas que se encuentran en los antiguos muebles familiares, esas epístolas que tienen el olor de otro siglo. La primera rezaba: «Querida mía»; y otra: «Mi hermosa hijita», y las otras: «Mi querida niña», y otras, por fin: «Mi querida hija.» Y de pronto la monja se puso a leer en voz alta, a leer nuevamente a la muerta su historia, todos sus dulces recuerdos. Y el magistrado, con un codo apoyado en la cama, le prestaba atención, fijos los ojos en su madre. Y el cadáver Inmóvil parecía feliz.    
Interrumpiéndose, sor Eulalia dijo de pronto:   
  —Será menester meterlas en su tumba, hacerle un sudario de todo esto y amortajarla con él.     Y cogiendo otro legajo, sobre el cual nada había escrito, principió a leer como antes.          «Querida mía: Te amo hasta la locura. Desde ayer sufro como un condenado, achicharrado por tu recuerdo. Siento tus labios bajo los míos, tus ojos bajo mis ojos, tu carne bajo mi carne. ¡Te amo, te amo! Me has enloquecido. Mis brazos se abren, jadeo impulsado por un ansia inmensa de poseerte nuevamente. He conservado en mi boca el sabor de tus besos...»         
El magistrado se había puesto en píe; la monja se interrumpió; le arrancó la carta, buscó la firma. No la llevaba el papel; sólo se leían estas palabras: «El que te adora»; el nombre era «Enrique». Su padre se llamaba Renato. Entonces el hijo, con rápidas manos, revolvió el paquete de cartas, tomó otra y leyó:         
«No puedo vivir sin tus caricias...»         
 Y en pie, severo como en su tribunal, miró impasible a la muerta. La monja, erguida como una estatua, con algunas olvidadas lágrimas en los extremos de los ojos, contemplando a su hermano, esperaba. El atravesó entonces el aposento andando despacio, llegó a la ventana y, con la mirada perdida en la noche, meditó.    
 Cuando volvió la cabeza, sor Eulalia, ya secos los ojos, permanecía en pie, junto al lecho, baja la cara.    
El avanzó, recogió vivamente las cartas y las fué echando revueltas en el cajón; en seguida corrió los cortinajes de la cama.    
Y cuando el día hizo palidecer las bujías que ardían sobre la mesa, el hijo abandonó lentamente su sillón y, sin mirar ni una vez más a la madre, que había, condenándola, separado de ellos, dijo lentamente:    
—Ahora, hermana mía, salgamos de aquí.    
 
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UN DÍA DE CAMPO

 

     UN DÍA DE CAMPO
   

     Tenían proyectado hacía cinco meses salir a almorzar en los alrededores de París el día del santo de la señora Dufour, que se llamaba Pétronille. Por ello, como habían esperado con impaciencia esa partida, se habían levantado muy temprano aquella mañana.
     El señor Dufour, que le había pedido prestado el coche al lechero, conducía. La carreta, de dos ruedas, estaba muy limpia; tenía un techo sostenido por cuatro montantes de hierro del que colgaban cortinas que habían alzado para ver el paisaje. Sólo la de detrás flotaba al viento, como una bandera. La mujer, al lado de su esposo, estaba radiante con un extraordinario traje de seda cereza. A continuación, en dos sillas, se sentaban una vieja abuela y una jovencita. Se distinguía también la cabellera amarilla de un muchacho que, a falta de asiento, se había tumbado al fondo y del que aparecía sólo la cabeza.
     Tras haber seguido la avenida de los Campos Elíseos y cruzado las fortificaciones por la puerta Maillot, se habían puesto a contemplar la comarca.
     Al llegar al puente de Neuilly, el señor Dufour había dicho: «Ahí tenéis el campo, ¡por fin! », y su mujer, ante esa señal, se había enternecido con la naturaleza.
     En la encrucijada de Courbevoie, les había asaltado la admiración ante la lejanía de los horizontes. A la derecha, allá lejos, estaba Argenteuil, con su elevado campanario; por encima aparecían los cerros de Sannois y el Molino de Orgemont. A la izquierda, el acueducto de Marly se dibujaba sobre el cielo claro de la mañana, y se divisaba también, de lejos, la terraza de Saint-Germain; mientras que enfrente, al final de una cadena de colinas, unas tierras removidas indicaban el nuevo fuerte de Cormeilles. Muy al fondo, con un retroceso formidable, por encima de llanuras y pueblos, se entreveía un oscuro verdor de bosques.
     El sol comenzaba a quemar los rostros; el polvo llenaba los ojos de continuo y, a los dos lados de la carretera, se desplegaba una campiña interminablemente desnuda, sucia y hedionda. Hubiérase dicho que una lepra la había devastado, royendo hasta las casas, pues esqueletos de edificios hundidos y abandonados, o bien pequeñas casuchas inacabadas por falta de pago a los contratistas, alzaban sus cuatro paredes sin techo.
     De trecho en trecho crecían en el suelo estéril largas chimeneas de fábricas, única vegetación de aquellos campos pútridos por los cuales la brisa de la primavera paseaba un perfume de petróleo y de esquisto mezclado con otro olor aún menos agradable.
     Por fin habían cruzado el Sena por segunda vez, y, en el puente, había sido arrobador. El río resplandecía de luz; un vaho se elevaba de él, absorbido por el sol, y se experimentaba una suave quietud, una frescura benéfica al respirar por fin un aire más puro que no había sido barrido por el humo negro de las fábricas o las miasmas de los muladares.
     Un hombre que pasaba había dado el nombre de la zona: Bezons.
     El coche se detuvo, y el señor Dufour se puso a leer la prometedora muestra de un figón: «Restaurante Poulin, calderetas y pescado frito, reservados particulares,bosquecillos y columpios. ¿Qué, señora Dufour, te conviene? ¿ te decidirás por fin? »
     La mujer leyó a su vez: «Restaurante Poulin, calderetas y pescado frito, reservados particulares, bosquecillos y columpios.» Después miró largamente la casa.
     Era una posada de campo, blanca, situada al borde de la carretera. Mostraba, por la puerta abierta, el cinc brillante del mostrador ante el cual estaban dos obreros endomingados.
     Por fin la señora Dufour se decidió: «Sí, está bien —dijo—, y, además, tiene buenas vistas.» El coche entró en un amplio terreno plantado de grandes árboles que se extendía detrás de la posada y que sólo estaba separado del Sena por el camino de sirga.
     Entonces se apearon. El marido saltó primero, luego abrió los brazos para recibir a su mujer. El estribo, sujeto por dos barras de hierro, estaba muy lejos, de forma que, para alcanzarlo, la señora Dufour tuvo que dejar ver la parte inferior de una pierna cuya primitiva finura desaparecía ahora bajo una invasión de grasa que bajaba de los muslos.
     El señor Dufour, a quien el campo excitaba ya, le pellizcó vivamente la pantorrilla, y después, cogiéndola por debajo de los brazos, la depositó pesadamente en tierra, como un enorme paquete.
     Ella se dio unas palmadas en su traje de seda para desprender el polvo, mientras miró el lugar donde se encontraba.
     Era una mujer de unos treinta y seis años, metida en carnes, exuberante y de aspecto agradable. Respiraba con fatiga, sofocada violentamente por la opresión de un corsé demasiado apretado; y la presión de aquel chisme empujaba hacia su papada la masa fluctuante del pecho superabundante.
     A continuación la jovencita, posando la mano en el hombro de su padre, saltó con ligereza ella sola. El muchacho de pelo amarillo se había apeado poniendo un pie sobre la rueda, y ayudó al señor Dufour a descargar a la abuela.
     Entonces desengancharon el caballo, que fue atado a un árbol, y el coche cayó de narices, con los dos varales en el suelo. Los hombres, habiéndose quitado las levitas, se lavaron las manos en un cubo de agua, y después se reunieron con las señoras instaladas ya en los balancines.
     La señorita Dufour trataba de columpiarse de pie, ella sola, sin lograr darse suficiente impulso. Era una guapa chica de dieciocho a veinte años; una de esas mujeres cuyo encuentro por la calle os azota con un súbito deseo, y os deja hasta la noche una vaga inquietud y una agitación de los sentidos. Alta, de talle esbelto y caderas anchas, tenía la piel muy morena, los ojos muy grandes, el pelo muy negro. Su traje dibujaba netamente la firme plenitud de su carne acentuada aún más por los esfuerzos que hacía con los riñones para remontarse. Sus brazos tensos sujetaban las cuerdas por encima de su cabeza, de modo que su pecho se alzaba, sin una sacudida, a cada impulso que daba. Su sombrero, arrastrado por una ráfaga de viento, había caído a sus espaldas; y el balancín se lanzaba poco a poco, mostrando a cada vuelta sus piernas finas hasta la rodilla, y lanzando a la cara de los dos hombres, que la miraban riendo, el aire de sus faldas, más embriagador que los vapores del vino.
     Sentada en el otro columpio, la señora Dufour gemía de forma monótona y continua: «Cyprien, ven a empujarme; ¡ven a empujarme de una vez, Cyprien! » Al final él fue y, remangándose la camisa, como antes de emprender un trabajo, puso a su mujer en movimiento con infinita fatiga.
     Aferrada a las cuerdas, tenía las piernas estiradas, para no tropezar con el suelo, y disfrutaba al verse aturdida por el vaivén del chisme. Sus formas, sacudidas, tembleteaban continuamente como la gelatina en una bandeja. Pero, a medida que los impulsos crecían, la asaltaron el vértigo y el miedo. A cada bajada, lanzaba un grito agudo que hacía acudir a todos los rapaces del pueblo; y allá, delante de ella, por encima del seto del jardín, distinguía vagamente un surtido de cabezas traviesas que gesticulaban variadamente con las risas.
     Al aparecer una camarera, encargaron el almuerzo.
     «Fritos del Sena, conejo salteado, ensalada y postre», articuló la señora Dufour, con aire importante. «Traiga dos litros de tinto y una botella de burdeos», dijo su marido. «Almorzaremos en la hierba», agregó la joven.
     La abuela, enternecida al ver el gato de la casa, lo perseguía hacia diez minutos prodigándole inútilmente las más dulces denominaciones. El animal, halagado interiormente sin duda por aquella atención, se mantenía siempre muy cerca de la mano de la buena señora, aunque sin dejarse alcanzar, y daba tranquilamente vueltas a los árboles, contra los cuales se frotaba, la cola erguida, con un pequeño ronroneo de placer.
     «¡Mirad! —gritó de repente el joven de pelo amarillo que fisgoneaba por el terreno—, ¡hay unos barcos estupendos! » Fueron a ver. Bajo un pequeño cobertizo de madera estaban colgadas dos soberbias yolas de remeros, finas y trabajadas como muebles de lujo. Descansaban una junto a otra, semejantes a dos altas mozas delgadas, con su longitud estrecha y reluciente, y daban ganas de marchar sobre el agua en las hermosas noches apacibles o en las claras mañanas de verano, de rozar los ribazos floridos donde árboles enteros bañan sus ramas en el agua, donde temblequea el eterno escalofrío de las cañas, y de donde alzan el vuelo, como relámpagos azules, rápidos martines pescadores.
     Toda la familia, con respeto, las contemplaba. «Oh, sí, son estupendas», repitió gravemente el señor Dufour. Y las detallaba como un experto. Había remado, él también, en sus verdes años, decía; e incluso con aquello en la mano —y hacía ademán de tirar de los remos— le importaba un bledo todo el mundo. Había vapuleado en carreras a más de un inglés, en tiempos, en Joinville; y bromeó con la palabra damas, con que se designan los dos toletes que sujetan los remos, diciendo que los remeros, y con razón, no salían jamás sin sus damas. Se acaloraba al perorar y proponía obstinadamente que apostasen que con una barca como aquélla él haría seis leguas por hora sin apresurarse.
     «Está listo», dijo la camarera que apareció en la entrada. Se precipitaron; pero hete aquí que en el mejor sitio, que la señora Dufour había elegido mentalmente para instalarse, estaban almorzando ya dos jóvenes. Eran los propietarios de las yolas, sin duda, pues iban vestidos de remeros.
     Se habían estirado en unas sillas, casi acostados. Tenían la cara tostada por el sol y el pecho cubierto solamente por una fina camiseta de algodón blanco que dejaba asomar sus brazos desnudos, robustos como los de un herrero. Eran dos sólidos mozos y presumían mucho de vigor, pero mostraban en todos sus movimientos esa gracia elástica de los miembros que se adquiere con el ejercicio, tan diferente de la deformación que imprime al obrero su penoso esfuerzo, siempre igual.
     Intercambiaron rápidamente una sonrisa al ver a la madre, luego una mirada al divisar a la hija. «Dejémosles nuestro sitio —dijo uno—, así entablaremos relación». El otro se levantó al punto y, con su gorra mitad roja y mitad negra en la mano, se ofreció caballerosamente a ceder a las señoras el único lugar del jardín donde no daba el sol. Aceptaron deshaciéndose en disculpas; y, para que la cosa fuera más campestre, la familia se instaló en la hierba sin mesa ni asientos.
     Los dos jóvenes se llevaron su cubierto a unos cuantos pasos y reanudaron la comida. Sus brazos desnudos, que mostraban sin cesar, turbaban un poco a la joven. Incluso fingía volver la cabeza y no fijarse en ellos, mientras que la señora Dufour, más atrevida, instigada por una curiosidad femenina que era acaso deseo, los miraba a cada momento, comparándolos sin duda con añoranza con las fealdades secretas de su marido.
     Se había derrumbado sobre la hierba, con las piernas dobladas a la manera de los sastres, y se meneaba continuamente, con el pretexto de que las hormigas se le habían metido en alguna parte. El señor Dufour, huraño ante la presencia y la amabilidad de los extraños, buscaba una postura cómoda que por lo demás no encontraba, y el joven de pelo amarillo comía silenciosamente como un ogro.
     «Hace un tiempo precioso, caballero», dijo la gruesa señora a uno de los remeros. Quería mostrarse amable a causa del sitio que les habían cedido.
     «Sí, señora —respondió—. ¿Vienen ustedes a menudo al campo?
     — ¡Oh!, una o dos veces al año solamente, para tomar el aire; ¿y usted, caballero?
     —Vengo a dormir todas las noches.
     — ¡Ah!, debe de ser muy agradable.
     —Sí, desde luego, señora».
     Y contó su vida de todos los días, poéticamente, de manera que hizo vibrar el corazón de aquellos burgueses privados de hierba y hambrientos de paseos por el campo con ese bobo amor a la naturaleza que los obsesionaba todo el año detrás del mostrador de su tienda.
     La joven, emocionada, alzó los ojos y miró al remero. El señor Dufour habló por primera vez:
     «Eso sí que es vida» —dijo. Agregó—: «¿Un poco más de conejo, querida?
     —No, gracias, cariño.»
     Ella se volvió de nuevo hacia los jóvenes y, señalando sus brazos:
     «¿No tienen nunca frío así? » —dijo.
     Se echaron a reír los dos, y espantaron a la familia con el relato de sus prodigiosos esfuerzos, de sus baños sudados, de sus carreras entre la niebla de las noches; se golpearon violentamente el pecho para demostrar qué sonido daba.
     «¡Oh!, tienen ustedes pinta de fuertes», dijo el marido, que ya no hablaba de la época en que vapuleaba a los ingleses.
     La joven los examinaba ahora de lado; y el muchacho de pelo amarillo, atragantándose con la bebida, tosió desesperadamente, rociando el traje de seda cereza de la jefa, que se enfadó y mandó traer agua para lavar las manchas.
     Entre tanto la temperatura se volvía terrible. El río relumbrante parecía un foco de calor, y los vapores del vino turbaban las cabezas.
     El señor Dufour, sacudido por un hipo violento, se había desabrochado el chaleco y la cintura del pantalón; mientras que su mujer, presa de sofocos, desabotonaba su traje poco a poco. El aprendiz balanceaba con aire alegre sus greñas de lino y se servía trago tras trago. La abuela, sintiéndose achispada, se mantenía muy rígida y muy digna. En cuanto a la joven, no dejaba traslucir nada; sólo sus ojos se encendían vagamente, y su piel muy morena se coloreaba en las mejillas con un tono más rosado.
     El café los remató. Hablaron de cantar y cada cual echó su copla, que los otros aplaudieron con frenesí. Después se levantaron con dificultad, y mientras que las dos mujeres, aturdidas, respiraban, los dos hombres, totalmente curdas, hacían gimnasia. Pesados, fofos, y con el rostro escarlata, se colgaban torpemente de las anillas sin lograr levantarse; y sus camisas amenazaban continuamente con evacuar sus pantalones para ondear al viento como estandartes.
     Entre tanto los remeros habían echado las yolas al agua y regresaban cortésmente a proponer a las señoras un paseo por el río.
     «Señor Dufour, ¿me dejas? ¡Por favor! », gritó su mujer. El la miró con pinta de borracho, sin entender. Entonces se acercó un remero, con dos cañas de pescar en la mano. La esperanza de pescar gobios, ese ideal de los tenderos, encendió los ojos sombríos del hombrecillo, que accedió a todo lo que quisieron, y se instaló a la sombra, bajo el puente, los pies bailando encima del río, junto al joven del pelo amarillo, que se durmió a su lado.
     Uno de los remeros se sacrificó; se llevó a la madre.
     « ¡En el bosquecillo de la isla de los ingleses! », gritó al alejarse.
     La otra yola se puso en marcha más lentamente. El remero miraba tanto a su compañera que no pensaba en otra cosa, y lo había invadido una emoción que paralizaba su vigor.
     La joven, sentada en el asiento del timonel, se abandonaba a la dulzura de estar sobre el agua. Se sentía asaltada por una renuncia a pensar, por una quietud de los miembros, por un abandono de sí misma, como presa de una múltiple embriaguez. Se había puesto muy roja, con la respiración entrecortada. El aturdimiento del vino, multiplicado por el calor torrencial que chorreaba en torno a ella, hacía que todos los árboles de la orilla la saludasen a su paso. Una vaga necesidad de disfrute, una fermentación de la sangre recorrían su carne excitada por los ardores de aquel día; y estaba también turbada por aquel mano a mano sobre el agua, en medio de aquella tierra despoblada por el incendio del cielo, con aquel joven que la encontraba hermosa, cuyos ojos le besaban la piel, y cuyo deseo era tan penetrante como el sol.
     La impotencia de ambos para hablar aumentaba su emoción, y miraban los alrededores. Entonces, haciendo un esfuerzo, él le preguntó su nombre.
     «Henriette —dijo.
     — ¡Vaya!, yo me llamo Henri», prosiguió él.
     El sonido de sus voces los había calmado; se interesaron por las orillas. La otra yola se había parado y parecía esperarlos. El que la tripulaba gritó:
     «Os alcanzaremos en el bosque; vamos hasta Robinson, porque la señora tiene sed.»
     Después se inclinó sobre los remos y se alejó tan rápidamente que pronto dejaron de verlo.
     Mientras tanto un fragor continuo que se distinguía vagamente desde hacía un tiempo se acercaba muy deprisa. El propio río parecía estremecerse como si el ruido sordo ascendiera de sus profundidades.
     « ¿ Qué es eso que se oye? », preguntó ella.
     Era el salto de la presa que cortaba el río en dos en la punta de la isla. El se perdía en una explicación cuando, en medio del estruendo de la cascada, un canto de pájaro que parecía muy remoto los sorprendió.
     «Vaya —dijo él—, los ruiseñores cantan de día: eso es que las hembras incuban».
     ¡Un ruiseñor! Ella no lo había oído nunca, y la idea de escuchar uno despertó en su corazón la visión de poéticas ternuras. ¡Un ruiseñor! , es decir, el invisible testigo de las citas de amor al que invocaba Julieta en su balcón; esa música del cielo concertada con los besos de los hombres; ¡ese eterno inspirador de todas las romanzas lánguidas que abren un ideal azul en los pobres corazoncitos de las chiquillas enternecidas!
     Iba, pues, a oír un ruiseñor.
     «No hagamos ruido —dijo su compañero—, podemos bajar en el bosque y sentarnos muy cerca de él.»
     La yola parecía deslizarse. Aparecieron unos árboles en la isla, cuya ribera era tan baja que los ojos se sumergían en lo más tupido de la espesura. Se detuvieron; la barca quedó atada; y, apoyándose Henriette en el brazo de Henri, se adentraron entre las ramas.
     «Inclínese» —dijo él.
     Se inclinó, y penetraron en un inextricable revoltijo de bejucos, de hojas y de cañas, en un asilo inencontrable que era preciso conocer y al que el joven llamaba riendo «su reservado particular».
     Justamente por encima de sus cabezas, posado en uno de los árboles que los resguardaban, el pájaro seguía desgañitándose. Lanzaba trinos y gorgoritos, después desgranaba grandes sonidos vibrantes que llenaban el aire y parecían perderse en el horizonte, desplegándose a lo largo del río y volando sobre las llanuras, a través del silencio de fuego que entorpecía la campiña.
     No hablaban por miedo a que escapase. Estaban sentados uno junto al otro y, lentamente, el brazo de Henri rodeó la cintura de Henriette y la estrechó con dulce presión. Ella, sin cólera, cogió aquella mano audaz y la alejaba sin cesar a medida que él la acercaba, sin experimentar, por otra parte, el menor embarazo con aquella caricia, como si hubiera sido una cosa natural que rechazaba con igual naturalidad.
     Escuchaba al pájaro, perdida en un éxtasis. Sentía deseos infinitos de felicidad, bruscas ternuras que la atravesaban, revelaciones de poesías sobrehumanas, y tal aplanamiento de los nervios y del corazón que lloraba sin saber por qué. El joven la estrechaba contra sí ahora; no lo rechazaba ya, sin pensar en ello.
     El ruiseñor calló de pronto. Una voz lejana gritó:
     « ¡Henriette!
     —No conteste —dijo él muy bajo—, haría volar al pájaro.»
     Tampoco ella pensaba en responder.
     Se quedaron así algún tiempo. La señora Dufóur se había sentado en alguna parte, pues se oían vagamente, de vez en cuando, los grititos de la gruesa señora que bromeaba sin duda con el otro remero.
     La jovencita seguía llorando, embargada por sensaciones muy dulces, la piel cálida y pinchada en todas partes por desconocidos cosquilleos. La cabeza de Henri estaba sobre su hombro; y, bruscamente, la besó en los labios. Ella tuvo una rebelión furiosa y, para evitarlo, se dejó caer de espaldas. Pero él se arrojó sobre ella, cubriéndola con todo su cuerpo. Persiguió un buen rato aquella boca que le huía, y después, al alcanzarla, pegó a ella la suya. Entonces, enloquecida por un deseo formidable, ella le devolvió el beso, estrechándolo sobre su pecho, y toda su resistencia cedió como aplastada por una carga demasiado pesada.
     Todo estaba en calma en las cercanías. El pájaro volvió a cantar. Lanzó primero tres notas penetrantes que parecían una llamada de amor, después, tras un silencio de un instante, inició con voz debilitada unas lentísimas modulaciones.
     Se deslizó una brisa suave, levantando un murmullo de hojas, y entre la profundidad de las ramas pasaban dos suspiros ardientes que se mezclaban con el canto del ruiseñor y con el leve hálito del bosque.
     Una embriaguez invadía al pájaro, y su voz, acelerándose poco a poco como un incendio que prende o una pasión que crece, parecía acompañar bajo el árbol un restallido de besos. Después el delirio de su gaznate se desencadenó enloquecido. Tenía desmayos prolongados en un trino, grandes espasmos melodiosos.
     A veces descansaba un poco, emitiendo solamente dos o tres sonidos ligeros que terminaban de pronto con una nota sobreaguda. O bien comenzaba una loca carrera, con brotes de gamas, estremecimientos, sacudidas, como un furioso canto de amor, seguido por gritos de triunfo.
     Pero se calló, al escuchar bajo él un gemido tan profundo que se le hubiera tomado por el adiós de un alma. El ruido se prolongó algún tiempo y se remató con un sollozo.
     Estaban muy pálidos, los dos, al abandonar su lecho de verdor. El cielo azul les parecía oscurecido; el ardiente sol estaba apagado a sus ojos; percibían la soledad y el silencio. Caminaban rápidamente uno al lado del otro, sin hablarse, sin tocarse, pues parecían haberse convertido en enemigos irreconciliables, como si una repugnancia se hubiera alzado entre sus cuerpos, un odio entre sus ánimos.
     De vez en cuando, Henriette gritaba:
     «¡Mamá!»
     Se produjo un ajetreo bajo un zarzal. Henri creyó ver una enagua blanca que se bajaba con rapidez sobre una gruesa pantorrilla; y apareció la enorme señora, un poco confusa y más roja aún, los ojos muy brillantes y el pecho tumultuoso, demasiado cerca quizás de su vecino. Este debía de haber visto cosas muy divertidas, pues su rostro estaba surcado por risas súbitas que lo cruzaban a pesar suyo.
     La señora Dufour se cogió de su brazo con aire tierno, y volvieron a las barcas. Henri, que caminaba delante, siempre mudo al lado de la jovencita, creyó distinguir de repente una especie de gran beso ahogado.
     Por fin regresaron a Bezons.
     El señor Dufour, pasada la borrachera, se impacientaba. El joven de pelo amarillo tomaba un bocado antes de dejar la posada. El coche estaba enganchado en el patio, y la abuela, montada ya, se desolaba porque tenía miedo de que la cogiera la noche en la llanura, pues los alrededores de París no eran seguros.
     Se dieron apretones de manos, y la familia Dufour se marchó.
     «Hasta la vista» —gritaban los remeros.
     Un suspiro y una lágrima les respondieron.
     Dos meses después, al pasar por la calle de los Mártires, Henri leyó sobre una puerta: Dufour, ferretero.
     Entró.
     La gruesa señora abultaba aún más tras el mostrador. Se reconocieron al punto y, después de mil cumplidos, él pidió noticias.
     «¿Qué tal la señorita Henriette?
     —Muy bien, gracias, se ha casado.
     La emoción le oprimió; agregó:
     «Y... ¿con quién?
     —Pues con el joven que nos acompañaba, ya sabe usted; él se hará cargo del negocio.
     — ¡Oh! , claro.»
     Se marchaba muy triste, sin saber demasiado bien por qué. La señora Dufour lo llamó:
     « ¿Y su amigo? —dijo tímidamente.
     —Pues le va bien.
     —Déle recuerdos nuestros, ¿eh?; y cuando venga, dígale que pase a vernos...— se ruborizó mucho, y después agregó—: Me dará mucho gusto; dígaselo.
     —No dejaré de hacerlo. ¡Adiós!
     —No..., ¡hasta pronto! »
    
     Al año siguiente, un domingo que hacía mucho calor, todos los detalles de esta aventura, que Henri no había olvidado nunca, regresaron a él súbitamente, tan claros y deseables, que volvió solo a su cuarto del bosque.
     Quedó estupefacto al entrar. Ella estaba allí, sentada en la hierba, con aire triste, mientras que a su lado, en mangas de camisa, su marido, el joven de pelo amarillo, dormía a conciencia, como un bruto.
     Se puso tan pálida al ver a Henri que éste creyó que iba a desmayarse. Después empezaron a charlar con toda naturalidad, como si nada hubiese ocurrido entre ellos.
     Pero cuando él le contaba que le gustaba mucho aquel paraje y que iba a menudo a descansar allí los domingos, evocando muchos recuerdos, ella lo miró largamente a los ojos.
     «Yo pienso en eso todas las noches —dijo.
     —Vamos, querida —replicó bostezando su marido—, creo que ya es hora de marcharnos».
    
 

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