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VELA POR LOS VIVOS

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VELA POR LOS VIVOS

Ray Bradbury

 

 

 

Durante bastante días, en los que estuvo recibiendo partes metálicas y otros trastos, que Charles Braling llevaba con ansiedad febril a su pequeño taller, se estuvo oyendo continuamente martillear y golpetear. Era un hombre moribundo, casi agonizante, y parecía tener mucha prisa, entre accesos de tos y escupitajos, en montar un último invento.

- ¿Qué es lo que estás haciendo? - inquirió su hermano menor Richard Braling. Había escuchado con creciente dificultad y mucha curiosidad todo aquel trastear y martillear, y ahora metió la cabeza por la puerta del taller.

- Vete muy lejos, y déjame tranquilo - dijo Charles Braling, que tenía setenta años y se pasaba temblando y babeando la mayor parte del tiempo. Temblequeando, colocaba clavos en su lugar, y temblequeando los martilleaba con débiles golpes sobre un gran madero, colocando luego una pequeña tira de metal dentro de una intrincada máquina. Estaba trabajando como un loco.

Richard continuó mirando, con ojos amargos, durante largo tiempo. Se odiaban. Llevaban haciéndolo durante bastantes años, y ahora, el que Charlie se estuviera muriendo no alteraba la situación. Richard estaba muy contento al conocer que se le acercaba la muerte, cuando pensaba en ello. Pero todo este dedicado fervor de su hermano le preocupaba.

- Dímelo, por favor - dijo, sin moverse de la puerta.

- Si es que quieres saberlo - gruñó el viejo Charles, metiendo algo en la caja colocada frente a él -, estaré muerto dentro de una semana, así que estoy... ¡estoy fabricando mi propio féretro!

- ¿Un féretro, mi querido Charlie?; eso no «parece un» féretro. Un féretro no es tan complejo. Venga ya, ¿qué es lo que estás haciendo?

- ¡Te digo que es un féretro! Un féretro raro, pero sin embargo... - el viejo movió los dedos por dentro de la gran caja -, sin embargo, un féretro.

- Pero sería más fácil comprar uno.

- ¡No uno como éste! No se podría comprar uno como éste en ninguna parte, nunca. Oh, desde luego, será un féretro verdaderamente bueno.

- Obviamente estás mintiendo - Richard se movió hacia delante -. ¡Pero si ese féretro tiene más de tres metros y medio de largo! ¡Tiene un metro y medio más largo del tamaño normal!

- ¿Y? - el viejo rió silenciosamente.

- Y una tapa transparente. ¿Quién ha oído hablar de un ataúd a través del cual se puede mirar? ¿Para qué le sirve a un cadáver una tapa transparente?

- Bah, simplemente, no te preocupes - cantó alegremente el viejo -. ¡Laaa! - y continuó canturreando y martilleando por el taller.

- ¡Este ataúd es terriblemente grueso! - gritó el hermano menor por encima del ruido -. ¡Pero si debe tener un metro y medio de espesor! ¡Es totalmente innecesario!

- Tan sólo desearía poder vivir para patentar este asombroso féretro - dijo el viejo Charlie -. Sería un regalo del cielo para todas las gentes pobres del mundo. Piensa en cómo eliminaría los gastos en la mayor parte de los funerales. Ah, pero naturalmente, tú no sabes cómo haría esto, ¿no es así? ¡Qué tonto soy! Bueno, no te lo diré. Si este ataúd fuera producido en serie, naturalmente al principio saldría caro, pero cuando uno lograse producirlo en grandes cantidades, ah, la cantidad de dinero que se ahorraría la gente.

- ¡Al infierno con ello! - y el hermano menor salió echando chispas del taller.

Había sido una vida desagradable. El joven Richard siempre había sido tan inepto que nunca había logrado juntar dos monedas al mismo tiempo. Todo su dinero le había venido de su hermano mayor Charlie, que había tenido la indecencia de recordárselo a cada momento. Richard pasaba muchas horas con sus diversiones: le gustaba mucho el amontonar las botellas de vino francés en el jardín.

- Me gusta la forma en que «brillan» - decía a menudo, sentado y dando un trago, dando un trago y estando sentado. Era el hombre del país que podía mantener la mayor cantidad de ceniza de un cigarro de cincuenta centavos durante más tiempo. Y sabía cómo poner la mano de forma en que sus diamantes brillasen a la luz. Pero ni había comprado el vino ni los diamantes ni los cigarros. ¡No! Todo era regalos. Nunca le permitía comprar nada. Siempre se lo compraba todo y se lo daba. Tenía que pedírselo todo, incluso el papel de escribir. Se consideraba casi un mártir por haber aceptado el recibir cosas de aquel pesado hermano suyo durante tanto tiempo. Todo en lo que Charlie ponía la mano se convertía en dinero. Todo lo que Richard había intentado para lograr una vida de placeres había fracasado.

Y ahora ahí estaba el vejestorio ese, trabajando en un nuevo invento que probablemente le daría un buen capital adicional aun después de que sus huesos se estuviesen pudriendo en la tierra.

Bueno, pasaron dos semanas.

Una mañana, el hermano mayor subió arriba y robó las tripas del fonógrafo eléctrico. Otra mañana, invadió el invernadero del jardinero. Y en otra ocasión, recibió una entrega de una compañía médica. Todo lo que podía hacer el joven Richard era sentarse y sostener su larga ceniza gris de cigarro quieta mientras las murmurantes excursiones tenían lugar.

- ¡He terminado! - gritó el viejo Charlie a la catorceava mañana. Y cayó muerto.

Richard terminó su cigarrillo y, sin demostrar la más mínima excitación, lo dejó en el cenicero, con su hermosa y larga ceniza de al menos cinco centímetros de largo - un verdadero récord - para levantarse luego.

Caminó hasta la ventana y contempló como la luz del sol jugueteaba alegremente entre las gruesas botellas de champaña en el jardín.

Miró hacia arriba, al final de las escaleras, en donde el querido viejo hermano Charlie yacía apaciblemente derrumbado sobre la baranda. Luego, se dirigió al teléfono y descuidadamente marcó un número.

- ¿Oiga? ¿La funeraria Verde Pradera? Aquí es la residencia Braling. ¿Tendrán la bondad de enviar a alguien? Sí. Para mi hermano Charlie. Sí. Gracias. Gracias.

Mientras la gente de las pompas fúnebres estaban metiendo al hermano Charlie en un baúl de mimbre, recibieron sus instrucciones:

- Un ataúd ordinario - dijo el joven Richard -. No quiero servicio funerario. Póngalo en un féretro de pino. Él lo habría preferido así: simple. Adiós.

- ¡Ahora! - dijo Richard, frotándose las manos -. ¡Ahora veremos ese «ataúd» fabricado por el querido Charlie! No creo que se dé cuenta de que no lo están enterrando en su caja especial. Ja.

Entró en el taller del piso alto.

El ataúd se hallaba frente a unas ventanas de estilo francés abiertas; con su tapa cerrada, completo y bien acabado, montado con la precisión de un reloj suizo. Era amplio, y descansaba sobre una muy larga mesa con rodillos por debajo para su fácil manejo.

El interior del ataúd, como vio mientras curioseaba por la tapa acristalada, tenía un metro ochenta de largo. Debían de haber noventa centímetros de doble fondo tanto a los pies como en la cabeza del féretro. Noventa centímetros a cada lado que tal vez revelasen, cubierto por paneles secretos que en alguna forma debería abrir... ¿exactamente el qué?

Dinero, naturalmente. Sería muy propio de Charlie el llevarse consigo a la tumba su dinero, dejando a Richard sin un solo centavo con el que comprar una simple botella. ¡El viejo tacaño!

Alzó la tapa transparente y palpó el interior, no encontrando ningún botón escondido. Había un pequeño cartelito escrito cuidadosamente en papel blanco, y colocado con chinchetas a un lado de la caja forrada de satén. Decía:

«EL ATAÚD ECONÓMICO BRALING. De fácil manejo. Puede ser usado una y otra vez por las funerarias y las familias previsoras.»

Richard dio un débil bufido. ¿A quién creía estar engañando Charlie?

Había algo más escrito:

«INSTRUCCIONES: SIMPLEMENTE COLOQUEN EL CUERPO EN EL ATAÚD.»

Qué cosa más tonta. ¡Colocar el cuerpo en el ataúd! ¡Naturalmente! ¿Para qué iba a servir si no? Siguió leyendo cuidadosamente, terminando con las instrucciones:

«SIMPLEMENTE COLOQUEN EL CUERPO EN EL ATAÚD, Y COMENZARÁ A SONAR LA MUSICA.»

- «¡No puede ser¡» - Richard se quedó con la boca abierta, mirando el cartel -. Que no me digan que todo este trabajo ha sido para... - se dirigió a la abierta puerta del taller, atravesó la terraza y llamó al jardinero, que se hallaba en su invernadero -: ¡Rogers! - el jardinero sacó la cabeza -. ¿Qué hora es? - preguntó Richard.

- Las doce en punto, señor - replicó Rogers.

- Bueno, a las doce y cuarto sube aquí arriba y mira si todo va bien.

- Sí, señor - contestó el jardinero. Richard se dio la vuelta y volvió de nuevo al taller.

- Ahora veremos... - dijo tranquilamente.

No pasaría nada por meterse en la caja para probarla.

Había visto pequeños agujeros de ventilación en los costados. Aunque estuviese la tapa cerrada, no le faltaría aire. Rogers subiría en un momento o dos. Simplemente coloquen el cuerpo en el ataúd, y comenzará a sonar la música. Realmente, qué simple había sido su hermano. Richard se subió a la caja.

Era como un hombre metiéndose dentro de una bañera. Se sintió desnudo y observado. Introdujo un brillante zapato dentro del ataúd, e inclinó su rodilla, apoyándose confortablemente, e hizo una pequeña observación no dirigida a nadie en particular; luego, subió su otra rodilla y pie, y se quedó allí acurrucado, como si estuviese inseguro acerca de la temperatura del agua del baño. Removiéndose, riéndose suavemente, se tendió, bromeando consigo mismo; pues era divertido el hacer ver que estaba muerto, que la gente estaba llorando por él, que humeaban velas que lo iluminaban, y que el mundo se había quedado detenido a causa de su muerte. Puso una cara de circunstancias, cerró los ojos, y contuvo su risa tras unos labios cerrados. Cruzó los brazos y decidió que se sentía inerte y frío.

«Brrr... ¡clang!» Algo susurró dentro de la pared de la caja. «¡Clang!»

¡La tapa se había cerrado sobre él!

Desde fuera, si alguien hubiera llegado a la habitación, se hubiera imaginado que un loco estaba dando patadas, golpeando, chillando y agitándose dentro de un armario. Se oía un atronar de carne y puños. Se oyó el sonido de un cuerpo bailando y retorciéndose. Se oyó un chillido y un soplido producido por los pulmones de un hombre atemorizado. Se oyó un crujido como el del papel, y el quejido de numerosas gaitas tocadas a la vez. Entonces se oyó un alarido verdaderamente hermoso. Luego... silencio.

Richard Braling yacía en el ataúd, y se relajaba. Distendió todos sus músculos. Comenzó a reír. El perfume de la caja no era molesto. A través de las pequeñas perforaciones obtenía aire más que suficiente para vivir confortablemente. Tan sólo tenía que empujar suavemente hacia arriba con las manos, sin molestarse en patalear y gritar, y la tapa se abriría. Uno tenía que mantener la calma. Flexionó los brazos.

La tapa estaba firme.

Bueno, todavía no había peligro. Rogers subiría dentro de un momento o dos. No había nada que temer.

La música comenzó a sonar.

Parecía venir de alguna parte del interior de la cabeza del ataúd. Era música buena. Música de órgano, muy lenta y melancólica, que recordaba a los arcos góticos y largas velas negras. Olía a tierra y a susurros. Producía ecos hacia lo alto entre paredes de piedra. Era tan triste que uno casi se echaba a llorar escuchándola. Era música de plantas en macetas y ventanas con cristales azules y carmesíes. Era el sol del atardecer y un frío viento soplando. Era una mañana con niebla y la lejana sirena de un faro sonando.

- Charlie, Charlie, Charlie, ¡viejo tonto! ¡Así que este es tu raro ataúd! - lágrimas de risa inundaron los ojos de Richard -. Nada más que un féretro que suena su propia música fúnebre. ¡Oh, por mi santa abuela!

Yació, y escuchó críticamente, pues era una hermosa música, y no podía hacer nada hasta que subiese Rogers y lo dejase salir. Sus ojos erraban sin rumbo. Sus dedos tamborileaban suaves cancioncillas en los cojines de satén. Cruzó las piernas indolente. A través de la tapa acristalada vio la luz penetrando por las ventanas de estilo francés, y observó las partículas de polvo bailando. Era un bello día azul con jirones de nubes en lo alto.

Comenzó el sermón.

Se acalló la música de órgano, y una suave voz dijo:

- Estamos aquí reunidos, aquellos que conocíamos y amábamos al finado, para rendirle nuestro homenaje.

- ¡Charlie, bendito seas! ¡Esa es «tu» voz! - Richard estaba encantado. Un funeral transcrito mecánicamente, ¡por Dios! ¡Música de órgano, y un sermón en discos! ¡y el propio Charlie rezando su responso por sí mismo!

La suave voz continuó diciendo:

- Aquellos que lo conocimos y que lo amamos estamos apenados por el fallecimiento de...

- ¿Qué fue «eso»? - Richard se semiincorporó, asombrado. No podía creer lo que había oído. Lo repitió para sí mismo, tal y como lo había oído -: Aquellos que lo conocimos y que lo amamos estamos apenados por el fallecimiento de Richard Braling.

Esto era lo que había dicho la voz.

- Richard Braling - dijo el hombre del ataúd -. ¡Pero si yo «soy» Richard Braling!

Un desliz, naturalmente. Simplemente, un desliz. Charlie había querido decir «Charles» Braling. Seguro. Sí. Naturalmente. Sí. Seguro. Sí. Naturalmente. Sí.

- Richard era una buena persona - dijo la voz, continuando -. No conoceremos a nadie mejor en nuestros días.

- ¡«De nuevo» mi nombre!

Richard comenzó a agitarse inquieto en el interior del féretro.

¿Por qué no subía Rogers?

Era muy difícil que fuera una equivocación el usar dos veces un nombre. Richard Braling. Richard Braling. Estamos aquí reunidos. Te echaremos de menos... Nos apena... No habrá un hombre mejor... No encontraremos uno mejor en nuestros días... Estamos aquí reunidos... El fallecido... Richard Braling... «Richard» Braling.

«¡Trrrrr! ¡Caplum!»

¡Flores! ¡Seis docenas de brillantes flores azules, rojas y amarillas saltaron de dentro del ataúd impelidas por ocultos muelles!

El dulce olor de flores recién cortadas llenó el féretro. Las flores se balanceaban suavemente ante su asombrada vista, golpeando silenciosamente la tapa transparente. Otras saltaron, y otras, hasta que el ataúd estuvo recubierto por pétalos y color y dulces aromas. Gardenias y dalias y petunias y narcisos, temblando y brillando.

- ¡Rogers!

El sermón continuaba:

-...Richard Braling, en su vida, fue un conocedor de las cosas grandes y buenas...

La música suspiró, se hizo más fuerte y disminuyó de nuevo en la distancia.

-...Richard Braling saboreó la vida como lo hace uno con un vino de vieja cosecha, paladeando...

Se abrió un pequeño panel en el costado de la caja. Una rápida palanca metálica saltó. Una aguja se clavó en el tórax de Richard, no muy profundamente. Gritó. La aguja le inyectó una buena dosis de líquido coloreado antes de que pudiera agarrarla. Luego se volvió a introducir en su receptáculo y el panel se cerró de golpe.

- ¡Rogers!

Un creciente abotargamiento. Repentinamente, no podía mover sus dedos o sus brazos, o girar la cabeza. Sus piernas estaban inertes y frías.

- Richard Braling amaba las cosas bellas. La música. Las flores - dijo la voz.

- ¡Rogers!

Esta vez no logró gritarlo. Tan sólo pudo pensarlo. Su lengua estaba inerte en su boca anestesiada.

Se abrió otro panel. De él surgieron fórceps metálicos, en el extremo de brazos de acero. Su muñeca izquierda fue traspasada por una gran aguja absorbente.

Su sangre estaba siendo extraída de su cuerpo.

Oyó una pequeña bomba funcionando en alguna parte.

-...echaremos a faltar a Richard Braling de entre nosotros...

El órgano sollozaba y murmuraba.

Las flores lo contemplaban, agitando sus cabezas cubiertas de brillantes pétalos. Seis cirios, negros y esbeltos, se alzaron de receptáculos ocultos y quedaron entre las flores, parpadeando y luciendo.

Otra bomba comenzó a funcionar. Mientras su sangre era vertida por un extremo de su cuerpo, su muñeca derecha fue también traspasada, aferrada y clavada por una aguja, mientras la segunda bomba comenzaba a introducirle formaldehído en sus venas.

«Chup», pausa, «chup», pausa, «chup», pausa, «chup», pausa.

El ataúd se movía.

Un pequeño motor traqueteaba y vibraba. La habitación se deslizó por ambos lados. Pequeñas ruedas giraban. No eran necesarios portadores. Las flores se agitaban a medida que el ataúd salía a la terraza bajo un claro cielo azul.

«Chup», pausa, «chup», pausa.

- Richard Braling será echado a faltar por todos sus...

Dulce y suave música.

«Chup», pausa.

- Ah, dulce misterio de la vida, al fin... - cantos.

- Braling, el gourmet...

- Ah, conozco al fin el secreto de todas...

Contemplando, contemplando, con sus ojos ciegos, el pequeño letrero con el rabillo de sus ojos. «EL ATAUD ECONOMICO BRALING.»

«Instrucciones: Simplemente coloquen el cuerpo en el ataúd, y comenzará a sonar la música.»

Un árbol pasó por encima. El ataúd rodaba suavemente a través del jardín, por detrás de unos matorrales, llevando consigo la voz y la música.

- Y es ya la hora en que debemos confiar esta parte de este hombre a la tierra...

De los costados del féretro surgieron pequeñas palas brillantes.

Comenzaron a cavar.

Vio como las palas lanzaban la tierra hacia arriba. El ataúd se hundía. Golpeaba, se hundía. Paletada, golpe, hundimiento; paletada, golpe y hundimiento de nuevo.

«Chup», pausa. «Chup», pausa. «Chup», pausa. «Chup», pausa.

- Las cenizas con las cenizas, el polvo con el polvo...

Las flores brillaban y se mecían. La caja estaba ya profunda. La música sonaba.

La última cosa que Richard Braling vio fue los brazos de las palas del Ataúd Económico Braling extendiéndose y cubriendo el agujero con tierra.

- Richard Braling, Richard Braling, Richard Braling, Richard Braling, Richard Braling...

El disco se había rayado.

Pero a nadie le importaba. Nadie lo escuchaba.

 

FIN

 

 

Post – Mortem

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Post – Mortem

Mariano Bertello

I

El hombre enfundado en el guardapolvo blanco levantó suavemente la funda

plástica que cubría el cuerpo inerte del muchacho. Lo miró fijamente, con un poco de

lástima, y corrió un mechón de cabello negro de su frente con suma delicadeza. Observó

las cuencas oculares, donde la sangre comenzaba su proceso de coagulación. Donde una

vez habían reinado dos ojos azules llenos de vida ahora no había nada, solo oscuridad.

Alguien los había quitado.

Un escalofrío recorrió su espalda como un río helado. A pesar de que hacía más

de veinte años que era médico forense, la vacuidad de las órbitas lo hacían sentir

incómodo. Decidió bajar su mirada lentamente hacia la herida sangrante ubicada en el

tronco del chico, era un tajo largo y profundo, en forma de Y invertida que abarcaba

todo el pecho y el abdomen.

Con un leve temblor de manos recogió un par de pinzas que descansaban sobre

una pequeña bandeja de acero resplandeciente. Con ellas tomó cada uno de los colgajos

de piel y los retiró hacia los costados, dejando al descubierto la parrilla costal y los

órganos internos del cuerpo.

Hizo un leve recorrido superficial con la mirada y confirmó sus sospechas.

El esternón había sido abierto con una sierra y separado para tener un mejor

acceso al corazón, el cual ya no estaba en su lugar. Lo mismo había ocurrido con ambos

riñones, los cuales habían sido seccionados con precisión quirúrgica. Al cabo de unos

segundos retomó las pinzas y volvió a dejar todo como lo había encontrado.

Dirigió la vista una vez más a la cara del muchacho y suspiró. Le abrió la boca

con un movimiento rápido pero carente de violencia alguna, y acercó su nariz a la

misma.

Reconoció el aroma al instante:

- Cloroformo- musitó entre dientes.

Se acercó a la bandeja metálica y retiró un extraño aparato, mezcla de lupa y

linterna, y una pinza semejante a una de depilación. Introdujo el aparato en la boca e

investigó durante unos segundos. Acto seguido introdujo la pinza, y con ella retiro un

delgadísimo hilo blanco, el cual fue a parar directo a una bolsa de polietileno rotulada

“EVIDENCIA”.

Acabado esto, cerró la boca y ésta emitió un chasquido desagradable. Luego

meneó un poco la cabeza y decidió dar por concluida la autopsia. Cubrió nuevamente el

cuerpo con la mortaja plástica e hizo una pausa para respirar (si es que eso aún era

posible) y aclarar su mente.

Sabía lo que debía hacer, sin embargo había muchas cosas que no entendía, y que

seguramente nadie entendería tampoco. ¿Por qué había muerto el niño y no él?. Espero

unos breves instantes, pero no hubo respuesta. Su mente le aventuró la posibilidad de

que Dios o “alguien” le había dado algo así como una oportunidad única para corregir

las cosas, una última chance para hacer justicia, y aunque ésta era una teoría un poco

descabellada, se abrazó a ella, al no surgir otra opción.

Decidió que ya no podía perder más tiempo, y se encaminó con pasos lentos hacia

el armario que reposaba tranquilamente contra la pared. Abrió uno de sus chirriantes

cajones y retiró unas hojas de papel que tenían el membrete del hospital.

Se dirigió al pequeño escritorio y apoyó las hojas sobre el mismo. Tuvo que

desechar la primera porque al parecer había rozado su guardapolvo y ahora lucía un

extraño garabato de sangre.

Retiró un bolígrafo azul del portalápices y comenzó a escribir.

Con el correr de los minutos notó cómo su escritura se iba deformando, las letras

se alargaban y estiraban ante sus ojos. Era claro que sus tendones se estaban

endureciendo y sus manos adoptaban la forma de una garra animal.

- Me queda poco tiempo- pensó para sí mismo.

Al cabo de un rato logró terminar su cometido. Tomó el papel con las palmas de

ambas manos y lo depositó lentamente sobre el cuerpo del chico. Giró torpemente sobre

sus talones y avanzó trastabillando en su intento de llegar a la otra mesada de mármol

disponible en la morgue. A ese punto ya no lograba pensar con claridad. Se sentía

mareado y confundido, perdido en un mar de incógnitas que ya no serían respondidas.

Se tomó un pequeño descanso para recuperar el aire, pero su pecho ya no se inflaba

como de costumbre. Sus músculos estaban cada vez más rígidos.

Lastimosamente consiguió sentarse sobre la mesada, se agachó con extrema

dificultad y pudo escuchar cómo las vértebras de su espalda crujían como ramas secas.

Tomó el cartón identificatorio y volvió a colgarlo en el dedo gordo de su pie

derecho. Luego se recostó en la mesada. No sintió el frío abrazo del mármol, pero eso

no le extrañó, los nervios estaban muriendo, y con ellos la percepción de las cosas.

Con el único ojo que le quedaba (el otro y la parte izquierda de su cara habían

desaparecido luego de que la bala impactara su rostro), pudo ver como se acercaba el

Dr. Santos, el otro patólogo forense encargado de las autopsias, caminando

enérgicamente por el pasillo.

- Bien... él sabrá qué hacer.- pensó.

Cubrió su cuerpo con una funda similar a la del muchacho, tuvo tiempo para una

última sonrisa y luego todo fue oscuridad...

II

El Dr. Santos entró como una tromba a la sala de autopsias, tal era su costumbre,

pero inmediatamente amainó su paso al encontrar la hoja de papel sobre el cuerpo tieso

del joven Andrés Valencia. Eran las 2:30 de la madrugada, y en teoría sólo dos personas

tenían acceso a la morgue después de las doce de la noche. Una de ellas era él, y la otra

yacía muerta en la mesada contigua desde hacía ya más de cuatro horas.

Según los informes policiales, Valencia, el muchacho asesinado, había sido

atacado mientras se recuperaba de una deshidratación en una sala intermedia en el ala

Este. De acuerdo a los primeros peritajes, el asesino fue sorprendido en el momento del

crimen por David Azconzábal, médico forense encargado de la morgue del hospital y

compañero de Santos, quien al tratar de detener al asesino fue baleado con

consecuencias nefastas, muriendo en el acto. Tres disparos, uno al corazón, uno al

cuello y el último al rostro. Tres disparos, cada uno de ellos mortífero por sí solo.

Con ojos vidriosos y al borde de las lágrimas, Santos contempló desde lejos los

restos de su colega con inmensa amargura.

Su mirada volvió a posarse sobre el chico, más exactamente sobre la nota que

descansaba sobre su pecho. Estiró su brazo izquierdo y la recogió, leyó sus líneas en

silencio y muy cuidadosamente. Cuando terminó, se tomó un breve segundo para

releerla y observar el cuerpo sin vida de su colega en la mesa de autopsias. Estaba

confundido.

Se llevó la mano izquierda a la boca y comprimió su labio inferior con un gesto

pensativo.

“Esto no puede ser”- dijo para sus adentros, y sintió como se le aflojaban las

rodillas. Miró nuevamente el cuerpo del Dr. Azconzábal, implorando por una

explicación que no llegaría nunca.

A continuación cruzó la habitación primero con pasos vacilantes y luego casi

corriendo para abalanzarse sobre el teléfono.

El número que marcaba era el 911.

III

Nota encontrada sobre el cadáver de Andrés Valencia por el Dr. Claudio Santos:

A quien corresponda:

Realmente no sé cómo comenzar, ni cuánto tiempo me queda, así

que iré directo al grano.

Mientras realizaba un último recorrido por el ala Este antes de marcharme a casa,

escuché unos sonidos extraños que salían de la habitación 217, algo así como ruidos de pelea. El

sector estaba en completo silencio y no había un alma. Lo primero que pensé es que el paciente

de ese cuarto se había caído de su cama o que alguien necesitaba atención urgente. Entré

rápidamente en la habitación, y lo que observé me dejó sin aliento.

El Dr. Julio Minelli estaba cabalgado sobre el cuerpo de un paciente (un muchacho joven y

delgado), con un bisturí ensangrentado en su mano derecha y un pañuelo en la otra. Al notar mi

intromisión se sobresaltó, me miró con ojos enloquecidos y velozmente extrajo un revólver

calibre .45 de su cinturón.

Mi último recuerdo consciente es la detonación del arma.

Después de eso y por un breve período de tiempo no hubo nada, absolutamente nada.

Luego llegó el dolor, un dolor terrible y lacerante, como si alguien arrancara toda la piel de

mi cuerpo de un solo tirón, como si me estuviera quemando vivo, el dolor de volver a nacer.

No sabía dónde estaba, ni en qué posición me encontraba, hasta que giré la cabeza y vi a mi

lado el cuerpo del joven paciente de la 217.

Una voz desconocida tronó en mi cabeza:

- “Tienes poco tiempo, así que ponte a trabajar rápido, haz lo tuyo.”

Sin detenerme a pensarlo dos veces comencé con la autopsia del chico.

El examen post mortem revela la extirpación de corazón, riñones y globos oculares, el

nivel de las secciones vasculares es compatible con el protocolo de transplantes, por lo que no

sería extraño que la intención de Minelli sea el comercio de los mismos en el mercado negro.

En su boca hay restos de paño con esencia de cloroformo (ver evidencia).

Minelli guarda un arma en la cajonera de su oficina, la investigación determinará que

se trata del mismo calibre que las balas que se alojan en mi cuerpo.

Esos son los hallazgos más significativos, los cuales pueden conducir a la policía a la

detención del criminal. Por favor, vea los medios necesarios para que esto ocurra lo más

pronto posible. La justicia debe ser servida, y ahora queda en sus manos.

Es todo, el tiempo se agota rápidamente.

Cuiden a mi familia y envíenle todo mi amor.

“La vida encierra muchos misterios, y la muerte es quizá el más grande de todos ellos.”

D. Azconzábal

Médico Forense.

Hospital Santa Helena.