OVNI

 

OVNI

Howard Fast

 

 

 

- Nunca lees en la cama - le dijo el señor Nutley a su mujer.

- Antes sí, ¿te acuerdas? - contestó la señora Nutley -. Pero luego descubrí que me bastaba con quedarme quieta y ordenar mis pensamientos.

- Te envidio. Nunca tienes dificultad para dormirte.

- Oh, sí. Algunas veces. Para ser completamente franca - agregó -, creo que las mujeres hacemos menos alharaca que ustedes los hombres.

- Yo no hago alharaca - protestó el señor Nutley, dejando de lado su «New Yorker» y apagando la luz del velador. Es algo muy desagradable. No padezco de insomnio, pero se me ocurre una idea y me da vueltas y vueltas en la cabeza.

- ¿Tienes una idea esta noche?

- Sólo que Ralph Thompson es un tipo insoportable, pero no sé si eso se puede llamar una idea.

- Eso no basta para mantenerte despierto. Debo admitir que yo siempre lo he encontrado muy agradable como vecino. Podríamos tener vecinos peores, sabes.

- Supongo que sí.

- ¿Por qué estás enojado con él? - preguntó la señora Nutley, tapándose bien para protegerse contra el frío de la habitación.

- Porque nunca estoy seguro si me está tomando el pelo o hablando en serio. Todos los artistas y escritores son insoportables, pero ninguno tan insoportable como él. Como yo me traslado a la ciudad todos los días y pongo el traste sobre una silla para ganarme la vida honradamente, me transformo, según él, en parte del establishment y en objeto de sus bromas.

- Pues sí, estás molesto - dijo la señora Nutley.

- No lo estoy. ¿Por qué pasa una hora antes de que yo pueda contestar sus imbéciles observaciones de una manera ingeniosa?

- Porque eres una persona honesta y considerada, y me alegro mucho de que seas así. ¿Qué te dijo?

- La forma en que lo dijo - replicó el señor Nutley -. Entre desprecio y mofa. Dijo que vio un plato volador al anochecer, que bajó y se posó en el pequeño valle detrás de la colina.

- Bueno, eso no es muy ingenioso que digamos. Probablemente caíste en la trampa y le dijiste que los platos voladores no existen.

- Me voy a dormir - dijo el señor Nutley. Se dio vuelta, se estiró, se tapó bien y se quedó callado. Después de un minuto o dos le preguntó a la señora Nutley si dormía.

- No, estoy despierta.

- Pues le dije que por qué no iba al valle para ver dónde había aterrizado. Me contestó que él no entra sin permiso en la propiedad de gente millonaria.

- ¿Cree en realidad que somos millonarios?

- Un hombre que ve platos voladores puede creer cualquier cosa. ¿Qué le pasa a este país? Nadie veía platos voladores cuando yo era chico. A nadie lo asaltaban en la calle. Nadie se drogaba. Te pregunto a ti: ¿Oíste alguna vez hablar de platos voladores cuando eras chica?

- Creo que no había platos voladores cuando éramos chicos - dijo la señora Nutley.

- Claro que no.

- Antes no existían, a lo mejor ahora sí.

- Eso es ridículo.

- No necesariamente - dijo la señora Nutley suavemente -. Los ven toda clase de personas.

- Lo que sólo significa que el mundo está lleno de locos. Dime una cosa, si existen los platos voladores, ¿qué es lo que quieren?

- Curiosear.

- ¿Cómo es eso?

- Bueno - dijo la señora Nutley -, nosotros somos curiosos, ellos también son curiosos. ¿Por qué no?

- Porque es esa clase de razonamiento la que hace que el mundo esté como está. Ésa es una suposición sin fundamento. Si las personas como tú estuvieran más en contacto con la realidad del mundo, todos estaríamos mejor.

- ¿Qué quieres decir con eso de personas como yo?

- Personas que no saben absolutamente nada del mundo real.

- ¿Como yo? - preguntó dulcemente la señora Nutley. No se enojaba casi nunca.

- ¿Qué haces todo el día aquí en estos barrios o suburbios o lo que sean, a cien kilómetros de Nueva York?

- Siempre estoy atareada, - respondió ella.

- Estar atareado no es suficiente -. El señor Nutley había comenzado uno de sus discursos instructivos, pensó la señora Nutley. Ocurrían cada quince días aproximadamente, cuando padecía de insomnio -. Todas las personas deben justificar su existencia.

- Haciendo dinero. Siempre me dices que tenemos suficiente dinero.

- Nunca he mencionado el dinero. Cuando los chicos entraron en la universidad y tú dijiste que ibas a hacer un doctorado en biología vegetal, yo aprobé tu proyecto. ¿No fue así?

- Así fue. Te mostraste muy comprensivo.

- No me refiero a eso, sino al hecho de que han transcurrido dos años desde que obtuviste el título y no haces absolutamente nada. Pasas los días aquí, sin hacer nada.

- Estás enojado conmigo ahora - dijo la señora Nutley.

- No estoy enojado.

- Estoy ocupada continuamente. Trabajo en el jardín. Colecciono especímenes.

- Tienes jardinero. Le pago ciento diez dólares por semana. Tienes cocinero. Tienes mucama. Los otros días leí en el «Sunday Observer» un artículo acerca de la vida sin objeto que lleva la mujer de la clase media alta.

- Sí, yo también lo leí - dijo la señora Nutley.

- Nunca me permites decir lo que quiero, sin interrupciones - dijo con enojo el señor Nutley -. Estábamos hablando de platos voladores, que tú pareces aceptar como si existieran.

- Pero ahora estamos hablando de otra cosa, ¿no? Estás disgustado porque no encuentro trabajo en alguna universidad como bióloga vegetal para poder demostrar que tengo una función en la vida. En ese caso, nunca nos veríamos, y yo te quiero.

- ¿Dije algo yo de conseguir trabajo en una universidad? En realidad, hay cuatro universidades en treinta kilómetros a la redonda, y cualquiera te aceptaría de buen grado.

- Ésa es una suposición. Me quedo con mi casa, que me gusta mucho.

- Entonces, aceptas el aburrimiento. Aceptas una existencia gris y sin sentido. Aceptas...

- Sabes bien que no debes ponerte en este estado a esta hora de la noche - dijo con dulzura la señora Nutley -. Después te cuesta mucho más dormirte. ¿No quieres un vaso de leche tibia?

- ¿Por que no me dejas terminar de decir lo que quiero?

- Te voy a traer la leche. Siempre te duermes después.

La señora Nutley se levantó de la cama, encendió el velador de la mesa de luz, se puso la bata y bajó a la cocina. Puso la leche a calentar en un hervidor. De un frasco de la alacena sacó un paletito de Seconal y puso un poco del polvo en el vaso. Agregó luego la leche y la revolvió con una cuchara. Después regresó al dormitorio. Su marido tomó la leche bajo su mirada aprobadora.

- Tu leche tibia es mágica - dijo el señor Nutley. - Me pongo así de este humor porque no me puedo dormir.

- Ya lo sé.

- Es que pienso que estás sola todo el día aquí...

- Si a mí me encanta este lugar.

Ella aguardó hasta que la respiración de su marido se hizo regular.

- Mi pobre amor - dijo con un suspiro. Esperó diez minutos más. Luego se levantó de la cama, se puso unos viejos pantalones vaqueros, botas, una camisa y un pulóver, y bajando las escaleras silenciosamente salió de la casa.

Atravesó el jardín hasta el invernadero. La luna estaba tan brillante que no tuvo necesidad de usar la linterna que llevaba en el cinturón. En el invernadero estaba su mochila con los especímenes vegetales que había coleccionado y catalogado las tres últimas semanas. Apreciaba tanto el cuidado con que catalogaba cada espécimen y la manera con que lo envolvía en musgo húmedo, así como el hecho de que dejara los hongos para el último día con el fin de que estuvieran frescos y turgentes, que eso le proporcionaba un cálido sentimiento de satisfacción que duraba días. Además, le pagaban muy bien por su trabajo. El señor Nutley tenía mucha razón. Una persona que tenía un oficio u ocupación especial debía ser remunerada por el mismo. Ella tenía una cartera vieja en un cajón de la cómoda, llena de diamantes pequeños. Claro que los diamantes eran tan comunes en su planeta como los guijarros en nuestra tierra, y por eso no tenía remordimientos de conciencia.

Se puso la mochila al hombro, abandonó el invernadero y se encaminó por el sendero que subía la montaña adentrándose en el valle que estaba escondido detrás, donde se encontraba generalmente escondido el plato volador, cómodo y protegido de la mirada de los incrédulos y cínicos.

Caminaba con el paso largo y tranquilo de una mujer de cincuenta años, aunque el trabajo que realizaba al aire libre la mantenía en muy buen estado físico. Pensó qué bien le haría al señor Nutley si pudiera pasar sus días en el campo, al aire libre, en lugar de en una oficina en la ciudad.

 

 

FIN

 

 

EL DERECHO A LA MUERTE

 

EL DERECHO A LA MUERTE

Doris Piserchia

 

 

 

Un veterinario y un dueño hablaban de Mancha, recién operado.

- Lo arreglé para que la pata se levante automáticamente

- ¿Y eso en qué le mejorará los riñones debilitados?

- Hay que mantenerlos abiertos y limpios. Cada vez que levante la pata, sentirá la necesidad.

- ¿Por qué?

- Lo hará, es todo. Tengo cuarenta años en mi profesión y sé de que hablo. El motorcito que le puse en el muslo le alzará la pata, y orinará como un cachorro. Son cincuenta dólares.

 

Suburbio de la Costa Este. Dos vecinas conversaban en el fondo; eventualmente se pusieron a hablar de sus finados.

- A propósito, los niños dicen que vieron a Billy el otro día.

- ¿Dónde?

- Cerca del granero.

- Me dijeron que le habían apagado todos esos motores. Si se anda paseando por ahí, le haré juicio a alguno.

 

Los motores atómicos tardaban mucho tiempo en desgastarse, y aparentemente la menor conmoción dentro del cadáver podía poner en marcha el mecanismo: un temblor de tierra, un exceso de actividad entre los gusanos, el gas, etcétera. Era desagradable visitar el cementerio y oír ruidos que venían de abajo de las placas, lápidas o monumentos, o del interior de las tumbas o del interior de los ataúdes que yacían en las tumbas. Hubo que tomar medidas para atenuar la situación.

Al principio cremaron los cadáveres. Los grupos religiosos se opusieron. Luego los pulverizaron. Todos se opusieron. Se construyeron tumbas transparentes por encima del suelo, y los deudos debían denunciar cualquier actividad anormal a las autoridades. Esta medida no dio resultado, porque la gente no quería ver cómo los seres queridos se transformaban en polvo. Entonces pusieron a los muertos a descansar en el suelo, en ataúdes con tapa especial. Si se ejercía cierta presión en la cara interior, la tapa se abría. Los muertos empezaron a merodear. Como los habían sepultado desnudos, eran fáciles de identificar, y cuadrillas especiales patrullaban las calles y los capturaban.

A la compañía que fabricaba los motores corporales la enjuiciaron mil veces, hasta que el gobierno la declaró inmune a los juicios. Los motores eran una parte necesaria de la vida, y si la compañía quebraba no habría más motores. Entretanto, el gobierno ordenó a la compañía que realizara investigaciones para descubrir cómo apagar sus productos.

 

El rasgo más notable de Huston Adler era su neurosis.

- Bienvenido a la compañía - dijo su superior -. Irá derecho al laboratorio del tercer piso y no asomará la nariz hasta que haya apagado toda esa carroña.

Huston no cumplió con lo que se había propuesto, o sea apagar los cadáveres del laboratorio del tercer piso del edificio de la compañía.

No fracasó porque fuera un técnico inepto sino por culpa de su neurosis y de un desastre natural con forma de incendio que abrasó el edificio. Pero el incendio vino más tarde. Por el momento, Huston se paseaba por sus dominios del tercer piso y se sentía importante. Tenía que supervisar una gran cantidad de propiedades costosas.

Su departamento estaba junto al laboratorio, y era cómodo y amplio. La cocina estaba repleta de comida, el estéreo incluía una provisión de discos, había una TV color, todo lo que podía desear estaba a su alcance. La compañía lo quería tener contento mientras no trabajaba con los cadáveres.

El laboratorio: veinticinco metros por veinte, un cielo raso muy bajo, luces fluorescentes, algunas muy brillantes y otras muy tenues, paredes verde pálido, un sinfín de mesas y bancos, un par de barras horizontales donde podía colgar cosas, un gran escritorio con el equipo electrónico de Huston, los cuerpos experimentales despatarrados en diversos estados de desorden, excepto el de Billy.

Un enorme gancho de carnicero entre los omóplatos mantenía a Billy suspendido en posición vertical de una de las barras. Su tiroides nunca había funcionado bien, por eso los ojos azules eran grandes y saltones. Hacia mucho tiempo, cuando vivía, Billy había padecido abcesos óseos verdaderamente graves. Hubo que amputarle las piernas y los brazos, y tuvo que vivir un tiempo en una canasta hasta que los médicos le implantaron una pequeña unidad antigravitatoria en la pelvis. De la unidad salían cables que llegaban a las articulaciones de los muslos, y para levantarse en el aire Billy sólo tenía que tensar los músculos del bajo vientre. Manteniendo una tensión constante, Billy podía flotar en posición vertical a poco más de un metro del suelo. Este extraño poder de movilidad lo mantuvo cuerdo y relativamente feliz hasta que las heridas quirúrgicas cerraron por completo. Luego recibió cuatro elegantes extremidades ortopédicas que lo capacitaron para caminar y tantear, recoger y aferrar casi normalmente. La unidad antigravitatoria quedó donde estaba porque se había recubierto de tejido orgánico. Ahora la unidad estaba fuera de control, de modo que habían empalado a Billy en el gancho para que no se echara a volar. De vez en cuando alzaba los brazos artificiales, a veces agitaba las piernas o las movía como si caminara. Cuando los guardianes de cadáveres lo apresaron cerca del granero, le encontraron una herida espantosa y sangrienta en la espalda. Billy resultó interesante para la compañía a causa de sus muchos motores, así que no lo devolvieron a sus deudos. Le detuvieron la circulación seccionando las arterias cardíacas. Le implantaron motores pequeños para que el corazón y los pulmones siguieran bombeando. El técnico de operaciones no tenía más razones para hacer todo eso que su necesidad de practicar. En las venas y arterias de Billy introdujeron elementos para intensificar el proceso que retardaba la descomposición. Se pudriría, pero no sin que algún técnico lo usara por un tiempo. En este caso, Huston Adler.

 

Buck murió quemado. Era bombero. Cuando estaba con vida, venas varicosas le habían debilitado las piernas. Un pequeño motor le ayudó a caminar. Después que murió vagabundeaba por ahí cada vez que el motor de su columna vertebral se confundía con las señales emitidas por el activador cardíaco. En la sangre tenía una enzima especial que espesaba el fluido en las venas superficiales y capilares. Sus heridas no sangraban. Rezumaban.

 

La señorita Sonia era imbécil de nacimiento. Su amante le perforó el hígado de un balazo. Parecía una muñeca. Había tenido muchos órganos defectuosos, de modo que además de los motores cerebrales y espinales tenía otros en varias partes. Incluso tenía uno que le estimulaba los genitales. En verdad no había sido una idea brillante, pues la estimulaba tanto que Sonia desperdició buena parte de su vida en aventuras pasajeras. Era un cadáver atractivo, menudo y de aspecto frágil, con rasgos faciales delicados, ojos grandes y castaños, y una barbilla que temblaba cuando el motor del cerebro creaba vibraciones minúsculas.

 

Tamara había sido una turista compulsiva. Se ahogó en el Gran Canal cuando su góndola volcó. Antes de dedicarse a viajar, jugaba al fútbol. Una lesión grave le destruyó parte del cerebro. Más tarde, el cáncer le cerró la garganta. Había sido una gran charlatana gracias al aparato del cuello. El cáncer no había dejado nada, de modo que un amplificador no hubiera servido. Sus impulsos cerebrales habían activado el grabador, y como viajaba a países extranjeros las grabaciones eran polilingües. Ahora, con los motores internos descompuestos, Tamara todavía hablaba y a veces decía cosas en francés o alemán o swahili cuando su propio idioma habría sido adecuado. Casi todas las cosas que decía eran defensivas. Siempre había lamentado su figura.

 

Mancha, un pequeño perro moteado; sus ojos conservaron la vida después que el resto de él murió; tan enormes, esos ojos, tan relucientes, y además estaban las orejas alertas que eran demasiado grandes. Cada vez que alzaba la pata, ladraba. En la garganta tenía un motorcito que se conectaba con el del muslo. A su dueño lo habían preocupado los riñones débiles; quería vigilar de cerca lo que ocurría. Hacia el final, Mancha había necesitado un motor para ayudarlo a caminar.

 

Huston Adler, activo, neurótico, joven, trabajador; pronto empezó a dormir mal, a sufrir de indigestión; tenía tics faciales, las palmas húmedas, palpitaciones cardíacas, ojos inflamados, prestaba demasiada atención a sonidos que no existían. Su laboratorio era tan completo que había hasta un armario lleno de nada. La desnuda señorita Sonia lo turbaba, así que le hizo vestir una bata de soirée roja. Tamara también lo acaloraba y la obligó a vestir jeans y suéter. En cuanto a Buck, le pusieron corbata y un frac, y Billy quedó enfundado en un traje de ejecutivo. Pero eso fue después que Huston logró encender a sus clientes.

La experiencia de Huston en motores atómicos se había limitado a máquinas simples, implantadas en personas vivas. Ese primer día había encontrado una silla, se había sentado y había mirado, mirado de veras, a las cinco personas con quienes iba a trabajar. (Ya había clasificado a Mancha como persona.) No había visto muchos muertos. A lo sumo unos pocos cadáveres apacibles, en ataúdes, no sueltos y sentados o de pie con los ojos abiertos.

Se suponía que debía apagar todos los motores de los cinco. El mundo quería que los muertos estuvieran muertos, tiesos y mudos, y no que conservaran falsos síntomas de vida. Bien, ¿qué podía hacer primero? Encenderlos a todos, desde luego; de lo contrario no sabría por dónde empezar.

Lo más importante de sus máquinas era el integrador. Le decía qué clase de motores contenían los cuerpos. Tocó con un cable el pecho de Mancha y se encendieron varias luces en el tablero de lectura. Tocó a los otros cuatro con el cable y observó cómo fluctuaban las luces. Verde, azul, rojo, amarillo. Huston sabía qué significaban.

¿Qué era la muerte? ¿La ausencia de latidos? A cada ser humano se le instalaba un activador cardíaco en el pecho en el momento de nacer. Raro que Mancha tuviera uno. El dueño debía de ser un ricachón. De modo que los cinco del laboratorio de Huston tenían pulsaciones.

¿Y las ondas cerebrales? Huston no tenía un electroencefalógrafo, pero si lo hubiera tenido al menos la mitad de sus clientes le habría mostrado una cierta actividad. Dos personas y media: la señorita Sonia, Tamara y Mancha.

Pobre Buck y pobre Billy; mucho más pobre Buck, pues le habían arruinado el aspecto. Ese fue uno de los pensamientos de Huston, y reconoció que era extravagante. Pronto se le ocurrirían más.

¿Respiración? Los pulmones de los cinco funcionaban. Estaban tan activos en la muerte como lo habían estado en vida. ¿Circulación? Cuando alguien moría, se le inyectaba una intravenosa que inhibía la descomposición. Y todo fluía porque el corazón seguía funcionando.

Huston se puso a encender a sus clientes.

 

Buck se paseaba de un lado a otro, despacio, con titubeos. Tenía una expresión azorada, como si estuviera viendo las llamas por primera vez y aún no lo hubiera embargado el miedo. Había sido un bombero responsable. Ahora chocaba con la pared del laboratorio, se volvía y caminaba en dirección contraria, chocaba con otra pared, se volvía...

Billy colgaba del gancho de carnicero y aullaba sin emitir ningún sonido. Tenía cara de susto. El gancho era pesado y corto, y le impedía elevarse más que unos centímetros. Cada vez que subía, se golpeaba la cabeza contra la barra con un ruido suave.

La señorita Sonia miraba a Buck, quien caminaba entre unos bancos cerca de ella.

- Eres como todos - le dijo -. En verdad no te intereso como persona.

- Por favor, ¿dónde está el excusado?

- ¿Domen? ¿Herren? ¿Toilet? Oui. Ach, so - dijo Tamara. Después frunció el ceño, volvió la cabeza y fulminó con la mirada a Mancha, que levantó la pata como para orinarle el tobillo. Al hacerlo ladró.

La señorita Sonia se interpuso en el camino de Buck, que tropezó con ella y la derribó.

- No es culpa mía - dijo la señorita Sonia, levantándose -. Tú no sabes lo que es no poder controlarse. Lo lógico y natural es que algunos hombres no tengan ningún atractivo. Es decir, no todos pueden ser deseables. No es culpa mía, de ningún modo. No pueden arrestarme ni nada. El gobierno me protege. Soy inocente. Además, no es serio. Por cierto, los hombres son capaces de cuidarse de mí.

- ¿Por qué no dejas de seguirme? - le dijo Tamara a Mancha - Sólo dime dónde está la parada de autobuses. Es todo lo que quiero de ti. Si no me dejas en paz, llamaré a un policía.

Billy golpeó la barra más de lo conveniente. El gancho se le había estado hundiendo en las costillas con cada movimiento, pero ahora se deslizó en dirección contraria, hacia atrás y hacia arriba, y tras arrancarle unos centímetros de carne de la espalda dejó de sostenerlo y él cayó de pie. Se puso a valsear, airosa y grácilmente. Al mismo tiempo sus manos tantearon el vacío hasta que al fin encontraron a Buck, lo aferraron, trataron de abrazar al bombero para la última pieza. Buck repitió el último movimiento consciente de su vida, tomó la viga ardiente con las manos, se la quitó del hombro donde le había caído, la tumbó a un costado. Billy retrocedió tambaleando pero en vez de caer se elevó en el aire y subió flotando al cielo raso. Lo embistió con fuerza y bajó al suelo. Bailó de nuevo y esta vez sus manos aleteantes encontraron a la señorita Sonia.

- Oh, Dios, no - dijo ella. Le echó los brazos al cuello y lo besó. Valsearon juntos y se besaron.

- Madre - dijo Tamara -, no me importa si te gusta o no, no me importa si al mundo le molesta que una mujer juegue al fútbol. ¿Qué diablos quieres que haga, que espere sentada a que algún muchacho me invite al baile? Sabes muy bien que eso no lo hará nadie. Es culpa tuya. ¿Por qué me diste el físico de papá? El es feo y yo también. ¿Has visto mis piernas arqueadas igual que las suyas? Demonios, hasta soy velluda como él. No lloro. No lo hago desde que tenía doce años. Simplemente buscaré cómo hacer algo interesante de mi vida.

 

Huston dormía mal, se olvidaba de soñar, trabajaba en exceso, se sumía en la irrealidad.

Mancha ladró, orinó la pierna de Buck, Buck se paseó de un lado a otro. Billy valseó con Sonia, Tamara detuvo a un peatón y le preguntó dónde estaba la salida, Mancha alzó la pata y roció un grifo para incendios, Buck atravesó el edificio en llamas y escuchó cómo la carne de su muslo izquierdo siseaba como tocino en una sartén, Billy probó por primera vez sus piernas artificiales valseando lentamente por el living con su esposa en brazos, la señorita Sonia se dejó arrastrar por las sensaciones porque eso era todo lo que había en su vida, porque eso era todo lo que había en la vida de cualquiera cuando ese cualquiera es un deficiente mental que no se da maña ni para salir del guardarropa sin una máquina en el cerebro que lo guíe.

Huston dormía mal, se olvidaba de soñar, trabajaba en exceso y se sumía en la irrealidad. Tenía poder sobre la muerte, y el poder siempre significaba vida.

- Si de veras quieres saber qué pienso de la liberación femenina - dijo Tamara -, bueno, está bien para las mujeres que gustan de la acción. Claro. ¿Por qué no? Es como comer. Hay que hacerlo, pero uno prefiere elegir el plato. ¿Yo? Lo único que quiero es un hombre. ¿Qué tiene de malo? Escucha, cuando era jovencita me desesperaba. En ese momento el impulso sexual es lo más importante del mundo. Quiero decir que te aguijonea de veras. ¿Y cómo me las arreglaba? Jugaba al solitario mientras mis amigas se acostaban con sus fulanos cuando querían. No me digas que este mundo es justo. La juventud, el físico y el dinero es lo que cuenta, y si no tienes eso estás en la miseria.

- ¿Qué sabes del sufrimiento? - dijo Sonia -. Yo nací idiota. No sólo eso, mi páncreas y mi pituitaria eran defectuosos. Me pusieron esa cosa en la cosa para que pudiera gozar de la vida. Me la arruinaron del todo.

- ¿Alguna vez un tipo se echó atrás cuando lo tocabas? - dijo Tamara -. No me cuentes tus problemas, impúdica.

Las máquinas fueron Dios, por un rato. No, el manipulador era Dios. Tantos motores para arrancar y guiar, tanto poder sobre la vida, un cable aquí, un botón allá: camina, marioneta, habla como un hombre, muéstrame lo que pienso que habría dicho, actúa para mí, baila, retoza. Yo lo estoy haciendo. No, ellos lo están haciendo. Tan cansado, los ojos irritados, la boca seca, no puedo ordenarme las ideas, si tan sólo pudiera dormir.

 

Buck apoyó una mano roja y negra y ampollada en el hombro de Tamara.

- ¿Qué estás haciendo?

Le tocó la mejilla con el dedo.

- No, por favor - dijo Tamara con voz suave.

Buck siguió acariciándola.

- Y ahora tienes que irte - dijo ella -. Ocurre así todas las veces. Fíjate en mí. ¿Sabes lo que estás haciendo?

Buck estaba muy cerca.

- Pero soy fea. Soy horrenda. Tengo cuerpo de albóndiga, y un pelo tan rebelde que nunca lo pude peinar. Apuesto a que usé todas las clases de champú que existen. ¿Por qué me miras así? ¿Estás ciego? ¿Me ves la cara? Háblame de mi bigote. A los catorce me creció un bigote, a los dieciséis tenía hombros más anchos que mi padre. Soy parecida a él. sólo que más fea.

Buck se inclinó, besó los labios invitantes.

- Me das asco - dijo ella, irguiéndose -. No quiero tu piedad. No es más que eso. Una vez conocí a un chico como tú. Quería mi bicicleta y fingía que yo le gustaba. Hasta que un día lo besé. ¿Sabes qué hizo? Me pegó. Y me gritó. Y salió corriendo. Abandoné la bicicleta frente a su casa y le dejé una nota que decía: «Te amo».

- Mira, sólo cincuenta centavos - le dijo la señorita Sonia a Billy -. Cualquiera puede pagarlo.

Billy meneó la cabeza.

- ¿Pero qué te pasa, eres frígido? ¿No te gustan las chicas? ¿Acaso no tienes dinero? Entonces yo te daré los cincuenta centavos, ¿sí? Ven, acércate al diván. Bajaré las luces y pondré un poco de música.

 

Huston encontró una botella de bourbon en un cajón del escritorio. Empinó la tercera parte antes de dormirse en la silla. Necesitaba el descanso. Despertó con el cuello duro.

- Basta - les dijo a Billy y a la señorita Sonia -. Basta - les dijo a Tamara y a Buck.

Ellos siguieron, siguieron, y pronto empezó a gritarles. No había querido llegar a esos extremos. Pero en realidad no era él quien jugueteaba con ellos. Ellos jugueteaban con él.

No había más bourbon. Tendría que encontrar otra botella en alguna parte. Hasta podría ir a una tienda. No había salido una vez, ni siquiera una vez.

- Basta de manoseos - dijo. Ellos estaban sentados a su alrededor, callados, atentos, recatados, cándidos, inteligentes.

- Tamara, ¿por qué hiciste lo que hiciste?

- Buck me lo pidió. Nadie me lo pidió nunca. ¿No comprendes?

- Sí, pero que no se repita.

- Veremos.

- Sonia, no quiero que hagas más lo que hiciste con Billy.

- Por supuesto. De todos modos no me hizo feliz. Billy es un viejo. Lo cual me da una idea. Tú eres un joven bien parecido...

- Jamás se te ocurra decir...

- Te daré cincuenta centavos.

Huston salió en busca de otra botella.

Al otro día los hizo sentar nuevamente en círculo a su alrededor.

- Voy a matarlos - les dijo -. Por eso están en este laboratorio. Mi obligación es apagarlos, y en cuanto los apague estarán muertos y sus míseros problemas morirán con ustedes. - Le sonrió a Buck. - Pareces una enorme hamburguesa chamuscada. ¿Cómo puedes estar allí sentado como si merecieras un lugar en el mundo? Por amor de Dios, cúbrete ese cuerpo repulsivo. Dan ganas de vomitar.

Buck caminó tambaleando hasta un armario, se ocultó allí.

- Y tú, Billy Ford - dijo Huston -. Un nombre humano para Frankenstein. Eres pura cabeza, tórax y trasero. Debieron dejarte morir. Eres una abominación. Cuando pienso que tuviste el descaro de aspirar a ser un hombre normal. Sin brazos, sin piernas, sólo un torso con cabeza. Viviste con tu mujer, comiste con ella, dormiste con ella. ¡Dormiste con ella!

Billy se alejó flotando y calladamente se golpeó la cabeza contra la pared.

- No escondas la cara, Tamara - dijo Huston -. Tamara la feúcha. O tal vez debiera decir Tamara la feota. ¿Sabes que a un hombre le gusta que las mujeres parezcan mujeres? No queremos músculos y bigotes, son inaguantables.

Mientras Tamara se tapaba el rostro y sollozaba, Huston se volvió a la otra integrante del grupo.

- La última, y por cierto la peor. He aquí a la señorita Sonia, la vulva ambulante...

- Que puedes gozar al momento por cincuenta centavos.

Huston se levantó de un brinco, la cara lívida, el cuerpo rígido. Roció el aire con la espuma de la boca.

- ¡No me hables así! ¡Ramera! ¡Te mataré!

Olvidó los límites, la realidad, la cordura.

- Juega tus malditas cartas y deja de mirar a las chicas - le dijo a Buck. Jugaban al póker en el living de su departamento.

- ¡Deja de coquetear! - le rugió a la señorita Sonia, que ojeaba las cartas de los jugadores.

- Ve a besuquearte con Billy - le dijo a Tamara -. Y aparta los pies de mi estéreo.

A la señorita Sonia le dijo:

- Vé a lavarte la cara en el baño.

A Buck le dijo:

- No te quiero pescar fumando mis cigarros.

O:

- Tamara, ¿por qué no dejas de viajar y sientas cabeza con uno de estos muchachos? Alguno de ellos te aceptará. Mancha, deja de mojar los muebles.

Armaron un alboroto en el departamento, y tuvo que arrearlos de vuelta al laboratorio.

- No son dignos de vivir en un sitio decente - les dijo.

Con un bostezo, Billy manoteó el brazo de la señorita Sonia.

- ¿Qué tal si descansamos en el diván, preciosa?

- Quita esas manos piojosas de mi propiedad - dijo Huston.

En el edificio de la compañía había demasiado plástico. Un cortocircuito en un extractor de humedad del quinto piso provocó unas chispas, ardió un distribuidor automático de plástico. Ardió un termómetro de pared. Las cortinas ardieron y las llamas lamieron los paneles plásticos de la luz. El fuego se hizo incendio y se propagó rápidamente.

Huston olió humo. No pudo abrir la puerta del laboratorio. La había cerrado por dentro para impedir que la señorita Sonia bajara a la calle a buscar hombres. No pudo encontrar la llave.

Lo último que recordó fue que había aferrado el respaldo de una silla recta para no caerse. El cuarto se enturbió con el humo. Le dolía el pecho. Tosió, se desplomó sobre la silla, quedó tendido en esa posición.

Mucho más tarde, un hacha golpeó la puerta y la astilló. Unos hachazos más abrieron un boquete lo suficientemente grande para que cinco hombres con trajes protectores entraran uno por uno. Tenían prisa.

Inadvertido en medio del humo, Buck salió del laboratorio y atravesó el pasillo para detenerse frente a una puerta llameante. Sus motores vacilaron momentáneamente y se sentó en el suelo, se apoyó los codos en las rodillas y se sostuvo la cabeza entre las manos.

Los bomberos intercambiaron ideas a través de los walkie-talkies incorporados en los cascos.

- Este tipo parece estar en las últimas - dijo uno. Levantó a Billy y se lo echó al hombro -. Lo llevaré a la ambulancia.

- ¡Auxilio! - gritó la señorita Sonia. Estaba en el centro del cuarto, aturdida y desgreñada.

Un bombero la tomó por los brazos.

- Me llevaré a ésta - les aulló a los otros, y calzándose a la señorita Sonia en el hombro, se marchó.

Tamara, sentada en una silla, repetía una y otra vez:

- Por favor, por favor, por favor...

Lo siguió repitiendo hasta que un bombero la recogió y echó a andar hacia la puerta rota. Los siguió un perrito que ladraba. Mancha los siguió hasta una rampa fuera de la ventana, bajó a la calle con ellos, atravesó un patio y salió a una calzada, se detuvo junto al poste de un farol y alzó la pata. Un muchacho que había acudido a mirar el incendio oyó los ladridos, recogió a Mancha y se lo llevó a su casa.

Dentro del laboratorio, los dos últimos bomberos se toparon con Huston.

- ¡El cielorraso se está recalentando! Larguémonos de aquí.

- ¿Y qué hacemos con éste?

Huston tenía un aspecto tan raro, echado de través sobre el respaldo de la silla, tan poco natural, y además sabían que había cadáveres experimentales en el edificio. Aun así...

- Tomémonos un minuto para revisarlo.

Lo alzaron y lo pusieron de espaldas en el suelo. Podían saber en un santiamén cuándo alguien estaba muerto, pero ¿cómo darse cuenta de lo contrario... saber cuándo estaba vivo?

- Le late el corazón.

- ¡No seas estúpido!

- Tienes razón, a todos les late el corazón.

- ¿Respira?

- Si.

- Bien, eso tampoco importa. Todos los pulmones funcionan automáticamente.

- Exacto.

- Larguémonos de aquí. Es uno de esos cadáveres.

- ¿Cómo podemos estar seguros?

- ¡Porque parece un cadáver! Espera un minuto, hay alguien allí.

Habían descubierto a Buck, que se freía suavemente en el horno de la puerta.

- ¡Saquémoslo de aquí! Olvida al otro, está acabado.

Lo estaba, y para siempre. A la mañana la cuadrilla que trajinaba entre los rescoldos calientes del laboratorio no pudo distinguir los restos de Huston de las cenizas de las paredes o alfombras; pero Buck y Sonia, Tamara y Billy y el mismo Mancha, ellos siguieron y siguieron.

 

 

FIN

 

 

 

LA CÁMARA DE LOS HORRORES

 

LA CÁMARA DE LOS HORRORES

JOSEPH PAYNE BRENNAN

Había decidido pasar el verano en Europa, dedicado a mi ocupación favorita: la investigación

genealógica. Fui primero a Irlanda, deteniéndome en Kilkenny, donde descubrí una mina de leyendas y de

hechos auténticos relativos a mis remotos antepasados irlandeses, los O'Braonains, señores de Ui Duach

en el antiguo dominio de Ossory. Los Brennan (tal como se pronunció posteriormente el apellido) perdieron

todas sus posesiones a consecuencia de la confiscación llevada a cabo en nombre de Inglaterra por

Thomas Wentworth, conde de Strafford. El rapaz conde, me satisface poder decirlo, fue posteriormente

decapitado en la Torre.

Desde Kilkenny me dirigí a Londres, y luego a Chesterfield, en busca de información acerca de mis

antepasados maternos, los Holborn, Wilkerson, Searle, etc. Los datos eran bastante fragmentarios e

incompletos, pero mis esfuerzos se vieron moderadamente recompensados y al final decidí ir más al norte y

visitar los alrededores del castillo de Chilton, sede de Robert Chilton-Payne, el doceavo conde de Chilton.

Mi parentesco con los Chilton-Payne era muy remoto, pero de todos modos representaba un débil lazo de

unión con el pasado y pensé que sería divertido echarle una ojeada al castillo.

Al llegar a Wexwold, la pequeña aldea próxima al castillo, a última hora de la tarde, alquilé una

habitación en la Posada del Ganso Rojo -la única que había-, deshice mis maletas y bajé para dar cuenta

de una sencilla cena, consistente en un panecillo, queso y cerveza.

Cuando terminé este frugal aunque satisfactorio refrigerio, había oscurecido, y con la oscuridad llegaron

el viento y la lluvia.

Me resigné s pasar la velada en la posada. Había cerveza suficiente, y no tenía prisa por ir a ninguna

parte.

Después de escribir unas cuantas cartas, encargué una pinta de cerveza. La sala estaba casi desierta;

el posadero, un caballero gordinflón que siempre parecía a punto de quedarse dormido, era agradable pero

taciturno, y al final me dediqué a pensar en la extraña y espantosa leyenda del castillo de Chilton.

La leyenda tenía diversas variantes, y no cabe duda de que la historia original había sufrido

modificaciones a través de los siglos, pero el detalle base continuaba siendo el mismo: una cámara secreta

en alguna parte del castillo. Se decía que la cámara en cuestión albergaba un terrible espectáculo que los

Chilton-Payne estaban obligados a mantener oculto a los ojos del mundo.

Sólo tres personas tenían acceso a la cámara: el vigente conde de Chilton, el heredero masculino del

conde y otra persona designada por el conde. Habitualmente, esa persona era el comisionado del castillo

de Chilton. La habitación solamente se abría una vez cada generación: tres días después de que el

heredero masculino alcanzaba su mayoría de edad era conducido a la cámara secreta por el conde y el

comisionado. Luego, la cámara era sellada y no volvía a abrirse hasta que el heredero conducía a ella a su

propio hijo.

Según la leyenda, el heredero se convertía en una persona distinta al salir de la cámara. De un modo

invariable, adquiría un aspecto sombrío y huidizo; y en su rostro se reflejaban la inseguridad y el temor. Uno

de los primeros condes de Chilton enloqueció hasta el punto de arrojarse al vacío desde una de las

almenas del castillo.

Durante siglos enteros se había especulado acerca del contenido de la cámara secreta. Una de las

versiones describía la huida de los Gower, perseguidos por unos enemigos armados. Aunque las relaciones

entre los Chilton-Payne y los Gower lo eran todo menos cordiales, en su desesperación los Gower llamaron

a la puerta del castillo de Chilton pidiendo refugio. El conde se lo concedió, les condujo a una cámara

secreta y les prometió que no les entregaría a sus perseguidores. El conde mantuvo su promesa; los

enemigos de los Gower tuvieron que marcharse sin poder consumar sus propósitos asesinos. Sin embargo,

el conde dejó a los Gower encerrados en aquella habitación para que murieran de hambre. La cámara no

fue abierta hasta que hubieron transcurrido treinta años, cuando el hijo del conde rompió los sellos. A sus

ojos se ofreció un espantoso espectáculo. Los Gower habían muerto de hambre lentamente, y al final, a

juzgar por el aspecto de sus esqueletos, se habían entregado al canibalismo.

Otra versión de la leyenda señalaba que la habitación secreta había sido utilizada por los condes

medievales como cámara de tortura. Se decía que los aparatos destinados al tormento se encontraban aún

en la cámara, y que de ellos seguían colgando los restos de sus últimas víctimas, espantosamente

retorcidos en su agonía.

Una tercera versión mencionaba a una de las antepasadas femeninas de los Chilton-Payne, lady Susan

Glanville, la cual había hecho un pacto con el diablo. Fue condenada por brujería, pero consiguió escapar a

la hoguera. La fecha y las circunstancias de su muerte eran desconocidas, pero se suponía que la cámara

secreta estaba relacionada de algún modo con ella.

Mientras yo especulaba sobre aquellas distintas versiones de la horrible leyenda, la tormenta aumentó

en intensidad. La lluvia repiqueteaba fuertemente contra las ventanas de la posada, y de cuando en cuando

llegaba a mis oídos el lejano retumbar del trueno.

Contemplando los mojados cristales, me encogí de hombros y pedí otra pinta de cerveza.

En el momento en que me disponía a llevarme la jarra a los labios, la puerta de la posada se abrió de

par en par y una ráfaga de aire frío mezclado con lluvia penetró en la sala. La puerta volvió a cerrarse y una

alta figura, con el cuello del abrigo levantado hasta las orejas, avanzó hacia el mostrador. Quitándose la

gorra, pidió que le sirvieran coñac.

No teniendo nada mejor que hacer, me dediqué a observarle. Parecía tener unos setenta años y haber

pasado la mayor parte de su vida al aire libre, y su rostro, a pesar de las arrugas, denotaba firmeza y

decisión. Su ceño estaba fruncido, como si meditara en algún problema desagradable, pero sus fríos ojos

azules me examinaron brevemente aunque con cierta deliberación.

No pude situarle en un ambiente determinado. Podía ser un granjero local, y sin embargo no creí que lo

fuera. Le envolvía una especie de aureola de autoridad, y aunque sus ropas eran sencillas, me pareció que

su calidad y su corte eran mejores que las de los campesinos de la región que hasta entonces había visto.

Un incidente vulgar nos hizo entrar en conversación. Un trueno más fuerte que los demás le impulsó a

volverse hacia la ventana. Al hacerlo, rozó con el codo su húmeda gorra y ésta cayó al suelo. La recogí y se

la entregué; me dio las gracias; y entqnces intercambiamos algunas observaciones acerca del tiempo.

Tenía la intuitiva sensación de que, a pesar de que el desconocido era un individuo normalmente

retraído, se encontraba ahora preocupado por algún grave problema, lo cual le hacía desear oír una voz

humana. Aunque me daba cuenta de que mi intuición podía engañarme, empecé a hablar volublemente

acerca de mi viaje, acerca de mis investigaciones genealógicas en Kilkenny, Londres y Chesterfield, y

finalmente acerca de mi lejano parentesco con los Chilton-Payne y mi deseo de echarle una buena mirada

al castillo de Chilton.

De pronto, descubrí que me estaba mirando con una expresión muy rara. Se produjo un embarazoso

silencio. Carraspeé, preguntándome qué podía haber dicho para que aquellos fríos ojos azules me miraran

con tanta fijeza.

Al final, el desconocido se dio cuenta de mi turbación.

-Perdone que le mire así -se disculpó-, pero ha dicho usted algo... -Vaciló-. ¿Tiene inconveniente en

que nos sentemos?

Señalaba hacia una pequeña mesa situada en el extremo más alejado de la sala, medio envuelta en

sombras.

Asentí, intrigado y curioso, y nos dirigimos hacia la mesa en cuestión.

Nos sentamos, y el desconocido permaneció unos instantes en silencio, con el ceño fruncido, como si

no supiera cómo empezar. Finalmente, se presentó a sí mismo como William Cowath. Mencioné mi nombre

y Mr. Cowath vaciló de nuevo. Por último bebió un sorbo de coñac y me miró fijamente.

-Soy el comisionado del castillo de Chilton -dijo.

Le contemplé con sorpresa y renovado interés.

-¡Qué agradable coincidencia! -exclamé-. Entonces, tal vez mañana pueda usted permitirme que le

eche una mirada al castillo...

No parecía escucharme.

-Sí, sí, desde luego -murmuró con aire ausente.

Molesto por aquella actitud, permanecí silencioso.

Al cabo de un rato, Mr. Cowath empezó a hablar con inusitada rapidez.

-Hace una semana, Robert Chilton-Payne, doceavo conde de Chilton, fue enterrado en el panteón

familiar. Frederick, su heredero, alcanzó la mayoría de edad hace tres días. ¡Y esta noche tiene que ser

conducido a la cámara secreta!

Contemplé a mi interlocutor con una expresión de incredulidad. Por un instante pensé que había oído

hablar de mi interés por el castillo de Chilton y estaba divirtiéndose a mi costa, tomándome por un crédulo

turista.

Pero en sus ojos no había la más leve sombra de humor. Era evidente que estaba hablando muy en

serio.

-¡Qué cosa más rara! -murmuré-. En el momento en que ha llegado usted, estaba pensando en las

diversas leyendas relacionadas con la famosa cámara secreta.

Sus fríos ojos sostuvieron los míos.

-No hablo de leyendas -dijo-. Hablo de un hecho.

Un escalofrío de temor y de excitación recorrió mi cuerpo.

-¿Va usted a ir allí... esta noche?

Asintió.

-Esta noche. Yo, el joven conde... y otra persona.

Le miré, cada vez más intrigado.

-Normalmente, nos acompañaría el propio conde. Ésta es la costumbre. Pero está muerto. Poco antes

de morir, me dio instrucciones para que escogiera a alguien que nos acompañara al joven conde y a mí.

Esa persona tiene que ser varón... y con preferencia del linaje.

Bebí un buen sorbo de cerveza y no dije nada.

El comisionado continuó:

-Aparte del joven conde, en el castillo sólo habitan su anciana madre, lady Beatrice Chilton, y una tía

enferma.

-¿En quién estaba pensando el conde? -inquirí cautelosamente.

El comisionado enarcó las cejas.

-En la región residen algunos primos lejanos. Supongo que pensaba que alguno de ellos asistirla al

funeral. Pero no se presentó ninguno.

-También es desgracia -observé.

-Una verdadera desgracia. Y, en consecuencia, tengo que rogarle, en nombre del linaje, que esta noche

nos acompañe al joven conde y a mí a la cámara secreta.

El asombro me dejó sin habla. En el exterior, los relámpagos zigzagueaban sin cesar y la lluvia seguía

cayendo a raudales. Cuando las plumas de hielo dejaron de cosquillearme el estómago, conseguí articular

una respuesta.

-Pero, yo..., es decir..., mi parentesco es remotísimo... En realidad, no puede decirse que pertenezca al

linaje... Yo...

El comisionado se encogió de hombros.

-Lleva usted el nombre. Y posee al menos unas cuantas gotas de la sangre de los Payne. Dada la

urgencia de las actuales circunstancias, es más que suficiente. Estoy convencido de que el conde Robert

estaría de acuerdo conmigo, si pudiera hablar. ¿Vendrá usted?

No había modo de escapar a la intensidad, a la presión de aquellos fríos ojos azules. Parecían taladrar

mi cerebro mientras trataba de idear nuevas excusas.

Finalmente -inevitablemente, me atrevo a decir-, accedí. Tenía la sensación de que el encuentro no

había sido casual, que desde siempre había estado destinado a visitar la cámara secreta del castillo de

Chilton.

Terminamos nuestras bebidas y yo subí a mi habitación en busca de algo con que protegerme de la

lluvia. Cuando volví a bajar, envuelto en un recio impermeable, el posadero estaba roncando en su taburete

a pesar de los furiosos estallidos del trueno que ahora eran casi incesantes. Confieso que le envidié

mientras salía de la caldeada salía en compañía de William Cowath.

Una vez fuera, mi guía me informó que tendríamos que ir a pie hasta el castillo. Había bajado a pie a

propósito, me explicó, a fin de disponer de más tiempo y soledad para meditar en el grave problema que

tenía planteado.

La lluvia, el viento y el rugido del trueno hacían difícil la conversación. Eché a andar detrás del

comisionado, el cual daba unas enormes zancadas y parecía conocer palmo a palmo el camino, a pesar de

la oscuridad.

Anduvimos una corta distancia por la calle de la aldea y luego nos metimos en un camino lateral que no

tardó en convertirse en un sendero, peligrosamente resbaladizo a causa de la lluvia.

Bruscamente, el sendero empezó a ascender; el camino se hizo más penoso. Resultaba indispensable

concentrar toda la atención en los pies. Por fortuna, los relámpagos eran cada vez más frecuentes.

Me pareció que llevaba andando una hora -en realidad supongo que no eran más que unos minutoscuando

el comisionado se detuvo.

Me encontré de pie a su lado en una especie de llanura rocosa. El comisionado señaló hacia una

sombra que se erguía delante de nosotros.

-El castillo de Chilton -dijo.

Durante unos instantes no vi absolutamente nada en la impenetrable oscuridad que nos rodeaba.

Luego llameó un relámpago. A su claridad divisé un gran castillo normando, cuadrado, con cuatro torres

rectangulares en las esquinas, taladrado por angostas aberturas en forma de ventanas que parecían

acechantes y diabólicos ojos. La enorme construcción estaba medio cubierta por un manto de hiedra que

parecía más negra que verde.

-¡Parece increiblemente antiguo! -comenté.

William Cowath asintió.

-Empezó a edificarlo Henry de Montargis, en 1122.

Y sin añadir nada más echó a andar hacia el castillo.

A medida que nos acercábamos a la muralla, la tormenta se hacía más intensa. El rumor del agua y el

aullido del viento no permitían hablar. Inclinamos nuestras cabezas y seguimos adelante.

Cuando finalmente llegamos a la muralla, quedé sorprendido por su altura y su espesor. Era evidente

que había sido construida para poder resistir a los mejores cañones de asedio.

Mientras cruzábamos un puente levadizo, miré hacia abajo y vi el negro cauce de un foso, pero la

oscuridad no me permitió averiguar si llevaba agua o no. Un portón en forma de arco abierto en la muralla

daba acceso al patio de armas. El patio estaba completamente vacío, a excepción de los riachuelos de

agua que discurrían por él.

Cruzando el patio con rápidas zancadas, el comisionado me condujo a otro portón en forma de arco

abierto en otra muralla. A la otra parte había un segundo patio, más pequeño, y más allá se alzaban las

paredes del castillo propiamente dicho.

Tras cruzar un oscuro pasadizo, nos encontramos delante de una enorme puerta de madera de encina

ennegrecida por el tiempo, reforzada con claveteadas planchas de hierro. El comisionado abrió esta puerta

de par en par y ante nuestros ojos apareció el gran vestíbulo del castillo.

Cuatro largas mesas labradas a mano, con sus correspondientes bancos, ocupaban casi toda la

longitud del vestíbulo. Unos candelabros de metal, oxidados por el paso de los años, sostenían las velas

que iluminaban la estancia, clavados a las columnas de piedra labrada cuya función no era decorativa, sino

la de aguantar el techo. Alineados a lo largo de las paredes veíanse escudos heráldicos, armaduras,

alabardas, lanzas y banderas, los acumulados trofeos y premios de siglos sangrientos, cuando cada castillo

era casi un reino en sí mismo. El espectáculo resultaba impresionante.

William Cowath agitó una mano.

-Los castellanos de Chilton vivieron de la espada durante muchos siglos.

Cruzó el gran vestíbulo y entró en otro pasadizo escasamente iluminado. Le seguí en silencio.

Mientras avanzábamos, me habló en voz baja.

-Frederick, el joven heredero, no tiene una naturaleza robusta. La muerte de su padre le afectó mucho...

y siente un gran temor por la ceremonia que vamos a celebrar esta noche.

Deteniéndose ante una puerta con flores de lis grabadas en la madera y adornos de metal, el

comisionado me dirigió una enigmática mirada y luego llamó con los nudillos.

Alguien preguntó quién llamaba, y el comisionado se identificó. Se oyó el ruido de un pesado cerrojo al

descorrerse y la puerta se abrió.

Si los Chilton-Payne habían sido obstinados luchadores en su época, la sangre guerrera parecía

haberse diluido considerablemente en las venas de Frederick, el joven heredero y ahora decimotercer

conde de Chilton. Vi ante mí a un joven delgado, de tez pálida, cuyos ojos oscuros y hundidos tenían una

expresión asustada. Iba vestido de un modo a la vez teatral y anacrónico: chaqueta y pantalones de

terciopelo de color verde hoja, con encajes blancos en el cuello y en los puños.

Nos hizo seña de que pasáramos, como a regañadientes, y cerró la puerta. Las paredes de la pequeña

habitación estaban enteramente cubiertas con tapices que reproducían escenas de caza o batallas

medievales. Una corriente de aire procedente de una ventana o de otra abertura los hacía oscilar

continuamente; parecían tener vida propia. En un rincón había una antigua cama con dosel; en otro, un

amplio escritorio con una lámpara de ágata.

Después de una breve presentación, la cual incluyó una explicación de los motivos de que yo me

encontrara allí para acompañarles, el comisionado preguntó si Su Señoría estaba preparado para visitar la

cámara.

El rostro del joven Frederick perdió todo vestigio de color; sin embargo, asintió y nos acompañó al

pasadizo.

William Cowath iba delante; el conde le seguía; y yo cerraba la marcha.

Al llegar al final del pasadizo, el comisionado abrió la puerta de un cuarto lleno de telarañas. Allí recogió

unas cuantas velas, escoplos, un pico y un mazo. Después de meterlo todo en un saco de cuero que se

colgó al hombro, cogió una antorcha de tea que estaba en una de las estanterías del cuarto. La encendió y

esperó hasta que prendió la llama. Satisfecho con esta iluminación, cerró el cuarto y nos hizo seña de que

le siguiéramos.

Llegamos a una escalera de caracol con peldaños de piedra que descendía. Alzando su antorcha, el

comisionado empezó a bajar. El conde y yo le imitamos en silencio.

La escalera tenía más de cincuenta peldaños. A medida que descendíamos, las piedras aparecían más

húmedas y frías; también el aire se enfriaba más, y olía a moho y a humedad.

Al final de la escalera se abría un túnel, negro como la pez y silencioso.

El comisionado alzó su antorcha.

-El castillo de Chilton es normando, pero al parecer fue reedificado sobre unas ruinas sajonas. Se cree

que los pasadizos que se encuentran en estas profundidades fueron construidos por los sajones. -Miró

hacia el interior del túnel, con el ceño fruncido-. O por gente todavía más primitiva.

Vaciló unos instantes, y me pareció que estaba escuchando. Luego, dirigiéndonos una extraña mirada.

se adentró en el túnel.

Eché a andar detrás del conde, estremeciéndome. El aire helado me traspasaba hasta la medula.

Debajo de mis pies, las piedras estaban recubiertas de una capa de lodo y eran sumamente resbaladizas. Y

no había más luz que la parpadeante claridad de la antorcha que el comisionado sostenía en alto.

Cuando llevábamos un rato andando, el comisionado se detuvo y de nuevo tuve la impresión de que

estaba escuchando. Sin embargo, el silencio parecía absoluto y reemprendimos la marcha.

Al final del túnel encontramos otra escalera descendente. Ésta tenía solamente unos quince peldaños, y

conducía a otro túnel que había sido excavado en la roca sobre la cual se asentaba el castillo. En las

paredes había costras blanquecinas de salitre. El olor a moho era muy intenso. El aire helado estaba

impregnado de un hedor fétido que me resultó especialmente repulsivo, aunque no pude darle nombre.

Finalmente, el comisionado se detuvo, alzó su antorcha y descargó de su hombro el saco de cuero.

Vi que estábamos ante una pared levantada con alguna clase de piedra para la construcción. Aunque

húmeda y manchada de salitre, era evidente que se trataba de un trabajo mucho más reciente que todo lo

que habíamos encontrado hasta entonces.

William Cowath me entregó la antorcha.

-Sosténgala, por favor. Tengo velas, pero...

Dejando la frase sin terminar, sacó el pico e inició el asalto a la pared; la barrera era bastante sólida,

pero en cuanto hubo abierto un agujero en ella utilizó el mazo y la tarea avanzó con más rapidez. Al cabo

de un rato me ofrecí a manejar el mazo mientras él sostenía la antorcha, pero se limitó a sacudir la cabeza

y continuó su trabajo de demolición.

En todo este tiempo el joven conde no había pronunciado una sola palabra. Al mirar su rostro pálido y

tenso sentí lástima de él, a pesar de mi propia inquietud.

Bruscamente se produjo un silencio mientras el comisionado soltaba el mazo. Vi que quedaban más de

dos pies de la parte inferior de la pared.

William Cowath se inclinó a examinarla.

-Hay suficiente espacio -comentó-. Creo que podremos pasar.

Volvió a cargarse el saco de cuero al hombro, tomó la antorcha de mi mano y se introdujo en la

abertura. El conde y yo le seguimos.

Al entrar en la cámara, el fétido olor que había notado en el pasadizo nos rodeó como una nube.

Empezamos a toser. El comisionado murmuró:

-No tardará en despejarse. Quédense cerca de la abertura.

Aunque el repulsivo hedor continuaba siendo intenso, al final pudimos respirar más libremente.

William Cowath alzó su antorcha y atisbó hacia las oscuras profundidades de la cámara. Lleno de

temor, miré por encima de su hombro.

Al principio no of ningún sonido y sólo pude ver paredes con costras de salitre y un húmedo suelo de

piedra. Sin embargo, al cabo de unos instantes, en un apartado rincón, más allá de la vacilante claridad de

la antorcha, vi dos diminutas manchas rojas. Traté de convencerme a mí mismo de que eran dos piedras

preciosas, dos rubíes, brillando a la luz de la antorcha.

Pero supe inmediatamente -sentí inmediatamente- lo que eran: dos pupilas rojas que nos contemplaban

con impresionante fijeza.

El comisionado habló en voz baja:

-Esperen aquí.

Avanzó hacia el rincón, se detuvo a medio camino y levantó la antorcha. Durante unos instantes

permaneció silencioso. Finalmente emitió un largo y tembloroso suspiro.

Cuando habló de nuevo, su voz había cambiado. Era sólo un susurro sepulcral.

-Acérquense -nos dijo con aquella extraña y profunda voz.

Seguí al conde Frederick hasta que nos situamos uno a cada lado del comisionado.

Cuando vi lo que había sobre el banco de piedra en aquel apartado rincón pensé que iba a

desmayarme. Mi corazón dejó de latir durante unos interminables segundos. La sangre abandonó mis

extremidades. Sentí deseos de gritar, pero mi garganta se negó a abrirse.

El ser que reposaba sobre aquel banco de piedra parecía un monstruo surgido del infierno. Las

penetrantes y malignas pupilas rojas proclamaban que tenía una terrible vida, y sin embargo aquella vida se

sustentaba a sí misma en un cuerpo renegrido y momificado que parecía un cadáver desenterrado. Aquella

especie de cadáver tenía unos harapos mohosos pegados al cuerpo. Unos mechones de pelo blanco

brotaban de su fantasmal y grisáceo cráneo. La abertura que ocupaba el lugar de la boca mostraba unas

extrañas manchas.

Nos contemplaba con una maldad que desbordaba lo puramente humano. Resultaba imposible

devolver la mirada a aquellas monstruosas pupilas rojas. Eran tan indescriptiblemente diabólicas, que se

experimentaba la sensación de que la propia alma iba a consumirse en los fuegos de su malignidad.

Apartando la mirada, vi que el comisionado sostenía ahora al conde Frederick. El joven heredero se

había desplomado sobre él. Miraba fijamente a la espantosa aparición con los ojos helados por el terror. A

pesar de mi propia sensación de horror, le compadecí.

El comisionado volvió a suspirar y luego habló de nuevo en aquel tono sepulcral.

-Ante ustedes tienen a lady Susan Glanville -nos dijo-. Fue transportada a esta cámara y encadenada a

la pared, en 1473.

Un estremecimiento de horror recorrió todo mi cuerpo; tuve la sensación de que nos encontrábamos en

presencia de fuerzas malignas surgidas del Averno.

Al mirarlo, aquel espantoso ser me había parecido desprovisto de sexo, pero al sonido de su nombre la

fantasmal mueca de una sonrisa contorsionó la fruncida boca manchada de rojo.

Por primera vez me di cuenta de que el monstruo estaba efectivamente encadenado a la pared. Los

gruesos eslabones estaban tan ennegrecidos por el tiempo que me habían pasado inadvertidos.

El comisionado continuó, como si recitara una lección:

-Lady Glanville fue una antepasada materna de los Chilton-Payne. Tenía trato con el Diablo. Fue

condenada como bruja, pero escapó a la hoguera. Finalmente, sus propios deudos la encerraron aquí y la

encadenaron a la pared para que muriera de hambre.

Hizo una breve pausa y luego prosiguió:

-Era demasiado tarde. Lady Glanville había hecho ya un pacto con los Poderes de las Tinieblas. Había

sido una belleza. Odiaba a la muerte. Temía a la muerte. De modo que vendió su alma inmortal -y los

cuerpos de su progenie- a cambio de la eterna vida terrenal.

La voz del comisionado llegaba a mis oídos como en una pesadilla; parecía proceder de una distancia

infinita.

William Cowath continuó:

-Las consecuencias de romper el pacto son demasiado terribles para ser descritas. Ningún

descendiente de lady Glanville se ha atrevido a hacerlo. Y así ha podido vivir durante casi quinientos años.

Creí que había terminado, pero me equivocaba. Mirando hacia arriba, alzó la antorcha hacia el techo de

aquella cámara maldita.

-Esta cámara -dijo- se encuentra inmediatamente debajo de la cripta familiar. Cuando muere uno de los

condes, el cadáver es depositado en la cripta. Pero, en cuanto se han marchado los sepultureros, el falso

fondo de la cripta se desliza a un lado y el cadáver del conde cae en esta cámara.

Mirando hacia el techo, vi el rectángulo de la puerta de una trampilla.

La voz del comisionado se hizo casi inaudible.

-Una vez cada generación, lady Glanville se alimenta... con el cadáver del difunto conde. Es una

cláusula de aquel espantoso pacto que no puede ser quebrantada.

Como si quisiera confirmar sus palabras, el comisionado inclinó su antorcha hasta que la llama iluminó

el suelo a los pies del banco de piedra al cual estaba encadenado el vampírico monstruo.

Esparcidos por el suelo veianse los huesos y el cráneo de un hombre adulto, manchados de sangre

fresca. Y a cierta distancia había otros huesos humanos, amarillentos o carcomidos por el tiempo.

En aquel momento, el joven conde Frederick empezó a gritar. Sus histéricos alaridos llenaron la

cámara. El comisionado le sacudió rudamente, pero el joven continuó gritando como un poseso.

Durante unos instantes, el monstruo tendido en el banco le contempló con sus espantosa pupilas rojas.

Finalmente emitió un sonido, una especie de cloqueo que pretendía ser una risa.

De repente, y de un modo completamente imprevisto, el monstruo empezó a deslizarse sobre el banco

y trató de avanzar hacia el joven conde. La cadena que lo sujetaba a la pared sólo le permitía avanzar un

par de metros. Pero lo intentó una y otra vez, profiriendo una especie de aullidos que erizaron los cabellos

de mi cabeza.

William Cowath enfocó su antorcha hacia el monstruo, pero éste continuó agitándose espantosamente.

La cámara de pesadilla resonaba con los gritos del conde y los horribles aullidos de aquel ser infernal. Temí

volverme loco si no escapaba inmediatamente de tan horrendo lugar.

Miré al comisionado y me di cuenta de que también él empezaba a experimentar los efectos de aquella

indescriptible situación. Vi que sus ojos se posaban en la pared a la cual estaban fijadas las cadenas que

sujetaban al monstruo.

Intuí lo que estaba pensando. ¿Resistirían las cadenas, después de tantos siglos de herrumbre y

humedad?

En un repentino impulso, sacó de uno de sus bolsillos algo que brilló a la luz de la antorcha. Era un

crucifijo de plata. Avanzando unos pasos, colocó el crucifijo ante el retorcido rostro del monstruo que en

otra época había sido la hermosa lady Susan Glanville.

El monstruo retrocedió profiriendo un grito de agonía que ahogó los alaridos del conde. Se derrumbó

sobre el banco, bruscamente silencioso e inmóvil; los latidos de su repulsiva boca y el fuego del odio que

ardía en sus rojas pupilas eran las únicas pruebas de que continuaba viviendo.

William Cowath se dirigió a él:

-¡Ser infernal! ¡Si bajas de ese banco antes de que salgamos de esta cámara y volvamos a sellarla, juro

que te colgaré esta cruz al cuello!

Las pupilas rojas contemplaron al comisionado con una expresión de odio abismal imposible de

describir. Despedían fuego, realmente. Y, sin embargo, leí en ellas algo más: miedo.

De pronto me di cuenta de que el silencio había descendido sobre aquella cámara de horrores. Duró

únicamente unos instantes. El conde había cesado de gritar, pero ahora hacía algo peor: se estaba riendo.

Era sólo una risita, pero resultaba más horrible que todos sus gritos.

El comisionado se volvió, señalándome con un gesto la pared parcialmente derruida. Cruzando la

habitación, salí al pasadizo. Detrás de mí, el comisionado sostenía al joven conde, que arrastraba los pies

como un anciano, sin dejar de reír para sí mismo.

Luego se produjo lo que me pareció un interminable intervalo, durante el cual el comisionado fue en

busca de un saco de cemento y de un cubo de agua que previamente había dejado en alguna parte del

túnel. Trabajando a la luz de la antorcha, preparó el cemento y procedió a sellar la cámara, utilizando las

mismas piedras que había quitado.

Mientras el comisionado trabajaba, el joven conde permanecía sentado en el túnel, completamente

inmóvil, riéndose en voz baja.

En el interior de la cámara reinaba el silencio. Una vez, solamente, oí las cadenas del monstruo chocar

contra la piedra.

Finalmente el comisionado terminó su tarea y nos condujo de nuevo a través de aquellos pasadizos

manchados de salitre y las húmedas escaleras. El conde apenas podía subirlas; el comisionado le

arrastraba penosamente de peldaño en peldaño.

Cuando llegamos a la habitación de los tapices el conde se sentó en su cama y se quedó mirando

fijamente el suelo, sin cesar de reír. En contra de lo que afirman los que se las dan de entendidos, observé

que su pelo negro se había convertido en gris. Después de convencerle para que se bebiera un vaso de

líquido que sin duda contenía una fuerte dosis de sedante, el comisionado consiguió que el conde se

tendiera en la cama.

William Cowath me acompañó a otro dormitorio. Deseaba marcharme inmediatamente de aquel castillo

infernal, pero la lluvia seguía arreciando y no estaba seguro de poder encontrar el camino de regreso a la

aldea sin un guía.

El comisionado sacudió la cabeza tristemente.

-Temo que Su Señoría esté condenado a una muerte temprana. Nunca fue demasiado fuerte, y los

acontecimientos de esta nochc pueden haber trastornado su mente..., pueden haberle debilitado más allá

de toda esperanza de recuperación.

Expresé mi simpatía y mi horror. Los fríos ojos azules del comisionado se clavaron en los míos.

-Es posible -dijo- que, en caso de que se produzca la muerte del joven conde, usted mismo pueda ser

considerado... -Vaciló-. Pueda ser considerado -concluyó finalmente- como uno de los que se encuentran

en la línea de sucesión.

No quise oir nada más. Le di las buenas noches, cerré la puerta del dormitorio y traté -inútilmente- de

dormir, aunque sólo fueran unos minutos.

Pero el sueño no llegó. Tuve febriles visiones de aquel monstruo de pupilas rojas escapando de sus

cadenas, abriéndose paso a través de la pared y trepando por aquellas heladas y resbaladizas escaleras...

Antes de que amaneciera abrí silenciosamente la puerta del dormitorio y me deslicé como un ladrón a

través de los fríos pasadizos y el gran vestíbulo desierto del castillo. Crucé los dos patios y el puente

levadizo tendido sobre el negro foso, y eché a correr en dirección a la aldea.

Mucho antes del mediodía estaba en camino hacia Londres. La suerte me favoreció: al día siguiente

salía uno de los buques que efectúan la travesía del Atlántico.

Nunca volveré a Inglaterra. Me he propuesto mantenerme siempre a un océano de distancia, como

mínimo, del castillo de Chilton y de su permanente ocupante.

 

 

APRENDED GEOMETRIA

 

APRENDED GEOMETRIA

Fredric Brown

 

 

 

Henry miró el reloj, a las dos de la mañana cerró el libro desesperado.

Seguramente lo suspenderían al día siguiente. Cuanto más estudiaba geometría, menos la comprendía. Había fracasado ya dos veces. Con seguridad lo echarían de la Universidad. Sólo un milagro podía salvarlo. Se enderezó.

¿Un milagro? ¿Por qué no? Siempre se había interesado por la magia. Tenía libros. Había encontrado instrucciones muy sencillas para llamar a los demonios y someterlos a su voluntad. Nunca había probado. Y aquel era el momento o nunca. Tomó de la estantería su mejor obra de magia negra. Era sencillo. Algunas fórmulas. Ponerse a cubierto en un pentágono. Llega el demonio, no puede hacernos nada y se obtiene lo que se desea. ­El triunfo es vuestro!

Despejó el piso retirando los muebles contra las paredes. Luego dibujó en el suelo, con tiza, el pentágono protector. Por fin pronunció los encantamientos.

El demonio era verdaderamente horrible, pero Henry se armó de coraje.

- Siempre he sido un inútil en geometría - comenzó...

­ ¡A quién se lo dices! - replicó el demonio, riendo burlonamente.

Y cruzó, para devorarse a Henry, las líneas del hexágono que aquel idiota había dibujado en vez del pentágono.

 

FIN

LAS RATAS DEL CEMENTERIO

 

LAS RATAS DEL CEMENTERIO

Henry Kuttner

 

http://bloodgothic.blogspot.com/2009/11/las-ratas-del-cementerio.html 

 

El viejo Masson, guardián de uno de los más antiguos y descuidados cementerios de Salem, sostenía una verdadera contienda con las ratas. Hacía varias generaciones, se había asentado en el cementerio una verdadera colonia de ratas enormes procedentes de los muelles. Cuando Masson asumió su cargo, tras la inexplicable desaparición del guardián anterior, decidió eliminarlas. Al principio colocaba cebos y comida envenenada junto a sus madrigueras; más tarde, intentó exterminarlas a tiros. Pero todo fue inútil. Seguía habiendo ratas. Sus hordas voraces se multiplicaban e infestaban el cementerio.

 Eran grandes, aún tratándose de la especie de «decumagus», cuyos ejemplares miden a veces más de treinta y cinco centímetros de largo sin contar la cola pelada y gris. Masson las había visto hasta del tamaño de un gato; y cuando los sepultureros descubrían alguna madriguera, comprobaban con asombro que por aquellas malolientes galerías cabía sobradamente el cuerpo de una persona. Al parecer, los barcos que antaño atracaban en los ruinosos muelles de Salem debieron de transportar cargamentos muy extraños.

Masson se asombraba a veces de las extrañas proporciones de estas madrigueras. Recordaba ciertos relatos inquietantes que le habían contado antes de llegar a la vieja y embrujada ciudad de Salem. Eran relatos que hablaban de una vida larvaria que persistía en la muerte, ocultas en las olvidadas madrigueras de la tierra. Ya habían pasado los viejos tiempos en que Cotton Maher exterminara los cultos perversos y los ritos orgiásticos celebrados en honor de Hécate y de las siniestra Magna Mater. Pero todavía se alzaban las tenebrosas casas de torcidas buhardillas, de fachadas inclinadas y leprosas, en cuyos sótanos, según se decía, aún se ocultaban secretos blasfemos y se celebraban ritos que desafiaban tanto a la ley como a la cordura. Moviendo significativamente sus cabezas canosas, los viejos aseguraban que, en los antiguos cementerios de Salem, había bajo tierra cosas peores que gusanos y ratas.

En cuanto a estos roedores, ciertamente, Masson les tenía aversión y respeto. Sabía el peligro que acechaba en sus dientes afilados y brillantes. Pero no comprendía el horror que los viejos sentían por las casas vacías, infestadas de ratas. Había oído rumores sobre ciertas criaturas horribles que moraban en las profundidades de la tierra y tenían poder sobre las ratas, a las que agrupaban en ejércitos disciplinados. Según decían los ancianos, las ratas servían de mensajeras entre este mundo y las cavernas que se abrían en las entrañas de la tierra, muy por debajo de Salem. Y aún se decía que algunos cuerpos habían sido robados de las sepulturas con el fin de celebrar festines subterráneos y nocturnos. El mito de flautista de Hamelin era una leyenda que ocultaba, en forma de alegoría, un horror blasfemo; y según ellos, los negros abismos habían parido abortos infernales que jamás salieron a la luz del día.

Masson no hacía ningún caso de semejantes relatos. No fraternizaba con sus vecinos y, de hecho, hacía lo posible por mantener en secreto la existencia de las ratas. De conocerse el problema quizá iniciasen una investigación, en cuyo caso tendrían que abrir muchas sepulturas. Y en efecto, hallarían ataúdes perforados y vacíos que atribuirían a las actividades de las ratas. Pero descubrirían también algunos cuerpos con mutilaciones muy comprometedoras para Masson.

Los dientes postizos suelen hacerse de oro puro, y no se los extraen a uno cuando muere. Las ropas, naturalmente, son harina de otro costal, porque la compañía de pompas fúnebres suele proporcionar un traje de paño sencillo, perfectamente reconocible después. Pero el oro no lo es. Además, Masson negociaba también con algunos comerciantes de medicina y médicos pocos escrupulosos que necesitaban cadáveres sin importarles demasiado su procedencia.

Hasta entonces, Masson se las había arreglado muy bien para que no se iniciase una investigación. Había negado ferozmente la existencia de las ratas, aún cuando algunas veces éstas le hubiesen arrebatado el botín. A Masson no le preocupaba lo que pudiera suceder con los cuerpos, después de haberlos expoliado, pero las ratas solían arrastrar el cadáver entero por un boquete que ellas mismas roían en el ataúd.

El tamaño de esos agujeros tenía a Masson asombrado. Por otra parte, se daba la circunstancia de que las ratas horadaban siempre los ataúdes por uno de los extremos, y no por lados. Parecía como si las ratas trabajasen bajo la dirección de algún guía dotado de inteligencia.

Ahora se encontraba ante una sepultura abierta. Acababa de quitar la última paletada de tierra húmeda y de arrojarla al montón que había formado a un lado. Desde hacía varias semanas, no paraba de caer una llovizna fría y constante. El cementerio era un lodazal de barro pegajoso, del que surgían las mojadas lápidas en formaciones irregulares. Las ratas se habían retirado a sus agujeros; no se veía ni una. Pero el rostro flaco y desgalichado de Masson reflejaba una sombra de inquietud. Había terminado de descubrir la tapa de un ataúd de madera.

Hacía varios días que lo habían enterrado, pero Masson no se había atrevido a desenterrarlo antes. Los parientes del fallecido venían a menudo a visitar su tumba, aún lloviendo. Pero a estas horas de la noche, no era fácil que vinieran, por mucho dolor y pena que sintiesen. Y con este pensamiento tranquilizador, se enderezó y echó a un lado la pala.

Desde la colina donde estaba situado el cementerio, se veían parpadear débilmente las luces de Salem a través de la lluvia pertinaz. Sacó la linterna del bolsillo porque iba a necesitar luz. Apartó la pala y se inclinó a revisar los cierres de la caja.

De repente, se quedó rígido. Bajo sus pies había notado un rebullir inquieto, como si algo arañara o se revolviera dentro. Por un momento, sintió una punzada de terror supersticioso, que pronto dio paso a una rabia furiosa, al comprender el significado de aquellos ruidos. ¡Las ratas se habían adelantado otra vez!

En un rapto de cólera, Masson arrancó los cierres del ataúd. Metió el canto de la pala bajo la tapa e hizo palanca, hasta que pudo levantarla con las dos manos. Luego encendió la linterna y la enfocó al interior del ataúd.

La lluvia salpicaba el blanco tapizado de raso; el ataúd estaba vacío. Masson percibió un movimiento furtivo en la cabecera de la caja y dirigió hacia allí la luz.

El extremo del sarcófago había sido horadado, y el boquete comunicaba con una galería, al parecer, pues en aquel mismo momento desaparecía por allí, a tirones, un pie fláccido enfundado en su correspondiente zapato. Masson comprendió que las ratas se le habían adelantado, esta vez, sólo unos instantes. Se dejó caer a gatas y agarró el zapato con todas sus fuerzas. Se le cayó la linterna dentro del ataúd y se apagó de golpe. De un tirón, el zapato le fue arrancado de las manos en medio de una algarabía de chillidos agudos y excitados. Un momento después, había recuperado la linterna y la enfocaba por el agujero.

Era enorme. Tenía que serlo; de lo contrario, no habrían podido arrastrar el cadáver a través de él. Masson intentó imaginarse el tamaño de aquellas ratas capaces de tirar del cuerpo de un hombre. De todos modos, él llevaba su revólver cargado en el bolsillo, y esto le tranquilizaba. De haberse tratado del cadáver una persona ordinaria, Masson habría abandonado su presa a las ratas, antes de aventurarse por aquella estrecha madriguera; pero recordó los gemelos de sus puños y el alfiler de su corbata, cuya perla debía ser indudablemente auténtica, y, sin pensarlo más, se prendió la linterna al cinturón y se metió por el boquete. El acceso era angosto. Delante de él, a al luz de la linterna, podía ver como las suelas de los zapatos seguían siendo arrastradas hacia el fondo del túnel de tierra. También el trató de arrastrase lo más rápidamente posible, pero había momentos en que apenas era capaz de avanzar, aprisionado entre aquellas estrechas paredes de tierra.

El aire se hacía irrespirable por el hedor de la carroña. Masson decidió que, si no alcanzaba el cadáver en un minuto, volvería para atrás. Los temores supersticiosos empezaban a agitarse en su imaginación, aunque la codicia le instaba a proseguir. Siguió adelante, y cruzó varias bocas de túneles adyacentes. Las paredes de la madriguera estaban húmedas y pegajosas. Por dos veces oyó a sus espaldas pequeños desprendimientos de tierra. El segundo de éstos le hizo volver la cabeza. No vio nada, naturalmente, hasta que enfocó la linterna en esa dirección.

Entonces vio varios montones de barro que casi obstruían la galería que acababa de recorrer. El peligro de su situación se le apareció de pronto en toda su espantosa realidad. El corazón le latía con fuerza sólo de pensar en la posibilidad de un hundimiento. Decidió abandonar su persecución, a pesar de que casi había alcanzado el cadáver y las criaturas invisibles que lo arrastraban. Pero había algo más, en lo que tampoco había pensado: el túnel era demasiado estrecho para dar la vuelta.

El pánico se apoderó de él, por un segundo, pero recordó la boca lateral que acababa de pasar, y retrocedió dificultosamente hasta que llegó a ella. Introdujo allí las piernas, hasta que pudo dar la vuelta. Luego, comenzó a avanzar precipitadamente hacia la salida, pese al dolor de sus rodillas magulladas.

De súbito, una punzada le traspasó la pierna. Sintió que unos dientes afilados se le hundían en la carne, y pateó frenéticamente para librarse de sus agresores. Oyó un chillido penetrante, y el rumor presuroso de una multitud de patas que se escabullían. Al enfocar la linterna hacia atrás, dejó escapar un gemido de horror: una docena de enormes ratas le miraban atentamente, y sus ojillos malignos brillaban bajo la luz. Eran unos bichos deformes, grandes como gatos. Tras ellos vislumbró una forma negruzca que desapareció en la oscuridad. Se estremeció ante las increíbles proporciones de aquella sombra apenas vista.

La luz contuvo a las ratas durante un momento, pero no tardaron en volver a acercarse furtivamente. Al resplandor de la linterna, sus dientes parecían teñidos de un naranja oscuro. Masson forcejeó con su pistola, consiguió sacarla de su bolsillo y apuntó cuidadosamente. Estaba en una posición difícil. Procuró pegar los pies a las mojadas paredes de la madriguera para no herirse.

El estruendo del disparo le dejó sordo durante unos instantes. Después, una vez disipado el humo, vio que las ratas habían desaparecido. Se guardó la pistola y comenzó a reptar velozmente a lo largo del túnel. Pero no tardó en oír de nuevo las carreras de las ratas, que se le echaron encima otra vez.

Se le amontonaron sobre las piernas, mordiéndole y chillando de manera enloquecedora. Masson empezó a gritar mientras echaba mano a la pistola. Disparó sin apuntar, de suerte que no se hirió de milagro. Esta vez las ratas no se alejaron demasiado. No obstante, Masson aprovechó la tregua para reptar lo más deprisa que pudo, dispuesto a hacer fuego a la primera señal de un nuevo ataque.

Oyó movimientos de patas y alumbró hacia atrás con la linterna. Una enorme rata gris se paró en seco y se quedó mirándole, sacudiendo sus largos bigotes y moviendo de un lado a otro, muy despacio, su cola áspera y pelada. Masson disparó y la rata echó a correr.

Continuó arrastrándose. Se había detenido un momento a descansar, junto a la negra abertura de un túnel lateral, cuando descubrió un bulto informe sobre la tierra mojada, un poco más adelante. De momento, lo tomó como un montón de tierra desprendido del techo; luego vio que era un cuerpo humano.

Se trataba de una momia negruzca y arrugada, y Masson se dio cuenta, preso de un pánico sin límites, de que se movía.

Aquella cosa monstruosa avanzaba hacia él y, a la luz de la linterna, vio su rostro horrible a muy poca distancia del suyo. Era una calavera casi descarnada, la faz de un cadáver que ya llevaba años enterrado, pero animada de una vida infernal. Tenía unos ojos vidriosos, hinchados y saltones, que delataban su ceguera, y, al avanzar contra Masson, lanzó un gemido plañidero y entreabrió sus labios pustulosos, desgarrados en una mueca de hambre espantosa. Masson sintió que se le helaba la sangre.

Cuando aquel Horror estaba ya a punto de rozarle. Masson se precipitó frenéticamente por la abertura lateral. Oyó arañar en la tierra, justo a sus pies, y el confuso gruñido de la criatura que la seguía de cerca. Masson miró por encima del hombro, gritó y trató de avanzar desesperadamente por la estrecha galería. Reptaba con torpeza; las piedras afiladas le herían las manos y las rodillas. El barro le salpicaba en los ojos, pero no se atrevió a detenerse ni un segundo. Continuó avanzando a gatas, jadeando, rezando y maldiciendo histéricamente.

Con chillidos triunfales, las ratas se precipitaron de nuevo sobre él con una horrible voracidad pintada en sus ojillos. Masson estuvo a punto de sucumbir bajo sus dientes, pero logró desembarcarse ellas: el pasadizo se estrechaba y, sobrecogido por el pánico, pataleó, gritó y disparó hasta que el gatillo pegó sobre una cápsula vacía. Pero había rechazado las ratas.

Observó entonces que se hallaba bajo una piedra grande, encajada en la parte superior de la galería, que le oprimía cruelmente la espalda. Al tratar de avanzar notó que la piedra se movía, y se le ocurrió una idea: ¡Si pudiera dejarla caer, de forma que obstruyese el túnel!

La tierra estaba empapada por el agua de la lluvia. Se enderezó y se puso a quitar el barro que sujetaba la piedra. Las ratas se aproximaban. Veía brillar sus ojos al resplandor de la linterna. Siguió cavando, frenético, en la tierra. La piedra cedía. Tiró de ella y la movió de sus cimientos.

Se acercaban la ratas... Era el ejemplar que había visto antes. Gris, leprosa, repugnante, avanzaba enseñando sus dientes anaranjados. Masson dio un último tirón de la piedra y la sintió resbalar hacia abajo. Entonces reanudó su camino a rastras por el túnel.

La piedra se derrumbó tras él, y oyó un repentino alarido de agonía. Sobre sus piernas se desplomaron algunos terrones mojados. Más adelante, le atrapó los pies un desprendimiento considerable, del que logró desembarazarse con dificultad. ¡El túnel entero se estaba desmoronando!

Jadeando de terror, Masson se desmoronaba mientras la tierra se desprendía tras él. El túnel seguía estrechándose, hasta que llegó un momento en que apenas pudo hacer uso de sus manos y sus piernas para avanzar. Se retorció como una anguila hasta que, de pronto, notó un jirón de raso bajo sus dedos crispados; y luego su cabeza chocó contra algo que le impedía continuar. Movió las piernas y pudo comprobar que no las tenía apresadas por la tierra desprendida. Estaba boca abajo. Al tratar de incorporarse, se encontró con que el techo del túnel estaba a escasos centímetros de su espalda. El terror lo descompuso.

Al salirle al paso aquel ser espantoso y ciego, se había desviado por un túnel lateral, por un túnel que no tenía salida. ¡Se encontraba en un ataúd vacío, al que había entrado por el agujero que las ratas habían practicado en su extremo!

Intentó ponerse boca arriba, pero no pudo. La tapa del ataúd le mantenía inexorablemente inmóvil. Tomó aliento entonces, e hizo fuerza contra la tapa. Era inamovible, y aun si lograse escapar del sarcófago, ¿cómo podría excavar una salida a través del metro y medio de tierra que tenía encima?

Respiraba con dificultad. Hacía un calor sofocante y el hedor era irresistible. Era un paroxismo de terror, desgarró y arañó el forro acolchado hasta destrozarlo. Hizo un inútil intento por cavar con los pies en la tierra desprendida que le impedía la retirada. Si lograse solamente cambiar de postura, podría excavar con la uñas una salida hacia el aire... hacia el aire...

Una agonía candente penetró en su pecho; el pulso le dolía en los globos de los ojos. Parecía como si la cabeza se le fuera hinchando, a punto de estallar. Y de súbito, oyó los triunfales chillidos de las ratas. Comenzó a gritar, enloquecido, pero no pudo rechazarlas esta vez. Durante un momento, se revolvió histéricamente en su estrecha prisión, y luego se calmó, boqueando por falta de aire. Cerró lo ojos, sacó su lengua ennegrecida y se hundió en la negrura de la muerte, con los locos chillidos de las ratas taladrándole los oídos.

 

FIN

 

NO ACABARÁ CON UN ESTALLIDO

 

 

NO ACABARÁ CON UN ESTALLIDO

por Damon Knight

 

Diez meses después de pasar por encima el último avión, Rolf Smith supo sin lugar a dudas que sólo había sobrevivido otro ser humano. Ese otro ser humano se llamaba Louise Oliver, y estaba sentada a la mesa, frente a él, en la cafetería de un drugstore en Salt Lake City. Comían salchichas de Viena enlatadas y bebían café.

La luz del sol golpeaba como una sentencia a través del vidrio roto de una ventana. No se oían ruidos ni adentro ni afuera; sólo un sofocante rumor de ausencia. El sonido de platos en la cocina, el ruido sordo y pesado de los tranvías: nunca más. Había sol; y silencio; y los ojos acuosos, asombrados, de Louise Oliver.

Rolf se inclinó sobre la mesa e intentó atraer por un instante la atención de aquellos ojos de pez.

—Querida—dijo—, claro que respeto tu punto de vista. Pero tengo que hacerte comprender que no es práctico.

Louise lo miró un poco sorprendida, luego volvió a apartar los ojos. La cabeza se agitó levemente. No. No, Rotf, no viviré contigo en pecado.

Smith pensó en las mujeres de Francia, de Rusia, de México, de los Mares del Sur. Había pasado tres meses en los devastados estudios de una estación de radio en Rochester, escuchando las voces hasta que se apagaron. Había habido una gran colonia en Suecia, que incluía a un ministro del gobierno inglés. Los habitantes de esa colonia informaban que Europa ya no existía: no quedaba una hectárea que no hubiese sido barrida por el polvo radiactivo. Tenían dos aviones y suficiente combustible para llegar a cualquier sitio del continente; pero no había adónde ir. Tres de ellos tuvieron la plaga; luego once; luego todos.

Había un piloto de bombardero que cayó cerca de una estación de radio gubernamental en Palestina. No duró mucho tiempo porque se había roto varios huesos al estrellarse; pero había vista las aguas vacías donde tendrían que haber estado las Islas del Pacífico. Suponía que habían sido bombardeados los hielos árticos.

No había informes de Washington, ni de Nueva York, ni de Londres, París, Moscú, Chungking, Sydney. Era imposible saber quién había sido exterminado por la enfermedad, quién por el polvo, quién por las bombas.

El propio Smith había sido ayudante de laboratorio en un equipo que trataba de encontrar un antibiótico para la plaga. Sus superiores encontraron uno que daba resultado a veces, pero llegó un poco tarde. Cuando se fue del laboratorio, Smith se llevó todo el que había: cuarenta ampollas, una cantidad suficiente para varios años.

Louise había sido enfermera de un elegante hospital cerca de Denver. Según ella, algo bastante extraño le había sucedido al hospital mientras ella caminaba hacia allí la mañana del ataque. Estaba bastante tranquila cuando hablaba de ese asunto, pero en sus ojos aparecía una mirada vaga, y su expresión destrozada se volvía un poco más ausente. Smith no la apremiaba para que le diese una explicación.

Como él mismo, Louise había encontrado una estación de radio que todavía funcionaba, y cuando Smith descubrió que ella no había contraído la plaga, aceptó que se encontraran. Louise, al parecer, era naturalmente inmune. Debía de haber otros, por lo menos unos pocos; pero las bombas y el polvo no les habían perdonado.

A Louise le parecía muy embarazoso que no quedase ningún pastor protestante vivo.

El problema era que ella lo pensaba de veras. A Smith le había llevado mucho tiempo creerlo, pero era así. Ella tampoco estaba dispuesta a dormir en el mismo hotel que él; esperaba, y recibía, la mayor cortesía y corrección. Smith había aprendido la lección. Caminaba del lado de afuera en las aceras cubiertas de escombros; le abría las puertas, mientras hubo puertas; le acercaba la silla; se cuidaba de no maldecir. La galanteaba.

Louise tenía unos cuarenta años, por lo menos cinco más que Smith. A veces él se preguntaba qué edad pensaría ella que tenía. La impresión de ver lo que le había sucedido al hospital (fuese lo que fuese), a los pacientes que ella había cuidado, había obligado a su mente a refugiarse en la infancia. Louise admitía tácitamente que todas las demás personas del mundo estaban muertas, pero aparentemente consideraba que eso era algo que uno no debía mencionar.

Más de un centenar de veces en las últimas tres semanas, Smith había sentido un impulso casi irresistible de romperle el delgado pescuezo y seguir adelante. Pero no tenía salvación; ella era la única mujer en el mundo, y la necesitaba. Si moría, o lo abandonaba, él también moriría ¡Vieja perra!, pensó furiosamente para sus adentros, cuidando de que no se le notara en la cara el pensamiento.

—Louise, vida mía—dijo suavemente—, quiero abusar lo menos posible de tus sentimientos. Tú lo sabes.

—Sí, Rolf—dijo ella, mirándole fijamente con cara de gallina hipnotizada.

Smith se obligó a proseguir.

—Tenemos que afrontar los hechos, por muy desagradables que sean. Querida, somos el único hombre y la única mujer que existen. Somos como Adán y Eva en el Jardín del Edén.

En la cara de Louise apareció una expresión de leve disgusto. Evidentemente estaba pensando en hojas de parra.

—Piensa en las generaciones venideras —le dijo Smith, con un temblor en la voz. Piensa en mí siquiera una vez. Quizá sirvas otros diez años, quizá no. Con un estremecimiento, recordó la segundo etapa de la enfermedad: la desvalida rigidez, que golpeaba sin aviso previo. El ya había tenido un ataque de esos, y Louise le había ayudado a curarse. Sin Louise él se habría quedado en ese estado hasta morir, con la hipodérmica salvadora a pocos centímetros de su rígida mano. Pensó desesperadamente: Con suerte te sacaré por lo menos dos hijos antes de que estires la pata. Entonces estaré seguro.

Continuó hablando:

—Dios no quería que la raza humana acabase de este modo. Nos perdonó a nosotros, a ti y a mí, para... —hizo una pausa; ¿cómo lo podría decir sin ofenderla? «Padres» no serviría: demasiado sugestivo—...para llevar adelante la antorcha de la vida—concluyó.

Eso. Era una manera bastante adecuada de decirlo.

Louise miraba fijamente por encima del hombro de Smith. Los párpados le pestañeaban regularmente, y la boca acompañaba ese ritmo con pequeños movimientos de ratón. Smith se miró los debilitados muslos debajo de la mesa. No tengo fuerzas para violarla, pensó. ¡Cristo, si tuviera fuerzas!

Volvió a sentir aquella rabia inútil, y trató de dominarse. No podía perder la cabeza, porque ésta era quizá su última oportunidad. Louise había estado hablando últimamente, en el lenguaje nebuloso que usaba para todo, de subir a las montañas a rezar para que el Señor los guiase. No había dicho «sola», pero era bastante fácil ver que se lo imaginaba de esa manera. Tenía que convencerla antes de que la decisión fuese irrevocable. Se concentró furiosamente, e hizo otro intento.

Las palabras pasaban como un rumor distante. Louise oía alguna frase de vez en cuando. Cada una de esas frases le generaba una cadena de pensamientos, que la ataban con más firmeza al ensueño. «Nuestro deber ante la Humanidad...» Mamá había dicho a menudo—eso era en la vieja casa de Waterbury Street, naturalmente, antes de que mamá enfermara—había dicho:

—«Niña, tu deber es ser limpia, educada y temerosa de Dios. Ser bonito no importa. Hay muchas mujeres feas que han conseguido maridos buenos y cristianos.»

Maridos... Tener y poseer... Azahares, y las madrinas de boda; la música de órgano. Entre la bruma vio la cara delgada y lobuna de Rolf. Naturalmente, él era el único hombre que tendría jamás; lo sabía muy bien. Caramba, cuando una muchacha pasaba de los veinticinco tenia que aceptar lo que consiguiese.

Pero a veces me pregunto si de veras es un buen hombre, pensó.

«...a los ojos de Dios...» Louise recordó las ventanas de vidrios coloreados de la vieja Primera Iglesia Episcopal, y cómo pensaba siempre que Dios la miraba desde aquella brillante transparencia. Quizá El la estuviese mirando todavía, aunque a veces parecía que la hubiese olvidado. Naturalmente, ella se daba cuenta de que las costumbres matrimoniales cambiaban, y si uno no podía tener regularmente un pastor... Pero era una verdadera lástima, casi un ultraje que si de veras se casaba con ese hombre, no pudiese disfrutar de tantas cosas agradables.-.. Ni siquiera habría regalos de boda. Ni siquiera eso. Pero, por supuesto, Rolf le daría todo lo que ella quisiese. Miró otra vez a su cara, y notó aquellos ojos negros concentrados que la miraban con feroz intención, la boca delgada que se contraía en un tic lento y regular, los velludos lóbulos de las orejas debajo de la maraña de pelo negro.

Rolf no se debía dejar crecer tanto el pelo, pensó Louise. Bueno, ella podía cambiar todo eso. Si se casaba con él, sin duda le haría cambiar el modo de ser. Era su obligación.

Rolf estaba hablando de una granja que había visto en las afueras de la ciudad, una casa grande, buena, con granero. No había ganado, dijo, pero después ya conseguirían alguno. Y plantarían cosas, y tendrían sus propios alimentos, para no tener que ir a restaurantes todo el tiempo.

Louise sintió algo en la pálida mano que tenía delante de ella en la mesa. Los dedos de Rolf, morenos, gordos, con negro vello encima y debajo de los nudillos, tocaban los de ella. Rolf habla callado un momento, pero ahora hablaba otra vez, con más urgencia todavía. Louise retiró la mano.

Rolf estaba diciendo:

—...y tendrás el más hermoso traje de boda, y un ramo de flores. Todo lo que quieras, Louise, todo...

¡Un traje de boda! ¡Y flores, aunque no hubiese un pastor! Bueno, ¿por qué el tonto ese no lo había dicho antes?

Rolf se interrumpió en la mitad de una frase ; acababa de darse cuenta de que Louise había dicho claramente «Sí, Rolf, me casaré contigo si ése es tu deseo...»

Aturdido, Rolf quiso que lo repitiese, pero no se atrevió a preguntarle: «¿Qué dijiste?», por miedo a recibir alguna respuesta fantástica, o ninguna respuesta. Tomó aliento, profundamente, y dijo:

—¿Hoy, Louise?

—Bueno—dijo ella—, hoy... No estoy muy... Naturalmente, si te parece que puedes hacer todos los preparativos a tiempo... aunque me parece...

El triunfo corrió por el cuerpo de Smith. Ahora tenía una ventaja, y la aprovecharía.

—Di que sí, querida—la apremió—. Di que sí y seré el hombre más feliz...

La lengua se le resistió, impidiéndole terminar la frase; pero no importaba. Louise asintió sumisamente.

—Lo que te parezca mejor, Rolf.

Smith se puso de pie, y Louise le permitió que le besase una pálida y seca mejilla.

—Nos vamos inmediatamente—dijo él—. ¿Me disculpas un minuto, querida?

Esperó al «Sí, claro» de Louise, y entonces caminó hasta el fondo de la sala, dejando huellas en la alfombra de piel. Sólo tendría que hablar así con ella unas pocas horas, y luego ella sentiría que le pertenecía para siempre. Después, Rolf podría hacer con ella lo que quisiese: pegarle, someterla a cualquier prueba de su desprecio y repulsión, usarla. Entonces no estaría tan mal, nada mal, ser el último hombre sobre la tierra. Hasta podía tener una hija...

Encontró la puerta del retrete y entró. Dio un paso, y el cuerpo se le paralizó, sin llegar a perder el equilibrio, erguido pero impotente. El pánico le atacó la garganta; trató de volver la cabeza y no pudo; trató de gritar y no pudo. A sus espaldas hubo un pequeño chasquido: la puerta, amortiguada por el tope hidráulico, acababa de cerrarse para siempre. No estaba con llave; pero del otro lado mostraba la advertencia CABALLEROS.

FIN

 

NOTA:Me parece como si faltase o sobrase algo al final, o ha habido una errata en la traduccion...???

http://bloodgothic.blogspot.com/

http://bloodgothic.blogspot.com/

Categorías


001-100
1000
101-200
11-12
1-2-3
1516
1834
1873
1912
1984
2008
201-300
6-7-8
7llaves
9-10-11
9-10
aandahl
abdul
abeja
abgaro
abismal
abismo
abobinable
abuela
abuso
accion
aceite
acelerador
actitudes
activista
actualidad
adams
adan
adios
adolescente
adonis
adultos
advaita
afanasiev
africa
afrodita
agatha
agosto
agujero
ahmad
ahogado
aire-frio
akshobya
al-76
alabanzas
alambra
alan
alarcon
alas
alba
albergue
albert
aldiss
aldous
alegato
alejandro
aleksandr
aleluya
alexander
alfredo
algernon
algunas
alhazred
alicia
alla
allan
allen
alma
almanaque
alpha
alquimia
alquimista
alquimistas
al-sol
alsophocus
alternativo
alto
alucard
alusiones
amados
amantes
amar
amarre
ambrese
ambroce
ambrose
amigo
amigos
amityville
amontillado
amor
amuletos
anabell
anam-cara
anatema
anciano
andersen
anderson
andersont
andres
androgino
androides
andy
anecdotas
angel
angeleologia
angeles
angeles-caidos
angels
angeologia
animados
-anime
anime
anonimo
anson
antes
anthony
anticristo
antifona
antigua
antiguas
antiguo
antiguos
antipapas
antivirus
antoine
antologia
antologico
antropogenesis
anvil
aparecio
apariciones
apcrifos
apocalipsis
apocalipticas
apocaliptico
apocrifo
apocrifos
apogeo
apostasia
apostata
apostoles
aprender
aprendizaje
aqui
aquino
arabe
aragon
arbatel
arbol
arcana
arcangel
archivo
arcilla
arena
arfego
argentina
argentino
argumentos
arkano
armadel
armadura
armagedon
armando
armenio
art-digital
arte
arthur
articulo
artista
art-pop
art-underground
art-undergrount
ascii
asesinato
asesinatos
asesino
asesinos
ashkin
asimoc
asimov
astrologia
astronave
astronomia
asunto
ataudes
ateo
atmosferas
atraccion
atraco
august
augusto
austin
auto
autoestopista
autoindagacion
autora
autor
autores
autos
auxiliar
avalon
avatar
avatars
aventuras
ayer
ayuda
azteca
azul
baba-yaga
babilonicos
bach
bade-runner
bajo
ballena
banco
bandas
banners
banos
baphomet
barba
barclay
barker
barrers
barril
batalla
baudelaire
bbrigadier
bdsm
becquer
belhomme
bellas
belle
belleza
benedetti
benigni
bequer
berenice
bernarda
beso
bestiario
bestias
biblia
biblias
bibliografia
bicentenario
bicho
bien
bierce
biografia
black
blackfer`s
blackwood
blade
blanca
blanch
blanqueo
blavatsky
bloch
blog
blogdiario
blogs
blood
bloodthirst
boca
boda
boix
bola
bones
book
borges
bradbury
bramahismo
bram
brazo
brecht
breve
brian
bromas
brown
bruce
brujas
brujeria
brujo
bruno
bryant
bryce
bucay
buda
buddhismo
budismo
budista
buenas
buenasnuevas
buhardilla
bukowski
buscadores
bush
bushido
busqueda
butanero
butler
byron
cabala
caballero
caballos
cabellera
cabello
cadaver
caidos
cain
calendario
caminar
camino
campesina
campo
camus
cancion
cancionero
canciones
canon
cantara
cantar
cantares
canterbury
canterville
canticos
canto
cantos
caos
capitulos
carcosa
carga
caricaturas
carrera
carreras
carrol
carroll
carsac
carta
cartago
cartas
carter
casa
casares
casas
casi
caso
casos
castas
castellano
castizo
catacumba
catalina
cataros
catecismo
cautivo
cayo
celebres
celephais
celestiales
celta
cementerio
cementerios
censura
centros
centurias
ceremonial
certamenes
cervantes
cesar
cese
champploo
charles
charlotte
charrington
chicago
chickamauga
chiflame
chii
chile
china
ching
chio
chobits
christian
christie
christopher
cielo
ciencia
ciencia-ficcion
cientos
cierra
cinco
cine
cinico
cinismo
ciprianillo
cipriano
cisnes
citas
ciudad
clanes
clarke
claro
clases
clasica
clasico
clasificacion
claustofovico
claustrofobico
clavicula
clerigo
clive
club
coche
codices
codigo
coeficiente
cohete
coil
coleccion
colette
collins
colombia
color
comandos
come
comedia
comentario
comentarios
comico
como
completas
comportamiento
comprension
comun
comunicado
conan
conciencia
concilios
conckusiones
concursos
conde
condecorado
condenados
confucio
conjuro
conjuros
conrad
consejo
consejos
conspiracion
constelacion
contaminacion
contemporaneo
contra
control
conversacion
corazon
cordoba
correspondecia
correspondencia
corrupcion
corta
cortejo
corto
cortos
cosas
cosmico
cosmogonia
costazar
cotidiana
crackanthorpe
creador
creatividad
creator
creencias
creepwar
criaturas
crimen
crimorio
cripta
cristo
croncas
cronicas
cronologia
crumtuar
cruvia
cruzadas
cruz
cthlhu
cthulhu
cuatro
cuento
cuentos
cuerpos
cuervo
cueva
cuidado
cultos
cultura
curanderismo
curativas
cure
curiosidades
curson
custodios
dactilo
dagon
dahl
dalia
damon
daniel
dante
danza
darck
darg
dario
dark-art
dark
dark-fantasy
dark-gothic
darknes
dark-side
darwin
david
dead
death
debo
deckard
decreto
dedos
definicion
defoe
degollare
deidades
delator
delenda
delfos
delmaestro
demian
demoniacos
demoni
demonio
demonios
demonizacion
demonologia
demonologico
demons
dennis
depeche
depende
derleht
derleth
desastre
descargas
descripccion
desdoblamiento
desesperacion
despertares
despierto
desprogramacion
devoradores
dexter
diablo
diablos
diabolico
diabolicos
diaria
diario
diaz
dibujos
diccionario
diccionarios
dick
dickens
diente
diez
digital-art
dinero
diosa
dios
dioses
directo
disciplinas
discipulado
discipulos
disco
discursion
discurso
disparos
dispensacion
divina
doblesentido
documento
documentos
dolina
dolor-fiel
dominio
dopo
dorian
dostoiewski
douglas
doyle
dracula
dragon
dragones
dragonlance
druida
dsrk
dual
duelo
duendes
dumas
dupont
duran
durmientes
echenique
eclesiastica
eclipse
eclipses
ecos
edad
eddy
eden
edgar
edward
efecto
egipcio
electrica
electronica
elementales
elementos
eleonora
elfen
elfos
el-hundimiento-de-la-casa-de-usher
eliphas
elliot
ellison
el-miedo
elohim
emocional
emoticones
empusas
encantadas
encantamientos
encerradoconlosfaraones
enciclica
enero
enfermedad
enfermedades
enfermo
engendro
enigma
enlace
enlaces
enrique
ensayo
ensayos
ensenanzas
enteras
entidades
entierro
entradas
entre
entropia
epistola
epoque
erotica
errante
escapar
escarabajo
escogidos
escribia
escrito
escritora
escritor
escritores
escritorio
escritos
escritura
escrupuloso
escuela
esencias
esfinge
esopo
esoterico
esoterismo
espacial
espacio
espadachines
espada
espana
espana-negra
espanola
espanol
especies
especulacion
espejo
esperanza
esperiencia
espiritismo
espirituales
espiritual
espiritu
espiritus
esplendores
esplicacion
esposicion
estaba
estatua
estatuto
estrategia
estrategias
estudio
estudios
etereo
eterno
etimologia
evanescence
evanescerse
evangelica
evangelio
evangelion
evangelios
evil
evocadores
evolucion
existencia
exorcismo
exorcismos
exoterismo
exposicion
extinguidos
extran
extrano
extraviado
exupery
fabricante
fabula
fabulas
familia
fantasia
fantasma
fantasmagoria
fantasmas
fantasticas
fantastico
fantasticos
fantasy
fast
favole
fawabata
fechas
federico
feliz
feminas
fengsui
fenomenos
fetish
ficcion
filosofia
filtros
final
firmas
firme
fisher
fisico
flores
flor
folclore
fondos
formas
foro
foster
foto-arte
fotografia
fotogr-africa
fotomanipulacion
fracaso
fracmento
fractales
fragmento
fragmentos
frances
francisco
francis
francmasoneria
frankestein
franmasonicos
franquestein
franz
frases
fredric
freware
fugitivos
fundacion
fundamentos
futurista
futuro
galactico
galerias
galsworthy
garbage
garcia
garstin
gaskell
gaston
gato
gaviota
generador
genero
genova
george
georgie
germain
ghost
gibran
giovanni
gira
gissing
gitanilla
gitanjali
glaciares
gnosticismo
gnostico
gnosticos
gomez
goth
gothic
gotica
gotico
goticos
gotico-victoriano
gotivo
grabacion
gran
gray
grecia
greco-romana
grial
griega
griego
grimorio
grimorios
gripari
gritar
grupos
guardianes
guerra
guerrera
guerrero
guia
guild
guillermo
guion
gulliver
habilidad
habitante
habra
hace
hadas
hagakure
haggartu
hallado
hambre
hammadi
hans
harad
hara-kiri
harland
harlan
hassan
hebrea
hebreos
hechiceria
hechiceros
hechizo
hechizos
helena
hellsing
hemafrodita
henneberg
henriquez
henry
herejia
herejias
heresiarca
hermann
hermeneutica
hermes
hermeticos
hermetismo
hermosa
hernandez
herodes
hesse
hija
hijo
hijos
hindu
hinduismo
hipnotizador
hipocresia
hipocritas
historia-ficcion
historia
historias
historietas
hoffmann
holandes
holmes
hombre
hombre-maiz
hongos
honor
honorio
horacio
horla
hormiga
horoscopo
horror
houdini
howarb
howard
howart
hubert
hugo
humanidades
humanidad
humor
huxley
hyde
ibanez
iconos
idolatria
iglesia
iglesias
illuminatis
iluminati
iluminatis
ilustraciones
imagenes
imaginacion
imbert
imperio
importa
incierto
incompleto
incubo
india
indiscretos
indonesia
industrial
infancia
infeccion
infernales
infierno
informacion
ingles-espanol
ingles
iniciacion
iniquidades
inmortal
innsmouth
inocente
inquisicion
inquisidor
insultos
intelectual
intel
intriga
introduccion
intruso
invocacion
inwo
iranon
irreal
irving
isaac
isis
isla
islas
issac
ivette
jack
jaime
james
japo
japonesa
japonesas
japones
japon
japos
javanesa
jekill
jekyll
jesus
joanna
johnathan
john
jonathan
jorge
jorobado
joseph
juan
judas
judeo-cristiana
juego
juicio
jules
julio
jungla
juramento
justicia
kabbalha
kabir
kafka
kahlil
kangi
kangis
kardec
karma
kathleem
kawabata
khalil
khalin
king
kinglon
kipling
kitab
knight
kuttner
label
lacrimosa
lacuna
lado
ladron
lady
laguna
laika
lake
lama
lamias
lapidas
larry
larvae
latin
lavey
lawrence
lecciones
leccion
lemures
leonora
letanias
letra
letras
levi
lewis
leyenda
leyendas
leyes
leyes-mosaicas
libanesa
liberacion
liber
libertad
libre
libro
libros
libros-sangrientos
lied
lifton
lilhit
liliput
lilith
limitaciones
lingotes
linkmssh
links
listado
lista
literario
literatura
llamada
llamado
llave
lobo
loca
locecraft
loco
logias
london
long
loord
lorca
lord
loslapices
louise
louis
lovecrafniano
lovecraft
lovercraft
lover
lucha
lucifer
lucifugo
lugares
luis
luna
lutero
luto
lyeh
macabro
macabros
machen
madame
madre
magdalena
magia-blanca
magia
magicas
magi
mail
mails
malachi
malayo
maldicion
maldito
maleficios
maletroit
malvado
manana
mancias
manga
manipulacion
mano
manson
mantra
mantras
manuscrito
manuscritos
maraton
maravillas
maraviroc
marcianas
mares
maria
marilin
marilyn
mario
marmo
marques
marta
marte
martin
martires
mary
masoneria
masones
masonicos
mato
matrimonio
maupassant
maximas
media
medicaciones
medicamentos
medico
medicosdelmundo
medicos
medi
medioambiental
medio
meditaciones
meditacion
mediums
medos
membrillo
memoria
mennon
mensajero
mental
mentiras
metafisica
metamorfosis
metzengerstein
mexico
midi
miedo
miedos
miguel
milowishmasterfox
milton
mineria
minority
miranda
misa
miscelanea
miseria
mishima
misspoisson
misteri
misterio
misterios
mistico
mitologia
mitologica
mito
mitos
mitos-sida
miyamoto
modelo
mode
moises
momias
monja
montague
monterroso
moore
moraleja
morbidos
moreau
morella
morgue
moribundo
moro
morrinson
mortal
mortem
morte
mostruos
moviles
movil
muchacho
muelle
muerta
muerte
muertos
muete
mujeres
mujer
mujica
mundial
mundo
mundos
muro
musas
museo
musica
music
mussolini
nacimiento
nacionalista
nacion
narraciones
narracion
naruto
natividad
naturaleza
naturalista
naufragio
nausicaa
navidad
necesidad
necrologica
necronomicon
negra
negritos
negroman
negro
neruda
nesbit
neuquen
nexus-6
nexus6
nick
nietzsche
nieves
nikolaecich
ninfas
nino
ninos
nipon
nirvana
niven
nobel
noche
nocturnas
nodier
nombre
nombres
nombres-sagrafos
normal
norman
normas
nostradamus
nota
notas
noticia
noticias
novedades
novela
noveles
novel
nuevamente
nueva
nuevo
nunez
nutricion
obra
obras
obsesivo
ocho
octagenarios
octavia
oculta
ocultismo
ocultistas
ocultos
ocurrio
odas
ofiuco
ofrendas
oirico
olimpicos
oliver
onirico
on-line
online
opening
opera
opio
oportunistas
optica
opus
oraciones
oracion
oraculo
oraculos
orar
ordenes
orden
organizacion
orientales
oriental
oriente
origenes
origen
original
oscar
oscura
oscuridad
oscuro
oscuros
osman
otaku-mania
otakumania
otaku
otro
otros
ovas
ovecraft
oxford
oxidada
pablo
pacto
pactos
padre
paganismo
paganos
pain
pais
pali
pandemia
pantalla
pantano
papal
papa
papas
papini
papino
papiros
papisa
parabola
paracelso
paraiso
paranoia
paranoico
paranormal
para
paredes
parroquia
partido
pasa
pascua
pecado
pedro
pekiz
peliculas
pendulo
pensamientos
pentagramas
pentecostales
pequena
perdidas
perdido
perdidos
perdonar
perdon
periodicos
periodista
perla
perrault
perro
persia
personaldades
personal
personas
perversidad
pesadilla
peticiones
petrovna
pfizer
philip
photo-underground
piadosa
pictogramas
piedra
pilato
pilatos
piramide
plan
plantas
plata
platon
playa
poderoso
podrido
poema
poemas
poesia
poeta
poetas
poirot
polaris
police
policiaco
policiacos
policia
polidori
politica
polvo
pomba
popol-vuh
popular
porgie
portatil
posesia
posesion
post
postuma
postumos
poul
pozo
practico
pratchett
pregunta
preguntas
prematuro
premios
pre-mosaica
prensa
preocupaciones
presagios
presencia
primigenios
primitiva
primordiales
principito
priorato
prioridades
problemas
proceso
profanador
profecias
profundo
programacion
prohibido
prohibidos
prosa-poetica
prosa
prostitucion
proteccion
protesta
proverbios
prueba
psicoanalisis
psicologico
psicosis
psicotico
ptoteccion
publifacil
pucca
puente
puentes
puerta
puertas
pulp
purgatorio
pushkin
"queen"
quevedo
quiche
quien
quija
quiroga
rabindranath
radcliffe
radio-web
ratas
rayo
realidades
realidad
real
reanimador
reanimator
recetas
recomendaciones
recopilacion
recuentos
redencion
reencarnacio
reflexiones
refugiado
regla
reglas
regreso
rehabilitacion
reina
relaciones
relato
relatos
relay
religiones
religion
religiosa
relojero
remar
renacimiento
replicantes
reploides
report
represaliado
represion
reptante
residente
resident
resistencias
respeto
resumen
reto
retrato
retro
retrovirus
revelacion
rezar
rhodes
richard
rimas
ritos
rituales
ritual
roald
robada
rober
roberto
robert
roboticas
robot
robots
rocio
roger
roja
romancero
romances
romanticismo
romantico
rosacruces
rosacrucis
rosacruz
rosa
rotas
ruben
ruby
rudyard
ruisenor
ruso
russell
russ
ruuner
saavedra
sabbati
sabiduria
sabueso
sacerdote
sacher-masoch
sacrificios
sade
saint
salem
sales
saliva
salmos
salomon
salvador
salvo
samaniego
samoris
samurai
samurais
samuray
sanchez
sangrienta
sangrientos
sankarâchârya
santa
santeria
sant-germain
santoro
santo
santo-tomas
sant
sarcastico
sarnath
satanas
satanica
satanicas
satanico
satanicos
satanic
satanismo
satan
satira
scanners
sci-fi
scifi
sebo
secreta
secretas
secreto
sectarias
sectarismo
secta
sectas
segane
seguridad
seis
seleccion
sello
selva
semidioses
senorita
senor
sentencia
sentencias
sentimientos
sephirofs
sephorof
septimo
sepulcrales
sepulveda
seres
serie
series
sermon
"set"
sexo
sexuales
shelley
sherlock
shiva
siablo
sida
siddharta
siete
siglo
significado
signo
signos
silencio
silvia
simbolico
simbolismo
simbologia
simbolos
sisifo
sistema
skull
smileys
smirnoff
smith
snake
sobre
sobrino
sociedades
sociedad
soledad
solo
solsticios
somatizemonos
soneto
sonetos
spain
spare
spinrad
sputnik-2
stansilaw
star
stepheng
stephen
stephe
stevenson
steven
steve
stocker
storny
sub-generos
submundo
subrealista
sucesos
sucubo
suenos
sueno
suicidas
suicidios
suicidio
superacion
superjuguetes
superviviente
supuesta
surgido
surrealismo
surrealista
sutra
suttas
swift
tabaco
tacticas
tagore
talman
tanque
taquilla
tardio
tarot
tecnicas
tecnicismos
telato
tellier
temas
tema
temes
tempestad
templarios
temple
tengo
teologia
teoria
terminal
terrestre
terrible
terrorismo
terror
teseo
tesis
tesoros
testimonio
textos
texto
thackeray
theatre
theo
tiberio
tibetana
tiempos
tiempo
tierra
tinieblas
tipos
tirania
todo
tomas
toni
tonns
topicos
tortura
toxicomania
trabajos
tradicion
traducciones
traduccion
traductores
traicion
tramites
tratados
tratado
tratamientos
tratante
traves
trek
tres
trollope
troll
trror
trucos
tumbas
turista
tutelares
twist
ubbo-sathla
uganda
ultima
ultimos
umban
umbral
underground
undergrouns
undergrount
unico
universal
uruguay
utiles
utilidades
utilidad
utopia
vagabundo
valencia
valentina
valentin
valle
vampires
vampiricas
vampiricos
vampirismo
vampirizada
vampiros
vampiro
vampre
vamp
vance
varios
varnis
vaticano
vatica
vejaciones
velando
velatorio
vela
velo
veneno
ventana
venus
verano
verdades
verdad
verne
verso
veto
viajes
viaje
vicios
victoriano
victoria
victor
vida
videos
video
vieja
viejo
vih-sida
villegas
vinum
violaciones
viral
virtual
virus
vision
vistoriano
vive
vivir
vivos
voces
voltaire
vomitos
vudu
wallpapers
wallpaper
wallpape
walpapers
ward
warhol
warnes
wars
washington
webmasters
webs-oficiales
wells
wels
wendigo
wiki
wilde
wilfred
will
winchelsea
windows
witches
wolfman
woody
xenofobia
yasumari
youtube
yuggoth
yukio
yveline
zebedee
zelazny
zion
zodiacal
zodiacos
zodiaco
zona
zuecos
zuravleva

Suscríbete

RSS | Atom

Contacto

Contactar

Albergado en:blogdiario.com

Noticias: Noticias

Un servicio de HispaVista

Contador gratis contadorplus.com