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LA CASA VACIA

Escrito por imagenes 28-11-2009 en General. Comentarios (1)

 

 

E. T. A. Hoffman

La casa vacía

 

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Ya sabéis —comenzó a decir Teodoro— que pasé el último verano en ***. Los numerosos amigos y conocidos que encon­tré allí, la vida amable y despreocupada, las numerosas manifestaciones artísticas y científicas, todo me retuvo. Nunca me sentía tan contento como cuando me en­tregaba por entero a mi pasión de vaga­bundear por las calles, deteniéndome para ver los grabados en cobre que se ex­hibían en las puertas, deleitarme con los letreros y observando a las personas que salían a mi encuentro, con idea de hacer­les un horóscopo; pero no sólo me atraía irresistiblemente la riqueza de las obras de arte y el lujo, sino la contemplación de los magníficos y suntuosos edificios. La alameda, ornada de construcciones se­mejantes, que conduce a la Puerta de *** es el punto de reunión de un público dispuesto a gozar de la vida, ya que per­tenece a la clase alta o acomodada.

En los pisos bajos de los grandes pa­lacios exhibíanse la mayor parte de las veces mercancías lujosas, mientras que en los altos habitaba gente de las clases mencionadas. Las hosterías más elegan­tes estaban, por lo general, en esta calle y los representantes extranjeros vivían en ella; así podéis suponer que allí había una animación especial y mayor movi­miento que en otro lugar de la ciudad, dando la sensación de hallarse más po­blada de lo que realmente estaba. El in­terés por vivir en aquel sitio hacia que muchos se conformasen con una peque­ña vivienda, menor de lo que les corres­pondía, de suerte que muchas familias habitaban en una misma casa, como si ésta fuera una colmena.

Con frecuencia paseaba yo por tal ave­nida, cuando un día, de pronto, me fijé en un paraje que difería de los demás de extraña manera. Imaginaos una casita baja, con cuatro ventanas, en medio de dos bellos y elevados edificios, cuyo pri­mer piso apenas si se elevaba más que los bajos de las casas vecinas, y cuyo te­cho, en mal estado de conservación, así como las ventanas, cubiertas en parte con papeles, y los muros descoloridos, daban muestra del total abandono en que la tenía su propietario. Suponed qué aspecto tendría aquella casa entre dos mansiones suntuosas y adornadas con lujosa profusión. Permanecí delante con­templándola y observé al aproximarme qué todas las ventanas estaban cerradas, que delante de la ventana del piso bajo se levantaba un muro y que la acostum­brada campanilla de la puerta cochera, así como la de la puerta principal, no existían; ni tan siquiera había un alda­bón o llamador. Con el tiempo llegué al convencimiento de que la casa estaba deshabitada, ya que nunca, pasase a la hora que fuera, veía la menor huella de un ser humano. ¡Una casa deshabitada en esa parte de la ciudad! Era algo muy raro, aunque posiblemente tendría una explicación natural: que su dueño estu­viese haciendo un largo viaje o que vi­viese en posesiones muy lejanas, sin atre­verse a alquilar o Vender este inmueble, por si lo necesitaba en el caso de volver a ***. Eso pensaba yo, y, sin saber cómo, me encontraba siempre paseando por de­lante de la casa vacía, al tiempo que per­manecía, no tanto sumergido en extraños pensamientos, como enredado en ellos.

Bien sabéis todos, queridos compañe­ros de mi alegre juventud, que siempre me considerasteis un visionario, y que cuantas veces las extrañas apariencias de un mundo maravilloso entraban en mi vida, vosotros, con vuestra rígida razón, lo combatíais. ¡Pues bien! Ahora podéis poner las caras de desconfianza que que­ráis, pues he de confesaros que yo tam­bién a veces he sufrido engaños, y que con la casa vacía parecía ir a ocurrir al­go semejante, pero... al final vendrá la moraleja que os dejará aniquilados. ¡Es­cuchad! i Vamos al asunto!

Un día, y precisamente a la hora en que el buen tono ordena pasear arriba y abajo por la alameda, estaba yo, como de costumbre, absorto en mis pensamien­tos, contemplando la casa vacía. De pron­to, noté Sin mirar que alguien se había colocado a mi lado y me observaba fija­mente. Era el conde P., en muchos pun­tos tan afín a mí, y no me cabe la menor duda de que también estaba interesado en la casa misteriosa. Me sorprendió que, al comunicarle la extraña impresión que me había causado esa casa deshabitada en aquella parte tan frecuentada de la ciudad, sonriese irónicamente, si bien al punto me aclarase todo. El conde P. ha­bía ido mucho más lejos que yo. Des­pués de múltiples observaciones y com­binaciones, había dado con la explicación de porqué se encontraba la casa en aquel estado, y precisamente la explicación es­taba relacionada con una extraña histo­ria, que sólo la más viva fantasía del poeta podía haber imaginado. Voy ahora a referiros la historia del conde, que re­cuerdo con entera claridad, y, por lo que respecta a lo que me sucedió luego, me siento tan excitado todavía, que os lo contaré después.

¡Qué sorpresa fue la del conde al en­terarse de que la casa vacía sólo alojaba los hornos del confitero, cuyos lujosos escaparates atraían al viandante! Por eso las ventanas del bajo, donde estaban los hornos, permanecían tapiadas y las ha­bitaciones del primer piso, con las corti­nas echadas para evitar el sol y los insectos, protegiendo así los artículos con­fitados. Cuando el conde me contó esto, sentí como si me hubieran arrojado un jarro de agua fría o como si demonios enemigos hicieran burla de mis sueños poéticos... Pese a aquella explicación prosaica, siempre que desde entonces pasa­ba ante ella, no dejaba de mirar la casa deshabitada, y, siempre que la miraba, sentía ligeros estremecimientos al ima­ginar toda clase de escenas extrañas. No me acostumbraba a la idea de la confite­ría, de los mazapanes, de los bombones, de las tartas, de las frutas escarchadas, etcétera. Una extraña combinación de ideas hacía que todo me sonase a secre­tos simbolismos y que pareciese decir­me: «¡No os asustéis, amigo mío! Somos dulces criaturas, pero de un momento a otro estallará un trueno.»

Entonces yo volvía a pensar: «¿No eres acaso un loco, un iluso, que siempre tra­tas de convertir lo vulgar en algo ma­ravilloso? ¿Tienen razón acaso tus ami­gos cuando te consideran un exaltado visionario?»

La casa, no podía ser de otro modo, permanecía siempre igual. Llegó un momento en que, al habituarse mi vista a ella y a las ilusorias figuras que parecían reflejarse en las paredes, éstas poco a poco fueron desapareciendo. Sin embar­go, una casualidad hizo que lo que pare­cía dormido volviese a despertar. El he­cho de haber quedado todo, a pesar mío, reducido a algo prosaico, como podéis imaginar, no impedía que yo siguiese mi­rando la fabulosa casa conforme a mi manera de pensar, pues soy fiel caballe­ro de lo maravilloso.

Sucedió, pues, que un día en que, co­mo de costumbre, paseaba por la ala­meda a las doce, mi mirada se fue a de­tener en las ventanas cubiertas por cor­tinas de la casa vacía. Noté que la cor­tina de la última ventana, justamente junto a la tienda de la confitería, comen­zaba a moverse. Dejáronse ver una mano y un brazo. Con mis gemelos de ópera pude observar claramente la bella mano femenina, de blancura resplandeciente, en cuyo dedo meñique refulgía con des­usado destello un brillante, y desde cuyo brazo redondeado, de belleza exuberante, lanzaba sus destellos un rico brazalete. La manó colocó un frasco de cristal de extraña forma en el alféizar de la ven­tana y desapareció tras la cortina.

Me quedé inmóvil; una rara y agradable emoción recorrió mi interior, a la manera de un calor eléctrico. Fijamente permanecí mirando a la ventana fatal y de mi pecho se escapó un suspiro. Por último, sentí como si fuese a desmayar­me, y poco rato después me encontré ro­deado de gentes de todas clases, que me observaban con semblante de curiosidad. Esto me disgustó, pero enseguida me di cuenta de que toda aquella muchedum­bre no cesaba de comentar admirada que había caído desde un sexto piso un gorro de dormir sin que se le hubiese desga­rrado ni una sola malla. Me alejé lenta­mente, mientras el demonio prosaico me susurraba con toda claridad al oído que la mujer del confitero, alhajada como en día de fiesta, se había asomado para de­jar en la ventana un frasco de agua de rosa vacío. ¡Qué extraña ocurrencia! Pe­ro, de pronto, tuve un pensamiento au­daz; regresé al instante a contemplar el escaparate de la Confitería inmediato a la casa vacía y entré.

Mientras soplaba la espuma del hirviente chocolate que había pedido, co­mencé a decir:

En realidad habéis ampliado mucho vuestro establecimiento...

El confitero echó con presteza un par de bombones de colores en el cucurucho de papel y, dándoselos a la encantadora joven que lo solicitaba, apoyó sus bra­zos en el mostrador, mirándome sonrien­te. Volví a repetirle que había hecho muy bien en colocar el horno en la casa con­tigua, aunque resultaba extraña y triste la casa vacía en medio de la animada fi­la de edificios.

¡Eh, señor! —repuso el confitero—. ¿Quién le ha dicho que la casa de ahí al lado me pertenece? Han sido vanos to­dos mis intentos de adquirirla, aunque bien creo que esa casa posiblemente oculte un enigma.

Ya podéis suponeros, amigos míos, en qué estado de excitación me dejó esta respuesta y qué reiteradamente le supli­qué que me dijese algo más de la casa.

¡Pues, sí, señor mío! —díjome—. En realidad no sé nada raro de la casa; úni­camente puedo aseguraros que pertenece a la condesa de S., que vive en sus pose­siones, y desde hace muchos años no viene a ***. Como entonces no se habían construido los magníficos edificios que existen ahora, según me han contado, la casa está en el mismo estado que anta­ño y nadie sabe nada de la completa de­cadencia en que Se encuentra ahora. Só­lo dos seres vivientes la habitan: un an­cianísimo administrador muy huraño y un perro gruñón, que a veces, en el pa­tio de atrás, ladra a la Luna. El rumor popular dice que debe haber fantasmas en la casa vacía. Realmente mi hermano (el dueño de la tienda) y yo hemos oído varias veces en el silencio de la noche, sobre todo en Nochebuena, cuando el negocio nos hace estar al pie del mostra­dor ruidos extraños que parecen venir a través de la pared desde la casa vecina. Luego comienzan a oírse unos sonidos estridentes y un rumor que nos parece ho­rrible. Aún no hace mucho que una no­che se oyeron cánticos, tan raros que apenas si puedo describirlos. Parecía la voz de una mujer de edad, pero el tono era tan penetrante, las cadencias tan va­riadas y los gorgoritos tan agudos, que ni siquiera los he oído en Italia, en Fran­cia o en Alemania a las muchas cantan­tes que he conocido. Me pareció como si cantase con palabras francesas, que, sin embargo, no podía distinguir bien, aun­que llegó un momento en que no pude oír más aquel canto loco y fantasmal que me ponía los pelos de punta. A veces, cuando el bullicio de la calle cesaba un poco oíamos detrás del cuarto trastero profundos suspiros y luego un reír sofo­cado que parecía venir del suelo; pero, con el oído pegado a la pared, podía per­cibirse que era en la casa vecina donde suspiraban y reían. Fíjese —dijo mien­tras me conducía a la habitación última y señalaba a través de la ventana—, fíje­se usted en aquel tubo de metal que sale del muro. A menudo humea tanto, inclu­so en verano, cuando nadie necesita ca­lefacción, que mi hermano muchas veces ha regañado con el inquilino por temor a un incendio. Pero éste se disculpa, di­ciendo que cocina su comida. Ahora bien, lo que coma, eso sólo Dios lo sabe, pues con frecuencia se propaga un olor muy especial sobre todo cuando el tubo hu­mea mucho.

La puerta de cristal de la tienda re­sonó, y el confitero apresuróse, al tiem­po que me lanzaba una mirada y me ha­cía una seña indicando a la persona que entraba, seña que comprendí perfecta­mente. ¿Quién podía ser aquel extraño personaje sino el administrador de la casa misteriosa? Imaginaos un hombre­cillo delgado y seco, con semblante de momia, nariz aguda, labios contraídos, ojos chispeantes y verdes, de gato, sonri­sa de loco, el pelo negro rizado a la an­tigua moda y empolvado, un tupé altísi­mo engomado y, colgando, una gran bol­sa de piel llamada «Postilion d'Amour». Usaba un viejo vestido de color café 'des­vaído, aunque muy bien cepillado y lim­pio, y grandes zapatos desgastados, con hebillas. Imaginaos que esta personilla se dirigió, mejor dicho dirigió su enorme puño, de dedos largos y robustos, hacia el escaparte y, medio sonriendo y medio contemplando los dulces preservados por el cristal, dijo con voz gemebunda y des­vaída:

Un par de naranjas confitadas, un par de almendrados, un par de marrons glacés.

Decidme y juzgad si no había motivo para pensar algo raro. El confitero sir­vió todo lo que el anciano pedía.

«¡Pesadlo, pesadlo, honorable señor ve­cino!», parecía susurrar aquel hombre extraño.

Luego sacó del bolsillo, mientras ge­mía y suspiraba, una pequeña bolsa de cuero y buscó trabajosamente el dinero. Noté que las monedas que iba contando sobre el mostrador estaban ya en desuso. Con voz quejumbrosa murmuró:

Dulce..., dulce..., dulce debe ser to­do... Por parte mía, todo dulce... Sata­nás unta el hocico de su novia con miel..., pura miel.

El confitero me miró riéndose, y lue­go dijo al viejo:

Se diría que no os encontráis bien; la edad, debe ser la edad; las fuerzas disminuyen.

Sin alterar su gesto, el viejo exclamó con voz aguda:

¿Edad? ¿Edad? ¿Que disminuyen las fuerzas? ¿Débil yo, flojo? ¡Ja, ja, ja!

Y tras esto cerró los puños, haciendo crujir sus articulaciones, y dio tal salto en el aire, tras pisar con fuerza, que to­da la tienda se estremeció y los crista­les resonaron temblorosos. Pero en el mismo instante oyóse una algarabía es­pantosa: el viejo había pisado al perro negro, que se fue a meter entre sus piernas.

¡Maldita bestia! ¡Maldito perro del infierno! —dijo en voz baja, mientras, abriendo el cucurucho, le ofrecía un al­mendrado grande. El perro, que se había puesto a llorar como si fuera una perso­na, se tranquilizó, sentóse sobre sus pa­tas traseras y empezó a roer el almendrado como un hueso. Ambos termina­ron a la vez: el perro con su almendrado y el viejo zampándose todo el cucurucho.

——Buenas noches, querido vecino —di­jo alargando la mano al confitero y dán­dole tal apretón, que éste lanzó un gri­to de dolor—. El viejo y débil anciano os desea buenas noches, honorable señor confitero—repitió saliendo de la tienda y tras él su perro negro, relamiendo los restos del almendrado esparcidos por su hocico.

Me pareció que ni siquiera había re­parado en que estaba yo allí, inmóvil y asombrado.

Ahí le tenéis —comenzó a decir el confitero—, ahí le tenéis; así es como obra este viejo extraño, que aparece por aquí cuando menos dos o tres veces por semana, pero no hay forma de sacarle nada; sólo que es el mayordomo del con­de de S., que ahora administra esta casa donde vive, y que espera todos los días, y así lleva muchos años, que la familia condal de S. retorne, y que por ese mo­tivo no alquila la casa. Mi hermano un día fue a su encuentro y le preguntó qué era ese ruido tan extraño que hacía a me­dianoche, pero él. muy tranquilo, res­pondió:

Si la gente dice que hay fantasmas en esta casa, no lo creáis; no es cierto.

A todo esto Sonó la hora en que el buen tono ordena visitar las confiterías. La puerta se abrió, y una multitud ele­gante entró, de modo que ya no pude preguntar más. No cabía la menor duda de que las noticias del conde P., acerca de la propiedad y el empleo de la casa, eran falsas; que el viejo administrador, no obstante su negativa, no vivía solo, y que allí se ocultaba un secreto. ¿Tenía alguna relación el extraño y espantoso cántico con el bello brazo que se mostró en la ventana? Aquel brazo no correspon­día, no podía tener relación alguna, con el cuerpo de una mujer vieja. El cántico, sin embargo, conforme a la descripción del confitero, no provenía de la garganta de una muchacha. Además, recordé la humareda y el extraño olor de que me había hablado, así como el frasco de cristal visto por mí, y muy pronto se ofreció a mi mente la imagen de una criatura de bellos ojos, presa de poderes mágicos. Creí ver en el viejo un brujo fatal, un hechicero, que posiblemente no tenía relación alguna con la familia con­dal de S. y que, por cuenta propia, en­contrábase en la casa abandonada ha­ciendo de las suyas. Mi fantasía se puso a trabajar, y aquella misma noche, no sólo en sueños, sino en el delirio que precede al dormir, vi claramente la ma­no con el brillante refulgente en el dedo y el brazo ceñido por el rico brazalete. Un semblante bellísimo se me apareció entre la transparente niebla gris, sem­blante que tenía ojos azules, tristes y su­plicantes, y luego la figura encantadora' de una joven en la plenitud de su belle­za. Muy pronto me di cuenta de que, lo que tomaba por niebla, era la humareda que se desprendía del frasco de cristal que tenía la figura entre sus manos, y que subía en rizadas volutas hacia lo alto.

«¡Oh, mágica visión —exclamé extasiado—, oh, mágica visión! ¿Dónde te en­cuentras, quién te ha encadenado? ¡Oh, cuánto amor y tristeza hay en tu mirada! Bien sé que la magia negra te tiene pri­sionera, que eres la desgraciada esclava de un demonio malicioso, vestido con ro­pas marrones que trastea por la confite­ría, da saltos capaces de destruir todo y pisa a perros infernales, que alimenta con almendrados, cuando, a fuerza de aullidos, han consumado sus evocaciones satánicas... ¡Oh, ya lo sé todo, bella y en­cantadora criatura! ¡El diamante es el reflejo de tu brillo interior! ¡Ah!, si no le hubieses dado la sangre de tu cora­zón, ¿cómo iba a brillar así, con rayos tan multicolores y con tonos tan mara­villosos que jamás ha podido ver un mor­tal? Sí, sé muy bien que el brazalete que ciñe tu brazo es una argolla de la ca­dena a que hacía referencia el hombre vestido de marrón, que es un eslabón magnético. ¡No le hagas caso, hermosa mía! Ya veo cómo se suelta y cae en la encendida retorta, desprendiendo llamas azuladas. ¡Yo lo he echado y ya estás libre! ¿Acaso no sé todo, acaso no sé todo, amada mía? Pero escúchame, encantado­ra, abre tus labios y dime...»

En el mismo instante un puño podero­so me empujó contra el frasco de cristal, que se rompió en mil pedazos, esparcién­dose por el aire. Con un débil quejido de dolor, la encantadora figura desapa­reció en la oscura noche...

|Ah! Veo por vuestra sonrisa que de nuevo me tomáis por un visionario. Pero os aseguro que todo el sueño, si es que no queréis prescindir de este nombre, te­nía el perfecto carácter de una visión. Como veo que continuáis sonriéndoos y negándoos a creerme, de un modo prosaico, prefiero no decir nada, sino termi­nar de una vez.

Apenas amaneció, corrí muy intranqui­lo y Heno de deseos hacia la alameda y me aposté frente a la casa vacía. Además de las cortinas interiores, había rejas. La calle estaba totalmente vacía. Acerquéme a la ventana del piso bajo y me puse a escuchar atentamente. Pero no oí nada; todo estaba en un silencio sepulcral. Ya se hacía de día y comenzaba a animarse el comercio; debía irme de allí. Os can­saría si os contase cuántos días fui a la casa en momentos diversos, y todo en vano, sin poder descubrir nada, y cómo todas mis investigaciones y observacio­nes no me procuraron ninguna noticia. Así es que, finalmente, la bella imagen de la visión que había contemplado fue esfumándose.

Mas he aquí que un día que volvía de dar un paseo por la tarde, al pasar por delante de la casa vacía noté que la puer­ta estaba medio abierta; entré. El hom­bre del traje marrón se asomó. Yo ha­bía tomado una resolución. Pregunté al viejo:

¿Vive aquí Binder, el consejero de Hacienda?

Al tiempo empujaba la puerta para en­trar en un vestíbulo iluminado débilmen­te por la luz de una lámpara. El viejo me miró con su sonrisa permanente y dijo con voz lenta y gangosa:

No, no vive aquí; nunca ha vivido aquí, nunca vivirá aquí y tampoco vive en toda la alameda. Pero la gente dice que en esta casa hay fantasmas. Sin em­bargo, puedo asegurarle que no es cier­to; es una casa muy tranquila, muy bo­nita, y mañana vendrá la respetable con­desa de S. ¡Buenas noches, mi querido amigo!

Apenas terminó de decir esto, el viejo se las ingenió para echarme de la casa y cerrar la puerta tras de mí. Oí cómo re­sonaban las llaves en su llavero, mien­tras subía las escaleras, carraspeando y tosiendo. Aquel escaso tiempo fue sufi­ciente sin embargo, para que viese qué en el vestíbulo colgaban tapices antiguos de varios colores y que la sala estaba amueblada con sillones de damasco ro­jo, todo lo cual le daba un aspecto ex­traño, ¡Nuevamente volvieron a desper­tarse en mi interior la fantasía y la aven­tura tras de haber entrado en la casa misteriosa!

Imaginaos..., imaginaos al día siguien­te en qué estado volví a recorrer la alameda al mediodía. Al dirigir la mirada involuntariamente hacia la casa vacía, observé que algo brillaba en el piso alto. Al acercarme vi que la persiana estaba levantada y la cortina medio corrida. iOh, cielos! Apoyado en su brazo, el be­llo semblante de aquella visión mía me miraba suplicante. ¿Era posible perma­necer quieto en medio de la muchedum­bre? En aquel momento me fijé en el banco destinado a los viandantes, colo­cado precisamente ante la casa vacía, aunque de espaldas a la fachada. Con paso rápido caminé por la alameda y. apoyándome sobre el respaldo del banco, pude contemplar sin ser molestado la ventana fatal. ¡Si!, era ella, la encanta­dora y bella criatura, los mismos ras­gos... Sólo que su mirada incierta... no se dirigía a mí, según me pareció, sino más bien denotaba algo artificial, como muerto. Daba la engañosa impresión de pertenecer a un cuadro, impresión que hubiera sido completa de no haberse mo­vido el brazo y la mano. Totalmente absorto en la contemplación del extraño ser que estaba asomado a la ventana, y que me causaba tan rara exaltación, no oí la voz temblona de un vendedor ambu­lante italiano que inútilmente me ofrecía su mercancía. Como me tocase el brazo, volvíme con presteza y le reñí furioso. No me dejaba un instante con sus sú­plicas pedigüeñas. En todo el día no ha­bía ganado nada; decía que le comprase un par de lápices o un paquete de mon­dadientes. Impaciente, para librarme a toda prisa de aquel pesado, metí la ma­no en el bolsillo en busca de mi bolsa mientras él me decía:

Aún tengo cosas más bonitas. Buscó en su caja y sacó un espejito, que estaba en el fondo con otros cris­tales, y me lo mostró de lejos. Volví a mirar la casa vacía, la ventana y los ras­gos de aquel encantador y angelical sem­blante de la visión que se me había apa­recido.

Apresurado compré el espejito, que me permitió, sin necesidad de molestar al vecino, mirar hacia la ventana. Así es que, contemplando durante largo rato el rostro misterioso, me sucedió que expe­rimenté un sentimiento rarísimo e indes­criptible, como si estuviera soñando despierto, Tuve la sensación de que me pa­ralizaba, pero más bien que los movi­mientos del cuerpo, la mirada, que no podía apartar del espejo. Confieso con rubor que recordé aquellos cuentos in­fantiles que me relataba en mí tierna ni­ñez la criada al acostarme, cuando me divertía contemplándome en el gran es­pejo de la habitación de mi padre. Me dijo entonces que, cuando los niños se miran mucho por la noche al espejo, ven la cara horrible de un desconocido, y es­to hacía que a veces permanecieran mi­rando fijamente. Aquello me parecía ho­rroroso, pero aun sobrecogido por el es­panto, no podía dejar de mirar a través del espejo, porque tenía una gran curio­sidad de ver el semblante desconocido. Una vez parecióme ver un par de ojos brillantes, horribles, que despedían chis­pas desde el espejo; me puse a gritar y caí desvanecido. En aquella ocasión se me declaró una larga enfermedad, y to­davía hoy tengo la sensación de que aquellos ojos me están mirando. En una palabra: todas aquellas beberías de mi infancia pasaron por mi imaginación; sentí que se me helaban las venas, y qui­se apartar de mi lado el espejo..., pero no pude. Los ojos celestiales de la en­cantadora criatura me contemplaban. Sí, su mirada penetraba directamente en mi corazón.

Luego, aquel espanto que me sobreco­gió repentinamente cesó y dio paso a un suave dolor y a una dulce nostalgia, se­mejante al efecto de una sacudida eléc­trica.

¡Tenéis un espejo envidiable! — dijo una voz junto a mí.

Desperté como de un sueño, y cuál no sería mi desconcierto cuando encontré a mi lado unos semblantes que sonreían de modo equívoco. Varias personas ha­bíanse sentado en el mismo banco y era lo más probable que, por mi insistencia en mirar al espejo y quizá por los extra­ños gestos que debí de hacer en el esta­do de exaltación en que me encontraba, diese un espectáculo muy divertido.

Tenéis un espejo envidiable —re­pitió la voz al ver que yo no respondía—. ¿Por qué miráis con tanta fijeza?

Un hombre ya de edad, vestido muy cuidadosamente, que en el tono de su conversación y en la mirada tenía algo de bondadoso e inspiraba confianza, era quien me hablaba. No tuve reparo en de­cirle que precisamente en el espejo veía a una joven maravillosa que estaba aso­mada a la ventana de la casa vacía. Fui más lejos aún: pregunté al viejo si veía él también aquel maravilloso semblante.

—¿Allí, en aquella casa vieja..., en la última ventana? — me preguntó asom­brado el viejo.

Ciertamente, ciertamente —repuse. El viejo se sonrió y comenzó a decir:

Os habéis engañado de un modo ex­trañísimo... Doy gracias a que mis vie­jos ojos... ¡Dios bendiga mis viejos ojos! ¡Eh, eh, señor mío! En efecto, sí, yo tam­bién he visto con estos ojos bien abier­tos el semblante maravilloso asomado a la ventana. Aunque realmente bien creo que se trata de un retrato al óleo.

Rápidamente me volví hacia la ventana: todo había desaparecido y la per­siana se había bajado.

Sí —continuó el viejo—; sí, señor mío, no es demasiado tarde para conven­cerse de que precisamente ahora el cria­do que vive ahí solo, como un castella­no, en los cuarteles de la condesa de S., acaba de limpiar el polvo del cuadro, lo ha quitado de la ventana y bajó la persiana.

¿Así que era un cuadro? — pregunté totalmente desconcertado.

Confiad en mis ojos —repuso el vie­jo—. Al ver en el espejo sólo el reflejo del cuadro ha sido usted fácilmente en­gañado por la ilusión óptica. ¿Acaso yo, cuando tenía vuestra edad, gracias a mi fantasía, no era capaz de evocar la ima­gen de una bella joven y de darle vida?

Pero la mano y el brazo se movían —insistí.

Sí, sí; se movían, todo se movía —di­jo el viejo sonriendo y dándome un golpecito en el hombro. Luego levantóse y después de hacerme una reverencia se despidió con estas palabras—: Tened cuidado con esos espejos de bolsillo, que mienten tan engañosamente. Téngame por su más obediente servidor.

Podéis imaginar cuál sería mi estado de ánimo cuando me vi tratado como si fuera un ser fantástico, necio y visiona­rio. Quedé convencido de que el viejo tenía razón, de que toda aquella loca fan­tasmagoría había tenido lugar en mi in­terior, y que todo lo de la casa vacía, pa­ra vergüenza mía, sólo era una mixtifica­ción repelente. De muy mal humor y muy disgustado abandoné el banco, deci­dido a librarme de una vez para siem­pre del misterio de la casa vacía o, por lo menos, dejar transcurrir unos días sin pasear por la alameda ni por aquel sitio.

Seguí tal propósito al pie de la letra. Pasaba las horas ocupado en los nego­cios de mi bufete, y al atardecer pasaba el rato en un círculo de alegres amigo?, de tal modo que no volvieron a atormen­tarme aquellos secretos. Únicamente me sucedía algunas noches que me desper­taba como si alguien me tocase, y en­tonces tenía la clara sensación de que, sólo el ser misterioso que se me había aparecido al mirar la ventana de la casa vacía, era la causa de mis sobresaltos. In­cluso cundo estaba en mi trabajo o en animada conversación con mis amigos me estremecía con este pensamiento, co­mo si hubiese recibido una sacudida eléctrica. Pero esto sucedía en momentos fugaces. El pequeño espejo de bolsillo, que en otro tiempo tan mentirosamente había reflejado la imagen amable, ahora me servía para menesteres prosaicos: acostumbraba a hacerme el nudo de la corbata ante él. Pero sucedió un día que lo encontré opaco, y echándole el aliento lo froté para darle brillo. Se me detuvo el pulso y todo mi ser se estremeció al experimentar un sentimiento, de terror no exento de cierto agrado. Sí..., cierta­mente tengo que calificar de ese modo la sensación que me sobrecogió cuando eché el aliento al espejo, pues contem­plé, en medio de una neblina azul, el be­llo rostro, que me miraba suplicante, con una mirada que traspasaba el corazón. ¿Os reís? Sí, estáis convencidos de que soy un visionario sin remedio. Mas decid lo que queráis, pensad lo que queráis; no me importa. La maravillosa mujer me miraba, en efecto, desde el espejo; pero en cuanto cesé de echarle aliento al es­pejo, desapareció su rostro de él... No quiero fatigaros más. Pues voy a referir todo lo que sucedió después. Sólo os di­ré que incansablemente yo repetía la ex­periencia del espejo y casi siempre lo­graba evocar la imagen, aunque algunas veces mis esfuerzos resultaban infructuosos. Entonces corría como loco hacia la casa vacía y me ponía a contemplar la ventana; pero ningún ser humano se aso­maba... Vivía sólo pensando en ella; to­do lo demás me parecía muerto, sin in­terés; abandoné mis amigos, mis estu­dios.

En estas circunstancias muchas veces sentía un dolor suave y una nostalgia co­mo soñadora. Parecía a veces como sí la imagen perdiese fuerza y consistencia, aunque en otras ocasiones se agudizaba de tal modo que recuerdo algunos mo­mentos con verdadero espanto.

Encontrábame en un estado de ánimo tal, que hubiera estado a punto de ser mi perdición. Pero aunque os riáis y os burléis de mí, escuchad lo que voy a con­taros. Como ya os dije, cuando aquella imagen palidecía, lo que sucedía muy a menudo, sentía un malestar muy grande. Entonces la figura hacía su aparición con una viveza tal, con un brillo tan grande, que me daba la sensación de poder to­carla. Aunque realmente también tenía la horrible impresión de ser yo mismo la figura envuelta por la niebla que se re­flejaba en el espejo. Aquel estado peno­so terminaba siempre con un agudo do­lor en el pecho y luego con una gran apatía que me dejaba preso de un total agotamiento. En los momentos en que fra­casaba en mi intento del espejo, notaba que me quedaba sin fuerzas; pero cuan­do volvía a aparecer la imagen en él, no he de negar que experimentaba un extra­ño placer físico. Esta continua tensión ejercía sobre mí un influjo maligno; con una palidez mortal y totalmente destro­zado, andaba vacilante; mis amigos me consideraban enfermo y sus continuas advertencias me obligaron a meditar se­riamente acerca de mi estado.

Fuera intencionadamente o de forma casual, unos amigos que estudiaban me­dicina, en una visita que me hicieron de­jaron allí un libro de Reil sobre las en­fermedades mentales. Comencé a leerlo. La obra me atrajo irresistiblemente, pe­ro ¡cuál no sería mi asombro al ver que todo lo que se decía en tomo a la locura obsesiva lo experimentaba yo!

El profundo espanto que sentí, al ima­ginarme cercano al manicomio, me hizo reflexionar, y tomé una decisión, que eje­cuté al momento. Guardé mi espejo de bolsillo y me dirigí rápidamente al doc­tor K.. famoso por su tratamiento y cu­raciones de dementes, debidas al profun­do conocimiento que tenía del principio psíquico, que a menudo es causa de en­fermedades corporales, pero mediante el cual también pueden curarse. Le referí todo, no oculté ni el menor detalle, y ju­ré que haría cuanto pudiera para salvar­me del monstruoso destino en que veía una amenaza. Escuchóme atentamente, y luego noté cómo en su mirada se refle­jaba un gran asombro.

Aún no está el peligro cerca —me dijo—; no está tan cerca como creéis, y os afirmo con toda certeza que puedo alejarlo. No hay la menor duda de que padecéis un mal psíquico, pero el mismo reconocimiento del ataque de un princi­pio maligno os permite tener a mano el arma con que defenderos. Dejadme el espejo, dedicaos a algún trabajo que ocu­pe todas vuestras fuerzas, evitad la ala­meda, trabajad desde muy temprano to­do lo que podáis resistir. Después de un buen paseo, reunios con vuestros amigos, que hace tanto que no veis. Comed alimentos saludables, bebed buen vino. Co­mo veis, trato de fortalecer vuestro cuer­po y de dirigir vuestro espíritu hacia otras cosas, para alejar de vos la idea fija, es decir, la aparición que os ofusca, ese semblante en la ventana de la casa vacía que veis reflejada en vuestro es­pejo. ¡Seguid al pie de la letra mis pres­cripciones!

Me resultaba difícil separarme del es­pejo. El médico, que ya lo había cogido, pareció notarlo. 'Echó su aliento sobre él y me preguntó mientras lo retenía;

¿Veis algo?

Nada, ni la menor cosa —repuse, como realmente sucedía.

Echad vos el aliento —dijo el médi­co, mientras me lo devolvía.

Así lo hice, y la imagen maravillosa apareció más claramente que nunca.

¡Aquí está! —exclamé en voz alta. El médico miró y dijo:

No veo absolutamente nada, pero no he de ocultaros que, en el mismo instante en que miré en vuestro espejo, sentí un estremecimiento siniestro, que se me pasó en seguida. Bien sabéis que soy muy sincero, y por eso merezco vuestra con­fianza. Repetid la prueba.

Así lo hice; el médico me rodeó con sus brazos; sentí su mano en mi nuca. La imagen volvió. El médico, que miraba conmigo en el espejo, palideció; luego, quitándome el espejo de la mano, miró de nuevo, lo guardó en su pupitre y volvióse hacia mí, mientras se secaba el sudor de la frente.

Seguid mi prescripción —comenzó a decir—. Seguid punto por punto mi pres­cripción. Tengo que reconocer que aque­llos momentos en que vuestro yo inte­rior siente un dolor físico me resultan muy misteriosos, aunque espero poder deciros pronto algo acerca de este asunto.

Seguí al pie de la letra los consejos del médico, por muy penoso que me re­sultara, y aunque pronto sentí la influen­cia beneficiosa de la dieta ordenada y de los diversos trabajos en que se ocu­paba mi espíritu, sin embargo no pude verme totalmente libre de aquellos ho­rribles accesos, que solían manifestarse al mediodía, y sobre todo a las doce de la noche. Incluso en medio de las más alegres reuniones, bebiendo y cantando, me sucedía como si atravesasen mi in­terior puñales incandescentes, y enton­ces eran inútiles todos los esfuerzos que hacía para resistir; tenía que alejarme, pudiendo solamente volver a casa cuan­do retornaba de mi desvanecimiento.

Sucedió, pues, que un día, estando en una reunión nocturna en la que se hablaba de efectos e influencias, se trató tam­bién del oscuro y desconocido campo del magnetismo. Se hacía referencia prefe­rentemente a la posible influencia de un lejanísimo principio psíquico, y se pusie­ron muchos ejemplos. Sobre todo, un jo­ven médico, muy dado al magnetismo, demostró que, tanto él como otros mu­chos, mejor dicho, como todos los mag­netizadores poderosos, podía obrar des­de lejos mediante su pensamiento y vo­luntad sobre una sonámbula. Todo lo que habían dicho Kluge, Schubert, Barteis y otros podía demostrarse con pruebas.

Me parece que lo más importante —terminó finalmente uno de los presen­tes, un conocido médico que estaba allí como atento observador—, lo más impor­tante de todo es que el magnetismo pa­rece encerrar muchos enigmas, que, por lo general, no se consideran secretos en la vida diaria, sino simples experiencias. Así, pues, tenemos que andar con pies de plomo. ¿Cómo es posible que suceda que, aparentemente, sin motivo alguno externo o interno, y rompiendo la cade­na de los pensamientos, una determinada persona o simplemente la imagen fiel y viva de algún acontecimiento se apodere dé nosotros de manera que nos quede­mos asombrados? Lo más notable es lo que a menudo experimentamos en sueños. Toda la imagen del sueno se hunde en un negro abismo, y he aquí que de nuevo, independientemente de la imagen de aquel sueño, surge otra con poderosa vida, imagen que nos transporta a leja­nas regiones y de pronto nos pone en relación con personas aparentemente desconocidas, en las que hacía ya mucho años no pensábamos. Sí, y todavía más, a menudo contémplennos personas desco­nocidas o que conocimos hace muchos años. Como cuando decimos algunas ve­ces: «¡Dios mío! Este hombre, esta mu­jer me resultan conocidos; me parece ha­berlos visto ya en alguna parte, es pro­bable, aunque parezca mentira, que sea el recuerdo oscuro de un sueño. ¿Cómo podría explicarse esta súbita aparición de imágenes extráñate en medio de nues­tras ideas, que suelen apoderarse de nos­otros con una fuerza especial, si no fue­se porque son motivadas por un princi­pio psíquico? ¿Cómo sería posible ejer­cer influencia en un espíritu extraño en determinadas circunstancias, y sin pre­paración alguna, de forma que podamos obrar sobre él como si estuviera muerto?

—Un paso más —añadió otro riéndo­se— y estamos en los embrujamientos, la magia, los espejos y las necias fanta­sías y supersticiones de los tiempos an­tiguos.

¡Eh! — interrumpió el médico al escéptico—. No hay ninguna época anti­cuada, y mucho menos puede conside­rarse necios a los tiempos pasados en que hubo hombres que pensaron, pues también tendríamos que considerar ne­cia nuestra propia época. Hay algo, por mucho que nos esforcemos en negarlo, y que más de una vez se ha demostrado, y es que en el oscuro y misterioso reino, que es la patria de nuestro espíritu, arde una lamparita, perceptible por nuestra mirada, ya que la Naturaleza no ha po­dido negarnos el talento y la inclinación de los topos, pues, ciegos como somos, buscamos orientarnos a través de cami­nos de tinieblas. Y así como los ciegos de la tierra reconocen la proximidad del bosque por el rumor de las hojas de los árboles, por el murmullo y el sonido de las aguas, y se cobijan en sus sombras refrescantes, y el arroyo les calma su sed, de forma que su anhelo alcanza la meta deseada, del mismo modo presen­timos nosotros, gracias al resonante ba­tir de alas y al aliento espiritual de los seres, que nuestro peregrinaje nos con­duce al manantial de la luz, ante la cual se abren nuestros ojos.

No pude resistir más tiempo, y, vol­viéndome hacia el médico, le dije:

Considero, y no quiero entrar en más profundidades, considero posible no sólo esta influencia, sino también otras, y creo que en el estado magnético pue­den realizarse operaciones gracias al principio psíquico. Asimismo —conti­nué—, creo que existen fuerzas demonía­cas enemigas que pueden ejercer su po­der maléfico sobre nosotros.

Serán partículas malignas de espí­ritus caídos —repuso el médico riéndo­se—. No. no debemos admitir esto, y so­bre todo les suplico que no tomen estas insinuaciones mías sino como simples sugerencias, a las que voy a añadir que no creo en un indiscutible dominio de un principio espiritual sobre otro, sino más bien tengo que admitir que todo sucede a causa de una debilidad de la voluntad, cambio o dependencia que per­mite este dominio.

En fin —comenzó a decir un hombre de edad que había permanecido callado, aunque escuchando muy atentamente—, en fin, estoy de acuerdo con vuestras ex­trañas ideas acerca de los misterios im­penetrables con los que tratamos de fa­miliarizamos. Si existen misteriosas ri­quezas activas, que se ciernen sobre nos­otros amenazadoramente, tiene que exis­tir alguna anormalidad en nuestro orga­nismo espiritual que nos robe fuerza y valor para resistir victoriosamente. En una palabra: sólo la enfermedad del es­píritu, los pecados, nos hacen siervos del principio demoníaco.

Es digno de notarse —prosiguió— que ya, desde los tiempos más remotos, las fuerzas demoníacas sólo actuaban sobre los hombres que sufrían grave trastorno espiritual. Me refiero, sobre todo a en­cantos o hechicerías amorosas de que es­tán llenas todas las crónicas. En los más disparatados procesos brujeriles apare­cen siempre, e, incluso en los códigos de algunas naciones muy civilizadas, se ha­bla de filtros amorosos, destinados a obrar psíquicamente, que no sólo des­piertan el deseo amoroso, sino que irre­sistiblemente obran sobre una determi­nada persona. Ya que la conversación trata de estas cosas, recordaré un suceso trágico que sucedió en mi propia casa hace poco tiempo. Cuando Bonaparte in­vadió nuestro país con sus tropas, un coronel de la Guardia Noble italiana alo­jóse en mi casa. Era uno de los pocos oficiales de la llamada Grande Armée, que se había distinguido por su conduc­ta digna y correcta. De semblante pálido, sus ojos hundidos daban señales de es­tar enfermo o presa de una profunda preocupación. Pocos días después de su llegada, estando conmigo, sucedió algo que manifestó la especie de enfermedad de que se veía atacado. Encontrábame yo precisamente en su habitación cuan­do, de pronto, conienzó a suspirar y se llevó una mano al pecho, o mejor dicho, a la altura del estómago, como si sintie­se dolores mortales. Llegó un momento en que no pudo hablar, viéndose obliga­do a tumbarse en el sofá; luego, de pron­to, perdió la visión y quedóse rígido, sin conocimiento, como un palo. Pero des­pués se incorporó como si despertase de un sueño, aunque era tal su cansancio, que durante mucho tiempo no pudo mo­verse. Mi médico, a quien yo envié des­pués de haber probado diversos méto­dos, comenzó a tratarle magnéticamente, y esto pareció ejercer algún efecto. Pero, en cuanto dejaba de magnetizarle, el en­fermo experimentaba un sentimiento in­soportable de malestar. Como el médico se había ganado la confianza del coronel, confesóle éste que en aquellos momentos veía la imagen de una joven que había conocido en Pisa; tenía entonces la sen­sación de que su mirada ardiente pe­netraba en su interior, y era cuando ex­perimentaba aquellos dolores insoporta­bles, hasta que caía inconsciente. Aquel estado le causaba tal dolor de cabeza y una tensión tal como si hubiera vivido un éxtasis amoroso.

Nada dijo de cuáles fueran las relacio­nes que hubiera tenido con aquella mu­jer. Las tropas estaban a punto de em­prender la marcha; el coche del coronel hallábase a la puerta, éste estaba desayu­nando, y he aquí que, en el mismo mo­mento de llevarse a los labios un vaso de vino de Madera, se desplomó, cayendo al suelo, al tiempo que profería un grito. Estaba muerto. Los médicos diagnostica­ron un ataque nervioso fulminante. Unas semanas después, me entregaron una carta dirigida al coronel. Yo no tenía in­tención de abrirla, pues pensaba dársela a algún amigo de sus familiares, al tiem­po de comunicarles la noticia de su re­pentina muerte. La carta provenía de Pisa, y supe que contenía las siguientes palabras: «¡Infeliz! Hoy, día 7, a las doce del mediodía, falleció Antonia, abrazando amorosamente tu imagen traicionera.» Miré el calendario, en el que había se­ñalado el día de la muerte del coronel, y vi que el fallecimiento de Antonia ha­bía sido a la misma hora que el suyo.

No quise escuchar el resto de la his­toria que refería aquel hombre, pues in­vadióme tal terror al reconocer mi pro­pio estado en el del coronel italiano, que salí apresurado, rabiando de dolor, po­seído por el loco anhelo de ver la imagen desconocida. Corrí hacia la casa fatal. Desde lejos me pareció ver brillar luces a través de las persianas bajadas; pero, a medida que me fui aproximando, se desvaneció el brillo.

Furioso, ebrio de amor, me lancé hacía la puerta, que cedió a mi empuje. Encon­tróme en un vestíbulo débilmente iluminado. El corazón me saltaba del pecho, tal era la angustia y la impaciencia que sentía; oyóse un cántico caudaloso que parecía provenir de una garganta feme­nina cuyo tono agudo resonaba en toda la casa; en fin, no sé cómo sucedió que me encontré de pronto en una gran sala iluminada con muchas velas, amueblada a la manera antigua, con muebles dora­dos y muchos exóticos jarrones japone­ses. Una nube de humo se elevaba, como una neblina azul.

¡Bienvenido seas, seas bienvenido..., dulce desposado!... ¡Ha llegado la hora de la boda! —se oyó gritar a una voz de mujer.

Como todavía no sé cómo hice mi apa­rición en la sala, tampoco puedo decir de qué modo apareció de improviso res­plandeciente, a través de la niebla, una bella figura juvenil, ataviada con ricos vestidos, que se dirigió hacia mí con los brazos abiertos mientras repetía: «¡Bien­venido seáis, dulce desposado!», al mis­mo tiempo que un semblante horrible­mente deformado por la edad y la locura me miraba con fijeza a los ojos. Mi es­panto fue tan grande que vacilé, como si estuviera fascinado por la mirada pe­netrante y vivaz de una serpiente de cas­cabel; no podía apartar los ojos de aque­lla vieja horrible ni tampoco podía dar un paso.

Acercóse a mí, y entonces tuve la sen­sación de que su espantoso rostro era sólo la máscara recubierta de un tenue velo, que mostró con apariencia más be­lla a través del espejo. Sentía ya el con­tacto de las manos de aquella mujer cuando, dando un agudo chillido, se tiró al suelo. Oyóse entonces una voz detrás de mí que decía:

—¡Vaya, vayal Otra vez el diablo está de broma con Vuestra Excelencia. ¡A la cama, a la cama! ¡Si no habrá palos muy fuertes!

Volvíme rápidamente y vi al adminis­trador en camisa, agitando un látigo so­bre su cabeza. Trataba de descargar sus golpes sobre la vieja, que se revolcaba en el suelo dando alaridos. Le agarré el brazo y, tratando de evitarme, exclamó:

¡Truenos y centellas, señor mío! Sa­tanás hubiera estado a punto de matarla de no haber aparecido yo a tiempo. ¡Lar­go, largo de aquí!

Salí de la sala, y en vano traté de en­contrar la puerta de la calle en la oscu­ridad. Desde allí escuché los latigazos y los gritos y gemidos de la vieja. Empecé a pedir auxilio a gritos, pero noté que el suelo se hundía bajo mis pies y caí escaleras abajo, yendo al fin a dar con­tra una puerta, de tal modo que ésta se abrió y fui rodando a parar a un cuartito. Cuando vi la cama, en la que había huellas de haber sido abandonada recien­temente, y observé la levita color marrón que estaba colgada en una silla, reconocí al instante la casaca del viejo adminis­trador. Pocos instantes después, se oye­ron pasos por la escalera, y éste descen­dió y vino a ponerse a mis pies.

-—¡Por todos los santos —suplicóme con las manos unidas— por todos los santos, no sé quién sois y cómo la vieja bruja ha podido atraeros! Pero os ruego que calléis, que no digáis nada de lo que aquí ha sucedido; de lo contrario, me quedaré sin empleo y sin pan. Su exce­lencia, la loca, ya ha recibido su castigo y se encuentra atada a la cama. Dormid bien, honorable señor, con toda tranqui­lidad. ¡Sí, que podáis dormir bien! Es una noche de julio muy agradable y ca­lurosa, y aunque no hay luna, él resplan­dor de las estrellas os alumbrará... Así es que, ¡muy buenas noches!

Apenas terminó su discurso, el viejo se levantó y, cogiendo una luz. me em­pujó fuera del subterráneo, y, haciéndo­me cruzar la puerta, la cerró.

Me encaminé hacia mi casa completa­mente desconcertado y, ya podéis imagi­nar. que sin dejar de pensar en el horri­ble secreto, ni poder de momento esta­blecer la menor relación entre aquellas cosas y lo sucedido el primer día. Sólo estaba seguro de algo: de que estaba ya libre del poder maligno que me había retenido durante tanto tiempo. Todo el doloroso anhelo que había sentido por causa de la encantadora imagen había desaparecido, pues súbitamente, con aquella visita había tenido la sensación de entrar en un manicomio. No me cabía la menor duda de que el administrador era el guardián tiránico de una mujer loca, de noble cuna, cuyo estado quizá quisiera ocultarse al mundo; pero lo que no se explicaba era el espejo.,.., aquel semblante encantador... En fin, ¡sigamos, sigamos!

Pasado algún tiempo asistí a una re­unión muy concurrida del conde P., y éste, llevándome a un rincón, me dijo sonriendo:

¿Sabéis que ya se empieza a desci­frar el secreto de nuestra casa vacía?

Intenté escuchar lo que el conde tra­taba de referir, pero como en aquel momento se abrieron las puertas del come­dor, nos encaminamos a la mesa. Total­mente ensimismado, pensando en los se­cretos que el conde iba a revelarme, ofre­cí el brazo a una joven dama y mecáni­camente seguí el rígido ceremonial de la fila. La conduje al puesto que nos ofre­cían y, al contemplarla, vi los mismos rasgos que la imagen del espejo, y eran tan exactos que no cabía engaño. Ya po­déis imaginaros que me estremecí, pero también puedo asegurar que no hubo en­tonces la menor resonancia de aquella loca y fatídica pasión que se apoderaba de mí cada vez que veía, en el espejo la imagen de aquella mujer.

Mi sorpresa, aún más, mi espanto, de­bió reflejarse en mis ojos, pues la joven me miró asombrada, de tal modo que consideré necesario sobreponerme y. con toda la serenidad de que era capaz, la expliqué que tenía la sensación de haber­la visto en alguna parte. La breve expli­cación que me dio era que esto no era posible, pues ayer por primera vez había venido a ***, lo que realmente me des­concertó. Enmudecí. Sólo la mirada an­gelical que me lanzaron los bellos ojos de la joven me reanimó. Bien sabéis có­mo en estas ocasiones las antenas espi­rituales se tienden y palpan suave, sua­vemente, hasta que se vuelve a captar- el tono. Así lo hice y muy pronto hallé que aquella encantadora criatura tenía cierta sensibilidad enfermiza. Cuando yo salpi­caba la conversación con alguna palabra atrevida y rara, para darle sabor, noté que sonreía, aunque su sonrisa era dolorosa.

No estáis alegre, amiga mía; quizá haya sido la visita de esta mañana.

Esto dijo un oficial, no lejos de nos­otros, a mi dama; pero en el mismo ins­tante su vecino le cogió del brazo y le dijo algo al oído, en tanto que una señora, al otro lado de la mesa, con las mejillas encendidas y la mirada refulgen­te, se puso a hablar en voz alta de la magnífica ópera que había visto repre­sentar en París y a compararla con las actuales. A mi vecina se le saltaron las lágrimas.

Soy tonta —dijo volviéndose hacia mí.

Como antes habíase quejado de jaque­ca, le dije:

Esto es resultado de su dolor de ca­beza y lo mejor para estar alegre es la espuma que rebosa esta bebida poética.

AI decir estas palabras serví champán en su copa, que rehusó al principio, aunque luego probó, y con su mirada agradeció la alusión a sus lágrimas, que no podía ocultar. Pareció alegrarse un poco y todo hubiera ido bien si yo, ines­peradamente, no hubiese tropezado en un vaso inglés, que resonó con un sonido estridente y agudísimo. Mi vecina pali­deció mortalmente e incluso a mí mismo me sobrecogió un espanto repentino, porque el sonido de la copa era igual a la voz de la vieja loca de la casa vacía.

Cuando nos dirigíamos a tomar café tuve ocasión de acercarme al conde P.; él se dio cuenta en seguida del motivo.

¿Sabéis que vuestra vecina es la condesa Edmunda de S.? ¿Sabéis que la hermana de su madre está encerrada en la casa vacía desde hace varios años co­mo loca incurable? Hoy por ¡a mañana, ambas, madre e hija, estuvieron a ver a la desdichada. El viejo administrador, el único que era capaz de dominar los tre­mendos ataques de la condesa, y que ha­bía tomado sobre sus hombros esta res­ponsabilidad, ha fallecido, y se dice que la hermana, por fin, ha sido confiada en secreto al doctor K., que buscará reme­dios extremos, si no para curarla total­mente, al menos para librarla de los horribles ataques de locura furiosa que pa­dece de vez en cuando. No sé más por ahora.

Como algunos se acercaran, interrum­pió la conversación. El doctor K. era precisamente la única persona a la que yo había comunicado mi extraña situa­ción; así es que podéis suponeros que, en cuanto pude, me apresuré a verle y a referirle punto por punto todo lo que me había sucedido desde la última vez que le vi. Le supliqué que. para tranqui­lidad mía, me contase todo lo que supie­se acerca de la vieja loca y no tardó lo más mínimo, después que le prometí guardar el secreto, en confiarme lo si­guiente:

—Angélica, condesa de Z.—así comen­zó el doctor—. no obstante estar bor­deando los treinta años, se encontraba en la plenitud de su singular belleza, cuando he aquí que el conde de S., más joven que ella, tuvo ocasión de verla en la corte de *** y quedó prendado de sus encantos. Pretendióla al punto e incluso, como la condesa aquel verano regresase a las posesiones de su padre, él la siguió con el fin de comunicarle al viejo mar­qués sus deseos, al parecer no sin espe­ranzas, según se deducía de la conducta de Angélica.

Pero apenas el conde S. llegó y vio a Gabriela, la hermana pequeña de Angé­lica, fue como si le hubieran hechizado. Angélica parecía marchita al lado de Ga­briela, cuya belleza y bondad atrajeron irresistiblemente al conde S., de tal mo­do que, sin consideración a Angélica, pi­dió la mano de Gabriela, a lo que muy gustosamente accedió el viejo conde Z., ya que Gabriela, también demostraba in­clinación decidida por aquél. Angélica no exteriorizó el menor disgusto por la in­fidelidad del enamorado. «¡Creerá que me ha dejado! ¡Qué loco! ¡No se ha dado cuenta de que no era yo su juguete, sino él el mío, y que acabo ahora de tirarlo!». Así hablaba con orgullosa burla y en rea­lidad todo su ser daba muestras de que era verdadero el desprecio que mostraba por el infiel. Bien es verdad que, mientras el lazo entre Gabriela y el conde de S. fue estrechándose, vióse muy po­cas veces con Angélica. Esta no aparecía en la mesa y decíase que vagaba solita­ria por los bosques próximos, que había escogido para sus paseos.

Un extraño suceso vino a interrumpir la monotonía que reinaba en el palacio. Sucedió que los cazadores del conde de Z., con ayuda de un grupo de campesi­nos, habían logrado, por fin, capturar a una banda de gitanos, a los que se cul­paba de todos los incendios y robos que desde hacía poco asolaban la región. Tra­jeron a todos los hombres encadenados en una larga cadena y un carro lleno de mujeres y niños, y los dejaron en el pa­tio del palacio. Algunos, de rostros obs­tinados y ojos de mirada salvaje y bri­llante, como la del tigre apresado, mira­ban con atrevimiento y denotaban quié­nes eran los ladrones y los criminales. Sobre todo llamaba la atención una mu­jer muy delgada, con aspecto espantoso, cubierta con un chal encarnado de la ca­beza a los pies, que, subida al carro, gri­taba con voz de mando que la dejasen bajar, sucediese lo que sucediese.

El conde de Z. bajó al patio del palacio y ordenó que fuesen encarcelados indi­vidualmente en los calabozos de palacio. Pero he aquí que, mientras decía esto hizo su aparición la condesa Angélica, desmelenada, con el terror y el espanto reflejados en su semblante, y poniéndose de rodillas, gritó con voz estridente:

«¡Deja libres a esta gente..., déjalos li­bres..., son inocentes, son inocentes!... Padre, ¡libértales! Si derramáis una sola gota de su sangre me clavaré este cuchi­llo en el pecho.» No bien acabó de decir esto, la condesa blandió un cuchillo en el aire y cayó desmayada. «Muñequita mía, tesoro mío, ya sabía, yo que no lo permitirías», dijo la vieja vestida de rojo. Luego se arrodilló junto a la condesa y cubrió su rostro de besos nauseabundos, en tanto que murmuraba: «¡Hijita linda, hijita linda, despierta, despierta, que vie­ne el novio! iEh, eh, que viene el lindo novio!».

Al mismo tiempo, la vieja sacó una re­doma con un pececillo dorado, que se agitaba en una especie de alcohol platea­do, Colocó la redoma sobre el corazón de la condesa y al instante ella se despertó; pero apenas vio a la gitana, se incorporó de un salto y, abrazándola con ardor, apresuróse a entrar en palacio en su com­pañía. El conde de Z., Gabriela y su no­vio, que habían contemplado la escena, permanecían inmóviles, como si se hu­biera apoderado de ellos un terrible es­panto. Los gitanos seguían indiferentes y tranquilos. Fueron soltados de la ca­dena y vueltos a encadenar individual­mente para ser encerrados en los cala­bozos del palacio.

A la mañana siguiente, el conde de Z. reunió al pueblo; trajese a su presencia a los gitanos y declaró que eran inocen­tes de todos los robos que habían acae­cido en la comarca, de modo que, des­pués de quitarles las cadenas, con asom­bro de todos, bien provistos de pases, fueron dejados en completa libertad. Se echó de menos a la mujer de rojo. Al­gunos decían que era la reina de los gi­tanos, que se distinguía de los demás por la cadena de oro que les colgaba del cue­llo y que el plumero rojo, que llevaba en su chambergo español, había estado por la noche en la habitación del conde. Poco tiempo después quedó aclarado que los gitanos no habían tenido la menor par­ticipación en los robos y en los crímenes de la comarca.

Estaba ya próxima la boda de Gabrie­la. Un día ésta vio con asombro que se preparaba una mudanza en varios carros que llevaban muebles, baúles con trajes, ropa; en una palabra, todo lo que denota un traslado. A la mañana siguiente, se enteró de que Angélica, en compañía del ayuda de cámara del conde S. y de una mujer vestida de modo semejante a la gitana de rojo, había emprendido viaje aquella misma noche. El conde Z. desci­fró el enigma, aclarando que, por deter­minados motivos, veíase obligado a ce­der a los deseos absurdos de Angélica, y no solamente la regalaba la casa amue­blada en la alameda de ***, sino que la permitía que llevase allí una vida independiente. Incluso veíase obligado a ad­mitir que nadie de la familia, ni siquie­ra él mismo, podría entrar en la casa sin un permiso especial. El conde de S. aña­dió que, por deseo insistente de Angéli­ca, debía cederle su ayuda de cámara, que había emprendido el viaje a ***. Tu­vo lugar la boda. El conde de S. fue con su esposa a *** y así pasó un año gozan­do de una alegría no turbada. Pero poco después comenzó a sentir una extraña enfermedad. Sucedía que un oculto dolor le robaba las fuerzas vitales y el goce de la vida, y eran vanos los esfuerzos de su esposa para descubrir el secreto que parecía destrozarle. Como, finalmen­te. los frecuentes desvanecimientos hi­cieran que su estado cada vez fuese más peligroso, cedió a los consejos de los mé­dicos y encaminóse a Pisa. Gabriela no pudo acompañarle, ya que esperaba dar a luz en las próximas semanas.

A partir de aquí —prosiguió el mé­dico— lo que le sucedió a la condesa Gabriela es tan extraño que basta con que escuchéis lo que viene a continua­ción. En una palabra: su hija desapare­ció de la cuna de forma inexplicable y fueron inútiles todas sus pesquisas; su desconsuelo convirtióse en desespera­ción, ya que al mismo tiempo el conde de Z. le comunicó la horrible noticia de que su yerno, al que creía camino de Pisa, había sido encontrado muerto de un ataque fulminante precisamente en casa de Angélica, en ***; que Angélica se había vuelto loca, todo lo cual le resul­taba insoportable al conde de Z.

En cuanto Gabriela de S. se recuperó un poco, se apresuró a dirigirse a las po­sesiones de su padre; después de pasar una noche entera insomne, contemplan­do la imagen del esposo y de la niña per­didos, creyó oír un ligero rumor en la puerta de su alcoba; encendió el cirio del candelabro que le servía durante la no­che, y salió. Y ¡santo Dios!, acurrucada en el suelo, envuelta en su chal rojo, per­manecía la gitana, mirándola con ojos fi­jos e inmóviles y en sus brazos tenía una criatura que lloraba tan angustiosamen­te que a la condesa le dio. un vuelco el corazón. ¡Era su hija!... ¡La hija perdi­da! Arrancó la niña de los brazos de la gitana y apenas lo había hecho cuando ésta cayó retorciéndose y quedó como una muñeca inanimada. A los gritos de espanto de la condesa todos despertaron y acudieron presurosos, encontrando muerta a la gitana, qué por medio nin­guno pudo ser reanimada, y el conde hizo que la enterrasen. No pudo hacer otra cosa sino apresurarse a ir hacia la enloquecida Angélica, donde quizá pudie­ran descubrir el secreto de la niña. Pero encontró que todo había cambiado. La furia salvaje de Angélica había alejado a todas las criadas; sólo el ayuda de cá­mara permanecía con ella. Luego. Angé­lica volvió a tranquilizarse y a recobrar la razón.

Pero cuando el conde le refirió la his­toria de la niña de Gabriela, juntando las manos, dijo riéndose a carcajadas: «¿Ya ha venido la muñequita? ¿Ya ha venido?... ¿Enterrada, enterrada? ¡Jesús! ¡Qué elegante está el faisán dorado! ¿No sabéis nada del león verde con los ojos azules?».

Con gran espanto dióse cuenta el con­de del retorno de la locura, mientras sú­bitamente el semblante de ella parecía adquirir los rasgos de la gitana. Decidió entonces llevársela a sus posesiones, aun cuando el ayuda de cámara aconsejara lo contrario.

En el mismo instante de empezar los preparativos para partir, se apoderó de nuevo dé Angélica el ataque de rabia y de furor. En una pausa de lucidez, su­plicó a su padre con ardientes lágrimas que la dejase morir en la casa, y éste, conmovido, accedió, aunque consideró que la confesión que se escapó de sus labios era sólo una prueba más de la locura que sufría. Angélica confesó que el conde S. había vuelto a sus brazos y que la niña que la gitana había llevado a casa del conde de Z. era el fruto de esta unión.

En la ciudad todos creyeron que el conde de Z. había llevado a la infeliz a sus posesiones, aunque en realidad permanecía oculta en la casa vacía, al cui­dado del ayuda de cámara. El conde Z. murió poco tiempo después y la condesa Gabriela de S. vino con Edmunda para arreglar los papeles familiares. No re­nunció entonces a ver a su infeliz her­mana. En esta visita debió de haber su­cedido algo raro, aunque la condesa no me confío nada; sólo habló, en general, de que se habían visto obligadas a librar a la infeliz loca de la tiranía del viejo ayuda de cámara. Ya en una ocasión éste trató de, dominar los ataques de locura. castigándola cruelmente, pero se dejó embaucar al oír las alusiones de Angé­lica, que decía saber hacer oro, y junto con ella había emprendido toda clase de extrañas operaciones, al tiempo que la proporcionaba todo lo necesario para es­ta transformación.

Sería superfluo —me dijo el médico» poniendo así fin a su relato—, sería superfluo que os dijese precisamente a vos, que os fijaseis bien en la rara relación que tienen todas estas extrañas cosas. Estoy convencido de que sois quien des­encadenó la catástrofe que debía ocasio­nar la inmediata curación o la muerte de la vieja. Por lo demás, no quiero ocul­tar que me he asustado no poco cuando entré en relación magnética con usted, lo cual ocurrió al mirar en el espejo. Sólo usted y yo sabemos que contemplamos la imagen de Edmunda.

Como el médico creyó oportuno no añadir ningún comentario más, yo tam­bién considero innecesario extenderme sobre el asunto y, sobre todo, acerca de las relaciones posibles entre Angélica, Edmunda, yo y el viejo ayuda de cámara, y no traté de averiguar nada tampoco sobre las místicas y recíprocas relacio­nes que desempeñaron su papel demo­níaco. Únicamente añadiré que la impre­sión siniestra que estos sucesos me pro­dujeron fueron causa de que tuviera que irme de la ciudad, y, aunque pasado al­gún tiempo olvidé todo, creo que en el mismo instante en que falleció la vieja loca experimenté un sentimiento de bien­estar.

Así terminó Teodoro su relato. Mucho hablaron sus amigos de aquella aventura y todos estuvieron de acuerdo en que en ella se unía lo raro con lo maravilloso en extraña mezcla.

 

 

 

Capullo

Escrito por imagenes 23-11-2009 en General. Comentarios (0)

 

Capullo 

Greg Egan

* * *

 

 

 

 

 

 

La explosión hizo añicos las ventanas que estaban a cientos de metros de distancia, pero no provocó ningún incendio. Más tarde, descubrí que había sido detectada por un sismógrafo de la Universidad Macquarie, que fijó la hora con precisión: 3.52 de la mañana. Los vecinos despertados por el estallido llamaron a los servicios de emergencia en cuestión de minutos y nuestro operador del turno noche me telefoneó apenas pasadas las cuatro, pero no tenía sentido que me apresurara a llegar al lugar de la escena porque por ahora sólo conseguiría estorbar. Me senté delante de la terminal de mi estudio durante casi una hora, reuniendo datos de soporte, monitoreando el tráfico radial con los auriculares, bebiendo café y tratando de no hacer demasiado ruido al teclear.

Cuando llegué, los contratistas del servicio local de bomberos ya habían partido, luego de certificar que no existía riesgo alguno de que ocurrieran más explosiones, pero nuestro personal forense seguía estudiando escrupulosamente las ruinas; el zumbido eléctrico de sus equipos sólo quedaba ahogado por el canto de los pájaros. Lane Cove era un suburbio tranquilo, lleno de hojas y mixto: era residencial a la vez que industrial de alta tecnología; la lujuriosa vegetación de los espacios abiertos de las corporaciones se fundía casi sin solución de continuidad con el parque nacional adyacente, partido en dos por el río Lane Cove. El mapa de la zona que estaba en la pantalla de la terminal de mi auto había identificado a los proveedores de reactivos de laboratorio y de productos farmacéuticos, a los fabricantes de instrumentos de precisión para aplicaciones científicas y aeroespaciales, y a no menos de veintisiete empresas de biotecnología, incluyendo a "Calidad de Vida Internacional", el otrora extenso edificio de cemento que ahora había quedado reducido a una colección de bloques blancos hechos polvo, amontonados alrededor de retorcidas vigas de refuerzo. El acero expuesto relumbraba con las primeras luces de la mañana, tan prístino que inspiraba desconcierto. El edificio había sido construido hacía sólo tres años. Pude entender por qué el equipo forense había descartado a primera vista la posibilidad de un accidente: unos cuantos tambores de solvente orgánico no podían haber provocado algo ni remotamente parecido a esto. Nada que estuviese legalmente almacenado en la zona residencial podía haber reducido un edificio moderno a escombros en cuestión de segundos.

Ubiqué a Janet Lansing mientras salía del auto. Estaba revisando las ruinas con una expresión de estoicismo, pero se envolvía en sus propios brazos. Sufría un leve estado de shock, probablemente. No había otra razón para que tuviera frío: había hecho un calor insoportable toda la noche y la temperatura ya estaba comenzando a subir todavía más. Lansing era la directora del Complejo Lane Cove: cuarenta y tres años, doctorada en biología molecular en Cambridge y con un Master en Administración de Empresas de una universidad virtual japonesa igualmente prestigiosa. Antes de salir de casa, le había ordenado a mi buscador de información que extrajera detalles de su vida y una foto suya, y diversas clases de datos.

Me acerqué a ella y le dije:

—James Glass, Investigaciones Nexus.

La mujer frunció el ceño al ver mi tarjeta de presentación, pero la aceptó. Después echó un vistazo a los técnicos que arrastraban sus cromatógrafos de gas y equipos holográficos por todo el perímetro de las ruinas.

—Esa gente es suya, supongo.

—Sí. Están aquí desde las cuatro.

Ella sonrió afectadamente.

—¿Y qué pasa si le doy el trabajo a otro? ¿Y los acuso a todos ustedes de invadir propiedad privada?

—Si contrata a otra compañía, con mucho gusto les entregaremos todas las muestras y los datos que hemos reunido.

Ella asintió distraídamente.

—Los contrato a ustedes, por supuesto. ¿Desde las cuatro? Estoy impresionada. Llegaron incluso antes que los del seguro. —A decir verdad, "los del seguro" de CVI eran dueños del 49 por ciento de Nexus y nos iban a dejar el camino libre hasta que hubiéramos terminado, pero pensé que no existía razón alguna para mencionarlo. Con amargura, Lansing agregó—: Nuestra supuesta empresa de seguridad logró reunir el coraje suficiente para llamarme recién hace media hora. Es evidente que alguien saboteó una caja de empalme de fibras ópticas, dejando toda el área incomunicada. Se supone que en caso de detectar desperfectos en el equipo deben enviar patrullas de inspección, pero aparentemente no se molestaron en hacerlo.

Hice un gesto de condolencia.

—¿Qué era exactamente lo que hacían aquí?

—¿Lo que hacíamos? Nada. No hacíamos fabricación; era pura y simplemente Investigación y Desarrollo.

De hecho, yo ya había descubierto que todas las fábricas de CVI estaban en Tailandia e Indonesia, la oficina central en Mónaco y las instalaciones de investigación diseminadas por todo el mundo. Sin embargo, entre calmar al cliente y demostrarle que uno conoce todos los hechos existe una línea divisoria muy delgada. Un completo extraño debe enunciar al menos una suposición errónea, formular al menos una pregunta mal orientada. Yo siempre lo hago.

—¿Y qué investigaban y desarrollaban?

—Esa información es comercialmente reservada.

Saqué mi notepad del bolsillo de la camisa e hice aparecer en pantalla un contrato estándar completo, incluyendo las habituales condiciones de confidencialidad. Ella lo miró y luego hizo que su propia computadora escrutara el documento. Conversando en infrarrojo modulado, las máquinas negociaron rápidamente los detalles finos. Mi notepad firmó el acuerdo electrónicamente en nombre mío y el de Lansing hizo lo mismo; después, ambas máquinas lanzaron al unísono un feliz "bip", para hacernos saber que las tratativas habían concluido.

Lansing dijo:

—Nuestro principal proyecto era diseñar células sincitiotrofoblásticas mejoradas. —Sonreí pacientemente y ella me hizo la traducción—. Para fortalecer la barrera que separa la sangre de la madre de la sangre del feto. La madre y el feto no comparten la sangre directamente, pero intercambian nutrientes y hormonas por medio de la barrera placentaria. El problema es que también pueden pasar toda clase de virus, toxinas, productos farmacéuticos y drogas ilícitas. Las células de la barrera natural no evolucionaron para saber qué hacer con al SIDA, el síndrome de alcoholismo fetal, los bebés cocainómanos o el próximo desastre tipo talidomida. Apuntamos a una sola inyección endovenosa de vectores manipuladores de genes que desencadenen la formación de una capa adicional de células, específicamente diseñadas para proteger al caudal sanguíneo del feto de los contaminantes de la sangre materna, en las estructuras apropiadas de la placenta.

—¿Una barrera más gruesa?

—Más inteligente. Más selectiva. Más exigente en cuanto a lo que debe dejar pasar. Sabemos con exactitud qué es lo que el feto en desarrollo realmente necesita de la sangre materna. Estas células manipuladas genéticamente contendrían canales específicos para transportar cada una de esas sustancias. No dejarían pasar ninguna otra

cosa.

—Muy impresionante. —Un capullo rodeando al nonato, protegiéndolo de todos los venenos de la sociedad moderna. Me sonaba exactamente como la clase de tecnología benéfica que una compañía llamada "Calidad de Vida" estaría empollando en el arbolado barrio de Lane Cove. Cierto, hasta un albañil podía detectar algunas imprecisiones en el esquema. Por lo que yo sabía, los niños con frecuencia se contagiaban el SIDA durante el parto propiamente dicho, no durante el embarazo, pero presumiblemente existían otros virus que cruzaban la barrera placentaria con más asiduidad. Yo no tenía idea de si era posible o no que las madres atontadas por el alcohol o adictas a la cocaína que se arriesgaban a dar a luz a sus hijos corrieran en masa a hacerse instalar esas barreras fetales genéticamente manipuladas, pero podía imaginarme una fuerte demanda por parte de la gente aterrada por los aditivos de los alimentos, los pesticidas y los contaminantes. A largo plazo, si el sistema realmente funcionaba y no tenía un costo prohibitivo, incluso podía llegar a formar parte de los cuidados prenatales de rutina.

Benéfico... y lucrativo.

En todo caso, existieran o no factores biológicos, económicos y sociales que impidieran que esta tecnología resultara un completo éxito, era difícil imaginarse que alguien pudiera objetar el fundamento del asunto.

Dije: —¿Estaban trabajando con animales?

Lansing arrugó el entrecejo.

—Sólo con embriones de ternero y con úteros bovinos aislados en máquinas sustentadoras de tejidos. Si esto fue obra de un grupo defensor de los derechos del animal, les hubiera convenido más volar un matadero.

—Mmm. —Durante los últimos años, los atentados de la sucursal Sydney de "Igualdad Animal", única agrupación que se sabía empleaba semejante metodología extremista, se habían concentrado en los laboratorios de investigación que utilizaban primates. Era posible que hubieran cambiado de objetivo, o que hubieran sido mal informados, pero CVI seguía pareciéndome un blanco extraño; había abundante cantidad de laboratorios que eran ampliamente conocidos por la utilización de ratas y conejos vivos y completos como si fuesen tubos de ensayo descartables... y muchos de esos laboratorios quedaban muy cerca de aquí—. ¿Y los competidores?

—Por lo que sé, no hay ningún otro que esté dedicándose a esta línea de producto. No estamos corriendo ninguna carrera: nosotros ya tenemos las patentesindividuales de todos los componentes esenciales, como los conductos de membrana y las moléculas transportadoras; para poder utilizarlos en lo que sea, cualquier competidor tendría que

pagarnos los derechos correspondientes.

—¿Y si fuese alguien que sólo buscara perjudicarlos financieramente?

—Entonces tendrían que haber puesto la bomba en alguna de las fábricas. Anular nuestra fuente de ingresos habría sido la mejor manera de perjudicarnos; con este laboratorio no se ganaba un centavo.

—Pero igualmente descendería el valor de las acciones, ¿verdad? No hay nada que ponga más nerviosos a los inversores que el terrorismo.

Lansing estuvo de acuerdo, de mala gana. —Aunque así fuera, el que aprovechara esa circunstancia para ofertar y apoderarse de la compañía cargaría con el mismo inconveniente. No niego que en esta industria, de vez en cuando, ocurran sabotajes comerciales... pero no a un nivel tan crudo como este. La ingeniería genética es un negocio de mucha sutileza. Las bombas son para los fanáticos.

Tal vez. Pero... ¿quién iba a oponerse fanáticamente a la idea de proteger a los embriones humanos de los virus y venenos? Varias sectas religiosas rechazaban de plano toda clase de modificación de la biología humana... pero las que empleaban la violencia eran mucho más proclives a ponerle bombas a un fabricante de drogas abortivas que a un laboratorio dedicado a la tarea de salvaguardar al niño por nacer.

Elaine Chang, la jefa del equipo forense, se nos acercó. Se la presenté a Lansing. Elaine nos dijo:

—Fue un trabajo muy profesional. Si hubieran contratado a un grupo de expertos en demoliciones, éstos no habrían hecho ni una sola cosa en forma diferente. Todo lo contrario: para computar la sincronización y colocación de las cargas, probablemente habrían utilizado un software idéntico al que se usó aquí. —Nos mostró su notepad, que exponía en la pantalla una reconstrucción estilizada del edificio, con marcas que indicaban la hipotética ubicación de las cargas explosivas. Oprimió una tecla y la simulación se desmoronó hasta convertirse en algo muy parecido al derrumbe auténtico que teníamos detrás. Luego continuó—: Los fabricantes más respetables de hoy en día marcan cada partida de explosivos con alguna sustancia identificatoria que permanece en el residuo. Hemos relacionado las cargas utilizadas aquí con una partida robada de un depósito de Singapur hace cinco años.

Agregué: —Lo que, sin embargo, puede no resultar de gran ayuda, lamentablemente. Después de cinco años en el mercado negro, pueden haber cambiado de mano una decena de veces.

Elaine volvió a sus equipos. Lansing estaba comenzando a parecer un poco confundida. Le dije:

—Me gustaría volver a hablar con usted más adelante... pero voy a necesitar una lista de sus empleados, pasados y presentes, lo más pronto posible.

Asintió y apretó algunas teclas del notepad, transfiriendo la lista al mío. Dijo:

—No se ha perdido nada, en realidad. Teníamos backup de todos los datos administrativos y científicos en otro sitio. Y tenemos muestras congeladas de casi todos los grupos de células en los que trabajábamos, en una bóveda subterránea de Milson's Point.

El backup de datos comerciales era completamente intocable: la información debía estar almacenada en una decena o más de lugares diferentes, diseminados por todo el mundo... y fuertemente encriptada, por supuesto. Los grupos de células me sonaban más vulnerables. Dije:

—Será mejor que les comunique a los operadores de la bóveda lo que ha ocurrido.

—Ya lo hice; los llamé cuando venía para aquí. —Echó un vistazo a las ruinas—. La compañía aseguradora pagará la reconstrucción. Dentro de seis meses estaremos recuperados. De modo que el que haya hecho esto perdió el tiempo. El trabajo va a continuar.

Le dije: —¿Y quién habrá querido interrumpirlo?

La ligera sonrisa afectada volvió a aparecer en el rostro de Lansing y estuve a punto de preguntarle qué era lo que le parecía tan divertido. Pero las personas, al enfrentarse con algún desastre, sea grande o pequeño, a menudo actúan en forma incongruente; no había muerto nadie, no estaba ni remotamente histérica, pero habría sido extraño que un contratiempo como este no la hubiera alterado en lo más mínimo.

Dijo: —Usted dígamelo a . Ese es su trabajo, ¿no?

Cuando llegué a casa esa noche, Martin estaba en la sala. Trabajando en su disfraz para el Carnaval. No podía imaginarme cómo quedaría cuando estuviera terminado, pero definitivamente tenía algo que ver con las plumas. Plumas azules. Hice lo mejor posible por guardar la compostura, pero por su expresión, cuando levantó la vista, advertí que había percibido un involuntario gesto de disgusto en mi cara. Igualmente, nos besamos y no dijimos nada al respecto.

Durante la cena, sin embargo, no pudo aguantarse más.

—Este año es el cuadragésimo aniversario, James. Seguro que será el más grandioso de todos. Por lo menos podrías venir a ver. —Sus ojos destellaron; disfrutaba provocándome. Teníamos esta misma discusión desde hacía cinco años y ya estaba cerca de transformarse en un ritual tan sin sentido como el propio desfile.

Dije rotundamente: —¿Por qué querría ir a ver a diez mil reinas travestíes avanzando por la calle Oxford y soplándole besos a los turistas?

—No exageres. Sólo habrá unos mil hombres travestidos, como mucho.

—Sí, y los demás se pondrán suspensores de lentejuelas.

—Si de veras vinieses a ver descubrirías que la imaginación de la mayoría de la gente ha progresado mucho más allá de ese punto.

Negué con la cabeza, confundido.

—Si la imaginación de la gente hubiera progresado no existiría ningún Carnaval de Gays y Lesbianas. Es un desfile de monstruosidades para los que quieren vivir en un ghetto cultural. Hace cuarenta años pudo haber sido... provocativo. Tal vez sirvió de algo en aquel entonces. ¡Pero ahora! ¿Qué sentido tiene? No quedan leyes que cambiar, no quedan reclamos que hacer a los políticos. Lo único que logran con este tipo de cosas es seguir reciclando los mismos estereotipos imbéciles, año tras año.

Suavemente, Martin dijo: —Es una reafirmación pública del derecho a la diversidad sexual. Que ya no sea una marcha de protesta a la vez que una celebración no quiere decir que sea irrelevante. Y quejarse de los estereotipos es como... quejarse de los personajes de una obra de teatro moralizadora de la época medieval. Los disfraces son un código, son taquigrafía. Concédele algo de inteligencia a la gran masa del populacho heterosexual: ellos miran el desfile y no sacan la conclusión de que el homosexual medio siempre anda vestido con un tutú de lamé dorado. Las mentes de las personas no son tan literales. Todos aprenden semiótica desde el jardín de infantes y saben decodificar mensajes.

—Seguro que sí. Pero sigue siendo un mensaje erróneo: convierte en exótico lo que debería ser mundano. Está bien, la gente tiene el derecho de vestirse como se le antoje y salir a marchar por la calle Oxford... pero para mí eso no significa absolutamente nada.

—No te estoy pidiendo que desfiles con nosotros...

—Muy acertado de tu parte.

—...pero si cien mil héteros pueden ir a demostrar su apoyo a la comunidad gay, ¿por qué no puedes ir tú?

Dije con cansancio: —Porque cada vez que escucho la palabra comunidad, sé que me están manipulando. Si realmente existe algo llamado la comunidad gay, estoy seguro de que yo no formo parte de ella. Resulta que no quiero pasarme la vida mirando canales de televisión para gays y lesbianas, consumiendo sistemas de noticias para gays y lesbianas... o yendo a desfiles callejeros de gays y lesbianas. Es todo tan... monopólico. Se podría pensar que existe una corporación multinacional que adquirió los derechos de franquicia de la homosexualidad. Y que si tú no comercializas el producto como ella quiere, eres una especie de marica de segunda, inferior, ilícito, desautorizado.

Martin estalló en carcajadas. Cuando finalmente dejó de reírse, dijo:

—Continúa. Estoy esperando que llegues a la parte donde dices que no estás más orgulloso de ser gay que de tener ojos marrones o pelo negro o un lunar en la rodilla izquierda.

Protesté: —Y es cierto. ¿Por qué tengo que estar "orgulloso" de algo con lo que nací? No estoy orgulloso ni avergonzado. Sencillamente, lo acepto. Y no tengo que integrarme a un desfile para demostrarlo.

—¿Así que prefieres que todos permanezcamos invisibles?

¡Invisibles! Tú eres el que me dijo que el porcentaje de representación en películas y televisión del año pasado estaba muy cerca de los datos demográficos de la realidad. Y si apenas le prestamos atención al hecho de que un político abiertamente gay o una lesbiana ganen las elecciones, es porque eso ya no representa nada. Para la mayoría, ahora, eso es tan insignificante como... ser zurdo o diestro.

Parecía que esta sugerencia le resultaba surreal.

—¿Estás tratando de decirme que ahora no es un tema de discusión? ¿Que ahora los habitantes de este planeta son absolutamente imparciales en lo que atañe a las preferencias sexuales? Tu fe me conmueve, pero... —Hizo un gesto de incredulidad.

Dije: —Somos iguales ante la ley como cualquier pareja heterosexual, ¿verdad? ¿Y cuándo fue la última vez que dijiste que eras gay y tu interlocutor ni pestañeó? Y sí, sé que hay decenas de países donde todavía es ilegal... junto con la adhesión a ciertos partidos políticos o religiones considerados "inconvenientes". Los desfiles en la calle Oxford no van a cambiar eso.

—En esta ciudad, todavía nos atacan a golpes. Todavía sufrimos discriminación.

—Sí. Y en las horas pico también hay gente que es asesinada de un balazo por estar

escuchando en el autoestéreo una música "inconveniente", y también hay personas a las que se les siguen negando trabajos porque viven en barrios "inconvenientes". No estoy hablando de la perfección de la naturaleza humana. Sólo quiero que me reconozcas una pequeña victoria: dejando de lado a unos pocos psicóticos y a unos pocos fanáticos fundamentalistas... a la mayoría de la gente no le interesa el tema.

Martin dijo con pesadumbre:—¡Ojalá fuera cierto!

La discusión continuó durante más de una hora y terminó en empate, como siempre. No obstante, ninguno de nosotros esperaba seriamente hacer cambiar de opinión al otro.

Pero después me sorprendí preguntándome si realmente creía en toda mi retórica optimista. ¿Tan insignificante como ser zurdo o diestro? Por cierto, tal era la frase que, en el mundo occidental, adoptaban la mayoría de los políticos, académicos, ensayistas, invitados de programas de TV, escritores de telenovelas y líderes de las principales religiones... pero también era verdad que esa misma gente hacía décadas que estaba defendiendo principios de igualdad racial igualmente altruistas y que la realidad seguía sin alcanzar el mismo nivel en ese aspecto. Yo había sufrido muy poca discriminación: para la época en que ingresé en la secundaria ya estaba en boga la tolerancia, y desde entonces había sido testigo de una constante corriente progresista... ¿pero cómo podía saber con precisión cuántos prejuicios ocultos existían todavía? ¿Interrogando a mis amigos heterosexuales? ¿Leyendo las últimas encuestas de los sociólogos? La gente siempre contesta lo que cree que uno quiere escuchar..

Aun así, no me parecía importante. Personalmente, podía seguir viviendo mi vida sin depender de la profunda y sincera aprobación de todos los demás miembros de la raza humana. Martin y yo teníamos suerte de haber nacido en un tiempo y un lugar donde, en casi todos los aspectos tangibles, nos trataban con equidad.

¿Qué más se podía desear?

En la cama, esa noche, hicimos el amor muy lentamente, al principio sólo besándonos y acariciándonos los cuerpos durante lo que parecieron horas. Ninguno de los dos dijo nada. Bajo los efectos estupidizantes del calor, perdí todo sentido de pertenencia a cualquier otra época, a cualquier otra realidad. Nada existía, salvo nosotros dos; el resto del mundo, el resto de mi vida, se desvanecieron, girando, en la oscuridad.

La investigación era lenta. Entrevisté a todos los miembros actuales del plantel de CVI y luego comencé con la larga lista de ex-empleados. Seguía creyendo que el sabotaje comercial era la explicación más creíble para un trabajo tan profesional... pero hacer volar a la oposición por los aires era una medida desesperada: generalmente, primero se

intentaba un espionaje civilizado. Yo rogaba que, en el pasado, hubieran abordado a alguno de los que habían trabajado en CVI, ofreciéndole dinero a cambio de que proporcionara informaciones internas. Si lograba encontrar a un solo empleado que hubiese rechazado un soborno, éste podría brindarme informaciones útiles, debido a su contacto con el supuesto rival.

Aunque las instalaciones de Lane Cove habían sido construidas hacía sólo tres años, anteriormente CVI había operado, durante doce años, otra división de investigación con sede en Sydney, en North Ryde, no muy lejos. Muchos de los ex-empleados de ese período se habían mudado a otro estado o al extranjero; unos cuantos habían sido trasladados a las sucursales de CVI en otros países. Sin embargo, casi nadie había cambiado de número telefónico, de modo que tuve pocas dificultades en encontrarles el rastro.

La excepción era una bioquímica llamada Catherine Mendelsohn; el número que aparecía en el listado de personal de CVI había sido cancelado. En la guía telefónica nacional había diecisiete personas con el mismo apellido e iniciales. Ninguna de ellas admitió ser Catherine Alice Mendelsohn y ninguna se parecía en nada a la foto de archivo que tenía en mi poder.

La dirección de Mendelsohn que figuraba en el padrón electoral, un departamento en Newtown, era la misma que la registrada en CVI, pero esa misma dirección figuraba en la guía telefónica (y en el padrón electoral) como correspondiente a Stanley Goh, un joven que me dijo que nunca había conocido a Mendelsohn. Alquilaba el departamento desde hacía dieciochomeses

Las bases de datos de capacidad crediticia me proporcionaron la misma dirección desactualizada. Sin una orden de cateo, no podía lograr el acceso a los registros impositivos, bancarios y de servicios públicos. Hice que mi buscador de información revisara los avisos fúnebres, pero tampoco encontró nada.

Mendelsohn había trabajado para CVI hasta más o menos un año antes del traslado de la compañía a Lane Cove. Formaba parte de un equipo que trabajaba en un sistema de manipulación genética para paliar los efectos colaterales de la menstruación; aunque la sucursal Sydney siempre se había especializado en investigaciones ginecológicas, por alguna razón el proyecto iba a ser trasladado a Texas. Verifiqué las publicaciones del ramo; aparentemente, en aquel entonces CVI estaba reorganizando todas sus operaciones y reuniendo a todos los proyectos desperdigados por el mundo en configuraciones multidisciplinarias, de acuerdo con las teorías de última moda sobre la dinámica de la investigación. Mendelsohn había rechazado el traslado y la habían despedido.

Hurgué más. Los registros de personal decían que unos guardias de seguridad habían interrogado a Mendelsohn después de haberla hallado en el edificio de North Ryde, tarde una noche, dos días antes de su despido. Los biotecnólogos adictos al trabajo son muy comunes, pero empezar la jornada laboral a las dos de la mañana es índice de una dedicación excepcional, especialmente cuando la compañía está intentando deshacerse del empleado enviándolo a Amarillo, Texas. Puesto que había rechazado el traslado, Mendelsohn debía saber qué le esperaba.

Sin embargo, el incidente no pasó a mayores. Incluso, aunque Mendelsohn realmente hubiera tenido el plan de realizar algún acto de sabotaje de menor escala, no se podía establecer ninguna conexión con la bomba de cuatro años después. Quizás había estado tan furiosa como para transmitir información confidencial a alguno de los rivales de CVI, pero quienquiera que hubiese puesto la bomba en el laboratorio de Lane Cove habría estado más interesado en alguien que estuviera trabajando en el mismísimo proyecto de la barrera fetal, un proyecto que recién había comenzado a existir unos años después del despido de Mendelsohn.

Seguí investigando la lista. Entrevistar a los ex-empleados era frustrante: casi todos seguían trabajando en la industria biotecnológica y hubieran sido el grupo ideal para realizar una encuesta sobre a quién beneficiaría más el infortunio de CVI, pero el acuerdo de confidencialidad que yo había firmado significaba que no podía revelar nada sobre la investigación en cuestión... ni siquiera a la gente que trabajaba en otros departamentos de la propia CVI.

Lo único de lo que sí podía hablar estaba en la nebulosa: si le habían ofrecido un soborno a alguien, nadie quería decírmelo... y ningún magistrado iba a firmar una orden de cateo que me permitiera salir a pescar los registros financieros de ciento setenta personas.

El examen forense de las ruinas y de la caja de fibras ópticas saboteada había dado como resultado el habitual catálogo de minucias que en algún momento podían resultar valiosas, pero nada de eso iba a hacer aparecer del aire a un sospechoso.

Cuatro días después del atentado —mientras me descubría cada vez más desesperado por encontrarle un nuevo ángulo al caso— recibí una llamada de Janet Lansing.

Las muestras de backup de los grupos de células genéticamente manipuladas del proyecto habían sido destruidas.

La bóveda de Milson's Point resultó estar directamente debajo de un sector del Puente del Puerto, construida en los mismísimos cimientos de la costa norte. Lansing aún no había llegado, pero el jefe de seguridad de la compañía de almacenaje, un hombre de edad llamado David Asher, me mostró el lugar. Adentro, apenas se oía el ruido del tránsito, pero las vibraciones del suelo se sentían como un constante y leve terremoto. El lugar era cavernoso, seco y fresco. Habían instalado al menos un centenar de congeladores criogénicos, formando hileras, y entre ellos había tuberías fuertemente revestidas empleadas para la reposición del nitrógeno líquido.

Asher, comprensiblemente, actuaba con morosidad, pero con ánimo de cooperar. Antes de que todo se volviera digital, me explicó, la bóveda se había utilizado para archivar cintas cinematográficas de celuloide; los actuales propietarios se especializaban en material biológico. No había guardias físicamente asignados a la bóveda, pero las cámaras de vigilancia y los sistemas de alarma tenían una apariencia impresionante y la estructura misma se acercaba mucho a lo inexpugnable.

La mañana del atentado, Lansing había telefoneado a Bioarchivo, la compañía de almacenaje. Asher me confirmó que había enviado a una persona de la oficina de North Sydney a revisar el congelador en cuestión. No faltaba nada... pero prometió intensificar las medidas de seguridad inmediatamente. Debido a que los congeladores, supuestamente, eran a prueba de entrometidos y tenían cerraduras individuales, era normal que a los clientes se les permitiera el acceso a la bóveda cuando lo creyeran conveniente, monitoreados por las cámaras de vigilancia, pero sin ningún otro tipo de supervisión. Asher le había prometido a Lansing que, de ahí en más, nadie entraría al edificio sin que lo acompañara un miembro del personal de vigilancia... y aseguraba que, desde el día del atentado, no había ingresado nadie.

Esa mañana, habían ido dos técnicos de CVI para efectuar un inventario y habían encontrado el número previsto de frascos de cultivo, todos con sus correspondientes etiquetas de código de barras, todos firmemente sellados... aunque la apariencia de su contenido mostraba una sutil alteración. El coloide transparente congelada estaba más opalescente que turbia; un ojo no entrenado nunca hubiese advertido la diferencia, pero para los conocedores, aparentemente, este detalle significaba mucho.

Los técnicos se habían llevado una cantidad de frascos para su análisis; CVI estaba funcionando provisoriamente en un rincón de un laboratorio de control de calidad subalquilado a una fábrica de pintura. Lansing me había prometido que traería a nuestra reunión los resultados preliminares de esos análisis.

Llegó Lansing y abrió el cerrojo del congelador. Con las manos enguantadas, extrajo un frasco de la bruma suspendida y lo sometió a mi escrutinio.

Dijo: —Sólo hemos abierto tres muestras, pero todas parecen estar igual. Las células

fueron destruidas.

—¿Cómo? —El frasco estaba cubierto con una condensación tan espesa que yo no podía discernir si estaba lleno o vacío, y menos todavía si el contenido estaba opalescente o turbio.

—Parece que por efectos de la radiación.

Se me puso la piel de gallina. Escudriñé las profundidades del congelador; lo único que

pude entrever fueron las tapas de varias hileras de frascos idénticos... pero si en uno de ellos se había introducido un radioisótopo...

Lansing frunció el ceño.

—Relájese. —Se tocó el pequeño distintivo electrónico abrochado a su delantal de laboratorio, que tenía una cara de color gris opaco, como una célula de energía solar: un dosímetro de radiación—. Si estuviésemos expuestos a cualquier radiación significativa, esta cosa se pondría a aullar. Cualquiera sea la fuente de radiación, ya no se encuentra aquí... y las paredes no están fosforescentes. Sus futuros descendientes están a salvo.

Dejé pasar el comentario.

—¿Piensa que las muestras están arruinadas en su totalidad? ¿Que no podrán salvar nada?

Lansing estaba más estoica que nunca.

—Así parece. Existen algunas técnicas elaboradas que podríamos utilizar para tratar de reparar el ADN, pero probablemente será más fácil empezar de cero, sintetizar ADN nuevo y reintroducirlo en células placentarias bovinas no modificadas. Tenemos toda la secuencia de datos; en definitiva, eso es lo que importa.

Examiné el sistema de cierre del congelador, las cámaras de vigilancia.

—¿Está segura de que la fuente de radiación estaba dentro del congelador? ¿Es posible que el daño se haya hecho sin que entraran aquí, a través de las paredes?

Lo pensó. —Puede ser. Estas cosas no tienen mucho metal, son básicamente de espuma plástica. Pero no soy física especialista en radiación; probablemente, el personal forense de su compañía podrá darle una mejor idea de lo que ocurrió, cuando hayan terminado de revisar el congelador. Si los polímeros de la espuma están estropeados, quizás se los pueda utilizar para reconstruir la geometría del campo radiactivo.

Un equipo forense venía en camino. Dije:

—¿Cómo lo habrán hecho? ¿Caminando disimuladamente por aquí y luego...?

—Es difícil. Una fuente radiactiva capaz de hacer esto en un lapso breve sería inmanejable. Es mucho más plausible que se haya tratado de una exposición lenta, de baja intensidad actuando durante semanas o meses.

—O sea que deben haber introducido furtivamente alguna especie de artefacto en un congelador de su propiedad, apuntándolo al de ustedes. Pero entonces... si seguimos el rastro de los efectos que ha provocado podemos llegar hasta la fuente, ¿verdad? ¿Y cómo esperaban salirse con la suya?

Lansing dijo: —Es mucho más fácil de lo que usted dice. Hablamos de una cantidad modesta de isótopos emisores de rayos gamma, no de un arma que dispara un rayo de partículas y que vale mil millones de dólares. El rango efectivo sería de un par de metros, como mucho. Si realmente lo hicieron desde afuera, su lista de sospechosos acaba de quedar reducida a dos personas. —Le pegó un puñetazo al congelador que estaba a la izquierda del de CVI; después hizo lo mismo con el de la derecha y dijo—: Ajá.

—¿Qué?

Volvió a pegarles a los dos. El segundo sonaba a hueco. Dije:

—¿No tiene nitrógeno líquido? ¿No está en uso?

Lansing asintió. Puso la mano en la manija.

Asher dijo: —Creo que no...

El congelador no estaba con llave, la tapa se abrió con facilidad. El distintivo de Lansing comenzó a sonar... y, peor aún, allí dentro había algo, algo con pilas y cables...

No sé qué me impidió saltar sobre Lansing y derribarla al suelo, pero ella, imperturbable, terminó de levantar la tapa. Dijo mansamente:

—No entren en pánico; esta dosis de exposición no es nada. Está en el umbral de lo detectable.

La cosa que estaba adentro se parecía superficialmente a una bomba casera, pero las pilas y el chip temporizador que yo había entrevisto estaban unidos con cables a un solenoide de alta resistencia, que a su vez era parte de un elaborado mecanismo de obturador ubicado a un costado de una gran caja metálica de color gris.

Lansing dijo: —Canibalismo de desechos médicos, probablemente., ¿Sabe que se han encontrado cosas como estas en los basureros? —Se desabrochó el distintivo y lo hizo pasar cerca de la caja; el sonido de la alarma se intensificó, pero muy levemente—. El escudo de aislamiento parece intacto.

Dije, con la mayor calma posible:

—Esta gente tiene acceso a explosivos sofisticados. No tenemos idea de qué mierda puede haber allí dentro ni a qué está conectado. Este es el momento en que debemos salir caminando tranquilamente y dejar la situación en manos de los robots manipuladores de bombas.

Lansing pareció a punto de protestar, pero luego asintió con contrición. Los tres ascendimos a la calle y Asher llamó al contratista local encargado de los servicios antiterroristas. De pronto, me di cuenta de que tendrían que desviar todo el tránsito para que nadie cruzara el puente. Los medios no le habían prestado una atención muy profunda al atentado de Lane Cove, pero esto sería el tema central del noticiero de la noche.

Llevé a Lansing aparte.

—Han destruido su laboratorio. Han borrado del mapa los grupos de células. Los datos pueden ser imposibles de localizar y haber sido alterados... de modo que el próximo objetivo lógico es usted y sus empleados. Nexus no proporciona servicios de protección, pero puedo recomendarle una buena empresa.

Le di el número de teléfono y ella lo aceptó con adecuada solemnidad.

—¿O sea que por fin me cree? Estos no son saboteadores comerciales. Son fanáticos peligrosos —dijo.

Me estaba poniendo impaciente con sus vagas referencias a los "fanáticos".

—¿A quiénes tiene en mente, en concreto?

Ella dijo sombríamente: —Estamos entrometiéndonos con ciertos... procesos naturales. Usted puede sacar sus propias conclusiones, ¿verdad?

No tenía ninguna lógica. Probablemente, el grupo "Imagen de Dios" sería partidario de obligar a usar el capullo a todas las mujeres embarazadas que estuviesen infectadas con HIV o fuesen adictas a la droga; no intentarían ponerle una bomba a una tecnología como esa. Los "Soldados de Gaia" estaban más interesados en la manipulación genética de los cultivos y las bacterias que en las triviales modificaciones que pudieran introducirse en una especie tan insignificante como la humana... y no habrían usado radioisótopos aunque el destino del planeta dependiera de ello. Lansing comenzaba a parecerme completamente paranoide, aunque, dadas las circunstancias, en realidad no podía censurarla.

Le dije: —No saco ninguna conclusión. Sólo le estoy aconsejando que tome precauciones sensatas, porque no tenemos manera de saber hasta dónde pueden llegar. Pero... Bioarchivo debe alquilar congeladores a todos los competidores de CVI. A un rival comercial le habría resultado mil veces más fácil ingresar en la bóveda y plantar esa cosa que a cualquier hipotético miembro de una secta.

Frente a nosotros, con un chirrido de neumáticos, se detuvo una camioneta blindada con placas grises; la puerta trasera se abrió de golpe, expulsó unas rampas y luego descendió un robot rechoncho, de múltiples extremidades, que avanzaba sobre ruedas. Levanté una mano a modo de saludo y el robot hizo lo mismo: el operador era amigo mío.

Lansing dijo:

—Puede que tenga razón. Además, nada impide que un trabajador de la biotecnología sea también un terrorista, ¿verdad?

Se descubrió que el aparato no era ningún tipo de trampa: sólo lo habían ideado para bañar las valiosas células de CVI con rayos gamma durante seis horas, comenzando a medianoche, todas las noches. Incluso, en el poco probable caso de que alguien hubiese ingresado a la bóveda en horas de la madrugada y se hubiese parado en el estrecho espacio que separaba un congelador del otro, la dosis recibida no habría sido gran cosa; como Lansing había sugerido, era el efecto acumulado durante meses lo que había provocado el perjuicio. El radioisótopo de la caja era cobalto 60, casi con certeza proveniente de un instrumento de uso médico —demasiado debilitado para su función original, pero aún demasiado activo para ser desechado— retirado de servicio y robado del sitio donde lo habían puesto a "enfriar". No se había informado de un robo semejante, pero los asistentes de Elaine Chang estaban llamando a todos los hospitales para tratar de convencerlos de realizar nuevos inventarios en sus bunkers de cemento.

El cobalto 60 era un material peligroso, pero cincuenta miligramos en el interior de un recipiente cuidadosamente aislado no eran exactamente lo que se llama un arma nuclear táctica. Sin embargo, los sistemas de noticias se pusieron frenéticos: TERRORISTAS ATOMICOS ATENTAN CONTRA EL PUENTE DEL PUERTO, etcétera. Si los enemigos de CVI eran activistas, con alguna "causa moral" que esperaban plantear frente al público, era obvio que tenían los peores asesores de relaciones públicas del mercado. Sus perspectivas de lograr la más leve simpatía se esfumaron apenas los primeros informes de los noticieros mencionaron la palabra radiación.

Mi software secretaria emitió corteses declaraciones de "Sin comentarios" en mi nombre, pero los camarógrafos comenzaron a pulular delante de mi puerta, de modo que me calmé y les lancé algunas frases típicas de noticiero que significaban esencialmente lo mismo. Martin observaba todo, divertido... y después fui yo el que observé, atónito, la conferencia de prensa que apareció en la televisión, ofrecida por Janet Lansing en la puerta de su propia casa.

—Está claro que esta gente es insensible. La vida humana, el medio ambiente, la contaminación radiactiva... no significan nada para ellos.

—¿Tiene idea de quién puede ser el responsable de este ultraje, Dra. Lansing?

—Todavía no puedo hacerlo público. Por ahora, lo único que puedo revelar es que nuestra investigación es de trascendental importancia para la medicina preventiva y que no me sorprende en absoluto que haya poderosos intereses creados que trabajan contra nosotros.

¿Poderosos intereses creados? ¿Y si eso no era un mensaje cifrado para la empresa biotecnológica rival cuya participación ella continuaba negando, para quién era? Sin duda, Lansing tenía mucha idea de cómo aprovechar las ventajas publicitarias de ser la víctima de los TERRORISTAS ATOMICOS... pero se me ocurrió que estaba perdiendo el tiempo. En un lapso de dos años o un poco más, cuando el producto finalmente ingresara en el mercado, esta historia estaría completamente olvidada.

Después de algunas astutas negociaciones jurisdiccionales, Asher finalmente me envió los archivos de las filmaciones tomadas durante los últimos seis meses por las cámaras de vigilancia de la bóveda, que era todo lo que tenían guardado. El congelador en cuestión había estado sin usar durante casi dos años. El último usuario autorizado había sido una pequeña clínica que había quebrado. En la actualidad, sólo un 60 por ciento de los congeladores estaban alquilados, de modo que no era especialmente sorprendente que ubicaran a CVI junto a un vecino convenientemente vacío.

Pasé los archivos de vigilancia por mi software procesador de imágenes, con la esperanza de que las cámaras hubiesen atrapado a alguien en el acto de abrir el congelador en desuso. La búsqueda demoró casi una hora de supercomputadora y no arrojó nada de nada. Unos minutos después, Elaine Chang asomó la cabeza en mi oficina para decirme que había terminado el análisis de los daños infligidos a las paredes del congelador: la irradiación nocturna había durado unos ocho o nueve meses.

Sin amilanarme, revisé nuevamente los archivos, esta vez instruyendo al software para que armara una galería de todos los individuos que habían estado en el interior de la bóveda.

Aparecieron sesenta y dos caras. Les puse a todas el nombre de la compañía a la que pertenecían, comparando la hora de cada filmación con los registros de utilización de la llave electrónica de cada cliente asentados por Bioarchivo. No descubrí incoherencias obvias: nadie que hubiera sido avistado adentro había empleado otra llave de acceso que la autorizada... y cada persona había usado siempre la misma llave, una y otra vez.

Recorrí la galería de rostros, preguntándome qué hacer a continuación. ¿Buscar a alguien que estuviera mirando disimuladamente el congelador radiactivo? Podía dejar que mi software se encargara de ello, pero no estaba dispuesto a escatimar esfuerzos.

Llegué a un rostro que me pareció familiar: una mujer rubia, de unos treinta y cinco años, que había utilizado tres veces la llave que pertenecía a la Unidad de Investigación Oncológica del Hospital Centenario de la Federación. Estaba seguro de que la conocía, pero no recordaba dónde la había visto antes. No importaba; después de unos segundos de búsqueda, logré una buena imagen del distintivo abrochado a su delantal de laboratorio, donde estaba escrito su nombre. No tuve más que accionar el zoom.

El distintivo decía C. MENDELSOHN.

Alguien golpeó mi puerta abierta. Aparté la vista de la pantalla. Elaine había vuelto y parecía feliz consigo misma.

Dijo: —Finalmente encontramos un lugar que admite haber extraviado algo de cobalto 60. Y lo que es más... la actividad de nuestra fuente coincide exactamente con la curva de deterioro del elemento desaparecido.

—¿De dónde lo robaron, entonces?

—Del Hospital Centenario.

Llamé a la Unidad de Investigación Oncológica. Sí, Catherine Mendelsohn trabajaba allí desde hacía casi cuatro años, pero no podían comunicarme con ella: estaba de licencia por enfermedad toda la semana. Me dieron el mismo número telefónico cancelado que CVI, pero otra dirección, un departamento en Petersham. La dirección no figuraba en la guía telefónica; tendría que ir allá en persona.

Un equipo de investigación del cáncer no tendría motivos para perjudicar a CVI, pero un rival comercial, con o sin su propia llave para entrar a la bóveda, podía haberle pagado a Mendelsohn para que trabajara para ellos. Me parecía que, sin importar lo que le hubieran ofrecido, el convenio era pésimo: si la condenaban a prisión, rastrearían y confiscarían hasta el último centavo... aunque era posible que la amargura de haber sido despedida hubiera obnubilado su buen juicio.

Tal vez. O tal vez me estaba tomando esto muy a la ligera.

Volví a pasar las imágenes de Mendelsohn tomadas por las cámaras de vigilancia. No hacía nada fuera de lo común, nada sospechoso. Iba derecho al congelador de la UIO, ponía dentro las muestras que había traído y se marchaba. No echaba ningún vistazo disimulado a ningún lado.

El hecho de que había estado dentro de la bóveda, cumpliendo con una tarea legítima, no demostraba nada. El hecho de que el cobalto 60 hubiese sido robado del hospital donde ella trabajaba podía ser pura coincidencia.

Y cualquiera tenía derecho a cancelar su servicio telefónico.

Me imaginé las vigas de refuerzo de acero del laboratorio de Lane Cove reluciendo al sol.

Cuando salía, de mala gana, me desvié hacia el sótano. Me quedé sentado frente a la consola, mientras la caja fuerte de armamento verificaba mis huellas digitales, tomaba muestras de mi aliento, hacía un espectrograma de la sangre de mi retina, me hacía unas pruebas que medían el tiempo transcurrido entre percepción y juicio, y luego me interrogaba durante cinco minutos sobre el caso. Cuando estuvo satisfecha con mis reflejos, mis motivos y mi estado mental, me entregó una pistola nueve milímetros con sobaquera.

El edificio de departamentos de Mendelsohn era una caja de cemento de la década de 1960, con puertas principales que se abrían a largos balcones compartidos, sin ningún tipo de sistema de seguridad. Llegué apenas pasadas las siete, y percibí el aroma de la comida cocinándose y el sonido de los aplausos de un programa televisivo de entretenimientos que salía de un centenar de ventanas abiertas. El cemento aún rielaba por el calor del día; tres tramos de escaleras me dejaron empapado en sudor. El departamento de Mendelsohn estaba en silencio, pero las luces estaban encendidas.

Ella misma abrió la puerta. Me presenté y le mostré mi identificación. Parecía nerviosa, pero no sorprendida.

Dijo: —Sigue resultándome odioso tener que tratar con gente como usted.

—¿Gente como...?

—Yo me opuse a la privatización de las fuerzas policiales. Ayudé a organizar algunas de las marchas.

Debía haber tenido catorce años en ese momento... Era una activista política muy precoz.

Me dejó entrar, a regañadientes. La sala tenía muebles modestos, con una terminal sobre un escritorio, en un rincón. Dije: —Estoy investigando el atentado contra Calidad de Vida Internacional. Usted trabajó allí hasta hace cuatro años. ¿Es correcto?

—Sí.

—¿Podría decirme por qué se fue?

Ella repitió lo que yo ya sabía sobre el traslado de su proyecto a la sucursal Amarillo.

Respondió todas las preguntas directamente, mirándome a los ojos; todavía estaba nerviosa, pero aparentemente estaba tratando de extraer alguna información vital observando mi comportamiento. ¿Se estaría preguntando si yo había descubierto el origen del cobalto?

—¿Qué hacía en las instalaciones de North Ryde a las dos de la mañana, dos días antes de que la despidieran?

Dijo: —Quería descubrir qué estaba planeando CVI para el nuevo edificio. Quería saber por qué no deseaban que me quedara aquí.

—Su puesto de trabajo fue trasladado a Texas.

Rió secamente. —Mi trabajo no estaba tan especializado. Podría haber intercambiado el puesto con alguien que deseara viajar a los Estados Unidos. Habría sido la solución perfecta, porque había muchísima gente felizmente dispuesta a intercambiar su puesto conmigo. Pero no, no lo permitieron.

—Entonces... ¿encontró lo que buscaba?

—Esa noche no. Pero después sí.

Dije con cuidado: —¿O sea que usted sabía lo que CVI estaba haciendo en Lane Cove?

—Sí.

—¿Cómo lo descubrió?

—Apoyé la oreja en el suelo. Ninguno de los que todavía están en la empresa me lo habría dicho directamente, pero en algún momento se filtró el rumor. Hace más o menos un año.

—¿Tres años después de su despido? ¿Por qué seguía tan interesada? ¿Pensaba que podía comerciar con la información?

Dijo: —Ponga su notepad en el lavabo del baño y abra el grifo.

Vacilé, luego obedecí. Cuando regresé a la sala, Mendelsohn tenía el rostro cubierto con las manos. Me miró torvamente.

—¿Por qué seguía interesada? Porque quería saber cuál era el motivo de que estuvieran trasladando a otras sucursales todos los proyectos en cuyos equipos de trabajo había gays o lesbianas. Quería saber si era por pura coincidencia. O no.

Sentí un repentino frío en el fondo del estómago. Dije:

—Si tenía algún problema de discriminación, hay caminos que pudo haber...

Mendelsohn sacudió la cabeza con impaciencia.

—CVI nunca fue discriminatoria. No despidieron a ninguno de los que aceptaron mudarse... y siempre trasladaban al equipo completo; no existió algo tan burdo como la selección de individuos por sus preferencias sexuales. Y tenían un razonamiento para todo: estaban reagrupando los proyectos de las sucursales, para facilitar la "polinización

cruzada sinérgica". Y si eso le suena a palabrerío pretencioso, lo era... pero era un palabrerío pretencioso creíble. Otras corporaciones han adoptado esquemas mucho más ridículos con perfecta sinceridad.

—Pero si no fue una cuestión de discriminación... ¿por qué CVI iba a querer obligar a la gente a que se fuera de una sucursal determinada?

Creo que finalmente adiviné la respuesta, al mismo tiempo que pronunciaba esas palabras, pero necesitaba que ella me lo dijera antes de poder creerlo de verdad.

Mendelsohn debía haber estado practicando la explicación para los que no eran bioquímicos: se la sabía al dedillo.

—Cuando la gente está bajo tensión física o emocional, aumentan los niveles de ciertas sustancias presentes en el torrente sanguíneo. Cortisol y adrenalina, principalmente. La adrenalina tiene un efecto rápido y corto sobre el sistema nervioso. El cortisol funciona durante un lapso mucho más prolongado, modulando toda clase de procesos corporales, adaptándolos para los tiempos difíciles: heridas, fatiga, lo que sea. Si la tensión es prolongada, el nivel de cortisol de una persona puede permanecer elevado durante días, semanas o meses.

"En el caso de una mujer embarazada, cuando el nivel de cortisol en sangre se eleva lo

suficiente, la sustancia puede cruzar la barrera placentaria e interactuar con el sistema hormonal del feto en desarrollo. Durante la gestación, hay partes del cerebro cuyo desarrollo se decide por uno de dos senderos posibles, gracias a las hormonas producidas por los testículos o los ovarios del feto: las partes del cerebro que controlan la imagen corporal y las que controlan las preferencias sexuales. Los embriones femeninos generalmente desarrollan un cerebro acorde con la autoimagen de un cuerpo femenino y con un potencial más fuerte de atracción sexual hacia los hombres. Los embriones masculinos, viceversa. Y son las hormonas sexuales de la sangre del feto las que permiten que las neuronas en crecimiento sepan cuál es el sexo del embrión y qué esquema deben adoptar.

"El cortisol puede interferir con este proceso. Las interacciones precisas son complejas, pero el efecto definitivo depende del tiempo; en diferentes etapas del desarrollo, diferentes partes del cerebro se van especializando en versiones específicas de un sexo. De modo que las tensiones sufridas en diferentes momentos del embarazo llevan a diferentes esquemas de preferencia sexual y autoimagen corporal del niño: homosexual, bisexual, transexual.

"Obviamente, mucho depende de la bioquímica de la madre. El embarazo es de por sí tensionante, pero cada mujer responde en forma diferente. El primer signo de que el cortisol podía ejercer alguna influencia se detectó en unos estudios que se realizaron en la década de 1980, en los hijos de las mujeres alemanas que habían estado embarazadas durante los bombardeos más intensos de la Segunda Guerra Mundial, cuando la tensión era tan grande que el efecto se manifestó de la misma manera en todas, a pesar de las diferencias individuales. En los noventa, los investigadores pensaron que habían encontrado un gen que determinaba la homosexualidad, pero éste siempre era heredado de la madre... Resultó ser que este gen, más que actuar directamente en el hijo, influenciaba la respuesta de la madre a la tensión.

"Si se impidiera que el cortisol materno y otras hormonas originadas por la tensión llegaran al feto, el sexo del cerebro siempre coincidiría con el sexo del cuerpo en todos los aspectos. Todas las variaciones actuales serían eliminadas por completo.

Estaba conmocionado, pero creo que no lo demostraba. Todo lo que decía me sonaba a cierto; no dudaba de una sola de sus palabras. Siempre había sabido que las preferencias sexuales se decidían antes del nacimiento. A los siete años, yo ya sabía que

era gay. Sin embargo, nunca me había puesto a investigar los elaborados detalles biológicos, porque nunca había creído que la tediosa mecánica del proceso pudiera interesarme. Lo que me congeló la sangre no fue el estar enterándome por fin del funcionamiento de la neuroembriología del deseo. La conmoción se debía a que estaba descubriendo que CVI planeaba meterse dentro del útero y tomar el control.

Continué interrogándola en una especie de trance, poniendo mis sentimientos en animación suspendida.

Dije: —La barrera de CVI es para filtrar virus y toxinas. Usted habla de una sustancia

natural que está presente desde hace millones de años...

—La barrera de CVI evitará el paso de cualquier cosa que ellos estimen que no es esencial. El feto no necesita del cortisol materno para sobrevivir. Si CVI no incluye explícitamente conductos de transporte para él, no pasará. Y le concedo una oportunidad para que adivine cuáles son sus planes.

Dije: —Su conducta es paranoide. ¿Piensa que CVI invertiría millones de dólares nada más que para participar de una conspiración para librar al mundo de homosexuales?

Mendelsohn me miró con lástima.

—No es una conspiración. Es una oportunidad de comercialización. A CVI le importan una mierda las políticas sexuales. Podrían incluir transportadores de cortisol y vender la barrera como escudo antivirus, antidrogas y antipolución. O podrían no incluirlos y venderla como todo eso... y además como un medio de garantizar la heterosexualidad del hijo. ¿Con cuál de las dos alternativas cree que ganarían más dinero?

Esa pregunta me tocó una cuerda íntima. Le dije, enojado:

—¿Y como usted tiene tan poca fe en la elección de la gente, decidió poner una bomba en el laboratorio para que nadie tuviera jamás la posibilidad de esa opción?

La expresión de Mendelsohn se volvió pétrea.

—Yo no puse la bomba. Tampoco irradié el congelador.

—¿No? Descubrí que el cobalto 60 era del Hospital Centenario.

Por un momento, pareció perpleja. Después dijo:

—Felicitaciones. Allí trabajan seis mil personas, ¿sabe? Obviamente, no soy la única que descubrió lo que está tramando CVI.

—Usted es la única con acceso a la bóveda de Bioarchivo. ¿Qué espera que crea? ¿Que, una vez enterada de este proyecto, usted no iba a hacer absolutamente nada al respecto?

—¡Claro que no! Y sigo pensando en dar a conocer lo que están haciendo. Que la gente

sepa lo que va a significar. Intentaré que el tema se debata antes de que aparezca el producto, envuelto en una nube de informaciones erróneas.

—Usted me dijo que hace un año que sabe de qué se trata el proyecto.

—Sí... Y pasé la mayor parte de ese tiempo tratando de verificar todos los hechos antes de abrir mi bocaza. No hay nada más estúpido que enfrentar al público con rumores a medio comprobar. Hasta este momento, sólo se lo he contado a una decena de personas, pero íbamos a lanzar una gran campaña publicitaria coincidente con el Carnaval de este año. Aunque ahora, con lo del atentado, todo es mil veces más complicado. —Extendió las manos en un gesto de impotencia—. Pero igual tenemos que hacer lo que podamos para tratar de evitar que ocurra lo peor.

—¿Lo peor?

—El separatismo. La paranoia. La homosexualidad redefinida como patológica. Las lesbianas y las mujeres heterosexuales comprensivas buscando su propio medio tecnológico para garantizar la supervivencia de una cultura... mientras los religiosos de extrema derecha tratan de hacerles juicio por envenenar a sus bebés... ¡con una sustancia con la que Dios ha estado "envenenando" bebés durante unos cuantos miles de años! Turistas sexuales viajando desde países ricos donde se dispone de esa tecnología a países más pobres donde no existe.

Me enfermó el panorama que me pintaba, pero seguí presionando.

—¿Esa decena de amigos suyos...?

Mendelsohn dijo, desapasionada:

—Váyase a la mierda. No tengo nada más que decirle. Le conté la verdad. No soy una criminal. Y creo que es mejor que se vaya.

Fui al baño a recoger el notepad. En el umbral, le dije:

—Si no es una criminal, ¿por qué es tan difícil de encontrar?

Muda, despreciativamente, ella se levantó la camisa y me mostró las escoriaciones que tenía debajo de las costillas: se estaban sanando, pero tenían un aspecto muy desagradable. Quienquiera que le hubiese pegado —¿una ex-amante?—, no podía censurarla por hacer todo lo posible por evitar una repetición del hecho.

En las escaleras, oprimí el botón de REPRODUCCION del notepad. El software computó el espectro de frecuencia del ruido del agua corriente, lo eliminó de la grabación y luego amplificó y limpió lo que quedaba. Más claras que el cristal, se escucharon todas y cada una de las palabras de nuestra conversación.

Desde el auto, llamé a una empresa de vigilancia y los contraté para que observaran a

Mendelsohn las veinticuatro horas.

Cuando iba para casa, me detuve a medio camino en una calle lateral y me quedé sentado frente al volante durante diez minutos, incapaz de pensar, incapaz de moverme.

Esa noche, en la cama, le pregunté a Martin:

—Tú eres zurdo. ¿Cómo te sentirías si nunca más naciera gente zurda?

—No me molestaría en lo más mínimo. ¿Por qué?

—¿No lo considerarías una especie de... genocidio?

—Difícilmente. ¿De qué se trata esto?

—Nada. Olvídalo.

—Estás temblando.

—Tengo frío.

—No te siento frío.

Mientras hacíamos el amor —primero tiernamente, después con salvajismo— pensé: Este es nuestro idioma, nuestro dialecto. Se han peleado guerras por menos que esto. Y si este idioma muere alguna vez, todo un pueblo habrá desaparecido de la faz de la Tierra.

Supe que tendría que abandonar el caso. Si Mendelsohn era culpable, tendría que ser otro el que lo demostrara. Seguir trabajando para CVI me destruiría.

Después, sin embargo... todo eso me pareció una tontería sentimental. Yo no pertenecía a ninguna tribu. Todos los seres humanos poseían su propia sexualidad, y cuando morían ésta moría con ellos. Si nunca más volvían a nacer gays, para no representaría ninguna diferencia.

Y si abandonaba el caso por que yo era gay, estaría abandonando todo lo que siempre había creído sobre mi propia igualdad, mi propia identidad... para no mencionar el hecho de que podríadarle a CVI la oportunidad de anunciar: Sí, por supuesto que contratamos al investigador sin fijarnos en sus preferencias sexuales, pero aparentemente cometimos un error.

Mirando la oscuridad, dije:

—Siempre que escucho la palabra *comunidad* corro a buscar el revólver.

No hubo respuesta. Martin estaba profundamente dormido. Quería despertarlo, quería discutirlo todo de nuevo, en ese lugar y en ese momento... pero había firmado un contrato. No podía contarle una sola palabra.

Así que lo miré dormir y traté de convencerme de que, cuando la verdad saliera a la luz, él me comprendería.

Llamé a Janet Lansing, la puse al tanto de lo de Mendelsohn y le dije con frialdad:

—¿Por qué usted se conducía con tanta timidez? ¿"Fanáticos"? ¿"Poderosos intereses creados"? ¿Le resulta difícil la pronunciación de ciertas palabras?

Era obvio que se había preparado para este momento.

—No quería plantar mis propias ideas en su cabeza. Más tarde, eso podía llegar a considerarse un factor perjudicial.

—¿Quién podía considerarlo perjudicial? —Era una pregunta retórica: los medios, por supuesto. Al guardar silencio sobre el asunto, había minimizado el riesgo de que la consideraran la iniciadora de una caza de brujas. Decirme que saliera a buscar terroristas homosexuales podría haber puesto a CVI en una situación muy antipática... mientras que dejarme encontrar a Mendelsohn por mis propios medios —y por razones completamente distintas, a pesar de mi ignorancia— sería una prueba de que la investigación se había llevado a cabo sin prejuicios.

Dije: —Usted albergaba sospechas y tendría que habérmelas revelado. Como mínimo, tendría que haberme dicho para qué servía la barrera.

—La barrera —dijo— es una protección contra virus y toxinas. Pero cualquier cosa que hagamos con el cuerpo tiene efectos colaterales. No es mi función juzgar si esos efectos son o no son aceptables. Las autoridades reguladoras insistirán en que publicitemos el producto mencionando todas las consecuencias que acarrea su uso... a partir de ahí, será decisión de los consumidores.

Muy prolijo: el gobierno les retorcería el brazo, ¡obligándolos a revelar el factor más importante para el éxito de las ventas!

—¿Y qué dicen sus estudios de mercado?

—Eso es estrictamente confidencial.

Estuve a punto de preguntarle ¿Cuándo fue el momento exacto en que descubrió que yo era gay? ¿Después de contratarme... o antes? ¿En la mañana del atentado, mientras yo armaba un informe sobre Janet Lansing, ella armaba informes sobre toda la gente que podía licitar la investigación? ¿Y había descubierto en mí la ventaja definitiva, la máxima garantía de imparcialidad, demasiado tentadora para poder resistirse?

No se lo pregunté. Todavía quería creer que no había ninguna diferencia: que ella me había contratado, que yo había resuelto el crimen como cualquier otro y que no importaba nada más.

Fui al bunker donde habían guardado el cobalto, en las fronteras de los jardines del Hospital Centenario. La puerta trampa era sólida, pero la cerradura era un chiste y no había ningún sistema de alarma; cualquier inteligente niño de doce años la hubiese roto. Apilados hasta el techo, había cajones llenos de toda clase de desechos radiactivos (baja intensidad, corta vida) que obstruían la luz de la única bombilla desnuda. Con razón el robo no había sido detectado antes. Hasta había telarañas, aunque ningún arácnido mutante, por lo que pude ver.

Después de cinco minutos de curiosear, oyendo sumar los niveles de exposición al dosímetro de solapa que me habían prestado, me alegré de salir, por más que una vulgar radiografía de tórax me hubiese hecho diez veces más daño. ¿Mendelsohn no se había percatado de eso, de lo irracional que se ponía la gente cuando de radiación se trataba, de cuánto perjudicaría a su causa que se descubriera lo del cobalto? ¿O acaso sus propios conocimientos —totalmente fundamentados— sobre los mínimos riesgos de esa exposición habían distorsionado su percepción?

El equipo de vigilancia me enviaba informes a diario. Era un servicio costoso, pero lo pagaba CVI. Mendelsohn se reunía con sus amigos abiertamente, contándoles todo sobre la noche de mi interrogatorio, advirtiéndoles con indignación que, casi con seguridad, los estaban vigilando en ese mismo momento. Hablaban de la barrera fetal, de las opciones para presentar una oposición legítima, de los problemas que les había ocasionado el atentado. No pude adivinar si todo esto era una representación especialmente armada para mí o si Mendelsohn, deliberadamente, estaba contactando sólo a los amigos que creían de verdad que ella no estaba comprometida en el hecho.

Pasé mucho tiempo verificando los antecedentes de los que se reunían con ella. No pude encontrar evidencias de un pasado de violencia o de sabotaje en ninguno, y menos aún de experiencia en explosivos pesados. De todos modos, yo no esperaba descubrir con tanta facilidad al que había colocado la bomba.

Lo único que tenía eran evidencias circunstanciales. Lo único que podía hacer era reunir detalle tras detalle y esperar que la montaña de datos que estaba construyendo alcanzara la masa crítica en algún momento... o que Mendelsohn cometiera un desliz, quebrándose bajo tanta presión.

Transcurrieron las semanas y Mendelsohn continuó desfachatadamente con sus actividades. Incluso hizo imprimir panfletos, preparándose para distribuirlos en el Carnaval, condenando el atentado con tanta energía como condenaba a CVI por mantener el proyecto en secreto.

Las noches se pusieron más calurosas. Mi ánimo flaqueaba. No sé qué habrá pensado Martin que me estaba ocurriendo, pero no tenía idea de cómo íbamos a sobrevivir los dos a las revelaciones por venir. No podía ni comenzar a pensar en la magnitud del escándalo que se armaría una vez que los TERRORISTAS ATOMICOS resultaran ser GAYS ENVENENADORES DE BEBÉS según los diarios prejuiciosos, y lo mismo daba que la noticia se diera a conocer por el arresto de Mendelsohn o porque ésta ofreciera una conferencia de prensa para hacer sonar la alarma sobre CVI y proclamar su propia inocencia. De un modo u otro, la investigación se transformaría en un circo. Traté de no pensar en nada de eso; era demasiado tarde para hacer las cosas de otro modo, para dejar el caso, para decirle la verdad a Martin. Así que me concentré en ejercitar mi visión en túnel.

Elaine recorrió el bunker de desechos radiactivos en busca de evidencias, pero después de varias semanas de análisis el resultado fue nulo. Interrogué a los guardias de Bioarchivo, quienes (supuestamente) tenían que haber visto por los monitores al que había plantado el cobalto, pero nadie se acordaba de ningún cliente que hubiese deambulado despreocupadamente por un pasillo que no le correspondía, llevando un elemento inusualmente grande y de forma rara.

Finalmente, conseguí las órdenes de cateo que necesitaba para escrutar toda la historia electrónica de Mendelsohn desde su nacimiento. La habían arrestado exactamente una vez, hacía veinte años, por patear a un policía —no privatizado— en la

espinilla, durante una marcha de protesta que ese mismo policía, muy posiblemente, aplaudía. No la habían procesado. Por una orden de la corte, vigente desde hacía dieciocho meses, se le prohibía a su ex-amante aproximarse más de un kilómetro a su casa. (Era una mujer que tocaba en una banda llamada La Navaja de Tétanos y que había estado en prisión dos veces por agresión). No había evidencias de ingresos no declarados o de gastos fuera de lo común. No hacía ni recibía llamadas telefónicas de sospechosos de traficar armas o explosivos, ni de los socios conocidos de esos sospechosos. Pero, si lo había organizado cuidadosamente, tal vez los había llamado desde teléfonos públicos y con dinero en efectivo.

Mientras yo estuviera vigilándola, Mendelsohn no iba a dar un solo paso en falso. Sin embargo, por más cuidadosa que fuera, no podía haber transportado la bomba ella sola. Lo que yo necesitaba era un mercenario nervioso o con tantos remordimientos de conciencia como para convertirse en informante. Hice correr el rumor por los canales habituales: yo estaba dispuesto a pagar, estaba dispuesto a negociar.

Seis semanas después del atentado, recibí un mensaje anónimo por correo electrónico.

Vaya al Carnaval. Sin micrófonos, sin armas. Yo lo buscaré. 29:17:5:31:23:11

Jugué con los números durante más de una hora, tratando de encontrarles sentido, hasta que finalmente se los mostré a Elaine.

Me dijo: —Ten cuidado, James.

—¿Por qué?

—Estos son los valores de los seis elementos identificatorios que encontramos en el residuo de la explosión.

Martin se pasó el día en el Carnaval, con unos amigos que también participarían del desfile. Me senté en mi oficina con aire acondicionado y encendí un canal de TV que mostraba los preparativos finales, intercalados con cabezas parlantes que describían la historia del acontecimiento. En cuarenta años, el Carnaval de Gays y Lesbianas, que en sus comienzos había provocado una serie de horribles confrontaciones con la policía y las autoridades locales, había pasado a ser un espectáculo que movía muchísimo dinero, publicitado en folletos turísticos que se distribuían por todo el mundo. Contaba con la bendición de todos los niveles gubernamentales, era encabezado por personalidades políticas y empresariales... y la policía, igual que la mayor parte de las profesiones, ahora presentaba su propia carroza.

Martin no era un travesti (ni un fetichista musculoso y vestido de cuero, ni ningún otro lugar común en dos patas): para él, ponerse un traje llamativo, una noche por año, era algo tan falso y artificial como lo hubiese sido para la mayoría de los hombres heterosexuales. Pero creo que yo entendía por qué lo hacía. Se sentía culpable porque, con las ropas que acostumbraba usar, con la forma de hablar, los modales y el porte que

tenía naturalmente, podía "pasar por hétero". Nunca le había ocultado a nadie su sexualidad, pero ésta no se manifestaba de manera instantáneamente obvia a los ojos de los desconocidos. Para él, participar en el Carnaval era un gesto de solidaridad hacia esos gays que eran obvios y visibles durante todo el año... y que por eso mismo eran víctimas de los más airados embates de la intolerancia.

A medida que caía el crepúsculo, los espectadores fueron instalándose a lo largo del recorrido. Arriba, comenzaron a sobrevolar helicópteros de todos los servicios de noticias, que se apuntaban sus cámaras el uno al otro para demostrarles a los televidentes que este era Un Gran Acontecimiento. Los integrantes del grupo de control de multitudes, de a caballo, vestidos con algo muy parecido al antiguo uniforme azul que había desaparecido cuando yo era niño, estacionaron sus caballos junto a los puestos de comidas rápidas y se quedaron por ahí, reuniendo fuerzas para la larga noche que se avecinaba.

No podía entender cómo esperaba encontrarme el terrorista entre cien mil personas, de modo que después de salir del edificio de Nexus, por las dudas, di tres lentas vueltas a la manzana en el auto.

Cuando logré llegar a un punto de observación ventajoso, ya me había perdido el comienzo del desfile; lo primero que vi fue una larga fila de personas que llevaban cabezas de plástico gigantescas con las facciones de maricas famosos e infames. (Aparentemente, la palabra "marica" estaba otra vez de moda; había sido declarada oficialmente como no peyorativa, después de varios años de no contar con los favores de la gente). Todo era tan al estilo Disney que hasta era posible que me dieran náuseas. Y sí, hasta estaba Bernardette, la primera ratoncita lesbiana de dibujos animados del mundo. Sólo reconocí a tres de los humanos retratados: Patrick White, de semblante macilento y apropiadamente turbio, Joe Orton, que miraba de soslayo sardónicamente y

J. Edgar Hoover, con una mefistofélica expresión de desprecio. Todos llevaban bandas con sus nombres, como si eso sirviera de algo. Un joven que estaba a mi lado le preguntó a su novia:

—¿Quién diablos era Walt Whitman?

Ella meneó la cabeza.

—Ni idea. ¿Y Alan Turing?

—Yo qué sé.

Igual los fotografiaron a los dos.

Yo quería gritarles a los que desfilaban: ¿Y qué? Algunos maricas fueron famosos. Algunos famosos fueron maricas. ¡Qué sorpresa! ¿Piensan que eso significa que pueden apropiárselos?

Por supuesto, me quedé callado, mientras todos los que me rodeaban vitoreaban y aplaudían. Me pregunté qué tan cerca estaría el o la terrorista, cuánto tiempo más me haría sudar. Panóptica, la empresa contratista de vigilancia, aún estaba siguiendo a Mendelsohn y a todos sus socios conocidos; casi todos se encontraban ahora en alguna parte del trayecto del desfile, repartiendo sus panfletos. Sin embargo, parecía que ninguno de ellos me había seguido. El terrorista, casi con certeza, era alguien que no pertenecía a la red de amigos que habíamos dejado al descubierto.

¿Una barrera antivirus, antidrogas, antipolución únicamente... o un medio de garantizar un hijo heterosexual? ¿Con cuál de las dos alternativas cree que ganarían más dinero? Rodeado de tantos espectadores que aplaudían —la mitad eran parejas de sexo mixto con niños a la rastra— era casi posible reírse de los miedos de Mendelsohn. ¿Quién, de todos los que estaban aquí, estaría dispuesto a admitir que compraría una versión del capullo que permitiera borrar del mapa su actual fuente de entretenimiento? Pero aplaudir un desfile de monstruosidades no significaba querer que los de su propia sangre se incorporaran a él.

Una hora después de comenzado el desfile, decidí salir de la parte más densa de la muchedumbre. Si el terrorista no podía llegar a mí por el amontonamiento, no tenía mucho sentido quedarme. Formadas en cruz, detrás de un estandarte que decía LESBIANAS MOTORIZADAS POR JESUS, pasaron unas cien mujeres vestidas de cuero y montadas en motocicletas eléctricas con ruido incorporado. Recordé al pequeño grupo de fundamentalistas que había pasado más temprano, dándole la espalda al desfile por miedo a convertirse en estatuas de sal, con velas en la mano y rezando para que lloviera.

Avancé trabajosamente hasta uno de los puestos de comida y compré una salchicha fría y un jugo de naranja tibio, tratando de ignorar el olor a bosta de caballo. El lugar parecía atraer a los tipos encargados de hacer cumplir la ley; mientras yo comía, hasta el propio J. Edgar Hoover comenzó a acercarse, mirándome como un malévolo Humpty Dumpty.

Cuando pasó a mi lado, dijo:

—Veintinueve. Diecisiete.

Cinco.

Terminé la salchicha y lo

seguí.

Se detuvo en una calle late-

ral desierta, detrás del esta-

cionamiento de un supermercado.

Cuando lo alcancé, sacó un es-

caneador magnético.

—Sin micrófonos, sin armas —le dije. Movió el aparato delante mío. Le estaba diciendo la verdad—. ¿Puede hablar, metido dentro de esa cosa?

—Sí. —La cabeza gigante se bamboleaba extrañamente; no se veía ningún agujero para los ojos, pero era obvio que el hombre no andaba a ciegas.

—Bien. ¿De dónde salieron los explosivos? Sabemos que el recorrido comenzó en Singapur, pero ¿quién fue el que se los proveyó aquí?

Hoover rió, con una carcajada profunda y sorda.

—No voy a decirle eso. Dentro de una semana estaría muerto.

—¿Entonces qué es lo que quiere decirme?

—Que yo sólo hice el trabajo sucio. Mendelsohn organizó todo.

—No me diga. ¿Pero qué pruebas ofrece? ¿Llamadas telefónicas? ¿Transacciones financieras?

Se limitó a reír de nuevo. Estaba empezando a preguntarme cuánta gente del desfile sabría quién era el que representaba a J. Edgar Hoover; aunque el tipo se esfumara ahora mismo, era posible que pudiera encontrarle el rastro más tarde.

Fue entonces cuando me di vuelta y vi a seis Hoovers más, idénticos a éste, doblando la esquina y acercándose. Todos traían bates de béisbol.

Comencé a moverme. Hoover Uno sacó una pistola y me apuntó a la cara. Dijo:

—Arrodíllate lentamente, con las manos detrás de la cabeza.

Obedecí. Él no dejaba de apuntarme y yo no dejaba de mirar el gatillo, pero escuché que llegaban los otros y que cerraban filas a mis espaldas, formando un semicírculo.

Hoover Uno dijo:

—¿No sabes lo que les pasa a los traidores? ¿No sabes lo que te va a pasar a ti?

Con lentitud, negué con la cabeza. No sabía qué podía decir para aplacarlo, de modo que dije la verdad:

—¿Qué es eso de que soy un traidor? ¿A quién tengo para traicionar? ¿A las Lesbianas Motorizadas Por Jesús? ¿A la Compañía de Danza William S. Burroughs?

Alguien que estaba detrás me golpeó la espinilla con el bate. No tan fuerte como hubiera podido: me fui hacia adelante, pero no perdí el equilibrio.

Hoover Uno dijo:

—¿No sabes nada de historia, Sr. Cerdo? ¿Sr. Polizei? Los nazis nos metieron en campos de exterminio. Los reaganianos trataron de hacernos morir a todos de SIDA. Y aquí estás tú, Sr. Cerdo, trabajando para los hijos de puta que quieren borrarnos de la faz del planeta. A , eso me suena a traición.

Me quedé arrodillado, mirando fijo el revólver, incapaz de hablar. No podía encontrar palabras para justificarme. La verdad era demasiado difícil, demasiado gris, demasiado confusa. Mis dientes comenzaron a castañetear. Nazis. SIDA. Genocidio. Tal vez él tenía razón. Tal vez yo merecía morir.

Sentí que las lágrimas me corrían por las mejillas. Hoover Uno rió.

—Buaa, buaa, Sr. Cerdo.

Alguien me pegó en los hombros con el bate. Me caí de cara, demasiado asustado para

mover las manos y detener el impacto; traté de levantarme, pero me apoyaron una bota en la nuca.

Hoover Uno se agachó y me apoyó el arma en el cráneo. Susurró:

—¿Cerrarás el caso? ¿Perderás todas las evidencias en contra de Catherine? Ya sabes que ese novio tuyo frecuenta los mismos lugares peligrosos que nosotros y que no le conviene tener enemigos.

Separé la cara del asfalto lo suficiente para responder:

—Sí.

—Bien hecho, Sr. Cerdo.

Fue entonces cuando escuché el helicóptero.

Me saqué la tierra de los ojos a fuerza de pestañear y vi que el suelo estaba mucho más brillante de lo que debía: nos apuntaban con un reflector. Esperé que sonara un altoparlante. No pasó nada. Esperé que mis atacantes huyeran. Hoover Uno me sacó el pie de la nuca.

Y entonces todos comenzaron a pegarme con los bates de béisbol.

Tendría que haberme hecho un ovillo para protegerme la cabeza, pero me ganó la curiosidad; me volví y le eché un vistazo al helicóptero. Pertenecía a un noticiero, por supuesto, y su dotación se rehusaba a hacer algo tan antiético como arruinar una buena historia, justo cuando la imagen que yo estaba ofreciendo era tan telegénica. Todo era perfectamente coherente.

Pero la pandilla terrorista no era nada coherente. ¿Por qué se seguían quedando, ahora que las cámaras estaban encendidas? ¿Sólo por el placer de hacer durar la paliza unos segundos más?

Nadie era tan estúpido, tan ignorante de las relaciones públicas.

Tosí, escupí dos dientes y volví a esconder la cara. Ellos querían que se filmara todo. Ellos querían los titulares, el escándalo, la indignación. ¡TERRORISTAS ATOMICOS! ¡ENVENENADORES DE BEBÉS! ¡SECTA DE ASESINOS BRUTALES!

Querían demonizar al enemigo que estaban fingiendo ser.

Los Hoovers finalmente dejaron caer los bates y salieron corriendo. Me quedé tirado en el suelo, chorreando sangre de la boca, demasiado débil para levantar la cabeza y ver qué era lo que los había ahuyentado.

Un rato después, oí cascos de caballo. Alguien se echó al suelo junto a mí y me tomó el pulso.

Dije:

—No me duele nada. Estoy feliz. Estoy delirando.

Después me desmayé.

En su segunda visita, Martin vino al hospital acompañado de Catherine Mendelsohn. Me mostraron una grabación de la conferencia de prensa de CVI, el día después del Carnaval... dos horas antes de la conferencia de prensa programada por Mendelsohn.

Janet Lansing decía:

—A la luz de los recientes acontecimientos, no nos queda otra opción que hacer público nuestro proyecto. Por razones comerciales, hubiéramos preferido mantener esta tecnología en secreto, pero aquí está en juego la vida de personas inocentes. Y cuando las personas se vuelven en contra de los que son de su misma especie...

Se me salieron los puntos de los labios de tanto reírme.

Los de CVI habían hecho explotar su propio laboratorio. Habían irradiado sus propias células. Y habían tenido la esperanza de que yo encubriera a Mendelsohn, una vez que las evidencias me condujeran a ella, por simpatía con su causa. Más tarde, entregando una generosa propina a uno o dos periodistas de investigación, habrían hecho público el encubrimiento.

El clima perfecto para el lanzamiento del producto.

Sin embargo, como yo había seguido investigando, se habían visto obligados a sacar el máximo provecho de la situación, enviando a los Hoovers, que fingieron estar ligados a Mendelsohn, para castigar mi diligencia.

Mendelsohn dijo:

—Todo lo que CVI deslizó sobre mí, lo del cobalto, lo de mi llave de la bóveda, ya estaba explicado en los panfletos que yo había hecho imprimir, pero parece que a los diarios no les importa mucho. Ahora soy la Terrorista de los Rayos Gamma del Puente del Puerto.

—Nunca podrán imputarla.

—Claro que no. O sea que nunca me declararán inocente, tampoco.

—Cuando salga de aquí voy a ir tras ellos —dije.

¿Ellos querían imparcialidad? ¿Una investigación que no estuviera teñida por el prejuicio? ¿Esta vez, les brindaría exactamente el servicio por el que habían pagado. Menos la visión en túnel.

Con suavidad, Martin dijo:

—¿Y quién te va a contratar para eso?

Sonreí dolorosamente. —La compañía aseguradora de CVI.

Cuando se fueron, me quedé dormido.

Desperté de golpe de un sueño sofocante.

Aunque presentara pruebas de que todo el asunto había sido un ejercicio de mercadotecnia de CVI, aunque la mitad de sus directivos fueran arrojados a una celda, aunque la propia compañía fuera liquidada, seguiría existiendo alguien que tendría esa

tecnología en su poder.

Y de una forma o de otra, finalmente, la vendería.

Eso era lo que se me había escapado, por culpa de mi fanática neutralidad: no se puede vender el remedio si no existe la enfermedad. De modo que, aunque yo tuviera razón en ser neutral, aunque no existieran diferencias por las que pelear, diferencias que traicionar, diferencias que preservar, la mejor manera de vender el capullo siempre sería inventar una enfermedad. Y aunque no sería una tragedia que dentro de un siglo no quedara otra cosa que heterosexualidad, el único sendero que podría llevarnos hasta allí estaba hecho de mentiras, agravios y envilecimiento.

¿La gente compraría algo así, o no?

De pronto, tuve la aterradora certeza de que la respuesta era sí.

 

FIN


 

NO ACABARÁ CON UN ESTALLIDO

Escrito por imagenes 21-11-2009 en General. Comentarios (0)

 

 

NO ACABARÁ CON UN ESTALLIDO

por Damon Knight

 

Diez meses después de pasar por encima el último avión, Rolf Smith supo sin lugar a dudas que sólo había sobrevivido otro ser humano. Ese otro ser humano se llamaba Louise Oliver, y estaba sentada a la mesa, frente a él, en la cafetería de un drugstore en Salt Lake City. Comían salchichas de Viena enlatadas y bebían café.

La luz del sol golpeaba como una sentencia a través del vidrio roto de una ventana. No se oían ruidos ni adentro ni afuera; sólo un sofocante rumor de ausencia. El sonido de platos en la cocina, el ruido sordo y pesado de los tranvías: nunca más. Había sol; y silencio; y los ojos acuosos, asombrados, de Louise Oliver.

Rolf se inclinó sobre la mesa e intentó atraer por un instante la atención de aquellos ojos de pez.

—Querida—dijo—, claro que respeto tu punto de vista. Pero tengo que hacerte comprender que no es práctico.

Louise lo miró un poco sorprendida, luego volvió a apartar los ojos. La cabeza se agitó levemente. No. No, Rotf, no viviré contigo en pecado.

Smith pensó en las mujeres de Francia, de Rusia, de México, de los Mares del Sur. Había pasado tres meses en los devastados estudios de una estación de radio en Rochester, escuchando las voces hasta que se apagaron. Había habido una gran colonia en Suecia, que incluía a un ministro del gobierno inglés. Los habitantes de esa colonia informaban que Europa ya no existía: no quedaba una hectárea que no hubiese sido barrida por el polvo radiactivo. Tenían dos aviones y suficiente combustible para llegar a cualquier sitio del continente; pero no había adónde ir. Tres de ellos tuvieron la plaga; luego once; luego todos.

Había un piloto de bombardero que cayó cerca de una estación de radio gubernamental en Palestina. No duró mucho tiempo porque se había roto varios huesos al estrellarse; pero había vista las aguas vacías donde tendrían que haber estado las Islas del Pacífico. Suponía que habían sido bombardeados los hielos árticos.

No había informes de Washington, ni de Nueva York, ni de Londres, París, Moscú, Chungking, Sydney. Era imposible saber quién había sido exterminado por la enfermedad, quién por el polvo, quién por las bombas.

El propio Smith había sido ayudante de laboratorio en un equipo que trataba de encontrar un antibiótico para la plaga. Sus superiores encontraron uno que daba resultado a veces, pero llegó un poco tarde. Cuando se fue del laboratorio, Smith se llevó todo el que había: cuarenta ampollas, una cantidad suficiente para varios años.

Louise había sido enfermera de un elegante hospital cerca de Denver. Según ella, algo bastante extraño le había sucedido al hospital mientras ella caminaba hacia allí la mañana del ataque. Estaba bastante tranquila cuando hablaba de ese asunto, pero en sus ojos aparecía una mirada vaga, y su expresión destrozada se volvía un poco más ausente. Smith no la apremiaba para que le diese una explicación.

Como él mismo, Louise había encontrado una estación de radio que todavía funcionaba, y cuando Smith descubrió que ella no había contraído la plaga, aceptó que se encontraran. Louise, al parecer, era naturalmente inmune. Debía de haber otros, por lo menos unos pocos; pero las bombas y el polvo no les habían perdonado.

A Louise le parecía muy embarazoso que no quedase ningún pastor protestante vivo.

El problema era que ella lo pensaba de veras. A Smith le había llevado mucho tiempo creerlo, pero era así. Ella tampoco estaba dispuesta a dormir en el mismo hotel que él; esperaba, y recibía, la mayor cortesía y corrección. Smith había aprendido la lección. Caminaba del lado de afuera en las aceras cubiertas de escombros; le abría las puertas, mientras hubo puertas; le acercaba la silla; se cuidaba de no maldecir. La galanteaba.

Louise tenía unos cuarenta años, por lo menos cinco más que Smith. A veces él se preguntaba qué edad pensaría ella que tenía. La impresión de ver lo que le había sucedido al hospital (fuese lo que fuese), a los pacientes que ella había cuidado, había obligado a su mente a refugiarse en la infancia. Louise admitía tácitamente que todas las demás personas del mundo estaban muertas, pero aparentemente consideraba que eso era algo que uno no debía mencionar.

Más de un centenar de veces en las últimas tres semanas, Smith había sentido un impulso casi irresistible de romperle el delgado pescuezo y seguir adelante. Pero no tenía salvación; ella era la única mujer en el mundo, y la necesitaba. Si moría, o lo abandonaba, él también moriría ¡Vieja perra!, pensó furiosamente para sus adentros, cuidando de que no se le notara en la cara el pensamiento.

—Louise, vida mía—dijo suavemente—, quiero abusar lo menos posible de tus sentimientos. Tú lo sabes.

—Sí, Rolf—dijo ella, mirándole fijamente con cara de gallina hipnotizada.

Smith se obligó a proseguir.

—Tenemos que afrontar los hechos, por muy desagradables que sean. Querida, somos el único hombre y la única mujer que existen. Somos como Adán y Eva en el Jardín del Edén.

En la cara de Louise apareció una expresión de leve disgusto. Evidentemente estaba pensando en hojas de parra.

—Piensa en las generaciones venideras —le dijo Smith, con un temblor en la voz. Piensa en mí siquiera una vez. Quizá sirvas otros diez años, quizá no. Con un estremecimiento, recordó la segundo etapa de la enfermedad: la desvalida rigidez, que golpeaba sin aviso previo. El ya había tenido un ataque de esos, y Louise le había ayudado a curarse. Sin Louise él se habría quedado en ese estado hasta morir, con la hipodérmica salvadora a pocos centímetros de su rígida mano. Pensó desesperadamente: Con suerte te sacaré por lo menos dos hijos antes de que estires la pata. Entonces estaré seguro.

Continuó hablando:

—Dios no quería que la raza humana acabase de este modo. Nos perdonó a nosotros, a ti y a mí, para... —hizo una pausa; ¿cómo lo podría decir sin ofenderla? «Padres» no serviría: demasiado sugestivo—...para llevar adelante la antorcha de la vida—concluyó.

Eso. Era una manera bastante adecuada de decirlo.

Louise miraba fijamente por encima del hombro de Smith. Los párpados le pestañeaban regularmente, y la boca acompañaba ese ritmo con pequeños movimientos de ratón. Smith se miró los debilitados muslos debajo de la mesa. No tengo fuerzas para violarla, pensó. ¡Cristo, si tuviera fuerzas!

Volvió a sentir aquella rabia inútil, y trató de dominarse. No podía perder la cabeza, porque ésta era quizá su última oportunidad. Louise había estado hablando últimamente, en el lenguaje nebuloso que usaba para todo, de subir a las montañas a rezar para que el Señor los guiase. No había dicho «sola», pero era bastante fácil ver que se lo imaginaba de esa manera. Tenía que convencerla antes de que la decisión fuese irrevocable. Se concentró furiosamente, e hizo otro intento.

Las palabras pasaban como un rumor distante. Louise oía alguna frase de vez en cuando. Cada una de esas frases le generaba una cadena de pensamientos, que la ataban con más firmeza al ensueño. «Nuestro deber ante la Humanidad...» Mamá había dicho a menudo—eso era en la vieja casa de Waterbury Street, naturalmente, antes de que mamá enfermara—había dicho:

—«Niña, tu deber es ser limpia, educada y temerosa de Dios. Ser bonito no importa. Hay muchas mujeres feas que han conseguido maridos buenos y cristianos.»

Maridos... Tener y poseer... Azahares, y las madrinas de boda; la música de órgano. Entre la bruma vio la cara delgada y lobuna de Rolf. Naturalmente, él era el único hombre que tendría jamás; lo sabía muy bien. Caramba, cuando una muchacha pasaba de los veinticinco tenia que aceptar lo que consiguiese.

Pero a veces me pregunto si de veras es un buen hombre, pensó.

«...a los ojos de Dios...» Louise recordó las ventanas de vidrios coloreados de la vieja Primera Iglesia Episcopal, y cómo pensaba siempre que Dios la miraba desde aquella brillante transparencia. Quizá El la estuviese mirando todavía, aunque a veces parecía que la hubiese olvidado. Naturalmente, ella se daba cuenta de que las costumbres matrimoniales cambiaban, y si uno no podía tener regularmente un pastor... Pero era una verdadera lástima, casi un ultraje que si de veras se casaba con ese hombre, no pudiese disfrutar de tantas cosas agradables.-.. Ni siquiera habría regalos de boda. Ni siquiera eso. Pero, por supuesto, Rolf le daría todo lo que ella quisiese. Miró otra vez a su cara, y notó aquellos ojos negros concentrados que la miraban con feroz intención, la boca delgada que se contraía en un tic lento y regular, los velludos lóbulos de las orejas debajo de la maraña de pelo negro.

Rolf no se debía dejar crecer tanto el pelo, pensó Louise. Bueno, ella podía cambiar todo eso. Si se casaba con él, sin duda le haría cambiar el modo de ser. Era su obligación.

Rolf estaba hablando de una granja que había visto en las afueras de la ciudad, una casa grande, buena, con granero. No había ganado, dijo, pero después ya conseguirían alguno. Y plantarían cosas, y tendrían sus propios alimentos, para no tener que ir a restaurantes todo el tiempo.

Louise sintió algo en la pálida mano que tenía delante de ella en la mesa. Los dedos de Rolf, morenos, gordos, con negro vello encima y debajo de los nudillos, tocaban los de ella. Rolf habla callado un momento, pero ahora hablaba otra vez, con más urgencia todavía. Louise retiró la mano.

Rolf estaba diciendo:

—...y tendrás el más hermoso traje de boda, y un ramo de flores. Todo lo que quieras, Louise, todo...

¡Un traje de boda! ¡Y flores, aunque no hubiese un pastor! Bueno, ¿por qué el tonto ese no lo había dicho antes?

Rolf se interrumpió en la mitad de una frase ; acababa de darse cuenta de que Louise había dicho claramente «Sí, Rolf, me casaré contigo si ése es tu deseo...»

Aturdido, Rolf quiso que lo repitiese, pero no se atrevió a preguntarle: «¿Qué dijiste?», por miedo a recibir alguna respuesta fantástica, o ninguna respuesta. Tomó aliento, profundamente, y dijo:

—¿Hoy, Louise?

—Bueno—dijo ella—, hoy... No estoy muy... Naturalmente, si te parece que puedes hacer todos los preparativos a tiempo... aunque me parece...

El triunfo corrió por el cuerpo de Smith. Ahora tenía una ventaja, y la aprovecharía.

—Di que sí, querida—la apremió—. Di que sí y seré el hombre más feliz...

La lengua se le resistió, impidiéndole terminar la frase; pero no importaba. Louise asintió sumisamente.

—Lo que te parezca mejor, Rolf.

Smith se puso de pie, y Louise le permitió que le besase una pálida y seca mejilla.

—Nos vamos inmediatamente—dijo él—. ¿Me disculpas un minuto, querida?

Esperó al «Sí, claro» de Louise, y entonces caminó hasta el fondo de la sala, dejando huellas en la alfombra de piel. Sólo tendría que hablar así con ella unas pocas horas, y luego ella sentiría que le pertenecía para siempre. Después, Rolf podría hacer con ella lo que quisiese: pegarle, someterla a cualquier prueba de su desprecio y repulsión, usarla. Entonces no estaría tan mal, nada mal, ser el último hombre sobre la tierra. Hasta podía tener una hija...

Encontró la puerta del retrete y entró. Dio un paso, y el cuerpo se le paralizó, sin llegar a perder el equilibrio, erguido pero impotente. El pánico le atacó la garganta; trató de volver la cabeza y no pudo; trató de gritar y no pudo. A sus espaldas hubo un pequeño chasquido: la puerta, amortiguada por el tope hidráulico, acababa de cerrarse para siempre. No estaba con llave; pero del otro lado mostraba la advertencia CABALLEROS.

FIN

 

NOTA:Me parece como si faltase o sobrase algo al final, o ha habido una errata en la traduccion...???

LAS RATAS DEL CEMENTERIO

Escrito por imagenes 12-11-2009 en General. Comentarios (15)

 

LAS RATAS DEL CEMENTERIO

Henry Kuttner

 

http://bloodgothic.blogspot.com/2009/11/las-ratas-del-cementerio.html 

 

El viejo Masson, guardián de uno de los más antiguos y descuidados cementerios de Salem, sostenía una verdadera contienda con las ratas. Hacía varias generaciones, se había asentado en el cementerio una verdadera colonia de ratas enormes procedentes de los muelles. Cuando Masson asumió su cargo, tras la inexplicable desaparición del guardián anterior, decidió eliminarlas. Al principio colocaba cebos y comida envenenada junto a sus madrigueras; más tarde, intentó exterminarlas a tiros. Pero todo fue inútil. Seguía habiendo ratas. Sus hordas voraces se multiplicaban e infestaban el cementerio.

 Eran grandes, aún tratándose de la especie de «decumagus», cuyos ejemplares miden a veces más de treinta y cinco centímetros de largo sin contar la cola pelada y gris. Masson las había visto hasta del tamaño de un gato; y cuando los sepultureros descubrían alguna madriguera, comprobaban con asombro que por aquellas malolientes galerías cabía sobradamente el cuerpo de una persona. Al parecer, los barcos que antaño atracaban en los ruinosos muelles de Salem debieron de transportar cargamentos muy extraños.

Masson se asombraba a veces de las extrañas proporciones de estas madrigueras. Recordaba ciertos relatos inquietantes que le habían contado antes de llegar a la vieja y embrujada ciudad de Salem. Eran relatos que hablaban de una vida larvaria que persistía en la muerte, ocultas en las olvidadas madrigueras de la tierra. Ya habían pasado los viejos tiempos en que Cotton Maher exterminara los cultos perversos y los ritos orgiásticos celebrados en honor de Hécate y de las siniestra Magna Mater. Pero todavía se alzaban las tenebrosas casas de torcidas buhardillas, de fachadas inclinadas y leprosas, en cuyos sótanos, según se decía, aún se ocultaban secretos blasfemos y se celebraban ritos que desafiaban tanto a la ley como a la cordura. Moviendo significativamente sus cabezas canosas, los viejos aseguraban que, en los antiguos cementerios de Salem, había bajo tierra cosas peores que gusanos y ratas.

En cuanto a estos roedores, ciertamente, Masson les tenía aversión y respeto. Sabía el peligro que acechaba en sus dientes afilados y brillantes. Pero no comprendía el horror que los viejos sentían por las casas vacías, infestadas de ratas. Había oído rumores sobre ciertas criaturas horribles que moraban en las profundidades de la tierra y tenían poder sobre las ratas, a las que agrupaban en ejércitos disciplinados. Según decían los ancianos, las ratas servían de mensajeras entre este mundo y las cavernas que se abrían en las entrañas de la tierra, muy por debajo de Salem. Y aún se decía que algunos cuerpos habían sido robados de las sepulturas con el fin de celebrar festines subterráneos y nocturnos. El mito de flautista de Hamelin era una leyenda que ocultaba, en forma de alegoría, un horror blasfemo; y según ellos, los negros abismos habían parido abortos infernales que jamás salieron a la luz del día.

Masson no hacía ningún caso de semejantes relatos. No fraternizaba con sus vecinos y, de hecho, hacía lo posible por mantener en secreto la existencia de las ratas. De conocerse el problema quizá iniciasen una investigación, en cuyo caso tendrían que abrir muchas sepulturas. Y en efecto, hallarían ataúdes perforados y vacíos que atribuirían a las actividades de las ratas. Pero descubrirían también algunos cuerpos con mutilaciones muy comprometedoras para Masson.

Los dientes postizos suelen hacerse de oro puro, y no se los extraen a uno cuando muere. Las ropas, naturalmente, son harina de otro costal, porque la compañía de pompas fúnebres suele proporcionar un traje de paño sencillo, perfectamente reconocible después. Pero el oro no lo es. Además, Masson negociaba también con algunos comerciantes de medicina y médicos pocos escrupulosos que necesitaban cadáveres sin importarles demasiado su procedencia.

Hasta entonces, Masson se las había arreglado muy bien para que no se iniciase una investigación. Había negado ferozmente la existencia de las ratas, aún cuando algunas veces éstas le hubiesen arrebatado el botín. A Masson no le preocupaba lo que pudiera suceder con los cuerpos, después de haberlos expoliado, pero las ratas solían arrastrar el cadáver entero por un boquete que ellas mismas roían en el ataúd.

El tamaño de esos agujeros tenía a Masson asombrado. Por otra parte, se daba la circunstancia de que las ratas horadaban siempre los ataúdes por uno de los extremos, y no por lados. Parecía como si las ratas trabajasen bajo la dirección de algún guía dotado de inteligencia.

Ahora se encontraba ante una sepultura abierta. Acababa de quitar la última paletada de tierra húmeda y de arrojarla al montón que había formado a un lado. Desde hacía varias semanas, no paraba de caer una llovizna fría y constante. El cementerio era un lodazal de barro pegajoso, del que surgían las mojadas lápidas en formaciones irregulares. Las ratas se habían retirado a sus agujeros; no se veía ni una. Pero el rostro flaco y desgalichado de Masson reflejaba una sombra de inquietud. Había terminado de descubrir la tapa de un ataúd de madera.

Hacía varios días que lo habían enterrado, pero Masson no se había atrevido a desenterrarlo antes. Los parientes del fallecido venían a menudo a visitar su tumba, aún lloviendo. Pero a estas horas de la noche, no era fácil que vinieran, por mucho dolor y pena que sintiesen. Y con este pensamiento tranquilizador, se enderezó y echó a un lado la pala.

Desde la colina donde estaba situado el cementerio, se veían parpadear débilmente las luces de Salem a través de la lluvia pertinaz. Sacó la linterna del bolsillo porque iba a necesitar luz. Apartó la pala y se inclinó a revisar los cierres de la caja.

De repente, se quedó rígido. Bajo sus pies había notado un rebullir inquieto, como si algo arañara o se revolviera dentro. Por un momento, sintió una punzada de terror supersticioso, que pronto dio paso a una rabia furiosa, al comprender el significado de aquellos ruidos. ¡Las ratas se habían adelantado otra vez!

En un rapto de cólera, Masson arrancó los cierres del ataúd. Metió el canto de la pala bajo la tapa e hizo palanca, hasta que pudo levantarla con las dos manos. Luego encendió la linterna y la enfocó al interior del ataúd.

La lluvia salpicaba el blanco tapizado de raso; el ataúd estaba vacío. Masson percibió un movimiento furtivo en la cabecera de la caja y dirigió hacia allí la luz.

El extremo del sarcófago había sido horadado, y el boquete comunicaba con una galería, al parecer, pues en aquel mismo momento desaparecía por allí, a tirones, un pie fláccido enfundado en su correspondiente zapato. Masson comprendió que las ratas se le habían adelantado, esta vez, sólo unos instantes. Se dejó caer a gatas y agarró el zapato con todas sus fuerzas. Se le cayó la linterna dentro del ataúd y se apagó de golpe. De un tirón, el zapato le fue arrancado de las manos en medio de una algarabía de chillidos agudos y excitados. Un momento después, había recuperado la linterna y la enfocaba por el agujero.

Era enorme. Tenía que serlo; de lo contrario, no habrían podido arrastrar el cadáver a través de él. Masson intentó imaginarse el tamaño de aquellas ratas capaces de tirar del cuerpo de un hombre. De todos modos, él llevaba su revólver cargado en el bolsillo, y esto le tranquilizaba. De haberse tratado del cadáver una persona ordinaria, Masson habría abandonado su presa a las ratas, antes de aventurarse por aquella estrecha madriguera; pero recordó los gemelos de sus puños y el alfiler de su corbata, cuya perla debía ser indudablemente auténtica, y, sin pensarlo más, se prendió la linterna al cinturón y se metió por el boquete. El acceso era angosto. Delante de él, a al luz de la linterna, podía ver como las suelas de los zapatos seguían siendo arrastradas hacia el fondo del túnel de tierra. También el trató de arrastrase lo más rápidamente posible, pero había momentos en que apenas era capaz de avanzar, aprisionado entre aquellas estrechas paredes de tierra.

El aire se hacía irrespirable por el hedor de la carroña. Masson decidió que, si no alcanzaba el cadáver en un minuto, volvería para atrás. Los temores supersticiosos empezaban a agitarse en su imaginación, aunque la codicia le instaba a proseguir. Siguió adelante, y cruzó varias bocas de túneles adyacentes. Las paredes de la madriguera estaban húmedas y pegajosas. Por dos veces oyó a sus espaldas pequeños desprendimientos de tierra. El segundo de éstos le hizo volver la cabeza. No vio nada, naturalmente, hasta que enfocó la linterna en esa dirección.

Entonces vio varios montones de barro que casi obstruían la galería que acababa de recorrer. El peligro de su situación se le apareció de pronto en toda su espantosa realidad. El corazón le latía con fuerza sólo de pensar en la posibilidad de un hundimiento. Decidió abandonar su persecución, a pesar de que casi había alcanzado el cadáver y las criaturas invisibles que lo arrastraban. Pero había algo más, en lo que tampoco había pensado: el túnel era demasiado estrecho para dar la vuelta.

El pánico se apoderó de él, por un segundo, pero recordó la boca lateral que acababa de pasar, y retrocedió dificultosamente hasta que llegó a ella. Introdujo allí las piernas, hasta que pudo dar la vuelta. Luego, comenzó a avanzar precipitadamente hacia la salida, pese al dolor de sus rodillas magulladas.

De súbito, una punzada le traspasó la pierna. Sintió que unos dientes afilados se le hundían en la carne, y pateó frenéticamente para librarse de sus agresores. Oyó un chillido penetrante, y el rumor presuroso de una multitud de patas que se escabullían. Al enfocar la linterna hacia atrás, dejó escapar un gemido de horror: una docena de enormes ratas le miraban atentamente, y sus ojillos malignos brillaban bajo la luz. Eran unos bichos deformes, grandes como gatos. Tras ellos vislumbró una forma negruzca que desapareció en la oscuridad. Se estremeció ante las increíbles proporciones de aquella sombra apenas vista.

La luz contuvo a las ratas durante un momento, pero no tardaron en volver a acercarse furtivamente. Al resplandor de la linterna, sus dientes parecían teñidos de un naranja oscuro. Masson forcejeó con su pistola, consiguió sacarla de su bolsillo y apuntó cuidadosamente. Estaba en una posición difícil. Procuró pegar los pies a las mojadas paredes de la madriguera para no herirse.

El estruendo del disparo le dejó sordo durante unos instantes. Después, una vez disipado el humo, vio que las ratas habían desaparecido. Se guardó la pistola y comenzó a reptar velozmente a lo largo del túnel. Pero no tardó en oír de nuevo las carreras de las ratas, que se le echaron encima otra vez.

Se le amontonaron sobre las piernas, mordiéndole y chillando de manera enloquecedora. Masson empezó a gritar mientras echaba mano a la pistola. Disparó sin apuntar, de suerte que no se hirió de milagro. Esta vez las ratas no se alejaron demasiado. No obstante, Masson aprovechó la tregua para reptar lo más deprisa que pudo, dispuesto a hacer fuego a la primera señal de un nuevo ataque.

Oyó movimientos de patas y alumbró hacia atrás con la linterna. Una enorme rata gris se paró en seco y se quedó mirándole, sacudiendo sus largos bigotes y moviendo de un lado a otro, muy despacio, su cola áspera y pelada. Masson disparó y la rata echó a correr.

Continuó arrastrándose. Se había detenido un momento a descansar, junto a la negra abertura de un túnel lateral, cuando descubrió un bulto informe sobre la tierra mojada, un poco más adelante. De momento, lo tomó como un montón de tierra desprendido del techo; luego vio que era un cuerpo humano.

Se trataba de una momia negruzca y arrugada, y Masson se dio cuenta, preso de un pánico sin límites, de que se movía.

Aquella cosa monstruosa avanzaba hacia él y, a la luz de la linterna, vio su rostro horrible a muy poca distancia del suyo. Era una calavera casi descarnada, la faz de un cadáver que ya llevaba años enterrado, pero animada de una vida infernal. Tenía unos ojos vidriosos, hinchados y saltones, que delataban su ceguera, y, al avanzar contra Masson, lanzó un gemido plañidero y entreabrió sus labios pustulosos, desgarrados en una mueca de hambre espantosa. Masson sintió que se le helaba la sangre.

Cuando aquel Horror estaba ya a punto de rozarle. Masson se precipitó frenéticamente por la abertura lateral. Oyó arañar en la tierra, justo a sus pies, y el confuso gruñido de la criatura que la seguía de cerca. Masson miró por encima del hombro, gritó y trató de avanzar desesperadamente por la estrecha galería. Reptaba con torpeza; las piedras afiladas le herían las manos y las rodillas. El barro le salpicaba en los ojos, pero no se atrevió a detenerse ni un segundo. Continuó avanzando a gatas, jadeando, rezando y maldiciendo histéricamente.

Con chillidos triunfales, las ratas se precipitaron de nuevo sobre él con una horrible voracidad pintada en sus ojillos. Masson estuvo a punto de sucumbir bajo sus dientes, pero logró desembarcarse ellas: el pasadizo se estrechaba y, sobrecogido por el pánico, pataleó, gritó y disparó hasta que el gatillo pegó sobre una cápsula vacía. Pero había rechazado las ratas.

Observó entonces que se hallaba bajo una piedra grande, encajada en la parte superior de la galería, que le oprimía cruelmente la espalda. Al tratar de avanzar notó que la piedra se movía, y se le ocurrió una idea: ¡Si pudiera dejarla caer, de forma que obstruyese el túnel!

La tierra estaba empapada por el agua de la lluvia. Se enderezó y se puso a quitar el barro que sujetaba la piedra. Las ratas se aproximaban. Veía brillar sus ojos al resplandor de la linterna. Siguió cavando, frenético, en la tierra. La piedra cedía. Tiró de ella y la movió de sus cimientos.

Se acercaban la ratas... Era el ejemplar que había visto antes. Gris, leprosa, repugnante, avanzaba enseñando sus dientes anaranjados. Masson dio un último tirón de la piedra y la sintió resbalar hacia abajo. Entonces reanudó su camino a rastras por el túnel.

La piedra se derrumbó tras él, y oyó un repentino alarido de agonía. Sobre sus piernas se desplomaron algunos terrones mojados. Más adelante, le atrapó los pies un desprendimiento considerable, del que logró desembarazarse con dificultad. ¡El túnel entero se estaba desmoronando!

Jadeando de terror, Masson se desmoronaba mientras la tierra se desprendía tras él. El túnel seguía estrechándose, hasta que llegó un momento en que apenas pudo hacer uso de sus manos y sus piernas para avanzar. Se retorció como una anguila hasta que, de pronto, notó un jirón de raso bajo sus dedos crispados; y luego su cabeza chocó contra algo que le impedía continuar. Movió las piernas y pudo comprobar que no las tenía apresadas por la tierra desprendida. Estaba boca abajo. Al tratar de incorporarse, se encontró con que el techo del túnel estaba a escasos centímetros de su espalda. El terror lo descompuso.

Al salirle al paso aquel ser espantoso y ciego, se había desviado por un túnel lateral, por un túnel que no tenía salida. ¡Se encontraba en un ataúd vacío, al que había entrado por el agujero que las ratas habían practicado en su extremo!

Intentó ponerse boca arriba, pero no pudo. La tapa del ataúd le mantenía inexorablemente inmóvil. Tomó aliento entonces, e hizo fuerza contra la tapa. Era inamovible, y aun si lograse escapar del sarcófago, ¿cómo podría excavar una salida a través del metro y medio de tierra que tenía encima?

Respiraba con dificultad. Hacía un calor sofocante y el hedor era irresistible. Era un paroxismo de terror, desgarró y arañó el forro acolchado hasta destrozarlo. Hizo un inútil intento por cavar con los pies en la tierra desprendida que le impedía la retirada. Si lograse solamente cambiar de postura, podría excavar con la uñas una salida hacia el aire... hacia el aire...

Una agonía candente penetró en su pecho; el pulso le dolía en los globos de los ojos. Parecía como si la cabeza se le fuera hinchando, a punto de estallar. Y de súbito, oyó los triunfales chillidos de las ratas. Comenzó a gritar, enloquecido, pero no pudo rechazarlas esta vez. Durante un momento, se revolvió histéricamente en su estrecha prisión, y luego se calmó, boqueando por falta de aire. Cerró lo ojos, sacó su lengua ennegrecida y se hundió en la negrura de la muerte, con los locos chillidos de las ratas taladrándole los oídos.

 

FIN

 

APRENDED GEOMETRIA

Escrito por imagenes 11-11-2009 en General. Comentarios (1)

 

APRENDED GEOMETRIA

Fredric Brown

 

 

 

Henry miró el reloj, a las dos de la mañana cerró el libro desesperado.

Seguramente lo suspenderían al día siguiente. Cuanto más estudiaba geometría, menos la comprendía. Había fracasado ya dos veces. Con seguridad lo echarían de la Universidad. Sólo un milagro podía salvarlo. Se enderezó.

¿Un milagro? ¿Por qué no? Siempre se había interesado por la magia. Tenía libros. Había encontrado instrucciones muy sencillas para llamar a los demonios y someterlos a su voluntad. Nunca había probado. Y aquel era el momento o nunca. Tomó de la estantería su mejor obra de magia negra. Era sencillo. Algunas fórmulas. Ponerse a cubierto en un pentágono. Llega el demonio, no puede hacernos nada y se obtiene lo que se desea. ­El triunfo es vuestro!

Despejó el piso retirando los muebles contra las paredes. Luego dibujó en el suelo, con tiza, el pentágono protector. Por fin pronunció los encantamientos.

El demonio era verdaderamente horrible, pero Henry se armó de coraje.

- Siempre he sido un inútil en geometría - comenzó...

­ ¡A quién se lo dices! - replicó el demonio, riendo burlonamente.

Y cruzó, para devorarse a Henry, las líneas del hexágono que aquel idiota había dibujado en vez del pentágono.

 

FIN