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LA CÁMARA DE LOS HORRORES

Escrito por imagenes 08-11-2009 en General. Comentarios (3)

 

LA CÁMARA DE LOS HORRORES

JOSEPH PAYNE BRENNAN

Había decidido pasar el verano en Europa, dedicado a mi ocupación favorita: la investigación

genealógica. Fui primero a Irlanda, deteniéndome en Kilkenny, donde descubrí una mina de leyendas y de

hechos auténticos relativos a mis remotos antepasados irlandeses, los O'Braonains, señores de Ui Duach

en el antiguo dominio de Ossory. Los Brennan (tal como se pronunció posteriormente el apellido) perdieron

todas sus posesiones a consecuencia de la confiscación llevada a cabo en nombre de Inglaterra por

Thomas Wentworth, conde de Strafford. El rapaz conde, me satisface poder decirlo, fue posteriormente

decapitado en la Torre.

Desde Kilkenny me dirigí a Londres, y luego a Chesterfield, en busca de información acerca de mis

antepasados maternos, los Holborn, Wilkerson, Searle, etc. Los datos eran bastante fragmentarios e

incompletos, pero mis esfuerzos se vieron moderadamente recompensados y al final decidí ir más al norte y

visitar los alrededores del castillo de Chilton, sede de Robert Chilton-Payne, el doceavo conde de Chilton.

Mi parentesco con los Chilton-Payne era muy remoto, pero de todos modos representaba un débil lazo de

unión con el pasado y pensé que sería divertido echarle una ojeada al castillo.

Al llegar a Wexwold, la pequeña aldea próxima al castillo, a última hora de la tarde, alquilé una

habitación en la Posada del Ganso Rojo -la única que había-, deshice mis maletas y bajé para dar cuenta

de una sencilla cena, consistente en un panecillo, queso y cerveza.

Cuando terminé este frugal aunque satisfactorio refrigerio, había oscurecido, y con la oscuridad llegaron

el viento y la lluvia.

Me resigné s pasar la velada en la posada. Había cerveza suficiente, y no tenía prisa por ir a ninguna

parte.

Después de escribir unas cuantas cartas, encargué una pinta de cerveza. La sala estaba casi desierta;

el posadero, un caballero gordinflón que siempre parecía a punto de quedarse dormido, era agradable pero

taciturno, y al final me dediqué a pensar en la extraña y espantosa leyenda del castillo de Chilton.

La leyenda tenía diversas variantes, y no cabe duda de que la historia original había sufrido

modificaciones a través de los siglos, pero el detalle base continuaba siendo el mismo: una cámara secreta

en alguna parte del castillo. Se decía que la cámara en cuestión albergaba un terrible espectáculo que los

Chilton-Payne estaban obligados a mantener oculto a los ojos del mundo.

Sólo tres personas tenían acceso a la cámara: el vigente conde de Chilton, el heredero masculino del

conde y otra persona designada por el conde. Habitualmente, esa persona era el comisionado del castillo

de Chilton. La habitación solamente se abría una vez cada generación: tres días después de que el

heredero masculino alcanzaba su mayoría de edad era conducido a la cámara secreta por el conde y el

comisionado. Luego, la cámara era sellada y no volvía a abrirse hasta que el heredero conducía a ella a su

propio hijo.

Según la leyenda, el heredero se convertía en una persona distinta al salir de la cámara. De un modo

invariable, adquiría un aspecto sombrío y huidizo; y en su rostro se reflejaban la inseguridad y el temor. Uno

de los primeros condes de Chilton enloqueció hasta el punto de arrojarse al vacío desde una de las

almenas del castillo.

Durante siglos enteros se había especulado acerca del contenido de la cámara secreta. Una de las

versiones describía la huida de los Gower, perseguidos por unos enemigos armados. Aunque las relaciones

entre los Chilton-Payne y los Gower lo eran todo menos cordiales, en su desesperación los Gower llamaron

a la puerta del castillo de Chilton pidiendo refugio. El conde se lo concedió, les condujo a una cámara

secreta y les prometió que no les entregaría a sus perseguidores. El conde mantuvo su promesa; los

enemigos de los Gower tuvieron que marcharse sin poder consumar sus propósitos asesinos. Sin embargo,

el conde dejó a los Gower encerrados en aquella habitación para que murieran de hambre. La cámara no

fue abierta hasta que hubieron transcurrido treinta años, cuando el hijo del conde rompió los sellos. A sus

ojos se ofreció un espantoso espectáculo. Los Gower habían muerto de hambre lentamente, y al final, a

juzgar por el aspecto de sus esqueletos, se habían entregado al canibalismo.

Otra versión de la leyenda señalaba que la habitación secreta había sido utilizada por los condes

medievales como cámara de tortura. Se decía que los aparatos destinados al tormento se encontraban aún

en la cámara, y que de ellos seguían colgando los restos de sus últimas víctimas, espantosamente

retorcidos en su agonía.

Una tercera versión mencionaba a una de las antepasadas femeninas de los Chilton-Payne, lady Susan

Glanville, la cual había hecho un pacto con el diablo. Fue condenada por brujería, pero consiguió escapar a

la hoguera. La fecha y las circunstancias de su muerte eran desconocidas, pero se suponía que la cámara

secreta estaba relacionada de algún modo con ella.

Mientras yo especulaba sobre aquellas distintas versiones de la horrible leyenda, la tormenta aumentó

en intensidad. La lluvia repiqueteaba fuertemente contra las ventanas de la posada, y de cuando en cuando

llegaba a mis oídos el lejano retumbar del trueno.

Contemplando los mojados cristales, me encogí de hombros y pedí otra pinta de cerveza.

En el momento en que me disponía a llevarme la jarra a los labios, la puerta de la posada se abrió de

par en par y una ráfaga de aire frío mezclado con lluvia penetró en la sala. La puerta volvió a cerrarse y una

alta figura, con el cuello del abrigo levantado hasta las orejas, avanzó hacia el mostrador. Quitándose la

gorra, pidió que le sirvieran coñac.

No teniendo nada mejor que hacer, me dediqué a observarle. Parecía tener unos setenta años y haber

pasado la mayor parte de su vida al aire libre, y su rostro, a pesar de las arrugas, denotaba firmeza y

decisión. Su ceño estaba fruncido, como si meditara en algún problema desagradable, pero sus fríos ojos

azules me examinaron brevemente aunque con cierta deliberación.

No pude situarle en un ambiente determinado. Podía ser un granjero local, y sin embargo no creí que lo

fuera. Le envolvía una especie de aureola de autoridad, y aunque sus ropas eran sencillas, me pareció que

su calidad y su corte eran mejores que las de los campesinos de la región que hasta entonces había visto.

Un incidente vulgar nos hizo entrar en conversación. Un trueno más fuerte que los demás le impulsó a

volverse hacia la ventana. Al hacerlo, rozó con el codo su húmeda gorra y ésta cayó al suelo. La recogí y se

la entregué; me dio las gracias; y entqnces intercambiamos algunas observaciones acerca del tiempo.

Tenía la intuitiva sensación de que, a pesar de que el desconocido era un individuo normalmente

retraído, se encontraba ahora preocupado por algún grave problema, lo cual le hacía desear oír una voz

humana. Aunque me daba cuenta de que mi intuición podía engañarme, empecé a hablar volublemente

acerca de mi viaje, acerca de mis investigaciones genealógicas en Kilkenny, Londres y Chesterfield, y

finalmente acerca de mi lejano parentesco con los Chilton-Payne y mi deseo de echarle una buena mirada

al castillo de Chilton.

De pronto, descubrí que me estaba mirando con una expresión muy rara. Se produjo un embarazoso

silencio. Carraspeé, preguntándome qué podía haber dicho para que aquellos fríos ojos azules me miraran

con tanta fijeza.

Al final, el desconocido se dio cuenta de mi turbación.

-Perdone que le mire así -se disculpó-, pero ha dicho usted algo... -Vaciló-. ¿Tiene inconveniente en

que nos sentemos?

Señalaba hacia una pequeña mesa situada en el extremo más alejado de la sala, medio envuelta en

sombras.

Asentí, intrigado y curioso, y nos dirigimos hacia la mesa en cuestión.

Nos sentamos, y el desconocido permaneció unos instantes en silencio, con el ceño fruncido, como si

no supiera cómo empezar. Finalmente, se presentó a sí mismo como William Cowath. Mencioné mi nombre

y Mr. Cowath vaciló de nuevo. Por último bebió un sorbo de coñac y me miró fijamente.

-Soy el comisionado del castillo de Chilton -dijo.

Le contemplé con sorpresa y renovado interés.

-¡Qué agradable coincidencia! -exclamé-. Entonces, tal vez mañana pueda usted permitirme que le

eche una mirada al castillo...

No parecía escucharme.

-Sí, sí, desde luego -murmuró con aire ausente.

Molesto por aquella actitud, permanecí silencioso.

Al cabo de un rato, Mr. Cowath empezó a hablar con inusitada rapidez.

-Hace una semana, Robert Chilton-Payne, doceavo conde de Chilton, fue enterrado en el panteón

familiar. Frederick, su heredero, alcanzó la mayoría de edad hace tres días. ¡Y esta noche tiene que ser

conducido a la cámara secreta!

Contemplé a mi interlocutor con una expresión de incredulidad. Por un instante pensé que había oído

hablar de mi interés por el castillo de Chilton y estaba divirtiéndose a mi costa, tomándome por un crédulo

turista.

Pero en sus ojos no había la más leve sombra de humor. Era evidente que estaba hablando muy en

serio.

-¡Qué cosa más rara! -murmuré-. En el momento en que ha llegado usted, estaba pensando en las

diversas leyendas relacionadas con la famosa cámara secreta.

Sus fríos ojos sostuvieron los míos.

-No hablo de leyendas -dijo-. Hablo de un hecho.

Un escalofrío de temor y de excitación recorrió mi cuerpo.

-¿Va usted a ir allí... esta noche?

Asintió.

-Esta noche. Yo, el joven conde... y otra persona.

Le miré, cada vez más intrigado.

-Normalmente, nos acompañaría el propio conde. Ésta es la costumbre. Pero está muerto. Poco antes

de morir, me dio instrucciones para que escogiera a alguien que nos acompañara al joven conde y a mí.

Esa persona tiene que ser varón... y con preferencia del linaje.

Bebí un buen sorbo de cerveza y no dije nada.

El comisionado continuó:

-Aparte del joven conde, en el castillo sólo habitan su anciana madre, lady Beatrice Chilton, y una tía

enferma.

-¿En quién estaba pensando el conde? -inquirí cautelosamente.

El comisionado enarcó las cejas.

-En la región residen algunos primos lejanos. Supongo que pensaba que alguno de ellos asistirla al

funeral. Pero no se presentó ninguno.

-También es desgracia -observé.

-Una verdadera desgracia. Y, en consecuencia, tengo que rogarle, en nombre del linaje, que esta noche

nos acompañe al joven conde y a mí a la cámara secreta.

El asombro me dejó sin habla. En el exterior, los relámpagos zigzagueaban sin cesar y la lluvia seguía

cayendo a raudales. Cuando las plumas de hielo dejaron de cosquillearme el estómago, conseguí articular

una respuesta.

-Pero, yo..., es decir..., mi parentesco es remotísimo... En realidad, no puede decirse que pertenezca al

linaje... Yo...

El comisionado se encogió de hombros.

-Lleva usted el nombre. Y posee al menos unas cuantas gotas de la sangre de los Payne. Dada la

urgencia de las actuales circunstancias, es más que suficiente. Estoy convencido de que el conde Robert

estaría de acuerdo conmigo, si pudiera hablar. ¿Vendrá usted?

No había modo de escapar a la intensidad, a la presión de aquellos fríos ojos azules. Parecían taladrar

mi cerebro mientras trataba de idear nuevas excusas.

Finalmente -inevitablemente, me atrevo a decir-, accedí. Tenía la sensación de que el encuentro no

había sido casual, que desde siempre había estado destinado a visitar la cámara secreta del castillo de

Chilton.

Terminamos nuestras bebidas y yo subí a mi habitación en busca de algo con que protegerme de la

lluvia. Cuando volví a bajar, envuelto en un recio impermeable, el posadero estaba roncando en su taburete

a pesar de los furiosos estallidos del trueno que ahora eran casi incesantes. Confieso que le envidié

mientras salía de la caldeada salía en compañía de William Cowath.

Una vez fuera, mi guía me informó que tendríamos que ir a pie hasta el castillo. Había bajado a pie a

propósito, me explicó, a fin de disponer de más tiempo y soledad para meditar en el grave problema que

tenía planteado.

La lluvia, el viento y el rugido del trueno hacían difícil la conversación. Eché a andar detrás del

comisionado, el cual daba unas enormes zancadas y parecía conocer palmo a palmo el camino, a pesar de

la oscuridad.

Anduvimos una corta distancia por la calle de la aldea y luego nos metimos en un camino lateral que no

tardó en convertirse en un sendero, peligrosamente resbaladizo a causa de la lluvia.

Bruscamente, el sendero empezó a ascender; el camino se hizo más penoso. Resultaba indispensable

concentrar toda la atención en los pies. Por fortuna, los relámpagos eran cada vez más frecuentes.

Me pareció que llevaba andando una hora -en realidad supongo que no eran más que unos minutoscuando

el comisionado se detuvo.

Me encontré de pie a su lado en una especie de llanura rocosa. El comisionado señaló hacia una

sombra que se erguía delante de nosotros.

-El castillo de Chilton -dijo.

Durante unos instantes no vi absolutamente nada en la impenetrable oscuridad que nos rodeaba.

Luego llameó un relámpago. A su claridad divisé un gran castillo normando, cuadrado, con cuatro torres

rectangulares en las esquinas, taladrado por angostas aberturas en forma de ventanas que parecían

acechantes y diabólicos ojos. La enorme construcción estaba medio cubierta por un manto de hiedra que

parecía más negra que verde.

-¡Parece increiblemente antiguo! -comenté.

William Cowath asintió.

-Empezó a edificarlo Henry de Montargis, en 1122.

Y sin añadir nada más echó a andar hacia el castillo.

A medida que nos acercábamos a la muralla, la tormenta se hacía más intensa. El rumor del agua y el

aullido del viento no permitían hablar. Inclinamos nuestras cabezas y seguimos adelante.

Cuando finalmente llegamos a la muralla, quedé sorprendido por su altura y su espesor. Era evidente

que había sido construida para poder resistir a los mejores cañones de asedio.

Mientras cruzábamos un puente levadizo, miré hacia abajo y vi el negro cauce de un foso, pero la

oscuridad no me permitió averiguar si llevaba agua o no. Un portón en forma de arco abierto en la muralla

daba acceso al patio de armas. El patio estaba completamente vacío, a excepción de los riachuelos de

agua que discurrían por él.

Cruzando el patio con rápidas zancadas, el comisionado me condujo a otro portón en forma de arco

abierto en otra muralla. A la otra parte había un segundo patio, más pequeño, y más allá se alzaban las

paredes del castillo propiamente dicho.

Tras cruzar un oscuro pasadizo, nos encontramos delante de una enorme puerta de madera de encina

ennegrecida por el tiempo, reforzada con claveteadas planchas de hierro. El comisionado abrió esta puerta

de par en par y ante nuestros ojos apareció el gran vestíbulo del castillo.

Cuatro largas mesas labradas a mano, con sus correspondientes bancos, ocupaban casi toda la

longitud del vestíbulo. Unos candelabros de metal, oxidados por el paso de los años, sostenían las velas

que iluminaban la estancia, clavados a las columnas de piedra labrada cuya función no era decorativa, sino

la de aguantar el techo. Alineados a lo largo de las paredes veíanse escudos heráldicos, armaduras,

alabardas, lanzas y banderas, los acumulados trofeos y premios de siglos sangrientos, cuando cada castillo

era casi un reino en sí mismo. El espectáculo resultaba impresionante.

William Cowath agitó una mano.

-Los castellanos de Chilton vivieron de la espada durante muchos siglos.

Cruzó el gran vestíbulo y entró en otro pasadizo escasamente iluminado. Le seguí en silencio.

Mientras avanzábamos, me habló en voz baja.

-Frederick, el joven heredero, no tiene una naturaleza robusta. La muerte de su padre le afectó mucho...

y siente un gran temor por la ceremonia que vamos a celebrar esta noche.

Deteniéndose ante una puerta con flores de lis grabadas en la madera y adornos de metal, el

comisionado me dirigió una enigmática mirada y luego llamó con los nudillos.

Alguien preguntó quién llamaba, y el comisionado se identificó. Se oyó el ruido de un pesado cerrojo al

descorrerse y la puerta se abrió.

Si los Chilton-Payne habían sido obstinados luchadores en su época, la sangre guerrera parecía

haberse diluido considerablemente en las venas de Frederick, el joven heredero y ahora decimotercer

conde de Chilton. Vi ante mí a un joven delgado, de tez pálida, cuyos ojos oscuros y hundidos tenían una

expresión asustada. Iba vestido de un modo a la vez teatral y anacrónico: chaqueta y pantalones de

terciopelo de color verde hoja, con encajes blancos en el cuello y en los puños.

Nos hizo seña de que pasáramos, como a regañadientes, y cerró la puerta. Las paredes de la pequeña

habitación estaban enteramente cubiertas con tapices que reproducían escenas de caza o batallas

medievales. Una corriente de aire procedente de una ventana o de otra abertura los hacía oscilar

continuamente; parecían tener vida propia. En un rincón había una antigua cama con dosel; en otro, un

amplio escritorio con una lámpara de ágata.

Después de una breve presentación, la cual incluyó una explicación de los motivos de que yo me

encontrara allí para acompañarles, el comisionado preguntó si Su Señoría estaba preparado para visitar la

cámara.

El rostro del joven Frederick perdió todo vestigio de color; sin embargo, asintió y nos acompañó al

pasadizo.

William Cowath iba delante; el conde le seguía; y yo cerraba la marcha.

Al llegar al final del pasadizo, el comisionado abrió la puerta de un cuarto lleno de telarañas. Allí recogió

unas cuantas velas, escoplos, un pico y un mazo. Después de meterlo todo en un saco de cuero que se

colgó al hombro, cogió una antorcha de tea que estaba en una de las estanterías del cuarto. La encendió y

esperó hasta que prendió la llama. Satisfecho con esta iluminación, cerró el cuarto y nos hizo seña de que

le siguiéramos.

Llegamos a una escalera de caracol con peldaños de piedra que descendía. Alzando su antorcha, el

comisionado empezó a bajar. El conde y yo le imitamos en silencio.

La escalera tenía más de cincuenta peldaños. A medida que descendíamos, las piedras aparecían más

húmedas y frías; también el aire se enfriaba más, y olía a moho y a humedad.

Al final de la escalera se abría un túnel, negro como la pez y silencioso.

El comisionado alzó su antorcha.

-El castillo de Chilton es normando, pero al parecer fue reedificado sobre unas ruinas sajonas. Se cree

que los pasadizos que se encuentran en estas profundidades fueron construidos por los sajones. -Miró

hacia el interior del túnel, con el ceño fruncido-. O por gente todavía más primitiva.

Vaciló unos instantes, y me pareció que estaba escuchando. Luego, dirigiéndonos una extraña mirada.

se adentró en el túnel.

Eché a andar detrás del conde, estremeciéndome. El aire helado me traspasaba hasta la medula.

Debajo de mis pies, las piedras estaban recubiertas de una capa de lodo y eran sumamente resbaladizas. Y

no había más luz que la parpadeante claridad de la antorcha que el comisionado sostenía en alto.

Cuando llevábamos un rato andando, el comisionado se detuvo y de nuevo tuve la impresión de que

estaba escuchando. Sin embargo, el silencio parecía absoluto y reemprendimos la marcha.

Al final del túnel encontramos otra escalera descendente. Ésta tenía solamente unos quince peldaños, y

conducía a otro túnel que había sido excavado en la roca sobre la cual se asentaba el castillo. En las

paredes había costras blanquecinas de salitre. El olor a moho era muy intenso. El aire helado estaba

impregnado de un hedor fétido que me resultó especialmente repulsivo, aunque no pude darle nombre.

Finalmente, el comisionado se detuvo, alzó su antorcha y descargó de su hombro el saco de cuero.

Vi que estábamos ante una pared levantada con alguna clase de piedra para la construcción. Aunque

húmeda y manchada de salitre, era evidente que se trataba de un trabajo mucho más reciente que todo lo

que habíamos encontrado hasta entonces.

William Cowath me entregó la antorcha.

-Sosténgala, por favor. Tengo velas, pero...

Dejando la frase sin terminar, sacó el pico e inició el asalto a la pared; la barrera era bastante sólida,

pero en cuanto hubo abierto un agujero en ella utilizó el mazo y la tarea avanzó con más rapidez. Al cabo

de un rato me ofrecí a manejar el mazo mientras él sostenía la antorcha, pero se limitó a sacudir la cabeza

y continuó su trabajo de demolición.

En todo este tiempo el joven conde no había pronunciado una sola palabra. Al mirar su rostro pálido y

tenso sentí lástima de él, a pesar de mi propia inquietud.

Bruscamente se produjo un silencio mientras el comisionado soltaba el mazo. Vi que quedaban más de

dos pies de la parte inferior de la pared.

William Cowath se inclinó a examinarla.

-Hay suficiente espacio -comentó-. Creo que podremos pasar.

Volvió a cargarse el saco de cuero al hombro, tomó la antorcha de mi mano y se introdujo en la

abertura. El conde y yo le seguimos.

Al entrar en la cámara, el fétido olor que había notado en el pasadizo nos rodeó como una nube.

Empezamos a toser. El comisionado murmuró:

-No tardará en despejarse. Quédense cerca de la abertura.

Aunque el repulsivo hedor continuaba siendo intenso, al final pudimos respirar más libremente.

William Cowath alzó su antorcha y atisbó hacia las oscuras profundidades de la cámara. Lleno de

temor, miré por encima de su hombro.

Al principio no of ningún sonido y sólo pude ver paredes con costras de salitre y un húmedo suelo de

piedra. Sin embargo, al cabo de unos instantes, en un apartado rincón, más allá de la vacilante claridad de

la antorcha, vi dos diminutas manchas rojas. Traté de convencerme a mí mismo de que eran dos piedras

preciosas, dos rubíes, brillando a la luz de la antorcha.

Pero supe inmediatamente -sentí inmediatamente- lo que eran: dos pupilas rojas que nos contemplaban

con impresionante fijeza.

El comisionado habló en voz baja:

-Esperen aquí.

Avanzó hacia el rincón, se detuvo a medio camino y levantó la antorcha. Durante unos instantes

permaneció silencioso. Finalmente emitió un largo y tembloroso suspiro.

Cuando habló de nuevo, su voz había cambiado. Era sólo un susurro sepulcral.

-Acérquense -nos dijo con aquella extraña y profunda voz.

Seguí al conde Frederick hasta que nos situamos uno a cada lado del comisionado.

Cuando vi lo que había sobre el banco de piedra en aquel apartado rincón pensé que iba a

desmayarme. Mi corazón dejó de latir durante unos interminables segundos. La sangre abandonó mis

extremidades. Sentí deseos de gritar, pero mi garganta se negó a abrirse.

El ser que reposaba sobre aquel banco de piedra parecía un monstruo surgido del infierno. Las

penetrantes y malignas pupilas rojas proclamaban que tenía una terrible vida, y sin embargo aquella vida se

sustentaba a sí misma en un cuerpo renegrido y momificado que parecía un cadáver desenterrado. Aquella

especie de cadáver tenía unos harapos mohosos pegados al cuerpo. Unos mechones de pelo blanco

brotaban de su fantasmal y grisáceo cráneo. La abertura que ocupaba el lugar de la boca mostraba unas

extrañas manchas.

Nos contemplaba con una maldad que desbordaba lo puramente humano. Resultaba imposible

devolver la mirada a aquellas monstruosas pupilas rojas. Eran tan indescriptiblemente diabólicas, que se

experimentaba la sensación de que la propia alma iba a consumirse en los fuegos de su malignidad.

Apartando la mirada, vi que el comisionado sostenía ahora al conde Frederick. El joven heredero se

había desplomado sobre él. Miraba fijamente a la espantosa aparición con los ojos helados por el terror. A

pesar de mi propia sensación de horror, le compadecí.

El comisionado volvió a suspirar y luego habló de nuevo en aquel tono sepulcral.

-Ante ustedes tienen a lady Susan Glanville -nos dijo-. Fue transportada a esta cámara y encadenada a

la pared, en 1473.

Un estremecimiento de horror recorrió todo mi cuerpo; tuve la sensación de que nos encontrábamos en

presencia de fuerzas malignas surgidas del Averno.

Al mirarlo, aquel espantoso ser me había parecido desprovisto de sexo, pero al sonido de su nombre la

fantasmal mueca de una sonrisa contorsionó la fruncida boca manchada de rojo.

Por primera vez me di cuenta de que el monstruo estaba efectivamente encadenado a la pared. Los

gruesos eslabones estaban tan ennegrecidos por el tiempo que me habían pasado inadvertidos.

El comisionado continuó, como si recitara una lección:

-Lady Glanville fue una antepasada materna de los Chilton-Payne. Tenía trato con el Diablo. Fue

condenada como bruja, pero escapó a la hoguera. Finalmente, sus propios deudos la encerraron aquí y la

encadenaron a la pared para que muriera de hambre.

Hizo una breve pausa y luego prosiguió:

-Era demasiado tarde. Lady Glanville había hecho ya un pacto con los Poderes de las Tinieblas. Había

sido una belleza. Odiaba a la muerte. Temía a la muerte. De modo que vendió su alma inmortal -y los

cuerpos de su progenie- a cambio de la eterna vida terrenal.

La voz del comisionado llegaba a mis oídos como en una pesadilla; parecía proceder de una distancia

infinita.

William Cowath continuó:

-Las consecuencias de romper el pacto son demasiado terribles para ser descritas. Ningún

descendiente de lady Glanville se ha atrevido a hacerlo. Y así ha podido vivir durante casi quinientos años.

Creí que había terminado, pero me equivocaba. Mirando hacia arriba, alzó la antorcha hacia el techo de

aquella cámara maldita.

-Esta cámara -dijo- se encuentra inmediatamente debajo de la cripta familiar. Cuando muere uno de los

condes, el cadáver es depositado en la cripta. Pero, en cuanto se han marchado los sepultureros, el falso

fondo de la cripta se desliza a un lado y el cadáver del conde cae en esta cámara.

Mirando hacia el techo, vi el rectángulo de la puerta de una trampilla.

La voz del comisionado se hizo casi inaudible.

-Una vez cada generación, lady Glanville se alimenta... con el cadáver del difunto conde. Es una

cláusula de aquel espantoso pacto que no puede ser quebrantada.

Como si quisiera confirmar sus palabras, el comisionado inclinó su antorcha hasta que la llama iluminó

el suelo a los pies del banco de piedra al cual estaba encadenado el vampírico monstruo.

Esparcidos por el suelo veianse los huesos y el cráneo de un hombre adulto, manchados de sangre

fresca. Y a cierta distancia había otros huesos humanos, amarillentos o carcomidos por el tiempo.

En aquel momento, el joven conde Frederick empezó a gritar. Sus histéricos alaridos llenaron la

cámara. El comisionado le sacudió rudamente, pero el joven continuó gritando como un poseso.

Durante unos instantes, el monstruo tendido en el banco le contempló con sus espantosa pupilas rojas.

Finalmente emitió un sonido, una especie de cloqueo que pretendía ser una risa.

De repente, y de un modo completamente imprevisto, el monstruo empezó a deslizarse sobre el banco

y trató de avanzar hacia el joven conde. La cadena que lo sujetaba a la pared sólo le permitía avanzar un

par de metros. Pero lo intentó una y otra vez, profiriendo una especie de aullidos que erizaron los cabellos

de mi cabeza.

William Cowath enfocó su antorcha hacia el monstruo, pero éste continuó agitándose espantosamente.

La cámara de pesadilla resonaba con los gritos del conde y los horribles aullidos de aquel ser infernal. Temí

volverme loco si no escapaba inmediatamente de tan horrendo lugar.

Miré al comisionado y me di cuenta de que también él empezaba a experimentar los efectos de aquella

indescriptible situación. Vi que sus ojos se posaban en la pared a la cual estaban fijadas las cadenas que

sujetaban al monstruo.

Intuí lo que estaba pensando. ¿Resistirían las cadenas, después de tantos siglos de herrumbre y

humedad?

En un repentino impulso, sacó de uno de sus bolsillos algo que brilló a la luz de la antorcha. Era un

crucifijo de plata. Avanzando unos pasos, colocó el crucifijo ante el retorcido rostro del monstruo que en

otra época había sido la hermosa lady Susan Glanville.

El monstruo retrocedió profiriendo un grito de agonía que ahogó los alaridos del conde. Se derrumbó

sobre el banco, bruscamente silencioso e inmóvil; los latidos de su repulsiva boca y el fuego del odio que

ardía en sus rojas pupilas eran las únicas pruebas de que continuaba viviendo.

William Cowath se dirigió a él:

-¡Ser infernal! ¡Si bajas de ese banco antes de que salgamos de esta cámara y volvamos a sellarla, juro

que te colgaré esta cruz al cuello!

Las pupilas rojas contemplaron al comisionado con una expresión de odio abismal imposible de

describir. Despedían fuego, realmente. Y, sin embargo, leí en ellas algo más: miedo.

De pronto me di cuenta de que el silencio había descendido sobre aquella cámara de horrores. Duró

únicamente unos instantes. El conde había cesado de gritar, pero ahora hacía algo peor: se estaba riendo.

Era sólo una risita, pero resultaba más horrible que todos sus gritos.

El comisionado se volvió, señalándome con un gesto la pared parcialmente derruida. Cruzando la

habitación, salí al pasadizo. Detrás de mí, el comisionado sostenía al joven conde, que arrastraba los pies

como un anciano, sin dejar de reír para sí mismo.

Luego se produjo lo que me pareció un interminable intervalo, durante el cual el comisionado fue en

busca de un saco de cemento y de un cubo de agua que previamente había dejado en alguna parte del

túnel. Trabajando a la luz de la antorcha, preparó el cemento y procedió a sellar la cámara, utilizando las

mismas piedras que había quitado.

Mientras el comisionado trabajaba, el joven conde permanecía sentado en el túnel, completamente

inmóvil, riéndose en voz baja.

En el interior de la cámara reinaba el silencio. Una vez, solamente, oí las cadenas del monstruo chocar

contra la piedra.

Finalmente el comisionado terminó su tarea y nos condujo de nuevo a través de aquellos pasadizos

manchados de salitre y las húmedas escaleras. El conde apenas podía subirlas; el comisionado le

arrastraba penosamente de peldaño en peldaño.

Cuando llegamos a la habitación de los tapices el conde se sentó en su cama y se quedó mirando

fijamente el suelo, sin cesar de reír. En contra de lo que afirman los que se las dan de entendidos, observé

que su pelo negro se había convertido en gris. Después de convencerle para que se bebiera un vaso de

líquido que sin duda contenía una fuerte dosis de sedante, el comisionado consiguió que el conde se

tendiera en la cama.

William Cowath me acompañó a otro dormitorio. Deseaba marcharme inmediatamente de aquel castillo

infernal, pero la lluvia seguía arreciando y no estaba seguro de poder encontrar el camino de regreso a la

aldea sin un guía.

El comisionado sacudió la cabeza tristemente.

-Temo que Su Señoría esté condenado a una muerte temprana. Nunca fue demasiado fuerte, y los

acontecimientos de esta nochc pueden haber trastornado su mente..., pueden haberle debilitado más allá

de toda esperanza de recuperación.

Expresé mi simpatía y mi horror. Los fríos ojos azules del comisionado se clavaron en los míos.

-Es posible -dijo- que, en caso de que se produzca la muerte del joven conde, usted mismo pueda ser

considerado... -Vaciló-. Pueda ser considerado -concluyó finalmente- como uno de los que se encuentran

en la línea de sucesión.

No quise oir nada más. Le di las buenas noches, cerré la puerta del dormitorio y traté -inútilmente- de

dormir, aunque sólo fueran unos minutos.

Pero el sueño no llegó. Tuve febriles visiones de aquel monstruo de pupilas rojas escapando de sus

cadenas, abriéndose paso a través de la pared y trepando por aquellas heladas y resbaladizas escaleras...

Antes de que amaneciera abrí silenciosamente la puerta del dormitorio y me deslicé como un ladrón a

través de los fríos pasadizos y el gran vestíbulo desierto del castillo. Crucé los dos patios y el puente

levadizo tendido sobre el negro foso, y eché a correr en dirección a la aldea.

Mucho antes del mediodía estaba en camino hacia Londres. La suerte me favoreció: al día siguiente

salía uno de los buques que efectúan la travesía del Atlántico.

Nunca volveré a Inglaterra. Me he propuesto mantenerme siempre a un océano de distancia, como

mínimo, del castillo de Chilton y de su permanente ocupante.

 

 

EL DERECHO A LA MUERTE

Escrito por imagenes 08-11-2009 en General. Comentarios (0)

 

EL DERECHO A LA MUERTE

Doris Piserchia

 

 

 

Un veterinario y un dueño hablaban de Mancha, recién operado.

- Lo arreglé para que la pata se levante automáticamente

- ¿Y eso en qué le mejorará los riñones debilitados?

- Hay que mantenerlos abiertos y limpios. Cada vez que levante la pata, sentirá la necesidad.

- ¿Por qué?

- Lo hará, es todo. Tengo cuarenta años en mi profesión y sé de que hablo. El motorcito que le puse en el muslo le alzará la pata, y orinará como un cachorro. Son cincuenta dólares.

 

Suburbio de la Costa Este. Dos vecinas conversaban en el fondo; eventualmente se pusieron a hablar de sus finados.

- A propósito, los niños dicen que vieron a Billy el otro día.

- ¿Dónde?

- Cerca del granero.

- Me dijeron que le habían apagado todos esos motores. Si se anda paseando por ahí, le haré juicio a alguno.

 

Los motores atómicos tardaban mucho tiempo en desgastarse, y aparentemente la menor conmoción dentro del cadáver podía poner en marcha el mecanismo: un temblor de tierra, un exceso de actividad entre los gusanos, el gas, etcétera. Era desagradable visitar el cementerio y oír ruidos que venían de abajo de las placas, lápidas o monumentos, o del interior de las tumbas o del interior de los ataúdes que yacían en las tumbas. Hubo que tomar medidas para atenuar la situación.

Al principio cremaron los cadáveres. Los grupos religiosos se opusieron. Luego los pulverizaron. Todos se opusieron. Se construyeron tumbas transparentes por encima del suelo, y los deudos debían denunciar cualquier actividad anormal a las autoridades. Esta medida no dio resultado, porque la gente no quería ver cómo los seres queridos se transformaban en polvo. Entonces pusieron a los muertos a descansar en el suelo, en ataúdes con tapa especial. Si se ejercía cierta presión en la cara interior, la tapa se abría. Los muertos empezaron a merodear. Como los habían sepultado desnudos, eran fáciles de identificar, y cuadrillas especiales patrullaban las calles y los capturaban.

A la compañía que fabricaba los motores corporales la enjuiciaron mil veces, hasta que el gobierno la declaró inmune a los juicios. Los motores eran una parte necesaria de la vida, y si la compañía quebraba no habría más motores. Entretanto, el gobierno ordenó a la compañía que realizara investigaciones para descubrir cómo apagar sus productos.

 

El rasgo más notable de Huston Adler era su neurosis.

- Bienvenido a la compañía - dijo su superior -. Irá derecho al laboratorio del tercer piso y no asomará la nariz hasta que haya apagado toda esa carroña.

Huston no cumplió con lo que se había propuesto, o sea apagar los cadáveres del laboratorio del tercer piso del edificio de la compañía.

No fracasó porque fuera un técnico inepto sino por culpa de su neurosis y de un desastre natural con forma de incendio que abrasó el edificio. Pero el incendio vino más tarde. Por el momento, Huston se paseaba por sus dominios del tercer piso y se sentía importante. Tenía que supervisar una gran cantidad de propiedades costosas.

Su departamento estaba junto al laboratorio, y era cómodo y amplio. La cocina estaba repleta de comida, el estéreo incluía una provisión de discos, había una TV color, todo lo que podía desear estaba a su alcance. La compañía lo quería tener contento mientras no trabajaba con los cadáveres.

El laboratorio: veinticinco metros por veinte, un cielo raso muy bajo, luces fluorescentes, algunas muy brillantes y otras muy tenues, paredes verde pálido, un sinfín de mesas y bancos, un par de barras horizontales donde podía colgar cosas, un gran escritorio con el equipo electrónico de Huston, los cuerpos experimentales despatarrados en diversos estados de desorden, excepto el de Billy.

Un enorme gancho de carnicero entre los omóplatos mantenía a Billy suspendido en posición vertical de una de las barras. Su tiroides nunca había funcionado bien, por eso los ojos azules eran grandes y saltones. Hacia mucho tiempo, cuando vivía, Billy había padecido abcesos óseos verdaderamente graves. Hubo que amputarle las piernas y los brazos, y tuvo que vivir un tiempo en una canasta hasta que los médicos le implantaron una pequeña unidad antigravitatoria en la pelvis. De la unidad salían cables que llegaban a las articulaciones de los muslos, y para levantarse en el aire Billy sólo tenía que tensar los músculos del bajo vientre. Manteniendo una tensión constante, Billy podía flotar en posición vertical a poco más de un metro del suelo. Este extraño poder de movilidad lo mantuvo cuerdo y relativamente feliz hasta que las heridas quirúrgicas cerraron por completo. Luego recibió cuatro elegantes extremidades ortopédicas que lo capacitaron para caminar y tantear, recoger y aferrar casi normalmente. La unidad antigravitatoria quedó donde estaba porque se había recubierto de tejido orgánico. Ahora la unidad estaba fuera de control, de modo que habían empalado a Billy en el gancho para que no se echara a volar. De vez en cuando alzaba los brazos artificiales, a veces agitaba las piernas o las movía como si caminara. Cuando los guardianes de cadáveres lo apresaron cerca del granero, le encontraron una herida espantosa y sangrienta en la espalda. Billy resultó interesante para la compañía a causa de sus muchos motores, así que no lo devolvieron a sus deudos. Le detuvieron la circulación seccionando las arterias cardíacas. Le implantaron motores pequeños para que el corazón y los pulmones siguieran bombeando. El técnico de operaciones no tenía más razones para hacer todo eso que su necesidad de practicar. En las venas y arterias de Billy introdujeron elementos para intensificar el proceso que retardaba la descomposición. Se pudriría, pero no sin que algún técnico lo usara por un tiempo. En este caso, Huston Adler.

 

Buck murió quemado. Era bombero. Cuando estaba con vida, venas varicosas le habían debilitado las piernas. Un pequeño motor le ayudó a caminar. Después que murió vagabundeaba por ahí cada vez que el motor de su columna vertebral se confundía con las señales emitidas por el activador cardíaco. En la sangre tenía una enzima especial que espesaba el fluido en las venas superficiales y capilares. Sus heridas no sangraban. Rezumaban.

 

La señorita Sonia era imbécil de nacimiento. Su amante le perforó el hígado de un balazo. Parecía una muñeca. Había tenido muchos órganos defectuosos, de modo que además de los motores cerebrales y espinales tenía otros en varias partes. Incluso tenía uno que le estimulaba los genitales. En verdad no había sido una idea brillante, pues la estimulaba tanto que Sonia desperdició buena parte de su vida en aventuras pasajeras. Era un cadáver atractivo, menudo y de aspecto frágil, con rasgos faciales delicados, ojos grandes y castaños, y una barbilla que temblaba cuando el motor del cerebro creaba vibraciones minúsculas.

 

Tamara había sido una turista compulsiva. Se ahogó en el Gran Canal cuando su góndola volcó. Antes de dedicarse a viajar, jugaba al fútbol. Una lesión grave le destruyó parte del cerebro. Más tarde, el cáncer le cerró la garganta. Había sido una gran charlatana gracias al aparato del cuello. El cáncer no había dejado nada, de modo que un amplificador no hubiera servido. Sus impulsos cerebrales habían activado el grabador, y como viajaba a países extranjeros las grabaciones eran polilingües. Ahora, con los motores internos descompuestos, Tamara todavía hablaba y a veces decía cosas en francés o alemán o swahili cuando su propio idioma habría sido adecuado. Casi todas las cosas que decía eran defensivas. Siempre había lamentado su figura.

 

Mancha, un pequeño perro moteado; sus ojos conservaron la vida después que el resto de él murió; tan enormes, esos ojos, tan relucientes, y además estaban las orejas alertas que eran demasiado grandes. Cada vez que alzaba la pata, ladraba. En la garganta tenía un motorcito que se conectaba con el del muslo. A su dueño lo habían preocupado los riñones débiles; quería vigilar de cerca lo que ocurría. Hacia el final, Mancha había necesitado un motor para ayudarlo a caminar.

 

Huston Adler, activo, neurótico, joven, trabajador; pronto empezó a dormir mal, a sufrir de indigestión; tenía tics faciales, las palmas húmedas, palpitaciones cardíacas, ojos inflamados, prestaba demasiada atención a sonidos que no existían. Su laboratorio era tan completo que había hasta un armario lleno de nada. La desnuda señorita Sonia lo turbaba, así que le hizo vestir una bata de soirée roja. Tamara también lo acaloraba y la obligó a vestir jeans y suéter. En cuanto a Buck, le pusieron corbata y un frac, y Billy quedó enfundado en un traje de ejecutivo. Pero eso fue después que Huston logró encender a sus clientes.

La experiencia de Huston en motores atómicos se había limitado a máquinas simples, implantadas en personas vivas. Ese primer día había encontrado una silla, se había sentado y había mirado, mirado de veras, a las cinco personas con quienes iba a trabajar. (Ya había clasificado a Mancha como persona.) No había visto muchos muertos. A lo sumo unos pocos cadáveres apacibles, en ataúdes, no sueltos y sentados o de pie con los ojos abiertos.

Se suponía que debía apagar todos los motores de los cinco. El mundo quería que los muertos estuvieran muertos, tiesos y mudos, y no que conservaran falsos síntomas de vida. Bien, ¿qué podía hacer primero? Encenderlos a todos, desde luego; de lo contrario no sabría por dónde empezar.

Lo más importante de sus máquinas era el integrador. Le decía qué clase de motores contenían los cuerpos. Tocó con un cable el pecho de Mancha y se encendieron varias luces en el tablero de lectura. Tocó a los otros cuatro con el cable y observó cómo fluctuaban las luces. Verde, azul, rojo, amarillo. Huston sabía qué significaban.

¿Qué era la muerte? ¿La ausencia de latidos? A cada ser humano se le instalaba un activador cardíaco en el pecho en el momento de nacer. Raro que Mancha tuviera uno. El dueño debía de ser un ricachón. De modo que los cinco del laboratorio de Huston tenían pulsaciones.

¿Y las ondas cerebrales? Huston no tenía un electroencefalógrafo, pero si lo hubiera tenido al menos la mitad de sus clientes le habría mostrado una cierta actividad. Dos personas y media: la señorita Sonia, Tamara y Mancha.

Pobre Buck y pobre Billy; mucho más pobre Buck, pues le habían arruinado el aspecto. Ese fue uno de los pensamientos de Huston, y reconoció que era extravagante. Pronto se le ocurrirían más.

¿Respiración? Los pulmones de los cinco funcionaban. Estaban tan activos en la muerte como lo habían estado en vida. ¿Circulación? Cuando alguien moría, se le inyectaba una intravenosa que inhibía la descomposición. Y todo fluía porque el corazón seguía funcionando.

Huston se puso a encender a sus clientes.

 

Buck se paseaba de un lado a otro, despacio, con titubeos. Tenía una expresión azorada, como si estuviera viendo las llamas por primera vez y aún no lo hubiera embargado el miedo. Había sido un bombero responsable. Ahora chocaba con la pared del laboratorio, se volvía y caminaba en dirección contraria, chocaba con otra pared, se volvía...

Billy colgaba del gancho de carnicero y aullaba sin emitir ningún sonido. Tenía cara de susto. El gancho era pesado y corto, y le impedía elevarse más que unos centímetros. Cada vez que subía, se golpeaba la cabeza contra la barra con un ruido suave.

La señorita Sonia miraba a Buck, quien caminaba entre unos bancos cerca de ella.

- Eres como todos - le dijo -. En verdad no te intereso como persona.

- Por favor, ¿dónde está el excusado?

- ¿Domen? ¿Herren? ¿Toilet? Oui. Ach, so - dijo Tamara. Después frunció el ceño, volvió la cabeza y fulminó con la mirada a Mancha, que levantó la pata como para orinarle el tobillo. Al hacerlo ladró.

La señorita Sonia se interpuso en el camino de Buck, que tropezó con ella y la derribó.

- No es culpa mía - dijo la señorita Sonia, levantándose -. Tú no sabes lo que es no poder controlarse. Lo lógico y natural es que algunos hombres no tengan ningún atractivo. Es decir, no todos pueden ser deseables. No es culpa mía, de ningún modo. No pueden arrestarme ni nada. El gobierno me protege. Soy inocente. Además, no es serio. Por cierto, los hombres son capaces de cuidarse de mí.

- ¿Por qué no dejas de seguirme? - le dijo Tamara a Mancha - Sólo dime dónde está la parada de autobuses. Es todo lo que quiero de ti. Si no me dejas en paz, llamaré a un policía.

Billy golpeó la barra más de lo conveniente. El gancho se le había estado hundiendo en las costillas con cada movimiento, pero ahora se deslizó en dirección contraria, hacia atrás y hacia arriba, y tras arrancarle unos centímetros de carne de la espalda dejó de sostenerlo y él cayó de pie. Se puso a valsear, airosa y grácilmente. Al mismo tiempo sus manos tantearon el vacío hasta que al fin encontraron a Buck, lo aferraron, trataron de abrazar al bombero para la última pieza. Buck repitió el último movimiento consciente de su vida, tomó la viga ardiente con las manos, se la quitó del hombro donde le había caído, la tumbó a un costado. Billy retrocedió tambaleando pero en vez de caer se elevó en el aire y subió flotando al cielo raso. Lo embistió con fuerza y bajó al suelo. Bailó de nuevo y esta vez sus manos aleteantes encontraron a la señorita Sonia.

- Oh, Dios, no - dijo ella. Le echó los brazos al cuello y lo besó. Valsearon juntos y se besaron.

- Madre - dijo Tamara -, no me importa si te gusta o no, no me importa si al mundo le molesta que una mujer juegue al fútbol. ¿Qué diablos quieres que haga, que espere sentada a que algún muchacho me invite al baile? Sabes muy bien que eso no lo hará nadie. Es culpa tuya. ¿Por qué me diste el físico de papá? El es feo y yo también. ¿Has visto mis piernas arqueadas igual que las suyas? Demonios, hasta soy velluda como él. No lloro. No lo hago desde que tenía doce años. Simplemente buscaré cómo hacer algo interesante de mi vida.

 

Huston dormía mal, se olvidaba de soñar, trabajaba en exceso, se sumía en la irrealidad.

Mancha ladró, orinó la pierna de Buck, Buck se paseó de un lado a otro. Billy valseó con Sonia, Tamara detuvo a un peatón y le preguntó dónde estaba la salida, Mancha alzó la pata y roció un grifo para incendios, Buck atravesó el edificio en llamas y escuchó cómo la carne de su muslo izquierdo siseaba como tocino en una sartén, Billy probó por primera vez sus piernas artificiales valseando lentamente por el living con su esposa en brazos, la señorita Sonia se dejó arrastrar por las sensaciones porque eso era todo lo que había en su vida, porque eso era todo lo que había en la vida de cualquiera cuando ese cualquiera es un deficiente mental que no se da maña ni para salir del guardarropa sin una máquina en el cerebro que lo guíe.

Huston dormía mal, se olvidaba de soñar, trabajaba en exceso y se sumía en la irrealidad. Tenía poder sobre la muerte, y el poder siempre significaba vida.

- Si de veras quieres saber qué pienso de la liberación femenina - dijo Tamara -, bueno, está bien para las mujeres que gustan de la acción. Claro. ¿Por qué no? Es como comer. Hay que hacerlo, pero uno prefiere elegir el plato. ¿Yo? Lo único que quiero es un hombre. ¿Qué tiene de malo? Escucha, cuando era jovencita me desesperaba. En ese momento el impulso sexual es lo más importante del mundo. Quiero decir que te aguijonea de veras. ¿Y cómo me las arreglaba? Jugaba al solitario mientras mis amigas se acostaban con sus fulanos cuando querían. No me digas que este mundo es justo. La juventud, el físico y el dinero es lo que cuenta, y si no tienes eso estás en la miseria.

- ¿Qué sabes del sufrimiento? - dijo Sonia -. Yo nací idiota. No sólo eso, mi páncreas y mi pituitaria eran defectuosos. Me pusieron esa cosa en la cosa para que pudiera gozar de la vida. Me la arruinaron del todo.

- ¿Alguna vez un tipo se echó atrás cuando lo tocabas? - dijo Tamara -. No me cuentes tus problemas, impúdica.

Las máquinas fueron Dios, por un rato. No, el manipulador era Dios. Tantos motores para arrancar y guiar, tanto poder sobre la vida, un cable aquí, un botón allá: camina, marioneta, habla como un hombre, muéstrame lo que pienso que habría dicho, actúa para mí, baila, retoza. Yo lo estoy haciendo. No, ellos lo están haciendo. Tan cansado, los ojos irritados, la boca seca, no puedo ordenarme las ideas, si tan sólo pudiera dormir.

 

Buck apoyó una mano roja y negra y ampollada en el hombro de Tamara.

- ¿Qué estás haciendo?

Le tocó la mejilla con el dedo.

- No, por favor - dijo Tamara con voz suave.

Buck siguió acariciándola.

- Y ahora tienes que irte - dijo ella -. Ocurre así todas las veces. Fíjate en mí. ¿Sabes lo que estás haciendo?

Buck estaba muy cerca.

- Pero soy fea. Soy horrenda. Tengo cuerpo de albóndiga, y un pelo tan rebelde que nunca lo pude peinar. Apuesto a que usé todas las clases de champú que existen. ¿Por qué me miras así? ¿Estás ciego? ¿Me ves la cara? Háblame de mi bigote. A los catorce me creció un bigote, a los dieciséis tenía hombros más anchos que mi padre. Soy parecida a él. sólo que más fea.

Buck se inclinó, besó los labios invitantes.

- Me das asco - dijo ella, irguiéndose -. No quiero tu piedad. No es más que eso. Una vez conocí a un chico como tú. Quería mi bicicleta y fingía que yo le gustaba. Hasta que un día lo besé. ¿Sabes qué hizo? Me pegó. Y me gritó. Y salió corriendo. Abandoné la bicicleta frente a su casa y le dejé una nota que decía: «Te amo».

- Mira, sólo cincuenta centavos - le dijo la señorita Sonia a Billy -. Cualquiera puede pagarlo.

Billy meneó la cabeza.

- ¿Pero qué te pasa, eres frígido? ¿No te gustan las chicas? ¿Acaso no tienes dinero? Entonces yo te daré los cincuenta centavos, ¿sí? Ven, acércate al diván. Bajaré las luces y pondré un poco de música.

 

Huston encontró una botella de bourbon en un cajón del escritorio. Empinó la tercera parte antes de dormirse en la silla. Necesitaba el descanso. Despertó con el cuello duro.

- Basta - les dijo a Billy y a la señorita Sonia -. Basta - les dijo a Tamara y a Buck.

Ellos siguieron, siguieron, y pronto empezó a gritarles. No había querido llegar a esos extremos. Pero en realidad no era él quien jugueteaba con ellos. Ellos jugueteaban con él.

No había más bourbon. Tendría que encontrar otra botella en alguna parte. Hasta podría ir a una tienda. No había salido una vez, ni siquiera una vez.

- Basta de manoseos - dijo. Ellos estaban sentados a su alrededor, callados, atentos, recatados, cándidos, inteligentes.

- Tamara, ¿por qué hiciste lo que hiciste?

- Buck me lo pidió. Nadie me lo pidió nunca. ¿No comprendes?

- Sí, pero que no se repita.

- Veremos.

- Sonia, no quiero que hagas más lo que hiciste con Billy.

- Por supuesto. De todos modos no me hizo feliz. Billy es un viejo. Lo cual me da una idea. Tú eres un joven bien parecido...

- Jamás se te ocurra decir...

- Te daré cincuenta centavos.

Huston salió en busca de otra botella.

Al otro día los hizo sentar nuevamente en círculo a su alrededor.

- Voy a matarlos - les dijo -. Por eso están en este laboratorio. Mi obligación es apagarlos, y en cuanto los apague estarán muertos y sus míseros problemas morirán con ustedes. - Le sonrió a Buck. - Pareces una enorme hamburguesa chamuscada. ¿Cómo puedes estar allí sentado como si merecieras un lugar en el mundo? Por amor de Dios, cúbrete ese cuerpo repulsivo. Dan ganas de vomitar.

Buck caminó tambaleando hasta un armario, se ocultó allí.

- Y tú, Billy Ford - dijo Huston -. Un nombre humano para Frankenstein. Eres pura cabeza, tórax y trasero. Debieron dejarte morir. Eres una abominación. Cuando pienso que tuviste el descaro de aspirar a ser un hombre normal. Sin brazos, sin piernas, sólo un torso con cabeza. Viviste con tu mujer, comiste con ella, dormiste con ella. ¡Dormiste con ella!

Billy se alejó flotando y calladamente se golpeó la cabeza contra la pared.

- No escondas la cara, Tamara - dijo Huston -. Tamara la feúcha. O tal vez debiera decir Tamara la feota. ¿Sabes que a un hombre le gusta que las mujeres parezcan mujeres? No queremos músculos y bigotes, son inaguantables.

Mientras Tamara se tapaba el rostro y sollozaba, Huston se volvió a la otra integrante del grupo.

- La última, y por cierto la peor. He aquí a la señorita Sonia, la vulva ambulante...

- Que puedes gozar al momento por cincuenta centavos.

Huston se levantó de un brinco, la cara lívida, el cuerpo rígido. Roció el aire con la espuma de la boca.

- ¡No me hables así! ¡Ramera! ¡Te mataré!

Olvidó los límites, la realidad, la cordura.

- Juega tus malditas cartas y deja de mirar a las chicas - le dijo a Buck. Jugaban al póker en el living de su departamento.

- ¡Deja de coquetear! - le rugió a la señorita Sonia, que ojeaba las cartas de los jugadores.

- Ve a besuquearte con Billy - le dijo a Tamara -. Y aparta los pies de mi estéreo.

A la señorita Sonia le dijo:

- Vé a lavarte la cara en el baño.

A Buck le dijo:

- No te quiero pescar fumando mis cigarros.

O:

- Tamara, ¿por qué no dejas de viajar y sientas cabeza con uno de estos muchachos? Alguno de ellos te aceptará. Mancha, deja de mojar los muebles.

Armaron un alboroto en el departamento, y tuvo que arrearlos de vuelta al laboratorio.

- No son dignos de vivir en un sitio decente - les dijo.

Con un bostezo, Billy manoteó el brazo de la señorita Sonia.

- ¿Qué tal si descansamos en el diván, preciosa?

- Quita esas manos piojosas de mi propiedad - dijo Huston.

En el edificio de la compañía había demasiado plástico. Un cortocircuito en un extractor de humedad del quinto piso provocó unas chispas, ardió un distribuidor automático de plástico. Ardió un termómetro de pared. Las cortinas ardieron y las llamas lamieron los paneles plásticos de la luz. El fuego se hizo incendio y se propagó rápidamente.

Huston olió humo. No pudo abrir la puerta del laboratorio. La había cerrado por dentro para impedir que la señorita Sonia bajara a la calle a buscar hombres. No pudo encontrar la llave.

Lo último que recordó fue que había aferrado el respaldo de una silla recta para no caerse. El cuarto se enturbió con el humo. Le dolía el pecho. Tosió, se desplomó sobre la silla, quedó tendido en esa posición.

Mucho más tarde, un hacha golpeó la puerta y la astilló. Unos hachazos más abrieron un boquete lo suficientemente grande para que cinco hombres con trajes protectores entraran uno por uno. Tenían prisa.

Inadvertido en medio del humo, Buck salió del laboratorio y atravesó el pasillo para detenerse frente a una puerta llameante. Sus motores vacilaron momentáneamente y se sentó en el suelo, se apoyó los codos en las rodillas y se sostuvo la cabeza entre las manos.

Los bomberos intercambiaron ideas a través de los walkie-talkies incorporados en los cascos.

- Este tipo parece estar en las últimas - dijo uno. Levantó a Billy y se lo echó al hombro -. Lo llevaré a la ambulancia.

- ¡Auxilio! - gritó la señorita Sonia. Estaba en el centro del cuarto, aturdida y desgreñada.

Un bombero la tomó por los brazos.

- Me llevaré a ésta - les aulló a los otros, y calzándose a la señorita Sonia en el hombro, se marchó.

Tamara, sentada en una silla, repetía una y otra vez:

- Por favor, por favor, por favor...

Lo siguió repitiendo hasta que un bombero la recogió y echó a andar hacia la puerta rota. Los siguió un perrito que ladraba. Mancha los siguió hasta una rampa fuera de la ventana, bajó a la calle con ellos, atravesó un patio y salió a una calzada, se detuvo junto al poste de un farol y alzó la pata. Un muchacho que había acudido a mirar el incendio oyó los ladridos, recogió a Mancha y se lo llevó a su casa.

Dentro del laboratorio, los dos últimos bomberos se toparon con Huston.

- ¡El cielorraso se está recalentando! Larguémonos de aquí.

- ¿Y qué hacemos con éste?

Huston tenía un aspecto tan raro, echado de través sobre el respaldo de la silla, tan poco natural, y además sabían que había cadáveres experimentales en el edificio. Aun así...

- Tomémonos un minuto para revisarlo.

Lo alzaron y lo pusieron de espaldas en el suelo. Podían saber en un santiamén cuándo alguien estaba muerto, pero ¿cómo darse cuenta de lo contrario... saber cuándo estaba vivo?

- Le late el corazón.

- ¡No seas estúpido!

- Tienes razón, a todos les late el corazón.

- ¿Respira?

- Si.

- Bien, eso tampoco importa. Todos los pulmones funcionan automáticamente.

- Exacto.

- Larguémonos de aquí. Es uno de esos cadáveres.

- ¿Cómo podemos estar seguros?

- ¡Porque parece un cadáver! Espera un minuto, hay alguien allí.

Habían descubierto a Buck, que se freía suavemente en el horno de la puerta.

- ¡Saquémoslo de aquí! Olvida al otro, está acabado.

Lo estaba, y para siempre. A la mañana la cuadrilla que trajinaba entre los rescoldos calientes del laboratorio no pudo distinguir los restos de Huston de las cenizas de las paredes o alfombras; pero Buck y Sonia, Tamara y Billy y el mismo Mancha, ellos siguieron y siguieron.

 

 

FIN

 

 

 

OVNI

Escrito por imagenes 06-11-2009 en General. Comentarios (0)

 

OVNI

Howard Fast

 

 

 

- Nunca lees en la cama - le dijo el señor Nutley a su mujer.

- Antes sí, ¿te acuerdas? - contestó la señora Nutley -. Pero luego descubrí que me bastaba con quedarme quieta y ordenar mis pensamientos.

- Te envidio. Nunca tienes dificultad para dormirte.

- Oh, sí. Algunas veces. Para ser completamente franca - agregó -, creo que las mujeres hacemos menos alharaca que ustedes los hombres.

- Yo no hago alharaca - protestó el señor Nutley, dejando de lado su «New Yorker» y apagando la luz del velador. Es algo muy desagradable. No padezco de insomnio, pero se me ocurre una idea y me da vueltas y vueltas en la cabeza.

- ¿Tienes una idea esta noche?

- Sólo que Ralph Thompson es un tipo insoportable, pero no sé si eso se puede llamar una idea.

- Eso no basta para mantenerte despierto. Debo admitir que yo siempre lo he encontrado muy agradable como vecino. Podríamos tener vecinos peores, sabes.

- Supongo que sí.

- ¿Por qué estás enojado con él? - preguntó la señora Nutley, tapándose bien para protegerse contra el frío de la habitación.

- Porque nunca estoy seguro si me está tomando el pelo o hablando en serio. Todos los artistas y escritores son insoportables, pero ninguno tan insoportable como él. Como yo me traslado a la ciudad todos los días y pongo el traste sobre una silla para ganarme la vida honradamente, me transformo, según él, en parte del establishment y en objeto de sus bromas.

- Pues sí, estás molesto - dijo la señora Nutley.

- No lo estoy. ¿Por qué pasa una hora antes de que yo pueda contestar sus imbéciles observaciones de una manera ingeniosa?

- Porque eres una persona honesta y considerada, y me alegro mucho de que seas así. ¿Qué te dijo?

- La forma en que lo dijo - replicó el señor Nutley -. Entre desprecio y mofa. Dijo que vio un plato volador al anochecer, que bajó y se posó en el pequeño valle detrás de la colina.

- Bueno, eso no es muy ingenioso que digamos. Probablemente caíste en la trampa y le dijiste que los platos voladores no existen.

- Me voy a dormir - dijo el señor Nutley. Se dio vuelta, se estiró, se tapó bien y se quedó callado. Después de un minuto o dos le preguntó a la señora Nutley si dormía.

- No, estoy despierta.

- Pues le dije que por qué no iba al valle para ver dónde había aterrizado. Me contestó que él no entra sin permiso en la propiedad de gente millonaria.

- ¿Cree en realidad que somos millonarios?

- Un hombre que ve platos voladores puede creer cualquier cosa. ¿Qué le pasa a este país? Nadie veía platos voladores cuando yo era chico. A nadie lo asaltaban en la calle. Nadie se drogaba. Te pregunto a ti: ¿Oíste alguna vez hablar de platos voladores cuando eras chica?

- Creo que no había platos voladores cuando éramos chicos - dijo la señora Nutley.

- Claro que no.

- Antes no existían, a lo mejor ahora sí.

- Eso es ridículo.

- No necesariamente - dijo la señora Nutley suavemente -. Los ven toda clase de personas.

- Lo que sólo significa que el mundo está lleno de locos. Dime una cosa, si existen los platos voladores, ¿qué es lo que quieren?

- Curiosear.

- ¿Cómo es eso?

- Bueno - dijo la señora Nutley -, nosotros somos curiosos, ellos también son curiosos. ¿Por qué no?

- Porque es esa clase de razonamiento la que hace que el mundo esté como está. Ésa es una suposición sin fundamento. Si las personas como tú estuvieran más en contacto con la realidad del mundo, todos estaríamos mejor.

- ¿Qué quieres decir con eso de personas como yo?

- Personas que no saben absolutamente nada del mundo real.

- ¿Como yo? - preguntó dulcemente la señora Nutley. No se enojaba casi nunca.

- ¿Qué haces todo el día aquí en estos barrios o suburbios o lo que sean, a cien kilómetros de Nueva York?

- Siempre estoy atareada, - respondió ella.

- Estar atareado no es suficiente -. El señor Nutley había comenzado uno de sus discursos instructivos, pensó la señora Nutley. Ocurrían cada quince días aproximadamente, cuando padecía de insomnio -. Todas las personas deben justificar su existencia.

- Haciendo dinero. Siempre me dices que tenemos suficiente dinero.

- Nunca he mencionado el dinero. Cuando los chicos entraron en la universidad y tú dijiste que ibas a hacer un doctorado en biología vegetal, yo aprobé tu proyecto. ¿No fue así?

- Así fue. Te mostraste muy comprensivo.

- No me refiero a eso, sino al hecho de que han transcurrido dos años desde que obtuviste el título y no haces absolutamente nada. Pasas los días aquí, sin hacer nada.

- Estás enojado conmigo ahora - dijo la señora Nutley.

- No estoy enojado.

- Estoy ocupada continuamente. Trabajo en el jardín. Colecciono especímenes.

- Tienes jardinero. Le pago ciento diez dólares por semana. Tienes cocinero. Tienes mucama. Los otros días leí en el «Sunday Observer» un artículo acerca de la vida sin objeto que lleva la mujer de la clase media alta.

- Sí, yo también lo leí - dijo la señora Nutley.

- Nunca me permites decir lo que quiero, sin interrupciones - dijo con enojo el señor Nutley -. Estábamos hablando de platos voladores, que tú pareces aceptar como si existieran.

- Pero ahora estamos hablando de otra cosa, ¿no? Estás disgustado porque no encuentro trabajo en alguna universidad como bióloga vegetal para poder demostrar que tengo una función en la vida. En ese caso, nunca nos veríamos, y yo te quiero.

- ¿Dije algo yo de conseguir trabajo en una universidad? En realidad, hay cuatro universidades en treinta kilómetros a la redonda, y cualquiera te aceptaría de buen grado.

- Ésa es una suposición. Me quedo con mi casa, que me gusta mucho.

- Entonces, aceptas el aburrimiento. Aceptas una existencia gris y sin sentido. Aceptas...

- Sabes bien que no debes ponerte en este estado a esta hora de la noche - dijo con dulzura la señora Nutley -. Después te cuesta mucho más dormirte. ¿No quieres un vaso de leche tibia?

- ¿Por que no me dejas terminar de decir lo que quiero?

- Te voy a traer la leche. Siempre te duermes después.

La señora Nutley se levantó de la cama, encendió el velador de la mesa de luz, se puso la bata y bajó a la cocina. Puso la leche a calentar en un hervidor. De un frasco de la alacena sacó un paletito de Seconal y puso un poco del polvo en el vaso. Agregó luego la leche y la revolvió con una cuchara. Después regresó al dormitorio. Su marido tomó la leche bajo su mirada aprobadora.

- Tu leche tibia es mágica - dijo el señor Nutley. - Me pongo así de este humor porque no me puedo dormir.

- Ya lo sé.

- Es que pienso que estás sola todo el día aquí...

- Si a mí me encanta este lugar.

Ella aguardó hasta que la respiración de su marido se hizo regular.

- Mi pobre amor - dijo con un suspiro. Esperó diez minutos más. Luego se levantó de la cama, se puso unos viejos pantalones vaqueros, botas, una camisa y un pulóver, y bajando las escaleras silenciosamente salió de la casa.

Atravesó el jardín hasta el invernadero. La luna estaba tan brillante que no tuvo necesidad de usar la linterna que llevaba en el cinturón. En el invernadero estaba su mochila con los especímenes vegetales que había coleccionado y catalogado las tres últimas semanas. Apreciaba tanto el cuidado con que catalogaba cada espécimen y la manera con que lo envolvía en musgo húmedo, así como el hecho de que dejara los hongos para el último día con el fin de que estuvieran frescos y turgentes, que eso le proporcionaba un cálido sentimiento de satisfacción que duraba días. Además, le pagaban muy bien por su trabajo. El señor Nutley tenía mucha razón. Una persona que tenía un oficio u ocupación especial debía ser remunerada por el mismo. Ella tenía una cartera vieja en un cajón de la cómoda, llena de diamantes pequeños. Claro que los diamantes eran tan comunes en su planeta como los guijarros en nuestra tierra, y por eso no tenía remordimientos de conciencia.

Se puso la mochila al hombro, abandonó el invernadero y se encaminó por el sendero que subía la montaña adentrándose en el valle que estaba escondido detrás, donde se encontraba generalmente escondido el plato volador, cómodo y protegido de la mirada de los incrédulos y cínicos.

Caminaba con el paso largo y tranquilo de una mujer de cincuenta años, aunque el trabajo que realizaba al aire libre la mantenía en muy buen estado físico. Pensó qué bien le haría al señor Nutley si pudiera pasar sus días en el campo, al aire libre, en lugar de en una oficina en la ciudad.

 

 

FIN