LEYENDA DE SCIFI -- ISAAC ASIMOV -- EL ROBOT AL-76 SE HA EXTRAVIADO

LEYENDA DE SCIFI -- ISAAC ASIMOV -- EL ROBOT AL-76 SE HA EXTRAVIADO

Asimov, Isaac - EL ROBOT AL-76 SE HA EXTRAVIADO
SCIFI

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EL ROBOT AL-76 SE HA EXTRAVIADO

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Jonathan Quell abrió de un manotazo la puerta sobre la que estaba escrito «Administrador
General» y entró corriendo en el despacho. Sus ojos parpadeaban a toda velocidad detrás de los
cristales de sus gafas, y su expresión indicaba claramente lo preocupado que estaba.
-¡Mire esto, jefe! -Jadeó después de colocar sobre el escritorio un papel doblado por la mitad.
Sam Tobe se pasó el puro de una comisura de la boca a la otra y clavó los ojos en el papel.
Después se llevó una mano a la barbilla, se la frotó y la aspereza de los pelos le recordó que no se
había afeitado.
-¡Por todos los infiernos! -exclamó-. ¿De qué demonios están hablando?
-Dicen que enviamos cinco robots AL -le explicó Quell, aunque el mensaje de la hoja no
necesitaba ninguna aclaración.
-Enviamos seis -dijo Tobe.
-¡Por supuesto, señor! Pero al otro lado sólo recibieron cinco. Nos han enviado los números de
serie, y falta el AL-76.
Tobe echó su silla hacia atrás mientras alzaba su enorme masa y cruzó el umbral del despacho
moviéndose tan deprisa como si tuviera un par de ruedas bien engrasadas en vez de pies. Cinco
horas después -toda la planta estaba patas arriba, desde las salas de juntas hasta la cámara de
vacío; y cada uno de sus doscientos empleados había sido sometido a un demoledor tercer grado-
un sudoroso y desmelenado Tobe envió un mensaje urgente a la planta central de Schenectady.
Y algo muy parecido al pánico se adueñó de la planta central. Por primera vez en toda la historia
de la Compañía de Robots y Hombres Mecánicos de los Estados Unidos un robot andaba suelto.
Lo más grave no era que la ley prohibiese la presencia de ningún robot en la Tierra fuera de las
fábricas de la empresa que contaban con licencia gubernamental para ello. Las leyes siempre
pueden ser quebrantadas. Lo realmente grave era otra cosa, y un matemático del departamento de investigación se encargó de expresarlo con toda claridad.
-Ese robot fue creado para conducir un disinto en la Luna -había dicho ese matemático-. Su
cerebro positrónico fue concebido para funcionar en el entorno lunar y únicamente allí. En la
Tierra va a recibir unos cuantos muchillones de impresiones sensoriales para las que nunca ha
sido preparado. No hay forma humana de predecir cuáles serán sus reacciones. ¡No tenemos ni
idea de lo que puede hacer!
El matemático se pasó el dorso de la mano por la frente, y descubrió que la tenía cubierta de
sudor.
Al cabo de una hora un estratoplano partía hacia la planta de Virginia. Las instrucciones eran
muy sencillas: «¡Encontrad ese robot, y deprisa!».
AL-76 estaba muy confuso. De hecho, en aquellos momentos lo único que había en su delicado
cerebro positrónico era confusión y aturdimiento. Había empezado a sentirse así cuando
descubrió que se hallaba en un entorno muy extraño. No tenía ni idea de cómo había ido a parar
allí, y nada era como debería ser.
Había algo verde debajo de sus pies, y se encontraba rodeado por unos extraños cilindros
amarronados con más verde en su parte superior. El cielo tendría que haber sido negro, pero era
azul. El sol redondo, amarillo y caliente era irreprochable, pero... ¿Dónde estaba la piedra pómez
que habría tenido que estar pisando, y adónde habían ido a parar los inmensos cráteres que
tendrían que estar formando círculos de crestas montañosas a su alrededor?
Lo único que podía ver era el verde debajo y el azul encima. Los sonidos que lo rodeaban le
resultaban totalmente desconocidos. Había atravesado una corriente de agua que le llegaba hasta
la cintura. El agua era de color azul, estaba fría y mojaba; y cuando se había cruzado con seres
humanos -lo que había ocurrido de vez en cuando-, ninguno de ellos llevaba puesto el traje
especial que debería haber estado utilizando. Y, aparte de eso, todos los humanos que le habían
visto gritaron y echaron a correr.
Un hombre le había apuntado con una pistola y la bala había pasado silbando muy cerca de su
cabeza, después de lo cual el hombre también había huido a la carrera.
AL-76 no tenía ni la menor idea del tiempo que llevaba vagando sin rumbo cuando tropezó con la
cabaña de Randolph Payne. La cabaña estaba rodeada de bosque y se encontraba a tres kilómetros
de la ciudad de Hannaford, y Randolph Payne -un destornillador en una mano, una pipa en la otra
y una aspiradora abollada entre las rodillas-, estaba sentado delante de la puerta con las piernas
cruzadas.
Payne estaba canturreando. Era un hombre de natural alegre y predispuesto a la felicidad...,
cuando se encontraba en su cabaña. Poseía una vivienda más respetable en Hannaford, pero esa
vivienda casi siempre estaba ocupada por su esposa, cosa que Payne lamentaba en silencio pero
muy sinceramente; y quizá por eso experimentaba una sensación de alivio y libertad tan intensa
cada vez que conseguía retirarse a su «perrera de lujo especial» para poder fumar en paz y
dedicarse a su gran afición, reparar electrodomésticos.
Reparar electrodomésticos le encantaba, pero a veces alguien le traía una radio o un despertador y
el dinero que Payne cobraba por hurgar en sus entrañas era el único del que podía disponer sin
que pasara antes por el cedazo de las ávidas manos de su esposa.
Por ejemplo, aquella aspiradora seguramente le proporcionaría seis billetes.
Pensar en el dinero hizo que Payne se pusiera a cantar, pero cuando alzó la mirada sintió que su
frente se cubría de un sudor frío. La canción murió en sus labios, sus ojos se desorbitaron y el
sudor se volvió aún más frío. Payne intentó ponerse en pie como acto preliminar a salir corriendo
tan deprisa como si le persiguiera el diablo, pero no logró convencer a sus piernas de que debían
cooperar.
Y su parálisis duró el tiempo suficiente para que AL-76 se sentara delante de él.
-Oiga, ¿puede explicarme por qué todos los otros humanos han echado a correr cuando me
vieron? -le preguntó.
Payne sabía por qué lo habían hecho, pero como explicación el gorgoteo que brotó de su
diafragma no era gran cosa.
-Uno de ellos incluso me disparó -siguió diciendo AL-76 con tono ofendido mientras Payne
intentaba aumentar la distancia que le separaba del robot echándose hacia atrás-. Unos
centímetros más abajo y la bala me habría rayado el hombro.
-De-debió de ser al-algún loco -tartamudeó Payne.
-Es posible. -El robot bajó la voz y adoptó el tono de quien se dispone a hacer una confidencia-.
Oiga, ¿tiene idea de por qué todo está mal?
Payne se apresuró a mirar a su alrededor. El tono afable del robot le sorprendía, especialmente
porque su apariencia no podía ser más pesada y brutalmente metálica; aunque Payne recordaba
haber oído que los cerebros de los robots estaban diseñados de tal forma que eran incapaces de
hacer ningún daño a los seres humanos, y eso hizo que se relajara un poco.
-Pero si todo es normal.
-¿De veras? -AL-76 le lanzó una mirada acusadora-. Incluso ustedes, los humanos... ¿Dónde está
su traje espacial?
-Nunca he tenido un traje espacial.
-¿Y entonces por qué no están todos muertos?
Payne tardó unos momentos en ser capaz de responder.
-Bueno... No lo sé.
-¡Ajá! -exclamó el robot en tono triunfal-. Todo está mal, ya se lo he dicho. ¿Dónde está el Monte
Copérnico? ¿Dónde está la Estación Lunar 17? ¿Y dónde está mi disinto? Quiero empezar a
trabajar lo más pronto posible. He de hacerlo, ¿comprende? -Parecía un poco inquieto, y cuando
siguió hablando Payne se dio cuenta de que le temblaba la voz-. Llevo horas dando vueltas y más
vueltas intentando encontrar a alguien que me diga dónde está mi disinto, pero todos los humanos
que me ven echan a correr. A estas alturas ya debo ir muy retrasado, y el jefe de sección estará
echando chispas. Me he metido en un buen lío, créame.
La mente de Payne empezó a salir del torbellino emocional en el que había quedado atrapada.
-0iga, ¿como se llama? -preguntó.
-Mi número de serie es AL-76.
-De acuerdo, me basta con Al. Bien, Al, si anda buscando la Estación Lunar 17... Eso está en la
Luna, ¿no?
AL-76 asintió enérgicamente con la cabeza.
-Por supuesto que está en la Luna, pero ya llevo mucho rato buscándola y...
-Está en la Luna, sí, pero esto no es la Luna.
Esta vez fue AL-76 quien se quedó desconcertado. El robot contempló en silencio a Payne
durante unos momentos, y pareció pensar en lo que acababa de oír.
-¿Qué quiere decir con lo de que esto no es la Luna? -murmuró-. Pues claro que es la Luna.
Porque si no lo es... Bueno, ¿entonces qué es? ¿Eh? Venga, respóndame.
Payne emitió un sonido muy curioso y respiró pesadamente. Después extendió un dedo hacia el
robot y lo movió de un lado a otro.
-Mire... -empezó a decir, y entonces tuvo la idea más brillante del siglo, tan brillante que no pudo
seguir hablando y tuvo que conformarse con añadir un «¡Uf!» ahogado.
AL-76 lo recriminó con la mirada.
-Eso no es una respuesta. Creo que si le hablo con educación y le hago una pregunta tengo
derecho a que me responda con educación, ¿no?
Payne se encontraba tan ocupado asombrándose de su propia inteligencia que no escuchó ni una
palabra. Bueno, estaba más claro que el agua, ¿no? Aquel robot había sido construido para
trabajar en la Luna y fuera por la razón que fuese se había extraviado y había ido a parar a la
Tierra. Su cerebro positrónico había sido programado para un entorno lunar y el entorno terrestre
no tenía ningún sentido para él, por lo que resultaba lógico que estuviera totalmente
desconcertado.
Bien, si conseguía mantener al robot allí hasta que pudiera ponerse en contacto con la fábrica de
Petersboro... Bueno, los robots eran muy valiosos, ¿no? Payne había oído comentar que el
modelo más barato costaba 5o.ooo dólares, y algunos de ellos llegaban a costar millones de
dólares. «¡Piensa en la recompensa! -se dijo-. Oh, chico, chico... ¡Piensa en la recompensa!» Y
todo ese dinero sería para él, todo hasta el último centavo... Las codiciosas manos de Mirandy no
verían ni una sola moneda. ¡Oh, no, ni una sola!
Payne se puso en pie.
-Al, ¡tú y yo vamos a llevarnos muy bien! -exclamó-. ¡Vamos a ser grandes amigos! Te quiero
como si fueras un hermano. -Le ofreció una mano-. ¡Venga, chócala!
El robot envolvió la mano que se le ofrecía con una garra metálica y ejerció una presión casi
imperceptible sobre ella. No entendía nada de lo que ¡e estaba ocurriendo.
- ¿Significa eso que va a decirme cómo puedo llegar a la Estación Lunar 17?
-Eh... No, no exactamente. De hecho, me caes tan bien que quiero que te quedes conmigo durante
algún tiempo.
-Oh, no. No puedo hacer eso. He de ir a trabajar. -AL-76 meneó la cabeza-. Oiga, si tuviera una
cuota de trabajo que efectuar, ¿le gustaría irse retrasando hora a hora, minuto a minuto ... ? No,
quiero trabajar. He de trabajar.
Payne pensó que sobre gustos no hay nada escrito.
-De acuerdo, de acuerdo. Voy a explicarte una cosa, y te la voy a explicar porque tienes cara de
ser muy inteligente. He recibido
órdenes de tu jefe de sección, y me ha dicho que quiere que te quedes aquí un tiempo. De hecho,
quiere que te quedes aquí hasta que envíe a alguien a buscarte.
-¿Para qué? -preguntó AL-76 con cierta suspicacia.
-No puedo decírtelo. Asuntos del gobierno... Alto secreto, ya sabes.
Payne rezó para que el robot se lo tragara. Sabía que algunos robots eran muy listos, pero aquél
tenía el aspecto de ser un modelo bastante primitivo.
Y mientras Payne rezaba AL-76 meditaba. El cerebro del robot había sido programado para
manejar un disinto en la Luna, por lo que el pensamiento abstracto no era su fuerte y, además,
desde que se había extraviado AL-76 tenía la impresión de que sus procesos mentales se estaban
haciendo cada vez más erráticos y extraños, como si aquel entorno desconocido estuviera
empezando a afectarle.
Teniendo en cuenta todo eso, puede considerarse que su siguiente pregunta fue un auténtico
prodigio de astucia.
-¿Cómo se llama mi jefe de sección? -preguntó.
Payne tragó saliva y se devanó los sesos.
-Al -dijo con voz casi inaudible-, tus sospechas me ofenden y me hieren. No puedo decírtelo. Los
árboles tienen oídos.
AL-76 volvió la cabeza hacia el árbol que tenía al lado y lo inspeccionó.
-No es cierto -dijo con voz impasible.
-Ya lo sé. Lo que quería decir es que siempre hay espías por todas partes.
-¿Espías?
-Sí, ya sabes... Humanos malvados que quieren destruir la Estación Lunar 17.
-¿Por qué?
-Porque son unos malvados. Y también quieren acabar contigo, y por eso tienes que quedarte aquí
durante un tiempo para que no puedan encontrarte.
-Pero... Pero he de encontrar mi disinto. He de cumplir con la cuota de trabajo que me han
asignado.
-Lo encontrarás y cumplirás con tu cuota de trabajo -se apresuró a prometerle Payne maldiciendo
entusiásticamente en su fuero interno aquel obtuso cerebro de robot que sólo parecía capaz de
pensar en su cuota de trabajo-. Mañana te enviarán uno. Sí, eso... Mañana mismo tendrás tu
disinto.
Eso le proporcionaría tiempo más que suficiente para ponerse en contacto con la fábrica y hacerse
con un precioso montoncito de billetes de cien dólares.
Pero AL-76 sólo tenía una defensa que oponer a la inquietante presión que ese mundo extraño
que le rodeaba ejercía sobre sus procesos mentales, y la defensa consistía en la tozudez.
-No -dijo-. He de conseguir mi disinto ahora. -Tensó sus articulaciones, y se levantó tan deprisa
que pareció saltar más que incorporarse-. Será mejor que siga buscándolo.
Payne se apresuró a ponerse en pie y sus manos se cerraron sobre el frío y duro metal de un codo.
-Escucha, Al, tienes que quedarte conmigo -dijo.
Y algo hizo clic en la mente del robot. Toda la extrañeza del entorno se concentró en una masa
que reventó de repente. La explosión silenciosa se fue difundiendo por todo el cerebro
positrónico, y cuando se esfumó dejó detrás de ella un cerebro que funcionaba con una eficiencia
asombrosamente aumentada. AL-76 se volvió hacia Payne.
-Le diré lo que vamos a hacer. Puedo construir un disinto aquí mismo.... y cuando lo haya
construido empezaré a utilizarlo.
Payne contempló al robot con expresión dubitativa.
-No creo que sea capaz de construirte un... un disinto -dijo mientras se preguntaba si serviría de
algo fingir que sí podía.
-No se preocupe. -AL-76 casi podía sentir cómo los senderos positrónicos de su cerebro se
alteraban para adaptarse a nuevas pautas, y experimentó una extraña excitación-. Yo puedo
construir uno. -Volvió la cabeza hacia la «perrera de lujo» de Payne-. Dispone de todo el material
que necesito.
Randolph Payne contempló la acumulación de trastos que había dentro de su cabaña: radios
despanzurradas, la parte inferior de una nevera, motores de coche oxidados, una estufa de gas
averiada, varios kilómetros de cables que se retorcían en todas direcciones y muchas cosas más
que, sumadas, componían unas cincuenta toneladas de masa metálica tan vieja y heterogénea que
ni un chatarrero la habría querido.
-¿Tú crees? -preguntó con un hilo de voz.
Dos horas más tarde ocurrieron dos cosas casi simultáneamente. La primera fue que Sam Tobe,
de la filial de Petersboro de la Compañía de Robots y Hombres Mecánicos de los Estados Unidos,
recibió una llamada videofónica de un tal Randolph Payne, de Hannaford. Payne empezó a
hablarle del robot desaparecido, Tobe lanzó un gruñido, cortó la comunicación y ordenó que en lo
sucesivo todas las llamadas relativas a ese asunto fueran pasadas al sexto vicepresidente del
departamento de pelmazos.
Aunque pueda parecerlo, la reacción de Tobe era lógica y explicable. El robot AL-76 había
desaparecido sin dejar rastro, pero durante la última semana la fábrica había recibido llamadas de
todos los Estados Unidos referentes a los movimientos del robot; y Tobe aún recordaba el día en
que hubo catorce llamadas..., procedentes de catorce estados distintos.
Tobe estaba hartísimo y, en realidad, le faltaba muy poco para perder los estribos. Se había
llegado a hablar de una investigación del Congreso, a pesar de que todos los roboticistas, físicos y
matemáticos de mayor reputación del planeta habían coincidido en jurar que el robot era
totalmente inofensivo.
Dado su estado mental, no resulta sorprendente que el administrador general de la fábrica tardara
tres horas en preguntarse cómo era posible que el tal Randolph Payne supiera que el robot estaba
destinado a la Estación Lunar 17 Y, sobre todo, cómo podía saber que el número de serie del
robot era AL-76, ya que la empresa no había divulgado esos detalles.
Tobe siguió pensando en todo aquello durante minuto y medio, y después se puso en acción.
El segundo acontecimiento se produjo durante el período de tres horas transcurrido entre la
llamada y el que Tobe se pusiera en acción. Unos segundos después de que le cortara la
comunicación Randolph Payne ya había repasado todos los posibles motivos que podían explicar
la brusca interrupción de su llamada, había llegado a la conclusión correcta -el administrador de
la fábrica no había creído ni una sola palabra y le había colgado-, y había vuelto a su cabaña con
una cámara. Una foto sería una prueba indiscutible, y Payne no estaba dispuesto a dejarles ver la
mercancía hasta que soltaran el dinero.
AL-76 estaba muy ocupado. La mitad del contenido de la cabaña de Payne se hallaba esparcido a
lo largo y ancho de cinco hectáreas de terreno, y el robot estaba agachado en el centro de aquella
confusión metálica trasteando con piezas de radios, planchas de hierro, hilo de cobre y otros
muchos objetos de lo más diverso. AL-76 no prestó ninguna atención a Payne, y éste se apresuró
a tumbarse en el suelo y enfocó su cámara para obtener una foto lo más nítida posible.
Y justo en aquel momento Lemuel Oliver Cooper apareció por un recodo de la carretera, y lo que
vio hizo que se quedara paralizado. La razón de su presencia allí era que su tostadora de pan
había adquirido la molesta costumbre de lanzar las rebanadas al aire igual que si fueran cohetes
en vez de tostarlas, como era su obligación. La razón de que saliera por piernas no podía ser más
obvia. No hubo testigos de su huida, pero en el improbable supuesto de que el azar hubiera traído
hasta allí al entrenador de un equipo de atletismo éste habría enarcado las cejas y habría hecho
todo lo posible por ficharle.
Cooper apenas disminuyó la velocidad hasta entrar en tromba en la oficina del sheriff Saunders y
apoyarse jadeante en una pared.
Su sombrero y su tostadora habían quedado olvidados en algún punto del trayecto.
Unas manos compasivas lo sostuvieron. Cooper hizo esfuerzos desesperados para hablar durante
el medio minuto que tardó en calmarse lo suficiente como para intentar recuperar el aliento... Y)
naturalmente, no consiguió hacer ninguna de las dos cosas.
Le dieron a beber un poco de whisky y le abanicaron, pero a pesar de todos sus esfuerzos tardó
unos minutos en recuperar el habla.
-Monstruo... -balbuceó cuando por fin consiguió hablar-. Dos metros de alto... Cabaña
destrozada... Pobre Randolph Payne...
Etcétera, etcétera.
Fueron sacándole toda la historia poco a poco. Al parecer había un monstruo metálico de dos
metros o quizá dos metros y medio de altura junto a la cabaña de Payne. Randolph Payne estaba
tendido boca abajo en el suelo -«su cadáver estaba cubierto de sangre y horriblemente
destrozado»-; el monstruo estaba absorto destrozando concienzudamente lo que quedaba de la
cabaña, pero dejó de hacerlo para volverse hacia Lemuel Oliver Cooper, y éste consiguió escapar
por los pelos.
El sheriff Saunders se llevó las manos al cinturón y tiró de él tensándolo alrededor de su
prominente barriga.
-Debe de ser ese hombre máquina que se escapó de la fábrica de Petersboro -dijo-. Recibimos el
aviso el sábado pasado. Eh, Jake, reúne a toda la gente del condado de Hannaford que sepa
disparar y reparte placas de ayudante de sheriff entre ellos. Quiero que estén aquí al mediodía.
Ah, y antes de hacer eso arréglatelas para dejarte caer por casa de la viuda Payne y le das la
noticia de la forma más diplomática que se te ocurra, ¿de acuerdo?
Posteriormente se rumoreó que en cuanto hubo recibido la noticia de lo ocurrido Miranda Payne
se apresuró a comprobar que la póliza del seguro de vida de su esposo estaba a buen recaudo,
emitió unos breves comentarios irritados lamentando que su estupidez le hubiera impedido doblar
el importe de la póliza a pesar de que ella se lo había sugerido muchísimas veces y, finalmente, se
comportó como se espera de cualquier viuda que se respete y prorrumpió en un llanto que partía
el corazón.
Unas cuantas horas más tarde Randolph Payne -quien seguía sin estar al corriente de que todo el
mundo le creía muerto después de haber sufrido horribles mutilaciones-, contempló los negativos
de sus instantáneas con expresión satisfecha. Como serie de retratos de un robot en plena faena
eran irreprochables, y no dejaban absolutamente nada a la imaginación. Las fotos podrían haber
sido exhibidas en cualquier galería de arte, y Payne casi podía ver los letreritos que habría debajo
de cada una: «Robot contemplando una válvula de vacio con expresión pensativa», «Robot
empalmando dos cables», «Robot manejando un destornillador», «Robot despedazando
violentamente una nevera», etcétera.
Ahora sólo le faltaba el trabajo rutinario de hacer las copias. Payne salió de detrás de la cortina de
su improvisado cuarto oscuro, y decidió fumarse una pipa y charlar un rato con AL-76.
Por suerte mientras hacía todo aquello no tenía ni idea de que los bosques vecinos hervían de
granjeros nerviosísimos armados con lo primero que habían encontrado, desde un trabuco que
podía considerarse como una reliquia de la época de las colonias hasta la ametralladora del
sheriff; y tampoco tenía ni idea de que media docena de roboticistas con Sam Tobe al frente iban
a más de doscientos kilómetros por hora por la carretera de Petersboro con el único propósito de
tener el placer y el honor de conocerle.
Los acontecimientos se iban encadenando y volaban hacia un clímax que no tardaría en llegar y,
mientras lo hacían, Randolph Payne lanzó un largo suspiro de satisfacción, encendió un fósforo
rascándolo en el fondillo de sus pantalones, dio unas cuantas chupadas a su pipa y observó a AL-
76 con una sonrisa en los labios.
El hecho de que el robot era algo más que una simple máquina enloquecida resultaba indudable
desde hacía un buen rato. Randolph Payne era todo un experto en chapuzas caseras, y había
llegado a construir unos cuantos artilugios que habrían hecho saltar de las órbitas los ojos de
todos sus vecinos de habérsele ocurrido exhibirlos; pero nunca había concebido nada que se
aproximara ni de lejos a la monstruosidad que AL-76 estaba creando.
Hasta el más eximio inventor autodidacta habría muerto entre convulsiones de envidia nada más
verlo, y si hubiese vivido lo suficiente para echarle una mirada Picasso habría abandonado el arte
con el amargo convencimiento de que había sido vergonzosamente superado. Aquel cacharro
parecía capaz de agriar la leche en las ubres de todas las vacas en un kilómetro a la redonda.
¡Era francamente horrible!
Una gigantesca base de hierro oxidado que apenas recordaba algo que Payne creía haber visto
unido a un tractor viejo sostenía un enloquecido e informe amasijo de cables, ruedas, válvulas y
horrores sin nombre y sin número que parecía haber sido concebido por una mente empapada en
alcohol, y el conjunto se hallaba rematado por un megáfono de aspecto decididamente siniestro.
Payne sintió el deseo de meter la cabeza en el interior del megáfono y echar una ojeada, pero se
contuvo. Había visto artefactos de aspecto mucho más normal que habían estallado con repentina violencia. -Eh, Al -dijo.
El robot estaba boca abajo en el suelo añadiendo una delgada lámina de metal plateado al
artefacto, pero alzó la mirada hacia Payne en cuanto le oyó.
-¿Qué desea, Payne? -¿Qué es esto?
Payne formuló la pregunta en el mismo tono de voz que habría empleado si estuviera
contemplando algo francamente asqueroso en pleno proceso de putrefacción colgado entre dos
palos de tres metros de altura.
-Es el disinto que estoy construyendo para poder empezar a trabajar. Es una mejora del modelo
estándar.
El robot se puso en pie, se sacudió el polvo de las rodillas con una aparatosa serie de crujidos
metálicos y contempló su obra con orgullo.
Payne se estremeció. «¡Una mejora del ... !» Bueno, no le extrañaba que mantuvieran el original
oculto en las cavernas de la Luna. ¡Ah, nuestro pobre y querido satélite! Payne siempre había
querido saber si podía existir algo peor que la muerte. Bien, ahora ya lo sabía.
-¿Y funcionará? -preguntó. -Por supuesto. -¿Cómo lo sabes?
-Tiene que funcionar. Lo he hecho yo, ¿no? Ahora sólo me falta una cosa... ¿Tiene una linterna?
-Supongo que habrá una en algún sitio.
Payne desapareció en el interior de la cabaña y emergió de él casi inmediatamente.
El robot desatornilló un extremo de la linterna y trabajó frenéticamente durante cinco minutos.
-Listo -dijo retrocediendo un paso-. Ahora podré empezar a trabajar. Si quiere puede quedarse a
mirar.
Hubo un silencio durante el que Payne intentó apreciar como se merecía aquella oferta tan
magnánima. -¿Es seguro? -Hasta un bebé podría manejarlo.
-¡Oh! -Payne esbozó una débil sonrisa y se apresuró a refugiarse detrás del árbol más grueso que había en las inmediaciones-. Adelante -dijo-. Confío plenamente en ti.
AL-76 extendió una mano metálica y señaló la pesadillesca montaña de chatarra.
-¡Observe! -dijo.
Sus manos empezaron a moverse velozmente y...
Los granjeros del condado de Hannaford, Virginia, se desplegaron en formación de combate y
avanzaron hacia la cabaña de Payne estrechando lentamente el cerco, y se fueron arrastrando de
un árbol a otro mientras la sangre de sus heroicos antepasados hervía en sus venas y el vello de
sus nucas intentaba despegarse de la piel.
El sheriff Sanders les dio instrucciones.
-Disparad cuando yo dé la señal..., y apuntad a los ojos.
Jacob Linker («Flaco» Jake para sus amigos, y ayudante del sheriff para sí mismo) se le acercó.
-¿No cree que ese hombre máquina quizá se haya ido?
Linker había intentado ocultarlo, pero no pudo impedir que el matiz de esperanza resultara
claramente audible en su voz.
-No -gruñó el sheriff-, me temo que sigue allí. Si se hubiera ido nos habríamos tropezado con él
cuando avanzábamos por entre los árboles, y no le hemos visto.
-Pero todo parece tan espantosamente tranquilo... Y tengo la impresión de que ya estamos muy
cerca de la cabaña de Payne.
No hacía falta que se lo recordaran. El nudo que se había formado en la garganta del sheriff
Saunders era tan descomunal que le obligó a tragar saliva tres veces para hacerlo desaparecer.
-Vuelve a tu puesto -ordenó-, y mantén el dedo sobre el gatillo.
Ya habían llegado al borde del claro. El sheriff Saunders cerró los ojos y movió la cabeza hasta
que el rabillo de uno de ellos asomó por detrás del árbol que estaba usando como refugio. No vio
nada. El sheriff Saunders se quedó inmóvil durante unos momentos y volvió a intentarlo, esta vez abriendo los ojos.
Los resultados fueron mucho más satisfactorios, naturalmente.
El sheriff Saunders vio a un voluminoso hombre máquina vuelto de espaldas a él inclinado sobre
un artefacto tan horrible que te helaba la sangre y te dejaba sin aliento, una máquina espantosa de origen dudoso y finalidad aún más dudosa. Lo único que no vio fue la temblorosa silueta de
Randolph Payne abrazada a un árbol cercano que se encontraba al noroeste del suyo.
El sheriff Saunders salió al claro y alzó su ametralladora. El robot seguía dándole la espalda.
-¡Observe! -dijo AL-76 dirigiéndose a una persona o personas invisibles.
Y un dedo de una mano metálica pulsó un botón justo cuando el sheriff abría la boca
disponiéndose a dar la orden de disparar.
Lo que ocurrió a continuación fue presenciado por setenta testigos, pero a pesar de ello no
contamos con ninguna descripción. Durante los días, meses y años siguientes ni una sola de esas
setenta personas dijo una sola palabra sobre lo que ocurrió durante los segundos que siguieron al
momento en que el sheriff abrió la boca para dar la orden de disparar. Cuando se las interrogaba
al respecto se limitaban a ponerse de un color verde manzana y se alejaban con paso tambaleante.
A pesar de ello, las pruebas circunstanciales permiten deducir que lo que ocurrió fue, más o
menos, esto.
El sheriff Saunders abrió la boca y AL-76 pulsó un botón. El disinto empezó a funcionar y setenta
y cinco árboles, dos granjas, tres vacas y tres cuartas partes de la cima de la colina Duckbill se
desvanecieron dejando tras de sí una atmósfera bastante enrarecida por el polvo. Si se quiere
expresar de una forma más poética, todos esos objetos y seres vivos fueron a parar al sitio en el
que acaban las nieves del año pasado.
La boca del sheriff Saunders siguió abierta durante un período de tiempo imposible de calcular,
pero ni la orden de disparar ni ningún otro sonido brotó de ella. Y entonces...
Y entonces el aire empezó a vibrar, se oyó una especie de rugido ensordecedor y una serie de
zigzags de un vago color purpúreo cruzaron velozmente la atmósfera con la cabaña de Randolph
Payne como origen, y los granjeros que componían aquel ejército improvisado desaparecieron sin
dejar ni rastro.
Oh, sí, después se encontraron varias armas esparcidas por los alrededores -la metralleta modelo
niquelado especial con garantía de tiro ultra-rápido e imposibilidad de encasquillarse del sheriff
entre ellas-, una cincuentena de sombreros, unos cuantos puros y cigarrillos a medio fumar y
algunos otros objetos perdidos aquí y allá.... pero no quedó ni un solo cuerpo humano.
Salvo «Flaco» Jake, ninguno de esos cuerpos volvió a aparecer ante la raza humana hasta que
hubieron pasado tres días, y en el caso de Jake la excepción hay que buscarla en que su huida -tan
veloz que habría ruborizado a un cometa-, fue detenida por la media docena de hombres de la
fábrica de Petersboro que iban avanzando por el bosque a paso de carga moviéndose casi tan
deprisa como él.
Para ser exactos, la cabeza de «Flaco» Jake fue detenida por el estómago de Sam Tobe.
-¿Dónde está la cabaña de Randolph Payne? -preguntó Tobe en cuanto hubo conseguido
recuperar el aliento.
«Flaco» Jake permitió que sus ojos perdieran su brillo vidrioso durante unos segundos.
-Hermano, te aconsejo que te limites a seguir la dirección opuesta a la mía -replicó.
Y se esfumó como por arte de magia. Unos segundos después ya era un puntito cada vez más
pequeño que se alejaba hacia el horizonte moviéndose velozmente por entre los árboles. El
puntito quizá fuera «Flaco» Jake, pero Sam Tobe no se habría atrevido a jurarlo.
El ejército improvisado ya ha desaparecido de escena, pero aún nos queda ocuparnos de
Randolph Payne, cuyas reacciones fueron ligeramente distintas.
Para Randolph Payne los cinco segundos que transcurrieron entre el momento en que AL-76
pulsó el botón y la desaparición de la cima de la colina Duckbill fueron un espacio de tiempo
totalmente en blanco. Cuando empezó tenía la cabeza vuelta hacia la espesa maleza que cubría la
parte inferior de los árboles, y cuando terminó descubrió que estaba agarrado a una rama muy alta
de uno de ellos y que se balanceaba locamente de un lado a otro. El mismo impulso que lanzó al
grupo de ayudantes del sheriff en dirección horizontal le había lanzado en dirección vertical.
En cuanto a si recorrió los quince metros que separaban las raíces de la copa del árbol trepando,
de un salto o volando, jamás consiguió llegar a saberlo y la verdad es que tampoco le importaba
demasiado.
Lo que sí sabía era que todas aquellas propiedades acababan de ser destruidas por un robot que,
aunque sólo de forma temporal, era de su propiedad. Todas las visiones de recompensa se
esfumaron de su mente y fueron sustituidas por pesadillas cuyos horripilantes temas eran los
ciudadanos hostiles, las turbas aullantes dispuestas al linchamiento, los juicios y acusaciones de
asesinato y lo que diría Mirandy Payne en cuanto se enterara ... especialmente lo que diría
Mirandy Payne.
-¡Eh, robot, desmonta ese trasto que has construido! -gritó con voz ronca-. ¿Me oyes?
¡Desmóntalo y destrúyelo inmediatamente! Olvida que yo he tenido algo que ver en este asunto...
No sé quién o qué eres, ¿entiendes? No digas ni una palabra al respecto jamás. Olvídalo todo,
¿me oyes?
Payne no esperaba que sus órdenes sirvieran de nada. Gritarlas había sido un mero acto reflejo,
pero Payne ignoraba que un robot siempre obedece la orden dada por un ser humano salvo
cuando obedecerla supone un peligro para otro ser humano.
Y, en consecuencia, AL-76 destruyó su disinto de forma tan calmada como metódica y volvió a
convertirlo en la chatarra original.
Sam Tobe llegó con sus hombres con el tiempo justo de ver cómo AL-76 aplastaba el último
centímetro cúbico del aparato bajo su pie. Randolph Payne se dio cuenta de que estaba ante los
verdaderos propietarios del robot, por lo que se apresuró a bajar del árbol y puso pies en
polvorosa hacia regiones desconocidas.
Y no esperó a que le dieran su recompensa.
Austin Wilde, ingeniero robótico, se volvió hacia Sam Tobe.
-¿Ha conseguido sacarle algo al robot? -le preguntó.
Tobe meneó la cabeza y lanzó un gruñido.
-Nada, absolutamente nada. Ha olvidado todo lo que ocurrió desde que abandonó la fábrica.
Tiene la mente totalmente en blanco, y la única explicación es que habrá recibido la orden de
olvidarlo todo. ¿Qué demonios sería aquel montón de chatarra con el que estaba trasteando?
-Un montón de chatarra, nada más. Pero antes de que lo hiciera añicos tuvo que ser un disinto, y
me encantaría matar al tipo que le ordenó destruirlo..., sometiéndolo a una buena sesión de
torturas lentas antes, a ser posible. ¡Mire esto!
Estaban a media ladera de lo que había sido la colina Duckbill -para ser exactos, en el punto
exacto del que había sido limpiamente rebanada la cima-, y Wilde puso una mano sobre la
superficie perfectamente lisa que interrumpía la aglomeración de tierra y rocas.
-¡Menudo disinto! -exclamó-. Arrancó limpiamente la cima de su base.
-¿Qué lo impulsaría a construirlo?
Wilde se encogió de hombros.
-No lo sé. Algún factor del entorno... No hay ninguna forma de averiguarlo. Su cerebro
positrónico adaptado a la Luna debió de reaccionar impulsándolo a construir un disinto con toda
esa chatarra. El robot lo ha olvidado todo, y me temo que sólo existe una probabilidad entre mil
millones de que podamos volver a encontrar ese factor. Nunca volveremos a ver un disinto como
ése.
-No importa. Lo importante es que hemos recuperado el robot.
-Y un cuerno. -La voz de Wilde no podía sonar más triste y abatida-. ¿Ha tenido algún tipo de
contacto con los disintos en la Luna? Tragan una endiablada cantidad de energía, al igual que
todos los trastos electrónicos, y no pueden ponerse en marcha hasta que les has proporcionado
más de un millón de voltios de carga inicial. Pero este disinto no se parecía en nada a los de la
Luna. He examinado toda esa chatarra con el microscopio y... Bueno, ¿quiere saber cuál es la
única fuente de energía que he conseguido descubrir?
-Sí, claro. ¿Cuál?
- ¡Ni más ni menos que esto! Y nunca llegaremos a saber cómo se las arregló...
Y Austin Wilde le alargó la fuente de energía gracias a la que un disinto había conseguido
rebanar limpiamente la cima de una colina en medio segundo... ¡Dos pilas de linterna!

EL EXTRAÑO --- H. P. LOVECRAFT

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ESTA DIRECCION DE ARRIBA, ES UN FORO OSCURO, QUE ESTAMOS INTENTANDO ABRIR, ESTA ABIERTO, LA GENTE ENTRA, PERO... NO DICE NADA, ESTAN CORTAICOS, DIGO YO, O ABRA QUE MOTIVARLOS DE ALGUNA MANERA, ESTAIS TODOS INVITADOS, TODOS TENEMOS UN SITIO EN EL PISITO, Y SI ALGUIEN SUPIERA ALGO DE  CONFIGURACION DE FOROS, BUENO, NO LE DOY UN BESO, PORQUE SOY UN TIO, BUENO, SI FUERA UNA LADY..., QUE ESTAIS INVITADOS, HABER QUE PASA...

ATENTAMENTE                                   SNAKE

 

 

EL EXTRAÑO --- H. P. LOVECRAFT <--------enlace

H. P. Lovecraft
El extraño



_
Infeliz es aquél a quien sus recuerdos infantiles sólo traen miedo y tristeza. Desgraciado aquél que vuelve la mirada hacia horas solitarias en bastos y lúgubres recintos de cortinados marrones y alucinantes hileras de antiguos volúmenes, o hacia pavorosas vigilias a la sombra de árboles descomunales y grotescos, cargados de enredaderas, que agitan silenciosamente en las alturas sus ramas retorcidas. Tal es lo que los dioses me destinaron... a mí, el aturdido, el frustrado, el estéril, el arruinado y sin embargo, me siento extrañamente satisfecho y me aferro con desesperación a esos recuerdos marchitos cada vez que mi mente amenaza con ir más allá, hacia el otro. No sé dónde nací, salvo que el castillo era infinitamente horrible, lleno de pasadizos oscuros y con altos cielos rasos donde la mirada sólo hallaba telarañas y sombras. Las piedras de los agrietados corredores estaban siempre odiosamente húmedas y por doquier se percibía un olor maldito, como de pilas de cadáveres de generaciones muertas. Jamás había luz, por lo que solía encender velas y quedarme mirándolas fijamente en busca de alivio; tampoco afuera brillaba el sol, ya que esas terribles arboledas se elevaban por encima de la torre más alta. Una sola, una torre negra, sobrepasaba el ramaje y salía al cielo abierto y desconocido, pero estaba casi en ruinas y sólo se podía ascender a ella por un escarpado muro poco menos que imposible de escalar.
Debo haber vivido años en ese lugar, pero no puedo medir el tiempo. Seres vivos debieron haber atendido a mis necesidades, y sin embargo no puedo rememorar a persona alguna excepto yo mismo, ni ninguna cosa viviente salvo ratas, murciélagos y arañas, silenciosos todos. Supongo que, quienquiera me haya cuidado, debió haber sido asombrosamente viejo, puesto que mi primera representación mental de una persona viva fue la de algo semejante a mí, pero retorcido, marchito y deteriorado como el castillo. Para mí no tenían nada de grotescos los huesos y los esqueletos esparcidos por las criptas de piedra cavadas en las profundidades de los cimientos. En mi fantasía asociaba estas cosas con los hechos cotidianos y los hallaba más reales que las figuras en colores de seres vivos que veía en muchos libros mohosos. En esos libros aprendí todo lo que sé. Maestro alguno me urgió o me guió, y no recuerdo haber escuchado en todos esos años voces humanas..., ni siquiera la mía; ya que, si bien había leído acerca de la palabra hablada nunca se me ocurrió hablar en voz alta. Mi aspecto era asimismo una cuestión ajena a mi mente, ya que no había espejos en el castillo y me limitaba, por instinto, a verme como un semejante de las figuras juveniles que veía dibujadas o pintadas en los libros. Tenía conciencia de la juventud a causa de lo poco que recordaba.
Afuera, tendido en el pútrido foso, bajo los árboles tenebrosos y mudos, solía pasarme horas enteras soñando lo que había leído en los libros; añoraba verme entre gentes alegres, en el mundo soleado allende de la floresta interminable. Una vez traté de escapar del bosque, pero a medida que me alejaba del castillo las sombras se hacían más densas y el aire más impregnado de crecientes temores, de modo que eché a correr frenéticamente por el camino andado, no fuera a extraviarme en un laberinto de lúgubre silencio. Y así, a través de crepúsculos sin fin, soñaba y esperaba, aún cuando no supiera qué. Hasta que en mi negra soledad, el deseo de luz se hizo tan frenético que ya no pude permanecer inactivo y mis manos suplicantes se elevaron hacia esa única torre en ruinas que por encima de la arboleda se hundía en el cielo exterior e ignoto. Y por fin resolví escalar la torre, aunque me cayera; ya que mejor era vislumbrar un instante el cielo y perecer, que vivir sin haber contemplado jamás el día. A la húmeda luz crepuscular subí los vetustos peldaños de piedra hasta llegar al nivel donde se interrumpían, y de allí en adelante, trepando por pequeñas entrantes donde apenas cabía un pie, seguí mi peligrosa ascensión. Horrendo y pavoroso era aquel cilindro rocoso, inerte y sin peldaños; negro, ruinoso y solitario, siniestro con su mudo aleteo de espantados murciélagos. Pero más horrenda aún era la lentitud de mi avance, ya que por más que trepase, las tinieblas que me envolvían no se disipaban y un frío nuevo, como de moho venerable y embrujado, me invadió. Tiritando de frío me preguntaba por qué no llegaba a la claridad, y, de haberme atrevido, habría mirado hacia abajo. Antojóseme que la noche había caído de pronto sobre mí y en vano tanteé con la mano libre en busca del antepecho de alguna ventana por la cual espiar hacia afuera y arriba y calcular a qué altura me encontraba. De pronto, al cabo de una interminable y espantosa ascensión a ciegas por aquel precipicio cóncavo y desesperado, sentí que la cabeza tocaba algo sólido; supe entonces que debía haber ganado la terraza o, cuando menos, alguna clase de piso. Alcé la mano libre y, en la oscuridad, palpé un obstáculo, descubriendo que era de piedra e inamovible. Luego vino un mortal rodeo a la torre, aferrándome de cualquier soporte que su viscosa pared pudiera ofrecer; hasta que finalmente mi mano, tanteando siempre, halló un punto donde la valla cedía y reanudé la marcha hacia arriba, empujando la losa o puerta con la cabeza, ya que utilizaba ambas manos en mi cauteloso avance. Arriba no apareció luz alguna y, a medida que mis manos iban más y más alto, supe que por el momento mi ascensión había terminado, ya que la puerta daba a una abertura que conducía a una superficie plana de piedra, de mayor circunferencia que la torre inferior, sin duda el piso de alguna elevada y espaciosa cámara de observación. Me deslicé sigilosamente por el recinto tratando que la pesada losa no volviera a su lugar, pero fracasé en mi intento. Mientras yacía exhausto sobre el piso de piedra, oí el alucinante eco de su caída, pero con todo tuve la esperanza de volver a levantarla cuando fuese necesario.
Creyéndome ya a una altura prodigiosa, muy por encima de las odiadas ramas del bosque, me incorporé fatigosamente y tanteé la pared en busca de alguna ventana que me permitiese mirar por vez primera el cielo y esa luna y esas estrellas sobre las que había leído. Pero ambas manos me decepcionaron, ya que todo cuanto hallé fueron amplias estanterías de mármol cubiertas de aborrecibles cajas oblongas de inquietante dimensión. Más reflexionaba y más me preguntaba qué extraños secretos podía albergar aquel alto recinto construido a tan inmensa distancia del castillo subyacente. De pronto mis manos tropezaron inesperadamente con el marco de una puerta, del cual colgaba una plancha de piedra de superficie rugosa a causa de las extrañas incisiones que la cubrían. La puerta estaba cerrada, pero haciendo un supremo esfuerzo superé todos los obstáculos y la abrí hacia adentro. Hecho esto, invadióme el éxtasis más puro jamás conocido; a través de una ornamentada verja de hierro, y en el extremo de una corta escalinata de piedra que ascendía desde la puerta recién descubierta, brillando plácidamente en todo su esplendor estaba la luna llena, a la que nunca había visto antes, salvo en sueños y en vagas visiones que no me atrevía a llamar recuerdos. Seguro ahora de que había alcanzado la cima del castillo, subí rápidamente los pocos peldaños que me separaban de la verja; pero en eso una nube tapó la luna haciéndome tropezar, y en la oscuridad tuve que avanzar con mayor lentitud. Estaba todavía muy oscuro cuando llegué a la verja, que hallé abierta tras un cuidadoso examen pero que no quise trasponer por temor de precipitarme desde la increíble altura que había alcanzado. Luego volvió a salir la luna.
De todos los impactos imaginables, ninguno tan demoníaco como el de lo insondable y grotescamente inconcebible. Nada de lo soportado antes podía compararse al terror de lo que ahora estaba viendo; de las extraordinarias maravillas que el espectáculo implicaba. El panorama en sí era tan simple como asombroso, ya que consistía meramente en esto: en lugar de una impresionante perspectiva de copas de árboles vistas desde una altura imponente, extendíase a mi alrededor, al mismo nivel de la verja, nada menos que la tierra firme, separada en compartimentos diversos por medio de lajas de mármol y columnas, y sombreada por una antigua iglesia de piedra cuyo devastado capitel brillaba fantasmagóricamente a la luz de la luna. Medio inconsciente, abrí la verja y avancé bamboleándome por la senda de grava blanca que se extendía en dos direcciones. Por aturdida y caótica que estuviera mi mente, persistía en ella ese frenético anhelo de luz, ni siquiera el pasmoso descubrimiento de momentos antes podía detenerme. No sabía, ni me importaba, si mi experiencia era locura, enajenación o magia, pero estaba resuelto a ir en pos de luminosidad y alegría a toda costa. No sabía quién o qué era yo, ni cuáles podían ser mi ámbito y mis circunstancias; sin embargo, a medida que proseguía mi tambaleante marcha, se insinuaba en mí una especie de tímido recuerdo latente que hacía mi avance no del todo fortuito, sin rumbo fijo por campo abierto; unas veces sin perder de vista el camino, otras abandonándolo para internarme, lleno de curiosidad, por praderas en las que sólo alguna ruina ocasional revelaba la presencia, en tiempos remotos, de una senda olvidada. En un momento dado tuve que cruzar a nado un rápido río cuyos restos de mampostería agrietada y mohosa hablaban de un puente mucho tiempo atrás desaparecido.
Habían transcurrido más de dos horas cuando llegué a lo que aparentemente era mi meta: un venerable castillo cubierto de hiedras, enclavado en un gran parque de espesa arboleda, de alucinante familiaridad para mí, y sin embargo lleno de intrigantes novedades. Vi que el foso había sido rellenado y que varias de las torres que yo bien conocía estaban demolidas, al mismo tiempo que se erguían nuevas alas que confundían al espectador. Pero lo que observé con el máximo interés y deleite fueron las ventanas abiertas, inundadas de esplendorosa claridad y que enviaban al exterior ecos de la más alegre de las francachelas.
Adelantándome hacia una de ellas, miré el interior y vi un grupo de personas extrañamente vestidas, que departían entre sí con gran jarana. Como jamás había oído la voz humana, apenas sí podía adivinar vagamente lo que decían. Algunas caras tenían expresiones que despertaban en mí remotísimos recuerdos; otras me eran absolutamente ajenas. Salté por la ventana y me introduje en la habitación, brillantemente iluminada, a la vez que mi mente saltaba del único instante de esperanza al más negro de los desalientos. La pesadilla no tardó en venir, ya que, no bien entré, se produjo una de las más aterradoras reacciones que hubiera podido concebir. No había terminado de cruzar el umbral cuando cundió entre todos los presentes un inesperado y súbito pavor, de horrible intensidad, que distorsionaba los rostros y arrancaba de todas las gargantas los chillidos más espantosos. El desbande fue general, y en medio del griterío y del pánico varios sufrieron desmayos, siendo arrastrados por los que huían enloquecidos. Muchos se taparon los ojos con las manos y corrían a ciegas llevándose todo por delante, derribando los muebles y dándose contra las paredes en su desesperado intento de ganar alguna de las numerosas puertas.
Solo y aturdido en el brillante recinto, escuchando los ecos cada vez más apagados de aquellos espeluznantes gritos, comencé a temblar pensando qué podía ser aquello que me acechaba sin que yo lo viera. A primera vista el lugar parecía vacío, pero cuando me dirigí a una de las alcobas creí detectar una presencia... un amago de movimiento del otro lado del arco dorado que conducía a otra habitación, similar a la primera. A medida que me aproximaba a la arcada comencé a percibir la presencia con más nitidez; y luego, con el primero y último sonido que jamás emití -un aullido horrendo que me repugnó casi tanto como su morbosa causa-, contemplé en toda su horrible intensidad el inconcebible, indescriptible, inenarrable monstruo que, por obra de su mera aparición, había convertido una alegre reunión en una horda de delirantes fugitivos.
No puedo siquiera decir aproximadamente a qué se parecía, pues era un compuesto de todo lo que es impuro, pavoroso, indeseado, anormal y detestable. Era una fantasmagórica sombra de podredumbre, decrepitud y desolación; la pútrida y viscosa imagen de lo dañino; la atroz desnudez de algo que la tierra misericordiosa debería ocultar por siempre jamás. Dios sabe que no era de este mundo -o al menos había dejado de serlo-, y sin embargo, con enorme horror de mi parte, pude ver en sus rasgos carcomidos, con huesos que se entreveían, una repulsiva y lejana reminiscencia de formas humanas; y en sus enmohecidas y destrozadas ropas, una indecible cualidad que me estremecía más aún.
Estaba casi paralizado, pero no tanto como para no hacer un débil esfuerzo hacia la salvación: un tropezón hacia atrás que no pudo romper el hechizo en que me tenía apresado el monstruo sin voz y sin nombre. Mis ojos, embrujados por aquellos asqueantes ojos vítreos que los miraba fijamente, se negaba a cerrarse, si bien el terrible objeto, tras el primer impacto, se veía ahora más confuso. Traté de levantar la mano y disipar la visión, pero estaba tan anonadado que el brazo no respondió por entero a mi voluntad. Sin embargo, el intento fue suficiente como para alterar mi equilibrio y, bamboleándome, di unos pasos hacia adelante para no caer. Al hacerlo adquirí de pronto la angustiosa noción de la proximidad de la cosa, cuya inmunda respiración tenía casi la impresión de oír. Poco menos que enloquecido, pude no obstante adelantar una mano para detener a la fétida imagen, que se acercaba más y más, cuando de pronto, mis dedos tocaron la extremidad putrefacta que el monstruo extendía por debajo del arco dorado.
No chillé, pero todos los satánicos vampiros que cabalgan en el viento de la noche lo hicieron por mí, a la vez que dejaron caer en mi mente una avalancha de anonadantes recuerdos. Supe en ese mismo instante todo lo ocurrido; recordé hasta más allá del terrorífico castillo y sus árboles; reconocí el edificio en el cual me hallaba; reconocí, lo más terrible, la impía abominación que se erguía ante mí, mirándome de soslayo mientras apartaba de los suyos mis dedos manchados. Pero en el cosmos existe el bálsamo además de la amargura, y ese bálsamo es el olvido. En el supremo horror de ese instante olvidé lo que me había espantado y el estallido del recuerdo se desvaneció en un caos de reiteradas imágenes. Como entre sueños, salí de aquel edificio fantasmal y execrado y eché a correr rauda y silenciosamente a la luz de la luna. Cuando retorné al mausoleo de mármol y descendí los peldaños, encontré que no podía mover la trampa de piedra; pero no lo lamenté, ya que había llegado a odiar el viejo castillo y sus árboles. Ahora cabalgo junto a los fantasmas, burlones y cordiales, al viento de la noche, y durante el día juego entre las catacumbas de Nefre-Ka, en el recóndito y desconocido valle de Hadoth, a orillas del Nilo. Sé que la luz no es para mí, salvo la luz de la luna sobre las tumbas de roca de Neb, como tampoco es para mí la alegría, salvo las innominadas fiestas de Nitokris bajo la Gran Pirámide; y sin embargo en mi nueva y salvaje libertad, agradezco casi la amargura de la alienación.
Pues aunque el olvido me ha dado la calma, no por eso ignoro que soy un extranjero; un extraño a este siglo y a todos los que aún son hombres. Esto es lo que supe desde que extendí mis dedos hacia esa cosa abominable surgida en aquel gran marco dorado; desde que extendí mis dedos y toqué una fría e inexorable superficie de pulido espejo.

 

 

sir snake peter punk

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