AMOR -- UN FRACASO -- GUY DE MAUPASSANT

AMOR -- UN FRACASO -- GUY DE MAUPASSANT

AMOR -- UN FRACASO -- GUY DE MAUPASSANT
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UN FRACASO


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Iba yo a Torino, atravesando la isla de Córcega.
En Niza tomé pasaje para Bastia, y en cuanto el vapor se hizo a la mar, descubrí, sentada en el puente, una mujer muy bonita, muy modesta, cuyos ojos miraban a lo lejos, y me dije: «Ya tengo distracción durante la travesía.»
Me instalé frente a ella, contemplándola y preguntándome todo lo que debemos preguntarnos en presencia de una desconocida que nos interesa: su estado, su edad y su carácter. Luego, de lo que se ve, se deduce lo que no se ve. Sondamos con los ojos con el pensamiento la figura de lo que aparece sujeto por el corsé y de lo que se cubre con el vestido. Se nota la esbeltez del busto si está sentada y se procura verla el tobillo; se observan las condiciones de sus manos, que revelarán la dulzura de sus caricias, la forma de las orejas, que indica el origen mejor que una partida de bautismo, en la cual es fácil mentir. Se hace lo posible para oír su voz, cuyas entonaciones descubrirán las tendencias de su alma, en tanto que sus frases nos dan idea de su ingenio. El timbre de la voz y todos los matices de las palabras denuncian, a un observador experimentado, toda la contextura sentimental de un carácter, porque siempre hay conexiones, aunque sea muy difícil precisarlas, entre la idea y la función que la exterioriza.
Yo contemplaba detenidamente a mi compañera de viaje, procurando advertir síntomas favorables y analizando sus gestos, con la esperanza de que me la revelaran sus actitudes.
Abrió un saquito de viaje y sacó un periódico. Me froté las manos de gusto. «Dime lo que lees y te diré lo que piensas.»
Comenzó por el articulo de entrada con expresión curiosa y satisfecha. El título del diario me saltó a los ojos: L’echo de Paris. Quedé perplejo. Ella leía, sonriendo, una crónica de Scholl. ¡Diablo! Sin duda no era gazmoña y mostraba gusto por el ingenio cultivado, la malicia intencionada, la sal y hasta un poquito de pimienta. «¡Bravo!», pensé; revela su lectura un temperamento franco y expansivo. ¿Si fuese también algo sentimental?
Para tocar este resorte, acercándome a ella lo más posible, me puse a hojear un tomo de poesías que llevaba conmigo: La canción de amor, por Félix Frank.
Noté que había leído el rótulo de la cubierta en un parpadeo rápido, como un pajarito coge al vuelo una mosca. Muchos viajeros pasaron por delante de nosotros para mirarla; pero, al parecer ella se abstraía en su lectura por completo. Al terminar, dejó el periódico, y aprovechando la oportunidad, le dije:
!Me permite usted que lo vea, señora?
—Con mucho gusto — contestó, alargándome la hoja impresa.
—Si la distrajesen estas poesías, las pongo a su disposición.
—¿Es cosa divertida?
Me desconcertó bastante aquella pregunta, refiriéndose a un volumen de versos amorosos. Luego contesté:
—Mejor que divertida es la lectura que ofrezco; la juzgo encantadora, delicada, emocional.
—Déme usted.
Cogió el libro, y mientras recorría varias hojas con cierta expresión de sorpresa, comprendí que no tenía costumbre de leer versos.
A veces parecía conmoverse o sonreía, pero de otra manera que ante la crónica de Aureliano Scholl.
De pronto, le pregunté:
—¿Le gusta?
—Si—me contestó—; pero me gustan más las cosas alegres; no me atrae lo sentimental.
Ya teníamos conversación. Supe que la viajera estaba casada con un capitán de dragones, de guarnición en Ajaccio, y que iba entonces a reunirse con su marido. De sus palabras deduje que no le quería con mucho entusiasmo. Le quería, sí, pero de cierto modo; como quiere una mujer al hombre que no supo despertar en su corazón grandes ilusiones durante su luna de miel. La había paseado de guarnición en guarnición, de pueblo en pueblo, todos aburridos, muy aburridos. Por fin la reclamaba desde la isla, que debería de ser lúgubre. No; la vida no es alegre para todos. Hubiera preferido quedarse con sus padres en Lyón, porque allí trataba a mucha gente. Pero era forzoso ir a Córcega. El ministro nunca procuraba servir al capitán, y eso que tenía éste una brillante hoja de servicios.
Hablamos de las residencias que refería.
—¿Le gusta París?—pregunté.
—¡Oh! ¡Si me gusta Paris! Caballero, ¿es posible que me haga usted semejante pregunta?
Y me habló de Paris con tal entusiasmo, con tal frenesí, con tal ansia, que pensé: «Ya tengo el resorte que me conviene tocar.» Adoraba a París desde lejos, deseándolo, enloqueciendo por su brillo, con hambre, con fiebre, con pasión delirante de provinciana, con impaciencia loca de pájaro enjaulado que descubre, a través de los hierros, el bosque frondoso bañado por el sol.
Me hizo mil preguntas palpitantes, apresuradas; quería enterarse de todo, averiguarlo todo en cinco minutos. Conocía los nombres de todas las celebridades y de muchas personas que nunca oí nombrar.
—¿Cómo es Gounod? ¿Y Sarou? ¡Ah! Caballero, ¡cuánto me gustan las obras de Sardou! Siempre tan ingenioso, tan vivo, tan interesante! ¡Cada vez que veo representar una obra de Sarou, sueño en sus complicaciones durante muchos días. Leí también un libro de Daudet que me gustó lucho: Safo. ¿Usted lo ha leído? Es un guapo mozo Daudet? ¿Usted le conoce? Y Zola, ¿cómo es? ¡Con su Germinal me hizo llorar! Recuerda usted al pobre niño que muere a oscuras? ¡Qué terrible! Me impresionó tanto, que me sentí enferma. No, eso no hace reír. También he leído un libro de Bourget: Cruel enigma, y a mi prima le hizo tal impresión esa novela, que hasta escribió a Bourget. Me gusta, pero me parece de sobra poético: prefiero aventuras alegres. ¿Conoce usted a Grévin? ¿Y a Coquelín? ¿Y a Damalá? ¿Y a Rochefort? ¡Dicen que tiene mucho ingenio! ¿Y a Cassagnac? Según parece, se desafía diariamente…
***

Al cabo de una hora se iban agotando sus preguntas, y habiendo satisfecho su curiosidad ansiosa, pude hablarla de lo que me convenía.
Conté historias y amoríos del mundo parisiense, del gran mundo. Me escuchaba muy atentamente, con toda su alma. ¡Oh! Debió de adquirir una idea muy lúcida ¡y exacta! de las hermosas damas, de las ilustres damas de Paris. Todo eran aventuras galantes, citas, rápidos triunfos y derrotas apasionadas. Me preguntaba ella de cuando en cuando:
—¿Así es el gran mundo?
Sonriendo maliciosamente, yo contestaba:
—Es como digo, y solamente las humildes burguesas que se aburren arrastrando vida monótona por melindres virtuosos, por una virtud que nadie las agradece...
Y comencé a fustigar las domésticas virtudes con reflexiones filosóficas, ironías punzantes y ligeras burlas. Hice mofa, descaradamente, de las pobres necias que van envejeciendo sin haber sentido lo bueno, lo dulce, lo escabroso, lo galante; sin haber saboreado las delicias de los besos furtivos, profundos, ardientes; y todo por estar casadas con un hombre receloso y estúpido, cuya reserva en las caricias conyugales priva injustamente a una criatura de toda sensualidad refinada y de todo sentimentalismo elegante.
Luego reforzaba mis reflexiones con el relato de nuevas aventuras. Cuentos de gabinetes particulares, intrigas que yo suponía propaladas en todo el universo. Y como estribillo, colocaba siempre un elogio entusiástico del amor brusco y secreto, de la sensación robada, como un fruto prohibido recogido por sorpresa, de paso...
La noche cerraba, una tranquila y calurosa noche, y el buque se deslizaba estremecido por la máquina, sobre un mar oscuro, bajo un cielo estrellado.
La mujer callaba, respirando lentamente y dejando escapar algún suspiro. De pronto se levantó, diciéndome:
—Ya es hora de acostarme; buenas noches.
Y me ofreció la mano.
Yo sabia que a la tarde siguiente debía tomar la diligencia que va de Bastia a Ajaccio, a través de las montañas, hasta el amanecer.
—Buenas noches—respondí, estrechando sus dedos entre los míos.
Y bajé a mi camarote.
Por la mañana tomé los tres asientos de berlina para mi solo; y cuando al anochecer me dirigí hacia el viejo coche que debía conducirnos, el mayoral me preguntó si tendría inconveniente alguno en ceder un asiento a una señora.
Dije bruscamente:
—¿A qué señora?
Y el mayoral contestó:
—A la señora de un capitán de Ajaccio.
—Dígale que puede contar con lo que desea.
Llegó la mujer, diciendo que habla dormido todo el día. Disculpó su descuido, me dio las gracias y entró en la berlina.
La cual era una especie de cajón herméticamente cerrado, que sólo tenia cristal en las dos portezuelas. Ya estábamos allí juntos y solos. Arrancaron los caballos al trote largo. Pronto nos vimos en la montaña. Un perfume fresco de hierbas aromáticas entraba por las ventanillas, ese perfume propio de la isla de Córcega, que los marinos reconocen a larga distancia; emanaciones penetrantes como los olores de un cuerpo, como el sudor de la tierra verde, que un ardiente sol evapora y el viento arrastra.
Volví a referirle cosas de Paris y ella volvió a escucharme con atención calenturienta. Mis narraciones eran cada vez más atrevidas y más desnudas, abundando en frases intencionadas y pérfidas, en esas frases que encienden la sangre.
Cerró la noche. Yo no veía nada, ni siquiera el óvalo blanquecino que hasta entonces revelaba el rostro de la mujer. Solamente aparecían, a los resplandores del farol de la diligencia, los cuatro caballos ganando al paso el repecho.
De cuando en cuando, el rumor de un torrente llegaba confundido con el cascabeleo de las guarniciones; luego se perdía, quedando atrás, cada vez más lejos de nosotros.
Adelanté con mucho tiento un pie, aproximándolo a mi compañera, que no retiró el suyo. Estuve un rato inmóvil, en acecho, y de pronto, cambiando el registro, empecé a insinuarme con palabras afectuosas y tiernas. Mi mano encontró la suya. La cogí dulcemente, y ella no la retiró. Seguí hablando casi a su oído, muy cerca de su boca. Yo sentía palpitar su corazón contra mi pecho; palpitaba con rudos golpes; buena señal. Entonces, con mucha suavidad, puse mis labios en su cuello, seguro de mi conquista, de tal modo seguro, que hubiese apostado cualquier cosa.
Pero ella, sacudiéndose como si despertara, me rechazó. Y Antes que me diese cuenta de nada, recibí una porción de arañazos y una lluvia de golpes rápidos, en todas direcciones; la oscuridad que nos envolvía me hizo imposible cubrirme y evitarlos.
Extendí los brazos, procurando vanamente aprisionar los suyos. Luego, no sabiendo ya qué hacer, me volví, escondiendo la cabeza, presentando solamente la espalda, que recibía su furioso ataque. Ella debió de comprender esta maniobra desesperada y suspendió la paliza.
Recogiéndose luego en su rincón, estuvo llorando más de una hora.
Yo me sentía inquieto y avergonzado. Hubiera querido hablar; pero ¿qué decir entonces? Nada me parecía oportuno. ¿Excusas? No; resultaban del todo necias. En semejante situación se imponía el silencio.
Lloraba la mujer, lanzando suspiros profundos que me conmovían y me desconcertaban. Tuve tentaciones de prodigarle consuelos, acariciándola tiernamente como a los niños, o pidiéndole perdón a sus pies de rodillas. Pero no me atreví.
¡Son estúpidas tales situaciones!
Al fin se calmó, y quedamos cada uno en nuestro rinconcito, inmóviles y mudos, mientras avanzaba el coche, deteniéndose de cuando en cuando para los relevos. Al penetrar en la berlina un reflejo de faroles de las cuadras, cerrábamos los ojos para no mirarnos. Otra vez la diligencia en marcha, el aire fresco y oloroso del campo nos acariciaba las mejillas y los labios, embriagándome como el vino.
¡Caramba! ¡Qué viajecito si mi compañera se hubiese mostrado menos simple!
Amanecía. Los primeros reflejos de la aurora entraron en la berlina. Miré a la mujer, que fingía dormir. Luego el sol, apareciendo sobre las montañas, inundó pronto de resplandores un golfo inmenso, todo azul, rodeado por cumbres enormes y crestas de granito. Al extremo del golfo una ciudad blanca se extendía delante de nosotros.
Mi compañera, fingiendo entonces despertar, abrió los ojos, encendidos por el llanto; abrió la también la boca, se estremeció, se ruborizó y balbució:
—¿Llegaremos pronto?
—Muy pronto; falta menos de una hora.
Mirando a lo lejos, dijo:
—Es muy fatigoso pasar en diligencia toda una noche.
— ¡ Oh! Sí; los riñones duelen.
—Y más fatigoso aún después de una travesía.
—¡Oh! ¡Sí!
—¿Es Ajaccio aquel pueblo qué se descubre?
—Sí; es Ajaccio.
—Quisiera que llegásemos cuanto antes.
—Me lo explico.
El timbre de su voz revelaba cierta inquietud; evitando que se cruzara con la mía su mirada, se sentía molesta. Sin embargo, nada permitía suponer que recordase lo sucedido.
Yo la admiraba. ¡Qué diplomacia instintiva tienen las mujeres!
Llegamos, en efecto, al cabo de una hora. Un gallardo mozo vestido de uniforme, un hércules, erguido junto al parador, agitaba un pañuelo al acercarse la diligencia.
Mi compañera se lanzó en sus brazos, y dándole muchos besos, repetía:
—¿Cómo estás? ¡Cuánto deseaba verme cerca de ti!
Bajaron de la imperial mi maleta y cuando ya me iba discretamente, la mujer me llamó:
—¡Ah! ¡Caballero! ¿Se marcha sin despedirse?
Murmuré:
— Señora, por no distraerla de sus alegrías.
Ella dijo a su esposo:
—Da las gracias a este caballero; ha estado muy obsequioso conmigo durante nuestro viaje. Me ha cedido un asiento en la berlina. Da gusto encontrar compañeros tan amables.
El capitán me oprimió la mano, agradeciéndome con toda su alma tantas atenciones.
La mujer sonreía mirándonos...
Yo, sin duda, puse cara de imbécil en aquel momento.

HIJOS Y SUICIDIOS -- YVELINE SAMORIS -- GUY DE MAUPASSANT

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HIJOS Y SUICIDIOS -- YVELINE SAMORIS -- GUY DE MAUPASSANT

YVELINE SAMORIS

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La condesa de Samoris.
—¿Esa señora de negro, allá lejos?
—La misma, lleva luto por su hija, a quien mató.
— ¡Vamos! ¿Qué me cuenta?
—Una historia muy simple, sin crimen y sin violencias.
—¿Qué pasó, pues?
—Casi nada. Dicen que muchas cortesanas nacieron para ser mujeres honestas; y muchas mujeres llamadas honestas, para ser cortesanas, ¿no? Pues la señora de Samoris, nacida cortesana, tenía una hija nacida mujer honesta, y eso es todo.
—No lo entiendo bien.
—Me explicaré.

* * *


La condesa de Samoris es una de esas extranjeras de pacotilla que llueven a cientos sobre París, todos los años. Condesa húngara o polaca, o no sé qué, apareció un invierno en un piso de los Campos Elíseos, ese barrio de las aventureras, y abrió sus salones al primero que llegara.
Yo iba allí. ¿Por qué?, me dirá usted. No lo sé demasiado bien. Iba como vamos todos, porque se juega, porque las mujeres son fáciles y los hombres indecentes. Ya conoce usted ese mundo de filibusteros con condecoraciones variadas, todos nobles, todos con títulos, todos desconocidos en las embajadas, con excepción de los espías. Todos hablan del honor a troche y moche, citan sus antepasados, cuentan su vida, fanfarrones, mentirosos, tramposos, peligrosos como sus naipes, engañosos como sus apellidos, la aristocracia del presidio, en fin.
Adoro a esa gente. Son interesantes de estudiar, interesantes de conocer, divertidos de oír, a menudo ingeniosos, jamás triviales como funcionarios públicos. Sus mujeres son siempre bonitas, con un leve sabor de pillería extranjera, con el misterio de su existencia transcurrida acaso a medias en un correccional. Tienen en general ojos soberbios y un pelo inverosímil. Las adoro también.
La señora de Samoris es el prototipo de esas aventureras: elegante, madura y todavía guapa, encantadora y felina, se la nota viciosa hasta la médula. Nos divertíamos mucho en su casa, jugábamos, bailábamos, cenábamos a altas horas...; en fin, hacíamos todo cuanto constituye los placeres de la vida mundana.
Y tenía una hija, alta, espléndida, siempre alegre, siempre poropensa a las fiestas, siempre riendo a todo reír y bailando hasta reventar. Una auténtica hija de aventurera. Pero una inocente, una ignorante, una ingenua, que no veía nada, no sabía nada, no entendía nada, no adivinaba nada de cuanto pasaba en la casa paterna (1)
—¿Cómo lo sabe usted?»
—¿Cómo lo sé? Es de lo más gracioso. Llaman una mañana a mi casa, y mi ayuda de cámara viene a avisarme de que don Joseph Bonenthal pregunta por mí. Digo al punto:
—¿Quién es ese señor?
Mi servidor respondió:
—No lo sé muy bien, señor, quizás se trate de un doméstico.
Era un doméstico, en efecto, que quería entrar en mi casa.
«¿De dónde sale usted?
—De casa de la señora condesa de Samoris.
—¡Ah! Pero mi casa no se parece en nada a la suya.
—Lo sé perfectamente, señor, y por eso quisiera entrar en la casa de usted; estoy harto de esa gente; uno pasa por ella, pero no se queda.
Justamente necesitaba un hombre, y lo contraté.
Un mes después, la señorita Yveline Samoris moría misteriosamente; y he aquí todos los detalles de esa muerte, que supe por Joseph, quien los sabía por su amiga la doncella de la condesa.
Una noche de baile, dos recién llegados charlaban detrás de una puerta. La señorita Yveline, que acababa de bailar, se apoyó contra esa puerta para respirar un poco de aire. No la vieron acercarse; ella los oyó. Decían:
—Pero ¿quién es el padre de la jovencita?
—Un ruso, parece, el conde Ruvalof. Ya no ve a la madre.
—¿Y el príncipe reinante de hoy?
—Ese príncipe inglés que está de pie junto a la ventana. La señora Samoris lo adora. Aunque sus adoraciones nunca duran más de un mes o seis semanas. Por lo demás, ya ve usted que el personal de amigos es numeroso; todos son llamados... y casi todos son escogidos. Cuesta un poco caro, pero... ¡bah!
—¿De dónde sacó ese nombre de Samoris?
—Del único hombre al que quizás amó, un banquero israelita de Berlín que se llamaba Samuel Morris.
—Bien. Se lo agradezco. Ahora que estoy informado, lo veo todo claro. Y me lanzaré de cabeza.
¿Qué tormenta estalló en aquel cerebro de jovencita dotada de todos los instintos de una mujer honesta? ¿Qué desesperación trastornó aquella alma sencilla? ¿Qué torturas apagaron la alegría incesante, la risa encantadora, la exultante dicha de vivir? ¿Qué combate se entabló en su corazón, tan joven, hasta la hora en que hubo marchado el último invitado? Eso era lo que Joseph no podía decirme. Pero esa misma noche Yveline entró bruscamente en el cuarto de su madre, que iba a meterse en cama, mandó salir a la camarera, que se quedó detrás de la puerta, y de pie, pálida, con los ojos agrandados, dijo:
—Mamá, esto es lo que he oído hace un poco en el salón.
Y contó palabra por palabra la conversación que le he citado.
La condesa, estupefacta, no sabía al principio qué responder. Después lo negó todo con energía, inventó una historia, juró, puso a Dios por testigo.
La joven se retiró trastornada, pero no convencida. Y espió.
Recuerdo perfectamente el extraño cambio que había sufrido. Estaba siempre seria y triste; y clavaba en nosotros sus grandes ojos fijos como para leer en el fondo de nuestras almas. No sabíamos qué pensar, y se pretendía que buscaba un marido, ora definitivo, ora pasajero.
Una noche no le cupieron más dudas: sorprendió a su madre. Entonces, fríamente, como un hombre de negocios que plantea las condiciones de un trato, dijo:
—Mamá, he decidido una cosa. Nos retiraremos las dos a un chalecito o bien al campo; viviremos sin ruido, como podamos. Sólo tus joyas valen una fortuna. Si encuentras un hombre honrado con quien casarte, mejor que mejor; y mejor aún si también yo encuentro uno. Si no consientes en esto, me mataré.
Esta vez la condesa mandó a su hija a la cama y le prohibió repetir aquella lección, tan inoportuna en sus labios.
Yveline respondió:
—Te doy un mes para reflexionar. Si en un mes no hemos cambiado de existencia, me mataré, pues no me queda ninguna otra salida honorable en la vida.
Y se marchó.
Al cabo de un mes, se seguía bailando y cenando a altas horas en el hotel Samoris.
Yveline entonces pretendió que le dolían las muelas y mandó comprar en un farmacéutico vecino unas gotas de cloroformo. Al día siguiente volvió a hacerlo; tuvo que recoger en persona, cada vez que salía, dosis insignificantes del narcótico. Llenó una botella.
La encontraron, una mañana, en su cama, ya fría, con una careta de algodón sobre el rostro.
Su ataúd fue cubierto de flores, la iglesia revestida de blanco. Hubo una muchedumbre en la ceremonia fúnebre.
Pues bien, ¡de veras! , si lo hubiera sabido —aunque nunca se sabe—, quizás me habría casado con aquella muchacha. Era terriblemente guapa.

*
—Y la madre, ¿qué pasó con ella?
— ¡ Oh! Lloró mucho. Sólo hace ocho días que vuelve a recibir a sus íntimos.
—¿Y qué dijeron para explicar esa muerte?
—Se habló de un nuevo modelo de estufa cuyo mecanismo se había estropeado. Como ya en otra época habían tenido mucha resonancia los accidentes de esos aparatos, la cosa no pareció nada inverosímil.



(1) Aunque el adjetivo paternelle no parezca el más adecuado en este caso, puesto que no hay padre a la vista, todas las ediciones, salvo la de Schmidt, son concordes en darlo así.

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