POESIA EROTICA ESPAÑOLA -- VARIOS AUTORES

POESIA EROTICA ESPAÑOLA -- VARIOS AUTORES

POESIA EROTICA
CASTELLANA
***
Juan Ruiz, Arcipreste de Hita
(España, s. XIV)
***
Des las propriedades que
las dueñas chicas han
Quiero vos abreviar la predicación,
que siempre me pagué de pequeño sermón,
e de dueña pequeña et de breve razón,
ca lo poco e bien dicho finca en el corazón.
Del que mucho fabla ríen, quien mucho ríe es loco;
es en la dueña chica amor grande e non poco;
dueñas hay muy grandes que por chicas non troco,
e las chicas por las grandes, non se arrepiente del troco.
De las chicas que bien diga, el amor me fizo ruego,
que diga de sus noblezas; yo quiero las dezir luego:
dirévos de dueñas chicas, que lo avredes por juego:
son frías como la nieve, e arden como el fuego.
Son frías de fuera, con el amor ardientes:
en la cama solaz, trebejo, plazenteras, rientes:
en casa cuerdas, donosas, sosegadas, bien fazientes.
Mucho ál falleredes, bien parad í mientes.
En pequeña girgonça yaze grand resplandor,
en açúcar muy poco yaze mucho dulçor,
en la dueña pequeña yaze muy grand amor,
pocas palabras cumplen al buen entendedor.
Es pequeño el grano de la buena pemienta,
pero más que la nuez conorta e calienta;
así dueña pequeña, si todo amor consienta,
non ha plazer en el mundo que en ella non sienta.
Como en chica rosa está mucho color,
en oro muy poco grand precio e gran valor,
como en poco blasmo yaze grand buen olor,
ansí en chica dueña yaze muy grand amor.
Como robí pequeño tiene mucha bondat,
color, virtud e precio e noble claridad,
ansí dueña pequeña tiene mucha beldat,
fermosura, donaire, amor e lealtad.
Chica es la calandria e chico el ruiseñor,
pero más dulce cantan que otra ave mayor;
la muger, por ser chica, por eso non es pior;
con doñeo es más dulce que açúcar nin flor.
Son aves pequeñuelas papagayo e orior,
pero cualquier dellas es dulce gritador;
adonada, fermosa, preciada cantador:
bien atal es la dueña pequeña con amor.
De la muger pequeña non hay comparación,
terrenal paraíso es e consolacíon,
solaz et alegría, placer et bendición:
mejor es en la prueva que en la salutación.
Siempre quis’ muger chica más que grande nin mayor,
non es desaguisado del grand mal ser foidor;
del mal tomar lo menos, dízelo el sabidor:
por ende de las mugeres la mejor es la menor.

***
Íñigo López de Mendoza,
Marqués de Santillana
(España, 1398-1458)
Serranillas
***
32
Mozuela de Bores
allá do la Lama,
púsome en amores.
Cuidé que olvidado
amor me tenía,
como quien se había
grand tiempo dexado
de tales dolores,
que más que la llama
queman amadores.
Mas vi la fermosa
de buen continente,
la cara placiente,
fresca como rosa,
de tales colores
cual nunca vi dama,
nin otra, señores.
Por lo cual: —“Señora”
(le dixe), “en verdad
”la vuestra beldad
”saldrá desde agora
”dentre estos alcores,
”pues merece fama
”de grandes loores.”
Dixo: —“Caballero,
”tiradvos afuera:
”dexad la vaquera
”pasar al otero;
”ca dos labradores
”me piden de Frama,
”entrambos pastores.”
—“Señora, pastor
”seré si queredes:
”mandarme podedes,
”como a servidor:
”mayores dulzores
”será a mí la brama
”que oir ruiseñores.”
Así concluimos
el nuestro proceso
sin facer exceso,
e nos avenimos.
E fueron las flores
de cabe Espinama
los encobridores.
***
Garcí Sánchez de Badajoz
(España, ¿1460?-¿1526?)
***
Recontando a su amiga un sueño que soñó
La mucha tristeza mía
que causó vuestro deseo,
ni de noche ni de día,
cuando estoy donde no os veo,
no olvida mi compañía.
Yo los días no los vivo,
velo las noches cativo,
y si alguna noche duermo,
suéñome muerto en un yermo
en la forma que aquí escribo.
Yo soñaba que me iba
desesperado de amor
por una montaña esquiva
donde si no un ruiseñor
no hallé otra cosa viva.
Y del dolor que levaba
soñaba que me finaba,
Y el Amor que lo sabía,
y que a buscarme venía
y al ruiseñor preguntaba:
—“Dime, lindo ruiseñor,
”¿viste por aquí perdido
”un muy leal amador
”que de mí viene herido?”—
—“¿Cómo? ¿Sois vos el Amor?”—
—“Sí, yo soy a quien seguís,
”y por quien dulces vevís
”todos los que bien amáis.”—
—“Ya sé por quién preguntáis,
”por Garcí Sánchez decís.
”Muy poco ha que pasó
”solo por esta ribera,
”y como le vi y me vio,
”yo quise saber quién era
”y él luego me lo contó
”diciendo: — ‘Yo soy aquel
”a quien más fue amor crüel,
”crüel que causó el dolor,
”que a mí no me mató amor,
”sino la tristeza de él.’
“Yo le dixe: —‘¿Si podré
”a tu mal dar algún medio?’
”Díxome: —‘No, y el porqué
”es porque aborrí el remedio
”cuando de él desesperé.’
“Y estas palabras diciendo,
”y las lágrimas corriendo,
”se fue con dolores graves,
”yo con otras muchas aves
”fuemos en pos de él siguiendo,
”hasta que muerto cayó
”allí entre unas acequias,
”y aquellas aves y yo
”le cantamos las obsequias,
”porque de amores murió:
”y aun no medio fallescido,
”la tristeza y el olvido
”le enterraron de crüeles,
”y en estos verdes laureles
”fue su cuerpo convertido.
”De allí nos quedó costumbre
”las aves enamoradas
”de cantar sobre su cumbre
”las tardes, las alboradas,
”cantares de dulcedumbre.”—
—“Pues yo os otorgo indulgencia
”de las penas que el ausencia
”os dará amor y tristura,
”a quien más su sepoltura
”servirá con reverencia.”—
Vime alegre, vime ufano
de estar con tan dulce gente,
vime con bien soberano
enterrado honradamente
y muerto de vuestra mano.
Allí, estando en tal concierto,
creyendo que era muy cierto
que veía lo que escribo,
recordé y halléme vivo,
de la cual causa soy muerto.

***
Gil Vicente
(Portugal, ¿1465?-1537)
***
Dicen que me case yo
Dicen que me case yo:
no quiero marido, no.
Más quiero vivir segura
n’esta sierra a mi soltura
que no estar en ventura
si casaré bien o no.
Dicen que me case yo:
no quiero marido, no.
Madre, no seré casada
por no ver vida cansada,
y quizá mal empleada
la gracia que Dios me dio.
Dicen que me case yo:
no quiero marido, no.
No será ni es nacido
tal para ser mi marido;
y pues que tengo sabido
que la flor yo me la só.
Dicen que me case yo:
no quiero marido, no.
Halcón que se atreve
Halcón que se atreve
con garza guerrera,
peligros espera.
Halcón que se vuela
con garza a porfía,
cazarla quería
y no la recela.
Mas quien no se vela
de garza guerrera,
peligros espera.
La caza de amor
es de altanería:
trabajos de día,
de noche dolor.
Halcón cazador
con garza tan fiera,
peligros espera.

***
Pedro Manuel Ximénez de Urrea
(España, ¿1486-1529?)
Villancico
***
Madre, cuando enviudaré
a Zaragoza me iré.
Allí las viudas holgadas,
mucho más que las casadas,
allí son muy visitadas
de los que les tienen fe.
Visitadas y queridas,
muy queridas y servidas,
servidas y bien sabidas,
que yo sé bien cómo fue.
Viuda huelga en Zaragoza
más que casada ni moza;
cada cual dellas retoza
con mil cosillas que sé.
Madre, aquellas son mujeres
que, con sus dulces aferes,
ellas dan muchos placeres
y tienen quien gelos dé.
¡Oh si viese ya morir
a mi marido, por ir
donde sé que he de sentir
placer con amor que habré!
Si mucho el vivir le dura
yo le daré gran tristura,
que por ir donde hay holgura
la vida le quitaré.

***
Cristóbal de Castillejo
(España, 1492-1550)
Al amor
***
Dame, Amor, besos sin cuento,
asido de mis cabellos,
y mil y ciento tras ellos,
y tras ellos mil y ciento,
y después
de muchos millares, tres;
y porque nadie los sienta,
desbaratemos la cuenta
y contemos al revés.

***
Garcilaso de la Vega
(España, ¿1501 o 1503?-1536)
Égloga primera
(Fragmento)
***
Tu dulce habla ¿en cúya oreja suena?
Tus claros ojos ¿a quién los volviste?
¿Por quién tan sin respeto me trocaste?
Tu quebrantada fe ¿dó la pusiste?
¿Cuál es el cuello que, como en cadena,
de tus hermosos brazos anudaste?
No hay corazón que baste,
aunque fuese de piedra,
viendo mi amada hiedra,
de mí arrancada, en otro muro asida,
y mi parra en otro olmo entretejida,
que no se esté con llanto deshaciendo
hasta acabar la vida.
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

***
Juan de Timoneda
(España, 1585)
Villancico
***
Pues el tiempo se me pasa,
Madre mía, en buena fé,
Sola yo no dormiré.
Gozar quiero de mi edad
Como sabia moza y cuerda,
No queráis, madre, que pierda
Aquesta mi mocedad.
Certifico’s qu’es verdad,
Como ya dicho’s lo he:
Sola yo no dormiré.
Madre, ya sé quién me ama
Y quién servirme desea,
Que no soy tuerta ni fea
Ni mala para en la cama.
¡Qué me falta para dama?
Decildo, que no lo sé:
Sola yo no dormiré.
No soy negra ni mulata
Para no tener amores,
Mochacha como las flores,
Hermosa como la plata.
Duerma sola la beata,
Que tiene causa por qué:
Sola yo no dormiré.
Desnuda soy muy hermosa,
No tengo pelo mal puesto,
Piernas y muslos y gesto,
No se ha visto otra tal cosa.
Noche larga y tenebrosa,
Madre, que me asombraré,
Sola yo no dormiré.
¡Cuál es la que no se espanta
De noche sola en la cama?
Un galán con una dama
Están bien bajo una manta.
Sola no llora ni canta
Una persona qu’esté:
Sola yo no dormiré.

***
Baltasar de Alcázar
(España, 1530-1606)
***
Tres cosas me tienen preso
Tres cosas me tienen preso
de amores el corazón:
la bella Inés, el jamón
y berengenas con queso.
Esta Inés, amantes, es
quien tuvo en mí tal poder,
que me hizo aborrecer
todo lo que no era Inés.
Trájome un año sin seso,
hasta que en una ocasión
me dio a merendar jamón
y berengenas con queso.
Fue de Inés la primer palma,
pero ya júzgase mal
entre todos ellos cuál
tiene más parte en mi alma.
En gusto, medida y peso
no le hallo distinción;
ya quiero Inés, ya jamón,
ya berengenas con queso.
Alega Inés su beldad,
el jamón que es de Aracena,
el queso y la berengena
la española antigüedad.
Y está tan en fiel el peso,
que, juzgado sin pasión,
todo es uno: Inés, jamón
y berengenas con queso.
A lo menos este trato
destos mis nuevos amores
hará que Inés sus favores
me los venda más barato,
pues tendrá por contrapeso,
si no hiciere la razón,
una lonja de jamón
y berengenas con queso.

***
Francisco de Aldana
(España, 1537-1578)
***
¿Cuál es la causa?
¿Cuál es la causa, mi Damón, que estando
en la lucha de amor juntos trabados
con lenguas, brazos, pies y encadenados
cual vid que entre el jazmín se va enredando,
y que el vital aliento ambos tomando
en nuestros labios, de chupar cansados,
en medio tanto bien somos forzados
llorar y sospirar de cuando en cuando?
Amor, mi Filis bella, que allá dentro
nuestras almas juntó, quiere en su fragua
los cuerpos ajuntar también tan fuerte
que no pudiendo, como esponja al agua,
pasar del alma al dulce amado centro,
llora el velo mortal su avara suerte.

***
San Juan de la Cruz
(España, 1542-1591)
Canciones del alma que se goza de haber llegado al alto estado de la perfección, que es la unión con Dios, por el camino de la negación espiritual.
***
Noche oscura
En una noche oscura,
con ansias, en amores inflamada,
¡oh dichosa ventura!,
salí sin ser notada,
estando ya mi casa sosegada.
A oscuras y segura
por la secreta escala, disfrazada,
¡oh dichosa ventura!,
a oscuras y en celada,
estando ya mi casa sosegada.
En la noche dichosa,
en secreto, que nadie me veía,
ni yo miraba cosa,
sin otra luz y guía
sino la que en el corazón ardía.
Aquesta me guiaba
más cierto que la luz de mediodía
adonde me esperaba
quien yo bien me sabía,
en parte donde nadie parecía.
¡Oh noche que guiaste!
¡Oh, noche amable más que la alborada!
¡Oh, noche que juntaste
Amado con Amada,
Amada en el Amado transformada!
En mi pecho florido,
que entero para él sólo se guardaba,
allí quedó dormido,
y yo le regalaba,
y el ventalle de cedros aire daba.
El aire del almena,
cuando ya sus cabellos esparcía,
con su mano serena
en mi cuello hería,
y todos mis sentidos suspendía.
Quedéme y olvidéme,
el rostro recliné sobre el Amado;
cesó todo, y dejéme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.
Canción de la llama de amor viva
¡Oh llama de amor viva
que tiernamente hieres
de mi alma en el más profundo centro,
pues ya no eres esquiva,
acaba ya, si quieres;
rompe la tela de este dulce encuentro!
¡Oh cauterio suave!
¡oh regalada llaga!
¡oh mano blanda! ¡oh toque delicado
que a la vida eterna sabe
y toda deuda paga!
¡matando, muerte en vida la has trocado!
¡Oh lámparas de fuego
en cuyos resplandores
las profundas cavernas del sentido
que estaba oscuro y ciego,
con extraños primores,
calor y luz dan junto a su querido!
¡Cuán manso y amoroso
recuerdas en mi seno,
donde secretamente solo moras;
y en tu aspirar sabroso
de bien y gloria lleno,
cuán delicadamente me enamoras!

***
Miguel de Cervantes Saavedra
(España, 1547-1616)
¿Quién menoscaba mis bienes?
***
¿Quién menoscaba mis bienes?
Desdenes.
Y ¿quién aumenta mis duelos?
Los celos.
Y ¿quién prueba mi paciencia?
Ausencia.
De ese modo, en mi dolencia
Ningún remedio se alcanza,
Pues me matan la esperanza
Desdenes, celos y ausencia.
¿Quién me causa este dolor?
Amor.
Y ¿quién mi gloria repuna?
Fortuna.
Y ¿quién consiente en mi duelo?
El cielo.
De ese modo, yo recelo
Morir deste mal extraño,
Pues se aúnan en mi daño
Amor, fortuna y el cielo.
¿Quién mejorará mi suerte?
La muerte.
Y el bien de amor, ¿quién le alcanza?
Mudanza.
Y sus males, ¿quién los cura?
Locura.
De ese modo, no es cordura
Querer curar la pasión,
Cuando los remedios son
Muerte, mudanza y locura.

***
Luis de Góngora
(España, 1561-1627)
***
De un caminante enfermo que
se enamoró donde fue hospedado
Descaminado, enfermo, peregrino
En tenebrosa noche, con pie incierto
La confusión pisando del desierto,
Voces en vano dio, pasos sin tino.
Repetido latir, si no vecino,
Distinto oyó de can siempre despierto,
Y en pastoral albergue mal cubierto
Piedad halló, si no halló camino.
Salió el sol, y entre armiños escondida,
Soñolienta beldad con dulce saña
Salteó al no bien sano pasajero.
Pagará el hospedaje con la vida;
Más le valiera errar en la montaña,
Que morir de la suerte que yo muero.
***
Noble desengaño
***
Noble desengaño,
gracias doy al cielo
que rompiste el lazo
que me tenía preso.
Por tan gran milagro
colgaré en tu templo
las graves cadenas
de mis graves yerros.
Las fuertes coyundas
del yugo de acero,
que con tu favor
sacudí del cuello,
las húmidas velas
y los rotos remos,
que escapé del mar
y ofrecí en el puerto,
ya de tus paredes
serán ornamento,
gloria de tu nombre,
y de Amor descuento.
Y así, pues que triunfas
del rapaz arquero,
tiren de tu carro
y sean tu trofeo
locas esperanzas,
vanos pensamientos,
pasos esparcidos,
livianos deseos,
rabiosos cuidados,
ponzoñosos celos,
infernales glorias,
gloriosos infiernos.
Compóngante himnos,
y digan sus versos
que libras captivos
y das vista a ciegos.
Ante tu deidad
hónrense mil fuegos
del sudor precioso
del árbol sabeo.
Pero ¿quién me mete
en cosas de seso,
y en hablar de veras
en aquestos tiempos,
donde el que más trata
de burlas y juegos,
ése es quien se viste
más a lo moderno?
Ingrata señora
de tus aposentos,
más dulce y sabrosa
que nabo en adviento,
aplícame un rato
el oído atento,
que quiero hacer auto
de mis devaneos.
¡Qué de noches frías
que me tuvo el hielo
tal, que por esquina
me juzgó tu perro,
y alzando la pierna,
con gentil denuedo,
me argentó de plata
los zapatos negros!
¡Qué de noches destas,
señora, me acuerdo
que andando a buscar
chinas por el suelo,
para hacer la seña
por el agujero,
al tomar la china
me ensucié los dedos!
¡Qué de días anduve
cargado de acero
con harto trabajo,
porque estaba enfermo!
Como estaba flaco,
parecía cencerro:
hierro por de fuera,
por de dentro hueso.
¡Qué de meses y años
que viví muriendo
en la Peña Pobre
sin ser Beltenebros;
donde me acaeció
mil días enteros
no comer sino uñas,
haciendo sonetos!
Qué de necedades
escribí en mil pliegos,
que las ríes tú ahora
y yo las confieso!
Aunque las tuvimos
ambos, en un tiempo,
yo por discreciones
y tú por requiebros.
¡Qué de medias noches
canté en mi instrumento:
“Socorred, señora,
con agua a mi fuego”!
Donde, aunque tú no
socorriste luego,
socorrió el vecino
con un gran caldero.
Adiós, mi señora,
porque me es tu gesto
chimenea en verano
y nieve en invierno,
y el bazo me tienes
de guijarros lleno,
porque creo que bastan
seis años de necio.

***
Lope de Vega
(España, 1562-1635)
Íbase la niña
***
Íbase la niña
Noche de San Juan
A coger los aires
Al fresco del mar.
Miraba los remos
Que remando van
Cubiertos de flores,
Flores de azahar.
Salió un caballero
Por el arenal,
Dijérale amores
Cortés y galán.
Respondió la esquiva,
Quísola abrazar,
Con temor que tiene
Huyendo se va.
Salióle al camino
Otro por burlar,
Las hermosas manos
Le quiere tomar.
Entre estos desvíos
Perdido se han
Sus ricos zarcillos;
Vanlos a buscar.
«¡Dejadme llorar
Orillas del mar!
¡Por aquí, por allí los ví,
Por aquí deben de estar!»
Lloraba la niña,
No los puede hallar,
Danse para ellos,
Quiérenla engañar.
«¡Dejadme llorar
Orillas del mar!
¡Por aquí, por allí los ví,
Por aquí deben de estar!»
Tomad niña el oro
Y no lloréis más,
Que todas las niñas
Nacen en tomar,
Que las que no toman
Después llorarán
El no haber tomado
En su verde edad.
***
Francisco de Quevedo
(España, 1580-1645)

***
Amor constante más allá de la muerte
Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra, que me llevare el blanco día:
y podrá desatar esta alma mía
hora, a su afán ansioso lisonjera;
mas no de esotra parte en la ribera
dejará la memoria en donde ardía;
nadar sabe mi llama la agua fría
y perder el respeto a ley severa.
Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
medulas que han gloriosamente ardido,
su cuerpo dejarán, no su cuidado:
serán ceniza, mas tendrá sentido,
polvo serán, mas polvo enamorado.
Amante agradecido a las lisonjas
mentirosas de un sueño
¡Ay, Floralba! Soñé que te... ¿Dirélo?
Sí, pues que sueño fue: que te gozaba.
¿Y quién, sino un amante que soñaba,
juntara tanto infierno a tanto cielo?
Mis llamas con tu nieve y con tu yelo,
cual suele opuestas flechas de su aljaba,
mezclaba Amor, y honesto las mezclaba,
como mi adoración en su desvelo.
Y dije: “Quiera Amor, quiera mi suerte,
que nunca duerma yo, si estoy despierto,
y que si duermo, que jamás despierte”.
Mas desperté del dulce desconcierto;
y vi que estuve vivo con la muerte,
y vi que con la vida estaba muerto.
Soneto amoroso
Tras arder siempre, nunca consumirme;
y tras siempre llorar, nunca acabarme;
tras tanto caminar, nunca cansarme;
y tras siempre vivir, jamás morirme;
después de tanto mal, no arrepentirme;
tras tanto engaño, no desengañarme;
después de tantas penas, no alegrarme;
y tras tanto dolor, nunca reírme;
en tantos laberintos, no perderme,
ni haber, tras tanto olvido, recordado,
¿qué fin alegre puede prometerme?
Antes muerto estaré que escarmentado:
ya no pienso tratar de defenderme,
sino de ser de veras desdichado.
Prosigue en el mismo estado
de sus afectos
Amor me ocupa el seso y los sentidos;
absorto estoy en éxtasis amoroso;
no me concede tregua ni reposo
esta guerra civil de los nacidos.
Explayóse el raudal de mis gemidos
por el grande distrito y doloroso
del corazón, en su penar dichoso,
y mis memorias anegó en olvidos.
Todo soy ruinas, todo soy destrozos,
escándalo funesto a los amantes,
que fabrican de lástimas sus gozos.
Los que han de ser, y los que fueron antes,
estudien su salud en mis sollozos,
y envidien mi dolor, si son constantes.

***
Juan de Tassis, conde de Villamediana
(España, 1582-1622)
A una dama que se casaba con un D. N. Castro, impotente, y había sido primero mujer de un capón.
***
Señora, no me fastidia
envidia,
ni mueven mi pluma y labios
agravios,
ni causan en mí desvelos
celos;
antes alabo á los cielos
de que os sirva un impotente;
pues así el alma no siente
envidia, agravios ni celos.
Dióme un tiempo de su amor
dolor:
ver sus deseos premiados
cuidados,
y que os gozasen sus ojos
enojos.
Supe sus aceros flojos
y sabida su impotencia,
cesaron en mi conciencia
dolor, cuidados y enojos.
Es Castro en nombre abreviado
castrado,
castrado á quien falta el “basto”
castro;
castrado y casto varón
capón
mal podrá haceros buen son
cuando “cascabeles toque”
quien es en “toque emboque”
castrado, casto y capón.
Bien sé que este amante rojo
es flojo,
su “pica, taco y pelorto”
corto;
y que no tiene esta pieza
cabeza.
No guerreará con destreza
instrumento tan mellado;
porque está de puro usado
flojo, corto y sin cabeza.
Faltó á vuestro Scipión
bastón;
y aunque á la guerra os provoque
“estoque”
y para entrar la goleta
gineta
y así á la primera treta
asaltos os faltarán,
faltándole el capitán
bastón, estoque y gineta.
No correrá con pujanza
lanza,
ni con gritos ó á lo sordo
bohordo,
ni á fuer de juego en España
caña.
Si el corazón no me engaña
la boda será funesta;
pues no se enristra la fiesta
lanza, bohordo ni caña.
Si no empuña mandricardo
dardo,
ni dispara en vuestro ormuz
arcabuz,
ni enciende cuando os pertrecha
mecha:
siempre andará con sospecha,
señora, que otro os dá asaltos,
un pobre que ve que es falto
de dardo, arcabuz y mecha.
Es un brazo sin espada
nada;
reloj con pesas sin manos
vano,
y un impotente en el hecho
sin provecho.
Ved, señora, el pie derecho
primero que lo juzguéis,
mirad después no lo halléis.
Nada, vano y sin provecho.
Si al potro el ijar no bate
azicate,
y á la yegua que más vuela
espuela,
y á la mula que más rúa
púa,
a ser lerda se habitúa:
y lo mismo es la mujer
si no le bate el correr,
azicate, espuela ó púa.
Fue un tiempo vuestro varón
capón
y es el que os goza al presente
impotente;
amén de otro monje añejo
viejo.
Señora, mi mal consejo
es que corráis buen caballo,
y no busquéis para gallo
capón, impotente ó viejo.
Vos tenéis, señora polla,
argolla,
y en Castro contemplo solas
bolas
y en el caponazo flaco
taco;
y de aquí, señora, saco
que uno de estos solo y vos
nunca juntaréis los dos
argolla, bolas y taco.
Plegue á Dios que no sea Castro
padrastro,
de vuestro huerto y jardín
mastín,
o sea del hortelano
alano:
gozad del garbo lozano
antes que seáis mujer
de un marido que ha de ser
padrastro, mastín y alano.
Tenga otro en vuestros sollozos
gozos,
y en burlando vuestro intento
contento,
y en veros quemar y arder
placer:
que á mí no me han de mover
riscos, bronces y pedernales
a tener de vuestros males
gozos, contento y placer.
A una señora que cantaba
La peregrina voz y el claro acento
Por la dulce garganta despedido,
Con el süave afecto del oído
Bien pueden suspender cualquier tormento.
Mas el nuevo accidente que yo siento
Otro misterio tiene no entendido,
Pues en la mayor gloria del sentido,
Halla causa de pena el sentimiento.
Efectos varios, porque el mismo canto
Deja en la suspensión con que enajena
Cuerdo el enloquecer, la razón loca.
Y por nuevo milagro o nuevo encanto,
Cuando la voz más dulcemente suena,
Con ecos de dolor el alma toca.

***
Sor Juana Inés de la Cruz
(México, 1648-1695)
Redondillas
***
Arguye de inconsecuente el gusto y la censura de los
hombres, que en las mujeres acusan lo que causan
Hombres necios, que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis;
si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
¿por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal!
Combatís su resistencia,
y luego con gravedad
decís que fue liviandad
lo que hizo la diligencia.
Parecer quiere el denuedo
de vuestro parecer loco,
al niño que pone el coco,
y luego le tiene miedo.
Queréis con presunción necia
hallar a la que buscáis,
para pretendida, Thais,
y en posesión, Lucrecia.
¿Qué humor puede ser más raro,
que el que, falto de consejo,
él mismo empaña el espejo
y siente que no esté claro?
Con el favor y el desdén
tenéis condición igual,
quejándoos, si os tratan mal,
burlándoos, si os quieren bien.
Opinión ninguna gana,
pues la que más se recata,
si no os admite, es ingrata,
y si os admite, es liviana.
Siempre tan necios andáis,
que con desigual nivel,
a una culpáis por cruel,
y a otra por fácil culpáis.
¿Pues cómo ha de estar templada
la que vuestro amor pretende,
si la que es ingrata ofende
y la que es fácil enfada?
Mas entre el enfado y pena
que vuestro gusto refiere,
bien haya la que no os quiere
y quéjaos enhorabuena.
Dan vuestras amantes penas
a sus libertades alas,
y después de hacerlas malas
las queréis hallar muy buenas.
¿Cuál mayor culpa ha tenido
en una pasión errada,
la que cae de rogada,
o el que ruega de caído?
O ¿cuál es más de culpar,
aunque cualquiera mal haga,
la que peca por la paga
o el que paga por pecar?
Pues ¿para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.
Dejad de solicitar,
y después con más razón,
acusaréis la afición
de la que os fuere a rogar.
Bien con muchas armas fundo
que lidia vuestra arrogancia;
pues en promesa e instancia,
juntáis diablo, carne y mundo.
Al que ingrato me deja, busco amante
Al que ingrato me deja, busco amante;
al que amante me sigue, dejo ingrata;
constante adoro a quien mi amor maltrata;
maltrato a quien mi amor busca constante.
Al que trato de amor, hallo diamante,
y soy diamante al que de amor me trata;
triunfante quiero ver al que me mata,
y mato a quien me quiere ver triunfante.
Si a este pago, padece mi deseo;
si ruego a aquél, mi pundonor enojo:
de entrambos modos infeliz me veo.
Pero yo, por mejor partido, escojo,
de quien no quiero, ser violento empleo;
de quien no me quiere, vil despojo.

***
José Iglesias de la Casa
(España, 1748-1791)
Yo empecé a Luisa a halagar
***
Yo empecé a Luisa a halagar
ayer a la hora de la siesta,
y ella dijo, en jarras puesta:
“¿tiene usted ganas de holgar?”
Díjela: “El que a esto se atreve,
tal vez a más se atreviera”.
Y ella saltó: “Ropa fuera,
y holguémonos cual se debe”.

***
Tomás de Iriarte
(España, 1750-1791)
El mismo
***
Señor D. Juan, quedito, que me enfado:
besar la mano es mucho atrevimiento;
abrazarme... no, D. Juan, no lo consiento.
Cosquillas... ay Juanito... ¿y el pecado?
Qué malos son los hombres... mas, cuydado
que me parece, Juan, que pasos siento...
no es nadie... pues despachemos un momento.
¡Ay, qué placer... tan dulce y regalado!
Jesús, qué loca soy, quién lo creyera
que con un hombre yo... siendo cristiana
mas... que... de puro gusto... ¡ay... alma mía!
Ay, qué vergüenza, vete... ¿y aún tienes gana?
Pues cuando tú lo pruebes otra vez...
pero, Juanito, ¿volverás mañana?

***
José de Espronceda y Delgado
(España, 1808-1842)
El diablo mundo
(Fragmento)
***
El dulce anhelo del amor que aguarda
Tal vez inquieto y con mortal recelo,
La forma bella que cruzó gallarda
Allá en la noche, entre el medroso velo;
La ansiada cita que en llegar se tarda
Al impaciente y amoroso anhelo,
La mujer y la voz de su dulzura,
Que inspira al alma celestial ternura;
A un tiempo mismo en rápida tormenta,
Mi alma alborotaban de contino,
Cual las olas que azota con violenta
Cólera impetuoso torbellino;
Soñaba al héroe ya, la plebe atenta
En mi voz escuchaba su destino;
Ya al caballero, al trovador soñaba
Y de gloria y de amores suspiraba.
Hay una voz secreta, un dulce canto,
Que el alma sólo recogida entiende,
Un sentimiento misterioso y santo
Que del barro al espíritu desprende;
Agreste, vago y solitario encanto
Que en inefable amor el alma enciende,
Volando tras la imagen peregrina
El corazón de su ilusión divina.
Yo desterrado en extranjera playa
Con los ojos, extático seguía
La nave audaz que en argentada raya
Volaba al puerto de la patria mía;
Yo cuando en Occidente el sol desmaya,
Solo y perdido en la arboleda umbría,
Oír pensaba el armonioso acento
De una mujer, al suspirar del viento.
¡Una mujer! En el templado rayo
De la mágica luna se colora,
Del sol poniente al lánguido desmayo,
Lejos entre las nubes se evapora;
Sobre las cumbres que florece el mayo,
Brilla fugaz al despuntar la aurora,
Cruza tal vez por entre el bosque umbrío,
Juega en las aguas del sereno río.
¡Una mujer! Deslízase en el cielo
Allá en la noche desprendida estrella
Si aroma el aire recogió en el suelo,
Es el aroma que le presta ella.
Blanca es la nube que en callado vuelo
Cruza la esfera, y que su planta huella,
Y en la tarde la mar olas le ofrece
De plata y de zafir donde se mece.
Mujer que amor en su ilusión figura,
Mujer que nada dice a los sentidos,
Ensueño de suavísima ternura,
Eco que regaló nuestros oídos,
De amor la llama generosa y pura,
Los goces dulces del amor cumplidos,
Que engalana la rica fantasía,
Goces que avaro el corazón ansía;
¡Ay!, aquella mujer, tan sólo aquélla,
Tanto delirio a realizar alcanza,
Y esa mujer tan cándida y tan bella
Es mentida ilusión de la esperanza.
Es el alma que vívida destella
Su luz al mundo cuando en él se lanza,
Y el mundo con su magia y galanura,
Es espejo no más de su hermosura;
Es el amor que al mismo amor adora,
El que creó las sílfides y ondinas,
La sacra ninfa que bordando mora
Debajo de las aguas cristalinas;
Es el amor que recordando llora
Las arboledas del Edén divinas,
Amor de allí arrancado, allí nacido,
Que busca en vano aquí su bien perdido.
¡Oh llama santa! ¡Celestial anhelo!
¡Sentimiento purísimo! ¡Memoria
Acaso triste de un perdido cielo,
Quizá esperanza de futura gloria!
¡Huyes y dejas llanto y desconsuelo!
¡Oh mujer, que en imagen ilusoria
Tan pura, tan feliz, tan placentera,
Brindó el amor a mi ilusión primera!...

***
Gustavo Adolfo Bécquer
(España, 1836-1870)
***
Cuando en la noche te envuelven
Cuando en la noche te envuelven
Las alas de tul del sueño,
Y tus tendidas pestañas
Semejan arcos de ébano,
Por escuchar los latidos,
De tu corazón inquieto,
Y reclinar tu dormida
Cabeza sobre mi pecho,
Diera, alma mía,
Cuanto poseo,
¡La luz, el aire
Y el pensamiento!
Cuando se clavan tus ojos
En un invisible objeto,
Y tus labios ilumina
De una sonrisa el reflejo,
Por leer sobre tu frente
El callado pensamiento
Que pasa como la nube
Del mar sobre el ancho espejo,
Diera, alma mía,
Cuando deseo
¡La fama, el oro,
La gloria, el genio!
Cuando enmudece tu lengua
Y se apresura tu aliento,
Y tus mejillas se encienden,
Y entornas tus ojos negros,
Por ver entre sus pestañas
Brillar con húmedo fuego
La ardiente chispa que brota
Del volcán de los deseos,
Diera, alma mía,
Por cuanto espero,
¡La fe, el espíritu,
La tierra, el cielo!
Me ha herido recatándose en las sombras
Me ha herido recatándose en las sombras,
Sellando con un beso su traición.
Los brazos me echó al cuello, y por la espalda
Partióme a sangre fría el corazón.
Y ella prosigue alegre su camino,
Feliz, risueña, impávida; y ¿por qué?
Porque no brota sangre de la herida,
Porque el muerto está en pie.

***
José Martí
(Cuba, 1853-1895)
Mucho, señora, daría
***
Mucho, señora, daría
por tender sobre tu espalda
tu cabellera bravía,
tu cabellera de gualda:
Despacio la tendería,
callado la besaría.
Por sobre la oreja fina
baja lujoso el cabello,
lo mismo que una cortina
que se levanta hacia el cuello.
La oreja es obra divina
de porcelana de China.
Mucho, señora, te diera
por desenredar el nudo
de tu roja cabellera
sobre tu cuerpo desnudo:
Muy despacio lo esparciera,
hilo por hilo lo abriera.

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poemas
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