EL ARCHIVO DE SHERLOCK HOLMES -- EL VALLE DEL TERROR -- Arthur Conan Doyle
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El Valle del Terror
Arthur Conan Doyle
PRIMERA PARTE
LA TRAGEDIA DE BIRLSTONE
Capítulo I
LA ADVERTENCIA
- Estoy inclinado a pensar… - dije.
- Yo debería hacer lo mismo - Sherlock Holmes observó impacientemente.
Pienso que soy uno de los más pacientes de entre los mortales; pero admito que me molestó
esa sardónica interrupción.
- De verdad, Holmes - dije con severidad - es un poco irritante en ciertas ocasiones.
Estaba muy absorbido en sus propios pensamientos para dar una respuesta inmediata a mi
réplica. Se recostó sobre su mano, con su desayuno intacto ante él, y clavó su mirada en el
trozo de papel que acababa de sacar de su sobre. Luego tomo el mismo sobre, tendiéndolo
contra la luz y estudiándolo cuidadosamente, tanto el exterior como la cubierta.
- Es la letra de Porlock - dijo pensativo -. Me quedan pocas dudas de que sea su letra,
aunque la haya visto sólo dos veces anteriormente. La e griega con la peculiar colilla hacia
arriba es muy distintiva. Pero si es Porlock, entonces debe ser algo de primera importancia.
Hablaba más consigo mismo que conmigo; pero mi incomodidad desapareció para dar lugar
al interés que despertaron aquellas palabras.
- ¿Quién es ese Porlock? - pregunté.
- Porlock, Watson, es un nom-de-plume, una simple señal de identificación; pero detrás de
ella se esconde una personalidad deshonesta y evasiva. En una carta formal me informó
francamente que aquel nombre no era suyo, y me desafió incluso a seguir su rastro entre los
millones de personas de esta gran ciudad. Porlock es importante, no por sí mismo, sino por
el gran hombre con quien se mantiene en contacto. Imagínese usted al pez piloto con el
tiburón, al chacal con el león, cualquier cosa que sea insignificante en compañía de lo que
es formidable: no sólo formidable, Watson, pero siniestro, en el más alto nivel de lo
siniestro. Allí es cuando entra en lo que le estoy diciendo. ¿Me ha oído usted hablar del
Profesor Moriarty?
- El famoso científico criminal, tan famoso entre los maleantes como…
- ¡Por mi vida, Watson! - murmuró Holmes en tono desaprobatorio.
- Estaba a punto de decir, como desconocido para el público.
- ¡Un poco! En cierto modo - dijo Holmes -. Está desarrollando un inesperado pero cierto
sentido agudo del humor, Watson, contra el que debo aprender a cuidarme. Pero al llamar
criminal a Moriarty está expresando una difamación ante los ojos de la ley. ¡Y es
precisamente allí donde yace la gloria y maravilla de esto! El más grande maquinador de
todos los tiempos, el organizador de cada maldad, el cerebro que controla el sub-mundo, un
cerebro que puede haber construido o destruido el destino de las naciones, ése es nuestro
hombre. Pero tan lejos está de sospechas, tan inmune a la crítica, tan admirable en sus
manejos y sus “actuaciones”, que por esas palabras que acaba de pronunciar, lo podría
llevar a la corte y hacerse con su pensión anual como una reparación a su personalidad
ofendida. ¿No es él el aclamado autor de Las Dinámicas de un Asteroide, un libro que
asciende a tan raras cuestiones de matemática pura, que se dice que no hay individuo en la
prensa científica capaz de criticarlo? ¿Es éste un hombre que delinque? ¡Doctor mal
hablado y profesor calumniado, esos serían sus respectivos roles! Eso es ser un genio,
Watson. Pero si soy eximido por gente de menor inteligencia, nuestro día seguramente
vendrá.
- ¡Espero estar ahí para verlo! - exclamé con devoción -. Pero estábamos hablando de este
hombre, Porlock.
- Ah, sí, el así llamado Porlock es un eslabón en la cadena a poco camino de su gran
obsesión. Entre nosotros, Porlock no es un eslabón real. Es el único defecto en esa cadena
hasta donde he podido observarla.
- Pero ninguna cadena es más fuerte que su enlace más débil.
- ¡Exacto, mi querido Watson! Aquí esta la extrema importancia de Porlock. Guiado por
aspiraciones rudimentarias hacia el derecho, y estimulado por un ocasional cheque por diez
libras enviado para él a través de métodos indirectos, me ha dado una o dos veces
información avanzada que ha sido de valor, del más grande valor, puesto que anticipa y
previene más que vengar el crimen. No puedo dudar de ello, si tuviéramos la clave,
encontraríamos que esta comunicación es de la naturaleza que digo.
Otra vez Holmes aplastó el papel contra su plato intacto. Yo me levanté e, inclinándome
hacia él, observé detenidamente la curiosa inscripción, que decía lo siguiente:
534 C2 13 127 36 31 4 17 21 41
DOUGLAS 109 293 5 37 BIRLSTONE
26 BIRLSTONE 9 47 171
- ¿Qué saca de esto Holmes?
- Es obviamente un intento de transmitir información secreta.
- ¿Pero cuál es el sentido de un mensaje en cifras sin la clave?
- En este momento, no del todo.
- ¿Qué quiere decir con “en este momento”?
- Porque hay muchos números que yo leeré tan fácil como la apócrifa al final de una
columna de avisos: Medios tan crudos entretienen a la inteligencia sin siquiera fatigarla.
Pero esto es diferente. Es claramente una referencia a las palabras de la página de algún
libro. Hasta que me diga qué página y qué libro no puedo hacer nada.
- ¿Pero por qué “Douglas” y “Birlstone”?
- Obviamente porque dichas palabras no están en la página en cuestión.
- ¿Entonces por qué no ha indicado el libro?
- Su agudeza innata, mi querido Watson, esa astucia que es el deleite de sus amigos, lo
prevendría de colocar la clave y el mensaje en el mismo sobre. En caso que se extravíe,
estaría incompleto. Por ello, ambos deben ir por distintos rumbos antes que algún peligro
los amenace. Nuestra segunda pista está atrasada, y estaría sorprendido si no nos trae o una
explicación más detallada de la carta, o, lo que es más probable, el mismo volumen a lo que
estos números se refieren.
Los cálculos de Holmes se realizaron en pocos minutos con la aparición de Billy, el
botones, con la carta que estábamos esperando.
- La misma letra, - me indicó Holmes, al abrir el sobre - y esta vez está firmada - añadió
con interés mientras abría la epístola -. Vamos, ya estamos llegando, Watson -. Sin
embargo, su frente se nubló al fijarse en el contenido.
- ¡Por Dios!, estoy es muy decepcionante. Me temo, Watson, que todas nuestras
expectativas chocaron con nada. Confió en que este hombre, Porlock, saldrá sin problemas
de esto.
“Estimado Mr. Holmes [decía]:
“No iré más lejos en el asunto. Es demasiado peligroso, el sospecha de mí. Puedo
ver que él sospecha de mí. Vino inesperadamente luego de que escribiese la
dirección en el sobre con la intención de enviarle la clave del cifrado. Fui capaz de
esconderla. Si la hubiera visto, me hubiera ido realmente mal. Pero puedo leer la
desconfianza en sus ojos. Por favor queme el mensaje en cifras, que ahora ya no
puede ser útil para usted.”
“FRED PORLOCK”
Holmes se sentó por un momento retorciendo esta misiva entre sus dedos, frunciendo las
cejas, mientras se detenía junto al fuego.
- Después de todo – dijo finalmente – puede que no haya nada en él. Puede ser sólo su
conciencia culpable. Conociéndose a sí mismo como traidor, puede haber leído una
acusación en los ojos de los demás.
- La otra persona a la que se refiere, presumo, que es Moriarty.
- ¡Nada menos! Cuando cualquiera de esa sociedad habla de “él” uno sabe a quién se
refiere. Hay un “él” predominante entre todos ellos.
- ¿Pero qué puede hacer él?
-¡Hum! Ésa es una gran pregunta. Cuando tienes a uno de los primeros cerebros de Europa
en tu contra, y todos los poderes de la oscuridad tras él, hay infinitas posibilidades. De
cualquier manera, el amigo Porlock está evidentemente asustado por encima de todas las
sensaciones. Cuidadosamente compare la escritura en la nota con la del sobre, que fue
hecha, él nos lo dijo, antes de esa inesperada visita. Ésta es clara y firme, la otra es
difícilmente legible.
- ¿Pero por qué escribió después de todo? ¿Por qué no simplemente tiró la nota?
- Porque temía que yo hiciera algunas investigaciones sobre él en ese caso, y le llevara
muchos problemas.
- Sin duda – dije -. Por supuesto -. Había levantado el cifrado original y doblé mi frente
hacia él -. Es un poco sorprendente saber que un importante secreto pueda yacer en este
pedazo de papel, y que penetrar en él está más allá de los poderes humanos.
Sherlock Holmes había apartado su desayuno sin probar y encendió su pipa sin sabor que
era su compañía en sus profundas meditaciones.
- Me pregunto… – dijo, recostándose y observando el techo -. Tal vez hay puntos que
hayan escapado su pensamiento maquiavélico. Consideremos el problema en la luz de la
razón pura. La referencia de este hombre es un libro. Ése es nuestro punto de partida.
- Uno algo vago.
- Veamos si lo podemos acortar. A la par que concentro mi mente en ello, éste se vuelve en
algo un poco menos impenetrable. ¿Qué indicaciones tenemos acerca de este libro?
- Ninguna.
- Bueno, bueno, seguramente no es tan malo como eso. El mensaje comienza con un grande
534, ¿no es así? Podemos tomar como una hipótesis que el 534 es la página en particular a
la que el cifrado se refiere. Así, nuestro libro se ha convertido en un gran libro, que ya es
algo. ¿Qué otras indicaciones tenemos sobre la naturaleza de este gran libro? El siguiente
signo es C2. ¿Qué saca de eso, Watson?
- Segundo capítulo, sin duda.
- Eso es muy difícil, Watson. Usted, estoy seguro, estará de acuerdo conmigo en que si se
nos ha dado la página, el número del capítulo ya no tiene relevancia. También que si la
página 534 recién está en el segundo capítulo, la longitud de la primera debe ser bastante
intolerable.
- Columna – exclamé.
- Brillante, Watson. Está muy despierto esta mañana. Si no significa columna, entonces
estoy completamente engañado. Ahora, ve usted, comenzamos a vislumbrar un gran libro,
impreso en columnas dobles que son de considerable extensión, pues una de las palabras
está indicada en documento como la doscientos noventa y tres. ¿Ya hemos llegado a los
límites que la razón nos puede proveer?
- Me temo que ya los hemos tocado.
- Ciertamente comete una injusticia consigo mismo. Un centelleo más, mi querido Watson,
sólo un poco más de esfuerzo cerebral. Si el volumen hubiera sido una rareza, me lo habría
enviado. En lugar de eso, el quiso, antes que sus planes se derrumbaran, enviarme las pistas
en ese sobre. Él lo dice en la nota. Esto quiere decir que el libro es uno el cual él piensa que
no tendré dificultad alguna en encontrarlo por mí mismo. Él lo posee, y se imaginará que yo
poseo uno también. En resumen, Watson, este es un libro muy común.
- Lo que dice suena muy plausible.
- Así, hemos reducido nuestro campo a un libro extenso, impreso en dobles columnas y de
uso cotidiano.
- ¡La Biblia! – pronuncié triunfante.
- ¡Bien, Watson, bien! ¡Aunque no, si puedo decirlo, lo suficiente! No podría nombrar otro
volumen que se asociara tan poco con los hombres de Moriarty. Además, las ediciones de
las Sagradas Escrituras son tan numerosas que difícilmente supondrá que dos copias
tendrán los mismos números de página. Éste es claramente un libro que está estandarizado.
Da por seguro que su página 534 se corresponderá con mi página 534.
- Pero pocos libros tienen esas características.
- Exacto. He ahí nuestra salvación. Nuestra búsqueda se ha reducido a libros estandarizados
que cualquiera puede tener.
- ¡Bradshaw!
- Hay ciertas dificultades, Watson. El vocabulario de Bradshaw es nervioso y lacónico,
limitado. La selección de palabras vagamente se prestaría para enviar mensajes generales.
Eliminaremos Bradshaw. El diccionario es, me temo, inadmisible por la misma razón. ¿Qué
es lo que queda?
- ¡Un almanaque!
- ¡Excelente, Watson! Hubiera estado equivocado si no hubieras tocado con ese punto. ¡Un
almanaque! Consideremos los servicios del Whitaker’s Almanac. Es de uso común. Tiene
el número de páginas requerido. Está en dos columnas. Aunque reservado en su
vocabulario al inicio, se convierte, si mal no recuerdo, en algo muy locuaz hacia el final –
cogió el volumen de su carpeta –. He aquí, página 534, segunda columna, una substancial
columna sobre las relaciones de estampados, me parece, con el comercio y recursos de la
India Británica. ¡Apunte las palabras, Watson! El número trece es “Mahratta”. Me temo que
no es un comienzo muy prometedor. Número ciento veintisiete es “Gobierno”, lo que al
menos tiene sentido, aunque algo irrelevante para nosotros y el Profesor Moriarty. Ahora,
intentemos de nuevo. ¿Qué es lo que hace el Gobierno de Mahratta? La siguiente palabra es
“cerdas”. ¡Estamos acabados, mi querido Watson! ¡Se terminó!
Había hablado en sentido burlón, pero la contracción de sus pobladas cejas anunciaba su
decepción e irritación. Me senté sin poder ayudar y descontento, observando el fuego. Un
largo silencio fue roto por una súbita exclamación de Holmes, que corrió al armario del que
emergió con un segundo volumen color amarillo en su mano.
- ¡Pagamos el precio, Watson, por están tan al corriente con las fechas! – exclamó –. Lo
estamos, y sufrimos los castigos usualmente. Siendo sólo el 7 de enero, hemos confiado a
ciegas en el nuevo almanaque. Es muy probable que Porlock tomara su mensaje del
anterior. No hay duda de que nos lo habría dicho de haber escrito su nota de explicación.
Ahora veamos que nos aguarda la página 534. Número trece es “Hay”, lo que es mucho
más prometedor. Número ciento veintisiete es “un”. “Hay un” – los ojos de Holmes
brillaban de excitación y sus delgados y nerviosos dedos temblaban mientras pronunciaba
las palabras. “Peligro”, ¡Ha, ha! ¡Importante! Ponga eso, Watson. “Hay” “un” “peligro”
“puede” “venir” “muy” “pronto” “uno”. Luego tenemos el nombre “Douglas” “rico”
“hombre del campo” “ahora” “en” “Birlstone” “House” “Birlstone” “confidencia” “es”
“urgente” (“There” “is” “danger” “may” “come” “very” “soon” “one” “Douglas” “rich”
“country” “now” “at” “Birlstone” “House” “Birlstone” “confidence” “is” “pressing”). ¡Lo
tenemos, Watson! ¿Qué piensa de la razón pura y su fruto? Si el tendero tuviera algo así
como una corona de laureles, debería enviar a Billy inmediatamente por una.
Me quedé mirando fijamente el mensaje que había garabateado, mientras él lo descifraba,
en una hoja de papel oficio en mi rodilla.
- ¡Qué rara y enmarañada manera de expresar su significado! – dije.
- Por el contrario, lo ha hecho de una forma muy notable – dijo Holmes –. Cuando uno
busca en una columna palabras para precisar un significado, difícilmente puedes hallar
todas las que quisieras. Estás obligado a dejar algo para la inteligencia de tu
correspondiente. El significado está perfectamente claro. Una maldad se está tramando en
contra de un tal Douglas, que quien quiera que sea, es un rico caballero campestre. Está
seguro, “confidencia” fue lo más cerca que pudo tener a “confidente”, que es apremiante.
He allí nuestro resultado, y un trabajo muy bien elaborado en análisis terminó siendo.
Holmes tenía la alegría imprecisa de un verdadero artista en su mejor trabajo, incluso
mientras se lamentaba oscuramente cuando caía debajo del gran nivel al que él aspiraba.
Aún se reía muy discretamente cuando Billy abrió la puerta y el inspector MacDonald de
Scotland Yard fue conducido al cuarto.
Esos eran los primeros días a finales de los 80’s cuando Alec MacDonald estaba lejos de
haber alcanzado la fama nacional que ahora ha alcanzado. Era un joven, pero en el cual se
depositaba confianza, miembro del departamento de detectives, que se había distinguido en
varios casos que se le habían encomendado. Su alta y huesuda figura daba rasgos de
excepcional fuerza física, que su gran cráneo y profundos, lustrosos ojos hablaban no
menos de su filosa inteligencia que chispeaba de sus frondosas cejas. Era un callado y
preciso hombre con un temperamento serio y un fuerte acento de Aberdeen.
Dos veces en su carrera le ayudó Holmes en alcanzar el éxito, siendo su única recompensa
el disfrute intelectual en los problemas. Por esta razón, la inclinación y el respeto del
escocés hacia su colega amateur eran profundos, y él los demostraba con la franqueza con
la que consultaba a Holmes en cada dificultad. La mediocridad no conoce nada más allá de
ella, pero el talento instantáneamente reconoce a los genios, y MacDonald tenía talento
suficiente para su profesión para permitirle percibir que no había humillación en buscar la
asistencia de alguien ya se erguía entre toda Europa, tanto en sus dones como en su
experiencia. Holmes no estaba predispuesto a la amistad, pero era tolerante con el gran
escocés, y sonrió al aparecer su figura.
- Usted es un madrugador, Mr. Mac – dijo él – le deseo suerte con su gusano. Me temo que
esto significa que hay alguna diablura en marcha.
- Si dijera “espero” en lugar de “me temo”, estaría más cerca de la verdad. Estoy pensando,
Mr. Holmes, - el inspector respondió con una sonrisa -. Bien, tal vez un pequeño trago
disipará el frío de la cruda mañana. No, no fumaré, gracias. Deberé esforzarme mucho,
pues las horas más tempranas de un caso son las más preciosas, como no sabe otro hombre
mejor que usted. Pero…, pero…
El inspector se había detenido de repente, y miraba fijamente con absoluto asombro un
papel que había sobre la mesa. Era la hoja sobre la que había garabateado el enigmático
mensaje.
- ¡Douglas! – balbuceó - ¡Birlstone! ¿Qué es esto, Mr. Holmes? ¡Hombre, eso es una
brujería! ¿Dónde, en nombre de todos los dioses, consiguió estos nombres?
- Es un código que el Dr. Watson y yo tuvimos oportunidad de resolver. ¿Pero por qué, qué
hay de extraño con esos nombres?
El inspector nos miraba al uno y al otro con sorpresa confundida.
- Sólo esto – dijo –, que Mr. Douglas de Birlstone Manor House fue horriblemente
asesinado anoche.
Capítulo 2
SHERLOCK HOLMES HACE UN DISCURSO
Era uno de esos dramáticos momentos por los que mi amigo existía. Hubiera sido una
exageración decir que estaba alterado o incluso excitado por el increíble aviso. Sin tener
una pizca de crueldad en su singular composición, era indiscutiblemente duro a partir de
una larga sobreestimulación. Aún así, si sus emociones eran opacas, sus percepciones
intelectuales eran excesivamente activas. No había ni rastro del horror que yo sí había
sentido con esa cruda declaración, pero su rostro mostró, en su lugar, la quieta e interesada
postura del químico que ve los cristales cayendo de su posición inicial por la solución
sobresaturada.
- ¡Extraordinario! –dijo - ¡Extraordinario!
- No se ve muy sorprendido.
- Interesado, Mr. Mac, pero apenas sorprendido. ¿Por qué debería estarlo? Recibo un
mensaje anónimo de un origen que sé que es importante, advirtiéndome que un peligro
amenaza a cierta persona. En una hora me entero que este peligro ya se ha materializado y
que la persona está muerta. Estoy interesado; pero, como observa, no estoy sorprendido.
En pocas cortas oraciones explicó al inspector los hechos acerca de la carta y el cifrado.
MacDonald se sentó con su mentón en sus manos y sus grandes y rojizas cejas juntadas en
un embrollo amarillo.
- Me iba a dirigir a Birlstone esta mañana – dijo -. Vine a preguntarle si le interesaba venir
conmigo… usted y su amigo aquí. Pero por lo que dice podríamos quizá hacer un mejor
trabajo en Londres.
- Más bien pienso que no – señaló Holmes.
- ¡Mire bien esto, Mr. Holmes! – exclamó el inspector -. Los periódicos estarán llenos del
misterio de Birlstone en un día o dos; ¿pero dónde está el misterio si hay un hombre en
Londres que profetizó el crimen antes de que ocurriera? Solamente debemos echar el
guante a ese hombre, y el resto vendrá por sí solo.
- Sin duda, Mr. Mac. ¿Pero cómo se propone echar el guante al tal Porlock?
MacDonald volteó la carta que Holmes le había alcanzado.
- Echada en Camberwell… eso no nos ayuda mucho. El nombre, usted dice, es falso. No
hay mucho para avanzar, de verdad. ¿No dijo que le había enviado dinero?
- Dos veces.
- ¿Y cómo?
- En cheques a la oficina de correos de Camberwell.
- ¿Alguna vez se molestó en ir a ver quién los cobraba?
- No.
El inspector se vio estupefacto y un poco sacudido.
- ¿Por qué no?
- Porque siempre mantengo la fe. Le prometí cuando escribió por primera vez que no
intentaría rastrearlo.
- ¿Piensa que hay alguien tras él?
- Sé que lo hay.
- ¿El profesor que lo oí mencionar?
- ¡Exactamente!
El inspector MacDonald se sonrió, y su párpado se estremeció mientras observaba hacia mí.
- No se lo ocultaré, Mr. Holmes, pero en la División de Investigaciones Criminales creemos
que siente algo así como una abeja en su sombrero cuando habla sobre este profesor. He
hecho averiguaciones al respecto por mí mismo. Parece ser una clase de hombre muy
respetable, ilustrada y talentosa.
- Me alegro que haya ido tan lejos como para reconocer su talento.
- ¡Hombre, no puede sino reconocerlo! Después de ver su punto de vista hice que mi tarea
fuera ir a verlo. Tuve una conversación con él sobre los eclipses. Cómo la charla fue hacia
ese camino no lo sé; pero con una linterna de reflexión y un globo terráqueo lo aclaró todo
en un minuto. Me prestó un libro; pero no me preocupa decir que está un poco avanzado
para mí cabeza, a pesar que tengo una buena educación de Aberdeen. Él hubiera sido un
gran ministro con esa delgada cabeza y gris cabello y manera de hablar solemne. Cuando
puso su mano en mi hombro al despedirnos, fue como la bendición de un padre antes de ir a
un mundo frío y cruel.
Holmes dejó ver una risita y frotó sus manos.
- ¡Estupendo! – dijo - ¡Estupendo! ¿Dígame, amigo MacDonald, esta agradable y
conmovedora entrevista fue, me imagino, en el estudio del profesor?
- Así es.
- Una bonita habitación, ¿no es cierto?
- Muy bonita… muy elegante mejor dicho, Mr. Holmes.
- ¿Se sentó frente a su escritorio?
- Justo lo que dice.
- ¿El sol caía en los ojos de usted y la cara de él estaba en sombras?
- Bueno, ya era de tarde; pero recuerdo que la lámpara estaba dando a mi rostro.
- Debería estarlo. ¿Pudo ver una pintura encima de la cabeza del profesor?
- No me pierdo de mucho, Mr. Holmes. Quizás aprendí ello de usted. Sí, ví la pintura… una
mujer joven con su cabeza en sus manos, asomándose de lado a lado.
- Ese cuadro está hecho por Jean Baptiste Greuze.
El inspector se esforzó en verse intrigado.
- Jean Baptiste Greuze – Holmes continuó, juntando la punta de sus dedos y recostándose
en su silla – fue un artista francés que floreció entre los años 1750 y 1800. Aludo,
verdaderamente, su carrera artística. La crítica moderna ha hecho más que respaldar la alta
opinión que tenían de él sus contemporáneos.
Los ojos del inspector se agrandaron abstractamente.
- No sería mejor… - manifestó.
- Lo estamos haciendo – Holmes lo interrumpió -. Todo lo que estoy diciendo tiene un lazo
muy directo y vital con lo que usted ha llamado el Misterio de Birlstone. De hecho, puede
ser en un sentido el mismo centro de él.
MacDonald sonrió débilmente, y me miró como buscando mi apoyo.
- Sus pensamientos se mueven demasiado rápido para mí, Mr. Holmes. Deja un eslabón o
dos, y no puedo cruzar la brecha. ¿Cuál en todo el grande y ancho mundo puede ser la
conexión entre este fallecido pintor y lo acontecido en Birlstone?
- Todo conocimiento es útil para el detective – remarcó Holmes -. Incluso la certeza trivial
que en el año 1865 un cuadro de Greuze titulado “La Jeune Fille a l’Agneau” alcanzó un
millón doscientos mil francos, más de cuarenta mil libras, en la venta de Portalis puede
comenzar un tren de reflexiones en su mente.
Era claro que lo logró. El inspector se vio honestamente atraído.
- Puedo recordarle – continuó Holmes – que el salario del profesor puede ser averiguado en
varios libros confiables de referencias. Es de setecientos al año.
- Entonces cómo pudo comprar…
- ¡Así es! ¿Cómo pudo?
- Hey, eso es sorprendente – dijo el inspector consideradamente -. Diga más, Mr. Holmes.
Lo estoy disfrutando. ¡Es grandioso!
Holmes sonrió. Siempre se entusiasmaba por una genuina admiración, la característica del
real artista.
- ¿Qué hay acerca de ir a Birlstone?
- Tenemos tiempo aún – contestó el inspector, mirando su reloj -. Tengo un taxi en la puerta
y no nos tomará ni veinte minutos en llegar a Victoria. Pero sobre esta pintura: Pensé que
me había dicho una vez, Mr. Holmes, que nunca se hubo encontrado con el Profesor
Moriarty.
- No, nunca lo he hecho.
- ¿Entonces, cómo conoce sus habitaciones?
- Ah, ése es otro punto. He estado tres veces en sus aposentos, dos de ellas esperándolo bajo
diferentes pretextos y retirándome antes que regrese. Una vez… bueno, difícilmente puedo
contarle sobre esa vez a un detective oficial. Fue en la última ocasión que me tomé la
libertad de rebuscar entre sus papeles… con los más inesperados resultados.
- ¿Halló algo comprometedor?
- Absolutamente nada. Eso fue lo que me impresionó. Sin embargo, ha visto ahora el
motivo de hablar de la pintura. Demuestra que es un hombre muy pudiente. ¿Dónde
adquiere sus riquezas? Es soltero. Su hermano menor es un director de estación en el oeste
de Inglaterra. Su cátedra vale setecientas al año. Y tiene un Greuze.
- ¿Bueno?
- Seguramente la inferencia sencilla.
- ¿Quiere usted decir que posee un gran ingreso y que debe obtenerlo de la manera ilegal?
- Exacto. Obviamente tengo otras razones para pensar en ello… docenas de pequeños hilos
que nos llevan vagamente hacia el centro de la telaraña donde la venenosa, inmóvil criatura
está al acecho. Sólo mencioné al Greuze porque lleva al asunto al rango de su propia
observación.
- Bueno, Mr. Holmes, admito que lo que dice es cautivante: es más que cautivante… es
soberbio. Pero vamos a hacerlo un poco más despejado si usted puede. ¿Es falsificación,
acuñación de monedas falsas, robos… de dónde proviene el dinero?
- ¿Ha leído alguna vez sobre Jonathan Wild?
- Bueno, el nombre me suena familiar. Un personaje de novela, ¿no es así? Yo no sé mucho
de detectives de novelas… sujetos que hacen las cosas y nunca te dejan ver cómo las
hicieron. Eso es sólo inspiración: no es mi negocio.
- Jonathan Wild no fue un detective, y no pertenece a una novela. Era un maestro criminal,
y vivió en el siglo pasado… 1750 o en sus alrededores.
- Entonces no tiene ningún uso para mí. Soy un hombre práctico.
- Mr. Mac, la cosa más práctica que pueda hacer en su vida es encerrarse por tres meses y
leer doce horas al día los anales del crimen. Todo viene en círculo, incluso el Profesor
Moriarty. Jonathan Wild era la fuerza oculta de los criminales de Londres, por lo que
vendía sus cerebros y su organización por una comisión del quince por ciento. La vieja
rueda se vuelve, y el mismo discurso se repite. Todo ya ha sido hecho antes, y lo será de
nuevo. Le diré una o dos cosas acerca de Moriarty que le podrían atraer.
- Desde luego que me atraerá, ya de por sí.
- Yo sé quién es el primer eslabón en su cadena… una cadena con este Napoleón envilecido
a un lado y un ciento de peleadores arruinados, ladronzuelos, chantajistas y fulleros al otro,
con cualquier clase de crimen en medio. Su jefe de estado mayor es el coronel Sebastian
Moran, tan reservado y guardado e inaccesible a la ley como él mismo. ¿Cuánto cree que le
paga?
- Me gustaría escucharlo.
- Seis mil al año. Eso es pagar por cerebros, ve usted, el principio de negocios americano.
Conseguí ese detalle casi por casualidad. Es más de lo que gana el Primer Ministro. Eso le
da una idea de las ganancias de Moriarty y la escala en la que trabaja. Otro punto: Hice que
mi trabajo fuese seguir algunos de los cheques de Moriarty últimamente… sólo comunes e
inocentes cheques con los que paga las facturas de su renta. Estaban girados en seis
distintos bancos. ¿Eso hace alguna impresión en su mente?
- ¡Singular, ciertamente! ¿Pero qué obtiene de ello?
- Que no quiere esparcir comentarios sobre su riqueza. Ningún hombre debe saber lo que
tiene. No dudo de que tenga veinte cuentas bancarias; el grueso de su fortuna en el exterior
en el Deutsche Bank o el Credit Lyonnais es probable. Alguna vez cuando tenga un año o
dos para disponer le recomendaría el estudio del Profesor Moriarty.
El inspector MacDonald se mostraba firmemente más impresionado a la par que la
conversación procedía. Se había perdido en su fascinación. Ahora, su práctica inteligencia
escocesa lo trajo de vuelta con un chasquido al asunto en cuestión.
- Se puede cuidar, de todos modos – prorrumpió -. Nos tuvo desviados con sus curiosas
anécdotas, Mr. Holmes. Lo que realmente cuenta es su observación de que hay una
conexión entre este profesor y el crimen. Eso lo sabe por la advertencia recibida a través del
hombre Porlock. ¿Podemos, por nuestras necesidades prácticas presentes, ir más lejos de
ello?
- Podemos formar una concepción sobre los motivos del crimen. Es, como lo percibo por
sus primeros comentarios un inexplicable, o por lo menos inexplicado, crimen. Ahora,
asumiendo que el origen del crimen es quien sospechamos, pueden haber dos motivos
diferentes. En primer lugar, debo decir que Moriarty gobierna con una barra de hierro sobre
su gente. Su disciplina es tremenda. Sólo hay un castigo en su código. Es la muerte.
Entonces podemos suponer que este hombre asesinado, este Douglas cuya próxima suerte
fue conocida por uno de los subordinados del archicriminal, hubo de alguna manera
traicionado al jefe. Su castigo siguió a ello, y debió ser sabido por todos… tal vez
solamente para poner terror de muerte sobre todos ellos.
- Bueno, eso es una sugestión, Mr. Holmes.
- La otra es que fue maquinado por Moriarty en el ordinario curso de sus trabajos. ¿Hubo
algún hurto?
- No lo he oído.
- Si lo hay, estará, por supuesto, en contra de la primera hipótesis y a favor de la segunda.
Moriarty pudo ser contratado para dirigir eso con la promesa de repartir el botín, o pudo
haber sido pagado lo suficiente para encargarse de ello y nada más. Cualquiera es posible.
Pero cualquiera que sea, o si es una tercera combinación, es en Birlstone donde debemos
hallar la solución. Conozco a nuestro hombre lo suficiente para saber que ha dejado algo
allí que nos llevará el camino hacia él.
- ¡Entonces a Birlstone iremos! – gritó MacDonald saltando de su silla -. ¡Mi Dios! Es más
tarde de lo que creía. Les puedo dar, caballeros, cinco minutos para que se preparen, y eso
es todo.
- Y es bastante para ambos – respondió Holmes mientras se incorporaba y se apuraba en
cambiar su batín por su abrigo -. Mientras estemos en la ruta, Mr. Mac, le pediré que sea
bueno y nos diga todo sobre el problema.
“Todo sobre el problema” resultó ser decepcionantemente poco, y sin embargo era lo
suficiente para asegurarnos que en este caso valía la pena atraer la atención más grande del
experto. Se animó y restregó sus delgadas manos mientras escuchaba los escasos pero
importantes detalles. Una larga serie de semanas estériles yacía detrás de nosotros, y por fin
había un apropiado objeto para esos increíbles poderes que, como todos los dones
especiales, se volvían tediosos para su propietario cuando no se usaban. Ese afilado cerebro
se despuntaba y oxidaba con la inacción.
Los ojos de Sherlock Holmes relucían, sus pálidas mejillas tomaban un matiz más cálido, y
su ansioso rostro brillaba con una luz interior cuando le llegaba la llamada al trabajo.
Reclinándose hacia delante en el taxi escuchó, atentamente a MacDonald el pequeño
esbozo del problema que nos esperaba en Sussex. El inspector dependía, como nos explicó,
de una cuenta garabateada y dirigida a él por el tren de la leche en las tempranas horas de la
mañana. White Mason, el oficial local, era un amigo personal, y por lo tanto MacDonald
había sido notificado más prontamente de lo usual para Scotland Yard cuando los
provincianos requieren su asistencia. Es un rastro muy frío sobre el cual el experto
metropolitano es generalmente solicitado para actuar.
“Estimado inspector MacDonald [decía la carta que nos leyó]:
“La requisición oficial de sus servicios está en otro sobre. Esto es para su ojo
privado. Telegrafíeme sobre el tren que en la mañana lo llevará hacia Birlstone, y lo
recibiré… o lo haré recibir si estoy muy ocupado. Este caso es muy penoso. No
desperdicie ni un momento en comenzar. Si puede traer a Mr. Holmes, por favor
hágalo; porque él de seguro encontrará algo tras su propio corazón. Pensaríamos
que todo ha sido arreglado para un efecto teatral si no hubiera un hombre muerto en
medio de todo. ¡Por Dios! Es muy penoso.”
- Su amigo no parece ningún tonto – remarcó Holmes.
- No, señor, White Mason es un hombre muy enérgico, si se me puede considerar un juez.
- Bueno, ¿tiene algo más?
- Sólo que nos dará todos los detalles cuando nos reunamos con él.
- ¿Entonces cómo sabe lo de Mr. Douglas y el hecho que fue horriblemente asesinado?
- Eso estaba en el cubierto informe oficial. No decía “horrible”: ése no es un término oficial
reconocido. Daba el nombre de John Douglas. Mencionaba que sus heridas fueron en la
cabeza, por la descarga de una escopeta. También mencionaba la hora de la alarma, que fue
cerca de la medianoche de anoche. Añadía que el caso era indudablemente uno de
asesinato, pero que ningún arresto había sido hecho, y que el caso era uno que presentaba
algunos detalles perplejos y extraordinarios. Eso es absolutamente todo lo que tenemos al
presente, Mr. Holmes.
- Ahora, con su permiso, lo dejaremos tal como está, Mr. Mac. La tentación de formar
teorías prematuras con datos insuficientes es la ruina de nuestra profesión. Puedo ver
solamente dos cosas certeras por el momento… un gran cerebro en Londres, y un hombre
muerto en Sussex. Es la cadena de en medio la que vamos a rastrear.
Capítulo 3
LA TRAGEDIA DE BIRLSTONE
Ahora por un momento pediré remover mi propia insignificante personalidad para describir
los eventos que ocurrieron antes de arribar a la escena por medio de la luz de conocimiento
que nos llegó mucho después. Sólo en este forma puedo hacer que el lector aprecie la gente
concernida y el extraño escenario en el cual su suerte estaba echada.
El pueblo de Birlstone es un pequeño y muy antiguo grupo de casitas de mitad
enmaderadas en la frontera norte del condado de Sussex. Por siglos ha permanecido sin
cambios, pero en los últimos años su pintoresca apariencia y situación ha atraído a un
número de bienhechores residentes, cuyas casas de campo se atisban desde los bosques a su
alrededor. En la localidad se cree que estos bosques son el extremo fleco del gran bosque
de la campiña que se estrecha hasta que llega a los yacimientos de yeso al norte. Un número
de pequeñas tiendas han surgido para satisfacer las necesidades de la creciente población;
pues hay algunos prospectos que dicen que Birlstone pronto pasará de ser una villa
anticuada a un moderno lugar. Es el centro de una considerable área de campo, pues
Tunbridge Wells, el sitio de importancia más cercano, está a diez o doce millas al este, en
las fronteras con Kent.
A una media milla del pueblo, construido en un viejo parque famoso por sus enormes
árboles de haya, está la antigua Manor House de Birlstone. Una parte de este venerable
edificio data del tiempo de la primera cruzada, cuando Hugo de Capus erigió una fortaleza
en el centro de la hacienda, que le fue dada por el Rey Rojo. Ésta fue destruida por el fuego
en 1543, y algunas de sus piedras en las esquinas, ennegrecidas por el humo, fueron usadas
cuando, en tiempos jacobinos, una gran casa de campo emergió de las ruinas del castillo
feudal.
Manor House, con sus múltiples aleros y sus pequeños cristales romboides en las ventanas,
era casi la misma que el constructor dejó a comienzos del siglo XVII. De los dos fosos que
una vez guardaron a su predecesor bélico, el exterior se había dejado secar, y servía la
humilde función de una huerta. El interior aún estaba allí, y permanecía a cuarenta pies de
anchura, contorneando toda la casa. Una pequeña corriente lo alimentaba y continuaba más
allá de él, para que la extensión de agua, aunque turbia, nunca fuese como de acequia o
insalubre. Las ventanas del piso inferior estaban a un pie de la superficie del agua. La única
vía de acceso a la casa era un puente levadizo, cuyas cadenas y árganas se había oxidado y
roto hacía mucho tiempo. Los últimos inquilinos de Manor House había, no obstante, con
energía característica, arreglado ello, y el puente levadizo no sólo era capaz de levantarse,
sino que se levantaba cada tarde y se bajaba cada mañana. Por esta renovación de las
costumbres de los viejos días feudales, Manor House era convertida en una isla durante la
noche… un hecho que tiene una muy directa relación con el misterio que estaba próximo a
capturar la atención de toda Inglaterra.
La casa había estado sin dueños por algunos años y amenazaba con desmoronarse en un
pintoresco decaimiento cuando los Douglas tomaron posesión de ella. Esta familia consistía
únicamente de dos individuos… John Douglas y su esposa. Douglas era un hombre
sorprendente, tanto en carácter como en persona. En edad pudo haber tenido alrededor de
cincuenta, con fuertes mandíbulas y robusta cara, un bigote pardusco, ojos grises
particularmente perspicaces, y una nervuda, vigorosa figura que no había perdido nada de
la fuerza y actividad de la juventud. Era animado y genial con todos, pero algo descuidado
en sus maneras, dando la impresión de que había visto la vida en estrato social o algún
horizonte más lejano que la sociedad del condado de Sussex.
Aún así, aunque visto con algo de curiosidad y reserva por sus más cultos vecinos, pronto
adquirió una gran popularidad entre los pueblerinos, suscribiéndose generosamente a todos
los eventos locales, y asistiendo a sus conciertos de fumadores y otras funciones, donde,
teniendo una destacable y rica voz de tenor, estaba siempre listo para complacer con una
excelente canción. Parecía tener mucho dinero, que se decía que había ganado en los
campos auríferos de California, y era claro por sus propias palabras y las de su esposa que
había pasado parte de su vida en América.
La buena impresión producida por su generosidad y sus modales democráticos se
incrementó por la reputación que se ganó por su completa indiferencia al peligro. Aunque
era un malísimo jinete acudía a todos los concursos, y se daba las más impresionantes
caídas en su determinación de ser siempre mejor. Cuan la vicaría se incendió se distinguió
por la temeridad con la que volvió a entrar a la construcción para salvar propiedades, luego
de que la brigada de bomberos local lo había abandonado como imposible. Así fue como
este John Douglas de Manor House se ganó en cinco años una gran reputación en Birlstone.
Su esposa, también, era popular con todos lo que entablaban alguna amistad con ella;
aunque, debido a la conducta inglesa, las visitas a un extraño que se ha instalado en el
condado sin introducciones eran pocas y distantes. Esto no le importaba mucho a ella,
porque por disposición propia se apartaba, por todas las apariencias, para dedicarse a su
esposo y las labores domésticas. Se sabía que ella era un señorita inglesa que conoció a Mr.
Douglas en Londres, siendo él en ese tiempo un viudo. Era una bella, alta, modesta y
delgada mujer, unos veinte años más joven que su marido, una disparidad que no parecía
disturbar la felicidad de su vida familiar.
Era digno de decir, con todo, por aquellos que los conocían mejor, que la confidencia entre
los dos no era completa, pues era muy reservada acerca de la vida pasada de su cónyuge, o
sino, lo que era más probable, había sido imperfectamente informada sobre ella. También
se había notado y comentado por una poca gente observadora que habían signos a veces de
nerviosismo por parte de Mrs. Douglas, y que manifestaría agudos malestares si su ausente
marido estaba particularmente tarde en su retorno. En las tranquilas tierras campestres,
donde todo chisme es bienvenido, esta debilidad de la señora de Manor House no pasaba
desapercibida y se hizo más grande en la memoria de la gente cuando los eventos surgieron,
lo que le daría un significado muy especial.
Había otro individuo cuya residencia bajo ese techo era, es verdad, esporádica, pero su
presencia al mismo tiempo que los extraños sucesos que ahora serán narrados llevó su
nombre prominentemente ante el público. Éste era Cecil James Barker, de Hales Lodge,
Hampstead.
La figura alta, desvencijada de Cecil Barker era una familiar en la calle principal de
Birlstone; pues él era un frecuente y bienvenido visitante en Manor House. Era el único
amigo conocido de la vida pasada de Mr. Douglas que lo visita en sus nuevos dominios
ingleses. Barker era indudablemente un inglés; pero por sus comentarios era claro que había
conocido a Douglas en América y que había establecido íntimas relaciones con él. Parecía
ser un hombre de considerable fortuna y se decía ser soltero.
En edad era un poco menor que Douglas, cuarenta y cinco como máximo; alto, derecho, de
pecho ancho con un rostro rasurado, de boxeador, espesas, fuertes y negras cejas, y un par
de dominantes ojos oscuros que podrían, incluso sin la ayuda de sus manos, limpiarle el
camino a través de una multitud hostil. No montaba ni era tirador, pero pasaba los días
vagabundeando por la vieja aldea con la pipa en su boca, o manejando carrozas con su
anfitrión, o en su ausencia, con su anfitriona, a través de los bellos campos. “Un caballero
sereno y liberal” dijo Ames, el despensero. “¡Pero por todos los cielos! ¡Yo no habría
querido ser el hombre que se cruce por su camino!” Era cordial e íntimo con Douglas, y no
era menos amistoso con su esposa… una amistad que más de una vez le causó una
irritación a su esposo, tanto que incluso los sirvientes podían percibir su enojo. Ésa era la
tercera persona que ya era una de la familia cuando la catástrofe ocurrió.
En cuanto a los otros residentes de la vieja casa, basta de todo el amplio servicio de
sirvientes con mencionar al remilgado, respetable y capaz Ames, y Mrs. Allen, una rolliza y
jovial persona, que releva a la señora en algunos de los quehaceres de la casa. Los otros seis
empleados en la mansión no se relacionan con los eventos de la noche del seis de enero.
Eran las once y cuarenta y cinco cuando la primera alarma llegó a la pequeña estación de la
policía local, a cargo del sargento Wilson de la cuadrilla de alguaciles de Sussex. Cecil
Barker, muy excitado, había corrido hacia la puerta y hecho sonar fuertemente la campana.
Una terrible tragedia había ocurrido en Manor House, y John Douglas había sido asesinado.
Ésa era el expectante contenido de su mensaje. Se apuró en regresar a la casa, seguido en
minutos por el sargento de policía, que llegó a la escena del crimen un poco después de las
doce en punto, luego de tomar prontas disposiciones en avisar a las autoridades del condado
que algo serio estaba en pie.
Al llegar a Manor House, el sargento encontró el puente levadizo abajo, las ventanas
encendidas, y toda la casa en estado de confusión salvaje y alarma. Los pálidos sirvientes
estaban amontonados todos en el vestíbulo, con el asustado mayordomo retorciéndose las
manos en la entrada. Solamente Cecil Barker parecía ser dueño de sí mismo y sus
emociones; abrió la puerta que estaba más cerca del pórtico e hizo una al sargento para que
lo siguiera. En ese momento llegó el Dr. Wood, un fuerte y hábil profesional del pueblo.
Los tres hombres entraron al aposento fatal juntos, a la par que el horrorizado despensero
siguió sus pasos, cerrando la puerta tras él para ocultar la terrible escena de los sirvientes.
El difunto yacía de espaldas, acostado con las piernas abiertas en el centro del cuarto.
Estaba vestido sólo con su batín rosado, que cubría sus pijamas. Habían pantuflas en sus
pies desnudos. El doctor se arrodilló a su lado y sostuvo la lámpara de mano que
permanecía en la mesa. Una ojeada a la víctima era suficiente para mostrarle al médico que
su presencia podía ser prescindida. El hombre había sido horriblemente herido. Tendido a
través de su pecho había una curiosa arma, una escopeta con el cañón aserrado un pie frente
a los gatillos. Era obvio que había sido disparado a corta distancia y que había recibido toda
la carga en la cara, volando su cabeza en pedazos. Los gatillos habían sido accionados a la
vez, para hacer la simultánea descarga más destructiva.
El policía de campo estaba enervado y preocupado por la tremenda responsabilidad que
sorpresivamente caía sobre él.
- No tocaremos nada hasta que lleguen mis superiores – dijo en una quieta voz, mirando
fijamente con horror a la cabeza espantosa.
- Nada ha sido tocado hasta ahora – respondió Cecil Barker -. Yo respondo por eso. Lo ve
todo exactamente como lo encontré.
- ¿A qué hora fue eso? – el sargento había sacado su libreta de apuntes.
- Eran justo las once y media. No me había comenzado a desvestir, y estaba sentado junto
al fuego en mi habitación cuando oí el escopetazo. No fue muy fuerte… pareció ser
amortiguado. Corrí rápidamente… no pienso que fueran treinta segundos antes que
estuviera en el cuarto.
- ¿La puerta estaba abierta?
- Sí, estaba abierta. El pobre Douglas yacía como lo encuentra ahora. La vela de su
dormitorio ardía sobre la mesa. Fui yo quien encendió la lámpara minutos después.
- ¿No vio a nadie?
- No. Oí a Mrs. Douglas bajando las escaleras tras de mí, y me apresuré en prevenir que
viera esta vista horrorosa. Mrs. Allen, el ama de llaves, vino y se la llevó. Ames arribó y
entramos al aposento nuevamente.
- Pero seguramente yo he oído que el puente levadizo está levantado toda la noche.
- Sí, estaba levantado hasta que yo lo bajé.
- ¿Entonces cómo pudo el asesino escapar? ¡Está fuera de toda lógica! Mr. Douglas debió
dispararse a sí mismo.
- Ésa fue nuestra primera idea. ¡Pero vea! – Barker arrimó la cortina y mostró que la larga
ventana de cristal en forma de rombo estaba abierta en toda su extensión -. ¡Y mire esto!
-llevó la lámpara para iluminar una mancha de sangre como la marca de una suela de bota
en el umbral de madera.
- Alguien se quedó aquí al salir.
- ¿Quiere decir que alguien vadeó el foso?
- ¡Exacto!
- Entonces si usted estuvo en el recinto en medio minuto, debió haber estado en el agua en
ese momento.
- No tengo duda acerca de ello. ¡Quisiera por todos los cielos haber corrido a la ventana!
Pero la cortina lo tapaba, como usted ve, por lo que nunca se me ocurrió. En aquel
momento oí los pasos de Mrs. Douglas, y no le dejé entrar en el lugar. Hubiera sido
demasiado terrible.
- ¡Suficientemente terrible! – dijo el doctor, mirando a la cabeza hecha añicos y las atroces
marcas que la rodeaban -. Nunca había visto tales heridas desde el choque ferroviario de
Birlstone.
- Pero, yo digo – remarcó el sargento policía, cuyo lento y bucólico sentido común todavía
ponderaba la ventana abierta -. Está muy bien lo que dice que un hombre escapó vadeando
el foso, pero lo que le pregunto es, ¿cómo llegó a la casa si el puente estaba elevado?
- Ah, ésa es la pregunta – replicó Barker.
- ¿A qué hora era levantado?
- Fue cerca de las seis – manifestó Ames, el mayordomo.
- He oído – opinó el sargento – que usualmente estaba elevado al ocaso. Eso sería más
cerca de las cuatro y media que de las seis en esta época del año.
- Mrs. Douglas tuvo visitantes para tomar el té – expresó Ames -. No lo pude levantar hasta
que se fuesen. Luego lo alcé yo mismo.
- Entonces todo viene a esto – alegó el sargento - Si alguien vino de fuera, si lo hizo,
debieron hacerlo a través del puente antes de las seis, y estar escondido desde entonces,
hasta que Mr. Douglas fue al cuarto después de las once.
- ¡Eso es! Mr. Douglas iba por toda la casa cada noche, lo último que hacía antes de
meterse, para ver que las luces estuvieran en orden. Esto lo trajo hasta aquí. El hombre
estaba esperando y le disparó. Posteriormente se alejó por la ventana y dejo su arma tras él.
Así es como lo leo, porque nada más encajaría en los hechos.
El sargento recogió una tarjeta que estaba junto al cadáver en el piso. Las iniciales V. V. y
bajo ellas el número 341 estaban rudamente garabateadas con tinta en ella.
- ¿Qué es esto? – preguntó, sosteniéndola.
Barker la miró con curiosidad.
- No la había notado – indicó -. El asesino debió haberlo dejado tras él.
- V. V. - 341. No puedo sacar nada concreto de ello.
El sargento continuó agitándola entre sus grandes dedos.
- ¿Qué es V. V.? Las iniciales de alguien probablemente. ¿Qué es lo que tiene allí, Dr.
Wood?
Era un martillo de un gran tamaño el que yacía en la alfombra frente a la chimenea… un
sólido y bien acabado martillo. Cecil Barker apuntó a una caja de clavos con cabeza de
latón sobre la repisa.
- Mr. Douglas estuvo cambiando las pinturas ayer – declaró -. Lo vi yo mismo, parándose
encima de la silla y fijando el gran cuadro ahí arriba. Eso explica el martillo.
- Haríamos bien en volverlo a poner en la alfombra donde lo hallamos – comentó el
sargento, rascando su confundida cabeza en perplejidad -. Necesitará de los mejores
cerebros de la fuerza para llegar al fondo de todo esto. Será un trabajo de Londres antes de
haber finalizado - alzó la lámpara de mano y avanzó lentamente en la estancia -. ¡Hola! –
gritó, excitado, descorriendo la cortina de la ventana a un lado -. ¿A qué hora fueron
cerradas estas cortinas?
- Cuando las lámparas fueron prendidas – dijo el despensero -. Sería alrededor de las
cuatro.
- Alguien se estuvo escondiendo aquí, muy seguro - bajó la luz, y las marcas de botas
embarradas fueron visibles en la esquina -. Esto confirma su teoría, Mr. Barker. Parece que
el hombre se metió en la casa después de las cuatro, cuando las cortinas fueron cerradas, y
antes de las seis cuando el puente se levantó. Se deslizó dentro del cuarto, porque fue el
primero que vio. No había otro lugar en el que se pudiera esconder, por lo que se ocultó
detrás de esta cortina. Eso se ve muy claramente. Es probable que su idea original fuera la
de desvalijar la casa; pero Mr. Douglas inoportunamente vino sobre él, por lo que lo mató y
escapó.
- Así es como parece – respondió Barker -. Pero digo, ¿no estamos perdiendo tiempo
precioso? ¿No podemos salir y recorrer la comarca antes que el tipo se aleje más aún?
El sargento lo consideró por un momento.
- No hay trenes hasta antes de las seis de la mañana; así que no puede irse por tren. Si va
por la carretera con sus piernas todas goteando hay probabilidades de que alguien lo vea.
De cualquier forma, no puedo irme de aquí hasta que sea relevado. Pero creo que ninguno
de ustedes debe irse hasta que veamos más notoriamente cómo estamos.
El doctor tomó la lámpara y escudriñó de cerca al cuerpo.
- ¿Qué es esta marca? – preguntó - ¿Podría esto tener alguna relación con el crimen?
El brazo derecho del muerto estaba sacado de su batín y expuesto hasta el codo. A mitad
del antebrazo había un curioso diseño marrón, un triángulo dentro de un círculo, resaltando
en un vívido relieve sobre la piel color de lardo.
- No está tatuado – informó el doctor, observando a través de sus anteojos -. Nunca vi algo
así. Este hombre ha sido marcado en algún tiempo de la misma manera que marcan ganado.
¿Cuál es el significado de esto?
- Confieso que no sé el significado de ello – refirió Cecil Barker – pero he visto esa señal
en Douglas muchas veces en los últimos diez años.
- También yo – dijo el mayordomo -. Muchas veces cuando el amo arremangaba sus puños
he notado esa marca. Continuamente me preguntaba qué sería.
- Entonces no tiene nada que ver con el crimen, de todas formas – dijo el sargento -. Pero es
algo singular sobre todo. Todo en este caso es singular. Bueno, ¿qué hay ahora?
El despensero había dado una exclamación de asombro y apuntaba la mano distendida del
cadáver.
- Se han llevado su anillo de bodas – jadeó.
- ¡Qué!
- Sí, en efecto. El amo siempre usaba su sencillo anillo de bodas de oro en el dedo meñique
de su mano izquierda. Ese anillo con la pepita de oro sin tallar estaba sobre él, y el aro de la
retorcida serpiente en el dedo medio. Ahí está la pepita y ahí la serpiente, pero el anillo de
bodas no está.
- Tiene razón – agregó Barker.
- Me dice usted – comentó el sargento – que el anillo de matrimonio estaba debajo del otro.
- ¡Siempre!
- Por lo tanto el asesino, o quien quiera que sea, primero tomó el aro que usted llama el de
la pepita, luego el de compromiso, y por último regresó el de la pepita a su lugar.
- ¡Así es!
El meritorio policía de campo movió su cabeza.
- Me parece que mientras más pronto en que los de Londres estén en este caso, mejor –
alegó -. White Mason es un hombre inteligente. Ningún trabajo local ha sido nunca mucho
para White Mason. No será mucho tiempo antes de que él esté aquí para ayudarnos. Pero
espero que tengamos que mirar hacia Londres antes de continuar. No me avergüenzo de
decir que es un asunto muy voluminoso para mis gustos.
Capítulo 4
OSCURIDAD
A las tres de la mañana el gran detective de Sussex, obedeciendo la urgente llamada del
sargento Wilson de Birlstone, arribó de sus cuarteles en un ligero carruaje detrás de un
trotador sin aliento. Por el tren de las cinco y cuarenta de la madrugada envió su mensaje a
Scotland Yard, y estuvo en la estación de Birlstone a las doce del mediodía para recibirnos.
White Mason era una persona tranquila, confortable con un suelto traje de tweed, una cara
bien afeitada y rubicunda, un cuerpo fornido, y piernas poderosas y estevadas adornadas
con polainas, con el aspecto de un pequeño granjero, un guardabosques retirado, o
cualquier cosa sobre la tierra excepto un muy favorable espécimen de oficial criminal
provinciano.
- Un problema absolutamente incompresible, Mr. MacDonald – no se cansaba de repetir -.
Tendremos a los periodistas viniendo como moscas hasta que se haya esclarecido el asunto.
Espero que terminemos nuestro trabajo antes que metan sus narices y desordenen todas las
pistas. No ha habido nada igual hasta donde yo recuerdo. Hay algunos detalles que le serán
muy atractivos, Mr. Holmes, o me equivoco. Y para usted también, Dr. Watson; porque los
médicos deberán dar un veredicto también antes de terminar esto. Sus habitación está en
Westville Arms. No hay otro sitio; pero he oído que es limpio y bueno. Este hombre llevará
sus equipajes. Por este camino, caballeros, si no es molestia.
Era una persona muy habladora y genial, este detective de Sussex. En diez minutos
habíamos llegado a nuestros cuarteles. En diez más estábamos sentados en el salón de la
posada y siendo informado de un bosquejo de los eventos que fueron relatados en el
capítulo previo. MacDonald hizo una observación ocasional; mientras Holmes estaba
sentado y absorbido, con la expresión de sorprendido y reverentes admiraciones con las que
el botánico examina el raro y precioso florecimiento.
- ¡Impresionante! – pronunció, cuando la historia se terminó - ¡Muy impresionante!
Difícilmente puedo recordar un caso cuyos detalles fueran tan peculiares.
- Pensé que diría eso, Mr. Holmes – contestó White Mason con gran satisfacción -. Estamos
muy al día aquí en Sussex. Le he dicho cómo está la situación aquí, al tiempo en que tomé
el puesto del sargento Wilson entre las tres y cuatro de la madrugada. ¡Cielos! ¡Hice partir a
la vieja yegua! Pero no estaba en grandes apuros, como al final resulto ser; pero no había
nada inmediato que pudiese hacer. El sargento Wilson tenía todos los pormenores. Los
chequeé y consideré y tal vez añadí algunos por mí mismo.
- ¿Cuáles eran? – preguntó Holmes ansiosamente.
- Bueno, primero hice examinar el martillo. El Dr. Wood estaba ahí para ayudarme. No
encontramos signos de violencia en él. Esperaba que si Mr. Douglas se defendió con el
martillo, hubiera causado algo al asesino antes de caer al felpudo. Pero no había ninguna
mancha.
- Eso, verdaderamente, no prueba nada – remarcó el inspector MacDonald. Han habido
muchos asesinatos con martillo sin rastros en el martillo.
- En efecto. No prueba que no fue usado. Pero podrían haber habido manchas, y eso nos
hubiera ayudado. Pero no es un problema en el asunto. Tras ello examiné el arma. Eran
cartuchos de perdigones, y, como el sargento Wilson apuntó, los gatillos estaban
conectados, para que en el caso de que apretara el posterior, ambos cañones serían
disparados. Cualquiera que haya arreglado eso se habría decidido en que no tendría la
oportunidad de fallar en su tiro. El arma aserrada no tenía más de dos pies de largo… uno
podía fácilmente cargarla en su abrigo. No había un nombre completo del fabricante, pero
las letras impresas P-E-N en el ala entre los cañones, y el resto del nombre había sido
cortado por la sierra.
- ¿Una gran P con un adorno encima, con la E y la N más pequeñas?
- Exacto.
- Pennsylvania Small Arms Company… una bien conocida firma americana – replicó
Holmes.
White Mason miró asombrado a mi amigo como el pequeño profesional de campo mira al
especialista de Harley Street quien con una palabra puede resolver las dificultades que lo
dejan perplejo.
- Esto es muy útil, Mr. Holmes. Sin duda que está en lo correcto. ¡Maravilloso!
¡Maravilloso! ¿Carga con los nombres de todos los fabricantes de armas en su memoria?
Holmes se desentendió de la pregunta con un ademán.
- Sin duda es una escopeta americana – White Mason continuó – Me parece haber leído que
una escopeta aserrada es una arma usada en algunas partes de América. Sin tener en cuenta
el nombre encima del cañón, la idea ya me había venido a la cabeza. Hay alguna evidencia,
entonces, que este hombre que entró en esta caso y mató a su dueño era un americano.
MacDonald sacudió su cabeza.
- Hombre, de verdad que está avanzando demasiado rápido – pronunció -. No he escuchado
evidencias que digan que algún extraño haya estado en la casa.
- ¡La ventana abierta, la sangre en el umbral, la rara tarjeta, las marcas de botas en la
esquina, la escopeta!
- Nada que no pudo haber sido arreglado. Mr. Douglas era un americano, o había vivido
mucho tiempo en América. También Mr. Barker. No necesita emplear a un americano para
deshacerse de hombres americanos.
- Ames, el mayordomo…
- ¿Qué sobre él? ¿Es confiable?
- Diez años con Sir Charles Chandos… tan sólido como una roca. Ha estado con Douglas
desde que tomó Manor House hace cinco años. Nunca ha visto un arma de esta clase en la
vivienda.
- El arma fue hecha para dar falsa pista. Por eso es que los cañones fueron cortados. Sino
encajaría en cualquier caja. ¿Cómo puede jurar que no hay un arma así en la casa?
- Bueno, de todas maneras, él no ha visto una así.
MacDonald meció su obstinada cabeza escocesa.
- No estoy convencido todavía de que haya habido alguien en la mansión – opinó -. Les
estoy pidiendo que considerren (su acento se convertía en uno más de Aberdeen a la par
que se perdía en su argumento). Les estoy pidiendo que consideren qué es lo que involucra
su suposición que esa arma haya sido llevada a la casa, y que todos estos insólitos hechos
fueron hechos por un hombre de fuera. ¡Hombre, es inconcebible! Está contra el sentido
común. Se lo pongo a usted, Mr. Holmes, juzgándolo por lo que hemos oído.
- Bueno, exponga su concepto, Mr. Mac – Holmes expresó en su estilo más judicial.
- El hombre no fue un ladrón, suponiendo que haya existido. El asunto del anillo y la carta
apuntan a un asesinato premeditado por alguna razón privada. Muy bien. Aquí hay un
hombre que se desliza hasta dentro de la mansión con la deliberada intención de matar.
Sabe, si sabe algo, que tendrá una dihficultad en ponerse a salvo, pues está rodeado por
agua. ¿Qué arma escogería? Uno diría la más silenciosa del mundo. Entonces supondría
que cuando el acto hubiese sido cometido, salir rápidamente por la ventana, vadear el foso,
y escapar ileso. Eso es entendible. ¿Pero es entendible que iría con el arma más ruidosa que
podría seleccionar, conociendo que despertaría a todos los habitantes de la casa y los
llevaría al lugar tan rápido como puedan correr, y que hay toda probabilidad que sea visto
antes de cruzar el agua? ¿Es esto creíble, Mr. Holmes?
- Bueno, pone el caso difícil – mi amigo manifestó pensativamente -. Ciertamente necesita
una buena justificación. ¿Puedo preguntar, Mr. White Mason, si examinó el lado más
alejado del foso para ver si hay algunos signos de que el hombre haya trepado desde el
agua?
- No habían rastros, Mr. Holmes. Pero es un borde de piedra, y uno a duras penas los
encontraría.
- ¿Ninguna huella ni señal?
- Ninguna.
- ¡Ha! ¿Habría alguna objeción, Mr. White Mason, en que vayamos a la casa de inmediato?
Probablemente hayan pequeños puntos que sean sugestivos.
- Se lo iba a proponer, Mr. Holmes; pero pensé que sería mejor ponerlo en contacto con
todos los acontecimientos antes de irnos. Me pregunto si habrá algo que lo pudiese
sorprender… - White Mason miró dudosamente al amateur.
- He trabajado con Mr. Holmes antes – explicó el inspector MacDonald -. Él está dentro del
juego.
- Mi propia idea del juego, en cualquier forma – afirmó Holmes, con una sonrisa. Yo entro
en un caso para ayudar a los fines de la justicia y el trabajo de la policía. Si yo me he
separado de la fuerza oficial es porque ellos primero se separaron de mí. No deseo ganar a
sus expensas. Al mismo tiempo, Mr. White Mason, reclamo el derecho a trabajar en mi
propio estilo y dar mis resultados a su debido tiempo… completos más bien que por partes.
- Estoy seguro que nos hace un honor con su presencia y para mostrarle todo lo que
sabemos – replicó White Mason cordialmente -. Venga por aquí, Dr. Watson, y cuando el
tiempo venga esperaremos tener un lugar en su libro.
Anduvimos por la pintoresca calle de la villa con una fila de olmos descopados a cada lado.
Más allá habían dos antiguos pilares de piedra, pigmentados por el clima y cubiertos con
líquenes, teniendo en sus cimas algo sin forma que alguna vez había sido el extravagante
león de Capus de Birlstone. Una corta caminata por el tortuoso paseo con césped y robles a
su derredor que uno sólo ve en la Inglaterra rural, un súbito giro, y la grande casa de
principios de los tiempos jacobinos de negruzcos ladrillos color hígado apareció ante
nosotros, con un jardín de modelo anticuado con tejos a cada lado. Cuando nos
aproximábamos, vimos el puente levadizo de madera y el bonito ancho foso tan calmado y
luminoso como mercurio entre los rayos fríos de invierno.
Tres siglos han corrido por la vieja Manor House, centurias de nacimientos y visitas, de
bailes campestres y de reuniones de cazadores de zorros. ¡Extraño que ahora en su vieja
edad este antiguo negocio haya cernido sus sombras en estas venerables paredes! Y aún así
esos raros tejados encumbrados y aleros de gran decoro suspendidos por arriba eran una
adecuada cubierta para una horrenda y terrible intriga. Mientras observaba las fijas
ventanas y la larga extensión de la opaca fachada lamida por el agua, sentí que ninguna
escena sería más accesible a una tragedia.
- Ésa es la ventana – indicó White Mason – la que está justo a la derecha del puente
levadizo. Está abierta tal y como se encontró anoche.
- Se ve un poco estrecha para que un hombre pueda pasar.
- Bueno, no era un hombre gordo, entonces. No necesitamos sus deducciones, Mr. Holmes,
para que nos diga eso. Pero usted o yo podríamos pasar por ahí sin problemas.
Holmes avanzó hacia el filo del foso y miró a través. Luego examinó la orilla de piedra y la
sección de césped más allá de ésta.
- Le he dado una buena inspección, Mr. Holmes – alegó White Mason -. No hay nada allí,
ningún signo de que alguien haya puesto los pies… ¿pero por qué debería dejar señales?
- Exacto. ¿Por qué debería? ¿Está el agua siempre túrbida?
- Generalmente tiene ese color. La corriente trae consigo arcilla.
- ¿Cuán profundo es?
- Como de dos pies a los lados y tres en el centro.
- Por lo que podemos poner de lado la idea de que el hombre se halla ahogado al cruzar.
- No, un niño no se podría ahogar allí.
Transitamos a través del puente levadizo y fuimos recibidos por una amena, retorcida,
enjuta persona, que era Ames, el despensero. El pobre viejo hombre estaba pálido del
transtorno. El sargento del pueblo, una alta, formal y melancólica persona había pasado la
vigilia en la habitación del destino. El doctor se había ido.
- ¿Algo nuevo, sargento Wilson? – preguntó White Mason.
- No, señor.
- Ya se puede ir a su casa. Ha tenido suficiente. Le enviaremos por usted si le necesitamos.
El mayordomo mejor será que espere afuera. Dígale que avise a Cecil Barker, Mrs. Douglas
y el ama de llaves que probablemente necesitemos hablar con ellos un momento. Ahora,
caballeros, quizás me permitirán darles mis puntos de vista que he construido, y luego
opinarán por sí mismos.
Me impresionó, el especialista del campo. Tenía un sólido puño y un cerebro sereno, claro
y con sentido común, que lo llevará lejos en su profesión. Holmes lo escuchó con atención,
sin ningún signo de impaciencia que el exponente oficial sí daba frecuentemente.
- ¿Es suicidio, o es asesinato… ésa es nuestra primera pregunta, caballeros, no es así? Si
fuera suicidio, entonces debemos pensar que este hombre comenzó con quitarse su anillo de
bodas y escondiéndolo, descendió con su batín, puso barro en una esquina detrás de la
cortina para dar la idea de que alguien lo había esperado, abrió la ventana, puso sangre en
la…
- Podemos dimitir eso – habló MacDonald.
- Eso es lo que pienso. El suicidio está fuera de toda cuestión. Entonces un asesinato ha
sido cometido. Lo que tenemos que determinar es si fue hecho por alguien de fuera o dentro
de la casa.
- Bueno, oigamos el argumento.
- Hay considerables dificultades en ambos caminos, y sin embargo uno u otro debe serlo.
Supongamos que una persona o personas dentro de la casa realizaron el crimen. Llevaron a
este hombre aquí cuando todos aún estaban quietos y nadie dormía. Luego hicieron el acto
con la más extraña y ruidosa arma en el mundo, como para advertir a todos de lo que estaba
pasando… un arma que nunca fue vista en la casa antes. Eso no se ve como un comienzo
prometedor, ¿no es así?
- No, tiene razón.
- Bueno, todos están de acuerdo en que luego de que la alarma fuese dada sólo pasó un
minuto para que toda la gente de la mansión, no Mr. Cecil Barker en solitario, aunque el
afirma haber sido el primero, Ames y el resto estuvieran en el sitio. ¿Me dice que en ese
tiempo el culpable hizo las pisadas en la esquina, abrió la ventana, marcó el umbral, sacó el
anillo de bodas de su dedo, y todo lo demás? ¡Es imposible!
- Lo pone usted todo claramente – afirmó Holmes -. Me inclino a favor suyo.
- Bien, entonces, vamos a la teoría de que fue hecho por alguien de afuera. Aún nos
enfrentamos a grandes dificultades; pero por ahora cesaron las imposibilidades. El hombre
se metió a la casa entre las cuatro y media y las seis, esto es, entre el crepúsculo y el tiempo
en que el puente fue elevado. Habían entrado algunas visitas, y la puerta estaba abierta; por
lo que no había nada que se lo previera. Pudo haber sido un ladrón común, o pudo haber
sido alguien con un resentimiento privado contra Mr. Douglas. Puesto que Mr. Douglas
había pasado gran parte de su vida en América, y esta escopeta parece ser un instrumento
americano, parecería que la del resentimiento privado es la más plausible teoría. Se deslizó
dentro del cuarto porque fue el primero que vio, y se escondió tras las cortinas. Ahí
permaneció hasta un poco después de las once de la noche. A ese tiempo Mr. Douglas entró
en la habitación. Fue una corta entrevista, si hubo una entrevista con todo; pues Mrs.
Douglas declara que su marido no se había alejado de ella más de unos cuantos minutos
cuando oyó el disparo.
- La vela demuestra eso – declaró Holmes.
- Exacto. La vela, que era nueva, no se había consumido más de media pulgada. La debió
poner en la mesa antes de ser atacado; de otra manera, por supuesto, se hubiera caído
cuando él se derrumbó. Esto revela que no fue atacado en el instante que entró al cuarto.
Cuando Mr. Barker llegó al aposento la vela estaba encendida y la lámpara apagada.
- Eso es suficientemente entendible.
- Bien, ahora, podemos reconstruir las cosas en esas líneas. Mr. Douglas entra al cuarto,
coloca la vela en la mesa. Un hombre aparece de detrás de esa cortina. Está armado con una
escopeta. Exige su anillo de compromiso… sólo el Cielo sabe por qué, pero así debió haber
sido. Mr. Douglas se lo da. Luego a sangre fría o en un forcejeo, Douglas pudo haber
cogido el martillo que fue hallado en el tapete, disparó a Douglas en esta horrible forma.
Dejó su escopeta y también parecería que esta rara tarjeta: V. V. - 341, lo que sea que
signifique, y escapó por la ventana y a través del foso en el momento en que Cecil Barker
descubría el crimen. ¿Cómo está eso, Mr. Holmes?
- Muy interesante, pero un poco no convincente.
- ¡Hombre, sería algo absolutamente sin sentido si no fuera porque todo lo demás está peor!
– gimió MacDonald -. Alguien mató al hombre, y quienquiera que sea fácilmente podría
probar que lo hizo de otra forma. ¿Qué pretendía haciendo que su retirada fuera
interrumpida de esa manera? ¿Qué pretendía al usar una escopeta cuando su única
oportunidad de escapar era el silencio? Venga, Mr. Holmes, está en usted el darnos una
guía, porque dice usted que la teoría de Mr. White Mason es no convincente.
Holmes se sentó intencionalmente observador durante esta larga discusión, sin perderse ni
una palabra que fuera dicha, con sus diestros ojos siseando de derecha a izquierda, y su
frente arrugada con especulación.
- Me gustaría tener algunos hechos más antes de ir tan lejos como para formular una teoría,
Mr. Mac – declaró, arrodillándose junto al cadáver -. ¡Oh Dios! Estas heridas son realmente
aterradoras. ¿Podemos tener al mayordomo aquí por un momento?... Ames, entiendo que
comúnmente había visto esta marca muy inusual, un triángulo saliente dentro de un círculo,
sobre el antebrazo de Mr. Douglas.
- Frecuentemente, señor.
- ¿Nunca oyó alguna explicación sobre su significado?
- No, señor.
- Debió haber causado un gran dolor al ser colocada. Es sin duda una quemadura. Ahora,
presumo, Ames, que hay una pequeña pieza de yeso en el ángulo de la mandíbula de Mr.
Douglas. ¿Lo observó eso antes?
- Sí, señor, se cortó ayer en la mañana al afeitarse.
- ¿Sabe si alguna vez se cortó al afeitarse antes?
- No por un largo tiempo, señor.
- ¡Sugestivo! – exclamó Holmes -. Puede, por cierto, ser una simple coincidencia, o puede
indicar nerviosismo lo que indicaría que tenía razones para temer un peligro. ¿Notó algo
inusual en su conducta, ayer, Ames?
- Me sorprendió verlo como si no hubiese descansado y además excitado, señor.
- ¡Ha! El ataque puede que no hubiese sido completamente inesperado. Parecemos hacer un
pequeño progreso, ¿no es así? ¿Tal vez se quiera unir al interrogatorio, Mr. Mac?
- No, Mr. Holmes, está en mejores manos que las mías.
- Bueno, pasaremos a esta tarjeta, V. V. – 341. Es cartón duro. ¿Tiene algunas parecidas en
esta casa?
- No lo creo.
Holmes avanzó a través de la carpeta y untó un poco de tinta de cada botella en el papel
secante.
- No fue impreso en esta habitación – declaró -. Ésta es tinta negra y la otra es púrpura. Fue
hecha con un lapicero grueso, y estos son finos. No, fue hecha en otro lugar, debo decirlo.
¿Puede sacar algo de esta inscripción, Ames?
- No, señor, nada.
- ¿Qué es lo que piensa, Mr. Mac?
- Me da la impresión de una sociedad secreta de alguna clase; lo mismo con la divisa en su
antebrazo.
- Esa es mi idea también – señaló White Mason.
- Bueno, podemos adoptar como una hipótesis en funcionamiento y luego ver hasta cuán
lejos nuestras dificultades desaparecen. Un agente de dicha sociedad hace su camino a la
casa, espera por Mr. Douglas, vuela su cabeza con su escopeta, y escapa vadeando el foso,
luego de dejar su tarjeta junto al muerto, que, al ser mencionada en los periódicos, le dirá a
otros miembros de la sociedad que la venganza ha sido realizada. Eso todo encaja. ¿Pero
por qué esta arma, de todas las demás?
- Exactamente.
- ¿Y por qué se llevó el anillo?
- Así es.
- ¿Y por qué no se produce ningún arresto? Ya son más de las dos ahora. Doy por hecho
que desde el alba todos los alguaciles en cuarenta millas han estado buscando por un
extraño mojado.
- Eso es, Mr. Holmes.
- Bien, a menos que tenga un escondite cerca o un cambio de ropas listo, difícilmente lo
perderán. ¡Y sin embargo no lo han hallado hasta ahora! – Holmes se había acercado a la
ventana y examinaba con sus lentes la marca de sangre en el umbral -. Es claramente la
huella de un zapato. Es increíblemente ancha; un pie achatado, uno diría. Curioso, porque,
tan lejos como alguien pueda rastrear una huella en esta esquina embarrada, uno diría que
era una más formada planta del pie. No obstante, son muy indistintas. ¿Qué hay bajo este
aparador?
- Las pesas de gimnasia de Mr. Douglas – contestó Ames
- Pesa, solamente hay una. ¿Dónde está la otra?
- No sé, Mr. Holmes. Probablemente sólo había una. No me he dado cuenta en meses.
- Una pesa… - Holmes señaló seriamente; pero sus pensamientos fueron interrumpidos por
un agudo golpeteo en la puerta.
Un alto, quemado por el sol, de parecer capaz, y bien afeitado hombre nos miró. No tuve
dificultad en adivinar que era el Cecil Barker del que había escuchado. Sus magistrales ojos
viajaron rápidamente con una mirada desterrada de cara a cara.
- Disculpa por interrumpir su conversación – dijo – pero deben prestar atención a las
últimas noticias.
- ¿Un arresto?
- No tenemos esa suerte. Pero encontraron su bicicleta. El tipo dejó su bicicleta tras de sí.
Vengan y véanla. Está a unas cien yardas de la puerta principal.
Hallamos a tres o cuatro mozos y haraganes permaneciendo en el camino inspeccionando
una bicicleta que había sido extraída de un grupo de arbustos en los que había sido
escondido. Era una bien cuidada Rudge-Whitworth enlodada como si hubiera pasado por
un considerable viaje. Ahí estaba la alforja con la llave y la aceitera, pero ninguna pista de
su propietario.
- Será una magnífica ayuda para la policía – observó el inspector – si estas cosas fuesen
numeradas y registradas. Pero debemos estar agradecidos de lo que tenemos. Si no
podemos saber hacia dónde se fue, por lo menos podemos conocer su origen. ¿Pero qué en
nombre de todo lo sorprendente pudo hacer que este individuo la dejara atrás? ¿Y cómo se
ha alejado sin ella? No parecemos tener un destello de luz en este caso, Mr. Holmes.
- ¿No? – respondió mi amigo pensativamente -. ¡Desearía saberlo!
Capítulo 5
LA GENTE DEL DRAMA
- ¿Ha visto todo lo que desea del estudio? – le interrogó White Mason mientras volvíamos a
entrar a la casa.
- Por ahora – declaró el inspector. Holmes asintió.
- Entonces quizá les gustaría oír la evidencia de algunas de las personas de la mansión.
Podemos usar el comedor, Ames. Por favor entren ustedes primero y dígannos lo que
sepan.
El relato del mayordomo fue simple y nítido, y dio una convincente impresión de
sinceridad. Había sido contratado hace cinco años, cuando Douglas vino por primera vez a
Birlstone. Entendió que Mr. Douglas era un rico caballero que había hecho su fortuna en
América. Era un empleador amable y considerado, no como los que Ames se había
acostumbrado, tal vez; pero uno no puede obtener todo. Nunca vio signos de recelos en Mr.
Douglas. Al contrario, era el hombre con menos temor que haya conocido. Ordenaba
levantar el puente levadizo cada noche porque ésa era la antigua costumbre en la vieja
mansión y le gustaba seguir con aquellas.
Mr. Douglas raramente iba a Londres o dejaba el pueblo; pero el día anterior al crimen
había estado haciendo compras en Tunbridge Wells. Él (Ames) observó falta de sueño y
excitación de parte de Mr. Douglas en ese día; parecía impaciente e irritable, lo que era
inusual en él. No había ido a la cama aquella noche; sino que estaba en la despensa a la
espalda de la casona guardando la vajilla de plata, cuando oyó la campanilla furiosamente.
No escuchó disparo alguno, pero era casi imposible que lo lograra, puesto que la despensa y
las cocinas se hallaban en la misma espalda de la casa y habían varias puertas cerradas y un
largo pasadizo en medio. El ama de llaves había salido de su cuarto, atraída por el violento
campanillazo. Habían ido hasta la fachada juntos.
A la vez que llegaban al fondo de las escaleras él vio a Mrs. Douglas bajando de ella. No,
no estaba apurada; no le pareció que estuviese particularmente agitada. Justo cuando
llegaba al fondo Mr. Barker se apresuró desde el estudio. Detuvo a Mrs. Douglas y le rogó
que regresase.
- ¡Por el amor de Dios, vuelva a su dormitorio! – exclamó - ¡El pobre Jack está muerto! No
puede hacer nada. ¡Por el amor de Dios regrese!
Tras un poco de persuasión en las escaleras, Mrs. Douglas se retiró. No profirió ningún
grito. Tampoco clamó. Mrs. Allen, el ama de llaves, la había llevado arriba y estuvo con
ella en su habitación. Ames y Mr. Barker regresaron al estudio donde encontraron todo
exactamente como la policía lo había visto. La vela no estaba encendida en ese momento;
pero la lámpara estaba ardiendo. Miraron por fuera de la ventana; pero la noche era muy
oscura y nada podía ser visto ni oído. Luego se precipitaron al pasillo, donde Ames accionó
la árgana que descendió el puente levadizo. Mr. Barker se apuró en avisar a la policía.
Esa era, en su esencia, el relato del despensero.
La historia de Mrs. Allen, el ama de llaves, fue, hasta donde recuerdo, una corroboración de
la de su amigo sirviente. Su aposento estaba más cerca al frontis de la casa que a la
despensa donde Ames trabajaba. Se preparaba para ir a dormir cuando un fuerte sonido de
la campanilla atrajo su atención. Era un poco sorda. Quizás esa fuera la razón por la que no
oyó el disparo; pero de cualquier forma, el estudio estaba a un buen trecho. Recuerda haber
escuchado un sonido que imaginó ser el cierre de una puerta. Eso fue un poco antes, media
hora antes de la campanilla. Cuando Mr. Ames corrió hacia el frontis fue con él. Vio a Mr.
Barker, muy pálido y excitado, saliendo del estudio. Interceptó a Mrs. Douglas que venía
por las escaleras. Él le suplicó que regresase, y ella le respondió, pero lo que ella dijo no
pudo oírlo.
- ¡Llévesela! ¡Permanezca con ella! – él le ordenó a Mrs. Allen.
Ella por lo tanto la llevó a su habitación, y se esforzó en consolarla. Estaba muy excitada,
temblante, pero no hizo ningún otro intento en bajar. Sólo se sentó con su batín por la
chimenea del cuarto, con su cabeza hundida entre sus manos. Mrs. Allen estuvo con ella la
mayor parte de la noche. En cuanto a los demás sirvientes, todos se habían acostado, y la
alarma no les llegó hasta poco antes que la policía arribe. Ellos dormían en el extremo de la
espalda de la casa, y no habían podido prestar atención a nada.
Por ahora el ama de llaves no pudo añadir nada en el contra-interrogatorio aparte de
lamentaciones y expresiones de asombro.
Cecil Barker relevó a Mrs. Allen como testigo. En cuanto a los sucesos de la noche anterior
tenía muy poco más que decir que lo que ya había declarado a la policía. Personalmente,
estaba convencido de que el asesino había escapado por la ventana. La mancha de sangre
era conclusiva, en su opinión, en ese punto. Además, como el puente estaba arriba, no había
otra posible manera de escape. No podía explicar qué había sido del asesino o por qué no
había llevado su bicicleta, si en realidad era suya. Era imposible que se hubiera ahogado en
el foso, pues no había sitio más profundo que tres pies.
En su propia opinión tenía una teoría muy definida del asesinato. Douglas era un hombre
reservado, y habían ciertos capítulos de su vida de los cuales nunca hablaba. Había
emigrado a América cuando era muy joven. Prosperó muy bien, y Barker primero lo
conoció en California, donde se convirtieron en compañeros en un floreciente terreno
minero conocido como Benito Cañón. Lo habían hecho; pero Douglas súbitamente vendió
todo y se vino a Inglaterra. Era ya viudo en esa época. Después Barker se utilizó para partir
a Inglaterra. Así habían renovado su amistad.
Douglas le dio la impresión que algún peligro pendía sobre su cabeza, y siempre
consideraba su salida desde California y también la renta de una vivienda en un lugar
calmado de Inglaterra, como conectadas con dicho peligro. Imaginó que alguna sociedad
secreta, una implacable organización, estaba bajo el rastro de Douglas, que no descansaría
hasta acabar con él. Ciertas cosas que le había dicho le ofrecieron esta idea; aunque nunca
le había dicho qué era la sociedad, o cómo la había ofendido. Sólo podía suponer que la
inscripción en el letrero debía tener alguna referencia con esta sociedad secreta.
- ¿Cuánto tiempo estuvo con Douglas en California? – interpelar el inspector MacDonald.
- Cinco años en total.
- ¿Era soltero, dice usted?
- Viudo.
- ¿Alguna vez le oyó hablar de dónde venía su primera esposa?
- No, recuerdo que dijo que era de extracción alemana, y he visto su retrato. Era una mujer
muy hermosa. Murió de tifoidea el año anterior a que lo conociese.
- ¿No asocia su pasado con algún lugar en particular en América?
- Lo oía hablar de Chicago. Conocía la ciudad adecuadamente y había trabajado allí. Lo
escuchaba hablar de los distritos de carbón y hierro. Viajó mucho en sus buenos tiempos.
- ¿Era un político? ¿Esta sociedad secreta tenía que ver con políticos?
- No, no le interesaba nada lo político.
- ¿Tiene razones para pensar que era un criminal?
- Por el contrario, jamás vi a un hombre más derecho en mi vida.
- ¿Hubo algo curioso durante su vida en California?
- Le gustaba mejor quedarse y trabajar en nuestras minas en las montañas. Nunca iba con
los demás hombres. Esa fue la razón por la que comencé a pensar que alguien estaba tras él.
Luego, cuando repentinamente me aseguré de ello. Creo que recibió una advertencia de
algún tipo. Una semana después de su ida media docena de hombres preguntaban por él.
- ¿Qué clase de hombres?
- Era un poderoso grupo de hombres rudos. Fueron al campamento y querían saber dónde
estaba. Les dije que había ido hacia Europa y que no sabía dónde hallarlo. No significaba
nada bueno para él, era fácil saberlo.
- ¿Eran estos hombres americanos-californianos?
- Bueno, no sé de californianos. Pero sí eran americanos. Aunque no eran mineros. No sé lo
que eran y me alegré mucho al verlos partir.
- ¿Eso fue hace seis años?
- Casi siete.
- ¿Y entonces ustedes estuvieron juntos cinco años en California, por lo que su negocio
dataría de once años como mínimo?
- Debe serlo.
- Debe ser una muy seria enemistad la que sea mantenida con tanto celo por tanto tiempo
como ése. No sería algo pequeño lo que la originó.
- Pienso que ensombreció toda su vida. Nunca estaba en sosiego.
- ¿Pero si un hombre tiene un peligro que pende sobre él, y sabe lo que es, no cree que
debería llamar a la policía por protección?
- Tal vez era un peligro del cual no podía ser protegido. Hay algo que debe saber. Siempre
iba armado. Su revólver nunca estaba fuera de su bolsillo. Pero, para su mala suerte, estaba
con su batín y lo había abandonado en su dormitorio aquella noche. Una vez que le puente
estaba arriba, me imagino que creía que estaba a salvo.
- Me gustaría tener esas fechas un poco más claras – pronunció MacDonald -. Es alrededor
de seis años desde que Douglas se fue de California. Lo siguió el año siguiente, ¿no es
cierto?
- Así es.
- Y ha estado cinco años casado. Usted debió haber regresado más o menos en la época de
su boda.
- Como un mes antes. Yo era su padrino.
- ¿Conoció a Mrs. Douglas antes de su matrimonio?
- No. Había estado fuera de Inglaterra por diez años.
- Pero ha visto mucho de ella desde entonces.
Barker miró severamente al detective.
- He visto mucho de él desde entonces – respondió -. Si la he visto a ella, es porque no
puede visitar uno a un hombre sin ver a su mujer. Si piensa que hay alguna conexión…
- No pienso nada, Mr. Barker. Debo hacer todas las investigaciones que pueda en este caso.
Pero no me proponía ofenderlo.
- Algunas preguntas son ofensivas – Barker contestó amargo.
- Sólo son hechos lo que queremos. Está en su interés y en el de todos que sean aclarados.
¿Mr. Douglas aprobó su amistad con su esposa?
Barker se puso más pálido, y sus grandes y fuertes manos se cerraron compulsivamente a la
vez.
- ¡No tiene derecho a hacer tales preguntas! – gritó - ¿Qué tiene esto que ver con el
problema que está investigando?
- Debo repetir la pregunta.
- Bueno, me rehúso a responderla.
- Puede rehusarse a responderla; pero debe saber que su negativa es en sí una respuesta,
porque no se rehusaría si no tuviera algo que esconder.
Barker se detuvo por un momento con su rostro áspero y sus cejas fuertemente negras se
dibujaron en un intenso pensamiento. Luego se volvió con una sonrisa.
- Bien, creo que ustedes caballeros solamente están haciendo su trabajo después de todo, y
no tengo derecho de obstruirlo. Sólo les pediría no molestar a Mrs. Douglas con este
asunto; porque ya ha tenido suficiente hasta ahora. Les puedo decir que el pobre Douglas
únicamente tenía un defecto en el mundo, y ése era su celo. Era cariñoso conmigo, ningún
hombre lo era más con su amigo. Y era amoroso con su esposa. El quería que viniera aquí,
y siempre enviaba por mí. Y no obstante si su esposa y yo hablábamos solos o aparecía una
simpatía entre nosotros, una especie de ola de celos pasaba sobre él, y estaría fuera de sí y
diciendo las palabras más fuertes durante un momento. Más de una vez he dejado de venir
por esa razón, y luego él me escribía cartas con disculpas, implorándome que volviese.
¡Pero pueden creerme, caballeros, cuando mi última palabra es que ningún hombre tuvo
nunca una esposa más querida y fiel, y también puedo decir que no hubo amigo más leal
que yo!
Había hablado con fervor y sentimiento, y sin embargo el inspector MacDonald no soltaba
su pregunta.
- Conoce – profirió – que el anillo de bodas del cadáver había sido quitado de su dedo.
- Así parece – indicó Barker.
- ¿Qué quiere decir con “parece”? Sabe que es un hecho.
El hombre pareció confuso e indeciso.
- Cuando dije “parece” quería decir que era posible que él mismo se haya sacado el aro.
- ¿El simple hecho de que su anillo esté ausente, quienquiera que lo haya retirado, sugeriría
a cualquiera, no es así, que el matrimonio y la tragedia están conectados?
Barker encogió sus anchos hombros.
- No puedo pensar qué significa – contestó -. Pero si insinúa que puede reflejarse de
cualquier forma en el honor de esta dama – sus ojos ardieron por un instante, y luego con
un esfuerzo evidente sostuvo sus propias emociones -, bueno, está sobre el camino
equivocado.
- No sé tenga algo más que preguntarle al presente – señaló MacDonald fríamente.
- Hay un pequeño punto – remarcó Sherlock Holmes -, cuándo entró al aposento solamente
había una vela encendida en la mesa, ¿no?
- Sí, así es.
- ¿Por esta luz vio el terrible incidente ocurrido?
- Exacto.
- ¿Inmediatamente llamó con la campanilla por ayuda?
- Sí.
- ¿Y llegó rápidamente?
- Como en un minuto más o menos.
- Y cuando arribaron hallaron la vela apagada y la lámpara prendida. Eso es interesante.
De nuevo Barker manifestó signos de indecisión.
- No veo lo interesante, Mr. Holmes, - repuso tras una pausa -. La vela daba una luz muy
mala. Mi primera idea fue la de dar una mejor. La lámpara estaba en la mesa; la prendí.
- ¿Y sopló la vela?
- Exacto.
Holmes no formuló más preguntas, y Barker, con una mirada deliberada de una a otro de
entre nosotros con, como me pareció, algo de desafío en ellas, se volvió y abandonó el
cuarto. El inspector MacDonald envió una nota con el efecto de esperar a Mrs. Douglas en
su habitación; pero nos respondió diciendo que nos recibiría en el comedor. Entró, una alta
y bella mujer de unos treinta, reservada y retraída a un alto grado, muy distinta de la trágica
y perturbada mujer que yo había imaginado. Es verdad que su cara esta pálida y marcada,
como la de alguien que ha pasado por un gran trauma; pero sus ademanes eran sosegados, y
la mano finamente moldeada que descansaba en el borde de la mesa estaba tan firme como
la mía. Sus tristes y suplicantes ojos viajaban de uno a otro de nosotros con una expresión
inquisitiva. La mirada fija y preguntona se transformó abiertamente en una conversación
abierta.
- ¿Han hallado algo ya? – consultó.
¿Fue mi imaginación o había un pequeño tono de miedo más que de esperanza en la
interpelación?
- Hemos llevado cada paso posible, Mrs. Douglas – expresó el inspector -. Puede estar
segura que nada será descuidado.
- No escatimen el dinero – dijo en un tono muerto y llano -. Es mi deseo que todo esfuerzo
posible sea realizado.
- Quizá pueda decirnos algo que traiga alguna luz al asunto.
- Me temo que no; pero todo lo que sé está a su servicio.
- Hemos escuchado de Mr. Cecil Barker que usted no vio, que usted nunca estuvo en el
cuarto donde aconteció la tragedia.
- No, él me regresó de vuelta a las escaleras. Me suplicó que regresase a mi aposento.
- Así es. ¿Oyó el disparo, e inmediatamente bajó?
- Me puse mi batín y después bajé.
- ¿Cuánto tiempo pasó desde que percibió el disparo y que Mr. Barker la detuviera en la
escalera?
- Pudo haber sido un par de minutos. Es difícil reconocer el tiempo en esos momentos. Me
imploró que no siguiera. Me aseguró que no podía hacer nada. Luego, Mrs. Allen, el ama
de llaves, me condujo arriba nuevamente. Era todo como un horrendo sueño.
- ¿Puede darnos una idea de cuánto tiempo su esposo había estado abajo antes del disparo?
- No, no puedo decir. Fue desde su cuarto de vestir, y no lo escuché irse. Daba una ronda a
la casa todas las noches, porque le asustaba el fuego. Era la única cosa que yo sabía que le
atemorizaba.
- Ése es justo el punto al cual quiero que venga, Mrs. Douglas. Usted conoció a su marido
en Inglaterra, ¿no es así?
- Sí, hemos estado casados cinco años.
- ¿Lo oyó hablar de algo que le haya ocurrido en América y que le podría traer algún
peligro?
Mrs. Douglas meditó seriamente antes de responder.
- Sí – explicó por fin -, siempre sentí que había cierto peligro sobre él. Se rehusaba a
discutirlo conmigo. No fue por falta de confianza en mí, había el amor más completo y leal
entre nosotros, pero quería con todas sus fuerzas mantener cualquier alarma lejos de mí.
Especuló que debería que me asustaría si sabía todo, por eso estaba tan callado.
- ¿Cómo lo supo, entonces?
La cara de Mrs. Douglas se encendió con una rápida sonrisa.
- ¿Puede un cónyuge cargar su secreto toda la vida sin que la mujer que lo ama tener una
sospecha al respecto? Lo entendía su rechazo a hablar de ciertos episodios de su vida
americana Lo entendía por ciertas precauciones que tomaba. Lo entendía por ciertas
palabras que se le escapaban. Lo entendía por la manera en que veía a extraños inesperados.
Estaba perfectamente segura que tenía poderosos enemigos, que creía que iban por su
rastro, y que siempre estaba en guardia contra ellos. Estaba tan segura de ello que por años
he estado aterrorizada si llegaba más tarde de lo esperado.
- ¿Puedo preguntar – formuló Holmes – qué palabras fueron las que atrajeron su atención?
- El Valle del Terror – contestó la señora -. Ésa fue una expresión que usó cuando lo
interrogué. “He estado en el Valle del Terror. No estoy fuera de él todavía.” “¿Nunca
podremos salir del Valle del Terror?” le pregunté cuando lo vi más serio de lo usual. “A
veces pienso que nunca podremos” respondió.
- ¿Seguramente le cuestionó qué quería decir con el Valle del Terror?
- Lo hice; pero su rostro se volvió muy grave y sacudió su cabeza. “Es suficientemente
malo que uno de nosotros esté bajo su sombra” dijo “¡Ruega a Dios que nunca caiga sobre
ti!” Era un valle real en el cual había vivido y en el que algo terrible le había ocurrido, de
eso estoy segura; pero más no le puedo decir.
- ¿Y alguna vez mencionó nombres?
- Sí, estaba delirando por una fiebre una vez cuando tuvo su accidente cazando tres años
atrás. Recuerdo que había un nombre que continuamente venía a sus labios. Lo pronunciaba
con furia y una clase de horror. McGinty era el nombre, jefe del cuerpo McGinty. Le
pregunté al recuperarse quién era el jefe del cuerpo McGinty, y de cuál cuerpo era su amo.
“¡Nunca del mío, gracias a Dios!” respondió con una risa, y eso fue todo lo que pude sacar
de él. Pero hay una conexión entre el jefe del cuerpo McGinty y el Valle del Terror.
- Hay otro punto – añadió el inspector MacDonald -. ¿Conoció a Mr. Douglas en una
pensión en Londres, no es así, y se comprometieron allí? ¿Hubo algún romance, algo
secreto o misterioso, concerniente al matrimonio?
- Hubo romance. Siempre hay romance. No hubo nada misterioso.
- ¿No tuvo un rival?
- No, yo estaba libre.
- Ha oído, sin duda, que su anillo de bodas fue retirado. ¿Eso le sugiere algo? Suponga que
algún enemigo de su vida pasada lo haya seguido y cometido este crimen, ¿qué posible
razón podría tener para coger su anillo de compromiso?
Por un instante podría haber jurado que la más débil sombra de una sonrisa se filtró por los
labios de la mujer.
- Realmente no lo puedo decir – reconoció -. Es ciertamente una cosa extraordinaria.
- Bueno, no la detendremos por más tiempo, y pedimos disculpas por haberle dado
problemas en este tiempo angustioso – indicó el inspector -. Hay otros puntos, sin duda;
pero los referiremos a usted a medida que se vayan tomando en cuenta.
Ella se levantó, y nuevamente fui consciente de esa rápida, preguntona mirada que nos
examinaba. “¿Qué impresión mi testimonio les ha producido?” La pregunta pudo bien
haber sido dicha. Después, con una despedida, se retiró del cuarto.
- Es una hermosa mujer, una muy hermosa mujer – pronunció MacDonald pensativamente,
luego de que la puerta se cerrara detrás de ella -. Este hombre Barker ha tenido un
importante rol en esto. Es un hombre que puede ser atractivo para una mujer. Admite que el
muerto era celoso, y quizás sabe muy bien la causa de sus celos. Ahí está el anillo de bodas.
No lo podemos pasar por alto. El hombre que tira del anillo de compromiso de un
cadáver… ¿Qué dice usted, Mr. Holmes?
Mi amigo estaba sentado con su cabeza encima de sus manos, enfrascado en una profunda
meditación. Luego se levantó e hizo sonar la campana.
- Ames – expresó, cuando el despensero hubo ingresado -, ¿dónde está Mr. Cecil Barker
ahora?
- Voy a ir a ver, señor.
Regresó en un momento para decir que Barker estaba en el jardín.
- ¿Puede recordar, Ames, qué era lo que Mr. Barker tenía puesto en sus pies cuando lo
encontró en el estudio?
- Sí, Mr. Holmes. Tenía sus pantuflas de dormir. Le llevé sus botas cuando fue a ver a la
policía.
- ¿Dónde están las pantuflas ahora?
- Aún están bajo la silla en el vestíbulo.
- Muy bien, Ames. Es, por supuesto, importante para nosotros saber cuáles son las huellas
de Mr. Barker y cuáles las de fuera.
- Sí señor. Debo decir que he notado que las chinelas están manchadas con sangre, al igual
que las mías.
- Eso es natural, considerando la condición del aposento. Muy bien, Ames. Nosotros lo
llamaremos si lo necesitamos.
Pocos minutos después estábamos en el estudio. Holmes trajo consigo las chinelas del
pasadizo. Como Ames dijo, las suelas estaban oscuras de sangre.
- ¡Extraño! – murmuró Holmes, mientras permanecía a la luz de la ventana y las examinaba
minuciosamente -. ¡Muy extraño en realidad!
Inclinándose con uno de sus rápidos impulsos felinos, colocó la pantufla sobre la marca de
sangre en el umbral. Se correspondía exactamente. Sonrió en silencio a sus colegas.
El inspector se transformó en excitación. Su acento nativo se confundió como una varita en
medio de las rieles.
- ¡Hombre – prorrumpió – no hay duda de ello! Barker ha marcado la ventana por sí mismo.
Es bastante más ancha que cualquier otra marca de pie. Recuerdo que usted dijo que era un
pie achatado, y aquí está la explicación. ¿Pero cuál es el juego, Mr. Holmes, cuál es el
juego?
- Eso, ¿cuál es el juego? – mi amigo repitió cavilosamente.
White Mason se rió entre dientes y frotó sus gruesas manos en satisfacción profesional.
- ¡Dije que era un caso formidable! – voceó - ¡Y un verdaderamente que lo es!
Capítulo 6
UNA TENUE LUZ
Los tres detectives tenían muchos detalles en los que reflexionar; por que lo que retorné
solo a nuestro modesto cuartel en la posada del pueblo. Pero antes de hacerlo tomé un
paseo en el curioso jardín del mundo antiguo que flanqueaba la casa. Filas de tejos muy
ancianos cortados en extraños diseños rodeaban todo a su alrededor. Dentro había un bello
ámbito de césped con un viejo reloj de sol, dando un efecto tan aliviante y descansado que
fue bienvenido por mis nervios alterados.
En la profunda y pacífica atmósfera uno puede olvidar, o recordar solamente como una
fantasiosa pesadilla, ese oscuro estudio con la extendida, ensangrentada figura en el piso. Y
aún así, yo mientras vagabundeaba por ahí y trataba de empapar mi alma en ese suave
bálsamo, un singular incidente aconteció, lo que me trajo de vuelta a la tragedia y dejó una
siniestra impresión en mi mente.
He dicho que una decoración de tejos circundaba el jardín. En el final más alejado de la
casa se engrosaban en una continua barrera. Al otro lado de este vallado, oculto de los ojos
de cualquiera acercándose desde la casa, había un asiento de piedra. Mientras me acercaba
al sitio distinguí voces, algunos comentarios en los tonos graves de un hombre, replicados
por un pequeño murmullo de risa femenina.
Un instante después había llegado al final de la barrera y mis ojos divisaron a Mrs. Douglas
y al hombre Barker sin que se dieran cuenta de mi presencia. Su apariencia me provocó
asombro. En el comedor había sido modesta y discreta. Ahora toda presencia de dolor se
había alejado de ella. Sus ojos brillaban con la alegría de vivir, y su cara se estremecía con
gozo a las palabras de su compañero. Él se había sentado hacia delante, con sus manos
apretadas y sus antebrazos en sus rodillas, con una demostrativa sonrisa en su audaz y
atractivo rostro. En un instante, pero fue uno que llegó demasiado tarde, volvieron a
ponerse sus solemnes máscaras a la vez que mi figura entraba en su vista. Una palabra
apurada o dos se pasaron entre sí, y tras ello Barker se levantó y vino hacia mí.
- ¿Excúseme, señor – refirió -, pero me estoy dirigiendo al Dr. Watson?
Le hice una reverencia con una frialdad que mostraba, puedo decirlo, muy claramente la
impresión que se había producido en mi mente.
- Pensamos que tal vez era probablemente usted, pues su amistad con Mr. Sherlock Holmes
es muy conocida. ¿Le importaría venir y hablar con Mrs. Douglas un instante?
Lo seguí con una rigurosa cara. Muy claramente en mi mente podía ver a esa figura
destrozada en el piso. Y aquí pocas horas después de la tragedia estaban su esposa y su
amigo más cercano riéndose detrás de un arbusto en el jardín que había sido suyo. Saludé a
la señora con reserva. Me había apenado con su desdicha en el comedor. Ahora veía a su
atenta mirada con un ojo divagante.
- Me temo que me crea usted una persona insensible y de corazón de piedra – manifestó.
Me encogí de hombros.
- No es mi asunto – alegué.
- Quizás algún día me haga justicia. Si sólo supiera…
- No hay necesidad de que el Dr. Watson sepa nada – interrumpió Barker rápidamente -.
Como él mismo dijo, éste no es un posible asunto suyo.
- Exacto – repliqué – y siendo así les pediría que me permitan proseguir con mi caminata.
- Un momento, Dr. Watson – gritó la mujer en una voz suplicante -. Hay una pregunta que
me puede contestar con más autoridad que nadie en el mundo, y podría hacer una gran
diferencia para mí. Conoce a Mr. Holmes y sus relaciones con la policía mejor que nadie.
Suponiendo que un suceso fuese llevado confidencialmente a su conocimiento, ¿es
absolutamente necesario que se lo pase a los detectives?
- Sí, eso es – añadió Barker ansiosamente -. ¿Está por sí mismo o está completamente con
ellos?
- Realmente no sé si pueda ser justificado al discutir sobre ese punto.
- ¡Le ruego, le imploro que lo haga, Dr. Watson! Le aseguro que nos estará ayudando, me
estará ayudando de gran manera si nos guía en ese punto.
Hubo un tono tal de sinceridad en la voz de la mujer que por un instante me olvidé todo
acerca de su levedad y me vi movido a cumplir su deseo.
Mr. Holmes es un investigador independiente – contesté -. Es su propio superior, y actuaría
de acuerdo a como su propio juicio se lo indique. Al mismo tiempo, naturalmente siente
lealtad hacia los oficiales que están trabajando en el mismo caso, y no les ocultaría nada
que les pueda ayudar en entregar al criminal a la justicia. No puedo decir nada más allá de
esto, y les podría llevar a donde el mismo Mr. Holmes si desean una información más
completa.
Diciendo esto cogí mi sombrero y regresé a mi camino, dejándolos detrás de esa barrera
ocultadora. Miré hacia atrás mientras rodeaba el final de ésta y vi que aún hablaban muy
encarecidamente, y, como me estaban observando, era obvio que era nuestra entrevista el
objeto de su debate.
- No deseo ninguna de sus confidencias – explicó Holmes, cuando le reporté lo que había
ocurrido. Había pasado toda la tarde en Manor House en consulta con sus dos colegas, y
regresado alrededor de las cinco con un voraz apetito por un té cargado que le había
ordenado -. Sin confidencias, Watson; porque son poderosamente embarazosas si llegamos
a un arresto por conspiración y asesinato.
- ¿Cree que se llegará a eso?
Estaba en su más jovial y vivo humor.
- Mi querido Watson, cuando haya exterminado a esta cuarta postura deberé estar listo para
ponerlo al corriente de toda la situación. No digo que la hayamos desentrañado, estamos
lejos de ello, pero cuando hayamos rastreado la pesa de gimnasia perdida...
- ¡La pesa!
- ¿Cielos, Watson, es posible que no haya penetrado el hecho de que el caso depende de la
pesa perdida? Bueno, bueno, no debe deprimirse; entre nosotros, no creo que ni el inspector
Mac ni el excelente profesional local hayan divisado la gigantesca importancia de este
incidente. ¡Una pesa, Watson! ¡Considere un atleta con una pesa! Imagínese el desarrollo
unilateral, el inminente peligro de una curvatura espinal. ¡Impactante, Watson, impactante!
Se sentó con su boca llena de tostada y sus ojos centelleando con malicia, observando mi
embrollo intelectual. La simple vista de excelente apetito era una certeza de su acierto;
porque tenía muy claras memorias de días y noches sin una pizca de comida, cuando su
frustrada mente se irritaba ante un problema mientras sus delgados y ansiosos rasgos se
atenuaban más con el ascetismo de completa concentración mental. Finalmente encendió su
pipa, y sentado junto al hogar de de la vieja posada del pueblo habló despacio y al azar
sobre su caso, más bien como alguien que piensa en voz alta que como alguien que hace
una considerada declaración.
- ¡Una mentira, Watson, una grande, gruesa, sorpresiva, sin compromisos y aislada mentira,
eso es lo que nos espera en la entrada! Ése es nuestro punto de partida. La completa historia
referida por Barker es una mentira. Pero la historia de Barker está corroborada por Mrs.
Douglas. Por lo tanto también está mintiendo. Ambos están mintiendo, y en conspiración.
Ahora tenemos el claro problema. ¿Por qué está mintiendo, y cuál es la verdad que están
intentando tan arduamente esconder? Tratemos, Watson, usted y yo, si podemos pasar por
encima de la mentira y reconstruir la verdad.
“¿Cómo sé que están mintiendo? Porque es una torpe fabricación que simplemente no
puede ser verdad. ¡Considere! De acuerdo a la historia que nos ha sido contada, el asesino
tuvo menos de un minuto luego de haber sido cometido el crimen para sacar el anillo, que
estaba bajo otro aro, del dedo del muerto, volver a poner el otro anillo, algo que
seguramente nunca habría hecho, y colocar esa singular tarjeta al lado de la víctima. Digo
que todo esto es obviamente imposible.
“Puede argüir que, pero tengo mucho respeto de su juicio, Watson, para creer que lo haga,
que el anillo haya sido tomado antes de que el hombre fuera asesinado. El hecho de que la
vela haya sido prendida por poco tiempo demuestra que no hubo una entrevista de mucho
tiempo. ¿Era este Douglas, por lo que hemos escuchado de su carácter temerario, un
hombre que daría su anillo de bodas sin mayores objeciones, o podríamos concebir que lo
haya dado después de todo? No, no, Watson, el asesino estuvo solo con el difunto por algo
de tiempo con la lámpara encendida. De eso no tengo duda alguna.
“Pero el tiro fue aparentemente la causa de la muerte. Por consiguiente éste debió ser
disparado un poco antes de lo que nos dijeron. No debe haber error en ello. Estamos en
presencia, así, de una deliberada conspiración de parte de las dos personas que oyeron la
explosión, del hombre Barker y la mujer Douglas. Cuando encima de todo esto puedo
demostrar que la marca de sangre en el umbral de la ventana fue puesta a propósito por
Barker para dar una falsa pista a la policía, admitirá que el caso crece más siniestro para él.
“Ahora nos preguntamos a qué hora el asesinato realmente ocurrió. A la diez y media los
sirvientes se movían por toda la casa; ciertamente no fue antes de ese tiempo. A un cuarto
para las once todos se habían ido a sus cuartos con la excepción de Ames, quien estaba en
la despensa. He estado haciendo algunos experimentos después de que nos dejó esta tarde,
y me di cuenta de que ningún sonido que MacDonald haya hecho en el estudio pudo
penetrar hacia mí hasta la despensa con todas las puertas cerradas.
“Es distinto, no obstante, desde la habitación del ama de llaves. No está muy lejos del
corredor, y desde ahí pude vagamente oír un ruido cuando era lo suficientemente fuerte. El
sonido de una escopeta es un poco amortiguado cuando la descarga es a corta distancia,
como indudablemente es en este suceso. No era muy fuerte, pero en el silencio de la noche
pudo fácilmente haber penetrado a la alcoba de Mrs. Allen. Ella es, como nos ha dicho,
algo sorda; pero sin embargo ella mencionó en su testimonio que sí oyó algo como un
portazo media hora antes que se diera la alarma. Media hora antes que sonase la alarma
sería un cuarto para las once. No tengo duda de que lo escuchó fue el ruido del arma, y que
fue el verdadero momento del homicidio.
“Si es así, debemos determinar ahora qué es lo que Mr. Barker y Mrs. Douglas, asumiendo
que no son los verdaderos asesinos, podían haber estado haciendo desde un cuarto para las
once, cuando el sonido del disparo los llevó abajo, hasta las once y cuarto, cuando dieron
un campanillazo para convocar a los sirvientes. ¿Qué estaban haciendo y por qué no dieron
instantáneamente la alarma? Ésa es la pregunta con la que nos confrontamos, y que cuando
sea respondida seguramente hayamos apartado algo de peso del problema.
- Estoy convencido – afirmé – de que hay un entendimiento entre ambas personas. Debe ser
una criatura sin corazón para sentarse a reír con una broma a pocas horas del crimen de su
marido.
- Exacto. No destaca como una esposa incluso en su propio relato de lo que ocurrió. No soy
un completo admirador del género femenino, como sabe, Watson, pero mi experiencia en la
vida me ha enseñado que hay algunas mujeres que, sin tener consideración por su cónyuge,
tendrían a cualquier palabra de hombre entre ellas y el cadáver de su pareja. Si me casara
alguna vez, Watson, esperaría inspirar a mi esposa un sentimiento tal que le prevenga ser
ganada por mi casero cuando mi cuerpo aún yazca a pocas yardas de ella. Está
pésimamente dirigida su actuación; por que incluso los más novatos investigadores estarían
sorprendidos por la ausencia del usual ululato femenino. Si no hubiera nada más, este solo
incidente me sugeriría una conspiración premeditada.
- ¿Piensa, definitivamente, que Barker y Mrs. Douglas son culpables del homicidio?
- Sus preguntas son amenazantes y directas, Watson – insinuó Holmes, meciendo su pipa
frente a mí -. Vienen hacia mí como balas. Si dice que Mrs. Douglas y Barker conocen la
verdad del crimen, y están conspirando para ocultarla, estoy puedo darle una respuesta con
toda mi intuición. Estoy seguro que lo hacen. Pero su proposición tortuosa no está muy
lúcida. Por un momento consideremos las dificultades que hay en el camino.
“Suponemos que esta pareja está unida por los lazos de un amor pecaminoso, y que han
determinado deshacerse del hombre que se pone en medio. Es una peligrosa suposición;
porque una discreta pesquisa entre los sirvientes y demás han fallado en corroborarla. Por el
contrario, hay una gran evidencia de que los Douglas estaban muy unidos el uno del otro.
- Eso, estoy seguro, no puede ser verdad – interrumpí recordando la bella cara sonriente en
el jardín.
- Bueno, por lo menos daban la impresión. Sin embargo, pensemos que son una pareja
extraordinariamente astuta, que engañan a todos en ese punto, y conspirar para matar al
marido. Él al parecer es un hombre del cual pende un peligro…
- Sólo tenemos su palabra para ello.
Holmes se veía reflexivo.
- Ya veo, Watson. Está formulando una teoría por la cual todo lo que dicen desde un inicio
es falso. De acuerdo a su idea, nunca hubo una amenaza oculta, o sociedad secreta, o Valle
del Terror, o jefe MacAlguien, o todo lo demás. Bueno, ésa es una arrolladora
generalización. Veamos hasta dónde nos lleva. Inventaron esa teoría por culpa del crimen.
Luego ellos continúan con la idea dejando una bicicleta en el parque como prueba de la
existencia de un extraño. La mancha en el umbral se transmite a la misma idea. También lo
hace la tarjeta sobre el cuerpo, que pudo haber sido preparada en la casa. Todo eso entra en
su hipótesis, Watson. Ahora vamos a las feas, angulares y aisladas partes que no entran en
sus lugares, ¿Por qué una escopeta cortada de entre todas las armas, y una americana
encima de todo? ¿Cómo pueden haber estado tan seguros que el sonido no traería a alguien
al sitio? Fue una simple casualidad que Mrs. Allen no haya comenzado a inquirir sobre el
cierre de la puerta. ¿Por qué la pareja culpable hizo todo esto, Watson?
- Confieso que no lo puedo explicar.
- Luego nuevamente, si una mujer y su amante conspiran para matar al consorte, ¿van a
anunciar su delito deliberadamente quitando el anillo de bodas de después de su muerte?
¿Eso le suena probable, Watson?
- No.
- Y de nuevo, si la idea de dejar una bicicleta escondida fuera se le hubiera ocurrido a usted,
valdría la pena verdaderamente cuando el más torpe detective diría que es una obvia
añagaza, porque la bicicleta sería la primera cosa que el fugitivo utilizaría para escapar.
- No puedo presumir ninguna explicación.
- Y aún así no hay combinación de eventos de los cuales el ingenio del hombre no pueda
concebir una explicación. Simplemente como un ejercicio mental, sin ninguna afirmación
de que sea verdad, permítame indicarle la posible línea de pensamiento. Es, como admito,
solamente imaginación; ¿pero cuán frecuentemente es la imaginación la madre de la
verdad?
- Supondremos que hay un secreto delictivo, uno realmente vergonzoso en la vida de este
hombre Douglas. Esto conduce a un asesinato por alguien que es, conjeturamos, un
vengador, alguien de fuera. Este vengador, por alguna razón que confieso que aún no puedo
explicar, tomó el aro de compromiso del muerto. La vendetta concebiblemente data hasta el
primer matrimonio del hombre, y el anillo fue sustraído por esa razón.
“Antes que el vengador se fuera, Barker y la esposa llegaron a la estancia. El asesino los
convenció que cualquier intento llevaría a la publicación de algún escándalo horrible.
Fueron absorbidos por esa idea, y prefirieron dejarlo ir. Para este propósito posiblemente
descendieron el puente, lo que puede ser hecho sin ningún ruido, y luego vuelto a levantar.
Hizo este escape, y por alguna razón creyó que podía hacerlo más a salvo a pie que en
bicicleta. Por lo tanto, dejó esa máquina donde no pueda ser descubierta hasta que esté
suficientemente seguro. Hasta ahí aún estamos en los límites de la posibilidad, ¿no es así?
- Bueno, es posible, sin duda – repliqué, con algo de reserva.
- Debemos recordar, Watson, que lo que sea que ocurrió fue algo innegablemente muy
extraordinario. Bien, ahora, para continuar con nuestro caso hipotético, la pareja, no
necesariamente la pareja culpable, se dio cuenta después de que el homicida se halla
marchado se habían puesto en una situación en la que era podía ser difícil probar que ellos
mismos no cometieron el acto o fueron cómplices de él. Rápidamente y un poco
ingenuamente fabricaron un hecho. La huella fue puesta por la pantufla de Barker
ensangrentada en el umbral de la ventana para sugerir que por allí el fugitivo había
escapado. Obviamente eran los dos que habían oído el arma; por lo que dieron la alarma
exactamente como debió haber sido, pero una buena media hora después del evento.
- ¿Y cómo se propone probar esto?
- Bueno, si hubiera un extraño, podría ser rastreado y capturado. Ésa sería la más efectiva
de todas las pruebas. Pero si no, bueno, los recursos de la ciencia están lejos de extinguirse.
Creo que una tarde solo en el estudio me ayudaría mucho.
- ¡Una tarde solo!
- Me dispongo a ir allá personalmente. Lo he arreglado todo con el estimable Ames, quien
por ningún motivo es sincero acerca de Barker. Me deberé sentar en ese aposento y ver si
su atmósfera me trae inspiración. Creo que el genio depende del sitio. Sonríe, amigo
Watson. Bueno, ya veremos. De paso, tiene usted un gran paraguas, ¿no es así?
- Está aquí.
- Bien, Lo pediré prestado si me lo permite.
- ¡Ciertamente, pero qué malísima arma! Si hay peligro…
- Nada serio, mi querido Watson, o de otro modo pediría de seguro su asistencia. Pero
tomaré el paraguas. Al presente solo estoy aguardando el regreso de nuestros colegas de
Tunbridge Wells, donde deben estar ocupados en buscar un probable dueño de la bicicleta.
Era ya caída la tarde antes que el inspector MacDonald y White Mason retornaran de su
expedición, y arribaron exultantes, reportando un gran avance en nuestra investigación.
- Hombre, admiito que tenía mis dudas de que si alguna vez hubo un forastero – profirió
MacDonald -; pero eso está todo pasado ahora. Tenemos nuestra bicicleta identificada, y
una descripción de nuestro hombre; por lo que eso es un gran paso en nuestra ruta.
- Me suena como el comienzo del fin – manifestó Holmes -. Estén seguros que los felicito
con todo mi corazón.
- Bueno, yo empecé desde el hecho que Mr. Douglas había estado perturbado desde el día
anterior, cuando había estado en Tunbridge Wells. Era en Tunbridge Wells entonces donde
se volvió consciente del peligro. Era claro, por consiguiente, que si un hombre había ido
con una bicicleta era desde Tunbridge Wells donde se podía esperar que hubiera venido.
Tomamos la bicicleta con nosotros y la mostramos en los hoteles. Fue identificada
inmediatamente por el gerente de “The Eagle Commercial” como perteneciente a un
hombre llamado Hargrave, quien había tomado un cuarto dos días atrás. Esta bicicleta y una
pequeña maleta eran sus únicas pertenencias. Había registrado su nombre como proveniente
de Londres, pero no dio dirección. Esa valija fue hecha en Londres, y los contenidos eran
británicos; pero el hombre era indudablemente un americano.
- ¡Bien, bien – expresó Holmes alegremente -, han realizado verdaderamente un sólido
trabajo mientras yo he estado sentado revolviendo teorías con mi amigo! Es una lección
para ser práctico, Mr. Mac.
- Hey, no es demasiado, Mr. Holmes – señaló el inspector con satisfacción.
- Pero esto puede todo encajar en sus teorías – remarqué.
- Puede ser o puede no ser. Pero cuéntenos el final, Mr. Mac. ¿No había nada para
identificar este hombre?
- Tan poco que era evidente que e había guardado cuidadosamente de toda identificación.
No había papeles ni cartas, ni marcas en las ropas. Un mapa cíclico del condado yacía en la
mesa de dormitorio. Dejó el hotel ayer en la mañana con su bicicleta, y nada más fue oído
sobre él hasta nuestras indagaciones.
- Eso es lo que me desconcierta – declaró White Mason -. Si el tipo no quería destacar y el
escándalo se cierne sobre él, uno se imaginaría que regresaría y se quedaría en el hotel
como un inofensivo turista. Como van las cosas, debe saber que será reportado a la policía
por el gerente del hotel y que su desaparición debe estar conectado al asesinato.
- Uno lo imaginaría así. Aún así, está ajustado a sus conocimientos al día, en todo sentido,
pues no ha sido capturado. ¿Pero su descripción, cuál es?
MacDonald dio un vistazo a su libreta de notas.
- Aquí la tenemos hasta donde nos la han podido dar. No parecen haber tenido una muy
particular impresión de él; pero el portero, el conserje y la camarera están todos de acuerdo
en determinados puntos. Era un hombre de unos cinco pies y nueve de altura, cincuenta o
algo así de edad, su cabello ligeramente entrecano, un grisáceo bigote, una nariz curvada, y
un rostro que todos describieron como fiero y repulsivo.
- Bueno, salvo la expresión, esa casi podría ser la misma descripción de Douglas –
argumentó Holmes -. Tiene más de cincuenta, con pardusco cabello y bigote, y más o
menos la misma altura. ¿Obtuvo algo más?
- Estaba vestido en una ropa gris fuerte con un chaquetón, y vestía un corto abrigo amarillo
y una suave gorra.
- ¿Qué hay sobre la escopeta?
- Tiene menos de dos pies. Fácilmente entraría en su valija. La podría cargar dentro de su
saco sin dificultad.
- ¿Y qué piensa que todo esto traiga al caso en sí?
- Bueno, Mr. Holmes – insinuó MacDonald – cuando tengamos a nuestro hombre, y puede
estar seguro que ya telegrafié con su descripción cinco minutos después de oírla, estaremos
aptos para juzgar. Pero, incluso como se sostiene, hemos ya recorrido un largo trecho.
Sabemos que un americano que se llama a sí mismo Hargrave fue a Tunbridge Wells hace
dos días con una bicicleta y una maleta. En la última había una escopeta aserrada; por lo
que vino con el propósito deliberado del crimen. Ayer en la mañana partió para este lugar
con su bicicleta, con su arma escondida en su abrigo. Nadie lo vio llegar, hasta donde
sabemos; pero no necesitó pasar por la villa para llegar a las puertas de la mansión, y hay
muchos ciclistas por la ruta. Presumiblemente ocultó su bicicleta entre los laureles donde
después fue hallada, y posiblemente acechó desde allí, con sus ojos a la casa, esperando que
Mr. Douglas saliese. La escopeta era una extraña arma para usar dentro de la morada; pero
tenía intención de usarla afuera, y ahí tenía grandes ventajas, porque sería imposible
fallarle, y el sonido de disparos es tan común en un vecindario deportivo inglés que ninguna
aviso sería dado.
- Eso está muy claro – apuntó Holmes.
- Bueno, Mr. Douglas no apareció. ¿Qué hacer por consiguiente? Dejó su bicicleta y se
acercó hacia la vivienda en el crepúsculo. Halló el puente abajo y nadie alrededor. Tomó su
oportunidad, intentando, sin duda, dar alguna excusa si se interceptaba con alguien. No lo
hizo. Se deslizó al primer cuarto que vio y se encubrió detrás de la cortina. Allí vio que el
puente levadizo se elevaba y supo que su única escapatoria era a través del foso. Esperó
hasta las once y cuarto, cuando Mr. Douglas en su usual ronda nocturna entró al recinto. Le
disparó y escapó, como lo dispuso. Estaba seguro que la bicicleta sería descrita por la gente
del hotel y usada como una prueba e