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Julio Carreras // Cuentos cortos y relatos

Escrito por imagenes 20-07-2007 en General. Comentarios (2)

CUENTOS CORTOS Y RELATOS // JULIO CARRERAS  (link-enlaces)





Arrepentimiento


-Padre, perdóneme: ¡he pecado!- exclamé, en un súbito rapto de compunción.
El sacerdote estaba inmóvil en su casilla de confesor, frente a mí.
-Tenga piedad de este miserable gusano... ¡no me niegue su absolución!-imploré. Los
ojos fríos del padre estaban fijos en mi rostro; pero nada me respondía.
-¡Oh!... ¡Qué torpe y perverso he sido, frágil hoja de alerce, juguete inerme en el
torbellino de mis innobles pasiones! ¡Violento y cruel, irreflexivo, temerario desafiador de
la ira de Dios!... El sacerdote ni se movía.
-¡Malhaya la hora en que permití a mi mano volar a la espada! ¡Malhaya mi sangre
española, heredera de endriagos milenarios! ¡Malhaya mi facilidad para la estocada!... Nada
me decía.
-Padre... ¿no ha de perdonarme? ¿Va a dejarme cargar por siempre con esta cruz en mi
conciencia? ¿Tan terrible fue mi pecado?...
Tal iba a ser mi destino, al parecer, pues el cura no modificó ni un ápice su fría
expresión. Me retiré, entonces, acongojado y llorando. Por desgracia, mi estocada había
sido demasiado certera. Su corazón, agujereado, ya no le daba vida para responder.
Hembra
Felipe estaba solo. Muy solo. Por eso le pareció un sueño cuando la muchacha aceptó
bailar con él. (Y más sueño le parecería luego, cuando aceptara ir a su rancho).
Nadie la conocía. Las escasas mujeres del poblado la miraron con odio. Y los hombres
lo miraron a él con envidia, cuando se la llevó. Necesitó dos tubos de ginebra para
animarse, pero lo hizo.
Nunca gozó Felipe deleites tan hondos y sostenidos como esa noche, en su cama. Entre
vahídos de placer le pidió, en la oscuridad: "¡quédate a vivir conmigo!" Ella aceptó.
En la rosada penumbra de la paloma Felipe recordó la noche pasada, y percibió el bulto
del cuerpo a su lado. Como quien constata la materialidad de su dicha estiró la mano. Tocó
una piel peluda. De un salto, se levantó.
El grito debe haber asustado al animal, pues abandonó la cama con la velocidad de un
relámpago.
Dando un brinco poderoso la mula salió por la ventana. Felipe, con la boca abierta, la
vio perderse, entre las retamas.
Sangre fría
Lo maté de un solo tiro.
Después, con mi cuchillo de caza, le corté la cabeza y la tiré hacia atrás; sin darme
vuelta a mirar dónde caía, pedí tres deseos.
Finalmente me fui a desayunar (café con leche con chipaquitos) al bar de la estación
YPF.
Me percaté recién, a través del vidrio sucio, que al salir había dejado desierta la sala de
videojuegos.


Amnesia


-Yo escribo para olvidar -sostenía un poeta amigo de mi padre.
Trataba de justificar así quizá sus faltas de ortografía.
Pues sus escritos prescindían fatalmente de puntos, comas, haches, acentos o distinción
alguna entre "ve" cortas o "be" largas.
Un libro apócrifo de Aldous Huxley
No existe lo fantástico: todo es real.

André Breton

En el comienzo hay alguien que parte, en un tren. Se describe la estación, y el andén. Es
de mañana en el primer párrafo. Lo cual no impide que el segundo comience con la
siguiente frase: La luna reina serenamente en un cielo violeta, sobre las nubes.
El argumento me cautiva. Trata de un hombre gusta de vivir del modo más agradable
que sea posible, viajar y gozar de las exposiciones de arte, del mejor licor y de las
diversiones. En las últimas páginas, descubrimos que el protagonista sufre un
desdoblamiento, por el cual, no es él quien goza de los placeres sino otro hombre, que
habita en su interior, y lo utiliza como vehículo de sus impulsos.
Entonces el personaje lleva sobre sus hombros la parte más pesada de los placeres del
otro: así, cuando quien habita dentro de él decide trasladarse de un lugar a otro, es él quien
debe sufrir el peso del camino, haciendo de caballo. Sin embargo, exteriormente se viste y
perfuma como si de verdad él fuera el otro.
Hoy, él y el otro van a salir a dar un paseo por el bosque, a caballo.
Meditando tristemente, da los últimos toques a sus brillantes botas y a sus breeches.
Comprende que de esa forma sólo está vistiendo al otro, que se ha posesionado de una
manera tiránica de su voluntad, no a sí mismo.
Trata de escapar y de mirarse, pero no puede, ya que una oftalmanía lo obliga a fijar su
vista en una mosca que se ha posado sobre una pared, y le es imposible apartar los ojos de
ella.
Afuera, se oye el gorjeo de los pájaros. Amanece.
En la cárcel de Córdoba, una tarde calurosa de 1980.

El tango que me llevó

Me fui a caminar por entre las callejuelas de Villa Siburu en busca de una casita
humilde para alquilar. Había dejado sólo por un momento a mis hijas, con ese objeto.
Mientras conversaba con una señora intuí que algo le sucedía a la más pequeña. Regresé
presuroso y la encontré llorando.
Había vomitado sobre el cubrecama donde durmiera, y el suelo.
Resignadamente limpié todo, asombrado interiormente por el modo en que mi hija
había percibido mi ausencia.
Cuando regresó Cecilia salí de nuevo tratando de hallar una peluquería.
Era una noche nublada. Mientras reflexionaba parado en una esquina acerca del camino
a seguir, me apoyé en el ventanal tapiado de una casa abandonada y me puse a cantar un
tango. De tras la pared me contestó el eco -eso creí, al principio. Me gustó el efecto, y una y
otra vez repetí frases del tema ("Vuelvo al Sur"), para provocar al eco. Me quedé pasmado,
ustedes se imaginarán, cuando habiéndome callado, el eco siguió cantando aquel tango que
iniciara, hasta agregar una estrofa completa.
En ese momento cruzaba por la esquina un agricultor, de quien me daba cuenta que
hacía tiempo me quería conocer. "Al sólo efecto de participarle" la rara situación, lo llamé.
Se acercó contento, pues la oportunidad de entablar relación se había presentado. Un
hombre robusto, seguramente de origen italiano, como de cuarenta años.
Me explicó que esto era un fenómeno frecuente, producto según él de que allí mismo
había muerto un estudiante de magia. Me invitó a su casa. En el umbroso living estaban a
mi lado, sobre unos fofos sillones, además de mi nuevo conocido su esposa y sus hijos,
todos ellos gente muy agradable.
Particularmente me agradó e inquietó la hija del agricultor, quien fijaba sus ojos azules
en mí todo el tiempo. No se molestaron cuando les dije que no gustaba de tomar nada, pero
me fue imposible eludir el disfrute de un par de masitas.
Cuando regresaba, cerca de la Terminal vi una peluquería abierta y me introduje. Antes
miré el reloj: la una y cuarto de la madrugada. No hallé al peluquero. Estaba por retirarme
cuando por una entrada lateral se presentó de un modo truculento un peluquero skin head.
Sólo para darme una tarjeta rosada, con los horarios de atención -que no incluían al
presente- y ofrecerme además los servicios de su esposa como hechicera.
Cecilia me dijo al llegar a casa que debía desconfiar de los hijos del agricultor. Según su
criterio, el "estudiante de magia" que reproducía mi voz desde el interior de la casona en
ruinas, era él. O ella, Cecilia sostenía que todos eran andróginos, pues manejaban de un
modo artero las energías de la tierra.
Recuerdo todos estos sucesos desde un siniestro bar, en la Costa del Marfil, mientras
cantan unos mariachis importados, y en la cabecera de mi mesa bromea con uno y otro esa
morena joven, flaca, sensual. Sé que no es ella, pues bajo de esa manifestación estoy
reconociendo la energía vital de la hija del agricultor, a quien conozco ya demasiado bien;
tiene la camisa abierta y escapan un poco sus pechos medianos y largos, morenos, duros.
Le indico esto pues supongo que no se dio cuenta y al advertirlo la molestará. Mas ella me
dice que no lo piense, por el contrario se siente muy cómoda así.
Ella ha logrado quitarme de mi casa, usando los ecos del tango.
Partido mi corazón, no atina sin embargo al regreso -aunque tampoco dispongo de un
centavo para ello. Compungido al extremo por mi suerte, no me queda otro camino,
entonces, que llorar.

La Paja del Ojo

Germán Loy tuvo la posibilidad de editar una revista perfecta. Púsole de nombre "La
Paja del Ojo" (por aquello de la vieja sentencia, y también porque sería un verdadero
eretismo para la visión). Polisémico sentido.
No crean que exagero. La revista era un regodeo para los ex-tetas. Los llevaba al límite.
En la tapa, verbigracia, solían alternarse los Rúbens, Boticelli, con las mejores fotos de
Drtikol, Vallejo, Deborah Tuberville: salpimentando, Boccioni, Aleksander Archipenko,
Giacomo Balla, Carlo Carrá, Rougena Zatkova... ¡para qué seguir! Todo en huecograbado,
papel ochenta quilos, cada número venía en caja de cartón.
El primer número detuvo los latidos de varios. De Leopoldo Marechal, incluía dos
poemas en cuerpo doce; Marinetti, un poema, Juan L. Ortiz, un poema. En ficción, contaba
con cuentos de Juan Bautista Zalazar, Diana María Noronha, y un inédito de Alberto
Moravia. Artículos: La influencia del barroco medieval en América, Alejo Carpentier,
Filosofía y Cultura, Luis Jorge Jalfen.
Era... cómo decir... como si a Marisa Berenson veinteañera le hubieran injertado el
talento de María Callas y la inteligencia de Marguerite Yourcenar.
En la Academia de Bellas Artes se formaron grupos para degustarla de consuno. La Paja
del Ojo salía trimestral. Se esperaba su llegada con ex, pec, tación.
Asesor visual: Carlos Alonso. Asesor literario: Juan José Arreola.
Diagramador: Fattoruso. Germán Loy estaba que no cabía en mí de gozo. El éxito había
sido rotondo.
Pero duró poco.
El problema empezó con la preocupación de los directivos de Bellas Artes (quienes,
obviamente, no eran artistas). Los alumnos se desviaban: gozaban. Esa inquietud fue
llevada al concejo deliberante, que en pleno consideró propicia la cuestión para aumentarse
las dietas. De allí pasó a la legislatura. Los di, puta, dos, luego de imitar el edificante
ejemplo de sus colegas conce, já, les -en lo referido a las dietas-, pasaron el asunto a
comisión, con lo cual se dio oportunidad de crear cinco nuevos cargos de secretarias y
taquígrafos. Finalmente el asunto fue a recalar en el Ministerio del Interior.
El impertérrito, previa consulta a la Suprema Corte, ordenó ipso pucho clausurar La
Paja del Ojo.
Razones: ningún Derecho, desde el Mosaico hasta el Romano, el Francés ni el
Johnsoniano, contemplaban en sus articuliados la posibilidad del orgasmo colectivo. Por
tanto, no existía. Y un hecho que no existe, no puede seguir sucediendo. Ergo: La Paja del
Ojo, no podía seguir saliendo.
Germán Loy se preguntaba, tristemente, si luego de haber beneficiado a tantos
legisladores no merecía se hubiera decretado algún arti (culito) ad-hoc. O al menos que,
personalmente, lo pensionaran por inhabilitación ex-tética. Y mientras esto pensaba, untaba,
con chimichurri, el panchito, que ofrecía al gusto popular en la bizarra esquina de
Sarachaga y Fragueiro.
Fernández, en junio de 1988........................................................................................................

CUENTOS FANTASTICOS DEL XIX // ANTOLOGIA - ENSAYO

Escrito por imagenes 09-07-2007 en General. Comentarios (4)

ENSAYO SOBRE LOS CUENTOS FANTASTICOS DEL XIX   (link-enlace)




Italo Calvino

LO FANTASTICO VISIONARIO

ENSAYO



El cuento fantástico es uno de los productos más característicos de la narrativa del siglo XIX y, para nosotros, uno de los más significativos, pues es el que más nos dice sobre la interioridad del individuo y de la simbología colectiva. Para nuestra sensibilidad de hoy, el elemento sobrenatural en el centro de estas historias aparece siempre cargado de sentido, como la rebelión de lo inconsciente, de lo reprimido, de lo olvidado, de lo alejado de nuestra atención racional. En esto se ve la modernidad de lo fantástico, la razón de su triunfal retorno en nuestra época. Notamos que lo fantástico dice cosas que nos tocan de cerca, aunque estemos menos dispuestos que los lectores del siglo pasado a dejarnos sorprender por apariciones y fantasmagorías, o nos inclinemos a gustarlas de otro modo, como elementos del colorido de la época.
El cuento fantástico nace entre los siglos XVIII y XIX sobre el mismo terreno que la especulación filosófica: su tema es la relación entre la realidad del mundo que habitamos y conocemos a través de la percepción, y la realidad del mundo del pensamiento que habita en nosotros y nos dirige. El problema de la realidad de lo que se ve ‑caras extraordinarias que tal vez son alucinaciones proyectadas por nuestra mente; cosas corrientes que tal vez esconden bajo la apariencia más banal una segunda naturaleza inquietante, misteriosa, terrible‑ es la esencia de la literatura fantástica, cuyos mejores efectos residen en la oscilación de niveles de realidad inconciliables.
Tzvetan Todorov, en su Introduction à la littérature fantastique (1970), sostiene que lo que distingue a lo «fantástico» narrativo es precisamente la perplejidad frente a un hecho increíble, la indecisión entre una explicación racional y realista, y una aceptación de lo sobrenatural. El personaje del incrédulo positivista que interviene a menudo en este tipo de cuentos, visto con compasión y sarcasmo porque debe rendirse frente a lo que no sabe explicar, no es, sin embargo, refutado por completo. El hecho increíble que narra el cuento fantástico debe dejar siempre, según Todorov, una posibilidad de explicación racional, a no ser que se trate de una alucinación o de un sueño (buena tapadera para todos los pucheros). En cambio, lo «maravilloso», según Todorov se distingue de lo «fantástico» por presuponer la aceptación de lo inverosímil y de lo inexplicable, como en las fábulas o en Las mil y una noches (distinción que se adhiere a la terminología literaria francesa, donde «fantastique» se refiere casi siempre a elementos macabros, tales como apariciones de fantasmas de ultratumba. El uso italiano, en cambio, asocia más libremente fantástico a fantasía; en efecto, nosotros hablamos de lo fantástico ariostesco, mientras que según la terminología francesa se debería decir «lo maravilloso ariostesco»).
El cuento fantástico nace a principios del siglo XIX con el romanticismo alemán, pero ya en la segunda mitad del XVIII la novela «gótica» inglesa había explorado un repertorio de motivos, de ambientes y de efectos (sobre todo macabros, crueles y pavorosos) que los escritores del Romanticismo emplearon profusamente. Y dado que uno de los primeros nombres que destaca entre éstos (por el logro que supone su Peter Schlemihl) pertenece a un autor alemán nacido francés, Chamisso, que aporta una ligereza propia del XVIII francés a su cristalina prosa alemana, vemos que también el componente francés aparece como esencial desde el primer momento. La herencia que el siglo XVIII francés deja al cuento fantástico del Romanticismo es de dos tipos: por un lado, la pompa espectacular del «cuento maravilloso» (del féerique de la corte de Luis XIV a las fantasmagorías orientales de Las mil y una noches descubiertas y traducidas por Galland) y, por otro, el estilo lineal, directo y cortante del «cuento filosófico» volteriano, donde nada es gratuito y todo tiende a un fin.
Si el «cuento filosófico» del siglo XVIII había sido la expresión paradójica de la Razón iluminista, el «cuento fantástico» nace en Alemania como sueño con los ojos abiertos del idealismo filosófico, con la declarada intención de representar la realidad del mundo interior, subjetivo, de la mente, de la imaginación, dándole una dignidad igual o mayor que a la del mundo de la objetividad y de los sentidos, Por tanto, ésta también se presenta como cuento filosófico, y aquí un nombre se destaca por encima de todos: Hoffmann.
Toda antología debe trazarse unos límites e imponerse unas reglas; la nuestra se ha impuesto la regla de ofrecer un solo texto de cada autor: regla particularmente cruel cuando se trata de elegir un solo cuento que represente todo Hoffmann. He elegido el más conocido (porque es un texto, podríamos decir, «obligatorio», El hombre de la arena ..........................................................................................................