Historias de fantasmas // Charles Dickens

HISTORIAS DE FANTASMAS // CHARLES DICKENS          (link-enlaces)

Charles Dickens
Índice
El manuscrito de un loco
La historia del viajante de comercio
La historia de los duendes que secuestraron a un enterrador

La historia del tío del viajante
El barón de Grogzwig
Una confesión encontrada en una prisión de la época de Carlos II

Para leer al atardecer
Juicio por asesinato
Fantasmas de Navidad
La novia del ahorcado

La visita del señor Testador
La casa hechizada. Los mortales de la casa




El manuscrito de un loco


¡Sí...! ¡Un loco! ¡Cómo sobrecogía mi corazón esa palabra hace años! ¡Cómo
habría despertado el terror que solía sobrevenirme a veces, enviando la sangre silbante y
hormigueante por mis venas, hasta que el rocío frío del miedo aparecía en gruesas gotas
sobre mi piel y las rodillas se entrechocaban por el espanto! Y, sin embargo, ahora me
agrada. Es un hermoso nombre. Mostradme al monarca cuyo ceño colérico haya sido
temido alguna vez más que el brillo de la mirada de un loco... cuyas cuerdas y hachas
fueran la mitad de seguras que el apretón de un loco. ¡Ja, ja! ¡Es algo grande estar loco!
Ser contemplado como un león salvaje a través de los barrotes de hierro... rechinar los
dientes y aullar, durante la noche larga y tranquila, con el sonido alegre de una cadena,
pesada... y rodar y retorcerse entre la paja extasiado por tan valerosa música. ¡Un hurra
por el manicomio! ¡Ay, es un lugar excelente!
Me acuerdo del tiempo en el que tenía miedo de estar loco; cuando solía
despertarme sobresaltado, caía de rodillas y rezaba para que se me perdonara la
maldición de mi raza; cuando huía precipitadamente ante la vista de la alegría o la
felicidad, para ocultarme en algún lugar solitario y pasar fatigosas horas observando el
progreso de la fiebre que consumiría mi cerebro. Sabía que la locura estaba mezclada
con mi misma sangre y con la médula de mis huesos. Que había pasado una generación
sin que apareciera la pestilencia y que era yo el primero en quien reviviría. Sabía que
tenía que ser así: que así había sido siempre, y así sería; y cuando me acobardaba en
cualquier rincón oscuro de una habitación atestada, y veía a los hombres susurrar,
señalarme y volver los ojos hacia mí, sabía que estaban hablando entre ellos del loco
predestinado; y yo huía para embrutecerme en la soledad.
Así lo hice durante años; fueron unos años largos, muy largos. Aquí las noches
son largas a veces... larguísimas; pero no son nada comparadas con las noches
inquietas y los sueños aterradores que sufría en aquel tiempo. Sólo recordarlo me da
frío. En las esquinas de la habitación permanecían acuclilladas formas grandes y
oscuras de rostros insidiosos y burlones, que luego se inclinaban sobre mi cama por la
noche, tentándome a la locura. Con bajos murmullos me contaban que el suelo de la
vieja casa en la que murió el padre de mi padre estaba manchado por su propia sangre,
que él mismo se había provocado en su furiosa locura. Me tapaba los oídos con los
dedos, pero gritaban dentro de mi cabeza hasta que la habitación resonaba con los
gritos que decían que una generación antes de él la locura se había dormido, pero que
su abuelo había vivido durante años con las manos unidas al suelo por grilletes para
impedir que se despedazara a sí mismo con ellas. Sabía que contaban la verdad... bien
que lo sabía. Lo había descubierto años antes, aunque habían intentado ocultármelo.
¡Ja, ja! Era demasiado astuto para ellos, aunque me consideraran como un loco.
Finalmente llegó la locura y me maravillé de que alguna vez hubiera podido tenerle
miedo. Ahora podía entrar en el mundo y reír y gritar con los mejores de entre ellos. Yo
sabía que estaba loco, pero ellos ni siquiera lo sospechaban. ¡Solía palmearme a mí
mismo de placer al pensar en lo bien que les estaba engañando después de todo lo que
me habían señalado y de cómo me habían mirado de soslayo, cuando yo no estaba loco y
sólo tenía miedo de que pudiera enloquecer algún día! Y cómo solía reírme de puro
placer, cuando estaba a solas, pensando lo bien que guardaba mi secreto y lo
rápidamente que mis amables amigos se habrían apartado de mí de haber conocido la
verdad. Habría gritado de éxtasis cuando cenaba a solas con algún estruendoso buen
amigo pensando en lo pálido que se pondría, y lo rápido que escaparía, al saber que el
querido amigo que se sentaba cerca de él, afilando un cuchillo brillante y reluciente, era
un loco con toda la capacidad, y la mitad de la voluntad, de hundirlo en su corazón. ¡Ay,
era una vida alegre!
Las riquezas fueron mías, la abundancia se derramó sobre mí y alborotaba entre
placeres que multiplicaban por mil la conciencia de mi secreto bien guardado. Heredé
un patrimonio. La ley, la propia ley de ojos de águila, había sido engañada, y había
entregado en las manos de un loco miles de discutidas libras. ¿Dónde estaba el ingenio
de los hombres listos de mente sana? ¿Dónde la habilidad de los abogados, ansiosos por
descubrir un fallo? La astucia del loco les había superado a todos.
Tenía dinero. ¡Cómo me cortejaban! Lo gastaba profusamente. ¡Cómo me
alababan! ¡Cómo se humillaban ante mí aquellos tres hermanos orgullosos y despóticos!
¡Y el anciano padre de cabellos blancos, qué deferencia, qué respeto, qué dedicada
amistad, cómo me veneraba! El anciano tenía una hija y los hombres una hermana; y los
cinco eran pobres. Yo era rico, y cuando me casé con la joven vi una sonrisa de triunfo
en los rostros de sus necesitados parientes, pues pensaban que su plan había funcionado
bien y habían ganado el premio. A mí me tocaba sonreír. ¡Sonreír! Reírme a carcajada
limpia, arrancarme los cabellos y dar vueltas por el suelo con gritos de gozo. Bien poco
se daban cuenta de que la habían casado con un loco.
Pero un momento. De haberlo sabido, ¿la habrían salvado? La felicidad de la
hermana contra el oro de su marido. ¡La más ligera pluma lanzada al aire contra la
alegre cadena que adornaba mi cuerpo! Pero en una cosa, pese a toda mi astucia, fui
engañado. Si no hubiera estado loco, pues aunque los locos tenemos bastante buen
ingenio a veces nos confundimos, habría sabido que la joven antes habría preferido que
la colocaran rígida y fría en una pesado ataúd de plomo que llegar vestida de novia a mi
rica y deslumbrante casa. Habría sabido que su corazón pertenecía a un muchacho de
ojos oscuros cuyo nombre le oí pronunciar una vez entre suspiros en uno de sus sueños
turbulentos, y que me había sido sacrificada para aliviar la pobreza del hombre anciano
de cabellos blancos y de sus soberbios hermanos.
Ahora no recuerdo ni las formas ni los rostros, pero sé que ella era hermosa. Sé que
lo era, pues en las noches iluminadas por la luna, cuando me despierto sobresaltado de
mi sueno y todo está tranquilo a mi alrededor, veo, de pie e inmóvil en una esquina de
esta celda, una figura ligera y desgastada de largos cabellos negros que le caen por el
rostro, agitados por un viento que no es de esta tierra, y unos ojos que fijan su mirada en
los míos y jamás parpadean o se cierran. ¡Silencio! La sangre se me congela en el
corazón cuando escribo esto... ese cuerpo es el de ella; el rostro está muy pálido y los
ojos tienen un brillo vidrioso, pero los conozco bien. La figura nunca se mueve; jamás
gesticula o habla como las otras que llenan a veces este lugar, pero para mí es mucho
más terrible, peor incluso que los espíritus que me tentaban hace muchos años... Ha
salido fresca de la tumba, y por eso resulta realmente mortal.
Durante casi un año vi cómo ese rostro se iba volviendo cada vez más pálido;
durante casi un año vi las lágrimas que caían rodando por sus dolientes mejillas, y nunca
conocí la causa. Sin embargo, finalmente lo descubrí. No podía evitar durante mucho
tiempo que me enterara. Ella nunca me había querido; por mi parte, yo nunca pensé que
lo hiciera; ella despreciaba mi riqueza y odiaba el esplendor en el que vivía; pero yo no
había esperado eso. Ella amaba a otro y a mí jamás se me había ocurrido pensar en tal
cosa. Me sobrecogieron unos sentimientos extraños y giraron y giraron en mi cerebro
pensamientos que parecían impuestos por algún poder extraño y secreto. No la odiaba,
aunque odiaba al muchacho por el que lloraba. Sentía piedad, sí, piedad, por la vida
desgraciada a la que la habían condenado sus parientes fríos y egoístas. Sabía que ella no
podía vivir mucho tiempo, pero el pensamiento de que antes de su muerte pudiera
engendrar algún hijo de destino funesto, que transmitiría la locura a sus descendientes,
me decidió. Resolví matarla.
Durante varias semanas pensé en el veneno, y luego en ahogarla, y en el fuego. Era
una visión hermosa la de la gran mansión en llamas, y la esposa del loco convirtiéndose
en cenizas. Pensé también en la burla de una gran recompensa, y algún hombre cuerdo
colgando y mecido por el viento por un acto que no había cometido... ¡y todo por la
astucia de un loco! Pensé a menudo en ello, pero finalmente lo abandoné. ¡Ay! ¡El
placer de afilar la navaja un día tras otro, sintiendo su borde afilado y pensando en la
abertura que podía causar un golpe de su borde delgado y brillante!
Finalmente, los viejos espíritus que antes habían estado conmigo tan a menudo me
susurraron al oído que había llegado el momento y pusieron la navaja abierta en mi
mano. La sujeté con firmeza, la elevé suavemente desde el lecho y me incliné sobre mi
esposa, que yacía dormida. Tenía el rostro enterrado en las manos. Las aparté
suavemente y cayeron descuidadamente sobre su pecho. Había estado llorando, pues los
rastros de las lágrimas seguían húmedos sobre las mejillas. Su rostro estaba tranquilo y
plácido, y mientras lo miraba, una sonrisa tranquila iluminó sus rasgos pálidos. Le puse
la mano suavemente en el hombro. Se sobresaltó... había sido tan sólo un sueño
pasajero. Me incliné de nuevo hacia delante y ella gritó y despertó.
Un solo movimiento de mi mano y nunca habría vuelto a emitir un grito o sonido.
Pero me asusté y retrocedí. Sus ojos estaban fijos en los míos. No sé por qué, pero me
acobardaban y asustaban; y gemí ante ellos. Se levantó, sin dejar de mirarme con fijeza.
Yo temblaba; tenía la navaja en la mano, pero no podía moverme. Ella se dirigió hacia la
puerta. Cuando estaba cerca, se dio la vuelta y apartó los ojos de mi rostro. El
encantamiento se deshizo. Di un salto hacia delante y la sujeté por el brazo. Lanzando
un grito tras otro, se dejó caer al suelo.
Podría haberla matado sin lucha, pero se había provocado la alarma en la casa. Oí
pasos en los escalones. Dejé la cuchilla en el cajón habitual, abrí la puerta y grité en voz
alta pidiendo ayuda.
Vinieron, la cogieron y la colocaron en la cama. Permaneció con el conocimiento
perdido durante varias horas; y cuando recuperó la vida, la mirada y el habla, había
perdido el sentido y desvariaba furiosamente.
Llamamos a varios médicos, hombres importantes que llegaron hasta mi casa en
finos carruajes, con hermosos caballos y criados llamativos. Estuvieron junto a su
lecho durante semanas. Celebraron una importante reunión y consultaron unos con
otros, en voz baja y solemne, en otra habitación. Uno de ellos, el más inteligente y
famoso, me llevó con él a un lado y me rogó que me preparara para lo peor. Me dijo
que mi esposa estaba loca... ¡a mí, al loco! Permaneció cerca de mí junto a una ventana
abierta, mirándome directamente al rostro y dejando una mano sobre mi hombro. Con
un pequeño esfuerzo habría podido lanzarlo abajo, a la calle. Habría sido divertido
hacerlo, pero mi secreto estaba en juego y dejé que se marchara. Unos días más tarde
me dijeron que debía someterla a algunas limitaciones: debía proporcionarle alguien
que la cuidara. ¡Me lo pedían a mí!¡Salí al campo abierto, donde nadie pudiera
escucharme, y reí hasta que el aire resonó con mis gritos!
Murió al día siguiente. El anciano de cabello blanco la siguió hasta la tumba y los
orgullosos hermanos dejaron caer una lágrima sobre el cadáver insensible de aquella
cuyos sufrimientos habían considerado con músculos de hierro mientras vivió. Todo
aquello alimentaba mi alegría secreta, y reía oculto por el pañuelo blanco que tenía
sobre el rostro mientras regresamos cabalgando a casa, hasta que las lágrimas brotaron
de mis ojos.
Pero aunque había cumplido mi objetivo, y la había asesinado, me sentí inquieto y
perturbado, y pensé que no tardarían mucho en conocer mi secreto. No podía ocultar la
alegría y el regocijo salvaje: que hervían en mi interior y que cuando estaba a solas, en
casa, me hacía dar saltos y batir palmas, dan do vueltas y más vueltas en un baile
frenético, y gritar en voz muy alta. Cuando salía y veía a las masas atareadas que se
apresuraban por la calle, o acudía a teatro y escuchaba el sonido de la música y
contemplaba la danza de los demás, sentía tal gozo que m, habría precipitado entre
ellos y les habría despedazado miembro a miembro, aullando en el éxtasi que me
produciría. Pero apretaba los dientes, afirmaba los pies en el suelo y me clavaba las
afilada uñas en las manos. Mantenía el secreto y nadie sabía aún que yo era un loco.
Recuerdo, aunque es una de las últimas cosa que puedo recordar, pues ahora la
realidad se mezcla con mis sueños, y teniendo tanto que hacer, habiéndome traído
siempre aquí tan presurosa mente, no me queda tiempo para separar entre lo dos, por la
extraña confusión en la que se halla] mezclados... Recuerdo de qué manera finalmente
se supo. ¡Ja, ja! Me parece ver ahora sus mirada asustadas, y sentir cómo se apartaban
de mí, mientras yo hundía mi puño cerrado en sus rostros blancos y luego escapaba
como el viento, y les dejaba gritando atrás. Cuando pienso en ello me vuelve la fuerza
de un gigante. Mirad cómo se curva esta barra de hierro con mis furiosos tirones.
Podría romperla como si fuera una ramita, pero sé que detrás hay largas galerías con
muchas puertas; no creo que pudiera encontrar el camino entre ellas; y aunque pudiera,
sé que allá abajo hay puertas de hierro que están bien cerradas con barras. Saben que
he sido un loco astuto, y están orgullosos de tenerme aquí para poder mostrarme.
Veamos, sí, había sido descubierto. Era ya muy tarde y de noche cuando llegué a
casa y encontré allí al más orgulloso de los tres orgullosos hermanos, esperando para
verme... dijo que por un asunto urgente. Lo recuerdo bien. Odiaba a ese hombre con
todo el odio de un loco. Muchas veces mis dedos desearon despedazarle. Me dijeron
que estaba allí y subí presurosamente las escaleras. Tenía que decirme unas palabras.
Despedí a los criados. Era tarde y estábamos juntos y a solas... por primera vez.
Al principio aparté cuidadosamente mis ojos de él, pues era consciente de lo que
él no podía ni siquiera pensar, y me glorificaba en ese conocimiento: que la luz de la
locura brillaba en mis ojos como el fuego. Permanecimos unos minutos sentados en
silencio. Finalmente, habló. Mi reciente disipación, y algunos comentarios extraños
hechos poco después de la muerte de su hermana, eran un insulto para la memoria de
ésta. Uniendo a ello otras muchas circunstancias que al principio habían escapado a su
observación, había terminado por pensar que yo no la había tratado bien. Deseaba
saber si tenía razón al decir que yo pensaba hacer algún reproche a la memoria de su
hermana, faltando con ello al respeto a la familia. Exigía esa explicación por el
uniforme que llevaba puesto.
Aquel hombre tenía un nombramiento en ejército... ¡un nombramiento comprado
con mi dinero y con la desgracia de su hermana! Él fue el que: más había tramado para
insidiar y quedarse con n riqueza. Él había sido el principal instrumento para obligar a
su hermana a casarse conmigo, y bien sabia que el corazón de aquélla pertenecía al
piadoso muchacho. ¡Por causa de su uniforme! ¡El uniforme e su degradación! Volví
mis ojos hacia él... no pude evitarlo; pero no dije una sola palabra.
Vi que bajo mi mirada se produjo en él un cambio repentino. Era un hombre
valiente, pero el color desapareció de su rostro y retrocedió en su silla. ~ acerqué la
mía a la suya; y mientras reía, pues entonces estaba muy alegre, vi cómo se estremecía.
Sen que la locura brotaba de mi interior. Sentí miedo de mí mismo.
—Quería usted mucho a su hermana cuando el vivía—le dije—. Mucho.
Miró con inquietud a su alrededor, y le vi sujeta con la mano el respaldo de la
silla; pero no dije nada.
—Es usted un villano —le dije—. Le he descubierto. Descubrí sus infernales
trampas contra mí; que el corazón de ella estaba puesto en otro cuando usted la obligó
a casarse conmigo. Lo sé... lo sé.
De pronto, se levantó de un salto de la silla y blandió en alto, obligándome a
retroceder, pus mientras iba hablando procuraba acercarme más a él.
Más que hablar grité, pues sentí que pasiones tumultuosas corrían por mis venas, y
los viejos espíritus me susurraban y tentaban para que le sacara el corazón.
—Condenado sea —dije poniéndome en pie y lanzándome sobre él—. Yo la maté.
Estoy loco. Acabaré con usted. ¡Sangre, sangre! ¡Tengo que tenerla!
Me hice a un lado para evitar un golpe que, en su terror, me lanzó con la silla, y me
enzarcé con él. Produciendo un fuerte estrépito, caímos juntos al suelo y rodamos sobre
él.
Fue una buena pelea, pues era un hombre alto y fuerte que luchaba por su vida, y
yo un loco poderoso sediento de su destrucción. No había ninguna fuerza igual a la mía,
y yo tenía la razón. ¡Sí, la razón, aunque fuera un loco! Cada vez fue debatiéndose
menos. Me arrodillé sobre su pecho y le sujeté firmemente la garganta oscura con ambas
manos. El rostro se le fue poniendo morado; los ojos se le salían de la cabeza y con la
lengua fuera parecía burlarse de mí. Apreté todavía más.
De pronto se abrió la puerta con un fuerte estrépito y entró un grupo de gente,
gritándose unos a otros que cogieran al loco.
Mi secreto había sido descubierto y ahora sólo luchaba por mi libertad. Me puse en
pie antes de que me tocara una mano, me lancé entre los asaltantes y me abrí camino con
mi fuerte brazo, como si llevara un hacha en la mano y les atacara con ella. Llegué a la
puerta, me lancé por el pasamanos y en un instante estaba en la calle.
Corrí veloz y en línea recta, sin que nadie se atreviera a detenerme. Por detrás oía el
ruido de uno; pies, y redoblé la velocidad. Se fue haciendo más débil en la distancia,
hasta que por fin desapareció totalmente; pero yo seguía dando saltos entre los pantanos
y riachuelos, por encima de cercas y d, muros, con gritos salvajes que escuchaban seres
extraños que venían hacia mí por todas partes y aumentaban el sonido hasta que éste
horadaba el aire Iba llevado en los brazos de demonios que corrían sobre el viento, que
traspasaban las orillas y los se tos, y giraban y giraban a mi alrededor con un ruido y una
velocidad que me hacía perder la cabeza, hasta que finalmente me apartaron de ellos con
un golpe violento y caí pesadamente sobre el suelo. Al despertar, me encontré aquí, en
esta celda gris a la qu raras veces llega la luz del sol, y por la que pasa la luna con unos
rayos que sólo sirven para mostrar mi alrededor sombras oscuras, y para que pueda ve
esa figura silenciosa en su esquina. Cuando esto despierto, a veces puedo oír extraños
gritos procedentes de partes distantes de este enorme lugar. N sé lo que son; pero no
proceden de ese cuerpo pálido, y tampoco ella les presta atención. Pues desde las
primeras sombras del ocaso hasta la primera luz de la mañana, esa figura sigue en pie e
inmóvil en c mismo lugar, escuchando la música de mi cadena d hierro, y viéndome
saltar sobre mi lecho de paja.
[De ThePickwick Papers]




La historia del viajante de comercio


Una tarde invernal, hacia las cinco, cuando empezaba a oscurecer, pudo verse a un
hombre en uj calesín que azuzaba a su fatigado caballo por el camino que cruza
Marlborough Downs en dirección Bristol. Digo que pudo vérsele, y sin duda habría sido
así si hubiera pasado por ese camino cualquier que no fuera ciego; pero el tiempo era tan
malo, y la noche tan fría y húmeda, que nada había fuera salve el agua, por lo que el
viajero trotaba en mitad del camino solitario, y bastante melancólico. Si ese día
cualquier viajante hubiera podido ver ese pequeño vehículo, a pesar de todo un calesín,
con el cuerpo de color de arcilla y las ruedas rojas, y la yegua hay y zorruna de paso
rápido, enojadiza, semejante a un cruce entre caballo de carnicero y caballo de posta de
correo de los de dos peniques, habría sabido in mediatamente que aquel viajero no podía
ser otra que Tom Smart, de la importante empresa de Bilsoi y Slum, Cateaton Street,
City. Sin embargo, comí no había ningún viajante mirando, nadie supo nada sobre el
asunto; y por ello, Tom Smart y su calesa de color arcilla y ruedas rojas, y la yegua
zorruna d paso rápido, avanzaron juntos guardando ..................................................................................................

EL CUENTO FINAL DE TODOS LOS CUENTOS

EL CUENTOFINAL DE TODOS LOS CUENTOS

DE LA ANTOLOGÍA VISIONES PELIGROSAS DE HARLANELLISON

Philip K. Dick

En unasociedad devastada por la Guerra de Hidrógeno la joven doncella se dirige a unzoológico futurista y tiene relaciones sexuales con varias formas de vidainhumanas y deformes en las jaulas. En este particular sentido es una mujer queha sido formada con los restos de los cuerpos dañados de varias mujeres, ytiene relaciones con una alienígena, ahí en la jaula, y después aplicados sobrela mujer medios de una ciencia futurista, concibe. El niño nace, y ella y laalienígena en la jaula luchan para ver quién se queda con él. La joven mujerhumana gana, e inmediatamente devora a su progenie, pelo, dientes, dedos ytodo. Justo después de haber terminado descubre que el bebé es Dios.

 

 

FIN

EL AUXILIAR DE LA PARROQUIA // CHARLES DICKENS

ENTRE LO GOTICO Y LO VICTORIANO // CUENTOS DE AMOR // EL AUXILIAR DE LA PARROQUIA // CHARLES DICKENS      (link-enlace)

CHARLES DICKENS(1812-1870)

 

El auxiliar de la parroquia
Un cuento de amor verdadero



Había una vez, en una diminuta ciudad de provincias bastante alejada de Londres, un hombrecito llamado Nathaniel Pipkin, que trabajaba en la parroquia de la pequeña población y vivía en una pequeña casa de High Street, a escasos diez minutos a pie de la pequeña iglesia; y a quien se podía encontrar todos los días, de nueve a cuatro, impartiendo algunas enseñanzas a los niños del lugar. Nathaniel Pipkin era un ser ingenuo, inofensivo y de carácter bondadoso, de nariz respingona, un poco zambo, bizco y algo cojo; dividía su tiempo entre la iglesia y la escuela, convencido de que, sobre la faz de la tierra, no había ningún hombre tan inteligente como el pastor, ninguna estancia tan grandiosa como la sacristía, ninguna escuela tan organizada como la suya. Una vez, una sola vez en su vida, había visto a un obispo... a un verdadero obispo, con mangas de batista y peluca. Lo había visto pasear y lo había oído hablar en una confirmación, y, en aquella ocasión tan memorable, Nathaniel Pipkin se había sentido tan abrumado por la devoción y por el miedo que, cuando el obispo que acabamos de mencionar puso la mano sobre su cabeza, él cayó desvanecido y fue sacado de la iglesia en brazos del pertiguero
*.
Aquello había sido un gran acontecimiento, un momento fundamental en la vida de Nathaniel Pipkin, y el único que había alterado el suave discurrir de su tranquila existencia, hasta que una hermosa tarde en que estaba completamente entregado a sus pensamientos, levantó por casualidad los ojos de la pizarra -donde ideaba un espantoso problema lleno de sumas para un ..................................................................................................................

¿SUEÑAN LOS ANDROIDES CON OVEJAS ELECTRICAS? - PHILIP K. DICK

¿SUEÑAN LOS ANDROIDES CON OVEJAS ELECTRICAS? - PHILIP K. DICK


¿SUEÑAN LOS ANDROIDES CON
OVEJAS ELÉCTRICAS?
Philip K. Dick



Una alegre y suave oleada eléctrica silbada por el despertador automático del órgano
de ánimos que tenía junto a la cama despertó a Rick Deckard. Sorprendido —siempre le
sorprendía encontrarse despierto sin aviso previo— emergió de la cama, se puso en pie
con su pijama multicolor, y se desperezó. En el lecho, su esposa Irán abrió sus ojos grises
nada alegres, parpadeó, gimió y volvió a cerrarlos.
—Has puesto tu Penfield demasiado bajo —le dijo él—. Lo ajustaré y cuando te
despiertes...
—No toques mis controles —su voz tenía amarga dureza—. No quiero estar despierta.
El se sentó a su lado, se inclinó sobre ella y le explicó suavemente:
—Precisamente de eso se trata. Si le das bastante volumen te sentirás contenta de
estar despierta. En C sobrepasa el umbral que apaga la conciencia. Amistosamente,
porque estaba bien dispuesto hacia todo el mundo —su dial estaba en D— acarició el
hombro pálido y desnudo de Irán.
—Aparta tu grosera mano de policía —dijo ella.
—No soy un policía —se sentía irritable, aunque no lo había discado.
—Eres peor —agregó su mujer, con los ojos todavía cerrados—. Un asesino contratado
por la policía.
—En la vida he matado a un ser humano.
Su irritación había aumentado, y ya era franca hostilidad.
—Sólo a esos pobres andrillos —repuso Irán.
—He observado que jamás vacilas en gastar las bonificaciones que traigo a casa en
cualquier cosa que atraiga momentáneamente tu atención —se puso de pie y se dirigió a
la consola de su órgano de ánimos—. No ahorras para que podamos comprar una oveja
de verdad, en lugar de esa falsa que tenemos arriba. Un mero animal eléctrico, cuando yo
gano ahora lo que me ha costado años conseguir —en la consola vaciló entre marcar un
inhibidor talámico (que suprimiría su furia), o un estimulante talámico (que la
incrementaría lo suficiente para triunfar en una discusión.)
—Si aumentas el volumen de la ira —dijo Irán atenta, con los ojos abiertos —haré lo
mismo. Pondré el máximo, y tendremos una pelea que reducirá a la nada todas las
discusiones que hemos tenido hasta ahora. ¿Quieres ver? Marca... Haz la prueba —se
irguió velozmente y se inclinó sobre la consola de su propio órgano de ánimos mientras lo
miraba vivamente, aguardando. El suspiró, derrotado por la amenaza.
—Marcaré lo que tengo programado para hoy —examinó su agenda del 3 de enero de
1992: preveía una concienzuda actitud profesional—. Si me atengo al programa —dijo
cautelosamente—, ¿harás tú lo mismo? —esperó; no estaba dispuesto a comprometerse
tontamente mientras su esposa no hubiese aceptado imitarlo.
—Mi programa de hoy incluye una depresión culposa de seis horas —respondió Irán.
—¿Cómo? ¿Por qué has programado eso? —iba contra la finalidad misma del órgano
de ánimos—. Ni siquiera sabía que se pudiera marcar algo semejante —dijo con tristeza.
—Una tarde yo estaba aquí —dijo Irán—, mirando, naturalmente, al Amigo Buster y sus
Amigos Amistosos, que hablaba de una gran noticia que iba a dar, cuando pasaron ese
anuncio terrible que odio, ya sabes, el del Protector Genital de Plomo Mountibank, y
apagué el sonido por un instante. Y entonces oí los ruidos de la casa, de este edificio, y
escuché los... —hizo un gesto.
—Los apartamentos vacíos —completó Rick; a veces también él escuchaba cuando
debía suponerse que dormía. Y, sin embargo, en esa época, un edificio de apartamentos
en comunidad ocupado a medias tenía una situación elevada en el plan de densidad de
población. En lo que antes de la guerra habían sido los suburbios, era posible encontrar
edificios totalmente vacíos, o por lo menos eso había oído decir... Como la mayoría de la
gente, dejó que la información le llegara de segunda mano; el interés no le alcanzaba
para comprobarla personalmente.
—En ese momento —continuó Irán—, mientras el sonido de la TV estaba apagado, yo
estaba en el ánimo 382; acababa de marcarlo. Por eso, aunque percibí intelectualmente la
soledad, no la sentí. La primera reacción fue de gratitud por poder disponer de un órgano
de ánimos Penfield; pero luego comprendí qué poco sano era sentir la ausencia de vida,
no sólo en esta casa sino en todas partes, y no reaccionar... ¿Comprendes? Me figuro
que no. Pero antes eso era una señal de enfermedad mental. Lo llamaban «ausencia de
respuesta afectiva adecuada». Entonces, dejé apagado el sonido de la TV y empecé a
experimentar con el órgano de ánimos. Y por fin logré encontrar un modo de marcar la
desesperación —su carita oscura y alegre mostraba satisfacción, como si hubiese
conseguido algo de valor—. La he incluido dos veces por mes en mi programa. Me parece
razonable dedicar ese tiempo a sentir la desesperanza de todo, de quedarse aquí, en la
Tierra, cuando toda la gente lista se ha marchado, ¿no crees?
—Pero corres el riesgo de quedarte en un estado de ánimo como ése —objetó Rick—,
sin poder marcar la salida. La desesperación por la realidad total puede perpetuarse a sí
misma...
—Dejo programado un cambio automático de controles para unas horas más tarde —
respondió suavemente su esposa—. El 481: conciencia de las múltiples posibilidades que
el futuro me ofrece, y renovadas esperanzas de...
—Conozco el 481 —interrumpió él; había discado muchas veces esa combinación, en
la que confiaba—. Oye —dijo, sentándose en la cama y apoderándose de las manos de
Irán, a la que atrajo a su lado—, incluso con el cambio automático es peligroso sufrir una
depresión de cualquier naturaleza. Olvida lo que has programado y yo haré lo mismo.
Marcaremos juntos un 104, gozaremos juntos de él, y luego tú te quedarás así mientras
yo retorno a mi actitud profesional acostumbrada.
Eso me dará ganas de subir al terrado a ver la oveja y de partir enseguida al despacho.
Y sabré que no te quedas aquí, encerrada en ti misma, sin TV —dejó libres los dedos
largos y finos de su mujer y atravesó el espacioso apartamento hasta el living, que olía
suavemente a los cigarrillos de la noche anterior. Allí se inclinó para encender la TV.
Desde el dormitorio llegó la voz de Irán:
—No puedo soportar la TV antes del desayuno.
—Disca el 888 —respondió Rick mientras el receptor se calentaba—. Quiero ver la TV,
haya lo que hubiere.
—En este momento no quiero discar nada —dijo Irán.
—Entonces marca el 3 —sugirió él.
—No puedo pedir un número que estimula mi corteza cerebral para que desee discar
otro. No quiero discar nada, y el 3 menos aún, porque entonces tendré el deseo de discar,
y no puedo imaginar un deseo más descabellado. Lo único que quiero es quedarme aquí,
sentada en la cama, y mirar el suelo —su voz se afiló con el acento de la desolación
mientras dejaba de moverse y su alma se congelaba: el instintivo y ubicuo velo de la
opresión, de una inercia casi absoluta, cayó sobre ella.
Rick elevó el sonido del televisor, y la voz del Amigo Buster estalló e inundó la
habitación.
—Hola, hola, amigos. Ya es hora de un breve comentario sobre la temperatura de hoy.
El satélite Mongoose informa que la radiación será especialmente intensa hacia el
mediodía y que luego disminuirá, de modo que quienes os aventuréis a salir... Irán
apareció a su lado, arrastrando levemente su largo camisón, y apagó el televisor.
—Está bien, me rindo. Discaré lo que quieras de mí. ¿Goce sexual extático? Me siento
tan mal que hasta eso podría soportar. Al diablo. ¿Qué diferencia hace...?
—Yo marcaré por los dos —dijo Rick, y la condujo al dormitorio.
En la consola de Irán disco 54: reconocimiento satisfactorio de la sabiduría superior del
marido en todos los temas. Y en la propia pidió una actitud creativa y nueva hacia su
trabajo, aunque en verdad no la necesitaba; ésa era su actitud innata y habitual sin
necesidad de estímulo cerebral artificial del Penfield.
...Y después de un apresurado desayuno —había perdido tiempo a causa de la
discusión— subió vestido para salir, incluso con su Protector Genital de Plomo
Mountibank, modelo Ayax, a la pradera cubierta del terrado. Ahí «pastaba» su oveja
eléctrica; por más que fuera un sofisticado objeto mecánico, ramoneaba con simulada
satisfacción y engañaba al resto de los ocupantes del edificio. Por supuesto, también
algunos de sus animales eran imitaciones electrónicas. De eso no había duda, pero él,
por supuesto, jamás había curioseado al respecto, así como ellos no espiaban para
descubrir el verdadero carácter de su oveja. Nada habría sido más descortés. Preguntar
«¿Es auténtica su oveja?» era todavía peor que averiguar si los dientes, el pelo o los
órganos internos de una persona eran genuinos.
El aire gris de la mañana, lleno de partículas radiactivas que oscurecían el sol, ofendía
su olfato. Aspiró involuntariamente la corrupción de la muerte. Bueno, eso era una
descripción algo excesiva, observó mientras se dirigía hacia el sector particular de césped
que poseía juntamente con el inmenso apartamento situado más abajo. La herencia de la
Guerra Mundial Terminal había disminuido su poder. Los que no pudieron sobrevivir al
polvo habían sido olvidados años antes; entonces el polvo, ya más débil y con
sobrevivientes más fuertes, sólo podía alterar la mente y la capacidad genética. A pesar
de su protector genital de plomo, era indudable que el polvo se filtraba y traía cada día —
mientras no emigrara —su pequeña carga de inmundicia. Hasta ahí, los exámenes
médicos mensuales confirmaban su normalidad: podía procrear dentro de los márgenes
de tolerancia que la ley establecía. Pero cualquier mes el examen de los médicos del
Departamento de Policía de San Francisco podía dictaminar lo contrario. Continuamente
el polvo omnipresente convertía a los normales en especiales. Esa basura del correo
oficial, los posters y los anuncios de TV vociferaban: «¡Emigra o degenera! ¡Elige!» Era
verdad, pensó Rick mientras abría la puerta de su minúscula dehesa y se acercaba a su
oveja eléctrica. Pero no puedo emigrar, se dijo, a causa de mi trabajo.
El propietario de la parcela adyacente, su vecino Bill Barbour, lo saludó. Igual que Rick,
se había vestido para ir a trabajar, y también se había detenido a ver cómo estaba su
animal.
—Mi yegua está preñada —declaró Barbour encantado, y señaló el gran ejemplar de
percherón que miraba el espacio con expresión vacía—. ¿Qué me dice?
—Que pronto tendrá usted dos caballos —respondió Rick. Ya estaba al lado de su
oveja, que rumiaba con los ojos clavados en él por si le había traído avena arrollada. La
presunta oveja estaba equipada con un circuito sensible a la avena, de modo que a la
vista del cereal se mostraba convincentemente interesada y se acercaba—. ¿Y quién la
ha preñado? —le preguntó a Barbour—. ¿El viento?
—He comprando el plasma fertilizante de mayor calidad que se puede conseguir en
California —informó Barbour—. Por medio de algunos contactos internos que poseo en la
Junta Ganadera del Estado. ¿Recuerda que la semana pasada vino un inspector a
examinar a Judy? Están impacientes por ver el potrillo, porque ella es un animal
incomparable —palmeó cariñosamente el cuello de la yegua, que inclinó la cabeza.
—¿No ha pensado en venderla? —preguntó Rick; mucho deseaba poseer un caballo, o
cualquier otro animal. Mantener una imitación era gradualmente desmoralizador, de algún
modo. Y, sin embargo, dada la ausencia de un animal verdadero, era socialmente
necesario. Por lo cual no le quedaba otra opción que seguir como hasta entonces.
Aunque él mismo no se preocupara por las apariencias, estaba su esposa. Irán se
preocupaba, y mucho.
Barbour respondió:
—Sería inmoral.
—Venda el potrillo, entonces. Tener dos animales es más inmoral que no tener
ninguno.
—¿Cómo? —respondió Barbour, confundido—. Mucha gente posee dos animales, o
tres o cuatro y, como en el caso de Fred Washborne, el dueño de la planta procesadora
de algas donde trabaja mi hermano, hasta cinco. ¿No leyó ayer en el Chronicle el artículo
acerca de su pato? Parece que es el moscovy más grande y pesado de toda la Costa
Oeste —sus ojos se tornaron vidriosos al imaginar semejante riqueza. El hombre caía
poco a poco en trance. Explorando los bolsillos de su chaqueta, Rick halló su arrugado y
muy leído ejemplar del suplemento de enero del Catálogo de Aves y Animales de Sidney.
Buscó «potrillos» en el índice (véase Caballos, progenie), y halló el precio nacional
vigente.
—Puedo comprar un potrillo percherón en Sidney por cinco mil dólares —dijo en voz
alta.
—No —respondió Barbour—. No podrá. Vuelva a mirar la lista: está en bastardilla. Eso
significa que no tienen existencias de potrillos, pero eso valdrían si las hubiera.
—¿Qué le parecería si le pagara quinientos dólares mensuales durante diez meses? —
dijo Rick—. La cifra entera del catálogo.
—Deckard —repuso compasivamente Barbour—, usted no entiende de caballos. Hay
una razón para que Sidney no tenga potrillos percherón. No son animales que pasen de
mano en mano, por lo menos al precio del catálogo. Son demasiado raros, incluso los
relativamente inferiores —se inclinó sobre la cerca común, gesticulando—. Hace tres años
que tengo a Judy: en todo ese tiempo no he visto una yegua percherón de su calidad.
Para comprarla tuve que volar a Canadá, y la traje aquí personalmente para asegurarme
que no la robaran. Si anda usted con un animal como éste cerca de Wyoming o Colorado,
le darán un golpe y se lo quitarán. ¿Sabe por qué? Porque antes de la Guerra Mundial
Terminal había allí, literalmente, centenares.
—Pero si usted posee dos caballos y yo ninguno —interrumpió Rick—, eso viola toda la
estructura moral y teológica del Mercerismo.
—Usted tiene su oveja, demonios. Puede seguir la Ascensión en su vida individual y,
cuando coge las dos asas de la empatía, puede también acercarse honorablemente. Si no
tuviera usted esa vieja ovejita, vería alguna lógica en su posición. Por supuesto, si yo
poseyera dos animales y usted ninguno, le impediría fundirse verdaderamente con
Mercer. Pero todas las familias de este edificio... Veamos, unas cincuenta. Una por cada
tres apartamentos, calculo. Todos nosotros tenemos un animal de alguna clase. Graveson
tiene esa gallina —señaló hacia el norte—. Oakes y su esposa son dueños de ese gran
perro colorado que ladra por las noches —meditó—. Creo que Ed Smith tiene un gato en
su apartamento, por lo menos eso dice, aunque nadie lo ha visto nunca. Quizá sea
mentira.
Rick se inclinó sobre su oveja, buscando algo entre la gruesa lana blanca (al menos los
vellones eran auténticos), hasta que lo encontró: el panel de control oculto. Mientras
Barbour miraba, abrió el panel.
—¿Ve? —le dijo a Barbour—. ¿Comprende ahora por que quiero su potrillo?
Después de una pausa, Barbour respondió:
—Lo siento mucho. ¿Siempre ha sido así?
—No —dijo Rick, cerrando nuevamente el panel de su oveja eléctrica—. Originalmente
era una oveja verdadera —se enderezó, se volvió y enfrentó a su vecino—. El padre de mi
mujer nos la regaló cuando emigró. Pero hace un año la llevé al veterinario. ¿Recuerda?
Usted estaba aquí esa mañana que subí y la encontré echada. No se podía poner de pie.
—Usted la levantó —repuso Barbour, asintiendo—. Sí, consiguió levantarla; pero
después de andar uno o dos minutos volvió a caer.
—Las ovejas tienen enfermedades extrañas —dijo Rick—. O mejor dicho, las ovejas
tienen una cantidad de enfermedades, pero los síntomas son siempre los mismos. El
animal no se puede poner en pie y no se sabe si es sólo una torcedura, o si se va a morir
de tétanos. De eso murió la mía.
—¿Aquí? —preguntó Barbour—. ¿En el terrado?
—El heno —explicó Rick—. Esa vez no arranqué todo el alambre del fardo. Dejé un
trozo y Groucho —ése era su nombre— sufrió un rasguño y contrajo el tétanos. La llevé al
veterinario, y allí murió; y yo reflexioné y por fin fui a una de esas tiendas que fabrican
animales artificiales y les mostré una foto de Groucho. Y aquí está su obra —señaló al
sucedáneo, que continuaba rumiando y aguardando, alerta, algún indicio de avena—. Es
un trabajo excelente. Y le dedico tanto tiempo y atención como a la verdadera. Pero... —
se encogió de hombros.
—No es lo mismo —concluyó Barbour.
—Es casi lo mismo. Uno se siente igual. Hay que ocuparse del animal exactamente
como si fuera de verdad. Además, se descompone; y todo el mundo sabe, en la casa, que
lo he llevado seis veces al taller de reparación. Pequeños inconvenientes, pero si alguien
los advierte... Por ejemplo, una vez la cinta de la voz se rompió o se atascó y balaba sin
cesar... Cualquiera comprende que se trata de un desperfecto mecánico. Naturalmente el
camión del taller pone «Hospital de Animales Algo» —agregó—. Y el conductor viste de
blanco, como un veterinario —miró de pronto su reloj—. Debo ir a trabajar. Lo veré esta
noche.
Mientras se dirigía a su vehículo, Barbour lo llamó.
—Este... No le diré nada a nadie de la casa.
Rick se detuvo y empezó a darle las gracias. Pero un remanente de esa desesperación
a que Irán se había referido le golpeó en el hombro y respondió:
—No sé. Quizá no haga ninguna diferencia.
—Pero le tendrán en menos. No todos; algunos. Usted sabe cómo piensa la gente de
quien no cuida un animal; consideran que eso es inmoral y antiempático. Quiero decir,
técnicamente. No es un crimen, como después de la G. M. T. Pero el sentimiento perdura.
—Por Dios —dijo Rick, gesticulando vanamente con las manos vacías—. Querría tener
un animal; estoy tratando de comprar uno. Pero con mi salario, con lo que gana un
funcionario municipal... —y pensó: si tan sólo volviera a tener suerte en mi trabajo, como
hace dos años, cuando capturé cuatro andrillos en un mes... Si en ese momento hubiera
sabido que Groucho iba a morir...
Pero eso había sido antes del tétanos, antes de ese trozo de alambre puntiagudo de
cinco centímetros en el fardo de heno.
—Podría comprar un gato —sugirió Barbour—. Los gatos no son caros. Consulte su
catálogo de Sidney. Rick respondió tranquilamente:
—No quiero un animal doméstico. Quiero lo que tenía al comienzo, un animal grande.
Una oveja, y si tengo dinero una vaca, un buey, o como usted, un caballo —con la
bonificación correspondiente al retiro de cinco andrillos alcanzaría, pensó. Mil dólares por
cabeza, aparte del salario. Así podría encontrar en alguna parte lo que deseo. Incluso si la
mención del Animales y Aves de Sidney estuviera en bastardilla. Cinco mil dólares. Pero
antes, los cinco andrillos deberían llegar a la Tierra desde alguno de los planetas-colonia.
No puedo controlar eso, se dijo; no puedo hacer que los cinco vengan. Y aun si pudiera,
hay otros cazadores de bonificaciones pertenecientes a otras agencias policiales de todo
el mundo. Los andrillos deberían establecerse específicamente en California del Norte, y
el decano de los cazadores de bonificaciones de zona, Dave Holden, debería morir o
retirarse...
—Compre un grillo —propuso ingeniosamente Barbour—. O una rata. Por veinticinco
dólares puede comprar una rata adulta.
Rick respondió:
—Su yegua podría morir sin aviso previo, como Groucho. Cuando vuelva a su casa del
trabajo, esta noche, podría encontrarla echada con las patas al aire, como un bicho.
Como lo que usted ha dicho: un grillo —se alejó con la llave de su vehículo en la mano.
—No quería ofenderlo —dijo nerviosamente Barbour.
En silencio, Rick Deckard abrió la puerta de su coche aéreo. No tenía nada más que
decir a su vecino. Su mente estaba fija en su trabajo, en el día que le aguardaba.
En un ruinoso edificio, vacío y gigantesco, que en su día había alojado a miles, un
solitario aparato de televisión pregonaba sus mercancías en un salón deshabitado. Esa
ruina sin dueño había sido bien cuidada y mantenida antes de la Guerra Mundial
Terminal. Allí estaban antes los suburbios de San Francisco, a muy poco tiempo por el
monorriel rápido. Toda la península parloteaba como un árbol lleno de pájaros, de vida, de
quejas y opiniones; pero los cuidadosos propietarios habían muerto ya o emigrado a un
mundo colonia. Especialmente lo primero. Había sido una guerra costosa a pesar de las
valientes predicciones del Pentágono y de su presumida criada científica, la Rand
Corporation, que en efecto había tenido su sede cerca de ese lugar. Como los
propietarios de los edificios, la corporación se había marchado, evidentemente para
siempre. Nadie extrañaba su ausencia.
Además, nadie recordaba hoy por qué había estallado la guerra, ni quién —si alguien—
había ganado. El polvo que había contaminado la mayor parte de la superficie del planeta
no se había originado en ningún país particular, y nadie lo había previsto, ni siquiera el
enemigo durante la guerra. Primero habían muerto —era extraño— los búhos. Eso había
parecido entonces casi divertido: esas aves gruesas, plumosas, blancas, caídas en los
parques y las calles... Como no aparecían antes del crepúsculo, y así había ocurrido
cuando vivían, los búhos pasaron inadvertidos. Del mismo modo se manifestaron las
plagas medievales. Muchas ratas muertas. Sin embargo, esa plaga había descendido
desde lo alto. Y después de los búhos, por supuesto, todas las demás aves; pero para
ese momento el misterio ya había sido comprendido. Antes de la guerra había un
pequeño programa de colonización; ahora que el sol había dejado de brillar sobre la
Tierra, la colonización entraba en una nueva fase. Y en relación con ella, un arma de
guerra se modificó: el Luchador Sintético por la Libertad. El robot humanoide —o,
expresado con propiedad, el androide orgánico—, capaz de funcionar en un mundo
extraño, se convirtió en la máquina esencial del programa de colonización. Según las
leyes de la ONU todo emigrante debía recibir un androide civil a su elección; y en 1990 la
variedad de androides civiles excedía todo lo imaginable, como había ocurrido con los
coches americanos en la década de 1960.
Ese había sido el incentivo básico de la emigración. El androide era la zanahoria, y la
lluvia radiactiva el látigo. La ONU hizo que emigrar fuera fácil, y difícil —cuando no
imposible— quedarse. Permanecer en la Tierra significaba la posibilidad de ser clasificado
en cualquier momento como biológicamente inaceptable, una amenaza contra la herencia
prístina de la estirpe humana. Una vez calificado especial, un ciudadano quedaba, aunque
aceptara la esterilización, al margen de la historia. Cesaba de pertenecer a la humanidad.
Y, sin embargo, aquí y allá había personas que se negaban a emigrar: eso constituía una
irracionalidad sorprendente incluso para los propios interesados. Lógicamente, todos los
normales tenían que haber emigrado ya. Quizás, a pesar de su deformación, la Tierra
seguía siendo familiar e interesante. O quizá quienes permanecían imaginaban que la
nube de polvo terminaría por caer. De todos modos, miles de personas se habían
quedado, agrupadas en su mayoría en zonas urbanas donde podían verse físicamente, y
animarse mutuamente con su presencia. Estos parecían relativamente cuerdos; pero,
además —una dudosa adición— había en los suburbios, virtualmente abandonados,
seres ocasionales y peculiares. Uno de ellos era John Isidore, que se afeitaba en el cuarto
de baño mientras la televisión se quejaba en el living. Simplemente había vagabundeado
hasta ahí en los días que siguieron a la guerra. En esa infortunada época nadie sabía,
realmente, qué estaba haciendo. La gente desquiciada por la guerra, errante, se
establecía primero en una región y luego en otra. En ese momento la lluvia de polvo era
esporádica y variable; algunos estados se habían visto casi libres de ella, y otros habían
quedado saturados. La población desplazada se movía con el polvo. La península, al sur
de San Francisco, había estado inicialmente limpia de polvo; y mucha gente se había
instalado allí. Cuando el polvo llegó, algunos murieron y otros se marcharon. J. R. Isidore
se quedó.
El televisor gritaba: «¡Nuevamente, los días felices de los estados sureños antes de la
Guerra Civil! Ya sea como un criado personal, o un campesino incansable, el robot
humanoide hecho a su medida, diseñado SOLAMENTE PARA USTED Y PARA SUS
EXCLUSIVAS NECESIDADES, se le entrega a su llegada absolutamente gratis y
completamente equipado, de acuerdo con sus propias especificaciones formuladas antes
de su partida. Este compañero leal, sin problemas, ha de constituir, en la mayor y más
osada aventura humana de la historia moderna...» Y seguía. Me pregunto si llegaré tarde
al trabajo, pensaba Isidore mientras se afeitaba. No tenía reloj; generalmente dependía de
las señales horarias de la televisión, pero hoy debía ser el Día de los Horizontes
Espaciales, sin duda. La TV afirmaba que era el quinto (o el sexto) aniversario de la
fundación de la Nueva América, el principal establecimiento de Estados Unidos en Marte.
Y su aparato de televisión, roto en parte, sólo cogía el canal que había sido nacionalizado
durante la guerra y era todavía nacional. Isidore estaba obligado a escuchar únicamente
al gobierno de Washington con su programa de colonización.
—Oigamos ahora a la señora Maggie Klugman —sugirió el comentarista a John Isidore,
que sólo deseaba saber la hora—. La señora Klugman acaba de llegar a Marte, y se ha
instalado en Nueva Nueva York donde contesta así a nuestras preguntas: Señora
Klugman: ¿cuál es la principal diferencia entre su vida en la Tierra contaminada y su
nueva vida aquí, en este mundo que da todas las posibilidades imaginables?
Después de una pausa, la voz seca y fatigada de una mujer de edad mediana
respondió:
—Lo que más nos ha llamado la atención a nosotros tres, me parece, es la dignidad.
—¿La dignidad, señora Klugman?
—Sí —respondió la señora Klugman, de Nueva Nueva York, Marte—. Es difícil de
explicar, pero tener un criado de confianza en esta época tan turbulenta..., devuelve la
seguridad.
—Y en la Tierra, señora Klugman, anteriormente, ¿no temía ser clasificada como...
como especial?
—Mi marido y yo nos moríamos de miedo. Y por supuesto, una vez que emigramos ese
temor desapareció, afortunadamente para siempre.
John Isidore pensó con amargura: y también para mí, sin necesidad de emigrar. Era un
especial desde el año anterior, y no sólo por sus genes afectados. No había logrado
aprobar el test de facultades mentales mínimas, lo que hacía de él, según la expresión
corriente, un cabeza de chorlito. Tres planetas lo menospreciaban, pero él sobrevivía a
pesar de todo. Tenía un trabajo: conducía el camión de una empresa de reparación de
animales de imitación, el Hospital de Animales Van Ness, cuyo jefe, el gótico y sombrío
Hannibal Sloat, lo aceptaba como un ser humano, cosa que él apreciaba. Mors certa, vita
incerta, solía decir el señor Sloat. Isidore, que había oído muchas veces la expresión,
apenas tenía una oscura noción de su significado. Después de todo, si un cabeza de
chorlito pudiera aprender latín dejaría de serlo. El señor Sloat reconoció la verdad de este
aserto cuando lo escuchó. Y había cabezas de chorlito infinitamente más tontos que
Isidore, incapaces de trabajar, recluidos en lugares que recibían el extraño nombre de
Institutos de Oficios Especiales de América donde, como era habitual, se deslizaba de
algún modo la palabra especial.
—Y su marido, señora Klugman, ¿se sentía seguro usando continuamente un costoso
e incómodo protector genital a prueba de radiaciones?
—Mi marido —empezó la señora Klugman; pero en ese punto Isidore, que había
terminado de afeitarse, entró en la habitación y apagó el televisor.
Un silencio que emanaba del suelo y de las paredes y parecía generado por una vasta
usina lo golpeó con tremenda energía. Brotaba de la moqueta gris en jirones, de los
utensilios total o parcialmente destrozados de la cocina, de las máquinas muertas que no
habían funcionado en ningún momento desde que Isidore había llegado. Rezumaba de la
inútil lámpara de pie del cuarto de estar, combinándose con el que descendía, vacío y sin
palabras, del cielorraso manchado por las moscas. En realidad, surgía de todos los
objetos que tenía a la vista, como si él —el silencio— se propusiera reemplazar todos los
objetos tangibles. Por eso no solamente afectaba sus oídos sino también sus ojos:
mientras contemplaba el aparato de televisión inerte sentía el silencio como algo visible y,
a su modo, vivo. ¡Vivo! Con frecuencia había percibido antes la severidad de su cercanía:
cuando llegaba, irrumpía sin delicadeza, evidentemente incapaz de esperar. El silencio
del mundo no podía refrenar su codicia. Y menos ahora, cuando ya virtualmente había
vencido.
Se preguntó entonces si las demás personas que se habían quedado experimentaban
el vacío de la misma manera. O bien, esto podría deberse a su peculiar identidad
biológica, una degeneración determinada por su inepto aparato sensorial. Vivía solo en
ese ruinoso edificio de mil apartamentos deshabitados que, como todos los demás, se
derrumbaba de día en día en un deterioro entrópico creciente. Finalmente, todo lo que
había en su interior se fundiría, sería idéntico e irreconocible, mero desecho amorfo,
kippel apilado hasta el cielorraso de cada apartamento. Y después el edificio mismo
perdería su forma y quedaría sepultado bajo el polvo ubicuo. En ese momento él,
naturalmente, estaría muerto. Este era otro hecho que resultaba interesante prever
mientras permanecía en esa lamentable habitación, a solas con el silencio mundial que
imperaba omnipresente y sin pulmones.
Quizá fuera mejor encender de nuevo la televisión. Pero los anuncios, dirigidos a los
normales que quedaban, lo asustaban. Le decían en una interminable procesión de
maneras que él, un especial, era indeseable. No servía. No podía emigrar aunque lo
deseara. Entonces, ¿para qué escucharlos?, se decía irritado. Al diablo con ellos y con su
colonización... Espero que allá también haya una guerra —después de todo era
teóricamente posible— y que todo termine como en la Tierra. Y que los emigrantes se
conviertan en especiales.
Basta, pensó; me voy a trabajar. Buscó el picaporte para salir al pasillo a oscuras, y
retrocedió al percibir la vacuidad del resto del edificio. Allí lo acechaba la fuerza que se
empeñaba en penetrar en su casa. Dios mío, pensó. Y volvió a cerrar la puerta. No estaba
preparado para enfrentarse a las resonantes escaleras que conducían al terrado desierto
donde no tenía un animal. El eco de sus pasos, el eco de la nada. Es hora de empuñar las
asas, se dijo. Y atravesó el living hasta la caja negra de empatía.
La encendió y surgió el suave olor habitual de los iones negativos; lo aspiró con avidez,
reanimado. Luego el tubo de rayos catódicos brilló con una imagen débil de TV: se formó
un dibujo de rasgos, colores y configuraciones aparentemente aleatorios que no se
modificaba hasta que se empuñaban las asas gemelas. Respiró profundamente para
tranquilizarse, y las cogió. Apareció una imagen. Vio un famoso paisaje: la vieja cuesta
oscura y desierta, con sus matas de hierbas secas, como hechas de huesos, que
hurgaban oblicuamente un cielo sombrío y sin sol. Una sola figura, de aspecto más o
menos humano, subía penosamente. Era un hombre anciano con ropas oscuras y sin
formas, que parecían arrancadas del hostil vacío del cielo. El hombre, Wilbur Mercer,
avanzaba con dificultad y John Isidore, aferrando las asas, iba experimentando poco a
poco el desvanecimiento del mundo real donde se encontraba. Los destrozados muebles
y paredes se esfumaron, dejó de percibirlos. Se halló en cambio, como siempre le ocurría,
en aquel paisaje de sierra y cielo parduscos. Y dejó de ver al hombre anciano que subía la
cuesta. Eran ahora sus propios pies los que resbalaban y buscaban apoyo entre las
familiares piedras desprendidas. Sintió aquella antigua aspereza irregular debajo de sus
pies; nuevamente sintió el olor acre del cielo, pero no el cielo de la Tierra sino el de un
lugar extraño, distante aunque inmediatamente alcanzable merced a la caja de empatía.
Había llegado allí de un modo habitual y asombroso. La fusión física, acompañada por
la identificación mental y espiritual con Wilbur Mercer, había vuelto a producirse. Como le
estaría sucediendo a todo aquel que en ese momento estuviera aferrado a las asas, en la
Tierra o en los planetas-colonia. Sintió a los demás, escuchó en su mente el rumor de sus
existencias individuales y el parloteo de sus pensamientos. Ellos y él se preocupaban sólo
de una cosa: la fusión de sus mentes orientaba su atención hacia la cuesta, el ascenso, la
necesidad de subir. Paso a paso la elevación continuaba, tan lentamente que era casi
imperceptible. Pero real. Más alto, pensó mientras las piedras rodaban hacia abajo. Hoy
estamos más arriba que ayer, y mañana... El, la imagen compuesta de Wilbur Mercer,
miró hacia arriba. Era imposible ver el final. Estaba demasiado lejos. Pero llegaría.
Una piedra que le arrojaron le golpeó el brazo. Sintió dolor. Se volvió a medias y otra
piedra le erró y pasó a su lado: dio contra el suelo y el sonido le sorprendió. Se preguntó
quién sería, y trató de ver a su atormentador. Los viejos antagonistas aparecían en la
periferia de su visión: ellos —o eso— lo perseguirían todo el camino hacia arriba hasta
que en la cumbre...
Recordó la cumbre. La cuesta se nivelaba de repente, la ascensión terminaba y
comenzaba la otra parte. ¿Cuántas veces lo había hecho ya? Las diversas experiencias
se tornaban borrosas, así como el pasado y el futuro; lo que había sentido y lo que
eventualmente sentiría se fundían de modo que solamente quedaba ese momento de
inmovilidad y reposo en que se tocaba la herida causada en el brazo por la piedra. Dios
mío, pensó, fatigado; ¿cómo es esto justo? ¿Por qué estoy aquí, solo, castigado por algo
que ni siquiera puedo ver? Y luego, en su interior, el murmullo de los demás seres que
participaban de la fusión rompió la impresión de soledad. También tú participas, pensó.
Sí, respondían las voces. Hemos sido heridos en el brazo izquierdo. Duele como el
infierno. Está bien, se dijo. Será mejor empezar a moverse nuevamente. Avanzó, y todos
los demás lo acompañaron de inmediato.
Una vez, recordó, había sido diferente. Antes de la maldición, en alguna parte de la
vida anterior y más feliz. Ellos, sus padres adoptivos, Frank y Cora Mercer, lo habían
encontrado a flote en una balsa inflable salvavidas, cerca de la costa de Nueva
Inglaterra... ¿O había sido en México, cerca del puerto de Tampico? No recordaba las
circunstancias. La infancia había sido maravillosa. Amaba todas las cosas vivas y sobre
todo a los animales; y en cierta época había sido capaz de traer de vuelta, tal como
habían sido, animales muertos. Vivía rodeado de bichos y conejos, dondequiera que
fuese, en la Tierra o en un mundo colonia; pero hasta eso había olvidado. Recordaba a
los asesinos, porque lo habían arrestado por anormal, por ser más especial que todos los
demás especiales. Y debido a eso todo había cambiado.
Las leyes locales prohibían la facultad de invertir tiempo en devolver seres muertos a la
vida; se lo dijeron claramente cuando tenía dieciséis años. Pero había continuado
haciéndolo secretamente durante un año más, en los bosques que aún quedaban. Y
entonces, una anciana a la que jamás había visto ni oído, habló. Y sin el consentimiento
de sus padres, ellos —los asesinos— bombardearon aquel nódulo único que se había
formado en su cerebro, lo destrozaron con cobalto radiactivo y eso lo hundió en un mundo
diferente, de cuya existencia jamás había sospechado. Era un pozo de huesos y
cadáveres de donde había salido tras años de esfuerzo. El burro, y en especial el sapo,
las criaturas que más le importaban, habían desaparecido, se habían extinguido. Sólo
quedaban fragmentos podridos, una cabeza sin ojos, parte de una mano. Por fin un ave
que había ido a morir allí le dijo dónde estaba. Había caído en el mundo-tumba. No podría
salir mientras los huesos dispersos a su alrededor no volvieran a ser criaturas vivientes: él
estaba unido al metabolismo de otras vidas, y no volvería a vivir mientras ellas no
vivieran. No sabía cuánto había durado esa parte del ciclo. Como en general nada
ocurría, era imposible medirla. Pero finalmente los huesos se recubrieron de carne; en las
cuencas vacías aparecieron ojos que podían ver, y las bocas y picos restaurados eran
capaces de ladrar, cloquear, maullar. Quizás él lo había hecho, quizás el nódulo
extrasensorial de su cerebro había vuelto a crecer. O tal vez no hubiese sido él; bien
podía tratarse de un proceso natural. De cualquier modo, ya no se estaba hundiendo, sino
que comenzaba a ascender con los demás. Hacía mucho que ya no los veía; ascendía,
evidentemente, solo. Pero ellos estaban allí. Todavía lo acompañaban, los sentía dentro
de sí.
Isidore retenía las dos asas, y sentía que llevaba en su interior a todas las cosas vivas.
De mala gana las soltó. Tenía que terminar, como siempre.
Además, le dolía y le sangraba el brazo donde la piedra lo había golpeado. Examinó la
herida, y se dirigió, vacilante, al cuarto de baño para lavarse. No era la primera que
recibía durante las fusiones con Mercer, y probablemente no sería la última. Algunas
personas, sobre todo ancianas, habían muerto, casi siempre en la cumbre de la colina,
cuando el tormento arreciaba en su rigor. Yo mismo no sé si podría volver a soportarlo, se
dijo mientras se curaba. Podía venir un paro cardíaco. Sería mejor si viviera en la ciudad,
reflexionó, donde cerca hubiera un médico con esas máquinas de chispas eléctricas. En
un lugar aislado como ése era demasiado peligroso.
Pero sabía que correría el riesgo. Siempre lo había hecho antes. Como la mayoría de
la gente, incluso ancianos físicamente frágiles.
Con un kleenex se secó el brazo.
Y oyó, lejana y tenuemente, la televisión.
Hay alguien más en esta casa, pensó muy excitado, incrédulo. No es mí TV, no la dejé
encendida y sentiría la resonancia en el suelo... Es más abajo, en otro piso. Ya no estoy
solo aquí, comprendió. Otra persona ha ocupado un apartamento abandonado, bastante
cerca para que pueda oír. Debe ser en el segundo o el tercer piso, no más abajo.
Veamos, pensó rápidamente. ¿Qué se hace cuando llega un nuevo ocupante? Visitarlo,
regalarle algo, ¿no es así? No podía recordar. Esto no le había ocurrido nunca allí, ni en
ningún otro lugar. La gente se iba, emigraba, pero jamás venía nadie. Lleva algo, se dijo.
Un vaso de agua, o mejor leche... Sí, leche, o harina, o quizás un huevo. O mejor dicho,
sus correspondientes sustitutos. Buscó en la nevera. El compresor había dejado de
funcionar hacía mucho. Encontró un sospechoso paquete de margarina. Y con él partió
hacia abajo, excitado, con el corazón sobresaltado. Tengo que mantener la calma, se
decía. No tiene que saber que soy un cabeza de chorlito. Si llegara a saberlo no querrá
hablarme. Siempre pasa así... ¿Por qué será? Recorrió el pasillo deprisa.
Camino de su trabajo, Rick Deckard, como sabe Dios cuántas otras personas solían
hacer, se detuvo un momento ante una de las mayores tiendas de animales de San
Francisco. En el centro del escaparate, a lo largo de toda la manzana, había un avestruz
dentro de una caja de plástico transparente y calentada. Según la placa-informe de la
caja, acababa de llegar del zoológico de Cleveland. Era el único avestruz de la Costa
Oeste. Después de contemplarlo, Rick permaneció unos minutos mirando el precio con
expresión sombría. Luego se dirigió hacia la Corte de Justicia de la calle Lombard,
adonde llegó con un cuarto de hora de retraso. Mientras abría la puerta de su despacho,
su jefe, el Inspector de Policía Harry Bryant, lo llamó. Tenía la cara roja, orejas salientes e
iba vestido descuidadamente; sus ojos revelaban perspicacia y conciencia de casi todo lo
que tenía importancia.
—Lo espero a las nueve y media en el despacho de Dave Holden —el inspector
hojeaba rápidamente los papeles de copia mecanografiados que llevaba sujetos a una
tablilla—. Holden está en el Hospital Mount Zion con una herida de láser en la columna.
Tiene por lo menos para un mes, hasta que consigan una de esas nuevas secciones
plásticas de columna.
—¿Que ocurrió? —preguntó Rick, pasmado. El día anterior el jefe de cazadores de
bonificaciones del departamento estaba perfectamente. Al terminar la jornada había
partido en su coche aéreo, como de costumbre, a su piso situado en Nob Hill, la populosa
zona de mayor prestigio de la ciudad.
Bryant murmuró algo por encima del hombro acerca de las nueve y media en el
despacho de Dave, y abandonó a Rick. Y cuando éste entró en el suyo, escuchó la voz de
su secretaria, Ann Marsten, a su espalda.
—¿Sabe qué le ocurrió al señor Holden, señor Deckard? Le dispararon —siguió a su
jefe al interior del despacho, encerrado y repleto, y puso en marcha la unidad de filtrado
del aire.
—Sí —respondió él, ausente.
—Habrá sido uno de esos nuevos andrillos superinteligentes que está fabricando la
Rosen Association —dijo la señorita Marsten—. ¿Ha leído el folleto de la compañía y el
manual de instrucciones? El cerebro Nexus-6 que emplean tiene dos trillones de
elementos y puede seleccionar diez millones de caminos neurales distintos —bajó la
voz—. ¿No le han dicho nada de la llamada de esta mañana? La señorita Wild me contó:
exactamente a las nueve.
—¿Alguien llamó aquí? —preguntó Rick.
—No —respondió la señorita Marsten—. El señor Bryant llamó a la WPO, en Rusia, y
les preguntó si estaban dispuestos a enviar una protesta formal por escrito al
representante en el este de la Rosen Association.
—¿Todavía quiere Harry que retiren del mercado la unidad cerebral Nexus? —no le
extrañaba; desde la presentación de sus características y estudios de rendimiento en
agosto de 1991, la mayoría de las agencias policiales que se ocupaban de androides
fugados estaba protestando—. La policía soviética no puede hacer más que nosotros —
dijo; legalmente, los fabricantes del Nexus-6 estaban amparados por las disposiciones
coloniales, puesto que su casa matriz estaba en Marte—. Mejor sería aceptar la nueva
unidad como un hecho consumado. Siempre ha ocurrido lo mismo con cada unidad
cerebral mejorada. Recuerdo los aullidos de sufrimiento cuando la gente de Sudermann
presentó el viejo T-14 en el 89. Todas las policías del hemisferio occidental gimieron que
ningún test podía detectar su presencia en caso de entrada ilegal. Y en verdad durante un
tiempo fue así. Más de cincuenta androides T-14, según recordaba, habían conseguido
llegar a la Tierra de una u otra manera, sin ser detectados durante un año entero, en
algunos casos. Pero luego el Instituto Pavlov, de la Unión Soviética, creó un test de
empatía de Voigt; y ningún androide T-14, por lo que se sabía, había logrado burlarlo.
—¿Quiere saber lo que ha dicho la policía rusa? —preguntó la señorita Marsten—.
También lo sé —su cara pecosa y anaranjada resplandecía.
—Se lo preguntaré a Harry Bryant —respondió Rick, irritado. Los chismes le
desagradaban porque siempre eran más precisos que la verdad. Se sentó ante su mesa y
deliberadamente se puso a buscar algo en un cajón. La señorita Marsten comprendió la
insinuación y se retiró. Rick extrajo un viejo y arrugado sobre de papel de manila. Se echó
atrás en su sillón de estilo importante, y hurgó en su contenido hasta que encontró lo que
buscaba: los datos existentes sobre el Nexus-6.
Un momento de lectura justificó la afirmación de la señorita Marsten: el Nexus-6 poseía
efectivamente los dos trillones de elementos, así como la posibilidad de optar entre diez
millones de combinaciones de actividad cerebral. En 45 centésimas de segundo un
androide equipado con esa estructura cerebral podía asumir una cualquiera entre catorce
actitudes de reacción. En otras palabras, los androides con la nueva unidad cerebral
Nexus-6 —desde un punto de vista pragmático y nada disparatado— sobrepasaban a una
considerable porción de la humanidad, aunque fueran los del nivel inferior. Para bien o
para mal. En algunos casos los criados superaban a los amos. Pero había nuevos
criterios, por ejemplo el test de empatía de Voigt-Kampff. Un androide, por dotado que
estuviera en cuanto a capacidad intelectual pura, no podía encontrar el menor sentido en
la fusión que experimentaban rutinariamente los seguidores del Mercerismo, y que tanto
él mismo como prácticamente todo el mundo, incluso los cabezas de chorlito
subnormales, lograban sin dificultad.
Se había preguntado, como casi todos en un momento u otro, por qué precisamente los
androides se agitaban impotentes al afrontar el test de medida de la empatía. Era obvio
que la empatía sólo se encontraba en la comunidad humana, en tanto que se podía hallar
cierto grado de inteligencia en todas las especies, hasta en los arácnidos. Probablemente
la facultad empática exigía un instinto de grupo sin cortapisas. A un organismo solitario,
como una araña, de nada podía servirle. Incluso podía limitar su capacidad de
supervivencia, al tornarla consciente del deseo de vivir de su presa. Y en ese caso, todos
los animales de presa, incluso los mamíferos muy desarrollados, como los gatos, morirían
de hambre.En una ocasión había pensado que la empatía estaba reservada a los herbívoros o a
los omnívoros capaces de prescindir de la carne. En última instancia, la empatía borraba
las fronteras entre el cazador y la víctima, el vencedor y el derrotado. Como en el caso de
la fusión con Mercer, todos ascendían juntos y una vez terminado el ciclo, juntos caían en
el abismo del mundo-tumba. Curiosamente, esto parecía una especie de seguro biológico,
aunque de doble filo. Si alguna criatura experimentaba alegría, la condición de todas las
demás incluía un fragmento de alegría. Y si algún ser humano sufría, ningún otro podía
eludir enteramente el dolor. De este modo, un animal gregario como el hombre podía
adquirir un factor de supervivencia más elevado; un búho o una cobra sólo podían
destruirse.
Evidentemente, el robot humanoide era un cazador solitario. A Rick le gustaba pensar
así: su trabajo se tornaba más aceptable. Si retiraba —o sea, mataba— a un andrillo, no
violaba la regla vital establecida por Mercer. Sólo matarás a los Asesinos, había dicho
Mercer el año en que las cajas de empatía aparecieron en la Tierra. Y en el Mercerismo, a
medida que se desarrollaba hasta construir una teología completa, el concepto de los que
matan, los Asesinos, había crecido insidiosamente. En el Mercerismo, un mal absoluto
tironeaba el deshilachado manto del anciano que subía, vacilante; pero no se sabía quién
ni qué era esa presencia maligna. Un merceriano sentía el mal sin comprenderlo. De otro
modo, un merceriano era libre de situar la presencia nebulosa de los Asesinos donde le
parecía más conveniente. Para Rick Deckard, un robot humanoide fugitivo, equipado con
una inteligencia superior a la de muchos seres humanos, que hubiera matado a su amo,
que no tuviera consideración por los animales ni fuera capaz de sentir alegría empática
por el éxito de otra forma de vida, ni dolor por su derrota, era la síntesis de los Asesinos.
Pensar en los animales le trajo el recuerdo del avestruz que había visto en la tienda.
Apartó por el momento la información referente a la unidad cerebral Nexus-6, tomó una
pulgada de rapé del señor Siddon, números 3 y 4, y reflexionó. Luego consultó su reloj y,
viendo que tenía tiempo, cogió el videófono de su mesa y pidió a su secretaria:
—Con la tienda de animales Happy Dog, de la calle Sutter.
—Sí, señor —respondió la señorita Marsten, abriendo la agenda.
No pueden pedir tanto por ese avestruz, se dijo Rick. Esperan que uno regatee, como
en los viejos tiempos.
—Happy Dog —declaró una voz masculina. En la pantalla apareció una diminuta cara
feliz.
Se oían chillidos de animales.
—Ese avestruz que está en el escaparate —empezó Rick, que jugaba con su cenicero
de cerámica—. ¿Cuál debería ser el pago inicial?
—Un segundo —dijo el vendedor de animales, buscando bloc y bolígrafo—. La tercera
parte del total —reflexionó—. ¿Puedo preguntarle, señor, si piensa ofrecer algún animal
como parte de pago?
Cautelosamente, Rick respondió:
—Aún no lo he decidido.
—Podríamos vender ese avestruz a treinta meses —dijo el comerciante—. Con un
interés muy bajo, el seis por ciento mensual. Por lo tanto, con un pago inicial razonable,
las cuotas serían de...
—Baje el precio —dijo Rick—. Si le quita dos mil no habrá pago a crédito, pagaré en
efectivo. —Dave Holden está fuera de juego, pensó. Eso podría significar mucho..., según
la cantidad de misiones que aparezcan el mes próximo.
—Señor —repuso el vendedor de animales—, nuestro precio está mil dólares por
debajo del corriente. Consulte su Sidney. Esperaré. Deseo que vea por usted mismo que
el precio es el correcto.
Dios mío, pensó Rick. Se mantiene firme. Sin embargo, por no dar su brazo a torcer,
extrajo del bolsillo el Sidney plegado, y buscó Avestruz coma macho-hembra, joven-viejo,
sano-enfermo, perfecto-con fallas, y examinó los precios.
—Perfecto, macho, joven, sano —informó el hombre—. Treinta mil dólares —también él
tenía el Sidney a la vista—. Estamos exactamente mil dólares por debajo. Entonces, el
pago inicial...
—Lo pensaré —interrumpió Rick—, y volveré a llamar.
—¿... su nombre, señor? —preguntó el vendedor vivamente.
—Frank Merriwell —dijo Rick.
—Y su dirección, señor Merriwell. Por si no me encontrara cuando llame...
Inventó una dirección y colgó el videófono. Cuánto dinero, pensó. Y, sin embargo, la
gente los compra. Hay quien tiene esas cantidades... Cogió nuevamente el aparato y dijo
con dureza:
—Una línea exterior, señorita Marsten. Y no escuche la conversación; es confidencial
—la miró severamente.
—Sí, señor —replicó la secretaria—. Puede llamar —se retiró del circuito y dejó que él
enfrentara solo el mundo exterior.
Rick llamó de memoria al número de la tienda de animales falsos donde había
comprado su falsa oveja. En la pequeña pantalla apareció un hombre vestido de
veterinario.
—Doctor McRae.
—Soy Deckard. ¿Cuánto vale un avestruz eléctrico?
—Diría que algo menos de ochocientos dólares. ¿Cuándo lo quiere? Habrá que hacerlo
especialmente, no tenemos muchos pedidos...
—Lo llamaré más tarde —repuso Rick, y al mirar su reloj descubrió que eran ya las
nueve y media—. Hasta luego —colgó deprisa, se puso en pie y muy pronto se hallaba
ante la puerta del despacho del inspector Bryant. Pasó junto a la recepcionista, atractiva,
con trenzas de pelo plateado hasta la cintura, y a la secretaria del inspector, un antiguo
monstruo de las ciénagas jurásicas, taimada y glacial, semejante a una aparición del
mundo-tumba. Ninguna de las mujeres le habló, ni él a ellas. Abrió la puerta interior y
saludó a su superior, que videofoneaba. Se sentó, con las informaciones sobre Nexus-6,
que había llevado consigo, y las releyó. Se sentía deprimido. Y, sin embargo, dado el
descanso forzoso de Dave, lo natural habría sido que estuviese al menos secretamente
complacido.
Quizá me preocupa que pueda ocurrirme lo mismo que a Dave —conjeturó Rick
Deckard—. Un andrillo bastante inteligente para herirlo también a mí puede vencerme. Sin
embargo, no era eso.
—Veo que ha traído los datos de la nueva unidad cerebral —dijo el inspector Bryant,
colgando el videófono.
—Sí, me enteré por los rumores. ¿Cuántos son los andrillos, y hasta dónde llegó Dave?
—Ocho, por ahora —dijo Bryant, mirando sus notas—. Dave cogió a dos.
—¿Y los seis restantes están aquí, en California del Norte?
—Por lo que sabemos, Dave cree que sí, hablaba con él. Tengo sus anotaciones,
estaban en su escritorio. Dice que aquí está todo lo que sabía —Bryant tocó una pila de
papeles. Hasta ese momento no parecía dispuesto a entregarle las notas a Rick. Por
alguna razón, continuaba hojeándolas, con el ceño fruncido, mientras se pasaba la lengua
por los labios.
—No tengo nada que hacer —dijo Rick—. Estoy listo para reemplazar a Dave.
Bryant, pensativo, replicó:
—Dave utilizó la escala modificada de Voigt-Kampff para poner a prueba a los
sospechosos.
Usted comprende, debe comprender, que este test no es aplicable, específicamente, a
las unidades cerebrales. Ningún test lo es. Todo lo que tenemos es la escala de Voigt,
modificada por Kampff hace tres años —hizo una pausa meditativa—. Dave la considera
adecuada. Tal vez lo sea. Pero le sugeriría una cosa, antes de que empiece a perseguir a
esos seis —nuevamente golpeó los papeles— Vuele a Seattle y hable con la gente de
Rosen. Haga que le den una muestra representativa de los tipos de androide que
emplean la nueva unidad Nexus-6.
—¿...para someterlos al Voigt-Kampff? —preguntó Rick.
—Parece tan fácil —dijo Bryant, medio para sus adentros.
—¿Cómo?
—Creo que yo mismo hablaré con la organización Rosen, mientras usted está en
camino —agregó Bryant. Luego miró en silencio a Rick. Por fin gruñó, se mordió una uña,
y finalmente puso en orden su decisión—. Voy a estudiar con ellos la posibilidad de
mezclar a los nuevos androides con seres humanos. Todo debería estar preparado para
cuando usted llegue —señaló bruscamente a Rick, con aire severo—. Es la primera vez
que va a desempeñarse como un cazador de bonificaciones senior. Dave sabe mucho.
Tiene años de experiencia.
—También yo —respondió Rick, tenso.
—Ha tenido misiones encargadas por Dave. El siempre resolvía qué casos confiarle.
Pero ahora tiene en sus manos seis que él pensaba retirar, y uno de ellos disparó
primero. Este. Max Polokov —Bryant hizo girar las notas para que Rick pudiera leer—. Al
menos, ése es el nombre que se da a sí mismo. Suponiendo que Dave tuviera razón.
Todo, toda esta lista, se funda en esa suposición. Y, sin embargo, la escala modificada de
Voigt-Kampff sólo se le aplicó a los primeros tres, a los dos que Dave retiró y luego a
Polokov. Este disparó contra Dave mientras le hacía el test.
—Lo que demuestra que Dave tenía razón —contestó Rick—. De otro modo, Polokov
no habría tenido ningún motivo.
—Vaya a Seattle —ordenó Bryant—. No hable primero, yo me ocuparé. Y escuche —
se puso en pie y encaró a Rick serenamente—. Si cuando esté probando allí la escala
Voigt-Kampff alguno de los humanos no logra pasar...
—Eso no puede ocurrir —respondió Rick.
—Un día, hace unas semanas, hablé con Dave de eso. El pensaba lo mismo. Yo había
recibido un memorándum de la policía soviética, la WPO, que ha circulado en la Tierra y
en las colonias. Un grupo de psiquiatras de Leningrado pidió a la WPO que aplicara el
método de perfil de la personalidad más moderno y preciso para determinar la presencia
de un androide, o sea la escala de Voigt-Kampff, a un grupo cuidadosamente
seleccionado de pacientes humanos, esquizoides y esquizofrénicos. Especialmente
aquellos que revelan lo que se denomina un «achatamiento del afecto». Seguramente
habrá oído hablar de eso...
—Es lo que mide la escala, específicamente —dijo Rick.
—Entonces, sabe por qué están preocupados.
—El problema ha existido siempre. Desde que por primera vez encontramos androides
que se hacían pasar por humanos. Usted conoce el consenso de la opinión policial por el
artículo de Lurie Kampff, escrito hace ocho años: El bloqueo de la asunción de roles en el
esquizofrénico no deteriorado. Kampff distinguía entre la facultad empática disminuida del
enfermo mental humano y la superficialmente similar, pero...
—Los psiquiatras de Leningrado —interrumpió Bryant— creen que una pequeña
proporción de seres humanos no podría pasar la prueba de Voigt-Kampff. Si los sometiera
usted al test en el curso de una tarea policial, quedarían clasificados como robots
humanoides. Más tarde se descubriría el error, pero ya estarían muertos —calló, en
espera de la respuesta de Rick.
—Pero esas personas deberían estar en...
—En instituciones —continuó Bryant—. No podrían moverse en el mundo exterior, y
ciertamente se advertiría que son psicóticos graves. Salvo si su enfermedad se hubiera
manifestado reciente y bruscamente, y nadie la hubiera observado todavía. Esto podría
ocurrir.
—Una vez en un millón —objetó Rick. Pero había comprendido.
—Lo que le preocupa a Dave —dijo Bryant— es este aspecto del tipo avanzado Nexus-
6. La organización Rosen nos había asegurado, como usted sabe, que era posible
distinguir un Nexus-6 con el test corriente del perfil. Les creímos. Pero ahora debemos
establecerlo por nuestra cuenta, corno yo me imaginaba. Y eso es lo que hará usted en
Seattle. Ya comprende que esto puede salir mal de las dos maneras: si no es posible
catalogar a todos los robots humanoides, no tenemos un instrumento de análisis confiable
y jamás descubriremos a los que ya se han escapado. Y si clasifica como androide a un
sujeto humano... Sería lamentable —Bryant lo miró con frialdad—, aunque nadie, y
ciertamente tampoco la Rosen Association, publicaría la noticia. En realidad, podemos
permanecer inmóviles por tiempo indefinido, aunque será necesario informar a la WPO,
que a su vez avisará a Leningrado. Llegará un momento en que la cosa haga explosión,
pero para entonces quizás hayamos desarrollado un test mejor —cogió el videófono—.
¿Partirá ahora mismo? Utilice un coche del departamento y el combustible de nuestros
surtidores.
—¿Puedo llevarme las notas de Dave Holden? —pidió Rick, poniéndose en pie—.
Querría leerlas por el camino.
—Esperaremos hasta que haya probado el test en Seattle —respondió Bryant. Rick
advirtió que el tono de su voz era curiosamente despiadado.
Cuando el coche aéreo del departamento de policía aparcó en el terrado del edificio de
la Rosen Association en Seattle, una muchacha lo esperaba. Delgada, de pelo negro, con
las nuevas y enormes gafas para filtrar el polvo, se acercó al coche con las manos
hundidas en los bolsillos del largo abrigo a rayas de colores vivos. En su cara pequeña,
de rasgos bien definidos, había una expresión de hosquedad.
—¿Qué ocurre? —preguntó Rick al descender. La chica respondió oblicuamente.
—No sé. La forma en que nos trataron, supongo. No tiene importancia —le tendió la
mano, que él cogió reflexivamente—. Soy Rachael Rosen. Usted es el señor Deckard,
¿verdad?
—No ha sido idea mía.
—Bueno, es lo que nos dijo el inspector Bryant. Pero oficialmente usted es el
departamento de policía de San Francisco, y no cree que nuestra actividad sea un
servicio público —lo miró por debajo de sus largas pestañas oscuras, probablemente
artificiales.
—Un robot humanoide es como cualquier otra máquina —respondió Rick—. Puede
oscilar entre el beneficio y el riesgo. Como beneficio no es nuestro problema.
—Pero sí como riesgo —dijo Rachael Rosen—. ¿Es verdad, señor Deckard, que usted
es un cazador de bonificaciones? De mala gana, Rick se encogió de hombros y asintió.
—Considera que un androide es una cosa inerte —continuó la chica—. Algo que se
puede «retirar», como se acostumbra decir.
—¿Ya está seleccionado el grupo? Me gustaría...
Rick se interrumpió cuando de repente vio los animales.
Por supuesto que una poderosa corporación tenía que ser capaz de permitirse una
cosa semejante, comprendió. Y en el fondo, había previsto sin lugar a dudas esa
colección: no sentía sorpresa sino más bien una especie de ansiedad. Se apartó de la
muchacha en silencio y se dirigió a los corrales. Podía percibir los diversos olores de las
criaturas que se movían o permanecían echadas, y de una que dormía, y aparentemente
era un coatí. Nunca en su vida había visto un coatí. Conocía al animal por las películas 3-
D que pasaba la televisión. Por alguna razón, el polvo había afectado a esa especie tanto
como a las aves, de las que casi no quedaban sobrevivientes. Cogió automáticamente su
gastado ejemplar del Sidney y buscó el coatí. Los precios estaban, desde luego, en
bastardilla: como en el caso de los caballos percherón, no había ninguno en el mercado, a
cualquier precio. El catálogo Sidney se limitaba a reproducir la cifra de la última venta. Era
astronómica.
—Se llama Bill —dijo la chica desde atrás—. Bill, el coatí. Lo compramos el año pasado
a una corporación subsidiaria —señaló algo un poco más lejos. Rick vio entonces una
compañía de guardias armados con pequeñas ametralladoras Skoda de tiro rápido. Los
ojos de los guardias estaban fijos en él. Y mi coche lleva bien a la vista las insignias de los
vehículos policiales..., pensó.
—Un fabricante de androides —observó, pensativo— invierte sus excedentes en
animales vivos.
—Mire el búho —dijo Rachael Rosen—. Allá. Lo voy a despertar —indicó una jaula a
cierta distancia. En su centro había un árbol muerto.
Estaba a punto de decir que no había más búhos. O eso nos han dicho... Sidney los
considera extinguidos en su catálogo. Llevan la E, esa letra pequeña y precisa. Mientras
la muchacha se adelantaba, comprobó que estaba en lo cierto. Sidney jamás se equivoca,
se dijo. ¿En qué otra cosa podemos confiar?
—Es artificial —exclamó de pronto con certeza. Pero su decepción era intensa y aguda.
—No —sonrió ella, y Rick vio que sus dientes pequeños y parejos eran tan blancos
como negros eran el pelo y los ojos.
—Pero Sidney —objetó, tratando de mostrarle el catálogo, para probar sus palabras.
—No le compramos a Sidney —respondió Rachael—, ni a ningún vendedor de
animales.
Nuestras compras son privadas y no comunicamos el precio. Además, tenemos
nuestros propios naturalistas. En este momento están trabajando en Canadá. Allá todavía
quedan bosques relativamente grandes. Al menos, lo bastante para animales pequeños y
alguna que otra ave. Durante largo tiempo contempló al búho, que dormitaba en su rama.
Mil pensamientos brotaron de su mente acerca de la guerra, de los días en que los búhos
caían del cielo, muertos. Recordó que en su infancia había alcanzado a comprobar la
extinción de una especie tras otra. Los periódicos anunciaban un día la desaparición de
los zorros, el siguiente la de los tejones, hasta que la gente dejó por último de leer
aquellos perpetuos obituarios. Pensó también en su necesidad de un animal verdadero.
Una vez más se manifestaba el odio que le inspiraba su oveja eléctrica, que debía cuidar
y atender como si estuviera viva. La tiranía de los objetos, pensó. Ella no sabe que yo
existo. Como los androides, carece de la capacidad de apreciar la existencia de otro ser.
Jamás había pensado antes en la semejanza entre los animales eléctricos y los andrillos.
Un animal eléctrico era una forma inferior, un robot de menor calidad. O a la inversa, un
androide era una versión altamente desarrollada del seudoanimal. Las dos ideas le
resultaban repulsivas.
—Si Rosen vendiera ese búho —dijo—, ¿cuánto pediría?
—Jamás venderíamos nuestro búho —Rachael lo contempló con una mezcla de placer
y piedad; la menos eso le pareció a Rick—. Y aunque así fuera, nunca podría pagar el
precio. ¿Qué animal tiene en su casa?
—Una oveja —respondió él—. Una Suffolk de cara negra.
—Entonces debería sentirse satisfecho.
—Lo estoy —dijo él—. Pero siempre he querido un búho, incluso antes de que todos
murieran... Excepto el suyo —se corrigió.
—Nuestro programa actual prevé la obtención de otro búho —agregó ella—, para
aparearlo con Scrappy —señaló al ave posada en su percha y que por un instante abrió
los ojos, unas hendiduras amarillas que se desvanecieron cuando reanudó su reposo. El
pecho del búho subió y bajó conspicuamente, como si el ave hubiese suspirado en su
estado hipnagógico. Apartándose de la imagen, que había agregado amargura a su
anterior reacción de sorpresa y anhelo, Rick dijo:
—Querría iniciar la prueba. ¿Podemos bajar?
—Mi tío recibió la llamada de su jefe y probablemente ya...
—¿Su tío? ¿Una corporación de estas dimensiones es un negocio familiar?
Rachael continuó su frase:
—...habrá reunido un grupo de androides y uno de control. Vamos —se dirigió al
ascensor sin mirar atrás, metiendo nuevamente las manos en los bolsillos de su abrigo.
Rick vaciló un momento, con fastidio, antes de seguirla.
—¿Qué tiene usted contra mí? —preguntó mientras descendían.
Ella reflexionó, como si no lo hubiera pensado antes.
—Pues bien —dijo—, usted, un funcionario de un pequeño departamento policial, tiene
en este momento una situación única. ¿Comprende lo que quiero decir? —lo miró de
costado, maliciosamente.
—¿Qué parte de la producción actual representan los androides equipados con el
Nexus-6?
—El total —respondió Rachael.
—Estoy seguro de que la escala Voigt-Kampff puede descubrirlos.
—Y si no es así, tendremos que retirar del mercado todos los modelos de Nexus-6 —
sus ojos negros ardían mientras se abrían las puertas del ascensor detenido—. Y todo
porque la policía no puede resolver una cosa tan simple como la detección de una
minúscula cantidad de Nexus-6 que... Un hombre mayor, pulcro y delgado, se acercó a
ellos. Llevaba la mano extendida y una expresión de preocupación, como si todo hubiese
empezado a desarrollarse con excesiva rapidez.
—Soy Eldon Rosen —dijo mientras daba un apretón de manos a Rick—. Escuche,
Deckard: usted sabe que no fabricamos nada aquí en la Tierra, ¿verdad? Simplemente no
podemos llamar al sector de producción y pedir una serie distinta de artículos. No es que
no nos propongamos o no queramos colaborar con ustedes. Sea como fuere, he hecho
todo lo posible —su mano izquierda, temblorosa, rozó su pelo, que empezaba a ralear.
Rick indicó su cartera y dijo:
—Estoy listo para comenzar.
La nerviosidad de Rosen acrecentó su confianza en sí mismo. Me temen, pensó con
asombro. Incluso Rachael. Probablemente podría obligarles a abandonar la producción de
los modelos Nexus-6. Lo que yo haga en las próximas horas afectará el carácter de sus
operaciones, y puede llegar a determinar el futuro de la Rosen Association aquí, en los
Estados Unidos, en Rusia y en Marte.
Los dos miembros de la familia Rosen lo miraron aprensivamente y Rick pudo sentir la
duplicidad de sus maneras. Con él habían entrado en la casa el vacío y la llamada al
silencio de la ruina económica. Poseen un poder desmesurado, pensó Rick. Su empresa
es considerada uno de los ejes del sistema industrial. En realidad, la manufactura de
androides ha llegado a ligarse tanto con el desarrollo de la colonización que si aquella se
derrumbara, éste la seguiría a su vez. Naturalmente, la Rosen Association comprendía
esto perfectamente. Y Eldon Rosen tenía plena conciencia de ello desde que Harry Bryant
había llamado.
—No hay motivo para preocuparse —dijo Rick mientras los dos Rosen lo guiaban por
un amplio corredor muy iluminado. El mismo se sentía tranquilo. La situación le agradaba
más que cualquier otra que pudiera recordar. Todos sabrían muy pronto lo que el método
de prueba podía hacer, y lo que no podía—. Si ustedes no tuvieran confianza en el test de
Voigt-Kampff —observó—, probablemente su organización habría tratado de descubrir
otro superior. Podría decirse que parte de la responsabilidad recae sobre la Rosen
Association. Sí, gracias —le indicaron una habitación elegante, un salón alfombrado, con
lámparas, divanes y mesas modernas donde estaban las últimas revistas e incluso,
advirtió, el suplemento de febrero del catálogo Sidney, que él aún no había visto. En
realidad, ese suplemento sólo aparecería dentro de tres días. Era obvio que la Rosen
Association tenía una relación especial con Sidney. Irritado, cogió la publicación.
—Esto significa una violación de la confianza pública. Nadie debe tener información
anticipada de los cambios de precio.
Y también, seguramente, violaba una ley federal. Pero en vano trató de recordarla.
—Me lo llevaré conmigo —dijo, y guardó el suplemento en su cartera.
Después de una pausa, Eldon Rosen dijo con hastío:
—Nuestra política jamás ha sido la de obtener anticipación de nada como...
—Yo no soy un funcionario judicial —interrumpió Rick—. Soy un cazador de
bonificaciones —de su cartera extrajo el equipo Voigt-Kampff, y sentándose junto a una
mesa baja de palo de rosa, empezó a preparar el sencillo instrumento poligráfico—.
Puede usted enviar al primer sujeto— le dijo a Eldon Rosen, que parecía aún más
inquieto.
—Me gustaría mirar —dijo Rachael, sentándose—. Nunca he visto realizar un test de
empatía.
¿Qué mide este aparato?
—Esto —dijo Rick, sosteniendo en alto un disco chato, adhesivo, de donde partían
varios cables—, mide la dilatación capilar en la región facial. Sabemos que ésta es una
respuesta autónoma y primaria, lo que llamamos «vergüenza» o «rubor» ante un estímulo
moralmente inquietante. Esto no se puede controlar voluntariamente, como ocurre en
cambio con la conductividad de la piel, la respiración o el ritmo cardíaco —le mostró el
otro elemento, de donde brotaba un fino haz de luz—. Y esto registra la tensión en los
músculos oculares. Al mismo tiempo que se produce el fenómeno del rubor hay
generalmente un pequeño desplazamiento de...
—¿Y eso no se verifica en los androides?
—Aunque biológicamente podría llegar a darse, las preguntas-estímulo no generan
estas respuestas.
—Hágame el test —dijo Rachael.
—¿Por qué? —dijo Rick, confundido. Eldon Rosen dijo con voz ronca:
—La hemos elegido como primer sujeto. Podría ser un androide. Esperamos que nos lo
pueda decir —se sentó con varios movimientos torpes, sacó un cigarrillo, lo encendió y se
quedó mirando fijamente.
El pequeño haz de luz blanca iluminaba el ojo izquierdo de Rachael Rosen. El disco de
malla metálica estaba adherido a su mejilla. La muchacha parecía serena. Rick Deckard
estaba sentado en una posición que le permitía leer los dos medidores del aparato Voigt-
Kampff.
—Describiré una serie de situaciones sociales, y usted expresará su reacción lo más
rápidamente que pueda. Mediré el tiempo, por supuesto.
—Y también por supuesto, lo que yo diga no tendrá importancia. Sólo valdrá la reacción
capilar y la del músculo ocular. Pero igualmente responderé. Quiero pasar por esto y...
Adelante, señor Deckard.
Rick eligió la pregunta número tres.
—Le regalan una billetera de piel de becerro para su cumpleaños —inmediatamente las
agujas saltaron a la zona roja, y luego regresaron.
—No la aceptaría —respondió Rachael—. Y denunciaría a la policía a la persona que
me la regalara.
Después de hacer una anotación, Rick pasó a la pregunta número ocho de la escala de
perfiles del Voigt-Kampff.
—Tiene usted un niño pequeño que le muestra su colección de mariposas, y también el
frasco donde las mata.
—Lo llevaría al médico —la voz de Rachael era baja pero firme. Nuevamente las
agujas se movieron, pero menos. Rick hizo la correspondiente anotación y preguntó:
—Está viendo la TV. De pronto advierte que una avispa avanza por su brazo.
—La mataría —respondió Rachael; esta vez las agujas apenas registran un débil y
corto temblor.
Rick escribió su observación y eligió cuidadosamente la pregunta siguiente.
—Encuentra en una revista la foto a página entera y a todo color de una chica desnuda
—se detuvo.
—¿Es un test para saber si soy androide o si soy lesbiana? —preguntó ácidamente
Rachael. Las agujas no se movieron.
—A su marido le gusta la foto —continuó Rick; no hubo respuesta. Y agregó—: La
chica está tendida boca abajo sobre una enorme y bellísima piel de oso —los medidores
no registraron cambios, y Rick piensa: una respuesta de androide, no ha reparado en el
elemento principal, la piel del animal muerto. Se concentra en otros factores—. Su marido
cuelga la foto en la pared de su estudio —concluyó. Entonces la reacción se manifestó.
—Ciertamente no se lo permitiría —dijo Rachael.
—Está bien —asintió Rick—. Ahora está usted leyendo una novela escrita en los viejos
tiempos, antes de la guerra. Los personajes visitan el muelle de pescadores de San
Francisco. Sienten hambre, y entran en un restaurante. Uno de ellos pide langosta; el chef
arroja una langosta a una olla de agua hirviente a la vista de los personajes.
—Dios mío —dijo Rachael—. Pero eso es terrible, depravado. ¿Cómo pueden hacer
eso? ¿Quiere usted decir, una langosta viva?
Las agujas permanecieron inmóviles. La respuesta era formalmente correcta, pero
simulada.
—Ha alquilado una casita de troncos de pino en la montaña —continuó Rick—. La zona
es todavía exuberante. En la casa hay un gran hogar.
—Sí —respondió Rachael, impaciente.
—Alguien ha colgado viejos mapas en las paredes, grabados por Currier e Ives.
Encima del hogar hay una cabeza de ciervo con grandes astas. La gente que la
acompaña admira el ambiente y entre todos deciden...
—Yo no, si es que hay una cabeza de ciervo —interrumpió Rachael. Pero los
medidores no han sobrepasado la zona verde.
—Ha quedado usted embarazada —dijo Rick— de un hombre que le ha prometido
casamiento. Pero él se marcha con otra, con su mejor amiga. Usted aborta y...
—Jamás lo haría —respondió Rachael—. Y por otra parte, no se puede. La condena es
a perpetuidad y la policía vigila permanentemente. Las dos agujas se desplazaron al rojo
con violencia.
—¿Cómo lo sabe? ¿Cómo sabe que es difícil obtener autorización para abortar? —
preguntó Rick, con curiosidad.
—Todo el mundo lo sabe —repuso Rachael.
—Me pareció que hablaba usted por experiencia personal.
—Rick miró los medidores, que mostraban intensas fluctuaciones—. Una más. Ha
salido con un hombre que la invita a visitar su casa. Una vez allí le ofrece una copa.
Mientras está bebiendo, de pie, ve el dormitorio: está decorado con atractivos cartelones
taurinos, y se acerca a mirar. El la sigue, cierra la puerta, la rodea con el brazo y le dice...
—¿Qué es un cartelón taurino? —interrumpió Rachael.
—Un dibujo, generalmente muy grande, de colores, que muestra a un torero con su
capa y a un toro que intenta atacarlo —Rick dudó—. ¿Qué edad tiene usted? —podía ser
un factor importante.
—Dieciocho años —contestó Rachael—. Está bien: él cierra la puerta y me abraza.
¿Qué dice entonces?
—¿Sabe usted cómo terminaban las corridas de toros?
—Me figuro que alguien quedaba herido...
—Siempre mataban al toro, al final —Rick esperó, observando las agujas, que apenas
palpitaron con inquietud; la reacción había sido débil—. Una pregunta final, en dos partes
—agregó—. Usted ve una vieja película en la TV, anterior a la guerra. Los participantes en
un banquete comen ostras crudas.
—Ugh —dijo Rachael. Las agujas se movieron vivazmente.
—El entrante consiste en perro cocido, relleno de arroz —continuó Rick. El
desplazamiento de las agujas fue menor—. ¿Para usted las otras son menos aceptables
que la carne de perro? Evidentemente no —dejó su bolígrafo, apagó el haz de luz y le
quitó de la mejilla el disco adhesivo—. Usted es una androide —dijo—. Este es el
resultado del test —agregó, dirigiéndose a «ella» y a Eldon Rosen, que lo miraba con
inquietud avasalladora.
La cara del anciano se contraía plásticamente de furia. Rick prosiguió con su
indagación:
—Es así, ¿verdad? —no hubo respuesta de ninguno de los Rosen—. Nuestros
intereses no están en conflicto —agregó, razonablemente—. Que el test de Voigt-Kampff
funcione bien es tan importante para ustedes como para mí.
—Ella no es androide —dijo Rosen.
—No lo creo —respondió Rick.
—¿Por qué habría de mentir? —preguntó Rachael con vehemencia—. En todo caso
mentiríamos al revés.
—Quiero un análisis de médula ósea —contestó Rick—. Es posible determinar
orgánicamente si alguien es o no un androide. Sé que es largo y doloroso, pero...
—En términos legales —dijo Rachael—, no puedo ser obligada a sufrir un análisis de
médula. La corte no lo permite, por considerar que se trata de autoacusación. Y de todos
modos, en una persona viva, no en el caso de un androide retirado, lleva largo tiempo.
Usted puede aplicar ese maldito test de Voigt-Kampff a causa de los especiales, a los que
hay que vigilar constantemente. Aprovechando que el gobierno debería ocuparse de esto,
la policía ha logrado introducir el Voigt-Kampff. Pero lo que dijo usted antes es verdad:
éste es el fin del test —la muchacha se puso en pie, se apartó y se detuvo de espaldas a
él, con las manos en las caderas.
—La cuestión no es la legalidad del análisis de médula ósea —dijo Eldon Rosen con
voz ronca—, sino el fracaso del test de empatía en el caso de mi sobrina. Puedo
explicarle por qué sus respuestas son las de un androide. Rachael creció a bordo del
Salader 3. Nació en él, y durante catorce de sus dieciocho años sólo supo de la Tierra lo
que encontró en la videoteca y lo que el resto de la tripulación, nueve adultos, le contó. Y
después, como recordará, cuando la nave había recorrido la sexta parte del camino a
Próxima, inició el retorno. De lo contrario, Rachael habría tenido que esperar hasta una
edad muy mayor para conocer la Tierra.
—Y la policía podría retirarme —agregó Rachael por encima del hombro—. En una
redada me matarían. Lo sé desde mi llegada, hace cuatro años. Esta no es la primera vez
que me aplican el Voigt-Kampff. En verdad, rara vez salgo de casa. El peligro es enorme,
a causa de los controles policiales y las pinzas voladoras para capturar especiales no
clasificados.
—Y androides —terminó Eldon Rosen—. Aunque, naturalmente, eso no se le dice a la
población. Se supone que debe ignorar la presencia de androides en la Tierra.
—No creo que los haya —respondió Rick—. Sin duda la policía los ha cogido a todos,
tanto aquí como en la Unión Soviética. Ahora la población es pequeña. Y tarde o
temprano todo el mundo ha de pasar por los puntos de control establecidos al azar. O, por
lo menos, eso era lo que cabía esperar.
—¿Cuáles son sus instrucciones en el caso de que el test clasifique como androide a
un ser humano? —preguntó Eldon Rosen.
—Eso es asunto oficial —Rick empezó a guardar su equipo en la cartera, mientras
ambos Rosen lo miraban en silencio—. Pero, naturalmente, debo cancelar toda prueba
subsiguiente. Si hay un fracaso, de nada sirve continuar —cerró de un golpe su cartera.
—Podríamos haberlo engañado —dijo Rachael—. Nada nos obliga a admitir que el
resultado ha sido incorrecto. O el resultado obtenido con los otros nueve sujetos elegidos.
Nos habría bastado con dejarle seguir con las pruebas sin decir nada.
—Yo habría insistido en que me dieran una lista previa, en sobre cerrado, para
comparar los resultados y obtener una confrontación concluyente.
Pero no la habría obtenido, pensó. Bryant tenía razón. Gracias a Dios que no he
seguido cazando androides sobre la base del test.
—También nosotros pensamos que lo haría —observó Eldon Rosen mirando a
Rachael, que asentía—. Habíamos estudiado esa posibilidad —reconoció.
—Este problema procede de su forma de operar, señor Rosen —dijo Rick—. Nadie
obligó a su organización a desarrollar los robots humanoides hasta un punto en que...
—Nosotros producimos lo que desean los colonos —repuso Eldon Rosen—. Hemos
seguido un principio, respetado por el tiempo, que ha justificado siempre el éxito
comercial. Si nuestra empresa no hubiera construido modelos cada vez más humanos,
otras lo habrían hecho. Conocíamos los riesgos existentes cuando desarrollamos la
unidad cerebral Nexus-6. Pero el test de Voigt-Kampff era un fracaso antes de que
distribuyéramos los nuevos androides. Si usted hubiese fallado en clasificar a un androide
Nexus-6 como androide, si lo hubiese registrado como un ser humano... Pero no es eso lo
que ha ocurrido —su voz era dura y penetrante—. El departamento policial a que usted
pertenece, así como otros puede haber retirado, y es probable que lo haya hecho, a
verdaderos seres humanos de capacidad empática no desarrollada, como mi sobrina. Su
posición, señor Deckard, es muy grave en términos morales. La nuestra no lo es.
—En otras palabras —dijo agudamente Rick—, no me concederá usted la posibilidad
de aplicar el test a un solo Nexus-6. Para anticiparse a ella ha presentado en primer
término a esta chica esquizoide.
Y mi test ha sido derrotado, pensó. Debí haberme negado. Pero ahora es demasiado
tarde.
—Le hemos ganado, señor Deckard —dijo Rachael Rosen con voz serena y razonable,
y se volvió hacia él, sonriendo.
Todavía no lograba comprender cómo la Rosen Association había logrado engañarlo
tan fácilmente. Una corporación gigantesca como ésa atesoraba gran experiencia, poseía
en realidad una especie de mente colectiva. Eldon y Rachael Rosen eran tan sólo los
portavoces de esa entidad múltiple. Su error, evidentemente, había consistido en
considerarlos como meros individuos. Era un error que no volvería a cometer.
—Su jefe, el inspector Bryant —dijo Rosen—, hallará difícil comprender cómo sucedió
que nos permitiera usted anular su método de prueba antes de comenzar el test —señaló
el cielorraso, y Rick vio la lente de una cámara: el error cometido con los Rosen había
sido registrado—. Creo que lo más conveniente para todos —agregó Eldon— será que
nos sentemos y... Podemos llegar a un acuerdo, señor Deckard —hizo un gesto afable—.
No hay motivo de preocupación. El modelo de androide Nexus-6 es un hecho. Así lo
reconocemos en la Rosen Association, y creo que también usted lo reconoce ahora.
Rachael se inclinó sobre Rick.
—¿Le gustaría ser dueño de un búho?
—Creo que jamás lo seré —comprendía perfectamente lo que ella había querido
insinuar; sabía qué transacción se proponía realizar la Rosen Association. Sintió en su
interior una tensión que no había experimentado hasta entonces, y que explotaba
suavemente en todas las zonas de su cuerpo. La conciencia de lo que estaba ocurriendo
se apoderó de él por completo.
—Pero eso es precisamente lo que desea: un búho —dijo Eldon Rosen, que miró
interrogativamente a su sobrina—. Creo que no comprende.
—Por supuesto que comprende —repuso ella—. Sabe con toda exactitud adonde lleva
esto.
¿No es así, señor Deckard? —volvió a inclinarse sobre él, tanto que Rick percibió una
suave fragancia y quizá su calidez—. Pues prácticamente lo ha conseguido, señor
Deckard; podríamos decir que el búho ya es suyo —y agregó, dirigiéndose a su tío—: Es
un cazador de bonificaciones, ¿recuerdas? Por lo tanto, vive de las bonificaciones que
gana, y no sólo del sueldo. ¿No es así, señor Deckard?
Rick asintió.
—¿Cuántos androides se han escapado esta vez? —preguntó Rachael.
—Eran ocho, originariamente. Dos ya han sido retirados. No por mí.
—¿Cuánto recibe por cada androide?
—Según —respondió Rick, encogiéndose de hombros. Rachael continuó:
—Si no dispone de un test, no tiene forma de identificar a los androides ni, por
consiguiente, de cobrar sus bonificaciones. De modo que si abandona la escala de Voigt-
Kampff...
—Otra nueva la reemplazará —dijo Rick—. Ya ha ocurrido antes —exactamente, tres
veces.
Pero esta vez era diferente, porque el nuevo test, el instrumento analítico más
moderno, ya estaba a su disposición.
—Naturalmente, el test de Voigt-Kampff terminará por ser anticuado —dijo Rachael—.
Pero todavía no. Estamos convencidos de que es apto para distinguir a los modelos
equipados con el Nexus-6 y querríamos que, en su peculiar tarea, continuara usted
trabajando sobre esta base —la chica lo miraba intensamente, balanceándose y con los
brazos cruzados apretados; trataba de medir su reacción.
—Dile que puede quedarse con el búho —sugirió Eldon Rosen.
—Así es —dijo Rachael, sin dejar de mirarlo—. El que ha visto en el terrado. Scrappy.
Pero si conseguimos un macho, debe permitir que se aparee con ella. Y que quede bien
en claro que la descendencia será nuestra.
—Dividiremos la nidada —propuso Rick.
—No —repuso instantáneamente Rachael, y Eldon Rosen negó con la cabeza en señal
de apoyo a su sobrina—. De ese modo tendría usted derecho a la única familia de búhos
hasta el fin de los tiempos. Y hay otra condición: no puede cederlo en herencia. A su
muerte, volverá a manos de la Rosen Association.
—Eso parece una invitación a que me maten —contestó Rick—. Bonita forma de
recuperar inmediatamente el búho... No puedo aceptar. Es demasiado peligroso.
—Usted es un cazador de bonificaciones —dijo Rachael—. Sabe usar un arma láser.
En este preciso instante lleva una. Si no es capaz de defenderse, ¿cómo piensa retirar a
los seis andrillos Nexus-6 restantes? Son bastante más inteligentes que los viejos W-4 de
la Gozzi Corporation.
—Pero yo los persigo a ellos —replicó Rick—. En cambio, si acepto la cláusula de
reversión, alguien me perseguiría a mí —no le gustaba la idea de que lo persiguieran.
Había visto el efecto que esto provocaba incluso en los androides.
—Está bien —dijo Rachael—. Cederemos en ese punto, y podrá legar el búho a sus
descendientes. Pero insistimos en conservar la nidada completa. Si no está de acuerdo
con esto, vuelva a San Francisco, reconozca ante sus superiores que el test de Voigt-
Kampff, al menos en la forma en que usted lo aplica, no puede distinguir entre un andrillo
y un ser humano. Y luego búsquese otro trabajo.
—Querría un poco de tiempo para decidir —dijo Rick.
—Está bien —respondió Rachael, y miró su reloj—. Puede quedarse aquí.
—Media hora —agregó Eldon Rosen, como aclaración.
Ambos Rosen se dirigieron hacia la puerta.
Ellos ya habían hablado, pensó Rick. Ahora le correspondía a él dar una respuesta.
Cuando Rachael se disponía a cerrar la puerta, Deckard le habló con dureza:
—Estoy perfectamente atrapado. Tienen la prueba de que me he equivocado con
usted. Saben que mi trabajo depende del test de Voigt-Kampff. Y, además, está ese
maldito búho.
—Es suyo, ¿recuerda? —dijo Rachael—. Le pondremos en la pata una cintila con su
dirección y lo despacharemos a San Francisco. Lo recibirá en su casa cuando regrese del
trabajo.
—Un momento —dijo Rick.
—¿Ya ha tomado su decisión? —preguntó Rachael, deteniéndose en la puerta.
—Querría hacerle otra pregunta del Voigt-Kampff. Rachael miró a su tío, que asintió.
De mala gana, volvió a sentarse como antes.
—¿Para qué? —preguntó con las cejas elevadas por el desagrado y también por el
temor. Rick advirtió, profesionalmente, la tensión de su cuerpo.
Nuevamente dirigió el haz de luz al ojo derecho de la muchacha y puso el disco
adhesivo en contacto con su mejilla. Rachael estaba rígida. Su expresión de extremo
disgusto no había desaparecido.
—Bonita cartera, ¿verdad? —dijo Rick mientras buscaba los formularios impresos del
test—. Es del departamento.
—Sí, ¿eh? —respondió Rachael, ausente.
—Es de piel de bebé —agregó Rick, acariciando la piel negra de la cartera—. Cien por
cien genuina— vio que después de una pausa las agujas se pusieron a fluctuar con
frenesí. La reacción había llegado tarde. El conocía el tiempo exacto de reaccionar, en
fracciones de segundo. Sabía que no debía haber demora—. Gracias, señorita Rosen.
Eso era todo —recogió de nuevo su equipo.
—¿Se marcha? —preguntó Rachael.
—Sí. He terminado. Cautelosamente, Rachael preguntó:
—¿... y los otros nueve?
—El test ha funcionado adecuadamente en su caso —explicó Rick—. Puedo deducir de
esto que evidentemente es aún efectivo —se dirigió a Eldon Rosen, que estaba inerte,
junto a la puerta— ¿Ella lo sabe? —a veces no era así: en muchas ocasiones se los
dotaba de una falsa memoria, con la errónea esperanza de que alterara las reacciones
ante el test.
—No —contestó Eldon Rosen—. La hemos programado completamente. Pero creo que
hacia el final ha empezado a sospechar —a la muchacha le dijo—: ¿No fue así, cuando él
te pidió una nueva prueba?
Rachael, muy pálida, asintió.
—No temas —le dijo Eldon Rosen—. No eres un androide escapado ilegalmente. Eres
propiedad de la Rosen Association, que te emplea como muestra para las ventas a
futuros emigrantes —se acercó a la chica y apoyó la mano en su hombro. Rachael se
apartó del contacto.
—Es verdad —observó Rick—. No la retiraré, señorita Rosen. Buenos días —empezó a
avanzar hacia la puerta, y se detuvo—. ¿El búho es real?
Rachael dirigió una rápida mirada a su tío.
—Se marchará de todos modos —contestó Rosen—. Da lo mismo. El búho es artificial.
No quedan búhos.
—Hmmm —murmuró Rick, mientras salía al pasillo. Nadie dijo nada más. No había
nada que decir. Así operan los grandes fabricantes de androides, se dijo Rick. De una
manera sinuosa que jamás había observado anteriormente. Demostraban un tipo nuevo
de personalidad, compleja y extraña. No era difícil comprender que la justicia tuviera
dificultades con el Nexus-6 El Nexus-6. Finalmente lo había conocido. Rachael era un
Nexus-6, sin duda alguna. El primer androide de ese tipo que he visto, se dijo. Y poco
había faltado para que los Rosen minaran nuestra confianza en el test de Voigt-Kampff,
único instrumento que permite descubrirlos. Casi lo habían logrado. La Rosen Association
había hecho un buen trabajo, o al menos un buen intento, para defender sus productos.
Y yo debo enfrentar a otros seis, para terminar la tarea, reflexionó Rick. Se ganaría
cada centavo de esas bonificaciones.
Suponiendo que llegara vivo al final.
El televisor atronaba. Mientras descendía las grandes escaleras desiertas y cubiertas
de polvo hacia el nivel inferior, John Isidore distinguía la voz familiar y burbujeante del
Amigo Buster, que se dirigía eufórico a su audiencia de todo el sistema.
—Hola, hola, amigos. ¡Zip, clip, zip! Es la hora de nuestro breve comentario sobre el
tiempo de mañana. Primero la Costa Este de los Estados Unidos. El satélite Mungoose
comunica que la radiación aumentará hacia el mediodía y disminuirá luego, gradualmente.
De modo que todos los queridos amigos que deseen salir deberán esperar hasta la tarde,
¿en? Y hablando de esperar, faltan sólo diez horas para el anuncio de una gran noticia,
en mi informe especial. Decid a vuestros amigos que no se pierdan el programa. Revelaré
algo que os asombrará. Quizás algunos conjeturen que, como de costumbre...
Isidore golpeó la puerta y la voz cesó. No era meramente que hubiese callado; había
dejado de existir, aterrorizada hasta la muerte por el golpe.
Isidore sintió, detrás de la puerta cerrada, la presencia de vida. Sus sentidos alerta
percibían, o fabricaban, el miedo silencioso y terrible de alguien que se alejaba, que se
apretujaba contra la pared opuesta para escapar de él.
—Eh —dijo—. Yo vivo arriba. He oído la TV. Deberíamos conocernos, ¿no le parece?
—esperó mientras escuchaba; ni un sonido, ni un movimiento. Sus palabras no habían
logrado tranquilizar al vecino—. Le he traído un paquete de margarina —agregó,
acercándose a la puerta para que le oyeran mejor—. Mi nombre es J. R. Isidore y trabajo
para el conocido veterinario, el señor Hannibal Sloat, sin duda habrá oído hablar de él.
Soy una persona honorable, y tengo un trabajo: conduzco el camión del señor Sloat.
La puerta se entreabrió y vio la figura fragmentaria, torcida y encogida de una chica que
al mismo tiempo trataba de alejarse y de mantenerse cogida de la puerta, como buscando
apoyo físico. El miedo le daba el aire de una persona enferma, distorsionaba las líneas de
su cuerpo, como si alguien lo hubiese roto y luego lo hubiera armado deliberadamente en
desorden. Sus ojos, enormes, lo miraban fijamente mientras intentaba sonreír.
Isidore comprendió de repente y dijo:
—Usted creía que aquí no vivía nadie. Pensó que la casa estaba abandonada...
—Sí —susurró la muchacha.
—Pero es una suerte tener un vecino —respondió Isidore—. Hasta su llegada, yo no
tenía ninguno —y eso no era nada divertido, bien lo sabía.
—¿Es usted el único? —preguntó la chica—. ¿En todo el edificio, aparte de mí? —
estaba perdiendo la timidez, su cuerpo se enderezó y se alisó el pelo con la mano. El
advirtió que tenía una bonita silueta, aunque pequeña, y bellos ojos subrayados por largas
pestañas. Cogida de sorpresa, sólo tenía puestos los pantalones de un pijama. Más atrás
se veía una habitación en desorden. Había maletas abiertas aquí y allá, con el contenido
medio desparramado por el suelo cubierto de cosas. Era natural: acababa de llegar.
—Sí, soy el único —respondió Isidore—. Y no quiero molestarla —se sentía alicaído; su
ofrenda, que tenía el carácter de un auténtico rito de preguerra, no había sido aceptada.
En realidad, la chica ni siquiera se había dado cuenta. O tal vez no sabía qué era un
paquete de margarina. El tuvo esa intuición. La muchacha parecía, sobre todo,
asombrada, como si acabara de emerger de las profundidades y flotara ahora a la deriva
entre el oleaje menguante del miedo—. El viejo amigo Buster —agregó, tratando de
deponer su actitud rígida—. ¿Le gusta? Yo lo veo todas las mañanas y también a la
noche, cuando vuelvo a casa. Mientras ceno, y también el programa final. Es decir, lo veía
antes de que se me rompiera el televisor.
—¿Quién...? —empezó la chica, y se interrumpió. Se mordió el labio, evidentemente
furiosísima con ella misma.
—El Amigo Buster —explicó Isidore. Le parecía extraño que esa muchacha nunca
hubiera oído hablar del cómico de TV más chistoso de la Tierra—. ¿De dónde ha venido
usted? —preguntó.
—No me parece que eso tenga importancia —la chica alzó rápidamente la vista hacia
él y vio algo que aparentemente le devolvió la serenidad pues su cuerpo se relajó—.
Cuando esté más instalada, me encantará su compañía. Pero... ahora mismo, no puede
ser.
—¿Por qué no puede ser? —estaba sorprendido. Todo en ella le sorprendía. Quizás he
vivido solo demasiado tiempo, pensó, y me he vuelto raro. Dicen que eso ocurre a los
cabezas de chorlito. La idea lo entristeció aún más—. Podría ayudarle a desempacar —
sugirió. La puerta estaba casi cerrada—. Y con sus muebles.
—No tengo muebles —respondió ella, y agregó, señalando—: Todo eso ya estaba
aquí.
—No servirá —dijo Isidore. Bastaba con una mirada. Las sillas, las mesas, la alfombra,
todo estaba deteriorado, amontonado, era víctima de la fuerza despótica del tiempo. Y del
abandono. Nadie había vivido en ese apartamento durante años; la ruina era casi
completa. No podía imaginar cómo esa chica se proponía vivir allí—. Escuche —le dijo
con seriedad—, si recorremos el edificio, probablemente encontraremos cosas en mejor
estado. Una lámpara en un piso, una mesa en otro...
—Gracias —replicó ella—. Lo haré yo misma.
—¿Y va a entrar sola en los apartamentos? —no lo podía creer.
—¿Por qué no? —volvió a estremecerse, e hizo una mueca, consciente de haberse
equivocado.
—Una vez lo hice —dijo Isidore—. Después me metí en mi casa y no volví a pensar en
el resto. Apartamentos donde nadie vive..., son centenares. Están llenos de cosas de la
gente; fotos de familia, ropas... Los que murieron no pudieron llevarse nada, y los que
emigraban no querían... Aparte de mi piso, este edificio está completamente kippelizado.
—¿Kippelizado? —ella no entendía.
—Kippel son los objetos inútiles, las cartas de propaganda, las cajas de cerillas
después de que se ha gastado la última, el envoltorio del periódico del día anterior.
Cuando no hay gente, el kippel se reproduce. Por ejemplo, si se va usted a la cama y deja
un poco de kippel en la casa, cuando se despierta a la mañana siguiente hay dos veces
más. Cada vez hay más.

—Comprendo —la chica lo miraba con duda, no sabía si creer o no, ni siquiera si él
hablaba en serio.
—Esa es la primera Ley de Kippel —dijo él—. El kippel expulsa al no-kippel. Como la
ley de Gresham acerca de la mala moneda. Y en estos apartamentos no hay nadie para
compartir el kippel.
—De modo que se ha apoderado de todo —concluyó la muchacha—. Ahora
comprendo.
—Este lugar —continuó Isidore—, este apartamento que ha elegido, está demasiado
kippelizado para vivir en él. Podemos rechazar el factor Kippel; podemos hacer lo que le
dije, buscar en los otros apartamentos. Pero...
Se interrumpió.
—¿Pero qué?
—No podemos ganar.
—¿Por qué no? —la chica salió al pasillo cerrando la puerta tras de sí. Cruzó los
brazos modestamente sobre sus senos altos y pequeños, y enfrentó a Isidore, ansiosa por
comprender. Al menos eso le pareció a él. Se la notaba atenta.
—Nadie puede vencer al kippel —continuó—, salvo, quizás, en forma temporaria y en
un punto determinado, como mi apartamento, donde he logrado una especie de equilibrio
entre kippel y no-kippel, al menos por ahora. Pero algún día me iré, o moriré, y entonces
el kippel volverá a dominarlo todo. Es un principio básico: todo el universo avanza hacia
una fase final de absoluta kippelización. Con la única excepción del ascenso del Wilbur
Mercer. La muchacha lo miró.
—No veo qué tiene eso que ver...
—Pues es la base del Mercerismo —nuevamente se sintió sorprendido—. ¿No
participa usted de la fusión? ¿No tiene una caja de empatía?
Después de una pausa, la chica dijo cuidadosamente:
—No la he traído. Pensé que encontraría una aquí.
—Pero una caja de empatía es... es la cosa más personal que alguien puede poseer —
dijo él, tartamudeando de excitación—. Es una extensión del cuerpo, la forma de tocar a
todos los demás seres humanos y dejar de estar solo. Usted lo sabe, todo el mundo lo
sabe... Mercer permite que incluso gente como yo... —se interrumpió, pero era demasiado
tarde. Pudo ver en la cara de la chica un destello de brusco rechazo; era evidente que
había comprendido—. Casi pasé el test de CI —continuó en voz baja y temblorosa—. No
soy muy especial, sólo moderadamente, y no como otros. Pero a Mercer no le importa.
—Para mí —respondió ella—, ése es un grave defecto del Mercerismo —su voz era
clara y neutra, sólo se proponía enunciar un hecho: cómo consideraba ella a los cabezas
de chorlito.
—Creo que volveré arriba —dijo Isidore, y empezó a alejarse, con su paquete de
margarina, que en contacto con su mano se había puesto húmedo y blando. La chica lo
miró con la misma expresión neutra, y luego lo llamó.
—Espere.
—¿Por qué? —preguntó él, volviéndose.
—Lo necesito. Para buscar muebles adecuados, en otros pisos, como usted dijo —
avanzó hacia él. Su cuerpo desnudo de la cintura para arriba, delgado, perfecto, no tenía
un solo gramo de grasa de más—. ¿A qué hora vuelve a su casa del trabajo? Cuando
regrese me ayudará.
—¿No podría preparar usted la cena para los dos..., si yo traigo lo necesario?
—No, tengo mucho que hacer —la chica rechazó el pedido sin esfuerzo y, como él
pudo advertir, sin haberlo comprendido; ahora que el miedo había desaparecido,
empezaba a brotar de ella algo más, algo extraño. Y deplorable, pensó Isidore. Cierta
frialdad, semejante al hálito del vacío entre los mundos habitados, algo venido de ninguna
parte. No era lo que ella decía o hacía, sino más bien lo que no hacía ni decía—. En
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alguna otra oportunidad —agregó la chica, retrocediendo hacia la puerta de su
apartamento.
—¿Entendió mi nombre? —preguntó él—. John Isidore. Trabajo para...
—Ya me lo ha dicho —se detuvo junto a la puerta y la abrió—. Una persona llamada
Hannibal Sloat, que no sé si existe fuera de su imaginación. Y mi nombre es —lo miró sin
calidez, vacilando, mientras entraba— Rachael Rosen.
—¿...de la Rosen Association? —preguntó él—. Es el mayor fabricante en todo el
sistema, de los robots humanoides que se emplean en nuestro programa de colonización
—una complicada expresión pasó fugazmente por su rostro y desapareció enseguida.
—No —respondió ella—. Nunca he oído hablar de ellos. No sé nada de eso. Me figuro
que serán sólo fantasías de un cabeza de chorlito. John Isidore y su caja de empatía
privada, pobre señor Isidore.
—Pero su nombre...
—Mi nombre es Pris Stratton —dijo la chica—. Es mi nombre de casada, el que
siempre uso.
Puede llamarme Pris —reflexionó—. No. Será mejor que me llame señora Stratton,
porque en realidad no nos conocemos. Al menos yo no lo conozco —la puerta se cerró e
Isidore se encontró solo en el pasillo oscuro y cubierto de polvo.
Pues bien, así será, pensó J. R. Isidore, con su blando paquete de margarina aferrado
en la mano. Aunque quizá cambie de idea y me permita que la llame Pris. Y también
acerca de la cena, si puedo conseguir un bote de hortalizas de antes de la guerra. Puede
ser que no sepa cocinar, se dijo de pronto. Está bien, pero yo puedo. Prepararé la cena
para los dos. Y le enseñaré, para que ella también pueda hacerlo en el futuro si lo desea.
Y sin duda querrá, cuando haya aprendido. Por lo que sé, a la mayoría de las mujeres,
incluso las jóvenes como ella, le agrada cocinar. Es un instinto.
Subió las escaleras oscuras y regresó a su apartamento.
Verdaderamente ella no sabe nada, pensó mientras se ponía su blanco uniforme de
trabajo. Incluso si se daba prisa llegaría tarde a su trabajo y el señor Sloat se enfadaría,
pero ¿qué importaba? Por ejemplo, no había oído hablar del Amigo Buster. Eso era
imposible: Buster era la persona viva más importante, a excepción, por supuesto de
Wilbur Mercer... Pero Mercer no era humano, reflexionó; evidentemente se trataba de una
entidad arquetípica de las estrellas, impresa en nuestra cultura por un troquel cósmico...
Al menos eso es lo que he oído decir a algunas personas, al señor Sloat, por ejemplo. Y
Hannibal Sloat tenía que saberlo. También era extraño que ella no hubiese podido
ponerse de acuerdo acerca de su propio nombre. Quizá necesitaba ayuda. ¿Podré
ayudarla de alguna manera?, se preguntó. Un especial, un cabeza de chorlito, ¿qué
puede hacer? No puedo casarme.
Una hora más tarde, en el camión de la compañía, recogía el primer animal averiado
del día: un gato eléctrico. Lo había dejado en la parte posterior del camión, una caja
plástica a prueba de polvo. Y allí estaba jadeando en forma extraña. Cualquiera pensaría
que es real, se dijo Isidore mientras regresaba al hospital de animales Van Ness, esa
pequeña empresa de nombre cuidadosamente simulado que apenas lograba sobrevivir en
el duro y competitivo sector de la reparación de animales falsos.
El gato gemía.
Por Dios, se dijo Isidore. Verdaderamente, parece que se está muriendo. Quizá su
batería de diez años ha sufrido un corto circuito y se le están quemando todas las
conexiones. Un trabajo importante: Milt Borogrove, el encargado de reparaciones del
hospital, tendría mucho que hacer. Y yo no pude hacerle un presupuesto al propietario,
recordó Isidore, preocupado. El hombre simplemente me arrojó el animal: dijo que había
empezado a fallar durante la noche, y luego se fue a trabajar. Bruscamente, el
momentáneo intercambio verbal había cesado; el dueño del gato había desaparecido en
el cielo, en su hermoso coche aéreo a la medida, de último modelo. Y era un cliente
nuevo.
—¿Puedes aguantar hasta que lleguemos? —le dijo al gato, que seguía jadeando—.
Te recargaré en el camino —Isidore, después de adoptar esta decisión, aparcó el camión
aéreo en el primer terrado que vio, lo dejó con el motor en marcha, fue a la parte
posterior, y abrió la caja plástica a prueba de polvo, que junto con su traje blanco y con el
nombre del hospital impreso en el camión daban perfectamente la impresión de un
verdadero veterinario que estaba curando a un verdadero animal.
El gato eléctrico, con su piel de estilo auténtico, echaba espuma por sus fauces
metálicas apretadas, y tenía los ojos vidriosos. Siempre le habían sorprendido los circuitos
de «enfermedad» que les ponían a los animales falsos: el aparato que tenía en el regazo
había sido construido de tal manera que si un elemento esencial fallaba, la cosa parecía
no estar rota sino orgánicamente enferma. El mismo habría podido confundirse. Buscó en
el estómago el panel oculto del control (muy pequeño en ese tipo de seudo-animal), y los
terminales de carga rápida de la batería; no los encontró. Y no podía perder mucho
tiempo, porque el mecanismo estaba a punto de detenerse. Si realmente es un
cortocircuito, pensó, debería arrancar uno de los cables de la batería. Se detendrá, pero
no seguirá deteriorándose. Y luego, en la tienda, Milt volverá a cargarlo.
Pasó diestramente los dedos por la columna vertebral. Allí tendrían que estar los
cables, pero ni siquiera tras un minucioso examen logró descubrirlos. Una obra maestra,
una imitación absolutamente perfecta. Debía de ser de Wheelright & Carpenter; eran más
caros, pero estaba a la vista la calidad del trabajo.
Se dio por vencido. El falso gato había dejado de funcionar; sin duda el cortocircuito —
si de eso se trataba— había agotado la reserva de energía y dañado el mecanismo
básico. Eso significaba dinero, pensó. Pero el dueño evidentemente no había procedido al
lavado y engrasado preventivo, tres veces por año, que era esencial. Tal vez ahora
aprendería, por las malas. Isidore retornó al asiento del conductor, llevó los mandos a la
posición de ascenso y el aparato zumbó nuevamente hacia el cielo, para continuar el viaje
hasta la tienda de reparaciones. Ya no tenía que oír el estertor del gato eléctrico, y podía
relajarse. Es curioso, pensó; sé racionalmente que es falso, pero con todo, los ruidos que
hace un animal eléctrico cuando se le quema el motor me producen un nudo en el
estómago. Me gustaría conseguir otro empleo. Si no hubiera fracasado en el test del CI no
estaría obligado a cumplir esta vergonzosa tarea, con todas sus secuelas emocionales.
Por otra parte, los sufrimientos sintéticos de los seudo-animales en nada afectan a Milt
Borogrove ni a su jefe Hannibal Sloat. Así que quizá sea todo cosa mía, se dijo John
Isidore. Tal vez, cuando uno retrocede en la escala de la evolución, como yo he hecho;
cuando uno se hunde en el pantanoso mundo-tumba de ser un especial..., lo mejor es no
preocuparse por ese tipo de inquietudes. Nada le deprimía más que las evocaciones de la
capacidad mental que una vez había poseído, en comparación con su estado presente.
Cada día era menos fuerte y sagaz, así como miles de otros especiales que, en toda la
Tierra, se dirigían hacia el montoncito final de cenizas hasta convertirse en kippel viviente.
En busca de compañía, encendió la radio y buscó el show del Amigo Buster que, como
la versión de TV, duraba veintitrés horas continuadas por día. La hora restante era
ocupada por una señal religiosa de ajuste, diez minutos de silencio, y otra señal religiosa
que indicaba el comienzo del programa siguiente.
—...felices de que vuelva a estar con nosotros —decía el Amigo Buster—. Veamos,
Amanda: hace dos días que no vienes. ¿Has iniciado una huelga, querida?
—Vien, yo estó por hacer una velga aier, pero me iamarron a las siete...
—¿A las siete AM? —preguntó el Amigo Buster.
—Sí, a las siete «am», Vuster —Amanda Werner soltó esa famosa risa, tan falsa como
la del mismo Buster.
Amanda Werner y varias otras damas extranjeras, hermosas, elegantes, de senos
cónicos, provenientes de países no especificados ni bien definidos, junto con unos pocos
presuntos humoristas rurales, constituían el perpetuo grupo del Amigo Buster. Las
mujeres como Amanda Werner nunca aparecían en películas ni obras de teatro: vivían
sus extrañas y alegres vidas como huéspedes del interminable show de Buster, donde
aparecían unas setenta horas semanales, según lo que una vez había calculado Isidore.
¿Cómo hacía el Amigo Buster para realizar sus dos shows, el de radio y el de TV? ¿Y
cómo encontraba tiempo Amanda Werner para participar día por medio en el show, mes
tras mes y año tras año? ¿Cómo hacían para hablar todo el tiempo? Porque jamás se
repetían. Sus réplicas, siempre nuevas e ingeniosas, no podían haber sido ensayadas.
Amanda tenía el pelo, los ojos, los dientes brillantes. Nunca estaba decaída o cansada,
nunca dejaba de hallar una respuesta graciosa para el tiroteo de chistes y agudezas del
Amigo Buster. El Show del Amigo Buster, transmitido y televisado a toda la Tierra vía
satélite, llegaba también a los emigrantes en los planetas-colonia. Se habían hecho
transmisiones de prueba a Próxima, por si la colonización humana se extendía hasta allá.
Si el Salander 3 hubiese llegado a su destino, sus pasajeros habrían de encontrar ahí el
Show del Amigo Buster. Y se alegrarían.
Pero había algo de Buster que irritaba a Isidore, una cosa muy particular. De un modo
sutil, casi imperceptiblemente, ridiculizaba a las cajas de empatía. Lo había hecho
muchas veces, y lo estaba haciendo precisamente en ese momento.
—...Nada de rocas para mí —le decía a Amanda Werner—. Y si tengo que trepar a una
montaña, me llevaré un par de botellas de cerveza Budweiser —el público se rió y
aplaudió—. Y allí en la cima, revelaré una gran noticia cuidadosamente documentada.
¡Faltan exactamente diez horas para el informe especial!
—¿Y yo, querrido? —exclamó Amanda—. ¡Llévame consigo! Yo protejo ti si nos tirran
piedra —el público volvió a aullar de risa y John Isidore sintió una furia sorda e impotente
que le subía por la nuca. ¿Por qué el Amigo Buster siempre atacaba al Mercerismo? A
nadie más parecía molestarle. Hasta las Naciones Unidas aprobaban. Y eso que la policía
soviética y la americana habían declarado públicamente que el Mercerismo reducía la
delincuencia al tornar a los ciudadanos más conscientes de sus vecinos. Titus Corning, el
Secretario General de las Naciones Unidas, había repetido varias veces: «La humanidad
necesita más empatía». Quizá Buster esté celoso, pensó Isidore. Eso sería una
explicación. Wilbur Mercer y él competían. Pero, ¿por qué competían? Por nuestras
mentes, se respondió Isidore. Luchan por el control de nuestro yo psíquico; por una parte
la caja de empatía y por otra las burlas y risotadas del Amigo Buster. Debo decirle esto a
Hannibal Sloat y preguntarle si es cierto, pensó. El ha de saberlo. Aparcó su camión en el
terrado del hospital de animales Van Ness y llevó rápidamente la caja plástica con el
seudo-gato inerte al despacho de Hannibal Sloat. Apenas entró, el señor Sloat despegó la
vista de un catálogo de repuestos. Su cara gris parecía ondulada como el mar. Hannibal
Sloat, aunque no era un especial, era demasiado viejo para emigrar y estaba condenado
a pasar el resto de su vida en la Tierra. A lo largo de los años, el polvo radiactivo lo había
desgastado. Había tornado grises sus facciones y sus pensamientos, débiles sus piernas
e incierto su andar. Veía el mundo a través de unas gafas literalmente cubiertas de polvo.
Por alguna razón jamás las limpiaba, era como si estuviese resignado: se había sometido
al polvo que, mucho antes, había emprendido la tarea de sepultarlo. Ya oscurecía su
visión, y durante los pocos años que le restaban corrompería sus otros sentidos hasta que
sólo quedara su voz de pájaro, y ella también terminaría por desaparecer.
—¿Qué es eso? —preguntó el señor Sloat.
—Un gato con un cortocircuito en la batería —respondió Isidore, depositando la caja
sobre la mesa cubierta de papeles de su jefe.
—¿Y por qué me lo traes a mí? —preguntó Sloat—. Llévaselo abajo a Milt.
A pesar de lo que había dicho, Sloat abrió la caja y sacó el gato. En un tiempo se había
ocupado de las reparaciones. Y por cierto que muy bien.
Isidore dijo:
—Se me ha ocurrido que el Amigo Buster y el Mercerismo están en pugna por el
control de nuestro yo psíquico.
—Si es así —repuso Sloat mientras examinaba al gato—, Buster está ganando.
—Por ahora sí —dijo Isidore—, pero finalmente perderá. Sloat alzó la cabeza y lo miró
fijamente.
—¿Por qué?
—Porque Wilbur Mercer se renueva continuamente. Es eterno. En la cima de la colina
cae derribado; se hunde en el mundo-tumba, y luego, inevitablemente, vuelve a elevarse.
Y nosotros con él. Así que también nosotros somos eternos —se sentía bien, y hablaba
claramente. Normalmente, en presencia del señor Sloat tartamudeaba.
Sloat respondió:
—Buster es inmortal, como Mercer. No hay ninguna diferencia.
—Pero ¿cómo puede ser? Si es un hombre...
—No sé —dijo Sloat—. Pero es cierto. Por supuesto, jamás han dicho nada.
—¿Será por eso entonces que Buster puede hacer cuarenta y seis horas de show por
día?
—Así es —respondió Sloat.
—¿Y Amanda Werner, y las demás mujeres?
—También son inmortales.
—¿Son alguna forma superior de vida, de otro sistema?
—Nunca he podido determinarlo con seguridad —dijo el señor Sloat, que continuaba
examinando al animal—, como lo he hecho de modo concluyente en el caso de Wilbur
Mercer —se quitó las gafas cubiertas de polvo y miró sin ellas la boca entreabierta del
gato. Luego soltó una maldición, una larga retahíla de improperios que duró, ajuicio de
Isidore, un minuto completo—. Este gato no es falso —dijo finalmente—. Siempre supe
que podía ocurrir una cosa así. Y está muerto —miró el cadáver del gato y volvió a
maldecir.
En la puerta del despacho apareció Milt Borogrove, corpulento, de piel granulada, con
la sucia bata de lona azul.
—¿Qué ocurre? —preguntó. Al ver al gato, entró en el despacho y lo alzó.
—Lo acaba de traer el cabeza de chorlito —respondió Sloat. Nunca había usado esa
expresión en presencia de Isidore.
—Si viviera —dijo Milt—, podríamos llevarlo a un verdadero veterinario. Me pregunto
cuánto valdrá... ¿No hay un ejemplar del Sidney?
—¿Sss-ssu ss-sseg-gugugu seguro lo cucucucubre? —le preguntó Isidore al señor
Sloat. Le temblaban las piernas, y sentía que la habitación se tornaba castaño oscuro con
manchitas verdes.
—Sí —respondió finalmente Sloat—. Pero me duele la pérdida, la pérdida de otra
criatura viviente. ¿No te diste cuenta, Isidore? ¿No veías la diferencia?
—Yo creí que era una imitación de primera —logró articular Isidore—, tan buena que
me engañó. Quiero decir, que parecía vivo y que...
—No creo que Isidore pudiera ver la diferencia —dijo bonachonamente Milt—. Para él,
todos están vivos, incluso los seudo-animales. Y seguramente intentó salvarlo. ¿Qué
hiciste? Trataste de recargar la batería..., ¿verdad? —preguntó a Isidore—. ¿O de
localizar el cortocircuito?
—Sí —admitió Isidore.
—Probablemente ya era tarde para salvarlo —agregó Milt—. Deja en paz a Isidore,
Han. No le falta razón: los seudo-animales están empezando a ser casi reales, con esos
circuitos de enfermedad que les ponen a los últimos modelos. Y los animales de verdad
se mueren: ése es el riesgo de tener uno. Lo que sucede es que nosotros no estamos
acostumbrados porque sólo nos ocupamos de los falsos.
—Una maldita pérdida —insistió Sloat.
—Pero según Mmemercer —observó Isidore—, to-toda vida retorna. Y los animales
tatambién cucumplen el ciclo. Quiero decir, todos ascendemos con él, morimos y...
—Eso se lo dirás al dueño del gato —repuso Sloat. Sin saber si su jefe hablaba
seriamente, Isidore dijo:
—¿Quiere decir que yo debo hacerlo? Pero siempre se ocupa usted mismo del
videófono —le tenía fobia al videófono; y hacer una llamada, sobre todo a un
desconocido, le resultaba virtualmente imposible. Y el señor Sloat, naturalmente, lo sabía.
—No lo obligues —dijo Milt—. Yo lo haré. ¿Cuál es el número?
—Lo he metido en alguna parte —replicó Isidore, buscando en los bolsillos de su bata.
—Quiero que llame el cabeza de chorlito —ordenó Sloat.
—Pero no puedo usar el videófono —protestó Isidore, angustiado—. Porque soy feo,
agachado, peludo, ceniciento y de dientes separados. Y, además, me siento mal a causa
de la radiación. Creo que me voy a morir.
Milt sonrió y dijo:
—Creo que si yo me sintiera así tampoco usaría el videófono. Vamos, Isidore; si no me
dices el número del dueño no podré llamar y tendrás que hacerlo tú.
—O llama el cabeza de chorlito, o está despedido —Sloat no se dirigía a Milt ni a
Isidore, sólo miraba al frente.
—Vamos —protestó Milt.
—No-no-no quiero que-que me llame ca-cabeza de chor chorlito. El pol-polvo le ha
hecho daño a us-usted también. Aunque no en el cerebro, como a mí —estoy despedido,
pensó. No puedo hacer esa llamada. Pero entonces recordó que el dueño del gato se
había marchado a trabajar. No habría nadie en la casa—. Bue-bueno, llamaré —dijo,
sacando la tarjeta con el número.
—¿Ves? —le dijo el señor Sloat a Milt—. Si tiene que hacerlo, lo hace.
Sentado ante el videófono, con el receptor en la mano, Isidore llamó.
—Sí —respondió Milt—. Pero no deberías exigírselo. Y tiene razón: también a ti te ha
afectado el polvo. Estás casi ciego y dentro de un par de años no oirás nada.
—Y tu cara parece alimento para perros —le recordó Sloat. En la pantalla apareció una
cara de mujer centroeuropea, de aire ansioso, con el pelo atado en un rodete alto.
—¿Sí? —dijo.
—¿Ss-señora Pilsen? —dijo Isidore, presa del pánico. No había previsto que el
propietario del gato pudiera tener una esposa que estaba en su casa—. Le hablo por el gg-
g-g-... —se interrumpió y se frotó el mentón para reprimir el tic—. Por su gato.
—Ah, sí. Usted se llevó a Horace —dijo la señora Pilsen—. ¿Era finalmente
neumonitis? Eso es lo que pensaba el señor Pilsen.
—Su gato se murió —dijo Isidore.
—Oh, no, por Dios.
—Lo reemplazaremos. Tenemos seguro —miró al señor Sloat, que parecía estar de
acuerdo —. El director de nuestra firma, señor Hannibal Sloat, se ocupará personalmente
de...
—No —objetó Sloat—. Le daremos un talón. Por el precio del catálogo de Sidney.
—...de elegir un nuevo animal para usted —después de comenzar una conversación
que no podía soportar, tampoco podía retroceder. Lo que decía estaba dotado de una
lógica intrínseca que no podía interrumpir, y que debía llegar hasta su propia conclusión.
Tanto el señor Sloat como Milt Borogrove lo miraban mientras continuaba—: Por favor,
dígame que clase de gato desea. El color, el sexo, el tipo, como persa, siamés, abisinio...
—Horace ha muerto —dijo la señora Pilsen.
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—Padecía de neumonitis —dijo Isidore—. Murió durante el viaje al hospital. Nuestro
médico jefe, el doctor Hannibal Sloat, expresó la opinión de que, dado su estado, nada
habría podido salvarlo. Pero, ¿no es afortunado, señora Pilsen, que lo podamos
reemplazar? ¿No cree usted?
Con lágrimas en los ojos, la señora Pilsen respondió:
—No hay otro gato como Horace. Cuando era un gatito, solía pararse y miramos como
si preguntara algo. Nunca supimos cuál era la pregunta. Quizás ahora sepa la respuesta
—brotaron más lágrimas—. Y finalmente a todos nos ocurrirá lo mismo. Isidore tuvo una
inspiración.
—¿No querría un duplicado exacto de su gato, eléctrico? Podríamos ofrecerle un
magnífico trabajo artesanal de Wheelright & Carpenter en que cada detalle del animal
desaparecido sea fielmente...
—Pero eso es terrible —protestó la señora Pilsen—. ¿Qué me dice usted? No se lo
proponga a mi esposo; si Ed se enterara se enfurecería. Amaba a Horace más que a
cualquier otro gato de los que ha tenido, y ha tenido gatos desde su infancia...
Cogiendo el videófono, Milt dijo:
—Podemos entregarle un talón por la cantidad estipulada en el catálogo de Sidney, o
como ha sugerido el señor Isidore, elegir un gato nuevo para usted. Lamentamos mucho
la muerte de su gato, pero como le ha dicho el señor Isidore, el animal tenía neumonitis,
que es casi siempre fatal —su tono era profesional. De los tres miembros del hospital de
animales Van Ness, Milt era el mejor cuando de llamadas videofónicas se trataba.
—No me atreveré a contárselo a mi marido —respondió la señora Pilsen.
—Muy bien, señora —dijo Milt, con un mohín—. Nosotros lo llamaremos. ¿Quiere
decirme el número de su despacho? —buscó papel y un bolígrafo, que el señor Sloat le
alcanzó.
—Escuche —dijo la señora Pilsen, que parecía más compuesta—. Tal vez el otro señor
tuviera razón. Tal vez debería pedir un sustituto eléctrico de Horace. Pero Ed no debería
saberlo nunca. ¿Es posible una reproducción tan fiel que mi marido no se de cuenta?
—Si usted lo desea —respondió Milt, dudando—. Pero según nuestra experiencia, el
propietario del animal nunca se engaña. Observadores casuales, como los vecinos, sí;
pero si uno se acerca mucho a un animal falso...
—Ed nunca se acercaba físicamente a Horace, aunque lo quería. Yo me he ocupado
siempre de todas las necesidades materiales de Horace, incluso de su caja de arena.
Creo que me gustaría hacer la prueba con un animal falso. Si eso no diera resultado,
pediría un gato verdadero... No quiero que mi esposo se entere, no podría soportarlo. Por
eso no se acercaba nunca a Horace. Le daba miedo. Y cuando se enfermó, de
neumonitis, como me han dicho, Ed se aterrorizó. Simplemente, no quería reconocer el
hecho. Por eso esperamos tanto antes de llamar. Demasiado...
Y yo lo sabía..., antes de que me llamaran. Lo sabía —ahora sus lágrimas estaban
dominadas—. ¿Cuánto tiempo le llevaría?
—Podríamos tenerlo listo en diez días —calculó Milt—. Se lo entregaremos de día,
mientras su marido está en el trabajo. Se despidió, colgó, y luego le dijo al señor Sloat:
—El marido se dará cuenta en cinco segundos. Pero eso es lo que ella quiere.
—Los propietarios de animales, cuando los quieren —observó sombríamente el señor
Sloat —quedan destrozados en estos casos. Me alegro de no tener nada que ver con
animales reales.
—¿Comprendéis que los veterinarios se vean obligados a hacer llamados como éste
todo el tiempo? —miró a John Isidore—. Después de todo, en algunos aspectos no eres
tan estúpido. Has llevado el asunto bastante bien. Aunque Milt tuviera que intervenir.
—Lo estaba haciendo muy bien —dijo Mil—. Ha sido terrible, por Dios —recogió el
cadáver de Horace—. Lo llevaré abajo. Han, llama a Wheelright & Carpenter y haz que
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venga el constructor a fotografiarlo y tomar las medidas. No les permitiré que se lo lleven
a su taller; quiero comparar personalmente el resultado.
—Será mejor que llame Isidore —resolvió el señor Sloat—. El empezó con este asunto.
Si pudo arreglarse con la señora Pilsen podrá también tratar con Wheelright & Carpenter.
—Haz que no se lleven el cuerpo original —dijo Milt, alzando a Horace—. Querrán
hacerlo porque les facilitaría la tarea. Tendrás que ser firme.
—Está bien —respondió Isidore, parpadeando—. Quizá será mejor que llame ahora
mismo, antes de que empiece a decaer. ¿No decaen, o algo así, los cuerpos muertos?
Estaba feliz.
Después de aparcar el veloz coche aéreo del departamento en el terrado de la Corte de
Justicia de San Francisco, en la calle Lombard, el cazador de bonificaciones Rick
Deckard, con su cartera en la mano, bajó al despacho de Harry Bryant.
—Vuelve usted muy pronto —dijo su jefe, echándose atrás en su sillón y cogiendo una
pizca de rapé Specific No. 1.
—He logrado hacer lo que usted me ha pedido —Rick se sentó ante la mesa y en ella
puso la cartera. Estoy cansado, se dijo; ya de regreso, la fatiga había caído sobre él. Se
preguntó si podría recobrarse para afrontar la tarea que le aguardaba—. ¿Cómo está
Dave? ¿Podré hablar con él? Querría hacerlo antes de empezar con los andrillos.
—Antes tendrá que ocuparse de Polokov, el que disparó contra Dave. Conviene
hacerlo ahora mismo, porque sabe que lo estamos siguiendo.
—¿Antes de hablar con Dave?
Bryant cogió una hoja de papel muy fino, una borrosa tercera o cuarta copia.
—Polokov ha conseguido un empleo oficial como recolector de basuras.
—¿Pero no son solamente los especiales quienes hacen ese tipo de trabajo?
—Polokov imita a un especial muy deteriorado. Eso engañó a Dave. Creo que Polokov
es tan parecido a un cabeza de chorlito que por eso Dave no lo tomó en consideración.
¿Está usted seguro del test de Voigt-Kampff? ¿Le consta absolutamente, por lo ocurrido
en Seattle, que...
—Sí —respondió Rick, sin dar más explicaciones.
—Acepto su palabra —dijo Bryant—. Pero no debe haber el menor error.
—Como siempre en la caza de andrillos. Este caso no es distinto.
—El Nexus-6 es distinto.
—Ya he conocido uno —dijo Rick—. Y Dave ya ha visto a dos. Tres, si contamos a
Polokov. Está bien. Retiraré hoy a Polokov, y quizás esta noche o mañana hable con
Dave.
Cogió la copia borrosa, el informe sobre el androide Polokov.
—Otra cosa —agregó Bryant—. Un policía soviético de la WPO viene hacia aquí.
Llamó mientras usted estaba en Seattle; viaja en un cohete de Aeroflot que ha de llegar
dentro de una hora. Su nombre es Sandor Kadalyi.
—¿Qué quiere? —los policías de la WPO no venían con frecuencia a San Francisco.
—La WPO está bastante interesada en los nuevos modelos Nexus-6, tanto como para
enviar un observador. Además, si es que puede, le ayudará. Usted decidirá si acepta o no
su ayuda, y en qué momento. Yo ya le he dado permiso.
—¿Y la bonificación? —preguntó Rick.
—No tendrá usted que dividirla —respondió Bryant, con una sonrisa arrugada.
—No me parecería justo —Rick no tenía la menor intención de compartir sus ganancias
con un bandido de la WPO. Estudió el informe sobre Polokov: daba una descripción del
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hombre (del andrillo) y el nombre y dirección de la empresa en que trabajaba: la Bay Área
Scavenger Company, de Geary.
—¿Prefiere esperar al policía soviético antes de retirar a Polokov? —preguntó Bryant.
—Siempre he trabajado solo —respondió Rick, irritado—. Por supuesto, la decisión es
suya y haré lo que me diga. Pero me gustaría coger ahora mismo a Polokov, sin esperar a
Kadalyi.
—Adelante, entonces —aprobó Bryant—. Podrá trabajar con Kadalyi en el caso
siguiente, un tal Luba Luft... Aquí está el informe.
Rick guardó los papeles en su cartera, abandonó el despacho de su jefe y regresó al
terrado, donde estaba aparcado su coche aéreo.
Ahora, se dijo, a visitar al señor Polokov.
Acarició su tubo láser y subió.
Como primer paso en su cacería del androide Polokov, Rick descendió en la Bay
Scavengers Company.
—Estoy buscando a uno de sus empleados —dijo a la mujer, severa y de pelo gris, que
atendía la recepción.
El edificio le impresionó: era grande, moderno, y en su interior trabajaba gran cantidad
de personal administrativo de alta categoría. Las gruesas alfombras y los costosos
escritorios de auténtica madera le recordaron que la recogida y eliminación de basura era,
después de la guerra, una de las industrias más importantes. Todo el planeta había
empezado a desintegrarse, y para mantenerlo habitable era preciso limpiarlo de vez en
cuando, o bien, como solía decir el Amigo Buster, la Tierra desaparecería bajo una capa
de kippel, y no de polvo radiactivo..., como sería de esperar.
—El señor Ackers es el jefe de personal —dijo la mujer de la recepción, indicándole un
impresionante escritorio de roble (aunque de imitación), donde un individuo pequeño,
estirado, de gafas, aparecía hundido entre pilas de papeles.
Rick presentó al jefe de personal su carnet policial.
—¿Dónde se encuentra en este momento el empleado Polokov? ¿En su casa o en el
trabajo?
Después de consultar de mala gana sus registros, el señor Ackers respondió:
—Polokov debe de estar trabajando en este momento. Se ocupa de prensar viejos
coches aéreos en nuestra desguazadora de Daly City, y de arrojar los restos a la Bahía.
Sin embargo... —el hombre consultó otro documento, cogió el videófono y llamó a otra
persona del edificio—. Entonces, no está —dijo, después de una breve consulta; y
dirigiéndose a Rick, agregó—: Polokov no ha venido hoy, ni ha dado aviso. ¿Qué ha
hecho?
—Si aparece —ordenó Rick—, no le diga que he estado aquí. ¿Comprendido?
—Sí —dijo Ackers, resentido porque sus profundos conocimientos en materia policial
no eran demasiado apreciados.
Con el coche aéreo del departamento, Rick se dirigió luego a la casa de Polokov, en el
Tenderloin. Nunca lo cogeremos, pensó. Los dos —Bryant y Holden— han perdido
tiempo. En lugar de enviarme a Seattle, Bryant debió de haberme ordenado que
persiguiera a Polokov. Anoche mismo, apenas Dave fue herido.
Qué lugar inmundo, se dijo mientras se dirigía por el terrado hacia el ascensor.
Corrales abandonados, cubiertos por una capa de polvo de meses. En una jaula, un
seudo-animal, una gallina que no funcionaba... El ascensor descendió hasta el piso de
Polokov, halló el pasillo sin luz, como una galería subterránea. Utilizando su linterna
policial sellada, de energía A, iluminó el lugar y releyó su copia al carbón. A Polokov se le
había hecho el test de Voigt-Kampff; por lo tanto, podía ahorrarse ese punto y abocarse
directamente a la tarea de destruirlo.
Lo mejor era atacar desde fuera, resolvió. Abrió su equipo de armas, sacó un
transmisor nodireccional de ondas Penfield, y marcó el código de catalepsia
protegiéndose contra la emanación de ánimo correspondiente por medio de una contratransmisión
dirigida a sí mismo. Ahora deben estar todos congelados, se dijo mientras
cerraba el transmisor; todos los humanos y andrillos que se encuentren cerca. No corre el
menor peligro. Sólo debo entrar y atacar con el láser. Suponiendo, desde luego, que esté
en casa, lo cual no es probable. Con una llave infinita, capaz de analizar y abrir todas las
cerraduras conocidas, entró en el apartamento de Polokov, con su arma láser en la mano.
Polokov no estaba. Solamente muebles semiarruinados, un lugar habitado por la
decadencia y el kippel. No había artículos personales: sólo los restos sin dueño
heredados por Polokov al instalarse, y legados a su partida al próximo ocupante, si lo
había. Era obvio, se dijo. La primera bonificación de mil dólares se había esfumado;
Polokov estaría ahora en el Círculo Antártico, fuera de su jurisdicción, y otro cazador de
bonificaciones de otra agencia policial se ocuparía de retirarlo y de recibir el dinero. Habrá
que continuar con los androides que no estén sobre aviso, corno Luba Luft.
De regreso en el terrado, llamó desde el coche aéreo a Harry Bryant.
—No tuve suerte con Polokov. Probablemente, se ha marchado después de atacar a
Dave —consultó su reloj—. ¿Quiere que busque a Kadalyi en el aeropuerto? Ganaré
tiempo, y estoy ansioso por comenzar con la señorita Luft —ya tenía el informe a la vista,
y empezaba a estudiarlo.
—Buena idea —respondió Bryant—. Sólo que el señor Kadalyi ya está aquí. El cohete
de Aeroflot llegó temprano, como de costumbre, según Kadalyi. Un momento —hubo un
diálogo invisible—. Dice que irá a buscarlo a donde usted se encuentra ahora —agregó
Bryant cuando reapareció en la pantalla—. Mientras tanto, infórmese sobre la señorita
Luft.
—Cantante de ópera, procedente de Alemania, al parecer. Actualmente pertenece a la
Opera de San Francisco —asintió reflexivamente, abstraído en el informe—. Debe tener
buena voz, para haber conseguido una conexión tan rápida. Está bien, esperaré aquí a
Kadalyi —dio su situación a Bryant y cortó.
Me presentaré como un amante de la ópera, resolvió Rick. Me encantaría verla como
Doña Ana en Don Giovanni. Tengo en mi colección registros de antiguas divas como
Elisabeth Schwarzkopf, Lotte Lehmann y Lisa della Casa; eso me dará tema mientras
preparo el equipo Voigt-Kampff.
Sonó el videófono del coche y cogió la llamada. La telefonista policial dijo:
—Señor Deckard, hay una llamada de Seattle para usted. El señor Bryant me pidió que
se la pasara. Es de la Rosen Association.
—Está bien —respondió Rick. ¿Qué querrán? Hasta el momento, de los Rosen, sólo
malas noticias. Y nada hacía presumir que eso cambiaría en adelante, sea como fuese lo
que le propusieran.
En la pequeña pantalla apareció la cara de Rachael Rosen.
—Hola, agente Deckard —el tono parecía conciliatorio, lo cual le llamó la atención—.
¿Está ocupado o podemos hablar?
—Continúe.
—En la compañía hemos estado pensando en usted y en los modelos Nexus-6
fugitivos.
Creemos que tendría usted mejores probabilidades si uno de nosotros, que los
conocemos bien, trabajara con usted.
—¿De qué manera?
—Pues, si le acompañara durante la persecución.
—¿Por qué? ¿Qué cambiaría con eso?
—Un Nexus-6 se asustaría si un ser humano se acercara —dijo Rachael—. Pero si
fuera otro Nexus-6...
—Se refiere usted a sí misma, ¿no?
—Sí —asintió ella, gravemente.
—Ya tengo suficiente ayuda.
—Pero de verdad, creo que me necesita.
—Lo dudo. Lo pensaré y volveré a llamarla.
En algún momento remoto e indeterminado, se dijo. O quizá nunca. Eso es lo que me
faltaba:
Rachael Rosen brotando del polvo de cada paso.
—No piensa hacerlo —replicó Rachael—. No me llamará. Y no comprende todo lo
eficiente que es un Nexus-6 ilegal y fugitivo. Usted solo no podrá. Y nosotros pensamos
que se lo debemos a causa de... Usted sabe..., de lo que hicimos.
—Tendré en cuenta el consejo —se dispuso a cortar.
—Sin mí —agregó Rachael—, uno de ellos se le adelantará.
—Adiós —dijo Rick, y colgó. ¿Adónde hemos llegado? ¿Es posible que un androide le
ofrezca ayuda a un cazador de bonificaciones? Llamó a la telefonista policial.
—No me pase más comunicaciones de Seattle —ordenó.
—Está bien, señor Deckard. ¿Ha llegado el señor Kadalyi?
—Aún lo estoy esperando. Y será mejor que se de prisa, no pienso estar mucho tiempo
aquí... Colgó, y mientras continuaba su lectura del informe sobre Luba Luft, un taxi aéreo
descendió en el terrado a pocos metros. Descendió un hombre de cara roja y angelical, de
unos cincuenta y tantos años, con un pesado e imponente abrigo ruso. Se acercó con la
mano tendida.
—¿El señor Deckard? —preguntó con acento eslavo—. ¿El cazador de bonificaciones
del departamento de policía de San Francisco? —el taxi se elevó y el ruso lo miró partir,
con aire ausente—. Yo soy Sandor Kadalyi— se presentó, al tiempo que abría la puerta
para sentarse al lado de Rick.
Mientras ambos cambiaban un apretón de manos, Rick advirtió que el representante de
la WPO llevaba un tipo de arma láser que jamás había visto hasta ese momento.
—Ah, ¿esto? —dijo Kadalyi—. Interesante, ¿verdad? —la extrajo de la funda—. Lo
conseguí en Marte.
—Pensé que ya conocía todas las armas cortas —se lamentó Rick—. Incluso las
fabricadas en las colonias.
—Esta la hacemos nosotros —dijo Kadalyi, resplandeciente como un Santa Claus
eslavo, con su cara rubicunda llena de orgullo—. ¿Le gusta? La única diferencia funcional
es que... Tome, examínelo.
Le entregó el arma a Rick, que la estudió con la pericia de años de experiencia.
—¿Cuál es la diferencia? —preguntó Rick, con un marcado interés.
—Apriete el gatillo.
Apuntando hacia fuera, por la ventanilla, Rick lo hizo. No ocurrió nada. Sorprendido,
miró a Kadalyi.
—El circuito disparador no está en el arma —explicó alegremente el ruso—. Lo tengo
conmigo, ¿ve? —abrió la mano y dejó ver una minúscula unidad—. Y, además, puedo
dirigir el rayo, dentro de ciertos límites, aunque el arma apunte a otro lado.
—Usted no es Polokov, sino Kadalyi —dijo Rick.
—¿No será al revés? Parece usted confundido...
—Quiero decir que usted es Polokov, el androide, y no un hombre de la policía
soviética —Rick oprimió con el pie el botón de emergencia que había en el suelo del
coche.
—¿Por qué no funciona mi tubo láser? —preguntaba Kadalyi-Polokov mientras oprimía
reiteradamente el aparato miniaturizado de disparo y puntería que tenía en la palma de la
mano.
—Por la onda sinusoidal —explicó Rick—. Una onda sinusoidal desfasa el rayo láser y
lo convierte en luz ordinaria.
—Entonces tendré que romperle el cuello —el androide soltó el aparato y se lanzó
contra Rick, gruñendo.
Mientras las manos del androide buscaban su garganta, Rick disparó desde la pistolera
su revólver de reglamento de estilo antiguo; la bala de calibre 38 magnum atravesó la
cabeza de Polokov y destrozó su caja cerebral. La unidad Nexus-6 voló hecha añicos,
causando una furiosa corriente de aire en el interior del coche: Rick se vio rodeado de un
torbellino de minúsculos elementos y polvo radiactivo. Los restos del androide retirado
cayeron hacia atrás, rebotaron en la puerta, lo golpearon y Rick tuvo que luchar para
quitarse de encima el cuerpo, que se sacudía con movimientos espasmódicos.
Tembloroso, llamó por fin a la corte de Justicia.
—Deseo elevar un informe. Avise a Harry Bryant que he retirado a Polokov.
—El señor Bryant sabrá de qué se trata, ¿verdad?
—Sí.
Rick cortó la comunicación. Por Dios, había faltado poco. Ante la advertencia de
Rachael Rosen, pasé al otro extremo. Me descuidé y el androide casi termina conmigo, se
dijo, recapitulando. Pero he vencido. Sus glándulas adrenales dejaron gradualmente de
secretar en el torrente sanguíneo; sus latidos ya retornaban a la normalidad, así como su
respiración. Pero aún temblaba.
De cualquier modo, se recordó, acabo de ganar mil dólares. Valía la pena. Y he
reaccionado con mayor velocidad que Dave Holden. Aunque, naturalmente, estaba
preparado por lo que le había ocurrido a él. Dave, debo admitirlo, no tuvo ningún aviso.
Nuevamente cogió el videófono y llamó a su casa, a Irán. Logró encender un cigarrillo:
el temblor había empezado a desvanecerse.
La cara de su mujer, agotada por las seis horas de depresión culposa que se había
programado, apareció en la pantalla.
—Oh, hola, Rick.
—¿Qué ocurrió con el 594 que marqué antes de salir..., reconocimiento satisfecho
de...?
—Volvía discar apenas te marchaste. ¿Qué quieres? —su voz se convirtió en un
monótono ronroneo abatido—. Estoy tan cansada... No me quedan esperanzas; ni en
nuestro matrimonio ni en ti, que en cualquier momento puedes ser víctima de un andrillo...
¿Qué quieres decirme, Rick? ¿... que te ha disparado un andrillo? —en el fondo se oía,
borrando casi las palabras de Irán, la baraúnda del Amigo Buster.
Rick veía el movimiento de los labios de Irán, pero oía solamente la TV.
—Escucha —dijo—. ¿Me oyes? Tengo una misión: un nuevo tipo de androide que
nadie más puede manejar. Ya he retirado uno, lo que significa mil dólares para empezar.
¿Sabes lo que nos compraremos?
Irán lo miró sin verlo.
—Ah —dijo.
—Aún no te lo he dicho —esta vez su depresión era tanta que ni siquiera podía oír, era
como hablar en el vacío—. Te veré por la noche —concluyó amargamente Rick, y dejó
caer con violencia el receptor. Maldito sea, se dijo. ¿De qué sirve que arriesgue mi vida?
No le importa que tengamos o no un avestruz. Nada le interesa. Habría sido mejor que
nos separáramos hace dos años, cuando lo habíamos resuelto. Y todavía estoy a tiempo.
Se inclinó, recogió los papeles caídos, incluido el informe sobre Luba Luft. No tengo
apoyo, pensó. La mayoría de los androides que he conocido tenían más deseo de vivir
que mi esposa. Irán no tiene nada que ofrecerme.
Eso le hizo recordar a Rachael Rosen. Su advertencia acerca de los Nexus-6 era
justificada. Si no le interesaba la bonificación, quizá podría aceptar su ofrecimiento. El
encuentro con Kadalyi-Polokov había modificado decisivamente sus puntos de vista. Rick
encendió el motor del coche aéreo y se elevó rápidamente en dirección a la Opera,
construida en memoria de la guerra, donde, según las notas de Dave Holden, podía
encontrar a esa hora a Luba Luft.
Se preguntó cómo sería. Ciertos androides femeninos no le disgustaban: en varios
casos se había sentido atraído físicamente. Era una sensación curiosa la de saber
intelectualmente que eran máquinas, y experimentar, sin embargo, reacciones
emocionales. ¿Y Rachael Rosen? No, es demasiado delgada, pensó. No está bien
desarrollada, no tiene senos. Una figura como la de un chico, lisa y suave. Podía
encontrar algo mejor. ¿Cuántos años tenía Luba Luft según el informe? Alzó los
arrugados folios y buscó «edad»: veintiocho años, decía el informe, que también
agregaba como aclaración, «en apariencia»; no había otra forma de juzgar a los
androides.
Es una suerte saber algo de ópera, reflexionó Rick. Esa es otra ventaja que tengo
sobre Dave; sentir más interés por la cultura.
Probaré con otro andrillo antes de pedir ayuda a Rachael, decidió. Si la señorita Luft
resulta demasiado competente... Pero tenía la intuición de que no sería así. El más
peligroso era Polokov. Los demás, sin saber que alguien los perseguía, se derrumbarían
uno tras otro. Mientras descendía hacia el amplio y adornado terrado de la Opera cantó
en voz alta un potpourri de arias con palabras seudo italianas improvisadas en el
momento. Incluso sin un órgano de ánimos Penfield a mano su espíritu estaba lleno de
optimismo, de ávida y jubilosa anticipación.
En el inmenso vientre de ballena de piedra y metal que era el interior de la Opera, Rick
Deckard veía que se estaba desarrollando un ensayo ruidoso, resonante y no del todo
logrado. Inmediatamente reconoció la música: La flauta mágica, de Mozart. Las últimas
escenas del primer acto. Los esclavos, es decir el coro, se habían adelantado un compás,
estropeando así el ritmo sencillo de las campanas milagrosas.
Un placer. Le encantaba La flauta mágica. Se sentó en una butaca de la platea (nadie
parecía reparar en él) y se instaló allí cómodamente. En ese momento, Papageno, con su
fantástica pelliza de plumas, se unía a Pamina para cantar un dúo que a Rick le llenaba
los ojos de lágrimas cada vez que lo evocaba.
Könnte jeder brave Mann
solche Glöckchen finden,
seine Feinde würden dann
ohne Mühe schwinden.
En la vida real, pensaba Rick, no hay campanillas mágicas como ésas para hacer que
el enemigo desapareciera sin el menor esfuerzo. Era una lástima. Mozart había muerto
poco después de terminar La flauta mágica, a causa de una enfermedad renal. Y había
sido enterrado en la fosa común, sin identificación. Al recordarlo, se preguntó si Mozart
habría tenido la intuición de que el futuro no existía, de que ya había utilizado todo su
breve tiempo. Quizá también yo lo haya hecho, pensó Rick mientras contemplaba el
ensayo. Este ensayo terminará, la representación también, los cantantes morirán y
finalmente la última partitura de la música será destruida de un modo u otro, el nombre de
Mozart se desvanecerá y el polvo habrá vencido, si no en este planeta en otro cualquiera.
Sólo podemos escapar por un rato. Y los andrillos pueden escapar de mí, y sobrevivir un
rato más. Pero los alcanzaré, o lo hará algún otro cazador de bonificaciones. En cierto
modo, observó, yo soy una parte del proceso de destrucción entrópica de las formas. La
Rosen Association crea y yo destruyo. O al menos, eso debe parecerle a los androides.
En el escenario, Papageno y Pamina dialogaban: interrumpió sus reflexiones para
escuchar.
Papageno: Hija mía, ¿qué debemos decir ahora?
Pamina: La verdad. Eso es lo que diremos.
Rick se inclinó hacia delante y estudió a Pamina. Un pesado manto la envolvía, y el
velo que caía de su tocado cubría su cara y sus hombros. Volvió a examinar el informe y
se echó atrás, satisfecho. Este es el tercer androide Nexus-6 que veo, pensó: Luba Luft.
El sentimiento que exige su rol parece levemente irónico. Un androide fugitivo puede
parecer una mujer vital, activa y hermosa; pero difícilmente puede decir la verdad acerca
de sí mismo. Luba Luft cantaba, y a Rick le asombró la calidad de su voz. Estaba a la
altura de las mejores de su colección de antiguos registros. No se podía negar que la
Rosen Association la había construido maravillosamente. Y una vez más se vio a sí
mismo sub especie aeternitatis como un destructor de formas obligado a actuar por lo que
allí oía y veía. Tal vez soy tanto más necesario cuanto mejor cantante sea, se dijo, cuanto
mejor funcione. Si los androides se hubiesen mantenido en el nivel discreto del antiguo Q-
40, de Derain Associates, por ejemplo, entonces no habría ningún problema ni sería
necesaria mi habilidad. Me pregunto cuándo atacaré. Lo antes posible, supongo. Al final
del ensayo, cuando ella vuelva a su camarín.
El ensayo quedó interrumpido al final del primer acto. El director dijo en inglés, francés
y alemán que continuarían una hora y media más tarde, y se marchó. Los músicos
abandonaron sus instrumentos y también salieron. Rick se puso de pie y se dirigió a los
camarines por detrás del escenario, siguiendo a los últimos miembros del elenco, y
tomándose tiempo para reflexionar. Lo mejor es resolverlo de inmediato, se dijo. Me
demoraré lo menos posible en hablar con ella y aplicarle el test. Apenas esté seguro...
Pero, técnicamente, no podía estar seguro mientras no hiciera el test. Dave podía haberse
equivocado. Ojalá. Pero lo dudaba. Su sentido profesional le decía que estaba en lo
cierto. Y en los años que llevaba en el departamento jamás había cometido un error...
Detuvo a un comparsa y le preguntó por el camarín de la señorita Luft. El hombre,
maquillado y vestido como un lancero egipcio, se lo indicó. Rick llegó a la puerta señalada
y vio una tarjeta escrita con tinta que ponía MISS LUFT. PRÍVATE. Golpeó.
—Adelante.
Entró. La muchacha estaba sentada ante su tocador, con una usada partitura abierta
sobre las rodillas haciendo señales aquí y allá con un bolígrafo. Todavía conservaba su
maquillaje y su ropa, excepto su toca, colocada en una percha.
—¿Sí? —dijo ella, alzando la vista. La pintura facial agrandaba sus ojos; castaños,
enormes, se clavaron en él sin vacilar—. Estoy trabajando, como usted puede ver —su
inglés no tenía el menor acento extranjero.
—Usted es superior a la Schwartkopf —dijo Rick.
—Y usted, ¿quién es? —su tono expresaba una fría reserva, y también ese otro frío
que había encontrado en tantos androides. Siempre lo mismo. Un intelecto maravilloso, la
capacidad de hacer muchas cosas, pero también esa frialdad. Lo lamentaba. Y, sin
embargo, sin ella no le habría sido posible rastrearlos.
—Pertenezco al departamento de policía de San Francisco —respondió.
—¿Sí? ¿Y qué desea aquí? —los intensos ojos no parpadearon en la respuesta. La
voz, curiosamente, parecía cortés. Rick se sentó en una silla y abrió su cartera.
—He venido a hacerle un test de perfil de personalidad. No llevará más de unos
minutos.
—¿Es necesario? —señaló su partitura—. Tengo mucho que hacer —comenzaba a
mostrarse aprensiva.
—Es necesario —Rick extrajo los instrumentos de Voigt-Kampff y empezó a
prepararlos.
—¿Un test de CI?
—No. De empatía.
—Tengo que ponerme las gafas —se movió para abrir una gaveta de su tocador.
—Si puede anotar su partitura sin las gafas también puede hacer sin ellas el test. Le
mostraré algunas figura y le haré unas preguntas. Mientras tanto... —se puso de pie, se
acercó a ella e inclinándose, ajustó el disco adhesivo de malla metálica sensible a su
mejilla—. Y esta luz —agregó, ajustando el ángulo del haz de luz—, y ya está.
—¿Cree que soy una androide? ¿Es por eso? —su voz parecía desvanecida—. No lo
soy.
Jamás he estado en Marte, jamás he visto siquiera un androide —sus pestañas
alargadas temblaron involuntariamente; él advirtió que trataba de mostrarse tranquila—.
¿Ha recibido usted la información de que hay un androide en el elenco? Me gustaría
ayudarle. Si fuera una androide no querría hacerlo.
—A un androide no le importa lo que le ocurra a otro androide —respondió él—. Esa es
una de las señales que buscamos.
—Entonces —dijo la Luft—, usted debe ser un androide. Eso lo detuvo. La miró.
—Puesto que su trabajo consiste en matarlos, ¿no es verdad? Es usted lo que llaman...
—trató de recordar.
—Un cazador de bonificaciones. Pero no un androide.
—Y el test que quiere aplicarme —dijo, recuperando la voz—, ¿se lo han hecho a
usted?
—Sí. Hace mucho, mucho tiempo. Cuando empecé a trabajar en el departamento.
—Podría ser una falsa memoria. ¿No se implantan, a veces, falsas memorias en los
androides?
—Mis superiores conocen mi test —dijo Rick—. Es obligatorio.
—Pero quizás había una persona que se le parecía, y de algún modo usted lo mató y
ocupó su lugar. Y sus jefes no tendrían por qué saberlo —sonrió, como invitándolo a estar
de acuerdo.
—Continuemos con el test —dijo él, sacando los folios de preguntas.
—Haré el test —dijo Luba Luft—, si antes lo hace usted. Nuevamente la miró. Se
detuvo en seco.
—¿No sería eso más justo? —preguntó ella—. Así también yo estaría segura de usted.
No sé. Me parece un hombre tan duro y extraño... —se estremeció y volvió a sonreír, con
esperanza.
—No podría usted hacerme el test de Voigt-Kampff; exige una experiencia
considerable.
Ahora escuche atentamente. Las preguntas se refieren a situaciones sociales en que
usted podría verse; deseo que me conteste usted qué haría en ese caso. Y que la
respuesta sea lo más rápida posible. Uno de los factores que tenemos en cuenta es la
demora, cuando la hay —eligió la pregunta inicial—. Está usted mirando la TV y
repentinamente descubre que una avispa trepa por su brazo —miró el reloj para contar los
segundos, y también los medidores gemelos.
—¿Qué es una avispa? —preguntó Luba Luft.
—Un bicho volador que pica.
—¡Qué extraño! —sus ojos inmensos se llenaron de reconocimiento infantil, como si le
hubieran revelado el misterio cardinal de la creación—. ¿Todavía existen? Jamás he visto
una.
—Murieron a causa del polvo. ¿No sabe, realmente, qué es una avispa? Sin embargo,
usted nació cuando todavía había avispas; sólo desaparecieron en...
—Dígame cómo se llaman en alemán.çTrató en vano de recordar la palabra, y dijo irritado:
—Su inglés es perfecto.
—Mi acento es perfecto —corrigió ella—. Es necesario; de otro modo no podría cantar
Purcell, Walton o Vaughan Williams. Pero mi vocabulario no es muy extenso —miró a
Rick con modestia.
—Wespe —recordó él, de repente.
—Ach, sí, eine Wespe —se rió—. Pero, ¿cuál era la pregunta?
—Probaremos con otra —era imposible obtener una respuesta significativa—. Usted ve
una vieja película, anterior a la guerra, en la TV. El entrante —omitió la primera parte—
consiste en perro cocido, relleno de arroz.
—Nadie mataría ni comería un perro —dijo Luba Luft—. Valen una fortuna. Pero sería
un perro de imitación, un ersatz, ¿verdad? Aunque entonces estaría hecho de cables y
motores y no se podría comer.
—Antes de la guerra —subrayó él.
—Pero yo no había nacido.
—Ha visto viejas películas en TV.
—¿Esa estaba filmada en las Filipinas?
—¿Por qué?
—La gente comía perro cocido relleno de arroz en las Filipinas. Recuerdo haberlo
leído.
—Pero su respuesta —insistió Rick—. Quiero su reacción social, emocional, moral...
—¿A la película? —Luba reflexionó—. Cambiaría de programa y vería el del Amigo
Buster.
—¿Porqué?
—¿A quién puede interesarle una vieja película filmada en las Filipinas? —dijo ella
vivamente—. Sólo una cosa recuerdo que haya ocurrido allá: la Marcha de Bataán. ¿Vería
usted eso? —lo miró irritada; las agujas giraban en todas direcciones.
Después de una pausa, él dijo cuidadosamente:
—Ha alquilado una casita en la montaña.
—Ja. Continúe. Estoy esperando.
—La zona es todavía exuberante.
—¿Cómo? —ahuecó la mano en torno del oído—. Perdón, no conozco el término.
—Todavía crecen árboles y arbustos. La casita es de nudosos troncos de pino y hay un
gran hogar. Alguien ha colgado viejos mapas en las paredes, grabados por Currier e Ives.
Encima del hogar hay una cabeza de ciervo con grandes astas. La gente que la
acompaña admira el ambiente y...
—No comprendo «Currier», «Ives» ni «ambiente» —respondió Luba Luft, que parecía
esforzarse por localizar las palabras—. Un momento —alzó la mano, con gravedad—.
Con arroz, como el perro... Currier es lo que hace, del arroz, arroz con currier... Pero se
dice curry en alemán. Rick no podía determinar si la niebla semántica de Luba Luft era
deliberada. Después de consultarlo consigo mismo decidió intentar un nuevo punto del
cuestionario. ¿Qué otra cosa podía hacer?
—Ha salido con un hombre que la invita a visitar su casa. Una vez allí...
—Oh, nein —estalló Luba—. Jamás iría. Eso es fácil de responder.
—¡Pero no es ésa la pregunta!
—¿Se ha equivocado de pregunta? ¡Si ésa yo la comprendía...! ¿Por qué cuando yo
comprendo una pregunta dice usted que ésa no es? ¿Acaso se trata de que yo no
comprenda? —agitada, nerviosa, se frotó la mejilla y arrancó el disco adhesivo, que cayó
al suelo, rodó y se metió debajo del tocador—. Ach Gott —murmuró, inclinándose para
recogerlo. Se oyó un ruido de tela rasgada, su elaborado traje...
—Yo lo buscaré —dijo Rick. La ayudó a incorporarse, y se arrodilló. Hurgaba a ciegas
debajo del mueble, y por fin sus dedos encontraron el disco. Cuando se puso de pie,
estaba frente a un tubo láser.
—Sus preguntas estaban empezando a referirse al sexo —dijo Luba Luft en voz frágil y
formal—. Ya lo veía venir. Usted no es un policía; es un maniático sexual.
—Puede mirar mi carnet —llevó la mano al bolsillo de la chaqueta; era una mano
temblorosa, como cuando había enfrentado a Polokov.
—Si toca el bolsillo lo mataré —dijo Luba Luft.
—Lo hará de todos modos —se preguntó qué habría ocurrido si hubiera esperado a
que Rachael Rosen se reuniera con él. Pero de nada valía pensar en eso ahora.
—Quiero ver el resto del cuestionario —ella tendió la mano y él, de mala gana, le
alcanzó los folios—. «Encuentra en una revista la foto a página entera y a todo color de
una chica desnuda». Está bien claro. «Ha quedado usted embarazada de un hombre que
le ha prometido casamiento. El hombre se marcha con otra mujer, su mejor amiga. Usted
aborta.» La intención de su cuestionario es obvia. Voy a llamar a la policía.
Sin dejar de apuntarle con el tubo láser, atravesó la habitación, cogió el videófono y
pidió a la operadora:
—Llame al departamento de policía de San Francisco. Necesito que venga un agente.
—Ha tenido usted una excelente idea —dijo Rick, con alivio. Sin embargo, le parecía
extraño que Luba hubiera adoptado esa decisión. ¿Por qué no lo mataba directamente?
Una vez que el policía de la patrulla estuviese allí, ella no tendría ninguna posibilidad y él
triunfaría. Debe creer que es humana, se dijo. Obviamente no sabía.
Unos minutos más tarde —Luba lo mantuvo cuidadosamente encañonado con el tubo
láser —llegó un agente de policía. Era de gran corpulencia, y llevaba el arcaico uniforme
azul con la estrella y la pistola.
—Muy bien —dijo al llegar—. Aparte eso —Luba depositó el tubo láser, que el policía
examinó para ver si tenía carga—. ¿Qué ha ocurrido aquí? —le preguntó a ella, y antes
de que pudiera contestarle se volvió hacia Rick y le preguntó—: ¿Quién es usted?
Luba Luft respondió:
—Entró en mi camarín; no lo había visto en mi vida. Dijo que venía a hacer una
encuesta y que deseaba hacerme unas preguntas. Pensé que era normal y le dije que sí.
Y entonces empezó a hacerme preguntas obscenas.
—Documentos —dijo el agente, con la mano extendida. Mientras extraía su carnet,
Rick dijo:
—Soy cazador de bonificaciones del departamento.
—Conozco a todos los cazadores de bonificaciones —dijo el policía mientras
examinaba los papeles de Rick—. ¿Del departamento de San Francisco?
—Mi jefe es el inspector Bryant —respondió Rick—. He tomado a mi cargo la misión de
Dave Holden, ahora que Dave está en el hospital.
—Como le he dicho, conozco a todos los cazadores de bonificaciones —dijo el
hombre—. Y jamás he oído hablar de usted —le devolvió el carnet.
—Llame al inspector Bryant —pidió Rick.
—No hay ningún inspector Bryant —repuso el agente. Rick comprendió bruscamente
qué ocurría.
—Usted es un androide —le dijo al agente—. Igual que la señorita Luft —se dirigió al
videófono y cogió el receptor—. Voy a llamar al departamento —se preguntaba hasta
dónde llegaría antes de que los dos androides lo detuvieran.
—El número es... —dijo el policía.
—Lo conozco —replicó Rick mientras llamaba. Cuando apareció la telefonista, pidió—:
Con el inspector Bryant.
—¿Quién habla, por favor?
—Rick Deckard —se quedó esperando mientras el policía le tomaba declaración a
Luba Luft.
Ninguno de ambos le prestaba atención. Después de una pausa apareció en la pantalla
la cara de Harry Bryant.
—¿Qué ocurre? —preguntó.
—Hay algunas complicaciones —repuso Rick—. Uno de los que estaba en la lista de
Dave logró llamar para que viniera un supuesto patrullero. No puedo probarle quién soy;
dice que conoce a todos los cazadores de bonificaciones del departamento, pero que
jamás ha oído hablar de mí. Y tampoco de usted.
—¿No puedo hablar con él? —dijo Bryant.
—El inspector Bryant desea hablar con usted —Rick extendió el receptor del videófono
al hombre, que se acercó después de interrumpir su interrogatorio a Luba Luft.
—Agente Crams —dijo el hombre, hubo una pausa—. ¿Hola? —escuchó, dijo «hola»
varias veces, aguardó y luego se volvió hacia Rick—. No hay nadie en la línea. Y tampoco
en la pantalla —señaló.
Rick comprobó que era cierto, y cogiendo el receptor de sus manos, dijo:
—¿Señor Bryant? —escuchó y esperó, pero sin resultados—. Volveré a llamar —colgó
y luego marcó el número familiar. La campanilla sonaba, pero nadie atendía. Sonó
largamente.
—Permítame hacer la prueba —dijo el agente Crams—. Debe haber marcado mal. El
número es 842...
—Conozco el número —interrumpió Rick.
—Agente Crams —dijo el policía—. ¿Hay en el departamento un inspector Bryant? —
una breve pausa—. ¿Y un cazador de bonificaciones llamado Rick Deckard? —otra
pausa—. ¿No hay ninguna duda? ¿No podría ser que hubiera ingresado hace poco? Ah,
está bien. Perfecto. Gracias. No, está bajo mi control —el policía colgó y miró a Rick.
—El inspector estaba en la línea —dijo Rick—. Yo hablé con él, y pidió hablar con
usted.
Debe de haber un desperfecto en el videófono. Por algún motivo se habrá cortado la
conexión. ¿No vio usted a...? La cara de Bryant apareció en la pantalla y luego
desapareció —se sentía confundido.
—Aquí tengo la declaración de la señorita Luft, Deckard. Acompáñeme a la corte de
justicia.
—Está bien —respondió Rick. Y agregó, dirigiéndose a Luba Luft—: Volveré dentro de
un rato. Aún no he terminado con el test.
—Es un obseso —le dijo Luba Luft al agente Crams—. Me da miedo.
—¿Qué ópera está ensayando? —preguntó Crams.
—La flauta mágica —contestó Rick.
—Se lo he preguntado a ella, no a usted —el policía lo miró con disgusto.
—Estoy ansioso por llegar a la corte de justicia —dijo Rick—, y porque este asunto se
resuelva de una vez —se dirigió hacia la puerta del camarín con su cartera.
—Antes lo voy a examinar —Crams procedió a hacerlo, diestramente, y se apoderó del
revólver y del tubo láser de Rick. Olió el caño del arma reglamentaria y afirmó—: Ha sido
disparado hace poco.
—Acabo de retirar un andrillo —reconoció Rick—. Los restos se encuentran todavía en
mi coche, en el terrado.
—Muy bien. Iremos a ver.
Mientras los dos hombres salían del camarín, la Luft los siguió hasta la puerta.
—No volverá, ¿verdad, agente? Tengo verdaderamente miedo de él. Es una persona
muy extraña.
—Si tiene en su coche el cadáver de un ser humano, no volverá —respondió Crams.
Empujó con el codo a Rick y ambos se dirigieron al ascensor.
Subieron al terrado de la Opera. El agente Crams abrió la puerta del coche de Rick e
inspeccionó silenciosamente el cuerpo de Polokov.
—Un androide —explicó Rick—. Me enviaron a abatirlo. Estuvo a punto de matarme.
Pretendía ser...
—Ya le tomarán declaración en la corte de justicia —interrumpió Crams, y condujo a
Rick a su propio coche policial. Desde allí llamó para pedir que vinieran a recoger el
cuerpo de Polokov—. Pues bien, Deckard —dijo, poniendo en marcha el coche—. Vamos.
El patrullero aéreo se elevó del terrado y se dirigió al sur.
Rick advirtió que algo no marchaba como debía. Crams no llevaba la dirección
correcta.
—La corte de justicia está hacia el norte —dijo—, en la calle Lombard.
—Esa era la vieja corte de justicia —repuso Crams—. La nueva está en la calle
Mission. Ese antiguo edificio se está desintegrando; nadie lo usa desde hace años.
¿Tanto tiempo ha pasado desde la última vez que estuvo en la cárcel?
—Lléveme allá —insistió Rick—, a la calle Lombard —ahora lo comprendía todo; esto
era obra de los androides, que trabajaban conjuntamente. No sobreviviría a este viaje. Era
el fin. A Dave casi le había ocurrido, y probablemente terminaría por morir así.
—Esa chica no está mal —comentó Crams—. Por supuesto, con esa ropa no se puede
apreciar su figura. Pero yo diría que está muy bien.
—¿Por qué no reconoce que es usted un androide? —preguntó Rick.
—No veo por qué. Yo no soy un androide. ¿Así que usted anda por ahí, matando
gente, convencido de que son androides? Ya veo por qué estaba asustada la señorita
Luft. Ha sido un acierto que nos llamara.
—Entonces lléveme a la calle Lombard.
—Como le he dicho...
—Nos llevará tres minutos —continuó Rick—. Quiero ver la corte. Voy a trabajar allá
todas las mañanas. Me gustaría ver si está abandonada hace años, como usted dice.
—Quizá sea usted un androide —contestó Crams—, con una falsa memoria, como los
hacen ahora. ¿Nunca se le ha ocurrido? —sonrió fríamente mientras continuaba rumbo al
sur. Consciente de su derrota y su fracaso, Rick se echó atrás en el asiento, y esperó los
acontecimientos. Cualquiera que fuese el plan de los androides, estaba físicamente en
poder de ellos.
Pero he logrado matar a uno, se dijo. A Polokov.
Y Dave mató a dos...
Sobre la calle Mission, el coche aéreo policial se preparó para el descenso.
El edificio de la corte de justicia de la calle Mission, en cuyo terrado se aprestaba a
aterrizar, estaba coronado por una serie de ornamentadas y barrocas agujas. La hermosa
estructura, moderna y compleja, atrajo a Rick, excepto por un detalle. Jamás la había
visto antes. El patrullero se posó. Pocos minutos después le tomaban los datos.
—Artículo 304 —dijo Crams al sargento sentado detrás del alto escritorio—. Y también
612,4 y, además..., veamos: hacerse pasar por policía...
—406,7 —dijo el sargento, llenando un formulario. Escribía lentamente, con cierto aire
de aburrimiento. Su expresión parecía decir «asunto de rutina, nada importante».
—Venga aquí —ordenó Crams, llevando a Rick hasta una pequeña mesa blanca donde
un técnico manipulaba un equipo conocido—. El registro cefálico —explicó—. Para su
identificación.
—Ya lo sé —respondió Rick, con brusquedad. En los viejos tiempos, cuando él era un
mero agente, había conducido a numerosos sospechosos a una mesa semejante. Pero no
a esta misma. Una vez obtenido el registro cefálico lo llevaron a una habitación
igualmente familiar. Con filosofía empezó a reunir los objetos de valor que llevaba para
entregarlos. No tiene sentido, se repetía. ¿Quién es esta gente? Y si este lugar ha existido
siempre, ¿cómo no sabíamos nada? ¿Y por qué ellos no nos conocen? Dos agencias
policiales paralelas, se dijo. La nuestra y esta otra. Y por lo que sé, jamás han estado en
contacto. Hasta ahora. O quizás haya sido así, y no sea ésta la primera vez. Pero es difícil
creer que eso no hubiera ocurrido antes. Siempre que esto realmente sea una institución
policial, como pretende ser. Un hombre en traje de paisano se acercó a Rick Deckard con
paso sereno y medido.
—¿Y éste? —preguntó a Crams.
—Sospechoso de homicidio —respondió el nombrado—. Encontramos un cuerpo en su
coche, y él afirma que es un androide. Hemos pedido el análisis de médula al laboratorio.
Se hacía pasar por un policía, un cazador de bonificaciones. Y así logró penetrar en el
camarín de una actriz para hacerle preguntas inmorales. Ella sintió dudas y nos llamó —
Crams retrocedió un paso y agregó—: ¿Quiere usted ocuparse de él, señor?
—Sí, está bien —el oficial de paisano tenía ojos azules, nariz fina y boca inexpresiva;
miró a Rick y luego cogió su cartera—. ¿Qué tiene usted aquí, señor Deckard?
—El equipo necesario para el test de personalidad de Voigt-Kampff —respondió Rick—
Aplicaba el test a una persona sospechosa cuando fui arrestado —miró cómo el oficial
revisaba el contenido de la cartera, examinando cada objeto—. Las preguntas que le hice
a la señorita Luba Luft son el cuestionario corriente del test de Voigt-Kampff, impreso en...
—¿Conoce usted a George Gleason y a Phil Resch? —preguntó el funcionario.
—No —replicó Rick. No conocía ninguno de esos dos nombres.
—Son los cazadores de bonificaciones de California del Norte. Ambos pertenecen a
nuestro departamento. Quizá los conocerá aquí. ¿Es usted un androide, señor Deckard?
Se lo pregunto porque en varias ocasiones hemos visto andrillos fugitivos que se hacían
pasar por cazadores de bonificaciones de otro estado. Decían haber venido aquí en busca
de un sospechoso.
—No soy un androide —dijo Rick—. Puede aplicarme el test de Voigt-Kampff. Ya me lo
han hecho y no me importa repetirlo. Pero sé cuál será el resultado. ¿Puedo telefonear a
mi esposa? —Está autorizado para hacer una sola llamada. ¿Prefiere hablar con ella y no
con un abogado?
—Llamaré a mi esposa —respondió Rick—. Ella me conseguirá un abogado.
El oficial de paisano le alcanzó una moneda de cincuenta céntimos y le indicó:
—Ahí está el videófono —siguió a Rick con la mirada y continuó examinando el
contenido de la cartera.
Rick metió la moneda y llamó a su casa. Esperó lo que le pareció una eternidad.
—Hola —dijo una cara de mujer que apareció en la pantalla. No era Irán.
Colgó y retornó lentamente al lado del funcionario.
—¿No ha tenido suerte? —preguntó éste—. Puede hacer otra llamada. Tenemos una
política abierta en ese sentido. No puedo ofrecerle la oportunidad de llamar a un fiador,
porque su delito no es excarcelable, por ahora. Sin embargo, cuando se inicie el
proceso...
—Lo sé —dijo secamente Rick—. Estoy familiarizado con los procedimientos policiales.
—Aquí está su cartera —dijo el oficial, extendiéndosela—. Venga a mi despacho... Me
gustaría hablar más con usted —se dirigió a un pasillo lateral, seguido por Rick. En el
despacho, se volvió—. Mi nombre es Garland —le tendió la mano y cambiaron un
apretón—. Siéntese —dijo Garland, dirigiéndose hacia el lado opuesto de un gran
escritorio muy ordenado. Rick se sentó.
—Este test de Voigt-Kampff a que usted se refiere, y el material que trae —Garland
indicó la cartera de Rick mientras llenaba y encendía una pipa—, ¿es un instrumento
analítico para detectar androides? —echó una bocanada.
—Es nuestro método básico —respondió Rick—. El único que empleamos
normalmente, y el único que puede distinguir la nueva unidad cerebral Nexus-6. ¿No ha
oído hablar de él?
—Conozco varios métodos de análisis de perfil aplicables a los androides. Pero éste
no— continuó estudiando a Rick con interés. Su rostro inexpresivo no permitía que Rick
adivinara sus pensamientos—. Y esas copias al carbón que tiene usted en la cartera —
continuó Garland—, Polokov, señorita Luft... Sus misiones como cazador... Según esa
lista, el próximo soy yo.
Rick lo miró y cogió su cartera.
En un momento las copias estuvieron desplegadas ante sus ojos. Garland había dicho
la verdad. Rick examinó la hoja. Ningún hombre, o al menos ni él ni Garland, habló
durante un tiempo. Finalmente, Garland carraspeó y tosió nerviosamente.
—No es una sensación agradable encontrar de repente que uno se cuenta entre las
personas que debe retirar un cazador de bonificaciones. O lo que sea usted, Deckard —
oprimió una tecla en su intercomunicador y habló—: Envíeme a alguno de los cazadores
de bonificaciones, no me importa cuál. Está bien, gracias —soltó la tecla—. Phil Resch
estará aquí dentro de un momento. Me gustaría ver su lista antes de proseguir.
—¿Cree usted que yo podría figurar en la lista de él? —preguntó Rick.
—Es posible. Pronto lo sabremos. En un asunto crítico, como éste, es mejor
asegurarse y no dejar nada librado a la casualidad. Ese informe —señaló la copia al
carbón— no me cita como inspector de policía. Erróneamente afirma que mi profesión es
la de vendedor de pólizas de seguro. En otros aspectos la descripción física, la edad, los
hábitos personales, la dirección personal, es correcto. Sin duda se trata de mí. Examínelo
usted mismo —le extendió el folio a Rick, que lo cogió y lo leyó.
Se abrió la puerta y entró un hombre alto, delgado, de rasgos duros, con gafas de asta
y una enmarañada barba a lo Van Dick. Garland se puso de pie y presentó a Rick.
—Phil Resch, Rick Deckard. Por ser ambos cazadores de bonificaciones, conviene que
os conozcáis.
Mientras apretaba la mano de Rick, Phil Resch dijo:
—¿En qué ciudad trabaja? Garland respondió por Rick:
—En San Francisco. Mire las instrucciones que tiene, y el próximo caso que se le
encomienda —alcanzó a Phil Resch el folio que Rick había estado examinando.
—Pero ¿cómo Gar? —dijo Phil Resch—. Es usted.
—Y hay más —continuó Garland—. También está Luba Luft, la cantante de ópera, y
Polokov. ¿Recuerda a Polokov? Ahora está muerto. Este cazador de bonificaciones o
androide o lo que sea lo ha matado, y en este momento están haciendo el análisis de
médula en el laboratorio, para ver si hay algún motivo de...
—He hablado con Polokov —recordó Phil Resch—. Es esa especie de Santa Claus de
la policía soviética, ¿verdad? —reflexionó, tironeando de su barba—. No me parece mala
idea hacerle un análisis de médula.
—¿Qué quiere decir? —preguntó Garland, visiblemente fastidiado—. Lo hacemos
solamente para eliminar toda posible base legal del crimen. De otro modo este hombre,
Deckard, podría afirmar que no ha matado a nadie, que se ha limitado a «retirar un
androide».
—Polokov me pareció un hombre muy frío —dijo Resch—. Extremadamente cerebral,
calculador, distante...
—Muchos policías soviéticos son así —repuso Garland con irritación.
—A Luba Luft no la he visto nunca —continuó Resch—, pero he oído sus grabaciones.
¿Le hizo el test? —preguntó a Rick.
—Había empezado —respondió éste—, pero no pude obtener resultados concluyentes.
Llamó a un policía que me detuvo.
—¿Y a Polokov?
—No tuve la posibilidad.
—Y supongo que tampoco la ha tenido para hacerle el test al inspector Garland —dijo
Resch, casi para sí mismo.
—Por supuesto que no —exclamó Garland, con la cara contraída de indignación, en
tono amargo y cortante.
—¿Qué test emplea?
—El de Voigt-Kampff.
—No lo conozco —tanto Resch como Garland parecían sumidos en rápidas y
profundas reflexiones profesionales, aunque muy distintas—. Pero siempre he creído que
el lugar más seguro para un androide era una gran organización policial como la WPO.
Desde que lo conocí, siempre quise aplicarle el test a Polokov, pero no había un pretexto
válido. Y jamás habría existido. Por eso digo que un lugar así sería ideal para un androide
emprendedor. Poniéndose lentamente de pie, Garland encaró a Phil Resch.
—Y ha pensado también en aplicarme el test a mí, ¿verdad?
En la cara de Resch apareció una discreta sonrisa. Empezó a responder, luego se
encogió de hombros y guardó silencio. No parecía temer a su superior, a pesar de la
evidente furia de Garland.
—Este hombre —dijo Garland—, o este androide, Rick Deckard, dice venir de una
institución policial fantasmagórica, alucinatoria, inexistente, que funciona en el viejo
cuartel de la calle Lombard. Emplea un test del que nadie ha oído hablar. No tiene una
lista de androides, sino de seres humanos. Ya ha matado a uno. Y si la Luft no hubiese
logrado adelantarse, probablemente la habría matado, para venir luego a olisquear a mi
alrededor.
—Hm —dijo Resch.
—Hm —imitó Garland, enfadado. Parecía estar al borde de la apoplejía—. ¿Eso es
todo lo que se le ocurre? Una voz de mujer dijo por el intercomunicador:
—Inspector Garland: ha llegado el informe del laboratorio acerca del cadáver del señor
Polokov.
—Deberíamos enterarnos —dijo Resch.
Garland lo miró indignado. Luego se inclinó y tocó la tecla.
—Díganos, señorita French.
—El análisis de médula revela que el señor Polokov era un robot humanoide —dijo la
señorita French—. ¿Desea usted el informe detallado?
—No, es suficiente —Garland se sentó en su sillón mirando hacia la pared opuesta, en
silencio. Resch preguntó:
—¿Cuál es el fundamento del test de Voigt-Kampff, señor Deckard?
—La respuesta empática en varias situaciones sociales. En su mayoría relacionadas
con animales.
—El nuestro es probablemente más sencillo —dijo Resch—. El arco reflejo que se
produce en los ganglios superiores de la columna vertebral demora varios microsegundos
más en el robot humanoide que en el sistema nervioso humano —se inclinó sobre el
escritorio del inspector Garland y cogió un bloc de papel, en el que trazó un esbozo con
un bolígrafo—. Utilizamos una señal sonora o un flash luminoso. El entrevistado oprime
un botón y se mide el tiempo transcurrido. Por supuesto, hay que hacer varias medidas,
porque ese tiempo varía tanto en el andrillo como en el ser humano. Pero después de
diez ensayos el resultado puede considerarse digno de confianza. Y como le ha ocurrido a
usted en el caso de Polokov, el análisis de médula confirma ese resultado.
Hubo un intervalo de silencio. Luego, Rick dijo:
—Puede aplicarme su test. Estoy listo. Y naturalmente, me agradaría ponerlo a usted a
prueba, si está de acuerdo.
—Naturalmente —respondió Resch, mientras miraba a Garland—. Durante años he
sostenido que el test del Arco Reflejo de Boneli debería ser aplicado rutinariamente al
personal policial, y de modo especial en el personal de alta graduación. ¿No es así,
inspector?
—Así es —reconoció Garland—. Y yo me he opuesto siempre por considerar que
afectaría la moral del departamento.
—Pues se me ocurre que ahora debería usted reconsiderarlo —dijo Rick—, en vista del
informe de su laboratorio acerca de Polokov.
—Supongo que sí —dijo Garland. Señaló con el dedo al cazador de bonificaciones Phil
Resch—. Pero le advierto una cosa: no le gustará a usted el resultado del test.
—¿Acaso sabe cuál será? —preguntó Resch, visiblemente sorprendido y algo
disgustado.
—Con absoluta seguridad —contestó el inspector Garland.
—Está bien. Subiré a buscar el equipo del test de Boneli —se dirigió a la puerta, la
abrió y dijo—: Volveré en unos minutos. Desapareció en el pasillo y la puerta se cerró.
El inspector Garland abrió el cajón derecho de su escritorio, buscó algo, y sacó un tubo
láser que hizo girar hasta que apuntó a Rick.
—Eso no cambiará las cosas —dijo Rick—. Resch ordenará un análisis post-mortem de
mi cuerpo, como el que le han hecho a Polokov. Y seguirá insistiendo en que usted y él
mismo se sometan al... ¿Cómo es que se llama? Test de Arco Reflejo de Boneli. El tubo
láser no cambió de posición.
—Hoy ha sido un mal día —dijo Garland—. Especialmente desde que entró Crams con
usted.
Tuve una intuición, y por eso intervine —bajó el arma poco a poco; por fin se encogió
de hombros, la guardó nuevamente en el cajón, lo cerró y se puso la llave en el bolsillo.
—¿Qué demostrarán los tests? —preguntó Rick.
—Resch es un maldito idiota —dijo Garland.
—Realmente, ¿no lo sabe?
—No, no lo sabe. No tiene la menor idea. De otro modo no podría trabajar corno un
cazador de bonificaciones. Es una profesión para seres humanos, no para androides —
Garland señaló la cartera de Rick—. Conozco a todos los demás sospechosos a quienes
usted debía someter al test y retirar —hizo una pausa y continuó—: Todos vinimos de
Marte en la misma nave. Resch no. Se quedó allá una semana más, mientras le ajustaban
la memoria sintética. El —o mejor, esa cosa— guardó silencio.
—¿Y qué hará cuando lo sepa? —preguntó Rick.
—No tengo la menor idea —respondió Garland—. Desde el punto de vista intelectual,
será interesante saberlo. Puede matarme, matarse, o quizá lo mate a usted. Puede matar
a cualquiera, humano o androide. He oído decir que esas cosas ocurren cuando un
androide posee una memoria sintética y cree que es un ser humano.
—Pero usted está dispuesto a correr el riesgo...
—Escapar ya era un riesgo. Y también venir a la Tierra, donde ni siquiera se nos
considera animales, donde un gusano es más deseable que todos nosotros juntos —
Garland, irritado, tironeaba de su labio inferior—. Usted se encontraría en mejor posición
si Resch lograra aprobar el test. Entonces el resultado sería predecible: para él yo sería
un andrillo que es preciso retirar cuanto antes. Pero no será así, y usted correrá tanto
peligro como yo, Deckard. ¿Sabe usted por qué me equivoqué? No sabía que Polokov era
un androide. Debe de haber llegado antes. Sin duda ha sido así. En otro grupo, sin el
menor contacto con el nuestro. Ya estaba cómodamente instalado en la WPO cuando
nosotros llegamos. Y yo pedí un análisis que no tendría que haber pedido. Desde luego,
Crams cometió el mismo error.
—Polokov estuvo a punto de liquidarme —observó Rick.
—Sí, tenía algo especial. No creo que hubiera poseído el mismo modelo de unidad
cerebral que nosotros. O tal vez ésta ha sido manipulada o mejorada, de modo que era
desconocida hasta para nosotros. Sea como fuere, el resultado era muy bueno. Casi
demasiado bueno.
—Cuando llamé a mi casa —dijo Rick—, no conseguí comunicación. ¿Por qué?
—Todas las líneas de videófono son internas, y están conectadas con varios
despachos dentro del edificio. Esta es una empresa homeostática, Deckard; un sistema
cerrado separado del resto de San Francisco. Conocemos a los demás, pero ellos no nos
conocen. A veces alguna persona aislada llega hasta aquí, o traemos a alguien, como
hicimos con usted, para protegernos —señaló convulsivamente la puerta—. Aquí viene
Phil Resch, muy contento con su equipo Boneli portátil. ¿No es un encanto? Y sólo
conseguirá destruir su propia vida, la mía y posiblemente también la suya.
—Los androides no parecen capaces de ampararse unos a otros en momentos
difíciles.
—Tiene usted razón. Aparentemente carecemos de un don específico de los humanos.
Creo que se llama empatía.
Se abrió la puerta. Apareció Phil Resch con un objeto del que pendían cables.
—Aquí está —dijo, cerrando la puerta. Luego se inclinó y conectó el aparato.
La mano derecha de Garland apuntó a Resch, quien junto con Rick Deckard se dejó
caer.
Mientras lo hacía. Resch disparó su tubo láser contra Garland. El rayo láser, dirigido
con una precisión que era fruto de años de adiestramiento, partió la cabeza de Garland,
que cayó sobre su escritorio. Su láser miniaturizado rodó de su mano. El cuerpo resbaló
del sillón y cayó de lado al suelo pesadamente.
—No tuvo en cuenta que éste es mi trabajo —dijo Resch, poniéndose de pie—. Puedo
prever lo que se propone hacer un androide. Supongo que a usted también le ocurre —
dejó su arma, se inclinó y examinó con curiosidad el cuerpo del inspector—. ¿Qué le dijo
mientras yo no estaba?
—Que era un androide. Y que usted —Rick se interrumpió, mientras su mente
calculaba, seleccionaba posibilidades y resolvía decir otra cosa— se daría cuenta en unos
minutos.
—¿Nada más?
—Que este edificio está infestado de androides.
—Eso hará difícil que usted y yo podamos salir de aquí. Por supuesto, yo tengo
autoridad para salir cuando quiero, incluso llevando un prisionero —escuchó: no llegaba
ningún ruido del exterior—. Creo que nadie ha oído nada. Y no hay micrófonos ni
monitores, como tendría que haber —rozó cuidadosamente el cuerpo caído con la punta
del pie—. Es notable la capacidad psiónica que se desarrolla con este trabajo: yo sabía
que estaba decidido a disparar antes de abrir la puerta. Y me sorprende que no lo haya
matado a usted.
—Estuvo a punto de hacerlo —dijo Rick—. Me apuntó con un gran tubo láser utilitario;
pero era usted quien le preocupaba, y no yo.
—El androide huye cuando el cazador de bonificaciones persigue —dijo Resch sin el
más leve humor—. A propósito, usted debería volver a la Opera y sorprender a Luba Luft
antes que nadie de aquí tenga la oportunidad de ponerla sobre aviso. Tal vez debería
decir ponerlo sobre aviso. ¿Los considera usted objetos?
—Lo hacía, antes —respondió Rick—. Cuando tenía problemas de conciencia con mi
trabajo.
Me preservaba pensando que eran objetos. Pero ya no es necesario. Está bien. Iré
directamente a la Opera, suponiendo que usted pueda sacarme de aquí.
—Deberíamos poner a Garland en su sillón —dijo Resch, y alzó el cuerpo. Lo colocó
ante el escritorio en una postura razonablemente natural, si no se miraba de cerca. Apretó
la tecla correspondiente del intercomunicador y dijo—: El inspector Garland ordena que no
se le pasen llamadas durante media hora. Está realizando una tarea que no admite
interrupciones.
—Muy bien, señor Resch. Phil Resch soltó la tecla y dijo:
—Voy a esposarlo. Naturalmente, será sólo mientras estamos en el edificio: cuando
estemos en el coche aéreo quedará libre —extrajo unas esposas y las cerró sobre la
muñeca de Rick y sobre la propia—. Vamos ahora. Terminemos con esto —cuadró los
hombros, respiró hondo y abrió la puerta del despacho.
En todas partes había policías uniformados; ninguno prestó particular atención a Phil
Resch ni a Rick mientras atravesaban el pasillo hacia el ascensor.
—Lo que temo es que Garland tenga en el cuello una de esas piezas que advierten de
la muerte —dijo Resch mientras esperaban—. Pero —se encogió de hombros— la alarma
ya debería de haber sonado... Esas cosas no valen de nada.
El ascensor llegó: varios hombres y mujeres de aire vagamente policial descendieron y
se dirigieron ruidosamente por los pasillos a sus diversas ocupaciones sin prestar
atención a Rick ni a Resch.
—¿Cree que su departamento policial me aceptaría? —preguntó Resch mientras las
puertas del ascensor se cerraban y ambos quedaban aislados. Oprimió el botón del
terrado y el ascensor subió silenciosamente—. Después de todo, me he quedado sin
trabajo, para decir lo menos.
Con cautela, Rick respondió:
—No veo inconveniente, aunque ya tenemos dos cazadores de bonificaciones —y
pensó que debería decírselo, que no hacerlo era cruel y poco ético. Señor Resch: usted
es un androide. Me saca de este lugar, y ésta es su recompensa. Enterarse de que es
usted lo que para nosotros dos es una abominación, la esencia misma de lo que nos
hemos comprometido a destruir.
—No logro recobrarme —dijo Phil Resch—. Me parece imposible. Durante tres años he
estado trabajando a las órdenes de un androide. ¿Cómo no tuve una sospecha y no hice
algo antes?
—Quizá no haya sido tanto tiempo. Tal vez se han infiltrado recientemente.
—Han estado aquí todo el tiempo. Garland es mi jefe desde el comienzo, hace ya tres
años.
—Por lo que él me dijo, llegaron juntos, en grupo, a la Tierra. Y eso no fue hace tres
años, sino unos pocos meses.
—Entonces en algún momento existió un Garland auténtico —respondió Phil Resch—,
que fue reemplazado —su rostro delgado se torció, esforzándose por comprender—. En
caso contrario, debo pensar que me han colocado un sistema de falsa memoria, y que mi
idea de tres años con Garland es un recuerdo impreso —su cara estaba convulsionada
por el creciente sufrimiento—. Pero sólo a los androides les ponen memorias sintéticas; el
método se ha revelado ineficaz en los seres humanos.
El ascensor se detuvo. Las puertas se abrieron. Al frente se encontraba el mínimo
aeropuerto del departamento policial. La única presencia era la de los coches aéreos
aparcados.
—Este es mi coche —dijo Phil Resch abriendo la puerta y urgiendo a Rick a entrar.
Sentado ante los mandos encendió el motor y un momento más tarde se elevaban con
dirección al norte, hacia la Opera. Resch, preocupado, conducía impulsado por sus
reflejos. Su atención estaba centrada en una serie de reflexiones cada vez más sombrías.
—Escuche, Deckard —dijo de repente—. Después de retirar a Luba Luft querría que
usted...
Usted sabe —su voz ronca y atormentada estalló—: Que me aplique el test de Boneli o
el de empatía. Tengo necesidad de saber.
—Podemos ocuparnos de eso más tarde —respondió evasivamente Rick.
—No quiere hacerlo, ¿verdad? —Phil Resch lo miró con perspicacia—. Pienso que
usted sabe cuál será el resultado. Algo le ha dicho Garland, algún hecho que yo ignoro.
—Va a ser difícil incluso para los dos juntos resolver el caso de Luba Luft. Yo solo
jamás podría. Deberíamos atender a eso antes que nada.
—No es solamente una falsa memoria —dijo Resch—. Yo tengo un animal, no un
seudoanimal sino uno verdadero, una ardilla. Y quiero a esa ardilla, Deckard. Todas las
mañanas le doy de comer y limpio su jaula. Y por la noche, cuando vuelvo del trabajo, la
dejo en libertad en mi piso y ella corre por todas partes. Tiene una rueda en la jaula.
¿Alguna vez ha visto correr una ardilla dentro de una rueda? Corre y corre, y la rueda
gira, pero la ardilla siempre está en el mismo lugar. Y, sin embargo, a Buffy eso le gusta.
—Supongo que las ardillas no son muy inteligentes —dijo Rick.
Continuaron el viaje en silencio.
En la Opera les informaron que el ensayo había terminado, y que la señorita Luft se
había marchado.
—¿Dijo a donde pensaba ir? —preguntó Phil Resch, mostrando su carnet policial.
El hombre, un tramoyista, lo examinó.
—Fue al museo. Dijo que deseaba ver la exposición de Eduard Munch, que termina
mañana.
Pero Luba Luft termina hoy, pensó Rick.
Mientras ambos caminaban por la acera hacia el museo, Phil Resch dijo:
—¿Qué quiere usted apostar? Seguro que ha huido. No la encontraremos.
—Tal vez —respondió Rick.
Llegaron al museo, averiguaron en qué piso estaba la exposición de Munch y subieron.
Muy pronto se encontraron vagando entre pinturas y grabados. Había mucha gente,
incluso un grupo de escolares. La voz aguda de la maestra se escuchaba por todas las
salas, y Rick pensó: Esa es la voz, y la figura, que debería tener un andrillo. Y no las de
Rachael Rosen o Luba Luft. O el hombre —o la cosa— que iba a su lado.
—¿Ha visto alguna vez un andrillo que tuviera un animal? —preguntó Phil Resch.
Por alguna razón oscura Rick sentía la necesidad de ser brutalmente sincero. Quizás
había empezado a prepararse para la tarea que le esperaba.
—En dos casos que he conocido, los androides tenían y cuidaban animales. Pero es
muy raro.
Por lo que sé, suele fallar. El andrillo es incapaz de mantener al animal con vida. Los
animales exigen un ambiente de cariño, excepto los reptiles y los insectos.
—¿Y una ardilla necesita una atmósfera de amor? Porque Buffy está espléndida y
lustrosa como una nutria. La peino día por medio.
Phil Resch se detuvo ante un cuadro al óleo; mostraba a una criatura pelada y
oprimida, con una cabeza semejante a una pera invertida, que apretaba sus manos
horrorizadas contra sus oídos, con la boca abierta en un vasto grito mudo. Las olas
encrespadas de su dolor, los ecos del grito, ocupaban el espacio que la rodeaba. El
hombre, o la mujer, estaba encerrado dentro de su propio aullido. Se cubría los oídos para
protegerse de su propia voz. La criatura estaba de pie en un puente, y no había nadie
más. Gritaba a solas. Aislada por el grito o a pesar de él.
—También hay un grabado con este tema —observó Rick, leyendo la tarjeta colocada
debajo de la pintura.
—Se me ocurre que así deben sentirse los androides —dijo Phil Resch, y trazó en el
aire los ecos, visibles en la pintura, del grito de la criatura—. Yo no me siento así, por lo
tanto quizá no sea un...
Se interrumpió porque varias personas se acercaban a ver el cuadro.
—Allí está Luba Luft —Rick la señaló, y Phil Resch abandonó sus oscuros
pensamientos y defensas. Ambos avanzaron hacia ella a paso mesurado, tomándose su
tiempo, como si nada. Era vital, en todo caso, que mantuvieran un aire trivial. Había que
proteger a cualquier precio, incluso el de perder la presa, a los seres humanos
inconscientes de la presencia de androides. Luba Luft sostenía un catálogo impreso;
vestía unos brillantes pantalones que se afinaban hacia los tobillos, y un chaleco dorado y
pintado. Parecía absorta en un cuadro, el dibujo de una jovencita sentada al borde de una
cama, con las manos unidas y expresión de asombro y de un pánico nuevo y creciente.
—¿Quiere que se la compre? —le preguntó Rick a Luba Luft, cogiéndole suavemente
el brazo. Le expresaba así que se había apoderado de ella, y que no le era preciso
esforzarse para detenerla. Del otro lado, Phil Resch le apoyó en el hombro una mano en
la que resaltaba el bulto de un tubo láser. Resch no pensaba correr riesgos, después de lo
sucedido con Garland.
—No está en venta —Luba Luft lo miró distraída, luego intensamente, cuando lo
reconoció.
Su mirada se torno opaca y los colores abandonaron su rostro, que adoptó un tono
cadavérico, como si ya hubiera empezado a pudrirse, como si su vida se hubiese retirado
a un recóndito lugar en su interior, dejando su cuerpo abandonado a la ruina.
—Señorita Luft —respondió Rick—, éste es el señor Resch. Phil Resch, le presento a
la célebre cantante de ópera Luba Luft. El policía que me arrestó es un androide, como su
jefe. ¿Conocía usted al inspector Garland? Me dijo que habían venido juntos en la misma
nave, en grupo.
—El departamento policial adonde usted llamó —explicó Phil Resch— y que funciona
en un edificio de la calle Mission, es aparentemente el centro orgánico que utiliza su grupo
para mantenerse en contacto. Y hasta se sienten suficientemente confiados para contratar
a un cazador de bonificaciones humano. Es evidente...
—¿Usted? —dijo Luba Luft—. Usted no es humano. No más que yo: también es un
androide.
Hubo una pausa y Phil Resch dijo en voz grave y controlada:
—Ya nos ocuparemos de eso a su debido tiempo —luego se dirigió a Rick—.
Llevémosla a mi coche.
Los tres, con Luba en el centro, se dirigieron hacia el ascensor. Luba Luft no se movía
por su propia voluntad, pero tampoco se resistía de un modo activo. Parecía resignada.
Rick había visto esto en otros androides, en situaciones graves. La energía artificial que
los animaba declinaba cuando se les exigía demasiado. En algunos casos, pues en otros,
esa energía estallaba con furia. Los androides tenían, como él sabía, el deseo innato de
pasar inadvertidos. En el museo, rodeada de gente, Luba Luft probablemente no
intentaría nada. El verdadero encuentro, sin duda el último para ella, ocurriría en el coche,
donde nadie pudiera verla. Allí era posible que se liberara violentamente de sus
inhibiciones. Rick se preparó, sin pensar por el momento en Phil Resch. Tal como él
mismo había dicho, ya habría que ocuparse de eso a su tiempo. Al final del pasillo, junto a
los ascensores, había un pequeño puesto donde vendían copias y libros de arte. Luba se
detuvo.
—Un momento —le dijo a Rick; el color había retornado a su rostro, en parte, y una vez
más parecía vivir..., al menos momentáneamente—. Cómpreme una reproducción de la
obra que estaba mirando cuando me encontraron; la de la chica sentada en la cama.
Después de una pausa. Rick se dirigió a la vendedora, una mujer de mediana edad, con
la quijada prominente y el pelo gris sujeto por una redecilla.
—¿Tiene una reproducción de Pubertad, de Munch?
—Sólo en el libro de la obra completa —respondió la vendedora, cogiendo el hermoso
volumen satinado—. Veinticinco dólares, señor.
—Lo llevaré.
—Mi sueldo no alcanza para... —dijo Phil Resch.
—Yo lo compraré —respondió Rick. Pagó a la mujer y dio el libro a Luba—. Vamos.
—Se lo agradezco mucho —dijo Luba mientras entraban en el ascensor—. Hay algo
misterioso y conmovedor en los seres humanos. Un androide jamás habría hecho eso —
miró glacialmente a Phil Resch—. A él no se le habría ocurrido —su mirada era de
verdadera hostilidad y aversión—. La verdad es que no me gustan los androides. Desde
que llegué de Marte, mi vida ha consistido en imitar a los seres humanos, en hacer lo que
hacen las mujeres humanas, imaginando que tenía sus impulsos y pensamientos,
tratando de asemejarme a lo que considero una forma de vida superior. A usted, Resch,
¿no le ocurre lo No trata de...
—No puedo tolerarlo —dijo Phil Resch, buscando algo en su abrigo.
—No —dijo Rick. Trató de cogerle la mano, pero Resch retrocedió y lo evitó. El test de
Boneli, recordó Rick.
—Ha admitido que es una androide —dijo Resch—. No tenemos por qué esperar.
—Pero retirarla sólo porque lo ha agredido... Déme eso mismo —dijo Rick, tratando de
apoderarse del tubo láser, que siguió en la mano de Resch, quien se desplazó en el
pequeño ascensor para eludirlo, y con la atención concentrada exclusivamente en Luba
Luft—. Está bien —agregó—. Retírela, mátela. Demuéstrele así que ella ha dicho la
verdad —se interrumpió al advertir que Resch pensaba realmente hacerlo—. ¡Espere!
Phil Resch disparó, mientras Luba Luft, en un gesto de frenético terror, giraba, trataba
de apartarse, caía. El rayo erró, pero cuando Resch bajó su arma perforó silenciosamente
un pequeño agujero en el estómago de la cantante. Luba empezó a gritar, agazapada
contra la pared del ascensor. Como la chica del dibujo, pensó Rick. Y la remató con su
propio tubo láser. El cuerpo cayó hacia delante, boca abajo, en montón. Ni siquiera se
estremeció.
—Podría haberse quedado con el libro —dijo Resch—. Le ha costado...
—¿Cree usted que los androides tienen alma? —interrumpió Rick, viendo que Phil
Resch lo miraba aún más asombrado y con la cabeza ladeada. Luego continuó—: Puedo
permitirme comprar ese libro. Hoy he ganado tres mil dólares, y aún no he terminado.
—Pero a Garland lo maté yo, no usted —dijo Phil Resch—. Usted simplemente estaba
allí. Y a Luba también le disparé.
—Pero no podrá cobrar el dinero, ni en su departamento policial ni en el nuestro.
Cuando lleguemos a su coche le haré el test de Boneli o el de Voigt-Kampff, y entonces
veremos. Pese a no estar incluido en mi lista —con manos temblorosas abrió su cartera, y
buscó en las arrugadas copias al carbón—. No, no está. Así que legalmente no puedo
perseguirlo. En todo caso reivindicaré el retiro de Garland y el de Luba Luft.
—¿Está seguro de que soy un androide? ¿Es eso realmente lo que Garland le dijo?
—Eso es lo que Garland me dijo.
—Quizá mentía —observó Phil Resch—. Para separarnos. Para que estuviéramos
como ahora.
Es una tontería permitir que algo nos distancie. Y usted tiene razón acerca de Luba
Luft: no debí de haber perdido la serenidad. Debo ser demasiado sensitivo... O quizás,
eso es natural en un cazador de bonificaciones. Tal vez usted reacciona del mismo modo.
Por otra parte, tendríamos que haber retirado a Luba Luft de todas maneras, media hora
más tarde. Sólo media hora. Y no habría tenido tiempo de mirar el libro que usted le
regaló. Y que no debió destruir. Eso fue un despilfarro. No comprendo, no es razonable.
—Abandonaré este oficio —dijo Rick.
—¿Para hacer... qué?
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—Cualquier cosa. Seguros, como Garland, según el informe. O emigraré. Sí —afirmó—
. Me iré a Marte.
—Pero alguien tiene que hacer esto.
—Pueden emplear androides. Sería mucho mejor. Yo ya no puedo, he hecho
demasiado. Luba era una cantante maravillosa, todo el planeta podía disfrutar de sus
dotes. Esto es una locura.
—Es necesario. Recuerde que han matado a seres humanos para escapar. Recuerde
que si yo no lo hubiera sacado del departamento policial de la calle Mission, lo habrían
matado. Por eso me llamó Garland, por eso hizo que fuera a su despacho. Y Polokov, ¿no
estuvo a punto de matarlo? ¿Y Luba Luft? Estamos actuando para defendernos. Ellos
están en nuestro planeta, son extranjeros ilegales, criminales que se disfrazan de...
—De policías —dijo Rick—. De cazadores de bonificaciones.
—Pues..., aplíqueme el test de Boneli. Quizá Garland haya mentido. Yo creo que lo ha
hecho; una memoria falsa no puede ser tan buena. ¿Y mi ardilla?
—Sí, su ardilla. Me había olvidado.
—Si soy un andrillo y usted me mata —dijo Phil Resch—, puede quedarse con mi
ardilla. Se la dejaré en herencia, con un documento firmado.
—Los andrillos no pueden dejar nada en herencia. No poseen cosa alguna.
—Entonces quédesela —dijo Resch.
—Quizás acepte —respondió Rick. El ascensor había llegado a la planta baja y las
puertas se abrieron—. Llamaré a un patrullero para que lleven el cuerpo al laboratorio. Le
harán el análisis de médula. Quédese aquí, con Luba —buscó una cabina, entró, puso
una moneda con las manos temblorosas y marcó el número. Mientras tanto, la gente que
esperaba el ascensor se reunía curiosa en torno de Phil Resch y del cuerpo de Luba Luft.
Había sido una cantante maravillosa, se dijo después de llamar. No comprendo cómo un
don semejante puede ser un riesgo para la sociedad. Pero no era su don; era ella misma
el riesgo. Como Phil Resch. El representa la misma amenaza y por las mismas razones.
De modo que no puedo marcharme ahora, concluyó Rick. Salió de la cabina, se abrió
paso entre la gente hasta el ascensor, donde estaban Phil y la figura caída de la
muchacha. Alguien la había cubierto con un abrigo. No era el de Resch. El estaba a un
lado, fumando vigorosamente un pequeño cigarro gris.
—Espero de todo corazón que sea usted un androide —dijo Rick.
—Me odia, de verdad —dijo Phil Resch, sorprendido—. Y es ahora, repentinamente; no
me odiaba en la calle Mission, cuando le salvé la vida.
—Veo una estructura. La manera en que mató a Garland, la manera en que mató a
Luba.
Usted no mata como yo, no trata de —ya sé por qué—. A usted le gusta matar, lo único
que necesita es un pretexto. Si tuviera un pretexto me mataría a mí. Por eso le gustó la
posibilidad de que Garland fuera un androide: así podía matarlo. Me pregunto qué hará si
fracasa en el test de Boneli. ¿Se matará? A veces, los androides lo hacen.
Era una situación extraña.
—Sí, yo me encargaré de hacerlo —repuso Phil Resch—. Usted sólo tendrá que
hacerme el test.
Llegó un patrullero. Dos policías descendieron, vieron la multitud reunida y se abrieron
camino. Uno de ellos reconoció y saludó a Rick. Ahora podemos irnos, pensó él.
Finalmente, nuestra tarea aquí está terminada.
Volvió con Resch a la Opera, en cuyo terrado se encontraba el coche aéreo.
—Le daré mi tubo láser —dijo Resch—. Así no tendrá que preocuparse por mis
reacciones, ni por su seguridad personal —entregó el arma a Rick, quien la aceptó.
—¿Y cómo se mataría? —preguntó Rick.
—Conteniendo la respiración.
—Por Dios —dijo Rick—. No es posible.
—En los androides, el nervio vago no puede actuar automáticamente, como en los
seres humanos. ¿No se lo enseñaron durante su instrucción? Yo lo aprendí hace años.
—Pero... morir de esa... manera —protestó Rick.
—Es indolora. ¿Qué tiene de particular?
—Es...
Rick hizo un gesto vago, incapaz de hallar palabras.
—Y, además, no creo que lo necesite. Subieron al terrado de la Opera y al coche aéreo
de Phil Resch.
—Me gustaría que empleara el test de Boneli —dijo Resch, ya sentado ante los
mandos, cerrando la puerta.
—No puedo. No sé cómo se hace el cómputo —en verdad, pensó Rick, tendría que
confiar en él para interpretar los datos. Y eso estaba fuera de la cuestión.
—¿Me dirá la verdad? —preguntó Phil Resch—. Si soy un androide, ¿me lo dirá?
—Por supuesto.
—Porque realmente quiero saberlo. Debo saberlo —Phil Resch volvió a encender su
cigarro, y cambió de posición en su asiento, tratando de acomodarse. Pero no podía—.
¿Le gustaba de verdad el dibujo de Munch que Luba Luft estaba mirando? —preguntó—.
A mí no me interesa el realismo en el arte. Me gusta Picasso y...
—Pubertad es una obra de 1894 —respondió brevemente Rick—. En esa época sólo
se conocía el realismo, conviene tenerlo en cuenta.
—Pero el otro, el del hombre que se cubría las orejas y gritaba... Ese no es figurativo.
Rick abrió su cartera y empezó a preparar su equipo.
—Complicado —observó Phil Resch—. ¿Cuántas preguntas tiene que hacer para
obtener resultados?
—Seis o siete —le dio el disco adhesivo a Phil Resch—. Póngaselo en la mejilla. Que
quede firme. Y esta luz —dirigió el haz—. Debe quedar enfocada en el ojo. Trate de no
mover la pupila.
—Movimientos reflejos —dijo Resch—. Pero usted no mide la dilatación, por ejemplo.
Es decir, no tiene en cuenta la reacción a un estímulo físico. Sólo a las preguntas. Es lo
que llamamos, respuesta de titubeo.
—¿Cree que podría controlarla?
—No. En algún momento, podría ser. Pero no la amplitud inicial: eso está fuera de
control consciente. Si no fuera así... —se interrumpió—. Adelante. Perdone que hable
demasiado. Estoy nervioso.
—Hable todo lo que quiera —repuso Rick. Hasta la muerte. Si eso le agrada, se dijo. A
él no le importaba.
—Si soy un androide —continuó Phil Resch, recuperará usted la fe en la raza humana.
Pero como no lo creo, le sugiero que empiece a definir una ideología capaz de justificar
que...
—La primera pregunta —dijo Rick. Todo estaba en orden; las agujas de ambos
medidores temblaban—. El tiempo de reacción es un factor, así que conteste lo antes que
pueda. Eligió de memoria una pregunta para comenzar. El test estaba en marcha. Al
concluir, Rick permaneció un momento en silencio. Luego reunió su equipo y lo metió de
nuevo en la cartera.
—Puedo leer el resultado en su cara —dijo Phil Resch, con absoluto y crispado alivio—
. Está bien. Puede devolverme el arma —extendió la mano con la palma hacia arriba.
—Es evidente que tenía usted razón acerca de los motivos de Garland —dijo Rick—.
Deseaba distanciarnos, como usted dijo —se sentía física y psicológicamente agotado.
—¿Ha logrado establecer una ideología que me incluya como miembro de la especie
humana? —preguntó Resch.
—Hay un defecto en su capacidad empática —dijo Rick—, pero no hace al test. Se
refiere a sus sentimientos hacia los androides.
—Por supuesto que no hace al test.
—Tal vez deberíamos incluirlo —jamás había pensado en ello anteriormente. Nunca
había sentido empatía hacia los androides que mataba. Suponía que, para su mente, un
androide era una máquina inteligente. Igual que para su conciencia. Y, sin embargo,
observaba una diferencia en Phil Resch, y sentía instintivamente que él tenía razón.
¿Empatía hacia un aparato artificial? ¿Hacia algo que meramente pretende estar vivo?
Sin embargo, Luba Luft parecía auténticamente viva. No tenía aire de simulación.
—Ya se imaginará usted el resultado —observó calmosamente Phil Resch—. Si
incluyéramos a los androides entre los objetos de identificación empática, como hacemos
con los animales...
—No podríamos defendemos.
Es obvio. Los modelos Nexus-6..., caerían sobre nosotros y nos aplastarían. Usted, yo,
y todos los cazadores de bonificaciones estamos entre los Nexus-6 y la humanidad,
somos la barrera que los mantiene apartados. Además... —se interrumpió al advertir que
Rick volvía a extraer su equipo—. Creí que el test había terminado.
—Quiero formularme una pregunta a mí mismo —dijo Rick—. Usted me leerá el
registro de las agujas. Sólo la medida, yo puedo interpretarla —colocó el disco adhesivo
en su mejilla, y dispuso el haz de luz de modo que cayera sobre su ojo—. ¿Está
preparado? Mire los medidores. No tendré en cuenta el tiempo transcurrido, sólo me
interesa la magnitud.
—Muy bien, Rick.
—Rick dijo en voz alta:
—Desciendo en un ascensor con un androide que he capturado. De repente, sin aviso,
alguien lo mata.
—No hay respuesta notable —dijo Phil Resch.
—¿Qué indican las agujas?
—La izquierda 2,8 y la derecha 3,3 —Rick continuó:
—Un androide hembra.
—Ahora están en 4,0 y 6,0 respectivamente.
—Es bastante significativo —dijo Rick; se quitó el disco adhesivo y apagó el haz de
luz—. Es una respuesta claramente empática. Aproximadamente la misma que muestran
los seres humanos ante la mayoría de las preguntas, con la única excepción de las más
exageradas..., las que se refieren a pieles humanas usadas como adorno, por ejemplo, y
que exponen situaciones verdaderamente patológicas.
—Y eso, ¿qué significa?
—Soy capaz de sentir empatía por ciertos androides —respondió—. No por todos, sino
específicamente por... uno, o dos —por Luba Luft, desde luego, se dijo. En definitiva, me
he equivocado. No hay nada de antinatural ni de inhumano en las reacciones de Phil
Resch. El problema soy yo.
Me pregunto si algún ser humano ha experimentado esto con un androide.
Naturalmente, quizá no vuelva a ocurrir. Es posible que sea una anomalía vinculada con
mis sentimientos, por ejemplo, acerca de La flauta mágica. O de la voz de Luba, o de su
profesión. Lo cierto es que jamás le había ocurrido, al menos conscientemente. Ni con
Polokov, ni con Garland, por ejemplo. Y si Phil Resch hubiese sido un androide, habría
podido matarlo sin la menor emoción, especialmente después de la muerte de Luba.
Estaba en juego la diferencia entre los verdaderos seres humanos y los objetos
humanoides. Pero en el ascensor del museo, se dijo Rick, yo estaba entre dos criaturas,
una humana y otra androide... Y mis sentimientos eran exactamente opuestos a lo
previsto, a lo que estoy acostumbrado a experimentar. A lo que debo sentir.
—Está en un aprieto, Deckard —dijo Phil Resch. Parecía divertido.
—¿Qué es esto? —preguntó Rick.
—Sexo —respondió Phil Resch.
—¿Sexo?
—Luba Luft era físicamente atractiva. ¿Nunca le había ocurrido antes? —Phil Resch
rió—. Me han enseñado que es un problema básico para los cazadores de bonificaciones.
¿No sabe, Deckard, que los hombres de las colonias suelen tener amantes androides?
—Eso no es legal —replicó Rick, que conocía las normas al respecto.
—Por supuesto que no. Muchas variaciones de la sexualidad no lo son. Y la gente las
practica igual.
—¿Y si se trata de amor, y no de sexo?
—El amor es un nombre del sexo.
—Como el amor al país —insistió Rick—, o a la música.
—Si es amor a una mujer, o a una imitación androide, es sexo. Despierte y enfréntese
con usted mismo, Deckard. Lo que quería era irse a la cama con un tipo femenino de
androide. Ni más ni menos. Yo también he sentido eso en cierta ocasión, cuando acababa
de iniciarme en el oficio. No se preocupe: curará. Sólo que en esta ocasión ha invertido
usted el orden. No tendría que matarla, o estar presente cuando la mataban, y sentirse
físicamente atraído después. Trate de que sea al revés.
Rick lo miró.
—Que me acueste con ella primero...
—Y la mate después —dijo lacónicamente Phil Resch, siempre con su sonrisa dura.
Es un buen cazador de bonificaciones, se dijo Rick. Su actitud lo demuestra. Pero...,
¿lo soy yo?
Por primera vez en su vida empezaba a dudarlo.
Como un arco de puro fuego, John R. Isidore atravesaba el cielo de la tarde mientras
retornaba a su casa. Me pregunto si todavía estará allí, se dijo. En ese viejo piso de
kippel, mirando al Amigo Buster en la TV, y temblando de miedo cada vez que creía oír
pasos en el pasillo. Incluso los míos. Había pasado por una tienda de mercado negro. A
su lado en el asiento había una bolsa llena de cosas deliciosas como queso de soja,
melocotones maduros, queso blando y maloliente, que se mecían cuando aceleraba o
frenaba con su coche aéreo. Como esa tarde estaba nervioso, conducía algo
erráticamente. Y su coche recientemente reparado tosía y trastabillaba como antes de
enviarlo a componer. Maldición, pensó Isidore.
El olor de los melocotones y el queso fluctuaba en el interior del coche y llenaba de
placer su nariz. En esos raros productos había invertido dos semanas de salario, que
había pedido adelantadas al señor Sloat. Además, debajo del asiento, donde no podía
rodar ni romperse, había una botella de Chablis. Isidore la había tenido guardada en un
depósito de seguridad del Bank of América, sin venderla pese a las ventajosas ofertas
recibidas para el caso de que alguna vez apareciese una chica. Lo cual no había ocurrido
hasta el momento.
El terrado de su edificio, desierto, lleno de desperdicios, le deprimió como de
costumbre. Mientras descendía y entraba en el ascensor limitó su visión periférica, para
concentrarse en los valiosos objetos que llevaba: la bolsa y la botella, para no resbalar y
precipitarse en un abismo económico. Cuando el ascensor llegó, crujiendo, no bajó hasta
su piso sino al nivel inferior donde residía ahora la nueva ocupante, Pris Stratton. Llamó a
su puerta golpeando con el borde de la botella de vino, mientras su corazón latía
locamente.
—¿Quién es? —a pesar de que la puerta la amortiguaba, la voz era clara. Y su tono
asustado era, sin embargo, agudo como una navaja.
—Quien le habla es J. R. Isidore —dijo, con la nueva autoridad que había adquirido
recientemente merced al videófono del señor Sloat—. Traigo algunas cosas buenas, y
pienso que podríamos organizar juntos una cena bastante razonable.
La puerta se entreabrió un poco. No había luces en el interior. Pris examinó el oscuro
pasillo.
—Parece usted diferente —dijo—. Más adulto.
—He tenido que realizar algunos asuntos de rutina durante mis horas de trabajo. Lo
normal.
—Si me permite usted pasar...
—Igual puede hablar —sin embargo, dejó la puerta suficientemente abierta para que él
pudiera entrar. Y al ver lo que él traía, dejó escapar una exclamación. En su rostro se
encendió una traviesa y exuberante alegría que, casi de inmediato, fue reemplazada por
una letal amargura. Sus facciones parecían vaciadas en concreto y la alegría se
desvaneció.
—¿Qué ocurre? —preguntó Isidore. Dejó bolsa y botella en la cocina y regresó deprisa
al lado de la chica. En tono monocorde, Pris respondió:
—No puedo apreciar esto.
—¿Por qué?
—Oh —se encogió de hombros, con las manos metidas en los bolsillos de su falda
pesada y bastante anticuada—. Algún día se lo diré —alzó la mirada—. De cualquier
modo, ha sido usted muy amable. Ahora me gustaría que se marchara; no estoy de
ánimos para ver a nadie —se movió hacia la puerta de la sala de modo casual; arrastraba
los pies y parecía agotada, como si sus reservas de energía se hubieran terminado.
—Yo sé qué le ocurre —dijo él.
—¿Sí? —abrió la puerta; su voz iba tornándose aún más gastada, seca y estéril.
—No tiene amigos. Está mucho peor que cuando la vi más temprano; y eso es
porque...
—Tengo amigos —en su voz surgió una súbita autoridad.
Recobró la energía—. O al menos los tenía. Siete. Era suficiente para empezar, pero
ahora los cazadores de bonificaciones han tenido tiempo de iniciar su tarea. De modo que
algunos de ellos, quizá todos, estarán muertos —fue hacia la ventana, miró la oscuridad y
las pocas luces diseminadas aquí y allá—. Tal vez sea la única sobreviviente de nosotros
ocho.
—¿Qué es un cazador de bonificaciones?
—Ah, sí. Se supone que la gente lo ignora. Un cazador de bonificaciones es un asesino
profesional al que se le da una lista de personas que debe matar. Se le paga una suma:
tengo entendido que la tarifa corriente es de mil dólares por cada una. Y normalmente
trabaja para el ayuntamiento, de modo que recibe también un salario, que se mantiene
bajo para que el hombre tenga un incentivo.
—¿Está usted segura? —preguntó Isidore.
—Sí.
—¿... quiere decir, de que tiene un incentivo?
—Pues sí, lo tiene. Le gusta hacer lo que hace.
—Eso no es posible —respondió Isidore. Jamás había oído hablar de una cosa
semejante. Por ejemplo, el Amigo Buster nunca lo había mencionado—. No concuerda
con la actual ética merceriana —señaló—. Todas las vidas son una; «ningún hombre es
una isla», como dijo Shakespeare una vez.
—No; John Donne.
Isidore hizo agitadamente un gesto.
—Es lo peor que he oído decir. ¿No puede llamar a la policía?
—No.
—¿Y la están siguiendo? ¿Alguien puede venir aquí, a matarla? —estaba
comprendiendo por qué la chica se mostraba tan reservada—. No me extraña que tenga
miedo y que no desee ver a nadie —pero pensó: debe ser una alucinada, una psicótica
con delirios de persecución. Daño cerebral provocado por el polvo radiactivo... Quizá sea
una especial—. Yo los atacaré primero —dijo.
—¿Con qué? —la muchacha sonrió suavemente, mostrando sus dientes suaves,
blancos, parejos.
—Conseguiré una licencia para usar un rayo láser. No es difícil cuando uno vive aquí,
donde no hay nadie. La policía no patrulla y se supone que todo el mundo debe
defenderse solo.
—¿Y cuando esté en su trabajo?
—Pediré vacaciones.
—Muchas gracias, J. R. Isidore. Pero si los cazadores de bonificaciones han cogido a
los demás, a Max Polokov, a Garland, a Luba, a Hasking y a Roy Baty —se interrumpió—,
Roy e Irmgard Baty... Si ellos han muerto, ya nada me importa. Son mis mejores amigos.
¿Por qué no he recibido noticias de ellos? —dejó escapar una furiosa maldición. En la
cocina, Isidore encontró fuentes, boles, vasos polvorientos, sin uso desde hacía largo
tiempo. Empezó a lavarlos en el fregadero dejando correr el agua caliente coloreada por
la herrumbre, hasta que se aclaró. Pris apareció y se acercó a la mesa. El abrió la botella
de Chablis, y repartió los melocotones, el queso, el tufu.
—¿Qué es eso? —dijo ella, señalando.
—Está hecho de soja. Me gustaría tener un poco de... —se interrumpió, ruborizado—.
Antes se comía con salsa de carne.
—Esos son los errores que cometen los androides —murmuró Pris—. Por eso se
delatan —se acercó a Isidore, se detuvo a su lado y le pasó el brazo por la cintura
sorpresivamente, oprimiéndose contra él por un segundo—. Quiero un poco de melocotón
—dijo, y cogió delicadamente con sus largos dedos una tajada mórbida y resbalosa de
color entre naranja y rosado. Mientras se la comía empezó a llorar; frías lágrimas bajaban
por sus mejillas y caían sobre su pecho. Como Isidore no sabía qué hacer, continuó en la
repartición de los alimentos—. Al diablo con todo —agregó Pris, apartándose de él y
empezando a caminar lentamente, a pasos medidos, por la habitación, le contaré.
Nosotros vivíamos en Marte. Por eso he podido conocer a los androides —su voz
temblaba, pero logró continuar. Obviamente era muy importante para ella tener alguien
con quien conversar.
—Y las únicas personas que usted conoce en la Tierra —dijo Isidore—, son sus amigos
inmigrantes.
—Nos conocíamos antes del viaje; vivíamos todos cerca de Nueva Nueva York. Roy
Baty e Irmgard tenían una farmacia; él es farmacéutico y ella se ocupa de cremas y
cosméticos. Las mujeres de Marte están obligadas a usar una cantidad de
acondicionadores de la piel. Y yo —vaciló—, tomaba las drogas que me daba Roy. Al
principio las necesitaba porque... De todos modos es un lugar horrible —con un gesto
violento indicó sus habitaciones—. Usted piensa que yo sufro porque me siento sola. Pero
esto no es nada: todo Marte es un lugar solitario. Mucho peor.
—Y los androides, ¿no son una compañía? He oído un anuncio... Yo creía que los
androides ayudaban —Isidore se sentó y comió, ella alzó su vaso de vino y bebió
inexpresivamente.
—Los androides también se sienten solos —respondió Pris.
—¿Le gusta el vino?
—Es muy bueno —Pris apoyó el vaso sobre la mesa.
—Es la primera botella que veo en tres años.
—Volvimos —continuó ella—, porque nadie debería vivir allá. No ha sido nunca un
lugar habitable, al menos durante el último billón de años. Es tan viejo..., uno siente esa
terrible vejez en las mismas piedras. Al principio, Roy me daba drogas. Yo lograba
sobrevivir merced a un nuevo analgésico sintético, la silenicina. Y conocí entonces a Horst
Hartman, que tenía una tienda de sellos, de viejos sellos de correo. Hay mucho tiempo
disponible y uno necesita un hobby, algo que ocupe infinitamente la atención. Y Horst
logró que yo me interesara por la ficción pre-colonial.
—¿Quiere decir, libros antiguos?
—Narraciones de viajes espaciales, escritas antes de los viajes espaciales.
—¿Y cómo podía haber narraciones antes de...?
—Los escritores sabían.
—Pero, ¿en qué se fundaban?
—En la imaginación. Muchas veces se equivocaban. Por ejemplo, contaban que Venus
era una jungla paradisíaca con enormes monstruos y mujeres con corazas brillantes —
Pris lo miró—. ¿No le gusta la idea? ¿Mujeres de largas trenzas rubias y refulgentes
placas pectorales del tamaño de melones?
—No —respondió Isidore.
—Irmgard es rubia, pero pequeña —continuó Pris—. Pues bien, sea como fuere, es
posible ganar fortunas con el contrabando de ficción pre-colonial, de revistas, libros y
películas, a Marte. No hay cosa más excitante que leer historias de ciudades y empresas
industriales inmensas o de una colonización verdaderamente lograda. Uno se imagina
cómo podría haber sido todo. Cómo habría tenido que ser Marte. Los canales...
—¿Canales? —Isidore recordaba oscuramente haber leído algo al respecto.
Antiguamente se creía que había canales en Marte.
—Cruzaban el planeta en todas direcciones —siguió Pris—. Y otros cuentos hablan de
seres infinitamente sabios, de otras estrellas. Y otros de la Tierra en el futuro, en nuestra
época, y más adelante. Cuando ya no haya más polvo radiactivo.
—Y leer eso, ¿no hace que uno se sienta peor? —preguntó Isidore.
—No —respondió sencillamente Pris.
—¿Ha traído algún material de lectura pre-colonial? —pensó que podía leer algo.
—Aquí no tiene valor, no está de moda. Y de todas maneras, las bibliotecas están
repletas.
Nosotros lo conseguimos así; se roba en las bibliotecas de la Tierra y se envía por
cohete automático a Marte. Y una está vagando por el espacio, a la noche, y ve de
improviso un destello, y un cohete llega y se abre y de su interior se derraman las viejas
revistas de ficción pre-colonial. Una fortuna. Y por supuesto, las leemos antes de
venderlas —cada vez le entusiasmaba más el tema—. Y de todas...
Un golpe en la puerta.
Palideciendo, Pris susurró:
—No puedo abrir. No haga ruido, no se mueva —intentó escuchar—. Me pregunto si
cerré la puerta —dijo en voz casi inaudible—. Espero que sí —sus ojos, muy grandes, se
fijaron en él, como si le rogaran que convirtiera su deseo en realidad.
Una voz distante dijo:
—Pris, ¿estás aquí?
—Somos Irmgard y Roy —dijo una voz de hombre—. Recibimos tu mensaje.
Pris se puso de pie, fue hasta el dormitorio, y reapareció con papel y lápiz. Volvió a
sentarse y rasguñó unas palabras:
VAYA A LA PUERTA
Isidore, nerviosamente, cogió el lápiz y escribió:
¿QUE LES DIGO?
Pris respondió:
VEA SI DE VERDAD SON ELLOS.
Isidore se dirigió a la sala. ¿Cómo haré para saber si son ellos? Abrió la puerta. Había
dos personas. Una mujer pequeña, de ojos azules y pelo rubio claro, con un encanto que
evocaba el de Greta Garbo. El hombre era más alto; sus ojos eran inteligentes pero sus
achatados rasgos mongólicos le daban un aire brutal. La mujer vestía un abrigo a la
moda, altas botas brillantes y pantalones; el hombre llevaba una camisa arrugada y unos
pantalones manchados, como si buscara deliberadamente un aspecto vulgar. Le sonrió a
Isidore, pero sus ojos pequeños, brillantes, eran huidizos.
—Estamos buscando... —dijo la rubia pequeña, y en ese momento miró más allá de
Isidore y su rostro se iluminó de felicidad. Pasó velozmente al lado del hombre,
exclamando—: ¡Pris! ¿Cómo estás?
Isidore se volvió. Las dos mujeres se abrazaban. Se hizo a un lado, y entró el sombrío
y corpulento Roy Baty, con su sonrisa torcida e inexpresiva.
—¿Podemos hablar? —dijo Roy, señalando a Isidore. Pris, vibrante de júbilo,
respondió:
—Sí. Hasta cierto punto —luego se dirigió a Isidore—: Perdón —se apartó con los Baty
para decirles algo en voz baja. Luego los tres regresaron y se acercaron a J. R. Isidore,
que se sentía incómodo y fuera de lugar—. Os presento al señor Isidore —dijo Pris—, que
ha estado cuidándome —las palabras estaban teñidas de una ironía casi maliciosa, que
hizo parpadear a Isidore—. ¿Veis? Me ha traído comida natural.
—Comida —repitió Irmgard Baty mientras trotaba ágilmente hacia la cocina para
averiguar de qué se trataba—. Melocotones —dijo, mientras cogía un bol y una cuchara.
Dedicó una sonrisa a Isidore y comió a pequeños bocados, voraces y animales. Su
sonrisa era distinta de la de Pris. Contenía una sencilla calidez y carecía de
connotaciones veladas. Isidore la siguió a la cocina, atraído.
—Viene de Marte..., ¿no?
—Sí, abandonamos la partida —su voz subía y bajaba de tono; sus ojos azules,
perspicaces, como de pájaro, centelleaban—. Este edificio es horrible. No vive nadie más,
¿verdad? No hemos visto otras luces.
—Vivo arriba —dijo Isidore.
—Ah, pensé que vivía con Pris —no había desaprobación en la voz de Irmgard Baty.
Sólo enunciaba un hecho.
—Cogieron a Polokov —dijo Roy Baty con amargura, pero sin dejar de sonreír.. E
inmediatamente en el rostro de Pris se desvaneció la alegría de haber encontrado a sus
amigos.
—¿Ya alguien más?
—A Garland —continuó Roy Baty—. Y a Anders y a Gitchel y hoy mismo, hace un rato,
a Luba —dejaba caer las noticias como si perversamente le complaciera hacerlo—. No
creía que pudieran sorprender a Luba. ¿Recuerdas que te lo dije en la nave?
—De modo que quedamos...
—Sólo nosotros tres —agregó Irmgard, como urgida.
—Y por eso hemos venido —dijo Roy Baty en voz cálida y sonora. Cuanto peor era la
situación, más a gusto parecía sentirse. Isidore no comprendía por qué.
—Dios mío —respondió Pris, afligida.
—Primero fue un investigador, un cazador de bonificaciones llamado Dave Holden —
dijo Irmgard, y su boca parecía escupir veneno—. Polokov estuvo a punto de matarlo.
—A punto —repitió Roy. Su sonrisa era inmensa.
—Y ahora está en el hospital —continuó Irmgard—, ese Holden. Pero sin duda le
dieron su lista a otro cazador de bonificaciones, a quien Polokov también atacó, pero la
cosa terminó con la muerte de Polokov. Y después el nuevo cazador persiguió a Luba.
Esto lo sabemos porque ella logró comunicarse con Garland; él envió a una persona que
capturó al cazador de bonificaciones y lo llevó al edificio de la calle Mission. Luba nos
llamó después de que el hombre de Garland se llevara al cazador. Estaba segura de que
todo marcharía bien y de que Garland lo mataría. Pero es evidente que algo anduvo mal
en Mission. No sabemos qué, y tal vez jamás lo sabremos.
—Y el nuevo cazador de bonificaciones, ¿tiene nuestros nombres? —preguntó Pris.
—Lo más probable es que sí, querida —respondió Irmgard—. Pero no sabe dónde
estamos.
Roy y yo no volveremos a nuestro apartamento. Tenemos en el coche todo lo que
pudimos meter, y estamos decididos a instalarnos en uno de los pisos abandonados de
este inmundo edificio.
—¿Y eso será lo mejor? —preguntó Isidore, reuniendo su valor—. ¿Estar todos en el
mismo lu-lugar?
—Bueno, han atrapado a todos los demás —dijo Irmgard, con serenidad. También ella
parecía resignada a pesar de su agitación superficial. Todos eran extraños, pensó Isidore.
Lo sentía, pero no podía explicárselo. Como si sus procesos mentales estuvieran
afectados por un peculiar y maligno carácter abstracto. Excepto Pris, en todo caso, que
estaba verdaderamente asustada. Pris parecía casi natural, pero...
—¿Por qué no te quedas con él? —dijo Roy—. Podría darte alguna protección.
—¿Un cabeza de chorlito? —exclamó Pris—. Yo no voy a vivir con un cabeza de
chorlito.
—Me parece una tontería que te pongas snob en un momento como éste —respondió
rápidamente Irmgard—. Los cazadores de bonificaciones se mueven velozmente. Quizá
trate de atacar esta noche, quizá le den un premio especial si termina con nosotros antes
de...
—Por Dios, cerremos la puerta —dijo Roy, al tiempo que lo hacía con un golpe de la
mano.
Luego dio vuelta la llave—. Pris, lo mejor es que te instales con Isidore, y que Iran y yo
nos quedemos en el mismo edificio. Así podremos ayudarnos mutuamente. Tengo en el
coche algún equipo electrónico que traje de la nave. Instalaré un par de micrófonos para
que tú puedas oírnos, y nosotros a ti, y un sistema de alarma que cualquiera de los cuatro
pueda poner en marcha. Es evidente que las identidades sintéticas no han funcionado, ni
siquiera la de Garland. Desde luego, Garland metió la cabeza en el lazo cuando llevó a
ese cazador de bonificaciones al edificio de la calle Mission. Fue un error. Y Polokov, en
lugar de permanecer lo más lejos posible del cazador, fue a su encuentro. Nosotros no
haremos nada de eso: nos quedaremos escondidos. Parecía que no sentía la menor
preocupación. El angustioso aprieto sólo excitaba en él una crepitante energía casi
maníaca.
—Pienso... —continuó. Inspiró con fuerza, y atrajo la atención de todo el mundo,
incluso de Isidore—. Pienso que si estamos vivos es por una razón. Porque si él tuviera
alguna idea de dónde estamos, ya habría aparecido. Para cazar bonificaciones hay que
trabajar rápido. En eso radica la eficacia.
—Si se demora —continuó Irmgard, acordando—, podemos escapar, como hemos
hecho ahora. Creo que Roy tiene razón. Debe saber nuestros nombres, pero no nuestra
situación. Pobre Luba... En la Opera, totalmente en descubierto, no era difícil atraparla.
—Ella lo quiso así —observó Roy—. Pensaba que estaría más segura si se convertía
en una figura pública.
—Tú le dijiste lo contrario.
—Sí —reconoció Roy—. Y también le aconsejé a Polokov que no adoptara el rol de un
hombre de la WPO. Y le dije a Garland que uno de sus cazadores de bonificaciones lo
descubriría, como es muy probable que haya ocurrido —se mecía sobre sus talones; su
rostro tenía expresión de profundidad.
—Entiendo po-por lo que ha dicho, señor Baty —dijo Isidore—, que usted es el lí-líder
natural del grupo.
—Sí, es nuestro líder —dijo Irmgard.
—El organizó el viaje de Marte a la Tierra —explicó Pris.
—Entonces —continuó Isidore—, será mejor hacer lo que él sugiere —su voz estaba
llena de tensión y de esperanza—. Sería espléndido, Pris, que viniera a vivir conmigo. Yo
podría dejar de ir a trabajar durante un par de días, para estar seguro de que todo marcha
bien —y tal vez Milt, que era muy hábil, podría construir un arma. Algo ingenioso, capaz
de matar a los cazadores de bonificaciones, sean como fueran. El tenía una impresión
distinta, oscuramente vislumbrada, de un ser despiadado que llevaba un arma y una lista
impresa, y desempeñaba mecánica, burocráticamente la tarea de matar. Un ser sin
emociones y ni siquiera un rostro. Y que cuando moría era inmediatamente reemplazado
por otro similar. Y así sucesivamente, hasta que murieran todas las personas vivas y
reales.
Es increíble que la policía no pueda hacer nada, pensó. No puedo creerlo. Esta gente
tiene que haber hecho algo. Quizás han regresado ilegalmente a la Tierra. La TV pide que
denunciemos cualquier nave que aterrice fuera de los aeropuertos aprobados.
Seguramente la policía los busca por algo como eso. Pero aún así, ya no se mataba
deliberadamente a nadie. Era contrario al Mercerismo.
—Creo que le gusto al cabeza de chorlito —dijo Pris.
—No lo llames así, Pris —reprochó Irmgard, mirando compasivamente a Isidore—.
Piensa cómo podría llamarte él a ti. Pris no respondió. Su expresión se tornó enigmática.
—Empezaré a colocar los micrófonos —dijo Roy—. Irmgard y yo nos quedaremos aquí.
Tú, Pris, te instalarás con... el señor Isidore —se dirigió a la puerta, con movimientos
sorprendentemente veloces para un hombre de tal corpulencia. La abrió con violencia y
en ese instante Isidore tuvo una extraña y breve alucinación: vio una estructura de metal,
una caja de poleas, circuitos, baterías, engranajes, y luego la desaliñada figura de Roy
Baty reapareció. Isidore estuvo a punto de reír, sofocó nerviosamente el impulso y se
sintió aturdido.
—Un hombre de acción —observó Pris, abstraída—. Es una lástima que no tenga más
habilidad manual con las cosas mecánicas.
—Si nos salvamos —contestó Irmgard en tono severo—, será gracias a Roy.
—¿Valdrá la pena? —dijo Pris para sí misma. Luego se encogió de hombros y se
dirigió a Isidore—. Está bien, J. R. Me iré a su casa y podrá protegerme.
—A todos vosotros —respondió Isidore de inmediato. En tono formal y solemne,
Irmgard le dijo:
—Quiero que sepa, señor Isidore, que se lo agradecemos mucho. Pienso que es usted
el primer amigo que hemos encontrado en la Tierra. Su actitud es muy noble, y ojalá
podamos pagarle algún día —se acercó a él y lo cogió del brazo.
—¿No tiene alguna novela pre-colonial que pueda leer?
—¿Eh? —Irmgard Baty miró inquisitivamente a Pris.
—Esas revistas viejas —respondió Pris. Había reunido algunas cosas para llevarse e
Isidore las cogió en sus brazos, con la peculiar alegría de haber alcanzado una meta.
—No, J. R. No trajimos ninguna, por las razones que le expliqué.
—Ma-mañana iré a una bi-bib-lioteca —dijo, mientras salían al pasillo—. Y traeré
algunas, para que tenga algo en qué entretenerse además de esperar. Condujo a Pris a
su propio apartamento, escaleras arriba, oscuro, vacío, tibio y cerrado. Puso en el
dormitorio las cosas de la muchacha, y encendió inmediatamente las luces, la calefacción
y la TV con su único canal.
—Me gusta —dijo Pris en el mismo tono distante mientras recorría el lugar con las
manos metidas en los bolsillos de su falda y una expresión de desagrado que no
concordaba.
—¿Qué ocurre? —preguntó él.
—Nada —se detuvo ante la ventana, descorrió las cortinas y miró hacia fuera.
—Si piensa que la están buscando... —empezó Isidore.
—Es todo un sueño —dijo Pris—. Provocado por las drogas que me dio Roy.
—¿Cómo?
—¿Usted cree realmente que los cazadores de bonificaciones existen?
—El señor Baty dijo que habían matado a sus amigos.
—Roy Baty es tan loco como yo —respondió Pris—. Nuestro viaje ha sido desde un
hospital mental de la Costa Este hasta aquí. Somos todos esquizofrénicos, con vidas
emocionales defectuosas. Achatamiento de los afectos, le llaman a eso. Y tenemos
alucinaciones de grupo.
—Ya me parecía que no era cierto —dijo él, con alivio.
—¿Y por qué le parecía? Pris giró y lo miró intensamente. Su examen fue tan riguroso
que Isidore enrojeció.
—Po-porque esas cosas no pueden ocurrir. El go-gobierno nunca mata a nadie, por
ningún crimen. Y el Mercerismo...
—Pero si usted no es humano —dijo Pris—, todo es diferente.
—No es cierto. Incluso los animales, incluso las anguilas y los topos y las arañas y las
serpientes son sagrados.
—Así que no puede ocurrir, ¿verdad? —dijo Pris, que continuaba mirándolo fijamente—
. Como usted dice, incluso los animales están protegidos por la ley. Toda forma de vida.
Cualquier cosa orgánica que repta o se agita o cava trincheras o vuela o pone huevos o...
—se interrumpió cuando Roy Baty abrió bruscamente la puerta y entró arrastrando unos
cables.
—Los insectos son especialmente sagrados —dijo Roy, sin mostrarse incómodo por
haberlos oído. Quitó un cuadro de la pared de la sala, puso en el clavo un pequeño objeto
electrónico, retrocedió, lo miró y volvió a colocar el cuadro en su lugar—. Ahora la alarma
—recogió el cable, que conducía a un complejo aparato. Con su sonrisa discordante lo
mostró a Pris y a John Isidore—. La alarma. Estos cables quedarán ocultos debajo de la
alfombra; son antenas que pueden registrar la presencia de —vaciló— una entidad mental
que no sea ninguno de nosotros cuatro.
—Entonces suena —dijo Pris—, ¿y qué? Tendrá un arma. No podemos caer sobre él y
morderlo hasta que muera.
—Esto contiene una unidad Penfield —continuó Roy—. Cuando la alarma entra en
funcionamiento irradia un estado de ánimo, y en este caso el intruso sentirá pánico, salvo
en el caso de que actúe con gran rapidez. Un pánico terrible. El volumen está en el punto
máximo. Ningún ser humano podrá permanecer más de unos segundos. El terror conduce
a una huida a ciegas, a movimientos circulares al azar, a espasmos musculares y
neurales. Y esto nos dará la oportunidad de atacarlo. Tal vez. Todo depende de su
capacidad...
—Y la alarma, ¿no nos afectará? —preguntó Isidore.
—Es verdad —dijo Pris a Roy Baty—. Afectará a Isidore.
—Y con eso, ¿qué? —respondió Roy, mientras instalaba el sistema—. Los dos saldrán
corriendo de aquí, aterrorizados. Eso nos dará igualmente tiempo para reaccionar. Y no
matarán a Isidore, porque no está en su lista. Por eso podemos aprovechar su protección.
—¿No puedes hacer nada mejor, Roy? —dijo bruscamente Pris.
—No —contestó él—. No puedo.
—Qui-quizá yo pueda co-conseguir un arma ma-mañana —dijo Isidore.
—¿Estás seguro de que la presencia de Isidore no activará la alarma? —preguntó Pris
—Después de todo, él es..., sabes...
—He compensado sus emanaciones mentales —explicó Roy—. La suma no alcanza
para activar el sistema. Es necesaria la presencia de otro humano. Otra persona —
rectificó con el seño fruncido, mirando a Isidore, consciente de lo que había dicho.
—Ustedes son androides —dijo Isidore; no le importaba, le era igual—. Y ahora
comprendo por qué los persiguen —agregó—. En realidad, no son seres vivos —todo
tenía sentido para él: los cazadores de bonificaciones, la muerte de sus amigos, el viaje a
la Tierra, todas aquellas precauciones...
—Cuando usé la palabra «humano» —dijo Roy Baty—, me equivoqué.
—Es verdad, señor Baty. Pero para mí es lo mismo. Quiero decir, yo soy un especial. A
mí tampoco me tratan demasiado bien. Por ejemplo, no puedo emigrar —dijo Isidore,
hablando muy deprisa—. Ustedes no pueden venir aquí, yo no... Después de una pausa,
Roy Baty dijo lacónicamente:
—No le gustaría Marte. No se pierde usted nada.
—Me preguntaba cuánto tardaría usted en darse cuenta —le dijo Pris a Isidore—.
Somos diferentes, ¿verdad?
—Eso es lo que perdió a Garland y a Max Polokov —afirmó Roy Baty—. Estaban tan
neciamente seguros de que podían pasar inadvertidos... Y Luba también.
—Son intelectuales —dijo Isidore; había comprendido, y eso lo excitaba y envanecía—.
Piensan de modo abstracto —gesticulaba y hablaba atropelladamente—, y no... Yo
querría tener una inteligencia igual. Entonces podría pasar el test y no sería un cabeza de
chorlito. Yo creo que son seres superiores. Podría aprender mucho de ustedes.
Después de una pausa, Roy Baty dijo:
—Terminaré de conectar la alarma.
—Todavía no comprende cómo salimos de Marte —dijo Pris en voz aguda y sonora—.
Ni lo que hicimos allá.
—Lo que no podíamos dejar de hacer —gruñó Roy. Irmgard Baty estaba en la puerta.
Lo advirtieron cuando habló.
—No creo que sea necesario preocuparse por el señor Isidore —dijo sinceramente. Se
acercó a él y lo miró en la cara—. A él tampoco lo tratan demasiado bien, como nos ha
dicho. Y no le importa lo que hemos hecho en Marte. Nos conoce, no le disgustamos, y la
aceptación emocional es todo para él. Para nosotros, es difícil comprenderlo. Sin
embargo, así es —y agregó para él, acercándosele mucho y sin dejar de mirarlo—: Podría
ganar mucho dinero si nos denuncia, ¿lo comprende? —se volvió y se dirigió a su
marido—. ¿Ves? Comprende perfectamente, pero no dirá nada.
—Usted es un gran hombre, Isidore —dijo Pris—. Un crédito para su raza.
—Si fuera un androide, nos denunciaría a eso de las diez de mañana, antes de ir a
trabajar —dijo Roy—. Estoy lleno de admiración —su tono era indescifrable, por lo menos
para Isidore—. Y nosotros imaginábamos que éste era un mundo enemigo, un planeta de
caras hostiles —su risa parecía un ladrido.
—Yo no tengo miedo —declaró Irmgard.
—Pues tendrías que tener miedo hasta las suelas de tus zapatos —respondió Roy.
—Votemos —sugirió Pris—. Como hacíamos en la nave cuando no estábamos de
acuerdo.
—Está bien —dijo Irmgard—. No diré nada más. Pero si dejamos esto, no creo que
encontremos otro ser humano que nos acoja y nos ayude. El señor Isidore es un... —
buscó la palabra.
—Especial —completó Pris.
Solemnemente procedieron a la votación.
—Nos quedaremos aquí —afirmó Irmgard, resueltamente—. En este apartamento, en
este edificio.
—Yo voto porque matemos al señor Isidore y nos vayamos a otro lugar —dijo Roy
Baty; su mujer, él mismo, y John Isidore, miraron tensos a Pris.
—Yo voto porque nos quedemos —dijo en voz baja—. Creo que el valor de J. R. para
nosotros supera el peligro de que sepa la verdad. Es evidente que no podemos vivir entre
los humanos sin ser descubiertos. Eso fue lo que terminó con Polokov, con Garland,
Luba, Anders. Con todos.
—Tal vez ellos hicieron lo mismo que nosotros —sugirió Roy Baty—: confiar en algún
ser humano que les parecía diferente. O como has dicho tú, especial.
—No podemos saberlo —respondió Irmgard—. Eso es sólo una conjetura. Yo creo que
ellos andaban por ahí —hizo un gesto—, o cantaban en un escenario..., como Luba.
Nosotros confiamos... Te diré en qué cosa confiamos y nos traiciona, Roy. En nuestra
maldita inteligencia superior —miró a su marido; sus senos altos y pequeños subían y
bajaban con rapidez—. Somos tan inteligentes..., maldito sea, Roy. Tú estás cometiendo
el mismo error...
—Creo que Irm tiene razón —dijo Pris.
—De modo que confiaremos nuestras vidas a un infradotado —Roy no terminó la frase,
y luego cedió—. Estoy cansado. Ha sido un largo viaje, Isidore —dijo sencillamente—. Y
no hemos estado mucho tiempo aquí, infortunadamente.
—Espero contribuir a que vuestra estancia en la Tierra sea agradable —dijo Isidore,
feliz.
Estaba seguro de poder... Además, le parecía algo espléndido, la culminación de toda su
vida. Y de la nueva autoridad que había asumido ese mismo día en su trabajo, ante el
videófono...
Apenas concluidas sus tareas de esa tarde, Rick Deckard voló al mercado de animales.
Las tiendas de los grandes vendedores de animales, con sus enormes escaparates y sus
fantásticos letreros, ocupaban varias manzanas. La novedosa y horrible depresión que
había sufrido antes, temprano, no se había disipado aún. Pero ver lo animales y tratar con
los vendedores podía perforar esa depresión, crear en ella una falla que le permitiría asirla
y exorcizarla. En otros tiempos, ver animales y enterarse de las costosas ventas le había
sido de gran ayuda. Quizá también ocurriera ahora.— Sí, señor —dijo un joven vendedor
elegantemente vestido, mientras Rick miraba los animales expuestos con una especie de
manso asombro—. ¿Ha visto algo que le agrade?
—Muchos me agradan —respondió Rick—. Lo que me preocupa es el precio.
—Usted puede elegir la forma de compra —dijo el vendedor—. Me indica qué quiere
llevarse a casa y cómo quiere pagar. Yo le llevaré la propuesta al gerente de ventas y
haré que la apruebe.
—Tengo tres mil en efectivo —al final de la jornada, el departamento le había pagado
su bonificación—. ¿Cuánto vale esa familia de conejos?
—Señor, si usted puede hacer un pago inicial de tres mil, podría también ser propietario
de algo bastante mejor que un par de conejos. ¿Qué le parece una cabra?
—Nunca me han gustado mucho las cabras.
—¿Puedo preguntarle si esto significa para usted, un nuevo punto de vista en materia
de precios?
—Bueno, normalmente no poseo tres mil dólares —respondió Rick.
—Eso es lo que pensé, señor, cuando usted habló de conejos. Lo malo es que todo el
mundo tiene un conejo. Y me gustaría que ascendiese usted a la clase de los poseedores
de cabras, como considero justo. Con franqueza, usted me parece aún mucho más que
un poseedor de cabras.
—¿Qué ventajas tiene una cabra?
El vendedor de animales dijo:
—La ventaja específica de una cabra es que se le puede enseñar a embestir a
cualquier persona que intente robarla.
—Salvo que le disparen un hipnodardo y los ladrones desciendan por la escalinata de
un coche aéreo suspendido... El vendedor, impertérrito, continuó:
—La cabra es leal. Posee un alma libre que ninguna cárcel puede contener. Y hay,
además, otra ventaja, que quizá no recuerde usted: con frecuencia, cuando se hace una
inversión en un animal, se descubre cualquier mañana que ha comido algo radiactivo y ha
muerto. A una cabra no le afectan los alimentos cuasi-contaminados; puede comer
eclécticamente, incluso cosas que matarían a una vaca o un caballo, y más
específicamente, a un gato. Consideramos que, puesto que se trata de una inversión a
largo plazo, una cabra, y en particular una hembra, ofrece ventajas incomparables a todo
propietario de animales verdaderamente serio.
—¿Es una hembra? —Rick había visto una gran cabra negra en el centro de su jaula.
Se dirigió hacia ella, seguido por el vendedor.
—Sí, es una hembra. Una cabra negra, nubia, muy grande, como puede ver. Es una
verdadera competidora en el mercado de este año, señor. Y la tenemos en oferta a un
precio muy atractivo y muy, muy bajo.
Rick extrajo su arrugado ejemplar del Sidney y buscó el precio de lista de la cabra
nubia negra.
—¿Pagará usted en efectivo? —preguntó el vendedor—. ¿O entrega como parte de
pago un animal usado?
—Efectivo —respondió Rick.
El vendedor escribió un precio en un papel y se lo mostró casi furtivamente a Rick.
—Es demasiado —dijo Rick, escribiendo en el mismo papel una cifra más modesta.
—No podríamos vender una cabra por ese precio —protestó el vendedor mientras
escribía otra cifra—. Esta cabra no tiene todavía un año. Su expectativa de vida es muy
elevada —le mostró la cantidad a Rick.
—Trato hecho.
Firmó el contrato y los documentos aplazados, entregó sus tres mil dólares —todas las
bonificaciones que había ganado— corno aporte inicial, y se encontró junto a su coche
aéreo mientras los empleados de la tienda cargaban a bordo una gran cesta con la cabra.
Ahora soy dueño de un animal, se dijo. Un animal vivo, no eléctrico... Por segunda vez en
mi vida.
Le estremecía el gasto, la deuda asumida. Pero tenía que hacerlo, se dijo. La
experiencia con Phil Resch... Debo recuperar mi confianza, mi fe en mí mismo y en mi
capacidad. De lo contrario, no podré conservar mi trabajo.
Con manos temblorosas elevó su coche al cielo y se dirigió a su casa. Irán se enfadará,
pensó. La responsabilidad la abrumará. Y como ella es la que está todo el día en casa,
gran parte del mantenimiento quedará en sus manos. Nuevamente se sintió angustiado.
Cuando aterrizó en el terrado de su casa se quedó un momento en su asiento, tratando
de componer mentalmente una justificación verosímil. Es por mi trabajo, pensó, por el
prestigio. No podíamos seguir con esa oveja eléctrica: minaba mi moral. Quizá pueda
decirle eso a Irán. Descendió con esfuerzo, jadeando, bajó la cesta del asiento trasero al
suelo. La cabra se movió y los miró con ojos brillantes, pero no emitió sonido alguno. Rick
fue a su apartamento, y siguió el familiar camino por los pasillos hasta su puerta.
—Hola —dijo Irán, atareada con la cena, desde la cocina—. ¿Por qué llegas tan tarde?
—Ven al terrado —le dijo—. Quiero mostrarte una cosa.
—Has comprado un animal —Irán se quitó el delantal, alisó su cabello en un gesto
maquinal y salió con él. Ambos caminaban con pasos largos y alegres—. Deberías
haberme llevado a comprarlo contigo —susurró—. Tengo derecho a participar en la
decisión... Es la compra más grande que nunca...
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—Quería darte una sorpresa —respondió Rick.
—Has ganado alguna bonificación —dijo ella.
—Sí. He retirado tres andrillos —entraron en el ascensor y se acercaron un poco a
Dios.
—Tenía necesidad de comprar esto —explicó—. Hoy hubo algo que no marchó bien,
me refiero al retiro de los andrillos. Y no podré continuar si no tengo un animal —el
ascensor llegó al terrado y entonces guió a su mujer en la oscuridad de la noche hacia la
pequeña dehesa. Encendió las luces que mantenían todos los ocupantes del edificio en
comunidad, y silenciosamente señaló a la cabra mientras espiaba su reacción.
—Oh, Dios mío —dijo suavemente Irán. Avanzó hacia la cesta, miró el interior, y luego
giró en torno, para ver la cabra desde todos los ángulos—. ¿Es real? —preguntó—. ¿No
es falsa?
—Absolutamente real —respondió él—. Si no me han engañado —pero eso no solía
suceder.
La multa por falsificación era enorme: dos veces y media el valor total del animal
auténtico—. No, no me han engañado.
—Es una cabra —dijo Irán—. Una cabra nubia negra.
—Y es hembra —observó Rick—. De modo que más adelante podremos cruzarla,
tendremos leche y con ella haremos queso.
—¿No podemos sacarla? ¿Ponerla junto a la oveja?
—Tiene que estar atada, al menos por unos días. —Irán dijo, en voz baja y extraña:
—«Mi vida es amor y placer». Es una canción vieja, muy vieja, de Josef Strauss.
¿Recuerdas?
La primera vez que nos encontramos —le puso delicadamente una mano en el hombro,
se apretó contra él y lo besó—. Mucho amor y placer.
—Gracias —respondió Rick, abrazándola.
—Bajemos a agradecerle a Mercer. Luego volveremos y le pondremos un nombre.
Tiene que tener un nombre. Y quizá puedas encontrar una soga para atarla.
Bill Barbour, el vecino, que estaba atendiendo y peinando a su yegua Judy, les dijo:
—Es hermosa esa cabra, Deckard. Buenas noches, señora Deckard. Felicitaciones.
Quizá tenga cabritos... Y cambiaría mi potrillo por un par de cabritos...
—Gracias —contestó Rick. Siguió a Irán hacia el ascensor—. ¿Sirve esto para curar tu
depresión? —preguntó—. Cura la mía.
—Naturalmente. Ahora podemos reconocer que la oveja es falsa.
—No es indispensable —observó él, cautelosamente.
—Pero podemos —insistió Irán—. Ahora no tenemos nada que ocultar. Lo que siempre
hemos querido se ha hecho realidad. ¡Es un sueño! —una vez más se irguió en puntas de
pie y lo besó; su respiración ansiosa le cosquilleaba en el cuello. Luego oprimió el botón
del ascensor.
Rick sintió una especie de advertencia. Algo le hizo decir:
—No bajemos todavía. Quedemonos con la cabra. Podemos sentarnos y mirarla, y
quizá darle algo de comer. Me dieron un saco de avena para comenzar. Y deberíamos
leer el manual de cuidado de las cabras; lo incluyeron sin cargo... Podríamos llamarla
Euphemia... El ascensor había llegado. Irán entró en él.
—Espera, Irán —dijo Rick.
—Sería inmoral no fundirse con Mercer en acto de gratitud —dijo Irán—. Hoy cogí las
asas de la caja y vencí un poco mi depresión. Un poco, no como ahora. Pero de cualquier
modo recibí una pedrada, aquí —alzó la muñeca y mostró a Rick un pequeño moretón
oscuro—. Y recuerdo que pensé en cuánto mejor estamos cuando nos fundimos con
Mercer. A pesar del dolor. Duele físicamente, pero estamos espiritualmente juntos. Sentí a
todos los demás que, en todo el mundo, se fundían en ese momento —retuvo abierta la
puerta del ascensor—. Ven Rick. Será sólo un momento. Casi nunca te fundes. Y hoy
querría que transmitieras a todos los demás el ánimo en que te encuentras. Es algo que
les debes; sería inmoral que te lo guardaras para ti.
Tenía razón, por supuesto. De modo que entró en el ascensor, y ambos fueron a su
piso.
En el living, Irán encendió la caja de empatía con el rostro animado por una alegría
creciente.
Como una luna nueva.
—Quiero que todos lo sepan —dijo—. Una vez me ocurrió: me fundí y alguien acababa
de adquirir un animal. Y otro día —sus rasgos se oscurecieron por un instante; el placer
se había disipado—, sentí a una persona cuyo animal había muerto. Otros tenían alegrías
que compartir... Yo no tenía ninguna, como sabes; pero eso reanimó a esa persona. Uno
puede llegar hasta un suicida en potencia; lo que uno tiene, lo que uno siente, puede...
—Ellos recibirán nuestra alegría —replicó Rick—, pero nosotros cambiaremos lo que
sentimos por lo que ellos sienten y la perderemos.
La pantalla de la caja de empatía mostraba una corriente de vivos colores sin forma;
conteniendo la respiración, Irán cogió con fuerza las asas.
—No perderemos realmente lo que sentimos, si lo tenemos claramente en el espíritu.
Nunca has sentido del todo la fusión, ¿verdad, Rick?
—Supongo que no —contestó. Pero por primera vez comprendía el bien que la gente
como Irán recibía del Mercerismo. Probablemente, su experiencia con el cazador de
bonificaciones Phil Resch había alterado alguna diminuta sinapsis de su cerebro, había
cerrado una conexión neural y abierto otra; tal vez esto había iniciado una reacción en
cadena—. Irán —dijo enérgicamente, apartándola de la caja—. Escucha; quiero hablarte
de lo que me ha ocurrido hoy —la condujo hasta un diván y le indicó que se sentara—.
Conocí a otro cazador de bonificaciones. Uno que no conocía, y a quien aparentemente le
gusta matar a los androides. Y por primera vez, después de estar con él, los empecé a ver
de otra manera. Quiero decir que yo, antes, los veía como él. «Me hice el test, una
pregunta, y pude verificar que he empezado a empatizar con los androides».
¿Comprendes lo que eso significa? Tú misma lo dijiste esta mañana, «esos pobres
andrillos». Así que sabes de qué estoy hablando. Y por eso compré la cabra. Jamás lo
había sentido antes. Podría ser una depresión como las tuyas. Ahora comprendo cómo
sufres cuando estás deprimida. Yo pensaba que te gustaba sentirte así, y que siempre
podías salir de la depresión, al menos con ayuda del órgano de ánimos. Pero cuando la
depresión es muy profunda, no te importa. Sientes apatía, porque has perdido toda
sensación de valor. Y no te importa sentirte mejor porque, si no tienes valor...
—¿Y tu trabajo? —la dureza del tono de Irán hizo parpadear a Rick—. Tu trabajo. ¿De
cuánto son las cuotas mensuales?
Pensativo, Rick sacó el contrato que había firmado y se lo alcanzó.
—Tanto... Dios mío, el interés —dijo ella—, sólo el interés... Y lo hiciste porque estabas
deprimido; no para darme una sorpresa, como me habías dicho —le devolvió el contrato—
. Está bien; no importa. De todos modos estoy contenta. Me encanta la cabra. Pero será
una carga pesada —se había puesto triste.
—Podría pasar a otro despacho —dijo Rick—. El departamento se ocupa de unas diez
actividades diferentes. Puedo pedir que me transfieran a robos de animales.
—Pero el dinero de las bonificaciones... Lo necesitarnos; de lo contrario, se llevarán la
cabra.
—Llevaré el contrato de treinta y seis meses a cuarenta y ocho —cogió un bolígrafo e
hizo un rápido cálculo en el dorso del contrato—. Así sólo tendremos cincuenta y dos con
cincuenta dólares menos por mes.
Sonó el videófono.
—Si no hubiéramos bajado —dijo Rick—, si nos hubiésemos quedado en el terrado,
con la cabra, no habríamos recibido esta llamada. Irán se dirigió al videófono.
—¿De qué tienes miedo? Todavía no vendrán a llevarse la cabra —cogió el receptor.
—Es el departamento. Diles que no he llegado —Rick se dirigió al dormitorio.
—Hola —dijo Irán.
Rick estaba pensando en los tres androides que debería estar persiguiendo en ese
momento, en lugar de haber vuelto a casa. En la pantalla se había formado el rostro de
Harry Bryant, de modo que era muy tarde para alejarse. Se acercó con los músculos de
las piernas rígidos.
—Sí, está aquí —decía Irán—. Nos hemos comprado una cabra. ¿Cuándo vendrá a
verla, señor Bryant? —después de una pausa le entregó el receptor a Rick—. Tiene algo
urgente que decirte —luego retornó a la caja de empatía, se sentó ante ella y nuevamente
aferró las asas gemelas. Inmediatamente se concentró.
Rick, con el receptor en la mano, sintió el alejamiento mental de Irán, y su propia
soledad.
—Hola —dijo.
—Tenemos la pista de dos de los androides —informó Harry Bryant. Llamaba desde su
despacho; Rick podía ver el escritorio conocido, cubierto de documentos y papeles—. Es
evidente que sabían lo ocurrido. Abandonaron la dirección que Dave nos dio y ahora
están en... Un momento —Bryant buscó y encontró la dirección, mientras Rick,
automáticamente, cogía el bolígrafo y el contrato de la cabra.
—Edificio Conapt 3967 «C» —dijo el inspector Bryant—. Vaya allá tan pronto como
pueda.
Debemos suponer que conocían el retiro de Garland, Luft y Polokov. Por eso se han
fugado ilegalmente.
—Ilegalmente —repitió Rick. Para salvar sus vidas.
—Irán me contó que se ha comprado una cabra. ¿Fue hoy mismo? ¿Después del
trabajo?
—Mientras regresaba a casa.
—Iré a verla apenas haya retirado a los androides restantes. Ah, acabo de hablar con
Dave. Le hablé de las dificultades que había tenido usted; le envía sus felicitaciones y le
aconseja que sea más cuidadoso. Dice que los modelos Nexus-6 son más inteligentes de
lo que había previsto... Apenas podía creer que usted hubiese despachado tres en un solo
día.
—Tres son bastante por hoy. No puedo hacer más. Tengo que descansar.
—Mañana se habrán ido —señaló el inspector Bryant—. Se marcharán de nuestra
jurisdicción.
—No tan pronto...
—Vaya esta misma noche, antes de que se preparen —insistió Bryant—. No esperarán
que usted se mueva tan rápidamente.
—Me estarán esperando...
—¿Tiene miedo? ¿Por qué Polokov...
—No tengo miedo —respondió Rick.
—Entonces, ¿qué ocurre?
—Está bien. Iré —se dispuso a cortar la comunicación.
—Llámeme apenas tenga resultados. Estaré en mi despacho.
—Si los retiro, me compraré una oveja.
—Ya tiene una. Desde que lo conozco tiene una oveja.
—Es eléctrica —respondió Rick, y colgó. Esta vez será una verdadera, se dijo. Tengo
que tener una, en compensación.
Irán estaba agachada sobre la caja negra de empatía, extasiada. Rick permaneció a su
lado un momento. Le apoyó una mano en el pecho, lo sintió subir y bajar, sintió la vida
que palpitaba en Irán, pero ella no se dio cuenta. La fusión con Mercer era, como siempre
le ocurría, completa. En la pantalla, la figura de Mercer, anciano, con su manto, subía
trabajosamente. De repente una piedra voló a su lado. Rick se dijo: Dios mío, mi situación
es peor. Mercer no debe hacer nada ajeno a él; sufre, pero al menos no se le obliga a
violar su propia identidad. Se inclinó, desprendió suavemente los dedos de Irán de las
asas, la apartó y ocupó su lugar.
Por primera vez en semanas. Era un impulso, no lo había planeado, simplemente había
sucedido. Estaba entre malezas desoladas. El aire olía a flores rústicas. Era el desierto,
donde jamás llueve.
Había un hombre. En sus ojos doloridos brillaba una luz piadosa.
—Mercer —dijo Rick.
—Soy tu amigo —dijo el anciano—. Pero debes continuar tu camino como si yo no
existiera.
¿Puedes comprender? —abrió sus manos vacías.
—No —repuso Rick—. No puedo comprender. Necesito ayuda.
—¿Y cómo podré salvarte si no puedo salvarme? —sonrió—. ¿Ves? No hay salvación.
—Entonces, ¿para qué sirve todo? ¿Para qué estás tú?
—Para demostrarte que no estás solo —respondió Wilbur Mercer—. Estoy aquí,
contigo, y aquí estaré siempre. Ve y haz tu tarea, aunque sepas que está mal.
—¿Por qué? —preguntó Rick—. ¿Por qué debo hacerla? Dejaré mi trabajo, emigraré.
—Dondequiera que vayas, te obligarán a hacer el mal —dijo el anciano—. Esa es la
condición básica de la vida, soportar que violen tu identidad. En algún momento, toda
criatura viviente debe hacerlo. Es la sombra última, el defecto de la creación, la maldición
que se alimenta de toda vida, en todas las regiones del universo.
—¿Eso es todo lo que puedes decirme?
Una piedra silbó en el aire. Se inclinó, pero le golpeó el oído. Dejó escapar las asas y
nuevamente se encontró en el living de su casa, junto a su esposa y a la caja de empatía.
Le dolía la cabeza por el golpe; se tocó la cara y vio que le caían grandes gotas brillantes
de sangre. Irán, con un pañuelo, las enjugó.
—Creo que me alegro de que me hayas apartado. No puedo soportar las pedradas.
Gracias por recibir el golpe en mi lugar.
—Me marcho —dijo Rick.
—¿Un trabajo?
—Tres trabajos —cogió el pañuelo de Irán y se dirigió a la puerta. Se sentía aún
mareado y con náuseas.
—Buena suerte —dijo Irán.
—No he recibido nada de esa caja. Mercer me habló pero no me ayudó. No sabe más
que yo; es solamente un anciano que trepa por una cuesta hasta su muerte.
—¿Y no es ésa la revelación?
—Yo la conocía de antemano —dijo Rick, y abrió la puerta—. Hasta luego —salió y
cerró.
Conapt 3967 «C», dijo para sus adentros, leyendo la anotación en el dorso del contrato.
Es en los suburbios... Una zona prácticamente desierta. Buen lugar para esconderse,
excepto por el alumbrado nocturno. Seguiré las luces, pensó.
Un cazador fototrópico, como la mariposa de la calavera. Y después, nunca más. Haré
otra cosa, me ganaré la vida de otra manera. Estos tres serán los últimos. Mercer tiene
razón: debo acabar con ellos... Sólo que no sé si podré. Dos androides juntos no son un
problema moral sino un problema práctico.
Lo más probable es que no pueda retirarlos, aunque me lo proponga. Estoy demasiado
fatigado y hoy han ocurrido muchas cosas. Quizá Mercer lo sabía; tal vez pueda preverlo
todo. Pero yo sé a quién pedirle ayuda. A quien me la ha ofrecido antes, aunque yo la
haya rehusado.
Llegó al terrado y un momento más tarde se encontraba en la cabina de su coche
aéreo, a oscuras, marcando un número.
—Rosen Association —dijo una recepcionista.
—Rachael Rosen.
—¿Cómo, señor?
—Quiero hablar con Rachael Rosen.
—¿La señorita Rosen espera...?
—Naturalmente —respondió. Esperó.
Unos minutos después el rostro pequeño y oscuro de Rachael Rosen aparecía en la
pantalla.
—Hola, señor Deckard.
—¿Está ocupada ahora o podemos hablar? —preguntó—. Así como me dijo usted más
temprano —no parecía el mismo día. Una generación debía de haber nacido y declinado
desde su conversación con ella. Y todo el peso, toda la fatiga, se habían concentrado en
su cuerpo. Se sentía agotado. Quizá fuera a causa de la piedra. Con el pañuelo secó su
oreja, que aún sangraba.
—Tiene un corte en la oreja —dijo Rachael—. Qué vergüenza.
—¿Creía verdaderamente que no la llamaría, como me dijo?
—Le dije que sin mí, alguno de los Nexus-6 se le anticiparía.
—Pues estaba equivocada.
—Sin embargo, me llama. ¿Quiere que vaya a San Francisco?
—Esta misma noche.
—Oh, es demasiado tarde. Iré mañana. Es un viaje de una hora.
—Me han ordenado que los ataque esta noche —hizo una pausa—. De los ocho
quedan tres.
—Tiene aspecto de haberlo pasado muy mal.
—Si no viene esta noche —dijo Rick—, iré solo y no podré retirarlos. Me acabo de
comprar una cabra —agregó—. Con las bonificaciones por los tres de hoy.
—Oh, los seres humanos —rió irónicamente Rachael—. Las cabras huelen mal.
—Los chivos solamente. Lo leí en el manual de instrucciones.
—Está demasiado cansado —observó Rachael—. Parece ofuscado. ¿No es una locura
que ataque a otros tres Nexus-6 el mismo día? Nadie ha retirado seis androides en un
día.
—Franklin Powers —respondió Rick—. Hace más o menos un año, en Chicago. Y
fueron siete.
—La variedad McMillan Y-4, obsoleta —recordó Rachael—. Esto es otra cosa... No
puedo, Rick. Ni siquiera he cenado.
—Te necesito —dijo él. Si no vienes, pensó, voy a morir. Lo sé; Mercer lo sabía; ella
también lo sabe. Y es perder el tiempo pedirle nada a un androide; nada hay que pueda
ser conmovido en su interior.
—Lo siento, Rick, pero esta noche no. Tiene que ser mañana.
—Venganza de androide.
—¿Porqué?
—Porque te sorprendí con el test de Voigt-Kampff.
—¿Crees eso, de verdad? —Rachael tenía los ojos muy abiertos.
—Adiós —dijo Rick, y se dispuso a colgar.
—Oye —dijo Rachael rápidamente—. No estás usando tu cabeza.
—Piensas eso porque el modelo Nexus-6 es más inteligente que los seres humanos.
—No, de verdad no entiendo —suspiró Rachael—. Estoy segura de que no quieres
hacer ese trabajo esta noche, o tal vez nunca. ¿Quieres que te ayude a retirar a los tres
restantes? ¿O que te convenza de no intentarlo?
—Ven. Ocuparé una habitación en un hotel.
—¿Porqué?
—Por algo que he oído decir hoy —respondió Rick, en voz grave—. Acerca de las
relaciones entre hombres humanos y mujeres androides. Ven ya mismo a San Francisco y
olvidaré por el momento a los tres fugitivos. Haremos otra cosa.
Ella lo miró y contestó bruscamente:
—Está bien. ¿Dónde te encuentro?
—En el St. Francis. Es el único hotel decente que hay a mitad de camino, en la zona de
la bahía.
—No hagas nada hasta que llegue.
—Sólo ver al Amigo Buster en la TV, en la habitación. Su artista invitada en los últimos
tres días ha sido Amanda Werner. Me gusta, podría mirarla toda la vida. Sus senos
sonríen —colgó y permaneció inmóvil un momento, con la mente en blanco. Por fin sintió
frío, puso el coche en marcha y voló hacia la parte baja de San Francisco. Hacia el St.
Francis.
En la enorme y suntuosa habitación del hotel, Rick leía las copias al carbón con los
informes acerca de los androides Roy e Irmgard Baty. Esta vez disponía de fotos
telescópicas, borrosas copias 3-D en color que apenas permitían ver los detalles. La
mujer parecía atractiva; Roy Baty era otra cosa. Peor.
Había sido farmacéutico en Marte, leyó. O al menos había usado esa cobertura.
Probablemente era en realidad un trabajador manual, un campesino, con aspiraciones
de algo mejor.
¿Sueñan los androides?, se preguntó Rick. Era evidente: por eso de vez en cuando
mataban a sus amos y venían a la Tierra. A vivir una vida mejor, sin servidumbre. Como
Luba Luft, a cantar Don Giovanni y Le nozze en lugar de labrar un campo árido y
sembrado de rocas, en un mundo-colonia básicamente inhabitable.
El informe agregaba:
«Roy Baty tiene un aire agresivo y decidido de autoridad ersatz. Dotado de
preocupaciones místicas, este androide indujo al grupo a intentar la fuga, apoyando
ideológicamente su propuesta con una presuntuosa ficción acerca del carácter sagrado de
la supuesta Vida de los androides. Además, robó diversos psicofármacos y experimentó
con ellos; fue sorprendido y argumentó que esperaba obtener en los androides una
experiencia de grupo similar a la del Mercerismo que, según declaró, seguía siendo
imposible para ellos.»
La descripción era patética. Un androide frío, duro, aspiraba a una experiencia que le
resultaba inasequible a causa de un defecto deliberadamente incluido en su diseño. Sin
embargo, Roy Baty no logró preocuparlo mucho. Según las notas de Dave, tenía cierta
cualidad repulsiva. Baty había tratado de lograr la fusión. Como no pudo, organizó la
matanza de varios seres humanos y la fuga a la Tierra. Y ahora, hoy mismo, había
logrado como resultado que del grupo original de ocho sólo quedaran tres. Y éstos, los
miembros principales del grupo ilegal, también estaban condenados. Si él fracasaba,
alguien lo lograría. El tiempo y la marea, se dijo Rick. El ciclo de la vida y, al final, el último
crepúsculo antes del silencio de la muerte. Un microuniverso completo.
La puerta de la habitación se abrió violentamente.
—¡Qué vuelo! —dijo Rachael Rosen, sin aliento. Vestía un largo abrigo sedoso y
sostén y shorts de la misma tela. Traía su enorme bolso de piel, semejante al del cartero,
y una bolsa de papel—. Esta habitación es hermosa —miró su reloj—. Menos de una
hora; he venido deprisa —le dio la bolsa a Rick—. He traído una botella. Bourbon.
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—El peor de los ocho está vivo. El que los organizó —le alcanzó el informe sobre Roy
Baty.
Rachael dejó la bolsa en el suelo y cogió el folio.
—¿Lo has localizado? —preguntó, después de leer.
—Tengo la dirección de un edificio en los suburbios. Es un lugar donde sólo puede
haber algún especial deteriorado, un cabeza de chorlito, viviendo su versión de la vida.
—¿Y los demás?
—Son dos mujeres —le dio los informes, uno acerca de Irmgard Baty, y otro que se
refería a un androide femenino llamado Pris Stratton.
—Oh —dijo Rachael al mirar el último. Arrojó lejos los folios, fue hasta la ventana y
contempló el panorama de San Francisco—. Pienso que ella podría derrotarte... O tal vez
no, tal vez no te importe —estaba pálida y su voz temblaba. De repente parecía
curiosamente insegura.
—¿Qué quieres decir, exactamente? —recogió las copias y las estudió. Se preguntaba
qué la habría turbado.
—Abramos el whisky —Rachael fue con la bolsa de papel al cuarto de baño y regresó
con dos vasos. Su aire inseguro y preocupado no se disipaba. Rick advirtió la rápida lucha
interior, sus veloces pensamientos: se veían en su ceño y en su expresión tensa—.
¿Puedes abrirlo? —pidió—. Tú comprendes que vale una fortuna... No es sintético, es
auténtico; de antes de la guerra.
Rick cogió la botella, la abrió y sirvió el bourbon.
—Dime qué te preocupa.
Rachael lo encaró con aire desafiante.
—Dime tú qué vamos a hacer en lugar de preocuparnos por esos tres Nexus-6 —se
quitó el abrigo y lo llevó hasta el armario para colgarlo de una percha. Rick tuvo así la
primera oportunidad de contemplarla detenidamente.
Las proporciones de Rachael eran extrañas. La pesada mata de pelo negro parecía
agrandar su cabeza; sus senos pequeños daban a su cuerpo un aspecto desgarbado y
casi infantil. Los grandes ojos, las largas pestañas eran sin embargo de mujer adulta; allí
terminaba la adolescencia. Rachael se paraba levemente sobre la punta de los pies, y sus
brazos colgaban apenas doblados en la articulación: la actitud de un cazador alerta,
quizás un Cro-Magnon. La raza de los cazadores esbeltos, pensó. Ni el menor exceso:
vientre liso, trasero pequeño, senos aún más exiguos. El tipo céltico, anacrónico y
atractivo. Debajo de sus shorts las piernas delgadas tenían un carácter neutro, asexuado,
sin demasiadas curvas. Y, sin embargo, la impresión total era de belleza; eso sí, la de una
muchacha, no la de una mujer. Excepto por la mirada aguda e inquieta. Bebió un sorbo. El
sabor y el olor, fuertes, autoritarios, poderosos, se le habían tornado poco familiares, y
tragó con dificultad. En contraste, Rachael apuró tranquilamente su bourbon. Ahora,
sentada en la cama, alisaba el cobertor, ausente. Su expresión era melancólica. Rick dejó
su vaso en una mesilla y se sentó a su lado. La cama cedió bajo su peso, y Rachael
cambió de posición.
—¿Qué es? —preguntó él. Se apoderó de su mano; estaba fría, levemente húmeda—.
¿Qué te ha turbado?
—Esa última Nexus-6 —respondió Rachael, con cierto esfuerzo—, es el mismo tipo
que yo —cogió una hebra suelta del cobertor y empezó a formar una bolita—. ¿No leíste
la descripción? Podría ser la mía. Tal vez vista y se peine de otra manera. Hasta puede
que lleve una peluca. Pero cuando la veas comprenderás lo que te digo —se rió
sardónicamente—. Menos mal que la asociación explicó que soy una androide. De otro
modo, te enfurecerías al ver a Pris Stratton. O creerías que soy yo.
—¿Y por qué eso te molesta tanto?
—Dios, estaré contigo cuando la retires.
—Tal vez no. Quizá no la encuentre.
—Conozco la psicología de los Nexus-6 —explicó Rachael—. Por eso puedo ayudarte.
Los últimos tres están juntos. Las dos mujeres rodean a ese androide trastornado que se
hace llamar Roy Baty, y que prepara la defensa definitiva —sus labios se torcieron—.
Jesús —dijo.
—No te entristezcas —dijo él. Cogió su barbilla aguda, pequeña, ahuecando la palma
de la mano, y alzó suavemente su cabeza hasta que estuvo a su altura. Se preguntaba
cómo sería besar a una androide. Y se inclinó a besar los labios secos de Rachael. No
hubo reacción; ella quedó impasible, como si no le importara. Y, sin embargo, él sentía
que no era así. O tal vez fuera solamente lo que habría querido...
—Si lo hubiera sabido antes —dijo Rachael—, no habría venido. Me estás pidiendo
demasiado. ¿Sabes lo que siento por esa androide? ¿Por Pris?
—Empatía —aventuró él.
—Algo parecido. Identificación. Dios mío, piensa en lo que podría ocurrir. En la
confusión me retiras a mí, no a ella. Y Pris regresa a Seattle y vive mi vida. Nunca había
sentido esto antes. Somos máquinas, estampadas como tapones de botella. Es una
ilusión ésta de que existo realmente, personalmente. Soy sólo un modelo de serie.
Rick no pudo evitar cierta diversión. Rachael parecía tan morosamente sentimental...
—Las hormigas no sienten lo mismo —dijo—, y son físicamente idénticas.
—Las hormigas no sienten. Eso es todo.
—Los gemelos idénticos humanos; ellos no...
—Pero se identifican mutuamente. He leído que tienen un lazo empático especial —
Rachael se puso de pie y trajo la botella de bourbon; volvió a llenar su vaso y a beber con
rapidez. Anduvo por la habitación con los hombros caídos durante un momento, tenía aún
el ceño oscuro y fruncido.
Luego, como si se hubiera deslizado allí por casualidad, se instaló nuevamente en la
cama. Pero esta vez alzó las piernas y se estiró, apoyándose contra las grandes
almohadas, suspirando—. Olvida a los tres andrillos —dijo en voz fatigada—. Estoy
cansada, debe ser el viaje. Y todo lo que ha pasado hoy. Querría dormir —cerró los
ojos—. Tal vez, si me muero —murmuró—, volveré a nacer cuando la Rosen Association
fabrique la próxima unidad de mi subserie —abrió los ojos y miró a Rick con ferocidad—,
¿Sabes realmente por qué he venido? ¿Por qué Eldon y los demás Rosen, los humanos,
querían que estuviera contigo?
—Para observar —respondió él—. Para saber exactamente qué impide al Nexus-6
aprobar el test de Voigt-Kampff.
—O diferenciarse de algún modo. Después elevaré un informe y la Rosen Association
modificará los elementos DNS del baño de cigotas. Y entonces tendremos el modelo
Nexus-7. Y cuando éste sea sorprendido, lo modificarán; y finalmente la empresa tendrá
un tipo imposible de distinguir.
—¿Conoces el test del Arco Reflejo de Boneli?
—También piensan en los ganglios de la columna. Algún día el test de Boneli
desaparecerá bajo el manto venerable del olvido —sonreía con inocencia, en contraste
con sus palabras. Rick no podía discernir acerca del grado de seriedad de Rachael. El
tema tenía suficiente importancia para hacer temblar al mundo, pero ella lo trataba
alegremente. Tal vez, una característica androide: una carencia emocional, falta de
sentimientos acerca del significado de lo que decía. Sólo definiciones huecas, formales,
intelectuales, de cada término.
Además, Rachael había empezado el contraataque. Había pasado imperceptiblemente
de quejarse de su condición a zaherir a Rick por la propia.
—Vete al diablo —respondió él. Rachael se echó a reír.
—Estoy ebria. No puedo acompañarte. Si te vas —hizo un gesto de despedida— me
quedaré a dormir, y luego me contarás qué ha ocurrido.
—No habrá ningún luego. Roy Baty me vencerá.
—No te puedo ayudar porque he bebido demasiado. De todos modos, ya conoces la
verdad, la dura, irregular y resbalosa superficie de la realidad. Yo soy solamente una
observadora y no intervendré para salvarte. No me importa que ganes tú o Roy Baty.
Quiero estar yo misma a salvo —abrió mucho los ojos—. Dios mío, siento empatía por mí
misma. Y no quiero ir a ese derruido edificio suburbano —se estiró y cogió un botón de la
camisa de Rick. Luego, con lentos y fáciles movimientos giratorios empezó a
desabotonarle la camisa—. No me atrevo. Los androides no sienten la menor lealtad
recíproca, y esa maldita Pris Stratton me destruirá y ocupará mi lugar, ¿sabes? Quítate la
chaqueta.
—¿Para qué?
—Para acostarte conmigo —respondió Rachael.
—Me he comprado una cabra nubia negra —dijo—. Debo retirar a esos tres andrillos
para terminar mi tarea y volver a casa, con mi esposa —se puso de pie y dio la vuelta a la
cama hasta la botella de bourbon. Se sirvió cuidadosamente un segundo vaso. Sus
manos apenas temblaban, observó. Probablemente por la fatiga. Los dos estamos
cansados; demasiado, para cazar a tres androides, dirigidos por el más temible.
En ese instante comprendió que tenía un miedo manifiesto e invencible al androide
principal. Todo dependía de Baty; todo había dependido de él desde el comienzo. Hasta
ese momento solamente había encontrado y retirado a sus reemplazantes: faltaba el
propio Baty. El miedo creció y lo rodeó por completo, ahora que le había permitido
acercarse a su mente consciente.
—No puedo ir sin ti —dijo—. Ni siquiera salir de aquí. Polokov vino a enfrentarme.
Garland, en definitiva, también.
—¿Crees que Roy Baty vendrá? —Rachael dejó en la mesilla su vaso vacío, se
incorporó, buscó algo en su espalda y desprendió su sostén. Se lo quitó. No lograba
mantenerse erguida, y eso le hacía sonreír—. En mi bolso tengo un objeto que nuestra
fábrica automática de Marte produce como un... —hizo una mueca— dispositubodispositivo
de seguridad de emergencia, cuando se hace la inspección de rutina de cada
nuevo androide. Búscalo. Parece una ostra.
Rick empezó a buscar en el bolso. Como cualquier chica humana, Rachael tenía toda
clase de objetos inconcebibles, y él revolvía interminablemente.
Mientras tanto, ella se había sacudido las botas y corrido la cremallera de sus shorts.
Ahora, se balanceaba sobre un pie, recogía con el otro la prenda caída y la arrojaba al
otro extremo de la habitación. Luego caía sobre la cama, rodaba en busca de su vaso, al
que accidentalmente derribó sobre la alfombra.
—Maldición —dijo, y una vez más se puso de pie sin mucha estabilidad. En bragas,
miraba a Rick, atareado con su bolso. Y con cuidadosa deliberación, abrió la cama, se
metió dentro y se cubrió.
—¿Es esto? —Rick alzaba una esfera metálica con una palanquita.
—Eso provoca la catalepsia en los androides —dijo Rachael, con los ojos cerrados—.
Durante unos segundos. Suspende la respiración. También la tuya, pero los humanos
pueden funcionar sin respirar ¿o transpirar? unos minutos. En cambio, el nervio vago de
un androide...
—Ya sé. El sistema nervioso autónomo de un androide no puede abrir y cerrar el paso
con tanta flexibilidad como el nuestro. Pero esto sólo puede servir para cinco o seis
segundos.
—Bastante para salvarte la vida —murmuró Rachael, que se incorporó y se sentó en la
cama—. Si Roy Baty aparece, basta con apretar la palanquita. Y mientras él se queda
helado, sin aire en la sangre, mientras sus células cerebrales se deterioran, lo matas con
tu láser.
—En tu bolso hay uno...
—Una imitación de juguete. Los androides no pueden usar un láser —Rachael bostezó,
con los ojos nuevamente cerrados. Rick se acercó a la cama.
Rachael se echó y se retorció hasta quedar boca abajo, con el rostro hundido en la
blanca sábana bajera.
—Es una cama limpia, noble, virginal —dijo—. Sólo una niña limpia, noble, virginal... —
reflexionó—. Los androides no pueden tener niños. ¿Es una pérdida grave? Rick la
desnudó del todo, dejando expuestas sus nalgas claras y frescas.
—¿Es una pérdida? —repitió ella—. No puedo saberlo. ¿Cómo es tener un hijo? ¿Y
cómo es nacer? Nosotros no nacemos, no crecemos. En lugar de morir de vejez o
enfermedad nos vamos desgastando. Como hormigas, eso es lo que somos.
No hablo de ti, sino de mí. Máquinas quitinosas, con reflejos, que no viven de verdad —
movió la cabeza de lado y dijo en voz sonora—: ¡No estoy viva! No te vas a acostar con
una mujer. No te decepciones, ¿quieres? ¿Alguna vez has hecho el amor con una
androide?
—No —respondió él mientras se quitaba la camisa y la corbata.
—Me han dicho que es bueno si no piensas demasiado. Si lo piensas, no sale. Por
razones... hm, fisiológicas. El la besó en el hombro desnudo.
—Gracias, Rick —dijo suavemente—. Recuerda: ven y no pienses. No te pongas
filosófico.
Porque filosóficamente es aburrido. Para los dos.
—Más tarde iré a buscar a Roy Baty —dijo él—. Y necesitaré que me acompañes. Sé
que el láser que tienes en tu bolso es...
—¿Crees que retiraré a algún androide en tu lugar?
—Creo que, pese a lo que me has dicho, me ayudarás en todo lo que puedas. De otro
modo no estarías ahora en esta cama.
—Me gustas —respondió Rachael—. Si entrara en una habitación y viera un sillón
tapizado con tu piel marcaría un punto muy alto en la escala de Voigt-Kampff. Esta noche
retiraré a una androide Nexus-6 que es exactamente igual a esta chica desnuda, pensó
Rick mientras apagaba la luz. Dios mío, es lo que decía Phil Resch. Primero acuéstate
con ella, luego mátala.
—No puedo —dijo, retrocediendo.
—Yo quisiera —dijo Rachael. Le temblaba la voz.
—No es por ti. Es por Pris Stratton, y por lo que debo hacerle.
—No somos la misma. Y a mí no me importa Pris Stratton. Oye —Rachael giró y se
incorporó: en la penumbra, Rick podía distinguir la figura elegante de pequeños senos—.
Ven, y yo me ocuparé de la Stratton, ¿quieres? No es posible estar tan cerca y que
luego...
—Gracias —replicó Rick. El agradecimiento, debido en parte al bourbon, sin duda, le
hizo un nudo en la garganta. Dos, pensó. Sólo debo retirar a dos. A los Baty. ¿Lo haría
Rachael? Evidentemente. Los androides pensaban y actuaban así. Y, sin embargo, jamás
había visto nada igual. —Ven a la cama. Pronto —ordenó Rachael. Rick se metió en la
cama.
Más tarde, se concedieron un lujo. Rick pidió que les subieran el café. Permaneció
largo rato en un gran canapé de hojas verdes, negras y doradas, sorbiendo el café y
meditando en las próximas horas. Rachael, en el cuarto de baño, canturreaba, chillaba y
chapoteaba debajo de la ducha caliente.
—No has hecho un mal trato —dijo ella cuando cerró la ducha, y apareció desnuda,
goteando, el pelo atado con una banda de goma, en la puerta del baño—. Nosotros, los
androides, no podemos controlar nuestras pasiones físicas, sensuales. Probablemente lo
sabías y te has aprovechado de mí —pero no parecía en modo alguno enfadada sino, por
el contrario, alegre y ciertamente tan humana como cualquier chica que Rick hubiese
conocido—. Realmente, ¿tienes que perseguir a esos andrillos esta noche?
—Sí —respondió Rick; yo a dos, tú a una. Como acabas de confirmar, hemos hecho un
trato.
Envolviéndose en un gigantesco toallón, Rachael agregó:
—¿Te gusto?
—Sí.
—¿Volverías a acostarte con un androide?
—Si fuera una chica. Si fuera como tú.
—¿Sabes cuánto dura un robot humanoide como yo? He vivido dos años. ¿Cuántos
calculas que me quedan?
—Un par de años, tal vez.
—Nunca han podido resolver ese problema, quiero decir, el reemplazo de las células.
Perpetuo, o al menos de larga duración. Así es...
Rachael empezó a secarse vigorosamente, sin expresión en el rostro.
—Lo siento —dijo Rick.
—Al diablo —exclamó Rachael—. Siento haber hablado de eso. De cualquier modo,
evita que los humanos se vayan a vivir con los androides.
—¿Es igual para los modelos Nexus-6?
—El problema es el metabolismo, no la unidad cerebral —anduvo unos pasos, recogió
sus bragas, empezó a vestirse.
También Rick se vistió. Juntos, hablando apenas, subieron al terrado, donde el coche
aéreo había sido aparcado por el encargado, humano, amable, vestido de blanco.
Mientras se dirigían a los suburbios de San Francisco, Rachael observó:
—Es una hermosa noche.
—Sin duda, mi cabra estará dormida —dijo él—. O tal vez las cabras sean nocturnas.
Hay animales que nunca duermen. Las ovejas no lo hacen jamás, al menos yo no la he
visto. Cuando las miras, te miran. Esperan que les des algo de comer.
—¿Cómo es tu mujer?
Rick no respondió.
—¿Te has...?
—Si no fueras una androide —interrumpió Rick—, si pudiera casarme legalmente
contigo, lo haría.
—También podríamos vivir en el pecado —repuso Rachael—. Sólo que yo no estoy
viva.
—Legalmente, no. Pero biológica y verdaderamente, sí. No eres un conjunto de
circuitos transistorizados como un seudo-animal; eres una entidad orgánica —y dentro de
dos años te habrás gastado y morirás, pensó. Porque no se ha podido resolver el
problema de reemplazo de las células, como tú misma decías. Así que, de todos modos,
no importa. Y se dijo: para mí, es el fin. Como cazador de bonificaciones. Después de los
Baty, ninguno más. Después de esta noche, se acabó.
—Estás muy triste —dijo Rachael.
Rick extendió la mano y le acarició la mejilla.
—No podrás seguir cazando androides —dijo ella serenamente—. No estés triste, por
favor.
El la miró.
—Ningún cazador de bonificaciones ha podido actuar después de estar conmigo —
continuó Rachael—. Excepto uno, un hombre muy cínico: Phil Resch. Está loco, trabaja
por su cuenta.
—¿Sí? —dijo Rick. De repente, sintió que todo su cuerpo se paralizaba.
—Pero este viaje no será una pérdida de tiempo, porque conocerás a un hombre
espiritual y maravilloso.
—Roy Baty —dijo Rick—. ¿Los conoces a todos?
—Los conocía, cuando vivían. Ahora conozco a tres. Intentamos detenerte esta
mañana, antes de que comenzaras con la lista de Dave Holden. Volví a intentarlo,
justamente antes de que Polokov te atacara. Y después tuve que esperar.
—A que yo me derrumbara y te llamara.
—Luba Luft y yo fuimos muy, muy amigas durante casi dos años. ¿Qué te pareció?
¿Te gustaba?
—Sí.
—Pero la mataste.
—La mató Phil Resch.
—Ah, entonces Phil te acompañó de vuelta a la Opera. No lo sabíamos. Ese es el
momento en que nos quedamos incomunicados. Sabíamos que estaba muerta, y
pensábamos que tú la habías retirado.
—A juzgar por las notas de Dave —dijo Rick—, pienso que puedo retirar todavía a Roy
Baty.
Quizá no a Irmgard Baty —y ciertamente, tampoco a Pris Stratton. Ni siquiera ahora,
sabiendo lo que sé—. De modo que todo lo que sucedió en el hotel...
—La Rosen Association quería llegar a los cazadores de bonificaciones —explicó
Rachael—, aquí y en la Unión Soviética. Y este método parecía funcionar..., por razones
que yo no comprendo del todo. Nuestras limitaciones, supongo.
—Me pregunto si funcionará tan bien como dices.
—Contigo ha servido.
—Veremos.
—Yo ya lo sé —dijo Rachael—. Esa expresión en tu rostro, esa tristeza. Eso es lo que
busco.
—¿Cuántas veces has hecho esto?
—No recuerdo... Siete, ocho, no; creo que nueve —asintió—. Sí, nueve.
—Es una idea antigua —observó Rick.
—¿Cómo? —dijo Rachael, asombrada. Rick echó los mandos adelante para que el
coche descendiera.
—Al menos, es lo que siento. Además, te voy a matar —agregó—. Y luego, solo, me
ocuparé de Roy e Irmgard Baty y de Pris Stratton.
—¿Por eso aterrizas? —respondió, con aprensión—: Hay una multa. Yo soy una
propiedad legal de la Rosen Association, y no un androide escapado de Marte. No soy
como los otros.
—Sí. Pero si te mato a ti, podré matar a los demás.
Las manos de Rachael se hundieron frenéticamente en su bolso repleto de cosas y de
kippel.
Finalmente, abandonó el intento.
—Maldito bolso —dijo—. Jamás puedo encontrar nada en él. ¿Me matarás de modo
que no duela? Quiero decir, hazlo con cuidado. Si no peleo, se comprende. Te prometo
no pelear. ¿De acuerdo?
—Ahora comprendo por qué Phil Resch dijo eso —repuso Rick—. No era cinismo.
Simplemente, sabía demasiado. Y después de pasar por esto, no puedo reprocharle
nada. Cambió.
—Pero no como debía —Rachael parecía más compuesta, exteriormente, aunque su
tensión interior era frenética. Pero el oscuro fuego había disminuido, la fuerza vital la
abandonaba, como Rick había visto en tantos androides. La resignación clásica. La
aceptación mecánica, intelectual, de algo que ningún organismo, después de dos billones
de años de vivir y evolucionar, podía conciliar consigo mismo.
—No puedo soportar la forma en que ceden los androides —dijo con furia. El coche
casi se precipitó al suelo. Tuvo que aferrar el timón para evitar un choque. Frenó y logró
un aterrizaje brusco y de lado. Detuvo el motor y cogió el tubo láser.
—En la base del cráneo, en el hueso occipital —dijo Rachael—. Por favor —se dio
vuelta para no ver el láser; quería que el rayo penetrara sin que ella lo advirtiera. Rick
apartó el arma.
—No puedo hacer lo que decía Phil Resch.
Volvió a poner el motor en marcha y se elevaron.
—Si lo vas a hacer, hazlo ahora —pidió Rachael—. No me hagas esperar.
—No te mataré —Rick puso proa nuevamente a la parte baja de San Francisco—. Tu
coche quedó en el St. Francis, ¿verdad? Te llevaré allá, para que puedas regresar a
Seattle —no tenía más que decir, y condujo en silencio.
—Gracias por no matarme —dijo Rachael.
—De cualquier modo, sólo te quedan dos años de vida. Y a mí cincuenta. Viviré
veinticinco veces más que tú.
—De verdad, me desprecias —respondió Rachael—. Por lo que hice —recuperaba la
seguridad, y la letanía de su voz ganaba ritmo—. Has obrado como los demás. Los otros
cazadores de bonificaciones. Se ponían furiosos y hablaban de matarme, pero finalmente
no podían. Como tú, ahora —encendió un cigarrillo y aspiró con deleite—. Sabes lo que
eso significa, ¿verdad? Que yo tenía razón: no podrás retirar más androides. Ni a mí, ni a
los Baty, ni a la Stratton. Así que vuelve con tu cabra y descansa un poco —
repentinamente sacudió con violencia el abrigo—. Oh, ¡una brasa del cigarrillo! Ya se
apagó —se echó atrás en el asiento, relajada. Rick no habló.
—Esa cabra —continuó Rachael—. La quieres más que a mí. Y probablemente más
que a tu esposa. Primero la cabra, después tu esposa, y finalmente... —se rió con
alegría—. ¿Qué se puede hacer sino reír?
El no respondió. Siguieron su camino en silencio un rato y luego Rachael buscó y halló
la radio, y la encendió.
—Apaga —dijo Rick.
—¿Al Amigo Buster y sus Amigos Amistosos? ¿A Amanda Werner y a Oscar Scruggs?
Es hora de escuchar el informe sensacional de Buster, que debe estar a punto de
comenzar —se inclinó para ver su reloj a la luz de la radio—. Falta poco. ¿Sabes? Hace
dos días que está hablando de esto, preparando al público para...
La radio dijo, en voz caricaturesca:
—...y sólo quiero decir una cosa, amigos; estoy aquí con el Amigo Buster, y hemos
estado hablando y pasándolo la mar de bien, mientras esperamos cada segundo del reloj
hasta que llegue una noticia que, según entiendo, es la más importante de...
Rick apagó la radio.
—Osear Scruggs —dijo—. La voz del hombre inteligente. Instantáneamente, Rachael
volvió a encenderla.
—Quiero escuchar. Y pienso escuchar: lo que anunciará el Amigo Buster en su show
de esta noche es muy importante.
La voz estúpida continuó balbuceando, y Rachael Rosen se instaló cómodamente. En
la oscuridad, la brasa de su cigarrillo ardía como el trasero de una luciérnaga contenta.
Era un claro indicio del éxito de Rachael Rosen: su victoria sobre él.
—Traiga aquí el resto de mis cosas —ordenó Pris a J. R. Isidore—. En particular,
quiero la TV, para ver el informe especial de Buster.
—Sí —agregó Irmgard Baty, con los ojos brillantes como los de un pájaro—.
Necesitamos la TV. Hace tiempo que esperamos ese anuncio y ahora falta poco.
—Mi aparato coge el canal del gobierno —dijo Isidore.
Desde un ángulo del living, sentado en un sillón como si pensara quedarse allí
permanentemente, como si estuviese alojado en el sillón, Roy Baty observó con
paciencia:
—Queremos ver al Amigo Buster y a sus Amigos Amistosos, Iz. ¿O prefiere que lo
llame J.R.? Y de todos modos, ¿comprende? Entonces, vaya a buscar la otra TV. Isidore
recorrió el pasillo solitario y resonante hasta las escaleras. Todavía no se había
desvanecido en él la potente fragancia de la felicidad, la sensación de ser útil por primera
vez en su oscura vida. Ahora, hay seres que dependen de mí, se dijo, encantado,
mientras bajaba los polvorientos escalones. Y, además, será bueno ver nuevamente al
Amigo Buster en la TV, en lugar de escucharlo por la radio del camión de la tienda. Y hoy
el Amigo Buster debe revelar su informe especial, cuidadosamente documentado. De
modo que merced a Pris y a Roy y a Irmgard podré ver la presentación de una noticia que
es probablemente la más importante en mucho tiempo. ¿Qué tal? La vida, para J. R.
Isidore, había cobrado definitivamente nuevo ímpetu.
Entró en el antiguo apartamento de Pris, desconectó la TV y la antena. El silencio era
penetrante, y sintió que sus brazos se debilitaban. En ausencia de Pris y de los Baty se
desvanecía, se tornaba extrañamente parecido a la TV inerte que acababa de
desconectar. Uno tiene que vivir con otras personas para vivir de verdad, pensó. Antes de
que llegaran, podía vivir solo; ahora todo había cambiado, y no había posibilidad de
retroceso. No se puede ir y volver entre la gente y la nogente.
Con cierto temor, se dijo: dependo de ellos; gracias a Dios que se han quedado. Se
requerían dos viajes para subir todas las pertenencias de Pris. Alzando el aparato decidió
llevarlo antes que las maletas y las demás ropas.
Pocos minutos después estaba arriba. Con los dedos doloridos, depositó la TV sobre
una mesa baja de su living. Pris y los Baty miraban impasibles.
—En este edificio se reciben bien las señales —dijo, jadeante, mientras enchufaba el
cable y la antena—. Cuando podía oír al Amigo Buster y...
—Encienda la TV y no hable más —dijo Roy Baty. Así lo hizo, y regresó a la puerta.
—Un viaje más será suficiente —se demoraba; el calor de la presencia de ellos lo
alimentaba.
—Está bien —respondió distraídamente Pris.
Isidore salió. Creo que se aprovechan de mí, en cierta forma, pensó. Pero no me
importa. Es bueno tener amigos, a pesar de todo.
En el piso inferior, recogió las ropas de la chica, las metió en las maletas y volvió al
pasillo y a las escaleras.
De repente, un escalón más adelante vio que algo pequeño se movía entre el polvo.
Dejó caer las maletas y extrajo un frasco de plástico que, como todo el mundo, llevaba,
siempre para esto mismo. Era una araña. Con los dedos temblorosos, la empujó hacia el
frasco y ajustó la tapa, perforada con una aguja.
Arriba, en la puerta de su apartamento, se detuvo para recobrar el aliento.
—Sí, amigos. Este es el momento. Aquí el Amigo Buster, quien espera y confía que
todos estéis ansiosos por compartir un descubrimiento que he realizado, y que he hecho
verificar por un equipo de investigadores capacitados durante toda la semana pasada.
Aquí está, amigos.
—He encontrado una araña —dijo John Isidore. Los tres androides lo miraron,
desviando por un instante su atención de la pantalla de TV.
—A ver —dijo Pris, extendiendo la mano.
—Callad cuando habla Buster —dijo Roy Baty.
—Nunca he visto una araña —respondió Pris. Cogió el frasco y miró la criatura que
había dentro—. Tantas patas... ¿Para qué las necesita?
—Así están hechas las arañas —dijo Isidore; su corazón latía fuertemente y respiraba
con dificultad—. Tienen ocho patas.
—¿Ocho? —preguntó Irmgard Baty—. ¿Y no podría andar con cuatro? Córtale cuatro y
veamos —impulsivamente abrió su bolso y sacó unas tijerillas de uñas, brillantes y
afiladas, que entregó a Pris.
J. R. Isidore experimentó un insondable terror.
Pris llevó a la cocina el frasco y se sentó ante la mesa de J. R. Isidore. Quitó la tapa y
dejó caer la araña.
—Probablemente no podrá correr tan rápido..., pero de todos modos aquí no tendría
nada que cazar —dijo—. Igual se morirá —se dispuso a usar las tijeras.
—Por favor —dijo Isidore.
Pris alzó la vista con curiosidad.
—¿Vale algo?
—No la mutile —dijo pesadamente, implorante, Isidore. Pris cortó una de las patas de
la araña. En el living, Buster decía:
—Mirad esta ampliación de una parte del paisaje. Este es el cielo que veis
habitualmente. Un momento; aquí está Earl Parameter, jefe de mi equipo de
investigadores, que explicará un descubrimiento que asombrará al mundo.
Pris cortó otra pata, conteniendo a la araña con el canto de la otra mano. Sonreía.
—Grandes ampliaciones de las imágenes de video —dijo en la TV otra voz—,
sometidas a un riguroso análisis en el laboratorio, revelan que ese fondo gris de cielo y
luna diurna, sobre el cual se mueve Mercer, no sólo pertenece a la Tierra sino que es
artificial.
—Te lo estás perdiendo —dijo Irmgard, corriendo a la cocina en busca de Pris. Vio lo
que ésta había empezado a hacer y agregó—: Puedes hacer eso más tarde. Lo que dicen
es importantísimo; prueba que todo lo que creíamos...
—Silencio —dijo Roy Baty.
—...es verdad —concluyó Irmgard.
—La «luna» está pintada —decía la TV—; en las ampliaciones, como todos pueden
ver, se distinguen las pinceladas. Y hay incluso pruebas de que las matas salvajes y el
suelo triste y estéril son también trucadas —y quizá también las piedras que personas
invisibles le arrojan a Mercer—. Es muy posible en verdad que esas «piedras» sean de un
plástico relativamente blando, para no causar verdaderas heridas.
—En otras palabras —interrumpió el Amigo Buster—, Wilbur Mercer no padece ningún
sufrimiento.
El jefe del equipo de investigadores continuó:
—Finalmente, señor Buster, hemos logrado descubrir a un viejo especialista en efectos
de Hollywood, un tal señor Wade Cortot, quien aseguró que la figura de Mercer bien podía
ser la de un actor de segundo orden de un estudio de sonido. Cortot ha llegado a declarar
que reconocía el estudio como uno perteneciente a un cineasta en pequeña escala con el
que él tuvo tratos hace varias décadas.
—De modo que según Cortot —subrayó el Amigo Buster—, no hay prácticamente
ninguna duda.
Pris había amputado ya tres patas de la araña, que se deslizaba penosamente por la
mesa de la cocina buscando en vano un camino hacia la libertad.
—Con franqueza, creímos lo que decía Cortot —afirmó la voz seca y pedante— y
pasamos bastante tiempo examinando filmes publicitarios donde aparecían los actores
antiguamente empleados por la hoy desaparecida industria cinematográfica de
Hollywood...
—¿Y qué se descubrió?
—Escucha esto —dijo Roy Baty.
Irmgard miraba fijamente la TV y Pris había interrumpido la mutilación de la araña.
—Después de estudiar miles y miles de fotos y películas, pudimos localizar a un
hombre ahora muy anciano, llamado Al Jarry, que trabajó en papeles menores en
numerosos filmes anteriores a la guerra. Enviamos un grupo de personas del laboratorio a
casa de Jarry, en East Harmony, Indiana. Uno de ellos describirá ahora lo que encontró —
silencio y luego una nueva voz, igualmente pedestre—. La casa está en la Avenida Lark,
de East Harmony, en un lugar de las afueras de la ciudad donde no habita nadie, excepto
Al Jarry. Es una casa sucia y medio derruida. Jarry nos invitó cordialmente a entrar y,
mientras estábamos en una sala húmeda, maloliente y llena de kippel, exploré por medios
telepáticos la mente confusa, brumosa y también repleta de residuos de Al Jarry.
—Escuchad —urgió Roy Baty, sentado en el borde del sillón, como en disposición de
saltar.
—Descubrí que en realidad —continuó el técnico—, el anciano había participado en
una serie de filmaciones de quince minutos, en video, para un cliente a quien jamás
conoció. Como habíamos previsto, las «rocas» eran de un plástico semejante a la goma.
La «sangre» era ketchup y —el técnico rió— el único dolor del señor Jarry consistió en
pasar un día entero sin beber whisky.
—Al Jarry —dijo el Amigo Buster, cuyo rostro había retornado a la pantalla—. Muy bien,
muy bien. Un anciano que ni siquiera en su juventud había hecho nada que él o nosotros
pudiéramos respetar. Al Jarry fue pues el actor de un oscuro y repetitivo serial; no sabía
entonces ni sabe ahora quién era su cliente. Los partidarios del Mercerismo han dicho
muchas veces que Wilbur Mercer no es un ser humano, que en verdad es una entidad
arquetípica superior, tal vez proveniente de otra estrella. Y bien, en cierto sentido, esto se
ha revelado exacto. Wilbur Mercer no es humano, y en realidad no existe. El mundo en
que se desarrolla su ascensión es un estudio barato y corriente de Hollywood, convertido
en kippel hace muchos años. Entonces, ¿quién es el autor de este fraude contra todo el
sistema solar? Pensad en esto, amigos.
—Tal vez no lo sabremos nunca —murmuró Irmgard.
—Tal vez no lo sabremos nunca —dijo el Amigo Buster. Y no podemos, tampoco,
determinar cuál es el propósito de esta superchería. Sí, amigos, superchería: el
Mercerismo es pura superchería.
—Era obvio, lo sabíamos —dijo Roy Baty—. El Mercerismo apareció...
—Pero conviene pensar qué produce el Mercerismo —continuó el Amigo Buster—.
Según sus fíeles, la experiencia funde...
—Es la empatía de los humanos —dijo Irmgard.
—... a los hombres y mujeres de todo el sistema solar, en una sola entidad. Una
entidad controlada por la supuesta voz telepática de «Mercer». Basta pensar qué ocurriría
si una especie de Hitler en potencia, ambicioso, con sentido político...
—El problema está en la empatía —insistió vigorosamente Irmgard. Con los puños
apretados se dirigió a la cocina y enfrentó a Isidore—. ¿Acaso no es la forma de
demostrar que los humanos pueden hacer una cosa que nosotros no podemos? Sin la
experiencia de Mercer, sólo tenemos la palabra de los seres humanos. Sólo su palabra de
que sienten esa empatía, esa cosa compartida, de grupo. ¿Cómo está la araña? —se
inclinó sobre el hombro de Pris, que estaba terminando de cortar otra pata con sus tijeras.
—Ahora tiene cuatro —empujó al animal—. No quiere moverse. Pero puede.
Roy Baty apareció en la puerta, respirando con fuerza, con expresión de triunfo.
—Es un hecho. Buster lo ha dicho claramente, y casi todos los seres humanos del
sistema deben haberlo escuchado. El Mercerismo es una superchería. Toda la
experiencia de la empatía es una superchería —miró con curiosidad a la araña.
—No quiere andar —dijo Irmgard.
—Yo haré que camine —Roy Baty sacó unas cerillas, encendió una y la sostuvo más y
más cerca de la araña, hasta que por fin, débilmente, el insecto se apartó.
—Yo tenía razón —exclamó Irmgard—. ¿No dije que podía caminar con cuatro patas?
—miró con interés a Isidore—. ¿Qué le ocurre? —le tocó el brazo—. No ha perdido nada;
le pagaremos lo que dice el catálogo de... ¿Cómo se llama? Sidney. ¿Por qué se ha
puesto así? ¿Es por lo de Mercer? ¿Por lo que se ha descubierto? ¿Por esa
investigación? Eh, contésteme —le golpeó el brazo insistentemente con un dedo.
—Está muy afectado —dijo Pris—, porque tiene una caja de empatía en la otra
habitación. ¿La usa, J. R.?
—Por supuesto que la usa. Todos lo hacen o al menos lo hacían. Tal vez ahora
empiecen a pensarlo mejor.
—No creo que esto acabe con el culto a Mercer —dijo Pris—. Pero con seguridad, en
este momento debe haber una cantidad de humanos que se sienten infelices —se dirigió
a Isidore—. Hemos esperado durante meses. Todos sabíamos lo que Buster estaba
preparando —vaciló y agregó—: ¿Por qué no decirlo? Buster es uno de los nuestros.
—Un androide —explicó Irmgard—. Nadie lo sabe. Quiero decir, los humanos.
Pris, con las tijeras, cortó otra pata más a la araña. Bruscamente, John Isidore la hizo a
un lado, cogió a la criatura mutilada y la llevó al fregadero. Allí la ahogó, y mientras tanto
se ahogaban también su mente y sus esperanzas, tan rápidamente como la araña.
—Está realmente perturbado —observó nerviosamente Irmgard—. ¿Por qué no dice
algo, J. R.? También me perturba a mí que esté ahí, junto al fregadero, en silencio. No ha
dicho una palabra desde que encendimos la TV.
—No es la TV —respondió Pris—. Es la araña. ¿No es así, John R. Isidore? Ya se le
pasará —le dijo a Irmgard, que había ido a apagar la TV. Roy Baty miraba a Isidore con
tranquila diversión.
—Ya terminó todo Iz. Quiero decir, para el Mercerismo —con las uñas recogió del
fregadero el cadáver de la araña—. Tal vez ésta era la última araña —dijo—. La última
araña viva de la Tierra —reflexionó—. En ese caso, todo terminó también para las arañas.
—No... No me siento bien —dijo Isidore. Cogió una taza del armario de la cocina; la
sostuvo sin saber exactamente cuánto tiempo. Y luego preguntó a Roy Baty:
—El cielo, detrás de Mercer, ¿es pintado? ¿No es real?
—Ya ha visto las ampliaciones en la TV, las pinceladas...
—El Mercerismo no se ha terminado —dijo Isidore. A los androides les ocurría algo,
algo terrible, pensó. Y la araña. Tal vez había sido realmente la última de la Tierra. La
araña se había ido, Mercer se había ido... Isidore vio el polvo y la ruina extendiéndose por
el apartamento. Oyó la llegada del kippel, del desorden final de todas las formas, de la
ausencia triunfadora, mientras estaba allí, de pie, con la taza de cerámica vacía en la
mano. Los armarios de la cocina crujieron y se partieron; el suelo cedió bajo sus pies.
Se movió y tocó la pared. Su mano quebró la superficie. Trozos grises se
desprendieron y cayeron, fragmentos de enlucido semejantes al polvo radiactivo del
exterior. Se sentó junto a la mesa; las patas de la silla se torcieron como tubos huecos y
podridos. Se puso de pie enseguida, dejó la taza y trató de componer la silla, de hacer
que volviera a su forma anterior. Pero se desarmó entre sus manos: los tornillos que
habían sujetado sus partes estaban sueltos. Vio sobre la mesa cómo a la taza le aparecía
una grieta, cómo se extendía una fina red de líneas y caía un trozo y a la vista quedaba la
materia interior, que no era vítrea.
—¿Que hace? —dijo la voz de Irmgard Baty, distante—. ¡Está rompiendo todo! ¡Basta,
Isidore!
—No soy yo quien lo hace —respondió él. Avanzó con pasos inciertos hacia el living,
para estar solo. Se detuvo junto al diván y miró la pared, y las manchitas que habían
dejado los bichos muertos, y pensó nuevamente en la araña muerta con sus tres patas.
Todo aquí es viejo, pensó. Hace tiempo comenzó el derrumbe, y ya no se detendrá. Los
restos de la araña se han apoderado de todo.
En el suelo hundido aparecían ahora partes de animales; la cabeza de un cuervo, unas
manos momificadas que habían pertenecido a un mono. Muy cerca había un burro,
inmóvil pero aparentemente vivo. Por lo menos no había empezado a deteriorarse. Se
dirigió hacia él, sintiendo que débiles huesos, secos como ramitas caídas, se quebraban
bajo sus pies. Pero antes de llegar al burro —una de las criaturas a la que más amaba —
un brillante cuervo azul descendió y se posó en el hocico de la bestia. No lo hagas, dijo en
voz alta, pero el cuervo picoteó rápidamente los ojos del burro. Otra vez, pensó: me está
ocurriendo otra vez. Estaré aquí largo tiempo, como antes. Siempre es muy largo, porque
aquí nada cambia nunca. Llega un momento en que ni siquiera la podredumbre avanza.
Oyó el susurro de un viento seco, y los huesecillos amontonados se partieron. Hasta el
viento los destruye, observó. En esta etapa. Inmediatamente antes de que el tiempo se
acabe. Querría ser capaz de recordar cómo se sale de aquí, pensó. Miró hacia arriba y no
vio nada de qué asirse. Mercer, dijo en voz alta. ¿Dónde estás? Este es el mundo-tumba,
y estoy en él de nuevo, pero esta vez no estás tú aquí.
Algo se movió junto a uno de sus pies. Se arrodilló para mirar, y vio por qué se movía
tan lentamente. La araña mutilada avanzaba con gran dificultad con sus patas restantes.
La alzó y la sostuvo en la palma de la mano. Los huesos se han invertido, pensó. La
araña ha vuelto a vivir. Mercer debe estar cerca.
El viento sopló con fuerza, destruyendo y arrastrando los huesos restantes, y sintió la
presencia de Mercer. Ven, aquí. Trepa por mis pies, le dijo, o busca algún otro modo de
acercarte, ¿quieres? Mercer, pensó. Y gritó: «¡Mercer!»
Las hierbas salvajes avanzaban; penetraban como tirabuzones en las paredes, a su
alrededor, y luego se convertían en sus propias semillas, que creían, se expandían y
reventaban los corrompidos metales y trozos de concreto que antes habían sido las
paredes. Pero una vez desvanecidas las paredes, la desolación continuaba; la desolación
era lo único que quedaba. Aparte de la figura leve y borrosa de Mercer. El anciano lo miró
entonces, con expresión plácida.
—¿El cielo está pintado? —preguntó Isidore—. ¿Hay realmente pinceladas que se ven
en las ampliaciones?
—Sí —respondió Mercer.
—No las veo.
—Estás demasiado cerca —dijo Mercer—. Debes colocarte a más distancia, como
hacen los androides. Ellos tienen mejor perspectiva.
—¿Y por eso dicen que eres un fraude?
—Yo soy un fraude —repuso Mercer—. Son sinceros; su investigación es verídica.
Desde su punto de vista, yo soy un viejo actor jubilado, llamado Al Jarry. Todo eso, todas
esas revelaciones, son ciertas. Me han entrevistado en mi casa, como dicen. Y les dije
todo lo que deseaban saber, es decir, todo.
—¿Y lo del whisky también? Mercer sonrió.
—Sí, es verdad. Hicieron un buen trabajo, y desde su punto de vista, la revelación del
Amigo Buster ha sido convincente. Les costará comprender, eso sí, por qué nada ha
cambiado; porque tú estás aquí, y yo también —Mercer señaló con un gesto amplio la
cuesta empinada y desierta, el paisaje familiar—. Ahora mismo, acabo de alzarte desde el
mundo-tumba, y continuaré haciéndolo hasta que ya no te interese y desees marcharte.
Pero tendrás que dejar de buscarme, porque yo nunca cesaré de buscarte.
—No me gustó eso del whisky —dijo Isidore—. No está bien.
—Tú eres una persona de elevada moral. Yo no lo soy. No juzgo a nadie, ni siquiera a
mí mismo —Mercer alzó su mano, cerrada, con la palma hacia arriba—. Y antes de que lo
olvide, tengo aquí algo que es tuyo —abrió los dedos. En la palma estaba la araña, con
sus patas restauradas.
—Gracias —dijo Isidore, cogiendo la araña. Y empezó a agregar algo...
Sonó la campanilla de alarma.
—Un cazador de bonificaciones en el edificio —rugió Roy Baty—. Pronto, apagad todas
las luces... Apartadlo de la caja de empatía; su puesto está en la puerta. Vamos, haced
que se mueva.
John Isidore bajó la vista y vio sus manos, aferradas a las asas gemelas de la caja de
empatía. Mientras la miraba, absorto, las luces del living de su casa se apagaron. Vio que
Pris corría a la cocina, para apagar la lámpara de la mesa.
—Oye, J. R. —susurraba ásperamente Irmgard mientras le cogía por el hombro y le
clavaba las uñas. Parecía no tener conciencia de lo que hacía. A la escasa luz que se
filtraba del exterior, el rostro de Irmgard se veía distorsionado, con los ojos pequeños,
huidizos, sin párpados—. Tienes que ir a la puerta —susurró—, cuando golpee, si golpea.
Y debes mostrarle tu identificación, y decirle que ésta es tu casa, y que aquí no hay nadie
más. Y pedirle que te muestre una orden judicial.
Pris, de pie, del otro lado, con el cuerpo arqueado, murmuró:
—No lo dejes entrar, J. R. Haz cualquier cosa para que no entre. ¿Sabes lo que haría
aquí un cazador de bonificaciones? ¿Comprendes lo que nos haría? Isidore se apartó de
las dos androides y se dirigió a la puerta. Encontró sin dificultad, a oscuras, el picaporte, y
se detuvo a escuchar. Podía sentir que el pasillo estaba como siempre: vacío, resonante,
sin vida.
—¿Oye algo? —preguntó Roy Baty, inclinándose. Isidore percibió el olor de su cuerpo;
olor a miedo, un miedo que casi se materializaba en una niebla—. Salga a mirar. Isidore
abrió la puerta y contempló el pasillo. El aire parecía limpio, a pesar del polvo. Todavía
tenía en la mano la araña que Mercer le había dado. ¿Era realmente la misma que Pris
había mutilado con las tijeras de uñas de Irmgard? Probablemente no, y nunca lo sabría.
Pero estaba viva. Se movía dentro de su mano cerrada, sin picarle. Las mandíbulas de las
arañas pequeñas no pueden atravesar la piel humana.
Llegó al extremo del pasillo, descendió las escaleras y salió al exterior, a lo que había
sido un sendero rodeado por un jardín. El jardín había muerto con la guerra, y el sendero
estaba roto por todas partes. Pero Isidore conocía su superficie; sus pies la recorrían con
agrado y la siguieron, junto al lado más largo del edificio, hasta el único punto verde de los
alrededores. Era un metro cuadrado de hierbas cubiertas de polvo. Ahí depositó a la
araña. Miró su ondulante camino una vez que hubo abandonado su mano. Pues bien,
pensó, ya está. Y se incorporó. La luz de una linterna enfocó las hierbas. Las hojas y
ramitas, que apenas lograban sobrevivir, parecían severas y amenazantes. Pudo ver a la
araña, sobre una hoja de borde aserrado.
—¿Qué estaba haciendo? —preguntó el hombre de la linterna.
—Traje una araña —respondió, sin comprender cómo el hombre no la veía. A la luz
amarillenta, la araña parecía de mayor tamaño—. Para que pueda escapar.
—¿Y por qué no se la ha llevado a su apartamento? Debería guardarla en un frasco.
Según el Sidney de enero, la mayoría de las arañas han aumentado un diez por ciento.
Podría conseguir algo más de cien dólares.
—Si la llevara arriba, ella volvería a cortarla en pedazos —respondió Isidore—. Una
pata tras otra, para ver qué hace.
—Cosa de androides —dijo el hombre. Sacó de su chaqueta algo que abrió y mostró a
Isidore.
En la penumbra, el cazador de bonificaciones parecía un hombre corriente, no
peligroso. Cara redonda, lampiña, rasgos suaves, como de burócrata. Metódico pero
informal. Y no tenía el aspecto de un semidiós, como Isidore esperaba.
—Soy investigador del departamento de policía de San Francisco. Deckard. Rick
Deckard —cerró su carnet y se lo metió en el bolsillo—. ¿Están arriba? ¿Los tres?
—La verdad es que yo los estaba cuidando —repuso Isidore—. Hay dos mujeres. Son
los últimos del grupo; el resto ha muerto. Subí la TV de Pris desde su apartamento al mío,
para que pudieran ver al Amigo Buster. Buster demostró sin lugar a dudas que Mercer no
existe —Isidore se sentía excitado: sabía una cosa muy importante que el cazador de
bonificaciones ignoraba.
—Subamos —dijo Deckard. Tenía un tubo láser apuntado contra Isidore; lo desvió—.
Usted es un especial, ¿verdad? Un cabeza de chorlito...
—Pero tengo un trabajo. Me ocupo de conducir el camión de —con horror, descubrió
que se le había olvidado el nombre— del hospital de animales... El Hospital de Animales
Van Ness, de propiedad de... de... Hannibal Sloat.
—¿Quiere indicarme en qué apartamento están? Hay más de mil en el edificio. Puede
ahorrarme una buena cantidad de tiempo —su voz revelaba fatiga.
—Si los mata no podrá volver a fundirse con Mercer —dijo Isidore.
—¿No me quiere decir? ¿O indicarme el piso? Dígame sólo en qué piso es. Yo buscaré
el apartamento.
—No —respondió Isidore.
—Según la ley federal y del estado —empezó Deckard, pero inmediatamente
interrumpió y abandonó el interrogatorio—. Buenas noches —se alejó y entró en el
edificio, precedido por el sendero difuso y amarillento que esparcía su linterna.
Una vez dentro, Rick Deckard la apagó. Recorrió el pasillo a la escasa luz de las
lamparillas embutidas, meditando. El cabeza de chorlito sabe que son androides. Lo sabía
antes de que yo se lo dijera. Pero no comprende. Y por otra parte, ¿quién comprende?
¿Acaso yo? Y antes, ¿comprendía? Uno de ellos es un duplicado de Rachael, pensó. Tal
vez el especial vivía con ella... ¿Le gustaría? Tal vez fuera precisamente ella la que,
según él, despedazaría a la araña. Podría volver a coger esa araña; nunca he encontrado
un animal vivo. Debe ser una experiencia maravillosa inclinarse y ver una cosa viva que
se escabulle. Quizás algún día me ocurra. Había traído un aparato para escuchar. Lo
encendió; era un detector giratorio con una pantalla de centelleo. No se veía nada en ella.
En la planta baja no es, se dijo. Pero en sentido vertical el detector daba una pequeña
señal. Arriba. Con el aparato y su cartera subió las escaleras hacia el primer piso. Una
figura acechaba en las sombras.
—Si se mueve lo retiro —dijo Rick. El hombre, esperándolo. Sentía en los dedos la
dureza del tubo láser, pero ya no podía alcanzarlo ni apuntar. Había sido cogido de
sorpresa.
—No soy un androide —dijo la figura—. Mi nombre es Mercer —dio un paso y entró en
una zona iluminada—. Estoy en este edificio a causa del señor Isidore. El especial de la
araña; has hablado unas palabras con el afuera.
—¿Es verdad lo que dijo el cabeza de chorlito? —preguntó Rick—. ¿Quedaré fuera del
Mercerismo si hago lo que debo hacer dentro de unos minutos?
—El señor Isidore habló por él y no por mí —dijo Mercer—. Lo que piensas hacer debe
ser hecho; ya te lo he dicho antes —alzó el brazo y señaló las escaleras, a espaldas de
Rick—. Vine a decirte que uno de ellos está detrás de ti, abajo, y no en el apartamento. Es
el más peligroso de los tres, y el que debes retirar primero —la vieja voz cascada se tornó
urgente—. Rápido, Deckard. En los escalones.
Con el tubo láser en la mano, Rick giró y se agachó. Por las escaleras subía una mujer.
La conocía. Bajó el tubo.
—Rachael —dijo, asombrado. ¿Lo habría seguido hasta aquí, en su propio coche?
¿Por qué?—. Vuelve a Seattle. Déjame tranquilo —dijo—. Mercer dice que debo hacerlo
—advirtió entonces que no era exactamente Rachael.
—Por todo lo que nos hemos dado el uno al otro —dijo la androide con los brazos
extendidos, como para aferrarlo.
La ropa no es la misma, pensó Rick. Pero los ojos son los mismos ojos. Y hay más,
toda una legión, cada una con su nombre, pero todas son Rachael Rosen, el prototipo
utilizado por la fábrica para proteger a las demás. Disparó su arma mientras ella, con
ademán suplicante, se lanzaba contra él. El cuerpo se dispersó en añicos; Rick se cubrió
la cara; luego miró y vio el tubo láser que ella traía, rebotando escalón por escalón. El
ruido del tubo metálico resonó, se alejó, se tornó más lento. El más peligroso de los tres
androides, había dicho Mercer. Buscó a Mercer, pero el anciano se había marchado.
Quizá me persigan con copias de Rachael Rosen hasta matarme, pensó, o hasta que
el modelo quede obsoleto, lo que ocurra primero. Pero ahora, los otros dos. Mercer me
dijo que ella estaba en la escalera. Mercer me salvó. Se manifestó y me ayudó. Si Mercer
no me hubiera avisado, ella me habría matado. Ahora puedo ocuparme del resto. Ella
sabía que yo no podía atacarla; que para mí era imposible. Y ahora todo ha terminado, en
un instante. He hecho lo que no podía hacer. A los Baty los puedo atacar del modo
corriente. Serán difíciles, pero no de esta manera. Estaba a solas en el pasillo, junto a la
escalera. Mercer había terminado su obra y se había marchado. Rachael —o mejor dicho,
Pris Stratton— yacía diseminada, de modo que estaba solo. Pero en alguna parte del
edificio los Baty lo esperaban. Sabían lo que él había hecho. Probablemente estaban
asustados. Esa había sido su defensa, la respuesta a su presencia en el edificio. Y sin la
ayuda de Mercer, ellos habrían triunfado. Pero para ellos había llegado el invierno. Hay
que proceder velozmente, se dijo. Avanzó por el pasillo y de repente su detector registró
la cercanía de la actividad cerebral. Había encontrado el apartamento. Ya no necesitaba
el aparato; lo dejó en el suelo y golpeó la puerta.
—¿Quién es? —preguntó una voz de hombre.
—Soy Isidore —respondió Rick—. Yo los estoy cuidando, a usted y a las do-do-dos
mumujeres.
—No abriremos —dijo una voz femenina.
—Quiero ver al Amigo Buster en la TV de Pris —continuó Rick—. Ahora que Mercer no
existe es muy importante ver su pro-programa. Yo me ocupo de conducir el camión del
Hospital de Animales Van Ness, cuyo propietario es el señor Hannibal Sloat... Abran...
Esta es mi casa —aguardó y la puerta se abrió. En la oscuridad vio dos formas indistintas.
—Debe hacernos el test —dijo la forma más pequeña, la mujer.
—Es demasiado tarde —repuso Rick. La figura más alta intentó cerrar la puerta y poner
en marcha algún aparato electrónico—. Voy a entrar —dijo Rick. Dejó que Roy Baty
disparara primero, y eludió el rayo—. Ahora han perdido sus derechos legales. Deberían
haberme obligado a aplicar el test de Voigt-Kampff. Pero ya no tiene importancia —Roy
Baty disparó de nuevo, erró y desapareció en el interior del apartamento, quizás en otra
habitación, abandonando el equipo electrónico.
—¿Por qué Pris no lo mató? —preguntó la señora Baty.
—No hay ninguna Pris —respondió Rick—. Sólo Rachael Rosen, una tras otra —vio el
tubo láser en la mano de ella, en la penumbra: Roy Baty se lo había dado, tratando de
atraerlo al interior mientras ella lo atacaba por la espalda—. Lo siento, señora Baty —dijo
Rick, y disparó. En la otra habitación, Roy Baty lanzó un grito angustioso.
—Sí, la amaba usted —dijo Rick—. Y yo amaba a Rachael, y el especial amaba a la
otra Rachael —avanzó y disparó contra Roy Baty; su gran cuerpo estalló y se desmoronó
como una pila mal asentada de pequeños objetos separados y quebradizos. Cayó sobre
la mesa de la cocina y arrastró platos y tazas en su caída. Algunos circuitos reflejos
hacían que partes del cuerpo caído se movieran, pero estaba muerto. Rick lo ignoró. No lo
miró, ni tampoco al cuerpo de Irmgard Baty. Era el último, pensó Rick. Seis en un día.
Casi un récord. Ahora todo ha terminado, puedo irme a casa, puedo regresar a Irán y a la
cabra. Y por una vez tendremos un poco de dinero. Se sentó en el diván, y en medio del
silencio apareció en la puerta el señor Isidore, el especial.
—Es mejor que no mire —dijo Rick.
—La vi en la escalera. A Pris —el especial lloraba.
—No se lo tome usted así —dijo Rick. Se puso de pie con esfuerzo, mareado—.
¿Dónde está el videófono?
El especial no contestó. Permanecía inmóvil. Rick buscó el videófono, lo encontró y
llamó al despacho de Harry Bryant.
—Muy bien —dijo Harry Bryant cuando se enteró de las noticias—. Vaya a descansar
un rato. Enviaré un patrullero a recoger los cuerpos. Rick colgó.
—Los androides son estúpidos —dijo sin contemplaciones—. Roy Baty no podía
diferenciarme de usted; creyó que era usted quien estaba en la puerta. La policía vendrá a
limpiar esto, ¿por qué no se queda en otro apartamento hasta que terminen? Supongo
que no querrá quedarse aquí, ahora...
—Me iré de esta casa —dijo Isidore—. Buscaré un lugar en el centro, donde haya más
gente.
—Creo que hay un piso vacío en mi edificio —dijo Rick.
—No qui-qui-quiero vivir cerca de usted.
—Váyase —aconsejó Rick—. No se quede aquí.
El especial titubeó, sin saber qué hacer. Una serie de expresiones mudas recorrió su
rostro.
Luego giró y se marchó. Dejó solo a Rick.
Qué trabajo horrible, se dijo Rick. Soy un flagelo, como las plagas, como el hambre.
Adonde voy llevo la vieja maldición. Mercer lo dijo: estoy obligado a hacer el mal. Todo lo
que he hecho, ha sido siempre malo. Desde el comienzo. Es hora de irse a casa. Quizá,
cuando vea a Irán, podré olvidar.
Irán lo esperaba en el terrado de su casa. Lo miró con una extraña angustia; en todos
los años que había pasado con ella jamás la había visto así.
—Ya se ha terminado todo —dijo, y la abrazó—. Y he estado pensando: quizás Harry
Bryant pueda transferirme a...
—Rick —dijo ella—. Debo decirte algo. Lo siento. La cabra ha muerto.
Por alguna razón, eso no lo sorprendió. Simplemente le hizo sentirse peor, era una
mera cantidad que se sumaba al peso que lo oprimía en todas partes.
—Creo que hay una cláusula de garantía —repuso Rick—. Si el animal enferma antes
de los noventa días, el vendedor...
—No se enfermó. Alguien vino —Irán carraspeó y continuó en tono grave—, la sacó de
su cesta y la llevó hasta el borde del terrado.
—¿Y la empujó?
—Sí.
—¿Viste quién era?
—Con toda claridad —respondió Irán—. Barbour estaba aquí todavía; bajó conmigo y
llamamos a la policía, pero el animal estaba muerto y ella se había marchado enseguida.
Era una muchacha de cara muy joven, pelo negro, ojos negros grandes, delgada. Tenía
un abrigo largo de seda, un bolso grande, como de cartero. Y no hizo nada por
ocultarse..., como si no le importara.
—No, no le importaba —dijo Rick—. A Rachael seguramente no le importaba que la
vieras.
Sin duda, quería que la vieras, para que yo supiera quién había sido —la besó—. ¿Y
me has estado esperando aquí todo el tiempo?
—Sólo media hora. Fue hace media hora —Irán, con ternura, le devolvió el beso—. Es
horrible. Y tan inútil...
Rick retornó a su coche aéreo, abrió la puerta y se instaló ante los mandos.
—No fue inútil —respondió—. Ella tenía una razón; lo que le parecía una razón —una
razón de androide, pensó.
—¿Adónde vas? ¿No quieres bajar y quedarte conmigo? La TV ha dado noticias
tremendas; el Amigo Buster dijo que Mercer es un impostor. ¿Qué piensas, Rick? ¿Crees
que pueda ser verdad?
—Todo es verdad —dijo Rick—. Todo lo que las personas han pensado alguna vez —
puso el motor en marcha.
—¿Estás bien?
—Estoy bien —respondió Rick, y pensó: voy a morir. Estas dos cosas también son
ciertas.
Cerró la puerta, dirigió a Irán un gesto cariñoso y se elevó en el cielo nocturno. En otros
tiempos habría visto las estrellas, pensó. Hace años. Pero ahora sólo está el polvo y nadie
ve nunca una estrella, al menos desde la Tierra. Quizás allá donde voy se vean las
estrellas, se dijo mientras el coche ganaba velocidad y altura, y se alejaba de San
Francisco hacia la deshabitada desolación del norte. Hacia un lugar adonde no iría
ninguna criatura viva mientras no sintiera que el fin había llegado.
A la temprana luz de la mañana vio un suelo gris que parecía infinito, cubierto de
escombros.
Unos cantos rodados grandes como casas se habían detenido al chocar unos con
otros. Rick pensó: es como un almacén de cargas cuando ya han retirado todas las
mercaderías. Sólo quedan fragmentos de embalajes, de cajas que no significan nada en
sí. Una vez había habido allí cosechas y rebaños. Era notable que los animales hubiesen
pastado allí alguna vez. Era también notable elegir ese lugar para morir.
Descendió un poco y siguió volando casi a ras del suelo. ¿Qué diría de mí Dave
Holden?, se preguntó. En cierto sentido, soy el mejor cazador de bonificaciones que ha
existido nunca. Nadie ha retirado seis modelos Nexus-6 en menos de veinticuatro horas.
Y probablemente nadie volverá a hacerlo. Debería llamar a Dave, pensó.
Una colina irregular se le acercó; elevó el coche a medida que el mundo se
aproximaba. Estoy cansado, pensó. No debería continuar. Apagó el motor, planeó un
momento, y luego aterrizó en una cuesta, brincando, desparramando piedras, hasta que
el avance hacia arriba lo detuvo, rechinando. Cogió el videófono del coche aéreo y llamó a
la operadora de San Francisco.
—Con el Hospital Mount Zion —dijo. Apareció en la pantalla otra mujer.
—Hospital Mount Zion.
—¿Podría hablar con un paciente? Dave Holden. ¿Se encuentra suficientemente bien?
—Un momento, señor —la pantalla quedó en blanco. Pasó el tiempo. Rick cogió un
poco de Rapé Dr. Johnson y se estremeció; la temperatura de la cabina, sin calefacción,
había descendido—. El doctor Costa dice que el señor Holden no puede recibir llamadas
—dijo la operadora cuando reapareció.
—Es un asunto policial —repuso, colocando su carnet junto a la pantalla.
—Un segundo —la operadora se desvaneció nuevamente. Rick volvió a aspirar el Rapé
Dr.
Johnson; el mentol que le agregaban sabía mal a esta hora de la mañana. Bajó el
cristal de la ventanilla y arrojó al suelo la pequeña caja de lata—. No, señor —dijo la
operadora—. El doctor Costa piensa que el estado del señor Holden no permite que
atienda llamadas, ni siquiera urgentes, por lo menos durante...
—Está bien —respondió Rick, y cortó la comunicación.
También el aire olía mal, y volvió a subir el cristal. Dave había quedado realmente fuera
de combate. Me pregunto por qué no me mataron; quizá porque me moví con rapidez.
Contra todos el mismo día. No podían esperarlo. Harry Bryant tenía razón. Hacía tanto frío
ahora en la cabina, que abrió la puerta y descendió. Un viento nocivo e inesperado
atravesó sus ropas, y empezó a caminar restregándose las manos. Habría sido
gratificante hablar con Dave. El aprobará lo que hice, sin duda. Y, además, comprenderá
la otra parte, que ni siquiera Mercer debe comprender. Para Mercer todo es fácil, pensó,
porque lo acepta todo. Nada es ajeno a él. Pero lo que yo he hecho, eso es ahora ajeno a
mí. En verdad todo en mí es ajeno. Me he convertido en un ser ajeno. Caminó por la
cuesta. Cada paso le costaba más. Estaba demasiado fatigado para subir. Se detuvo a
secar el sudor que caía sobre sus ojos y las lágrimas saladas, con todo el cuerpo dolorido.
Enfadado consigo mismo escupió, con furia, desdén y odio a sí mismo, sobre el suelo
yermo. Luego siguió trepando por aquella elevación solitaria y poco familiar, alejada de
todo. Nada estaba vivo allí, aparte de él mismo.
El calor. Ahora hacía calor. Era evidente que había pasado el tiempo. Y sentía hambre.
No había comido en sabe Dios cuánto tiempo. El hambre y el calor se combinaban en un
sabor venenoso que recordaba a la derrota. Sí, eso es lo que ocurre, pensó: de alguna
oscura manera, he sido derrotado. ¿Por haber matado a los androides? ¿Por Rachael,
que había matado a la cabra? No sabía. Mientras avanzaba, un manto vago y casi
alucinante nubló su mente. Sin saber cómo estaba en un punto situado a un paso de un
precipicio ciertamente fatal, de una caída humillante y desesperada. Y tenía que
proseguir, aun cuando nadie lo viera. No había nadie allí que registrara su degradación ni
la de nadie; y el orgullo o el valor que pudiera finalmente exhibir también pasaría
inadvertido. Las piedras muertas, las agonizantes hierbas envenenadas por el polvo no lo
verían ni recordarían.
En ese momento la primera piedra —y no era de espuma de goma ni de plástico— lo
golpeó en la región inguinal. Y el dolor, el conocimiento esencial de la soledad y la pena,
llegó hasta él en su forma desnuda y verdadera.
Se detuvo. Pero un impulso, un impulso invisible pero real, irresistible, lo indujo a
continuar la ascención. A rodar hacia arriba, como las piedras, pensó. Hago lo que hacen
las piedras, sin voluntad, sin que esto tenga el menor sentido.
—Mercer —dijo, jadeando. Se detuvo. Podía distinguir al frente una figura borrosa,
inerte—. ¿Wilbur Mercer? ¿Eres tú? —Dios mío, es mi sombra..., pensó. Tengo que salir
de aquí, descender esta cuesta.
Trastabillando inició el retorno. En un momento cayó. Las nubes de polvo oscurecían el
paisaje. Se alejó del polvo, corriendo, resbalando, tropezando en las piedras sueltas. Muy
cerca estaba su coche aéreo. He vuelto, se dijo, he bajado de la colina. Abrió la puerta y
entró en la cabina. ¿Quién habrá arrojado la piedra?, se preguntó. Nadie. Pero, ¿por qué
me importa tanto? Ya lo he sufrido antes, durante la fusión, mientras utilizo mi caja de
empatía, como hacen todos. Esto no es nuevo. Y, sin embargo, lo era. Tal vez, se dijo,
porque lo he hecho solo. Temblando, sacó de la guantera una lata nueva de rapé; quitó la
banda protectora, la abrió y cogió una gran pulgada que aspiró mientras estaba mitad en
la cabina y mitad fuera, con los pies en suelo árido y polvoriento. Es el último lugar
adonde ir, pensó. No debí venir aquí... Ahora se sentía demasiado cansado para regresar.
Si tan sólo pudiera hablar con Dave, pensó, me sentiría mejor. Podría salir de aquí,
irme a casa, dormir. Todavía tengo mi trabajo y mi oveja eléctrica. Habrá otros andrillos
que retirar, mi carrera no está terminada, no he retirado el último androide. Tal vez se
trate de eso; temo que no haya más...
Miró el reloj. Las nueve y treinta.
Llamó por el videófono a la corte de justicia de la calle Lombard.
—Quiero hablar con el Inspector Bryant —le dijo a la señorita Wild, la operadora.
—El inspector Bryant no está en su despacho, señor Deckard. Salió en su coche, pero
en este momento no se encuentra en él. No responde.
—¿No dijo a donde pensaba ir?
—Era algo relacionado con los androides que retiró usted anoche.
—Póngame con mi secretaria.
Poco después, la cara triangular y anaranjada de Ann Marsten aparecía en la pantalla.
—Oh, señor Deckard. El inspector Bryant ha estado tratando de comunicarse con
usted... Creo que ha propuesto su nombre al señor Cutter, el jefe, para una mención
especial, por haber retirado a esos seis...
—Ya sé lo que he hecho —repuso Rick.
—Pero eso nunca había pasado antes. Ah, además, señor Deckard: ha llamado su
esposa.
—Quiere saber si se encuentra usted bien. ¿Está bien?
Rick no respondió.
—De todos modos —continuó la señorita Marsten—, debería usted llamarla. Dijo que
estaría en casa, esperando noticias...
—¿Sabe usted lo que le ocurrió a mi cabra?
—No. Ni siquiera sabía que tenía una.
—Me la quitaron.
—¿Quién, señor Deckard? ¿Ladrones de animales? Acabamos de recibir la denuncia
de una nueva pandilla, probablemente muy jóvenes, que opera en...
—Ladrones de vida.
—No comprendo, señor Deckard —dijo la señorita Marsten, mirándolo con atención—.
Señor Deckard, tiene usted muy mal aspecto. Parece fatigado y... Dios, su mejilla está
sangrando.
Rick se llevó una mano a la cara. Una piedra, seguramente. Le habían arrojado más de
una.
—Se parece a Wilbur Mercer —dijo la señorita Marsten.
—Soy Wilbur Mercer —respondió Rick—. Me he fundido permanentemente con él y no
puedo salir de la fusión. Estoy esperando a que eso ocurra, aquí, en algún lugar de la
frontera de Oregon.
—¿Quiere que le envíe a alguien? ¿Un coche del departamento?
—No —dijo—. Ya no estoy en el departamento.
—Ayer ha trabajado demasiado, señor Deckard —dijo la señorita Marsten, en tono de
reproche—. Lo que necesita es dormir bien. Señor Deckard, usted es nuestro mejor
cazador de bonificaciones, y el mejor que hemos tenido nunca. Yo le avisaré cuando
llegue. Váyase a su casa y a la cama. Y llame a su esposa, señor Deckard: está muy
preocupada. Era evidente. Y usted tampoco está bien.
—Es por la cabra —dijo Rick—. No por los androides. Rachael estaba equivocada. No
tuve ninguna dificultad en retirarlos. Y en especial también se equivocó cuando dijo que
no podría fundirme nuevamente con Mercer. El único que estaba en lo cierto era Mercer.
—Vuelva a la zona de la bahía, señor Deckard; a donde haya gente. No hay nada
viviente cerca de Oregon, ¿verdad? ¿Está solo?
—Es curioso —respondió Rick—. He tenido la ilusión, completamente real, de que era
Mercer, y de que me arrojaban piedras. Pero no del modo en que se siente ante la caja de
empatía. Con la caja de empatía uno siente que está con Mercer. La diferencia es que yo
no estaba con nadie; estaba solo.
—Ahora dicen que Mercer es un impostor.
—Mercer no es ningún impostor —contestó Rick—. A menos que la realidad sea una
impostura —la sierra, pensó, el polvo, las piedras, todas diferentes—. Temo que no podré
dejar de ser Mercer. Una vez que se comienza, ya es demasiado tarde para retroceder —
¿tendré que subir nuevamente? Para siempre, como Mercer... Atrapado por la
eternidad—. Adiós —dijo.
—¿Llamará a su mujer? ¿Me lo promete?
—Sí. Gracias, Ann —colgó. Una cama, pensó. La última vez que estuve en una cama
fue con Rachael. Infracción al estatuto. Cópula con androides; absolutamente ilegal, aquí
y en los mundoscolonia. Ahora debe estar de vuelta en Seattle, con los demás Rosen,
reales y humanoides. Querría poder hacerte lo que tú me has hecho; pero no se puede,
porque a los androides no les importa. Si te hubiera matado anoche mi cabra estaría viva.
Ese fue mi error. Sí, pensó; todo surgió de allí. De eso y de acostarme contigo... Una cosa
que me dijiste era verdad. He cambiado. Pero no del modo que tú habías previsto.
De otro modo peor.
Y, sin embargo, no me importa. Ya no me importa. No, después de lo que me ha
ocurrido, cerca de la cumbre de la colina. Me pregunto qué habría pasado si hubiera
seguido subiendo. Porque allí es donde Mercer muere, y donde su triunfo se manifiesta, al
final del gran ciclo sideral.
Pero si soy Mercer no puedo morir, ni siquiera en diez mil años. Mercer es inmortal.
Una vez más cogió el videófono, para llamar a Irán.
Y se quedó congelado.
Dejó el receptor en su lugar, sin apartar la vista del punto donde había observado un
movimiento, fuera del coche. Una cosa en el suelo, entre las piedras; un animal. Le latió
con fuerza el corazón, demasiado cargado por el asombro. Yo sé qué es. Nunca he visto
uno, pero lo sé por las viejas películas sobre la naturaleza que pasa la TV del gobierno.
Están extinguidos, se dijo. Buscó su arrugado Sidney, y pasó las páginas con dedos
temblorosos.
SAPO (Bufonidae), todas las variedades... Extinguidos. El sapo era la criatura más
preciosa para Wilbur Mercer, junto con el asno. Pero prefería el sapo.
Necesito una caja, se dijo. Giró; en el asiento trasero de coche aéreo no había nada.
Saltó al exterior, fue a la baulera y la abrió. Había una caja de cartón que contenía una
ampolla de combustible de repuesto; sacó la ampolla, puso dentro de la caja las hojas de
una enredadera que encontró, y se acercó lentamente al sapo, sin separar de él la vista.
El sapo se combinaba perfectamente con la textura y el matiz del polvo omnipresente.
Quizás había evolucionado, adaptándose al nuevo clima así como se había adaptado
antes a todos los climas. Si no se hubiera movido no lo habría visto; sin embargo, no
estaba a más de dos metros de distancia. ¿Qué ocurre cuando se encuentra un animal al
que se cree extinguido? Era muy raro. Algo así como una estrella de honor de las
Naciones Unidas y dinero, una recompensa de millones de dólares. Y entre todas las
posibilidades, hallar precisamente la criatura preferida por Mercer. Dios mío, pensó, no
puede ser.
Debe tratarse de un defecto cerebral mío, provocado por la exposición a la
radiactividad. Soy un especial, pensó. Me ha ocurrido algo. Como al cabeza de chorlito
Isidore con su araña. Lo que le pasó a él me pasa a mí. ¿Lo quiso así Mercer? Pero yo
soy Mercer. Yo lo he querido así. He encontrado al sapo, porque veo a través de los ojos
de Mercer. Se puso en cuclillas al lado del sapo. Había apartado las piedrecillas con el
trasero, cavándose un hoyo, de modo que sólo se veían el cráneo y los ojos a ras del
suelo. Estaba como en trance, con su metabolismo disminuido al mínimo. Sus ojos no
revelaban lo que hubiese visto. Rick pensó, horrorizado: se ha muerto, quizá de sed. Pero
no; se había movido. Depositó la caja en el suelo y con gran cuidado tocó unas
piedrecillas cerca del animal, que aparentemente no se oponía. Por supuesto, ignoraba su
existencia. Cuando lo alzó sintió su peculiar frialdad. El cuerpo parecía seco y arrugado; y
tan frío como si hubiera vivido siempre en una gruta a muchas millas de profundidad, lejos
del sol. Ahora el animal se retorcía; con sus débiles patas traseras intentaba liberarse
instintivamente, y saltar. Era un sapo grande, adulto, inteligente. Capaz a su modo de
sobrevivir en un mundo donde el hombre, realmente, no podía. Me pregunto dónde
encuentra el agua para sus huevos... De modo que esto es lo que ve Mercer, pensó
mientras cerraba cuidadosamente la caja, con muchas vueltas de cordel. La vida que
nosotros ya no podemos distinguir, la vida cuidadosamente enterrada hasta los ojos en un
mundo muerto. En cada ceniza del universo Mercer percibe seguramente la vida
escondida. Y después de haber visto a través de los ojos de Mercer, probablemente a mí
también me ocurrirá.
Y ningún androide le cortará las patas a este sapo, como hicieron con la araña del
cabeza de chorlito.
Depositó su caja en el asiento y se sentó ante los mandos. Es como volver a ser un
muchacho. La carga que había sentido se había disipado; había desaparecido aquella
fatiga opresora y monumental. Cuando Irán se entere... Cogió el videófono, pero se
detuvo. Será una sorpresa. Y sólo llevará treinta o cuarenta minutos volver a casa.
Encendió el motor, remontó y puso rumbo a San Francisco, mil kilómetros al sur.
Irán Deckard estaba ante el órgano de ánimos Penfield, con el índice de la mano
derecha apoyado en el dial numerado. Pero no lo hacía girar. Se sentía demasiado
angustiada. Su inquietud clausuraba el futuro y todas las posibilidades que contuviera. Y
pensaba: si Rick estuviera aquí, me haría marcar el 3, y eso me infundiría el deseo de
marcar algo importante, como júbilo incontenible, o quizás un 888: deseo de ver televisión
sin reparar en el programa. Me pregunto qué programa habrá... Y adonde habrá ido Rick.
Puede volver, y también es posible que no vuelva. Oyó un golpe en la puerta.
Dejó a un lado el manual Penfield y se puso en pie de un salto, pensando: No necesito
marcar nada: Ya tengo todo lo que quiero, si es Rick.
Corrió a la puerta y la abrió de par en par.
—Hola —dijo él. Tenía un tajo en la mejilla, la ropa gris y arrugada, hasta el pelo estaba
saturado de polvo. Las manos, la cara..., había polvo por todas partes, excepto en los
ojos, que brillaban como los de un chico. Parecía que hubiera estado jugando y que
hubiera decidido volver a casa, que ya era hora... A descansar, bañarse y contar los
maravillosos sucesos del día.
—Cuánto me alegro —dijo ella.
—He traído algo —sostuvo en alto la caja de cartón con ambas manos. Entró sin
soltarla, como si hubiera en ella algo muy frágil o valioso. Quería tenerla perpetuamente
en las manos.
—Te prepararé una taza de café —dijo Irán. Apretó el botón de café de su cocina y en
un instante tuvo una gran jarra. El se sentó sin separarse de su caja, y sin perder la
mirada de asombrada alegría. Nunca, desde que lo conocía, le había visto esa expresión.
Le había ocurrido algo desde su partida, la noche anterior. Y ahora había vuelto, y la caja
había vuelto, y la caja había venido con él. En la caja estaba lo que le había ocurrido.
—Voy a dormir —anunció Rick—. Todo el día. Hablé con Harry Bryant, me dijo que me
tomara el día libre, y eso es exactamente lo que haré —con cuidado colocó la caja en la
mesa y bebió el café, como ella quería. Irán estaba sentada frente a Rick.
—¿Qué hay en la caja? —preguntó.
—Un sapo.
—¿Puedo verlo?
El desató la caja y alzó la tapa.
—Oh —dijo Irán al ver el sapo; por alguna razón, se asustó—. ¿Muerde?
—Cógelo. No muerde; los sapos no tienen dientes —Rick alzó el sapo y se lo alcanzó.
Ella lo cogió, ocultando su aversión.
—Pensé que estaban extinguidos —dijo ella, mientras lo daba vuelta y miraba con
curiosidad sus patas traseras: parecían casi inútiles—. ¿Los sapos saltan como las
ranas? Quiero decir, ¿saltará de repente?
—Las patas de los sapos son débiles —respondió Rick—. Esa es la principal diferencia
entre un sapo y una rana. Eso y el agua. Las ranas viven cerca del agua, pero los sapos
pueden sobrevivir en el desierto. Lo encontré en el desierto, cerca de la frontera de
Oregon, donde no hay nada vivo —estiró la mano para coger el animal.
Pero Irán había descubierto algo: mientras lo sostenía, cabeza abajo, y tocaba su
abdomen, abrió con la uña el diminuto panel de control.
—Oh —dijo Rick, demudado—; ah, ya veo, tienes razón —miraba en silencio al
seudoanimal.
Lo cogió en su mano, y jugó con sus patas; y todavía en ese momento parecía no
comprender. Luego lo puso cuidadosamente en su caja—. Me pregunto cómo habrá
llegado a esa desolada región de California... Alguien tiene que haberlo puesto allí, y no
encuentro forma de explicarme por qué.
—Quizá no debí haberte dicho que era eléctrico —Irán le tocó el brazo. Se sentía
culpable por el efecto, el cambio que había provocado en él.
—No —respondió Rick—. Me alegro de saberlo. O mejor dicho, prefiero saberlo.
—¿Quieres usar el órgano de ánimos, para sentirte mejor? Siempre te ha servido,
mucho más que a mí.
—Estoy bien —sacudió la cabeza, como si tratara de aclarar sus ideas, aún
sorprendido—. La araña que Mercer le dio a Isidore, el cabeza de chorlito, también debía
ser artificial. Pero no importa. Las cosas eléctricas también tienen su vida, por pequeña
que ella sea.
—Parece que hubieras caminado cien millas —dijo Irán.
—Ha sido un día largo —respondió él.
—Ve a la cama y duerme.
—Ya ha terminado todo, ¿verdad? —Rick la miró con expresión de sorpresa. Parecía
esperar a que ella se lo dijese, como si lo supiera. Como si oírselo a sí mismo no
significara nada. Sentía duda ante sus propias palabras. No se tornaban significativas
mientras ella no las confirmara.
—Ha terminado —dijo Irán.
—Dios, qué tarea maratónica —dijo Rick—. Una vez empezada no había forma de
concluir...
Me llevaba adelante, hasta que finalmente retiré a los Baty, y no tuve nada que hacer.
Y —vaciló, evidentemente asombrado por lo que había empezado a decir— esa parte fue
la peor. Después de terminar, no me podía detener porque no quedaría nada si me
detenía. Tenías razón tú, esta mañana, cuando dijiste que soy sólo un policía de manos
groseras.
—Ahora no lo creo —respondió Irán—. Sólo estoy feliz de que hayas vuelto a casa, a tu
lugar —lo besó, y eso pareció gustarle a Rick. Su cara se iluminó, casi tanto como antes,
antes de que ella le mostrara que el sapo era eléctrico.
—¿Crees que he hecho mal? Lo que hice hoy, ¿está mal?
—No.
—Mercer dijo que estaba mal, pero que igual debía hacerlo. Es extraño que a veces
sea mejor hacer algo malo que bueno.
—Es la maldición que pesa sobre nosotros —respondió Irán—. A eso se refiere Mercer.
—¿El polvo?
—Los asesinos que encontraron a Mercer cuando tenía dieciséis años y le dijeron que
no podía invertir el tiempo ni traer de vuelta animales a la vida. Entonces, ahora, lo único
que puede hacer es moverse al paso de la vida, e ir adonde ella va, a la muerte. Los
asesinos arrojan las piedras. Son ellos quienes lo hacen, siempre lo persiguen... Así como
a todos nosotros. ¿Fue una piedra la que te hirió la mejilla?
—Sí —respondió Rick débilmente.
—¿Te irás a la cama? ¿Quieres que te ponga el órgano de ánimos en 670?
—¿Qué es eso?
—Descanso reparador y merecido —dijo Irán.
Rick se puso de pie, dolorido, con el rostro soñoliento y confuso, como si una sucesión
de batallas se lo hubiera disputado durante muchos años. Poco a poco, avanzó en la ruta
al dormitorio.
—Está bien —contestó—. Descanso reparador y merecido —se tendió en la cama. Sus
ropas y su pelo desprendieron polvo sobre las sábanas blancas.
Mientras apretaba el botón que tornaba opacas las ventanas del dormitorio, Irán pensó
que no sería necesario encender el órgano de ánimos. La luz grisásea del día
desapareció. Un instante después, Rick dormía.
Irán se quedó a su lado un rato, hasta que tuvo la seguridad de que no despertaría ni
se quedaría sentado, asustado, como le pasaba a veces por las noches. Luego regresó a
la cocina y se sentó ante la mesa.
El sapo eléctrico se movía en su caja. Irán se preguntó qué «comería», y si necesitaba
mantenimiento. Moscas artificiales, pensó.
Abrió la guía telefónica y buscó en las páginas amarillas accesorios para animales
eléctricos.
Llamó, y cuando la vendedora atendió, dijo:
—Quiero medio kilo de moscas artificiales que zumben y revoloteen.
—¿Para una tortuga eléctrica, señora?
—Para un sapo.
—Entonces, le sugiero nuestro surtido mixto de bichos reptantes y voladores, que
incluye...
—Prefiero las moscas —respondió Irán—. ¿Puede enviarlas? No quiero salir: mi
marido duerme y no quiero dejarlo solo. La vendedora agregó:
—Le recomendaría nuestra charca perpetua, salvo si se trata de un escuerzo, en cuyo
caso tenemos un equipo completo de arena, piedrecillas multicolores y seudo-desechos
orgánicos. Y si piensa usted alimentarlo regularmente, le sugiero que nuestro servicio de
mantenimiento realice un ajuste periódico de la lengua. En un sapo, la lengua es vital.
—Muy bien —contestó Irán—. Quiero que funcione perfectamente. A mi marido le
encanta —dio su dirección y colgó.
Y ya sintiéndose mejor, se sirvió por fin una taza de café negro y caliente.


FIN

CUENTO DE NAVIDAD ^^ CHARLES DICKENS

CUENTO DE NAVIDAD ^^ CHARLES DICKENS


CHARLES DICKENS
CUENTO DE NAVIDAD
*
PREFACIO
*
Con este fantasmal librito he procurado despertar al espíritu de una idea sin que provocara en mis lectores malestar consigo mismos, con los otros, con la temporada ni conmigo. Ojalá encante sus hogares y nadie sienta deseos de verle desaparecer.
Su fiel amigo y servidor,
Diciembre de 1843
CHARLES DICKENS
*
PRIMERA ESTROFA
EL FANTASMA DE MARLEY
*
Marley estaba muerto; eso para empezar. No cabe la menor duda al respecto. El clérigo, el funcionario, el
propietario de la funeraria y el que presidió el duelo habían firmado el acta de su enterramiento. También
Scrooge había firmado, y la firma de Scrooge, de reconocida solvencia en el mundo mercantil, tenía valor en
cualquier papel donde apareciera. El viejo Morley estaba tan muerto como el clavo de una puerta.
¡Atención! No pretendo decir que yo sepa lo que hay de especialmente muerto en el clavo de una puerta. Yo,
más bien, me había inclinado a considerar el clavo de un ataúd como el más muerto de todos los artículos de
ferretería. Pero en el símil se contiene el buen juicio de nuestros ances tros, y no serán mis manos impías las que
lo alteren. Por consiguiente, permítaseme repetir enfáticamente que Marley es taba tan muerto como el clavo de
una puerta.
¿Sabía Scrooge que estaba muetto? Claro que sí. ¿Cómo no iba a saberlo? Scrooge y él habían sido socios
durante no sé cuántos años. Scrooge fue su único albacea testamenta rio, su único administrador, su único
asignatario, su único heredero residual, su único amigo y el único que llevó luto por él. Y ni siquiera Scrooge
quedó terriblemente afectado por el luctuoso suceso; siguió siendo un excelente hombre de negocios el
mismísimo día del funeral, que fue solemnizado por él a precio de ganga.
La mención del funeral de Marley me hace retroceder al punto en que empecé. No cabe duda de que Marley
estaba muerto. Es preciso comprenderlo con toda claridad, pues de otro modo no habría nada prodigioso en la
historia que voy a relatar. Si no estuviésemos co mpletamente convencidos de que el padre de Hamlet ya había
fallecido antes de levantarse el telón, no habría nada notable en sus paseos nocturnos por las murallas de su
propiedad, con viento del Este, como para causar asombro -en sentido literal- en la mente en fermiza de su hijo;
sería como si cualquier otro caballero de mediana edad saliese irreflexivamente tras la caída de la noche a un
lugar oreado, por ejemplo, el camposanto de Saint Paul.
Scrooge nunca tachó el nombre del viejo Marley. Años des pués , allí seguía sobre la entrada del almacén:
«Scrooge y Marley». La firma comercial era conocida por «Scrooge y Marley». Algunas personas, nuevas en el
negocio, algunas veces llamaban a Scrooge, «Scrooge», y otras, «Marley», pero él atendía por los dos nombres; le
daba lo mismo.
¡Ay, pero qué agarrado era aquel Scrooge! ¡Viejo pecador avariento que extorsionaba, tergiversaba, usurpaba,
rebañaba, apresaba! Duro y agudo como un pedemal al que ningún eslabón logró jamás sacar una chispa de
generosidad; era secreto, reprimido y solitario como una ostra. La frialdad que tenía dentro había congelado sus
viejas facciones y afilaba su nariz puntiaguda, acartonaba sus mejillas, daba rigidez a su porte; había enrojecido
sus ojos, azulado sus finos labios; esa frialdad se percibía claramente en su voz raspante. Había escarcha canosa
en su cabeza, cejas y tenso mentón. Siempre llevaba consigo su gélida temperatura; él hacía que su despacho
estuviese helado en los días más calu rosos del verano, y en Navidad no se d eshelaba ni un grado.
Poco influían en Scrooge el frío y el calor externos. Ninguna fuente de calor podría calenta.rle, ningún frío
invernal escalofriarle. El era más cortante que cualquier viento, más pertinaz que cualquier nevada, más
insensible a las súplicas que la lluvia torrencial. Las inclemencias del tiempo no podían superarle. Las peores
lluvias, nevadas, granizadas y neviscas podrían presumir de sacarle ventaja en un aspecto: a menudo ellas «se
desprendían» con generosidad, cosa que Scrooge nunca hacía.
Jamás le paraba nadie en la calle para decirle con alegre semblante: «Mi querido Scrooge, ¿cómo está usted?
¿Cuándo vendrá a visitarme?» Ningún mendigo le pedía limosna; ningún niño le preguntaba la hora; ningún
hombre o mujer le había preguntado por una dirección ni una sola vez en su vida. Hasta los perros de los
ciegos parecían conocerle; al verle acercarse, arrastraban precipitadamente a sus dueños hasta los portales y los
patios, y después daban el rabo, como diciendo: «¡Es mejor no tener ojo que tener el mal de ojo, amo ciego!»
Pero a Scrooge, ¿qué le importaba? Eso era preicsamente lo que le gustaba. Para él era una «gozada» abrirse
camino entre los atestados senderos de la vida advirtiendo a todo sentimiento de simpatía humana que guardase
las distancias.
Erase una vez -concretamente en los días mejores del año, la víspera de Navidad, el día de Nochebuena- en
que el viejo Scrooge estaba muy atareado sentado en su despacho. El tiempo era frío, desapacible y cortante;
además, con niebla. Se podía oír el ruido de la gente en el patio de fuera, caminando de un lado a otro con
jadeos, palmeándose el pecho y pateando el suelo para entrar en calor. Los relojes de la ciudad acababan de dar
las tres, pero ya casi había oscurecido; no había habido luz en todo el día y las velas brillaban en las ventanas de
las oficinas cercanas como manchas rojizas en la espesa atmósfera parda. Bajó la niebla y fluyó por todas las
junturas, resquicios, ojos de cerradura, y en el exterior era tan densa que, aunque el patio era de los más estrechos,
las casas de enfrente no eran más que sombras. Al ver como caía desmayadamente la sucia nube
oscureciendo todo, se hubiera pensado que la Naturaleza vivía cerca y es taba elaborando cerveza en gran escala.
La puerta del despacho de Scrooge permanecía abierta de modo que pudiera atisbar a su empleado que
estaba copian do cartas en una deprimente y pequeña celda, una especie de cisterna. Scrooge tenía un fuego muy
escaso, pero la lumbre del empleado era todavía mucho más pequeña: parecía un solo tizón. Pero no podía
recargar la estufa porque Scrooge guardaba el carbón en su propio cuarto, y seguro que si el empleado entraba
con la pala su jefe anticiparía que tenían que marcharse ya. Por consiguiente, el empleado se arropó con su
bufanda blanca a intentó calentarse con la vela; no era hombre de gran imaginación y fracasaron sus esfuerzos.
«¡Feliz Navidad, tío; que Dios lo guarde!», exclamó una alegre voz. Era la voz del sobrino de Scrooge, que
apareció ante él con tal rapidez que no tuvo tiempo a darse cuenta de que venía.
«¡Bah! -dijo Scrooge-. ¡Tonterías!»
El sobrino de Scrooge estaba todo acalorado por la rápida caminata bajo la niebla y la helada; tenía un rostro
agraciado y sonrosado; sus ojos chispeaban y su aliento volvió a con densarse cuando dijo:
«¿Navidad una tontería, tío? Seguro que no lo dices en serio.»
«Sí que lo digo. ¡Feliz Navidad! ¿Qué derecho tienes a ser feliz? ¿Qué motivos tienes para estar feliz? Eres
pobre de sobra.»
«Vamos, vamos»-respondió el sobrino cordialmente-.«¿Qué derecho tienes a estar triste? ¿Qué motivos tienes
para sentirte desgraciado? Eres rico de sobra.
Scrooge no supo repentizar una respuesta mejor y dijo otra vez: «¡Bah!» -y siguió con- «¡Tonterías!».
«No te enfades, tío», dijo el sobrino.
«¿Cómo no me voy a enfadar» -respondió el tío-, «si vivo en un mundo de locos como éste? ¡Felices Pascuas!
¡Y dale con Felices Pascuas! ¿Qué son las Pascuas sino el momento de pagar cuentas atrasadas sin tener dinero;
el momento de darte cuenta de que eres un año más viejo y ni una hora más rico; el momento de hacer el
balance y comprobar que cada una de las anotaciones de los libros te resulta desfavorable a lo largo de los doce
meses del año? Si de mí dependiera -dijo Scrooge con indignación -, a todos esos idiotas que van por ahí con el
Felices Navidades en la boca habría que cocerlos en su propio pudding y enterrarlos con una estaca de acebo
clavada en el corazón. Eso es lo que habría que hacer».
«¡Tío!», imploró el sobrino.
«¡Sobrino!», repli có el tío secamente, «celebra la Navidad a tu modo, que yo la celebraré al mío».
«¡Celebraré!», repitió el sobrino de Scrooge. «Pero si tú no celebras nada...»
«Entonces déjame en paz», dijo Scrooge. «¡Que te apro vechen! ¡Mucho te han aprovechado!»
«Puede que haya muchas cosas buenas de las que no he sacado provecho», replicó el sobrino, «entre ellas la
Navidad. Pero estoy seguro de que al llegar la Navidad -aparte de la veneración debida a su sagrado nombre y a
su origen, si es que eso se puede apartar- siempre he pensado que son unas fechas deliciosas, un tiempo de
perdón, de afecto, de caridad; el único momento que concozo en el largo calendario del año, en que hombres y
mujeres parecen haberse puesto de acuerdo para abrir libremente sus cerrados corazones y para considerar a la
gente de abajo como compañeros de viaje hacia la tumba y no como seres de otra especie embarcados con otro
destino. Y por tanto, tío, aunque nunca ha puesto en mis bolsillos un gramo de oro ni de plata, creo que sí me
ha aprovechado y me seguirá aprovechando; por eso digo: ¡bendita sea!»
El escribiente de la cisterna aplaudió involuntariamente; se dio cuenta en el acto de su inconveniencia, se
puso a hurgar en la lumbre y se apagó del todo el último rescoldo.
«Que oiga yo otro ruido de usted», dijo Scrooge, «y va a celebrar la Navidad con la pérdida del empleo. Es
usted un orador convincente, señor», agregó volviéndose hacia su sobrino. «Me pregunto por qué no está en el
Parlamento».
«No te enfades, tío. ¡Vamos! Cena con nosotros mañana».
Scrooge dijo que le acompañaría -sí, de veras que lo dijo-. Pero completó la frase diciendo que le
acompañaría antes en la calamidad.
«Pero ¿por qué?», exclamó el sobrino de Scrooge. «¿Por qué?»
«¿Por qué te casaste?», dijo Scrooge.
«Porque me enamoré».
«¡Porque te enamoraste!», gruñó Scrooge, como si fuese la única cosa en el mundo más ridícula que una feliz
Navi dad. «¡Buenas tardes!»
«No, tío, tú nunca venías a verme antes de hacerlo. ¿Por qué lo pones como excusa para no venir ahora?»
«Buenas tardes», dijo Scrooge.
«No quiero nada de ti; no te estoy pidiendo nada; ¿por qué no podernos ser amigos?»
«Buenas tardes», dijo Sctooge.
«Lamentó de todo corazón verte tan inflexible. Tú y yo no hemos tenido ninguna querella, al menos por mi
parte; pero he hecho esta prueba en honor a la Navidad y manten dré el espíritu de la Navidad hasta el final.
Así, pues, ¡Felices Pascuas, tío?»
«Buenas tardes», dijo Scrooge.
A pesar de todo, el sobrino salió del cuarto sin una palabra de enfado. Se detuvo para felicitar al escribiente,
quien, frío como estaba, fue más afable que Scrooge y devolvió cordialmente la salutación.
«Otro que tal baila», murmuró Scrooge que le había oído. «Mi escribiente, con quince chelines semanales,
esposa y fa milia, hablando de Felices Pascuas. Es para meterse en un manicomio».
Aquel lunático, al acompañar al sobrino de Scrooge hasta la puerta, dejó entrar a otras dos personas. Eran
unos caballeros corpulentos, de agradable presencia, y ahora estaban de pie, descubiertos, en el despacho de
Scrooge. Llevaban en la mano libros y papeles, y le saludaron con una inclinación de cabeza.
«De Scrooge y Marley, creo», dijo uno de los caballeros comprobando su lista. «¿Tengo el placer de dirigirme
a Mr. Scrooge o a Mr. Marley?»
«Mr. Marley lleva muerto estos últimos siete años», repuso Scrooge. «Murió hace siete años, esta misma
noche».
«No nos cabe duda de que su generosidad está bien representada por su socio supérstite», dijo el caballero
presen tando sus credenciales.
Y era cierto porque ellos habían sido dos almas gemelas. Al oír la ominosa palabra «generosidad», Scrooge
frunció el ceño, negó con la cabeza y devolvió las credenciales.
«En estas festividades, Mr. Scrooge», dijo el caballero tomando una pluma, «es más deseable que nunca que
haga mos alguna ligera provisión para los pobres y menesterosos, que sufren muchísimo en estos momentos.
Muchos miles carecen de lo más indispensable y cientos de miles necesitan una ayuda, señor».
«¿Ya no hay cárceles?», preguntó Scrooge.
«Está lleno de cárceles», dijo el caballero volviendo a po sar la pluma.
«¿Y los asilos de la Unión?», inquirió Scrooge. «¿Siguen en activo?»
«Sí, todavía siguen», afirmó el caballero, «y desearía poder decir que no».
«Entonces, ¿están en pleno vigor la Ley de Pobres y el Treadmill?», dijo Scrooge.
«Los dos muy atareados, señor».
«¡Ah! Me temía, con lo que usted dijo al principio, que hubiera ocurrido algo que les impidiera seguir su
beneficioso derrotero», dijo Scrooge. «Me alegro mucho de oírlo».
«Teniendo la impresión de que esas instituciones probablemente no proporcionan a las masas alegría
cristiana de mente ni de cuerpo», respondió el caballero, «unos cuantos de nosotros estamos intentando reunir
fondos para comprar a los pobres algo de comida y bebida y medios de calentarse. Hemos elegido estas fechas
porque es cuando la necesidad se sufre con mayor intensidad y más alegra la abundancia. ¿Con cuánto le
apunto?»
«¡Con nada!», replicó Scrooge.
«¿Desea usted mantener el anonimato?»
«Deseo que me dejen en paz», dijo Scrooge. «Ya que me preguntan lo que deseo, caballeros, esa es mi
respuesta. Yo no celebro la Navidad, y no puedo permitirme el lujo de que genre ociosa la celebre a mi costa.
Colaboro en el sostenimiento de los establecimientos que he mencionado; ya me cuestan bastante, y quienes
están en mala situación deben ir a ellos».
«Muchos no pueden ir; y muchos preferirían la muerte an tes de ir».
«Si preferirían morirse, que lo hagan; es lo mejor. Así descendería el exceso de población. Además, y ustedes
perdonen, a mí no me consta».
«Pero usted tiene que saberlo», observó el caballero.
«No es asunto mío», respondió Scrooge. «A un hombre le basta con dedicarse a sus propios asuntos sin
interferir en los de los demás. Los míos me tienen a mí continuamente ocupado. ¡Buenas tardes, caballeros!»
Viendo claramente que sería inútil seguir insistiendo, los caballeros se retiraron. Scrooge reanudó sus
ocupaciones con una opinión de sí mismo muy mejorada y mejor humor del que en él era habitual.
Entretanto la niebla y la oscuridad se habían intensificado de tal modo que unas cuantas personas corrían de
un lado a otro con resplandecientes hachas de viento, ofreciendo sus servicios para ir delante de los coches de
caballos hasta su destino. Se hizo invisible la antigua torre de una iglesia cuya vieja y ronca campana siempre
estaba espiando sigilosamente en dirección a Scrooge por un ventanal gótico del muro, y daba las horas y los
cuartos en las nubes con trémulas vibraciones posteriores, como si allí arriba le cast añeasen los dientes en su
cabeza helada. El frío se extremó. En la calle principal, hacia la esquina del patio, unos obreros estaban
reparando la conducción del gas y habían encendido una gran hoguera en un brasero; en torno al fuego se había
reunido un grupo de hombres y muchachos andrajosos que, en éxta sis, se calentaban las manos y guiñaban los
ojos ante las llamaradas. La llave del agua había quedado abierta y, al rebo sar, se congelaba en rencoroso
silencio hasta convertirse en hielo misantrópico. La brillantez de los escaparates, donde al calor de las lámparas
crujían las ramitas y bayas de acebo, volvía rojizos los pálidos rostros al pasar. Los comercios de pollería y
ultramarinos ofrecían una espléndida escena; resultaba casi imposible creer que al lí pintasen algo unos prïncipios
tan tediosos como los de la compraventa. El lord mayor, en su baluarte de la magnífica Mansion House,
daba órdenes a sus cincuenta mayordomos y cocineros para celebrar las Navidades como correspondía a la casa
de un lord mayor; y hasta el sastrecillo, a quien él había multado con cinco chelines el lunes pasado por andar
borracho y penden ciero por las calles, estaba en su buhardilla revolviendo la masa del pudding del día siguiente,
mientras su flaca esposa y el bebé habían salido a comprar carne de ternera.
¡Todavía más niebla y más frío! Un frío punzante, penetrante, mordiente. Si el buen San Dunstan , en vez de
utilizar sus armas habituales, hubiera pinzado la nariz del Espíritu Maligno con solo un toque de semejante
clima, seguro que éste habría proferido los mejores propósitos. El poseedor de una joven y escasa nariz, roída
y mascullada por el hambriento frío como un hueso roído por los perros, se encorvó ante el ojo de la cerradura
de Scrooge para deleitarle con un villancico. Pero a los primeros sones de
«¡Dios bendiga al jubiloso caballero!
¡Que nada le traiga el desaliento!»
Scrooge agarró la vara con tal energía que el cantor huyó despavorido, dejando el ojo de la cerradura para la
niebla y para la todavía más amable escarcha.
Por fin llegó la hora de cerrar el despacho. Con muy mala voluntad, Scrooge desmontó de su taburete y,
tácitamente, admitió el hecho ante el expectante empleado de la Cisterna, que sopló la vela al instante y se puso
el sombrero.
«Supongo que usted querrá libre todo el día de mañana», dijo Scrooge.
«Si le parece conveniente, señor».
«No me parece conveniente», dijo Scrooge, «y no es razonable. Si por ello le descontara media corona, usted
se sen tiría maltratado, ¿me equivoco?»
El escribiente esbozó una tímida sonrisa.
«Y sin embargo», dijo Scrooge, «no cree usted que el maltratado sea yo cuando pago un jornal sin que se
trabaje».
El escribiente comentó que sólo se trataba de una vez al año.
«Es una excusa muy pobre para saquear el bolsillo de un hombre cada 25 de diciembre», dijo Scrooge
abotonándose el abrigo hasta la barbilla. «Pero supongo que deberá tener el día completo. ¡A la mañana
siguiente preséntese aquí lo antes posible!»
El escribiente prometió que así lo haría y Scrooge salió gru ñendo. En un abrir y cerrar de ojos quedó
clausurado el establecimiento; el escribiente, con los largos extremos de la bufanda colgando por debajo de su
cintura (no lucía abrigo) se lanzó veinte veces por un tobogán en Cornhill, a la cola de una fila de chicos, en
honor de la Nochebuena; luego corrió a su casa, en Camdem Town, lo más deprisa que pudo, para jugar a la
«gallina ciega».
Scrooge tomó su triste cena en su habitual triste taberna; leyó todos los periódicos y se entretuvo el resto de
la velada con su libro de cuentas; después se marchó a su casa para acostarse. Vivía en unas habitaciones que
habían pertenecido a su difunto socio. Era una lóbrega serie de cuartos en un desvencijado edificio aplastado en
el fondo de un patio, donde desentonaba tanto que uno podía fácilmente imaginar que había corrido hacia allí
cuando era una casa jovencita, jugando al escondite con otras casas, y había olvidado el camino de salida. Ahora
ya era lo bastante vieja y lo bastan te lúgubre para que nadie vi viese en ella, salvo Scrooge; todas las demás
habitaciones estaban alquiladas para oficinas. El patio estaba tan oscuro que el mismo Scrooge, que conocía
cada piedra, no dudó en ir tanteando con las manos. La niebla y la escarcha pendían sobre el negro y viejo
portón de la casa; parecía que el Genio del Tiempo estaba sentado en el umbral, en dolientes meditaciones.
Ahora bien, es una realidad que el aldabón no tenía nada especial excepto que era muy grande. También es
cierto que Scrooge lo había visto noche y día durante todo el tiempo que llevaba residiendo en aquel lugar.
Cierto también que Scrooge tenía tan poco de eso que se llama fantasía como cualquier hombre en la City de
Londres, incluyendo -que ya es decir- la corporación municipal, los concejales electos y los miembros de la
Cámara de Gremios. Téngase también en cuenta que Scrooge no había dedicado un solo pensamiento a Marley
desde que había mencionado aquella tarde el fallecimiento de su socio siete años atrás. Y entonces que alguien
me explique, si es que puede, cómo ocurrió que al meter la llave en la cerradura de la puerta, y sin que se diera
un proceso intermedio de cambio, Scrooge no vio un aldabón, sino el rostro de Marley en el aldabón.
El rostro de Marley. No era una sombra impenetrable como los demás objetos del patio, sino que tenía una
luz morteci na a su alrededor, como una langosta podrida en una despensa oscura. No mostraba enfado ni
ferocidad, pero miraba a Scrooge como Marley solía hacerlo: con fantasmagóricos lentes colocados hacia arriba,
sobre su frente fantasmal. Sus cabellos se movían de una manera extraña, como si alguien los soplara o les
aplicara un chorro de aire caliente; y aunque tenía los ojos muy abiertos, mantenían una inmovilidad perfecta.
Esto y su coloración lívida le hacían horripilante; pero a pesar del rostro y de su control, el horror pa recía ser
algo más que una parte de su propia expresión.
Cuando Scrooge miraba fijamente este fenómeno, volvió nuevamente a ser un aldabón.
No sería cierto afirmar que no estaba sobresaltado, o que sus venas no notaban una sensación terrible que no
había vuelto a experimentar desde su infancia. Pero puso la mano en la llave que había soltado, la hizo girar con
energía, entró y encendió la vela.
Con una indecisión momentánea, antes de cerrar la puerta hizo una pausa y miró cautelosamente hacia atrás,
como si esperase el susto de ver la coleta de Marley asomando por el lado del recibidor. Pero en el otro lado de
la puerta no había más que los tomillos y las tuercas que sujetaban el aldabón, de manera que dijo: «¡Bah, bah!»,
y la cerró de un portazo.
El ruido retumbó por toda la casa como un trueno. Todas las habitaciones de arriba y todos los barriles de la
bodega del vinatero, abajo, parecían tener una escala propia y distinta de ecos. Scrooge no era hombre que se
asustara con los ecos. Aseguró el cierre de la puerta, atravesó el recibidor y comenzó a subir las escaleras, pero
lentamente y despabilando la vela.
Se podría hablar por hablar sobre la manera de conducir una diligencia de seis caballos por un buen tramo de
viejas escaleras o a través de una mala y reciente Ley del Parlamen to, pero sí digo de veras que se podría subir
por aquellas es caleras con una carroza fúnebre y ponerla a lo ancho, con el balancín hacia la pared y la puerta
hacia la balaustrada; y se podría hacer con facilidad. Había anchura suficiente y aun sobraría sitio; tal vez por
esta razón, Scrooge pensó que veía moverse delante de él, en la penumbra, un coche de pompas fúnebres.
Media docena de lámparas de gas del alumbrado público no hubieran sido excesivas para iluminar la entrada de
la casa, de manera que se puede imaginar la oscuridad que había con la vela de sebo de Scrooge.
Siguió subiendo sin importarle un comino: la oscuridad es barata y a Scrooge le gustaba. Pero antes de cerrar
su pesada puerta recorrió las habitaciones para ver si todo estaba en orden; deseaba hacerlo porque seguía
recordando el rostro.
Cuarto de estar, dormitorio, trastero. Todo como debía estar. Nadie bajo la mesa, nadie bajo el sofá; una
pequeña lumbre en la parrilla de la chimenea; cuchara y bol preparados; y sobre la repisa de la chimenea el
cacillo de las gachas (Scrooge estaba resfriado). Nadie bajo la cama; nadie den tro del armario; nadie metido en
su bata, que co lgaba contra la pared en actitud sospechosa. El trastero, como de cos tumbre; el viejo
guardafuegos, zapatos viejos, dos cestas de pesca, un palanganero de tres patas y un atizador.
Bastante satisfecho, cerró su puerta y se atrancó por den tro echando un doble cierre, cosa que no solía hacer.
Así, a salvo de sorpresas, se quitó la corbata, se puso la bata y las zapatillas, el gorro de dormir y se sentó junto
al fuego para tomarse las gachas.
Era una lumbre muy débil para una noche tan cruda. No tuvo más remedio que arrimarse a ella como si
estuviera incubando, para sacar de aquel puñadito de combustible la mínima sensación de calor. La chimenea
era antigua, construida hacía mucho tiempo por algún comerciante holandés, y todo su contorno estaba
alicatado con pintorescos azulejos holandeses que ilustraban las Sagradas Escrituras. Había Caínes y Abeles,
hijas del Faraón, reinas de Saba, mensajeros angélicos descendiendo por el aire sobre nubes como colchones de
plumas, Abrahanes, Baltasares, Apóstoles zarpan do en barcos de mantequilla, cientos de imágenes para distraer
sus pensamientos; sin embargo, aquel rostro de Marley, muerto siete años antes, venía como el antiguo callado
del Profeta y se lo tragaba todo. Si cada uno de los lisos azulejos hubiese estado en blanco y Scrooge hubiese
tenido la facultad de representar en su superficie alguna figura extraída de los dispersos fragmentos de su
pensamiento, en cada uno de ellos habría aparecido una copia de la cabeza del viejo Marley.
«¡Tonterías!», dijo Scrooge, y empezó a caminar por la habitación. Dio varias vueltas y volvió a sentarse. Al
apoyar la cabeza en el respaldo de la butaca, su mirada fue a posarse sobre una campanilla, una campanilla fuera
de use que colgaba en el cuarto y, con algún propósito ahora olvidado, co municaba con un aposento situado en
el piso más alto del edificio. Con gran sorpresa y con un miedo extraño, inexplicable, cuando la estaba mirando
vio que la campanilla co menzaba a oscilar. Al principio se balanceaba tan poco que apenas hacía ruido, pero
pronto repicó fuerte, y también lo hicieron todas las demás campanillas de la casa.
La cosa debió durar medio minuto, tal vez un minuto, pero pareció una hora. Las campanillas enmudecieron
igual que habían sonado: a la vez. Luego siguió un ruido estridente que venía de muy abajo, como si una
persona estuviese arrastrando una pesada cadena sobre los barriles de la bodega del vinatero. Entonces Scrooge
recordó hacer oído que en las casas embrujadas los fantasmas arrastraban cadenas.
La puerta de la bodega se abrió de repente con un estruendo, y Scrooge oyó aquel ruido con más claridad en
los pisos de abajo; luego, subiendo por las escaleras y, seguidamen te, aproximándose directamente hacia su
puerta.
«¡Siguen siendo tonterías!», dijo Scrooge. «¡No me lo puedo creer! »
No obstante, se le demudó el color cuando, sin pausa, aquello atravesó la pesada puerta y se quedó en la
habitación ante sus ojos. Cuando estaba entrando, las mortecinas llamas saltaron como si exclamasen: «¡Le
conocemos! ¡Es el fantasma de Marley!», y volvieron a decaer.
El mismo rostro, el mismísimo. Marley como siempre, con su coleta, chaleco, calzas y botas; las borlas de las
botas tiesas y erectas, al igual que la coleta, los faldones de la levita y los caballos. La cadena que arrastraba la
ceñía por medio cuerpo; era larga y se le enroscaba como una cola; estaba hecha (Scrooge la observó
atentamente) con arquillas para di nero, llaves, candados, libros de contabilidad, escrituras de compraventa y
pesadas talegas de acero. Su cuerpo era tan transparente que al observarlo y mirar a través de su chaleco,
Scrooge podía ver los dos botones de la espalda de la levita.
Scrooge había oído decir frecuentemente que Marlcy no tenía entrañas, pero nunca se lo había creído hasta
ahora.
No, ni siquiera ahora se lo creía. Aunque miraba al fan tasma de arriba abajo y la veía de pie ante él; aunque
perci bía el escalofriante influjo de sus ojos, mortalmente fríos; aunque observó incluso la textura del paño
doblado que le enmarcaba la cara, desde la barbilla hasta la cabeza, envoltura que no había notado antes..., aún
seguía incrédulo y luchaba contra sus propios sentidos.
«¿Qué significa esto?», dijo Scrooge, caústico y frío como nunca. «¿Qué se lo ha perdido aquí?»
«¡Mucho!» Era la voz de Marley, sin la menor duda.
«¿Quién eres tú?»
«Prcgúntame quién fui».
«Pues ¿quién fuiste?», dijo Scrooge alzando la voz. «Eres puntilloso... como sombra». Iba a decir «para ser una
sombras, pero le pareció más apropiado lo otro.
«En vida yo fui tu socio: Jacob Marley».
«¿Puedes... puedes sentarte?», preguntó Scrooge, mirán dole dubitativamente.
«Sí puedo».
«Entonccs, hazlo».
Scrooge había formulado la pregunta porque no sabía si un fantasma tan transparente podía estar en
condiciones de tomar asiento; presentía que, en caso de que le resultara imposible, tal vez se haría necesaria una
explicación embarazosa. Pero el fantasma se sentó al otro lado de la chimenea como si estuviera acostumbrado.
«Tú no crees en mí», observó el fantasma.
«No, yo no», dijo Scrooge.
«¿Qué otra demostración quieres de mi existencia, además de la de tus sentidos?»
«No lo sé», dijo Scrooge.
«¿Por qué dudas de tus sentidos?»
«Porque», dijo Scrooge, «cualquier cosa les afecta. Un ligero desarreglo intestinal les hace tramposos. Puede
que tú seas un trocito de carne indigestada, o un chorrito de mostaza, una migaja de queso, un fragmento de
patata medio cruda. ¡Hay en ti más salsa de carne que carne de tumba, seas quien seas!».
Scrooge no tenía mucha costumbre de hacer chistes y en modo alguno se sentía gracioso entonces. La verdad
es que intentaba estar ingenioso para distraerse y dominar el terror que le invadía; la voz del espectro le removía
hasta la médula de los huesos.
Scrooge presentía que iba a desmoronarse si seg uía sentado en silencio, sin apartar la mirada de aquellos ojos
inmóviles, vítreos. También había algo muy espantoso en el halo infernal que envolvía al espectro. Scrooge no
podía verlo, pero se notaba claramente, pues aunque el fantasma estaba sentado en perfecta inmovilidad, su
cabello, faldones y borlas seguían agitándose como por el vapor caliente de un horno.
«¿Ves este palillo de dientes?», dijo Scrooge volviendo con rapidez a la carga por el motivo ya señalado y
deseando apartar de sí, aunque fuera tan sólo un segundo, la petrificada mirada de la aparición.
«Lo veo», replicó el fantasma.
«No lo estás mirando», dijo Scrooge.
«Pero lo veo», dijo el fantasma, «de todos modos».
«¡Bueno!», prosiguió Scrooge. «Sólo tengo que tragármelo y el resto de mis días me veré perseguido por una
legión de diablos, todos de mi propia creación. ¡Tonterías! Eso es lo que te digo, ¡tonterías!»
En ese momento el espíritu lanzó un espeluznante quejido y sacudió la cadena con un ruido tan lúgubre y
aterrador que Scrooge tuvo que agarrarse a los brazos del sillón para no caer desvanecido. Pero el espanto fue
todavía mayor cuan do al quitar el fantasma la venda que enmarcaba su rostro, como si dentro de la casa le
sofocara el calor, ¡se le desmoro nó la mandíbula inferior sobre el pecho!
Scrooge cayó de rodillas y, con manos entrelazadas, imploró ante él:
«¡Piedad!», exclamó. «Horrenda aparición, ¿por qué me atormentas?»
«¡Materialista!», replicó el fantasma. «¿Crees o no crees en mí?»
«Sí, sí», dijo Scrooge. «Por fuerza. Pero ¿por qué los espí ritus deambulan por la tierra y por qué tienen que
aparecerse a mí?»
«Está ordenado para cada uno de los hombres que el espíritu que habita en él se acerque a sus congéneres
humanos y se mueva con ellos a lo largo y a lo ancho; y si ese espíritu no lo hace en vida, será condenado a
hacerlo tras la muerte.
Quedará sentenciado a vagar por el mundo -¡ay de mí! y ser testigo de situaciones en las que ahora no puede
parti cipar, aunque en vida debió haberlo hecho para procurar felicidad.
El espectro volvió a lanzar otro alarido, sacudió la cadena y se retorció con desesperación sus manos
espectrales.
«Estás encadenado», dijo Scrooge tembloroso. «Cuéntame por qué».
«Arrastro la cadena que en vida me forjé», repuso el fantasma. «Yo la hi ce, eslabón a eslabón, yarda a yarda;
por mi propia voluntad me la ceñí y por mi propia voluntad la llevo. ¿Te resulta extraño el modelo?»
Scrooge cada vez temblaba más.
«¿O ya conoces», prosiguió el fantasma, «el peso y la longitud de la apretada espiral que tú mismo arrastras?
Hace siete Navidades ya era tan pesada y tan larga como ésta. Desde entonces, has trabajado en ella aún más.
¡Tienes una cadena impresionante!»
Scrooge miró de reojo a su alrededor como si esperase encontrarse rodeado por cincuenta o sesenta brazas
de cadenas, pero no vio nada.
«Jacob», dijo implorante. «Querido Jacob Marley, cuéntame más. Dime algo tranquilizador, Jacob».
«No puedo», contestó el fantasma. «Eso tiene que venir de otras regiones, Ebenezer Scrooge, y son otros
ministros quienes lo aplican a otra clase de personas. Tampoco puedo decirte todo lo que quisiera; sólo un
poquito más me está permitido. Yo no tengo reposo, no puedo quedarme en ninguna parte, no puedo
demorarme. Mi espíritu nunca salió de nuestra contaduría -¡óyeme bien!-, en vida mi espíritu jamás se aventuró
más allá de los mezquinos límites de nuestro tugurio de cambistas. ¡Y ahora me esperan jornadas agotadoras! »
Siempre que se ponía meditabundo, Scrooge tenía la costumbre de meter las manos en los bolsillos de los
pantalones. Así lo hizo ahora, pero sin alzar la mirada y sin ponerse en pie, mientras ponderaba las palabras del
fantasma.
«Has debido estar un poco torpe, Jacob, comentó Scrooge con tono de negociante profesional, aunque con
humildad y deferencia.
«¡Torpe!», repitió el fantasma.
«Siete años muerto», musitó Scrooge, «¿y viajando todo el tiempo?>
«Todo el tiempo», dijo el fantasma. «Sin descanso, sin paz, con la incesante tortura de los remordimientos»
«¿Viajabas rápido?», dijo Scrooge.
«En las alas del viento», contestó el fantasma.
«Has debido pasar por encima de muchos terrenos en siete años», dijo Scrooge.
Al oír esto el fantasma dio otro alarido y restalló la cadena en el silencio de muerte de la noche, con tal
estrépito que la Patrulla Nocturna habría tenido toda la razón si le hubiera denunciado por escándalo público.
«¡Oh! cautivo, preso, aherrojado», gimió el fantasma, «¡sin saber que son necesarios años y años de incesante
labor de criaturas inmortales para que esta tierra entre en la eternidad después de haber hecho en ella todo el
bien que sea posible. Sin saber que todo espíritu cristiano, actuando caritativamente en su pequeña esfera, sea la
que sea, se encontrará con que su vida mortal es demasiado breve para sus grandes posibilidades de servicio.
Sin saber que ninguna clase de arre pentimiento podrá enmendar la oportunidad perdida en vida! ¡Y ése fui yo!
¡Ay, eso me sucedió!»
«Pero tú siempre fuiste un buen hombre de negocios, Jacob, balbuceó Scrooge, que ahora empezaba a
aplicarse el cuento.
«¡Negocios!», exclamó el fantasma entrelazando otra vez las manos. «El género humano era asunto mío. El
bienestar general era negocio mío; la caridad, compasión, paciencia y benevolencia eran todas de mi
incumbencia. Mis relaciones comerciales no eran más que una gota de agua en el anchuroso océano de mis
asuntos».
Levantó la cadena con el brazo extendida, como si ella fuera la causa de su irreparable dolor, y la tiró con
violencia contra el suelo.
«En esta época del año es cuando sufro más», dijo el espectro. «¿Por qué habré andado entre la multitud de
mis semejantes con la mirada baja, sin alzar nunca mis ojos hacia esa bendita Estrella que guió a los Santos
Reyes hasta el humilde portal? ¡Como si no existieran hogares a los que me hubiera podido conducir su luz!»
Al oír al espectro expresarse en aquellos términos, Scrooge se sentía sumamente acongojado y empezó a
temblar como una hoja.
«¡Escúchame!», exclamó el fantasma. «Mi tiempo se acaba».
«Lo haré», dijo Scrooge, «¡pero no seas cruel! ¡No te pongas poético, Jacob! ¡Te lo suplico!»
«No podría decirte cómo me aparezco ante ti de manera visible, pero he estado sentado a tu lado, invisible,
durante días y días».
No era una idea muy agradable. Scrooge se estremeció y enjugó el sudor de su frente.
«Y no es una parte ligera de mi penitencia», prosiguió el fantasma. «Esta noche estoy aquí para advertirte que
aún te queda una oportunidad para escapar a un destino como el mío. Una oportunidad, una esperanza que yo
te he conseguido, Ebenezer».
«Siempre fuiste un buen amigo», dijo Scrooge. «¡Gracias!>
«Vas a ser hechizado por Tres Espíritus», continuó el fantasma.
El semblante de Scrooge se quedó casi tan desencajado, como el del fantasma.
«¿Era eso la oportunidad y la esperanza que men cionaste, Jacob?», preguntó con voz quebrada.
«Lo es».
«Yo..., yo casi estoy pensando que mejor no», dijo Scrooge.
«Sin esas visitas», dijo el fantasma, «no tendrás esperanza de evitar un destino como el mío. El primero
vendrá mañana, cuando las campanas den la una».
«¿No podrían venir los tres y acabar de una vez, Jacob?», insinuó Scrooge.
«Espera al segundo a la noche siguiente a la misma hora. El tercero, a la siguiente noche, cuando se extinga la
vibra ción de la última campanada de las doce. No volverás a verme y, por la cuenta que te sigue, ¡recuerda todo
lo que ha sucedido entre nosotros!»
Tras pronunciar estas palabras, el espectro recogió el pañuelo de encima de la mesa y se lo volvió a enrollar
bajo la mandíbula, tal como lo tenía antes. Scrooge supo que así lo había hecho por el sonido de los dientes al
chocar cuando el vendaje volvió a juntar las mandíbulas. Se atrevió a levantar la mirada otra vez y se encontró
con el visitante sobrenatural encarándole en actitud erguida, con la cadena enroscada al brazo.
La aparición se ajejó retrocediendo y a cada paso que daba la ventana se iba abriendo poco a poco, de
manera que al llegar el espectro estaba abierta de par en par. Le hizo señas a Scrooge para que se aproximase y
éste así lo hizo. Cuando estaba a dos pasos de distancia, el fantasma de Marley levantó la mano para advertirle
que no siguiera acercándose. Scrooge se detuvo. Se detuvo más por miedo y sorpresa que por obediencia: nada
más levantar la mano comenzaron a oírse extraños ruidos; sonidos incoherentes de lamentación y pesar;
quejidos de indecible arrepentimiento y compunción. El espectro, tras escuchar por un momento, se unió al
macabro gorigori y salió flotando hacia la negra y siniestra noche.
Scrooge continuó hasta la ventana con desesperada curiosidad. Se asomó.
Por el aire se movían sin descanso, de un lado a otro, numerosísimos fantasmas que gemían al pasar. Todos
llevaban cadenas como las del fantasma de Marley; unos cuantos (tal vez gobiernos culpables) iban
encadenados en grupo; ninguno estaba libre de cadenas. Scrooge había conocido en vida a muchos de ellos.
Había tenido bastante relación con un viejo fantasma que llevaba un chaleco blanco y una monstruosa caja de
caudales atada al tobillo, que lloraba compungido porque le era imposible auxiliar a una desdichada mujer con
un hijito, a la que estaba viendo allá abajo apoyada en el quicio de la puerta. Claramente se percibía que el tormento
de todos ellos consistía en que deseaban intervenir, para bien, en situaciones humanas, pero habían
perdido para siempre la capacidad de hacerlo.
Scrooge no sabría decir si aquellas criaturas se disolvieron en la niebla o si la niebla les ocultó, pero ellos y sus
voces espectrales desaparecieron a la vez. La noche volvió a ser como cuando él llegó a su casa.
Cerró la ventana y examinó la puerta que había cruzado el fantasma. Seguía con el doble cierre que había
echado con sus propias manos y los cerrojos estaban intactos. Intentó decir «¡Tonterías!», pero se quedó en la
primera sílaba. Estaba extenuado y, ya sea por las emociones vividas, las fatigas del día, los atisbos del Mundo
Invisible, la sombría conversación con el fantasma o lo tardío de la hora, se fue directamente a la cama, sin
desvestirse, y se quedó dormido al instante.
*
SEGUNDA ESTROFA
EL PRIMERO DE LOS TRES ESPIRITUS
*
Cuando Scrooge se despertó, la oscuridad era tan intensa que al mirar desde la cama apenas podía diferenciar
la tras parencia de la ventana de las paredes opacas de su aposento. Cuando estaba intentando traspasar la
oscuridad con sus ojos de gavilán, las campanas de una iglesia cercana dieron los cuatro cuartos; él permaneció
atento a la hora.
Para su gran sorpresa, la campana mayor pasó de las seis a las siete, de las siete a las ocho, y así
sucesivamente hasta las doce; luego dejó de sonar. ¡Las doce! Cuando se acostó eran mas de las dos. El reloj no
funcionaba bien. Tal vez se le había incrustado un carámbano en la maquinaria. ¡Las doce!
Apretó el resorte de su reloj repetidor para comprobar el error del otro reloj enloquecido, pero su pequeña
pulsación acelerada latió doce veces y se detuvo.
«Pero, ¿qué está pasando? ¡Es imposible!», dijo Scrooge. «No es posible que haya estado durmiendo un día
completo hasta la noche siguiente ¡Y es imposible que le haya sucedido algo al sol y sean las doce del mediodía!
La idea no dejaba de ser alarmante; saltó de la cama y se fue acercando a tientas hasta la ventana. Para poder
ver algo tuvo que frotar la escarcha con la maga de la bata; aún así, logró ver muy poco. Sólo consiguió
comprobar que continuaba una niebla y un frio muy intensos y que no se oía ruido de actividad de gente
alarmada, como se habría escuchado ineludiblemente si la Noche hubiese derrotado al claro Día, tomando
posesión del mundo. Era un gran alivio porque sino hubiera días que contar lo de «a tres días de esta primera
de cambio, pagaré al señor Ebenezer Scrooge o a su orden...etc.» se habría convertido en papel mojado, como
los pagarés de los Estados Unidos.
Scrooge se volvió a la cama, pensó y repensó pero no se le ocurria ninguna explicación. Cuando más
pensaba, más perplejo estaba, y cuanto más procuraba no pensar, más pensaba en ello. El fantasma de Marley le
había trastomado profundamente. Cada vez que, tras madura reflexión, llegaba a la conclusión de que todo era
un sueño, sus pensamientos, al igual que un fuerte muelle tensado, volvían a la posición inicial y replanteaban el
mismo problema: «¿era o no era un sueño?».
Scrooge permaneció en tal estado hasta que las campanas dieron otros tres cuartos de hora y entonces,
súbitamente, recordó que el fantasma le había anunciado una aparición cuando la campana diera la una.
Decidió permanecer alerta hasta que pasase ese tiempo. Y considerando que tenía tan ta posibilidad de dormirse
como de ir al cielo, tal vez aquella fuese la resolución más prudente que podía haber adoptado.
El cuarto de hora se le hizo tan largo que en más de una ocasión tuvo la impresión de haberse adormecido
sin oír el reloj. Al fin, un repique llegó a sus oídos atentos.
«Ding, dong»
«Y cuarto», dijo Scrooge, contando.
«¡Ding, dong!»
«¡Y media!», dijo Scrooge.
«¡Ding, dong! »
«Menos cuarto», dijo Scrooge.
«¡Ding, dong! »
«La hora», dijo Scrooge triunfalmente, «¡y nada de nada! »
Había hablado antes de que sonase la campana de las horas, que lo hizo a continuación con una profunda,
triste, cavernosa y melancólica U N A . Al instante, la habitación quedó inundada de luz y se corrieron los
cortinajes de su cama.
Las cortinas de la cama fueron descorridas -lo aseguro- por una mano. No las coronas de la cabecera ni de
los pies, sino las del lado hacia el que miraba. Las cortinas de la cama fueron descorridas; Scrooge se incorporó
precipitadamente y, en postura semi-recostada, se encontró cara a cara con el visitante ultraterrenal que las
había descorrido. Estaba tan cerca de él como yo lo estoy de ti, lector, y en espíritu estoy a tu lado.
Era un extraño personaje, como un niño, y sin embargo parecía un anciano visto a través de una cierta áurea
sobrenatural que le daba el aspecto de haber ido retrocediendo del campo visual hasta quedar reducido a las
proporciones de un niño. El cabello le caía hasta los hombros y era blanco; como el de un anciano, sin
embargo, no había arrugas en su rostro sino la más aterciopelada lozanía. Tenía unos brazos muy largos y
musculosos, igual que las manos, dando una impresión de fuerza excepcional. Sus piernas y pies, al igual que los
miembros superiores, estaban desnudos y maravillosamente conformados. Vestía una túnica inmaculadamente
blanca y ceñía su cintura un lustroso cinturón con her moso brillo. En la mano llevaba una rama verde de acebo
y, en extraña contradicción con tal invemal emblema, su ropaje estaba salpicado de flores estivales. Pero lo más
sorpren dente era el chorro de luz fulgente que le brotaba de la co ronilla y hacía visibles todas estas cosas.
También tenía un gorro con forma de gran matacandelas, que ahora llevaba bajo el brazo, pero sin duda
utilizaría en los momentos de apagamiento.
Con todo, no era esto lo más extraordinario. Cuando Scrooge le miró con creciente atención vio que el
cinturón destellaba y titilaba ora en un punto, ora en otro, y donde en un instante había luz, en otro momento
estaba apagado, de manera que fluctuaba la propia imagen del personaje: aho ra era una cosa con un brazo,
ahora con una pierna, después con veinte piernas, o un par de piernas sin cabeza, o una cabeza sin cuerpo. Las
partes que se disolvían estaban fundidas con las densas tinieblas de modo que nada de ellas se podía vislumbrar.
Y lo maravilloso es que reaparecía nuevamente con más claridad y nitidez que antes.
«¿Es usted, señor, el espíritu cuya llegada se me anunció?», preguntó Scrooge.
«Yo soy».
La voz era suave y afable, curiosamente apagada, como si en vez de estar tan cerca, hablase desde lejos.
«¿Quién y qué es usted!», preguntó Scrooge.
«Soy el fantasma de la Navidad del Pasado».
«¿Pasado lejano?», inquirió Scrooge mientras observaba su estatura minúscula. .
«No. Tu pasado».
Si alguien le hubiera preguntado, Scrooge tal vez no habría sabido explicar la razón, pero sentía un deseo
especial de ver al espiritu con el gorro puesto y le rogó que se cu briera.
«¡Qué dices!», exclamó el fantasma, «¿ya quieres apagar, con tus manos mundanas, la luz que te doy? ¿No te
basta con ser uno de esos cuyas pasiones hicieron este gorro y me han obligado a llevarlo encasquetado hasta
las cejas durante años y años?».
Con la mayor reverencia, Scrooge negó cualquier intención de ofender y todo conocimiento de haber
«encapotado» voluntariamente al espíritu en ningún momento de su vida.
Luego le preguntó abiertamente qué asuntos le habían llevado allí.
«¡Tu propio bien!», dijo el fantasma.
Scrooge expresó sus agradecimientos, pero sin dejar de pen sar que para alcanzar esa finalidad hubiera sido
preferible dejarle descansar toda la noche, sin sobresaltos. El espíritu debió de leer su pensamiento porque dijo
de inmediato:
«¡Y todavía te quejas! ¡Ten cuidado!
Y al decir esto, extendió su poderosa mano y le agarró por brazo con suavidad.
«¡Levántate y ven conmigo!»
De nada habría servido que Scrooge arguyera que ni el clima ni la hora resultaban los más adecuados para sus
propósitos peatonales, ni que la cama estaba caliente y el termómetro muy por debajo del punto de
congelación; ni que iba muy ligero de ropa, en zapatillas, bata y gorro de dormir, o que estaba sufriendo un
resfriado. El apretón, aunque suave como el de una mano femenina, era ineludible. Scrooge se levantó, pero al
ver que el espíritu se dirigía a la ventana se colgó de su túnica y suplicó:
«Yo soy hombre mortal y podría caerme».
«Basta un simple toque de mi mano ahí», dijo el espíritu posándola sobre su corazón, «y quedarás salvo para
esto y más aún».
Tras pronunciar estas palabras, atravesaron la pared y fueron a dar a una carret era en plena campiña, con
campos de labor a ambos lados. La ciudad se había desvanecido por com pleto, hasta el último vestigio. La
oscuridad y la bruma habían desaparecido con la ciudad, dando paso a un día invernal, claro y con nieve
cubriendo el suelo.
«¡Cielo Santo!», dijo Scrooge enlazando sus manos y observando el entorno. «¡Yo nací en este lugar! ¡Aquí
pasé mi infancia! ».
El espíritu le miró de soslayo con indulgencia. El suave toquecito, aunque ligero y breve, parecía seguir
afectando a las sensaciones del anciano, percibía mil olores flotando en el aire, cada cual relacionado con mil
recuerdos, ilusiones y preocupaciones, olvidados largo, largo tiempo atrás.
«Te tiemblan los labios», dijo el fantasma. «Y ¿qué tienes en la mejilla?»
Scrooge musitó, con inusual vacilación en la voz, que era un grano, y rogó al fantasma que le llevara a donde
tuviera que llevarle.
«¿Recuerdas el camino?», interrogó el espíritu.
«¡Que si lo recuerdo!», exclamó Scrooge con fervor. «Podría reconocerlo a ciegas».
«Es raro que te hayas olvidado durante tantos años», observó el fantasma. «Vámonos».
Echaron a andar por la carretera. Scrooge iba reconociendo cada portilla, cada poste, cada árbol, hasta que
apareció en la lejanía un pueblecito con su puente, iglesia y serp enteante río. Ahora veían trotar, en dirección a
ellos, unos cuan tos caballitos peludos, montados por chicos que llamaban a otros chicos subidos en carretas y
carros conducidos por gran jeros. Todos manifestaban gran animación y el ancho campo terminó llenándose de
una música tan alegre que hasta el aire fresco se reía al escucharla.
«Solamente son las sombras de lo que ha sido», dijo el fantasma. «No son conscientes de nuestra presencia».
La bulliciosa comitiva se iba acercando; Scrooge sabía los nombres de todos. ¡Cómo disfrutó al verlos! ¡Qué
brillo tenían sus fríos ojos y qué palpitaciones en su corazón mien tras pasaban! Se sintió inundado de gozo
cuando les oyó felicitarse la Navidad, al despedirse en los cruces de los caminos para ir cada cual a su hogar
¿Qué era para Scrooge la Feliz Navidad? ¡Y dale con feliz Navidad! ¿Qué bien le había pro porcionado a él?
«La escuela no está vacia del todo», dijo el fantasma. «Aún queda allí un niño solitario, abandonado por sus
compañero».
Scrooge dijo que ya lo sabía. Y sollozó.
Dejaron la carretera principal para continuar por un sendero, bien recordado y enseguida llegaron a una
mansión de ladrillo rojo deslucido, con una cúpula en el tejado coronada por una veleta de gallo y una campana.
Era una gran casa, pero venida a menos. Las espaciosas dependencias se utilizaban muy poco y las paredes
estaban húmedas y enmoheci das, las ventanas rotas, las puertas vencidas. Por los establos se contoneaban y
cacareaban las aves de corral. La hierba invadía cocheras y cobertizos. El interior de la casa no había
conservado mejor su antiguo esplendor; cuando penetraron en el sombrío vestíbulo y dieron un vistazo por las
puertas abiertas de numerosas habitaciones, las encontraron pobremente amuebladas, frías y destart aladas.
Había algo en el aire, en la desolada desnudez del lugar, que de alguna manera se asociaba al hecho de madrugar
demasiado y comer muy poco.
El fantasma y Scrooge atravesaron el vestíbulo hasta llegar a una puerta en la parte trasera de la casa. Se abrió
y dio paso a un cuarto largo, melancólico y desnudo, desnudez aún más acentuada por las sencillas alineaciones
de bancos y pupitres. En uno de ellos, un muchacho solitario leía cerca de un fuego exiguo. Scrooge se sentó en
un banco y se le cayeron las lágrimas al ver su pobre y olvidada persona tal y como había sido.
El eco latía en la casa, chilliditos y carreras de ratones tras el entarimado, un goteo de la fuente semicongelada
del deslucido patio trasero, un susurro entre las ramas sin hojas de un álamo desesperado, el inútil balanceo de
una puerta de despensa vacía, el chisporroteo del fuego, llegaron al corazón de Scroope con su influjo
enternecedor y dieron rienda suelta a sus lágrimas.
El espiritu le tocó en el brazo y señaló hacia su joven persona, absorta en la lectura. De pronto, apareció tras
la ven tana un hombre maravillosamente real y visible, exóticamente ataviado, con una segur en su cinturón y
llevando de la brida un asno cargado de leña.
«¡Es Alí Babá!», exclamó Scrooge extasiado. «¡Es mi querido y honrado Alí Babá! ¡Sí, sí, yo lo se! Una
Navidad, cuan do aquel niño solitario tuvo que quedarse aquí completamente solo, él vino, por primcra vez,
igual que ahora. ¡Pobre muchacho! ¡Y Valentine y su hermano salvaje Orson, ahí van! ¡Y ese otro, ¿cómo se
llama?, al que pusieron en calzoncillos, dormido, en la puerta de Damasco. ¿No lo ves! ¡Y el caballerizo del
Sultán colocado por los Genios boca abajo, ahí está de cabeza! ¡Se lo merecía; me alegro, ¿quién le mete a
casarse con la princesa?!.
Los hombres de negocios que conocían a Scrooge se habrían llevado una sorpresa mayúscula si le hubiesen
visto gastar toda su energía en tales asuntos, con un tono de voz de lo más singular, a medio camino entre la
risa y el llanto, y si hubies en observado su rostro excitado y acalorado.
«¡Ahí está el Loro!», exclamó Scrooge. «El cuerpo verde y la cola amarilla, con algo parecido a una lechuga
saliéndole de lo alto de la cabeza. ¡Ahí está! Pobre Robin Crusoe, le dijo cuando volvió a casa tras navegar
alrededor de la isla. "Pobre Robin Crusoe, ¿dónde has estado Robin Crusoe?". El hombre pensó que soñaba,
pero no. Era el loro, ¿verdad?. ¡Allá va Viernes, corriendo hacia la pequeña ensenada para salvarse! ¡Vámos!
¡Corre!».
Después, con una repentina transición, muy lejana a su habitual carácter, dijo compadeciéndose de su pasado:
«¡Pobre muchacho!», y volvió a llorar.
«Desearía...», murmuró metiendo la mano en el bolsillo y mirando alrededor, tras secar los ojos con la manga,
«pero ahora ya es demasiado tarde».
«¿De qué se trata», preguntó el espíritu.
«Nada», contestó Scrooge, «nada. Anoche, un chico estuvo cantando un villancico en mi puerta. Desearía
haberle dado algo; eso es todo».
El fantasma sonrió pensativamente a hizo un ademán con la mano mientras decía: «¡Veamos otra Navidad!».
Con estas palabras, la persona del Scrooge juvenil se hizo mayor y la estancia se volvió un poco más oscura y
más sucia. Los paneles encogidos, las ventanas rotas; fragmentos de yeso se habían desprendido del techo
dejando a la vista las rasillas. Pero Scrooge no sabía cómo se habían producido es tos cambios; no sabía más que
tú, lector. Lo único que sabía es que era cierto, así había sucedido; y sabía que él estaba allí, otra vez solo,
cuando todos los demás chicos se habían ido a casa a pasar las festivas vacaciones.
Ahora no estaba leyendo sino dando pasos arriba y abajo, desesperado. Scrooge miró al fantasma y con un
dolorido movimiento de negación con la cabeza, dirigió una mirada llena de ansiedad hacia la puerta. La puerta
se abrió y una ni ñita, de edad mucho menor que el muchacho, entró como una exhalación, le echó los brazos al
cuello y le besaba repetidamente llamándole «Querido, querido hermano».
«¡He venido para llevarte a casa, querido hermano!», decía la niña palmoteando con sus manos pequeñas y
encogida por las risas. ¡Para llevarte a casa, a casa, a casa!
«¿A casa, mi pequeña Fan?», contestó el muchacho.
«¡Sí!», dijo la niña desbordante de felicidad. «A casa, a casa para siempre. Ahora Padre está mucho más
amable, nuestra casa parece el cielo. Una bendita noche, cuando me iba a la cama, me habló tan cariñoso que
me atreví a preguntarle una vez más si tú podrías volver; y dijo que sí, que era lo mejor, y me mandó en un
coche a buscarte. ¡Ya vas a ser un hombre», dijo la niña, abriendo los ojos, «y nunca vas a volver aquí;
estaremos juntos toda la Navidad y será lo más maravilloso del mundo!»
«¡Eres toda una mujer, Fan!», exclamó el chico.
Ella palmoteaba, reía a intentó llegarle a la cabeza, pero era demasiado pequeña y reía otra vez, y se puso de
puntillas para abrazarle. Luego empezó a arrastrarle, con infantil impaciencia, hacia la puerta, y él de muy buen
grado la acom pañó.
Una voz terrible gritó en el vestíbulo «¡Bajad el baúl del Sr. Scrooge, aquí!». Y en el vestíbulo apareció el
director de la escuela en persona, observó al Sr. Scrooge con feroz con descendencia y le estrechó las manos,
sumiéndole en un es tado de terrible confusión. A continuación condujo a Scrooge y su hermana hasta la sala de
visitas más estremecedora que se haya visto, donde los mapas en la pared y los globos terráqueos y celestes en
las ventanas estaban cerúleos por el frio. Allí sacó una licorera de vino sospechosamente claro, y un bloque de
pastel sospechosamente denso, y administró a los jóvenes «entregas» de tales exquisiteces. Al mismo tiempo,
envió fuera a un enflaquecido sirviente para que ofreciese un vaso de «algo» al chico de la posta, quien
respondió que daba las gracias al caballero, pero si lo que le iban a dar salía del mismo barril que ya había
probado anteriormente, prefería no tomarlo. El baúl del señor Scrooge ya estaba amarrado en el carruaje; los
niños se despidieron gustosos del director de la escuela, se acomodaron en él y rodaron alegremente hacia la
curva del parque, las veloces ruedas pulverizaban y rociaban de escarcha y de nieve las oscuras hojas perennes
de los arbustos.
«Fue siempre una criatura tan delicada que podía caerse con un soplo. ¡Pero qué gran corazón tenía!», dijo el
fantasma.
«¡Sí que lo tenía!», lloró Scrooge. «Tienes razón. No seré yo quien lo niegue, espíritu. ¡Dios me libre!».
«Murió cuando ya era una mujer», dijo el espíritu, «y tenía, creo, hijos».
«Un hijo», puntualizó el fantasma. «¡Tu sobrino!».
Scrooge sintió malestar y contestó solamente «sí».
Aunque sólo hacía un momento que había dejado atrás la escuela, ahora se encontraban en la bulliciosa
arteria de una ciudad, donde sombras de transeúntes pasaban y volvían a pasar, donde sombras de carruajes y
coches luchaban por abrirse paso, y donde se producía todo el tumulto y es trépito de una ciudad real. Por el
adorno de las tiendas se notaba claramente que también allí era el tiempo de la Navidad. Pero era una tarde y
las calles ya estaban alumbradas.
El fantasma se detuvo en la puerta de cierto almacén y preguntó a Scrooge si lo conocía.
«¡Conocerlo!», dijo, «¿Acaso no me pusieron de aprendiz aquí?».
Ante la visión de un viejo caballero con peluca galesa, sentado tras un pupitre tan alto que si él hubiese sido
dos pulgadas más alto su cabeza habría chocado contra el techo, Scrooge exclamó con gran excitación:
«¡Pero si es el viejo Fezziwig!, ¡Dios mio, es Fezziwig vivo otra vez!».
El viejo Fezziwig posó la pluma y miró el reloj de la pared, que señalaba las siete. Se frotó las manos, se
ajustó el amplio chaleco, se rió con toda su persona, desde la punta del zapato hasta el órgano de la
benevolencia y gritó con una voz consoladora, profunda, rica, sonora y jovial:
«¡Eh, vosotros! ¡Ebenezer! ¡Dick!».
El Scrooge del pasado, ahora ya un hombre joven, apareció con prontitud acompañado por su compañero
aprendiz.
«¡Dick Wilkins, claro está!», dijo Scrooge al fantasma. «Sí. Es él. Me quería mucho, Dick, ¡Pobre Dick! ¡Señor,
señor!». «¡Hala, chicos! », dijo Fezziwig, «se acab ó el trabajo por hoy. ¡Nochebuena, Dick! ¡Navidad, Ebenezer!
¡A echar el cierre! », exclamó Fezziwig con una sonora palmada,¡sin esperar un momento! ».
¡No se podría creer la rapidez con que los chicos se pusieron manos a la obra! Cargaron a la calle co n los
cierres -uno, dos, tres-, los colocaron en su sitio -cuatro, cinco, seis-, echaron las barras y los pasadores -siete,
ocho, nueve- y volvieron antes de poder contar doce, trotando como caballos de carreras.
«¡Vamos allá!», exclamó Fezziwig resbalando desde el alto pupitre con pasmosa agilidad. «¡Despejad todo,
muchachos, aquí hay que hacer mucho sitio! ¡Venga Dick! ¡Muévete, Ebenexer! ».
¡Despejad! No había nada que no quisiesen o pudiesen despejar bajo la mirada del viejo Fezziwig. Quedó
listo en un minuto. Se apartaron todos los muebles como si se desechasen de la vida pública para siempre. El
suelo se barrió y fregó. Se adornaron las lámparas y se amontonó combustible junto al hogar, y el almacén se
convertió en un salón de baile tan acogedor, caliente, seco y brillante como uno desearía ver en una noche de
invierno.
Llegó un violinista con un libro de partituras y se encaramó al excelso pupitre convirtiéndolo en escenario, y
al afinar sonaba como un dolor de estómago. Entró la señora Fez ziwig, sólida y consistente, toda sonrisas.
Entraron las tres señoritas Fezziwig, radiantes y adorables. Entraron los seis jóvenes pretendientes cuyos
corazones ellas habían roto. Entraron todos los hombres y mujeres jóvenes empleados en el negocio. Entró la
criada, con su primo el panadero. Entró la cocinera con el amigo de su hermano, el lechero. Entró el chico de
enfrente, del cual se sospechaba que su patrón no le daba comida suficiente; entró disimuladamente tras la
chica de la puerta siguiente a la de al lado, de la que se había comprobado que su señora le daba tirones de
orejas. Todos entraron, uno tras otro. Algunos tímidamente, otros descaradamente; unos con gracia, otros
desmañados; unos tirando, otros empujando. De una a otra forma, entraron todos. Y allí estaban veinte parejas
a la vez, de las manos media vuelta y de espalda para atrás; juntos en el medio y otra vez adelante; gira y gira en
diversas figuras de afectuosa agrupación; la vieja pareja de cabeza, girando siempre hacia el lado equivocado; la
nueva pareja de cabeza a empezar otra vez cuando les tocaba el tumo; todos parejas de cabeza y ninguna de
cola. Cuando se vio el resultado, el viejo Fezziwig, dando palmadas para detener la danza, gritó: ¡Muy bien!, y el
violinista hundió su rostro acalorado en un gran tanque de cerveza, especial para la ocasión. Sin querer más
descan so, volvió a empezar al instante, aunque todavía no tenía bailarines, como si al violinista anterior lo
hubiesen tenido que llevar a su casa agotado. Ahora parecía un hombre nuevo, dispuesto a vencer o morir.
Hubo más danzas; luego, juego de prensas y más danzas; había tarta, sangría caliente, un gran pedazo de
asado frío y un gran pedazo de hervido frío, pastelillos de carne y abundante cerveza. Pero el gran efecto de la
velada se produjo tras el asado y el hervido, cuando el violinista (un perro viejo; la clase de persona que sabía lo
que hacía mejor que nadie) atacó los acordes de «Sir Roger de Coverley». El viejo Fezziwig sacó a bailar a la
señora Fezziwig, encabezando la danza otra vez frente a unas parejas que no se achicaban fácilmente, gente
capaz de danzar aunque no tuviesen noción de andar.
Pero aunque hubiesen sido muchas más parejas, el viejo Fezziwig habría podido medir fuerzas con todos, y
lo mismo la señora Fezziwig. Por lo que a ella respecta, merecía emparejarse con él en todos los sentidos de la
palabra, y si ésta no es alabanza suficiente, digaseme otra y la utilizaré. Ellas brillaban como lunas en todas las
fases de la danza. No se podía predecir qué harían al momento siguiente. Y cuando el viejo Fezziwig y señora
realizaron todas las figuras de la danza -avance y retirada, sujetando a la pareja de las manos, inclinación y
reverencia; movimiento en espital; «enebra la aguja y vuelve a tu sitio»-, Fezziwig «cortó»; cortó tan
gallardamente que pareció parpadear con las piernas en el aire antes de caer de pie sin una vacilación.
Este baile doméstico se dio por terminado cuando sonaron las once. El señor y señora Fezziwig tomaron
posiciones a ambos lados de la puerta y fueron dando la mano a todos, uno por uno, a medida que salían, y al
mismo tiempo les desearon Felices Navidades. Lo mismo hicieron con los dos aprendices; se fueron apagando
las voces alegres y los dos chicos se dirigieron a sus camas, situadas bajo un mostrador de la trastienda.
Durante todo este tiempo Scrooge actuó como un hombre fuera de sus cabales. Su corazón y su alma
estaban pues tos en la escena con su antiguo ser. Lo corroboraba todo, recordaba todo, disfrutaba con todo, y
era presa de la más extraña agitación. Hasta que los iluminados rostros de Dick y su yo anterior quedaron fuera
de la vista, no se había acordado del fantasma, y ahora fue consciente de que éste le miraba intensamente
mientras la luz de su cabeza iluminaba con brillante claridad.
«Con qué poca cosa», dijo el fantasma, «se sienten llenos de gratitud esos dos tontos».
«¡Poca cosa!», repitió Scrooge.
El espiritu le hizo seña de que escuchase a los dos aprendices, que se deshacían en alabanzas de Fezziwig.
Después dijo:
«¡Pero si es cierto! No ha hecho más que gastarse unas pocas libras de tu dineto mortal, tal vez tres o cuatro.
¿Merece por eso tal gratitud?».
«No es así», dijo Scrooge irritado con la observación y hablando sin querer como su yo pasado y no como el
actual.
«No se trata de eso, espíritu. Tenía la facultad de hacernos felices o desgraciados, de hacer nuestro trabajo
agradable o pesado, un placer o un tormento. Su facultad estaba en las palabras y en las miradas, en cosas tan
insignificantes y sutiles que resulta imposible valorarlas. La felicidad que proporciona vale más que una
fortuna».
Percibió la mirada del espíritu y se calló.
«¿Qué sucede? », preguntó el espíritu.
«Nada de particular», dijo Scrooge.
«Yo pienso que sí», insistió el fantasma.
«No», dijo Scrooge, «No. Me gustaría tener la oportunidad de decirle un par de cosas a mi escribiente ahora
mismo. Eso es todo».
Mientras formulaba este deseo, su ser del pasado apagaba las lámparas. Scrooge y el fantasma volvieron a
quedar al aire libre.
«Me queda poco tiempo, observó el espítitu. «¡Rápido!».
No se dirigía a Scrooge ni a nadie visible, pero produjo un efecto inmediato. Scrooge volvió a contemplarse
otra vez. Ahora tenía más edad, un hombre en plenitud de vigor. Su rostro no presentaba los agrios y rígidos
rasgos de años posteriores, pero empezaba a mostrar signos de preocupación y avaricia. Sus ojos tenían una
movilidad ansiosa, codiciosa, incesante, que indicaba la pasión que en él se había enraizado y seguiría creciendo.
No estaba solo. Una joven rubia y vestida de luto estaba sentada junto a él; en sus ojos había lágrimas que
brillaban a la luz del fantasma de la Navidad del pasado.
«¿Qué ídolo te ha desplazado?», replicó él.
«Uno de oro».
«¡Pero si es la actividad más imparcial del mundo!», dijo él. «Nada hay peor que la pobreza y no hay por que
condenar con tal severidad la búsqueda de la riqueza».
«Tienes demasiado miedo al mundo», dijo ella dulcemen te. «Todas las demás ilusiones las has sepultado con
la ilusión de quedar fuera del alcance de los sórdidos reproches del mundo. He visto sucumbir, una tras otra,
tun más nobles aspiraciones hasta quedar devorado por la pasión principal, el Lucro. ¿No es cierto?».
«¿Y qué? », replicó él. «¡Y qué si ahora soy mucho más listo?. Contigo nada ha cambiado».
Ella negó con la cabeza.
«¿En que he cambiado?', preguntó él.
«Nuestro compromiso fue hace tiempo. Se hizo cuando ambos éramos pobres y conformes con serlo hasta
que, con mejores tiempos, pudiéramos mejorar de fortuna con pacien te labor. Tú eres lo que ha cambiado.
Cuando non compro metimos eras otro hombre.
«Era un muchacho», dijo él con impaciencia.
«Tu propio sentido lo dice que no eres el mismo», replicó ella. «Yo sí. Aquella que prometió felicidad cuando
no éramos más que un solo corazón, está abrumada por el dolor ahora que somos dos. No sabes cuán a
menudo y con qué profundidad lo he pensado. Me basta con haberlo tenido que pensar para que te libere de tu
compromiso».
«¿Acaso te lo he pedido? ».
«Con palabras, no. Nunca».
«Entonces, ¿cómo? ».
«Con una naturaleza cambiada, con un espíritu alterado, otra atmosfera vital, otra Ilusión como gran meta.
Con todo aquello que había hecho mi amor valioso a tun ojos. Si entre nosotros no hubiera existido esto», dijo
la joven mirándole dulcemente pero con fijeza, «contéstame, ¿me habrías buscado y habrías intentado
conquistarme? ¡Ah, no! ».
El, sin poderlo evitar, pareció rendirse a la justicia de sus suposiciones. Pero hizo un esfuerzo para decir: «No
pienses así».
«Con mucho gusto pensaría de otro modo si pudiera», res pondió, «¡bien lo sabe Dios! Tras haber constatado
una verdad como ésta, sé lo fuerte a irresistible que debe ser. Pero si hoy, mañana, ayer, estuvieses libre de
compromisos, ¿podría yo creerme que ibas a elegir a una chica sin dote -tú, que todo lo mides por el rasero del
Lucro? O si la eligieses, traicionando tun propios principios, sé que pronto te arrepentirías y lo lamentarías. Por
eso te devuelvo tu libertad. De todo corazón, por el amor de aquel que fuiste un día».
El estaba a punto de decir algo, pero ella prosiguió apartando su mirada:
«Es posible que te duela, casi lo deseo en memoria de nuestro pasado. Transcurriría un tiempo muy, muy
corto y lo olvidarás todo, gustosamente, como si te despertases a tiempo de un sueño improductivo. ¡Que seas
feliz con la vida que has elegido! ».
Ella le dejó y se separaron.
«¡Espíritu, no quiero ver más! », dijo Scrooge. Llévame a casa. ¿Por qué te complaces torturándome? ».
«¡Sólo una imagen más! », exclamó el fantasma.
«¡Ni una más! », gritó Scrooge. «¡Basta! ¡No quiero verlo! ¡No me muestres más! »
Pero el implacable fantasma le aprisionó entre sun brazos y le obligó a observar lo que sucedió a
continuación.
Era otra escena y otro lugar: una habitación no muy grande ni elegante, pero llena de confort. junto a la
chimenea invérnal se hallaba sentada una bella joven tan parecida a la anterior que Scrooge creyó que era la
misma hasta que la vió a ella, ahora matrona atractiva, sentada frente a su hija. En aquella estancia el ruido era
completo tumulto pues había más niños allí de los que Scrooge, con su agitado estado mental, podía contar. Y,
al contrario que en el celebrado rebaño del poema, no se trataba de cuarenta niños comportándose como uno
solo, sino que cada uno de los niños se comportaba como cuarenta. Las consecuencias eran tumultuosas hasta
extremos increíbles, pero no parecía importarle a nadie; por el contrario, la madre y la hija se reían con todas las
ganas y lo disfrutaban. La hija pronto se incorporó a los juegos y fue asaltada por los jóvenes bribones de la
manera más despiadada. ¡Lo que yo habría dado por ser uno de ellos! ¡Claro que yo nunca habría sido tan bruto,
no, no! Por nada del mundo habría despachurrado aquel cabello tren zado ni le habría arrancado de un tirón el
precioso zapatito. ¡De ninguna manera! Lo que sí habría hecho, como hizo aquella intrépida y joven nidada, es
tantear su cintura jugando; me habría gustado que, como castigo, mi brazo hubiera crecido en torno a su
cintura y nunca pudiera volver a enderezarse. Y también me habrá encantado tocar sus labios y haberle hecho
preguntas para que los abriese; haber mirado las pestañas de sus ojos bajos sin provocar un rubor; haber
soltado las. ondas de su pelo y conservar un mechón como recuerdo de valor incalculable; en suma: me habría
gustado, lo confieso, haberme tomado las libertades de un niño siendo un hombre capaz de conocer su valor.
Pero ahora se escuchó una llamada en la puerta, inmediatamente seguida de tales carreras que ella, con un
rostro risueño y el vestido arrebatado, fue arrastrada hacia el centro de un acalorado y turbulento grupo justo a
tiempo para saludar al padre que llegaba al hogar, auxiliado por un hombre cargado de juguetes navideños y
regalos. Luego todo fue vocear, luchar y asaltar violentamente al indefenso porteador. Le escalaron con sillas,
bucearon en sus bolsillos, le expoliaron los paquetes envueltos en papel marrón, le sujetaron por la corbata, se
le colgaron del cuello, aporrearon su espalda, y le dieron patadas en las piernas con un amor irreprimible. ¡Las
exclamaciones de admiración y contento que siguieron a cada apertura de paquete! ¡La terrible noticia de que
habían sorprendido al bebé en el momento de llevarse a la boca una sartén de juguete, y se sospechaba con
mucho fundamento que se había tragado un pavo pegado a una planchita de madera! ¡El alivio inmenso al
descubrir que era una falsa alarma! ¡El gozo, la gratitud, el éxtasis! No es posible describirlos. Baste decir que,
por orden de gradación, los niños y sus emociones salieron del salón y, de uno en uno, se fueron por una
escalera a la parte más alta de la casa; allí se metieron en la cama y, por consiguiente, se apaciguaron.
Y ahora Scrooge miró con mayor atención que nunca, cuando el señor de la casa, con su hija cariñosamente
apoyada en él, se sentó con ella y con la madre en su sitio junto al fuego. A Scrooge se le nubló la vista cuando
pensó que una criatura tan grácil y llena de promesas como aquella podría haberle llamado «padre» y ser una
primavera en el macilento invierno de su vida.
«Belle», dijo el marido volviéndose sonriente hacia su mujer, «esta tarde he visto a un viejo amigo tuyo».
«¿Quién era?».
«No sé... ¡Ya lo sé!», añadió de un tirón, riendo sin Parar. «El señor Scrooge».
«Era el señor Scrooge. Pasé por delante de su despacho y como tenía encendida la luz, casi no pude evitar el
verle. He oído decir que su socio se está muriendo y allí estaba él solo, sentado. Solo en la vida, creo yo».
«¡Espíritu!», dijo Scrooge con la voz quebrada, «sácame de aquí».
«Te he dicho que éstas eran sombras de las cosas que han sido», dijo el fantasma. «Son lo que son ¡No me
eches la culpa! »
«¡Sácame!», exclamó Scrooge. «¡No lo resisto!».
Se giró hacia el fantasma y viendo que le contemplaba co n un rostro en el que, de cierto modo extraño, había
fragmen tos de todos los rostros que le había mostrado, forcejeó con él.
«¡Déjame! ¡Llévame de vuelta! ¡No sigas hechizándome!».
En el forcejeo, si se puede llamar forcejeo aunque el fantasma, sin resistencia notaria por su parte, no parecía
afectado por los esfuerzos de su adversario, Scrooge observó que su luz era intensa y brillante; vagamente
asoció este hecho con el influjo que sobre él ejercía, y agarró el gorro-apagador y, con un movimiento
repentino, se le incrustó en la cabeza.
El espíritu cayó debajo, de manera que el apagador le cu brió totalmente. Pero aunque Scrooge lo presionaba
con todas sus fuerzas, no pudo apagar la luz, que salía por debajo en chorro uniforme sobre el suelo.
Se sentía agotado y vencido por un irresistible sopor; tam bién se dio cuenta de que estaba en su propio
dormitorio. Dio un último empujón al gorro y su mano se relajó; apenas tuvo tiempo de llegar tambaleante a la
cama antes de hundirse en un sueño profundo.
*
TERCERA ESTROFA
EL SEGUNDO DE LOS TRES ESPIRITUS
*
Cuando se despertó en medio de un prodigioso ronquido y se sentó en la cama para aclarar sus ideas, nadie
podía haver avisado a Scrooge de que estaba a punto de dar la una. Supo que había recobrado la concien cia
justo a tiempo para mantener una entrevista con el segundo mensajero, que se le enviaba por mediación de
Jacob Marley. Pero sintió un frío desagradable cuando empezó a preguntarse qué cortina descorrefia el nuevo
espectro; por eso las recogió todas él mismo, se tumbó de nuevo y dirigió una cortante ojeada en torno a su
cama. Quería plantar cara al espíritu cuando apareciera y no deseaba que le cogiera desprevenido porque se
pondría nervioso.
Los caballeros del tipo poco ceremonioso, que se jactan de conocer bien la aguja de marear a cualquier hora
del día o de la noche, expresan su amplia capacidad para la aventura diciendo que son buenos para cualquier
cosa, desde jugar a «cara o cruz» hasta cometer un asesinato; entre estas dos actividades extremas, qué duda
cabe, hay toda una amplia gama. Sin atteverme a decir otro tanto de Scrooge, no es equivocado pensar que
estaba preparado para recibir una gran variedad de extrañas apariciones y que nada, desde un bebé hasta un
rinoceronte, le habría cogido muy de sorpresa.
Ahora bien, al estar preparado para casi todo, en modo alguno estaba preparado para nada. Por consiguiente,
cuan do la campana dio la una y no apareció ninguna forma, Scrooge fue presa de violentos temblores. Cinco
minutos, diez, un cuarto de hora, una hora... y nada. Todo ese tiempo permaneció tendido encima de la cama,
que se había convertido en origen y centro del resplandor de luz rojiza que había fluido sobre ella cuando el
reloj proclamó la hora; al no ser más que luz resultaba más alarmante que una docena de fan tasmas porque él
era incapaz de adivinar su significación y su propósito. En algunos momentos, Scrooge temió hallarse en el
momento culminante de un interesante caso de combustión espontána, sin tener el consuelo de saberlo. Sin
embargo, al final acabó pensando -como usted o yo hubiéramos pensado desde el principio, pues la persona
que no está metida en el problema es quien mejor sabe lo que se debe hacer-, al final, como decía, acabó
pensando que tal vez encontraría la fuente y el secreto de esta luz fantasmal en la habitación de al lado, donde
parecía resplandecer. Cuando esta idea acaparó toda su mente, se levantó sin ruido y se deslizó en sus zapatillas
hasta la puerta.
En el momento de asir la manilla de la puerta, una voz le llamó por su nombre y le ordenó entrar. Scrooge
obedeció.
Era su propio salón, sin duda alguna, pero había sufrido una transformación sorprendente. El techo y las
paredes es taban tan cubiertos de vegetación que parecía un bosquecillo donde brillaban por todos lados bayas
chispeantes. Las frescas y tersas hojas de acebo, muérdago y yedra reflejaban la luz como si se hubiesen
esparcido allí y allá numerosos espejitos, y en la chimenea rugían tales llamaradas como nunca había conocido
aquel triste hogar petrificado en vida de Scrooge, de Marley, ni en muchos, muchísimos inviernos atrás. En el
suelo, amontonados en forma de trono, había pavos, ocas, caza, pollería, adobo, grandes pemiles, lechones,
largas ristras de salchichas, pastelillos de carne, tartas de ciruela, cajas de ostras, castañas de color rojo intenso,
manzanas de rojo encendido, naranjas jugosas, deliciosas peras, inmensos pasteles de Reyes y burbujeantes
boles de ponche que empañaban la estancia con sus efluvios deliciosos. Cómodamente instalado sobre todo
ello, estaba sentado un Gigante festivo, de esplendoroso aspecto, que sostenía una antorcha encendida,
parecida a un cuerno de la Abundancia; la sostenía muy alta para que la luz cayera sobre Scrooge cuando cruzó
la puerta y miró de hito en hito.
«¡Entra!», exclamó el fantasma. «¡Entra y me reconocerás mejor!»
Scrooge avanzó tímidamente a inclinó la cabeza ante el espíritu. Ya no era el obstinado Scrooge de antes, y
aunque los ojos del espíritu eran francos y amables, no le gustó en contrarse con aquella mirada.
«Soy el fantasma de la Navidad del Presente», dijo el es píritu. «¡Mírame!»
Scrooge lo hizo reverentemente. Estaba vestido con una simple túnica, o manto, de color verde oscuro,
ribeteado con piel blanca. Esta prenda le quedaba muy holgada, dejando al descubierto su ancho pecho como si
desdeñara protegerse u ocultarse con cualquier artificio. Sus pies, visibles bajo los amplios pliegues del manto,
también estaban desnudos, y en la cabeza no llevaba más cobertura que una guirnalda de acebo salpicada de
brillantes carámbanos. Sus bucles, de co lor castaño oscuro, eran largos y caían libremente, libres como su rostro
cordial; su chispeante mirada, su mano generosa, su animada voz, sus ademanes espontáneos y su aire festivo.
Ceñía su cintura una antigua vaina, pero sin espada, y la an tigua funda estaba herrumbrosa.
«¡Nunca habías visto nada como yo!», exclamó el espíritu.
«Jamás», logró responder Scrooge.
«¿Nunca has salido con los miembros más jóvenes de mi familia; quiero decir -porque yo soy muy joven- mis
hermanos mayores, nacidos en estos últimos años?», prosiguió el fantasma. manos mayores, nacidos en estos
últimos años?», prosiguió el fantasma.
«Creo que no», dijo Scrooge. «Me temo que no. ¿Tienes muchos hermanos, espíritu?»
«Más de mil ochocientos», dijo el fantasma.
«¡Familia tremenda de mantener! », murmuró Scrooge.
El fantasma de la Navidad del Presente se levantó.
«Espíritu», dijo Scrooge sumisamente, «condúceme a donde desees. Anoche me llevaron a la fuerza y aprendí
una lección que ahora estoy aprovechando. Este noche, si tienes algo que enseñarme, lo aprenderé con
provecho».
«¡Toca mi manto!»
Scrooge hizo lo que se le indicó con mano firme.
Acebo, muérdago, bayas rojas, yedra, pavos, ocas, caza, pollos, adobo, ternera, lechones, salchichas, ostras,
pastelillos, tartas; fruta y ponche desaparecieron instantáneamen te. También desapareció la habitación, el fuego,
el rojizo res plandor, la hora de la noche, y ellos estaban en las calles de la ciudad en la mañana del día de
Navidad. El tiempo era crudo y la gente hacía una especie de música chocante, pero viva y nada desagradable,
al quitar la nieve de la acera de sus casas y de los tejados; para los chicos era una delicia total ver cómo caía la
nieve explotando en la calle y salpicando con pequeños aludes artificiales.
En contraste con la blanca y lisa capa de nieve de los tejados y con la nieve más sucia del suelo, las fachadas
de las casas parecían negras y las ventanas todavía más negras. En la calle, las pesadas ruedas de coches y carros
habían arado con profundas rodadas la última nieve caída, y esos surcos se cruzaban y entrecruzaban cientos de
veces en las intersecciones de las grandes atterias y formaban intrincados canales, difíciles de rastrear, en el
espeso lodo amarillo y agua helada. El cielo estaba oscuro y las calles más cortas taponadas por una neblina
negruzca, medio derretida, medio helada, cuyas partículas más pesadas caían cual ducha de átomos de hollín;
parecía que todas las chimeneas de Gran Bret aña se habían puesto de acuerdo para encenderse a la vez y
estuviesen disparando a discreción para satisfacción de sus queridos fogones. En el clima de la ciudad no había
nada alegre; no obstante, flotaba en el aire un júbilo muy superior al que podría producir el sol más brillante y el
aire más límpido del verano.
La gente que paleaba la nieve en los tejados estaba llena de jovialidad y cordialidad; se llamaban unos a otros
desde los parapetos y, de vez en cuando, intercambiaban bolazos de nieve -proyectil bastante más inofensivo
que muchos co mentarios jocosos-, riendo con todas las ganas si daba en el blanco y con no menos ganas si
fallaba. Las tiendas de los polleros todavía estaban medio abiertas y las de los fruteros irradiaban sus glorias.
Allí había grandes cestos de castañas redondos, panzudos como viejos y alegres caballeros, recostados en las
puertas y desbordando hacia la calle en su apoplética opulencia. Había rojizas cebollas de España, de ros tro
moreno y amplio contorno, de gordura relucien te como frailes españoles que, desde los estantes, guiñaban el
ojo con irresponsable malicia a las chicas que pasaban y luego elevaban la mirada serena al muérdago colgado.
Había peras y manzanas, apiladas en espléndidas pirámides. Había racimos de uvas colgando de ganchos
conspicuos por la buena intención de los tenderos, para que a la gente se le hiciera la boca agua, gratis, al pasar;
también había pilas de avella nas, marrones, aterciopeladas, con una fragancia que evoca ba los paseos por los
bosques y el agradable caminar hundido hasta los tobillos entre las hojas secas; había manzanas de Norfolk,
regordetas y atezadas, resaltando entre el amarillo de naranjas y limones y, con la gran densidad de sus cuerpos
jugosos, pidiendo a gritos que se las llevasen a casa en bolsas de papel para comerlas después de la cena. Hasta
los peces dorados y plateados, desde una pecera expuesta en tre los exquisitos frutos, y a pesar de pertenecer a
una especie sosa y aburrida, parecían saber que algo estaba sucedien do y daban vueltas y más vueltas en su
pequeño mundo con la excitación lenta y desapasionada propia de los peces. ¡Y en las tiendas de ultramarinos!
¡Ah, los ultramarinos! A punto de cerrar, con uno o dos cierres ya echados, pero ¡qué visiones por los hueco s!
Los platillos de las balanzas golpeaban el mostrador con alegre sonido; el rollo de bramante desaparecía con
rapidez; los enlatados tableteaban arriba y abajo como en manos de un malabarista; los mezclados aro mas del té
y el café eran una delicia para el olfato; estaba lleno de pasas extrañas, almendras blanquísimas, largos y derechos
palos de canela y otras especias delicadas, y los frutos confitados, bien cocidos y escarchados con azúcar,
hacían sen tir desvanecimientos, y después una sensación biliosa, incluso a los espectadores más fríos. Los higos
estaban húmedos y pulpusos, las ciruelas francesas se ruborizaban con modesta acrimonia desde sus cajas tan
ornamentadas. Todos los co mestibles eran magníficos y bien presentados para la Navidad. Pero eso no era
todo. Los clientes estaban tan apresurados y agitados con la esperanzadora promesa del día que tropezaban
unos con otros en la puerta, entrechocaban sus cestos, olvidaban la compra en el mostrador y volvían corrien -
do a recogerla, cometiendo ci entos de equivocaciones de esa clase con el mejor humor. El especiero y sus
dependientes eran tan campechanos y bien dispuestos que los pulidos co razones con que ataban sus
mandilones por detrás podrían haber sido sus propios corazones, llevados por fuera para inspección general y
para ser picoteados por cuervos navideños si así lo prefiriesen.
Pero pronto los campanarios llamaron a la oración en iglesias y capillas, y allá se fue la buena gente en
multitud por las calles, con sus mejores galas y su más jubilosa expresión. Y al mismo tiempo, desde muchas
callejuelas, pasadizos y bocacalles sin nombre, emergieron innumerables personas que llevaban su cena a asar
en las panaderías. El espíritu parecía estar muy interesado por estos pobres festejadores, pues se detuvo con
Scrooge junto a la entrada de una panadería para levantar las cubiertas de las cenas que transportaban y las
rociaba de incienso con su antorcha. La antorcha era de una clase muy poco corriente, pues en una o dos
ocasiones en que algunos de los que acarreaban las cenas tropezaron con otros y hubo palabras mayores, el
espíritu los roció con unas gotas de agua de la antorcha, y de inmediato recuperaron el buen humor; decían que
era una vergüenza disputar en el día de Navidad. ¡Y era muy cierto!
Las campanas dejaron de sonar y se cerraron las panaderías, pero permaneció una confortante y vaga
representación de todas esas cenas en el derretido manchón de humedad sobre cada horno de panadero, donde
el suelo todavía humeaba como si se estuvieran cociendo las losas.
«¿Tiene algún sabor especial eso que salpicas con la antorcha?», preguntó Scrooge.
«Sí lo tiene. Mi propio sabor».
«¿Serviría para cualquier cena de hoy?», preguntó Scrooge.
«Para cualquiera que se celebre con afecto. Pero más para una cena pobre».
«¿Por qué más para una pobre?», preguntó Scrooge.
«Porque lo necesita más».
«Espíritu», dijo Scrooge tras un momento de vacilación, «de todos los seres que hay en los muchos mundos
que nos rodean, me asombra que seas tú el que más desea restringir las oportunidades de esa gente para
disfrutar inocentemente».
«¡Yo!», exclamó el espíritu.
«Les quitarías sus medios para poder cenar cada séptimo día, a menudo el único día en que se puede decir
que cenan», dijo Scrooge, «¿verdad?:..
«¡Yo! », exclamó el espíritu.
«¿No quieres que se cierren estos locales los días del Se ñor?», dijo Scrooge. «Pues llegas al mismo resultado».
« ¡Que yo quiero! », exclamó el fantasma.
«Perdóname si me equivoco. Se ha hecho en tu nombre o, al menos, en el de tu familia», dijo Scrooge.
«En esta tierra tuya hay algunos», replicó el espíritu; «que pretenden conocernos y que cometen sus actos de
pasión, orgullo, mala voluntad, odio, envidia, beatería y egoísmo en nuestro nombre; pero son tan ajenos a
nosotros y nuestro género como si nunca hubieran vivido. Recuerda esto y échales la culpa a ellos, no a
nosotros».
Scrooge prometió que así lo haría y se marcharon, invisibles igual que antes, hacia los suburbios de la ciudad.
Una notable cualidad del fantasma (Scrooge la había observado en la panadería) consistía en que, pese a su talla
gigantesca, podía acoplarse a cualquier sitio fácilmente, y mantenía su gracia de criatura sobrenatural tanto si el
techo era muy bajo como si se encontraba en un grandioso vesti'bulo.
Y tal vez por el placer que el buen espíritu encontraba en demostrar esa facultad, o bien por su propia
naturaleza generosa, afable, cordial, y su simpatía por los pobres, condujo a Scrooge asido a su manto
directamente a casa de su escribiente. En el umbral, el espíritu sonrió y se detuvo para bendecir el hogar de Bob
Cratchit con las aspersiones de su antorcha. ¡Imagínate! Bob sólo ganaba quince «pavos» a la semana; los
sábados no se embolsaba más que quince copias de su propio nombre, ¡y a pesar de todo el fantasma de la
Navidad del Presente bendijo su casa de cuatro habitaciones!
La señora Cratchit, esposa de Bob Cratchit, engalanada pobremente con un vestido al que ya le había dado la
vuelta dos veces, pero esplendoroso en cintas (baratas y muy lucidas por cuatro perras), se levantó y puso el
mantel ayudada por Belinda Cratchit, la segunda de sus hijas, igualmente aderezada con lazos. Mientras tanto, el
señorito Peter Cratchit hundía un tenedor en la cazuela de las patatas y se metía en la boca los picos de su
monstruoso cuello de camisa (propiedad privada de Bob, transferida a su hijo y heredero en honor a la
festividad del día), encantado de en contrarse tan elegantemente ataviado y ansioso por exhibirse en los parques
y paseos de moda. Y ahora dos pequeños Cratchit, niño y niña, llegaron corriendo precipitadamente y gritando
que habían olido la oca fuera de la panadería y que sabían que era la suya; entre placenteros pensamientos de
cebolla y salvia, estos jóvenes Cratchit bailaban en torno a la mesa y ensalzaban al señorito Peter Cratchit
mientras él (sin orgullo, aunque el cuello casi le estrangulaba) atizaba el fuego hasta que el lento hervor de las
patatas sonó fuerte al chocar con la tapadera y quedaron listas para sacar y pelar.
«¿Qué estará haciendo vuestro dichoso padre?», decía la señora Cratchit. «Y vuestro hermano, Tiny Tim; ¡y
Martha ya había llegado hace media hora, el año pasado!»
«¡Aquí está Martha, madre! », dijo una chica apareciendo por la puerta.
«¡Aquí está Martha, madre!», gritaron los dos Cratchit pequeños. «¡Hurra! ¡Martha, hay una oca...! »
«¡Ay, mi niña querida, qué tarde vienes!», dijo la señora Crarchit besándola una y otra vez, y quitándole el chal
y el sombrerito con celo oficioso.
«Anoche tuvimos que terminar un montón de trabajo», respondió la chica, «y esta mañana despacharlo,
madre». «¡Bueno! Ahora ya estás aquí y eso es lo que importa», dijo la señora Cratchit. «Siéntate junto al fuego
para entrar en calor, cariño».
«¡No, no! ¡Ya viene padre!», gritaron los dos jóvenes Cratchit que estaban en todo. «¡Escóndete, Martha,
escóndete!»
Martha así lo hizo antes de que entrase Bob, el padre, con tres pies de bufanda, cuando menos, por todo
abrigo, colgándole por delante, y su gastada indumentaria bien remendada y cepillada para guardar una
apariencia adecuada, y en sus hombros Tiny Tim. ¡Ay, Tiny Tim!: llevaba una pequeña muleta y sus piernas
enfundadas en armazones de hierro.
«¿Dónde está Martha?», exclamó Bob Cratchit mirando alrededor.
«No va a venir», dijo la señora Cratchit.
«¡Que no va a venir!», dijo Bob con súbito desánimo, pues había traído a Tim a caballo todo el trayecto desde
la iglesia y había llegado a casa desenfrenado. «¡No venir el día de Navidad?»
Martha no quería verle disgustado, ni siquiera por broma, de manera que salió antes de tiempo de su
escondite tras la puerta del armario y corrió a sus brazos, mientras los dos pequeños Cratchit se apoderaron de
Tiny Tim y le arras traron hasta el lavadero para que pudiera escuchar el sonido del pudding de Navidad metido
en el barreño.
«¿Y qué tal se portó Tiny Tim?», preguntó la señora Cratchit cuando Bob ya se había recuperado del susto y,
muy contento, había estrechado a su hija entre sus brazos.
«Tan bueno como un santo o más», dijo Bob. «Al estar sentado solo tanto tiempo, se vuelve pensativo y
piensa las cosas más extrañas que se puedan imaginar. Cuando volvíamos a casa me dijo que esperaba que la
gente se fijase en él en la iglesia porque está tullido, y para ellos sería agradable recordar en el día de Navidad a
quien hizo andar a los mendigos cojos y ver a los ciegos».
La voz de Bob era trémula al contarlo, y todavía tembló más cuando dijo que Tiny Tim estaba creciendo
fuerte y sano.
Antes de que se hablase otra palabra, se oyeron los golpes de la activa mulet ita contra el suelo y Tiny Tim
regresó es coltado por su hermano y su hermana hasta su taburete junto a la chimenea; mientras tanto, Bob,
recogiendo las man gas -como si, ¡pobre hombre! , pudieran quedar todavía más raídas- preparó un brebaje
caliente de ginebra y limones en una jarra, lo revolvió a conciencia y lo puso a calentar en la chapa de la cocina.
El señorito Peter y los dos ubicuos Cratchit pequeños se fueron a recoger la oca y con ella regresaron pronto
en animada procesión.
Sobrevino una excitación tal que cualquiera hubiera creído que una oca era la más rara de las aves, un
fenómeno plumoso, a cuyo lado un cisne negro resultaría de lo más vulgar; y en realidad, en aquella casa era
algo así. La señora Cratchit puso la salsa (preparada de an temano en una pequeña salsera) casi hirviente; el
señorito Peter hizo puré las patatas con incteíble energía; la señorita Belinda endulzó la salsa de manzana;
Martha limpió las fuentes; Bob puso a su lado a Tiny Tim en una esquina de la mesa; los dos jóvenes Cratchit
colocaron sillas para todo el mundo, sin olvidarse de sí mismos, y montando guardia en sus puestos mantenían
la cuchara en la boca para no chillar pidiendo oca antes de que les llegara el turno de servirse. Por fin se trajeron
las fuentes y se bendijo la mesa. Luego siguió una pausa en la que no se les oía ni respirar, mientras la señora
Cratchit, mirando lentamente a lo largo del trinchante, se preparaba para hincarlo en la pechuga; pero en cuanto
lo hizo, cuando brotó el esperado borbotón del relleno, se alzó un clamor de delectación por toda la mesa, a
incluso Tiny Tim, excitado por los dos Cratchit pequeños, golpeó el tablero con el mango del cuchillo y gritó
débilmente: «¡Hurra!»
Nunca hubo una oca como aquélla. Bob decía que no podía cr eer que se hubiera cocinado jamás una oca
como aquélla. Su sabor, ternura, tamaño y bajo precio fueron temas de universal admiración. Acompañada por
la salsa de man zana y el puré de patata, fue cena suficiente para toda la familia; y más aún, como dijo muy
contenta la señor Cratchit supervisando una pequeña partícula de hueso en una fuen te, ¡no se la habían
acabado! El hecho es que cada cual tomó lo suficiente, y en especial los pequeños Cratchit se habían atiborrado
de cebolla y salvia hasta las cejas. Pero ahora la señorita Belinda cambió los platos mientras la señora Cratchit
salía del cuarto sola -demasiado nerviosa para soportar testigos- para sacar el pudding y traerlo a la mesa.
¡Supongamos que no esté bien cocido! ¡Supongamos que se rompa al sacatlo! ¡Supongamos que alguien haya
saltado la pared del patio y lo haya robado mientras festejábamos la oca! -suposición que puso lívidos a los dos
jóvenes Cratchit-. Toda clase de horrores fueron supuestos.
¡Vaya! ¡Mucho vapor! El pudding se sacó del barreño. ¡Un olor como el de los días de hacer colada! Era el
paño. Un olor como el de un restaurante situado al lado de una confitería y una lavandería. Era el pudding. La
señora Cratchit volvió en medio minuto, acalorada pero sonriendo con orgullo, con un pudding como una bala
de cañón moteada, denso y firme, flambeado con la mitad de medio cuartillo de brandy y omado de acebo en la
parte superior.
Bob Cratchit dijo que era un pudding maravilloso y que lo consideraba lo mejor que la señora Cratchit había
hecho desde que se habían casado. La señora Cratchit dijo que, ahora que ya se le había quitado el peso de
encima, confesaría que había tenido sus dudas sobre la cantidad de la harina. Todos tenían algo que decir sobre
el pudding, pero nadie dijo, ni pensó, que era pequeño para una familia tan gran de; hacerlo hubiera sido como
una blasfemia. Todos ellos habrían enrojecido ante una insinuación semejante.
Al terminar la cena se despejó el mantel, se barrió la zona de la chimenea y se recompuso el fuego. Se probó
la mezcla de la jarra y se consideró perfecta, se trajeron a la mesa man zanas y naranjas y se metió al fuego una
paletada de casta ñas. Luego toda la familia Cratchit se agrupó en tomo a la chimenea, en lo que Bob Cratchit
llamaba «círculo» querien do indicar medio círculo; y al lado de Bob Cratchit se desplegaba la cristalería de la
familia: dos vasos y un recipiente para natillas, sin mango, que sirvieron para el líquido ca liente de la jarra tan
bien como si hubieran sido copas de oro. Bob lo escanció con expresión radiante, mientras las cas tañas en el
fuego chascaban y se resquebrajaban ruidosamente. Luego Bob brindó:
«Felices Pascuas a todos nosotros, queridos. ¡Que Dios nos bendiga!
Toda la familia lo repitió.
«¡Dios bendiga a cada uno de nosotros! », dijo Tiny Tim en último lugar. Estaba sentado muy cerca de su
padre, en su pequeño escabel. Bob sostenía en su mano la manita marchita del niño, como si le amase, como si
quisiera tenerle muy cerca de sí y temiera que se lo arrebatasen.
«Espíritu», dijo Scrooge con un interés que nunca antes había sentido, «dime si Tiny Tim vivirá».
«Veo un sitio vacante», contestó el fantasma, «en ese pobre rincón de la chimenea, y una muleta sin dueño
amorosamente conservada. Si esas sombras permanecen sin cam bios en el futuro, el niño morirá».
«No, no», dijo Scrooge. «¡Oh, no, amable espíritu! Dime que se salvará».
«Si esas sombras permanecen inalteradas por el futuro, ningún otro de mi especie», replicó el fantasma, «le
encontrara aquí. ¿Y qué más da? Si se tiene que morir, lo mejor es que así lo haga y disminuya el exceso de
población».
Scrooge hundió su cabeza al oír al espíritu citar sus pro pias palabras, y se sintió abrumado por el
arrepentimiento y la pena.
«Hombre», dijo el fantasma, «si tienes corazón humano, no de piedra dura, olvida esa malvada jerga hasta que
hayas descubierto qué es el exceso y dónde está el exceso. ¿Quién eres tú para decidir qué hombres deben
morir y qué hombres deben vivir? Es posible que a los ojos del cielo tú seas menos valioso y menos merecedor
de vivir que millones, como el hijo de ese pobre hombre. ¡Oh Dios! , ¡tener que escuchar al insecto en la hoja
disertando sobre lo demasiado que viven sus hambrientos hermanos en el suelo!»
Scrooge se encogió ante la reprobación del fantasma y, tembloroso, hincó la mirada en el suelo, pero la
levantó rápidamente al escuchar su nombre.
«¡El señor Scrooge!, dijo Bob; «brindo por el señor Scrooge, Fundador de la Fiesta.
«¡El Hundidor de la Fiesta en verdad!», exclamó la señora Cratchit enrojeciendo. «Me gustaría tenerle aquí.
Para festejarlo le diría cuatro cosas y espero que tenga buenas tragaderas».
«Querida mía», dijo Bob; «los niños: es Navidad».
«Tiene que ser Navidad, estoy segura, dijo ella, «para beber a la salud de un hombre tan odioso, tacaño, duro
a insensible como el señor Scrooge. ¡Sabes que es cierto, Robert! ¡Nadie lo sabe mejor que tú, pobre mío!
«Querida, es Navidad», fue la tranquila respuesta de Bob.
«Bebo a su salud porque tú me lo piedes y por el día que es», dijo la señora Cratchit, «no por él. ¡Por muchos
años! ¡Alegre Navidad y feliz Año Nuevo! El va a sentirse muy alegre y muy feliz, ¡no me cabe la menor duda!»
Los niños bebieron detrás de ella. Era la primera de sus acciones que no tenía sinceridad. Tiny Tim bebió el
último, pero le importaba un comino. Scrooge era el ogro de la fa milia. La sola mención de su nombre arrojó
sobre la reunión una negra sombra que no se disipó hasta cinco minutos más tarde. Pasada la sombra, estaban
diez veces más contentos que antes por el mero alivio de haber acabado con el Malvado Scrooge. Bob Cratchit
les habló de la situación que tenía en perspectiva para el señorito Peter, que, si se conseguía, supondría unos
ingresos semanales de cinco chelines y medio. Los dos jóvenes Cratchit se desternillaban de risa ante la idea de
Peter convertido en hombre de negocios; el pro pio Peter miraba pensativamente al fuego entre sus cuellos
como si meditara sobre las especiales inversiones que debería decidir cuando entrase en posesión de un ingreso
tan apabullante. Martha, que era una pobre aprendiza en un taller de sombrerera, les contó la clase de trabajo
que tenía que realizar, las muchas horas seguidas que debía trabajar y cómo estaba deseando tomarse un largo
descanso en cama a la mañana siguiente, pues el día siguiente era festivo y lo pasaba en casa. También les contó
que había visto a una condesa y a un lord unos días antes, y que el lord «era de alto como Peter», ante lo cual
Peter se subió los cuellos tanto que no se le podía ver la cabeza. Todo este rato, las castañas y la jarra hacían
ronda, y después escucharon una canción sobre un niño perdido en la nieve; la cantaba Tiny Tim con una
vocecita quejumbrosa, y la cantó realmente muy bien.
No había nada de alta categoría en lo que hacían. No eran una familia distinguida; no iban bien vestidos; sus
zapatos estaban lejos de ser impermeables; sus ropas eran escasas, y Peter podría haber conocido, y es muy
probable que así fuera, el interior de una casa de empeños. Pero estaban felices, agradecidos y satisfechos unos
de otros, y contentos con el presente. Cuando empezaron a perderse de vista, todavía parecían más felices, con
el brillante chisporroteo de la antorcha del espíritu que se marchaba, y hasta el último instante Scrooge no
apartó de ellos sus ojos, sobre todo de Tiny Tim.
En aquellos momentos comenzaba a oscurecer y nevaba intensamente. Scrooge y el espíritu se fueron por las
calles; era maravilloso el resplandor de los fuegos rugientes en las cocinas, salones y toda clase de habitaciones.
Aquí, el revoloteo de las llamas dejaba ver los preparativos para una agradable cena, con platos calentándose
junto a la lumbre y cor tinas de color rojo oscuro a punto de ser corridas para aislar del frío y la oscuridad. Allá,
todos los niños de la casa salían corriendo en la nieve para recibir a sus hermanas casadas, hermanos, primos,
tíos, tías... , y ser el primero en felicitarles. Aquí se reflejaban en las celosías las sombras de los invitados
reuniéndose, y allá un grupo de chicas guapas, todas con capucha y botas de piel y parloteando a la vez, se dirigían
a paso rápido hacia la casa de algún vecino donde, ¡ay del soltero que las viera entrar arreboladas -bien lo
sabían ellas, astutas hechiceras!
Pero a juzgar por el número de personas que se encaminaban a reuniones amistosas, cualquiera diría que en
las ca sas no habría nadie para dar la bienvenida; sin embargo, en todas se esperaba compañía y se avivaban las
lumbres hasta la altura de media chimenea. ¡Cómo exultaba el fantasma! ¡Cómo henchía su desnudo pecho la
respiración! ¡Cómo abría la palma de su mano libre y regaba a chorros generosos todo lo que quedaba a su
alcance con inofensivo regocijo! El mismo farolero, que corría antes de puntear con motas de luz la calle
lúgubte, iba arreglado para pasar la noche en alguna parte y, sin más compañía que la Navidad, se rió sonoramente
cuando pasó el espíritu.
Y ahora, sin una sola palabra de advertencia del fantas ma, se detuvieron en un hostil y desierto páramo, con
monstruosas masas pétreas diseminadas como si fuera un cementetio de gigantes. El agua corría por todas
panes -al menos así lo habría hecho si la helada no tuviera prisionera-, y sólo crecían musgos, tojos y densas
matas de burda hierba. Hacia el Oeste, el sol ponient e había dejado una banda de rojo ardiente que iluminó la
desolación durante unos instantes, como un ojo rencoroso, y se fue cerrando, cerrando cada vez más, hasta
perderse en las espesas tinieblas de la noche más negra.
«¿Qué sitio es éste?», preguntó Scrooge.
«Un lugar donde viven los mineros, que trabajan en las entrañas de la tierra», contestó el espíritu. «Pero me
conocen. ¡Mira!»
Se encendió una luz en una cabaña y ellos se aproximaron rápidamente. Atravesaron la pared de piedra y
barro y en contraron una animada reunión en torno a una cálida lumbre. Un hombre muy viejo y una mujer,
con sus hijos y los hijos de sus hijos, y otra generación posterior, todos engalanados con sus ropas de fiesta. El
viejo, con una voz que apenas sobrepasaba el ulular del viento en la yerma extensión, les cantaba un villancico
que ya era muy antiguo cuando él había sido niño, y de vez en cuando todos le acompañaban a coro. Cuando
los demás unían sus voces, la del viejo se volvía más alegre y potente, y cuando se callaban, él bajaba el tono.
El espíritu no se demoró allí; indicó a Scrooge que se sujetase al manto y, pasando sobre el páramo, se dirigió
rápidamente... ¿adónde? ¡No al mar? Sí, al mar. Para espanto de Scrooge, al mirar hacia atrás vio al final de la
tierra firme una temible alineación de rocas; sus oídos quedaron ensordecidos por el retumbar del agua que se
desmoronaba rugiendo y se estrellaba con furia contra las siniestras cavernas que había ido socavando, y con
fiereza intentaba perforar la tierra.
A una legua aproximadamente de la costa se alzaba un faro solitario construido sobre un siniestro arrecife de
hundidas rocas, azotadas y arañadas por el oleaje. En la base colgaban grandes aglomeraciones de algas y las
aves marinas -se diría que nacían del viento, como las algas del agua- se elevaban y caían a su alrededor como
las olas que peinaban.
Pero incluso aquí los dos hombres que atendían las señales habían encendido una lumbre que, a través del
portillo abierto en los gruesos muros de piedra, arroj aba un rayo de luz sobre el mar tenebroso. Estrechando
sus encallecidas manos por encima de la mesa basta donde estaban sentados, se desearon una Feliz Navidad
con sus jarras de grog. Uno de ellos, el más viejo, con un rostro marcado por la inclemencia del tiempo como el
mascarón de proa de un viejo navío, entonó una canción tan vigorosa como una tempestad.
Una vez más, el fantasma se fue apresuradamente sobre el negro y agitado mar lejos, muy lejos; tan lejos de
cual quier costa, como le dijo a Scrooge, que descendieron sobre un barco. Permanecieron al lado del timonel,
del vigía de proa, de los oficiales de guardia, fantasmales y oscuras sombras en sus puestos, pero todos ellos
tarareaban música navi deña o tenían el pensamiento puesto en la Navidad, o hablaban a sus compañeros de
alguna Navidad pasada con añoranza del hogar. Y todo hombre a bordo, despierto o dormido, bueno o malo,
había tenido una palabra más amable para los demás en ese día que en cualquier otro día del año; y había
compattido en alguna medida el festejo; y había recordado a los seres queridos, y había sabido que ellos se acordaban
de él.
Mientras escuchaba el aullido del viento y pensaba qué cosa tan grande es moverse a través de solitarias
tinieblas sobre un abismo desconocido, cuyos secretos son tan profundos como la muerte, para Scrooge
constituyó una gran sorpresa oír una sonora carcajada. Y la sorpresa todavía fue mayor cuando reconoció que
la había proferido su propio sobrino, y se encontró en una estancia cálida y resplandeciente, con el espíritu
sonriendo a su lado y mirando al sobrino con aprobadora afabilidad.
«¿Ja, ja!», reía el sobrino de Scrooge. «¿Ja, ja, ja!»
Si por una improbable casualidad el lector conociera a un hombre con una risa más feliz que la del sobrino de
Scroo ge, todo lo que puedo decir es que también a mí me gusta ría conocerle. Preséntemelo y yo cultivaré su
amistad.
Es una ley de la compensación justa, equitativa y saludable, que así como hay contagio en la enfermedad y las
penas, nada en el mundo resulta más contagioso que la risa y el buen humor. Cuando el sobrino de Scrooge se
reía sujetándose los costados, girando la cabeza y arrugando el rostro con las más extravagantes contorsiones, la
sobrina de Scroo ge -por matrimonio- reía con tantas ganas como él. Y el grupo de sus amigos no se quedaba
atrás y todos se desterni Ilaban.
«¿Ja, ja! ¿Ja, ja, ja, ja!»
«¡Dijo que las Navidades eran tonterías, os lo juro!», ex clamó el sobrino de Scrooge. «¡Y además se lo creía!»
«Más vergüenza le debería dar, Fred!, dijo indignada la sobrina de Scrooge. Esas benditas mujeres nunca
hacen nada a medias. Se lo toman todo muy en serio.
Era muy atractiva, sumamente atractiva. Tenía un rostro encantador, con hoyuelos en las mejillas y expresión
de sorpresa; una boquita roja y suave que parecía estar hecha para ser besada -lo era, sin duda-; todo tipo de
pequitas junto a su barbilla, que se mezclaban unas con otras al reírse; y el par de ojos más luminoso que se
haya visto. Al mismo tiempo, era del tipo que se podría describir como provocativa, ya me entienden, pero de
una manera adecuada. ¡Ah, sí, perfectamente adecuada!
«Es un viejo tipo cómico», dijo el sobrino de Scrooge, «es la verdad; y no tan agradable como podría ser. Sin
embargo, en su pecado lleva la propia penitencia, y no quiero decir nada contra él».
«Estoy segura de que es muy rico, Fred», apuntó la sobrina. «Al menos eso es lo que siempre me has dicho».
«¡Y eso que importa, querida!», dijo el sobrino. «La riqueza no le sirve de nada. No hace con ella nada bueno.
No la utiliza para su bienestar. Ni siquiera tiene la satisfacción de pensar. Ja, ja, ja, que algún día nosotros la
disfrutaremos».
«Acaba con mi paciencia», observó la sobrina de Scrooge. Las hermanas de la sobrina y todas las demás
señoras expresaron igual opinión.
«Yo sí tengo paciencia», dijo el sobrino. «Me da lástima; no puedo enfadarme con él. El que sufre por sus
manías es siempre él mismo. Le da por rechazarnos y no querer venir a cenar con nosotros. ¿Cuál es la
consecuencia? No tiene mucho que perder con una cena. »
«Yo pienso que se pierde una cena muy buena», interrumpi6 la sobrina. Todos asistieron, y eran jueces
competentes puesto que acababan de cenar y, con el postre sobre la mesa, estaban apiñados junto al fuego, a la
luz de la lámpara.
«¡Bueno! Me alegra mucho escucharos», dijo el sobrino de Scrooge, «porque no tengo mucha fe en estas
jóvenes amas de casa. ¿Tú qué dices, Topper? »
Estaba claro que Topper le había echado el ojo a una de las hermanas de la sobrina, pues respondió que un
soltero no era más que un pobre proscrito sin derecho a expresar una opinión sobre la materia. Ante lo cual la
hermana de la sobrina -la rellenita con la pañoleta de encaje, no la de las rosas - se ruborizó.
«Vamos, Fred, continúa», dijo la sobrina de Scrooge palmoteando. «¡Nunca termina lo que empieza a contar!
¡Qué hombre más absurdo!»
Al sobrino de Scrooge le dio otro ataque de risa y como era imposible evitar el contagio, aunque la hermana
rellenita lo intentó de veras con vinagre aromáti co, su ejemplo fue seguido por unanimidad.
«Iba a decir », dijo el sobrino de Scrooge, «que la consecuencia de su displicencia hacia nosotros, y el no
querer celebrar nada con nosotros es, pienso yo, que se pierde buenos ratos que no le harían ningún daño.
Estoy seguro de que se pierde compañías más agradables que las que pueda encontrar en sus pensamientos,
metido en esa oficina enmohecida o en su polvorienta vivienda. Todos los años quiero darle la oportunidad,
tanto se le gusta como si no, porque me da lástima. Puede que reniegue de la Navidad hasta que se muera, pero
siempre tendrá mejor opinión si ve que voy de buen humor, año tras años, para decirle ¿cómo estás, tío
Scrooge? Aunque sólo sirviera para que se acordara de dejarle cincuenta libras a ese pobre escribiente suyo, ya
habría merecido la pena; y pienso que ayer le conmoví.
Ahora les tocaba reírse a los demás con la mención de haber conmovido a Scrooge. Pero el sobrino tenía
muy buen carácter, no le importaba que se rieran -se iban a reír de cualquier modo- y les fomentó la diversión
pasando la botella alegremente.
Tras el té, disfrutaron con un poco de música. Era una familia aficionada a la música, y puedo asegurar que
sabían lo que se traían entre manos cuando cantaban un solo, o a varias voces; sobre todo Topper, que podia
gruñir como un auténtico bajo sin que se le hincharan las venas de la frente ni ponerse colorado. La sobrina de
Scrooge tocaba bien el arpa y, entre otras piezas, tocó una ligera tonada (insignificante, cualquiera podría
aprender a silbarla en dos minutos) que había sido muy familiar para la niña que había recogido a Scrooge en el
internado, como le había hecho recordar el Fantasma de la Navidad del Pasado. Al sonar esa musi quilla, le
volvieron a la mente todas las cosas que le había mostrado el fantasma; se fue enterneciendo cada vez más, y
pienso que si años atrás hubiera escuchado esa música a menudo, tal vez habría cultivado con sus propias
manos las cosas buenas de la vida para su propia felicidad, sin recurrir a la pala de enterrador que sepultó a
Jacob Marley.
No se dedicaron a la música toda la velada. Después de un rato jugaron a las prendas. Es buena cosa volverse
niños algunas veces, y nunca mejor que en Navidad, cuando se hizo Niño el Fundador todopoderoso. ¡Un
momento! Anteriormente hubo un juego a la gallina ciega. Por supuesto que lo hubo. Y yo no me creo que
Topper estuviese realmente a ciegas ni que tuviera ojos en las botas. Mi opinión es que todo lo habían tramado
él y el sobrino de Scrooge, y el Fantasma de la Navidad del Presente lo sabía. Su manera de per seguir a aquella
hermana rellenita, de la toca de encaje, era un ultraje a la credulidad del género humano. Daba topetazos a los
hierros de la chimenea, derribaba sillas, se estrellaba contra el piano, se asfixiaba entre los cortinajes, pero a
donde iba ella, él iba detrás. Siempre sabía dónde estaba la hermana rellenita. No quería agarrar a nadie más. Si
alguien tropezaba contra él, como algunos hicieron, y se quedaba quieto, fingía que fallaba al procurar atraparle,
de manera afrentosa para el humano entendimiento, y acto seguido se deslizaba en dirección a la hermana
rellenita. Ella gritó varias veces que era trampa, y con razón. Pero cuando al fin la atrapó, cuando pese a los
sedosos rozamientos y rápidas ondulaciones de ella logró arrinconarla en una esquina sin escapatoria, entonces
su conducta fue de lo más execrable. Simulaba no saber que era ella; simulaba que era necesario tocar su
peinado, y para cerciorarse bien de su identidad tanteó una determinada sortija en sus dedos y una determinada
cadena en su cuello; ¡fue vil, monstruoso! Sin duda ella le hizo saber su opinión cuando otro hacía de gallina
ciega y ellos estaban juntos, muy confidenciales, detrás de los cortinajes.
La sobrina de Scrooge no estaba jugando, sino sentada có modamente en un gran butacón, con los pies sobre
un escabel, en un atopadizo rincón, y el fantasma y Scrooge estaban detrás de ella. Pero se incorporó al juego
de prendas y obtuvo resultados admirables con todas las letras del alfabeto. También lo hizo muy bien en el
juego «Cómo, cuándo y dónde», y para secreto regocijo del sobrino de Scrooge, sacó mucha ventaja a sus
hermanas, que también eran chicas sagaces, como Topper podría confirmar. Allí habría unas veinte personas,
jóvenes y viejos, pero todos estaban jugando, y tam bién jugaba Scrooge; olvidando por completo los motivos
por los que estaba allí y que los demás no podía oírle, algunas veces daba las respuestas en voz alta y casi
siempre acertaba, pues la aguja más aguda, la mejor Whitechapel, y con el ojo bien abierto, no superaba en
agudeza a Scrooge, aun que él se empeñaba en ser terco.
Al fantasma le agradó mucho verle con aquella actitud y le miró con tal benevolencia que Scrooge le suplicó
como un niño que le permitiera quedarse hasta que los invitados se despidieran. El espíritu le dijo que no era
posible.
«Van a empezar otro juego», dijo Scrooge. «¡Sólo media hora, espíritu; sólo media!»
Era el juego llamado del «Sí y no»; el sobrino de Scrooge tenía que pensar en una cosa y los demás descubrir
lo que era haciéndole preguntas que únicamente podía responder con un «sí» o un «no». Del continuo
bombardeo de preguntas a que fue sometido se deducía que había pensado en un animal, un animal vivo, un
animal bastante desagradable, un animal salvaje, un animal que a veces rugía y gruñía, y otras veces hablaba, y
vivía en Londres, y andaba por la caIle, y no se le exhibía al público, y nadie le llevaba atado, y no vivía en un
zoológico, y nunca le mataron en un merca do, y no era un caballo, asno, vaca, toro, tigre, perro, cerdo, gato no
oso. Cada nueva pregunta provocaba en el sobrino un ataque de risa tan irrefrenable que le obligaba a levan -
tarse del sofá y dar patadas al suelo. Finalmente, la hermana rellenita, que había caído en un ataque similar,
exclamó: «¡Ya lo tengo! ¡Ya sé lo que es, Fred! ¡Ya sé lo que es!»
«¿Qué es?», gritó Fred.
«¡Es tu tío Scro-o-o-o-oge!»
Así era, ciertamente. Hubo un sentimiento general de ad miración, aunque algunos objetaron que la respuesta
a «¿Es un oso?» debió haber sido «Sí», puesto que la respuesta contraria era suficiente para desviar el
pensamiento del señor Scrooge, suponiendo que alguna vez se les hubiera ocurrido pensar en él.
«Gracias a él hemos tenido un buen rato», dijo Fred, «y sería ingratitud no beber a su salud. Aquí tenemos
preparadas copas de vino caliente y brindo por tío Scrooge».
«¡Bueno! ¡Por tío Scrooge!», repitieron todos.
«¡Feliz Navidad y próspero Año Nuevo para el viejo, sea lo que sea!», dijo el sobrino. «El no me lo aceptaría,
pero da lo mismo. ¡Por tío Scrooge!
Tío Scrooge se había ido poniendo imperceptiblemente tan contento y animado que habría correspondido
bebien do a la salud de la inconsciente reunión, y les habría dado las gracias con palabras inaudibles si el
fantasma le hubiera dado tiempo. Pero toda la escena se esfumó con el hálito de las últimas palabras del
sobrino, y él y el espíritu empren dieron nuevos viajes.
Vieron mucho, fueron muy lejos, visitaron muchos hogares, pero siempre con un desenlace feliz. El espíritu
permaneció junto al lecho de los enfermos y ellos se animaban; junto a los que estaban en tierra extraña y se
sentían más cerca de la patria; junto a los hombres que luchaban, y les daba paciencia para alcanzar su mayor
aspiración; junto a la pobreza y la convertía en riqueza. En hospicios, hospitales, cárceles, en todos los refugios
de la miseria donde la pequeña y vana autoridad del hombre no había hecho cerrar las puertas para dejar al
espíritu fuera, les dejó su bendición y a Scrooge el ejemplo.
Era una noche muy larga, si es que era solamente una noche, cosa que Scrooge dudaba puesto que las fiestas
navideñas parecían haberse condensado en el período de tiempo que pasaron juntos. También era extraño que
mientras la forma externa de Scrooge no se había alterado, el fantasma había envejecido, había envejecido a
ojos vista. Scrooge observó el cambio pero no habló de ello hasta que salieron de un festejo infantil de víspera
de Reyes y al mirar al espíritu cuando salieron al exterior observó que se le había encanecido el cabello.
«¿Es tan breve la vida de los espíritus?», preguntó.
«Mi vida en este globo es muy corta», respondió el fantas ma. «Se termina esta noche».
«¡Esta noche!», exclamó Scrooge.
«A medianoche. ¡Escucha! Se acerca la hora».
En aquel momento las campanas del reloj daban las doce menos cuarto.
«Perdóname si me equivoco», dijo Scrooge mirando con inquietud el manto del espíritu, «pero estoy viendo
algo raro que te asoma por el ropaje. ¡Es un pie o una garra!»
«Por la carne que tiene encima, podría ser una garra», fue la respuesta, cargada de tristeza, del espíritu. «Mira
esto».
De los pliegues del manto salieron dos niños; unos niños harapientos, abyectos, temibles, espantosos,
miserables. Se arrodillaron a sus plantas y se colgaron del manto.
«¡Hombre! ¡Mira esto! ¡Mira, mira bien!», exclamó el fantasma.
Eran un niño y una niña. Amarillos, flacos, mugrientos, malencarados, lobunos, pero también prosternados
en su humildad. Donde la gracia de la juventud debió haberles perfilado los rasgos y retocado con sus más
frescas tintas, una mano marchita y seca, como la de la vejez, les había atormentado, retorcido y hecho trizas.
Donde podrían haberse entronizado los ángeles, acechaban los demonios echando fuego por sus ojos
amenazadores. Monstruos tan horribles y temibles como aquellos no se han dado en ningún cam bio,
degradación o perversión de la humanidad a lo largo de toda la historia de la maravillosa Creación.
Aterrado, Scrooge se echó atrás. Intentó decir que eran unos niños agradables, pero su lengua se negó a
pronunciar una mentira de tal magnitud.
«¿Son tuyos, espíritu?», fue todo lo que pudo decir.
«Son del hombre», dijo el espíritu mirándolos. «Y se agarran a mí apelando contra sus progenitores. Este
chico es la Ignorancia. Esta chica es la Necesidad. Guárdate de los dos y de todos los de su género, pero
guárdate sobre todo de este chico porque en la frente lleva escrita la Condenación, a menos que se borre lo que
lleva escrito. ¡Niégalo!», exclamó el espíritu señalando con la mano hacia la ciudad. «¡Difama a quienes te lo
dicen! Admítelo para tus propósitos tendenciosos y empeóralo todavía más. ¡Y aguarda el final!»
«¿No tienen refugio ni salvación?», gimió Scrooge.
«¿No están las cárceles?», dijo el espíritu devolviéndole por última vez sus propias palabras. «¿No hay casas
de misericordia?»
La campana dio las doce.
Scrooge miró a su alrededor y ya no vio al fantasma. Al cesar la vibración de la última campanada recordó la
predicción del viejo Jacob Marley y, elevando la mirada, vio cómo se acercaba hacia él un fantasma solemne,
envuelto en ropas y encapuchado, deslizándose como la niebla sobre el suelo.
*
CUARTA ESTROFA
EL ULTIMO DE LOS ESPIRITUS
*
El fantasma se aproximó despacio, solemne y silenciosamente. Cuando estuvo cerca, Scrooge cayó de rodillas
porque hasta el mismo aire en que el espíritu se movía parecía emanar desolación y misterio.
Iba envuelto en un ropaje de profunda negrura que le ocultaba la cabeza, el rostro, las formas, y sólo dejaba a
la vista una mano extendida, de no ser por ella, habría sido difícil vislumbrar su figura en la noche y
diferenciarle de la oscuridad que le rodeaba.
Scrooge notó que era alto y majestuoso y que su presencia misteriosa le llenaba de grave temor. Nada más
podía discernir pues el espíritu ni hablaba ni se movía.
«¿Me hallo en presencia del Fantasma de la Navidad del Futuro?» dijo.
El espíritu no respondió, pero señaló hacia delante con la mano.
«Has venido para mostrarme las imágenes de cosas que no han sucedido pero sucederán más adelante»,
prosiguió Scrooge. «¿Es así, espíritu?»
Los pliegues de la parte superior del ropaje se contrajeron por un instante, como si el espíritu hubiera
inclinado la cabeza. Esa fue la única respuesta.
Aunque por entonces ya estaba muy habituado a la compañía espectral, Scrooge tenía tanto miedo a la
silenciosa figura que sus piernas le temblaban y se dio cuenta de que apenas lograba mantenerse en pie cuando
se dispuso a seguirle. El espíritu hizo una pausa, como si hubiera observado su condición y le concediera
tiempo para recuperarse.
Para Scrooge fue peor. Un vago horror le hizo estremecerse al saber que unos ojos fantasmales estaban
fijamente clavados en él mientras sus propios ojos, forzados all máximo, no podían ver más que una mano
espectral y un bulto negro.
«¡Fantasma del Futuro!», exclamó, «te tengo más miedo a ti que a cualquiera de los espectros que he visto.
Pero sé que tu intención es hacerme el bien y como tengo la esperanza de vivir para convertirme en una
persona muy distinta de la que fui, estoy dispuesto para soportar tu compañía y hacerlo con el corazón
agradecido. ¿No vas a hablarme?»
No hubo contestación. La mano señalaba hacia delante.
«¡Dirígeme! », dijo Scrooge. «¡Dirígeme! Cae la noch e y yo sé que el tiempo apremia. ¡Condúceme, espíritu! »
El fantasma se movió igual que se le había acercado. Scrooge le siguió a la sombra de su ropaje, que le
sostenía -pensó- y le llevaba en volandas.
Casi no parecía que hubiesen entrado en la city, sino que la city parecía haber brotado por su cuenta para
circundarles. Y allí estaban, en el mismo corazón de la city, en la Bol sa, entre los hombres de negocios que se
apresuraban de aquí para allá, hacían tintinear las monedas en sus bolsillos, conversaban en grupos, miraban sus
relojes, jugueteaban con sus grandes sellos de oro, tal como Scrooge les había visto hacer con mucha
frecuencia.
El espíritu se detuvo al lado de un grupito de negocian tes. Al observar que les estaba señalando con la mano,
Scrooge avanzó para oír su conversación.
«No», decía un hombre muy gordo con una papada monstruosa, «no estoy muy enterado. Lo único que sé es
que está muerto».
«¿Cuándo murió?», preguntó otro.
«Anoche, creo. »
«¿De qué?, ¿que le pasaba?» «preguntó un tercero mientras sacaba una gran cantidad de rapé de una caja
enorme. «Pensé que no se iba a morir nunca. »
«Sabe Dios», dijo el primero dando un bostezo.
«¿Qué ha hecho con el dinero? » preguntó un caballero de rostro enrojecido y con una penduleante excrecencia en la punta de la nariz que temblequeaba como el moco de un pavo.
«No he oído nadas dijo el hombre de la gran papada bostezando de nuevo. «Tal vez lo ha dejado a su Compañía. A mí no me lo ha dejado. Es todo lo que sé».
Esta gracia fue recibida con una carcajada general.
«Seguramente tendrá un funeral muy barato», dijo el mismo, «porque os aseguro que no conozco a nadie que vaya a ir. ¿Y si organizásemos una partida de voluntaríos? »
«No me importa ir si va a haber un almuerzo», observó el caballero de la excrecencia en la nariz. «Pero si voy, hay que darme de comer. »
Más carcajadas.
«Bueno, después de todo, yo soy el más desinteresado», dijo el primer interlocutor, «pues nunca llevo guantes negros y nunca almuerzo. Pero yo me ofrezco a ir si va alguien más. Cuando me pongo a pensarlo, no estoy seguro de que no fuese yo su amigo más íntimo pues solíamos detenernos a charlas cuando nos encontrábamos. ¡Adiós! »
Todos se dispersaron y se mezclaron con otros grupos. Scrooge los conocía y miró al espíritu pidiendo una explicación.
El fantasma se deslizó hasta una calle. Señaló con los dedos a dos personas que se encontraban. Scrooge volvió a prestar atención pensando que allí podría estar la explicación.
También conocía a esos dos hombres perfectamente. Eran hombres de negocios muy ricos e importantes.
Siempre había considerado esencial que le tuvieran en su estima desde un punto de vista mercantil, claro está, exclusivamente des de el punto de vista de los negocios.
«¿Cómo está Vd.?», dijo uno.
«¿Qué tal está Vd.?» respondió el otro.
«¡Bien!» dijo el primero. «Por fin le ha llegado la hora al viejo diablo, ¿eh?»
«Eso me han dicho», contestó el segundo. «Hace frío ¿verdad?»
«Normal para Navidad. ¿Querrá Vd. venir a patinar?»
«No, no. Tengo cosas que hacer. Buenos días.»
Ni otra palabra más. Ese fue el encuentro, la conversación y la despedida.
Al principio Scrooge estaba más bien sorprendido de que el espíritu concediera importancia a conversaciones tan triviales, en apariencia. Pero tenía la seguridad de que en ellas se ocultaba algún propósito y se puso a considerar cuál sería. Difícilmente podrían tener alguna relación con la muerte de Jacob, su antiguo socio, pues se había producido en el pasado y el campo de acción de este fantasma era el futuro. Tampoco lograba relacionarlas con alguien muy vinculado a él mismo. Pero no le cabía duda de que, quienquiera que fuese el objeto de las conversaciones, éstas contenían una moraleja para su provecho; por eso resolvió atesorar cada palabra que escuchase y cada cosa que viese, y muy especialmente su propia imagen cuando apareciese. Tenía la
esperanza de que encontraría en su conducta del futuro la clave que le faltaba para resolver fácilmente los acertijos.
Miró a su alrededor buscando su propia imagen pero en su esquina habitual estaba otro hombre, y aunque el reloj señalaba la hora en que él solía estar allí, no vio rastro de su persona entre las multitudes que cruzaban el porche. Sin embargo, no se sorprendió demasiado pues había tomado la resolución de cambiar de vida y pensaba y deseaba que esa resolución ya se empezaba a llevar a la práctica.
A su lado, silencioso y oscurecido, estaba el fantasma con la mano extendida. Cuando cesó la pensativa
búsqueda, Scrooge creyó adivinar, por el giro de la mano y su posición en relación a él, que los ojos invisibles le estaban mirando inquisitavamente. Esto le hizo estremecerse y notar intenso frío. Salieron del ajetreado escenario para llegar a una tenebrosa zona de la ciudad, donde nunca antes había penetrado Scrooge, aunque reconoció la localización y su mala reputación. Los caminos eran tortuosos y angostos, la tiendas y las caws miserables, la gente medio desnuda, borracha, desaseada, repugnante. Callejones y arcadas, como otros tantos pozos negros, vertían sus ofensivos olores, suciedad y vida sobre las calles desparramadas, y el barrio entero apestaba a crimen, a inmundicia y a miseria.
Muy en el interior de este antro de citas infames había un tenducho que sobresalía bajo el tejado de un cobertizo y allí se compraba metal, trapos viejos, botellas, huesos y grasientos despojos de carne. En el suelo del interior se apilaban llaves herrumbrosas, clavos, cadenas, bisagras, limas, báscu las, pesos y chatarra de toda clase. En aquellas montañas de trapos inmundos, montones de grasa putrefacta y sepulcros de huesos, se mantenían y ocultaban secretos que pocas personas habrían querido desvelar. Un bribón canoso, de unos setenta años, estaba sentado en medio de sus mercaderías junto a una estufa de carbón hecha de ladrillos viejos,
se protegía del aire frío del exterior con una miscelánea de guiñapos sucios colgados de una cuerda a modo de cortina, y estaba fumando su pipa con todo el bienestar de un tranquilo retiro.
Scrooge y el fantasma llegaron junto al hombre en el momento en que se introducía subrepticiamente en la tienda una mujer con un pesado fardo. Apenas acababa de entrar cuando otra mujer, igualmente cargada, también se metió. Un hombre, vestido de negro descolorido, las siguió muy pronto y, al verlas; se sobresaltó tanto como ellas se habían sobresaltado al reconocerse. Tras una corta pausa de turbada consternación, en la cual se había acercado a ellos el viejo de la pipa, los tres estallaron en una carcajada.
«¡Qué sea la asistenta la primera!» exclamó la que había entrado en primer lugar. «La segunda, la lavandera, y
el em pleado de la funeraria el tercero. ¡Viejo Joe, mira que es casualidad encontrarnos aquí los tres sin querer!» «No hay mejor sitio para que os reunáis», dijo el viejo Joe sacando la pipa de la boca. «Vamos al salón. Tú hace ya mucho tiempo que entras, ya lo sabes; y las otras dos no son extrañas. Esperad a que cierre la puerta de la tienda. ¡Ah, cómo rechina! Creo que en este sitio no hay un metal más herrumbroso que esas bisagras; y estoy seguro de que no hay aquí huesos más viejos que los mios. ¿Ja, ja! Todos llevamos muy bien el oficio, nos entendemos bien. Vamos a la sala. Pasad a la sala.»
La sala consistía en el espacio que quedaba tras la cortina de trapos. El viejo atizó el fuego con una vieja varilla de alfombra de escalera, despabiló la humeante lámpara (ya era de noche) con la boquilla de su pipa y la volvió a meter en la boca. Mientras lo hacía, la mujer que había hablado antes arrojó su fardo al suelo y se sentó en un taburete con osten sible complacencia cruzando los codos en sus rodillas y mirando con abierto desafio a los otros dos.
«¿Qué pasa, a ver? ¿qué pasa señora Dilber», dijo la mujer. «Todo el mundo tiene derecho a cuidar de lo suyo. ¡El siempre lo hizo!» «¡Esa es una gran verdad!» dijo la lavandera. «El más que nadie.» «Bueno, pues entonces no se quede ahí mirando como si tuviera miedo, mujer; ¿quién es el más precavido? Supongo que no vamos a andamos con miramientos.»
«¡Claro que no!», dijeron a la vez la señora Dilber y el hombre. «Esperemos que no.»
«Entonces, ¡muy bien!», exclamó la mujer. «Ya bastó. ¿A quién se perjudica con estas cuatro cosas? Supongo que al muerto no.» «Claro que no», dijo la señora Dilber riendo.
«Si quería quedarse con las cosas después de muerto, el viejo malvado y tacaño», prosiguió la mujer, «por qué no fue una persona normal y corriente en vida? Si lo hubiera sido, alguien se habría ocupado de él cuando estaba tocado de muerte en vez de estar ahí tirado, solo, dando las últimas boqueadas. »
«Esa es la mayor verdad que se haya dicho nunca», dijo la señora Dilber. «Fue un castigo de Dios.» «Lástima qué no haya sido un castigo un poco más abundante», replicó la mujer, «y os aseguro que lo hubiera sido si yo hubiera podido echar el guante a otras cosas. Abra el fardo, viejo Joe, y dígame cuánto vale. Hable claro. No me importa ser la primera ni que éstos lo vean. Antes de encontrarnos aquí ya sabíamos de sobra que nos estábamos socorriendo a nosotros mismos, creo yo. No es ningún pecado. Abra el fardo, Joe».
Pero la cortesía de sus amigos no lo iba a permitir y el hombre de negro desteñido abrió la brecha el primero y exhibió su botín. No era muy copioso. Un par de sellos, una caja de lapiceros, unos gemelos de camisa y un alfiler de corbata sin gran valor. Eso era todo. El viejo Joe examinó y valoró los objetos cuidadosamente y fue anotando con tiza en la pared las cantidades que estaba dispuesto a dar por cada uno; cuando vio que no había más, hizo la suma total.
«Esta es la cuenta», dijo Joe, «y no doy un céntimo más aunque me aspen. ¿Quién es el siguiente?»
La siguiente fue la señora Dilber. Sábanas y toallas, unas pocas prendas de vestir, dos viejas cucharillas de
plata, un par de pinzas para el azúcar y unas cuantas botas. Su cuenta quedó expresada en la pared igual que la anterior. «Siempre pago demasiado a las señoras. Es una debilidad que tengo y así es como me arruino», dijo el viejo Joe. «Esta es la cuenta, y si me discute por un penique más, me arrepentiré de ser tan generoso y rebajo media corona.»
«Y ahora abra mí fardo, Joe, dijo la primera mujer.
Joe se puso de rodillas para abrirlo con más comodidad, y tras deshacer muchísimos nudos, arrastró un rollo grande y pesado de una cosa oscura.
«¿Qué diréis que es ésto? », dijoJoe. «¡Cortinas de cama!»
¡«Ay!», exclamó la mujer riendo y echándose hacia delan te sobre sus brazos cruzados. «¡Cortinajes de cama!»
«No me irá a decir que las descolgó con anillas y todo mientras él estaba allí acostado» dijo Joe.
«Sí, lo hice», replicó la mujer. «¿Por qué no iba a hacerlo?»
«Usted ha nacido para hacer fortuna», dijo Joe, «y seguro que la hará. »
«Lo que sí es seguro, Joe, es que cuando alargo la mano a algo no lo voy a soltar por un hombre como era él,
le doy mi palabrax, respondió la mujer fríamente. «¡Cuidado!, que no se caiga el aceite en las mantas.»
«¿Eran de él?» preguntó Joe.
«¿De quién piensa usted, si no?» replicó la mujer. «Me atrevo a decir que no va a coger frío sin ellas.»
«Supongo que no habrá muerto de algo contagioso, ¿verdad?», dijo el viejo Joe interrumpiendo el trabajo y mirando interrogativamente.
«No tema», respondió la mujer. «Yo no le tenía tanto apego como pata andar merodeando a su alrededor
para quedarme con esas cosas si lo de él hubiera sido contagioso. ¡Ah! , puede sacarse los ojos mirando la
camisa que no encontra.rá ni un agujero ni un hilo gastado. Es la mejor que él tenía y además es muy buena. De no ser por mi, la habrían desperdiciado». «¿A qué llama desperdiciar?» preguntó el viejo Joe. «A ponérsela par a enterrarlo, claro está», replicó la mujer con una risotada. «Alguien fue tonto como para hacerlo, pero yo se la volví a quitar. Si el percal no sirve para éso, no sirve para nada y al cadaver le sienta igual de bien; no podía estar más feo que con la otra».
Scrooge escuchaba este diálogo horrorizado. Se habían sentado agrupados en torno al botín a la escasa luz de la lámpara del viejo, y Scrooge les contemplaba con un aborrecimiento y una repugnancia tales que no habrían sido mayores aun que hubiera tratado de demonios obscenos comerciando con el mismísimo cadaver. «Ja, ja», rió la misma mujer cuando el viejo Joe sacó una bolsa de franela con dinero y distribuyó en el suelo las diversas ganancias de cada uno. «¡Así se acaba, ya ven! El espantaba a todos cuando estaba vivo para que nos aprovechásemos nosotros cuando estuviera muerto. ¡Ja, ja, ja!» «¡Espíritu!», dijo Scrooge temblando de pies a cabeza. «Ya lo veo, ya me doy cuenta. El caso de este desgraciado podría haber sido mi caso. Mi vida lleva ese camino hasta ahora. ¡Cielo santo! ¡¿Qué es eso?!»
Retrocedió aterrado pues la escena había cambiado y ahora casi tocaba una cama, una cama desnuda, sin cortinas, y en ella, bajo una sábana andrajosa yacía algo tapado que, aunque mudo, se anunciaba con espantoso lenguaje.
La habitación estaba muy oscura, demasiado oscura para ver con detalle aunque Scrooge, obediciendo a un impulso secreto, miraba ansioso de saber qué clase de habitación era. Del exterior venía una pálida luz que caía directamente sobre el lecho, y en éste yacía el cadaver de aquel hombre, despojado, desposeído, sin que le velaran, sin que le lloraran, sin que le atendieran. Scrooge echó una ojeada al fantasma. Su mano invariable apuntaba a la cabeza. La cobertura estaba colocada con tal descuido que la más ligera elevación, el movimiento de un dedo de Scrooge, habría bastado para dejar el rostro al des cubierto. El lo pensó, sabía cuán fácil sería y estaba deseando hacerlo, pero para retirar el velo no tenía más capacidad que para alejar al espectro de su lado.
¡Oh muerte fría, fría, rígida y atroz, eleva aquí tu altar y vístelo con esos pavores que sólo a ti obedecen porque este es tu reino! Pero en tus terribles propósitos no podrás volver odioso un solo rasgo ni tocar un solo cabello de los rostros amados, honrados y reverenciados. Y no es porque la mano sea pesada y se desplome al soltarla, ni porque se hayan parado los pulsos y el corazón, sino porque ERA una mano abierta, generosa; fiel; porque era un corazón valiente, cálido y tierno; porque el pulso era un pulso de un hombre de verdad. ¡Golpea,
sombra, golpea y verás cómo manan de la herida sus buenas obras para sembrar en el mundo vida inmortal!
Ninguna voz pronunció esas palabras al oído de Scrooge y sin embargo las escuchó cuando estaba mirando el lecho. Si este hombre se pudiera levantar ahora, pensó, ¿cuáles serían sus sentimientos? ¿La avaricia, el trato despiadado, la intención de acaparar? ¡A buen fin le habían llevado, en verdad! Allí yacía el cadáver, en la oscura casa vacía, sin un hombre, mujer o niño que le dijera que había sido atento con él en esto o aquello, y que en memoria de una palabra ama ble sería amable con él. Un gato arañaba la puerta y se escu chaba un sonido de ratas royendo bajo la chimenea. Scrooge no se atrevió a pensar qué buscaban en la habitación del muerto ni por qué estaban tan agitados a impacientes. «¡Espíritu», dijo él, «este lugar es horrible. Después de salir de aquí no olvidaré la lección, creéme. ¡Vámonos!» Pero el fantasma siguió apuntando con un dedo inmovil a la cabeza.
«Te comprendo», dijo Scrooge, «y lo haría si fuera capaz. Pero no tengo fuerzas, espíritu, no tengo valor.»
Otra vez pareció que le miraba.
«Si hay en la ciudad alguna persona que sienta emoción por la muerte de este hombre», dijo Scrooge dolido, «muéstramela, espíritu, te lo suplico.»
El fantasma desplegó su oscuro manto durante unos instantes, como si fuera un ala, y al recogerlo dejó ver una es tancia iluminada por la luz del día, donde estaba una madre con sus hijos.
Ella esperaba a alguien con ansiedad, pues iba de un lado a otro de la habitación, se asomaba a la ventana, miraba el reloj, intentaba -en vano- hacer labor con la aguja y apenas podía soportar las voces de los niños que jugaban.
Al fin, se escuchó la llamada tanto tiempo esperada. Ella se precipitó a abrir la puerta para recibir a su marido, un hombre cuyo rostro reflejaba preocupación y tristeza, aunque era joven. Ahora tenía una expresión extraña, una especie de intenso regocijo que le hacía sentirse avergonzado y que procuraba reprimir.
Se sentó a cenar lo que ella había reservado cuidadosamente para él junto al fuego y, tras un largo silencio, ella le preguntó tímidamente qué noticias había; él pareció incómodo al buscar una respuesta.
«¿Son buenas o malas?», dijo ella para ayudarle.
«Malas», respondió él.
«No, Caroline. Todavía hay esperanza.»
«¡Sólo la hay si él se conmueve!», dijo ella espantada. «Si ha ocurrido tal milagro aún nos queda una esperanza.»
«Ha hecho algo más que conmoverse», dijo el marido. «Se ha muerto.»
Si la cara es el espejo del alma, ella era criatura dulce y apacible pero al oírlo se sintió agradecida en lo más profundo de su corazón y así lo expresó con las manos entrelazadas. Al instante, pidió perdón y lo lamentó, pero el primero fue el sentimiento que le salió del alma.
«Resultó bastante cierto lo que me dijo aquella mujer medio borracha, que te conté anoche, cuando intenté verle para conseguir un aplazamiento de una semana; yo pensé que era una excusa para no recibirme, pero entonces él no sólo estaba muy enfermo sino que se estaba muriendo.»
' «¿A quién se traspasará nuestra deuda?»
«No sé, pero antes de que eso ocurra ya tendremos el dinero, y aunque no lo tuviéramos sería muy mala suerte dar con un acreedor tan implacable. ¡Esta noche podremos dormir sin congoja, Caroline!»
Sí. Se les había quitado un peso de encima. A los niños, enmudecidos y apiñados alrededor para oír algo que apenas comprendían, se les había iluminado la cara, y el hogar era más feliz gracias a la muerte de aquel hombre. La única emoción que el fantasma pudo mostrar a Scrooge fue una emoción plancetera.
«Permíteme ver algo de cariño por un muerto», dijo Scrooge, «o jamás podré librarme, espíritu, de la siniestra
cámara que acabamos de deja r.»
El fantasma le llevó por varias calles que ya conocía y mientras avanzaban Scrooge miraba de un lado a otro buscándose, pero no se le veía. Entraron en la casa del pobre Bob Cratchit, el hogar que había visitado anteriormente, y encontraron a la madre y a los hijos sentados cerca del fuego.
Silenciosos. Muy silenciosos. Los ruidosos pequeños Cratchit estaban quietos como estatuas en un rincón, sentandos mirando a Peter que tenía un libro. La madre y las hijas estaban ocupadas en la costura, pero muy en silencio.
«Y él puso a un niño en medio de ellos».
¡Dónde había escuchado Scrooge aquellas palabras? No las había soñado. Tal vez las había leído el muchacho
en voz alta cuando él y el espíritu cruzaban el umbral. ¿Por qué no prosiguió?
La madre dejó la labor sobre la mesa y se llevó la mano al rostro.
«Me duelen los ojos de colorear», dijo.
¿De colorear? ¡Ay, pobre Tiny Tim!
«Ahora ya están mejor», dijo la esposa de Cratchit. «Me lloran con la luz de la vela y no quiero, por nada del
mundo, que vuestro padre los vea así cuando vuelva a casa. Ya debe ser casi la hora».
«Más bien pasa», respondió Peter cerrando el libro. «Pero creo que estas últimas tardes viene andando más despacio que de costumbre, madre.»
Se quedaron otra vez muy silenciosos. Finalmente, con una voz firme, animada, que sólo se quebró una vez, ella dijo:
«Le recuerdo andando con... le recuerdo andando con Tiny Tim en sus hombros muy deprisa.»
«Y yo también», exclamó Peter. «Con frecuencia.»
«¡Y yo también!» dijo otro. Todos se acordab an.
«Pero él pesaba tan poco», prosiguió ella, atenta a la labor, «y su padre le amaba tanto que no era una molestia, ninguna molestia. ¡Y ahí esta vuestro padre en la puerta!»
Se precipitó a su encuentro y el pobre Bob, con su bufanda de lana -la necesitaba el buen hombre- entró en la casa. Ya tenía el té preparado en la chapa de la cocina y todos procuraron anticiparse a los demás para servirle. Des pués, los dos jóvenes Cratchit se sentaron en sus rodillas y apoyaron en su rostro una pequeña mejilla como diciendo: «No te preocupes, padre. No estés triste.»
Bob estuvo muy animado con ellos y muy agradable con toda la familia. Contempló la labor que estaba sobre la mesa y alabó la habilidad y rapidez de la señora Cratchit y las chicas. Quedaría terminad a mucho antes del domingo, les dijo.
«¡Domingo! Entonces, ¿fuiste hoy, Robert?», dijo su es posa.
«Sí, queridab, respondió Bob. «Me habría gustado que hubieras podido ir. Te habría tranquilizado ver lo verde que es ese sitio. Pero ya lo verás con frecuencia. Le prometí que iría andando un domingo. ¡Mi hijito, mi niño pequeño!», lloró Bob. «¡Mi niñito!»
Se desmoronó de una vez. No podía evitarlo. Tal vez hubiera podido si él y su hijo no hubiesen estado unidos tan estrechamente.
Salió de la habitación y subió al cuarto de arriba, que es taba alegremente iluminado y decorado con adornos
navi deños. Cerca del niño, había una silla y se notaba que alguien había estado allí poco antes. El pobre Bob se sentó, y después de meditar un momento se recuperó y besó aquella carita. Se sintió resignado con lo sucedido y volvió a bajar bastante animado.
Se agruparon junto al fuego y charlaron; las chicas y la madre continuaron trabajando. Bob les habló de la extraordinaria amabilidad del sobrino del señor Scrooge, al que apenas había visto una sola vez y sin embargo, al encontrárselo aquel día en la calle, se había dado cuenta de que Bob parecía un poco -«sólo un poco apagado, ¿verdad?»- y le preguntó qué le sucedía. «Se lo contés, dijo Bob, «porque es el caballero más amable que os podáis imaginar. «Lo lamento de todo corazón, señor Cratchit», dijo, «y lo lamento de todo corazón por su
buena esposa. Por cierto, no se cómo podía saberlo.»
«¿Saber qué, cariño?»
«Pues eso, que tú eras una buena esposas, respondió Bob.
«¡Todo el mundo lo sabe!», dijo Peter.
«¡Muy bien dicho, hijo mio! » exclamó Bob. -Eso espero -. «Lo lamento de todo corazón» -dijo él-, «por su buena esposa. Si de algo les puedo servir» -dijo él dán dome su tarjeta-, «ahí es donde vivo. Le ruego que venga a verme, pero no se trata de lo que hubiera podido hacer por nosotros; era consolador por la manera tan afable de decirlo. Realmente parecía como si hubiese conocido a nuestro Tiny Tim y sintiera nuestro dolor. »
«Tengo la seguridad de que es un alma bondadosa», dijo la señora Cratchit. «Estarías más segura, querida, si le hubieras visto y hablado con él. No me sorprendería, escucha bien lo que te digo, si él consiguiera para Peter una coloca ción mejor. »
«¿Has oído, Peter?», dijo la señora Cratchit.
«Y entonces», dijo una de las chicas, «Peter se asociará con otro y se establecerá por su cuenta. »
«¡Cállate ya! », replicó Peter gesticulando.
«Es probable que ocurra un día de éstos», dijo Bob, «aunque para eso hay tiempo de sobra. Pero aunque nos separemos unos de otros, sea cuando sea, estoy seguro de que ninguno se olvidará de Tiny Tim, ¿verdad?, la primera separación de uno de nosostros».
«¡Jamás, padre! », exclamaron todos.
«Y ahora yo sé, queridos míos», dijo Bob, «yo sé que cuan do recordemos lo paciente y tranquilo que era, aunque era muy pequeño, un niño chiquitín, no reñiremos por naderías, olvidándonos así del pobre Tiny Tim».
«¡No, jamás, padre! », dijo el pobre Bob. «¡Estoy muy contento! »
La Sra. Cratchit le besó, sus hijas le besaron, los dos jóvenes Cratchit le besaron, y Peter y él se estrecharon las manos. ¡Espíritu de Tiny Tim, tu infantil esencia procedía de Dios!
«Espectro», dijo Scrooge, «presiento que ha llegado el momento de separarnos. No se cómo, pero lo sé.
Dime quién era el hómbre muerto que vimos».
El Fantasma de la Navidad del Futuro, igual que en anterior ocasión, le trasladó -aunque pensó que eran otros tiempos pues no parecía existir un orden en las últimas visiones, si bien todas se desarrollaban en el futuro- a los lugars frecuentados por los hombres de negocios, pero a él no se le vela por ninguna parte.
Además, el espíritu no se detenía sino que seguía directamente, como si se encaminara a una meta ahora deseada, hasta que Scrooge le rogó que se detuviera unos instantes.
«En este patios, dijo Scrooge, «que estamos atravesando rápidamente es donde tengo mi despacho y ahí he trabajado durante largo tiempo. Estoy viendo la casa. Déjame contemplar cómo estaré en el futuro».
El espíritu se detuvo pero la mano señalaba a otra parte.
«La casa está por allá», exclamó Scrooge. «¿Por qué señalas a otro lado?»
El dedo inexorable no cambió.
Scrooge se precipitó hacia la ventana de su oficina y miró el interior. Seguía siendo una oficina, pero no la suya. Los muebles no eran lo s mismos y el personaje sentado no era él. El fantasma seguía señalando la misma dirección. Scrooge se volvió a unir a él y, deseando saber por qué razón y a dónde iban, le acompañó hasta una verja. Antes de entrar se detuvo un momento para mirat a su alrededor.
Un cementerio parroquial. Así pues, aquí yacía bajo tierra el desdichado hombre cuyo nombre iba a conocer ahora. ¡El sitio merecía la pena! Emparedado entre edificios, cu bierto de yerbajos -vegetación de la muerte, no de la vida-, demasiado atiborrado de enterramientos, inflado de voracidad satisfecha. ¡Bonito lugar!
El espíritu se detuvo entre las rumbas y señaló una. Scrooge avanzó hacia ella temblando. El fantasma estaba exactamente igual que antes, pero Scrooge tenía miedo de ver una nueva significación en su solemne forma.
«Antes de que siga acercándome a esa losa que señalass, dijo Scrooge, «respóndeme a una pregunta. ¿Son las imágenes de cosas que van a suceder o solamente imágenes de co sas que podrían suceder? »
Pero el fantasma señalaba, con el dedo hacia abajo, la rumba que tenía delante.
«El rumbo de la vida de un hombre presagia cierto final que se producirá si el hombre perseverax, dijo Scrooge. «Pero si se modifica el rumbo, el final cambiará. ¡Dime que eso es lo que me estás enseñando!»
El espíritu permaneció tan incomovible como siempre.
Tembloroso, Scrooge se arrastró hacia él y, siguiendo la indicación del dedo, leyó en la losa de la abandonada
rumba su propio nombre, EBENEZER SCROOGE.
«¿Soy yo el hombre que yace en la cama?», gritó arrodillado.
El dedo le señaló a él y otra vez a la tumba.
«¡No, espíritu! ¡No, no, no!»
Allí continuaba el dedo.
«¡Espíritu!', gritó agarrándose con fuerza al manto, «¡escúchame! Ya no soy como antes. Gracias a este encuentro ya no seré el mismo que antes. ¿Por qué me muestras todo esto si ya no hay esperanza para mí»
Por vez primera la mano pareció vacilar.
« ¡Espíritu bueno! », continuó diciendo postrado en el suelo. «Tu benevolencia intercede en mi favor y me
compadece. ¡Dime que todavía puedo modificar las imágenes que me has mostrado si cambio de vida! »
La mano benéfica temblaba.
«Haré honor a la Navidad en mi corazón y procuraré mantener su espíritu a lo largo de todo el año. Viviré en
el Pasado, el Presente y el Futuro; los espíritus de los tres me darán fuerza interior y no olvidaré sus enseñanzas.
¡Ay! ¡Dime que podré borrar la inscripción de esta losa»
En su agonía, se agarró a la mano espectral. La mano trató de soltarse pero Scrooge la retuvo con fuerza
implorante. El espíritu, aún con mayor fuerza, le rechazó.
Alzando sus manos en una postrer súplica para cambiar su destino, Scrooge vio una alteración en la capucha
y túnica del fantasma, que se encogió, se desmoronó y se convirtió en la columna de una cama.
QUINTA ESTROFA
DESENLACE FINAL
¡Sí!, y la columna era suya, de su propia cama, y suya era la habitación. ¡Pero lo mejor de todo es que el
tiempo que le quedaba por delante era su propio tiempo y podía en mendarse!
Mientras gateaba para salir de la cama, Scrooge repetía «Viviré en el Pasado, el Presente y el Futuro. Los tres
espíritus del tiempo me ayudarán. ¡Oh, Jacob Marley! El Cielo y las Navidades sean loados! ¡Lo digo de rodillas,
viejo Jacob, de rodillas! »
Estaba tan alterado y tan acalorado con sus buenos propósitos que su quebrada voz apenas le salía. Durante
un conflicto con el espíritu había sollozado violentamente y su rostro aún seguía humedecido por las lágrimas.
«¡No las han arrancado! », exclamó Scrooge acunando en los brazos una de las coronas de su cama, «¡no las
han arrancado con anillas y todo. Están aquí; yo estoy aquí y se disiparán las sombras de las cosas que podrían
haber sucedido. Sí, se desvanecerán, lo sé!»
Todo este tiempo tenía las manos ocupadas en hurgar sus ropas, volviéndolas al revés, poniendo lo de arriba
para abajo, arrancándolas, poniéndoselas mal y haciendo con ellas toda clase de extravagancias.
«¡No sé qué hacer!., decía Scrooge llorando y riendo al mismo tiempo, y haciendo con sus calzas una perfecta
representación de Laoconte. «Me siento tan ligero como una pluma, tan feliz como un ángel, tan conrento
como un colegial. Estoy tan embriagado como un borracho. ¡Feliz Navidad a todos, feliz Año Nuevo para el
mundo entero! ¡Hola eh! ¡Yuupy! ¡Hola!»
Entró en el salón brincando y allí se quedó de pie, com pletamente enredado.
«¡Ahí está el bol de las gachas!», exclamó empezando nuevamente a brincar junto a la chimenea. «¡La puerta
por dónde entró el fantasma de Jacob Marley! ¡La esquina donde se sentó el fantasma de la Navidad del
presente! ¡La ventana dónde vi a los espíritus errantes! ¡Todo es verdad, todo ha sucedido de verdad. Ja, ja, ja!»
Para un hombre que llevaba sin practicar durante largos años, era realmente una risa espléndida, una risa de
lo más insigne. ¡La madre de una larga, larga descendencia de radiantes carcajadas!
«¡No sé en qué fecha estamos!», dijo. «No sé cuanto tiempo he estado con los espíritus. No sé nada. Estoy
como un niño. Qué más da. No me importa. Es mejor ser como un niño. ¡Hola! ¡Yuppy! ¡Hola eh!»
Su paroxismo fue moderado por los repiques de campanas de iglesia más fragorosos que había escuchado en
toda su vida. ¡Tilín, talán, ding, dong, tilín, tolón! ¡Ah, glorioso, glorioso!
Corrió a la ventana, la abrió y asomó la cabeza. Ni bruma, ni niebla; claro, despejado, alegre, estimulante, frío;
frío como el sonido de una gaita que invita a la sangre a bailar. Sol dorado, cielo azul, dulce aire fresco, alegres
campanadas. ¡Ah, glorioso, glorioso!
«¿Qué día es hoy?», gritó Scrooge a un chico que estaba abajo muy endomingado y que tal vez deambulaba
por allí para fisgarle.
«¿Qué?», respondió el chico con el mayor asombro.
«Qué día es hoy, amiguito?», preguntó Scrooge.
«¡Hoy!», respondió el muchacho. «Bueno, NAVIDAD.»
«¡Es el día de Navidad!», dijo Scrooge hablando consigo mismo. «No me lo he perdido. Los espíritus lo
hicieron todo en una sola noche. Pueden hacer lo que quieran. Naturalmente. Claro que pueden. ¡Hola,
amiguito!»
«Hola», replicó el chico.
«¿Conoces la pollería que está a dos calles, en la esquina?», inquirió Scrooge.
«Desearía haberla conocido», replicó el chaval.
«¡Qué chico mas inteligente!», dijo Scrooge. «¡Un muchacho notable! ¿Sabes si han vendido el pavo caro que
tenían allí colgado? No digo el barato sino el pavo grande.»
«¡Cuál?, ¿uno que es tan grande como yo?», dijo el muchacho.
«¡Qué encanto de chico!», dijo Scrooge. «¡Da gusto hablar con él. Sí, caballerete!»
«Allí está colgado ahora», respondió el chico.
«¿De veras?», dijo Scrooge. «Vete a comprarlo.»
«¡Amos anda!», exclamó el muchacho.
«No, no», dijo Scrooge, «hablo en serio. Vete y cómpralo y diles que lo traigan aquí, que yo les daré la
dirección a la que deben llevarlo. Vuelve con el mozo y te daré un chelín. ¡Si vuelves con él en menos de cinco
minutos te daré media corona! »
El chico salió disparado, como si hubiera tenido una mano firme apretando un gatillo.
«¡Se lo enviaré a la familia de Bob Cratchit!», musitó Scrooge, frotándose las manos y desternillándose de risa.
«No sabrá quién se lo manda. Es de un tamaño doble que Tiny Tim. ¿Joe Miller nunca gastó una broma tan
graciosa!»
No estaba firme la mano con que escribió la dirección, pero la escribió como pudo y bajó para abrir la puerta
de la calle antes de que llegara el hombre de la pollería. Cuando estaba esperando, la aldaba llamó su atención.
«¡La amaré mientras viva!», exclamó dándole palmaditas. «Apenas me había fijado en ella anteriormente. ¡Qué
expresión tan honrada tiene en el rostro! ¡Es una aldaba maravillosa! ¡Aquí está el pavo! ¡Hola! ¡Yuupy! ¿Cómo
está usted? ¡Felices fiestas!»
¡Aquello era un pavo! Aquel ave no podría haberse sostenido sobre sus patas; las habría reventado en un
momento como si fuesen palillos de lacre.
«Oiga, es imposible cargar con esto hasta Camdem Town», dijo Scrooge. «Tendrá que ir en coche.»
La risa ahogada con que dijo eso, y la risa ahogada con que pagó el pavo, y la risa ahogada con que pagó el
coche, y la risa ahogada con que recompensó al muchacho, solamente fue superada por la risa ahogada con que
se sentó, sin aliento, otra vez en su butaca, y continuó riéndose ahogadamente hasta que lloró.
Afeitarse no era una tarea fácil porque su mano seguía muy temblorosa y para afeitarse es necesario prestar
atención, incluso aunque no se esté bailando mientras uno se afeita. Pero aunque se hubiera cortado la punta de
la nariz, se habría puesto un esparadrapo y seguiría tan satisfecho.
Se vistió, «con sus mejores galas» y, por fin, salió a la calle, llena de gente a aquellas horas, tal como él había
visto con el Fantasma del Presente. Caminando con las manos a la espalda, Scrooge miraba a todos con sonrisa
embelesada. Ofrecía un aspecto tan entrañable que tres o cuatro personas simpáticas le dijeron «¡Buenos días,
señor! ¡Que tenga feliz Navidad!» Y Scrooge solía decir después que esos habían sido los sonidos más alegres
que jamás había escuchado.
No había llegado lejos cuando vio venir hacia él el caballero solemne que, el día anterior, había entrado en su
despacho diciendo: «De Scrooge y Marley, creo». El corazón le latió con violencia al pensar cómo le miraría
aquel viejo caballero cuando se cruzasen; pero también sabía cuál era el paso a dar, y lo dio.
«Estimado señor», dijo Scrooge acelerando el paso y asiendo al viejo caballero por ambas manos. «¿Cómo
está Ud.? Espero que haya tenido éxito ayer. Fue muy amable por su parte. ¡Feliz Navidad, señor!»
«¿El señor Scrooge?»
«Sí», dijo Scrooge. «Ese es mi nombre y me temo que no le resulte grato. Permítame pedirle perdón. Y tenga
usted la bondad de...». Scrooge le murmuró algo al oído.
«¡Dios mío!», exclamó el caballero como si se le hubiera cortado la respiración. «Mi estimado señor Scrooge,
¿lo dice en serio?»
«Se lo ruego», dijo Scrooge. «Ni un ochavo menos. Le aseguro que van incluidos muchos atrasos. ¿Me hará
Vd. este favor?»
«Mi estimado señor», dijo el otro estrechándole las manos. «¡No sé qué decir ante tal munifi...»
«No diga nada, por favor, atajó Scrooge. «Venga a verme. ¿Vendrá a visitarme?»
«¡Lo haré!», exclamó el caballero, y estaba claro que esa era su intención.
«Gracias», dijo Scrooge. «Muy agradecido. Un millón de gracias. ¡Adiós!»
Estuvo en la iglesia, deambuló por las calles, contempló a la gente apresurándose de un lado para otro, dio
palmaditas en la cabeza de los niños, se interesó por los mendigos, miró las cocinas de las casas, abajo, y las
ventanas de arriba, y descubrió que todo le resultaba un placer. Nunca había imaginado que un paseo le pudiera
reportar tanta felicidad. Por la tarde, encaminó sus pasos hacia la casa de su sobrino.
Pasó por delante de la puerta una docena de veces antes de acumular el valor suficiente para subir y llamar.
Peto tuvo el atranque y lo hizo.
«¿Está el señor en casa, guapa?», dijo Scrooge a la chica. «¡Guapa chica, en verdad!»
«Sí, señor»
«¿Dónde está, cariño? », dijo Scrooge.
«Está en el comedor, señor, con la señora. Le acompañaré arriba, por favor. »
«Gracias. Ya me conoce», dijo Scrooge con la mano pues ta en la manilla del comedor. «Voy a entrar, guapa».
Abrió la puerta suavemente y asomó la cara. Ellos estaban revisando la mesa (magníficamente puesta), pues
estas parejas jóvenes siempre se ponen nerviosos con cosas así y les gusta que todo esté como es debido.
«¡Fred!, dijo Scrooge.
«¡Ay, Señor, qué susto se llevó la sobrina política! Scrooge había olvidado que estaba sentada en el rincón,
con el escabel, si no, por nada del mundo lo habría hecho. »
«¡Válgame Dios! ¿Quién es? », exclamó Fred.
«Soy yo. Tu tío Scrooge. He venido a cenar. ¿Puedo quedarme, Fred? »
¡Que si podía! Fue una suerte que no se le cayera el brazo con las sacudidas. En cinco minutos se sentía
como en su casa. Nada podía ser más entrañable. La sobrina era igual que la había visto. Y Topper, cuando
llegó. Y la hermana relleni ta, y todos los demás. ¡Maravillosa reunión, maravillosos juegos, maravillosa
concordia, ma-ra-vi-llo-sa felicidad!
Pero a la mañana seguiente llegó temprano a la oficina. ¡Si pudiera ser el primero y sorprender a Bob Cratchit
llegando con retraso! En ello había puesto todo su empeño.
¡Y lo consiguió; sí, lo consiguió! En el reloj dieron las nueve. Bob sin aparecer. Dieron las nueve y cuarto.
Bob sin aparecer. Llegó con diciocho minutos y medio de retraso. Scrooge se sentó con la puerta abierta para
verle entrar en la Cisterna.
Antes de abrir la puerta ya se había quitado el sombrero y también la bufanda; en un santiamén ya estaba en
su ta burete, trabajando intensamente con el lapicero como si intentara dar marcha atrás al tiempo.
«¡Hola! », gruñó Scrooge, fingiendo lo mejor que supo su voz habitual. «¿Qué significa esto de llegar a estas horas? »
«Lo siento mucho, señor», dijo Bob. «Me he retrasado» «¿Se ha retrasado?», repitió Scrooge. «Sí. Eso creo. Haga el favor de venir».
«Es la única vez en todo el año, señor», se excusó Bob saliendo de la Cisterna. «No se volverá a repetir. Ayer tuvimos un poco de fiesta, señor».
«Pues le diré una cosa, amigo mio», dijo Scrooge, «no voy a continuar consintiendo cosas como ésta. Y por consiguiente», prosiguió, saltando de su asiento y aplicando a Bob tal empujón en el chaleco que le hizo retroceder tambaleándose hasta la Cisterna otra vez, «y por consiguiente ¡estoy a punto de subirle el sueldo! »
Bob temblaba y se acercó un poco más a la vara de medir. Por un instante, tuvo la idea de pegar a Scrooge con ella, sujetarle y pedir ayuda a la gente del patio y ponerle una camisa de fuera.
«¡Feliz Navidad, Bob! » dijo Scrooge con inconfundible acento de sinceridad, al tiempo que le daba palmadas en la espalda. «¡La más Feliz Navidad, Bob, mi buen compañero, que yo le haya deseado en muchos años! Le aumento el sueldo y me propongo auxiliar a su necesitada familia; ¡trataremos sus asuntos esta misma tarde ante un bol navideño de «obispo» humeante , Bob! ¡Atice las estufas y compre otro cubo de carbónantes de ponerse a escribir ni el punto de una « i», Bob Cratchit!»
Scrooge cumplió más de lo prometido. Lo hizo todo y muchísimo más; fue un segundo padre para Tiny Tim, que no murió. Se convirtió en el amigo, amo y hombre más bueno que se conoció en la vieja y buena ciudad o en cualquier otra buena ciudad, pueblo o parroquia del bueno y viejo mundo. Algunas personas se reían al ver el cambio, pero él las dejaba reírse sin prestarles atención pues era lo bastante sabio para darse cuenta de que nada bueno sucede en este globo sin que determinadas personas se harten de reír al principio; sabía que tales personas siempre estarían ciegas y consideraba el malicioso brillo y arrugas de sus ojos como una enfermedad cualquiera, con manifestaciones menos atractivas. Su propio corazón reía y con eso le bastaba.
No volvió a tener trato con aparecidos, pero en adelante vivió bajo el Principio de Abstinencia Total y siempre se dijo de él que sabía mantener el espíritu de la Navidad como nadie. ¡Ojalá se pueda decir lo mismo de nosotros, de todos nosotros! Y así, como dijo Tiny Tim, ¡que Dios nos bendiga a todos, a cada uno de nosostros!

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muerte
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