Historias de fantasmas // Charles Dickens

HISTORIAS DE FANTASMAS // CHARLES DICKENS          (link-enlaces)

Charles Dickens
Índice
El manuscrito de un loco
La historia del viajante de comercio
La historia de los duendes que secuestraron a un enterrador

La historia del tío del viajante
El barón de Grogzwig
Una confesión encontrada en una prisión de la época de Carlos II

Para leer al atardecer
Juicio por asesinato
Fantasmas de Navidad
La novia del ahorcado

La visita del señor Testador
La casa hechizada. Los mortales de la casa




El manuscrito de un loco


¡Sí...! ¡Un loco! ¡Cómo sobrecogía mi corazón esa palabra hace años! ¡Cómo
habría despertado el terror que solía sobrevenirme a veces, enviando la sangre silbante y
hormigueante por mis venas, hasta que el rocío frío del miedo aparecía en gruesas gotas
sobre mi piel y las rodillas se entrechocaban por el espanto! Y, sin embargo, ahora me
agrada. Es un hermoso nombre. Mostradme al monarca cuyo ceño colérico haya sido
temido alguna vez más que el brillo de la mirada de un loco... cuyas cuerdas y hachas
fueran la mitad de seguras que el apretón de un loco. ¡Ja, ja! ¡Es algo grande estar loco!
Ser contemplado como un león salvaje a través de los barrotes de hierro... rechinar los
dientes y aullar, durante la noche larga y tranquila, con el sonido alegre de una cadena,
pesada... y rodar y retorcerse entre la paja extasiado por tan valerosa música. ¡Un hurra
por el manicomio! ¡Ay, es un lugar excelente!
Me acuerdo del tiempo en el que tenía miedo de estar loco; cuando solía
despertarme sobresaltado, caía de rodillas y rezaba para que se me perdonara la
maldición de mi raza; cuando huía precipitadamente ante la vista de la alegría o la
felicidad, para ocultarme en algún lugar solitario y pasar fatigosas horas observando el
progreso de la fiebre que consumiría mi cerebro. Sabía que la locura estaba mezclada
con mi misma sangre y con la médula de mis huesos. Que había pasado una generación
sin que apareciera la pestilencia y que era yo el primero en quien reviviría. Sabía que
tenía que ser así: que así había sido siempre, y así sería; y cuando me acobardaba en
cualquier rincón oscuro de una habitación atestada, y veía a los hombres susurrar,
señalarme y volver los ojos hacia mí, sabía que estaban hablando entre ellos del loco
predestinado; y yo huía para embrutecerme en la soledad.
Así lo hice durante años; fueron unos años largos, muy largos. Aquí las noches
son largas a veces... larguísimas; pero no son nada comparadas con las noches
inquietas y los sueños aterradores que sufría en aquel tiempo. Sólo recordarlo me da
frío. En las esquinas de la habitación permanecían acuclilladas formas grandes y
oscuras de rostros insidiosos y burlones, que luego se inclinaban sobre mi cama por la
noche, tentándome a la locura. Con bajos murmullos me contaban que el suelo de la
vieja casa en la que murió el padre de mi padre estaba manchado por su propia sangre,
que él mismo se había provocado en su furiosa locura. Me tapaba los oídos con los
dedos, pero gritaban dentro de mi cabeza hasta que la habitación resonaba con los
gritos que decían que una generación antes de él la locura se había dormido, pero que
su abuelo había vivido durante años con las manos unidas al suelo por grilletes para
impedir que se despedazara a sí mismo con ellas. Sabía que contaban la verdad... bien
que lo sabía. Lo había descubierto años antes, aunque habían intentado ocultármelo.
¡Ja, ja! Era demasiado astuto para ellos, aunque me consideraran como un loco.
Finalmente llegó la locura y me maravillé de que alguna vez hubiera podido tenerle
miedo. Ahora podía entrar en el mundo y reír y gritar con los mejores de entre ellos. Yo
sabía que estaba loco, pero ellos ni siquiera lo sospechaban. ¡Solía palmearme a mí
mismo de placer al pensar en lo bien que les estaba engañando después de todo lo que
me habían señalado y de cómo me habían mirado de soslayo, cuando yo no estaba loco y
sólo tenía miedo de que pudiera enloquecer algún día! Y cómo solía reírme de puro
placer, cuando estaba a solas, pensando lo bien que guardaba mi secreto y lo
rápidamente que mis amables amigos se habrían apartado de mí de haber conocido la
verdad. Habría gritado de éxtasis cuando cenaba a solas con algún estruendoso buen
amigo pensando en lo pálido que se pondría, y lo rápido que escaparía, al saber que el
querido amigo que se sentaba cerca de él, afilando un cuchillo brillante y reluciente, era
un loco con toda la capacidad, y la mitad de la voluntad, de hundirlo en su corazón. ¡Ay,
era una vida alegre!
Las riquezas fueron mías, la abundancia se derramó sobre mí y alborotaba entre
placeres que multiplicaban por mil la conciencia de mi secreto bien guardado. Heredé
un patrimonio. La ley, la propia ley de ojos de águila, había sido engañada, y había
entregado en las manos de un loco miles de discutidas libras. ¿Dónde estaba el ingenio
de los hombres listos de mente sana? ¿Dónde la habilidad de los abogados, ansiosos por
descubrir un fallo? La astucia del loco les había superado a todos.
Tenía dinero. ¡Cómo me cortejaban! Lo gastaba profusamente. ¡Cómo me
alababan! ¡Cómo se humillaban ante mí aquellos tres hermanos orgullosos y despóticos!
¡Y el anciano padre de cabellos blancos, qué deferencia, qué respeto, qué dedicada
amistad, cómo me veneraba! El anciano tenía una hija y los hombres una hermana; y los
cinco eran pobres. Yo era rico, y cuando me casé con la joven vi una sonrisa de triunfo
en los rostros de sus necesitados parientes, pues pensaban que su plan había funcionado
bien y habían ganado el premio. A mí me tocaba sonreír. ¡Sonreír! Reírme a carcajada
limpia, arrancarme los cabellos y dar vueltas por el suelo con gritos de gozo. Bien poco
se daban cuenta de que la habían casado con un loco.
Pero un momento. De haberlo sabido, ¿la habrían salvado? La felicidad de la
hermana contra el oro de su marido. ¡La más ligera pluma lanzada al aire contra la
alegre cadena que adornaba mi cuerpo! Pero en una cosa, pese a toda mi astucia, fui
engañado. Si no hubiera estado loco, pues aunque los locos tenemos bastante buen
ingenio a veces nos confundimos, habría sabido que la joven antes habría preferido que
la colocaran rígida y fría en una pesado ataúd de plomo que llegar vestida de novia a mi
rica y deslumbrante casa. Habría sabido que su corazón pertenecía a un muchacho de
ojos oscuros cuyo nombre le oí pronunciar una vez entre suspiros en uno de sus sueños
turbulentos, y que me había sido sacrificada para aliviar la pobreza del hombre anciano
de cabellos blancos y de sus soberbios hermanos.
Ahora no recuerdo ni las formas ni los rostros, pero sé que ella era hermosa. Sé que
lo era, pues en las noches iluminadas por la luna, cuando me despierto sobresaltado de
mi sueno y todo está tranquilo a mi alrededor, veo, de pie e inmóvil en una esquina de
esta celda, una figura ligera y desgastada de largos cabellos negros que le caen por el
rostro, agitados por un viento que no es de esta tierra, y unos ojos que fijan su mirada en
los míos y jamás parpadean o se cierran. ¡Silencio! La sangre se me congela en el
corazón cuando escribo esto... ese cuerpo es el de ella; el rostro está muy pálido y los
ojos tienen un brillo vidrioso, pero los conozco bien. La figura nunca se mueve; jamás
gesticula o habla como las otras que llenan a veces este lugar, pero para mí es mucho
más terrible, peor incluso que los espíritus que me tentaban hace muchos años... Ha
salido fresca de la tumba, y por eso resulta realmente mortal.
Durante casi un año vi cómo ese rostro se iba volviendo cada vez más pálido;
durante casi un año vi las lágrimas que caían rodando por sus dolientes mejillas, y nunca
conocí la causa. Sin embargo, finalmente lo descubrí. No podía evitar durante mucho
tiempo que me enterara. Ella nunca me había querido; por mi parte, yo nunca pensé que
lo hiciera; ella despreciaba mi riqueza y odiaba el esplendor en el que vivía; pero yo no
había esperado eso. Ella amaba a otro y a mí jamás se me había ocurrido pensar en tal
cosa. Me sobrecogieron unos sentimientos extraños y giraron y giraron en mi cerebro
pensamientos que parecían impuestos por algún poder extraño y secreto. No la odiaba,
aunque odiaba al muchacho por el que lloraba. Sentía piedad, sí, piedad, por la vida
desgraciada a la que la habían condenado sus parientes fríos y egoístas. Sabía que ella no
podía vivir mucho tiempo, pero el pensamiento de que antes de su muerte pudiera
engendrar algún hijo de destino funesto, que transmitiría la locura a sus descendientes,
me decidió. Resolví matarla.
Durante varias semanas pensé en el veneno, y luego en ahogarla, y en el fuego. Era
una visión hermosa la de la gran mansión en llamas, y la esposa del loco convirtiéndose
en cenizas. Pensé también en la burla de una gran recompensa, y algún hombre cuerdo
colgando y mecido por el viento por un acto que no había cometido... ¡y todo por la
astucia de un loco! Pensé a menudo en ello, pero finalmente lo abandoné. ¡Ay! ¡El
placer de afilar la navaja un día tras otro, sintiendo su borde afilado y pensando en la
abertura que podía causar un golpe de su borde delgado y brillante!
Finalmente, los viejos espíritus que antes habían estado conmigo tan a menudo me
susurraron al oído que había llegado el momento y pusieron la navaja abierta en mi
mano. La sujeté con firmeza, la elevé suavemente desde el lecho y me incliné sobre mi
esposa, que yacía dormida. Tenía el rostro enterrado en las manos. Las aparté
suavemente y cayeron descuidadamente sobre su pecho. Había estado llorando, pues los
rastros de las lágrimas seguían húmedos sobre las mejillas. Su rostro estaba tranquilo y
plácido, y mientras lo miraba, una sonrisa tranquila iluminó sus rasgos pálidos. Le puse
la mano suavemente en el hombro. Se sobresaltó... había sido tan sólo un sueño
pasajero. Me incliné de nuevo hacia delante y ella gritó y despertó.
Un solo movimiento de mi mano y nunca habría vuelto a emitir un grito o sonido.
Pero me asusté y retrocedí. Sus ojos estaban fijos en los míos. No sé por qué, pero me
acobardaban y asustaban; y gemí ante ellos. Se levantó, sin dejar de mirarme con fijeza.
Yo temblaba; tenía la navaja en la mano, pero no podía moverme. Ella se dirigió hacia la
puerta. Cuando estaba cerca, se dio la vuelta y apartó los ojos de mi rostro. El
encantamiento se deshizo. Di un salto hacia delante y la sujeté por el brazo. Lanzando
un grito tras otro, se dejó caer al suelo.
Podría haberla matado sin lucha, pero se había provocado la alarma en la casa. Oí
pasos en los escalones. Dejé la cuchilla en el cajón habitual, abrí la puerta y grité en voz
alta pidiendo ayuda.
Vinieron, la cogieron y la colocaron en la cama. Permaneció con el conocimiento
perdido durante varias horas; y cuando recuperó la vida, la mirada y el habla, había
perdido el sentido y desvariaba furiosamente.
Llamamos a varios médicos, hombres importantes que llegaron hasta mi casa en
finos carruajes, con hermosos caballos y criados llamativos. Estuvieron junto a su
lecho durante semanas. Celebraron una importante reunión y consultaron unos con
otros, en voz baja y solemne, en otra habitación. Uno de ellos, el más inteligente y
famoso, me llevó con él a un lado y me rogó que me preparara para lo peor. Me dijo
que mi esposa estaba loca... ¡a mí, al loco! Permaneció cerca de mí junto a una ventana
abierta, mirándome directamente al rostro y dejando una mano sobre mi hombro. Con
un pequeño esfuerzo habría podido lanzarlo abajo, a la calle. Habría sido divertido
hacerlo, pero mi secreto estaba en juego y dejé que se marchara. Unos días más tarde
me dijeron que debía someterla a algunas limitaciones: debía proporcionarle alguien
que la cuidara. ¡Me lo pedían a mí!¡Salí al campo abierto, donde nadie pudiera
escucharme, y reí hasta que el aire resonó con mis gritos!
Murió al día siguiente. El anciano de cabello blanco la siguió hasta la tumba y los
orgullosos hermanos dejaron caer una lágrima sobre el cadáver insensible de aquella
cuyos sufrimientos habían considerado con músculos de hierro mientras vivió. Todo
aquello alimentaba mi alegría secreta, y reía oculto por el pañuelo blanco que tenía
sobre el rostro mientras regresamos cabalgando a casa, hasta que las lágrimas brotaron
de mis ojos.
Pero aunque había cumplido mi objetivo, y la había asesinado, me sentí inquieto y
perturbado, y pensé que no tardarían mucho en conocer mi secreto. No podía ocultar la
alegría y el regocijo salvaje: que hervían en mi interior y que cuando estaba a solas, en
casa, me hacía dar saltos y batir palmas, dan do vueltas y más vueltas en un baile
frenético, y gritar en voz muy alta. Cuando salía y veía a las masas atareadas que se
apresuraban por la calle, o acudía a teatro y escuchaba el sonido de la música y
contemplaba la danza de los demás, sentía tal gozo que m, habría precipitado entre
ellos y les habría despedazado miembro a miembro, aullando en el éxtasi que me
produciría. Pero apretaba los dientes, afirmaba los pies en el suelo y me clavaba las
afilada uñas en las manos. Mantenía el secreto y nadie sabía aún que yo era un loco.
Recuerdo, aunque es una de las últimas cosa que puedo recordar, pues ahora la
realidad se mezcla con mis sueños, y teniendo tanto que hacer, habiéndome traído
siempre aquí tan presurosa mente, no me queda tiempo para separar entre lo dos, por la
extraña confusión en la que se halla] mezclados... Recuerdo de qué manera finalmente
se supo. ¡Ja, ja! Me parece ver ahora sus mirada asustadas, y sentir cómo se apartaban
de mí, mientras yo hundía mi puño cerrado en sus rostros blancos y luego escapaba
como el viento, y les dejaba gritando atrás. Cuando pienso en ello me vuelve la fuerza
de un gigante. Mirad cómo se curva esta barra de hierro con mis furiosos tirones.
Podría romperla como si fuera una ramita, pero sé que detrás hay largas galerías con
muchas puertas; no creo que pudiera encontrar el camino entre ellas; y aunque pudiera,
sé que allá abajo hay puertas de hierro que están bien cerradas con barras. Saben que
he sido un loco astuto, y están orgullosos de tenerme aquí para poder mostrarme.
Veamos, sí, había sido descubierto. Era ya muy tarde y de noche cuando llegué a
casa y encontré allí al más orgulloso de los tres orgullosos hermanos, esperando para
verme... dijo que por un asunto urgente. Lo recuerdo bien. Odiaba a ese hombre con
todo el odio de un loco. Muchas veces mis dedos desearon despedazarle. Me dijeron
que estaba allí y subí presurosamente las escaleras. Tenía que decirme unas palabras.
Despedí a los criados. Era tarde y estábamos juntos y a solas... por primera vez.
Al principio aparté cuidadosamente mis ojos de él, pues era consciente de lo que
él no podía ni siquiera pensar, y me glorificaba en ese conocimiento: que la luz de la
locura brillaba en mis ojos como el fuego. Permanecimos unos minutos sentados en
silencio. Finalmente, habló. Mi reciente disipación, y algunos comentarios extraños
hechos poco después de la muerte de su hermana, eran un insulto para la memoria de
ésta. Uniendo a ello otras muchas circunstancias que al principio habían escapado a su
observación, había terminado por pensar que yo no la había tratado bien. Deseaba
saber si tenía razón al decir que yo pensaba hacer algún reproche a la memoria de su
hermana, faltando con ello al respeto a la familia. Exigía esa explicación por el
uniforme que llevaba puesto.
Aquel hombre tenía un nombramiento en ejército... ¡un nombramiento comprado
con mi dinero y con la desgracia de su hermana! Él fue el que: más había tramado para
insidiar y quedarse con n riqueza. Él había sido el principal instrumento para obligar a
su hermana a casarse conmigo, y bien sabia que el corazón de aquélla pertenecía al
piadoso muchacho. ¡Por causa de su uniforme! ¡El uniforme e su degradación! Volví
mis ojos hacia él... no pude evitarlo; pero no dije una sola palabra.
Vi que bajo mi mirada se produjo en él un cambio repentino. Era un hombre
valiente, pero el color desapareció de su rostro y retrocedió en su silla. ~ acerqué la
mía a la suya; y mientras reía, pues entonces estaba muy alegre, vi cómo se estremecía.
Sen que la locura brotaba de mi interior. Sentí miedo de mí mismo.
—Quería usted mucho a su hermana cuando el vivía—le dije—. Mucho.
Miró con inquietud a su alrededor, y le vi sujeta con la mano el respaldo de la
silla; pero no dije nada.
—Es usted un villano —le dije—. Le he descubierto. Descubrí sus infernales
trampas contra mí; que el corazón de ella estaba puesto en otro cuando usted la obligó
a casarse conmigo. Lo sé... lo sé.
De pronto, se levantó de un salto de la silla y blandió en alto, obligándome a
retroceder, pus mientras iba hablando procuraba acercarme más a él.
Más que hablar grité, pues sentí que pasiones tumultuosas corrían por mis venas, y
los viejos espíritus me susurraban y tentaban para que le sacara el corazón.
—Condenado sea —dije poniéndome en pie y lanzándome sobre él—. Yo la maté.
Estoy loco. Acabaré con usted. ¡Sangre, sangre! ¡Tengo que tenerla!
Me hice a un lado para evitar un golpe que, en su terror, me lanzó con la silla, y me
enzarcé con él. Produciendo un fuerte estrépito, caímos juntos al suelo y rodamos sobre
él.
Fue una buena pelea, pues era un hombre alto y fuerte que luchaba por su vida, y
yo un loco poderoso sediento de su destrucción. No había ninguna fuerza igual a la mía,
y yo tenía la razón. ¡Sí, la razón, aunque fuera un loco! Cada vez fue debatiéndose
menos. Me arrodillé sobre su pecho y le sujeté firmemente la garganta oscura con ambas
manos. El rostro se le fue poniendo morado; los ojos se le salían de la cabeza y con la
lengua fuera parecía burlarse de mí. Apreté todavía más.
De pronto se abrió la puerta con un fuerte estrépito y entró un grupo de gente,
gritándose unos a otros que cogieran al loco.
Mi secreto había sido descubierto y ahora sólo luchaba por mi libertad. Me puse en
pie antes de que me tocara una mano, me lancé entre los asaltantes y me abrí camino con
mi fuerte brazo, como si llevara un hacha en la mano y les atacara con ella. Llegué a la
puerta, me lancé por el pasamanos y en un instante estaba en la calle.
Corrí veloz y en línea recta, sin que nadie se atreviera a detenerme. Por detrás oía el
ruido de uno; pies, y redoblé la velocidad. Se fue haciendo más débil en la distancia,
hasta que por fin desapareció totalmente; pero yo seguía dando saltos entre los pantanos
y riachuelos, por encima de cercas y d, muros, con gritos salvajes que escuchaban seres
extraños que venían hacia mí por todas partes y aumentaban el sonido hasta que éste
horadaba el aire Iba llevado en los brazos de demonios que corrían sobre el viento, que
traspasaban las orillas y los se tos, y giraban y giraban a mi alrededor con un ruido y una
velocidad que me hacía perder la cabeza, hasta que finalmente me apartaron de ellos con
un golpe violento y caí pesadamente sobre el suelo. Al despertar, me encontré aquí, en
esta celda gris a la qu raras veces llega la luz del sol, y por la que pasa la luna con unos
rayos que sólo sirven para mostrar mi alrededor sombras oscuras, y para que pueda ve
esa figura silenciosa en su esquina. Cuando esto despierto, a veces puedo oír extraños
gritos procedentes de partes distantes de este enorme lugar. N sé lo que son; pero no
proceden de ese cuerpo pálido, y tampoco ella les presta atención. Pues desde las
primeras sombras del ocaso hasta la primera luz de la mañana, esa figura sigue en pie e
inmóvil en c mismo lugar, escuchando la música de mi cadena d hierro, y viéndome
saltar sobre mi lecho de paja.
[De ThePickwick Papers]




La historia del viajante de comercio


Una tarde invernal, hacia las cinco, cuando empezaba a oscurecer, pudo verse a un
hombre en uj calesín que azuzaba a su fatigado caballo por el camino que cruza
Marlborough Downs en dirección Bristol. Digo que pudo vérsele, y sin duda habría sido
así si hubiera pasado por ese camino cualquier que no fuera ciego; pero el tiempo era tan
malo, y la noche tan fría y húmeda, que nada había fuera salve el agua, por lo que el
viajero trotaba en mitad del camino solitario, y bastante melancólico. Si ese día
cualquier viajante hubiera podido ver ese pequeño vehículo, a pesar de todo un calesín,
con el cuerpo de color de arcilla y las ruedas rojas, y la yegua hay y zorruna de paso
rápido, enojadiza, semejante a un cruce entre caballo de carnicero y caballo de posta de
correo de los de dos peniques, habría sabido in mediatamente que aquel viajero no podía
ser otra que Tom Smart, de la importante empresa de Bilsoi y Slum, Cateaton Street,
City. Sin embargo, comí no había ningún viajante mirando, nadie supo nada sobre el
asunto; y por ello, Tom Smart y su calesa de color arcilla y ruedas rojas, y la yegua
zorruna d paso rápido, avanzaron juntos guardando ..................................................................................................

EL AUXILIAR DE LA PARROQUIA // CHARLES DICKENS

ENTRE LO GOTICO Y LO VICTORIANO // CUENTOS DE AMOR // EL AUXILIAR DE LA PARROQUIA // CHARLES DICKENS      (link-enlace)

CHARLES DICKENS(1812-1870)

 

El auxiliar de la parroquia
Un cuento de amor verdadero



Había una vez, en una diminuta ciudad de provincias bastante alejada de Londres, un hombrecito llamado Nathaniel Pipkin, que trabajaba en la parroquia de la pequeña población y vivía en una pequeña casa de High Street, a escasos diez minutos a pie de la pequeña iglesia; y a quien se podía encontrar todos los días, de nueve a cuatro, impartiendo algunas enseñanzas a los niños del lugar. Nathaniel Pipkin era un ser ingenuo, inofensivo y de carácter bondadoso, de nariz respingona, un poco zambo, bizco y algo cojo; dividía su tiempo entre la iglesia y la escuela, convencido de que, sobre la faz de la tierra, no había ningún hombre tan inteligente como el pastor, ninguna estancia tan grandiosa como la sacristía, ninguna escuela tan organizada como la suya. Una vez, una sola vez en su vida, había visto a un obispo... a un verdadero obispo, con mangas de batista y peluca. Lo había visto pasear y lo había oído hablar en una confirmación, y, en aquella ocasión tan memorable, Nathaniel Pipkin se había sentido tan abrumado por la devoción y por el miedo que, cuando el obispo que acabamos de mencionar puso la mano sobre su cabeza, él cayó desvanecido y fue sacado de la iglesia en brazos del pertiguero
*.
Aquello había sido un gran acontecimiento, un momento fundamental en la vida de Nathaniel Pipkin, y el único que había alterado el suave discurrir de su tranquila existencia, hasta que una hermosa tarde en que estaba completamente entregado a sus pensamientos, levantó por casualidad los ojos de la pizarra -donde ideaba un espantoso problema lleno de sumas para un ..................................................................................................................

CUENTO DE NAVIDAD ^^ CHARLES DICKENS

CUENTO DE NAVIDAD ^^ CHARLES DICKENS


CHARLES DICKENS
CUENTO DE NAVIDAD
*
PREFACIO
*
Con este fantasmal librito he procurado despertar al espíritu de una idea sin que provocara en mis lectores malestar consigo mismos, con los otros, con la temporada ni conmigo. Ojalá encante sus hogares y nadie sienta deseos de verle desaparecer.
Su fiel amigo y servidor,
Diciembre de 1843
CHARLES DICKENS
*
PRIMERA ESTROFA
EL FANTASMA DE MARLEY
*
Marley estaba muerto; eso para empezar. No cabe la menor duda al respecto. El clérigo, el funcionario, el
propietario de la funeraria y el que presidió el duelo habían firmado el acta de su enterramiento. También
Scrooge había firmado, y la firma de Scrooge, de reconocida solvencia en el mundo mercantil, tenía valor en
cualquier papel donde apareciera. El viejo Morley estaba tan muerto como el clavo de una puerta.
¡Atención! No pretendo decir que yo sepa lo que hay de especialmente muerto en el clavo de una puerta. Yo,
más bien, me había inclinado a considerar el clavo de un ataúd como el más muerto de todos los artículos de
ferretería. Pero en el símil se contiene el buen juicio de nuestros ances tros, y no serán mis manos impías las que
lo alteren. Por consiguiente, permítaseme repetir enfáticamente que Marley es taba tan muerto como el clavo de
una puerta.
¿Sabía Scrooge que estaba muetto? Claro que sí. ¿Cómo no iba a saberlo? Scrooge y él habían sido socios
durante no sé cuántos años. Scrooge fue su único albacea testamenta rio, su único administrador, su único
asignatario, su único heredero residual, su único amigo y el único que llevó luto por él. Y ni siquiera Scrooge
quedó terriblemente afectado por el luctuoso suceso; siguió siendo un excelente hombre de negocios el
mismísimo día del funeral, que fue solemnizado por él a precio de ganga.
La mención del funeral de Marley me hace retroceder al punto en que empecé. No cabe duda de que Marley
estaba muerto. Es preciso comprenderlo con toda claridad, pues de otro modo no habría nada prodigioso en la
historia que voy a relatar. Si no estuviésemos co mpletamente convencidos de que el padre de Hamlet ya había
fallecido antes de levantarse el telón, no habría nada notable en sus paseos nocturnos por las murallas de su
propiedad, con viento del Este, como para causar asombro -en sentido literal- en la mente en fermiza de su hijo;
sería como si cualquier otro caballero de mediana edad saliese irreflexivamente tras la caída de la noche a un
lugar oreado, por ejemplo, el camposanto de Saint Paul.
Scrooge nunca tachó el nombre del viejo Marley. Años des pués , allí seguía sobre la entrada del almacén:
«Scrooge y Marley». La firma comercial era conocida por «Scrooge y Marley». Algunas personas, nuevas en el
negocio, algunas veces llamaban a Scrooge, «Scrooge», y otras, «Marley», pero él atendía por los dos nombres; le
daba lo mismo.
¡Ay, pero qué agarrado era aquel Scrooge! ¡Viejo pecador avariento que extorsionaba, tergiversaba, usurpaba,
rebañaba, apresaba! Duro y agudo como un pedemal al que ningún eslabón logró jamás sacar una chispa de
generosidad; era secreto, reprimido y solitario como una ostra. La frialdad que tenía dentro había congelado sus
viejas facciones y afilaba su nariz puntiaguda, acartonaba sus mejillas, daba rigidez a su porte; había enrojecido
sus ojos, azulado sus finos labios; esa frialdad se percibía claramente en su voz raspante. Había escarcha canosa
en su cabeza, cejas y tenso mentón. Siempre llevaba consigo su gélida temperatura; él hacía que su despacho
estuviese helado en los días más calu rosos del verano, y en Navidad no se d eshelaba ni un grado.
Poco influían en Scrooge el frío y el calor externos. Ninguna fuente de calor podría calenta.rle, ningún frío
invernal escalofriarle. El era más cortante que cualquier viento, más pertinaz que cualquier nevada, más
insensible a las súplicas que la lluvia torrencial. Las inclemencias del tiempo no podían superarle. Las peores
lluvias, nevadas, granizadas y neviscas podrían presumir de sacarle ventaja en un aspecto: a menudo ellas «se
desprendían» con generosidad, cosa que Scrooge nunca hacía.
Jamás le paraba nadie en la calle para decirle con alegre semblante: «Mi querido Scrooge, ¿cómo está usted?
¿Cuándo vendrá a visitarme?» Ningún mendigo le pedía limosna; ningún niño le preguntaba la hora; ningún
hombre o mujer le había preguntado por una dirección ni una sola vez en su vida. Hasta los perros de los
ciegos parecían conocerle; al verle acercarse, arrastraban precipitadamente a sus dueños hasta los portales y los
patios, y después daban el rabo, como diciendo: «¡Es mejor no tener ojo que tener el mal de ojo, amo ciego!»
Pero a Scrooge, ¿qué le importaba? Eso era preicsamente lo que le gustaba. Para él era una «gozada» abrirse
camino entre los atestados senderos de la vida advirtiendo a todo sentimiento de simpatía humana que guardase
las distancias.
Erase una vez -concretamente en los días mejores del año, la víspera de Navidad, el día de Nochebuena- en
que el viejo Scrooge estaba muy atareado sentado en su despacho. El tiempo era frío, desapacible y cortante;
además, con niebla. Se podía oír el ruido de la gente en el patio de fuera, caminando de un lado a otro con
jadeos, palmeándose el pecho y pateando el suelo para entrar en calor. Los relojes de la ciudad acababan de dar
las tres, pero ya casi había oscurecido; no había habido luz en todo el día y las velas brillaban en las ventanas de
las oficinas cercanas como manchas rojizas en la espesa atmósfera parda. Bajó la niebla y fluyó por todas las
junturas, resquicios, ojos de cerradura, y en el exterior era tan densa que, aunque el patio era de los más estrechos,
las casas de enfrente no eran más que sombras. Al ver como caía desmayadamente la sucia nube
oscureciendo todo, se hubiera pensado que la Naturaleza vivía cerca y es taba elaborando cerveza en gran escala.
La puerta del despacho de Scrooge permanecía abierta de modo que pudiera atisbar a su empleado que
estaba copian do cartas en una deprimente y pequeña celda, una especie de cisterna. Scrooge tenía un fuego muy
escaso, pero la lumbre del empleado era todavía mucho más pequeña: parecía un solo tizón. Pero no podía
recargar la estufa porque Scrooge guardaba el carbón en su propio cuarto, y seguro que si el empleado entraba
con la pala su jefe anticiparía que tenían que marcharse ya. Por consiguiente, el empleado se arropó con su
bufanda blanca a intentó calentarse con la vela; no era hombre de gran imaginación y fracasaron sus esfuerzos.
«¡Feliz Navidad, tío; que Dios lo guarde!», exclamó una alegre voz. Era la voz del sobrino de Scrooge, que
apareció ante él con tal rapidez que no tuvo tiempo a darse cuenta de que venía.
«¡Bah! -dijo Scrooge-. ¡Tonterías!»
El sobrino de Scrooge estaba todo acalorado por la rápida caminata bajo la niebla y la helada; tenía un rostro
agraciado y sonrosado; sus ojos chispeaban y su aliento volvió a con densarse cuando dijo:
«¿Navidad una tontería, tío? Seguro que no lo dices en serio.»
«Sí que lo digo. ¡Feliz Navidad! ¿Qué derecho tienes a ser feliz? ¿Qué motivos tienes para estar feliz? Eres
pobre de sobra.»
«Vamos, vamos»-respondió el sobrino cordialmente-.«¿Qué derecho tienes a estar triste? ¿Qué motivos tienes
para sentirte desgraciado? Eres rico de sobra.
Scrooge no supo repentizar una respuesta mejor y dijo otra vez: «¡Bah!» -y siguió con- «¡Tonterías!».
«No te enfades, tío», dijo el sobrino.
«¿Cómo no me voy a enfadar» -respondió el tío-, «si vivo en un mundo de locos como éste? ¡Felices Pascuas!
¡Y dale con Felices Pascuas! ¿Qué son las Pascuas sino el momento de pagar cuentas atrasadas sin tener dinero;
el momento de darte cuenta de que eres un año más viejo y ni una hora más rico; el momento de hacer el
balance y comprobar que cada una de las anotaciones de los libros te resulta desfavorable a lo largo de los doce
meses del año? Si de mí dependiera -dijo Scrooge con indignación -, a todos esos idiotas que van por ahí con el
Felices Navidades en la boca habría que cocerlos en su propio pudding y enterrarlos con una estaca de acebo
clavada en el corazón. Eso es lo que habría que hacer».
«¡Tío!», imploró el sobrino.
«¡Sobrino!», repli có el tío secamente, «celebra la Navidad a tu modo, que yo la celebraré al mío».
«¡Celebraré!», repitió el sobrino de Scrooge. «Pero si tú no celebras nada...»
«Entonces déjame en paz», dijo Scrooge. «¡Que te apro vechen! ¡Mucho te han aprovechado!»
«Puede que haya muchas cosas buenas de las que no he sacado provecho», replicó el sobrino, «entre ellas la
Navidad. Pero estoy seguro de que al llegar la Navidad -aparte de la veneración debida a su sagrado nombre y a
su origen, si es que eso se puede apartar- siempre he pensado que son unas fechas deliciosas, un tiempo de
perdón, de afecto, de caridad; el único momento que concozo en el largo calendario del año, en que hombres y
mujeres parecen haberse puesto de acuerdo para abrir libremente sus cerrados corazones y para considerar a la
gente de abajo como compañeros de viaje hacia la tumba y no como seres de otra especie embarcados con otro
destino. Y por tanto, tío, aunque nunca ha puesto en mis bolsillos un gramo de oro ni de plata, creo que sí me
ha aprovechado y me seguirá aprovechando; por eso digo: ¡bendita sea!»
El escribiente de la cisterna aplaudió involuntariamente; se dio cuenta en el acto de su inconveniencia, se
puso a hurgar en la lumbre y se apagó del todo el último rescoldo.
«Que oiga yo otro ruido de usted», dijo Scrooge, «y va a celebrar la Navidad con la pérdida del empleo. Es
usted un orador convincente, señor», agregó volviéndose hacia su sobrino. «Me pregunto por qué no está en el
Parlamento».
«No te enfades, tío. ¡Vamos! Cena con nosotros mañana».
Scrooge dijo que le acompañaría -sí, de veras que lo dijo-. Pero completó la frase diciendo que le
acompañaría antes en la calamidad.
«Pero ¿por qué?», exclamó el sobrino de Scrooge. «¿Por qué?»
«¿Por qué te casaste?», dijo Scrooge.
«Porque me enamoré».
«¡Porque te enamoraste!», gruñó Scrooge, como si fuese la única cosa en el mundo más ridícula que una feliz
Navi dad. «¡Buenas tardes!»
«No, tío, tú nunca venías a verme antes de hacerlo. ¿Por qué lo pones como excusa para no venir ahora?»
«Buenas tardes», dijo Scrooge.
«No quiero nada de ti; no te estoy pidiendo nada; ¿por qué no podernos ser amigos?»
«Buenas tardes», dijo Sctooge.
«Lamentó de todo corazón verte tan inflexible. Tú y yo no hemos tenido ninguna querella, al menos por mi
parte; pero he hecho esta prueba en honor a la Navidad y manten dré el espíritu de la Navidad hasta el final.
Así, pues, ¡Felices Pascuas, tío?»
«Buenas tardes», dijo Scrooge.
A pesar de todo, el sobrino salió del cuarto sin una palabra de enfado. Se detuvo para felicitar al escribiente,
quien, frío como estaba, fue más afable que Scrooge y devolvió cordialmente la salutación.
«Otro que tal baila», murmuró Scrooge que le había oído. «Mi escribiente, con quince chelines semanales,
esposa y fa milia, hablando de Felices Pascuas. Es para meterse en un manicomio».
Aquel lunático, al acompañar al sobrino de Scrooge hasta la puerta, dejó entrar a otras dos personas. Eran
unos caballeros corpulentos, de agradable presencia, y ahora estaban de pie, descubiertos, en el despacho de
Scrooge. Llevaban en la mano libros y papeles, y le saludaron con una inclinación de cabeza.
«De Scrooge y Marley, creo», dijo uno de los caballeros comprobando su lista. «¿Tengo el placer de dirigirme
a Mr. Scrooge o a Mr. Marley?»
«Mr. Marley lleva muerto estos últimos siete años», repuso Scrooge. «Murió hace siete años, esta misma
noche».
«No nos cabe duda de que su generosidad está bien representada por su socio supérstite», dijo el caballero
presen tando sus credenciales.
Y era cierto porque ellos habían sido dos almas gemelas. Al oír la ominosa palabra «generosidad», Scrooge
frunció el ceño, negó con la cabeza y devolvió las credenciales.
«En estas festividades, Mr. Scrooge», dijo el caballero tomando una pluma, «es más deseable que nunca que
haga mos alguna ligera provisión para los pobres y menesterosos, que sufren muchísimo en estos momentos.
Muchos miles carecen de lo más indispensable y cientos de miles necesitan una ayuda, señor».
«¿Ya no hay cárceles?», preguntó Scrooge.
«Está lleno de cárceles», dijo el caballero volviendo a po sar la pluma.
«¿Y los asilos de la Unión?», inquirió Scrooge. «¿Siguen en activo?»
«Sí, todavía siguen», afirmó el caballero, «y desearía poder decir que no».
«Entonces, ¿están en pleno vigor la Ley de Pobres y el Treadmill?», dijo Scrooge.
«Los dos muy atareados, señor».
«¡Ah! Me temía, con lo que usted dijo al principio, que hubiera ocurrido algo que les impidiera seguir su
beneficioso derrotero», dijo Scrooge. «Me alegro mucho de oírlo».
«Teniendo la impresión de que esas instituciones probablemente no proporcionan a las masas alegría
cristiana de mente ni de cuerpo», respondió el caballero, «unos cuantos de nosotros estamos intentando reunir
fondos para comprar a los pobres algo de comida y bebida y medios de calentarse. Hemos elegido estas fechas
porque es cuando la necesidad se sufre con mayor intensidad y más alegra la abundancia. ¿Con cuánto le
apunto?»
«¡Con nada!», replicó Scrooge.
«¿Desea usted mantener el anonimato?»
«Deseo que me dejen en paz», dijo Scrooge. «Ya que me preguntan lo que deseo, caballeros, esa es mi
respuesta. Yo no celebro la Navidad, y no puedo permitirme el lujo de que genre ociosa la celebre a mi costa.
Colaboro en el sostenimiento de los establecimientos que he mencionado; ya me cuestan bastante, y quienes
están en mala situación deben ir a ellos».
«Muchos no pueden ir; y muchos preferirían la muerte an tes de ir».
«Si preferirían morirse, que lo hagan; es lo mejor. Así descendería el exceso de población. Además, y ustedes
perdonen, a mí no me consta».
«Pero usted tiene que saberlo», observó el caballero.
«No es asunto mío», respondió Scrooge. «A un hombre le basta con dedicarse a sus propios asuntos sin
interferir en los de los demás. Los míos me tienen a mí continuamente ocupado. ¡Buenas tardes, caballeros!»
Viendo claramente que sería inútil seguir insistiendo, los caballeros se retiraron. Scrooge reanudó sus
ocupaciones con una opinión de sí mismo muy mejorada y mejor humor del que en él era habitual.
Entretanto la niebla y la oscuridad se habían intensificado de tal modo que unas cuantas personas corrían de
un lado a otro con resplandecientes hachas de viento, ofreciendo sus servicios para ir delante de los coches de
caballos hasta su destino. Se hizo invisible la antigua torre de una iglesia cuya vieja y ronca campana siempre
estaba espiando sigilosamente en dirección a Scrooge por un ventanal gótico del muro, y daba las horas y los
cuartos en las nubes con trémulas vibraciones posteriores, como si allí arriba le cast añeasen los dientes en su
cabeza helada. El frío se extremó. En la calle principal, hacia la esquina del patio, unos obreros estaban
reparando la conducción del gas y habían encendido una gran hoguera en un brasero; en torno al fuego se había
reunido un grupo de hombres y muchachos andrajosos que, en éxta sis, se calentaban las manos y guiñaban los
ojos ante las llamaradas. La llave del agua había quedado abierta y, al rebo sar, se congelaba en rencoroso
silencio hasta convertirse en hielo misantrópico. La brillantez de los escaparates, donde al calor de las lámparas
crujían las ramitas y bayas de acebo, volvía rojizos los pálidos rostros al pasar. Los comercios de pollería y
ultramarinos ofrecían una espléndida escena; resultaba casi imposible creer que al lí pintasen algo unos prïncipios
tan tediosos como los de la compraventa. El lord mayor, en su baluarte de la magnífica Mansion House,
daba órdenes a sus cincuenta mayordomos y cocineros para celebrar las Navidades como correspondía a la casa
de un lord mayor; y hasta el sastrecillo, a quien él había multado con cinco chelines el lunes pasado por andar
borracho y penden ciero por las calles, estaba en su buhardilla revolviendo la masa del pudding del día siguiente,
mientras su flaca esposa y el bebé habían salido a comprar carne de ternera.
¡Todavía más niebla y más frío! Un frío punzante, penetrante, mordiente. Si el buen San Dunstan , en vez de
utilizar sus armas habituales, hubiera pinzado la nariz del Espíritu Maligno con solo un toque de semejante
clima, seguro que éste habría proferido los mejores propósitos. El poseedor de una joven y escasa nariz, roída
y mascullada por el hambriento frío como un hueso roído por los perros, se encorvó ante el ojo de la cerradura
de Scrooge para deleitarle con un villancico. Pero a los primeros sones de
«¡Dios bendiga al jubiloso caballero!
¡Que nada le traiga el desaliento!»
Scrooge agarró la vara con tal energía que el cantor huyó despavorido, dejando el ojo de la cerradura para la
niebla y para la todavía más amable escarcha.
Por fin llegó la hora de cerrar el despacho. Con muy mala voluntad, Scrooge desmontó de su taburete y,
tácitamente, admitió el hecho ante el expectante empleado de la Cisterna, que sopló la vela al instante y se puso
el sombrero.
«Supongo que usted querrá libre todo el día de mañana», dijo Scrooge.
«Si le parece conveniente, señor».
«No me parece conveniente», dijo Scrooge, «y no es razonable. Si por ello le descontara media corona, usted
se sen tiría maltratado, ¿me equivoco?»
El escribiente esbozó una tímida sonrisa.
«Y sin embargo», dijo Scrooge, «no cree usted que el maltratado sea yo cuando pago un jornal sin que se
trabaje».
El escribiente comentó que sólo se trataba de una vez al año.
«Es una excusa muy pobre para saquear el bolsillo de un hombre cada 25 de diciembre», dijo Scrooge
abotonándose el abrigo hasta la barbilla. «Pero supongo que deberá tener el día completo. ¡A la mañana
siguiente preséntese aquí lo antes posible!»
El escribiente prometió que así lo haría y Scrooge salió gru ñendo. En un abrir y cerrar de ojos quedó
clausurado el establecimiento; el escribiente, con los largos extremos de la bufanda colgando por debajo de su
cintura (no lucía abrigo) se lanzó veinte veces por un tobogán en Cornhill, a la cola de una fila de chicos, en
honor de la Nochebuena; luego corrió a su casa, en Camdem Town, lo más deprisa que pudo, para jugar a la
«gallina ciega».
Scrooge tomó su triste cena en su habitual triste taberna; leyó todos los periódicos y se entretuvo el resto de
la velada con su libro de cuentas; después se marchó a su casa para acostarse. Vivía en unas habitaciones que
habían pertenecido a su difunto socio. Era una lóbrega serie de cuartos en un desvencijado edificio aplastado en
el fondo de un patio, donde desentonaba tanto que uno podía fácilmente imaginar que había corrido hacia allí
cuando era una casa jovencita, jugando al escondite con otras casas, y había olvidado el camino de salida. Ahora
ya era lo bastante vieja y lo bastan te lúgubre para que nadie vi viese en ella, salvo Scrooge; todas las demás
habitaciones estaban alquiladas para oficinas. El patio estaba tan oscuro que el mismo Scrooge, que conocía
cada piedra, no dudó en ir tanteando con las manos. La niebla y la escarcha pendían sobre el negro y viejo
portón de la casa; parecía que el Genio del Tiempo estaba sentado en el umbral, en dolientes meditaciones.
Ahora bien, es una realidad que el aldabón no tenía nada especial excepto que era muy grande. También es
cierto que Scrooge lo había visto noche y día durante todo el tiempo que llevaba residiendo en aquel lugar.
Cierto también que Scrooge tenía tan poco de eso que se llama fantasía como cualquier hombre en la City de
Londres, incluyendo -que ya es decir- la corporación municipal, los concejales electos y los miembros de la
Cámara de Gremios. Téngase también en cuenta que Scrooge no había dedicado un solo pensamiento a Marley
desde que había mencionado aquella tarde el fallecimiento de su socio siete años atrás. Y entonces que alguien
me explique, si es que puede, cómo ocurrió que al meter la llave en la cerradura de la puerta, y sin que se diera
un proceso intermedio de cambio, Scrooge no vio un aldabón, sino el rostro de Marley en el aldabón.
El rostro de Marley. No era una sombra impenetrable como los demás objetos del patio, sino que tenía una
luz morteci na a su alrededor, como una langosta podrida en una despensa oscura. No mostraba enfado ni
ferocidad, pero miraba a Scrooge como Marley solía hacerlo: con fantasmagóricos lentes colocados hacia arriba,
sobre su frente fantasmal. Sus cabellos se movían de una manera extraña, como si alguien los soplara o les
aplicara un chorro de aire caliente; y aunque tenía los ojos muy abiertos, mantenían una inmovilidad perfecta.
Esto y su coloración lívida le hacían horripilante; pero a pesar del rostro y de su control, el horror pa recía ser
algo más que una parte de su propia expresión.
Cuando Scrooge miraba fijamente este fenómeno, volvió nuevamente a ser un aldabón.
No sería cierto afirmar que no estaba sobresaltado, o que sus venas no notaban una sensación terrible que no
había vuelto a experimentar desde su infancia. Pero puso la mano en la llave que había soltado, la hizo girar con
energía, entró y encendió la vela.
Con una indecisión momentánea, antes de cerrar la puerta hizo una pausa y miró cautelosamente hacia atrás,
como si esperase el susto de ver la coleta de Marley asomando por el lado del recibidor. Pero en el otro lado de
la puerta no había más que los tomillos y las tuercas que sujetaban el aldabón, de manera que dijo: «¡Bah, bah!»,
y la cerró de un portazo.
El ruido retumbó por toda la casa como un trueno. Todas las habitaciones de arriba y todos los barriles de la
bodega del vinatero, abajo, parecían tener una escala propia y distinta de ecos. Scrooge no era hombre que se
asustara con los ecos. Aseguró el cierre de la puerta, atravesó el recibidor y comenzó a subir las escaleras, pero
lentamente y despabilando la vela.
Se podría hablar por hablar sobre la manera de conducir una diligencia de seis caballos por un buen tramo de
viejas escaleras o a través de una mala y reciente Ley del Parlamen to, pero sí digo de veras que se podría subir
por aquellas es caleras con una carroza fúnebre y ponerla a lo ancho, con el balancín hacia la pared y la puerta
hacia la balaustrada; y se podría hacer con facilidad. Había anchura suficiente y aun sobraría sitio; tal vez por
esta razón, Scrooge pensó que veía moverse delante de él, en la penumbra, un coche de pompas fúnebres.
Media docena de lámparas de gas del alumbrado público no hubieran sido excesivas para iluminar la entrada de
la casa, de manera que se puede imaginar la oscuridad que había con la vela de sebo de Scrooge.
Siguió subiendo sin importarle un comino: la oscuridad es barata y a Scrooge le gustaba. Pero antes de cerrar
su pesada puerta recorrió las habitaciones para ver si todo estaba en orden; deseaba hacerlo porque seguía
recordando el rostro.
Cuarto de estar, dormitorio, trastero. Todo como debía estar. Nadie bajo la mesa, nadie bajo el sofá; una
pequeña lumbre en la parrilla de la chimenea; cuchara y bol preparados; y sobre la repisa de la chimenea el
cacillo de las gachas (Scrooge estaba resfriado). Nadie bajo la cama; nadie den tro del armario; nadie metido en
su bata, que co lgaba contra la pared en actitud sospechosa. El trastero, como de cos tumbre; el viejo
guardafuegos, zapatos viejos, dos cestas de pesca, un palanganero de tres patas y un atizador.
Bastante satisfecho, cerró su puerta y se atrancó por den tro echando un doble cierre, cosa que no solía hacer.
Así, a salvo de sorpresas, se quitó la corbata, se puso la bata y las zapatillas, el gorro de dormir y se sentó junto
al fuego para tomarse las gachas.
Era una lumbre muy débil para una noche tan cruda. No tuvo más remedio que arrimarse a ella como si
estuviera incubando, para sacar de aquel puñadito de combustible la mínima sensación de calor. La chimenea
era antigua, construida hacía mucho tiempo por algún comerciante holandés, y todo su contorno estaba
alicatado con pintorescos azulejos holandeses que ilustraban las Sagradas Escrituras. Había Caínes y Abeles,
hijas del Faraón, reinas de Saba, mensajeros angélicos descendiendo por el aire sobre nubes como colchones de
plumas, Abrahanes, Baltasares, Apóstoles zarpan do en barcos de mantequilla, cientos de imágenes para distraer
sus pensamientos; sin embargo, aquel rostro de Marley, muerto siete años antes, venía como el antiguo callado
del Profeta y se lo tragaba todo. Si cada uno de los lisos azulejos hubiese estado en blanco y Scrooge hubiese
tenido la facultad de representar en su superficie alguna figura extraída de los dispersos fragmentos de su
pensamiento, en cada uno de ellos habría aparecido una copia de la cabeza del viejo Marley.
«¡Tonterías!», dijo Scrooge, y empezó a caminar por la habitación. Dio varias vueltas y volvió a sentarse. Al
apoyar la cabeza en el respaldo de la butaca, su mirada fue a posarse sobre una campanilla, una campanilla fuera
de use que colgaba en el cuarto y, con algún propósito ahora olvidado, co municaba con un aposento situado en
el piso más alto del edificio. Con gran sorpresa y con un miedo extraño, inexplicable, cuando la estaba mirando
vio que la campanilla co menzaba a oscilar. Al principio se balanceaba tan poco que apenas hacía ruido, pero
pronto repicó fuerte, y también lo hicieron todas las demás campanillas de la casa.
La cosa debió durar medio minuto, tal vez un minuto, pero pareció una hora. Las campanillas enmudecieron
igual que habían sonado: a la vez. Luego siguió un ruido estridente que venía de muy abajo, como si una
persona estuviese arrastrando una pesada cadena sobre los barriles de la bodega del vinatero. Entonces Scrooge
recordó hacer oído que en las casas embrujadas los fantasmas arrastraban cadenas.
La puerta de la bodega se abrió de repente con un estruendo, y Scrooge oyó aquel ruido con más claridad en
los pisos de abajo; luego, subiendo por las escaleras y, seguidamen te, aproximándose directamente hacia su
puerta.
«¡Siguen siendo tonterías!», dijo Scrooge. «¡No me lo puedo creer! »
No obstante, se le demudó el color cuando, sin pausa, aquello atravesó la pesada puerta y se quedó en la
habitación ante sus ojos. Cuando estaba entrando, las mortecinas llamas saltaron como si exclamasen: «¡Le
conocemos! ¡Es el fantasma de Marley!», y volvieron a decaer.
El mismo rostro, el mismísimo. Marley como siempre, con su coleta, chaleco, calzas y botas; las borlas de las
botas tiesas y erectas, al igual que la coleta, los faldones de la levita y los caballos. La cadena que arrastraba la
ceñía por medio cuerpo; era larga y se le enroscaba como una cola; estaba hecha (Scrooge la observó
atentamente) con arquillas para di nero, llaves, candados, libros de contabilidad, escrituras de compraventa y
pesadas talegas de acero. Su cuerpo era tan transparente que al observarlo y mirar a través de su chaleco,
Scrooge podía ver los dos botones de la espalda de la levita.
Scrooge había oído decir frecuentemente que Marlcy no tenía entrañas, pero nunca se lo había creído hasta
ahora.
No, ni siquiera ahora se lo creía. Aunque miraba al fan tasma de arriba abajo y la veía de pie ante él; aunque
perci bía el escalofriante influjo de sus ojos, mortalmente fríos; aunque observó incluso la textura del paño
doblado que le enmarcaba la cara, desde la barbilla hasta la cabeza, envoltura que no había notado antes..., aún
seguía incrédulo y luchaba contra sus propios sentidos.
«¿Qué significa esto?», dijo Scrooge, caústico y frío como nunca. «¿Qué se lo ha perdido aquí?»
«¡Mucho!» Era la voz de Marley, sin la menor duda.
«¿Quién eres tú?»
«Prcgúntame quién fui».
«Pues ¿quién fuiste?», dijo Scrooge alzando la voz. «Eres puntilloso... como sombra». Iba a decir «para ser una
sombras, pero le pareció más apropiado lo otro.
«En vida yo fui tu socio: Jacob Marley».
«¿Puedes... puedes sentarte?», preguntó Scrooge, mirán dole dubitativamente.
«Sí puedo».
«Entonccs, hazlo».
Scrooge había formulado la pregunta porque no sabía si un fantasma tan transparente podía estar en
condiciones de tomar asiento; presentía que, en caso de que le resultara imposible, tal vez se haría necesaria una
explicación embarazosa. Pero el fantasma se sentó al otro lado de la chimenea como si estuviera acostumbrado.
«Tú no crees en mí», observó el fantasma.
«No, yo no», dijo Scrooge.
«¿Qué otra demostración quieres de mi existencia, además de la de tus sentidos?»
«No lo sé», dijo Scrooge.
«¿Por qué dudas de tus sentidos?»
«Porque», dijo Scrooge, «cualquier cosa les afecta. Un ligero desarreglo intestinal les hace tramposos. Puede
que tú seas un trocito de carne indigestada, o un chorrito de mostaza, una migaja de queso, un fragmento de
patata medio cruda. ¡Hay en ti más salsa de carne que carne de tumba, seas quien seas!».
Scrooge no tenía mucha costumbre de hacer chistes y en modo alguno se sentía gracioso entonces. La verdad
es que intentaba estar ingenioso para distraerse y dominar el terror que le invadía; la voz del espectro le removía
hasta la médula de los huesos.
Scrooge presentía que iba a desmoronarse si seg uía sentado en silencio, sin apartar la mirada de aquellos ojos
inmóviles, vítreos. También había algo muy espantoso en el halo infernal que envolvía al espectro. Scrooge no
podía verlo, pero se notaba claramente, pues aunque el fantasma estaba sentado en perfecta inmovilidad, su
cabello, faldones y borlas seguían agitándose como por el vapor caliente de un horno.
«¿Ves este palillo de dientes?», dijo Scrooge volviendo con rapidez a la carga por el motivo ya señalado y
deseando apartar de sí, aunque fuera tan sólo un segundo, la petrificada mirada de la aparición.
«Lo veo», replicó el fantasma.
«No lo estás mirando», dijo Scrooge.
«Pero lo veo», dijo el fantasma, «de todos modos».
«¡Bueno!», prosiguió Scrooge. «Sólo tengo que tragármelo y el resto de mis días me veré perseguido por una
legión de diablos, todos de mi propia creación. ¡Tonterías! Eso es lo que te digo, ¡tonterías!»
En ese momento el espíritu lanzó un espeluznante quejido y sacudió la cadena con un ruido tan lúgubre y
aterrador que Scrooge tuvo que agarrarse a los brazos del sillón para no caer desvanecido. Pero el espanto fue
todavía mayor cuan do al quitar el fantasma la venda que enmarcaba su rostro, como si dentro de la casa le
sofocara el calor, ¡se le desmoro nó la mandíbula inferior sobre el pecho!
Scrooge cayó de rodillas y, con manos entrelazadas, imploró ante él:
«¡Piedad!», exclamó. «Horrenda aparición, ¿por qué me atormentas?»
«¡Materialista!», replicó el fantasma. «¿Crees o no crees en mí?»
«Sí, sí», dijo Scrooge. «Por fuerza. Pero ¿por qué los espí ritus deambulan por la tierra y por qué tienen que
aparecerse a mí?»
«Está ordenado para cada uno de los hombres que el espíritu que habita en él se acerque a sus congéneres
humanos y se mueva con ellos a lo largo y a lo ancho; y si ese espíritu no lo hace en vida, será condenado a
hacerlo tras la muerte.
Quedará sentenciado a vagar por el mundo -¡ay de mí! y ser testigo de situaciones en las que ahora no puede
parti cipar, aunque en vida debió haberlo hecho para procurar felicidad.
El espectro volvió a lanzar otro alarido, sacudió la cadena y se retorció con desesperación sus manos
espectrales.
«Estás encadenado», dijo Scrooge tembloroso. «Cuéntame por qué».
«Arrastro la cadena que en vida me forjé», repuso el fantasma. «Yo la hi ce, eslabón a eslabón, yarda a yarda;
por mi propia voluntad me la ceñí y por mi propia voluntad la llevo. ¿Te resulta extraño el modelo?»
Scrooge cada vez temblaba más.
«¿O ya conoces», prosiguió el fantasma, «el peso y la longitud de la apretada espiral que tú mismo arrastras?
Hace siete Navidades ya era tan pesada y tan larga como ésta. Desde entonces, has trabajado en ella aún más.
¡Tienes una cadena impresionante!»
Scrooge miró de reojo a su alrededor como si esperase encontrarse rodeado por cincuenta o sesenta brazas
de cadenas, pero no vio nada.
«Jacob», dijo implorante. «Querido Jacob Marley, cuéntame más. Dime algo tranquilizador, Jacob».
«No puedo», contestó el fantasma. «Eso tiene que venir de otras regiones, Ebenezer Scrooge, y son otros
ministros quienes lo aplican a otra clase de personas. Tampoco puedo decirte todo lo que quisiera; sólo un
poquito más me está permitido. Yo no tengo reposo, no puedo quedarme en ninguna parte, no puedo
demorarme. Mi espíritu nunca salió de nuestra contaduría -¡óyeme bien!-, en vida mi espíritu jamás se aventuró
más allá de los mezquinos límites de nuestro tugurio de cambistas. ¡Y ahora me esperan jornadas agotadoras! »
Siempre que se ponía meditabundo, Scrooge tenía la costumbre de meter las manos en los bolsillos de los
pantalones. Así lo hizo ahora, pero sin alzar la mirada y sin ponerse en pie, mientras ponderaba las palabras del
fantasma.
«Has debido estar un poco torpe, Jacob, comentó Scrooge con tono de negociante profesional, aunque con
humildad y deferencia.
«¡Torpe!», repitió el fantasma.
«Siete años muerto», musitó Scrooge, «¿y viajando todo el tiempo?>
«Todo el tiempo», dijo el fantasma. «Sin descanso, sin paz, con la incesante tortura de los remordimientos»
«¿Viajabas rápido?», dijo Scrooge.
«En las alas del viento», contestó el fantasma.
«Has debido pasar por encima de muchos terrenos en siete años», dijo Scrooge.
Al oír esto el fantasma dio otro alarido y restalló la cadena en el silencio de muerte de la noche, con tal
estrépito que la Patrulla Nocturna habría tenido toda la razón si le hubiera denunciado por escándalo público.
«¡Oh! cautivo, preso, aherrojado», gimió el fantasma, «¡sin saber que son necesarios años y años de incesante
labor de criaturas inmortales para que esta tierra entre en la eternidad después de haber hecho en ella todo el
bien que sea posible. Sin saber que todo espíritu cristiano, actuando caritativamente en su pequeña esfera, sea la
que sea, se encontrará con que su vida mortal es demasiado breve para sus grandes posibilidades de servicio.
Sin saber que ninguna clase de arre pentimiento podrá enmendar la oportunidad perdida en vida! ¡Y ése fui yo!
¡Ay, eso me sucedió!»
«Pero tú siempre fuiste un buen hombre de negocios, Jacob, balbuceó Scrooge, que ahora empezaba a
aplicarse el cuento.
«¡Negocios!», exclamó el fantasma entrelazando otra vez las manos. «El género humano era asunto mío. El
bienestar general era negocio mío; la caridad, compasión, paciencia y benevolencia eran todas de mi
incumbencia. Mis relaciones comerciales no eran más que una gota de agua en el anchuroso océano de mis
asuntos».
Levantó la cadena con el brazo extendida, como si ella fuera la causa de su irreparable dolor, y la tiró con
violencia contra el suelo.
«En esta época del año es cuando sufro más», dijo el espectro. «¿Por qué habré andado entre la multitud de
mis semejantes con la mirada baja, sin alzar nunca mis ojos hacia esa bendita Estrella que guió a los Santos
Reyes hasta el humilde portal? ¡Como si no existieran hogares a los que me hubiera podido conducir su luz!»
Al oír al espectro expresarse en aquellos términos, Scrooge se sentía sumamente acongojado y empezó a
temblar como una hoja.
«¡Escúchame!», exclamó el fantasma. «Mi tiempo se acaba».
«Lo haré», dijo Scrooge, «¡pero no seas cruel! ¡No te pongas poético, Jacob! ¡Te lo suplico!»
«No podría decirte cómo me aparezco ante ti de manera visible, pero he estado sentado a tu lado, invisible,
durante días y días».
No era una idea muy agradable. Scrooge se estremeció y enjugó el sudor de su frente.
«Y no es una parte ligera de mi penitencia», prosiguió el fantasma. «Esta noche estoy aquí para advertirte que
aún te queda una oportunidad para escapar a un destino como el mío. Una oportunidad, una esperanza que yo
te he conseguido, Ebenezer».
«Siempre fuiste un buen amigo», dijo Scrooge. «¡Gracias!>
«Vas a ser hechizado por Tres Espíritus», continuó el fantasma.
El semblante de Scrooge se quedó casi tan desencajado, como el del fantasma.
«¿Era eso la oportunidad y la esperanza que men cionaste, Jacob?», preguntó con voz quebrada.
«Lo es».
«Yo..., yo casi estoy pensando que mejor no», dijo Scrooge.
«Sin esas visitas», dijo el fantasma, «no tendrás esperanza de evitar un destino como el mío. El primero
vendrá mañana, cuando las campanas den la una».
«¿No podrían venir los tres y acabar de una vez, Jacob?», insinuó Scrooge.
«Espera al segundo a la noche siguiente a la misma hora. El tercero, a la siguiente noche, cuando se extinga la
vibra ción de la última campanada de las doce. No volverás a verme y, por la cuenta que te sigue, ¡recuerda todo
lo que ha sucedido entre nosotros!»
Tras pronunciar estas palabras, el espectro recogió el pañuelo de encima de la mesa y se lo volvió a enrollar
bajo la mandíbula, tal como lo tenía antes. Scrooge supo que así lo había hecho por el sonido de los dientes al
chocar cuando el vendaje volvió a juntar las mandíbulas. Se atrevió a levantar la mirada otra vez y se encontró
con el visitante sobrenatural encarándole en actitud erguida, con la cadena enroscada al brazo.
La aparición se ajejó retrocediendo y a cada paso que daba la ventana se iba abriendo poco a poco, de
manera que al llegar el espectro estaba abierta de par en par. Le hizo señas a Scrooge para que se aproximase y
éste así lo hizo. Cuando estaba a dos pasos de distancia, el fantasma de Marley levantó la mano para advertirle
que no siguiera acercándose. Scrooge se detuvo. Se detuvo más por miedo y sorpresa que por obediencia: nada
más levantar la mano comenzaron a oírse extraños ruidos; sonidos incoherentes de lamentación y pesar;
quejidos de indecible arrepentimiento y compunción. El espectro, tras escuchar por un momento, se unió al
macabro gorigori y salió flotando hacia la negra y siniestra noche.
Scrooge continuó hasta la ventana con desesperada curiosidad. Se asomó.
Por el aire se movían sin descanso, de un lado a otro, numerosísimos fantasmas que gemían al pasar. Todos
llevaban cadenas como las del fantasma de Marley; unos cuantos (tal vez gobiernos culpables) iban
encadenados en grupo; ninguno estaba libre de cadenas. Scrooge había conocido en vida a muchos de ellos.
Había tenido bastante relación con un viejo fantasma que llevaba un chaleco blanco y una monstruosa caja de
caudales atada al tobillo, que lloraba compungido porque le era imposible auxiliar a una desdichada mujer con
un hijito, a la que estaba viendo allá abajo apoyada en el quicio de la puerta. Claramente se percibía que el tormento
de todos ellos consistía en que deseaban intervenir, para bien, en situaciones humanas, pero habían
perdido para siempre la capacidad de hacerlo.
Scrooge no sabría decir si aquellas criaturas se disolvieron en la niebla o si la niebla les ocultó, pero ellos y sus
voces espectrales desaparecieron a la vez. La noche volvió a ser como cuando él llegó a su casa.
Cerró la ventana y examinó la puerta que había cruzado el fantasma. Seguía con el doble cierre que había
echado con sus propias manos y los cerrojos estaban intactos. Intentó decir «¡Tonterías!», pero se quedó en la
primera sílaba. Estaba extenuado y, ya sea por las emociones vividas, las fatigas del día, los atisbos del Mundo
Invisible, la sombría conversación con el fantasma o lo tardío de la hora, se fue directamente a la cama, sin
desvestirse, y se quedó dormido al instante.
*
SEGUNDA ESTROFA
EL PRIMERO DE LOS TRES ESPIRITUS
*
Cuando Scrooge se despertó, la oscuridad era tan intensa que al mirar desde la cama apenas podía diferenciar
la tras parencia de la ventana de las paredes opacas de su aposento. Cuando estaba intentando traspasar la
oscuridad con sus ojos de gavilán, las campanas de una iglesia cercana dieron los cuatro cuartos; él permaneció
atento a la hora.
Para su gran sorpresa, la campana mayor pasó de las seis a las siete, de las siete a las ocho, y así
sucesivamente hasta las doce; luego dejó de sonar. ¡Las doce! Cuando se acostó eran mas de las dos. El reloj no
funcionaba bien. Tal vez se le había incrustado un carámbano en la maquinaria. ¡Las doce!
Apretó el resorte de su reloj repetidor para comprobar el error del otro reloj enloquecido, pero su pequeña
pulsación acelerada latió doce veces y se detuvo.
«Pero, ¿qué está pasando? ¡Es imposible!», dijo Scrooge. «No es posible que haya estado durmiendo un día
completo hasta la noche siguiente ¡Y es imposible que le haya sucedido algo al sol y sean las doce del mediodía!
La idea no dejaba de ser alarmante; saltó de la cama y se fue acercando a tientas hasta la ventana. Para poder
ver algo tuvo que frotar la escarcha con la maga de la bata; aún así, logró ver muy poco. Sólo consiguió
comprobar que continuaba una niebla y un frio muy intensos y que no se oía ruido de actividad de gente
alarmada, como se habría escuchado ineludiblemente si la Noche hubiese derrotado al claro Día, tomando
posesión del mundo. Era un gran alivio porque sino hubiera días que contar lo de «a tres días de esta primera
de cambio, pagaré al señor Ebenezer Scrooge o a su orden...etc.» se habría convertido en papel mojado, como
los pagarés de los Estados Unidos.
Scrooge se volvió a la cama, pensó y repensó pero no se le ocurria ninguna explicación. Cuando más
pensaba, más perplejo estaba, y cuanto más procuraba no pensar, más pensaba en ello. El fantasma de Marley le
había trastomado profundamente. Cada vez que, tras madura reflexión, llegaba a la conclusión de que todo era
un sueño, sus pensamientos, al igual que un fuerte muelle tensado, volvían a la posición inicial y replanteaban el
mismo problema: «¿era o no era un sueño?».
Scrooge permaneció en tal estado hasta que las campanas dieron otros tres cuartos de hora y entonces,
súbitamente, recordó que el fantasma le había anunciado una aparición cuando la campana diera la una.
Decidió permanecer alerta hasta que pasase ese tiempo. Y considerando que tenía tan ta posibilidad de dormirse
como de ir al cielo, tal vez aquella fuese la resolución más prudente que podía haber adoptado.
El cuarto de hora se le hizo tan largo que en más de una ocasión tuvo la impresión de haberse adormecido
sin oír el reloj. Al fin, un repique llegó a sus oídos atentos.
«Ding, dong»
«Y cuarto», dijo Scrooge, contando.
«¡Ding, dong!»
«¡Y media!», dijo Scrooge.
«¡Ding, dong! »
«Menos cuarto», dijo Scrooge.
«¡Ding, dong! »
«La hora», dijo Scrooge triunfalmente, «¡y nada de nada! »
Había hablado antes de que sonase la campana de las horas, que lo hizo a continuación con una profunda,
triste, cavernosa y melancólica U N A . Al instante, la habitación quedó inundada de luz y se corrieron los
cortinajes de su cama.
Las cortinas de la cama fueron descorridas -lo aseguro- por una mano. No las coronas de la cabecera ni de
los pies, sino las del lado hacia el que miraba. Las cortinas de la cama fueron descorridas; Scrooge se incorporó
precipitadamente y, en postura semi-recostada, se encontró cara a cara con el visitante ultraterrenal que las
había descorrido. Estaba tan cerca de él como yo lo estoy de ti, lector, y en espíritu estoy a tu lado.
Era un extraño personaje, como un niño, y sin embargo parecía un anciano visto a través de una cierta áurea
sobrenatural que le daba el aspecto de haber ido retrocediendo del campo visual hasta quedar reducido a las
proporciones de un niño. El cabello le caía hasta los hombros y era blanco; como el de un anciano, sin
embargo, no había arrugas en su rostro sino la más aterciopelada lozanía. Tenía unos brazos muy largos y
musculosos, igual que las manos, dando una impresión de fuerza excepcional. Sus piernas y pies, al igual que los
miembros superiores, estaban desnudos y maravillosamente conformados. Vestía una túnica inmaculadamente
blanca y ceñía su cintura un lustroso cinturón con her moso brillo. En la mano llevaba una rama verde de acebo
y, en extraña contradicción con tal invemal emblema, su ropaje estaba salpicado de flores estivales. Pero lo más
sorpren dente era el chorro de luz fulgente que le brotaba de la co ronilla y hacía visibles todas estas cosas.
También tenía un gorro con forma de gran matacandelas, que ahora llevaba bajo el brazo, pero sin duda
utilizaría en los momentos de apagamiento.
Con todo, no era esto lo más extraordinario. Cuando Scrooge le miró con creciente atención vio que el
cinturón destellaba y titilaba ora en un punto, ora en otro, y donde en un instante había luz, en otro momento
estaba apagado, de manera que fluctuaba la propia imagen del personaje: aho ra era una cosa con un brazo,
ahora con una pierna, después con veinte piernas, o un par de piernas sin cabeza, o una cabeza sin cuerpo. Las
partes que se disolvían estaban fundidas con las densas tinieblas de modo que nada de ellas se podía vislumbrar.
Y lo maravilloso es que reaparecía nuevamente con más claridad y nitidez que antes.
«¿Es usted, señor, el espíritu cuya llegada se me anunció?», preguntó Scrooge.
«Yo soy».
La voz era suave y afable, curiosamente apagada, como si en vez de estar tan cerca, hablase desde lejos.
«¿Quién y qué es usted!», preguntó Scrooge.
«Soy el fantasma de la Navidad del Pasado».
«¿Pasado lejano?», inquirió Scrooge mientras observaba su estatura minúscula. .
«No. Tu pasado».
Si alguien le hubiera preguntado, Scrooge tal vez no habría sabido explicar la razón, pero sentía un deseo
especial de ver al espiritu con el gorro puesto y le rogó que se cu briera.
«¡Qué dices!», exclamó el fantasma, «¿ya quieres apagar, con tus manos mundanas, la luz que te doy? ¿No te
basta con ser uno de esos cuyas pasiones hicieron este gorro y me han obligado a llevarlo encasquetado hasta
las cejas durante años y años?».
Con la mayor reverencia, Scrooge negó cualquier intención de ofender y todo conocimiento de haber
«encapotado» voluntariamente al espíritu en ningún momento de su vida.
Luego le preguntó abiertamente qué asuntos le habían llevado allí.
«¡Tu propio bien!», dijo el fantasma.
Scrooge expresó sus agradecimientos, pero sin dejar de pen sar que para alcanzar esa finalidad hubiera sido
preferible dejarle descansar toda la noche, sin sobresaltos. El espíritu debió de leer su pensamiento porque dijo
de inmediato:
«¡Y todavía te quejas! ¡Ten cuidado!
Y al decir esto, extendió su poderosa mano y le agarró por brazo con suavidad.
«¡Levántate y ven conmigo!»
De nada habría servido que Scrooge arguyera que ni el clima ni la hora resultaban los más adecuados para sus
propósitos peatonales, ni que la cama estaba caliente y el termómetro muy por debajo del punto de
congelación; ni que iba muy ligero de ropa, en zapatillas, bata y gorro de dormir, o que estaba sufriendo un
resfriado. El apretón, aunque suave como el de una mano femenina, era ineludible. Scrooge se levantó, pero al
ver que el espíritu se dirigía a la ventana se colgó de su túnica y suplicó:
«Yo soy hombre mortal y podría caerme».
«Basta un simple toque de mi mano ahí», dijo el espíritu posándola sobre su corazón, «y quedarás salvo para
esto y más aún».
Tras pronunciar estas palabras, atravesaron la pared y fueron a dar a una carret era en plena campiña, con
campos de labor a ambos lados. La ciudad se había desvanecido por com pleto, hasta el último vestigio. La
oscuridad y la bruma habían desaparecido con la ciudad, dando paso a un día invernal, claro y con nieve
cubriendo el suelo.
«¡Cielo Santo!», dijo Scrooge enlazando sus manos y observando el entorno. «¡Yo nací en este lugar! ¡Aquí
pasé mi infancia! ».
El espíritu le miró de soslayo con indulgencia. El suave toquecito, aunque ligero y breve, parecía seguir
afectando a las sensaciones del anciano, percibía mil olores flotando en el aire, cada cual relacionado con mil
recuerdos, ilusiones y preocupaciones, olvidados largo, largo tiempo atrás.
«Te tiemblan los labios», dijo el fantasma. «Y ¿qué tienes en la mejilla?»
Scrooge musitó, con inusual vacilación en la voz, que era un grano, y rogó al fantasma que le llevara a donde
tuviera que llevarle.
«¿Recuerdas el camino?», interrogó el espíritu.
«¡Que si lo recuerdo!», exclamó Scrooge con fervor. «Podría reconocerlo a ciegas».
«Es raro que te hayas olvidado durante tantos años», observó el fantasma. «Vámonos».
Echaron a andar por la carretera. Scrooge iba reconociendo cada portilla, cada poste, cada árbol, hasta que
apareció en la lejanía un pueblecito con su puente, iglesia y serp enteante río. Ahora veían trotar, en dirección a
ellos, unos cuan tos caballitos peludos, montados por chicos que llamaban a otros chicos subidos en carretas y
carros conducidos por gran jeros. Todos manifestaban gran animación y el ancho campo terminó llenándose de
una música tan alegre que hasta el aire fresco se reía al escucharla.
«Solamente son las sombras de lo que ha sido», dijo el fantasma. «No son conscientes de nuestra presencia».
La bulliciosa comitiva se iba acercando; Scrooge sabía los nombres de todos. ¡Cómo disfrutó al verlos! ¡Qué
brillo tenían sus fríos ojos y qué palpitaciones en su corazón mien tras pasaban! Se sintió inundado de gozo
cuando les oyó felicitarse la Navidad, al despedirse en los cruces de los caminos para ir cada cual a su hogar
¿Qué era para Scrooge la Feliz Navidad? ¡Y dale con feliz Navidad! ¿Qué bien le había pro porcionado a él?
«La escuela no está vacia del todo», dijo el fantasma. «Aún queda allí un niño solitario, abandonado por sus
compañero».
Scrooge dijo que ya lo sabía. Y sollozó.
Dejaron la carretera principal para continuar por un sendero, bien recordado y enseguida llegaron a una
mansión de ladrillo rojo deslucido, con una cúpula en el tejado coronada por una veleta de gallo y una campana.
Era una gran casa, pero venida a menos. Las espaciosas dependencias se utilizaban muy poco y las paredes
estaban húmedas y enmoheci das, las ventanas rotas, las puertas vencidas. Por los establos se contoneaban y
cacareaban las aves de corral. La hierba invadía cocheras y cobertizos. El interior de la casa no había
conservado mejor su antiguo esplendor; cuando penetraron en el sombrío vestíbulo y dieron un vistazo por las
puertas abiertas de numerosas habitaciones, las encontraron pobremente amuebladas, frías y destart aladas.
Había algo en el aire, en la desolada desnudez del lugar, que de alguna manera se asociaba al hecho de madrugar
demasiado y comer muy poco.
El fantasma y Scrooge atravesaron el vestíbulo hasta llegar a una puerta en la parte trasera de la casa. Se abrió
y dio paso a un cuarto largo, melancólico y desnudo, desnudez aún más acentuada por las sencillas alineaciones
de bancos y pupitres. En uno de ellos, un muchacho solitario leía cerca de un fuego exiguo. Scrooge se sentó en
un banco y se le cayeron las lágrimas al ver su pobre y olvidada persona tal y como había sido.
El eco latía en la casa, chilliditos y carreras de ratones tras el entarimado, un goteo de la fuente semicongelada
del deslucido patio trasero, un susurro entre las ramas sin hojas de un álamo desesperado, el inútil balanceo de
una puerta de despensa vacía, el chisporroteo del fuego, llegaron al corazón de Scroope con su influjo
enternecedor y dieron rienda suelta a sus lágrimas.
El espiritu le tocó en el brazo y señaló hacia su joven persona, absorta en la lectura. De pronto, apareció tras
la ven tana un hombre maravillosamente real y visible, exóticamente ataviado, con una segur en su cinturón y
llevando de la brida un asno cargado de leña.
«¡Es Alí Babá!», exclamó Scrooge extasiado. «¡Es mi querido y honrado Alí Babá! ¡Sí, sí, yo lo se! Una
Navidad, cuan do aquel niño solitario tuvo que quedarse aquí completamente solo, él vino, por primcra vez,
igual que ahora. ¡Pobre muchacho! ¡Y Valentine y su hermano salvaje Orson, ahí van! ¡Y ese otro, ¿cómo se
llama?, al que pusieron en calzoncillos, dormido, en la puerta de Damasco. ¿No lo ves! ¡Y el caballerizo del
Sultán colocado por los Genios boca abajo, ahí está de cabeza! ¡Se lo merecía; me alegro, ¿quién le mete a
casarse con la princesa?!.
Los hombres de negocios que conocían a Scrooge se habrían llevado una sorpresa mayúscula si le hubiesen
visto gastar toda su energía en tales asuntos, con un tono de voz de lo más singular, a medio camino entre la
risa y el llanto, y si hubies en observado su rostro excitado y acalorado.
«¡Ahí está el Loro!», exclamó Scrooge. «El cuerpo verde y la cola amarilla, con algo parecido a una lechuga
saliéndole de lo alto de la cabeza. ¡Ahí está! Pobre Robin Crusoe, le dijo cuando volvió a casa tras navegar
alrededor de la isla. "Pobre Robin Crusoe, ¿dónde has estado Robin Crusoe?". El hombre pensó que soñaba,
pero no. Era el loro, ¿verdad?. ¡Allá va Viernes, corriendo hacia la pequeña ensenada para salvarse! ¡Vámos!
¡Corre!».
Después, con una repentina transición, muy lejana a su habitual carácter, dijo compadeciéndose de su pasado:
«¡Pobre muchacho!», y volvió a llorar.
«Desearía...», murmuró metiendo la mano en el bolsillo y mirando alrededor, tras secar los ojos con la manga,
«pero ahora ya es demasiado tarde».
«¿De qué se trata», preguntó el espíritu.
«Nada», contestó Scrooge, «nada. Anoche, un chico estuvo cantando un villancico en mi puerta. Desearía
haberle dado algo; eso es todo».
El fantasma sonrió pensativamente a hizo un ademán con la mano mientras decía: «¡Veamos otra Navidad!».
Con estas palabras, la persona del Scrooge juvenil se hizo mayor y la estancia se volvió un poco más oscura y
más sucia. Los paneles encogidos, las ventanas rotas; fragmentos de yeso se habían desprendido del techo
dejando a la vista las rasillas. Pero Scrooge no sabía cómo se habían producido es tos cambios; no sabía más que
tú, lector. Lo único que sabía es que era cierto, así había sucedido; y sabía que él estaba allí, otra vez solo,
cuando todos los demás chicos se habían ido a casa a pasar las festivas vacaciones.
Ahora no estaba leyendo sino dando pasos arriba y abajo, desesperado. Scrooge miró al fantasma y con un
dolorido movimiento de negación con la cabeza, dirigió una mirada llena de ansiedad hacia la puerta. La puerta
se abrió y una ni ñita, de edad mucho menor que el muchacho, entró como una exhalación, le echó los brazos al
cuello y le besaba repetidamente llamándole «Querido, querido hermano».
«¡He venido para llevarte a casa, querido hermano!», decía la niña palmoteando con sus manos pequeñas y
encogida por las risas. ¡Para llevarte a casa, a casa, a casa!
«¿A casa, mi pequeña Fan?», contestó el muchacho.
«¡Sí!», dijo la niña desbordante de felicidad. «A casa, a casa para siempre. Ahora Padre está mucho más
amable, nuestra casa parece el cielo. Una bendita noche, cuando me iba a la cama, me habló tan cariñoso que
me atreví a preguntarle una vez más si tú podrías volver; y dijo que sí, que era lo mejor, y me mandó en un
coche a buscarte. ¡Ya vas a ser un hombre», dijo la niña, abriendo los ojos, «y nunca vas a volver aquí;
estaremos juntos toda la Navidad y será lo más maravilloso del mundo!»
«¡Eres toda una mujer, Fan!», exclamó el chico.
Ella palmoteaba, reía a intentó llegarle a la cabeza, pero era demasiado pequeña y reía otra vez, y se puso de
puntillas para abrazarle. Luego empezó a arrastrarle, con infantil impaciencia, hacia la puerta, y él de muy buen
grado la acom pañó.
Una voz terrible gritó en el vestíbulo «¡Bajad el baúl del Sr. Scrooge, aquí!». Y en el vestíbulo apareció el
director de la escuela en persona, observó al Sr. Scrooge con feroz con descendencia y le estrechó las manos,
sumiéndole en un es tado de terrible confusión. A continuación condujo a Scrooge y su hermana hasta la sala de
visitas más estremecedora que se haya visto, donde los mapas en la pared y los globos terráqueos y celestes en
las ventanas estaban cerúleos por el frio. Allí sacó una licorera de vino sospechosamente claro, y un bloque de
pastel sospechosamente denso, y administró a los jóvenes «entregas» de tales exquisiteces. Al mismo tiempo,
envió fuera a un enflaquecido sirviente para que ofreciese un vaso de «algo» al chico de la posta, quien
respondió que daba las gracias al caballero, pero si lo que le iban a dar salía del mismo barril que ya había
probado anteriormente, prefería no tomarlo. El baúl del señor Scrooge ya estaba amarrado en el carruaje; los
niños se despidieron gustosos del director de la escuela, se acomodaron en él y rodaron alegremente hacia la
curva del parque, las veloces ruedas pulverizaban y rociaban de escarcha y de nieve las oscuras hojas perennes
de los arbustos.
«Fue siempre una criatura tan delicada que podía caerse con un soplo. ¡Pero qué gran corazón tenía!», dijo el
fantasma.
«¡Sí que lo tenía!», lloró Scrooge. «Tienes razón. No seré yo quien lo niegue, espíritu. ¡Dios me libre!».
«Murió cuando ya era una mujer», dijo el espíritu, «y tenía, creo, hijos».
«Un hijo», puntualizó el fantasma. «¡Tu sobrino!».
Scrooge sintió malestar y contestó solamente «sí».
Aunque sólo hacía un momento que había dejado atrás la escuela, ahora se encontraban en la bulliciosa
arteria de una ciudad, donde sombras de transeúntes pasaban y volvían a pasar, donde sombras de carruajes y
coches luchaban por abrirse paso, y donde se producía todo el tumulto y es trépito de una ciudad real. Por el
adorno de las tiendas se notaba claramente que también allí era el tiempo de la Navidad. Pero era una tarde y
las calles ya estaban alumbradas.
El fantasma se detuvo en la puerta de cierto almacén y preguntó a Scrooge si lo conocía.
«¡Conocerlo!», dijo, «¿Acaso no me pusieron de aprendiz aquí?».
Ante la visión de un viejo caballero con peluca galesa, sentado tras un pupitre tan alto que si él hubiese sido
dos pulgadas más alto su cabeza habría chocado contra el techo, Scrooge exclamó con gran excitación:
«¡Pero si es el viejo Fezziwig!, ¡Dios mio, es Fezziwig vivo otra vez!».
El viejo Fezziwig posó la pluma y miró el reloj de la pared, que señalaba las siete. Se frotó las manos, se
ajustó el amplio chaleco, se rió con toda su persona, desde la punta del zapato hasta el órgano de la
benevolencia y gritó con una voz consoladora, profunda, rica, sonora y jovial:
«¡Eh, vosotros! ¡Ebenezer! ¡Dick!».
El Scrooge del pasado, ahora ya un hombre joven, apareció con prontitud acompañado por su compañero
aprendiz.
«¡Dick Wilkins, claro está!», dijo Scrooge al fantasma. «Sí. Es él. Me quería mucho, Dick, ¡Pobre Dick! ¡Señor,
señor!». «¡Hala, chicos! », dijo Fezziwig, «se acab ó el trabajo por hoy. ¡Nochebuena, Dick! ¡Navidad, Ebenezer!
¡A echar el cierre! », exclamó Fezziwig con una sonora palmada,¡sin esperar un momento! ».
¡No se podría creer la rapidez con que los chicos se pusieron manos a la obra! Cargaron a la calle co n los
cierres -uno, dos, tres-, los colocaron en su sitio -cuatro, cinco, seis-, echaron las barras y los pasadores -siete,
ocho, nueve- y volvieron antes de poder contar doce, trotando como caballos de carreras.
«¡Vamos allá!», exclamó Fezziwig resbalando desde el alto pupitre con pasmosa agilidad. «¡Despejad todo,
muchachos, aquí hay que hacer mucho sitio! ¡Venga Dick! ¡Muévete, Ebenexer! ».
¡Despejad! No había nada que no quisiesen o pudiesen despejar bajo la mirada del viejo Fezziwig. Quedó
listo en un minuto. Se apartaron todos los muebles como si se desechasen de la vida pública para siempre. El
suelo se barrió y fregó. Se adornaron las lámparas y se amontonó combustible junto al hogar, y el almacén se
convertió en un salón de baile tan acogedor, caliente, seco y brillante como uno desearía ver en una noche de
invierno.
Llegó un violinista con un libro de partituras y se encaramó al excelso pupitre convirtiéndolo en escenario, y
al afinar sonaba como un dolor de estómago. Entró la señora Fez ziwig, sólida y consistente, toda sonrisas.
Entraron las tres señoritas Fezziwig, radiantes y adorables. Entraron los seis jóvenes pretendientes cuyos
corazones ellas habían roto. Entraron todos los hombres y mujeres jóvenes empleados en el negocio. Entró la
criada, con su primo el panadero. Entró la cocinera con el amigo de su hermano, el lechero. Entró el chico de
enfrente, del cual se sospechaba que su patrón no le daba comida suficiente; entró disimuladamente tras la
chica de la puerta siguiente a la de al lado, de la que se había comprobado que su señora le daba tirones de
orejas. Todos entraron, uno tras otro. Algunos tímidamente, otros descaradamente; unos con gracia, otros
desmañados; unos tirando, otros empujando. De una a otra forma, entraron todos. Y allí estaban veinte parejas
a la vez, de las manos media vuelta y de espalda para atrás; juntos en el medio y otra vez adelante; gira y gira en
diversas figuras de afectuosa agrupación; la vieja pareja de cabeza, girando siempre hacia el lado equivocado; la
nueva pareja de cabeza a empezar otra vez cuando les tocaba el tumo; todos parejas de cabeza y ninguna de
cola. Cuando se vio el resultado, el viejo Fezziwig, dando palmadas para detener la danza, gritó: ¡Muy bien!, y el
violinista hundió su rostro acalorado en un gran tanque de cerveza, especial para la ocasión. Sin querer más
descan so, volvió a empezar al instante, aunque todavía no tenía bailarines, como si al violinista anterior lo
hubiesen tenido que llevar a su casa agotado. Ahora parecía un hombre nuevo, dispuesto a vencer o morir.
Hubo más danzas; luego, juego de prensas y más danzas; había tarta, sangría caliente, un gran pedazo de
asado frío y un gran pedazo de hervido frío, pastelillos de carne y abundante cerveza. Pero el gran efecto de la
velada se produjo tras el asado y el hervido, cuando el violinista (un perro viejo; la clase de persona que sabía lo
que hacía mejor que nadie) atacó los acordes de «Sir Roger de Coverley». El viejo Fezziwig sacó a bailar a la
señora Fezziwig, encabezando la danza otra vez frente a unas parejas que no se achicaban fácilmente, gente
capaz de danzar aunque no tuviesen noción de andar.
Pero aunque hubiesen sido muchas más parejas, el viejo Fezziwig habría podido medir fuerzas con todos, y
lo mismo la señora Fezziwig. Por lo que a ella respecta, merecía emparejarse con él en todos los sentidos de la
palabra, y si ésta no es alabanza suficiente, digaseme otra y la utilizaré. Ellas brillaban como lunas en todas las
fases de la danza. No se podía predecir qué harían al momento siguiente. Y cuando el viejo Fezziwig y señora
realizaron todas las figuras de la danza -avance y retirada, sujetando a la pareja de las manos, inclinación y
reverencia; movimiento en espital; «enebra la aguja y vuelve a tu sitio»-, Fezziwig «cortó»; cortó tan
gallardamente que pareció parpadear con las piernas en el aire antes de caer de pie sin una vacilación.
Este baile doméstico se dio por terminado cuando sonaron las once. El señor y señora Fezziwig tomaron
posiciones a ambos lados de la puerta y fueron dando la mano a todos, uno por uno, a medida que salían, y al
mismo tiempo les desearon Felices Navidades. Lo mismo hicieron con los dos aprendices; se fueron apagando
las voces alegres y los dos chicos se dirigieron a sus camas, situadas bajo un mostrador de la trastienda.
Durante todo este tiempo Scrooge actuó como un hombre fuera de sus cabales. Su corazón y su alma
estaban pues tos en la escena con su antiguo ser. Lo corroboraba todo, recordaba todo, disfrutaba con todo, y
era presa de la más extraña agitación. Hasta que los iluminados rostros de Dick y su yo anterior quedaron fuera
de la vista, no se había acordado del fantasma, y ahora fue consciente de que éste le miraba intensamente
mientras la luz de su cabeza iluminaba con brillante claridad.
«Con qué poca cosa», dijo el fantasma, «se sienten llenos de gratitud esos dos tontos».
«¡Poca cosa!», repitió Scrooge.
El espiritu le hizo seña de que escuchase a los dos aprendices, que se deshacían en alabanzas de Fezziwig.
Después dijo:
«¡Pero si es cierto! No ha hecho más que gastarse unas pocas libras de tu dineto mortal, tal vez tres o cuatro.
¿Merece por eso tal gratitud?».
«No es así», dijo Scrooge irritado con la observación y hablando sin querer como su yo pasado y no como el
actual.
«No se trata de eso, espíritu. Tenía la facultad de hacernos felices o desgraciados, de hacer nuestro trabajo
agradable o pesado, un placer o un tormento. Su facultad estaba en las palabras y en las miradas, en cosas tan
insignificantes y sutiles que resulta imposible valorarlas. La felicidad que proporciona vale más que una
fortuna».
Percibió la mirada del espíritu y se calló.
«¿Qué sucede? », preguntó el espíritu.
«Nada de particular», dijo Scrooge.
«Yo pienso que sí», insistió el fantasma.
«No», dijo Scrooge, «No. Me gustaría tener la oportunidad de decirle un par de cosas a mi escribiente ahora
mismo. Eso es todo».
Mientras formulaba este deseo, su ser del pasado apagaba las lámparas. Scrooge y el fantasma volvieron a
quedar al aire libre.
«Me queda poco tiempo, observó el espítitu. «¡Rápido!».
No se dirigía a Scrooge ni a nadie visible, pero produjo un efecto inmediato. Scrooge volvió a contemplarse
otra vez. Ahora tenía más edad, un hombre en plenitud de vigor. Su rostro no presentaba los agrios y rígidos
rasgos de años posteriores, pero empezaba a mostrar signos de preocupación y avaricia. Sus ojos tenían una
movilidad ansiosa, codiciosa, incesante, que indicaba la pasión que en él se había enraizado y seguiría creciendo.
No estaba solo. Una joven rubia y vestida de luto estaba sentada junto a él; en sus ojos había lágrimas que
brillaban a la luz del fantasma de la Navidad del pasado.
«¿Qué ídolo te ha desplazado?», replicó él.
«Uno de oro».
«¡Pero si es la actividad más imparcial del mundo!», dijo él. «Nada hay peor que la pobreza y no hay por que
condenar con tal severidad la búsqueda de la riqueza».
«Tienes demasiado miedo al mundo», dijo ella dulcemen te. «Todas las demás ilusiones las has sepultado con
la ilusión de quedar fuera del alcance de los sórdidos reproches del mundo. He visto sucumbir, una tras otra,
tun más nobles aspiraciones hasta quedar devorado por la pasión principal, el Lucro. ¿No es cierto?».
«¿Y qué? », replicó él. «¡Y qué si ahora soy mucho más listo?. Contigo nada ha cambiado».
Ella negó con la cabeza.
«¿En que he cambiado?', preguntó él.
«Nuestro compromiso fue hace tiempo. Se hizo cuando ambos éramos pobres y conformes con serlo hasta
que, con mejores tiempos, pudiéramos mejorar de fortuna con pacien te labor. Tú eres lo que ha cambiado.
Cuando non compro metimos eras otro hombre.
«Era un muchacho», dijo él con impaciencia.
«Tu propio sentido lo dice que no eres el mismo», replicó ella. «Yo sí. Aquella que prometió felicidad cuando
no éramos más que un solo corazón, está abrumada por el dolor ahora que somos dos. No sabes cuán a
menudo y con qué profundidad lo he pensado. Me basta con haberlo tenido que pensar para que te libere de tu
compromiso».
«¿Acaso te lo he pedido? ».
«Con palabras, no. Nunca».
«Entonces, ¿cómo? ».
«Con una naturaleza cambiada, con un espíritu alterado, otra atmosfera vital, otra Ilusión como gran meta.
Con todo aquello que había hecho mi amor valioso a tun ojos. Si entre nosotros no hubiera existido esto», dijo
la joven mirándole dulcemente pero con fijeza, «contéstame, ¿me habrías buscado y habrías intentado
conquistarme? ¡Ah, no! ».
El, sin poderlo evitar, pareció rendirse a la justicia de sus suposiciones. Pero hizo un esfuerzo para decir: «No
pienses así».
«Con mucho gusto pensaría de otro modo si pudiera», res pondió, «¡bien lo sabe Dios! Tras haber constatado
una verdad como ésta, sé lo fuerte a irresistible que debe ser. Pero si hoy, mañana, ayer, estuvieses libre de
compromisos, ¿podría yo creerme que ibas a elegir a una chica sin dote -tú, que todo lo mides por el rasero del
Lucro? O si la eligieses, traicionando tun propios principios, sé que pronto te arrepentirías y lo lamentarías. Por
eso te devuelvo tu libertad. De todo corazón, por el amor de aquel que fuiste un día».
El estaba a punto de decir algo, pero ella prosiguió apartando su mirada:
«Es posible que te duela, casi lo deseo en memoria de nuestro pasado. Transcurriría un tiempo muy, muy
corto y lo olvidarás todo, gustosamente, como si te despertases a tiempo de un sueño improductivo. ¡Que seas
feliz con la vida que has elegido! ».
Ella le dejó y se separaron.
«¡Espíritu, no quiero ver más! », dijo Scrooge. Llévame a casa. ¿Por qué te complaces torturándome? ».
«¡Sólo una imagen más! », exclamó el fantasma.
«¡Ni una más! », gritó Scrooge. «¡Basta! ¡No quiero verlo! ¡No me muestres más! »
Pero el implacable fantasma le aprisionó entre sun brazos y le obligó a observar lo que sucedió a
continuación.
Era otra escena y otro lugar: una habitación no muy grande ni elegante, pero llena de confort. junto a la
chimenea invérnal se hallaba sentada una bella joven tan parecida a la anterior que Scrooge creyó que era la
misma hasta que la vió a ella, ahora matrona atractiva, sentada frente a su hija. En aquella estancia el ruido era
completo tumulto pues había más niños allí de los que Scrooge, con su agitado estado mental, podía contar. Y,
al contrario que en el celebrado rebaño del poema, no se trataba de cuarenta niños comportándose como uno
solo, sino que cada uno de los niños se comportaba como cuarenta. Las consecuencias eran tumultuosas hasta
extremos increíbles, pero no parecía importarle a nadie; por el contrario, la madre y la hija se reían con todas las
ganas y lo disfrutaban. La hija pronto se incorporó a los juegos y fue asaltada por los jóvenes bribones de la
manera más despiadada. ¡Lo que yo habría dado por ser uno de ellos! ¡Claro que yo nunca habría sido tan bruto,
no, no! Por nada del mundo habría despachurrado aquel cabello tren zado ni le habría arrancado de un tirón el
precioso zapatito. ¡De ninguna manera! Lo que sí habría hecho, como hizo aquella intrépida y joven nidada, es
tantear su cintura jugando; me habría gustado que, como castigo, mi brazo hubiera crecido en torno a su
cintura y nunca pudiera volver a enderezarse. Y también me habrá encantado tocar sus labios y haberle hecho
preguntas para que los abriese; haber mirado las pestañas de sus ojos bajos sin provocar un rubor; haber
soltado las. ondas de su pelo y conservar un mechón como recuerdo de valor incalculable; en suma: me habría
gustado, lo confieso, haberme tomado las libertades de un niño siendo un hombre capaz de conocer su valor.
Pero ahora se escuchó una llamada en la puerta, inmediatamente seguida de tales carreras que ella, con un
rostro risueño y el vestido arrebatado, fue arrastrada hacia el centro de un acalorado y turbulento grupo justo a
tiempo para saludar al padre que llegaba al hogar, auxiliado por un hombre cargado de juguetes navideños y
regalos. Luego todo fue vocear, luchar y asaltar violentamente al indefenso porteador. Le escalaron con sillas,
bucearon en sus bolsillos, le expoliaron los paquetes envueltos en papel marrón, le sujetaron por la corbata, se
le colgaron del cuello, aporrearon su espalda, y le dieron patadas en las piernas con un amor irreprimible. ¡Las
exclamaciones de admiración y contento que siguieron a cada apertura de paquete! ¡La terrible noticia de que
habían sorprendido al bebé en el momento de llevarse a la boca una sartén de juguete, y se sospechaba con
mucho fundamento que se había tragado un pavo pegado a una planchita de madera! ¡El alivio inmenso al
descubrir que era una falsa alarma! ¡El gozo, la gratitud, el éxtasis! No es posible describirlos. Baste decir que,
por orden de gradación, los niños y sus emociones salieron del salón y, de uno en uno, se fueron por una
escalera a la parte más alta de la casa; allí se metieron en la cama y, por consiguiente, se apaciguaron.
Y ahora Scrooge miró con mayor atención que nunca, cuando el señor de la casa, con su hija cariñosamente
apoyada en él, se sentó con ella y con la madre en su sitio junto al fuego. A Scrooge se le nubló la vista cuando
pensó que una criatura tan grácil y llena de promesas como aquella podría haberle llamado «padre» y ser una
primavera en el macilento invierno de su vida.
«Belle», dijo el marido volviéndose sonriente hacia su mujer, «esta tarde he visto a un viejo amigo tuyo».
«¿Quién era?».
«No sé... ¡Ya lo sé!», añadió de un tirón, riendo sin Parar. «El señor Scrooge».
«Era el señor Scrooge. Pasé por delante de su despacho y como tenía encendida la luz, casi no pude evitar el
verle. He oído decir que su socio se está muriendo y allí estaba él solo, sentado. Solo en la vida, creo yo».
«¡Espíritu!», dijo Scrooge con la voz quebrada, «sácame de aquí».
«Te he dicho que éstas eran sombras de las cosas que han sido», dijo el fantasma. «Son lo que son ¡No me
eches la culpa! »
«¡Sácame!», exclamó Scrooge. «¡No lo resisto!».
Se giró hacia el fantasma y viendo que le contemplaba co n un rostro en el que, de cierto modo extraño, había
fragmen tos de todos los rostros que le había mostrado, forcejeó con él.
«¡Déjame! ¡Llévame de vuelta! ¡No sigas hechizándome!».
En el forcejeo, si se puede llamar forcejeo aunque el fantasma, sin resistencia notaria por su parte, no parecía
afectado por los esfuerzos de su adversario, Scrooge observó que su luz era intensa y brillante; vagamente
asoció este hecho con el influjo que sobre él ejercía, y agarró el gorro-apagador y, con un movimiento
repentino, se le incrustó en la cabeza.
El espíritu cayó debajo, de manera que el apagador le cu brió totalmente. Pero aunque Scrooge lo presionaba
con todas sus fuerzas, no pudo apagar la luz, que salía por debajo en chorro uniforme sobre el suelo.
Se sentía agotado y vencido por un irresistible sopor; tam bién se dio cuenta de que estaba en su propio
dormitorio. Dio un último empujón al gorro y su mano se relajó; apenas tuvo tiempo de llegar tambaleante a la
cama antes de hundirse en un sueño profundo.
*
TERCERA ESTROFA
EL SEGUNDO DE LOS TRES ESPIRITUS
*
Cuando se despertó en medio de un prodigioso ronquido y se sentó en la cama para aclarar sus ideas, nadie
podía haver avisado a Scrooge de que estaba a punto de dar la una. Supo que había recobrado la concien cia
justo a tiempo para mantener una entrevista con el segundo mensajero, que se le enviaba por mediación de
Jacob Marley. Pero sintió un frío desagradable cuando empezó a preguntarse qué cortina descorrefia el nuevo
espectro; por eso las recogió todas él mismo, se tumbó de nuevo y dirigió una cortante ojeada en torno a su
cama. Quería plantar cara al espíritu cuando apareciera y no deseaba que le cogiera desprevenido porque se
pondría nervioso.
Los caballeros del tipo poco ceremonioso, que se jactan de conocer bien la aguja de marear a cualquier hora
del día o de la noche, expresan su amplia capacidad para la aventura diciendo que son buenos para cualquier
cosa, desde jugar a «cara o cruz» hasta cometer un asesinato; entre estas dos actividades extremas, qué duda
cabe, hay toda una amplia gama. Sin atteverme a decir otro tanto de Scrooge, no es equivocado pensar que
estaba preparado para recibir una gran variedad de extrañas apariciones y que nada, desde un bebé hasta un
rinoceronte, le habría cogido muy de sorpresa.
Ahora bien, al estar preparado para casi todo, en modo alguno estaba preparado para nada. Por consiguiente,
cuan do la campana dio la una y no apareció ninguna forma, Scrooge fue presa de violentos temblores. Cinco
minutos, diez, un cuarto de hora, una hora... y nada. Todo ese tiempo permaneció tendido encima de la cama,
que se había convertido en origen y centro del resplandor de luz rojiza que había fluido sobre ella cuando el
reloj proclamó la hora; al no ser más que luz resultaba más alarmante que una docena de fan tasmas porque él
era incapaz de adivinar su significación y su propósito. En algunos momentos, Scrooge temió hallarse en el
momento culminante de un interesante caso de combustión espontána, sin tener el consuelo de saberlo. Sin
embargo, al final acabó pensando -como usted o yo hubiéramos pensado desde el principio, pues la persona
que no está metida en el problema es quien mejor sabe lo que se debe hacer-, al final, como decía, acabó
pensando que tal vez encontraría la fuente y el secreto de esta luz fantasmal en la habitación de al lado, donde
parecía resplandecer. Cuando esta idea acaparó toda su mente, se levantó sin ruido y se deslizó en sus zapatillas
hasta la puerta.
En el momento de asir la manilla de la puerta, una voz le llamó por su nombre y le ordenó entrar. Scrooge
obedeció.
Era su propio salón, sin duda alguna, pero había sufrido una transformación sorprendente. El techo y las
paredes es taban tan cubiertos de vegetación que parecía un bosquecillo donde brillaban por todos lados bayas
chispeantes. Las frescas y tersas hojas de acebo, muérdago y yedra reflejaban la luz como si se hubiesen
esparcido allí y allá numerosos espejitos, y en la chimenea rugían tales llamaradas como nunca había conocido
aquel triste hogar petrificado en vida de Scrooge, de Marley, ni en muchos, muchísimos inviernos atrás. En el
suelo, amontonados en forma de trono, había pavos, ocas, caza, pollería, adobo, grandes pemiles, lechones,
largas ristras de salchichas, pastelillos de carne, tartas de ciruela, cajas de ostras, castañas de color rojo intenso,
manzanas de rojo encendido, naranjas jugosas, deliciosas peras, inmensos pasteles de Reyes y burbujeantes
boles de ponche que empañaban la estancia con sus efluvios deliciosos. Cómodamente instalado sobre todo
ello, estaba sentado un Gigante festivo, de esplendoroso aspecto, que sostenía una antorcha encendida,
parecida a un cuerno de la Abundancia; la sostenía muy alta para que la luz cayera sobre Scrooge cuando cruzó
la puerta y miró de hito en hito.
«¡Entra!», exclamó el fantasma. «¡Entra y me reconocerás mejor!»
Scrooge avanzó tímidamente a inclinó la cabeza ante el espíritu. Ya no era el obstinado Scrooge de antes, y
aunque los ojos del espíritu eran francos y amables, no le gustó en contrarse con aquella mirada.
«Soy el fantasma de la Navidad del Presente», dijo el es píritu. «¡Mírame!»
Scrooge lo hizo reverentemente. Estaba vestido con una simple túnica, o manto, de color verde oscuro,
ribeteado con piel blanca. Esta prenda le quedaba muy holgada, dejando al descubierto su ancho pecho como si
desdeñara protegerse u ocultarse con cualquier artificio. Sus pies, visibles bajo los amplios pliegues del manto,
también estaban desnudos, y en la cabeza no llevaba más cobertura que una guirnalda de acebo salpicada de
brillantes carámbanos. Sus bucles, de co lor castaño oscuro, eran largos y caían libremente, libres como su rostro
cordial; su chispeante mirada, su mano generosa, su animada voz, sus ademanes espontáneos y su aire festivo.
Ceñía su cintura una antigua vaina, pero sin espada, y la an tigua funda estaba herrumbrosa.
«¡Nunca habías visto nada como yo!», exclamó el espíritu.
«Jamás», logró responder Scrooge.
«¿Nunca has salido con los miembros más jóvenes de mi familia; quiero decir -porque yo soy muy joven- mis
hermanos mayores, nacidos en estos últimos años?», prosiguió el fantasma. manos mayores, nacidos en estos
últimos años?», prosiguió el fantasma.
«Creo que no», dijo Scrooge. «Me temo que no. ¿Tienes muchos hermanos, espíritu?»
«Más de mil ochocientos», dijo el fantasma.
«¡Familia tremenda de mantener! », murmuró Scrooge.
El fantasma de la Navidad del Presente se levantó.
«Espíritu», dijo Scrooge sumisamente, «condúceme a donde desees. Anoche me llevaron a la fuerza y aprendí
una lección que ahora estoy aprovechando. Este noche, si tienes algo que enseñarme, lo aprenderé con
provecho».
«¡Toca mi manto!»
Scrooge hizo lo que se le indicó con mano firme.
Acebo, muérdago, bayas rojas, yedra, pavos, ocas, caza, pollos, adobo, ternera, lechones, salchichas, ostras,
pastelillos, tartas; fruta y ponche desaparecieron instantáneamen te. También desapareció la habitación, el fuego,
el rojizo res plandor, la hora de la noche, y ellos estaban en las calles de la ciudad en la mañana del día de
Navidad. El tiempo era crudo y la gente hacía una especie de música chocante, pero viva y nada desagradable,
al quitar la nieve de la acera de sus casas y de los tejados; para los chicos era una delicia total ver cómo caía la
nieve explotando en la calle y salpicando con pequeños aludes artificiales.
En contraste con la blanca y lisa capa de nieve de los tejados y con la nieve más sucia del suelo, las fachadas
de las casas parecían negras y las ventanas todavía más negras. En la calle, las pesadas ruedas de coches y carros
habían arado con profundas rodadas la última nieve caída, y esos surcos se cruzaban y entrecruzaban cientos de
veces en las intersecciones de las grandes atterias y formaban intrincados canales, difíciles de rastrear, en el
espeso lodo amarillo y agua helada. El cielo estaba oscuro y las calles más cortas taponadas por una neblina
negruzca, medio derretida, medio helada, cuyas partículas más pesadas caían cual ducha de átomos de hollín;
parecía que todas las chimeneas de Gran Bret aña se habían puesto de acuerdo para encenderse a la vez y
estuviesen disparando a discreción para satisfacción de sus queridos fogones. En el clima de la ciudad no había
nada alegre; no obstante, flotaba en el aire un júbilo muy superior al que podría producir el sol más brillante y el
aire más límpido del verano.
La gente que paleaba la nieve en los tejados estaba llena de jovialidad y cordialidad; se llamaban unos a otros
desde los parapetos y, de vez en cuando, intercambiaban bolazos de nieve -proyectil bastante más inofensivo
que muchos co mentarios jocosos-, riendo con todas las ganas si daba en el blanco y con no menos ganas si
fallaba. Las tiendas de los polleros todavía estaban medio abiertas y las de los fruteros irradiaban sus glorias.
Allí había grandes cestos de castañas redondos, panzudos como viejos y alegres caballeros, recostados en las
puertas y desbordando hacia la calle en su apoplética opulencia. Había rojizas cebollas de España, de ros tro
moreno y amplio contorno, de gordura relucien te como frailes españoles que, desde los estantes, guiñaban el
ojo con irresponsable malicia a las chicas que pasaban y luego elevaban la mirada serena al muérdago colgado.
Había peras y manzanas, apiladas en espléndidas pirámides. Había racimos de uvas colgando de ganchos
conspicuos por la buena intención de los tenderos, para que a la gente se le hiciera la boca agua, gratis, al pasar;
también había pilas de avella nas, marrones, aterciopeladas, con una fragancia que evoca ba los paseos por los
bosques y el agradable caminar hundido hasta los tobillos entre las hojas secas; había manzanas de Norfolk,
regordetas y atezadas, resaltando entre el amarillo de naranjas y limones y, con la gran densidad de sus cuerpos
jugosos, pidiendo a gritos que se las llevasen a casa en bolsas de papel para comerlas después de la cena. Hasta
los peces dorados y plateados, desde una pecera expuesta en tre los exquisitos frutos, y a pesar de pertenecer a
una especie sosa y aburrida, parecían saber que algo estaba sucedien do y daban vueltas y más vueltas en su
pequeño mundo con la excitación lenta y desapasionada propia de los peces. ¡Y en las tiendas de ultramarinos!
¡Ah, los ultramarinos! A punto de cerrar, con uno o dos cierres ya echados, pero ¡qué visiones por los hueco s!
Los platillos de las balanzas golpeaban el mostrador con alegre sonido; el rollo de bramante desaparecía con
rapidez; los enlatados tableteaban arriba y abajo como en manos de un malabarista; los mezclados aro mas del té
y el café eran una delicia para el olfato; estaba lleno de pasas extrañas, almendras blanquísimas, largos y derechos
palos de canela y otras especias delicadas, y los frutos confitados, bien cocidos y escarchados con azúcar,
hacían sen tir desvanecimientos, y después una sensación biliosa, incluso a los espectadores más fríos. Los higos
estaban húmedos y pulpusos, las ciruelas francesas se ruborizaban con modesta acrimonia desde sus cajas tan
ornamentadas. Todos los co mestibles eran magníficos y bien presentados para la Navidad. Pero eso no era
todo. Los clientes estaban tan apresurados y agitados con la esperanzadora promesa del día que tropezaban
unos con otros en la puerta, entrechocaban sus cestos, olvidaban la compra en el mostrador y volvían corrien -
do a recogerla, cometiendo ci entos de equivocaciones de esa clase con el mejor humor. El especiero y sus
dependientes eran tan campechanos y bien dispuestos que los pulidos co razones con que ataban sus
mandilones por detrás podrían haber sido sus propios corazones, llevados por fuera para inspección general y
para ser picoteados por cuervos navideños si así lo prefiriesen.
Pero pronto los campanarios llamaron a la oración en iglesias y capillas, y allá se fue la buena gente en
multitud por las calles, con sus mejores galas y su más jubilosa expresión. Y al mismo tiempo, desde muchas
callejuelas, pasadizos y bocacalles sin nombre, emergieron innumerables personas que llevaban su cena a asar
en las panaderías. El espíritu parecía estar muy interesado por estos pobres festejadores, pues se detuvo con
Scrooge junto a la entrada de una panadería para levantar las cubiertas de las cenas que transportaban y las
rociaba de incienso con su antorcha. La antorcha era de una clase muy poco corriente, pues en una o dos
ocasiones en que algunos de los que acarreaban las cenas tropezaron con otros y hubo palabras mayores, el
espíritu los roció con unas gotas de agua de la antorcha, y de inmediato recuperaron el buen humor; decían que
era una vergüenza disputar en el día de Navidad. ¡Y era muy cierto!
Las campanas dejaron de sonar y se cerraron las panaderías, pero permaneció una confortante y vaga
representación de todas esas cenas en el derretido manchón de humedad sobre cada horno de panadero, donde
el suelo todavía humeaba como si se estuvieran cociendo las losas.
«¿Tiene algún sabor especial eso que salpicas con la antorcha?», preguntó Scrooge.
«Sí lo tiene. Mi propio sabor».
«¿Serviría para cualquier cena de hoy?», preguntó Scrooge.
«Para cualquiera que se celebre con afecto. Pero más para una cena pobre».
«¿Por qué más para una pobre?», preguntó Scrooge.
«Porque lo necesita más».
«Espíritu», dijo Scrooge tras un momento de vacilación, «de todos los seres que hay en los muchos mundos
que nos rodean, me asombra que seas tú el que más desea restringir las oportunidades de esa gente para
disfrutar inocentemente».
«¡Yo!», exclamó el espíritu.
«Les quitarías sus medios para poder cenar cada séptimo día, a menudo el único día en que se puede decir
que cenan», dijo Scrooge, «¿verdad?:..
«¡Yo! », exclamó el espíritu.
«¿No quieres que se cierren estos locales los días del Se ñor?», dijo Scrooge. «Pues llegas al mismo resultado».
« ¡Que yo quiero! », exclamó el fantasma.
«Perdóname si me equivoco. Se ha hecho en tu nombre o, al menos, en el de tu familia», dijo Scrooge.
«En esta tierra tuya hay algunos», replicó el espíritu; «que pretenden conocernos y que cometen sus actos de
pasión, orgullo, mala voluntad, odio, envidia, beatería y egoísmo en nuestro nombre; pero son tan ajenos a
nosotros y nuestro género como si nunca hubieran vivido. Recuerda esto y échales la culpa a ellos, no a
nosotros».
Scrooge prometió que así lo haría y se marcharon, invisibles igual que antes, hacia los suburbios de la ciudad.
Una notable cualidad del fantasma (Scrooge la había observado en la panadería) consistía en que, pese a su talla
gigantesca, podía acoplarse a cualquier sitio fácilmente, y mantenía su gracia de criatura sobrenatural tanto si el
techo era muy bajo como si se encontraba en un grandioso vesti'bulo.
Y tal vez por el placer que el buen espíritu encontraba en demostrar esa facultad, o bien por su propia
naturaleza generosa, afable, cordial, y su simpatía por los pobres, condujo a Scrooge asido a su manto
directamente a casa de su escribiente. En el umbral, el espíritu sonrió y se detuvo para bendecir el hogar de Bob
Cratchit con las aspersiones de su antorcha. ¡Imagínate! Bob sólo ganaba quince «pavos» a la semana; los
sábados no se embolsaba más que quince copias de su propio nombre, ¡y a pesar de todo el fantasma de la
Navidad del Presente bendijo su casa de cuatro habitaciones!
La señora Cratchit, esposa de Bob Cratchit, engalanada pobremente con un vestido al que ya le había dado la
vuelta dos veces, pero esplendoroso en cintas (baratas y muy lucidas por cuatro perras), se levantó y puso el
mantel ayudada por Belinda Cratchit, la segunda de sus hijas, igualmente aderezada con lazos. Mientras tanto, el
señorito Peter Cratchit hundía un tenedor en la cazuela de las patatas y se metía en la boca los picos de su
monstruoso cuello de camisa (propiedad privada de Bob, transferida a su hijo y heredero en honor a la
festividad del día), encantado de en contrarse tan elegantemente ataviado y ansioso por exhibirse en los parques
y paseos de moda. Y ahora dos pequeños Cratchit, niño y niña, llegaron corriendo precipitadamente y gritando
que habían olido la oca fuera de la panadería y que sabían que era la suya; entre placenteros pensamientos de
cebolla y salvia, estos jóvenes Cratchit bailaban en torno a la mesa y ensalzaban al señorito Peter Cratchit
mientras él (sin orgullo, aunque el cuello casi le estrangulaba) atizaba el fuego hasta que el lento hervor de las
patatas sonó fuerte al chocar con la tapadera y quedaron listas para sacar y pelar.
«¿Qué estará haciendo vuestro dichoso padre?», decía la señora Cratchit. «Y vuestro hermano, Tiny Tim; ¡y
Martha ya había llegado hace media hora, el año pasado!»
«¡Aquí está Martha, madre! », dijo una chica apareciendo por la puerta.
«¡Aquí está Martha, madre!», gritaron los dos Cratchit pequeños. «¡Hurra! ¡Martha, hay una oca...! »
«¡Ay, mi niña querida, qué tarde vienes!», dijo la señora Crarchit besándola una y otra vez, y quitándole el chal
y el sombrerito con celo oficioso.
«Anoche tuvimos que terminar un montón de trabajo», respondió la chica, «y esta mañana despacharlo,
madre». «¡Bueno! Ahora ya estás aquí y eso es lo que importa», dijo la señora Cratchit. «Siéntate junto al fuego
para entrar en calor, cariño».
«¡No, no! ¡Ya viene padre!», gritaron los dos jóvenes Cratchit que estaban en todo. «¡Escóndete, Martha,
escóndete!»
Martha así lo hizo antes de que entrase Bob, el padre, con tres pies de bufanda, cuando menos, por todo
abrigo, colgándole por delante, y su gastada indumentaria bien remendada y cepillada para guardar una
apariencia adecuada, y en sus hombros Tiny Tim. ¡Ay, Tiny Tim!: llevaba una pequeña muleta y sus piernas
enfundadas en armazones de hierro.
«¿Dónde está Martha?», exclamó Bob Cratchit mirando alrededor.
«No va a venir», dijo la señora Cratchit.
«¡Que no va a venir!», dijo Bob con súbito desánimo, pues había traído a Tim a caballo todo el trayecto desde
la iglesia y había llegado a casa desenfrenado. «¡No venir el día de Navidad?»
Martha no quería verle disgustado, ni siquiera por broma, de manera que salió antes de tiempo de su
escondite tras la puerta del armario y corrió a sus brazos, mientras los dos pequeños Cratchit se apoderaron de
Tiny Tim y le arras traron hasta el lavadero para que pudiera escuchar el sonido del pudding de Navidad metido
en el barreño.
«¿Y qué tal se portó Tiny Tim?», preguntó la señora Cratchit cuando Bob ya se había recuperado del susto y,
muy contento, había estrechado a su hija entre sus brazos.
«Tan bueno como un santo o más», dijo Bob. «Al estar sentado solo tanto tiempo, se vuelve pensativo y
piensa las cosas más extrañas que se puedan imaginar. Cuando volvíamos a casa me dijo que esperaba que la
gente se fijase en él en la iglesia porque está tullido, y para ellos sería agradable recordar en el día de Navidad a
quien hizo andar a los mendigos cojos y ver a los ciegos».
La voz de Bob era trémula al contarlo, y todavía tembló más cuando dijo que Tiny Tim estaba creciendo
fuerte y sano.
Antes de que se hablase otra palabra, se oyeron los golpes de la activa mulet ita contra el suelo y Tiny Tim
regresó es coltado por su hermano y su hermana hasta su taburete junto a la chimenea; mientras tanto, Bob,
recogiendo las man gas -como si, ¡pobre hombre! , pudieran quedar todavía más raídas- preparó un brebaje
caliente de ginebra y limones en una jarra, lo revolvió a conciencia y lo puso a calentar en la chapa de la cocina.
El señorito Peter y los dos ubicuos Cratchit pequeños se fueron a recoger la oca y con ella regresaron pronto
en animada procesión.
Sobrevino una excitación tal que cualquiera hubiera creído que una oca era la más rara de las aves, un
fenómeno plumoso, a cuyo lado un cisne negro resultaría de lo más vulgar; y en realidad, en aquella casa era
algo así. La señora Cratchit puso la salsa (preparada de an temano en una pequeña salsera) casi hirviente; el
señorito Peter hizo puré las patatas con incteíble energía; la señorita Belinda endulzó la salsa de manzana;
Martha limpió las fuentes; Bob puso a su lado a Tiny Tim en una esquina de la mesa; los dos jóvenes Cratchit
colocaron sillas para todo el mundo, sin olvidarse de sí mismos, y montando guardia en sus puestos mantenían
la cuchara en la boca para no chillar pidiendo oca antes de que les llegara el turno de servirse. Por fin se trajeron
las fuentes y se bendijo la mesa. Luego siguió una pausa en la que no se les oía ni respirar, mientras la señora
Cratchit, mirando lentamente a lo largo del trinchante, se preparaba para hincarlo en la pechuga; pero en cuanto
lo hizo, cuando brotó el esperado borbotón del relleno, se alzó un clamor de delectación por toda la mesa, a
incluso Tiny Tim, excitado por los dos Cratchit pequeños, golpeó el tablero con el mango del cuchillo y gritó
débilmente: «¡Hurra!»
Nunca hubo una oca como aquélla. Bob decía que no podía cr eer que se hubiera cocinado jamás una oca
como aquélla. Su sabor, ternura, tamaño y bajo precio fueron temas de universal admiración. Acompañada por
la salsa de man zana y el puré de patata, fue cena suficiente para toda la familia; y más aún, como dijo muy
contenta la señor Cratchit supervisando una pequeña partícula de hueso en una fuen te, ¡no se la habían
acabado! El hecho es que cada cual tomó lo suficiente, y en especial los pequeños Cratchit se habían atiborrado
de cebolla y salvia hasta las cejas. Pero ahora la señorita Belinda cambió los platos mientras la señora Cratchit
salía del cuarto sola -demasiado nerviosa para soportar testigos- para sacar el pudding y traerlo a la mesa.
¡Supongamos que no esté bien cocido! ¡Supongamos que se rompa al sacatlo! ¡Supongamos que alguien haya
saltado la pared del patio y lo haya robado mientras festejábamos la oca! -suposición que puso lívidos a los dos
jóvenes Cratchit-. Toda clase de horrores fueron supuestos.
¡Vaya! ¡Mucho vapor! El pudding se sacó del barreño. ¡Un olor como el de los días de hacer colada! Era el
paño. Un olor como el de un restaurante situado al lado de una confitería y una lavandería. Era el pudding. La
señora Cratchit volvió en medio minuto, acalorada pero sonriendo con orgullo, con un pudding como una bala
de cañón moteada, denso y firme, flambeado con la mitad de medio cuartillo de brandy y omado de acebo en la
parte superior.
Bob Cratchit dijo que era un pudding maravilloso y que lo consideraba lo mejor que la señora Cratchit había
hecho desde que se habían casado. La señora Cratchit dijo que, ahora que ya se le había quitado el peso de
encima, confesaría que había tenido sus dudas sobre la cantidad de la harina. Todos tenían algo que decir sobre
el pudding, pero nadie dijo, ni pensó, que era pequeño para una familia tan gran de; hacerlo hubiera sido como
una blasfemia. Todos ellos habrían enrojecido ante una insinuación semejante.
Al terminar la cena se despejó el mantel, se barrió la zona de la chimenea y se recompuso el fuego. Se probó
la mezcla de la jarra y se consideró perfecta, se trajeron a la mesa man zanas y naranjas y se metió al fuego una
paletada de casta ñas. Luego toda la familia Cratchit se agrupó en tomo a la chimenea, en lo que Bob Cratchit
llamaba «círculo» querien do indicar medio círculo; y al lado de Bob Cratchit se desplegaba la cristalería de la
familia: dos vasos y un recipiente para natillas, sin mango, que sirvieron para el líquido ca liente de la jarra tan
bien como si hubieran sido copas de oro. Bob lo escanció con expresión radiante, mientras las cas tañas en el
fuego chascaban y se resquebrajaban ruidosamente. Luego Bob brindó:
«Felices Pascuas a todos nosotros, queridos. ¡Que Dios nos bendiga!
Toda la familia lo repitió.
«¡Dios bendiga a cada uno de nosotros! », dijo Tiny Tim en último lugar. Estaba sentado muy cerca de su
padre, en su pequeño escabel. Bob sostenía en su mano la manita marchita del niño, como si le amase, como si
quisiera tenerle muy cerca de sí y temiera que se lo arrebatasen.
«Espíritu», dijo Scrooge con un interés que nunca antes había sentido, «dime si Tiny Tim vivirá».
«Veo un sitio vacante», contestó el fantasma, «en ese pobre rincón de la chimenea, y una muleta sin dueño
amorosamente conservada. Si esas sombras permanecen sin cam bios en el futuro, el niño morirá».
«No, no», dijo Scrooge. «¡Oh, no, amable espíritu! Dime que se salvará».
«Si esas sombras permanecen inalteradas por el futuro, ningún otro de mi especie», replicó el fantasma, «le
encontrara aquí. ¿Y qué más da? Si se tiene que morir, lo mejor es que así lo haga y disminuya el exceso de
población».
Scrooge hundió su cabeza al oír al espíritu citar sus pro pias palabras, y se sintió abrumado por el
arrepentimiento y la pena.
«Hombre», dijo el fantasma, «si tienes corazón humano, no de piedra dura, olvida esa malvada jerga hasta que
hayas descubierto qué es el exceso y dónde está el exceso. ¿Quién eres tú para decidir qué hombres deben
morir y qué hombres deben vivir? Es posible que a los ojos del cielo tú seas menos valioso y menos merecedor
de vivir que millones, como el hijo de ese pobre hombre. ¡Oh Dios! , ¡tener que escuchar al insecto en la hoja
disertando sobre lo demasiado que viven sus hambrientos hermanos en el suelo!»
Scrooge se encogió ante la reprobación del fantasma y, tembloroso, hincó la mirada en el suelo, pero la
levantó rápidamente al escuchar su nombre.
«¡El señor Scrooge!, dijo Bob; «brindo por el señor Scrooge, Fundador de la Fiesta.
«¡El Hundidor de la Fiesta en verdad!», exclamó la señora Cratchit enrojeciendo. «Me gustaría tenerle aquí.
Para festejarlo le diría cuatro cosas y espero que tenga buenas tragaderas».
«Querida mía», dijo Bob; «los niños: es Navidad».
«Tiene que ser Navidad, estoy segura, dijo ella, «para beber a la salud de un hombre tan odioso, tacaño, duro
a insensible como el señor Scrooge. ¡Sabes que es cierto, Robert! ¡Nadie lo sabe mejor que tú, pobre mío!
«Querida, es Navidad», fue la tranquila respuesta de Bob.
«Bebo a su salud porque tú me lo piedes y por el día que es», dijo la señora Cratchit, «no por él. ¡Por muchos
años! ¡Alegre Navidad y feliz Año Nuevo! El va a sentirse muy alegre y muy feliz, ¡no me cabe la menor duda!»
Los niños bebieron detrás de ella. Era la primera de sus acciones que no tenía sinceridad. Tiny Tim bebió el
último, pero le importaba un comino. Scrooge era el ogro de la fa milia. La sola mención de su nombre arrojó
sobre la reunión una negra sombra que no se disipó hasta cinco minutos más tarde. Pasada la sombra, estaban
diez veces más contentos que antes por el mero alivio de haber acabado con el Malvado Scrooge. Bob Cratchit
les habló de la situación que tenía en perspectiva para el señorito Peter, que, si se conseguía, supondría unos
ingresos semanales de cinco chelines y medio. Los dos jóvenes Cratchit se desternillaban de risa ante la idea de
Peter convertido en hombre de negocios; el pro pio Peter miraba pensativamente al fuego entre sus cuellos
como si meditara sobre las especiales inversiones que debería decidir cuando entrase en posesión de un ingreso
tan apabullante. Martha, que era una pobre aprendiza en un taller de sombrerera, les contó la clase de trabajo
que tenía que realizar, las muchas horas seguidas que debía trabajar y cómo estaba deseando tomarse un largo
descanso en cama a la mañana siguiente, pues el día siguiente era festivo y lo pasaba en casa. También les contó
que había visto a una condesa y a un lord unos días antes, y que el lord «era de alto como Peter», ante lo cual
Peter se subió los cuellos tanto que no se le podía ver la cabeza. Todo este rato, las castañas y la jarra hacían
ronda, y después escucharon una canción sobre un niño perdido en la nieve; la cantaba Tiny Tim con una
vocecita quejumbrosa, y la cantó realmente muy bien.
No había nada de alta categoría en lo que hacían. No eran una familia distinguida; no iban bien vestidos; sus
zapatos estaban lejos de ser impermeables; sus ropas eran escasas, y Peter podría haber conocido, y es muy
probable que así fuera, el interior de una casa de empeños. Pero estaban felices, agradecidos y satisfechos unos
de otros, y contentos con el presente. Cuando empezaron a perderse de vista, todavía parecían más felices, con
el brillante chisporroteo de la antorcha del espíritu que se marchaba, y hasta el último instante Scrooge no
apartó de ellos sus ojos, sobre todo de Tiny Tim.
En aquellos momentos comenzaba a oscurecer y nevaba intensamente. Scrooge y el espíritu se fueron por las
calles; era maravilloso el resplandor de los fuegos rugientes en las cocinas, salones y toda clase de habitaciones.
Aquí, el revoloteo de las llamas dejaba ver los preparativos para una agradable cena, con platos calentándose
junto a la lumbre y cor tinas de color rojo oscuro a punto de ser corridas para aislar del frío y la oscuridad. Allá,
todos los niños de la casa salían corriendo en la nieve para recibir a sus hermanas casadas, hermanos, primos,
tíos, tías... , y ser el primero en felicitarles. Aquí se reflejaban en las celosías las sombras de los invitados
reuniéndose, y allá un grupo de chicas guapas, todas con capucha y botas de piel y parloteando a la vez, se dirigían
a paso rápido hacia la casa de algún vecino donde, ¡ay del soltero que las viera entrar arreboladas -bien lo
sabían ellas, astutas hechiceras!
Pero a juzgar por el número de personas que se encaminaban a reuniones amistosas, cualquiera diría que en
las ca sas no habría nadie para dar la bienvenida; sin embargo, en todas se esperaba compañía y se avivaban las
lumbres hasta la altura de media chimenea. ¡Cómo exultaba el fantasma! ¡Cómo henchía su desnudo pecho la
respiración! ¡Cómo abría la palma de su mano libre y regaba a chorros generosos todo lo que quedaba a su
alcance con inofensivo regocijo! El mismo farolero, que corría antes de puntear con motas de luz la calle
lúgubte, iba arreglado para pasar la noche en alguna parte y, sin más compañía que la Navidad, se rió sonoramente
cuando pasó el espíritu.
Y ahora, sin una sola palabra de advertencia del fantas ma, se detuvieron en un hostil y desierto páramo, con
monstruosas masas pétreas diseminadas como si fuera un cementetio de gigantes. El agua corría por todas
panes -al menos así lo habría hecho si la helada no tuviera prisionera-, y sólo crecían musgos, tojos y densas
matas de burda hierba. Hacia el Oeste, el sol ponient e había dejado una banda de rojo ardiente que iluminó la
desolación durante unos instantes, como un ojo rencoroso, y se fue cerrando, cerrando cada vez más, hasta
perderse en las espesas tinieblas de la noche más negra.
«¿Qué sitio es éste?», preguntó Scrooge.
«Un lugar donde viven los mineros, que trabajan en las entrañas de la tierra», contestó el espíritu. «Pero me
conocen. ¡Mira!»
Se encendió una luz en una cabaña y ellos se aproximaron rápidamente. Atravesaron la pared de piedra y
barro y en contraron una animada reunión en torno a una cálida lumbre. Un hombre muy viejo y una mujer,
con sus hijos y los hijos de sus hijos, y otra generación posterior, todos engalanados con sus ropas de fiesta. El
viejo, con una voz que apenas sobrepasaba el ulular del viento en la yerma extensión, les cantaba un villancico
que ya era muy antiguo cuando él había sido niño, y de vez en cuando todos le acompañaban a coro. Cuando
los demás unían sus voces, la del viejo se volvía más alegre y potente, y cuando se callaban, él bajaba el tono.
El espíritu no se demoró allí; indicó a Scrooge que se sujetase al manto y, pasando sobre el páramo, se dirigió
rápidamente... ¿adónde? ¡No al mar? Sí, al mar. Para espanto de Scrooge, al mirar hacia atrás vio al final de la
tierra firme una temible alineación de rocas; sus oídos quedaron ensordecidos por el retumbar del agua que se
desmoronaba rugiendo y se estrellaba con furia contra las siniestras cavernas que había ido socavando, y con
fiereza intentaba perforar la tierra.
A una legua aproximadamente de la costa se alzaba un faro solitario construido sobre un siniestro arrecife de
hundidas rocas, azotadas y arañadas por el oleaje. En la base colgaban grandes aglomeraciones de algas y las
aves marinas -se diría que nacían del viento, como las algas del agua- se elevaban y caían a su alrededor como
las olas que peinaban.
Pero incluso aquí los dos hombres que atendían las señales habían encendido una lumbre que, a través del
portillo abierto en los gruesos muros de piedra, arroj aba un rayo de luz sobre el mar tenebroso. Estrechando
sus encallecidas manos por encima de la mesa basta donde estaban sentados, se desearon una Feliz Navidad
con sus jarras de grog. Uno de ellos, el más viejo, con un rostro marcado por la inclemencia del tiempo como el
mascarón de proa de un viejo navío, entonó una canción tan vigorosa como una tempestad.
Una vez más, el fantasma se fue apresuradamente sobre el negro y agitado mar lejos, muy lejos; tan lejos de
cual quier costa, como le dijo a Scrooge, que descendieron sobre un barco. Permanecieron al lado del timonel,
del vigía de proa, de los oficiales de guardia, fantasmales y oscuras sombras en sus puestos, pero todos ellos
tarareaban música navi deña o tenían el pensamiento puesto en la Navidad, o hablaban a sus compañeros de
alguna Navidad pasada con añoranza del hogar. Y todo hombre a bordo, despierto o dormido, bueno o malo,
había tenido una palabra más amable para los demás en ese día que en cualquier otro día del año; y había
compattido en alguna medida el festejo; y había recordado a los seres queridos, y había sabido que ellos se acordaban
de él.
Mientras escuchaba el aullido del viento y pensaba qué cosa tan grande es moverse a través de solitarias
tinieblas sobre un abismo desconocido, cuyos secretos son tan profundos como la muerte, para Scrooge
constituyó una gran sorpresa oír una sonora carcajada. Y la sorpresa todavía fue mayor cuando reconoció que
la había proferido su propio sobrino, y se encontró en una estancia cálida y resplandeciente, con el espíritu
sonriendo a su lado y mirando al sobrino con aprobadora afabilidad.
«¿Ja, ja!», reía el sobrino de Scrooge. «¿Ja, ja, ja!»
Si por una improbable casualidad el lector conociera a un hombre con una risa más feliz que la del sobrino de
Scroo ge, todo lo que puedo decir es que también a mí me gusta ría conocerle. Preséntemelo y yo cultivaré su
amistad.
Es una ley de la compensación justa, equitativa y saludable, que así como hay contagio en la enfermedad y las
penas, nada en el mundo resulta más contagioso que la risa y el buen humor. Cuando el sobrino de Scrooge se
reía sujetándose los costados, girando la cabeza y arrugando el rostro con las más extravagantes contorsiones, la
sobrina de Scroo ge -por matrimonio- reía con tantas ganas como él. Y el grupo de sus amigos no se quedaba
atrás y todos se desterni Ilaban.
«¿Ja, ja! ¿Ja, ja, ja, ja!»
«¡Dijo que las Navidades eran tonterías, os lo juro!», ex clamó el sobrino de Scrooge. «¡Y además se lo creía!»
«Más vergüenza le debería dar, Fred!, dijo indignada la sobrina de Scrooge. Esas benditas mujeres nunca
hacen nada a medias. Se lo toman todo muy en serio.
Era muy atractiva, sumamente atractiva. Tenía un rostro encantador, con hoyuelos en las mejillas y expresión
de sorpresa; una boquita roja y suave que parecía estar hecha para ser besada -lo era, sin duda-; todo tipo de
pequitas junto a su barbilla, que se mezclaban unas con otras al reírse; y el par de ojos más luminoso que se
haya visto. Al mismo tiempo, era del tipo que se podría describir como provocativa, ya me entienden, pero de
una manera adecuada. ¡Ah, sí, perfectamente adecuada!
«Es un viejo tipo cómico», dijo el sobrino de Scrooge, «es la verdad; y no tan agradable como podría ser. Sin
embargo, en su pecado lleva la propia penitencia, y no quiero decir nada contra él».
«Estoy segura de que es muy rico, Fred», apuntó la sobrina. «Al menos eso es lo que siempre me has dicho».
«¡Y eso que importa, querida!», dijo el sobrino. «La riqueza no le sirve de nada. No hace con ella nada bueno.
No la utiliza para su bienestar. Ni siquiera tiene la satisfacción de pensar. Ja, ja, ja, que algún día nosotros la
disfrutaremos».
«Acaba con mi paciencia», observó la sobrina de Scrooge. Las hermanas de la sobrina y todas las demás
señoras expresaron igual opinión.
«Yo sí tengo paciencia», dijo el sobrino. «Me da lástima; no puedo enfadarme con él. El que sufre por sus
manías es siempre él mismo. Le da por rechazarnos y no querer venir a cenar con nosotros. ¿Cuál es la
consecuencia? No tiene mucho que perder con una cena. »
«Yo pienso que se pierde una cena muy buena», interrumpi6 la sobrina. Todos asistieron, y eran jueces
competentes puesto que acababan de cenar y, con el postre sobre la mesa, estaban apiñados junto al fuego, a la
luz de la lámpara.
«¡Bueno! Me alegra mucho escucharos», dijo el sobrino de Scrooge, «porque no tengo mucha fe en estas
jóvenes amas de casa. ¿Tú qué dices, Topper? »
Estaba claro que Topper le había echado el ojo a una de las hermanas de la sobrina, pues respondió que un
soltero no era más que un pobre proscrito sin derecho a expresar una opinión sobre la materia. Ante lo cual la
hermana de la sobrina -la rellenita con la pañoleta de encaje, no la de las rosas - se ruborizó.
«Vamos, Fred, continúa», dijo la sobrina de Scrooge palmoteando. «¡Nunca termina lo que empieza a contar!
¡Qué hombre más absurdo!»
Al sobrino de Scrooge le dio otro ataque de risa y como era imposible evitar el contagio, aunque la hermana
rellenita lo intentó de veras con vinagre aromáti co, su ejemplo fue seguido por unanimidad.
«Iba a decir », dijo el sobrino de Scrooge, «que la consecuencia de su displicencia hacia nosotros, y el no
querer celebrar nada con nosotros es, pienso yo, que se pierde buenos ratos que no le harían ningún daño.
Estoy seguro de que se pierde compañías más agradables que las que pueda encontrar en sus pensamientos,
metido en esa oficina enmohecida o en su polvorienta vivienda. Todos los años quiero darle la oportunidad,
tanto se le gusta como si no, porque me da lástima. Puede que reniegue de la Navidad hasta que se muera, pero
siempre tendrá mejor opinión si ve que voy de buen humor, año tras años, para decirle ¿cómo estás, tío
Scrooge? Aunque sólo sirviera para que se acordara de dejarle cincuenta libras a ese pobre escribiente suyo, ya
habría merecido la pena; y pienso que ayer le conmoví.
Ahora les tocaba reírse a los demás con la mención de haber conmovido a Scrooge. Pero el sobrino tenía
muy buen carácter, no le importaba que se rieran -se iban a reír de cualquier modo- y les fomentó la diversión
pasando la botella alegremente.
Tras el té, disfrutaron con un poco de música. Era una familia aficionada a la música, y puedo asegurar que
sabían lo que se traían entre manos cuando cantaban un solo, o a varias voces; sobre todo Topper, que podia
gruñir como un auténtico bajo sin que se le hincharan las venas de la frente ni ponerse colorado. La sobrina de
Scrooge tocaba bien el arpa y, entre otras piezas, tocó una ligera tonada (insignificante, cualquiera podría
aprender a silbarla en dos minutos) que había sido muy familiar para la niña que había recogido a Scrooge en el
internado, como le había hecho recordar el Fantasma de la Navidad del Pasado. Al sonar esa musi quilla, le
volvieron a la mente todas las cosas que le había mostrado el fantasma; se fue enterneciendo cada vez más, y
pienso que si años atrás hubiera escuchado esa música a menudo, tal vez habría cultivado con sus propias
manos las cosas buenas de la vida para su propia felicidad, sin recurrir a la pala de enterrador que sepultó a
Jacob Marley.
No se dedicaron a la música toda la velada. Después de un rato jugaron a las prendas. Es buena cosa volverse
niños algunas veces, y nunca mejor que en Navidad, cuando se hizo Niño el Fundador todopoderoso. ¡Un
momento! Anteriormente hubo un juego a la gallina ciega. Por supuesto que lo hubo. Y yo no me creo que
Topper estuviese realmente a ciegas ni que tuviera ojos en las botas. Mi opinión es que todo lo habían tramado
él y el sobrino de Scrooge, y el Fantasma de la Navidad del Presente lo sabía. Su manera de per seguir a aquella
hermana rellenita, de la toca de encaje, era un ultraje a la credulidad del género humano. Daba topetazos a los
hierros de la chimenea, derribaba sillas, se estrellaba contra el piano, se asfixiaba entre los cortinajes, pero a
donde iba ella, él iba detrás. Siempre sabía dónde estaba la hermana rellenita. No quería agarrar a nadie más. Si
alguien tropezaba contra él, como algunos hicieron, y se quedaba quieto, fingía que fallaba al procurar atraparle,
de manera afrentosa para el humano entendimiento, y acto seguido se deslizaba en dirección a la hermana
rellenita. Ella gritó varias veces que era trampa, y con razón. Pero cuando al fin la atrapó, cuando pese a los
sedosos rozamientos y rápidas ondulaciones de ella logró arrinconarla en una esquina sin escapatoria, entonces
su conducta fue de lo más execrable. Simulaba no saber que era ella; simulaba que era necesario tocar su
peinado, y para cerciorarse bien de su identidad tanteó una determinada sortija en sus dedos y una determinada
cadena en su cuello; ¡fue vil, monstruoso! Sin duda ella le hizo saber su opinión cuando otro hacía de gallina
ciega y ellos estaban juntos, muy confidenciales, detrás de los cortinajes.
La sobrina de Scrooge no estaba jugando, sino sentada có modamente en un gran butacón, con los pies sobre
un escabel, en un atopadizo rincón, y el fantasma y Scrooge estaban detrás de ella. Pero se incorporó al juego
de prendas y obtuvo resultados admirables con todas las letras del alfabeto. También lo hizo muy bien en el
juego «Cómo, cuándo y dónde», y para secreto regocijo del sobrino de Scrooge, sacó mucha ventaja a sus
hermanas, que también eran chicas sagaces, como Topper podría confirmar. Allí habría unas veinte personas,
jóvenes y viejos, pero todos estaban jugando, y tam bién jugaba Scrooge; olvidando por completo los motivos
por los que estaba allí y que los demás no podía oírle, algunas veces daba las respuestas en voz alta y casi
siempre acertaba, pues la aguja más aguda, la mejor Whitechapel, y con el ojo bien abierto, no superaba en
agudeza a Scrooge, aun que él se empeñaba en ser terco.
Al fantasma le agradó mucho verle con aquella actitud y le miró con tal benevolencia que Scrooge le suplicó
como un niño que le permitiera quedarse hasta que los invitados se despidieran. El espíritu le dijo que no era
posible.
«Van a empezar otro juego», dijo Scrooge. «¡Sólo media hora, espíritu; sólo media!»
Era el juego llamado del «Sí y no»; el sobrino de Scrooge tenía que pensar en una cosa y los demás descubrir
lo que era haciéndole preguntas que únicamente podía responder con un «sí» o un «no». Del continuo
bombardeo de preguntas a que fue sometido se deducía que había pensado en un animal, un animal vivo, un
animal bastante desagradable, un animal salvaje, un animal que a veces rugía y gruñía, y otras veces hablaba, y
vivía en Londres, y andaba por la caIle, y no se le exhibía al público, y nadie le llevaba atado, y no vivía en un
zoológico, y nunca le mataron en un merca do, y no era un caballo, asno, vaca, toro, tigre, perro, cerdo, gato no
oso. Cada nueva pregunta provocaba en el sobrino un ataque de risa tan irrefrenable que le obligaba a levan -
tarse del sofá y dar patadas al suelo. Finalmente, la hermana rellenita, que había caído en un ataque similar,
exclamó: «¡Ya lo tengo! ¡Ya sé lo que es, Fred! ¡Ya sé lo que es!»
«¿Qué es?», gritó Fred.
«¡Es tu tío Scro-o-o-o-oge!»
Así era, ciertamente. Hubo un sentimiento general de ad miración, aunque algunos objetaron que la respuesta
a «¿Es un oso?» debió haber sido «Sí», puesto que la respuesta contraria era suficiente para desviar el
pensamiento del señor Scrooge, suponiendo que alguna vez se les hubiera ocurrido pensar en él.
«Gracias a él hemos tenido un buen rato», dijo Fred, «y sería ingratitud no beber a su salud. Aquí tenemos
preparadas copas de vino caliente y brindo por tío Scrooge».
«¡Bueno! ¡Por tío Scrooge!», repitieron todos.
«¡Feliz Navidad y próspero Año Nuevo para el viejo, sea lo que sea!», dijo el sobrino. «El no me lo aceptaría,
pero da lo mismo. ¡Por tío Scrooge!
Tío Scrooge se había ido poniendo imperceptiblemente tan contento y animado que habría correspondido
bebien do a la salud de la inconsciente reunión, y les habría dado las gracias con palabras inaudibles si el
fantasma le hubiera dado tiempo. Pero toda la escena se esfumó con el hálito de las últimas palabras del
sobrino, y él y el espíritu empren dieron nuevos viajes.
Vieron mucho, fueron muy lejos, visitaron muchos hogares, pero siempre con un desenlace feliz. El espíritu
permaneció junto al lecho de los enfermos y ellos se animaban; junto a los que estaban en tierra extraña y se
sentían más cerca de la patria; junto a los hombres que luchaban, y les daba paciencia para alcanzar su mayor
aspiración; junto a la pobreza y la convertía en riqueza. En hospicios, hospitales, cárceles, en todos los refugios
de la miseria donde la pequeña y vana autoridad del hombre no había hecho cerrar las puertas para dejar al
espíritu fuera, les dejó su bendición y a Scrooge el ejemplo.
Era una noche muy larga, si es que era solamente una noche, cosa que Scrooge dudaba puesto que las fiestas
navideñas parecían haberse condensado en el período de tiempo que pasaron juntos. También era extraño que
mientras la forma externa de Scrooge no se había alterado, el fantasma había envejecido, había envejecido a
ojos vista. Scrooge observó el cambio pero no habló de ello hasta que salieron de un festejo infantil de víspera
de Reyes y al mirar al espíritu cuando salieron al exterior observó que se le había encanecido el cabello.
«¿Es tan breve la vida de los espíritus?», preguntó.
«Mi vida en este globo es muy corta», respondió el fantas ma. «Se termina esta noche».
«¡Esta noche!», exclamó Scrooge.
«A medianoche. ¡Escucha! Se acerca la hora».
En aquel momento las campanas del reloj daban las doce menos cuarto.
«Perdóname si me equivoco», dijo Scrooge mirando con inquietud el manto del espíritu, «pero estoy viendo
algo raro que te asoma por el ropaje. ¡Es un pie o una garra!»
«Por la carne que tiene encima, podría ser una garra», fue la respuesta, cargada de tristeza, del espíritu. «Mira
esto».
De los pliegues del manto salieron dos niños; unos niños harapientos, abyectos, temibles, espantosos,
miserables. Se arrodillaron a sus plantas y se colgaron del manto.
«¡Hombre! ¡Mira esto! ¡Mira, mira bien!», exclamó el fantasma.
Eran un niño y una niña. Amarillos, flacos, mugrientos, malencarados, lobunos, pero también prosternados
en su humildad. Donde la gracia de la juventud debió haberles perfilado los rasgos y retocado con sus más
frescas tintas, una mano marchita y seca, como la de la vejez, les había atormentado, retorcido y hecho trizas.
Donde podrían haberse entronizado los ángeles, acechaban los demonios echando fuego por sus ojos
amenazadores. Monstruos tan horribles y temibles como aquellos no se han dado en ningún cam bio,
degradación o perversión de la humanidad a lo largo de toda la historia de la maravillosa Creación.
Aterrado, Scrooge se echó atrás. Intentó decir que eran unos niños agradables, pero su lengua se negó a
pronunciar una mentira de tal magnitud.
«¿Son tuyos, espíritu?», fue todo lo que pudo decir.
«Son del hombre», dijo el espíritu mirándolos. «Y se agarran a mí apelando contra sus progenitores. Este
chico es la Ignorancia. Esta chica es la Necesidad. Guárdate de los dos y de todos los de su género, pero
guárdate sobre todo de este chico porque en la frente lleva escrita la Condenación, a menos que se borre lo que
lleva escrito. ¡Niégalo!», exclamó el espíritu señalando con la mano hacia la ciudad. «¡Difama a quienes te lo
dicen! Admítelo para tus propósitos tendenciosos y empeóralo todavía más. ¡Y aguarda el final!»
«¿No tienen refugio ni salvación?», gimió Scrooge.
«¿No están las cárceles?», dijo el espíritu devolviéndole por última vez sus propias palabras. «¿No hay casas
de misericordia?»
La campana dio las doce.
Scrooge miró a su alrededor y ya no vio al fantasma. Al cesar la vibración de la última campanada recordó la
predicción del viejo Jacob Marley y, elevando la mirada, vio cómo se acercaba hacia él un fantasma solemne,
envuelto en ropas y encapuchado, deslizándose como la niebla sobre el suelo.
*
CUARTA ESTROFA
EL ULTIMO DE LOS ESPIRITUS
*
El fantasma se aproximó despacio, solemne y silenciosamente. Cuando estuvo cerca, Scrooge cayó de rodillas
porque hasta el mismo aire en que el espíritu se movía parecía emanar desolación y misterio.
Iba envuelto en un ropaje de profunda negrura que le ocultaba la cabeza, el rostro, las formas, y sólo dejaba a
la vista una mano extendida, de no ser por ella, habría sido difícil vislumbrar su figura en la noche y
diferenciarle de la oscuridad que le rodeaba.
Scrooge notó que era alto y majestuoso y que su presencia misteriosa le llenaba de grave temor. Nada más
podía discernir pues el espíritu ni hablaba ni se movía.
«¿Me hallo en presencia del Fantasma de la Navidad del Futuro?» dijo.
El espíritu no respondió, pero señaló hacia delante con la mano.
«Has venido para mostrarme las imágenes de cosas que no han sucedido pero sucederán más adelante»,
prosiguió Scrooge. «¿Es así, espíritu?»
Los pliegues de la parte superior del ropaje se contrajeron por un instante, como si el espíritu hubiera
inclinado la cabeza. Esa fue la única respuesta.
Aunque por entonces ya estaba muy habituado a la compañía espectral, Scrooge tenía tanto miedo a la
silenciosa figura que sus piernas le temblaban y se dio cuenta de que apenas lograba mantenerse en pie cuando
se dispuso a seguirle. El espíritu hizo una pausa, como si hubiera observado su condición y le concediera
tiempo para recuperarse.
Para Scrooge fue peor. Un vago horror le hizo estremecerse al saber que unos ojos fantasmales estaban
fijamente clavados en él mientras sus propios ojos, forzados all máximo, no podían ver más que una mano
espectral y un bulto negro.
«¡Fantasma del Futuro!», exclamó, «te tengo más miedo a ti que a cualquiera de los espectros que he visto.
Pero sé que tu intención es hacerme el bien y como tengo la esperanza de vivir para convertirme en una
persona muy distinta de la que fui, estoy dispuesto para soportar tu compañía y hacerlo con el corazón
agradecido. ¿No vas a hablarme?»
No hubo contestación. La mano señalaba hacia delante.
«¡Dirígeme! », dijo Scrooge. «¡Dirígeme! Cae la noch e y yo sé que el tiempo apremia. ¡Condúceme, espíritu! »
El fantasma se movió igual que se le había acercado. Scrooge le siguió a la sombra de su ropaje, que le
sostenía -pensó- y le llevaba en volandas.
Casi no parecía que hubiesen entrado en la city, sino que la city parecía haber brotado por su cuenta para
circundarles. Y allí estaban, en el mismo corazón de la city, en la Bol sa, entre los hombres de negocios que se
apresuraban de aquí para allá, hacían tintinear las monedas en sus bolsillos, conversaban en grupos, miraban sus
relojes, jugueteaban con sus grandes sellos de oro, tal como Scrooge les había visto hacer con mucha
frecuencia.
El espíritu se detuvo al lado de un grupito de negocian tes. Al observar que les estaba señalando con la mano,
Scrooge avanzó para oír su conversación.
«No», decía un hombre muy gordo con una papada monstruosa, «no estoy muy enterado. Lo único que sé es
que está muerto».
«¿Cuándo murió?», preguntó otro.
«Anoche, creo. »
«¿De qué?, ¿que le pasaba?» «preguntó un tercero mientras sacaba una gran cantidad de rapé de una caja
enorme. «Pensé que no se iba a morir nunca. »
«Sabe Dios», dijo el primero dando un bostezo.
«¿Qué ha hecho con el dinero? » preguntó un caballero de rostro enrojecido y con una penduleante excrecencia en la punta de la nariz que temblequeaba como el moco de un pavo.
«No he oído nadas dijo el hombre de la gran papada bostezando de nuevo. «Tal vez lo ha dejado a su Compañía. A mí no me lo ha dejado. Es todo lo que sé».
Esta gracia fue recibida con una carcajada general.
«Seguramente tendrá un funeral muy barato», dijo el mismo, «porque os aseguro que no conozco a nadie que vaya a ir. ¿Y si organizásemos una partida de voluntaríos? »
«No me importa ir si va a haber un almuerzo», observó el caballero de la excrecencia en la nariz. «Pero si voy, hay que darme de comer. »
Más carcajadas.
«Bueno, después de todo, yo soy el más desinteresado», dijo el primer interlocutor, «pues nunca llevo guantes negros y nunca almuerzo. Pero yo me ofrezco a ir si va alguien más. Cuando me pongo a pensarlo, no estoy seguro de que no fuese yo su amigo más íntimo pues solíamos detenernos a charlas cuando nos encontrábamos. ¡Adiós! »
Todos se dispersaron y se mezclaron con otros grupos. Scrooge los conocía y miró al espíritu pidiendo una explicación.
El fantasma se deslizó hasta una calle. Señaló con los dedos a dos personas que se encontraban. Scrooge volvió a prestar atención pensando que allí podría estar la explicación.
También conocía a esos dos hombres perfectamente. Eran hombres de negocios muy ricos e importantes.
Siempre había considerado esencial que le tuvieran en su estima desde un punto de vista mercantil, claro está, exclusivamente des de el punto de vista de los negocios.
«¿Cómo está Vd.?», dijo uno.
«¿Qué tal está Vd.?» respondió el otro.
«¡Bien!» dijo el primero. «Por fin le ha llegado la hora al viejo diablo, ¿eh?»
«Eso me han dicho», contestó el segundo. «Hace frío ¿verdad?»
«Normal para Navidad. ¿Querrá Vd. venir a patinar?»
«No, no. Tengo cosas que hacer. Buenos días.»
Ni otra palabra más. Ese fue el encuentro, la conversación y la despedida.
Al principio Scrooge estaba más bien sorprendido de que el espíritu concediera importancia a conversaciones tan triviales, en apariencia. Pero tenía la seguridad de que en ellas se ocultaba algún propósito y se puso a considerar cuál sería. Difícilmente podrían tener alguna relación con la muerte de Jacob, su antiguo socio, pues se había producido en el pasado y el campo de acción de este fantasma era el futuro. Tampoco lograba relacionarlas con alguien muy vinculado a él mismo. Pero no le cabía duda de que, quienquiera que fuese el objeto de las conversaciones, éstas contenían una moraleja para su provecho; por eso resolvió atesorar cada palabra que escuchase y cada cosa que viese, y muy especialmente su propia imagen cuando apareciese. Tenía la
esperanza de que encontraría en su conducta del futuro la clave que le faltaba para resolver fácilmente los acertijos.
Miró a su alrededor buscando su propia imagen pero en su esquina habitual estaba otro hombre, y aunque el reloj señalaba la hora en que él solía estar allí, no vio rastro de su persona entre las multitudes que cruzaban el porche. Sin embargo, no se sorprendió demasiado pues había tomado la resolución de cambiar de vida y pensaba y deseaba que esa resolución ya se empezaba a llevar a la práctica.
A su lado, silencioso y oscurecido, estaba el fantasma con la mano extendida. Cuando cesó la pensativa
búsqueda, Scrooge creyó adivinar, por el giro de la mano y su posición en relación a él, que los ojos invisibles le estaban mirando inquisitavamente. Esto le hizo estremecerse y notar intenso frío. Salieron del ajetreado escenario para llegar a una tenebrosa zona de la ciudad, donde nunca antes había penetrado Scrooge, aunque reconoció la localización y su mala reputación. Los caminos eran tortuosos y angostos, la tiendas y las caws miserables, la gente medio desnuda, borracha, desaseada, repugnante. Callejones y arcadas, como otros tantos pozos negros, vertían sus ofensivos olores, suciedad y vida sobre las calles desparramadas, y el barrio entero apestaba a crimen, a inmundicia y a miseria.
Muy en el interior de este antro de citas infames había un tenducho que sobresalía bajo el tejado de un cobertizo y allí se compraba metal, trapos viejos, botellas, huesos y grasientos despojos de carne. En el suelo del interior se apilaban llaves herrumbrosas, clavos, cadenas, bisagras, limas, báscu las, pesos y chatarra de toda clase. En aquellas montañas de trapos inmundos, montones de grasa putrefacta y sepulcros de huesos, se mantenían y ocultaban secretos que pocas personas habrían querido desvelar. Un bribón canoso, de unos setenta años, estaba sentado en medio de sus mercaderías junto a una estufa de carbón hecha de ladrillos viejos,
se protegía del aire frío del exterior con una miscelánea de guiñapos sucios colgados de una cuerda a modo de cortina, y estaba fumando su pipa con todo el bienestar de un tranquilo retiro.
Scrooge y el fantasma llegaron junto al hombre en el momento en que se introducía subrepticiamente en la tienda una mujer con un pesado fardo. Apenas acababa de entrar cuando otra mujer, igualmente cargada, también se metió. Un hombre, vestido de negro descolorido, las siguió muy pronto y, al verlas; se sobresaltó tanto como ellas se habían sobresaltado al reconocerse. Tras una corta pausa de turbada consternación, en la cual se había acercado a ellos el viejo de la pipa, los tres estallaron en una carcajada.
«¡Qué sea la asistenta la primera!» exclamó la que había entrado en primer lugar. «La segunda, la lavandera, y
el em pleado de la funeraria el tercero. ¡Viejo Joe, mira que es casualidad encontrarnos aquí los tres sin querer!» «No hay mejor sitio para que os reunáis», dijo el viejo Joe sacando la pipa de la boca. «Vamos al salón. Tú hace ya mucho tiempo que entras, ya lo sabes; y las otras dos no son extrañas. Esperad a que cierre la puerta de la tienda. ¡Ah, cómo rechina! Creo que en este sitio no hay un metal más herrumbroso que esas bisagras; y estoy seguro de que no hay aquí huesos más viejos que los mios. ¿Ja, ja! Todos llevamos muy bien el oficio, nos entendemos bien. Vamos a la sala. Pasad a la sala.»
La sala consistía en el espacio que quedaba tras la cortina de trapos. El viejo atizó el fuego con una vieja varilla de alfombra de escalera, despabiló la humeante lámpara (ya era de noche) con la boquilla de su pipa y la volvió a meter en la boca. Mientras lo hacía, la mujer que había hablado antes arrojó su fardo al suelo y se sentó en un taburete con osten sible complacencia cruzando los codos en sus rodillas y mirando con abierto desafio a los otros dos.
«¿Qué pasa, a ver? ¿qué pasa señora Dilber», dijo la mujer. «Todo el mundo tiene derecho a cuidar de lo suyo. ¡El siempre lo hizo!» «¡Esa es una gran verdad!» dijo la lavandera. «El más que nadie.» «Bueno, pues entonces no se quede ahí mirando como si tuviera miedo, mujer; ¿quién es el más precavido? Supongo que no vamos a andamos con miramientos.»
«¡Claro que no!», dijeron a la vez la señora Dilber y el hombre. «Esperemos que no.»
«Entonces, ¡muy bien!», exclamó la mujer. «Ya bastó. ¿A quién se perjudica con estas cuatro cosas? Supongo que al muerto no.» «Claro que no», dijo la señora Dilber riendo.
«Si quería quedarse con las cosas después de muerto, el viejo malvado y tacaño», prosiguió la mujer, «por qué no fue una persona normal y corriente en vida? Si lo hubiera sido, alguien se habría ocupado de él cuando estaba tocado de muerte en vez de estar ahí tirado, solo, dando las últimas boqueadas. »
«Esa es la mayor verdad que se haya dicho nunca», dijo la señora Dilber. «Fue un castigo de Dios.» «Lástima qué no haya sido un castigo un poco más abundante», replicó la mujer, «y os aseguro que lo hubiera sido si yo hubiera podido echar el guante a otras cosas. Abra el fardo, viejo Joe, y dígame cuánto vale. Hable claro. No me importa ser la primera ni que éstos lo vean. Antes de encontrarnos aquí ya sabíamos de sobra que nos estábamos socorriendo a nosotros mismos, creo yo. No es ningún pecado. Abra el fardo, Joe».
Pero la cortesía de sus amigos no lo iba a permitir y el hombre de negro desteñido abrió la brecha el primero y exhibió su botín. No era muy copioso. Un par de sellos, una caja de lapiceros, unos gemelos de camisa y un alfiler de corbata sin gran valor. Eso era todo. El viejo Joe examinó y valoró los objetos cuidadosamente y fue anotando con tiza en la pared las cantidades que estaba dispuesto a dar por cada uno; cuando vio que no había más, hizo la suma total.
«Esta es la cuenta», dijo Joe, «y no doy un céntimo más aunque me aspen. ¿Quién es el siguiente?»
La siguiente fue la señora Dilber. Sábanas y toallas, unas pocas prendas de vestir, dos viejas cucharillas de
plata, un par de pinzas para el azúcar y unas cuantas botas. Su cuenta quedó expresada en la pared igual que la anterior. «Siempre pago demasiado a las señoras. Es una debilidad que tengo y así es como me arruino», dijo el viejo Joe. «Esta es la cuenta, y si me discute por un penique más, me arrepentiré de ser tan generoso y rebajo media corona.»
«Y ahora abra mí fardo, Joe, dijo la primera mujer.
Joe se puso de rodillas para abrirlo con más comodidad, y tras deshacer muchísimos nudos, arrastró un rollo grande y pesado de una cosa oscura.
«¿Qué diréis que es ésto? », dijoJoe. «¡Cortinas de cama!»
¡«Ay!», exclamó la mujer riendo y echándose hacia delan te sobre sus brazos cruzados. «¡Cortinajes de cama!»
«No me irá a decir que las descolgó con anillas y todo mientras él estaba allí acostado» dijo Joe.
«Sí, lo hice», replicó la mujer. «¿Por qué no iba a hacerlo?»
«Usted ha nacido para hacer fortuna», dijo Joe, «y seguro que la hará. »
«Lo que sí es seguro, Joe, es que cuando alargo la mano a algo no lo voy a soltar por un hombre como era él,
le doy mi palabrax, respondió la mujer fríamente. «¡Cuidado!, que no se caiga el aceite en las mantas.»
«¿Eran de él?» preguntó Joe.
«¿De quién piensa usted, si no?» replicó la mujer. «Me atrevo a decir que no va a coger frío sin ellas.»
«Supongo que no habrá muerto de algo contagioso, ¿verdad?», dijo el viejo Joe interrumpiendo el trabajo y mirando interrogativamente.
«No tema», respondió la mujer. «Yo no le tenía tanto apego como pata andar merodeando a su alrededor
para quedarme con esas cosas si lo de él hubiera sido contagioso. ¡Ah! , puede sacarse los ojos mirando la
camisa que no encontra.rá ni un agujero ni un hilo gastado. Es la mejor que él tenía y además es muy buena. De no ser por mi, la habrían desperdiciado». «¿A qué llama desperdiciar?» preguntó el viejo Joe. «A ponérsela par a enterrarlo, claro está», replicó la mujer con una risotada. «Alguien fue tonto como para hacerlo, pero yo se la volví a quitar. Si el percal no sirve para éso, no sirve para nada y al cadaver le sienta igual de bien; no podía estar más feo que con la otra».
Scrooge escuchaba este diálogo horrorizado. Se habían sentado agrupados en torno al botín a la escasa luz de la lámpara del viejo, y Scrooge les contemplaba con un aborrecimiento y una repugnancia tales que no habrían sido mayores aun que hubiera tratado de demonios obscenos comerciando con el mismísimo cadaver. «Ja, ja», rió la misma mujer cuando el viejo Joe sacó una bolsa de franela con dinero y distribuyó en el suelo las diversas ganancias de cada uno. «¡Así se acaba, ya ven! El espantaba a todos cuando estaba vivo para que nos aprovechásemos nosotros cuando estuviera muerto. ¡Ja, ja, ja!» «¡Espíritu!», dijo Scrooge temblando de pies a cabeza. «Ya lo veo, ya me doy cuenta. El caso de este desgraciado podría haber sido mi caso. Mi vida lleva ese camino hasta ahora. ¡Cielo santo! ¡¿Qué es eso?!»
Retrocedió aterrado pues la escena había cambiado y ahora casi tocaba una cama, una cama desnuda, sin cortinas, y en ella, bajo una sábana andrajosa yacía algo tapado que, aunque mudo, se anunciaba con espantoso lenguaje.
La habitación estaba muy oscura, demasiado oscura para ver con detalle aunque Scrooge, obediciendo a un impulso secreto, miraba ansioso de saber qué clase de habitación era. Del exterior venía una pálida luz que caía directamente sobre el lecho, y en éste yacía el cadaver de aquel hombre, despojado, desposeído, sin que le velaran, sin que le lloraran, sin que le atendieran. Scrooge echó una ojeada al fantasma. Su mano invariable apuntaba a la cabeza. La cobertura estaba colocada con tal descuido que la más ligera elevación, el movimiento de un dedo de Scrooge, habría bastado para dejar el rostro al des cubierto. El lo pensó, sabía cuán fácil sería y estaba deseando hacerlo, pero para retirar el velo no tenía más capacidad que para alejar al espectro de su lado.
¡Oh muerte fría, fría, rígida y atroz, eleva aquí tu altar y vístelo con esos pavores que sólo a ti obedecen porque este es tu reino! Pero en tus terribles propósitos no podrás volver odioso un solo rasgo ni tocar un solo cabello de los rostros amados, honrados y reverenciados. Y no es porque la mano sea pesada y se desplome al soltarla, ni porque se hayan parado los pulsos y el corazón, sino porque ERA una mano abierta, generosa; fiel; porque era un corazón valiente, cálido y tierno; porque el pulso era un pulso de un hombre de verdad. ¡Golpea,
sombra, golpea y verás cómo manan de la herida sus buenas obras para sembrar en el mundo vida inmortal!
Ninguna voz pronunció esas palabras al oído de Scrooge y sin embargo las escuchó cuando estaba mirando el lecho. Si este hombre se pudiera levantar ahora, pensó, ¿cuáles serían sus sentimientos? ¿La avaricia, el trato despiadado, la intención de acaparar? ¡A buen fin le habían llevado, en verdad! Allí yacía el cadáver, en la oscura casa vacía, sin un hombre, mujer o niño que le dijera que había sido atento con él en esto o aquello, y que en memoria de una palabra ama ble sería amable con él. Un gato arañaba la puerta y se escu chaba un sonido de ratas royendo bajo la chimenea. Scrooge no se atrevió a pensar qué buscaban en la habitación del muerto ni por qué estaban tan agitados a impacientes. «¡Espíritu», dijo él, «este lugar es horrible. Después de salir de aquí no olvidaré la lección, creéme. ¡Vámonos!» Pero el fantasma siguió apuntando con un dedo inmovil a la cabeza.
«Te comprendo», dijo Scrooge, «y lo haría si fuera capaz. Pero no tengo fuerzas, espíritu, no tengo valor.»
Otra vez pareció que le miraba.
«Si hay en la ciudad alguna persona que sienta emoción por la muerte de este hombre», dijo Scrooge dolido, «muéstramela, espíritu, te lo suplico.»
El fantasma desplegó su oscuro manto durante unos instantes, como si fuera un ala, y al recogerlo dejó ver una es tancia iluminada por la luz del día, donde estaba una madre con sus hijos.
Ella esperaba a alguien con ansiedad, pues iba de un lado a otro de la habitación, se asomaba a la ventana, miraba el reloj, intentaba -en vano- hacer labor con la aguja y apenas podía soportar las voces de los niños que jugaban.
Al fin, se escuchó la llamada tanto tiempo esperada. Ella se precipitó a abrir la puerta para recibir a su marido, un hombre cuyo rostro reflejaba preocupación y tristeza, aunque era joven. Ahora tenía una expresión extraña, una especie de intenso regocijo que le hacía sentirse avergonzado y que procuraba reprimir.
Se sentó a cenar lo que ella había reservado cuidadosamente para él junto al fuego y, tras un largo silencio, ella le preguntó tímidamente qué noticias había; él pareció incómodo al buscar una respuesta.
«¿Son buenas o malas?», dijo ella para ayudarle.
«Malas», respondió él.
«No, Caroline. Todavía hay esperanza.»
«¡Sólo la hay si él se conmueve!», dijo ella espantada. «Si ha ocurrido tal milagro aún nos queda una esperanza.»
«Ha hecho algo más que conmoverse», dijo el marido. «Se ha muerto.»
Si la cara es el espejo del alma, ella era criatura dulce y apacible pero al oírlo se sintió agradecida en lo más profundo de su corazón y así lo expresó con las manos entrelazadas. Al instante, pidió perdón y lo lamentó, pero el primero fue el sentimiento que le salió del alma.
«Resultó bastante cierto lo que me dijo aquella mujer medio borracha, que te conté anoche, cuando intenté verle para conseguir un aplazamiento de una semana; yo pensé que era una excusa para no recibirme, pero entonces él no sólo estaba muy enfermo sino que se estaba muriendo.»
' «¿A quién se traspasará nuestra deuda?»
«No sé, pero antes de que eso ocurra ya tendremos el dinero, y aunque no lo tuviéramos sería muy mala suerte dar con un acreedor tan implacable. ¡Esta noche podremos dormir sin congoja, Caroline!»
Sí. Se les había quitado un peso de encima. A los niños, enmudecidos y apiñados alrededor para oír algo que apenas comprendían, se les había iluminado la cara, y el hogar era más feliz gracias a la muerte de aquel hombre. La única emoción que el fantasma pudo mostrar a Scrooge fue una emoción plancetera.
«Permíteme ver algo de cariño por un muerto», dijo Scrooge, «o jamás podré librarme, espíritu, de la siniestra
cámara que acabamos de deja r.»
El fantasma le llevó por varias calles que ya conocía y mientras avanzaban Scrooge miraba de un lado a otro buscándose, pero no se le veía. Entraron en la casa del pobre Bob Cratchit, el hogar que había visitado anteriormente, y encontraron a la madre y a los hijos sentados cerca del fuego.
Silenciosos. Muy silenciosos. Los ruidosos pequeños Cratchit estaban quietos como estatuas en un rincón, sentandos mirando a Peter que tenía un libro. La madre y las hijas estaban ocupadas en la costura, pero muy en silencio.
«Y él puso a un niño en medio de ellos».
¡Dónde había escuchado Scrooge aquellas palabras? No las había soñado. Tal vez las había leído el muchacho
en voz alta cuando él y el espíritu cruzaban el umbral. ¿Por qué no prosiguió?
La madre dejó la labor sobre la mesa y se llevó la mano al rostro.
«Me duelen los ojos de colorear», dijo.
¿De colorear? ¡Ay, pobre Tiny Tim!
«Ahora ya están mejor», dijo la esposa de Cratchit. «Me lloran con la luz de la vela y no quiero, por nada del
mundo, que vuestro padre los vea así cuando vuelva a casa. Ya debe ser casi la hora».
«Más bien pasa», respondió Peter cerrando el libro. «Pero creo que estas últimas tardes viene andando más despacio que de costumbre, madre.»
Se quedaron otra vez muy silenciosos. Finalmente, con una voz firme, animada, que sólo se quebró una vez, ella dijo:
«Le recuerdo andando con... le recuerdo andando con Tiny Tim en sus hombros muy deprisa.»
«Y yo también», exclamó Peter. «Con frecuencia.»
«¡Y yo también!» dijo otro. Todos se acordab an.
«Pero él pesaba tan poco», prosiguió ella, atenta a la labor, «y su padre le amaba tanto que no era una molestia, ninguna molestia. ¡Y ahí esta vuestro padre en la puerta!»
Se precipitó a su encuentro y el pobre Bob, con su bufanda de lana -la necesitaba el buen hombre- entró en la casa. Ya tenía el té preparado en la chapa de la cocina y todos procuraron anticiparse a los demás para servirle. Des pués, los dos jóvenes Cratchit se sentaron en sus rodillas y apoyaron en su rostro una pequeña mejilla como diciendo: «No te preocupes, padre. No estés triste.»
Bob estuvo muy animado con ellos y muy agradable con toda la familia. Contempló la labor que estaba sobre la mesa y alabó la habilidad y rapidez de la señora Cratchit y las chicas. Quedaría terminad a mucho antes del domingo, les dijo.
«¡Domingo! Entonces, ¿fuiste hoy, Robert?», dijo su es posa.
«Sí, queridab, respondió Bob. «Me habría gustado que hubieras podido ir. Te habría tranquilizado ver lo verde que es ese sitio. Pero ya lo verás con frecuencia. Le prometí que iría andando un domingo. ¡Mi hijito, mi niño pequeño!», lloró Bob. «¡Mi niñito!»
Se desmoronó de una vez. No podía evitarlo. Tal vez hubiera podido si él y su hijo no hubiesen estado unidos tan estrechamente.
Salió de la habitación y subió al cuarto de arriba, que es taba alegremente iluminado y decorado con adornos
navi deños. Cerca del niño, había una silla y se notaba que alguien había estado allí poco antes. El pobre Bob se sentó, y después de meditar un momento se recuperó y besó aquella carita. Se sintió resignado con lo sucedido y volvió a bajar bastante animado.
Se agruparon junto al fuego y charlaron; las chicas y la madre continuaron trabajando. Bob les habló de la extraordinaria amabilidad del sobrino del señor Scrooge, al que apenas había visto una sola vez y sin embargo, al encontrárselo aquel día en la calle, se había dado cuenta de que Bob parecía un poco -«sólo un poco apagado, ¿verdad?»- y le preguntó qué le sucedía. «Se lo contés, dijo Bob, «porque es el caballero más amable que os podáis imaginar. «Lo lamento de todo corazón, señor Cratchit», dijo, «y lo lamento de todo corazón por su
buena esposa. Por cierto, no se cómo podía saberlo.»
«¿Saber qué, cariño?»
«Pues eso, que tú eras una buena esposas, respondió Bob.
«¡Todo el mundo lo sabe!», dijo Peter.
«¡Muy bien dicho, hijo mio! » exclamó Bob. -Eso espero -. «Lo lamento de todo corazón» -dijo él-, «por su buena esposa. Si de algo les puedo servir» -dijo él dán dome su tarjeta-, «ahí es donde vivo. Le ruego que venga a verme, pero no se trata de lo que hubiera podido hacer por nosotros; era consolador por la manera tan afable de decirlo. Realmente parecía como si hubiese conocido a nuestro Tiny Tim y sintiera nuestro dolor. »
«Tengo la seguridad de que es un alma bondadosa», dijo la señora Cratchit. «Estarías más segura, querida, si le hubieras visto y hablado con él. No me sorprendería, escucha bien lo que te digo, si él consiguiera para Peter una coloca ción mejor. »
«¿Has oído, Peter?», dijo la señora Cratchit.
«Y entonces», dijo una de las chicas, «Peter se asociará con otro y se establecerá por su cuenta. »
«¡Cállate ya! », replicó Peter gesticulando.
«Es probable que ocurra un día de éstos», dijo Bob, «aunque para eso hay tiempo de sobra. Pero aunque nos separemos unos de otros, sea cuando sea, estoy seguro de que ninguno se olvidará de Tiny Tim, ¿verdad?, la primera separación de uno de nosostros».
«¡Jamás, padre! », exclamaron todos.
«Y ahora yo sé, queridos míos», dijo Bob, «yo sé que cuan do recordemos lo paciente y tranquilo que era, aunque era muy pequeño, un niño chiquitín, no reñiremos por naderías, olvidándonos así del pobre Tiny Tim».
«¡No, jamás, padre! », dijo el pobre Bob. «¡Estoy muy contento! »
La Sra. Cratchit le besó, sus hijas le besaron, los dos jóvenes Cratchit le besaron, y Peter y él se estrecharon las manos. ¡Espíritu de Tiny Tim, tu infantil esencia procedía de Dios!
«Espectro», dijo Scrooge, «presiento que ha llegado el momento de separarnos. No se cómo, pero lo sé.
Dime quién era el hómbre muerto que vimos».
El Fantasma de la Navidad del Futuro, igual que en anterior ocasión, le trasladó -aunque pensó que eran otros tiempos pues no parecía existir un orden en las últimas visiones, si bien todas se desarrollaban en el futuro- a los lugars frecuentados por los hombres de negocios, pero a él no se le vela por ninguna parte.
Además, el espíritu no se detenía sino que seguía directamente, como si se encaminara a una meta ahora deseada, hasta que Scrooge le rogó que se detuviera unos instantes.
«En este patios, dijo Scrooge, «que estamos atravesando rápidamente es donde tengo mi despacho y ahí he trabajado durante largo tiempo. Estoy viendo la casa. Déjame contemplar cómo estaré en el futuro».
El espíritu se detuvo pero la mano señalaba a otra parte.
«La casa está por allá», exclamó Scrooge. «¿Por qué señalas a otro lado?»
El dedo inexorable no cambió.
Scrooge se precipitó hacia la ventana de su oficina y miró el interior. Seguía siendo una oficina, pero no la suya. Los muebles no eran lo s mismos y el personaje sentado no era él. El fantasma seguía señalando la misma dirección. Scrooge se volvió a unir a él y, deseando saber por qué razón y a dónde iban, le acompañó hasta una verja. Antes de entrar se detuvo un momento para mirat a su alrededor.
Un cementerio parroquial. Así pues, aquí yacía bajo tierra el desdichado hombre cuyo nombre iba a conocer ahora. ¡El sitio merecía la pena! Emparedado entre edificios, cu bierto de yerbajos -vegetación de la muerte, no de la vida-, demasiado atiborrado de enterramientos, inflado de voracidad satisfecha. ¡Bonito lugar!
El espíritu se detuvo entre las rumbas y señaló una. Scrooge avanzó hacia ella temblando. El fantasma estaba exactamente igual que antes, pero Scrooge tenía miedo de ver una nueva significación en su solemne forma.
«Antes de que siga acercándome a esa losa que señalass, dijo Scrooge, «respóndeme a una pregunta. ¿Son las imágenes de cosas que van a suceder o solamente imágenes de co sas que podrían suceder? »
Pero el fantasma señalaba, con el dedo hacia abajo, la rumba que tenía delante.
«El rumbo de la vida de un hombre presagia cierto final que se producirá si el hombre perseverax, dijo Scrooge. «Pero si se modifica el rumbo, el final cambiará. ¡Dime que eso es lo que me estás enseñando!»
El espíritu permaneció tan incomovible como siempre.
Tembloroso, Scrooge se arrastró hacia él y, siguiendo la indicación del dedo, leyó en la losa de la abandonada
rumba su propio nombre, EBENEZER SCROOGE.
«¿Soy yo el hombre que yace en la cama?», gritó arrodillado.
El dedo le señaló a él y otra vez a la tumba.
«¡No, espíritu! ¡No, no, no!»
Allí continuaba el dedo.
«¡Espíritu!', gritó agarrándose con fuerza al manto, «¡escúchame! Ya no soy como antes. Gracias a este encuentro ya no seré el mismo que antes. ¿Por qué me muestras todo esto si ya no hay esperanza para mí»
Por vez primera la mano pareció vacilar.
« ¡Espíritu bueno! », continuó diciendo postrado en el suelo. «Tu benevolencia intercede en mi favor y me
compadece. ¡Dime que todavía puedo modificar las imágenes que me has mostrado si cambio de vida! »
La mano benéfica temblaba.
«Haré honor a la Navidad en mi corazón y procuraré mantener su espíritu a lo largo de todo el año. Viviré en
el Pasado, el Presente y el Futuro; los espíritus de los tres me darán fuerza interior y no olvidaré sus enseñanzas.
¡Ay! ¡Dime que podré borrar la inscripción de esta losa»
En su agonía, se agarró a la mano espectral. La mano trató de soltarse pero Scrooge la retuvo con fuerza
implorante. El espíritu, aún con mayor fuerza, le rechazó.
Alzando sus manos en una postrer súplica para cambiar su destino, Scrooge vio una alteración en la capucha
y túnica del fantasma, que se encogió, se desmoronó y se convirtió en la columna de una cama.
QUINTA ESTROFA
DESENLACE FINAL
¡Sí!, y la columna era suya, de su propia cama, y suya era la habitación. ¡Pero lo mejor de todo es que el
tiempo que le quedaba por delante era su propio tiempo y podía en mendarse!
Mientras gateaba para salir de la cama, Scrooge repetía «Viviré en el Pasado, el Presente y el Futuro. Los tres
espíritus del tiempo me ayudarán. ¡Oh, Jacob Marley! El Cielo y las Navidades sean loados! ¡Lo digo de rodillas,
viejo Jacob, de rodillas! »
Estaba tan alterado y tan acalorado con sus buenos propósitos que su quebrada voz apenas le salía. Durante
un conflicto con el espíritu había sollozado violentamente y su rostro aún seguía humedecido por las lágrimas.
«¡No las han arrancado! », exclamó Scrooge acunando en los brazos una de las coronas de su cama, «¡no las
han arrancado con anillas y todo. Están aquí; yo estoy aquí y se disiparán las sombras de las cosas que podrían
haber sucedido. Sí, se desvanecerán, lo sé!»
Todo este tiempo tenía las manos ocupadas en hurgar sus ropas, volviéndolas al revés, poniendo lo de arriba
para abajo, arrancándolas, poniéndoselas mal y haciendo con ellas toda clase de extravagancias.
«¡No sé qué hacer!., decía Scrooge llorando y riendo al mismo tiempo, y haciendo con sus calzas una perfecta
representación de Laoconte. «Me siento tan ligero como una pluma, tan feliz como un ángel, tan conrento
como un colegial. Estoy tan embriagado como un borracho. ¡Feliz Navidad a todos, feliz Año Nuevo para el
mundo entero! ¡Hola eh! ¡Yuupy! ¡Hola!»
Entró en el salón brincando y allí se quedó de pie, com pletamente enredado.
«¡Ahí está el bol de las gachas!», exclamó empezando nuevamente a brincar junto a la chimenea. «¡La puerta
por dónde entró el fantasma de Jacob Marley! ¡La esquina donde se sentó el fantasma de la Navidad del
presente! ¡La ventana dónde vi a los espíritus errantes! ¡Todo es verdad, todo ha sucedido de verdad. Ja, ja, ja!»
Para un hombre que llevaba sin practicar durante largos años, era realmente una risa espléndida, una risa de
lo más insigne. ¡La madre de una larga, larga descendencia de radiantes carcajadas!
«¡No sé en qué fecha estamos!», dijo. «No sé cuanto tiempo he estado con los espíritus. No sé nada. Estoy
como un niño. Qué más da. No me importa. Es mejor ser como un niño. ¡Hola! ¡Yuppy! ¡Hola eh!»
Su paroxismo fue moderado por los repiques de campanas de iglesia más fragorosos que había escuchado en
toda su vida. ¡Tilín, talán, ding, dong, tilín, tolón! ¡Ah, glorioso, glorioso!
Corrió a la ventana, la abrió y asomó la cabeza. Ni bruma, ni niebla; claro, despejado, alegre, estimulante, frío;
frío como el sonido de una gaita que invita a la sangre a bailar. Sol dorado, cielo azul, dulce aire fresco, alegres
campanadas. ¡Ah, glorioso, glorioso!
«¿Qué día es hoy?», gritó Scrooge a un chico que estaba abajo muy endomingado y que tal vez deambulaba
por allí para fisgarle.
«¿Qué?», respondió el chico con el mayor asombro.
«Qué día es hoy, amiguito?», preguntó Scrooge.
«¡Hoy!», respondió el muchacho. «Bueno, NAVIDAD.»
«¡Es el día de Navidad!», dijo Scrooge hablando consigo mismo. «No me lo he perdido. Los espíritus lo
hicieron todo en una sola noche. Pueden hacer lo que quieran. Naturalmente. Claro que pueden. ¡Hola,
amiguito!»
«Hola», replicó el chico.
«¿Conoces la pollería que está a dos calles, en la esquina?», inquirió Scrooge.
«Desearía haberla conocido», replicó el chaval.
«¡Qué chico mas inteligente!», dijo Scrooge. «¡Un muchacho notable! ¿Sabes si han vendido el pavo caro que
tenían allí colgado? No digo el barato sino el pavo grande.»
«¡Cuál?, ¿uno que es tan grande como yo?», dijo el muchacho.
«¡Qué encanto de chico!», dijo Scrooge. «¡Da gusto hablar con él. Sí, caballerete!»
«Allí está colgado ahora», respondió el chico.
«¿De veras?», dijo Scrooge. «Vete a comprarlo.»
«¡Amos anda!», exclamó el muchacho.
«No, no», dijo Scrooge, «hablo en serio. Vete y cómpralo y diles que lo traigan aquí, que yo les daré la
dirección a la que deben llevarlo. Vuelve con el mozo y te daré un chelín. ¡Si vuelves con él en menos de cinco
minutos te daré media corona! »
El chico salió disparado, como si hubiera tenido una mano firme apretando un gatillo.
«¡Se lo enviaré a la familia de Bob Cratchit!», musitó Scrooge, frotándose las manos y desternillándose de risa.
«No sabrá quién se lo manda. Es de un tamaño doble que Tiny Tim. ¿Joe Miller nunca gastó una broma tan
graciosa!»
No estaba firme la mano con que escribió la dirección, pero la escribió como pudo y bajó para abrir la puerta
de la calle antes de que llegara el hombre de la pollería. Cuando estaba esperando, la aldaba llamó su atención.
«¡La amaré mientras viva!», exclamó dándole palmaditas. «Apenas me había fijado en ella anteriormente. ¡Qué
expresión tan honrada tiene en el rostro! ¡Es una aldaba maravillosa! ¡Aquí está el pavo! ¡Hola! ¡Yuupy! ¿Cómo
está usted? ¡Felices fiestas!»
¡Aquello era un pavo! Aquel ave no podría haberse sostenido sobre sus patas; las habría reventado en un
momento como si fuesen palillos de lacre.
«Oiga, es imposible cargar con esto hasta Camdem Town», dijo Scrooge. «Tendrá que ir en coche.»
La risa ahogada con que dijo eso, y la risa ahogada con que pagó el pavo, y la risa ahogada con que pagó el
coche, y la risa ahogada con que recompensó al muchacho, solamente fue superada por la risa ahogada con que
se sentó, sin aliento, otra vez en su butaca, y continuó riéndose ahogadamente hasta que lloró.
Afeitarse no era una tarea fácil porque su mano seguía muy temblorosa y para afeitarse es necesario prestar
atención, incluso aunque no se esté bailando mientras uno se afeita. Pero aunque se hubiera cortado la punta de
la nariz, se habría puesto un esparadrapo y seguiría tan satisfecho.
Se vistió, «con sus mejores galas» y, por fin, salió a la calle, llena de gente a aquellas horas, tal como él había
visto con el Fantasma del Presente. Caminando con las manos a la espalda, Scrooge miraba a todos con sonrisa
embelesada. Ofrecía un aspecto tan entrañable que tres o cuatro personas simpáticas le dijeron «¡Buenos días,
señor! ¡Que tenga feliz Navidad!» Y Scrooge solía decir después que esos habían sido los sonidos más alegres
que jamás había escuchado.
No había llegado lejos cuando vio venir hacia él el caballero solemne que, el día anterior, había entrado en su
despacho diciendo: «De Scrooge y Marley, creo». El corazón le latió con violencia al pensar cómo le miraría
aquel viejo caballero cuando se cruzasen; pero también sabía cuál era el paso a dar, y lo dio.
«Estimado señor», dijo Scrooge acelerando el paso y asiendo al viejo caballero por ambas manos. «¿Cómo
está Ud.? Espero que haya tenido éxito ayer. Fue muy amable por su parte. ¡Feliz Navidad, señor!»
«¿El señor Scrooge?»
«Sí», dijo Scrooge. «Ese es mi nombre y me temo que no le resulte grato. Permítame pedirle perdón. Y tenga
usted la bondad de...». Scrooge le murmuró algo al oído.
«¡Dios mío!», exclamó el caballero como si se le hubiera cortado la respiración. «Mi estimado señor Scrooge,
¿lo dice en serio?»
«Se lo ruego», dijo Scrooge. «Ni un ochavo menos. Le aseguro que van incluidos muchos atrasos. ¿Me hará
Vd. este favor?»
«Mi estimado señor», dijo el otro estrechándole las manos. «¡No sé qué decir ante tal munifi...»
«No diga nada, por favor, atajó Scrooge. «Venga a verme. ¿Vendrá a visitarme?»
«¡Lo haré!», exclamó el caballero, y estaba claro que esa era su intención.
«Gracias», dijo Scrooge. «Muy agradecido. Un millón de gracias. ¡Adiós!»
Estuvo en la iglesia, deambuló por las calles, contempló a la gente apresurándose de un lado para otro, dio
palmaditas en la cabeza de los niños, se interesó por los mendigos, miró las cocinas de las casas, abajo, y las
ventanas de arriba, y descubrió que todo le resultaba un placer. Nunca había imaginado que un paseo le pudiera
reportar tanta felicidad. Por la tarde, encaminó sus pasos hacia la casa de su sobrino.
Pasó por delante de la puerta una docena de veces antes de acumular el valor suficiente para subir y llamar.
Peto tuvo el atranque y lo hizo.
«¿Está el señor en casa, guapa?», dijo Scrooge a la chica. «¡Guapa chica, en verdad!»
«Sí, señor»
«¿Dónde está, cariño? », dijo Scrooge.
«Está en el comedor, señor, con la señora. Le acompañaré arriba, por favor. »
«Gracias. Ya me conoce», dijo Scrooge con la mano pues ta en la manilla del comedor. «Voy a entrar, guapa».
Abrió la puerta suavemente y asomó la cara. Ellos estaban revisando la mesa (magníficamente puesta), pues
estas parejas jóvenes siempre se ponen nerviosos con cosas así y les gusta que todo esté como es debido.
«¡Fred!, dijo Scrooge.
«¡Ay, Señor, qué susto se llevó la sobrina política! Scrooge había olvidado que estaba sentada en el rincón,
con el escabel, si no, por nada del mundo lo habría hecho. »
«¡Válgame Dios! ¿Quién es? », exclamó Fred.
«Soy yo. Tu tío Scrooge. He venido a cenar. ¿Puedo quedarme, Fred? »
¡Que si podía! Fue una suerte que no se le cayera el brazo con las sacudidas. En cinco minutos se sentía
como en su casa. Nada podía ser más entrañable. La sobrina era igual que la había visto. Y Topper, cuando
llegó. Y la hermana relleni ta, y todos los demás. ¡Maravillosa reunión, maravillosos juegos, maravillosa
concordia, ma-ra-vi-llo-sa felicidad!
Pero a la mañana seguiente llegó temprano a la oficina. ¡Si pudiera ser el primero y sorprender a Bob Cratchit
llegando con retraso! En ello había puesto todo su empeño.
¡Y lo consiguió; sí, lo consiguió! En el reloj dieron las nueve. Bob sin aparecer. Dieron las nueve y cuarto.
Bob sin aparecer. Llegó con diciocho minutos y medio de retraso. Scrooge se sentó con la puerta abierta para
verle entrar en la Cisterna.
Antes de abrir la puerta ya se había quitado el sombrero y también la bufanda; en un santiamén ya estaba en
su ta burete, trabajando intensamente con el lapicero como si intentara dar marcha atrás al tiempo.
«¡Hola! », gruñó Scrooge, fingiendo lo mejor que supo su voz habitual. «¿Qué significa esto de llegar a estas horas? »
«Lo siento mucho, señor», dijo Bob. «Me he retrasado» «¿Se ha retrasado?», repitió Scrooge. «Sí. Eso creo. Haga el favor de venir».
«Es la única vez en todo el año, señor», se excusó Bob saliendo de la Cisterna. «No se volverá a repetir. Ayer tuvimos un poco de fiesta, señor».
«Pues le diré una cosa, amigo mio», dijo Scrooge, «no voy a continuar consintiendo cosas como ésta. Y por consiguiente», prosiguió, saltando de su asiento y aplicando a Bob tal empujón en el chaleco que le hizo retroceder tambaleándose hasta la Cisterna otra vez, «y por consiguiente ¡estoy a punto de subirle el sueldo! »
Bob temblaba y se acercó un poco más a la vara de medir. Por un instante, tuvo la idea de pegar a Scrooge con ella, sujetarle y pedir ayuda a la gente del patio y ponerle una camisa de fuera.
«¡Feliz Navidad, Bob! » dijo Scrooge con inconfundible acento de sinceridad, al tiempo que le daba palmadas en la espalda. «¡La más Feliz Navidad, Bob, mi buen compañero, que yo le haya deseado en muchos años! Le aumento el sueldo y me propongo auxiliar a su necesitada familia; ¡trataremos sus asuntos esta misma tarde ante un bol navideño de «obispo» humeante , Bob! ¡Atice las estufas y compre otro cubo de carbónantes de ponerse a escribir ni el punto de una « i», Bob Cratchit!»
Scrooge cumplió más de lo prometido. Lo hizo todo y muchísimo más; fue un segundo padre para Tiny Tim, que no murió. Se convirtió en el amigo, amo y hombre más bueno que se conoció en la vieja y buena ciudad o en cualquier otra buena ciudad, pueblo o parroquia del bueno y viejo mundo. Algunas personas se reían al ver el cambio, pero él las dejaba reírse sin prestarles atención pues era lo bastante sabio para darse cuenta de que nada bueno sucede en este globo sin que determinadas personas se harten de reír al principio; sabía que tales personas siempre estarían ciegas y consideraba el malicioso brillo y arrugas de sus ojos como una enfermedad cualquiera, con manifestaciones menos atractivas. Su propio corazón reía y con eso le bastaba.
No volvió a tener trato con aparecidos, pero en adelante vivió bajo el Principio de Abstinencia Total y siempre se dijo de él que sabía mantener el espíritu de la Navidad como nadie. ¡Ojalá se pueda decir lo mismo de nosotros, de todos nosotros! Y así, como dijo Tiny Tim, ¡que Dios nos bendiga a todos, a cada uno de nosostros!

OLIVER TWIST -- CHARLES DICKENS

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OLIVER TWIST -- CHARLES DICKENS

Charles Dickens
OLIVER TWIST


CAPÍTULO UNO

LOS PRIMEROS AÑOS DE OLIVER TWIST

Una fría noche de invierno, en una pequeña ciudad de Inglaterra, unos transeúntes
hallaron a una joven y bella mujer tirada en la calle. Estaba muy enferma y pronto
daría a luz un bebé. Como no tenía dinero, la llevaron al hospicio, una institución
regentada por la junta parroquial de la ciudad que daba cobijo a los necesitados. AE
día siguiente nació su hijo y, poco después, murió ella sin que nadie supiera quién
era ni de dónde venía. Al niño lo llamaron Oliver Twist.
En aquel hospicio pasó Oliver los diez primeros meses de su vida. Transcurrido este
tiempo, la junta parroquial lo envió a otro centro situado fuera de la ciudad donde
vivían veinte o treinta huérfanos más. Los pobrecillos estaban sometidos a la
crueldad de la señora Mann, una mujer cuya avaricia la llevaba a apropiarse del
dinero que la parroquia destinaba a cada niño para su manutención. De modo, que
aquellas indefensas criaturas pasaban mucha hambre, y la mayoría enfermaba de
privación y frío.
El día de su noveno cumpleaños, Oliver se encontraba encerrado en la carbonera
con otros dos compañeros. Los tres habían sido castigados por haber cometido el
imperdonable pecado de decir que tenían hambre. El señor Blumble, celador de la
parroquia, se presentó de forma imprevista, hecho que sobresaltó a la señora Mann.
El hombre tenía por costumbre anunciar su visita con antelación, tiempo que la
señora Mann aprovechaba para limpiar la casa y asear a los niños, ocultando así las
malas condiciones en las que vivían los pobres muchachos.
-¡Dios mio! ¿Es usted, señor Bumble? -exclamó horrorizada la señora Mann.
Y, dirigién se en voz baja a la criada, ordenó:
-Susan, sube a esos tres mocosos de la carbonera y lávalos inmediatamente.
-Vengo a llevarme a Oliver Twist -dijo el celador-. Hoy cumple nueve años y ya es
mayor para permanecer aquí.
-Ahora mismo lo traigo -dijo la señora Mann saliendo de la habitación.
Oliver llegó ante el señor Bumble limpio y peinado; nadie hubiera dicho que era el
mismo muchacho que poco antes estaba cubierto de suciedad. Al poco rato, el
celador y el niño abandonaban juntos el miserable lugar
Oliver miró por última vez hacia atrás; a pesar de que allí nunca había recibido un
gesto cariñoso ni una palabra bondadosa, una fuerte congoja se apoderó de él.
“¿Cuándo volveré a ver a los únicos amigos que he tenido nunca?”, se preguntó. Y,
por primera vez en su vida, sintió el niño la sensación de su soledad.
Nada más llegar al nuevo hospicio, Oliver fue llevado ante la junta parroquial y allí,
el señor Limbkins, que era el director, se dirigió a él.
-¿Cómo te llamas, muchacho?
Oliver, asustado, no contestó; de repente, sintió un fuerte pescozón que le hizo
echarse a llorar, había sido el celador que se encontraba detrás de él.
-Este chico es tonto -dijo un señor de chaleco blanco.
-¡Chist! -ordenó el primero. Y, dirigiéndose a Oliver, dijo-: Hasta ahora, la
parroquia te ha criado y mantenido, ¿verdad? Bien, pues ya es hora de que hagas
algo útil. Estás aquí para aprender un oficio. ¿Entendido?
-Sí. Sí, señor-contestó Oliver entre sollozos.
En el hospicio, el hambre seguía atormentando a Oliver y a sus compañeros: sólo
les daban un cacillo de gachas al día, excepto los días de fiesta en que recibían,
además de las gachas, un trocito de pan. Al cabo de tres meses, los chicos
decidieron cometer la osadía de pedir más comida y, tras echarlo a suertes, le tocó a
Oliver hacerlo. Aquella noche, después de cenar, Oliver se levantó de la mesa, se
acercó al director y dijo:
-Por favor, señor, quiero un poco más.
-¿Qué? -preguntó el señor Limbkins muy enfadado.
-Por favor, señor, quiero un poco más -repitió el muchacho.
El chico fue encerrado durante una semana en un cuarto frío y oscuro; allí pasó los
días y las noches llorando amargamente. Sólo se le permitía salir para ser azotado
en el comedor delante de todos sus compañeros. El caso del “insolente muchacho”
fue llevado a la junta parroquial; ésta decidió poner un cartel en la puerta del
hospicio ofreciend c¡nco libras a quien aceptara hacerse cargo de Oliver.
El señor Gamfield era un hombre de rasgos groseros y gestos rudos, deshollinador
de profesión. Una mañana iba paseando por la calle, pensaba cómo podría pagar sus
deudas; al pasar frente al hospicio, sus ojos se clavaron en el cartel recién colocado.
-¡Sooo! -ordenó el señor Gamfield azotando a su burro.
El hombre del chaleco blanco estaba en la puerta, y al momento entendió que
Gamfield era el tipo de amo que le hacía falta a Oliver; de modo que fue a llamar al
señor Limb kins. Éste salió inmediatamente y, al ver el interés que manifestaba el
deshollinador por el muchacho, se frotó las manos y dijo con aire apesadumbrado:
-Usted quiere al chico para realizar un oficio peligroso; así que cinco libras nos
parece mucho dinero.
-Entonces, ¿cuánto me darán si me lo quedo? -preguntó Gamfield.
-Tres libras y diez chelines -contestó el director.
-No seas tonto -dijo el señor del chaleco blanco-, llévatelo. Es exactamente el
muchacho que necesitas. Unos cuant os palos le vendrán bien y no te preocupes por
su manutención: no está acostumbrado a llenar su estómago, ¡ja, ja, ja!
El trato quedó inmediatamente cerrado. A continuación, se ordenó al señor Bumble
que llevara aquella misma tarde a OI¡ver ante el juez para que aprobara y firmara el
contrato. El magistrado se encontraba en una estancia enorme sentado detrás de un
escitorio. Bumble colocó a Oliver frente a él y dijo:
-Éste es el muchacho, señoría.
El anciano se puso las gafas y sus ojos toparon con el rostro pálido y aterrorizado
de Oliver.
-¡Muchachito! -dijo el anciano-. ¿Por qué estás asustado?
Oliver, desconcertado por el tono suave y benévolo del juez, cayó de rodillas y,
juntando las manos, suplicó:
-¡Por favor, señor! Mándeme al cuarto oscuro... máteme de hambre si quiere...;
pero no me obligue a it con este hombre.
Tras unos instantes de silencio, el juez dijo en tono solemne:
-Me niego a firmar este contrato. Llévese al muchacho de nuevo al hospicio, y
trátelo bien. Creo que lo necesita.
A la mañana siguiente, el cartel en el que se ofrecían cinco libras a quien quisiera
llevarse a Oliver, estaba otra vez colocado en la puerta del hospicio. El primero en
interesarse por el negocio fue el señor Sowerberry, encargado de la funeraria
parroquial. Era un hombre escuálido que siempre vestía un traje negro y raído.
Después de revisar minuciosamente al muchacho, decidió quedárselo.
La junta parroquial decidió que Oliver se fuera con él aquella misma noche. Pero de
camino a casa de su nuevo amo, el chico no pudo reprimir las lágrimas.
-Eres el muchacho más desagradecido que he visto en mi vida -le dijo el señor
Bumble.
-No, no señor No soy desagradecido; pero es que me sien to tan solo -contestó
Oliver entre sollozos-. Por favor, señor, no se enfade conmigo.
Cuando llegaron a la funeraria del señor Sowerberry, Bumble ordenó a Oliver que
se secara las lágrimas.
-Aquí estoy con el muchacho.
-¡Dios mío! -exclamó la señora Sowerberry-. s muy pequeño.
-Sí, es bastante pequeño, pero no se preocupe, señora -dijo el señor Bumble-, ya
crecerá.
-¡Claro que crecerá! -contestó la mujer malhumorada-. ¿Y quién lo va a pagar?
Mantener a los niños de la parroquia cuesta más de lo que se obtiene de ellos.
¡Menudo ahorro!
Y dirigiéndose a Oliver añadió:
-¡Venga, talego de huesos.
La mujer del dueño de la funeraria abrió una pequeña puerta y empujó a Oliver por
una empinada escalera. Al final de ella, se encontraba la cocina, que era un sótano
de piedra húmeda y oscura. Allí sentada estaba una muchacha sucia y desastrada.
-Charlotte -ordenó la señora Sowerberry-, dale a este muchacho algunas de las
sobras que hemos apartado para Trip.
Los ojos de Oliver se iluminaron al ver llegar el cuenco de comida y se lanzó sobre
unos restos que hasta el perro habná desdeñado, Cuando hubo acabado de comer, la
señora Sowerberry llevó a Oliver hasta la tienda bajo cuyo mostrador había puesto
un viejo colchón.
-Dormirás aquí. Supongo que no te molestará estar entre ataúdes. Y si te molesta,
te aguantas. No hay otro sitio.
Solo ya en la funeraria, Oliver sintió un escalofrío, el hueco donde estaba el colchón
también parecía un sepulcro. Oliver lo miró y, por un momento, deseó que aquélla
fuera de verdad su tumba; así podría dormir eternamente y descansar en el camposanto,
con la hierba acariciando su cabeza.
CAPÍTULO DOS
EN LA FUNERARIA
Por la mañana, unas violentas patadas en la puerta de la tienda despertaron a
Oliver
-¡Abre de una vez! -gritó una voz detrás de la puerta.
-Ya voy, señor -contestó Oliver vistiéndose a toda prisa.
-Supongo que eres el mocoso del hospicio -siguió la voz-. ¿Cuántos años tienes?
-Tengo diez, señor
Oliver abrió la puerta con manos temblorosas, pero sólo vio a un muchacho de la
inclusa que estaba sentado en un mojón comiendo una rebanada de pan con
mantequilla.
-Perdone -dijo sliver-, ¿es usted el que ha llamado?
-Soy el que ha dado patadas -rectificó el muchacho-. Veo que no sabes con quién
estás hablando. Soy el señor Noah Claypole, y tú eres mi subordinado.
Diciendo esto, propinó a Oliver una patada, y entró en la tienda pavoneándose. Y
es que, Noah era un acogido de la inclusa, pero tenía padre y madre conocidos.
Llevaba años aguantando sin replicar los insultos de los muchachos del barrio, y
ahora que la fortuna había puesto en su camino a un huérfano sin nombre , pensaba
tomarse la revancha.
Llevaba Oliver casi un mes en la funeraria, cuando al señor Sowerberry se le
ocurrió una idea:
-Querida -le dijo a su mujer-, he pensado que Oliver sería perfecto para acompañar
los entierros de los niños. Con la edad aproximada del muerto, causará una gran
sensación.
A la mañana siguiente, el señor Bumble entró en la tienda.
Vengo a encargar un ataúd y un funeral para una pobre mujer de la parroquia.
Aquí tiene la dirección.
-Ahora mismo voy -contestó el de la funeraria-. Oliver, ponte la gorra y ven
conmigo.
Caminaron por calles sucias y miserables. Cuando llegaron a la casa indicada,
subieron hasta el primer piso y el señor Sowerberry llamó con los nudillos. Una
muchacha de unos trece años abrió la puerta y ambos entraron. Dentro de la casa, el
espectáculo era estremecedor: agachado frente a una chimenea sin lumbre, había un
hombre flaco y pálido; a su lado, una vieja sentada en un taburete; más allá, unos
niños harapientos mirando hacia el cadáver que yacía en el suelo cubierto con una
manta. Cuando el señor Sowerberry hizo intención de acercarse al cuerpo sin vida
para realizar su trabajo, el hombre flaco se levantó como una centella gritando:
-¡Que nadie se acerque a mi esposa!
No obstante, el encargado de la funeraria sacó de su bolsillo una cinta métrica y se
arrodilló junto al cuerpo sin vida.
-¡Ah! -gimió el hombre hincándose de rodillas junto a la difunta-. ¡La han matado
de hambre! Fui a mendigar para ella y me metieron en la cárcel.
Al día siguiente, se celebró el entierro. Cuando el señor Sowerberry y Oliver,
volvían a la funeraria, el hombre preguntó:
-Bueno, muchacho, ¿te gusta este oficio?
-La verdad es que no mucho, señor-contestó.
-Ya verás, todo es cuestión de acostumbrarse.
Transcurrido el mes de prueba, Oliver pasó a ser aprendiz oficialmente. A Noah le
corroía la envidia de ver ascendido al pequeño Oliver y desde entonces, se propuso
hacerle la vida imposible. Cierto día en que ambos se encontraban en la cocina, el
jovenzuelo empezó a tirarle del pelo y, al no conseguir sacarle una sola lágrima,
recurrió al insulto.
-Hospiciano -dijo Noah-, ¿y tu madre?
-Murió -contestó Oliver un poco crispado-. Preferiná que no hablaras de ella
delante. de mí.
-¿De qué murió?
-De pena -respondió Oliver con los ojos cargados de lágrimas-. No me hables más
de ella, será mejor para ti.
-¿Mejor para m? Seguro que tu madre era una cualquiera.
Rojo de furia, Oliver agarró a Noah por el cuello, lo zarandeó violentamente y le
asestó un puñetazo con tanta fuerza que lo derribó al suelo.
-¡Charlotte! ¡Ama! -se puso a gritar Noah-. ¡El nuevo me está matando! ¡Socorro!
Las dos mujeres acudieron inmediatamente a la cocina. Entre los tres propinaron a
Oliver una buena paliza: Noah lo inmmovilizó, la criada lo golpeó y el ama le arañó la
cara. Luego lo encerraron en el sotanillo de la basura.
-Noah -ordenó la señora Sowerberry-, corre a buscar al señor Bumble y dile que
venga de inmediato.
Obedeciendo las órdenes de su ama, Noah echó a correr y no paró hasta llegar a la
puerta del hospicio.
-¡Señor Bumble! ¡De prisa, venga a la tienda! Oliver Twist se ha vuelto loco.
Intentó matarme, y luego intentó matar a Charlotte y también a la señora
Sowerberry.
-Me ocuparé de ello -dijo el señor Bumble.
Cuando él y Noah llegaron a la funeraria, Oliv er seguía dando patadas a la puerta
del sotanillo.
-¡Oliver! -llamó el celador en voz baja.
-¡Sáquenme de aquiil -gritó Oliver.
-Soy el señor Bumble. ¿Es que no tiemblas al oír mi voz?
-No -respondió Oliver valientemente.
-Debe haberse vuelto loco -intervino la señora Sowerberry-. Ningún muchacho en
su sano juicio se atrevená a contestarle de ese modo.
-No es locura, señora-dijo el celador-, es comida.
-¿Cómo? -exclamó la señora Sowerberry.
-Comida, señora, comida. Usted le ha dado demasiado de comer, y ahora tiene
fuerza y energía.
-Esto me pasa por ser tan generosa -dijo hipócritamente.
Cuando llegó el señor Sowerberry, le contaron lo ocurrido con tantas
exageraciones, que el hombre, indignado, abrió la puerta del sotanillo y sacó a
rastras a su rebelde aprendiz aga rrándole por el cuello de la camisa. Oliver tenía las
ropas desgarradas, el pelo revuelto y la cara amoratada y arañada. Pero, a pesar de
todo, seguía mostrando indignación en su rostro, y miró valientemente a Noah.
-Dijo cosas de mi madre -explicó Oliver a su amo.
-¿Y qué, si lo que dijo es cierto? -repuso la señora Sowerberry.
-No lo es -contestó Oliver rabioso.
-Sí, sí lo es.
El niño pasó todo el día arrinconado, sin más comida que una rebanada de pan. Al
llegar la noche, lo mandaron subir a su cama; entonces Oliver rompió a llorar
Cuando se calmó, envolvió lo poco que poseía en un pañuelo y se sentó a espe rar el
amanecer
Con los primeros rayos de sol, escapó calle arriba. Pasó por delante del hospicio y
vio a uno de sus antiguos compañero s trabajando en el jardín.
-¡Hola, Dick! -susurró Oliver-. ¿Hay alguien levantado?
-Sólo yo -contestó el niño.
-No digas que me has visto. Me he escapado porque me odian y me maltratan. ¡Y
tú qué pálido estás, amigo!
-He oído decir al médico que me voy a morir, Oliver -dijo el niño con una leve
sonrisa-. Estoy muy contento de verte, pero no te entretengas. ¡Vete ya!
-Quería decirte adiós, Dick. ¡Deseo que seas feliz!
-Cuando muera, lo seré. Dame un beso -pidió el niño trepando sobre la puerta y
echando a Oliver los brazos alrededor del cuello-. ¡Que Dios te bendiga!
CAPÍTULO TRES
FAGIN Y COMPAÑÍA
Oliver decidió ir Londres, aunque la gran ciudad se encontraba a más de setenta
millas. Anduvo una semana sin comer apenas, al cabo de la cual, llegó al pequeño
pueblo de Barnet, cubierto de polvo y con los pies ensangrentados. Agotado, se
sentó a descansar en un portal, y allí permaneció inmó vil y silencioso. De pronto se
fijó en muchacho de su misma edad, sucio y desaseado, que no paraba de mirarle
desde el otro lado de la calle. El desconocido, con las manos metidas en los bolsillos
de su pantalón, cruzó y, plantándose delante de Oliver, le dijo:
-¿Qué haces aquí, coleguilla? ¿Tienes problemas?
-Tengo hambre y estoy muy cansado -contestó Oliver sin poder contener el llanto-.
Llevo siete días andando.
-¡Siete días o pata! -exclamó el jovencito-. ¡Madre mía! Tú lo que necesitas es una
buena jola. Yo también ando pelao pero algo conseguiré.
El muchacho compró jamón y pan en una tienducha y Oliver hizo una larga y
abundante comida.
-Me llamo Jack Dawkins, pero todos me llaman et P¡llastre. Seguro que vas a
Londres, ¿a que sí?
-Eso pretendo -contestó Oliver-, pero no tengo dinero, ni sé dónde me podré
alojar.
-No te comas el coco con eso, sé dónde te darán alojamiento gratis. Si te parece,
haremos el resto del camino juntos.
-¡Sería estupendo! -exclamó Oliver sorprendido-. Llevo sin dormir bajo techo desde
que salí de la casa de mi amo.
Jack y Oliver llegaron a Londres avanzada la noche. Camina ron por calles sucias y
miserables hasta una casa donde el P¡llastre entró con decisión..
-¿Quién es? -gritó una voz desde el interior.
Jack dijo algo parecido a una contraseña. En ese momento, la cabeza de un
hombre asomó por la barandilla.
-Vengo con un nuevo compinche -anunció.
-¡Sube, anda! Dime, ¿de dónde lo has sacado?
-De la inopia -contestó Jack mientras subían la escalera.
Los dos entraron en una habitación de paredes negras y sucias donde un viejo
judío de aspecto repugnante estaba friendo salchichas. Alrededor de la mesa estaban
sentados varios muchachos que tendrían más o menos la edad del P¡llastre. Todos
fumaban en pipa y bebían cerveza,
-Este es Fagin -dijo Jack Dawkins señalando al anciano-; y éste, mi amigo Oliver
Twist.
-Espero que seamos amigos -dijo el hombre estrechándole la mano-. Siéntate a
cenar con nosotros.
Oliver no salió de aquella habitación durante varios días. Observaba lo que sucedía
a su alrededor con gran extrañeza y, por más que lo intentaba, no lograba
comprender cómo se ganaban la vida aquellos chicos; por qué salían por la mañana
y regresaban por la noche con carteras, pañuelos de seda o joyas que entregaban a
su protector. Tampoco entendía por qué Fagin los mandaba a la cama sin cenar
cuando volvían a casa con las manos vacías. Ni se podía explicar el motivo por el
cual vivía en aquel antro sucio y desolado un hombre tan rico.
Un día, el señor Fagin reunió al P¡llastre, a uno de los chicos llamado Charley Bates
y a Oliver, y les dijo:
-Este jovencito saldrá hoy a trabajar con vosotros. Es hora de que vaya
aprendiendo el oficio.
Iban los tres caminando por la calle cuando, de pronto, el P¡llastre se paró en seco
y dijo en voz baja:
-¿Veis al viejo que está en el puesto de libros? ¡A por él!
Oliver observó horrorizado cómo sus compañeros se colocaban detrás del
respetable anciano; luego, el P¡llastre le metía la mano en el bolsillo y le robaba un
pañuelo, para desaparecer finalmente, en un abrir y cerrar de ojos. Fue entonces
cuando Oliver entendió que había estado viviendo con una pandilla de ladrones. El
terror y la confusión se apoderaron de él y no supo hacer otra cosa que echar a
correr. La mala suerte quiso que, en aquel momento, el anciano se diera cuenta del
hurto y, al ver a Oliver corriendo, lo tomó por el ratero. Así es que salió en su
persecución gritando: “¡Al ladrón! ¡Al ladrón!” Pronto, decenas de personas
empezaron a perseguirlo y, aunque OI¡ver corrió y corrió, finalmente lograron
alcanzarlo.
-¿Es éste el muchacho? -preguntaron al caballero.
-Sí, me temo que sí -contestó el anciano.
En aquel momento, llegó un agente y agarró a Oliver por e¡ cuello de la camisa.
-¡No he sido yo! ¡Se lo prometo! -dijo Oliver juntando las manos en tono
suplicante.
-¡Levántate de una vez, demonio! -ordenó el agente.
Oliver se incorporó a duras penas a inmediatamente se vio arrastrado por el
policía.
-Aquí traigo a un joven cazapañuelos -dijo el agente al entrar a la comisaría.
-Señores -dijo el caballero víctima del robo-, no estoy seguro de que este
muchacho haya sido el ladrón. Yo prefiriría dejar este asunto...
Sin hacer caso de sus argumentos, el anciano fue conducido a una sala donde se
encontraba el juez Fang. Tenía aspecto de hombre autoritario y estaba sentado
detrás de una mesa situada sobre un estrado. Al lado de la puerta, había una jaula
de madera y, en ella, estaba encerrado Oliver.
-¿Quién es usted? -preguntó el señor Fang.
-Mi nombre es Brownlow, señor -contestó el anciano-. Y antes de prestarjuramento
roganá a su señoná que me permitiera decir algo...
-¡Cállese! -ordenó bruscamente el juez.
-¿Cómo? -preguntó el señor Brownlow rojo de ira. Pero comprendió que se tenía
que dominar para no perjudicar al pobre Oliver Cuando llegó su turno, expuso su
caso y concluyó diciendo:
-Ruego a su señoría que traten a este muchacho con indulgencia. Me temo que se
encuentra muy mal.
-¿Cómo te llamas, pequeño ratero? -preguntó el juez Fang.
Oliver se sentía incapaz de responder porque todo le daba vueltas y más vueltas.
Entonces, Fang se dirigió a un anciano que estaba de pie junto al estrado y
preguntó:
-Oficial, ¿cómo se llama este pilluelo?
Éste, al ver que iba a ser imposible sacarle una palabra al muchacho, improvisó un
nombre:
-Se llama Tom White.
En aquel punto del interrogatorio, Oliver, con un hilo de voz, suplicó que le dieran
un poco de agua.
-¡Cuidado, se va a caer! -gritó el señor Brownlow al ver a Olivertambalearse. Al
instante, Oliver cayó al suelo.
-Ya se levantará cuando se canse -dijo el juez-. Queda condenado a tres meses de
trabajos forzados. ¡Despejen la sala!
De repente, un anciano, de digna aunque pobre apariencia, irrumpió en la sala y
avanzó hasta el estrado.
-¡No se lleven al muchacho! -gritó-. Yo soy el dueño del puesto de libros donde
sucedió el robo. Lo vi todo y juro que él no es el ladrón.
El juez miró con cara de desconfianza a todos los que se encontraban en la sala y
dijo con indiferencia:
-El muchacho queda absuelto.
El señor Brownlow, ayudado por el librero, montó a OI¡ver en su coche y lo llevó a
su casa; allí, por primera vez, el muchaco fue cuidado con cariño y bondad.
CAPÍTULO CUATRO
EN LA CASA DEL SEÑOR BROWNLOW
Mientras Oliver era llevado a casa del señor Brownlow, el Pillastre y Charley Bates
regresaban a casa de Fagin.
-¿Dónde está Oliver? -preguntó el hombre.
Como no recibió respuesta, cogió al P¡llastre por el cuello de la camisa y,
zarandeándolo, gritó:
-¡Habla o te ahorco!
-La pasmo lo ha trincao -contestó el P¡llastre asustado.
En aquel momento, entró gruñendo un hombre corpulento, mal vestido y de sucia
apariencia, llamado Bill Sikes.
-¿Qué mosca te ha picado? -gritó dirigiéndose a Fagin-. ¿Qué es eso de maltratar a
los muchachos, bellaco avaricioso?
Los chicos le contaron el relato de la captura de Oliver Entonces, Sikes dijo con aire
preocupado:
-Alguien debería averiguar lo que ha pasado en esa comi saría.
Entre todos decidieron encargarle la misión a Nancy, una de las muchachas que
vivía también bajo la “protección” de Fagin.
Nancy salió de la casa y, al rato, regresó diciendo:
-Se lo ha llevado un viejales a su queli de Petonville.
-Hay que encontrarlo como sea -dijo Fagin preocupado.
Mientras tanto, en otra zona de la ciudad, Oliver se reponía al cuidado de una
viejecita maternal y muy dulce, la señora Bedwin, que era el ama de llaves del señor
Brownlow. A los tres días, Oliver, aunque seguía muy débil, pudo levantarse de la
cama y pasar un rato en un sillón junto al fuego. Fue entonces cuando los ojos del
chico se clavaron en un retrato que estaba colgado en la pared.
-¡Qué cara más bonita y más dulce tiene esa señora! -exclamó el muchacho!-.
¿Quién es?
-No lo sé, querido -contestó la viejecita-. Nadie que tú y yo conozcamos.
-¡Es tan hermosa! Parece que me está mirando. Al mirarla, siento cómo mi corazón
palpita más rápido.
-¡Dios mío! No hables así, querido. Deja que le dé la vuelta al sillón para que no la
veas. No te conviene nada alterarte en tu estado.
En aquel momento, entró el señor Brownlow.
-¡Pobre muchachito! -dijo mirando a Oliver con ternura-. ¿Cómo te encuentras
hoy?
-Muy feliz, señor -contestó Oliver-. Nunca nadie me había tratado tan bien. Le
estoy de veras muy agradecido, señor
-¡Buen chico, Tom!
-No me llamo Tom, señor, me llamo Oliver, Oliver Twist.
-¿Por qué dijiste entonces que te llamabas Tom White?
-Yo nunca dije tal cosa, señor-contestó Oliver perplejo.
-Bueno, habrá sido algún error... ¡Dios mío! ¡Mire eso, señora Bedwin! -exclamó
muy agitado el señor Brownlow señalando el retrato y luego, la cara del muchacho.
Y es que, el parecido entre la señora del retrato y Oliver era impresionante. Pero
Oliver no llegó a saber la causa de aquella súbita exclamación porque, segundos
antes, se había desmayado.
A la mañana siguiente, el muchacho se despertó, restablecido de su
desvanecimiento. Después de desayunar, se sentó de nuevo en el sillón y vio,
decepcionado, que se habían llevado el cuadro.
-¿Dónde está el retrato? -preguntó a la señora Bedwin.
-El señor Brownlow se lo llevó para que no te alteraras, Pero te prometo que en
cuanto te pongas bien lo volveremos a colgar
Los días de su recuperación fueron para Oliver los más felices de su vida. Se
encontraba rodeado de atenciones, dulzura y buenas palabras. Aquella casa le
parecía el paraíso. Una tarde, el señor Brownlow lo llamó a su despacho.
-Acércate a la mesa y siéntate -pidió el caballero-. Quiero que prestes mucha
atención a lo que te voy a decir
-¡Por favor, señor Brownlow! -exclamó horrorizado Oliver-. No me diga que me va
a echar de su casa. Le suplico que no me envíe de nuevo a vagabundear por las
calles. Déjeme ser su criado.
-¡Querido chiquillo! -dijo el señor Brownlow enternec ido por el pánico que advertía
en el muchacho-. No te vamos a abandonar; sólo quiero que me cuentes la
verdadera historia de tu vida; te aseguro que no te faltará mi amistad.
Cuando el chico estaba a punto de empezar su relato, llegó el señor Grimwig, un
viejo amigo del señor Brownlow. Era un anciano de gestos duros pero de corazón
muy noble.
-¿Quién es este jovencito? -preguntó mirando a Oliver
-Es Oliver Twist, el muchacho del que estuvimos hablando -contestó el señor
Brownlow-. Es muy guapo, ¿no te parece?
-¿Qué sabes tú de él? ¿De dónde ha salido? ¿Quién es?
El señor Grimwig estaba dispuesto a admitir que la aparien cia y las maneras de
Oliver eran enormemente atractivas, pero a él le gustaba llevar la contraria, y había
decidido desde un principio no dar la razón a su amigo.
La fortuna quiso que la señora Bedwin apareciera en aquel momento. Traía un
paquetito de libros encargados por el señor Brownlow al librero que había salvado a
Oliver de tres meses de trabajos forzados.
-¡Llame al chico que ha traído los libros! -ordenó el señor Brownlow-. Hay que
pagarle éstos y devolverle los que nos dejó la semana pasada.
-¡Oh! Ya se ha marchado --contestó la señora Bedwin.
-Si usted quiere -intervino Oliver-, se los puedo llevar yo mismo. Iré corriendo,
señor Me gustaría mucho ser útil.
-Está bien, amiguito. Tienes que devolverle estos libros -contestó el señor
Brownlow tendiéndole un paquete- y pagarle las cuatro libras y diez chelines que le
debo. Aquí tienes cinco libras.
-Confíe en mí. No tardaré ni diez minutos, se lo prometo.
Mientras tanto, en un tugurio llamado Los Tres Patacones, que estaba en la zona
más sucia de la ciudad, Fagin entregaba a Bill Sikes un puñado de monedas
envuettas en un viejo pañuelo.
-Esto es más de lo que te debo -le dijo-, pero sé que me devolverás el favor en
otra ocasión...
-Corto el rollo -replicó el ladrón- y llama al camarero.
Fagin obedeció la orden de Sikes, a inmediatamente apareció el tabernero, un judío
llamado Barney, más joven que Fagin pero con un aspecto igual de repugnante y
ruin. Sikes se limitó a señalar su jarra vacía, y el joven la llenó de inmediato. Al poco
rato, Nancy llegó a la taberna, se sentó con los dos hombres y los tres bebieron unos
tragos. Después, Nancy salió a la calle acompañada de Sikes.
Muy cerca de allí, Oliver caminaba sin imaginar que se encontraba a dos pasos de
toda aquella gente. De pronto, a pocos metros, escuchó unos gritos que lo
sobresaltaron:
-¡Ay, hermanito mío! ¡Por fin te encuentro!
Inmediatamente dos brazos lo agarraron por el cuello.
-¿Qué ocurre? -preguntó Oliver-. ¿Por qué me detienen?
-¡Bendito sea Dios! -siguió diciendo la joven entre lágrimas-. ¿Dónde te habías
metido, granuja?
-No sé quién es usted. Yo no tengo hermanas, ni padre, ni madre -gritaba Oliver
debatiéndose torpemente.
Entonces, reconoció a Nancy, y vio cómo Sikes intervenía en su secuestro.
-¡Socorro! ¡Ayúdenme! -gritaba Oliver haciendo grandes esfuerzos por soltarse de
las poderosas garras de aquel hombre.
-¡Yo sí que te voy a ayudar! -dijo Sikes-. ¿Qué son estos libros? ¡Dámelos!
-ordenó, arrancándoselos y pegándole un fuerte golpe en la cabeza.
Débil por la reciente enfermedad y atontado por los golpes, Oliver comprendió que
era inútil resistirse, y un momento después se vio arrastrado por un laberinto de
callejuelas estrechas y oscuras.
CAPÍTULO CINCO
DE NUEVO ENTRE LADRONES
Media hora después, Oliver y los dos delincuentes entra- - ron en una casa en
ruinas. El P¡llastre los recibió con una vela de sebo en la mano y los condujo hasta
un cuarto bajo que olía a tierra, donde se encontraban Charley Bates y Fagin.
-¡Buenas noches, amiguito -dijo éste a Oliver, haciendo una serie de reverencias a
modo de burla.
-¡Caramba! -exclamó el P¡llastre sacando del bolsillo de OI¡ver el billete de cinco
libras-. ¡Si hasta trae pasta a casa!
-Eso es mío -dijo Fagin cogiendo el dinero.
-¡Que te lo has creído! -contestó Bill Sikes arrancándole el billete de las manos.
-Ese dinero es del anciano que me cuidó -se atrevió a decir Oliver retorciéndose las
manos con nerviosismo -. Déjenme aquí encerrado toda la vida si quieren, pero, por
favor, devuélvanle el dinero y los libros. No me gustaría que pensara que yo se los
he robado.
-Eso es exactamente lo que va a pensar todo el mundo -dijo el anciano judío.
Al oír aquellas palabras, Oliver se puso de pie de un salto, miró como enloquecido a
derecha a izquierda, y salió disparado de la habitación lanzando gritos de socorro. Al
instante, el perro de Sikes, llamado Certero, echó a correr detrás de Oliver
-¡Sujeta a ese perro, B¡ll! -gritó Nancy, cerrando el paso a Sikes y al chucho-. ¡Va
a despedazar al muchacho!
-Le estaría bien empleado -contestó él-. ¡Quítate de en medio, maldita, si no
quieres que te rompa el cráneo!
-Pues tendrás que matarme si quieres que tu perro acabe con el muchacho.
El ladrón mandó de un empujón a Nancy al otro lado de la habitación, justo cuando
el judío y los dos muchachos volvían arrastrando a Oliver
-De modo que quenías escaparte, ¿eh? -dijo el judío agarrando un garrote de la
chimenea-. Si no me equivoco, hasta llamabas a la policía, ¿no es cierto?
Y en ese momento, le asestó un garrotazo en la espalda que hizo desplomarse a
Oliver Nancy arrancó al judío el garrote de la mano cuando estaba a punto de lanzar
el segundo golpe.
-Ya tenéis al chico. ¿Qué más queré is? -gritó la joven-. ¡Ojalá que me hubiera
caído muerta esta noche antes de traerlo de nuevo aquil A partir de ahora, el pobre
está condenado a ser un ladrón y un mentiroso. ¿No te basta, Fagin? Yo he robado
para ti cuando no era la mitad de pequeña que Oliver y llevo doce años a tus
órdenes. Tú me arrojaste a las calles frías y miserables, y tú me vas a mantener en
ellas día y noche hasta que me muera. Esto mismo es lo que le espera al chico. ¿No
tienes bastante?
La muchacha, en un arrebato de cólera, se lanzó contra el judío. Sikes la agarró las
muñecas y ella, agotada por la tensión, se desmayó.
-Es lo malo de tener que tratar con mujeres -dijo Fagin-. En fin, Charley, enséñale
a Oliver su cama.
Charley Bates condujo a Oliver a una cocina contigua, le quitó la ropa nueva y se la
cambió por unos viejos harapos. Al rato, Oliver se quedó dormido, terriblemente
triste, no tanto por verse otra vez atrapado entre indeseables, como por la idea que
el señor Brownlow se estaría forjando de él.
Oliver no podía imaginar siquiera lo que estaba sucediendo en casa de su
protector. El señor Bumble había tenido que venir a la capital para arreglar unos
asuntos de la parroquia y el destino había querido que, al abrir un periódico, sus ojos
toparan con el siguiente anuncio:
“CINCO GUINEAS DE RECOMPENSA.”
“Se ofrecen cinco guineas a quien ofrezca noticias
acerca de Oliver Twist, en paradero desconocido desde
el pasado jueves, así como a quienquiera que facilite
datos sobre su pasado, por el que el anunciante siente
gran interés.”
El señor Bumble, movido por posibilidad de ganarse las cinco guineas, se presentó
en casa del señor Brownlow.
-¿Qué sabe usted de él? -le preguntó sin más introducción el anciano caballero.
-No sé qué interés tiene usted en ese muchacho, pero sí le quiero advertir que
tenga cuidado con él. Ese chico nació en el hospicio de la parroquia del que yo soy
celador; es hijo de unos padres ruines y despreciables, como se puede usted figurar
Durante los años que pasó con nosotros, no tuvo ni un gesto de agradecimiento, y
sólo demostró maldad y falsedad. Más tarde se le dio la oportunidad de aprender un
oficio en una casa de pompas fúnebres, pero no se le ocurrió nada mejor que atacar
violentamente a toda la familia que amablemente le había acogido. Tras lo cual,
desapareció sin más ni más, y no hemos vuelto a tener noticias suyas.
-Me temo que lo que dice es verdad -dijo apesadumbrado el señor Brownlow.
Cuando el señor Bumble se hubo marchado con su recompensa en el bolsillo, el
señor Brownlow llamó a la señora Bedwin y le contó todo lo que le había dicho el
celador
-No puede ser -dijo la viejecita-, nunca lo creeré. Yo sé mucho de niños, y le puedo
asegurar que Oliver Twist es un muchacho agradecido y cariñoso.
-No vuelva a pronunciar nunca más su nombre delante de mí, ¿me oye? No quiero
volver a saber de él.
Hubo muchos corazones tristes aquella noche, y entre ellos el de Oliver que, en la
otra punta de la ciudad, dormía en su miserable cuartucho. Allí permaneció
encerrado durante una semana, al cabo de la cual Fagin le permitió salir y hablar con
los demás muchachos.
A ti te han criado mal, colega -le dijo un día el Pillastre-. Deja que lo eduque Fagin.
Lo quieras o no, terminarás siendo ladrón.
-¡Muy cierto! -lijo el judío, que entraba en aquel preciso momento. Iba
acompañado de Nancy y de un muchacho de unos dieciocho años llamado Tom
Chitling, recién salido de la cárcel y al que Oliver no había visto nunca.
Los siguientes días, los ocuparon todos los miembros de la banda en aleccionar a
Oliver, dándole instrucciones sobre su futuro trabajo a intentando que se
familiarizara con su nueva condición. Una noche estaban reunidos Nancy, Fagin y Bill
Sikes en casa de éste, discutiendo de negocios.
-¿Qué pasa con esa queli de Chertsey? -dijo el anciano judio-. ¿Cuándo será el
robo? Una vajilla como la que hay en esa casa no se encuentra todos los días.
-Toby Crackit lleva quince días intentando camelar al mayordomo y a la criada
-respondió Sikes-, pero no hay nada que hacer, no se quieren pringar O sea, que
desde dentro es imposible. Pero podríamos hacerlo desde fuera...
-¡Trato hecho! -concluyó él judío.
-Pero necesitamos un muchacho que sea pequeño.
-¿Qué te parece Oliver Twist? -propuso Fagin.
-¿Ése? -preguntó Sikes sorprendido.
-Acéptalo, Bill -intervino Nancy-. Para abrir una puerta no necesitas a un experto, y
ese muchacho es de fiar.
-Está bien. Pero como haga algo chungo durante el robo, no volverás a verlo vivo.
¿Entendido?
-No te preocupes, Bill: en cuanto consigamos convencerlo de que es un ladrón,
será nuestro. ¡Nuestro para siempre!
En aquella reunión, decidieron que el robo se haría dos días más tarde.
CAPÍTULO SEIS
EL ROBO
Cuando Oliver se despertó a la mañana siguiente, vio, sorprendido, que sus viejos
zapatos habían desaparecido y que, en su lugar, se encontraban otros nuevos y
lustrosos. No tardó mucho en entender tal cambio.
-Esta noche irás a casa de Sikes -le dijo Fagin.
No le dio ninguna explicación más y Olivertampoco se atrevió a hacer preguntas.
Pero antes de marcharse dejando de nuevo a Oliver solo en la casa, el ladrón le dijo:
-Ahí tienes un libro para que lo leas mientras vienen a buscarte.
Oliver cogió el libro; en él se contaban las vidas de grandes malhechores; eran
relatos de espantosos crímenes que helaban la sangre, de asesinatos secretos y
cadáveres escondidos. En un ataque de pavor, arrojó el libro lejos de él, se hincó de
rodillas y empezó a rezar
-¡Oh, Dios mío! ¡Líbrame de ser autor o víctima de crímenes tan espantosos!
Estaba todavía en aquella postura, con la cabeza hundida entre las manos, cuando
se sobresaltó al oír un leve ruido.
-Tranquilo, Oli, soy yo, Nancy -dijo la muchacha con un susurro.
-¿Qué te pasa, Nancy? Estás muy pálida.
-¡Esta habitación es tan húmeda! -disimuló la muchacha, abrigándose con su
manto-. Vamos. Te tengo que llevar a casa de B¡ll.
Sin decir una palabra, Oliver se cogió de su mano y, tras un breve pero profundo
silencio, Nancy respiró hondo y dijo:
-Mina, Oliver, he intentado hacer algo por ti, pero ha sido en vano. Ahora no es el
momento de escapar Te libré una vez de ser maltratado, y lo volveré a hacer pero
esta vez debes portarte bien. Si no, sólo conseguirás perjudicarte a ti mismo, y
también a mí.
Luego, enseñándole unos cardenales que tenía en el cuello y en los brazos, añadió
en voz muy baja:
-¡Mira, Oliver! Todo esto lo he pasado por ti. Si pudiera ayudarte, lo haría, pero no
tengo los medios.
Nancy apretó con fuerza la mano de Oliver y salieron jun tos. Se subieron a un
coche de alquiler y pronto llegaron a casa de Sikes.
-¡Buenas noches! -saludó Sikes, que había salido a recibirles con una vela en la
mano.
Una vez dentro de la casa, el hombre se acercó a Oliver y, apoyándose en el
hombro del muchacho como si estuviera muy cansado, tomó una silla y se sentó. A
continuación, atrajo al muchacho hacia sí y, mostrándole una pistola, le preguntó:
-iSabes qué es esto?
-Sí, señor-contestó Oliver.
-Bien -dijo el ladrón, apoyando el cañón de la pistola en la sien del muchacho-.
Pues si dices una sola palabra, una bala entrará en tu cabeza sin previo aviso.
¿Entendido?
-Sí, señor-contestó Olivertemblando como una hoja.
A las cinco y media de la mañana, Sikes despertó a Oliver
-¡Arriba! -le gritó el ladrón-. Es tarde y no hay tiempo que perder O espabilas o te
quedas sin desayunar ¡Elige!
Oliver se arregló y desayunó en un momento. Luego, se aga rró de la mano del
ladrón y juntos salieron a la calle.
Las calles estaban desiertas y las ventanas de las casas perma necían cerradas.
Pero conforme se acercaban al centro de la ciudad, el bullicio se iba haciendo cada
vez mayor. Era día de mercado: campesinos, carniceros, verduleros, charlatanes,
miro nes, ladrones y maleantes se mezclaban en aquel lugar Sikes fue abriéndose
paso a codazos entre la gente, hasta que dejaron atrás aquel tumulto. Poco después,
habían salido de la ciudad.
Caminaron durante casi todo el día. A veces, un carretero amable les subía en su
carro y les ahorraba un buen trecho. Cayó la noche y, cuando dieron las siete, Oliver
divisó las luces de un pueblo cercano; pero no llegaron a entra r en él y se detuvieron
frente a una casa en ruinas que estaba aparentemente deshabitada. Oliver y Sikes
avanzaron sigilosamente haste el portal; el hombre levantó el picaporte y la puerta
cedió.
En el interior, los recibió Barney, el camarero judío de Los Tres Patacones, que los
condujo a una habitación baja, oscura y destartalada. Sobre un sofá estaba tumbado
un hombre alto y pelirrojo llamado Crackit que llevaba un montón de vulgares
sortijas en sus mugrientos dedos.
-¿Quién es éste? -preguntó sorprendido al ver a Oliver.
-Es uno de los muchachos de Fagin.
-¡Pues menuda facha tiene!- exclamó Crackit.
Descansaron un poco y, a la una y media de la madrugada, los hombres
empezaron a prepararse: se cubrieron con grandes bufandas oscuras y enormes
abrigos.
-¿Lo lleváis todo? -preguntó Sikes-. ¿Las pipas, los verdugos, las llaves, los
taladros, los garrotes?
-Está todo -contestó Barney.
Salieron de la casa y, en poco tiempo, atravesaron el pueblo que habían visto
antes. A esas horas y con la niebla espesa que lo invadía todo, la aldea estaba
completamente desierta. Tan sólo algún ladrido rompía de cuando en cuando el
silencio de la noche. Subieron por un camino y se detuvieron frente a una casa
aislada rodeada por una gran tapia. Toby Crackit trepó a ella en un abrir y cerrar de
ojos.
-Ahora, que suba el muchacho -dijo desde lo alto.
Sikes aupó a Oliver, y pronto se encontraron los tres al otro lado del muro. Se
deslizaron cautelosamente hacia la entrada de la casa y fue entonces cuando Oliver
comprendió, con angustia y pavor, que iba a participar en un robo y, quizá, en un
crimen. Un sudor frío empezó a caer por sus sienes y un grito se escapó de su boca.
Cayó al suelo de rodìllas a imploró:
-¡Por el amor de Dios, tengan piedad de mil Déjenme marchar. ¡Les juro que no
diré nada!
-¡Arriba! -gritó S¡Ikes sacando la pistola de su bolsillo y apuntando al muchacho-.
Levántate si no quieres que tus sesos queden ahora mismo desparramados por el
suelo.
En aquel momento, Toby Crackit le arrancó a su compañero la pistola de las manos
y, tapándole a Oliver la boca, lo arrastró hasta la entrada de la casa.
-¡Venga, B¡ll! -dijo-. Fuerza el postigo.
Sikes obedeció y pronto se abrió un ventanuco con celosía que se encontraba a
unos cinco pies del suelo. El hueco era muy pequeño, pero Oliver podía entrar de
sobra por allí.
-Ahora escucha, granuja -le ordenó Sikes enfocándole la cara con una linterna- vas
a entrar por este hueco y nos vas a abrir la puerta de entrada de la casa.
En el poco tiempo que tuvo para reaccionar, Oliver había decidido que, aunque le
costara la vida, daná la voz de alarma. Pero cuando ya se había metido por el hueco
y estaba dispuesto a llevar a cabo su plan, oyó a Sikes gritar:
-¡Vuelve! ¡Vuelve!
Sorprendido y asustado por los gritos, Oliver dejó caer la linterna al suelo y se
quedó paralizado. Una luz se dirigía hacia él; vio las siluetas de dos hombres medio
desnudos en lo alto de la escalera; sonó un disparo; se produjo una nube de humo y
el muchacho retrocedió tambaleándose. Sikes lo agarró por el cuello, disparó y tiró
para arriba de él.
-¡Rápido, dame una bufanda! -gritó Sikes : ¡Le han dado, le han dado! ¡Dios mío,
cómo sangra!
Oliver oyó luego el repiqueteo de una campanilla, disparos y gritos. Sintió que se lo
llevaban a paso rá.pido. Poco a poco, los ruidos fueron haciéndose cada vez más
lejanos, y una sensación de frío mortal se apoderó de él. Luego, ya no vio ni oyó
nada.
CAPÍTULO SIETE
UN EXTRAÑO PERSONAJE
Al día siguiente, en casa de Fagin, estaban el P¡llastre y sus colegas rateros,
absortos en una larga y controvertida partida de naipes. El judío permanecía inmóvil,
sentado frente al fuego, cabizbajo y visiblemente preocupado. Había leído en los
periódicos que el robo había fallado, pero no tenía noticias de Sikes, ni de Toby, ni,
sobre todo, de su estimado pupilo.
-¡Han llamado a la puerta! -gritó de pronto el P¡llastre.
Cogió la luz y fue a ver quién era.
-Es Toby Crackit -susurró al oído de su amo.
-¿Qué? -gritó el judío-. ¿Está solo?
-Si -contestó el P¡llastre.
-D¡le que entre -ordenó Fagin-. Los demás, ya os podéis largar de aquí
discretamente.
La orden fue obedecida por todos, de modo que cuando el P¡llastre volvió con
Crackit, Fagin se encontraba solo en la habitación.
-¿Qué tall -saludó Toby Crackit con aire desenvuelto.
Fagin no decía nada. Miraba ansioso al ladrón, a la espera de alguna noticia.
-No me mires así, hombre -lijo Toby-. ¿Crees que puedo hablarte del curro con el
estómago vacío?
Toby se puso entonces a comer y a beber, aparentemente sin prisa por iniciar la
conversación; sólo cuando se sintió satisfecho, preguntó:
-¿Cómo está Bill?
-¿Qué? -gritó Fagin sin dar crédito a lo que estaba oyendo-. ¿Qué cómo está Bill?
-No me digas que no sabes nada de... -respondió el otro con aire misterioso.
-No sé nada de nada -gritó Fagin pateando furioso el suelo-. Así es que ya puedes
empezar a contármelo todo.
-Nos falló el golpe -dijo Toby con voz tenue y cabizbajo.
-Eso ya lo he leído en los periódicos. Quiero saber más.
-Dispararon y un tiro alcanzó al chico -siguió Toby-. Todo el vecindario salió
armado detrás de nosotros, con perros y todo. Escapamos campo a través como
pudimos.
-¿Y Oliver?
-Bill lo llevaba a cuestas. Nos pisaban los talones y el chico estaba frío como un
témpano. Así es que nos separamos y dejamos al muchacho en una zanja. No sé si
estaba vivo o muerto.
El judío no quiso escuchar más y, lanzando un grito que hizo temblar las paredes,
salió de su casa como una exhalación. Anduvo largo rato por estrechas a inmundas
callejuelas hasta llegar a Los Tres Patacones.
-¿Está él aquí? -susurró of oído del dueño del local.
-¿A quién se refiere? ¿A Monks? -preguntó el tabernero.
-Sí -contestó Fagin-, pero hable más bajo.
-Todavía no -contestó el hombre-, pero ya tenía que haber llegado. Si se espera
diez minutos..
-No, no -contestó Fagin aliviado-. Dígale que venga a mi casa mañana. He de
hablar con él.
El judío salió de aquel antro y, sin más, cogió un coche de alquiler y se dirigió a
casa de Bill Sikes y Nancy. Fagin súbió las escaleras de la casa y, sin demasiados
miramientos, irrumpió en la habitación de la joven, que se encontraba visiblemente
borracha con la cabeza apoyada sobre la mesa. El ruido que hizo Fagin al entrar la
sobresaltó por un instante, circunstancia que aprovechó el judío para explicarle lo
sucedido con el pequeño Oliver y Sikes. Cuando hubo terminado, Nancy retomó su
postura inicial, sin decir una sola palabra.
-¿Dónde crees que podná estar Bill? -preguntó Fagin.
-¡Y qué sé yo! -dijo ella llorando.
-¡Pobre chiquillo! -suspiró Fagin mirando a Nancy, al acecho de cualquier cambio
en su rostro que la pudiera delatar
Fagin había comprendido que la muchacha sentía simpatía y compasión por el
pequeño Oliver; por eso pensó que quizá sabría algo de él. Pero ella tan sólo
exclamó:
-¿Pobre chiquillo? Está mucho mejor ahora que cuando estaba entre nosotros.
¡Ojalá se haya muerto!
-¿Pero qué estás diciendo? ¿Te has vuelto loca?
-En el fondo me alegro de lo que le ha ocurrido. Lo peor ya ha pasado para él.
Además, no podía soportarlo cerca de mí.
Me hacía sentir asco de mí misma y de todos nosotros; de todo lo que somos...
-¡Bah! -dijo el judío-. ¡Estás borracha! Ahora, déjate de tonterías y escucha bien: si
tu Bill vuelve y ha dejado atrás al muchacho, si él ha salido vivo de esto y no me
devuelve a Oliver, mátalo tú misma si quieres evitarle la horca.
-¿A qué viene esto? -gritó ella.
-Mira, pellejo -continuó Fagin furioso-, Oliver es mi mejor negocio, y no lo voy a
perder por culpa de los caprichos de una pandilla de borrachos. Además, ese hijo de
Satán al que estoy atado tiene suficiente poder para... para...
En aquel instante, el judío comprendió que había hablado demasiado a hizo un
esfuerzo por contener su ira. Sin decir ni una palabra más, se dejó caer, exhausto,
en una silla, temblando ante el temor de haber revelado parte de su secreto. No
tardó en comprobar que Nancy se encontraba tan borracha que seguramente no se
había enterado de nada. Entonces salió de aquella casa, dejando a la muchacha tal y
como la había encontrado en el momento de su llegada.
Al llegar a la esquina de su calle, se detuvo unos instantes para buscar la llave de
la puerta. De pronto, una sombra salió de la profunda oscuridad de un porche
cercano y se acercó sigilosamente hasta él.
-¡Fagin! -le susurró una voz cerca de la oreja.
-¡Ah! -gritó el judío, sobresaltado-. ¿Eres Monks?
-Sí -le contestó la sombra-. Llevo dos horas esperándote. ¿Dónde te habías
metido?
-Entremos en mi casa. Hablaremos más tranquilos.
Cuando aquel extraño personaje se quitó el embozo que le cubría parte de la cara,
dejó ver un rostro lleno de maldad; una mirada profunda y negra de crueldad que
revelaba un egoísmo sin límites.
-El chico -dijo él- tenía que haberse quedado aquí, con los demás. ¿Por qué no
haber hecho de él un simple ratero? Dentro de unos meses lo habrían cogido y lo
habrían expulsado de! país para toda la vida. Para eso lo contraté.
-Escucha, Monks -dijo Fagin-, a ese muchacho era imposible convertirlo en un
ladrón. En todo el tiempo que ha estado aquí, no he conseguido ennegrecer su alma
ni un poquito siquiera.
-¡Maldito antro! -gritó Monks-, ¿qué es eso?
-¿Qué es qué?
-¡Allí! -gritó el hombre, señalando la pared opuesta-. ¡Una sombra! ¡He visto la
sombra de una mujer!
Los dos hombres salieron de la habitación a toda prisa y recorrieron la casa de
arriba abajo. Pero no vieron ni oyeron nada; reinaba un profundo silencio.
-Es sólo tu imaginación -lijo Fagin despectivamente.
-Te juro que la vi -insistió Monks.
-Pues ya ves que no hay nadie en la casa, excepto los muchachos, y ellos están
bien seguros. Mira -dijo sacando una llave de su bolsillo-, los encerré para que no
hubiera intromi siones inesperadas en nuestra entrevista.
Aquel testimonio consiguió hacer vacilar a Monks. Pero, a pesar de todo, se negó a
seguir hablando aquella noche y se marchó.
CAPÍTULO OCHO
EN CASA DE LA SEÑORA MAYLIE
Toby Crackit no mentía: él y Bill Sikes habían abandonado a Oliver, herido, en una
zanja. Al amanecer, el niño seguía allí, inconsciente. Se despertó sobresaltado al oír
un quejido que salió de sus propios labios y reunió las pocas fuerzas que le quedaban
para incorporarse. Temblando de frío y de dolor, se puso en pie y comenzó a caminar
lentamente, con la cabeza caída sobre el pecho.
Llegó a un camino. Al fondo había una casa y hacia ella dirigió sus pasos. Sólo
cuando la tuvo delante, se dio cuenta de dónde se encontraba. “¡Dios mío!”, pensó,
“¡Es la casa de anoche!” El miedo se apoderó de él y decidió huir Pero no sabía a
dónde dirigirse y se encontraba muy débil. Entonces, atravesó el jardín de la casa sin
a penas tenerse en pie, subió los escalones y, en un último esfuerzo, llamó a la
puerta. En aquel momento, se derrumbó contra una de las columnas del porche.
Dentro de la casa reinaba una gran tensión. La noche había sido larga y agitada. El
mayordomo, el señor G¡les, se sentía ya un gran héroe, y así lo hacía saber a todo el
personal de aquella mansión. ¿Quién, sino él, había tenido el coraje de enfrentarse a
los ladrones?
Así estaban los ánimos cuando oyeron llamar a la puerta Nadie se atrevió a
moverse. Se miraban los unos a los otros preguntándose quién iná a abrir
Finalmente, Brittles, el mozo de la casa, se dirigió a la puerta. Todos, mayordomo,
cocinera y doncella, lo acompañaron. Cuál sená su sorpresa cuando, al abrir la
puerta, tan sólo vieron a un pobre niño enfermo que pedía ayuda.
-¡Tengan piedad de mil -suplicó con voz entrecortada.
Sin mucha delicadeza, G¡les agarró a Oliver por una pierna y un brazo, lo arrastró
hasta el salón y allí lo dejó tendido en el suelo. Después, se puso a gritar:
-¡Señora! ¡Señorita! ¡Hemos cogido a uno de los ladrones! ¡Yo le disparé! ¡Yo le
disparé!
En medio de aquel bullicio, se oyó una voz femenina tan suave, que al instante
hizo reinar la paz.
-¡G¡les!
-Aquí estoy, señorita Rose. No se preocupe, no estoy herido, el ladrón no opuso
gran resistencia.
Aquella dama de voz delicada tenía un rostro angelical. Contaba tan sólo dieciséis
años pero, a pesar de su juventud, la inteligencia brillaba en sus ojos azules. Todo
en ella era dulzura y buen humor.
-¡Pobrecillo! -exclamó-. ¿Está herido?
-Herido de gravedad -contestó el mayordomo.
-Llévenlo con mucho cuidado a la habitación de arriba, y que Brittles vaya a buscar
a un médico.
Más tarde, en el comedor, G¡les servía el desayuno a la señorita y a su tía, la
señora Maylie. Era ésta una persona ya mayor; sin embargo, mantenía su erguida
figura, y los años no habían apagado el brillo de sus ojos. De repente, se oyó frente
a la entrada de la casa un cabriolé que se detenía. De él, se bajó el señor Losberne,
cirujano de la vecindad y amigo de la señora Maylie. Era un solterón gordo y famoso
por su buen humor. El doctor irrumpió en el comedor exclamando:
-¡Dios mío! Querida señora Maylie, ¿cómo ha podido suceder? En fin, ¿se
encuentran ustedes bien?
-Bien, muchas gracias, señor Losberne -contestó Rose-. Pero hay un herido arriba
que requiere sus cuidados.
-¡Oh, claro! -contestó el doctor-. Obra suya, G¡les, según me han contado. Vamos,
indíqueme el camino.
El doctor pasó largo rato en la habitación con Oliver y, cuando volvió a bajar, se
presentó ante las damas con aire circunspecto.
-¿Qué ocurre? -preguntó Rose ansiosa.
El doctor adoptó una actitud de misterio y, antes de contestar, cerró
cuidadosamente la puerta.
-¿Han visto ustedes al ladrón? -preguntó.
-No -contestó la señora Maylie-. Aún no.
En efecto, el mayordomo no se había atrevido a confesar que su víctima era tan
sólo un muchacho indefenso.
-Creo que deben ustedes verlo. Les aseguro que su aspecto les va a sorprender
-dijo el doctor, subiendo las escaleras hacia el dormitorio donde se encontraba
Oliver.
Cuando entraron en la habitación, vieron, asombradas, que en la cama yacía un
muchachito agotado por el dolor, en vez de un peligrosísimo delincuente como ellas
esperaban.
-¿Qué es esto? -preguntó la señora Maylie-. Este chiquillo no puede ser el ladrón.
-Los seres más jóvenes y más bellos -repuso el doctor- son a veces las víctimas
preferidas del crimen y del vicio.
-Suponiendo que tenga usted razón -dijo la señorita Rose-, es también posible que
este muchachito no haya conoc ido nunca el amor de una madre ni el calor de un
hogar y que el hambre le haya forzado a asociarse con lo peor de la sociedad. Y tú,
querida tía, considera todo esto antes de permitir que se lleven a este pobre niño a
la cárcel. Gracias a ti, jamás he echado de menos el amor de unos padres, pero
podná haberme ocurrido, y hoy estaría tan desamparada como este niño. ¡Oh, tía!
¡Ten piedad de él!
-Cariño -contestó la anciana abrazando a Rose-, yo ya soy mayor y mis días tocan
a su fin. Espero que, a la hora de mi muerte, Dios se apiade de mí como yo me he
apiadado del prójimo. ¿Qué puedo hacer para salvar a este niño, doctor?
-Si permite usted asustar un poco a G¡les y a Brittles, creo que podré arreglarlo
-contestó el señor Losberne-. Pero con una condición: cuando el muchacho
despierte, yo mismo lo interrogaré. Y si de lo que él diga, deducimos que es un
malvádo irreductible, lo entregaremos a la justicia.
Era ya de noche cuando Oliver por fin despertó. Se encontraba débil, pero estaba
tan ansioso por revelar su secreto, que el médico le dio la oportunidad de satisfacer
su deseo. Así fue cómo Oliver pudo contar su triste historia.
Entonces, llamaron a la puerta.
-¿Quién será a estas horas? -preguntó el doctor.
-Son agentes del cuerpo especial de policía -dijo Brittles.
-¿Qué? -gritó el doctor aterrado.
-Sí -contestó Brittles-, yo mismo los llamé para que vinieran.
Gracias al señor Losberne y al testimonio de G¡les quien, aleccionado por el doctor,
negó que Oliver fuera el muchacho contra el que había disparado, los policías
hicieron su trabajo de investigación rutinaria, pero se marcharon al cabo de unas
horas sin sospechar del muchacho.
Durante los días que siguieron, Oliver fue recuperándose gracias a los cuidados de
la señora Maylie, de Rose y del doctor Losberne. Estaba aún muy débil, pero no
dejaba de manifestar su agradecimiento a las dos damas, con las que se sentía pro -
fundamente unido. Un día, Rose le dijo:
-Oliver, vamos a it a pasar una temporada al campo y mi tía quiere que vengas con
nosotros. El aire puro te pondrá bien.
-¡Oh, muchas gracias, señorita Rose! Allí podré trabajar para ustedes. ¡Tengo
tantas ganas de corresponder a su bondad!
En el campo, todo fue calma y paz para Oliver Acudía todas las mañanas a casa de
un entrañable anciano que le ayudaba a progresar en la lectura y la escritura. El
resto del día lo pasaba al aire libre, disfrutando de la naturaleza. Para él, que había
vivido siempre en casas inmundas, aquellos tres meses pasados en e! campo,
rodeado de cariño y comprensión, supusieron el descubrimiento de la auténtica
dicha. Había entrado en el paraíso.
CAPÍTULO NUEVE
LA ENFERMEDAD DE ROSE
Una tarde de verano, tras un largo paseo, Rose manifestó sentirse mal.
-¿Qué te ocurre, Rose? -le preguntó preocupada la señora Maylie.
-Creo que estoy enferma, tía -contestó ella llorando.
Rose se alejó, pálida como el mármol, hacia su dormitorio. La anciana señora,
cuando se encontró a solas con Oliver, no pudo reprimir su angustia
-¡Oh, Oliver! -exclamó sollozando-. Me temo lo peor ¡Mi querida Rose! ¿Qué haría
yo sin ella?
-Estoy convencido de que Dios no la dejará morir-dijo Olives entre sollozos.
A la mañana siguiente, Rose tenía una fiebre muy alta.
-Olives -dijo la señora Maylie-, hay que mandar urgentemente esta carta al doctor
Losberne. Llévala a la posada de la aldea y échala al correo.
Oliver corrió hasta llegar a la posada. Una vez enviada la carta, salió del
establecimiento y tropezó con un hombre de ojos grandes y negros que iba envuelto
en una capa.
-Perdone, señor-se disculpó el muchacho.
-Pero, ¿qué es esto? -gritó el hombre-. ¡Serás capaz de salir de tu tumba para
ponerte en mi camino!
Oliver, asustado por la loca mirada de aquel individuo, salió corriendo. Cuando
llegó a casa, Rose estaba delirando.
-Sería milagroso que se recuperara -le confesó en voz baja el médico del lugar a la
señora Maylie.
Aquella noche, nadie durmió y, a la mañana siguiente, llegó el doctor Losberne,
quien confirmó la gravedad de la muchacha.
-Es muy duro y muy cruel -dijo-. Tan joven y tan querida por todos... pero hay
muy pocas esperanzas.
Rose se sumió después en un profundo sueño del que saldría, bien para vivir, bien
para decirles adiós. Oliver y la señora Maylie permanecieron inmóviles durante varias
horas a la espera de que el doctor Losberne les diera la tan temida noticia. Éste salió
por fin de la habitación y se acercó a ellos.
-¿Cómo está Rose? ¡Dígamelo enseguida! -gritó la señora Maylie-. ¡Déjeme verla,
por Dios! ¿Ha muerto?
-¡No! -exclamó el doctor-. ¡Cálmese, por favor! Rose vivirá para hacernos felices
muchos años.
La anciana cayó de rodillas llorando de emoción. También Oliver quedó como
atontado al recibir la feliz noticia. No podía ni hablar, ni llorar, ni expresar lo que
sentía en aquellos momentos. Aturdido, salió a pasear
Cuando volvía a la casa cargado de flores para la enferma, un coche pasó como un
rayo junto a él y se detuvo de golpe. Por la ventanilla asomó la cabeza del señor
Giles y Oliver corrió hasta el coche. Abrió la portezuela para saludar al mayordomo y
vio, sentado junto a él, a un caballero de unos veinticinco años que preguntó
ansioso:
-¿Cómo está la señorita Rose?
-¡Mejor, mucho mejor! -se apresuró a responder Oliver-. El doctor Losberne dice
que ya está fuera de peligro.
El caballero se bajó entonces del coche y ordenó:
-G¡les, sigue tú hasta casa de mi madre. Yo prefiero caminar
Al llegar a la casa, la señora Mayl¡e y el joven caballero, madre a hijo, se fundieron
en un fuerte abrazo.
-¡Madre! -dijo el joven-. ¡Gracias a Dios! Si Rose hubiera muerto, yo no habría
vuelto a ser feliz.
-No empieces otra vez con eso, Harry -contestó su madre-. Ella necesita un amor
profundo y duradero y tú...
-¿Todavía crees que soy un niño caprichoso?
-Creo que eres joven, y que los jóvenes suelen tener impul sos ciertamente
generosos pero poco duraderos. Creo, además, que tienes delante de ti un porvenir
brillante que los oscuros orígenes de Rose podrían echar por tierra. En un futuro se
lo podrías reprochar.
-Pero entonces yo sería un egoísta -replicó Harry-. ¡Por el amor de Dios, madre! Te
estoy confesando una pasión muy profunda. ¿Por qué no dejas que sea Rose la que
decida?
-Como quieras -aceptó la madre-. Ahora debo volver junto a ella. ¡Qué Dios lo
bendiga, hijo!
A medida que pasaban los días, Rose se recuperaba con asombrosa rapidez. Pero
un extraño acontecimiento vino a romper la tranquilidad que se vivía en la casa.
Oliver se encontraba haciendo los deberes en un cuartito de la planta baja que
daba al jardín. Llevaba allí mucho rato, se encontraba cansado y se quedó medio
dormido. Durante su duermevela, el aire se volvió de repente denso, y Oliver, horrorizado,
creyó encontrarse de nuevo en casa de Fagin.
-¡Mira! -oyó decir al judío-. ¡Es él!
-¡Ya te lo había dicho! - respondió otro hombre.
Fue entonces cuando Oliver despertó, sobresaltado y presa del pánico. Miró por la
ventana y allí, muy cerca de él, estaba el judío mirándole fijamente. La sangre se le
heló, se vio momentáneamente paralizado de espanto. Junto a él se encontraba,
además, aquel hombre violento que le había abordado a la salida de la posada. La
visión duró tan sólo unos instantes, y los dos hombres desaparecieron en un abrir y
cerrar de ojos. Aterrorizado, Oliver saltó al jardín por la ventana y se puso a gritar
pidiendo soconro.
Los habitantes de la casa corrieron al jardín, donde encontraron al muchacho muy
agitado, que señalaba hacia los prados y gritaba: “¡Era el judío! ” Harry, a quien su
madre había contado la historia de Oliver, saltó por encima del seto y salió en su
persecución a gran velocidad. Pero la búsqueda resultó inútil.
Tiene que haber sido un sueño -dijo Harry a Oliver cuando estuvieron de vuelta.
-¡Oh, no, señor! -insistió Oliver-. De veras que yo los vi.
De nada sirvieron los rastreos que se hicieron en la zona hasta el anochecer. A los
dos hombres se los había tragado la tierra. El susto le duró a Oliver unos días más y,
poco a poco, se fue olvidando de aquel espantoso episodio.
Mientras tanto, Rose se había recuperado del todo y ya salía de su habitación. Una
mañana, Harry Maylie entró en el come dor donde Rose se encontraba sola.
-¿Puedo hablar contigo unos minutos? -le preguntó.
Rose palideció pero no dijo nada. Así que Harry continuó:
-Llegué aquí hace unos días angustiado ante la idea de perderte sin que supieras
que te amo. Te he visto pasar de la muerte a la vida y, ahora, quiero ganar tu
corazón. Rose, dime que mis esfuerzos por merecerte no son vanos.
-Harry -contestó ella llorando-, debes tratar de olvidarme. Seré tu más fiel amiga,
pero no debo ser el objeto de tu amor.
-¿Por qué?
-No tengo amigos, Harry, no tengo dote, pero sí tengo una mancha sobre mi
nombre. Os debo demasiado a tu madre y a ti como para obstaculizar con mis
orígenes tu brillante carrera.
-Deja el deber a un lado y contéstame: ¿me amas?
Te habría amado si no... pero, ¡basta ya! ¡Adiós, Harry! Nunca más nos volveremos
a ver como nos hemos visto hoy.
-Sólo una palabra más, Rose. Contéstame: si yo fuera pobre, enfermo y desvalido,
¿me querrías?
-Sí, Harry -contestó Rose con un hilo de voz.
El joven tomó entonces la mano de su amada, se la llevó al pecho y, tras darle un
beso en la frente, salió del comedor
Al día siguiente, por la mañana temprano, Harry se marchó a Londres, no sin antes
encargarle a Oliver que le escribiera con frecuencia contándole cosas de su madre y
de Rose.
CAPÍTULO DIEZ
EL MATRIMONIO BUMBLE
El señor Bumble estaba sentado en un salón del hospicio donde nació Oliver Twist.
Se encontraba pensando con melancolía lo mucho que había cambiado su vida desde
hacía dos meses: había ascendido a superintendente y se había casado con la
gobernanta del hospicio; aunque esto no había sido precisamente por amor Dada su
pasión por el dinero, se había dejado deslumbrar por algunas de las pertenencias de
la que entonces todavía se llamaba señora Corney y por la posibilidad de tener
vivienda y calefacción gratis.
Recordaba perfectamente la tarde en que había decidido pedirle que se casara con
él. Estaban los dos coqueteando en la habitación de ella, cuando una anciana vino a
anunciar que la vie ja Sally se estaba muriendo. La pobre moribunda aseguraba que
no se iná tranquila de este mundo sin revelar un secreto a la gobernanta. Ésta salió
entonces maldiciendo a los pobres del hospicio, que no la dejaban nunca en paz. El
señor Bumble aprovechó entonces su ausencia para registrar cajones, arma rios y
alacenas ya que deseaba asegurarse de que la señora Corney era un buen partido.
Sumido en sus recuerdos, el séñor Bumble, creyendo que estaba solo, dijo en voz
alta:
-Mañana hará dos meses que estamos casados, y me parece un siglo. Reconozco
que me vendí, aunque demasiado barato.
-¿Barato? -gritó una voz al oído del superintendente.
El señor Bumble se dio la vuelta y se encontró con el poco agraciado rostro de su
esposa, que seguía gritando:
-¿Piensas quedarte ahí roncando todo el día?
-Pienso hacer lo que me dé la gana, señora Bumble -contestó el hombre
envalentonado.
El señor Bumble se colocó entonces su sombrero y su abrigo con la intención de
salir, pero la señora Bumble le quitó el sombrero de un manotazo, lo agarró por el
cuello, lo golpeó, lo arañó y lo sentó en una silla de un empujón.
-No me vuelvas a contestar de ese modo -gritó-. Ahora levántate y lárgate de aquí.
El señor Bumble recogió su sombrero del suelo y salió a la calle como una flecha.
Iba tan enfadado, que tardó un rato en darse cuenta de que estaba lloviendo con
fuerza; entonces decidió refugiarse en una taberna. Allí había sólo un cliente; era un
forastero alto y moreno que llevaba una amplia capa negra sobre los hombros.
Ambos se miraron varias veces de reojo. Pero el forastero, de repente, rompió el
silencio.
-No sé si se acordará de mí, pero usted y yo nos conocemos. He venido hasta aquí
buscándole y, por una de esas casualidades de la vida, he dado con usted a la
primera. ¿Continúa usted con su acostumbrado amor por el dinero?
El señor Bumble hizo intención de hablar, pero el forastero, haciendo un gesto con
la mano, prosiguió.
-No, no diga nada, ya ve que te conozco bien. Además, comprendo que el sueldo
de los funcionarios parroquiales no es muy alto; seguro que le vendrá bien una
propinilla.
-¿En qué puedo ayudarle? -preguntó el superintendente.
-Voy a ser muy claro: necesito información. Por supuesto, no pretendo que me la
dé a cambio de nada; para demostrar mi buena fe, aquí tiene un adelanto -dijo,
poniendo un par de soberanos delante de su interlocutor-. Veamos, haga memoria:
un invierno de hace doce años nació en el hospicio un muchacho paliducho que más
tarde fue aprendiz de un fabricante de ataúdes y que luego se fugó a Londres...
-¡Oliver Twist! No he conocido un muchacho más terco.
-No es él quien me interesa. Me gustaná saber algo sobre la vieja que atendió a su
madre la noche en que murió.
-Sí, la vieja Sally... Murió el invierno pasado.
El forastero enmudeció como hundido por aquella inesperada noticia, pero pronto
salió de su ensimismamiento. Luego hizo ademán de levantarse, pero el señor
Bumble lo retuvo.
-Sé que antes de morir, la vieja Sally se encerró en una habi tación con una mujer
para revelarle un secreto.
Con la intención de sacar provecho de la información de que disponía, el señor
Bumble continuó:
-Tengo motivos para pensar que ella le puede ayudar en sus pesquisas -concluyó el
señor Bumble.
-¿Cómo? ¿Cuándo podná verla?
-¿Le parece bien mañana?
-Bien, a las nueve de la noche , vayan a esta dirección -dijo, entregándole un
pedazo de papel-. Pregunten por el señor Monks.
Al día siguiente, el matrimonio Bumble se encaminó al lugar que Monks había
indicado. Era un pequeño barrio a orillas del río, famoso por ser refugio de ladrones y
criminales. Estaba formado por unas cuantas casas en ruinas, entre las cuales se
elevaba un edificio grande, cuyos pilares estaban muy deteriora dos por las ratas, la
carcoma y la humedad. Frente a él se detuvieron los Bumble.
-¡Hola! -gritó una voz procedente del segundo piso-. Esperen, ahora mismo les
abro.
Instantes después, Monks les abrió la puerta. Subieron hasta una estancia del piso
superior y cerraron tras de sí. A continuación, los tres se sentaron alrededor de una
mesa.
-Dígame, señora -dijo Monks-, ¿estaba usted con la tal Sally cuando murió? ¿Le
dijo algo acerca de la madre de Oliver?
-Sí. Pero yo no he venido aquí para dar información gratis. Déme veinticinco libras
en oro y le diré todo lo que sé.
-Aquí las tiene -repuso Monks, poniendo las monedas una a una encima de la
mesa-. Ahora, dígame lo que sabe.
-Cuando la vieja Sally murió, estábamos ella y yo solas en la habitación. Me habló
de una joven que había dado a luz un niño hacía doce años y que, al día siguiente,
había muerto en la misma cama en la que ella estaba agonizando.
-¡Dios mío! -exclamó Monks.
-Parece ser que la joven, antes de morir, le entregó a Sally algo con el encargo de
dárselo al niño cuando llegara a la edad adulta; pero ella se lo quedó. La vieja no
dijo nada más, cayó para atrás y murió.
-¿Eso es todo? Creo que me está ocultando algo.
-No dijo más -contestó la gobernanta impasible-. Solamente me agarró del vestido
con una mano. Cuando cayó muerta, retiré su mano con fuerza y vi que en ella
guardaba un viejo trozo de papel. Era una papeleta de empeño.
-¿Y cuál era el objeto empeñado? -interrogó Monks.
-Era una alhaja. Así que fui y la desempeñé.
-¿Y dónde se encuentra ahora esa joya? -preguntó el hombre inmediatamente.
-¡Aquil -contestó la mujer, arrojando sobre la mesa una bolsita.
La bolsa contenía un pequeño guardapelo de oro. En su interior, había dos
mechoncitos y una alianza. La sortija tenía grabado el nombre de “Agnes” y una
fecha correspondiente al año anterior del nacimiento de Oliver
-¿Qué se propone hacer con eso? ¿Va a utilizarlo contra m? -preguntó la señora
Bumble.
-Ni contra usted ni contra nadie -contestó Monks, arrastrando la mesa a un lado y
abriendo una trampilla que se encontraba junto a los pies del señor Bumble-. Miren
ahí abajo.
Las turbias aguas del río corrían velozmente bajo ellos. Monks sacó la bolsita, la
ató a un pequeño peso de plomo que estaba en el suelo y la tiró al agua.
-¡Hecho! -exclamó Monks aliviado-. ¡Prueba destruida! Ahora, lárguense de aquí
cuanto antes.
CAPÍTULO ONCE
EL CORAJE DE NANCY
Al día siguiente, Nancy fue a casa de Fagin para recoger un dinero que el judío le
debía a Bill Sikes. Allí, coincidió con Monks.
-He de decirte algo a solas -le dijo Monks a Fagin.
Los dos hombres subieron a una habitación de la planta superior y se encerraron
para hablar en privado. Nancy, con la intención de espiar la conversación, se quitó
los zapatos, subió de puntillas las escaleras y se plantó en la puerta del cuarto donde
Monks y Fagin se habían reunido. Al rato, la muchacha volvió a bajar con aspecto de
encontrarse fuertemente impresionada. Segundos más tarde, Monks se marchó. A
continuación, Fagin le entregó a Nancy el dinero que había venido a buscar y ambos
se despidieron.
Ya en la calle, Nancy se sentó en un portal, incapaz de seguir caminando, y rompió
a llorar. Finalmente, cuando se encontró más tranquila, volvió a su casa. Había
tomado una decisión: iba a dar un gran paso aquella misma noche, en cuanto Sikes,
que estaba enfermo, se hubiese dormido.
A la hora en la que el ladrón debía tomar su medicina, Nancy la preparó como
siempre y añadió un potente somnífero. En breves instantes, el enfermo cayó en un
profundo sueño, momento que la muchacha aprovechó para marcharse.
Después de andar más de una hora, llegó al barrio más rico de la ciudad y se
dirigió a un pequeño hotel. Cuando llegó a la puerta, vaciló un momento y entró.
-Quiero ver a la señorita Maylie -dijo Nancy al recepcionista,
-iQué puedes querer tú de una dama? -preguntó en tono despectivo el empleado al
ver su aspecto-. ¡Vamos, lárgate!
-¡Tendrán que sacarme a la fuerza! -gritó la muchacha-. Necesito dar un mensaje
con urgencia a la señorita Maylie.
El recepcionista subió a regañadientes; le preocupaba tener un problema si el
mensaje era en realidad algo importante. Al poco rato, volvió a hizo una seña con la
cabeza a Nancy para que lo siguiera. El hombre la acompañó hasta una pequeña
antecámara donde se encontraba Rose. La joven había adelan tado unos días su
regreso del campo y esperaba la llegada de su tía y de Oliver de un momento a otro.
Rose miró a la muchacha que se encontraba frente a ella y le dijo dulcemente:
-Soy Rose Maylie. ¿Deseaba usted verme?
Nancy, ante tanta dulzura, rompió a llorar
-¡Ay, señorita! -exclamó-. ¡Cuánto le agradezco que haya querido recibirme! Mi
nombre es Nancy.
-¿En qué puedo ayudarla? -prosiguió la joven dama.
-Supongo que Oliver les habrá contado su historia.
-Por supuesto. ¿Y bien?
-Les habrá dicho también que fue raptado mientras hacía un recado para el señor
Brownlow, con quien vivía en Petonville. Bueno, pues yo soy la persona que lo raptó.
-¿Usted? -exclamó Rose.
-Sí y lo llevé a casa de un miserable, llamado Fagin, que obliga a muchachos
indefensos a robar para él -gimió Nancy-. Y si ellos se enteraran de que he venido,
me matarán.
-No se preocupe, querida, no sucederá nada -dijo Rose, mientras estrechaba
dulcemente la mano de la afligida muchacha.
-¿Conoce usted a un tal Monks? -continuó Nancy.
-No, no lo conozco -contestó Rose.
-Pues él a usted sí la conoce -repuso Nancy-. Y sabe que está hospedada aquí. Yo
he podido localizarla porque he escuchado una conversación entre ese hombre y
Fagin en la que se nombraba este lugar y se mencionaba su nombre.
-¿Y de qué hablaron? -preguntó interesada Rose.
-Las primeras palabras que le oí decir a Monks fueron: “Las únicas pruebas de la
identidad del muchacho están en el fondo del río, y la vieja que las recibió de la
madre está criando malvas”. Parece ser que Monks vio a Oliver por casualidad el día
que lo capturó la policía. Enseguida se dio cuenta de que era el muchacho que él
mismo andaba buscando. Le propuso entonces a Fagin que recuperara al chico a
hiciera de él un ladrón; a cambio, recibiná una sustanciosa recompensa.
Rose, sorprendida por la historia, preguntó a Nancy:
-¿Y qué interés puede tener un hombre como Monks en un desvalido muchacho?
-Eso es lo más sorprendente: Monks dijo que si Olivertrataba de aprovecharse de
su nacimiento, lo mataría. Y, al final, muy satisfecho, le preguntó a Fagin: “¿Qué te
parece la trampa que le he preparado a mi hermanito Oliver?”
-¡Su hermano! -exclamó Rose-. ¿Y qué puedo hacer yo?
-No lo sé. No puedo ayudarla más; ahora tengo que marcharme. Si necesita algo
de mí, podrá encontrarme cada domingo por la noche, entre las once y las doce, en
el puente de Londres.
La muchacha se marchó llorando, mientras Rose, abrumada por aquellas
revelaciones, buscaba el modo de ayudar a Oliver
A la mañana siguiente, Rose decidió consultar a Harry. Se disponía a escribirle
cuando Oliver, que llegaba en ese mome nto de la mansión del campo, entró en la
habitación.
-¡He visto al señor Brownlow! ¡Bendito sea Dios!
-¿Dónde lo has visto? -preguntó Rose.
-Bajaba de un coche -contestó Oliver llorando de alegría-. Él no me vio a mí, y yo
no me atreví a acercarme. Pero G¡les ha averiguado su dirección. Mire, aquí está.
-¡Vamos para allá inmediatamente! -le dijo Rose.
Cuando llegaron a la casa del señor Brownlow, Rose pidió a Oliver que esperara en
el coche mientras ella preparaba al anciano para que lo recibiera. La joven entró y
contó en pocas palabras todo lo que le había ocurrido a Oliver.
Cuando el señor Brownlow se enteró de que Oliver se encontraba fuera, salió y,
lleno de alegría, se precipitó hacia el interior del coche para abrazar al muchacho.
Cuando entraron en la casa, el señor Brownlow llamó a la señora Bedwin. Y cuando
ésta entró en el salón, Oliver se echó a sus brazos entre lágrimas:
-¡Bendito sea Dios! -dijo la anciana-. ¡Si es Oliver Tw¡st!
El señor Brownlow condujo entonces a Rose a otra sala y allí escuchó el relato de la
entrevista con Nancy.
-En este asunto hay que ser extremadamente prudente -dijo pensativo el anciano
caballero.
-Yo quisiera que el doctor Losberne, el médico de mi tía, supiera todo esto. Seguro
que nos podná ayudar
-Déjeme que yo esté presente cuando hable usted con él. Esta noche, a las nueve,
podemos vernos en el hotel. Su tía tiene que estar al tanto de todo lo ocurrido.
Tal y como habían convenido, el señor Brownlow y Rose revelaron la historia de
Nancy al doctor.
-¿Qué diablos hay que hacer entonces? -gritó el doctor Losberne lleno de ira.
-Debemos proceder con mucho cuidado -contestó el señor Brownlow-. Lo
importante es descubrir quién es realmente Oliver y devolverle la herencia de la que
ha sido despojado. Pero antes, debemos averiguar de Nancy los nombres de los
lugares donde suele it ese tal Monks.
Aquella noche, convinieron poner al tanto de lo ocurrido al señor Grimwig y a Harry
Maylie y, sobre todo, dejar a Oliver al margen. También decidieron no hacer nada
hasta el domingo siguiente, cuando se reunirían con Nancy.
CAPÍTULO DOCE
UN ESPÍA A LAS ÓRDENES DE FAGIN
La misma noche en que Nancy se había entrevistado con Rose, Noah Claypole y su
amiga Charlotte llegaron a Londres. Ambos jóvenes eran perseguidos por la justicia
ya que habían robado de la caja del señor Sowerberry una importante cantidad de
dinero.
Los dos fugitivos caminaron por calles recónditas, hasta lle gar frente a Los Tres
Patacones.
-Aquí pasaremos la noche -anunció satisfecho Noah.
Cuando entraron, vieron a Barney que estaba con los codos apoyados en el
mostrador leyendo un mugriento periódico.
-Queremos dormir aquí esta noche -dijo Noah.
-Esperen un momento -contestó Barney-, voy a preguntar si hay sitio.
-Mientras tanto, dinos dónde está el comedor y tráenos cerveza y fiambre.
Barney los condujo hasta un cuartucho que estaba en la parte de atrás. Al cabo de
un rato, les sirvió lo que habían pedido y les informó de que podían alojarse allí.
Poco más tarde, llegó Fagin a la taberna preguntando por alguno de sus discípulos.
-No ha venido ninguno de tus amigos -dijo Barney-, pero hay dos forasteros que yo
creo que te van a gustar
El judío escuchó a través del tabique la conversación que mantenían Noah y
Charlotte:
-Vamos a vivir como señores -decía Noah.
-¿Y cómo? -preguntó ella-. ¿Vaciando cajas fuertes?
-¿Cajas? -exclamó Noah-. Se pueden vaciar cosas más interesantes, como por
ejemplo: bolsillos, bolsos, bancos, diligencias... Se trata de encontrar al compañero
adecuado. Con las veinte libras que robamos, todo será más fácil.
-No será tan fácil que alguien como nosotros se pueda deshacer de un billete tan
grande -dijo Charlotte preocupada.
Aquel descubrimiento provocó un vivo interés en Fagin, que entró en la sala
saludando a la pareja y los invitó a beber
-¡Esta cerveza es de buena calidad! -exclamó Noah.
-¡Sí, pero es cara, muy cara! -contestó Fagin-. Hay que andar todo el día vaciando
bolsillos, bolsos, bancos y diligencias para poder comprarla.
Noah palideció al oír sus propios comentarios en boca de aquel hombre.
-No te preocupes -dijo Fagin riendo a carcajadas-. Has tenido suerte de que sea yo
quien te haya oído. También soy del oficio, has ido a dar en el clavo, amigo.
Noah se relajó y el judío siguió:
-Tengo un amigo que te puede ayudar ¡Anda, vamos a hablar ahí fuera!
-No creo que sea preciso movernos de aquí para hablar en privado -repuso Noah-.
Ella -dijo señalando a Charlotte-, subirá el equipaje mientras nosotros hablamos de
negocios.
Charlotte salió inmediatamente de la habitación cargada de bultos y cuando se
encontraba suficientemente alejada, Noah preguntó:
-¿Cuánto hay que aflojar?
-Veinte libras.
-Pero eso es mucho dinero -saltó el joven.
-No cuando se trata de un billete del que no te puedes deshacer.
-¿Y qué obtendré yo?
-Conseguirás vivir como un señor Tendrás comida, cama, tabaco y alcohol gratis,
además de la mitad de las ganancias.
-Me parece bien.
-Mañana, a las diez, vendré con mi amigo. Pero aún falta un último detalle: no me
has dicho cómo te llamas...
-Bolter, Morris Bolter -respondió inmediatamente Noah, ocultando su verdadero
nombre.
Después de brindar por su recién creada sociedad, Fagin se despidió.
Al día siguiente, el judío se presentó solo en la posada y acompañó a Noah y a
Charlotte a su propia casa.
-¿De modo que no existe el tal amigo? -le dijo Noah a Fagin.
-No, en efecto, no existe. Pero os he traído aquí para que veáis cómo vivimos. En
esta casa somos como una gran familia. Ahora estamos muy preocupados por uno
de los nuestros, el P¡llastre, que fue capturado ayer
-¿Por algo serio? -preguntó asustado Noah.
-Lo pillaron tratando de limpiar un bolsillo y le encontraron además una caja de
rapé de plata. Aunque le puede caer una buena condena, no ha dicho nada. ¡Bueno
es él para cantad
-Bueno, ya lo conoceré.
-No estoy tan seguro. Si encuentran pruebas, es un caso de “deportación de por
vidá.
En ese momento, entró Charley Bates con cara compungida y dijo:
-Se acabó todo, Fagin. Han encontrado al dueño de la caja y a dos o tres testigos.
Lo mandarán al extranjero. ¡Y todo por una cajucha de rapé que no vale más de tres
peniques!
-Piensa en el honor, la distinción, de ser deportado a tan corta edad - contestó
Fagin para consolarlo.
El domingo, Nancy estaba en su casa. Cuando dieron las once de la noche, se puso
su gorrito y su abrigo para salir
-¿A dónde vas? -le preguntó Sikes.
-A dar una vuelta -contestó ella-. No me encuentro demasiado bien y necesito
tomar el aire.
-Pues te vas a conformar con sacar la cabeza por la ventana -le contestó el
ladrón-. Tú no vas a ninguna parte.
El hombre se levantó, le quitó el gorro de un manotazo y la arrojó sobre la cama.
-¡Déjame salir, Bill, te lo suplico! -imploró Nancy.
Fagin, que estaba en casa de Bill en aquel momento, no movió un dedo por la
muchacha. Bill Sikes la agarró con fuerza, la sentó en una silla y allí la mantuvo
inmóvil durante un buen rato.
Cuando dieron las dote, la muchacha se dio por vencida y, con los ojos hinchados y
rojos, empezó a mecerse hasta quedar completamente dormida. Fagin cogió
entonces su sombre ro y se despidió.
De camino hacia su casa, Fagin empezó a pensar qué le podía pasar a Nancy.
Quizá se hubiera cansado de Bill Sikes, que la trataba peor que a un perro, y se
hubiera enamorado de otro hombre. Pensó que si era así, el nuevo amor de Nancy
podría ser una buena adquisición, y aun más con una consejera lista y
experimentada como ella.
-Habrá que echarle el guante -se dijo Fagin a sí mismo-. Sería una buena manera
de quitarme de en medio a ese odioso Sikes. Y además, mi influencia sobre la
muchacha sería ilimitada si me convierto en cómplice de su infidelidad.
Fue entonces cuando el judío se dirigió a la posada para proponerle a Noah
Claypole que fuera su espía.
Te necesito -le dijo-, para un trabajo que requiere discre ción y cautela. Sólo se
trata de seguir a una mujer y de saber dónde va, a quién ve y lo que dice. Te daré
una libra.
-tA quién hay que seguir? -preguntó Noah.
-Es una de las nuestras -contestó el judío-. Se ha echado nuevos amigos y he de
saber quiénes son. Ella no te conoce, por eso eres mi hombre.
-¡Trato hecho! -concluyó Noah.
CAPÍTULO TRECE
TERRIBLES CONSECUENCIAS
Había pasado una semana, llegó el domingo y Nancy consiguió por fin acudir al
puente de Londres. A las doce en punto, llegaron Rose Maylie y el señor Brownlow.
-Aléjemonos de aquí -dijo Nancy en voz baja -. Hablaremos más tranquilos abajo, al
pie de la escalera.
Lo que ella no sabía es que cualquier precaución era inútil porque Noah Claypole
seguía sus pasos y oía sus palabras.
-Siento no haber podido venir la otra noche, pero Bill Sikes me retuvo en casa por
la fuerza...
-Conozco el contenido de la entrevista que mantuvo el otro día con esta
señorita-dijo el señor Brownlow señalando a Rose-, y creemos que debemos
arrancarle a ese Monks su secreto como sea. De no ser así, habná que entregar a
Fagin a la policía, ya que él es el único que conoce la verdad.
-¡Nunca! -exclamó Nancy-. Yo jamás me volveré contra mis compañeros, porque
ninguno de ellos se ha vuelto contra mí.
-Entonces díganos al menos dónde podemos encontrar a Monks -repuso el señor
Brownlow.
-Darán con él en una taberna llamada Los Tres Patacones.
-¿Cómo reconoceremos a ese criminal?
-Es moreno, alto y fuerte; parece mayor, aunque no tiene más de veintiocho años
y tiene los ojos negros y muy hundidos. Sufre frecuentes ataques de nervios que le
hacen tirarse al suelo y morderse las manos y los labios hasta hacerse sangre. Ah, y
otra cosa: tiene en la garganta...
-¿Una mancha roja como una quemadura? -interrumpió el señor Brownlow.
-Sí -contestó Nancy sorprendida-. ¿Lo conoce?
-Creo que sí. Pero ya veremos, puede que no sea el mismo. En cualquier caso, nos
ha dado una información valiosísima. ¿Cómo podríamos agradecérselo?
-Ya nada pueden hacer por mí, he perdido toda esperanza. Soy esclava de mi
propia vida, y es muy tarde para dar marcha atrás. Ahora, por favor, márchense, es
lo mejor que pueden hacer.
-Déjenos ayudarla: aún está a tiempo de cambiar su vida...
-No insistan, se lo ruego. Buenas noches, señor Buenas noches, señorita Maylie.
Rose y el señor Brownlow se alejaron y Nancy marchó a su casa. Cuando los tres
estaban ya lejos, Noah echó a correr para contar a Fagin lo que había descubierto.
Antes de que amaneciera, Fagin ya estaba al tanto de todo lo ocurrido. Se
encontraba en su casa, preso del pánico, acurrucado ante la chimenea, con el
corazón lleno de odio. Llegó entonces Bill Sikes a entregarle un paquete.
-¿Qué te pasa? -le preguntó éste al verle la cara completamente desencajada.
Fagin le contó lo que había descubierto Noah. Sikes, entonces, fuera de sí, salió a
la calle; caminó a paso rápido hasta su casa, sin pararse ni un momento a pensar en
lo que iba a hacer. Subió de prisa las escaleras, entró en la habitación, cerró la
puerta con llave y fue hacia la cama donde Nancy estaba durmiendo.
-¡Arriba! -la despertó Sikes a gritos.
-¿Qué te pasa? -le preguntó ella, todavía medio dormida.
Sin decir una palabra, el ladrón la agarró por el cuello y la arrastró hasta el centro
de la habitación.
-¡Bill! ¡Bill! -gritó la muchacha-. ¿Qué he hecho?
-Anoche lo espiaron. Ahora lo sé todo.
-Entonces, perdóname la vida como yo he perdonado que tú me hayas arrastrado a
mí a esta existencia infame -dijo la muchacha aferrándose a él-. Piensa un poco, Bill.
Ahórrate este crimen. ¡Juro que te he sido fiel, Bill!
El ladrón, sordo ante las súplicas de Nancy, agarró una pistola y golpeó con ella a
la muchacha una y otra vez hasta que ésta cayó al suelo cegada por la sangre, que
fluía de una profunda brecha en su cabeza. La muchacha consiguió no obstante
ponerse de rodillas y, juntando las manos, se puso a rezar El ladrón cogió entonces
un garrote y la remató de un solo golpe en la cabeza.
Cuando los primeros rayos de sol iluminaron la habitación donde yacía el cadáver
de Nancy, Sikes quemó las ropas que llevaba, ya que estaban manchadas de sangre.
Luego, escapó de allí con su perro; una sola idea ocupaba su mente: huir Anduvo tan
rápido que, al cabo de una hora, estaba fuera de Londres.
Caminó durante todo el día por campos, prados y bosques sin hallar un lugar
seguro donde esconderse, porque en todas partes se hablaba del horrible crimen. Al
anochecer, tomó la decisión de volver a la ciudad.
-No hay mejor lugar para esconderse. Mis amigos me ayudarán -pensó.
Mientras tanto, en una chabola de un mísero barrio a orillas del Támesis estaban
escondidos Toby Crackit, Chitling y un expresidiario llamado Kags.
-¿Es cierto que han cogido a Fagin? -preguntó Toby Crackit.
-Sí, esta tarde -contestó Chitling-. Charley Bates y yo conseguimos escapar por la
chimenea; a Bolter lo trincaron a la vez que a Fagin. Imagino que Charley estará a
punto de llegar Ya no hay lugar donde esconderse; de todos los que acudíamos a Los
Tres Patacones, no ha quedado nadie a salvo. ¡Menuda redada!
Al caer la noche, los tres hombres seguían sentados, silen ciosos, a la espera de
alguna noticia. Un fuerte golpe en la puerta rompió de pronto aquel denso silencio;
después, los pasos de alguien que subía las escaleras y, por fin, los tres hombres
vieron entrar a Bill Sikes. Se quedaron boquiabiertos; no les dio tiemp o a reaccionar
y, al instante, entró también Charley Bates quien, al reconocer a Sikes, dio un paso
atrás.
-¡Vamos, Charley! Soy yo -dijo Sikes yendo hacia él.
-No te acerques -contestó el otro-. Me das... asco.
Y, dirigiéndose a los demás, se puso a gritar:
-¡Mirad a este monstruo! ¡Miradlo bien! Merecería ser que mado a fuego lento por el
crimen que ha cometido. Voy a entregarlo a la policía y vosotros me vais a ayudar
Llevado por su rabia, Charley Bates se abalanzó contra Sikes, lo derribó, y ambos
rodaron por el suelo. Pero Sikes era más fuerte que el muchacho, y consiguió
inmovilizarlo sin demasia do esfuerzo. Estaba a punto de darle el golpe final, cuando
se oyó un tumulto de gente que se acercaba a la chabola; el rumor de que el asesino
estaba allí, se había extendido por el barrio y una multitud se acercaba para
lincharlo. Toby Crackit sugirió a Sikes que escapara por una de las ventanas.
El asesino soltó a su víctima y miró a su alrededor desconcertado. Charley Bates se
incorporó, corrió hacia la ot ra ventana, la abrió y se puso a gritar:
-¡Socorro! ¡El asesino está aquiil ¡Suban, suban rápido!
Bill Sikes agarró al muchacho, lo arrastró hasta la habitación contigua y allí lo dejó
encerrado con llave. Luego, cogió una larga cuerda, subió al desván y, tras levantar
un tragaluz, salió al tejado. Desde arriba, vio a la multitud encolerizada que gritaba
exigiendo su muerte, y oyó cómo la gente intentaba entrar en la casa. Ató un
extremo de la cuerda a una chimenea y en el otro hizo un nudo corredizo para
intentar descender hasta la calle. Pero en el mismo instante en que se pasaba el lazo
por la cabeza para deslizarlo luego hasta las axilas, algo extraño le ocurrió: levantó
la vista al cielo y creyó ver el rostro ensangrentado de su víctima. El pánico se
apoderó de él, lanzó un grito de terror y perdió el equilibrio cayendo al vacío, donde
quedó colgando sin vida.
CAPÍTULO CATORCE
LA CONFESIÓN DE EDWARD LEEFORD
Aquella misma tarde, Monks fue llevado a la fuerza a casa A del señor Brownlow.
-¿Cómo es posible que el mejor amigo de mi padre me trate de esta manera?
-gritó el canalla, enfadado.
-Sí, Edward -lijo en tono triste el señor Brownlow-, tu padre era mi mejor amigo y
era, además, el hermano de la mujer con la que me iba a casar si la muerte no se la
hubiera llevado inesperadamente la misma mañana de nuestra boda. Pero no es de
mí de quien quiero hablar, sino de tu hermano.
-¡Yo no tengo ningún hermano!
-¡Sabes que sib Es cierto que tú eres el único hijo del infeliz matrimonio que
formaron tu padre y tu madre. Cuando tus padres se separaron, tu padre conoció a
un oficial de marina, retirado y viudo, que vivía en el campo con sus dos hijas. Una
de ellas se enamoró de tu padre, y él de ella; al cabo de año y medio, estaban
prometidos. Fue entonces cuando tu padre recibió la herencia de un pariente que
vivía en Roma y tuvo que marcharse para allá; pero la fatalidad quiso que él cayera
gravemente enfermo. Tu madre y tú acudisteis inmediatamente a su lado y, al día
siguiente de vuestra llegada, él murió sin dejar testamento, de modo que todos sus
bienes fueron a parar a vuestras manos.
Monks, que había estado reteniendo el aliento durante todo este tiempo, suspiró
entonces profundamente, manifestando un gran alivio.
-Antes de marchar al extranjero -siguió el señor Brownlow-, tu padre vino a verme
y me entregó un retrato de su hermana, la que iba a ser mi esposa. También me
habló atropelladamente de la deshonra que él mismo había provocado a su joven
prometida. Cuando él murió, fui a visitar a esa muchacha que iba a ser madre, con el
fin de acogerla en mi propio hogar, pero llegué demasiado tarde porque la familia
había abandonado la región.
Monks miró entonces alrededor con una sonrisa de triunfo.
-Cuando tu hermano se cruzó en mi camino y lo rescaté de una vida de crimen y
miseria, su gran parecido con el retrato del que te he hablado me dejó impresionado.
Desgraciadamente, lo secuestraron antes de que pudiera contarme su his toria.
Sospechando que tú podías estar detrás de todo esto, lo busqué por todas partes,
pero no lo encontré hasta hace dos horas... Tienes un hermano, Edward, tú lo sabes
y lo conoces. Había pruebas de ello, pero tú mismo las destruiste. Así que, si no
quieres que te haga detener por cómplice del asesinato de Nancy, tendrás que
contarlo todo ante testigos y devolverle a tu hermano lo que le corresponde.
-Haré lo que usted me pida -aceptó Monks, viéndose sin escapatoria.
Dos días más tarde, Oliver viajaba, junto con la señora Maylie, Rose y el doctor
Losberne, hacia su ciudad natal. Detrás, seguía el señor Brownlow, acompañado de
Monks.
Se instalaron en un hotel de la ciudad donde les estaba esperando el señor
Grimwig. Pasadas las primeras horas de ajetreo, el señor Brownlow los reunió a
todos, incluyendo a Oliver, quien no pudo reprimir un grito de terror al ver entrar a
Monks.
-Este niño -dijo el señor Brownlow a Monks atrayendo a Oliver hacia sí- es tu
hermanastro, fruto de la unión entre tu padre, mi amigo Edwin Leeford, y Agnes
Fleming, que murió en el hospicio de esta ciudad al dar a luz. Ahora, Edward, quiero
que cuentes, delante de todo el mundo, lo que tan cuidadosamente has ocultado
durante estos años.
-Está bien -contestó Monks-. Cuando mi padre murió en Roma, mi madre encontró,
entre sus papeles, dos documentos: el primero era una carta de amor dirigida a
Agnes Fleming; el otro era un testamento.
-¿Y qué decía? -preguntó el señor Brownlow.
Como Monks no contestaba, fue el propio señor Bronwlow quien lo hizo:
-Os dejaba a ti y a tu madre una renta de ochocientas libras. El grueso de su
fortuna lo dividía en dos partes: una para Agnes Fleming y otra para el hijo de
ambos, es decir, para Oliver
-Mi madre hizo entonces lo que tenía que hacer -gritó Monks-: quemó el
testamento y guardó la carta como prueba de la falta de mi padre. Cuando Agnes
Fleming le contó la verdad a su padre, éste, avergonzado, huyó con sus hijas. Poco
después, la muchacha abandonó el hogar, y aunque el padre la buscó por todas
partes, no pudo dar con ella. Convencido de que su hija se había suicidado para
ocultar su vergüenza, el hombre volvió a su casa y, a la mañana siguiente, apareció
muerto en su cama.
-¿Y qué pasó con el guardapelo y la alianza? -preguntó el señor Brownlow.
-Los compré -contestó Monks- a un matrimonio. Ellos los habían recibido de la
vieja que atendió a Agnes Fleming en el hospicio. Luego, tiré los dos objetos al río.
Fue entonces cuando el señor Grimwig salió de la habitación para volver instantes
después empujando a la señora Bumble, que tiraba de su cobarde cónyuge.
-¿Conocen ustedes a este hombre? -les preguntó el señor Brownlow.
-No lo hemos visto en nuestra vida -contestó impasible la señora Bumble.
-Él mantiene que les compró a ustedes unas alhajas...
-Está bien -dijo la señora Bumble-: si ese cobarde ha confesado, yo no tengo nada
más que decir. Sí, le vendimos el guardapelo y la alianza de Agnes Fleming. ¿Y qué?
-Y nada -repuso el señor Brownlow-, sólo que me voy a ocupar personalmente de
que no vuelvan a tener un puesto de trabajo relacionado con niños.
Después, cuando los Bumble se hubieron marchado, el señor Brownlow cogió la
mano de Rose y dijo:
-Edward Leeford, ¿conoces a esta señorita?
-Sí -contestó Monks-. Agnes Fleming tenía una hermana pequeña que fue recogida
por unos humildes labradores. La niña llevó una vida miserable hasta que una viuda
que vivía en Chester se apiadó de ella y se la llevó a su casa. Hoy está aquí, en esta
habitación. Es la señorita Rose.
-¡Pero no por eso va a dejar de ser mi sobrina! -exclamó la señora Maylie
abrazando a la desfallecida muchacha.
-¡Ahora todo será mucho más fácil! -intervino el señor Brownlow dirigiéndose a
Rose.
Aquella noche, Rose y Oliver hallaron un padre, una hermana y una madre y, así,
cada uno se encontró con su destino. Inclusive Fagin, quien aquella noche pasaba las
últimas horas de su vida en una celda, a la espera de que lo ejecutaran al alba.
Rose y Harry se casaron tres meses después en una pequeña iglesia. La señora
Maylie se fue a vivir con ellos y vivió dicho sa los últimos años de su vida.
El señor Brownlow adoptó a Oliver y ambos se fueron a vivir, con la señora Bedwin,
a un lugar cercano a aquél donde vivían los Maylie.
Monks, tras derrochar su parte de la herencia en América, volvió a las andadas y
pasó largas temporadas en la cárcel, donde finalmente murió, víctima de uno de sus
habituales ataques.
El señor y la señora Bumble, privados de sus cargos, fueron sumiéndose poco a
poco en la miseria y murieron en el mismo hospicio donde una vez habían reinado
despiadadamente sobre otros.
FIN

Historias de fantasmas // Charles Dickens

HISTORIAS DE FANTASMAS // CHARLES DICKENS  (link-enlace)


Índice
El manuscrito de un loco
La historia del viajante de comercio
La historia de los duendes que secuestraron a un enterrador

La historia del tío del viajante
El barón de Grogzwig
Una confesión encontrada en una prisión de la época de Carlos II

Para leer al atardecer
Juicio por asesinato
Fantasmas de Navidad
La novia del ahorcado

La visita del señor Testador
La casa hechizada. Los mortales de la casa




El manuscrito de un loco


¡Sí...! ¡Un loco! ¡Cómo sobrecogía mi corazón esa palabra hace años! ¡Cómo
habría despertado el terror que solía sobrevenirme a veces, enviando la sangre silbante y
hormigueante por mis venas, hasta que el rocío frío del miedo aparecía en gruesas gotas
sobre mi piel y las rodillas se entrechocaban por el espanto! Y, sin embargo, ahora me
agrada. Es un hermoso nombre. Mostradme al monarca cuyo ceño colérico haya sido
temido alguna vez más que el brillo de la mirada de un loco... cuyas cuerdas y hachas
fueran la mitad de seguras que el apretón de un loco. ¡Ja, ja! ¡Es algo grande estar loco!
Ser contemplado como un león salvaje a través de los barrotes de hierro... rechinar los
dientes y aullar, durante la noche larga y tranquila, con el sonido alegre de una cadena,
pesada... y rodar y retorcerse entre la paja extasiado por tan valerosa música. ¡Un hurra
por el manicomio! ¡Ay, es un lugar excelente!
Me acuerdo del tiempo en el que tenía miedo de estar loco; cuando solía
despertarme sobresaltado, caía de rodillas y rezaba para que se me perdonara la
maldición de mi raza; cuando huía precipitadamente ante la vista de la alegría o la
felicidad, para ocultarme en algún lugar solitario y pasar fatigosas horas observando el
progreso de la fiebre que consumiría mi cerebro. Sabía que la locura estaba mezclada
con mi misma sangre y con la médula de mis huesos. Que había pasado una generación
sin que apareciera la pestilencia y que era yo el primero en quien reviviría. Sabía que
tenía que ser así: que así había sido siempre, y así sería; y cuando me acobardaba en
cualquier rincón oscuro de una habitación atestada, y veía a los hombres susurrar,
señalarme y volver los ojos hacia mí, sabía que estaban hablando entre ellos del loco
predestinado; y yo huía para embrutecerme en la soledad.
Así lo hice durante años; fueron unos años largos, muy largos. Aquí las noches
son largas a veces... larguísimas; pero no son nada comparadas con las noches
inquietas y los sueños aterradores que sufría en aquel tiempo. Sólo recordarlo me da
frío. En las esquinas de la habitación permanecían acuclilladas formas grandes y
oscuras de rostros insidiosos y burlones, que luego se inclinaban sobre mi cama por la
noche, tentándome a la locura. Con bajos murmullos me contaban que el suelo de la
vieja casa en la que murió el padre de mi padre estaba manchado por su propia sangre,
que él mismo se había provocado en su furiosa locura. Me tapaba los oídos con los
dedos, pero gritaban dentro de mi cabeza hasta que la habitación resonaba con los
gritos que decían que una generación antes de él la locura se había dormido, pero que
su abuelo había vivido durante años con las manos unidas al suelo por grilletes para
impedir que se despedazara a sí mismo con ellas. Sabía que contaban la verdad... bien
que lo sabía. Lo había descubierto años antes, aunque habían intentado ocultármelo.
¡Ja, ja! Era demasiado astuto para ellos, aunque me consideraran como un loco.
Finalmente llegó la locura y me maravillé de que alguna vez hubiera podido tenerle
miedo. Ahora podía entrar en el mundo y reír y gritar con los mejores de entre ellos. Yo
sabía que estaba loco, pero ellos ni siquiera lo sospechaban. ¡Solía palmearme a mí
mismo de placer al pensar en lo bien que les estaba engañando después de todo lo que
me habían señalado y de cómo me habían mirado de soslayo, cuando yo no estaba loco y
sólo tenía miedo de que pudiera enloquecer algún día! Y cómo solía reírme de puro
placer, cuando estaba a solas, pensando lo bien que guardaba mi secreto y lo
rápidamente que mis amables amigos se habrían apartado de mí de haber conocido la
verdad. Habría gritado de éxtasis cuando cenaba a solas con algún estruendoso buen
amigo pensando en lo pálido que se pondría, y lo rápido que escaparía, al saber que el
querido amigo que se sentaba cerca de él, afilando un cuchillo brillante y reluciente, era
un loco con toda la capacidad, y la mitad de la voluntad, de hundirlo en su corazón. ¡Ay,
era una vida alegre!
Las riquezas fueron mías, la abundancia se derramó sobre mí y alborotaba entre
placeres que multiplicaban por mil la conciencia de mi secreto bien guardado. Heredé
un patrimonio. La ley, la propia ley de ojos de águila, había sido engañada, y había
entregado en las manos de un loco miles de discutidas libras. ¿Dónde estaba el ingenio
de los hombres listos de mente sana? ¿Dónde la habilidad de los abogados, ansiosos por
descubrir un fallo? La astucia del loco les había superado a todos.
Tenía dinero. ¡Cómo me cortejaban! Lo gastaba profusamente. ¡Cómo me
alababan! ¡Cómo se humillaban ante mí aquellos tres hermanos orgullosos y despóticos!
¡Y el anciano padre de cabellos blancos, qué deferencia, qué respeto, qué dedicada
amistad, cómo me veneraba! El anciano tenía una hija y los hombres una hermana; y los
cinco eran pobres. Yo era rico, y cuando me casé con la joven vi una sonrisa de triunfo
en los rostros de sus necesitados parientes, pues pensaban que su plan había funcionado
bien y habían ganado el premio. A mí me tocaba sonreír. ¡Sonreír! Reírme a carcajada
limpia, arrancarme los cabellos y dar vueltas por el suelo con gritos de gozo. Bien poco
se daban cuenta de que la habían casado con un loco.
Pero un momento. De haberlo sabido, ¿la habrían salvado? La felicidad de la
hermana contra el oro de su marido. ¡La más ligera pluma lanzada al aire contra la
alegre cadena que adornaba mi cuerpo! Pero en una cosa, pese a toda mi astucia, fui
engañado. Si no hubiera estado loco, pues aunque los locos tenemos bastante buen
ingenio a veces nos confundimos, habría sabido que la joven antes habría preferido que
la colocaran rígida y fría en una pesado ataúd de plomo que llegar vestida de novia a mi
rica y deslumbrante casa. Habría sabido que su corazón pertenecía a un muchacho de
ojos oscuros cuyo nombre le oí pronunciar una vez entre suspiros en uno de sus sueños
turbulentos, y que me había sido sacrificada para aliviar la pobreza del hombre anciano
de cabellos blancos y de sus soberbios hermanos.
Ahora no recuerdo ni las formas ni los rostros, pero sé que ella era hermosa. Sé que
lo era, pues en las noches iluminadas por la luna, cuando me despierto sobresaltado de
mi sueno y todo está tranquilo a mi alrededor, veo, de pie e inmóvil en una esquina de
esta celda, una figura ligera y desgastada de largos cabellos negros que le caen por el
rostro, agitados por un viento que no es de esta tierra, y unos ojos que fijan su mirada en
los míos y jamás parpadean o se cierran. ¡Silencio! La sangre se me congela en el
corazón cuando escribo esto... ese cuerpo es el de ella; el rostro está muy pálido y los
ojos tienen un brillo vidrioso, pero los conozco bien. La figura nunca se mueve; jamás
gesticula o habla como las otras que llenan a veces este lugar, pero para mí es mucho
más terrible, peor incluso que los espíritus que me tentaban hace muchos años... Ha
salido fresca de la tumba, y por eso resulta realmente mortal.
Durante casi un año vi cómo ese rostro se iba volviendo cada vez más pálido;
durante casi un año vi las lágrimas que caían rodando por sus dolientes mejillas, y nunca
conocí la causa. Sin embargo, finalmente lo descubrí. No podía evitar durante mucho
tiempo que me enterara. Ella nunca me había querido; por mi parte, yo nunca pensé que
lo hiciera; ella despreciaba mi riqueza y odiaba el esplendor en el que vivía; pero yo no
había esperado eso. Ella amaba a otro y a mí jamás se me había ocurrido pensar en tal
cosa. Me sobrecogieron unos sentimientos extraños y giraron y giraron en mi cerebro
pensamientos que parecían impuestos por algún poder extraño y secreto. No la odiaba,
aunque odiaba al muchacho por el que lloraba. Sentía piedad, sí, piedad, por la vida
desgraciada a la que la habían condenado sus parientes fríos y egoístas. Sabía que ella no
podía vivir mucho tiempo, pero el pensamiento de que antes de su muerte pudiera
engendrar algún hijo de destino funesto, que transmitiría la locura a sus descendientes,
me decidió. Resolví matarla.
Durante varias semanas pensé en el veneno, y luego en ahogarla, y en el fuego. Era
una visión hermosa la de la gran mansión en llamas, y la esposa del loco convirtiéndose
en cenizas. Pensé también en la burla de una gran recompensa, y algún hombre cuerdo
colgando y mecido por el viento por un acto que no había cometido... ¡y todo por la
astucia de un loco! Pensé a menudo en ello, pero finalmente lo abandoné. ¡Ay! ¡El
placer de afilar la navaja un día tras otro, sintiendo su borde afilado y pensando en la
abertura que podía causar un golpe de su borde delgado y brillante!
Finalmente, los viejos espíritus que antes habían estado conmigo tan a menudo me
susurraron al oído que había llegado el momento y pusieron la navaja abierta en mi
mano. La sujeté con firmeza, la elevé suavemente desde el lecho y me incliné sobre mi
esposa, que yacía dormida. Tenía el rostro enterrado en las manos. Las aparté
suavemente y cayeron descuidadamente sobre su pecho. Había estado llorando, pues los
rastros de las lágrimas seguían húmedos sobre las mejillas. Su rostro estaba tranquilo y
plácido, y mientras lo miraba, una sonrisa tranquila iluminó sus rasgos pálidos. Le puse
la mano suavemente en el hombro. Se sobresaltó... había sido tan sólo un sueño
pasajero. Me incliné de nuevo hacia delante y ella gritó y despertó.
Un solo movimiento de mi mano y nunca habría vuelto a emitir un grito o sonido.
Pero me asusté y retrocedí. Sus ojos estaban fijos en los míos. No sé por qué, pero me
acobardaban y asustaban; y gemí ante ellos. Se levantó, sin dejar de mirarme con fijeza.
Yo temblaba; tenía la navaja en la mano, pero no podía moverme. Ella se dirigió hacia la
puerta. Cuando estaba cerca, se dio la vuelta y apartó los ojos de mi rostro. El
encantamiento se deshizo. Di un salto hacia delante y la sujeté por el brazo. Lanzando
un grito tras otro, se dejó caer al suelo.
Podría haberla matado sin lucha, pero se había provocado la alarma en la casa. Oí
pasos en los escalones. Dejé la cuchilla en el cajón habitual, abrí la puerta y grité en voz
alta pidiendo ayuda.
Vinieron, la cogieron y la colocaron en la cama. Permaneció con el conocimiento
perdido durante varias horas; y cuando recuperó la vida, la mirada y el habla, había
perdido el sentido y desvariaba furiosamente.
Llamamos a varios médicos, hombres importantes que llegaron hasta mi casa en
finos carruajes, con hermosos caballos y criados llamativos. Estuvieron junto a su
lecho durante semanas. Celebraron una importante reunión y consultaron unos con
otros, en voz baja y solemne, en otra habitación. Uno de ellos, el más inteligente y
famoso, me llevó con él a un lado y me rogó que me preparara para lo peor. Me dijo
que mi esposa estaba loca... ¡a mí, al loco! Permaneció cerca de mí junto a una ventana
abierta, mirándome directamente al rostro y dejando una mano sobre mi hombro. Con
un pequeño esfuerzo habría podido lanzarlo abajo, a la calle. Habría sido divertido
hacerlo, pero mi secreto estaba en juego y dejé que se marchara. Unos días más tarde
me dijeron que debía someterla a algunas limitaciones: debía proporcionarle alguien
que la cuidara. ¡Me lo pedían a mí!¡Salí al campo abierto, donde nadie pudiera
escucharme, y reí hasta que el aire resonó con mis gritos!
Murió al día siguiente. El anciano de cabello blanco la siguió hasta la tumba y los
orgullosos hermanos dejaron caer una lágrima sobre el cadáver insensible de aquella
cuyos sufrimientos habían considerado con músculos de hierro mientras vivió. Todo
aquello alimentaba mi alegría secreta, y reía oculto por el pañuelo blanco que tenía
sobre el rostro mientras regresamos cabalgando a casa, hasta que las lágrimas brotaron
de mis ojos.
Pero aunque había cumplido mi objetivo, y la había asesinado, me sentí inquieto y
perturbado, y pensé que no tardarían mucho en conocer mi secreto. No podía ocultar la
alegría y el regocijo salvaje: que hervían en mi interior y que cuando estaba a solas, en
casa, me hacía dar saltos y batir palmas, dan do vueltas y más vueltas en un baile
frenético, y gritar en voz muy alta. Cuando salía y veía a las masas atareadas que se
apresuraban por la calle, o acudía a teatro y escuchaba el sonido de la música y
contemplaba la danza de los demás, sentía tal gozo que m, habría precipitado entre
ellos y les habría despedazado miembro a miembro, aullando en el éxtasi que me
produciría. Pero apretaba los dientes, afirmaba los pies en el suelo y me clavaba las
afilada uñas en las manos. Mantenía el secreto y nadie sabía aún que yo era un loco.
Recuerdo, aunque es una de las últimas cosa que puedo recordar, pues ahora la
realidad se mezcla con mis sueños, y teniendo tanto que hacer, habiéndome traído
siempre aquí tan presurosa mente, no me queda tiempo para separar entre lo dos, por la
extraña confusión en la que se halla] mezclados... Recuerdo de qué manera finalmente
se supo. ¡Ja, ja! Me parece ver ahora sus mirada asustadas, y sentir cómo se apartaban
de mí, mientras yo hundía mi puño cerrado en sus rostros blancos y luego escapaba
como el viento, y les dejaba gritando atrás. Cuando pienso en ello me vuelve la fuerza
de un gigante. Mirad cómo se curva esta barra de hierro con mis furiosos tirones.
Podría romperla como si fuera una ramita, pero sé que detrás hay largas galerías con
muchas puertas; no creo que pudiera encontrar el camino entre ellas; y aunque pudiera,
sé que allá abajo hay puertas de hierro que están bien cerradas con barras. Saben que
he sido un loco astuto, y están orgullosos de tenerme aquí para poder mostrarme.
Veamos, sí, había sido descubierto. Era ya muy tarde y de noche cuando llegué a
casa y encontré allí al más orgulloso de los tres orgullosos hermanos, esperando para
verme... dijo que por un asunto urgente. Lo recuerdo bien. Odiaba a ese hombre con
todo el odio de un loco. Muchas veces mis dedos desearon despedazarle. Me dijeron
que estaba allí y subí presurosamente las escaleras. Tenía que decirme unas palabras.
Despedí a los criados. Era tarde y estábamos juntos y a solas... por primera vez.
Al principio aparté cuidadosamente mis ojos de él, pues era consciente de lo que
él no podía ni siquiera pensar, y me glorificaba en ese conocimiento: que la luz de la
locura brillaba en mis ojos como el fuego. Permanecimos unos minutos sentados en
silencio. Finalmente, habló. Mi reciente disipación, y algunos comentarios extraños
hechos poco después de la muerte de su hermana, eran un insulto para la memoria de
ésta. Uniendo a ello otras muchas circunstancias que al principio habían escapado a su
observación, había terminado por pensar que yo no la había tratado bien. Deseaba
saber si tenía razón al decir que yo pensaba hacer algún reproche a la memoria de su
hermana, faltando con ello al respeto a la familia. Exigía esa explicación por el
uniforme que llevaba puesto.
Aquel hombre tenía un nombramiento en ejército... ¡un nombramiento comprado
con mi dinero y con la desgracia de su hermana! Él fue el que: más había tramado para
insidiar y quedarse con n riqueza. Él había sido el principal instrumento para obligar a
su hermana a casarse conmigo, y bien sabia que el corazón de aquélla pertenecía al
piadoso muchacho. ¡Por causa de su uniforme! ¡El uniforme e su degradación! Volví
mis ojos hacia él... no pude evitarlo; pero no dije una sola palabra.
Vi que bajo mi mirada se produjo en él un cambio repentino. Era un hombre
valiente, pero el color desapareció de su rostro y retrocedió en su silla. ~ acerqué la
mía a la suya; y mientras reía, pues entonces estaba muy alegre, vi cómo se estremecía.
Sen que la locura brotaba de mi interior. Sentí miedo de mí mismo.
—Quería usted mucho a su hermana cuando el vivía—le dije—. Mucho.
Miró con inquietud a su alrededor, y le vi sujeta con la mano el respaldo de la
silla; pero no dije nada.
—Es usted un villano —le dije—. Le he descubierto. Descubrí sus infernales
trampas contra mí; que el corazón de ella estaba puesto en otro cuando usted la obligó
a casarse conmigo. Lo sé... lo sé.
De pronto, se levantó de un salto de la silla y blandió en alto, obligándome a
retroceder, pus mientras iba hablando procuraba acercarme más a él.
Más que hablar grité, pues sentí que pasiones tumultuosas corrían por mis venas, y
los viejos espíritus me susurraban y tentaban para que le sacara el corazón.
—Condenado sea —dije poniéndome en pie y lanzándome sobre él—. Yo la maté.
Estoy loco. Acabaré con usted. ¡Sangre, sangre! ¡Tengo que tenerla!
Me hice a un lado para evitar un golpe que, en su terror, me lanzó con la silla, y me
enzarcé con él. Produciendo un fuerte estrépito, caímos juntos al suelo y rodamos sobre
él.
Fue una buena pelea, pues era un hombre alto y fuerte que luchaba por su vida, y
yo un loco poderoso sediento de su destrucción. No había ninguna fuerza igual a la mía,
y yo tenía la razón. ¡Sí, la razón, aunque fuera un loco! Cada vez fue debatiéndose
menos. Me arrodillé sobre su pecho y le sujeté firmemente la garganta oscura con ambas
manos. El rostro se le fue poniendo morado; los ojos se le salían de la cabeza y con la
lengua fuera parecía burlarse de mí. Apreté todavía más.
De pronto se abrió la puerta con un fuerte estrépito y entró un grupo de gente,
gritándose unos a otros que cogieran al loco.
Mi secreto había sido descubierto y ahora sólo luchaba por mi libertad. Me puse en
pie antes de que me tocara una mano, me lancé entre los asaltantes y me abrí camino con
mi fuerte brazo, como si llevara un hacha en la mano y les atacara con ella. Llegué a la
puerta, me lancé por el pasamanos y en un instante estaba en la calle.
Corrí veloz y en línea recta, sin que nadie se atreviera a detenerme. Por detrás oía el
ruido de uno; pies, y redoblé la velocidad. Se fue haciendo más débil en la distancia,
hasta que por fin desapareció totalmente; pero yo seguía dando saltos entre los pantanos
y riachuelos, por encima de cercas y d, muros, con gritos salvajes que escuchaban seres
extraños que venían hacia mí por todas partes y aumentaban el sonido hasta que éste
horadaba el aire Iba llevado en los brazos de demonios que corrían sobre el viento, que
traspasaban las orillas y los se tos, y giraban y giraban a mi alrededor con un ruido y una
velocidad que me hacía perder la cabeza, hasta que finalmente me apartaron de ellos con
un golpe violento y caí pesadamente sobre el suelo. Al despertar, me encontré aquí, en
esta celda gris a la qu raras veces llega la luz del sol, y por la que pasa la luna con unos
rayos que sólo sirven para mostrar mi alrededor sombras oscuras, y para que pueda ve
esa figura silenciosa en su esquina. Cuando esto despierto, a veces puedo oír extraños
gritos procedentes de partes distantes de este enorme lugar. N sé lo que son; pero no
proceden de ese cuerpo pálido, y tampoco ella les presta atención. Pues desde las
primeras sombras del ocaso hasta la primera luz de la mañana, esa figura sigue en pie e
inmóvil en c mismo lugar, escuchando la música de mi cadena d hierro, y viéndome
saltar sobre mi lecho de paja.
[De ThePickwick Papers]




La historia del viajante de comercio


Una tarde invernal, hacia las cinco, cuando empezaba a oscurecer, pudo verse a un
hombre en uj calesín que azuzaba a su fatigado caballo por el camino que cruza
Marlborough Downs en dirección Bristol. Digo que pudo vérsele, y sin duda habría sido
así si hubiera pasado por ese camino cualquier que no fuera ciego; pero el tiempo era tan
malo, y la noche tan fría y húmeda, que nada había fuera salve el agua, por lo que el
viajero trotaba en mitad del camino solitario, y bastante ......................................................................................................

sir snake peter punk

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sentencia
sentencias
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simbolos
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