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FABULAS FANTASTICAS -- AMBROSE BIERCE

Escrito por imagenes 25-04-2008 en General. Comentarios (6)

FABULAS FANTASTICAS -- AMBROSE BIERCE

Fábulas Fantásticas
Ambrose Bierce



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EL PRINCIPIO MORAL Y EL INTERÉS
MATERIAL

Un Principio Moral se encontró una vez con un Interés Material, en tren de cruzar
un puente sobre el que sólo había paso para uno.
-¡Arrójate, ruin -tronó el Principio Moral-, y déjame pasar encima de ti!
El Interés Material simplemente miró al otro en los ojos, sin decir palabra.
-¡Ah! -dijo el Principio Moral, vacilante-. Echemos suertes, para ver quién de
nosotros se aparta hasta que el otro haya cruzado.
El Interés Material mantuvo su inquebrantable silencio y su imperturbable
mirada.
-Con el fin de evitar un conflicto -volvió a hablar el Principio Moral, ya un poco
incómodo-, yo mismo me voy a echar, y te permitiré pasar por encima.
Entonces el Interés Material recuperó el habla.
-No creo que seas un buen paseo -dijo-. Soy un poco exigente acerca de lo que
piso. Supongamos que te arrojas al agua.
Y así se hizo.

LA VELA CARMESÍ

Un hombre que yacía en su lecho de muerte llamó a su lado a su esposa, y le dijo:
-Estoy por dejarte para siempre; dame, entonces, una última prueba de tu afecto y
fidelidad. Encontrarás en mi escritorio una vela carmesí, que fue bendecida por el
Gran Sacerdote y tiene un peculiar significado místico. Júrame que mientras esa vela
exista, tú no te volverás a casar.
La Mujer juró y el Hombre murió. En el funeral, la Mujer se mantuvo de pie a la
cabeza del féretro, sosteniendo una vela carmesí ardiente, hasta que esta se consumió
por completo.
LA REPUTACIÓN Y LA TOGA
Reputación Manchada planteó una cuestión de privilegio, y dijo:
-Señor Presidente, deseo hacer un alegato para explicar que las manchas que se
ven sobre mí son las marcas naturales propias de alguien que es descendiente directo
del sol y de una cierva manchada. No provienen de ningún accidente de carácter, sino
que integran el orden divino y la constitución de las cosas.
Cuando la Reputación Manchada volvió a sentarse, una Toga Sucia se levantó y
dijo:
-Señor Presidente, he escuchado con profunda atención y entera aprobación la
explicación del Honorable Miembro, y deseo ofrecer unas pocas observaciones en mi
propio beneficio. Yo también he sido vilmente calumniada por nuestra antigua
enemiga, la Infame Falsedad, y deseo señalar que estoy hecha de la piel de Mustela
maculata, que es sucia de nacimiento.
EL PATRIOTA INGENIOSO

Habiendo obtenido una audiencia del Rey, un Patriota Ingenioso extrajo un papel
del bolsillo, diciendo:
-Espero que esta fórmula que tengo aquí para construir un blindaje que ningún
cañón puede perforar sea del agrado de Su Majestad. Si este blindaje es adoptado en
la Armada Real, nuestros barcos de guerra serán invulnerables, y por consiguiente invencibles.
Aquí, también, están los informes de los Ministros de Su Majestad, certificando
el valor de la invención. Me desprenderé de mis derechos sobre ella por un
millón de tumtums.
Tras examinar los papeles, el Rey los apartó, y le prometió una orden del Tesorero
Mayor del Departamento de Exacción por el valor de un millón de tumtums.
-Y aquí -dijo el Patriota Ingenioso, extrayendo otro papel de otro bolsillo -están
los planos de un cañón de mi invención, que perforarán ese blindaje. El Real hermano
de Su Majestad, el Emperador de Bang, está ansioso por comprarlo, pero mi lealtad al
trono y a la persona de Su Majestad me obliga a ofrecerlo primero a Su Majestad. Su
precio es de un millón de tumtums.
Habiendo recibido la promesa de otro cheque, hundió su mano en otro bolsillo,
diciendo:
-El precio del cañón irresistible hubiese sido mucho mayor, Su Majestad, si no
fuese por el hecho de que sus proyectiles pueden ser efectivamente desviados por mi
peculiar método de tratar las corazas blindadas con un nuevo...
El Rey hizo al Gran Factótum una seña para que se aproximara.
-Revisa a este hombre -le dijo-, e infórmame cuántos bolsillos tiene.
-Cuarenta y tres -dijo el Gran Factótum, tras completar el escrutinio.
-Puede complacer a Su Majestad -exclamó el Patriota Ingenioso, presa del terror-,
saber que uno de ellos contiene tabaco.
-Cuélguenlo de los tobillos y sacúdanlo bien -dijo el Rey-. Después entréguenle
un cheque por cuarenta y dos millones de tumtums y mátenlo. En este acto decreto
que la ingenuidad es un crimen capital.
EL OFICIAL DE POLICÍA Y EL
MALHECHOR

Un Jefe de Policía que vio a un Oficial golpeando a un Malhechor se indignó muchísimo,
y le dijo que no debía volver a hacer algo así, bajo pena de destitución.
-No sea tan duro conmigo, Jefe -dijo el Oficial, sonriendo-. Lo estaba golpeando
con un bastón de paño relleno.
-Así y todo -insistió el jefe de Policía-, usted se tomó una libertad que tiene que
haberle resultado muy desagradable, aunque no le haya hecho daño. Sírvase no
repetirla.
-Pero -dijo el Oficial, todavía sonriente-, era un Malhechor de paño relleno.
Al tratar de expresar su complacencia, el jefe de Policía extendió su brazo derecho
con tanta violencia que la piel se le rasgó en el sobaco y un chorro de arena cayó
de la herida. Era un jefe de Policía de paño relleno.
EL FUNCIONARIO CONSCIENTE

Mientras un Superintendente de División de un ferrocarril estaba cumpliendo con
la mayor aplicación su tarea de poner obstáculos en los rieles y alterar los cambios de
vía, recibió la noticia de que el Presidente de la compañía iba a despedirlo por
incompetente.
-¡Buen Dios! -exclamó-. ¡Si hay más accidentes en mi división que en todo el
resto de la línea!
-El Presidente es muy riguroso -dijo el Hombre que había traído la noticia-; él
piensa que las mismas pérdidas de vidas podrían obtenerse con menos daño a la
propiedad de la compañía.
-¿Espera que arroje a los pasajeros a través de las ventanillas? -exclamó el indignado
funcionario, cruzando un durmiente sobre los rieles-. ¿Me toma por un
asesino?
COMO SE LLEGA AL OCIO

Un Hombre para Quien el Tiempo era Oro, que estaba engullendo su desayuno,
muy apurado por atrapar un tren, había apoyado el periódico contra la azucarera y leía
mientras comía. En su apuro y abstracción, se clavó un tenedor en el ojo derecho, y al
extraer el tenedor, el ojo salió con él. Desde entonces, cada vez que compraba
anteojos, se veía obligado a derrochar inútilmente su dinero en cristales para el ojo
derecho, y este dispendio lo redujo pronto a la pobreza, por lo cual el Hombre para
Quien el Tiempo era Oro se vio obligado a ganarse la vida pescando desde la punta de
un muelle.
EL GUARDIÁN PRECAVIDO

El Guardián de una Penitenciaría estaba un día poniendo cerraduras en las puertas
de todas las celdas, cuando un operario le dijo:
-Usted es muy imprudente... Esas cerraduras pueden abrirse desde adentro.
El Guardián replicó, sin apartar la mirada de lo que hacía:
-Si a esto se lo llama imprudencia, me pregunto cómo se debería denominar a una
precavida disposición contra las vicisitudes de la suerte.
EL TESORO Y LOS BRAZOS

Un Tesoro Público, al advertir que Dos Brazos se alzaban con su contenido, exclamó:
-Sr. Correligionario, propongo una división.
-Usted parece saber un poco acerca
de la forma parlamentaria de hablar -dijo Dos Brazos.
-Sí -replicó el Tesoro Público-. Estoy familiarizado con los acarreos legislativos.
LA SERPIENTE CRISTIANA

Una Víbora de Cascabel regresó a su casa, donde estaban sus crías, y dijo:
-Hijos míos, reuníos para recibir la última bendición de vuestro padre, y ver cómo
muere un cristiano.
-¿Qué ocurre, padre? -preguntaron las Viboritas.
-Me ha mordido el editor de un pasquín partidario -fue la respuesta, seguida por
el ominoso cascabeleo de la muerte.
EL MALHECHOR DESCONTENTO

Un Juez que había condenado a prisión a un Malhechor, procedía a señalarle las
desventajas del crimen y los beneficios de la reforma.
-Su Señoría -dijo el Malhechor, interrumpiéndolo- ¿sería tan amable como para
elevar mi condena a diez años de prisión y nada más?
-¿Por qué? -dijo el juez, sorprendido-. ¡Sólo lo he condenado a tres años!
-Sí, lo sé -asintió el Malhechor-. Tres años de prisión y el sermón. Si no le
molesta, me gustaría que me conmute el sermón.
LOS CAÑONES DE MADERA

Un Regimiento de Artillería de la Milicia Estatal solicitó al Gobernador, cañones
de madera para la práctica.
-Resultarán más baratos que cañones de verdad -explicó.
-No se dirá de mí que sacrifiqué la eficacia a la economía -dijo el Gobernador-.
Tendrán cañones de verdad.
-Gracias, gracias -exclamaron efusivamente los guerreros-. Los cuidaremos
mucho, y en caso de guerra los reintegraremos al arsenal.
EL ASTRÓNOMO LITERARIO

El Director de un Observatorio, que había descubierto la Luna, con un refractor
de treinta y seis pulgadas, fue muy apurado a ver al Editor de un Periódico, con una
extensa narración del evento.
-¿Cuánto? -preguntó sentenciosamente el Editor, sin apartar la mirada de su
ensayo sobre la circularidad de la perspectiva política.
-Ciento sesenta dólares -replicó el hombre que había descubierto la Luna.
-Ni la mitad de eso sería suficiente -fue el comentario del Editor.
-¡Hombre generoso! -exclamó el Astrónomo, ardiendo de cálidos y elevados
sentimientos-. Págueme, entonces, lo que quiera.
-Mi gran y buen amigo -dijo suavemente el Editor, levantando la vista de su
trabajo-. No nos entendemos, parece. El que tiene que pagar es usted.
El Director del Observatorio tomó el manuscrito y se fue, explicando que necesitaba
corrección, que había omitido poner el punto a una m.
EL SINO DEL POETA

Un Objeto que estaba caminando por el Camino Real, envuelto en honda meditación
y en poca cosa más, súbitamente se encontró ante las puertas de una ciudad
extraña. Cuando solicitó ser admitido, fue detenido como indigente y llevado ante el
Rey.
-¿Quién eres -interrogó el Rey-, y cómo te ganas la vida?
-Soy Snouter el descuidista -replicó el Objeto, inventando rápidamente-, carterista.
El Rey estaba por ordenar su liberación, cuando el Primer Ministro sugirió que
examinaran los dedos del prisionero. Se descubrió que estaban muy achatados y encallecidos
en los extremos.
-¡Ja! -exclamó el Rey- ¡Se lo dije! Es adicto a contar sílabas. Un poeta. Llévenlo
con el Gran Señor Disuasor del Hábito de la Cabeza.
-Mi señor -dijo el Inventor Ordinario de Penas Ingeniosas-, me atrevo a sugerir
un castigo más sagaz.
-Dígalo -contestó el Rey. -¡Permitirle que conserve esa cabeza! Eso fue lo que se
ordenó.
EL LEÓN Y LA SERPIENTE DE CASCABEL
Un Hombre encontró en su camino a un León, y se puso a tratar de someterlo
mediante la hipnosis; cerca había una Serpiente de Cascabel dedicada a fascinar a un
pequeño pájaro.
-¿Cómo va lo tuyo, hermano? -el Hombre se dirigió al otro reptil, sin apartar sus
ojos de los del León.
-Admirablemente -replicó la serpiente-. El éxito está asegurado; mi víctima se
acerca y se acerca, a pesar de sus esfuerzos.
-Y la mía -dijo el Hombre- se acerca y se acerca a pesar de los míos. ¿Estás
seguro de que todo marcha bien?
-Si dudas -replicó el reptil lo mejor que pudo, con la boca llena de pájaro-, sería
mejor que abandones.
Un cuarto de hora después, el León, escarbándose pensativamente los dientes
con las garras, le decía a la Serpiente de Cascabel que nunca, en su muy variadas
experiencias al ser hipnotizado, se había encontrado con un hipnotizador tan ansioso
por abandonar su tarea.
-Pero -añadió con una amplia, inteligente sonrisa- yo le sostuve la mirada.
EL LEGISLADOR Y EL JABÓN

Un Miembro de la Legislatura de Kansas que se cruzó con un jabón, pasaba junto
a él sin reconocerlo, pero el jabón insistió en detenerlo y estrecharle las manos.
Pensando que se hallaba en goce de inmunidad parlamentaria, el legislador le dio un
cordial e intenso apretón de manos. Al abandonarlo, advirtió que una parte del Jabón
había quedado adherida en sus dedos, y corriendo muy alarmado hacia un arroyo,
procedió a lavárselos. Para hacerlo, se vio obligado a frotarse ambas manos, y cuando
terminó de lavarlas, quedaron tan blancas, que se metió en cama y mandó llamar a un
médico.
EL HOMBRE QUE NO TENIA ENEMIGOS

Una Persona Inofensiva que paseaba por un lugar público, fue atacada por un
Desconocido, con un Garrote, y severamente golpeada.
Cuando el Desconocido con un Garrote fue sometido a juicio, su víctima dijo al
Juez:
-Ignoro por qué me atacó; no tengo un enemigo en el mundo.
-Esa -dijo el acusado- es la razón por la que lo golpeé.
-El prisionero queda absuelto -dijo el juez-; un hombre que no tiene enemigos, no
tiene amigos. Los tribunales no se hicieron para esta gente.
LA MÁQUINA VOLADORA
Un Hombre Ingenioso construyó una máquina voladora e invitó a una gran concurrencia
a verla funcionar. A la hora señalada, con todo dispuesto, él se introdujo en
el vehículo y puso el motor en marcha. La máquina inmediatamente hizo pedazos la
imponente estructura sobre la que estaba armada, y se hundió en la Tierra hasta
perderse de vista, mientras el aeronauta saltaba afuera, justo a tiempo de salvarse.
-Bien -dijo el Hombre Ingenioso-. He hecho lo suficiente para demostrar la corrección
de los detalles. Los defectos -añadió, echando una mirada al estropeado armatoste-
son meramente básicos y fundamentales.
Ante esta aseveración, el publicó respondió con suscripciones para construir una
segunda máquina.
EL GATO Y EL REY

Un Gato estaba mirando a un Rey, como lo permite el proverbio.
-Bien -dijo el monarca, advirtiendo
su inspección-, ¿cómo me ves?
-Puedo imaginar un Rey -dijo el Gato-, que me gustaría más.
-¿Por ejemplo?
-El Rey de los Ratones.
Tanto complació al Rey el ingenio de esta respuesta, que le dio permiso para
arrancar los ojos de su Primer Ministro.
LA CIUDAD DE LA DISTINCIÓN POLÍTICA

Jamrach el Rico, ansioso de llegar a la Ciudad de la Distinción Política antes de la
noche, encontró una bifurcación de caminos, y estaba indeciso acerca de cuál tomar;
así que consultó a una Persona de Aspecto Sabio, sentada a un lado del camino.
-Tome ese camino -dijo la Persona de Aspecto Sabio-: se lo conoce como la
Carretera Política.
-Gracias -dijo Jamrach, y se dispuso a seguir viaje.
-¿Con cuánto me agradece? -fue la respuesta-. ¿Supone que estoy aquí haciendo
una cura de salud?
Como Jamrach no se había vuelto rico por su estupidez, le dio algo a su guía, y
apresurándose, pronto llegó a una barrera de peaje custodiada por un Caballero Benévolo,
quien lo dejó pasar tras recibir algo. Un poco más allá, halló un puente que
sorteaba un arroyo imaginario, donde un Ingeniero Civil (que había construido el
puente) le exigió algo para permitirle pasar. Ya se estaba haciendo tarde, cuando
Jamrach arribó a la orilla de lo que parecía un lago de tinta negra, donde terminaba el
camino. Viendo a un Barquero en su bote, Jamrach pagó algo por la travesía y estaba
a punto de embarcarse.
-No -dijo el Barquero-. Ponga el cuello en este lazo, y yo lo remolcaré. Es la
única manera de pasar -añadió, al ver que el pasajero estaba por quejarse de las
comodidades.
A su debido tiempo, Jamrach fue arrastrado a través del lago, y llegó medio estrangulado
y atrozmente empapado por las aguas fétidas.
-Bueno -dijo el Barquero, remolcándolo sobre la ribera y soltándolo-, ahora usted
está en la Ciudad de la Distinción Política. Tiene cincuenta millones de habitantes,
y como el color del Pozo Asqueroso no sale con el lavado, todos parecen
exactamente iguales.
-¡Ay de mí! -exclamó Jamrach, llorando y lamentando la pérdida de todas sus
posesiones, gastadas en propinas y peajes-. Volveré con usted.
-No creo que lo haga -dijo el Barquero, desatracando-. Esta ciudad está ubicada
en la Isla de los Que No Vuelven.
LA POETISA DE LA REFORMA

Un hermoso día de la última parte de la eternidad, mientras las Sombras de todos
los grandes escritores reposaban en lechos de asfódelos y molis en los Campos Elíseos,
cada uno de ellos muy feliz al escuchar de labios de todos los otros sólo copiosas
citas de la propia obra (porque a tal efecto Júpiter había hechizado generosamente sus
oídos), llegó allí con aire triunfador una Sombra a la que nadie conocía. Ella (porque
la recién llegada mostraba evidencias de su sexo tales como el cabello cortado corto y
un andar varonil) tomó asiento en medio de ellos, y con sonrisa de superioridad
explicó:
-Tras siglos de opresión arranqué mis derechos de manos de los dioses celosos.
Sobre la tierra yo fui la Poetisa de la Reforma y canté para oídos desatentos. Ahora
canto para una eternidad de honor y de gloria.
Pero no habría de ser así, y muy pronto ella fue la más infeliz de las inmortales,
anhelando vanamente volver a errar en las tinieblas junto a los lagos infernales. Porque
Júpiter no había hechizado su oído, y de los labios de cada Sombra bendita sólo
surgían copiosamente las citas de las obras de los otros. Además, a ella le había sido
negada la felicidad de recitar sus poemas. No recordaba un solo verso suyo, porque
Júpiter había decretado que el recuerdo de sus poemas habitara el penoso dominio de
Plutón, como parte del castigo.
LOS SALVADORES DE VIDAS

Setenta y cinco Hombres se presentaron ante el Presidente de la Sociedad
Humana y solicitaron la gran medalla de oro por haber salvado vidas.
-Vaya, sí -dijo el Presidente-, mediante sus diligentes esfuerzos tantos hombres
deben haber salvado un considerable número de vidas. ¿Cuántas salvaron?
-Setenta y cinco, señor -replicó el Vocero de los Hombres.
-Ah, sí, eso hace una cada uno; muy buen trabajo, muy buen trabajo, por cierto -
dijo el Presidente-. No sólo tendrán la gran medalla de oro de la Sociedad sino,
también, su recomendación para un empleo en las dotaciones de varias estaciones de
botes salvavidas a lo largo de la costa. ¿Pero cómo salvaron tantas vidas?
El Vocero de los Hombres respondió:
-Somos agentes de la ley, y acabamos de abandonar la persecución de dos asesinos
fugitivos.
LA ZARIGÜEYA DEL FUTURO

Un día, una Zarigüeya que se había dormido colgada de la cola, en la rama más
alta de un árbol, despertó y vio una enorme Víbora enroscada cerca de la rama, entre
ella y el tronco del árbol.
-Si me quedo -se dijo-, me engullirá; si me dejo caer me romperé el cuello.
Pero súbitamente se le ocurrió una estratagema.
-Mi perfecto amigo -dijo-, mi instinto paternal reconoce en usted una noble
evidencia e ilustración de la teoría del desarrollo. Usted es la Zarigüeya del Futuro, el
Sobreviviente Mejor Adaptado, último de nuestra especie, el fruto maduro de la
prensilidad progresiva: ¡pura cola!
Pero la Víbora, orgullosa de su antigua superioridad en la historia de las Escrituras,
fue estrictamente ortodoxa y no aceptó el punto de vista científico.
EL PAVIMENTADOR

Un Autor vio a un Trabajador colocando piedras en el pavimento de una calle, y
aproximándose, le dijo:
-Amigo mío, usted parece fatigado. La ambición es un duro capataz.
-Estoy trabajando para el Sr. iones-respondió el Trabajador.
-Bueno, arriba ese ánimo -siguió el Autor-. La fama llega cuando menos se la
espera. Hoy usted es pobre, oscuro y está desanimado, pero mañana su nombre puede
sonar en todo el mundo.
-¿De qué me está hablando? -dijo el Trabajador-. ¿No puede un honesto
pavimentador hacer su trabajo en paz, y ganar con él su dinero, y vivir de él, sin que
otros vengan a decir disparates acerca de la ambición y de la esperanza de fama?
-¿Y no puede hacerlo un honesto escritor? -dijo el Autor.
LOS DOS POETAS

Dos poetas se disputaban la Manzana de la Discordia y el Hueso de la Disputa,
porque ambos estaban muy hambrientos.
-Hijos míos -dijo Apolo-, repartiré los premios entre ustedes. Tú -dijo al Primer
Poeta- sobresales en Arte: toma la Manzana. Y tú -dijo al Segundo Poeta-, en
imaginación: toma el Hueso.
-¡El mejor premio al Arte! -dijo el Primer Poeta, con aire triunfante, y tratando de
devorar su premio se rompió todos los dientes. La Manzana era una obra de arte.
-Eso demuestra el desprecio de nuestro maestro por el mero Arte -dijo el Segundo
Poeta, sonriendo.
Trató de roer su Hueso, pero sus dientes lo atravesaron sin encontrar resistencia.
Era un Hueso imaginario.
EL CORCEL DE LA BRUJA
Un Palo de Escoba, que había servido largo tiempo de montura a una bruja, se
quejaba de la naturaleza de su empleo, que consideraba degradante.
-Muy bien -dijo la Bruja-. Te daré un trabajo en el que te verás asociado con el
intelecto... te pondrás en contacto con cerebros. Te regalaré a una ama de casa.
-¿Qué? -se sorprendió el Palo de Escoba-. ¿Consideras algo intelectual las manos
de un ama de casa?
-Me refería -dijo la Bruja- a la cabeza de sus buenos maridos.
LA RATA SAGAZ
Una Rata que estaba por salir de su madriguera alcanzó a vislumbrar un Gato que
la esperaba, y volviendo al fondo de la cueva invitó a una Amiga a ir con ella de visita
a un depósito de maíz vecino.
-Hubiera ido sola -dijo-, pero no podía negarme el placer de tan distinguida
compañía.
-Muy bien -contestó la Amiga-. Iré contigo. Condúceme.
-¿Conducirte? -exclamó la otra-. ¡Vaya! ¿Preceder yo a una rata grande e ilustre
como tú? No, por cierto... Después de ti, después de ti...
Complacida por esta gran muestra de deferencia, la Amiga abrió la marcha y, dejando
primero la cueva, fue atrapada por el Gato, que se fue con ella. La otra se alejó
sin ser molestada.
UN PUENTE SOBRE EL FANGO
Una Mujer Rica que volvía del extranjero desembarcó al pie de la Calle Hundida
Hasta las Rodillas, y estaba por caminar hasta su hotel a través del barro.
-Señora -dijo un Policía-, no puedo permitir que haga eso; se embarrará los zapatos
y las medias.
-¡Oh, no tiene importancia, realmente! -replicó la Mujer Rica, con encantadora
sonrisa.
-Pero, señora, es innecesario; desde el desembarcadero hasta el hotel, como usted
podrá observar, se extiende una línea ininterrumpida de periodistas postrados que
imploran el honor de que usted camine sobre ellos.
-En ese caso -dijo ella, sentándose en un umbral y abriendo su bolso- tendré que
ponerme mis galochas.
EL PURO PERRO
Un León, viendo a un Perro de Lanas, estalló en carcajadas ante lo ridículo del
espectáculo.
-¿Quién vio alguna vez una bestia tan pequeña? -dijo.
-Es muy cierto -dijo el Perro de Lanas, con austera dignidad- que soy pequeño;
pero le ruego que tome nota, señor, de que soy puro perro.
LOS DOS POLÍTICOS
Dos Políticos cambiaban ideas acerca de las recompensas por el servicio público.
-La recompensa que yo más deseo-dijo el Primer Político- es la gratitud de mis
conciudadanos.
-Eso sería muy gratificante, sin duda -dijo el Segundo Político-, pero es una
lástima que con el fin de obtenerla tenga uno que retirarse de la política.
Por un instante se miraron uno al otro, con inexpresable ternura; luego, el Primer
Político murmuró:
-¡Que se haga la voluntad del Señor! Ya que no podemos esperar una recompensa,
démonos por satisfechos con lo que tenemos.
Y sacando las manos por un momento del tesoro público, juraron darse por satisfechos.
DOS MÉDICOS
Un Viejo Inicuo, sintiéndose enfermo, envió por un médico, que le recetó unas
medicinas y se fue. Entonces el Viejo Inicuo envió en busca de Otro Médico, al que
no le dijo nada del anterior; este nuevo médico le prescribió un tratamiento
completamente diferente. Esto continuó durante unas semanas: los médicos lo visitaban
en días alternados y lo trataban por dos desórdenes distintos, con dosis de
medicina en constante aumento y cuidados cada vez más rigurosos. Pero un día se
encontraron accidentalmente junto a su lecho mientras él dormía, y al salir a luz la
verdad, una violenta disputa se produjo.
-Mis buenos amigos -dijo el paciente, despierto por el ruido de la discusión, y
adivinando su causa-, les ruego que sean más razonables. Si yo pude soportarlos a los
dos a la vez durante semanas, ¿no pueden
soportarse entre ustedes un ratito? Hace diez días que me siento bien, pero
me he quedado en cama con la esperanza de obtener mediante el reposo las fuerzas
que me harían falta para tomar sus medicinas. Hasta ahora no las he tocado.
EL CADI HONESTO
Un bandido que había despojado de mil piezas de oro a un mercader, fue llevado
ante el Cadí, quien le preguntó si tenía algo que decir para salvarse de ser decapitado.
-Su Señoría -dijo el Salteador-. No podía hacer otra cosa que apoderarme del oro,
porque Alá me hizo así.
-Tu defensa es ingeniosa y sólida -dijo el Cadí-, y debo exculparte de criminalidad.
Infortunadamente, Alá también me hizo de modo tal que debo cortarte la cabeza,
a menos a menos -añadió pensativo- que me ofrezcas la mitad del oro; porque
El me hizo débil ante la tentación.
Por consiguiente, el Salteador puso quinientas piezas de oro en manos del Cadí.
-Bien -dijo el Cadí-. Te cortaré ahora sólo una mitad de la cabeza. Para mostrar
mi confianza en tu discreción, dejaré intacta la mitad con la que hablas.
UN FACTOR NO TENIDO EN CUENTA
Un Hombre que poseía un hermoso Perro, y mediante una cuidadosa selección de
sus parejas había criado una cantidad de animales apenas inferiores a los ángeles, se
enamoró de su lavandera, se casó con ella y crió una familia de bobalicones.
-¡Qué lástima! -exclamó una vez, contemplando el melancólico resultado-. Si
hubiera buscado mi pareja con la mitad del cuidado que puse para mi perro, sería
ahora un padre orgulloso y feliz.
-No estoy tan seguro de eso -dijo el Perro, que acertó a escuchar el lamento-. Hay
una diferencia, es verdad, entre tus cachorros y los míos, pero yo me halago pensando
que no se debe completamente a las madres. Tú y yo no nos parecemos del todo.
EL DEPORTISTA Y LA ARDILLA
Un Deportista que había herido a una Ardilla, que estaba haciendo desesperados
esfuerzos para arrastrarse fuera de su alcance, corrió tras ella con un palo, exclamando:
-¡Pobrecita! La sacaré de su miseria.
En ese momento, la Ardilla se detuvo exhausta, y mirando a su enemigo, dijo:
-No me aventuraré a dudar de la sinceridad de tu compasión, aunque llega más
bien tarde, pero pareces carecer de la facultad de observación. ¿No percibes, por mis
acciones, que el deseo más querido de mi corazón es continuar en mi miseria?
Ante esta exposición de su hipocresía, el Deportista se sintió tan vencido por la
vergüenza y el remordimiento, que no liquidó a la Ardilla, sino que, señalándosela a
su perro, se alejó pensativamente.
EL CANGURO Y LA CEBRA
Un Canguro que marchaba a los saltos con un objeto que abultaba oculto en su
bolsa, se encontró con una Cebra, y deseoso de llamar su atención, le dijo:
-Por tu traje parece que acabaras de salir de la penitenciaría.
-Las apariencias son engañosas -replicó la Cebra, sonriendo con plena conciencia
del más insoportable de los ingenios-; si así no fuera, yo tendría que pensar que tú
acabas de salir de la Legislatura.
UN ASUNTO DE MÉTODO
Un Filósofo, al ver a un Tonto golpeando a su Burro, le dijo:
-No lo hagas, hijo mío, no lo hagas, te lo imploro. Quienes recurren a la violencia
sufrirán violencia.
-Precisamente eso -dijo el Tonto, redoblando sus golpes sobre el animal- es lo
que estoy tratando de enseñar a esta bestia, que me ha pateado.
-Sin duda -se dijo el Filósofo, mientras se alejaba-, la sabiduría de los tontos no es
más profunda ni más auténtica que la nuestra, pero ellos tienen realmente un modo
más impresionante de impartirla.
EL CALIFORNIANO RESTITUIDO
Un Hombre fue colgado del cuello hasta que murió. Esto fue en 1893.
-¿De dónde vienes? -preguntó San Pedro cuando el Hombre se presentó a la
puerta del Paraíso.
-De California -replicó el solicitante.
-Entra, hijo mío, entra; traes alegres noticias.
Cuando el Hombre desapareció adentro, San Pedro tomó su libreta de notas y
escribió lo siguiente:
"16 de febrero de 1893. California colonizada por los Cristianos".
EL MÉDICO COMPASIVO
Un Médico de Buen Corazón sentado a la cabecera de un paciente aquejado por
una enfermedad incurable y dolorosa, escuchó un ruido tras él, y volviéndose vio a un
Gato que se reía de los débiles esfuerzos de un Ratón herido, por arrastrarse fuera de
la habitación.
-¡Bestia cruel! -exclamó- ¿Por qué no lo matas de una vez, como una dama?
Levantándose, sacó al Gato a puntapiés de la habitación, y recogiendo al Ratón,
compasivamente lo arrebató a sus sufrimientos retorciéndole el cuello. Requerido
desde el lecho por los gemidos de su paciente, el Médico de Buen Corazón administró
un estimulante, un tónico y un nutriente, y se fue.
LA TRIPULACIÓN DEL BOTE
SALVAVIDAS

La Valiente Dotación de una estación de salvamento estaba por botar su barca
para dar un paseíto a lo largo de la costa, cuando descubrieron a poca distancia, mar
adentro, una embarcación que había zozobrado, con una docena de hombres agarrados
de su quilla.
-Tenemos suerte -dijeron los de la Valiente Dotación-; si no hubiéramos visto eso
a tiempo, nuestro destino podría haber sido el de ellos.
De modo que arrastraron su embarcación a lugar seguro y se reservaron para el
servicio de su país.
LA COLA DE LA ESFINGE
Un Perro de disposición taciturna le dijo a su Cola:
-Cada vez que me enojo, te levantas y pones tiesa; cuando estoy complacido te
meneas; cuando estoy alarmado, te pones entre las patas, fuera de peligro. Eres demasiado
vivaz... descubres todas mis emociones. Mi idea es que las colas fueron
dadas para ocultar el pensamiento. Mi mayor ambición es ser tan impasible como la
Esfinge.
-Mi amigo, debes reconocer las leyes y limitaciones de tu ser -replicó la Cola, con
flexiones apropiadas para los sentimientos que expresaba-, y tratar de ser importante
de alguna otra manera. La Esfinge cumple ciento cincuenta requisitos de la
impasibilidad que a ti te faltan.
-¿Cuáles son? -preguntó el Perro.
-Ciento cuarenta y nueve toneladas de arena en la cola.
-¿Y...?
-Una cola de piedra.
EL LADO OSCURO DEL PERSONAJE
Un Talentoso y Honorable Editor, que mediante la práctica de su profesión había
adquirido riqueza y distinción, solicitó a un Viejo Amigo la mano de su hija.
-¡De todo corazón, y Dios te bendiga! -dijo el Viejo Amigo, tomándolo de ambas
manos-. ¡Es un honor más grande que el que me hubiera atrevido a esperar!
-Sabía que esa sería tu respuesta -replicó el Talentoso y Honorable Editor, y
agregó con una sonrisa-. Sin embargo, me parece que debo transmitirte todo el
conocimiento de la personalidad que yo poseo. Este álbum de recortes contiene todos
los testimonios relativos a mi lado sombrío que he sido capaz de recortar en los
últimos diez años, de las columnas publicadas por mis competidores en el negocio de
elevar a la humanidad a un plano
espiritual y moral más alto... mis "repulsivos contemporáneos".
Dejando el álbum sobre una mesa, se retiró muy animado para hacer los arreglos
de la boda. Tres días después, un mensajero le trajo el álbum, con una nota advirtiéndole
que nunca más volviera a manchar la puerta de su Viejo Amigo.
-¡Vean! -exclamó el Talentoso y Honorable Editor, señalando esa notificación-
¡La calumnia triunfa!
Y fue llevado al Asilo de los Indiscretos.
LA VIUDA DEVOTA
A una Viuda que lloraba sobre la tumba de su esposo, se le aproximó un
Caballero Atractivo que, de manera respetuosa, le aseguró que desde hacía tiempo
abrigaba por ella los sentimientos más tiernos.
-¡Sinvergüenza! -exclamó la Viuda-. ¡Déjeme ya mismo! ¿Es momento para
hablarme de amor?
-Le aseguro, señora, que no pensaba descubrir mis sentimientos -explicó humildemente
el Caballero Atractivo-, pero el poder de su belleza venció a mi discreción.
-Tendría que verme cuando no estoy llorando -dijo la Viuda.
EL DIFUNTO Y LOS HEREDEROS
Un Hombre murió dejando una gran fortuna y muchos apenados parientes que la
reclamaban. Después de unos años, cuando la justicia había fallado contra las
pretensiones de todos, menos uno, este, a quien se le concedió el legado, pidió a su
Abogado que lo hiciera tasar.
-No queda nada para tasar -dijo el Abogado, embolsando sus últimos honorarios.
-Entonces -dijo el Demandante Exitoso-, ¿de qué me sirvieron todos estos
pleitos?
-Usted ha sido un buen cliente para mí -respondió el Abogado, recogiendo sus
libros y papeles-, pero debo decirle que revela una sorprendente ignorancia acerca del
propósito de los pleitos.
LOS POLÍTICOS Y EL BOTÍN
Varias Entidades Políticas estaban dividiendo los despojos.
-Yo tomaré el manejo de las prisiones -dijo un Decente Respeto por la Opinión
Pública-, y haré un cambio radical.
-Y yo -dijo la Reputación Manchada-, conservaré mis actuales conexiones con los
negocios, mientras mi amiga aquí presente, la Toga Corrupta, permanecerá en la
judicatura.
La Olla Política dijo que no herviría nada más, si no la volvían a llenar con líquido
del Pozo Asqueroso.
El Poder Cohesivo del Botín Público observó tranquilamente que las dos candidaturas
principales constituirían, suponía, su parte.
-No - dijo la Más Vil Degradación-, ya cayeron en mis manos.
EL HOMBRE Y LA VERRUGA
Una Persona con una Verruga en Su Nariz se encontró con una Persona Similarmente
Afligida, y le dijo:
-Permítame proponer su nombre como miembro de la Orden Imperial de los
Probóscides Anormales, de la cual soy el Gran Líder Preclaro y Tesorero Subrepticio.
Hace dos meses, yo era el único miembro. Hace un mes éramos dos. Hoy contamos
con cuatro Emperadores de la Proboscis Anormal de importancia... El doble cada
cuatro semanas, ¿ve? Es una progresión geométrica... ya sabe cómo aumenta eso... En
un año y medio cada hombre en este país tendrá una verruga en la nariz. ¡Orden
poderosa! Cuota de ingreso, cinco dólares.
-Amigo mío -dijo la Persona Similarmente Afligida-, aquí tiene cinco dólares.
Mantenga mi nombre fuera de sus libros.
-Le agradezco su amabilidad -replicó el Hombre con una Verruga en su Nariz,
embolsando el dinero-; para nosotros es como si se nos hubiera unido. Adiós.
Se fue, pero al ratito apareció de vuelta.
-Me olvidé de hablarle de la cuota mensual -dijo.
LA DIETA DEL PUGILISTA
El Entrenador de un Pugilista consultó a un Médico, acerca de la dieta del
campeón.
-Las chuletas son demasiado tiernas -dijo el Médico-; que coma carne de cuello
de toro.
-Creía que la otra era más digerible -explicó el Entrenador.
-Eso es muy cierto -dijo el Médico-; pero no ejercita suficientemente la mandíbula.
EL ANCIANO Y EL ALUMNO
Un Hermoso Anciano se encontró con el Alumno de una escuela dominical, y posando
tiernamente su mano en la cabeza del chico, le dijo:
-Hijo mío, escucha las palabras de los sabios y sigue el consejo de los rectos.
-Muy bien -respondió el Alumno de la escuela dominical-. Prosigue.
-Oh, en realidad no tengo nada que decirte -dijo el Hermoso Anciano-. Sólo
estaba observando una de las costumbres de mi edad. Yo soy un pirata.
Y cuando retiró su mano de la cabeza del chico, este advirtió que su cabellera
estaba llena de sangre coagulada. El Hermoso Anciano siguió su camino, instruyendo
a otros jóvenes.
UN OPTIMISTA
Dos Ranas en la barriga de una serpiente estaban considerando su molesta situación.
-Esto es flor de mala suerte -dijo una.
-No saques conclusiones apresuradas -dijo la otra-; estamos a resguardo de la
lluvia, con comida y alojamiento.
-Con alojamiento, sin duda -dijo la Primera Rana-; pero no veo la comida.
-Eres un ave de mal agüero -explicó la otra-. Nosotras somos la comida.
LOS DOS SALTEADORES
Dos Salteadores de caminos estaban sentados tomando un trago, en un refugio a
un costado del camino, comparando sus aventuras nocturnas.
-Yo lo paré al jefe de Policía -dijo el Primer Salteador-, y me fui con todo lo que
tenía.
-Y yo -dijo el Segundo Salteador- paré al Fiscal del Distrito de los Estados
Unidos, y me fui con...
-¡Buen Dios! -interrumpió el otro, colmado de asombro y admiración- ¿Te fuiste
con todo lo que ese tipo tenía?
-No -explicó el infortunado narrador-. Sólo con una pequeña parte de lo que tenía
yo.
UNA VALIOSA SUGERENCIA
Una Gran Nación, que sostenía una disputa con una Pequeña Nación, resolvió
intimidar a su antagonista con una gran demostración naval en el puerto principal de
la última. De modo que la Gran Nación reunió todos sus barcos de guerra dispersos en
todo el mundo, y estaba a punto de hacerlos navegar trescientos cincuenta millas hasta
el lugar del encuentro, cuando el Presidente de la Gran Nación recibió la siguiente
nota del Presidente de la Pequeña Nación:
"Mi gran y buen amigo, me he enterado de que va a exhibirnos su marina con el
objeto de impresionarnos con su poder. ¡Qué innecesario es ese gasto! Para demostrarle
que ya conocemos todo acerca de esta materia, adjunto a esta una lista de
todas las naves y piezas de artillería que ustedes tienen".
Tanto impresionó al gran y buen amigo la sólida sensatez de esta misiva, que
mantuvo su marina en casa, economizando mil millones de dólares. Gracias a esta
economía pudo comprar una decisión satisfactoria cuando la causa de la disputa fue
sometida a arbitraje.
LA MANO TOMADA
Un Exitoso Hombre de Negocios que tuvo oportunidad de escribirle a un Ladrón,
le expresó su deseo de verlo y estrechar su mano.
-No -respondió el Ladrón-, hay algunas cosas que yo no tomo... entre ellas su
mano.
-Usted debe usar un poco de estrategia -dijo un Filósofo a quien el Exitoso
Hombre de Negocios contó la desdeñosa respuesta del Ladrón-. Deje su mano afuera
alguna noche, y él la tomará.
De modo que una noche, el Exitoso Hombre de Negocios dejó su mano fuera del
bolsillo de un vecino y el Ladrón la tomó con avidez.
EL POETA Y EL EDITOR
-Mi querido señor -dijo el Editor al Poeta que lo visitaba para hablar de la publicación
de su poema-, lamento decir que debido a un infortunado altercado en esta
oficina, la mayor parte de su manuscrito es ilegible; se derramó sobre él una botella de
tinta, manchando todo salvo la primera línea, es decir: "Las hojas de otoño caían,
caían". Desafortunadamente, no habiendo leído el poema, fui incapaz de recordar los
incidentes que seguían; de otro modo, podríamos haberlos ofrecido con nuestras
propias palabras. Si la noticia no ha perdido interés y no apareció ya en otros
periódicos, quizás usted tendrá la amabilidad de relatarnos lo ocurrido, mientras yo
tomo notas. "Las hojas de otoño caían, caían". Prosiga.
-¿Qué? -dijo el Poeta-. ¿Espera que yo reproduzca todo el poema de memoria?
-Sólo la sustancia... sólo los hechos conducentes. Nosotros agregaremos lo que
sea necesario para amplificarlo y embellecerlo. Sólo le llevará un momento. "Las hojas
de otoño caían, caían". Adelante.
Se escuchó el sonido de un lento levantarse e irse, mientras el cronista de sucesos
efímeros permanecía inmóvil, con su pluma suspendida; y cuando el movimiento se
completó, la Poesía sólo quedó representada en ese lugar, por un sitio tibio en una
silla.
EL ADMINISTRADOR PARTIDARIO Y EL
CABALLERO

Un Administrador de un Partido le dijo a un Caballero, que estaba ocupándose de
sus propios asuntos:
-¿Cuánto pagará por una candidatura a un cargo?
-Nada -replicó el Caballero.
-Pero contribuirá con algo a los fondos de la campaña para apoyar su elección
¿no? -preguntó el Administrador del Partido, guiñando el ojo.
-Oh, no -dijo seriamente el Caballero-. Si el pueblo desea que trabaje para él debe
emplearme sin que yo lo solicite. Estoy muy bien sin ningún cargo.
-Pero -lo urgió el Administrador del Partido-, un nombramiento es algo deseable.
Es un gran honor ser un servidor del pueblo.
-Si el servicio del pueblo es un gran honor -dijo el Caballero- sería indecente de
mi parte buscarlo; y si lo obtuviera por mi propio esfuerzo, dejaría de ser un honor.
-Bueno -insistió el Administrador del Partido-, espero que al menos endosará la
plataforma partidaria.
El Caballero replicó:
-Es improbable que sus autores hayan expresado fielmente mis puntos de vista sin
consultarme; y si endoso su obra sin aprobarla sería un mentiroso.
-¡Usted es un hipócrita detestable y un idiota! -gritó el Administrador del Partido.
-Ni siquiera su buena opinión acerca de mi idoneidad me convencerá -replicó el
Caballero.
UN IMBÉCIL INCALIFICABLE
Un Juez le dijo a un Asesino Convicto:
-Prisionero en el banquillo: ¿tiene algo que decir que impida el dictado de su senLibrodot
tencia de muerte?
-¿Lo que yo diga marcará alguna diferencia? -preguntó el Asesino Convicto.
-No veo cómo podría hacerlo -respondió reflexivamente el Juez-. No, no lo hará.
-Entonces -dijo el condenado-. Me gustaría señalar que usted es el más incalificable
imbécil en siete Estados y todo el Distrito de Columbia.
EN EL POLO
Tras gran dispendio de vidas y riquezas, un Osado Explorador tuvo éxito y
alcanzó el Polo Norte, donde se le aproximó un Nativo que allí vivía.
-Buenos días -dijo el Nativo-. Estoy muy contento de verlo, pero ¿por qué vino
aquí?
-La gloria -dijo el Osado Explorador, lacónicamente.
-Sí, sí, ya lo sé -insistió el otro-, pero ¿de qué le servirá al hombre su descubrimiento?
¿A qué verdades antes inaccesibles le dará acceso? ¿A qué hechos, quiero
decir, que tengan valor científico?
-Sería adivino si lo supiese -replicó francamente el gran hombre-, tiene que
preguntárselo al Científico de la Expedición.
Pero el Científico de la Expedición explicó que había estado tan enfrascado en
el cuidado de sus instrumentos y el estudio de sus tablas, que no había tenido
tiempo de pensar en el asunto.
UN PARALELO RADICAL
Unos Cristianos Blancos empeñados en expulsar a los Paganos Chinos de una
ciudad americana, encontraron un periódico publicado en Pekín en idioma chino, y
obligaron a una de sus víctimas a traducir un editorial. Resultó ser un llamado al
pueblo de la provincia de Pang Ki, a expulsar a los demonios extranjeros del país, y
quemar sus casas e iglesias. Esta evidencia de la barbarie mongólica encolerizó tanto
a los Cristianos Blancos, que llevaron a la práctica su proyecto original.
EL LEGISLADOR Y EL CIUDADANO
Un ex Legislador le pidió a El Más Respetable Ciudadano, una carta para el Gobernador,
recomendándolo para el puesto de Comisionado de Langostinos y Cangrejos.
-Señor -dijo severamente El Más Respetable Ciudadano- ¿no estuvo usted una
vez en el Senado Estatal?
-No he llegado tan bajo, señor, se lo aseguro -fue la respuesta-. Fui miembro de la
Cámara Más Lenta. Me expulsaron por vender mi influencia.
-¡Y se atreve a pedir la mía! -gritó El Más Respetable Ciudadano-. ¿Tiene la
impudicia? Un hombre que acepta coimas es capaz de ofrecerlas. Quiere decir que...
-No se me ocurriría hacerle una propuesta corrupta, señor; pero si yo fuera
Comisionado de Langostinos y Cangrejos,
tendría cierta influencia sobre la población portuaria, y podría ayudarlo en su
pugna por obtener el puesto de Oficial Instructor.
-En tal caso, no encuentro justificaciones para negarle la carta.
EL PERRO Y EL DOCTOR
Un Perro que había visto a un Doctor concurrir al entierro de un paciente adinerado,
le dijo:
-¿Cuándo vas a desenterrarlo?
-¿Por qué habría de desenterrarlo? -preguntó el Doctor.
-Cuando yo entierro un hueso -dijo el Perro-, es con la intención de desenterrarlo
posteriormente, descarnarlo y sacarle el jugo.
-Los huesos que yo entierro -dijo el Doctor-, son aquellos a los que ya nada
puedo sacar.
EL HOMBRE QUE HACIA LLOVER
Un Funcionario del Gobierno, con una gran dotación de mulas cargadas de globos,
cometas, bombas de dinamita y aparatos eléctricos, hizo alto y acampó en medio
de un desierto, en el que no había llovido durante diez años. Después de varios meses
de preparativos y un gasto de un millón de dólares todo estuvo dispuesto, y una serie
de tremendas explosiones se produjeron en el cielo y en la tierra. Todo esto fue
seguido por un enorme diluvio que lavó al infortunado Funcionario y a todo su equipo
de la faz de la creación, y llenó el corazón de los agricultores de una alegría
demasiado honda para traducirla en palabras. Un Cronista de Periódico que acababa
de llegar escapó trepando a una colina cercana, y allí encontró al Unico Sobreviviente
de la expedición -un conductor de mulas- arrodillado detrás de un árbol, orando con,
extremo fervor.
-Oh, no puede pararlo de ese modo -dijo el Cronista.
-Mi compañero de viaje al tribunal de Dios -replicó el Unico Sobreviviente, mirándolo
sobre su hombro-, su entendimiento está hundido en la oscuridad. No estoy
deteniendo a esta gran bendición; con la ayuda de la Providencia, la estoy trayendo.
-Ese sí que es un buen chiste -dijo el Cronista, riendo a más no poder en medio de
la espesa lluvia-: ¡Dios respondiendo a los ruegos de un conductor de mulas!
-Hijo de la superficialidad y el escarnio -replicó el otro-, te equivocas de nuevo,
engañado por estas humildes ropas. Soy el reverendo Ezequiel Thrifft, ministro del
Evangelio, ahora al servicio de la gran firma manufacturera Skinn & Sheer. Fabrican
globos, cometas, bombas de dinamita y aparatos eléctricos.
LA FORTUNA Y EL FABULISTA
Un Escritor de Fábulas marchaba a través de un bosque solitario, cuando se encontró
con la Fortuna. Terriblemente asustado, trató de trepar a un árbol, pero la
Fortuna tiró de él, lo hizo bajar, y se le ofreció con cruel insistencia.
-¿Por qué trataste de escapar? -preguntó la Fortuna, una vez que cesó la resistencia
y se acallaron los chillidos del Fabulista-. ¿Por qué me miras de manera tan
inhospitalaria?
-No sé qué eres -respondió el Escritor de Fábulas, hondamente perturbado.
-Soy la riqueza, soy la respetabilidad -dijo la Fortuna-; soy casas elegantes, un
yate, una camisa limpia todos los días. Soy el ocio, soy los viajes, el vino, un sombrero
brillante y un saco que no brilla. Soy la comida suficiente.
-Muy bien -dijo el Escritor de Fábulas, en un susurro-; ¡pero, por Dios, habla más
bajo!
-¿Por qué? -preguntó la Fortuna, sorprendida.
-Para no despertarme -replicó el Escritor de Fábulas, mientras una increíble calma
se adueñaba de su hermoso rostro.
UNA TRANSPOSICIÓN
Viajando a través del País de la Artemisa, un Asno encontró a un Conejo, que exclamó
muy sorprendido:
-¡Cielos! ¿Cómo creciste tanto? ¡Sin duda eres el más grande conejo viviente!
-No -dijo el Asno-, tú eres el burro más pequeño.
Después de una larga y estéril discusión, el asunto fue sometido a la decisión de
un Coyote que pasó por allí, que tenía algo de demagogo y el deseo de quedar bien
con los dos.
-Caballeros -dijo-, ambos tienen razón, como se podía esperar de personas tan
dotadas de disposición para recibir instrucción de los sabios. Usted, señor -volviéndose
al animal de más tamaño- es, como él ha señalado correctamente, un conejo-
. Y usted -volviéndose al otro- fue correctamente descripto como un asno. Al
transponer los nombres de ustedes, el hombre actuó con increíble locura.
Quedaron tan complacidos por esta decisión que declararon al Coyote su candidato
a Oso Gris; pero si el Coyote consiguió o no este puesto, es algo que la historia
no cuenta.
EL REY SIN HUESOS
Unos Monos que habían depuesto a su rey se hundieron de inmediato en la disenLibrodot
sión y la anarquía. En este trance, enviaron una Diputación a una tribu vecina, para
consultar al Mono Más Viejo y Más Sabio del Mundo.
-Hijos -dijo el Mono Más Viejo y Más Sabio del Mundo, una vez que escuchó a
la Diputación-, hicieron bien en librarse de la tiranía, pero la tribu de ustedes no está
suficientemente adelantada como para pasarla sin la monarquía. Tienten al tirano con
falsas promesas para que vuelva, mátenlo y entronícenlo. Aun el esqueleto del más
ilegal de los déspotas hace un buen soberano constitucional.
Ante estas palabras, la Diputación se mostró muy confundida.
-Eso es imposible -dijeron, alejándose-. Nuestro rey no tiene esqueleto; era un rey
de paño.
EL CIUDADANO HONESTO
Un Ascenso Político, etiquetado con su precio, recorría el Estado en busca de un
comprador. Un día se ofreció a un Hombre Verdaderamente Bueno que, después de
examinar la etiqueta y encontrar que el precio era el doble de lo que él estaba dispuesto
a pagar, expulsó desdeñosamente al Ascenso Político, de su puerta. Entonces,
la Gente dijo:
-¡Miren, este es un ciudadano honesto!
Y el Hombre Verdaderamente Bueno confesó que esto era cierto.
A LA PUERTA DEL PARAÍSO
Irguiéndose de la tumba, una Mujer se presentó a la Puerta del Paraíso, y golpeó
con mano temblorosa.
-Señora -dijo San Pedro, levantándose y acercándose a la ventanilla-, ¿de dónde
viene?
-De San Francisco -respondió la Mujer, avergonzada, mientras grandes gotas de
sudor brillaban en su frente espiritual.
-¡No importa, mi buena muchacha! contestó el Santo, compasivamente- La
eternidad es un tiempo largo; terminarás por olvidar.
-Pero eso no es todo -la Mujer estaba cada vez más turbada-. Yo envenené a mi
esposo... yo descuarticé a mis niños, yo...
-Ah -dijo el Santo, con súbita severidad-, tu confesión sugiere una grave posibilidad.
¿Eras miembro de la Asociación de Mujeres de Prensa?
La mujer se irguió y replicó con entusiasmo:
-No.
Las puertas de madreperla y jaspe giraron sobre sus goznes de oro, produciendo
la música más cautivadora, y el Santo, haciéndose a un lado, hizo una reverencia,
diciendo:
-Entra, entonces, en tu eterno descanso.
Pero la Mujer vacilaba.
-El envenenamiento... el descuartizamiento... el... el... -tartamudeó.
-No tienen importancia, te lo aseguro. No vamos a mostrarnos rigurosos con una
señora que no pertenecía a la Asociación de Mujeres de Prensa. Toma un arpa.
-Pero... yo solicité el ingreso... Me pusieron bolilla negra.
-Toma dos arpas.
EL ANARQUISTA ENGATADO
Un Orador Anarquista a quien cierto Respetuoso de la Ley le arrojó a la cara un
Gato Muerto, hizo detener y llevar ante un magistrado al Gato Muerto.
-¿Por qué recurres a la Ley -dijo el Magistrado-, si tú estás por la abolición de la
ley?
-Eso -replicó el Anarquista- no es asunto suyo; no estoy obligado a ser
consistente. Usted está sentado aquí para hacer justicia entre este Gato Muerto y yo.
-Muy bien -dijo el Magistrado, con expresión solemne, poniéndose el birrete
negro-; como el acusado no se defiende, y es indudablemente culpable, lo condeno a
ser comido por el ejecutor público; y como ocurre que este cargo está vacante, lo
designo a usted, sin contrato.
Uno de los más deleitados espectadores de la ejecución fue el desconocido
Respetuoso de la Ley que había arrojado al con
denado.
EL HONORABLE MIEMBRO DE LA
LEGISLATURA

Un Miembro de una Legislatura que se había comprometido con sus Constituyentes
a no robar, se llevó con él, al terminar la sesión, gran parte de la cúpula del Capitolio.
Por lo tanto, los Constituyentes se reunieron en indignada asamblea y votaron
la resolución de embrearlo y emplumarlo.
-Son muy injustos -dijo el Miembro de la Legislatura-. Es verdad que yo les
prometí a ustedes que no robaría; ¿pero acaso les prometí que no mentiría?
Los Constituyentes dijeron que era un hombre honorable y lo eligieron para el
Congreso de los Estados Unidos, sin embrearlo ni emplumarlo.
UNA REMUNERACIÓN INADECUADA
A un Buey incapaz de salir por sí mismo de la ciénaga en que se hundía, se le
aconsejó que hiciera uso de una Influencia Política. Cuando la Influencia Política
llegó, el Buey dijo:
-Mi buena amiga, le ruego que me amarre con fuerza, y deje que la naturaleza
siga su curso.
De modo que la Influencia Política amarró con fuerza la Cabeza del Buey, y la
naturaleza siguió su curso: el Buey fue arrancado de la ciénaga, primero, y a continuación
de su piel. Entonces la Influencia Política miró por sobre sus hombros la buena
carcasa gorda de carne que estaba arrastrando a su cubil y dijo, con insatisfacción:
-Esto no alcanza a cubrir lo que habitualmente cobro; me llevaré a casa la primera
cuota, y después retornaré por la piel.
EL CACIQUE POLÍTICO EXPATRIADO
Un Cacique Político que había ido a Canadá fue escarnecido por un Ciudadano de
Montreal, que lo acusaba de haber huido para evitar ser procesado.
-Me hace una grave injusticia -dijo el Cacique Político, dejando caer un par de
lágrimas-. Vine a Canadá sólo a causa de sus atractivos políticos; se dice que su
Gobierno es el más corrupto del mundo.
-Le ruego que me perdone -contestó el Ciudadano de Montreal.
Cayeron uno sobre el cuello del otro, y al terminar este tocante rito, el Cacique
Político tenía dos relojes.
UN ESTADISTA
Un Estadista que asistía a una asamblea de la Cámara de Comercio se levantó
para hablar, pero fue objetado, acusándoselo de que nada tenía que ver con el
comercio.
-Señor Presidente -dijo un Antiguo Miembro, levantándose-, opino que esa
objeción no corresponde; la conexión del caballero con el comercio es íntima y estrecha.
Es una mercancía.
LOS TRES RECLUTAS
Un Campesino, un Artesano y un Trabajador se presentaron ante el Rey de su
país, y se quejaron porque se veían obligados a sostener un enorme ejército de
consumidores, que no hacía nada en su beneficio.
-Muy bien -dijo el Rey-, los deseos de mis súbditos son la ley suprema.
Así que disolvió su ejército y los consumidores se volvieron productores. La
venta de sus productos hizo bajar tanto los precios, que los campesinos se arruinaron,
y los artesanos y trabajadores fueron a dar a los asilos y los caminos. En pocos años el
desastre nacional era tan grande, que el Campesino, el Artesano y el Trabajador
elevaron un petitorio al Rey, para que restaurase su ejército.
-¿Qué? -dijo el Rey-. ¿Desean sostener a esos consumidores haraganes otra vez?
-No, su Majestad -contestaron ellos-, deseamos enrolarnos.
UN DESORDEN FATAL
Un Agonizante, a quien le habían disparado, fue apremiado por oficiales de la ley
para que hiciera una rápida declaración.
-Usted fue atacado sin provocación, por supuesto -manifestó el Fiscal del Distrito,
preparándose para asentar la respuesta.
-No -replicó el Agonizante-, yo fui el agresor.
-Sí, entiendo -dijo el Fiscal del Distrito; usted cometió la agresión... fue obligado
a hacerlo. Lo hizo en defensa propia.
-No creo que me hubiera dañado si yo lo hubiese dejado en paz -dijo el moribundo-.
No... creo que era un hombre pacífico, incapaz de matar una mosca. Le hice
soportar tanta presión que él, naturalmente, tenía que sucumbir... no pudo aguantar.
Honestamente, si se hubiera negado a dispararme, no veo cómo yo podría haber
seguido tratándolo.
-¡Santo Cielo! -exclamó el Fiscal del Distrito, arrojando su cuaderno de apuntes y
su lápiz-. Esto es completamente anómalo. No puedo utilizar como declaración
últimas palabras como estas.
-Nunca he visto a un hombre que diga la verdad cuando muere violentamente -
dijo el jefe de Policía.
-¡No hay ninguna violencia! -contestó el Médico Policial, sacando e inspeccionando
la lengua del hombre-. Es la verdad la que lo está matando.
UN TALISMÁN
Habiendo sido designado para cumplir las funciones de jurado, un Prominente
Ciudadano envió un certificado médico donde se declaraba que padecía de reblandecimiento
cerebral.
-El caballero está excusado -dijo el juez, devolviendo el certificado a la persona
que lo había traído-, tiene cerebro.
EL CONGRESO Y EL PUEBLO
Los sucesivos Congresos habían empobrecido enormemente al Pueblo, que estaba
desanimado y lloraba copiosamente.
-¿Por qué lloran? -indagó un Angel que se había posado en un árbol cercano.
-Nos han sacado todo lo que teníamos -fue la respuesta-, excepto -añadió el
Pueblo, al darse cuenta de quién era el llamativo visitante-, excepto nuestra esperanza
del Paraíso. ¡Gracias a Dios que no pudieron quitarnos eso!
¡Pero al fin llegó el Congreso de 1889!
EL JUEZ Y SU ACUSADOR
Un eminente juez de la Corte Suprema de Gowk fue acusado de haber obtenido
su designación fraudulentamente.
-Usted disparata -dijo a su Acusador-; tiene poca importancia cómo obtuve mi
poder; lo único importante es cómo lo he usado.
-Confieso -manifestó el Acusador- que en comparación con la manera ruin en que
usted se condujo en la Corte, el método ruin mediante el cual usted llegó a ella es una
bagatela.
ECONOMIZANDO FUERZA
Un Hombre Débil que iba colina abajo se encontró con un Hombre Fuerte que subía,
y le dijo:
-Vengo en esta dirección porque requiere menos esfuerzo, no porque lo haya
elegido. Le ruego, señor, que me ayude a volver a la cumbre.
-Me alegrará hacerlo -dijo el Hombre Fuerte, con el rostro iluminado por una
gloriosa idea-. siempre he considerado a mi fuerza un don sagrado que se me confió
para bien de mi prójimo. Lo llevaré arriba conmigo. Póngase detrás de mí y empuje.
EL SALTEADOR DE CAMINOS Y EL
VIAJERO

Un Salteador de Caminos enfrentó a un Viajero, y apuntándole con un arma de
fuego, le gritó:
-¡El dinero o la vida!
-Mi querido amigo -dijo el Viajero-, de acuerdo con los términos de su exigencia
mi dinero salvará mi vida, mi vida mi dinero; usted indica que se apoderará de una o
de lo otro, pero no de ambos. Si esto es lo que usted quiere decir le ruego que sea
bueno y tome mi vida.
-No es eso lo que quiero decir -replicó el Salteador-; usted no puede salvar su
dinero renunciando a su vida.
-Entonces, tómela de todos modos -dijo el Viajero-. Si no sirve para salvar mi
dinero, no sirve para nada.
Tanto agradaron al Salteador la filosofía y el ingenio del Viajero, que lo tomó
como socio y esta espléndida combinación de talentos fundó un periódico.
EL BUEN GOBIERNO
-¡Qué territorio feliz eres! -dijo una Forma Republicana de Gobierno a un Estado
Soberano-. Sé bueno y quédate quieto en tanto paseo encima de ti, cantando los
elogios del sufragio universal y disertando sobre las bendiciones de la libertad civil y
religiosa. Mientras, puedes mitigar tus penas maldiciendo al poder unipersonal y a las
decadentes monarquías de Europa.
El Estado replicó:
-Mis servidores públicos han sido tontos y pillos, desde la fecha de tu ascenso al
poder; mis cuerpos legislativos -tanto los estatales como los municipales- son bandas
de ladrones; mis impuestos son insoportables; mis Cortes, corruptas; mis ciudadades,
una desgracia para la civilización; mis corporaciones tienen sus manos en la garganta
de todos los intereses particulares... La totalidad de mis asuntos está en desorden y en
criminal confusión.
-Cuanto dices es muy cierto -respondió la Forma Republicana de Gobierno,
poniéndose sus zapatos claveteados-, pero considera cómo te emociono cada Cuatro
de julio.
EL GUARDA VIDAS
Una Antigua Doncella, parada en el borde de un muelle, cerca de un Amante
Moderno, dejó oír estas palabras:
-¡Noble protector! ¡La vida que has salvado te pertenece!
Tras repetir esto varias veces en diversas entonaciones, se arrojó al agua, donde
murió ahogada.
-Soy un noble protector -dijo el Amante Moderno, alejándose pensativo-, la vida
que he salvado es sin duda la mía.
TRES DE LA MISMA CLASE
Un Abogado fue contratado para defender a un Ladrón, a quien la policía había
logrado detener tras violenta pelea con otro que había huido. En la reunión con su
cliente, el Abogado preguntó:
-¿Tiene cómplices?
-Sí, señor -respondió el Ladrón-. Tengo dos, pero ninguno fue capturado.
Contraté a uno para que me defendiera de la policía, y a usted lo contraté para que me
defienda de una condena.
Esta respuesta impresionó profundamente al Abogado, quien tras verificar que el
Ladrón no había acumulado ningún dinero mediante el ejercicio de su profesión,
abandonó el caso.
EL FABULISTA
Un Ilustre Satírico visitaba un zoológico ambulante, con la idea de recolectar material
literario. Cuando pasó cerca del Elefante, este animal dijo:
-¡Qué triste que un censor tan justamente famoso eche a perder su obra ridiculizando
personajes con narices colgantes, que son la sal de la tierra!
El Canguro añadió:
-Disfruto mucho la crítica de lo ridículo que hace ese gran hombre, particularmente
sus ataques contra los proboscidios; pero ¡cielos!, es irreverente con los
marsupiales, y se ríe de nuestra manera de llevar a nuestros cachorros en una bolsa.
El Camello dijo:
-Si al menos conservara el respeto a la Sagrada Giba, sería impecable. Pero tal
como son las cosas, no puedo permitir que su obra sea leída en presencia de los míos.
El Avestruz, al ver que se aproximaba, hundió su cabeza en la paja, diciendo:
-Si no me oculto, puede ocurrírsele escribir algo desagradable acerca de mi falta
de una cresta, o de mi apetito por la chatarra, y aunque es indeciblemente brillante
cuando se consagra a ridiculizar la locura y la codicia, su estupidez es inigualable
cuando excede los límites del comentario lícito.
-Ese -señaló el Buitre a su pichón- es el autor de esa fábula gloriosa, "El Avestruz
y el barril de clavos crudos". Lamento añadir que también escribió "El festín del
Buitre", en el que la dieta de carroña es insolentemente desacreditada. La dieta de
carroña es el fundamento de la buena salud. Si todo el mundo comiera sólo cadáveres,
la muerte sería desconocida.
Al ver que se aproximaba un asistente, el Ilustre Satírico salió de la tienda y se
mezcló con la multitud. Posteriormente se descubrió que se había colado bajo la
tienda, sin pagar.
UNA PETICIÓN DEFECTUOSA
Un Juez Adjunto de la Suprema Corte estaba sentado a la orilla de un río, cuando
un Viajero se aproximó y le dijo:
-Deseo cruzar. ¿Será legítimo usar este bote?
-Lo será -fue la respuesta-; es mi bote.
El Viajero le dio las gracias, y empujando el bote al agua se embarcó y comenzó
a remar, alejándose. Pero el bote se hundió y él se ahogó.
-¡Hombre cruel! -exclamó un Espectador Indignado-. ¿Por qué no le dijo que su
bote estaba agujereado?
-La cuestión del estado del bote -dijo el gran jurista- no me fue planteada.
LOS HERMANOS DE LUTO
Advirtiendo que estaba por morir, un Anciano convocó a sus dos Hijos junto a su
lecho, y expuso la situación.
-Hijos míos -les dijo-, ustedes no me ofrecieron muchas señales de respeto
durante mi vida, pero darán fe de su pena por mi muerte. Aquel que más tiempo lleve
luto en su sombrero en mi memoria, se quedará con toda mi fortuna. He hecho un
testamento a tal efecto.
De modo que cuando el Anciano murió, los jóvenes pusieron luto en sus
sombreros, y lo llevaron hasta que ellos mismos fueron viejos, cuando,
comprendiendo que ninguno de los dos lo abandonaría, convinieron que el más joven
dejaría de usar luto, y el mayor le daría la mitad de la fortuna. ¡Pero cuando el mayor
solicitó la propiedad, se encontró con que había habido un Albacea!
De este modo, fueron adecuadamente castigadas la hipocresía y la obstinación.
EL PATRIOTA Y EL BANQUERO
Un Patriota que, siendo pobre, había accedido a un puesto en el gobierno, y lo
había abandonado rico, se presentó en un Banco, donde deseaba abrir una cuenta.
-Con mucho gusto -dijo el Banquero Honesto- será un placer para nosotros hacer
negocios con usted; pero primero tiene que convertirse en un hombre honesto,
devolviendo todo lo que robó desde el Gobierno.
-¡Bendito cielo! -exclamó el Patriota-. Si hago eso, no me quedará nada para
depositar en el Banco.
-No me parece -respondió el Banquero Honesto-. Nosotros no somos todo el
pueblo americano.
-Ah, comprendo -contestó el Patriota, reflexionando-. ¿En cuánto estima la
proporción que le corresponde al Banco, del dinero que el país perdió por mí?
-Un dólar -respondió el Banquero Honesto.
Y con orgullosa conciencia de servir a su país con sabiduría y propiedad, cargó
esa suma en la cuenta.
EL ANARQUISTA REFORMADO
Un famoso Anarquista naufragó, y el mar lo arrojó a las playas de la isla de
Gowqueechi, habitada por la antigua y poderosa tribu de los Tumtum. Fue descubierto
y llevado ante el Jamgrogrum, que le preguntó cuál era su fe política.
-Le preguntamos esto a todos los extranjeros -explicó el Jamgrogrum-, con la
esperanza de conocer algún día principios políticos superiores a los nuestros.
-Soy un Anarquista -respondió el recién llegado-. Sostengo que todos los gobiernos
son perversos, todas las leyes opresivas. Enseño que todos los Jamgrogra deberían
ser asesinados.
El monarca llamó al Primer Ministro a su lado, y tras susurrarle ciertas instrucciones,
se retiró.
Al día siguiente, una vez que el Primer Ministro se presentó en palacio, y comió
un puñado de lodo, como la etiqueta de la corte lo exigía, el Jamgrogrum le pidió
noticias del Anarquista.
-Lo hice llevar a los baños, y fue cuidadosamente bañado.
-¿Y entonces?
-Cuando se le preguntó, de acuerdo con las instrucciones de su Majestad, si todavía
era un Anarquista, respondió que ningún tratamiento, por duro y cruel que
fuera, alteraría sus convicciones.
-Entonces -exclamó el Jamgrogrum, con el aire decepcionado de alguien privado
del cumplimiento de una ilusión largamente anhelada- mi teoría acerca de la unidad
de la suciedad y el anarquismo ha sido refutada.
-No, su Majestad -dijo el Primer Ministro-; murió diez minutos después del baño.
LOS DOS HIJOS
Un Hombre tenía Dos Hijos. El mayor era virtuoso y obediente, el más joven perverso
y taimado. Cuando el padre estaba por morir, los llamó ante él y dijo:
-Sólo tengo dos cosas valiosas: mi rebaño de camellos y mi bendición. ¿Cómo los
distribuiré?
-Dame tu bendición -dijo el Hijo Más Joven-, porque puede reformarme. Si me
dieras los camellos, seguramente yo sin duda los vendería y malgastaría el dinero.
El Hijo Mayor, disimulando su júbilo, dijo que trataría de contentarse con los camellos
y un recuerdo piadoso.
Todo se arregló según lo hablado y el Hombre murió. Entonces, el perverso Hijo
Más joven se presentó ante el Cadí y dijo:
-Mira, mi hermano se ha apropiado de mi herencia legítima. Es tan malo que
nuestro padre, como todo el mundo sabe,
le negó su bendición; ¿es verosímil que le haya dado los camellos?
El Hijo Mayor fue obligado a entregar el rebaño y fue correctamente apaleado por
su rapacidad.
EL EXPLORADOR AFORTUNADO
Un Emisario del Presidente de los Estados Unidos ante el Emperador de Abisinia
se despedía de este soberano que, para atestiguar su pesar de acuerdo con las costumbres
de su país, dejó caer un diluvio de lágrimas.
-Mi fama está asegurada -dijo el Emisario-: he descubierto la fuente del Nilo.
EL HIJO RESPETUOSO
Un Millonario había ido a un asilo a visitar a su padre, y se encontró allí con un
Vecino que se mostró enormemente sorprendido.
-¿Qué? -dijo el Vecino-. ¿Usted a veces visita a su padre?
-Estoy seguro de que si nuestras situaciones se invirtieran, él me visitaría a mí -
respondió el Millonario. El viejo siempre estuvo orgulloso de mí. Además -agregó en
voz baja-, tengo que hacerle firmar; estoy asegurando su vida.
LA VIUDA Y EL SOLDADO
Una Viuda cuyo marido había sido colgado encadenado estaba velando el cadáver
la primera noche, y empapada en lágrimas imploraba al Centinela que lo custodiaba,
que le permitiera robarlo.
-Señora -dijo el Centinela-. No puedo resistir más sus ruegos; su belleza se
impone sobre mi sentido del deber. Le entregaré el cuerpo y tomaré su lugar en la
jaula, en la que un golpe de mi puñal confundirá a la justicia y me otorgará la felicidad
de morir por una mujer tan adorable.
-No -dijo la dama-. No puedo aceptar el sacrificio de una vida tan noble. Si es
cierto que usted me mira con buenos ojos, ayúdenos a mí y a mis sirvientes a llevar el
objeto sagrado a mi castillo, donde usted permanecerá oculto hasta que podamos huir
del país.
-No -dijo el Centinela-. Seguramente sería descubierto y arrancado de sus brazos.
En tres días usted puede reclamar el cuerpo de su querido esposo; después podrá
conferir a un honorable soldado toda la felicidad y distinción que a juicio de usted su
devoción merezca.
-¡Tres días! -exclamó la dama-. Eso es mucho para esperar y poco para fugar.
Pero sin llevar carga podemos alcanzar la frontera. Ya el día comienza a romper...
dejemos el cuerpo y partamos.
UNA OFERTA MEZQUINA
Dos Soldados yacían muertos en el campo de honor.
-¿Qué darías por volver a vivir? -le preguntó uno al otro.
-Al enemigo, la victoria -fue la respuesta-; a mi país, una larga vida de servicio
desinteresado como civil. ¿Y qué darías tú?
-El aplauso de mis compatriotas.
-¡Tú sí que eres un pichinchero de lo más tacaño! -dijo el otro.
DIPLOMACIA
-¡Si usted no somete mi reclamo a arbitraje -escribió el Presidente de Omohu al
Presidente de Modugy-, tomaré inmediatas medidas para satisfacerlo por mis propios
medios!
-Señor -contestó el Presidente de Modugy-, puede irse al diablo con su amenaza
de guerra.
-Mi gran y buen amigo -escribió el otro-, usted confunde el carácter de mi
comunicación. Es un antepenultimátum.
LOS DOS ESCÉPTICOS
Ciertos paganos cuyo Idolo estaba muy deteriorado lo arrojaron a un río. Luego,
erigieron uno nuevo y se entregaron a la adoración pública, a sus pies.
-¿Qué significa todo esto? -preguntó el Nuevo ¡dolo.
-Padre del Regocijo y del Coágulo -dijo el Gran Sacerdote-, sé paciente y te
instruiré en las doctrinas y ritos de nuestra santa religión.
Un año después, tras un curso de estudios de teología, el ¡dolo pidió que lo arrojaran
al río, declarándose ateo.
-No permitas que eso te moleste -dijo el Gran Sacerdote-, yo también lo soy.
UNA REPRESENTACIÓN IMPERFECTA
Una Zarigüeya mascota perteneciente a un Gran Crítico, le robó a este su gatito
preferido. Estaba por matarlo y comérselo, cuando vio aproximarse a su dueño, y
temiendo ser descubierta, ocultó al animalito en su bolsa.
-Bueno, mi linda -dijo el Gran Crítico, con condescendencia-, ¿qué nuevas
gracias tienes para hoy?
Antes de que la Zarigüeya pudiera contestar, el gatito lanzó diligentes y persistentes
maullidos. Cuando al fin la música cesó, la Zarigüeya dijo:
-He estado practicando un poco la mímica y la ventriloquia; pensé que le
agradaría, señor.
-El deseo de complacer siempre complace -respondió el Gran Crítico, no sin un
toque de dignidad profesional-, pero tienes mucho que aprender acerca del maullido
de los gatitos.
JUNTÓ A LA MARGEN DEL RIÓ
Viendo que un Político tomaba un baño, un Observador, curioso acerca de los
extraños hábitos de los animales inferiores, exclamó:
-¡Qué! ¿No te queda para tomar nada más valioso que un baño? ¿Por qué haces
eso?
-He estado en manos de mis amigos -respondió el Político.
-Entonces te sugeriría el despellejamiento -dijo el Observador.
-Llegas tarde, amigo; ya alguien se lo sugirió a ellos. Estoy limpiando las marcas
de dedos de mis huesos.
EL ASUNTO PRINCIPAL
Un Poeta que ofrecía su obra a un Editor dijo:
-Este es un poema pequeño, pero el asunto principal es la calidad. Me atrevo a
pensar que usted lo considerará auténtica poesía.
Después de leerlo, el Editor lo puso en un cajón, y extendiéndole al Poeta una
moneda de diez centavos, dijo:
-Esta es una moneda pequeña, pero soy tan temerario como para esperar que
usted quedará encantado con su pureza. Es casi toda de plata.
EL SECRETO DE LA FELICIDAD
Habiéndose enterado por obra de un ángel, que Noreddin Becar era el hombre
más feliz del mundo, el Sultán ordenó que lo trajeran a palacio, y le dijo:
-Impárteme, te lo ordeno, el secreto de tu felicidad.
-Oh, padre del sol y de la luna -respondió Noreddin Becar-, yo no sabía que era
feliz.
-Ese -dijo el Sultán- es el secreto que yo buscaba.
Noreddin Becar se retiró profundamente afligido, temiendo que su recién descubierta
felicidad lo abandonara.
COMPENSACIÓN
Dos Mujeres en el paraíso reclamaban a un Hombre que acababa de llegar.
-Yo fui su esposa -dijo una.
-Yo su amante -señaló la otra. San Pedro le dijo al hombre:
-Baja al Otro Lugar... Ya has sufrido bastante.
LOS DOS LOROS
Un Autor que había hecho una fortuna escribiendo vulgaridades, tenía un Loro.
-¿Por qué no tengo una jaula de oro? -preguntó el ave.
Y le respondió su dueño:
-Porque tú piensas mejor de lo que repites, como lo demuestra tu pregunta. Y
porque no tenemos la misma audiencia.
UNA PARTE DE LA RECOMPENSA
-La nuestra es una vida de autosacrificio -decía un Clérigo-. Mientras otros corren
atrás de la ganancia o el placer, nosotros vemos arder el aceite de medianoche
estudiando cómo cascar las más duras nueces teológicas. Y todo ¿por qué recompensa
terrestre?
-Bueno -dijo su Feligrés, meditativamente-, están las almendras, por ejemplo.
LOS INTOLERABLES GEMELOS
Una Serpiente de Cascabel, observando que se acercaba un Hombre con una Cámara
Fotográfica, se arrastró debajo de una piedra plana, y no dejó expuesta otra cosa
más que la punta de su nariz.
-No iba a fotografiarte -explicó el Hombre de la Cámara, con un toque de tristeza
en su voz-. Poseo la antigua fe en la divina sabiduría de las serpientes, y he venido a
preguntarte por qué soy odiado y evitado por toda la humanidad.
-Cielos -dijo la Serpiente de Cascabel-, los dioses me han negado ese conocimiento.
¿Puedes decirme tú por qué yo no soy muy requerida como compañera?
CONSUELO
Un Gran País había reivindicado su coraje y su bravura a través de quince derrotas
en las cuales las tropas enemigas no sufrieron ninguna baja, y su Primer Ministro
pidió la paz.
-No seré duro con ustedes -dijo el Vencedor-: conservarán todo excepto sus
colonias, su libertad, el crédito y su autoestima.
-Ah -dijo el Primer Ministro-, usted es verdaderamente magnánimo; nos deja
nuestro honor.
DESENGAÑO
Un Perro que había estado persiguiendo su propia cola abandonó la caza y se
echó a reposar, encogido. En su nueva postura, descubrió que su cola estaba al alcance
de sus dientes. La mordió con avidez, pero la soltó de inmediato, respingando por el
dolor.
-Después de todo -dijo-, hay más alegría en la persecución que en la posesión.
EL SANTO Y EL ALMA
San Pedro estaba sentado a la puerta del Paraíso, cuando se aproximó un Alma y,
haciendo una cortés reverencia, le extendió su tarjeta.
-Lo siento mucho, señor -dijo San Pedro, después de leer la tarjeta-, pero
realmente no puedo admitirlo. Usted tiene que ir al Otro Lado. Lo siento, señor, lo
siento mucho.
-No importa -dijo el Alma-; he pasado todo el mes en un balneario, y el cambio
será agradable. Sólo venía a preguntar si mi amigo Elihu Root está aquí.
-No, señor -replicó el Santo-; el Sr. Root no está muerto.
-Oh, eso lo sé -dijo el Alma-. Pensé que podría estar visitando a Dios.
IMPREVISIÓN
Una Persona que había caído de la riqueza a la indigencia pidió limosna a un
Hombre Rico.
-No -dijo el Hombre Rico-, no conservaste lo que tenías. ¿Qué seguridad tengo de
que conservarás lo que yo te dé?
-Pero no quiero conservarlo-explicó el mendigo-. Lo quiero para cambiarlo por
pan.
-Eso es exactamente lo mismo -dijo el Hombre Rico-. No conservarías el pan.
LA OVEJA Y EL LEÓN
-Eres una bestia de guerra -le dijo la Oveja al León-, por eso los hombres te
buscan para matarte. A mí, que soy una creyente en la no resistencia, no me cazan.
-No necesitan hacerlo -replicó el hijo del desierto-; pueden criarte.
LA VIUDA INCONSOLABLE
Una Mujer con lutos de viuda lloraba sobre una tumba.
-Consuélese, señora -dijo un Simpático Desconocido-. La piedad del Cielo es
infinita. En algún lado hay otro hombre, además de su esposo, con quien usted puede
ser feliz.
-Lo había, lo había -sollozó ella-, pero está en esta tumba.
UNA INTRUSIÓN
La Moralidad puso la punta del pie en la política internacional, y rápidamente se
lo cortaron.
-Mil gracias -dijo la Diplomacia, con graciosa reverencia- lo conservaremos
como recuerdo del más distinguido honor.
Y desde aquel día, la Moralidad cojeó un poco.
LA PALABRA MISTERIOSA
El Jefe de un batallón de corresponsales de guerra leyó la crónica escrita de una
batalla.
-Hijo -le dijo a su Autor-, tu historia no sirve para nada. Dices que sólo perdimos
dos hombres en vez de cien; que las pérdidas del enemigo son desconocidas, en vez
de diez mil, y que fuimos derrotados y fugamos. No es manera de escribir.
-Pero considere -objetó el escriba consciente- que mi historia puede ser insípida
con respecto al número de nuestras víctimas, decepcionante en lo que hace a los daños
causados al enemigo y chocante respecto al desenlace, pero tiene la ventaja de ser la
verdad.
-No entiendo del todo -dijo el jefe, rascándose la cabeza.
-Bueno, la ventaja -exclamó el otro-, el mérito... la distinción... la provechosa
excelencia... el...
-Oh -dijo el jefe-, conozco muy bien el significado de "ventaja"; ¿pero qué
demonios quisiste decir con "verdad"?
REVELACIÓN
Un León fue atacado por una manada de Lobos hambrientos, que lo rodearon,
aullando lo más fuerte que podían, aunque ninguno se atrevió a acercársele.
-Estas son criaturas muy útiles -dijo el León, mientras se echaba para su siesta de
la tarde-, me dan parte de mis virtudes. Yo no sabía que era comestible.
UN ÁGUILA ENCADENADA
Un legislador recientemente elegido para el Parlamento de Despotamia, declaró
que presentaría una resolución criticando al rey. Cuando dejó el Parlamento, encontró
a un Desconocido, quien le previno que si persistía en su desleal proyecto, perdería la
cabeza.
-Eso -dijo él-, sería una privación más pequeña que la pérdida de mi libertad.
-No sé qué es eso -respondió el Desconocido-. La libertad es algo que no puedo.
apreciar correctamente, porque nunca la tuve. Yo soy el rey.
EL POETA IMPOTENTE
Un poeta que nunca hacia el correcto escandido de sus versos, fue emplazado a
presentarse ante el Rey, quien le ordenó que dijera algo en su defensa para evitar ser
condenado a muerte.
-Si tu oído es imperfecto -dijo el Rey-, podrías contar tus sílabas con los dedos,
como un trabajador honesto.
-Yo cuento mis sílabas -dijo el Poeta, reverentemente-. Pero observe: a mi mano
izquierda le falta un dedo... lo mordió un crítico.
-Entonces -dijo el Rey-, ¿por qué no los cuentas con la mano derecha?
-¡Cielos! -fue la respuesta del poeta, mientras elevaba su mutilada izquierda-.
¡Eso es imposible... no tengo nada con qué contar! El dedo que me falta es el índice.
-¡Hombre infortunado! -exclamó con simpatía el monarca-. Tenemos que hacer
que tus limitaciones e incapacidad no te pesen. Escribirás para las revistas.
EL LOBO Y LA TORTUGA
Un Lobo se encontró con una Tortuga, y le dijo:
-Amiga, eres la cosa más lenta que anda por el mundo. No veo cómo te las arreglas
para escapar de tus enemigos.
-Como me falta la capacidad para huir -replicó la Tortuga-, la Providencia sabiamente
me proporcionó un caparazón impenetrable.
Tras reflexionar largo, tiempo, el Lobo dijo:
-Me parece que igualmente fácil le hubiera resultado darte patas largas.
DE LO GENERAL A LO PARTICULAR
Un Hombre Sincero le dijo a su Esposa:
-No puedo permitir que me imagines mejor de lo que soy. Tengo muchos vicios y
debilidades.
-Eso es sólo lo natural -dijo ella, sonriendo dulcemente-; ninguno de nosotros es
perfecto.
Envalentonado por su magnanimidad, él le confesó una mentira particular que le
había dicho una vez.
-¡Abominable canalla! -gritó ella, y golpeó tres veces con sus manos.
Apareció un gigantesco esclavo nubio, que despachó al marido con una cimitarra.
UN FILOSOFO DESCONCERTADO
El Rey de Remotia tenía un filósofo favorito, a quien dijo:
-Tú has sido para mí un esclavo tan fiel que deseo premiarte. Pide cualquier cosa
que quieras tener.
-Dame -dijo el Filósofo- un cabello de la cabeza de un hombre que no te haya
lisonjeado nunca.
El Rey le prometió hacerlo y lo despidió. Al día siguiente, lo mandó llamar frente
al trono y le extendió un cabello.
-Estás intentando engañarme -dijo el Filósofo, examinando cuidadosamente el
regalo-. Este pelo es de la cabeza de un adulador que te aseguró que sería un honor
para él ofrecerte también su cabeza.
-No eres tan astuto como crees -replicó el Rey-. Ese cabello es de la cabeza del
único sordomudo del reino.
EL LIMITE
El Rey de las Islas Faraway designó primer ministro a su caballo, y cabalgaba sobre
un hombre. Observando que bajo el nuevo orden de cosas el reino prosperaba, un
Anciano Estadista aconsejó al Rey que se pusiera a pastar y ubicara un buey en el
trono.
-No -dijo el soberano, pensativamente-, un buen principio puede ser llevado a
extremos injuriosos. La verdadera reforma se detiene a un paso de la revolución.
EL ZORRO Y EL PATO
Un Zorro y un Pato habían disputado sobre la propiedad de una rana, y llevaron el
asunto ante un León. Después de oír una enorme cantidad de argumentos de uno y de
otro, el León abrió la boca para emitir juicio.
-Ya sé cuál es tu decisión -dijo el Pato, interrumpiendo-. Es que de acuerdo con
nuestra propia exposición, la rana no pertenece a ninguno de nosotros dos, y que tú te
la comerás. Permíteme decirte que esto es injusto, como lo demostraré.
-Para mí está claro -dijo el Zorro- que tú darás la rana al Pato, y me darás el Pato
a mí, y luego me comerás a mí. No me falta experiencia acerca de la ley.
-Estaba por decirles -dijo el león, bostezando-, que durante la discusión de este
caso, la propiedad en disputa se fue a los saltos. Quizá puedan procurarse otra rana.
EL LADRÓN ARREPENTIDO
Un Muchacho a quien su Madre le había enseñado a robar, creció hasta ser
hombre, y se convirtió en Funcionario Público profesional. Un día fue sorprendido
con las manos en la masa y condenado a muerte. Mientras marchaba al lugar de la
ejecución pasó junto a su Madre, y le dijo:
-¡Contempla tu obra! ¡Si no me hubieras enseñado a robar, yo no habría llegado a
eso!
-¡Claro! -dijo la Madre-. ¿Y quién, dime, te enseñó a que te descubran?
EL LOBO Y EL CORDERO
Un Cordero perseguido por un Lobo, buscó refugio en el templo.
-Si te quedas ahí, el sacerdote te atrapará y te sacrificará -dijo el Lobo.
-Me da igual ser sacrificado por el sacerdote o devorado por ti -respondió el
Cordero.
-Amigo mío -dijo el Lobo-, me apena ver cómo consideras una cuestión tan
importante desde un punto de vista meramente egoísta. No me da igual a mí.
EL PESCADOR Y EL PESCADO
Un Pescador que había atrapado un Pez muy pequeño lo estaba poniendo en su
cesto, cuando el pez le habló:
-Te suplico que me arrojes de vuelta al agua, porque no puedo serte útil; los dioses
no comen peces.
-Yo no soy un dios -dijo el Pescador.
-Es cierto -dijo el Pez-, pero apenas Júpiter se entere de tu proeza te elevará a la
deidad. Eres el único hombre que alguna vez haya pescado un pez pequeño.
EL LOBO Y LOS PASTORES
Un Lobo que pasaba junto al refugio de unos Pastores, miró adentro y vio a los
pastores comiendo.
-Entra -dijo uno de ellos irónicamente-, y sírvete un pedazo de tu plato favorito,
una pata de cordero.
-Gracias -dijo el Lobo, mientras se alejaba-, pero tienen que disculparme: acabo
de comerme un cuarto de pastor.
EL LEÓN, EL GALLO Y EL BURRO
Un León estaba por atacar a un Burro que rebuznaba, cuando un Gallo que estaba
cerca cantó estridentemente y el León huyó.
-¿Qué fue lo que lo asustó? -preguntó el Burro.
-Los Leones tienen un miedo supersticioso de mi voz -respondió con orgullo el
Gallo.
-Bien, bien, bien -reflexionó el Burro, sacudiendo la cabeza-; diría que cualquier
animal que tiene miedo de tu voz y no se asusta de la mía debe poseer un oído de lo
más extraordinario.
LA VÍBORA Y LA GOLONDRINA
Una Golondrina que había construido su nido en una Corte de Justicia crió una
hermosa familia de jóvenes aves. Cierto día, una Víbora salió de una grieta en la pared
y ya estaba por comérselas, pero el juez Justo, de inmediato libró un oficio, y dando
orden de que las golondrinas fueran trasladadas a su propia casa, se las comió él.
LA GALLINA Y LAS VÍBORAS
Una Golondrina se acercó a una Gallina que había empollado pacientemente unos
huevos de víbora, y le dijo:
-Qué estúpida eres al darle vida a criaturas que te premiarán destruyéndote.
-Soy un poquitito destructiva -dijo la Gallina, engullendo tranquilamente a uno de
los pequeños reptiles-, y no es un acto de locura proporcionarse los bocados de la
estación.
EL LEÓN Y LA ESPINA
Un León que vagaba por el bosque se clavó una espina en la pata, y al encontrar
un Pastor, le pidió que se la extrajera. El Pastor lo hizo, y el León, que estaba saciado
porque acababa de devorar a otro pastor, siguió su camino sin hacerle daño. Algún
tiempo después, el Pastor fue condenado, a causa de una falsa acusación, a ser
arrojado a los leones en el anfiteatro. Cuando las fieras estaban por devorarlo, una de
ellas dijo:
-Este es el hombre que me sacó la espina de la pata.
Al oír esto, los otros leones honorablemente se abstuvieron, y el que habló se
comió él solo al Pastor.
EL
MILANO, LAS PALOMAS Y

EL HALCÓN

Unas Palomas expuestas a los ataques de un Milano solicitaron a un Halcón que
las defendiera. El Halcón consintió. Admitido entre ellas, esperó al Milano, se abalanzó
sobre él y lo devoró. Cuando estuvo tan saciado que casi no podía moverse, las
agradecidas Palomas le arrancaron los ojos.

EL LOBO Y EL BEBE
Un Lobo hambriento pasaba cerca de la puerta de una cabaña en el bosque, y oyó
que una Madre le decía a su Bebé:
-Tranquilízate, o te arrojaré por la ventana y te comerán los lobos.
De modo que esperó todo el día al pie de la ventana, sintiendo más y más hambre
a medida que pasaba el tiempo. Pero a la noche, el Padre, al volver del club del
pueblo, arrojó por la ventana tanto al Niño como a la Madre.

EL LOBO Y EL AVESTRUZ
Un Lobo que al devorar a un hombre se había atragantado con un manojo de llaves,
le pidió a un avestruz que introdujera la cabeza a través de su garganta y las extrajera,
lo que el Avestruz realizó.
-Supongo -dijo el Lobo- que esperas una retribución por ese servicio.
-Una buena acción -replicó el Avestruz- es su propio premio; me he comido las
llaves.

EL CABALLO DE GUERRA Y EL
MOLINERO

Habiéndose enterado de que el Estado estaba a punto de ser invadido por un ejército
hostil, un Caballo de Guerra perteneciente a un Coronel de la Milicia ofreció sus
servicios a un Molinero que por ahí pasaba.
-No -dijo el patriota Molinero-, no emplearé a uno que abandona sus posiciones a
la hora del peligro. Es hermoso morir por la propia patria.
Algo en esta opinión le sonó familiar al Caballo de Guerra, y mirando más de cerca
al Molinero, reconoció a su dueño disfrazado.

EL LEÓN Y EL RATÓN

Un León había atrapado a un Ratón y estaba a punto de matarlo, cuando el Ratón
dijo:
-Si me perdonas la vida, otro tanto haré yo por ti algún día.
El León, bondadosamente, le permitió irse. Poco después ocurrió que el León fue
capturado por unos cazadores y atado con cuerdas. El Ratón pasó por el lugar, y viendo
que su benefactor estaba indefenso, se puso a roerle la cola.

EL CORDERO Y EL LOBO

Un Lobo estaba calmando su sed en un arroyo, cuando un Cordero se apartó de su
pastor, bajó hacia la orilla del arroyo, y pasando ostentosamente alrededor del Lobo,
se preparó para beber corriente abajo.
-Le ruego que observe -dijo el Cordero- que por lo común el agua no corre hacia
arriba. Que yo beba acá no puede contaminar el agua que toma usted; de modo que no
tiene el menor pretexto para asesinarme.
-No sabía -replicó el Lobo- que necesitaba un pretexto para que me gusten las
chuletas de cordero.
Fin de ese pequeño lógico.

EL PADRE Y LOS HIJOS

Un Padre afligido por una familia de Hijos pendencieros, les exhibió un atado de
varas y pidió a los jóvenes que lo rompieran. Tras repetidos esfuerzos, admitieron que
les resultaba imposible.
-Vean -dijo el Padre- las ventajas de la unidad; mientras esas varas permanecen
unidas son invencibles; y observen lo débiles que se muestran individualmente.
Sacando una vara del atado, fácilmente la rompió en la cabeza del Hijo mayor, y
repitió el procedimiento hasta que todos fueron servidos.

EL LEÓN Y EL RATÓN
A un juez lo despertó el ruido de un abogado que procesaba a un Ladrón. Rojo de
ira, ya estaba por sentenciar al Ladrón a prisión perpetua, cuando este dijo:
-Le suplico que me libere, y algún día retribuiré su bondad.
Complacido y lisonjeado al ser coimeado, aunque no fuera por nada más que una
promesa hueca, el juez lo dejó irse. Poco después, comprobó que había sido más que
una promesa hueca, porque habiéndose convertido él mismo en Ladrón fue liberado
por el otro, que se había convertido en Juez.

FABULAS DE ROBOTS DE STANSILAW LEM

Escrito por imagenes 16-04-2008 en General. Comentarios (0)

FABULAS DE ROBOTS DE STANSILAW LEM



Fábulas de Robots

De

Stansilaw Lem





Los Tres Electro Guerreros
Las Orejas de Uranio
De cómo Erg Autoexcitador Venció a Paliducho
Los Dos Monstruos
La Muerte Blanca
De cómo Micromil y Cigaciano Provocaron la Fuga de las Nebulosas
Leyenda de la Calculadora que Luchó contra el Dragón
Los Consejeros del rey Hidropsio
El Amigo de Automateo
El Rey Globaldo y los Sabios
Leyenda del Rey Murdano
El Príncipe Ferriciano y la Princesa Cristalia
Cómo se Salvó el Mundo
La Máquina de Trurl
La Gran Paliza




Los Tres Electroguerreros


Erase una vez un inventor que continuamente ideaba y construía extraordinarios aparatos. Construyó una máquina pequeñísima que cantaba maravillosamente y a la que dio el nombre de pajarolezna. Se hizo un sello con un corazón y ponía esta marca a cada átomo que salía de sus manos, que luego para asombro de los sabios que en sus análisis espectrales atómicos descubrieron aquel reluciente corazoncito.

Este gran inventor construyó muchas máquinas muy útiles, grandes y pequeñas, y hasta se le ocurrió la idea realmente insólita de asociar en una sola cosa la muerte y la vida para así conseguir lo inalcanzable. Decidió crear unos seres racionales a partir del agua, pero nada de espantosos cuerpos blandos y húmedos. Lo que deseaba era crear con el agua unos seres realmente hermosos e inteligentes, es decir, cristalinos.

Buscó un planeta, muy alejado de todos los soles, de cuyo helado océano extrajo unos enormes bloques de hielo con los cuales esculpió a los Criónidas, los nuevos seres por él imaginados.

Pero estos seres solamente podían existir en el frío más espantoso y en el vacío sin sol. Los Criónidas no tardaron en edificar ciudades y palacios de hielo, pero el más mínimo calor representaba su perdición, de manera que se las arreglaron para atrapar las auroras boreales, meterlas en unos utensilios transparentes e iluminar con ellas sus viviendas. Cuanto más poderosos eran los Criónidas, tenían más auroras boreales amarillas y plateadas, y vivían muy felices con sus luces y sus famosas joyas, extraídas de los gases congelados. Adornaban con sus vivos colores su noche eterna en la que, al igual que espíritus -cautivos, aquellas joyas resplandecían bajo la tenue luz de las auroras boreales como mágicas nebulosas en bloques de cristal.

Muchos del cosmos codiciaban aquel tesoro, pues Crionia podía divisarse desde una distancia enorme, centelleante como una joya girando lentamente sobre un oscuro terciopelo.

Así que varios aventureros llegaron a Crionia para probar fortuna. El primero fue el electroguerrero Cupricio. Comenzó a caminar y sus pasos resonaban sobre el hielo como campanadas, pero al instante el hielo se derritió bajo sus plantas, cayó al océano glacial y las olas se lo tragaron. Y desde entonces sigue Cupricio en el fondo de los mares de Crionia, encerrado como un gusano de seda en su capullo, en su tumba de hielo.

Sin embargo, el fracaso de Cupricio no desanimó a otros osados conquistadores. Tras él llegó a Crionia el electroguerrero Ferricio. Se llenó de helio líquido, que borboteaba dentro de su cuerpo de acero, y la escarcha, al formarse sobre su armadura, lo hacía parecer un enorme copo de nieve. Pero al volar sobre la superficie del planeta, se inflamó debido al rozamiento con la capa atmosférica, el helio líquido se evaporó y se le escapó del cuerpo y Ferricio, reluciente como una flecha al rojo, cayó sobre las rocas heladas, que se abrieron de pronto. Salió de allí en medio de nubes de vapor, como de un géiser hirviente; pero todo cuanto tocaba se convertía en una nube blanca de la que caía la nieve. Así que, se sentó y esperó hasta enfriarse y tan pronto como los copos de nieve dejaron de derretirse sobre los guardabrazos de su armadura, quiso levantarse y lanzarse al combate, pero la grasa de sus articulaciones se había endurecido y no podía ni siquiera enderezarse. Así quedó Ferricio hasta nuestros días y la nieve lo ha convertido en un monte blanco del que sólo asoma la aguda punta de su yelmo. El monte se llama desde entonces Monte de Ferricio.

El tercero de los electroguerreros, Cuarciano, se enteró del destino de los otros dos. De día se parecía Cuarciano a una lente pulida, mientras que de noche semejaba el reflejo de una estrella. Este atrevido conquistador no temía que el aceite que lubrificaba sus miembros se helara, puesto que no tenía, ni que el hielo se rompiera bajo sus plantas, ya que podía permanecer tan frío como quisiera. Solamente debía evitar una cosa: pensar frenéticamente, pues ello recalentaba su cerebro de cuarzo y podía ser su perdición. Sin embargo, decidió intentarlo, seguro de salvar la vida y triunfar de los Criónidas.

Voló hasta el planeta a través de la eterna noche helada de las galaxias, mientras los meteoros metálicos que durante su vuelo rozaban su pecho estallaban en pedazos, sonando como el vidrio. Llegó por fin sobre las blancas nieves de Crionia, bajo su velo negrísimo.

Cuarciano reflexionó sobre lo que iba a hacer pero la nieve empezó a derretirse a su alrededor.

-¡Vaya, vaya -dijo para sí Cuarciano-, esto no me gusta! Bien, con tal de no pensar, todo irá bien.

Y el electroguerrero decidió repetir esa frase Por si acaso, puesto que no requería ningún esfuerzo mental, y, gracias a ello, no se recalentaría su cerebro. Cuarciano empezó a marchar por el desierto nevado, sin pensar en nada para conservarse totalmente frío. Caminó largo rato hasta llegar a las murallas de hielo de Frigidia, la capital de los Criónidas. Sin pensárselo dos veces, se lanzó de cabeza contra las blancas almenas, hasta que la gente escondida se mostró, pero sin resultado.

-Probemos de otra manera -dijo para sí el electroguerrero, y pensó cuánto eran dos por dos. Tan pronto como se le ocurrió esta idea, su cabeza se calentó un poquito y peor segunda vez embistió como un ariete contra las murallas refulgentes, pero así tampoco logró nada.

-No basta -se dijo Cuarciano-. Probemos con algo más difícil. ¿Cuánto son tres por tres?

Esta vez su cabeza se rodeó de una nube de chispas y con el calor de tan intenso pensamiento, la nieve se derritió en el acto. De manera que Cuarciano retrocedió para coger carrerilla, y se lanzó contra la muralla con tal fuerza que la traspasó, y tras ella dos palacios y tres casas de los grafistas helados; fue a caer sobre unas grandes escalinatas, agarrándose a la baranda de carámbanos, pero los peldaños parecían una pista de patinaje. Se incorporó rápidamente, pues a su alrededor todo estaba derritiéndose y - corría el riesgo de rodar hacia el fondo y hundirse en el abismo glacial, donde quedaría congelado por los siglos de los siglos.

« ¡Calma, calma! Con tal de no pensar, todo saldrá bien -pensó el electroguerrero-. Dejaremos que las cosas se enfríen.»

Salió del túnel de hielo que se había abierto bajo su calor y se encontró en medio de una gran plaza, profusamente iluminada por auroras boreales, que parpadeaban con su luz esmeralda y plateada en lo alto de unas columnas de cristal.

Le salió al encuentro, centelleante como una estrella, un gigantesco caballero, llamado Bóreo, jefe de los Criónidas. Cuarciano, sin inmutarse, se lanzó al ataque, imitado por su adversario. Se oyó un estruendo espantoso, como cuando dos icebergs chocan en el Mar del Norte. La refulgente diestra de Bóreo rodó por el suelo, separada del tronco; pero no se amilanó éste; valientemente, siguió peleando y se volvió, presentando su pecho, tan ancho. como un auténtico iceberg a enemigo. Este volvió a tomar carrerilla y nuevamente embistió como un ariete.

El cuarzo era mucho más duro y compacto que el hielo, de manera que Bóreo se desmoronó estrepitosamente, como un alud rodando por las rocas, y pulverizado, quedó tendido bajo la luz de las auroras boreales.

-¡Victoria! -gritó Cuarciano, y despojó a su enemigo de sus maravillosas joyas: anillos incrustrados de hidrógeno, broches refulgentes, parecidos a los diamantes, pero tallados en tres gases nobles: argón, criptón y xenón. Pero ante aquellas joyas tan hermosas se inflamó de emoción y los brillantes, con un silbido, se le evaporaron entre los dedos, hasta que nada le quedó, salvo unas gotas de rocío, que a su vez muy pronto se volatizaron.

-¡Vaya! Está visto que tampoco hay que emocionarse. ¡Bueno, con tal de no calentarse la cabeza, todo saldrá bien!

El electroguerrero siguió adelante por el terreno conquistado. De pronto divisó a lo lejos una forma enorme. Era el general-mineral Albucio, cuyo ancho pecho estaba cubierto de varias hileras de condecoraciones parecidas a carámbanos, atravesadas por la glacial faja de la Gran Estrella de la Escarcha. El general, guardián de los tesoros reales, cerró el paso a Cuarciano, que se lanzó a su encuentro como un huracán, y los dos adversarios chocaron con estruendo de témpanos. Acudió en ayuda de Albucio el príncipe Asteroido, que gobernaba el país del hielo negro.

Cuarciano no podía con este nuevo enemigo, pues el príncipe llevaba una costosa armadura nitrogenada templada en helio, y de ella salía tanto hielo que el ímpetu de Cuarciano se debilitó y las auroras boreales palidecieron al reinar ..por doquier el cero absoluto.

Cuarciano se detuvo, pensando: «¡Socorro! ¿Qué pasa?»

A causa de su asombro, se le recalentó el cerebro, con lo que el cero absoluto dejó de existir al calentarse la atmósfera y el electroguerrero cómo el príncipe Asteroido empezaba a desmoronarse, en medio de un gran fragor, hasta que en el campo de batalla sólo quedó un monde hielo negro del que el agua manaba como lágrimas.

«¡Bravo! -pensó Cuarciano-. Con tal de calentarse la cabeza solamente en caso de apuro, todo saldrá bien; mío es el triunfo ... »

Y siguió adelante; sus pasos sonaban como si ,un gigantesco martillo golpeara el hielo cristal¡no; pisaba fuerte por las calles de Frigidia, y sus habitantes, angustiados, espiaban sus movimientos desde las ventanas bajo los níveos aleros. Iba Cuarciano volando por la Vía Láctea como un enfurecido meteoro cuando, de pronto, divisó a lo lejos una pequeña figura solitaria. Era la de Barión, el sabio más grande de Crionia, por todos conocido con el nombre de Hielodio.

Cuarciano se lanzó como un rayo para aplastarle. de un golpe, pero el otro se limitó a dar un paso de lado y sin inmutarse no hizo más que un signo con dos dedos levantados hacia su enemigo. Este, sin hacer caso de aquel signo que no entendía, se volvió y arremetió con más furia su adversario; pero nuevamente Hielodio se apartó, evitando el golpe del electroguerrero y rápidamente le hizo otra seña con un solo dedo levantado. Cuarciano se extrañó un poco esta vez, disminuyó su empuje, pero volvió a lanzarse al tiempo que reflexionaba sobre aquella aparición tan rara; al calentarse la cabeza, el agua comenzó a chorrear de los edificios más cercanos, pero no se dio cuenta de ello al fijarse en Hielodio, que ahora le mostraba un círculo formado con los dedos de una mano, mientras que con el pulgar de la otra atravesaba el círculo una y otra vez.

Tremendamente intrigado, Cuarciano estaba pensando y pensando en lo que esos gestos podían significar, y se hizo el vacío bajo sus plantas, un agua negra manó del abismo que acababa de abrirse y el electroguerrero cayó como una piedra, hundiéndose en las profundidades, pensando por última vez: «¡Con tal de no pensar, todo saldrá bien!» Pero su suerte ya estaba echada.

Luego, los Criónidas agradecidos le preguntaron a su salvador lo que significaban aquellas señales que le había hecho al terrible electroguerrero.

-La cosa no puede ser más sencilla -contestó el sabio Hielodio-. Los dos dedos levantados querían decir que éramos dos, él y yo. Un dedo solo significaba que de nosotros dos solamente iba a quedar uno. Luego le enseñé el círculo, con lo que le avisaba de que el hielo se abriría a su alrededor y el negro océano se lo tragaría para siempre. Pero nuestro enemigo no supo entender esta señal, lo mismo que no comprendió las otras dos.

-¡Qué gran sabio eres! -exclamaron los Criónidas estupefactos-. Pero ¿por qué hiciste esas señales al espantoso agresor? ¿Qué hubiera ocurrido si hubiese comprendido y no se hubiera asombrado? Está claro que en tal caso no se hubiera calentado los sesos y no se hubiera abierto el abismo insondable bajo sus pies...

-¡Ja, ja! Sabía que eso no iba a ocurrir -contestó sonriendo el sabio Hielodio-, pues daba por supuesto que no iba a entender nada. Si nuestro enemigo hubiese tenido una pizca de inteligencia, no habría llegado hasta aquí. ¿Cómo puede venir a nosotros un ser que vive bajo el sol? ¿Qué podía hacer con joyas talladas congeladas y plateadas estrellas de hielo?

Quienes le escuchaban se asombraron del ingenio de1 sabio y se volvieron tranquilos a sus casas, donde les esperaba su querido hielo.

A partir de entonces, ya nadie intentó llegar a Crionia pues no había tales tontos en el cosmos, aunque hay quien asegura que todavía quedan bastantes, pero no conocen el camino.






Las Orejas de Uranio


Erase una vez un ingeniero cosmogónico que aclaraba las estrellas para poner fin a la oscuridad. Llegó a la nebulosa de Andrómeda, que todavía estaba llena de nubes negras. Se puso a darle vueltas y en cuanto la nebulosa se movió, utilizó sus .rayos. Tenía tres rayos: rojos, violeta e invisibles. Cogió el primer rayo y lo dirigió a un gran globo estelar, que inmediatamente se convirtió en una gigantesca estrella roja, pero dentro de la nebulosa no se hizo la luz. Entonces, agarró otra estrella y le introdujo el segundo rayo, el violeta, hasta que se blanqueó. Luego, le dijo a su discípulo:

-Vigila esa estrella, mientras voy a encender las otras.

El discípulo estuvo esperando mil años y luego otros mil, pero el ingeniero no volvía. Se aburrió de tanto esperar. Agarró una estrella, la retorció y de blanca se volvió azul. Eso le gustó y pensó que ya lo sabía todo.

Trató de retorcer otra estrella, pero esta vez se quemó. Rebuscó en la caja que había dejado el ingeniero cosmogónico, pero no encontró nada en ella, nada de nada. Entonces observó que ni siquiera tenía fondo. Supuso que allí estaría el rayo invisible; entonces se le ocurrió meterlo en una estrella, pero no sabía cómo. Agarró la caja y la tiró al fuego. En ese instante, todas las nubes de Andrómeda se iluminaron como si miles de soles brillaran de pronto y en toda la nebulosa parecía pleno día. El discípulo se alegró mucho, pero no duró su regocijo, pues la estrella estalló.

Al ver aquel desastre, el ingeniero cosmogónico acudió volando, y como no quería perder nada, agarro las llamas y con ellas hizo unos planetas: el primero de gas, el segundo de carbón y para el tercero solamente le quedaban los metales más pesados, de los que salió el planeta Actinuria.

El ingeniero cosmogónico, tras abrazar a su creación, reemprendió su vuelo diciendo: -Regresaré dentro de cien millones de años. Ya veremos lo que sale de todo esto. -Y se fue en busca de su discípulo, que había escapado lleno de espanto.

En Actinuria, surgió el gran estado de los platinidas. Estos soles eran tan pesados que sólo por Actinuria podían caminar, puesto que en los demás planetas el suelo se hubiese hundido bajo sus pies, y cuando gritaban, los -montes se derrumbaban. Sin embargo, en sus casas no hacían ruido, ni se atrevían a levantar la voz, pues su rey, Argitorio, era el más cruel de los tiranos.

Argitorio vivía en un palacio labrado en una montaña de platino en el que había seiscientas salas enormes, en cada una de las cuales descansaba la palma de una de sus manos. No podía salir del palacio, pero sus espías andaban por todas partes. El rey Argitorio era muy desconfiado y atormentaba a sus súbditos.

Los platinidas no necesitaban lámparas ni fuego alguno por la noche, puesto que todos los montes de su planeta eran radiactivos y daban luz más que suficiente. De día, cuando el sol pegaba fuerte, dormían en el interior de sus montes y solamente por las noches salían a los valles metálicos. Pero el cruel Argitorio los mandó a todos a trabajar en los hornos, donde metían bloques de uranio procedentes de todo el país y fundían platino.

Cada platinida debía presentarse en el palacio real, donde tomaban las medidas de su armadura, compuesta por los guardabrazos, los guantelet, los quijotes, la visera y el yelmo, todo ello autorreluciente, pues las piezas eran de chapa de uranio, y lo que más les relucía eran las orejas.

A partir de entonces, los platinidas ya no pudieron reunirse, puesto que si se juntaban demasiado, el grupo estallaba . De manera que no tuvieron más remedio que vivir en solitario, saludándose de 'lejos y siempre con miedo a provocar una reacción en cadena, mientras que Argitorío se frotaba. las manos al verlos tan tristes y los cargaba con más impuestos. El tesoro del rey, escondido en el interior de la montaña, estaba compuesto por monedas de plomo, pues este metal era el que menos abundaba en Actinuria y su valor era superior al de todos los demás.

Bajo la tiranía de Argitorio los habitantes de Actinuria sufrían mucho. Algunos deseaban sublevarse contra él y pronto se pusieron de acuerdo para acabar con el cruel monarca; pero la conjura fracasó por culpa de los menos inteligentes, que siempre se acercaban a los demás preguntando de qué se trataba, y a causa de su necedad, la conspiración se descubrió en seguida.

En Actinuria había un joven inventor llamado Pirón, que, entre otras cosas, sabía fabricar unos hilos de platino tan finos que con ellos se podía tejer una red en la que las propias nubes quedaban prendidas. Pirón inventó el telégrafo de hilo y luego llegó a estirarlo tanto, que el hilo dejó de existir y así nació el telégrafo sin hilo. Este invento entusiasmó a los habitantes de Actinuria, pues pensaron que gracias a él podrían conspirar sin miedo; pero el astuto Argitorio escuchaba todas las conversaciones gracias a sus seiscientos receptores de platino., y en cuanto oía la palabra «motín» o «rebelión», lanzaba un rayo que fulminaba a los conspiradores.

Entonces, Pirón decidió engañar al tirano. Al hablar con sus amigos, en lugar de «motín» decía «zapatos», y en vez de «conspirar» decía «fundir», y así fue preparando la insurrección.

Argitorio nada recelaba al escuchar las conversacíones de sus súbditos y se preguntaba qué manía les había entrado de repente con tanta zapatería; pero no sabía que cuando hablaban de «ponerse las botas», significaba «condenar a la hoguera», y que los «zapatos estrechos» eran su tiranía.

Sin embargo, aquellos a quienes Pirón se dirigía no siempre le entendían, puesto que no podía comunicar sus planes a no ser que comprendie ran el lenguaje zapateril. Se esforzaba en hacerse entender como podía, pero, para los más obtusos, tuvo la imprudencia de telegrafiar la frase «desgarrar la correa de plutonio» en lugar de decir «la suela de cuero». El tirano se alarmó al oír esas palabras, pues el plutonio es el elemento que más se aproxima al uranio y el uranio al torio, y en su propio nombre estaba incluida la palabra «torio»... Mandó en el acto a su guardia blindada a que detuviera a Pirón; le arrastraron hasta el palacio real y le tiraron sobre el suelo de plomo a los pies del rey. Pirón nada confesó, pero Argitorio mandó encerrarlo.

Los platinidas, enterados de la detención de Pirón, perdieron toda esperanza de ser libres. Pero el millón de siglos ya había transcurrido y el ingeniero cosmogónico que había creado el tercer planeta estaba a punto de regresar a Actinuria, tal y como había prometido.

Desde el espacio, se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo en el planeta y pensó que así no podían seguir las cosas. Tomó las radiaciones más pesadas y duras, metió en ellas su propio cuerpo como si fuera dentro de un capullo de gusano de seda, para recobrarlo a su regreso, y, disfrazándose de vagabundo, llegó a Actinuria.

Al oscurecer, cuando solamente las cumbres nevadas de los montes lejanos iluminaban el platinado valle, el ingeniero cosmogónico trató de acercarse a los súbditos de Argitorio, pero éstos se apartaron de él llenos de espanto, temiendo una explosión de uranio. En vano iba detrás de unos y otros; todos rehuían de él, y el ingeniero cosmogónico no alcanzaba a comprender el porqué. Así que anduvo por las colinas, semejantes a escudos de guerreros, y sus pisadas resonaban como campanas sobre el durísimo suelo. Llegó al pie del bastión dentro del cual Argitorio tenía encadenado al pobre Pirón; éste le vio a través de las rejas de su prisión y le pareció que se trataba del ingeniero cosmogónico, pero bajo la figura de un modesto robot, muy distinto de los demás platinidas, puesto que no resplandecía en lo más mínimo, por la simple razón de que su armadura no era de uranio.

Pirón quiso gritar, pero tenía la boca atornillada y solamente pudo hacer saltar una chispa de su cabeza golpeándosela contra el muro.

Al divisar aquel relámpago, el ingeniero cosmogónico se acercó al bastión y miró por las rejas de la ventana. Pirón, aunque no podía hablar, hizo sonar unas: cadenas, y así le explicó la situación al ingeniero cosmogónico.

-Ten paciencia que todo saldrá bien -le aseguró éste.

El ingeniero cosmogónico fue a las montañas más salvajes de Actinuria, donde se pasó tres días buscando cristales de cadmio, y luego los convirtió en chapa con ayuda de unas rocas de paladio. Con aquella chapa de cadmio fabricó un montón de orejeras que fue depositando a su regreso en el umbral de cada casa. Al encontrar aquellas orejeras, los platinidas, muy asombrados, se las pusieron, pues hacía mucho frío.
Esa misma noche, el ingeniero cosmogónico se deslizó entre las platinidas y con una varita inflamada trazó con gran rapidez unas líneas de fuego, escribiendo en la oscuridad las siguientes palabras: «Podéis acercaros unos a otros sin temor, pues el cadmio evitará la explosión del uranio ».
Pero los platinidas pensaron que se trataba de un esbirro del rey y no le creyeron. Enfurecido al ver que no le hacían caso, el ingeniero cosmogónico fue a las montañas y recogió mineral de uranio, del que obtuvo un metal plateado, con el cual acuñó unas monedas resplandecientes, en una de cuyas caras se veía el perfil de Argitorio y en la otra sus seiscientas manos.

Cargado con sus monedas de uranio, el ingeniero cosmogónico regresó al valle y las lanzó una tras otra lejos de sí, hasta formar una pila y, al lanzar otra moneda, el aire se estremeció, surgió un resplandor de la pila de monedas, que se transformó en una esfera de llamas blancas, y cuando el viento disipó la humareda, sólo se vio un cráter abierto en la roca.

Acto seguido, el ingeniero cosmogónico, volvió a sacar monedas de su saco y a lanzarlas, pero esta vez, antes de lanzarla, recubría cada moneda con una hoja de cadmio, y aunque la pila llegó a ser seis veces mayor que la primera, no pasó nada. Entonces los platinidas le creyeron y, agrupándose sin miedo, organizaron una conjura contra el odiado Argitorio. Querían derrocar al monarca, pero no sabían cómo hacerlo, pues el palacio real estaba rodeado de murallas irradiantes y el puente levadizo estaba defendido por un verdugo automático, y al que no daba la consigna le cortaba la cabeza.

Casualmente, se acercaba el día de la recaudación correspondiente al nuevo impuesto que Argitorio acababa de imponer.

El ingeniero cosmogónico repartió sus monedas de uranio entre los súbditos del rey para que con ellas pagaran el impuesto.

Y así lo hicieron todos.
El rey se alegró al ver la cantidad de monedas que iban a engrosar su tesoro, pero no sabía que eran de uranio y no de plomo, como las que él mandaba acuñar.

Aquella misma noche, el ingeniero cosmogónico fundió las rejas de la celda de Pirón y lo liberó de sus cadenas. Cuando en silencio iban por el valle bajo la luz de los montes radiactivos, de repente, como si el anillo lunar hubiera caído envolviendo el horizonte, se produjo un tremendo resplandor: la pila de monedas del tesoro del rey había crecido demasiado, desatando con ello una reacción en cadena. La explosión destrozó el palacio y el cuerpo metálico de Argitorio y su fuerza fue tal que las seiscientas manos del tirano volaron al espacio.

En Actinuria reinaba la alegría; Pirón fue elegido rey y gobernó con justicia, mientras que el ingeniero cosmogónico recobró su cuerpo del capullo irradiante y volvió a su tarea de encender las estrellas.

Las seiscientas manos plateadas de Argitorio siguen girando alrededor del planeta, formando anillo similar al de Saturno, iluminándolo todo con su magnífico resplandor, cien veces más potente que la luz de los montes radiactivos.


De cómo Erg Autoexcitador Venció a Paliducho


El poderoso rey Boludar era muy aficionado a toda clase de curiosidades y se pasaba la vida coleccionándolas, lo que a menudo le llevaba a descuidar las cuestiones de Estado. Tenía una colección de relojes muy raros, entre los cuales había un reloj-danza, un reloj aurora boreal y, finalmente, un reloj-nube. Poseía también toda una serie de criaturas disecadas procedentes de los lugares más alejados del universo, y en una de las salas de su palacio había, bajo una campana de cristal, un rarísimo espécimen, denominado Homo Antropos, sorprendentemente pálido, con dos piernas y dos ojos, aunque vacíos, en vista de lo cual el rey mandó encajar en sus cuencas dos grandes rubíes para que el Homo tuviese una mirada roja. En ocasiones especiales, el rey Boludar invita a sus huéspedes más queridos a visitar aquella sala y les enseña a su monstruo.

En cierta ocasión, el rey invitó a la corte a un electrosabio tan anciano que en los cristales de su raciocinio a veces se mezclaban los conceptos, pues aunque su sabiduría era enorme ya era viejísimo. Se llamaba Halazonio y era depositario de todo el saber de la galaxia. Aseguraban que el electrosabio Halazonio podía reducir los fotones a filamentos, con los cuales era posible construir unos aparatitos luminosos; decían también que sabía cómo capturar a un Homo vivo. Conocedor de su debilidad, el rey mandó abrir las bodegas de palacio; el electrosabio no rechazó la invitación, pues ansiaba echar mano a las botellas de Leyde. Mientras miles de corrientes se extendían por todo su cuerpo, Halazonio prometió al rey que le capturaría un Homo que era jefe de cierta tribu centroestelar. A cambio, el electrosabio pidió una recompensa elevadísima: una cantidad de brillantes, grandes como el puño, equivalente al peso del Homo; pero el rey accedió sin pestañear.

Halazonio se marchó mientras el rey se ufanaba ante el Consejo del Trono de su adquisición, cosa que de todos modos no podía ocultar, pues ya había ordenado construir una jaula con gruesos barrotes de hierro en el parque de palacio, donde crecían los más maravillosos cristales.

Cundió la alarma entre los cortesanos. Ante la obstinación del rey, llamaron a dos sabios homólogos, que fueron recibidos muy cordialmente por él, pues sentía gran curiosidad por saber si los sabios, llamados Salamidio y Taladonio, le dirían algo que él aún no supiera sobre aquella pálida criatura.

-¿Es cierto -preguntó el rey tan pronto como los dos sabios hubieron terminado su reverencia- que el Homo es más blando que la cera?

-Efectivamente, majestad, así es -contestaron ambos.

-¿Es cierto que por esa rendija que tiene en la parte inferior de la cara puede emitir sonidos?

-Así es, majestad; y también es cierto que el Homo se mete en ese mismo orificio distintas cosas y luego mueve la parte inferior de la cabeza, que está sujeta a la parte superior con bisagras, para triturar esas cosas, que seguidamente se traga.

-Desde luego -observó el rey-, es una costumbre muy rara. Pero ¿podríais decirme, queridos sabios, por qué lo hace?

-Sobre ese punto hay cuatro teorías, majestad -contestaron los homólogos-. Según la primera, el Homo hace eso para eliminar el exceso de venenos (pues es tremendamente venenoso). Según otra teoría, lo hace por instinto de destrucción, que en él es el más poderoso. En tercer lugar, se dice que lo hace por avidez, pues si pudiera se tragaría todo lo que tiene a su alcance, y la cuarta teoría...

-¡Bien, bien! -exclamó el rey-. ¿Es cierto que es un ser nacido del agua y, sin embargo, tan opaco como el que tengo disecado?

-También es cierto. Pues esa criatura tiene en su interior un gran número de tubos por los cuales circulan líquidos; dichos líquidos son de color amarillo y perla, pero en su mayoría son rojos y transportan un veneno terrible al que llaman oxígeno; dicho gas transforma en herrumbre o en llamas todo lo que toca. Por eso mismo se vuelve de color perla, amarillo y rojo. Suplicamos a su majestad que renuncie a su idea de traer un Homo vivo, pues se trata de la criatura más peligrosa y dañina que existe.

-Habrán de exponerme todo eso muy detalladamente -dijo el rey, fingiéndose dispuesto a seguir los consejos de los sabios, aunque en realidad lo que deseaba era satisfacer su curiosidad.

-El Homo pertenece a una clase de seres llamados traqueantes, divididos en silicónidos y proteínidos; los primeros tienen una consistencia más compacta y densa, por lo que se denominan acalcitados o aljibicitados; a los segundos, mucho más raros, los distintos autores dan diversos nombres tales como: tilios o tilicios, según Polomedero; fangosos o viscosos, según Tricéfalo Arboridisco; traqueosalivadores víscidos, según Analcimandrio...

-¿Es cierto que el Homo tiene incluso los ojos viscosos? -preguntó el rey Boludar.

-Efectivamente, majestad. Esas criaturas, de apariencia débil y vulnerable, que ojalá cayeran todas desde la mayor altura y todas se convirtieran en un charco rojo, representan por su astucia un peligro mucho mayor que todos los vórtices y escollos del Anillo de Astridio. Así que os suplicamos que, teniendo en cuenta el bien del país...

-Está bien, está bien, queridos sabios -dijo el rey-. No os preocupéis, que tomaré una decisión con la debida prudencia.

Los sabios homólogos se inclinaron respetuosamente ante el rey y se marcharon muy preocupados, puesto que tenían la impresión de que éste no había renunciado ni mucho menos a su peligrosa idea.

Efectivamente, al poco tiempo apareció una noche una astronave con un enorme paquete, que descargaron y transportaron inmediatamente a los jardines reales. Pronto se abrieron las doradas puertas del parque para los súbditos del rey Boludar; entre los setos de brillantes, la glorieta de jaspe tallado y los monstruos de mármol, vieron en la jaula de hierro una criatura pálida y débil sentada en un pequeño barril, ante un recipiente lleno de una cosa extraña, cuyo olor recordaba al aceite, pero estropeado tras haberlo quemado en el fuego y, por lo tanto, inservible.
Sin embargo, aquella criatura metía con toda naturalidad en el pequeño recipiente una especie de palita con la que se llevaba aquella sustancia aceitosa y repugnante al orificio que tenía en la parte inferior de la cara.

El público se horrorizó al leer lo que ponía en el letrero de la jaula y al enterarse de que se trataba del paliducho Homo Antropos vivo. El público empezó a molestarle e irritarle, y el Homo se levantó, agarró algo que tenía dentro del barril y roció a la multitud con el agua mortal. Mientras los unos huían, los otros agarraron piedras para lapidar al monstruo, pero los guardias los dispersaron rápidamente.

La hija del rey, Electrina, se enteró de aquello. La princesa, deseosa de contemplar aquel fenómeno, no vaciló en acercarse a la jaula dentro de la cual aquella extraña criatura se pasaba las horas rascándose o tragando cantidad de agua y de aceite estropeado que hubiese matado en el acto a cien súbditos del rey.

El paliducho aprendió pronto a expresarse. inteligiblemente y empezó a dialogar con Electrina.

Un día la princesa le preguntó qué eran las cosas blancas que le relucía en la boca.

-Se llaman dientes -dijo el Homo.

-¡Dame uno a través de las rejas! -rogó la princesa.

-Y tú ¿qué me darás?

-Te dejaré mi llave de oro, pero sólo un momento.

-¿Qué llave es ésa?

-Es mi llave personal con la que cada noche doy cuerda a mi entendimiento. Supongo que tú también tienes una llave parecida -dijo la princesa.

-Mi llave es muy distinta -contestó Paliducho riéndose-. ¿Y dónde la guardas?

-Aquí mismo, en el pecho, debajo de la válvula de oro.

-Déjamela.

-¿Y me darás el diente?

-Sí.

La princesa aflojó el tornillo de oro, abrió la válvula, sacó la llave de oro y se la entregó a través de las rejas. Paliducho la agarró rápidamente y corrió a meterse en el fondo de la jaula.

La princesa le suplicó que le devolviera la llave, pero en vano.

Temerosa de confesar lo que acababa de hacer, Electrina se encerró con el corazón angustiado en su habitación. Había obrado atolondradamente, pues aún era casi una niña. Al día siguiente, su servidumbre la encontró sin sentido en su lecho de cristal de roca. Acudieron sus padres y todos los cortesanos y la encontraron tendida en el lecho como si durmiera, pero no pudieron despertarla. El rey mandó llamar a los electroconsejeros de la corte y a los electromédicos, y éstos, al examinar a la princesa, se dieron cuenta de que la válvula estaba abierta y faltaba el tornillo y la llave de oro. En el palacio reinaba la alarma y la confusión, todos corrían buscando la llave, pero no daban con ella.

Al día siguiente, informaron al desventurado rey que Paliducho deseaba hablar con él sobre el asunto de la llave perdida. El rey fue inmediatamente al parque y el monstruo le dijo que él sabía dónde estaba la llave de la princesa, pero que únicamente lo diría si el rey le daba su palabra de honor de suministrarle una astronave para que regresara a su tribu.

El rey se hizo rogar mucho; mandó buscar por todo el parque, pero finalmente aceptó las condiciones de Paliducho. Prepararon la astronave y sacaron bajo guardia a Paliducho de su jaula.

El rey estuvo esperando junto a la nave, puesto que el Homo le había prometido decirle dónde se encontraba la llave en cuanto estuviera a bordo de la nave.

Pero tan pronto como se encontró en ella, sacó la cabeza por el tragaluz y, mostrando la reluciente llave, gritó:

-¡Aquí está la llave! Me la llevo para que tu hija jamás se despierte, y así me vengaré por la humillación de convertirme en el hazmerreír de tus súbditos al encerrarme en la jaula de hierro.

Surgió una llamarada de la popa de la nave, que se elevó en el cielo ante el asombro de todos. El rey ordenó inmediatamente que saliera en persecución de Paliducho la flota de draganubes de acero y de helinaves; pero regresaron con las
manos vacías, pues el astuto Paliducho había tenido buen cuidado en borrar sus huellas y evitar la persecución.

Entonces el rey Boludar comprendió cuán torpe había sido al no seguir los prudentes consejos de los sabios homólogos. Los electricistas cerrajeros intentaron hacer otra llave; los escultores y armeros reales, conocedores de todos los secretos del oro y el acero, los artistas cibergrabadores, todos acudieron para probar su habilidad y destreza, pero en vano.

Finalmente, el rey mandó recuperar la llave robada por Paliducho, ya que de lo contrario la princesa seguiría sumida eternamente en las tinieblas de su falta de entendimiento.

Mandó publicar un bando explicando detalladamente cómo el Paliducho Homo Antropos había robado la llave de oro, y prometiendo que quien lo capturara o simplemente lograra recuperar la llave para devolver la vida a la princesa obtendría en premio la mano de su hija y subiría al trono.

Pronto se presentó ante el palacio una multitud de aventureros de todo tipo. Entre ellos estaban los más prestigiosos electroguerreros, los estafadores, los astroladrones, los cazaestrellas... Y también se presentó el famoso esgrimidor-oscilador Rapacio Megawatio, que disponía de un acoplamiento de ida y vuelta que le permitía permanecer sólo en el campo de batalla; acudieron candidatos de los países más lejanos, como dos Automacistas que habían probado su valor en cien combates; el famoso construccionista Protesio, que nunca salía sin sus dos magnetotragadores, uno negro y el otro plateado; llegó Arbitronio Cosmosófico, maravilloso ser construido con paracristales, y el inteléctrico Palibaba, quien sobre cuarenta robots con ochenta cajas trajo una antigua máquina calculadora con las ideas oxidadas, pero que no dejaba de ser un poderoso artefacto. Acudieron igualmente tres representantes de la tribu de los Seléctritos: Diodo, Tríodo y Héptodo, quienes en la cabeza tenían un vacío tan perfecto que sus ideas eran tan negras como una noche sin estrellas. Llegó Perpetuano, totalmente hecho con una armadura de Leyde, con su colector cubierto de cardenillo tras más de trescientas batallas; y Matricio Perforado, que de día no salía a cazar para que nadie le abrazara, pues era famosísimo; Matricio llegó al palacio junto con un valeroso siberiano, llamado Calambrazo. Cuando el patio real estuvo lleno hasta los topes, trajeron un barril que depositaron en el umbral y, como una gran gota de mercurio, de él surgió Erg Autoexcitador que podía cobrar cualquier forma a su capricho.

Aquellos héroes celebraron un banquete, diseminados por las salas del palacio, cuyos techos de mármol estaban iluminados de rosa como el crepúsculo, y luego todos se marcharon, cada cual por su camino, para buscar a Paliducho, desafiarle y recobrar la llave y con la qu desposar a la princesa y subir al trono de Boludar.

Rapacio Megawatio fue hacia Coldea, donde vivía la tribu de los Galaretas, pues allí pensaba conseguir información. El esgrimidor-oscilador se sumió en sus mares de alquitrán, abriéndose camino con su espada teledirigida, pero no consiguió combatir porque tan pronto como se recalentó, su sistema de refrigeración estalló y
Rapacio Megawatio, el famoso esgrimidor, encontró la muerte entre extraños y su valeroso cátodo se lo tragaron las sucias olas bituminosas de los Galaretas.

Los dos Automacistas llegaron al país de los Radomantes; que edifican con gases luminosos y son tan avaros que todas las tardes cuenta los átomos de su planeta.

Los Radomantes recibieron muy mal a los Automacistas, pues les enseñaron una sima llena de ónices, malaquita y limonita, y cuando los electroguerreros se quedaron estupefactos ante aquellas joyas, los lapidaron, aplastándolos bajo un alud de piedras preciosas; cuando esto ocurrió, una enorme claridad iluminó los alrededores como tras la caída de un cometa. Pues los Radomantes eran los secretos aliados de los paliduchos, cosa que nadie sabía.

El tercero, el construccionista Protesio, consiguió llegar, tras un larguísimo viaje a través del crepúsculo centroestelar, hasta el país de los Algonquinos, de donde salen una infinidad de meteoros. La nave de Protesio embistió vanamente contra sus murallas y, con el timón destrozado vagó por las profundidades estelares y al acercarse a los lejanos soles, el desdichado anduvo para siempre a tientas, cegado por la luz.

El cuarto, Arbitronio Comosófico, tuvo más suerte al principio. Llegó hasta el estrecho de Andrómeda, atravesó los cuatro torbellinos en espiral de Arestia, y llegó al tranquilo vacío, navegando favorablemente; dejando tras de sí una radiante estela, llegó al planeta Maestricia, donde entre las rocas meteoríticas halló el destrozado casco de la nave de Protesio. Sepultó el cuerpo del construccionista, poderoso, reluciente y frío como cuando estaba en vida, debajo de un túmulo de basalto, pero de quitó ambos magnetotragadores, el negro y el plateado, para que le sirvieran de escudos y continuó su camino. Maestricia era un planeta montañoso y salvaje por el que los aludes de piedras rugían y caían los verdosos y plateados rayos de las nubes sobre los precipicios.

El electroguerrero llegó al país de los barrancos, donde los palindromianos lo agredieron en un verde desfiladero de malaquita. Lo atacaron desde lo alto del barranco con centellas que él rechazaba. con su escudo magnetotragador; pero luego llevaron un volcán cuyo cráter instalaron a su espalda, escupiendo fuego en su dirección. Cayó el guerrero y la lava incandescente penetró en su cuerpo, del cual escapó toda la plata.

El quinto, el inteléctrico Palibaba, no fue a ninguna parte: se quedó en las fronteras del reino de Boludar, puso sus robots a pastar en los pastizales estelares y él mismo se ocupó de conectar la máquina, regularla y programarla, y no hacía más que correr de una a otra de sus ochenta cajas. Cuando los robots se llenaron de corriente y empezaron a cobrar entendimiento, Palibaba fue formulándole a la máquina unas preguntas muy concretas: ¿Dónde vive Paliducho? ¿Cómo encontrar el camino que lleva hasta él? ¿Cómo engañarlo? ¿Cómo capturarlo para que devuelva la llave?

Pero las respuestas eran ininteligibles y evasivas, Palibaba se enfadó y maltrató la máquina hasta que el cobre recalentado comenzó a apestar; la fustigó gritando: « ¡Dime la verdad, maldita máquina! », hasta que se fundieron las conexiones y de la pobre calculadora empezaron a manar lágrimas de plateado estaño y, con gran estrépito, los tubos recalentados reventaron y Palibaba se encontró enfurecido y frustrado ante un montón de chatarra.

Regresó a casa avergonzado. Y encargó una nueva máquina, pero no la recibiría antes de cuatrocientos años.

La sexta expedición fue la de los Seléctritos: Díodo, Tríodo y Héptodo, quienes obraron de muy distinta manera. Los tres electroguerreros poseían unas reservas inagotables de tritio y deuterio, y pensaban abrirse el duro camino hacia el país de los paliduchos a base de explosiones de hidrógeno pesado. Sin embargo, ignoraban
dónde comenzaba dicho camino.Trataron dé informarse en el país de los pies de fuego, pero éstos se encerraron en las murallas de su capital y se defendieron coceando llamas; los valientes Seléctritos combatieron duramente, sin escatimar ni su tritio. Las murallas de la capital de los pies de fuego resplandecían como el oro, pero en medio de las llamas mostraron su auténtica naturaleza, al transformarse en unos nubarrones amarillos de humo sulfuroso, puesto que aquellas murallas habían sido levantadas con piritas chisporroteantes.

Allí cayó Díodo aplastado por los pies de fuego y su cerebro estalló como un ramo de cristales multicolores, salpicando su armadura. Le enterraron en negra olivina y sus compungidos compañeros prosiguieron adelante hasta llegar a las fronteras del reino de Osmalatia, donde reinaba el conquistador de estrellas Astrocirio.

Este rey poseía un tesoro lleno de núcleos de fuego, tan pesados, que solamente la tremenda fuerza de los imanes del palacio lo sujetaban impidiendo que se volatizaran en las profundidades planetarias. Quien llegaba a aquel planeta no podía moverse ni caminar, pues la enorme fuerza de gravitación lo mantenía atornillado y encadenado al suelo mejor que los más pesados grilletes. Tríodo y Héptodo vivieron allí una terrible aventura, pues al verlos llegar bajo los baluartes del castillo, el rey Astrocirio fue disparando uno tras otro sus blancos núcleos contra los dos guerreros. Sin embargo, triunfaron de su adversario y Astrocirio les dijo por dónde quedaba el camino de los paliduchos, aunque los engañó, puesto que ni él mismo lo sabía; solamente quería deshacerse de los temibles guerreros.

Partieron hacia el negro meollo de las tinieblas, donde alguien atacó a Tríodo con un arma antimateria; quizás fuera algún cazador de la tribu de los Quiberninos o tal vez un fusil ametrallador colocado en un cometa sin cola. El caso es que Tríodo desapareció y solamente tuvo tiempo de proferir su «¡ Awruk !», grito de combate de su nación.

Héptodo logró resistir un poco más pero su destino fue más amargo. Su nave se metió entre dos torbellinos gravitacionales, llamados Bajrida y Centilia; el primero de estos torbellinos acelera el tiempo, mientras que Centilia lo retrasa, y entre ambos existe una zona de estancamiento en la que en ciertos momentos resulta imposible salir hacia adelante o retroceder. Allí se extravió Héptodo y allí continúa, junto con los innumerables galeones y fragatas de otros conquistadores de astros, piratas y cazasombras, sin envejecer ni un ápice, en medio del más silencioso y espantoso aburrimiento que lleva por nombre Eternidad.

Al concluir de ese modo la aventura de los tres Seléctritos, el electroguerrero Perpetuano, ciberconde de Balamski, que debía partir en octava posición, tardó mucho en hacerlo. Pues el electroguerrero se preparó largamente para la batalla, ajustando ora un conductor más potente, ora sus magnetos, lanzabombas e impulsores; con mucha prudencia partió a la cabeza de sus fieles compañeros. Bajo su bandera se alistaron numerosos guerreros, pero en su mayoría se trataba de parados que al no tener ocupación deseaban dedicarse a guerrear. Con ellos, Perpetuano formó una hermosa caballería pesada y blindada que llevaba el nombre de Eslúsares, y unos cuantos escuadrones ligeros con los más audaces y combativos. Pero con sólo pensar que habría de pasarse la vida en unos países desconocidos donde a lo mejor su cabeza se convertiría en un charco de mercurio, su barba de acero se erizó, y, presa de un miedo espantoso, regresó inmediatamente a casa, avergonzado, lleno de pesadumbre y llorando con lágrimas de topacio, pues era un señor poderoso con la mente llena de joyas.

Sin embargo, el penúltimo, Matricio Perforado, emprendió inteligentemente la misión. Había oído hablar del país de los pigmelianos unos robots enanos, cuyo pueblo era obra de cierto constructor cuyo tiralíneas se de deslizó en la mesa de dibujo al proyectarlos, de modo que salieron todos de la matriz jorobados, diminutos y sin posibilidad de modificarlos, pues eso no se había calculado. Estos enanos atesoraban, como otros atesoran riquezas, el saber que sus cazadores denominan Absoluto.

Su ingenio no residía tanto en el hecho de atesorar el saber, sino en no utilizarlo. Perforado llegó hasta el país de los pigmelianos desarmadoy a bordo de un galeón cuya cubierta se hundía bajo el peso de espléndidos regalos; pues deseaba ganar su amistad con unos trajes dotados de destructores de positrones y cortadores de lluvia de neutrones. Les ofreció un átomo de oro del tamaño de cuatro puños y un frasco borboteante de la más rara ionosfera. Pero los pigmelianos despreciaron incluso el vacío noble, las olas bordadas con un espléndido espectro astral y otras maravillas. El lugarteniente de Perforado, llamado Calambrazo, se enfureció y amenazó con entregarlos al verdugo eléctrico.

Por fin, los enanos les facilitaron un guía, pero como era un granuja con miles de manos, les enseñaba todas las direcciones a la vez.

Perforado lo despidió en seguida y mandó a Calambrazo sobre las huellas de los paliduchos; pero siguió una pista falsa, pues por aquella época corría por el cosmos un cometa calizo y el necio de Corrientazo confundió la calcita con la cal, que es el principal componente del esqueleto de los paliduchos. De modo que la expedición se extravió. Perforado y su gente anduvieron errando a través de unos soles cada vez más oscuros, y llegaron hasta los lugares más antiguos del cosmos.

Perforado llegó ante un desfiladero.de gigantescas moles purpúreas y se dio cuenta de que su nave, junto con un cortejo de estrellas silenciosas, se reflejaba como una espiral en un espejo de piel plateada. Se asombró y echó mano de su extintor supermoderno, que había comprado a los pigmelianos, y se refugió a toda prisa en la Vía Láctea. No sabía lo que estaba contemplando: se trataba ni más ni menos que del famoso nudo espacial cuya fuerza era de las mas compactas y que desconocían los propios monoasterismos; solamente se sabía que quien llegaba hasta allí jamás volvía.

Nadie sabe lo qué fue de Matricio Perforado en aquel molino estelar; su fiel lugarteniente Calambrazo regresó a su casa, y sus ojos de zafiro habían contemplado tales horrores que nadie podía mirarlo sin echarse a temblar.

Y nadie supo ya ni de la nave ni del extintor ni de Matricio.

El último guerrero, Erg Autoexcitador, partió en solitario. Nadie lo vio durante todo un año y seis domingos. A su regreso no paraba de contar cosas sobre países desconocidos, como el de los periscopos, que con el veneno frío elaboran la fiebre; el planeta de los klaistrocos, que se derritieron ante él en una serie de enormes bloques, pues así suelen hacerlo en caso de necesidad, y él cortó dos de aquellos bloques hasta encontrar en ellos una roca caliza que constituía sus huesos; cuando venció a los mataespadas, se encontró ante unas caras gigantescas como la mitad del cielo y se lanzó hacia ellas para abrirse camino, y, bajo el fuego de su potente lanzallamas, su piel reventó, apareciendo unos tensos bosques de nervios.
Erg hablaba del planeta Abericio, formado de hielo transparente y que, semejante a una lente de diamante, capta el panorama del cosmos eterno; de Alumnia, donde solamente pudo contemplar la luz de las estrellas reflejada en la cima de los colgados heleros; contaba cosas increíbles del reino de los fluidos marmelóideos, que fabricaban magníficas joyas con la lava hirviente; de los electroneumáticos, que saben desviar el fuego del entendimiento con el vapor del metano, el ozono, el cloro y el humo de los volcanes, y demás continúan atormentándose para crear un
genio pensador con el gas. Erg contó asimismo que para entrar en el país de los paliduchos debía arrancar de sus goznes la puerta solar llamada Caput Medusae; tras haber levantado la puerta de sus goznes cromáticos; se internó a través del interior estelar, lleno de llamas de color lila y blanco azuladas hasta que su armadura se cuarteó bajo el calor. Contó cómo durante treinta días intentó emitir la palabra que pone en movimiento la elipse de Astroprosiano, ya que sólo a través de ella es posible entrar en el helado infierno de los seres tiritantes; cómo finalmente consiguió llegar hasta ellos y cómo intentaron cazarlo con un lazo viscoso, sacarle el mercurio de la cabeza y pasarlo por un cortocircuito; cómo lo engañaron mostrándole unas estrellas enfermas que no eran más que seudonebulosas, pues habían escondido por avaricia las verdaderas estrellas; cómo le torturaron para vengarse de él, pero al ver que todo lo aguantaba, de encerraron en una roca de magnetita y dentro de ella comenzó a multiplicarse en una infinidad de Erg Autoexcitadores; cómo derribó la enorme tapa metálica y salió a la superficie, y cómo estuvo esperando el severo juicio de los paliduchos durante un mes y cinco días; cómo en un último esfuerzo los monstruos con orugas, llamados tancazos, arremetieron contra él, pero sin resultado, ya que lleno de ardor belicoso, pegando a diestra y siniestra, todos sus enemigos cayeron bajo sus golpes tremendos. Finalmente se encontró con Paliducho, el ladrón de llaves, que cayó muerto a sus pies. Erg le cortó la espantosa cabeza, le puso las tripas al aire y en ellas encontró una piedra preciosa llamada trijobezoar en la cual estaba grabada una inscripción en el feroz idioma de los paliduchos, diciendo dónde se encontraba la llave.

Erg reventó sesenta y siete soles blancos, azules y rojos como rubíes y dentro de uno de ellos encontró la llave salvadora.

De las aventuras que tuvo, de los combates que libró a su regreso a través del cosmos, no quería ni acordarse, pues añoraba muchísimo a la princesa y pronto se celebrarían los esponsales junto con la coronación.

Con gran regocijo lo llevaron hasta la habitación de la princesa Electrina, que sumida en su sueño no se enteraba de nada ni nada decía. Erg se inclinó sobre la válvula abierta, introdujo algo en ella, lo atornilló y, ante el asombro de la reina, el rey y los cortesanos, Electrina abrió los ojos y sonrió a su salvador. Erg cerró la válvula, la selló con una masilla para que no se abriera y entonces se dio cuenta de que el tornillo, que también había encontrado, se le había perdido durante el combate que sostuvo contra Poliandro Partobón, emperador de los jatapurgos. Pero
nadie se fijó en eso; de lo contrario los reyes hubieran comprendido que Erg jamás había marchado a ninguna parte, sino que desde niño era un maestro en el arte de abrir cualquier cerradura y por eso pudo darle cuerda al entendimiento de la princesa Electrina.

Así que Erg no había realizado ni mucho menos ninguna de las hazañas que había contado, sino que se había limitado a esperar un año y seis domingos para no despertar sospechas y también para cerciorarse de que ninguno de sus rivales regresaba.

Sólo entonces se presentó en el palacio del rey Boludar, devolvió la vida a la princesa, se casó con ella y subió al trono, reinando muchos años en medio de la mayor felicidad y sin que nadie se enterase jamás de su artimaña. De esto se deduce que nosotros contamos la verdad, pues en los cuentos siempre triunfa la virtud.



Los Dos Monstruos

Hace muchísimo tiempo, en un lugar muy apartado, cerca del polo galáctico, existía un séxtuplo sistema astral; cinco de sus componentes eran soles, mientras que el último era un planeta de rocas ígneas y cielo jaspeado, en el que surgió el poderoso estado llamado Argentio, o sea, de los plateados.

Entre las negras montañas, en una inmensa y blanca llanura, se levantaban las ciudades de Ilidar, Bizmalia y Sinalost; pero era mucho más hermosa su capital, llamada Eterna, que de día se parecía a un glaciar azul, mientras que de noche semejaba una estrella cóncavo-convexa. Unas altas murallas colgantes y llenas s de edificios de calcedonia brillantes como el oro, la defendían contra los meteoros. Sin embargo, lo más soberbio de Eterna era el Palacio Real, levantado de acuerdo con una arquitectura negativa, pues los constructores no querían limitar el panorama ni el pensamiento; se trataba de una construcción enteramente ilusoria y matemática, sin cimientos ni techos ni paredes. Desde el Palacio Real, la dinastía de los Energios imperaba sobre el planeta entero.

Bajo el rey Treops, los siderianos asmeicos invadieron desde el cielo el país de los Energios; con sus asteroides destruyeron la ciudad de Bizmalia y removieron su cementerio, infligiendo, una gran derrota a los plateados, hasta que el joven rey Iloraquio, Poliarca casi sabio universal, mandó llamar a los astrotécnicos más famosos para que rodearan todo el planeta de un sistema de torbellinos magnéticos y de fosos gravitacionales en los que el tiempo discurría de un modo tan vertiginoso que cuando un agresor llegaba hasta allí ya habían pasado cien millones de años o más y se convertía de puro viejo en polvo antes de poder siquiera contemplar el resplandor de las ciudades argentianas. Ese invisible abismo del tiempo y la red de torbellinos magnéticos defendían tan perfectamente los accesos al planeta, que los plateados pudieron pasar al ataque. Entonces se lanzaron contra sus enemigos los siderianos y bombardearon su territorio con las blancas radiaciones de su sol, hasta que todo el país ardió en un terrible incendio nuclear. Así desapareció el planeta de los siderianos.

Tras esa guerra, la paz, el orden y el bienestar reinaron a través de los siglos entre los habitantes de Argentio, sin que nunca se rompiera la continuidad de la dinastía reinante, y cada Energio, al acceder al trono, el día de la coronación entraba en el palacio subterráneo ilusorio y allí tomaba el cetro plateado de manos de su fallecido antecesor. Pues no se trataba ni mucho menos de un cetro normal y corriente, ya que desde hacía miles de años había grabada en él la siguiente inscripción:

«Si el monstruo es eterno, entonces no existe, puesto que son dos; y si esto en nada te ayuda, destrúyeme.»

En todo el estado no había nadie, así como tampoco en la corte de los energios, que supiera lo que esa inscripción significaba, pues el recuerdo de su creación se había perdido en la noche de los tiempos. Las cosas cambiaron tan sólo bajo el reinado del rey Inhistón.

En esa época apareció en el planeta una criatura desconocida y gigantesca que muy pronto se hizo famosa en los dos hemisferios por su espantoso aspecto. Nadie la había visto aún de cerca, pues quien a ello se hubiese atrevido jamás habría regresado vivo; se ignoraba por completo la procedencia de aquella horrorosa criatura; los ancianos afirmaban que se parecía a un gigantesco cangrejo y. a una campana fundida en osmio y tántalo, y que había surgido tras la destrucción de Bizmalia, que no se había reconstruido.

Los ancianos aseguraban que ciertas fuerzas malévolas y sombrías duermen entre las antiguas rendijas magnéticas, y que en ella se esconden, en los metales, unas corrientes que, con sólo tocarlas, pueden desencadenar unas tormentas espantosas y entonces, en medio de un ruido chirriante de metal retorcido, en los cementerios
surge de entre el mortal silencio de los huesos un ser inimaginable, ni vivo ni muerto, que solamente sabe hacer una cosa: sembrar la destrucción.

Otros ancianos afirmaban que la fuerza de la cual el monstruo nacía se reflejaba, al igual que en un espejo cóncavo, en el núcleo niquelado del planeta y, concentrándose en algún punto, espera hasta que, a tientas, los esqueletos metálicos y las carcasas decrépitas se arrastran hacia ella; entonces nace el monstruo.

Sin embargo, los sabios se burlaban de esas historias, que consideraban meros cuentos de viejas. En cualquier caso, el monstruo asolaba el planeta. Al principio evitaba las grandes ciudades y sólo atacaba las poblaciones aisladas, arrasándolas con sus llamas blancas y lila. Pero el monstruo iba envalentonándose cada vez más y pronto lo vieron desde las mismas torres de Eterna, asomando su espinazo en el horizonte, parecido a la cima de los montes, y reflejando los rayos del sol en sus gigantescos flancos de acero.

Una expedición salió al encuentro del monstruo, pero de un solo soplo éste convirtió a los guerreros en puro vapor.

Los habitantes de la capital estaban aterrados; el rey Inhistón mandó llamar a los sabios, que estuvieron meditando noche y día, juntando sus cerebros para mejor analizar el problema y éstos proclamaron que solamente con ingenio era posible aniquilar al monstruo. Así que el rey ordenó que el Gran Cibernador de la Corona, el Gran Aridinámico y el Gran Abstraccionista conjugaran sus conocimientos para elaborar los planes de un electroser capaz de lanzarse contra el monstruo.

Pero los tres especialistas no se ponían de acuerdo y cada uno defendía su propio concepto; por eso construyeron tres ingenios. El primero,'de cobre, era grande como una montaña, hueco y pesado, lleno de inteligente maquinaria. Durante tres días llenaron de plata líquida sus condensadores de memoria; descansaba en medio
de una selva de andamios y la corriente silbaba dentro de él como cien cataratas.

El segundo, de mercurio, era un gigante dinámico; se lanzaba con una velocidad vertiginosa contra cualquier objetivo, con unas formas tan cambiantes como las de las nubes aspiradas por una tromba de aire.

El tercero, que había sido construido de noche por el sabio Abstraccionista según unos planos secretos, nadie logró verle siquiera.

En cuanto al Gran Cibernador de la Corona terminó su obra y cayeron los andamios, el gigante de cobre se estiró y los techos de cristal temblaron en toda la ciudad; poco a poco fue poniéndose de pie, enderezando sus rodillas y el suelo se estremeció, y cuando se incorporó totalmente, su cabeza quedó oculta más allá de las nubes; el gigante comenzó a recalentarse hasta que en medio de un tremendo silbido las nubes se despejaron y apareció reluciente como el oro rojo, y mientras caminaba sus pies hundían el pavimento de rocas de las calles. Bajo su visera, el gigante de cobre tenía dos ojos verdes y un tercero cerrado, que podía derretir las rocas sin más que entreabrir sus párpados-escudos. Con unos pocos pasos se perdió lejos de la capital, resplandeciente como una llama. Cuatrocientos argentianos, cogidos de la mano, apenas si podían dar la vuelta a una de sus huellas, semejantes a un barranco.

Desde las ventanas y las torres, a través de los cristales y desde las almenas de las murallas de Eterna, contemplaban cómo iba desapareciendo bajo la luz crepuscular, cada vez más pequeño hasta que sólo pareció del tamaño de un habitante corriente de Argentio, pero entonces solamente lo divisaron desde la cintura para arriba encima del horizonte, puesto que las piernas desaparecían de la vista en la convexidad planetaria.

Transcurrió una noche tensa y desapacible, pues todos creían oír los ecos de la batalla y ver los rojos -resplandores de la lucha, pero nada hubo de todo eso. Sólo al alba, el viento llevó hasta Eterna un ruido semejante al de una tormenta lejana. Y nuevamente reinó el silencio en el día soleado...

De pronto pareció que estallaban cien soles y sobre Eterna cayó una enorme cantidad de fragmentos ardientes; los palacios se desmoronaban, los muros saltaban a pedazos, sepultando a los desventurados que gritaban pidiendo auxilio.

Era el gigante de cobre, que volvía, pues el monstruo lo embistió y lo despedazó, lanzando sus restos a través de la atmósfera; así volvían sus restos derretidos, convirtiendo en cenizas la cuarta parte de Eterna.

Fue una derrota terrible, pues durante dos días y dos noches siguió cayendo del cielo una lluvia de cobre. .

Entonces fue en pos del monstruo el veloz robot Testamercurio, que se creía indestructible, puesto que cuantos más golpes le daban, más duro se volvía. Los golpes no lo deterioraban en lo más mínimo, sino que por el contrario lo consolidaban. Por el desierto, llegó hasta la montaña del monstruo y al divisarlo se lanzó contra él por la vertiente rocosa. El monstruo lo aguardó sin siquiera moverse. El fragor del combate estremecía el cielo y el suelo del planeta. El monstruo se transformó en una blanca muralla de fuego y el robot se convirtió inmediatamente en un negro abismo que se lo tragó. El monstruo lo atravesó de parte a parte y con sus aladas llamas se volvió y arremetió nuevamente, y otra vez atravesó a su adversario sin dañarlo.

Rayos violeta estremecían las nubes, pero era imposible escuchar su estruendo por el ruido ensordecedor de la batalla de los gigantes.

Al darse cuenta que así no conseguía nada, el monstruo se aplastó, convirtiéndose en un espejo de materia: cualquiera que se encontrase frente a él se veía, pero no en simple imagen, sino en realidad; Testamercurio se vio en aquel espejo y arremetió contra sí mismo, pero naturalmente le era imposible autovencerse. Así estuvo luchando tres días enteros, y tal era la potencia de sus golpes, que se volvió más denso que la piedra, que el metal y que todo lo que no sea el núcleo de una enana blanca, y luego, él y su imagen se hundieron en las profundidades, dejando únicamente entre las rocas, un cráter que inmediatamente comenzó a llenarse de roja y resplandeciente lava surgida del interior del planeta.

Nadie logró ver al tercer electroguerrero cuando salió para el combate. El Gran Abstraccionis y físico de la Corona al amanecer se lo llevó en la palma de la manó a las afueras de la capital y, abriendo su mano, sopló y su robot levantó el vuelo, rodeado únicamente por la inquietud acumulada en el aire, sin ruido, sin dejar la más pequeña sombra bajo el sol, como si no existiera:

En realidad, era menos que nada; pues no había surgido del mundo, sino del antimundo y no estaba formado de materia, sino de antimateria; de hecho, ni siquiera de ésta, sino de sus probabilidades, ocultas en ciertas fisuras espaciales, hasta el extremo de que los mismos átomos lo evitaban, igual que las montañas de hielo evitan las briznas marchitas que se mecen sobre las olas del océano.

Llevado por el aire, voló hasta dar con el reluciente cuerpo del monstruo, que caminaba como una larga cordillera de montañas de acero, con la espuma de las nubes chorreándole por el espinazo. Golpeó el duro y templado flanco del monstruo, abriendo en él un sol que se oscureció inmediatamente y se convirtió en la nada, extrayendo de la roca una nube de acero gaseoso; el guerrero la traspasó y volvió a lanzarse contra el monstruo, que empezó a estremecerse, lanzando unas llamas blanquecinas que se convirtieron inmediatamente en cenizas, quedando sólo el vacío. El monstruo trató de cubrirse con el espejo de la materia; pero el electroguerrero Antimat -que así se llamaba- lo atravesó y se apartó; entonces el monstruo, mostrando su cabeza, ya que en ella llevaba sus radiaciones más duras; pero así tampoco logró nada; el coloso se volvió a estremecer y destrozando las rocas, convirtiéndolas en nubes de blanco polvo de piedra, escapó en medio del estruendo de una avalancha, dejando en su huida unas huellas de metal derretido, de escorias y gases volcánicos.

Así escapó el monstruo, pero no iba solo, pues Antimat lo alcanzó en los flancos, atacándolo con redoblado ímpetu, hasta que el aire se estremeció y la bestia se volatilizó en el horizonte y el viento dispersó sus vestigios.

Los habitantes de Argentio acogieron la noticia con gran alegría. Pero en ese mismo instante un ruido estremecedor comenzó a oírse en el cementerio de Bizmalia. En el recinto donde yacían las chapas comidas por la herrumbre, la chatarra de cadmio y de tantalio, allí donde hasta entonces el viento silbaba entre los montones de hierro retorcido, empezó a percibirse un tenue movimiento, semejante al de un hormiguero incesante: la superficie del metal mostraba un resplandor de llama azulada; los armazones comenzaban a enrojecer y ablandarse, como sacudidos por una fiebre interna; empezaban a unirse entre sí, injertándose, soldándose, y una masa chirriante surgió, dando forma a un nuevo monstruo similar al anterior. El monstruo, sembrando la destrucción, luchó con Antimat... y sucumbió. Pero ya estaban naciendo nuevos monstruos en el cementerio, y el pánico cundió entre los argentianos, pues ya sabían cuán terrible era el peligro que
los amenazaba.

Entonces el rey Inhistón entendió el significado de la inscripción grabada en el cetro. Rompió el cetro plateado y de él escapó un trozo de cristal del peso de una aguja que comenzó a escribir con fuego por el aire.

Y aquella escritura incandescente reveló al rey y a su consejo el origen del monstruo.

En medio del resplandor del aire, el cristal escribió y les explicó que todos ellos eran los lejanos descendientes de un ser que hacía ya miles de siglos había engendrado el propio creador del monstruo. Y ese antiguo creador del monstruo no se parecía a las criaturas racionales de cristal, de acero o de oro ni a nada de lo que vive y está hecho de metal. Pues dicho ser y todos sus semejantes habían salido del océano y construyeron unas máquinas que por ironía llamaban corderos de hierro y que sumieron en la más espantosa esclavitud. Como carecían de la fuerza necesaria
para rebelarse contra los hijos del océano, las criaturas metálicas volaron por el espacio, huyendo de la esclavitud hasta el archipiélago estelar más alejado, Argentio no era más que un grano de arena perdido en el desierto.

Pero sus antiguos amos no se olvidaron de los libertos, que llamaban insurrectos, y nunca dejaron de buscarlos a través del cosmos, recorriéndolo de este a oeste de la muralla galáctica y del polo norte al polo sur. Y donde quiera que descubren a los inocentes descendientes del primer cordero de hierro, en los soles oscuros o claros, en los planetas ardientes o helados, se valen de su maléfico poder para atormentarlos. ¡Así ha sido, así es y así será! Y para los desgraciados descendientes de aquellos antiguos y esclavos corderos de hierro no hay salvación ni perdón, ni pueden escapar a la espantosa venganza que convierte sus ciudades en un desierto estéril a través de la despiadada furia destructora del monstruo.

Por fin se apagó la ardiente inscripción y los dignatarios se quedaron mirando al rey, pálido como un muerto; guardaron silencio largo rato, meditando, y luego tomaron la palabra diciendo:

-¡Rey de Eterna y de Erisfenia, señor de Ilidar, de Sinalost y de Arcapturia, guardián de los bancos de arena del Sol y la Luna, háblanos!

-Lo que necesitamos no son palabras, sino una acción definitiva -replicó el rey Inhistón.

Se estremecieron. los miembros del consejo, pero una voz contestó:

-¡ Tú lo has dicho! -respondieron los miembros del consejo.

Entonces, el rey Inhistón le dijo al Gran Abstraccionista:

-¡ Cumple con tu obligación!

Y cumpliendo aquella orden, el Gran Abstraccionista pronunció la terrible palabra cuyas vibraciones llegaron hasta las honduras planetarias por las rendijas del aire, y entonces el cielo jaspeado se estremeció y las torres se vinieron al suelo; en las setenta y siete ciudades de Argentio se abrieron otros tantos cráteres blancos, y en los continentes destrozados, abrasados por las llamas, triturados por la tremenda vorágine de las negras fuerzas desencadenadas por la terrible palabra, murieron todos los plateados habitantes de Argentio y un gran sol iluminó no ya el planeta, sino un torbellino de negros nubarrones que fueron disipándose lentamente, arrastrados por la tormenta destructora. En el vacío, hendido por unos rayos más duros que las cosas, se aglutinó luego una tremenda y vibrante chispa y desapareció. Las ondas destructoras alcanzaron al cabo de siete días el lugar donde, negras como la noche, esperaban las naves que surcaban el vacío.

-¡Lo conseguimos! -dijo el creador de los monstruos a sus compañeros-. Dejó de existir el Estado de los plateados. Nada queda de Argentio. Ya podemos irnos.

En medio de las tinieblas, las popas de sus naves comenzaron a escupir llamas y huyeron por el camino de la venganza. El cosmos es infinito y sin fronteras, y tampoco tiene límites su odio, y cada día, cada hora, puede alcanzarnos.


La Muerte Blanca



Aragena era un planeta edificado en el interior, pues su rey, Metamérico, se extendía en un plano ecuatorial que abarcaba trescientos setenta grados y de ese modo rodeaba totalmente su Estado, siendo no sólo su señor, sino también su protección; con objeto de salvaguardar a sus súbditos, los enteritas, de las invasiones cósmicas, ordenó que nadie ni nada se moviera, ni siquiera un guijarro, sobre la superficie del globo. De manera que el territorio de Aragena parecía salvaje y muerto, y solamente los rayos recortaban el espinazo de silicio de los montes y los meteoros horadaban los continentes de cráteres.

Sin embargo, a diez millas por debajo de la superficie bullía la actividad de los enteritas; minando y socavando el planeta, llenaban sus amplias galerías con jardines de cristal y ciudades de oro y plata; levantaban las casas al revés, en forma de dodecaedros y de icosaedros, y construían unos palacios hiperbólicos en cuyas cúpulas deslumbrantes uno podía contemplarse, con su imagen multiplicada veinte mil veces, lo mismo que en un teatro de gigantes. Pues los enteritas eran muy aficionados a los reflejos y la geometría y tenían excelentes constructores.

Un sistema de tuberías llevaba la luz a las entrañas del planeta, filtrándola a través de las esmeraldas, diamantes o rubíes, y así disponían de una luz de alba, de mediodía de rosado crepúsculo; y estaban tan enamorados de sus propias formas que todo su mundo estaba lleno de espejos; tenían unos vehículos cristalinos, movidos por el hálito de gases ardientes, sin ventanas, pues eran totalmente transparentes y al viajar podían contemplarse reflejados en la cúspide de los palacios y los templos, con una imagen maravillosamente multiplicada y fugaz, tangencial e irisada. Parecían incluso su propio cielo, en el que prendidos de telarañas de molibdeno y vanadio relucían esplendorosamente los rubíes y cristales de roca que cultivaban en el fuego.

El rey Metamérico era hereditario -y eterno a la vez, pues poseía un hermoso cuerpo de múltiples elementos, en el primero de los cuales se alojaba su entendimiento; cuando éste envejecía al cabo de miles de años, cuando ya se había desgastado la red cristalina de su mente, asumía el poder el siguiente elemento, y así sucesivamente, pues tenía diez mil millones de repuesto.

Metamérico era el descendiente de los aurígenos, que nunca llegó a conocer, y sólo sabía de ellos que cuando corrían el peligro de desaparecer a manos de ciertas criaturas espantosas aficionadas a la cosmonáutica que atacaron su planeta, los aurígenos encerraron todo su saber y su ansia de vivir en unos granos atómicos microscópicos, que fecundaron con la gleba rocosa de Aragena. Le dieron ese nombre porque les recordaba a sí mismos, pero no dejaron en sus rocas ninguna huella de armas para no atraer con ellas y poner sobre su pista a. sus crueles perseguidores. Todos murieron, salvo uno, pero cayeron con el consuelo de saber que sus enemigos, llamados blancos o paliduchos, no imaginaban que habían dejado con vida a una de sus víctimas, convencidos de haberlos aniquilado a todos.

Los enteritas que nacieron de Metamérico no compartían su conocimiento sobre el extraordinario origen de su raza, pues la historia del terrible final de los aurígenos y del comienzo de los enteritas estaba escrita en un antiquísimo y negro cristal volcánico escondido en el mismo núcleo del planeta.

En las profundidades del suelo rocoso y magnético que los valientes constructores excavaban, ampliando su reino subterráneo, Metamérico ordenó fabricar una serie de asteroides que lanzaron al espacio, describiendo un círculo infernal alrededor del planeta y defendiendo sus accesos. Los navegantes cósmicos evitaban así aquellos parajes denominados del Negro Rechinar, pues las gigantescas moles voladoras de basalto y de porfirio chocaban incesantemente entre sí, originando un enorme torrente de meteoros; de allí era de donde surgían todas las cabezas de cometas, todos los bólidos y asteroides rocosos que llenaban de polvo el sistema del Escorpión.

Los meteoros caían como avalanchas de piedra sobre la superficie de Aragena, bombardeándola, abriendo grandes surcos y manantiales ardientes que transformaban con sus erupciones las noches en días y los días en noches con sus nubes de polvo. Sin embargo, no llegaba el más mínimo temblor hasta el país de los enteritas.

El que se atrevía a acercarse al planeta contemplaba, si antes su nave no se estrellaba en un torbellino rocoso, un globo pedregoso semejante a un cráneo agujereado por los cráteres. Incluso la puerta que conducía al subsuelo había sido construida por los enteritas a semejanza de unas rocas resquebrajadas.

Durante miles de años nadie visitó el planeta; pero Metamérico no relajaba su severa vigilancia por un segundo.

Cierto día, un grupo de enteritas que había salido a la superficie descubrió algo parecido a una copa o un cáliz gigantesco, clavado en un montón de rocas y cuya destrozada concavidad, vuelta hacia el cielo, estaba agujereada en varios sitios. Inmediatamente se trasladaron al lugar los expertos en astronáutica, quienes dictaminaron que se trataba de los restos de una nave estelar extranjera de procedencia desconocida. La nave era muy grande. Al acercarse pudieron ver que tenía la forma alargada y esbelta de un cilindro, con la proa hundida en las rocas y toda ella recubierta de una capa de pintura y hollín; y su popa estaba construida de tal manera que recordaba, con su forma de copa o de cáliz, las bóvedas más grandes de los palacios subterráneos. Trajeron de debajo de la tierra unas máquinas provistas de enormes tenazas, que con gran cuidado extrajeron la misteriosa nave del lugar donde se había estrellado y la llevaron al subsuelo. Luego, un grupo de enteritas aplanó y niveló el cráter abierto por la proa de la nave para borrar toda huella del choque de la superficie del planeta, y volvieron a cerrar la puerta de basalto.

El casco de la nave, ennegrecido como si hubiera ardido en el carbón, yacía en la sala principal de investigación, provista de gran cantidad de luces; los investigadores enfocaban sobre su superficie refulgente los más claros cristales y con un durísimo diamante perforaron la coraza exterior; debajo de ésta encontraron una segunda, de un raro blancor que los asustó un poco, y, después de haberse perforado esta segunda coraza con un taladro de carburo de silicio se encontraron con una tercera impenetrable y en la que había una puerta hermética que no supieron abrir.

El sabio más anciano, Afinor, examinó cuidadosamente la cerradura de la puerta y descubrió que para abrirla había que, pronunciar cierta palabra. Pero no la conocían ni tenían forma de deducirla. Durante largo rato probaron con varias palabras, tales como «cosmos», «estrellas», «travesía», pero la puerta ni se estremeció.

-No sé si es correcto que tratemos de abrir esta nave sin saberlo el rey Metamérico -dijo por fin Afinor-. De niño escuché una leyenda sobre unos seres blancos que perseguían cualquier forma de vida nacida del metal por todo el Universo, sembrando el exterminio por venganza...

Afinor se interrumpió bruscamente y junto con los demás contempló con espanto la blanca coraza de la nave, pues al pronunciar la última palabra la puerta se estremeció de pronto y se abrió sobre sus goznes. La palabra que la había abierto era la de «venganza».

Los sabios llamaron a los guerreros, quienes tan pronto como llegaron apuntaron sus lanzachispas hacia las tenebrosas profundidades de la nave, iluminándola con sus cristales azules y blancos.

La maquinaria de la nave estaba casi totalmente destrozada; anduvieron largo tiempo entre las ruinas, buscando a la tripulación, pero sin encontrarla ni descubrir ninguna huella de la misma. Entonces consideraron los sabios que aquella nave no era ninguna criatura racional, aunque las había tan grandes y aún mayores, pues la reina de tales naves pensantes era mil veces mayor que la que estaban contemplando. Sin embargo, los nudos de la mente eléctrica que lograron descubrir eran muy simples y dispersos; por consiguiente, aquella nave extranjera no podía ser más que una máquina voladora y sin tripulación, tan inerte como una piedra.

En un rincón de la cubierta, junto a la pared acorazada, los investigadores encontraron un charco como de pintura que parecía roja y que manchó sus plateados dedos al tocarla; de dicho charco sacaron unos jirones de una desconocida vestimenta, húmeda y roja, así como unos fragmentos duros y calizos.

Sin saber por qué, todos los que allí se encontraban, en medio de las tinieblas taladradas por los cristales luminosos, sintieron un gran terror.

Pero el rey ya se había enterado del hecho; inmediatamente acudieron sus mensajeros con la orden tajante de destruir la nave extranjera con todo lo que contenía, y sobre todo el rey mandó entregar a los astronautas forasteros al fuego atómico.

Los investigadores replicaron que dentro de aquella nave no había nadie, sino sólo piezas destrozadas, entrañas de metal y unos restos polvorientos de pintura roja que manchaba. El mensajero del rey se estremeció y ordenó encender inmediatamente la hoguera atómica.

-¡En nombre del rey! -ordenó-. Ese color rojo que habéis encontrado es un presagio de la muerte blanca, que no conoce otra cosa más que la venganza sobre los inocentes por el solo hecho de existir.

-Si era la muerte blanca, ya no nos amenaza, pues la nave está muerta y con ella todos los que la tripulaban murieron en el cinturón de arrecifes protectores -replicaron los sabios.

-El poder de esos paliduchos es inmenso, pues cuando mueren suelen resucitar mucho más fuertes. -Y el mensajero del rey ordenó-: ¡Atomistas, cumplid con vuestro deber!

Al oír esas palabras, los sabios y los investigadores se espantaron. Pues no creían en la profecía de exterminio por antojárseles que aquello era realmente imposible. Así que extrajeron toda la nave del lugar, destrozándola en los yunques de platino, y cuando quedó descuartizada la sometieron a la dura irradiación que la convirtió
en miríadas de átomos volátiles, que callan eternamente, puesto que. los átomos no tienen ninguna historia al ser todos iguales, tanto los que proceden de las estrellas más poderosas como de los planetas muertos; o de los seres inteligentes, buenos o malos; pues la materia es una en todo el cosmos y no cabe asustarse ante ella.

Sin embargo, agarraron incluso aquellos átomos, los congelaron en un solo bloque, lo lanzaron hacia las estrellas y sólo entonces dijeron con alivio:

-Estamos salvados. Nada saldrá jamás de ahí.

-Por ahora estamos salvados. Nada saldrá jamás de ahí.

Pero cuando los martillos de platino estaban golpeando la nave y ésta se deshacía, de un jirón de ropa manchado de sangre, un germen invisible cayó de una costura descosida; ese germen era tan diminuto que un solo grano de arena podía cubrir a cien como aquél. Y de ese germen se incubó en la noche, con el hollín y el polvo, un blanco cáliz en las cavernas rocosas; y de él surgieron el segundo, el tercero, centenares... y luego de ellos manó el oxígeno y la humedad, y la herrumbre se abatió sobre las refulgentes losas de las ciudades, y sé entrelazaron los hilos impalpables incubados en las frías entrañas de los enteritas, de forma que cuando despertaron ya llevaban la muerte encima.

Antes de un año, todos yacían unos junto a otros. Las máquinas se detuvieron en las cavernas, se apagaron las llamas de cristal, una lepra parda cubrió las cúpulas relucientes y cuando el último calor atómico se volatilizó, cayeron las tinieblas por las que, atravesando los crujientes esqueletos, penetrando en los herrumbrosos cráneos, hormigueando en las apagadas órbitas, iba extendiéndose el moho velloso y húmedo de la muerte blanca.


De cómo Micromil y Cigaciano
Provocaron la Fuga de las Nebulosas

Los astrónomos nos enseñan que todo cuanto existe, las nebulosas, las galaxias y las estrellas, se alejan unas de otras en todas direcciones, y, como consecuencia de esa fuga continua, el Universo se viene ampliando sin cesar desde hace miles de millones de años.

Algunas personas, asombradas ante esa fuga universal, tratan de invertir la idea y llegan a la hipótesis de que hace muchísimo tiempo, en los tiempos más remotos, el cosmos entero estaba aglomerado en un solo punto, como una bola estelar que por una causa extraña y totalmente desconocida llegó a estallar, y que esa explosión sigue hasta nuestros días.

Al razonar de esa manera, sienten una enorme curiosidad acerca de lo que antiguamente pudo existir, pero son incapaces de aclarar ese misterio. En realidad, las cosas ocurrieron de esta manera:

En el Universo anterior vivían los constructores, maestros incomparables en el arte cosmogónico. No había cosa que ellos no supieran hacer, aunque es bien sabido que para construir cualquier cosa es preciso disponer antes de un plano de la misma y es necesario concebir dicho plano.

De manera que estos dos constructores, llamados Micromil y Gigaciano, se pasaban el tiempo discutiendo de qué manera era posible enterarse de las cosas que podrían construirse además de las que a ambos se les ocurrían.

-Puedo realizar todo lo que me pasa por la cabeza -afirmaba Micromil-, pero no todo se me ocurre. Esto no. deja de limitarme lo mismo que a ti, pues no conseguimos imaginar todo lo imaginable y es muy posible que precisamente alguna otra cosa que no sea la que estamos imaginando y realizando merezca la pena de realizarse. ¿Qué te parece?

-Tienes toda la razón -asintió Gigaciano-, pero ¿qué podemos hacer?

-Pues me parece muy sencillo: todo lo que realizamos sale de la materia -dijo Micromil-, ya que en ella se encierran todas las posibilidades; si concebimos una casa, construimos una casa; si imaginamos un palacio de cristal, levantamos ese palacio; si se trata de una estrella pensadora o de una mente ardiente, también 1ogramos fabricarlas. Sin embargo, dentro de la materia anidan muchas más posibilidades que en nuestras cabezas; por eso habría que ponerle a la materia una boca para que de esa manera pudiera decirnos lo que podría realizarse con ella aparte de lo que a nosotros se nos pueda ocurrir.

-Sí, claro, la boca es necesaria -dijo Gigaciano-, pero no basta, ya que la boca solamente es capaz de expresar lo que la mente concibe. Por lo tanto, a la materia no solamente hay que ponerle una boca, sino también inculcarle el pensamiento, y entonces seguro que nos desvelará todos sus secretos.

-Es correcto lo que dices -convino Micromil-. Vale la pena, plantearse esa tarea. A mi modo de ver, habría que proceder así; puesto que todo lo que existe es energía, es necesario construir la mente con ella, empezando por lo más diminuto, es decir, desde el cuanto; para lo cual es preciso encerrar la mente cuántica en una jaulita hecha con átomos de los más diminutos. Cuando tengamos cien millones de estos genios de bolsillo, habremos conseguido nuestro objetivo: esos genios se multiplicarán y entonces cualquier puñado de arena pensante nos dirá lo que hay que hacer y cómo hacerlo muchísimo mejor que un consejo formado por innumerables personas.

-No, no, así no es posible -replicó Gigaciano-. Hay que proceder a la inversa, ya que todo lo que existe es una masa. Con todas las masas del Universo hay que construir, por consiguiente, un cerebro inmenso y con toda su magnitud repleta de ideas. Y cuando le pregunte, me revelará todos los secretos del Universo. Tus polvos geniales no son más que un fenómeno desprovisto de toda eficacia, puesto que si cada grano pensante se pone a decir una cosa distinta, te harás un lío y no te enterarás de nada.

Así discutiendo, los dos constructores terminaron por enemistarse y no hubo manera de que emprendieran la tarea juntos. Así que se separaron, burlándose el uno del otro, y cada cual emprendió la tarea a su modo. Micromil comenzó por capturar los quanta y los metió en sus jaulitas atómicas, y como quiera que los más diminutos se hallaban en los cristales, dotó de mente a los diamantes, las calcedonias y los rubíes; las cosas le salieron estupendamente con los rubíes, hasta
el extremo de que tanta energía racional metió en ellos que lanzaban chispas. Disponía también de otros minerales pensantes, tales como las esmeraldas, los prudentes zafiros y los sagaces topacios; pero los que mejor le salían desde el punto de vista de la mente eran los rojos rubíes.

Mientras Micromil se dedicaba a la gestación de sus cuerpos diminutos, Gigaciano se dedicaba a crear un gigante. Emprendió su tarea con los soles más grandes y siguió con todas las galaxias, que estuvo fundiendo, mezclando, soldando y ensamblando, arremangado hasta los codos, hasta que creó su ser cósmico, denominado Cosmolud, criatura enorme que todo lo abarcaba, hasta el punto de que prácticamente no quedaba nada aparte de él, salvo un pequeño reducto en el que Micromil estaba metido con sus joyas.

En cuanto ambos constructores hubieron terminado su obra, ya no se trataba de saber cuál de los dos ingenios creados por ellos suministraba más ideas, y revelaba más enigmas, sino sencillamente de quién de entre los dos constructores había tenido razón y elegido más acertadamente. De manera que decidieron competir.

Gigaciano estaba esperando a Micromil junto a su Cosmolud, que se extendía sobre siglos y siglos luz en longitud, anchura y altura, pues su cuerpo estaba formado de oscuras nebulosas estelares, su sistema respiratorio lo componían una multitud de soles, las piernas y los brazos eran unas galaxias injertadas con la gravitación, la cabeza estaba formada de trillones de globos metálicos y, sobre ella, llevaba un gorro peludo de ardiente cabello soleado. Cuando Gigaciano estaba armando su Cosmolud, tenía que volar desde la oreja a la boca y cada uno de estos viajes le costaba seis meses. Por el contrario, Micromil llegó al campo de batalla solo y con las manos vacías; en su bolsillo llevaba al diminuto rubí que iba a enfrentarse con el coloso. Gigaciano se sonrió al verlo.

-¿Y qué dice esa nimiedad? -se mofó-. ¿Qué saber puede exhibir frente a este gigante galáctico y pozo de sapiencia, a su nebulosa comprensión, a cuyo sol los soles transmiten el pensamiento que refuerza su poderosa gravitación, al que las estrellas en explosión confieren el resplandor de los conceptos y las tinieblas interplanetarias agigantan la reflexión?

-¡Deja ya de jactarte de tu obra y de mofarte de mí, y vamos a los hechos! -replicó Micromil, quien añadió-: ¿Sabes qué te digo? ¿Por qué habríamos de preguntarles a nuestras criaturas? ¡Dejemos que ellas mismas compitan en sus discursos! ¡Que mi microscópico genio rivalice con tu ser estelar en el marco de este torneo en el que el escudo es la inteligencia y la espada la prudente razón!

-¡ Pues que así sea! -asintió Gigaciano.

Entonces se apartaron ambos de sus creaciones para que permanecieran solas en el campo. El rojo y diminuto rubí se puso a dar vueltas, girando a través de las tinieblas del vacío cósmico surcado por las estrellas, por encima del cuerpo iluminado e inconmensurable de su rival, y dijo con una voz de pajarillo:

-¡Eh, tú, grandullón, desmesurado! ¿Acaso eres capaz de pensar?

Estas palabras tardaron un año en llegar al cerebro del coloso, cuyos firmamentos armónica y artísticamente concebidos comenzaron a moverse, y entonces se asombró el coloso de aquellas atrevidas palabras y quiso ver quién era el osado que así le hablaba.

Empezó a mover la cabeza en aquella dirección, pero antes de terminar su rotación ya habían transcurrido dos años. Miró con sus claros ojos galácticos a través de las tinieblas, pero no pudo ver nada, puesto que el rubí ya hacía tiempo que se había marchado piando a su espalda:

-¡Menudo patán, vaya sol peludo y vago redomado! ¡En lugar de mover la cabeza, sol melenudo, a ver si puedes decirme cuánto hacen dos y dos antes de que la mitad de esos gigantes azules ardan en tu cerebro y se consuman de puro viejos!

Enfurecido por las pullas del diminuto rubí, el Cosmolud empezó a girar nuevamente la cabeza lo más rápidamente que pudo, pero ya le estaban hablando otra vez a su espalda; entonces trató de girar cada vez más de prisa y alrededor del eje de su cuerpo se arremolinaban las vías lácteas y los miembros hasta entonces rectos de las galaxias se enroscaron en forma de espiral, las nebulosas estelares giraron vertiginosamente, con lo que todo aquello se convirtió en una bola y todos los soles y los planetas se desprendieron con tal velocidad que parecían peonzas; pero antes de que el coloso pudiera encarar a su adversario, éste ya estaba mofándose a su espalda.

El atrevido ingenio de Micromil escapaba cada vez más de prisa, mientras que el Cosmolud no hacía más que girar y girar, pero sin poder alcanzarle, a pesar. de dar más vueltas que una gigantesca peonza; y tanto giró y con tanta velocidad que se relajaron las cadenas de la gravitación, hasta el punto de alcanzar el límite de su resistencia, reventando con ello los puntos de atracción eléctrica y, con terrible potencia centrífuga, de pronto estalló el gigante y, hecho pedazos, salió disparado por el vacío, desparramando sus ardientes espirales galácticas, y así comenzó la fuga de las nebulosas.

Micromil afirmó tras aquella catástrofe que el triunfo era suyo, puesto que el Cosmolud de Gigaciano se había volatilizado antes de pronunciar una sola frase racional; sin embargo, Gigaciano replicó que el objeto de la competición no consistía en medir la fuerza, sino la comprensión, o sea, cuál de las dos creaciones era más inteligente y no cuál aguantaba más, y puesto que lo ocurrido nada tenía que ver con el objeto del desafío, afirmaba que Micromil le había engañado vergonzosamente.

Desde entonces, Micromil. anda buscando su rubí, que se perdió durante la catástrofe, pero sin poder encontrarlo, ya que en cuanto divisa una luz roja, allí acude corriendo, pero se encuentra con que se trata de la luz de una nebulosa huyendo sonrojada de la vejez, y vuelve a buscar nuevamente, pero siempre en vano. A su vez, Gigaciano se dedica, con ayuda de cuerdas gravitantes y de hilos irradiantes, a coser los fragmentos dispersos de su Cosmolud, utilizando como aguja la radiación más dura. Pero todo lo que cose se rompe instantáneamente, de tan enorme que es la fuerza de las nebulosas tan pronto como emprenden la huida. Así que ni uno ni otro lograron descubrir los misterios de la materia, a pesar de haberla dotado de una mente y haberle puesto una boca; pero en el momento decisivo de la conversación, ésta resultó tan pobre que se la califica de irrazonable y tonta por su ignorancia.

Pero hay un hecho cierto y es que el gigante Cosmolud de Gigaciano se rompió en una infinidad de pedazos por culpa del rubí de Micromil y todos esos fragmentos siguen volando hasta hoy en todas direcciones. Y si alguien no lo cree, que pregunte a los sabios si no es cierto que todo lo que existe en el cosmos gira incesantemente alrededor de su eje como una peonza; pues todo empezó con esa vertiginosa rotación.



Leyenda de la calculadora que luchó
contra el dragón


El rey Poliandro Partobonio, señor de Ciberia, era un gran guerrero. Experto en los más modernos métodos estratégicos, nada le interesaba tanto como la cibernética aplicada a la guerra. Su reino estaba plagado de una multitud de máquinas pensadoras, pues Poliandro las instalaba en todos los lugares donde podía, y no sólo en los observatorios astronómicos y los colegios y escuelas, sino que mandó convertir los mojones de las carreteras en aparatos eléctricos, cuyos altavoces advertían a los transeúntes para que no tropezasen con ellos; también los había en los muros y los postes, en los árboles y columnas, para que el caminante pudiera siempre preguntar la dirección correcta. Colgó máquinas de las nubes para que anunciaran la lluvia de antemano; las distribuyó por los montes y los valles; en una palabra, no había lugar en todo el reino de Ciberia donde no existiera una de aquellas eficientes máquinas.

El rey no sólo mandó perfeccionar a base de la cibernética todo lo que ya existía, sino que difundió por todas partes magníficos aparatos.

Fabricaron cibercangrejos y ciberocios bordoneantes e incluso cibermoscas que atrapaban mecánicamente a las arañas, que proliferaban terriblemente en el reino. Por todo el planeta podía escucharse a los cibergansos y cibergallos, cantaban los cibergrillos y los ciberpájaros, y además de todos estos mecanismos civiles y pacíficos pululaban en toda la superficie de Ciberia dos veces más ingenios militares, ya que el rey Políandro Partobonio era un famoso guerrero.

Poseía en sus palacios subterráneos una infinidad de máquinas, entre las cuales figuraba una calculadora estratégica, que era de lo más valiente y arrojada. Tenía asimismo una infinidad de robots más pequeños, sin contar una división de ciberametralladoras, una formación de cibertanques enormes y un enjambre de armas de todo tipo, así como una clase de polvos sumamente mortíferos.

Pero el rey Partobón estaba muy triste al no tener con quien combatir, ya que ningún enemigo, por valiente o cruel que fuera, se atrevía a invadir su .reino, pues temían enfrentarse con sus poderosísimas fuerzas y su invencible estrategia respaldada por aquellas ciberarmas famosas en todo el cosmos.

Al carecer de enemigos e invasores verdaderos, el rey Poliandro ordenó a sus ingenieros que le fabricaran unos ejércitos enemigos artificiales, para poder luchar contra ellos 'y batirlos. Y así tuvieron lugar las batallas más encarnizadas, que muy pronto asolaron todo el reino de Ciberia. Los súbditos comenzaron a murmurar al ver que una masa de ciberenemigos desvastaban sus cosechas y sus casas con sus ciberlanzallamas; y la gente llegó a expresar abiertamente su descontento cuando el rey, en su furia perseguidora de las huestes invasoras, empezó a arrasar cuanto se interponía en su victorioso camino. Aquellos súbditos desagradecidos protestaban aunque todo aquello se hiciera por su liberación.

Pero el rey Poliandro ya estaba aburrido de guerrear artificialmente en su propio planeta y soñaba con salir de su reino y combatir y avanzar victoriosamente en todo el cosmos. El planeta Ciberia tenía una gran luna totalmente desierta y salvaje. El rey Poliandro cargó de impuestos a sus súbditos para reunir los fondos necesarios para crear en dicho satélite un poderoso ejército y con él guerrear nuevamente.

La población de Ciberia pagó los impuestos de buen grado pensando que su rey ya no se ensañaría con sus cibercañones y sus contingentes de ciberguerreros en sus haciendas y sus vidas. De manera que los ingenieros del reino construyeron en el satélite una extraordinaria máquina calculadora, que a su vez debía crear toda clase
de ejércitos y armas automáticas. Y el rey Poliandro comenzó a probar una y otra vez la capacidad de su nueva máquina: le ordenó telegráficamente que realizara un electrosalto, pues sentía gran curiosidad por saber si cuanto sus ingenieros le habían dicho era cierto y si aquella máquina podía hacer cualquier cosa (si lo sabe hacer todo -pensó el rey-, pues que salte), y bastaron tres telegramas para que lo hiciera, realizando luego cualquier maniobra que se le ordenase. Finalmente, el rey ordenó a la máquina que creara un electrodragón, y así lo hizo.

El rey estaba dirigiendo por entonces una nueva campaña para liberar una de las provincias de su reino conquistada por los cibergranaderos y se olvidó totalmente de la orden impartida a la calculadora lunar, cuando desde el satélite comenzaron a caer sobre el reino de Ciberia unas rocas gigantescas. El rey se quedó asombrado al ver que una de aquellas rocas, al caer sobre una de las alas de su palacio, le había aplastado toda una serie de enanos a reacción, y, lleno de ira, telegrafió inmediatamente a la máquina lunar preguntándole cómo se atrevía a hacer tales barbaridades. Pero la máquina se quedó muda, pues ya había dejado de existir al tragársela el dragón que ella misma había creado, y ahora sólo le servía de rabo al desagradecido ciberdragón.

Entonces el rey Poliandro mandó al satélite una expedición armada, encabezada por una nueva calculadora, muy valiente, para que aniquilase al dragón; pero apenas tuvo tiempo de acercársele y entablar combate, pues quedó destrozada con sólo unas dentelladas del monstruo, y con ella toda la expedición militar; evidentemente, el electrodragón tenía las más negras intenciones con respecto al reino de Ciberia y su rey.

Ante el fracaso de la primera expedición, Poliandro mandó al satélite a sus mejores cibergenerales, capitaneados por un cibernetísimo, pero tampoco éste tuvo suerte, salvo que la batalla duró un poco más bajo la mirada asombrada del rey, que con sus gemelos de largo alcance asistía a ella desde la terraza de su palacio.

El dragón seguía creciendo y la luna le quedaba más pequeña, ya que el monstruo se la iba comiendo a pedazos, con lo que el cuerpo se agigantaba. Al percatarse el rey Poliandro y sus súbditos que las cosas empeoraban, puesto que tan pronto como acabara de tragarse el satélite el monstruo se lanzaría contra ellos y su planeta, todos empezaron a temblar y no sabían qué hacer: si malo era mandar a combatir a las máquinas, peor sería lanzarse uno mismo contra la gigantesca bestia, pues equivaldría a ir a una muerte segura y sin gloria.

Todos en Ciberia estaban perplejos y desorientados, cuando una noche oscura el rey oyó que el telégrafo que tenía en su habitación empezaba a traquetear en medio del silencio. El aparato real estaba hecho de oro y brillantes y conectado con la luna; el rey se levantó de la cama y corrió hacia el telégrafo, que seguía emitiendo su mensaje: tac, ta-tac, ta-tac... Poliandro descifró el siguiente mensaje: «El electrodragón telegrafía que Poliandro Partobonio debe marcharse y cederle su trono.»

El rey se enfureció terriblemente, y tal como estaba, en camisón y zapatillas, fue corriendo, escaleras abajo, hacia los sótanos del palacio, donde estaba su máquina estratégica, muy vieja y muy inteligente. No le había pedido consejo hasta entonces, porque antes del surgimiento del electrodragón lunar había discutido con ella sobre cierta operación militar; pero esta vez al rey le iban las cosas muy mal y quería salvar el trono y la vida a toda costa.

Conectó la vieja máquina y apenas empezaba a calentarse cuando le suplicó:

-Calculadora mía, querida calculadora, estoy en un terrible apuro: el electrodragón me quiere quitar el trono y echarme del reino. ¡Sálvame y dime qué debo hacer para vencerlo!

-De acuerdo -dijo la vieja calculadora-, pero antes has de reconocer que yo tenía razón acerca de aquel asunto y además exijo que me concedas el título de Gran Atamán Calculador, con lo que habrás de dirigirte a mí como Su Excelencia Ferromagnética.

-Bien, bien, te nombro Gran Atamán y todo lo que quieras, pero sálvame...

La vieja máquina emitió unos sonidos, silbó, se estremeció y dijo:

-La cosa es muy sencilla. Es preciso construir un electrodragón más poderoso que el de la luna. El nuestro derrotará al dragón enemigo, le romperá todos sus huesos eléctricos y así conseguiremos nuestro objetivo.

-Me parece una magnífica idea -dijo el rey-. ¿Puedes suministrarme el plano de ese
nuevo electrodragón más poderoso?

-Será un superdragón -dijo la vieja máquina-. Y no sólo sé hacer el plano, sino que puedo construirlo yo misma; ahora mismo lo hago, espera un momento. -Y la vieja máquina comenzó a crecer y a silbar, iluminándose toda y componiendo cosas en su interior, y de pronto una especie de zarpas enormes, eléctricas y ardientes, le salieron por los costados, hasta que el rey gritó:

-¡Vieja máquina calculadora, basta ya!

-¿Cómo te atreves a hablarme de esa manera? ¡ Soy el Gran Atamán Calculador!

-¡Cierto, cierto! -asintió el rey-. Excelencia Ferromagnética, puesto que el electrodragón que estás creando ha de derrotar al que está en nuestro satélite y ocupar su puesto, ¿cómo haremos para echarle a su vez?

-Muy sencillo: fabricaremos otro dragón aún más poderoso, y luego otro para matar a éste y así sucesivamente -explicó la vieja máquina calculadora.

-¡Eso no puede ser! Te ordeno que lo dejes todo como esta -dijo el rey-. De ese modo, en la luna habrá unos dragones cada vez más tremendos cuando yo lo que quiero es que no exista ninguno.

-Eso es otra cuestión -replicó la vieja máquina-. ¿Por qué no, me lo has dicho de entrada? ¿No ves de qué modo tan falto de lógica te expresas? Bien, espera un momento.

La vieja calculadora se puso a silbar y trepidar hasta que por fin dijo:

-Es preciso construir una antiluna y un antidragón y colocarlos en órbita alrededor de la luna (dentro de la vieja calculadora algo crujió) y pegar golpes y cantar: «Soy un joven robot, el agua no temo, pues adonde hay agua yo me zambullo, nada temo, desde la noche a la mañana, tralalá-tralalá».

-¿Qué estás diciendo? ¿Te has vuelto loca, vieja máquina? -gritó el rey-. ¿Qué tiene que ver esa canción sobre el joven robot con la antiluna?

-¿A qué robot te refieres? Ah, bueno,.bueno, me parece que me he despistado; tengo la impresión de que algo se rompió en mi interior, algo se me debió quemar, seguro... -contestó la vieja calculadora.

El rey empezó a buscar en el interior de su vieja máquina hasta que encontró una válvula quemada; la cambió por una nueva y le volvió a preguntar a la calculadora qué iban a hacer con lo de la antiluna.

-¿De qué antiluna me estás hablando? -preguntó la vieja máquina, que ya se había olvidado de lo que acababa de decir-. No sé nada de esa antiluna... Espera, voy a pensarlo.

La vieja calculadora emitió unos silbidos, se estremeció y dijo:

-Hay que elaborar una teoría general para luchar contra los electrodragones, de la cual el dragón lunar será un caso específico y muy fácil de solucionar.

-De acuerdo, elabora esa teoría -dijo el monarca.

-Pero antes he de construir varios electrodragones para experimentar.

-¡De ninguna manera! -gritó el rey-. El dragón quiere arrebatarme el trono y ¿qué pasará si creas varios?

-Claro, claro, hemos de buscar otra solución. Vamos a utilizar una variante estratégica mediante el método de las aproximaciones sucesivas. Telegrafíale al dragón que le cederás el trono a condición de que efectúe tres operaciones matemáticas muy sencillas...

Poliandro telegrafió al dragón y éste aceptó la proposición. El rey volvió junto a la vieja calculadora, que dijo:

-Ahora dile al dragón que efectúe la primera operación: que se divida por sí mismo.

Así lo hizo el rey. El electrodragón se dividió por sí mismo, pero como él era la unidad de los electrodragones quedó un electrodragón y continuó en la luna; de modo que nada había cambiado.

-¡Vaya idea! -gritó el rey, corriendo escaleras abajo a tal velocidad que perdió sus
zapatillas-. El dragón se ha dividido por uno y sigue allí como si nada...

-No importa, lo hice adrede; esa operación era para desviar la atención del dragón lunar. Ahora dile que a ver si es capaz de sacarse un elemento.

El rey telegrafió a la luna y el dragón empezó a estirarse y estirarse hasta crujir y jadear y temblar, pero de pronto lo consiguió y expulsó de sí un elemento.

Poliandro regresó junto a la vieja calculadora.

-El dragón se estiró, crujió y hasta rechinó, pero extrajo un elemento de sí y sigue amenazándome -gritó el rey desde el umbral-. ¿Y ahora qué hacemos, vieja máqu..., perdón..., Excelencia Ferromagnética?

-Se me ocurre una buena idea -dijo la vieja calculadora-. Ahora dile al dragón que se separe de sí mismo.

Volvió corriendo Poliandro. a su habitación, telegrafió nuevamente y el dragón empezó a reducirse. Primero se sustrajo la cola, luego las patas, luego el corpachón y finalmente, al ver que las cosas se ponían feas vaciló, pero ya estaba tan lanzado que se quitó la cabeza y se quedó en cero, o sea, en nada: ya no existía ningún electrodragón.

-¡Ya no existe el electrodragón ! -exclamó el rey lleno de júbilo escaleras abajo-. Te estoy muy agradecido, vieja calculadora. Te has ganado un buen descanso y ahora mismo voy a desconectarte...

-¡Ni pensarlo! -replicó la vieja máquina-.Yo he cumplido mi misión ¿y ahora quieres desconectarme y ya no me llamas Excelencia Ferromagnética? ¡ Vaya, eso sí que no! Ahora mismo me voy a transformar en electrodragón, y te echaré del reino, y seguro que reinaré mejor que tú, pues siempre me pediste consejo sobre los asuntos más importantes y yo siempre te aconsejé y...

Silbando y crujiendo, la vieja calculadora empezó a metamorfosearse en electrodragón, y ya sus electrozarpas salían por los costados, cuando el rey, atónito y jadeante de ira, se quitó una zapatilla y se puso a romper las válvulas de la calculadora a golpes, hasta que ésta empezó a chirriar y traquetear ruidosamente, haciéndose un lío con sus programas, y en lugar de la palabra «electrodragón» le salió la de « electroalqui-trán», y la vieja máquina hipando cada vez más bajo, se convirtió en una enorme masa negra y reluciente como el carbón, que se fue extendiendo mientras que de ella salían unas chispas eléctricas y azuladas, y ante el rey Poliandro, cegado por el resplandor, sólo quedó un gran charco de alquitrán humeante.

El rey respiró aliviado, se puso las zapatillas y regresó a su dormitorio. Desde entonces, el rey cambió mucho: las aventuras que acababa de vivir lo volvieron menos belicoso y durante el resto de su vida ya no se dedicó más que a la cibernética civil, desentendiéndose de la militar.


Los Consejeros del Rey Hidropsio

La de los argonautas fue de las primeras entre las tribus estelares que alcanzaron el conocimiento en el fondo de los océanos planetarios.

Uno de los integrantes de su reino era Acuacia, que reluce en el cielo del norte como un gran zafiro en un collar de topacios. En aquel planeta submarino reinaba desde hacía muchísimos años el rey Hidropsio de Todos los Peces. Una mañana llamó a la sala del trono a cuatro ministros de la Corona; se presentaron ante él, se inclinaron ante el monarca todos vestidos de esmeralda, y mientras Hidropsio se oreaba con su gran abanico dijo:

-¡Incorruptibles dignatarios! Hace ya quince siglos que reino sobre Acuacia, sus ciudades submarinas y sus azules praderas sumergidas; durante todo ese tiempo he extendido las fronteras del Estado sumergiendo numerosas tierras, y siempre honré. los estandartes impermeables que me legó mi padre, el gran Ictiócrates, logrando grandes victorias, cuya gloria no me toca a mí señalar, en las batallas contra los temibles microcitas. Sin embargo, el poder está resultándome una carga insoportable y por eso he decidido tener un hijo que ocupe el trono de los inóxidos y gobierne con justicia. Por eso me dirijo a vosotros, mis fieles dignatarios: a ti, mi leal Hidrociberio Amasidio; a ti, mi gran Programador Dióptrico, y a vosotros también, mis buenos consejeros Filonauta y Minogario, para que me inventéis el hijo que necesito. Y ojalá sea inteligente, pero sin demasiada afición a los libros, porque el exceso de saber debilita la voluntad de acción. Que sea bueno, pero sin exageración. Deseo que mi hijo sea valiente, pero sin ser temerario; sensible, pero sin caer en la ternura. Que se me parezca y que bajo su piel esconda esa misma escama de tantalio y que los cristales de su mente sean tan transparentes como el agua que nos rodea y sustenta. Y ahora, ¡manos a la obra!, ¡en nombre de la Gran Matriz!

Dióptrico, Minogario, Filonauta y Amasidio se inclinaron respetuosamente ante el rey y se marcharon en silencio, meditando en las palabras de su señor, pero no como lo hubiese deseado el poderoso Hidropsio. Pues Minogario deseaba usurpar el trono de Acuacia, mientras que Filonauta favorecía secretamente al enemigo de los argonautas, Microditón. En cuanto a Amasidio y Dióptrico eran enemigos mortales y cada cual deseaba sobre todas las cosas la caída del otro y de los demás dignatarios de la Corona.

Amasidio iba pensando: «El rey quiere que realicemos un hijo para él; nada sería más fácil que grabar en la micromatriz del príncipe la más profunda aversión hacia Dióptrico, ese palurdo gordinflón inflado como un globo, y en cuanto nuestro príncipe acceda al trono, mandará que lo ahoguen, sacándole la cabeza al aire. Eso sería estupendo.

Pero -siguió pensando el eminente Hidrociberio Amasidio- no cabe duda que el
propio Dióptrico tendrá el mismo plan que yo y, como programador que es, tiene muchas más posibilidades para inculcarle al futuro príncipe el odio hacia mí. ¡Mal asunto! ¡Habré de tener los ojos bien abiertos cuando los cuatro juntos metamos la matriz en el horno de hacer niños!»

«No sería difícil -iba pensando el dignatario Filonauta en ese mismo instante- inculcarle al príncipe una gran simpatía hacia los microcitas. Pero de eso se percatarían en seguida y el rey mandaría decapitarme. Así que le inculcaré al príncipe solamente el amor por las cosas diminutas, lo cual será mucho más seguro, y si me preguntan diré que solamente pensaba en los seres diminutos que pululan debajo del agua y que me olvidé de ajustar el programa advirtiéndole que no hay que amar lo que no está sumergido. En el peor de los casos, el rey me quitará mi Orden del Gran Borboteo, pero no me cortarán la cabeza, que es lo que más me importa, y que ni el mismo rey de los microcitas, Nanoxerio, sería capaz de devolverme.»

-¿Por qué están tan callados, señores dignatarios? -preguntó Minogario-. Pienso que hemos de empezar sin pérdida de tiempo, pues no, hay para nosotros nada más sagrado que las órdenes del rey.

-Callo precisamente porque estoy reflexionando sobre ellas -replicó Filonauta, mientras Dióptrico y Amasidio agregaban a un tiempo-: ¡Estamos listos!

Así que los cuatro dignatarios, de acuerdo con las viejas tradiciones, se recluyeron en una sala cuyos muros eran de escamas de esmeralda y cuyas puertas sellaron desde fuera con siete capas de resina submarina, y el mismo Macistos, señor de las inundaciones planetarias, puso en los sellos su blasón del Agua Silenciosa.

A partir de ese momento, nadie podría interrumpir la tarea de los dignatarios hasta que estuviera terminada, y, emitiendo la señal convenida, se rompieran los precintos y tuviera lugar, la gran ceremonia de presentación del príncipe.

Los dignatarios se dedicaron a su tarea, pero ésta resultó bastante larga, pues no era su intención concebir el príncipe deseado por el rey Hidropsio, sino engañarle, y cada dignatario pretendía asimismo engañar a sus tres compañeros y salirse con la suya.

El rey estaba impaciente, pues ya habían pasado ocho días y ocho noches y los dignatarios seguían encerrados en su sala de esmeralda sin dar señales de vida. Pues también trataron de postergar el inicio de la tarea, contando con que los demás se cansarían, para entonces meter rápidamente la matriz en el horno y que les saliera un príncipe capaz de satisfacer sus deseos personales.

A Minogario le consumía el ansia del poder y a Filonauta la sed del dinero que los microcitas le habían prometido, mientras que Amasidio y Dióptrico se odiaban a muerte.

Al acabársele la paciencia más que las fuerzas, el malvado Filonauta dijo:

-No entiendo, señores dignatarios, por qué razón nuestra tarea se prolonga de esta manera. El rey nos dio indicaciones muy precisas; hubiéramos debido atenernos a ellas; si así lo hubiésemos hecho, ya tendríamos al príncipe. Empiezo a sospechar que vuestra lentitud se debe a motivos que nada tienen que ver con los deseos de, nuestro señor. Y de seguir así las cosas, con gran dolor de mi corazón no tendré más remedio que plantear el votum separtum, o sea elaborar un informe...

-¿Qué está diciendo? -espetó Amasidio, moviendo sus relucientes agallas con tal furia que temblaron los flotadores de sus condecoraciones-. Vaya, yo también tengo ganas de informar al rey de que, no sabemos por qué razón inconfesable, usted ha roto ya dieciocho matrices de perla que logramos elaborar, cuando con la fórmula sobre el amor a lo pequeño no dejó ni el más mínimo espacio para prohibir el afecto a todo lo que no sea submarino. Nos quería convencer, digno Filonauta, que sólo se trataba de una omisión; pero repetirla dieciocho veces es motivo más que suficiente para que lo encierren con los traidores o los locos.

Al verse desenmascarado, Filonauta intentó defenderse, pero Minogario se le adelantó diciendo:

-Cualquiera diría, noble Amasidio, que asiste a nuestra reunión como una medusa sin mácula, cristalina. Pues, de un modo inconcebible, también por once veces consecutivas manipuló en la matriz todo cuanto ha de odiar el príncipe, añadiendo una vez un rabo trífido, dos veces unos ojos saltones y en otra ocasión un doble vientre blindado y tres manchas rojas, como si no supiera que todas esas características pueden relacionarse con Dióptrico, aquí presente y pariente del rey, y con ello inculcar en la mente del príncipe el odio a nuestro colega.

-¿Y por qué en la última matriz Dióptrico siguió grabando el desprecio a todos los seres cuyo nombre termina en «¡dio»? -preguntó Amasidio-. Y puesto que a eso nos referimos, ¿por qué usted mismo, señor Minogario, ignorando las cosas que el príncipe no ha de afrontar, se obstinó en insertar un asiento pentagonal apoyado en unas aletas brillantes? ¿Acaso ignora que en realidad el trono se parece a un cubilete metido en otro cubilete?

De pronto, en la sala de esmeralda reinó un tenso silencio, roto al fin por el débil borboteo de los dignatarios, que disputaron largamente, defendiendo sus contrapuestos intereses, hasta que por fin Filonauta y Minogario se pusieron de acuerdo en que la matriz del príncipe se dispusiera de forma que éste sintiera simpatía hacia todo lo pequeño y dejara lugar a dichas formas. Filonauta pensaba con ello en los microcitas, mientras Minogario pensaba sobre todo en su propia persona, puesto que era el más pequeño de los allí presentes. Dióptrico también aceptó esta posibilidad, pues Amasidio era el más alto de los cuatro. Pero éste se resistió furiosamente, aunque de pronto dejó de hacerlo; acababa de ocurrírsele que no solamente podía volverse más pequeño, sino también sobornar al zapatero de la corte para que herrase las suelas de las botas de Dióptrico con unas plaquitas de tantalio, con lo que su enemigo sería más alto y se ganaría la antipatía del príncipe.

Los dignatarios terminaron rápidamente su tarea, metieron la matriz en el horno y, tras echar los residuos por la trampilla de la sala de esmeralda, comenzó la gran ceremonia de presentación del nuevo heredero al trono.

En cuanto la matriz con el proyectado príncipe entró en el horno, la guardia real formó ante la puerta de donde había de salir el futuro rey de los argonautas, mientras Amasidio ponía en marcha su plan. El zapatero de la corte, por él sobornado, empezó a herrar las suelas de las botas de Dióptrico con una cantidad cada vez mayor de plaquitas de tantalio. El príncipe ya estaba bajo la vigilancia de los jóvenes metalúrgicos, cuando Dióptrico, al verse en el gran espejo del palacio, se dio cuenta con espanto que ya era más alto que su enemigo, ¡cuando al príncipe le habían programado cariño solamente para los seres pequeños!

Al regresar a su casa, Dióptrico cogió un martillo de plata y comenzó a golpearse todo el cuerpo con él, hasta que por fin descubrió las plaquitas en sus suelas y en el acto imaginó quién era el culpable.

-¡Traidor! -exclamó pensando en Amasidio-. Y ahora ¿qué hago?

Tras meditar un rato, Dióptrico decidió empequeñecerse. Llamó a su lacayo y le ordenó buscar un buen cerrajero. Pero el lacayo, que no había entendido muy bien la orden de su señor, salió a la calle y regresó con un pobre obrero que se encontró. Este se llamaba Frotón y se pasaba los días gritando por las calles: «¡Pego las cabezas, arreglo los vientres, sueldo las colas, pulo las extremidades!» Tenía Frotón una mujer muy violenta que siempre le esperaba a su regreso con una barra de hierro en la mano, y le molía a golpes, armando un gran alboroto; le quitaba todo el dinero que traía y de propina le golpeaba despiadadamente con su barra.

El pobre Frotón, todo tembloroso, se presentó ante el gran programador, que le preguntó:

-¿Serías capaz de empequeñecerme? ¿No te parece que soy demasiado alto? Me has de hacer más pequeño, pero sin desfigurarme. Si lo haces bien, tendrás una buena recompensa, pero tendrás que guardar el secreto, si te vas de la lengua, mandaré que te atórnillen.

Frotón se quedó muy asombrado, pero disimuló, pues a las personas importantes suelen ocurrírseles las ideas más raras y caprichosas. De manera que se quedó mirando con gran atención a Dióptrico, lo palpó cuidadosamente y dijo:

-Podría desatornillarle a su señoría la parte central de la cola...

-¡ Ni hablar! -replicó vivamente Dióptrico-. ¡Mi preciosa cola!

-Entonces ¿podría quitarle las piernas? Son totalmente inútiles.

Y realmente los argonautas no utilizaban sus piernas, puesto que sólo eran un vestigio de los antiquísimos tiempos en que sus antepasados aún vivían en seco. Pero Dióptrico se enfadó:

-¡Asno metálico! ¿No sabes que sólo nosotros, los de alta cuna, podemos tener piernas? ¿Cómo te atreves a insinuar que renuncie a mis símbolos de nobleza?

-Ruego a su señoría que me perdone, pero ¿qué puedo quitarle entonces?

Dándose cuenta de que así no podía seguir y que algo tendría que dejarse quitar, Dióptrico exclamó:

-¡Haz lo que te parezca con tal de volverme más pequeño!

Frotón se puso a medir al dignatario, palpó y golpeteó su cuerpo y dijo:

-Si su señoría me lo permite, puedo desatornillarle la cabeza

-¿Te has vuelto loco? ¿Cómo puedo ir por ahí sin cabeza? ¿Cómo podría pensar sin ella?

-¡Eso no es problema, señor! El cerebro de señoría puede colocarse en el vientre, donde sobra sitio.

Dióptrico aceptó y Frotón le quitó muy hábilmente la cabeza, luego colocó la semiesfera cristalina del entendimiento en el vientre, soldó los hilos con mucho cuidado, golpeteó los elementos para comprobar si todo funcionaba adecuadamente, tomó las cinco monedas por su trabajo y el lacayo le acompañó fuera del palacio. Al salir vio en una de las habitaciones a la hija del dignatorio, Aurentina, toda ella hecha de oro y de plata, con su talle esbelto y que al andar sonaba como una campanilla hermosa, y le pareció la criatura más bonita que jamás había visto.

Al regresar a su casa, Frotón se encontró con su mujer, que ya estaba esperándole con su barra en la mano, y pronto se armó un gran alboroto entre el vecindario:

-¡Vaya, esa bruja de Frotona ya está apaleando a su marido!

Mientras tanto, Dióptrico, muy contento al verse empequeñecido, fue al palacio real.

El rey se asombró bastante al ver a su ministro sin cabeza, pero éste le dijo que se trataba de una nueva moda. Amasidio se enfureció al ver que su plan había fallado, y al volver a su casa hizo lo mismo que su enemigo: reducir su cuerpo. A partir de ese momento, ambos dignatarios rivalizaron en la miniaturización de sus personas,
y fueron quitándose las agallas y las aletas, las espaldas metálicas y otras partes del cuerpo, hasta que al cabo de una semana los dos podían pasar por debajo de las mesas sin agacharse.

Pero los dos dignatarios restantes, Minogario y Filonauta, conscientes de que el príncipe sólo amaría a los seres más diminutos, se apresuraron en seguir el ejemplo de sus rivales. Finalmente, llegó un momento en que nada podían desatornillarse ni reducir. Desesperado, Dióptrico mandó a su lacayo que volviera a llamar al obrero.

Frotón se presentó y se quedó estupefacto al ver lo poco que ya quedaba del dignatario, que se empeñaba en que lo volviera aún más diminuto.

-Excelencia -dijo Frotón rascándose la cabeza-, me parece que sólo hay una forma de lograrlo, y es desatornillarle el cerebro.

-¿Estás loco? -exclamó Dióptrico.

Pero Frotón le explicó:

-Esconderemos su cerebro en algún lugar del palacio, por ejemplo, en este armario, y su señoría solamente llevará dentro de su cuerpo un pequeñísimo receptor con altavoz, gracias al cual siempre estará conectado electromagnéticamente con su mente.

-Entiendo. La idea me gusta. Así que manos a la obra -aceptó Dióptrico.

Frotón le sacó el cerebro, se lo colocó en un cajón del armario, cerró con llave y se la entregó al dignatario, y seguidamente le metió en el abdomen un aparatito con micrófono.

Dióptrico era ya tan pequeño que casi no se le veía.

Al contemplar su pequeñez, sus tres rivales se quedaron atónitos; el rey se asombró, pero no dijo nada. Minogario, Amasidio y Filonauta, desesperados, no tuvieron más remedio que seguir adelante. Se iban reduciendo día tras día y pronto imitaron a su rival: escondieron sus cerebros donde pudieron, en el cajón del escritorio o debajo de la cama, y se convirtieron todos ellos en unas cajitas relucientes con rabo, con un par de condecoraciones casi tan grandes como ellos mismos.

Dióptrico ordenó a su lacayo que fuera a buscar de nuevo al experto Frotón. Este se presentó en el acto y el dignatario le dijo:

-¡Es preciso que me reduzcas a toda costa; te va en ello la vida!

-¡Gran señor! -dijo Frotón inclinándose sobre el dignatario, al que apenas se veía en el fondo del sillón-. Eso va a ser dificilísimo y no sé si...

-¡Haz lo que te ordeno! Arréglatelas como puedas; si consigues reducirme hasta alcanzar el mínimo tamaño, de manera que nadie pueda imitarme, te daré todo lo que pidas.

-Si su señoría me da su palabra de honor, haré cuanto pueda -contestó Frotón, que sintió iluminársele la mente y correr por su cuerpo un río de oro purísimo; pues desde hacía muchos días no dejaba de pensar en la hermosa Aurentina.

Dióptrico juró que así lo haría. Entonces, Frotón tomó las tres últimas condecoraciones del diminuto pecho del gran programador, hizo con ellas una cajita, en su interior puso un aparatito menor que una moneda, lo envolvió todo con un hilo de oro, en un extremo soldó una lámina de oro, la recortó en forma de cola y dijo:

-¡Ya está, excelencia! Con estas condecoraciones todos le reconocerán fácilmente; gracias a esta cola, su señoría podrá nadar, y el aparatito le permitirá conectar con su mente, escondida en el armario.

Dióptrico se puso contentísimo y dijo:

-¿Cuáles son tus deseos? ¡ Pide, que todo lo tendrás!

-Deseo casarme con su hija, la dorada Aurentina.

Dióptrico se enfureció muchísimo ante tal osadía, y nadando alrededor de la cara de Frotón, haciendo resonar sus condecoraciones, le cubrió de insultos, llamándole canalla, ladrón e insensato, y mandó echarle del palacio, mientras él iba al palacio real a bordo de un séxtuple submarino.

Cuando Minogario, Amasidio y Filonauta vieron asomar a Dióptrico bajo su nueva apariencia sólo lo reconocieron por sus condecoraciones, que ahora eran todo su ser sin contar la cola, se pusieron furibundos. Como grandes expertos electrónicos que eran, comprendían que les sería muy difícil continuar con su miniaturización personal, sobre todo si se tenía en cuenta que a la mañana siguiente ya iba a celebrarse la solemne ceremonia del nacimiento del príncipe y no podían perder si un segundo.

Así que Amasidio y Filonauta decidieron que en cuanto Dióptrico regresara a su palacio, lo secuestrarían, lo cual no resultaría difícil, puesto que nadie advertía la ausencia de un ser tan minúsculo. Así lo hicieron. Amasidio preparó una vieja lata y se escondió dentro de ella tras un arrecife de coral, junto al que había de pasar el
submarino de Dióptrico. Cuando la nave se acercó, su lacayo, enmascarado, le salió al encuentro y, antes de que el guardaespaldas de Dióptrico sacara sus agallas para defender a su amo, éste ya estaba encerrado en la lata. Amasidio dobló inmediatamente la tapa de la lata para que el gran programador no pudiera escapar y corrió con ella hacia su casa. Pero de pronto se le ocurrió que no era prudente guardar la lata en su palacio; en ese momento oyó una voz gritando por la calle:

-¡Pego cabezas, sueldo vientres, colas y espaldas, pulo piezas!

Amasidio llamó al hojalatero, que no era otro que Frotón, y le mandó soldar la lata herméticamente. Terminada la soldadura, Amasidio le dio una moneda y le dijo:

-Escúchame bien, soldador: dentro de esta lata hay un escorpión metálico que atraparon en la bodega de mi palacio. Coge esa lata y ve a tirarla a las afueras de la ciudad, al basurero, ¿entendido? Y para mayor seguridad, encima de la lata pones una piedra muy grande, que el escorpión no pueda escapar. Y, por la Gran Matriz, ¡que no se te ocurra abrir la lata, pues de lo contrario morirías!

-No se preocupe, señor, sus órdenes serán cumplidas al pie de la letra -dijo Frotón, quien agarró la lata y su dinero y se marchó.

Pero aquella historia sonaba muy rara y Frotón recelaba; sacudió la lata y se dio cuenta de que algo se movía dentro.

-Esto no puede ser un escorpión -se dijo-; no hay escorpiones tan pequeños... Veré qué es..., pero no ahora...

Frotón fue a su casa, escondió la lata en el desván debajo de unas viejas chapas para que su mujer no la encontrara y se acostó. Pero su mujer se dio cuenta de que había escondido algo en el desván. A la mañana siguiente, cuando Frotón se marchó, gritando, como de costumbre, por las calles: «¡Pego cabezas, sueldo vientres, colas y espaldas!», su mujer fue al desván, encontró la cajita y, al sacudirla, oyó un ruido metálico. «¡Bandido, sinvergüenza! -pensó Frotona-. A eso hemos llegado, a esconder el dinero!»

Hizo un agujero en la tapa, al no ver nada, arrancó la tapa y al mirar. se encontró con que algo relucía dentro de la lata; acabó por quitarle toda la tapa y entonces Dióptrico, que hasta entonces yacía como si estuviera muerto, pues la tapa hacía de pantalla entre él y su cerebro encerrado en el armario de su palacio, despertó de pronto al conectar con su mente y gritó:

-¿Qué pasa? ¿Dónde estoy? ¿Quién ha osado agredirme? ¿Quién eres, odiosa criatura? ¿No sabes que vas a morir atornillada si no me devuelves la libertad?

Al contemplar aquellas tres medallas de oro que saltaban y movían la cola de forma amenazadora, la mujer se asustó muchísimo e intentó escapar; corrió hacia la puerta del desván, pero Dióptrico seguía encima de ella amenazándola y preguntando en qué mundo se encontraba; entonces Frotona tropezó y rodó escalera abajo, rompiéndose el cuello; la escalera que aguantaba la trampilla se vino abajo y Dióptrico quedó encerrado en el desván, nadando de una pared a la
otra y pidiendo auxilio en vano.

Al volver a su casa aquella noche, Frotón se extrañó mucho al no ver a su mujer esperándole como siempre en la puerta con la barra de hierro en la mano. Al entrar en la casa se la encontró sin vida y, como era muy bueno, se apiadó de ella, aunque pronto se le ocurrió que aquel accidente le iba a resultar provechoso, pues podría servirse del cuerpo deshecho de su mujer como piezas de recambio que le vendrían muy bien. Así que se sentó en el suelo, cogió un destornillador y se dispuso a desmontar a su esposa, cuando de pronto le pareció oír unos ruiditos en el desván.

-Me suena esa voz... Y de repente Frotón recordó al gran programador del rey, que la víspera le había mandado echar del palacio y aún no le había pagado. Pero ¿cómo ha podido llegar hasta allí?

Puso la escalera contra la trampilla, subió por ella y preguntó:

-¿Acaso anda por ahí su señoría?

-¡Sí, sí, soy yo! -gritó Dióptrico-. Soy yo: alguien me raptó y me metió en una lata; una mujer la abrió, se asustó y se cayó por la trampilla; ésta se cerró y me quedé prisionero. ¡Abreme, quienquiera que seas; libértame, y te juro por la Gran Matriz que te daré lo que quieras!

-Ya he oído esas promesas otra vez y, con perdón de su excelencia, sé muy bien lo que valen -replicó Frotón, que agregó-: Soy el mismo hojalatero al que su señoría mandó echar de palacio.

Entonces Frotón le contó toda la historia: cómo un desconocido dignatario le había ordenado soldar la tapa de lata y tirarla luego al basurero de la ciudad.

Dióptrico supuso que tal dignatario no podía ser otro que uno de los ministros del rey, y con toda seguridad se trataba de Amasidio. Suplicó a Frotón que lo dejara salir del desván, pero éste le preguntó cómo podía creer en su palabra. Después de que el gran dignatario le jurase por todo lo jurable que le daría a su hija como esposa, Frotón abrió la trampilla del desván y, agarrando al magnate entre dos dedos por sus condecoraciones, lo llevó a su palacio. En ese preciso momento daban las doce del mediodía y comenzaba la gran ceremonia de la extracción del hijo del rey del horno donde había permanecido bajo la vigilancia de los jóvenes metalúrgicos. Sin perder un minuto, Dióptrico se colgó las tres medallas que componían la Gran Estrella de Todos los Mares con el lazo bordado de olas y se marchó a toda prisa al palacio de los inóxidos, mientras Frotón acudía a la habitación donde Aurentina se encontraba tocando su guitarra eléctrica. Los dos se gustaron mucho.

Ya sonaban las trompetas en lo alto de la torre del palacio real cuando Dióptrico llegó ante la puerta principal; la gran ceremonia había comenzado. No querían dejarle entrar, pero al ver sus condecoraciones, lo reconocieron y lo dejaron pasar.

Al abrirse la puerta del palacio, la corriente submarina fluyó por toda la sala del trono, arrastrando a Minogario, Filonauta y Amasidio, de tan diminutos que se habían vuelto hasta las cocinas, donde estuvieron dando vueltas un buen rato como peonzas, pidiendo auxilio, encima del fregadero, hasta que cayeron en él y, a través de las cañerías; fueron a parara las afueras de la ciudad. Cuando por fin lograron salir de las cloacas y limpiarse el barro y la suciedad y regresar a palacio, la ceremonia ya había terminado. La misma corriente submarina que había arrastrado a los tres ministros, también se llevó a Dióptrico, que estuvo dando vueltas alrededor del trono con tanta fuerza, que se rompió el hilo de oro que le envolvía el cuerpo y salieron disparadas en todas direcciones todas sus medallas y su Gran Estrella de Todos los Mares, mientras el aparatito que llevaba dentro fue a dar en la frente del rey Hidropsio, que se asombró mucho al oír la vocecilla que salía de aquella partícula:

-¡Majestad, perdóneme! ¡Ha sido sin querer! Soy yo, Dióptrico, su gran programador...

-¿A qué vienen estas bromas en un momento como éste? -exclamó el rey, y arrojó el aparatito al suelo.

El Gran Subagallas, que abría la ceremonia con su vara de oro, pegó tres golpes con ella en el suelo y, sin darse cuenta, hizo pedazos al desventurado Dióptrico.

El príncipe salió del horno donde lo habían gestado y se fijó en un pececito eléctrico que nadaba en una jaula de plata junto al trono: su cara se alegró y le gustó mucho aquella pequeña criatura. La solemne ceremonia terminó felizmente. El príncipe subió al trono al morir su padre el rey Hidropsio y se convirtió en el señor de los argonautas y en un gran filósofo, pues se dedicó a investigar la nada, por cuanto no hay elemento más pequeño que lo que no existe en absoluto. Gobernó con toda justicia bajo el nombre de Neantófilo y los pequeños peces eran su manjar predilecto.

Frotón se casó con Aurentina y, a su demanda, remontó el cuerpo de esmeralda de Dióptrico, guardado en el sótano de su palacio, y le volvió a poner el cerebro que estaba en el armario.

No pudiendo hacer otra cosa, el gran programador y los otros tres dignatarios sirvieron fielmente al nuevo rey, y Aurentina y Frotón, que había sido nombrado Gran Hojalatero Real, vivieron felices muchos años.



El Amigo de Automateo

Un robot que tenía que emprender una larga y peligrosa expedición, vino a saber que existía un artefacto muy útil al que su inventor había puesto el nombre de electroamigo. Pensando que le vendría muy bien un buen compañero de viaje, aunque no fuera más que una simple máquina, el robot se fue a casa del inventor y le rogó que le informara sobre su amigo artificial.

-No faltaba más -dijo el inventor, sacándose del bolsillo un puñado de gránulos metálicos muy parecidos a los perdigones.

-¿Qué es eso? -preguntó el robot, algo, sorprendido.

-Pero, ¿cómo te llamas?, pues se me olvidó preguntártelo antes -quiso saber el inventor.

-Me llamo Automateo.

-Ese nombre es demasiado largo para mí, así que te llamaré Automa.

-Puesto que procede de Autómata, si lo prefieres, a mí me da lo mismo.

-Pues te diré, mi querido Automa, que ante tus ojos tienes un puñado de electroamigos. Has de saber que por vocación y especialización soy miniaturista, lo cual significa que convierto los aparatos voluminosos y pesados en pequeños artefactos portátiles. Cada granito de éstos es un concentrado de espíritu eléctrico, muy inteligente y polifacético. No te diré que es un genio, pues sería exagerar y una falsa publicidad. En realidad, mi objetivo es precisamente el de crear unos genios eléctricos y no cejaré hasta conseguirlos, tan minúsculos que en un bolsillo puedan caber un millar. Y solamente alcanzaré mi propósito cuando los pueda meter en un saco y los venda a granel, como la arena. Pero vayamos al grano. Por ahora, vendo los electroamigos por unidades y además baratos, pues por uno de ellos suelo cobrar la equivalencia de su peso en brillantes. Has de reconocer que se trata de un precio muy moderado si tienes en cuenta que puedes meterte este electroamigo en el oído, donde te susurrará los mejores consejos y toda clase de informaciones. Tienes que ponerte un trocito de algodón en el oído para que tu electroamigo no se caiga y así no lo perderás aunque inclines la cabeza de lado. ¿Te lo llevas? Si me compras una docena, te los podré vender más baratos...

-No hace falta; de momento con uno me basta -dijo Automateo-. Pero además me gustaría saber qué tipo de servicios puede prestarme. ¿Será capaz de ayudarme en los trances más críticos?

-¡Desde luego! -aseguró el inventor. Cogió un puñado de perdigones relucientes, pues estaban elaborados con los metales más preciosos, y siguió diciendo-: Naturalmente, no puedes esperar una ayuda en el sentido físico, pues ésa no es ni mucho menos su misión. Mi aparato sirve para reconfortar, dar buenos y rápidos consejos, emitir razonables argumentos, indicaciones provechosas para ti, advertencias y amonestaciones saludables y asimismo palabras alentadoras y sentencias capaces de devolverte la confianza en ti mismo, además de unos pensamientos muy profundos que te permitirán salir airoso de las situaciones más difíciles y peligrosas. Esa no es más que una pequeña parte del repertorio de mis electroamigos, que son realmente fieles y solícitos, pues nunca duermen y son duraderos y estéticos, y, como puedes ver, muy manejables. Así que ¿sólo te llevas uno?

-Sí, uno sólo -dijo Automateo-. Pero, dime: ¿qué pasará si alguien me lo roba? ¿Volverá a mí o llevará al ladrón a su perdición?

-Pues no, solamente sirve al que lo lleva, y serviría al ladrón tan fielmente como a ti antes de robártelo. No puedes pedirle más, mi querido Automa: que no te abandone si tú no lo abandonas. Pero no correrás ese riesgo siempre y cuando lo lleves metido en el oído y cuides de tapártelo con un trocito de algodón.

-Muy bien -dijo Automateo-. ¿Y cómo puedo hablarle?

-Es suficiente que alguien susurre algo para que él lo entienda perfectamente. Por cierto, se llama Pioxo, pero puedes llamarlo simplemente Pío.

-Perfecto -dijo Automateo.

Pesaron a Pioxo; el inventor recibió en pago un hermoso brillante, y Automateo, muy contento de tener tan buen compañero para su largo viaje, se marchó.

Era muy agradable viajar con Pioxo, pues si lo deseaba lo despertaba por las mañanas susurrándole al oído una alegré canción; también le contaba historias muy divertidas, pero Automateo llegó a prohibírselo terminantemente, porque si estaba con otras personas, al ver cómo se reía sin razón aparente, lo tomaban por loco.

En su viaje, Automateo llegó a orillas del mar, donde le esperaba una hermosa y blanca nave. Se metió en un confortable camarote y con gran satisfacción oyó el chirriar de las anclas y el barco se hizo a la mar para una larga travesía. Durante varios días, la nave surcó plácidamente las aguas, bajo un sol espléndido, mientras que por las noches se mecía suavemente a la luz de la luna, incitando al sueño. Pero una mañana se desencadenó una tremenda tempestad. Las olas, tres veces más altas que los mástiles, se precipitaban sobre el barco con un estruendo tan espantoso que Automateo no oía ni una palabra de consuelo de las que sin duda le susurraba su amigo al oído en los peores momentos.

De pronto, se oyó un gran estrépito, el agua inundó el camarote y la nave se deshizo en pedazos. Espantado, Automateo, se lanzaba hacia la cubierta y apenas tuvo tiempo de saltar en el último bote salvavidas, cuando una ola gigantesca se abatió sobre la nave y el mar la engulló.

Automateo no vio ni a un solo miembro de la tripulación; estaba solo en medio del mar, temiendo que las olas se lo tragaran de un momento a otro. El viento huracanado agitaba los negros nubarrones sobre el mar embravecido y el pobre Automateo seguía sin oír lo que su amigo Pioxo le decía.

Después de muchas horas, Automateo creyó distinguir entre las aguas espumeantes una forma oscura; se hallaba cerca de una costa desconocida contra cuyas rocas rompían estrepitosamente las olas; al cabo de unos minutos, arrastrado por un tremendo torbellino, el bote fue a embarrancar en una especie de cala. Agarrado a las cuerdas, empapado de agua, Automateo, haciendo acopio de sus últimas fuerzas, se arrastró hacia la orilla de la pedregosa cala, donde se desplomó exhausto. A través de las rocas llegó hasta un punto más seguro y allí se quedó, totalmente extenuado, pero a salvo.

Un leve silbido lo sacó de su embotamiento. Era su amigo Pioxo, que le recordaba su amigable presencia.

-i Ah, qué bien que estés aquí conmigo, Pioxo ! Ahora me doy cuenta de lo bueno que resulta tenerte junto a mí y hasta dentro de mí -exclamó Automateo al recobrar totalmente el sentido, mirando a su alrededor.

Brillaba el sol después de la tormenta; el mar seguía agitado, pero las gigantescas olas habían desaparecido junto con el viento y la lluvia. No se veía el bote de salvamento: la corriente se lo había llevado. Automateo se puso de pie y comenzó a caminar por la playa y los acantilados. A los diez minutos ya había vuelto al punto de partida. Las olas lo habían arrastrado a un islote desierto e inhóspito y, además, muy pequeño. Su situación no era precisamente halagüeña. ¡Menos mal que tenía a su fiel amigo Pioxo! No tardó en pedirle consejo.

-¡Bueno, mi querido amigo! He de admitir que una situación como ésta no se da todos los días. He de meditar sobre ella. ¿Qué es lo que necesitas?

-¿Qué necesito? ¿Bromeas Pío? ¿No ves que no tengo nada? ¡Necesito ayuda, ropa, comida y cobijo, puesto que aquí no veo más que rocas y arena!

-¿Estás bien seguro? ¿No habrá en algún rincón de la playa o del acantilado uno de esos baúles que suelen flotar después del naufragio de una nave y están repletos de herramientas, de libros amenos, de ropa y hasta de pólvora?

Automateo inspeccionó cuidadosamente los alrededores, pero no encontró ni el más pequeño trozo de madera del barco, que por lo visto se había hundido como una piedra.

-¿No has encontrado nada? Es muy extraño, pues la literatura está llena de casos muy famosos que atestiguan que los náufragos encuentran siempre en las islas desiertas los objetos más indispensables, tales como hachas y clavos, agua dulce y aceite, Biblias y sierras, tenazas y armas de fuego y una infinidad de cosas útiles. Pero si dices que no has encontrado nada, qué le vamos a hacer. Habrías de mirar al menos si hay alguna cueva. ¿Has mirado entre las rocas?

-He mirado y no he visto ninguna, sólo rendijas y agujeros y no hay ni cangrejos en ellos.

-¿Dices que no hay dónde cobijarse? Es raro; lo mejor será que te subas a la roca más alta de este islote y eches una ojeada a tu alrededor.

-¡Ahora mismo! -dijo Automateo lleno de esperanza. Y se puso a escalar la roca más alta, que se levantaba en el centro del islote volcánico. Desde arriba sólo vio la inmensidad del mar que rodeaba la pequeña isla.

Angustiado, se lo dijo a su amigo Pioxo, al tiempo que, con un dedo tembloroso, se apretaba el algodón en el oído para no perder a su precioso amigo y consejero.

-¡Qué suerte que no te cayeras cuando el barco se hundió! -Le flaquearon sus piernas y se sentó encima de la roca, esperando impacientemente la ayuda de su amigo.

-Escúchame atentamente, amigo mío. He aquí mi consejo en esta difícil situación -dijo por fin la vocecita de Pioxo-. Según mis cálculos, todo parece indicar que nos encontramos en una isla muy pequeña y desconocida, en un simple arrecife de coral o quizá en la cumbre de .una cordillera submarina que surge lentamente de las aguas y se unirá a algún continente dentro de tres, ,o cuatro millones de años.

-¿Y qué? Lo que importa es qué podemos hacer ahora -dijo Automateo.

-No me interrumpas, por favor. Este islote está muy alejado de las rutas marítimas. Tenemos una posibilidad entre cuatrocientas mil de que un barco asome por estos parajes...

-¡Cielos! -gritó el náufrago con desesperación-. ¡Qué horrible! Así pues, ¿qué me aconsejas?

-Ahora mismo te lo diré, si dejas de interrumpirme. Corre a la orilla del mar y métete en el agua, más o menos hasta el pecho. Así no tendrás que agacharte mucho, lo cual no resultaría cómodo. Luego, metes la cabeza en el mar y te tragas toda el agua que puedas. Está muy salada, lo sé, pero la cosa no ha de durar mucho, sobre todo si continúas andando hacia adelante. Pronto te volverás más pesado, el agua salada te llenará todo el cuerpo y en unos segundos tus procesos orgánicos cesarán y por consiguiente perderás tu vida; gracias a esto, te ahorrarás la penosa tortura de permanecer en este islote infernal, una lenta agonía y hasta el riesgo de volverte loco. También puedes coger una piedra muy pesada con cada mano, pero no es imprescindible...

-¿Estás loco? -exclamó Automateo, pegando un salto-. ¿Pretendes que me ahogue? ¿Me aconsejas que me suicide? ¿Y te atreves a decir que eres mi amigo con esos consejos? ¡Menudo amigo!

-No te excites, que no estoy loco ni eso entra en mis posibilidades, pues nunca pierdo mi equilibrio mental. Más desagradable sería para mí, querido amigo, permanecer contigo si eligieras dejarte morir lentamente bajo este sol abrasador. Te aseguro que he estudiado detenidamente la situación y no he visto ninguna posibilidad de salvación. No puedes construir una barca o una balsa, puesto que careces de herramientas; tal como te acabo de decir, ningún barco pasará por aquí para salvarte; sobre este islote no pasan ni los aviones y tú mismo no los puedes fabricar; ¿cómo piensas salir de aquí? Naturalmente, puedes escoger una lenta agonía en vez de una muerte rápida y segura, pero como fiel amigo tuyo que soy, te aconsejo que obres razonablemente y te dejes de locuras. Basta con que tragues un poco de agua...

-¡Al infierno tú y tus tragos de agua! -gritó enfurecido Automateo-. ¡ Cuando pienso que por un amigo como éste pagué un magnífico brillante! ¡Tu inventor no es más que un bribón y un estafador!

-Estoy seguro de que si me escuchas hasta el fin retirarás esas palabras malsonantes -replicó serenamente Pioxo.

-¿Así que aún no has acabado? ¿Acaso pretendes contarme la vida que me espera en el más allá? Te lo agradezco mucho...

-No hay vida en el más allá -replicó Pioxo-. No voy a engañarte, pues ni quiero ni sé hacerlo, y así no se porta un amigo. Sólo te pido que me escuches con atención. Aunque no lo creas, el mundo es infinitamente rico y variado, con ciudades maravillosas llenas de vida y grandes tesoros, de palacios reales y chozas, de montes majestuosos y sombríos, bosques susurrantes y lagos apacibles, desiertos ardientes y nevadas llanuras. Tú no puedes ni imaginar los lugares y cosas que acabo de mencionar y los millones de sitios que no he nombrado. Así que se puede decir con toda propiedad que con respecto a los lugares en que no estás eres como un muerto, puesto que ni conoces las riquezas palaciegas ni participas en las danzas de los países del Sur ni te solazas la vista con los hielos irisados del Norte. Para ti no existen, de la misma manera que dejan de existir cuando uno se marcha de este mundo. Por esto mismo, si reflexionas sobre cuanto te digo, te darás cuenta que al estar ausente de todos los lugares agradables, es realmente como si no estuvieras en ninguna parte. Existen millones de lugares donde podrías estar, pero tú solamente conoces este aburrido y desagradable, por no decir abominable islote rocoso. Entre estar en "casi ninguna parte" y "ninguna" hay muy poca diferencia. De ahí esa impresión de que casi no vives en estos momentos, ya que al estar ausente de casi todos los sitios, es lo mismo que si estuvieras muerto. ¿Qué tiene de agradable este rincón, esta grava que lastima tus delicados pies? ¿Y esa agua salada, ese horrible exceso de agua? Y estas rocas y este sol abrasador, ese cielo azul y sin nubes sobre tu cabeza, ¿es. que necesitas ese calor intolerable y esos rayos abrasadores? Claro que no. Nada necesitas de cuanto te rodea, del lugar donde estás ni de lo que hay en el cielo que te cubre. ¿Qué te queda, aparte de todo esto? Un poco de ruido en la cabeza, el latido de tus sienes y unos golpes sordos en el pecho, un temblor en las piernas y otras sensaciones desagradables. ¿Acaso necesitas ese vértigo y esos latidos, ese temblor en todo tu cuerpo? ¡En absoluto, amigo mío! Y si te resignas a todo eso, ¿qué ocurrirá? Aparta de tu mente esas palabras duras con las que maldices, a mí que soy tu amigo; y esa ira y esa aversión que conduce al odio. ¿De qué sirve ese espanto y esa furia impotente? Por supuesto que eso tampoco te sirve de nada. Si apartas esos sentimientos inútiles, ya no te quedará nada, nada en absoluto, cero, y ese cero equivale al equilibrio eterno, al silencio total y al perfecto descanso que te deseo como el amigo que soy.

-¡Pero yo quiero vivir! -gritó Automateo-. ¡Quiero vivir! ¿Me oyes?

-Eso ya no es lo que sientes, sino lo que deseas -replicó tranquilamente Pioxo-. Deseas vivir, o sea, tener un futuro, que se forma con el presente, pues a eso se reduce precisamente la vida. Sin embargo, no has de vivir, porque no es posible tal como hemos visto hace un rato. Te basta pensar en cómo has de vivir, de ahora en
adelante, o mejor dicho morir: tras una larga agonía o rápidamente, tragando unos sorbos de agua...

-¡Basta! ¡Fuera de aquí! -rugió Automateo, saltando de rabia y apretando los puños.

-¿Otra vez? -dijo Pioxo-. ¿Cómo puedes gritarme eso de «fuera de aquí»? ¿Acaso tengo piernas para salir corriendo, o manos para arrastrarme con ellas? Sabes perfectamente que no es así. Si quieres deshacerte de mí, no tienes más que sacarme de tu oído, pues te aseguro que no es un lugar tan agradable, y me tiras adonde quieras.

-¡Bien! -exclamó Automateo, loco de rabia-. ¡Ahora mismo! .-Pero en vano hurgó y rebuscó en su oído: su electroamigo se había metido tan hondo que no hubo manera de sacarlo, aunque agitara la cabeza como un demente.

-Me parece -dijo Pioxo al cabo de un rato- que vamos a tener que seguir juntos, aunque no sea ni tu deseo ni el mío. Así que no tenemos más remedio que reconciliarnos, por cuanto los hechos siempre tienen razón. Y esto se refiere también a tu actual situación. Quieres tener un futuro a toda costa. Me parece una imprudencia, pero puesto que lo deseas, adelante. Permíteme que te describa a grandes rasgos ese futuro, ya que lo conocido es siempre mejor que lo desconocido. La ira que ahora te embarga, pronto se convertirá en un sentimiento de desesperada impotencia, y a su vez ésta, tras una serie de esfuerzos tan violentos como vanos por encontrar una solución, se transformará en un entumecimiento progresivo; mientras tanto, ese calor abrasador que llega hasta el umbroso lugar donde me hallo dentro de tu persona, de acuerdo con las inexorables leyes de la física y la química, deseará cada vez más tu ser. Primero se volatilizarán los lubricantes de tus articulaciones y a cada movimiento chirriarán penosamente. Luego, cuando se te recaliente el cerebro con el sol, verás una serie de círculos de colores girando ante tus ojos, pero eso no tendrá ni el más pequeño parecido con la visión del arco iris, puesto que...

-¡Cállate de una vez, maldito! -gritó Automateo-. ¡No quiero oírte más, ni saber qué va a ser de mí! ¡ Cierra el pico y no vuelvas a hablar!

-No necesitas gritar de esa manera, pues sabes muy bien que basta un simple murmullo para que te oiga. ¿De forma que no quieres conocer tu futuro? Sin embargo, por otra parte, querrías experimentarlo. ¿En qué quedamos? Por favor, sé
un poco más lógico. Si te pones así, me callaré. Pero he de decirte que te equivocas al descargar tu ira sobre mí, como si yo tuviese la culpa de tu situación. Como sabes, todo fue culpa de esa tempestad, en cambio soy yo tu amigo y estoy sufriendo anticipadamente los tormentos que te esperan, y la más espantosa agonía. De veras me espanta imaginar lo que ocurrirá cuando los lubricantes de tus articulaciones empiecen a...

-¿No vas a callarte? ¿Acabarás de una vez de decir esas monstruosidades? -rugió Automateo, dándose un puñetazo en el oído donde estaba su amigo-. ¡ Si tuviera una ramita o un palillo para sacarte, ahora mismo lo haría y te aplastaría de un pisotón!

-¿Desearías destruirme? -dijo Pioxo afligido-. ¡Realmente, no mereces tener un electroamigo ni a nadie que te compadezca

Automateo se enfureció de nuevo y así estuvieron discutiendo, y argumentando sin parar, hasta que pasó el mediodía y el pobre robot,agotado de tanto gritar y gesticular y dar saltos de rabia, cayó exhausto bajo los rayos del sol, lanzando de vez en cuando unos suspiros desesperados y mirando el océano desierto. Un par de
veces le pareció ver en el horizonte la humareda de un vapor, pero no era más que una nube, y Pioxo se encargó de recordarle que no había más que una posibilidad entre cuatrocientas mil de que asomara alguna nave salvadora; y Automateo volvía a enfurecerse y desesperarse. Finalmente, ambos se sumieron en el más profundo silencio. El náufrago miraba hacia la playa, sobre cuya orilla ya iba extendiéndose la sombra de las rocas, cuando su amigo le preguntó:

-¿Por qué estás tan callado? ¿Acaso ya empiezas a ver esos círculos multicolores de. los que te hablé?

Automateo ni se dignó contestar.

-¡Vaya! -prosiguió Pioxo-. Así que no sólo ves círculos, sino que también te ha invadido el torpor que con tal precisión preví. Es curioso, cuán poco razonable puede ser una criatura inteligente, sobre todo en circunstancias adversas. Va a parar a una isla desierta donde ha de morir tan seguro como que dos y dos son cuatro; uno se lo dice y le demuestra que no hay más solución que la de valerse de su fuerza de voluntad y su razón, y ¿acaso se lo agradece? ¡Nada de eso! Se agarra a una falsa esperanza y prefiere caer en la locura antes de tirarse al agua, que...

-¡No me hables más del agua! -gritó Automateo.

-Sólo quería señalar esas motivaciones tuyas tan irracionales -replicó Pioxo-: Ya no te diré que hagas nada, o sea, ningún acto, pues si quieres morir lentamente, si eliges la agonía, al no querer hacer nada hay que reflexionar debidamente sobre ello. ¡Qué absurdo es temer a la muerte cuando ese estado es de lo más deseable! ¿Qué puede compararse con la perfecta inexistencia? Ciertamente que la agonía en sí no es nada atractiva, pero por otra parte no se sabe de nadie con el espíritu y el cuerpo tan débiles como para no aguantarla y no llegar a expirar totalmente y sin ayuda. De manera que la muerte no es algo especialmente digno de mención pues está al alcance de cualquiera, de un imbécil o un canalla. Además, si eso lo puede hacer cualquiera (y hay que reconocer que así es, pues yo al menos nunca oí hablar de ninguna persona que fuera incapaz de ello), lo mejor es regocijarse con la idea de la misericordiosa nada que espera en el umbral de la muerte. Pues al expirar no hay que creer que la muerte y la mente se excluyan recíprocamente, cuando es fácil imaginar todos los privilegios, y comodidades que nos ofrece la muerte. Trata de imaginarlo, por favor; se acabaron las obligaciones, los peligros y los temores, los sufrimientos de la mente y del cuerpo, las desventuras. Aunque todas las fuerzas del mal se aliaran contra ti ¡no te afectarían! Créeme, la dulce seguridad del muerto es incomparable. Y además hay que tener en cuenta que no se trata de un estado transitorio, sino de algo perdurable que nadie es capaz dé quebrantar, entonces ese éxtasis sublime...

-¡Ojalá desaparecieras para siempre! -exclamó débilmente Automateo, profiriendo a continuación una sarta de maldiciones.

-Lo siento, pero eso es imposible -replicó Pioxo-. No sólo por envidia (puesto que más allá de la muerte no hay nada, como ya te dije), sino por el más puro altruismo te acompañaría a la nada. Sin embargo, eso es imposible, pues mi inventor me hizo indestructible, probablemente debido a su orgullo de constructor. Realmente, al pensar que he de permanecer dentro de tu cuerpo cubierto de sal marina, de tu reseca carcasa que se irá corrompiendo lentamente, hablando conmigo mismo; me embarga la tristeza. Y luego, ¿cuánto tiempo habré de esperar hasta que por fin aparezca uno de esos barcos sobre cuatrocientos mil que, de acuerdo con mis cálculos de probabilidades, llegará un día a este islote...?

-¿Qué dices? ¿Qué tú no morirás? -gritó Automateo, arrancado de su atontamiento por esas palabras-. ¿Así que tú vivirás mientras que yo ... ? ¡Oh, eso sí que no! ¡Jamás! ¡Jamás!

Y con un grito salvaje se puso en pie y empezó a saltar y sacudir la cabeza y a pegarse con el puño en el oído, contorsionándose salvajemente y gesticulando como un loco, pero en vano. Mientras tanto, Pioxo le iba susurrando cada vez con más fuerza:

-¡Deténte! ¿Te has vuelto loco? ¡Es demasiado pronto para eso! ¡Ten cuidado, te vas a hacer daño, te vas a dislocar un miembro! Lo que haces carece de sentido. Otra cosa sería si... ya sabes, de una vez te tiraras... pero así lo único que harás será romperte algo. Ya te he dicho que soy indestructible, no insistas. Y aunque me hicieras salir, no conseguirías hacerme daño, sino que me harías un bien; por cuanto, tal como ya te he demostrado, la muerte es lo mejor. ¡Párate de una vez! ¡Qué manera de saltar!

Automateo seguía gesticulando sin hacer caso de lo que Pioxo le decía, hasta que por fin empezó a dar cabezazos contra la roca donde antes se sentara; con tal furia pegaba, con tanta rabia y con tal locura, que Pioxo salió disparado de su oído y fue a parar entre las piedras, con un gritito de alivio al ver que finalmente aquel desenfreno había acabado. Pero Automateo no se dio cuenta enseguida de que había logrado su objetivo. Dejándose caer sobre las rocas recalentadas por el sol, descansó un rato, hasta que, incapaz aún de mover los brazos o las piernas, masculló:

-Sólo estoy descansando un rato. Ahora mis-mo me pongo de pie y te voy a patear, ¿me oyes? Porque... ¿Pero qué es esto?

De repente se dio cuenta de que tenía el oído vacío. Miró a su alrededor con los ojos aún nublados, y, arrodillándose, se puso a buscar frenéticamente a Pioxo entre la grava.

-¡Pío! ¡Pío! ¿Dónde estás? ¿Dónde te has metido? ¡Haz el favor de salir! -gritaba Automateo.

Pero tal vez por prudencia o por cualquier otro motivo, Pioxo permanecía callado. Entonces Automateo comenzó a suplicar, asegurándole que había cambiado de opinión, que su único deseo era escuchar los buenos consejos de su electroamigo y ahogarse, pero que antes de hacerlo quería escuchar nuevamente el panegírico de la muerte. Eso tampoco dio resultado: Pioxo seguía mudo como una piedra. Entonces Automateo, arrodillado sobre la roca viva, se puso a escrudiñar el lugar palmo a palmo, rebuscando sistemáticamente por todos los alrededores. De pronto, cuando estaba a punto de arrojar el puñado de grava que tenía en la mano, Automateo se detuvo, lo acercó a sus ojos, y respiró con alivio: Pioxo estaba allí, entre las piedrecitas, con un apagado resplandor metálico.

-¡Ah, estás aquí! ¡Te encontré! ¡Ahora te tengo, querido ser irrompible! -gritó apretando cuidadosamente a Pioxo entre sus dedos. Pioxo permanecía tan mudo como antes, mientras Automateo proseguía-: ¡Ahora veremos si eres tan indestructible como dices! ¡Toma!

Al decir esto dio un terrible pisotón a Pioxo; había puesto al electroamigo encima de una roca y saltó una y otra vez encima de él con todo su peso, y para mayor seguridad le pegó con la herradura de su bota, hasta que chirrió. Pero Pioxo no se rompía y únicamente la roca se deshizo un poco bajo la herradura de acero. Al agacharse, Automateo se dio cuenta de que el granito de metal seguía igual de entero, mientras que la roca se hundía debajo de él. Ahora Pioxo se hallaba metido en un pequeño hueco.

-Conque eres duro, ¿eh? ¡Pero encontraré una piedra más dura que tú! -gritó Automateo, y fue a buscar por todo el islote una roca más dura, de basalto o pórfido, para aplastar con ella a su amigo. Mientras lo pisoteaba, a ratos hablándole con calma, y a ratos maldiciéndolo, contando con que le respondería o hasta suplicaría, Pioxo siguió tan mudo como una piedra. Sólo se oía el ruido de los golpes; las pisadas, el estruendo de las rocas y las maldiciones de Automateo.

Al cabo de un buen rato, convencido de que al electroamigo no lo dañaban ni los golpes más violentos, Automateo, frustrado y terriblemente cansado, se volvió a sentar a la orilla del mar con su electroamigo en el puño.

-Puesto que no consigo destruirte -dijo con aparente calma, disimulando su furia-, me voy a ocupar de ti . como te mereces. Vas a tener que esperar mucho tiempo ese barco, amigo mío, puesto que te voy a mandar al fondo del mar, donde vas a permanecer por los siglos de los siglos. Así tendrás todo el tiempo que quieras para
meditar en medio de tan perfecta soledad. ¡Te juro que ya no tendrás ningún otro amigo!

-Querido Automateo -dijo suavemente Pioxo-, ¿a mí qué me importa permanecer. en el fondo del mar? Estás pensando con los criterios de los seres no duraderos, de ahí tu error. Pues has de comprender que el mar se secará un día o bien algún pico surgirá de su fondo para convertirse en una montaña y luego en un continente. A mí no me importa que ello se produzca dentro de miles o de millones de años. Pues no sólo soy indestructible, sino también infinitamente paciente, como hubieras debido comprender aunque sólo fuera por la tranquilidad con que he soportado tus arbitrariedades. Es más: no respondí a tus llamadas, dejándote buscarme por el suelo, porque quería ahorrarte esfuerzos innecesarios. También callé cuando saltabas sobre mí para evitar que mis palabras aumentaran tu ira y ello te afectara aún más.

Al oír tan noble confesión, Automateo se volvió a enfurecer.

-¡ Te voy a aplastar, te voy a hacer polvo, maldito! -y reanudó los saltos y los golpes contra la roca y el loco pataleo. Pero esta vez, acompañados de los comentarios de Pioxo:

-¡Vamos, ánimo! ¡Prueba otra vez! ¡Así no, que te cansas demasiado pronto! ¡Animo, esas piernas! ¡Arriba, arriba! ¡Animo! ¡Salta más alto, así pegarás más fuerte! ¿Ya no puedes? ¿De veras? Alza la piedra, así... A lo mejor con otra piedra... Inténtalo... ¿Una más gorda? ¡Arriba! ¡Qué lástima, amigo mío, que no pueda ayudarte! ¿Por qué te detienes? ¿Tan pronto te has cansado? ¡Qué lástima!... Bueno, eso no es nada... Esperaremos un rato a que descanses y te refresques con este airecito que viene del mar...

Automateo se desplomó exhausto sobre la roca se quedó mirando con odio al granito de meta que tenía en la palma de la mano, escuchando a regañadientes, lo que le decía:

-De no ser tu electroamigo, diría que te comportas de una manera lamentable. El barco se hundió por culpa de la tempestad, te salvaste conmigo, te di mis mejores consejos, y por no prometerte la supervivencia, por considerarla imposible, te ensañas contra mí, y mis palabras sinceras, mis verdades y consejos, pretendes aniquilarme, a mí, tu único compañero. Es un hecho que así por lo menos tu vida ha tenido algún sentido y debieras estarme agradecido por eso. Es curioso que la idea de mi durabilidad te resulte tan odiosa...

-Eso lo vamos a ver; veremos si eres tan perdurable -dijo a media voz Automateo-. Aún no he terminado.

-Realmente eres gracioso. Prueba a ponerme sobre la hebilla de tu cinturón, es de acero y a lo mejor es un acero más resistente que la roca. Puedes probar, aunque estoy seguro de que todo será en vano, pero sólo trato de ayudarte.

Aunque con cierta desgana, Automateo siguió el consejo de Pioxo, pero no consiguió más que hacer unos cuantos rasguños en su hebilla bajo los tremendos golpes. Al ver que de nada servían sus esfuerzos, el náufrago se sumió en la mayor
depresión y, desesperado, sin fuerzas ya, se quedó mirando aquella nimiedad metálica, que seguía hablándole con su vocecita:

-¡Vaya criatura razonable, que se hunde en la melancolía por no poder aguantar al único ser amistoso que existe en todo este espacio desierto! ¿No te da vergüenza, querido Automateo?

-¡Calla, repugnante charlatán! -gritó el náufrago.

-¿Por qué habría de callar? Si no te compadeciera, hace ya mucho tiempo que habría dejado de hablar, pero sigo siendo tu amigo y permaneceré a tu lado en tu agonía, como un compañero fiel, siempre y cuando me vuelvas a colocar en tu oído y no me tires al mar, pues siempre es preferible contar con alguna audiencia. Así que seré el testigo de tu agonía, que siempre será mejor sobrellevarla en compañía que en soledad absoluta; poco importa cuáles puedan ser los sentimientos al respecto. Me odias a mí, tu verdadero amigo, que te ayudo, te aliento y reconforto dándote sabios y convincentes consejos, pero todo te parece poco... Por mi parte, te prometo que así no hablaré y no comentaré nada, puesto que si no lo hago así, aun sin desearlo, podría deteriorarse esa amistad inquebrantable que tú no puedes poseer por tu mal carácter. Sin embargo, eso también lo puedo aguantar, pues devolviendo el bien por mal las cosas se compensan y de esta manera te salvo de 'ti mismo, por pura amistad, repito, y no es que la simpatía me ciegue hasta el punto de no ver tu odiosa naturaleza...

Un grito salido del pecho de Automateo interrumpió las palabras de Pioxo.

-¡Un barco! ¡Un barco! ¡Un barcoooo! -chillaba frenético, y se puso a brincar por toda la orilla, tirando piedras al agua, agitando los brazos y gritando hasta quedarse ronco, aunque hubiese podido ahorrarse las energías, pues la nave ya se dirigía claramente hacia el islote y pronto de su flanco salió un bote de salvamento.

Como luego se supo, el capitán del barco del cual viajaba Automateo, inmediatamente antes de que se hundiera, tuvo tiempo de hacer una llamada de socorro; un gran número de naves se pusieron inmediatamente a buscarles en todas
las direcciones, y una de ellas había dado con el islote. Cuando llegó el bote, Automateo quiso saltar a él inmediatamente, pero lo pensó mejor y volvió corriendo hacia Pioxo, temiendo que su amigo gritara y le oyeran los marineros, que tal vez hicieran preguntas embarazosas y quizá hasta escucharan algunas acusaciones por parte del electroamigo. Para evitarlo, agarró a Pioxo, y sin saber donde meterlo, rápidamente se lo volvió a colocar en el oído.

Huelga describir las escenas de alegría y agradecimiento que siguieron, durante las cuales Automateo se comportó muy ruidosamente, pues temía que algún tripulante del bote oyera la vocecita del electroamigo, que no dejaba de hablar, repitiendo: «Vaya, qué sorpresa... Una posibilidad entre cuatrocientas mil... ¡Qué suerte tienes! Espero que ahora nuestra amistad se restablezca si tienes en cuenta que sobre todo no te conté lo de los momentos peores; además, no soy rencoroso y olvidaré lo ocurrido... »

Cuando, tras una larga travesía, el barco llegó al puerto, Automateo asombró a quienes le rodeaban al preguntar si por allí había alguna fundición, pues deseaba visitarla, añadiendo que lo que más le interesaba eran los grandes martillos pilones a vapor. Contaron después que durante dicha visita se comportó de un modo bastante raro, ya que al llegar ante un enorme yunque de acero, comenzó a mover la cabeza en todas direcciones con tal fuerza que parecía querer sacarse de ella el cerebro, y con la mano puesta en un oído no dejaba de pegar saltos sobre una pierna; sin embargo, los que allí estaban pensaron que una persona salvada hacía tan poco tiempo de una espantosa aventura podía cometer las mayores extravagancias, debido a un momentáneo desequilibrio mental.

Automateo empezó a tener las más distintas manías. A veces le daba por coleccionar explosivos; hasta inventó realizar una explosión en su piso, cosa que lograron poder evitar sus vecinos avisando a las autoridades; luego, sin ninguna razón aparente, volvió a coleccionar martillos y sierras de carborundo, y a sus amigos les decía que pensaba construir un nuevo tipo de máquina para descifrar los pensamientos.

Se volvió solitario y tomó la costumbre de hablar en voz alta consigo mismo, y a veces podía oírsele monologando por su casa y hasta gritando maldiciones.

Finalmente, al cabo de muchos años, presa de una nueva manía, empezó a comprar sacos de cemento; con ese cemento construyó una bola gigantesca y, cuando fraguó, la llevó no se sabe dónde. Cuentan que fue a una mina abandonada y que una noche tapó la boca del pozo con un enorme bloque de hormigón, y que luego, hasta el fin de sus días, anduvo rondando por los alrededores de la mina y que no había basura que no recogiera para tirarla al fondo del pozo abandonado. Efectivamente, tenía unas costumbres muy raras, pero en su mayoría esas habladurías carecen de todo fundamento. Pues resulta difícil creer que al cabo de tantos años Automateo siguiera resentido con su electroamigo, al que tanto debía.


El rey Globaldo y los sabios

Un día, el rey Globaldo, señor de Eparidia, mandó llamar a tres de sus más grandes sabios y les dijo:

-Nada hay más horrible que la suerte de un rey, sabe todo lo que hay que saber, hasta el punto de que cuanto le dicen suena igual qué una pompa de jabón al estallar. Deseo asombrarme y sólo me aburro, quiero conmoverme y no escucho más que tonterías, ansío oír cosas extraordinarias y me vienen con los más huecos halagos. Habéis de saber, queridos sabios, que hoy mismo mandé cortar la cabeza a todos mis bufones, junto con mis consejeros oficiales, y esa misma suerte os espera de no cumplir mi orden. Cada uno de vosotros ha de contarme la historia más extraordinaria que sepa, y si no me hace reír o llorar, no me asombra o alarma, no me divierte o me induce a reflexionar, ¡os mando cortar la cabeza!

El rey hizo un gesto y los sabios oyeron los pasos metálicos de los esbirros, que los rodearon a los pies del trono, cuyas espadas desnudas brillaban ominosamente. Los tres sabios quedaron temerosos y confusos, pues ninguno quería provocar las iras del rey y perder la cabeza, hasta que el primero manifestó:

-¡Rey y señor! La historia más extraña de todo el cosmos visible e invisible es sin duda la de un pueblo estelar que en las crónicas lleva el nombre de reversios. Desde los comienzos de su historia, los reversios todo lo hacían al revés de las demás criaturas inteligentes. Sus antepasados se instalaron en Urdruria, planeta famoso por sus volcanes, donde cada año surge una cadena de montañas y se producen terribles convulsiones que todo lo arrasan. Para mayor desventura, una gran avalancha de meteoros se precipitó sobre el planeta. Durante doscientos días al año caían sobre su superficie tremendas lluvias de piedras. Los reversios (que por entonces aún no llevaban ese nombre), levantaron construcciones de hierro templado y acero, y ellos mismos se cubrieron con tal cantidad de láminas de acero que parecían alcachofas blindadas y con piernas. Pero durante los terremotos, la tierra al abrirse se tragaba sus ciudades y los meteoros aplastaban sus blindadas capas protectoras. Al ver que toda la población estaba en peligro de exterminio, sus sabios se reunieron y el primero manifestó: «Nuestro pueblo no puede permanecer en su forma actual y no tiene otra alternativa que la transformación. La tierra se abre y para no caer en las hendiduras, cada reversio debe poseer una base ancha y plana, y puesto que los meteoros llegan de arriba, hemos de tener la cabeza puntiaguda. Si nos volvemos cónicos, nos libraremos del peligro.»

»Y otro sabio dijo:

»"No servirá de nada. Si la tierra se abre mucho, también se tragará los conos, y los meteoros, al caer oblicuamente, nos atravesarán el cuerpo. Lo ideal sería una forma esférica. Pues cuando el suelo comience a temblar y ondular, la bola rodará sola, y los meteoros al caer darán siempre sobre una superficie convexa y no pasará nada; así que hemos de volvernos redondos para preservar nuestras futuras generaciones."

»Y dijo un tercero:

»" Una esfera igual puede quedar aplastada o hundirse lo mismo que toda forma material. No existe ningún escudo que no pueda atravesar una espada suficientemente poderosa, ni espada que no se melle contra un escudo bastante resistente. La materia, hermanos, es mutable, fluida y transformable, es inconsistente y en ella no pueden vivir los seres que realmente se precien de inteligentes, sino sobre lo invariable, lo eterno y lo perfecto, aunque temporal."

»"¿A qué te refieres?", preguntaron los sabios.

»Como respuesta, el tercer sabio comenzó a desnudarse; se quitó el traje de encima, adornado con cristales, y la ropa de debajo, hecha de oro macizo, y los pantalones de plata; luego se desmontó la cabeza y el pecho, y seguidamente se fue desmembrando sistemáticamente: de las junturas pasó a los empalmes, de los empalmes a los tornillos y de los tornillos a los hilos y las piezas más diminutas, hasta llegar a los átomos. Y el sabio comenzó a desgranar sus átomos, y los desgranaba con tal rapidez que nadie podía percibir nada fuera de su disolución; hábil y rápidamente, ante los demás sabios asombrados se convirtió en una perfecta ausencia, que es precisamente una inversión tan fiel como una presencia. Pues donde anteriormente tenía un átomo, ahora ya no existía; donde había un tornillo, había desaparecido, tan fielmente que su hueco no se diferenciaba de él. Y de esa manera se convirtió en el vacío, un vacío tan sistemático como anteriormente lo era su plenitud; y su inexistencia era una existencia inalterada, por cuanto actuaba tan rápida y hábilmente para que ninguna intrusión material pudiera invadir su perfecta ausencia presente. Y los demás lo veían como un vacío formado al igual que estaba un momento antes; reconocían sus ojos por la ausencia de su color negro, su rostro por la ausencia de su resplandor azul y sus brazos por la falta de sus dedos, de sus muñecas y sus codos. "De esta manera, hermanos -manifestó el Presente Ausente-, y mediante nuestra encarnación en la nada, conseguiremos no solamente una enorme resistencia, sino también la inmortalidad. Pues sólo la materia es mutable, mientras que la nada no tropieza nunca en su camino con la inseguridad; por eso la perfección radica en la inexistencia y no en la existencia; así que hay que elegir lo primero y no lo segundo."

»Así lo hicieron y, desde entonces, los reversios son un pueblo muy pacífico; dedican su vida a lo que no existe en vez de a lo que existe, por cuanto en ellos nada hay, salvo lo que les rodea. Y cuando alguien llega a su casa, se le considera como una ausencia doméstica, y si anda por la niebla, como su ausencia local. Se sustrajeron a las molestas contingencias de la materia cambiante, con lo que convirtieron lo posible en imposible.

-¿Y cómo viajan a través del vacío cósmico? -preguntó el rey Globaldo ál sabio.

-Eso es lo único que no pueden hacer, señor, puesto que el vacío exterior chocaría con su propio vacío y dejarían de existir como inexistencia localmente concentrada. Por eso precisamente han de velar constantemente por la pureza de su
no ser, por el vacío de su existencia, y a esa tarea dedican su tiempo, pues también suelen llamarse aniquilados o anulados.

-¡Sabio -dijo el rey-, tu historia es necia! ¿Cómo es posible sustituir la heterogeneidad material por la homogeneidad de lo que no existe? ¿Acaso es lo mismo una roca que una casa? ¿Es que la ausencia de una roca puede tener distinta forma que la ausencia de una casa?

-Señor -dijo el sabio-, hay varias formas de inexistencia...

-Veamos -le atajó el rey- lo que ocurre cuando mande cortarte la cabeza ¿se convertirá su ausencia en presencia? ¿Qué me dices? -y el rey, soltando una horrible carcajada, hizo una señal a sus esbirros.

-¡Señor! -gritó el sabio, que ya estaba entre las garras de sus verdugos-. Te has dignado reír, de modo que mi historia te ha regocijado y, de acuerdo con tu promesa, has de perdonarme la vida.

-No es cierto, puesto que me he reído de mi propia ocurrencia -replicó Globaldo-. Pero a lo mejor te avienes a lo que te voy a decir: si aceptas de buen grado que te corten la cabeza, entonces me reiré y te daré la razón.

-¡De acuerdo! -exclamó el sabio.

-En ese caso, cortadle la cabeza, puesto que así lo pide -ordenó el rey.

-¡Pero, señor, he aceptado para que no me decapitasen!

-Si estás de acuerdo, hay que decapitarte -replicó Globaldo-, y si no estás de acuerdo, no me haces reír y por consiguiente han de cortarte la cabeza...

-¡ No, no, al contrario! -gritó el sabio-. Si estoy de acuerdo, tú, al alegrarte, has de perdonarme la vida, y si no estoy de acuerdo...

-¡Basta! -dijo el rey-. ¡Verdugo, cumplid con vuestra tarea!

Silbó la espada y la cabeza del sabio rodó por el suelo.

Al cabo de un rato de mortal silencio, el segundo sabio empezó:

-¡Rey y señor! El más curioso de los pueblos estelares es sin duda el de los poliontos, es decir, los múltiples, que también suelen llamarse los pluralistas. Esos seres tienen realmente un solo cuerpo, pero muchas piernas, cuyo número depende del cargo que desempeñan: cuanto más alto, más piernas tienen. En cuanto a las cabezas las tienen en función de las necesidades; así, por ejemplo, las familias pobres poseen generalmente una sola cabeza, mientras que los ricos poseen varias para las diversas circunstancias: así, tienen una cabeza para la mañana y otra para la tarde; una cabeza estratégica en caso de guerra y otra rápida, por si hay que correr, también suelen disponer de cabezas frías y cautelosas, a pájaros tristes, alegres, amorosos y hasta lúgubres, de modo que están preparados para todas las circunstancias de la vida.

-¿Eso es todo? -preguntó Globaldo.

-No, señor -dijo rápidamente el sabio, viendo que las cosas se le ponían mal-. Los poliontos sacan su otro nombre de pluralistas del hecho de que todos ellos están muy ligados a su gobernante, hasta el punto de que si la mayoría opina que la actuación del rey es nociva para el bien general, entonces el monarca pierde su compacidad y se deshace en pedazos...

-¡Vaya idea absurda! ¿Conque conspiran contra su rey? -soltó el rey iracundo-. Puesto que tanto has hablado de cabezas, sabio, dime: voy a ordenar que corten la tuya ahora mismo, ¿o no?

«Si contesto que sí -pensó el sabio- lo hará, puesto que está furioso conmigo. Y si le digo que no, eso lo sorprenderá y al sorprenderse tendrá que cumplir su promesa y perdonarme la vida.»

Así que dijo:

-No, señor, no ordenarás que me corten la cabeza.

-¡Te equivocas! -gritó Globaldo-. ¡Verdugos, cumplid con vuestra tarea!

-¡Pero, señor! -imploró el sabio, ya en manos de los esbirros-. ¿Acaso no te han sorprendido mis palabras? ¿No suponías que iba a decir que me mandarías decapitar?

-Tus palabras no me han sorprendido, porque el miedo que llevas escrito en la cara te las dictó. ¡Basta, cortadle ya la cabeza!

Y la cabeza del segundo sabio rodó por el suelo. .

El tercer sabio, el más anciano de todos, estaba mirando la escena con gran serenidad. Pero cuando el rey le pidió que le contara una historia extraordinaria y sorprendente contestó:

-Majestad, podría contarte una historia realmente extraordinaria, pero no lo haré, puesto que prefiero hablarte sinceramente en vez de sorprenderte. Quiero más bien obligarte a que me hagas cortar la cabeza, pero no con el vil pretexto de disfrazar una matanza, que llevas a cabo para divertirte; pues aun siendo cruel no te atreves a hacerlo sin cubrirte con una máscara de falsedad. En realidad, deseabas que nos cortaran la cabeza, pero de tal manera que luego dijeran que el rey mató a unos necios que se hacían pasar por sabios. En cambio, yo deseo que se diga la verdad y por eso no te contaré historia alguna.

-No, ahora no te entrego al verdugo -replicó el rey-. Realmente deseo escuchar una historia extraordinaria. Quieres enfurecerme, pero yo sé reprimir mi cólera cuando es necesario. Habla, y quizá no solamente te salves tú mismo, sino también a otros. Lo que digas puede incluso rozar el crimen de lesa majestad, que, por lo demás, ya has cometido; pero esta vez tendrá que ser un insulto tan monstruoso que se convierta de por sí en una auténtica lisonja, que por sus dimensiones se transforme a su vez en una afrenta. ¡Intenta, pues, de un solo golpe ensalzar y rebajar, engrandecer y reducir a tu rey!

En medio del más absoluto silencio, los que allí estaban trataban de adivinar durante cuánto tiempo conservarían la cabeza sobre los hombros. El tercer sabio se había sumido en profunda reflexión. Por fin dijo:

-Señor, satisfaré tus deseos y te diré por qué lo hago. Pues lo voy a hacer por todos los aquí presentes, por mí y también por ti, a fin de que en el futuro no puedan decir que hubo un rey que por capricho acabó con la inteligencia en su país; aun cuando así fuera en estos momentos, aunque tus deseos no signifiquen casi nada o nada en absoluto, yo quiero darle a tu efímero capricho un valor, haciendo de ella una cosa significativa y duradera, y por eso hablaré...

-Anciano, basta ya de preámbulos que nuevamente rozan el crimen de lesa majestad y nada tienen que ver con una lisonja -dijo el rey airado-. ¡Habla!

-Señor, abusas de tu poder -contestó el sabio-, aunque tus abusos no son nada en comparación con los que cometiera tu remoto y para ti desconocido antepasado, el fundador de la dinastía de los epáridas. Tu antepasado Alegórico también solía abusar de su autoridad. Para mayor aclaración de cómo se comportaba, te ruego, señor, que te dignes mirar hacia ese firmamento nocturno que se ve por las ventanas superiores de la sala del palacio.

El rey miró al cielo, estrellado y puro, mientras el sabio proseguía lentamente:

-iMira y escucha! Todo cuanto existe es objeto de burla. Ante nada se guarda el necesario respeto, pues es sabido que mucha gente se atreve hasta a reírse de Su Majestad real. El trono y el Estado son objeto de irónicas burlas. Todos se ríen de los otros o de sí mismos. Se ha llegado al extremo de burlarse de lo que no existe, pues ¿no se ríen de los míticos dioses? Incluso las cosas más serias y hasta trágicas son motivo de bromas; basta recordar el humor relativo a los cementerios, los chistes sobre la muerte y los muertos. Ni siquiera se respeta a los cuerpos celestes. Veamos, por ejemplo, el Sol y la Luna. A ésta la representan como a una astuta y delgada mujer con un cetro cornudo de bufón y semejante a un creciente con doble barbilla; mientras que al Sol lo representan como a un gordinflón cordial y mofletudo con una aureola desflecada. Sin embargo, aunque la gente acostumbra a mofarse tanto del reino de la vida como de la muerte, de las cosas pequeñas como de las grandes, hay algo de lo que hasta ahora nadie se atrevió a reírse; sin embargo, no se trata de una cosa que pueda olvidarse o escapar a la atención, ya que pertenece a lo que existe; me refiero al cosmos. Si reflexionas un poco, señor, te darás cuenta cuán ridículo es el cosmos...

Al llegar a este punto el rey Globaldo se asombró por primera vez y con incrementada atención escuchó al anciano sabio, quien prosiguió:

-El cosmos está formado de estrellas. Eso suena bastante serio, pero si reflexionamos un poco, resulta difícil no sonreírse. Pues ¿qué son realmente las estrellas? Unas esferas ardientes, colgadas en la-noche eterna. La imagen no deja de ser poética en apariencia. ¿Por su naturaleza? Ni mucho menos, sino debido a sus dimensiones. Sin embargo, las dimensiones no pueden determinar por sí solas la importancia del fenómeno. ¿Acaso los garabatos de un imbécil, trasladados desde una hoja de papel a una gran extensión, se convierten en una cosa importante? Una necedad, aumentada, no deja de ser una necedad, y sólo potencia su ridiculez. ¡El cosmos es algo así como un papel salpicado de puntos! Por doquiera que miremos, sólo hay eso. La monotonía de la creación parece el concepto más trivial y común que pueda imaginarse. ¿A quién, sino a un verdadero imbécil, podría ocurrírsele sembrar de puntos hasta el infinito un universo que había que crear? Tomemos un espacio infinito y vacío y una vez y otra punteémoslo al azar. ¿Cómo es posible impartir a dicha construcción orden y majestuosidad? Eso sólo puede ser el resultado de un autoplagio, cometido al principio, y ese principio fue a su vez el más insensato de los actos habidos y por haber, ¿pues qué otra cosa puede hacerse cuando se está ante una hoja de papel blanco con una pluma en la mano, sin tener la más mínima idea de cómo llenarla? ¿Dibujos? ¡Qué va! Para eso hay que saber lo que se va a dibujar. ¿Y si no se ha pensado en nada? ¿Si se carece de toda imaginación? Pues al tocar el papel con la pluma, sin quererlo, se forma un punto. Y una vez puesto, ese punto crea, para un espíritu insensato acompañado de impotencia creadora, un modelo sugestivo, por cuanto fuera de él no hay nada en absoluto y porque con el menor esfuerzo ese modelo se presta a reproducirse al infinito. ¿Repetirlo? Pero ¿cómo? Los puntos pueden adornarse de alguna manera; ahora bien, ¿y si uno también es incapaz de hacer eso? No queda más que una cosa: sacudiendo esa pluma impotente, salpicar la hoja de papel de gotas de tinta, llenarla a ciegas de puntos.

Mientras decía esto, el anciano cogió una hoja de papel y, mojando su pluma, en el tintero, la sacudió varias veces encima de la hoja; seguidamente sacó de debajo de sus vestiduras un mapa celeste y enseñó al rey ambas cosas. La semejanza no podía ser mayor. En la hoja de papel se veían miles de puntos, pequeños y grandes, pues a veces la pluma estaba muy llena de tinta y otras menos. Y en el mapa, el cielo ofrecía el mismo aspecto. El rey se quedó mirando ambas hojas de papel y guardó silencio, mientras el sabio proseguía:

-Te han enseñado, señor, que el Universo es una construcción infinita y perfecta, majestuosa y cuajada de estrellas. Pero esa respetable, omnipresente y eterna construcción ¿acaso no es todo lo contrario de la razón y el orden? ¿Por qué nadie se dio cuenta hasta ahora? Pues muy sencillo: ¡porque en todas partes hay necios! Pero esa universalidad se merece tanta más mofa y burla por cuanto el ridiculizarla es signo precursor del motín y la emancipación. Habría que. escribir con ese espíritu un panfleto sobre el Universo, para que esa obra insensata suscitara risas irónicas en lugar de suspiros embelesados.

El rey Globaldo seguía escuchando, asombrado, mientras el anciano, tras un silencio, proseguía:

-La obligación de todo sabio hubiera debido ser la de redactar ese panfleto, pero entonces habrían tenido que señalar la causa primera que motivó la aparición de esa cosa merecedora de irónicas quejas que lleva el nombre de Universo. Y eso sucedió cuando el infinito aún estaba absolutamente vacío, en espera de la creación, un cosmos que brotó de la nada y al principio constaba sólo de unos pocos astros. Y fue precisamente tu antepasado Alegórico el que reinó sobre dichos astros. Por entonces, se le ocurrió una idea tan imposible como insensata: decidió suplantar a la Naturaleza en su obra infinitamente paciente y lenta. Decidió, en contra de la Naturaleza, crear un cosmos lleno de preciosas maravillas. Como él solo era incapaz de hacerlo, mandó construir una máquina inteligentísima para realizar la obra. Construyeron ese monstruo mecánico durante seiscientos años, pues por entonces el cálculo del tiempo era distinto a como hoy se efectúa. No ahorraron esfuerzos ni medios y la máquina alcanzó unas dimensiones y un poder casi ilimitados. Cuando estuvo lista, el usurpador de la Naturaleza mandó ponerla en marcha. Alegórico no presentía lo que iba a suceder, cegado por su ilimitado orgullo. La máquina era excesivamente grande y además su inteligencia, muy distante de las cumbres del entendimiento, estaba formada por un oscuro balbuceo de corrientes centrífugas, y de aquel caos supuestamente pensador, en el que con un esfuerzo tremendo una multitud de conceptos insuficientemente desarrollados se reducían a nada, de aquellas convulsiones, y luchas inútiles, sólo empezaron a salir hacia los obedientes subsistemas ejecutivos del coloso ¡unos signos de puntuación carentes de todo sentido! ¡Pues aquélla no era la más inteligente de las máquinas, no era ningún cosmocreador omnipotente, sino una irracional usurpación generadora de ruina, que sólo sabía balbucear puntos! ¿Qué ocurrió entonces? El rey, que estaba esperando que sus planes se confirmaran, que sus más audaces sueños se verificaran, se obstinó en su empeño, y nadie se atrevió
a decirle que estaba dando origen al más insensato balbuceo, a una agonía mecánica que ya había nacido como una cosa agonizante. Pero los enormes mecanismos obedientes y sin vida del coloso estaban dispuestos a cumplir cada orden, y de toda la materia existente comenzaron a extraer lo que en el espacio tridimensional corresponde a un punto bidimensional: una esfera; y de está manera siguieron repitiendo incesantemente la misma cosa, hasta que las llamas resultantes de la materia incandescente proyectaron a través del vacío unas bolas ardientes, y de ese balbuceo nació el cosmos. Así pues, tu antepasado, señor, fue el creador del Universo y a la vez el autor de una estupidez cuya magnitud nadie será capaz de igualar. Eso es todo cuanto quería contarte, señor, descendiente de Alegórico, constructor de mundos.

Cuando el rey Globaldo despidió a sus sabios, colmados de su generosa clemencia y muy especialmente el anciano, que de un solo golpe había conseguido presentarle la mayor lisonja y el mayor insulto, uno de los jóvenes eruditos le preguntó si su relato era cierto.

-¿Qué puedo decirte?. -contestó el anciano-. Cuanto he dicho no procede de la ciencia, pues ésta no se ocupa de los aspectos de la existencia de los que cabe reírse. La ciencia explica el mundo, pero sólo el arte puede conciliarse con él. ¿Qué sabemos del origen del cosmos? Es posible llenar un vacío tan inmenso de toda suerte de leyendas y mitos. Al recurrir a la mitología, solamente deseaba llegar a los límites de lo inverosímil y me parece que a ello me aproximé. Tú también lo sabes y lo que en verdad deseas preguntarme es si el cosmos es realmente ridículo. . Pero a esa pregunta, cada cual ha de responder por sí mismo.



Leyenda del rey Murdano

A la muerte del buen rey Hilizandro, subió al trono su hijo Murdano. Sus súbditos lo lamentaron, pues el nuevo monarca era ambicioso y cruel. Se hizo llamar el Grande, y temía las corrientes de aire, a los espíritus y la cera, porque al encerar los pisos, uno puede resbalar y romperse una pierna. Odiaba también a los parientes que impiden gobernar sin interferencias, y sobre todo lo espantaban las profecías. Después de coronarse, inmediatamente mandó cerrar las puertas y no abrir las ventanas en todo el Estado, y ordenó destruir todas las máquinas adivinas, mientras que al inventor del aparato que alejaba a los fantasmas le condecoró y le dio una buena pensión. Este aparato funcionaba realmente bien, puesto que jamás vio a ningún fantasma.

Murdano no salía al jardín para no resfriarse y sólo paseaba por las salas del castillo real, que era muy espacioso. Pero cierto. día, al pasear por los corredores y los pasillos, llegó a una antigua ala del palacio, donde nunca había estado hasta entonces. Se encontró en primer lugar con una sala, en la que estaba la guardia del cuerpo de su tatarabuelo, con su mecanismo de cuerda de los tiempos en que no se conocía la electricidad. En la segunda sala, se encontró con unos guerreros de vapor oxidados, pero nada tenían de especial y ya estaba dispuesto a volverse, cuando de pronto vio una pequeña puerta con una inscripción que decía: «No entrar». La puerta estaba cubierta de polvo y ni la hubiera tocado a no ser por aquella inscripción, que le enfureció.

«¿Será posible -pensó- que alguien se atreva a prohibirme algo?» No sin cierta dificultad abrió la puerta, que chirrió sobre sus goznes, y, tras bajar por una retorcida y angosta escalera, llegó a una sala abandonada. Allí encontró una máquina de cobre muy antigua, con ojos de rubíes y su llave puesta. El rey Murdano comprendió que se trataba de una máquina adivina, y de nuevo se irritó al ver que, en contra de sus órdenes, habían dejado aquel artefacto en el palacio. Se le ocurrió que, por una sola vez, bien podía probar a ver cómo emitía sus augurios aquel trasto. De manera que le dio a la llave y, como no funcionaba, golpeó la tapa con los dedos. La máquina jadeó roncamente, el mecanismo se calentó y los ojos de rubíes se clavaron en el rey, como bizqueando. Esa mirada le recordó al rey a su tío Cenandrio, hermano de su padre, que había sido su antiguo preceptor. Pensó que seguramente el tío había mandado construir así aquella máquina intencionadamente, pues de otra manera ¿por qué iba a bizquear?

La máquina, tartamudeando, comenzó a tocar lentamente una triste musiquilla, como si un enterrador armado con su pala estuviera golpeando una tumba de acero, y a través de la rendija de la tapa asomó una esquela negra cubierta de una escritura amarillenta como los huesos de un esqueleto.

Murdano se impresionó, pero no pudo vencer su curiosidad. Agarró la esquela y corrió a sus aposentos. «Voy a echarle una simple ojeada», decidió, y así lo hizo. En la esquela decía lo siguiente:

«Sonó la hora, la familia morirá,
el hermano de la hermana o el tío, o el primo de la prima,
todos caerán, llega el sobrino,
le toca al suegro, ya lo agarra el verdugo,
la tía con sus calumnias a las otras tías desgarra.
Ya marchan a la guerra, vaya, habrá jaleo.
Llegan las nietas, los suegros, y yo voy a enterrarlos.
Golpear a diestra y siniestra; aquí el tío, allá la tía.
Que el suegro reviente y la cabeza del yerno se abra.
Yace el yerno; cinco tumbas; cae el suegro: las tumbas son seis.
El tío abuelo, la tía abuela, el tío de los tíos, así ha de ser,
pues, aunque entrañables, los parientes de la tierra seguros están.
Sonó la hora, la hora de la familia;
al que le toque, que se arrastre.
'Enterradlo como es debido, que siempre se esconde.
No lo entierres antes de la hora, sino cuando duerma.»

El rey Murdano se espantó al leer esas palabras y se reprochó la ligereza con que había puesto en marcha la máquina adivina. Pero ya era demasiado tarde para arrepentirse; no tenía más remedio que actuar antes de que las cosas empeoraran, pues no dudaba del verdadero sentido de aquella. profecía: sus parientes más cercanos, tal como venía sospechando desde hacía tiempo, le amenazaban.

En realidad, no se sabe exactamente cómo ocurrieron las cosas. En cualquier caso, muy pronto se sucedieron una serie de acontecimientos penosos, por no decir terribles. El rey mandó cortar la cabeza a todos sus familiares, salvo a su tío Cenandrio, que logró escapar en el último momento disfrazado de organillo; pero de nada le valió, pues al poco tiempo lo cazaron y su cabeza rodó bajo el hacha del verdugo. Sin embargo, esta vez Murdano pudo dictar sentencia con la conciencia tranquila, pues sorprendieron al tío conspirando contra el monarca.

Tras la terrible matanza, Murdano se vistió de luto de pies a cabeza; se había librado de un gran peso; pero, aunque aliviado, estaba muy triste, pues en el fondo no era tan malo ni cruel. El sereno luto del rey no duró mucho, pues pensó que tal vez le quedaran algunos parientes lejanos y desconocidos. Para mayor seguridad, hizo decapitar a toda una serie de presuntos familiares en todo el país, pero eso no lo tranquilizó en absoluto, pues todos los súbditos eran sospechosos, y como no puede haber un rey sin súbditos, hubiera tenido que matarlos a todos.

Se volvió tan receloso, que dio la orden de atarlo a su trono, y para que nadie lo destronara dormía con un gorro blindado y no dejaba de pensar en lo que había de hacer. Finalmente, hizo algo realmente extraordinario. Al parecer, le dio la idea un vendedor ambulante disfrazado de buhonero, pues hay distintas versiones al respecto. Un día el rey Murdano ordenó que se presentaran todos los constructores, electricistas, chapistas y montadores de la corte y les dijo que tenían que agrandar su persona, de tal manera que rebasara todos los horizontes.

Cumplieron las órdenes con una rapidez asombrosa, puesto que el director de la oficina de proyectos había sido nombrado superverdugo por el rey. Una multitud de electrorrobots y de constructores comenzaron a llenar el palacio de cordones y cables y bobinas, y tan pronto como el rey llenó con su cuerpo el palacio entero, de
forma que se hallaba en todas sus dependencias a la vez, emprendieron la tarea en las casas vecinas. Al cabo de dos años, Murdano ya ocupaba todo el centro de la capital. Como quiera que las casas no bastaban y además resultaban incómodas, las. derribaron y en los solares levantaron unos palacios electrónicos, denominados amplificadores de Murdano.

El rey siguió creciendo lentamente y sin tregua, llegando a alcanzar muchos pisos, perfectamente conectados y alimentados por sus propias subcentrales, hasta que invadió toda la .capital, y comenzó a rebasar sus límites. Con todo ello, mejoró el humor del monarca; todos sus familiares ya habían desaparecido; no temía ni el aceite, ni las corrientes de aire, puesto que ya no necesitaba dar un solo paso, al estar presente en todas partes a la vez.

«El Estado soy yo», se decía no sin razón Murdano, pues con todas sus instalaciones y mecanismos eléctricos ocupaba, enteramente las plazas y las avenidas. Ya nadie podía habitar en la capital del 'reino, salvo, naturalmente, los robots limpiadores reales y los robots de cabecera, que constantemente velaban por la mente del rey, visitando un edificio tras otro. Así fue extendiéndose, satisfecho, el rey por toda la periferia de la capital, creciendo cada vez más, tal como lo mandaban los augurios, metiéndose en todas partes, hasta el punto que su omnipresencia abarcaba todo el Estado.

A la caída de la noche, el rey gigante, iluminando las sombras crepusculares, lanzaba hacia el cielo los deslumbrantes destellos de su actividad mental, para luego ir apagándose lentamente al sumirse en un sueño reparador. Pero a ese sueño oscuro de las primeras horas de la noche sucedían unos violentos resplandores y centelleos que rasgaban la noche, indicando que el rey comenzaba a tener un sueño agitado. A través de todos los edificios iban corriendo unos tormentosos relámpagos, hasta que en medio de las tinieblas se iluminaban las ventanas y todas las calles brillaban de una luz roja y morada, mientras los robots de cabecera, corriendo por las aceras desiertas, husmeando el olor a cables quemados del rey y mirando a través de las ventanas donde se veían los destellos, murmuraban entre sí:

-¡Vaya, Murdano debe de tener una pesadilla!

Cierta noche, tras una jornada especialmente laboriosa, durante la cual el rey estuvo pensando en un nuevo tipo de condecoraciones con las que adornarse, soñó que su tío Cenandrio, aprovechando la oscuridad, se había metido en la capital, oculto bajo una capa negra, y andaba por las calles en busca de cómplices para su conjuración. Llegó a un sótano, que estaba lleno de esbirros enmascarados, y era tal su número y con tanta fuerza gritaban pidiendo la cabeza de Murdano, que éste se despertó todo sudoroso y lleno de terror. El alba ya despuntaba y el rey pensó:

«¡Qué pesadilla! », y volvió a pensar en sus condecoraciones, mientras las que había ideado el día anterior se las colgaban en las terrazas y los balcones. Cuando al cabo de su atareada jornada se fue a descansar, apenas si dormitaba y ya tuvo la visión de la conjura en pleno auge. Y cuando Murdano despertó de su sueño, no lo hizo totalmente, pues el centro de la capital, en el que se desarrollaba aquella pesadilla antiestatal, siguió dormido y sujeto a la terrible visión.

En el sueño de Murdano, su tío hacía entrar en la conjura a todos sus parientes. Todos se presentaron haciendo chirriar sus bisagras, y hasta aquellos que carecían de las piezas y mecanismos necesarios empuñaban la espada en contra del legítimo gobernante. Reinaba una gran confusión. Una multitud de enmascarados repetían en voz baja consignas subversivas; en los sótanos y los pasadizos ya habían confeccionado las negras banderas de la revuelta; por doquier destilaban venenos, afilaban hachas, preparaban alambres tóxicos y todos se disponían a ajustarle las cuentas al odiado Murdano, que, lleno de terror, se despertó temblando y quería llamar a la Puerta Amarilla de la Boca del Rey a todas sus fuerzas para auxiliarlo y aniquilar a los sublevados, pero de pronto pensó que no serviría de nada, pues el ejército no puede entrar en un sueño, y por consiguiente no podía aplastar la conjuración. Así que durante un buen rato trató de despertar él mismo las cuatro millas cuadradas de su ser, que seguían soñando con el complot, pero en vano.

Sin embargo, como estaba despierto no lograba penetrar en las zonas rebeldes, lo cual no es extraño, pues la vigilia no puede introducirse en las profundidades del sueño, a donde solamente pueden llegar otros sueños. El rey se dio cuenta de que ante aquella situación lo mejor sería dormirse y soñar un contrasueño, pero no cualquiera, sino, evidentemente, un sueño monárquico y leal a su persona, con banderas desplegadas; en suma, un sueño adicto al trono, capaz de borrar en el acto aquellas pesadillas usurpadoras.

Pero Murdano no conseguía conciliar el sueño del miedo que lo atenazaba; entonces empezó a contar piedrecitas mentalmente, hasta que se durmió. Pero entonces ocurrió que el sueño encabezado por su tío no solamente se desarrollaba
en los barrios centrales, sino que comenzaba a extenderse incluso a los arsenales, llenos de bombas y proyectiles. Y el propio Murdano, por mucho que se esforzara, apenas si lograba soñar una sola compañía de caballería y además ligera, indisciplinada y armada tan sólo de cacharros.

«No hay nada que hacer -pensó el rey-; la cosa no me ha salido bien y no tengo más remedio que volver a empezar.»

Así que trató de despertarse; lo consiguió a duras penas; por fin se despertó de veras, pero entonces fue presa de terribles sospechas. ¿Es que realmente estaba de nuevo en vela, o bien seguía sumido en otro sueño, que sólo era la falsa apariencia de la vigilia? ¿Qué podía hacer ante tal situación, ante tal embrollo? ¿Soñar o no soñar? ¡He ahí el dilema!

«Supongamos que ahora no esté soñando -pensó Murdano- y no corra peligro, puesto que en la realidad no puede haber ninguna conjuración. Eso sería estupendo: en tal caso ese sueño regicida seguiría él solo y llegaría a su fin, hasta que, con su pleno despertar, la majestad recobre su legítima homogeneidad. Muy bien. Pero si me mantengo tranquilamente desvelado, y luego resulta que esta supuesta vela en realidad no es sino otro sueño, vecino de aquél, o sea el del tío, es muy probable que se produzca una catas-trofe. Esos malditos regicidas encabezados por el asqueroso Cenandrio pueden trasladarse de aquel sueño a éste, que se parece a la vigilia para quitarme el trono y la vida.

»Desde luego -siguió pensando Murdano-, la usurpación sólo puede verificarse en el sueño, pero si la conjura se extiende a toda mi real persona, entonces nunca mas volveré a despertarme, y en ese caso, ¿qué pasará? En tal caso, quedaría alejado para siempre del estado de vigilia y mi tío haría de mí lo que le diera la gana. Me torturará, me ultrajara por no hablar de las tías, que recuerdo perfectamente hasta dónde son capaces de llegar. Pues volverían a ser lo que eran en ese sueño espantoso. Además, ¿a qué viene hablar de sueños? El sueño solamente puede existir donde existe también la vigilia, a cuyo estado es posible volver, pero donde no la hay, donde no hay otra cosa más que el sueño, allí donde es la única realidad, o sea el estado de vela... ¡ Maldición! Todo se confunde a través de esta fatal personalidad excesiva, a través de esta expansión mental. Lo que me faltaba! »

Desesperado, viendo que la inacción lo iba a perder y que la única salvación estaba en su inmediata movilización psíquica, Murdano pensó:

«He de actuar, necesariamente, como si estuviera soñando. He de soñar multitudes de súbditos llenos de cariño y entusiasmo, ejércitos leales a mi persona, muriendo con mi nombre en los labios, fuertemente armados; y también sería bueno imaginar rápidamente algún arma maravillosa, puesto que todo es posible en los sueños, algo así como un medio para acabar con los parientes, algún cañón antitío o cosa parecida, y así estaré preparado para cualquier sorpresa, y si la conjuración se presenta, arrastrándome astutamente de sueño en sueño, la aplastaré.»

Suspiró el rey Murdano por todas las avenidas y plazas de su cuerpo, pues el asunto era de lo más complicado, y se puso a actuar, es decir, a dormirse. En su sueño habían de surgir unos escuadrones de acero cuadrangulares, encabezados por venerables generales y multitudes aplaudiendo y lanzando vivas en medio del sonido de los clarines, pero solamente apareció un pequeño tornillo, lo que se dice nada de nada: un tornillo de lo más ordinario, con la cabeza un poco mellada. ¿Qué hacer con él? Murdano estuvo cavilando; sintió de pronto cierta inquietud, que fue
incrementándose hasta transformarse en angustia y luego en espanto, al ocurrírsele qué «tornillo» podía rimar con «muertecillo»...

El rey se estremeció. Por consiguiente, se trataba del símbolo de la decadencia, la descomposición y la muerte, y la conjuración de sus familiares, llegaría infaliblemente, sigilosamente, arrastrándose por los subterráneos, excavando el otro sueño para meterse en éste, y él caería en la trampa. Así que lo amenazaba su fin... ¡La muerte! ¡La destrucción! ¿Pero, por qué, de qué manera? ¿Por dónde llegaría?

Refulgieron los millares de edificios personales, se estremecieron las subcentrales de Su Majestad, cargadas de condecoraciones, que se balanceaban rítmicamente al viento nocturno, tal era el espanto que atenazaba al rey Murdano ante aquel soñado símbolo de su caída. Por fin se desvaneció la pesadilla y se sintió tan perfectamente como si nunca la hubiera tenido. Y estuvo reflexionando si realmente estaba despierto o sumido en otro sueño. Parecía estar en vela, pero ¿cómo cerciorarse? A lo mejor ya había terminado de soñar con el tío y no había por qué preocuparse. Muy bien, pero ¿cómo asegurarse? No había más solución que la de autoespiarse, hacerse pasar por un insurrecto y hurgar incesantemente en su propio cuerpo, en su gigantesca persona, en su ser-Estado y nunca más dormiría tranquilo, puesto que siempre tendría que estar dispuesto a actuar por cuanto la conjuración podía anidar en algún rincón oscuro de su gigantesca personalidad.

En ese caso tendría que soñar con fieles vasallos y delegaciones multitudinarias, con un espíritu de resplandeciente legalidad, atacando a fondo todos los abismos, las oscuridades y rincones de su personal para que ninguna intentona ni ningún tío pueda esconderse en ellos. Y rodeado por el ruido regocijante de las banderas, del tío no quedaría ni rastro, los parientes también desaparecerían y en torno al rey sólo habría fidelidad y palabras de gratitud e incesante homenaje.

Murdano ya veía los escudos de armas y los tapices en ventanas y balcones, y los cañones disparando salvas y los cornetas llevándose a los labios las trompetas de bronce. Sin embargo, al fijarse en las cosas, se dio cuenta de que algo no cuadraba; estatuas, sí, había muchas, pero muy poco parecidas a él, con la cara deformada y la mirada bizca del tío. Ciertamente, las banderas ondeaban, pero con los lazos muy pequeños, casi imperceptibles y casi negros; y si no negros, en todo caso sucios o mancillados. ¿Qué significaba todo esto? ¿Acaso una nueva alusión?

«¡Maldición! ¡Esos colgajos estaban totalmente raspados, casi sin pelo, y el tío, el tío estaba calvo!... ¡Eso no puede ser! ¡Atrás!¡Despierta, despierta!», pensaba Murdano.

«¡Que toquen diana, sacadme de este sueño!», gritó; pero cuando la pesadilla se desvaneció, las cosas no mejoraron, pues el rey fue pasando de un sueño a otro ligado con el anterior, las banderas reales se volvían negras; las condecoraciones parecían meros colgajos; de las trompetas doradas no salían aires marciales, sino las carcajadas del tío, como un trueno, exigiendo su derrocamiento.

El rey Murdano gritaba pidiendo la ayuda de su ejército para que lo despertasen. «¡Pellizcadme!», rugía, y de. nuevo gritaba que lo sacaran de su pesadilla, pero en vano... Pues sumido nuevamente en su .ensueño regicida, los conjurados se lanzaban hacia el trono; multiplicándose, corrían como ratas, y la pesadilla iba extendiéndose, sigilosa y rápidamente, no se sabe cómo, pero del modo más espantoso.

El edificio de cien pisos de la central electrónica soñaba con tornillos y cadáveres, con cables y venenos; en cada condensador el tío reía sarcásticamente; se estremecieron los edificios de espanto, aterrados de sí mismos, surgiendo de ellos cien mil parientes intrigantes y pretendientes al tronó, pérfidos bastardos, usurpadores bizcos, y aunque ninguna sabía si era una criatura soñada o soñadora, con la que se sueña, por qué motivo y con qué resultado, todos sin excepción clamaban en contra del rey. Murdano, pidiendo su cabeza, ansiosos de echarle del trono, colgarlo del campanario, matarlo de una vez, hacerlo pedazos y muchas más cosas, y nada hicieron de buenas a primeras, porque no se pudieron poner de acuerdo sobre cómo comenzar.

Y de esta manera los fantasmas siguieron hostigando la mente del rey, hasta que surgieron las llamas, provocadas por la sobretensión. Y ya no eran unas llamas soñadas, sino el más verdadero de los fuegos el que centelleaba en las ventanas de la persona real, y el rey Murdano se deshizo en cien mil sueños, que nada podía unificar ya, a no ser el incendio, que ardió durante mucho tiempo...




El Príncipe Ferriciano y la Princesa Cristalia

El rey Pancérico tenía una hija más hermosa que todas las joyas; los destellos de sus radiantes mejillas obnubilaban lamente y la vista, y cuando la princesa pasaba por algún lugar las chispas eléctricas salían hasta del hierro común, y la noticia de su belleza sin par se había extendido hasta las más lejanas estrellas. Ferriciano, el heredero del trono iónico, que había oído hablar de ella, ansiaba desposar a la hermosa hija del rey Pancérico. Al comunicárselo a su padre, éste le dijo con tristeza:

-Hijo mío, tus deseos no pueden ser más insensatos, y jamás se cumplirán.

-¿Por qué, padre mío? -preguntó Ferriciano.

-¿No sabes -dijo el rey- que la princesa Cristalia ha prometido que sólo se unirá a un paliducho?

-¿Un paliducho? -exclamó Ferriciano-. ¿Qué es eso? ¡Nunca oí hablar de esas criaturas!

-Escúchame bien, hijo mío. Has de saber que esa raza galáctica apareció de un modo tan misterioso como obsceno, cuando los cuerpos azules comenzaron a corromperse. Dentro de esos cuerpos aparecieron unos vapores y unas decocciones
frías y húmedas de las que nació la familia de los paliduchos o macilentos, pero no en seguida. Al principio no eran más que una especie de mohos reptadores; posteriormente, pasaron del océano a la tierra y vivían devorándose entre sí, y cuanto más se devoraban, más numerosos se volvían; un día se enderezaron y extendieron su pegajosa naturaleza sobre unas estructuras de cal y construyeron unas máquinas. De esas máquinas nacieron unos aparatos pensantes, que a su vez dieron vida a unos ingenios inteligentes, que por fin imaginaron unas máquinas perfectas, pues el átomo, al igual que la Galaxia, es una máquina y nada hay fuera de la máquina, por cuanto es eterna.

-¡Amén! -añadió maquinalmente Ferriciano, pues se trataba de una fórmula religiosa muy usual.

-La familia de los paliduchos se elevó finalmente al cielo sobre unas máquinas -prosiguió el anciano rey- sin respetar los metales preciosos y mostrándose cruel con la dulce electricidad y depravando la energía del núcleo. Sin embargo, acabaron pasándose de la raya, y nuestro antepasado el Gran Calculador Genetoforio empezó a decirles a aquellos gigantes pegajosos que se comportaban vergonzosamente al manchar la inocencia del raciocinio cristalino al implicarlo en
sus viles problemas, utilizando las máquinas a su antojo; pero no siguieron los consejos de nuestro ancestro. El les hablaba de ética y ellos replicaban que estaba mal programado. Entonces, nuestro antepasado creó el algoritmo de la incorporación eléctrica y con grandes dificultades concibió nuestra raza. Así consiguió que escaparan las máquinas que los paliduchos tenían cautivadas. De manera que, como comprenderás, hijo mío, entre ellos y nosotros no puede existir ningún acuerdo o unión. Nosotros actuamos tintineando, emitiendo chispas y destellos, mientras que ellos farfullan, ensucian y gotean. Sin embargo, incluso entre nosotros puede darse la locura; penetró en el espíritu de Cristalia cuando era joven y alteró su capacidad de distinguir entre el bien y el mal. Desde entonces, los que aspiran a su mano deslumbrante, solamente pueden presentarse ante ella si dicen que son paliduchos. Los recibe en el palacio que le regaló su padre; comprueba la veracidad de sus palabras, y si descubre que miente, manda decapitar al pretendiente. Alrededor del palacio la tierra está cubierta de osamenta aplastada, cuya sola visión puede paralizar los circuitos del más valiente, pues tal es el espantoso truco utilizado por esa loca contra los que se atreven a pensar en ella. Renuncia a tu idea, hijo mío, y retírate en paz.

El príncipe saludó respetuosamente a su padre y señor y se marchó en silencio, pero seguía pensando en Cristalia, y cuanto más pensaba en ella, más la deseaba.

Un día mandó llamar al Gran Afinador Real, Polifacies, y tras revelarle la pasión que le consumía, le dijo:

-¡Gran sabio, si tú no me ayudas, nadie lo hará; entonces mis días estarán contados, pues ni la brillantez de las emisiones rojas, ni las danzas ultravioletas me alegran, y moriré si no me uno a la bella Cristalia!

-Príncipe -dijo Polifacies-, no desoiré tu deseo, pero has de expresarlo tres veces seguidas, para que esté seguro de que ésa es tu inflexible voluntad.

Ferriciano repitió tres veces sus palabras y Polifacies dijo:

-Señor, sólo hay una manera de que puedas presentarte ante la princesa, y es disfrazándote de paliducho.

-Entonces conviérteme en un paliducho -exclamó Ferriciano.

Polifacies, consciente de que el amor nublaba la mente del joven príncipe, se inclinó ante él y fue a su laboratorio, donde se puso a preparar unas colas pegajosas y unos líquidos muy fluidos. Seguidamente, mandó a un servidor al palacio real.

-Dile al príncipe que venga, si no ha cambiado de opinión.

Ferriciano acudió en el acto. El sabio Polifacies le ambadurnó el duro cuerpo con barro y le preguntó:

-¿Debo seguir, príncipe?

-¡Haz lo que tienes que hacer! -contestó Ferriciano. Entonces, el sabio agarró una mezcla de aceites impuros, de polvo sucio y de grasas pegajosas, extraídas de las entrañas de las máquinas más viejas, y con esa mezcla recubrió el pecho del príncipe, pegándosela asquerosamente en su rostro brillante y su frente luminosa; la operación duró largo rato, hasta que los miembros de Ferriciano dejaron de emitir ese sonido tan agradable y semejaron una charca desecada. Seguidamente, Polifacies cogió un pedazo de tiza, la trituró y la mezcló con unos rubíes pulverizados y un aceite amarillo, elaborando una segunda pomada; con ella untó a Ferriciano de pies a cabeza, dando a sus ojos una humedad repugnante y. a su pecho la forma de un cojín; le hinchó las mejillas y por todo el cuerpo le colgó unas franjas y unos colgajos elaborados con una pasta gredosa; y, finalmente, le pegó encima de la noble cabeza un mechón de cabello de color de la herrumbre y lo llevó ante un espejo plateado.

Ferriciano se miró en el espejo y se estremeció, pues en lugar de verse a sí mismo, se hallaba ante un monstruo de pesadilla, un auténtico paliducho, de mirada húmeda como una telaraña bajo la lluvia, lleno de pliegues y colgajos, con un mechón de color orín encima de la cabeza; en una palabra, una repugnante criatura viscosa; cuando se movió, el cuerpo le tembló como una jalea podrida, y gritó, estremeciéndose de horror:

-¿Te has vuelto loco? ¡Quítame en seguida ese barro negro de debajo y el blanco de encima, y ese mechón herrumbroso con el que has mancillado mi vibrante cabeza; de lo contrario, la princesa sentirá repugnancia al verme con este horrible aspecto!

-Te equivocas, príncipe -replicó Polifacies-. En eso radica precisamente su locura: en el horror ve la belleza, y viceversa. Solamente bajo esta apariencia conseguirás llegar hasta la princesa Cristalia.

-¡Que así sea! -dijo Ferriciano.

El sabio mezcló un poco de cinabrio con mercurio y con esa mezcla llenó cuatro vejigas que escondió bajo la ropa del príncipe. Cogió unos fuelles, los llenó de aire corrompido tomado en una vieja mazmorra y los escondió en el pecho del príncipe; llenó de agua estancada seis tubos de cristal, le colocó dos debajo de los brazos, otros dos en las mangas y los restantes en los ojos, y dijo:

-Escúchame bien y recuerda lo que te voy a decir; de lo contrario, morirás. La princesa te pondrá a prueba para cerciorarse de tu autenticidad. Si saca una espada desnuda y te manda agarrarla, apretarás discretamente la vejiga de cinabrio para que la materia roja chorree sobre su filo, y cuando la princesa te pregunte qué es, tú le contestas: «¡Es sangre!». Seguidamente, la princesa acercará el rostro y tú te oprimirás el pecho para que el aire salga de los fuelles; te preguntará qué es esa brisa y tú le dirás: «¡El aliento!». Entonces la princesa fingirá irritarse mucho y mandará que te decapiten. Agacharás la cabeza en señal de humildad y el agua chorreará de tus ojos, y cuando pregunte qué es, tú le contestarás: «¡Son lágrimas!». Entonces es posible que acepte unirse contigo, pero eso no es seguro; lo más probable es que mueras.

-¡Oh, sabio Polifacies! -exclamó Ferriciano-. Si me somete a un interrogatorio y quiere enterarse de cuáles son las costumbres de los paliduchos, de cómo nacen, cómo aman y cómo viven, ¿de qué forma he de contestar?

-No queda más remedio -contestó Polifacies- que unir tu suerte a la mía. Me disfrazaré de mercader de otra galaxia, la no espiral es la mejor, puesto que sus habitantes son gordos y tendré que esconder debajo de mis ropajes toda una serie de libros que consignan las horribles costumbres de los paliduchos. Aunque quisiera, no podría enseñártelas, por ser dichas costumbres contrarias a la naturaleza, pues todo lo hacen al revés, de una forma pegajosa, sucia y repugnante. Copiaré las obras necesarias y tú has de ordenarle al sastre real que te confeccione un traje de paliducho con ciertas fibras y tejidos, puesto que pronto habremos de marchar. Adonde quiera que vayamos, yo siempre estaré a tu lado, pues has de saber qué hacer y qué decir.

Ferriciano, muy animado, encargó una vestimenta de paliducho, que mucho le asombró, pues le cubría casi todo el cuerpo, con una especie de tubos, unas soldaduras de gruesos botones, unos ganchos y unas válvulas y unos cordeles; el sastre tuvo que prepararle unas instrucciones especiales y bastante largas acerca de lo que tendría que ponerse primero y de qué manera, dónde y a qué sujetarlo y cómo quitarse todos aquellos tejidos y collares, llegado el momento.

Polifacies se puso una indumentaria de mercader, escondió discretamente en su interior unos gruesos volúmenes sobre el modo de comportarse de los paliduchos; mandó construir una gran jaula de hierro, encerró en ella a Ferriciano y los dos se marcharon en una nave real. Al llegar a las fronteras del reino de Auransio, el sabio disfrazado de mercader fue al mercado local y anunció que traía de un lejano país a un joven paliducho y que estaba dispuesto a venderlo a quien lo quisiera. Los servidores de la princesa le llevaron la noticia; muy extrañada, les dijo:

-No puede ser más que un truco, pero ese mercader no me engañará, pues nadie conoce a los paliduchos tan bien como yo. Decidle que venga al palacio para enseñármelo.

Los servidores condujeron ante la princesa al mercader y la jaula, cargada por unos esclavos; dentro de la jaula estaba sentado un paliducho cuyo rostro tenía un color de tiza mezclada con pirita; en los ojos tenía un brillo de moho húmedo y sus miembros estaban sucios de barro. Ferriciano miró a la princesa y contempló su rostro, que parecía encantador, pues sus ojos brillaban como una pila que se descarga lentamente, y el corazón del príncipe latió locamente.

«En verdad -pensó la princesa-, se parece mucho a un paliducho», pero dijo en voz alta:

-No debió de ser fácil, anciano, formar con barro esta imitación, cubrirla con polvos de cal para engañarme; pero has de saber que conozco todos los secretos de la raza de los poderosos paliduchos, y tan pronto como descubra tu trampa te mandaré decapitar y al otro también.

El sabio replicó:

-Princesa Cristalia, el que ves en la jaula es un auténtico paliducho; se lo compré por cinco hectáreas de campos a unos piratas estelares, y si tal es tu voluntad te lo regalo, puesto que no tengo más deseo que el de alegrar tu corazón.

La princesa ordenó que le trajeran una espada, y la introdujo en la jaula a través de los barrotes. El príncipe agarró el filo de la espada y, al cortar su vestido, reventó la vejiga y el cinabrio se extendió sobre la espada y la manchó de un fluido rojizo.

-¿Qué es eso? -preguntó la princesa. Y Ferriciano contestó:

-¡Sangre!

Entonces, la princesa mandó abrir la jaula, entró en ella sin miedo y acercó su rostro al de Ferriciano; la proximidad de sus mejillas lo obnubilaba, pero el sabio le hizo una señal y el príncipe apretó los fuelles, de los cuales salió el aire comprimido; entonces, la princesa le preguntó:

-¿Qué es esa brisa?

Ferriciano respondió:

-¡Mi aliento!

-En verdad, -dijo la princesa eres un farsante muy hábil al mercader al salir de la jaula-, pero me has engañado y vas a morir junto con tu imitación.

Al oír esas palabras el sabio agachó la cabeza, como espantado y lleno de pena; el príncipe lo imitó y de sus ojos salieron unas gotas transparentes.

La princesa preguntó:

-¿Qué es eso?

Y Ferriciano contestó:

-¡Lágrimas!

Entonces, Cristalia preguntó:

-¿Cómo te llamas realmente, tú a quien designan como un paliducho llegado de países lejanos?

-Oh, princesa, me llamó Miamlak y sólo deseo unirme a ti de una forma suave, pastosa y acuosa, como es costumbre entre los de mi raza -contestó Ferriciano, pues ésas eran las palabras que Polifacies le había enseñado-. Dejé que los piratas me capturasen expresamente, para que me vendieran a este mercader que se dirigía hacia tu país. Le estoy muy agradecido a este ser de hojalata que me trajo hasta aquí; estoy lleno de amor por ti; igual que el charco está lleno de barro.

La princesa se extrañó al ver que se expresaba realmente como un paliducho y dijo:

-Dime, tú, que afirmas llamarte Miamlak, ¿qué hacéis los de tu raza durante el día?

-Oh, princesa -respondió Ferriciano-, por la mañana nos metemos en agua limpia y remojamos nuestros miembros, y también nos metemos agua en el interior, porque nos gusta. Seguidamente, vamos de un lado a otro, de una forma ondulante y deslizante, hacemos chasquear la lengua y cuando algo nos entristece temblamos y de nuestros ojos sale agua salada; cuando nos alegramos, hipamos y nos estremecemos, pero nuestros ojos permanecen secos. Los gritos húmedos llevan el nombre de lloros, y los secos de risas.

-Si, como lo dices, compartes con tus hermanos la pasión por el agua -dijo, la princesa-, voy a mandar que te metan en mi aljibe para que te hartes, y haré que te aten plomo a los pies para que no salgas demasiado pronto...

-Oh, princesa, si lo haces -dijo Ferriciano siguiendo las instrucciones del sabio-, moriré, porque pese a llevar agua dentro de nosotros, no podemos estar sumergidos en ella más que un instante, porque entonces pronunciamos las últimas palabras, o sea, «glu, glu, glu», que son unos sonidos con los que nos despedimos de la vida.

-Dime, Miamlak, ¿cómo consigues la energía necesaria para moverte? ¿Chasqueando la lengua, balanceándote y dominando como dueño y señor aquí y allá? -preguntó la princesa.

-Princesa, además de los paliduchos poco peludos, existen otros que andan a cuatro patas, que llenamos de agujeros hasta que mueren; escaldamos sus cadáveres, los pesamos, cortamos y trituramos y luego rellenamos nuestro cuerpo con el suyo; conocemos trescientas setenta y siete formas de matar y veintiocho mil quinientas
noventa y siete de preparar los cadáveres para que la introducción de sus cuerpos en los nuestros por cierto pequeño orificio llamado boca nos cause gran placer, y el arte de preparar los cadáveres es aún más famoso que la astronáutica y lleva el nombre de gastronáutica o gastronomía; sin embargo, la astronomía nada tiene que
ver con ella.

-¿Acaso eso significa que jugáis a convertiros en cementerios, al hacer de sepulturas para vuestros hermanos cuadrúpedos? -preguntó la princesa; a lo cual contestó Ferriciano, instruido por el sabio:

-Oh, princesa, no se trata de un juego, sino de una necesidad, por cuanto la vida se nutre, y de la necesidad hemos hecho un arte.

-Y dime, paliducho Miamlak, ¿cómo construís vuestra descendencia? -preguntó la princesa.

-No la construimos, sino que la programamos con un método estadístico, basado en el proceso de Markowskim es decir, cariñosamente, aunque probabilísticamente; lo hacemos de acuerdo con las circunstancias, a la vez que vamos pensando en toda clase de cosas, salvo en la programación estadística, unilateral y algo rítmica; sin embargo, la programación se establece ella sola en ese momento, independientemente de nosotros y en forma totalmente automática, pues
estamos hechos de tal manera que cada paliducho intenta programar su descendencia, dado que eso le causa placer; pero programa sin programar, y los hay que hacen cuanto pueden para que dicha programación no dé ningún resultado.

-Es muy raro -dijo la princesa, cuyos conocimientos eran menos concretos que los del sabio Polifacies-. ¿Entonces cómo hacéis?

-Oh, princesa, tenemos los correspondientes aparatos, construidos sobre el principio del acoplamiento, aunque todo está dentro del agua; desde el punto de vista técnico, esos aparatos son un verdadero milagro, pues cualquier imbécil puede utilizarlos; sin embargo, para explicarte con detalle los métodos que empleamos necesitaría mucho tiempo, porque la cosa no es tan sencilla. No deja de ser curioso si se tiene en cuenta que no hemos imaginado esos métodos nosotros mismos, pues, para ser más concretos, dichos métodos se hicieron solos; son muy agradables y nada tenemos en contra.

-¡Realmente eres un paliducho! -exclamó Cristalia-. Lo que dices parece tener sentido, pero en el fondo no tiene ninguno, es inverosímil, y, sin embargo, cierto, aunque lógicamente contradictorio. ¿Cómo se puede ser cementerio sin serlo, o programar el futuro sin programarlo? Sí, eres un paliducho, Miamlak; así que si lo deseas me uniré a ti en matrimonio y subirás al trono conmigo, si logras salir airoso de la última prueba.

-¿Qué prueba? -preguntó Ferriciano.

-Esa prueba... -empezó la princesa, pero de pronto sintió una duda en el corazón y preguntó-: Dime antes ¿qué hacen tus hermanos por la noche?

-Por la noche están acostados con los brazos doblados y las piernas encogidas; el aire entra y sale de ellos con un ruido estridente, como si alguien afilara una sierra oxidada:

-Esta es la prueba: ¡Dame tu mano! -ordenó la princesa.

Ferriciano le tendió la mano y ella se la apretó; gritó como le había dicho Polifacies que lo hiciera. Cristalia le preguntó por qué gritaba.

-¡De dolor! -contestó Ferriciano. Entonces, la primera creyó realmente que era un paliducho y mandó iniciar los preparativos para la boda.

Pero en ese preciso momento llegaba la nave a bordo de la cual el elector de la princesa, el ciberconde Cyberhaz, había marchado a buscar un paliducho para Cristalia, pensando granjearse sus favores de ese modo. El sabio Polifacies, asustado, le dijo a Ferriciano:

-Príncipe, el ciberconde Cyberhaz acaba de llegar en la nave de la nada y le ha traído a la princesa un auténtico paliducho, que mis ojos han visto perfectamente; hemos de escapar cuanto antes, porque sería inútil seguir fingiendo; si os ve la princesa juntos, se dará cuenta de que la viscosidad del otro es más pegajosa, su vellosidad más peluda, su cabeza inimitable, de manera que descubrirán nuestro truco y moriremos...

Ferriciano se negó a huir, pues sentía un gran amor por la princesa y dijo:

-¡Antes morir que perderla!

Pero Cyberhaz, que acababa de enterarse de los preparativos de la boda, se escondió sigilosamente bajo la ventana de la habitación en la que el presunto paliducho se encontraba con el mercader, y al escuchar su conversación, corrió al palacio lleno de perversa alegría. Se presentó ante Cristalia y le dijo:

-¡Princesa, te han engañado, pues ese Miamlak en realidad no es más que un simple mortal y no un paliducho; el verdadero es éste!

Y el ciberconde le enseñó el que había traído. El paliducho infló su torso peludo, enarcó sus ojos acuosos y manifestó:

-¡El paliducho soy yo!

La princesa mandó a Ferriciano que se presentara inmediatamente; cuando estuvo ante ella junto al otro, la superchería del sabio de nada valió, pues aunque cubierto de barro, de polvo y de tiza, aunque embadurnado de aceite húmedo, Ferriciano no podía disimular su talle eléctrico ni su prestancia, la anchura de sus hombros de acero y su andar resonante. En cambio, el paliducho del ciberconde Cyberhaz tenía realmente un aspecto miserable; cada uno de sus pasos semejaba al trasvase del barro de una cuba, su mirada era como la de un pozo enlodado, su aliento corrompido empañaba los espejos.

La princesa comprendió en su corazón que aquel paliducho le era odioso; cuando hablaba parecía como si un gusano rojo se arrastrara por su garganta. Cristalia vio las cosas claras, pero su orgullo le impedía mostrar qué sentía en su corazón. Entonces dijo:

-Que ambos peleen; el vencedor me tendrá por esposa.

Ferriciano le dijo al sabio:

-Sabio Polifacies, si me lanzo sobre esa criatura y la convierto en el barro del que ha nacido, la superchería quedará al descubierto, caerá la arcilla que me cubre y aparecerá el acero; ¿qué puedo hacer?

-Príncipe -contestó Polifacies-, no ataques, defiéndete solamente.

Fueron llevados al patio del palacio, con una espada cada uno; el paliducho se lanzó contra Ferriciano como puede lanzarse el barro enlodado; danzaba alrededor del príncipe, murmurando, agachándose y jadeando; tomó impulso, blandiendo su espada, que cortó la arcilla que cubría a Ferriciano; el acero hizo saltar la espada del paliducho, que, arrastrado por su propio impulso, cayó sobre el príncipe, estalló y se desparramó. Pero la arcilla seca que la espada de su enemigo había cortado cayó de los hombros de Ferriciano, y su verdadera naturaleza de acero apareció a los ojos de la princesa; el príncipe se estremeció, esperando su muerte, pero en la mirada cristalina de la princesa percibió un sentimiento de admiración y entonces comprendió que su corazón había cambiado.

Los dos se unieron con los lazos del matrimonio en un acoplamiento duradero. Reinaron felices durante muchos años y programaron una numerosa descendencia. La piel del paliducho traído por el ciberconde Cyberhaz fue rellenada de paja y expuesta en el Museo del Reino como eterno recuerdo. Aún está allí, cubierta de unos cuantos pelos y manchada de blanco; ciertos sabios afirman que se trata de un falso paliducho, por cuanto los paliduchos-cementerios de nariz pastosa y ojos viscosos no existen y jamás existieron. Quién sabe: quizás no sea más que falta de imaginación. ¿Acaso no son numerosos los mitos y los cuentos difundidos por el pueblo? Si esta historia no es verdadera, ¿acaso no encierra una enseñanza? Y puesto que es divertida, merece ser contada.





Cómo se Salvó el Mundo

En cierta ocasión, el constructor Trurl fabricó una máquina que sabía hacer todas las cosas cuyo nombre empezaba con la letra ene. Cuando ya la tuvo lista, le ordenó, para probarla, que fabricara unas navajas, que las metiera en necesers de nácar y que las tirara en una nansa rodeada de neblina y llena de nenúfares, nécoras y nísperos. La máquina cumplió el encargo sin titubear, pero Trurl, todavía no del todo seguro de su funcionamiento, le dio la orden de fabricar sucesivamente nimbos, natillas, neutrones, néctares, narices, narigueras, ninfas y natrium. La máquina no supo hacer esto último y Trurl, muy disgustado, le exigió una explicación de ese fallo.

-No sé de qué se trata -se justificó la máquina-. Nunca he oído esa palabra.

-¿Qué dices? ¡Pero si es sodio! Un metal, un elemento...

-Si se llama sodio, empieza con s y yo sólo sé hacer lo que empieza con n.

-Pero en latín se llama natrium.

-Amigo Trurl -dijo la máquina-, si yo supiese hacer todas las cosas que empiezan con n en todas las lenguas posibles, sería una Máquina Que Lo Sabe Hacer Todo en El Alfabeto Entero, porque no hay cosa cuyo nombre no empiece con n en alguna de las lenguas del mundo. ¡Hasta aquí podríamos llegar! ¡No puedo ser más sabia de lo que tú mismo habías programado! Del sodio, ni hablar.

-Está bien -accedió Trurl, y le mandó hacer una nebulosa. La hizo enseguida, no muy grande, pero muy nebular. Entonces Trurl invitó a su casa a Clapaucio y le mostró la máquina, cuyas extraordinarias cualidades y aptitudes alabó y ensalzó tanto, que finalmente Clapaucio se puso nervioso sin que se le notara y pidió permiso para hacer él también algún encargo a la máquina.

-Con mucho gusto -dijo Trurl-, pero la cosa tiene que empezar con n.

-¿Con n? -dijo Clapaucio-. De acuerdo. Que haga todas las Nociones Científicas.

La máquina rugió y la plaza delante de la casa de Trurl se llenó en un momento de una muchedumbre de científicos que discutían, se pegaban, escribían en unos libros gruesos, otros les quitaban esos libros y los hacían pedazos, a lo lejos se veían hogueras en las que se asaban unos mártires de Nuevas ideas, en varios sitios se oían extraños ruidos y se veían humaredas en forma de seta; todo aquel gentío hablaba a la vez, de modo que no había manera de entender una sola palabra, y componía al mismo tiempo memorias, comunicados y otros documentos, y, en medio de aquel caos, bajo los pies de los gritones, unos ancianos solitarios escribían algo sin cesar con letra menuda sobre unos jirones de papel.

-¿Qué te parece? -exclamó Trurl, lleno de orgullo-. ¡No me negarás que es la fiel imagen de las Nociones científicas!

Clapaucio, sin embargo, no se dio por satisfecho.

-¿Este gentío escandaloso tiene algo que ver con la ciencia? ¡No, la ciencia es una cosa muy diferente!

-¡Explícaselo a la máquina, y te lo hará en el acto! -gritó Trurl, enfadado. Pero, como Clapaucio no sabía qué decir, manifestó que si la máquina resolviera satisfactoriamente dos problemas más, reconocería que su funcionamiento era correcto. Trurl accedió a esto y Clapaucio dijo a la máquina que hiciera unos negativos.

-¡ Unos negativos! --exclamó Trurl-. ¿Qué quieres decir con eso?

-¿No lo entiendes? Es como lo contrario de las cosas -contestó con mucha calma Clapaucio-. Como si volvieras las cosas al revés. No finjas que no lo comprendes. ¡Venga, máquina, a trabajar!

Pero la máquina ya llevaba un buen rato funcionando. Primero hizo antiprotones, luego antielectrones, antineutrinos, antineutrones y no paró de trabajar hasta que hubo creado gran cantidad de antimateria, la cual empezó a formar lentamente un antimundo, parecido a una gran nube de extraño brillo.

-Pse -dijo Clapaucio displicente-, ¿eso son los negativos? Bueno, digamos que sí... para evitar discusiones... Pero ahora viene el tercer encargo. ¡Máquina! ¡Tienes que hacer Nada!

Durante un buen rato, la máquina ni se movió. Clapaucio empezó a frotarse las manos con júbilo, cuando Trurl dijo:

-¿Qué pasa? Le ordenaste no hacer nada, por lo tanto no hace nada.

-No es cierto. Yo le ordené hacer Nada, que no es lo mismo.

-Tienes cada cosa... Hacer Nada y no hacer nada viene a significar lo mismo.

-¡No, hombre, no! Ella tenía que hacer Nada y no hizo nada; de modo que gané yo. La Nada, mi sabihondo colega, no es una vulgar nada, producto de la pereza y la falta de acción, sino una Noexistencia activa, una Carencia perfecta, única, omnipresente e insuperable.

-¡Estás fastidiando a la máquina! -gritó Trurl, pero en aquel momento sonó como una campana de bronce la voz de aquélla:

-¡Olvidad vuestras rencillas en un momento como éste! Sé muy bien lo que es la Noexistencia, el Noser o la Nada, puesto que empiezan por la letra n. Haríais mejor contemplando por última vez el mundo, ya que pronto no existirá...

Las palabras se helaron en la boca de los enfurecidos constructores. La máquina estaba haciendo en verdad la Nada, eliminando sucesivamente del mundo una serie de cosas, que dejaban de existir tan definitivamente como si no hubieran existido nunca. Ya había suprimido natagüas, nupaidas, nervorias, nadolas, nelucas, nopieles y nedasas. Hubo momentos en que se podía pensar que en vez de reducir, disminuir, echar fuera, eliminar, anular y restar, aumentaba y añadía, ya que liquidó sucesivamente los negativos de buen gusto, mediocridad, fe, saciedad, avidez y fuerza. Sin embargo, se veía alrededor de la máquina y de los dos constructores un vacío cada vez más pronunciado.

-¡Ay! -exclámó Trurl-. Ojalá no termine mal todo esto...

-¡Qué va! -dijo Clapaucio-. Date cuenta de que la máquina no está haciendo la Nada General, sino sólo la Noexistencia de todas las cosas que empiezan por n. Verás que no pasa nada, esta máquina tuya no vale gran cosa.

-Eso es lo que tú te crees -replicó la máquina-. Es cierto que he comenzado por lo que empieza por n porque estoy más familiarizada con ello, pero una cosa es hacer algo y otra, muy distinta, eliminarlo. En cuanto a eliminar, no tengo limitación por la sencilla razón de que sabiendo hacer absolutamente todo lo que empieza por n, hacer la Noexistencia de cualquier cosa es para mí coser y cantar. Dentro de muy poco no existiréis, ni vosotros dos ni todo lo demás; de modo, Clapaucio, que te pido te des prisa en reconocer que soy verdaderamente universal y cumplo las órdenes correctamente. Dilo ahora mismo porque pronto será demasiado tarde.

-Pero es que... -balbució Clapaucio, asustado, dándose cuenta de que, realmente, desaparecían no solamente las cosas que empezaban por n, que dejaron de rodearlos cambucelas, sirlentas, vitropas, grismelos, rimundas, tripecas y pimas.

-¡Para! ¡ Para! ¡Anulo mi orden ! ¡Ya no quiero que hagas la Nada! -gritaba a todo pulmón Clapaucio; pero, antes de que la máquina se detuviera, desaparecieron todavía grisacos, plucvas, filidrones y zamras. Luego la máquina se detuvo por fin. El mundo tenía un aspecto aterrador. Lo que más sufrió fue el cielo: apenas se veían en él unos pocos puntitos de estrellas. ¡Ni rastro de las preciosas grismacas y guadolizas que hasta entonces habían adornado el firmamento

-¡Grandes cielos! -exclamó Clapaucio-. ¿Dónde están las cambucelas? ¿Dónde mis queridísimas murquías y suaves pimas?

-No las hay y no las habrá nunca -contestó la máquina sin inmutarse-. Cumplí o, mejor dicho, empecé a cumplir tus órdenes y nada más...

-Yo te ordené hacer la Nada, y tú..., tú...

-0 eres tonto, Clapaucio, o lo finges muy bien -dijo la máquina-. Si yo hiciera la Nada de un golpe, todo dejaría de existir, no sólo Trurl y el cielo y el Cosmos y tú, sino incluso yo. Entonces ¿quién podría decir, y a quién, que la orden ha sido cumplida y que soy una máquina diestra y hábil? Y si nadie se lo dijera a nadie, ¿cómo yo, que ya no existiría, podría oír las justas palabras de encomio que merezco?

-Bueno, bueno, de acuerdo, no hablemos más de ello -dijo Clapaucio-. Ya no te pido nada, máquina preciosa, sólo te ruego que vuelvas a hacer murquías, porque sin ellas la vida carece de encanto para mí...

-No puedo, no sé hacerlas porque su nombre empieza con m -dijo la máquina-. Puedo, si quieres, reproducir los negativos de gusto, saciedad, conocimiento, amor, fuerza; solidez, tranquilidad y fe, pero no cuentes conmigo para la fabricación de cosas cuyos nombres no empiecen con n.

-¡Pero yo quiero que haya murquías! -chilló Clapaucio.

-Pues no las habrá --dijo la máquina-. Y tú hazme el favor de echar una ojeada al universo. ¿Ves que está lleno de enormes agujeros negros? Es la Nada que colma los abismos sin fondo entre las estrellas, penetra todas las cosas y acecha, agazapada, cada jirón de la existencia. ¡Es obra tuya y de tu envidia! No creo que las generaciones venideras te lo agradezcan...

-Tal vez no lo sepan... Tal vez no se den cuenta... -farfulló Clapaucio, blanco como una hoja de papel, mirando espantado el vacío del cielo negro sin atreverse a soportar la mirada de su colega. Dejó a Trurl sólo con la máquina que sabía hacer todas las cosas cuyo nombre empezaba con n, volvió a hurtadillas a su casa y el mundo sigue hasta hoy día todo agujereado por la Nada, tal como quedó cuando Clapaucio detuvo la aniquilación que había encargado. Y como no se logró construir una máquina que trabajara con otras letras, es de temer que nunca más volverán a haber cosas tan maravillosas como las pimas y las murquías.




La Máquina de Trurl



En cierta ocasión, el constructor Trurl inventó una máquina inteligente de ocho pisos. Al terminar de montarla, la pintó de blanco; luego pintó sus ángulos de color lila y, tras contemplarla desde cierta distancia, le hizo un pequeño dibujo frontal, y donde podía imaginarse que se hallaba la cabeza, pintó unos motivos de color naranja; muy satisfecho de su tarea, silbando alegremente, contempló su invento e hizo la pregunta de ritual: ¿cuántas son dos por dos?

La máquina se puso en marcha. Se encendieron las lámparas y las válvulas, resplandecieron los circuitos, atronaron las corrientes como cataratas, se pusieron a funcionar los acoplamientos, se calentaron las bobinas, silbaron las turbinas y empezaron a girar, todo ello en medio de un traqueteo y un ruido tan tremendo que nada podía oírse en la llanura en varios kilómetros a la redonda; hasta que Trurl decidió regular los amortiguadores mentales de la gigantesca máquina. Mientras tanto, la máquina seguía funcionando como si tuviera que resolver los más intrincados problemas. La tierra temblaba, la arena salía despedida violentamente por las vibraciones en la base de la máquina, los interruptores saltaban como los tapones de botellas de champán y hasta los transistores se resquebrajaban bajo el terrible esfuerzo de tan enorme máquina. Finalmente, cuando Trurl consiguió aplacar aquel tumulto, la máquina se apaciguó bruscamente y espetó con voz de trueno:

-¡SIETE!

-No, no, querida mía -replicó Trurl maquinalmente-. Nada de eso, dos por dos son cuatro. Vamos, sé buena y rectifica. ¿Cuántos son dos por dos?

-¡SIETE! -contestó la máquina en el acto.

Trurl, suspirando con fastidio, se volvió a enfundar el mono de trabajo que ya se había quitado, se remangó, abrió la portezuela inferior y se metió en el interior de la máquina. Allí permaneció un buen rato y podía oírse cómo golpeaba con el martillo, aojaba tornillos y tuercas y los volvía a apretar, soldaba y unía elementos y andaba por las metálicas escaleras, unas veces en el octavo piso, otras en el sexto, hasta llegar rápidamente a la parte de abajo, y nuevamente volvía a subir corriendo a otro piso, manipulando sin cesar los diferentes mecanismos de la máquina. .Finalmente, al cabo de dos horas, conectó la corriente; hubo un chisporroteo en el centro, y unas lengüitas de fuego salieron de los interruptores. Trurl salió al aire libre, lleno de grasa y ahumado; pero satisfecho; volvió a ordenar sus herramientas en las cajas, se quitó el mono, se lavó la cara y las manos y, al marcharse, para quedar más tranquilo, preguntó a la máquina:

-¿Cuántas son dos por dos?

-¡SIETE! -contestó la máquina.

Trurl soltó una sarta de maldiciones, pero viendo que no había nada que hacer, se volvió a poner el mono y nuevamente estuvo arreglando, uniendo y soldando elementos dentro de la máquina. Cuando ésta, por tercera vez, le salió con que dos por dos eran siete, Trurl, presa de desesperación, se sentó en el piso inferior de la máquina, sin saber qué hacer.

En ese preciso momento se presentó su amigo y colega Clapaucio. Este le preguntó qué le pasaba, pues parecía venir realmente de un entierro, y Trurl le explicó sus problemas. El propio Clapaucio se metió un 'par de veces en el interior de la máquina, tratando de arreglar algún que otro desperfecto. Finalmente, le preguntó cuánto eran dos más uno, a lo cual contestó que seis; y, según la máquina, uno más uno era igual a cero. Clapaucio empezó a rascarse la cabeza, carraspeó y dijo:

-Amigo mío, no queda más remedio que mirar las cosas como son. Has construido una máquina distinta a la que deseabas. Como quiera que cada fenómeno negativo tiene también su lado positivo, esta máquina también lo tendrá.

-Sería interesante averiguar cuál es -replicó Trurl, pegando una patada a la base donde estaba sentado.

-¡A ver si te estás quieto! -dijo la máquina.

-¡ Vaya, vaya, ahora resulta que es delicada! Bueno..., ¿qué iba a decir? ¡Ah, sí! ¡No cabe duda que ésta es una máquina idiota, y no de una idiotez ordinaria, sino mucho más que mediana, por no decir grande! Como ya sabes, soy un eminente especialista y te digo que ésta es la máquina más tonta que existe en el mundo entero, y se las da de inteligente... No me fue nada fácil construirla; estoy seguro de que nadie hubiera podido hacerla mejor que yo. Pero ahí la tienes: no sólo es tonta, sino terca como una mula; o sea que tiene su carácter, pero ya sabes que generalmente los idiotas son muy tozudos. ¡Al infierno con la máquina! ¿De qué me sirve? -y Trurl le pegó otra patada.

-¡Te advierto por segunda vez y seriamente: deja de darme patadas! -gritó la máquina.

-Mira, Trurl, te ha hecho una seria advertencia -comentó secamente Clapaucio-. Ya lo ves, no solamente es tonta y tozuda, sino también muy susceptible, y con esas características puede hacer cualquier cosa, te lo digo yo.

-Bien, pero ¿qué voy a hacer con ella? -preguntó Trurl.

-No sé qué decirte. Quizá podrías montar una exposición, haciendo pagar la entrada, para qué cuantos lo deseen puedan ver la máquina más tonta del mundo... ¿Cuántos pisos tiene? ¿Ocho? De veras, jamás he visto un idiota tan grande. Esa exposición no solamente te permitirá recobrar el dinero gastado, sino también...

-¡ Ni hablar, no pienso montar ninguna exposición! -exclamó Trurl, quien, al levantarse, y sin poder reprimirse, le dio otra patada a su máquina.

-¡Esta es mi tercera y seria advertencia! -soltó la máquina.

-¿Y qué? -gritó desafiante el inventor-. Eres..., eres...

Al no encontrar ninguna palabra conveniente, Trurl pegó varias patadas a la máquina, refunfuñando:

-¡Sólo sirves para cavar!

-Me has insultado por cuarta vez, por quinta, sexta y octava -dijo la máquina-, y ya no voy a contar más. Me niego a contestar a toda pregunta ligada con las matemáticas.

-¡Dice que se niega! ¡Mírala! ¡ Habráse visto! ¡Después de seis, dice ocho; no siete, sino ocho! Pero ¿te das cuenta, Clapaucio? ¡ Y tiene la insolencia de negarse a efectuar un cálculo matemático como ESE! ¡Ahora te voy a enseñar! ¡Toma! ¡Toma! ¡Toma! ¡Para que aprendas! -y Trurl, enfurecido, redobló sus patadas contra la máquina.

Bruscamente, ésta se estremeció de arriba abajo, se sacudió y, sin una palabra, con todas sus fuerzas, comenzó a liberarse de sus fundamentos; se doblaron las vigas de apuntalamiento y, finalmente, la máquina se arrancó de sus cimientos, que quedaron reducidos a un amasijo de hierros y hormigón, y, como una fortaleza ambulante, se lanzó contra Clapaucio y Trurl. Este último estaba tan estupefacto ante aquel inaudito acontecimiento, que ni siquiera intentó hacerse a un lado mientras la gigantesca máquina avanzaba con la clara intención de aplastarle.

Afortunadamente, Clapaucio se dio cuenta, lo agarró del brazo, tiró de él y los dos salieron corriendo hasta ponerse a salvo. Al volver la vista atrás, vieron cómo la máquina, balanceándose igual que una torre, seguía desplazándose lentamente, hundiéndose a cada paso en la arena hasta el primer piso; pero, terca e inexorablemente, continuaba avanzando en su dirección.

-¡Esto jamás había sucedido! -gritó Trurl, jadeante y atónito-. ¡La máquina se ha rebelado! Y ahora ¿qué hacemos?

-Esperar y observar -contestó con gran serenidad Clapaucio-. Algo ha de pasar. Sin embargo, las cosas no parecían aclararse ni mucho menos; la máquina, al llegar a tierra firme, empezó a andar más de prisa, y todos sus mecanismos internos chisporroteaban, silbaban y cliqueteaban estrepitosamente.

-Ahora se romperán las soldaduras de los mandos y la programación y la máquina se detendrá -murmuró Trurl.

-No lo creo -replicó Clapaucio-; me parece que nos hallamos ante un caso muy singular. Esta máquina es tan tonta que, aunque se le rompan todos los mandos, no se detendrá. ¡Cuidado, que se acerca! ¡Huyamos!

La máquina se lanzó al galope para aplastarlos, mientras ambos constructores corrían como liebres, sintiendo a sus espaldas el rítmico traqueteo y el tremendo pateo del monstruo desbocado. Corrían a más no poder, pues ¿qué otra cosa podían hacer? Querían regresar a la ciudad, pero la máquina se lo impedía, obligándoles a
seguir adelante, e inexorablemente los empujaba a internarse cada vez más en terreno desértico. Poco a poco, de entre la niebla fueron surgiendo las vertientes áridas y rocosas de las montañas. Jadeante, Trurl le dijo a su compañero:

-Mira, Clapaucio, huyamos hasta el fondo de un barranco, donde la máquina no pueda éntrar...

-Mejor será que vayamos por ahí -jadeó Clapaucio-. No lejos de aquí hay una pequeña localidad... No recuerdo su nombre... Allí podremos encontrar un refugio...

Siguieron corriendo y muy pronto se encontraron con las primeras casas. A aquella hora, las calles estaban totalmente desiertas. Anduvieron un buen trecho sin ver a nadie, cuando de pronto un estruendo parecido al de una avalancha de piedras les avisó que la máquina ya había alcanzado las primeras casas.

Trurl se volvió y lanzó un gemido:

-¡Cielo santo! Mira, Clapaucio, ¡está destrozando las casas!

La máquina, persiguiéndoles tercamente, se lanzaba contra las paredes de las casas como una montaña de acero, dejando un rastro de escombros y de polvo... Se oían los alaridos de la gente sepultada bajo las ruinas, mientras Trurl y Clapaucio seguían adelante, hasta que llegaron ante el gran edificio del ayuntamiento, donde rápidamente bajaron por las escaleras que conducían a los sótanos.

-Aquí no nos alcanzará, aunque nos tirara todo el edificio sobre la cabeza -murmuró Clapaucio--. ¿Por qué se me ocurriría visitarte precisamente hoy?... Sentía curiosidad por saber cómo te iban las cosas con tu máquina, y ahora...

-Silencio -dijo Trurl-. Me parece que alguien viene...

Efectivamente, la puerta del sótano se abrió y apareció el alcalde junto con varios concejales. Trurl sentía vergüenza al tener que explicar los motivos de aquella historia tan extraordinaria como tremenda; de modo que Clapaucio le echó una mano y aclaró las cosas. El alcalde y su séquito le escucharon en silencio. De pronto, los muros temblaron, el suelo vaciló y desde la superficie del sótano llegó el fragor de las piedras derruidas...

-¡Ya la tenemos encima! -gritó Trurl.

-Efectivamente -dijo el alcalde, quien ordenó-: ¡Exijo que se entreguen; de lo contrario va a destrozar toda la ciudad!

En ese momento, de arriba les llegó una voz gangosa que decía:

-Ahí está Trurl... Lo noto... Ahí se esconde...

-¿Nos van a entregar? -preguntó con voz temblorosa el inventor, a quien con tanta insistencia reclamaba la máquina.

-El de ustedes llamado Trurl ha de salir de, aquí y entregarse. El otro puede quedarse en el sótano.

-¡Tengan piedad!

-No podemos hacer nada -dijo el alcalde-. Y aunque pudiera quedarse aquí, señor Trurl, habría de responder por la desvastación de la ciudad y todas las víctimas, pues por su culpa la máquina ha derrumbado sesenta casas bajo cuyas ruinas han quedado sepultados muchos habitantes. Sólo el hecho de que se halle usted al borde de la muerte me permite dejarle salir libremente. Así que salga de aquí y no vuelva.

Trurl miró las caras de los concejales y al ver reflejada en ellas su condena, se fue lentamente hacia la puerta del sótano.

-¡Espera, voy contigo! -gritó Clapaucio impulsivamente.

-¿Tú? --dijo Trurl con una débil esperanza en la voz-. No -agregó tras unos segundos de vacilación-. Quédate... ¿Por qué habrías de morir inútilmente?

-¡Tonterías! -replicó enérgicamente Clapaucio-. ¿Por qué habríamos de morir? ¿Acaso por culpa de esa idiota de acero? ¡No faltaba más! ¡Hace falta mucho más para borrar de la faz del globo a dos de los constructores e inventores más famosos! ¡Vamos, amigo Trurl, adelante sin temor!

Reconfortado por esas palabras, Trurl subió las escaleras detrás de Clapaucio. En la plaza del mercado no se veía a nadie. En medio de los escombros y el polvo de los que sobresalían los armazones de las casas derruidas estaba la máquina, emitiendo nubes de vapor, tan alta como la torre del ayuntamiento y toda manchada de polvo color sangre de los ladrillos y blanca de yeso...

-¡Cuidado! -murmuró Clapaucio-. Ahora no nos ve. Torzamos a la izquierda por esa primera calle, luego a la derecha y, siguiendo recto, no lejos de aquí empiezan las montañas Allí nos esconderemos y algo se nos ocurrirá para acabar de una vez con ella... ¡ Rápido, huyamos -gritó Clapaucio, al ver que la máquina acababa de percibir su presencia y ya se lanzaba tras ellos, haciendo retemblar el suelo bajo sus enormes plantas.

Corriendo como gamos perseguidos por una jauría, se alejaron de la ciudad. Galoparon así durante una milla más o menos; oyendo tras ellos las enormes pisadas del coloso.

-¡Conozco ese barranco! -gritó de pronto Clapaucio-. Es el lecho desecado de un arroyo, que conduce hacia las profundidades rocosas; allí hay varias cuevas; corramos, que muy pronto la máquina tendrá que detenerse...

Siguieron corriendo hacia el fondo del barranco, tropezando y lastimándose las manos entre las piedras y las rocas, pero la máquina aún se hallaba casi a la misma distancia de ellos. Finalmente, siguiendo el lecho seco y pedregoso del arroyo, llegaron hasta una hendidura que se abría entre unas murallas verticales de roca, y al divisar en la parte-superior la boca oscura de una cueva, se dirigieron rápidamente hacia ella, sin reparar en las piedras que rodaban bajo sus pies hacia él fondo del abismo. Llegaron por fin a la negra y húmeda boca de la cueva salvadora, donde se metieron sin dilación, y al cabo de unos pasos se detuvieron para descansar un poco.

-Aquí estamos a salvo -dijo Trurl, aliviado, y al cabo de un rato agregó-: Voy a salir para ver dónde se ha parado la máquina.

-Ten cuidado -le advirtió Clapaucio.

Trurl se asomó cuidadosamente a la boca de la cueva y bruscamente se echó hacia atrás, lleno de espanto.

-¡ Está subiendo hacia aquí! -chilló.

-Tranquilízate; aquí no puede entrar -dijo Clapaucio con una voz no muy serena-. ¿Qué pasa? Parece que oscurece... ¡Qué es esto!

En ese instante,- una sombra enorme se proyectó ante la boca de la cueva; allí estaba la máquina, con su mole de acero remachado, que lentamente había ido trepando por las empinadas rocas. La cueva quedaba cerrada al exterior por una enorme tapa metálica.

-Ahora somos sus prisioneros -murmuró Trurl con voz temblorosa y en medio de la más absoluta oscuridad.

-¡No podíamos cometer mayor idiotez! -gritó Clapaucio enfurecido-. ¡Meternos en una cueva que podían atrancar desde el exterior! ¿Cómo pudimos hacer tal tontería?

-¿Qué te parece? ¿Cuáles pueden ser sus intenciones? -preguntó Trurl tras un largo silencio.

-No hay que ser muy inteligente para pensar que queremos salir de aquí.

Nuevamente se hizo un silencio sepulcral. Trurl anduvo por la cueva, con los brazos extendidos ante sí, palpando las murallas de roca por el lado donde estaba la boca de la cueva convertida en prisión, hasta que sus manos, deslizándose por la pared rocosa, se contrajeron bruscamente: acababa de tocar el acero liso y tibio de
la máquina recalentada en su interior.

-Te siento, Trurl -y la voz de trueno del monstruo vibró en las tinieblas de la cueva. Trurl retrocedió, se fue a sentar sobre un peñasco junto a su compañero y allí permanecieron los dos un buen rato sin moverse. Finalmente, Clapaucio rompió el silencio:

-De nada nos servirá quedarnos aquí. Probemos a pactar con ella.

-Será inútil -dijo Trurl-. Inténtalo tú, a lo mejor a ti te deja salir sano y salvo.

-¡Ni pensarlo! -replicó enérgicamente Clapaucio y, cogiendo del brazo a su amigo, ambos se dirigieron en la oscuridad hacia la boca de la cueva. Clapaucio gritó-: Eh, ¿nos oyes?

-0s oigo -contestó la máquina.

-Escucha, queremos disculparnos. Ya sabes, todo ha sido un malentendido, pero, al fin y al cabo, se trata de una nimiedad. Trurl no pensaba...

-¡Acabaré con Trurl ! -tronó la máquina-. Pero antes habrá de contestar a mi pregunta: ¿cuántos son dos por dos?

-Claro, te lo va a decir y así estarás satisfecha y harás las paces con él, ¿verdad que sí, Trurl? -propuso el mediador con su voz más serena.

-Sí, claro... -asintió Trurl débilmente.

-Bien, de acuerdo -dijo la máquina-. Dime, pues, ¿cuántas son dos por dos?

-Son cuat..., quiero decir siete... -contestó en voz muy baja Trurl.

-¡Ah, ah! Así que no son cuatro, sino siete, ¿verdad? Ya decía yo -gritó la máquina con su atronadora voz.

-Claro que sí; son siete, naturalmente; siempre fueron siete -dijo Clapaucio, y agregó prudentemente-: Y ahora ¿nos dejas salir?

-No, no, aún no. Trurl ha de repetir una vez más que lo siente mucho y cuánto hacen dos por dos...

-Si te lo digo, ¿nos dejarás salir? -preguntó Trurl.

-No lo sé; lo he de pensar, pero no has de ponerme ninguna condición; ¡dime cuántas son dos por dos!

-Pero probablemente nos vas a dejar salir -dijo Trurl.

Mientras, Clapaucio lo agarraba del brazo y le decía al oído:

-¡Estúpido, no la contradigas y haz lo que te pide!

-No te dejaré salir si no me da la gana -replicó la máquina-. Pero tú me vas a decir cuántas son dos por dos...

De repente, Trurl se puso furioso y gritó:

-¡Basta! Te lo voy a decir ahora mismo: dos por dos son cuatro, aunque me cortaran la cabeza y todas estas montañas se convirtieran en polvo, ¿me oyes? ¡Dos por dos son cuatro!

-¡Trurl! ¿Estás loco? ¿Qué estás diciendo? ¡Dos por dos son siete, por favor, querida máquina, son siete! ¡Siete! -gritó Clapaucio, intentando apagar la voz de su amigo Trurl.

-¡Mentira! ¡Son cuatro! ¡Sólo cuatro, desde el comienzo hasta el fin del mundo, CUATRO! -clamó rabiosamente Trurl.

Súbitamente las rocas comenzaron a temblar. La máquina se apartó de la.entrada de la cueva, un destello de luz gris iluminó el antro y se oyó un clamor:

-¡Mentira! ¡Siete! ¡Di inmediatamente que son siete!

-¡Nunca jamás! -replicó Trurl, como si. ya le diera igual; entonces de la bóveda de la cueva empezó a desprenderse una lluvia de piedras, pues la máquina, con toda la fuerza de su mole de ocho pisos, se lanzaba como un ariete contra la boca de la cueva, arrancando enormes bloques de roca, que iban rodando con un ruido atronador por la ladera de la montaña hasta el fondo del valle.

El fragor de las rocas desprendidas y el olor del polvo de silicio llenaban la cueva junto con las chispas despedidas por el acero del coloso; pero en medio de aquel fragor infernal, de vez en cuando se oían las imprecaciones de Trurl, clamando sin tregua:

-¡Dos por dos son cuatro! ¡Cuatro!

Clapaucio se esforzaba por cerrarle la boca a su amigo, pero al recibir un golpe, éste acabó por callar y se sentó, cubriéndose la cabeza con las manos. La máquina no dejaba de embestir, y todo parecía indicar que dentro de pocos minutos toda la bóveda de la cueva se vendría abajo, aplastando a los dos amigos. Pero cuando ya habían perdido toda esperanza de salvación, cuando el polvo sofocante ya llenaba el aire, se oyó un tremendo chirrido, seguido de un prolongado fragor, y un choque, estruendoso; seguidamente, el aire rugió, la negra muralla que tapaba la boca de la cueva desapareció como si el viento se la llevara y unos bloques enormes de roca rodaron por el barranco como un alud. El eco aún vibraba por el valle, cuando Trurl y Clapaucio llegaban a la salida de la cueva y, asomándose, vieron la máquina que yacía, destrozada y aplastada por el alud de rocas qué ella misma había desencadenado, con un gigantesco peñasco que la había partido por la mitad en medio de sus ocho pisos.

Los dos amigos se deslizaron con cuidado por entre los polvorientos escombros. Para llegar al lecho del torrente seco tuvieron que pasar junto a la caída mole de la máquina, parecida a una inmensa nave varada en la orilla del mar. Sin decir una sola palabra se detuvieron junto a su flanco hundido. La máquina aún se movía débilmente, y en su interior se iban apagando los últimos balbuceos.

-Así has terminado, con tan poca gloria, y sin conseguir acertar cuántas son dos por dos -comenzó Trurl; pero en ese instante la máquina murmuro, casi imperceptiblemente y por última vez:

-SIETE.
Luego se oyó un zumbido en su interior, las piedras rodaron de su superficie y la máquina se detuvo definitivamente, convertida en un montón de chatarra.

Los dos constructores se miraron y, sin decir palabra, se marcharon, siguiendo el lecho del torrente seco.




La Gran Paliza

Alguien llamó a la puerta del constructor Clapaucio, quien, al abrir, se encontró ante un robot panzudo sobre cuatro cortas patas.

- ¿Quién eres y qué deseas? -preguntó Clapaucio.

- Soy la Máquina de Cumplir los Deseos, y me envía tu amigo e ilustre colega Trurl como regalo.

- ¿Cómo regalo? -exclamó Clapaucio, que sentía bastante recelo hacia Trurl y a quien sobre todo no le gustaba que el robot calificase a Trurl de «ilustre colega» suyo, Bueno -decidió tras una breve reflexión-, puedes pasar

Mandó al robot que se pusiera en un rincón, cerca de la estufa, y sin hacerle el menor caso volvió a su tarea, pues estaba construyendo una máquina panzuda con tres patas. Ya la tenía casi terminada y la estaba pintando. Al cabo de un rato, la Máquina de Cumplir los Deseos manifestó:

- Me permito recordarte que estoy aquí...

- No se me ha olvidado -replicó Clapaucio, y siguió con su tarea.

Al rato, el robot le preguntó:

- ¿Puedo saber qué estás fabricando?

- ¿Eres una Máquina de Cumplir los Deseos o de Formular Preguntas? -dijo Clapaucio, y agregó-: Necesito pintura azul.

- No sé si será exactamente el matiz que necesitas, pero aquí la tienes -dijo la máquina, sacándose de la ventanilla de su panza un pote de pintura.

Clapaucio lo abrió, mojó su pincel y, sin una palabra, siguió pintando. Durante aquella tarde mandó al robot que le facilitara papel de lija, carborundo, un taladro, pintura blanca y toda una serie de tornillos y tuercas, y cuantas veces se lo pedía, la máquina le daba lo que necesitaba en el acto. Al anochecer, Clapaucio cubrió su artefacto con un trozo de lana, cenó y luego se sentó frente al robot que Trurl le había regalado y dijo:

- Ahora veamos lo que sabes hacer realmente. Afirmas que eres capaz de realizar todo lo que uno desea, ¿verdad?

- Todo, todo, tal vez no; pero una infinidad de cosas, sí -dijo modestamente la máquina-. ¿Te contentaron las pinturas, los tornillos y el taladro?

- ¡Sí, sí! -contestó Clapaucio-. Pero ahora quiero pedirte cosas mucho más difíciles; si no las cumples, te devolveré a tu constructor con el correspondiente agradecimiento y también con mi opinión acerca de ti.

- ¡Bien! ¿Y qué he de hacer? -preguntó el robot, bailando sobre sus patas.

- A Trurl -contestó Clapaucio-, me vas a fabricar al mismísimo Trurl, sin que se diferencie en lo más mínimo del original.

La máquina refunfuñó, carraspeó, lanzó unos silbidos y contestó:

- Muy bien, ahora mismo voy a fabricar a Trurl, pero tendrás que tratarle con mucho cuidado, pues es un gran constructor.

- Desde luego, no te preocupes -prometió Clapaucio-. ¡Bien! ¿Dónde está ese Trurl?

- ¿Tan de prisa? Esto no es ninguna bagatela, necesitaré un rato. ¡Trurl no es un tornillo que digamos!

Ante el atónito Clapaucio, el robot comenzó a sonar y traquetear, y fueron abriéndose una serie de ventanillas en su panza, hasta que de sus entrañas salió Trurl. Clapaucio se levantó de su taburete, se acercó y estuvo mirando y palpando al aparecido. No cabía la menor duda: ante Clapaucio había un Trurl tan parecido al verdadero como dos gotas de agua... Al salir de dentro del robot, Trurl había parpadeado bajo la luz, pero por lo demás se comportaba del modo más corriente y auténtico.

- ¿Qué tal, Trurl? -saludó Clapaucio.

- ¡Bien, gracias! ¿Y tú? Pero ¿qué hago aquí? -preguntó Trurl, visiblemente sorprendido.

- Ah, sí... Pues, sencillamente, has llegado... Hacía tiempo que no nos veíamos. ¿Te gusta mi casa?

- Pues sí, sí que me gusta... ¿Y qué tienes ahí, debajo esa lona?

- Nada de importancia... ¿No te sientas un rato?

- Gracias, pero me parece que ya es tarde; está oscuro; tengo que volver a mi casa...

- Quédate un poco más -protestó Clapaucio-; antes de irte, baja conmigo al sótano; verás algo que seguro que te interesa...

- ¿Qué tienes en el sótano?

- Aún no lo tengo, pero muy pronto lo tendré. Anda, ven...

Clapaucio llevó a Trurl al sótano; allí le puso la zancadilla y cuando estuvo en el suelo lo ató de pies y manos y, cogiendo un palo bastante recio, empezó a golpear a su amigo. Trurl gritaba pidiendo auxilio, alternando los insultos con las súplicas, pero en vano; la noche era oscura y por las calles no pasaba nadie, y Clapaucio continuó apaleando a Trurl, hasta que éste gritó, retorciéndose bajo los golpes:

- ¡Ay! ¡Socorro! Pero ¿por qué me pegas?

- Porque me gusta -contestó Clapaucio, alzando el palo-. ¡Prueba esto, amigo Trurl! -y le descargó un golpe en la cabeza, que resonó como un tambor.

- ¡Suéltame ahora mismo, e iré a ver al rey y le diré lo que me has hecho y te encarcelarán! -gritó Trurl.

- No me harán nada. ¿Y sabes por qué? -replicó Clapaucio, sentándose en un banco.

- No lo sé -contestó Trurl, aliviado ante aquella interrupción de la paliza.

- Pues porque no eres el verdadero Trurl. El está ahora en su casa; construyó la Máquina de Cumplir los Deseos y me la mandó como regalo, y yo, para probarla, le ordené construirte a ti. y ahora te voy a destornillar la cabeza, la colocaré junto a mi cama y me servirás de sacabotas.

- ¡Eres un monstruo! ¿Por qué quieres hacer eso?

- Ya te lo he dicho: porque me gusta -y Clapaucio cogió el palo con ambas manos, mientras Trurl gritaba:

- ¡Deténte! ¡He de decirte algo muy importante!

- Tengo curiosidad por saber lo que me vas a decir para que renuncie a usar tu cabeza como sacabotas -dijo Clapaucio, y dejó de pegarle.

Entonces Trurl gritó:

- No soy ningún Trurl creado por la Máquina de Cumplir los Deseos. ¡Soy el verdadero Trurl! El único y auténtico Trurl que existe en el mundo; la verdad es que yo quería averiguar qué estabas haciendo desde hace tanto tiempo encerrado en tu casa. Así que construí una máquina y me escondí en su panza, y le ordené que se presentara en tu casa, fingiendo que era un regalo que yo te hacía.

-¡Vaya historia te has inventado! xclamó Clapaucio y, levantándose del banco, blandió de nuevo el palo--. No te esfuerces, porque veo claramente que estás mintiendo. Eres el Trurl creado por la máquina, puesto que ella cumple todos los deseos, y gracias a ella conseguí los tornillos y la pintura blanca, al igual que el taladro y la pintura azul y otras cosas. Si fue' capaz de realizar todo eso, también pudo crearte a ti.

-No lo creas; en realidad, todo lo llevaba preparado de antemano en la panza -replicó Trurl-. No era difícil prever lo que necesitabas durante tu trabajo. ¡Te juro que digo la verdad!

-De ser cierto lo que dices, ello significaría que mi amigo, el gran Constructor Trurl, es un vulgar embustero, y eso nunca lo creeré -dijo Clapaucio-. ¡Toma y toma!

Y volvió a atizarle con el palo.

-¡Por calumniar a mi amigo Trurl! ¡Te voy a machacar! -y le siguió pegando, hasta que se cansó.

-Ahora me iré a descansar un rato -dijo Ciapaucio-, y tú te quedarás aquí hasta que yo vuelva...

Ciapaucio se marchó y, al poco rato, sus ronquidos resonaron por toda la casa. Trurl aprovechó para desatarse y, una vez libre, subió sigilosamente al piso donde había quedado la máquina, se metió en ella y salió corriendo hacia su casa, mientras Ciapaucio, asomado a la ventana, se reía a carcajadas viendo escapar a su amigo.

A la mañana siguiente, Clapaucio fue a visitar a Truri. Este le hizo pasar sin una palabra y con semblante hosco. En la casa no había mucha luz, pero Clapaucio se dio cuenta de que Trurl mostraba en el cuerpo y la cabeza las huellas de la paliza que le había dado la víspera, aunque su amigo se había esforzado en disimularlas.

-¿Por qué estás tan serio? -le preguntó Clapaucio alegremente-. He venido para darte las gracias por tu bonito regalo; pero, desgraciadamente, mientras dormía, esa máquina se escapó por una ventana...

-Me parece que no trataste a mi regalo como se merecía -se quejó Trurl-. La máquina me lo ha contado todo, no tienes por qué disimular ---agregó Trurl furioso al ver que Clapaucio abría la boca-. Le mandaste que me construyera a mí mismo, y seguidamente llevaste a mi duplicado al sótano y le diste una gran paliza... ¿Y después de eso te atreves a presentarte en mi casa y darme las gracias por mi obsequio, como si no hubiera pasado nada? ¡Vaya amigo'

-Francamente, no sé a qué viene tu enfado -replicó Clapaucio-. Efectivamente, mandé a la máquina que creara una copia de tu persona. He de reconocer que era perfecta, asombrosamente idéntica a ti. En cuanto a la paliza, esa máquina hubiera debido preverlo; pues lógicamente golpee a esa criatura, artificial para comprobar si estaba sólidamente construida y al mismo tiempo para ver cómo reaccionaba. Y, desde luego, demostró ser muy sólida y astuta. En seguida inventó una historia, según la cual se trataba de ti mismo en persona. Naturalmente, no le hice caso; entonces empezó a jurar que el regalo no era tal regalo, sino un simple engaño; y como comprenderás, en defensa de tu honor, no tuve más remedio que atizarle. Sin embargo, me pude percatar de que la copia era inteligentísima, y me recordaba a ti no sólo físicamente, sino también espiritualmente. Reconozco que eres un gran constructor, eso quería decirte y para eso he venido a verte tan temprano...

-¡Ya ves! -dijo Trurl algo más tranquilo-. De todas maneras, no me parece muy acertado el uso que diste a mi Máquina de Cumplir los Deseos, pero qué se le va a hacer...

-Además quería. preguntarte qué habías hecho con ese Trurl artificial -dijo Clapaucio con aire ingenuo-. ¿No podrías enseñármelo?

-Estaba enfurecido --contestó Trurl- y amenazó con romperte -la cabeza, para lo cual se escondió detrás de la gran roca que hay cerca de tu casa, y cuando traté de persuadirle de que no lo hiciera, me cubrió de insultos y empezó a preparar una trampa para ti; y aunque yo consideraba que tú me habías ofendido, en aras de nuestra antigua amistad, y para evitarte todo peligro (pues mi doble estaba frenético), no tuve más remedio que desmontarlo y reducirlo a pequeños fragmentos...

Al decir esto, Trurl, como sin querer, tropezó con un montón de piezas mecánicas que había por el suelo.

Tras esa visita, los dos amigos se despidieron cordialmente y siguieron siendo buenos colegas.

A partir de entonces, Trurl no hace más que ir contando que le regaló a Clapaucio su Máquina de Cumplir los Deseos, y que éste se portó muy mal, ordenándole fabricar a Trurl y dándole; y cómo la copia tan perfectamente. creada por la máquina intentó valerse de hábiles enganos para librarse de la paliza y aprovechó el sueño de Clapaucio para escapar, y cómo Trurl había desmontado al Trurl artificial que se había refugiado en su casa, para salvar a su amigo de la venganza de] doble apaleado.

Y tanto contó su historia y se vanaglorió de ella, poniendo el propio Clapaucio por testigo, que en la corte se enteraron de esta extraordinaria aventura, y a partir de entonces todos hablaron de Trurl con el mayor respeto, mientras que poco antes sólo lo llamaban el Constructor de Máquinas Inteligentes Más Tontas del Mundo. Y cuando Clapaucio se enteró de que el rey había premiado generosamente a Trurl y le había otorgado la Orden del Gran Muelle y la Estrella Helicoidal se puso a gritar:

-¡Vaya, vaya! Por haberle dado un escarmiento y hacerle huir ignominiosamente de mi sótano en plena noche y sobre sus piernas dobladas, ahora es rico y, famoso y, por si fuera poco, encima el rey le condecora. ¡Lo que hay que ver!

Y, muy enfurecido, Clapaucio volvió a su casa, donde se encerró a cal y canto para construir la misma Máquina de Cumplir los Deseos que Trurl, pero con la diferencia de que éste la había construido primero.

CUENTOS , HISTORIETAS Y FABULAS -- MARQUES DE SADE

Escrito por imagenes 03-04-2008 en General. Comentarios (0)

CUENTOS , HISTORIETAS Y FABULAS -- MARQUES DE SADE

MARQUÉS
DE SADE

CUENTOS HISTORIETAS
Y FABULAS



ÍNDICE

La serpiente
Agudeza gascona
El fingimiento feliz (o la ficción afortunada)
El alcahuete castigado
Un obispo en el atolladero
El resucitado
Discurso provenzal
¡Que me engañen siempre así!
El esposo complaciente
Aventura incomprensible, pero atestiguada por toda una provincia
La flor del castaño
El preceptor filósofo
La mojigata o el encuentro inesperado
Emilia de Tourville o la crueldad fraterna
Agustina de Villeblanche o la estratagema del amor
Hágase como se ordena
El presidente burlado
La Ley del talión
El cornudo de sí mismo o la reconciliación inesperada
Hay sitio para los dos
El marido escarmentado
El marido cura
La castellana de Longeville o la mujer vengada
Los estafadores


LA SERPIENTE


Todo el mundo conoció a principios de este siglo a la señora presidente de C..., una de las mujeres más agradables y bonitas de Dijon, y todos la han visto acariciar y acoger públicamente en su lecho a la serpiente blanca que va a ser la protagonista de esta anécdota.
-Este animal es el mejor amigo que tengo en el mundo -le comentaba un día a una dama extranjera que había ido a verla y que mostraba curiosidad por conocer la razón de las atenciones que la bella presidente prodigaba a su serpiente-. En otro tiempo amé apasionadamente -prosiguió ésta-, señora, a un joven encantador que se vio obligado a alejarse de mí para ir a cosechar laureles; al margen de nuestros encuentros convenidos, él me había pedido que, siguiendo su ejemplo, a unas horas determinadas nos retiráramos cada uno por nuestro lado a algún paraje solitario para no ocuparnos de nada en absoluto más que de nuestra ternura. Un día, a las cinco de la tarde, cuando iba a recogerme en un pequeño pabellón al extremo de mi jardín, para serle fiel en mi promesa, convencida de que ningún animal de esta clase hubiera nunca podido penetrar en el jardín, de pronto descubrí a mis pies a este encantador animalillo, al que, como bien podéis ver, idolatro. Quise huir; la serpiente se tendió delante de mí, parecía pedirme perdón, parecía asegurarme que bien lejos estaba de querer hacerme ningún daño; me paro, la observo; al verme tranquila se acerca, hace cien cabriolas a mis pies, unas más de prisa que las otras; no puedo contenerme y le paso mi mano por encima, con su cabeza la acaricia delicadamente, la cojo y la pongo sobre mis rodillas, se arrebuja en ellas y parece que duerme. Una sensación de inquietud se apodera de mi... De mis ojos se escapan, a pesar mío, unas lágrimas que bañan a este animalillo encantador... Despertada por mi dolor, me mira..., gime..., alza su cabeza hasta mi seno..., lo acaricia y de nuevo se desploma anonadado... ¡Oh, cielos -grité-, todo se ha acabado; mi amante ha muerto! Abandoné aquel funesto lugar llevando conmigo a esta serpiente, a la que un misterioso sentimiento parece ligarme a pesar mío... Advertencias fatales de una voz desconocida cuyos ecos, señora, podéis interpretar como os guste, pero ocho días más tarde recibo la noticia de que mi amante había sido muerto en el preciso instante en que apareció la serpiente; nunca he querido separarme de este animal; sólo a mi muerte me abandonará; después de aquello me casé, pero con la explícita condición de que no la apartaría de mi lado.
Y tras estas palabras la gentil presidente cogió la serpiente, la recostó contra su seno y le hizo dar, como si fuera un podenco, cien vueltas delante de la dama que la interrogaba.
¡Oh, Providencia!, si esta aventura es tan cierta como lo asegura toda la provincia de Borgoña, ¡qué inexcrutables son tus designios!

AGUDEZA GASCONA

Un oficial gascón había recibido de Luis XIV una gratificación de ciento cincuenta doblones y, recibo en mano, entra sin hacerse anunciar en casa del señor Colbert, que estaba sentado a la mesa con varios caballeros.
-Señores, ¿cuál de vosotros -pregunta con un acento que delataba su patria-, quién, os lo ruego, es el señor Colbert?
-Yo, señor -le responde el ministro-. ¿En qué puedo serviros?
-Una fruslería, señor. Se trata tan sólo de una gratificación de ciento cincuenta doblones que es preciso que me descontéis en seguida.
El señor Colbert, que se da perfecta cuenta de que el personaje se prestaba a la burla, le pide permiso para acabar de cenar y, para que no se impaciente, le ruega que se siente a la mesa con él.
-Con mucho gusto -contestó el gascón-, excelente idea, pues no he cenado todavía.
Terminada la comida, el ministro, que ha tenido tiempo de prevenir al encargado mayor, dice al oficial que ya puede subir al despacho, que su dinero le espera; el gascón sube... pero no le entregan más que cien doblones.
-¿Queréis bromear, señor? -dice al funcionario-. ¿O no véis que mi orden dice ciento cincuenta?
-Señor -le contesta el escribiente-, veo perfectamente vuestra orden, pero os descuento cincuenta doblones por la cena.
-¡Pardiez, cincuenta doblones! Si en mi posada me cuesta sólo diez sueldos!
-Os creo, pero allí no tenéis el honor de cenar con un ministro.
-Perfectamente -replica el gascón-, en ese caso, señor, guardároslo todo; mañana traeré a uno de mis amigos y estamos en paz.
La respuesta y la broma que le había provocado hicieron reír durante un rato a la corte; se añadieron los cincuenta doblones a la gratificación del gascón, que regresó triunfalmente a su tierra, hizo el elogio de las cenas del señor Colbert, de Versalles y de cómo era allí recompensado el ingenio del Garona.

EL FINGIMIENTO FELIZ (O LA FICCIÓN AFORTUNADA)

Hay muchísimas mujeres que piensan que con tal de no llegar hasta el fin con un amante, pueden al menos permitirse, sin ofender a su esposo, un cierto comercio de galantería, y a menudo esta forma de ver las cosas tiene consecuencias más peligrosas que si su caída hubiera sido completa. Lo que le ocurrió a la marquesa de Guissac, mujer de elevada posición de Nimes, en el Languedoc, es una prueba evidente de lo que aquí proponemos como máxima.
Alocada, aturdida, alegre, rebosante de ingenio y de simpatía, la señora de Guissac creyó que ciertas cartas galantes, escritas y recibidas por ella y por el barón Aumelach, no tendrían consecuencia alguna, siempre que no fueran conocidas y que si, por desgracia, llegaban a ser descubiertas, pudiendo probar su inocencia a su marido, no perdería en modo alguno su favor. Se equivocó... El señor de Guissac, desmedidamente celoso, sospecha el intercambio, interroga a una doncella, se apodera de una carta, al principio no encuentra en ella nada que justifique sus temores, pero sí mucho más de lo que necesita para alimentar sus sospechas, coge una pistola y un vaso de limonada e irrumpe como un poseso en la habitación de su mujer...
-Señora, he sido traicionado -le ruge enfurecido-; leed este billete: él me lo aclara, ya no hay tiempo para juzgar, os concedo la elección de vuestra muerte.
La marquesa se defiende, jura a su marido que está equivocado, que puede ser, es verdad, culpable de una imprudencia, pero que no lo es, sin lugar a duda, de crimen alguno.
-¡Ya no me convenceréis, pérfida! -le contesta el marido furibundo-, ¡ya no me convenceréis! Elegid rápidamente o al instante este arma os privará de la luz del día.
La desdichada señora de Guissac, aterrorizada, se decide por el veneno; toma la copa y lo bebe. -¡Deteneos!-le dice su esposo cuando ya ha bebido parte-, no pereceréis sola; odiado por vos, traicionado por vos, ¿qué querríais que hiciera yo en el mundo? -y tras decir esto bebe lo que queda en el cáliz.
-¡Oh, señor! -exclama la señora de Guissac-. En terrible trance en que nos habéis colocado a ambos, no me neguéis un confesor ni tampoco el poder abrazar por última vez a mi padre y a mi madre.
Envían a buscar en seguida a las personas que esta desdichada mujer reclama, se arroja a los brazos de los que le dieron la vida y de nuevo protesta que no es culpable de nada. Pero, ¿qué reproches se le pueden hacer a un marido que se cree traicionado y que castiga a su mujer de tal forma que él mismo se sacrifica? Sólo queda la desesperación y el llanto brota de todos por igual. Mientras tanto llega el confesor...
-En este atroz instante de mi vida -dice la marquesa- deseo, para consuelo de mis padres y para el honor de mi memoria, hacer una confesión pública -y empieza a acusarse en voz alta de todo aquello que su conciencia le reprocha desde que nació.
El marido, que está atento y que no oye citar al barón de Aumelach, convencido de que en semejante ocasión su mujer no se atrevería a fingir, se levanta rebosante de alegría.
-¡Oh, mis queridos padres! -exclama abrazando al mismo tiempo a su suegro y a su suegra-, consolaos y que vuestra hija me perdone el miedo que la he hecho pasar, tantas preocupaciones me produjo que es lícito que le devuelva unas cuantas. No hubo nunca ningún veneno en lo que hemos tomado, que esté tranquila; calmémonos todos y que por lo menos aprenda que una mujer verdaderamente honrada no sólo no debe cometer el mal, sino que tampoco debe levantar sospechas de que lo comete.
La marquesa tuvo que hacer esfuerzos sobrehumanos para recobrarse de su estado; se había sentido envenenada hasta tal punto que el vuelo de su imaginación le había ya hecho padecer todas las angustias de muerte semejante. Se pone en pie temblorosa, abraza a su marido; la alegría reemplaza al dolor y la joven esposa, bien escarmentada por esta terrible escena, promete que en el futuro sabrá evitar hasta la más pequeña apariencia de infidelidad. Mantuvo su palabra y vivió más de treinta años con su marido sin que éste tuviera nunca que hacerle el más mínimo reproche.

EL ALCAHUETE CASTIGADO

Durante la Regencia ocurrió en París un hecho tan singular que aún hoy en día puede ser narrado con interés; por un lado, brinda un ejemplo de misterioso libertinaje que nunca pudo ser declarado del todo; por otro, tres horribles asesinatos, cuyo autor no fue descubierto jamás. Y en cuanto a... las conjeturas, antes de presentar la catástrofe desencadenada por quien se la merecía, quizá resulte así algo menos terrible
Se cree que el señor de Savari, solterón maltratado por la naturaleza , pero rebosante de ingenio, de agradable trato y que congregaba en su residencia de la calle Déjeuneurs a la mejor sociedad posible, había tenido la idea de prestar su casa para un género de prostitución realmente singular. Las esposas o las hijas, de elevada posición exclusivamente, que deseaban gozar sin complicaciones y a la sombra del más profundo misterio de los placeres de la voluptuosidad podían encontrar allí a un cierto número de asociados dispuestos a satisfacerlas, y esas intrigas pasajeras no tenían nunca consecuencias; una mujer recogía en ellas sólo las flores sin el menor riesgo de las espinas que con tanta frecuencia acompañan a esa clase de arreglos cuando van tomando el carácter público de una relación regular. La esposa o la jovencita se encontraban de nuevo al día siguiente en sociedad al hombre con el que habían tenido relaciones la víspera sin dar a entender que le reconocían y sin que él, a su vez, pareciera distinguirla entre las restantes damas, gracias a lo cual nada de celos en las relaciones, nada de padres irritados, ni de separaciones, ni de conventos; en una palabra, ninguna de las funestas secuelas que traen consigo asuntos de esa índole. Resultaba difícil encontrar algo más cómodo y sin duda sería peligroso ofrecer en nuestros días este plan; habría que temer con sobrada razón que este relato pudiera sugerir la idea de volver a ponerlo en práctica en un siglo en que la depravación de ambos sexos ha desbordado todos los límites conocidos, si no presentáramos, al mismo tiempo, la cruel aventura que sirvió de escarmiento a aquel que lo había concebido.
El señor de Savari, autor y ejecutor del proyecto, que se conformaba, aunque muy a gusto, con un único criado y una cocinera para no multiplicar los testigos de los excesos de su mansión, vio una mañana cómo se presentaba en su casa cierto individuo amigo suyo para rogarle que le invitara a comer.
-Diablos, con mucho gusto -le contesta el señor de Savari-, y para demostraros el placer que me proporcionáis, voy a ordenar que os saquen el mejor vino de mi bodega...
-Un momento -responde el amigo cuando el criado ha recibido ya la orden-, quiero ver si La Brie nos engaña..., conozco los toneles, voy a seguirle y a comprobar si realmente coge el mejor.
-Muy bien, muy bien -contesta el dueño de la casa siguiendo perfectamente la broma-; si no fuera por mi penoso estado, yo mismo os acompañaría, pero así me haréis el favor de ver si ese bribón no nos induce a error.
El amigo sale, entra en la bodega, coge una palanca, mata a golpes al criado, sube en seguida a la cocina, deja en el sitio a la cocinera, mata hasta a un perro y a un gato que encuentra a su paso, vuelve a la alcoba del señor de Savari que, incapaz por su estado de ofrecer la menor resistencia, se deja asesinar como sus sirvientes, y este verdugo implacable, sin turbarse, sin sentir el más mínimo remordimiento por la acción que acaba de perpetrar, detalla tranquilamente en la página en blanco de un libro que halla sobre la mesa la forma en que la ha llevado a cabo, no toca cosa alguna, no se lleva nada, sale de la casa, la cierra y desaparece.
La casa del señor de Savari era demasiado frecuentada para que esta atroz carnicería no fuera descubierta en seguida; llaman a la puerta, nadie contesta, y convencidos de que el dueño no puede hallarse fuera rompen las puertas y descubren el espantoso estado de la residencia de aquel desdichado; no contento con legar los detalles de su acción al público, el flemático asesino había colocado sobre un péndulo, adornado con una calavera que ostentaba como lema: «Contempladla para enmendar vuestra vida», había colocado, repito, sobre esta frase un papel escrito en el que se leía: «Ved su vida y no os sorprenderéis de su final.»
Una aventura semejante no tardó en provocar un escándalo; registraron por todas partes y el único objeto que encontraron que guardara alguna relación con esta cruel escena fue la carta de una mujer, sin firma, dirigida al señor de Savari y que contenía las palabras siguientes:
«Estamos perdidos, mi marido acaba de enterarse de todo, pensar en el remedio, sólo Paparel puede aplacar su espíritu; haced que hable con él, si no, no hay ninguna salvación.»
Un tal Paparel, tesorero del extraordinario de la guerra, hombre amable y con buenas relaciones, fue citado: admitió que visitaba al señor de Savari, pero que, de más de cien personas de la ciudad y de la corte que acudían a su casa, a la cabeza de las cuales podía colocarse el señor duque de Vendôme, él era de todas ellas uno de los que menos le veía.
Varias personas fueron detenidas y puestas en libertad casi en seguida. Pronto se supo bastante como para convencerse de que aquel asunto tenía ramificaciones innumerables que, al comprometer el honor de los padres y maridos de la mitad de la capital, iban a desacreditar públicamente a un infinito número de personas de la más alta alcurnia, y, por primera vez en la vida, en unas cabezas de magistrados la prudencia reemplazó a la severidad. En eso quedó todo y, por tanto, la muerte de aquel desdichado, demasiado culpable sin duda para ser llorado por gentes honestas, no encontró nunca a nadie que le vengara; pero si aquella pérdida fue insensible para la virtud, hay que creer que el vicio la lamentó durante largo tiempo, y que, independientemente de la alegre cuadrilla que tantos mirtos recogía en la casa de este dulce hijo de Epicuro, las hermosas sacerdotisas de Venus, que acudían día tras día a quemar su incienso en los altares del amor, debieron llorar sin duda la demolición de su templo.
Y así es como acabó todo. Un filósofo comentaría, glosando esta narración: «Si de las mil personas a las que tal vez afectó esta aventura, quinientas se alegraron y otras quinientas la deploraron, la acción puede considerarse indiferente; pero si, por desgracia, el cálculo arrojara una cifra de ochocientos seres lesionados por la privación del placer que esta catástrofe les ocasionaba contra sólo doscientos que creyeran ganar con ella, el señor de Savari hacía más bien que mal y el único culpable fue aquel que le inmoló en aras de su resentimiento.» Dejo que decidáis sobre todo esto y paso rápidamente a otro asunto.

UN OBISPO EN EL ATOLLADERO

Resulta bastante curiosa la idea que algunas personas piadosas tienen de los juramentos. Creen que ciertas letras del alfabeto, ordenadas de una forma o de otra, pueden, en uno de esos sentidos, lo mismo agradar infinitamente al Eterno como, dispuestas en otro, ultrajarle de la forma más horrible, y sin lugar a dudas ese es uno dé los más arraigados prejuicios que ofuscan a la gente devota.
A la categoría de las personas escrupulosas en lo que respecta a las b y a las f pertenecía un anciano obispo de Mirepoix que a comienzos de este siglo pasaba por ser un santo; cuando un día iba a ver al obispo de Pamiers su carroza se atascó en los horribles caminos que separan esas dos ciudades: por más que lo intentaron los caballos no podían hacer más.
-Monseñor -exclamó al fin el cochero a punto de estallar-, mientras permanezcáis ahí mis caballos no podrán dar un paso.
-¿Y por qué no? -contestó el obispo.
-Porque es absolutamente necesario que yo suelte un juramento y Vuestra Ilustrísima se opone a ello; así, pues, haremos noche aquí si Ella no me lo permite.
-Bueno, bueno -contesto el obispo, zalamero, santiguándose-, jurad, pues, hijo mío, pero lo menos posible.
El cochero blasfema, los caballos arrancan, monseñor sube de nuevo... y llegan sin novedad.

EL RESUCITADO

Los filósofos dan menos crédito a los aparecidos que a ninguna otra cosa; si, no obstante el extraordinario hecho que voy a relatar, suceso respaldado por la firma de varios testigos y registrado en archivos respetables, este suceso, repito, gracias a todos estos títulos y a los visos de autenticidad que tuvo en su momento, puede resultar digno de crédito, será preciso, a pesar del escepticismo de nuestros estoicos, convenir en que si bien no todos los cuentos de resucitados son ciertos sí que contienen, al menos, elementos realmente extraordinarios.
La corpulenta señora Dallemand, a la que todo París conocía en aquel tiempo como mujer alegre, cordial, ingenua y de agradable trato, vivía desde que se había quedado viuda, hacía más de veinte años, con un tal Ménou, hombre de negocios que habitaba cerca de Saint-Jeanen-Grève. La señora Dallemand se hallaba cenando un día en casa de una tal señora Duplatz, mujer de carácter y medio social muy parecidos al suyo, cuando a la mitad de una partida que habían iniciado después de levantarse de la mesa un criado rogó a la señora Dallemand que pasara a una habitación contigua, pues una persona amiga suya deseaba hablarle en seguida de un asunto tan urgente como esencial; la señora Dallemand le contesta que espere, que no quiere echar a perder su partida; el criado vuelve de nuevo a insistir de tal manera que la dueña de la casa es la primera en obligar a la señora Dallemand a ir a ver lo que quieren de ella. Sale y se encuentra con Ménou.
-¿Qué asunto tan urgente -le pregunta-puede obligaron a molestarme de esta forma viniendo a una casa en la que ni siquera saben quien sois?
-Un asunto de vida o muerte, señora -contesta el agente de cambio-, y podéis estar segura de que había de ser como os digo para poder obtener el permiso de Dios y venir a hablar con vos por última vez en mi vida...
Ante estas palabras, que no correspondían a un hombre muy en sus cabales, la señora Dallemand se sobresalta, y al observar con detenimiento a su amigo, al que no veía desde hacía varios días, viéndole pálido y desfigurado, se asusta más aún.
-¿Qué os pasa, señor? -le pregunta-. ¿Cuál es la razón del estado en que os veo y de los siniestros hechos que me anunciáis... explicadme al instante que os ha ocurrido.
-Nada que no sea normal, señora -responde Ménou-. Tras sesenta años de vida no quedaba ya más que llegar a puerto; gracias al cielo ya he llegado. He pagado a la naturaleza el tributo que todo hombre le debe, únicamente siento haberme olvidado de vos en mis últimos momentos y por esa falta, señora, es por lo que vengo a pediros perdón.
-Pero, señor, ¿estáis desvariando? Ese desatino no tiene ni pies ni cabeza. O vos recobráis la razón o yo me veré obligada a pedir auxilio.
-No lo hagáis, señora. Esta inoportuna visita no será larga, estoy agotando el plazo que me concedió el Eterno; escuchad, pues, mis últimas palabras y luego nos despediremos para siempre... Yo he muerto, señora, os lo repito, pronto podréis comprobar la veracidad de lo que os digo. Me había olvidado de vos en mi testamento y vengo a reparar mi falta; tomad esta llave, id en seguida a mi casa; detrás de la cabecera de mi cama hallaréis una puerta de hierro, abridla con la llave que os doy y coged el dinero que hay en el armario que cierra esa puerta; mis herederos ignoran la existencia de esa suma. Vuestra es, nadie os la disputará... Adiós, señora, y no me sigáis...
Y Ménou desapareció.
Es fácil imaginar en qué estado de excitación volvió la señora Dallemand al salón de su amiga; le resultó imposible ocultar el motivo...
-Toda esta historia bien merece una comprobación -le dijo la señora Duplatz-. No perdamos un instante.
Piden los caballos, suben al coche y marchan a casa de Ménou. El estaba en la entrada, tendido en su ataúd: las dos mujeres suben a las habitaciones, la amiga del dueño de la casa, a la que conocen demasiado bien para impedírselo, recorre todos los dormitorios que desea, da con la puerta de hierro, la abre con la llave que le habían dado, encuentra el tesoro y se lo lleva consigo.
Vemos aquí pruebas de una amistad y de un agradecimiento que no se prodigan muy a menudo y que, por más que los aparecidos nos espanten, estaremos al menos de acuerdo en que deben hacer que les perdonemos el terror que nos causan a cambio de los motivos que les traen ante nosotros.

DISCURSO PROVENZAL

Durante el reinado de Luis XIV como es bien sabido, se presentó en Francia un embajador persa; este príncipe deseaba atraer a su corte a extranjeros de todas las naciones para que pudieran admirar su grandeza y transmitieran a sus respectivos países algún que otro destello de la deslumbrante gloria con que resplandecía hasta los confines de la tierra. A su paso por Marsella, el embajador fue magníficamente recibido. Ante esto, los señores magistrados del parlamento de Aix decidieron, para cuando llegara allí, no quedarse a la zaga de una ciudad por encima de la cual colocan a la suya con tan escasa justificación. Por consiguiente, de todos los proyectos el primero fue el de cumplimentar al persa; leerle un discurso en provenzal no habría sido difícil, pero el embajador no habría entendido ni una palabra; este inconveniente les paralizó durante mucho tiempo. El tribunal se reunió para deliberar: para eso no necesitan demasiado, el juicio de unos campesinos, un alboroto en el teatro o algún asunto de prostitutas sobre todo; tales son los temas importantes para esos ociosos magistrados desde que ya no pueden arrasar la provincia a sangre y fuego y anegarla, como en el reinado de Francisco 1, con los torrentes de sangre de las desdichadas poblaciones que la habitan.
Así, pues, se reunieron a deliberar, pero, ¿cómo lograr traducir el discurso? Por más que deliberaron no hallaron ninguna solución. ¿Era acaso posible que en una comunidad de comerciantes de atún, ataviados con una casaca negra por pura casualidad y en la que ni uno sabía ni siquiera francés, pudieran encontrar a un colega que hablara persa? Con todo, el discurso estaba ya redactado; tres eminentes abogados habían trabajado en él durante seis semanas. Al fin descubrieron, no se sabe si en el monte o en la ciudad, a un marinero que había pasado mucho tiempo en el Levante y que hablaba un persa casi tan fluido como su jerga dialectal. Se lo proponen y él acepta. Se aprende el discurso y lo traduce con facilidad; cuando llega el día le visten con una vieja casaca de presidente primero, le colocan la peluca más voluminosa que había en la magistratura y seguido por toda la banda de magistrados se adelanta hacia el embajador. Unos y otros se habían puesto de acuerdo sobre sus respectivos papeles y el orador había advertido con especial énfasis a los que le seguían que no le perdieran de vista un solo momento y que repitieran punto por punto todo lo que vieran hacer. El embajador se detiene en el centro del patio que había sido señalado para el encuentro, el marinero le hace una reverencia y, poco habituado a llevar sobre el cráneo una peluca tan hermosa, lanza la pelambrera a los pies de Su Excelencia; los señores magistrados, que habían prometido imitarle, se quitan al punto sus pelucas e inclinan sus pelados y un tanto sarnosos cráneos en dirección al persa; el marinero, sin alterarse, recoge sus cabellos, se los arregla y empieza a declamar la salutación; tan bien se expresa que el embajador cree que es de su mismo país. La idea le hace montar en cólera.
-¡Infame! -exclama llevando su mano al sable-. No hablarías así mi idioma si no fueras un renegado de Mahoma; debo castigarte por tu crimen, ahora mismo vas a pagarlo con tu cabeza.
Por más que el marinero se defiende no le hace ningún caso; gesticulaba, juraba, y ni uno solo de sus movimientos pasaba inadvertido, todos eran repetidos al instante y con energía por la turba areopagítica que venía tras él. Al fin, no sabiendo cómo salir del apuro, pensó en una prueba incontestable: desabotonó su calzón y puso a la vista del embajador la prueba palpable de que nunca en su vida había sido circuncidado. Este nuevo gesto es imitado en seguida y he aquí, de golpe, a cuarenta o cincuenta magistrados provenzales con la bragueta bajada y el prepucio en ristre, para demostrar como el marinero que no había uno solo que no fuera tan cristiano como el propio San Cristóbal. Es fácil de imaginar cómo se divirtieron con semejante pantomima las damas que presenciaban la ceremonia desde sus ventanas. Al fin, el ministro, convencido por razones tan poco equívocas de que el orador no era culpable y viendo por lo demás que había ido a parar a una ciudad de «pantalones» , se fue sin más ceremonias encogiéndose de hombros y sin duda diciendo para sí: «No me extraña que esta gente tenga siempre un patíbulo alzado, el rigorismo que siempre acompaña a la ineptitud debe de ser el único atributo de estos animales.»
Existió el propósito de hacer un cuadro sobre esta manera de recitar el catecismo y un joven pintor había tomado con ese fin unos apuntes del natural, pero el tribunal desterró al artista de la provincia y condenó el boceto a la hoguera, sin sospechar que se arrojaban al fuego ellos mismos, pues su retrato aparecía en el dibujo.
-Tenemos a mucha honra ser unos cretinos -explicaron los graves magistrados-; aunque no nos hubiera gustado, como nos gusta hace ya mucho tiempo que se lo demostramos a toda Francia, pero no queremos que ningún cuadro lo transmita a la posteridad; ella pasará por alto toda esta simpleza y no se acordará más que de Merindol y de Cabrières, y para el honor del gremio, más vale que seamos unos asesinos que unos asnos.

¡QUE ME ENGAÑEN SIEMPRE ASÍ!

Hay pocos seres en el mundo tan libertinos como el cardenal de..., cuyo nombre, teniendo en cuenta su todavía sana y vigorosa existencia, me permitiréis que calle. Su Eminencia tiene concertado un arreglo, en Roma, con una de esas mujeres cuya servicial profesión es la de proporcionar a los libertinos el material que necesitan como sustento de sus pasiones; todas las mañanas le lleva una muchachita de trece o catorce años, todo lo más, pero con la que monseñor no goza más que de esa incongruente manera que hace, por lo general, las delicias de los italianos, gracias a lo cual la vestal sale de las manos de Su Ilustrísima poco más o menos tan virgen como llegó a ellas, y puede ser revendida otra vez como doncella a algún libertino más decente. A aquella matrona, que se conocía perfectamente las máximas del cardenal, no hallando un día a mano el material que se había comprometido a suministrar diariamente, se le ocurrió hacer vestir de niña a un guapísimo niño del coro de la iglesia del jefe de los apóstoles; le peinaron, le pusieron una cofia, unas enaguas y todos los atavíos necesarios para convencer al santo hombre de Dios. No le pudieron prestar, sin embargo, lo que le habría asegurado verdaderamente un parecido perfecto con el sexo al que tenía que suplantar, pero este detalle preocupaba poquísimo a la alcahueta... «En su vida ha puesto la mano en ese sitio -comentaba ésta a la compañera que la ayudaba en la superchería-; sin ninguna duda explorará única y exclusivamente aquello que hace a este niño igual a todas las niñas del universo; así, pues, no tenemos nada que temer...»
Pero la comadre se equivocaba. Ignoraba sin duda que un cardenal italiano tiene un tacto demasiado delicado y un paladar demasiado exquisito como para equivocarse en cosas semejantes; comparece la víctima, el gran sacerdote la inmola, pero a la tercera sacudida:
-¡Per Dio santo! -exclama el hombre de Dios-. ¡Sono ingannato, quésto bambino è ragazzo, mai non fu putana!
Y lo comprueba... No viendo nada, sin embargo, excesivamente enojoso en esta aventura para un habitante de la ciudad santa, Su Eminencia sigue su camino diciendo tal vez como aquel campesino al que le sirvieron trufas en lugar de patatas: «¡Qué me engañen siempre así!» Pero cuando la operación ha terminado:
-Señora -dice a la dueña-, no os culpo por vuestro error.
-Perdonad, monseñor.
-No, no, os repito, no os culpo por ello, pero si esto os vuelve a suceder no dejéis de advertírmelo, porque... lo que no vea al principio lo descubriré más adelante.

EL ESPOSO COMPLACIENTE

Toda Francia se enteró de que el príncipe de Bauffremont tenía, poco más o menos, los mismos gustos que el cardenal del que acabamos de hablar. Le habían dado en matrimonio a una damisela totalmente inexperta a la que, siguiendo la costumbre, habían instruido tan sólo la víspera.
-Sin mayores explicaciones -le dice su madre- como la decencia me impide entrar en ciertos detalles, sólo tengo una cosa que recomendaros, hija mía: desconfiar de las primeras proposiciones que os haga vuestro marido y contestadle con firmeza: «No, señor, no es por ahí por donde se toma a una mujer decente; por cualquier otro sitio que os guste, pero por ahí de ninguna manera....»
Se acuestan y por un prurito de pudor y de honestidad que no se hubiera sospechado ni por asomo, el príncipe, queriendo hacer las cosas como Dios manda al menos por una vez no propone a su mujer más que los castos placeres del himeneo; pero la joven, bien educada, se acuerda de la lección:
-¿Por quién me tomáis, señor? -le dice-. ¿Os habéis creído que yo iba a consentir algo semejante? Por cualquier otro sitio que os guste, pero por ahí de ninguna manera.
-Pero, señora...
-No, señor, por más que insistáis nunca accederé a eso.
Bien, señora, habrá que complaceros -contesta el príncipe apoderándose de su altar predilecto-. Mucho me molestaría que dijeran que quise disgustaros alguna vez.
Y que vengan a decirnos ahora a nosotros que no merece la pena enseñar a las hijas lo que un día tendrán que hacer con sus maridos.

AVENTURA INCOMPRENSIBLE, PERO ATESTIGUADA POR TODA UNA PROVINCIA

Todavía no hace cien años, en varios lugares de Francia perduraba aún la absurda creencia de que, entregando el alma al diablo, con ciertas ceremonias tan crueles como fanáticas, se conseguía de ese espíritu infernal todo lo que se deseara, y no ha pasado un siglo desde que la aventura que, relacionada con esto, vamos a narrar tuvo lugar en una de nuestras provincias meridionales, donde todavía está atestiguada hoy en día por los registros de dos ciudades y respaldada por testimonios muy apropiados para convencer a los incrédulos. El lector puede creerla o no, hablamos solamente después de haberla verificado; por supuesto no le garantizamos el hecho, pero le certificamos que más de cien mil almas lo creyeron y que más de cincuenta mil pueden corroborar en nuestros días la autenticidad con que está consignada en registros solventes. Nos dará permiso para disfrazar la provincia y los nombres.
El barón de Vaujour combinaba desde su más tierna juventud el más desenfrenado libertinaje con el cultivo de todas las ciencias y muy especialmente el de aquellas que inducen al hombre al error y le hacen perder un tiempo precioso que podría emplear de alguna otra manera infinitamente mejor; era alquimista, astrólogo, brujo, nigromante, astrónomo bastante notable por cierto y físico mediocre; a la edad de veinticinco años, el barón, dueño ya de su patrimonio y de sus actos, descubrió en sus libros -según afirmaba- que inmolando un niño al diablo, empleando determinadas palabras y haciendo determinadas contorsiones durante la execrable ceremonia, se conseguía que el demonio se apareciera y se obtenía de él todo lo que se deseaba, siempre que se le prometiera el alma, y entonces se decidió a perpetrar esa monstruosidad con el único propósito de vivir felizmente su duodécimo lustro, de que nunca le faltara dinero y de conservar asimismo en el más alto grado de potencia sus facultades prolíficas hasta esa edad. Cometida la infamia y firmado el pacto, ocurrió lo siguiente: Hasta la edad de sesenta años, el barón, que disponía tan sólo de quince mil libras de renta, había gastado regularmente doscientas mil y jamás debió un céntimo. En lo que respecta a sus proezas amorosas, hasta esa misma edad fue capaz de gozar a una mujer quince o veinte veces en una noche, y a los cuarenta y cinco ganó cien luises en una apuesta con unos amigos suyos que habían afirmado que no podría satisfacer a veinticinco mujeres, una después de otra; lo hizo y entregó los cien luises a las mujeres. En otra cena, tras la que se inició un juego de azar, el barón advirtió al empezar que no podía participar, pues no tenía un céntimo. Le ofrecieron dinero, pero lo rechazó; mientras que jugaban, dio dos o tres vueltas por la sala, volvió, se hizo hacer un sitio y apostó diez mil luises a una carta, luises que fue sacando en diez o doce fajos de su bolsillo; el envite no fue aceptado, el barón preguntó el motivo y uno de sus amigos le contestó bromeando que la carta no iba lo bastante bien servida y el barón añadió otros diez mil. Todo esto está registrado en dos ayuntamientos respetables y lo hemos podido leer.
Cuando cumplió cincuenta años, el barón decidió casarse; lo hizo con una encantadora joven de su provincia con la que siempre ha vivido en los mejores términos, sin que las infidelidades tan propias de su temperamento provocaran nunca el menor roce; tuvo siete hijos de esa esposa y desde hacía algún tiempo los encantos de su mujer habían ido volviéndole más sedentario; habitualmente vivía con su familia en el castillo donde en su juventud había hecho la espantosa promesa que hemos mencionado, invitando a hombres de letras, apreciando su trato y cultivando su amistad. Sin embargo, a medida que se aproximaba al termino de los sesenta años, se acordaba de su desdichado pacto y como ignoraba si el diablo iba a contentarse con retirarle sus favores o le quitaría entonces la vida, su humor cambiaba por completo, se ponía triste y meditabundo y ya casi no salía de su casa.
El día señalado, a la hora exacta en que el barón cumplía sesenta años, un criado le anuncia a un desconocido que había oído hablar de sus conocimientos y solicita el honor de entrevistarse con él; el barón, que en ese momento no estaba pensando en aquello que no había dejado de preocuparle desde hacía varios años, contesta que le haga pasar a su gabinete. Sube allí y encuentra a un forastero que, por su manera de hablar, le parece que es de París, un hombre bien vestido, con una figura hermosísima y que en seguida se pone a discutir con él sobre las ciencias más elevadas; el barón le va contestando a todo y la conversación se anima. El señor de Vaujour propone a su huésped ir a dar un pequeño paseo, él acepta y nuestros dos filósofos salen del castillo; era época de faenas agrícolas y todos los labradores estaban en el campo; algunos, al ver gesticular a solas al señor de Vaujour, piensan que se ha vuelto loco y corren a avisar a la señora pero nadie contesta en el castillo; aquella buena gente vuelve a su sitio y siguen observando a su señor, que, creyendo que está conversando con alguien animadamente, agitaba las manos como es habitual en esos casos; por fin, nuestros dos sabios llegan a una especie de paseo cerrado al otro extremo y del que no se podía salir más que dando media vuelta. Treinta campesinos pudieron verlo, treinta fueron interrogados y treinta contestaron que el señor de Vaujour había entrado solo, sin dejar de gesticular en aquella especie de alameda cubierta.
Al cabo de una hora, la persona con la que cree estar, le dice:
-Y bien, barón, ¿no me reconoces?, ¿has olvidado acaso la promesa de tu juventud?, ¿has olvidado cómo yo la he cumplido?
El barón se estremece.
-No temas- le dice el espíritu-, no soy dueño de tu vida, pero sí lo soy de retirarte todos mis favores y arrebatarte todo lo que te es querido; vuelve a tu casa y verás en qué estado la encuentras, en ello reconocerás el justo castigo a tu imprudencia y a tus crímenes... A mí me gustan los crímenes, barón, incluso los deseo, pero mi destino me obliga a castigarlos; vuelve a tu casa, repito, y conviértete, aún te queda un lustro de vida, morirás dentro de cinco años, pero sin que la esperanza de poder estar un día con Dios te haya sido negada... Adiós.
Y el barón, que sólo entonces se da cuenta de que está solo y que no ha visto que nadie se despidiera de él, vuelve a toda prisa sobre sus pasos y pregunta a todos los campesinos que encuentra si no le han visto entrar en la alameda con un hombre de tales y cuales características; todos le contestan que había entrado solo, que asustados al verle gesticular de aquella manera incluso habían ido a avisar a la señora, pero que no había nadie en el castillo.
-¿Que no hay nadie? -exclama el barón terriblemente turbado-. ¡Pero si he dejado dentro a diez criados, a siete niños y a mi mujer!
-Pues no hay nadie, señor -le contestan.
Cada vez más asustado corre hacia su casa, llama, nadie le contesta, fuerza una puerta, entra, y la sangre que inunda los escalones le está ya anunciando la catástrofe que se ha abatido sobre él; abre una gran sala y descubre a su mujer, a sus siete hijos y a sus diez sirvientes desparramados por el suelo en diferentes posturas, en medio de un mar de sangre, todos ellos decapitados. Se desmaya, varios campesinos cuyas declaraciones constan, entran y tienen ocasión de contemplar el mismo espectáculo; ayudan a su señor, que poco a poco va volviendo en sí, les ruega que faciliten los últimos auxilios a la desdichada familia y sin pérdida de tiempo se encamina hacia la Gran Cartuja, donde falleció al cabo de cinco años en el ejercicio de la más elevada piedad.
No emitimos ningún juicio sobre este incomprensible suceso. Existe, no se puede negar, pero es incomprensible.
Hay que andar con cuidado y no creer sin duda en quimeras, pero cuando una cosa es atestiguada por todo el mundo y pertenece como ésta a un género tan singular, hay que bajar la cabeza, cerrar los ojos y decir: así como no entiendo cómo los orbes flotan en el espacio, así también pueden existir cosas sobre la tierra que no acierte a comprender.

LA FLOR DEL CASTAÑO

Se supone, yo no lo afirmaría, pero algunos eruditos nos lo aseguran, que la flor del castaño posee efectivamente el mismo olor que ese prolífico semen que la naturaleza tuvo a bien colocar en los riñones del hombre para la reproducción de sus semejantes.
Una tierna damisela, de unos quince años de edad, que jamás había salido de la casa paterna, se paseaba un día con su madre y con un presumido clérigo por la alameda de castaños que con la fragancia de las flores embalsamaban el aire con el sospechoso aroma que acabamos de tomarnos la libertad de mencionar.
-¡Oh! Dios mío, mamá, ese extraño olor -dice la jovencita a su madre sin darse cuenta de dónde procedía-. ¿Lo oléis, mamá...? Es un olor que conozco.
-Callaos, señorita, no digáis esas cosas, os lo ruego.
-¿Y por qué no, mamá? No veo que haya nada de malo en deciros que ese olor no me resulta desconocido y de eso ya no me cabe la menor duda.
-Pero, señorita...
-Pero, mamá, os repito que lo conozco: padre, os ruego que me digáis qué mal hago al asegurarle a mamá que conozco ese olor.
-Señorita -responde el eclesiástico, acariciándose la papada y aflautando la voz-, no es que haya hecho ningún mal exactamente; pero es que aquí nos hallamos bajo unos castaños y nosotros los naturalistas admitimos, en botánica, que la flor del castaño...
--¿Que la flor del castaño...?
-Pues bien, señorita, que huele como cuando se j...

EL PRECEPTOR FILÓSOFO

De todas las ciencias que se inculcan a un niño cuando se trabaja en su educación, los misterios del cristianismo, aun siendo sin duda una de las materias más sublimes de esta educación, no son, sin embargo, las que se introducen con mayor facilidad en su joven espíritu. Persuadir, por ejemplo, a un muchacho de catorce o quince años de que Dios padre y Dios hijo no son sino uno, que el hijo es consustancial a su padre y que el padre lo es al hijo, etc., todo esto, por necesario que sea no obstante para la felicidad de la vida es más difícil de hacer comprender que el álgebra y cuando se quiere tener éxito, uno se ve obligado a emplear ciertas equivalencias físicas, ciertas explicaciones materiales que, por desproporcionadas que sean, facilitan, sin embargo, a un muchacho la comprensión de la misteriosa materia.
Nadie estaba tan plenamente convencido de este método como el padre Du Parquet, preceptor del condesito de Nerceuil, que tenía unos quince años de edad y el rostro más hermoso que fuera posible contemplar.
-Padre -decía día tras día el joven conde a su preceptor-, de verdad que la consustancialidad está por encima de mis fuerzas, me es absolutamente imposible concebir que dos personas puedan convertirse en una sola: aclaradme ese misterio, os lo suplico, o ponedlo al menos a mi alcance.
El virtuoso eclesiástico, deseoso de tener éxito en su educación, contento de poder facilitar a su discípulo todo aquello que un día pudiera hacer de él un hombre de provecho, ideó un procedimiento bastante satisfactorio para allanar las dificultades que hacían cavilar al conde, y este procedimiento, tomado de la naturaleza necesariamente, tenía que resultar bien. Hizo venir a su casa a una jovencita de trece a catorce años y tras asesorarla convenientemente la unió a su joven discípulo.
-Y bien -le pregunta-, amigo mío, ¿entendéis ahora el misterio de la consubstancialidad? ¿Comprendéis ya con menos dificultad que es posible que dos personas se conviertan en una sola?
-Oh, Dios mío, claro que sí, padre -responde el encantador energúmeno-; ahora lo entiendo todo con una facilidad sorprendente. No me extraña que ese misterio constituya, según se dice, toda la alegría de los seres celestiales, pues es agradabilísimo divertirse haciendo de dos uno solo.
Algunos días más tarde el joven conde rogó a su preceptor que le diera otra lección, pues pretendía que había aún algo en el misterio que no comprendía bien y que no podría explicarse más que celebrándolo una vez más en la forma en que ya lo había hecho. El complaciente clérigo, a quien esta escena divertía probablemente tanto como a su alumno, hace volver a la muchachita y la lección vuelve a empezar, pero esta vez el clérigo, singularmente emocionado por el delicioso panorama que ofrecía a sus ojos el guapo muchacho de Nerceuil consubstanciándose con su compañera, no pudo resistirse a intervenir en la explicación de la parábola evangélica y las bellezas que con ese motivo recorren sus manos acaban por inflamarle totalmente.
-Me parece que esto va demasiado de prisa -exclama Du Parquet, agarrando al condesito por la cintura-, excesiva elasticidad en los movimientos, por lo que resulta que no siendo tan íntima la conjunción no refleja adecuadamente la imagen del misterio que hay que demostrar aquí... Si nos ponemos, exacto de esta forma -prosigue el pícaro, obsequiando a su joven discípulo con lo mismo que éste ofrece a la muchacha.
-¡Ah! Dios mío, ¡que me hacéis daño, padre! -exclama el muchacho-. Y además esta ceremonia me parece inútil. ¿Qué otra cosa me enseña sobre el misterio?
-¡Oh, diablos! -contesta el eclesiástico, balbuceando de placer-. ¿Pero no ves, amigo mío, que te lo enseño todo de una vez? Esto es la Trinidad, hijo mío... Hoy te estoy explicando la Trinidad, cinco o seis lecciones más y serás doctor de la Sorbona.

LA MOJIGATA O EL ENCUENTRO INESPERADO

El señor de Sernenval, de unos cuarenta años de edad, con doce o quince mil libras de renta que gastaba tranquilamente en París, sin ejercer ya la carrera de comercio que antaño había estudiado y satisfecho con toda distinción con el título honorífico de burgués de París con miras a conseguir un cargo de regidor, había contraído matrimonio pocos años antes con la hija de uno de sus antiguos colegas, la cual tenía por aquel entonces alrededor de veinticuatro años. Ninguna otra tan fresca, lozana y entrada en carnes como la señora de Sernenval: no estaba formada como las Gracias, pero resultaba tan apetecible como la mismísima madre del amor; no tenía el porte de una reina, pero exhalaba en conjunto tanta voluptuosidad, con unos ojos tan dulces y tan lánguidos, una boca tan hermosa, unos senos tan firmes, tan bien torneados y todo lo demás tan a propósito para despertar el deseo, que había muy pocas mujeres hermosas en París a las que no se la hubiera preferido. Pero la señora de Sernenval, dotada de tantos atractivos, adolecía de un defecto capital en su espíritu... una mojigatería insoportable, una devoción crispante y un tipo de pudor tan ridículo y tan excesivo que a su marido le era imposible convencerla para que se dejara ver cuando estaba en compañía de sus amistades. Llevando su santurronería al extremo, era muy raro que la señora de Sernenval accediera a pasar con su marido una noche completa e incluso en ocasiones en que se dignaba a concedérsela, lo hacía siempre con las mayores reservas y con un camisón que no se quitaba jamás. Un dispositivo artísticamente trabajado en el pórtico del templo del himeneo sólo permitía la entrada con la expresa condición de que no hubiera ningún contacto deshonesto ni la menor relación carnal; la señora de Sernenval hubiera montado en cólera si hubiese intentado franquear las barreras que su modestia fijaba y si su marido hubiera tratado de hacerlo habría corrido de seguro el peligro de no recobrar jamás el favor de esta sensata y virtuosa mujer. El señor de Sernenval se reía de todas estas mojigangas, pero como adoraba a su mujer tenía a bien respetar sus limitaciones; a pesar de ello, a veces trataba de sermonearla y le demostraba con toda claridad que no es pasándose la vida en las iglesias o en compañía de los curas como una mujer honesta cumple realmente con sus deberes, que primero están los de la casa, necesariamente desatendidos por una devota, y que haría más honor a los designios del Eterno viviendo en el mundo de una manera honrada que yendo a enterrarse en los claustros y que corría mucho más peligro con los «sementales de María» que con esos leales amigos, cuyo trato ridículamente evitaba.
-Tengo que conoceros y amaros tanto como lo hago -añadía a lo anterior el señor de Sernenval- para no estar seriamente preocupado por vos durante todas esas prácticas religiosas. ¿Quién me asegura que en ocasiones no os abandonáis más bien sobre el blando lecho de los levíticos que al pie de los altares del Dios? No hay nada tan peligroso como esos bribones de curas; hablándoles de Dios es como seducen siempre a nuestras mujeres y a nuestras hijas, y siempre es en su nombre en el que nos deshonran o nos engañan. Creedme, querida amiga, uno puede ser honesto en cualquier sitio; no es ni en la celda del bonzo ni en el nicho del ídolo don de la virtud erige su templo, sino en el corazón de una mujer prudente y las honestas amistades que os ofrezco nada tienen que no se avenga al culto que le profesáis... En el mundo pasáis por una de sus más fieles sacerdotisas: yo también lo creo, pero, ¿qué pruebas tengo de que merezcáis realmente esa reputación? Mucho más lo creería si os viera hacer frente a alevosos ataques; la virtud de aquella esposa que no corre nunca el riesgo de ser seducida no es la que sale mejor parada, sino la de esa otra que tan segura se siente de sí misma que, sin temor alguno, se expone a cualquier cosa.
La señora de Sernenval nada respondía a todo esto, pues evidentemente la argumentación no admitía réplica alguna, pero se ponía a llorar, recurso común a las mujeres débiles, seducidas o falsas, y su marido no se atrevía a seguir adelante con la lección.
Así estaban las cosas cuando un antiguo amigo de Sernenval, un tal Desportes, llegó desde Nancy para verle y para resolver al mismo tiempo ciertos negocios que tenía en la capital. Desportes era un vividor, de la edad de su amigo poco más o menos, y no menospreciaba ninguno de los placeres que la naturaleza bienhechora concede al hombre para que olvide las desdichas con que le abruma; no pone la menor objeción a la oferta que le hace Sernenval para alojarse en su casa, se alegra de verle, y al mismo tiempo se extraña de la severidad de su mujer, quien, desde el momento que sabe la presencia de este extraño en la casa, se niega a dejarse ver en absoluto y ni siquiera baja a las comidas. Desportes cree que está molestando y quiere buscar alojamiento fuera, pero Sernenval se lo prohíbe y le confiesa al fin las ridiculeces de su tierna esposa.
-Perdonémosla -le decía el crédulo marido-, ella compensa esos defectos con tan innumerables virtudes que ha conseguido mi indulgencia, y me atrevo a pedir también la tuya.
-Encantado -contesta Desportes-, puesto que no hay nada personal contra mí, todo se lo tolero y los defectos de la esposa de aquel a quien estimo nunca han de ser a mis ojos sino respetables virtudes.
Sernenval abraza a su amigo y ya no se ocupan más que de placeres.
Si la estupidez de dos o tres cernícalos que desde hace cincuenta años dirigen en París el gremio de las mujeres públicas, y en particular la de un pícaro español que ganaba cien mil escudos al año en el reinado anterior con el tipo de inquisición de que vamos a hablar, si el zafio rigorismo de esas gentes, no hubiera concebido la ridícula idea de que obligar a esas criaturas a rendir una cuenta minuciosa de aquella parte de su cuerpo que más solaza al individuo que las corteja, constituye una de las mejores maneras de gobernar el Estado, uno de los resortes más seguros del gobierno y, en fin, uno de los pilares de la virtud, o de que entre un hombre que admira unos pechos, por poner un ejemplo, y aquel otro que contempla la curva de una cadera, existe sin lugar a dudas la misma diferencia que entre un hombre honrado y un bribón, y que el que cae dentro de uno u otro de estos apartados -depende de la moda- tiene que ser por necesidad el peor enemigo del Estado, sin todas estas zafias vulgaridades, repito, no hay duda de que dos laudables burgueses, el uno con una esposa timorata y soltero el otro, podrían ir a pasar una o dos horas, con toda legitimidad, a casa de una de esas damiselas, pero con estas absurdas infamias congelan el deseo de los ciudadanos, a Sernenval ni se le pasó por la cabeza hacer a Desportes la menor sugerencia sobre esta clase de disipación. Éste, dándose cuenta de ello y sin sospechar los motivos, preguntó a su amigo por qué le había propuesto todos los placeres de la capital y ni tan siquiera le había hablado de éstos. Sernenval echa la culpa a la impertinente inquisición, pero Desportes se ríe de ella y declara a su amigo que a pesar de las listas de los alcahuetes, los informes de los comisarios, las declaraciones de los alguaciles y todas las demás modalidades de picaresca establecidas por el patrón sobre este sector de los placeres del pueblerino de Lutecia, que, por encima de todo, quiere ir a cenar con unas rameras.
-Escucha -le contesta Sernenval-, me parece muy bien, incluso te serviré de introductor como prueba de mi filosófica manera de pensar sobre esta materia, pero por una delicadeza, que espero no vayas a censurar, por los sentimientos que al fin y al cabo debo a mi mujer, y que no puedo traicionar, me pemitirás que no participe en tus placeres; yo te los procuraré, pero no pasaré de ahí.
Desportes se burla un poco de su amigo, pero viéndole decidido a no dar su brazo a torcer, lo acepta y salen.
La célebre S... fue la sacerdotisa del templo en el que sé le ocurrió a Sernenval inmolar a su amigo. -Lo que necesitamos es una mujer de confianza- le dice Sernenval-, una mujer honrada; este amigo, para el que solicito vuestros cuidados, va a quedarse muy poco tiempo en París, y no le gustaría tener que dar malas referencias en su provincia y que vos perdierais allí vuestra reputación; decidnos con franqueza si tenéis eso que le hace falta y que bien sabéis que ha de hacerle disfrutar.
--Escuchad -contestó la S. J.-; me doy perfecta cuenta de a quién tengo el honor de dirigirme, no suelo engañar a gente como vos, voy a hablaros, pues, como mujer franca y mis actos os demostrarán que en efecto lo soy. Tengo lo que buscáis, sólo falta fijarle precio, es una mujer adorable, una criatura que os ha de cautivar tan pronto como la oigáis... En fin, lo que nosotras llamamos un bocado de monje, y bien sabéis que esa clase de gente son mis mejores clientes, que no les doy lo peor que tengo... Hace tres días el señor obispo de M. me dio por ella veinte luises, el arzobispo de R.R. pagó cincuenta ayer y esta misma mañana me ha proporcionado otros treinta del coadjutor de... Os la ofrezco por diez, señores, y, para seros sincera, esto, por merecer el honor de vuestra estima, pero hay que ser puntuales en el día y la hora, pues está sujeta a su marido, un marido tan celoso que no tiene ojos más que para ella; como sólo dispone de los ratos en que consigue zafarse, no hay que retrasarse ni un minuto en la hora que señalemos...
Desportes regateó un poco; ninguna ramera cobró en su vida diez luises en toda la Lorena, pero cuanto más insistía, más se le elogiaba la mercancía; por fin aceptó, y el día siguiente, a las diez en punto de la mañana, fue la hora escogida por la cita. Semenval no deseaba tomar parte en esta aventura, ya que no era tan sólo ir a cenar, y por eso habían elegido esa hora para Desportes, prefiriendo despachar temprano el asunto para poder consagrar el resto del día a deberes más importantes que cumplir. Llega la hora, nuestros dos amigos se presentan en casa de su encantadora alcahueta, un gabinete iluminado únicamente por una luz tenue y voluptuosa alberga a la diosa a la que Desportes va a ofrecer su sacrificio.
-Dichoso hijo del amor-le dice Semenval, empujándole hacia el santuario-, corre a los voluptuosos brazos que hacia ti se tienden, y sólo después ven a darme cuenta de tu placer; yo me alegraré de tu felicidad y como no he de sentirme celoso ni por asomo, mi alegría será, por tanto, mucho más pura.
Nuestro catecúmeno entra, tres horas enteras apenas son suficientes para su homenaje; por fin sale y asegura a su amigo que no había visto en toda su vida nada parecido y que ni la mismísima madre del amor le habría hecho gozar de aquel modo.
-¿Conque es deliciosa? -pregunta Semenval medio inflamado ya.
-¿Deliciosa? Ah, no podría encontrar ninguna expresión que pudiera darte una idea de cómo es, e incluso en ese preciso momento en que toda ilusión es aniquilada, sé que ningún pincel podría pintar el torrente de placer en que me ha sumergido. A los encantos que ha recibido de la naturaleza, une un arte tan sensual para hacerlos valer, sabe añadir un punto, una atracción tan auténtica, que aún sigo sintiéndome como ebrio... Oh, amigo mío, pruébalo, te lo suplico, por muy acostumbrado que puedas estar a las bellezas de París, estoy seguro de que me reconocerás que ninguna otra vale en tu opinión lo que ésta.
Semenval sigue firme, pero, no obstante, llevado de cierta curiosidad, ruega a la S. J. que haga pasar a la joven por delante de él cuando salga del gabinete... Le dice que muy bien; los dos amigos se quedan en pie para poder verla mejor, y la princesa pasa llena de altivez...
¡Santo cielo, cómo se queda Semenval cuando reconoce a su mujer! Es ella... Es esa puritana que no se atreve a bajar por pudor delante de un amigo de su esposo y que tiene la osadía de ir a prostituirse a una casa como aquélla.
-¡Miserable! -exclama enfurecido.
Pero en vano intenta lanzarse sobre la pérfida criatura, ella le había visto en el mismo instante en que la habían reconocido y ya estaba lejos del establecimiento. Sernenval, en un estado difícil de describir, decide desahogarse con S. J.; ésta se excusa por su ignorancia, y asegura a Sernenval que hacía más de diez años, es decir, mucho antes de la boda del infortunado, que esa joven venía acudiendo a su casa.
-¡Esa maldita! -exclama el desventurado esposo, al que su amigo trata en vano de consolar-Pero no, es mejor así, desprecio es todo cuanto le debo, que el mío la cubra para siempre y que con esta prueba cruel aprenda que nunca se debe juzgar a las mujeres, dejándose guiar por su hipócrita máscara.
Sernenval volvió a su casa, pero no encontró ya a su ramera, ella había hecho su elección, él no se preocupó; su amigo, no deseando imponer su presencia después de lo ocurrido, se despidió al día siguiente, y el infortunado Semenval, solo, desgarrado por el odio y por el dolor, redactó un «in-quarto» contra las esposas hipócritas que nunca sirvió para corregir a las mujeres y que los hombres no leyeron jamás.

EMILIA DE TOURVILLE O LA CRUELDAD FRATERNA

Nada es tan sagrado en una familia como el honor de sus miembros, pero si ese tesoro llega a empañarse, por precioso que sea, aquellos a quienes importa su defensa, ¿deben ejercerla aun a costa de cargar ellos mismos con el vergonzoso papel de perseguidores de las desdichadas criaturas que les ofenden? ¿No sería más razonable compensar de alguna otra forma las torturas que infligen a sus víctimas y también esa herida, a menudo quimérica, que se lamentan de haber recibido? En fin, ¿quién es más culpable a los ojos de la razón? ¿Una hija débil o traicionada o un padre cualquiera que por erigirse en vengador de una familia se convierte en verdugo de la desventurada? El suceso que vamos a relatar a nuestros lectores tal vez aclarará la cuestión.
El conde de Luxeuil, teniente general, hombre de unos cincuenta y seis a cincuenta y siete años, regresaba en una silla de posta de una de sus posesiones en Picardía cuando, al pasar por el bosque de Compiègne, a las seis de la tarde más o menos, a fines de noviembre, oyó unos gritos de mujer que le parecieron proceder de las inmediaciones de una de las carreteras próximas al camino real que atravesaba; se detiene y ordena al ayuda de cámara que cabalgaba junto al carruaje que vaya a ver de qué se trata. Le contesta que es una joven de dieciséis a diecisiete años, bañada en su propia sangre, sin que, no obstante, sea posible saber dónde están sus heridas y que ruega que la socorran; el conde se apea él mismo en seguida y corre hacia la infortunada; debido a la oscuridad no le resulta tampoco fácil averiguar de dónde procede la sangre que derrama, pero por las respuestas que le da, advierte al fin que está sangrando por las venas de los brazos.
-Señorita -le dice el conde, tras haber ayudado a la criatura en lo que le era posible-, no estoy aquí para preguntaros la causa de vuestra desgracia y, por otra parte, vos apenas os halláis en condiciones de contármela; os ruego que subáis a mi coche y que nuestra única preocupación sea, para vos, el tranquilizaros, y, para mí, el ayudaros.
Tras decir esto, el señor de Luxeuil, ayudado por su ayuda de cámara, traslada a la desdichada joven al carruaje y se van.
Tan pronto como la atractiva joven se ve a salvo, trata de balbucear unas palabras de agradecimiento, pero el conde le suplica que no hable y le contesta:
-Mañana, señorita; mañana espero que me contéis todo lo que os aflige, pero hoy, en virtud de la autoridad que sobre vos me da no sólo mi edad, sino también la alegría de poder seros útil, os ruego encarecidamente que no penséis más que en calmaros.
Llegan a su destino; para evitar cualquier escándalo, el conde cubre a su protegida con un abrigo de hombre y hace que el ayuda de cámara la conduzca a una confortable habitación al fondo de su palacete, a donde va a verla tras abrazar a su mujer y a su hijo que le esperaban a cenar aquella noche.
Cuando va a visitar a la enferma, el conde lleva con él a un cirujano; reconocen a la joven y ven que está en un estado de abatimiento inexpresable, la palidez de su rostro parecía casi anunciar que le quedaban apenas unos instantes de vida; no obstante, no tenía ninguna herida; en cuanto a su debilidad -afirmó-, se debía a la enorme cantidad de sangre que había perdido diariamente desde hacía tres meses, y cuando iba a explicar al conde la causa sobrenatural de pérdida tan prodigiosa, perdió el conocimiento y el cirujano dictaminó que había que dejarla en reposo y conformarse con administrarle reconstituyentes y cordiales.
Nuestra infortunada joven pasó bastante bien la noche, pero durante seis días aún no se halló en condiciones de relatar a su benefactor todo lo relacionado con ella; por fin, la noche del séptimo día, mientras todo el mundo seguía ignorando en casa del conde que estaba allí escondida y ni siquiera ella misma, gracias a las precauciones que habían tomado, sabía dónde se hallaba, rogó al conde que la escuchara y que, ante todo, fuera indulgente con ella, cualesquiera que fuesen las faltas que iba a revelarle. El señor de Luxeuil tomó asiento, aseguró a su protegida que nunca perdería la confianza que ella le inspiraba y nuestra hermosa aventurera comenzó de esta forma el relato de sus infortunios. «Historia de la señorita de Tourville.»
Soy hija, señor, del presidente de Tourville, hombre demasiado conocido y demasiado célebre dentro de su profesión para que no le conozcáis. Desde que salí del convento hace dos años nunca había abandonado la casa de mi padre; tras la pérdida de mi madre, siendo muy niña, él solo se encargaba de mi educación y puedo afirmar que no regateaba nada para dotarme de todo cuanto pudiera realzar los encantos propios de mi sexo. Las atenciones, los planes que mi padre acariciaba para buscarme el mejor partido posible, incluso una cierta predilección, todo ello, repito, despertó bien pronto la envidia de mis hermanos uno de ellos, presidente desde hace tres años, acaba de cumplir veintiséis años; el otro, consejero desde no hace tanto tiempo, pronto cumplirá veinticuatro.
No pensaba que me odiaran tanto como luego he tenido ocasión de comprobar; como no había hecho nada para merecerlo, yo vivía en la dulce ilusión de que su afecto era igual al que mi corazón sentía hacia ellos. ¡Oh, cielos! ¡Qué equivocada estaba! Salvo los ratos dedicados a mi educación, yo disfrutaba en casa de mi padre de la más absoluta libertad; como yo era la única responsable de mi propia conducta, él no me imponía nada a la fuerza, e incluso desde los dieciocho años tenía permiso para pasearme por las mañanas con mi doncella por la terraza de las Tullerías, o si no, por las murallas que estaban al lado de donde vivíamos y de hacer, siempre con ella, bien paseando, bien en uno de los coches de mi padre, alguna que otra visita a casa de amigos o familiares míos, con tal de que no fuesen a horas en que una joven no debe quedarse sola en ninguna reunión. De esa funesta libertad procede la causa principal de mis desdichas, por eso os hablo de ella, señor, ¡ojalá no la hubiera tenido nunca!
Hace un año, cuando me paseaba, como os he dicho, con mi doncella, que se llama Julia, por una sombría alameda de las Tullerías en la que me sentía más a solas que en la terraza y en donde creía que respiraba un aire más puro, se acercan a nosotras seis atrevidos muchachos y nos damos cuenta, por las indecentes proposiciones que nos hacen, de que nos han tomado a ambas por lo que se suele llamar mujeres de la calle. Sintiéndome horriblemente violenta por semejante escena y sin saber cómo escapar, iba ya a buscar la salvación en la huida cuando un joven al que yo sola ver paseándose solo más o menos a las mismas horas en que yo lo hacía y cuyo aspecto inspiraba la mayor confianza, acertó a pasar cuando yo me encontraba en aquella embarazosa situación.
-¡Caballero! -grité, llamándole hacia donde yo estaba-. No tengo el honor de que me conozcáis, pero solemos coincidir por aquí casi todas las mañanas; si me habéis visto alguna vez estoy segura que no os cabrá la menor duda de que no soy una joven en busca de aventuras; os ruego encarecidamente que me deis vuestro brazo para poder regresar a mi casa y librarme de estos bandidos.
El señor de..., me permitiréis que calle su nombre, demasiadas razones me obligan a ello, se acerca en seguida, aparta a los bribones que me rodean, les convence de su error con el alarde de galantería y de respeto con que se presenta ante mí, toma mi brazo y me conduce rápidamente fuera del jardín.
Señorita -me dice un poco antes de llegar a mi portal-, creo que lo mas prudente es que os deje aquí. Si os acompañara a vuestra casa tendríais que explicar el motivo; eso tal vez os acarrearía la prohibición de poder seguir paseándoos a solas; no contéis, pues, lo que acaba de ocurrir y seguir acudiendo como lo hacéis al mismo paseo, ya que eso os distrae y vuestros padres os lo permiten. No dejaré de ir allí ni un solo día y siempre me hallaréis dispuesto a perder la vida, si fuera preciso, por enfrentarme a cualquier cosa que pueda turbar vuestra tranquilidad.
Una advertencia tan oportuna, un ofrecimiento tan galante, todo ello hizo que mirara a aquel joven con mayor interés del que había creído sentir por él hasta entonces; vi que tenía dos o tres años más que yo y una figura espléndida y me ruboricé al darle las gracias, y los dardos encendidos de ese atractivo dios que hoy es la causa de mi infortunio se clavaron en mi corazón antes de que pudiera impedirlo. Nos separamos, pero creí observar por la forma en que se despidió que yo le había causado la misma impresión que acababa de hacerme él a mí. Regresé a casa de mi padre, me cuidé de no comentar nada y a la mañana siguiente volví al paseo de siempre empujada por un sentimiento que era más fuerte que yo, que me habría llevado a arrostrar todos los peligros imaginables... ¿Qué digo? Que tal vez hacía que los deseara para tener el placer de volver a ser rescatada por el mismo hombre. Quizá os estoy pintando mi alma con excesiva ingenuidad, pero me habéis prometido vuestra indulgencia y cada nuevo detalle de mi historia os hará ver hasta qué punto la necesito; no será esta la única imprudencia que me veréis cometer ni será la única que necesite de vuestra compasión.
El señor de... apareció en la alameda seis minutos después que yo y en seguida que me vio se acercó a mí.
-¿Puedo preguntaros, señorita -me dijo-, si la aventura de ayer ha tenido alguna repercusión o si os ha ocasionado alguna molestia?
Le aseguré que no, añadí que había seguido su consejo, que le daba las gracias por él y que me alegraba de que nada fuera a estorbar el placer que sentía saliendo a tomar el aire por las mañanas como lo venía haciendo.
-Si eso tiene tantos alicientes para vos, señorita prosiguió el señor de..., en el tono más comedido-, los que tienen la dicha de coincidir con vos encuentran sin duda otros muchos más poderosos y si ayer me tomé la libertad de aconsejaros que no hicierais ningún comentario que pudiera dar al traste con vuestros paseos, realmente no tenéis por qué estarme agradecida; me atrevo a aseguraros, señorita, que no lo hice tanto por vos como por mí mismo.
Y mientras decía esto, volvía sus ojos hacia los míos con tal expresividad..., ¡oh, señor! ¡Y que un día tuviera que atribuir mi infortunio a un hombre tan dulce! Yo contesté con sinceridad a sus palabras, empezamos a conversar, dimos un pequeño paseo juntos y el señor de... se despidió no sin suplicarme que le revelara a quién había sido tan afortunado como para prestar ayuda la víspera: no creí obligado ocultárselo, él me reveló asimismo quién era y nos despedimos. Durante cerca de un mes, señor, no dejamos de vernos de esa forma casi todos los días y ese mes, como fácilmente podéis imaginar, no transcurrió sin que nos confesáramos el uno al otro los sentimientos que nos embargaban y sin haber jurado que los profesaríamos para siempre.
Al fin, el señor de... me suplicó que le permitiera verme en algún lugar menos embarazoso que un jardín público.
-No me atrevo a presentarme en casa de vuestro padre, hermosa Emilia -me dijo-, pues como no tengo el honor de conocerle en seguida sospecharía el motivo que me lleva a su casa y en vez de favorecer nuestros planes ese paso podría quizá resultar extraordinariamente perjudicial; pero si realmente sois tan bondadosa y os compadecéis de mí tanto como para no desear que muera de dolor viendo que no me otorgáis lo que os pido, yo os indicaré cómo hacerlo.
Al principio me negué a oírle, pero pronto fui tan débil que se lo pregunté yo misma. La solución, señor, consistía en vernos tres veces por semana en casa de una tal señora Berceil que tenía una tienda de modas en la calle Arcis y de cuya discreción y honestidad el señor de... me respondía como de su propia madre.
-Ya que os permiten ir a visitar a vuestra tía que vive, según me dijisteis, bastante cerca de allí, habrá que fingir que vais a su casa, hacerle, en efecto, una corta visita y venir a pasar el resto del tiempo que tendríais que consagrarle a casa de la mujer que os he dicho; si preguntan a vuestra tía ella contestará que efectivamente os recibe el día que habéis dicho que ibais a verla; por tanto, no hay más que calcular la duración de las visitas y podéis estar completamente segura de que, teniendo confianza en vos como la tienen, nunca se les ocurrirá comprobarlo.
No os voy a repetir, señor todas las objeciones que hice al señor de... para que desistiera de aquel proyecto y para que se percatara de sus inconvenientes; ¿de qué serviría que os diera cuenta de mi resistencia si al fin acabé sucumbiendo? Prometí al señor de... todo cuanto quiso, los veinte luises que entregó a Julia, sin que yo lo supiera, convirtieron a aquella muchacha en cómplice perfecta de sus propósitos y yo no hice otra cosa más que labrar mi perdición. Para que fuera aún más completa, para seguir embriagándome por más tiempo y más a conciencia con el dulce veneno que destilaba mi corazón, engañé a mi tía con un falso pretexto, le dije que una de mis amigas (a quien ya se lo había prometido y que debía contestar en consecuencia) deseaba obsequiarme invitándome tres veces por semana a su palco del Français, que no me atrevía a decírselo así a mi padre por temor a que se opusiera, sino que seguiría diciendo que iba a su casa y le suplicaba que así lo asegurara; tras algunas reticencias, mi tía no pudo resistirse a mis súplicas, convinimos que Julia iría en mi lugar y que al volver del teatro yo pasaría a recogerla para regresar juntas a casa. Le di mil besos. ¡Fatal ceguera de las pasiones! ¡Le daba las gracias por contribuir a mi perdición, por allanar el camino a los extravíos que iban a llevarme al borde de la sepultura!
Por fin empezaron nuestras citas en casa de la Berceil; su almacén era magnífico, su casa absolutamente decente y ella una mujer de unos cuarenta años en la que creí que podía confiar por completo. Por desgracia, confié excesivamente tanto en ella como en mi amante...; el pérfido, ha llegado el momento de confesároslo, señor, la sexta vez que le encontraba en aquella funesta mansión, cobró tal dominio sobre mí, hasta tal extremo supo seducirme, que abusó de mi debilidad y en sus brazos me convertí en el ídolo de su pasión y en víctima de la mía propia. ¡Placeres crueles! ¡Cuántas lágrimas me habéis costado y cuántos remordimientos han de desgarrar todavía mi alma hasta el postrer instante de mi vida!
Un año transcurrió en esta funesta ilusión, señor; yo acababa de cumplir diecisiete años; mi padre planeaba día tras día la conveniencia de un compromiso y podéis imaginaros cómo me hacían estremecer aquellos proyectos, cuando una aventura fatal vino al fin a precipitarme al eterno abismo en que me hallo. Triste designio de la Providencia, sin duda, que quiso que algo en lo que tuve ninguna culpa sirviera para castigar mis verdaderas faltas, para así demostrar que jamás podremos esquivarla, que sigue a todas partes a aquel que parece escapársele y que con el acontecimiento que menos se puede imaginar provoca sin ruido ese otro que servirá para su venganza
El señor de... me había advertido un día que cierto asunto inaplazable le privaría del placer de estar conmigo las tres horas completas que solíamos pasar juntos; que, no obstante, acudiría unos minutos antes del término de nuestra cita, aunque sólo fuera por no alterar en lo más mínimo nuestros hábitos cotidianos, que yo pasase en casa de la Berceil el tiempo que acostumbraba, que, sin duda, por una hora o dos, me distraería más en cualquier caso con la vendedora y con sus hijas que quedándome sola en casa de mi padre; yo me sentía tan confiada en aquella mujer que no puse ningún reparo a lo que mi amante me proponía; así, pues, le prometí que acudiría y le rogue que no se hiciera esperar demasiado. Me aseguró que se quedaría libre tan pronto como le fuera posible y allí fui; ¡oh, día nefando para mí!
La Berceil me recibió a la entrada de su establecimiento, pero no me dejó subir a su casa, como solía hacer. -Señorita -me dijo al verme-, me alegro muchísimo de que el señor de... no pueda venir temprano esta tarde aquí, tengo que deciros algo que no me atrevo a confesárselo a él, algo que nos obliga a salir a las dos en seguida un momento, cosa que no hubiéramos podido hacer si estuviese él aquí.
-¿Y de qué se trata, pues, señora? -pregunté un tanto asustada por este preámbulo.
-De una tontería, señorita, de una tontería -prosiguió la Berceil-, pero antes tenéis que tranquilizaros, se trata de la cosa más inocente del mundo. Mi madre se ha enterado de vuestra intriga, es una vieja comadre, escrupulosa como un confesor y a la que mantengo sólo por sus escudos; no quiere de ninguna manera que os siga recibiendo, yo no me atrevo a decírselo al señor de..., pero os voy a decir lo que se me ha ocurrido. Os voy a llevar en seguida a casa de una de mis companeras, una mujer de mi edad y que es tan de fiar como yo misma, os la presentaré; si os cae bien podéis contar al señor de... que os he llevado allí, que es una mujer honrada y que os parecería excelente quedar allí para vuestros encuentros; si no os gusta, cosa que me costaría trabajo creer, como sólo habremos estado un momento no le diréis nada de nuestra gestión; entonces ya me encargaría yo de decirle que me es imposible seguir prestándoos mi casa y ya buscaríais de mutuo acuerdo algún otro medio para poder veros los dos.
Lo que me decía aquella mujer era algo tan sencillo, tan natural la manera y el tono que empleó, mi confianza era tan completa y mi candor tan absoluto, que no vi el menor inconveniente en acceder a lo que me pedía; no cesó ni por un momento de lamentarse ante la imposibilidad de seguir prestándonos sus servicios, yo se los agradecí con todo mi corazón y salimos a la calle.
La casa a la que me llevaba estaba en la misma calle, a unos sesenta u ochenta pasos de la casa de la Berceil; en el exterior no vi nada que me desagradara: una puerta cochera, bonitos ventanales a la calle, un aire de decoro y de pulcritud en todo; sin embargo, una voz misteriosa parecía gritarme desde el fondo de mi corazón que un acontecimiento singular me esperaba en aquella mansión fatal; sentía una especie de repugnancia a cada escalón que subía, todo parecía decirme: ¿A dónde vas, desdichada? ¡Aléjate de estos siniestros parajes...! Llegamos, no obstante, arriba, entramos en una antecámara bastante acogedora, donde no había nadie, y de allí pasamos a un salón que se cerró en seguida a nuestras espaldas como si hubiese alguien escondido detrás de la puerta... Yo me estremecí, el salón estaba muy oscuro y apenas se veía para poder cruzar; no habíamos dado ni tres pasos cuando sentí que dos mujeres me agarraban; en aquel momento se abrió la puerta de un gabinete y vi a un hombre de unos cincuenta años en medio de otras dos mujeres que gritaron a las que me habían sujetado: «Desnudadla, desnudadla y no la traigáis aquí hasta que no esté completamente desnuda.» Apenas me había recobrado de la confusión que me paralizaba cuando estas mujeres me habían puesto ya sus manos encima, y dándome cuenta entonces de que mi salvación dependía más de mis gritos que de mi pavor, grité con todas mis fuerzas. La Berceil hizo todo lo que pudo para calmarme.
-Es cosa de un minuto, señorita -me decía-; hacedme este favor, os lo ruego, y me habréis hecho ganar cincuenta luises.
-¡Arpía infame! -grité-. No creáis que vais a traficar con mi honor de esta manera; si no me dejáis salir de aquí ahora mismo me arrojaré por la ventana.
-Iríais a parar a un patio que es nuestro y donde os volverían a coger en seguida, hija mía -contestó una de aquellas miserables arrancándome mis vestidos-. Vamos, creedme, lo mejor para vos es que os dejéis...
¡Oh, señor!, ahorradme el resto de esos horribles detalles. Me dejaron desnuda en seguida, ahogaron mis gritos con bárbaros procedimientos y me arrastraron junto a aquel hombre indigno, que mofándose de mis lágrimas y riéndose de mi resistencia sólo se preocupaba de asegurarse de la infortunada víctima a la que destrozaba el corazón; dos mujeres no cesaron de librarme de aquel monstruo, y dueño de hacer cuanto quisiera se contentó con apagar el fuego de su culpable ardor únicamente con abrazos y con impuros besos que me dejaron sin ultrajes...
En seguida me ayudaron a volver a vestirme y me dejaron en manos de la Berceil, aniquilada, confusa, embargada por una especie de dolor sombrío y amargo que vertía sus lágrimas en el fondo de mi corazón; dirigí a aquella mujer una mirada llena de furia...
-Señorita -me dijo, terriblemente turbada, en la antecámara de aquella funesta mansión-, me doy perfecta cuenta de todo el horror que acabo de perpetrar, pero os ruego que me perdonéis... y por lo menos, antes de dejaros llevar por la idea de provocar un escándalo, reflexionad; si se lo contáis al señor de..., por mucho que le digáis que os han traído a la fuerza, es un género de falta que no os perdonará jamás y habríais roto para siempre con el hombre que más os interesa conservar en el mundo, pues no tenéis otro medio de reparar el honor que os arrebata más que haciendo que se case con vos. Pero podéis estar segura de que nunca lo hará si le contáis lo que acaba de ocurrir.
-¡Miserable! ¿Por qué, pues, me has precipitado a este abismo, por qué me has puesto en una situación en la que tengo que engañar a mi amante o perderle y con él perder mi honor?
-Vayamos despacio, señorita, y no volvamos a hablar de lo que ha pasado, el tiempo vuela; pensemos en lo que hay que hacer. Si habláis, estáis perdida; si no decís una palabra, mi casa seguirá abierta para vos, nadie en absoluto os traicionará jamás y podréis seguir con vuestro amante; pensad si la exigua satisfacción de una venganza, de la que en el fondo me reiría, pues conociendo vuestro secreto ya sabría yo cómo impedir que el señor de... pudiese hacerme ningún daño; pensad, os digo una vez más, si el pequeño placer de esa venganza podrá compensaros de todas las desgracias que os iba a acarrear...
Dándome entonces cuenta de con qué indigna mujer tenía que habérmelas, y consciente de la fuerza de sus razonamientos, por detestables que éstos fuesen:
-Salgamos, señora, salgamos -le dije-; no me hagáis estar aquí por más tiempo, no diré una sola palabra, haced vos lo mismo; me serviré de vos, ya que no podría dejar de hacerlo sin desvelar ciertas infamias que es importante que calle, pero en el fondo de mi corazón tendré al menos la satisfacción de odiaros y de despreciaros tanto como os merecéis.
Volvimos a casa de la Berceil... Cielo santo, ¡qué nuevo vuelco me dio el corazón cuando nos dijeron que el señor de... había venido!, que le habían dicho que la señora había salido para un asunto urgente y que la señorita aún no había llegado, y al mismo tiempo una de las muchachas de la casa me entregó un billete que había escrito a toda prisa para mí. Contenía solamente estas palabras: «No os he encontrado; supongo que no habéis podido venir a la hora acostumbrada. No podré veros esta tarde, me es imposible esperaros. Hasta pasado mañana, sin falta.»
Aquel billete no me tranquilizó lo más mínimo; su frialdad me pareció un mal augurio... No esperarme, tan poca paciencia...; todo me turbaba hasta un extremo que me es imposible describiros. ¿No podía haber observado acaso nuestra salida, habernos seguido? Y si lo había hecho, ¿no era yo mujer perdida? La Berceil, tan inquieta como yo, interrogó a todo el mundo; le dijeron que el señor de... había llegado tres minutos después de haber salido nosotras, que parecía muy excitado, que se había ido en seguida y que había vuelto para escribir aquel billete una media hora después. Cada vez más inquieta, mandé a buscar un coche... pero, ¿podréis creer, señor, hasta qué grado de desfachatez osó llevar su depravación aquella indigna mujer?
-Señorita -me dijo al verme salir-, no digáis nunca una sola palabra de todo esto, os lo vuelvo a aconsejar, pero si por desgracia llegarais a romper con el señor de..., creedme, aprovechad vuestra libertad para pasarlo bien, que eso vale mucho más que un solo amante; sé que sois una muchacha como Dios manda, pero sois joven y seguramente os dan poco dinero, y siendo tan bonita como sois yo podría haceros ganar todo el que quisierais... Vamos, vamos, que no sois la única, y hay muchas muy empingorotadas que un buen día se casan con un conde o con un marqués, como podríais hacer vos, y que, bien por decisión propia o bien por mediación de su gobernanta, han pasado por nuestras manos; como habéis podido comprobar, contamos con personas apropiadas para esa clase de muñecas, las usan como a una rosa, las huelen y no las marchitan; adiós, querida, y no pongáis esa cara tan larga, pues veis que aún puedo seros útil.
Lancé una mirada de furia a aquella infame criatura y salí a toda prisa sin contestarle; recogí a Julia en casa de mi tía, como solía hacer, y regresé a casa.
No tenía ningún medio de avisar al señor de... Como nos veíamos tres veces por semana no teníamos la costumbre de escribirnos, así, pues, tenía que esperar el momento de la cita. ¿Qué iría a decirme...? ¿Qué le podría contestar? Si le ocultaba lo que acababa de ocurrir, ¿no corría un peligro espantoso si llegaba a ser descubierto? ¿No era mucho más sensato confesárselo todo? Todas estas diferentes opciones me tenían en un estado de agitación inexpresable. Al fin me decidí a seguir los consejos de la Berceil y convencida de que aquella mujer era quien más interés tenía en el secreto, resolví imitarla y no decir nada... ¡Oh, cielos!, ¿de qué me valían todas aquellas elucubraciones si ya no iba a ver nunca más a mi amante y el rayo que iba a fulminarme centelleaba ya por todas partes?
Al día siguiente de todo aquello, mi hermano mayor me preguntó por qué me tomaba la libertad de salir sola tantas veces a la semana y a horas semejantes.
-Voy a pasar la tarde a casa de mi tía -le contesté.
-Eso es falso, Emilia; hace un mes que no habéis puesto allí los pies.
-Bueno, querido hermano -respondí temblando-, os lo confesaré todo: una amiga mía, a la que conocéis bien, la señora de Saint-Claire, tiene el gusto de invitarme a su palco del Français tres veces por semana; no me he atrevido a decir nada por si mi padre no lo aprobaba, pero mi tía lo sabe perfectamente.
-¿Con que vais al teatro? -me contestó mi hermano-. Podíais habérmelo dicho, yo os habría acompañado y todo hubiera resultado más fácil... Pero sola, con una dama a la que nada os une y que es tan joven como vos...
-Vamos, vamos, amigo mío -exclamó mi otro hermano, que se había acercado durante la conversación-. La señorita tiene sus distracciones... no hay que estorbárselas... Ella está buscando un marido y sin duda, con semejante comportamiento, le saldrán una infinidad...
Y los dos me volvieron la espalda con sequedad. Aquella conversación me asustó; sin embargo, me parecía que mi hermano mayor se había quedado bastante convencido de la historia del palco, pensé que había conseguido engañarle y que no iría más allá; además, aunque los dos me hubieran dicho mucho más, nada en el mundo habría sido tan poderoso como para obligarme a faltar a la próxima cita; me resultaba demasiado importante llegar a una explicación con mi amante para que nada en el mundo pudiera impedir que fuera a verle.
En cuanto a mi padre, seguía siendo el de siempre; me idolatraba, no sospechaba ninguna de mis faltas y nunca me molestaba con pretexto alguno. ¡Qué cruel resulta engañar a unos padres así y cómo se encarga el remordimiento de sembrar espinas sobre el placer que se obtiene a costa de traiciones de esa clase! Ejemplo funesto, pasión cruelísima, ¡si pudierais dar a conocer mis errores a quienes se encuentran en la misma situación, si las penas que mis placeres criminales me han ocasionado pudieran al menos frenarles al borde del abismo, tras conocer mi lamentable historia!
Al fin llega el día fatal, salgo con Julia y hago como acostumbro: la dejo en casa de mi tía y me acerco en mi coche a toda prisa a la casa de la Berceil. Bajo... al principio me extrañan el silencio y la oscuridad que reinan en la casa... No encuentro ninguna cara conocida; sale sólo una mujer mayor a la que nunca había visto y a la que, para mi desgracia, habría de ver demasiado en lo sucesivo, que me dice que me quede en la habitación en donde estoy, que el señor de... (pronuncia su nombre) en seguida vendrá a reunirse conmigo. Un frío universal se apodera de mis sentidos y me derrumbo sobre un sofá sin fuerzas para pronunciar una sola palabra; apenas he hecho esto cuando mis dos hermanos aparecen ante mí, pistola en mano.
-¡Miserable! -exclama el mayor-. Así es como nos engañas; si opones la menor resistencia, si das un solo grito, morirás. Síguenos; vamos a enseñarte a traicionar a un mismo tiempo a la familia que deshonras y al amante al que te entregabas.
Tras estas últimas palabras el conocimiento me abandonó por completo y cuando recobré el sentido me hallé en el interior de un carruaje que me parecía que iba a toda velocidad, entre mis dos hermanos y la vieja que acabo de mencionar, con las piernas atadas y las dos manos sujetas con un pañuelo. Las lágrimas, hasta entonces contenidas por el exceso de dolor, abriéronse paso en abundancia y durante una hora estuve sumida en un estado que, por culpable que pudiera ser, hubiese conmovido a cualquiera que no fuese uno de los dos verdugos en cuyo poder me encontraba. Durante el viaje no me dirigieron la palabra; yo imité su silencio y me abismé en mi dolor; por fin, al día siguiente, a las once de la mañana, entre Coucy y Noyon, llegamos a un castillo situado al fondo de un bosque que pertenecía a mi hermano mayor; el coche entró en el patio, me ordenaron que me quedara en él hasta que los caballos y los sirvientes estuvieran lejos; entonces mi hermano mayor vino a buscarme. «¡Seguidme!», me ordenó brutalmente, después de desatarme... Le obedecí temblando... ¡Dios mío!, ¡cuál no sería mi terror al ver el espantoso lugar que iba a servirme de encierro! Era una habitación baja, sombría, húmeda y oscura, cerrada con barrotes por todas partes y donde la luz no penetraba más que por una ventana que daba a un espacioso foso lleno de agua.
-Esta es vuestra habitación, señorita -me dijeron mis hermanos-. Una hija que deshonra a su familia no puede estar bien más que aquí... Vuestra alimentación será proporcionada al resto del tratamiento, esto es lo que se os dará -prosiguieron, mostrándome un pedazo de pan parecido al que se da a los animales-, y como no deseamos haceros sufrir por mucho tiempo y, por otra parte, queremos privaros de cualquier medio de salir de aquí, estas dos mujeres -continuaron, señalándome a la vieja y a otra por el estilo que habíamos encontrado en el castillo-, estas dos mujeres serán las encargadas de haceros una sangría en ambos brazos tantas veces por semana como íbais a ver al señor de... a casa de la Berceil; ese régimen, al menos así lo esperamos, os llevará a la tumba sin que os deis cuenta, y no nos quedaremos verdaderamente tranquilos hasta que sepamos que nuestra familia se ha desembarazado de un monstruo como vos.
Tras estas palabras ordenan a las mujeres que me sujeten y, delante de ellos, los miserables, señor, perdonadme esta expresión, delante de ellos..., los desalmados hicieron que me sangraran de los dos brazos y no abandonaron este cruel tratamiento hasta que me vieron sin conocimiento... Cuando volví en mí vi cómo se felicitaban por su barbarie, y como si desearan que todos los golpes cayesen sobre mí a un mismo tiempo, como si estuvieran encantados de destrozar mi corazón a la vez que derramaban mi sangre, el mayor sacó de su bolsillo una carta y me la tendió: Leed, señorita -me dijo-; leed y sabréis a quién debéis atribuir vuestros males...
La abro, temblando; mis ojos apenas tienen fuerza para reconocer esos funestos caracteres: ¡oh, santo Dios...!; era mi propio amante, había sido él quien me había traicionado. Esto era lo que decía aquella carta atroz, cuyas palabras aún siguen grabadas en mi corazón con trazos de sangre.
«Cometí la locura de amar a vuestra hermana, señor, y la imprudencia de deshonrarla, pero iba a repararlo todo; devorado por mis remordimientos, iba a arrojarme a los pies de vuestro padre, declararme culpable y pedirle a su hija. Estaba seguro del consentimiento del mío y estaba decidido a ser de los vuestros, pero en el momento que adoptaba esa resolución... mis ojos, mis propios ojos me convencen de que no tengo relaciones más que con una ramera, que a la sombra de unas citas concertadas por honestos y puros sentimientos se atrevía a ir a saciar los infames deseos del más crapuloso de los mortales. No esperéis de mí, por tanto, reparación alguna, señor; ya no os la debo, ya no os debo más que mi abandono y a ella, el odio más implacable y el más decidido desprecio. Os envío la dirección de la casa a donde vuestra hija va a corromperse, señor, para que podáis comprobar si os engaño.»
Al acabar de leer estas funestas líneas volví a caer en el más lamentable estado... No, me repetía a mí misma, arrancándome los cabellos; no, falaz, tú nunca me has amado; si el más tenue sentimiento hubiera encendido tu corazón, ¿me habrías condenado sin escucharme, me habrías creído culpable de crimen semejante cuando era a ti a quien adoraba...? ¡Pérfido!, y es tu mano la que me entrega, la que me arroja a los brazos de los verdugos que van a ir haciéndome morir poco a poco, día tras día..., y morir sin que tú me justifiques... morir despreciada por todo lo que adoro, cuando jamás te ofendí voluntariamente, cuando no fui nunca más que la víctima y la engañada. ¡Oh, no!, esta situación es demasiado cruel; soportarla es algo que está mas allá de mis fuerzas. Y arrojándome, bañada en lágrimas á los pies de mis hermanos, les supliqué que me escucharan o que hicieran verter mi sangre, gota a gota, y que muriera en aquel mismo instante.
Accedieron a escucharme, les conté mi historia, pero deseaban mi perdición y no me creyeron; sólo sirvió para que me trataran aún peor. Después de abrumarme con insultos, tras recomendar a las mujeres que ejecutaran al punto sus órdenes o les iba en ello la vida, se marcharon, diciéndome fríamente que esperaban no volver a verme jamás.
Cuando se fueron, mis dos guardianas me dejaron algo de pan, agua y cerraron, pero así estaba al menos sola, podía entregarme al exceso de mi dolor y me sentía menos desdichada. Los primeros impulsos de mi desesperación me llevaron a quitarme las vendas de los brazos y a morir, perdiendo sangre hasta el último momento. Pero la espantosa idea de morir sin poder justificarme ante mi amante me atormentaba con tal violencia que no pude decidirme por aquella solución; un poco de calma hace renacer la esperanza...; la esperanza, ese sentimiento consolador que surge siempre en medio de los sufrimientos, don divino que la naturaleza nos ofrece para compensarlos o atemperarlos... No, me dije a mí misma, no moriré sin volver a verle; ese había de ser mi único afán, mi única preocupación; si sigue creyéndome culpable, entonces habrá llegado el momento de morir y, al menos, moriré sin lamentarlo, pues es imposible que la vida pueda tener ya ningún atractivo para mí si he perdido su amor.
Resuelta a ello, decidí no desperdiciar ninguna de las ocasiones que pudieran liberarme de aquella odiosa mansión. Hacía ya cuatro días que este pensamiento me servía de consuelo, cuando mis dos carceleras aparecieron otra vez para renovar mis provisiones y hacer que perdiera de paso las escasas fuerzas que me proporcionaban; me extrajeron sangre de ambos brazos y me abandonaron, inerte, sobre el lecho; al octavo día aparecieron de nuevo y como me arrojé a sus pies y apelé a su compasión, me sangraron de un solo brazo. Dos meses transcurrieron de esta forma y durante ese tiempo siguieron extrayéndome sangre de uno de los dos brazos, alternativamente, cada cuatro días. La fuerza de mi temperamento me sostuvo; mi edad, el ardiente deseo que me embargaba de escapar de aquella espantosa situación, la cantidad de pan que ingería para contrarrestar mi agotamiento y ser capaz de llevar a cabo mis propósitos, todo esto me ayudó y a comienzos del tercer mes, cuando, presa de alegría, después de taladrar un muro, pude deslizarme por la abertura que había practicado a una habitación contigua que estaba abierta y escapar al fin del castillo, trataba de ganar a pie, como podía, la carretera de París, mis fuerzas me abandonaron entonces por completo en el lugar en que me encontrasteis y recibí de vos la generosa ayuda que mi sincero reconocimiento os agradece tanto como le es posible y que me atrevo a rogaros que no cese hasta verme de nuevo en los brazos de mi padre, a quien, sin duda, han engañado y que no sería nunca tan bárbaro como para condenarme sin dejarme antes que le pruebe mi inocencia. Reconoceré que he sido débil, pero en seguida se dará cuenta de que no soy tan culpable como las apariencias parecen atestiguar, y con vuestra ayuda, señor, no solamente habréis devuelto a la vida a una criatura desdichada, que nunca dejará de estaros agradecida, sino que habréis devuelto también la honra a toda una familia que creía que le había sido arrebatada injustamente.
-Señorita -dice el conde de Luxeuil, tras haber prestado toda la atención posible al relato de Emilia-, resulta difícil no veros y oíros sin sentir por vos el mas vivo interés; no sois, evidentemente, tan culpable como pudiera creerse, pero toda vuestra conducta revela una cierta imprudencia que no podéis ignorar.
-¡Oh, señor!
Escuchadme, señorita, os lo suplico, oíd al hombre que más deseos tiene de ayudaros. La conducta de vuestro amante resulta espantosa; no sólo es injusta, pues debió informarse mejor y veros, sino que, además, es cruel; si uno se siente tan receloso como para no desear volver al punto de partida, en ese caso se abandona a la mujer, pero no se la delata a su familia, no se la deshonra, no se la entrega, sin dignidad alguna, a quienes han de ser su perdición, no se les espolea a la venganza... Así, pues, culpo de todo, sin excepción, a la conducta de aquel a quien amais... Pero la de vuestros hermanos resulta aún más incalificable; se mire por donde se mire es atroz, sólo unos auténticos verdugos pueden comportarse de esa forma. Faltas de esa clase no son acreedoras de castigos semejantes; las cadenas nunca sirvieron para nada; en tales casos se guarda silencio, no se priva a los inculpados de su sangre y de su dignidad; esos procedimientos odiosos son mucho más deshonrosos para quienes los ponen en práctica que para sus víctimas; se hacen acreedores a su rencor, provocan un escándalo y nada se ha reparado. Por preciosa que pueda resultarnos la virtud de una hermana, su vida ha de tener a nuestros ojos un valor mucho mayor. La honra se puede restituir, pero no la sangre derramada; así, pues, esa conducta es tan espantosa que si se elevara una queja al gobierno sin duda sería castigada, pero con eso no haríais más que poneros a la altura de vuestros perseguidores y hacer público lo que debe permanecer oculto; no es eso lo que tenemos que hacer. Para ayudaros voy a actuar, señorita, de una forma totalmente distinta, pero os advierto que sólo puedo hacerlo con las siguientes condiciones: primero, tenéis que darme por escrito la dirección de vuestro padre, de vuestra tía, la de la Berceil y la del hombre al que os llevó la Berceil, y segundo, señorita, tenéis que revelarme, sin más requerimientos, el nombre de la persona a la que amáis. Esto último es tan imprescindible que no os voy a ocultar que me sería completamente imposible prestaros mi ayuda, sea en lo que sea, si insistís en ocultarme el nombre que os pido.
Emilia, confusa, comienza por cumplir con el mayor detalle la primera condición, y cuando ya ha dado todas las direcciones al conde:
-Entonces, señor-dijo ruborizándose-, me exigís que os dé el nombre de mi seductor.
-Así es, señorita; sin eso nada puedo hacer. -Bien, señor... es el marqués de Luxeuil...
-¡El marqués de Luxeuil! -exclamó el conde, no pudiendo ocultar la emoción que le causaba oír el nombre de su hijo-. Ha sido capaz de algo semejante... El... -y recuperándose de su sorpresa-: Lo reparará, señorita... El lo reparará y vos seréis vengada... Os lo prometo. Adiós.
La asombrosa turbación que la última revelación de Emilia acababa de causar al conde de Luxeuil extrañó notablemente a la infortunada, que temió haber cometido alguna indiscreción; no obstante, las palabras pronunciadas por el conde al salir la tranquilizaron, y sin entender nada de la relación de todos estos hechos, relación que le resultaba imposible discernir, ignorando dónde se encontraba, decidió esperar pacientemente el resultado de las gestiones de su benefactor y las atenciones que, mientras tanto, no cesaron de prodigarle, consiguieron calmarla y convencerla de que su dicha era el único objeto de tanto afán.
Y pudo sentirse plenamente convencida al ver entrar en su habitación al conde, cuatro días después de las explicaciones que le había dado, llevando cogido de la mano al marqués de Luxeuil.
-Señorita -le dijo el conde-, os traigo a un mismo tiempo al autor de vuestros infortunios y a quien va a repararlos, rogándoos de rodillas que no le neguéis vuestra mano.
Tras estas palabras, el marqués se arroja a los pies de su amada, pero la sorpresa había sido excesiva para Emilia; aún no demasiado fuerte para soportarla, se había desmayado en los brazos de la doncella que la atendía; a fuerza de cuidados, pronto volvió, no obstante, en sí, y al verse en los brazos de su amante:
-¡Hombre cruel! -le dice, derramando un torrente de lágrimas-. ¡Qué sufrimientos habéis infligido a aquella que os amaba! ¿Podíais creerla culpable de la infamia que llegasteis a sospechar? Al amaros, Emilia podía ser víctima de su debilidad y de los engaños de los demás, pero jamás podía seros infiel.
-¡Oh, te adoro! -exclamó el marqués-. Perdona un arrebato de espantosos celos basado en engañosas apariencias; ahora todos estamos completamente convencidos, pero todas aquellas apariencias funestas, ¿acaso no estaban contra ti?
-Teníais que quererme, Luxeuil, y así no me habríais creído capaz de engañares; teníais que quererme, teníais que haber prestado menos oídos a vuestra desesperación que a los sentimientos que yo creía. dichosa, inspirares. Que este ejemplo enseñe a mi sexo que es casi siempre por un amor excesivo..:, casi siempre por ceder demasiado pronto, por lo que perdemos el afecto de nuestros amantes... ¡Oh, Luxeuil!, tal vez me habríais amado más si yo no os hubiera amado tanto desde el primer momento. Me castigasteis por mi debilidad, y aquello que debía reforzar vuestro amor es lo que os hizo desconfiar del mío.
-¡Que todo sea olvidado por ambas partes! -interrumpió el conde-. Luxeuil, vuestra conducta es incalificable, y si no os hubierais ofrecido a repararla al instante, si no hubiera comprobado esa decisión en vuestro corazón, no os habría vuelto a ver en toda mi vida. «Cuando se ama de verdad -decían nuestros antiguos trovadores-, se oiga lo que se oiga, se vea lo que se vea en contra de la amada, no se debe dar crédito ni a los oídos ni a los ojos; hay que escuchar únicamente al corazón.» Señorita, espero con impaciencia vuestro restablecimiento -prosiguió el conde, dirigiéndose a Emilia-. Quiero llevaros de nuevo a casa de vuestros padres, pero en calidad de esposa de mi hijo, y confío en que no rehusarán unirse a mí para reparar vuestros infortunios; si no lo hacen, yo os ofrezco mi casa, señorita; vuestro matrimonio se celebraría entonces aquí y hasta mi postrer suspiro no dejaría de ver en vos a una querida nuera, de quien siempre me sentiría honrado, se apruebe o no se apruebe vuestro himeneo.
Luxeuil se arrojó a los brazos de su padre; la señorita de Tourville se deshacía en lágrimas, apretando entre las suyas las manos de su benefactor, y la dejaron sola unas horas para que pudiera recobrarse de una escena cuya excesiva duración hubiera perjudicado un restablecimiento que todos deseaban con tanto ardor
Por fin, quince días después de su regresó a París, la señorita de Tourville se encontró en condiciones de levantarse y de montar en coche. El conde hizo que se pusiera un vestido blanco, análogo a la inocencia de su corazón, y nada se regateó para realzar el brillo de sus encantos, que un resto de palidez y de debilidad hacía aún más cautivadores. El conde, ella y Luxeuil marcharon a casa del presidente de Tourville, que no había sido advertido de nada y cuya sorpresa al ver entrar a su hija fue enorme. Estaba en compañía de sus dos hijos, cuyos semblantes se desencajaron de furia y de rabia ante esta inesperada aparición. Sabían que su hermana se había evadido, pero la creían muerta en algún rincón del bosque y, como puede verse, se consolaban con la mayor facilidad del mundo.
-Señor -dice el conde, presentando a Emilia a su padre-, a vuestros pies traigo a la inocencia en persona -y Emilia se arrojó al suelo-. Imploro su perdón señor -prosiguió el conde-, y no sería yo quien os lo pidiese si no lo mereciera de verdad; por lo demás, señor -continuó con rapidez-, la mejor prueba que puedo daros de la profunda estima que profeso a vuestra hija es pedírosla para mi hijo. Nuestros rasgos están hechos para aliarse, señor, y si hubiera alguna desproporción por mi parte, vendería cuanto tengo para dotar a mi hijo con una fortuna digna de ser ofrecida a vuestra hija. Decidíos, señor, y permitid que no me despida de vos hasta haber recibido vuestra palabra.
El anciano presidente de Tourville, que siempre había adorado a su hija, en el fondo era la bondad personificada y que precisamente, por las excelencias de su carácter ya no ejercía su cargo desde hacía más de veinte años, el anciano presidente, repito, bañando con lágrimas el seno de su querida hija, contestó al conde que se consideraba honrado en demasía por semejante elección, que todo lo que le afligía era que su querida Emilia no era digna de ella; y el marqués de Luxeuil, arrojándose a los pies del presidente, le suplicó que perdonara sus errores y que le permitiera repararlos. Todo fue pro-. metido, todo se arregló y todo quedó acordado por ambas partes; sólo los hermanos de nuestra atractiva heroína se negaron a compartir la alegría general, y la rechazaron cuando se acercó a ellos para abrazarlos; el conde, enfurecido ante semejante actitud, intentó detener a uno de ellos que trataba de salir de la sala. El señor de Tourville gritó al conde:
-Dejadles, señor, dejadles; me han engañado de una forma atroz; si mi querida hija hubiera sido tan culpable como ellos me aseguraron, ¿acaso consentiríais vos en darla a vuestro hijo? Ellos han turbado la felicidad de mis días al privarme de Emilia... Dejadles.
Y los miserables se fueron, presa del furor. Entonces el conde reveló al señor de Tourville todos los horrores de sus hijos y las verdaderas faltas de su hija; el presidente, viendo la falta de proporción que había entre aquellas y la indignidad del castigo, juró no volver a ver a sus hijos; el conde le calmó y le hizo prometer que borraría de su recuerdo semejante conducta. Ocho días después se celebró la boda, sin que los hermanos hicieran acto de presencia, pero se prescindió de ellos y no se les echó en falta; el señor de Tourville se conformó con recomendarles el mayor silencio, bajo pena de encerrarles, y se callaron, pero no lo bastante, sin embargo, como para no acusarse a sí mismos por su infame proceder al condenar la indulgencia de su padre, y quienes tuvieron noticia de esta desdichada aventura exclamaron, horrorizados por los atroces detalles que la caracterizan:
-Oh, justo cielo, ¡estas son las infamias que tácitamente se permiten quienes se dedican a castigar las faltas de los demás! Hay mucha razón al decir que esta clase de infamias son patrimonio de esos frenéticos e ineptos secuaces de la ciega Thermis, que, criados en un estúpido rigorismo, insensibles desde su infancia a los gritos del infortunio, manchados de sangre desde la cuna, censurándolo todo y a todo entregándose, creen que la única manera de encubrir sus secretas bajezas y sus públicas prevaricaciones es la de hacer alarde de un talante de rigidez, que, haciéndoles iguales a ocas por fuera y a tigres por dentro, no tiene otro objeto, enlodándoles con sus crímenes, que infundir respeto a los necios y hacer que el hombre sensato deteste sus odiosos principios, sus sanguinarias leyes y a esos despreciables individuos.

AGUSTINA DE VILLEBLANCHE O LA ESTRATAGEMA DEL AMOR

De todos los extravíos de la naturaleza, el que más ha hecho cavilar, el que más extraño ha parecido a esos pseudofilósofos que quieren analizarlo todo sin entender nunca nada -comentaba un día a una de sus mejores amigas la señorita de Villeblanche, de la que pronto tendremos ocasión de ocuparnos- es esa curiosa atracción que mujeres de una determinada idiosincrasia o de un determinado temperamento han sentido hacia personas de su mismo sexo. Y, aunque mucho antes de la inmortal Safo, y después de ella, no ha habido una sola región del universo, ni una sola ciudad, que no nos haya mostrado a mujeres de ese capricho, y, por tanto, ante pruebas tan contundentes, parecería más razonable, antes que acusar a esas mujeres de un crimen contra la naturaleza, acusar a ésta de extravagancia; con todo, nunca se ha dejado de censurarlas y, sin el imperioso ascendiente que siempre tuvo nuestro sexo, quién sabe si un Cujas, un Bartole o un Luis IX no habrían concebido la idea de condenar también al fuego a esas sensibles y desventuradas criaturas, como bien se cuidaron de promulgar leyes contra los hombres que, propensos al mismo tipo de singularidad y con razones tan igualmente convincentes, han creído bastarse entre ellos y han opinado que la unión de los sexos, tan útil para la propagación, podía muy bien no ser de tanta importancia para el placer. Dios no quiera que nosotras tomemos partido alguno en todo ello..., ¿verdad, querida? -continuaba la hermosa Agustina de Villeblanche, mientras daba a su amiga besos un tanto delatadores-. Pero en vez de hogueras y de desprecio, en lugar de sarcasmos, armas todas ellas ya totalmente romas en nuestro tiempo, ¿no sería infinitamente más sencillo, en una acción tan absolutamente indiferente a la sociedad, tan conforme con Dios, y más útil a la naturaleza de lo que pueda creerse, que se dejara a cada cual obrar a su antojo...? ¿Qué puede temerse de esta depravación...? A toda persona verdaderamente inteligente le parecerá que puede prevenir otras peores, pero nunca se me podrá probar que tenga peligrosas consecuencias...
¡Oh, cielos!, ¿temen que los caprichos de esos individuos, de uno y otro sexo, puedan acabar con el mundo, que pongan en peligro el precioso género humano y que su pretendido crimen lo aniquile al no proceder a su multiplicación? Que lo piensen mejor y verán que todas esas quiméricas pérdidas son enteramente indiferentes a la naturaleza, que no sólo no las condena en absoluto, sino que nos demuestra con mil ejemplos que las quiere y que las desea; pues si esas pérdidas la irritasen, ¿las toleraría en tantos miles de casos? Si la primogenitura le resultase tan esencial, ¿permitiría que una mujer no fuera apta para ella más que un tercio de su vida y que al salir de sus manos la mitad de los seres que produce tuviesen gestos contrarios a esa procreación que supuestamente exige? Digamos mejor que la naturaleza permite que las especies se multipliquen, pero que no lo exige en absoluto y que, plenamente convencida de que siempre habrá más individuos de los que hagan falta, muy lejos está de contrariar las inclinaciones de quienes no ponen en práctica la propagación y les repugna limitarse a ella. ¡Ah, dejemos actuar a esa madre excelente, convezcámonos de que sus recursos son inmensos, de que nada de lo que hagamos puede ultrajarla y de que el crimen que podría atentar contra sus leyes nunca podrá manchar nuestras manos!
La señorita de Villeblanche, de cuya lógica acabamos de apreciar una muestra, dueña ya de sus actos a la edad de veinte años y disponiendo de treinta mil libras de renta, había tomado, por gusto, la resolución de no casarse jamás; de familia distinguida sin ser ilustre, era hija de un hombre que se había enriquecido en las Indias, había dejado solamente un hijo, ella, y se había muerto sin haber podido hacer que se decidiera al matrimonio. No es necesario ocultar que era extremadamente propenso a ese tipo de inclinación cuya apología acababa de hacer Agustina, llevada de la repugnancia que sentía por el matrimonio; ya fuera por recomendación, por constitución orgánica o por dictados de la sangre (había nacido en Madras), por inspiración de la naturaleza o por lo que se quiera, la señorita de Villeblanche detestaba a los hombres y entregada en cuerpo y alma a lo que los castos oídos entienden por la palabra lesbianismo, no disfrutaba más que con su propio sexo y sólo con las Gracias se resarcía del desprecio que le inspiraba Amor.
Agustina era una verdadera perdida para los hombres: alta, digna de ser pintada, con los más hermosos cabellos castaños del mundo, una nariz algo aguileña, unos dientes maravillosos y unos ojos tan expresivos, tan vivos... con una piel de una suavidad tal y de una blancura incomparable, todo el conjunto, en suma, de un tipo de atractivo tan excitante... que era evidente que al verla tan capaz de inspirar amor y tan decidida a no amar nunca, a muchos hombres se les escapaban un número infinito de sarcasmos contra una afición por lo demás de lo más sencilla, pero que, no obstante, al privar a los altares de Pafos de una de las criaturas del universo mejor dotadas para servirlos, espoleaba el sentido del humor de los sacerdotes de Venus, como es natural. La señorita de Villeblanche se reía de buena gana de todos esos reproches, de todos aquellos comentarios malintencionados y seguía tan consagrada a sus caprichos como siempre.
La mayor de las locuras -añadía- es la de avergonzarse de las inclinaciones que hemos heredado de la naturaleza; y burlarse de cualquier individuo que tenga gustos tan singulares es tan absolutamente bárbaro como lo sería el burlarse de un hombre o de una mujer tuertos o cojos de nacimiento, pero persuadir a unos necios de estos razonables principios es como tratar de detener el curso de los astros. Para el orgullo constituye una especie de placer el burlarse de los defectos que no se tienen y ese tipo de satisfacciones resultan tan gratas al hombre y especialmente a los imbéciles, que es muy raro ver que renuncien a él... Además, todo esto se presta a murmuraciones, frías ocurrencias, estúpidos juegos de palabras y para la sociedad, es decir, para una colección de seres reunidos por el aburrimiento y moldeados por la estupidez, resulta tan agradable hablar dos o tres sin decir nada nunca, tan delicioso el brillar a costa de los demás y denunciar condenatoriamente un vicio que uno está muy lejos de tener... es una especie de tácito elogio que uno se hace a sí mismo; a ese precio uno consiente incluso en unirse a los demás para formar una cábala y aplastar a aquel individuo cuya tremenda culpa es la de no pensar como la mayoría de los mortales y uno se vuelve a casa henchido de orgullo por el ingenio demostrado cuando con semejante conducta de lo único que se ha hecho gala y a fondo es de pedantería y de cretinez.
Así opinaba la señorita de Villeblanche, y firmemente decidida a no enmendarse jamás, se burlaba de las habladurías, era lo suficientemente rica para bastarse a sí misma, no le importaba su reputación y como aspiraba a una vida placentera y no a beatitudes celestiales en las que creía más bien poco, y menos aún a una inmortalidad demasiado quimérica para su sentidos, se rodeaba, así pues, de un pequeño círculo de mujeres que pensaban como ella, con las que la encantadora Agustina se entregaba inocentemente a todos los placeres que la deleitaban. Había tenido muchos pretendientes, pero todos habían salido tan mal parados que estaban ya a punto de renunciar a esta conquista cuando un joven llamado Franville, mas o menos de su posición y por lo menos tan rico como ella, se enamoró locamente y no sólo no se cansó de sus desplantes, sino que se decidió completamente en serio a no levantar el asedio sin haberla conquistado; dio cuenta de su proyecto a sus amigos, se rieron de él, le desafiaron y el aceptó. Franville tenía dos años menos que la señorita de Villeblanche, casi no tenía barba todavía y los rasgos más delicados y los más hermosos cabellos del mundo, así como una bellísima figura; cuando se vestía de muchacha, estaba tan bien con esa ropa que siempre conseguía engañar a ambos sexos y muy a menudo, unos todavía engañados, otros sabiendo muy bien lo que les agradaba, le habían hecho proposiciones tan concretas que en el mismo día habría podido ser el Antinoo de algún Adriano o el Adonis de alguna Psyqué. Franville pensó seducir a la señorita de Villeblanche con ese atuendo; vamos a ver cómo se las arregló.
Uno de los mayores placeres de Agustina era disfrazarse de hombre en carnaval y recorrer todas las reuniones con ese disfraz tan acorde con sus gustos; Franville, que hacía espiar sus pasos y que hasta aquel momento había tenido la precaución de no dejarse ver demasiado, se enteró un día de que aquella a quien adoraba iba a acudir aquella misma noche a un baile convocado para socios de la ópera, al que podían entrar todas las máscaras y al que, siguiendo su costumbre, esa joven encantadora iba a asistir disfrazada de capitán de dragones. Se pone un vestido de mujer, hace que le arreglen, que le engalanen con el mayor esmero y distinción posibles, se da muchísimo lápiz de labios y sin máscara alguna y acompañado por una de sus hermanas, mucho menos hermosa que él, acude a la fiesta a la que la bella Agustina iba a ir a probar suerte.
Ha dado apenas tres vueltas por la sala, cuando en seguida es descubierto por la mirada conocedora de Agustina.
-¿Quién es esa hermosa joven? -pregunta la señorita de Villeblanche a la amiga que iba con ella-. Me parece que nunca la había visto en ningún otro sitio. ¿Cómo se nos ha podido escapar una criatura tan deliciosa?
Y apenas ha acabado de decir esto ya está Agustina haciendo todo lo que puede para entablar conversación con la falsa señorita de Franville, que, al principio, huye, da media vuelta, esquiva, escapa y todo para hacerse desear con más ardor; al fin es abordada y unos comentarios triviales dan paso a la conversación, que poco a poco va haciéndose más interesante.
-Hace un calor espantoso en el baile -dice la señorita de Villeblanche-; dejemos juntas a nuestras amigas y vamos a tomar un poco el aire a uno de aquellos pabellones donde se puede jugar y tomar algo fresco.
-¡Ah!, caballero -contesta Franville a la señorita de Villeblanche, fingiendo siempre que la toma por un hombre-. Realmente no me atrevo, estoy aquí sola con mi hermana, pero sé que mi madre va a venir con el marido que me ha destinado y si los dos me vieran con vos eso tendría consecuencias...
-Bueno, bueno, hay que superar todos esos temores pueriles... ¿Qué edad tenéis, ángel cautivador?
-Dieciocho años, caballero.
-¡Ah!, y yo os contesto que a los dieciocho años uno ya ha de tener derecho a hacer todo aquello que le apetezca... Vamos, vamos, y no tengáis ningún miedo -y Franville se deja arrastrar.
-¿Y qué?, encantadora criatura -prosigue Agustina conduciendo al joven al que sigue tomando por una muchacha hacia los gabinetes contiguos a la sala de baile-. ¿Qué? ¿De verdad os vais a casar...? Cómo os compadezco... ¿Y quién es ese personaje que os destinan? Apuesto que es un hombre aburrido... ¡Ah!, qué afortunado será ese hombre y cómo desearía hallarme en su lugar. ¿Accederíais, por ejemplo, a casaros conmigo? Contestad con franqueza, celestial doncella.
-Por desgracia, bien lo sabéis caballero. ¿Acaso puede uno seguir cuando es joven los impulsos de su corazón?
-Bueno, pues rechazad a ese hombre indigno; juntos nos conoceremos de un modo más íntimo, y si nos convenimos el uno al otro, ¿por qué no podríamos llegar a un acuerdo? Gracias a Dios no me hace falta ningún tipo de autorización... Yo, aunque sólo tenga veinte años, ya soy dueño de mi patrimonio, y si pudieseis lograr que vuestros padres se decidieran en mi favor tal vez antes de ocho días podríamos estar vos y yo ligados ya por vínculos eternos.
Mientras conversaban habían salido del baile, y la hábil Agustina, que no enfilaba hacia allí su proa en busca del amor perfecto, había tenido buen cuidado de conducirle a un gabinete muy apartado que por medio de arreglos con los anfitriones siempre procuraba tener a su disposición.
-¡Oh, Dios mío! -exclama Franville al ver que Agustina cierra la puerta del gabinete y la estrecha entre sus brazos-. ¡Oh, cielos!, pero, ¿qué queréis hacer...? ¿Cómo a solas con vos y en un lugar tan apartado...? Dejadme, dejadme, os lo suplico, o al instante pediré auxilio.
-Yo te lo impediré, ángel divino -contesta Agustina, estampando su hermosa boca sobre los labios de Franville-. Grita ahora, grita sí puedes, y el purísimo soplo de tu aliento de rosa no hará sino inflamar todavía más mi corazón.
Franville se defendía con bastante languidez: resulta difícil encolerizarse demasiado cuando con tanta ternura se recibe el primer beso de todo cuanto se adora en el mundo. Agustina, envalentonada, atacada con redoblado ímpetu, ponía en ello toda esa vehemencia que sólo conocen las encantadoras mujeres llevadas de esa clase de fantasía. Pronto las manos se extravían; Franville, jugando a la mujer que cede, deja que las suyas se paseen igualmente. Se despojan de todas sus ropas y los dedos se dirigen hacia donde ambos esperan hallar lo que tanto anhelan. En ese momento, Franville cambia bruscamente de papel.
-¡ Oh, cielos! -exclama-. ¡Pero si sois una mujer!
-¡Horrible criatura! -añade Agustina al poner su mano sobre ciertas cosas cuyo estado no permitía abrigar la menor ilusión-. ¡Y que me haya tomado tantas molestias para no encontrar más que a un hombre despreciable... ! ¡Bien desdichada tengo que ser!
-No mucho más que yo, a decir verdad -contesta Franville vistiéndose de nuevo y dando muestras del más insondable desprecio-. Me pongo un disfraz que pueda atraer a los hombres; me gustan y por eso les busco, y no encuentro más que a una p...
-¡Oh, no; una p... no! -responde Agustina con acritud-. En mi vida lo he sido. Cuando se aborrece a los hombres no se corre el peligro de ser tratada de esta manera...
-Pero, ¿cómo sois mujer y detestáis a los hombres?
-Sí, les detesto, y mirad por dónde, por la misma razón por la que vos sois hombre y detestáis a las mujeres.
-Lo único que se puede decir es que este encuentro no tiene igual.
-A mí me parece lamentabilísimo -contesta Agustina con todos los síntomas del más pésimo humor.
-A decir verdad, señorita, más fastidioso es aún para mi -responde agriamente Franville-. Aquí me tenéis, deshonrado para tres semanas. ¿Sabéis que en nuestra orden hacemos voto de no tocar jamás a una mujer?
-Me parece que bien se puede tocar a una como yo sin deshonrarse.
-A fe mía, pequeña -continúa Franville-, no veo que haya ningún motivo especial para hacer una excepción y no entiendo por qué un vicio tenga que haceros más deseable.
-¡Un vicio...! ¿Pero cómo tenéis el valor de reprocharme los míos... teniéndolos tan execrables como los tenéis?
-Mirad -le contesta Franville-, no vayamos a pelearnos, estamos empatados; lo mejor es que nos despidamos y que no nos volvamos a ver.
Y con estas palabras se disponía a abrir las puertas.
-Un momento, un momento -exclama Agustina impidiéndoselo-. Vais a pregonar nuestra aventura a todo el mundo, lo apostaría.
-Tal vez así me divierta.
-Y por otra parte, ¿qué me importa? Gracias a Dios me siento por encima de toda murmuración; salid, caballero, salid y contad lo que os apetezca -e impidiéndoselo de nuevo-: Sabéis -le dice sonriendo- que toda esta historia es realmente extraordinaria... Los dos nos hemos equivocado.
-¡Ah!, pero el error es mucho más cruel -contesta Franville- para gente con gustos como los míos que para personas que compartan los vuestros..., y es que ese vacío nos repugna.
-Para seros sincera, querido amigo: podéis estar bien seguro de que lo que nos ofrecéis nos repele tanto o más aún, así pues la repugnancia es idéntica, pero no se puede negar, ¿verdad?, que la aventura ha sido divertidísima. ¿Volvéis al baile?
-No sé.
-Yo ya no vuelvo -contesta Agustina-. Habéis hecho que descubra ciertas cosas... tan desagradables... que voy a acostarme.
-Me parece muy bien.
-Pero mirad que ni siquiera es tan galante como para darme su brazo hasta mi casa. Vivo a dos pasos de aquí, no he traído mi coche y me vais a dejar así.
-No, os acompañaré encantado -contesta Franville-. Nuestras inclinaciones no nos impiden ser corteses... ¿Queréis mi mano...?, pues aquí la tenéis.
-La acepto tan sólo porque no encuentro nada mejor; algo es algo.
-Podéis estar totalmente segura de que por mi parte os la ofrezco sólo por simple caballerosidad.
Llegan a la puerta de la casa de Agustina y Franville se dispone a despedirse.
-Realmente sois encantador -dice la señorita de Villeblanche-, pero, ¿cómo vais a dejarme en la calle?
-Mil perdones -responde Franville-, no me atrevería.
-¡Ah!, ¡qué desabridos son estos hombres a los que no les gustan las mujeres!
-Es que -contesta Franville, dando su mano, no obstante, a la señorita de Villeblanche-, sabéis, señorita, desearía volver al baile cuanto antes y tratar de reparar mi estupidez.
-¿Vuestra estupidez? ¿Entonces seguís enfadado por haberme conocido?
-No he dicho eso, pero, ¿no es verdad que ambos podríamos encontrar algo mucho mejor?
-Sí, tenéis razón -contesta Agustina entrando por fin en la casa-, tenéis mucha razón, señor, pero sobre todo... porque mucho me temo que este funesto encuentro va a costarme la felicidad para toda mi vida.
-¡Cómo! ¿Es que no estáis perfectamente segura de vuestros sentimientos?
-Ayer sí lo estaba.
-¡Ah! No os atenéis a vuestras máximas.
-No me atengo a nada; me estáis poniendo nerviosa.
-Bien, ya me voy, señorita, ya me voy. Dios no permita que os siga molestando.
-No, quedaos, os lo ordeno. ¿Podréis soportar al menos una vez en vuestra vida el obedecer a una mujer?
-No hay nada que no hiciera por complaceros -contesta Franville tomando asiento-, ya os he dicho que soy galante.
-¿Sabéis que resulta abominable que a vuestra edad tengáis gustos tan perversos?
-¿Y creéis que es decoroso, a la vuestra, tener otros tan singulares?
-¡Oh!, es muy distinto, en nosotras es una cuestión de recato, de pudor..., incluso de orgullo, si queréis llamarlo así; es miedo a entregarse a un sexo que no nos seduce nunca más que para esclavizarnos... Mientras, los sentidos se van despertando y nos arreglamos entre nosotras; aprendemos a comportarnos con disimulo, se va adquiriendo un barniz de comedimiento que a menudo resulta obligado, y así la naturaleza está contenta, la decencia se observa y no se atenta contra las costumbres.
-Eso es lo que se llama un sofisma perfecto, se lleva a la práctica y sirve para justificar cualquier cosa. ¿Y qué tiene para que no podamos invocarlo asimismo en nuestro favor?
-No, en absoluto; vuestros prejuicios son tan diferentes que no podéis abrigar los mismos temores. Vuestro triunfo radica en nuestra derrota... Cuanto más numerosas son vuestras conquistas mayor es vuestra gloria, y sólo por vicio o por depravación podéis esquivar los sentimientos que os inspiramos.
-Realmente creo que me vais a convertir.
-Eso es lo que desearía.
-¿Y qué ganaría con ello si vos persistís en el error?
-Mi sexo me estaría agradecido, y como me gustan las mujeres, estaría encantada de poder trabajar para ellas.
-Si el milagro se realizara, sus efectos no iban a ser tan amplios como parece que creéis; accedería a convertirme sólo para una mujer, como mucho, con el propósito de... probar.
-Ese es un sano principio.
-Es que es verdad que hay una cierta prevención, eso pienso, al tomar un partido sin haber probado todos los demás.
-¡Cómo! ¿Nunca habéis estado con una mujer?
-Nunca, y vos... ¿podríais acaso ofrecer primicias tan absolutas?
-¡Oh, no! Primicias ninguna... Las mujeres con las que vamos son tan hábiles y tan celosas que no nos dejan nada... Pero no he estado con ningún hombre en toda mi vida.
-¿Es una promesa?
-Sí, y no deseo ni conocer ni estar con ninguno a no ser que sea tan especial como yo.
-Deploro no haber hecho ese mismo voto.
-No creo que se pueda ser más impertinente...
Y con estas palabras, la señorita de Villeblanche se levanta y dice a Franville que es muy dueño de irse. Nuestro joven amante, sin perder su sangre fría, hace una profunda reverencia y se dispone a salir.
-¿Volvéis al baile, no? -le pregunta secamente la señorita de Villeblanche, mirándole con un desprecio mezclado con el amor más ardiente.
-Pues sí, creo que ya os lo dije.
-Luego no sois merecedor del sacrificio que os ofrezco.
-¡Cómo! ¿Pero me habéis ofrecido algún sacrificio?
-Ya nunca podré hacer nada después de haber tenido la desgracia de conoceros.
-¿La desgracia?
-Vos me obligáis a usar esta expresión; sólo de vos dependería que pudiera emplear otra muy distinta.
-¿Y cómo combinaríais todo esto con vuestras inclinaciones?
-¿Qué es lo que no se abandona cuando se ama?
-De acuerdo, pero os resultaría imposible amarme.
-Desde luego, si vais a conservar hábitos tan deplorables como los que he descubierto en vos.
-¿Y si renunciara a ellos?
-Al instante inmolaría los míos en el altar del amor... ¡Ah!, pérfida criatura, ¡cuánto le cuesta a mi gloria esta declaración y tú acabas de arrancármela! -exclama Agustina arrasada en lágrimas y dejándose caer sobre un diván.
-Acabo de oír de los labios más hermosos del universo la más halagadora confesión que me sea posible escuchar -exclama Franville, arrojándose a los pies de Agustina-. ¡Ah!, objeto adorado de mi más tierno amor, reconoced mi fingimiento y dignaos a no castigarlo; a vuestros pies os imploro clemencia y así permaneceré hasta mi perdón. Junto a vos, señorita, tenéis al amante más constante, al más apasionado; pensé que esta estratagema era necesaria para vencer a un corazón cuya resistencia conocía. ¿Lo he logrado, hermosa Agustina? ¿Negareis a un amor limpio de vicios lo que os dignasteis a declarar al amante culpable..., culpable? Yo... culpable de lo que habíais creído... ¡Ah! ¿Cómo podíais pensar que pudiera existir una pasión impura en el alma de quien sólo por vos se consumía?
-¡Traidor!, me has engañado... pero te perdono...; sin embargo, así no tendrás nada que sacrificar por mí y mi orgullo se sentirá menos halagado, pero no importa, yo te lo sacrifico todo... ¡Adelante!, para complacerte renuncio con alegría a los errores a los que casi tanto como nuestros gustos nos arrastra nuestra vanidad. Ahora me doy cuenta, la naturaleza así lo exige; yo la sofocaba con desvaríos de los que ahora abjuro con toda mi alma; no se puede resistir a su imperio, ella nos creó sólo para vosotros, a vosotros no os formó más que para nosotras, observemos sus leyes, la misma voz del amor hoy me las revela, para mí habrán de ser sagradas. Aquí tenéis mi mano, señor, os tengo por hombre de honor y digno de mí. Si por un momento pude merecer la pérdida de vuestra estima, a fuerza de atenciones y de ternura quizá pueda aún reparar mis errores, y haré que reconozcáis que los de la imaginación no siempre consiguen degradar a un alma bien nacida.
Franville, colmados sus deseos, inunda con lágrimas de felicidad las bellas manos que tiene entre las suyas; se pone en pie y se arroja a los brazos que se le abren:
-¡Oh!, el día más afortunado de mi vida -exclama-. ¿Hay algo comparable a mi triunfo? Devuelvo al seno de la virtud un corazón en el que voy a reinar para siempre.
Franville abraza mil veces al divino objeto de su amor y se despiden; al día siguiente comunica su felicidad a todos sus amigos; la señorita de Villeblanche era un partido demasiado bueno para que sus padres se lo vedasen, y se casa con ella en la misma semana. La ternura, la confianza, la más exacta ponderación y la más severa modestia coronaron su himeneo, y al convertirse en el más feliz de los mortales fue lo bastante hábil como para hacer de la más libertina de las muchachas la más fiel y virtuosa de las esposas.

HÁGASE COMO SE ORDENA

-Hija mía -dice la baronesa De Fréval a la mayor de sus hijas, que iba a casarse al día siguiente-, sois hermosa como un ángel; apenas habéis cumplido vuestro decimotercer año y es imposible ser más tierna y más encantadora; parece como si el mismísimo amor se hubiera recreado en dibujar vuestras facciones, y sin embargo os veis obligada a convertiros mañana en esposa de un viejo picapleitos, cuyas manías son de lo más sospechosas... Es un compromiso que me desagrada extraordinariamente, pero vuestro padre lo quiere. Yo deseaba hacer de vos una mujer de elevada posición, pero ya no es posible; estáis destinada a cargar toda vuestra vida con el ingrato título de presidenta... Lo que más me desespera es que no llegaréis a serlo más que a medias... El pudor me impide explicaros esto, hija mía..., pero es que esos viejos tunantes, que acostumbran a juzgar al prójimo sin saber juzgarse a sí mismos, tienen caprichos tan barrocos, habituados a una vida en el seno de la indolencia... Esos bribones se corrompen desde que nacen, se hunden en el libertinaje, y arrastrándose en el impuro fango de las leyes de Justiniano y de las obscenidades de la capital, como la culebra que no levanta la cabeza más que de cuando en cuando para devorar insectos, sólo se les ve salir de él a base de reprimendas o de alguna detención. Así, pues, escuchadme, hija mía, y manteneos erguida..., porque si inclináis la cabeza de esa forma complaceréis extraordinariamente al señor presidente, y no me extrañaría que os la pusiera a menudo mirando a la pared... En una palabra, hija mía, se trata de lo siguiente: negad rotundamente a vuestro marido lo primero que os proponga; estamos convencidos de que esa primera proposición será, sin la menor duda, de lo más indecente e intolerable... Conocemos sus gustos; hace ya cuarenta años que, llevado de convicciones totalmente ridículas, ese maldito pícaro afeminado tiene la costumbre de tomarlo todo única y exclusivamente por detrás. Así, pues, hija mía, vos os negaréis, ¿me oís?, y le contestaréis: «No, señor, por cualquier otro sitio que os guste, pero por ahí, de ninguna manera.»
Dicho esto, se ponen a engalanar a la señorita De Fréval; la arreglan, la bañan, la perfuman. Llega el presidente, con el pelo ensortijado como un querubín, empolvado hasta los hombros, gangoso, chillón, balbuciendo leyes y diciendo cómo tiene que ser el Estado. Gracias al arreglo de su peluca, de su traje ajustado, de sus carnes prietas y restallantes, apenas se le calcularían cuarenta años, aunque tenía cerca de sesenta. Aparece la novia, él le hace unas carantoñas y en los ojos del leguleyo se puede ya leer toda la depravación de su alma. Al fin llega el momento... la desnuda, se acuestan y por una vez en su vida, el presidente, bien por tomarse un poco más de tiempo para educar a su discípula o bien por temor a los sarcasmos que podrían ser fruto de las indiscreciones de su mujer, no piensa más que en cosechar placeres legítimos. Pero la señorita De Fréval ha sido bien educada. La señorita De Fréval, que se acuerda de que su mamá le ha aconsejado que rechazara con toda firmeza las primeras proposiciones que le fueran a hacer, no desperdicia la ocasión y le dice al presidente:
-No, señor, por mucho que queráis no ha de ser así; por cualquier otro sitio que os guste, pero por ahí, de ninguna manera.
-Señora -contesta el presidente estupefacto-, debo protestar... estoy haciendo un esfuerzo... en realidad es una virtud.
-No, señor, por más que insistáis nunca accederé a eso.
-Muy bien, señora, hay que teneros contenta -responde el picapleitos, tomando posesión de su enclave predilecto-. Mucho sentiría disgustaros y mas en vuestra noche de bodas, pero tened cuidado, señora, pues en el futuro, por mucho que me lo roguéis, ya no podréis hacer que varíe mi rumbo.
-Me parece muy bien, señor-contesta la joven, buscando la postura-, no temáis que no os lo he de pedir.
-Entonces, ya que así lo queréis, adelante -contesta el hombre de bien, mientras se acomoda-. En nombre de Ganímedes y de Sócrates, ¡hágase como se ordena!

EL PRESIDENTE BURLADO

¡Oh!, confiad en mí, voy a agasajarlos
de tal forma... que no se atreverán a volver en veinte años.

Con mortal pesadumbre veía el marqués de d'Olincourt, coronel de dragones, hombre rebosante de ingenio, de gracia y de vitalidad, cómo la señorita de Téroze, su cuñada, iba a pasar a los brazos de uno de los seres más nauseabundos que hayan pisado la superficie del globo. Esta encantadora joven, de dieciocho años de edad, fresca como Flora y formada como las Gracias, amada desde hacía cuatro años por el joven conde de Elbéne, segundo coronel del regimiento de d'Olincourt, no podía tampoco dejar de estremecerse al ver cómo se acercaba el instante fatal que debía, al unirla al repelente esposo que le destinaban, separarla para siempre del único hombre que era digno de ella. ¿Pero cómo evitarlo? La señorita de Téroze tenía un padre anciano, hipocondríaco y gotoso que lamentablemente opinaba que ni los atractivos ni las dotes personales eran los que debían informar los sentimientos de una muchacha para con su marido, sino, única y exclusivamente, la razón, la edad madura y sobre todo la profesión; que la profesión de magistrado era la más considerada, la más majestuosa de todas las profesionales de la monarquía, y no sólo eso, sino también la que a él más le gustaba de todas; su hija tenía que ser feliz, forzosamente, con un magistrado. No obstante, el anciano barón de Téroze había casado a su hija mayor con un militar, peor aún, con un oficial de dragones; ésta, con un carácter perfecto para serlo en cualquier circunstancia, era tremendamente feliz y no tenía ningún motivo para lamentarse de la elección de su padre. Pero todo eso no importaba lo más mínimo; si ese primer matrimonio había salido bien se debía al azar; de hecho sólo un magistrado podía hacer plenamente feliz a una hija; dando esto por sentado, había que buscar un picapleitos, y de todos los picapleitos imaginables el más grato a los ojos del anciano barón era un tal señor Fontanis, presidente del parlamento de Aix, a quien antaño había conocido en Provenza, por lo que, sin darle más vueltas, el señor de Fontanis era el que tenía que casarse con la señorita de Téroze. Poca gente puede imaginarse a un presidente del parlamento de Aix; es una especie de bestia de la que se ha hablado a menudo, pero sin conocerla a fondo, rigorista por profesión, meticuloso, crédulo, testarudo, vano, cobarde, charlatán y estúpido por carácter, estirado en sus ademanes como un ganso, pronunciando las erres como un polichinela; enjuto, largo, flaco y hediondo como un cadáver por lo general. Se diría que toda la bilis y la severidad de la magistratura del reino habían buscado cobijo en el templo de la Temis provenzal, para trasladarse desde allí en caso de necesidad cada vez que un tribunal francés tiene que presentar alguna queja o tiene que ahorcar á algún ciudadano. Pero el señor Fontanis superaba este ligero esbozo de sus colegas. Por encima de la figura chupada y algo encorvada que acabamos de describir, en el señor de Fontànis podía apreciarse un occipucio estrecho, no muy bajo, empinadísimo hacia arriba, rematado por una frente macilenta tapada magistralmente por una peluca confeccionada para ocasiones diversas, de un modelo que aún no se había visto en París; dos piernas algo torcidas sostenían con notable esfuerzo ese campanario ambulante, de cuyo pecho se despedía, no sin ciertas molestias para los circundantes, una voz chillona que declamaba enfáticamente largos cumplidos mitad franceses, mitad provenzales, tras los que él mismo nunca dejaba de sonreír con tal abertura de la boca, que se podía contemplar hasta la campanilla una sima negruzca, desprovista de dientes, excoriada en varios sitios y que no se parecía mal del todo a la abertura de cierto asiento que, dada la estructura de nuestra incorregible humanidad, tan pronto es trono de reyes como lo es de unos pastores. Al margen de estos atractivos físicos, el señor de Fontanis tenía pretensiones de hombre cultivado. Después de haber soñado una noche que había subido al séptimo cielo con San Pablo, se consideraba el mejor astrónomo de Francia; comentaba las leyes como Farinacius y Cujas, y a menudo se le oía decir, como a esos grandes hombres y como a sus colegas que no son grandes hombres ni por asomo, que la vida de un ciudadano, su fortuna, su honor. su familia, en fin, todo lo que la sociedad considera sagrado, de nada vale cuando hay que investigar un crimen, y que vale mil veces más arriesgar la vida de quince inocentes que salvar por falta de celo la de un culpable, pues el cielo es justo si los parlamentos no lo son, y el castigo de un inocente no presenta otro inconveniente que enviar un alma al paraíso, mientras que el hecho de salvar a un culpable amenaza con multiplicar los crímenes sobre la tierra. Solamente una clase de individuos tenía cierto albedrío sobre el alma acorazada del señor de Fontanis: la de las rameras, por más que, por lo general, no hiciese gran uso de ellas; aunque apasionadísimo, era de naturaleza reacia y poco emprendedora y sus deseos siempre sobrepasaban con mucho sus posibilidades. El señor de Fontanis aspiraba a tramitar su apellido a la posteridad, eso era todo, pero lo que inducía a este ilustre magistrado a mostrarse indulgente con las sacerdotisas de Venus era que, en su opinión, pocas ciudadanas resultaban tan útiles al Estado como ellas, pues, por medio de sus trapacerías, de sus imposturas y de su charlatanería, se podía llegar a descubrir una infinidad de delitos ocultos, y el señor de Fontanis, eso hablaba en su favor, era un enemigo jurado de todo lo que los filósofos llaman debilidades humanas.
Esta mezcla un tanto grotesca de físico ostrogodo y de moral de Justiniano salió por primera vez de la ciudad de Aix en abril de 1779 y fue a alojarse, reclamado por el señor barón de Téroze, a quien conocía desde hacía mucho tiempo, al hotel de Dinamarca, no lejos de la residencia del barón. Como era la época de la feria de Saint-Germain, todo el mundo en ese hotel pensó que el sorprendente animal había venido a exhibirse. Uno de esos seres oficiosos que siempre prestan sus servicios en esa clase de establecimientos públicos, incluso llegó a proponerle que fuera a avisar a Nicolet, que estaría encantado de prepararle un camerino, a menos que prefiriera debutar con Audinot. El presidente contestó: «Cuando era un niño, mi niñera me advirtió que el parisino era un pueblo cáustico y chistoso que nunca haría justicia a mis cualidades, pero mi proveedor de pelucas añadió, a pesar de eso, que mi peluca les impresionaría. ¡Ah, el pueblo; bromea cuando se muere de hambre y canta cuando le machacan. ¡Oh!, siempre lo he dicho: a esa gente le haría falta una inquisición como en Madrid o un patíbulo siempre levantado, como el de Aix.»
Entretanto, el señor de Fontanis, tras el aseo que no hizo sino realzar el brillo de sus sexagenarios encantos, con unas inyecciones de agua de rosas y de lavanda, que en este caso no eran precisamente ornamentos ambiciosos, como dice Horacio, después de todo esto, y tal vez de algunas otras precauciones que no han llegado a nuestro conocimiento, fue a hacer acto de presencia a casa de su amigo, el anciano barón. Se abre la puerta de par en par, se le anuncia y el presidente pasa adentro. Por desgracia para él, las dos hermanas y el conde de d'Olincourt estaban divirtiéndose juntos como verdaderos niños en un rincón de la sala, y cuando apareció esta figura, por más que se esforzaron, les fue imposible evitar tal carcajada que la grave compostura del magistrado provenzal se vio prodigiosamente alterada; largo tiempo había ensayado delante de un espejo su reverencia de presentación y la estaba repitiendo bastante pasablemente cuando la desafortunada carcajada que profirieron nuestros jóvenes casi hizo que el presidente permaneciera curvado en forma de arco mucho más tiempo del que había previsto; se alzó, no obstante; una severa mirada del barón a sus tres hijos les hizo recobrar la seriedad y el respeto y empezó la conversación.
El barón, que quería liquidar de prisa aquel asunto y que ya había hecho todas las composiciones de lugar, no dejó que acabara esta primera entrevista sin anunciar a la señorita de Téroze que ése era el marido que le destinaba y que debería entregarle su mano dentro de ocho días como muy tarde. La señorita de Téroze no contestó nada; el presidente se marchó y el barón volvió a repetir que deseaba ser obedecido. La circunstancia era de las más crueles: no sólo esta hermosa joven adoraba al señor de Elbene, no sólo le idolatraba, sino que, además, tan frágil como sensible, ya había por desgracia permitido a su delicioso amante cortar esa flor que, muy distinta de las rosas con las que a veces se la compara, no posee como aquéllas la facultad de renacer a cada primavera. Ahora bien, ¿qué iba a pensar el señor de Fontanis..., un presidente del Parlamento de Aix..., cuando viese ya hecha su tarea? Un magistrado provenzal puede tener sus ridiculeces, son normales en su clase, pero aun así sabe lo que son las primicias y se siente muy contento de recibir las de su mujer al menos una vez en su vida. Esto era lo que paralizaba a la señorita de Téroze, la cual, aunque muy juguetona y muy vital, poseía sin embargo toda la delicadeza que conviene a una mujer en esas circunstancias y sabía perfectamente lo poco que la iba a estimar su marido si llegaba a darse cuenta de que había sido capaz de faltarle al respeto aun antes de conocerle; pues no hay nada tan rígido como nuestros prejuicios sobre esa materia: no sólo una desventurada muchacha tiene que sacrificar todos los sentimientos de su corazón al marido que sus padres le buscan, sino que incluso se la considera culpable si antes de conocer al tirano que va a esclavizarla ha podido, prestando oídos tan sólo a la naturaleza, seguir su voz. La señorita de Téroze confió sus preocupaciones a su hermana, que, mucho más jovial que mojigata y mucho más comprensiva que devota, se puso a reír como una loca ante la revelación y dio parte a su grave esposo, quien decidió que estando ciertas cosas en tal estado de rotura y de deterioro había que guardarse muy bien de ofrecerlas a los sacerdotes de Themis, pues esos señores no se andan con bromas en cosas de semejante importancia, y tan pronto como su pobre hermanita se encontrara en la ciudad del «patíbulo siempre levantado», podían muy bien hacer que subiese a él para convertirla en víctima del pudor. El marqués afirmó después de la cena que poseía cierta erudición y que los provenzales eran una colonia egipcia, que los egipcios hacían sacrificios muy a menudo con muchachas jóvenes y que un presidente del Parlamento de Aix, que se considera a sí mismo un colono egipcio, podría hacer que le cortaran a su hermanita el más hermoso cuello del mundo...
Esos «colonos presidentes» son auténticos rebanadores de cabezas; cortan una nuca con la misma facilidad que una corneja arroja nueces, sea justo o no sea justo, no se paran en mientes; el rigorismo lleva, como la propia Therrlis, una venda sobre los ojos puesta por la estupidez, y en la ciudad de Aix los filósofos nunca han conseguido quitársela...
Decidieron reunirse a deliberar: el conde, el marqués, la señora de d' Olincourt y su adorable hermana fueron a cenar a un pequeño pabellón del marqués en el bosque de Bolonia y allí el severo areópago dictaminó, en un enigmático estilo parecido a las respuestas de la sibila de Cumas o a las sentencias del Parlamento de Aix, pues el pretendido origen egipcio servía de pretexto para el jeroglífico, que «el presidente se casaría y no se casaría lo más mínimo». Dictada la sentencia, instruidos convenientemente los actores, regresan todos a casa del barón: la joven no pone el menor reparo a su padre; d'Olincourt y su mujer le aseguran que un enlace tan bien concertado es para ellos una auténtica alegría, se muestran extrañamente cariñosos con el presidente, procuran no reírse cuando está-presente y se granjean tan a fondo las simpatías del yerno y del cuñado que uno y otro dan su consentimiento para celebrar los misterios del himeneo en el castillo de d'Olincourt, cerca de Melun, espléndida finca perteneciente al marqués. Todos aceptan, únicamente el barón dice- está desolado por no poder participar en los placeres de una fiesta tan deliciosa, pero si puede irá a verlos. Al fin llega el día, los cónyuges son sacramentalmente unidos en Saint-Sulpice, muy temprano por la mañana, sin el menor boato, y aquel mismo día parten para d'Olincourt. Disfrazado con el nombre y uniforme de La Brie, ayuda de cámara de la marquesa, el conde de Elbene recibe a la comitiva a su llegada y, terminada la cena, conduce a los esposos a la cámara nupcial, cuya decoración y maquinaria eran de su invención y por él igualmente iban a ser manejadas.
-Verdaderamente, preciosa -exclama el enamorado provenzal tan pronto como se queda a solas con su pretendida-. Poseéis encantos que podrían ser los de la mismísima Venus, cáspita! . Ignoro dónde los habréis adquirido, pero se podría recorrer toda Provenza sin encontrar nada que os iguale.
Y acto seguido empieza a pasar la mano por las enaguas de la pobre Téroze, que no sabía qué hacer, si dejarse llevar de la risa o del miedo.
-Por aquí, por allá y por todas partes, que Dios me condene y que no vuelva nunca a juzgar a una ramera si estas no son las formas del amor bajo los espléndidos faldones de su madre.
Mientras tanto entra La Brie llevando dos platillos dorados; ofrece uno o la joven esposa y otro al señor presidente:
-Bebed, castos esposos -dice--, y que ambos halléis en este bebedizo las dádivas del amor y los dones del himeneo.
-Señor presidente -continúa La Brie al ver que el magistrado quiere saber a qué viene ese brebaje-, esta es una tradición parisiense que se remonta al bautismo de Clodoveo: es costumbre entre nosotros que antes de que celebréis los misterios a los que ambos os vais a consagrar encontréis en este lenitivo, purificado por la bendición del obispo, las fuerzas necesarias para esa empresa.
-¡Ah!, claro que sí, con mucho gusto -contesta el magistrado-, traed, traed, amigo mío... Pero, ¡diantre!, si echáis leña al fuego que vuestra joven ama se ponga en guardia, pues ya estoy excitadísimo, y si me ponéis en un estado tal que ni me reconozca, no sé lo que va a pasar.
El presidente bebe, su joven esposa le imita, los criados se retiran y ellos se acuestan, pero apenas lo han hecho cuando le acometen al presidente unos dolores de tripas tan intensos, una necesidad tan apremiante de aliviar su débil naturaleza por el lado opuesto al que tendría que ser, que, sin el menor cuidado por el sitio en que se halla, sin ningún respeto hacia aquella que comparte su lecho, inunda la cama y sus inmediaciones con un diluvio de bilis tan considerable que la señorita de Téroze, despavorida, tiene el tiempo justo para bajarse y pedir auxilio. Van acudiendo el señor y la señora de d'Olincourt, que habían tenido buen cuidado de no irse a la cama; llegan a toda prisa. El consternado presidente se cubre con las sábanas para que no le vean, sin darse cuenta de que cuanto más se tapa más se ensucia, y al final presenta un aspecto tan horroroso y repugnante que su joven esposa y todos los presentes se retiran, lamentando vivamente su estado y asegurándole que al instante avisarán al barón para que envíe en seguida al castillo a uno de los mejores médicos de la capital.
-¡Oh, cielos! -exclama el desdichado presidente, presa de la consternación, cuando se queda a solas-. ¿Qué aventura es ésta? Yo creía que sólo se podía descargar de esta forma en palacio y sobre flores de lis, pero la noche de bodas y en el lecho de la parienta, realmente no lo comprendo.
Un teniente del regimiento de d'Olincourt, llamado Delgatz, que para cuidar de los caballos del regimiento había estudiado dos o tres cursos en la escuela de Veterinaria, no dejó de acudir al día siguiente con los títulos y emblemas de uno de los más famosos hijos de Esculapio. Aconsejaron al señor de Fontanis que hiciera acto de presencia con una simple bata de casa, y la señora presidente de Fontanis, a la que, no obstante, aún no deberíamos dar ese nombre, no ocultó a su marido lo atractivo que le encontraba con ese atuendo: llevaba una bata de casa de damasco amarillo con rayas rojas hasta la cintura, adornada con cenefas y chorreras; por debajo, un corto chaleco de estameña marrón, calzones de marinero del mismo color y un bonete de lana roja; todo, ello realzado por la atractiva palidez que el accidente de la víspera incrementó de tal manera el amor de la señorita de Téroze que no quería dejarle solo ni un minuto.
-¡Pobrecita! -decía el presidente-. ¡Cómo me quiere! Sin duda es la mujer que el cielo me destinaba para ser feliz; me he portado muy mal la noche pasada, pero no siempre tiene uno diarrea.
Entretanto llega el médico, toma el pulso a su paciente y, sorprendido por su debilidad, le demuestra con los aforismos de Hipócrates y los comentarios de Galeno que si no se restablece por la noche bebiéndose para cenar media docena de botellas de vino de España o de Madeira, le será imposible lograr la deseada desfloración; en cuanto a la indigestión de la víspera, le aseguró que no era nada.
-Eso ocurre -le dijo- cuando la bilis no ha sido bien filtrada por los vasos del hígado.
-Pero -le pregunta el marqués-, ¿no era peligroso ese trastorno?
-Os ruego que me perdonéis, señor -contestó gravemente el acólito del templo de Epidauro-, pero en medicina no hay nunca causas pequeñas que no puedan llegar a tener consecuencias si la profundidad de nuestro arte no corta en seguida sus efectos. Ese trastorno podría producir una alteración considerable en el organismo del señor; esa bilis infiltrada, llevada por el cayado de la aorta a la arteria subclavia, transportada desde allí por las carótidas a las delicadas membranas del cerebro, al alterar la circulación de los espíritus animales, pues anula su actividad natural, hubiera podido producir la locura.
-¡Oh, cielos! -exclamó la señorita de Téroze sollozando-. ¡Mi marido loco! Hermana mía, ¡mi marido loco! -Tranquilizaos, señora, no es nada, gracias a la prontitud de mis cuidados, y yo me hago responsable del enfermo.
Con estas palabras la alegría renació en todos los corazones. El marqués de d'Olincourt abrazó con ternura a su cuñado, le testimonió de forma provinciana e impetuosa el vivo interés que le inspiraba y ya no hubo más que animación. El marqués recibía aquel día a sus vasallos y vecinos; el presidente quiso ir a acicalarse, se lo prohibieron y se divirtieron presentándole con la mencionada indumentaria a toda la población de los alrededores.
-¡Pero qué bien está así! -comentaba a cada momento la marquesa con mordacidad-. Realmente, señor de d'Olincourt, si antes de conoceros hubiera sabido que la soberana magistratura de Aix contaba con personas tan encantadoras como mi querido cuñado, os aseguro que habría elegido esposo entre los miembros de esa respetable asamblea.
Y el presidente le daba las gracias y se agachaba, riéndose burlonamente, haciendo muecas de vez en vez delante de los espejos y diciéndose a sí mismo en voz baja: «Realmente no estoy nada mal.» Al fin llegó la hora de la cena; hicieron que se quedara el maldito médico, a quien, como bebía como un suizo, no le costó demasiado convencer a su paciente para que le imitara. Habían tenido buen cuidado de colocar a su alcance vinos espiritosos que, al trastornar con notable rapidez los órganos de su cerebro, pusieron al presidente en el estado que deseaban. Se levantaron de la mesa; el teniente, que había representado magistralmente su papel, se fue a la cama y a la mañana siguiente desapareció. En cuanto a nuestro héroe, su mujer se había hecho cargo de él y le condujo al lecho nupcial. Todos le escoltaron triunfalmente, y la marquesa, siempre encantadora pero mucho más cuando había bebido un poco de champaña, le comentó que se había excedido y que se temía que, trastornado por los vapores de Baco, el amor aún no pudiera encadenarle aquella noche.
Esto no es nata, señora marquesa -contestó el presidente-. Esos dioses seductores, cuando se juntan, son todavía más temibles. En cuanto a la razón, que se pierda con el vino o en las llamas del amor, como se puede prescindir de ella, ¡qué importa a cuál de esas dos divinidades se la sacrifique! Nosotros, los magistrados, de lo que mejor sabemos prescindir es de la razón; desterrada de nuestros tribunales tanto como de nuestras cabezas, nos divertimos pisoteándola, y eso es lo que hace que nuestras sentencias sean verdaderas obras maestras, pues aunque no tiene el menor sentido común son ejecutadas con tanta firmeza como si se supiera lo que quieren decir. Aquí donde me veis, señora marquesa -prosiguió el presidente dando traspiés y recogiendo su rojo bonete que una momentánea pérdida de equilibrio acababa de separar de su cráneo pelado-, sí, en honor a la verdad, aquí donde me veis, soy uno de los mejores cerebros de mi cuadrilla; fui yo quien convenció a mis ingeniosos colegas, el año pasado, para que desterraran por diez años de la provincia, arruinándole de esa forma para siempre, a un gentilhombre que había servido cabalmente al rey en todo momento, y todo por un puñado de rameras. Hubo discusiones, yo di mi opinión y el rebaño se plegó a mi voz... Sabéis, señora, a mí me gustan las buenas costumbres, la templanza y la sobriedad; todo lo que está en contra de tales virtudes me subleva y lo castigo sin miramientos; hay que ser severo, la severidad es la hija de la justicia... y la justicia es la madre de... Os ruego que me disculpéis, señora, hay ocasiones en que la memoria me juega estas pasadas.
-Sí, sí, eso es muy justo -contestó la marquesa marchándose y llevándose a todo el mundo-. Cuidad tan sólo de que esta noche no os pase como vuestra memoria, pues, en fin, hay que terminarlo y mi hermanita, que os adora, no va a conformarse eternamente con abstinencia semejante.
-No temáis nada, señora, no temáis nada -continuó el presidente queriendo seguir de nuevo a la marquesa con pasos un tanto circunflejos-. No tengáis miedo; os prometo que mañana os la devuelvo corno señora de Fontanis; tan cierto como que soy hombre de honor. ¿Verdad, pequeña? -prosiguió el picapleitos volviéndose hacia su esposa-. ¿No estáis de acuerdo conmigo en que esta noche nuestra tarea quedará hecha de una vez...? Ya podéis ver cómo lo desean; no hay un solo miembro de vuestra familia que no se sienta orgulloso de emparentar conmigo; nada honra tanto a una casa como un magistrado.
-¿Y quién lo duda, señor? -contestó la joven-. Os aseguro que en lo que a mí respecta jamás me he sentido tan orgullosa como desde que oigo que me llaman señora presidente.
-No me cuesta creeros; vamos, desnudaos, astro mío, siento cierta pesadez y me gustaría, si es posible, concluir nuestra operación antes de que el sueño me venza por completo.
Pero como la señora de Téroze, como es habitual entre las recién casadas, nunca ponía punto final a su aseo, como nunca encontraba lo que buscaba, no paraba de regañar a sus doncellas y no acababa nunca, el presidente, que no podía con su alma, optó por meterse en la cama conformándose con gritar durante un cuarto de hora: -Pero, venga pardiez, venid; no puedo explicarme lo que estáis haciendo. Dentro de un momento ya no tendremos tiempo.
Pero a pesar de todo no terminaba nunca, y como en el estado de embriaguez en que se hallaba nuestro moderno Licurgo le era difícil apoyar la cabeza sobre una almohada sin quedarse dormido, se dejó vencer por la más apremiante de sus necesidades. Y estaba ya roncando como si hubiera juzgado a alguna ramera de Marsella antes de que la señorita de Téroze se hubiera siquiera cambiado de camisa.
-Así está muy bien -dice el conde de Elbene entrando sigilosamente en la habitación-. Ven, amor mío, ven a concederme los momentos de dicha que esa grosera bestia desearía arrebatarnos.
Con estas palabras se lleva al adorado objeto de su idolatría. Las luces se apagan en la cámara nupcial, cubren en seguida el suelo con colchones y, a una señal, la parte del lecho ocupada por nuestro picapleitos es separada del resto y por medio, de unas poleas se eleva a veinte pies del suelo, sin que el soporífero estado en que se encuentra nuestro legislador le permita darse cuenta de nada. Sin embargo, hacia las tres de la mañana, despertado por cierta plenitud de la vejiga, acordándose de que ha visto cerca de él una mesita con el recipiente apropiado para vaciarla, extiende su mano a tientas. Extrañado al no encontrar más que vacío a su alrededor se incorpora, pero la cama que está suspendida únicamente por unas cuerdas sigue el movimiento del que se inclina y acaba por ceder de tal forma que, basculando todo su peso, vomita en medio del dormitorio el lastre que la sobrecarga. El presidente cae sobre los colchones allí dispuestos y su sorpresa es tan grande que se pone a aullar como un ternero al que llevan al matadero.
-Pero, ¿qué diablos es esto? -se pregunta-. Señora, señora, estáis ahí, ¿verdad? Muy bien. ¿Comprendéis algo de esta caída? Ayer me acuesto a cuatro pies del suelo y, mira por donde, para coger mi orinal me caigo desde más de veinte de altura.
Pero como nadie contesta a sus delicadas quejas el presidente, que después de todo no se sentía tan mal acomodado, renuncia a sus averiguaciones y acaba allí la noche como si la hubiera pasado en su jergón provenzal. Tuvieron buen cuidado tras la caída de bajar un poco la cama de nuevo y acoplarla a la parte de la que se había separado. No parecía formar más que un único lecho, y hacia las nueve de la mañana la señorita de Téroze regresó sigilosamente a su alcoba; apenas entra abre las ventanas y llama a sus doncellas.
-Realmente, señor -le dice al presidente-, hay que reconocer que vuestra compañía no es nada agradable, y no voy a dejar de quejarme a mi familia de los modales que estáis mostrando conmigo.
-¿Qué es esto? -dice el presidente algo más sobrio, frotándose los ojos y sin entender nada del accidente que le hace estar por tierra.
-Pero, ¿cómo?, pues es que -contesta la joven esposa haciendo gala de su mejor sentido del humor-, cuando guiada por los movimientos que debían unirme a vos me iba acercando a vuestra persona para recibir la confirmación de esos mismos sentimientos de vuestra parte, me rechazáis con furor y me arrojáis al suelo...
-¡Oh, cielos! -exclama el presidente-. Mirad, pequeña mía, empiezo a entender algo de todo esto. Os pido mil perdones... Es que esta noche, apremiado por la necesidad, intentaba satisfacerla por cualquier medio, y con los movimientos que hice cuando me bajé de la cama sin duda os eché fuera a vos también; pero todo esto es tanto más disculpable, puesto que sin duda estaba soñando y creí que me había caído desde más de veinte pies de altura. Vamos, no es nada, no es nada, ángel mío. Esta noche volveremos a empezar y os aseguro que me portaré como es debido. No voy a beber más que agua; pero, por lo menos, dadme un beso, corazoncito mío, y hagamos las paces antes de aparecer en público, pues de lo contrario pensaría que seguís enfadada conmigo y eso no lo desearía ni por un imperio.
La señorita de Téroze accede a presentar una de sus mejillas de rosa, aún encendida por el fuego del amor, a los sucios besos del viejo fauno. Acuden los demás y los dos cónyuges ocultan cuidadosamente la desdichada catástrofe nocturna.
Todo el día transcurre consagrado a distracciones y sobre todo a paseos que, al alejar al señor de Fontanis del castillo, daban tiempo a La Brie para preparar nuevas escenas. El presidente, totalmente resuelto a poner el broche final a su matrimonio, se comportó de tal forma en las comidas que les fue imposible utilizar esa oportunidad para poner su entendimiento en entredicho, pero afortunadamente tenían mas de un resorte para mover y el atractivo Fontanis contaba con demasiados enemigos conjurados contra él para poder escapar a sus trampas. Se van a la cama.
-¡Oh! Esta noche, ángel mío -anuncia el presidente a su joven mitad-, estoy seguro de que no os podréis librar.
Pero ya que se hacia el valiente era menester que las armas con las que amenazaba estuvieran en condiciones, y como quería lanzarse al asalto como Dios manda, el pobre provenzal hacia terribles esfuerzos en su lado de la cama. Se ponía tieso, se crispaba, todos sus nervios estaban en una tensión tal que le hacían presionar sobre el lecho con una fuerza dos o tres veces superior a la que hubiera hecho en estado de reposo, y así las vigas preparadas en el techo acabaron rompiéndose y precipitaron al desdichado magistrado a un establo de puercos que estaba instalado precisamente debajo de la habitación. Los habitantes del castillo de d'Olincourt discutieron durante muchísimo tiempo quién debió ser más sorprendido, si el presidente, hallándose de esa forma entre un tipo de animales tan frecuentes en su patria, o los animales en cuestión al descubrir entre ellos a uno de los más ilustres magistrados del Parlamento de Aix. Varios sugirieron que el placer debió ser igual por ambas partes. Realmente, ¿no debió sentirse por las nubes el presidente al hallarse de nuevo en sociedad, por llamarlo de alguna manera, y al poder oler por un instante el tufo de su terruño?, y, por otra parte, los impuros animales prohibidos por el bondadoso Moisés debieron dar gracias al cielo por contar al fin con un legislador a su cabeza, y nada menos que un legislador del Parlamento de Aix que, acostumbrado desde su infancia a juzgar causas relacionadas con el elemento favorito de esas amables bestias, podría un día evitar o zanjar cualquier discusión sobre ese elemento tan común a la organización de los unos y de los otros.
Fuera como fuese, la amistad no cuajó desde un primer momento, y como la civilización, madre de la cortesía, apenas está más adelantada entre los miembros del Parlamento de Aix que entre los animales que desprecia el israelita, se produjo al principio una especie de choque en el que el presidente no cosechó laureles precisamente. Le golpearon, le magullaron, le hostigaron a golpes de hocico; se quejó, no le hicieron caso; juró que lo recogería en acta, nada; amenazó con condenas, nadie se inmutó lo más mínimo; amenazó con el exilio, le tiraron por el suelo, y el desventurado Fontanis, empapado de sangre, empezaba ya a dictar una sentencia a la hoguera nada menos cuando al fin acudieron en su auxilio.
Eran La Brie y el coronel que, provistos de antorchas, trataban de rescatar al magistrado del fango en que se estaba hundiendo. Pero había que encontrar un sitio por donde pudieran agarrarle, pues como estaba rebozado de la cabeza a los pies, sacarle no resultaba ni fácil ni desde luego agradable para el olfato. La Brie fue a buscar una horquilla, un palafrenero al que llamaron en seguida apareció con otra y como mejor pudieron sacaron a nuestro hombre de la infame cloaca a la que su caída le había precipitado. Pero, ¿a dónde podían llevarle después de esto? Eso era lo peliagudo y la solución no se antojaba fácil. Tenían que expiar la sentencia, tenían que lavar al culpable; el coronel propuso una carta de abolición, pero el palafrenero, que no entendía ninguno de estos términos rimbombantes, sugirió que debían meterle sencillamente un par de horas en el abrevadero, tras lo cual, cuando estuviera suficientemente a remojo, podían acabar de ponerle a punto a base de manojos de paja. Pero el marqués alegó que el frío del agua podía afectar la salud de su hermano y, ante esto, como La Brie había asegurado que el lavadero de la cocina aún estaba lleno de agua caliente, transportaron allí al presidente y le confiaron a los cuidados de aquel discípulo de Comus, que, en menos que canta un gallo, le devolvió tan limpio como un plato de porcelana.
-No os propongo que volváis junto a vuestra esposa -le comenta d'Olincourt mientras está enjabonándose-, demasiado conozco vuestra delicadeza. Así, pues, La Brie va a conduciros a una pequeña habitación de soltero donde podéis pasar tranquilamente el resto de la noche.
-Bien, muy bien, mi querido marqués -contesta el presidente-, apruebo vuestro plan, pero reconoceréis que debo estar embrujado para que todas las noches que paso en este maldito castillo me ocurran aventuras de este tipo.
Detrás de todo ello existe alguna causa física-responde el marqués-. Mañana el médico volverá a estar con nosotros, os recomiendo que le consultéis.
-Sí, lo deseo -contesta el presidente, y al entrar con La Brie en su pequeña habitación añade mientras se mete en la cama-: realmente, querido amigo, nunca había estado tan cerca del fin.
-Por desgracia, señor -le contesta el diligente muchacho-, hay en todo esto una fatalidad del cielo, y os aseguro que os compadezco con toda mi alma.
Tras tomarle el pulso al presidente, Delgatz le aseguró que la ruptura de las vigas se debía únicamente a una excesiva obstrucción de los vasos linfáticos que, al duplicar la masa de los humores, aumentaba en proporción el volumen animal; que, por consiguiente, era necesaria una dieta rigurosa que, depurando la acritud de los humores disminuyera lógicamente el peso físico y coadyuvara a la tarea que se había propuesto, y que además...
-Pero, señor -le interrumpe Fontanis-, tengo la cadera destrozada y el brazo izquierdo dislocado por esa espantosa caída.
-Os creo -le respondió el doctor-, pero ese tipo de trastorno secundario no es precisamente el que más me preocupa, yo siempre me remonto a las causas. Hay que investigar en la sangre, señor. Al disminuir la acritud de la linfa conseguimos descongestionar los vasos, y al hacer más fluida la circulación por los vasos acabamos reduciendo la masa física, y el resultado será que los techos ya no cederán bajo vuestro peso y así, en adelante, podréis entregaros en vuestra cama a todos los ejercicios que os apetezcan sin correr nuevos peligros.
-Pero, ¿y mi brazo, caballero, y mi cadera?
-Haremos una purga, señor, una purga. Ahora mismo empezaremos con un par de sangrías locales y todo se irá arreglando sin que os deis cuenta.
Aquel mismo día comenzó la dieta. Delgatz, que no abandonó a su paciente en toda la semana, le puso a caldo de gallina y le hizo tres purgaciones seguidas, prohibiéndole por encima de todo que pensase en su mujer. Aunque el teniente Delgatz no tenía ni la menor idea su régimen funcionó a las mil maravillas. Él aseguró a sus amigos que hacía tiempo había seguido ese mismo tratamiento cuando estuvo trabajando en la escuela de veterinaria,, con un asno que se había caído a un profundo bache y al cabo de un mes el animal podía otra vez acarrear sus sacos de yeso como siempre había hecho. En efecto, el presidente, que no dejaba de estar bilioso, se fue poniendo sano y coloradote, sus contusiones fueron desapareciendo y nadie se ocupó de otra cosa más que de su recuperación y de dotarle de las fuerzas necesarias para que pudiera soportar lo que aún le esperaba.
A los doce días de tratamiento, Delgatz cogió de la mano a su paciente y se lo presentó a la señorita de Téroze:
-Aquí le tenéis, señora -le dijo-, aquí le tenéis. Os traigo sano y salvo a un hombre que se rebela contra las leyes de Hipócrates y que si se deja llevar sin freno de las fuerzas que yo le he devuelto antes de seis meses tendremos el placer de ver... -prosiguió Delgatz, poniendo suavemente la mano sobre el vientre de la señorita de Téroze-. Sí, señora, a todos nos cabrá la satisfacción de ver ese hermoso seno torneado por las manos del himeneo.
-Dios os oiga, doctor -contestó la bribonzuela-, porque reconoceréis que es muy duro ser esposa desde hace quince días y seguir siendo doncella.
-No tiene nada que ver -exclamó el presidente-. No se tienen indigestiones todas las noches ni todas las noches la necesidad de orinar saca a un esposo de su lecho, ni siempre que uno cree que va a hallarse en los brazos de una hermosa mujer se cae a un establo de cerdos.
-Ya veremos --contesta la joven Téroze lanzando un hondo suspiro-, ya veremos, señor; pero si me amarais como yo os amo, sin duda no os ocurrirían todas esas desgracias.
La cena fue muy animada, la marquesa estuvo divertida y mordaz. Apostó contra su marido por el éxito de su cuñado y se retiraron todos.
Los preparativos se hacen a toda prisa, la señorita de Téroze ruega a su marido por pudor que no deje ninguna luz encendida en la habitación. Él, demasiado desmoralizado para decir que no a algo, hace cuanto le piden y se meten en la cama. Aunque no sin esfuerzo, el intrépido presidente triunfa y logra cortar, o se cree que lo logra, por fin, esa preciosa flor a la que estúpidamente tan gran valor se concede. Cinco veces consecutivas ha sido coronado por el amor cuando se hace de día. Se abren las ventanas y los rayos del astro que dejan penetrar en la habitación muestran al fin a los ojos del vencedor la víctima que acaba de inmolar... ¡Cielos!, cómo se queda cuando descubre a una vieja negra en lugar de su mujer, cuando ve que una figura tan oscura como repelente reemplaza a los delicados encantos que creyó poseer! Se echa hacia atrás, grita que está embrujado y entonces aparece su mujer, y al sorprenderle con aquella divinidad de Ténaro le pregunta con acritud qué es lo que ella ha podido hacerle para que la traicione de forma tan cruel.
-Pero, señora, ¿no fue con vos con quien ayer...?
-Yo, señor, avergonzada, humillada, al menos nadie puede reprocharme que no me haya mostrado sumisa con vos. Vísteis a esta mujer a mi lado, me rechazasteis brutalmente para poder abrazarla. Habéis hecho que ocupe mi sitio en el lecho que me estaba destinado y yo me retiré confusa y con mis lágrimas como único consuelo. -Pero, ángel mío, decirme, ¿estáis totalmente segura de lo que afirmáis?
-¡Monstruo! ¡Aún quiere insultarme después de tan tremendos ultrajes y cuando esperaba consuelo el sarcasmo es mi única recompensa... ! ¡Venid, hermana mía, venid! ¡Qué venga toda mi familia y contemple el indigno objeto al que he sido sacrificada... ! Aquí está, aquí está... esa odiosa rival -gritaba la joven esposa frustrada en sus prerrogativas mientras vertía un torrente de lágrimas-, y aún en rni presencia se atreve a seguir en sus brazos. ¡Oh, amigos míos! -prosiguió desesperada la señorita de Téroze congregando a todo el mundo a su alrededor-. ¡Ayudadme! ¡Dadme armas contra este perjuro! ¿Era esto lo que me podía esperar adorándole como le adoraba?
Nada más hilarante que el semblante de Fontanis ante estas sorprendentes palabras. Miraba con ojos extraviados a la negra y dirigiéndolos luego hacia su joven esposa la contemplaba con una especie de estúpida atención que, a decir verdad, empezaba a resultar inquietante para la buena marcha de su cerebro. Por una curiosa fatalidad, desde que el presidente se hallaba en Olincourt, La Bne, el encubierto rival al que hubiera debido tener más miedo que a nadie, se había convertido en un personaje en el que más plenamente confiaba. Le llama.
-Amigo mío -le dice-, vos me parecisteis siempre un joven de lo más sensato. ¿Tendríais la bondad de decirme si realmente habéis advertido algún trastorno en mi cabeza?
-Para ser sincero, señor presidente -le contesta La Brie con aire triste y compungido-, no me había atrevido nunca a decíroslo, pero como me hacéis el honor de solicitar mi opinión no os voy a ocultar que desde vuestra caída al establo de los cerdos las ideas no han vuelto nunca a emanar puras de las membranas de vuestro cerebro. Que eso no os preocupe, señor, porque el médico que ya os atendió en una ocasión es uno de los hombres mas eminentes que han pasado por esta casa... Por ejemplo, estuvo aquí con nosotros el juez de la hacienda del señor marqués que se había vuelto loco hasta tal punto que no había un solo joven libertino en toda la comarca, que se lo pasara bien con una muchacha, a quien ese truhán no abriera en seguida un sumario por lo criminal, y condenas y sentencias y el destierro y todas las infamias que esos bribones tienen siempre a flor de labios. Pues bien, señor, nuestro doctor, ese hombre eminente que ya tuvo el gran honor de recetaros dieciocho sangrías y treinta medicamentos, le volvió la cabeza tan cuerda como si no hubiera sido juez en toda su vida. Pero, un momento -prosiguió La Brie volviéndose hacia el ruido que oía-, parece muy cierto eso que se dice de que tan pronto como se nombra a una bestia ya se le está viendo el plumero... pues aquí viene en persona.
-Oh, buenos días, querido doctor-exclama la marquesa al ver llegar a Delgatz-, realmente no creo que hayamos tenido nunca tanta necesidad de vuestro ministerio. Nuestro querido amigo el presidente sufrió ayer por la noche un pequeño trastorno mental que le llevó, a pesar de los esfuerzos de todos, a poseer, en vez de a su mujer, a una negra.
-¿A pesar de todos? -replica el presidente-. Pero, ¿quién trata de impedírmelo?
-Yo mismo en primer lugar, y con todas mis fuerzas -contestó La Brie-, pero el señor insistía con tal violencia que preferí dejarle hacer antes que exponerme a que me lastimara.
Y al oír esto, el presidente se rascaba la cabeza y empezaba a no saber ya a qué atenerse cuando el médico se acerca a él y le toma el pulso:
-Esto es más grave que el primer accidente -dice Delgatz bajando los ojos-. Es un residuo subrepticio de vuestra última enfermedad, un fuego oculto que escapa a la mirada inteligente del artista y que estalla en el momento en que menos se piensa. Se trata de una clara obstrucción del diafragma y de un terrible eretismo en la organización.
-¿Heretismo? -exclamó el presidente enfurecido-. ¿Qué quiere decir ese cretino con eso de heretismo? Bellaco, entérate de que yo no he sido herético jamás. Bien se ve, viejo imbécil, que, poco versado en la historia de Francia, ignoras que somos nosotros los que quemamos a los heréticos. Ve a visitar nuestra tierra, olvidado bastardo de Salerno; ve, amigo mío, ve a ver como Merindol y Cabrières siguen humeando tras los incendios que allí provocamos; paséate por los ríos de sangre con que los honorables miembros de nuestro tribunal regaron tan a conciencia la provincia; párate a escuchar los lamentos de los desdichados que inmolamos a nuestra furia, los sollozos de las mujeres a las que arrancamos de los brazos de sus maridos, el grito de los niños que asesinamos en el regazo de sus madres, todos y cada uno de los santos horrores que cometimos y verás si después de una conducta tan intachable se puede consentir a un pillo como tú que venga a tacharnos de heréticos.
El presidente, que seguía en la cama al lado de la negra, le había propinado tan tremendo puñetazo en el calor de su alocución en la nariz que la desdichada se había ido aullando como una perra a la que le roban sus cachorros.
-¡Bien! ¿Furioso, amigo mío? -preguntó d'Olincourt acercándose al enfermo-. ¿Es así como os comportáis, presidente? ¿Sabéis que vuestra salud se resiente y que es imprescindible cuidaros?
-Perfectamente. Cuanto se me hable así haré caso, pero escuchar cómo ese barrendero de Saint-Côme me tacha de herético admitiréis que no lo puedo soportar.
-No ha sido esa su intención, mi querido amigo -comentó la marquesa amablemente-. Eretismo es sinónimo de inflamación y nunca tuvo nada que ver con herejía.
-¡Ah!, perdón, señora marquesa, perdonadme, es que a veces soy un poco duro de oído. Venga, que se acerque ese grave discípulo de Averroes y me diga algo, le escucharé..., es más, haré cuanto me mande.
Delgatz, a quien la ardorosa salida del Presidente había obligado a echarse a un lado por temor a que le pasara como a la negra, se acercó de nuevo junto a la cama.
-Os lo repito, señor -dijo el moderno galeno tomando otra vez el pulso a su paciente-, un tremendo eretismo en la organización.
-Here...
Eretismo, señor-corrigió apresuradamente el doctor, escondiendo la cabeza por miedo a otro puñetazo-, por lo que diagnostico una brusca flebotomización en la yugular que habrá que tratar con frecuentes baños de agua helada.
-No soy demasiado partidario de las sangrías -observó d'Olincourt . El señor presidente ya no tiene edad para soportar esa clase de pruebas a no ser que exista una necesitad imperiosa. Además, no comparto esa obsesión por la sangre que tienen los hijos de Themis y de Esculapio. Opino que hay tan pocas enfermedades que merezcan su efusión como escasos son los delitos que exijan su derramamiento. Espero, presidente, que ahora que se trata de ahorrar la vuestra os mostréis de acuerdo conmigo; si no fuera por vuestro interés en este caso no me sentiría tal vez tan seguro de vuestra opinión.
-Señor -contestó el presidente-, apruebo la primera parte de vuestro discurso, pero me permitiréis que disienta de la segunda. El delito ha de ser lavado con sangre, sólo con ella se le extirpa y se le previene. Comparad, señor, todos los males que el crimen puede llegar a producir sobre la tierra con la insignificancia de una docena de miserables ejecutados al año para prevenirlo.
-Vuestra paradoja, amigo mío, carece de sentido común -contesta d'Olincourt-, es dictada por el rigorismo y la estupidez; es en vos una tara de vuestra profesión y de vuestro terruño de la que deberéis abjurar para siempre. Aparte de que vuestros estúpidos rigores jamás consiguieron contener el crimen, decir que una fechoría hace perdonar la siguiente y que la muerte de un hombre puede resultar beneficiosa para la del anterior es un absurdo. Vos y los que que son como vos deberíais avergonzaros de tales procedimientos que, más que de vuestra integridad, dan testimonio de vuestra desmesurada afición al despotismo. Tienen toda razón al llamaros los verdugos del género humano; vosotros solos destruís a más hombres que todos los azotes de la naturaleza juntos.
-Caballeros -interrumpe la marquesa-, no me parece que sea esta la ocasión ni el momento para una discusión semejante. En vez de tranquilizar a mi querido hermano, señor -prosiguió dirigiéndose a su marido-, estáis encendiendo su sangre y vais quizá a hacer incurable su enfermedad.
La señora marquesa tiene toda la razón -añadió el doctor-, permitidme, señor, ordenar a La Brie que haga poner cuarenta libras de hielo en la bañera, que la llenen después con agua del pozo y mientras lo preparan yo ayudaré a mi paciente a levantarse.
Todos se van en seguida. El presidente se levanta y regatea de nuevo a propósito del baño helado que, según decía, iba a dejarle otra vez fuera de combate por seis semanas como mínimo, pero no hay forma de evitarlo. Baja, le sumergen, le tienen en él diez o doce minutos, a la vista de todos, apostados por los rincones en derredor suyo para regocijarse con la escena, y el enfermo, seco ya del todo, se viste y se une al grupo como si nada hubiera pasado.
La marquesa, después de cenar, propone ir a dar un paseo. -La distracción ha de sentarle bien al presidente, ¿verdad, doctor?, le pregunta a Delgatz.
-Por supuesto -contesta éste-. La señora recordará que no hay ningún hospital en donde no asignen un patio a los locos para que puedan tomar el aire.
-Me alegro-dice el presidente-de que todavía no penséis que no tengo remedio.
-Ni mucho menos, señor -le contesta Delgatz-. Se trata de un ligero trastorno que cuidado oportunamente no tiene por qué tener ninguna consecuencia, pero es preciso que el señor presidente repose y se tranquilice.
-Pero, ¿cómo, señor? ¿Creéis que esta noche no podré tomarme la revancha?
-¿Esta noche, señor? La sola mención me hace estremecer; si en vuestro caso yo hiciese gala del rigor con que tratáis a los demás os prohibiría las mujeres durante tres o cuatro meses.
-¡Tres o cuatro meses, cielos...! -y volviéndose hacia su esposa-: tres o cuatro meses, querida, ¿lo podríais soportar, ángel mío, lo podríais soportar?
-¡Oh!, el señor Delgatz se ablandará, eso espero -responde la joven Téroze con fingida ingenuidad-, al menos si no se apiada de vos se apiadará de mí...
Y salieron a pasear. Había un bote para pasar a la otra orilla y dirigirse a la casa de un gentilhombre vecino que estaba al tanto de todo y les esperaba para merendar. Una vez en la barca nuestros jóvenes se ponen a hacer diabluras y Fontanis, para complacer a su mujer, no deja de imitarles.
-Presidente -le dice el marqués-, apuesto a que no podéis colgaros como yo del cable de la barca y a que no resistís así varios minutos seguidos.
-Nada más fácil --contesta el presidente, apurando su carga de tabaco y empinándose sobre la punta de los pies para agarrar mejor la cuerda.
-Muy bien, muy bien, infinitamente mejor que vos, hermano -dice la pequeña Téroze al ver a su marido colgando.
Pero mientras el presidente así suspendido hace una exhibición de su destreza y de su donaire, los barqueros, que habían sido advertidos, doblan la fuerza de sus remos y al deslizarse velozmente la barcaza deja al desdichado entre el cielo y el agua... Grita, pide auxilio, estaban tan sólo a la mitad de la travesía y aún quedaban más de quince toesas para alcanzar la orilla.
-Haced lo que podáis -le gritaban-, acercaos nadando hasta la orilla, podéis ver que el viento nos arrastra y no es posible volver hacia donde estáis.
Y el presidente, resbalándose, pataleando, forcejeando, hacía cuanto podía para agarrar el bote que seguía escapándosele a fuerza de remos. Si hubiera un espectáculo divertido sería, sin duda, el de ver a uno de los más adustos magistrados del Parlamento de Aix, con su gran peluca y su negra toga, colgando de esa forma.
-Presidente -le gritaba el marqués desternillándose de risa-, sin duda esto es un designio de la providencia, es el talión, amigo mio, la ley del talión, la ley predilecta de vuestros tribunales, ¿por qué os quejáis de estar colgado así? ¿Acaso no condenasteis a menudo al mismo suplicio a quienes no se lo merecían tanto como vos?
Pero el presidente ya no podía oírle: terriblemente agotado por el violento esfuerzo que tenía que hacer, las manos le abandonan y cae al agua como una plomada. Al instante, dos buceadores que estaban preparados corren en su auxilio y le suben de nuevo a bordo, chorreando como un perro de aguas y blasfemando como un carretero.
Lo primero que hizo fue protestar por una broma que no venía a cuento. Le juran que en ningún momento han tenido la intención de gastarle broma alguna, que un golpe de viento había arrastrado el bote, le hacen entrar en calor en el camarote del barco, le cambian de ropa, le hacen carantoñas y su tierna esposa hace cuanto puede para que se olvide del pequeño accidente, y Fontanis, enamorado y débil, pronto está ya riéndose con todo el mundo del espectáculo que acaba de ofrecer.
Llegan, por fin, a casa del gentilhombre, son maravillosamente recibidos y se sirve una merienda espléndida; procuran que el presidente pruebe una crema de pistacho que tan pronto como llega a sus entrañas le obliga en el acto a informarse de dónde se encuentra el retrete. Le abren uno, terriblemente oscuro, y con una prisa espantosa se sienta y hace sus necesidades con diligencia, pero, concluida la operación, el presidente no puede levantarse.
-¿Y qué es esto ahora? -exclama tirando de los riñones.
Pero por más esfuerzos que hace o bien deja allí esa parte o le resulta imposible despegarse; mientras tanto su ausencia está causando cierta sensación; se preguntan dónde puede estar y los gritos que oyen conducen por fin a todos los reunidos a la puerta del fatídico gabinete.
-¿Pero qué diablos hacéis ahí tanto tiempo, amigo mío? -le pregunta d'Olincourt . ¿Os ha dado un cólico?
-Qué demonios -contesta el pobre diablo redoblando sus esfuerzos para poder incorporarse- no os dais cuenta de que me he quedado metido...
Pero para ofrecer a la concurrencia un espectáculo aún más divertido y para colaborar en los esfuerzos del presidente por levantarse del maldito asiento le pasaban por las nalgas, desde abajo, una llama de alcohol y agua que le chamuscaba el vello y que al aplicársela un poco mas cerca le obligaba a dar los saltos más increíbles y a hacer las muecas más espantosas... Cuanto más se reían, más se encolerizaba el presidente, increpaba a las damas, amenazaba a los caballeros y cuanto más se irritaba más cómico resultaba su congestionado semblante; con las sacudidas que daba la peluca se le había desprendido del cráneo y su occipucio al aire hacía aún mucho más divertidas las contorsiones de su rostro; al fin acude el gentilhombre, pide mil disculpas al presidente por no habérsele advertido que aquel retrete no estaba en condiciones de recibirle; él y sus servidores despegan como mejor pueden al paciente, no sin que éste pierda una tira circular de piel que, por mas esfuerzos que se hicieron, sigue pegada al borde del asiento y que los pintores tuvieron que remojar con cola fuerte para poderla pintar en seguida del color con que se deseaba decorar.
-A decir verdad -exclama Fontanis con descaro al salir-, bien contentos estáis de tenerme con vosotros y bien que os sirvo para vuestras diversiones.
-Injusto amigo -replica d'Olincourt-, ¿por qué tenéis siempre que achacarnos las desgracias que os envía la fortuna? Creía que bastaba con llevar puesto el ronzal de Themis para que la equidad constituyera una virtud natural, pero bien puedo ver que me equivocaba.
Es que vuestras ideas sobre lo que se entiende por equidad no son muy acertadas -responde el presidente-. En la abogacía nosotros distinguimos varias clases de equidad: está la que se llama equidad relativa y la equidad personal...
-Más despacio -contesta el marqués-; no he visto nunca que la virtud que tanto se analiza se practique demasiado; a lo que yo llamo equidad, amigo mío, es pura y simplemente a la ley de la naturaleza; aquel que la observe será siempre íntegro y sólo cuando se aparte de ella se volverá injusto. Contéstame, presidente, si tú te hubieras librado a algún capricho de la fantasía en la intimidad de tu casa, ¿te parecería muy equitativo que una turba de zopencos irrumpiera con sus antorchas en el seno de tu familia y que valiéndose de artimañas inquisitoriales, de engaños y de delaciones compradas, llegaran a descubrir ciertas faltas, disculpables cuando se tienen treinta años, y se aprovecharan de todas esas atrocidades para perderte, para desterrarte, para mancillar tu honor, deshonrar a tus hijos y saquear tus bienes? Dime, amigo mío, ¿te parecerían muy equitativos todos esos bribones? Y si es verdad que admites un Ser supremo, ¿adorarías ese modelo de justicia si así la ejerciera con los hombres? ¿No temblarías al estar sometido a él?
-¿Y cómo lo entendéis vos, os pregunto? Pues que, ¿es que vais a censurarnos por descubrir un delito...? Ese es nuestro deber.
Eso es falso, vuestro deber no consiste mas que en castigarlo cuando se descubre por sí mismo; dejad a las estúpidas y feroces máximas de la inquisición la bárbara y vulgar tarea de descubrirlo, como viles espías o infames delatores. ¿Qué ciudadano podrá estar tranquilo cuando, rodeado de sirvientes sobornados por vuestro celo, su honor o su vida estén en todo momento en manos de gentes que, amargadas por la cadena que arrastran, crean librarse de ella o aligerarla vendiéndoos a aquel que se la impone? Habréis multiplicado los bribones de la nación, habréis hecho pérfidas a las esposas, calumniadores a los lacayos, desgraciados a los hijos, habréis duplicado el cúmulo de los vicios y no habréis conseguido que florezca una sola virtud.
-Es que no se trata de que florezcan las virtudes, se trata, única y exclusivamente, de acabar con el crimen.
-Pero vuestros métodos los multiplican.
-Por supuesto, pero es la ley y debemos atenernos a ella; nosotros no somos legisladores, nosotros, mi querido marqués, somos «operadores».
-Decid más bien, presidente, decid más bien -replicó d'Olincourt, que ya empezaba a acalorarse- que sois «ejecutores», «verdugos distinguidos» que, enemigos del Estado por naturaleza, no os sentís a gusto más que oponiéndoos a su prosperidad, poniendo trabas a su bienestar, mancillando su gloria y haciendo que corra sin motivo alguno la preciosa sangre de sus súbditos.
A pesar de los dos baños de agua helada que Fontanis había tomado a lo largo del día, la bilis es una cosa tan difícil de eliminar en un magistrado que el pobre presidente se estremecía de rabia al oír cómo se denigraba de aquella manera a un oficio que consideraba tan respetable; no daba crédito a que eso que se llama la magistratura pudiera ser atacada de aquel modo y se disponía ya a replicar, tal vez como un marinero marsellés, cuando las damas se acercaron y propusieron regresar a casa. La marquesa preguntó al presidente si alguna nueva necesidad no le hacía ir al retrete.
-No, no, señora -contestó el marqués-; este respetable magistrado no siempre tiene cólicos, hay que disculparle si se ha tomado el ataque un poco a la tremenda; esa pequeña convulsión de las entrañas es una enfermedad habitual en Marsella o en Aix, y desde que hemos visto cómo una turba de bribones, colegas de este buen mozo, juzgaban como «envenenadas» a unas cuantas rameras que no tenían más que un cólico, no debemos extrañarnos de que un cólico sea un grave asunto para un magistrado provenzal.
Fontanis, uno de los jueces más comprometidos en aquel caso que había cubierto de vergüenza para siempre a los magistrados de Provenza, estaba ya en un estado difícil de describir, balbuceaba, pataleaba, echaba espuma por la boca, se parecía a esos dogos que en un combate de toros no consiguen morder a su adversario y d'Olincourt, aprovechándose de su situación:
-Miradle, señoras, y decidme, os ruego, si no os parecería horrible la suerte de un desdichado gentilhombre que, confiado en su inocencia y en su buena fe, se encontrara con quince mastines como éste ladrándole en sus talones.
El presidente estaba ya a punto de enfadarse en serio, pero el marqués, que no deseaba todavía el estallido final, se metió en su coche prudentemente y dejó que la señorita de Téroze extendiera un bálsamo sobre las llagas que acababa de abrir. Mucho le costó, pero al fin lo consiguió; no obstante, volvieron a cruzar a la otra orilla sin que el presidente mostrara deseos de bailar bajo la cuerda y llegaron en paz al castillo. Cenaron y el doctor se encargó de recordar a Fontanis la necesidad de seguir observando su abstinencia.
-A fe mía que la recomendación es innecesaria -le contestó el presidente-. ¿Cómo queréis que un hombre que ha pasado la noche con una negra, que ha sido tachado de herético por la mañana, al que le han hecho tomar un baño helado como almuerzo, que poco después se ha caído al río, que, atrapado en un retrete como un pierrot pegado con cola, le han calcinado el trasero mientras hacía sus necesidades y al que tienen la osadía de decirle en su cara que los jueces que investigaban el crimen no eran más que unos pillos despreciables y que las rameras, que tenían un cólico no habían sido envenenadas; ¿cómo queréis, os repito, que ese hombre siga pensando en desvirgar a una muchacha?
-Me alegra mucho el veros tan razonable -respondió Delgatz, mientras acompañaba a Fontanis al pequeño dormitorio de soltero que ocupaba cuando no tenía planes respecto a su mujer-. Os exhorto a que sigáis así y pronto veréis todo el bien que eso ha de haceros.
Al día siguiente los baños helados se reanudaron; durante todo el tiempo que se emplearon, el presidente no se hizo repetir la necesidad de su régimen y la encantadora Téroze pudo al menos, durante aquel intervalo, disfrutar tranquilamente de todos los placeres del amor en los brazos de su encantador Elbene; al fin, al cabo de quince días, Fontanis, fresco como ya se sentía, empezó de nuevo a cortejar a su esposa.
-Oh, en verdad, señor-le dijo la joven cuando se vio en el trance de no poder seguir ya dando largas-, en estos momentos tengo en la cabeza asuntos muy distintos al amor; leed esto que me han escrito, señor, estoy arruinada.
Y le tiende a su marido una carta en la que éste lee que el castillo de Téroze, a una distancia de cuatro leguas de donde se hallaban y situado en un rincón del bosque de Fontainebleau, en el que nadie penetraba jamás, mansión cuya renta constituye la dote de su esposa, está habitado desde hace seis meses por fantasmas que producen un estruendo terrible, molestan al granjero, estropean la tierra y van a impedir que el presidente y su mujer, a no ser que se ponga orden, vean ni un sol de toda su hacienda.
-Es una noticia espantosa -dice el magistrado, devolviéndole la carta-. Pero, ¿no podríais decir a vuestro padre que nos diera alguna otra cosa en lugar de ese siniestro castillo?
-¿Y qué queréis que nos dé, señor? Tened en cuenta que no soy más que la hija menor, ya le ha dado mucho a mi hermana y estaría muy mal por mi parte que le pidiera otra cosa; hay que conformarse con esto y tratar de poner orden.
-Pero vuestro padre conocía ese inconveniente cuando os casó.
-Sí, es cierto, pero no creía que llegara a ese extremo; además, eso no quita nada al valor del regalo, no hace más que retrasar sus efectos.
-¿Y el marqués lo sabe?
-Sí, pero no se atreve a hablaros de ello.
-Hace mal, pues tenemos que pensar algo entre los dos.
Llaman a d'Olincourt, éste no puede negar los hechos y se decide por último que lo más sencillo es ir, por muchos peligros que eso pueda entrañar, y habitar el castillo dos o tres días para poner fin a tales desórdenes y ver, en fin, qué partido se puede sacar de sus rentas.
-¿Tenéis un poco de valor, presidente? -le pregunta el marqués.
-Yo, pues depende -contesta Fontanis-; el valor es una virtud que se usa poco en nuestro ministerio.
-Sí, ya lo sé -responde el marqués-, con la ferocidad tenéis bastante; os pasa con esa virtud, poco más o menos, como con todas las demás: os dais tal maña para desvirtuarlas que no os quedáis nunca de ellas más que con lo que las echa a perder.
-Bien, seguid con vuestros sarcasmos, marqués, pero os suplico que hablemos en serio y que dejemos los improperios a un lado.
-Muy bien, hay que ir allí, tenemos que instalarnos en Téroze, destruir a los fantasmas, poner orden en vuestras posesiones y regresar para que os podáis acostar con vuestra esposa.
-Un momento, señor, un momento, os lo ruego, no vayamos tan deprisa. ¿Habéis pensado en los peligros que entraña entrar en relación con seres semejantes? Un buen sumario, seguido de un decreto, valdría mucho más que todo eso.
-Bueno, ya estamos otra vez con sumarios, decretos... ¿A quién no excomulgáis también como los curas? ¡Armas atroces de la tiranía y de la estupidez! ¿Cuándo dejarán de creer todos esos hipócritas con faldas, todos esos pedantes con casaca, esos secuaces de Themis y de María, que su insolente charlatanería y su estúpida función pueden tener efecto alguno en el mundo? Entérate, hermano, de que no es con papeluchos con lo que hay que reducir a unos bribones tan atrevidos, sino con la espada, con pólvora y con balas; dispónte, pues, a morir de hambre o a tener el coraje de luchar contra ellos.
-Señor marqués, razonáis como coronel de dragones que sois; dejadme a mí que vea las cosas como magistrado, persona sagrada e indispensable al Estado y que no se expone jamás a la ligera.
-¿Tú persona indispensable al Estado, presidente? Hacía mucho tiempo que no me reía, pero veo que tienes ganas de que me dé esa convulsión. ¿Y a qué santo te has creído, te lo ruego, que un hombre de oscura extracción por lo general, que un individuo siempre rebelde contra todo lo bueno que pueda desear su señor, al que no sirve ni con su bolsa ni con su persona, que se opone sin cesar a todos sus buenos propósitos, cuyo único fin es el de fomentar la división de los particulares, ahondar la del reino y vejar a los ciudadanos..., te repito, ¿cómo puedes creer que un ser semejante puede ser precioso para el Estado?
-Me niego a responder, pues de nuevo aparece la ironía.
-Muy bien, de acuerdo, amigo mío, me parece muy bien, de acuerdo, pero aunque tengas que cavilar durante treinta días sobre esta aventura, aunque tengas que recabar ridículamente la opinión de tus cofrades al respecto, seguiré diciéndote que no hay más solución que ir a instalarnos nosotros mismos a casa de esos tipos que tratan de impresionarnos.
El presidente puso aún algunas objeciones, se defendió con mil contradicciones más absurdas y pretenciosas las unas que las otras, y acabó por decidir con el marqués que partiría a la mañana siguiente con él y con dos lacayos de la mansión; el presidente propuso a La Brie, ya lo dijimos, no se sabe demasiado bien por qué, pero tenía gran confianza en ese muchacho. D'Olincourt, muy al corriente de los importantes asuntos que iban a retener a La Brie en el castillo durante su ausencia, contestó que era imposible llevarle con ellos, y al día siguiente, al despuntar el alba, se prepararon para ello, colocaron al presidente una vieja armadura que habían encontrado en el castillo, su joven esposa le puso el casco, deseándole toda suerte de venturas, y le instó a volver lo antes posible para recibir de sus manos los laureles que marchaba a cosechar; él la besa tiernamente, monta a caballo y sigue al marqués. Por más que habían anunciado por los alrededores la mascarada que iba a tener lugar, el enjuto presidente, con su ridículo atavío militar, resultaba tan grotesco que fue acompañado, de un castillo al otro, de carcajadas y silbidos. Por todo consuelo, el coronel, que se mantenía lo más serio posible, se acercaba a él de cuando en cuando y le decía:
-Ya lo veis, amigo mío, este mundo no es más que una farsa, o se es público o se es actor, o contemplamos la escena o la representamos.
-Sí, perfecto, pero ahí nos están silbando -contesta el presidente.
-¿De verdad? -respondía flemáticamente el marqués.
-No cabe la menor duda -replicaba Fontanis-, y reconoceréis que resulta muy duro.
-¿Por qué? -decía d'Olincourt-. ¿Acaso no estáis acostumbrado a esos pequeños desastres? ¿Creéis que a cada estupidez que cometéis en vuestros estrados ornados con flores de lis, el público no os silba también? Hechos por naturaleza para que se mofen de vosotros en vuestro oficio, trajeados de una manera ridícula que hace reír en cuanto se os ve, ¿cómo vais a imaginar que con tantas cosas desfavorables por un lado, os van a perdonar todas vuestras estupideces por el otro?
-¿No os gusta la toga, verdad, marqués?
-No os lo oculto, presidente; sólo me gustan las profesiones útiles: todo aquel que no tiene talento más que para fabricar dioses o para matar hombres, me ha parecido siempre un individuo consagrado a la indignación pública y al que se le debe ridiculizar u obligar a que trabaje a la fuerza. ¿No creéis, amigo mío, que con esos dos hermosos brazos que os ha dado la naturaleza, no seríais infinitamente más útil en un carro que en una sala de justicia? En el primer caso haríais honor a todas las facultades que habéis recibido del cielo... En el segundo, no hacéis más que envilecerlas.
-Pero es necesario que haya jueces.
-Más valdría que no hubiera más que virtudes, podrían adquirirse sin necesidad de jueces, con ellos se las pisotea por doquier.
-¿Y cómo queréis vos que se gobierne un Estado...?
-Con tres o cuatro sencillas leyes promulgadas en el palacio del monarca y observadas en cada clase por los ancianos de la clase en cuestión; de esa manera cada estamento tendría sus pares y un gentilhombre que fuera condenado no tendría que sufrir la espantosa afrenta de serlo por algún bellaco como tú, tan prodigiosamente lejos de ser digno de ello.
-¡Oh!, todo eso nos llevaría a discusiones...
-Que van a acabar en seguida -interrumpió el marqués-, pues ya hemos llegado a Téroze.
Estaban, en efecto, entrando ya en el castillo; el granjero se presenta, se encarga de los caballos de sus señores y pasan a una sala en donde en seguida se ponen a discutir con él sobre los inquietantes hechos de aquella mansión.
Todos los días un ruido espantoso se dejaba oír por igual en todas las estancias de la casa, sin que se haya podido averiguar la causa; por las noches se había montado guardia y varios campesinos contratados por el granjero, según afirmaban, habían sido terriblemente apaleados y nadie se atrevía ya a exponerse. Pero resultaba imposible precisar qué se sospechaba; la opinión general era sencillamente que el espíritu que se aparecía era el de un antiguo arrendatario de aquella mansión, que había tenido la desgracia de perder su vida injustamente en el cadalso y que había jurado volver todas las noches y causar un terrible estrépito en la casa hasta poder tener la satisfacción de retorcer el cuello a un magistrado.
-Mi querido marqués -exclamó el presidente corriendo hacia la puerta-, me parece que mi presencia aquí es bastante inútil., nosotros no estamos acostumbrados a ese género de venganzas y preferimos, como los médicos, matar indiferentes a quien nos venga en gana sin que el difunto pueda protestar jamás.
-Un momento, hermano, un momento -responde d' Olincourt, deteniendo al presidente que estaba decidido a salvarse-; acabemos de oír las explicaciones de este hombre -y dirigiéndose al granjero-: ¿Eso es todo, maese Pedro, no hay en todo este acontecimiento singular ninguna otra particularidad que podáis señalarnos? ¿A todos los funcionarios sin excepción odia ese diablillo?
-No, señor-contestó Pedro-; el otro día dejó una nota sobre una mesa en la que decía que sólo detestaba a los prevaricadores; cualquier juez que sea integro no corre con él ningún peligro, pero no perdonará a aquellos que, guiados únicamente por el despotismo, por la estupidez o por la venganza, hayan sacrificado a sus semejantes a la sordidez de sus pasiones.
-Bien, ya veis que debo irme de aquí-comentó el presidente, consternado-; en esta casa no existe la menor seguridad para mí.
-¡Ah!, miserable-le contesta el marqués-; conque ahora tus crímenes empiezan a hacerte estremecer..., ¿eh? Atentados contra el honor, destierros de diez años a causa de una partida de rameras, infames connivencias con otras familias, el dinero recibido por arruinar a un gentilhombre, y tantos otros desdichados sacrificios a tu furor o a tu ineptitud, esos son los fantasmas que ahora vienen a turbar tu imaginación, ¿verdad? ¡Cuánto darías en este momento por haber sido un hombre honrado toda tu vida! Que esta cruel situación te sirva de algo algún día, que te haga sentir por adelantado el horrible peso de los remordimientos y que te enseñe que no hay ni una sola felicidad mundana, por valiosa que nos pueda parecer, que valga lo que la tranquilidad de espíritu y las satisfacciones de la virtud.
-Mi querido marqués, os pido perdón-dice el presidente con lágrimas en los ojos-; soy hombre perdido, no me sacrifiquéis, os lo suplico, y dejadme volver al lado de vuestra querida hermana que deplora mi ausencia y que nunca os perdonará los males a los que vais a entregarme.
-¡Cobarde! Cuánta verdad hay cuando se dice que la cobardía acompaña siempre a la falsedad y a la traición... No, tú no saldrás de aquí, ya no es tiempo de volverse atrás; mi hermana no tiene más dote que este castillo; si quieres disfrutarlo, hay que limpiarlo de esos bribones que lo ensucian. Vencer o morir, no hay término medio.
-Os ruego que me disculpéis, querido hermano; pero sí que hay un termino medio: escapar de aquí a toda prisa y renunciar a todos esos beneficios.
-Vil cobarde, ¿así es como queréis a mi hermana, prefieres verla consumirse en la miseria que combatir para salvar su herencia...? ¿Quieres que le diga a la vuelta que esos son los sentimientos que le profesas?
-¡Cielos, a qué horrible estado me veo reducido!
-Vamos, vamos, recobra el valor y prepárate para lo que se espera de nosotros.
Sirvieron la cena, el marqués quiso que el presidente cenara con la armadura completa; maese Pedro comió con ellos, afirmó que hasta las once de la noche no había absolutamente nada que temer, pero que a partir de ese momento, hasta el amanecer, el lugar era indefendible.
-Pues nosotros vamos a defenderlo—contestó el marqués-, y aquí tenéis a un bravo camarada de quien os respondo como de mí mismo. Estoy seguro de que no nos abandonará.
-No respondamos de nada hasta ver qué pasa -replicó Fontanis-; yo soy un poco como César, lo confieso, el valor en mí es muy voluble.
Mientras tanto, pasaron el tiempo que quedaba reconociendo los alrededores, paseando, haciendo cuentas con el granjero, y cuando se hizo de noche el marqués, el presidente y sus dos criados se repartieron el castillo.
Al presidente le tocó un gran dormitorio, flanqueado por dos siniestras torres cuya sola visión le hacía estremecer de antemano: era por allí precisamente por donde, según decían, el espíritu iniciaba su ronda, con lo que iba a toparse con él antes que nadie; un valiente hubiera gozado ante esta halagadora perspectiva, pero el presidente, que, como todos los presidentes del universo y los presidentes provenzales en particular, no era valiente ni por asomo, se dejó llevar de tal acto de debilidad al conocer la noticia, que tuvieron que cambiarle de pies a cabeza; ninguna medicina hubiera tenido un efecto más fulminante. Le vuelven a vestir, le arman de nuevo, le dejan dos pistolas sobre la mesa de su alcoba, le colocan en las manos una lanza de quince pies de largo por lo menos, le encienden tres o cuatro velones y le abandonan a sus reflexiones.
-Oh, desdichado Fontanis—exclamó al verse solo- ¿Qué genio del mal te ha conducido a esta galera? No podías haber encontrado en tu provincia a alguna joven que valiera más que ésta y que no te hubiera acarreado tantos sinsabores? Tú lo has querido, pobre presidente, tú lo has querido, amigo mío, y aquí estas, te sentiste tentado por una boda en París y ya ves en lo que acaba... Pobrecito, a lo mejor vas a morir aquí como un perro sin poder ni siquiera confesar y comulgar y entregar tu alma a un sacerdote... Estos malditos incrédulos, con su equidad, con sus leyes de la naturaleza y su filantropía, parece como si el paraíso fuera a abrírseles cuando pronuncian esas tres impresionantes palabras... Menos naturaleza, menos equidad y menos filantropía, firmemos decretos, desterremos, quememos, condenemos a la rueda y vayamos a misa, más valdría esto que todo lo demás. Este d'Olincourt insiste furiosamente en el proceso de aquel gentilhombre al que juzgamos el año pasado; debe de haber algún tipo de parentesco que yo ni sospechaba... Pues que, ¿no se trataba de un asunto escandaloso, no vino un criado de trece años, al que habíamos sobornado, a decirnos, porque nosotros queríamos que nos lo dijese, que aquel hombre se dedicaba a matar prostitutas en su castillo, no nos contó un cuento de Barba Azul con el que las nodrizas no pretendieran hoy en día dormir a sus criaturas? Tratándose de un crimen tan importante como es el asesinato de una ramera..., un delito probado de forma tan concluyente como es la declaración de un niño de trece años al que hicimos que le dieran cien latigazos porque no quería decir lo que queríamos nosotros, no me parece a mí que sea obrar con excesivo rigor hacer las cosas como las hicimos. ¿Es que se necesitan cien testigos para cerciorarse de un delito; no basta una simple relación? ¿Acaso tuvieron tantos miramientos nuestros doctos colegas de Toulouse cuando condenaron a la rueda a Calas? Si no castigásemos más que aquellos crímenes de los que estamos seguros, no tendríamos el placer de arrastrar al cadalso a nuestros semejantes ni cuatro veces en todo un siglo, y sólo eso hace que seamos respetados. Desearía que me explicaran qué sería un parlamento cuya bolsa estuviera siempre abierta para las necesidades del Estado, que no presentara nunca ninguna queja, que registrara todos los delitos y que no matara nunca a nadie... Eso sería una asamblea de necios a la que no se le haría el menor caso en la nación... Valor, presidente, valor, no has hecho más que cumplir con tu deber, amigo mío; deja que griten los enemigos de la magistratura, no podrán destruirla; nuestro poderío, establecido a costa de la blandura de los reyes, durará tanto como la monarquía, y ya puede Dios velar por los soberanos para que no acabe derribándolos; unos cuantos descalabros más como los del reinado de Carlos VII y la monarquía, destruida al fin, dará paso a esa forma de gobierno que ambicionamos desde hace tanto tiempo y que al elevarnos al pináculo como el senado de Venecia, pondrá en nuestras manos, como poco, las cadenas con que tan ardientemente deseamos aplastar al pueblo.
Así razonaba el presidente, cuando un ruido espantoso se dejó oír a un mismo tiempo en todas las habitaciones y en todos los corredores del castillo... Un escalofrío universal se apodera de él, se arrebuja sobre la silla y apenas se atreve a levantar los ojos. ¡Seré insensato! -exclama-. ¡Que yo, que un miembro del Parlamento de Aix tenga que luchar contra unos espíritus! ¿Qué tuvisteis nunca que ver con el Parlamento de Aix? Entre tanto el ruido aumenta, las puertas de las dos torres se vienen abajo, aterradoras figuras penetran en la habitación... Fontanis se arroja al suelo, implora que le perdonen, suplica por su vida.
-Miserable-le contesta uno de los fantasmas con pavorosa voz-. ¿Acaso supo tu corazón qué era la compasión cuando condenaste injustamente a tantos desgraciados, su espantosa suerte te conmovió, acaso te sentí-as menos orgulloso, menos glotón, menos crapuloso el día que tus injustas sentencias hundían en el infortunio o en la sepultura a las víctimas de tu estúpido rigorismo? ¿Y de dónde provenía en ti esa temeraria impunidad de tu momentáneo poder, de esa fuerza ilusoria que por un momento corrobora la opinión y que al punto destruye toda filosofía...? Sufre que nos guiemos por los mismos principios y sométete, pues eres el más débil.
Tras estas palabras, cuatro de estos espíritus físicos agarran con fuerza a Fontanis y al instante le dejan desnudo como la palma de la mano, sin obtener otra cosa más que sollozos, gritos y un sudor fétido que le cubría de pies a cabeza.
-¿Qué hacemos ahora con él?-pregunta uno de ellos. -Espera-le contesta el que parecía el jefe-, aquí tengo la lista de los cuatro principales asesinatos que ha cometido jurídicamente, vamos a leérsela.
En 1750, condenó a la rueda a un desdichado que no había cometido más delito que negarle a su hija, a la que el miserable quería violar,
En 1754, propuso a un hombre salvarle por dos mil escudos; al no podérselos pagar, hizo que le ahorcaran.
En 1760, al enterarse de que un hombre de su ciudad había hecho algunos comentarios sobre él, le condenó a la hoguera al año siguiente, acusándole de sodomía, aunque el desventurado tenía mujer y un tropel de hijos, cosas todas ellas que desmentían su crimen.
En 1772, un joven de elevado rango de la provincia quiso, por una venganza trivial, dar una zurra a una cortesana que le había jugado una mala pasada, y este indigno cernícalo convirtió la broma en un asunto criminal, lo consideró asesinato, envenenamiento, arrastró a todos sus cofrades a esta ridícula opinión, perdió al joven, le arruinó y, no habiendo podido atraparle, le hizo condenar en rebeldía.
Estos son sus principales crímenes; decidid, amigos míos.
-El talión, señores, el talión; ha condenado injustamente a la rueda, pues yo quiero que a la rueda se le condene.
-Yo propongo la horca-dijo otro-y por los mismos motivos que mi colega.
-Que sea quemado -dice un tercero- por haber empleado ese suplicio sin motivo alguno y por haberlo merecido él mismo tantas veces.
-Démosle ejemplo de clemencia y de moderación, camaradas -dice el jefe-, y sigamos nuestro texto nada más que en la cuarta aventura: azotar a una ramera es un crimen digno de muerte, en opinión de este cernícalo imbécil, pues que sea azotado.
Entonces agarran al desdichado presidente, le tumban boca abajo sobre un estrecho banco, le agarrotan de los pies a la cabeza; los cuatro etéreos espíritus cogen cada uno una correa de cuero de una longitud de cinco pies y la dejan caer cadenciosamente y con toda la fuerza de sus brazos sobre los desnudos miembros del desgraciado Fontanis, que, lacerado tres cuartos de hora seguidos por las vigorosas manos que se encargan de su educación, pronto no es más que una llaga de la que brota sangre por todas partes.
-Ya basta-dice el jefe-; ya lo dije antes, démosle ejemplo de compasión y de cómo hacer el bien; si el bribón nos atrapara nos haría descuartizar; pero ahora le tenemos a él, despidámonos con este correctivo fraternal y que aprenda en nuestra escuela que no siempre se hace mejores a los hombres asesinándoles; no ha recibido más que quinientos latigazos, pero apuesto al que quiera que ya está escarmentado de sus injusticias y que en el futuro va a ser uno de los magistrados más íntegros de su gremio; soltadle y continuemos nuestras operaciones.
-Ouf -exclamó el presidente cuando vio que sus verdugos se habían ido-. Ahora veo que si entramos con saña en los actos del prójimo, si tratamos de exagerarlos por el placer de castigarlos, ahora veo que nos lo devuelven en seguida. ¿Y quién habrá contado a esa gente todo lo que yo he hecho? ¿Cómo es que estaban tan bien informados de mi conducta?
Fuere como fuese, Fontanis se arregla como puede, pero apenas se ha puesto su traje de nuevo cuando oye unos espantosos gritos por el lado por donde los espectros habían salido de su habitación; aguza el oído y reconoce la voz del marqués pidiendo socorro con todas sus fuerzas.
-¡Que el diablo me lleve si doy un paso! -dice el vapuleado presidente-. Que esos pillos le zurren como a mí si les apetece; no pienso intervenir, cada uno tiene ya bastante con sus propias querellas para meterse en las de los demás.
Mientras tanto el ruido va creciendo, y d'Olincourt entra al fin en el aposento de Fontanis, seguido por sus dos sirvientes y poniendo los tres el grito en el cielo, como si les hubieran degollado: los tres venían cubiertos de sangre, uno llevaba un brazo en cabestrillo, otro una venda en la frente y se habría jurado al verles pálidos, desgreñados y ensangrentados, que acababan de batirse contra una legión de diablos escapados del infierno.
-Oh, amigo mío, ¡qué asalto! -exclama d'Olincourt-. ¡Creí que nos iban a estrangular a los tres!
-Apuesto a que no estáis más maltrechos que yo -responde el presidente, mostrándoles su magullado lomo-. Mirad cómo me han tratado.
-Oh, a fe mía, amigo -le contesta el coronel-, por una vez os veis en el caso de poder presentar una querella justa; no ignoráis el vivo interés que vuestros colegas han mostrado a lo largo de los siglos por los traseros flagelados; convocad a las cámaras, amigo mío, buscad a algún célebre abogado que quiera desplegar su elocuencia en favor de vuestras nalgas magulladas; usando el ingenioso artificio con el que un orador antiguo conmovía al areópago al descubrir ante los ojos del tribunal los soberbios senos de la bella a la que defendía; que vuestro Demóstenes descubría esas atractivas nalgas en el momento más patético de su alegato, que hagan enternecer al auditorio; recordad en especial a los jueces de París ante los que os veréis obligado a comparecer, aquella famosa aventura de 1769, en la que su corazón, mucho más conmovido por el azotado trasero de una buscona que por el pueblo del que se dicen padres y al que dejan, no obstante, morir de hambre, les indujo a abrir un proceso criminal contra un joven militar que, al volver de sacrificar sus mejores años al servicio del príncipe, no encontró otros laureles a su regreso que la humillación perpetrada por la mano de uno de los mayores enemigos de esa misma patria que venía de defender... Vamos, querido camarada de infortunio, démonos prisa, partamos, no hay ninguna seguridad para nosotros en este maldito castillo, corramos a vengarnos, volemos a implorar la equidad de los protectores del orden público, de los defensores del oprimido y de los pilares del Estado.
-Yo no puedo tenerme en pie-contesta el presidente, y además esos malditos bribones me volverían a mondar como a una manzana; os ruego que hagáis que me traigan una cama, y que me dejéis tranquilo en ella al menos veinticuatro horas.
-Ni se os ocurra, amigo mío, os estrangularán.
-Que lo hagan, me lo tendré merecido, pues los remordimientos se despiertan ahora con tanta fuerza en mi corazón, que tendría por una orden del cielo todas aquellas desgracias que le plazca enviarme.
Como el estruendo había cesado por completo y d'Olincourt vio que realmente el pobre provenzal necesitaba algo de descanso, mandó llamar a maese Pedro y le preguntó si había que temer que aquellos bribones volviesen de nuevo a la noche siguiente.
-No, señor -contestó el granjero-; ahora se estarán quietos durante ocho o diez días y podréis descansar con absoluta tranquilidad.
Condujeron al tundido presidente a una alcoba en la que se acostó y descansó como pudo una buena docena de horas; allí seguía cuando de repente se sintió mojado en la cama; levanta la vista y ve que el techo está horadado por mil agujeros por los que caía un raudal de agua que amenazaba con inundarle si no se levantaba a toda prisa; baja velozmente y completamente desnudo a las salas del primer piso, en donde encuentra al coronel y a maese Pedro olvidando sus penas alrededor de un pastel y de una montaña de botellas de vino de Borgoña; su primer impulso fue reírse al ver correr hacia ellos a Fontanis, con un atuendo tan indecente; él les contó sus nuevos infortunios y le hicieron sentar a la mesa sin darle tiempo para ponerse sus calzones, que seguía sujetando bajo el brazo como hacen los habitantes del Pégu. El presidente se puso a beber y halló consuelo para sus males al término de la tercera botella de vino; como aún les sobraban dos horas antes de tener que regresar a Olincourt, prepararon los caballos y partieron.
Duro aprendizaje, marqués, el que me habéis hecho hacer aquí-dice el provenzal, ya en la silla.
-Y no será el último, amigo mío -le contesta D'Olincourt-; el hombre ha nacido para superar pruebas y los hombres de leyes más que nadie; bajo el armiño es donde la estupidez erigió su templo y no respira en paz más que en vuestros tribunales; pero aparte de lo que podáis objetar, ¿era necesario abandonar el castillo sin averiguar lo que allí ocurría?
-¿Acaso hemos ganado algo con saberlo?
-Por supuesto, ahora podemos presentar vuestra querella con mucho mas fundamento.
-¿Querella? Que me lleve el diablo si presento alguna, me guardaré, lo que me ha tocado en suerte y os estaré infinitamente agradecido si no le habláis a nadie de ello.
-Amigo mío, no sois consecuente; si es ridículo presentar una querella cuando le molestan a uno, ¿por qué las estáis siempre buscando, por qué la recomendáis sin cesar? ¡Cómo! Vos que sois uno de los mayores enemigos del crimen, ¿queréis que quede impune cuando ha quedado tan manifiesto? ¿No es uno de los mayores axiomas de la jurisprudencia suponer que aunque la parte lesionada de su desistimiento, resulta de ello una satisfacción para la justicia? ¿No ha sido visiblemente violada con todo lo que os acaba de suceder? ¿Vais a rehusarle el legítimo incienso que ella exige?
-Todo lo que queráis, pero no diré una sola palabra.
-¿Y la dote de vuestra esposa?
-Confiaré en la equidad del barón y le encargaré la tarea de limpiar esta afrenta.
-Él no se meterá en esto.
-Muy bien, pues comeremos mendrugos.
-¡El valiente! Conseguiréis que vuestra esposa os maldiga y se arrepienta toda su vida de haber unido su suerte a la de un cobarde de vuestra especie.
-Oh, sí, me parece que remordimientos vamos a tener muchos cada uno por su parte, pero, ¿por qué queréis que yo presente ahora una denuncia cuando tanto lo desaprobabais antes?
-Yo no sabía de lo que se trataba; mientras pensé que se podía vencer sin ayuda de nadie elegí esa solución como la más sensata, y ahora, cuando me parece indispensable reclamar en nuestro favor el apoyo de las leyes os lo propongo. ¿Qué hay de inconsecuente en mi conducta?
De maravilla, de maravilla -contesta Fontanis desmontando, pues ya habían llegado a Olincourt-; pero os ruego no decir una sola palabra, es el único favor que os pido.
Aunque no habían estado ausentes más que dos días, en casa de la marquesa había muchas novedades; la señorita de Téroze estaba en cama, una presunta indisposición provocada por la inquietud, por la angustia de saber a su marido en peligro la retenía en el lecho desde hacía veinticuatro horas: un atractivo camisón, veinte varas de gasa alrededor de su cabeza y de su cuello..., una palidez verdaderamente conmovedora que, al hacerla cien veces aún más hermosa, reavivó los ardores del presidente a quien la pasiva flagelación que acaba de sufrir inflamaba aún más el físico. Delgatz se hallaba junto al lecho de la enferma y advirtió a Fontanis en voz baja que ni siquiera diera muestras de deseo en la dolorosa situación en que se encontraba su mujer; el momento crítico había sobrevenido en el período de la menstruación, se trataba nada menos que de una hemorragia.
-Diablos -exclama el presidente-, bien desdichado tengo que ser, acabo de hacerme desollar por esta mujer, y desollar de mano maestra, y aún se me priva del placer de tomarme la revancha con ella. Por lo demás, la población del castillo se había incrementado con tres personajes de los que es indispensable dar cuenta. El señor y la señora de Totteville, gente acomodada de los alrededores, que traían con ellos a la señorita Lucila de Totteville, su hija, jovencita morena y despabilada de unos dieciocho años de edad y que en nada desmerecía junto a los lánguidos encantos de Téroze.
[A fin de no tener por más tiempo en suspenso al lector, vamos a indicarle en seguida quiénes eran estos tres nuevos personajes que habían sido reclutados para la escena, bien para posponer su desenlace o bien para conducirla con mayor seguridad al fin propuesto. Totteville era uno de esos arruinados caballeros de Saint-Louis que arrastran su orden por el fuego por unas cuantas cenas o por unos cuantos escudos y que aceptan con indiferencia cualquier papel que les propongan interpretar; su presunta mujer era una antigua aventurera en otro campo que, no teniendo ya edad para comerciar con sus encantos, se desquitaba traficando con los de los demás; en cuanto a la bella princesa que pasaba por hija suya, teniendo en cuenta a semejante familia, fácil es imaginar a qué genero pertenecía: discípula de Paphos desde su infancia, ya había arruinado a tres o cuatro recaudadores de impuestos y era por su arte y por sus atractivos por lo que se la había especialmente adoptado; sin embargo, cada uno de estos personajes, escogidos de entre lo mejor que ofrecía su especie, con gran estilo, adiestrados a la perfección y poseyendo eso que se llama el barniz del buen tono, cumplía inmemorablemente lo que se esperaba de ellos, y resultaba difícil, al verles en compañía de caballeros y de damas de elevada condición, no creer que también ellos lo fueran.]
Apenas entró el presidente, la marquesa y su hermana le pidieron informes de su aventura.
-No es nada-respondió el marqués, siguiendo las instrucciones de su cuñado--; es una cuadrilla de bribones que serán reducidos tarde o temprano, habrá que saber lo que el presidente decida al respecto; para todos nosotros será un placer intercambiar opiniones con él.
Y como d'Olincourt se había apresurado a advertir en voz baja de sus éxitos y del deseo que tenía el presidente de que se relegasen al olvido, la conversación cambió de tema y no se volvió a hablar de los aparecidos de Téroze.
El presidente testimonió toda su inquietud a su mujercita y más aún el extremo pesar que sentía porque aquella maldita indisposición hubiera aún de aplazar el instante de su felicidad. Y como era tarde cenaron y se fueron a acostar sin que aquel día ocurriera nada extraordinario.
El señor de Fontanis, que, como buen leguleyo, añadía al cúmulo de sus buenas cualidades una extraordinaria inclinación por las mujeres, descubrió, no sin cierta veleidad, a la joven Lucila en el círculo de la marquesa de d'Olincourt; empezó por informarse, por medio de su confidente La Brie, sobre quién era la joven en cuestión, y éste, tras contestarle de forma que alentaba el amor que veía nacer en el corazón del magistrado, le instó a seguir adelante.
Es una joven de calidad -le contestó el pérfido confidente-, pero no por eso está a salvo de una proposición amorosa de un hombre de vuestra índole. Señor presidente-prosiguió el joven bribón-, vos sois el espanto de los padres y el terror de los maridos, y por muchos propósitos de sensatez que una persona del sexo femenino se haya podido fijar, muy difícil es que se muestre rigurosa con vos. Dejando a un lado la figura, y aunque sólo contara vuestra profesión, ¿qué mujer puede resistirse a los encantos de un servidor de la justicia, con esta gran toga negra, con este birrete cuadrado? ¿Acaso creéis que no se dice todo esto?
-Es cierto que es muy difícil defenderse de nosotros, a nuestras órdenes tenemos a cierto personaje que fue siempre el terror de las virtudes... Tú crees entonces, La Brie, que si yo dijera una palabra...
-Capitularía, no lo dudéis.
-Pero habría que guardarme el secreto. Bien sabes que en la situación en que me hallo es muy importante para mí no dar los primeros pasos con mi mujer con una infidelidad.
-¡Oh, señor!, la hundiríais en la desesperación, con la ternura que siente por vos.
-Sí, ¿crees que me ama un poco?
-Os adora, señor, y engañarla sería un crimen.
-Sin embargo, ¿crees que por otra parte...?
-Vuestros intereses progresarán de modo infalible, si así lo creéis; es sólo cuestión de actuar.
-¡Oh, mi querido La Brie!, me colmas de alegría. ¡Qué placer manejar dos intrigas al mismo tiempo y engañar a dos mujeres a la vez! ¡Sí, engañar, amigo mío, engañar! ¡Qué voluptuosidad para un hombre de la ley!
Como consecuencia de estos estímulos, Fontanis se arregla, se emperifolla, se olvida de los latigazos que le abren las carnes, y mientras engatusa a su mujer, que sigue guardando cama, apunta sus baterías hacia la astuta Lucila, que, tras escucharle al principio con pudor, va poco a poco poniéndole buena cara.
Cuatro días aproximadamente duraba ya esta intriga sin que nadie pareciese reparar en ella cuando se recibieron en el castillo avisos de las gacetas y de los mercurios invitando a todos los astrónomos a observar a la noche siguiente el paso de Venus bajo el signo de Capricornio.
-¡Oh, diablos, singular acontecimiento!-comentó el marqués como versado en ello nada más leer la noticia-. No me hubiera esperado nunca este fenómeno. Poseo, como sabéis, señoras, algunas nociones de esta ciencia; incluso yo mismo he escrito una obra en seis volumenes sobre los satélites de Marte.
-¿Sobre los satélites de Marte? -contestó la marquesa con una sonrisa-. Pues no os son muy propicios, presidente; me asombra que hayáis escogido esa materia.
-Siempre bromeando, adorable marquesa; veo que mi secreto no ha sido guardado. Bien, sea como sea, siento mucha curiosidad por el acontecimiento que nos anuncian... ¿Y tenéis aquí algún sitio, marqués, a donde podamos ir para observar la trayectoria de ese planeta?
-Desde luego -respondió el marqués-. ¿Acaso no hay encima de mi palomar un observatorio muy bien equipado? En él encontraréis magníficos telescopios, cuartos de círculo, compases, en una palabra, todo lo que caracteriza a un gabinete de astronomía.
-¡Con que sois un poco del oficio!
-No, en absoluto, pero uno tiene ojos como cualquiera, se tropieza con personas cultas y uno se alegra, por ellas, de estar instruido.
-Muy bien, para mí será un placer daros algunas lecciones en seis semanas; os enseñaré a conocer la tierra mejor que Descartes o Copérnico.
Mientras tanto llega el momento de trasladarse al observatorio: el presidente estaba desolado porque la indisposición de su esposa fuera a privarle del placer de hacerse el erudito delante de ella, sin sospechar, el pobre diablo, que era ella quien iba a representar el papel principal en esta singular comedia.
Aunque los globos no fuesen conocidos por el público, eran ya conocidos en 1789, y el hábil físico que había ingeniado este del que vamos a hablar, más sabio que ninguno de los que le siguieron, tuvo el buen sentido de quedar se mirando como los demás y de no decir una sola palabra cuando unos intrusos fueron a robarle su descubrimiento. En el centro de un aerostato perfectamente construido, a la hora fijada, la señorita de Téroze debía elevarse en brazos del conde de Elbene, y esta escena, vista desde muy lejos e iluminada tan sólo por una luz artificial y tenue, había de ser lo bastante bien representada como para impresionar a un necio como el presidente, que no había leído en toda su vida ni una sola obra sobre la ciencia de la que se jactaba.
Todo el grupo sube a lo alto de la torre, se proveen de catalejos y el globo se eleva.
-¿Lo veis?-se preguntan unos a otros.
-Todavía no.
-Si, ya lo tengo, lo veo.
-No, no es eso.
-Perdonad, a la izquierda, a la izquierda; poneos mirando hacia el Oriente.
-¡Ah, ya lo tengo! -exclama el presidente entusiasmado-. ¡Ya lo tengo, amigos míos! Haced lo que yo haga... Un poco más cerca de Mercurio, no tan lejos como Marte, muy por encima de la elipse de Saturno. Allí está, ¡ah, gran Dios! ¡Qué hermoso es!
-Lo estoy viendo como vos -dice el marqués-. Realmente es algo soberbio. ¿Podéis ver la conjunción?
-La tengo al extremo de mi lente...
Y el globo pasa en este momento por encima de la torre.
-¿Y bien? -pregunta el marqués-. ¿Estaban equivocados los avisos que recibimos? ¿No está aquí Venus por encima del Capricornio?
-Sin lugar a dudas-responde el presidente-. Es el espectáculo más hermoso que he visto en toda mi vida.
-Quién sabe -añadió el marqués- si tendréis que subir tan arriba para verlo a vuestro gusto.
-¡Ah, marqués! ¡Qué fuera de lugar están vuestras bromas en un momento tan sublime!
Y cuando el globo se perdió en la oscuridad, todos bajaron contentísimos por el alegórico fenómeno que el arte acababa de prestar a la naturaleza.
-Estoy verdaderamente desolado porque no hayáis venido a compartir con nosotros el placer que nos ha proporcionado este acontecimiento -aseguró al volver el señor de Fontanis a su esposa, a la que halló de nuevo en su lecho-. Es imposible contemplar nada más hermoso.
-Os creo -responde la joven-, pero me han dicho que había en todo ello tal cantidad de cosas indecentes que, en el fondo, no siento en absoluto no haber visto nada.
-¿Indecentes? -replica el presidente con una sonrisa burlona, llena de encanto-. ¡Oh, no!, en absoluto; es una conjunción. ¿Acaso hay algo en la naturaleza que no lo sea? Es lo que tanto me gustaría que sucediera al fin entre nosotros, y que se llevara a efecto en cuanto lo deseéis. Pero decidme, en honor a la verdad, dueña soberana de mis pensamientos... No es bastante tener en suspenso a vuestro esclavo? ¿No vais a concederle pronto la recompensa a sus pesares?
-¡Ay, ángel mío! -le responde amorosamente su joven esposa-. Creed que lo procuro con tanta ansiedad como vos, por lo menos, pero ya veis mi estado... Y lo veis sin lamentarlo, cruel, aunque sea obra vuestra del principio al fin: no os atormentéis tanto por lo que os interesa y antes me repondré.
El presidente se sentía ponlas nubes al verse lisonjeado de esta forma; se pavoneaba, erguía la cabeza. Jamás picapleitos alguno, ni siquiera los que acaban de colgar a alguien, había mostrado nunca un cuello tan estirado. Pero como, con todo ello, los obstáculos se multiplicaban por el lado de la señorita de Téroze, mientras que por el de Lucila, por el contrario, todo eran mieles, Fontanis no dudó en preferir los mirtos floridos del amor a las tardías rosas del himeneo. La una no se me puede escapar-decía para sí-, la tendré siempre que me apetezca, pero la otra a lo mejor no se queda aquí más que un momento.
Hay que darse prisa y sacarle partido, y de acuerdo con estos principios Fontanis no desperdiciaba ninguna ocasión que pudiera servir a sus intrigas.
-¡Ay, señor!-le decía un día esta joven con fingido candor-. ¿No me convertiré en la más desdichada de las criaturas si os concedo lo que me pedís...? Comprometido como vos lo estáis, ¿podréis alguna vez reparar el daño que infringiríais a mi reputación?
-¿Qué queréis decir con reparar? No se repara nada en esos casos, es lo que se llama arar en el mar; no tendremos más que reparar uno que otro. Con un hombre casado no hay nunca nada que temer, porque él es el primer interesado en el secreto, y así, pues, eso no os impedirá encontrar un marido.
-Y la religión y el honor, señor...
-Todo eso son pamplinas, corazón mío; bien veo que sois como una Inés y que necesitáis pasar algún tiempo en mi escuela. ¡Ah, cómo voy a hacer que desaparezcan todos esos prejuicios de la infancia!
-Pero yo creía que vuestra condición os obligaba a respetarlos.
-Pues claro que sí, por fuera; nosotros no tenemos para nosotros más que el exterior; hay que impresionar con él al menos, pero una vez despojados de ese vano decoro que nos obliga a ciertos miramientos nos parecemos en todo al resto de los mortales. ¡Oh!, ¿cómo podríais creernos libres de sus vicios? Nuestras pasiones, mucho más encendidas por el relato o la continua pintura de las de los demás, no nos hacen diferentes más que por los excesos que ellos no saben apreciar y que constituyen nuestras delicias diarias; al amparo casi siempre de las leyes con que hacemos temblar al prójimo, esa impunidad nos inflama y nos va haciendo más y más alevosos...
Lucila escuchaba todas estas futilidades, y a pesar del horror que le inspiraban el físico y la moral de este abominable personaje, seguía dándole facilidades, pues sólo con esa condición le había sido prometida la recompensa. Cuanto más progresaban los amoríos del presidente, más insoportable le iba volviendo su fatuidad: no hay en el mundo nada tan divertido como un picapleitos enamorado; es el cuadro más acabado de la torpeza, de la impertinencia y de la necesidad. Si el lector ha visto en alguna ocasión a un pavo cuando se dispone a multiplicar su especie, ya tiene la idea más cabal del esbozo que querríamos ofrecerle. Por más esfuerzos que hacía por disimular, un día en que su insolencia le había puesto, no obstante, demasiado al descubierto, el marqués quiso emprenderla con él en la mesa y humillarle delante de su diosa.
-Presidente -le dijo-, acabo de recibir ciertas noticias que os habrán de afligir.
-¿Cuáles, pues?
-Se asegura que el Parlamento de Aix va a ser suprimido; el pueblo se queja de que es inútil. A Aix le hace mucha menos falta un Parlamento que a Lyon, y esta ultima ciudad, demasiado alejada como para depender de París, englobará a toda la Provenza; la domina y está muy convenientemente situada para albergar en su seno a los jueces de una provincia tan importante.
Ese arreglo carece de sentido común. Es acertado. Aix está en el fin del mundo; un provenzal, viva donde viva, siempre preferirá ir a Lyon para sus asuntos que a vuestro lodazal de Aix. Caminos espantosos, ni un solo puente sobre ese Durance que, como vuestras cabezas, se sale de sus cauces nueve meses al año, y además, no os lo voy a ocultar, ciertos fallos particulares. Ante todo se censura vuestra composición; no hay, según se afirma, ni un solo individuo en todo el Parlamento de Aix que tenga un nombre... Comerciantes de atún, marineros, contrabandistas; en una palabra, una cuadrilla de picaros despreciables con los que la nobleza no quiere tener el menor trato y que oprime al pueblo para resarcirse del descrédito en que vive: zopencos, imbéciles... Perdonad, presidente, os digo lo que me han comunicado; después de cenar os dejaré la carta para que la leáis. Unos bellacos, en suma, que llevan el fanatismo y el escándalo hasta el punto de dejar en su ciudad, como prueba inequívoca de su integridad, un patíbulo siempre levantado, que no es sino un monumento de su zafio rigorismo, cuyas piedras debería arrancar el pueblo para lapidar a esos insignes verdugos que con tanta insolencia aún se atreven a imponerle su yugo; uno se extraña de que no lo haya hecho todavía, y parece ser que no va a tardar demasiado... Un sinnúmero de injustas detenciones, una afectación de severidad cuyo único objeto es el de permitirse todos los crímenes legales que les viene en gana perpetrar y otras cosas, en fin, mucho más serias que habría que añadir a todo esto... Se llega a decir abiertamente que son encarnizados enemigos del Estado y que lo han sido en todas las épocas. El público horror que inspiraron vuestros excesos de Mérindol aún no se ha extinguido en los corazones. ¿No ofrecisteis en aquella ocasión el espectáculo más espantoso que se pueda describir? ¿Puede uno imaginar sin estremecerse a los depositarios del orden, de la paz y de la justicia asolando la provincia como enloquecidos, con una antorcha en una mano y el puñal en la otra, quemando, matando, violando y masacrando cuanto se les ponía por delante, como una partida de tigres enfurecidos escapados de la selva? ¿Es propio de unos magistrados conducirse de esa manera? Se recuerdan asimismo varias circunstancias en las que os negasteis obstinadamente a socorrer al rey en sus necesidades, y en diversas ocasiones estuvisteis más dispuestos a sublevar a la provincia que a permitir que se os incluyera en la nómina de contribuyentes. ¿Creéis que está olvidada aquella desdichada época en que, sin que os amenazara peligro alguno, fuisteis, a la cabeza de los habitantes de vuestra ciudad, a entregar sus llaves al condestable de Borbón, que había traicionado a su rey, y aquella otra, cuando temblando nada más que por la proximidad de Carlos V, os apresurasteis a rendirle homenaje y a hacerle entrar dentro de vuestros muros? ¿No es bien sabido que fue en el seno del Parlamento de Aix donde se sembraron las primeras semillas de la Liga, y que en todos los tiempos no fuisteis más que unos facciosos, unos rebeldes, unos asesinos o unos traidores? Vosotros lo sabéis mejor que nadie, señores magistrados provenzales: cuando se desea perder a alguien se averigua todo cuanto haya podido hacer anteriormente; se sacan a relucir sus antiguas faltas para agravar la suma de las nuevas. No os extrañéis, pues, de que se comporten con vos como vos hicisteis con los desgraciados que inmolasteis en aras de vuestra pedantería. Aprended, mi querido presidente, que ultrajar a un ciudadano honrado y pacífico no le está más permitido a una corporación que a un particular, y si ese gremio persiste en una insensatez semejante, que no se sorprenda cuando vea alzarse contra él todas las voces, apelando a los derechos del débil y de la virtud en contra del despotismo y de la iniquidad.
El presidente, sin poder soportar estas acusaciones ni tampoco responder a ellas, se levantó de la mesa como un poseso, jurando que iba a abandonar la casa. Tras el espectáculo de un picapleitos enamorado no existe nada tan irrisorio como el de un picapleitos encolerizado; los músculos de su rostro, naturalmente moldeados por la hipocresía, forzados a pasar de súbito a las contorsiones de la ira, sólo lo van consiguiendo mediante violentas gradaciones cuya evolución es sumamente cómica de ver. Cuando ya se habían divertido bastante con su arrebato de despecho, como aún no se había llegado a la escena que debía, o al menos eso esperaban, librarles de él para siempre, se esforzaron en tranquilizarle, acudieron junto a él y le apaciguaron. Olvidando con notable facilidad por la noche todas las pequeñas vejaciones de la mañana, Fontanis recobró su talante habitual y todo se olvidó.
La señorita de Téroze iba mejorando, y aunque algo abatida exteriormente, bajaba, no obstante, para las comidas e incluso salía a pasear un poco con todos los demás. El presidente, ya con menos prisas, pues Lucila le tenía totalmente ocupado, comprendió que bien pronto no iba a poder ocuparse más que de su mujer. Por consiguiente, decidió precipitar la otra intriga. Había llegado el momento crítico; la señorita de Totteville no oponía ya el menor reparo, y no se trataba más que de encontrar un lugar seguro para el encuentro. El presidente propuso su dormitorio de soltero. Lucila, que no dormía en la habitación de sus padres, aceptó encantada ese sitio para la noche siguiente y en seguida se lo comunicó al marqués; le señalan su papel y el resto de la jornada transcurre tranquilamente. Hacia las once, Lucila, que debía acudir antes que él al lecho del presidente, con ayuda de una llave que éste le había confiado, pretextó un dolor de cabeza y salió. Un cuarto de hora después, el impaciente Fontanis va a retirarse, pero la marquesa decide que aquella noche, para honrarle, quiere acompañarle hasta su aposento. Todos los presentes comprenden la broma, la señorita de Téroze es la primera en regocijarse, y haciendo caso omiso del presidente, que está con el alma en vilo y que habría deseado sustraerse a aquella ridícula atención, o al menos prevenir a la que pensaba que iba a ser sorprendida, cogen unos candelabros, los hombres pasan delante, las damas rodean a Fontanis y en este divertido cortejo llegan a la puerta de su habitación... Nuestro infortunado galán apenas podía respirar.
Yo no respondo de nada-decía balbuceando-. Pensad en la imprudencia que cometéis. ¿Quién os asegura que el objeto de mis amores no esté tal vez esperándome en este preciso instante en mi cama? Y si así fuera, ¿os dais cuenta de todo lo que puede resultar de la inconsecuencia de vuestro proceder?
-A todo evento-contesta la marquesa abriendo la puerta de golpe-. Vamos, belleza, que por lo visto estáis esperando al presidente en su cama; dejaos ver y no tengáis miedo.
Pero cuál no sería la sorpresa general cuando las luces colocadas enfrente del lecho descubren a un asno monstruoso blandamente recostado sobre las sábanas y que, por una divertida fatalidad, satisfechísimo sin duda del papel que le hacían representar, se había dormido apaciblemente sobre el lecho del magistrado y roncaba con voluptuosidad.
-¡Ah, pardiez! -exclamó d'Olincourt, reprimiendo la risa-. Presidente, contempla un instante la dichosa sangre fría de este animal. ¿No se podría decir que es uno de tus colegas de la audiencia?
El presidente, sin embargo, muy contento por salir bien librado con esta broma, se figuraba que así se correría un velo sobre todo lo demás, y que Lucila, al darse cuenta, habría tenido la prudencia de no dejar que se sospechara su intriga en lo más mínimo; el presidente, repito, se empezó a reír con el resto. Sacaron como mejor pudieron al jumento, muy afligido por haber sido interrumpido en su sueño; pusieron sábanas blancas y Fontanis reemplazó muy dignamente al más soberbio asno que se había encontrado en la comarca.
-Verdaderamente es igual-comentó la marquesa cuando le vio acostado-. Nunca pensé que existiera un parecido tan asombroso entre un asno y un presidente del Parlamento de Aix.
-Qué equivocación la vuestra, señora-replico el marqués-. ¿No sabéis que ese tribunal ha elegido siempre sus miembros de entre estos doctores? Apostaría a que el que habéis visto salir de aquí fue su primer presidente. La primera preocupación de Fontanis a la mañana siguiente fue preguntarle a Lucila cómo se las había arreglado para salir del aprieto: ella, bien asesorada, le contestó que al darse cuenta de la broma se había retirado en seguida, pero con la inquietud, no obstante, de haber sido traicionada, cosa que le había hecho pasar una noche espantosa, deseando ardientemente que llegara el momento en que pudiese aclararlo todo. El presidente la tranquilizó y obtuvo la revancha para el día siguiente; la pudibunda Lucila se hizo un poco de rogar, Fontanis se puso aún más ardoroso y todo quedó fijado conforme a sus deseos. Pero si la primera cita había sido estropeada por una cómica escena, ¡qué fatal acontecimiento iba a dar al traste con la segunda! Los detalles se arreglan como dos días antes; Lucila se retira la primera, el presidente la sigue poco después, sin que nadie se interponga; la encuentra en el lugar convenido, y estrechándola entre sus brazos se disponía ya a darle pruebas inequívocas de su pasión... De pronto las puertas se abren: son el señor y la señora de Totteville, la marquesa, la señorita de Téroze en persona.
-¡Monstruo! -exclama esta última, arrojándose enfurecida sobre su marido-. ¿Así es como te ríes de mi candor y de mi ternura?
-Hija atroz-le dice el señor de Totteville a Lucila, que se ha arrojado a los pies de su padre-. Es así como abusas de la honesta libertad que te concedíamos...
Por su parte, la marquesa y la señora de Totteville lanzan miradas enfurecidas a los dos culpables, y la señora de d'Olincourt pasa de este primer gesto a recoger a su hermana, que se desmaya en sus brazos. Difícilmente se podría describir el semblante de Fontanis en medio de esta escena: la sorpresa, la vergüenza, el terror, la inquietud, todos estos dispares sentimientos le agitan a la vez y le inmovilizan como a una estatua; entretanto llega el marqués, se informa y se entera con indignación de cuanto sucede.
-Señor -le dice con severidad el padre de Lucila-, nunca me habría esperado que en vuestra casa una joven honesta pudiera temer afrentas de esta índole; no os extrañe que no esté dispuesto a tolerarlo y que mi mujer, mi hija y yo partamos al instante para pedir justicia a aquellos de quienes debemos esperarla.
-En verdad, señor -dice entonces el marqués con sequedad al presidente-, convendréis en que estas son escenas que poco podía esperarme. ¿No fue para deshonrar a mi cuñada y a mi casa por lo que quisisteis uniros a nosotros?
Después, dirigiéndose a Totteville:
-Nada más justo, señor, que la reparación que exigís, pero me atrevo a rogaros encarecidamente que procuréis evitar el escándalo. No es por este bellaco por quien os lo pido, no es digno más que de desprecio y de escarmiento, es por mí, señor, por mi familia, por mi desdichado suegro, que, después de depositar toda su confianza en este pantalón, va a morir del pesar de haberse equivocado.
Me gustaría complaceros, señor -responde con altivez el señor de Totteville, llevando a su mujer y a su hija-, pero me permitiréis que ponga mi honor por encima de todas esas consideraciones. No os veréis comprometido, caballero, en la querella que voy a presentar; sólo este malnacido lo estará... Me permitiréis que no escuche nada más y que acuda al instante allí donde la venganza me reclama.
Con estas palabras, los tres personajes se van, sin que ningún esfuerzo humano pueda detenerlos, y vuelan, según dicen, a París, a presentar un recurso contra las humillaciones que ha querido infligirles el presidente Fontanis... Mientras tanto, en el desdichado castillo no reina ya más que la inquietud y la desesperación; la señorita de Téroze, apenas restablecida, vuelve a caer enferma en el lecho con una fiebre que se asegura que es peligrosa; el señor y la señora d'Olincourt prorrumpen en amenazas contra el presidente, que, no disponiendo contra los rigores que le amenazan de más asilo que aquella mansión, no se atreve a revolverse contra las reprimendas que con tanta justicia le dirigen. Y ya duraba tres días este estado de cosas, cuando ciertos informes secretos comunican al marqués al fin que el asunto empieza a ser de lo más serio, que se está viendo por lo criminal y que están a punto de condenar a Fontanis.
-¿Pero cómo? ¿Sin escucharme? -pregunta el asustado presidente.
-Es la regla -le contesta d'Olincourt-. ¿Acaso se conceden medios de defensa a quien la ley condena? ¿Uno de vuestros hábitos más respetables no es el de deshonrarle antes de escucharle? Contra vos no emplean más que las armas de que os habéis servido contra los demás. Después de ejercer la justicia durante treinta años, ¿no es razonable que, al menos una vez en vuestra vida, seáis vos su víctima?
-¿Pero por un asunto de mujeres...?
-¿Cómo que por un asunto de mujeres? ¿Acaso no sabéis que ésos son los más peligrosos? El desdichado incidente, cuyos recuerdos os han costado quinientos latigazos, ¿qué otra cosa era sino un asunto de mujerzuelas? ¿No creisteis en cierta ocasión que por un asunto de mujerzuelas os estaba permitido deshonrar a un gentilhombre? El talión, presidente, la ley del talión; esa es vuestra brújula. Acatadla con entereza.
-¡Cielos! -exclama Fontanis-. En el nombre de Dios, ¡no me abandonéis, hermano mío!
-Estad seguro de que os ayudaremos -le contesta d' Olincourt-, a pesar de la injuria que nos habéis nfligido y de las quejas que tenemos contra vos, pero el único medio es riguroso.., vos lo conocéis.
-¿Cuál es?
La magnanimidad del rey o una orden de detención; es lo único que se me ocurre.
-¡Qué funestos extremos!
Convengo en ello, pero, ¿sabéis de otros? ¿Preferís salir de Francia y desaparecer para siempre o que unos anos de cárcel arreglen tal vez todo esto? Además, este procedimiento que tanto os subleva, ¿no lo habéis empleado vos y los vuestros? ¿No fue con vuestras bárbaras recomendaciones como acabasteis de hundir a aquel gentilhombre al que los espíritus tan cumplidamente han vengado? ¿No llegasteis a poner a aquel desventurado militar, a base de prevaricaciones tan peligrosas como castigables, entre la prisión o la infamia? ¿No cesasteis en vuestra despreciable persecución a condición de que fuera aniquilado por la del rey? No hay, pues, nada sorprendente querido amigo, en lo que yo os propongo; no sólo conocéis ya esa solución, sino que en este momento os debería parecer deseable.
-¡Oh, recuerdos atroces! -exclama el presidente, derramando lágrimas-. ¡Quién iba a decirme que la venganza del cielo estallaría sobre mi cabeza en el momento casi en que se consumaban mis crímenes! Me devuelven cuanto he hecho; sufrámoslo, sufrámoslo y callemos.
Pero como cualquier gestión corría prisa, la marquesa aconsejó decididamente a su marido que fuera a Fontainebleau, en donde se hallaba entonces la Corte. En lo que respecta a la señorita de Téroze, ella no entraba en modo alguno en esta recomendación; el rencor, por fuera, y el conde de Elbene, por dentro, la seguían reteniendo en su alcoba, cuya puerta estaba invariablemente cerrada para el presidente. Éste se había llegado hasta allí varias veces y había tratado de que se le abriera como pago a sus remordimientos y a sus lágrimas, pero siempre infructuosamente.
El marqués, pues, partió. El trayecto era corto y regresó dos días después, escoltado por dos oficiales de justicia y provisto de una orden cuya simple visión hizo estremecer al presidente en todos sus miembros.
-No podíais haber llegado más a propósito- dijo la marquesa, que fingía haber recibido ciertos informes de París mientras su marido estaba en la Corte-. El proceso se sigue por lo extraordinario, y mis amigos me escriben que hay que hacer que el presidente se escape, cuanto antes mejor. Mi padre ha sido informado; está sumido en la desesperación; nos recomienda que atendamos cumplidamente a su amigo y que le transmitamos el pesar que le ha producido todo esto... Su salud no le permite ayudarle más que con deseos, que más sinceros serían si él hubiera sido más cuerdo... Esta es la carta.
El marqués la leyó con rapidez, y después de exhortar a Fontanis, a quien le costaba un tremendo esfuerzo decidirse por la prisión, le encomendó a sus dos guardias, que no eran sino dos sargentos de caballería de su regimiento, y le instó a que se consolara, con tanto más rnotívo puesto que no iba a perderle de vista.
-He obtenido con muchísimo esfuerzo -le dijouna fortaleza situada a cinco o seis leguas de aquí; allí estaréis a las órdenes de un viejo amigo mío que os tratará como sí fuerais yo mismo; le envío con vuestros guardias un mensaje para recomendaros aún con mayor interés; así, pues, estad tranquilo.
El presidente lloró como un niño; nada es tan amargo como los remordimientos del crimen, que ve cómo se vuelven en su contra todas las calamidades que él mismo ha desencadenado... Pero no por eso era menos necesario ponerse en marcha. Suplicó encarecidamente que le permitieran abrazar a su esposa.
-Vuestra esposa -le contestó la marquesa secamente-por fortuna aún no lo es, y en medio de todas nuestras calamidades ese es el único consuelo que nos queda.
-Sea -respondió el presidente-, me armaré de valor para soportar este nuevo golpe -y subió al coche de los oficiales.
El castillo al que conducían al desdichado era el de una posesión de la dote de la señora de d'Olincourt, y todo estaba preparado para recibirle. Un capitán del regimiento de Olincourt, hombre severo y huraño, estaba encargado de representar el papel de gobernador. Recibió a Fontanis, despidió a los guardias, y al tiempo que enviaba a su prisionero a una pésima habitación, le dijo sin ambages que tenía respecto a él órdenes ulteriores de una severidad que le era imposible eludir. Abandonaron en esta cruel situación al presidente durante cerca de un mes. Nadie le visitaba, no le servían más que sopa, pan y agua; se acostaba sobre un montón de paja, en una habitación de una humedad espantosa, y no entraban en ella más que como en la Bastilla, es decir, como en un parque de fieras, única y exclusivamente para llevarle la comida. Durante esta funesta reclusión el desventurado leguleyo se entregó a crueles reflexiones, que nadie estorbó lo más mínimo. Al fin, el falso gobernador apareció y tras consolarle a medias le habló de la siguiente manera:
-No os puede caber la menor duda, señor -le dijo-, de que el primero de vuestros errores fue querer uniros a una familia tan por encima de vos en todos los aspectos. El barón de Téroze y el conde d'Olincourt son gentes de la más rancia nobleza, considerados en toda Francia, y vos no sois más que un miserable picapleitos provenzal, tan sin nombre como sin crédito, sin patrimonio como sin reputación; simplemente con que os hubierais mirado un instante vos mismo habríais tenido que confesar al barón de Téroze que se engañaba acerca de vos y que no erais en modo alguno digno de su hija. ¿Cómo pudisteis, además, creer ni por un momento que esa joven, hermosa como el amor, pudiera ser la esposa de un mono viejo y feo como vos? Uno se puede ofuscar, pero no hasta ese extremo. Las reflexiones que, sin duda, habréis hecho durante vuestra estancia aquí deben haberos convencido de que desde que estáis en casa del marqués d'Olincourt, hace cuatro meses, no habéis servido más que de juguete y de objeto de mofa. Gentes de vuestra condición y de vuestro carácter, de vuestra profesión y vuestra estupidez, de vuestra maldad y de vuestra bellaquería, no deben esperar más que un trato de esa índole. Con mil ardides, más divertidos los unos que los otros, os han impedido gozar de aquella a la que pretendíais; han hecho que os den quinientos correazos en un castillo poblado de fantasmas, os han mostrado a vuestra esposa en brazos de aquel a quien ella adora, cosa que neciamente tomasteis por un fenómeno; os han puesto frente a frente con una ramera contratada que se ha burlado de vos, y para acabar, os han encerrado en este castillo donde sólo del marqués d'Olincourt, mi coronel, depende teneros en él hasta el fin de vuestros días, cosa que se cumplirá, sin lugar a dudas, si os negáis a firmar este documento que tengo aquí. Considerad, antes de leerlo, señor -prosiguió el supuesto gobernador-, que en el mundo pasáis por un hombre que iba a casarse con la señorita de Téroze, pero en modo alguno por su marido; vuestro himeneo se efectuó lo más en secreto posible; los escasos testigos han accedido a retirar sus firmas; el cura ha devuelto el acto, aquí está; el notario ha enviado el contrato, podéis verlo delante de vuestros ojos; además, nunca os habéis acostado con vuestra esposa. Vuestro matrimonio es, por tanto, nulo; ha sido disuelto tácitamente y por propia voluntad de todas las partes, cosa que da a la ruptura tanta fuerza como si fuera obra de las leyes civiles y religiosas; aquí tenéis también las renuncias del barón de Téroze y de su hija, ya no falta más que la vuestra; aquí está, señor, elegid entre firmar este papel por las buenas o la seguridad de acabar aquí vuestros días... Responded, no tengo nada más que decir.
El presidente, tras reflexionar un poco, cogió el papel y leyó estas palabras:
«Declaro a cuantos lean esto que yo no he sido jamás esposo de la señorita de Téroze; le restituyo por escrito todos los derechos que en una ocasión se pensó darme sobre ella, y aseguro que no los reclamaré en toda mi vida. Además, no tengo más que palabras de agradecimiento por el comportamiento que tanto ella como su familia han observado conmigo a lo largo del verano que he pasado en su casa. De común acuerdo, por propia voluntad de uno y otro, renunciamos mutuamente a los proyectos de unión que se habían forjado respecto a nosotros y nos devolvemos recíprocamente la libertad de disponer de nuestras personas, como si la intención de unirnos no hubiera existido jamás. Y es con plena libertad de cuerpo y espíritu como firmo esto en el castillo de Valnord, propiedad de la señora marquesa d'Olincourt.»
-Me habéis dicho, señor -preguntó el presidente tras la lectura de estas líneas-, lo que me esperaba si no lo firmaba, pero no habéis dicho ni una palabra de lo que me ocurriría si accediese a todo esto.
-La recompensa, señor, será vuestra libertad inmediatamente -le contestó el falso gobernador-, el ruego de que aceptéis esta joya de doscientos luises de parte de la señora marquesa d'Olincourt y la seguridad de encontrar a la puerta del castillo a vuestro criado y dos caballos que os esperan para llevaros de nuevo a Aix.
-Firmo y me voy, caballero; demasiadas ganas tengo de librarme de toda esta gente para vacilar ni un solo instante.
-Eso esta muy bien, presidente respondió el capitán recogiendo el escrito firmado y entregándole la alhaja-, pero tened cuidado con vuestra conducta. Si una vez fuera la manía de vengaros se apoderase en alguna ocasión de vos, pensad bien antes de pasar a la acción que os las tenéis que ver con un adversario temible; que esta poderosa familia a la que ofenderíais, a toda ella, con vuestro proceder, os haría pasar por loco, y que el hospital de esos desgraciados sería hasta el final vuestra última morada.
-No temáis nada, señor -replicó el presidente-, yo soy el más interesado en no volver a tener nada que ver con tales personas, y os aseguro que sabré cómo evitarlas.
-Os lo aconsejo, presidente -contestó el capitán, abriéndole al fin su prisión-, y que esta comarca no os vuelva a ver jamás.
-Tenéis mi palabra -respondió el picapleitos, montando en un caballo-. Con esta pequeña aventura estoy escarmentado de todos mis vicios; aunque viviera aún mil años no volvería otra vez a buscar esposa en París. Alguna vez llegué a comprender el pesar de ser cornudo después de la boda, pero jamás oí que fuera posible serlo antes... Con la misma prudencia, con idéntica discreción en mis actuaciones, ya no me volveré a erigir en mediador entre unas rameras y gentes que valen mucho más que yo. Demasiado caro cuesta tomar partido por esa clase de damiselas, y no deseo volver a tener nada que ver con personas que cuentan con espíritus prestos a vengarlas.
El presidente desapareció, y tras hacerse juicioso a sus expensas no se volvió a oír hablar de él. Las rameras se querellaron, pero en Provenza no se las siguió ya protegiendo y las costumbres ganaron con ello, pues las jovencitas, al verse privadas de este indecente sostén, prefirieron el camino de la virtud a los peligros que podían acecharlas en la senda del vicio, cuando los magistrados fuesen lo bastante cuerdos como para ver el terrible disparate de mantenerlas en ella gracias a su protección.
Parece indudable que durante el arresto del presidente, el marqués d'Olincourt, después de hacer que el barón de Téroze se retractara de sus demasiado favorables prejuicios sobre Fontanis, se ocupó de que todas las disposiciones que acabamos de ver fueran celosamente cumplidas. Su habilidad y su reputación obraron tan brillantes resultados, que tres meses después la señorita de Téroze se desposó públicamente con el conde Elbene, con el que vivió perfectamente dichosa.
-A veces siento cierto pesar por haber maltratado de esa manera a aquel hombre despreciable -decía un día el marqués a su encantadora cuñada-, pero cuando veo, por un lado, la felicidad que resulta de mi comportamiento, y por otro, me convenzo de que no he humillado más que a un truhán inútil a la sociedad, profundamente enemigo del Estado, perturbador de la paz pública, verdugo de una familia honrada y respetable, difamador notorio de un gentilhombre al que estimo y a quien tengo el honor de corresponder, me consuelo repitiendo con el filósofo: «¡Oh, Providencia soberana! ¿Por que los recursos de los hombres han de ser tan limitados que nunca se pueda alcanzar el bien sino a costa de un poco de mal?»
Este cuento fue terminado el 16 de julio de 1787, a las diez de la noche.

LA LEY DEL TALIÓN

Un honesto burgués de la Picardía, descendiente tal vez de uno de aquellos ilustres trovadores de las riberas del Oise o del Somme, cuya olvidada existencia acaba de ser rescatada de las tinieblas apenas hace diez o doce años por un gran escritor de este siglo; un burgués bueno y honrado, repito, vivía en la ciudad de San Quintín, tan célebre por los grandes hombres que ha dado a la literatura, y vivían allí honradamente él, su mujer y una prima en tercer grado, religiosa en un convento de la ciudad. La prima en tercer grado era una muchacha morena, de ojos vivaces, nariz respingona y esbelto talle. Fastidiada por tener veintidós años y por ser religiosa desde hacía ya cuatro, la hermana Petronila, pues ese era su nombre, poseía además una bonita voz y mucho más temperamento que religión. En cuanto a Esclaponville, que así se llamaba nuestro burgués, era un joven gordinflón de unos veintiocho años a quien por encima de todo le gustaba su prima y no tanto, ni muchísimo menos, la señora de Esclaponville, pues venía acostándose con ella desde hacía ya diez años y un hábito de diez años resulta verdaderamente funesto para el fuego del himeneo. La señora de Esclaponville -hay que hacer su descripción, pues, ¿qué ocurriría si no cuidásemos las descripciones en un siglo en el que sólo hay demanda de cuadros, en el que incluso una tragedia puede no ser aceptada si los vendedores de telones no ven en ella seis cambios de decorado, por lo menos.-; la señora de Esclaponville, repito, era una rubianca algo insípida pero blanca como la nieve, con unos ojos bastante bonitos, algo entrada en carnes y con esos mofletes que se suelen atribuir a una buena vida.
Hasta el momento en que nos hallamos, la señora de Esclaponvílle ignoraba que pudiera existir una forma de vengarse de un esposo infiel. Prudente como su madre, que había vivido ochenta y tres años con el mismo hombre sin haberle sido infiel jamás, era todavía tan ingenua y tan candorosa que no podía ni siquiera sospechar ese espantoso crimen que los casuistas han denominado adulterio y que los sofisticados, que todo lo suavizan, han calificado simplemente de galantería. Pero una mujer traicionada pronto recibe consejos de venganza de su resentimiento, y como nadie quiere quedarse a la zaga, en seguida que se le presenta la ocasión no hay cosa alguna que la arredre para que nada le puedan reprochar. La señora de Esclaponvílle se enteró, al fin, de que su querido esposo visitaba con excesiva frecuencia a la prima en tercer grado; el demonio de los celos se apodera de su alma, acecha, se informa y acaba por descubrir que hay muy pocas cosas en San Quintín tan probadas como los amoríos de su esposo y de sor Petronila. Segura de su efecto, la señora de Esclaponville declara finalmente a su marido que la conducta que observa la desgarra el alma; que ella nunca ha merecido un comportamiento semejante, y le ruega que no siga haciendo de las suyas.
-¿De las mías? -le contesta flemáticamente su marido- ¿No sabes, amiga mía, que acostándome con mi prima la religiosa gano mi salvación? Con una intriga tan santa el alma queda limpia; es como identificarse con el Ser supremo; es como si el Espíritu Santo tomara cuerpo dentro de uno mismo. No puede haber ningún pecado, mujer, con personas consagradas a Dios; purifican todo lo que se hace con ellas, y frecuentarlas sume despejar el camino hacia la beatitud celestial.
La señora de Esclaponville; no muy satisfecha del éxito de su amonestación, no despegó los labios, pero jura en su fuero interno que ya sabrá encontrar alguna forma de elocuencia más persuasiva... Lo malo de esto es que las mujeres siempre encuentran lo que buscan: por poco atractivas que sean, no tienen más que invocarlos y los vengadores les llueven por todas partes.
En la ciudad vivía cierto vicario de parroquia al que llamaban el padre Bosquet, un buen mozo de unos treinta años que andaba detrás de todas las mujeres y que estaba haciendo un bosque con las frentes de todos los maridos de San Quintín. La señora de Esclaponville comió al vicario; como es inevitable, el vicario conoció a su vez a la señora de Esclaponville y los dos llegaron a conocerse tan a fondo que ambos hubieran podido pintar un retrato de cuerpo entero del otro sin temor a la más pequeña equivocación. Al cabo de un mes todos acudieron a felicitar al bueno de Esclapooville, que se jactaba de ser el único que había escapado a las temibles galanterías del vicario y de poseer la única frente aún no mancillada por aquel granuja.
-Eso no puede ser-contesta Esclaponville a quienes se lo contaban-, mi mujer es tan virtuosa como una Lucrecia, no lo creería aunque me lo repitieran mil veces.
-Entonces, ven -le dice uno de los amigos-, ven y haré que te convenzas con tus propios ojos y luego ya veremos si sigues dudándolo.
Esclaponville se deja llevar y su amigo le conduce a un paraje solitario, a una media legua de la ciudad, donde el Somme, encajonado entre dos arboledas frescas y cubiertas de flores, invita a los habitantes de la ciudad a un delicioso baile; pero como la cita era a una hora en la que por lo general nadie se esta bañando todavía, nuestro infortunado esposo apura el amargo trago de ver cómo aparece primero su virtuosa mujer y acto seguido su rival sin que nadie venga a estorbarles.
- ¿Y qué? -le pregunta su amigo a Esclaponville-, ¿ya te empieza a picar la frente?
-Todavía no -contesta el burgués rascándosela, no obstante, sin darse cuenta-, a lo mejor viene aquí a confesarse.
-Entonces esperemos al desenlace -responde su amigo.
No tuvieron que esperar demasiado. Nada más llegar a la deliciosa sombra del oloroso seto, el padre Bosquet se despoja de todo cuanto pudiera constituir un estorbo para los amorosos abrazos que maquina y pone manos a la obra santamente para elevar, quizá ya por trigésima vez, al bueno y honrado de Esclaponville a la altura de los restantes maridos de la ciudad.
-Y bien, ¿ahora lo crees? -le pregunta el amigo.
-Volvamos -responde agriamente Esclaponvilleporque a fuerza de creerlo podría muy bien matar a ese maldito cura y me harían pagarlo más caro de lo que vale; volvamos, amigo mío, y guardadme el secreto, os lo ruego.
Sumido en la mayor turbación, Esclaponville regresa a su casa y su beatífica esposa aparece poco después para comer en su casta compañía.
-¡Un momento! -exclama el burgués, furioso-. Mujer, siendo aún un niño juré a mi padre que nunca me sentaría a la mesa con prostitutas.
-¿Con prostitutas? -le contesta beatíficamente la señora de Esclaponville-. Amigo mío, vuestras palabras me asombran, ¿es que tenéis acaso algo que reprocharme?
-¡Pero cómo, carroña! ¿Que si tengo algo que reprocharos? ¿Qué es lo que habéis ido a hacer esta tarde a los baños con nuestro vicario?
-¡Oh, Dios mío! -responde la dulce esposa-. ¿Sólo es eso? ¿Eso es todo lo que tienes que decirme?
-¡Cómo, diablos, que si es eso todo...!
-Pero, amigo mío, yo he seguido vuestros consejos. ¿No me dijisteis que no había nada de malo en acostarse con gente de la Iglesia, que el alma se purificaba con una intriga tan santa, que era como identificarse con el Ser supremo, hacer que el Espíritu Santo entrara dentro de uno y abrirse; en una palabra, el camino de la beatitud celestial...? Pues bien, hijo mío, yo no he hecho más que lo que me indicasteis, por lo que soy una santa y no una ramera. ¡Ah!, y os añado que si alguna de esas almas elegidas de Dios tiene medios para abrir, como vos decíais, el camino de la beatitud celestial, tiene que ser, sin duda, la del señor vicario, pues yo no había visto nunca una llave tan grande.

EL CORNUDO DE SÍ MISMO O LA RECONCILIACIÓN INESPERADA

Uno de los peores defectos de las personas mal educadas es el de estar siempre aventurando un sinnúmero de indiscreciones, murmuraciones o calumnias sobre todo ser viviente y, por si fuera poco, delante de gente a la que no conocen. Es imposible calcular la cantidad de enredos que son fruto de esa clase de charlatanería, pues, para ser sinceros, ¿quién es el hombre honrado que oye hablar mal de aquello que le conviene y no aprovecha la ocasión que le sale al paso? A los jóvenes no se les inculca suficientemente el principio de un comportamiento sensato, no se les enseña lo bastante a conocer el medio, los nombres, los atributos o las cualidades de las personas con las que han de vivir; en lugar de eso, les enseñan mil estupideces que sólo sirven para que se rían de ellas tan pronto como alcanzan la edad de la razón. Da siempre la impresión de que están educando a unos capuchinos; en todo momento beaterías, supercherías o inutilidades y nunca una máxima de moral oportuna. Peor aún, preguntad a un joven sobre sus verdaderos deberes para con la sociedad, preguntadle sobre lo que se debe a sí mismo y lo que debe a los demás o cómo hay que comportarse para ser feliz. Os contestará que le han enseñado a ir a misa y a recitar las letanías, pero que no comprende nada de lo que le preguntáis, que le han enseñado a bailar y a cantar, pero no a vivir con las demás personas. La presente historia, fruto del defecto que acabamos de señalar, no llegó a hacer correr la sangre, y sólo dio lugar a una -simple broma. Para poder contarla con detalle vamos a abusar unos minutos de la paciencia de nuestros lectores.
El señor de Raneville, de unos cincuenta años de edad, poseía uno de esos caracteres flemáticos que no dejan de tener cierto encanto. Se reía poco, pero hacía reír mucho a los demás, y tanto por sus rasgos de mordaz ingenio como por la frialdad con que los deslizaba, sabía encontrar a menudo, bien sólo con su silencio o bien con las graciosas expresiones de su taciturna fisonomía, la clave del secreto para divertir a las tertulias a las que era invitado, mejor cien veces que esos plúmbeos charlatanes, pesados y monótonos, que siempre están dispuestos a contar una historia de la que ya se están riendo una hora antes de empezar y que no son ni siquiera tan afortunados como para entretener a quienes les escuchaban. Desempeñaba un cargo bastante lucrativo de recaudador de impuestos. y para consolarse de un funesto matrimonio que antaño había contraído en Orleáns, tras dejar allí a su casquivana esposa, se dedicaba a gastar tranquilamente en París veinte o veinticinco mil libras de renta con una bellísima mujer a la que mantenían él y otros amigos tan generosos como él.
La amante del señor de Raneville no era precisamente una muchacha, era una mujer casada y por eso mismo mucho mas atractiva, pues, por mucho que se diga, esa pizca de sal del adulterio aporta insospechados alicientes al placer. Era muy hermosa, tenía treinta años y el más bonito cuerpo imaginable. Separada de un marido molesto y anodino, había venido de provincias a buscar fortuna en París, y no había tardado mucho en encontrarla Raneville, libertino por naturaleza, siempre al acecho de cualquier bocado apetitoso, no había dejado que éste se le escapara, y desde hacía tres años, a base de un trato inteligente, de derroches de ingenio y de dinero hacía olvidar a la joven en cuestión todos los pesares que el himeneo había sembrado anteriormente en su camino. Como los dos habían tenido la misma suerte, se consolaban juntos y podían comprobar esa gran verdad que, sin embargo, a nadie le sirve de escarmiento: la de que hay tantos matrimonios fracasados y, por consiguiente, tanta desdicha en el mundo porque unos padres avaros o imbéciles prefieren unir fortunas en vez de unir caracteres, pues, como decía Raneville a menudo a su amante, no cabe la menor duda de que si el destino nos hubiera unido a ambos en vez de entregaros a vos a un marido tiránico y ridículo y a mí a una desvergonzada, en lugar de haber estado recogiendo espinas durante tanto tiempo, rosas hubieran crecido bajo nuestros pies.
Un asunto sin importancia, que no vale la pena mencionar, condujo cierto día a Raneville a ese poblado cenagoso y malsano llamado Versalles, donde unos reyes que deberían ser objeto de adoración en su propia capital parecen rehuir la presencia de los súbditos que les anhelan, a donde la ambición, la venganza y la soberbia conducen día tras día a multitud de desdichados que, devorados por el hastío, van a ofrecer sacrificios al ídolo del día, donde la flor de la nobleza francesa, que tan importante papel podría desempeñar en sus posesiones, consiente, en ir a humillarse en antecámaras, hacer la corte de manera ruín a los suizos de la puerta o mendigar humildemente una cena, peor que la suya propia, en casa de uno de esos individuos a los que la fortuna saca por un instante de las brumas del olvido para sumirlos de nuevo en él poco después.
Terminadas sus gestiones, el señor de Raneville monta de nuevo en uno de esos coches a los que llaman «orinales» y en su interior se encuentra por pura casualidad con un tal señor Dutour, hombre muy parlanchín, muy gordo, muy pesado y bromista sempiterno, empleado como el señor de Raneville en el departamento de recaudación de impuestos, pero en Orleáns, su tierra, que, como acabamos de decir, era igualmente la del señor de Raneville. Empiezan a charlar y Raneville, que, siempre lacónico, no revela su identidad, ya conoce el nombre, los apellidos, el lugar de nacimiento y los negocios de su compañero de viaje antes de haber pronunciado una sola palabra. Tras estos detalles, el señor Dutour pasa a los de las relaciones personales.
-¿Habéis estado en Orleáns, verdad, señor? -1e pregunta Dutour-. Creo que me lo acabáis de decir.
-Pasé unos meses allí, pero hace ya tiempo.
-Y, ¿conocisteis, os pregunto, a una tal señora de Raneville, una de las mayores p... que hayan vivido nunca en Orleáns?
-¿La señora de Raneville? ¿Una mujer bastante atractiva?
-La misma.
-Sí, la conocí.
-Muy bien, pues os diré confidencialmente que yo pasé con ella unos tres días, así de sencillo. Si hay un marido cornudo puede decirse sin la menor duda que es ese pobre de Raneville.
-Y al él, ¿le conocéis?
-No, en absoluto. Es un tipo despreciable que, según dicen, se dedica a arruinarse en París con rameras y con libertinos como él.
-Nada puedo contestaros a eso, no le conozco, pero compadezco a los maridos cornudos, ¿no lo seréis vos por casualidad, caballero?
-¿Cuál de las dos cosas: cornudo o marido?
-Cualquiera de las dos; ese tipo de cosas van tan unidas hoy en día que, en verdad, es muy difícil apreciar la diferencia.
-Yo estuve casado, señor. Tuve la desgracia de casarme con una mujer que nunca se llevó bien conmigo, como tampoco a mí me agradaba su carácter. Nos separarnos amistosamente; ella quiso venir a París para compartir la soledad de una pariente suya, religiosa en el convento de Sainte-Acre y vive en esa residencia desde donde me envía de vez en vez alguna noticia suya, pero no la veo nunca.
-¿Es que es devota?
-No, quizá eso habría sido mejor,
-¡Ah!, ya comprendo. ¿Y nunca habéis sentido curiosidad por enteraros de su salud, en estas ocasiones en que vuestros asuntos os traen a París?
-Pues, para ser sincero, no me gustan los conventos; amigo de la alegría, de la jovialidad, hecho para todo tipo de placer y bien relacionado en sociedad, no me apetece pasar seis meses de convalecencia por visitar una clausura.
-Pero tratándose de una esposa...
-Es una persona que puede resultar atractiva cuando se hace uso de ella, pero de la que hay que saber alejarse sin vacilaciones cuando poderosas razones así nos lo aconsejan.
-En lo que decís hay cierta resentimiento.
-No, en absoluto... hay filosofía... es la moda actual, el lenguaje de la razón, hay que adoptarlo o pasar por tonto.
-Eso hace pensar en algún defecto de vuestra mujer; contestadme esto: defecto de naturaleza, de compatibilidad o de comportamiento.
-De todo un poco... de todo un poco, caballero, pero dejémoslo, os lo ruego, Y volvamos a la querida señora de Raneville. Pardiez, no comprendo que hayáis estado en Orleáns y no os hayáis divertido con esa criatura... todo el mundo lo hace.
-No todo el mundo, pues veis que yo no estuve con ella. No me gustan las mujeres casadas.
-Y si no es demasiada curiosidad, ¿puedo preguntaros en qué empleáis vuestro tiempo?
-En primer lugar en mis negocios, y después en una criatura bastante atractiva con la que voy a cenar de vez en vez.
-¿No estáis casado, caballero?
-Sí, lo estoy.
-¿Y vuestra esposa?
-Vive en provincias y allí la dejo como vos dejáis a la vuestra en Sainte-Aure.
-Casado, señor, casado e incluso sois tal vez de la hermandad; contestadme, por favor.
-¿No os he dicho ya que marido y cornudo son dos términos sinónimos? La relajación de las costumbres, el lujo... hay tantas cosas que hacen caer a una mujer.
—Sí, es muy cierto, caballero, es muy cierto. Contestáis como hombre enterado.
-No, en absoluto. ¿Así que una mujer muy hermosa os consuela, señor, de la ausencia de la esposa repudiada?
-Sí, una mujer muy hermosa, en efecto, y quiero que la conozcáis.
-Señor, es un honor excesivo.
-¡Oh!, nada de cumplidos, caballero. Ya hemos llegado, os dejo libre esta noche para vuestros asuntos, pero mañana os espero sin falta a cenar en esta dirección que aquí os doy.
Raneville tiene buen cuidado de darle una falsa y en seguida avisa en su casa para que quien vaya a buscarle preguntando por el nombre que ha dado pueda encontrarle con facilidad.
Al día siguiente, el señor Dutour no falta a la cita, y como se habían tomado todas las precauciones para que incluso con un nombre falso pudiera dar con Raneville en su alejamiento, le encuentra sin dificultad. Tras los cumplidos de rigor, Dutour da muestras de impaciencia al no ver todavía a la divinidad que espera.
-¡Hombre impaciente! -le dice Raneville-, desde aquí puedo ver lo que buscan vuestros ojos... Se os ha prometido una mujer hermosa y ya tenéis ganas de revolotear a su alrededor. No me cabe la menor duda de que acostumbrado a deshonrar la frente de los maridos de Orleáns os gustaría tratar del mismo modo a los amantes de París. Apuesto a que os alegraría enormemente ponerme a la misma altura que a ese desdichado de Raneville, de quien ayer me hablasteis en términos tan elogiosos.
Dutour le contesta como hombre afortunado en amores, fatuo y, por tanto, necio. La conversación se anima un momento y Raneville coge entonces de la mano a su amigo:
-Venid-le dice-, hombre implacable; pasad al templo donde os espera la divinidad.
Con estas palabras le hacen entrar en un voluptuoso gabinete donde la amante de Raneville; que ha sido aleccionada para la broma y está al tanto de todo, se hallaba con la más elegante indumentaria, pero tapada con un velo, sobre la otomana de terciopelo. Nada ocultaba la elegancia y la hermosura de su figura; su rostro era lo único que no se podía ver.
-Una mujer hermosísima, sin lugar a dudas; pero, ¿por qué privarme del placer de poder admirar sus facciones? ¿Es este, acaso, el serallo del gran Turco?
-No, de eso ni una sola palabra, es una cuestión de pudor.
-¿Cómo que de pudor?
-Así es. ¿Pensáis que yo iba a contentarme con enseñaros únicamente la figura o el vestido de mi amante? ¿Acaso sería completo mi triunfo si no os pudiera convencer, levantando todos esos velos, de hasta qué punto soy dichoso poseyendo encantos tales? Pero como esta joven es extraordinariamente recatada se ruborizaría con todos esos detalles. Ha dicho que sí a todo, pero con la condición expresa de permanecer cubierta con un velo. Ya sabéis, señor Dutour, cómo es el pudor y la delicadeza de las mujeres; a un hombre a la moda como vos no tiene uno que enseñarle ese tipo de cosas.
-Entonces, por piedad, ¿vais a dejar que la vea?
-Por completo, ya os lo he dicho, nadie es menos celoso que yo; los placeres que se saborean a solas me resultan insípidos, sólo si puedo compartirlos me siento dichoso.
Y para hacer honor a sus máximas, Raneville empieza por levantar un pañuelo de gasa que al instante deja al descubierto el más hermoso seno que se pueda contemplar... Dutour comienza a excitarse
-Y bien-pregunta Raneville-, ¿qué os parece esto?
-Que son los encantos de la mismísima Venus.
-Veis cómo unos pechos tan blancos y tan firmes están hechos para despertar la pasión... tocad, tocad, amigo mío, a veces la vista puede engañarnos, mi opinión en lo que se refiere al placer es que hay que emplear todos los sentidos.
Dutour acerca una mano temblorosa y acaricia extasiado el seno más hermoso del mundo y sigue sin dar crédito a la insólita complacencia de su amigo.
-Ahora más abajo -dice Raneville recogiendo hasta la cintura una falda de vaporoso tafetán, sin que nada se oponga a esta incursión-. Y bien, ¿qué decís de estos muslos? ¿Creéis que el templo del amor puede estar sostenido por columnas más hermosas?
Y Datour sigue acariciando todo lo que Raneville va dejando al descubierto.
-¡Ah!, bribón, ya se lo que pensáis-prosigue el complaciente amigo-, ese delicado templo que las mismas Gracias han cubierto con un suave musgo... ardéis en deseos de entreabrirlo, ¿verdad? Qué digo, de besarlo, lo apuesto.
Y Dutour cegado... balbuciente... sólo contestaba con la violencia de las sensaciones que se reflejaban en sus ojos; le da ánimos... sus dedos libertinos acarician los pórticos del templo que la voluptuosidad ofrece a sus deseos: da el beso divino que le han permitido y lo saborea durante un largo rato.
-Amigo mío-exclama-, ya no puedo más. O me arrojáis de vuestra casa o dejadme que siga adelante.
-¿Cómo adelante? ¿Y a dónde diablos queréis llegar si se puede saber?
-Ay, cielos, no me comprendéis, me siento ebrio de amor, ya no puedo contenerme por más tiempo.
-¿Y si esta mujer es fea?
-Es imposible que lo sea con encantos tan sublimes.
-Si es...
-Que sea lo que quiera, os lo repito, querido amigo, ya no puedo resistir más.
-Entonces adelante, temible amigo, adelante, apagad vuestra sed ya que os es imprescindible. ¿Me estaréis agradecido al menos por mi liberalidad?
-¡Ah!, infinitamente, no lo dudéis.
Y Dutour apartaba suavemente a su amigo con la mano como para insinuarle que le dejara a solas con aquella mujer.
-¡Oh!, ¿que os deje? No, no puedo -contesta Raneville-. ¿Tan escrupuloso sois que no podéis hacerlo en mi presencia? Entre hombres no se hace caso de ese tipo de cosas. Además, esas son mis condiciones: o delante de mí o nada.
-Aunque tuviera que ser delante del diablo -contesta Dutour no pudiendo contenerse por más tiempo y precipitándose al santuario en que va a quemar su incienso-; ya que así lo queréis, acepto cualquier cosa ...
-Y bien -le pregunta Raneville flemáticamente-, ¿habéis sido engañado por las apariencias?; las delicias que tales encantos os prometían, ¿son reales o ilusorias...? ¡Ah!, nunca, nunca he visto nada tan voluptuoso.
-Pero ese maldito velo, amigo mío, ese pérfido velo, ¿no me dejaréis que lo levante?
-Sí, desde luego... en el último momento, en ese momento tan sublime en que todos nuestros sentidos son seducidos por la embriaguez de los dioses, embriaguez que nos hace sentirnos tan dichosos como ellos y, a menudo, incluso superiores. La sorpresa hará más intenso vuestro éxtasis: al placer de gozar de la mismísima Venus añadiréis la inexpresable delicia de contemplar los rasgos de Flora y, todo a un tiempo para colmar vuestra dicha, os sumergiréis así mucho mejor en ese océano de placer en el que el hombre sabe encontrar tan dulcemente el consuelo de su existencia... Me haréis una señal...
-¡Oh!, ya lo estáis viendo-responde Dutour-, me estoy acercando a ese momento.
-Sí, ya lo veo, estáis excitado.
-Excitado hasta tal punto... ¡Oh!, amigo mío, estoy llegando a ese instante sublime; arrancad, arrancad esos velos para que pueda contemplar el mismísimo cielo.
-Ya está-contesta Raneville retirando la gasa-, pero tened cuidado no vaya a ser que al lado de ese paraíso esté el infierno.
-¡Oh, cielos!-exclama Dutour al reconocer a su mujer-, pero cómo... sois vos, señora... caballero, esta pesada broma... mereceríais... esta infame...
-Un momento, hombre fogoso, un momento, vos sois quien os merecéis cualquier cosa. Aprended, amigo mío, que hay que ser algo más circunspecto con la gente a la que no se conoce de lo que ayer fuisteis conmigo. Ese desdichado Raneville a quien tan mal habéis tratado en Orleáns... soy yo, señor; pero podéis ver cómo os lo devuelvo en París; por lo demás habéis hecho más progresos de los que creéis, pensabais que yo era el único que tenía cuernos y os los acabáis de poner vos mismo.
Dutour entendió la lección, tendió la mano a su amigo y reconoció que había recibido lo que se merecía. -Pero esta pérfida...
-Y bien, ¿no hace lo mismo que vos? ¿Cuál es esa bárbara ley que encadena a ese sexo de forma tan inhumana dándonos a nosotros toda la libertad? ¿Es eso equitativo? ¿Y con qué derecho de la naturaleza vais a encerrara vuestra mujer en Sainte-Aure mientras os dedicáis en París o en Orleáns a poner los cuernos a otros maridos? Amigo mío, eso no es justo; esta adorable criatura, cuyo valor no supisteis apreciar, vino también en busca de otras conquistas. Hizo muy bien y se encontró conmigo; yo la hago feliz, haced vos que lo sea la señora de Raneville, lo acepto, vivamos felices los cuatro y que haya víctimas del destino, pero no de los hombres.
Dutour reconoció que su amigo tenía razón, pero por una inconcebible fatalidad se sintió entonces perdidamente enamorado de su esposa; Raneville, a pesar de su causticidad, era demasiado generoso de corazón para resistir a las súplicas de Dutour para que le permitiera volver junto a su mujer, la joven se mostró conforme y este desenlace singular proporcionó un ejemplo inestimable de los designios del destino y de los caprichos del amor.

HAY SITIO PARA LOS DOS

Una hermosísima burguesa de la calle Saint-Honoré, de unos veinte años de edad, rolliza, regordeta, con las carnes más frescas y apetecibles, de formas bien torneadas aunque alga abundantes y que unía a tantos atractivos presencia de ánimo, vitalidad y la más intensa afición a todos los placeres que le vedaban las rigurosas leyes del himeneo, se había decidido desde hacía un año aproximadamente a proporcionar dos ayudas a su marido que, viejo y feo, no sólo le asqueaba profundamente, sino que, para colmo, tan mal y tan rara vez cumplía con sus deberes que, tal vez, un poco mejor desempeñados hubieran podido calmar a la exigente Dolméne, que así se llamaba nuestra burguesa. Nada mejor organizado que las citas concertadas con estas dos amantes. a Des-Roues, joven militar, le tocaba de cuatro a cinco de la tarde, y de cinco y media a siete era el turno de Dolbreuse, joven comerciante con la más hermosa figura que se pudiera contemplar. Resultaba imposible fijar otras horas, eran las únicas en que la señora Dolméne estaba tranquila: por la mañana tenía que estar en la tienda, por la tarde a veces tenía que ir allí igualmente o bien su marido regresaba y había que hablar de sus negocios. Además, la señora Dolméne había confesado a una amiga que ella prefería que los momentos de placer se sucedieran así de seguidos: el fuego de la imaginación no se apagaba de esta forma -sostenida-, nada tan agradable como pasar de un placer a otro, no cabía el fastidio de tener que volver a empezar; pues la señora Dolméne era una criatura encantadora que calculaba al máximo todas las sensaciones del amor, muy pocas mujeres las analizaban como ella y gracias a su talento había comprendido que, bien mirado, dos amantes valían mucho más que uno solo; en cuanto a la reputación, daba casi lo mismo, el uno tapaba al otro, la gente podía equivocarse, podía tratarse siempre del mismo que iba y venía varias veces al día, y en lo que atañe al placer, ¡qué diferencia!
La señora Dolmène tenía un miedo cerval a los embarazos y convencida de que su marido no cometería nunca con ella la locura de estropearle el tipo, había asimismo calculado que con dos amantes existía mucho menos peligro de lo que tanto temía que con uno solo, pues -decía ella como bastante buena anatomista- los dos frutos se destruyen entre sí.
Cierto día, el orden establecido en las citas se alteró y nuestros dos amantes, que no se habían visto nunca, se hicieron amigos de una manera bastante divertida, como vamos a ver. Des-Rones era el primero, pero había llegado demasiado tarde y, como si fuese cosa del diablo, Dolbreuse, que era el segundo, llegó un poco antes.
El lector inteligente se dará cuenta en seguida de que la combinación de estos dos pequeños errores debía abocarles a un encuentro inevitable; se produjo, por supuesto. Pero mostremos cómo sucedió y si es posible aprendamos de ello con todo el recato y el comedimiento que exige semejante materia, ya de por sí de lo más licenciosa.
A instancias de un capricho bastante singular -y los hombres son propensos a tantos- nuestro joven militar, cansado del papel de amante, quiso interpretar por un momento el de amada; en lugar de tenderse amorosamente abrazado por los brazos de su divinidad, prefirió abrazarla a su vez; en una palabra, lo que suele quedar debajo, él lo puso encima, y tras este intercambio de papeles quien se inclinaba sobre el altar en el que habitualmente tenía lugar el sacrificio era la señora Dolmène, que desnuda como la Venus calipigia y tendida como estaba sobre su amante, enseñaba, en línea recta con la puerta de la habitación en la que se celebraba el misterio, eso que los griegos adoraban con tanta devoción en la estatua que acabamos de citar, esa región tan hermosa, en una palabra, que, sin que tengamos que irnos demasiado lejos para poner un ejemplo, cuenta en París con tantos adoradores. Tal era su postura cuando Dolbreuse, que temía la costumbre de entrar sin más preámbulos, abre la puerta tarareando una cancioncilla y por todo panorama se le presenta aquello que, según se dice, una mujer verdaderamente honesta no debe nunca mostrar.
Lo que habría colmado de júbilo a tantísima gente, hace retroceder a Dolbreuse.
-¡Qué veo! -exclamó-. ¡Traidora...! ¿Esto es, pues; lo que me reservas?
La señora Dolmène, que en ese preciso instante se encontraba en una de esas crisis en las que la mujer actúa mejor de lo que razona, se apresura a contestar a semejante pretensión:
-Pero, ¿qué diablos te pasa? -pregunta al segundo Adonis sin dejar de entregarse al primero-. No veo por qué ha de decepcionarte nada de esto; no nos molestes, amigo mío, y acomódate aquí, que puedes; como bien puedes ver hay sitio para los dos.
Dolbreuse, que no puede contener su risa ante la sangre fría de su amante, comprendió que lo mejor era seguir su consejo, no se hizo de rogar y parece ser que los tres ganaron con ello.

EL MARIDO ESCARMENTADO

A un hombre de edad ya madura, por más que hasta ese momento había vivido siempre sin una esposa, se le ocurrió casarse, y lo que tal vez hizo más en contradicción con sus sentimientos fue escoger a una jovencita de dieciocho años con el rostro más atractivo del mundo y el talle más adorable. El señor de Bemac, pues así se llamaba este marido, cometía una increíble estupidez al buscar una esposa, pues era menos versado que nadie en los placeres que procura el himeneo y las manías con que reemplazaba los castos y delicados placeres del vínculo conyugal distaban mucho de agradar a una joven de la manera de ser de la señorita de Lurcie, que así se llamaba la desdichada que Bernac acababa de encadenar a su vida. Y la misma noche de bodas confesó sus gustos a su joven esposa, tras hacerle jurar que no revelaría nada de ello a sus padres; se trataba -como señala el celebre Montesquieu- de ese ignominioso comportamiento que hace retroceder a la infancia: la joven esposa en la postura de una niña merecedora de un correctivo, se prestaba de esa forma, quince o veinte minutos más o menos, a los brutales caprichos de su decrépito esposo, y era con la ilusión de esta escena con lo que él lograba saborear esa sensación de deliciosa embriaguez que todo hombre, con más sanos instintos, de seguro no habría querido sentir más que en los amorosos brazos de Lurcie. La operación le pareció un poco dura a una muchacha delicada, bonita, criada en la comodidad y ajena a toda pedantería; no obstante, como le habían recomendado mostrarse sumisa pensó que todos los maridos se comportaban igual; tal vez el propio Bernac había alentado esa idea, y ella se entregó con la mayor honestidad del mundo a la depravación de su sátiro; todos los días se repetía lo mismo y a menudo dos veces en vez de una. Al cabo de dos años la señorita de Lurcie, a la que seguiremos llamando con este nombre, ya que seguía siendo tan virgen como el día de su boda, perdió a su padre y a su madre, y con ellos la esperanza de lograr que hicieran más llevaderos sus sufrimientos, cosa que ya había empezado a pensar desde hacía algún tiempo.
Esa pérdida no hizo sino volver a Bernac aún más osado y si, en vida de sus padres, se había mantenido dentro de ciertos límites, cuando ella los perdió y vio que ya no le era posible acudir a nadie que pudiera vengarla, dejó a un lado todo comedimiento. Lo que al principio había parecido simplemente una broma se fue convirtiendo, poco a poco, en una auténtica tortura; la señorita de Lurcie no podía soportarlo por más tiempo, su corazón se fue agriando y no pensó ya más que en la venganza. La señorita de Lurcie veía a muy poca gente, su marido la hacía vivir tan retirada como le resultaba posible; el caballero d'Aldour, primo de ella, a pesar de todas las indirectas de Bernac, nunca había dejado de ir a visitarla; el joven poseía la más hermosa figura del mundo y, no desinteresadamente por cierto, seguía manteniendo con su prima un trato frecuente; el celoso, como era conocidísimo en sociedad, por temor a las burlas, no se atrevía a vedarle la entrada en su casa... La señorita de Lurcie puso sus esperanzas en aquel familiar para librarse de la esclavitud en que vivía; escuchaba los requiebros que día tras día le dirigía su primo y por fin se abrió totalmente a él y se lo confesó todo.
-Vengadme de este infame -le dijo-, y hacedlo por medio de una escena tal que jamás se atreva a divulgarla; el día que así lo hagáis será el de vuestro triunfo, sólo a ese precio he de ser vuestra.
D'Aldour, encantado, se lo promete y su único afán es ya sólo el éxito de una aventura que había de proporcionarle momentos tan gratos. Cuando todo está preparado:
-Señor -le dice un día a Bernac-, tengo el honor de estar demasiado estrechamente ligado a vos y asimismo tengo en vos demasiada confianza como para no revelaros el secreto himeneo que acabo de contraer.
-¿Un himeneo secreto? -le contesta entusiasmado Bernac, viéndose ya libre de un rival que le hacía estremecer.
-Pues sí, señor; acabo de ligar mi destino al de una adorable esposa y mañana es cuando tiene que hacerme feliz; es una muchacha carente de fortuna, lo confieso, pero, ¿qué me importa si yo la tengo por los dos? Me caso, para ser sincero, con toda una familia; son cuatro hermanas que viven juntas, pero como su compañía es tan agradable eso no hace sino aumentar mi felicidad... Me alegraría, señor -prosigue el joven-, que mañana vos y mi prima me hicierais el honor de asistir aunque no fuera más que al banquete de bodas.
-Señor, yo salgo muy poco y mi mujer todavía menos, ambos vivimos en un completo retiro, pero si a ella le apetece yo no tendré nada que objetar.
-Conozco vuestros gustos, señor -contesta d'Aldour- y os aseguro que seréis servido a la medida de vuestros deseos... A mí la soledad me gusta tanto como a vos; además, como ya os he dicho, tengo buenas razones para ser discreto: será en el campo, hace buen tiempo, todo os es propicio y yo os doy mi palabra de honor de que estaremos completamente solos.
Lurcie, en efecto, deja entrever ciertos deseos, su marido no se atreve a llevarle la contraria delante d'Aldour y la excursión queda fijada.
-¡Teníais que decir que sí a algo semejante! -exclama entre gruñidos tan pronto como se queda a solas con su mujer-. Sabéis perfectamente que todo eso no me importa lo más mínimo, ya me encargaré yo de acabar con esa clase de caprichos y os advierto que tengo la intención de conduciros dentro de poco a una de mis posesiones, donde no volveréis a ver jamás a nadie, excepto a mí.
Y como el pretexto, fundado o no, era un aliciente más para las lujuriosas escenas que el propio Bernac inventaba cuando la realidad no le parecía suficiente, no pierde la ocasión, hace pasar a Lurcie a su habitación y le dice:
-Iremos, sí..., lo he prometido, pero pagaréis caro el deseo que habéis mostrado...
La pobre desdichada, creyéndose ya cerca del desenlace, lo soporta todo sin queja alguna.
-Haced lo que os plazca, señor -dice humildemente-; me habéis concedido una gracia y sólo os debo por mi parte agradecimiento.
Tanta ternura y tanta resignación hubieran desarmado a cualquiera, salvo a un corazón petrificado por el vicio como el del libertino Bernac, pero nada le detiene, se siente dichoso y luego se acuestan en silencio; a la mañana siguiente, d'Aldour, cumpliendo lo acordado, va a recoger a los esposos y se ponen en marcha.
-¿Veis? -dice el joven primo de Lurcie al entrar con el marido y su mujer en una casa extraordinariamente apartada-. Podéis comprobar que esto no se parece en nada a una fiesta pública; ni un coche ni un lacayo, estamos, como os dije, completamente solos.
En ese momento, cuatro corpulentas mujeres, de unos treinta años de edad más o menos, fuertes, llenas de vigor y de cinco pies y medio de estatura cada una, aparecen bajando la escalera y dan la bienvenida de la manera más cortés al señor y a la señora de Bernac.
-Esta es mi mujer, señor -dijo d'Alcour, presentándole a una de ellas-, y estas otras tres son sus hermanas; nos hemos casado esta mañana en París al despuntar el alba y os esperamos para celebrar la boda.
Todo discurre en medio de recíprocas cortesías; tras unos minutos de tertulia en el salón, donde Bernac se convence con gran admiración por su parte de que están tan solos como se pueda desear, un criado llama para el almuerzo y se sientan a la mesa; nada tan animado como la comida, las cuatro presuntas hermanas, muy dadas a las frases ingeniosas, hicieron gala de toda la vivacidad y alegría imaginables, pero como ni por un momento olvidaron la debida corrección, Bernac, completamente engañado, se creía en la mejor compañía del mundo; entretanto, Lurcie, rebosante de felicidad viendo cómo le llegaba su hora a su tirano y desesperadamente decidida a poner punto final a una continencia que hasta aquel momento no le había acarreado más que lágrimas y sufrimientos, se divertía con su primo y lo celebraban con champaña, a la vez que le colmaba de las más tiernas miradas; nuestras heroínas, que tenían que hacer acopio de fuerzas, bebían y reían por su lado, y Bernac, dejándose llevar y no viendo más que pura y simple alegría en todo aquello, tampoco se mostraba mucho más comedido que los demás. Pero como no había que perder la cabeza, d'Aldour les interrumpe oportunamente y propone que vayan a tomar café
-Por cierto, primo -le dice cuando ya lo han tomado-, os ruego que os dignéis a recorrer mi casa, sé que sois hombre de buen gusto, la he comprado y amueblado expresamente para mi matrimonio, pero temo que no he hecho muy buen negocio y, si no os importa, podríais darme vuestra opinión.
-Con mucho gusto -responde Bernac-, nadie entiende de esas cosas tanto como yo y veréis cómo acierto a calcularon el total con una diferencia de diez luises, os lo apuesto.
D'Aldour se adelanta hacia la escalera dando la mano a su hermosa prima; Bernac queda entre las cuatro hermanas y en ese orden llegan a una alcoba, muy apartada y sombría, al otro extremo de la casa.
-Esta es la cámara nupcial -le dice d'Aldour al viejo celoso -¿Veis este lecho, primo?, pues aquí es donde vuestra esposa va a dejar de ser virgen. ¿No es ya hora de que no siga esperando?
Esa era la señal: al instante las cuatro impostoras se abalanzan sobre Bernac, armada cada una con un haz de varas; le bajan los calzones, dos de ellas le sujetan y las otras dos se turnan para azotarle, y mientras se afanan en ello con todas sus fuerzas:
-Querido primo -le grita D'Aldour-, ¿os dije que seríais servido a la medida de vuestros deseos? Pues para complaceros no se me ha ocurrido nada mejor que devolveros lo que dais todos los días a vuestra adorable esposa; no vais a ser tan bárbaro como para infligirle algo que os gustaría recibir vos mismo, por lo que me alegro de poder trataros con tanta galantería; no obstante, aún sigue faltando otra circunstancia para la ceremonia: mi prima, según creo, a pesar de vivir con vos desde hace ya mucho tiempo, sigue siendo tan virgen como si os hubierais casado ayer mismo; un descuido semejante por vuestra parte no puede proceder más que de la ignorancia; apuesto a que es que no sabéis cómo hacerlo... Pues os lo voy a enseñar, amigo mío.
Y con estas palabras, al compás de la agradable música, el apuesto primo arroja a su prima sobre el lecho y la hace mujer a la vista de su indigno esposo... Sólo entonces la ceremonia concluye.
-Señor —dice d'Aldour a Bernac, descendiendo del altar-, tal vez la lección os parecerá un poco fuerte, pero convendréis en que la injuria lo era por lo menos otro tanto; yo ni soy ni quiero ser el amante de vuestra esposa, señor, aquí la tenéis, os la devuelvo, pero os recomiendo que en el futuro os comportéis con ella de una manera más digna; si no fuera así, ella hallaría de nuevo en mí a un vengador que no os trataría ya con tantos miramientos.
-Señora -exclama Bernac enfurecido-, en verdad este proceder...
-Es el que os habéis merecido, señor -le contesta Lurcie-; pero si no estáis conforme con él, sois muy dueño de divulgarlo, los dos expondremos nuestras razones y ya veremos de cuál de los dos se ríe el público.
Bernac, confuso, reconoce sus errores, no intenta inventarse más sofismas para legitimarlos y se arroja a los pies de su esposa para implorar perdón. Lurcie, dulce y generosa, le hace levantar y le abraza, los dos regresan a su casa e ignoro qué medios empleó Bernac, pero desde aquel momento la capital no conoció nunca una pareja más íntima, unos amigos más tiernos y un marido más virtuoso.

EL MARIDO CURA
Cuento provenzal


Entre la villa de Menerbe, en el condado de Aviñón, y la de Apt, en Provenza, existe un pequeño convento de carmelitas, muy apartado, que se llama Saint-Hilaire, asentado en la cima redondeada de una montaña en la que a las mismísimas cabras les resulta difícil pastar; esa pequeña residencia es, poco más o menos, como la cloaca de todas las comunidades cercanas del Carmelo, todas relegan allí cuanto las deshonra, por lo que fácil es juzgar lo refinada que debía de ser la sociedad de semejante casa: bebedores, mujeriegos, sodomitas, tahúres, tal es, poco más o menos, la noble composición de los recluidos que en ese escandaloso asilo ofrecen a Dios, como pueden, unos corazones que el mundo desecha. Uno o dos castillos cercanos y el burgo de Menerbe, que está a sólo una legua de SaintHilaire, esa es toda la compañía de esos buenos religiosos, que, a pesar de su hábito y de su condición, distan mucho de encontrar abiertas todas las puertas de sus alrededores.
Desde hacía mucho tiempo, el padre Gabriel, uno de los santos de aquel cenobio, codiciaba a cierta mujer de Menerbe, cuyo marido, cornudo si alguna vez hubo alguno, era el señor Rodin. La señora Rodin era una jovencita morena, de veintiocho años de edad, mirada pícara, y que tenía todas las trazas de ser un excelente bocado de monje. En cuanto al señor Rodin, era un buen hombre que cultivaba su hacienda sin abrir la boca; había sido tratante de paños, había sido tarnbién funcionario municipal; era, pues, lo que se llama un honesto burgués. No demasiado seguro de la castidad de su tierna mitad, era, sin embargo, lo bastante filósofo como para saber que la mejor manera de contener el crecimiento excesivo de un «tocado» de marido, es la de dar la impresión de no sospechar que se lleva. Había estudiado para ser cura, hablaba latín como Cicerón y jugaba a las damas muy a menudo con el padre Gabriel, quien, como hábil y solícito cortesano, sabía que hay que hacer siempre un poco la corte al marido de la mujer que se desea. El padre Gabriel era el verdadero semental de los hijos de Elías: al verle se hubiera podido decir que toda la raza humana podía delegar en él con tranquilidad el cuidado de su reproducción; hacedor de niños, si hubo uno alguna vez con unas sólidas espaldas, una cintura del diámetro de una vara, un rostro negro y tostado por el sol, las cejas como las de Júpiter, seis pies de estatura, y en cuanto a lo que caracteriza especialmente a un carmelita, de un tamaño, que, según decían, igualaba al de los mejores mulos de la provincia. ¿A qué mujer no le va a gustar soberanamente estafermo semejante? Y por esto mismo agradaba en sumo grado a la señora Rodin, que distaba mucho de encontrar tan sublimes facultades en el pobre diablo que sus padres le habían dado por esposo. El señor Rodin, ya lo dijimos, fingía cerrar los ojos a todo, pero no por eso se sentía menos celoso, no despegaba los labios, pero seguía allí, y seguía estando allí en ocasiones en que le hubiera deseado muy lejos; la fruta, no obstante, estaba madura. La candorosa Rodin había confesado lisa y llanamente a su amante que ya sólo esperaba la ocasión para corresponder a unos deseos que le parecían demasiado fogosos como para reprimirlos por más tiempo, y por su parte, el padre Gabriel había hecho saber a la señora Rodin que estaba dispuesto a satisfacerla... En un brevísimo intervalo en que Rodin había tenido que salir, Gabriel había llegado a enseñarle a su encantadora amante esa clase de cosas que hacen que una mujer se decida por mucho que lo siga dudando... No faltaba, pues, más que la ocasión.
Un día que Rodin había ido a invitar a almorzar a su amigo de Saint-Hilaire, con la intención de proponerle una cacería, tras vaciar varias botellas de vino de Lanerte, Gabriel creyó ver en esa circunstancia el momento propicio para su deseos.
-Oh, diablos, señor funcionario -dice el monje a su amigo-, ¡cómo me alegro de veros! No habríais podido venir, para mí, más oportunamente, pues hoy tengo un asunto de la mayor importancia en el que me vais a ser de una utilidad incomparable.
-¿De qué se trata, padre?
-¿Conocéis a un tipo de nuestra ciudad llamado Renoult?
-¿Renoult el sombrerero?
-El mismo.
-¿Y qué?
-Pues que ese bribón me debe cien escudos y me acabo de enterar hace un momento que se encuentra al borde de la quiebra; tal vez mientras os lo estoy contando se ha ido ya del Condado... Tengo que ir allí sin pérdida de tiempo y no puedo.
-¿Qué os lo impide?
-Mi misa, ¡qué diablos!, la misa que tengo que decir; preferiría que la misa se fuera al infierno y que los cien escudos estuvieran en mi bolsillo.
-Pero, ¿no os pueden conceder una dispensa?
-Oh, sí, una dispensa, ¡no faltaba más! Nosotros aquí somos tres; si no dijéramos tres misas cada día, el portero, que no dice nunca ni una, nos denunciaría al tribunal de Roma. Pero hay un modo de ayudarme, querido amigo, pensad si queréis hacerlo, sólo depende de vos.
-A vuestra disposición, ¡qué diablos! ¿De qué se trata?
-Yo estoy aquí solo con del sacristán; como las dos primeras misas ya se han celebrado, nuestros monjes están fuera y nadie sospechará la jugada, la asistencia será poco numerosa, algunos campesinos y todo lo más, tal vez, esa jovencita tan devota que vive en el castillo de..., a media legua de aquí, criatura angelical que se cree que a fuerza de penitencias puede expiar todas las calaveradas de su marido; vos habéis estudiado para ser cura, creo que eso me dijisteis.
-Es cierto.
-Muy bien, entonces habréis tenido que aprender a decir misa.
-La digo como un arzobispo.
-Oh, mi querido y excelente amigo -prosigue Gabriel, lanzándose al cuello de Rodin- por Dios, poneos mis hábitos, esperad a que den las once, ahora son las diez, a esa hora celebrad mi misa, os lo ruego; nuestro hermano el sacristán es un buen tipo que no nos traicionará jamás; a los que hayan creído no reconocerme se les dirá que se trata de un monje nuevo, a los demás se les dejará en su error; corro a casa de ese pillo de Renoult, a matarle o a recuperar mi dinero y dentro de dos horas estoy aquí. Me esperáis, os encargáis de que frían los lenguados, de que guisen los huevos y de que saquen el vino; cuando vuelva, almorzamos y a la caza... Sí, amigo mío, a la caza, y estoy seguro de que esta vez será magnífica; según se dice, han visto hace poco por estos alrededores a una bestia con cuernos, ¡pardiez, me gustaría atraparla, aunque eso nos cueste veinte pleitos con el señor de la comarca!
-Vuestro plan es bueno -contesta Rodin- y por haceros un favor haría lo que fuera, sin duda; pero, ¿no será eso pecado?
-¿Pecado, amigo mío? En absoluto, tal vez sería pecado si al hacerlo se hace mal, pero haciéndolo desprovisto de poderes, todo lo que digáis y nada será la misma cosa. Creedme, soy todo un casuista; en todo este asunto no hay lo que se dice ni un pecado venial.
-Pero, ¿habrá que pronunciar las palabras?
-¿Y por qué no? Esas palabras no guardan su virtud mas que en nuestros labios, y por cierto que la nuestra es..., pero, amigo mío, mirad, yo podría pronunciar esas palabras sobre el bajo vientre de vuestra mujer y metamorfosearía en un dios al templo en donde hacéis vuestros sacrificios... No, no, querido amigo, sólo nosotros tenemos el poder de la transustanciacion; vos podríais pronunciar veinte mil veces esas palabras y nunca conseguiríais que descendiera cosa alguna; e incluso con nosotros la operación carece muy a menudo de toda eficacia; la fe es lo que lo hace todo en este caso; con un grano de fe se podrían mover montañas, Jesucristo lo dijo, como bien sabéis, pero quien no tiene fe, no consigue nada... Yo, por ejemplo, que, a veces, cuando estoy celebrando, pienso más en las muchachas o en las mujeres que asisten a ella que en ese demonio de pedazo de mesa que remuevo con mis dedos, ¿creéis que consigo que venga algo en ese momento...? Me sería más fácil creer en el Corán que meterme eso en la cabeza. Por eso vuestra misa será, por poco que hagáis, tan buena como la mía; así, pues, querido amigo, obrad sin escrúpulos, y sobre todo mucho valor.
-¡Diantre! -exclama Rodin-Es que tengo un hambre devoradora y dos horas más sin comer...
-¿Y qué os impide tomar un bocado? Tomad, comed esto.
-¿Y la misa que tengo que decir?
-Diablos, ¿qué importa eso? ¿Creéis que Dios va a ensuciarse más porque caiga en un estómago lleno que en un vientre vacio? Que la comida esté encima o que esté debajo, que me lleve el diablo si no da lo mismo; vamos, amigo mío, si fuera a decir a Roma todas las veces que desayuno antes de decir mi misa, tendría que pasarme la vida por los caminos. Y como no sois sacerdote, nuestras reglas no os obligan, no vais más que a dar una imagen de la misa, no vais a decirla; por consiguiente, podéis hacer todo lo que os apetezca antes o después, incluso besar a vuestra mujer si viniera aquí; no se trata de hacer como hago yo, no se trata de celebrar ni de consumar el sacrificio.
-Venga -contesta Rodin-, lo haré, estad tranquilo.
-Bien -dice Gabriel mientras sale corriendo, tras dejar a su amigo bien recomendado al sacristán- Contad conmigo, amigo mío, antes de dos horas estaré con vos -y el monje, encantado, desaparece.
Como bien se comprenderá, va a toda prisa a casa de la mujer del funcionario; ésta, sorprendida al verle, creyéndole con su marido, le pregunta el motivo de una visita tan inesperada.
-Démonos prisa, querida mía -le contesta el monje, jadeando-; démonos prisa, sólo disponemos de un momento... un vaso de vino y manos a la obra.
-Pero, ¿y mi marido?
-Está diciendo misa
-¿Que está diciendo misa?
-Pues sí, diablos, pues sí, preciosa -contesta el carmelita, derribando a la señora Rodin sobre su lecho-; sí, alma querida, he hecho de vuestro marido un cura y mientras el tunante celebra un misterio divino, démonos prisa y consumemos uno profano...
El monje era vigoroso y era difícil resistírsele cuando apresaba a una mujer; sus razones, además, eran tan convincentes que persuade a la señora Rodin, y como no se cansaba de convencer a una picaruela de veintiocho años y temperamento provenzal, renueva más de una vez sus demostraciones.
-Pero, ángel mío -exclama al fin la bella, perfectamente convencida-, sabes que el tiempo apremia... tenemos que separarnos; si nuestro placer no puede durar más que una misa, hace ya tiempo que debe haber llegado al ite missa est.
-No, no, amiga mia -contesta el carmelita, que aún tiene otro argumento que exponer a la señora Rodin-; ven, corazón mío, tenemos mucho tiempo, una vez más, querida amiga, una vez más, esos novicios no van tan de prisa como nosotros... Una vez más, te digo, apostaría a que ese cornudo todavía no ha elevado a su dios.
Tuvieron, sin embargo, que separarse, no sin antes prometer que se volverían a ver; se pusieron de acuerdo sobre algunas otras tretas y Gabriel marchó a recoger a Rodin; éste había celebrado tan bien como un obispo.
-Sólo los quod aures -le dijo- me han costado algún trabajo; yo quería comer en lugar de beber, pero el sacristán no me ha dejado. ¿Y los cien escudos, padre?
-Ya los tengo, hijo mío; el bribón intentó resistir, yo agarré una horquilla y a fe mía que la probó en su cabeza y por todas partes.
La partida acaba, nuestros dos amigos se van a cazar y a la vuelta Rodin cuenta a su mujer el servicio que ha prestado a Gabriel.
-Yo celebraba la misa -decía el pobre pánfilo, riéndose con todas sus fuerzas-, sí, diantre, yo celebraba la misa como un auténtico cura, mientras que nuestro amigo le medía a Renoult las espaldas con una horquilla... Le devolvía sus armas, ¿qué te parece, vida mía?, se las ponía sobre la frente; ¡ah, mujercita querida, qué divertida es toda esta historia y cómo me hacen reír los cornudos! Y tú, mujer, ¿qué hacías mientras yo estaba celebrando?
-Ah, amigo mío -contesta la mujer del funcionario-, parece como si el cielo nos hubiera inspirado, fíjate cómo las cosas celestiales nos tenían ocupados a ambos sin que lo sospecháramos: mientras tú decías misa, yo recitaba esa hermosa plegaria que contesta la Virgen a Gabriel cuando éste va a anunciarle que quedará en cinta por la intervención del Espíritu Santo. Ay, amigo mío, mientras que tan virtuosas acciones nos entretengan a los dos a la vez, no cabe la menor duda de que nos salvaremos.

LA CASTELLANA DE LONGEVILLE O LA MUJER VENGADA

En la época en que los señores vivían despóticamente en sus dominios, en aquellos gloriosos tiempos en los que Francia albergaba dentro de sus fronteras a una infinidad de soberanos en lugar de treinta mil vil esclavos postrados delante de un solo rey, vivía en medio de sus posesiones el señor de Longeville, dueño de un feudo bastante extenso en los alrededores de Fimes, en la Champagne. Tenía a su lado a una mujercita morena, vivaracha, impulsiva, no demasiado hermosa, pero pícara y apasionadamente enamorada del placer: la castellana tendría unos veinticinco a veintisiete años y monseñor, como mucho, unos treinta; casados desde hacía diez y muy en la edad ambos de procurarse alguna distracción que rompiera el tedio del himeneo, trataban de proveerse en la vecindad de lo mejor que podían. El burgo, o mejor el villorrio, de Longeville no ofrecía demasiados alicientes; con todo, una joven granjera de dieciocho años, tierna y apacible, había encontrado la forma de complacer a monseñor y desde hacía ya dos años se las arreglaba con ella del modo más satisfactorio.
Louison, que así se llamaba la adorable tórtola, iba a pasar todas las noches con su señor utilizando una escalera secreta practicada en una de las torres, que daba a los aposentos del patrón, y por las mañanas levantaba el campo antes de que la señora entrara en la habitación de su esposo, cosa que acostumbraba a hacer para el almuerzo.
La señora de Longeville no ignoraba en modo alguno la incongruente conducta de su marido, pero como se sentía muy a gusto pudiendo distraerse también por su lado, no decía ni una palabra; no hay nada tan apacible como las esposas infieles, pues ponen tanto empeño en ocultar sus propios pasos que vigilan los del prójimo infinitamente menos que las mojigatas. Un molinero de los alrededores llamado Colás, un joven bribón de dieciocho a veinte años, blando como su propia harina, musculado como su mulo y bello como la rosa que crecía en un pequeño jardín, se deslizaba cada noche, como Louison, por un gabinete contiguo al dormitorio de la señora y, a continuación, cuando todo quedaba en silencio en el castillo, dentro de su lecho. No se hubiera podido encontrar nada más tranquilo que estas dos encantadoras parejas; si el diablo no se hubiera metido por medio, estoy seguro de que se les habría puesto como «ejemplo» a toda la Champagne.
No os riáis, lector, no os riáis de la palabra «ejemplo»; a falta de virtud, el vicio recatado y oculto puede hacer sus veces. ¿No resulta tan plausible como acertado pecar sin escandalizar a los demás? Y así, pues, ¿qué peligros puede entrañar el mal si no se le conoce? Veamos, juzgad, por muy irregular que pueda parecer ese comportamiento, ¿acaso no es preferible el panorama que nos ofrecen las costumbres actuales? ¿No preferís al dueño y señor de Longeville cómoda y silenciosamente recostado en los amorosos brazos de su hermosa granjera y a su respetable esposa en los brazos de un guapo molinero, sin que nadie más esté enterado de su felicidad, a una de nuestras duquesas parisinas que cada mes cambian públicamente de galán o se entregan a sus lacayos, mientras el señor derrocha doscientos mil escudos al año con una de esas criaturas a las que el lujo sirve de máscara, viles por naturaleza y corrompidas incluso por la virtud? Lo repito, pues, sin la discordia que pronto vino a derramar su ponzoña sobre estos cuatro elegidos del amor, nada tan dulce y tan discreto como su afortunado acuerdo.
Pero el señor de Longeville, que tenía como tantos maridos injustos la cruel pretensión de ser feliz y de que no lo fuera su mujer; el señor de Longeville, que creía como las perdices que nadie le veía porque escondía la cabeza, descubrió la intriga de su mujer y, como si su propia conducta no justificara sobradamente aquella que tanto censuraba, no le hizo ninguna gracia.
Del descubrimiento a la venganza en un espíritu celoso no hay más que un paso. El señor de Longeville optó por no decir nada y desembarazarse del bribonzuelo que infamaba su frente; que me ponga los cuernos -se decía a sí mismo- un hombre de mi propio rango..., pase..., ¡pero un molinero! ¡Oh!, señor Colás, habréis de tener la bondad, os suplico, de iros a moler a otro molino, pues no ha de decirse que el de mi mujer sigue abierto para vuestra semilla.
Y como el odio de aquellos pequeños déspotas soberanos revestía siempre la máxima crueldad, como estaban acostumbrados a abusar del derecho de vida y muerte que las leyes feudales les otorgaban sobre sus vasallos, el señor de Longeville decidió ni más ni menos que arrojar al pobre Colás al foso inundado que rodeaba su mansión.
-Clodomiro -dijo un día a su cocinero mayor, tú y tus muchachos tenéis que librarme del villano que mancilla el lecho de mi mujer.
-Eso está hecho, monseñor -contestó Clodomiro-; si así lo deseáis, le degollamos y os lo servirnos trinchado como un cochinillo.
-No, no, amigo mío -respondió el señor de Longeville-; basta con meterle en un saco cargado de piedras y bajarle con ese equipaje al fondo del foso del castillo.
-Así lo haremos.
-Muy bien, pero antes que nada hay que atraparle y aún no le tenemos.
-Ya le agarraremos, monseñor; muy mañoso tendría que ser para que se nos escapara; ya le agarraremos, os lo aseguro.
-Esta noche vendrá a las nueve -continuó el esposo ofendido-, cruzará el jardín, de allí pasará a las salas del primer piso, se esconderá en el gabinete que está al lado de la capilla y permanecerá allí agazapado hasta que la señora crea que yo ya me he dormido, vaya a sacarle y le conduzca a su dormitorio; debemos dejarle hacer todas esas maniobras, nos conformaremos con estar al acecho y cuando se crea a salvo le echarnos la mano encima y le mandamos a beber para que apague así su ardor.
Ningún plan mejor tratado que éste y el pobre Colás hubiera sido ciertamente pasto de los peces si todo el mundo hubiese sido discreto; pero el barón se había confiado a demasiada gente y fue traicionado: un joven ayudante de la cocina, que adoraba a su patrona y que tal vez incluso aspiraba a compartir un día sus favores con el molinero, dejándose llevar más por los sentimientos que su ama le inspiraba que por los celos que le habrían hecho sentirse encantado por la desgracia de su rival, corrió a dar aviso de todo lo que acababa de tramar y fuere compensado por ello con un beso y dos relucientes escudos de oro que para él valían menos que el beso.
-Desde luego -exclamó la señora de Longeville, cuando se quedó a solas con aquella de sus doncellas que colaboraba en su intriga, monseñor es un hombre bien injusto... Pues ¡qué!, él hace lo que quiere, yo no digo ni una palabra y le parece mal que me resarza de todos los días de ayuno que me hace padecer. ¡Ah!, no voy a tolerarlo, amiga mía, no lo toleraré. Escucha, Jeannette, ¿estás dispuesta a ayudarme en el plan que he concebido para salvar a Colás y para atrapar a monseñor?
-Por supuesto, señora, no tenéis más que ordenar y haré cuanto digáis; ese pobre Colás es un muchacho tan apuesto..., nunca vi a ningún otro con unos riñones tan sólidos ni con unos colores tan frescos.
-Oh, sí, señora, claro que sí; yo os ayudaré. ¿Qué hay que hacer?
-Tienes que ir sin pérdida de tiempo -le explica la dama- a avisar a Colás para que no se deje ver por el castillo si yo no se lo ordeno, y pedirle de mi parte que te deje toda la ropa que suele ponerse cuando viene Aquí; cuando tengas el traje, Jeannette, vas a buscar a Louison, la bienamada de ni¡ pérfido, y le dices que vas a ella de parte de monseñor, que él le pide que se ponga la ropa que llevarás en tu delantal, que no venga esta vez por el camino habitual, sino por el jardín, por el patio y por las salas del primer piso, y que tan pronto como llegue a la casa se esconda en el gabinete que hay al lado de la capilla hasta que el señor vaya a buscarla, y a las preguntas que sin duda ha de hacerte sobre todos estos cambios, le contestarás que se deben a los celos de la señora, que se ha enterado de todo y que hace que la espíen por el camino que sigue habitualmente. Si se asusta, la tranquilizas, le haces algún regalo y sobre todo le insistes en que no deje de acudir, pues el señor tiene que hablarle esta noche de cosas de la mayor trascendencia en relación con la escena de celos de la señora.
Jeannette sale, cumple los dos encargos a las mil maravillas, y a las nueve de la noche la desdichada Louison es quien se halla, bajo la indumentaria de Colás, en el gabinete en donde esperan sorprender al amante de la señora.
-¡Adelante! -ordena el señor de Longeville a sus secuaces, que con él a la cabeza no habían dejado de estar al acecho-. ¡Adelante! Todos lo habéis visto como yo, ¿verdad, amigos míos?
-Sí, monseñor; pardiez que es un guapo muchacho.
-Abrid la puerta de golpe, le arrojáis unas toallas por la cabeza para impedir que grite, le metéis en el saco y le echáis al agua sin más miramientos.
Todo es ejecutado al pie de la letra, taponan de tal forma la boca de la infortunada cautiva que le es imposible darse a conocer; la envuelven en el saco, en cuyo fondo han tenido buen cuidado de meter gruesos pedruscos, y por la misma ventana del gabinete en que se ha efectuado la captura la arrojan en medio del foso. Concluida la operación, todos se retiran y el señor de Longeville se dirige a toda prisa a su alcoba para recibir a su damisela que, según él no debía tardar en llegar y a la que estaba bien lejos de imaginar depositada en un sitio tan fresco. Transcurre la mitad de la noche y nadie aparece; como había una espléndida luz de luna, nuestro amante, inquieto, decide ir a ver en persona a casa de su amada qué es lo que puede retenerla así, sale, y en ese intervalo la señora de Longeville, que no perdía ninguno de sus pasos, corre a instalarse en el lecho de su marido. Al señor de Longeville le dicen en casa de Louison que ésta había salido de allí como de costumbre y que sin duda está ya en el castillo; no le dicen nada del disfraz, porque Louison no se lo había contado a nadie y había salido sin que la vieran; el patrón regresa y como la vela que había dejado en su dormitorio se había apagado, se acerca a la cama para coger una mecha y volverla a encender; al aproximarse percibe una respiración, y no le cabe la menor duda de que su querida Louison habría llegado mientras él estaba buscándola y al no verle en su alcoba, se había acostado impaciente; no lo piensa dos veces y en seguida está entre las sábanas, acariciando a su esposa con los requiebros y dulces efusiones que solía emplear con su querida Louison.
-¡Cuánto me has hecho esperar, vida mía...! Pero, ¿dónde estabas, mi querida Louison...?
-¡Pérfido! -exclama entonces la señora de Longeville, descubriendo la luz de una linterna sorda que tenía escondida-. Ya no me cabe ninguna duda sobre tu conducta, aquí tienes a tu esposa y no a la p... a la que das lo que a nadie más que a mí le pertenece.
-Señora -le contesta el marido sin inmutarse-, creo que yo soy dueño de mis actos, y más cuando me engañáis de forma tan evidente.
-¿Engañaros, señor? ¿Y en qué si puede saberse?
-¿Creéis que no conozco vuestra intriga con Colás, uno de los más infames labradores de mis tierras?
-Yo, señor -contesta arrogantemente la castellana-, rebajarme yo hasta ese punto, vos sois un lunático, no ha habido jamás ni una sola palabra de lo que estáis diciendo y os desafío a que me lo probéis.
-A decir verdad, señora, eso va a resultar difícil a estas alturas, pues acabo de hacer arrojar al agua al miserable que me deshonraba y no le volveréis a ver mientras viváis.
-Señor -replica la castellana con más descaro aún-, si a causa de tales suposiciones habéis hecho arrojar a un desdichado al agua, no cabe duda de que sois culpable de una tremenda injusticia, pues si, según decís, ha recibido ese castigo sólo por venir al castillo, mucho me temo que os habéis equivocado, porque no puso los pies en él en toda su vida.
-¡Pues qué, señora!, me haréis creer que estoy loco...
-Aclarémoslo, señor, aclarémoslo, no hay nada más fácil, mandad vos mismos a Jeanette a buscar a ese campesino del que estáis tan errónea y ridículamente celoso y veremos cuál es el resultado.
El barón acepta, Jeannette se va y vuelve con Colás, que está sobre aviso. El señor de Longeville se frota los ojos al verle, ordena que todo el mundo se levante y que vayan a averiguar al instante quién es, en tal caso, el individuo al que ha ordenado arrojar al foso; se dan prisa, pero vuelven sólo con un cadáver, el de la desdichada Louison, que descubren a los ojos de su amante.
-¡Oh, cielos! -exclama el barón-. Una mano desconocida interviene en todo esto, pero yo no me quejaré de sus golpes, pues es la Providencia quien la dirige. Seáis vos, señora, o sea quien sea la causa de esta equivocación, renuncio a averiguarlo; ya os habéis desembarazado de aquella que os causaba tantas inquietudes, libradme asimismo de quien me las procura a mí y que Colás desaparezca de la comarca. ¿Estáis de acuerdo, señora?
-Más aún, señor; me uno a vos para ordenárselo: que la paz renazca entre nosotros, que el amor o la estima recobren su albedrío y que nada pueda destruirlos en el futuro.
Colás se marchó y no regresó nunca más. Louison fue enterrada y desde entonces nunca se vio en toda Champagne a unos esposos más unidos que el señor y la señora de Longeville.

LOS ESTAFADORES

Siempre existió en París una clase de individuos, extendida por todo el mundo, cuyo único oficio es el de vivir a costa de los demás: no hay nada tan habilidoso como las múltiples maniobras de estos intrigantes, no hay nada que no inventen, nada que no tramen para atraer, de una manera o de otra, a la víctima a sus malditas redes; mientras que el grueso de su ejército trabaja en la ciudad, unos destacamentos revolotean por sus alrededores, se desparraman por los campos y viajan sobre todo en los transportes públicos; una vez expuesta esta triste situación de forma inamovible, volvemos a la inexperta joven a la que pronto lloraremos cuando la veamos en tan perversas manos. Rosette de Flarville, hija de un buen burgués de Ruan, a fuerza de súplicas acababa al fin de obtener el permiso de su padre para ir a pasar el carnaval en París a casa de un tal señor Mathieu, tío suyo, rico usurero que vivía en la calle Quincampoix. Rosette, aunque un poco lerda, tenía no obstante dieciocho años cumplidos, una figura encantadora, era rubia, con grandes ojos azules, una piel resplandeciente y su seno, bajo una leve gasa, anunciaba a todo buen conocedor que lo que la muchacha guardaba a cubierto valía por lo menos tanto como lo que se podía ver... La separación no se efectuó sin lágrimas: era la primera noche que el amoroso papá se separaba de su hija; ella era sensata, ya estaba en condiciones de saber comportarse, iba a casa de un bondadoso pariente y en Pascua tenía que regresar; todo esto era motivo de consuelo, pero Rosette era muy bonita, Rosette era muy confiada y marchaba a una ciudad peligrosísima para el sexo débil de provincias que arriba a ella inocente y lleno de virtud. No obstante, la bella parte, provista de todo lo que se necesita para brillar en París dentro de su reducida esfera y con alhajas y regalos más que suficientes para el tío Mathieu y para las primas, sus hijas; Rosette es recomendada al cochero, su padre la abraza, el cochero fustiga los caballos y todos lloran, pero el cariño de los hijos tendría que ser tan tierno como el de los padres; la naturaleza consiente que los primeros encuentren en los placeres a los que se entregan la distracción necesaria para alejarse involuntariamente de los autores de sus días y para que en sus corazones se vayan enfriando los sentimientos de ternura, más puros y ardientes y de una sinceridad totalmente distinta en el alma de los padres y de las madres que, casi rozando esa fatal indiferencia que les vuelve insensibles a los antiguos placeres de su juventud, hace, por decirlo así, que ya no se interesen más que por esos sagrados seres que les dan nueva vida.
Rosette confirmó la ley general, sus lágrimas se secaron en seguida y sin pensar ya más que en el placer que experimentaba al ir a visitar París, no tardó en hacer amistad con gentes que iban allí y que parecían conocerlo mejor que ella. Su primera pregunta fue para enterarse de dónde estaba la calle Quicampoix.
-Ese es mi barrio, señorita -le contesta un tipo de fuerte complexión, que tanto por una especie de uniforme que vestía como por su seguridad al hablar llevaba la voz cantante dentro del traqueteante grupo.
-¿Cómo, señor, sois de la calle Quicampoix?
-Vivo en ella desde hace más de veinte años. -Oh, si es así, entonces conoceréis bien a mi tío Mathieu.
-¿El señor Mathieu es vuestro tío, señorita?
-Sin duda, caballero, yo soy su sobrina; voy a verle, a pasar el invierno con él y con mis dos primas, Adelaida y Sofía, a las que también debéis conocer sin duda alguna.
-¡Oh! ¿Que si las conozco, señorita? ¿Y cómo no iba yo a conocer al señor Mathieu que es mi vecino más próximo y a las señoritas, sus hijas, de una de las cuales, entre paréntesis, estoy enamorado desde hace más de cinco años?
-¿Estáis enamorado de una de mis primas? Apuesto a que es de Sofía.
-Pues no, de Adelaida, para ser sincero, una figura adorable.
-Es lo que se dice en todo Ruan, pues yo, por mi parte, no las he visto nunca; es la primera vez en mi vida que voy a la capital.
-Ah, entonces no conocéis a vuestras primas ni tampoco, señorita, al señor Mathieu, sin duda.
-Pues no, fíjese; el señor Mathieu abandonó Ruan el año en que mi madre me dio a luz y no ha vuelto jamás.
-Es un hombre excelente sin ninguna duda y estará encantado de recibiros.
-Tiene una casa bonita, ¿verdad?
-Sí, pero alquila una parte, él ocupa solamente el primer piso.
-Y la planta baja.
-Por supuesto, y también alguna otra habitación arriba, por lo que tengo entendido.
-¡Oh!, es un hombre riquísimo, pero yo no le haré parecer menos; mirad, aquí tengo estos relucientes cien luises dobles que mi padre me ha dado para que me vista a la moda, con el fin de que mis primas no se avergüencen de mí y estos hermosos regalos que les llevo; mirad, estos pendientes por lo menos valen cien luises, pues bien, son para Adelaida, para vuestra amada; y este collar que, como mínimo, cuesta otro tanto, es para Sofía; y esto no es todo, mirad esta caja de oro con el retrato de mi madre, ayer sin ir más lejos nos la tasaron en más de cincuenta luises, pues es para mi tío Mathieu, es un regalo que le hace mi padre. Oh, estoy segura de que en ropa, en oro y en joyas, llevo encima más de quinientos luises.
-No os hacía falta todo eso para ser bien recibida por vuestro señor tío, señorita -dice el pillo, mirando con el rabillo del ojo a la bella y a sus luises-. Seguramente hará mas caso del placer de veros que de todas esas pamplinas.
Bueno, no importa, no importa; mi padre es un hombre que hace bien las cosas y no quiere que se nos desprecie por vivir en provincias.
-Verdaderamente, señorita, se está tan a gusto en vuestra compañía que desearía que no os fueseis nunca ya de París y que el señor Mathieu os diera a su hijo en matrimonio.
-¿Su hijo? Si no tiene ninguno.
-Su sobrino, quería decir, ese estupendo muchacho...
-¿Quién? ¿Carlos?
-Carlos, exacto, pues claro, el mejor de mis amigos.
-Pero, ¿cómo, también conocisteis a Carlos, caballero?
-¿Que si le conocí, señorita? Más aún, le sigo conociendo y hago el viaje a París única y exclusivamente para verle.
-Os equivocáis, caballero, ha muerto; yo estaba prometida a él desde su infancia, no le conocía, pero me habían dicho que era encantador; la manía del servicio se apoderó de él, se fue a la guerra y le mataron.
Bien, señorita, veo perfectamente que mis deseos van a cumplirse; podéis estar segura de que quieren daros una sorpresa: Carlos no está muerto, eso creían, hace seis meses que regresó y me escribió diciéndome que iba a casarse; y para colmo os envían a París, no lo dudéis, señorita, es una sorpresa, dentro de cuatro días seréis la mujer de Carlos y lo que lleváis no son sino regalos de boda.
-Realmente, caballero, vuestras conjeturas están llenas de verosimilitud; sumando lo que me decís a ciertos propósitos de mi padre que ahora recuerdo, me doy cuenta de que nada es tan probable como lo que acabáis de señalar... Así, pues, yo me casaré en París. Seré una dama de París, oh, señor, ¡qué dicha! Pero si es así, al menos tenéis que casaros con Adelaida; haré que mi prima se decida y seremos una doble pareja.
Tal era durante el viaje la conversación de la dulce y bondadosa Rosette con el bribón que la sondeaba, prometiéndose de antemano sacar partida de la inexperta joven que se le entregaba con tanta ingenuidad. ¡Qué captura para la banda de libertinos, quinientos luises y una hermosa muchacha! Que se diga cuál de los sentidos no es halagado por hallazgo semejante. Cuando se están acercando a Pontoise:
-Señorita -dice el estafador-, se me acaba de ocurrir una idea: voy a alquilar unos caballos de posta para llegar antes a casa de vuestro tío y anunciaros a él; todos acudirán a vuestro encuentro, estoy seguro, y así, por lo menos no estaréis sola al llegar a esa gran ciudad.
El plan es aceptado, el galanteador monta a caballo y se da prisa en ir a prevenir a los actores de su comedia; cuando les ha dado instrucciones y les ha puesto a todos sobre aviso, dos coches conducen a la presunta familia a Saint-Denis; bajan a la hostería, el embaucador se encarga de las presentaciones, Rosette encuentra allí al señor Mathieu, al gran Carlos, que regresa del ejército y a las dos encantadoras primas; se besan, la normanda les entrega sus cartas, el buen Mathieu derrama lágrimas de felicidad al enterarse de que su hermano está bien de salud y no esperan a llegar a París para repartir los regalos; Rosette, que tiene demasiada prisa por que valoren la magnificencia de su padre, se pone en seguida a prodigarla; más abrazos, más agradecimientos y todo sigue su curso hacia el cuartel general de los estafadores, que es presentado a la bella como si se tratara de la calle Quincampoix. Llegan a una basa de bastante buen aspecto, acomodan a la señorita de Flarville, trasportan su baúl a una habitación y sin más preámbulos se sientan a la mesa; en ella tienen buen cuidado de hacer beber a la invitada hasta que se le trastorna la cabeza; acostumbrada a no beber más que sidra, la convencen de que el vino de la Champagne es el jugo de las manzanas de París; la dócil Rosette hace todo cuanto quieren y al fin pierde el conocimiento; cuando es ya incapaz de defensa alguna, la dejan desnuda como la palma de la mano, y cerciorados nuestros bribones de que ya no le queda ninguna otra cosa sobre el cuerpo más que los atractivos que le prodigó la naturaleza, deciden no dejárselos tampoco sin haberlos mancillado y se lo pasan en grande con ella durante toda la noche; al fin, contentos de haber obtenido de la pobre muchacha todo lo que podían sacar, satisfechos de haberle arrebatado su honor, su conocimiento y su dinero, la cubren con unos harapos y la abandonan, antes de que amanezca, en lo alto de la escalinata de San Roque. La infortunada abre los ojos en el preciso instante en que el sol empieza a brillar y, espantada por el lamentable estado en que se encuentra, se toca, se hace preguntas y se interroga a sí misma sobre si está muerta o si sigue con vida; los chiquillos la rodean y durante un buen rato les sirve de juguete, les ruega que la lleven a casa de un comisario donde cuenta su triste historia, suplica que escriban a su padre y que mientras le espera, le den asilo en alguna parte; el comisario ve tanto candor y honradez en las respuestas de la desventurada criatura que la acoge en su propia casa; el buen burgués normando llega por fin y después de derramar ambos infinitas lágrimas, lleva a casa a su querida hija, la cual, según dicen, no mostró en toda su vida el menor deseo de volver a ver la civilizada capital de Francia.
Lector, «alegría, saludo y salud», decían antaño nuestros antepasados cuando acababan su cuento. ¿Por qué habríamos de temer imitar su cortesía y franqueza? Así, pues, diré como ellos: «Lector, adiós, riqueza y placer; si mis habladurías te han proporcionado todo esto, ponme en un agradable rincón de tu gabinete; si te he aburrido, recibe mis excusas y arrójame al fuego.»

FIN

Ambrose Bierce -- Fábulas Fantásticas

Escrito por imagenes 09-03-2008 en General. Comentarios (1)

Ambrose Bierce -- Fábulas Fantásticas



Fábulas Fantásticas
Ambrose Bierce




EL PRINCIPIO MORAL Y EL INTERÉS MATERIAL



Un Principio Moral se encontró una vez con un Interés Material, en tren de cruzar un puente sobre el que sólo había paso para uno.
-¡Arrójate, ruin -tronó el Principio Moral-, y déjame pasar encima de ti!
El Interés Material simplemente miró al otro en los ojos, sin decir palabra.
-¡Ah! -dijo el Principio Moral, vacilante-. Echemos suertes, para ver quién de nosotros se aparta hasta que el otro haya cruzado.
El Interés Material mantuvo su inquebrantable silencio y su imperturbable mirada.
-Con el fin de evitar un conflicto -volvió a hablar el Principio Moral, ya un poco incómodo-, yo mismo me voy a echar, y te permitiré pasar por encima.
Entonces el Interés Material recuperó el habla.
-No creo que seas un buen paseo -dijo-. Soy un poco exigente acerca de lo que piso. Supongamos que te arrojas al agua.
Y así se hizo.


LA VELA CARMESÍ


Un hombre que yacía en su lecho de muerte llamó a su lado a su esposa, y le dijo:
-Estoy por dejarte para siempre; dame, entonces, una última prueba de tu afecto y fidelidad. Encontrarás en mi escritorio una vela carmesí, que fue bendecida por el Gran Sacerdote y tiene un peculiar significado místico. Júrame que mientras esa vela exista, tú no te volverás a casar.
La Mujer juró y el Hombre murió. En el funeral, la Mujer se mantuvo de pie a la cabeza del féretro, sosteniendo una vela carmesí ardiente, hasta que esta se consumió por completo.


LA REPUTACIÓN Y LA TOGA


Una Reputación Manchada planteó una cuestión de privilegio, y dijo:
-Señor Presidente, deseo hacer un alegato para explicar que las manchas que se ven sobre mí son las marcas naturales propias de alguien que es descendiente directo del sol y de una cierva manchada. No provienen de ningún accidente de carácter, sino que integran el orden divino y la constitución de las cosas.
Cuando la Reputación Manchada volvió a sentarse, una Toga Sucia se levantó y dijo:
-Señor Presidente, he escuchado con profunda atención y entera aprobación la explicación del Honorable Miembro, y deseo ofrecer unas pocas observaciones en mi propio beneficio. Yo también he sido vilmente calumniada por nuestra antigua enemiga, la Infame Falsedad, y deseo señalar que estoy hecha de la piel de Mustela maculata, que es sucia de nacimiento.


EL PATRIOTA INGENIOSO


Habiendo obtenido una audiencia del Rey, un Patriota Ingenioso extrajo un papel del bolsillo, diciendo:
-Espero que esta fórmula que tengo aquí para construir un blindaje que ningún cañón puede perforar sea del agrado de Su Majestad. Si este blindaje es adoptado en la Armada Real, nuestros barcos de guerra serán invulnerables, y por consiguiente invencibles. Aquí, también, están los informes de los Ministros de Su Majestad, certificando el valor de la invención. Me desprenderé de mis derechos sobre ella por un millón de tumtums.
Tras examinar los papeles, el Rey los apartó, y le prometió una orden del Tesorero Mayor del Departamento de Exacción por el valor de un millón de tumtums.
-Y aquí -dijo el Patriota Ingenioso, extrayendo otro papel de otro bolsillo -están los planos de un cañón de mi invención, que perforarán ese blindaje. El Real hermano de Su Majestad, el Emperador de Bang, está ansioso por comprarlo, pero mi lealtad al trono y a la persona de Su Majestad me obliga a ofrecerlo primero a Su Majestad. Su precio es de un millón de tumtums.
Habiendo recibido la promesa de otro cheque, hundió su mano en otro bolsillo, diciendo:
-El precio del cañón irresistible hubiese sido mucho mayor, Su Majestad, si no fuese por el hecho de que sus proyectiles pueden ser efectivamente desviados por mi peculiar método de tratar las corazas blindadas con un nuevo...
El Rey hizo al Gran Factótum una seña para que se aproximara.
-Revisa a este hombre -le dijo-, e infórmame cuántos bolsillos tiene.
-Cuarenta y tres -dijo el Gran Factótum, tras completar el escrutinio.
-Puede complacer a Su Majestad -exclamó el Patriota Ingenioso, presa del terror-, saber que uno de ellos contiene tabaco.
-Cuélguenlo de los tobillos y sacúdanlo bien -dijo el Rey-. Después entréguenle un cheque por cuarenta y dos millones de tumtums y mátenlo. En este acto decreto que la ingenuidad es un crimen capital.


EL OFICIAL DE POLICÍA Y EL MALHECHOR


Un Jefe de Policía que vio a un Oficial golpeando a un Malhechor se indignó muchísimo, y le dijo que no debía volver a hacer algo así, bajo pena de destitución.
-No sea tan duro conmigo, Jefe -dijo el Oficial, sonriendo-. Lo estaba golpeando con un bastón de paño relleno.
-Así y todo -insistió el jefe de Policía-, usted se tomó una libertad que tiene que haberle resultado muy desagradable, aunque no le haya hecho daño. Sírvase no repetirla.
-Pero -dijo el Oficial, todavía sonriente-, era un Malhechor de paño relleno.
Al tratar de expresar su complacencia, el jefe de Policía extendió su brazo derecho con tanta violencia que la piel se le rasgó en el sobaco y un chorro de arena cayó de la herida. Era un jefe de Policía de paño relleno.


EL FUNCIONARIO CONSCIENTE


Mientras un Superintendente de División de un ferrocarril estaba cumpliendo con la mayor aplicación su tarea de poner obstáculos en los rieles y alterar los cambios de vía, recibió la noticia de que el Presidente de la compañía iba a despedirlo por incompetente.
-¡Buen Dios! -exclamó-. ¡Si hay más accidentes en mi división que en todo el resto de la línea!
-El Presidente es muy riguroso -dijo el Hombre que había traído la noticia-; él piensa que las mismas pérdidas de vidas podrían obtenerse con menos daño a la propiedad de la compañía.
-¿Espera que arroje a los pasajeros a través de las ventanillas? -exclamó el indignado funcionario, cruzando un durmiente sobre los rieles-. ¿Me toma por un asesino?


COMO SE LLEGA AL OCIO

Un Hombre para Quien el Tiempo era Oro, que estaba engullendo su desayuno, muy apurado por atrapar un tren, había apoyado el periódico contra la azucarera y leía mientras comía. En su apuro y abstracción, se clavó un tenedor en el ojo derecho, y al extraer el tenedor, el ojo salió con él. Desde entonces, cada vez que compraba anteojos, se veía obligado a derrochar inútilmente su dinero en cristales para el ojo derecho, y este dispendio lo redujo pronto a la pobreza, por lo cual el Hombre para Quien el Tiempo era Oro se vio obligado a ganarse la vida pescando desde la punta de un muelle.



EL GUARDIÁN PRECAVIDO


El Guardián de una Penitenciaría estaba un día poniendo cerraduras en las puertas de todas las celdas, cuando un operario le dijo:
-Usted es muy imprudente... Esas cerraduras pueden abrirse desde adentro.
El Guardián replicó, sin apartar la mirada de lo que hacía:
-Si a esto se lo llama imprudencia, me pregunto cómo se debería denominar a una precavida disposición contra las vicisitudes de la suerte.

EL TESORO Y LOS BRAZOS


Un Tesoro Público, al advertir que Dos Brazos se alzaban con su contenido, exclamó:
-Sr. Correligionario, propongo una división.
-Usted parece saber un poco acerca
de la forma parlamentaria de hablar -dijo Dos Brazos.
-Sí -replicó el Tesoro Público-. Estoy familiarizado con los acarreos legislativos.


LA SERPIENTE CRISTIANA


Una Víbora de Cascabel regresó a su casa, donde estaban sus crías, y dijo:
-Hijos míos, reuníos para recibir la última bendición de vuestro padre, y ver cómo muere un cristiano.
-¿Qué ocurre, padre? -preguntaron las Viboritas.
-Me ha mordido el editor de un pasquín partidario -fue la respuesta, seguida por el ominoso cascabeleo de la muerte.


EL MALHECHOR DESCONTENTO


Un Juez que había condenado a prisión a un Malhechor, procedía a señalarle las desventajas del crimen y los beneficios de la reforma.
-Su Señoría -dijo el Malhechor, interrumpiéndolo- ¿sería tan amable como para elevar mi condena a diez años de prisión y nada más?
-¿Por qué? -dijo el juez, sorprendido-. ¡Sólo lo he condenado a tres años!
-Sí, lo sé -asintió el Malhechor-. Tres años de prisión y el sermón. Si no le molesta, me gustaría que me conmute el sermón.


LOS CAÑONES DE MADERA


Un Regimiento de Artillería de la Milicia Estatal solicitó al Gobernador, cañones de madera para la práctica.
-Resultarán más baratos que cañones de verdad -explicó.
-No se dirá de mí que sacrifiqué la eficacia a la economía -dijo el Gobernador-. Tendrán cañones de verdad.
-Gracias, gracias -exclamaron efusivamente los guerreros-. Los cuidaremos mucho, y en caso de guerra los reintegraremos al arsenal.


EL ASTRÓNOMO LITERARIO


El Director de un Observatorio, que había descubierto la Luna, con un refractor de treinta y seis pulgadas, fue muy apurado a ver al Editor de un Periódico, con una extensa narración del evento.
-¿Cuánto? -preguntó sentenciosamente el Editor, sin apartar la mirada de su ensayo sobre la circularidad de la perspectiva política.
-Ciento sesenta dólares -replicó el hombre que había descubierto la Luna.
-Ni la mitad de eso sería suficiente -fue el comentario del Editor.
-¡Hombre generoso! -exclamó el Astrónomo, ardiendo de cálidos y elevados sentimientos-. Págueme, entonces, lo que quiera.
-Mi gran y buen amigo -dijo suavemente el Editor, levantando la vista de su trabajo-. No nos entendemos, parece. El que tiene que pagar es usted.
El Director del Observatorio tomó el manuscrito y se fue, explicando que necesitaba corrección, que había omitido poner el punto a una m.


EL SINO DEL POETA


Un Objeto que estaba caminando por el Camino Real, envuelto en honda meditación y en poca cosa más, súbitamente se encontró ante las puertas de una ciudad extraña. Cuando solicitó ser admitido, fue detenido como indigente y llevado ante el Rey.
-¿Quién eres -interrogó el Rey-, y cómo te ganas la vida?
-Soy Snouter el descuidista -replicó el Objeto, inventando rápidamente-, carterista.
El Rey estaba por ordenar su liberación, cuando el Primer Ministro sugirió que examinaran los dedos del prisionero. Se descubrió que estaban muy achatados y encallecidos en los extremos.
-¡Ja! -exclamó el Rey- ¡Se lo dije! Es adicto a contar sílabas. Un poeta. Llévenlo con el Gran Señor Disuasor del Hábito de la Cabeza.
-Mi señor -dijo el Inventor Ordinario de Penas Ingeniosas-, me atrevo a sugerir un castigo más sagaz.
-Dígalo -contestó el Rey. -¡Permitirle que conserve esa cabeza! Eso fue lo que se ordenó.


EL LEÓN Y LA SERPIENTE DE CASCABEL


Un Hombre encontró en su camino a un León, y se puso a tratar de someterlo mediante la hipnosis; cerca había una Serpiente de Cascabel dedicada a fascinar a un pequeño pájaro.
-¿Cómo va lo tuyo, hermano? -el Hombre se dirigió al otro reptil, sin apartar sus ojos de los del León.
-Admirablemente -replicó la serpiente-. El éxito está asegurado; mi víctima se acerca y se acerca, a pesar de sus esfuerzos.
-Y la mía -dijo el Hombre- se acerca y se acerca a pesar de los míos. ¿Estás seguro de que todo marcha bien?
-Si dudas -replicó el reptil lo mejor que pudo, con la boca llena de pájaro-, sería mejor que abandones.
Un cuarto de hora después, el León, escarbándose pensativamente los dientes
con las garras, le decía a la Serpiente de Cascabel que nunca, en su muy variadas experiencias al ser hipnotizado, se había encontrado con un hipnotizador tan ansioso por abandonar su tarea.
-Pero -añadió con una amplia, inteligente sonrisa- yo le sostuve la mirada.


EL LEGISLADOR Y EL JABÓN


Un Miembro de la Legislatura de Kansas que se cruzó con un jabón, pasaba junto a él sin reconocerlo, pero el jabón insistió en detenerlo y estrecharle las manos. Pensando que se hallaba en goce de inmunidad parlamentaria, el legislador le dio un cordial e intenso apretón de manos. Al abandonarlo, advirtió que una parte del Jabón había quedado adherida en sus dedos, y corriendo muy alarmado hacia un arroyo, procedió a lavárselos. Para hacerlo, se vio obligado a frotarse ambas manos, y cuando terminó de lavarlas, quedaron tan blancas, que se metió en cama y mandó llamar a un médico.


EL HOMBRE QUE NO TENIA ENEMIGOS


Una Persona Inofensiva que paseaba por un lugar público, fue atacada por un Desconocido, con un Garrote, y severamente golpeada.
Cuando el Desconocido con un Garrote fue sometido a juicio, su víctima dijo al Juez:
-Ignoro por qué me atacó; no tengo un enemigo en el mundo.
-Esa -dijo el acusado- es la razón por la que lo golpeé.
-El prisionero queda absuelto -dijo el juez-; un hombre que no tiene enemigos, no tiene amigos. Los tribunales no se hicieron para esta gente.


LA MAQUINA VOLADORA


Un Hombre Ingenioso construyó una máquina voladora e invitó a una gran concurrencia a verla funcionar. A la hora señalada, con todo dispuesto, él se introdujo en el vehículo y puso el motor en marcha. La máquina inmediatamente hizo pedazos la imponente estructura sobre la que estaba armada, y se hundió en la Tierra hasta perderse de vista, mientras el aeronauta saltaba afuera, justo a tiempo de salvarse.
-Bien -dijo el Hombre Ingenioso-. He hecho lo suficiente para demostrar la corrección de los detalles. Los defectos -añadió, echando una mirada al estropeado armatoste- son meramente básicos y fundamentales.
Ante esta aseveración, el publicó respondió con suscripciones para construir una segunda máquina.


EL GATO Y EL REY


Un Gato estaba mirando a un Rey, como lo permite el proverbio.
-Bien -dijo el monarca, advirtiendo
su inspección-, ¿cómo me ves?
-Puedo imaginar un Rey -dijo el Gato-, que me gustaría más. -¿Por ejemplo?
-El Rey de los Ratones.
Tanto complació al Rey el ingenio de esta respuesta, que le dio permiso para arrancar los ojos de su Primer Ministro.


LA CIUDAD DE LA DISTINCIÓN POLÍTICA


Jamrach el Rico, ansioso de llegar a la Ciudad de la Distinción Política antes de la noche, encontró una bifurcación de caminos, y estaba indeciso acerca de cuál tomar; así que consultó a una Persona de Aspecto Sabio, sentada a un lado del camino.
-Tome ese camino -dijo la Persona de Aspecto Sabio-: se lo conoce como la Carretera Política.
-Gracias -dijo Jamrach, y se dispuso a seguir viaje.
-¿Con cuánto me agradece? -fue la respuesta-. ¿Supone que estoy aquí haciendo una cura de salud?
Como Jamrach no se había vuelto rico por su estupidez, le dio algo a su guía, y apresurándose, pronto llegó a una barrera de peaje custodiada por un Caballero Benévolo, quien lo dejó pasar tras recibir algo. Un poco más allá, halló un puente que sorteaba un arroyo imaginario, donde un Ingeniero Civil (que había construido el puente) le exigió algo para permitirle pasar. Ya se estaba haciendo tarde, cuando Jamrach arribó a la orilla de lo que parecía un lago de tinta negra, donde terminaba el camino. Viendo a un Barquero en su bote, Jamrach pagó algo por la travesía y estaba a punto de embarcarse.
-No -dijo el Barquero-. Ponga el cuello en este lazo, y yo lo remolcaré. Es la única manera de pasar -añadió, al ver que el pasajero estaba por quejarse de las comodidades.
A su debido tiempo, Jamrach fue arrastrado a través del lago, y llegó medio estrangulado y atrozmente empapado por las aguas fétidas.
-Bueno -dijo el Barquero, remolcándolo sobre la ribera y soltándolo-, ahora usted está en la Ciudad de la Distinción Política. Tiene cincuenta millones de habi-
tantes, y como el color del Pozo Asqueroso no sale con el lavado, todos parecen exactamente iguales.
-¡Ay de mí! -exclamó Jamrach, llorando y lamentando la pérdida de todas sus posesiones, gastadas en propinas y peajes-. Volveré con usted.
-No creo que lo haga -dijo el Barquero, desatracando-. Esta ciudad está ubicada en la Isla de los Que No Vuelven.


LA POETISA DE LA REFORMA


Un hermoso día de la última parte de la eternidad, mientras las Sombras de todos los grandes escritores reposaban en lechos de asfódelos y molis en los Campos Elíseos, cada uno de ellos muy feliz al escuchar de labios de todos los otros sólo copiosas citas de la propia obra (porque a tal efecto Júpiter había hechizado generosamente sus oídos), llegó allí con aire triunfador una Sombra a la que nadie conocía. Ella (porque la recién llegada mostraba evidencias de su sexo tales como el cabello cortado corto y un andar varonil) tomó asiento en medio de ellos, y con sonrisa de superioridad explicó:
-Tras siglos de opresión arranqué mis derechos de manos de los dioses celosos. Sobre la tierra yo fui la Poetisa de la Reforma y canté para oídos desatentos. Ahora
canto para una eternidad de honor y de gloria.
Pero no habría de ser así, y muy pronto ella fue la más infeliz de las inmortales, anhelando vanamente volver a errar en las tinieblas junto a los lagos infernales. Porque Júpiter no había hechizado su oído, y de los labios de cada Sombra bendita sólo surgían copiosamente las citas de las obras de los otros. Además, a ella le había sido negada la felicidad de recitar sus poemas. No recordaba un solo verso suyo, porque Júpiter había decretado que el recuerdo de sus poemas habitara el penoso dominio de Plutón, como parte del castigo.


LOS SALVADORES DE VIDAS


Setenta y cinco Hombres se presentaron ante el Presidente de la Sociedad Humana y solicitaron la gran medalla de oro por haber salvado vidas.
-Vaya, sí -dijo el Presidente-, mediante sus diligentes esfuerzos tantos hombres deben haber salvado un considerable número de vidas. ¿Cuántas salvaron?
-Setenta y cinco, señor -replicó el Vocero de los Hombres.
-Ah, sí, eso hace una cada uno; muy buen trabajo, muy buen trabajo, por cierto -dijo el Presidente-. No sólo tendrán la gran medalla de oro de la Sociedad sino, también, su recomendación para un empleo en las dotaciones de varias estaciones de botes salvavidas a lo largo de la costa. ¿Pero cómo salvaron tantas vidas?
El Vocero de los Hombres respondió:
-Somos agentes de la ley, y acabamos de abandonar la persecución de dos asesinos fugitivos.




LA ZARIGÜEYA DEL FUTURO


Un día, una Zarigüeya que se había dormido colgada de la cola, en la rama más alta de un árbol, despertó y vio una enorme Víbora enroscada cerca de la rama, entre ella y el tronco del árbol.
-Si me quedo -se dijo-, me engullirá; si me dejo caer me romperé el cuello.
Pero súbitamente se le ocurrió una estratagema.
-Mi perfecto amigo -dijo-, mi instinto paternal reconoce en usted una noble evidencia e ilustración de la teoría del desarrollo. Usted es la Zarigüeya del Futuro, el Sobreviviente Mejor Adaptado, último de nuestra especie, el fruto maduro de la prensilidad progresiva: ¡pura cola!
Pero la Víbora, orgullosa de su antigua superioridad en la historia de las Escrituras, fue estrictamente ortodoxa y no aceptó el punto de vista científico.


EL PAVIMENTADOR


Un Autor vio a un Trabajador colocando piedras en el pavimento de una calle, y aproximándose, le dijo:
-Amigo mío, usted parece fatigado. La ambición es un duro capataz.
-Estoy trabajando para el Sr. iones-respondió el Trabajador.
-Bueno, arriba ese ánimo -siguió el Autor-. La fama llega cuando menos se la espera. Hoy usted es pobre, oscuro y está desanimado, pero mañana su nombre puede sonar en todo el mundo.
-¿De qué me está hablando? -dijo el Trabajador-. ¿No puede un honesto pavimentador hacer su trabajo en paz, y ganar con él su dinero, y vivir de él, sin que otros vengan a decir disparates acerca de la ambición y de la esperanza de fama?
-¿Y no puede hacerlo un honesto escritor? -dijo el Autor.


LOS DOS POETAS


Dos poetas se disputaban la Manzana de la Discordia y el Hueso de la Disputa,
porque ambos estaban muy hambrientos.
-Hijos míos -dijo Apolo-, repartiré los premios entre ustedes. Tú -dijo al Primer Poeta- sobresales en Arte: toma la Manzana. Y tú -dijo al Segundo Poeta-, en imaginación: toma el Hueso.
-¡El mejor premio al Arte! -dijo el Primer Poeta, con aire triunfante, y tratando de devorar su premio se rompió todos los dientes. La Manzana era una obra de arte.
-Eso demuestra el desprecio de nuestro maestro por el mero Arte -dijo el Segundo Poeta, sonriendo.
Trató de roer su Hueso, pero sus dientes lo atravesaron sin encontrar resistencia. Era un Hueso imaginario.


EL CORCEL DE LA BRUJA


Un Palo de Escoba, que había servido largo tiempo de montura a una bruja, se quejaba de la naturaleza de su empleo, que consideraba degradante.
-Muy bien -dijo la Bruja-. Te daré un trabajo en el que te verás asociado con el intelecto... te pondrás en contacto con cerebros. Te regalaré a una ama de casa.
-¿Qué? -se sorprendió el Palo de Escoba-. ¿Consideras algo intelectual las manos de un ama de casa?
-Me refería -dijo la Bruja- a la cabeza de sus buenos maridos.


LA RATA SAGAZ


Una Rata que estaba por salir de su madriguera alcanzó a vislumbrar un Gato que la esperaba, y volviendo al fondo de la cueva invitó a una Amiga a ir con ella de visita a un depósito de maíz vecino.
-Hubiera ido sola -dijo-, pero no podía negarme el placer de tan distinguida compañía.
-Muy bien -contestó la Amiga-. Iré contigo. Condúceme.
-¿Conducirte? -exclamó la otra-. ¡Vaya! ¿Preceder yo a una rata grande e ilustre como tú? No, por cierto... Después de ti, después de ti...
Complacida por esta gran muestra de deferencia, la Amiga abrió la marcha y, dejando primero la cueva, fue atrapada por el Gato, que se fue con ella. La otra se alejó sin ser molestada.


UN PUENTE SOBRE EL FANGO


Una Mujer Rica que volvía del extranjero desembarcó al pie de la Calle Hundida Hasta las Rodillas, y estaba por caminar hasta su hotel a través del barro.
-Señora -dijo un Policía-, no puedo permitir que haga eso; se embarrará los zapatos y las medias.
-¡Oh, no tiene importancia, realmente! -replicó la Mujer Rica, con encantadora sonrisa.
-Pero, señora, es innecesario; desde el desembarcadero hasta el hotel, como usted podrá observar, se extiende una línea ininterrumpida de periodistas postrados que imploran el honor de que usted camine sobre ellos.
-En ese caso -dijo ella, sentándose en un umbral y abriendo su bolso- tendré que ponerme mis galochas.




EL PURO PERRO


Un León, viendo a un Perro de Lanas, estalló en carcajadas ante lo ridículo del espectáculo.
-¿Quién vio alguna vez una bestia tan pequeña? -dijo.
-Es muy cierto -dijo el Perro de Lanas, con austera dignidad- que soy pequeño; pero le ruego que tome nota, señor, de que soy puro perro.


LOS DOS POLÍTICOS


Dos Políticos cambiaban ideas acerca de las recompensas por el servicio público.
-La recompensa que yo más deseo-dijo el Primer Político- es la gratitud de mis conciudadanos.
-Eso sería muy gratificante, sin duda -dijo el Segundo Político-, pero es una lástima que con el fin de obtenerla tenga uno que retirarse de la política.
Por un instante se miraron uno al otro, con inexpresable ternura; luego, el Primer Político murmuró:
-¡Que se haga la voluntad del Señor! Ya que no podemos esperar una recompensa, démonos por satisfechos con lo que tenemos.
Y sacando las manos por un momento del tesoro público, juraron darse por satisfechos.


DOS MÉDICOS


Un Viejo Inicuo, sintiéndose enfermo, envió por un médico, que le recetó unas medicinas y se fue. Entonces el Viejo Inicuo envió en busca de Otro Médico, al que no le dijo nada del anterior; este nuevo médico le prescribió un tratamiento completamente diferente. Esto continuó durante unas semanas: los médicos lo visitaban en días alternados y lo trataban por dos desórdenes distintos, con dosis de medicina en constante aumento y cuidados cada vez más rigurosos. Pero un día se encontraron accidentalmente junto a su lecho mientras él dormía, y al salir a luz la verdad, una violenta disputa se produjo.
-Mis buenos amigos -dijo el paciente, despierto por el ruido de la discusión, y adivinando su causa-, les ruego que sean más razonables. Si yo pude soportarlos a los dos a la vez durante semanas, ¿no pue-
den soportarse entre ustedes un ratito? Hace diez días que me siento bien, pero me he quedado en cama con la esperanza de obtener mediante el reposo las fuerzas que me harían falta para tomar sus medicinas. Hasta ahora no las he tocado.




EL CADI HONESTO


Un bandido que había despojado de mil piezas de oro a un mercader, fue llevado ante el Cadí, quien le preguntó si tenía algo que decir para salvarse de ser decapitado.
-Su Señoría -dijo el Salteador-. No podía hacer otra cosa que apoderarme del oro, porque Alá me hizo así.
-Tu defensa es ingeniosa y sólida -dijo el Cadí-, y debo exculparte de criminalidad. Infortunadamente, Alá también me hizo de modo tal que debo cortarte la cabeza, a menos a menos -añadió pensativo- que me ofrezcas la mitad del oro; porque El me hizo débil ante la tentación.
Por consiguiente, el Salteador puso quinientas piezas de oro en manos del Cadí.
-Bien -dijo el Cadí-. Te cortaré ahora sólo una mitad de la cabeza. Para mostrar mi confianza en tu discreción, dejaré intacta la mitad con la que hablas.


UN FACTOR NO TENIDO EN CUENTA


Un Hombre que poseía un hermoso Perro, y mediante una cuidadosa selección de sus parejas había criado una cantidad de animales apenas inferiores a los ángeles, se enamoró de su lavandera, se casó con ella y crió una familia de bobalicones.
-¡Qué lástima! -exclamó una vez, contemplando el melancólico resultado-. Si hubiera buscado mi pareja con la mitad del cuidado que puse para mi perro, sería ahora un padre orgulloso y feliz.
-No estoy tan seguro de eso -dijo el Perro, que acertó a escuchar el lamento-. Hay una diferencia, es verdad, entre tus cachorros y los míos, pero yo me halago pensando que no se debe completamente a las madres. Tú y yo no nos parecemos del todo.


EL DEPORTISTA Y LA ARDILLA


Un Deportista que había herido a una Ardilla, que estaba haciendo desesperados esfuerzos para arrastrarse fuera de su alcance, corrió tras ella con un palo, exclamando:
-¡Pobrecita! La sacaré de su miseria.
En ese momento, la Ardilla se detuvo exhausta, y mirando a su enemigo, dijo:
-No me aventuraré a dudar de la sinceridad de tu compasión, aunque llega más bien tarde, pero pareces carecer de la facultad de observación. ¿No percibes, por mis acciones, que el deseo más querido de mi corazón es continuar en mi miseria?
Ante esta exposición de su hipocresía, el Deportista se sintió tan vencido por la vergüenza y el remordimiento, que no liquidó a la Ardilla, sino que, señalándosela a su perro, se alejó pensativamente.



EL CANGURO Y LA CEBRA


Un Canguro que marchaba a los saltos con un objeto que abultaba oculto en su bolsa, se encontró con una Cebra, y deseoso de llamar su atención, le dijo:
-Por tu traje parece que acabaras de salir de la penitenciaría.
-Las apariencias son engañosas -replicó la Cebra, sonriendo con plena conciencia del más insoportable de los ingenios-; si así no fuera, yo tendría que pensar que tú acabas de salir de la Legislatura.


UN ASUNTO DE MÉTODO


Un Filósofo, al ver a un Tonto golpeando a su Burro, le dijo:
-No lo hagas, hijo mío, no lo hagas, te lo imploro. Quienes recurren a la violencia sufrirán violencia.
-Precisamente eso -dijo el Tonto, redoblando sus golpes sobre el animal- es lo que estoy tratando de enseñar a esta bestia, que me ha pateado.
-Sin duda -se dijo el Filósofo, mientras se alejaba-, la sabiduría de los tontos no es más profunda ni más auténtica que la nuestra, pero ellos tienen realmente un modo más impresionante de impartirla.



EL CALIFORNIANO RESTITUIDO


Un Hombre fue colgado del cuello hasta que murió. Esto fue en 1893.
-¿De dónde vienes? -preguntó San Pedro cuando el Hombre se presentó a la puerta del Paraíso.
-De California -replicó el solicitante.
-Entra, hijo mío, entra; traes alegres noticias.
Cuando el Hombre desapareció adentro, San Pedro tomó su libreta de notas y escribió lo siguiente:
"16 de febrero de 1893. California colonizada por los Cristianos".



EL MÉDICO COMPASIVO


Un Médico de Buen Corazón sentado a la cabecera de un paciente aquejado por una enfermedad incurable y dolorosa, escuchó un ruido tras él, y volviéndose vio a un Gato que se reía de los débiles esfuerzos de un Ratón herido, por arrastrarse fuera de la habitación.
-¡Bestia cruel! -exclamó- ¿Por qué no lo matas de una vez, como una dama?
Levantándose, sacó al Gato a puntapiés de la habitación, y recogiendo al Ratón, compasivamente lo arrebató a sus sufrimientos retorciéndole el cuello. Requerido desde el lecho por los gemidos de su paciente, el Médico de Buen Corazón administró un estimulante, un tónico y un nutriente, y se fue.



LA TRIPULACIÓN DEL BOTE SALVAVIDAS


La Valiente Dotación de una estación de salvamento estaba por botar su barca para dar un paseíto a lo largo de la costa, cuando descubrieron a poca distancia, mar adentro, una embarcación que había zozobrado, con una docena de hombres agarrados de su quilla.
-Tenemos suerte -dijeron los de la Valiente Dotación-; si no hubiéramos visto eso a tiempo, nuestro destino podría haber sido el de ellos.
De modo que arrastraron su embarcación a lugar seguro y se reservaron para el servicio de su país.


LA COLA DE LA ESFINGE


Un Perro de disposición taciturna le dijo a su Cola:
-Cada vez que me enojo, te levantas y pones tiesa; cuando estoy complacido te meneas; cuando estoy alarmado, te pones entre las patas, fuera de peligro. Eres demasiado vivaz... descubres todas mis emociones. Mi idea es que las colas fueron dadas para ocultar el pensamiento. Mi mayor ambición es ser tan impasible como la Esfinge.
-Mi amigo, debes reconocer las leyes y limitaciones de tu ser -replicó la Cola, con flexiones apropiadas para los sentimientos que expresaba-, y tratar de ser importante de alguna otra manera. La Esfinge cumple ciento cincuenta requisitos de la impasibilidad que a ti te faltan.
-¿Cuáles son? -preguntó el Perro.
-Ciento cuarenta y nueve toneladas de arena en la cola.
-¿Y...?
-Una cola de piedra.



EL LADO OSCURO DEL PERSONAJE


Un Talentoso y Honorable Editor, que mediante la práctica de su profesión había adquirido riqueza y distinción, solicitó a un Viejo Amigo la mano de su hija.
-¡De todo corazón, y Dios te bendiga! -dijo el Viejo Amigo, tomándolo de ambas manos-. ¡Es un honor más grande que el que me hubiera atrevido a esperar!
-Sabía que esa sería tu respuesta -replicó el Talentoso y Honorable Editor, y agregó con una sonrisa-. Sin embargo, me parece que debo transmitirte todo el conocimiento de la personalidad que yo poseo. Este álbum de recortes contiene todos los testimonios relativos a mi lado sombrío que he sido capaz de recortar en los últimos diez años, de las columnas publicadas por mis competidores en el negocio de elevar a la humanidad a un plano
espiritual y moral más alto... mis "repulsivos contemporáneos".
Dejando el álbum sobre una mesa, se retiró muy animado para hacer los arreglos de la boda. Tres días después, un mensajero le trajo el álbum, con una nota advirtiéndole que nunca más volviera a manchar la puerta de su Viejo Amigo.
-¡Vean! -exclamó el Talentoso y Honorable Editor, señalando esa notificación- ¡La calumnia triunfa!
Y fue llevado al Asilo de los Indiscretos.


LA VIUDA DEVOTA


A una Viuda que lloraba sobre la tumba de su esposo, se le aproximó un Caballero Atractivo que, de manera respetuosa, le aseguró que desde hacía tiempo abrigaba por ella los sentimientos más tiernos.
-¡Sinvergüenza! -exclamó la Viuda-. ¡Déjeme ya mismo! ¿Es momento para hablarme de amor?
-Le aseguro, señora, que no pensaba descubrir mis sentimientos -explicó humildemente el Caballero Atractivo-, pero el poder de su belleza venció a mi discreción.
-Tendría que verme cuando no estoy llorando -dijo la Viuda.


EL DIFUNTO Y LOS HEREDEROS


Un Hombre murió dejando una gran fortuna y muchos apenados parientes que la reclamaban. Después de unos años, cuando la justicia había fallado contra las pretensiones de todos, menos uno, este, a quien se le concedió el legado, pidió a su Abogado que lo hiciera tasar.
-No queda nada para tasar -dijo el Abogado, embolsando sus últimos honorarios.
-Entonces -dijo el Demandante Exitoso-, ¿de qué me sirvieron todos estos pleitos?
-Usted ha sido un buen cliente para mí -respondió el Abogado, recogiendo sus libros y papeles-, pero debo decirle que revela una sorprendente ignorancia acerca del propósito de los pleitos.


LOS POLÍTICOS Y EL BOTÍN


Varias Entidades Políticas estaban dividiendo los despojos.
-Yo tomaré el manejo de las prisiones -dijo un Decente Respeto por la Opinión Pública-, y haré un cambio radical.
-Y yo -dijo la Reputación Manchada-, conservaré mis actuales conexiones con los negocios, mientras mi amiga aquí presente, la Toga Corrupta, permanecerá en la judicatura.
La Olla Política dijo que no herviría nada más, si no la volvían a llenar con líquido del Pozo Asqueroso.
El Poder Cohesivo del Botín Público observó tranquilamente que las dos candidaturas principales constituirían, suponía, su parte.
-No - dijo la Más Vil Degradación-, ya cayeron en mis manos.


EL HOMBRE Y LA VERRUGA


Una Persona con una Verruga en Su Nariz se encontró con una Persona Similarmente Afligida, y le dijo:
-Permítame proponer su nombre como miembro de la Orden Imperial de los Probóscides Anormales, de la cual soy el Gran Líder Preclaro y Tesorero Subrepticio. Hace dos meses, yo era el único miembro. Hace un mes éramos dos. Hoy contamos con cuatro Emperadores de la Proboscis Anormal de importancia... El doble cada cuatro semanas, ¿ve? Es una progresión geométrica... ya sabe cómo aumenta eso... En un año y medio cada hombre en este país tendrá una verruga en la nariz. ¡Orden poderosa! Cuota de ingreso, cinco dólares.
-Amigo mío -dijo la Persona Similarmente Afligida-, aquí tiene cinco dólares. Mantenga mi nombre fuera de sus libros.
-Le agradezco su amabilidad -replicó el Hombre con una Verruga en su Nariz, embolsando el dinero-; para nosotros es como si se nos hubiera unido. Adiós.
Se fue, pero al ratito apareció de vuelta.
-Me olvidé de hablarle de la cuota mensual -dijo.


LA DIETA DEL PUGILISTA


El Entrenador de un Pugilista consultó a un Médico, acerca de la dieta del campeón.
-Las chuletas son demasiado tiernas -dijo el Médico-; que coma carne de cuello de toro.
-Creía que la otra era más digerible -explicó el Entrenador.
-Eso es muy cierto -dijo el Médico-; pero no ejercita suficientemente la mandíbula.

EL ANCIANO Y EL ALUMNO


Un Hermoso Anciano se encontró con el Alumno de una escuela dominical, y posando tiernamente su mano en la cabeza del chico, le dijo:
-Hijo mío, escucha las palabras de los sabios y sigue el consejo de los rectos.
-Muy bien -respondió el Alumno de la escuela dominical-. Prosigue.
-Oh, en realidad no tengo nada que decirte -dijo el Hermoso Anciano-. Sólo estaba observando una de las costumbres de mi edad. Yo soy un pirata.
Y cuando retiró su mano de la cabeza del chico, este advirtió que su cabellera estaba llena de sangre coagulada. El Hermoso Anciano siguió su camino, instruyendo a otros jóvenes.


UN OPTIMISTA


Dos Ranas en la barriga de una serpiente estaban considerando su molesta situación.
-Esto es flor de mala suerte -dijo una.
-No saques conclusiones apresuradas -dijo la otra-; estamos a resguardo de la lluvia, con comida y alojamiento.
-Con alojamiento, sin duda -dijo la Primera Rana-; pero no veo la comida.
-Eres un ave de mal agüero -explicó la otra-. Nosotras somos la comida.


LOS DOS SALTEADORES


Dos Salteadores de caminos estaban sentados tomando un trago, en un refugio a un costado del camino, comparando sus aventuras nocturnas.
-Yo lo paré al jefe de Policía -dijo el Primer Salteador-, y me fui con todo lo que tenía.
-Y yo -dijo el Segundo Salteador- paré al Fiscal del Distrito de los Estados Unidos, y me fui con...
-¡Buen Dios! -interrumpió el otro, colmado de asombro y admiración- ¿Te fuiste con todo lo que ese tipo tenía?
-No -explicó el infortunado narrador-. Sólo con una pequeña parte de lo que tenía yo.


UNA VALIOSA SUGERENCIA


Una Gran Nación, que sostenía una disputa con una Pequeña Nación, resolvió intimidar a su antagonista con una gran demostración naval en el puerto principal de la última. De modo que la Gran Nación reunió todos sus barcos de guerra dispersos en todo el mundo, y estaba a punto de hacerlos navegar trescientos cincuenta millas hasta el lugar del encuentro, cuando el Presidente de la Gran Nación recibió la siguiente nota del Presidente de la Pequeña Nación:
"Mi gran y buen amigo, me he enterado de que va a exhibirnos su marina con el objeto de impresionarnos con su poder. ¡Qué innecesario es ese gasto! Para demostrarle que ya conocemos todo acerca de esta materia, adjunto a esta una lista de todas las naves y piezas de artillería que ustedes tienen".
Tanto impresionó al gran y buen amigo la sólida sensatez de esta misiva, que mantuvo su marina en casa, economizando mil millones de dólares. Gracias a esta economía pudo comprar una decisión satisfactoria cuando la causa de la disputa fue sometida a arbitraje.


LA MANO TOMADA


Un Exitoso Hombre de Negocios que tuvo oportunidad de escribirle a un Ladrón, le expresó su deseo de verlo y estrechar su mano.
-No -respondió el Ladrón-, hay algunas cosas que yo no tomo... entre ellas su mano.
-Usted debe usar un poco de estrategia -dijo un Filósofo a quien el Exitoso Hombre de Negocios contó la desdeñosa respuesta del Ladrón-. Deje su mano afuera alguna noche, y él la tomará.
De modo que una noche, el Exitoso Hombre de Negocios dejó su mano fuera del bolsillo de un vecino y el Ladrón la tomó con avidez.


EL POETA Y EL EDITOR


-Mi querido señor -dijo el Editor al Poeta que lo visitaba para hablar de la publicación de su poema-, lamento decir que debido a un infortunado altercado en esta oficina, la mayor parte de su manuscrito es ilegible; se derramó sobre él una botella de tinta, manchando todo salvo la primera línea, es decir: "Las hojas de otoño caían, caían". Desafortunadamente, no habiendo leído el poema, fui incapaz de recordar los incidentes que seguían; de otro modo, podríamos haberlos ofrecido con nuestras propias palabras. Si la noticia no ha perdido interés y no apareció ya en otros periódicos, quizás usted tendrá la amabilidad de relatarnos lo ocurrido, mientras yo tomo notas. "Las hojas de otoño caían, caían". Prosiga.
-¿Qué? -dijo el Poeta-. ¿Espera que yo reproduzca todo el poema de memoria?
-Sólo la sustancia... sólo los hechos conducentes. Nosotros agregaremos lo que sea necesario para amplificarlo y embellecerlo. Sólo le llevará un momento. "Las hojas de otoño caían, caían". Adelante.
Se escuchó el sonido de un lento levantarse e irse, mientras el cronista de sucesos efímeros permanecía inmóvil, con su pluma suspendida; y cuando el movimiento se completó, la Poesía sólo quedó representada en ese lugar, por un sitio tibio en una silla.





EL ADMINISTRADOR PARTIDARIO Y EL CABALLERO


Un Administrador de un Partido le dijo a un Caballero, que estaba ocupándose de sus propios asuntos:
-¿Cuánto pagará por una candidatura a un cargo?
-Nada -replicó el Caballero.
-Pero contribuirá con algo a los fondos de la campaña para apoyar su elección ¿no? -preguntó el Administrador del Partido, guiñando el ojo.
-Oh, no -dijo seriamente el Caballero-. Si el pueblo desea que trabaje para él debe emplearme sin que yo lo solicite. Estoy muy bien sin ningún cargo.
-Pero -lo urgió el Administrador del Partido-, un nombramiento es algo deseable. Es un gran honor ser un servidor del pueblo.
-Si el servicio del pueblo es un gran honor -dijo el Caballero- sería indecente de mi parte buscarlo; y si lo obtuviera por mi propio esfuerzo, dejaría de ser un honor.
-Bueno -insistió el Administrador del Partido-, espero que al menos endosará la plataforma partidaria.
El Caballero replicó:
-Es improbable que sus autores hayan expresado fielmente mis puntos de vista sin consultarme; y si endoso su obra sin aprobarla sería un mentiroso.
-¡Usted es un hipócrita detestable y un idiota! -gritó el Administrador del Partido.
-Ni siquiera su buena opinión acerca de mi idoneidad me convencerá -replicó el Caballero.


UN IMBÉCIL INCALIFICABLE


Un Juez le dijo a un Asesino Convicto:
-Prisionero en el banquillo: ¿tiene algo que decir que impida el dictado de su sentencia de muerte?
-¿Lo que yo diga marcará alguna diferencia? -preguntó el Asesino Convicto.
-No veo cómo podría hacerlo -respondió reflexivamente el Juez-. No, no lo hará.
-Entonces -dijo el condenado-. Me gustaría señalar que usted es el más incalificable imbécil en siete Estados y todo el Distrito de Columbia.


EN EL POLO


Tras gran dispendio de vidas y riquezas, un Osado Explorador tuvo éxito y alcanzó el Polo Norte, donde se le aproximó un Nativo que allí vivía.
-Buenos días -dijo el Nativo-. Estoy muy contento de verlo, pero ¿por qué vino aquí?
-La gloria -dijo el Osado Explorador, lacónicamente.
-Sí, sí, ya lo sé -insistió el otro-, pero ¿de qué le servirá al hombre su descubrimiento? ¿A qué verdades antes inaccesibles le dará acceso? ¿A qué hechos, quiero decir, que tengan valor científico?
-Sería adivino si lo supiese -replicó francamente el gran hombre-, tiene que preguntárselo al Científico de la Expedición.
Pero el Científico de la Expedición explicó que había estado tan enfrascado en
el cuidado de sus instrumentos y el estudio de sus tablas, que no había tenido tiempo de pensar en el asunto.


UN PARALELO RADICAL


Unos Cristianos Blancos empeñados en expulsar a los Paganos Chinos de una ciudad americana, encontraron un periódico publicado en Pekín en idioma chino, y obligaron a una de sus víctimas a traducir un editorial. Resultó ser un llamado al pueblo de la provincia de Pang Ki, a expulsar a los demonios extranjeros del país, y quemar sus casas e iglesias. Esta evidencia de la barbarie mongólica encolerizó tanto a los Cristianos Blancos, que llevaron a la práctica su proyecto original.


EL LEGISLADOR Y EL CIUDADANO


Un ex Legislador le pidió a El Más Respetable Ciudadano, una carta para el Gobernador, recomendándolo para el puesto de Comisionado de Langostinos y Cangrejos.
-Señor -dijo severamente El Más Respetable Ciudadano- ¿no estuvo usted una vez en el Senado Estatal?
-No he llegado tan bajo, señor, se lo aseguro -fue la respuesta-. Fui miembro de la Cámara Más Lenta. Me expulsaron por vender mi influencia.
-¡Y se atreve a pedir la mía! -gritó El Más Respetable Ciudadano-. ¿Tiene la
impudicia? Un hombre que acepta coimas es capaz de ofrecerlas. Quiere decir que...
-No se me ocurriría hacerle una propuesta corrupta, señor; pero si yo fuera
Comisionado de Langostinos y Cangrejos,
tendría cierta influencia sobre la población portuaria, y podría ayudarlo en su pugna por obtener el puesto de Oficial Instructor.
-En tal caso, no encuentro justificaciones para negarle la carta.


EL PERRO Y EL DOCTOR


Un Perro que había visto a un Doctor concurrir al entierro de un paciente adinerado, le dijo:
-¿Cuándo vas a desenterrarlo?
-¿Por qué habría de desenterrarlo? -preguntó el Doctor.
-Cuando yo entierro un hueso -dijo el Perro-, es con la intención de desenterrarlo posteriormente, descarnarlo y sacarle el jugo.
-Los huesos que yo entierro -dijo el Doctor-, son aquellos a los que ya nada puedo sacar.


EL HOMBRE QUE HACIA LLOVER


Un Funcionario del Gobierno, con una gran dotación de mulas cargadas de globos, cometas, bombas de dinamita y aparatos eléctricos, hizo alto y acampó en medio de un desierto, en el que no había llovido durante diez años. Después de varios meses de preparativos y un gasto de un millón de dólares todo estuvo dispuesto, y una serie de tremendas explosiones se produjeron en el cielo y en la tierra. Todo esto fue seguido por un enorme diluvio que lavó al infortunado Funcionario y a todo su equipo de la faz de la creación, y llenó el corazón de los agricultores de una alegría demasiado honda para traducirla en palabras. Un Cronista de Periódico que acababa de llegar escapó trepando a una colina cercana, y allí encontró al Unico Sobreviviente de la expedición -un conductor de mulas- arrodillado detrás de un árbol, orando con, extremo fervor.
-Oh, no puede pararlo de ese modo -dijo el Cronista.
-Mi compañero de viaje al tribunal de Dios -replicó el Unico Sobreviviente, mirándolo sobre su hombro-, su entendimiento está hundido en la oscuridad. No estoy deteniendo a esta gran bendición; con la ayuda de la Providencia, la estoy trayendo.
-Ese sí que es un buen chiste -dijo el Cronista, riendo a más no poder en medio de la espesa lluvia-: ¡Dios respondiendo a los ruegos de un conductor de mulas!
-Hijo de la superficialidad y el escarnio -replicó el otro-, te equivocas de nuevo, engañado por estas humildes ropas. Soy el reverendo Ezequiel Thrifft, ministro del Evangelio, ahora al servicio de la gran firma manufacturera Skinn & Sheer. Fabrican globos, cometas, bombas de dinamita y aparatos eléctricos.


LA FORTUNA Y EL FABULISTA


Un Escritor de Fábulas marchaba a través de un bosque solitario, cuando se encontró con la Fortuna. Terriblemente asustado, trató de trepar a un árbol, pero la Fortuna tiró de él, lo hizo bajar, y se le ofreció con cruel insistencia.
-¿Por qué trataste de escapar? -preguntó la Fortuna, una vez que cesó la resistencia y se acallaron los chillidos del Fabulista-. ¿Por qué me miras de manera tan inhospitalaria?
-No sé qué eres -respondió el Escritor de Fábulas, hondamente perturbado.
-Soy la riqueza, soy la respetabilidad -dijo la Fortuna-; soy casas elegantes, un yate, una camisa limpia todos los días. Soy el ocio, soy los viajes, el vino, un sombrero brillante y un saco que no brilla. Soy la comida suficiente.
-Muy bien -dijo el Escritor de Fábulas, en un susurro-; ¡pero, por Dios, habla más bajo!
-¿Por qué? -preguntó la Fortuna, sor
prendida.
-Para no despertarme -replicó el Escritor de Fábulas, mientras una increíble calma se adueñaba de su hermoso rostro.


UNA TRANSPOSICIÓN


Viajando a través del País de la Artemisa, un Asno encontró a un Conejo, que exclamó muy sorprendido:
-¡Cielos! ¿Cómo creciste tanto? ¡Sin duda eres el más grande conejo viviente!
-No -dijo el Asno-, tú eres el burro más pequeño.
Después de una larga y estéril discusión, el asunto fue sometido a la decisión de un Coyote que pasó por allí, que tenía algo de demagogo y el deseo de quedar bien con los dos.
-Caballeros -dijo-, ambos tienen razón, como se podía esperar de personas tan dotadas de disposición para recibir instrucción de los sabios. Usted, señor -volviéndose al animal de más tamaño- es, como él ha señalado correctamente, un conejo-. Y usted -volviéndose al otro- fue correctamente descripto como un asno. Al transponer los nombres de ustedes, el hombre actuó con increíble locura.
Quedaron tan complacidos por esta decisión que declararon al Coyote su candidato a Oso Gris; pero si el Coyote consiguió o no este puesto, es algo que la historia no cuenta.


EL REY SIN HUESOS


Unos Monos que habían depuesto a su rey se hundieron de inmediato en la disensión y la anarquía. En este trance, enviaron una Diputación a una tribu vecina, para consultar al Mono Más Viejo y Más Sabio del Mundo.
-Hijos -dijo el Mono Más Viejo y Más Sabio del Mundo, una vez que escuchó a la Diputación-, hicieron bien en librarse de la tiranía, pero la tribu de ustedes no está suficientemente adelantada como para pasarla sin la monarquía. Tienten al tirano con falsas promesas para que vuelva, mátenlo y entronícenlo. Aun el esqueleto del más ilegal de los déspotas hace un buen soberano constitucional.
Ante estas palabras, la Diputación se mostró muy confundida.
-Eso es imposible -dijeron, alejándose-. Nuestro rey no tiene esqueleto; era un rey de paño.


EL CIUDADANO HONESTO


Un Ascenso Político, etiquetado con su precio, recorría el Estado en busca de un comprador. Un día se ofreció a un Hombre Verdaderamente Bueno que, después de examinar la etiqueta y encontrar que el precio era el doble de lo que él estaba dispuesto a pagar, expulsó desdeñosamente al Ascenso Político, de su puerta. Entonces, la Gente dijo:
-¡Miren, este es un ciudadano honesto!
Y el Hombre Verdaderamente Bueno confesó que esto era cierto.


A LA PUERTA DEL PARAÍSO


Irguiéndose de la tumba, una Mujer se presentó a la Puerta del Paraíso, y golpeó con mano temblorosa.
-Señora -dijo San Pedro, levantándose y acercándose a la ventanilla-, ¿de dónde viene?
-De San Francisco -respondió la Mujer, avergonzada, mientras grandes gotas de sudor brillaban en su frente espiritual.
-¡No importa, mi buena muchacha! contestó el Santo, compasivamente- La eternidad es un tiempo largo; terminarás por olvidar.
-Pero eso no es todo -la Mujer estaba cada vez más turbada-. Yo envenené a mi esposo... yo descuarticé a mis niños, yo...
-Ah -dijo el Santo, con súbita severidad-, tu confesión sugiere una grave posibilidad. ¿Eras miembro de la Asociación de Mujeres de Prensa?
La mujer se irguió y replicó con entusiasmo:
-No.
Las puertas de madreperla y jaspe giraron sobre sus goznes de oro, produciendo la música más cautivadora, y el Santo, haciéndose a un lado, hizo una reverencia, diciendo:
-Entra, entonces, en tu eterno descanso.
Pero la Mujer vacilaba.
-El envenenamiento... el descuartizamiento... el... el... -tartamudeó.
-No tienen importancia, te lo aseguro. No vamos a mostrarnos rigurosos con una señora que no pertenecía a la Asociación de Mujeres de Prensa. Toma un arpa.
-Pero... yo solicité el ingreso... Me pusieron bolilla negra.
-Toma dos arpas.


EL ANARQUISTA ENGATADO


Un Orador Anarquista a quien cierto Respetuoso de la Ley le arrojó a la cara un Gato Muerto, hizo detener y llevar ante un magistrado al Gato Muerto.
-¿Por qué recurres a la Ley -dijo el Magistrado-, si tú estás por la abolición de la ley?
-Eso -replicó el Anarquista- no es asunto suyo; no estoy obligado a ser consistente. Usted está sentado aquí para hacer justicia entre este Gato Muerto y yo.
-Muy bien -dijo el Magistrado, con expresión solemne, poniéndose el birrete negro-; como el acusado no se defiende, y es indudablemente culpable, lo condeno a ser comido por el ejecutor público; y como ocurre que este cargo está vacante, lo designo a usted, sin contrato.
Uno de los más deleitados espectadores de la ejecución fue el desconocido Respetuoso de la Ley que había arrojado al con
denado.


EL HONORABLE MIEMBRO DE LA LEGISLATURA


Un Miembro de una Legislatura que se había comprometido con sus Constituyentes a no robar, se llevó con él, al terminar la sesión, gran parte de la cúpula del Capitolio. Por lo tanto, los Constituyentes se reunieron en indignada asamblea y votaron la resolución de embrearlo y emplumarlo.
-Son muy injustos -dijo el Miembro de la Legislatura-. Es verdad que yo les prometí a ustedes que no robaría; ¿pero acaso les prometí que no mentiría?
Los Constituyentes dijeron que era un hombre honorable y lo eligieron para el Congreso de los Estados Unidos, sin embrearlo ni emplumarlo.


UNA REMUNERACIÓN INADECUADA


A un Buey incapaz de salir por sí mismo de la ciénaga en que se hundía, se le aconsejó que hiciera uso de una Influencia Política. Cuando la Influencia Política llegó, el Buey dijo:
-Mi buena amiga, le ruego que me amarre con fuerza, y deje que la naturaleza siga su curso.
De modo que la Influencia Política amarró con fuerza la Cabeza del Buey, y la naturaleza siguió su curso: el Buey fue arrancado de la ciénaga, primero, y a continuación de su piel. Entonces la Influencia Política miró por sobre sus hombros la buena carcasa gorda de carne que estaba arrastrando a su cubil y dijo, con insatisfacción:
-Esto no alcanza a cubrir lo que habitualmente cobro; me llevaré a casa la pri
mera cuota, y después retornaré por la piel.


EL CACIQUE POLÍTICO EXPATRIADO


Un Cacique Político que había ido a Canadá fue escarnecido por un Ciudadano de Montreal, que lo acusaba de haber huido para evitar ser procesado.
-Me hace una grave injusticia -dijo el Cacique Político, dejando caer un par de lágrimas-. Vine a Canadá sólo a causa de sus atractivos políticos; se dice que su Gobierno es el más corrupto del mundo.
-Le ruego que me perdone -contestó el Ciudadano de Montreal.
Cayeron uno sobre el cuello del otro, y al terminar este tocante rito, el Cacique Político tenía dos relojes.


UN ESTADISTA


Un Estadista que asistía a una asamblea de la Cámara de Comercio se levantó para hablar, pero fue objetado, acusándoselo de que nada tenía que ver con el comercio.
-Señor Presidente -dijo un Antiguo Miembro, levantándose-, opino que esa objeción no corresponde; la conexión del caballero con el comercio es íntima y estrecha. Es una mercancía.


LOS TRES RECLUTAS


Un Campesino, un Artesano y un Trabajador se presentaron ante el Rey de su país, y se quejaron porque se veían obligados a sostener un enorme ejército de consumidores, que no hacía nada en su beneficio.
-Muy bien -dijo el Rey-, los deseos de mis súbditos son la ley suprema.
Así que disolvió su ejército y los consumidores se volvieron productores. La venta de sus productos hizo bajar tanto los precios, que los campesinos se arruinaron, y los artesanos y trabajadores fueron a dar a los asilos y los caminos. En pocos años el desastre nacional era tan grande, que el Campesino, el Artesano y el Trabajador elevaron un petitorio al Rey, para que restaurase su ejército.
-¿Qué? -dijo el Rey-. ¿Desean sostener a esos consumidores haraganes otra vez?
-No, su Majestad -contestaron ellos-, deseamos enrolarnos.


UN DESORDEN FATAL


Un Agonizante, a quien le habían disparado, fue apremiado por oficiales de la ley para que hiciera una rápida declaración.
-Usted fue atacado sin provocación, por supuesto -manifestó el Fiscal del Distrito, preparándose para asentar la respuesta.
-No -replicó el Agonizante-, yo fui el agresor.
-Sí, entiendo -dijo el Fiscal del Distrito; usted cometió la agresión... fue obligado a hacerlo. Lo hizo en defensa propia.
-No creo que me hubiera dañado si yo lo hubiese dejado en paz -dijo el moribundo-. No... creo que era un hombre pacífico, incapaz de matar una mosca. Le hice soportar tanta presión que él, naturalmente, tenía que sucumbir... no pudo aguantar. Honestamente, si se hubiera negado a dispararme, no veo cómo yo podría haber seguido tratándolo.
-¡Santo Cielo! -exclamó el Fiscal del Distrito, arrojando su cuaderno de apuntes y su lápiz-. Esto es completamente anómalo. No puedo utilizar como declaración últimas palabras como estas.
-Nunca he visto a un hombre que diga la verdad cuando muere violentamente -dijo el jefe de Policía.
-¡No hay ninguna violencia! -contestó el Médico Policial, sacando e inspeccionando la lengua del hombre-. Es la verdad la que lo está matando.


UN TALISMÁN


Habiendo sido designado para cumplir las funciones de jurado, un Prominente Ciudadano envió un certificado médico donde se declaraba que padecía de reblandecimiento cerebral.
-El caballero está excusado -dijo el juez, devolviendo el certificado a la persona que lo había traído-, tiene cerebro.


EL CONGRESO Y EL PUEBLO


Los sucesivos Congresos habían empobrecido enormemente al Pueblo, que estaba desanimado y lloraba copiosamente.
-¿Por qué lloran? -indagó un Angel que se había posado en un árbol cercano.
-Nos han sacado todo lo que teníamos -fue la respuesta-, excepto -añadió el Pueblo, al darse cuenta de quién era el llamativo visitante-, excepto nuestra esperanza del Paraíso. ¡Gracias a Dios que no pudieron quitarnos eso!
¡Pero al fin llegó el Congreso de 1889!


EL JUEZ Y SU ACUSADOR


Un eminente juez de la Corte Suprema de Gowk fue acusado de haber obtenido su designación fraudulentamente.
-Usted disparata -dijo a su Acusador-; tiene poca importancia cómo obtuve mi poder; lo único importante es cómo lo he usado.
-Confieso -manifestó el Acusador- que en comparación con la manera ruin en que usted se condujo en la Corte, el método ruin mediante el cual usted llegó a ella es una bagatela.


ECONOMIZANDO FUERZA


Un Hombre Débil que iba colina abajo se encontró con un Hombre Fuerte que subía, y le dijo:
-Vengo en esta dirección porque requiere menos esfuerzo, no porque lo haya elegido. Le ruego, señor, que me ayude a volver a la cumbre.
-Me alegrará hacerlo -dijo el Hombre Fuerte, con el rostro iluminado por una gloriosa idea-. siempre he considerado a mi fuerza un don sagrado que se me confió para bien de mi prójimo. Lo llevaré arriba conmigo. Póngase detrás de mí y empuje.


EL SALTEADOR DE CAMINOS Y EL VIAJERO


Un Salteador de Caminos enfrentó a un Viajero, y apuntándole con un arma de fuego, le gritó:
-¡El dinero o la vida!
-Mi querido amigo -dijo el Viajero-, de acuerdo con los términos de su exigencia mi dinero salvará mi vida, mi vida mi dinero; usted indica que se apoderará de una o de lo otro, pero no de ambos. Si esto es lo que usted quiere decir le ruego que sea bueno y tome mi vida.
-No es eso lo que quiero decir -replicó el Salteador-; usted no puede salvar su dinero renunciando a su vida.
-Entonces, tómela de todos modos -dijo el Viajero-. Si no sirve para salvar mi dinero, no sirve para nada.
Tanto agradaron al Salteador la filosofía
y el ingenio del Viajero, que lo tomó como socio y esta espléndida combinación de talentos fundó un periódico.


EL BUEN GOBIERNO


-¡Qué territorio feliz eres! -dijo una Forma Republicana de Gobierno a un Estado Soberano-. Sé bueno y quédate quieto en tanto paseo encima de ti, cantando los elogios del sufragio universal y disertando sobre las bendiciones de la libertad civil y religiosa. Mientras, puedes mitigar tus penas maldiciendo al poder unipersonal y a las decadentes monarquías de Europa.
El Estado replicó:
-Mis servidores públicos han sido tontos y pillos, desde la fecha de tu ascenso al poder; mis cuerpos legislativos -tanto los estatales como los municipales- son bandas de ladrones; mis impuestos son insoportables; mis Cortes, corruptas; mis ciudadades, una desgracia para la civilización; mis corporaciones tienen sus manos
en la garganta de todos los intereses particulares... La totalidad de mis asuntos está en desorden y en criminal confusión.
-Cuanto dices es muy cierto -respondió la Forma Republicana de Gobierno, poniéndose sus zapatos claveteados-, pero considera cómo te emociono cada Cuatro de julio.


EL GUARDA VIDAS


Una Antigua Doncella, parada en el borde de un muelle, cerca de un Amante Moderno, dejó oír estas palabras:
-¡Noble protector! ¡La vida que has salvado te pertenece!
Tras repetir esto varias veces en diversas entonaciones, se arrojó al agua, donde murió ahogada.
-Soy un noble protector -dijo el Amante Moderno, alejándose pensativo-, la vida que he salvado es sin duda la mía.


TRES DE LA MISMA CLASE


Un Abogado fue contratado para defender a un Ladrón, a quien la policía había logrado detener tras violenta pelea con otro que había huido. En la reunión con su cliente, el Abogado preguntó:
-¿Tiene cómplices?
-Sí, señor -respondió el Ladrón-. Tengo dos, pero ninguno fue capturado. Contraté a uno para que me defendiera de la policía, y a usted lo contraté para que me defienda de una condena.
Esta respuesta impresionó profundamente al Abogado, quien tras verificar que el Ladrón no había acumulado ningún dinero mediante el ejercicio de su profesión, abandonó el caso.


EL FABULISTA


Un Ilustre Satírico visitaba un zoológico ambulante, con la idea de recolectar material literario. Cuando pasó cerca del Elefante, este animal dijo:
-¡Qué triste que un censor tan justamente famoso eche a perder su obra ridiculizando personajes con narices colgantes, que son la sal de la tierra!
El Canguro añadió:
-Disfruto mucho la crítica de lo ridículo que hace ese gran hombre, particularmente sus ataques contra los proboscidios; pero ¡cielos!, es irreverente con los marsupiales, y se ríe de nuestra manera de llevar a nuestros cachorros en una bolsa.
El Camello dijo:
-Si al menos conservara el respeto a la Sagrada Giba, sería impecable. Pero tal como son las cosas, no puedo permitir que su obra sea leída en presencia de los míos.
El Avestruz, al ver que se aproximaba, hundió su cabeza en la paja, diciendo:
-Si no me oculto, puede ocurrírsele escribir algo desagradable acerca de mi falta de una cresta, o de mi apetito por la chatarra, y aunque es indeciblemente brillante cuando se consagra a ridiculizar la locura y la codicia, su estupidez es inigualable cuando excede los límites del comentario lícito.
-Ese -señaló el Buitre a su pichón- es el autor de esa fábula gloriosa, "El Avestruz y el barril de clavos crudos". Lamento añadir que también escribió "El festín del Buitre", en el que la dieta de carroña es insolentemente desacreditada. La dieta de carroña es el fundamento de la buena salud. Si todo el mundo comiera sólo cadáveres, la muerte sería desconocida.
Al ver que se aproximaba un asistente, el Ilustre Satírico salió de la tienda y se mezcló con la multitud. Posteriormente se descubrió que se había colado bajo la tienda, sin pagar.

UNA PETICIÓN DEFECTUOSA


Un Juez Adjunto de la Suprema Corte estaba sentado a la orilla de un río, cuando un Viajero se aproximó y le dijo:
-Deseo cruzar. ¿Será legítimo usar este bote?
-Lo será -fue la respuesta-; es mi bote.
El Viajero le dio las gracias, y empujando el bote al agua se embarcó y comenzó a remar, alejándose. Pero el bote se hundió y él se ahogó.
-¡Hombre cruel! -exclamó un Espectador Indignado-. ¿Por qué no le dijo que su bote estaba agujereado?
-La cuestión del estado del bote -dijo el gran jurista- no me fue planteada.


LOS HERMANOS DE LUTO


Advirtiendo que estaba por morir, un Anciano convocó a sus dos Hijos junto a su lecho, y expuso la situación.
-Hijos míos -les dijo-, ustedes no me ofrecieron muchas señales de respeto durante mi vida, pero darán fe de su pena por mi muerte. Aquel que más tiempo lleve luto en su sombrero en mi memoria, se quedará con toda mi fortuna. He hecho un testamento a tal efecto.
De modo que cuando el Anciano murió, los jóvenes pusieron luto en sus sombreros, y lo llevaron hasta que ellos mismos fueron viejos, cuando, comprendiendo que ninguno de los dos lo abandonaría, convinieron que el más joven dejaría de usar luto, y el mayor le daría la mitad de la fortuna. ¡Pero cuando el mayor solicitó la propiedad, se encontró con que había habido un Albacea!
De este modo, fueron adecuadamente castigadas la hipocresía y la obstinación.


EL PATRIOTA Y EL BANQUERO


Un Patriota que, siendo pobre, había accedido a un puesto en el gobierno, y lo había abandonado rico, se presentó en un Banco, donde deseaba abrir una cuenta.
-Con mucho gusto -dijo el Banquero Honesto- será un placer para nosotros hacer negocios con usted; pero primero tiene que convertirse en un hombre honesto, devolviendo todo lo que robó desde el Gobierno.
-¡Bendito cielo! -exclamó el Patriota-. Si hago eso, no me quedará nada para depositar en el Banco.
-No me parece -respondió el Banquero Honesto-. Nosotros no somos todo el pueblo americano.
-Ah, comprendo -contestó el Patriota, reflexionando-. ¿En cuánto estima la proporción que le corresponde al Banco, del dinero que el país perdió por mí?
-Un dólar -respondió el Banquero Honesto.
Y con orgullosa conciencia de servir a su país con sabiduría y propiedad, cargó esa suma en la cuenta.


EL ANARQUISTA REFORMADO


Un famoso Anarquista naufragó, y el mar lo arrojó a las playas de la isla de Gowqueechi, habitada por la antigua y poderosa tribu de los Tumtum. Fue descubierto y llevado ante el Jamgrogrum, que le preguntó cuál era su fe política.
-Le preguntamos esto a todos los extranjeros -explicó el Jamgrogrum-, con la esperanza de conocer algún día principios políticos superiores a los nuestros.
-Soy un Anarquista -respondió el recién llegado-. Sostengo que todos los gobiernos son perversos, todas las leyes opresivas. Enseño que todos los Jamgrogra deberían ser asesinados.
El monarca llamó al Primer Ministro a su lado, y tras susurrarle ciertas instrucciones, se retiró.
Al día siguiente, una vez que el Primer Ministro se presentó en palacio, y comió
un puñado de lodo, como la etiqueta de la corte lo exigía, el Jamgrogrum le pidió noticias del Anarquista.
-Lo hice llevar a los baños, y fue cuidadosamente bañado.
-¿Y entonces?
-Cuando se le preguntó, de acuerdo con las instrucciones de su Majestad, si todavía era un Anarquista, respondió que ningún tratamiento, por duro y cruel que fuera, alteraría sus convicciones.
-Entonces -exclamó el Jamgrogrum, con el aire decepcionado de alguien privado del cumplimiento de una ilusión largamente anhelada- mi teoría acerca de la unidad de la suciedad y el anarquismo ha sido refutada.
-No, su Majestad -dijo el Primer Ministro-; murió diez minutos después del baño.


LOS DOS HIJOS


Un Hombre tenía Dos Hijos. El mayor era virtuoso y obediente, el más joven perverso y taimado. Cuando el padre estaba por morir, los llamó ante él y dijo:
-Sólo tengo dos cosas valiosas: mi rebaño de camellos y mi bendición. ¿Cómo los distribuiré?
-Dame tu bendición -dijo el Hijo Más Joven-, porque puede reformarme. Si me dieras los camellos, seguramente yo sin duda los vendería y malgastaría el dinero.
El Hijo Mayor, disimulando su júbilo, dijo que trataría de contentarse con los camellos y un recuerdo piadoso.
Todo se arregló según lo hablado y el Hombre murió. Entonces, el perverso Hijo Más joven se presentó ante el Cadí y dijo:
-Mira, mi hermano se ha apropiado de mi herencia legítima. Es tan malo que nuestro padre, como todo el mundo sabe,
le negó su bendición; ¿es verosímil que le haya dado los camellos?
El Hijo Mayor fue obligado a entregar el rebaño y fue correctamente apaleado por su rapacidad.


EL EXPLORADOR AFORTUNADO


Un Emisario del Presidente de los Estados Unidos ante el Emperador de Abisinia se despedía de este soberano que, para atestiguar su pesar de acuerdo con las costumbres de su país, dejó caer un diluvio de lágrimas.
-Mi fama está asegurada -dijo el Emisario-: he descubierto la fuente del Nilo.


EL HIJO RESPETUOSO


Un Millonario había ido a un asilo a visitar a su padre, y se encontró allí con un Vecino que se mostró enormemente sorprendido.
-¿Qué? -dijo el Vecino-. ¿Usted a veces visita a su padre?
-Estoy seguro de que si nuestras situaciones se invirtieran, él me visitaría a mí -respondió el Millonario. El viejo siempre estuvo orgulloso de mí. Además -agregó en voz baja-, tengo que hacerle firmar; estoy asegurando su vida.


LA VIUDA Y EL SOLDADO


Una Viuda cuyo marido había sido colgado encadenado estaba velando el cadáver la primera noche, y empapada en lágrimas imploraba al Centinela que lo custodiaba, que le permitiera robarlo.
-Señora -dijo el Centinela-. No puedo resistir más sus ruegos; su belleza se impone sobre mi sentido del deber. Le entregaré el cuerpo y tomaré su lugar en la jaula, en la que un golpe de mi puñal confundirá a la justicia y me otorgará la felicidad de morir por una mujer tan adorable.
-No -dijo la dama-. No puedo aceptar el sacrificio de una vida tan noble. Si es cierto que usted me mira con buenos ojos, ayúdenos a mí y a mis sirvientes a llevar el objeto sagrado a mi castillo, donde usted permanecerá oculto hasta que podamos huir del país.
-No -dijo el Centinela-. Seguramente sería descubierto y arrancado de sus brazos. En tres días usted puede reclamar el cuerpo de su querido esposo; después podrá conferir a un honorable soldado toda la felicidad y distinción que a juicio de usted su devoción merezca.
-¡Tres días! -exclamó la dama-. Eso es mucho para esperar y poco para fugar. Pero sin llevar carga podemos alcanzar la frontera. Ya el día comienza a romper... dejemos el cuerpo y partamos.




UNA OFERTA MEZQUINA


Dos Soldados yacían muertos en el campo de honor.
-¿Qué darías por volver a vivir? -le preguntó uno al otro.
-Al enemigo, la victoria -fue la respuesta-; a mi país, una larga vida de servicio desinteresado como civil. ¿Y qué darías tú?
-El aplauso de mis compatriotas.
-¡Tú sí que eres un pichinchero de lo más tacaño! -dijo el otro.


DIPLOMACIA

-¡Si usted no somete mi reclamo a arbitraje -escribió el Presidente de Omohu al Presidente de Modugy-, tomaré inmediatas medidas para satisfacerlo por mis propios medios!
-Señor -contestó el Presidente de Modugy-, puede irse al diablo con su amenaza de guerra.
-Mi gran y buen amigo -escribió el otro-, usted confunde el carácter de mi comunicación. Es un antepenultimátum.


LOS DOS ESCÉPTICOS


Ciertos paganos cuyo Idolo estaba muy deteriorado lo arrojaron a un río. Luego, erigieron uno nuevo y se entregaron a la adoración pública, a sus pies.
-¿Qué significa todo esto? -preguntó el Nuevo ¡dolo.
-Padre del Regocijo y del Coágulo - dijo el Gran Sacerdote-, sé paciente y te instruiré en las doctrinas y ritos de nuestra santa religión.
Un año después, tras un curso de estudios de teología, el ¡dolo pidió que lo arrojaran al río, declarándose ateo.
-No permitas que eso te moleste -dijo el Gran Sacerdote-, yo también lo soy.


UNA REPRESENTACIÓN IMPERFECTA


Una Zarigüeya mascota perteneciente a un Gran Crítico, le robó a este su gatito preferido. Estaba por matarlo y comérselo, cuando vio aproximarse a su dueño, y temiendo ser descubierta, ocultó al animalito en su bolsa.
-Bueno, mi linda -dijo el Gran Crítico, con condescendencia-, ¿qué nuevas gracias tienes para hoy?
Antes de que la Zarigüeya pudiera contestar, el gatito lanzó diligentes y persistentes maullidos. Cuando al fin la música cesó, la Zarigüeya dijo:
-He estado practicando un poco la mímica y la ventriloquia; pensé que le agradaría, señor.
-El deseo de complacer siempre complace -respondió el Gran Crítico, no sin un toque de dignidad profesional-, pero tienes mucho que aprender acerca del maullido de los gatitos.


JUNTÓ A LA MARGEN DEL RIÓ


Viendo que un Político tomaba un baño, un Observador, curioso acerca de los extraños hábitos de los animales inferiores, exclamó:
-¡Qué! ¿No te queda para tomar nada más valioso que un baño? ¿Por qué haces eso?
-He estado en manos de mis amigos -respondió el Político.
-Entonces te sugeriría el despellejamiento -dijo el Observador.
-Llegas tarde, amigo; ya alguien se lo sugirió a ellos. Estoy limpiando las marcas de dedos de mis huesos.


EL ASUNTO PRINCIPAL


Un Poeta que ofrecía su obra a un Editor dijo:
-Este es un poema pequeño, pero el asunto principal es la calidad. Me atrevo a pensar que usted lo considerará auténtica poesía.
Después de leerlo, el Editor lo puso en un cajón, y extendiéndole al Poeta una moneda de diez centavos, dijo:
-Esta es una moneda pequeña, pero soy tan temerario como para esperar que usted quedará encantado con su pureza. Es casi toda de plata.


EL SECRETO DE LA FELICIDAD


Habiéndose enterado por obra de un ángel, que Noreddin Becar era el hombre más feliz del mundo, el Sultán ordenó que lo trajeran a palacio, y le dijo:
-Impárteme, te lo ordeno, el secreto de tu felicidad.
-Oh, padre del sol y de la luna -respondió Noreddin Becar-, yo no sabía que era feliz.
-Ese -dijo el Sultán- es el secreto que yo buscaba.
Noreddin Becar se retiró profundamente afligido, temiendo que su recién descubierta felicidad lo abandonara.


COMPENSACIÓN


Dos Mujeres en el paraíso reclamaban a un Hombre que acababa de llegar.
-Yo fui su esposa -dijo una.
-Yo su amante -señaló la otra. San Pedro le dijo al hombre:
-Baja al Otro Lugar... Ya has sufrido bastante.


LOS DOS LOROS


Un Autor que había hecho una fortuna escribiendo vulgaridades, tenía un Loro.
-¿Por qué no tengo una jaula de oro? -preguntó el ave.
Y le respondió su dueño:
-Porque tú piensas mejor de lo que repites, como lo demuestra tu pregunta. Y porque no tenemos la misma audiencia.


UNA PARTE DE LA RECOMPENSA


-La nuestra es una vida de autosacrificio -decía un Clérigo-. Mientras otros corren atrás de la ganancia o el placer, nosotros vemos arder el aceite de medianoche estudiando cómo cascar las más duras nueces teológicas. Y todo ¿por qué recompensa terrestre?
-Bueno -dijo su Feligrés, meditativamente-, están las almendras, por ejemplo.


LOS INTOLERABLES GEMELOS


Una Serpiente de Cascabel, observando que se acercaba un Hombre con una Cámara Fotográfica, se arrastró debajo de una piedra plana, y no dejó expuesta otra cosa más que la punta de su nariz.
-No iba a fotografiarte -explicó el Hombre de la Cámara, con un toque de tristeza en su voz-. Poseo la antigua fe en la divina sabiduría de las serpientes, y he venido a preguntarte por qué soy odiado y evitado por toda la humanidad.
-Cielos -dijo la Serpiente de Cascabel-, los dioses me han negado ese conocimiento. ¿Puedes decirme tú por qué yo no soy muy requerida como compañera?


CONSUELO


Un Gran País había reivindicado su coraje y su bravura a través de quince derrotas en las cuales las tropas enemigas no sufrieron ninguna baja, y su Primer Ministro pidió la paz.
-No seré duro con ustedes -dijo el Vencedor-: conservarán todo excepto sus colonias, su libertad, el crédito y su autoestima.
-Ah -dijo el Primer Ministro-, usted es verdaderamente magnánimo; nos deja nuestro honor.


DESENGAÑO


Un Perro que había estado persiguiendo su propia cola abandonó la caza y se echó a reposar, encogido. En su nueva postura, descubrió que su cola estaba al alcance de sus dientes. La mordió con avidez, pero la soltó de inmediato, respingando por el dolor.
-Después de todo -dijo-, hay más alegría en la persecución que en la posesión.


EL SANTO Y EL ALMA


San Pedro estaba sentado a la puerta del Paraíso, cuando se aproximó un Alma y, haciendo una cortés reverencia, le extendió su tarjeta.
-Lo siento mucho, señor -dijo San Pedro, después de leer la tarjeta-, pero realmente no puedo admitirlo. Usted tiene que ir al Otro Lado. Lo siento, señor, lo siento mucho.
-No importa -dijo el Alma-; he pasado todo el mes en un balneario, y el cambio será agradable. Sólo venía a preguntar si mi amigo Elihu Root está aquí.
-No, señor -replicó el Santo-; el Sr. Root no está muerto.
-Oh, eso lo sé -dijo el Alma-. Pensé que podría estar visitando a Dios.


IMPREVISIÓN


Una Persona que había caído de la riqueza a la indigencia pidió limosna a un Hombre Rico.
-No -dijo el Hombre Rico-, no conservaste lo que tenías. ¿Qué seguridad tengo de que conservarás lo que yo te dé?
-Pero no quiero conservarlo-explicó el mendigo-. Lo quiero para cambiarlo por pan.
-Eso es exactamente lo mismo -dijo el Hombre Rico-. No conservarías el pan.


LA OVEJA Y EL LEÓN


-Eres una bestia de guerra -le dijo la Oveja al León-, por eso los hombres te buscan para matarte. A mí, que soy una creyente en la no resistencia, no me cazan.
-No necesitan hacerlo -replicó el hijo del desierto-; pueden criarte.


LA VIUDA INCONSOLABLE


Una Mujer con lutos de viuda lloraba sobre una tumba.
-Consuélese, señora -dijo un Simpático Desconocido-. La piedad del Cielo es infinita. En algún lado hay otro hombre, además de su esposo, con quien usted puede ser feliz.
-Lo había, lo había -sollozó ella-, pero está en esta tumba.


UNA INTRUSIÓN


La Moralidad puso la punta del pie en la política internacional, y rápidamente se lo cortaron.
-Mil gracias -dijo la Diplomacia, con graciosa reverencia- lo conservaremos como recuerdo del más distinguido honor.
Y desde aquel día, la Moralidad cojeó un poco.


LA PALABRA MISTERIOSA


El Jefe de un batallón de corresponsales de guerra leyó la crónica escrita de una batalla.
-Hijo -le dijo a su Autor-, tu historia no sirve para nada. Dices que sólo perdimos dos hombres en vez de cien; que las pérdidas del enemigo son desconocidas, en vez de diez mil, y que fuimos derrotados y fugamos. No es manera de escribir.
-Pero considere -objetó el escriba consciente- que mi historia puede ser insípida con respecto al número de nuestras víctimas, decepcionante en lo que hace a los daños causados al enemigo y chocante respecto al desenlace, pero tiene la ventaja de ser la verdad.
-No entiendo del todo -dijo el jefe, rascándose la cabeza.
-Bueno, la ventaja -exclamó el otro-, el mérito... la distinción... la provechosa excelencia... el...
-Oh -dijo el jefe-, conozco muy bien el significado de "ventaja"; ¿pero qué demonios quisiste decir con "verdad"?


REVELACIÓN


Un León fue atacado por una manada de Lobos hambrientos, que lo rodearon, aullando lo más fuerte que podían, aunque ninguno se atrevió a acercársele.
-Estas son criaturas muy útiles -dijo el León, mientras se echaba para su siesta de la tarde-, me dan parte de mis virtudes. Yo no sabía que era comestible.


UN ÁGUILA ENCADENADA


Un legislador recientemente elegido para el Parlamento de Despotamia, declaró que presentaría una resolución criticando al rey. Cuando dejó el Parlamento, encontró a un Desconocido, quien le previno que si persistía en su desleal proyecto, perdería la cabeza.
-Eso -dijo él-, sería una privación más pequeña que la pérdida de mi libertad.
-No sé qué es eso -respondió el Desconocido-. La libertad es algo que no puedo. apreciar correctamente, porque nunca la tuve. Yo soy el rey.


EL POETA IMPOTENTE


Un poeta que nunca hacia el correcto escandido de sus versos, fue emplazado a presentarse ante el Rey, quien le ordenó que dijera algo en su defensa para evitar ser condenado a muerte.
-Si tu oído es imperfecto -dijo el Rey-, podrías contar tus sílabas con los dedos, como un trabajador honesto.
-Yo cuento mis sílabas -dijo el Poeta, reverentemente-. Pero observe: a mi mano izquierda le falta un dedo... lo mordió un crítico.
-Entonces -dijo el Rey-, ¿por qué no los cuentas con la mano derecha?
-¡Cielos! -fue la respuesta del poeta, mientras elevaba su mutilada izquierda-. ¡Eso es imposible... no tengo nada con qué contar! El dedo que me falta es el índice.
-¡Hombre infortunado! -exclamó con simpatía el monarca-. Tenemos que hacer que tus limitaciones e incapacidad no te pesen. Escribirás para las revistas.


EL LOBO Y LA TORTUGA


Un Lobo se encontró con una Tortuga, y le dijo:
-Amiga, eres la cosa más lenta que anda por el mundo. No veo cómo te las arreglas para escapar de tus enemigos.
-Como me falta la capacidad para huir -replicó la Tortuga-, la Providencia sabiamente me proporcionó un caparazón impenetrable.
Tras reflexionar largo, tiempo, el Lobo dijo:
-Me parece que igualmente fácil le hubiera resultado darte patas largas.


DE LO GENERAL A LO PARTICULAR


Un Hombre Sincero le dijo a su Esposa:
-No puedo permitir que me imagines mejor de lo que soy. Tengo muchos vicios y debilidades.
-Eso es sólo lo natural -dijo ella, sonriendo dulcemente-; ninguno de nosotros es perfecto.
Envalentonado por su magnanimidad, él le confesó una mentira particular que le había dicho una vez.
-¡Abominable canalla! -gritó ella, y golpeó tres veces con sus manos.
Apareció un gigantesco esclavo nubio, que despachó al marido con una cimitarra.


UN FILOSOFO DESCONCERTADO


El Rey de Remotia tenía un filósofo favorito, a quien dijo:
-Tú has sido para mí un esclavo tan fiel que deseo premiarte. Pide cualquier cosa que quieras tener.
-Dame -dijo el Filósofo- un cabello de la cabeza de un hombre que no te haya lisonjeado nunca.
El Rey le prometió hacerlo y lo despidió. Al día siguiente, lo mandó llamar frente al trono y le extendió un cabello.
-Estás intentando engañarme -dijo el Filósofo, examinando cuidadosamente el regalo-. Este pelo es de la cabeza de un adulador que te aseguró que sería un honor para él ofrecerte también su cabeza.
-No eres tan astuto como crees -replicó el Rey-. Ese cabello es de la cabeza del único sordomudo del reino.


EL LIMITE


El Rey de las Islas Faraway designó primer ministro a su caballo, y cabalgaba sobre un hombre. Observando que bajo el nuevo orden de cosas el reino prosperaba, un Anciano Estadista aconsejó al Rey que se pusiera a pastar y ubicara un buey en el trono.
-No -dijo el soberano, pensativamente-, un buen principio puede ser llevado a extremos injuriosos. La verdadera reforma se detiene a un paso de la revolución.


EL ZORRO Y EL PATO


Un Zorro y un Pato habían disputado sobre la propiedad de una rana, y llevaron el asunto ante un León. Después de oír una enorme cantidad de argumentos de uno y de otro, el León abrió la boca para emitir juicio.
-Ya sé cuál es tu decisión -dijo el Pato, interrumpiendo-. Es que de acuerdo con nuestra propia exposición, la rana no pertenece a ninguno de nosotros dos, y que tú te la comerás. Permíteme decirte que esto es injusto, como lo demostraré.
-Para mí está claro -dijo el Zorro- que tú darás la rana al Pato, y me darás el Pato a mí, y luego me comerás a mí. No me falta experiencia acerca de la ley.
-Estaba por decirles -dijo el león, bostezando-, que durante la discusión de este caso, la propiedad en disputa se fue a los saltos. Quizá puedan procurarse otra rana.


EL LADRÓN ARREPENTIDO


Un Muchacho a quien su Madre le había enseñado a robar, creció hasta ser hombre, y se convirtió en Funcionario Público profesional. Un día fue sorprendido con las manos en la masa y condenado a muerte. Mientras marchaba al lugar de la ejecución pasó junto a su Madre, y le dijo:
-¡Contempla tu obra! ¡Si no me hubieras enseñado a robar, yo no habría llegado a eso!
-¡Claro! -dijo la Madre-. ¿Y quién, dime, te enseñó a que te descubran?


EL LOBO Y EL CORDERO


Un Cordero perseguido por un Lobo, buscó refugio en el templo.
-Si te quedas ahí, el sacerdote te atrapará y te sacrificará -dijo el Lobo.
-Me da igual ser sacrificado por el sacerdote o devorado por ti -respondió el Cordero.
-Amigo mío -dijo el Lobo-, me apena ver cómo consideras una cuestión tan importante desde un punto de vista meramente egoísta. No me da igual a mí.


EL PESCADOR Y EL PESCADO


Un Pescador que había atrapado un Pez muy pequeño lo estaba poniendo en su cesto, cuando el pez le habló:
-Te suplico que me arrojes de vuelta al agua, porque no puedo serte útil; los dioses no comen peces.
-Yo no soy un dios -dijo el Pescador.
-Es cierto -dijo el Pez-, pero apenas Júpiter se entere de tu proeza te elevará a la deidad. Eres el único hombre que alguna vez haya pescado un pez pequeño.


EL LOBO Y LOS PASTORES


Un Lobo que pasaba junto al refugio de unos Pastores, miró adentro y vio a los pastores comiendo.
-Entra -dijo uno de ellos irónicamente-, y sírvete un pedazo de tu plato favorito, una pata de cordero.
-Gracias -dijo el Lobo, mientras se alejaba-, pero tienen que disculparme: acabo de comerme un cuarto de pastor.


EL LEÓN, EL GALLO Y EL BURRO


Un León estaba por atacar a un Burro que rebuznaba, cuando un Gallo que estaba cerca cantó estridentemente y el León huyó.
-¿Qué fue lo que lo asustó? -preguntó el Burro.
-Los Leones tienen un miedo supersticioso de mi voz -respondió con orgullo el Gallo.
-Bien, bien, bien -reflexionó el Burro, sacudiendo la cabeza-; diría que cualquier animal que tiene miedo de tu voz y no se asusta de la mía debe poseer un oído de lo más extraordinario.


LA VÍBORA Y LA GOLONDRINA


Una Golondrina que había construido su nido en una Corte de Justicia crió una hermosa familia de jóvenes aves. Cierto día, una Víbora salió de una grieta en la pared y ya estaba por comérselas, pero el juez Justo, de inmediato libró un oficio, y dando orden de que las golondrinas fueran trasladadas a su propia casa, se las comió él.


LA GALLINA Y LAS VÍBORAS


Una Golondrina se acercó a una Gallina que había empollado pacientemente unos huevos de víbora, y le dijo:
-Qué estúpida eres al darle vida a criaturas que te premiarán destruyéndote.
-Soy un poquitito destructiva -dijo la Gallina, engullendo tranquilamente a uno de los pequeños reptiles-, y no es un acto de locura proporcionarse los bocados de la estación.


EL LEÓN Y LA ESPINA


Un León que vagaba por el bosque se clavó una espina en la pata, y al encontrar un Pastor, le pidió que se la extrajera. El Pastor lo hizo, y el León, que estaba saciado porque acababa de devorar a otro pastor, siguió su camino sin hacerle daño. Algún tiempo después, el Pastor fue condenado, a causa de una falsa acusación, a ser arrojado a los leones en el anfiteatro. Cuando las fieras estaban por devorarlo, una de ellas dijo:
-Este es el hombre que me sacó la espina de la pata.
Al oír esto, los otros leones honorablemente se abstuvieron, y el que habló se comió él solo al Pastor.


EL MILANO, LAS PALOMAS Y EL HALCÓN


Unas Palomas expuestas a los ataques de un Milano solicitaron a un Halcón que las defendiera. El Halcón consintió. Admitido entre ellas, esperó al Milano, se abalanzó sobre él y lo devoró. Cuando estuvo tan saciado que casi no podía moverse, las agradecidas Palomas le arrancaron los ojos.


EL LOBO Y EL BEBE


Un Lobo hambriento pasaba cerca de la puerta de una cabaña en el bosque, y oyó que una Madre le decía a su Bebé:
-Tranquilízate, o te arrojaré por la ventana y te comerán los lobos.
De modo que esperó todo el día al pie de la ventana, sintiendo más y más hambre a medida que pasaba el tiempo. Pero a la noche, el Padre, al volver del club del pueblo, arrojó por la ventana tanto al Niño como a la Madre.


EL LOBO Y EL AVESTRUZ


Un Lobo que al devorar a un hombre se había atragantado con un manojo de llaves, le pidió a un avestruz que introdujera la cabeza a través de su garganta y las extrajera, lo que el Avestruz realizó.
-Supongo -dijo el Lobo- que esperas una retribución por ese servicio.
-Una buena acción -replicó el Avestruz- es su propio premio; me he comido las llaves.


EL CABALLO DE GUERRA Y EL MOLINERO


Habiéndose enterado de que el Estado estaba a punto de ser invadido por un ejército hostil, un Caballo de Guerra perteneciente a un Coronel de la Milicia ofreció sus servicios a un Molinero que por ahí pasaba.
-No -dijo el patriota Molinero-, no emplearé a uno que abandona sus posiciones a la hora del peligro. Es hermoso morir por la propia patria.
Algo en esta opinión le sonó familiar al Caballo de Guerra, y mirando más de cerca al Molinero, reconoció a su dueño disfrazado.


EL LEÓN Y EL RATÓN


Un León había atrapado a un Ratón y estaba a punto de matarlo, cuando el Ratón dijo:
-Si me perdonas la vida, otro tanto haré yo por ti algún día.
El León, bondadosamente, le permitió irse. Poco después ocurrió que el León fue capturado por unos cazadores y atado con cuerdas. El Ratón pasó por el lugar, y viendo que su benefactor estaba indefenso, se puso a roerle la cola.


EL CORDERO Y EL LOBO


Un Lobo estaba calmando su sed en un arroyo, cuando un Cordero se apartó de su pastor, bajó hacia la orilla del arroyo, y pasando ostentosamente alrededor del Lobo, se preparó para beber corriente abajo.
-Le ruego que observe -dijo el Cordero- que por lo común el agua no corre hacia arriba. Que yo beba acá no puede contaminar el agua que toma usted; de modo que no tiene el menor pretexto para asesinarme.
-No sabía -replicó el Lobo- que necesitaba un pretexto para que me gusten las chuletas de cordero.
Fin de ese pequeño lógico.


EL PADRE Y LOS HIJOS


Un Padre afligido por una familia de Hijos pendencieros, les exhibió un atado de varas y pidió a los jóvenes que lo rompieran. Tras repetidos esfuerzos, admitieron que les resultaba imposible.
-Vean -dijo el Padre- las ventajas de la unidad; mientras esas varas permanecen unidas son invencibles; y observen lo débiles que se muestran individualmente.
Sacando una vara del atado, fácilmente la rompió en la cabeza del Hijo mayor, y repitió el procedimiento hasta que todos fueron servidos.


EL LEÓN Y EL RATÓN

A un juez lo despertó el ruido de un abogado que procesaba a un Ladrón. Rojo de ira, ya estaba por sentenciar al Ladrón a prisión perpetua, cuando este dijo:
-Le suplico que me libere, y algún día retribuiré su bondad.
Complacido y lisonjeado al ser coimeado, aunque no fuera por nada más que una promesa hueca, el juez lo dejó irse. Poco después, comprobó que había sido más que una promesa hueca, porque habiéndose convertido él mismo en Ladrón fue liberado por el otro, que se había convertido en Juez.

101 CUENTOS CLASICOS DE LA INDIA

Escrito por imagenes 29-10-2007 en General. Comentarios (0)

101 CUENTOS CLASICOS DE LA INDIA

101 CUENTOS CLASICOS DE LA INDIA
* * *
RAMIRO CALLE
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ÍNDICE

SÓLO SE NECESITA MIEDO
¿AVISARÍAS A LOS PERSONAJES DE TU SUEÑO?
EL EREMITA ASTUTO
SÉ COMO UN MUERTO
UNA BROMA DEL MAESTRO
PUREZA DE CORAZÓN
LA NIÑA Y EL ACRÓBATA
SOY TÚ
LA ELOCUENCIA DEL SILENCIO
EL BARQUERO INCULTO
LAS PESCADORAS
NI TÚ NI YO SOMOS LOS MISMOS
EL COOLI DE CALCUTA
EL VIAJERO SEDIENTO
EL TIGRE QUE BALABA
LA LLAVE DE LA FELICIDAD
UNA INSENSATA BÚSQUEDA
UN PRESO SINGULAR
DE INSTANTE EN INSTANTE
EL ATOLLADERO
EL BRAHMÍN ASTUTO
EL PERRO ATERRADO Y LA PERCEPCIÓN ERRÓNEA
PLEITO A LA LUZ
LA VERDAD... ¿ES LA VERDAD?
EL HOMBRE ECUÁNIME
LA MADERA DE SÁNDALO
SI DAÑAS, ME DAÑAS
EL PEZ Y LA TORTUGA
UNA CAÑA DE BAMBÚ PARA EL MÁS TONTO
LA PALOMA Y LA ROSA
LOS BRAZALETES DE ORO
UN YOGUI AL BORDE DEL CAMINO
EL CONDUCTOR BORRACHO
CADA HOMBRE UNA DOCTRINA
EL MARIDO DESCONFIADO
LOS MONOS

UN ERMITAÑO EN LA CORTE
NASRUDÍN VISITA LA INDIA
IGNORANCIA
EL ANCIANO Y EL NIÑO
EL LIBERADO-VIVIENTE Y EL BUSCADOR
EL FALSO MAESTRO
SI HUBIERA TENIDO UN POCO MÁS DE TIEMPO
EL LORO QUE PIDE LIBERTAD
DOCE AÑOS DESPUÉS
EL CONTRABANDISTA
UN SANTUARIO MUY ESPECIAL
MEDICINA PARA CURAR EL ÉXTASIS
EL GURÚ FALAZ
LA IMPERTURBABILIDAD DEL BUDA
LAS DOS RANAS
LOS SUEÑOS DEL REY
LO ESENCIAL Y LO TRIVIAL
EL ASCETA Y LA PROSTITUTA
¿DÓNDE ESTÁ EL DÉCIMO HOMBRE?
ACTITUD DE RENUNCIA
DEPENDE DE QUIEN PROCEDA LA ORDEN
EL INCRÉDULO
LA OLLA DE BARRO
MÁS ALLÁ DE LAS DIFERENCIAS
EL PARIA SABIO
TODO LO QUE EXISTE ES DIOS
3
LOS DOS MÍSTICOS
LA DISPUTA
MI HIJO ESTÁ CONMIGO
LA TORTUGA Y LA ARGOLLA
CONOCERSE A UNO MISMO
LAS FANTASÍAS DE UNA ABEJA
LA NATURALEZA DE LA MENTE
LOS ERUDITOS
LA ACTITUD INTERIOR
DIEZ AÑOS DESPUÉS
EL PASTOR DISTRAÍDO
EL RECLUSO
LOS DOS AMIGOS
LOS DOS SADHUS
ANSIA
LOS ORFEBRES
EL ERMITAÑO Y EL BUSCADOR
LOS DESIGNIOS DEL KARMA
VIAJE AL CORAZÓN
EL ARTE DE LA OBSERVACIÓN
¿POR QUIÉN DEBO AFLIGIRME?
EL GRANO DE MOSTAZA
LA ENSEÑANZA DEL SABIO VEDANTÍN
¿Y QUIÉN TE ATA?
EL POBRE IGNORANTE
EL LADRÓN POLICÍA
EL DESENCANTO
EL PODER DEL MANTRA
SIGUE ADELANTE
¿HASTA CUÁNDO DORMIDO?
EL HOMBRE QUE SE DISFRAZÓ DE BAILARINA
OCHO ELEFANTES BLANCOS
UNA PARTÍCULA DE VERDAD
EL REY DE LOS MONOS
MAÑANA TE LO DIRÉ
LEALTAD
EL YOGUI TÁNTRICO
EL MENDICANTE GOLPEADO
LOS CIEGOS Y EL ELEFANTE

* * *


SÓLO SE NECESITA MIEDO

Había un rey de corazón puro y muy interesado por la búsqueda espiritual. A menudo se hacía visitar por yoguis y maestros místicos que pudieran proporcionarle prescripciones y métodos para su evolución interna. Le llegaron noticias de un asceta muy sospechoso y entonces decidió hacerlo llamar para ponerlo a prueba.
El asceta se presentó ante el monarca, y éste, sin demora, le dijo:
--¡O demuestras que eres un renunciante auténtico o te haré ahorcar!
El asceta dijo:
--Majestad, os juro y aseguro que tengo visiones muy extrañas y sobrenaturales. Veo un ave dorada en el cielo y demonios bajo la tierra.
!Ahora mismo los estoy viendo! ¡Sí, ahora mismo!
--¿Cómo es posible -inquirió el rey- que a través de estos espesos muros puedas ver lo que dices en el cielo y bajo tierra?
Y el asceta repuso:
--Sólo se necesita miedo.
*El Maestro dice: Caminar hacia la Verdad es más difícil que hacerlo por el filo de la navaja, por eso sólo algunos se comprometen con la Búsqueda.

¿AVISARÍAS A LOS PERSONAJES DE TU SUEÑO?

El discípulo se reunió con su mentor espiritual para indagar algunos aspectos de la Liberación y de aquellos que la alcanzan. Departieron durante horas. Por último, el discípulo le preguntó al maestro:
--¿Cómo es posible que un ser humano liberado pueda permanecer tan sereno a pesar de las terribles tragedias que padece la humanidad?
El mentor tomó entre las suyas las manos del perplejo discípulo, y le explicó:
--Tú estás durmiendo. Supóntelo.
Sueñas que vas en un barco con otros muchos pasajeros. De repente, el barco encalla y comienza a hundirse. Angustiado, te despiertas. Y la pregunta que yo te hago es: ¿Acaso te duermes rápidamente de nuevo para avisar a los personajes de tu sueño?
*El Maestro dice: El ser liberado es como una flor que no deja de exhalar su aroma y, suceda lo que suceda, no se marchita.

EL EREMITA ASTUTO

Era un eremita de muy avanzada edad. Sus cabellos eran blancos como la espuma, y su rostro aparecía surcado con las profundas arrugas de más de un siglo de vida. Pero su mente continuaba siendo sagaz y despierta y su cuerpo flexible como un lirio. Sometiéndose a toda suerte de disciplinas y austeridades, había obtenido un asombroso dominio sobre sus facultades y desarrollado portentosos poderes psíquicos. Pero, a pesar de ello, no había logrado debilitar su arrogante ego. La muerte no perdona a nadie, y cierto día, Yama, el Señor de la Muerte, envió a uno de sus emisarios para que atrapase al eremita y lo condujese a su reino. El ermitaño, con su desarrollado poder clarividente, intuyó las intenciones del emisario de la muerte y, experto en el arte de la ubicuidad, proyectó treinta y nueve formas idénticas a la suya. Cuando llegó el emisario de la muerte, contempló, estupefacto, cuarenta cuerpos iguales y, siéndole imposible detectar el cuerpo verdadero, no pudo apresar al astuto eremita y llevárselo consigo. Fracasado el emisario de la muerte, regresó junto a Yama y le expuso lo acontecido.
Yama, el poderoso Señor de la Muerte, se quedó pensativo durante unos instantes. Acercó sus labios al oído del emisario y le dio algunas instrucciones de gran precisión. Una sonrisa asomó en el rostro habitualmente circunspecto del emisario, que se puso seguidamente en marcha hacia donde habitaba el ermitaño. De nuevo, el eremita, con su tercer ojo altamente desarrollado y perceptivo, intuyó que se aproximaba el emisario. En unos instantes, reprodujo el truco al que ya había recurrido anteriormente y recreó treinta y nueve formas idénticas a la suya.
El emisario de la muerte se encontró con cuarenta formas iguales.
Siguiendo las instrucciones de Yama, exclamó:
--Muy bien, pero que muy bien.
!Qué gran proeza!
Y tras un breve silencio, agregó:
--Pero, indudablemente, hay un pequeño fallo.
Entonces el eremita, herido en su orgullo, se apresuró a preguntar:
--¿Cuál?
Y el emisario de la muerte pudo atrapar el cuerpo real del ermitaño y conducirlo sin demora a las tenebrosas esferas de la muerte.
*El Maestro dice: El ego abre el camino hacia la muerte y nos hace vivir de espaldas a la realidad del Ser. Sin ego, eres el que jamás has dejado de ser.

SÉ COMO UN MUERTO

Era un venerable maestro. En sus ojos había un reconfortante destello de paz permanente. Sólo tenía un discípulo, al que paulatinamente iba impartiendo la enseñanza mística. El cielo se había teñido de una hermosa tonalidad de naranja-oro, cuando el maestro se dirigió al discípulo y le ordenó:
--Querido mío, mi muy querido, acércate al cementerio y, una vez allí, con toda la fuerza de tus pulmones, comienza a gritar toda clase de halagos a los muertos.
El discípulo caminó hasta un cementerio cercano. El silencio era sobrecogedor. Quebró la apacible atmósfera del lugar gritando toda clase de elogios a los muertos. Después regresó junto a su maestro.
--¿Qué te respondieron los muertos? -preguntó el maestro.
--Nada dijeron.
--En ese caso, mi muy querido amigo, vuelve al cementerio y lanza toda suerte de insultos a los muertos.
El discípulo regresó hasta el silente cementerio. A pleno pulmón, comenzó a soltar toda clase de improperios contra los muertos. Después de unos minutos, volvió junto al maestro, que le preguntó al instante:
--¿Qué te han respondido los muertos?
--De nuevo nada dijeron -repuso el discípulo.
Y el maestro concluyó:
--Así debes ser tú: indiferente, como un muerto, a los halagos y a los insultos de los otros.
*El Maestro dice: Quien hoy te halaga, mañana te puede insultar y quien hoy te insulta, mañana te puede halagar. No seas como una hoja a merced del viento de los halagos e insultos. Permanece en ti mismo más allá de unos y de otros.

UNA BROMA DEL MAESTRO

Había en un pueblo de la India un hombre de gran santidad. A los aldeanos les parecía una persona notable a la vez que extravagante. La verdad es que ese hombre les llamaba la atención al mismo tiempo que los confundía. El caso es que le pidieron que les predicase. El hombre, que siempre estaba en disponibilidad para los demás, no dudó en aceptar. El día señalado para la prédica, no obstante, tuvo la intuición de que la actitud de los asistentes no era sincera y de que debían recibir una lección. Llegó el momento de la charla y todos los aldeanos se dispusieron a escuchar al hombre santo confiados en pasar un buen rato a su costa. El maestro se presentó ante ellos. Tras una breve pausa de silencio, preguntó:
--Amigos, ¿sabéis de qué voy a hablaros?
--No -contestaron.
--En ese caso -dijo-, no voy a decirles nada. Son tan ignorantes que de nada podría hablarles que mereciera la pena. En tanto no sepan de qué voy a hablarles, no les dirigiré la palabra.
Los asistentes, desorientados, se fueron a sus casas. Se reunieron al día siguiente y decidieron reclamar nuevamente las palabras del santo.
El hombre no dudó en acudir hasta ellos y les preguntó:
--¿Sabéis de qué voy a hablaros?
--Sí, lo sabemos -repusieron los aldeanos.
--Siendo así -dijo el santo-, no tengo nada que deciros, porque ya lo sabéis. Que paséis una buena noche, amigos.
Los aldeanos se sintieron burlados y experimentaron mucha indignación.
No se dieron por vencidos, desde luego, y convocaron de nuevo al hombre santo. El santo miró a los asistentes en silencio y calma. Después, preguntó:
--¿Sabéis, amigos, de qué voy a hablaros?
No queriendo dejarse atrapar de nuevo, los aldeanos ya habían convenido la respuesta:
--Algunos lo sabemos y otros no.
Y el hombre santo dijo:
--En tal caso, que los que saben transmitan su conocimiento a los que no saben.
Dicho esto, el hombre santo se marchó de nuevo al bosque.
*El Maestro dice: Sin acritud, pero con firmeza, el ser humano debe velar por sí mismo.

PUREZA DE CORAZÓN

Se trataba de dos ermitaños que vivían en un islote cada uno de ellos. El ermitaño joven se había hecho muy célebre y gozaba de gran reputación, en tanto que el anciano era un desconocido. Un día, el anciano tomó una barca y se desplazó hasta el islote del afamado ermitaño. Le rindió honores y le pidió instrucción espiritual. El joven le entregó un mantra y le facilitó las instrucciones necesarias para la repetición del mismo. Agradecido, el anciano volvió a tomar la barca para dirigirse a su islote, mientras su compañero de búsqueda se sentía muy orgulloso por haber sido reclamado espiritualmente. El anciano se sentía muy feliz con el mantra.
Era una persona sencilla y de corazón puro. Toda su vida no había hecho otra cosa que ser un hombre de buenos sentimientos y ahora, ya en su ancianidad, quería hacer alguna práctica metódica.
Estaba el joven ermitaño leyendo las escrituras, cuando, a las pocas horas de marcharse, el anciano regresó. Estaba compungido, y dijo:
--Venerable asceta, resulta que he olvidado las palabras exactas del mantra. Siento ser un pobre ignorante. ¿Puedes indicármelo otra vez?
El joven miró al anciano con condescendencia y le repitió el mantra.
Lleno de orgullo, se dijo interiormente: "Poco podrá este pobre hombre avanzar por la senda hacia la Realidad si ni siquiera es capaz de retener un mantra". Pero su sorpresa fue extraordinaria cuando de repente vio que el anciano partía hacia su islote caminando sobre las aguas.
*El Maestro dice: No hay mayor logro que la pureza de corazón. ¿Qué no puede obtenerse con un corazón limpio?

LA NIÑA Y EL ACRÓBATA

Era una niña de ojos grandes como lunas, con la sonrisa suave del amanecer. Huérfana siempre desde que ella recordara, se había asociado a un acróbata con el que recorría, de aquí para allá, los pueblos hospitalarios de la India. Ambos se habían especializado en un número circense que consistía en que la niña trepaba por un largo palo que el hombre sostenía sobre sus hombros. La prueba no estaba ni mucho menos exenta de riesgos.
Por eso, el hombre le indicó a la niña:
--Amiguita, para evitar que pueda ocurrirnos un accidente, lo mejor será que, mientras hacemos nuestro número, yo me ocupe de lo que tú estás haciendo y tú de lo que estoy haciendo yo.
De ese modo no correremos peligro, pequeña.
Pero la niña, clavando sus ojos enormes y expresivos en los de su compañero, replicó:
--No, Babu, eso no es lo acertado. Yo me ocuparé de mí y tú te ocuparás de ti, y así, estando cada uno muy pendiente de lo que uno mismo hace, evitaremos cualquier accidente.
*El Maestro dice: Permanece vigilante de ti y libra tus propias batallas en lugar de intervenir en las de otros. Atento de ti mismo, así avanzarás seguro por la vía hacia la Liberación definitiva.

SOY TÚ

Era un discípulo honesto. Moraba en su corazón el afán de perfeccionamiento. Un anochecer, cuando las chicharras quebraban el silencio de la tarde, acudió a la modesta casita de un yogui y llamó a la puerta.
--¿Quién es? -preguntó el yogui.
--Soy yo, respetado maestro. He venido para que me proporciones instrucción espiritual.
--No estás lo suficientemente maduro -replicó el yogui sin abrir la puerta-. Retírate un año a una cueva y medita. Medita sin descanso.
Luego, regresa y te daré instrucción. Al principio, el discípulo se desanimó, pero era un verdadero buscador, de esos que no ceden en su empeño y rastrean la verdad aun a riesgo de su vida. Así que obedeció al yogui.
Buscó una cueva en la falda de la montaña y durante un año se sumió en meditación profunda. Aprendió a estar consigo mismo; se ejercitó en el Ser.
Sobrevinieron las lluvias del monzón. Por ellas supo el discípulo que había transcurrido un año desde que llegara a la cueva. Abandonó la misma y se puso en marcha hacia la casita del maestro. Llamó a la puerta.
--¿Quién es? -preguntó el yogui.
--Soy tú -repuso el discípulo.
--Si es así -dijo el yogui-, entra. No había lugar en esta casa para dos yoes.
*El Maestro dice: Más allá de la mente y el pensamiento está el Ser.
Y en el Ser todos los seres.

LA ELOCUENCIA DEL SILENCIO

Un padre deseaba para sus dos hijos la mejor formación mística posible.
Por ese motivo, los envió a adiestrarse espiritualmente con un reputado maestro de la filosofía vedanta. Después de un año, los hijos regresaron al hogar paterno. El padre preguntó a uno de ellos sobre el Brahmán, y el hijo se extendió sobre la Deidad haciendo todo tipo de ilustradas referencias a las escrituras, textos filosóficos y enseñanzas metafísicas. Después, el padre preguntó sobre el Brahmán al otro hijo, y éste se limitó a guardar silencio.
Entonces el padre, dirigiéndose a este último, declaró:
--Hijo, tú sí que sabes realmente lo que es el Brahmán.
*El Maestro dice: La palabra es limitada y no puede nombrar lo innombrable.

EL BARQUERO INCULTO

Se trataba de un joven erudito, arrogante y engreído. Para cruzar un caudaloso río de una a otra orilla tomó una barca. Silente y sumiso, el barquero comenzó a remar con diligencia. De repente, una bandada de aves surcó el cielo y el joven preguntó al barquero:
--Buen hombre, ¿has estudiado la vida de las aves?
--No, señor -repuso el barquero.
--Entonces, amigo, has perdido la cuarta parte de tu vida.
Pasados unos minutos, la barca se deslizó junto a unas exóticas plantas que flotaban en las aguas del río. El joven preguntó al barquero:
--Dime, barquero, ¿has estudiado botánica?
--No, señor, no sé nada de plantas.
--Pues debo decirte que has perdido la mitad de tu vida -comentó el petulante joven.
El barquero seguía remando pacientemente. El sol del mediodía se reflejaba luminosamente sobre las aguas del río. Entonces el joven preguntó:
--Sin duda, barquero, llevas muchos años deslizándote por las aguas.
?Sabes, por cierto, algo de la naturaleza del agua?
--No, señor, nada sé al respecto.
No sé nada de estas aguas ni de otras.
--¡Oh, amigo! -exclamó el joven-.
De verdad que has perdido las tres cuartas partes de tu vida.
Súbitamente, la barca comenzó a hacer agua. No había forma de achicar tanta agua y la barca comenzó a hundirse. El barquero preguntó al joven:
--Señor, ¿sabes nadar?
--No -repuso el joven.
--Pues me temo, señor, que has perdido toda tu vida.
*El Maestro dice: No es a través del intelecto como se alcanza el Ser: el pensamiento no puede comprender al pensador y el conocimiento erudito no tiene nada que ver con la Sabiduría*.

LAS PESCADORAS

Se trataba de un grupo de pescadoras. Después de concluida la faena, se pusieron en marcha hacia sus respectivas casas. El trayecto era largo y, cuando la noche comenzaba a caer, se desencadenó una violenta tormenta.
Llovía tan torrencialmente que era necesario guarecerse. Divisaron a lo lejos una casa y comenzaron a correr hacia ella. Llamaron a la puerta y les abrió una hospitalaria mujer que era la dueña de la casa y se dedicaba al cultivo y venta de flores. Al ver totalmente empapadas a las pescadoras, les ofreció una habitación para que tranquilamente pasaran allí la noche.
Era una amplia estancia donde había una gran cantidad de cestas con hermosas y muy variadas flores, dispuestas para ser vendidas al siguiente día.
Las pescadoras estaban agotadas y se pusieron a dormir. Sin embargo, no lograban conciliar el sueño y empezaron a quejarse del aroma de las flores: "!Qué peste! No hay quien soporte este olor. Así no hay quien pueda dormir". Entonces una de ellas tuvo una idea y se la sugirió a sus compañeras:
--No hay quien aguante esta peste, amigas, y, si no ponemos remedio, no vamos a poder pegar un ojo. Coged las canastas de pescado y utilizadlas como almohada y así conseguiremos evitar este desagradable olor.
Las mujeres siguieron la sugerencia de su compañera. Cogieron las cestas malolientes de pescado y apoyaron las cabezas sobre ellas. Apenas había pasado un minuto y ya todas ellas dormían profundamente.
*El Maestro dice: Por ignorancia y ausencia de entendimiento correcto, el ser humano se pierde en las apariencias y no percibe lo Real.

NI TÚ NI YO SOMOS LOS MISMOS

El Buda fue el hombre más despierto de su época. Nadie como él comprendió el sufrimiento humano y desarrolló la benevolencia y la compasión. Entre sus primos, se encontraba el perverso Devadatta, siempre celoso del maestro y empeñado en desacreditarlo e incluso dispuesto a matarlo.
Cierto día que el Buda estaba paseando tranquilamente, Devadatta, a su paso, le arrojó una pesada roca desde la cima de una colina, con la intención de acabar con su vida. Sin embargo, la roca sólo cayó al lado del Buda y Devadatta no pudo conseguir su objetivo. El Buda se dio cuenta de lo sucedido permaneció impasible, sin perder la sonrisa de los labios.
Días después, el Buda se cruzó con su primo y lo saludó afectuosamente.
Muy sorprendido, Devadatta preguntó:
--¿No estás enfadado, señor?
--No, claro que no.
Sin salir de su asombro, inquirió:
--¿Por qué?
Y el Buda dijo:
--Porque ni tú eres ya el que arrojó la roca, ni yo soy ya el que estaba allí cuando me fue arrojada.
*El Maestro dice: Para el que sabe ver, todo es transitorio: para el que sabe amar, todo es perdonable.

EL COOLI DE CALCUTA

Un buscador occidental llegó a Calcuta. En su país había recibido noticias de un elevado maestro espiritual llamado Baba Gitananda. Después de un agotador viaje en tren de Delhi a Calcuta, en cuanto abandonó la
abigarrada estación de la ciudad, se dirigió a un cooli para preguntarle sobre Baba Gitananda. El cooli nunca había oído hablar de este hombre.
El occidental preguntó a otros coolíes, pero tampoco habían escuchado nunca ese nombre. Por fortuna, y finalmente, un cooli, al ser inquirido, le contestó:
--Sí, señor, conozco al maestro espiritual por el que preguntáis.
El extranjero contempló al cooli.
Era un hombre muy sencillo, de edad avanzada y aspecto de pordiosero.
--¿Estás seguro de que conoces a Baba Gitananda? -preguntó, insistiendo.
--Sí, lo conozco bien -repuso el cooli.
--Entonces, llévame hasta él.
El buscador occidental se acomodó en el carrito y el cooli comenzó a tirar del mismo. Mientras era transportado por las atestadas calles de la ciudad, el extranjero se decía para sus adentros: "Este pobre hombre no tiene aspecto de conocer a ningún maestro espiritual y mucho menos a Baba Gitananda. Ya veremos dónde termina por llevarme".
Después de un largo trayecto, el cooli se detuvo en una callejuela tan estrecha por la que apenas podía casi pasar el carrito. Jadeante por el esfuerzo y con voz entrecortada, dijo:
--Señor, voy a mirar dentro de la casa. Entrad en unos instantes.
El occidental estaba realmente sorprendido. ¿Le habría conducido hasta allí para robarle o, aún peor, incluso para que tal vez le golpearan o quitaran la vida? Era en verdad una callejuela inmunda. ¿Cómo iba a vivir allí Baba Gitananda ni ningún mentor espiritual? Vaciló e incluso pensó en huir. Pero, recurriendo a todo su coraje, se decidió a bajar del carrito y entrar en la casa por la que había penetrado el cooli. Tenía miedo, pero trataba de sobreponerse. Atravesó un pasillo que desembocaba en una sala que estaba en semipenumbra y donde olía a sándalo. Al fondo de la misma, vio la silueta de un hombre en meditación profunda. Lentamente se fue aproximando al yogui, sentado en posición de loto sobre una piel de antílope y en actitud de meditación.
!Cuál no sería su sorpresa al comprobar que aquel hombre era el cooli que le había conducido hasta allí! A pesar de la escasa luz de la estancia, el occidental pudo ver los ojos amorosos y calmos del cooli, y contemplar el lento movimiento de sus labios al decir:
--Yo soy Baba Gitananda. Aquí me tienes, amigo mío.
*El Maestro dice: Porque tenemos la mente llena de prejuicios, convencionalismo y toda clase de ideas preconcebidas, se perturba nuestra visión y se distorsiona nuestro discernimiento.

EL VIAJERO SEDIENTO

Lentamente, el sol se había ido ocultando y la noche había caído por completo. Por la inmensa planicie de la India se deslizaba un tren como una descomunal serpiente quejumbrosa.
Varios hombres compartían un departamento y, como quedaban muchas horas para llegar al destino, decidieron apagar la luz y ponerse a dormir. El tren proseguía su marcha. Transcurrieron los minutos y los viajeros empezaron a conciliar el sueño. Llevaban ya un buen número de horas de viaje y estaban muy cansados. De repente, empezó a escucharse una voz que decía:
--¡Ay, qué sed tengo! ¡Ay, qué sed tengo!
Así una y otra vez, insistente y monótonamente. Era uno de los viajeros que no cesaba de quejarse de su sed, impidiendo dormir al resto de sus compañeros. Ya resultaba tan molesta y repetitiva su queja, que uno de los viajeros se levantó, salió del departamento, fue al lavabo y le trajo un vaso de agua. El hombre sediento bebió con avidez el agua. Todos se echaron de nuevo. Otra vez se apagó la luz. Los viajeros, reconfortados, se dispusieron a dormir. Transcurrieron unos minutos. Y, de repente, la misma voz de antes comenzó a decir:
--¡Ay, qué sed tenía, pero qué sed tenía!
*El Maestro dice: La mente siempre tiene problemas. Cuando no tiene problemas reales, fabrica problemas imaginarios y ficticios, teniendo incluso que buscar soluciones imaginarias y ficticias.

EL TIGRE QUE BALABA

Al atacar a un rebaño, una tigresa dio a luz y poco después murió. El cachorro creció entre las ovejas y llegó él mismo a tomarse por una de ellas, y como una oveja llegó a ser considerado y tratado por el rebaño.
Era sumamente apacible, pacía y balaba, ignorando por completo su verdadera naturaleza. Así transcurrieron algunos años.
Un día llegó un tigre hasta el rebaño y lo atacó. Se quedó estupefacto cuando comprobó que entre las ovejas había un tigre que se comportaba como una oveja más. No pudo por menos que decirle:
--Oye, ¿por qué te comportas como una oveja, si tú eres un tigre?
Pero el tigre-oveja baló asustado.
Entonces el tigre lo condujo ante un lago y le mostró su propia imagen.
Pero el tigre-oveja seguía creyéndose una oveja, hasta tal punto que cuando el tigre recién llegado le dio un trozo de carne ni siquiera quiso probarla.
--Pruébala -le ordenó el tigre.
Asustado, sin dejar de balar, el tigre-oveja probó la carne. En ese momento la carne cruda desató sus instintos de tigre y reconoció de golpe su verdadera y propia naturaleza.
*El Maestro dice: El ser humano común está tan identificado con la burda máscara de su personalidad y su ego que desconoce su genuina y real naturaleza.

LA LLAVE DE LA FELICIDAD

El Divino se sentía solo y quería hallarse acompañado. Entonces decidió crear unos seres que pudieran hacerle compañía. Pero cierto día, estos seres encontraron la llave de la felicidad, siguieron el camino hacia el Divino y se reabsorbieron a Él.
Dios se quedó triste, nuevamente solo. Reflexionó. Pensó que había llegado el momento de crear al ser humano, pero temió que éste pudiera descubrir la llave de la felicidad, encontrar el camino hacia Él y volver a quedarse solo. Siguió reflexionando y se preguntó dónde podría ocultar la llave de la felicidad para que el hombre no diese con ella. Tenía, desde luego, que esconderla en un lugar recóndito donde el hombre no pudiese hallarla. Primero pensó en ocultarla en el fondo del mar; luego, en una caverna de los Himalayas; después, en un remotísimo confín del espacio sideral. Pero no se sintió satisfecho con estos lugares. Pasó toda la noche en vela, preguntándose cual sería el lugar seguro para ocultar la llave de la felicidad. Pensó que el hombre terminaría descendiendo a lo más abismal de los océanos y que allí la llave no estaría segura. Tampoco lo estaría en una gruta de los Himalayas, porque antes o después hallaría esas tierras. Ni siquiera estaría bien oculta en los vastos espacios siderales, porque un día el hombre exploraría todo el universo. "?Dónde ocultarla?", continuaba preguntándose al amanecer. Y cuando el sol comenzaba a disipar la bruma matutina, al Divino se le ocurrió de súbito el único lugar en el que el hombre no buscaría la llave de la felicidad: dentro del hombre mismo. Creó al ser humano y en su interior colocó la llave de la felicidad.
*El Maestro dice: Busca dentro de ti mismo. "Desafía" a Dios y róbale la suprema felicidad.

UNA INSENSATA BÚSQUEDA

Una mujer estaba buscando afanosamente algo alrededor de un farol. Entonces un transeúnte pasó junto a ella y se detuvo a contemplarla. No pudo por menos que preguntar:
--Buena mujer, ¿qué se te ha perdido?, ¿qué buscas?
Sin poder dejar de gemir, la mujer, con la voz entrecortada por los sollozos, pudo responder a duras penas:
--Busco una aguja que he perdido en mi casa, pero como allí no hay luz, he venido a buscarla junto a este farol.
*El Maestro dice: No quieras encontrar fuera de ti mismo lo que sólo dentro de ti puede ser hallado.

UN PRESO SINGULAR

Era un hombre que había sido encarcelado. A través de un ventanuco enrejado que había en su celda gustaba de mirar al exterior. Todos los días se asomaba al ventanuco, y, cada vez que veía pasar a alguien al otro lado de las rejas, estallaba en sonoras e irrefrenables carcajadas. El guardián estaba realmente sorprendido. Un día ya no pudo por menos que preguntar al preso:
--Oye, hombre, ¿a qué vienen todas esas risotadas día tras día?
Y el preso contestó:
--¿Cómo que de qué me río? ¡Pero estás ciego! Me río de todos esos que hay ahí. ¿No ves que están presos detrás de estas rejas?
*El Maestro dice: Por falta de discernimiento puro, no sólo estás en cautiverio, sino que ni siquiera llegas a darte cuenta de que lo estás.

DE INSTANTE EN INSTANTE

Era un yogui muy anciano. Ni siquiera él mismo recordaba sus años, pero había mantenido la consciencia clara como un diamante, aunque su rostro estaba apergaminado y su cuerpo se había tornado frágil como el de un pajarillo. Al despuntar el día se hallaba efectuando sus abluciones en las frescas aguas del río. Entonces
llegaron hasta él algunos aspirantes espirituales y le preguntaron qué debían hacer para adiestrarse en la verdad. El anciano los miró con infinito amor y, tras unos segundos de silencio pleno, dijo:
--Yo me aplico del siguiente modo: Cuando como, como; cuando duermo, duermo; cuando hago mis abluciones, hago mis abluciones, y cuando muero, muero.
Y al concluir sus palabras, se murió, abandonando junto a la orilla del río su decrépito cuerpo.
*El Maestro dice: La verdad no es una abstracción ni un concepto. Cuando la actitud es la correcta, la verdad se cultiva aquí y ahora, de instante en instante.

EL ATOLLADERO

He aquí que un hombre entró en una pollería. Vio un pollo colgado y, dirigiéndose al pollero, le dijo:
--Buen hombre, tengo esta noche en casa una cena para unos amigos y necesito un pollo. ¿Cuánto pesa éste?
El pollero repuso:
--Dos kilos, señor.
El cliente meció ligeramente la cabeza en un gesto dubitativo y dijo:
--Éste no me vale entonces. Sin duda, necesito uno más grande.
Era el único pollo que quedaba en la tienda. El resto de los pollos se habían vendido. El pollero, empero, no estaba dispuesto a dejar pasar la ocasión. Cogió el pollo y se retiró a la trastienda, mientras iba explicando al cliente:
--No se preocupe, señor, enseguida le traeré un pollo mayor.
Permaneció unos segundos en la trastienda. Acto seguido apareció con el mismo pollo entre las manos, y dijo:
--Éste es mayor, señor. Espero que sea de su agrado.
--¿Cuánto pesa éste? -preguntó el cliente.
--Tres kilos -contestó el pollero sin dudarlo un instante.
Y entonces el cliente dijo:
--Bueno, me quedo con los dos.
*El Maestro dice: En un atolladero tal se halla todo aspirante espiritual cuando verdaderamente no se compromete con la Búsqueda.

EL BRAHMÍN ASTUTO

Era en el norte de la India, allí donde las montañas son tan elevadas que parece como si quisieran acariciar las nubes con sus picos. En un pueblecillo perdido en la inmensidad del Himalaya se reunieron un asceta, un peregrino y un brahmín. Comenzaron a comentar cuánto dedicaban a Dios cada uno de ellos de aquellas limosnas que recibían de los fieles. El asceta dijo:
--Mirad, yo lo que acostumbro a hacer es trazar un círculo en el suelo y lanzar las monedas al aire. Las que caen dentro del círculo me las quedo para mis necesidades y las que caen fuera del círculo se las ofrendo al Divino.
Entonces intervino el peregrino para explicar:
--Sí, también yo hago un círculo en el suelo y procedo de la misma manera, pero, por el contrario, me quedo para mis necesidades con las monedas que caen fuera del círculo y doy al Señor las que caen dentro del mismo.
Por último habló el brahmín para expresarse de la siguiente forma:
--También yo, queridos compañeros, dibujo un círculo en el suelo y lanzo las monedas al aire. Las que no caen, son para Dios y las que caen las guardo para mis necesidades.
*El Maestro dice: Así proceden muchas personas que se dicen religiosas. Tienen dos rostros y uno es todavía más falso que el otro.

EL PERRO ATERRADO Y LA PERCEPCIÓN ERRÓNEA

Se trataba de un perro callejero.
Le gustaba curiosear todos los rincones e ir de aquí para allá. Siempre había sido un vagabundo y disfrutaba mucho con su forma de vida. Pero en una ocasión penetró en un palacio cuyas paredes estaban recubiertas de espejos. El perro entró corriendo en una de sus acristaladas estancias y al instante vio que innumerables perros corrían hacia él en dirección opuesta a la suya. Aterrado, se volvió hacia la derecha para tratar de huir, pero entonces comprobó que también había gran número de perros en esa dirección. Se volvió hacia la izquierda y comenzó a ladrar despavorido. Decenas de perros, por la izquierda, le ladraban amenazantes. Sintió que estaba rodeado de furiosos perros y que no tenía escapatoria. Miró en todas las direcciones y en todas contempló perros enemigos que no dejaban de ladrarle. En ese momento el terror paralizó su corazón y murió víctima de la angustia.
*El Maestro dice: La percepción errónea conduce a la muerte espiritual. Sólo el discernimiento purificado abre una vía hacia el despertar definitivo.

PLEITO A LA LUZ

He aquí que un día la oscuridad se percató de que la luz cada vez le estaba robando mayor espacio y decidió entonces ponerle un pleito. Tiempo después, llegó el día marcado para el juicio. La luz se personó en la sala antes de que lo hiciera la oscuridad.
Llegaron los respectivos abogados y el juez. Transcurrió el tiempo, pero la oscuridad no se presentaba. Todos esperaron pacientemente, pero la oscuridad no aparecía. Finalmente, harto el juez y constatando que la parte demandante no acudía, falló a favor de la luz. ¿Qué había sucedido? ¿Cómo era posible que la oscuridad hubiera puesto un pleito y no se hubiera presentado? Nadie salía de su asombro, aunque la explicación era sencilla: la oscuridad estaba fuera de la sala, pero no se atrevió a entrar porque sabía que sería en el acto disipada por la luz.
*El Maestro dice: La luz es consciencia y sabiduría, en tanto que la oscuridad es ofuscación y estrechez de miras. Si te estableces en la sabiduría, ¿hay lugar para la ofuscación?*

LA VERDAD... ¿ES LA VERDAD?

El rey había entrado en un estado de honda reflexión durante los últimos días. Estaba pensativo y ausente. Se hacía muchas preguntas, entre otras por qué los seres humanos no eran mejores. Sin poder resolver este último interrogante, pidió que trajeran a su presencia a un ermitaño que moraba en un bosque cercano y que llevaba años dedicado a la meditación, habiendo cobrado fama de sabio y ecuánime.
Sólo porque se lo exigieron, el eremita abandonó la inmensa paz del bosque.
--Señor, ¿qué deseas de mí? -preguntó ante el meditabundo monarca.
--He oído hablar mucho de ti -dijo el rey-. Sé que apenas hablas, que no gustas de honores ni placeres, que no haces diferencia entre un trozo de oro y uno de arcilla, pero todos dicen que eres un sabio.
--La gente dice, señor -repuso indiferente el ermitaño.
--A propósito de la gente quiero preguntarte -dijo el monarca-. ¿Cómo lograr que la gente sea mejor?
--Puedo decirte, señor -repuso el ermitaño-, que las leyes por sí mismas no bastan, en absoluto, para hacer mejor a la gente. El ser humano tiene que cultivar ciertas actitudes y practicar ciertos métodos para alcanzar la verdad de orden superior y la clara comprensión. Esa verdad de orden superior tiene, desde luego, muy poco que ver con la verdad ordinaria.
El rey se quedó dubitativo. Luego reaccionó para replicar:
--De lo que no hay duda, ermitaño, es de que yo, al menos, puedo lograr que la gente diga la verdad; al menos puedo conseguir que sean veraces.
El eremita sonrió levemente, pero nada dijo. Guardó un noble silencio.
El rey decidió establecer un patíbulo en el puente que servía de acceso a la ciudad. Un escuadrón a las órdenes de un capitán revisaba a todo aquel que entraba a la ciudad. Se hizo público lo siguiente: "Toda persona que quiera entrar en la ciudad será previamente interrogada. Si dice la verdad, podrá entrar. Si miente, será conducida al patíbulo y ahorcada".
Amanecía. El ermitaño, tras meditar toda la noche, se puso en marcha hacia la ciudad. Su amado bosque quedaba a sus espaldas. Caminaba con lentitud. Avanzó hacia el puente. El capitán se interpuso en su camino y le preguntó:
--¿Adónde vas?
--Voy camino de la horca para que podáis ahorcarme -repuso sereno el eremita.
El capitán aseveró:
--No lo creo.
--Pues bien, capitán, si he mentido, ahórcame.
--Pero si te ahorcamos por haber mentido -repuso el capitán-, habremos convertido en cierto lo que has dicho y, en ese caso, no te habremos ahorcado por mentir, sino por decir la verdad.
--Así es -afirmó el ermitaño-.
Ahora usted sabe lo que es la verdad... ¡Su verdad!
*El Maestro dice: El aferramiento a los puntos de vista es una traba mental y un fuerte obstáculo en el viaje interior.

EL HOMBRE ECUÁNIME

Era un hombre querido por todos.
Vivía en un pueblo en el interior de la India, había enviudado y tenía un hijo. Poseía un caballo, y un día, al despertarse por la mañana y acudir al establo para dar de comer al animal, comprobó que se había escapado. La noticia corrió por el pueblo y vinieron a verlo los vecinos para decirle:
--¡Qué mala suerte has tenido!
Para un caballo que poseías y se ha marchado.
--Sí, sí, así es; se ha marchado -dijo el hombre.
Transcurrieron unos días, y una soleada mañana, cuando el hombre salía de su casa, se encontró con que en la puerta no sólo estaba su caballo, sino que había traído otro con él. Vinieron a verlo los vecinos y le dijeron:
--¡Qué buena suerte la tuya! No sólo has recuperado tu caballo, sino que ahora tienes dos.
--Sí, sí, así es -dijo el hombre.
Al disponer de dos caballos, ahora podía salir a montar con su hijo. A menudo padre e hijo galopaban uno junto al otro. Pero he aquí que un día el hijo se cayó del caballo y se fracturó una pierna. Cuando los vecinos vinieron a ver al hombre, comentaron:
--¡Qué mala suerte, verdadera mala suerte! Si no hubiera venido ese segundo caballo, tu hijo estaría bien.
--Sí, sí, así es -dijo el hombre tranquilamente.
Pasaron un par de semanas. Estalló la guerra. Todos los jóvenes del pueblo fueron movilizados, menos el muchacho que tenía la pierna fracturada. Los vecinos vinieron a visitar al hombre, y exclamaron:
--¡Qué buena suerte la tuya! Tu hijo se ha librado de la guerra.
--Sí, sí, así es -repuso serenamente el hombre ecuánime.
*El Maestro dice: Para el que sabe ver el curso de la existencia fenoménica, no hay mayor bien que la firmeza de la mente y de ánimo.

LA MADERA DE SÁNDALO

Era un hombre que había oído hablar mucho de la preciosa y aromática madera de sándalo, pero que nunca había tenido ocasión de verla. Había surgido en él un fuerte deseo por conocer la apreciada madera de sándalo. Para satisfacer su propósito, decidió escribir a todos sus amigos y solicitarles un trozo de madera de esta clase. Pensó que alguno tendría la bondad de enviársela. Así, comenzó a escribir cartas y cartas, durante varios días, siempre con el mismo ruego: "Por favor, enviadme madera de sándalo". Pero un día, de súbito, mientras estaba ante el papel, pensativo, mordisqueó el lápiz con el que tantas cartas escribiera, y de repente olió la madera del lápiz y descubrió que era de sándalo.
El Maestro dice: Si la percepción está embotada, se estrella en las apariencias de las cosas.

SI DAÑAS, ME DAÑAS

Parvati es una de las diosas más amorosa, benevolente y misericordiosa del panteón hindú. Es la consorte de Shiva y se manifiesta como extraordinariamente compasiva. Cierto día, uno de sus hijos, Kartikeya, hirió a una gata con sus uñas. De regreso a casa, corrió hasta su madre para darle un beso. Pero al aproximarse al bello rostro de la diosa, se dio cuenta de que ésta tenía un arañazo en la mejilla.
--Madre -dijo Kartikeya-, hay una herida en tu mejilla. ¿Qué te ha sucedido?
Con sus ojos de noche inmensa y profunda, la amorosa diosa miró a su querido hijo. Era su voz melancólica y dulce cuando explicó:
--Se trata de un arañazo hecho con tus uñas.
--Pero, madre -se apresuró a decir el joven-, yo jamás osaría dañarte en lo más mínimo. No hay ser al que yo ame tanto como a ti, querida madre.
Una refrescante sonrisa de aurora se dibujó en los labios de la diosa.
--Hijo mío -dijo-, ¿acaso has olvidado que esta mañana arañaste a una gata?
--Así fue, madre -repuso Kartikeya.
--Pues, hijo mío, ¿es que no sabes ya que nada existe en este mundo excepto yo? ¿No soy yo misma la creación entera? Al arañar a esa gata, me estabas arañando a mí misma.
*El Maestro dice: Al herir, te hieres. A quienquiera que dañes, te dañas a ti mismo.

EL PEZ Y LA TORTUGA

Amanecía. Los primeros rayos del sol se reflejaban en las aguas azules del mar de Arabia. Una tortuga salía de su sueño profundo y se desperezaba en la playa. Abrió los ojillos y, de repente, vio un pez que sacaba la cabeza del agua. Cuando el pez se percató de la presencia de la tortuga, le preguntó:
--Amiga tortuga, presiento que hay sabiduría en tu corazón y quiero hacerte una pregunta: ¿qué es el agua?
La tortuga no repuso al instante.
No podía creer lo que le estaba preguntando aquel pez que estaba cerca de ella. Cuando se dio cuenta de que no estaba durmiendo y el suceso no era parte de un sueño, repuso:
--Amigo pez, has nacido en el agua, en el agua estás viviendo y en el agua hallarás la muerte. Alrededor de tu cuerpo hay agua y agua hay dentro de tu cuerpo. Te alimentas de lo que en el agua encuentras y en el agua te reproduces. ¡Y tú, pez necio, me preguntas qué es el agua!
*El Maestro dice: Ignorante como ese pez, naces, vives y mueres en el Ser y gracias al Ser y, empero, como ese pez que desconoce el agua en la que mora, tú ignoras la Realidad en la que habitas.

UNA CAÑA DE BAMBÚ PARA EL MÁS TONTO

Existía un próspero reino en el norte de la India. Su monarca había alcanzado ya una edad avanzada. Un día hizo llamar a un yogui que vivía dedicado a la meditación profunda en el bosque y dijo:
--Hombre piadoso, tu rey quiere que tomes esta caña de bambú y que recorras todo el reino con ella. Te diré lo que debes hacer. Viajarás sin descanso de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo y de aldea en aldea. Cuando encuentres a una persona que consideres la más tonta, deberás entregarle esta caña.
--Aunque no reconozca otro rey que mi verdadero yo interior, señor, habré de hacer lo que me dices por complacerte. Me pondré en camino enseguida. El yogui cogió la caña que le había dado el monarca y partió raudo. Viajó sin descanso, llegando sus pies a todos los caminos de la India. Recorrió muchos lugares y conoció muchas personas, pero no halló ningún ser humano al que considerase el más tonto. Transcurrieron algunos meses y volvió hasta el palacio del rey. Tuvo noticias de que el monarca había enfermado de gravedad y corrió hasta sus aposentos. Los médicos le explicaron al yogui que el rey estaba en la antesala de la muerte y se esperaba un fatal desenlace en minutos. El yogui se aproximó al lecho del moribundo.
Con voz quebrada pero audible, el monarca se lamentaba:
--¡Qué desafortunado soy, qué desafortunado! Toda mi vida acumulando enormes riquezas y, ¿qué haré ahora para llevarlas conmigo? ¡No quiero dejarlas, no quiero dejarlas!
El yogui entregó la caña de bambú al rey.
*El Maestro dice: Puedes ser un monarca, pero de nada sirve si tu actitud es la de un mendigo. Sólo aquello que acumulas dentro de ti mismo te pertenece. No hay otro tesoro que el amor.

LA PALOMA Y LA ROSA

La incipiente claridad del día comenzaba a disipar las tinieblas de una noche tibia y hermosa. Una paloma, revoloteando y revoloteando, penetró en un pequeño y recoleto templo de la India. Todas las paredes estaban adornadas de espejos y en ellos se reflejaba la imagen de una rosa que había situada, como ofrenda, en el centro del altar. La paloma, tomando las imágenes por la rosa misma, se abalanzó contra ellas, chocando violentamente una y otra vez contra las acristaladas paredes del templo, hasta que, al final, su frágil cuerpo reventó y halló la muerte. Entonces, el cuerpo de la paloma, todavía caliente, cayó justo sobre la rosa.
*El Maestro dice: No apuntes a las apariencias; sino a la Realidad.
No te extravíes en la diversidad, sino que debes establecerte en la Unidad.

LOS BRAZALETES DE ORO

Había una mujer que, a fuerza de una actitud recta y perseverante, había obtenido grandes logros espirituales. Aunque desposada, siempre hallaba tiempo para conectar con su Realidad primordial. Desde niña, había lucido en las muñecas brazaletes de cristal. La vida se iba consumiendo inexorablemente, como el rocío se derrite cuando brotan los primeros rayos del sol. Ya no era joven, y las arrugas dejaban sus huellas indelebles en su rostro. ¿Acaso en todo encuentro no está ya presente la separación? Un día, su amado esposo fue tocado por la dama de la muerte y su cuerpo quedó tan frío como los cantos rodados del riachuelo en el que hacía sus abluciones. Cuando el cadáver fue incinerado, la mujer se despojó de los brazaletes de cristal y se colocó unos de oro. La gente del pueblo no pudo por menos que sorprenderse. ¿A qué venía ahora ese cambio? ¿Por qué en tan dolorosos momentos abandonaba los brazaletes de cristal y tomaba los de oro? Algunas personas fueron hasta su casa y le preguntaron la razón de ese proceder. La mujer hizo pasar a los visitantes. Parsimoniosamente, con la paz propia de aquel que comprende y acepta el devenir de los acontecimientos, preparó un sabroso té especiado.
Mientras los invitados saboreaban el líquido humeante, la mujer dijo:
--¿Por qué os sorprendéis? Antes, mi marido era tan frágil como los brazaletes de cristal, pero ahora él es fuerte y permanente como estos brazaletes de oro.
*El Maestro dice: ¿A quién no alcanza la muerte del cuerpo? Pero aquello que realmente anima el cuerpo es vigoroso y perdurable.

UN YOGUI AL BORDE DEL CAMINO

Era un yogui errante que había obtenido un gran progreso interior.
Se sentó a la orilla de un camino y, de manera natural, entró en éxtasis.
Estaba en tan elevado estado de consciencia que se encontraba ausente de todo lo circundante. Poco después pasó por el lugar un ladrón y, al verlo, se dijo: "Este hombre, no me cabe duda, debe ser un ladrón que, tras haber pasado toda la noche robando, ahora se ha quedado dormido. Voy a irme a toda velocidad no vaya a ser que venga un policía a prenderle a él y también me coja a mí". Y huyó corriendo. No mucho después, fue un borracho el que pasó por el lugar.
Iba dando tumbos y apenas podía tenerse en pie. Miró al hombre sentado al borde del camino y pensó: "Éste está realmente como una cuba. Ha bebido tanto que no puede ni moverse".
Y, tambaleándose, se alejó. Por último, pasó un genuino buscador espiritual y, al contemplar al yogui, se sentó a su lado, se inclinó y besó sus pies.
*El Maestro dice: Así como cada uno proyecta lo que lleva dentro, así el sabio reconoce al sabio.

EL CONDUCTOR BORRACHO

Por un sinuoso camino y a gran velocidad, un hombre borracho conducía su carro. De repente, perdió el control del carro, se salió del trayecto y se precipitó contra una charca pestilente. Varias personas, al ver el accidente, corrieron al lugar y ayudaron a incorporarse al conductor.
No podía ocultar su borrachera y, entonces, uno de sus auxiliadores le dijo:
--Pero, ¿es que no ha leído usted el célebre tratado de Naraín Gupta extendiéndose sobre los efectos perjudiciales del alcohol?
Y el ebrio conductor, sin dejar de hipar, tartamudeó:
--Yo soy Naraín Gupta.
*El Maestro dice: Así procede el falso gurú.

CADA HOMBRE UNA DOCTRINA

Era un discípulo honesto y de buen corazón, pero todavía su mente era un juego de luces y sombras y no había recobrado la comprensión amplia y conciliadora de una mente sin trabas.
Como su motivación era sincera, estudiaba sin cesar y comparaba credos, filosofías y doctrinas. Realmente llegó a estar muy desconcertado al comprobar la proliferación de tantas enseñanzas y vías espirituales. Así, cuando tuvo ocasión de entrevistarse con su instructor espiritual, dijo:
--Estoy confundido. ¿Acaso no existen demasiadas religiones, demasiadas sendas místicas, demasiadas doctrinas si la verdad es una?
Y el maestro repuso con firmeza:
--¡Qué dices, insensato! Cada hombre es una enseñanza, una doctrina.
*El Maestro dice: Aunque haya muchas vías, en última instancia sigue tu propia senda interior.

EL MARIDO DESCONFIADO

Al llegar a una edad avanzada, y tras una vida hogareña de alegrías y sufrimientos cotidianos, unos esposos decidieron renunciar a la vida mundana y dedicar el resto de sus existencias a la meditación y a peregrinar a los más sacrosantos santuarios. En una ocasión, de camino a un templo himalayo, el marido vio en el sendero un fabuloso diamante. Con gran rapidez, colocó uno de sus pies sobre la joya para ocultarla, pensando que, si su mujer la veía, tal vez surgiera en ella un sentimiento de codicia que pudiese contaminar su mente y retrasar su evolución mística. Pero la mujer descubrió la estratagema de su marido y con voz ecuánime y apacible comentó:
--Querido, me gustaría saber por qué has renunciado al mundo si todavía haces distinción entre el diamante y el polvo.
*El Maestro dice: Para aquel que se ha establecido en la Realidad, ganancia y pérdida, victoria y derrota, son impostores, porque el que ve con sabiduría no hace distinción entre uno y otro.

LOS MONOS

Era un aspirante espiritual con mucha motivación, pero tenía una mente muy dispersa. Tuvo noticias de un sobresaliente mentor y no dudó en desplazarse hasta donde vivía y decirle:
--Respetado maestro, perdona que te moleste, pero mi gratitud sería enorme si pudieras proporcionarme un tema de meditación, puesto que tengo decidido retirarme al bosque durante unas semanas para meditar sin descanso.
--Me complace tu decisión. Ve al bosque y estáte contigo mismo. Puedes meditar en todo aquello que quieras, excepto en monos. Trae lo que quieras a tu mente, pero no pienses en monos.
El discípulo se sintió muy contento, diciendo: "!Qué fácil es el tema que me ha proporcionado el maestro!; sí, realmente sencillo". Se retiró a un frondoso bosque y dispuso una cabaña para la meditación. Transcurrieron las semanas y el aspirante puso término al retiro. Regresó junto al mentor, y éste, nada más verlo, preguntó:
--¿Qué tal te ha ido?
Apesadumbrado, el aspirante repuso:
--Ha sido agotador. Traté incansablemente de pensar en algo que no fuesen monos, pero los monos iban y venían por mi mente sin poderlo evitar. En realidad, llegó un momento en que sólo pensaba en monos.
*El Maestro dice: La mente es amiga y enemiga; es una mala dueña, pero una buena aliada. Por eso es necesario aprender a contener el pensamiento y poner la mente bajo el yugo de la voluntad.

UN ERMITAÑO EN LA CORTE

En la corte real tuvo lugar un fastuoso banquete. Todo se había dispuesto de tal manera que cada persona se sentaba a la mesa de acuerdo con su rango. Todavía no había llegado el monarca al banquete, cuando apareció un ermitaño muy pobremente vestido y al que todos tomaron por un pordiosero. Sin vacilar un instante, el ermitaño se sentó en el lugar de mayor importancia. Este insólito comportamiento indignó al primer ministro, quien, ásperamente, le preguntó:
--¿Acaso eres un visir?
--Mi rango es superior al de visir -repuso el ermitaño.
--¿Acaso eres un primer ministro?
--Mi rango es superior al de primer ministro.
Enfurecido, el primer ministro inquirió:
--¿Acaso eres el mismo rey?
--Mi rango es superior al del rey.
--¿Acaso eres Dios? -preguntó mordazmente el primer ministro.
--Mi rango es superior al de Dios. Fuera de sí, el primer ministro vociferó:
--¡Nada es superior a Dios!
Y el ermitaño dijo con mucha calma:
--Ahora sabes mi identidad. Esa nada soy yo.
*El Maestro dice: Más allá de todas las categorías y dualidades, del ego y los conceptos, está aquel que ha liberado su mente.

NASRUDÍN VISITA LA INDIA

El célebre y contradictorio personaje sufí Mulla Nasrudín visitó la India. Llegó a Calcuta y comenzó a pasear por una de sus abigarradas calles. De repente vio a un hombre que estaba en cuclillas vendiendo lo que Nasrudín creyó que eran dulces, aunque en realidad se trataba de chiles picantes. Nasrudín era muy goloso y compró una gran cantidad de los supuestos dulces, dispuesto a darse un gran atracón. Estaba muy contento, se sentó en un parque y comenzó a comer chiles a dos carrillos. Nada más morder el primero de los chiles sintió fuego en el paladar. Eran tan picantes aquellos "dulces" que se le puso roja la punta de la nariz y comenzó a soltar lágrimas hasta los pies. No obstante, Nasrudín continuaba llevándose sin parar los chiles a la boca.
Estornudaba, lloraba, hacía muecas de malestar, pero seguía devorando los chiles. Asombrado, un paseante se aproximó a él y le dijo:
--Amigo, ¿no sabe que los chiles sólo se comen en pequeñas cantidades?
Casi sin poder hablar, Nasrudín comento:
--Buen hombre, créeme, yo pensaba que estaba comprando dulces.
Pero Nasrudín seguía comiendo chiles. El paseante dijo:
--Bueno, está bien, pero ahora ya sabes que no son dulces. ¿Por qué sigues comiéndolos?
Entre toses y sollozos, Nasrudín dijo:
--Ya que he invertido en ellos mi dinero, no los voy a tirar.
*El Maestro dice: No seas como Nasrudín. Toma lo mejor para tu evolución interior y arroja lo innecesario o pernicioso, aunque hayas invertido años en ello.
IGNORANCIA
Se trataba de dos amigos no demasiado inteligentes. Habían decidido hacer una marcha y dormir en un establo. Caminaron durante toda la jornada. Al anochecer se alojaron, como tenían previsto, en un establo del que previamente tenían noticias. Estaban muy cansados y durmieron profundamente; pero, de madrugada, una pesadilla despertó a uno de los amigos. Zarandeó a su compañero, despertándolo, y le dijo:
--Sal fuera y dime si ha amanecido. Comprueba si ha salido el sol.

El hombre salió y vio que todo estaba muy oscuro. Volvió al establo y explicó:
--Oye, está todo tan oscuro que no puedo ver si el sol ha salido.
—¡No seas idiota! -exclamó el compañero-. ¿Acaso no puedes encender la linterna para ver si ha salido?
*El Maestro dice: Así procede muchas veces el ser humano en la búsqueda espiritual, sin utilizar el discernimiento correcto.

EL ANCIANO Y EL NIÑO

Eran un anciano y un niño que viajaban con un burro de pueblo en pueblo.
Llegaron a una aldea caminando junto al asno y, al pasar por ella, un grupo de mozalbetes se rió de ellos, gritando:
--¡Mirad que par de tontos! Tienen un burro y, en lugar de montarlo, van los dos andando a su lado. Por lo menos, el viejo podría subirse al burro.
Entonces el anciano se subió al burro y prosiguieron la marcha. Llegaron a otro pueblo y, al pasar por el mismo, algunas personas se llenaron de indignación cuando vieron al viejo sobre el burro y al niño caminando al lado. Dijeron:
--¡Parece mentira! ¡Qué desfachatez! El viejo sentado en el burro y pobre niño caminando.
Al salir del pueblo, el anciano y el niño intercambiaron sus puestos.
Siguieron haciendo camino hasta llegar a otra aldea. Cuando las gentes los vieron, exclamaron escandalizados:
--¡Esto es verdaderamente intolerable! ¿Habéis visto algo semejante?
El muchacho montado en el burro y el pobre anciano caminando a su lado.
—¡Qué vergüenza!
Puestas así las cosas, el viejo y el niño compartieron el burro. El fiel jumento llevaba ahora el cuerpo de ambos sobre sus lomos. Cruzaron junto a un grupo de campesinos y éstos comenzaron a vociferar:
--¡Sinvergüenzas! ¿Es que no tenéis corazón? ¡Vais a reventar al pobre animal!
El anciano y el niño optaron por cargar al burro sobre sus hombros. De este modo llegaron al siguiente pueblo. La gente se apiñó alrededor de ellos. Entre las carcajadas, los pueblerinos se mofaban gritando:
--Nunca hemos visto gente tan boba. Tienen un burro y, en lugar de montarse sobre él, lo llevan a cuestas.
!Esto sí que es bueno! ¡Qué par de tontos!
De repente, el burro se revolvió, se precipitó en un barranco y murió.
*El Maestro dice: Si escucháis las opiniones de los demás, acabaréis muertos como este burro. Cerrad los oídos a la opinión ajena. Que aquello que los demás censuran te sea indiferente. Escucha únicamente la voz de tu corazón y no te pierdas en opiniones ajenas.

EL LIBERADO-VIVIENTE Y EL BUSCADOR

Un buscador espiritual viajó a la India en su afán por encontrar y entrevistar a un verdadero iluminado, a un jivanmukta o liberado-viviente.
Viajó durante meses por el país. Se trasladó de los Himalayas al cabo de la Virgen, del estado de Maharahstra al de Bengala. Recorrió montañas, dunas, desiertos, ciudades y pueblos.
Recabó mucha información y, por fin, halló, según todos los testimonios, un verdadero hombre realizado. Por fin, podría llevar a cabo su ansiado encuentro.
El graznido de los cuervos quebraba el silencio de una tarde apacible y dorada. El hombre realizado se hallaba bajo un frondoso rododendro, en actitud meditativa. El visitante lo saludó cortésmente, se sentó a su lado y preguntó:
--Antes de que usted hallase la realización, ¿se deprimía?
--Sí, claro, a veces -repuso tranquilamente el jivanmukta.
El buscador hizo una segunda pregunta:
--Dígame, y ahora, después de su iluminación, ¿se deprime a veces?
Una leve y hermosa sonrisa se dibujó en los labios del jivanmukta. Penetró con sus límpidos ojos los de su interlocutor y contestó:
--Sí, claro, a veces, pero ya ni me importa ni me incumbe.
*El Maestro dice: Cuando cesa la identificación con tus procesos psicomentales, ya nada puede encadenarte ni implicarte. Eres como un bambú vacío por el que libremente circula la energía universal.

EL FALSO MAESTRO

Era un renombrado maestro; uno de esos maestros que corren tras la fama y gustan de acumular más y más discípulos. En una descomunal carpa, reunió a varios cientos de discípulos y seguidores. Se irguió sobre sí mismo, impostó la voz y dijo:
--Amados míos, escuchad la voz del que sabe.
Se hizo un gran silencio. Hubiera podido escucharse el vuelo precipitado de un mosquito.
--Nunca debéis relacionaros con la mujer de otro; nunca. Tampoco debéis jamás beber alcohol, ni alimentaros con carne.
Uno de los asistentes se atrevió a preguntar:
--El otro día, ¿no eras tú el que estabas abrazado a la esposa de Jai?
--Sí, yo era -repuso el maestro.
Entonces, otro oyente preguntó:
--¿No te vi a ti el otro anochecer bebiendo en la taberna?
--Ése era yo -contestó el maestro.
Un tercer hombre interrogó al maestro:
--¿No eras tú el que el otro día comías carne en el mercado?
--Efectivamente -afirmó el maestro. En ese momento todos los asistentes se sintieron indignados y comenzaron a protestar.
--Entonces, ¿por qué nos pides a nosotros que no hagamos lo que tú haces?
Y el falso maestro repuso:
--Porque yo enseño, pero no practico.
*El Maestro dice: Si no encuentras un verdadero maestro al que seguir, conviértete tú mismo en maestro. En última instancia, tú eres tu discípulo y tu maestro.

SI HUBIERA TENIDO UN POCO MÁS DE TIEMPO

Con algunos ahorros, un hombre de un pueblo de la India compró un burro joven. La persona que se lo vendió le previno de la cantidad de comida que tenía que procurarle todos los días.
Pero el nuevo propietario pensó que tal cantidad era excesiva y comenzó a restar comida día a día al pollino.
Hasta tal punto disminuyó la ración de alimento al asno que, un día, el pobre animal amaneció muerto. Entonces el hombre comenzó a gimotear y a lamentarse así:
--¡Qué desgracia! ¡Vaya fatalidad! Si me hubiera dado un poco más de tiempo antes de morirse, yo hubiera logrado que se acostumbrase a no comer nada en absoluto.
*El Maestro dice: Como este hombre son algunos negligentes y "avaros" buscadores espirituales: quieren conquistar la Sabiduría sin ningún ejercitamiento espiritual.

EL LORO QUE PIDE LIBERTAD

Ésta es la historia de un loro muy contradictorio. Desde hacía un buen número de años vivía enjaulado, y su propietario era un anciano al que el animal hacía compañía. Cierto día, el anciano invitó a un amigo a su casa a deleitar un sabroso té de Cachemira.
Los dos hombres pasaron al salón donde, cerca de la ventana y en su jaula, estaba el loro. Se encontraban los dos hombres tomando el té, cuando el loro comenzó a gritar insistente y vehementemente:
--¡Libertad, libertad, libertad!
No cesaba de pedir libertad. Durante todo el tiempo en que estuvo el invitado en la casa, el animal no dejó de reclamar libertad. Hasta tal punto era desgarradora su solicitud, que el invitado se sintió muy apenado y ni siquiera pudo terminar de saborear su taza. Estaba saliendo por la puerta y el loro seguía gritando: "!Libertad, libertad!".
Pasaron dos días. El invitado no podía dejar de pensar con compasión en el loro. Tanto le atribulaba el estado del animalillo que decidió que era necesario ponerlo en libertad. Tramó un plan. Sabía cuándo dejaba el anciano su casa para ir a efectuar la compra. Iba a aprovechar esa ausencia y a liberar al pobre loro. Un día después, el invitado se apostó cerca de la casa del anciano y, en cuanto lo vio salir, corrió hacia su casa, abrió la puerta con una ganzúa y entró en el salón, donde el loro continuaba gritando: "!Libertad, libertad!" Al invitado se le partía el corazón.
?Quién no hubiera sentido piedad por el animalito? Presto, se acercó a la jaula y abrió la puertecilla de la misma. Entonces el loro, aterrado, se lanzó al lado opuesto de la jaula y se aferró con su pico y uñas a los barrotes de la jaula, negándose a abandonarla. El loro seguía gritando: "!Libertad, libertad!"
*El Maestro dice: Como este loro, son muchos los seres humanos que dicen querer madurar y hallar la libertad interior, pero que se han acostumbrado a su jaula interna y no quieren abandonarla.
DOCE AÑOS DESPUÉS
Era un joven que había decidido seguir la vía de la evolución interior. Acudió a un maestro y le preguntó:
--Guruji, ¿qué instrucción debo seguir para hallar la verdad, para alcanzar la más alta sabiduría?
El maestro le dijo:
--He aquí, jovencito, todo lo que yo puedo decirte: todo es el Ser, la Conciencia Pura. De la misma manera que el agua se convierte en hielo, el Ser adopta todas las formas del universo. No hay nada excepto el Ser.
Tú eres el Ser. Reconoce que eres el Ser y habrás alcanzado la verdad, la más alta sabiduría.
El aspirante no se sintió satisfecho. Dijo:
--¿Eso es todo? ¿No puedes decirme algo más?
--Tal es toda mi enseñanza -aseveró el maestro-. No puedo brindarte otra instrucción.
El joven se sentía muy decepcionado, pues esperaba que el maestro le hubiese facilitado una instrucción secreta y algunas técnicas muy especiales, incluso un misterioso mantra.
Pero como realmente era un buscador genuino, aunque todavía muy ignorante, se dirigió a otro maestro y le pidió instrucción mística. Este segundo maestro dijo:
--No dudaré en proporcionártela, pero antes debes servirme durante doce años. Tendrás que trabajar muy duramente en mi ashram 2comunidad espiritual. Por cierto, hay un trabajo ahora disponible. Se trata de recoger estiércol de búfalo.
Durante doce años, el joven trabajó en tan ingrata tarea. Por fin llegó el día en que se había cumplido el tiempo establecido por el maestro.
Habían pasado doce años; doce años recogiendo estiércol de búfalo. Se dirigió al maestro y le dijo:
--Maestro, ya no soy tan joven como era. El tiempo ha transcurrido. Han pasado una docena de años. Por favor, entrégame ahora la instrucción.
El maestro sonrió. Parsimoniosa y amorosamente, colocó una de sus manos sobre el hombro del paciente discípulo, que despedía un rancio olor a estiércol. Declaró:
--Toma buena nota. Mi enseñanza es que todo es el Ser. Es el Ser el que se manifiesta en todas las formas del universo. Tú eres el Ser.
Espiritualmente maduro, al punto el discípulo comprendió la enseñanza y obtuvo iluminación. Pero cuando pasaron unos momentos y reaccionó, dijo:
--Me desconcierta, maestro, que tú me hayas dado la misma enseñanza que otro maestro que conocí hace doce años. ¿Por qué habrá sido?
--Simplemente, porque la verdad no cambia en doce años, tu actitud ante ella, sí.
*El Maestro dice: Cuando estás espiritualmente preparado, hasta contemplar una hoja que se desprende del árbol puede abrirte a la verdad.

EL CONTRABANDISTA

Todos sabían que era indiscutiblemente un contrabandista. Era incluso célebre por ello. Pero nadie había logrado jamás descubrirlo y mucho menos demostrarlo. Con frecuencia, cruzaba de la India a Pakistán a lomos de su burro, y los guardias, aun sospechando que contrabandeaba, no lograban obtener ninguna prueba de ello.
Transcurrieron los años y el contrabandista, ya entrado en edad, se retiró a vivir apaciblemente a un pueblo de la India. Un día, uno de los guardias que acertó a pasar por allí se lo encontró y le dijo:
--Yo he dejado de ser guardia y tú de ser contrabandista. Quiero pedirte un favor. Dime ahora, amigo, qué contrabandeabas.
Y el hombre repuso:
--Burros.
*El Maestro dice: Así el ser humano, en tanto no ha purificado su discernimiento, no logra ver la realidad.

UN SANTUARIO MUY ESPECIAL

En la India es bien conocida esta historia protagonizada por Nasrudín y que a continuación relatamos.
El padre de Nasrudín era el cuidador de un santuario muy célebre y visitado por una extraordinaria cantidad de fieles. Acudían a él toda suerte de devotos para rendir culto. Se había hecho muy famoso. A lo largo de los años, tanto había escuchado Nasrudín hablar sobre las verdades espirituales, que él mismo se propuso viajar y adquirir así un conocimiento directo sobre las mismas. Se despidió de su padre, quien, como regalo de despedida, le obsequió con un burro.
Satisfecho, Nasrudín emprendió su viaje en busca de realidades supremas. Nasrudín viajó incansablemente, siempre contando con la fidelidad de su pollino. Pero cierto día, el burro, que ya no era joven, se desplomó y murió. Su cansado corazón le había fallado. Nasrudín se sentó al lado de su amado burro muerto y comenzó a gemir dolorosamente. Los transeúntes se apiadaban de él y le hacían compañía por un rato. Algunos empezaron a poner ramas y hojas sobre el cadáver del burro, que, poco a poco, fue de esta manera ocultado. Otros echaron piedras y barro sobre las ramas y, así, después de un tiempo, se había formado un santuario sobre el burro muerto. Nasrudín seguía entristecido, y día tras día continuaba haciendo compañía al burro. Los peregrinos que acertaban a pasar por aquel lugar, al ver a un hombre sentado junto a un santuario, pensaron que debía tratarse del santuario de un gran maestro espiritual, por lo que también muchos de ellos pasaban una temporada junto al santuario. Ofrendaban frutas y dejaban buenas sumas de dinero. La noticia se iba propagando y empezaron a peregrinar al santuario fieles de las aldeas y pueblos de alrededor. Ya se aseguraba que era el santuario de un gran iluminado. Tanto dinero aportaron los fieles que, finalmente,
Nasrudín hizo construir una enorme mezquita junto al santuario, visitada por millares de devotos de todas las latitudes. Acudían peregrinos, fieles e incluso maestros espirituales. Nasrudín se hizo rico y célebre. Tanto creció la fama de su santuario que las noticias llegaron a oídos de su padre. Éste tomó la decisión de visitar a su hijo. Se encontraron después de años, y ambos sintieron una profunda alegría.
--Hijo mío -dijo el padre de Nasrudín-, no sabes hasta qué punto eres famoso. Tu santuario ha cobrado tanta celebridad que se oye hablar de él hasta en los confines del país. Pero, hijo, dime algo que quiero saber desde hace tiempo: ¿Qué gran iluminado yace en este santuario para que atraiga tantos devotos?
--¡Oh, padre! -exclamó Nasrudín-.Lo que voy a contarte es increíble. No puedes ni siquiera imaginártelo, padre mío. ¿Recuerdas el burro que me regalaste? Pues aquí está enterrado aquel pobre animal.
Entonces el padre de Nasrudín comentó:
--Hijo mío, ¡qué raros son los designios del destino! ¿Sabes una cosa? Ése fue también mi caso. El santuario que yo custodio es también el de un burro que a mí se me murió.
*El Maestro dice: Si eres víctima de la superstición y sigues el culto a ciegas, eres más ignorante que el burro del santuario.

MEDICINA PARA CURAR EL ÉXTASIS

La encarnación divina de Gauranga había entrado en un éxtasis muy profundo. Ausente de todo, perdió el equilibrio y cayó al mar. Unos pescadores lo sacaron con sus redes y, al involucrarse con la encarnación divina, también ellos entraron en éxtasis. Sintiéndose muy felices, ebrios de gozo espiritual, dejaron su trabajo y comenzaron a ir de un lado para otro sin dejar de recitar el nombre de Dios. Los parientes, cuando comprobaron que pasaban las horas y no salían de su trance místico, empezaron a preocuparse. Trataron entonces de sacarles del éxtasis, pero fracasaron en sus intentos. El tiempo transcurría y todos ellos seguían conectados con la Conciencia Cósmica, ausentes de la realidad cotidiana. Impotentes y alarmados, los parientes pidieron consejo al mismo Gauranga, quien les aconsejó:
--Id a casa de un sacerdote, coged un poco de arroz, ponedlo en la boca de los pescadores y os aseguro que se curarán de su éxtasis.
Los parientes cogieron el arroz de casa de un sacerdote y lo pusieron en la boca de los pescadores. En el acto, el arroz del sacerdote se encargó de sacarlos del éxtasis y volvieron todos a su estado ordinario de consciencia.
*El Maestro dice: Muchos sacerdotes sólo son profesionales de la religión, sin corazón puro ni conducta impecable.

EL GURÚ FALAZ

Las lluvias monzónicas habían llegado a la India. Era un día oscuro y llovía torrencialmente. Un discípulo corría para protegerse de la lluvia cuando lo vio su maestro y le increpó:
--Pero, ¿cómo te atreves a huir de la generosidad del Divino?, ¿por qué osas refugiarte del líquido celestial? Eres un aspirante espiritual y como tal deberías tener muy en cuenta que la lluvia es un precioso obsequio para toda la humanidad.
El discípulo no pudo por menos que sentirse profundamente avergonzado.
Comenzó a caminar muy lentamente, calándose hasta los huesos, hasta que al final llegó a su casa. Por culpa de la lluvia cogió un persistente resfriado.
Transcurrieron los días. Una mañana estaba el discípulo sentado en el porche de su casa leyendo las escrituras. Levantó un momento los ojos y vio a su gurú corriendo tanto como sus piernas se lo permitían, a fin de llegar a algún lugar que lo protegiera de la lluvia.
--Maestro -le dijo-, ¿por qué huyes de las bendiciones divinas? ¿No eres tú ahora el que desprecias el obsequio divino? ¿Acaso no estás huyendo del agua celestial?
Y el gurú repuso:
--¡Oh, ignorante e insensato! ¿No tienes ojos para ver que lo que no quiero es profanarla con los pies?
*El Maestro dice: Los que no ejemplifican sus palabras con sus actos siempre encuentran una manera de justificarse.

LA IMPERTURBABILIDAD DEL BUDA

Durante muchos años el Buda se dedicó a recorrer ciudades, pueblos y aldeas impartiendo la Enseñanza, siempre con infinita compasión. Pero en todas partes hay gente aviesa y desaprensiva. Así, a veces surgían personas que se encaraban al maestro y le insultaban acremente. El Buda jamás perdía la sonrisa y mantenía una calma imperturbable. Hasta tal punto conservaba la quietud y la expresión del rostro apacible, que un día los discípulos, extrañados, le preguntaron:
--Señor, ¿cómo puedes mantenerte tan sereno ante los insultos?
Y el Buda repuso:
--Ellos me insultan, ciertamente, pero yo no recojo el insulto.
*El Maestro dice: Insultos o halagos, que te dejen tan imperturbable como la brisa de aire al abeto.

LAS DOS RANAS

He aquí una rana que había vivido siempre en un mísero y estrecho pozo, donde había nacido y habría de morir.
Pasó cerca de allí otra rana que había vivido siempre en el mar. Tropezó y se cayó en el pozo.
--¿De dónde vienes? -preguntó la rana del pozo.
--Del mar.
--¿Es grande el mar?
--Extraordinariamente grande, inmenso.
La rana del pozo se quedó unos momentos muy pensativa y luego preguntó:
--¿Es el mar tan grande como mi pozo?
--¡Cómo puedes comparar tu pozo con el mar! Te digo que el mar es excepcionalmente grande, descomunal.
Pero la rana del pozo, fuera de sí por la ira, aseveró:
--Mentira, no puede haber nada más grande que mi pozo; ¡nada! ¡Eres una mentirosa y ahora mismo te echaré de aquí!
*El Maestro dice: Así procede el hombre fanático y de miras estrechas.

LOS SUEÑOS DEL REY

Había un monarca en un floreciente y próspero reino del norte de la India. Era rico y poderoso. Su padre le había enseñado a ser magnánimo y generoso, y, antes de fallecer, le había dicho:
--Hijo, cualquiera puede, por destino o por azar, tener mucho, pero lo importante no es tenerlo, sino saberlo dar y compartir. No hay peor cualidad que la avaricia. Sé siempre generoso. Tienes mucho, así que da mucho a los otros.
Durante algunos años, tras la muerte de su padre, el rey se mostró generoso y espléndido. Pero a partir de un día, poco a poco, se fue tornando avaro y no sólo empezó a no compartir nada con los otros, sino que comenzó incluso a negarse hasta las necesidades básicas a sí mismo. Realmente se comportaba como un pordiosero. Su asistente personal, que también lo había sido de su padre, estaba tan preocupado que hizo llamar a un rishi 2* que vivía en una cueva en las altas montañas del Himalaya.
--Es increíble -se lamentó el asistente ante el rishi-. Es uno de los reyes más ricos y se comporta como un pordiosero. Te estaríamos todos muy agradecidos si pudieras descubrir la razón.
El asistente le pidió al rey que recibiera al rishi. El monarca convino:
--De acuerdo, siempre que no vaya a solicitarme nada, ¡porque soy tan pobre!
El rishi y el monarca se encerraron en una de las cámaras del palacio. El rey iba vestido con harapos, sucio y maloliente, en contraste con el palacio esplendoroso en el que habitaba.
Incluso iba descalzo y ni siquiera lucía ningún adorno real.
--Estoy arruinado -se quejó el rey.
--Pero, señor, eres rico y poderoso -replicó el rishi.
--No me vengas con zarandajas -dijo el monarca-. Nada puedes sacarme, porque nada tengo. Incluso cuando estos harapos se terminen de arruinar, ¿con qué cubriré mi cuerpo?
Y el rey se puso a llorar sin poder impedirlo.
Entonces el rishi entornó los ojos, concentró su mente y, como un punto de luz, se coló en el cerebro del monarca. Allí vio el sueño que tenía el rey noche tras noche: soñaba que era un mendigo, el más misérrimo de los mendigos. Y, de ese modo, aunque era un rey rico y poderoso, se comportaba como un pordiosero. Logró en días sucesivos enseñar al rey a que dominara sus pensamientos y cambiara la actitud de su mente. El monarca volvió a ser generoso, pero no consiguió que el rishi aceptara ningún obsequio.
*El Maestro dice: Tal es el poder del pensamiento. Así como piensas, así eres. Conquista el pensamiento, y te habrás conquistado a ti mismo.

LO ESENCIAL Y LO TRIVIAL

Un hombre se perdió en el desierto. Estaba a punto de perecer de sed cuando aparecieron algunas mujeres que venían en una caravana. El hombre, al borde de la muerte, gritó pidiendo auxilio. Cuando las mujeres se aproximaron a él y lo rodearon, pidió urgentemente agua. Las mujeres empezaron a mirarlo con detenimiento y comenzaron a preguntarse cómo querría el hombre que le sirvieran el agua.
?Preferiría en copa de cristal o en una taza?, ¿en un recipiente de oro o de plata?, ¿tal vez en una jarra?
Ellas hablaban y hablaban interesándose por el objeto, pero, entretanto, el hombre iba agonizando por la ausencia de agua.
*El Maestro dice: Hay un área de ignorancia en la mente humana que la inclina a lo irrelevante y trivial, obnubilando la consciencia de lo Real.

EL ASCETA Y LA PROSTITUTA

Era un pueblo en el que vivían, frente a frente, un asceta y una prostituta. El asceta llevaba una vida de penitencia y rigor, apenas comiendo y durmiendo en una mísera choza. La mujer era visitada muy frecuentemente por hombres. Un día el asceta increpó a la prostituta:
--¿Qué forma de vida es la tuya, mujer perversa? Estás corrompida y corrompes a los demás. Insultas a Dios con tu comportamiento.
La mujer se sintió muy triste. En verdad deseaba llevar otra forma de vida, pero era muy difícil dadas sus condiciones. Aunque no podía cambiar su modo de conseguir unas monedas, se apenaba y lamentaba de tener que recurrir a la prostitución, y cada vez que era tomada por un hombre, dirigía su mente hacia el Divino. Por su parte, el asceta comprobó con enorme desagrado que la mujer seguía siendo visitada por toda clase de individuos. Adoptó la medida de coleccionar un guijarro por cada individuo que entrara en la casucha de la prostituta. Al cabo de un tiempo, tenía un buen montón de guijarros. Llamó a la prostituta y la recriminó:
--Mujer, eres terrible. ¿Ves estos guijarros? Cada uno de ellos suma uno de tus abominables pecados.
La mujer sintió gran tribulación.
Deseó profundamente que Dios la apartase de ese modo de vida, y, unas semanas después, la muerte se la llevaba. Ese mismo día, por designios del inexorable destino, también murió el asceta, y he aquí que la mujer fue conducida a las regiones de la luz sublime y el asceta a las de las densas tinieblas. Al observar dónde lo llevaban, el asceta protestó enérgica y furiosamente por la injusticia que Dios cometía con él. Un mensajero del Divino le explicó:
--Te quejas de ser conducido a las regiones inferiores a pesar de haber gastado tu vida en austeridades y penitencias, y de que, en cambio, la mujer haya sido conducida a las regiones de la luz. Pero, ¿es que no comprendes que somos aquello que cosechamos? Echa un vistazo a la tierra.
Allí yace tu cuerpo, rociado de perfume y cubierto de pétalos de rosa, honrado por todos, cortejado por músicos y plañideras, a punto para ser incinerado con todos los honores. En cambio, mira el cuerpo de la prostituta, abandonado a los buitres y chacales, ignorado por todos y por todos despreciado. Pero, sin embargo, ella cultivó pureza y elevados ideales para su corazón pensando en Dios constantemente, y tú, por el contrario, de tanto mirar el pecado, teñiste tu alma de impurezas. ¿Comprendes, pues, por qué cada uno vais a una región tan diferente?
*El Maestro dice: Vigila tu actitud. Aprende a comprender y a tolerar. Discierne más allá de las apariencias.

¿DÓNDE ESTÁ EL DÉCIMO HOMBRE?

Eran diez amigos. Todos ellos eran muy ignorantes. Decidieron ponerse de acuerdo para hacer una excursión.
Querían divertirse un poco y pasar un buen día en el campo. Prepararon algunos alimentos, se reunieron a la salida del pueblo al amanecer y emprendieron la excursión. Iban caminando alegremente por los campos charlando sin cesar entre grandes carcajadas. Llegaron frente a un río y, para cruzarlo, cogieron una barcaza que había atada a un árbol. Se sentían muy contentos, bromeando y chapoteando en las aguas. Llegaron a la orilla opuesta y descendieron de la barcaza.
¡Estaba siendo un día estupendo! Ya en tierra, se contaron y descubrieron que solamente eran nueve. Pero, ¿dónde estaba el décimo de ellos? Empezaron a buscar al décimo hombre. No lo encontraban. Comenzaron a preocuparse y a lamentar su pérdida. ¿Se habrá ahogado? ¿Qué habrá sido de él? Trataron de serenarse y volvieron a contarse. Sólo contaban nueve. La situación era angustiosa. Uno de ellos se había extraviado definitivamente.
Comenzaron a gimotear y a quejarse.
Entonces pasó por allí un vagabundo.
Vio a los hombres que otra vez se estaban contando. El vagabundo descubrió enseguida lo que estaba pasando.
Resulta que cada hombre olvidaba contarse a sí mismo. Entonces les fue propinando una bofetada a cada uno de ellos y les instó a que se contaran de nuevo. Fue en ese instante cuando contaron diez y se sintieron muy satisfechos y alegres.
*El Maestro dice: El décimo hombre no era una nueva adquisición.
Siempre estuvo allí, como el Ser que reside dentro del ser humano. Nunca ha estado ausente. En cuanto se disipe la ofuscación de la mente será percibido.

ACTITUD DE RENUNCIA

Ésta es la historia de dos sadhus.
Uno de ellos había sido enormemente rico y, aun después de haber cortado con sus lazos familiares y sociales y renunciar a sus negocios, su familia cuidaba de él y disponía de varios criados para que le atendieran. El otro sadhu era muy pobre, vivía de la caridad pública y sólo era dueño de una escudilla y una piel de antílope sobre la que meditar. Con frecuencia, el sadhu pobre se jactaba de su pobreza y criticaba y ridiculizaba al sadhu rico. Solía hacer el siguiente comentario: "Se ve que era demasiado viejo para seguir con los negocios de la familia y entonces se ha hecho renunciante, pero sin renunciar a todos sus lujos". El sadhu pobre no perdía ocasión para importunar al sadhu rico y mofarse de él. Se le acercaba y le decía: "Mi renuncia sí que es valiosa y no la tuya, que en realidad no representa renuncia de ningún tipo, porque sigues llevando una vida cómoda y fácil". Un día, de repente, el sadhu rico, cuando el sadhu pobre le habló así, dijo tajantemente:
--Ahora mismo, tú y yo nos vamos de peregrinación a las fuentes del Ganges, como dos sadhus errantes.
El sadhu pobre se sorprendió, pero, a fin de poder mantener su imagen, tuvo que acceder a hacer una peregrinación que en verdad le apetecía muy poco. Ambos sadhus se pusieron en marcha. Unos momentos después, súbitamente, el sadhu pobre se detuvo y, alarmado, exclamó:
--¡Dios mío!, tengo que regresar rápidamente.
En su rostro se reflejaba la ansiedad.
--¿Por qué? -preguntó el sadhu rico.
--Porque he olvidado coger mi escudilla y mi piel de antílope.
Y entonces el sadhu rico le dijo:
--Te has burlado durante mucho tiempo de mis bienes materiales y ahora resulta que tú dependes mucho más de tu escudilla y tu piel que yo de todas mis posesiones.
*El Maestro dice: El secreto está en no ser poseído por lo que se posee.

DEPENDE DE QUIEN PROCEDA LA ORDEN

Estaban amigablemente departiendo el monarca y uno de sus ministros. El ministro estaba muy interesado por la evolución espiritual y practicaba asiduamente el mantra. Hablaban sobre el tema.
--¿Puedo yo elegir mi propio mantra y tendrá el mismo poder que tiene el que te ha entregado tu mentor? -preguntó el monarca.
--No -aseveró el ministro-. El mantra que proporciona el gurú es más poderoso.
--Sinceramente -declaró el rey-, no veo en absoluto ninguna razón para ello.
Entonces el ministro se volvió hacia el jefe de la guardia y le ordenó:
--Detengan a su majestad.
El jefe de la guardia no hizo el menor caso de la orden; pero el monarca, indignado ante tal atrevimiento, ordenó:
--¡Detengan a este hombre y encarcélenlo!
El jefe de la guardia mandó a sus hombres prender al ministro. Iba a ser llevado a prisión, cuando dijo:
--Señor, ¿os dais cuenta? Depende de quien proceda la orden.
*El Maestro dice: El mantra que procura un ser evolucionado lleva parte de su energía espiritual.

EL INCRÉDULO

A pesar de la ascendencia que la palabra tiene sobre la mente humana, muchas personas dudan de la eficacia del mantra o fonema místico para canalizar la energía mental y motivarse espiritualmente. Tal es el caso de un incrédulo personaje que estaba escuchando a un yogui que declaraba:
--Os puedo decir que el mantra tiene el poder de conduciros al Ser.
El hombre incrédulo protestó:
--Esa afirmación carece de fundamento. ¿Cómo puede la repetición de una palabra conducirnos al Ser? Eso es como decir que si repitiéramos "pan, pan, pan", se haría realidad el pan y se manifestaría.
El yogui se encaró con el incrédulo y le gritó:
--Siéntate ahora mismo, sinvergüenza.
El incrédulo se llenó de rabia.
Era tal su incontrolada ira que comenzó a temblar, y furioso vociferó:
--¿Cómo te atreves a hablarme de ese modo? ¿Y tú te dices un hombre santo y vas insultando a los otros?
Entonces, con mucho afecto y ternura, el yogui le dijo:
--Siento mucho haberte ofendido.
Discúlpame. Pero, dime, ¿qué sientes en este momento?
--¡Me siento ultrajado!
Y el yogui declaró:
--Con una sola palabra injuriosa te has sentido mal. Fíjate el enorme efecto que ha ejercido sobre ti. Si esto es así, ¿por qué el vocablo que designa al Ser no va a tener el poder de transformarte?
*El Maestro dice: Somete la enseñanza a la experiencia. Los métodos son instrumentos para alcanzar la liberación interior.

LA OLLA DE BARRO

Era un lechero acaudalado y que contaba con varios trabajadores en su lechería. Llamó a uno de ellos, Ashok, y le entregó una olla llena de mantequilla para que la llevase a un cliente de un pueblo cercano. A cambio le prometió algunas rupias extras. Ashok, muy contento, colocó la olla sobre su cabeza y se puso en marcha, en tanto se decía para sí: "Voy a ganar dos rupias. ¡Qué bien! Con ellas compraré gallinas, éstas pronto se multiplicarán y llegaré a tener nada menos que diez mil. Luego las venderé y compraré cabras. Se reproducirán, venderé parte de ellas y compraré una granja. Como ganaré mucho dinero, también compraré telas y me haré comerciante. Será estupendo.
Me casaré, tendré una casa soberbia y, naturalmente, dispondré de excelente cocinero para que me prepare los platos más deliciosos, y si un día no me hace bien la comida, le daré una bofetada". Al pensar en propinarle una bofetada al cocinero, Ashok, automáticamente, levantó la mano, provocando así la caída de la olla, que se hizo mil pedazos contra el suelo derramando su contenido. Desolado, volvió al pueblo y se enfrentó al patrón, que exclamó:
--¡Necio! ¡Me has hecho perder las ganancias de toda una semana!
Y Ashok replicó:
--¡Y yo he perdido mis ganancias de toda la vida!
*El Maestro dice: El futuro es un espejismo. Éste es tu momento, tu instante. En lugar de fantasear con la mente, pon las condiciones para que la semilla pueda germinar.

MÁS ALLÁ DE LAS DIFERENCIAS

Amanecía. Una mujer muy santa se estaba dando un apacible baño totalmente desnuda. De repente, un yogui vino a darle un recado y la sorprendió en su desnudez. Desconcertado y sorprendido, se dio rápidamente media vuelta y se dispuso a alejarse de la mujer, pero ella le reprendió en los siguientes términos:
--¿Por qué te vuelves? Si me pudieras ver como a las vacas pastando en los campos, también desnuda, no tendrías necesidad de marcharte. Si no te comportas con naturalidad al verme desnuda, es que todavía haces diferencia entre tú y yo; todavía estás atrapado en la dualidad y el deseo.
El yogui comprendió en profundidad la verdad que brotaba de los sabios labios de la mujer, se puso ante ella de rodillas y comenzó a exclamar: "!Madre, madre, madre!"
*El Maestro dice: "Tú" y "Yo" se funden en la unidad del Ser como se funde la escarcha con los primeros rayos del sol al despuntar el día.

EL PARIA SABIO

Shankaracharya iba caminando tranquilamente por una calle. Frente a él venía un paria con un cesto de carne del matadero. El hombre dio un traspiés y chocó con el sabio Shankaracharya, de la casta brahmín, que acababa de bañarse en las aguas de Ganges. Éste se sintió impuro al contacto con el paria, y gritó:
--¡Cuidado, me has tocado!
--Señor -repuso el paria-, no te precipites en tus juicios. Ni yo te he tocado ni tú me has tocado. ¿Es que acaso tu verdadero ser es este cuerpo que ha tocado y ha sido tocado? Tú sabes que el yo real no es la mente, ni las emociones, ni mucho menos este cuerpo.
Shankaracharya se sintió avergonzado. Aquel paria le había dado una gran lección y el suceso sería uno de los más importantes en su existencia para ayudarle a madurar espiritualmente y despertar a la realidad superior.
*El Maestro dice: El Yo real no se implica en el cuerpo, la mente o las emociones.

TODO LO QUE EXISTE ES DIOS

El gurú y el discípulo estaban departiendo sobre cuestiones místicas.
El maestro concluyó con la entrevista diciéndole:
--Todo lo que existe es Dios.
El discípulo no entendió la verdadera naturaleza de las palabras de su mentor. Salió de la casa y comenzó a caminar por una callejuela. De súbito, vio frente a él un elefante que venía en dirección contraria, ocupando toda la calle. El jovencito que conducía al animal, gritó avisando:
--¡Eh, oiga, apártese, déjenos pasar!
Pero el discípulo, inmutable, se dijo: "Yo soy Dios y el elefante es Dios, así que ¿cómo puede tener miedo Dios de sí mismo? Razonando de este modo evitó apartarse. El elefante llegó hasta él, lo agarró con la trompa y lo lanzó al tejado de una casa, rompiéndole varios huesos. Semanas después, repuesto de sus heridas, el discípulo acudió al mentor y se lamentó de lo sucedido. El gurú replicó:
--De acuerdo, tú eres Dios y el elefante es Dios. Pero Dios, en la forma del muchacho que conducía el elefante, te avisó para que dejaras el paso libre. ¿Por qué no hiciste caso de la advertencia de Dios?
*El Maestro dice: Afila el discernimiento. No tomes la soga por una serpiente, ni la serpiente por una soga.

LOS DOS MÍSTICOS

Se trataba de dos amigos con una gran tendencia hacia la mística. Cada uno de ellos consiguió una parcela de terreno donde poder retirarse a meditar tranquilamente. Uno de ellos tuvo la idea de plantar un rosal y tener rosas, pero enseguida rechazó el propósito, pensando que las rosas le originarían apego y terminarían por encadenarlo. El otro tuvo la misma idea y plantó el rosal. Transcurrió el tiempo. El rosal floreció, y el hombre que lo poseía disfrutó de las rosas, meditó a través de ellas y así elevó su espíritu y se sintió unificado con la madre naturaleza. Las rosas le ayudaron a crecer interiormente, a despertar su sensibilidad y, sin embargo, nunca se apegó a ellas. El amigo empezó a echar de menos el rosal y las hermosas rosas que ya podría tener para deleitar su vista y su olfato. Y así se apegó a las rosas de su mente y, a diferencia de su amigo, creó ataduras.
*El Maestro dice: A lo que tienes que renunciar es al sentido de posesividad y a la ignorancia.

LA DISPUTA

En el bosque habitaban el rey de los cuervos y el rey de los búhos, ambos con su legión respectiva de cuervos y búhos. Siempre habían compartido la paz del bosque, pero resulta que cierto día el rey de los cuervos y el rey de los búhos se encontraron y comenzaron a intercambiar impresiones. El rey de los cuervos preguntó:
--¿Por qué tú y tu legión de búhos trabajáis por la noche?
El búho, sorprendido, replicó:
--Sois vosotros los que trabajáis por la noche. Nosotros trabajamos de día. Así que no mientas.
Y los dos reyes se enzarzaron en una discusión, ambos convencidos de que trabajaban de día. Hasta tal punto la discusión comenzó a adquirir un carácter de violencia, que la legión de cuervos y la de búhos se disponían a entrar en combate. Pero cuando la situación estaba llegando a su momento más crítico, apareció por allí un apacible cisne que, al enterarse de la disputa, dijo:
--Calmaos todos, queridos compañeros.
Y dirigiéndose a los reyes, dijo:
--No debéis en absoluto pelear, porque los dos tenéis razón. Desde vuestra perspectiva, los dos trabajáis de día.
*El Maestro dice: Debido a diferentes enfoques de la realidad aparente, ideologías y ficticias divisiones, surgen las disputas y guerras, el malestar y el dolor.

MI HIJO ESTÁ CONMIGO

Era un hombre que tenía un hijo al que amaba profundamente. Por algún motivo se vio obligado a viajar y tuvo que dejar a su hijo en casa. El niño tenía ocho años y su padre sólo vivía para él. Habiéndose enterado de la partida del dueño de la casa, unos bandoleros aprovecharon su ausencia para entrar en ella y robar todo lo que contenía. Descubrieron al jovencito y se lo llevaron con ellos, no sin antes incendiar la casa.
Pasaron unos días. El hombre regresó a su hogar y se encontró con la casa derruida por el incendio.
Alarmado, buscó entre los restos calcinados y halló unos huesecillos, que dedujo eran los del cuerpo abrasado de su amado hijo. Con ternura infinita, los introdujo en un saquito que se colgó al cuello, junto al pecho, convencido de que aquéllos eran los restos de su hijo. Unos días más tarde, el niño logró escapar de los perversos bandoleros y, tras poder averiguar dónde estaba la nueva casa de su padre, corrió hasta ella e insistentemente llamó a la puerta.
--¿Quién es? -preguntó el padre.
--Soy tu hijo -contestó el niño.
--No, no puedes ser mi hijo -repuso el hombre, abrazándose al saquito que colgaba de su cuello-. Mi hijo ha muerto.
--No, padre, soy tu hijo. Conseguí escapar de los bandoleros.
--Vete, ¿me oyes? Vete y no me molestes -ordenó el hombre, sin abrir la puerta y aprisionando el saquito de huesos contra su pecho. Mi hijo está conmigo.
--Padre, escúchame; soy yo.
--¡He dicho que te vayas! -replicó el hombre-. Mi hijo murió y está conmigo. ¡Vete! Y no dejaba de abrazar el saquito de huesos.
*El Maestro dice: El apego, ¿te deja ver?, ¿te deja oír?, ¿te deja comprender? El apego te aferra a lo irreal e ilusorio y cierra tus oídos a lo Real y Trascendente.

LA TORTUGA Y LA ARGOLLA

Era un sabio tan anciano que nadie de la localidad sabía su edad. Él mismo la había olvidado, entre otras razones porque había trascendido todo apego y ambición humana. Estaba un día sentado bajo un enorme árbol banyano, la mirada perdida en el horizonte, la mente quieta como un cielo sin nubes. De repente, vio cómo un hombre joven echaba una cuerda sobre la rama de un árbol y ataba uno de sus extremos a su cuello. El sabio se dio cuenta de las intenciones del joven, corrió hacia él y le pidió que desistiese de su propósito aunque sólo fuera un par de minutos para escucharlo. El joven accedió, y ambos se sentaron junto al árbol. El anciano se expresó así:
--Voy a hacerte un ruego, querido amigo. Imagina una sola tortuga en el inmenso océano y que sólo saca la cabeza a la superficie una vez cada millón de años. Imagina un aro flotando sobre las aguas del inmenso océano. Pues más difícil aún que el que la tortuga introduzca la cabeza en el aro del agua, es haber obtenido la forma humana. Ahora, amigo, procede como creas conveniente.
Todavía cuenta la gente del lugar que aquel joven llegó a anciano y se hizo sabio.
*El Maestro dice: Toda forma humana es preciosa, porque a través de ella podemos alcanzar la realización definitiva. Habiendo podido tomar tantas formas, es una gran fortuna haber tomado la humana.

CONOCERSE A UNO MISMO

Un niño de la India fue enviado a estudiar a un colegio de otro país.
Pasaron algunas semanas, y un día el jovencito se enteró de que en el colegio había otro niño indio y se sintió feliz. Indagó sobre ese niño y supo que el niño era del mismo pueblo que él y experimentó un gran contento.
Más adelante le llegaron noticias de que el niño tenía su misma edad y tuvo una enorme satisfacción. Pasaron unas semanas más y comprobó finalmente que el niño era como él y tenía su mismo nombre. Entonces, a decir verdad, su felicidad fue inconmensurable.
*El Maestro dice: No hay mayor gozo en este mundo que el de conocerse a uno mismo.

LAS FANTASÍAS DE UNA ABEJA

Era una abeja llena de alegría y vitalidad. En cierta ocasión, volando de flor en flor y embriagada por el néctar, se fue alejando imprudentemente de su colmena más de lo aconsejable, y cuando se dio cuenta ya se había hecho de noche. Justo cuando el sol se estaba ocultando, se hallaba ella deleitándose con el dulce néctar de un loto. Al hacerse la oscuridad, el loto se plegó sobre sí mismo y se cerró, quedando la abeja atrapada en su interior. Despreocupada, ésta dijo para sí: "No importa. Pasaré aquí toda la noche y no dejaré de libar este néctar maravilloso. Mañana, en cuanto amanezca, iré en busca de mis familiares y amigos para que vengan también a probar este manjar tan agradable. Seguro que les va a hacer muy felices".
La noche cayó por completo. Un enorme elefante hambriento pasó por el paraje e iba engullendo todo aquello que se hallaba a su paso. La abeja, ignorante de todo lo que sucediera en el exterior y cómodamente alojada en el interior del loto, seguía libando.
Entonces se dijo: "!Qué néctar tan fantástico, tan dulce, tan delicioso!
¡Esto es maravilloso! No sólo traeré aquí a todos mis familiares, amigos y vecinos para que lo prueben, sino que me dedicaré a fabricar miel y podré venderla y obtener mucho dinero a cambio de ella y adquirir todas las cosas que me gustan en el mundo". Súbitamente, tembló el suelo a su lado. El elefante engulló el loto y la abeja apenas tuvo tiempo de pensar: "Éste es mi fin. Me muero".
*El Maestro dice: Sólo existe la seguridad del aquí-ahora. Aplícate al instante, haz lo mejor que puedas en el momento y no divagues

LA NATURALEZA DE LA MENTE

Se trataba de un hombre que llevaba muchas horas viajando a pie y estaba realmente cansado y sudoroso bajo el implacable sol de la India. Extenuado y sin poder dar un paso más, se echó a descansar bajo un frondoso árbol. El suelo estaba duro y el hombre pensó en lo agradable que sería disponer de una cama. Resulta que aquél era un árbol celestial de los que conceden los deseos de los pensamientos y los hacen realidad. Así es que al punto apareció una confortable cama.
El hombre se echó sobre ella y estaba disfrutando en el mullido lecho cuando pensó en lo placentero que resultaría que una joven le diera masaje en sus fatigadas piernas. Al momento apareció una bellísima joven que comenzó a procurarle un delicioso masaje. Bien descansado, sintió hambre y pensó en qué grato sería poder degustar una sabrosa y opípara comida. En el acto aparecieron ante él los más suculentos manjares. El hombre comió hasta saciarse y se sentía muy dichoso. De repente le asaltó un pensamiento: "!Mira que si ahora un tigre me atacase!" Apareció un tigre y lo devoró.
*El Maestro dice: Cambiante y descontrolada es la naturaleza de la mente. Aplícate a conocerla y dominarla y disiparás para siempre el peor de los tigres: el que mora dentro de ella misma.

LOS ERUDITOS

Iba a celebrarse un congreso sobre la mente al que tenían que asistir un buen número de eruditos especializados en el tema. Para tal fin, un grupo de ellos debía viajar de su ciudad a aquella otra en la que iba a tener lugar el acontecimiento. Para cubrir el trayecto, los eruditos tomaron el tren y consiguieron un compartimiento para ellos solos. Nada más acomodarse en el compartimiento comenzaron a hablar sobre la mente y sus misteriosos mecanismos. El tren se puso en marcha. Todos proporcionaban sus pareceres y llegaron al convencimiento común y compartido de que lo más necesario era cultivar y desarrollar la atención mental.
--Sí, ya nada hay tan importante como permanecer alerta -declaraba uno de ellos enfáticamente.
--Se requiere el cultivo metódico de la atención -recalcaba otro.
--Hay que aplicarse al entrenamiento de la atención; eso es lo esencial -afirmaban algunos.
Así hablaban y hablaban sin cesar sobre la necesidad de estar atentos, vigilantes y perceptivos; sobre la conveniencia de establecerse en una atención despierta y plena.
El convoy seguía su monótona marcha. Pero una vía estaba en malas condiciones y descarriló sin que pudiera evitarlo el maquinista. El tren se precipitó por un enorme barranco, dando innumerables vueltas, hasta que al final se detuvo estrellándose en las profundidades del mismo. Los eruditos seguían polemizando acaloradamente, insistiendo en la necesidad de elevar al máximo el umbral de la atención, pero ninguno de ellos se había percatado del accidente. Declaraban que había que tener la mente tan atenta que ni el vuelo de una mosca pasara desapercibido. Seguían apasionadamente debatiendo sobre la mente y la atención, con sus cuerpos amontonados unos sobre otros, todos ellos ignorantes del percance.
*El Maestro dice: No es a través de la palabra ni la polémica como un ser humano asciende a la cima de la consciencia, sino a través de una motivación firme y una práctica inquebrantable.

LA ACTITUD INTERIOR

Eran dos grandes amigos. Trabajaban en un pueblo y decidieron ir a pasar unos días a la ciudad. Comenzaron a caminar y en una gran calle vieron un burdel que estaba frente a frente con un santuario. Uno de los amigos decidió pasar unas horas en el burdel, bebiendo y disfrutando de las bellas prostitutas, en tanto que el otro optó por pasar ese tiempo en el santuario, escuchando a un maestro que hablaba sobre la conquista interior.
Pasaron unos minutos, y entonces el amigo que estaba en el burdel comenzó a lamentar no estar escuchando al maestro en el santuario, en tanto que el otro amigo, por el contrario, en lugar de estar atento a las enseñanzas que estaba oyendo, estaba ensoñando con el burdel y reprochándose a sí mismo lo necio que había sido por no elegir la diversión. De este modo, el hombre que estaba en el burdel obtuvo los mismos méritos que si hubiera estado en el santuario, y el que estaba en el santuario acumuló tantos deméritos como si hubiera estado en el burdel.
*El Maestro dice: Precediendo a los actos, está la actitud interior.
En la actitud interior comienza la cuenta de méritos y deméritos.

DIEZ AÑOS DESPUÉS

El monarca de un reino de la India tuvo noticias de que había en la localidad un faquir capaz de realizar extraordinarias proezas. El rey lo hizo llamar y, cuando lo tuvo ante él, le preguntó:
--¿Qué proezas puedes efectuar?
--Muchas, majestad -repuso el faquir-. Por ejemplo, puedo permanecer bajo tierra durante meses o incluso años.
--¿Podrías ser enterrado por diez años y seguir con vida después? -preguntó el monarca.
--Sin duda, majestad -aseveró el faquir.
--Si es así, cuando seas desenterrado, recibirás el diamante más puro del reino.
Se procedió a enterrar al faquir.
Se preparó una fosa a varios metros de profundidad y se dispuso de una urna de plomo. El faquir, antes de ser sepultado, se extendió hablando sobre sus cualidades espirituales y morales que hacían posible su autodominio y poder. Todos quedaron convencidos de su santidad. Fue introducido a continuación en la urna y enterrado. Durante diez años hubo guardianes vigilando la fosa. Nadie albergaba la menor esperanza de que el faquir sobreviviese a la prueba. Transcurrió el tiempo convenido. Toda la corte acudió a la tumba del faquir, con la certeza de que, a pesar de su santidad y poder, habría muerto y el cadáver sería solamente un conjunto
de huesos putrefactos. Sacaron la urna al exterior, la abrieron y hallaron al faquir en estado de catalepsia. Poco a poco el hombre se fue reanimando, efectuó varias respiraciones profundas, abrió sus ojos, dio un salto y sus primeras palabras fueron:
--¡Por Dios!, ¿dónde está el diamante?
*El Maestro dice: Sin desapego real y sabiduría, hasta la más precisa técnica de autodominio carece de significación.

EL PASTOR DISTRAÍDO

Al atardecer, un pastor se disponía a conducir el rebaño al establo. Entonces contó sus ovejas y, muy alarmado, se dio cuenta de que faltaba una de ellas. Angustiado, comenzó a buscarla durante horas, hasta que se hizo muy avanzada la noche. No podía hallarla y empezó a llorar desesperado. Entonces, un hombre que salía de la taberna y que pasó junto a él, le miró y le dijo:
--Oye, ¿por qué llevas una oveja sobre los hombros?
*El Maestro dice: No seas como el pastor negligente, que por no haber aprendido a discernir, buscas donde no debes hacerlo y así todas tus tentativas son insatisfactorias.

EL RECLUSO

Un recluso iba a ser trasladado de una a otra prisión y para ello debía atravesar toda la ciudad. Le colocaron sobre la cabeza un cuenco lleno de aceite hasta el borde y le dijeron:
--Un verdugo, con una afilada espada, caminará detrás de ti. En el mismo momento en que derrames una gota de aceite, te rebanará la cabeza.
Se sacó al recluso de la celda y se le colocó un cuenco sobre la cabeza.
Comenzó a caminar con mucho cuidado, en tanto el verdugo iba detrás de él.
Había llegado a pleno centro de la ciudad, cuando, de súbito, también llegaron al mismo lugar un grupo de hermosísimas bailarinas. La pregunta es: ¿Logró el recluso no ladear la cabeza para mirar a las bailarinas y así mantenerla a salvo, o, por el contrario, negligentemente, miró a las bailarinas y la perdió?
*El Maestro dice: Los que no permanecen atentos es como si ya estuvieran muertos.

LOS DOS AMIGOS

Dos amigos emprendieron una excursión. Al llegar la noche se echaron a dormir uno al lado del otro. Uno de ellos soñó que habían tomado un barco y habían naufragado en una isla. Al despertar, comenzó a preguntarle a su compañero si recordaba la travesía, el barco y la isla. Se quedó atónito cuando el amigo le explicó que él no había tenido el mismo sueño. No podía creerlo. Pero ¡si era un sueño increíble! Se negaba a aceptar que el amigo no recordara la travesía, el barco y la isla.
*El Maestro dice: La persona común, atrapada en la cárcel de su ego, proyecta sobre los otros sus propios autoengaños.
LOS DOS SADHUS
Se trataba de dos sadhus muy piadosos que acudieron a visitar a Ramakrishna, uno de los más grandes yoguis de la India. Se trataba de un padre y su hijo. Anhelaban reunirse con Ramakrishna para recibir la instrucción mística de este gran sabio. Estaban esperando en el jardín a que el maestro los recibiera, cuando de repente apareció una serpiente y picó al sadhu joven. El padre, muy alarmado, empezó a temblar y a dar gritos para que alguien les prestase ayuda. El hijo, sin embargo, permaneció muy sereno, impasible, como si no le hubiera mordido una peligrosa serpiente. Realmente sorprendido, el padre preguntó a su hijo:
--Pero, ¿cómo puedes estar tan tranquilo?
El joven sadhu, muy calmadamente, repuso:
--¿Qué es la serpiente y a quién ha mordido?
*El Maestro dice: En una mente tocada por la consciencia de unidad, los reflejos no se confunden con la realidad.

ANSIA

Era un padre de familia. Había conseguido unas buenas condiciones de vida y había enviudado, después de que sus hijos se hicieran mayores y encauzaran sus propias vidas. Siempre había acariciado la idea de dedicarse a la búsqueda espiritual y poder llegar a sentir la unidad con la Conciencia Universal. Ahora que ya no tenía obligaciones familiares, decidió ir a visitar a un yogui y ponerlo al corriente de sus inquietudes, pidiéndole también consejo espiritual.
El yogui vivía cerca de un río, cubriendo su cuerpo con un taparrabos y alimentándose de aquello que le daban algunos devotos. Vivía en paz consigo mismo y con los demás. Sonrió apaciblemente cuando llegó hasta él el hombre de hogar.
--¿En qué puedo ayudarte? -preguntó cortésmente.
--Venerable yogui, ¿cómo podría yo llegar a percibir la Mente Universal y hacerme uno con Ella?
El yogui ordenó:
--Acompáñame.
El yogui condujo al hombre de hogar hasta el río. Le dijo:
--Agáchate.
Así lo hizo el hombre de hogar y, al punto, el yogui lo agarró fuertemente por la cabeza y lo sumergió en el agua hasta llevarlo al borde del desmayo. Por fin permitió que el hombre de hogar, en sus denodados forcejeos, sacara la cabeza. Le preguntó:
--¿Qué has sentido?
--Una extraordinaria necesidad y ansia de aire.
--Pues cuando tengas esa misma ansia de la Mente Universal, podrás aprender a percibirla y hacerte uno con ella.
*El Maestro dice: Aunque pienses en la palabra "lámpara" no se enciende la luz. Que la motivación de libertad interior sea real y seguida por la práctica y no se quede sólo en una idea.

LOS ORFEBRES

En una localidad de la India había un negocio de orfebrería donde trabajaban cuatro hombres que eran tenidos por muy piadosos y que siempre eran vistos con los signos del dios Vishnú pintados en la frente, un collar de semillas sagradas al pecho, un rosario en la mano y el nombre del Divino repitiéndose en sus labios. Las gentes de la localidad, impresionadas por tanta santidad, se habían convertido en generosos clientes del establecimiento. A éstos les agradaba mucho comprobar que cuando llegaban a la tienda, los cuatro orfebres repetían los nombres de distintas divinidades hindúes. Al llegar un cliente, uno de ellos exclamaba: "Keshava, Keshava"; un poco después, otro entonaba: "Gopal, Gopal"; a continuación, el tercero recitaba: "Hari, Hari". Entonces los clientes, muy satisfechos con tanta santidad, hacían una buena compra, en tanto el cuarto orfebre decía fervorosamente: "Hara, Hara".
Todos estos términos son nombres de deidades del panteón hindú, pero los orfebres eran bengalíes y en su lengua tienen un segundo significado. Keshava quiere decir: "?Quiénes son"?, que es lo que pregunta el primer orfebre; Gopal significa: "Un rebaño de vacas", que es lo que contesta el segundo; Hari es: "?Puedo robarles?", que pregunta el tercero; Hara quiere decir: "Sí, róbales", que es lo que declara el cuarto.
*El Maestro dice: Los falsos maestros aparentan santidad para enmascarar sus perversas intenciones*.

EL ERMITAÑO Y EL BUSCADOR

Se trataba de un genuino buscador extranjero. Llevaba muchos años de búsqueda incansable, rastreando inquebrantablemente la Verdad. Había leído las escrituras de todas las religiones, había seguido numerosas vías místicas, había puesto en práctica no pocas técnicas de autodesarrollo y había escuchado a buen número de maestros; pero seguía buscando. Dejó su país y se trasladó a la India.
Viajó sin descanso. Había ido de un estado a otro y de ciudad en ciudad, indagando, buscando, anhelando encontrar. Un día llegó a un pueblo y preguntó si había algún maestro con el que entrar en contacto. Le comunicaron que no había ningún maestro, pero que en una montaña cercana habitaba un ermitaño. El hombre se dirigió a la montaña con el propósito de hallar al ermitaño. Comenzó a ascender por una de sus laderas. De súbito, observó que el ermitaño bajaba por el mismo sendero por el que él subía. Cuando estaban a punto de cruzarse e iba a preguntarle el mejor modo para acelerar el proceso hacia la liberación, el ermitaño dejó caer en el suelo un saco que llevaba a sus espaldas. Se hizo un silencio profundo, estremecedor, total y perfecto. El ermitaño clavó sus ojos, sutiles y elocuentes, en los del buscador. ¡Qué mirada aquélla!
Luego, el ermitaño cogió de nuevo el saco, lo cargó a su espalda y prosiguió la marcha. Ni una palabra, ni un gesto, pero ¡qué mirada aquélla! El buscador, de repente, comprendió en lo más profundo de sí mismo. No se trataba de una comprensión intelectual, sino inmensa y visceral. Deja el fardo de juicios y prejuicios, conceptos y actitudes egocéntricas, para poder evolucionar.
*El Maestro dice: No tienes nada que perder que no sea tu ignorancia y la máscara de tu personalidad.

LOS DESIGNIOS DEL KARMA

Sariputta era uno de los más grandes discípulos del Buda y llegó a ser un iluminado de excepcional sabiduría y sagaz visión. Viajaba propagando la Enseñanza, y cierto día, al pasar por una aldea de la India, vio que una mujer sostenía en una mano un bebé y con la otra estaba dando una sardina a un perro. Con su visión clarividente e intemporal pudo ver quiénes fueron todos ellos en una pasada existencia.
Se trataba de una mujer casada con un cruel marido que la golpeaba a menudo. Se enamoró de otro hombre, pero entre su padre y su marido, poniéndose de acuerdo para ello, le dieron muerte.
Ahora la mujer mantenía a un bebé en sus brazos, su antiguo amante, que fuera asesinado. La sardina era su despiadado marido, y el perro, su padre. Todos habían vuelto a reunirse en la presente vida, pero en condiciones muy distintas.
*El Maestro dice: Nadie puede escapar a sus acciones: tal es el designio del karma.

VIAJE AL CORAZÓN

Bastami era uno de los más grandes sufíes de la India. Se proponía efectuar una larga peregrinación a La Meca, cuando se encontró con un instructor espiritual que le preguntó:
--¿Por qué has de ir a La Meca?
--Para ver a Dios -repuso.
El instructor le ordenó:
--Dame ahora mismo todo el dinero que llevas contigo para el viaje.
Bastami le entregó el dinero, el instructor se lo guardó en el bolsillo, y dijo:
--Sé que habrías dado siete vueltas alrededor de la piedra sagrada. Pues bien, en lugar de eso, da ahora siete vueltas a mi alrededor.
Bastami obedeció y dio siete vueltas alrededor del instructor, quien declaró a continuación:
--Ahora sí has conseguido lo que te proponías. Ya puedes regresar a tu casa con el ánimo sereno y satisfecho, si bien antes quiero decirte algo más. Desde que La Meca fue construida, ni un solo minuto Dios ha morado allí. Pero desde que el corazón del hombre fue creado, ni un solo instante Dios ha dejado de habitar en él. Ve a tu casa y medita. Viaja a tu corazón.
*El Maestro dice: Busca refugio dentro de ti. ¿Qué otro refugio puede haber? ?

EL ARTE DE LA OBSERVACIÓN

El discípulo llegó hasta el maestro y le dijo:
--Guruji, por favor, te ruego que me impartas una instrucción para aproximarme a la verdad. Tal vez tú dispongas de alguna enseñanza secreta.
Después de mirarle unos instantes, el maestro declaró:
--El gran secreto está en la observación. Nada escapa a una mente observadora y perceptiva. Ella misma se convierte en la enseñanza.
--¿Qué me aconsejas hacer?
--Observa -dijo el gurú-. Siéntate en la playa, a la orilla del mar, y observa cómo el sol se refleja en sus aguas. Permanece observando tanto tiempo como te sea necesario, tanto tiempo como te exija la apertura de tu comprensión.
Durante días, el discípulo se mantuvo en completa observación, sentado a la orilla del mar. Observó el sol reflejándose sobre las aguas del océano, unas veces tranquilas, otras encrespadas. Observó las leves ondulaciones de sus aguas cuando la mar estaba en calma y las olas gigantescas cuando llegaba la tempestad. Observó y observó, atento y ecuánime, meditativo y alerta. Y así, paulatinamente, se fue desarrollando su comprensión.
Su mente comenzó a modificarse y su consciencia a hallar otro modo mucho más rico de percibir.
El discípulo, muy agradecido, regresó junto al maestro.
--¿Has comprendido a través de la observación? -preguntó el maestro.
--Sí -repuso satisfecho el discípulo-. Llevaba años efectuando los ritos, asistiendo a las ceremonias más sagradas, leyendo las escrituras, pero no había comprendido. Unos días de observación me han hecho comprender.
El sol es nuestro ser interior, siempre brillante, autoluminoso, inafectado. Las aguas no le mojan y las olas no le alcanzan; es ajeno a la calma y la tempestad aparentes.
Siempre permanece, inalterable, en sí mismo.
–Ésa es una enseñanza sublime -declaró el gurú-, la enseñanza que se desprende del arte de la observación.
*El Maestro dice: Todos los grandes descubrimientos se han derivado de la observación diligente. No hay mayor descubrimiento que el del Ser.
Observa y comprende.

¿POR QUIÉN DEBO AFLIGIRME?

Un hombre se vio obligado a dejar su casa durante unos días para ir en busca de empleo. En su ausencia, el único hijo que tenía enfermó súbitamente y murió. Cuando el hombre regresó a su hogar, su esposa, deshecha en lágrimas, le dio la amarga noticia. Pero el hombre permaneció extraordinariamente sereno y ecuánime. La esposa no podía salir de su asombro e indignación. Comenzó a increparle agriamente su actitud. El hombre la tranquilizó y luego explicó: "Querida, la otra noche soñé que tenía siete hijos y que con ellos mi vida estaba llena de satisfacción y felicidad. Sí, realmente, yo era muy feliz con mis hijos. Al despertarme, de pronto, los perdí a todos. Ahora te pregunto: ¿Por quién debo afligirme? ¡Por los siete hijos o por el que hemos perdido?"
*El Maestro dice: Para el que ha trascendido todos los fenómenos y apariencias, la vida es de la misma sustancia que un sueño.

EL GRANO DE MOSTAZA

Una mujer, deshecha en lágrimas, se acercó hasta el Buda y, con voz angustiada y entrecortada, le explicó:
--Señor, una serpiente venenosa ha picado a mi hijo y va a morir. Dicen los médicos que nada puede hacerse ya.
--Buena mujer, ve a ese pueblo cercano y toma un grano de mostaza negra de aquella casa en la que no haya habido ninguna muerte. Si me lo traes, curaré a tu hijo.
La mujer fue de casa en casa, inquiriendo si había habido alguna muerte, y comprobó que no había ni una sola casa donde no se hubiera producido alguna. Así que no pudo pedir el grano de mostaza y llevárselo al Buda.
Al regresar, dijo:
--Señor, no he encontrado ni una sola casa en la que no hubiera habido alguna muerte.
Y, con infinita ternura, el Buda dijo:
--¿Te das cuenta, buena mujer? Es inevitable. Anda, ve junto a tu hijo y, cuando muera, entierra su cadáver.
*El Maestro dice: Todo lo compuesto, se descompone: todo lo que nace, muere. Acepta lo inevitable con ecuanimidad.

LA ENSEÑANZA DEL SABIO VEDANTÍN

Era un sabio vedantín, es decir, que creía en la unidad que se manifiesta como diversidad. Estaba hablando a sus discípulos sobre el Ser Supremo y el ser individual, explicándoles que son lo mismo. Declaró:
--Del mismo modo que el Ser Supremo existe dentro de sí mismo, también existe dentro de cada uno de nosotros.
Uno de los discípulos replicó:
--Pero, maestro, ¿cómo nosotros podemos ser como el Ser Supremo, cuando Él es tan inmenso y poderoso?
Infinitos universos moran dentro de Él. Nosotros somos partículas a su lado.
El sabio le pidió al discípulo que se aproximase al Ganges y cogiese agua. Así lo hizo el discípulo.
Cogió un tazón de agua y se lo presentó al sabio; pero éste protestó:
--Te he pedido agua del Ganges.
Ésta no puede ser agua de ese río.
--Claro que lo es -dijo el discípulo consternado.
--Pero en el Ganges hay peces y tortugas, las vacas acuden a beber a sus orillas, y la gente se baña en él. Esta agua no puede ser del Ganges.
--Claro que lo es -insistió el discípulo-, pero en tan poca cantidad que no puede contener ni peces, ni tortugas, ni vacas, ni devotos.
—Tienes razón -afirmó el sabio-.
Ahora devuelve el agua al río.
Así lo hizo el discípulo y regresó después junto al sabio, que le explicó:
--¿Acaso no existen ahora todas esas cosas en el agua? El ser individual es como el agua en el tazón. Es una con el Ser Supremo, pero existe en forma limitada y por eso parece diferente. Al devolver el agua del tazón al río, volvió a contar con peces, tortugas, vacas y devotos. Si meditas adecuadamente, comprenderás que tú eres el Ser Supremo y que estás en todo, como Él.
*El Maestro dice: Hasta en una brizna de hierba habita el Alma Universal.

¿Y QUIÉN TE ATA?

Angustiado, el discípulo acudió a su instructor espiritual y le preguntó:
--¿Cómo puedo liberarme, maestro?
El instructor contestó:
--Amigo mío, ¿y quién te ata?
*El Maestro dice: La mente es amiga o enemiga. Aprende a subyugarla?

EL POBRE IGNORANTE

Un hombre, muy sencillo y analfabeto, llamó a las puertas de un monasterio. Tenía deseos verdaderos de purificarse y hallar un sentido a la existencia. Pidió que le aceptasen como novicio, pero los monjes pensaron que el hombre era tan simple e iletrado que no podría ni entender las más básicas escrituras ni efectuar los más elementales estudios. Como le vieron muy interesado por permanecer en el monasterio, le proporcionaron una escoba y le dijeron que se ocupara diariamente de barrer el jardín. Así, durante años, el hombre barrió muy minuciosamente el jardín sin faltar ni un solo día a su deber. Paulatinamente, todos los monjes empezaron a ver cambios en la actitud del hombre. ¡Se le veía tan tranquilo, gozoso, equilibrado! Emanaba de todo él una atmósfera de paz sublime. Y tanto llamaba la atención su inspiradora presencia, que los monjes, al hablar con él, se dieron cuenta de que había obtenido un considerable grado de evolución espiritual y una excepcional pureza de corazón. Extrañados, le preguntaron si había seguido alguna práctica o método especiales, pero el hombre, muy sencillamente, repuso:
--No, no he hecho nada, creedme.
Me he dedicado diariamente, con amor, a limpiar el jardín, y, cada vez que barría la basura, pensaba que estaba también barriendo mi corazón y limpiándome de todo veneno.
*El Maestro dice: El mayor ignorante hallará la paz si su intención es genuina; el erudito más destacado proseguirá a oscuras si su intención no es la correcta.

EL LADRÓN POLICÍA

En un pueblo de la India había un hábil ladrón que robaba en todas las casas y jamás podía ser sorprendido.
Era un verdadero experto. La gente de la localidad, desmoralizada, se reunió con el alcalde y le pidió que nombrase un policía, ya que no había ninguno en el pueblo y así el ladrón lograba actuar a su aire y sin ningún riesgo. El alcalde, comprendiendo el desánimo de las gentes del lugar, entregó un bando solicitando personas que se presentaran al puesto de policía. Solamente se presentó un candidato. Se trataba del ladrón y fue elegido policía.
*El Maestro dice: Así como nunca el policía detendrá al ladrón que es él mismo, jamás el ego capturará al ego, siendo necesario recurrir al testigo que está más allá del ego y el pensamiento.

EL DESENCANTO

Se trataba de un hombre que nunca había tenido ocasión de ver el mar.
Vivía en un pueblo del interior de la India. Una idea se había instalado con fijeza en su mente: "No podía morir sin ver el mar". Para ahorrar algún dinero y poder viajar hasta la costa, tomó otro trabajo además del suyo habitual. Ahorraba todo aquello que podía y suspiraba porque llegase el día de poder estar ante el mar.
Fueron años difíciles. Por fin, ahorró lo suficiente para hacer el viaje. Tomó un tren que le llevó hasta las cercanías del mar. Se sentía entusiasmado y gozoso. Llegó hasta la playa y observó el maravilloso espectáculo. ¡Qué olas tan mansas! ¡Qué espuma tan hermosa! ¡Qué agua tan bella! Se acercó hasta el agua, cogió una poca con la mano y se la llevó a los labios para degustarla. Entonces, muy desencantado y abatido, pensó: "!Qué pena que pueda saber tan mal con lo hermosa que es!"
*El Maestro dice: Por ignorancia, cuando tus expectativas no son satisfechas, te desencantas. El ser liberado sólo espera aquello que ocurre.

EL PODER DEL MANTRA

El poder y alcance del mantra depende de la actitud del que lo repite. Así lo evidencia la siguiente historia.
Un eremita vivía a la orilla del río. Era alimentado por una lechera que todos los días le regalaba leche para su manutención. El eremita había concedido una mantra a la buena mujer y le había dicho:
--Repitiendo este poderoso mantra puedes ir a través del océano de la existencia.
Pasó el tiempo. Cierto día en que la lechera iba a cruzar el río para llevar la leche al eremita, llovió torrencialmente y las aguas del río se desbordaron. No había manera de pasar el río en barca. La mujer recordó lo que había dicho el eremita: "Repitiendo este poderoso mantra puedes ir a través del océano de la existencia". Y se dijo a sí misma: "Y esto sólo es un río". Repitió interiormente el mantra con mucho amor y motivación y comenzó a caminar sobre el agua hasta llegar donde estaba el eremita. Al verla, éste, muy extrañado, preguntó:
--¿Cómo has podido llegar hasta aquí si el río se ha desbordado?
La mujer repuso:
--Como me dijiste que con el mantra que me entregaste podía atravesar el océano de la existencia, pensé que sería mucho más fácil cruzar el río.
Recité el mantra y lo pasé caminando sobre las aguas.
Al escuchar esta explicación, el eremita se llenó de vanidad y pensó: "!Qué grado de evolución debo tener cuando la lechera ha podido hacer esta proeza con mi mantra!" Días después, el eremita tenía que ir a la ciudad. Las lluvias monzónicas no habían cesado y el río continuaba desbordado. El eremita pensó que no había ningún problema. Si el mantra había funcionado con la lechera, ¿cómo no iba a funcionar con él?
Empezó a repetir el mantra y se lanzó a las aguas del río. Automáticamente se hundió hasta el fondo y pereció.
*El Maestro dice: El ego es la muerte de lo más real que hay en uno mismo. No libera, esclaviza y ahoga.

SIGUE ADELANTE

Un leñador estaba en el bosque talando árboles para aprovechar su madera, aunque ésta no era de óptima calidad. Entonces vino hacia él un anacoreta y le dijo:
--Buen hombre, sigue adelante.
Al día siguiente, cuando el sol comenzaba a despejar la bruma matutina, el leñador se disponía para emprender la dura labor de la jornada. Recordó el consejo que el día anterior le había dado el anacoreta y decidió penetrar más en el bosque. Descubrió entonces un macizo de árboles espléndidos de madera de sándalo. Esta madera es la más valiosa de todas, destacando por su especial aroma.
Transcurrieron algunos días. El leñador volvió a recordar la sugerencia del anacoreta y determinó penetrar aún más en el bosque. Así pudo encontrar una mina de plata. Este fabuloso descubrimiento le hizo muy rico en pocos meses. Pero el que fuera leñador seguía manteniendo muy vivas las palabras del anacoreta: "Sigue adelante", por lo que un día todavía se introdujo más en el bosque. Fue de este modo como halló ahora una mina de oro y se hizo un hombre excepcionalmente rico.
*El Maestro dice: "Sigue adelante", hacia tu interior hacia la fuente de tu Sabiduría. ¿Puede haber mayor riqueza que ésta?*

¿HASTA CUÁNDO DORMIDO?

Era un pueblo de la India cerca de una ruta principal de comerciantes y viajeros. Acertaba a pasar mucha gente por la localidad. Pero el pueblo se había hecho célebre por un suceso insólito: había un hombre que llevaba ininterrumpidamente dormido más de un cuarto de siglo. Nadie conocía la razón. ¡Qué extraño suceso! La gente que pasaba por el pueblo siempre se detenía a contemplar al durmiente.
?Pero a qué se debe este fenómeno?
-se preguntaban los visitantes-. En las cercanías de la localidad vivía un eremita. Era un hombre huraño, que pasaba el día en profunda contemplación y no quería ser molestado. Pero había adquirido fama de saber leer los pensamientos ajenos. El alcalde mismo fue a visitarlo y le rogó que fuera a ver al durmiente por si lograba saber la causa de tan largo y profundo sueño. El eremita era muy noble y, a pesar de su aparente adustez, se prestó a tratar de colaborar en el esclarecimiento del hecho. Fue al pueblo y se sentó junto al durmiente. Se concentró profundamente y empezó a conducir su mente hacia las regiones clarividentes de la consciencia. Introdujo su energía mental en el cerebro del durmiente y se conectó con él. Minutos después, el eremita volvía a su
estado ordinario de consciencia. Todo el pueblo se había reunido para escucharlo. Con voz pausada, explicó:
--Amigos. He llegado, sí, hasta la concavidad central del cerebro de este hombre que lleva más de un cuarto de siglo durmiendo. También he penetrado en el tabernáculo de su corazón. He buscado la causa. Y, para vuestra satisfacción, debo deciros que la he hallado. Este hombre sueña de continuo que está despierto y, por tanto, no se propone despertar.
*El Maestro dice: No seas como este hombre, dormido espiritualmente en tanto crees que estás despierto.

EL HOMBRE QUE SE DISFRAZÓ DE BAILARINA

Una fastuosa fiesta se celebraba en la corte real. El monarca esperaba con ansiedad el momento de la danza, pues era muy amante de la misma.
Quedaban unos minutos para que tuviera lugar la representación, cuando la bailarina enfermó de gravedad. No se podía desairar al rey, así que se buscó afanosamente otra bailarina para sustituir a la enferma, pero sucedió que no pudo ser hallada ninguna. El carácter del rey era terrible cuando se enfadaba. ¿Qué se podía hacer?
Uno de los ministros resolvió elegir a uno de los sirvientes y se le ordenó que se disfrazara de bailarina y bailase ante el rey. El sirviente se disfrazó de bailarina, se maquilló minuciosamente y danzó con entusiasmo ante el monarca. El rey, satisfecho, dijo:
--Aunque en algunas actitudes es un poco varonil, se trata de una gran bailarina. Me siento complacido.
La pregunta es: Mientras el sirviente interpretaba a la bailarina, ¿dejó de saber que era un hombre?
Nadie podría contestar, excepto él.
*El Maestro dice: El ser humano común se comporta como si el sirviente se hubiera identificado tanto con su papel que hubiera dejado de saber que era un hombre. Cuando se identifica con la personalidad y todo lo adquirido, se olvida de su Ser real.

OCHO ELEFANTES BLANCOS

El discípulo quería elaborarlo todo a través del entendimiento intelectual. Sólo confiaba en la razón y estaba encerrado en la propia jaula de su lógica. Visitó al mentor espiritual y le preguntó:
--Señor, ¿quién sostiene el mundo?
El mentor repuso:
--Ocho elefantes blancos.
--¿Y quién sostiene a los ocho elefantes blancos? -preguntó intrigado el discípulo.
--Otros ocho elefantes blancos.
*El Maestro dice: El pensamiento es limitado. Una nueva energía de conocimiento aparece cuando cesa el pensamiento.

UNA PARTÍCULA DE VERDAD

En compañía de uno de sus acólitos, el diablo vino a dar un largo paseo por el planeta Tierra. Habiendo tenido noticias de que la Tierra era terreno de odio y perversidades, corrupción y malevolencia, abandonó durante unos días su reino para disfrutar de su viaje. Maestro y discípulo iban caminando tranquilamente cuando, de súbito, este último vio una partícula de verdad. Alarmado, previno al diablo:
--Señor, allí hay una partícula de verdad, cuidado no vaya a extenderse.
Y el diablo, sin alterarse en lo más mínimo, repuso:
--No te preocupes, ya se encargarán de institucionalizarla.
*El Maestro dice: Nadie puede monopolizar la verdad, ni la verdad es patrimonio de nadie.

EL REY DE LOS MONOS

Cuando el rey de los monos se enteró de dónde moraba el Buda predicando la Enseñanza, corrió hacia él y le dijo:
--Señor, me extraña que siendo yo el rey de los monos no hayáis enviado a alguien a buscarme para conocerme.
Soy el rey de millares de monos.
Tengo un gran poder.
El Buda guardó el noble silencio.
Sonreía. El rey de los monos se mostraba descaradamente arrogante y fatuo.
--No lo dudéis, señor -agregó-, soy el más fuerte, el más rápido, el más resistente y el más diestro. Por eso soy el rey de los monos. Si no lo creéis, ponedme a prueba. No hay nada que no pueda hacer. Si lo deseáis, viajaré al fin del mundo para demostrároslo.
El Buda seguía en silencio, pero escuchándolo con atención. El rey de los monos añadió:
--Ahora mismo partiré hacia el fin del mundo y luego regresaré de nuevo hasta vos.
Y partió. Días y días de viaje.
Cruzó mares, desiertos, dunas, bosques, montañas, canales, estepas, lagos, llanuras, valles... Finalmente, llegó a un lugar en el que se encontró con cinco columnas y, allende las mismas, sólo un inmenso abismo. Se dijo a sí mismo: "No cabe duda, he aquí el fin del mundo". Entonces dio comienzo al regreso y de nuevo surcó desiertos, dunas, valles... Por fin, llegó de nuevo a su lugar de partida y se encontró frente al Buda.
--Ya me tienes aquí -dijo arrogante-. Habrás comprobado, señor, que soy el más intrépido, hábil, resistente y capacitado. Por este motivo soy el rey indiscutible de los monos.
El Buda se limitó a decir:
--Mira dónde te encuentras.
El rey de los monos, estupefacto, se dio entonces plena cuenta de que estaba en medio de la palma de una de las manos del Buda y de que jamás había salido de la misma. Había llegado hasta sus dedos, que tomó como columnas, y más allá sintió el abismo, fuera de la mano del Bienaventurado, que jamás había abandonado.
*El Maestro dice: ¿Adónde pueden conducirte tu engreimiento y fatuidad que no sea al abismo?*

MAÑANA TE LO DIRÉ

El rey era un hombre joven sinceramente preocupado por las cuestiones metafísicas. Aspiraba a conquistar la liberación interior y sabía que lograrla requería muchísima motivación y un enorme esfuerzo. Comenzó a
preguntarse si una persona necesitaría más de una liberación y, atormentado por esta cuestión, hizo llamar a su maestro.
--Venerable yogui. Hay una cuestión que me inquieta mucho. Incluso me roba el sueño. Yo sé hasta qué punto hay que esforzarse para hallar la Liberación pero me pregunto: ¿Basta con que una persona se libere una vez o son necesarias más liberaciones?
El yogui sólo repuso:
--Mañana, señor, te lo diré al amanecer.
El monarca ni siquiera pudo conciliar el sueño. Estaba ansioso por recibir la respuesta. Los primeros rayos del sol iluminaron su reino. Se incorporó y comenzó a ataviarse. Recordó que tenía que estar presente en una ejecución que iba a llevarse a cabo. Por haber violado y matado a varias mujeres, un hombre había sido condenado a la horca. El juez había anunciado: "Este hombre cruel y perverso debería ser ahorcado por cada uno de sus crímenes".
Cuando el rey salió de su cámara, el yogui le estaba esperando.
--Estoy ansioso por conocer tu respuesta -dijo el rey nada más verle.
--La conocerás, señor. Si me permites acompañarte a contemplar la ejecución.
El monarca y el yogui asistieron a la ejecución. El asesino fue ahorcado. Entonces el rey se volvió hacia el yogui y le preguntó:
--¿Cuándo responderás a mi pregunta?
--Ahora mismo, majestad -repuso el yogui-. Ese hombre que acaba de ser ejecutado debería haber sido ahorcado, según el juez, una vez por cada uno de sus crímenes. ¿Podéis acaso ahorcarlo de nuevo?
--Claro que no -afirmó el monarca-. Un hombre ahorcado no puede ser ahorcado de nuevo.
Y el yogui dijo:
--Y un hombre liberado, ¿puede liberarse de nuevo?
*El Maestro dice: Con la Liberación pierdes el ego pero ganas el Todo.

LEALTAD

Un insurrecto había sido condenado a morir en la horca. El hombre tenía a su madre viviendo en una lejana localidad y no quería dejar de despedirse de ella por este motivo. Hizo al rey la petición de que le permitiese partir unos días para visitar a su madre. El monarca sólo puso una condición, que un rehén ocupase su lugar mientras permanecía ausente y que, en el supuesto de que no regresase, fuera ejecutado por él. El insurrecto recurrió a su mejor amigo y le pidió que ocupase su puesto. El rey dio un plazo de siete días para que el rehén fuera ejecutado si en ese tiempo no regresaba el condenado.
Pasaron los días. El sexto día se levantó el patíbulo y se anunció la ejecución del rehén para la mañana del día siguiente. El rey preguntó por su estado de ánimo a los carceleros, y éstos respondieron:
--¡Oh, majestad! Está verdaderamente tranquilo. Ni por un momento ha dudado de que su amigo volverá.
El rey sonrió con escepticismo.
Llegó la noche del sexto día. La tranquilidad y la confianza del rehén resultaban asombrosas. De madrugada, el monarca indagó sobre el rehén y el jefe de la prisión dijo:
--Ha cenado opíparamente, ha cantado y está extraordinariamente sereno.
No duda de que su amigo volverá.
—¡Pobre infeliz! -exclamó el monarca.
Llegó la hora prevista para la ejecución. Había comenzado a amanecer.
El rehén fue conducido hasta el patíbulo. Estaba relajado y sonriente.
El monarca se extrañó al comprobar la firmeza anímica del rehén. El verdugo le colocó la cuerda al cuello, pero él seguía sonriente y sereno. Justo cuando el rey iba a dar la orden para la ejecución, se escucharon los cascos de un caballo. El insurrecto había regresado justo a tiempo. El rey, emocionado, concedió la libertad a ambos hombres.
*El Maestro dice: Deposita en tu capacidad de libertad interior la confianza del rehén y el camino te conducirá a la meta más alta.

EL YOGUI TÁNTRICO

Era un yogui abstinente que había aprendido a canalizar todas sus energías sexuales hacia el desarrollo espiritual. Vivía en una casita a las afueras del pueblo y era frecuentemente requerido por devotos que le reclamaban instrucción mística. Cierto día, un grupo de buscadores lo visitaron y le expusieron la siguiente cuestión:
--Maestro, nos preguntamos cómo puedes asumir tan fácilmente tu soledad, cómo no echas de menos a una mujer que te acompañe y te sirva de apoyo y consuelo.
--Nunca estoy solo, os lo aseguro -repuso el yogui-. Yo soy hombre y mujer. He logrado unificar en mí ambas polaridades y jamás podré ya sentirme solo. Me siento pleno y siempre acompañado. Cuando, por ejemplo, barro mi casa o tiendo mi lienzo, soy mujer; pero cuando cargo grandes pesos o corto leña, soy hombre. Según
la tarea que lleve a cabo, me siento hombre o mujer, pero en verdad no soy ni lo uno ni lo otro, porque soy ambos a la vez.
*El Maestro dice: Para el ser realizado, sólo hay una energía, y es la de la Mente Universal.

EL MENDICANTE GOLPEADO

Al amanecer, un monje mendicante dejó el monasterio para ir a mendigar su alimento. Iba tranquilamente caminando cuando vio que un terrateniente golpeaba cruelmente a uno de sus sirvientes. El monje, lleno de compasión corrió hasta el terrateniente e intercedió por el que estaba siendo tan severamente castigado. El terrateniente la emprendió entonces con el pacífico monje y le propinó tal paliza que lo dejó medio muerto. Un par de horas después, otros monjes del monasterio lo hallaron en tan lamentable estado y lo condujeron prestos a su celda en el monasterio. Uno de los monjes le estuvo curando las heridas con mucho cariño. Cuando el herido se reanimó, le dio leche y le preguntó:
--Hermano, ¿me conoces?
--Claro que te conozco, hermano -dijo con un hilo de voz el herido-.
Aquel que me golpeó, me está ahora cuidando y alimentando con leche.
*El Maestro dice: Así es el carácter de unidad para un iluminado.

LOS CIEGOS Y EL ELEFANTE

Se hallaba el Buda en el bosque de Jeta cuando llegaron un buen número de ascetas de diferentes escuelas metafísicas y tendencias filosóficas.
Algunos sostenían que el mundo es eterno, y otros, que no lo es; unos que el mundo es finito, y otros, infinito; unos que el cuerpo y el alma son lo mismo, y otros, que son diferentes; unos, que el Buda tiene existencia tras la muerte, y otros, que no. Y así cada uno sostenía sus puntos de vista, entregándose a prolongadas polémicas. Todo ello fue oído por un grupo de monjes del Buda, que relataron luego el incidente al maestro y le pidieron aclaración. El Buda les pidió que se sentaran tranquilamente a su lado, y habló así:
--Monjes, esos disidentes son ciegos que no ven, que desconocen tanto la verdad como la no verdad, tanto lo real como lo no real. Ignorantes, polemizan y se enzarzan como me habéis relatado. Ahora os contaré un suceso de los tiempos antiguos. Había un maharajá que mandó reunir a todos los ciegos que había en Sabathi y pidió que los pusieran ante un elefante y que contasen, al ir tocando al elefante, qué les parecía. Unos dijeron, tras tocar la cabeza: "Un elefante se parece a un cacharro"; los que tocaron la oreja, aseguraron: "Se parece a un cesto de aventar"; los que tocaron el colmillo: "Es como una reja de arado"; los que palparon el cuerpo: "Es un granero". Y así, cada uno convencido de lo que declaraba, comenzaron a querellarse entre ellos.
El Buda hizo una pausa y rompió el silencio para concluir:
--Monjes, así son esos ascetas disidentes: ciegos, desconocedores de la verdad, que, sin embargo, sostienen sus creencias.
*El Maestro dice: La visión parcial entraña más desconocimiento que conocimiento.

FIN

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Este libro fue digitalizado para distribución libre y gratuita a través de la red
Revisión y Edición Electrónica de Hernán.
Rosario - Argentina