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LOS AMADOS MUERTOS -- H. P. LOVECRAFT Y C. M. EDDY

Escrito por imagenes 10-05-2008 en General. Comentarios (4)

LOS AMADOS MUERTOS -- H. P. LOVECRAFT Y C. M. EDDY

LOS AMADOS MUERTOS
H. P. LOVECRAFT & C. M. EDDY

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Es media noche. Antes del alba darán conmigo y me encerrarán en una celda
negra, donde languideceré interminablemente, mientras insaciables deseos roen
mis entrañas y consumen mi corazón, hasta ser al fin uno con los muertos que
amo.
Mi asiento es la fétida fosa de una vetusta tumba; mi pupitre, el envés de una
lápida caída y desgastada por los siglos implacables; mi única luz es la de las
estrellas y la de una angosta media luna, aunque puedo ver tan claramente
como si fuera mediodía. A mi alrededor, como sepulcrales centinelas
guardando descuidadas tumbas, las inclinadas y decrépitas lápidas yacen
medio ocultas por masas de nauseabunda maleza en descomposición. Y sobre
todo, perfilándose contra el enfurecido cielo, un solemne monumento alza su
austero chapitel ahusado, semejando el espectral caudillo de una horda
fantasmal. El aire está enrarecido por el nocivo olor de los hongos y el hedor de
la húmeda tierra mohosa, pero para mí es el aroma del Elíseo. Todo es quietud -
terrorífica quietud -, con un silencio cuya intensidad promete lo solemne y lo
espantoso.
De haber podido elegir mi morada, lo hubiera hecho en alguna ciudad de carne
en descomposición y huesos que se deshacen, pues su proximidad brinda a mi
alma escalofríos de éxtasis, acelerando la estancada sangre en mis venas y
forzando a latir mi lánguido corazón con júbilo delirante... ¡Porque la presencia
de la muerte es vida para mí !
Mi temprana infancia fue de una larga, prosaica y monótona apatía.
Sumamente ascético, descolorido, pálido, enclenque y sujeto a prolongados
raptos de mórbido ensimismamiento, fui relegado por los muchachos
saludables y normales de mi propia edad. Me tildaban de aguafiestas y "vieja"
porque no me interesaban los rudos juegos infantiles que ellos practicaban, o
porque no poseía el suficiente vigor para participar en ellos, de haberlo
deseado.
Como todas las poblaciones rurales, Fenham tenía su cupo de chismosos de
lengua venenosa. Sus imaginaciones maledicentes achacaban mi temperamento
letárgico a alguna anormalidad aborrecible; me comparaban con mis padres
agitando la cabeza con ominosa duda en vista de la gran diferencia. Algunos de
los más supersticiosos me señalaban abiertamente como un niño cambiado por
otro, mientras que otros, que sabían algo sobre mis antepasados, llamaban la
atención sobre rumores difusos y misteriosos acerca de un tataratío que había
sido quemado en la hoguera por nigromante.
De haber vivido en una ciudad más grande, con mayores oportunidades para
encontrar amistades, quizás hubiera superado esta temprana tendencia al
aislamiento.
Cuando llegué a la adolescencia, me torné aún más sombrío, morboso y apático.
Mi vida carecía de alicientes. Me parecía ser preso de algo que ofuscaba mis
sentidos, trababa mi desarrollo, entorpecía mis actividades y me sumía en una
inexplicable insatisfacción. Tenía dieciséis años cuando acudí a mi primer
funeral. Un sepelio en Fenham era un suceso de primer orden social, ya que
nuestra ciudad era señalada por la longevidad de sus habitantes. Cuando,
además, el funeral era el de un personaje tan conocido como el de mi abuelo,
podía asegurarse que el pueblo entero acudiría en masa para rendir el debido
homenaje a su memoria. Pero yo no contemplaba la próxima ceremonia con
interés ni siquiera latente. Cualquier asunto que tendiera a arrancarme de mi
inercia habitual sólo representaba para mí una promesa de inquietudes físicas y
mentales. Cediendo ante las presiones de mis padres, y tratando de hurtarme a
sus cáusticas condenas sobre mi actitud poco filial, convine en acompañarles.
No hubo nada fuera de lo normal en el funeral de mi abuelo salvo la
voluminosa colección de ofrendas florales; pero esto, recuerdo, fue mi iniciación
en los solemnes ritos de tales ocasiones.
Algo en la estancia oscurecida, el ovalado ataúd con sus sombrías colgaduras,
los apiñados montones de fragantes ramilletes, las demostraciones de dolor por
parte de los ciudadanos congregados, me arrancó de mi normal apatía captando
mi atención. Saliendo de mi momentáneo ensueño merced a un codazo de mi
madre, la seguí por la estancia hasta el féretro donde yacía el cuerpo de mi
abuelo.
Por primera vez, estaba cara a cara con la Muerte. Observé el rostro sosegado y
surcado por infinidad de arrugas, y no vi nada que causara demasiado pesar. Al
contrario, me pareció que el abuelo estaba inmensamente contento,
plácidamente satisfecho. Me sentí sacudido por algún extraño y discordante
sentido de regocijo. Tan suave, tan furtivamente me envolvió que apenas puedo
determinar su llegada. Mientras rememoro lentamente ese instante portentoso,
me parece que debe haberse originado con mi primer vistazo a la escena del
funeral, estrechando silenciosamente su cerco con sutil insidia. Una funesta y
maligna influencia que parecía provenir del cadáver mismo me aferraba con
magnética fascinación. Mi mismo ser parecía cargado de electricidad estática y
sentí mi cuerpo tensarse involuntariamente. Mis ojos intentaban traspasar los
párpados cerrados del difunto y leer el secreto mensaje que ocultaban. Mi
corazón dio un repentino salto de júbilo impío batiendo contra mis costillas con
fuerza demoníaca, como tratando de librarse de las acotadas paredes de mi caja
torácica.
Una salvaje y desenfrenada sensualidad complaciente me envolvió. Una vez
más, el vigoroso codazo maternal me devolvió a la actividad. Había llegado con
pies de plomo hasta el ataúd tapizado de negro, me alejé de él con vitalidad
recién descubierta.
Acompañé al cortejo hasta el cementerio con mi ser físico inundado de místicas
influencias vivificantes. Era como si hubiera bebido grandes sorbos de algún
exótico elixir... alguna abominable poción preparada con las blasfemas fórmulas
de los archivos de Belial. La población estaba tan volcada en la ceremonia que el
radical cambio de mi conducta pasó desapercibido para todos, excepto para mi
padre y mi madre; pero en la quincena siguiente, los chismosos locales
encontraron nuevo material para sus corrosivas lenguas en mi alterado
comportamiento. Al final de la quincena, no obstante, la potencia del estímulo
comenzó a perder efectividad. En uno o dos días había vuelto por completo a
mi languidez anterior, aunque no era total y devoradora insipidez del pasado.
Antes, había una total ausencia del deseo de superar la inactividad; ahora,
vagos e indefinidos desasosiegos me turbaban. De puertas afuera, había vuelto
a ser el de siempre, y los maledicentes buscaron algún otro sujeto más propicio.
Ellos, de haber siquiera soñado la verdadera causa de mi reanimación, me
hubieran rehuido como a un ser leproso y obsceno.
Yo, de haber adivinado el execrable poder oculto tras mi corto periodo de
alegría, me habría aislado para siempre del resto del mundo, pasando mis
restantes años en penitente soledad.
Las tragedias vienen a menudo de tres en tres, de ahí que, a pesar de la
proverbial longevidad de mis conciudadanos, los siguientes cinco años me
trajeron la muerte de mis padres. Mi madre fue la primera, en un accidente de
la naturaleza mas inesperada, y tan genuino fue mi pesar que me sentí
sinceramente sorprendido de verlo burlado y contrarrestado por ese casi
perdido sentimiento de supremo y diabólico éxtasis. De nuevo mi corazón
brincó salvajemente, otra vez latió con velocidad galopante enviando la sangre
caliente a recorrer mis venas con meteórico fervor. Sacudí de mis hombros el
fatigoso manto de inacción, sólo para reemplazarlo por la carga, infinitamente
más horrible, del deseo repugnante y profano. Busqué la cámara mortuoria
donde yacía el cuerpo de mi madre, con el alma sedienta de ese diabólico néctar
que parecía saturar el aire de la estancia oscurecida.
Cada inspiración me vivificaba, lanzándome a increíbles cotas de seráfica
satisfacción. Ahora sabía que era como el delirio provocado por las drogas y
que pronto pasaría, dejándome igualmente ávido de su poder maligno; pero no
podía controlar mis anhelos más de lo que podía deshacer los nudos gordianos
que ya enmarañaban la madeja de mi destino.
Demasiado bien sabía que, a través de alguna extraña maldición satánica, la
muerte era la fuerza motora de mi vida, que había una singularidad en mi
constitución que sólo respondía a la espantosa presencia de algún cuerpo sin
vida. Pocos días más tarde, frenético por la bestial intoxicación de la que la
totalidad de mi existencia dependía, me entrevisté con el único enterrador de
Fenham y le pedí que me admitiera como aprendiz.
El golpe causado por la muerte de mi madre había afectado visiblemente a mi
padre. Creo que de haber sacado a relucir una idea tan trasnochada como la de
mi empleo en otra ocasión, la hubiera rechazado enérgicamente. En cambio,
agitó la cabeza aprobadoramente, tras un momento de sobria reflexión. ¡ Qué
lejos estaba de imaginar que sería el objeto de mi primera lección práctica!.
También el murió bruscamente, por culpa de alguna afección cardiaca
insospechada hasta el momento. Mi octogenario patrón trató por todos los
medios de disuadirme de realizar la inconcebible tarea de embalsamar su
cuerpo, sin detectar el fulgor entusiasta de mis ojos cuando finalmente logré
que aceptara mi condenable punto de vista. No creo ser capaz de expresar los
reprensibles, los desquiciados pensamientos que barrieron en tumultuosas olas
de pasión mi desbocado corazón mientras trabajaba sobre aquel cuerpo sin
vida.
Amor sin par era la nota clave de esos conceptos, un amor más grande - con
mucho - que el que más hubiera sentido hacia él cuando estaba vivo.
Mi padre no era un hombre rico, pero había poseído bastantes bienes
mundanos como para ser lo suficientemente independiente. Como su único
heredero, me encontré en una especie de paradójica situación. Mi temprana
juventud había sido un fracaso total en cuento a prepararme para el contacto
con el mundo moderno; pero la sencilla vida de Fenham, con su cómodo
aislamiento, había perdido sabor para mí. Por otra parte, la longevidad de sus
habitantes anulaba el único motivo que me había hecho buscar empleo.
La venta de los bienes me proveyó de un medio fácil de asegurarme la salida y
me trasladé a Bayboro, una ciudad a unos 50 kilómetros. Aquí, mi año de
aprendizaje me resultó sumamente útil. No tuve problemas para lograr una
buena colocación como asistente de la Gresham Corporation, una empresa que
mantenía las mayores pompas fúnebres de la ciudad. Incluso logré que me
permitieran dormir en los establecimientos... porque ya la proximidad de la
muerte estaba convirtiéndose en una obsesión.
Me aplique a mi tarea con celo inusitado. Nada era demasiado horripilante para
mi impía sensibilidad, y pronto me convertí en un maestro en mi oficio electo.
Cada cadáver nuevo traído al establecimiento significaba una promesa
cumplida de impío regocijo, de irreverentes gratificaciones, una vuelta al
arrebatador tumulto de las arterias que transformaba mi hosco trabajo en
devota dedicación... aunque cada satisfacción carnal tiene su precio. Llegué a
odiar los días que no traían muertos en los que refocilarme, y rogaba a todos los
dioses obscenos de los abismos inferiores para que dieran rápida y segura
muerte a los residentes de la ciudad.
Llegaron entonces las noches en que una sigilosa figura se deslizaba
subrepticiamente por las tenebrosas calles de los suburbios; noches negras
como boca de lobo, cuando la luna de la medianoche se oculta tras pesadas
nubes bajas. Era una furtiva figura que se camuflaba con los árboles y lanzaba
esquivas miradas sobre su espalda; una silueta empeñada en alguna misión
maligna. Tras una de esas noches de merodeo, los periódicos matutinos
pudieron vocear a su clientela ávida de sensación los detalles de un crimen de
pesadilla; columna tras columna de ansioso morbo sobre abominables
atrocidades; párrafo tras párrafo de soluciones imposibles, y sospechas
contrapuestas y extravagantes.
Con todo, yo sentía una suprema sensación de seguridad, pues ¿quién, por un
momento, recelaría que un empleado de pompas fúnebres - donde la Muerte
presumiblemente ocupa los asuntos cotidianos - abandonaría sus
indescriptibles deberes para arrancar a sangre fría la vida de sus semejantes?
Planeaba cada crimen con astucia demoníaca, variando el método de mis
asesinatos para que nadie los supusiera obra de un solo par de manos
ensangrentadas. El resultado de cada incursión nocturna era una extática hora
de placer, pura y perniciosa; un placer siempre aumentado por la posibilidad de
que su deliciosa fuente fuera más tarde asignada a mis deleitados cuidados en
el curso de mi actividad habitual. De cuando en cuando, ese doble t postrer
placer tenía lugar...¡Oh, recuerdo escaso y delicioso!
Durante las largas noches en que buscaba el refugio de mi santuario, era
incitado por aquel silencio de mausoleo a idear nuevas e indecibles formas de
prodigar mis afectos a los muertos que amaba...¡los muertos que me daban
vida!
Una mañana, Mr. Gresham acudió mucho más temprano de lo habitual... llegó
para encontrarme tendido sobre una fría losa, hundido en un sueño
monstruoso, ¡con los brazos alrededor del cuerpo rígido, tieso y desnudo de un
fétido cadáver! Con los ojos llenos de entremezcla de repugnancia y compasión,
me arrancó de mis salaces sueños.
Educada pero firmemente, me indicó que debía irme, que mis nervios estaban
alterados, que necesitaba un largo descanso de las repelentes tareas que mi
oficio exige, que mi impresionable juventud estaba demasiado profundamente
afectada por la funesta atmósfera del lugar. ¡Cuán poco sabía de los demoníacos
deseos que espoleaban mi detestable anormalidad! Fui suficientemente juicioso
como para ver que el responder sólo le reafirmaría en su creencia de mi
potencial locura...resultaba mucho mejor marcharse que invitarle a descubrir los
motivos ocultos tras mis actos.
Tras eso, no me atreví a permanecer mucho tiempo en un lugar por miedo a que
algún acto abierto descubriera mi secreto a un mundo hostil. Vagué de ciudad
en ciudad, de pueblo en pueblo. Trabajé en depósitos de cadáveres, rondé
cementerios, hasta un crematorio... cualquier sitio que me brindara la
oportunidad de estar cerca de la muerte que tanto anhelaba.
Entonces llegó la Guerra Mundial. Fui uno de los primeros en alistarme y uno
de los últimos en volver, cuatro años de infernal osario ensangrentado...
nauseabundo légamo de trincheras anegadas de lluvia...mortales explosiones de
histéricas granadas...el monótono silbido de balas sardónicas...humeantes
frenesíes de las fuentes del Flegeton (1)... letales humaredas de gases
venenosos... grotescos restos de cuerpos aplastados y destrozados... cuatro años
de trascendente satisfacción.
En cada vagabundo hay una latente necesidad de volver a los lugares de su
infancia. Unos pocos meses más tarde, me encontré recorriendo los familiares y
apartados caminos de Fenhman. Deshabitadas y ruinosas granjas se alineaban
junto a las cunetas, mientras que los años habían deparado un retroceso igual
en la propia ciudad. Apenas había un puñado de casas ocupadas, aunque entre
ellas estaba la que una vez yo considerara mi hogar. El sendero descuidado e
invadido por malas hierbas, las persianas rotas, los incultos terrenos de detrás,
todo era una muda confirmación de las historias que había obtenido con ciertas
indagaciones: que ahora cobijaba a un borracho disoluto que arrastraba una
mísera existencia con las faenas que le encomendaban algunos vecinos, por
simpatía hacia la maltratada esposa y el mal nutrido hijo que compartían su
suerte. Con todo esto, el encanto que envolvía los ambientes de mi juventud
había desaparecido totalmente; así, acuciado por algún temerario impulso
errante, volví mis pasos a Bayboro.
Aquí, también los años habían traído cambios, aunque en sentido inverso. La
pequeña ciudad de mis recuerdos casi había duplicado su tamaño a pesar de su
despoblamiento en tiempo de guerra. Instintivamente busqué mi primitivo
lugar de trabajo, descubriendo que aún existía, pero con nombre desconocido y
un "Sucesor de" sobre la puerta, puesto que la epidemia de gripe había hecho
presa de Mr. Gresham, mientras que los muchachos estaban en ultramar.
Alguna fatídica disposición me hizo pedir trabajo. Comenté mi aprendizaje bajo
Mr. Gresham con cierto recelo, pero se había llevado a al tumba el secreto de mi
poco ética conducta. Una oportuna vacante me aseguró la inmediata
recolocación.
Entonces volvieron erráticos recuerdos sobre noches escarlatas de impíos
peregrinajes y un incontrolable deseo de reanudar aquellos ilícitos placeres.
Hice a un lado la precaución, lanzándome a otra serie de condenables
desmanes. Una vez más, la prensa amarilla dio la bienvenida a los diabólicos
detalles de mis crímenes, comparándolos con las rojas semanas de horror que
habían pasmado ala ciudad años atrás. Una vez más la policía lanzó sus redes,
sacando entre sus enmarañados pliegues...¡nada!
Mi sed del nocivo néctar de la muerte creció hasta ser un fuego devastador, y
comencé a acortar los períodos entre mis odiosas explosiones. Comprendí que
pisaba suelo resbaladizo, pero el demoníaco deseo me aferraba con torturantes
tentáculos y me obligaba a proseguir.
Durante todo este tiempo, mi mente estaba volviéndose progresivamente
insensible a cualquier otra influencia que no fuera la satisfacción de mis
enloquecidos anhelos. Dejé deslizar, en alguna de esas maléficas escapadas,
pequeños detalles de vital importancia para identificarme. De cierta forma, en
algún lugar, dejé una pequeña pista, un rastro fugitivo, detrás... no lo bastante
como para ordenar mi arresto, pero sí lo suficiente como para volver la marea
de sospechas en mi dirección. Sentía el espionaje, pero aun así era incapaz de
contener la imperiosa demanda de más muerte para acelerar mi enervado
espíritu.
Enseguida llegó la noche en que el estridente silbato de la policía me arrancó de
mi demoníaco solaz sobre el cuerpo de mi postrer víctima, con una
ensangrentada navaja todavía firmemente asida. Con un ágil movimiento, cerré
la hoja y la guardé en el bolsillo de mi chaqueta. Las porras de la policía
abrieron grandes brechas en la puerta. Rompí la ventana con una silla,
agradeciendo al destino haber elegido uno de los distritos más pobres como
morada. Me descolgué hasta un callejón mientras las figuras vestidas de azul
irrumpían por la destrozada puerta. Huí saltando inseguras vallas, a través de
mugrientos patios traseros, cruzando míseras casas destartaladas, por estrechas
calles mal iluminadas. Inmediatamente, pensé en los boscosos pantanos que se
alzaban más allá de la ciudad, extendiéndose unos 60 kilómetros hasta alcanzar
loa arrabales de Fenham. Si pudiera llegar a esta meta, estaría temporalmente a
salvo. Antes del alba me había lanzado de cabeza por el ansiado despoblado,
tropezando con los podridos troncos de árboles moribundos cuyas ramas
desnudas se extendían como brazos grotescos tratando de estorbarme con su
burlón abrazo.
Los diablos de las funestas deidades a quienes había ofrecido mis idólatras
plegarias debían haber guiado mis pasos hacia aquella amenazadora ciénaga.
Una semana más tarde, macilento, empapado y demacrado, rondaba por los
bosques a kilómetro y medio de Fenham. Había eludido por fin a mis
perseguidores, pero no osaba mostrarme, a sabiendas de que la alarma debía
haber sido radiada. Tenía remota la esperanza de haberlos hecho perder el
rastro. Tras la primera y frenética noche, no había oído sonido de voces extrañas
ni los crujidos de pesados cuerpos entre la maleza. Quizás habían decidido que
mi cuerpo yacía oculto en alguna charca o se había desvanecido para siempre
entre los tenaces cenagales.
El hambre ría mis tripas con agudas punzadas, y la sed había dejado mi
garganta agotada y reseca. Pero, con mucho, lo peor era el insoportable hambre
de mi famélico espíritu, hambre del estímulo que sólo encontraba en la
proximidad de los muertos. Las ventanas de mi nariz temblaban con dulces
recuerdos. No podía engañarme demasiado con el pensamiento de que tal
deseo era un simple capricho de la imaginación. Sabía que era parte integral de
la vida misma, que sin ella me apagaría como una lámpara vacía. Reuní todas
mis restantes energías para aplicarme en la tarea de satisfacer mi inicuo apetito.
A pesar del peligro que implicaban mis movimientos, me adelanté a explorar
contorneando las protectoras sombras como un fantasma obsceno. Una vez más
sentí la extraña sensación de ser guiado por algún invisible acólito de Satanás.
Y aun mi alma endurecida por el pecado se agitó durante un instante al
encontrarme ante mi domicilio natal, el lugar de mi retiro de juventud.
Luego, esos inquietantes recuerdos pasaron. En su lugar llegó el ávido y
abrumador deseo. Tras las podridas cercas de esa vieja casa aguardaba mi
presa. Un momento más tarde había alzado una de las destrozadas ventanas y
me había deslizado por el alféizar. Escuché durante un instante, con los sentidos
alerta y los músculos listos para la acción. El silencio me recibió. Con pasos
felinos recorrí las familiares estancias, hasta que unos ronquidos estentóreos
indicaron el lugar donde encontraría remedio a mis sufrimientos. Me permití
un vistazo de éxtasis anticipado mientras franqueaba la puerta de la alcoba.
Como una pantera, me acerqué a la tendida forma sumida en el estupor de la
embriaguez. La mujer y el niño - ¿dónde estarían? -, bueno, podían esperar. Mis
engarfiados dedos se deslizaron hacia su garganta...
Horas más tarde volvía a ser el fugitivo, pero una renovada fortaleza robada era
mía. Tres silenciosos cuerpos dormían para no despertar. No fue hasta que la
brillante luz del día invadió mi escondrijo que visualicé las inevitables
consecuencias de la temeraria obtención alivio. En ese tiempo los cuerpos
debían haber sido descubiertos. Aun el más obtuso de los policías rurales
seguramente relacionaría la tragedia con mi huida de la ciudad vecina. Además,
por primera vez había sido lo bastante descuidado como para dejar alguna
prueba tangible de identidad...
las huellas dactilares en las gargantas de mis recientes víctimas. Durante todo el
día temblé preso de aprensión nerviosa. El simple chasquido de una ramita seca
bajo mis pies conjuraba inquietantes imágenes mentales. Esa noche, al amparo
de la oscuridad protectora, bordeé Fenham y me interné en los bosques de más
allá. Antes del alba tuve el primer indicio definido de la renovada persecución...
el distante ladrido de los sabuesos.
Me apresuré a través de la larga noche, pero durante la mañana pude sentir
cómo mi artificial fortaleza menguaba. El mediodía trajo, una vez más, la
persistente llamada de la perturbadora maldición y supe que me derrumbaría
de no volver a experimentar la exótica intoxicación que sólo llegaba en la
proximidad de mis adorados muertos. Había viajado en un amplio semicírculo.
Si me esforzaba en línea recta, la medianoche me encontraría en el cementerio
donde había enterrado a mis padres años atrás. Mi única esperanza, lo sabía,
residía en alcanzar esta meta antes de ser capturado. Con un silencioso ruego a
los demonios que dominaban mi destino, me volví encaminando mis pasos en
la dirección de mi último baluarte.
¡Dios! ¿Pueden haber pasado escasas doce horas desde que partí hacia mi
espectral santuario? He vivido una eternidad en cada pesada hora. Pero he
alcanzado una espléndida recompensa ¡El nocivo aroma de este descuidado
paraje es como incienso para mi doliente alma!
Los primeros reflejos del alba clarean en el horizonte. ¡Vienen! ¡Mis agudos
oídos captan el todavía lejano aullido de los perros! Es cuestión de minutos que
me encuentren y me aparten para siempre del resto del mundo, ¡para perder
mis días en anhelos desesperados, hasta que al final sea uno con los muertos
que amo!
¡No me cogerán! ¡Hay una puerta de escape abierta! Una elección de cobarde,
quizás, pero mejor - mucho mejor - que los interminables meses de
indescriptible miseria. Dejaré esta relación tras de mí para que algún alma
pueda quizás entender por qué hice lo que hice.
¡La navaja de afeitar! Aguardaba olvidada en mi bolsillo desde mi huida de
Bayboro. Su hoja ensangrentada reluce extrañamente en la menguante luz de la
angosta luna. Un rápido tajo en mi muñeca izquierda y la liberación está
asegurada... cálida, la sangre fresca traza grotescos dibujos sobre las carcomidas
y decrépitas lápidas... hordas fantasmales se apiñan sobre las tumbas en
descomposición... dedos espectrales me llaman por señas... etéreos fragmentos
de melodías no escritas en celestial crescendo... distantes estrellas danzan
embriagadoramente en demoníaco acompañamiento... un millar de diminutos
martillos baten espantosas disonancias sobre yunques en el interior de mi
caótico cerebro... fantasmas grises de asesinados espíritus desfilan ante mí en
silenciosa burla... abrasadoras lenguas de invisible llama estampan la marca del
Infierno en mi alma enferma... no puedo... escribir... más...


(1) un río de fuego, uno de los cinco que existen en el Hades

HISTORIA DE UNA MARIPOSA Y DE UNA ARAÑA // BECQUER

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HISTORIA DE UNA MARIPOSA Y DE UNA ARAÑA // BECQUER

HISTORIA DE UNA MARIPOSA Y DE UNA
ARAÑA

G. A. BECQUER

Después de tanto escribir para los demás, permitidme que un día escriba para mí.
En el discurso de mi vida me han pasado una multitud de cosas sin importancia que, sin que yo
sepa el porqué, las tengo siempre en la memoria.
Yo, que olvido con la facilidad del mundo las fechas más memorables, y apenas si guardo un
recuerdo confuso y semejante al de un sueño desvanecido de los acontecimientos que, por decirlo
así, han cambiado mi suerte, puedo referir con los detalles más minuciosos lo que me sucedió tal o
cual día, paseándome por esta o la otra parte, cuanto se dijo en una conversación sin interés
ninguno tenida hace seis o siete años, o el traje, las señas y la fisonomía de una persona
desconocida que mientras yo hacía esto o lo de más allá, se puso a mi lado, o me miró o le dirigí la
palabra. En algunas ocasiones, y por lo regular cuando quisiera tener el pensamiento más distante
de tales majaderías, porque una ocupación seria reclama mi atención y el empleo de todas mis
facultades, acontece que comienzan a agolparse a mi memoria estos recuerdos importunos y la
imaginación, saltando de idea en idea, se entretiene en reunirlas como en un mosaico disparatado y
extravagante.
A veces creo que entre tal mujer que vi en un sitio cualquiera, entre otras ciento que he olvidado, y
tal canción que oí mucho tiempo después y recuerdo mejor que otras canciones que no he podido
recordar nunca, hay alguna afinidad secreta, porque a mi imaginación se ofrecen al par y siempre
van unidas en mi memoria, sin que en apariencia halle entre las dos ningún punto de contacto.
También me sucede dar por seguro que un hombre determinado, a quien apenas conozco, y que sin
saber por qué, lo tengo a todas horas presente, ha de ejercer algún influjo en mi porvenir, y me
espera en el camino de mi vida para salirme al encuentro.
De estas fútiles preocupaciones, de estos hechos aislados y sin importancia, me esfuerzo en vano
cuando asaltan mi memoria en sacar alguna deducción positiva; y digo en vano, porque si bien en
ciertos momentos se me figura hallar su escondida relación, y como oculto tras la forma de mi vida
prosaica y material, me parece que he sorprendido algo misterioso que se encadena entre sí y con
apariencias extrañas, o reproduce lo pasado o previene lo futuro, otros, y éstos son los más
frecuentes, después de algunas horas de atonía de la inteligencia práctica, vuelvo al mundo de los
hechos materiales y me convenzo de que, cuando menos en ocasiones, soy un completísimo
mentecato.
No obstante, como tengo en la cabeza una multitud de ideas absurdas que siempre me andan dando
tormento mezclándose y sobreponiéndose a las pocas negociables en el mercado del sentido
común, y como he observado que una vez escrita una y arrojada al público, la olvido por completo
y nunca más torna a fatigarme, voy a ir poco a poco deshaciéndome de las más rebeldes.
Yo prometo solemnemente que si a mi enferma imaginación le aprovechan estas sangrías y
mañana o pasado puedo disponer de mí mismo, he de aplicar todas mis facultades a algo más que
enjaretar majaderías, y tal vez mi nombre pase a las futuras generaciones, unido al de un nuevo
betún, unos polvos dentífricos o algún otro descubrimiento o invención útil a la humanidad.
Entre tanto, sufrid como tantas otras impertinencias se sufren en este mundo, el relato de dos
recuerdos insignificantes: la doliente historia de una mariposa blanca y una araña negra.
Un día de primavera, un día rico de luz y de colores, de esos en que, viéndolo todo envejecerse a
nuestro alrededor, nos admira que nunca se envejezca el mundo, estaba yo sentado en una piedra a
la entrada de un pueblecito. Me ocupaba, al parecer, en copiar una fuente muy pintoresca, a la que
daban sombra algunos álamos; pero, en realidad, lo que hacía era tomar el sol con este pretexto,
pues en más de tres horas que estuve allí, embobado con el ruidito del agua y de las hojas de los
árboles, apenas si tracé cuatro rayas en el papel del dibujo.
Sentado estaba, como digo, pensando, según vulgarmente se dice, en las musarañas, cuando
pasaron por delante de mis ojos dos mariposas blancas como la nieve. Las dos iban revoloteando,
tan juntas, que al verlas me pareció una sola. Tal vez habían roto ambas a un mismo tiempo la
momia de larva que las contenía y, animándose con un templado rayo de sol, se habían lanzado a
la vez, en su segunda y misteriosa vida, a vagar por el espacio.
Esto pensaba yo, cuando las mariposas volvieron a pasar delante de mí y fueron a posarse en una
mata de campanillas azules, entre las que se detuvieron algunos segundos, sin que dejasen de
palpitar sus alas. Después tornaron a levantar el vuelo y a dar vueltas a mi alrededor. Yo no sé qué
querían de mí. Sin duda en el instinto de las mariposas hay algo de fatal que las lleva a la muerte.
Ellas se agitan, como en un vértigo, alrededor de la llama que no las busca; ellas parece como que
nos provocan, estrechando los círculos que describen en el aire en torno a nuestras cabezas, y las
ahuyentamos, y vienen de nuevo.
Yo no sé qué querían de mí aquellas mariposas, aquéllas precisamente, y no otras muchas que
andaban también por allí revoloteando; yo no lo sé ni me lo he podido explicar nunca, pero lo
cierto es que yo debía matar a una, y maquinalmente, no queriendo, no esperando cogerla, tendí la
mano al pasar por la centésima vez junto a mi rostro, y la cogí y la maté. Sentí matarla, como
sentiría que una noche se me cayeran los gemelos de teatro desde el antepecho de un palco y
matasen a un infeliz de las butacas, lo cual no me ha sucedido nunca, aunque muchas veces he
pensado que podría sucederme.
Esta es la historia de la mariposa; vamos a la de la araña.
La araña vivía en el claustro de un monasterio ya ruinoso y casi abandonado. Allí se había hecho
una casa, tejida con un hilo oscuro, entre los huecos de un bajorrelieve.
Yo entré un día en el claustro y desperté el eco de aquellas ruinas con el ruido de mis tacones. Y se
me ocurrió, lo primero, que los claustros se habían hecho para los religiosos que llevaban
sandalias, y comencé a pisar quedito, porque hasta mí me escandalizaba el ruido que hacía, siendo
tan pequeño, en aquel edificio tan grande.
El cielo estaba encapotado, y el claustro recibía la luz por unas ojivas altas y estrechas que lo
dejaban en penumbra de modo que, aunque todo me hacía ojos, no podía ver bien los detalles del
bajorrelieve que había empezado a copiar.
El bajorrelieve representaba una procesión de monjes con el abad a la cabeza y servía de
ornamento a los capiteles de un haz de columnas que formaban uno de los ángulos. No sé en dónde
encontré una escalera que apoyé en el muro para subir por ella y ver los detalles; el caso es que
subí, y cuando estaba más abstraído en mi ocupación, como me estorbase para examinar a mi
gusto la mitra del abad una tela oscura y polvorienta que la envolvía casi toda, extendí la mano y la
arranqué, y de debajo de aquella cosa sin nombre, que era su habitación, salió la araña.
Una araña horrible, negra, velluda, con las patas cortas y el cuello abultado y glutinoso.
No sé qué fue más pronto, si salir el animalucho aquel de su escondrijo, o tirarme yo al suelo desde
lo alto de la escalera, con peligro de romperme un brazo, todo asustado, todo conmovido, como si
hubiese visto animarse uno de aquellos vestiglos de piedra que se enroscan entre las hojas de
trébol de la cornisa y abrir la boca para comerme crudo.
La pobre araña, y digo la pobre, porque ahora que la recuerdo me causa compasión, la pobre araña,
digo, andaba aturdida, corriendo de acá para allá, por cima de aquellos graves personajes del
bajorrelieve, buscando un refugio. Yo, repuesto del susto y queriendo vengarme en ella de mi
debilidad, comencé a coger cantos de los que había allí caídos, y tantos le arrojé que al fin le acerté
con uno.
Después que hubo muerto la araña, dije: «¡Bien muerta está! ¿Para qué era tan fea?». Y recogí mi
cartera de dibujo, guardé mis lápices y me marché tan satisfecho.
Todo esto es una majadería, yo lo conozco perfectamente; pero ello es que andando algún tiempo,
decía yo, apretándome la cabeza con las manos y como queriendo sujetar la razón que se me
escapaba: «¿Por qué da vueltas esa mujer alrededor de mí? Yo no soy una llama y, sin embargo,
puede abrasarse. Yo no la quiero matar y, a pesar de todo, puedo matarla». Y después que hubo
pasado todavía más tiempo, pensé y creo que pensé bien: «Si yo no hubiera muerto la mariposa, la
hubiera matado a ella».
En cuanto a la araña..., he aquí que comienzo a perder el hilo invisible de las misteriosas relaciones
de las cosas, y que al volver a la razón empieza a faltarme la extraña lógica del absurdo, que
también la tiene para mí en ciertos momentos.
No obstante, antes de terminar diré una cosa que se me ha ocurrido muchas veces, recordando este
episodio de mi vida. ¿Por qué han de ser tan feas las arañas y bonitas las mariposas? ¿Por qué nos
ha de remorder el llanto de unos ojos hermosos, mientras decimos de otros: «Que lloren, que para
llorar se han hecho»?
Cuando pienso en todas estas cosas, me dan ganas de creer en la metempsicosis.
Todo sería creer en una simpleza más de las muchas que creo en este mundo.


El Contemporáneo
28 de enero, 1863

La Mascara de la Muerte Roja // Edgar Allan Poe

Escrito por imagenes 26-11-2007 en General. Comentarios (7)

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La Mascara de la Muerte Roja
Edgar Allan Poe




Durante mucho tiempo, la «Muerte Roja» había devastado la región. Jamás pestilencia alguna fue tan fatal y espantosa. Su avatar era la sangre, el color y el horror de la sangre. Se producían agudos dolores, un súbito desvanecimiento y, después, un abundante sangrar por los poros y la disolución del ser. Las manchas purpúreas por el cuerpo, y especialmente por el rostro de la víctima, desechaban a ésta de la Humanidad y la cerraban a todo socorro y a toda compasión. La invasión, el progreso y el resultado de la enfermedad eran cuestión de media hora.

Pero el príncipe Próspero era feliz, intrépido y sagaz. Cuando sus dominios perdieron la mitad de su población, reunió a un millar de amigos fuertes y de corazón alegre, elegidos entre los caballeros y las damas de su corte, y con ellos constituyó un refugio recóndito en una de sus abadías fortificadas. Era una construcción vasta y magnífica, una creación del propio príncipe, de gusto excéntrico, pero grandioso. Rodeábala un fuerte y elevado muro, con sus correspondientes puertas de hierro. Los cortesanos, una vez dentro, se sirvieron de hornillos y pesadas mazas para soldar los cerrojos. Decidieron atrincherarse contra los súbitos impulsos de la desesperación del exterior e impedir toda salida a los frenesíes del interior.

La abadía fue abastecida copiosamente. Gracias a tales precauciones los cortesanos podían desafiar el contagio. El mundo exterior, que se las compusiera como pudiese. Por lo demás, sería locura afligirse o pensar en él. El príncipe había provisto aquella mansión de todos los medios de placer. Había bufones, improvisadores, danzarines, músicos, lo bello en todas sus formas, y había vino. En el interior existía todo esto, además de la seguridad. Afuera, la «Muerte Roja».

Ocurrió a fines del quinto o sexto mes de su retiro, mientras la plaga hacía grandes estragos afuera, cuando el príncipe Próspero proporcionó a su millar de amigos un baile de máscaras de la más insólita magnificencia.

¡Qué voluptuoso cuadro el de ese baile de máscaras! Permítaseme describir los salones donde tuvo efecto. Eran siete, en una hilera imperial. En muchos palacios estas hileras de salones constituyen largas perspectivas en línea recta cuando los batientes de las puertas están abiertos de par en par, de modo que la mirada llega hasta el final sin obstáculo. Aquí, el caso era muy distinto, como se podía esperar por parte del duque y de su preferencia señaladísima por lo bizarre. Las salas estaban dispuestas de modo tan irregular que la mirada solamente podía alcanzar una cada vez. Al cabo de un espacio de veinte o treinta yardas encontrábase una súbita revuelta, y en cada esquina, un aspecto diferente.

A derecha e izquierda, en medio de cada pared, una alta y estrecha ventana gótica comunicaba con un corredor cerrado que seguía las sinuosidades del aposento. Cada ventanal estaba hecho de vidrios de colores que armonizaban con el tono dominante de la decoración del salón para el cual se abría. El que ocupaba el extremo oriental, por ejemplo, estaba decorado en azul, y los ventanales eran de un azul vivo. El segundo aposento estaba ornado y guarnecido de púrpura, y las vidrieras eran purpúreas. El tercero, enteramente verde, y verdes sus ventanas. El cuarto, anaranjado, recibía la luz a través de una ventana anaranjada. El quinto, blanco, y el sexto, violeta. El séptimo salón estaba rigurosamente forrado por colgaduras de terciopelo negro, que revestían todo el techo y las paredes y caían sobre un tapiz de la misma tela y del mismo color. Pero solamente en este aposento el color de las vidrieras no correspondía al del decorado.

Los ventanales eran escarlata, de un intenso color de sangre. Ahora bien: no veíase lámpara ni candelabro alguno en estos siete salones, entre los adornos de las paredes o del techo artesonado. Ni lámparas ni velas; ninguna claridad de esta clase, en aquella larga hilera de habitaciones. Pero en los corredores que la rodeaban, exactamente enfrente de cada ventana, levantábase un enorme trípode con un brasero resplandeciente que proyectaba su claridad a través de los cristales coloreados e iluminaba la sala de un modo deslumbrante. Producíase así una infinidad de aspectos cambiantes y fantásticos.

Pero en el salón de poniente, en la cámara negra, la claridad del brasero, que se reflejaba sobre las negras tapicerías a través de los cristales sangrientos, era terriblemente siniestra y prestaba a las fisonomías de los imprudentes que penetraban en ella un aspecto tan extraño, que muy pocos bailarines tenían valor para pisar su mágico recinto.

También en este salón erguíase, apoyado contra el muro de poniente, un gigantesco reloj de ébano. Su péndulo movíase con un tictac sordo, pesado y monótono. Y cuando el minutero completaba el circuito de la esfera e iba a sonar la hora, salía de los pulmones de bronce de la máquina un sonido claro, estrepitoso, profundo y extraordinariamente musical, pero de un timbre tan particular y potente que, de hora en hora, los músicos de la orquesta veíanse obligados a interrumpir un instante sus acordes para escuchar el sonido. Los valsistas veíanse forzados a cesar en sus evoluciones.

Una perturbación momentánea recorría toda aquella multitud, y mientras sonaban las campanas notábase que los más vehementes palidecían y los más sensatos pasábanse las manos por la frente, pareciendo sumirse en meditación o en un sueño febril. Pero una vez desaparecía por completo el eco, una ligera hilaridad circulaba por toda la reunión. Los músicos mirábanse entre sí y reíanse de sus nervios y de su locura, y jurábanse en voz baja unos a otros que la próxima vez que sonaran las campanadas no sentirían la misma impresión. Y luego, cuando después de la fuga de los sesenta minutos que comprenden los tres mil seiscientos segundos de la hora desaparecida, cuando llegaba una nueva campanada del reloj fatal, se producía el mismo estremecimiento, el mismo escalofrío y el mismo sueño febril.

Pero, a pesar de todo esto, la orgía continuaba alegre y magnífica. El gusto del duque era muy singular. Tenía una vista segura por lo que se refiere a colores y efectos. Despreciaba el decora de moda. Sus proyectos eran temerarios y salvajes, y sus concepciones brillaban con un esplendor bárbaro. Muchas gentes lo consideraban loco. Sus cortesanos sabían perfectamente que no lo era. Sin embargo, era preciso oírlo, verlo, tocarlo, para asegurarse de que no lo estaba.

En ocasión de esta gran fête, había dirigido gran parte de la decoración de los muebles, y su gusto personal había dirigido el estilo de los disfraces. No hay duda de que eran concepciones grotescas. Era deslumbrador, brillante. Había cosas chocantes y cosas fantásticas, mucho de lo que después se ha visto en “Hernani”. Había figuras arabescas, con miembros y aditamentos inapropiados.

Delirantes fantasías, atavíos como de loco. Había mucho de lo bello, mucho de lo licencioso, mucho de lo bizarre, algo de lo terrible y no poco de lo que podría haber producido repugnancia.

De un lado a otro de las siete salas pavoneábase una muchedumbre de pesadilla. Y esa multitud —la pesadilla— contorsionábase en todos sentidos, tiñéndose del color de los salones, haciendo que la música pareciera el eco de sus propios pasos.
De pronto, repica de nuevo el reloj de ébano que se encuentra en el salón de terciopelo. Por un instante queda entonces todo parado; todo guarda silencio, excepto la voz del reloj. Las figuras de pesadilla quédanse yertas, paradas. Pero los ecos de la campana se van desvaneciendo. No han durado sino un instante, y, apenas han desaparecido, una risa leve mal reprimida se cierne por todos lados. Y una vez más, la música suena, vive en los ensueños.

De un lado a otro, retuércense más alegremente que nunca, reflejando el color de las ventanas distintamente teñidas y a través de las cuales fluyen los rayos de los trípodes. Pero en el salón más occidental de los siete no hay ahora máscara ninguna que se atreva a entrar, porque la noche va transcurriendo. Allí se derrama una luz más roja a través de los cristales color de sangre, y la oscuridad de las cortinas teñidas de negro es aterradora. Y a los que pisan la negra alfombra llégales del cercano reloj de ébano un más pesado repique, más solemnemente acentuado que el que hiere los oídos de las máscaras que se divierten en las salas más apartadas.

Pero en estas otras salas había una densa muchedumbre. En ellas latía febrilmente el corazón de la vida. La fiesta llegaba a su pleno arrebato cuando, por último, sonaron los tañidos de medianoche en el reloj. Y, entonces, la música cesó, como ya he dicho, y apaciguáronse las evoluciones de los danzarines. Y, como antes, se produjo una angustiosa inmovilidad en todas las cosas. Pero el tañido del reloj había de reunir esta vez doce campanadas. Por esto ocurrió tal vez, que, con el mayor tiempo, se insinuó en las meditaciones de los pensativos que se encontraban entre los que se divertían mayor cantidad de pensamientos. Y, quizá por lo mismo, varias personas entre aquella muchedumbre, antes que se hubiesen ahogado en el silencio los postreros ecos de la última campanada, habían tenido tiempo para darse cuenta de la presencia de una figura enmascarada que hasta entonces no había llamado la atención de nadie, Y al difundirse en un susurro el rumor de aquella nueva intrusión, se suscitó entre todos los concurrentes un cuchicheo o murmullo significativo de asombro y desaprobación. Y luego, finalmente, el terror, el pavor y el asco.

En una reunión de fantasmas como la que he descrito puede muy bien suponerse que ninguna aparición ordinaria hubiera provocado una sensación como aquélla. A decir verdad, la libertad carnavalesca de aquella noche era casi ilimitada. Pero el personaje en cuestión había superado la extravagancia de un Herodes y los límites complacientes, no obstante, de la moralidad equívoca e impuesta por el príncipe. En los corazones de los hombres más temerarios hay cuerdas que no se dejan tocar sin emoción. Hasta en los más depravados, en quienes la vida y la muerte son siempre motivo de juego, hay cosas con las que no se puede bromear. Toda la concurrencia pareció entonces sentir profundamente lo inadecuado del traje y de las maneras del desconocido.

El personaje era alto y delgado, y estaba envuelto en un sudario que lo cubría de la cabeza a los pies.

La máscara que ocultaba su rostro representaba tan admirablemente la rígida fisonomía de un cadáver, que hasta el más minucioso examen hubiese descubierto con dificultad el artificio. Y, sin embargo, todos aquellos alegres locos hubieran soportado, y tal vez aprobado aquella desagradable broma. Pero la máscara había llegado hasta el punto de adoptar el tipo de la «Muerte Roja». Sus vestiduras estaban manchadas de sangre, y su ancha frente, así como sus demás facciones, se encontraban salpicadas con el horror escarlata.

Cuando los ojos del príncipe Próspero se fijaron en aquella figura espectral (que con pausado y solemne movimiento, como para representar mejor su papel, pavoneábase de un lado a otro entre los que bailaban), se le vio, en el primer momento, conmoverse por un violento estremecimiento de terror y de asco. Pero, un segundo después, su frente enrojeció de ira.

—¿Quién se atreve —preguntó con voz ronca a los cortesanos que se hallaban junto a él—, quién se atreve a insultarnos con esta burla blasfema? ¡Apoderaos de él y desenmascararse, para que sepamos a quién hemos de ahorcar en nuestras almenas al salir el sol!.

Ocurría esto en el salón del Este, o cámara azul, donde hallábase el príncipe Próspero al pronunciar estas palabras. Resonaron claras y potentes a través de los siete salones, pues el príncipe era un hombre impetuoso y fuerte, y la música había cesado a un ademán de su mano.

Ocurría esto en la cámara azul, donde hallábase el príncipe rodeado de un grupo de pálidos cortesanos. Al principio, mientras hablaba, hubo un ligero movimiento de avance de este grupo hacia el intruso, que, en tal instante, estuvo también al alcance de sus manos, y que ahora, con paso tranquilo y majestuoso, acercábase cada vez más al príncipe. Pero por cierto terror indefinido, que la insensata arrogancia del enmascarado había inspirado a toda la concurrencia, nadie hubo que pusiera mano en él para prenderle, de tal modo que, sin encontrar obstáculo alguno, pasó a una yarda del príncipe, y mientras la inmensa asamblea, como obedeciendo a un mismo impulso, retrocedía desde el centro de la sala hacia las paredes, él continuó sin interrupción su camino, con aquel mismo paso solemne y mesurado que le había distinguido desde su aparición, pasando de la cámara azul a la purpúrea, de la purpúrea a la verde, de la verde a la anaranjada, de ésta a la blanca, y llegó a la de color violeta antes de que se hubiera hecho un movimiento decisivo para detenerle.

Sin embargo, fue entonces cuando el príncipe Próspero, exasperado de ira y vergüenza por su momentánea cobardía, se lanzó precipitadamente a través de las seis cámaras, sin que nadie lo siguiera a causa del mortal terror que de todos se había apoderado. Blandía un puñal desenvainado, y se había acercado impetuosamente a unos tres o cuatro pies de aquella figura que se batía en retirada, cuando ésta, habiendo llegado al final del salón de terciopelo, volvióse bruscamente e hizo frente a su perseguidor. Sonó un agudo grito y la daga cayó relampagueante sobre la fúnebre alfombra, en la cual, acto seguido, se desplomó, muerto, el príncipe Próspero.

Entonces, invocando el frenético valor de la desesperación, un tropel de máscaras se precipitó a un tiempo en la negra estancia, y agarrando al desconocido, que manteníase erguido e inmóvil como una gran estatua a la sombra del reloj de ébano, exhalaron un grito de terror inexpresable, viendo que bajo el sudario y la máscara de cadáver que habían aferrado con energía tan violenta no se hallaba forma tangible alguna.

Y, entonces, reconocieron la presencia de la «Muerte Roja», Había llegado como un ladrón en la noche, y, uno por uno, cayeron los alegres libertinos por las salas de la orgía, inundados de un rocío sangriento. Y cada uno murió en la desesperada postura de su caída.

Y la vida del reloj de ébano extinguióse con la del último de aquellos licenciosos. Y las llamas de los trípodes se extinguieron. Y la tiniebla, y la ruina, y la «Muerte Roja» tuvieron sobre todo aquello ilimitado dominio.


F I N

EL PADRE ESCRUPULOSO // GEORGE GISSING

Escrito por imagenes 21-07-2007 en General. Comentarios (0)

ENTRE LO GOTICO Y LO VICTORIANO // CUENTOS DE AMOR // EL PADRE ESCRUPULOSO // GEORGE GISSING                                  (link-enlace)

GEORGE GISSING (1857-1903)

 

 

El padre escrupuloso


Era día de mercado en la pequeña ciudad; a la una en punto, un grupo de aldeanos rodeaba la mesa de El Galgo, atraído por sus apetitosos olores y la espuma de su cerveza ambarina. En otro comedor menos espacioso, preparado para dar cabida a quienes no tenían sitio en el principal, se sentaban -además de tres clientes habituales- dos personas de aspecto muy diferente: un hombre de mediana edad, calvo, delgado, anodino, aunque de lo más respetable, a juzgar por su modales y por su vestimenta, y una joven, sin duda hija suya, de veintitantos años, casi treinta, cuyo sencillo vestido parecía armonizar con un rostro de serena belleza y unos ademanes tímidos no exentos de gracia. Mientras esperaban la comida, conversaban en voz baja; sus breves comentarios y exclamaciones hablaban de un largo paseo desde el balneario que había en la costa, a escasas millas. A su manera tranquila, parecían haber disfrutado, y era evidente que almorzar en una posada era para ellos una especie de aventura. La joven arregló con cierta torpeza el ramo de flores silvestres que había cogido, y lo colocó en un vaso de agua para que no perdiera su frescor. Cuando llegó una mujer con las viandas, padre e hija guardaron silencio; después de unos momentos de indecisión y de miradas mutuas, empezaron, algo nerviosos, a comer con apetito.
Apenas habían recobrado su modesta confianza cuando se oyó en la entrada una voz viril, canturreando alegremente, y los dos advirtieron la presencia de un joven alto, pelirrojo y cualquier cosa menos guapo, acalorado y sudoroso del sol del camino. Su chaqueta abierta dejaba ver una camisa azul de algodón sin chaleco, llevaba en la mano un viejo sombrero de paja, y una gruesa capa de polvo cubría sus botas. Cualquiera habría pensado que se trataba de un turista de los más ruidosos, y su potente «¡Buenos días!» al entrar sonó como una grave amenaza contra la intimidad; por otro lado, la rapidez con que se abrochó la chaqueta, así como la discreta elección de un lugar lo más alejado posible de los dos comensales a los que su llegada perturbaba, indicaba cierto tacto. Ambos habían respondido a su saludo con un murmullo casi inaudible. Con los ojos fijos en el plato, padre e hija hicieron caso omiso de él; el joven, sin embargo, se aventuró a hablar de nuevo.
-¡Menudo ajetreo tienen hoy! No queda un solo sitio en el otro comedor.
Su intención fue pedirles disculpas, y no se había dirigido a ellos con descortesía. Tras unos instantes de silencio, el hombre calvo y respetable respondió secamente:
-Estamos en un lugar público, que yo sepa.
El intruso se quedó callado. Pero miró a la joven en más de una ocasión y, después de cada escrutinio furtivo, su rostro vulgar mostraba cierta inquietud, una solicita preocupación. La única vez que miró al mudo progenitor fue arqueando las cejas de un modo despectivo.
No tardó en aparecer otro huésped, un campesino corpulento, que se dejó caer en una silla que crujía renegando de la ola de calor. El caminante de cabellos pelirrojos entabló conversación con él. Hablaron de la cerveza Estuvieron de acuerdo en que la local era extraordinariamente buena, y los dos encargaron una segunda pinta. ¿Qué sería de Inglaterra -decían ambos- sin su cerveza? ¡Deberían sentir vergüenza los miserables traficantes que aguaban o envenenaban esa noble bebida! ¡Y qué fría estaba! ¡Ah! ¡A la temperatura de la bodega! El joven pelirrojo propuso una tercera jarra.
Los dos hombres habían emprendido sólo a medias su feroz ataque a la comida y la bebida cuando padre e hija, tras intercambiar unos breves murmullos, se pusieron en pie para marcharse. Después de abandonar la habitación, la joven se dio cuenta de que había olvidado las flores; pero no se atrevió a regresar en su busca y, consciente de que a su padre no le agradaría hacerlo, se abstuvo de decirle nada.
-¡Qué lástima! -exclamó el señor Whiston (que era su respetable apellido), mientras se alejaban paseando-. Al principio parecía que nuestro almuerzo iba a ser realmente tranquilo y agradable.
-A mí me ha gustado, de todas formas -repuso su acompañante, que se llamaba Rose.
-La bebida, ¡qué hábito tan detestable! -añadió el padre con severidad (él había tomado agua, como siempre)-. Y la cerveza, ¡mira lo vulgar y grosera que vuelve a la gente!
El señor Whiston se estremeció. Rose, sin embargo, no parecía estar tan de acuerdo con él como otras veces. Miraba al suelo, y apretaba los labios con cierta firmeza. Cuando empezó a hablar, cambió de tema.
Eran londinenses. El señor Whiston trabajaba de delineante en el despacho de un editor geográfico; aunque sus ingresos eran modestos, había practicado siempre una rígida economía, y la posesión de un pequeño capital familiar le ponía a salvo de cualquier vicisitud. Profundamente consciente de los límites sociales, se sentía muy agradecido de que no hubiera nada vergonzoso en su empleo, que podía considerarse con justicia una profesión, y cultivaba su sentido de la respetabilidad tanto por el bien de Rose como por el suyo propio. Ella era su única hija; la madre de la joven había fallecido hacía algunos años. Todos sus parientes, tanto paternos como maternos, reivindicaban ser gente de buena familia, aunque sólo lo respaldara el más pequeño margen de independencia económica. La muchacha había crecido en un ambiente poco propicio al desarrollo intelectual, pero había recibido una educación bastante buena y la naturaleza la había dotado de inteligencia. Percibía la escrupulosidad de su padre y el verdadero cariño que éste le profesaba, lo que le impedía criticar abiertamente los principios que regían su existencia; de ahí su costumbre de meditar en soledad, algo que alentaba, al tiempo que combatía, la dulce timidez del carácter de Rose.
El señor Whiston rehuía la sociedad, temeroso siempre de no recibir el trato que merecía; en su fuero interno, mientras tanto,..........................................................................................................

LA CUEVA DE MALACHI // ANTHONY TROLLOPE

Escrito por imagenes 21-07-2007 en General. Comentarios (1)

ENTRE LO GOTICO Y LO VICTORIANO // CUENTOS DE AMOR // EN LA CUEVA DE MALACHI // ANTHONY TROLLOPE                                   (link-enlace)

ANTHONY TROLLOPE (1815-1882)

 

La cueva de Malachi


En la costa norte de Cornualles, entre Tintagel y Bossiney, al borde del mar; vivía no hace mucho tiempo un anciano que se ganaba la vida recogiendo algas para venderlas como abono. Los acantilados de esa región son sobrecogedores y majestuosos, y las olas del norte golpean contra ellos con enorme violencia. Diría que es el paisaje más hermoso de acantilados de toda Inglaterra, aunque le superen en belleza muchos tramos de la costa oeste de Irlanda, y quizá también ciertos lugares de Gales y Escocia. Los acantilados deben ser escarpados, estar cortados a pico, y dejar de vez en cuando un pequeño paso desde su cima hasta la arena que hay en su base. El mar debe llegar, si no hasta ellos, muy cerca, y, sobre todo, sus aguas han de ser de color azul, pero no de esa tonalidad plomiza que nos resulta tan familiar en Inglaterra. En Tintagel se cumplen todos esos requisitos, excepto ese brillante color azul tan hermoso. Pero los acantilados son abruptos y escarpados, y la franja de arena, al subir la marea, es muy estrecha... tan estrecha que, con las mareas vivas, apenas hay sitio donde apoyar el pie.
Muy cerca de esa franja se hallaba la pequeña cabaña o el chamizo de Malachi Trenglos, el anciano que he mencionado antes. Pero Malachi, o el viejo Glos, como le llamaba la gente de los alrededores, no había construido su casa totalmente encima de la arena. Había en la roca una grieta enorme que formaba una garganta muy angosta, tan perfecta desde la cima hasta la base que dejaba suficiente espacio para que por ella discurriera un camino difícil y empinado. La abertura de esa grieta era tan ancha que Trenglos había podido construir en ella su morada, sobre un Cimiento de roca, y llevaba viviendo allí muchísimos años. Se decía que, en los primeros tiempos de su negocio, llevaba las algas hasta la cima del acantilado en un cesto que cargaba sobre las espaldas, pero que, últimamente, se había hecho con un burro, al que había entrenado para subir y bajar por el empinado sendero con un único canasto sobre sus lomos, pues las rocas no le permitirían llevar una alforja a cada lado; y para ese ayudante había construido junto a su vivienda un cobertizo, casi tan espacioso como el lugar dónde él residía.
Pero, con el paso de los años, el viejo Glos se procuró otra compañía, además de la del burro, o mejor dicho, la Divina Providencia le brindó otra ayuda; y lo cierto es que, de no haber sido así, el anciano se habría visto obligado a renunciar a su cabaña y a su independencia, y a ingresar en el asilo de Camelford. Padecía reumatismo, los años le habían encorvado hasta doblarlo, y poco a poco se veía incapaz de acompañar al burro en su camino de ascenso al mundo de la parte superior, o de ayudar siquiera a recoger las codiciadas algas de las olas.
En la época a la que hace referencia nuestra historia, Trenglos llevaba doce meses sin subir a lo alto del acantilado, y seis meses sin ocuparse de su negocio, salvo coger el dinero y guardarlo, si es que sobraba algo, y sacudir de vez en cuando el forraje del burro. El verdadero trabajo lo hacía todo Mahala Trenglos, su nieta.
Todos los granjeros de la costa y los pequeños tenderos de Camelford conocían a Mally Trenglos. Era una criatura de aspecto salvaje, casi sobrenatural, con el cabello negro y despeinado flotando al viento, de pequeña estatura, manos diminutas y brillantes ojos negros; pero la gente decía que era muy fuerte, y los niños de los alrededores aseguraban que trabajaba día y noche y que no conocía la fatiga. En cuanto a su edad, existían muchas dudas. Unos afirmaban que tenía diez años, y otros veinticinco, pero dejaremos que el lector sepa que, en aquella época, acababa de cumplir los veinte. Los ancianos hablaban bien de Mally por lo bondadosa que era con su abuelo; y afirmaban que, aunque le llevaba casi todos los días un poco de ginebra y de tabaco, jamás se compraba nada para ella. En lo que concierne a la ginebra..., nadie que conociera a la joven podría acusarla de interesarse por la bebida. Pero no tenía amigos y apenas conocía a nadie de su edad. Aseguraban que era maliciosa e irascible, que no tenía una palabra amable para nadie, y que era una pequeña arpía en todos los sentidos. Los muchachos no se interesaban por ella; pues, en cuanto a vestimenta, todos los días eran iguales para Mally. jamás se arreglaba los domingos. Generalmente, no llevaba medias, y no parecía preocuparse en absoluto de ejercer ninguno de esos atractivos femeninos de los que podría haber hecho gala si hubiera querido. Todos los días eran iguales para ella en lo que se refiere a indumentaria; y me temo que, hasta hace relativamente poco, todos los días eran iguales para ella en cualquier otro sentido. El anciano Malachi no había vuelto a entrar en una iglesia desde que empezó a vivir bajo el acantilado.
Sin embargo, en los dos últimos años, Mally se había sometido a las enseñanzas del pastor de Tintagel, y había acudido a misa los domingos; y con tanta frecuencia que nadie que conociera las peculiaridades de su residencia osaría echarle en cara su escasa puntualidad. Pero no se vestía de un modo diferente en esas ocasiones. Se quedaba en un asiento muy bajo de piedra, en la entrada de la iglesia, con la gruesa falda roja y la holgada chaqueta marrón, ambas de sarga, que llevaba todos los días; pues eran las prendas que se adaptaban mejor al trabajo duro y peligroso entre las aguas. El pastor había insistido en que fuera a misa, y Mally le había contado que no tenía ningún vestido para acudir a la iglesia. Él le había explicado que sería bien recibida con independencia de la ropa que llevara. La joven había creído en sus palabras, y se había presentado allí con un coraje digno de admiración, .....................................................................................................................