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LA INVOCACION -- FRAN MORELL

Escrito por imagenes 18-04-2009 en General. Comentarios (4)

LA INVOCACION -- FRAN MORELL

 

LA INVOCACION -- FRAN MORELL




La invocación
Fran Morell


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Un instante después de haber terminado la Invocación, el suelo se llenó de hormigas, y las ventanas comenzaron a hervir con la febril actividad de gigantescas moscardas azules. En poco tiempo habrían logrado entrar. Sabía que el Libro aconsejaba dar gracias a Dios por haber permitido el contacto con los demonios, pero por algún motivo, aquello me pareció una blasfemia aún mayor que el acto que acababa de realizar. Una gigantesca polilla golpeó con fuerza contra el plafón de la lámpara sobre mi cabeza. Creí que iba a romperlo. Miré al suelo. El círculo de tiza seguía intacto, y ninguna hormiga lo había traspasado.
De pronto, sentí una arcada incontrolable. No había pensado que la presencia de aquellos insectos abominables pudiera afectarme tanto, pero verlos todos juntos, saliendo de ninguna parte y reptando por el suelo y las paredes de la habitación, me produjo una impresión nefasta. Sabía que no debía derrumbarme, que eso era lo que los demonios estaban esperando. Debía mantenerme dentro del círculo, y en aquel instante comprendí que contra mis previsiones iniciales, lo había dibujado demasiado pequeño. Apenas tenía espacio para mis propios pies, y temía borrar descuidadamente algún trazo esencial. Rápidamente, repasé el Libro, en busca del conjuro de despedida, sólo por si acaso. Mis manos recorrieron nerviosamente las páginas gastadas y crujientes, y estuve a punto de dejarlo caer, lo cual hubiera sido un desastre.

Levanté la vista hacia la ventana. Las moscas habían logrado entrar todas, pero se limitaban a permanecer ominosamente en la pared, moviéndose espasmódicamente en espera de alguna señal por mi parte. Afuera se había levantado una terrible ventolera, porque los cristales golpeaban contra los marcos y el aire silbaba una canción espectral que por algún motivo me pareció que contenía palabras, aunque de ningún idioma que hubiera oído antes, y que sin embargo estuve a punto de entender. Contuve un repentino impulso de dirigirme hacia la ventana para abrirla cuando ya casi mis pies habían comenzado a hacer el movimiento. Debía alejar de mi mente ese tipo de pensamientos.

Un aire frío invadió la estancia, y en mi piel se formaron pequeños bultitos. Los brazos comenzaron a temblarme sin que pudiera contenerlos. Sabía que aquello era la señal de que los demonios habían entrado por fin, y de que estaban amargados como yo suponía. Miré a mi alrededor ansiosamente, pero no hallé señal alguna de su presencia. Realmente, pensé, no tenía ni idea de cómo podrían presentarse ni de cuál sería su número. El Libro no decía nada sobre este particular. Sobre mi cabeza revoloteaba nerviosa la polilla, golpeando una y otra vez contra la lámpara, pasándome junto a la cabeza y realizando ese fantasmagórico zumbido característico de las alas membranosas. Me pregunté si no sería aquella polilla...

Y entonces los vi sobre la pared. Eran rostros repulsivos y enloquecedores, apenas meras sombras que sin embargo poseían movimientos propios, y supe que me estaban mirando y supe que su mirada contenía un odio puro, indescriptible. Nervioso, repasé de nuevo el Libro, pero las páginas comenzaron a pasar a toda prisa ante mis ojos, como movidas por el viento, y tuve que detenerlas con la mano libre, mientras que con la otra apenas si podía evitar que el volumen se me escapase volando. En la página que buscaba hallé sus nombres, Shrronghothoth, Abjadacsimm y Bheghosthrro, y los pronuncié en voz alta. Las sombras de la pared parecieron agitarse borrosamente mientras tanto. Algo estaba mal. Deberían haber contestado, pensé. Cerré el Libro y lo guardé en el interior de mi camisa, para poder así sacar del bolsillo la lista con mis peticiones.

Pero de inmediato, uno de los muebles más pesados, una estantería cargada de libros, se elevó unos centímetros en el suelo y comenzó a dar pesados golpes contra la pared, haciendo caer algunos tomos al suelo. Pronto todos los demás muebles hicieron lo mismo, y en el piso observé que las huellas de algo grande e invisible se acercaban desde la pared de las siluetas hacia el círculo donde me encontraba, haciendo crujir la madera, y me estremecí, porque sabía que alguien no invitado había comparecido. Detrás de mi se levantó un fuerte viento que irguió los faldones de mi camisa, helándome la espalda. Las huellas se detuvieron al llegar junto al círculo de tiza, y comenzaron a rodearlo muy lentamente, como un animal cerca a su presa antes de abatirse sobre ella. Cuando hubieron dado una vuelta completa, que seguí aterrado con la mirada, las sombras de la pared se diluyeron y creí escuchar unas risas infantiles encerradas en un murmullo de conversaciones sin palabras.

Un hedor apestoso se adueñó de la habitación. Creí percibir los efluvios de excrementos animales, tabaco negro y sudor humano. Sentí ganas de vomitar, las ganas de correr hacia la ventana se acrecentaron de nuevo. Me encontraba paralizado por el terror, y cuando estaba a punto de abrir de nuevo el Libro para consultar el modo en que debía dar fin al aquelarre, una voz sonó a mis espaldas:

- ¿Quién eres?

Me volví rápidamente, casi trastabillando con mis propios pies. Una figura borrosa se sentaba tranquilamente en el sillón del fondo, pero antes de que pudiera fijar mi vista en él, alzó un brazo y se encendió la lámpara de pie que estaba a su lado, sin apenas dejarme tiempo para acostumbrar de nuevo la vista a la recién creada luminosidad.

Era un joven. El rostro flaco y demacrado, blanquecino y sin señales. El pelo, muy corto, y la barba, apenas sin afeitar. Me miraba fijamente tras unas ligeras gafas metalizadas, y en sus ojos leí un desprecio tan profundo que hasta entonces no creí que pudiera existir. Vestía una sencilla camisa de cuadros abotonada hasta el cuello y unas pesadas botas militares. Lo reconocí en seguida, porque sabía que lo había visto antes espiando mis sueños. A su alrededor flotaban decenas de mariposas de brillantes colores, revoloteando junto a su cara y acercándose a la lámpara. Con una mueca horrenda, una sonrisa totalmente carente de alegría, volvió a decir:

- ¿Quién eres?

Aquella voz me aterrorizó. No se correspondía con el rostro que estaba mirando, sino con el de una mujer muy joven, casi el de una niña. Era tenebrosamente seductor, y por un instante estuve tentado de adelantarme, saliendo del círculo de tiza. Traté de pronunciar alguna frase, pero las palabras quedaron atrapadas en mi garganta, porque aún no sabía qué contestar, ni siquiera si debía decir nada en voz alta. No estaba seguro de que él supiera que yo estaba allí. Pero no fue necesario: de pronto, el demonio comenzó a emitir lo que parecían unas horrísonas gárgaras, que se transformaron en una risita infantil. La luz se apagó.

Me di cuenta que el corazón me latía demasiado aprisa, y temí que algo pudiera ocurrirme, cuando el dolor se hizo más persistente. Necesitaba sentarme, pero una vez más lamenté la estrechez del interior del círculo protector. Me llevé la mano al pecho y traté de espaciar mi apurada respiración. Estaba sudando abundantemente, creí que tenía fiebre. ¿Me habrían encontrado dentro del círculo...? Era imposible saberlo.

En el rincón donde había estado el joven ya no había nadie. Fijé de nuevo la vista y creí percibir sólo ligeras sombras que se contorsionaban juguetonas por la pared. La pestilencia se acentuó y una vez más sentí ganas de abrir la ventana. Volví la vista hacia ella, y de improviso, ambas hojas se abrieron con una violencia espantosa, dejando pasar un fortísimo viento helado. Los cristales comenzaron a golpear furiosamente contra las paredes y temí que se pudieran quebrar, pero por algún motivo, aún más temí que alguien pudiera escuchar el ruido y entrar en aquel instante.

El viento helado secó mi sudor, pero no se llevó la asquerosa fetidez. Los muebles comenzaron a golpear otra vez, los libros salieron despedidos en todas direcciones, y algunos cayeron por la ventana. En mi boca percibí los primeros síntomas del agrio vómito aproximarse y mi cuerpo se convulsionó en una primera y dolorosa arcada que casi me parte la espalda con un dolor seco. Traté de agacharme, aún dentro del círculo, y esta vez no sólo comprobé que no tenía espacio suficiente, sino que el Libro que había guardado dentro de la camisa me impedía doblarme. El armario abrió de golpe una de sus puertas, y el espejo que tenía en su interior se rompió en mil pedazos, que se unieron al estropicio general. Algunos trozos pasaron peligrosamente junto a mi rostro.


Con mucho cuidado, extraje lentamente el Libro, y busqué nerviosamente entre sus páginas. Sin embargo, no era sencillo leer en la oscuridad, y mientras fijaba frenéticamente la vista en los arcanos, una ráfaga de viento me sorprendió, arrebatándome el Libro de las manos, y haciéndolo caer al suelo, muy cerca del círculo... pero fuera.

Definitivamente, el terror se adueñó de mí. Sabía que no podía abandonar la protección del círculo, pero necesitaba consultar el Libro para detener la desastrosa invocación. Me agaché dolorosamente, pues aún era posible recuperarlo desde dentro, pero al acercar mi mano, las páginas se agitaron furiosamente como lacerantes palpos, y el entero volumen salió despedido fuera de la habitación, volando en alas del viento. Observé que en el suelo, el círculo de tiza comenzaba a desdibujarse con la acción del aire, y de finas, casi imperceptibles, gotas de lluvia, y lamenté no haber utilizado tiza roja. Bien sabía que una vez deshecho el círculo, yo quedaría a merced de lo que hubiera ahí fuera, de aquello que había convocado, y bien sabía que no tendría ningún tipo de piedad.

Me llevé las manos a la cara, tratando de recordar. Eso era lo único que podía salvarme ahora. Traté de recordar la lectura apresurada, el modo de deshacer el conjuro sin peligro para el celebrante, pero en mi mente sólo había danzantes evocaciones de los momentos en que había retado al médium y de cómo había leído precipitadamente los primeros ensalmos, creyendo que todo sería seguro y sencillo. En mi mente se agolparon los recuerdos de los recuerdos, las figuras casi reales de lo que estaba pensando en el momento de lanzar el reto y de practicar el conjuro. Páginas crujientes y amarillas volaron en mi imaginación, pude sentir de nuevo el tacto grasiento del papel en los dedos, pero en ellas sólo había símbolos que apenas formaban palabras, y aun éstas carecían de significado para mí. Cerré los ojos con fuerza y algunas palabras volvieron a mi boca, para sólo escapar un instante después, burlonas. Sólo entonces supe que jamás lograría recordar el hechizo de despedida, y desesperado, comencé a gritar, más allá de mis propias fuerzas. Chillé todo lo alto que me permitieron los pulmones, hasta desgarrar por completo las cuerdas vocales. Chillé y aullé hasta desgañitarme, cerrando los ojos con fuerza, haciendo coro con la cacofonía que ya se debatía a mi alrededor...

Y cuando abrí los ojos, la habitación estaba en calma.

La ventana, cerrada. El armario, con las puertas cerradas. Los pesados estantes inmóviles, y los libros en su sitio. No había ningún insecto, y la luz de la lámpara sobre mi cabeza brillaba con la fuerza de sus cien watios. Ni la menor presencia de aquel hediondo miasma que había atufado mis pulmones. El único ruido era el de mi respiración acelerada y el de mis dientes castañeteando. Incluso la temperatura era de nuevo agradable, la proporcionada por el radiador. Y a mis pies, el círculo estaba completo e intacto.

Sonreí, y casi sentí que el dolor de la espalda había cesado. La felicidad me invadió y respiré profundamente. Abandoné el interior del círculo, y entonces... sólo entonces... llegó la negrura.


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En busca de la ciudad del sol poniente

Escrito por imagenes 31-03-2009 en General. Comentarios (0)

En busca de la ciudad del sol poniente

H. P. Lovecraft

Por tres veces soñó Randolph Carter la maravillosa ciudad, y por tres veces fue súbitamente arrebatado cuando se hallaba en una elevada terraza que la dominaba. Brillaba toda con los dorados fulgores del sol poniente: las murallas, los templos, las columnatas y los puentes de veteado mármol, las fuentes de tazas plateadas y prismáticos surtidores que adornaban las grandes plazas y los perfumados jardines, las amplias avenidas bordeadas de árboles delicados, de jarrones atestados de flores, y de estatuas de marfil dispuestas en filas resplandecientes. Por las laderas del norte ascendían filas y filas de rojos tejados y viejas buhardillas picudas, entre las que quedaban protegidos los pequeños callejones empedrados, invadidos por la yerba. Había una agitación divina, un clamor de trompetas celestiales y un fragor de inmortales címbalos. El misterio envolvía la ciudad como envuelven las nubes una fabulosa montaña inexplorada; y mientras Carter, con la respiración contenida, se hallaba recostado en la balaustrada de la terraza, se sintió invadido por la angustia y la nostalgia de unos recuerdos casi olvidados, por el dolor de las cosas perdidas y por la apremiante necesidad de localizar de nuevo el que algún día fuera trascendental y pavoroso lugar.

Sabía que, para él, aquel lugar debió de tener alguna vez un significado supremo; pero no podía recordar en qué época ni en qué encarnación lo había visitado, ni si había sido en sueños o en vigilia. Vislumbraba vagamente alguna fugaz reminiscencia de una primera juventud lejana y olvidada, en la que el gozo y la maravilla henchían el misterio de los días, y el anochecer y el amanecer se sucedían bajo un ritmo igualmente impaciente y profético de laúdes y canciones, abriendo las puertas ardientes de nuevas y sorprendentes maravillas. Pero cada noche en que se encontraba en esa elevada terraza de mármol, ornada de extraños jarrones y balaustres esculpidos, y contemplaba, bajo una apacible puesta de sol, la belleza sobrenatural de la ciudad, sentía el cautiverio en el que le tenían los dioses tiranos del sueño; de ningún modo podía dejar aquel elevadísimo lugar para bajar por la interminable escalinata de mármol hasta aquellas calles impregnadas de antiguos sortilegios que le fascinaban...

Cuando despertó por tercera vez sin haber descendido por aquellos peldaños, sin haber recorrido aquellas apacibles calles en el atardecer, suplicó larga y fervientemente a los ocultos dioses del sueño que meditan ceñudos sobre las nubes que envuelven la desconocida Kadath, ciudad de la inmensidad fría jamás hollada por el hombre. Pero los dioses no contestaron, ni se conmovieron, ni dieron ningún signo favorable cuando les imploró en sueños o cuando les ofreció sacrificios por medio de los sacerdotes Nasht y Kaman-Thah, de luenga barba, cuyo templo subterráneo, en el cual se venera una columna de fuego, se encuentra no lejos de las puertas del mundo vigil. Parecía, al contrario, que sus súplicas habían sido escuchadas con hostilidad, ya que desde la primera invocación dejó radicalmente de contemplar la maravillosa ciudad, como si sus tres lejanas visiones le hubieran sido permitidas por casualidad o por inadvertencia, en contra de algún plan o deseo oculto de los dioses.

Finalmente, enfermo de tanto suspirar por las avenidas esplendorosas y por los callejones de la colina, ocultos entre aquellos tejados antiguos que ni en sueños ni despierto podía apartar de su espíritu, Carter decidió llegar hasta donde ningún otro ser humano había osado antes, y cruzar los tenebrosos desiertos helados donde la desconocida Kadath, cubierta de nubes y coronada de estrellas ignotas, guarda el nocturno y secreto castillo de ónice donde habitan los Grandes Dioses.

En uno de sus sueños ligeros, descendió los setenta peldaños que conducen a la caverna de fuego y habló de su proyecto a los sacerdotes Nasht y Kaman-Thah de luenga barba. Y los sacerdotes, cubiertos con sus tiaras, movieron negativamente la cabeza, augurando que sería la muerte de su alma. Le dijeron que los Grandes Dioses habían manifestado ya sus deseos y que no les agradaría sentirse agobiados por súplicas insistentes. Le recordaron también que no sólo no había llegado jamás hombre alguno a Kadath, sino que nadie podía sospechar dónde se halla, si en los países del sueño que rodean nuestro mundo o en aquellas regiones que circundan alguna insospechada estrella próxima a Fomalhaut o a Aldebarán. Si estuviera en la región de nuestros sueños, no sería imposible llegar a ella. Pero desde el principio de los tiempos, sólo tres seres completamente humanos han cruzado los abismos impíos y tenebrosos del sueño; y de los tres, dos regresaron totalmente locos. En tales viajes había incalculables peligros imprevisibles, así como una tremenda amenaza final: el ser que aúlla abominablemente más allá de los límites del cosmos ordenado, allí donde ningún sueño puede llegar. Esta última entidad maligna y amorfa del caos inferior, que blasfema y babea en el centro de toda infinidad, no es sino el ilimitado Azathoth, el sultán de los demonios, cuyo nombre jamás se atrevieron labios humanos a pronunciar en voz alta, el que roe hambriento en inconcebibles cámaras oscuras, más allá de los tiempos, entre los fúnebres redobles de unos tambores de locura y el agudo, monótono gemido de unas flautas execrables, a cuyas percusiones y silbos danzan lentos y pesados los gigantescos Dioses Finales, ciegos, mudos, tenebrosos, estúpidos; y los Dioses Otros, cuyo espíritu y emisario es Nyarlathotep, el caos reptante.

De todas estas cosas advirtieron a Carter los sacerdotes Nasht y Kaman-Thah en la caverna de fuego, pero él siguió decidido a partir en busca de la desconocida Kadath, que se alza perdida en la inmensidad fría y de sus dioses tenebrosos, para poder gozar de la visión, del recuerdo y del amparo de la maravillosa ciudad del sol poniente. Sabía que su viaje iba a ser extraño y largo, y que los Grandes Dioses se opondrían a ello; pero estando habituado a los sueños, contaba Carter con la ayuda de muchos recuerdos provechosos y estratagemas útiles. Así que, tras pedir a los sacerdotes su bendición solemne y maquinar con astucia su expedición, descendió audazmente los trescientos peldaños que conducen al Pórtico del Sueño Profundo y emprendió el camino a través del bosque encantado.

En las oquedades de ese bosque enmarañado, cuyos prodigiosos robles tantean y entrelazan sus ramas al aire, y cuyas umbrías relucen con la apagada fosforescencia de unos hongos extraños, habitan los furtivos y silenciosos zoogs. Estos seres conocen una infinidad de secretos de la región de los sueños, y algo también del mundo vigil, ya que el bosque linda con las tierras de los hombres por dos lugares, aunque sería desastroso decir cuáles. Ciertos rumores inexplicables, ciertos accidentes y desapariciones ocurren entre los hombres allí donde los zoogs tienen acceso, y por ello es una gran suerte que éstos no puedan alejarse demasiado de la región de los sueños. Sin embargo, los zoogs cruzan libremente la frontera más próxima de esta región y se deslizan, negros, menudos, invisibles, para poder contar relatos divertidos a su regreso y entretener con ellos las largas horas que pasan al amor del fuego, en el corazón de su adorado bosque. La mayoría vive en madrigueras, aunque algunos habitan en los troncos de los grandes árboles; y a pesar de que se alimentan principalmente de hongos, se dice que también les atrae la carne, tanto la física como la espiritual. Y, efectivamente, en el bosque han entrado muchos soñadores que luego no han vuelto a salir. Pero Carter no tenía miedo; era un soñador veterano que conocía el lenguaje chirriante de estos seres y había tratado muchas veces con ellos. Con la ayuda de los zoogs había descubierto la espléndida ciudad de Celephais, situada en Ooth-Nargai, más allá de los Montes Tanarios, donde reina durante la mitad del año el gran rey Kuranes, ser humano a quien él había conocido en la vida vigil bajo otro nombre. Kuranes era el único ser humano que había alcanzado los abismos estelares y regresado en su sano juicio.

Mientras recorría, pues, los angostos corredores fosforescentes que quedan entre los troncos gigantescos de ese bosque iba Carter emitiendo ciertos sonidos chirriantes, a la manera de los zoogs, y callando de cuando en cuando en espera de respuesta. Recordaba que había un poblado de zoogs en el centro del bosque, en una zona en que abundaban grandes rocas musgosas y donde, según se contaba, habían vivido anteriormente seres aún más terribles, ya olvidados afortunadamente, después de tanto tiempo. Así que se dirigió hacia ese lugar. Reconocía el camino por los hongos grotescos; que cada vez parecían más voluminosos y mejor alimentados, a medida que se iba aproximando al terrible círculo de piedras en cuyo centro habían danzado y habían celebrado sus sacrificios los innominados seres anteriores. Finalmente, el enorme resplandor de aquellos hongos hinchados reveló una siniestra inmensidad verdosa y gris que ascendía hasta la bóveda espesa de la selva. Estaba muy cerca del anillo de piedras, y por ello supo Carter que el poblado de los zoogs debía hallarse a poca distancia. Renovó sus llamadas en el lenguaje chirriante y esperó pacientemente; por fin vio recompensados sus esfuerzos al darse cuenta de que le vigilaba una multitud de ojos. Eran los zoogs, cuyos ojos espectrales destacan en la oscuridad mucho antes de que puedan distinguirse sus siluetas oscuras, desmedradas y escurridizas.

Salieron en enjambre de sus madrigueras y de los árboles huecos, y eran tan numerosos que invadieron todo el espacio iluminado. Los más fieros le rozaron desagradablemente, y uno de ellos llegó a darle un repulsivo mordisco en una oreja; pero estos seres desordenados e irrespetuosos fueron contenidos muy pronto por los más viejos y sensatos. El Consejo de los Sabios, al reconocer al visitante, le ofreció una calabaza llena de savia fermentada de cierto árbol encantado que era distinto a todos los demás, y que había nacido de una semilla procedente de la luna. Y después de beber Carter ceremoniosamente, se inició un extraño coloquio. Por desgracia, los zoogs no sabían dónde se encontraba el pico de Kadath, ni podían decirle si la inmensidad fría se hallaba en nuestro país de los sueños o en otro. Se decía que los Grandes Dioses aparecen indistintamente en cualquier parte, y sólo uno de los zoogs pudo informarle de que era más frecuente verlos en los picos de las altas montañas que en los valles, ya que en tales picos ejecutan sus danzas conmemorativas cuando la luna brillaba sobre ellos y las nubes los aíslan de las tierras bajas.

Entonces un zoog que era muy viejo recordó algo que los demás ignoraban y dijo que en Ulthar, al otro lado del río Skai, todavía existía un último ejemplar de los Manuscritos Pnakóticos, copiado por hombres del mundo vigil en algún reino boreal ya olvidado, y trasladado a la región de los sueños cuando los caníbales velludos llamados gnophkehs conquistaron Olathoe, la tierra de los infinitos templos, y mataron a todos los héroes del país de Lomar, Esos manuscritos -dijo- eran inconcebiblemente antiguos y hablaban mucho de los dioses; y, además, en Ulthar había quienes habían visto las huellas de los dioses; incluso vivía un sacerdote que había escalado una gran montaña para verlos danzar bajo la luz de la luna.

Afortunadamente había fracasado en su intento, pero un acompañante suyo que los consiguió ver había perecido horriblemente.

Randolph Carter agradeció esta información a los zoogs, que emitieron amistosos chirridos y le dieron otra calabaza de vino lunar para que se la llevara consigo, y emprendió el camino a través del bosque fosforescente, en dirección a la linde opuesta, donde las tumultuosas aguas del Skai se precipitan por las pendientes de Lerion, de Hatheg, de Nir y de Ulthar, y se sosiegan después en la llanura. Tras él, fugitivos y disimulados, reptaban varios zoogs curiosos que deseaban saber lo que le sucedería para poder contarlo más tarde a los suyos. Los robles inmensos se fueron haciendo más corpulentos y espesos a medida que se alejaba del poblado, por lo que le llamó la atención un lugar donde se veían mucho más ralos, desmedrados y moribundos, como ahogados entre una profusa cantidad de hongos deformes, hojarasca podrida y troncos de sus hermanos muertos. Aquí se tuvo que desviar bastante, porque en ese lugar había incrustada en el suelo una enorme losa de piedra. Y dicen quienes se habían atrevido a acercarse a ella, que tiene una argolla de hierro de un metro de diámetro. Recordando el arcaico círculo de rocas musgosas, y la razón por la cual fue erigido posiblemente, los zoogs no se detuvieron junto a la losa de gigantesca argolla. Sabían que no todo lo olvidado ha desaparecido necesariamente y no sería agradable ver levantarse aquella losa lentamente.

Carter se volvió al oír tras de sí los asustados chirridos de algunos zoogs atemorizados. Sabía ya que le seguían, y por ello no se alarmó; uno se acostumbra pronto a las rarezas de esas criaturas fisgonas. Al salir del bosque se vio inmerso en una luz crepuscular cuyo creciente resplandor anunciaba que estaba amaneciendo. Por encima de las fértiles llanuras que descendían hasta el Skai, y por todas partes, se extendían las cercas y los campos arados y las techumbres de paja de aquel país apacible. Se detuvo una vez en una granja a pedir un trago de agua, y los perros ladraron espantados por los invisibles zoogs que reptaban tras él por la yerba. En otra casa, donde las gentes andaban atareadas, preguntó si sabían algo de los dioses y si danzaban con frecuencia en la cima de Lerión; pero el granjero y su mujer se limitaron a hacer el Signo Arquetípico y a indicar sin palabras el camino que conducía a Nir y a Ulthar.

A mediodía caminaba ya por una calle principal de Nir, donde había estado anteriormente. Era esta ciudad el lugar más alejado que él había visitado tiempo atrás en aquella dirección. Poco después llegaba al gran puente de piedra que cruza el Skai, en cuyo tramo central los constructores habían sellado su obra con el sacrificio de un ser humano hacía mil trescientos años. Una vez al otro lado, la frecuente presencia de gatos (que erizaban sus lomos al paso de los zoogs) anunció la proximidad de Ulthar; pues en Ulthar, según una antigua y muy importante ley, nadie puede matar un solo gato. Muy agradables eran los alrededores del Ulthar, con sus casitas de techumbre de paja y sus granjas de limpios cercados; y aún más agradable era el propio pueblecito, con sus viejos tejados puntiagudos y sus pintorescas fachadas, con sus innumerables chimeneas y sus estrechos callejones empinados, cuyo viejo empedrado de guijarros podía admirarse allí donde los gatos dejaban espacio suficiente. Una vez que notaron los gatos la presencia de los zoogs y se apartaron, Carter se dirigió directamente al modesto Templo de los Grandes Dioses, donde, según se decía, estaban los sacerdotes y los viejos archivos; y ya en el interior de la venerable torre circular cubierta de hiedra -que corona la colina más alta de Ulthar- buscó al patriarca Atal, el que había subido al prohibido pico de Hathea-Kla, en el desierto de piedra, y había regresado vivo.

Atal, sentado en su trono de marfil cubierto de dosel, en el santuario ornado de guirnaldas que ocupa la parte más elevada del templo, contaba más de trescientos años de edad, aunque conservaba todavía su agudeza de espíritu y toda su memoria. Por él supo Carter muchas cosas acerca de los dioses; sobre todo, que no son éstos sino dioses de la Tierra, los cuales ejercen un débil poder sobre el mundo de nuestros sueños, y no tienen ningún otro señorío ni habitan en ningún otro lugar. Podían atender la súplica de un hombre si estaban de buen humor, pero no se debía intentar subir hasta su fortaleza, que se alzaba en lo más alto de Kadath, ciudad de la inmensidad fría. Era una suerte que ningún hombre conociera la localización exacta de las torres de Kadath, porque cualquier expedición a ellas podría haber traído consecuencias muy graves. Barzai el Sabio, compañero de Atal, había sido arrebatado aullando de terror por las fuerzas del cielo, sólo por haber osado escalar el conocido pico de Hatheg-Kla. En lo que respecta a la desconocida Kadath, si alguien llegara a encontrarla, la cosa sería mucho peor; pues aunque a veces los dioses de la Tierra puedan ser dominados por algún sabio mortal, están protegidos por los Dioses Otros del Exterior, de los que es más prudente no hablar. Dos veces por lo menos, en la historia del mundo, los Dioses Otros habían dejado su huella impresa en el primordial granito de la Tierra: la primera, en tiempos antediluvianos, según podía deducirse de ciertos grabados de aquellos fragmentarios Manuscritos Pnakóticos, cuyo texto es demasiado antiguo para poderse interpretar; y otra en Hatheg-Kla, cuando Barzai el Sabio quiso presenciar la danza de los dioses de la tierra a la luz de la luna. Así pues -dijo Atal-, era mucho mejor dejar tranquilos a todos los dioses y limitarse a dirigirles plegarias discretas.

Carter aunque decepcionado por los desalentadores consejos de Atal y la escasa ayuda que le proporcionaron los Manuscritos Pnakóticos y los Siete Libros Crípticos de Hsan, no perdió toda la esperanza. Primero preguntó al anciano sacerdote sobre aquella maravillosa ciudad del sol poniente que veía desde una terraza bordeada de balaustradas, pensando que quizá pudiera encontrarla sin la ayuda de los dioses; pero Atal no pudo decirle nada. Probablemente -dijo Atal- ese lugar pertenecía al mundo de sus sueños personales y no al mundo onírico común, y lo más seguro es que se hallara en otro planeta. En ese caso, los dioses de la tierra no podrían guiarle ni aunque quisieran. Pero esto tampoco era seguro, ya que la interrupción de sus sueños por tres veces indicaba que había algo en él que los Grandes Dioses querían ocultarle.

Entonces Carter hizo algo reprobable: ofreció a su bondadoso anfitrión tantos tragos del vino lunar que le regalaron los zoogs, que el anciano se volvió irresponsablemente comunicativo. Liberado de su natural reserva, el pobre Atal se puso a charlar con entera libertad de cosas prohibidas, y le habló de una gran imagen que, según contaban los viajeros, está esculpida en la sólida roca del monte Ngranek, situado en la isla de Oriab, allá en el Mar Meridional; y le dio a entender que, posiblemente, fuera un retrato que los dioses de la tierra habían dejado de su propio semblante en los días que danzaban a la luz de la luna sobre la cima de aquella montaña. Y añadió hipando que los rasgos de aquella imagen son muy extraños, de manera que podían reconocerse perfectamente y constituían los signos inequívocos de la auténtica raza de los dioses.

La utilidad de toda esta información se le hizo inmediatamente patente a Carter. Se sabe que, disfrazados, los más jóvenes de los Grandes Dioses se casan a menudo con las hijas de los hombres, de modo que junto a los confines de la inmensidad fría, donde se yergue Kadath, los campesinos llevaban todos sangre divina. En consecuencia, la manera de descubrir el lugar donde se encuentra Kadath sería ir a ver el rostro de piedra de Ngranek y fijarse bien en sus rasgos. Luego de haberlos grabado cuidadosamente en la memoria, tendría que buscar esos rasgos entre los hombres vivos. Y allá donde se encontrasen los más evidentes y notorios, sería el lugar más próximo de la morada de los dioses. Y así, el frío desierto de piedra que se extienda más allá de estos poblados será sin duda aquel donde se halla Kadath.

En tales regiones puede uno enterarse de muchas cosas acerca de los Grandes Dioses, puesto que quienes lleven sangre suya bien pueden haber heredado igualmente pequeñas reminiscencias muy valiosas para un investigador. Es posible que los moradores de estas regiones ignoren su parentesco con los dioses, porque a los dioses les repugna tanto ser reconocidos por los hombres, que entre éstos no hay uno solo que haya visto los rostros de aquéllos, cosa que Carter comprobó más adelante, cuando intentó escalar el monte Kadath. Sin embargo, estos hombres de sangre divina tendrían sin duda pensamientos singularmente elevados que sus compañeros no llegarían a comprender, y sus canciones hablarían de parajes lejanos y de jardines tan distintos de cuantos son conocidos, incluso en el país de los sueños, que las gentes vulgares les tomarían por locos. Acaso sirviera esto a Carter para desvelar alguno de los viejos secretos de Kadath, o para obtener alguna alusión a la maravillosa ciudad del sol poniente que los dioses guardan en secreto. Más aún, si la ocasión se presentaba, podría utilizar como rehén a algún hijo amado de los dioses, o incluso capturar a un joven dios de los que viven disfrazados entre los hombres, casados con hermosas campesinas.

Pero Atal no sabía cómo podía llegar Carter al monte Ngranek, en la isla de Oriab, y le aconsejó que siguiera el curso del Skai, cantarino bajo los puentes, hasta su desembocadura en el Mar Meridional, donde jamás ha llegado ningún habitante de Ulthar, pero de donde vienen mercaderes en embarcaciones o en largas caravanas de mulas y carromatos de pesadas ruedas. Allí se alza una gran ciudad llamada Dylath-Leen, pero tiene mala reputación en Ulthar a causa de los negros trirremes que entran en su puerto cargados de rubíes, venidos de no se sabe qué litorales. Los comerciantes que vienen en esas galeras a tratar con los joyeros son humanos o casi humanos, pero jamás han sido vistos los galeotes. Y en Ulthar no se considera prudente traficar con estos mercaderes de negros barcos que vienen de costas remotas y cuyos remeros jamás salen a la luz.

Después de contar todo esto, Atal se quedó amodorrado. Carter lo depositó suavemente en su lecho de ébano y le recogió decorosamente su larga barba sobre el pecho. Al emprender el camino, observó que no le seguía ningún ruido solapado, y se preguntó por qué razón los zoogs habrían abandonado su curioso seguimiento. Entonces se dio cuenta de la complacencia con que los lustrosos gatos de Ulthar se lamían las fauces, y recordó los gruñidos, maullidos y gemidos lejanos que se habían oído en la parte baja del templo, mientras él escuchaba absorto la conversación del viejo sacerdote. Y recordó también con qué hambrienta codicia había mirado un joven zoog particularmente descarado a un gatito negro que había en la calle. Y como a él nada le gustaba tanto como los gatitos negros, se detuvo a acariciar a los enormes gatazos de Ulthar que se relamían, y no se lamentó de que los zoogs hubiera dejado de escoltarle.

Caía la tarde, así que Carter paró en una antigua posada que daba a un empinado callejón, desde donde se dominaba la parte baja del pueblo. Se asomó al balcón de su dormitorio y, al contemplar la marca de rojos tejados, los caminos empedrados y los encantadores prados que se extendían a lo lejos, pensó que todo formaba un conjunto dulce y fascinante a la luz sesgada del ocaso, y que Ulthar sería sin duda alguna el lugar más maravilloso para vivir, si no fuera por el recuerdo de aquella gran ciudad del sol poniente que le empujaba de manera incesante hacia unos peligros ignorados. Empezaba ya a anochecer; las rosadas paredes y las cúpulas se volvieron violáceas y místicas, y tras las celosías de las viejas ventanas comenzaron a encenderse lucecitas amarillas. Las campanas de la torre del templo repicaron armoniosas allá arriba, y la primera estrella surgió temblorosa por encima de la vega del Skai. Con la noche vinieron las canciones, y Carter asintió en silencio cuando los vihuelistas cantaron los tiempos antiguos desde los balcones primorosos y los patios taraceados de Ulthar. Y sin duda se habría podido apreciar la misma dulzura en los maullidos de los gatos, de no haber estado casi todos ellos pesados y silenciosos a causa de su extraño festín. Algunos de ellos se escabulleron sigilosamente hacia esos reinos ocultos que sólo conocen los gatos y que, según los lugareños, se hallan en la cara oculta de la luna, adonde trepan desde los tejados de las casas más altas. Pero un gatito negro subió a la habitación de Carter y saltó a su regazo para jugar y ronronear, y se ovilló a sus pies cuando él se tendió en el pequeño lecho cuyas almohadas estaban rellenas de yerbas fragantes y adormecedoras.

Por la mañana, Carter se unió a una caravana de mercaderes que salía hacia Dylath-Leen con lana hilada de Ulthar y coles de sus fértiles huertas. Y durante seis días cabalgó al son de los cascabeles por un camino llano que bordeaba el Skai, parando unas noches en las posadas de los pintorescos pueblecitos pesqueros, y acampando otras bajo las estrellas, al arrullo de las canciones de los barqueros que llegaban desde el apacible río. El campo era muy hermoso, con setos verdes y arboledas, y graciosas cabañas puntiagudas y molinos octogonales.

Al séptimo día vio alzarse una mancha borrosa de humo en el horizonte, y luego las altas torres negras de Dylath-Leen, construida casi en su totalidad de basalto Dylath-Leen, con sus finas torres angulares, parece desde lejos un fragmento de la Calzada de los Gigantes, y sus calles son tenebrosas e inhospitalarias. Tiene muchas tabernas marineras de lúgubre aspecto junto a sus innumerables muelles, y todas están atestadas de extrañas gentes de mar venidas de todas las partes de la tierra, y aun de fuera de ella también, según dicen. Carter preguntó a aquellos hombres de exóticos atuendos si sabían dónde se encuentra el pico Ngranek de la isla Oriab, y se encontró con que sí lo sabían. Varios barcos hacían la ruta de Baharna, que es el puerto de esa isla, y uno de ellos iría para allá al cabo de un mes. Desde Baharna, el Ngranek queda a dos días escasos de viaje a caballo. Pero son pocos los que han visto el rostro de piedra del dios, porque está situado en la vertiente de más difícil acceso al pico del Ngranek, en lo alto de unos precipicios inmensos, desde donde se domina un siniestro valle volcánico. Una vez, los dioses se irritaron con los hombres en aquel paraje, y hablaron del asunto a los Dioses Otros.

Le fue difícil recoger esta información de los mercaderes y de los marineros de las tabernas de Dylath-Leen, porque casi todos preferían hablar de las negras galeras. Una de ellas llegaría dentro de una semana cargada de rubíes desde su ignorado puerto de origen, y las gentes de la ciudad se sentían invadidas por el pánico sólo de pensar en verlas aparecer por la bocana del puerto. Los mercaderes que venían en esa galera tenían la boca desmesurada, y sus turbantes formaban dos bultos hacia arriba desde la frente que resultaban particularmente desagradables. Su calzado era el más pequeño y raro que se hubiera visto jamás en los Seis Reinos. Pero lo peor de todo era el asunto de los nunca vistos galeotes. Aquellas tres filas de remos se movían con demasiada agilidad, con demasiada precisión y vigor para que fuese cosa normal; como tampoco era normal que un barco permaneciera en puerto durante semanas, mientras los mercaderes trataban sus negocios, y que en ese tiempo no viera nadie a su tripulación. A los taberneros de Dylath-Leen no les gustaba esto, y tampoco a los tenderos y carniceros, ya que jamás habían subido a bordo la más mínima cantidad de provisiones. Los mercaderes no compraban más que oro y robustos esclavos negros, traídos de Parg por el río. Eso era lo único que cargaban esos mercaderes de desagradables facciones y de dudosos remeros. Jamás embarcaron producto alguno de las carnicerías y las tiendas, sino sólo oro y corpulentos negros de Parg, a quienes compraban al peso. Y el olor que emanaba de aquellas galeras, olor que el viento traía hasta los muelles, era indescriptible. Unicamente podían soportarlo los parroquianos más duros de las tabernas, a base de fumar constantemente tabaco fuerte. Jamás habría tolerado Dylath-Leen la presencia de las negras galeras, de haber podido obtener tales rubíes por otro conducto; pero ninguna mina de todo el país terrestre de los sueños los producía como aquéllos.

Los cosmopolitas de Dylath-Leen hablaban ante todo de estas cosas, mientras Carter aguardaba pacientemente el barco de Baharna que le llevaría a la isla donde se alzan los picos del Ngranek, elevados y estériles. Durante ese tiempo no dejó de indagar por los lugares que frecuentaban los lejanos viajeros, en busca de cualquier relato que hiciese referencia a Kadath, la ciudad de la inmensidad fría, o la

maravillosa ciudad de muros de mármol y fuentes de plata que había contemplado desde lo alto de una terraza a la hora del crepúsculo. Pero nadie pudo darle noticias al respecto, aunque en una de las ocasiones tuvo la sensación de que cierto viejo mercader de ojos oblicuos le dirigió una mirada extrañamente brillante al oírle mencionar la inmensidad fría. Tenía fama este hombre de comerciar con los habitantes de los horribles poblados de piedra que se levantan en la helada y desierta meseta de Leng, jamás visitada por gentes sensatas, y cuyas hogueras malignas se habían visto brillar por la noche en la lejanía. Incluso corría el rumor de que tenía contacto con ese gran sacerdote enigmático que cubre su rostro con una máscara de seda amarilla y vive solitario en un prehistórico monasterio de piedra. Era indudable que aquel individuo había tenido algún comercio con los seres que habitan en la inmensidad fría; pero Carter no tardó en comprobar que era inútil preguntarle.

Por aquellos días entró en puerto la galera negra; pasó el dique de basalto y el gran faro, silenciosa y extraña, envuelta en una rara pestilencia que el viento del sur arrojaba a la ciudad. El malestar invadió las tabernas que se extendían a lo largo de los muelles, y al poco tiempo, los sombríos mercaderes de boca inmensa, turbantes gibosos y pies minúsculos bajaron a tierra furtivamente en busca de las tiendas de los joyeros. Carter los observó de cerca; y cuanto más los miraba, más desagradables le parecían. Después vio cómo embarcaban por la pasarela a los fornidos negros de Parg, que subían gruñendo y sudando, y los metían en el interior de aquella galera singular; y no pudo por menos de preguntarse en qué tierra -si es que llegaban a desembarcar- estarían destinadas a servir aquellas obesas y conmovedoras criaturas.

Al tercer día de haber llegado la galera, uno de aquellos desagradables mercaderes se encaró con él y, con una sonrisa obsequiosa y artera, le dijo que había oído en la taberna que estaba haciendo ciertas indagaciones. El mercader parecía estar enterado de cosas demasiado secretas para hablarlas en público, y, aunque tenía una voz insoportablemente odiosa, Carter comprendió que no debía desestimar los conocimientos de un viajero que venía de tan lejos. Por eso, le invitó a subir a una de sus habitaciones privadas, y le ofreció la última porción que le quedaba del vino lunar de los zoogs para soltarle la lengua. El extraño mercader bebió copiosamente, pero no por ello dejaba de sonreír cínicamente. Luego sacó a su vez una rara botella que traía consigo, y Carter tuvo ocasión de comprobar que se trataba de un rubí ahuecado. Ofrecióle el mercader vino de esta botella a su anfitrión, y aunque Carter bebió tan sólo un breve sorbo, al momento sintió el vértigo del vacío y la fiebre de insospechadas junglas. El invitado no dejaba de sonreír ni un momento, pero cada vez lo fue haciendo con más descaro. Cuando Carter se sumió al fin en la negrura, lo último que vio fue aquella cara siniestra contorsionada por una risa perversa, y una cosa totalmente inconcebible que surgió de uno de los bultos frontales del turbante anaranjado al desenrollársele por las sacudidas de aquella risa convulsiva.

Carter recobró el conocimiento en una atmósfera espantosamente maloliente. Se hallaba bajo una especie de tienda plantada en la cubierta de un barco, y vio cómo las maravillosas costas del Mar Meridional se deslizaban con anormal rapidez. No estaba encadenado, pero a su lado había de pie tres de aquellos mercaderes de tez oscura sonriéndole, y la visión de los bultos de sus turbantes le marcó casi tanto como la fetidez que emanaba de las siniestras escotillas. Frente a él vio pasar tierras gloriosas y ciudades que un compañero de ensueños terrestres -torrero de faro de un antiguo puerto- le había descrito a menudo tiempo atrás; y reconoció los templos escalonados de Zak, moradas de sueños olvidados, las agujas de la infame Thalarión, ciudad diabólica de mil maravillas donde reina el ídolo Lathi, los jardines-osarios de Zura, tierra de placeres insatisfechos, y los promontorios gemelos de cristal, que se unen por arriba formando el arco resplandeciente que custodia el puerto de Sona-Nyl, la bienaventurada tierra de la imaginación.

Pasadas todas estas tierras fastuosas, la pestilente embarcación navegó con inquietante premura, impulsada por la boga anormalmente veloz de sus invisibles remeros. Y antes de terminar el día, Carter vio que el timonel no llevaba otro rumbo que los Pilares Basálticos del Oeste, más allá d~ los cuales dicen los crédulos que se halla la ilustre Cathuria, aunque los soñadores expertos saben muy bien que estos pilares son las puertas de una monstruosa catarata por la que todos los océanos de la tierra de los sueños se precipitan en el abismo de la nada y atraviesan los espacios hacia otros mundos y otras estrellas, y hacia los espantosos vacíos exteriores al universo donde Azathoth, sultán de los demonios, roe hambriento en el caos, entre fúnebres redobles y melodías de flauta, mientras presencia la danza infernal de los Dioses Otros, ciegos, mudos, tenebrosos y torpes, junto con Nyarlathotep, espíritu y mensajero de éstos.

Entre tanto, los sardónicos mercaderes no decían una palabra de sus intenciones, pero Carter sabía muy bien que debían estar en complicidad con quienes querían impedir su empresa. Se sabe en la tierra de los sueños que los Dioses Otros tienen muchos agentes mezclados entre los hombres; y todos estos enviados, casi o enteramente humanos, están dispuestos a cumplir la voluntad de esas entidades ciegas y estúpidas, a cambio de obtener los favores de su horrible espíritu y mensajero el caos reptante

Nyarlathotep. De ello dedujo Carter que los mercaderes de abultados turbantes, al enterarse de su temeraria búsqueda del castillo de Kadath donde moran los Grandes Dioses, habían decidido raptarlo para entregarse a Nyarlathotep a cambio de quién sabe qué merced. Carter no podía adivinar cuál sería la tierra de aquellos mercaderes, ni si estaba en nuestro universo conocido o en los horribles espacios exteriores. Tampoco sospechaba en qué punto infernal se reunirían con el caos reptante para entregarle y exigir su recompensa. Sabía, sin embargo, que ningún ser casi humano como aquéllos se atrevería a acercarse al trono de la tiniebla final, a Azathoth, allá en el centro del vacío sin forma.

Al ponerse el sol, los mercaderes empezaron a lamerse sus enormes labios, con la mirada hambrienta. Uno de ellos bajó a algún compartimiento oculto y nauseabundo, y regresó con una olla y un cesto de platos. Se sentaron juntos bajo la tienda y comieron carne ahumada, que se pasaban unos a otros. Pero cuando le dieron un trozo a Carter, descubrió éste, por su tamaño y forma, algo terrible. Se puso más pálido que antes y arrojó al mar aquel trozo de carne, cuando nadie se fijaba en él. Y nuevamente pensó en aquellos remeros invisibles de abajo y en el sospechoso alimento del cual sacaban su tremenda fuerza muscular.

Era de noche cuando la galera pasó entre los pilares basálticos del Oeste, y el ruido de la catarata final se hizo ensordecedor. Y la nube de agua pulverizada se elevaba hasta oscurecer el fulgor de las estrellas, y la cubierta se puso más húmeda, y el barco se estremeció zarandeado por la corriente embravecida del borde del abismo. Luego, con un extraño silbido y de un solo impulso, la nave saltó al vacío, y Carter sintió un acceso de terror indescriptible al notar que la tierra huía bajo la quilla, y que el navío surcaba silencioso como un cometa los espacios planetarios. Jamás había tenido noticia hasta entonces de los seres informes y negros que se ocultan y se retuercen por el éter, gesticulando y hostigando a cualquier viajero que pueda pasar, y palpando con sus zarpas viscosas todo objeto móvil que excite su curiosidad. Son las larvas de los Dioses Otros, que como ellos, son ciegas y carecen de espíritu, y están poseídas por un hambre y una sed sin límites.

Pero el destino de aquella horrenda galera no era tan lejano como Carter había supuesto, pues no tardó en comprobar que el timonel ponía rumbo a la luna. La luna aparecía en un brillante cuarto creciente que aumentaba más y más a medida que se iban acercando, y mostraba sus cráteres singulares y sus picos inhóspitos. El barco siguió rumbo a sus riberas, y pronto se puso de manifiesto que su destino era aquella cara misteriosa y secreta que siempre ha permanecido de espaldas a la tierra, y que ningún ser enteramente humano, salvo el soñador Snireth-Ko quizá, ha contemplado jamás. Al acercarse la galera, el aspecto de la luna le pareció sobremanera inquietante a Carter: no le gustaban ni la forma ni las dimensiones de las ruinas diseminadas por todas partes. Los templos muertos de las montañas estaban construidos y orientados de tal manera que, evidentemente, no podían haber servido para rendir culto a ningún dios normal y corriente; y en la simetría de las rotas columnas parecía traslucirse un significado oscuro y secreto que no invitaba a ser desentrañado. Carter prefirió no hacer conjeturas sobre la naturaleza y proporciones de los antiguos adoradores de esos templos.

Cuando el barco dobló el borde del satélite, y navegó sobre aquellas tierras invisibles a los ojos de los hombres, aparecieron en el misterioso paisaje ciertos signos de vida, y Carter vio una infinidad de casitas de campo, bajas, amplias, circulares, que se alzaban en unos campos cubiertos de hinchados hongos blancuzcos. Observó que las casas carecían de ventanas, y pensó que sus formas recordaban a las de las chozas de los esquimales. Luego vio las olas oleaginosas de un mar perezoso, y pudo comprobar que el viaje iba a proseguir de nuevo sobre las aguas; al menos, sobre elemento líquido. La galera tocó la superficie con un ruido peculiar, y la extraña elasticidad con que las olas la acogieron dejó perplejo a Carter. La nave se deslizaba ahora a gran velocidad. En una ocasión adelantó a otra galera igual, y ambas tripulaciones se saludaron a voces; pero en general, sólo se distinguía aquel mar extraño, y un cielo negro y sembrado de estrellas aun cuando el sol brillaba de forma abrasadora.

Luego se alzaron frente al navío los henchidos acantilados de una costa de aspecto leproso. Y Carter vislumbró las sólidas y desagradables torres grises de una ciudad. Su extraña inclinación y su insólita curvatura, el modo con que se apiñaban y el hecho de carecer de ventanas, resultaron considerablemente turbadores para el prisionero, que lamentaba amargamente la tontería de haber probado el raro vino de aquel mercader de turbante giboso. Cuando ya se aproximaban a la costa, y la horrenda fetidez de la ciudad se hizo aún más irresistible, vio sobre las quebradas colinas una infinidad de selvas, algunos de cuyos árboles reconoció como de la misma especie de aquel solitario árbol lunar que viera en el bosque encantado de la tierra, y cuya savia fermentada constituía el singular vino de los pequeños y pardos zoogs.

Carter podía distinguir ahora unas figuras que se movían por los muelles pestilentes, y según las iba viendo con mayor claridad, sentía crecer su miedo y su aversión. Porque no eran hombres, ni aun parecidos a hombres, sino criaturas descomunales, grisáceas, viscosas y blanduzcas que podían estirarse y contraerse a voluntad, pero cuya forma más común -aunque la modificaran a menudo- era la de una

especie de sapo sin ojos, con una extraña masa de tentáculos sonrosados que vibraban en la punta de sus chatos hocicos. Estas bestias se afanaban torpemente por los muelles, manejando fardos y cuévanos y cajas con fuerza prodigiosa, y saltando a cada momento del muelle a los barcos amarrados o de los barcos al muelle, con largos remos entre sus patas delanteras. De cuando en cuando, pasaban conduciendo un tropel de esclavos de caracteres muy semejantes a los humanos, pero cuyas bocas inmensas recordaban a las de los mercaderes que traficaban en Dylath-Leen; sin embargo, estos individuos, sin turbante ni calzado ni ropa alguna, no parecían tan humanos como aquéllos. Algunos de los esclavos, los más obesos -cuyas carnes tentaba una especie de vigilante para calcular su calidad- eran desembarcados de las galeras y enjaulados en grandes canastos asegurados con clavos, que los cargadores metían a empujones en los almacenes o embarcaban en grandes furgones chirriantes.

Cargaron uno de los furgones y partió inmediatamente; la fabulosa criatura que lo conducía era tal que Carter se quedó estupefacto, aun después de haber visto las demás monstruosidades de aquel abominable lugar. De cuando en cuando, pasaban pequeños grupos de esclavos vestidos y con turbantes, igual que los atezados mercaderes, y eran conducidos a bordo de una galera, seguidos de un grupo numeroso de viscosos seres con cuerpo de sapo que componían la tripulación: oficiales, marineros y remeros. Carter veía que las criaturas casi humanas eran destinadas a las más ignominiosas tareas serviles, para las que no se requería una fuerza excepcional, como gobernar el timón y cocinar, hacer recados y negociar con los hombres de la tierra o de los demás planetas con los que ellos mantenían comercio. Estas criaturas debían de ser las más adecuadas para estas comisiones terrestres, ya que no se diferenciaban grandemente de los hombres una vez vestidas, calzadas y tocadas con sus oportunos turbantes; y podían regatear en las tiendas de éstos sin tener que dar explicaciones embarazosas e inoportunas. Pero casi todas ellas, mientras no fueran exageradamente flacas o feas, iban desnudas y metidas en jaulas que los seres fabulosos transportaban en pesados carricoches. A veces desembarcaban y enjaulaban también otras clases de seres, algunos muy parecidos a las criaturas semihumanas, otros no tan parecidos y otros totalmente distintos. Y Carter se preguntaba si aquellos desdichados negros de Parg no serían desembarcados, enjaulados y transportados en el interior de aquellos ominosos carricoches.

Cuando la galera atracó a un muelle grasiento, de roca esponjosa, una horda pesadillesca de seres con forma de sapo surgió por las escotillas. Dos de ellos agarraron a Carter y lo desembarcaron. El olor y el aspecto de aquella ciudad eran indescriptibles, y Carter sólo pudo captar imágenes dispersas de las calles enlosadas, de las negras puertas y de las elevadísimas fachadas verticales y grises, carentes de ventanas. Por fin, le metieron en un portal de bajo dintel y le hicieron subir una infinidad de peldaños por un pozo de tinieblas. Al parecer, a los seres con cuerpo de sapo les daba lo mismo la luz que la oscuridad. El olor que reinaba en aquel lugar era insoportable, y cuando Carter fue encerrado en una cámara y le dejaron solo allí, apenas le quedaron fuerzas para arrastrarse a lo largo de los muros y cerciorarse de su forma y dimensiones. Se trataba de un recinto circular de unos veinte pies de diámetro.

A partir de ese momento, el tiempo dejó de existir. A intervalos le echaban de comer, pero Carter no quiso tocar aquella comida. No tenía idea de lo que iba a ser de él, pero presentía que le mantendrían allí hasta la llegada de Nyarlathotep, el caos reptante, espíritu y mensajero de los Dioses Otros. Finalmente, después de una interminable sucesión de horas o de días, la gran puerta de piedra se abrió de par en par y Carter fue conducido a empellones escaleras abajo, hasta las calles, iluminadas con luces rojas, de aquella aterradora ciudad. Era de noche en la luna, y por toda la ciudad se veían esclavos estacionados, sosteniendo antorchas encendidas.

En una detestable plaza se había formado una especie de procesión compuesta por diez seres de cuerpo de sapo y veinticuatro portadores de antorchas casi humanos, once a cada lado y uno en cada extremo. Carter fue colocado en medio de la formación, con cinco seres de cuerpo de sapo delante y otros cinco detrás, y un casi humano a cada lado. Otros seres de cuerpo de sapo sacaron flautas de ébano y ejecutaron tonadas repugnantes. Al son de aquellas infernales melodías, la columna comenzó a desfilar por las calles pavimentadas, dejó atrás la ciudad y se internó por las oscuras llanuras pobladas de hongos obscenos. No tardaron en ascender por la ladera de una de las más bajas colinas que se elevaban a espaldas de la ciudad. Carter estaba convencido de que el caos reptante aguardaba en alguno de aquellos declives escarpados o en alguna abominable llanura, y deseaba que su tortura terminase pronto. El canto plañidero de las flautas impías era enloquecedor, y él habría dado el mundo entero por que el sonido hubiese sido sólo un poco menos anormal; pero aquellos seres carecían de voz y los esclavos no hablaban.

Entonces, a través de aquellas tinieblas estrelladas le llegó un sonido familiar que retumbó por los montes y resonó en todos los picos desgarrados, y sus ecos se propagaron dilatándose en una especie de coro demoníaco. Era el maullido del gato a media noche, y Carter comprendió por fin que las gentes del pueblo tenían razón cuando decían en voz baja que los gatos son los únicos que conocen las regiones misteriosas, y que los más viejos las visitan a escondidas, por la noche, saltando a ellas desde los más

elevados tejados. En verdad, es a la cara oscura de la luna adonde van a saltar y retozar por las colinas, y a conversar con sombras antiguas. Y aquí, en medio de la columna de fétidas criaturas, oyó Carter su maullido familiar, amistoso, y pensó en los tejados puntiagudos y en los cálidos hogares y en las ventanas débilmente iluminadas de las casas de Ulthar.

A la sazón, Randolph Carter conocía bastante bien el lenguaje de los gatos, y emitió el grito que le convenía en aquel paraje lejano y terrible. Pero no habría sido necesario que lo hiciera, ya que en el momento de abrir la boca oyó que el coro aumentaba y se iba acercando, y vio recortarse unas sombras veloces contra las estrellas, unas sombras pequeñas y graciosas que saltaban de colina en colina, en legiones apretadas. La llamada del clan había sido dada, y antes de que la abyecta procesión tuviese tiempo ni aun de asustarse, una nube de sedosas pieles, una falange de garras homicidas, cayó sobre ella como una riada tempestuosa. Callaron las flautas y los alaridos desgarraron la noche. Gritaban los moribundos casi humanos, y los gatos gruñían y aullaban y rugían. Pero de los seres con cuerpo de sapo no brotó ni un sonido, mientras derramaban fatalmente sus líquidos verdosos y repugnantes sobre aquella tierra porosa de hongos obscenos.

En tanto duraron las antorchas, el espectáculo fue prodigioso. Jamás había visto Carter tantos gatos. Negros, grises y blancos, amarillos, atigrados y mezclados, callejeros, persas, maneses, tibetanos, de Angora y egipcios; de todas clases los había en la furia de la batalla; y sobre todos ellos se cernía el aura de esa profunda e inviolada santidad que les otorgara su deidad tutelar en los enormes templos de Bubastis. Saltaban de siete en siete a las gargantas de los casi humanos o al hocico tentaculado de los seres con forma de sapo, y los derribaban salvajemente a la fungosa tierra donde miles y miles de compañeros se abalanzaban frenéticamente sobre ellos con uñas y dientes, presos de un furor sagrado. Carter había cogido la antorcha de un esclavo caído, pero no tardó en verse desbordado por las crecientes oleadas de sus fieles defensores. Cayó entonces en la más completa negrura, en cuyo seno escuchó el fragor de la batalla y los gritos de los vencedores. y sintió las suaves patas de sus amigos que de un lado a otro le saltaban por encima, en medio de la refriega.

Finalmente, el horror y la fatiga le cerraron los ojos, y cuando los abrió nuevamente, se vio inmerso en una escena extraña. El gran disco resplandeciente de la Tierra, trece veces mayor que el de la luna tal como nosotros la vemos, derramaba torrentes de inquietante luz sobre el paisaje lunar. Y a través de leguas y leguas de meseta salvaje y de crestas desgarradas, se extendía un mar interminable de gatos alineados en círculos concéntricos. Dos o tres de los jefes de este ejército se hallaban fuera de las filas, y le lamían la cara y ronroneaban para consolarle. No quedaba ni rastro de los esclavos y de los seres con forma de sapo, aunque Carter creyó ver un hueso no lejos de donde se encontraba, en el espacio que quedaba despejado entre él y los guerreros.

Carter habló entonces con los jefes en el suave lenguaje de los gatos, y se enteró de que su antigua amistad con la especie gatuna era muy conocida y comentada en todo lugar donde los gatos se reunían. No había pasado inadvertido por Ulthar, y los viejos gatazos lustrosos recordaban cómo los había acariciado después que ellos se hubieran ocupado de los hambrientos zoogs, que tan perversamente miraban al gatito negro. Y recordaban también lo cariñosamente que había acogido al gatito que subió a verle en la posada, y el platito de riquísima leche con que le había obsequiado la mañana antes de marcharse. El abuelo de aquel cachorrillo era precisamente el jefe del ejército allí reunido, ya que había visto la maligna procesión desde una lejana colina, reconociendo en el prisionero a un amigo fiel de su especie, tanto en la Tierra como en el país de los sueños.

Sonó un aullido desde un pico lejano, y el viejo jefe interrumpió su charla. Era uno de los vigías del ejército, apostado en la más elevada de las montañas para vigilar al único enemigo que temen los gatos de la Tierra: a los mismísimos gatos enormes de Saturno, que por alguna razón no han olvidado el encanto de la cara oscura de nuestra luna. Estos gatos están ligados por un pacto a los malvados seres de cuerpo de sapo, y son enemigos declarados de nuestros pequeños felinos terrestres. De modo que, en estas circunstancias, un encuentro con ellos habría sido bastante grave.

Tras una breve deliberación entre los generales, los gatos se levantaron y cerraron filas en torno a Carter para protegerle. Se prepararon para dar el gran salto a través del espacio y regresar a los tejados de nuestra Tierra y de la región terrestre de los sueños. El viejo mariscal de campo aconsejó a Carter que se dejara llevar tranquila y pasivamente por la masa compacta de saltadores de sedoso pelaje, y le explicó cómo debía saltar cuando saltaran los demás, y cómo aterrizar suavemente cuando el resto lo hiciera. Asimismo se ofreció a depositarle en el lugar que él deseara, y Carter escogió la ciudad de Dylath-Leen, de donde había zarpado la negra galera, pues él deseaba partir por mar desde allí con rumbo a Oriab y la cresta esculpida del Ngranek, y también quería prevenir a sus habitantes para que no mantuvieran por más tiempo ningún tráfico con las galeras negras, si es que podían interrumpirlo con tacto y diplomacia. Entonces, a una señal, los gatos saltaron ágilmente, protegiendo entre todos a su amigo. Entretanto, en

una caverna tenebrosa que se abría en la sagrada cumbre de las montañas lunares, Nyarlathotep, el caos reptante, aguardaba en vano.

El salto de los gatos a través del espacio fue realmente vertiginoso. Rodeado esta vez por sus compañeros, Carter no vio las grandes sombras confusas que acechan y se enroscan y palpitan en el abismo. Antes de acabar de comprender lo que estaba sucediendo, se encontró de nuevo en su familiar habitación de la posada de Dylath-Leen, por cuya ventana salían a raudales los silenciosos y amigables gatos. El anciano jefe de Ulthar fue el último en marcharse, y cuando Carter le estrechó la zarpa, le dijo que llegaría a su casa hacia el alba. Cuando empezaba a amanecer, Carter bajó y se enteró de que había transcurrido una semana desde que le raptaran. Debía aguardar todavía un par de semanas más para tomar el barco con destino a Oriab, y durante este tiempo habló cuanto pudo en contra de las galeras negras y sus infames costumbres. La mayor parte de la gente le creyó; pero tanto interesaban los grandes rubíes a los joyeros, que nadie le dio promesa formal de terminar sus tratos con los mercaderes de boca inmensa. Si un día sobreviene alguna calamidad a Dylath-Leen como consecuencia de esos negocios, no será por culpa de Carter

Al cabo de una semana, el deseado barco atracó junto al muelle negro y la torre del faro, y Carter se alegró al ver que se trataba de una embarcación tripulada por hombres normales. Tenía los costados pintados, amarillentas las velas latinas, y un capitán de pelo gris y ropas de seda. Su carga consistía en toneles de fragante resina procedente de los pinares del interior de Oriab, delicada cerámica cocida por los artesanos de Baharna, y pequeñas tallas esculpidas en la antigua lava del Ngranek. Esta mercancía se les paga con lana de Ulthar, tejidos iridiscentes de Hatheg y marfiles labrados por los negros que habitan en Parg, al otro lado del río. Carter llegó a un arreglo con el capitán para que le llevase a Baharna, y supo que el viaje duraría diez días. Durante la semana de espera, charló muchas veces sobre el Ngranek con el capitán, el cual le dijo que eran muy pocos los que habían visto el rostro esculpido en la roca, pero que muchísimos viajeros se contentaban con recoger las leyendas que de él conocían los viejos, los recolectores de lava y los escultores de Baharna, y que después regresaban a sus lejanos hogares contando que, efectivamente, lo habían contemplado. El capitán ni siquiera estaba seguro de si vivía alguien en la actualidad que hubiese visto aquel rostro esculpido, ya que el otro lado del Ngranek es de muy difícil acceso, árido y siniestro; y según ciertos rumores, se abren unas cavernas junto a su cima en donde habitan las descarnadas alimañas de la noche. Pero el capitán no quiso decir qué eran exactamente tales alimañas descarnadas, porque sabido es que semejantes criaturas suelen presentarse después con gran persistencia en los sueños de quienes piensan demasiado en ellas. Luego interrogó al capitán acerca de la ignorada Kadath de la inmensidad fría y sobre la maravillosa ciudad del sol poniente; pero el buen hombre le confesó con toda sinceridad que no sabía una palabra de todo aquello.

Zarparon de Dylath-Leen una mañana temprano al cambiar la marca, y Carter vio incidir los primeros rayos del sol naciente en las finas torres de aquella lúgubre ciudad de basalto. Y navegaron durante dos días hacia el este, costeando los verdes litorales y avistando a menudo los pacíficos pueblecitos pesqueros que trepaban por las laderas, con sus tejados de ladrillo y sus chimeneas, a partir de los viejos y soñolientos embarcaderos, y de las playas con las redes extendidas para que secaran al sol. Pero al tercer día viraron bruscamente hacia el sur, y el oleaje se hizo más fuerte, y no tardaron en perder de vista la tierra. Al quinto día, los marineros dieron muestras de nerviosismo, pero el capitán disculpó sus temores diciendo que el barco iba a pasar por encima de los muros cubiertos de algas y de las columnas truncadas de una ciudad sumergida, tan antigua que no quedaba de ella recuerdo alguno. Cuando el agua estaba clara, podía verse una infinidad de sombras inquietas moviéndose por los fondos de aquel lugar, lo que repugnaba sobremanera a la gente simple y supersticiosa. Admitía además el capitán que se habían perdido muchos barcos por aquella zona del mar; se les había saludado al cruzarse con ellos, pero no se les había vuelto a ver.

Aquella noche tuvieron una luna muy brillante, y se podía ver a una considerable profundidad bajo el agua. Soplaba una brisa tan tenue que el barco apenas se movía y el océano permanecía en calma. Carter se asomó por encima de la borda y vio muchos espectros bajo la cúpula de un gran templo sumergido, frente al cual se extendía una avenida de esfinges monstruosas que desembocaba en lo que un día fuera plaza pública. Los delfines salían y entraban alegremente por las ruinas y las marsopas aparecían torpemente por todas partes, subiendo a veces hasta la superficie e incluso saltando fuera del agua. Al avanzar un poco más el barco, el piso del océano se elevó formando cerros, haciéndose más visible los contornos de antiguas calles empinadas y las paredes derruidas de muchas casas.

Luego llegó el navío a las afueras del poblado sumergido, y allí apareció, en la cima de una colina, un gran edificio solitario, de líneas más simples que el resto de las construcciones y mucho mejor conservado. Era oscuro y bajo, y cerraba cuatro lados de una plaza. Tenía una torre en cada esquina, un patio pavimentado en el centro, y extrañas ventanitas redondas en los muros. Probablemente era de basalto, aunque las algas lo recubrían casi por completo; y se veía tan solitario e impresionante sobre

aquella lejana colina, bajo el mar, que daba la sensación de haber sido un templo o un antiguo monasterio. Algunos peces fosforescentes se habían introducido en su interior, y daban a las ventanitas redondas cierta apariencia de iluminación; y Carter no censuró a los marineros por sus temores. Después, a la luz de la luna, filtrada por las aguas, descubrió un extraño monolito, muy alto, en medio de aquel patio central, y vio que había una cosa atada a él. Y después de ver con el catalejo del capitán, que la cosa atada era un marinero vestido con ropas de seda de Oriab, cabeza abajo y sin ojos, se sintió aliviado de que la brisa, que ahora comenzaba a soplar, impulsara el barco hacia otras regiones más naturales del mar.

Al día siguiente, cruzaron saludos con un barco de velas color violeta que iba rumbo a Zar, la tierra de los sueños olvidados, con un flete de bulbos de lirios de extraños colores. Y en la noche del undécimo día, avistaron la isla de Oriab, con el Ngranek desgarrado y coronado de nieve irguiéndose a lo lejos. Oriab es una isla muy grande; y su puerto de Baharna, una poderosa ciudad. Los muelles de Baharna son de pórfido y la ciudad se eleva tras ellos formando grandes terrazas de piedra y calles de tramos escalonados unos y abovedados otros, pues hay edificios y puentes que se comunican entre sí por encima de las calles. Hay también un gran canal que atraviesa la ciudad entera por un túnel de puertas de granito, y fluye hasta el lago de Yath, en cuyas costas se hallan las inmensas ruinas de ladrillo de una ciudad primordial cuyo nombre no se recuerda. Cuando el barco entró en puerto, ya al anochecer, los dos faros gemelos Thon y Thal parpadearon una señal del bienvenida, mientras las innumerables ventanas de las terrazas de Baharna comenzaron a atisbar con sus lucecitas modestas, y por encima de éstas, las estrellas se asomaban desde la oscuridad. El puerto, escarpado y trepador, se fue convirtiendo así en una constelación resplandeciente, suspendida entre las estrellas del cielo y los reflejos de esas mismas estrellas en las sosegadas aguas de la dársena.

El capitán, después de atracar, invitó a Carter a su propia casa, situada en las orillas del lago de Yath, en la cima donde terminan todas las cuestas del pueblo; y su mujer y la servidumbre sacaron sabrosos y extraños manjares para delectación del viajero. Y en los días que siguieron estuvo Carter indagando en todas las tabernas y lugares públicos donde se reunían los recolectores de lava y los escultores, por si alguno de ellos había oído algún rumor o conocía algún relato sobre el Ngranek; pero no encontró a nadie que hubiera subido a las más elevadas alturas ni que hubiera contemplado el rostro esculpido. El Ngranek era un monte muy difícil, pues no tiene más que un valle maldito a su espalda; por otra parte, no había ninguna certeza de que las descarnadas alimañas de la noche fueran exclusivamente imaginarias.

Cuando el capitán zarpó de nuevo para Dylath-Leen, Carter se alojó en una antigua taberna abierta en un callejón escalonado de la parte primitiva del pueblo. Esta taberna, construida de ladrillo, se parecía a las ruinas que había en la orilla más alejada del lago de Yath. En ella trazó sus planes para escalar el Ngranek y revisó todos los datos que le habían proporcionado los recolectores de lava sobre los caminos que mejor conducían allá. El tabernero era un hombre muy viejo y había oído muchas historias, por lo que le fue de gran ayuda. Incluso condujo a Carter a una de las habitaciones superiores de aquella antigua casa, y le mostró un tosco dibujo que un viajero había trazado sobre el yeso de la pared, en los viejos tiempos en que los hombres eran más audaces y no tenían tanto miedo a escalar las cumbres del Ngranek. El bisabuelo del viejo tabernero le había oído contar a su bisabuelo que el viajero que grabó aquel dibujo en la pared había subido al Ngranek y había visto el rostro de piedra, dibujándolo allí para que otros lo pudieran contemplar; pero Carter no se quedó convencido, puesto que aquellos toscos trazos estaban hechos con negligencia y rapidez, y quedaban casi ocultos bajo una multitud de siluetas diminutas del peor gusto, llenas de cuernos, y alas, y garras, y colas enroscadas.

Finalmente, habiendo conseguido toda cuanta información podía recogerse de las tabernas y lugares públicos de Baharna, Carter alquiló una cebra, y una mañana temprano tomó el camino que bordea la orilla del lago Yath, internándose después hacia la zona donde se eleva el rocoso Ngranek. A su derecha se elevaban onduladas colinas, se veían apacibles huertas y limpias casitas de piedra que le recordaban muchísimo los fértiles campos que flanquean el Skai. Al atardecer se hallaba ya cerca de las arcaicas ruinas desconocidas que se alzan en la ribera más alejada del Yath, y aunque los recolectores de lava le habían aconsejado que no acampara allí por la noche, ató la cebra a una rara columna que había ante un muro derruido y echó su manta en un rincón resguardado, al pie de unas esculturas cuyo significado nadie había podido descifrar. Se envolvió con otra manta, porque en Oriab las noches son frías, y, en una ocasión en que le despertó la sensación de que le rozaban la cara las alas de algún insecto, se cubrió la cabeza completamente y durmió en paz, hasta que le despertaron los pájaros magah de los lejanos bosquecillos resinosos.

El sol acababa de aparecer por encima de la gran ladera donde se extendían leguas enteras de primordiales basamentos de ladrillo, paredes desmoronadas y ocasionales columnas rotas y pedestales fragmentados hasta la desolada ribera del Yath; y Carter buscó con la mirada su cebra. Grande fue su

consternación al ver al animal tendido junto a la extraña columna en que la había atado, y más grande aún fue su inquietud al descubrir que estaba muerta y que le habían chupado toda la sangre por medio de una herida singular que mostraba en el cuello. Le habían revuelto su equipaje y le habían desaparecido algunas baratijas brillantes; y por todo el polvo del suelo se veían las huellas enormes de unos pies palmeados, a las que de ningún modo pudo encontrar explicación. Los consejos de los recolectores de lava le vinieron a la cabeza, y se preguntó entonces qué clase de cosa sería la que le había rozado la cara durante la noche. Luego se echó al hombro el equipaje y emprendió la marcha hacia el Ngranek, aunque no sin sentir un escalofrío al ver de cerca, cuando cruzaba las ruinas, el chato portal de una entrada que se abría en la fachada de un viejo templo, y cuyos peldaños descendían hasta unas tinieblas imposibles de escudriñar.

El camino subía ahora cuesta arriba por una comarca más agreste y boscosa en la que sólo se veían cabañas, carboneras y campamentos de recolectores de resina. Todo el aire parecía embalsamado por la fragante resina y los pájaros magah cantaban alegremente, haciendo centellear sus siete colores al sol. Hacia el atardecer, llegó a otro campamento de recolectores de lava, que ya llegaban de regreso, con sus pesados sacos al hombro, desde la falda del Ngranek. Aquí acampó él también, y escuchó las canciones y los relatos de los hombres, y les oyó hablar atemorizados de un compañero que habían perdido. Había trepado este hombre demasiado arriba, con el fin de alcanzar una mole de finísima lava que había divisado, y al caer la noche no había regresado con sus compañeros. Cuando fueron a buscarle, al día siguiente, sólo encontraron su turbante; pero no hallaron señal alguna entre los riscos de que se hubiera despeñado. No lo buscaron más, porque el más viejo de todos ellos dijo que era inútil. Aunque se duda mucho de la existencia de las descarnadas alimañas de la noche, y algunos las tienen por puramente fabulosas, se dice también que jamás se recupera cosa alguna que caiga en su poder. Carter entonces les preguntó si las descarnadas alimañas de la noche chupaban la sangre, si les gustaban los objetos brillantes y si dejaban huellas de pies palmeados, pero ellos movieron negativamente la cabeza y parecieron alarmarse por aquellas preguntas. Cuando vio lo taciturnos que se habían vuelto, no les preguntó más y se fue a dormir a su manta.

Al día siguiente se levantó a la vez que los recolectores de lava y se despidió, ya que ellos se marchaban hacia el oeste y él tomaba la dirección opuesta a lomos de una cebra que les había comprado. Los más viejos dijeron que sería mejor que no trepara demasiado arriba del monte Ngranek, pero aunque él les agradeció el consejo sinceramente, no se dejó disuadir lo más mínimo. Creía que iba a encontrar allí a los dioses de la desconocida Kadath y que obtendría de ellos indicaciones para llegar a la encantada y maravillosa ciudad del sol poniente. Hacia mediodía, después de un largo ascenso, llegó a las aldeas abandonadas de los montañeses que un día habitaron junto al Ngranek y esculpieron imágenes en su fina lava. Aquí habían vivido hasta los tiempos del abuelo del tabernero, época en que empezaron a notar que su presencia no era grata. Sus nuevas casas habían sido construidas en zonas cada vez más elevadas de la montaña, y cuanto más arriba edificaban, más gente desaparecía al amanecer. Por último, decidieron que era mejor marcharse todos, ya que a veces se veían en la oscuridad cosas nada tranquilizadoras; así que, finalmente, bajaron todos hacia el mar y se instalaron en Baharna, donde ocuparon un barrio muy viejo y enseñaron a sus hijos el antiguo arte de esculpir figuras, lo que siguen haciendo hasta hoy. Fue de estos descendientes de los desterrados del Ngranek de quienes Carter había recogido las más interesantes historias sobre este monte, cuando anduvo indagando por las antiguas tabernas de Baharna.

A medida que Carter, pensando en estas cosas, se aproximaba al Ngranek, la agreste mole desnuda parecía hacerse más elevada y brumosa. En lo más bajo de su ladera crecían los árboles diseminados; algo más arriba era arbustos raquíticos lo que había; y en las alturas, sólo la roca tremenda y desnuda se alzaba espectral en el cielo para mezclarse con el hielo y las nieves eternas. Carter contempló las grietas y escarpas de aquellas rocas sombrías, y no le pareció muy grata la empresa de escalarlas. En algunos lugares se veían corrientes de lava petrificada y montones de escoria apilados en pendientes y cornisas. Hace noventa evos, antes de que los dioses vinieran a danzar sobre el agudo pico, aquella montaña había hablado el lenguaje del fuego y había rugido con la voz de los truenos interiores. Ahora se erguía silenciosa y siniestra, conservando en su cara oculta aquel gigantesco semblante secreto del que se hablaba con temeroso respeto. Y había cuevas en aquel monte cuyas tinieblas, jamás disipadas desde los tiempos más remotos, acaso estuvieran vacías y solitarias, o tal vez -si la leyenda decía verdad- albergaran horrores de formas insospechadas.

Hasta el pie del Ngranek, el suelo ascendía cubierto de escasos robles y de fresnos desmedrados, sembrado de fragmentos rocosos, de lava y de antiguas cenizas. Encontró allí Carter los restos carbonizados de muchos fuegos de campamento, pues los recolectores de lava acostumbraban sin duda a detenerse allí, y varios altares rudimentarios, construidos ya para propiciarse a los Grandes Dioses, ya para conjurar a los seres -quizá sólo soñados- que habitan en los elevados desfiladeros y en el dédalo de grutas del Ngranek. Al atardecer, Carter alcanzó el montón de cenizas más lejano de todos y acampó allí

para pasar la noche. Ató la cebra a una rama y se envolvió bien en las mantas antes de quedarse dormido. Y durante toda la noche estuvo ululando un voonith lejano al borde de alguna charca oculta, pero Carter no sintió miedo alguno ante aquel espantoso ser anfibio, pues le habían asegurado que ninguno de los seres de esta especie se atreve a acercarse siquiera a la falda del Ngranek.

A la clara luz de la mañana siguiente, comenzó Carter el largo ascenso. Llevó su cebra hasta donde el útil animal pudo llegar, y la ató a un fresno raquítico, cuando la pendiente se hizo demasiado pronunciada. A partir de aquí subió él solo. Primero atravesó el bosque, en cuyos calveros cubiertos de maleza abundaban las ruinas de antiguos poblados. Después recorrió los duros campos donde crecían diseminados unos arbustos anémicos. Lamentó que los árboles se fueran distanciando, ya que la pendiente era muy pronunciada y en general le producía vértigo. Por fin empezó a distinguir toda la comarca que se extendía a sus pies por dondequiera que mirara. Vio las cabañas deshabitadas de los escultores, los bosquecillos de árboles resinosos y los campamentos de los que recogían la resina, los grandes bosques donde anidaban y cantaban los prismáticos magahs, e incluso la lejanísima línea de la ribera del Yath, junto a la cual se alzan las antiguas ruinas prohibidas cuyo nombre no se recuerda. Prefirió no mirar a su alrededor, y siguió trepando, hasta que los matorrales se hicieron cada ves más ralos, y no encontró otra cosa donde agarrarse que una yerba de tallos robustos.

Después, el suelo se hizo aún más pobre. De vez en cuando aparecían grandes trechos donde afloraba la roca desnuda y algún nido de cóndor oculto entre las grietas. Finalmente ya no hubo sino roca pura, y de no haber estado tan áspera y erosionada, difícilmente habría podido seguir adelante. Sus prominencias, rebordes y remates le ayudaron mucho, y le resultó alentador descubrir de cuando en cuando alguna señal dejada por los recolectores de lava al arañar toscamente la roca, sabiendo por ellas que seres humanos normales y corrientes habían estado allí antes que él. Un poco más arriba, la presencia del hombre se evidenciaba en unos asideros para pies y manos que habían sido practicados a golpe de piqueta allí donde se hacían necesarios, y en las pequeñas canteras y excavaciones efectuadas donde se había descubierto una rica veta de mineral o una corriente de lava. En un lugar se había tallado artificialmente una estrecha cornisa que se apartaba bastante de la línea principal de ascenso para dar acceso a un filón especialmente rico. Una o dos veces se atrevió Carter a mirar alrededor, y se quedó pasmado ante el inmenso paisaje que se dominaba desde aquella altura. Toda la isla, desde donde se encontraba él hasta la costa, se extendía a sus pies. Al fondo distinguía las terrazas de piedra de Baharna y el humo de sus chimeneas, misterioso y distante; y aún más allá, el ilimitado Mar Meridional henchido de secretos.

Hasta entonces había ido subiendo en zigzag, de modo que la vertiente esculpida de la montaña permanecía oculta a sus ojos. Carter vio entonces una cornisa que ascendía a la izquierda, y le pareció que ésa era la dirección que él debía tomar. Echó hacia allá con la esperanza de que el camino continuase sin interrupción, y diez minutos más tarde comprobó que, efectivamente, no se trataba de un callejón sin salida, sinó de una empinada senda que conducía a un arco, el cual, si no estaba bruscamente cortado y no se desviaba, le llevaría en unas pocas horas de ascensión a aquella desconocida vertiente sur que domina los desolados precipicios y el maldito valle de lava. La comarca que apareció ante él por esta dirección era más desolada y salvaje que las tierras que hasta entonces había atravesado. La ladera de la montaña era también algo diferente, pues se veía perforada de extrañas hendiduras y cuevas como no había visto hasta ahora en la ruta que acababa de dejar. Unos por debajo de él y otros por encima, todos estos enormes agujeros se abrían en las paredes verticales, de forma que eran absolutamente inalcanzables al hombre. El aire era frío ahora, pero tan difícil resultaba la escalada que no hizo caso. Sólo le preocupaba su creciente enrarecimiento, y pensó que quizá fuera la dificultad de respirar lo que trastornaba la cabeza de otros viajeros suscitando aquellas absurdas historias de alimañas descarnadas y nocturnas, con las que pretendían explicar la desaparición de los que trepaban por aquellos senderos peligrosos. No le habían impresionado mucho los relatos de los viajeros, pero traía consigo una buena cimitarra por si acaso. Todos los demás pensamientos perdían importancia ante su deseo de ver aquel rostro esculpido que podía proporcionarle por fin la pista de los dioses que reinan sobre la desconocida Kadath.

Por último, en medio del frío glacial de las regiones superiores, desembocó de lleno en la cara oculta del Ngranek y, en las simas infinitas que se abrían a sus pies, vio los desolados precipicios y abismos de lava que señalaban el lugar donde en tiempos remotos se había desencadenado la cólera de los Grandes Dioses. Desde allí se divisaba también en dirección sur una vasta extensión de terreno; pero ahora era una tierra desierta, sin campos de labranza ni chimeneas de cabañas, y parecía no tener fin. En esta dirección no se veía el mar ni aun en la lejanía, pues Oriab es una isla grande. Las negras cavernas y las extrañas grietas seguían siendo numerosas en aquellos cortes verticales, pero ninguna era accesible al escalador. Por encima de estas aberturas descollaba una gran masa prominente que impedía ver la parte superior de la montaña, y Carter temió por un momento que resultase infranqueable. Encaramado en una roca insegura batida por el viento, en difícil equilibrio a varias millas por encima del suelo, entre el vacío

y una desnuda pared de piedra, conoció Carter el medio que hace esquivar a los hombres el flanco oculto del Ngranek. Si el camino quedaba interceptado, la noche le sorprendería allí acurrucado todavía, y el amanecer no le encontraría ya. .

Pero había un acceso y Carter lo vio justo a tiempo. Sólo un soñador auténticamente experto podía haberse valido de aquellos asideros imperceptibles, pero a Carter le fueron suficientes. Remontó la roca inmensa por su pared exterior y se encontró con una pendiente mucho más accesible que la de abajo, ya que el deshielo de un glaciar había dejado en ella un trecho holgado con salientes y surcos. A la izquierda se abría un precipicio que descendía vertical desde ignoradas alturas hasta remotas profundidades. Por encima, fuera de su alcance, podía distinguir la oscura boca de una gruta. A la derecha, sin embargo, el monte se inclinaba bastante, permitiéndole recostarse y descansar.

Por el frío reinante se dio cuenta de que debía encontrarse cerca de las nieves de la cumbre, y alzó los ojos para ver si distinguía el resplandor de los picos nevados, a la luz rojiza del atardecer. Ciertamente había nieve a varios miles de pies más arriba, pero antes de llegar a ella se veía un enorme farallón, suspendido por siempre en atrevido perfil, que sobresalía lo mismo que el que acababa de sortear. Y al verlo dejó escapar un grito, y lleno de pavor, se agarró a las hendiduras de la roca; porque aquella titánica prominencia no conservaba la forma con que las primeras edades de la Tierra la habían modelado, sino que brillaba al sol de la tarde, roja y mayestática, con los tallados y bruñidos rasgos de un dios.

Aquel rostro resplandecía severo y terrible bajo la ígnea luz del sol poniente. Era tan inmenso que resultaba imposible calcular sus dimensiones; pero claramente se veía que aquella obra no había sido esculpida por manos humanas. Era un dios cincelado por dioses, y su mirada altiva y majestuosa descendía desde su altura hasta el lugar donde se encontraba el explorador. Los rumores afirmaban que el rostro era muy singular e incomprensible, y Carter comprobó que, efectivamente, era así; pues aquellos ojos alargados y estrechos, y aquellas orejas de grandes lóbulos, y aquella nariz fina, y la puntiaguda barbilla, y todo en fin, revelaba una raza que no es de hombres sino de dioses.

Aun cuando esta imagen grandiosa era lo que iba buscando y lo que había esperado encontrar, se sintió sobrecogido por un horror sagrado, y tuvo que aferrarse a las paredes del elevado y peligroso nido de águilas en que se hallaba. Pues el rostro de un dios es mucho más prodigioso que todo lo imaginable, y cuando ese rostro es más grande que un templo, y se le ve contemplando el universo desde las alturas, bajo los rayos del sol poniente y en el silencio eterno de las cumbres en cuya oscura lava ha sido esculpido en tiempo inmemorial por divinidades ignotas y terribles, resulta tan impresionante que nadie se puede sustraer a su pavoroso hechizo.

Pero además, vino a añadirse la sorpresa de que los rasgos del dios le eran familiares; pues aunque había proyectado buscar por todo el país de los sueños a quienes por su parecido con este rostro se señalasen como hijos de los dioses, comprendía ahora que tal búsqueda no era necesaria. Ciertamente, el gran rostro esculpido en aquel monte inaccesible no le era extraño, sino que tenía los rasgos que había visto a menudo en las gentes que frecuentaban las tabernas portuarias de Celephais, ciudad del país de Ooth-Nargai que se extiende más allá de los Montes Tanarios y está gobernado por el Rey Kuranes, a quien Carter conoció una vez en su vida vigil. Todos los años llegaban marineros con ese mismo semblante desde el norte, en sus negras embarcaciones, a cambiar ónice por jade esculpido, y por hilo de oro, y por rojos pajarillos cantores de Celephais; y era evidente que tales marineros no eran sino los semidioses que él buscaba. Y el lugar donde habitaban no debía de estar lejos de la inmensidad fría, en donde se alzaba la ignorada Kadath, cuyo castillo de ónice era la morada de los Grandes Dioses. De modo que debía dirigirse a Celephais. Y como se hallaba muy lejos de Oriab, decidió regresar a Dylath-Leen y remontar el Skai hasta el puente de Nyr, para atravesar nuevamente el bosque encantado de los zoogs. Desde allí tomaría un camino que va hacia el norte y cruzaría los innumerables jardines que bordean las riberas del Oukranos, hasta llegar a las doradas flechas de campanario de Thran, ciudad donde podría encontrar algún galeón que zarpara rumbo al mar Cerenario.

Pero la oscuridad era ahora más densa, y el gran rostro esculpido resultaba aún más severo en la sombra. La noche cogió al explorador encaramado en aquel saliente; y en la negrura no pudo ni bajar ni subir, sino sólo permanecer allí, y agarrarse, y temblar en aquel angosto lugar hasta que viniese el nuevo día. Deseó fervientemente mantenerse despierto, no fuese que con el sueño perdiera apoyo y cayese por el insondable vacío a los despeñaderos y agudos riscos de aquel valle maldito. Aparecieron las estrellas; pero salvo ellas, sus ojos sólo percibían un negro vacío, un vacío ligado a la muerte, contra la cual no podía sino agarrarse a las rocas y pegarse al muro de piedra, apartándose lo más posible del borde del abismo invisible en las tinieblas. Lo último que vio, antes de que la noche cerrara, fue un cóndor que planeaba muy cerca del precipicio donde él se encontraba, y que se alejó chillando al pasar por delante de la gruta cuya boca se abría un poco por encima de su alance.

De pronto, sin un ruido que le previniera en la oscuridad, sintió que una mano invisible le sustraía furtivamente la cimitarra de su cinto. Luego oyó caer el arma por las rocas de abajo; y, recortada contra el vago resplandor de la Vía Láctea, le pareció ver la silueta terrible de una criatura flaca y monstruosa, provista de cuernos, de cola, y alas de murciélago. Otros seres habían comenzado también a recortar sus sombras contra las estrellas de poniente, como si una bandada de pájaros inconcebibles saliera aleteando con torpes y silenciosos movimientos de aquella caverna inaccesible de la pared del precipicio. Luego, una especie de tentáculo frío y gomoso le agarró por el cuello, y otra cosa le aprisionó los pies, sintiéndose elevado y suspendido en el espacio. Un minuto después, las estrellas habían desaparecido, y Carter comprendió que había caído en poder de las descarnadas alimañas de la noche.

Sin aliento estaba Carter, cuando le arrastraron al interior de la caverna del precipicio y le condujeron a través de intrincados laberintos. Al principio trató de zafarse instintivamente, pero sus captores le pellizcaron ferozmente para impedírselo. No cambiaron entre sí un solo sonido; y aun sus alas membranosas se movían en silencio. Eran espantosamente fríos, húmedos y resbaladizos, y sus zarpas le manoseaban de manera repugnante. Poco después se dejaron caer a través de abismos inconcebibles en un torbellino vertiginoso de aire húmedo y sepulcral; y Carter sintió que se precipitaba en un vórtice final de locura ululante y demoníaca. Gritaba y gritaba desesperadamente, y cada vez que lo hacía, las pinzas de aquellas bestias le pellizcaban con más sutileza. Después vio a su alrededor una especie de fosforescencia gris, y supuso que estaría llegando a aquel mundo subterráneo de horrores profundos del cual hablaban las oscuras leyendas, y dicen que está iluminado tan sólo por un pálido fuego letal que nace del mismo aire emponzoñado y de las brumas primordiales de los abismos del centro de la tierra.

Por último, allá abajo, en las profundidades aquellas, divisó unas alineaciones casi imperceptibles de montañas, y supuso que serían los fabulosos Picos de Throk. Se elevan éstos, pavorosos y siniestros, en la mágica oscuridad de las profundidades eternas. Son más altos de lo que el hombre es capaz de calcular, y defienden los valles donde moran los dholes en sucias madrigueras. Pero Carter prefería mirar los picos aquellos que a sus apresores, que eran unas criaturas negras, toscas y espantosas, de piel suave y grasienta como la de las ballenas, con unos cuernos desagradables, curvados hacia adentro, y sigilosas alas de murciélago. Poseían horribles patas prensiles y estaban armados de una cola que hacían restallar de manera tan inquietante como innecesaria. Y lo peor de todo era que no hablaban ni reían jamás. ni tampoco podían esbozar una sonrisa siquiera, ya que carecían totalmente de rostro, por lo que allí donde debían tener la cara sólo había una superficie lisa y vacía. Todo cuanto podían hacer era agarrar, volar y pellizcar, pues tal es la naturaleza de esas bestias nocturnas.

Al descender la bandada, los Picos de Throk comenzaron a descollar contra el cielo, grises y lúgubres, y Carter observó claramente que en aquel granito austero e imponente, sumido en eterno crepúsculo, no podía existir forma alguna de vida. Cuando descendieron aún más, se apagaron los fuegos letales del aire, y el mundo se sumergió en la negrura primordial del vacío, salvo por arriba, donde los agudos picos se alzaban como espectros. Pronto se perdieron las cimas en las brumas de las alturas; y en las tinieblas Carter sólo percibió tremendas corrientes de vientos húmedos y helados, procedentes de las grutas inferiores. Luego, por fin, las descarnadas alimañas se posaron en un suelo sembrado de cosas invisibles que parecían montones de huesos, y dejaron solo a Carter en aquel valle tenebroso. Traerle aquí había sido la misión de las descarnadas alimañas de la noche que guardan el Ngranek; una vez cumplida, alzaron el vuelo silenciosamente. Cuando Carter trató de seguir su vuelo con la mirada, se dio cuenta de que no le era posible, ya que tardaron muy poco en desaparecer tras los Picos de Throk. Nada había en torno suyo, sino tinieblas, y horror, y huesos, y silencio.

Ahora sabía Carter con toda certeza que se encontraba en el valle de Pnoth, donde se arrastran y excavan madrigueras los enormes dholes; pero no sabía qué podría pasarle allí, porque nadie ha visto jamás un dhole ni aun imaginado su apariencia. A los dholes se les reconoce únicamente por un rumor confuso, por los crujidos que producen al arrastrarse entre montañas de huesos, y por el tacto viscoso de su piel cuando le rozan a uno al pasar. No pueden ser vistos porque salen únicamente en la oscuridad. Como Carter no tenía ganas de encontrarse con ningún dhole, estaba muy atento a cualquier ruido que sonara por la enorme masa de huesos que había a su alrededor. Aun en este espantoso lugar tenía un plan y un objetivo que cumplir, ya que tenía ciertas referencias de Pnoth por un individuo con quien había conversado largamente tiempo atrás. En suma, parecía cabalmente que era aquél el lugar donde todos los gules* del mundo vigil arrojan los despojos de sus festines. Si tenía suerte, podría llegar a un farallón imponente, más alto que los Picos de Throk, que marca el límite de sus dominios. Las carretadas de huesos le indicarían hacia dónde tenía que buscar, y una vez descubierto el farallón, podría pedirle a un

* Gul: traducción del inglés ghoul. Los ghouls, procedentes de mitologías orientales, son cadáveres que se dedican a devorar a otros cadáveres. Blasco Ibáñez, en su versión de Las mil y una noches, tradujo este término por «gul», denominación que conservamos por considerarla más ajustada que la del «vampiro», que es por la que se suele traducir dicha palabra (N. del T.).

gul que le echara una escala de cuerda; pues, por extraño que parezca, Carter tenía ciertos vínculos con estas terribles criaturas.

Había conocido en Boston a un hombre -un pintor extraño que tenía su estudio secreto en un antiguo callejón que bordeaba un cementerio- el cual había hecho amistad con los gules. Este pintor le había enseñado a comprender lo más simple de la desagradable algarabía que constituye el lenguaje de esos seres. El pintor había acabado por desaparecer, y Carter estaba convencido de que ahora se lo encontraría aquí y de que, por primera vez en el país de los sueños, podría hacer uso del habitual inglés de su vida vigil, que ahora se le antojaba extraño y remoto. En cualquier caso, confiaba en persuadir a un gul para que le ayudara a salir de Pnoth. Por otra parte, siempre sería mejor toparse con un gul, puesto que al menos puede verse, que con un dhole, que es invisible.

Caminaba, pues, Carter alerta en la oscuridad, y cuando le parecía oír que algo se removía entre los huesos, echaba a correr. De pronto llegó a un declive de piedra y comprendió que debía encontrarse al pie de uno de los Picos de Throk. Después oyó una horrible algarabía que provenía de las alturas y tuvo la certeza de haber llegado al barranco de los gules. No estaba seguro de que le pudieran oír desde el fondo del valle, ya que tenía varias millas de profundidad, pero el mundo interior posee leyes muy extrañas. Al pararse a reflexionar, recibió el golpe de un proyectil óseo tan pesado que sin duda debió de tratarse de una calavera; y dándose cuenta de la proximidad del barranco fatal, emitió lo mejor que pudo el quejido lastimero que es la llamada de los gules.

El sonido se propaga despacio, así que transcurrió cierto tiempo antes de oír el grito de respuesta. Pero lo oyó al fin, y entendió que le iban a echar una escala. La espera entonces se le hizo muy tensa, ya que no hace falta decir qué criaturas podían haber despertado sus llamadas entre aquellos huesos. En efecto, no tardó en oír un vago crujido a lo lejos. A medida que se le fue acercando el crujido aquel, Carter se fue sintiendo más intranquilo, porque no quería alejarse del lugar donde le bajarían la escala. Finalmente, la tensión se le hizo casi insoportable; y estaba a punto de echar a correr, lleno de pánico, cuando oyó chocar algo contra un montón de huesos no lejos del sitio de donde procedía el ominoso crujir que avanzaba poco a poco. Era la escala, y después de buscarla a tientas durante unos momentos, consiguió sujetarla tirante entre sus manos. Pero el otro ruido no cesó, sino que siguió tras él, mientras Carter trepaba por la escala. Había subido más de cinco pies, cuando las vibraciones de abajo aumentaron considerablemente; y al llegar a diez pies del suelo, algo sacudió la escala desde abajo. A una altura de unos quince o veinte pies, sintió que le rozaba todo el costado una cosa larga y escurridiza que se hacía alternativamente cóncava y convexa, como culebreando para atraparle. A partir de entonces, Carter trepó desesperadamente para escapar del insoportable contacto de aquel nauseabundo y bien cebado dhole, cuya forma ningún hombre puede contemplar.

Trepó durante horas y horas, con los brazos doloridos y las manos cubiertas de ampollas. De nuevo aparecieron ante él los fuegos letales y las inquietantes cumbres de Throk. Finalmente, vislumbró por encima de él una cornisa que sobresalía del borde del gran despeñadero de los gules, cuya pared vertical no pudo percibir. Mucho tiempo después, vio un rostro singular que le escudriñaba encaramado en la cornisa como una gárgola acurrucada en una balaustrada de Notre Dame. A punto estuvo de perder el conocimiento por la impresión, pero un momento después se había recuperado; su desaparecido amigo Richard Pickman* le había presentado una vez a un gul, y recordó su rostro canino, sus formas consumidas y su indescriptible comportamiento. Así, pues, para cuando aquella criatura espantosa le hubo sacado del inmenso vacío, izándole por encima del borde del precipicio, ya se había dominado, y no gritó al ver los despojos medio devorados que se amontonaban a un lado y los grupos de gules acurrucados que roían y le miraban con curiosidad.

Se encontraba ahora en una llanura débilmente iluminada cuya principal característica era la existencia de grandes peñascos y de numerosas madrigueras. En general, los gules se mostraron respetuosos, aun cuando uno de ellos intentara pellizcarle y los demás le miraran apreciativamente evaluando su delgadez. Mediante pacientes gruñidos y quejidos, hizo algunas preguntas acerca de su desaparecido amigo, y supo por ellos que se había convertido en un gul de cierta importancia, y que habitaba en los abismos más próximos al mundo vigil. Un gul viejo y de color verdoso se ofreció a llevarle a la residencia actual de Pickman; así que, pese a su repugnancia natural, siguió a aquella criatura por una madriguera espaciosa y se arrastró tras ella durante horas y horas en una negrura de moho corrompido. Al fin salieron a una llanura oscura, sembrada de incongruentes reliquias de la tierra -viejas lápidas, urnas rotas y grotescos fragmentos de monumentos funerarios- por lo que Carter presintió con cierta emoción que probablemente se hallaban más cerca que nunca del mundo vigil, desde que bajara los setecientos peldaños que conducen de la caverna de fuego a las Puertas del Sueño Profundo.

* Protagonista del cuento «Pickman's model» de H. P. Lovecraft (N del T.).

Allí, encima de una lápida de 1768 robada del Cementerio de Granary de Boston, estaba sentado el gul que antaño fuera el pintor Richard Upton Pickman. Mostraba desnudo su cuerpo gomoso, y había adquirido de tal modo la fisionomía de los gules que sus rasgos humanos eran ya apenas perceptibles. Pero todavía recordaba un poco de inglés y pudo conversar con Carter por medio de gruñidos y monosílabos, aunque recurriendo a cada momento a la algarabía de los gules. Cuando supo que Carter deseaba llegar al bosque encantado, para ir de allí a Celephais, ciudad de Ooth-Nargai situada más allá de los Montes de Tanaria, se mostró escéptico; porque estos gules del mundo vigil no actúan en los cementerios del Alto país de los sueños (los ceden a los vampiros de pies rojos que habitan en las ciudades muertas), y además se interponen muchos peligros entre los riscos donde viven y el bosque encantado, uno de los cuales es el terrible reino de los gugos.

En tiempos pasados, los gugos, velludos y gigantescos, habían construido en aquel bosque unos círculos de piedra donde celebraron extraños sacrificios a los Dioses Otros y a Nyarlathotep, el caos reptante, hasta que una noche, una de estas abominaciones llegó a oídos de los dioses de la tierra, quienes los desterraron a las cavernas inferiores. Sólo una gran losa de piedra con una argolla de hierro comunica el abismo de los gules terrestres con el bosque encantado, y los gugos tienen miedo de abrirla a causa de una maldición. Era muy poco probable que un soñador mortal pudiera cruzar el reino subterráneo de los gugos y salir por aquella losa, ya que los soñadores mortales constituían en un principio su alimento predilecto, existiendo todavía entre los gugos leyendas que hablan de la exquisita carne de tales soñadores, a pesar de que su confinamiento ha reducido su dieta a los lívidos, seres repulsivos que mueren al contacto con la luz y que viven en las cuevas de Zin, donde brincan con sus largas patas como canguros.

Así que el gul que había sido Pickman aconsejó a Carter que abandonara el abismo en Sarkomand, ciudad desierta del valle que se abre bajo la meseta de Leng, cuyas negras escaleras salitrosas, custodiadas por leones alados, conducen desde la tierra de los sueños a las simas inferiores; o que regresara al mundo vigil a través de un cementerio y empezara la búsqueda de nuevo a partir de los setenta peldaños del Sueño Ligero, de las Puertas del Sueño Profundo y del bosque encantado. Sin embargo, el explorador no siguió este itinerario porque no sabía el camino de Leng a Ooth-Nargai; y además, tenía pocas ganas de despertar, no fuera a olvidar todo lo que había aprendido en este sueño. Sería desastroso para su empresa olvidar los rostros augustos y celestiales de aquellos marineros del norte que traficaban con el ónice en Celephais, los cuales, siendo hijos de dioses, le señalarían el camino hacia la inmensidad fría y, por consiguiente, hacia Kadath donde moran los Grandes Dioses.

Después de muchas súplicas, el gul consintió en guiar a su huésped hasta el interior de las murallas que circundan el reino de los gugos. Había una posibilidad de que Carter consiguiera cruzar sigilosamente aquel reino crepuscular, erizado de rocas dispuestas en círculo. A la hora en que estos seres gigantescos roncan saciados en sus habitáculos no le sería imposible llegar a la torre central, coronada por el signo de Koth, de donde arranca la escalera que conduce a la losa de piedra del bosque encantado. Pickman accedió incluso a prestarle tres gules para que le ayudaran a levantar con una palanca la losa de piedra; pues los gugos se muestran algo asustadizos ante los gules, huyendo a menudo de sus cementerios colosales cuando les ven celebrar allí algún festín.

También aconsejó a Carter que se disfrazara de gul: que se afeitara la barba que se había dejado crecer (los gules no tienen), que se revolcara desnudo en el moho verdoso para adquirir el adecuado aspecto de cadáver medio corrompido, y llevara su ropa hecha un lío como si fuera una presa arrebatada de la tumba. Llegarían a la ciudad de los gugos a través de las madrigueras correspondientes y saldrían a un cementerio situado no lejos de la Torre de Koth. Debían evitar, sin embargo, una gran caverna que había junto al cementerio, ya que ésta era la boca de las criptas de Zin, donde los vindicativos lívidos acechan a los habitantes del abismo superior que vienen a cazarlos para devorarlos. Los lívidos intentan salir cuando los gugos duermen, y atacan a los gules con tanta gana como a los gugos, porque no saben distinguirlos. Son muy primitivos y se comen unos a otros. Los gugos tienen apostado un centinela en un angosto recodo de la cripta de Zin, pero con frecuencia se queda amodorrado, y algunas veces es sorprendido por alguna facción de lívidos. Aunque los lívidos no pueden vivir bajo una luz verdadera, pueden, sin embargo, soportar durante algunas horas la penumbra crepuscular de los abismos.

Así, Carter reptó por las interminables madrigueras acompañado de tres serviciales gules, portadores de una lápida sepulcral que pertenecía a un tal Coronel Nepemiah Derby, fallecido en 1719 que habían sacado del cementerio municipal de Charter Street, de Salem. Cuando salieron otra vez a la luz crepuscular, se encontraron en un bosque de enormes monolitos, cubiertos de líquenes, los cuales alcanzaban tal altura que casi no se podía divisar su extremo superior. Eran lápidas del cementerio de los gugos. A la derecha de la abertura por donde habían salido a rastras, y entre los colosales sepulcros, se veía un grandioso panorama de ciclópeas torres cilíndricas que se elevaban a una altura inconcebible en la atmósfera gris de las entrañas de la tierra. Era la gran ciudad de los gugos, cuyas puertas tienen treinta

pies de altura. Los gules vienen aquí a menudo porque el cadáver enterrado de un gugo puede alimentar a toda la comunidad durante casi un año. Aunque la empresa tenga sus peligros, es preferible echar mano de los gugos a tener que afanarse en las tumbas de los hombres para obtener mezquinos resultados. Carter comprendía ahora la presencia de aquellos huesos gigantescos que había advertido en el valle de Pnoth.

Frente a ellos, y nada más salir del cementerio, se elevaba una escarpa completamente vertical en cuya base se abría una caverna inmensa.

Los gules dijeron a Carter que debían evitarla a toda costa, ya que era la entrada a los impíos subterráneos de Zin, donde los gugos cazan a los lívidos en la oscuridad. Y en efecto, aquella advertencia se vio muy pronto justificada, porque en el momento en que un gul comenzaba a arrastrarse hacia las torres para ver si habían calculado bien la hora de descanso de los gugos, en la oscuridad de la caverna fulguró un par de ojos rojizos y amarillentos, y luego otro, lo que indicaba que los gugos tenían un centinela menos y que los lívidos poseen realmente una gran agudeza olfativa. Así que el gul regresó a la madriguera e hizo señas a sus compañeros para que guardaran silencio. Era mejor no interrumpir a los lívidos; había una posibilidad de que se retiraran pronto, ya que sin duda estarían cansados después de haber luchado con el gugo centinela de los negros subterráneos. Al poco rato saltó a la luz gris del crepúsculo un ser del tamaño de un caballo pequeño, y Carter se sintió enfermo al ver el aspecto de aquella bestia obscena y malsana, cuyo rostro resultaba bastante humano, pese a la ausencia de nariz, de frente y de otros detalles importantes.

En ese momento, otros tres lívidos saltaron fuera de la caverna y se unieron al primero, y un gul susurró a Carter en voz casi imperceptible que aquella ausencia de rasguños que mostraban era mala señal. Indicaba que no habían luchado con el gugo centinela, de modo que aún conservaban toda su fuerza y ferocidad, y que así permanecerían hasta que encontraran y devoraran alguna víctima. Resultaba muy desagradable ver aquellos animales inmundos y desproporcionados, que no tardaron mucho en ser una quincena, hozando por el suelo y dando saltos de canguro bajo la luz crepuscular, en esa atmósfera brumosa traspasada de titánicas torres e inmensos monolitos. Pero aún más desagradable fue oírles cuando empezaron a hablar con las toses y sonidos guturales que constituyen el lenguaje de los lívidos. Y aunque eran horripilantes, no lo eran tanto como lo que surgió en ese momento por detrás de ellos, de manera asombrosamente repentina.

Era una zarpa de unas tres cuartas de anchura, provista de formidables garras. Después apareció otra; y después, un brazo enorme de negro pelaje al que se unían ambas zarpas con dos cortos antebrazos. Luego brillaron dos ojos rosados, apareciendo a continuación la cabeza bamboleante del gugo centinela que había despertado. Tenía el tamaño de un barril aquella cabeza; y los ojos sobresalían unas dos pulgadas a cada lado, protegidos por unas protuberancias óseas cubiertas de pelo encrespado. Pero lo que le daba a esta cabeza un aspecto particularmente terrible era la boca. Aquella boca de enormes colmillos amarillos recorría la cabeza de arriba abajo, abriéndose verticalmente y no de forma corriente.

Pero antes de que el infortunado gugo acabara de salir de la gruta y enderezara sus siete metros de altura, los arteros lívidos se habían abalanzado sobre él. Carter temió por un momento que diera la alarma y despertase a los suyos, pero un gul le susurró que los gugos no tienen voz y que se comunican por medio de gestos faciales. La batalla que a continuación tuvo lugar fue inenarrable y atroz. Los venenosos lívidos acometían febrilmente por todos lados al medio incorporado gugo, mordiéndole y destrozándole con sus mandíbulas, e hiriéndole cruelmente con sus duras y afiladas pezuñas. Durante la lucha, los lívidos carraspeaban y tosían con excitación, gritando cuando la enorme boca vertical del gugo hacía presa en alguno de ellos, de suerte que el fragor del combate habría despertado ya, con toda seguridad, a todos los demás gugos de no haber sido porque el cada vez más debilitado centinela había ido retrocediendo, trasladando así la batalla cada vez más adentro de la caverna. De este modo, el tumulto desapareció pronto de la vista y se sumergió en la negrura, y sólo algún eco infernal y esporádico indicaba que la lucha proseguía.

Entonces el más avispado de los gules dio la señal de avanzar, y Carter siguió a sus tres compañeros. Salieron del laberinto de monolitos y entraron en las calles oscuras y fétidas de aquella horrenda ciudad, cuyas torres circulares de ciclópea mampostería se elevan hasta perderse de vista. Caminaron con paso vacilante y silencioso por aquel tosco pavimento rocoso, mientras oían con aprensión los apagados y abominables resoplidos que salían de las inmensas entradas, indicando que los gugos dormían la siesta. Temiendo que aquella hora de descanso estuviera a punto de terminar, los gules apretaron el paso; pero aun así, el trayecto no resultó corto, ya que son enormes las distancias en aquella ciudad de gigantes. Finalmente llegaron a una plaza, ante la cual se alzaba una torre mucho más grande que las demás. Encima de la puerta de esta torre destacaba un monstruoso bajorrelieve que representaba un símbolo aterrador aun para quien ignorara su significado. Era la torre central que ostentaba el signo de Koth, y aquellos inmensos peldaños que se vislumbraban en la oscuridad de su interior eran el arranque de la gran escalera que conducía al Alto País de los Sueños y al bosque encantado.

Comenzó entonces un ascenso interminable, completamente a oscuras. Era casi imposible subir, debido al tamaño monstruoso de los peldaños tallados por los gugos, que medían lo menos un metro de altura. Carter no pudo calcular, ni aun aproximadamente, el número de peldaños que subió, porque no tardó en sentirse tan rendido de cansancio que los elásticos e infatigables gules se vieron obligados a ayudarle. Durante el ascenso, les acechaba el constante peligro de ser descubiertos y perseguidos, porque si bien los gugos no se atreven a levantar la losa de piedra del bosque por miedo a la maldición de los Grandes Dioses, tal maldición no afecta para nada a la torre y a la escalera, de manera que los lívidos que tratan de refugiarse allí suelen ser cazados por los gugos, aunque lleguen al último tramo de la escalera. Tan fino es el oído de los gugos que, de haber estado despiertos, habrían oído perfectamente el roce de los pies desnudos y de las manos de quienes subían; y, desde luego, habría sido cuestión de poco tiempo que los gigantes -acostumbrados a las cacerías de lívidos en la cripta de Zin en completa oscuridad- dieran alcance a la débil y torpe presa que ahora ascendía por las ciclópeas escaleras. Era desesperante pensar que los silenciosos gugos no pueden ser oídos y que si llegaban a descubrirles caerían de repente sobre ellos, cogiéndoles desprevenidos en la oscuridad. En aquel extraño lugar, ni siquiera les detendría el tradicional temor que sienten hacia los gules, ya que en él gozaban de una ventaja manifiesta. Existía, además, el peligro eventual de tropezarse con los venenosos lívidos, que a veces se introducen en la torre durante la hora de sueño de los gugos. Si éstos durmiesen ahora mucho tiempo y los lívidos regresaran pronto de su combate en la caverna, el olor de Carter y sus acompañantes atraería irremisiblemente a estos seres nauseabundos y hostiles, en cuyo caso era preferible ser devorados por los gugos.

Luego, después de trepar durante una eternidad, oyeron una tos allá arriba, en la oscuridad, y la situación dio un giro inesperado y gravísimo. Evidentemente, se trataba de un lívido, o tal vez de varios, que se había debido extraviar en el interior de la torre antes de que llegaran Carter y sus guías, y estaba igualmente claro que el peligro era inminente. Tras un segundo de dudas angustiosas, el gul que iba en cabeza empujó a Carter a un rincón y dispuso a sus compañeros convenientemente, con la vieja lápida en alto para dejársela caer al enemigo en cuanto se pusiera a tiro. Los gules pueden ver en la oscuridad, así que la situación no era tan desesperada como lo habría podido ser si Carter se hubiera encontrado solo. Un momento después, un ruido de pezuñas les hizo saber que al menos una de las bestias lívidas bajaba dando saltos, y los gules que sostenían la lápida la enarbolaron para intentar un golpe desesperado. Fue entonces cuando surgieron dos ojos rojizos y amarillentos, a la vez que la jadeante respiración del lívido se hacía audible por encima del ruido de sus patas. Al saltar la sucia bestia al peldaño inmediatamente superior de donde estaban los gules, lanzaron éstos la vieja lápida con fuerza prodigiosa, de suerte que sólo se oyó un estertor agónico, antes de que la víctima cayese hecha un amasijo inmundo. Parecía no haber más bestias de aquellas allí dentro; y después de guardar silencio un momento, los gules dieron una palmada a Carter como señal de que podían proseguir la marcha. Como antes, se vieron obligados a ayudarle, y Carter se alegró de dejar aquel lugar de muerte donde el cadáver grotesco del lívido yacía invisible en la oscuridad.

Por último, los gules detuvieron a su compañero. Extendiendo los brazos hacia arriba y palpando en las tinieblas, Carter se dio cuenta de que habían llegado a la losa de piedra. Levantarla del todo era imposible; los gules se limitarían a abrir una rendija suficiente para introducir la lápida a modo de palanca y permitir así que Carter saliera por la abertura. Los gules tenían pensado bajar nuevamente por la escalera y regresar por donde habían venido, ya que en la ciudad de los gugos les resultaba muy fácil pasar inadvertidos. Además, no sabrían orientarse por los caminos de la superficie para llegar a la espectral Sarkomand, ciudad donde se hallaba la entrada al abismo, custodiada por los leones.

Enorme fue el esfuerzo que hubieron de realizar los tres gules para levantar la losa. Carter les ayudó con todas sus fuerzas. Juzgaron que debían empujar en la parte de la losa que descansaba sobre la escalera, y allí aplicaron toda la fuerza de sus músculos innoblemente alimentados. Pocos segundos después se abrió una ligera rendija y Carter, a quien se había confiado esta misión, deslizó el canto de la vieja lápida por aquella abertura. A continuación siguió un forcejeo imponente, aunque sin resultados; como es natural, cada vez que fracasaban tenían que volver a empezar desde el principio.

De pronto, su desesperación se vio mil veces multiplicada por un ruido que oyeron al pie de la escalera. Este ruido no fue sino el choque sordo del cadáver del lívido y el golpeteo de sus pezuñas al caer rodando escaleras abajo. Pero la causa por la cual rodaba aquel cuerpo hacia abajo no resultaba nada tranquilizadora. Por tanto, conociendo las costumbres de los gugos, los gules redoblaron sus frenéticos esfuerzos, y en un plazo sorprendentemente breve consiguieron levantar la trampa de tal manera que Carter pudo introducir la lápida, dejando una abertura suficientemente holgada. Ayudaron entonces a Carter, haciéndole subir sobre sus hombros cartilaginosos y guiándole los pies cuando se agarró al borde del bendito suelo del Alto País de los Sueños. Un segundo más tarde habían salido los tres por la abertura, arrojando la lápida y cerrando la gran losa, mientras abajo se hacía audible un resuello jadeante. Debido a la maldición de los Grandes Dioses, ningún gugo osaría jamás salir por aquella trampa; por

consiguiente, Carter se dejó caer confiadamente, con un suspiro de alivio y sosiego, entre los hongos grotescos del bosque encantado, mientras sus guías se acurrucaban en grupo, según es costumbre entre los gules.

Aunque era siniestro, en verdad, el bosque encantado por el que había viajado hacía ya tantísimo tiempo, ahora le parecía un paraíso y una delicia, después de haber recorrido los lúgubres abismos del mundo inferior. No había un solo ser vivo por los alrededores, ya que los zoogs sienten un gran temor por aquella entrada misteriosa, y Carter consultó inmediatamente con los gules acerca del itinerario que convenía seguir. Ellos no se atrevían ya a regresar por la torre; pero el viaje por el mundo vigil tampoco les convenció al enterarse de que, para subir a él, tenían que cruzar ante los sacerdotes Nasht y Kaman-Thah, en la caverna de fuego. Así que, por último, decidieron regresar por Sarkomand, pues allí existe una entrada al abismo, aunque de momento no supieran cómo llegar hasta esa ciudad. Carter recordaba que Sarkomand está situada en el valle que se abre al pie de la meseta de Leng y recordaba igualmente que en Dylath-Leen había visto a un viejo mercader siniestro y de ojos oblicuos que tenía fama de traficar con los pueblos de Leng, por lo que aconsejó a los gules que cruzaran los campos de Nyr hasta el Skai y que siguieran después el curso del río hasta su desembocadura, ya que en ella se alza Dylath-Leen. Decidieron hacerlo así sin demora ni pérdida de tiempo, porque la creciente oscuridad auguraba una noche entera de viaje. Carter estrechó las zarpas de aquellas bestias repulsivas, les dio las gracias por la ayuda que le habían prestado y les pidió que expresaran también su agradecimiento al gul que un día fuera Pickman. A pesar de todo, no pudo evitar un suspiro de alivio cuando los vio alejarse; porque un gul siempre es un gul, y en el mejor de los casos resulta un compañero poco grato para el hombre. Después de hacerse estas reflexiones, buscó Carter un manantial en el bosque, se limpió el fango y el moho que traía de las regiones inferiores, y después se vistió con las ropas que tan cuidadosamente había traído envueltas.

Era ya de noche en aquel bosque terrible de árboles monstruosos, pero la fosforescencia reinante permitía al peregrino caminar como si fuese de día, y Carter echó a andar por el conocido camino de Celephais, ciudad del país de Ooth-Nargai que se extiende tras los Montes Tanarios. Y mientras caminaba, pensaba en la cebra que hacía miles y miles de años había dejado atada a la rama de un árbol, en las estribaciones del Ngranek, en la lejana isla de Oriab, y se preguntaba si no le daría de comer algún recolector de lava y la soltaría después. Y se preguntaba igualmente si volvería algún día a Baharna para pagar la cebra que le habían matado la noche que pasó junto a las ruinas arcaicas que se alzan en las riberas del Yath, y si el viejo tabernero se acordaría de él. Tales eran los pensamientos que le venían a la cabeza mientras respiraba el reconfortante aire del Alto País de los Sueños.

De pronto se detuvo al oír un murmullo que salía de un enorme tronco hueco. Había evitado el gran círculo de piedras porque ahora no quería encontrarse con los zoogs; pero a juzgar por la algarabía de chirridos que salía de aquel árbol inmenso, debía estarse celebrando una importante asamblea. Al acercarse más advirtió que se trataba de una acalorada discusión, cuyo tema le atañía a él de manera excepcional, pues lo que se deliberaba era nada menos que la declaración de guerra a los gatos. El motivo era la desaparición de los zoogs que habían seguido a Carter hasta Ulthar, a quienes los gatos habían castigado por mostrar las aviesas intenciones que ya se vieron, y el asunto había suscitado violentos y prolongados debates, hasta que por fin los adiestrados zoogs habían decidido lanzarse contra toda la tribu felina en el plazo máximo de un mes. Su plan consistía en efectuar una serie de ataques por sorpresa encaminados a capturar los gatos solitarios o en grupos que estuvieran desprevenidos, sin dar a la gran masa de gatos de Ulthar el tiempo necesario para organizarse y contraatacar. Carter comprendió que, antes de proseguir su extraordinaria empresa, tenía que desbaratar el atrevido plan de los zoogs.

Así pues, Randolph Carter se deslizó sigilosamente hasta un ángulo del bosque y lanzó el maullido del gato a través de los campos vagamente iluminados por la luz de las estrellas. Y una enorme gataza salió de una cabaña próxima, tomó el relevo y lo transmitió, a través de las praderas, a los guerreros grandes y pequeños, negros, grises, atigrados, blancos, amarillos y cruzados; y el eco fue repetido junto al Nyr y más allá del Skai, hasta Ulthar, y los innumerables gatos de Ulthar respondieron a coro y se dispusieron en orden de marcha. Era una suerte que la luna no hubiera salido, porque así todos los gatos estaban en la Tierra. Veloces y silenciosos, abandonaron sus hogares y saltaron de los tejados y se desparramaron como un mar de lustroso pelaje por las llanuras, hasta el borde del bosque. Carter estaba allí para recibirles; y el espectáculo de estos gatos sanos y bien proporcionados le resultó un descanso para los ojos, después de ver las criaturas que había visto en los abismos y de caminar con ellas. Se alegró de volver a encontrar a su venerable amigo y salvador a la cabeza del destacamento de Ulthar, con el collar de su graduación en torno a su sedoso cuello, y los bigotes tiesos en gesto marcial. Y se alegró aún más cuando vio, como alférez de aquel mismo ejército, a un avispado jovenzuelo que no era otro que el mismísimo gatito de la taberna, a quien Carter había regalado con un riquísimo plato de leche una mañana ya lejana, en Ulthar. Ahora se había convertido en un gato robusto y de gran porvenir. y al

estrecharle la mano a su amigo, se puso a ronronear. Su abuelo dijo que cumplía muy bien en el ejército y que tras otra campaña más podría aspirar al grado de capitán.

Carter les contó el peligro que corría la tribu gatuna, por lo que recibió agradecidos ronroneos de todos los presentes. De acuerdo con los generales, trazó un plan de acción inmediata que consistía en atacar sin más dilación la asamblea de los zoogs y sus plazas fuertes conocidas, anticipándose a sus ataques por sorpresa y obligarles a aceptar un armisticio antes de que pudieran movilizar su ejército invasor. Por tanto, sin perder un solo momento, el gran océano de gatos inundó el bosque encantado y se cerró en torno al árbol donde se celebraba la asamblea y al círculo de piedras. Los chirridos de los zoogs se elevaron hasta un grado enloquecedor cuando las enemigas bestezuelas se vieron sorprendidas por los recién llegados. Escasa resistencia hubo por parte de los furtivos y curiosos zoogs de oscuro pelaje, porque al instante comprendieron que les habían ganado por la mano; y sus propósitos de venganza se tornaron en deseos de salvación.

La mitad de los gatos se sentó en círculo alrededor de los zoogs capturados y dejaron un pasillo por el que los demás gatos fueron introduciendo a los zoogs que iban apresando en otras partes del bosque. Por fin se discutieron las condiciones de un armisticio. Carter actuó de intérprete y se decidió allí que los zoogs seguirían siendo independientes a condición de que pagaran a los gatos un gran tributo de guacos, codornices y faisanes cazados en las zonas menos fabulosas del bosque. Los vencedores tomaron como rehenes a unos cuantos zoogs de familias nobles, que serían custodiados en el Templo de los Gatos de Ulthar. y dejaron bien sentado que cualquier desaparición de gatos en los alrededores de los dominios de los zoogs tendrían desastrosas consecuencias para los propios zoogs. Una vez expuestas estas condiciones, los gatos rompieron filas y dejaron que los zoogs se marcharan uno a uno a sus respectivas casas, cosa que se apresuraron a hacer mirando de soslayo con gesto sombrío.

El viejo general ofreció entonces a Carter una escolta para atravesar el bosque hasta salir de él por donde deseara. Consideraba el gato -y no sin razón- que los zoogs abrigarían ahora un tremendo resentimiento contra Carter por haber hecho fracasar sus belicosos propósitos, y Carter acogió esta oferta con gratitud, no sólo por la seguridad que le proporcionaba, sino porque además le gustaba la grácil compañía de los gatos. Así pues, en medio del simpático y alegre regimiento, satisfecho por el feliz término de la empresa, Randolph Carter caminó dignamente a través de aquel bosque mágico y fosforescente de árboles descomunales. Mientras los demás se entregaban a fantásticas cabriolas o jugueteaban con las hojas caídas que el viento arrastraba entre los hongos de aquel suelo primordial, Carter iba hablando de Kadath con el general y el nieto. El viejo gato le dijo entonces que había oído hablar mucho de aquella desconocida ciudad de la inmensidad fría, pero que no sabía dónde se encontraba exactamente. En cuanto a la maravillosa ciudad del sol poniente, ni siquiera había oído hablar de ella, pero con mucho gusto comunicaría a Carter cualquier información que le llegara al respecto.

También le dio algunas contraseñas de gran valor entre los gatos del País de los Sueños, y le recomendó especialmente al viejo jefe de los gatos de Celephais, que era hacia donde él se dirigía. Aquel viejo gato, a quien Carter ya conocía de modo superficial, era un honrado maltés, y su influencia resultaría decisiva en transacciones de todo tipo. Ya amanecía cuando salieron del bosque por el lugar más conveniente, y Carter se despidió de sus amigos con cierto pesar. El joven alférez que Carter había conocido cuando era cachorrillo le habría acompañado de no habérselo prohibido su abuelo; pero este severo patriarca insistió en que el deber exigía la presencia de todo gato junto a su tribu y su ejército. Así que Carter emprendió solo el camino a través de los dorados campos que se extienden llenos de misterio junto al río bordeado de sauces, y los gatos regresaron al bosque.

El viajero conocía bien aquellas tierras paradisíacas que se extienden entre el bosque y el Mar Cerenario, y siguió alegremente el curso cantarino del Oukranos, que señalaba su ruta. El sol se elevó por encima de las suaves colinas cubiertas de prados y bosques, y encendió los colores de los millares de flores que tapizaban las cañadas y los oteros. En toda esta región flota una neblina mágica y la luz del sol parece durar un poco más que en otros lugares. También perdura allí la rumorosa música del verano que componen las abejas y los pájaros, de modo que los hombres cruzan por allí como por un paraje maravilloso y experimentan la mayor dicha y encanto que después les cabe recordar.

Hacia mediodía llegó Carter a Kiran, cuyas terrazas de jaspe descienden hasta el borde del río y conducen a un templo de encanto, a donde el rey de Ilek-Vad acude una vez al año con su palanquín de oro desde su lejano reino del mar crepuscular, a orar ante el dios del Oukranos, el que cantaba para él cuando el rey era joven y vivía en una cabaña, junto a la orilla del río. Este templo es todo de jaspe y cubre un acre de terreno con sus muros y sus patios, con sus siete torres rematadas en flecha y su capilla interior, adonde el río penetra a través de canales ocultos y el dios canta dulcemente por la noche. Muchas veces la luna oye extrañas melodías, mientras sus rayos bañan tales patios y terrazas y pináculos; pero nadie, excepto el propio rey de Ilek-Vad, podría decir si esa melodía es la canción del dios o el cántico de sus misteriosos sacerdotes, pues el rey es el único que ha entrado en el templo y ha visto a los

sacerdotes. Ahora, en el sopor del mediodía, aquel templo esculpido y delicado permanecía en silencio; y mientras caminaba bajo un sol mágico, Carter sólo oía el rumor de la gran corriente y el murmullo de los pájaros y las abejas.

El peregrino caminó durante toda la tarde por las perfumadas praderas, al abrigo de las suaves colinas ribereñas cubiertas de pacíficas casitas de techumbre de paja y de santuarios erigidos a dioses amables, esculpidos en jaspe o en crisoberilo. A veces caminaba por el mismo borde del Oukranos, y silbaba a los peces vivarachos e iridiscentes de aquella corriente cristalina; otras veces, se detenía entre el susurro de los juncos a contemplar el gran bosque de la otra orilla, cuyos árboles descendían hasta el mismo borde del agua. En algunos sueños anteriores había visto salir de ese bosque a los buopoths, pesados y tímidos, que iban a beber en el río; pero ahora no se veía ninguno. Una de las veces se detuvo a mirar cómo un pez carnívoro atrapaba un pájaro pescador, al cual había atraído al agua con el señuelo de sus tentadoras escamas al sol. En el momento en que el alado cazador se lanzó a picarle, lo cogió por el pico con su boca enorme.

Al declinar la tarde, Carter subió por una toma cubierta de yerba, desde donde pudo contemplar cómo brillaban a la luz del crepúsculo las mil agujas doradas de los campanarios de Thran. Las enormes murallas de alabastro de esa increíble ciudad no son verticales, sino que parece desde lejos que se inclinan hacia dentro. Y lo más desconcertante es el hecho de estar construidas de una sola pieza, con una técnica que ningún hombre conoce ya; porque esta ciudad es más antigua que la raza humana. Aun siendo tan altas estas murallas de cien pórticos y doscientas atalayas, las torres que se apiñan en su interior, blancas bajo sus agujas doradas, son más altas todavía, de manera que los hombres de la llanura las ven elevarse hasta el cielo, a veces resplandecientes de luz, a veces con las cúpulas veladas por las nubes y las brumas, y a veces rodeadas de nubes bajas, emergiendo por encima con sus esplendorosos pináculos elevados. Y allí donde las puertas de Thran se abren sobre el río, existen grandes muelles de mármol, junto a los cuales se mecen suavemente suntuosos galeones de cedro fragante y madera de Ceilán, sujetos a sus anclas, y descansan extraños marineros de espesa barba en toneles y fardos cuyos rótulos exhiben jeroglíficos de lejanos lugares. Tierra adentro, más allá de los muros, se extienden los campos de este país, y en ellos dormitan menudas cabañas blancas entre pequeñas colinas, y serpean estrechas sendas con infinidades de puentes de piedra entre los ríos y las huertas.

Caía la tarde, pues, cuando Carter atravesó esta tierra feraz, y desde el río vio reflejarse la luz del crepúsculo en las maravillosas agujas de las torres de Thran. Y justo al cerrar la noche llegó a la puerta sur, donde fue detenido por un centinela vestido de rojo, a quien tuvo que contar tres sueños inverosímiles para demostrarle que era un soñador digno de caminar por las misteriosas calles de Thran y de visitar los bazares donde se vendían los géneros traídos por los suntuosos galeones. Penetro luego en la increíble ciudad a través de una muralla de espesor tal que la entrada formaba como un túnel; y luego siguió por los retorcidos y ondulantes callejones que culebrean, profundos y estrechos, entre torres inmensas. Brillaban las luces a través de las ventanas enrejadas y de los balcones; y del interior de los patios de burbujeantes fuentes salía una música tenue de flautas y laúdes. Carter sabía la dirección que le convenía tomar y se dirigió a las calles más oscuras que bordean el río, y entró en una vieja taberna de marineros donde se encontró con capitanes y gentes de mar que él había conocido en muchos de sus sueños anteriores. Allí compró un pasaje para Celephais, a bordo de un gran galeón pintado de verde, y se quedó en esa misma taberna a pasar la noche después de hablar seriamente con el venerable gato de aquella posada, que parpadeaba soñoliento ante el enorme fuego del hogar y soñaba en viejas guerras y en dioses olvidados.

A la mañana siguiente, Carter embarcó en el galeón que zarpaba hacia Celephais. Se sentó a proa sobre un montón de cuerdas, y empezó el largo viaje hacia el Mar Cerenario. Durante muchas leguas, las márgenes del río presentaron el mismo aspecto que las tierras de Thran, viéndose algún que otro templo erigido en lo alto de las colinas de la orilla derecha. Cruzaron por delante de un pueblecito dormido, pegado a la orilla, con sus puntiagudos tejados color ladrillo y sus redes tendidas al sol. Pendiente siempre de su empresa, Carter interrogó a todos los marineros sobre la clase de gentes que frecuentaban las tabernas de Celephais, y les preguntó sobre los nombres y las costumbres de aquellos hombres extraños de ojos rasgados y estrechos, orejas de grandes lóbulos, fina nariz y barbilla puntiaguda que venían del norte a bordo de negras embarcaciones, para cambiar ónice por figuritas de jade, hilo de oro y pajarillos cantores de Celephais. No sabían los marineros gran cosa sobre esas gentes, excepto que hablaban muy poco y que en torno a ellos flota como una atmósfera de respeto y temor.

El país de aquellos hombres extraños es muy lejano y se llama Inquanok. Escasas eran las personas que iban allá, porque se trata de una región fría y crepuscular que, al parecer, linda con la desagradable meseta de Leng, cosa que por otra parte tampoco se sabía con seguridad. Por el lado donde se supone que está esa meseta, se yergue una cadena infranqueable de montañas, de suerte que nadie puede afirmar que esta maligna región, con sus horribles poblados de piedra y sus abominables

monasterios, estén realmente allí; ni tampoco que sea sólo producto del temor que siente la gente por la noche, cuando esa formidable barrera de picos recorta su negra silueta contra la luna, lo que se cuenta sobre ella. Ciertamente se podía llegar a Leng desde muy diferentes océanos, pero los marineros no sabían nada de las otras fronteras de Inquanok y sólo habían oído hablar en términos muy vagos de la inmensidad fría y de la desconocida Kadath. En cuanto a la maravillosa ciudad del sol poniente que Carter buscaba, no tenían ni idea. Así que el viajero no preguntó más y aguardó a que se presentara la ocasión de hablar con aquellos hombres extraños de la fría y crepuscular Inquanok, que son verdaderos descendientes de los dioses representados en el rostro tallado del monte Ngranek.

Avanzado ya el día, el galeón llegó a los meandros que atraviesan las perfumadas junglas de Kled. Aquí Carter habría deseado poder desembarcar, porque en esas marañas tropicales duermen portentosos palacios de marfil, solitarios pero bien conservados, donde un día moraron los monarcas fabulosos de un país cuyo nombre no se recuerda. En virtud de los hechizos de los Dioses Arquetípicos, estos lugares se conservan libres de daño y de envejecimiento, porque escrito está que un día los han de poder necesitar para sí. Y las caravanas de elefantes los han contemplado de lejos, a la luz de la luna, pero nadie se atreve a acercarse a ellos por temor a los guardianes que velan en sus sombras. El barco siguió veloz, y la oscuridad acalló los murmullos del día, y las primeras estrellas parpadearon en respuesta a las tempranas luciérnagas de las orillas, mientras la jungla iba quedando atrás y extendía hacia ellos una fragancia que era como un recuerdo de su presencia. Y durante toda la noche navegó el galeón y cruzó misterios invisibles e insospechados. Un vigía señaló la presencia de hogueras sobre las colinas del este, pero el soñoliento capitán dijo que lo más prudente era no mirarlas demasiado, ya que no se sabía con seguridad qué clase de criaturas las habrían encendido.

Por la mañana, el río se había ensanchado considerablemente y Carter dedujo, por las casas que se alineaban en las orillas, que debían de hallarse muy cerca de la gran ciudad comercial de Hlanith, frente al Mar Cerenario. Aquí las murallas eran de tosco granito; y las casas, construidas de vigas y yeso, se veían fantásticamente erizadas de buhardillas. Los hombres de Hlanith son, de todos los habitantes de las regiones soñadas, los más parecidos a la humanidad del mundo vigil, de suerte que a esta ciudad sólo se acude por el interés de los negocios; pero es estimada por el serio trabajo de sus artesanos. Los muelles de Hlanith son de madera de roble y en ellos amarró el galeón mientras bajaba el capitán a tratar sus asuntos en las tabernas. Carter bajó también a tierra y recorrió con curiosidad las calzadas hendidas de surcos, donde transitaban carricoches tirados por bueyes y vendedores que anunciaban sus mercancías a grito pelado en la puerta de sus bazares. Las tabernas marineras estaban todas muy próximas a los muelles, en unos callejones empedrados y sucios del salitre que dejaban las pleamares, y tenían un aspecto inusitadamente antiguo, con sus bajos techos ennegrecidos y sus verdosos ventanucos en forma de ojo de buey. Los viejos marineros, clientes de aquellas tabernas, hablaban con frecuencia de lejanos puertos y relataban muchas historias sobre los curiosos habitantes de la crepuscular Inquanok; pero, en general, añadieron muy poco a lo que ya le habían contado los tripulantes del galeón. Por último, después de descargar y cargar de nuevo, el barco zarpó hacia poniente, y las altas murallas y las buhardillas de Hlanith se fueron empequeñeciendo en la lejanía mientras la última luz del día les confería un encanto y una belleza que la mano del hombre no puede dar.

Dos noches y dos días navegó el galeón por el Mar Cerenario, sin avistar tierra y sin cambiar saludos más que con un navío solitario. Y al segundo día, faltando ya poco para que el sol se pusiera, avistaron el nevado pico de Arán con sus laderas cubiertas de cimbreantes ginkgos, y Carter comprendió que estaban llegando al país de Ooth-Nargai y a la maravillosa ciudad de Celephais. En seguida aparecieron los brillantes minaretes de aquel pueblo fabuloso, y el mármol de sus murallas rematadas por estatuas de bronce, y el gran puente de piedra tendido donde el Naraxa se junta con el mar. Luego asomaron las suaves colinas que se elevan tras la ciudad, las arboledas, los jardines de asfódelos con sus mil templetes, las cabañas y, al fondo de todo, la purpúrea cordillera Tanaria, poderosa y mística, tras la cual se abren los caminos prohibidos que conducen al mundo vigil y a otras regiones del país de los Sueños.

El puerto estaba lleno de pintadas galeras, algunas de las cuales procedían de Serannia, ciudad de mármol y nubes que se halla en los espacios etéreos, mas allá de la línea que junta el mar con el cielo; otras venían de lugares más sólidos del país de los Sueños. El timonel se abrió camino por entre todos los navíos hasta los muelles fragantes de especias, y los marineros amarraron allí el galeón a oscuras, mientras las innumerables luces de la ciudad comenzaban a titilar sobre el agua. Eternamente nueva parecía esta inmortal ciudad de fantasía, porque el tiempo aquí no tiene poder destructor alguno. Y la ciudad de turquesa de Nath-Horthath es como siempre ha sido, y sus ochenta sacerdotes coronados de orquídeas son los mismos que la edificaron hace diez mil años. Aún brilla el bronce de sus grandes puertas, y jamás sufrió deterioro alguno el ónice de sus pavimentos. Y las enormes estatuas de bronce que

adornan sus murallas contemplan a unos mercaderes y conductores de camellos que son más viejos que las mismas leyendas, aunque jamás se tomara gris e1 pelo de sus barbas hendidas.

Carter no se puso a buscar inmediatamente templo alguno, ni palacio ni ciudadela, sino que permaneció junto a la muralla, cerca del mar, entre mercaderes y marineros. Y cuando se hizo demasiado tarde para escuchar historias y relatos, buscó una antigua taberna ya conocida por él y descansó soñando con los dioses de la ignorada Kadath, a quienes buscaba. Al día siguiente, recorrió los embarcaderos por ver si encontraba a alguno de aquellos misteriosos marineros de Inquanok, pero le dijeron que ahora no había ninguno por allí, ya que sus galeras no tocarían aquel puerto lo menos en dos semanas. Encontró, sin embargo, a un marinero thorabonio que había estado en Inquanok y había trabajado en las canteras de ónice de aquella ciudad crepuscular; y este marinero le confesó que, efectivamente, al norte de la región habitada se extendía un desierto que todo el mundo parecía temer y evitar. El thorabonio opinaba que este desierto rodeaba las últimas estribaciones de los infranqueables picos centrales de la horrible meseta de Leng, y que esta era la razón por la que los hombres lo temían. No obstante, admitió que las gentes hacían, además, alusiones no muy claras a presencias malignas y a abominables centinelas. No podía decir si este desierto era o no la fabulosa inmensidad fría en la que se hallaba la desconocida Kadath, pero le parecía poco probable que tales presencias y centinelas, si de verdad existían, estuvieran allí sin una razón.

Al día siguiente, Carter subió por la Calle de los Pilares hasta el templo de turquesa y habló con el Sumo Sacerdote. Aunque en Celephais se adora sobre todo a Nath-Horthath, en las oraciones diarias se cita a todos los Grandes Dioses, y el sacerdote conocía bastante bien el talante y las costumbres de éstos. Como hiciera Atal en la lejana Ulthar, le aconsejó fervientemente que no intentara verlos, afirmando que son irascibles y caprichosos, y que se hallan bajo la extraña protección de los desalmados Dioses Otros del Exterior, cuyo espíritu y mensajero es Nyarlathotep, el caos reptante. El celo con que ocultaban la maravillosa ciudad del sol poniente ponía claramente de relieve su deseo de que Carter no llegara a ella, y no se sabía cómo mirarían a un forastero cuyo propósito era llegar hasta ellos para hacerles un ruego. Ningún hombre había encontrado jamás la ciudad de Kadath en el pasado, y muy bien pudiera ser que tampoco la encontrara nadie en el futuro. Además, los rumores que corrían acerca del castillo de ónice de los Grandes Dioses no eran tranquilizadores mi muchísimo menos.

Después de dar las gracias al Sumo Sacerdote coronado de orquídeas, Carter salió del templo, en busca de cierta carnicería donde se vendía carne de oveja, pues allí vivía lustroso y contento el viejo jefe de los gatos. Aquel felino digno y gris se hallaba tendido gozosamente al sol en el pavimento de ónice, y al acercarse el visitante le saludó con gesto lánguido. Pero cuando Carter se presentó y repitió la contraseña que le había facilitado el viejo general de Ulthar, el lustroso patriarca se volvió muy cordial y comunicativo, y le contó muchos secretos que saben los gatos de la costa de Ooth-Nargai. Y lo que fue aún más interesante, le contó también varios detalles que los gatos del puerto de Celephais le habían comunicado, no sin cierto recelo, sobre los hombres de Inquanok, en cuyos tenebrosos barcos no quiere navegar ningún gato.

Al parecer, estos hombres están envueltos en un aura extraterrestre, aunque no es ésta la razón por la que los gatos no quieren navegar en sus barcos. El motivo de esta repulsión radica en que Inquanok alberga ciertas sombras que ningún gato puede soportar, de suerte que en todo ese reino, en donde impera el frío crepuscular, jamás se oyen alegres maullidos ni ronroneos hogareños. Nadie sabe si esas sombras corresponden a seres que han cruzado los infranqueables picos de la meseta de Leng, de cuya misma existencia se duda, o a los que penetran por el norte, procedentes del frío desierto. En cualquier caso, sobre aquellas tierras lejanas impera como un presagio de otros mundos u otras dimensiones que no agrada a los gatos, pues estos animales son más sensibles que los hombres a tales vivencias. Esta es la razón de que no quieran embarcarse en los sombríos barcos que zarpan rumbo a los muelles de basalto de Inquanok.

El viejo jefe de los gatos le dijo también dónde encontrar a su amigo el rey Kuranes, que en los últimos sueños de Carter había reinado alternativamente en el Palacio de las Siete Delicias de Celephais, y construido en cuarzo rosa, y en el almenado castillo de nubes de Serannia, ciudad que flota en el cielo. Al parecer, ya no encontraba satisfacción en aquellos lugares fabulosos y sentía una nostalgia creciente por los acantilados ingleses y por las tierras bajas de su niñez, donde existen pueblecitos de ensueño en los que, por las noches, se oyen tras las celosías de las ventanas antiguas canciones inglesas, y cuyos grises campanarios se asoman por encima del verdor de los valles lejanos. Kuranes no podía retornar a estas delicias del mundo vigil, porque su cuerpo había muerto; pero había conseguido una aceptable compensación al soñar una reconstrucción de su paisaje natal junto al barrio Este de la ciudad, donde los prados se extienden suavemente desde los acantilados hasta el pie de los Montes Tanarios. Allí vivía él, en una mansión gótica de piedra gris asomada al mar, y trataba de convencerse de que era la antigua Trevor Towers, donde él y trece generaciones de antepasados habían visto la luz por vez primera. Y en la

costa vecina había reconstruido un pueblecito pesquero de Cornualles, de tortuosos callejones empedrados, instalando en él a gentes con rasgos marcadamente ingleses, a las cuales trataba siempre de inculcar el acento -que a él le llenaba de nostalgia- de los viejos pescadores de aquella región. Y en el valle cercano había erigido una gran abadía de estilo normando, cuya torre podía contemplar desde su ventana, y en torno a ella, en el cementerio que la rodeaba, había soñado unas lápidas con los nombres de sus antepasados esculpidos en su piedra, que él evocaba cubierta de musgo semejante al de la vieja Inglaterra. Pues aunque Kuranes era monarca del país de los Sueños, y suyas eran todas las imaginables pompas y maravillas y toda la esplendorosa magnificencia de los sueños, y aunque disponía a voluntad de todos los éxtasis y delicias, de las novedades y los incentivos más rebuscados y exóticos, de buena gana habría renunciado para siempre a todo este fausto y poderío, con tal de volver a ser, por un día tan sólo, un muchacho de aquella Inglaterra pura y tranquila, de aquella antigua y amada Inglaterra que había modelado su alma y de la cual siempre formaría parte.

Después de despedirse del viejo jefe de los gatos, Carter no trató de buscar el palacio de cuarzo rosa, sino que se dirigió a las puertas orientales de la ciudad. Cruzó los campos sembrados de margaritas y se encaminó hacia una torre puntiaguda que descollaba entre los robles de un parque que ascendía hasta el borde mismo de los acantilados. Llegó a una gran verja, y en ella encontró una entrada flanqueada por una casita de guarda construida de ladrillo; y cuando hizo sonar la campana, no salió cojeando ningún lacayo ataviado y untuoso, sino un viejo bajito y estirado, vestido con una blusa de obrero, que se esforzaba por imitar el singular acento de Cornualles. Y Carter se adentró por el umbroso sendero que discurría entre unos árboles muy semejantes a los de Inglaterra, y subió por las terrazas que se abrían entre jardines trazados como en tiempos de la reina Ana. En la puerta, que como en los viejos tiempos estaba flanqueada por unos gatos de piedra, fue recibido por un mayordomo de enormes patillas y vestido de librea. Este le condujo en seguida a la biblioteca, donde Kuranes, señor de Ooth-Nargai y de la parte del cielo que rodea Serannia, meditaba sentado junto a la ventana, mientras contemplaba su pueblecito pesquero y añoraba a su vieja nodriza, la cual solía regañarle porque no estaba arreglado a tiempo para aquella odiosa reunión campestre en casa del vicario, cuando ya estaba aguardando la carroza, y su madre a punto de perder los nervios.

Kuranes, vestido con una bata que los sastres londinenses habían puesto de moda en su juventud, se levantó con presteza a recibir a su visitante; porque la presencia de un anglosajón procedente del mundo vigil le resultaba entrañable a él, aun cuando se tratara de un sajón de Boston, Massachusetts, y no de Cornualles. Y hablaron largamente de los viejos tiempos, y los dos encontraron mucho que contarse, ya que ambos eran antiguos soñadores, y muy versados en las maravillas y los sitios increíbles. Kuranes, efectivamente, había estado más allá de las estrellas, en el vacío final, y se decía que era el único que había regresado de semejante viaje en su sano juicio.

Finalmente, Carter sacó a relucir el tema que le interesaba e hizo a su anfitrión las preguntas que ya había repetido tantas veces. Kuranes no sabía dónde se encontraban ni Kadath ni la maravillosa ciudad del sol poniente; pero sabía que los Grandes Dioses eran entidades demasiado peligrosas para ir en su busca, y que los Dioses Otros tenían extrañas maneras de protegerlos contra toda curiosidad impertinente. Había oído muchas cosas sobre los Dioses Otros en las lejanas regiones del espacio, especialmente en una zona en que no existen formas algunas y donde ciertos gases multicolores estudian los secretos más recónditos. El gas violeta S'ngac le había contado cosas terribles de Nyarlathotep, el caos reptante, aconsejándole que no se aproximara jamás al vacío central donde roe hambriento el sultán de los demonios, Azathoth, envuelto en tinieblas. Asimismo, tampoco era prudente tener trato alguno con los Dioses Otros, y si denegaban persistentemente todo acceso a la maravillosa ciudad del sol poniente, lo mejor sería no empeñarse en buscar esa ciudad.

Kuranes dudaba, además, que su invitado pudiera sacar nada positivo con ir a la ciudad, aun cuando consiguiera entrar en ella. El también había soñado y suspirado durante largos años por la encantadora Celephais y por la tierra de Ooth-Nargai, y había deseado vivamente la libertad, el color y la maravillosa experiencia de una vida exenta de ataduras, de convencionalismos y estupideces. Pero ahora que vivía en esta ciudad y en este país, y era el rey de todo esto, veía que la libertad y la intensidad de vivir se agotan muy pronto, volviéndose monótonas por falta de vinculación con sentimientos y recuerdos firmes. Era rey de Ooth-Nargai, pero esto no significaba nada, pues añoraba con tristeza las cosas familiares de Inglaterra que había conocido en su lejana juventud. El daría todo este retiro por volver a escuchar el lejano repicar de las campanas de Cornualles; y los mil alminares de Celephais, a cambio de los tejados picudos y familiares del pueblecito cercano a su casa natal. Por ello dijo a su huésped que seguramente no encontraría en aquella desconocida ciudad del sol poniente la felicidad que él buscaba, y que tal vez sería mejor que la considerara como un sueño esplendoroso y evanescente. Porque Kuranes había visitado con frecuencia a Carter en los viejos días de su vida vigil, y conocía muy bien las encantadoras laderas de Nueva Inglaterra que le vieron nacer.

Estaba seguro de que, al final, el explorador acabaría suspirando por revivir escenas de su primera infancia: el fulgor de Beacon Hill al atardecer, los altos campanarios y las calles tortuosas y empinadas de la fantástica ciudad de Kingsport, los venerables tejados de la antiquísima y embrujada Arkham, las venturosas praderas y los valles cruzados de serpeantes cercas de piedra, y los blancos tejados de las casas de campo que asomaban entre macizos de verdura. Todo esto le dijo a Randolph Carter, pero él siguió empeñado en su propósito. Y finalmente, cada cual mantuvo su propia convicción, y Carter regresó a Celephais por las puertas de bronce y bajó por la Calle de los Pilares hasta la vieja muralla junto al mar, donde volvió a conversar con los marineros que procedían de puertos remotos, y aguardó a que llegara el barco tenebroso de la fría Inquanok crepuscular, cuyos marineros y traficantes de ónice poseen extraños semblantes y llevan sangre de los Grandes Dioses en las venas.

Una noche estrellada en que el Lucero derramaba una espléndida claridad sobre la dársena, entró en puerto el barco tan esperado; y los tripulantes y mercaderes de extraños rostros fueron dejándose ver, de uno en uno y en grupos pequeños, por las tabernas que se extienden a lo largo de los muelles. Resultaba apasionante ver de nuevo en unos rostros vivientes los rasgos divinos del pétreo semblante del Ngranek. Sin embargo, Carter no se dio prisa en hablar con aquellas gentes silenciosas. Aún ignoraba si aquellos hijos de los Grandes Dioses serían demasiado altivos o reservados, o qué recuerdos vagos y excelsos guardarían en la memoria. Pero estaba seguro de que no sería oportuno abordarles para hablar de su empresa o para preguntar por el desierto frío que se extiende al norte de sus tierras crepusculares. Hablaban poco con los demás parroquianos de aquellas antiguas tabernas portuarias, y se sentaban en grupos en los rincones más oscuros del local para entonar canciones misteriosas de ignorados lugares, o para contar relatos con exótico acento que en nada se parecía al del resto del País de los Sueños. Y tan raras y excitantes eran aquellas tonadas y narraciones, que en los rostros de los que escuchaban podía adivinarse todo su misterio, aun cuando las palabras no fueran más que extrañas cadencias y vagas melodías para los oídos profanos.

Durante una semana estuvieron frecuentando la taberna los marineros de Inquanok, mientras los traficantes trataban sus negocios en los bazares de Celephais; y antes de que zarparan, Carter tomó un pasaje en su barco tenebroso, explicando que era un antiguo minero que había trabajado en minas de ónice, y que quería volver a trabajar en sus canteras. El barco era magnífico y estaba primorosamente labrado en madera de teca con incrustaciones de ébano y trazados de oro, y el camarote que le asignaron tenía cortinajes de seda y terciopelo. Una mañana, al cambiar la marca, izaron las velas, levaron anclas, y Carter, de pie en lo alto de la popa, vio hundirse en la distancia, arrebolados por los primeros rayos del sol, los dorados alminares y las estatuas de bronce de la ciudad intemporal de Celephais, al tiempo que la cumbre nevada del Monte Arán se iba haciendo cada vez más pequeña. Hacia el mediodía sólo tenían a la vista el azul suave del Mar Cerenario y una galera pintada que, allá lejos, navegaba rumbo a ese reino de Serannia donde el mar se junta con el cielo.

Llegó la noche con rutilantes estrellas, y el oscuro barco puso proa al Carro y a la Osa Menor, que se mecía suavemente alrededor del polo. Y los tripulantes entonaron extrañas canciones de ignorados lugares, y fueron subiendo uno por uno al castillo de proa, mientras los taciturnos vigías murmuraban viejos cantos y se inclinaban sobre la borda para contemplar cómo jugaban los peces luminosos junto a la roda, bajo el agua. Carter se retiró a dormir a las doce de la noche, y se levantó con las primeras claridades de la mañana, observando que el sol se hallaba mucho más al sur de lo que a él le habría gustado. Y durante todo el día hizo progresos en cuanto a su comunicación con los hombres del barco, pues muy poco a poco les fue haciendo hablar de su fría tierra crepuscular, de su primorosa ciudad de ónice y de su temor a los elevados e infranqueables picos, más allá de los cuales se extiende, según dicen, la meseta de Leng. Los marineros le confesaron que lamentaban muchísimo que los gatos no quisieran vivir en la tierra de Inquanok, y que estaban convencidos de que ello se debía a la oculta proximidad de Leng. De lo que no hablaron fue del desierto de piedra que se extiende al norte, pues había algo inquietante en torno a ese desierto, y les parecía más prudente no admitir su existencia.

Durante los días siguientes hablaron de las canteras a las que Carter decía que iba a trabajar. Había muchas, ya que no sólo toda la ciudad de Inquanok estaba hecha de ónice, sino que además destinaban grandes bloques pulimentados de este material a los mercados de Rinar, Ogrothan y Celephais, o los vendían allí mismo a mercaderes venidos de Thara, Ilarnek y Katatheron, trocándolos a veces por hermosos artículos procedentes de aquellos puertos fabulosos. Y muy al norte, casi en el desierto de hielo cuya existencia no quieren admitir los hombres de Inquanok, había una cantera excepcional, mucho más grande que todas las demás; y de ella se habían extraído en tiempos inmemoriales bloques tan prodigiosos y descomunales, que las oquedades que habían dejado, sobrecogían de terror al que las contemplaba. Nadie sabía quién había extraído aquellos bloques increíbles, ni adónde habían sido transportados. Pero consideraban que era preferible no pisar aquella cantera, porque era muy posible que aún conservase algún vínculo con aquellos que un día trabajaran en

ella. Y la cantera inmensa ha quedado abandonada en el crepúsculo, y únicamente el cuervo y el legendario pájaro shantak anidan en sus inmensidades. Cuando Carter oyó eso, sintió una honda impresión, pues sabía por viejas leyendas que el castillo que poseen los grandes Dioses en lo más elevado de Kadath es de ónice.

Cada día era más baja la curva que el sol describía en el cielo, y las brumas que se veían a proa se iban haciendo más y más espesas. Y al cabo de dos semanas, el sol dejó en absoluto de salir, y no contaron con más luz que una dudosa claridad grisácea y crepuscular que se filtraba a través de una bóveda de nubes eternas durante el día, y una fría fosforescencia sin estrellas que se desprendía de la cara inferior de aquellas mismas nubes por la noche. Al vigésimo día avistaron un gran farallón desgarrado, a lo lejos, que era el primer vestigio de tierra que divisaban desde que dejaron atrás la nevada cumbre del Arán. Carter preguntó al capitán el nombre de aquella roca, pero le dijeron que no tenía nombre y que ningún barco se le aproximaba jamás a causa de ciertos ruidos que brotaban de su interior durante la noche. Y cuando, después de anochecer, salió de aquella roca granítica un aullido lastimero e incesante, el viajero se alegró de saber que no se detendrían allí, y de que aquella roca no tuviera nombre alguno. La tripulación rezó y cantó hasta ahogar el aullido, y Carter tuvo unos sueños terribles en las primeras horas de la madrugada.

Dos mañanas después de avistar la roca aulladora, apareció a lo lejos, hacia el oeste, una formación de elevados picachos cuyas cimas se perdían entre las nubes perpetuas de aquel mundo crepuscular; y al verlos, los marineros entonaron alegres canciones y algunos se arrodillaron sobre cubierta para rezar, por lo que Carter comprendió que estaban llegando a la tierra de Inquanok, y que no tardarían en atracar en los muelles de basalto de la gran ciudad que llevaba el nombre del país. Hacia mediodía apareció el oscuro perfil de la costa, y antes de las tres vieron surgir hacia el norte las cúpulas bulbosas y las fantásticas agujas de la ciudad de ónice. Singular y extraña, aquella ciudad arcaica se erguía amurallada tras los espigones del puerto, y era toda de un delicado color negro ornada con volutas, estrías y arabescos de oro. Sus casas eran altas y tenían muchas ventanas; y las fachadas estaban adornadas con flores esculpidas y motivos cuya oscura simetría deslumbraba los ojos con su belleza más esplendorosa que la luz. Algunas estaban coronadas de hinchadas cúpulas que terminaban en afilada punta, otras eran pirámides escalonadas rematadas por minaretes que ponían de manifiesto una imaginación desbordante. Las murallas eran bajas y tenían numerosas puertas, cada una de las cuales estaba coronada por un gran arco mucho más alto que las almenas del propio muro, rematado por la cabeza de un dios, tallada con la misma perfección que el rostro monstruoso del lejano Ngranek. En una colina del centro de la ciudad se alzaba una torre de dieciséis lados cuyas proporciones eran aún mayores que las de los restantes edificios, y cuyo altísimo campanario terminaba en un capitel sustentado por una cúpula aplastante. Este era, según los marineros, el Templo de los Dioses Arquetípicos, gobernado por un Sumo Sacerdote ya viejo y entristecido por tantos secretos misteriosos.

De tiempo en tiempo, el tañido de una extraña campana estremecía el aire de la ciudad de ónice; y cada vez que sonaba, era contestado por unos sones místicos que ejecutaba un conjunto de cuernos, violas y voces. Y de una fila de trípodes que se alineaban en una galería rodeando la elevada cúpula del templo, brotaba en algunos momentos un resplandor de fuego; pues debe decirse que los sacerdotes y las gentes de esta ciudad son prudentes observadores de sus ritos primordiales y fieles conservadores de los himnos de los Grandes Dioses, tal como se conservan en ciertos pergaminos más antiguos aún que los Manuscritos Pnakóticos. Al cruzar el barco la inmensa escollera de basalto y entrar en puerto, se hicieron audibles los ruidos menudos de la ciudad, y Carter vio numerosos esclavos, marineros y mercaderes por los muelles. Los marineros y los mercaderes tenían el mismo extraño rostro de los dioses; pero los esclavos eran achaparrados, de ojos oblicuos y, por lo que se decía, habían venido atravesando la infranqueable cadena de montes -o evitándola quizá, dando un rodeo- desde los valles del otro lado de la meseta de Leng. Los muelles se extendían fuera de las murallas de la ciudad, y en ellos se amontonaba todo género de mercancías descargadas de las galeras fondeadas allí; y en un extremo había grandes depósitos de ónice, labrado o sin labrar, en espera de ser embarcados con destino a los lejanos mercados de Rinar, de Ogrothan y de Celephais.

Aún no había empezado a anochecer, cuando el oscuro barco atracó a un muelle de piedra, y todos los marineros y mercaderes bajaron y penetraron en la ciudad por el pórtico de elevado arco. Las calles de la ciudad estaban pavimentadas de ónice, y unas eran amplias y rectas, y otras tortuosas y estrechas. Las casas de junto al mar eran más bajas que el resto, y sobre los arcos de sus puertas singulares había ciertos signos de oro en honor, al parecer, de los dioses familiares que las favorecían. El capitán del barco llevó a Carter a una vieja taberna donde se contrataban marineros de países exóticos, y le prometió que al día siguiente le mostraría los encantos de la ciudad crepuscular, y le llevaría a la taberna que frecuentaban los mineros, en las proximidades de la muralla norte. Y cayó la noche, y se encendieron las lamparillas de bronce; y los marineros de aquella taberna entonaron canciones de

remotos lugares. Pero cuando el tañido de la gran campana del más alto campanario vibró por toda la ciudad, y se elevó en misteriosa respuesta el son de los cuernos y las violas acompañado de cánticos y coros, los marineros callaron y se inclinaron en silencio, hasta que se hubo apagado el último eco. Esta es una de las rarezas y prodigios de la ciudad crepuscular de Inquanok, cuyos habitantes temen descuidar sus ritos por miedo a que se abatan sobre ellos una maldición y una venganza insospechadamente próximas.

En un rincón oscuro de aquella taberna vio Carter una silueta achaparrada que le impresionó desagradablemente; se trataba, sin lugar a dudas, de aquel mercader de ojos rasgados que había visto en las tabernas de Dylath-Leen del cual se decía que traficaba con los horribles poblados de piedra de Leng, jamás visitados por hombres de sano juicio, y cuyos fuegos malignos se ven en la noche de lejos. También se decía de aquel individuo que tenía tratos con ese gran sacerdote indescriptible que oculta su rostro bajo una máscara de seda y vive solitario en un prehistórico monasterio de piedra. Los ojos de este hombre habían mostrado un brillo especial de inteligencia la vez que oyera a Carter preguntar a los mercaderes de Dylath-Leen por la inmensidad fría y la ciudad de Kadath. Y en verdad, su presencia ahora en la oscura y encantada ciudad de Inquanok no tenía nada de tranquilizadora. Antes de que Carter pudiera dirigirle la palabra, desapareció furtivamente de la taberna; y los marineros le dijeron después que había venido en una caravana de yaks procedente de algún lugar no bien determinado, cargada de colosales y sabrosísimos huevos de los fabulosos pájaros shantaks para trocarlos por las finas copas de jade que otros mercaderes traían de Ilarnek.

A la mañana siguiente, el capitán llevó a Carter por las calles de ónice de Inquanok, oscuras bajo el cielo crepuscular. Las puertas taraceadas y las fachadas cubiertas de frescos y bajorrelieves, los balcones labrados y los miradores acristalados, resplandecían con un encanto misterioso y sombrío; y a cada paso se abrían ante ellos nuevas plazas adornadas de negros pilares, columnatas y estatuas de seres extraños, a la vez humanos y fabulosos. Casi todas las perspectivas, ya fueran de calles largas y rectas o de callejones laterales, y las cúpulas bulbosas, las agujas de campanario y los tejados cubiertos de arabescos, eran indeciblemente fantásticos y bellos. Pero nada resultaba tan fabuloso como la majestuosa mole central del gran Templo de los Dioses Arquetípicos: la inmensa torre de dieciséis caras, todas ellas esculpidas, con su cúpula aplastada y su elevadísimo campanario coronado por un capitel que descollaba por encima de todos los edificios. Y a oriente, muy lejos de los muros de la ciudad, más allá de los vastos pastizales, se elevaban los flancos grises de aquellos picos infranqueables tras los que, según se decía, estaba la espantosa meseta de Leng.

El capitán condujo a Carter a aquel templo imponente que rodea un jardín tapiado en una gran plaza circular de donde parten las calles como los rayos de una rueda. Las siete puertas del jardín, con sus elevados arcos coronados de rostros esculpidos como los de las puertas de la ciudad, están siempre abiertas; y las gentes pasean respetuosas por los senderos enlosados y por los caminos flanqueados de bustos extravagantes y de altares consagrados a las divinidades menores. Hay allí surtidores, estanques y fuentes de ónice donde se reflejan las llamas de los trípodes que con frecuencia se encienden en la elevada terraza; y en sus aguas se agitan unos pececillos luminosos traídos por los buzos de las regiones más profundas del océano. Cuando el grave tañido de la campana del templo hace estremecer el aire quieto del jardín y de la ciudad toda, y la respuesta de cuernos, violas y cánticos brota de los siete recintos que flanquean las puertas del jardín, salen de las siete puertas del templo las largas columnas de los sacerdotes encapuchados, envueltos en negros ropajes, portando en las manos grandes cuencos dorados de los que emana un vapor singular. Y las siete columnas discurren en fila de a uno, caminando todos con las piernas estiradas y sin doblar las rodillas, hasta los siete recintos, en donde desaparecen para no volver a salir. Se dice que unos pasadizos subterráneos comunican tales recintos con el templo, y que las largas filas de sacerdotes vuelven al templo por dicho camino; y corre el rumor también de que hay unas escaleras de ónice que descienden a unas profundidades cuyos misterios no se han revelado jamás. Y hay incluso quienes insinúan que esos sacerdotes encapuchados no son seres humanos.

Carter no entró en el templo; porque a nadie le está permitido hacerlo, excepto al rey Velado. Pero antes de salir del jardín sonó la campana, y oyó su tañido vibrante y ensordecedor, y el gemido de cuernos violas y cánticos que provenía de los recintos que estaban junto a las puertas. Y comenzaron a desfilar por las siete grandes avenidas, con su paso singular, las largas filas de sacerdotes portadores de cuernos; y provocaron en el viajero un malestar que ningún sacerdote humano habría podido causarle jamás. Cuando hubo desaparecido el último, el capitán y él se marcharon del jardín; y vieron al pasar una mancha que había quedado en el pavimento, de algo que había caído de los cuencos. Ni aun al capitán le gustó la mancha aquella, y apremió a Carter para que fuera sin más tardanza a visitar la colina donde se eleva el maravilloso palacio de múltiples cúpulas, en donde mora el rey Velado.

Las calles que conducen al palacio de ónice son todas empinadas y estrechas, excepto una ancha y sinuosa por la que el rey y sus acompañantes cabalgan sobre yaks. Carter y su guía subieron por un

callejón escalonado, entre muros labrados que ostentaban extraños signos trazados en oro, y pasaron por debajo de balcones y miradores de donde salían a veces melodías y efluvios de exótica fragancia. Ante ellos seguían elevándose los muros titánicos, los imponentes contrafuertes, y las apiñadas y bulbosas cúpulas por las que es tan famoso el palacio del rey Velado; y finalmente cruzaron por debajo de un gran arco de color negro, y desembocaron en los jardines de recreo del monarca. En ellos se detuvo Carter maravillado de tanta belleza: las terrazas de ónice y los paseos bordeados de columnas, los alegres parterres y los delicados arbustos floridos, las enredaderas abrazadas a doradas celosías, las urnas de bronce y los trípodes de primorosos bajorrelieves, las fantásticas estatuas erguidas en pedestales de mármol veteado, las fuentes de fondos basálticos en cuyas aguas rebullían pececillos luminosos, los templetes diminutos llenos de iridiscentes pajarillos cantores, construidos en lo alto de columnas esculpidas, los maravillosos relieves de las grandes puertas de bronce, y las parras florecientes que trepaban por toda la superficie de los bruñidos muros, se unían para formar un escenario cuya belleza superaba cualquier realidad hasta el punto de parecer casi fabulosa aun en el propio país de los sueños. Todo resplandecía como una visión gloriosa bajo el crepuscular cielo gris; y frente a todo ello se alzaba la magnificencia del palacio con sus cúpulas y esculturas, y el perfil fantástico de los lejanos picos infranqueables a la derecha del fondo. Y los pajarillos y las fuentes cantaban eternamente, mientras el perfume de exóticas flores se extendía como un cendal por todo aquel jardín increíble. No había allí más seres humanos que ellos dos, y Carter se alegraba de que fuera así. Luego bajaron otra vez por el callejón de peldaños de ónice, porque a ningún visitante le está permitida la entrada al palacio, y no conviene demorarse contemplando la gran cúpula central; pues se dice que en ella se aloja el arcaico antecesor de todos los míticos pájaros shantaks, y éste puede enviar extraños sueños a los curiosos.

Después, el capitán llevó a Carter al barrio norte de la ciudad, próximo a la Puerta de las Caravanas, donde se hallan las tabernas que frecuentan los mercaderes de las caravanas de yaks, así como los mineros de las canteras de ónice. Y allí, en una taberna de techo bajo, entre trabajadores de canteras, se dieron la despedida: el capitán se fue a sus negocios, y Carter estaba impaciente por charlar con los mineros sobre aquellas misteriosas regiones del norte. La taberna estaba atestada de gente, y el viajero no esperó mucho tiempo para dirigirse a algunos de aquellos hombres. Se presentó diciendo que era un antiguo minero de las canteras de ónice y que deseaba conocer algunos detalles de las canteras de Inquanok. Pero la información que obtuvo no añadió gran cosa a lo que ya sabía, porque los mineros eran tímidos y evasivos en lo que se refiere al frío desierto del norte y a la cantera jamás visitada por seres humanos. Tenían miedo de los legendarios emisarios que venían de la parte de las montañas, donde se dice que está la meseta de Leng, y de las presencias malignas y los abominables centinelas que velan en el norte por entre las rocas. Y decían, no sin cierto temor, que los pájaros shantaks no son criaturas benéficas y normales, y que en definitiva, era una suerte que nadie hubiera visto jamás ningún ejemplar (ya que al legendario antecesor de los shantaks, al que habita en la cúpula real, se le alimenta en la oscuridad más completa).

Al día siguiente, Carter alquiló un yak, diciendo que deseaba reconocer las distintas minas y visitar las granjas dispersas y los lejanos pueblecitos de ónice del país de Inquanok, y llenó hasta arriba las enormes alforjas de cuero, dispuesto a emprender el viaje. Una vez franqueada la Puerta de las Caravanas, la carretera seguía recta entre campos cultivados y multitud de extrañas casitas de campo rematadas por cúpulas aplastadas. El explorador se detuvo en algunas de ellas a preguntar; y una de las veces dio con un anfitrión tan adusto y reservado, de una majestuosidad y unos rasgos tan asombrosamente parecidos a los del rostro del Ngranek, que en el mismo momento en que lo vio tuvo por cierto que había llegado ante la presencia de uno de los Grandes Dioses en persona; al menos, ante alguien por cuyas venas corrían nueve décimas partes de sangre divina, aunque viviera entre los hombres. Y al dirigirse a aquel adusto y reservado campesino, tuvo mucho cuidado en hablar bien de los dioses y en agradecer todos los favores que siempre le habían concedido.

Aquella noche acampó Carter en un prado contiguo a la carretera, bajo un árbol lygath, a cuyo tronco ató el yak, y por la mañana reanudó su peregrinaje hacia el norte. A eso de las diez de la mañana llegó al pueblo de Urg, de pequeñas cúpulas, donde suelen pararse a descansar los traficantes y los mineros de ónice, y se cuentan sus incidencias. Allí se detuvo también Carter, y dio una vuelta por las tabernas hasta el mediodía. En Urg es donde la gran ruta de las caravanas tuerce hacia el oeste en dirección a Selarn, pero Carter continuó hacia el norte por la ruta de las canteras. Durante toda la tarde estuvo viajando por aquella senda ascendente, algo más estrecha que la gran calzada, que atravesaba una región en la que ya se veían más rocas que campos cultivados. Y al anochecer, las lomas de la izquierda se habían convertido ya en negros peñascos de considerable elevación, y Carter comprendió que estaba muy cerca de la cuenca minera. Durante todo este tiempo, los desnudos flancos de los montes infranqueables se elevaron a su derecha, allá en la lejanía, y cuanto más se adentraba en aquellas

regiones, peores cosas oía decir de aquellos montes, a los granjeros, a los traficantes y a los carreteros que conducían sus pesados carruajes cargados de ónice por los caminos.

La segunda noche acampó al abrigo de un enorme peñasco negro, atando su yak a una estaca clavada en el suelo. Observó la inmensa fosforescencia de las nubes en aquella región septentrional, y más de una vez le pareció ver recortarse contra ellas ciertas sombras oscuras. Y al tercer día llegó a la primera cantera de ónice, y saludó a los hombres que trabajaban allí con picos y cinceles. Y antes de que empezara a caer la tarde, había dejado atrás otras once canteras. El terreno aquí era muy accidentado, con infinidad de farallones y riscos de ónice, y en el suelo no había forma alguna de vegetación, sino sólo fragmentos enormes de rocas esparcidas por la tierra negra; y los infranqueables picos grises alzándose desnudos y siniestros a su derecha. La tercera noche la pasó en un campamento de canteros, cuyos fuegos vacilantes arrojaban fantásticos reflejos sobre los bruñidos peñascos del oeste. Y cantaron muchas canciones y relataron muchas historias, poniendo de manifiesto tan insospechados conocimientos sobre los tiempos antiguos y las costumbres de los dioses, que Carter quedó convencido de que ello se debía a los muchos recuerdos latentes que habían heredado de sus antepasados los Grandes Dioses. Le preguntaron adónde se dirigía, advirtiéndole que no debía adentrarse demasiado al norte, pero él contestó que estaba buscando nuevos yacimientos de ónice y que no se arriesgaría más de lo que es habitual entre los prospectores. Por la mañana se despidió de ellos y siguió su camino hacia el tenebroso norte, donde, según le dijeron, encontraría la temida y jamás visitada cantera de la que unas manos más antiguas que las del hombre habían arrancado bloques prodigiosos. Pero, cuando ya se volvía por última vez a decirles adiós, le pareció ver aproximarse al campamento la figura achaparrada del viejo y escurridizo mercader de ojos oblicuos, cuyo supuesto comercio con los seres de Leng era objeto de habladurías en la lejana Dylath-Leen. Y esto no le gustó nada.

Después de cruzar dos canteras más, terminó la zona habitada de Inquanok; el camino se estrechó convirtiéndose en un empinado sendero de yaks, flanqueado de peñascos siniestros y negros. Los picos distantes y austeros se alzaban a su derecha, y a medida que Carter se adentraba más y más en aquella región inexplorada, todo se le iba volviendo más oscuro y más frío. No tardó en comprobar que el negro sendero carecía de huellas y de pisadas de yak y que, en efecto, aquellos caminos desiertos y extraños databan de tiempos remotos. De cuando en cuando cruzaba graznando algún cuervo, o se oían fuertes aleteos tras alguna roca, lo que le hacía pensar con inquietud en las leyendas que corrían sobre los pájaros shantaks. Pero lo esencial era que él estaba solo con su lanuda montura y lo que le preocupaba era observar que su excelente yak se resistía cada vez más a avanzar, notándole más predispuesto por momentos a sobresaltarse al menor ruido.

El sendero se estrechó a continuación entre paredes negras y relucientes, y comenzó a ascender por una pendiente más pronunciada que la anterior. El suelo era poco seguro y el yak resbalaba con frecuencia en las piedras esparcidas en el mismo sendero. Al cabo de dos horas, Carter descubrió ante sí una cresta de contornos definidos, más allá de la cual sólo se veía un tenebroso cielo gris, y se sintió aliviado ante la perspectiva de encontrar un trecho llano o cuesta abajo. No obstante, no fue empresa fácil coronar esa cresta, ya que la pendiente se pronunciaba hasta hacerse casi perpendicular, resultando muy peligrosa a causa de la grava y las piedras sueltas. Finalmente, Carter desmontó y, apoyando los pies lo mejor que podía, condujo a su atemorizado yak, empujándolo con todas sus fuerzas cuando el animal tropezaba o no quería seguir. Y luego, de pronto, llegó a la cima; y miró ante sí y se quedó mudo de asombro al ver lo que tenía delante.

El desfiladero seguía recto y bajaba una suave pendiente, flanqueado por unas paredes de roca natural, como antes; pero a mano izquierda se abría un vacío monstruoso de una amplitud de muchísimos acres, de donde algún arcaico poder había cortado y arrancado los farallones originales de ónice, transformando el abismo en una cantera de gigantes. En la lejana pared opuesta del precipicio, resaltaba aún la huella de una gubia gigantesca; y en el fondo, la tierra mostraba inmensas oquedades. No era una cantera abierta por los hombres, y los huecos que quedaban en sus muros eran enormes y rectangulares, lo que daba una idea de las dimensiones de aquellos bloques que, según decían, fueron labrados un día por manos y cinceles de seres innominados. Arriba, por encima de las rocas desgarradas, planeaban y graznaban cuervos enormes; y los vagos rumores que brotaban de las profundidades delataban la presencia de murciélagos o de urhags, o quizá de seres menos mencionables que habitan en la absoluta negrura. Carter se quedó parado en el estrecho desfiladero, bajo la luz mortecina del crepúsculo, sin atreverse a avanzar por la rocosa senda que descendía ante él: a su derecha, los altísimos peñascos de ónice se elevaban hasta perderse de vista; a su izquierda, la roca mostraba cortes gigantescos y terribles que hacían pensar en una cantera sobrenatural.

Bruscamente, el yak dejó escapar un mugido y se revolvió enloquecido, saltó por encima de Carter y salió disparado, preso de pánico, desapareciendo en seguida por el angosto desfiladero en dirección norte. Las piedras pateadas en su precipitada fuga rodaron hasta el borde de la cantera y se

perdieron en el vacío tenebroso, sin que un solo ruido brotara del fondo. Pero Carter ignoraba los peligros de aquel sendero y echó a correr en pos de su asustada montura. No tardaron en reaparecer las rocosas paredes de la izquierda y el desfiladero se volvió a estrechar formando una especie de callejón; y el viajero siguió corriendo en persecución del yak, cuyas huellas profundas ponían de manifiesto lo desesperado de su huida.

Por un momento, le pareció oír el desesperado patear del animal y, por esta señal, redobló su esfuerzo en la carrera. Así recorrió varias millas; y poco a poco, el camino se fue ensanchando, hasta que consideró que no tardaría mucho en desembocar en el frío y espantoso desierto del norte. Los flancos desnudos y grises de los infranqueables picos lejanos se hicieron visibles de nuevo por encima de los roquedales de la derecha, y frente a él aparecieron los peñascos y farallones de un espacio abierto, evidente antesala de la tenebrosa e ilimitada planicie. Otra vez llegó hasta sus oídos el furioso patear de la tierra, y con más claridad que la anterior. Pero ahora, en vez de animarle, le causó auténtico terror, porque se dio cuenta que no eran pisadas de yak. Aquella manera de patear era despiadada, deliberada y, además, sonaba detrás de él.

La persecución del yak se convirtió para Carter en huida de un ser invisible; porque, aunque no se atrevía a mirar hacia atrás, sentía que la presencia que venía tras él no tenía nada de normal o de definible. Su yak debió haberla oído o presentido antes, y Carter prefirió no preguntarse si aquello le vendría siguiendo desde que saliera de la tierra de los hombres, o habría surgido tras él en el pozo negro de la cantera. Entretanto, las paredes rocosas habían quedado atrás, así que la noche inminente se precipitó sobre una inmensa extensión de arena y rocas espectrales donde se perdían todos los senderos. No pudo encontrar las huellas del yak, pero tras él siguió oyendo aquel detestable patear, acompañado de cuando en cuando por lo que a él se le figuraba un gigantesco aleteo nervioso. Se dio cuenta con desazón de que iba perdiendo terreno y de que se había extraviado en aquel desierto de rocas impasibles y arenas jamás holladas. Unicamente aquellos remotos e infranqueables picos de su derecha le servían de punto de referencia, pero cada vez se distinguían con menos claridad, a medida que la vaga luz crepuscular cedía paso a una fosforescencia enfermiza que provenía de las nubes.

Después, hacia el norte, en la oscuridad cada vez mayor, divisó, confusa y brumosa, una cosa terrible. Durante unos momentos la tomó por una cadena de montañas, pero luego vio que se trataba de algo más. La fosforescencia de las nubes amenazadoras la delató claramente, y aun perfiló sus siluetas contra el resplandor de los vapores del horizonte. No pudo calcular a qué distancia se encontraba, pero debía estar muy lejos. Tenía miles de pies de altura y formaba un inmenso arco cóncavo desde los infranqueables picos grises de oriente a los desconocidos espacios de occidente; sin duda había sido alguna vez una cordillera de imponentes montañas de ónice. Pero esas montañas habían dejado de serlo, porque unas manos más grandes que las del hombre las habían modelado. Silenciosas y acurrucadas en el techo del mundo, como lobos o vampiros, coronadas de nubes y brumas, aquellas siluetas custodiaban eternamente los secretos del norte. Formando semicírculo, parecían monstruosos perros guardianes con las patas derechas levantadas en un gesto amenazador contra la humanidad.

La luz temblona de las nubes hacía el efecto de que se movían sus dobles cabezas mitradas; pero al seguir adelante, Carter vio levantarse de sus tocados sombríos unas formas cuyo movimiento no podía ser producto de la ilusión. Aquellas formas aladas se fueron agrandando por momentos, y el viajero comprendió que su peregrinación había llegado a su fin. No se trataba de pájaros o de murciélagos comunes en otros lugares de la tierra o en el país de los sueños, ya que eran más grandes que un elefante y tenían cabeza de caballo. Carter presintió que aquellos eran los pájaros shantaks de tenebrosa fama; y ya no tuvo duda sobre qué perversos guardianes e innominados centinelas hacían que los hombres evitasen el destierro rocoso de la región septentrional. Y cuando ya se detuvo resignado, miró por fin tras de sí y vio venir al achaparrado mercader de ojos oblicuos y mala fama, a horcajadas sobre un escuálido yak, a la cabeza de una borda repugnante de torvos shantaks cuyas alas aún se veían sucias del barro y el salitre de los pozos inferiores.

Aunque atrapado por las fabulosas pesadillas hipocéfalas y aladas que formaban a su alrededor un círculo diabólico, Randolph Carter no llegó a desmayarse. Aquellas quimeras espantosas se erguían gigantescas por encima de él. El mercader de ojos oblicuos desmontó de su yak y se plantó delante del prisionero con una sonrisa burlona. Entonces le hizo una seña para que subiera a lomos de uno de aquellos repugnantes shantaks; y le ayudó, al ver que trataba de vencer su repugnancia. Difícil resultó la tarea de subir, porque los pájaros shantaks, en vez de plumas, tienen escamas muy resbaladizas. Cuando Carter se hubo acomodado, el hombre de los ojos oblicuos saltó tras él, dejando que uno de los increíbles colosos voladores se llevara a su escuálido yak hacia el norte, en dirección al círculo de montañas esculpidas.

Lo que siguió fue un espantoso torbellino a través del espacio glacial. Hacia el este, volaron sin descanso en dirección a los desnudos flancos grises de aquellos picos infranqueables, tras los cuales

dicen que se encuentra la meseta de Leng. Se elevaron muy por encima de las nubes, hasta que Carter vio por debajo de ellos las legendarias cumbres que las gentes de Inquanok jamás han contemplado, envueltas siempre en altísimos velos de niebla resplandeciente. Y las fue viendo desfilar con toda nitidez, y en lo más alto de sus picos descubrió unas cavernas que le recordaron las del monte Ngranek; pero renunció a hacer preguntas a su apresor, al darse cuenta de que estos parajes provocaban un miedo singular, tanto en él como en el hipocéfalo shantak, el cual voló nerviosamente, preso de una tensión extrema, hasta que las dejaron muy atrás.

El shantak descendió entonces, y bajo un dosel de nubes apareció una llanura gris y yerma donde se veían arder fuegos muy diseminados. Al bajar, pudieron descubrir de cuando en cuando alguna casita solitaria, de granito, y poblados de negra piedra cuyas minúsculas ventanas brillaban con pálida luz. Y de estas casas de campo y de estos poblados se elevaban unos sones agudos de flautas y horribles ritmos de crótalos, lo que corroboró inmediatamente la exactitud de los rumores que corrían entre las gentes de Inquanok. Los viajeros han escuchado tales ruidos y saben que provienen únicamente de esa región desierta y fría que las gentes sensatas jamás visitarán, de ese siniestro lugar de maldad y misterio que es la meseta de Leng.

Unas formas oscuras danzaban alrededor de las débiles hogueras, y Carter sintió curiosidad por averiguar qué clase de criaturas podían ser aquellas; las gentes normales no han estado nunca en Leng, y sólo han podido verse de lejos el resplandor de sus hogueras y sus casas de piedra. Aquellas formas saltaban con lentitud y torpeza, y se retorcían en contorsiones y movimientos sumamente desagradables de presenciar; así que Carter no se extrañó ya de la monstruosa perversidad que les atribuían las vagas leyendas, ni del miedo que suscitaban en todo el país de los sueños esta meseta helada y detestable. Al volar más bajo el shantak, la repugnancia que le inspiraban los danzantes se tiñó de cierta perversa familiaridad. El prisionero clavó los ojos en ellos y buscó en su atormentada memoria la clave que le indicara dónde había visto anteriormente parecidas criaturas.

Brincaban como si tuvieran pezuñas en lugar de pies, y parecían llevar una especie de peluca o yelmo provisto de cuernos pequeños. No llevaban encima nada más, aunque su cuerpo estaba casi completamente cubierto de pelo. Tenían un rabo diminuto y, cuando miraron hacia arriba, Carter observó la excesiva anchura de sus bocas. Entonces recordó qué eran y por qué lo que llevaban en la cabeza no podía ser a fin de cuentas ni peluca ni yelmo. Los misteriosos pobladores de Leng no eran sino los mismísimos repugnantes mercaderes de las negras galeras que vendían rubíes en Dylath-Leen. ¡Los mercaderes semihumanos, esclavos de las entidades lunares con cuerpo de sapo! Eran, sin lugar a dudas, los mismos seres que habían capturado a Carter, hacía ya mucho tiempo, llevándoselo en su pestilente galera; los mismos que él había visto conducir en manadas por los sucios muelles de aquella execrable ciudad lunar, donde los más flacos trabajaban y los más cebados eran transportados en grandes canastas para satisfacer otras necesidades de sus amos poliposos y amorfos. Ahora veía claro de dónde procedían aquellas criaturas ambiguas; y se estremeció ante el pensamiento de que sin duda, la meseta de Leng era conocida de antiguo por las abominaciones de cuerpo de sapo que habitan en la luna.

Pero el shantak siguió volando y dejó atrás las hogueras, las construcciones de piedra y los danzantes no enteramente humanos, y se elevó por encima de los estériles montes de granito gris de las sombrías inmensidades de rocas, hielo y nieve. Llegó el día, y la fosforescencia de las nubes cedió ante la luz difusa de aquel mundo septentrional; y el infame pájaro aún siguió volando con determinación, rodeado de frío y de silencio. A veces, el hombre de los ojos oblicuos hablaba a su montura en una abominable lengua gutural, y el shantak contestaba con un sonido chirriante y rasposo como si arañara contra un suelo de cristal. Durante todo este tiempo, el terreno fue haciéndose más elevado, y finalmente, llegaron a una meseta barrida por el viento, que parecía el mismo techo de un mundo agonizante y olvidado. Allí, en la quietud, en el crepúsculo, en el frío, se alzaban solitarios los toscos sillares de un edificio ancho, macizo y sin ventanas rodeado de un círculo de rudos monolitos. En la disposición de aquellos elementos no había nada humano, y Carter dedujo por ciertas referencias que habían llegado al más espantoso y legendario de los lugares: al remoto y prehistórico monasterio donde vive solitario el Gran Sacerdote que no debe ser mencionado, el cual oculta su rostro bajo una máscara de seda y adora a los Dioses Otros y a Nyarlathotep, el caos reptante.

El repugnante pájaro se posó entonces en el suelo, y el hombre de los ojos oblicuos saltó a tierra y ayudó a bajar a su prisionero. Carter comprendía demasiado bien con qué objeto le había apresado; saltaba a la vista que el mercader de ojos oblicuos era agente de potencias más sombrías y deseaba llevar ante sus amos a un mortal cuya presunción había llegado al extremo de pretender llegar a la ignorada Kadath para formular una petición a los Grandes Dioses, en su propio castillo de ónice. Y parecía muy probable que este mercader fuera el causante de su primer rapto, perpetrado por los esclavos de las entidades lunares en Dylath-Leen. Y ahora pretendía seguramente llevar a cabo lo que los gatos habían frustrado la vez anterior: conducir a la víctima hasta el monstruoso Nyarlathotep y contarle con qué

osadía había intentado buscar la desconocida Kadath. La meseta de Leng y la inmensidad fría que se extiende al norte de Inquanok debían de estar muy próximas a los Dioses Otros, y el paso de allí a la ciudad probablemente se encontraría muy custodiado.

El hombre de los ojos oblicuos era menudo, pero el gigantesco pajarraco hipocéfalo estaba allí para que se le obedeciera, de modo que Carter le siguió. Entraron, pues, en el interior del círculo de menhires y cruzaron luego una puerta de arco muy bajo que daba acceso al pétreo monasterio sin ventanas. No había luz en el interior, pero el perverso mercader encendió una lamparita de arcilla adornada con morbosos bajorrelieves, y empujó a su prisionero a través de un laberinto de estrechos pasadizos. En las paredes de aquellos corredores había espantosas escenas pintadas, más antiguas que la historia, y cuyo estilo habría resultado desconocido para cualquier arqueólogo de la tierra. Después de incontables milenios, aún se conservaban frescos los colores, porque el frío y la sequedad de la espantosa Leng permiten la supervivencia de muchas cosas de tiempos primordiales. Carter pudo verlas fugazmente a la luz vacilante de la lámpara, y se estremeció al descubrir lo que tales escenas contaban.

Estos frescos arcaicos relataban los anales de Leng; y en ellos los seres astados con pezuñas y boca inmensa, casi humanos, danzaban perversamente en medio de ciudades olvidadas. Había escenas de antiguas guerras, en las que los seres casi humanos de Leng luchaban contra las arañas hinchadas y purpúreas de los valles vecinos; y había escenas también en las que se narraba la llegada de las negras galeras de la luna, y el sometimiento del pueblo de Leng a los seres poliposos y amorfos que salían de ellas arrastrándose o retorciéndose de manera repugnante. Aquellos seres viscosos de color gris blancuzco habían sido adorados entonces como dioses, y ni un lamento se escapó del pueblo sometido cuando vio cómo se llevaban por docenas a los machos más gordos en las galeras negras. Las monstruosas bestias lunares habían establecido su campamento en una escarpada isla del mar; y Carter pudo deducir de aquellos frescos que dicha isla no era otra que la innominada roca solitaria que había visto cuando navegaba rumbo a Inquanok: la roca maldita que evitaron los marineros de Inquanok, y de la que brotaban perversos aullidos al caer la noche.

Y también representaban las pinturas aquellas el gran puerto y la capital de los seres casi humanos, ciudad portentosa y altiva cuyos pilares se alzaban entre acantilados y muelles de basalto, y cuyos elevados templos y amplias plazas estaban adornadas con estatuas. Tenía jardines inmensos y calles flanqueadas de columnas que conducían desde los acantilados, y de cada una de las seis puertas coronadas por una esfinge, a una inmensa plaza central; y en esta plaza había un par de colosales leones alados custodiando la entrada de una escalera subterránea. Aquellos enormes leones alados estaban representados muchas veces en los frescos, relucientes sus poderosos costados de diorita, a la luz grisácea del crepúsculo durante el día, o bajo la fosforescencia brumosa de las nubes durante la noche. Y a fuerza de pasar por delante de las numerosas pinturas de esta ciudad, Carter comprendió finalmente lo que realmente significaban, y cuál era la ciudad que los seres casi humanos habían gobernado antes de que llegaran las negras galeras. No cabía error alguno, ya que las leyendas del País de los Sueños son abundantes y elocuentes. Aquella ciudad era, con toda seguridad, nada menos que la famosa Sarkomand, cuyas ruinas se blanqueaban al sol desde hacía más de un millón de años, antes de que el primer ser auténticamente humano viera la luz, y cuyos titánicos leones gemelos custodian eternamente las escaleras que descienden del país de los Sueños al Gran Abismo.

En otros paisajes se representaban los desnudos picachos de roca gris que separan la meseta de Leng del país de Inquanok, y en ellos se veían los monstruosos pájaros shantaks, que construyen sus nidos en los rebordes de sus escarpadas laderas. Y también se veían las singulares cavernas que se abren junto a las cumbres de los picos más elevados, mostrándose cómo aun el más atrevido de los shantaks huye despavorido de esas cavernas. Carter las había visto al volar por encima de la cordillera, observando la semejanza que tenían con las del Ngranek. Ahora veía claro que este parecido era más que una mera casualidad, ya que en aquellos cuadros se representaban a sus terribles inquilinos, cuyas alas membranosas, cuernos retorcidos, rabos puntiagudos, zarpas prensiles y cuerpos grumosos no le resultaban extraños en absoluto. Había visto anteriormente esas criaturas rapaces de vuelo silencioso, esos guardianes sin alma del Gran Abismo a quienes temen incluso los Grandes Dioses, cuyo señor no es Nyarlathotep, sino el venerable Nodens. Se trataba de las descarnadas alimañas de la noche, que jamás ríen ni sonríen porque carecen de rostro, y que vuelan sin fin en la oscuridad que se extiende entre el Valle de Pnath y los pasos que dan acceso al trasmundo.

El mercader de los ojos oblicuos empujó entonces a Carter al interior de una gran estancia abovedada cuyos muros estaban revestidos de impíos bajorrelieves; en el centro se abría la boca circular de un pozo, rodeada por seis piedras de altar cubiertas de manchas horrendas. No había la menor luz en aquella cripta maloliente, y la lamparita del siniestro mercader alumbraba tan poco que Carter fue reparando en los detalles muy poco a poco. En el rincón opuesto había un alto estrado de piedra al que se subía por cinco peldaños; y allí, sentada en su trono de oro, se hallaba una pesada figura envuelta en

ropajes de seda amarilla con dibujos en rojo, con el rostro cubierto por una máscara de seda del mismo color. Ante esta figura, el hombre de los ojos oblicuos hizo ciertos signos con las manos; y el que acechaba en las tinieblas respondió alzando entre sus patas vestidas de seda una flauta de marfil y sacando de ella ciertos sonidos repugnantes, bajo su flotante máscara amarilla. Así continuó el coloquio durante un tiempo, y Carter comenzó a encontrar algo repugnantemente familiar en el sonido de aquella flauta y en la fetidez de aquel lugar nauseabundo. Todo aquello le hacía pensar en cierta horrible ciudad iluminada por luces rojas, y en la repugnante procesión que un día desfilara por sus calles. También le recordaba su terrible ascensión por las regiones lunares, interrumpida cuando los fraternales gatos de la tierra se lanzaron en masa a rescatarlo. Carter sabía que la criatura del estrado era sin duda alguna el gran sacerdote indescriptible de quien las leyendas hacen conjeturas tan perversas y depravadas; pero le daba miedo pensar qué clase de criatura sería aquel detestable sacerdote, en realidad.

Entonces, inadvertidamente, la figura de seda descubrió un poco una de sus zarpas grisáceas, y Carter se dio cuenta de quién era el abominable sacerdote. Y en aquel supremo trance, el terror le empujó a hacer algo que su razón jamás se habría atrevido a intentar; porque en su trastornada conciencia sólo había sitio para un único deseo: el de huir de aquella cosa achaparrada encaramada en aquel trono de oro. Sabía que se hallaba rodeado por un laberinto insalvable, y luego por la fría meseta del exterior; sabía que más allá de la meseta aguardaban los perversos pájaros shantaks ; y sin embargo, pese a todo, su espíritu sólo experimentaba la imperiosa necesidad de huir de aquella viscosa monstruosidad vestida de seda.

El hombre de los ojos oblicuos colocó la extraña lámpara sobre uno de aquellos altares cubiertos de horrendas manchas que rodeaban el pozo, y avanzó unos pasos para hablar con el gran sacerdote mediante gestos de manos. Carter, que hasta entonces se había mantenido en una actitud pasiva, dio un tremendo empujón al hombre aquel con toda la furia salvaje de su terror, de suerte que lo precipitó irremediablemente en el pozo, el cual se dice que llega hasta las infernales criptas de Zin, donde los gugos entran a cazar lívidos en las tinieblas. Casi inmediatamente, cogió la lámpara y echó a correr desatado por los laberintos de los frescos, dejando que el azar determinase su camino, y procurando no pensar en los apagados pasos que venían tras él ni en las abominaciones que se retorcían y arrastraban por los tenebrosos corredores.

Unos segundos más tarde lamentó su atolondrada precipitación, y deseó haber huido por los pasadizos de los frescos que viera al entrar. Verdad es que eran éstos tan confusos y se repetían con tanta frecuencia que no le habrían servido de gran ayuda; pero le hubiera gustado intentarlo de todos modos. Los frescos que ahora contemplaba a su paso eran aún más horribles, y precisamente por ello se dio cuenta de que no eran éstos los corredores que conducían al exterior. Unos momentos después observó que no le seguían y aflojó un tanto la marcha; pero apenas había recuperado el aliento, cuando un nuevo peligro le salió al paso. Su lámpara se estaba apagando y no tardaría en verse sumido en espesa negrura, sin la menor señal visible que le pudiera orientar.

Cuando, finalmente, la luz se apagó del todo, Carter continuó a tientas en la oscuridad. Unas veces notaba que el suelo ascendía y otras que bajaba, y en una ocasión vino a tropezar con un peldaño que no tenía ninguna razón aparente de estar allí. Cuanto más se adentraba en el dédalo de pasadizos, más húmedo encontraba el ambiente, y cuando se daba cuenta de que llegaba a una bifurcación o a la entrada de algún pasadizo lateral, escogía siempre el camino de menos pendiente hacia abajo. Estaba convencido, sin embargo, de que había ido bajando a lo largo del trayecto; y el olor del aire soterrado y la costra mugrienta de los muros del suelo le advertían igualmente que estaba descendiendo a las profundidades subterráneas de la malsana meseta de Leng. Pero nada le pudo advertir de lo que le esperaba después: sólo el hecho mismo, súbito, sobrecogedor y fulminante. Durante unos momentos había estado avanzando a tientas y con precaución por un suelo resbaladizo y casi horizontal, cuando, sin previo aviso, se precipitó vertiginosamente por las tinieblas de una galería de pendiente tan pronunciada que casi podía tomarse por un pozo vertical.

Jamás pudo precisar el tiempo que duró aquella espantosa caída, pero a él le pareció que fueron horas enteras de náuseas, de delirio y de éxtasis. Al recobrarse más tarde, se dio cuenta de que estaba en el suelo y que las nubes fosforescentes de la noche boreal resplandecían enfermizas en las alturas. Se encontraba rodeado de murallas derruidas y de columnas truncadas, y el pavimento sobre el cual yacía dejaba crecer la yerba entre sus grietas, fragmentándose en múltiples losas que los arbustos y las raíces habían levantado de su sitio. Detrás de él se elevaba casi verticalmente, hasta perderse de vista, un acantilado de basalto cubierto con repugnantes bajorrelieves, y en cuya parte superior se abría un arco tallado y tenebroso que era por donde acababa él de caer. Ante Carter se extendía una doble fila de pilares, fragmentos y basas de columnas que marcaban el lugar donde antiguamente había existido una amplia calle ahora desaparecida. Por las urnas y fuentes que jalonaban el camino comprendió que, en sus días, esta calle había estado rodeada de parques. Al final, los pilares se abrían en torno a una plaza redonda, y en aquel círculo descollaban, gigantescas, bajo las cárdenas nubes de la noche, un par de

estatuas monstruosas. Se trataba de los inmensos leones alados de diorita, cuyas cabezas grotescas e indemnes se alzaban en las sombras hasta una altura de más de veinte pies, y parecían gruñir con gesto amenazador a las ruinas que les rodeaban. Carter sabía muy bien qué significaban, puesto que la leyenda sólo habla de una pareja de leones como ésta. Se trata sin duda de los imperturbables guardianes del Gran Abismo; por consiguiente, las ruinas pertenecían a la auténtica ciudad primordial de Sarkomand.

Lo primero que hizo Carter fue obstruir la boca de la cueva por donde había caído mediante bloques sueltos y piedras que había por allí. No quería llevar tras de sí a ningún servidor del maligno monasterio de Leng, puesto que por el largo camino que aún tenía delante le acecharían muchos otros peligros. No tenía ni idea de qué dirección tomar para ir de Sarkomand a las regiones habitadas del País de los Sueños. Tampoco sacaría nada en limpio con bajar a las grutas de los gules, pues sabía que éstos no estaban mejor informados que él. Los tres gules que le habían ayudado a atravesar la ciudad de los gugos hasta el mundo exterior, le habían dicho que no sabían regresar por Sarkomand, y que preguntarían el camino a los viejos mercaderes de Dylath-Leen. Mucho menos le gustaba la idea de volver nuevamente al mundo subterráneo de los gugos y arriesgarse una vez más en la torre infernal de Koth, cuyos ciclópeos escalones suben hasta el bosque encantado; pero sabía que no tendría más remedio que hacerlo si fallaban las demás posibilidades. Por la meseta de Leng, al otro lado del solitario monasterio, no se atrevía a regresar sin ayuda de ninguna clase, porque los emisarios del gran sacerdote debían de ser muy numerosos, y al final del viaje tendrían inevitablemente que volver a enfrentarse con los shantaks y quizá con algo más. Si pudiera conseguir alguna embarcación, podría aventurarse por mar hasta Inquanok, poniendo rumbo a aquella roca espantosa y desgarrada que emergía del agua, ya que sabía por las arcaicas pinturas del monasterio que esa horrible roca no se encuentra muy lejos de los muelles basálticos de Sarkomand. Pero encontrar una embarcación en esta ciudad deshabitada desde hacía millones de años era muy poco probable, y no parecía empresa fácil construirse una él mismo.

Por ese cauce iban los razonamientos de Randolph Carter, cuando comenzó a vislumbrar un nuevo peligro. Durante todo este tiempo, mientras caminaba, se había ido desplegando ante sus ojos el vasto cadáver de la legendaria Sarkomand, con sus negras columnas truncadas, sus ruinosas puertas coronadas de esfinges, sus gigantescos monolitos y sus monstruosos leones alados recortándose contra el enfermizo resplandor de las nubes luminosas de la noche. Pero, de pronto, apareció a su derecha un lejano resplandor que no podía provenir de ninguna nube, y Carter comprendió que no se encontraba solo en el silencio de la ciudad muerta. Aquella luz aumentaba y disminuía caprichosamente, parpadeando con verdosos destellos poco tranquilizadores para él. Se aproximó silenciosamente por la calle sembrada de escombros, y a través de las angostas brechas de algunas paredes derruidas descubrió que, cerca de los muelles, había una fogata en torno a la cual se apiñaba una multitud de formas vagas. En todo aquel lugar reinaba una pestilencia mortal; y detrás de la hoguera se extendía el oleaginoso regazo de la dársena, en cuyas aguas flotaba un enorme barco fondeado. Carter se quedó paralizado de terror al ver que se trataba de una de las negras galeras lunares.

Entonces, justo cuando iba a alejarse sigilosamente de aquella hoguera abominable, vio agitarse algo entre las sombras vagas, y oyó un sonido singular e inequívoco: era el amedrentado gemido de un gul, que un momento después se convertía en un verdadero alarido de angustia. Aun cuando se encontraba seguro oculto en la oscuridad de las ruinas, Carter dejó que su curiosidad se sobrepusiera a su temor, y avanzó con suma cautela en lugar de retirarse. Para cruzar la calle se vio obligado a reptar sobre su vientre como una lombriz; después tuvo que caminar de puntillas para no hacer ruido entre los montones de mármoles rotos. Así evitó el ser descubierto, y poco después se encontraba en un lugar seguro detrás de un pilar, desde donde podía espiar cómodamente la escena iluminada por el resplandor verdoso de la hoguera. Allí, en torno a un fuego repugnante alimentado con los tallos detestables de los hongos lunares, estaban sentadas en hediondo círculo los monstruosos batracios de la luna, con sus esclavos casi humanos. Algunos de estos esclavos calentaban las puntas de unas lanzas extrañas en aquellas llamas vacilantes, y cuando estaban al rojo las aplicaban a tres prisioneros sólidamente atados, que se retorcían a los pies de los jefes del grupo. A juzgar por los movimientos de sus tentáculos, Carter dedujo que aquellas bestias lunares de hocico chato estaban disfrutando enormemente con aquel espectáculo, y cuál no sería su horror al reconocer súbitamente aquellos frenéticos alaridos y descubrir que los gules torturados no eran otros que aquellos serviciales camaradas que le habían guiado por el abismo y que luego habían salido del bosque encantado en busca de Sarkomand para regresar a sus profundidades natales.

El número de malolientes bestias lunares reunido junto al verdoso fuego era bastante crecido, y Carter vio que no era posible intentar nada para salvar a sus antiguos aliados. No tenía idea de cómo les habrían capturado, aunque se imaginaba que aquellas blasfemias con cuerpo de sapo les habrían oído preguntar en Dylath-Leen por el camino de Sarkomand, y no desearían que se acercasen demasiado a la espantosa meseta de Leng y al gran sacerdote indescriptible. Durante un rato estuvo meditando lo que

debía hacer, y recordó cuán cerca se encontraba de la entrada del tenebroso reino de los gules. Lo más conveniente, en efecto, era deslizarse hasta la plaza de los leones gemelos y descender sin pérdida de tiempo al abismo, donde evidentemente no encontraría horrores peores que los de arriba, pero donde no tardaría en encontrar algunos gules deseosos de rescatar a sus hermanos y de limpiar aquella negra galera de toda bestia lunar. Se le ocurrió que la entrada, como todas las que dan acceso a los abismos, podía estar custodiada por las descarnadas alimañas de la noche, pero ahora no temía a aquellas criaturas sin rostro. Sabía que estaban ligadas por un solemne pacto a los gules, y el gul que un día fuera Pickman le había enseñado a farfullar la contraseña adecuada.

Así que Carter comenzó de nuevo su marcha silenciosa por entre ruinas, en dirección a la gran plaza central de los alados leones. Era una tarea delicada, pero las bestias lunares estaban agradablemente ocupadas y no oyeron los ruidos y los roces tenues que por dos veces provocó accidentalmente, al tropezar con las piedras esparcidas. Por último, llegó a un lugar abierto y emprendió el camino entre árboles raquíticos y enmarañadas enredaderas que habían crecido por allí. Los gigantescos leones se erguían terribles recortándose contra la luz enfermiza de las fosforescentes nubes nocturnas; pero Carter siguió caminando valerosamente hacia ellos, y luego fue a situarse delante, pues sabía que encontraría allí la imponente abertura que custodian. Aquellas bestias burlonas de diorita estaban sentadas a diez pies una de otra, meditando sobre ciclópeos pedestales cuyas caras ostentaban bajorrelieves aterradores. En el espacio central que quedaba entre ambas, había una especie de terraza pavimentada de baldosas que alguna vez estuvo bordeada de balaustradas de ónice. En mitad de esta terraza se abría un pozo tenebroso. Carter había llegado al pozo cuyos mohosos peldaños de piedra descienden a unas criptas de pesadilla.

Terrible es el recuerdo que en él dejó aquella bajada tenebrosa. Las horas transcurrían una tras otra, mientras Carter giraba y giraba en la interminable espiral de peldaños y escaleras. Tan gastados y estrechos eran los peldaños, y tan resbaladizos por el légamo interior de la tierra, que el viajero no sabía si de un momento a otro perdería pie y se precipitaría en aparatosa caída hasta el fondo del pozo. Tampoco sabía en qué momento le saldrían al paso cayendo sobre él, sin aviso previo, las descarnadas alimañas de la noche, si, efectivamente, había alguna acechando en aquel pasadizo primordial. En torno suyo reinaba un olor sofocante que emanaba de las regiones inferiores, y en sus propios pulmones notaba que el aire de aquellas profundidades no estaba hecho para el género humano. Al cabo de un tiempo sintió una gran torpeza y somnolencia, pero siguió avanzando movido más por un impulso mecánico que por un deseo razonado. Ni siquiera se percató de cambio alguno cuando, de pronto, algo le cogió desde atrás, levantándole del suelo. Llevaba un rato volando a través de aquella atmósfera viciada, cuando las gomosas alimañas de la noche le advirtieron sus malévolos pellizcos que venían a cumplir con su deber.

Despabilado de modo tan violento, vio al fin que se hallaba entre las zarpas viscosas y frías de aquellos seres sin rostro. Afortunadamente, recordó la contraseña de los gules y la pronunció en voz alta como pudo, en medio del viento y los torbellinos de aquel vuelo vertiginoso. Y aunque se dice que las alimañas descarnadas carecen por completo de entendimiento, el efecto fue instantáneo: los pellizcos cesaron inmediatamente y las criaturas de la noche se apresuraron a colocar a su presa en posición más cómoda. Alentado por esta nueva actitud, Carter se decidió a dar algunas explicaciones, hablándoles de la captura y tormento de tres gules a manos de las bestias lunares y de la necesidad de reunir un grupo para ir a rescatarlos. Las descarnadas alimañas, aunque no podían articular palabra, parecieron comprender lo que se les decía y aceleraron su vuelo. De pronto, la espesa negrura se disolvió en el crepúsculo gris de las entrañas de la tierra, y ante ellos apareció una de esas llanuras estériles donde tanto les gusta a los gules sentarse a roer. Las lápidas que por allí había dispersas y los fragmentos de huesos ponían de manifiesto la naturaleza de los pobladores de aquel paraje. Carter lanzó un grito de urgente llamada, y unas veinte madrigueras vomitaron en pocos momentos a todos sus moradores de aspecto perruno. Entonces las descarnadas alimañas de la noche descendieron y depositaron al pasajero en el suelo; después se apartaron un poco y formaron un apretado semicírculo, mientras los gules saludaban al recién llegado.

Carter comunicó rápida y detalladamente su mensaje a la grotesca compañía, y cuatro de los gules partieron inmediatamente a través de las distintas madrigueras para propagar la noticia y reunir un ejército que rescatara a sus hermanos. Después de una larga espera apareció un gul de cierta categoría que hizo una seña significativa a las alimañas descarnadas, y dos de las cuales alzaron el vuelo y se perdieron en la oscuridad. Luego el número de descarnadas alimañas congregadas allí fue aumentando progresivamente, hasta que por último el fangoso suelo de la llanura se vio cubierto por un verdadero enjambre. Entre tanto, nuevos gules emergían de las madrigueras que, chillando con excitación, se iban incorporando a una tosca línea de batalla, no lejos de la muchedumbre de las nocturnas alimañas. Al poco rato apareció aquel orgulloso e influyente gul que un día fuera el artista Richard Pickman de Boston, y Carter le relató minuciosamente lo sucedido. El Pickman de otro tiempo, complacido de saludar

nuevamente a su antiguo amigo, se mostró luego muy impresionado; y sostuvo una conferencia con los demás jefes, apartados de la creciente multitud.

Finalmente, después de pasar atenta revista a las filas, todos los jefes allí reunidos comenzaron a dar órdenes a la muchedumbre de gules y alimañas descarnadas que se habían congregado. En seguida partió un nutrido destacamento de cornudos voladores, y el resto se dividió en parejas, que se arrodillaron con las patas delanteras extendidas, en espera de que los gules se fueran acercando de uno en uno. Cuando cada gul llegaba a las dos descarnadas alimañas que le habían asignado, éstas le tomaban entre las dos y desaparecían veloces en la oscuridad; hasta que por último desapareció toda la multitud, excepto Carter, Pickman y los demás jefes, y unas pocas parejas de descarnadas alimañas. Pickman explicó que las descarnadas alimañas de la noche constituyen la vanguardia y, a la vez, los corceles de guerra de los gules, y que el ejército iba a salir por Sarkomand para enfrentarse a las bestias lunares. Luego, Carter y los horribles jefes se dirigieron a las alimañas portadoras, siendo izados por sus zarpas pegajosas y húmedas. Un momento más tarde giraban todos en el viento y las tinieblas, subiendo, y subiendo, y subiendo interminablemente, hasta llegar a la entrada de los leones alados y las ruinas espectrales de la arcaica Sarkomand.

Cuando al fin Carter se encontró bajo la luz enfermiza del cielo nocturno de Sarkomand, fue para contemplar la gran plaza central bullendo de gules y alimañas descarnadas dispuestos a luchar. El día no tardaría en despuntar, pero era tan numeroso el ejército, que no habría necesidad de sorprender al enemigo. El resplandor verdoso de la hoguera junto al muelle todavía temblaba débilmente, pero la ausencia de gritos daba a entender que la tortura de los prisioneros había concluido de momento. Susurrando instrucciones en voz muy baja a sus monturas y a la bandada de alimañas descarnadas que iban sin jinete, los gules se alzaron en enormes columnas aleteantes y sobrevolaron las ruinas desérticas en dirección al maldito resplandor. Carter iba ahora junto a Pickman, en la primera fila de gules, y vio cómo se acercaban al nauseabundo campamento donde las bestias lunares descansaban completamente confiadas. Los tres prisioneros yacían atados en el suelo, inmóviles junto a la hoguera, mientras sus apresores de cuerpo de sapo habían caído vencidos por el sueño desordenadamente. Los esclavos casi humanos también estaban dormidos, descuidando su deber de centinelas, que en estas regiones debió de parecerles meramente rutinario.

Por fin, los gules y sus alados portadores se lanzaron súbitamente en picado y, antes de que se oyese el menor ruido, cada una de aquellas blasfemias con aspecto de sapo fue atrapada por un grupo de alimañas descarnadas. Las bestias lunares carecían, naturalmente, de voz; pero ni siquiera los esclavos tuvieron tiempo de gritar antes de que las gomosas extremidades de las descarnadas alimañas los redujeran al silencio. Fueron horribles las contorsiones de aquellas anormalidades gelatinosas, mientras las sarcásticas alimañas descarnadas las atenazaban; pero nada podían hacer frente a la fuerza de aquellos miembros negros y prensiles. Cuando una de las bestias lunares se agitaba con demasiada violencia, una alimaña descarnada le echaba encima sus extremidades tentaculares, lo cual parecía producir en la víctima un dolor tal, que en seguida dejaba de forcejear. Carter había esperado ver una gran matanza, pero no tardó en comprobar que los gules tenían planes más arteros. Dieron órdenes tajantes a las bestias descarnadas, y éstas se limitaron a sujetar a sus prisioneros, que fueron transportados en silencio al Gran Abismo para ser distribuidas equitativamente entre los dholes, los gugos, los lívidos y demás moradores de las tinieblas, cuyas formas de alimentación suelen ser bastante dolorosas para sus víctimas. Mientras tanto, los tres gules habían sido liberados y consolados por los vencedores, quienes revisaban, además, los alrededores por si quedaba alguna bestia lunar, y abordaban la galera negra y pestilente, amarada de costado al muelle, para asegurarse de que no se les había escapado ningún enemigo. Indudablemente, los habían capturado a todos, puesto que no pudieron distinguir el menor signo de vida en parte alguna. Carter, deseoso de conservar un medio de transporte para llegar a las demás regiones del País de los Sueños, pidió que no hundieran la galera; petición que fue concedida de buena gana en agradecimiento por haberles comunicado la apurada situación de los tres prisioneros. En el barco encontró objetos y ornamentos muy extraños, algunos de los cuales arrojó Carter al mar.

Los gules y las descarnadas alimañas de la noche formaron luego grupos separados, y los primeros pidieron a sus compañeros rescatados que contaran todo lo que les había sucedido. Al parecer, los tres habían seguido las indicaciones de Carter, y se dirigieron al bosque encantado de Dylath-Leen, siguiendo el curso del Nir y del Skai. Robaron ropas humanas en una granja y trataron de adoptar lo mejor posible la forma de andar de los hombres. En las tabernas de Dylath-Leen, sus maneras grotescas y sus rostros perrunos habían suscitado muchos comentarios, pero ellos siguieron preguntando por el camino de Sarkomand, hasta que, por último, un anciano viajero pudo orientarles. Entonces se enteraron de que sólo había un barco que podía llevarles: el que hacía la ruta de Lelag-Leng, de modo que se dispusieron a aguardar pacientemente la llegada de ese buque.

Pero los malvados espías se habían enterado de todo, y poco después entraba en puerto una galera negra; y los mercaderes de rubíes de boca inmensa invitaron a los gules a beber en una taberna. Sacaron vino de una de sus siniestras botellas toscamente talladas en un único rubí; y después los gules no supieron más, sino que estaban prisioneros en la negra galera, como le había ocurrido a Carter. En esta ocasión, sin embargo, los invisibles remeros no pusieron proa a la luna, sino a la antigua Sarkomand, con la idea de llevar a los cautivos ante la presencia del gran sacerdote indescriptible. Tocaron la desgarrada roca del mar del norte que los marineros de Inquanok evitan siempre, y los gules vieron allí por vez primera a los rojos dueños del barco, poniéndose enfermos -a pesar de su propia insensibilidad- ante tal exceso de maligna deformidad y nauseabunda fetidez. Allí presenciaron también las ignominiosas diversiones de la guarnición de bestias lunares, descubriendo que tales diversiones eran las que daban lugar a esos aullidos nocturnos que tanto miedo provocaban en los hombres. Después atracaron en la ruinosa Sarkomand y comenzaron las torturas que habían terminado con el providencial rescate.

Pasaron a discutir nuevos planes, y los tres rescatados se mostraron partidarios de hacer una incursión en la roca desgarrada para exterminar a toda la guarnición de sapos lunares que allí había. Las descarnadas alimañas se opusieron a ello, sin embargo, ya que la perspectiva de volar sobre el agua no les agradaba en absoluto. La mayoría de los gules aprobaron la idea, pero no sabían cómo llevarla a cabo sin la ayuda de las alimañas descarnadas de la noche. Entonces Carter, viendo que no sabían navegar en la galera atracada, se ofreció a enseñarles a manejar las grandes filas de remos, a lo cual accedieron los gules de buena gana. Había amanecido el día gris y, bajo aquel cielo plomizo del norte, subió a bordo de la pestilente galera un destacamento de gules, cada uno de los cuales ocupó su puesto en la bancada de remeros. Carter observó en ellos cierta aptitud para aprender. Antes de que anocheciera habían dado tres vueltas de prueba alrededor del puerto. Hasta tres días después, sin embargo, no se consideraron en condiciones para intentar la expedición de conquista. Al tercer día, los remeros ocuparon sus puestos, las descarnadas alimañas se apiñaron en el castillo de proa, y la expedición se hizo finalmente a la mar. Pickman y otros jefes se reunieron en cubierta y discutieron los planes de abordaje y ataque.

Aquella misma noche oyeron ya los aullidos procedentes de la roca. Y tales eran sus acentos, que toda la tripulación de la galera se estremeció visiblemente; pero los que más temblaban eran los tres gules rescatados, pues sabían muy bien lo que significaban aquellos alaridos. Decidieron no intentar el ataque por la noche, así que mantuvieron el barco al pairo bajo la fosforescencia de las nubes, a la espera de que rompieran las grises claridades del día. Cuando la luz se hizo algo más clara y enmudecieron los alaridos, los remeros reanudaron su boga y la galera se fue acercando a la roca desgarrada, cuyas cimas graníticas se hincaban fantásticamente en el cielo apagado. Los costados de la roca eran muy escarpados; pero en numerosos salientes podían verse las combadas paredes de unas extrañas viviendas sin ventanas, así como los antepechos que protegían los altos caminos roqueros. Jamás se había acercado tanto a aquel lugar un barco tripulado por algún ser humano; al menos, ninguno se había acercado tanto y había vuelto a navegar después. Pero Carter y los gules no tenían miedo, y estaban firmemente decididos a seguir adelante. Dieron un rodeo hacia la cara oriental de la roca, en busca de los muelles que, según el trío de gules rescatados, se hallaban al sur, en el interior de un puerto natural formado por dos abruptos morros acantilados.

Aquellos promontorios eran verdaderas prolongaciones de la isla, y se adentraban en el mar tan próximos uno de otro, que entre ellos sólo cabía la eslora de un barco. Al parecer, no había nadie vigilando en el exterior, de modo que la galera enfiló osadamente hacia aquel escarpado canal y entró en las aguas pútridas y estancadas del puerto. Aquí, sin embargo, todo era bullicio y actividad: había varios barcos fondeados a lo largo de un repugnante muelle de piedra, y decenas de esclavos casi humanos y bestias lunares pululaban por los embarcaderos transportando banastas y cajones o conduciendo innominados y fabulosos horrores aparejados a pesados carruajes. Por encima de los muelles había un poblado de piedra tallado en un acantilado vertical, y de él arrancaba un camino sinuoso que ascendía en espiral hasta perderse de vista entre los salientes de la roca. Nadie podía decir qué secreto guardaría en su interior el prodigioso pico de granito que coronaba la isla, pero las cosas que se veían en el exterior distaban mucho de ser alentadoras.

Al ver la galera que entraba, la multitud que había en los muelles dio muestras de gran ansiedad. Los que tenían ojos se quedaron mirando intensamente con la mirada fija, y los que no los tenían agitaron sus sonrosados tentáculos con expectación. Por supuesto, nadie se había percatado de que la negra embarcación había cambiado de manos, porque los gules se parecen mucho a los cornudos esclavos casi humanos, y las alimañas descarnadas estaban todas ocultas bajo cubierta. Para entonces, los jefes habían trazado ya su plan, que consistía en soltar las alimañas descarnadas tan pronto como arrimaran el costado al muelle, y zarpar al instante, confiando enteramente el asunto a los instintos de aquellas criaturas casi desprovistas de entendimiento. Una vez desembarcados, lo primero que harían aquellos astados seres voladores sería atrapar cualquier cosa viviente que encontraran; después no pensarían absolutamente en

nada, sino que, llevados por su instinto de retorno, olvidarían su temor al agua y regresarían velozmente al Abismo con sus presas nauseabundas, a las que darían un destino conveniente allá en las tinieblas, de donde poca cosa sale con vida.

El gul que fuera Pickman bajó a la bodega y dio unas breves instrucciones a las descarnadas alimañas de la noche, en tanto que el barco casi tocaba ya los ominosos y malolientes muelles. De pronto, una nueva agitación se manifestó a lo largo del puerto. Carter se dio cuenta de que el movimiento de la galera comenzaba a suscitar sospechas. Era evidente que el timonel no dirigía la embarcación hacia el muelle adecuado, y probablemente los mirones habían notado ya la diferencia entre los horribles gules y los esclavos casi humanos cuyos puestos ocupaban. Seguramente dieron una alarma silenciosa, porque casi en seguida empezó a acudir una horda mefítica de bestias lunares procedentes de las casas sin ventanas o del camino serpenteante de la derecha. Una lluvia de extrañas jabalinas cayó sobre la galera cuando su proa tocó el muelle, matando a dos gules e hiriendo ligeramente a otro; pero en ese momento se abrieron todas las escotillas de par en par, y exhalaron una nube negra de aleteantes alimañas descarnadas que se lanzaron sobre el poblado como un enjambre de gigantescos murciélagos astados.

Las gelatinosas bestias lunares se habían armado de grandes pértigas y trataban de alejar el barco invasor, pero cuando las descarnadas alimañas de la noche cayeron sobre ellas, no pensaron más en eso. Fue un espectáculo sobrecogedor ver cómo se divertían aquellos seres gomosos y sin rostro, y era tremendamente impresionante contemplar cómo la espesa nube que formaban se desparramaba por el pueblo y sobre la sinuosa carretera que se perdía en las alturas. A veces, un grupo de estos negros seres voladores dejaba caer por error a su voluminoso prisionero lunar desde una altura enorme, y la forma con que reventaba al chocar contra el suelo era de lo más desagradable para la vista y el olfato. Cuando la última alimaña descarnada hubo abandonado el barco, los jefes dieron orden de alejarse, y los remeros iniciaron una boga silenciosa, saliendo del puerto entre los grises cabos, mientras en el pueblo continuaba el caos de la batalla.

El gul Pickman concedió a las descarnadas alimañas varias horas para que sus rudimentarios entendimientos desecharan todo temor a volar sobre el agua y mantuvo la galera a una milla de la costa desgarrada, curando las heridas de los gules alcanzados por las jabalinas. Cayó la noche, y el crepúsculo gris dio paso a la enfermiza fosforescencia de las nubes bajas; y durante todo este tiempo los jefes no apartaron la vista de los elevados picos de aquel peñón maldito, por si veían volar a las descarnadas alimañas de la noche. Hacia el amanecer se vio revolotear tímidamente una mancha oscura por encima del pico más alto, y poco después la mancha se había convertido en un verdadero enjambre. Justo antes de romper el día, el enjambre pareció extenderse, y un cuarto de hora más tarde se disipó en la lejanía, en dirección nordeste. Una o dos veces pareció caer algo desde la confusa bandada al mar, pero Carter no lo lamentó, porque sabía por propias observaciones que las bestias lunares no saben nadar. Finalmente, cuando los gules comprendieron que todas las descarnadas alimañas se habían marchado hacia Sarkomand y el Gran Abismo con su cargamento predestinado, la galera puso proa nuevamente hacia el puerto, pasó entre los cabos grisáceos, y toda la horrible tripulación bajó a tierra y deambuló curioseando por la roca desnuda, por sus torres y viviendas, y por sus fortificaciones cortadas en la piedra viva.

Horribles fueron los secretos que descubrieron en aquellas criptas malignas y ciegas, ya que los restos de sus interrumpidas diversiones eran abundantes y se hallaban en distintos grados de consumación. Carter apartó varias entidades que en cierto modo estaban vivas aún, y huyó presurosamente de otras sobre las que no estaba muy seguro de lo que se trataban. Las pestilentes viviendas estaban provistas en su mayoría de taburetes y bancos tallados en madera de árbol lunar, y sus paredes estaban decoradas con unos dibujos insensatos e indescriptibles. Había innumerables armas, herramientas y adornos por todas partes, y también algunos ídolos de gran tamaño, tallados en sólido rubí, que representaban a unos seres extraños jamás vistos en la tierra. Pese a su valor material, no invitaban a apropiárselos ni a seguir mirándolos por más tiempo, y Carter se tomó el trabajo de destrozar cinco de ellos y reducirlos a añicos. En cambio recogió las lanzas y jabalinas esparcidas, que, con la aprobación de Pickman, distribuyó entre los gules. Tales armas eran nuevas para estos seres corredores y perrunos, pero la relativa sencillez de su uso les facilitó su manejo después de unas breves indicaciones.

En las partes más elevadas de la roca había más templos que viviendas, y en muchas cámaras excavadas en la piedra encontraron ciertos altares esculpidos de aspecto terrible, sobre los cuales había cuencos de dudosas manchas y santuarios destinados a adorar a unos seres aún más monstruosos que los dioses inexorables que reinan sobre Kadath. Del fondo de un gran templo arrancaba un pasadizo bajo y oscuro, por donde se introdujo Carter con una antorcha en la mano, que iba a desembocar en un inmenso recinto abovedado cuyos muros estaban adornados con unos relieves demoníacos. En el centro de este recinto descubrió la abertura de un pozo profundo y hediondo como el que viera en el horrible monasterio de Leng, en el salón donde mora solitario el gran sacerdote indescriptible. En la oscuridad lejana, al otro lado del pozo nauseabundo, le pareció vislumbrar un extraño postigo de bronce; pero, sin saber por qué,

experimentó un indecible terror ante la idea de abrirlo o aun acercarse a él, por lo que se apresuró a volver junto a sus poco agraciados compañeros que andaban vagando con una tranquilidad y despreocupación que a él le era imposible compartir. Los gules también habían descubierto las inacabadas diversiones de las bestias lunares y las habían aprovechado a su manera. Habían encontrado también un tonel del poderoso vino lunar y se lo llevaban rodando hacia los muelles para cargarlo y emplearlo en sus negocios diplomáticos; pero el trío de gules rescatados, recordando el efecto que les había producido ese brebaje en Dylath-Leen, aconsejaron a sus compañeros que no lo probaran. En uno de los sótanos que había junto al agua descubrieron un gran almacén de rubíes de las minas lunares, unos pulidos y otros sin trabajar; pero cuando los gules comprobaron que no servían para comer, perdieron todo interés por ellos. Carter no quiso llevarse ninguno porque sabía demasiadas cosas de las criaturas que los habían extraído y labrado.

De pronto, se oyó la voz excitada de los centinelas que habían quedado en los muelles y los inmundos carroñeros interrumpieron sus ocupaciones para mirar hacia el mar y ponerse en marcha hacia el puerto. Una nueva galera avanzaba veloz por entre los cabos grisáceos, y los seres casi humanos que iban a cubierta tardaron muy poco en darse cuenta de que la isla había sido saqueada, dando la alarma a las monstruosas entidades que remaban abajo. Por fortuna, los gules llevaban todavía las jabalinas y las lanzas que entre ellos había distribuido Carter. Y éste, apoyado por el gul que un día se llamara Pickman, ordenó formar en línea de batalla para evitar que el barco atracara. En la nueva galera se observó entonces un repentino movimiento de excitación, lo que le hizo comprender a Carter que la tripulación entera se había dado cuenta de que las cosas en el puerto no marchaban como ellos habrían esperado, y la repentina detención del barco mostraba claramente que se habían percatado del gran número de gules desembarcados. Tras un momento de duda, la galera recién llegada dio la vuelta en silencio y volvió a cruzar los cabos, pero los gules no pensaron ni por un momento que el peligro había quedado conjurado. La tenebrosa embarcación iría en busca de refuerzos, o quizá su tripulación intentaría desembarcar en algún otro punto de la isla; por ello, se envió a la cima un grupo expedicionario para ver cuál era el rumbo que tomaba el enemigo.

Muy pocos minutos después regresó precipitadamente un gul anunciando que las bestias lunares y los casi humanos estaban desembarcando por la parte de afuera de los morros, más hacia oriente, y que subían por caminos ocultos y salientes de la roca que a una cabra le resultarían casi impracticables Inmediatamente después, la galera fue vista otra vez cruzando por delante del angosto canal, pero sólo fue cuestión de un segundo. Unos momentos más tarde, un segundo mensajero llegó jadeante de arriba para decir que otro grupo estaba desembarcando en el otro morro; esta vez el número de los que desembarcaban era muy superior a los que aparentemente cabían en la galera. Y el propio barco, movido con lentitud por una diezmada fila de remos, avanzó entre los acantilados y entró en el fétido puerto como para presenciar la refriega e intervenir si fuera necesario.

Entre tanto, Carter y Pickman habían dividido a los gules en tres grupos, de los cuales dos se enfrentarían a cada una de las dos columnas invasoras y el tercero permanecería en el poblado. Los dos primeros grupos se apresuraron a trepar por las rocas, cada uno en su respectiva dirección, mientras el tercero se subdividía en dos partes, una destinada a tierra y otra al mar. La del mar, mandada por Carter, subió a bordo de la galera apresada y zarpó en busca de la otra, que a la vista de esta maniobra retrocedió por el canal y salió a mar abierto. Carter no la persiguió inmediatamente porque sabía que podían necesitarle con más urgencia en el poblado.

Mientras, los tres destacamentos de bestias lunares y casi humanos habían llegado a lo alto de los morros, y sus siluetas se perfilaban espantosas en ambos lados contra el cielo gris del atardecer. Las flautas infernales de los invasores habían comenzado a gemir, y el efecto general de aquellas procesiones híbridas y semiamorfas era tan nauseabundo como el hedor que efectivamente emanaba de aquellas blasfemias de cuerpo de sapo procedentes de la luna. Luego entraron en escena los dos grupos de gules, recortándose también en lo alto de las rocas. Empezaron a volar las jabalinas desde ambos lados; y los aullidos de los gules y los bestiales alaridos de los casi humanos se unieron progresivamente al gemido infernal de las flautas, formando una baraúnda demencial y caótica. A cada paso caían cuerpos por los estrechos precipicios de ambos acantilados, yendo a parar al mar abierto o a las aguas estancadas de la dársena, en cuyo caso eran absorbidos rápidamente hacia el fondo por ciertas entidades submarinas cuya presencia solamente delataban las prodigiosas burbujas que dejaban escapar.

Durante una media hora, esta batalla se desarrolló con increíble ferocidad, hasta que los invasores fueron completamente liquidados en el acantilado de poniente. En el morro oriental, sin embargo, donde parecía estar presente el jefe de las bestias lunares, los gules no lo estaban pasando tan bien y retrocedían lentamente buscando la protección de las laderas. Pickman envió rápidamente refuerzos a este frente con el grupo del poblado que tanto había ayudado durante la primera fase del combate. Después, cuando hubo terminado la lucha en el lado oeste, los victoriosos supervivientes

corrieron en auxilio de sus atribulados compañeros, forzando al enemigo a retroceder por la estrecha cresta del morro. Los casi humanos habían caído ya todos, pero el último de los horrores batrácicos luchaba desesperadamente y se defendía con las lanzas que empuñaba con sus poderosas y repugnantes patas. Había pasado la ocasión de emplear las jabalinas, y la lucha se convirtió en un duelo cuerpo a cuerpo en el que, por la estrechez de la cresta, no podían atacar a un tiempo más que unos pocos lanceros.

A medida que aumentaba la furia y el arrojo, aumentaba también el número de los que caían al mar. Los que iban a parar a las aguas del puerto encontraban una muerte innominada en las fauces de aquellas criaturas invisibles y burbujeantes; pero los que caían al mar abierto podían nadar hasta el pie del acantilado y agarrarse en los escollos. Por su parte, la galera del enemigo recogía las bestias lunares que podía. El acantilado era prácticamente inabordable, excepto por donde los monstruos habían desembarcado, de forma que a los gules que volvían del mar les fue imposible llegar al frente de la batalla y se quedaron en los escollos. Algunos de ellos cayeron bajo las jabalinas de la galera contraria o de las bestias lunares que estaban en lo alto del promontorio, pero los demás sobrevivieron y pudieron ser rescatados. Cuando el triunfo de los gules se vio seguro, la galera de Carter salió de entre los cabos y se dirigió hacia el barco enemigo que estaba en mar abierto, deteniéndose a recoger a los gules que se habían agarrado a los escollos o nadaban aún en el océano. Varias bestias lunares que se habían refugiado en las rocas o en los arrecifes fueron rápidamente puestas fuera de combate.

Por último, cuando la galera de bestias lunares se hubo puesto a salvo alejándose de allí, y los enemigos desembarcados se hubieron concentrado en un solo punto, Carter hizo saltar una fuerza considerable al morro oriental, a espaldas del enemigo. Gracias a esta maniobra, la lucha fue efectivamente breve. Atacados en dos frentes, las fétidas entidades, ya vacilantes, fueron inmediatamente despedazadas o precipitadas al mar. Por fin, hacia el atardecer, los jefes de los gules comprobaron que el islote había quedado otra vez limpio de enemigos. La galera adversaria, entretanto, había desaparecido. Decidieron que lo más prudente sería abandonar la roca maligna, antes de que los horrores lunares consiguieran reclutar una horda numerosa y se lanzaran sobre ellos de nuevo.

De este modo, pues, llegó la noche. Pickman y Carter reunieron a todos los gules y les pasaron revista cuidadosamente, descubriendo que habían perdido más de la cuarta parte de sus efectivos en la refriega del día. Colocaron a los heridos en las literas del barco, ya que a Pickman le repugnaba la costumbre que tenían los gules de rematar y comerse a sus propios heridos, y los individuos disponibles fueron asignados a los remos o a los puestos en que pudieran ser más útiles. Bajo la fosforescencia de las nubes nocturnas, la galera se hizo a la mar, y Carter sintió el gran alivio de abandonar aquel islote de abominables misterios donde descubriera aquel recinto abovedado que tenía un pozo sin fondo y una repugnante puerta bronce, que tanto había inquietado a su imaginación. El día sorprendió al barco frente a los ruinosos muelles basálticos de Sarkomand, donde, como centinelas, aguardaban todavía algunas descarnadas alimañas de la noche. En lo alto de las columnas truncadas y de las esfinges erosionadas de aquella espantosa ciudad que había vivido y muerto antes de aparecer el hombre sobre la tierra, las descarnadas alimañas velaban como negras gárgolas y fantásticas quimeras.

Los gules montaron su campamento entre las rocas derruidas de Sarkomand y despacharon a un mensajero con la misión de traer suficientes alimañas descarnadas para transportarles por los aires. Pickman y los demás jefes se mostraron efusivamente agradecidos por la ayuda que Carter les había prestado, y éste se dio cuenta de que sus planes iban efectivamente por buen camino, puesto que ahora podría pedir ayuda a sus repugnantes aliados no sólo para salir de la región del país de los Sueños en que se hallaban, sino también para emprender su última expedición en busca de los dioses que reinan sobre la desconocida Kadath y la maravillosa ciudad del sol poniente que tan extrañamente disipaban ellos de sus sueños. Por consiguiente, habló de estas cuestiones a los jefes de los gules y les dijo lo que sabía de la fría inmensidad donde se encuentra Kadath y de sus centinelas: tanto de los monstruosos shantaks como de las montañas esculpidas en forma de figuras bicéfalas. También les habló del miedo que los pájaros shantaks sienten por las descarnadas alimañas de la noche, y de cómo estos inmensos pájaros hipocéfalos salen chillando de sus negras madrigueras excavadas en lo alto de los picos desnudos y grises que separan el país de Inquanok de la odiosa meseta de Leng. Les habló asimismo de lo que había averiguado sobre las descarnadas alimañas de la noche en los frescos del monasterio del gran sacerdote indescriptible, y de cómo eran temidas incluso por los Grandes Dioses, y cómo su señor no era el caos reptante Nyarlathotep, sino el venerable e inmemorial Nodens, señor del Gran Abismo.

Carter contó todas estas cosas en el lenguaje de los gules allí reunidos, y luego les expuso a grandes rasgos la ayuda que tenía intención de solicitarles, no pareciéndole abusiva considerando los servicios que acababa de prestar últimamente a los perrunos y cartilaginosos carroñeros. Les pidió vivamente que le facilitaran los servicios de un número suficiente de alimañas descarnadas para sobrevolar el reino de los shantaks y las montañas esculpidas, y llevarle a la inmensidad fría, más allá de los últimos puntos alcanzados por los mortales más osados. Quería volar hasta el castillo de ónice que

domina desde lo alto la desconocida Kadath de la inmensidad fría, y presentarse ante los Grandes Dioses para pedirles ese acceso a la ciudad del sol poniente que Ellos le denegaban. Estaba seguro de que las descarnadas alimañas de la noche podrían llevarles hasta allí sin dificultades, sobrevolando los peligros que acechan en la llanura y aquellas horribles figuras bicéfalas esculpidas en la montaña que hacen de eternos centinelas en la penumbra gris. Gracias a las descarnadas criaturas astadas y sin rostro, no correría peligro alguno, puesto que eran temidas incluso por los Grandes Dioses. Y aun cuando surgiera cualquier dificultad inesperada por parte de los Dioses Otros, los cuales acostumbran a inmiscuirse en los asuntos de los benignos dioses de la tierra, las descarnadas alimañas no tendrían por qué preocuparse, ya que los infiernos exteriores son totalmente inocuos para unos seres voladores, mudos y silenciosos como ellos, cuyo amo y señor no es Nyarlathotep sino el poderoso arcaico Nodens. Un bando de diez o quince alimañas descarnadas sería sin duda suficiente, según Carter, para disuadir a los shantaks de cualquier intervención. Acaso fuera también conveniente llevar consigo algunos gules para dirigirlas, ya que los gules las conocen mejor que los hombres. La expedición podía dejarle a él en el interior del recinto amurallado de aquella fabulosa ciudadela de ónice, y esperar después a que regresara por la noche o les diese alguna señal. Mientras tanto, iría él a orar ante los dioses de la tierra. Si alguno de los gules se decidiera a escoltarle hasta el salón del trono de los Grandes Dioses, él se lo agradecería infinitamente, ya que la presencia de los gules podría añadir más peso e importancia a su petición. Pero Carter no quería insistir en este detalle; únicamente pedía que le transportaran primero a la desconocida Kadath, y después a la última etapa de su destino, que sería la maravillosa ciudad del sol poniente, en el caso de que los Grandes Dioses accedieran a concederle su favor, o las Puertas del Sueño Profundo, en el bosque encantado, si sus súplicas resultaban vanas.

Mientras Carter hablaba, los gules todos escuchaban con gran interés, y a medida que pasaba el tiempo, el cielo se iba oscureciendo con las nubes de alimañas descarnadas que los mensajeros habían ido a buscar. Las aladas criaturas se posaron en semicírculo alrededor del ejérrcito de gules, y aguardaron respetuosamente mientras sus perrunos cabecillas estudiaban la petición del viajero terrestre. El gul que un día fuera Pickman habló gravemente con sus compañeros, y al final ofreció a Carter mucho más de lo que él esperaba. Ya que Carter había ayudado a los gules en su lucha contra las bestias lunares, ellos le ayudarían en su atrevido viaje a las regiones de donde nadie ha regresado jamás; y no le transportarían sólo unas cuantas alimañas descarnadas, sino todo el ejército allí congregado: los gules veteranos de guerra y las alimañas descarnadas recién llegadas de refresco. Sólo quedaría en los muelles de Sarkomand una pequeña guarnición para custodiar la negra galera y el botín capturado en la roca desgarrada. Emprenderían el vuelo en el momento que dijera Carter, y una vez llegados a Kadath, le escoltaría un numeroso séquito de gules mientras él exponía su petición a los dioses de la tierra, en su palacio de ónice.

Conmovido por una gratitud y satisfacción indescriptibles, Carter trazó los planes de este viaje audaz con los jefes de los gules. Decidieron que el ejército volaría muy alto por encima de la espantosa meseta de Leng, de su innominado monasterio y de sus perversos poblados de piedra. Se detendrían sólo en las inmensas cumbres grises para exigir información a los atemorizados shantaks, cuyas madrigueras convierten los picos más altos en verdaderas colmenas. Después, de acuerdo con la información obtenida de estos moradores de la altura, eligirían la ruta final y se acercarían a la desconocida Kadath a través del desierto de las montañas esculpidas, al norte de Inquanok, o bien se remontarían a regiones más septentrionales de la propia meseta de Leng. Perrunos unos y desalmadas otras, a los gules y a las alimañas descarnadas no les asusta lo que puedan descubrir en esos desiertos jamás hollados, ni tampoco experimentan pavor alguno ante la idea de la egregia y solitaria Kadath con su misterioso castillo de ónice.

Hacia mediodía, los gules y las descarnadas alimañas se dispusieron a emprender el vuelo; cada gul escogió la pareja de portadores que más le convenía. Carter fue colocado a la cabeza de la columna, junto a Pickman; y delante de todos, a modo de vanguardia, se constituyó una doble fila de descarnadas alimañas de la noche. A una voz de Pickman, el horrible ejército se alzó como una nube de pesadilla por encima de las rotas columnas y las esfinges ruinosas de la primordial Sarkomand, y se fue elevando más y más, hasta rebasar incluso la gran vertiente de basalto que se erguía tras la ciudad. Ante ellos fueron apareciendo los alrededores de la fría, estéril altiplanicie de Leng. Y aún más, se remontó la oscura hueste voladora, hasta que esta misma altiplanicie comenzó a empequeñecerse por debajo de ellos; y cuando tomaron rumbo hacia el norte y sobrevolaron la espantosa meseta que el viento barría, Carter vio de nuevo, con un escalofrío de horror, el círculo de toscos monolitos y el chato edificio sin ventanas que, como él sabía muy bien, cobijaba a aquella blasfemia enmascarada de seda, de cuyas garras había escapado tan milagrosamente. Esta vez no descendieron cuando el ejército cruzó como una bandada de murciélagos por encima del desolado paisaje, iluminado por el débil resplandor de las hogueras, ni se pararon a observar las morbosas contorsiones de los astados seres casi humanos que allí danzan y tañen

sus instrumentos sin descanso. Una de las veces vieron un shantak que volaba bajo, planeando sobre la llanura; pero cuando éste los descubrió; soltó un chillido estremecedor y se alejó alocadamente hacia el norte, preso de un pánico indescriptible.

Al oscurecer, llegaron a los agrestes picos grises que forman la barrera de Inquanok y revolotearon en torno a esas cuevas que se abren junto a las cimas a las que tanto temen los shantaks. Ante los gritos insistentes de los jefes de los gules, brotó de cada madriguera una riada de negras alimañas astadas que luego se comunicaron con los gules y con sus monturas por medio de gestos repugnantes. Tras una breve deliberación, se llegó a la conclusión de que lo mejor sería dirigirse a la inmensidad fría por el norte de Inquanok, ya que el acceso por la meseta de Leng estaba plagado de trampas invisibles bastante desagradables aun para las descarnadas alimañas de la noche. Había, además, ciertos edificios semiesféricos construidos sobre unas lomas extrañas, sobre los cuales se concentran influencias del abismo que la tradición popular relaciona con los Dioses Otros y el caos reptante Nyarlathotep.

Las roqueras alimañas de la noche no sabían nada de Kadath, salvo que podía tratarse de cierta ciudad maravillosa e imponente que había más al norte, custodiada por shantaks y montañas esculpidas. Aludieron a ciertas anormalidades desproporcionadas que existían por aquellas regiones jamás holladas, y recordaron vagas alusiones sobre un reino donde la noche impera eternamente; pero no pudieron aportar ningún dato concreto. Así que Carter y sus compañeros les dieron las gracias y, cruzando los más elevados picos de Granito que se alzan en los cielos de Inquanok, descendieron después bajo las fosforescentes nubes de la noche para contemplar de lejos esas terribles gárgolas que habían sido montañas, hasta que una mano gigantesca y terrible esculpiera en ella la imagen del terror.

Sentadas sobre sus patas traseras, formaban un semicírculo infernal. Sus bases se hundían en la arena del desierto y sus mitras traspasaban las nubes luminosas. Eran siniestras sus formas de lobos bicéfalos y sus rostros airados, así como sus manos derechas levantadas en gesto amenazador. Hoscas y malignas, vigilaban los confines del mundo de los hombres y custodiaban las fronteras del frío mundo del norte en donde no existen los seres humanos. De sus entrañas espantosas surgieron los perversos shantaks, grandes como elefantes, pero huyeron lanzando chillidos enloquecedores cuando vislumbraron la vanguardia de alimañas descarnadas en el cielo brumoso. El alado ejército voló por encima de aquellas gárgolas grandes como montañas, y sobre leguas y leguas de tenebroso desierto donde jamás se había acotado un solo palmo de tierra. Las nubes se fueron haciendo cada vez menos luminosas, hasta que finalmente Carter se vio envuelto en tinieblas. No por ello vacilaron un momento sus portadores, criados en las más negras cavernas de la tierra y carentes de ojos, que se valían de toda la superficie de sus cuerpos resbaladizos y viscosos para orientarse. Y volaron más y más, y cruzaron vientos de extraños olores y ruidos de inquietante procedencia, siempre rodeados de la más espesa oscuridad, y recorrieron tan prodigiosas distancias que Carter se preguntó si no habrían dejado atrás el país de los Sueños terrestres.

De pronto, las nubes comenzaron a perder consistencia y aparecieron por arriba estrellas espectrales. Por abajo, todo seguía siendo oscuridad, pero los pálidos destellos del firmamento parecían palpitar con un significado que jamás tuvieron en otro lugar. No es que los rasgos trazados por las constelaciones fuesen diferentes, sino que aquellas mismas formas conocidas parecían revelar una significación que antes ocultaban. Todo convergía hacia el norte; cada curva, cada asterismo del tachonado firmamento formaba parte de un vasto trazado cuya función era orientar la mirada, y después, al observador entero, hacia un objetivo terrible y secreto situado más allá de la helada inmensidad que se extendía infinitamente ante ellos. Carter miró hacia el este, donde la gran barrera de picachos amurallaba las fronteras del país de Inquanok, y vio recortada en el firmamento su silueta mellada que ahora parecía más desgarrada aún con tremendas hendiduras y cumbres fantásticamente extravagantes. Carter estudió con atención los contornos y las curvas de aquel grotesco perfil, y sintió que éste, como las estrellas, le instaba a apresurarse hacia el norte.

Volaban a una velocidad prodigiosa, de suerte que Carter tenía que esforzarse sobremanera para captar algún detalle, cuando de pronto descubrió, justo por encima de la línea de picos y recortado contra las estrellas, un bulto oscuro que se desplazaba con una trayectoria paralela a la que llevaba su propia expedición. Los gules lo habían visto igualmente, y Carter los oyó murmurar entre ellos. Por un momento le pareció que se trataba de un shantak gigantesco, de un ejemplar de proporciones infinitamente mayores a las de su propia especie. Pero no tardó en comprobar que la forma que cruzaba por encima de las montañas no era ningún pájaro hipocéfalo. Su perfil recortado contra las estrellas, aun confuso, recordaba más bien a una inmensa cabeza mitrada, o a un par de cabezas unidas y enormes. Su rápido vuelo por el firmamento no parecía debido al impulso de unas alas. Carter no podía decir de qué lado de las montañas avanzaba, pero no tardó en darse cuenta, cada vez que la altitud de la cordillera descendía, de que la

forma que había visto en un principio se prolongaba hacia abajo en un cuerpo que tapaba todas las estrellas.

Luego vino un profundo vacío en la cadena de montañas, donde los confines de la tramontana meseta de Leng se unían a la fría inmensidad por un gran desfiladero a través del cual brillaban pálidamente las estrellas. Carter prestó especial atención a este vacío, porque en él podría captar la silueta entera de aquella cosa inmensa que se desplazaba en un vuelo ondulante por encima de las cumbres. El objeto volador había avanzado algo, y todos los ojos de la expedición se quedaron fijos en la hendidura donde iba a aparecer entera la enorme silueta. Se acercó ésta poco a poco por encima de las cumbres, moderando su marcha como si se hubiera dado cuenta de que había dejado atrás al ejército de gules. Hubo otro minuto de suspenso, y luego, fugazmente, se reveló de lleno la esperada silueta. De los labios de los gules brotó un grito espantoso y enloquecedor que expresaba todo el terror cósmico. El viajero sintió en el alma un frío como no había sentido jamás. Aquella silueta colosal y bamboleante que descollaba por encima de la cordillera era sólo la cabeza -una doble cabeza mitrada- bajo la cual, con su terrible inmensidad, avanzaba a saltos por el desierto helado el cuerpo monstruoso al cual pertenecía. Grande como una montaña, el monstruo caminaba de manera furtiva y silenciosa. Su gigantesca figura era entre humana y de hiena, y al trotar, su par de cabezas tocadas con una mitra cónica se recortaba contra el cielo hasta media altura del cénit.

Carter no llegó a perder el conocimiento, ni dejó escapar ningún grito, porque era un soñador veterano. Pero miró hacia atrás y se estremeció de horror al ver que aún venían más cabezas monstruosas recortadas por encima de los picos, avanzando furtivamente detrás de la primera. Y justo detrás de ellos, descubrió que tres de las figuras talladas en la montaña, cuyos perfiles se dibujaban sobre las estrellas del sur, caminaban sigilosa y pesadamente, dando a sus mitras una oscilación de varios miles de pies al bambolear sus cabezas. Las montañas esculpidas, pues, no habían permanecido en el semicírculo del norte de Inquanok, inmóviles en su hierática postura, con sus manos derechas tendidas hacia arriba. Tenían una misión que cumplir y no la habían descuidado. Pero era horrible que no hablaran jamás, que jamás hicieran el menor ruido al caminar.

Entre tanto, el gul que fue Pickman dio una orden a las descarnadas alimañas de la noche, y el ejército entero se elevó aún más en los aires. La columna ascendió velozmente hacia las estrellas, hasta que desaparecieron de su vista todas aquellas sombras recortadas contra el cielo, tanto la inmóvil cordillera de granito gris como las mitradas montañas caminantes. Todo estaba oscuro abajo, mientras la voladora legión avanzaba hacia el norte entre vientos furiosos y risas invisibles que surgían del éter. Y ni un shantak ni otra clase de entidad menos deseable alzó el vuelo de las malignas inmensidades para perseguirles. Cuanto más avanzaban, más veloz se hacía el vuelo, hasta que su vertiginosa velocidad superó la de una bala de rifle, aproximándose a la de un planeta en su órbita. Carter se preguntaba cómo era posible que a esa velocidad tuvieran aún la tierra debajo de ellos, pero recordó que en el País de los Sueños, las dimensiones poseían extrañas propiedades. Estaba convencido de que se encontraban en una región de noche eterna, y se figuró que las constelaciones de la bóveda celeste habían acentuado sutilmente su orientación al norte, juntándose todas allá arriba como para arrojar al ejército volador al vacío del polo boreal, de la misma manera que se comprimen los pliegues de un saco para arrojar a su fondo hasta la última mota de su contenido.

Entonces observó aterrado que las alas de las alimañas descarnadas habían dejado de moverse. Las astadas criaturas sin rostro habían plegado sus apéndices membranosos y permanecían totalmente pasivas en el caos huracanado que giraba y reía mientras las arrastraba. Una fuerza extraterrestre había atrapado al ejército, y los gules y las descarnadas alimañas de la noche se hallaban a merced de un remolino irresistible que los sorbía hacia el norte, de donde jamás ha regresado mortal alguno. Finalmente vislumbraron una pálida luz solitaria en la raya del horizonte, la cual se fue elevando a medida que ellos se acercaban, y bajo ella vieron extenderse una masa negra que tapaba las estrellas. Carter entendió que debía de ser algún faro situado sobre una montaña, ya que sólo una montaña podía ser tan enorme como para verse desde tan prodigiosa altura.

La luz se fue elevando más y más, así como la negrura que parecía sostenerla, hasta que la mitad del firmamento septentrional quedó oscurecido por aquella masa cónica y rugosa. Aun cuando el ejército viajaba a una altura inconcebible, aquel faro pálido y siniestro se alzaba por encima de él, descollando monstruosamente sobre todas las cumbres y demás accidentes de la tierra, hasta alcanzar el éter inconsistente donde oscilan la luna misteriosa y los locos planetas. Aquella montaña que se alzaba frente a ellos no era ninguna de las conocidas por el hombre. Las altas nubes de allá abajo no formaban sino una orla en torno a sus estribaciones, y el aire irrespirable de las más altas capas de la atmósfera no era sino una franja para los flancos. Aquel puente entre la tierra y el cielo ascendía espectral y altivo, tenebroso en la noche eterna, y estaba coronado por una diadema de desconocidas estrellas cuyo espantoso y significativo trazado se iba haciendo cada vez más evidente. Los gules chillaron aterrados al descubrirlo,

y Carter se estremeció ante la posibilidad de que todo el veloz ejército se estrellara contra el ónice impertérrito de aquella muralla ciclópea.

Y la luz siguió elevándose más y más, hasta confundirse con las esferas más altas del cénit, y parpadeó hacia ellos como en un gesto de espeluznante sarcasmo. Por debajo de la luz pálida, solitaria, inasequible, el norte ya no era más que una espesa negrura, una espantosa tiniebla petrificada que se alzaba desde infinitas profundidades a alturas ilimitadas. Carter examinó la luz más atentamente, y distinguió por fin las formas y las líneas de la masa negra que se recortaba sobre las estrellas del cielo. Eran unas torres que descollaban en lo alto de aquel monte gigantesco, unas horribles torres rematadas por cúpulas distribuidas en incalculables filas y agrupaciones, más fantásticas de lo que el hombre se crea capaz de imaginar. Murallas y terrazas maravillosas y amenazantes, pero negras y diminutas en la lejanía, se recortaban contra la estrellada diadema que resplandecía maligna en el borde superior de aquella monstruosa visión. Coronando aquel conjunto inconmensurable de montañas había, pues, un castillo que rebasaba toda humana fantasía, y en él brillaba una luz diabólica. Entonces fue cuando Randolph Carter comprendió que el viaje tocaba a su fin; porque lo que tenía ante sí era el objeto de todas sus prohibidas andanzas y audaces visiones: la fabulosa, la increíble mansión de los Grandes Dioses, erigida en lo más elevado de la Ignorada Kadath.

En el mismo momento en que se daba cuenta de esto, notó Carter un cambio en la trayectoria de su expedición, inexorablemente sorbida por el viento. Se estaban elevando bruscamente, y era evidente que el destino de esta loca travesía era el castillo de ónice donde brillaba la pálida luz. Tan cerca estaban de la gran montaña tenebrosa, que sus laderas desfilaban vertiginosamente junto a ellos mientras ascendían; y con la oscuridad no podían distinguir en ellas ninguno de sus detalles. Más y más crecían las inmensas torres negras de aquel castillo tenebroso, y Carter sintió que eran blasfemas por su misma inmensidad. Sus sillares podían muy bien haber sido tallados por los abominables canteros de aquel horrible abismo abierto en la roca del monte que viera en Inquanok, porque sus dimensiones eran tales que junto a ellos un hombre parecía encontrarse al pie de una de las más grandes fortalezas de la tierra. La diadema de desconocidas estrellas fulguraba con un resplandor lívido y enfermizo por encima de las torres infinitas de altísimas cúpulas, y esparcía una penumbra fantasmal alrededor de las sombrías murallas de bruñido ónice. Ahora se veía que la pálida luz que habían vislumbrado de lejos no era sino una ventana iluminada en la más alta de las torres; y mientras el desamparado ejército se aproximaba a la cúspide de la montaña, a Carter le pareció distinguir unas sombras inquietantes que se desplazaban lentamente por su interior. Tenía la ventana unos arcos muy singulares, y su trazado resultaba absolutamente desconocido en la Tierra.

La sólida roca dio paso entonces a los cimientos gigantescos del monstruoso castillo, y la velocidad del grupo pareció moderarse un poco. Aparecieron las enhiestas murallas y luego surgió un vasto pórtico a través del cual fueron absorbidos los viajeros. La oscuridad reinaba en el titánico patio de armas, pero luego se sumieron en una oscuridad más espesa aún al precipitarse la columna voladora en un portal de arcos inmensos. En la tenebrosa oscuridad de aquellos laberintos de ónice se formaron torbellinos de viento húmedo y frío, y Carter no llegó a saber jamás qué gigantescas escalinatas y corredores atravesaron en aquella loca carrera que no parecía terminar nunca. El impulso terrible los arrastraba invariablemente hacia arriba, y ni un ruido, ni un roce, ni un destello fugaz rasgó el espeso velo del misterio. El ejército de gules y descarnadas alimañas de la noche era innumerable, pero aun así se perdía en los prodigiosos espacios de aquel castillo supraterrestre. Y cuando finalmente se halló en el interior de la extraña habitación de la torre cuya altísima ventana iluminada había servido de faro, Carter tardó bastante tiempo en distinguir las lejanas paredes y el techo distante que sostenían, y en comprender que no se encontraba en un espacio abierto e ilimitado.

Randolph Carter había abrigado el propósito de penetrar en la sala del trono de los Grandes Dioses con todo aplomo y dignidad, escoltado por las impresionantes filas de gules en riguroso orden de ceremonia, y de presentar su petición como un gran señor, libre y poderoso entre los soñadores. Sabía que es posible tratar con los Grandes Dioses, pues éstos no superan en poderío a los mortales, y había confiado en que los Dioses Otros y Nyarlathotep, el caos reptante, no vendrían a ayudarles en el momento decisivo, como había sucedido tantas veces cuando los hombres trataron de llegar a la morada de los dioses terrestres o a sus montañas. Y gracias a su escolta horrenda había confiado en poder desafiar incluso a los Dioses Otros, si llegaba el caso, pues los gules no tienen dueño ni señor, y las descarnadas alimañas de la noche no obedecen a Nyarlathotep, sino sólo al arcaico Nodens. Pero ahora veía que la excelsa Kadath, en el centro de la inmensidad fría, estaba cercada por oscuras maravillas e innominados centinelas, y que los Dioses Otros vigilan atentamente a los benévolos y tolerantes dioses terrestres. Pese a carecer de poderío sobre gules y alimañas descarnadas, las desalmadas y amorfas blasfemias de los espacios exteriores pueden, sin embargo, imponerse a ellos cuando llega el momento. Por consiguiente, no fue con las prerrogativas de libre y poderoso señor de soñadores como Randolph Carter llegó al salón

del trono de los Grandes Dioses con su séquito de gules. Arrastrado en caótica confusión por tempestuosos torbellinos cósmicos, y acosado por los horrores invisibles de la inmensidad boreal, el ejército entero flotó cautivo e impotente en la cárdena penumbra, hasta que se derrumbó en el suelo de ónice cuando, obedeciendo a una orden muda, los vientos del terror se disiparon.

Randolph Carter no llegó ante ningún dorado dosel ni vio allí círculo alguno de augustos seres nimbados de rasgados ojos, largas orejas, fina nariz y barbilla puntiaguda, cuyo parecido con el rostro esculpido de Ngranek pudiera señalarles como Aquellos a quienes debía dirigir sus plegarias. Aparte de aquella habitación solitaria de lo alto de la torre, el castillo de ónice que dominaba Kadath estaba totalmente a oscuras, y sus moradores no estaban allí. Carter había llegado a la desconocida Kadath de la inmensidad fría, pero no había encontrado a los dioses. Sin embargo, la desmayada luz brillaba en aquella habitación de la torre de dimensiones inmensas, cuyos muros y techo casi se perdían de vista en las brumas de la distancia. Era evidente que los dioses terrestres no estaban allí, pero de algún modo se percibían ciertas presencias menos visibles: allí donde están ausentes los dioses benignos de la Tierra, los Dioses Otros no dejan de tener representación. Y ciertamente el castillo de los castillos de ónice estaba muy lejos de hallarse deshabitado. Carter no podía ni figurarse qué formas atroces revestiría el terror a continuación. Presentía que su visita era esperada, y se preguntaba cuán cerca habría venido vigilándole el caos reptante Nyarlathotep. Porque es a Nyarlathotep, horror de infinitas formas y espíritu terrible, mensajero de los Dioses Otros, a quien sirven las fungosas bestias lunares. Y Carter recordó la negra galera que había desaparecido cuando las entidades lunares con cuerpo de sapo vieron perdida la batalla en la desgarrada roca que emerge del mar.

Reflexionando sobre estas cosas, sentía temblar sus piernas en medio de la horda de pesadilla que le acompañaba, y de pronto, sin previo aviso, resonó en aquella cámara ilimitada y oscura el espantoso bramido de una trompeta infernal. Por tres veces sonó aquella espeluznante llamada de bronce, y cuando enmudecieron los ecos de la tercera, Randolph Carter se dio cuenta de que estaba solo. No comprendía cómo, adónde o por qué razón habían desaparecido los gules y las descarnadas alimañas de la noche. Sólo sabía que de pronto se hallaba solo y que, fueran cuales fuesen los poderes que acechaban invisibles en torno suyo, no pertenecían al amistoso País de los Sueños de la Tierra. En este momento brotó un nuevo sonido de los últimos rincones de la estancia. Era también un ritmo de trompeta, pero de naturaleza completamente diversa a los roncos clarinazos que habían aniquilado a su excelente cohorte. Era ahora una suave melodía en la que resonaban todo el encanto y la maravilla de los sueños etéreos. Exóticos paisajes de inimaginable belleza brotaban de cada acorde singular y de cada cadencia delicada. Y el aroma de los inciensos se conjugaba con aquellas notas doradas. Y un gran resplandor difundió por el espacio en círculos concéntricos de colores desconocidos en el espectro luminoso de la Tierra, y se cambiaban según el ritmo de las trompetas componiendo fantásticas y armónicas sinfonías de luz. Unas antorchas brillaron a lo lejos, y un batir de tambores se fue acercando en medio de una atmósfera de tensa expectación.

De las brumas que se disolvían y de las nubes de extraños inciensos surgieron dos columnas paralelas de esclavos negros vestidos con taparrabos de seda iridiscente. Sobre la cabeza portaban, en forma de cascos, antorchas de reluciente metal de las que emanaban los vapores de unos bálsamos misteriosos. En la mano derecha llevaban unas varillas de cristal cuyo extremo superior ostentaba la figura de una quimera, mientras en la mano izquierda empuñaban las largas trompetas de plata que hacían sonar. Llevaban todos ajorcas y brazaletes unidos a una larga cadena de oro, lo cual les obligaba a marcar un paso lento y majestuoso. Lo primero que saltaba a la vista era que se trataba de auténticos hombres negros de la zona terrestre del País de los Sueños, pero ya parecía menos evidente que aquellos ritos y aquellos atavíos fueran de la Tierra. Las columnas se detuvieron a unos diez pasos de Carter, al tiempo que sus componentes se llevaban sus trompetas a los labios. El sonido que produjeron fue místico y salvaje; pero más salvaje fue el grito que brotó inmediatamente después de las oscuras gargantas haciéndole estremecer.

Entonces, por el amplio pasillo que formaban las dos columnas, avanzó una figura alta y delgada. Tenía el rostro de un joven faraón. Iba vestida con elegantes ropajes prismáticos y coronada por una diadema dorada que parecía relucir con luz propia. Se aproximó a Carter aquella figura majestuosa, cuyo porte regio y nobles rasgos le imprimían la fascinación de un dios de las tinieblas o de un arcángel caído, en tanto que sus ojos parecían ocultar el lánguido centelleo de un humor caprichoso. Entonces habló, y en su voz melodiosa vibró la música salvaje de las corrientes de Leteo:

-«Randolph Carter -dijo la voz-. Has venido a ver a los Grandes Dioses, a quienes les está prohibido tener tratos con los hombres. Los centinelas han venido a decirlo y los Dioses Otros han gruñido mientras bailaban torpemente sus danzas estúpidas al son de las flautas, en el vacío final donde mora el sultán de los demonios cuyo nombre no se ha pronunciado jamás.

»El sabio Barzai escaló el Hatheg-Kla para ver danzar y ulular a los Grandes Dioses por encima de las nubes a la luz de la luna, y ya no regresó nunca más. Los Dioses Otros estaban allí, e hicieron lo que cabía esperar. Zenig de Aphorat trató de llegar a la desconocida Kadath de la inmensidad fría, y ahora su cráneo adorna el anillo del dedo meñique de alguien a quien no es necesario nombrar aquí.

»Pero tú, Randolph Carter, has arrostrado todos los obstáculos de la zona terrestre del País de los Sueños, y aún estás inflamado por el fuego de tu aventura. No has venido por curiosidad, sino para cumplir con tu deber; y no has dejado nunca de venerar a los benevolentes dioses de la Tierra. Sin embargo, estos mismos dioses son los que te han alejado de la maravillosa ciudad del sol poniente de tus sueños, y lo han hecho por mezquina codicia; porque ciertamente deseaban poseer la fantástica belleza de esa ciudad forjada por tu fantasía, y han jurado que en adelante ningún otro lugar será su morada.

»Y así, han abandonado este castillo que poseen en la ignorada Kadath para instalarse en tu ciudad maravillosa. Y allí, durante el día, recorren el palacio de mármol veteado; y cuando el sol se pone, salen a los perfumados jardines para contemplar el dorado esplendor de los templos y columnatas, los arcos de los puentes y los plateados surtidores de las fuentes, las grandes avenidas flanqueadas de ánforas cubiertas de flores y las hileras de relucientes estatuas de marfil. Y cuando llega la noche, suben a las altas terrazas y allí se sientan al relente, en los bancos de pórfido, a escudriñar las estrellas, o se apoyan en las blancas balaustradas a contemplar la encrespada marca de techumbres y a ver cómo se van encendiendo, una a una, las ventanitas de los viejos y picudos hastiales con la luz acogedora y amarillenta de las velas.

»A los dioses les gusta tu maravillosa ciudad, y han abandonado sus maneras de dioses. Han olvidado las altas regiones de la Tierra y las montañas que los habían visto de jóvenes. La Tierra ya no tiene dioses que sean propiamente tales, y únicamente los Dioses Otros de los espacios exteriores gobiernan la inmemorable Kadath. En el lejano valle de tu juventud, Randolph Carter, juegan ahora sin tribulaciones los Grandes Dioses. Has soñado demasiado bien, ¡oh, prudente soñador! Has conseguido que los dioses del sueño se alejen del mundo de las visiones comunes a todos los hombres, para instalarse en un universo que es enteramente tuyo. Y de los pequeños sueños de tu niñez, has sabido edificar una ciudad más hermosa que todas las quiméricas fantasías nacidas hasta ahora.

»No es bueno que los dioses de la Tierra abandonen sus tronos para que la araña hile en ellos su tela y los Dioses Otros gobiernen a su manera tenebrosa. Y no dudarían los poderes exteriores en arrastrarte al caos y al horror, Randolph Carter, ya que eres la causa de su zozobra, si no supieran que tú eres el único que podría hacer que los dioses volvieran a su mundo. En esa zona semivigil del país de los Sueños que te pertenece no puede influir ningún poder de las últimas tinieblas, y sólo tú puedes convencer amablemente a los Grandes Dioses para que salgan de tu maravillosa ciudad del sol poniente, a través de la región crepuscular del norte, y retornar al lugar que les corresponde: a la cima de la ignorada Kadath, de la inmensidad fría.

»De modo, Randolph Carter, que en nombre de los Dioses Otros, te perdono y te conmino a que cumplas puntualmente lo que yo te ordene. Y mi orden es que busques tu propia ciudad del sol poniente y que envíes acá a los traviesos y soñolientos dioses a quienes aguarda el mundo de los sueños. No te será difícil descubrir ese rosado capricho de los dioses, esa fantasía de trompetas celestiales, ese clamor de címbalos inmortales, ese lugar misterioso que te han hecho buscar por los recintos del mundo vigil y por los abismos del sueño, atormentándote con insinuaciones de recuerdos evanescentes, con el dolor de las cosas perdidas, trascendentales y terribles. No te será difícil encontrar ese símbolo, esa reliquia de tus

días de ensueño; porque, en verdad, no es sino la gema inalterable y eterna donde toda maravilla fulgura cristalizada, iluminando tu camino nocturno. ¡Escucha!, no es a través de mares desconocidos por donde debes dirigir tus pasos, sino a través de años conocidos y pasados, hacia las visiones luminosas de tu infancia, hacia esas vivencias empapadas de sol y de magia que los viejos paisajes despiertan en una mirada joven.

»Pues sabe que tu dorada v marmórea ciudad de ensueño no es sino la suma de todo lo que has visto y amado de tu infancia. Está formada con el esplendor de los puntiagudos tejados de Boston y las ventanas de poniente encendidas por los últimos rayos del sol; con la fragancia de las flores del Common, la inmensa cúpula erguida en lo alto de la cuesta, y el laberinto de buhardillas y chimeneas que se alzan en el valle violáceo donde el Charles discurre perezosamente por debajo de los innumerables puentes. Todas estas cosas contemplaste, Randolph Carter, cuando tu nodriza te sacó a pasear por primera vez un día de primavera, y será lo último que verás con ojos de nostalgia y de amor. Y tiene también la imagen de Salem y su historia sombría; y la de la espectral Marblehead que escaló rocosos precipicios en los siglos del pasado; y el esplendor glorioso de las torres de Salem y de los campanarios que se ven a lo lejos desde los prados de Marblehead y desde el puerto tras el cual se pone siempre el sol.

»Y la ciudad de tu sueño está hecha de la fantástica y señorial Providence con sus siete colinas en torno al puerto azul, con sus terrazas de césped que conducen a campanarios y ciudadelas de una

antigüedad viva aún; y de Newport, que se eleva fantasmal desde su escollera. Y de Arkham también, con sus techumbres invadidas por el musgo, y sus praderas ondulantes y rocosas. Y de la antediluviana Kingsport, blanqueada por los años, ciudad de innumerables chimeneas y muelles desiertos y buhardillas torcidas; y de la maravilla de sus acantilados sobre el mar, y del océano cubierto de brumas lechosas en cuyas aguas se mecen las boyas tintineantes.

»En tu ciudad están los fríos valles de Concord, los empedrados callejones de Portsmouth, los caminos rústicos y umbríos de New Hampshire, cuyos olmos gigantescos casi ocultan las blancas paredes de las viejas granjas y las caídas techumbres de los pozos. Están los muelles salitrosos de Gloucester y los mimbrales de Truro azotados por el viento. Están los paisajes con pueblecitos lejanos y torres de campanario, y los montes que se alzan tras las colinas a lo largo de la Costa del Norte, y las sosegadas laderas rocosas y las cabañas bajas cubiertas de hiedra, construidas al socaire de los enormes farallones que se elevan en la región septentrional de Rhode Island. Están el olor a mar, la fragancia de los campos, el hechizo de los bosques oscuros y la alegría de los huertos y jardines al amanecer. Todas estas cosas, Randolph Carter, son tu ciudad; porque todas ellas son tu mismo ser. Nueva Inglaterra te ha dado la vida y ha derramado en tu espíritu un límpido encanto que no puede perecer. Este encanto, moldeado, cristalizado y bruñido por los años de recuerdos y de ensueños constituye la misma esencia de tus maravillosas terrazas y tus puestas de sol, Y para encontrar ese antepecho de mármol ornado de extraños jarrones y balaustradas esculpidas, y para descender finalmente por esas escalinatas deslumbrantes hasta las plazas anchísimas y las fuentes prismáticas de tu ciudad, sólo necesitas retroceder a los pensamientos y visiones de tu juventud llena de anhelos.

»¡Mira! A través de esa ventana brilla la luz eterna de las estrellas. Pues esa misma luz brilla ahora sobre los paisajes que has conocido y estimado, y se nutre de sus encantos para brillar después con más belleza sobre los jardines del sueño. Mira allá a Antarés, que en este instante brilla también sobre los tejados de Tremont Street. Tú podrías verla desde tu ventana de Beacon Hill. Y más allá de esas estrellas se abren los abismos desde donde he sido enviado por mis amos desprovistos de alma. Algún día podrás atravesar tú también esos espacios; pero si eres prudente, te cuidarás de cometer tal insensatez, porque de todos los mortales que han estado allí y han regresado, sólo uno conserva sano su entendimiento tras los horrores lacerantes y desgarradores del vacío. Horrores y blasfemias se devoran unos a otros en el espacio, y en los más pequeños hay más maldad que en los mayores. Pero esto ya lo sabes por los hechos de los que han intentado entregarte a mí, mientras que yo ni siquiera albergaba propósito alguno de hacerte el menor daño, y aun te habría ayudado hace mucho a llegar hasta aquí, de no haber estado ocupado en otros servicios y de no haber tenido la seguridad de que encontrarías el camino por ti mismo. Elude, pues, los infiernos exteriores y concéntrate en las cosas apacibles y bellas de tu juventud. Descubre tu maravillosa ciudad y expulsa de ella a los perezosos Grandes Dioses. Convéncelos para que regresen a los escenarios de su propia juventud, donde se aguarda con inquietud su llegada.

»Pero más fácil aún que el confuso camino de los recuerdos es el que voy a preparar para ti. ¡Mira! Ahí viene un monstruo shantak guiado por un esclavo que, para no perturbar tu espíritu, ha sido obligado a permanecer invisible. Monta y prepárate. ¡Ya! Yogash el negro te ayudará a cabalgar sobre este pájaro repugnante. Dirígete hacia la estrella más brillante que veas junto al sur del cénit: es Vega. Y dentro de dos horas te hallarás en una terraza de tu ciudad del sol poniente. Pero sólo irás en esa dirección hasta que oigas una lejana canción en lo alto del éter. Más arriba acecha la locura, así que contén al shantak en cuanto te sientas atraído por la primera nota de esa canción. Mira entonces hacia la Tierra, y verás brillar el fuego inmortal del altar de Ired-Naa que se alza en la terraza sagrada de un templo. Ese templo se encuentra en tu deseada ciudad del sol poniente, así que dirígete hacia él antes de que empieces a prestar atención a esos cánticos. porque de lo contrario estarás perdido.

»Cuando estés llegando ya a la ciudad, busca el elevado parapeto desde donde contemplabas el esplendoroso espectáculo en tiempos pasados, y castiga al shantak hasta que lo oigas chillar. Los Grandes Dioses, sentados en las perfumadas terrazas, lo oirán; y al reconocer ese chillido, sentirán tal nostalgia y añoranza que ninguna de las maravillas de tu ciudad les consolará de la ausencia de su lúgubre castillo de Kadath y de la diadema de estrellas que lo corona.

»Entonces debes aterrizar entre ellos con el shantak y dejarles ver y tocar el nauseabundo pájaro hipocéfalo, a la vez que les hablas de la ignorada Kadath, de la que tan poco tiempo hace que habrás salido. Y les contarás cuán hermosos y oscuros son los salones del castillo donde ellos solían brincar y gozar envueltos en un halo glorioso. Y el shantak les hablará a la manera de los shantak, pero nada les persuadirá tanto como el recuerdo de los tiempos pasados.

»Una y otra vez deberás hablar a los errabundos Grandes Dioses de su hogar y de su juventud, hasta que finalmente comenzarán a sollozar y te pedirán que les enseñes el camino de regreso, pues ellos lo han olvidado. Entonces puedes desprenderte del shantak y enviarlo hacia el cielo, y él lanzará al aire la llamada de su especie. Al oírla, los Grandes Dioses empezarán a dar saltos y cabriolas y, recobrando su

antiguo júbilo, se lanzarán en pos del pájaro repugnante volando como vuelan los dioses; y cruzarán los profundos abismos del cielo hasta llegar a sus familiares torres y cúpulas de Kadath.

»Entonces la maravillosa ciudad del sol poniente será tuya, y podrás habitarla y gozar de ella para siempre; y otra vez los dioses de la Tierra regirán los sueños de los hombres desde su mansión habitual. Vete ahora: la puerta está abierta y las estrellas aguardan en el exterior. Ya jadea y resuella tu shantak con impaciencia. Vuela hacia Vega a través de la noche, pero tuerce tu rumbo cuando oigas los primeros cánticos. No olvides mi consejo, no vayas a ser absorbido por horrores inconcebibles hacia un abismo de locura. Acuérdate de los Dioses Otros: son inmensos y terribles, carecen de alma y acechan en los vacíos exteriores. Ellos son los dioses que a todo trance debes evitar.

»¡Hei! ¡Aa-shanta 'nygh! ¡Eres libre! Devuelve los dioses terrestres a la morada que poseen en la ignorada Kadath, y ruega a todo el espacio que jamás llegues a verme en ninguna de mis otras mil encarnaciones. ¡Adiós, Randolph Carter, y guárdate de mí, porque yo soy Nyarlathotep, el Caos Reptante!».

Y Randolph Carter, perplejo y confuso, a lomos de su shantak, salió disparado al espacio, hacia el parpadeo azul y frío de Vega. Se volvió y miró hacia atrás, y contempló la caótica confusión de torres de aquella pesadilla hecha ónice, en donde todavía brillaba el cárdeno resplandor solitario de la ventana por encima del aire y de las nubes de la zona terrestre del país de los Sueños. Junto a él desfilaron horrores enormes en forma de pólipos, y oyó los aletazos de una bandada de invisibles murciélagos; pero siguió agarrado a la sucia crin de aquel nauseabundo e hipocéfalo pájaro escamoso. Las estrellas danzaban burlescas, y a cada momento parecían cambiar de posición para formar unos signos fatales que casi se podían descifrar, aun cuando no hubieran sido vistos antes jamás, y los vientos inferiores aullaban constantemente en las vagas tinieblas y en las soledades de más allá del cosmos.

De pronto, de la bóveda resplandeciente que le envolvía descendió un silencio premonitorio, y todos los vientos y horrores se escabulleron como se disipan las sombras de la noche con las claridades del alba. En oleadas temblorosas de luz sobrenatural, comenzaron a hacerse audibles los primeros atisbos de una melodía lejana cuyos apagados acordes resultaban ajenos a nuestro universo. Y cuando estos acordes crecieron, el shantak levantó las orejas y se lanzó adelante, y Carter se inclinó para escuchar también aquella fascinante melodía. Era una canción; pero una canción que no provenía de voz alguna, una canción que cantaban la noche y las esferas, y que ya era vieja cuando nacieron el espacio, y Nyarlathotep, y los Dioses Otros.

El shantak apresuró el vuelo y su jinete se inclinó aún más, embriagado por visiones de inconcebibles abismos, preso en torbellinos de cristal de un poder ultraterreno. Luego, demasiado tarde ya, recordó la advertencia, el sarcástico aviso que le diera el emisario diabólico, previniéndole contra la locura que acecha en esa canción. Sólo para burlarse de él le había señalado Nyarlathotep el camino de la salvación que conduce a la maravillosa ciudad del sol poniente; sólo para mofarse de él había revelado el negro mensajero el secreto de los traviesos dioses terrestres, a quienes tan fácilmente podría haber conducido a Carter. Pero la locura y la salvaje venganza del vacío son las únicas mercedes que Nyarlathotep concede a los presuntuosos. Aunque el jinete se esforzaba por hacer que diera media vuelta su repugnante montura, el shantak, riendo y agitando sus enormes alas viscosas con maligno regocijo, proseguía su impetuosa carrera hacia esos pocos impíos adonde no llega jamás ningún sueño, hacia esa vorágine amorfa y final de la más negra confusión donde babea y blasfema en el centro del infinito el estúpido sultán de los dominios, Azathoth, cuyo nombre jamás se atrevieron labios algunos a pronunciar.

Sin desviarse un solo punto, obediente a los órdenes del innoble emisario de los Dioses Otros, aquel pájaro infernal se precipitaba por entre las multitudes de seres sin forma que acechan y se retuercen en las tinieblas, por entre manadas de entidades necias que van a la deriva en el espacio exterior, palpando y arañando, y arañando y palpando; larvas abominables que son de los Dioses Otros y que, como ellos, carecen de ojos y de espíritu, y están poseídas en cambio de una sed y un hambre insaciables.

Firme siempre y sin desviarse un ápice, riendo bulliciosamente al escuchar las burlas y las carcajadas cósmicas en que se había convertido la canción de la noche y las esferas, aquel monstruo escamoso e inflexible transportaba a su indefenso jinete. Con la velocidad de un meteoro rasgó el límite extremo de los abismos exteriores. Atrás quedaron las estrellas y los distintos reinos de la materia, y atravesó el vacío sin forma, más allá del tiempo, hacia las inconcebibles cavidades donde, en la absoluta oscuridad, roe Azathoth -voraz y amorfo- al ritmo sordo y enloquecedor de unos tambores perversos y unas flautas execrables de tenue y monótono gemido.

Adelante seguía el viaje enloquecedor, a través de unos abismos henchidos de aullidos cósmicos y poblados de oscuras criaturas sin nombre... Y entonces, en la mente del predestinado Randolph Carter surgió una imagen y un pensamiento venidos desde algún lejano y brumoso lugar de paz. Nyarlathotep había planeado demasiado bien su burla y su tormento al despertarle recuerdos que ni la más aterradora experiencia podría borrar totalmente de su alma: su casa, Nueva Inglaterra, Beacon Hill, su mundo vigil.

«Porque sabe que tu dorada y marmórea ciudad de ensueño no es sino la suma de todo lo que has visto y amado en tu infancia. Está hecha con el esplendor de los puntiagudos tejados de Boston y con las ventanas de poniente encendidas por los últimos rayos del sol; con la fragancia de las flores del Common, la inmensa cúpula erguida en lo alto de la cuesta, y el laberinto de buhardillas y chimeneas que se alzan en el valle violáceo donde el Charles discurre perezosamente por debajo de los innumerables puentes... Este encanto, moldeado, cristalizado y bruñido por los años de recuerdos y de ensueños, constituye la misma esencia de tus maravillosas terrazas y tus puestas de sol; y para hallar ese antepecho de mármol ornado de extraños jarrones y balaustradas esculpidas, y para descender finalmente por esas escalinatas deslumbrantes hasta las plazas anchísimas y las fuentes prismáticas de tu ciudad, sólo necesitas retroceder a los pensamientos y visiones de tu juventud llena de anhelos».

Adelante, adelante, siempre adelante, a una velocidad prodigiosa en dirección al destino final proseguía el viaje, a través de las tinieblas en donde unas entidades ciegas palpan el espacio con sus tentáculos y husmean con sus hocicos viscosos mientras otros seres abominables ríen y ríen locamente. Sin embargo, aquella imagen y aquel pensamiento habían aparecido en la mente de Randolph Carter, y éste comprendió claramente que estaba soñando y sólo soñando, y que en algún lugar existía aún el mundo vigil y la ciudad de su infancia. Volvió a recordar las palabras: «Sólo necesitas retroceder a los pensamientos y visiones de tu juventud llena de anhelos». Retroceder…, retroceder… La negrura le envolvía por todas partes, pero Randolph Carter pudo retroceder.

Pese a hallarse casi paralizado por un vértigo que embotaba sus sentidos, Randolph Carter pudo dar la vuelta y moverse. Había recobrado el movimiento y, si quería, podía saltar del perverso shantak que le conducía fatalmente al destino señalado por Nyarlathotep. Podía saltar, y desafiar aquellas profundidades tenebrosas que se abrían a sus pies, cuyos terrores no excederían en horror al destino inexpresable que le aguardaba solapado en el corazón del mismo caos. Podía dar la vuelta, y moverse, y saltar de su montura... y quería hacerlo... quería... quería...

Y entonces el predestinado soñador saltó de aquella enorme abominación hipocéfala, y cayó por los vacíos infinitos de palpitante negrura. Devanáronse vertiginosamente millones y millones de años, se consumieron los universos y nacieron otra vez, se fundieron las estrellas en oscuras nebulosas y las nebulosas se hicieron estrellas... y Randolph Carter siguió cayendo por ilimitados vacíos de palpitante negrura.

Luego, en el curso lento y sinuoso de la eternidad, el cielo supremo del cosmos llegó al término de una de sus consunciones y todas las cosas volvieron a ser nuevamente como habían sido innumerables kalpas antes. La materia y la luz nacieron una vez más, tal como habían sido antes en el espacio; y los cometas, los soles y los mundos se lanzaron inflamados a la vida, pero nada sobrevivió para atestiguar que habían existido y habían desaparecido después, que habían existido y dejado de existir una y otra vez, desde siempre, sin un primer principio ni un último fin.

Y surgieron nuevamente un firmamento, y un viento, y un resplandor de luz purpúrea ante los ojos del soñador, que seguía cayendo. Y aparecieron dioses, y presencias, y voluntades que se hacían obedecer, y la belleza y la maldad, y el grito ululante de la noche maligna privada de su presa. Porque, a través del ignorado ciclo final, había sobrevivido un pensamiento y una visión que pertenecían a la juventud de un soñador; y en torno a esa visión y a ese pensamiento se habían reconstruido un mundo vigil y una vieja y amable ciudad que los encarnaba y justificaba. El gas violeta S'ngac había indicado el camino, y el arcaico Nodens había gritado desde insospechadas profundidades la dirección conveniente.

Las estrellas dieron paso a amaneceres, y los amaneceres reventaron en mil fuentes de oro, carmín y púrpura, y el soñador aún seguía cayendo. Horribles gritos rasgaron el éter en el momento en que inmensos haces de luz esplendorosa dispersaban a los demonios del exterior. Y el venerable Nodens lanzó un aullido de triunfo cuando Nyarlathotep, cerca de su presa, se detuvo desconcertado por un resplandor que convertía en polvo gris los cuerpos informes de sus horribles perros de caza. Randolph Carter había descendido finalmente las inmensas escalinatas de mármol y se hallaba en su maravillosa ciudad. Porque, efectivamente, había regresado otra vez al mundo limpio y puro de la Nueva Inglaterra que le había dado la vida.

Y así, a los acordes de los mil susurros matinales, a la luz inflamada del amanecer que teñía de púrpura los cristales de la gran cúpula dorada de State House, en lo más alto de la ciudad, Randolph Carter saltó gritando del lecho en su habitación de Boston. Cantaban los pájaros en ocultos jardines, y el perfume de las enredaderas se elevaba de los cenadores que había construido su abuelo. Luz y belleza resplandecían en la chimenea de esculpida cornisa y en las paredes adornadas con figuras grotescas. Un gato negro y lustroso se levantó bostezando del sueño hogareño que el sobresalto y el alarido de su dueño habían interrumpido. Y a una distancia infinita de infinitos, más allá de la Puerta del Sueño Profundo, y del bosque encantado, y del país de los jardines, y del Mar Cerenario, y de los límites crepusculares de Inquanok; Nyarlathotep, el caos reptante, penetró ceñudo en el castillo de ónice que se eleva en la

cúspide de la ignorada Kadath, en la inmensidad fría, e insultó enojado a los amables dioses de la Tierra, a quienes acababa de arrancar violentamente de las terrazas perfumadas de la maravillosa ciudad del sol

poniente.

Amityville -- AQUÍ VIVE EL HORROR -- JAY ANSON -- THE AMITYVILLE HORROR

Escrito por imagenes 24-03-2009 en General. Comentarios (2)

Amityville -- AQUÍ VIVE EL HORROR -- JAY ANSON -- THE AMITYVILLE HORROR

JAY ANSON


AQUÍ VIVE
EL HORROR


la "casa maldita" de Amityville


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Título original inglés
THE AMITYVILLE HORROR

Los nombres de muchas personas mencionados en este libro han sido cambiados para proteger su intimidad.

***

PRÓLOGO

El 5 de febrero de 1976 el noticiero de las 22, (Ten O'clock News) del Canal 5 de Nueva York, anunció que se estaba realizando una encuesta a personas que pretendían poseer percepciones extrasensoriales. La pantalla de televisión mostró al reportero Steve Bauman, quien a la sazón estaba investigando el caso de una mansión aparentemente embrujada en Amityville, Long Island.
Bauman dijo que el 13 de noviembre de 1974 una espaciosa casa de estilo colonial, situada en el número 112 de Ocean Avenue, había sido escena de un asesinato en masa. Un joven de veinticuatro años, Ronald De Feo, había tirado con un rifle de alta potencia sobre sus padres, sus dos hermanos y sus dos hermanas, ultimándolos metódicamente. Posteriormente, De Feo había sido condenado a cadena perpetua.
"Hace dos meses", continuaba diciendo el informe, "la casa fue vendida en la cantidad de 80.000 dólares a una pareja: George y Kathleen Lutz. Los Lutz, enterados de la matanza, no habían sentido al respecto el más leve temor supersticioso, y habían pensado que la casa era muy adecuarla para las cinco personas de la familia: ellos y sus tres hijos.
Los Lutz se mudaron a la nueva casa el 18 de diciembre. Poco tiempo después, dijo Bauman, la pareja había sentido que la vivienda estaba habitada por una cierta fuerza psíquica y había empezado a albergar temores por sus vidas. "Se refirieron a una sensación de algo parecido a una forma de energía dentro de la casa, a una especie de mal contra natura que se volvía cada día más fuerte".
Cuatro semanas después de la mudanza los Lutz abandonaron la casa, llevándose tan sólo unas mudas de ropa. En la actualidad estaban viviendo con unos amigos en un lugar no declarado. Pero antes de desaparecer, según dijo el Canal 5, el caso del matrimonio pudo ser conocido en la zona. Los Lutz habían consultado a la policía, a un sacerdote local y a un grupo de parapsicología. "Hablaron de extrañas voces que, al parecer, venían desde el interior de ellos, de un poder que había logrado hacer levitar a la señora Lutz hasta un placard detrás del cual había un cuarto cuya existencia no estaba marcada en ningún plano".

El reportero Steve Bauman había tomado en cuenta estas afirmaciones. Después de realizar algunas investigaciones en relación a la casa, Bauman descubrió que casi todas las familias que habían habitado esa vivienda se habían visto en situaciones trágicas, del mismo modo que las personas que habían habitado la casa construida anteriormente en ese mismo sitio.
El locutor del Canal 5 declaró que William Weber, el abogado de Ronald De Feo, había iniciado investigaciones con la esperanza de probar que una cierta fuerza había actuado en el comportamiento de todas las personas que habían habitado la casa de 112 Ocean Avenue. Weber sostenía que esa fuerza "podía tener un origen natural" y consideraba que ésta era la prueba que necesitaba su defendido para iniciar un nuevo juicio. Weber, al ser interrogado, manifestó que "estaba enterado de que ciertas casas podían construirse de manera de crear en ellas corrientes eléctricas que actúan en ciertas habitaciones, basándose en la estructura material de la casa." A esto los hombres de ciencia respondieron que "estaban investigando el punto a fin de llegar a una conclusión. Y que, en cuanto se agotaran todas las posibles explicaciones racionales o científicas, el caso habría de ser transferido a otro grupo de investigación en la Universidad de Duke, especializado en los aspectos parapsicológicos de estos fenómenos".
El informe terminaba diciendo que la Iglesia Católica también estaba interesada en el caso. El Canal 5 dijo que dos emisarios del Vaticano se habían hecho presentes en Amityville en diciembre e informaron que habían recomendado a los Lutz que abandonaran inmediatamente la casa. "En la actualidad el tribunal de milagros de la Iglesia estudia el caso y su informe declara que la vivienda situada en 112 Ocean Avenue está en posesión de ciertos espíritus que están más allá del conocimiento humano corriente".
Dos semanas después del anuncio de la televisión, George y Kathy Lutz celebraron una conferencia de prensa en el despacho del abogado William Weber. Este se había puesto en contacto con la pareja tres semanas antes por intermedio de amigos comunes.
George Lutz informó a los reporteros que no iba a pasar otra noche en esa casa, y que tenía la intención de vender el inmueble de 112 Ocean Avenue. Asimismo estaba esperando los resultados de unas pruebas científicas llevadas a cabo por investigadores de parapsicología y otros profesionales dedicados a la investigación de fenómenos ocultos.
Al llegar a este punto, los Lutz nterrumpieron toda comunicación con los medios informativos, pues opinaron que las versiones publicadas estaban deformadas y eran exageradas. Es tan sólo ahora que se puede contar en su totalidad la historia.

I
18 de diciembre de 1975


George y Kathy Lutz se mudaron a la casa número 112 de Ocean Avenue, el 18 de diciembre. Veintiocho días más tarde, aterrados, huyeron del lugar.
George Lee Lutz, ventiocho años, de Deer Park, Long Island, es un hombre con ideas muy claras sobre el valor de los terrenos y las propiedades. Lutz es dueño de una oficina inmobiliaria, llamada William H. Parry, Inc. y hace saber orgullosamente a todo el mundo que su empresa cuenta con tres generaciones de los Lutz: su abuelo, su padre y él.
Entre los meses de julio y noviembre, él y su mujer, Kathleen, veinte años, habían visitado más de cincuenta casas en la costa sur de Long Island, antes de investigar las posibilidades de Amityville. Ninguna de las casas comprendidas entre los treinta y los cincuenta mil dólares había llenado los requisitos: la casa debía tener vista al mar y ser lo bastante amplia para que George pudiera establecer en ella sus oficinas.
Mientras buscaban casa, George fue a la inmobiliaria Conklin, en el parque Massapequa y conversó con la señora Edith Evans. Ésta dijo que podía mostrar una nueva casa a la pareja y llevarla a que la vieran entre las tres y tres y media de la tarde. George fijó la cita y la señora Evans –una mujer afable y simpática– los llevó esa tarde al lugar.
La señora Evans demostró ser cordial y paciente con el joven matrimonio.
–No estoy muy segura de que sea lo que ustedes están buscando –dijo a George y Kathy– pero quiero mostrarles cómo vive la "otra mitad" de Amityville.
La casa del número 112 de Ocean Avenue es una construcción amplia, de tres pisos, con tejas de madera oscura y revestimiento de madera pintada de blanco. El terreno en que se levanta mide quince por setenta metros y los quince metros dan al frente, de tal modo que, cuando se mira la casa desde la vereda de enfrente, la puerta de entrada queda a la derecha. Con la propiedad venía incluido un terreno arbolado –unos diez metros cuadrados– de un soto que llega hasta el río Amityville.
De un farol que está al término de la senda de entrada para coches cuelga un cartelito con el nombre que los antiguos dueños habían dado a la casa: "Grandes Esperanzas".
Un porche cerrado, con un bar, tiene vista sobre una serie de espaciosas residencias. De construcción más vieja. Hay plantas perennes en los terrenos angostos, pero los postigos cerrados son bastante visibles. George echo una mirada en derredor y pensó que esto era extraño. Notó que los postigos de los vecinos estaban cerrados en todas las ventanas que miraban a la casa. Aunque no en el frente ni en la dirección de las casas del otro lado.
La casa había estado en venta desde hacía casi un año.
El aviso no había aparecido en el diario, pero la descripción era completa en la lista que estaba en la agencia inmobiliaria de Edith Evans:

Zona exclusiva de Amityville: 6 dormitorios Colonial Holandés, amplio cuarto de estar, comedor formal, porche cerrado, 3 cuartos de baño y toilette, sótano completo, garaje para dos autos, piscina con agua caliente y amplio galpón para botes. Precio: 80.000 dólares.

¡Ochenta mil dólares! Para que una casa como la descrita pudiera venderse por ese precio era necesario que se estuviera viniendo abajo o que el linotipista se hubiera saltado un "1" antes del "8". Se podía creer que la empleada de la inmobiliaria iba a intentar mostrar la tentadora casa después de haber anochecido, y tan sólo desde afuera, pero lo cierto es que les dejó ver el interior con mucho gusto. Los Lutz hicieron su inspección de modo agradable, rápido pero exhaustivo. La vivienda no sólo respondía a su exigencias y deseos sino que, contrariamente a lo que habían esperado, tanto la casa como los anexos de la propiedad estaban en excelentes condiciones.
Sin vacilar, la señora Evans dijo a la pareja que ésta había sido la casa de los De Feo. Al parecer, todo el mundo en la zona había oído hablar de la tragedia: Ronald De Feo, de veinticuatro años, había matado a su padre, a su madre y a sus cuatro hermanos mientras dormían en la noche del 13 de noviembre de 1974.
Las versiones dadas en los diarios y la televisión se referían a que la policía había descubierto los seis cuerpos acribillados de balas disparadas por un rifle de gran potencia.
Todas las víctimas, como se enteraron los Lutz meses más tarde, estaban echados en la misma postura: boca abajo, con la cabeza descansando sobre los brazos. Al enfrentarse con su masacre, Ronald había confesado finalmente: "La cosa empezó y siguió a tal velocidad que no me pude parar".
Durante el juicio, el abogado nombrado por el tribunal, William Weber, sostuvo que su cliente era insano. "Durante meses antes del hecho", declaró el joven, "he estado oyendo voces. Me daba vuelta pero no veía a nadie. De modo que pensé que Dios me estaba hablando".
Ronald De Feo fue convicto de asesinato y recibió una sentencia de seis condenas consecutivas a cadena perpetua.
–Me pregunto si debí decirles a ustedes qué clase de casa era ésta, antes de mostrarla –dijo la señora Evans–. Lo cierto es que quería hacerme una idea para referencias futuras al tratar con clientes que buscan casas de alrededor de los noventa mil dólares.
Era evidente que ella no creía que los Lutz podían interesarse en una propiedad tan cara. Pero Kathy, después de echar una nueva mirada general a la casa, sonrió y dijo:
–Es la mejor de todas las que hemos visto. Tiene todo lo que queríamos tener.
Evidentemente, no habían contado nunca con vivir en una casa tan hermosa. Pero George se prometió a sí mismo que, si la cosa podía hacerse, ésta era la casa que habría de tener su mujer. La trágica historia que había ocurrido en el número 112 de Ocean Avenue no preocupaba ni a George, ni a Kathy, ni a sus tres hijos. Ésta era la casa con la que ellos siempre habían soñado.

Durante el resto de noviembre y las primeras semanas de diciembre los Lutz dedicaron sus noches a trazar planes de las modificaciones menores que habrían de hacerse en la nueva casa. La experiencia de George con propiedades le facilitaba la tarea de proyectar los planos de los cambios a efectuarse.
Él y Kathy decidieron que uno de los dormitorios del segundo piso habría de ser el de los dos varones: Christofer, de siete años, y Daniel, de nueve. El otro dormitorio del último piso fue asignado a los niños como cuarto de juego. Melissa (Missy) una niña de cinco años, habría de dormir en el primer piso, en un cuarto en diagonal con el dormitorio principal. También iba a haber un cuarto de costura y un amplio cuarto de vestir para George y Kathy en el mismo piso. Chris, Danny y Missy quedaron encantados con las nuevas disposiciones.
Abajo, en la planta de recepción, los Lutz se enfrentaron con un pequeño problema. No tenían muebles de comedor y, finalmente, decidieron que, antes de escriturar, George iba a decirle a la agente de la inmobiliaria que deseaba comprar los muebles de comedor que los De Feo habían dejado en depósito, junto con un juego de dormitorio infantil para Missy, una mesa de televisión y los muebles de dormitorio de Ronald De Feo. Estos objetos y otros, dejados en la casa, como la cama de los De Feo, no estaban incluidos en el precio total. George pagó cuatrocientos dólares adicionales por ellos. También obtuvo, sin aumento de precio, siete acondicionadores de aire, dos lavadoras eléctricas, dos secadores, una heladera nueva y un congelador.
Había que hacer muchas cosas antes del día de la mudanza. Además del traslado material de todas sus posesiones, se presentaban complicadas cuestiones legales que tenían que ver con la transferencia del título de propiedad y que requerían análisis y clasificación. El título de propiedad de la casa estaba hecho a nombre de los padres de Ronald De Feo. Al parecer Ronald, como único sobreviviente, tenía derecho a heredar la propiedad de sus padres, sin tomar en cuenta el hecho de que había quedado convicto del asesinato de los mismos. De ninguno de los objetos podía disponerse antes de que éstos hubieran sido estipulados legalmente en un tribunal. Era un laberinto legal bastante incómodo y los ejecutores tuvieron que atravesarlo, pero el tiempo previsto se alargó: había que tomar decisiones apropiadas respecto de las transacciones hechas con la casa o la propiedad.
Se señaló a los Lutz que era posible encontrar disposiciones para proteger los intereses legales de todas las personas interesadas si se llevaba a cabo la venta de la casa, pero que iba a tomar varias semanas, o más, el hallar el procedimiento adecuado para realizarla. Eventualmente se resolvió que, en el momento de firmar el boleto de compraventa, se entregarían cuarenta mil dólares, hasta que la escritura legal fuera completada y ejecutada.
La fecha de la escrituración se fijó el mismo día en que George y Kathy habrían de mudarse desde Deer Park. El matrimonio había decidido terminar con la venta de la antigua casa el día previo, esperando que todo iba a encontrar su solución; y probablemente movidos por el deseo de establecerse en el nuevo hogar los jóvenes resolvieron hacer un esfuerzo y acabar con todo el mismo día.
La tarea de Kathy iba a consistir esencialmente en empaquetar. Para mantener a los niños lejos de sus actividades y de las de George, Kathy les asignó tareas menores. Debían reunir sus juguetes y poner en orden sus ropas antes de empaquetar. Cuando las tareas estuvieran hechas, debían limpiar sus dormitorios para que la casa antigua presentara un aspecto aceptable a los nuevos propietarios.
George tenía intenciones de cerrar su agencia en Syosset e instalarla en su nueva casa a fin de ahorrarse el dinero del alquiler. Y había incluido este punto en el cálculo original de la forma en que él y Kathy podían permitirse un gasto de ochenta mil dólares, George supuso que el sótano, que tenía una excelente distribución de espacio, podía ser el lugar apropiado. Trasladar su equipo y los muebles iba a llevar bastante tiempo y, en caso de que el sótano llegara a ser la sede de la nueva agencia, iba a ser necesario realizar algunos trabajos de carpintería.
El embarcadero, de seis metros por trece, detrás de la casa y el garaje, no era un decorado gratuito ni un ornamento vano para los Lutz. George era dueño de un yacht de ocho metros de largo y de una lancha de más de cuatro. Las instalaciones de la nueva casa le iban a permitir ahorrar una buena cantidad de dinero que normalmente había que pagar a un club náutico. La tarea de llevar sus embarcaciones a Amityville en un acoplado se convirtió en una obsesión, pese a las prioridades que tanto él como Kathy estaban descubriendo todo el tiempo. Había mucho que hacer en el número 112 de Ocean Avenue, tanto en el interior como en el exterior. Aunque no estaba seguro de dónde iba a sacar el tiempo, George tenía intenciones de dedicarse un poco a cuidar el aspecto del jardín para impedir los daños de las heladas, y colocar tal vez algunas cubiertas de plástico sobre los matorrales, sembrar bulbos y abonar el césped con cal.
Muy atareado con sus herramientas y su equipo. George hizo progresos con algunos de sus proyectos para el interior. De cuando en cuando, acuciado por el tiempo, confundía sus proyectos acariciados con sus tareas inaplazables. Muy pronto dejó todo de lado y se puso a limpiar primero la chimenea y luego la estufa. Después de todo, la Navidad se acercaba.
Hacía mucho frío el día de la mudanza. La familia había hecho las valijas la noche anterior y había dormido sobre el suelo. George se levantó temprano y, con sus propias manos, amontonó la mayor cantidad posible de objetos en el camión de mudanza más voluminoso que pudo alquilar, terminando con su tiempo justo nada más que para asearse y correr con Kathy a firmar la escritura.
Durante el acto legal, los abogados usaron una cantidad algo mayor que la usual de discriminaciones apartados, partes y "otrosí", especificando todo esto en largas hojas de papel dactilografiado. El abogado de los Lutz explicó que, en razón de los impedimentos que había en relación a la casa, el matrimonio no poseía un título claro de propiedad, aunque contaba ya con lo mejor que había podido obtenerse con el pago adelantado. Notablemente, la escrituración ya había terminado unos minutos antes de mediodía. Cuando los Lutz abandonaban la oficina con cierta prisa, el abogado les aseguró que ya no habría problemas y que eventualmente iban a recibir los títulos de propiedad requeridos.
A la una, George tomó por la senda de entrada del número 112 de Ocean Avenue, junto con el acoplado de mudanza, lleno de sus enseres, además de la heladera, la lavadora, el secador y el congelador que los De Feo habían dejado en depósito. Kathy venía detrás con los niños en la camioneta de la familia, con la motocicleta en la parte de atrás. Cuatro amigos de George, hombres de veintitantos años y lo suficientemente fuertes para manejar muebles pesados, estaban esperando. Muebles, cajas, cajones, toneles, valijas, bolsas, juguetes, motocicletas, bicicletas y ropas fueron sacados del acoplado y llevados hasta la explanada de la parte de atrás de la casa y al garaje.
George avanzó hacia la puerta de entrada, buscando la llave en sus bolsillos. Irritado, se volvió hacia el acoplado y siguió buscándola minuciosamente, hasta que debió reconocer ante sus amigos que no la tenía. La señora Evans era la única persona que tenía la llave y se la había llevado con ella después de la firma de los documentos. George telefoneó y la señora Evans volvió a su oficina para recoger la llave.
Cuando la puerta lateral se abrió por fin, los tres niños saltaron de la camioneta y corrieron hacia sus juguetes respectivos e iniciaron sus tareas de cargadores no profesionales dentro y fuera de la casa. Kathy señalaba el destino de cada bulto.
Tomó cierto tiempo subir los enseres por la escalera bastante angosta que llevaba al primero y segundo pisos. Y cuando llegó el padre Mancuso para dar la bendición a la casa, ya era la una y media pasada.

II
18 de diciembre


El padre Frank Mancuso no era un simple sacerdote. Además de atender decididamente sus obligaciones sacerdotales, Mancuso era abogado, juez del tribunal católico y psicoterapeuta en ejercicio.
Esa mañana el padre Mancuso se había despertado con una sensación de malestar. Algo lo molestaba. No hubiera podido precisar la causa de esto, porque no tenía a la sazón preocupaciones especiales. Según sus propias palabras, al volver a considerar esos momentos sólo puede decir que se trataba de una "sensación desagradable".
Durante toda la mañana el sacerdote había recorrido sus habitaciones en la parroquia del Sagrado Corazón en un estado de gran agitación. "Hoy es jueves", pensaba. "Tengo una cita para almorzar en Lindernhurst y luego debo ir a bendecir la nueva casa de los Lutz. De allí iré a comer a casa de mi madre".
El padre había conocido a George Lee Lutz dos años antes. Aunque George era metodista, Mancuso lo había ayudado espiritualmente en los días que habían precedido a su matrimonio. Los tres niños eran hijos de un previo matrimonio, y, en su condición de sacerdote que atiende a niños católicos, el padre Mancuso sentía una necesidad personal de velar por sus intereses.
La joven pareja había invitado con frecuencia a amigo sacerdote, con su barba pulcramente recortada, a almuerzos y cenas en su casa de Deer Park De algún modo, el encuentro nunca se había producido. Y ahora George tenía una razón especial para invitarlo de nuevo: ¿vendría Mancuso a Amityvilh para bendecir la nueva casa? El padre Mancuso prometió estar allí el 18 de diciembre.
Ese mismo día en que el sacerdote aceptó ir a la casa de George, arregló también ir a comer con unos amigos en Lindernhurst, Long Island. Mancuso había tenido allí su primera parroquia. Ahora ocupaba un alto cargo en la diócesis, con sede propia en la parroquia de North Merrick. Como es natural, siempre estaba ocupado y su orden del día era muy nutrido, de tal modo que no se le podía echar la culpa si trataba de matar dos pájaros de un tire, ya que Lindernhurst y Amityville están a pocos kilómetros de distancia.
El sacerdote no lograba librarse de la "sensación desagradable" que se prolongó durante el agradable almuerzo con sus cuatro viejos amigos. Sin embargo, hizo todo lo posible para demorar su partida a Amityville, dándose largas para ponerse en marcha. Sus amigos le preguntaron adónde pensaha ir.
–A Amityville.
–¿A qué lugar en Amityville?
–Es un matrimonio joven... alrededor de treinta años, con tres hijos. Viven en...
El padre Mancuso echó una mirada a un pedacito de papel.
–En 112 Ocean Avenue.
–Ésa es la casa de los De Feo –dijo uno de los amigos.
–No. El nombre es Lutz. George y Kathleen Lutz.
–¿No se acuerda usted de los De Feo, Frank? –preguntó uno de los hombres sentados a la mesa–. El año pasado... Un hijo que mató a toda la familia: al padre, a la madre y a sus cuatro hermanos. Algo atroz. Atroz. Los diarios le dedicaron mucho espacio.
El sacerdote trató de hacer memoria. Rara vez leía las notas cuando echaba la mano a un diario; sólo dos tiras cómicas: "Broomhilda" y "Maní".
–No, no me acuerdo.
De los cuatro hombres sentados a la mesa, tres eran sacerdotes a quienes, al parecer, la cosa no les gustó. El consenso general fue que Mancuso no debía ir.
–Debo ir. Lo he prometido.

En camino a Amityville el padre Mancuso se sentía un poco nervioso. No era el hecho de visitar la casa de los De Feo: de eso estaba seguro. Era otra cosa ...
Llegó después de la una y media. La senda de entrada de los Lutz estaba tan abarrotada que debió estacionar su viejo Vega azul en la calle. Notó que era una casa enorme. ¡Tanto mejor para Kathy y los niños si Lutz había podido permitirse una mansión semejante!
El sacerdote retiró los objetos sagrados del coche y se puso la estola. levantó la botella de agua bendita y entró en la casa para efectuar el rito de bendición. No bien esparció las primeras gotas de agua bendita y pronunció las palabras que acompañan a ese gesto. el padre Mancuso oyó una voz de hombre que decía con claridad impresionante: "¡Fuera!"
El sacerdote giró sobre sus talones. impresionado. Los ojos se abrieron de asombro. La orden llegaba directamente desde atrás, pero él estaba solo en el cuarto. La persona o la entidad que había hablado no se veía por ninguna parte.
Cuando terminó con la ceremonia de la bendición. el sacerdote no mencionó el incidente a los Lutz, quienes le agradecieron su amabilidad y le pidieron que se quedara a comer con ellos, ya que ésa iba a ser la primera noche en la nueva casa. El sacerdote rechazó cortésmente la invitación, explicando que tenía intenciones de comer esa noche con su madre en su casa de Queens, que ella lo estaba esperando, que se hacía tarde y todavía había un viaje largo que hacer.
Kathy deseaba agradecer al padre Mancuso su amabilidad. George le preguntó si no aceptaría un regalo en dinero o una botella de whisky Canadian Club, pero el padre rechazó el ofrecimiento, afirmando que no podía aceptar recompensas de un amigo.
Una vez en su auto, el padre Mancuso bajó el vidrio de la ventanilla. Se repitieron las expresiones de gracias y de buenos deseos, pero mientras hablaba con el matrimonio la expresión de su cara se hizo seria.
–A propósito, George. Estuve almorzando con unos amigos en Lindernhurst antes de venir aquí. Me dijeron que ésta era la casa de los De Feo. ¿Lo sabía usted?
–¡Ah, sí, claro! Creo que por eso me costó tan poco. Hace mucho tiempo que está en oferta. Pero eso no nos preocupa en lo más mínimo. Tiene todo lo que nos hace falta.
–¿No le pareció espantoso? –dijo Kathy–. ¡Esa pobre gente! Piense usted un poco padre! ¡Los seis asesinados mientras dormían!
El sacerdote cabeceó. Luego de despedirse de los tres niños, la familia lo siguió contemplando en el momento en que partió en su auto hacia Queens.
Eran cerca de las cuatro cuando George terminó de sacar los enseres de su primer viaje de furgón. Volvió a Deer Park y enfiló por la vieja senda. Al abrir la puerta del garaje, Harry, su perro, se abalanzó y habría salido disparando en caso de no estar sujeto por una cadena. El perro, a medias Terranova, había sido dejado allí para que protegiera el resto de las posesiones de la familia. Ahora George lo hizo subir con él al camión de mudanza.
En el camino, mientras el padre Mancuso se dirigía a casa de su madre hizo un esfuerzo por formarse una idea de lo que le había ocurrido en casa de los Lutz. ¿Quién o qué podía haberle dicho semejante cosa? Después de todo, él era un psicoterapeuta profesional y, de cuando en cuando, se encontraba con pacientes que afirmaban haber oído voces; esto era un síntoma de psicosis. Pero el padre Mancuso estaba convencido de su propio equilibrio mental.
La madre del sacerdote lo saludó en el umbral de su casa e inmediatamente frunció el ceño.
–¿Qué te pasa, Frank? ¿No te sientes bien? El sacerdote meneó la cabeza.
–¡No me siento demasiado mal!
–¡Ve al cuarto de baño y mírate la cara en el espejo!
Al ver su imagen en el espejo, el padre Mancuso notó dos grandes cercos negruzcos bajo sus ojos, tan oscuros que parecían manchas de hollín. Intentó lavarse con agua y jabón, pero las manchas no se desvanecieron.

De vuelta en Amityville, George llevó al perro a la casilla al lado del garaje y lo ató con una cadena de acero de seis metros de largo. Ya eran más de las seis de la tarde y George, que se sentía muy fatigado, decidió dejar el resto de los objetos en el camión aunque estaba pagando cincuenta dólares diarios por el alquiler del vehículo. Empezó a ordenar los muebles del cuarto de estar, colocando la mayor parte de ellos en sus posiciones aproximadas.

El padre Mancuso dejó la casa de su madre después de las ocho y enderezó hacia la parroquia. En el Pasaje Van Wyck, de Queens, sintió que su coche era literalmente empujado sobre la derecha. Echó una rápida mirada en torno. ¡A una distancia de quince metros a su alrededor no había ningún vehículo!
Poco tiempo después de tomar por la carretera y seguir su camino, el capó se levantó de golpe, chocando contra el cristal delantero. Uno de los goznes soldados se soltó. ¡La portezuela de la derecha se abrió! El padre Mancuso, alarmado, trató de frenar el coche, que se detuvo por sí solo.
Muy perturbado, logró llegar hasta un teléfono y llamó a otro sacerdote que vivía en esas vecindades. Afortunadamente este colega pudo llevar al padre Mancuso a un garaje en donde logró alquilar un camión de remolque para arrastrar su coche accidentado. De vuelta en la carretera, el mecánico del garaje no logró poner en movimiento el automóvil. El padre Mancuso decidió dejar el coche en el garaje y hacerse llevar por su amigo a la parroquia del Sagrado Corazón.

Casi al fin de sus fuerzas, George resolvió terminar sus trabajos del día con algo más agradable. Puso en conexión su aparato estereofónico con el equipo de alta fidelidad que los De Feo habían instalado en la sala. Luego él y Kathy se iban a poner a oír música, gozando de su primera noche en la casa. Apenas había iniciado los trabajos, cuando Harry empezó a aullar atrozmente. Danny irrumpió precipitadamente en la casa, diciendo a gritos que Harry estaba en apuros. George corrió hacia el fondo y se encontró con que el pobre animal se estaba estrangulando: había tratado de saltar la empalizada y había enredado la cadena en la punta de una de las tablas. George libró a Harry y acortó la cadena para que el perro no realizara un nuevo intento. Y volvió a trabajar en su equipo estereofónico.

Una hora después, ya de vuelta en sus habitaciones, el padre Mancuso oyó sonar la campanilla del teléfono. Era el sacerdote que acababa de ayudarlo.
–¿Sabes qué me ocurrió después de separarnos?
El padre Mancuso casi tuvo miedo de preguntar...
–¡Los limpiaparabrisas, Frank! ¡Empezaron a moverse de un lado a otro, como enloquecidos! ¡No pude pararlos! ¡Y no los había puesto en movimiento, Frank! ¿Qué diablos está ocurriendo aquí?

Esa noche, a las once, los Lutz ya se disponían a sentarse tranquilamente para gozar de su primera noche en la casa. La temperatura había bajado afuera hasta los cinco grados bajo cero. George quemó en la chimenea unas cuantas cajas de cartón que ardieron, alegremente. Era el 18 de diciembre de 1975, el primero de sus veintiocho días.


III
Del 19 al 21 de diciembre


George se sentó en la cama, completamente despierto. Había oído un llamado en la puerta del frente.
Escudriñó la oscuridad. Por un instante no supo dónde estaba, pero luego logró situarse. Estaba en el dormitorio principal de su nueva casa. Kathy dormía a su lado, arropada bajo las abrigadas cobijas.
Se oyó un nuevo golpe en la puerta. "¡Santo Dios! ¿Qué es eso?", murmuró.
Tendió un brazo hacia la mesa de noche buscando su reloj de pulsera. ¡Eran las tres y cuarto de la mañana! Otro nuevo golpe, muy recio. Pero esta vez tuvo la impresión de que el ruido no venia de abajo, sino más bien de algún lugar a su izquierda.
George salió de la cama, caminó por el corredor frío, sin moquette, hasta el cuarto de vestir que daba sobre el río Amityville. Miró por la ventana hacia la oscuridad exterior. Oyó de nuevo un golpe. George hizo un esfuerzo por ver algo. "¿En dónde diablos está Harry?"
Desde algún punto que estaba por encima de su cabeza llegó un chirrido. Instintivamente se apartó y luego miró al techo. Oyó un crujido. Los niños, Danny y Chris, se hallaban en el dormitorio que estaba encima del suyo. Probablemente uno de ellos habría arrojado un juguete al suelo al hacer un movimiento mientras dormía.
Descalzo y con los pantalones del piyama como única vestimenta, George empezó a tiritar. Echó una mirada por la ventana. ¡Si, algo se estaba moviendo por el lado del embarcadero! Sin demorarse, levantó el cristal de la ventana y recibió contra la cara la ráfaga de aire frío. "¡Eh! ¿Quién anda ahí?" Harry ladró y se movió. George, tratando de escudriñar la oscuridad, vio que el perro daba un salto. La sombra estaba próxima a Harry.
¡Harry! ¡Agárralo!
Otro golpe se oyó, proveniente del embarcadero, y Harry giró al oírlo. Se echó a correr en torno de la casilla, ladrando fuertemente, tironeando de la cadena.
George cerró la ventana de golpe y corrió hacia su dormitorio. Kathy se había despertado.
–¿Qué ocurre? –preguntó, encendiendo la lámpara de la mesa de noche, mientras George se ponía los pantalones.
–¿George?
Kathy vio la cara barbada que se volvía hacia ella.
–Todo está en orden, querida. Sólo quiero bajar a echar un vistazo. Harry ha descubierto no sé qué junto al embarcadero. Probablemente un gato. Es mejor que lo tranquilice antes de que despierte a todo el vecindario.
Metió los pies en las zapatillas y tanteó en busca de su vieja bata azul marino, que estaba echada sobre una silla.
–Vuelvo en seguida. Sigue durmiendo.
Kathy apagó la luz.
–Ponte la chaqueta.
A la mañana siguiente, Kathy ya no pudo recordar que se había despertado durante la noche.
Cuando George salió por la puerta de la cocina, Harry seguía ladrando a la sombra movediza. Junto al borde de la piscina había una tabla apoyada contra la baranda. George la asió y corrió hacia el galpón de los botes. Entonces vio que la sombra se movía. George asió con más fuerza la tabla. Se oyó otro golpe vigoroso.
–¡Maldición! –exclamó George, dándose cuenta de que el ruido provenía de la puerta del embarcadero; abierta y balanceada por el viento–. ¡Creí que la había cerrado!
Harry ladró de nuevo.
–¡Basta, Harry, basta! ¡Termina de una vez!
Media hora más tarde George se había metido de nuevo en su cama y seguía perfectamente despierto. En esa condición de ex marino, alejado no hacia tanto del servicio, estaba acostumbrado a las llamadas intempestivas. Pero poner en movimiento su sistema de alarma interno le llevaba tiempo.
Mientras esperaba conciliar el sueño, George reflexionó en la situación en que se había metido: un segundo matrimonio con tres hijos que no eran suyos, una nueva casa con una fuerte hipoteca. Los impuestos en Amityville eran tres veces más altos que en Deer Park. ¿Le hacía falta realmente la nueva lancha? ¿Cómo diablos se las iba a arreglar para pagar por todas estas cosas? El negocio de la construcción era muy lerdo en Long Island, por culpa de la rigidez del sistema de pagos, y al parecer la cosa no se iba a arreglar mientras los Bancos no aflojaran las riendas. Si no se construyen casas y la gente no compra propiedades, ¿a quién diablos le hace falta un vendedor de inmuebles?
Kathy se movió en su sueño y dejó caer un brazo en torno del cuello de George. Hundió profundamente la cara en el pecho de él, que sintió el olor del pelo de ella. Sin duda tenía olor a limpio, pensó, y la idea fue de su agrado. También mantenía a sus hijos así: inmaculados. ¿Sus hijos? Los de George, ahora. Cualesquiera que fueran las dificultades, ella y los niños merecían que uno las enfrentara.
George miró el techo. Danny era un buen chico, capaz en todo sentido. Podía encontrar la vuelta para hacer cualquier cosa que se le pidiera. Ahora se estaban haciendo más amigos, Danny había empezado a llamar "papá" a su padrastro: ya no le decía "George". En cierto modo, George se alegraba de no haber conocido nunca al ex marido de Kathy; de este modo Danny era enteramente suyo. Kathy le había dicho que Chris era igual a su padre, que tenía los mismos modales, los mismos cabellos crespos y los mismos ojos. Cuando George le reprochaba algo al niño, la cara de Chris se entristecía, compungida, y el niño lo miraba con ojos muy expresivos. Sin duda el niño sabía usar los ojos.
A él le gustaba la forma en que los dos varones se ocupaban de Missy, una verdadera calamidad, aunque muy despierta para sus seis años. Nunca había tenido dificultades con ella desde el primer día en que había visto a Kathy. Era la nena de papá y nada más. "Me escucha a mí y a Kathy. Lo cierto es que los tres nos escuchan. Son tres chicos buenos".
Después de las seis George logró quedarse dormido. Kathy se despertó unos pocos minutos después y echó una mirada en torno del extraño dormitorio, tratando de poner en orden sus pensamientos. Estaba en el dormitorio de su hermosa casa nueva. Tenía junto a ella a su marido y los tres niños estaban durmiendo en sus propios dormitorios. ¿No era maravilloso esto? Dios había sido bueno con ellos.
Kathy trató de deslizarse bajo el brazo de George. El pobre había trabajado demasiado ayer, pensó Kathy, y hoy tenía más quehaceres por delante. Mejor dejarlo dormir. Ella, en cambio, no podía dormir: había demasiadas cosas que hacer en la cocina y era mejor empezar a moverse antes de que se levantaran los chicos.
Ya abajo, Kathy echó una ojeada a su nueva cocina. Afuera todavía estaba oscuro. Encendió la luz. Sobre el piso y la pileta había cajas apiladas con fuentes, vasos y cacerolas. Las sillas seguían puestas sobre la mesa de cocina. De todos modos, pensó Kathy sonriéndose a sí misma, la cocina iba a ser un cuarto feliz para toda la familia. Tal vez fuera el lugar adecuado para la Meditación Trascendental, que George practicaba desde hacía dos años y Kathy desde hacía un año. Él se había puesto a meditar después del fracaso de su primer matrimonio y había asistido a sesiones de un grupo de terapia. De aquí había nacido su interés en la meditación. Le había hecho conocer el tema a Kathy, pero ahora, atareado con la mudanza, se había olvidado totalmente de su hábito, bien establecido, de encerrarse en su cuarto y meditar unos cuantos minutos cada día.
Kathy lavó su calentador eléctrico; lo llenó, lo enchufó y encendió su primer cigarrillo del día. Mientras bebía el café, sentada a la mesa con un block y un lápiz, empezó a tomar nota de las tareas que debía hacer en la casa. Hoy era viernes 19. Los chicos no habrían de ir a la nueva escuela hasta después de las vacaciones de Navidad. ¡Navidad! ¡Había tanto por hacer aún!
Kathy tuvo la sensación de que alguien la estaba mirando fijamente. Sorprendida, levantó la mirada y se volvió. Su hija menor estaba en el pasillo.
–¡Missy! Me has dado un susto. ¿Qué pasa? ¿Por qué te has levantado tan temprano?
La niña tenía los ojos entornados. Los cabellos rubios le cubrían la cara. Echó una mirada en derredor, como si no se diera cuenta de dónde estaba.
–Quiero ir a casa, mamá.
–Estás en casa, Missy. Ésta es nuestra nueva casa. Ven aquí.
Missy se acercó tambaleando hasta Kathy y subió a su regazo. Las dos damas de la casa permanecieron sentadas en su simpática cocina; Kathy acunó a su hija hasta que ésta quedó dormida.
George bajó después de las nueve. A esta hora los muchachos ya habían terminado el desayuno y estaban fuera, jugando con Harry y haciendo investigaciones. Missy dormía nuevamente en su dormitorio.
Kathy miró a su marido, que llenaba el marco de la puerta con su corpulencia. Notó que no se había afeitado la parte de abajo de la mandíbula y que los cabellos de color rubio oscuro y la barba estaban desgreñados. Todo esto quería decir que no se había dado una ducha.
–¿Qué ocurre? ¿No piensas trabajar hoy? George se sentó pesadamente a la mesa.
–No. Todavía tengo que descargar el camión y volver a Deer Park. Hemos gastado cincuenta dólares más por haberlo retenido toda la noche.
Echó una mirada en derredor, bostezando, y tuvo un escalofrío.
Aquí hace frío. ¿No has puesto la calefacción?
Los muchachos pasaron junto a la pueta de la cocina, gritando detrás de Harry. George levantó la mirada.
–¿Qué les pasa a esos dos? ¿No puedes hacer que se queden quietos?
Ella, de pie junto a la pileta, se volvió.
–¡No tienes que gritarme! ¡El padre eres tú! ¡Hazlos callar!
George golpeó la mesa con la palma de la mano. El ruido hizo dar un salto a Kathy.
–¡Está bien! –gritó.
Abrió la puerta de la cocina y se asomó. Danny, Chris y Harry seguían corriendo de un lado para otro.
–¡Basta! ¡Basta de bochinche! ¡Basta!
Y, sin esperar la reacción de ellos, cerró la puerta de un portazo y salió bruscamente de la cocina.
Kathy quedó sin habla. Era la primera vez que George había salido de sus casillas y había gritado a los niños. ¡Y por tan poca cosa! Ayer no había estado de mal humor.
George descargó con sus propias manos el camión y volvió con él a Deer Park, poniendo la motocicleta en la parte de atrás, para la vuelta a Amityville. No se afeitó, no se duchó y no hizo durante el resto del día nada más que quejarse por la falta de calefacción en la casa y por el ruido que hacían los niños en el cuarto de juegos del piso alto.
Todo ese día, George no hizo más que rezongar y esa noche, a las once más o menos, cuando ya era hora de meterse en cama, Kathy ya estaba harta. Estaba muy cansada de poner una y otra cosa en orden y tratar de mantener a los niños lejos de George. A la mañana siguiente habría de iniciar la limpieza de los cuartos de baño, pero esta noche no podía hacerlo. Ahora se iba a meter en cama.
George se quedó un rato en la sala, echando un leño tras otro en la chimenea. Aunque el termostato marcaba veinte grados, no podía entrar en calor. Probablemente verificó una docena de veces la temperatura del calorífero en el sótano a lo largo del día.
A las doce, finalmente, George fue al dormitorio y se echó a dormir sin más. A las tres y cuarto de la mañana estaba de nuevo despierto y sentado en la cama.
Algo lo estaba preocupando. El embarcadero. ¿Había trancado la puerta... sí o no? No podía recordar. Tuvo que salir a comprobar. La puerta estaba cerrada y trancada.
En los dos días siguientes la familia Lutz pasó por un extraño cambio de personalidad colectiva. Como hubo de decir George más adelante: "No fue algo repentino. Fue en pedacitos: por aquí y por allá." El ni se afeitaba ni se bañaba, como siempre lo había hecho, infaltablemente. Por lo general, George dedicaba todo el tiempo que podía a su trabajo: dos años antes había abierto una segunda oficina en Shirley para atender negocios inmobiliarios en la costa sur. Ahora, en cambio, se conformaba con llamar a Syosset y dar órdenes malhumoradas a sus empleados, exigiéndoles que terminaran con sus tareas de inspección antes de fin de semana, ya que él necesitaba el dinero. En cuanto a la posibilidad de mudar su oficina al nuevo sótano, no lo pensó ni un solo instante.
En cambio, se quejaba constantemente de que la casa estaba fría como una heladera y había que calentarla. Echar leño tras leño a la chimenea le ocupaba la mayor parte del tiempo, salvo en los momentos en que iba al embarcadero, miraba el espacio vacío y volvía a la casa. Ni siquiera al llegar a este punto podía decir qué iba a mirar allí cuando salía. Sólo sabía que se sentía arrastrado a ese lugar. Prácticamente era una compulsión. En la tercera noche que pasaron en la casa, George se despertó nuevamente a las tres y cuarto, muy preocupado con la idea de lo que podía estar ocurriendo.
Los niños también lo irritaban. A partir del momento de la mudanza, se habían convertido en unos mocosos traviesos, unos monstruos malcriados que no oían ninguna advertencia, niños desbandados a quienes había que castigar severamente.
Cuando se trataba de los niños, Kathy tenía la misma impresión. Se sentía crispada por sus relaciones tensas con George y por los esfuerzos que realizaba para poner la casa en orden antes de Navidad. En la cuarta noche que pasaron en la casa. Kathy estalló y, junto con su marido, castigó a Danny, a Chris y a Missy con una correa y un pesado cucharón de madera.
Los niños habían roto accidentalmente el vidrio de una ventana en la banderola semicircular del cuarto de juegos.


IV
22 de diciembre


El lunes, por la mañana temprano en Amityville hacía mucho frío. La ciudad se levanta sobre la costa atlántica de Long Island y el viento marino sopla reciamente. El termómetro marcaba cinco grados bajo cero y los meteorólogos anunciaban una Navidad blanca.
En la casa de Ocean Avenue, Danny, Chris y Missy Lutz estaban en el cuarto de juegos, levemente aplacados después de la llamada al orden de la noche anterior. George todavía no había ido a su oficina y estaba sentado en la sala, poniendo de cuando en cuando un leño en un fuego ya muy vivo. Kathy escribía en su mesita del rincón de la cocina.
Al redactar la lista de las cosas que había que comprar para Navidad, la concentración mental de Kathy empezó a flaquear. Se sentía culpable por haber castigado físicamente a los niños, y, en especial, por la forma en que George y ella habían actuado. Muchos regalos estaban aún por comprarse y Kathy sabía que debía salir a comprarlos. Sin embargo, desde que se había mudado, nunca tenía ganas de salir a la calle. Acababa de escribir el nombre de la tía Theresa cuando de repente sintió que se le enfriaba la sangre y quedó con el lápiz suspendido en el aire.
Alguien había llegado desde atrás y la había abrazado. Luego le había tomado la mano y le había dado una palmada. El contacto era tranquilizador, como dotarlo de una fuerza interior. Kathy, aunque sobresaltada, no tuvo miedo: sintió que ésta era algo así como la caricia de una madre que conforta a su hija. ¡Kathy tuvo la impresión de que una suave mano femenina estrechaba su propia mano!
–¡Mamá! ¡Ven aquí, pronto!
Era la voz de Chris, llamando desde el rellano del último piso.
Kathy levantó la mirada. El hechizo fue interrumpido, el contacto había desaparecido. Subió corriendo las escaleras en busca de sus hijos, que estaban en el cuarto de baño y tenían la mirada clavada en el inodoro. Kathy vio que el interior del inodoro estaba absolutamente negro, como si alguien lo hubiera pintado desde el fondo hasta el borde. Kathy oprimió el botón y el agua bajó de todos lados: el negro permaneció.
Kathy arrancó un pedazo de papel higiénico e intentó vanamente, frotando, hacer desaparecer aquel color.
–¡No puedo creerlo! ¡Ayer froté todo con Clorox. Se volvió hacia los niños con aire acusador: –¿Han echado pintura aquí?
–¡No, mamá, no! –exclamaron los tres al unísono.
Kathy estaba a punto de enloquecer: el incidente ocurrido a la hora del desayuno fue olvidado. Echó una mirada al lavabo y a la bañera: brillaban después del escrupuloso tratamiento que ella había aplicado. Probó los grifos. Salía agua limpia y nada más. Una vez más abrió el depósito de agua, sin esperar ya que desapareciera el horrendo color negro.
Kathy se arrodilló y examinó la base del inodoro para ver si no había una infiltración desde el interior del artefacto. Por último se volvió hacia Danny.
–Tráeme el Clorox del cuarto de baño. Está en el cajoncito debajo del lavabo.
Missy hizo ademán de irse.
–¡Missy: quédate aquí! Deja que Danny haga lo que digo.
El muchacho salió del cuarto de baño.
–¡Y trae también el cepillo de piso –gritó Kathy detrás.
Chris escudriñó la cara de su madre con unos ojos llenos de lágrimas.
–No lo hice. No me pegues de nuevo.
Kathy lo miró y recordó la atroz noche pasada.
–No, querido, no fue culpa tuya. Algo ocurrió con el agua, creo. Tal vez alguna obstrucción de combustible en las cañerías. ¿Nunca has notado nada?
–¡Yo debía ir! ¡Yo lo vi primero! –gritó Missy.
–¿Ajá? Bueno... veamos qué se puede hacer con el Clorox antes de llamar a tu padre y ...
–¡Mamá, mamá! –la voz llegaba ahora de abajo, desde el vestíbulo.
Kathy salió al pasillo del cuarto de baño.
–¿Qué pasa, Danny? ¡Te dije que está debajo del lavabo!
–¡No, mamá, no es eso! Ya lo tengo. Pero tu inodoro también está negro. ¡Y hay mal olor!
El cuarto de baño de Kathy estaba en el extremo más alejado de su dormitorio. Danny estaba en la entrada al dormitorio, apretándose las narices, cuando Kathy y los otros dos niños llegaron corriendo. En cuanto Kathy entró en el dormitorio, sintió el olor: un perfume dulzón. Se paró, husmeó el aire y frunció el ceño.
–¿Qué es esto? ¡No es mi agua de Colonia!
Sin embargo, cuando entró al baño, fue asaltada por un olor totalmente distinto: un hedor espantoso.
Kathy tuvo una arcada y empezó a toser, pero antes de salir corriendo captó una imagen de su inodoro. ¡Estaba completamente negro!
Los niños se apartaron del camino cuando Kathy se preciptó escaleras abajo.
–¡George!
–¿Qué quieres? ¡Estoy ocupado!
Kathy entró como una exhalación en la sala y corrió hacia el lugar en donde estaba George, acurrucado junto a la chimenea.
–¡Ven a ver, por favor! ¡En nuestro cuarto de baño hay olor a rata muerta! ¡Y el inodoro está totalmente negro!
Kathy le agarró una mano y lo sacó vigorosamente del cuarto.
El inodoro del otro cuarto de baño en el piso de arriba también estaba enteramente negro, según comprobó George, pero no hedía. George husmeó el extraño perfume del cuarto.
–¿Qué diablos es este olor?
Y se puso a abrir las ventanas del segundo piso.
–En primer lugar: ¡tenemos que librarnos de este olor asqueroso!
George abrió las ventanas de su dormitorio y tomó por el pasillo en dirección a los otros cuartos. Luego oyó la voz de Kathy.
–¡George! ¡Mira esto!
El cuarto dormitorio del segundo piso –convertido ahora en el cuarto de costura de Kathy– tenía dos ventanas. Una de ellas, la que daba sobre el embarcadero y el río Amityville, era la ventana que George había abierto la primera noche, cuando se había despertado a las tres y cuarto. La otra daba sobre la casa vecina, a la derecha de 112 Ocean Avenue. ¡En esta ventana había centenares de moscas que zumbaban contra los cristales!
–¡Santo Dios! ¡Mira esto! ¿De dónde vienen? Moscas ahora...?
–Tal vez están atraídas por el olor –se aventuró a decir Kathy.
–Sí ... pero no en esta época del año. Las moscas no viven tanto tiempo. No con estas temperaturas. Y... ¿por qué se amontonan todas contra el vidrio de esta ventana?
George echó una mirada a todo el cuarto, tratando de descubrir de dónde venían los insectos. En un rincón había un placard. Abrió la puerta y escudriñó el interior, buscando grietas..., cualquier cosa que pudiera dar una explicación del hecho.
–Si la pared de este placard diera sobre el cuarto de baño, a lo mejor podían ser atraídas por el calor, pero esta pared da a la calle.
George puso la mano sobre la pared.
–Está fría. No veo cómo pueden haber sobrevivido.
Después de hacer pasar a su familia al vestíbulo, George cerró la puerta que llevaba al cuarto de costura. Abrió la otra ventana, la que daba sobre el desembarcadero, recogió algunos periódicos y espantó las moscas que pudo. Mató las que quedaban y luego cerró la ventana. Al llegar a este punto el segundo piso estaba ya muy frío, pero por lo menos el perfume dulzón se había ido. También había disminuido el hedor en el cuarto de baño.
Pero nada de esto ayudó a George en sus esfuerzos por calentar la casa. Aunque nadie se había quejado, verificó el aparato de calefacción en el sótano. Marchaba perfectamente. A las cuatro de la tarde el termómetro de la sala marcaba veinticinco grados, pero George no podía sentir el calor.
Kathy había frotado el fondo de los inodoros con Clorox, Fantastik y Lysol. Los productos de limpieza habían tenido algún efecto, pero en buena parte la tintura negra seguía incrustada en la loza. El peor de todos era el inodoro del segundo cuarto de baño, junto al cuarto de costura.
La temperatura exterior había subido a cuatro grados bajo cero y los niños habían salido y estaban jugando con Harry. Kathy les advirtió que debían mantenerse lejos del embarcadero y la zona arbolada, diciendo que era peligroso jugar allí si no había nadie que los estuviera vigilando.
George había traído algunos leños más del garaje y estaba sentado en la cocina con Kathy. Los dos se pusieron a discutir violentamente, sin ponerse de acuerdo sobre quién habría de efectuar las compras de los regalos de Navidad.
–¿No puedes elegir, por lo menos, un perfume para tu madre? –preguntó George.
–¡Tengo que poner esta casa en orden! –gritó Kathy, enfurecida–. ¿Qué estás haciendo tú, fuera de molestar?
Al cabo de unos minutos la colisión ya había pasado. Kathy se disponía a hablar de la extraña experiencia que había tenido esa mañana en su rincón de la cocina cuando sonó el timbre de entrada.
Un hombre de una edad intermedia entre los treinta y cinco y los cuarenta y cinco años, con una calvicie incipiente, estaba parado en el umbral, con una sonrisa incierta en la cara y una caja con seis latas de cerveza en la mano. Los rasgos eran toscos y la nariz estaba enrojecida por el frío.
–Todos quieren venir a darles la bienvenida al barrio. No lo toman ustedes a mal, ¿verdad?
El hombre tenía puesto un sobretodo de lana de tres cuartos de largo, pantalones de pana y botas claveteadas. A George la pareció que no tenía aire de ser uno de los vecinos que habitaban las mansiones de la zona.
Antes de mudarse a Amityville, George y Kathy habían jugado con la idea de tener casa abierta, pero una vez instalados en el nuevo domicilio, no habían vuelto a hablar del tema. George saludó con un movimiento de cabeza al representante del vecindario.
–No, no nos parece mal. Siempre que no les incomode sentarse en cajas de embalaje, puede usted venir con todos sus amigos.
George lo hizo pasar a la cocina y presentó a su mujer. El hombre repitió su frase ante ella. Kathy hizo un gesto de aprobación y el hombre prosiguió contando a los Lutz que tenía una lancha que guardaba en un embarcadero vecino, varias casas más allá en la misma avenida.
El hombre levantó la caja de las cervezas y dijo:
–Yo la traje y yo me la llevo.
George y Kathy nunca supieron cómo se llamaba. No volvieron a verlo.
Esa noche, cuando fueron a acostarse, George hizo su previa inspección de puertas y ventanas, todos los cerrojos y pestillos de adentro y de afuera, de tal modo que, cuando se despertó una vez más a las tres y cuarto de la mañana, y cedió al impulso que le llevaba a echar una mirada abajo, quedó asombrado al encontrarse con que el portón de madera del frente –que pesaba por lo menos ciento veinte kilos estaba abierto y desquiciado, ¡colgando de un solo gozne!


V
23 de diciembre


Kathy fue despertada por los ruidos que hacía George debatiéndose con el portón desvencijado. Se levantó y, al sentir el frío que había invadido la casa, se echó encima una bata y corrió escaleras abajo. Encontró a su marido haciendo esfuerzos por encajar el pesado portón de madera en su marco.
–¿Qué ha pasado?
–No lo sé –contestó George, logrando por fin cerrar la puerta–. La puerta estaba totalmente abierta y colgada de un gozne, ¡Mira esto!
Y señaló la cerradura metálica. El picaporte estaba completamente fuera de centro. La cubierta metálica estaba levantada, como si alguien hubiera querido arrancarla con una herramienta, ¡desde adentro!
¡Alguien había tratado de salir de la casa, no de entrar!"
–No sé qué está pasando aquí –murmuró George, hablando más para sí mismo que para Kathy–
–Sé que cerré antes de subir. Para abrir la puerta desde adentro bastaba con girar la llave.
–¿Desde afuera es lo mismo?
–No. Afuera no hay ningún desperfecto ni en la cerradura ni en el picaporte. Sólo alguien con una fuerza tremenda puede haber sido capaz de sacar de de sus goznes a un portón tan macizo como éste..
–Tal vez fue el viento, George –dijo Kathy esperanzada– A veces es muy fuerte aquí, ¿sabes?
–Aquí el viento no entra, y mucho menos un huracán. ¡Alguien o algo es el autor de esto!
Los Lutz cambiaron una mirada. Kathy fue la primera en reaccionar. "¡Los chicos!" Se dio vuelta y corrió escaleras arriba hasta el dormitorio de Missy.
Una lucecita en forma de oso estaba enchufada en la pared, cerca de la parte baja de la cama de la niña. A la débil luz, Kathy pudo ver la forma del cuerpo de Missy, echada boca abajo.
–Missy –susurró Kathy, inclinándose sobre la cama.
Missy lanzó un leve gemido y se puso boca arriba. Kathy exhaló un suspiro de alivio y subió las frazadas hasta la barbilla de su hija. El aire frío que había entrado mientras la puerta estaba abierta había enfriado el cuarto. Kathy besó a Missy en la frente y silenciosamente salió del cuarto, dirigiéndose al piso alto.
Danny y Chris dormían profundamente, los dos boca abajo. "Ahora, cuando pienso en ello, dice Kathy, me doy cuenta que fue la primera vez que vi a los chicos dormir en esa postura... Especialmente a los tres al mismo tiempo. Incluso recuerdo que iba a decir algo a George en ese sentido, a decirle que aquello me parecía raro".
Por la mañana la ola de frío que envolvía a Amityville no se había retirado. El cielo estaba nublado y la radio prometió, una vez más, una Navidad con nieve. En el vestíbulo de la casa de los Lutz el termómetro seguía marcando veintidós grados, pero George había vuelto al cuarto de estar y seguía metiendo leños entre las llamaradas de la chimenea. George dijo a Kathy que no podía librarse del frío que lo tenía transido hasta los huesos, y que no entendía por qué razón ella y los niños no sentían tanto frío como él.
La tarea de cambiar el picaporte y la cerradura en la puerta de entrada era demasiado complicada, incluso para un hombre tan avezado como George. El cerrajero local llegó a eso de las doce, como se había convenido. El hombre hizo una inspección larga y minuciosa de los daños dentro de la casa y luego miró a George con una expresión peculiar, sin ofrecer ninguna explicación de los motivos que habían hecho posibles los trastornos relatados.
El hombre terminó su trabajo lenta y tranquilamente. Al retirarse, el cerrajero dijo que, en una ocasión, los De Feo lo habían invitado dos años antes. "Tuvieron algún inconveniente con la cerradura de la casilla de los botes". Lo habían llamado para cambiar el cerrojo, ya que antes la puerta, cuando se cerraba desde adentro se trababa. y la persona que estaba en la casilla no podía salir.
George quiso decir algo más en relación al embarcadero, pero cuando Kathy lo miró se contuvo. Ni él ni ella querían enterarse de las noticias que circulaban a la sazón en Amityville: cosas raras estaban ocurriendo una vez más en el número 112 de Ocean Avenue.
A eso de las dos de la tarde la temperatura empezó a subir. Una leve llovizna bastó para que los niños decidieran quedarse en casa. George, como siempre, no había ido a su oficina y seguía yendo y viniendo entre la sala y el sótano, agregando leños a la chimenea y comprobando el funcionamiento del calefactor. Danny y Chris estaban en el cuarto de juegos del tercer piso y jugaban ruidosamente con sus juguetes. Kathy había vuelto a sus tareas de limpieza y forraba con papel las tablas de los placards. Ya había avanzado hasta su dormitorio del segundo piso Cuando se le ocurrió echar una mirada al cuarto de Missy. La niña estaba sentada en su diminuta hamaca y canturreaba para sí misma una canción mientras miraba por la ventana que daba sobre el embarcadero.
Kathy se disponía ya a decir algo a su hija cuando sonó el teléfono. Tomó el llamado desde el aparato que estaba en su dormitorio. Era su madre, que anunciaba la llegada para el día siguiente –Nochebuena– con el hermano de Kathy, Jimmy, que iba a llevarles un árbol de Navidad como regalo para caldear el ambiente.
Kathy dijo que se sentía muy aliviada de que alguien hubiera pensado finalmente en el árbol, ya que ella y George no se habían sentido capaces de hacer compras de ninguna clase. Luego, con el rabillo del ojo, vio que Missy abandonaba su dormitorio y se dirigía al cuarto de costura. Kathy sólo oía a medias lo que le decía su madre. ¿Qué podía estar haciendo en ese cuarto donde se habían amontonado las moscas el día anterior? Podía escuchar el canturreo de la niña, que se movía entre las cajas de cartón aún no abiertas.
Kathy se disponía ya a interrumpir a su madre cuando vio llegar a Missy desde el cuarto de costura. La niña, al tomar por el pasillo y volver a su dormitorio, dejó de canturrear. Sorprendida por el comportamiento de su hija, Kathy reanudó la conversación con su madre, dándole una vez más las gracias por el árbol. Luego colgó, avanzó sigilosamente hasta el cuarto de Missy y se paró en el umbral.
Missy estaba de vuelta en su mecedora, miraba fijamente a la misma ventana y canturreaba una canción que no parecía del todo conocida. Kathy se disponía a decir algo cuando Missy dejó de canturrear y, sin volver la cabeza, preguntó:
–Mamá... ¿hablan los Angeles?
Kathy miró a su hija. ¡La niña se había dado cuenta que ella estaba allí! Pero antes de que Kathy pudiera entrar al cuarto, fue sorprendida por un estruendo que llegaba desde arriba. ¡Los muchachos estaban en el otro piso! Asustada, subió corriendo las escaleras en dirección al cuarto de juegos. Danny y Chris se revolcaba por el suelo, trenzados, golpeándose y pateándose.
–¿Qué pasa aquí? –preguntó Kathy–. ¡Danny! ¡Chris! ¡Basta! ¿Me oyen?
Trató de separarlos, pero los dos niños trataban de lastimarse, con los ojos relampagueantes de furor, Chris gritaba en medio de su furia. Era la primera vez que los dos hermanos se habían trabado en una pelea.
Kathy dio una bofetada –bastante vigorosa– a cada uno, y exigió que se le explicara cómo se había iniciado la gresca.
–Fue Danny que empezó –dijo Chris lagrimeando.
–¡Mentiroso! ¡Tú empezaste! –exclamó Danny, torciendo la cara.
–¿Qué empezó qué? ¿Por qué están peleando? –preguntó Kathy levantando la voz. Ninguno de los niños contestó. Muy pronto los dos se apartaron de su madre. Kathy sintió que fuera cual fuere la historia entre ellos, era asunto de ellos y no de su madre.
Su paciencia se agotó.
–¿Qué está pasando aquí? Primero Missy con sus ángeles, y ahora ustedes dos, estúpidamente, tratan de matarse. Bueno. ¡Basta por hoy! Veremos qué va a decir papá de todo esto. Los dos recibirán el castigo merecido, pero ahora no quiero oír absolutamente nada de ninguno de los dos. ¿Me oyen? ¡Ni una sola palabra más!
Kathy, temblando, bajó las escaleras y volvió a sus tareas. "Tranquilízate", se dijo a sí misma. Al pasar junto al cuarto de Missy, oyó que la niña canturreaba la misma canción extraña. Kathy estuvo a punto de entrar, pero luego le pareció más oportuno no hacerlo y continuó su camino. Más adelante habría de hablar con George, cuando lograra tener una actitud más calma en relación a todo el asunto.
Kathy recogió un rollo de papel de envolver y abrió la puerta del placard. Inmediatamente le llegó a sus narices un olor rancio. "¡Dios mío! ¿Qué es esto?" Miró de la cadenita que colgaba del techo del placard para encender la luz y miró dentro. El placard estaba vacío, salvo por una sola cosa. El primer día en que los Lutz se habían mudado, Kathy había colgado un crucifijo en la pared interna, frente a la puerta del placard tal como lo había hecho cuando, vivían en Deer Park. Un amigo le había dado el crucifijo como regalo de bodas: era un crucifijo de plata, una obra de buena artesanía, de unos treinta centímetros de largo, que tenía la bendición desde hacía mucho tiempo.
Cuando Kathy lo buscó con la mirada y lo encontró, sus ojos se dilataron de horror. El olor rancio le provocó arcadas, pero no pudo apartar la vista del crucifijo, ¡que colgaba cabeza abajo!


VI
24 de diciembre


Ya hacía casi una semana que el padre Mancuso había estado en la casa de Ocean Avenue. Los inquietantes incidentes de ese día y esa noche seguían presentes en su mente, aunque no los había comentado con nadie: ni siquiera con George y Kathy Lutz, ni siquiera con su superior eclesiástico.
En la noche del 23, el padre Mancuso había tenido un ataque de gripe. El sacerdote había sentido chuchos y sudores ,alternados. Y, cuando finalmente se levantó de la cama y se tomó la temperatura, el termómetro marcaba treinta y nueve grados. Ingirió algunas aspirinas, esperando que le bajaran la fiebre. Esto ocurría en días de Navidad, cuando se presenta una gran cantidad de obligaciones para la gente de iglesia: un tiempo muy inapropiado para caer enfermo.
El padre Mancuso se sumió en un sueño turbulento. A eso de las cuatro de la mañana del día de Nochebuena se despertó y se encontró con que su temperatura estaba en treinta y nueve grados y medio. El padre llamó al párroco a sus habitaciones. Éste decidió llamar al médico. Mientras el padre Mancuso esperaba al médico, empezó a pensar en la familia Lutz.
Había algo que lo inquietaba y, al mismo tiempo, que no podía precisar. Todo el tiempo tenía en la mente la imagen de un cuarto que, según creía él, estaba en el primer piso de la casa. Pese a que era presa de un cierto mareo, el sacerdote podía vislumbrar claramente el cuarto: estaba lleno de cajas sin abrir cuando él había dado la bendición a la casa, y también recordaba haber visto el galpón de los botes desde las ventanas.
El padre Mancuso recuerda que, cuando estaba enfermo en cama, había usado las palabras "el mal" en sus reflexiones, pero cree ahora que la fiebre elevada puede haberle jugado una mala pasada a su imaginación. También recuerda que tuvo un impulso, tan fuerte que podía calificarse de obsesión, de llamar a los Lutz y advertirles que debían mantenerse lejos de ese cuarto por todos los medios.

En esos mismos instantes, en Amityville, Kathy Lutz se había puesto a pensar en el cuarto del primer piso. De cuando en cuando, Kathy sentía la necesidad de estar sola, y para esto debía tener su propio cuarto. El lugar elegido para su meditación podía ser éste, junto con la cocina. Este tercer dormitorio del primer piso podría servir como cuarto de vestir y depósito general para los guardarropas crecientes de ella y de George.
Entre las cajas que estaban en el cuarto de costura había algunas con adornos de Navidad, acumulados a lo largo de los años. Había llegado el momento de desempaquetar las bolas y las velitas, ponerlas en condiciones para colgarlas del árbol que su madre y su hermano habían prometido traer esa tarde. Después del almuerzo Kathy pidió a Danny y a Chris que bajaran las cajas a la sala. George estaba más interesado en los leños de la chimenea y sólo se ocupó distraídamente de las lucecitas de Navidad, probando las bombillas de colores y desenredando los hilos. En las horas que siguieron Kathy y los niños se dedicaron activamente a quitar el papel de seda en que estaban envueltas las bolas de bonitos y brillantes colores, los angelitos de madera y de cristal, los Santa Claus, los patinadores, las bailarinas, los renos y los hombres de las nieves que Kathy iba añadiendo todos los años, a medida que los niños crecían.
Cada niño tenía sus adornos favoritos y los había colocado sobre paños que Kathy había extendido en el suelo. Algunos de estos adornos provenían de la primera Navidad de Danny. Pero en esta ocasión los niños se pusieron a admirar un adorno que George había aportado a su nueva familia. Era una pieza de colección heredada, una espléndida galaxia de lunas crecientes y estrellas forjadas en pura plata y encastradas en un fondo de oro de veinticuatro quilates. La parte de atrás de esta pieza de quince centímetros tenía un gancho que permitía colgarla de un árbol. Esta obra, hecha en Alemania hacía más de cien años, pertenecía a su familia desde mucho tiempo atrás; había sido dada a George por su abuela que, a su vez la había recibido de su propia abuela.

El médico había pasado por la casa parroquial y se había ido, después de confirmar que el padre Mancuso tenía un ataque de gripe y haberle recomendado que guardara cama por un día o dos. La fiebre se había instalado en el organismo y la temperatura iba a seguir siendo alta en las próximas veinticuatro horas.
Al padre Mancuso le irritaba la idea de no tener nada que hacer. ¡En su agenda había tantas cosas por hacer! Convino en que algunos de los casos en su calendario del tribunal podían postergarse una semana, pero había pacientes de psicoterapia que, no estaban en condiciones de permitirse una postergación similar. Sin embargo, tanto el médico como el párroco insistieron en que el padre Mancuso sólo iba a prolongar su enfermedad si insistía en trabajar o salir de su casa.
No obstante, había algo que aún podía hacer: telefonear a George Lutz. La sensación desagradable que experimentara ante el cuarto del primer piso no lo había abandonado y lo inquietaba tanto como la misma enfermedad. Cuando el padre Mancuso decidió hacer el llamado telefónico, eran las cinco de la tarde. Danny atendió el teléfono y corrió a llamar a su padre. A Kathy le sorprendió la llamada, pero no a George. Este, sentado todo el día junto a la chimenea, había estado pensando sin cesar en el sacerdote. George había tenido un impulso de llamar al padre Mancuso, pero finalmente no logró hacerse una idea clara de lo que quería decirle.
George lamentó que el padre Mancuso tuviera un ataque de gripe y preguntó si podía ayudar en algo. Después de oír que nada podía hacerse para aliviar las molestias del sacerdote, George se puso a hablar de lo que estaba ocurriendo en la casa. En un principio, la conversación fue de tono menor. George dijo al sacerdote que iba a bajar los ornamentos para colgar del árbol de Navidad que Jimmy, su cuñado, había regalado a la familia.
El padre Mancuso interrumpió a George:
–Tengo que hablar con usted de algo que me está preocupando mucho. ¿Tiene usted presente el cuarto del primer piso de su casa, el que da sobre el embarcadero...? ¿Ése en donde ustedes han puesto todos esos cajones y cajas de cartón sin abrir?
–Claro que sí, padre. Ése va a ser el cuarto de costura y de meditación de Kathy en cuanto yo tenga unos momentos libres para ponerlo en orden. A propósito, ¿sabe usted lo que encontramos allí el otro día? ¡Moscas! ¡Centenares de moscas! ¿Se imagina usted algo parecido? ¡En pleno invierno!
George esperó la reacción del sacerdote. Y la tuvo.
–George: no quiero que usted, Kathy y los niños vuelvan a entrar en ese cuarto. Deben ustedes mantenerse lejos:
–¿Por qué, padre? ¿Qué hay en ese lugar?
Antes de que el sacerdote pudiera contestar, se oyó, por el teléfono, un crujido estridente. Los dos hombres apartaron el receptor de sus orejas, muy sorprendidos. George no pudo entender las palabras siguientes que dijo el padre Mancuso. Lo único que se oía por el teléfono era un ruido parejo e irritante.
–¿Hola? ¿Hola? ¿Padre? ¡No oigo nada! ¡Algo anda mal en la línea!
Desde su teléfono, también el padre Mancuso realizaba esfuerzos por oír a George y sólo distinguía los lejanos "holas". Por último el sacerdote colgó y volvió a marcar el número de los Lutz. Pudo oír los campanillazos, pero nadie atendió. El sacerdote esperó a que sonaran diez campanillazos antes de renunciar. Quedó muy turbado.
Al no poder oír ya al padre Mancuso a través de los ruidos telefónicos, George también debió colgar, y esperó que el sacerdote llamara de nuevo. Durante varios minutos siguió sentado en la cocina, con la mirada fija en el teléfono quieto. Luego marcó el número privado del padre Mancuso en la rectoría. No hubo respuesta.

En la sala, Kathy empezó a desempaquetar los pocos regalos de Navidad que había juntado antes de venir a Amityville. Había ido a las liquidaciones de Sears y al mercado Green Acres de Valley Stream y había comprado ropa para los niños –ofertas a precios convenientes– y algunas cosas para George y la familia. De todos modos, Kathy notó con tristeza que la cantidad de paquetes era exigua y se reprochó a sí misma por no haber ido de compras. Había pocos juguetes para Danny, Chris y Missy, pero ya era demasiado tarde y nada podía hacerse.
Kathy había enviado los niños al cuarto de juegos a fin de trabajar a solas. Pensaba ahora en Missy. No había contestado la pregunta de su hija cuando ésta se había referido a los ángeles que hablaban: Kathy había eludido la respuesta diciéndole que se lo iba a preguntar a papá. Pero la pregunta no fue formulada de nuevo cuando ella y George fueron a acostarse. ¿Cómo se le había ocurrido a Missy una idea semejante? ¿Tendría algo que ver esto con el extraño comportamiento de la niña ayer, en el dormitorio? Y ¿qué habría estado buscando en el cuarto de costura?
Las reflexiones de Kathy se interrumpieron cuando George volvió después de hablar por teléfono en la cocina. En la cara tenía una expresión extraña y evitaba encontrarle la mirada. Kathy esperó que le contara su conversación con el padre Mancuso, pero en ese instante sonó el timbre de la entrada. Kathy se dio vuelta, sorprendida.
–¡Debe ser mamá! George; ¡ya están aquí y ni siquiera he empezado a cocinar! –Corrió en dirección a la cocina: ¡Abre tú, por favor!
El hermano de Kathy, Jimmy Connors, era un hombre joven, robusto, corpulento, que simpatizaba realmente con George. Esa noche su cara, expresaba una afabilidad y una cordialidad encantadoras. Iba a casarse el día después de Navidad y había pedido a George que fuera su padrino. Pero cuando la madre y el hijo entraron en la casa –Jimmy con un pino de buen tamaño entre los brazos– y vieron a George, las caras cambiaron: George no se había afeitado ni bañado desde hacía casi una semana. La madre de Kathy, Joan, se alarmó.
–¿Dónde están Kathy y los niños? –preguntó a George.
Kathy está preparando la cena y los chicos están en el cuarto de juegos. ¿Por qué?
–No sé ... tuve la sensación de que algo no andaba.
Ésta era la primera vez que su suegra y su cuñado venían a la casa, de tal modo que George procedió a mostrar a su suegra la dirección de la cocina. Luego Jimmy y él llevaron el árbol a la sala.
–¡Caramba! ¡Que fogata hay en esa chimenea!
George explicó que no lograba entrar en calor: no lo había logrado desde el día de la mudanza, pese a que ese día había quemado diez leños.
–Sé... –observó Jimmy– hace más bien frío. Tal vez el quemador o el termostato no anden bien.
–No –contestó George–. El quemador anda perfectamente y el termostato marca veinticuatro grados. Ven conmigo al sótano y te mostraré.

En la casa parroquial el médico del padre Mancuso había advertido a éste que la temperatura del cuerpo sube por lo general después de las cinco de la tarde. Aunque el sacerdote no se sentía bien, y el estómago le ardía, su mente volvía a cavilar en los problemas telefónicos, tan extraños, de la familia Lutz.
Ya eran las ocho de la noche y los repetidos intentos de Mancuso de ponerse en contacto con George habían sido inútiles. Varias veces el sacerdote había solicitado a la telefonista que verificara si el teléfono de los Lutz funcionaba normalmente. Y cada vez que lo hizo la campanilla del teléfono sonó interminablemente, hasta que un inspector lo llamó de vuelta y le informó que no había problemas de servicio con ese número.
¿Por qué no había llamado George de vuelta? El padre Mancuso, estaba seguro de que George había oído lo que él le había dicho sobre el cuarto del primer piso. ¿Habría algo horrible detrás de todo esto? El padre Mancuso no tenía confianza en la casa de Ocean Avenue y ya no fue capaz de seguir esperando.
Llamó a un amigo que tenía en el Departamento de Policía del distrito de Nassau.

El árbol de Navidad ya estaba ubicado en la casa de los Lutz. Danny, Chris y Missy ayudaban a tío Jimmy, que lo estaba engalanando, y cada cuál insistía en que sus ornamentos debían colgarse antes. George había vuelto a su mundo particular junto al fuego. Kathy y su madre charlaban en la cocina. Éste era el "cuarto feliz" de Kathy, el único lugar de la nueva casa en donde se sentía segura.
Kathy se quejó de George a su madre: estaba cambiado desde que se habían instalado en la nueva casa.
–Mamá: no quiere bañarse, no quiere afeitarse. Ni siquiera sale de la casa para ir a la oficina. Lo único que le interesa es estar sentado ante esa maldita chimenea y quejarse del frío. Otra cosa más; no hay noche que no se despierte para hacer una inspección del embarcadero.
–¿Qué va a buscar allí? –preguntó la señora Connors.
–¿Yo qué sé? Se limita a repetir que tiene que echar un vistazo... y cerciorarse de que la lancha está dentro.
–Nada de esto es normal en George. ¿Le has preguntado si hay algo que no anda bien?
–¡Claro que sí! –Kathy levantó las manos–. ¡Y lo único que hace, como respuesta, es echar más leña al fuego! Desde hace una semana hemos gastado una barbaridad de leña.
La madre de Kathy tuvo un escalofrío y trató de ajustarse mejor la tricota al cuerpo.
–Bueno... Lo cierto es que en esta casa hace un poco de frío. Lo he sentido desde que entré.
Jimmy, que se había parado sobre una silla de la sala, se disponía a colgar uno de los adornos de George en la copa del árbol. También él tuvo un escalofrío.
–¡Oye, George! ¿Hay alguna puerta abierta? Siento un soplo de aire en la nuca.
George levantó la mirada.
–No; no creo. He cerrado todas las puertas.
Y sintió un súbito impulso de comprobar el estado del cuarto de costura del primer piso.
–Ya vuelvo.
Kathy y la señora Connors se cruzaron con él en el momento en que salían de la cocina. Él no dijo ni una palabra a ninguna de las dos y corrió escaleras arriba.
–¿Qué le pasa? –preguntó la señora Connors. Kathy se encogió de hombros.
–¿Ves lo que te digo?
Y empezó a colocar los regalos de Navidad debajo del árbol. Cuando Danny, Chris y Missy vieron el negro número de paquetes con bonitos forros que estaban en el suelo, se oyó un coro de voces desilucionadas.
–¿Por qué lloriquean?
Era George, que estaba de vuelta, bajo el dintel de la puerta.
–¡A ver si se callan! Están demasiados malcriados.
Kathy estuvo a punto de contestar de mal tono a su marido por haber gritado a los niños en presencia de su madre y de su hermano, pero se contuvo al ver la expresión de la cara de George.
–Dime: ¿abriste la ventana del cuarto de costura, Kathy?
–¿Yo? ¡No he puesto los pies allí en todo el día! George se volvió hacia los niños, que estaban junto al árbol.
–¿Alguno de ustedes ha ido a ese cuarto después de bajar los paquetes?
Los tres menearon las cabezas. George no se había movido de su lugar bajo el dintel. Y volvió los ojos hacia Kathy.
–George, ¿qué ocurre?
–Hay una ventana abierta. Han vuelto las moscas.
¡Crac! Todos dieron un salto al oír un crujido que venía no se sabe de dónde, afuera. Luego el ruido de un golpe repentino. Harry ladró.
–¡La puerta del embarcadero! ¡Se ha abierto de nuevo!
George se volvió hacia Jimmy.
–¡No los dejes solos! ¡Vuelvo en seguida!
Echó mano a la campera que estaba en el placard del vestíbulo y enderezó hacia la puerta de la cocina. Kathy se echó a llorar.
–Kathy, ¿qué pasa? –preguntó la señora Connors, levantando la voz.
–¡Oh, mamá! ¡No lo sé!

Había un hombre que se puso a observar a George en el momento en que salió por la puerta del costado y corrió hacia los fondos de la casa. El hombre sabía que era la puerta de la cocina, porque ya había estado antes en el número 112 de Ocean Evenue. El hombre estaba sentado dentro de un auto estacionado frente a la casa de los Lutz y contempló a George cuando cerraba la puerta del embarcadero.
Echó una mirada a su reloj. Eran casi las once. El hombre tomó en su mano el micrófono de la radio del auto. "Cammaroto. Habla Al. Llame de nuevo a North Merrick y dígales que la gente que vive en 112 Ocean Avenue está en casa." El sargento Al Gionfriddo, del departamento de policía de Amityville estaba de guardia esa Nochebuena, como lo había estado la noche en que la familia De Feo fue ultimada.


VII
25 de diciembre


Por séptima noche consecutiva George se despertó exactamente a las tres y cuarto. Se sentó en la cama. A la luz de la luna de invierno, que había invadido la habitación, pudo ver claramente a Kathy, que dormía boca abajo.
George tendió la mano para acariciarle la cabeza. En ese instante Kathy se despertó, lanzando una mirada azorada en derredor. George pudo ver el temor en sus ojos.
–¡Le dieron un balazo en la cabeza! –aulló Kathy–. ¡Le dieron un balazo en la cabeza! ¡Sentí los estampidos dentro de mi cabeza!
El detective Gionfriddo habría podido entender lo que había aterrado y despertado a Kathy. Al redactar su informe sobre la encuesta inicial en torno del asesinato de la familia De Feo, Gionfriddo había escrito que Louise, la señora de la casa, había recibido un balazo en la cabeza mientras dormía boca abajo. Todo el mundo, incluso su marido, que yacía a su lado, había recibido un balazo en la espalda mientras estaba durmiendo en esa postura. Esta información había sido incluida en los materiales entregados al equipo de investigación del condado de Suffolk, pero nunca había llegado hasta los medios periodísticos. En realidad, este detalle nunca había sido mencionado, ni siquiera en el juicio de Ronnie De Feo.
Ahora Kathy Lutz sabía ya cómo había muerto esa noche Louise De Feo, que dormía en el mismo dormitorio.
George abrazó a su esposa, que estaba temblando, hasta que se tranquilizó y volvió a dormir. Luego, una vez más, el impulso que lo llevaba a echar un vistazo al embarcadero se apoderó de él y, sigilosamente, se deslizó fuera del cuarto.
Ya casi había llegado a la casilla de Harry, cuando el perro se despertó y saltó sobre sus patas.
–¡Chssst, Harry, quieto, quieto!
El perro volvió a sentarse sobre las patas traseras y contempló a George, que examinaba el portón del embarcadero: cerrado y trancado. Una vez más George se acercó y tranquilizó a Harry.
–Todo está en orden, amigo. Vuelve a dormir.
George se dio vuelta y enderezó hacia la casa.
Contorneó el borde de la piscina. El disco de la luna llena parecía un inmenso reflector que estuviera iluminando el sendero. Levantó la mirada, contempló la casa y quedó paralizado. El corazón le dio un vuelco. En la ventana del primer piso del dormitorio de Missy, George divisó a la niña, que tenía la mirada clavada en él y seguía todos sus movimientos."¡Santo Dios!", murmuró audiblemente. Detrás de su hija, de un modo aterradoramente visible, ¡había una cabeza de cerdo! ¡George estaba absolutamente seguro de que los ojitos rojos que lo miraban eran unos ojos de cerdo!
–¡Missy! –aulló. El sonido de la propia voz aflojó la coraza que oprimía su corazón y su cuerpo. Corrió hacia la casa, subió corriendo las escaleras hasta el dormitorio de Missy y encendió las luces.
Missy estaba en su cama, durmiendo boca abajo. Se aproximó a ella y se inclinó.
–¿Missy?
No hubo respuesta. La niña estaba profundamente dormida. Detrás hubo un crujido. Se dio vuelta. Junto a la ventana que daba sobre el embarcadero estaba la pequeña mecedora de Missy, ¡balanceándose!

Seis horas más tarde, a las nueve y media de la mañana, George y Kathy estaban sentados en la cocina y tomaban el café, confundidos y trastornados por los acontecimientos que se sucedían en la nueva casa. Habían estado comentando algunas de las incidencias de que habían sido testigos, y ahora realizaban un esfuerzo para poner en claro cuál era la parte real y cuál la parte que tal vez habían imaginado. La tarea era abrumadora para ellos.
Era el 25 de diciembre de 1975, día de Navidad en todo el territorio de Estados Unidos. La Navidad blanca no se había materializado todavía en Amityville, pero hacia bastante frío como para esperar una nevada en cualquier instante. En el interior, los tres niños jugaban junto al árbol con los escasos juguetes nuevos que George y Kathy habían logrado reunir antes de mudarse a la nueva casa ocho días antes.
George calculó que, en el curso de la primera semana, había gastado más de cuatrocientos cincuenta litros de gasolina y un camión entero de leña. Alguien iba a tener que salir a comprar más leña y algunos artículos de alimentación, como pan y leche.
George había dicho a Kathy que había intentado comunicarse por teléfono con el padre Mancuso después que éste le hizo una advertencia acerca del cuarto de costura. Kathy marcó el número con su propia mano, pero no obtuvo respuesta. Y llegó a la conclusión de que el sacerdote todavía no estaba en sus habitaciones a causa del día feriado, o por haber ido a verse con los suyos. Luego se ofreció para ir a comprar leña y comida.

El paradero del padre Mancuso, ese día de Navidad, nó presentaba problemas. Estaba en la parroquia del Sagrado Córazón y seguía sufriendo del ataque de gripe. En veinticuatro horas la enfermedad no había menguado, de acuerdo con la opinión del médico, y la fiebre no había bajado de los treinta y nueve grados con décimas.
El sacerdote se paseaba por sus habitaciones como un león enjaulado. Era un hombre enérgico que dedicaba largas horas a su trabajo profesional, y que se negaba a permanecer en la cama. El padre Mancuso tenía un portafolio lleno de casos: los que se presentaban ante él en su condición de juez del tribunal y los casos de sus pacientes de psicoterapia. Pese al pedido que le había hecho el párroco, urgiéndolo a que tornara un descanso, el sacerdote había pensado, trabajar, como siempre, en Navidad. Ante todo, el padre Mancuso no podía librarse de la sensación de incomodidad que sentía en relación a los Lutz y a la casa en que vivían.

George oyó a Kathy, que volvía de hacer sus compras. Y pudo deducir que estaba dando marcha atrás a la camioneta por el ruido crepitante que producían las llantas sobre la nieve de la senda. Por alguna extraña razón, el ruido lo molestó y sintió irritación contra su mujer.
Fue a recibirla, sacó dos leños de la camioneta, los puso en la chimenea y se sentó en el cuarto de estar, negándose a transportar más leños. Kathy tuvo un movimiento íntimo de furor: la actitud y el aspecto de George se le estaban volviendo inaguantables. De alguna manera sentía que se estaba acercando una gran pelea, pero trataba de contener su lengua por el momento. Recogió las bolsas con alimentos de la camioneta y dejó dentro los leños que quedaban. Si George sentía frío, pensó Kathy, los iba a tener que acarrear él mismo.
Ella y George previnieron a Danny, Chris y Missy que debían mantenerse lejos del cuarto de costura, sin darles razones. Esto suscitó la curiosidad de los niños, que deseaban saber qué se ocultaba tras de la puerta, ahora cerrada.
–A lo mejor son regalos de Navidad –sugirió Chris.
Danny estuvo de acuerdo, pero Missy dijo:
–Yo sé por qué no podemos entrar. Jodie está ahí.
–¿Jodie? ¿Quién es Jodie? –preguntó Danny.
–Es un amigo mío. Un cerdo.
–¡Oh, Missy! No eres nada más que una bebita. Siempre dices tonterías –dijo Chris.
Esa tarde, a eso de las seis, Kathy había empezado a preparar la comida para la familia cuando oyó un ruido como el que podría producir un objeto tenue y delicado al golpear contra el vidrio de la ventana de la cocina. Afuera estaba oscuro, pero notó que ya había empezado a nevar. Los copos blancos caían como iluminados por el reflejo de la luz de la cocina, y Kathy se puso a contemplarlos mientras el viento arremolineaba la nieve contra el cristal. "¡Por fin la nieve!", dijo.
La Navidad y la nieve; la asociación trajo una sensación de intimidad familiar a la mujer perturbada, que recordó sus días de infancia. Al parecer, siempre había nieve en Navidad cuando ella era chica. Kathy miraba fijamente los copos. Afuera las luces multicolores de los árboles navideños de las otras casas resplandecían en la noche. Detrás de ella, la radio tocaba carillones. Se sintió apaciguada y feliz en su rinconcito privado de la cocina.
Después de la cena, George y Kathy se sentaron silenciosamente en la sala. El árbol de Navidad estaba iluminado y los adornos que George había puesto en la copa eran un hermoso añadido al resto del decorado. De mala gana había bajado George a traer más leña de la camioneta. Ahora había seis leños fuera de la hoguera, lo suficiente para toda la noche, dado el ritmo de consumo de George.
Kathy se puso a coser ropa de los chicos: aplicó remiendos en los pantalones de los varones, que siempre estaban gastados en las rodillas. Y alargó unos cuantos pantaloncitos de brin de Missy. La niña estaba creciendo y los dobladillos ya no tocaban la punta de los zapatos. A las nueve Kathy subió al cuarto de juegos del segundo piso para preparar a Missy para ir a la cama. Oyó la voz de su hija, que llegaba desde el dormitorio. Missy hablaba en voz alta con alguien que estaba en el cuarto, evidentemente. En un principio Kathy pensó que era uno de los chicos, pero luego oyó decir a Missy:
–Verdad que la nieve es preciosa, Jodie?
Cuando Kathy entró, su hija estaba sentada en la mecedora junto a la ventana y miraba caer la nieve. Kathy echó una mirada en derredor. No había nadie en el cuarto.
–¿Con quién estabas hablando, Missie? ¿Con un ángel?
Missy giró la cabeza y miró a la madre. Luego sus ojos se fijaron de nuevo en un ángulo del cuarto.
–No, mamá. Hablaba con Jodie.
Kathy volvió la cabeza y siguió la mirada de Missy. No había nada en el suelo, salvo unos cuantos juguetes.
–Jodie? ¿Quién es? ¿Una de las nuevas muñecas?
–No. Jodie es un cerdo. Es amigo mío. Sólo yo puedo verlo.
Kathy sabía que Missy, como otros niños de su edad, solía inventar personas y animales con quienes hablaba, de tal modo que pensó que la imaginación de la niña estaba funcionando de nuevo. George no le había contado el incidente de la noche anterior en el cuarto de Missy.
Otra sorpresa esperaba a Kathy al llegar al último piso, unos minutos más tarde. Danny y Chris ya estaban en su dormitorio y se habían puesto sus piyamas. Por lo general los niños hacían esfuerzos por no acostarse antes de las diez. Esa noche, a las nueve y media, se prepararon para ir a la cama sin que fuera necesario decirlo. Kathy se preguntó cuál sería la razón de esto.
–¿Qué les ha pasado hoy? ¿Cómo es posible que no pongan dificultades para meterse en cama?
Los niños se encogieron de hombros y siguieron desvistiéndose.
–Aquí hace menos frío, mamá –dijo Danny–. No queremos jugar más en ese cuarto.
Cuando Kathy fue al cuarto a verificar lo que había oído, quedó impresionada por el intenso frío. Las ventanas no estaban abiertas, pero el cuarto tenía una temperatura glacial. Por cierto, la temperatura no era incómoda en el dormitorio de Danny y Chris y tampoco en el pasillo. Tocó el radiador. ¡Estaba caliente!
Kathy habló a George del frío del cuarto de juegos. George, que se sentía muy cómodo junto al fuego y no deseaba desplazarse, dijo que iría a comprobarlo por la mañana. A medianoche, Kathy y George se acostaron finalmente.

La nieve ya no caía sobre Amityville ni a veinte kilómetros de allí, en la parroquia del Sagrado Corazón de North Merrick. El padre Mancuso se apartó de la ventana. Le dolía la cabeza. Tenía dolor de estómago por culpa de los calambres gripales. El sacerdote estaba cubierto de sudor y la sensación de calor sofocante lo forzó a quitarse la robe de chambre. Y, al quitársela, tuvo una serie de escalofríos incontrolables.
El padre Mancuso no tardó en meterse en cama. Bajo las frazadas hacía frío y se dio cuenta que su aliento formaba humo en el aire. "¿Qué demonios está pasando?", se dijo a sí mismo entre dientes. El sacerdote tendió la mano para tocar el radiador junto a su cama y lo encontró enteramente frío.
El enfermo sintió ahora que su cuerpo empezaba a sudar nuevamente. El padre Mancuso se arropó más entre sus frazadas, formando un verdadero nido. Cerró los ojos y empezó a rezar.

VIII
26 de diciembre


Una noche –George no recuerda exactamente cual– se despertó de nuevo a las tres y cuarto de la mañana. Se vistió, salió y, mientras avanzaba en la helada oscuridad, se preguntó qué había ido a buscar en el desembarcadero. Harry, el vigoroso perro mestizo guardián, ni siquiera se despertó cuando George tropezó con un alambre suelto que estaba cerca de su casilla.
Cuando los Lutz vivían en Deer Park, Harry también tenia su casilla particular, y siempre había dormido fuera con cualquier temperatura. Normalmente permanecía despierto, en guardia, hasta las dos o tres de la mañana, antes de echarse a descansar. Cualquier ruido desusado suscitaba la atención alerta de Harry. Desde que se habían mudado a Ocean Avenue el perro estaba, por lo general, profundamente dormido cada vez que George bajaba al desembarcadero. Y sólo se despertaba cuando el amo lo llamaba.
George recordaba vivamente el día después de Navidad, ya que ésa era la fecha que Jimmy había elegido para su casamiento. También tuvo ese día un violento ataque de diarrea; sintió los primeros síntomas mientras volvía del desembarcadero. Los dolores eran intensos en un primer momento, como si le hubieran dado una puñalada en el estómago. George se asustó al sentir que le subía por la garganta una sensación de náusea. Al entrar de nuevo en la casa, corrió al cuarto de baño de abajo.
Ya apuntaba el día cuando se metió en la cama. Los calambres estomacales eran intensos, pero finalmente –tal vez por puro cansancio– se quedó dormido. Kathy se despertó unos instantes después e inmediatamente lo despertó para recordarle que esa noche tenían el casamiento. Había que tomar varias medidas antes de que su hermano viniera a recogerlos. Kathy iba a tener mucho que hacer con su vestido y su peinado. George, medio dormido, emitió unos gruñidos.
Antes de bajar a preparar su desayuno y el de los niños, Kathy subió al segundo piso para echar una mirada al cuarto de juegos. Todavía estaba frío cuando ella abrió la puerta, aunque no tan gélido como el día anterior. Por mucho que a George no le gustara abandonar su asiento junto al fuego, iba a tener que abandonarlo para controlar el radiador. Éste funcionaba perfectamente, pero el cuarto estaba sin calefacción. Por cierto, los niños no hubieran podido quedarse allí mucho tiempo, y Kathy quería desentenderse de ellos hasta que llegara el momento de vestirlos para la boda. Echó un vistazo por la ventana y notó que el suelo estaba cubierto de agua embarrada, formada por la nieve derretida. Esto la decidió, los tres no iban a salir de la casa en todo el día. Llegó a la conclusión de que los haría jugar en sus propios dormitorios.
Después del desayuno, Missy emprendió obedientemente el camino hacia su dormitorio. Kathy le advirtió que no debía entrar al cuarto de costura; que ni siquiera debía abrir la puerta.
–Está bien, mamá. Jodie quiere jugar en mi cuarto hoy.
–¡Esa es mi nena buenita! –dijo Kathy sonriendo–. Ve y juega con tu amigo.
Los varones querían jugar fuera y dijeron que eran sus vacaciones de Navidad. Insistieron y dieron argumentos, contestaciones, y Kathy se encolerizó. Danny y Chris nunca habían discutido las decisiones de ella hasta ahora y Kathy era cada vez más consciente de que sus dos hijos estaban cambiados desde que se habían mudado a la nueva casa.
Pero Kathy no era aún consciente de los cambios en su propia personalidad; aún no había advertido su impaciencia y su irritabilidad.
–¡Basta! ¡Ya los he aguantado bastante! –gritó a sus hijos–. ¡Me parece que se están buscando otra paliza! ¡Se callan la boca o se van a sus cuartos, como les digo! ¿Me oyen? ¡Fuera!
Muy enfurecidos y con aire torvo Danny y Chris subieron las escaleras hasta el segundo piso, cruzándose con George en el trayecto. George ni los miró y ellos no le dieron los buenos días.
En el comedor de la cocina George bebió un sorbo de café, se apretó el vientre con la mano y volvió a subir las escaleras en dirección al cuarto de baño.
–¡No te olvides que tienes que afeitarte y bañarte! –gritó Kathy detrás de él. Dada la velocidad con que había subido las escaleras, Kathy dudó de que la hubiera oído.
Kathy volvió a su rincón de la cocina. Había estado escribiendo una lista de las compras que había que hacer, verificando lo que faltaba de la heladera y las alacenas. La comida empezaba a escasear de nuevo y Kathy se daba cuenta de que era necesario vestirse y salir de compras. No podía confiar en George a ese respecto. El gran congelador del sótano, uno de los artefactos que habían recibido gratis junto con la casa de los De Feo, estaba vacío y podía llenarse muy bien con carnes y alimentos congelados. El material de limpieza también estaba casi agotado, ya que ella había estado frotando los inodoros todos los días. Por el momento, la negrura había desaparecido casi enteramente.
Kathy tenía intenciones de ir al supermercado de Amityville a la mañana siguiente, sábado. En la lista escribió: "Jugo de naranjas". De repente fue consciente de una presencia en la cocina. En su actual estado de ánimo, turbado por el deterioro que percibía en las relaciones de la familia, el recuerdo del primer contacto sobre su mano volvió a ella, y se puso tiesa. Lentamente, Kathy miró por encima del hombro.
Pudo comprobar que la cocina estaba vacía, pero al mismo tiempo ¡sintió que la presencia se acercaba a ella, que casi estaba directamente detrás de su silla! Hasta sus narices llegó un vaho de perfume dulzón, que reconoció como el que había invadido su dormitorio cuatro días antes.
Sorprendida, Kathy casi sintió el contacto de un cuerpo que se apretaba contra ella, de unos brazos que rodeaban su cintura. La presión era leve, sin embargo, y Kathy se dio cuenta, como antes, que era un contacto femenino o casi tranquilizador. La presencia invisible no le trasmitió una sensación de peligro... en el primer momento.
Luego el olor dulzón se hizo más espeso y, al parecer, empezó a circular por el cuarto, mareándola. Kathy tuvo una arcada e hizo un movimiento para librarse de los brazos que se afirmaban cuanto más se debatía ella. Kathy creyó haber oído un murmullo y recordó luego que algo dentro de ella le había aconsejado que no escuchara.
–¡No! –gritó–. ¡Déjeme en paz!
Y golpeó el aire. El abrazo se hizo más apretado y luego hubo cierta vacilación. Kathy sintió que posaban una mano en su hombro, en un gesto de consuelo natural que ya había sertido por primera vez en la cocina.
¡Y luego se desvaneció! Lo único que quedó fue el olor del perfume barato.
Kathy se echó hacia atrás en la silla, cerró los ojos y se echó a llorar. Una mano le tocó el hombro. Se sobresaltó. "¡Dios mío, no, no!" Y abrió los ojos. Allí estaba Missy, de pie, palmeándole un brazo. –No llores, mamá.
Luego Missy volvió la cabeza y miró hacia el pasillo de la cocina.
Kathy también miró. Pero no había nada que ver.
–Jodie dice que no debes llorar –dijo Missy–. Dice que todo se va a arreglar muy pronto.

A las nueve de esa misma mañana el padre Mancuso se había despertado en la casa parroquial de North Merrick y se había tomado la temperatura. El termómetro seguía marcando treinta y nueve grados y unas líneas. Pero a las once de la mañana el sacerdote se sintió de golpe mejor. Los calambres estomacales desaparecieron y, por primera vez en varios días, sintió la cabeza clara. Sin demora se metió el termómetro bajo la lengua: treinta y siete, dos. ¡La fiebre había desaparecido!
El padre Mancuso, súbitamente, tuvo hambre. Unas ganas muy fuertes de comer glotonamente, pero estaba consciente de que debía seguir su dieta normal. El sacerdote se preparó té y tostadas en su kitchenette; ordenando en su mente todas las cosas que había dejado fuera de su nutrida agenda de tareas. Y se olvidó completamente de George Lutz.

A esa misma hora, las once de la mañana, George Lutz no estaba pensando ni en el padre Mancuso ni en Kathy, ni en el casamiento de su cuñado. Acababa de efectuar su décimo viaje al cuarto de baño, la colitis no cedía.
El casamiento de Jimmy y la reunión subsiguiente muy suntuosa, había sido calculada para unas cincuenta parejas y habría de celebrarse en el Astoria Manor de Queens. George iba a tener mucho que hacer en esa reunión, pero por el momento no se preocupaba en lo más mínimo de ella.
George se arrastró escaleras abajo hasta su sillón junto a la chimenea. Kathy entró a la sala para decirle que acababan de telefonear de su oficina de Syosset. Los compañeros de trabajo querían saber cuándo pensaba George reanudar sus actividades. Había algunos trabajos que requerían su supervisión y los empleados de la inmobiliaria habían empezado a quejarse.
Kathy también quería contarle el segundo extraño incidente de la cocina, pero George la apartó con un gesto. Ella se dio cuenta de que no había ningún sentido en ponerse en contacto con él. Luego, desde arriba, oyó ruidos: provenían del dormitorio de Danny y Chris, que se gritaban en medio de una pelea.
Kathy estaba a punto de gritarles a su vez cuando George se le adelantó en la escalera, subiendo los escalones de a dos. Kathy no tuvo fuerzas para seguir a su marido. Se quedó al pie de la escalera, oyendo los gritos de George. Pasaron unos minutos y todo quedó en silencio. Luego la puerta del dormitorio de Danny y Chris se cerró estruendosamente y Kathy oyó las pisadas de George, que bajaba y se detuvo al ver a Kathy. Los dos se miraron, pero ninguno habló. George se dio vuelta y volvió al primer piso, encerrándose en su dormitorio con un portazo.
George bajó media hora más tarde. Por primera vez en nueve días estaba afeitado y bañado, tenía puesta ropa limpia y entró en la cocina, donde estaba Kathy sentada con Missy. La niña estaba almorzando.
–Debes tenerlos listos para las cinco –dijo. Después de decir esto, George se dio vuelta y se fue.
A las cinco y media, Jimmy llegó a recoger a su hermana, a su padrino y a los niños. Debían estar en el Astoria Manor a las siete. Desde Amityville hasta Queens la ruta más directa es Sunrise Highway y el viaje hasta Astoria lleva, por lo general, una hora a lo sumo. Según los informes, los caminos estaban resbaladizos por la nevada reciente, y era una noche de viernes. El tránsito iba a ser pesado y lento. Jimmy había tomado sus precauciones al llegar con la debida anticipación a casa de los Lutz.
El joven novio resplandecía dentro de su uniforme militar y su rostro brillaba de felicidad. Su hermana lo besó impulsivamente y lo invitó a pasar a la cocina a esperar que George terminara de vestirse.
Jimmy se quitó el impermeable y luego, del bolsillo de su chaqueta, extrajo un sobre que contenía mil quinientos dólares en efectivo. Había pagado la mayor parte del dinero al Manor unos meses antes: esto era el saldo. Dijo que había retirado el dinero de una cuenta de ahorros y que, al hacerlo, había quedado pelado. Jimmy volvió a poner el dinero en el sobre, que metió en el bolsillo de su impermeable, dejando a éste en una silla de la cocina.
George, vestido pulcramente con un smoking, bajó las escaleras. La diarrea lo hacía parecer muy pálido, pero estaba, recién peinado y la barba de un rubio oscuro encuadraba su hermoso rostro. Los dos hombres se dirigieron a la sala. George dejó que los últimos fuegos se consumieran y luego removió las brasas, tratando de encontrar algunos rescoldos no apagados.
Los niños estaban vestidos y listos. Kathy subió en busca de su tapado.
Cuando bajó Jimmy fue a la cocina a traer su impermeable y volvió un instante después con él, sobre los hombros.
–¿Listo? –preguntó George.
–Listo como nunca he estado –dijo Jimmy, tanteando automáticamente su bolsillo para tocar el bulto del sobre con el dinero. La cara de Jimmy se demudó. Metió la mano en el bolsillo y la sacó vacía. Buscó en el otro bolsillo. Una vez más, nada. Se quitó el impermeable, lo sacudió, metió la mano en todos los bolsillos de su uniforme. ¡El dinero había desaparecido!
Jimmy volvió corriendo a la cocina, seguido por Kathy y George. Los tres buscaron por todo el cuarto y luego iniciaron una pesquisa, centímetro a centímetro, de la sala. Parecía imposible, pero los mil quinientos dólares de Jimmy habían desaparecido.
Jimmy perdió la compostura.
–¡George! ¿Qué voy a hacer?
Su cuñado puso una mano sabre el hombro de Jimmy, tratando de calmarlo.
–No te pongas nervioso. El dinero tiene que estar en alguna parte.
George llevó a Jimmy hasta el umbral.
–Vamos. Ya se nos ha hecho tarde. Buscaré de nuevo cuando vuelva. Tiene que estar aquí: no te preocupes.
Todo esto tenía resonancias en Kathy, que se echó a llorar. George miró a su mujer y el letargo que lo había dominado en la última semana se desvaneció. George comprendió que había sido muy cruel con Kathy: por primera vez dejó de pensar en sí mismo. Luego, a pesar de la calamidad que había caído sobre Jimmy, sin tomar en cuenta la debilidad que aún experimentaba en todo su cuerpo por causa de la diarrea, George sintió un deseo carnal de estar con su mujer. No la había tocado desde la mudanza a Ocean Avenue.
–Vamos, querida, vamos.
Y dio a su mujer una palmadita en la nalga.
–Deja todo en mis manos.
George, Kathy y Jimmy se metieron en el auto de este último; los niños se acomodaron en el asiento de atrás. Después de cerrar la puerta, George volvió a bajar.
–Un minuto. Quiero echar un vistazo a Harry. Se dirigió hacia el fondo. Caminó en medio de la oscuridad invernal y gritó:
–¡Harry! ¡Mantén los ojos abiertos! ¿Me oyes? No hubo ningún ladrido de respuesta. George se acercó al alambrado del terrenito de Harry. – ¡Harry! ¿Estás ahí?
Por el reflejo de la luz de una casa vecina, pudo ver que Harry estaba en su casilla. George abrió la puerta y entró al corral.
¿Qué pasa, Harry? ¿Estás enfermo?
-George se agachó. Oyó un lento ronquido canino. ¡No eran nada más que las seis de la tarde y Harry estaba profundamente dormido!


IX
27 de diciembre


Los Lutz volvieron de la boda a las tres de la mañana. La noche había sido larga y se había iniciado con la misteriosa desaparición de los mil quinientos dólares de Jimmy y varios otros incidentes posteriores que no añadieron luces amables a la impresión que tuvo George del feliz acontecimiento.
Antes de la ceremonia nupcial George, los otros padrinos y el novio habían comulgado en una capillita cerca del Manor. Durante el acto, George sintió violentas náuseas. Cuando el padre Santini, que tenía a su cargo la iglesia de Nuestra Señora de los Mártires (católica) , tendió a George el cáliz de vitro para que bebiera, George empezó a balancearse, como mareado, frente al sacerdote. Jimmy tendió un brazo hacia su cuñado, pero George lo apartó bruscamente y se abrió camino hacia los baños que estaban en la parte de atrás de la iglesia.
Después de vomitar y volver al hotel, George contó a Kathy que se había sentido asqueado en el mismo instante en que había entrado a Nuestra Señora de los Mártires.
La recepción transcurrió sin mayores incidencias. Hubo abundante comida y bebida y se bailó tanto como se suele bailar en los casamientos de gente de sangre irlandesa. Todo el mundo, al parecer, lo pasaba muy bien. George debió ir sólo una vez al cuarto de baño, en un momento en que creyó que volvía su diarrea. Pero en general no tuvo mayores molestias. El hermano de Kathy y su novia, Carey, partían en viaje de luna de miel a las Bermudas, directamente desde el Manor, y tenían intenciones de tomar un taxi al aeródromo La Guardia. George iba a llevar a Kathy y a los niños de vuelta en el auto de Jimmy, de modo que trató de no beber de más.
Luego llegó el momento desagradable de arreglar cuentas con el gerente del salón. Jimmy, el flamante suegro y George hablaron al hombre de la inesperada pérdida del dinero y prometieron que le iban a pagar con los regalos de casamiento. Por desgracia, cuando se pronunció el consabido "Se van a leer las felicitaciones" y se empezó a abrir los sobres ante el novio y, la novia, ocurrió que la mayoría de los cheques eran personales. El dinero en efectivo no fue más allá de los quinientos dólares.
El gerente quedó consternado, pero después de unos minutos de regateo convino en aceptar dos cheques de George por quinientos dólares cada uno: uno girado sobre su cuenta personal y otro sobre los fondos de la compañía inmobiliaria de Syosset.
George sabía que no tenía quinientos dólares en su cuenta personal, pero como los días siguientes eran sábado y domingo iba a tener tiempo de hacer un depósito el lunes.
El suegro de Jimmy conferenció rápidamente con sus parientes y logró reunir el dinero suficiente para que su reciente yerno pudiera pagar el viaje de luna de miel. Por suerte, los billetes de avión ya estaban pagos. La reunión se disolvió a eso de las dos de la mañana y los Lutz enfilaron hacia la casa de Ocean Avenue.
Kathy se fue inmediatamente a la cama y George fue a echar una mirada al embarcadero y la casilla del perro. Harry seguía durmiendo y apenas se movió cuando George lo llamó por su nombre. En el momento en que se inclinó para palmear a Harry, a George se le ocurrió pensar que tal vez el animal había ingerido una droga, pero luego desechó la idea. No, probablemente estaba enfermo y nada más. Tal vez había comido algo que había hallado en el suelo. George se irguió. Había que hacerlo ver por un veterinario.
La puerta del embarcadero estaba bien cerrada, de tal modo que George volvió a la casa, trancando la puerta del frente. En el momento de entrar en la cocina echó una mirada al piso, con la esperanza de ver el sobre perdido con el dinero. No había nada.
La puerta de la cocina y las ventanas del piso bajo estaban cerradas. George subió por las escaleras hasta su dormitorio, pensando en su mujer y en su cama suave y caliente. Al pasar frente al cuarto de costura advirtió que la puerta estaba levemente entornada. Pensó en los niños. Probablemente uno de ellos había abierto la puerta antes de irse. Les iba a preguntar mañana de mañana, cuando se despertaran.
Kathy lo estaba esperando, aunque tenía mucho sueño. Esa noche había captado las vibraciones de su marido y ansiaba tener contacto físico con él. George no la había tocado desde el día de la mudanza. Por lo general hacían el amor todas las noches desde su casamiento en el mes de junio. Pero desde el 18 hasta el 27 de diciembre George no había hecho ningún intento en ese sentido. En ese momento los niños estaban profundamente dormidos, cansados de haber trasnochado. Kathy observó a George mientras éste se desvestía y todos sus temores de los últimos días se disolvieron en su mente. Él se metió bajo la gruesa cobija:
–¡Oh, esto sí que es bueno!
Se pegó al calor de Kathy.
–¡Al fin solos!, como dicen.
Esa noche Kathy tuvo un sueño en que intervenía Louise De Feo y un hombre con quien ésta tenía relaciones sexuales en el mismo cuarto que era ahora su dormitorio. Al despertarse por la mañana la visión siguió impregnando sus imágenes. De algún modo Kathy sabía que ese hombre no era el marido de Louise. Hasta varias semanas después no supo –ya se había ido de la casa de Ocean Avenue–por intermedio de un abogado de los De Feo, que Louise tenía un amante, un artista que vivió cierto tiempo con la familia. El señor De Feo se enteró probablemente de estas relaciones e informó a su abogado.
Por la mañana, Kathy subió a la camioneta y se fue de compras por Amityville, mientras que George llevó a los niños en el coche de Jimmy para recoger su correspondencia en la agencia de Syosset. Incluso hizo pasear a Harry e informó a sus empleados que volvería a trabajar con ellos a partir del lunes.
Cuando George volvió a su casa se encontró con Kathy, que estaba poniendo en la heladera de la cocina los alimentos que había comprado. Kathy había traído muchas cosas para poner en el congelador del sótano y se quejó de que los precios fueran más altos en las tiendas de Amityville.
–Ya me lo imaginaba –dijo George, encogiéndose de hombros–. Amityville tiene más categoría que Deer Park.
A todo esto, ya era la una pasada. Aunque Kathy quería preparar el almuerzo, antes tenía que guardar el resto de los alimentos congelados en el congelador del sótano. George propuso hacer unos sandwiches para él y los niños.
Mientras Kathy estaba en el sótano, sonó el timbre de la puerta de entrada. La persona que llamaba era su tía Theresa. George había visto a esta señora sólo una vez en casa de su suegra, antes de casarse con Kathy. Theresa, en un tiempo, había sido monja. Ahora tenía tres hijos, pero George nunca se había enterado de las razones exactas que la llevaron a colgar los hábitos.
La ex monja estaba de pie en el pasillo: una mujer baja, delgada, de unos treinta y tantos años, vestida sencillamente con una chaqueta de lana negra gastada y zapatos de goma. La cara parecía fatigada, pese a estar encendida por el frío. La temperatura marcaba números muy bajos en el termómetro y el aire era claro, punzante.
Theresa dijo a George que había tomado un autobús hasta Amnityville y que había caminado desde la estación.
George levantó la voz para informar a Kathy de la llegada de su tía. Kathy contestó que en seguida estaría disponible y pidió a George que le mostrara la nueva casa a su tía.
Los niños saludaron en silencio a su tía abuela. La cara severa de Theresa cortaba la natural inclinación infantil a la cordialidad. Danny pidió permiso para salir con Chris.
–Está bien –dijo George– pero debes prometerme que no te alejarás de los alrededores de la casa.
Missy corrió escaleras abajo hasta el sótano. George notó que Theresa se ponía muy triste cuando los niños no respondían a sus manifestaciones de afecto.
Mientras George mostraba a Theresa la planta baja, pasando revista al importante comedor y al espacio o cuarto de estar, advirtió el frío,que reinaba en la casa, una especie de humedad fría que no había notado hasta el momento de la llegada de Theresa. Ésta estuvo de acuerdo en que la casa le había parecido fría en el momento de entrar. George echó una mirada al termostato. Marcaba veinticinco grados pero George se dio cuenta de que debía poner más fuego en la chimenea.
Subieron al primer piso. Theresa echó una mirada de reprobación a los espejos esfumados que estaban detrás de la cama de George y Kathy. Él adivinó sus pensamientos –Theresa pensaba que este despliegue de riqueza tenía un dejo de vulgaridad–y estuvo a punto de decirle que los De Feo habían dejado esos espejos. Pero prefirió dejar pasar el punto sin comentarios. ¡En el fondo, la mujer seguía siendo una monja!
Theresa siguió a George por los otros cuartos, admirando el nuevo espacio adquirido, pero cuando franquearon el umbral del cuarto de costura, Theresa pareció vacilar. George le abrió la puerta para que pasara. Theresa retrocedió unos pasos, palideciendo.
–No quiero entrar –dijo, dándole la espalda.
¿Habría visto algo Theresa por la puerta abierta? George echó una mirada al cuarto. Gracias a Dios no había moscas. Si las hubiera habido, la reputación de limpieza de Kathy habría sufrido un golpe irreparable. Pero George pudo comprobar que el cuarto estaba gélido. Miró a Theresa, que seguía de pie, implacable, de espaldas al cuarto. Cerró la puerta y sugirió que echaran un vistazo al último piso.
Cuando llegó el momento de ver el cuarto de juegos, la ex monja hizo una mueca de contrariedad.
–No –dijo– este lugar también es malo. No me gusta.
En el momento en que George y la tía Theresa bajaban, Kathy subía del sótano con Missy. Las dos mujeres se abrazaron y Kathy, llevando su tía a la cocina, dijo:
–George, voy a terminar después con este trabajo. Quiero llevar algunas de las latas que compré a un placard que encontré allá abajo. Lo podemos usar como alacena.
George volvió a la sala para avivar el fuego de la chimenea.
Theresa no había estado nada más que una media hora en la casa, pero declaró que ya era tiempo de irse. Kathy, que había contado con que su tía se quedara a almorzar con ellos, se sintió sorprendida.
–George puede llevarte de vuelta –dijo Kathy, pero Theresa se negó–.
–Aquí hay algo malo, Kathy –dijo, mirando a su alrededor–. Me tengo que ir.
–¿Cómo es posible, tía Theresa? ¡Afuera hace un frío horrible!
La mujer meneó la cabeza, se puso de pie, se echó sobre los hombros el grueso tapado y emprendió la marcha hacia la puerta de entrada cuando Danny y Chris entraron acompañados de otro niño.
Los tres niños vieron que Theresa se despedía con un movimiento de cabeza para George y un tenue beso en la mejilla de su sobrina. Cuando Theresa se acercó a la puerta, Kathy y George cambiaron una mirada, sin encontrar palabras para comentar aquel extraño comportamiento. Por último Kathy fue consciente de sus hijos y del nuevo compañerc de juegos.
–Este es Bobby, mamá –dijo Chris–. Acabamos de conocernos. Vive en la misma calle.
–Hola, Bobby –dijo Kathy, sonriendo.
Era un niño pequeño, de pelo negro, al parecer de la misma edad de Danny. Con aire inseguro, Bobby tendió la mano derecha. Kathy se la estrechó y presentó a George.
–Este es el señor Lutz.
George sonrió al niño y le apretó la mano. –¿Par qué no van arriba a jugar?
Bobby pareció reflexionar, lanzando rápidas miradas al vestíbulo.
–No. Así está bien. Prefiero jugar aquí.
–¿Aquí? –preguntó Kathy–. ¿En el vestíbulo?
–Sí, señora.
Kathy miró a George. En sus ojos estaba escrita la pregunta no formulada: ¿qué hay en esta casa que hace que todo el mundo se sienta tan incómodo?
En la media hora siguiente los tres niños jugaron en el suelo del vestíbulo, con los nuevos juguetes navideños de Danny y Chris. Bobby no se quitó ni una sola vez su abrigada chaqueta. Kathy volvió al sótano a terminar con la tarea de convertir al placard en una alacena y George se acercó de nuevo a su chimenea. Bobby se puso de pie y dijo a Danny y a Chris que quería irse a su casa. Esta fue la primera y la última vez que el niño conocido en la calle pisó el número 112 de Ocean Avenue.
El sótano de la casa de los Lutz medía trece metros por ocho. Cuando George lo vio por primera vez, bajó las escaleras y vio a su derecha unas puertas de resorte que llevaban a la parte en que estaban el quemador de gasolina, el tanque de agua caliente y el congelador, las lavadoras y las secadoras que los De Feo habían dejado.
A su izquierda, pasando otras puertas, había un cuarto de juegos de tres metros por ocho, hermosamente recubierto de un zócalo de madera y luces fluorescentes empotradas en un techo con caída. En frente estaba el área que George tenía intenciones de usar como oficina.
Un pequeño placard se abría en el espacio debajo de las escaleras y entre la escalera y la pared de la derecha había unos tabiques que formaban un placard adicional, que se extendía por unos dos metros, con estantes que bajaban desde el techo hasta el suelo. Este espacio, pensó George, estaba bien distribuido y aprovechaba lo que, en otro caso, habría sido espacio desperdiciado; su cercanía de la cocina lo convertía en una conveniente alacena. Kathy estaba trabajando en estos placards. En el momento en que metía unas latas grandes y pesadas contra la pared del placard, uno de los estantes crujió. El tabique de madera de la pared del fondo pareció ceder un poco. Kathy puso a un lado las latas y empujó el tabique, que se hundió. El placard estaba iluminado por una sola lamparita que colgaba del techo. El reflejo de la lamparita brillaba a través de una hendija que se abría lo suficiente para dar a Kathy la impresión de que había un espacio vacío detrás del placard, bajo la parte más alta de las escaleras.. Kathy llamó a su marido pidiéndole que bajara.
George miró la abertura y empujó el tabique. La pared cedió un poco más.
–Al parecer, no hay nada detrás –dijo a Kathy.
George retiró las cuatro tablas de madera y empujó con fuerza el tabique del fondo, que cedió enteramente y se abrió. ¡Era una puerta secreta!
El cuarto era pequeño: de un metro veinte por un metro y medio. Kathy quedó con la boca abierta. La pintura era roja desde el techo hasta el suelo.
–¿Qué es esto, George?
–No sé –contestó éste, tanteando las sólidas paredes de hormigón–. Al parecer hay un cuarto extra; a lo mejor es un refugio contra bombas. Todo el mundo se puso a fabricarlos a fines de la década del cincuenta. Y sólo puedo decirte que esto no estaba incluido en los planos que la inmobiliaria me mostró.
–¿Crees que lo construyeron los De Feo? –preguntó Kathy, aferrándose nerviosamente al brazo de George.
–Tampoco lo sé, pero lo supongo –dijo, conduciendo a Kathy fuera del cuarto secreto– me pregunto para qué lo usaban.
Y cerró el tabique.
–¿Crees que habrá otros cuartos como éste en el fondo de los placards? –preguntó Kathy.
–No lo sé, Kathy –contestó George–. Voy a tener que examinar pared por pared.
–¿Notaste el olor raro?
–Sí, lo noté –dijo George–. Es olor a sangre. Ella aspiró profundamente.
–George: esta casa me perturba. Ocurren muchas cosas que no entiendo.
George vio que Kathy se llevaba los dedos a la boca: en ella esto era una indicación de miedo. Missy hacía lo mismo cuando estaba asustada, George dio una palmada en la cabeza de su mujer.
–No te preocupes, querida. Voy a averiguar qué diablos hay detrás de todo esto. De todos modos ... ¡lo podemos usar como una alacena extra!
Apagó la luz del placard, dejando a oscuras el tabique del fondo, pero sin desvanecer la fugitiva visión de un rostro que logró divisar en el tabique de madera prensada. ¡George habría de enterarse, al cabo de unos días, que era la cara barbada de Ronnie De Feo!


X
28 de diciembre


El domingo, el padre Frank Mancuso volvió a la casa párroquial después de oficiar misa en la iglesia del Sagrado Corazón. Sólo mediaban unos metros entre uno y otro edificio, pero el sacerdote pudo comprobar su reciente debilidad al avanzar en el frío aire matinal.
En el cuarto de recepción de la rectoría había una visita esperándolo: el sargento Al Gionfriddo, de la policía local. Los dos hombres se dieron la mano y el padre Mancuso hizo pasar a Gionfriddo a sus habitaciones del primer piso.
–Me alegro de que me haya usted llamado –dijo el sacerdote–, y le agradezco su visita.
–No hay de qué, padre. Es mi día libre.
El corpulento detective echó una mirada a la habitación del sacerdote. La sala estaba llena de libros que no cabían en los estantes e invadían mesas y sillas. Retiró una pila de un sillón y se sentó.
El padre Mancuso hubiera querido convidar con algo, pero no tenía bebidas alcohólicas que ofrecer, de tal modo que preparó un poco de té. Mientras se calentaba el agua, fue derecho al grano: el motivo por el cual había solicitado la visita de Gionfriddo.
–Como usted sabe –empezó a decir– estoy preocupado por los Lutz. Por eso le pedí, a Charlie Guarino que se pusiera en contacto con alguien en Amityville capaz de verificar si todo está en orden.
El sacerdote se dirigió a la kitchenette en busca de tazas y platillos.
–Charlie me recordó que esta familia está viviendo en la casa en donde asesinaron a esa pobre familia De Feo. Algunos amigos me han hablado de ese caso, pero no sé realmente cómo ocurrió.
–Yo estuve en ese caso, padre –interrumpió el detective.
–Así me dijo Charlie cuando me visitó la otra noche.
El padre Mancuso trajo el té y se sentó frente a Gionfriddo.
–De todos modos, tuve mucha dificultad en conciliar el sueño anoche. No sé por qué, pero no podía dejar de pensar en los De Feo.
Miró a Gionfriddo, haciendo un esfuerzo por leer la expresión de su cara. Era una tarea difícil, aunque el padre Mancuso contaba con años de experiencia, indagando las personas en busca de hechos reales o imaginarios: de sus pacientes o de los solicitantes que se presentaban a él en los tribunales. El padre no sabía si debía revelar lo que le había ocurrido el primer día que fue a la casa de Ocean Avenue o el incidente de su conversación telefónica con George.
Gionfriddo adivinó rápidamente los pensamientos del sacerdote y resolvió el problema.
–Usted cree que algo raro está pasando en esa casa, ¿verdad, padre?
–No sé. Era lo que quería preguntarle.
El detective puso en el platillo su taza de té.
–¿Qué está usted buscando? ¿Una casa embrujada? ¿Quiere usted que le diga que hay fantasmas en ese lugar?
El sacerdote meneó la cabeza.
–No, pero me haría usted un favor si me cuenta qué ocurrió la noche de la matanza. Tengo entendido que el muchacho dijo haber oído voces.
Gionfriddo miró los ojos penetrantes del sacerdote y se dio cuenta que estaba turbado. Entonces se aclaró la garganta y adoptó su voz oficial.
–Bueno... Fundamentalmente están los hechos. Ronald De Feo hizo tomar un soporífero a su familia durante la comida del 13 de noviembre de 1974 y luego, cuando estaban durmiendo, los baleó con una escopeta de alto poder. Durante el juicio el criminal afirmó que una voz le había dicho que debía proceder de este modo.
El padre Mancuso guardó silencio, esperando oír detalles, pero Gionfriddo había terminado con su informe.
–¿Fue así? –preguntó el sacerdote.
Gionfriddo hizo una señal de afirmación. –Como acabó de decirle, estos son los hechos básicos.
–Supongo que todo el vecindario se despertó, ¿no? –preguntó el padre Mancuso.
–No. Nadie oyó los tiros. Nos enteramos del hecho más tarde, cuando Ronnie fue a The Witches Brew y se lo contó al dueño del bar. The Witches Brew es un bar cerca de Ocean Avenue. El muchacho se emborrachó y habló.
El padre Mancuso quedó atónito.
–¿Quiere usted decirme que este hombre mató a seis personas con una escopeta de alto poder y que nadie oyó el estruendo?
Gionfriddo cree que fue justamente en este instante que empezó a sentir náuseas en casa del sacerdote. Y sintió que tenía que irse.
–Así es. Los vecinos que habitan las casas junto a la casa de los De Feo afirman que esa noche no oyeron nada.
Gionfriddo se puso de pie.
–¿No le parece muy raro?
–Si. Yo también lo he pensado –dijo el detective, poniéndose el abrigo–. Pero debe usted tener presente, padre, que esto ocurre en invierno. Muchas personas duermen con sus ventanas herméticamente cerradas. A las tres y cuarto de la mañana estas personas son inaccesibles al mundo que las rodea.
El sargento Al Gionfriddo sabía que el sacerdote quería hacerle más preguntas, pero a él eso no le importaba. Tenía que irse de aquel lugar. No bien salió de la rectoría, tuvo que vomitar.
En el momento de llegar a Amityville, Gionfriddo sintió que su malestar estaba pasando. En un principio pensó pasar por la casa de Ocean Avenue, pero cambió de idea. En vez de hacer eso, enderezó hacia su casa por Amityville Road. A la derecha de su auto estaba The Witches Brew.
The Witches Brew era un bar en donde se reunían muchos jóvenes de la ciudad, especialmente durante la temporada, cuando Amityville está llena de veraneantes que alquilan casas. Pero ahora, en la tarde de un domingo de diciembre, Amityville Road, la calle que tiene las principales tiendas de la ciudad, estaba vacía. Los aficionados al rugby seguían un partido por las pantallas de televisión y las personas serias estaban en sus casas, pegadas a sus aparatos.
Gionfriddo manejaba su coche y no notó la silueta de una persona que entraba en The Witches Brew. El detective se había pasado ya en unos quince metros antes de girar con su auto policial y frenar. Miró hacia atrás, pero el hombre se había ido. ¡La forma del cuerpo, la barba, el paso jactancioso eran los de Ronnie De Feo!
Gionfriddo siguió con la mirada fija en la entrada del night club. "¡Ah, me estoy poniendo nervioso!", murmuró, ¿qué querrá este cura?" El detective volvió a poner el coche en movimiento y se apartó del cordón de la vereda, raspando las llantas.
En The Witches Brew, George Lutz había pedido su primera cerveza y se preguntaba por qué razón el barman lo había mirado tanto en el momento de sentarse al mostrador. El hombre que estaba abriendo una botella de cerveza y echando el contenido, se interrumpió de golpe y estuvo a punto de decir algo a George, pero luego siguió llenando el vaso.
George miró a su alrededor. The Witches Brew era uno de los tantos bares que George había visto en sus viajes como oficial de la marina y cuando realizaba trabajos de supervisión en las ciudades chicas y las aldeas de Long Island: lóbregamente iluminado, la inevitable juke box de colores chillones, el olor a cerveza rancia y el humo. No había nada más que otro parroquiano en el otro extremo del largo mostrador de caoba, absorbido por la pantalla de televisión, puesta encima del espejo del bar. En ese instante el locutor estaba describiendo la primera parte de un partido de rugby.
George olfateó, bebió un trago de cerveza y se miró en el espejo que estaba detrás del mostrador. Había tenido que salir de la casa, estar a solas consigo mismo. No podía encontrar explicación para lo que estaba ocurriendo a su familia. Las piezas del rompecabezas que más adelante hubo de juntar estaban, por el momento, inconexas.
George no podía entender qué les ocurría a los niños desde que se habían mudado a la nueva casa. A su modo de ver, se estaban portando con rudeza y descortesía. Antes no había sido así: en Deer Park no había sido así.
También pensó en Missy, que estaba muy rara. ¿Realmente habría visto él un cerdo en la ventana de la niña la otra noche? ¿Y a dónde había ido a parar el dinero de Jimmy? ¿Cómo era posible que se hubiera evaporado ante los ojos de todos?
George terminó su cerveza e hizo una seña para que le trajeran otra. Su mirada volvió a la imagen del espejo y recordó que esa misma semana él había estado sentado como un muñeco al lado de la chimenea parándose después y corriendo a ver el galpón de los botes. ¿Por qué? Y ahora estaba esta historia del cuarto rojo en el sótano. ¿Qué demonios significaba todo esto? Bueno, mañana él iba a empezar a indagar los antecedentes de la casa. El primer paso habría de ser una visita a la oficina de catastro de Amityville para averiguar qué mejoras se habían hecho en la propiedad del 112 Ocean Avenue.
"Si", se dijo a sí mismo, "y tengo que pasar por el Banco a cubrir ese cheque. No sea que me lo devuelvan". George bebió el resto de su segundo vaso de cerveza. En un primer momento no advirtió la presencia del barman frente a él. Luego se dio cuenta que el hombre estaba esperando. Y tapó el vaso con la mano, para indicar que no quería otra cerveza.
–Si me permite una pregunta, señor... –dijo el barman–. ¿Usted está de paso?
–No –contestó George– vivo aquí, en Amityville. Nos acabamos de mudar.
El barman hizo un movimiento afirmativo.
–Bueno... Usted es el perfecto sosia de un muchacho que anduvo por estos pagos. Por un instante creí que usted era él.
Metió el dinero de George en la caja registradora. –Ahora se ha ido. No volverá por un rato. Puso el cambio sobre el mostrador y añadió: –Tal vez nunca.
George recogió el dinero y se encogió de hombros. La gente siempre lo estaba confundiendo con otro. Tal vez fuera culpa de la barba, aunque ahora hay tantos hombres con barba.
Bueno... Hasta cualquier momento.
Enderezó hacia la puerta de entrada.
El barman cabeceó afirmativamente.
–Sí, espero que nos veamos de nuevo.
George había llegado a la puerta.
–¡Eh! –gritó el barman– dígame una cosa: ¿adónde se ha mudado?
George se detuvo, se dio vuelta y señaló vagamente hacia el oeste.
–¡Oh, a un par de cuadras de aquí! A la avenida Ocean.
El barman sintió que el vaso de cerveza de George se le deslizaba entre los dedos. Y cuando oyó las últimas palabras de George, "112 Ocean Avenue", el vaso cayó y se hizo añicos contra el suelo.

Kathy estaba esperando que George volviera. Se había sentado en la sala, junto al árbol de Navidad, pues no había querido ubicarse en su rincón favorito de la cocina por temor a encontrarse con aquella presencia invisible que apestaba a perfume barato. Los niños habían ido a su dormitorio y veían un programa de televisión. La mayor parte de la tarde habían estado tranquilos, siguiendo atentamente una película vieja. Las risas alegres que llegaban a los oídos de Kathy la convencieron de que era una película de Abbot y Costello.
Kathy hizo un esfuerzo de concentración mental, pensando en el posible lugar del dinero de Jimmy. Ella y George habían escudriñado cada palmo de la cocina, del comedor, de la sala, los dormitorios y los placards, en busca del sobre. ¡Éste no podía haberse evaporado! Nadie capaz de robarlo había estado presente en la casa en el momento. ¿En dónde diablos se había metido?
Kathy pensó en la presencia que había sentido en la cocina y se estremeció. Trató de pensar en los otros cuartos de la casa: ¿el cuarto de vestir? ¿el cuarto rojo del sótano? Empezó a levantarse de su silla y se interrumpió. Tenía miedo de bajar sola al lugar. De todos modos, pensó mientras volvía a sentarse, ella y su marido no habían visto nada más que las paredes rojas cuando estaban en el sótano.
Miró el reloj. Eran casi las cuatro. ¿Por dónde andaría George? Faltaba de la casa desde hacía una hora. Luego, con el rabillo del ojo derecho, captó un movimiento.
Uno de los primeros regalos de Navidad que Kathy le había hecho a George había sido un gran león de cerámica, de un metro veinte de altura, agazapado y dispuesto a lanzarse sobre una víctima invisible, pintado con colores naturalistas. A George le había parecido muy lindo y lo había puesto en la sala, sobre una mesa grande que estaba junto a la chimenea.
Cuando Kathy se dio vuelta y miró al león, tuvo la sensación de que ¡estaba varios centímetros más cerca de ella!

Después de haberse ido el sargento Gionfriddo de las habitaciones del padre Mancuso esa tarde, el sacerdote se sintió enojado consigo mismo. No le gustaba la forma en que estaba manejando el caso de la familia Lutz, y resolvió poner fin a la obsesión que le provocaba. En las horas siguientes se puso a analizar las situaciones posibles que podían surgir la semana próxima en el tribunal y los casos que se habían ido acumulando.
El padre Mancuso, dándose cuenta que debía tomar decisiones importantes, capaces de afectar vidas ajenas, trató de librar su mente de ciertas abstracciones, como la explicación poco satisfactoria que había dado Gionfriddo del asesinato de la familia De Feo y las dudas que le había suscitado la seguridad de esa casa. A medida que trabajaba, se volvía más consciente de que recobraba sus fuerzas. La debilidad que había sentido en el frío aire invernal ya no estaba en él. Eran las seis y recordó que no había comido ni bebido nada después de la taza de té compartida con Gionfriddo.
El padre Mancuso puso sobre la mesa una gaveta con fichas, enderezó el cuerpo y se dirigió a la cocina. En la sala sonó el teléfono. Era su número particular. Levantó el tubo y dijo:
–¿Hola?
No hubo respuesta: tan sólo un ruido de crepitación en el auricular.
El sacerdote sintió que un escalofrío le recorría la espalda. Con el teléfono en la mano, empezó a sudar y recordó su última conversación con George Lutz.
George estaba oyendo las descargas de su teléfono, que había sonado mientras él estaba en la cocina con Kathy y los chicos.
Por último, como nadie respondía a sus repetidos "holas", George colgó ruidosamente el receptor en la horquilla.
–¿Qué te parece? ¡Algún imbécil que se divierte con esta clase de bromas!
Kathy miró a su marido. Los dos estaban comiendo y George había aparecido hacía unos instantes, contando a su mujer que había hecho un largo paseo por la ciudad y que estaba convencido de que ellos vivían en la mejor calle de Amityville.
Kathy pensó que George tenía mucho mejor aspecto después de haber andado fuera de la casa. Le pareció tonto de su parte el deseo de mencionar al león, y olvidó el incidente justamente en el momento en que George perdía la compostura.
–¿Qué pasa? –preguntó.
–Nadie en el teléfono: eso es todo. Nada más que los zumbidos.
Y se dispuso a sentarse a la mesa.
–¿Sabes? Ha sido lo mismo que la última vez en que intenté hablar con el padre Mancuso. Me pregunto si no estará tratando de llamarme.
George volvió al teléfono y marcó el número particular del sacerdote.
Esperó unas diez llamadas. No hubo respuesta. Echó una mirada al reloj eléctrico que estaba sobre la pileta de la cocina. Eran exactamente las siete. Tuvo un leve escalofrío.
–¿No te parece que se está poniendo un poco frío, Kathy?

El padre Mancuso acababa de tomarse la temperatura. Treinta y nueve y unas décimas. "¡Oh, no!", gimió, "¡de nuevo!". Y se tomó el pulso, apretando un dedo contra la muñeca. El sacerdote estaba contando cuando el minutero del reloj marcaba exactamente el número doce. Notó que eran las siete.
¡Por un minuto, su corazón tuvo ciento veinte latidos! Normalmente el pulso del padre Mancuso era de ochenta latidos por minuto. Se dio cuenta que estaba por enfermarse otra vez.

George dejó la cocina y pasó a la sala.
–Es mejor poner mas leños en el fuego –dijo.
Kathy siguió con la mirada a George, que salió pesadamente de la cocina. Volvió a tener la antigua sensación de depresión. Luego oyó un ruido repentino en la sala. ¡Era George!
–¿Quién diablos puso a ese maldito león en medio del cuarto? ¡Casi me he roto la cabeza!

XI
Del 29 al 30 de diciembre

Al día siguiente, lunes, George amaneció con el tobillo luxado. Había dado un salto desarcetado para evitar al león de porcelana y había caído con todo su peso sobre los leños que estaban junto a la chimenea. Tenía un tajo encima del ojo derecho, que ya no sangraba porque Kathy le había aplicado un parche. ¡Lo que perturbaba a Kathy era la marca muy clara de unos dientes en el tobillo!
George fue cojeando hasta su camioneta Ford 1974 y tuvo ciertas dificultades para encender el motor enfriado. Con temperaturas bajo cero, George ya sabía que podía enfrentar problemas de carburación. Pero finalmente logró poner en marcha el motor y atravesó la isla en dirección a Syosset. La primera tarea que se había impuesto era cubrir el cheque extendido en favor del Astoria Manor. Esto significaba retirar fondos de la cuenta de William E. Parry, Inc., la compañía inmobiliaria en la que trabajaba.
En mitad del camino a Syosset, en la carretera Sunrise, George percibió un ruido sordo en la parte de atrás del vehículo. Se paró a un lado de la ruta y examinó la cola de la camioneta. Uno de los paragolpes se había aflojado y había caído. George quedó asombrado. Un percance como éste sólo podía ocurrir, en el peor de los casos, cuando los paragolpes están viejos y gastados, pero este vehículo sólo tenía 30.000 kilómetros. Se sentó de nuevo al volante y decidió reemplazar la pieza en cuanto llegara a Amityville.

Después de que George se fuera esa mañana, la madre de Kathy telefoneó para decir a su hija que había recibido una tarjeta de Jimmy y Carey desde las Bermudas.
–¿Por qué no me traes los chicos a casa?
El auto de Jimmy seguía en la senda de entrada a la casa, pero Kathy no tenía ganas de salir. Dijo que tenía mucha ropa que lavar y que George y ella le harían una visita probablemente para Año Nuevo. Por el momento no tenían proyectos e iba a tratar el asunto con George en cuando éste volviera.
Kathy colgó y echó una mirada en derredor, un poco desorientada y sin saber qué había que hacer en ese momento. La sensación opresiva del día anterior no la había abandonado. Tenía miedo de quedarse sola en la cocina o bajar hasta el lavador del sótano. Después del incidente con el león de porcelana, Kathy se sentía inquieta antes de entrar a la sala. Finalmente dio un rodeo y subió al piso alto para estar cerca de los niños. Con ellos, pensó, no se iba a sentir tan sola y tan asustada.
Kathy echó una mirada a Missy en su dormitorio y a Danny y Chris antes de ir a su cuarto y echarse en la cama. Ya había estado dormitando desde hacía unos quince minutos cuando oyó unos ruidos que provenían del cuarto de costura del otro lado del pasillo. Se oían ruidos como los que hace una persona cuando abre y cierra una ventana.
Kathy se levantó de la cama y se acercó a la puerta del cuarto de costura. Seguía cerrada. Se dio cuenta que Missy continuaba en su dormitorio y oyó los ruidos de los varones en el cuarto de arriba.
Se puso a escuchar. Detrás de la puerta cerrada, continuaban los ruidos. Kathy miró fijamente la puerta, pero no se atrevió a abrirla. Se dio vuelta, se dirigió a su dormitorio y se metió de nuevo en cama, echándose la frazada por encima de la cabeza.

En Syosset, George se encontró con una visita que lo estaba esperando. El hombre se presentó como inspector del servicio de impuestos internos y explicó que había venido a revisar los libros de la compañía y las constancias de los últimos pagos de impuestos. George llamó a su contador. El agente habló con él y fijó una nueva cita para el 7 de enero.
Cuando el inspector se fue, George siguió con su lista de quehaceres: debía retirar quinientos dólares de la cuenta de William H. Parry, Inc. y depositarlos en su cuenta personal; debía revisar los planos ya levantados de varios terrenos; debía decidir en qué forma habría de encarar los distintos casos que se habían presentado en la agencia desde que él faltaba: y finalmente debía realizar ciertas investigaciones en torno de la familia De Feo y reunir antecedentes del número 112 de Ocean Avenue.
Cuando los hombres de la inmobiliaria la preguntaron por qué había estado tanto tiempo sin venir, George se limitó a decir que había estado enfermo y que eso era todo. Sabía que tal cosa no era enteramente cierta, pero ¿qué otra explicación podía tener cierto sentido? A eso de la una, George había cumplido ya con sus obligaciones en Syosset. Tenía intenciones de detenerse una vez más antes de regresar a Amityville.
El diario más importante de Long Island, en lo referente al número de páginas, de avisos, y a la circulación, es el "Newsday". George dedujo que el lugar más apropiado para descubrir datos de la familia De Feo tenía que ser el archivo de las oficinas de "Newsday". Éste era el punto de arranque más lógico.
Se lo hizo pasar a la oficina de microfilme y un empleado buscó en los ficheros las fechas del asesinato de los De Feo y del juicio de Ronnie. George sólo recordaba vagamente los detalles de la forma en que Ronnie había asesinado a toda su familia, pero recordaba que el juicio había tenido lugar en Riverherd, Long Island, en uno de los meses del otoño de 1975.
George puso el microfilme del periódico el visor y lo desarrolló hasta llegar al 14 de noviembre de 1974. Una de las primeras cosas que notó fue una fotografía de Ronnie De Feo, tomada en el momento de su arresto, la mañana siguiente al día en que se encontraron los cuerpos baleados en el número 112 de Ocean Avenue. ¡La cara barbada de veinticuatro años que lo miraba desde la fotografía parecía su propia cara! Se disponía a seguir leyendo cuando le pasó por la cabeza que ésta era la cara que había visto fugazmente sobre la pared del depósito del sótano.
Los primeros artículos contaban la forma en que Ronnie había concurrido a un bar cercano a su casa y había pedido auxilio, diciendo que alguien había matado a sus padres y a sus hermanos. Ronald De Feo volvió a su casa con dos amigos y allí se encontró con Ronald padre, de cuarenta y tres años; Louise, de cuarenta y dos; Allison, de trece; Dawn, de dieciocho; Mark, de once, y John, de nueve. Todos estaban en sus camas, baleados por la espalda.
El relato contaba que, en el momento de la detención de De Feo la mañana siguiente, la policía de Amityville declaró que los móviles del crimen habían sido una póliza de seguro de vida por 200.000 dólares y una caja fuerte llena de dinero que los señores De Feo tenían oculta en un armario del dormitorio.
Este último punto explicaba que, cuando se reunió el personal y los elementos requeridos, el juicio hubiera caído bajo la competencia de la Suprema Corte del Estado en Riverhead.
George insertó otro microfilm con una información día a día del juicio de tres semanas, de septiembre a noviembre. La información incluía acusaciones a la policía por procedimientos brutales en la obtención de la confesión de Ronnie De Feo, y continuaba con las imágenes del abogado William Weber, quien hacía subir al estrado de los testigos a médicos psiquiatras que respaldaban su alegato de la supuesta insana de Ronnie. Sin embargo, el jurado llegó a la conclusión de que el joven estaba en sus cabales y era culpable de asesinato. Después de imponer una sentencia de seis cadenas perpetuas consecutivas, el juez de la Suprema Corte estatal, Thomas Salk, calificó la matanza como un "crimen atroz, abominable y horrendo".
George salió de las oficinas del "Newsday" pensando en el informe del juez de turno, quien había fijado las tres y cuarto de la mañana como la hora de la muerte de los De Feo. ¡Éste era el momento exacto en que George se había despertado por las noches desde que ellos se habían mudado a la casa! Tenía que contarle esto a Kathy.
George también pensó que tal vez los De Feo habían utilizado el cuarto rojo del sótano como un escondite secreto para guardar su dinero. Mientras manejaba de vuelta a Amityville, George estaba tan absorto en sus pensamientos que no notó –ni si quiera oyó– que la llanta de la rueda izquierda bailoteaba. En el momento en que se había detenido por una luz roja en la ruta 110, otro auto se le había puesto al lado. El conductor había abierto la ventanilla de la derecha, había sonado la bocina y le había gritado que una de las ruedas estaba floja.
George bajó del auto y examinó la rueda. Todos los pernos estaban flojos. George pudo comprobar que los podía mover fácilmente con los dedos. Como tenía las ventanillas cerradas sólo había oído vagamente el bamboleo y, enfrascado en sus pensamientos, no se le había ocurrido bajar a ver.
¿Qué diablos estaba ocurriendo? En primer lugar se había desprendido el paragolpes. Ahora ocurría esto. ¿Alguien habría estado jugando con la camioneta? Tanto él como Kathy podían muy bien romperse la crisma si la rueda se desprendía mientras el auto marchaba a cierta velocidad.
George se sintió aun más enfadado y contrariado al echar una mirada a la manija del gato que estaba en la parte de atrás del vehículo. ¡Había desaparecido! Se vio obligado a ajustar los pernos con la mano, hasta el momento de llegar a una estación de servicio. Pero entonces iba a ser demasiada tarde para realizar nuevas indagaciones en torno de los antecedentes del 112 Ocean Avenue.

Ese martes, el padre Mancuso ya no pudo pasar por alto las manchas rojas que cubrían las palmas de sus manos, ni el intenso dolor que sentía al tocarlas. Aunque el médico le había dado unas inyecciones antibióticas, no había podido vencer al segundo ataque de gripe. La temperatura seguía siendo alta y los dolores en el cuerpo parecían intensificados y aumentados cien veces más.
El día anterior, lunes, el padre Mancuso había supuesto que la rubicundez de las palmas de sus manos era nada más que una nueva manifestación de la enfermedad. Cuando el peculiar color y la extrema sensibilidad permanecieron sin decrecer y se le volvió doloroso levantar cualquier objeto con las manos, el padre Mancuso empezó a inquietarse seriamente.

Al día siguiente la Sociedad de Historiadores de Amityville brindó a George unas, interesantes informaciones, en especial las referentes a la locación de su casa. Al parecer, los indios Shinnecocks habían utilizado terrenos sabre el río Amityville para reunir en ellos a los enfermos, los locos y los moribundos. Estos desdichados eran acorralados hasta que morían de inanición. Sin embargo, el informe observaba que los Shinnecocks no habían usado esta zona para enterrar a sus muertos, pues creían que estaba invadida por malos espíritus.
Nadie sabía exactamente por cuantos siglos habían actuado de este modo los Shinnecoks; pero hacia fines del siglo XVII los colonos blancos desalojaron a los americanos originarios de la región, haciéndolos retroceder de esa parte de la isla. Hasta la época actual los indios Shinnecocks siguen siendo propietarios de terrenos y de tiendas en el extremo oriental de la isla.
Uno de los colonos más notables entre los que llegaron al pueblo recién llamado Amityville en esos días fue John Catchum o Ketcham, quien se había visto forzado a irse de Salem, Massachussetts, por sus prácticas de brujerías. John estableció su residencia a unos ciento cincuenta metros del sitio que ocupaba actualmente George y continuó practicando sus ritos diabólicos, según se dijo. El informe sostenía, asimismo, que John estaba enterrado en los alrededores del extremo noreste de la propiedad.
De acuerdo con el catastro local –consultado por George– la casa del número 112 de Ocean Avenue había sido edificada en 1928 por un señor Monagham. Había sido propiedad de varias familias hasta el año 1965, cuando los De Feo se la compraron a los Riley. Sin embargo, pese a todo lo que había leído en los últimos dos días, George no había adelantado absolutamente nada en la solución del problema, que consistía en descubrir el uso del misterioso cuarto rojo o la persona que lo había hecho. No había ninguna constancia de mejoras realizadas en la casa que mencionara el añadido de un cuarto en el sótano.

Era la penúltima noche del año. Los Lutz se habían acostado temprano. George había pasado por el cuarto de costura, buscando a Kathy, tal como lo había hecho la noche antes, al volver de las oficinas del "Newsday". Esas dos noches las ventanas habían estado cerradas y con traba.
Un poco antes, la pareja había hablado de los descubrimientos que había hecho George sobre la historia de la propiedad y la casa.
–George –había preguntado nerviosamente Kathy– ¿crees que la casa está embrujada?
–No es posible –había contestado George–. No creo en fantasmas. Por otra parte, todo lo que ha ocurrido aquí debe tener una explicación lógica y científica.
–No estoy tan segura. ¿Qué me dices del león?
–¿Qué dices tú ... de eso? –preguntó George. Antes de hablar, Kathy echó una mirada a la cocina, donde estaban sentados:
–Bueno... ¿qué te parece lo que sentí en esas dos ocasiones? Te lo dije: sentí que me estaban tocando.
George se puso de pie, desperezándose.
–Vamos, vamos, querida, estás imaginando cosas. Tendió una mano hacia la mano de ella.
–Eso mismo me ha ocurrido a veces. He tenido la certidumbre de que mi padre me ponía la mano en el hombro cuando estaba en la oficina. –Hizo levantar a Kathy de su silla.– He tenido la certeza de que estaba a mi lado. A muchos les ha pasado. Pero es... es... Creo que le llaman clarividencia o algo parecido.
Cada uno tenía los brazos puestos sobre la cintura del otro cuando George apagó las luces de la cocina. Pasaron por el cuarto de estar en su camino a las escaleras. Kathy se detuvo. Podía distinguir al león agazapado en la oscuridad del cuarto.
–George: creo que tendríamos que seguir con nuestras meditaciones. Empecemos de nuevo mañana. ¿Te parece bien?
–¿Crees que de ese modo vamos a encontrar una explicación lógica a todo lo que ha ocurrido? –preguntó George, sosteniéndola con su brazo mientras subían.

El padre Frank Mancuso no logró encontrar una explicación lógica o científica hasta el momento en que se disponía a meterse en cama. Acababa de rezar en el altar personal de su cuarto, esforzándose por hallar una respuesta que explicara la sangre que manaba de sus manos.

XII
31 de diciembre


El año 1976 ya estaba a la vuelta de la esquina.
El último día del viejo año amaneció con una fuerte nevisca que, para muchos, fue indicio de un comienzo nítido y claro del nuevo año.
Pero en la casa de los Lutz el estado de ánimo era muy diferente. George no había dormido bien, pese a su actividad de los últimos días, dentro y fuera de la casa. Se había despertado en medio de la noche, había mirado su reloj y le había sorprendido encontrarse con que eran las dos y media en vez de las tres y cuarto, como había supuesto.
George había vuelto a despertarse a las cuatro y media, había visto que la nieve empezaba a caer y había tratado de retomar el sueño arropándose en sus abrigadas cobijas. Sin embargo, después de revolverse cierto tiempo, no logró dar con una postura cómoda. Kathy, en medio de su sueño, era presa de una inquietud que la hacía rodar y chocar a George, empujándolo hacia el borde. Él, enteramente despierto, evocaba visiones de secretas guaridas de dinero que descubría en uno u otro punto de la casa y que resolvían todos sus problemas de finanzas.
George se estaba sintiendo apretado por la presión de las cuentas que aumentaban, por la casa que acababa de comprar y por las actividades de la agencia, donde muy pronto iba a tener que enfrentar un déficit muy serio cuando hubiera que pagar los salarios. Todo el dinero con que contaban Kathy y él había sido comido por los gastos de la escritura, una vieja cuenta de combustible y la compra de lanchas y motocicletas. Ahora acababa de recibir el último golpe: una investigación de sus libros y del pago de réditos por el servicio de rentas internas. No era sorprendente que George soñara con una solución mágica y simple que lo sacara del berenjenal en que se había metido.
Hubiera querido encontrar el dinero de Jimmy. Los mil quinientos dólares habrían sido un salvavidas. George se puso a contemplar los copos de nieve que caían. Había leído un artículo en el diario que se refería a la floreciente situación económica del señor De Feo, quien habría contado con una sustanciosa cuenta bancaria y un excelente empleo, muy bien remunerado, en una agencia de automotores que era propiedad del padre de su mujer.
George había examinado el placard del dormitorio y había descubierto el escondrijo secreto del señor De Feo bajo el marco de la puerta. La policía lo había descubierto por primera vez en el momento del arresto de Ronnie, y el lugar estaba ahora vacío: no era nada más que un agujero en el piso. George hubiera querido saber en qué otro lugar habrían escondido los De Feo parte de sus dineros.
¡El embarcadero! George se incorporó en la cama. Tal vez había habido un sentido oculto en la fuerza que lo arrastraba allí todas las noches. ¿Habría algo? ¿Alguna cosa que lo arrastraba allí? ¿Acaso el muerto, que lo azuzaba para que buscara allí su fortuna? George estaba desesperado y la prueba era que empezaba a acariciar estas ideas demenciales. Pero ¿qué otra explicación podía haber de esa fuerza que lo forzaba a bajar al embarcadero noche tras noche?
A las seis y media George cedió al fin y se levantó de la cama. Ya sabía que no iba a dormir más esa mañana. De modo que salió sigilosamente del cuarto, fue a la cocina y se preparó una taza de café.
Todavía estaba oscuro a esa hora, pero podía ver la nieve que empezaba a acumularse cerca de la puerta de la cocina. Vio una luz en la planta baja de la casa vecina. Tal vez el dueño tenía como él problemas de dinero y no podía dormir, pensó George.
George se dio cuenta que no iba a ir a su oficina ese día. Era el último día del año y, de todos modos, todos se retirarían temprano. Bebió su café y proyectó hacer una excursión al embarcadero y al sótano en busca de indicios. Luego empezó a sentir el frío que reinaba en la casa.
El termómetro descendió bruscamente entre las doce de la noche y las seis de la mañana. Pero en ese instante eran ya casi las siete y la temperatura no aumentaba. George entró en la sala y puso un poco de carbón y papeles en la chimenea. Antes de encender el fuego, notó que la pared de ladrillos estaba ennegrecida por el hollín que se había acumulado a consecuencia de sus continuas e innumerables fogatas.
Un poco después de las ocho, Kathy bajó con Missy. La niña había despertado a su madre profiriendo gritos de placer:
–¡Mamá: mira la nieve! ¿No es preciosa? ¡Hoy quiero salir y jugar en el trineo!
Kathy preparó el desayuno de su hija, pero ella no pudo probar bocado y se limitó a una taza de café y un cigarrillo. Gedrge tampoco tenía ganas de comer y sólo tomó otra taza de café, que él mismo debió ir a buscar a la cocina, ya que Kathy no quería pasar por la sala y le dijo a George que tenía un fuerte dolor de cabeza. Kathy tenía miedo al león de porcelana y albergaba intenciones de librarse de él antes de que terminara el día. Pero el fuerte dolor de cabeza no era inventado.
A eso de las nueve George había logrado encender un crepitante fuego en la chimenea. A las diez seguía nevando. Kathy advirtió a George, gritando desde la cocina, que una emisora local había vaticinado que el río Amityville iba a estar totalmente congelado al fin de la tarde.
George, de mala gana, se levantó de su asiento junto al fuego, se abrigó, se puso las botas y salió en dirección al galpón de los botes. No había tenido bastante plata para retirar su barco del agua y tenerlo guardado durante el invierno. Si el río se congelaba, el hielo iba a romper la quilla, pero él ya estaba preparado para un accidente de esta clase.
La madre de George le había regalado su compresor de pintura y George había hecho agujeros en la manguera de plástico. Echó la manguera al agua, junto al bote, y puso en marcha el compresor. De este modo, las burbujas que se formaban impedían que el agua dentro del embarcadero pudiera congelarse.

Durante toda esa mañana el padre Mancuso se estuvo mirando las manos. Las palmas, que habían empezado a sangrar la noche antes, estaban secas ahora, pero las ampollas enrojecidas, irritadas, no se habían ido.
La fiebre también se mantenía en treinta y nueve y algo. Cuando el párroco pasó a verlo, el padre Mancuso prometió que se iba a quedar en casa el resto del día. El sacerdote no mencionó lo que le estaba ocurriendo con las manos, que mantuvo dentro de su robe de chambre todo el tiempo que el pastor estuvo en sus habitaciones.
El padre Mancuso pensó en estos estigmas, en estas marcas parecidas a las heridas en el cuerpo crucificado de Cristo y que, se decía, se dibujaban sobrenaturalmente en los cuerpos de los santos. Contempló la repulsiva erupción y sintió cólera. El sacerdote estaba preparado a dar a Dios todo lo que Éste solicitara. Pero, si había que sufrir de este modo, pensó finalmente, habría preferido sufrir por la humanidad. Con toda su educación, experiencia, devoción y capacidades como juez y piscoterapeuta, podía haber esperado algo menos trivial que una casa en Amityville. Junto con su ira, que aumentaba, también se intensificaba el ardor en las palmas.
Decidió rezar, solicitando alivio. Y mientras el padre Mancuso pedía alivio, la concentración en sus propias desdichas disminuyó. La dureza de las manos crispadas se aflojó notablemente. Extendió los dedos y se contempló las llagas. El sacerdote suspiró y se arrodilló en su altar privado para dar las gracias a Dios.

Más entrada la tarde, Danny y Chris amenazaron por segunda vez con irse de la casa. La primera vez había ocurrido cuando vivían en la casa de Deer Park. George los había confinado a sus dormitorios durante una semana porque los niños habían estado diciendo unas mentiritas. Los niños se habían rebelado contra la autoridad del padrastro: los dos se negaron a obedecerlo y amenazaron con escaparse si los obligaba a renunciar a la televisión. Al llegar a este punto, George tomó el toro por las astas y dijo a Danny y a Chris que podían irse si no les gustaba la forma en que él dirigía la casa.
Los dos muchachos tomaron sus palabras al pie de la letra. Empaquetaron todas sus posesiones –juguetes, ropas, discos y revistas– en frazadas enrolladas y bajaron los grandes bultos hacia la puerta de entrada. Cuando ya estaban a mitad de la cuadra, haciendo un desesperado esfuerzo por moverse con los pesados bultos, un vecino los divisó y logró hacerles desistir de su empresa. Por un cierto tiempo los niños habían dejado de lado esta comedia, pero ahora acababa de producirse una nueva explosión.
Kathy, al oír gritos de pelea, subió al dormitorio y se encontró con los dos muchachos sobre una de las camas. Chris estaba montado sobre el pecho de Danny, dispuesto a dar cuenta de su hermano mayor.
En la otra cama estaba sentada Missy, con una amplia sonrisa en su carita y batiendo palmas por la excitación.
Kathy separó a los dos muchachos.
–¿Cómo se atreven? –gritó–. ¿Qué les pasa a los dos? ¿Se han vuelto locos?
Missy intervino con su delicada vocecita:
–Danny no quiso limpiar el cuarto, como tú le dijiste que lo hiciera.
Kathy miró severamente al niño.
–¿Por qué no, jovencito? ¿Se da usted cuenta del estado en que está esta habitación?
El cuarto era un asco. Había juguetes desparramados por el suelo, mezclados con ropa tirada. Los pomos de pintura habían sido dejados sin tapitas y el contenido se había volcado sobre la alfombra y los muebles. Unos cuantos juguetes nuevos, regalos de Navidad, estaban rotos y tirados por los rincones del cuarto. Kathy meneó la cabeza.
–No sé qué hacer con ustedes. Compramos esta hermosa casa para que tengan un cuarto de juego. ¡Y ésta es vuestra recompensa!
Danny se desasió de los brazos de su madre. –¿Cómo quieres que juguemos en esa porquería de cuarto?
–¡Sí! –exclamó Chris–. ¡No nos gusta este lugar! ¡No hay nadie con quien jugar!
Kathy y los muchachos intercambiaron frases agrias por cinco minutos más, hasta que Danny arrojó el guante y enfrentó a su madre con una amenaza de huir de la casa. Kathy, por su parte, sugirió que este comportamiento merecía un castigo físico.
–¡Y ya saben quién se los va a dar!
A la hora de la comida, la familia Lutz ya estaba apaciguada. Los muchachos parecían tranquilos ahora, aunque Kathy podía sentir una corriente de tensión por lo bajo, cuando estaban todos sentados a la mesa. George le había dicho a Kathy que prefería quedarse en casa el último día del año para no toparse con borrachos en la calle al volver de la casa de su madre. No habían hecho planes para reunirse con amigos y hacía demasiado frío para ir al cine.
Después de la comida, Kathy convenció a George de que había que llevar el león de cerámica al cuarto de costura. Una vez más se pudo ver unas moscas que revoloteaban contra el cristal de la ventana que daba sobre el río Amityville. George, rabioso las aplastó con un matamoscas y se fue del cuarto dando un portazo.
A eso de las diez de la noche, Missy ya estaba dormida en el suelo de la sala. Missy había arrancado de Kathy la promesa de que la iba a despertar a medianoche, a tiempo para soplar su cornetín. Danny y Chris seguían levantados y jugaban cerca del árbol de Navidad, contemplando la pantalla de televisión. George se ocupaba de su fuego. Kathy se sentó frente a él e intentó levantar su ánimo siguiendo el hilo de una antigua película que pasaban por la pantalla de TV.

A medida que avanzaba la noche, las manos del padre Mancuso se hacían sentir más y más. Las ampollas eran ahora más dolorosas que nunca: unas nuevas habían brotado en el dorso de las manos. No podía aguantar la idea de que habría de pasar toda la noche con el dolor y el susto. Cuando su médico vino a verlo, extendió bruscamente las manos con las palmas hacia arriba y dijo:
–¡Mire!
El médico, cortéstemente, examinó las ampollas.
–Frank, no soy un dermatólogo –dijo–. Esto puede ser cualquier cosa: desde una alergia hasta un ataque de ansiedad. ¿Alguien lo ha estado molestando a usted más de la cuenta?
El padre Mancuso se apartó tristemente del médico y fijó la mirada en lós copos de nieve que caían.
–Creo que sí... Algo ...
El sacerdote volvió a enfrentar al médico con la mirada.
– ... o alguien.
El médico recetó unas tabletas antibióticas, aseguró al sacerdote. que se sentiría aliviado hacia el amanecer y fue a reunirse con unos amigos.

Por la televisión Guy Lombardo saludó al Nuevo Año desde el hotel Waldorf Astoria. Los Lutz contemplaron caer la pelota del Allied Cherjcal Building, en Times Square, pero no acompañaron al animador Ben Grauer cuando éste se puso a contar los últimos diez segundos de 1975.
Danny y Chris ya se habían retirado hacía media hora a su dormitorio, con los ojos enrojecidos por el exceso de TV y el humo de la fogata de George. Kathy ya había acostado a Missy, había bajado las escaleras y había vuelto a sentarse en su silla frente a George.
Eran exactamente las doce y un minuto. Kathy fijó la mirada en la chimenea hipnotizada por las llamas que bailaban. Algo se estaba materializando en esas llamas, un perfil blanco que se recortaba sobre los ladrillos ennegrecidos, algo que se volvía más claro y más nítido cada vez.
Kathy intentó abrir la boca para decir algo a su marido. No pudo hacerlo. Ni siquiera pudo apartar los ojos del demonio con cuernos y un capuchón blanco y puntiagudo en la cabeza. La figura aumentaba de tamaño, avanzaba hacia ella. Y vio que la mitad de la cara le faltaba a esta figura, como si hubiera recibido una ráfaga de ametralladora a quemarropa. Kathy lanzó un grito.
George levantó la mirada.
–¿Qué pasa? –dijo.
Kathy sólo pudo señalar hacia la estufa. George siguió la mirada de ella y también vio una figura blanca que parecía quemada por el hollín y que se destacaba sobre los ladrillos del fondo de la chimenea.

XIII
1 de enero de 1976


George y Kathy fueron finalmente a acostarse a la una de la mañana. Habían estado ya durmiendo por un tiempo que, más adelante, calcularon en no más de cinco minutos, cuando los despertó una ráfaga de viento que pasó rugiendo por el dormitorio.
Las frazadas de la cama fueron arrancadas literalmente de los cuerpos de la pareja, dejando a George y a Kathy tiritando. Todas las ventanas del cuarto quedaron abiertas de par en par y la puerta del dormitorio, bamboleada por las corrientes de aire, se abría y cerraba sin parar.
George saltó fuera de la cama y corrió a cerrar las ventanas. Kathy recogió las frazadas del suelo y volvió a tirarlas sobre la cama. Ambos habían quedado sin aliento por obra de aquel despertar sobresaltado y, aunque la puerta del cuarto se había cerrado ruidosamente, todavía podían oír el viento que rugía en el pasillo del piso de arriba.
George abrió bruscamente la puerta y recibió en el rostro otra ráfaga helada. Encendió la luz en el vestíbulo y quedó sorprendido al ver que las puertas del cuarto de costura y del cuarto de vestir estaban enteramente abiertas, y que el vendaval entraba libremente por ellas. Sólo la puerta del dormitorio de Missy seguía cerrada.
George corrió primero hacia el cuarto de vestir, luchando contra el ventarrón que le daba de frente, y logró con un esfuerzo bajar las ventanas. Luego fue al cuarto de vestir y, con los ojos llenos de lágrimas por causa del frío, cerró una ventana. Pero George no pudo mover la ventana abierta que daba sobre el río Amityville. Golpeó furiosamente el marco con los puños y, por último, la ventana cedió, deslizándose hasta abajo. Él siguió allí parado, tratando de recobrar el aliento, temblando dentro de su piyama. El viento ya no silbaba por los corredores de la casa, pero él podía oír el violento rumor del vendaval afuera. El frío éra el mismo de siempre. George echó una mirada más en torno antes de pensar en Kathy.
–¡Querida! –dijo, levantando la voz–. ¿Estás ahí?
Kathy, que había seguido los pasos de su marido por el pasillo, también había visto las puertas abiertas y la puerta cerrada del dormitorio de Missy. Con el corazón que le latía violentamente, Kathy corrió hasta el dormitorio de su hija y se precipitó dentro. Encendió las luces.
El cuarto estaba caldeado, casi demasiado. Las ventanas estaban cerradas y tramadas, y la niña dormía profundamente en su cama.
Algo se estaba moviendo en el cuarto. Kathy se dio cuenta de que era la hamaca de Missy que balanceaba lentamente, junto a la ventana. Luego oyó la voz de George:
–¡Querida! ¿Estas ahí?
George entró al dormitorio. El calor lo sobresaltó; tuvo la impresión de estar frente a una chimenea encendida. Inmediatamente tomó cuenta de todo... de la niña que dormía tranquilamente, de su mujer, de pie junto a la cama de Missy, de la incrédula expresión de susto en la cara de Kathy y de la pequeña hamaca que se balanceaba.
Dio un paso hacia la hamaca y ésta, inmediatamente, cesó de balancearse. George se detuvo, quedó absolutamente quieto e hizo una señal a Kathy.
–¡Llévala abajo! ¡Date prisa!
Kathy no pidió explicaciones a George. Levantó a la niña de la cama, con frazadas y todo, y salió apresuradamente del cuarto. George marchó detrás de ellas y cerró la puerta dando un portazo, sin incomodarse en apagar las luces.
Kathy empezó a bajar cautelosamente las escaleras hasta el piso bajo. En el pasillo el frío era intenso. George subió corriendo las escaleras hasta el piso más alto, donde dormían Danny y Chris.
Cuando George bajó del último piso, unos minutos más tarde, vio a Kathy sentada en el cuarto de estar, oscurecido, con Missy en sus brazos, profundamente dormida. Encendió la luz y la araña hizo desaparecer las sombras de los rincones.
Kathy se dio vuelta y miró a George con aire interrogativo.
–Están perfectamente –dijo él–. Los dos duermen. Arriba hace frío, pero los chicos están bien.
Kathy echó aire por la boca y notó que el vapor formaba una nube en el aire frío.
George encendió rápidamente el fuego. Los dedos estaban ateridos y se dio cuenta, de repente, que estaba descalzo y que no se había echado nada encima del piyama. Finalmente logró encender un pequeño fuego con un diario y aventó la llama con las manos, hasta que unos rescoldos se encendieron.
De cuclillas frente a la chimenea, podía oír el viento que aullaba fuera. Luego se volvió y miró a Kathy por encima del hombro.
–¿Qué hora es?
Fue lo único que se le ocurrió decir en esa ocasión, comentó más adelante George Lutz. También recuerda la expresión de la cara de Kathy cuando él hizo esa pregunta. Kathy lo miró un instante y luego contestó:
–Creo que son más o menos...
Pero antes de terminar la frase se echó a llorar y todo su cuerpo empezó a temblar convulsivamente. Acunaba a Missy en sus brazos y sollozaba a la vez.
–¡Oh, George! ¡Estoy loca de terror!
George se paró y avanzó en dirección a su mujer y su hija. Se puso en cuclillas frente a la silla y abrazó a ambas.
–No llores, querida –susurró–, yo estoy aquí. Nadie va a hacer daño ni a ti ni a la nena.
Los tres permanecieron en esa postura por cierto tiempo. Lentamente el fuego se fue animando y el cuarto se fue calentando. George tuvo la impresión de que los vientos empezaban a amainar afuera. Cuando oyó que el quemador de combustible emitíasu "clic" en el sótano, supo que eran las seis de la mañana del primer día del año.
A las nueve de la mañana la temperatura en la casa de Ocean Avenue se había elevado hasta veintitrés grados. George realizó una excursión a fin de examinar ventana por ventana, desde la planta baja hasta el último piso. No había evidencias visibles de que alguien hubiera estado jugando con los cierres de los postigos en el piso alto, y George siguió desconcertado: ¿cómo era posible que algo tan estrafalario hubiera ocurrido?
Al pensar nuevamente en aquel episodio, George sostiene que, en aquel momento, él y Kathy no pudieron encontrar ninguna razón para explicar el comportamiento de las ventanas, salvo algún percance natural disparatado: tal vez los vientos huracanados las habían abierto de algún modo. Pero George no sabe por qué esto ocurrió a las ventanas del piso de arriba y no a las otras.
De repente George sintió un intenso deseo de ir a su oficina. Era una día de fiesta; nadie estaba allí, pero tuvo la necesidad de verificar las operaciones comerciales de su agencia.
William H. Parry, Inc., contaba con cuatro equipos de ingenieros y agrimensores en acción. La companía había hecho los proyectos y planos de los complejos de edificios más grandes en la ciudad de Nueva York, de las Glen Oaks Towers en Glen Oaks, Long Island, y también tenía a su cargo el planeamiento de un proyecto de reconstrucción urbana de cuarenta manzanas en Jamaica, Queens. Además, se encargaba de inspecciones menores para otras compañías. La coordinación que requería la labor de cada día era bastante intrincada y en las últimas semanas George había puesto la cosa en manos de uno de sus proyectistas, un empleado experimentado que había trabajado con su padre y su abuelo.
En el último año, después de haber puesto su madre la dirección de la agencia en sus manos, la preocupación principal de George había consistido en cobrar a las compañías de construcción que utilizaban sus servicios. Los salarios y los gastos de la compañía eran mucho mayores que lo que habían sido en los días en que el padre de George estaba vivo. También había que encontrar la manera de pagar por seis autos adquiridos y nuevos equipos para el trabajo in situ. George comprendió que había estado remoloneando, que había bajado la guardia: ya era tiempo de reasumir sus responsabilidades.

A las diez de la mañana el padre Mancuso también estaba despierto. No había podido dormir mucho y se había levantado varias veces en la noche para enjuagarse las manos con el linimento que el médico le había recetado. El sacerdote se había levantado a las siete, aunque se sentía debilitado por la gripe y la posición horizontal le resultaba más llevadera.
El medicamento alivió algo la molestia y la picazón de las palmas de las manos, pero la receta antigripal no tuvo ningún efecto contra la fiebre. Haciendo un esfuerzo por concentrarse en algo que no fuera su misterioso achaque, el padre Mancuso trató de leer algunas revistas médicas y buscó en el índice los artículos de psicoterapia. En las tres horas que llevaba levantado, el sacerdote había encontrado ya más de una docena de artículos nuevos e interesantes sobre ese tema. De repente notó una mancha rojiza en la última revista que había estado leyendo.
El sacerdote puso las palmas de las manos hacia arriba: estaban sucias de sangre. Las llagas supuraban.

Hacia el mediodía, George estaba en Syosset, manejando su máquina de sumar. Acababa de descubrir que el dinero que entraba no se equilibraba con el dinero que salía. Las cuentas en la columna de pagos se estaban volviendo unilaterales y George comprendió que iba a tener que rebajar el número de agentes y de empleados de oficina.
A George no le gustaba nada la idea de quitar a estos hombres su medio de vida, especialmente cuando pensaba que iba a ser muy difícil encontrar nuevos empleos en la declinante industria de la construcción. Pero había que hacerlo, y se estaba preguntando cómo lo iba a hacer y por dónde iba a empezar: De todos modos, no se detuvo demasiado tiempo en el tema, ya que había otros problemas más urgentes. Antes de que terminara la semana bancaria al día siguiente, viernes, iba a tener que transferir fondos de una cuenta de Banco a otro, para cubrir cheques extendidos a los abastecedores.
Sumergido en estos cálculos, George no advirtió el paso del tiempo. Por primera vez, desde el 18 de diciembre, George Lutz no estaba pensando en sí mismo o en la casa de Ocean Avenue.
Pero su mujer estaba pensando muy intensamente en la casa. Kathy no se lo había dicho a George con tantas palabras, pero cada vez estaba más convencida de que los acontecimientos de las últimas semanas habían sido producidos por fuerzas extrañas. Kathy no dudaba de que sus conclusiones eran tontas, y había tenido reparos en contarle a George su encuentro con el león de cerámica.
Pero ahora era consciente de que los fragmentos estaban componiendo un cuadro determinado, aun antes de que lo advirtiera George. Estaba asustada y quería hablar con alguien. Pensó en su madre, pero inmediatamente desechó la idea. Joan Connors era muy religiosa y habría insistido en que había que ponerse en contacto con el viejo sacerdote de su parroquia.
Kathy no estaba del todo preparada para entrar en un mundo de fantasmas y demonios: quería mantener el problema, en un principio, a un nivel más general. En el fondo de su corazón, sin embargo, sabía perfectamente bien adónde habría de llevar el tema.
Fue a la cocina y marcó el número de teléfono de la única persona que podía entender lo que estaba ocurriendo: el padre Mancuso.
Kathy oyó los ruidos de la conexión que se establecía y el primer timbrazo del telétono. Mientras esperaba el segundo timbrazo, advirtió que la cocina estaba invadida por el olor dulzón que ya conocía. Se le puso la piel de gallina, mientras esperaba sentir en el cuerpo el roce consabido.
El teléfono del padre Mancuso sonó otra vez, pero Kathy ya no lo oyó. Había colgado el auricular y había salido corriendo del cuarto.

En la casa parroquial, el padre Mancuso se había enjuagado las manos con un medicamento que había restañado la pérdida de sangre. El sacerdote tenía una toalla entre las manos cuando oyó la campanilla del teléfono en la sala. Levantó el auricular después del segundo timbrazo.
Cuando dijo: "¿Hola?", se encontró con que la comunicación estaba interrumpida. Miró el teléfono. "Bueno, bueno... , ¿qué habrá ahora?" El padre Mancuso pensó en George Lutz y meneó la cabeza. "¡Oh, no! ¡No me voy a ocupar más de esa historia!" Colgó el receptor y volvió al cuarto de baño.
El sacerdote contempló sus llagas. "Repulsivas", pensó. Luego se miró la cara en el espejo. "¿Cuándo terminará todo esto?" decía su imagen en el espejo. Su enfermedad era, por cierto, visible. Las ojeras eran más oscuras y la palidez del cutis era malsana. El padre Mancuso se tanteó la barba con gestos vivaces: hacía falta recortar, pero la mano no era aún bastante firme para sostener un par de tijeras.
El padre Mancuso asegura que, al contemplar su imagen en el espejo, se puso a pensar repentinamente en la demonología. El sacerdote estaba enterado del alcance del tema y de los varios fenómenos ocultos que abarca. Pero nunca le había gustado, ni siquiera cuando había seguido un curso en sus días estudiantiles en el seminario; nunca había intentado profundizar el punto.
El padre Mancuso conoce otros sacerdotes que han dedicado una atención especial a la demonología, pero nunca ha tenido tratos con un exorcista. Cualquier sacerdote está autorizado a practicar ritos de exorcismo, pero la iglesia católica prefiere que esta ceremonia peligrosa quede limitada a los clérigos que se han especializado en enfrentar casos de obsesión y posesión.
El padre Mancuso había mantenido la mirada fija en el espejo del cuarto de baño, pero no había hallado respuestas a su dilema. Y pensó que ya había llegado el momento de abrirse ante su amigo: el párroco de la parroquia del Sagrado Corazón.

La nieve que había caído esa mañana obstruía las carreteras, volviéndolas peligrosas. A medida que avanzaba el día, iba haciendo más y más frío; los autos empezaban a resbalar y patinar en las charcas congeladas que cubrían los caminos de Long Island. Pero la nieve ya había dejado de caer en el momento en que George volvía a Amityville en auto desde su oficina.
El viaje transcurrió sin percances. La senda de entrada a la casa de Ocean Avenue estaba cubierta de nieve reciente. George se dio cuenta que iba a tener que abrir un camino para la camioneta antes de entrar. "Lo haré mañana", se dijo, y dejó el vehículo estacionado en la calle, que un camión municipal de barrido acababa de despejar.
Notó que Danny y Chris habían estado jugando en la nieve. Los trineos de los niños estaban sobre los escalones que llevaban a la puerta de entrada a la cocina. En el momento de entrar en la casa vio que había un reguero de huellas de nieve derretida que atravesaba la cocina y subía los escalones. "Kathy tiene que estar arriba", pensó. En caso de haber visto la mugre que habían dejado en su casa, tan limpia siempre, habría ardido Troya.
George encontró a su mujer en el dormitorio,acostada en la cama y leyendo a Missy uno de los nueve libros de Navidad. Missy batía palmas alegremente.
–¡Hola! –dijo él.
Kathy y Missy levantaron la mirada.
–¡Papá! –exclamaron las dos al unísono, saltando de la cama y rodeando cariñosamente a George.
Por primera vez en mucho, mucho tiempo, como pareció a Kathy, la familia Lutz pudo celebrar una cena feliz. Danny y Chris, advertidos por George y sin ser vistos por su madre, bajaron a la cocina y borraron todas las huellas de su descomedida irrupción. Luego se sentaron a la mesa con caras encendidas por las horas de juego en el frío aire invernal, y devoraron las hamburguesas y las papas fritas que Kathy había preparado especialmente para ellos.
Missy mantenía sonriente a la familia con su cháchara incesante y su robo de las papas fritas de los muchachos cuando éstos no miraban. Si alguna vez era sorprendida, Missy volvía la carita hacia el acusador y le mostraba todos sus dientes, salvo uno, para desarmarlo.
Kathy se sentía más tranquila con George en la casa. Sus miedos se habían desvanecido momentáneamente y no pensaba ya en aquella última ráfaga de perfume a comienzos de la tarde. "Tal vez me estoy dando cuerda con esta historia", pensó, y abarcó la mesa con la mirada. La cálida atmósfera de familia no anunciaba, por cierto, nuevas visitas de fantasmas.
En cuanto a George, había encerrado sus deprimentes operaciones mercantiles en algún cajón secreto de su mente. Se sentía en su casa de Ocean Avenue. Como un hombre que llega a un cálido nido. Esta era la vida que él deseaba tener en la nueva casa. El mundo de afuera podía ofrecer cosas buenas o malas, pero los Lutz iban a examinarlo todo en su hogar. Él y Kathy compartieron un bife. Luego George encendió un cigarrillo y fue al cuarto de estar con los varones.
George había hecho entrar a Harry en la casa para darle de comer y luego le permitió que jugara con sus dos hijos delante de la chimenea. Los Lutz habían comido temprano, de modo que eran las ocho apenas pasadas cuando Danny y Chris empezaron a cabecear.
Mientras los muchachos subían a su dormitorio, seguidos de Missy y Kathy, George llevó a Harry a su casilla. Sorteando la nieve que se había amontonado entre el umbral de la cocina y la casilla del perro, asió la fuerte cadena metálica y ató a Harry. Éste se metió adentro, dio varias vueltas hasta encontrar la posición adecuada y se echó lanzando un breve suspiro. Mientras George estaba allí, los ojos del perro se cerraron. Ya estaba dormido.
–Bueno, bueno –dijo George–. Me lo temía. El sábado vamos a ver al veterinario.
Después de poner a Missy en la cama, Kathy volvió al cuarto de estar. George realizó su habitual recorrido de la casa, examinando atentamente todas las puertas y ventanas. En el momento de sacar a Harry ya había hecho la inspección del garaje y de las puertas del embarcadero.
–Veamos qué ocurre esta noche –dijo a Kathy al volver–. Esta noche no hay nada de viento. A eso de las diez tanto George como Kathy empezaron a tener sueño. El hermoso fuego ya menguaba, pero sentían el calor en los ojos. Kathy esperó a que George apagara los últimos rescoldos y echara agua sobre las cenizas que quedaban. Luego Kathy apagó la araña y miró en derredor, tanteando en lo oscuro para tocar la mano de su marido. Lanzó un grito.
Kathy había mirado por encima del hombro de George a las ventanas de la sala. ¡Y ante ella, mirándola fijamente, habla un par de ojos rojos que no pestañeaban!
Al oír el grito de su mujer, George giró sobre sus talones. Él también vio los duros ojillos que lo miraban directamente. Se acercó de un salto a la llave de luz y los ojos desaparecieron de la ventana.
–¡Eh! –gritó George, precipitándose por la puerta de entrada al jardín nevado.
Las ventanas de la sala daban al frente de la casa. A George no le llevó más de uno o dos segundos llegar allí. Pero no había nada en las ventanas.
–¡Kathy! –gritó–. ¡Tráeme la linterna!
George hacía esfuerzos por divisar el fondo de la casa, la parte que estaba en dirección al río Amityville.
Kathy salió de la casa con la linterna y la campera de él. Bajo la ventana en donde habían visto los ojos se pusieron a remover la nieve recién caída, intacta. Luego el haz amarillo de la linterna iluminó un reguero de pisadas que rodeaban claramente la casa.
Esas pisadas no eran ni de hombre ni de mujer. Las marcas en la nieve eran las que dejan unas patas hendidas, como las de un cerdo enorme.


XIV
2 de enero

Cuando George salió de su casa por la mañana, las huellas de las patas hendidas seguían siendo visibles en la nieve endurecida. Las pisadas del animal pasaban junto al terreno de Harry y terminaban en la entrada del garaje. George quedó sin habla cuando vio que la puerta del garaje estaba casi arrancada de su marco de metal.
George en persona había cerrado y trancado el pesado portón. Para arrancarlo de sus soportes no sólo había que armar una tremenda batahóla, sino que se debía contar con una fuerza muy superior a la de cualquier ser humano.
George se quedó de pie, en la nieve, contemplando las huellas y el portón desencajado. Con la mente volvió a la mañana en que había encontrado arrancada la puerta de entrada y a la noche en que había visto al cerdo parado detrás de Missy, junto a la ventana. Y George recuerda haber dicho en voz alta:
"¿Qué diablos está pasando aquí?" en el momento en que debió escurrirse para contornear la puerta desencajada y entrar al garaje.
George encendió las luces y miró. En el garaje estaban guardadas, con su motocicleta, las bicicletas de los niños y una podadora eléctrica de césped que los De Feo habían dejado, otra vieja podadora que él había traído de Deer Park, muebles de jardín, herramientas varias, latas de pintura y de petróleo. El suelo de hormigón estaba cubierto de una delgada capa de nieve que había entrado por la puerta entreabierta. Era evidente que el portón había estado fuera de sus goznes desde hacía varias horas.
–¿Hay alguien aquí? –preguntó George en voz muy alta. Pero sólo contestó el bramido del viento afuera.
Cuando George subió a su auto y enderezó hacia su agencia, estaba más rabioso que asustado. En caso de haber tenido algún miedo a lo desconocido, éste se había desvanecido ante la idea de lo que iba a costarle la reparación de la puerta dañada. No sabía si el seguro de la compañía habría de pagar por un gasto como éste, y por cierto no le hacía falta el desembolso de doscientos o trecientos dólares más en gastos extras.
George no recuerda ahora cómo logró maniobrar con su camioneta Ford por las peligrosas rutas de Syosset, recubiertas de nieve y de hielo. La frustración que sentía por su incapacidad de entender la mala suerte que lo perseguía no le dejaba atender debidamente a su seguridad. En la oficina se ocupó diligentemente de los problemas inmediatos y en las horas sucesivas logró apartar la mente de lo que estaba ocurriendo en el número 112 de Ocean Avenue.
Antes de salir de casa, George había hablado a Kathy de la puerta del garaje y de las huellas en la nieve. Kathy había intentado telefonear a su madre, pero ésta no había contestado. Kathy recordó que Joan siempre hacía sus compras los viernes por la mañana para evitar las multitudes de los sábados en el supermercado. Subió hasta su dormitorio con la intención de cambiar las sábanas en los cuartos y pasar la aspiradora por las alfombras. La mente de Kathy aceleraba su ritmo al pasar revista a la enérgica limpieza que iba a hacer en su casa por primera vez. Si no encontraba una plena ocupación hasta el instante de la vuelta de George, se iba a venir abajo: lo sabía.
Kathy acababa de poner nuevas fundas en las almohadas y las estaba golpeando cuando sintió que alguien la abrazaba desde atrás. Tuvo un escalofrío e instintivamente gritó:
–¡Danny!
Los brazos que rodeaban su cintura hicieron más presión. Era un abrazo más fuerte que el conocido contacto femenino que había sentido en la cocina. Kathy percibió que era un hombre esta vez, un hombre que había aumentado su presión a medida que ella se debatía.
–¡Déjeme, por favor! –imploró.
La presión, de repente, aflojó y las manos soltaron la cintura. Ahora sintió las manos que subían hasta sus hombros. Lentamente hicieron girar su cuerpo para que enfrentara la presencia invisible.
Aterrada, Kathy fue consciente no obstante del asqueante olor de aquel perfume barato.. Luego otro par de manos la asió por las muñecas. Kathy dice ahora que sintió que se entablaba una lucha por la posesión de su cuerpo, que de algún modo estaba atrapada entre dos fuerzas poderosas. Escapar era imposible y tuvo la sensación de que iba a morirse. La presión que sentía en el cuerpo se volvió abrumadora y Kathy se desvaneció.
Cuando volvió en sí estaba tendida en la cama, con la mitad del cuerpo fuera y tocando casi el suelo con la cabeza. Danny había corrido hasta el cuarto al oír el llamado de ella. Kathy se dio cuenta de que las presencias habían desaparecido. Su desmayo no podía haber durado más de unos segundos.
–Llama a papá a la oficina, Danny. ¡De prisa!
Danny volvió a los pocos minutos.
–El hombre que atendió el teléfono me dijo que papá acaba de irse de Syosset. Que cree que viene a casa.
George no volvió a su casa hasta las primeras horas de la tarde. Cuando llegó a Amityville tomó por Merrick Road, en dirección a su calle, y se bajó frente a The Witches Brew para tomar una cerveza.
El bar estaba bien calentado y vacío. La juke box y la pantalla de televisión estaban apagadas y los únicos ruidos que se oían eran los producidos por el mozo del bar al lavar unos vasos. Al entrar George, el hombre levantó la mirada e inmediatamente reconoció al parroquiano del otro día.
–¡Hola; amigo! ¡Me alegro de verlo por aquí! George contestó el saludo con un movimiento de la cabeza y se paró frente al mostrador.
–Una Miller –pidió.
George observó al mozo cuando éste le llenaba el vaso. Era un joven regordete, de cerca de treinta años, con un prominente estómago que indicaba su afición a probar la cerveza que vendía. George bebió un gran sorbo, vaciando casi el vaso alto antes de ponerlo de vuelta sobre la madera oscura del mostrador.
–Dígame una cosa –dijo George, eructando– ¿usted conocía a los De Feo?
El joven había reanudado la limpieza de los vasos. Hizo un signo afirmativo.
–Si, los he conocido. ¿Por qué?
–Estoy viviendo en la casa que era de ellos y...
–Ya lo sé –dijo el mozo interrumpiendo. George, sorprendido, levantó las cejas.
–La primera vez que vino usted aquí, me dijo que acababa de mudarse al número 112 de Ocean Avenue. Es la casa de los De Feo.
George terminó su cerveza.
–¿Solían venir aquí?
El mozo puso en el mostrador un vaso limpio y se secó las manos en una toalla.
–Únicamente Ronnie. A veces traía a su hermana Dawn. Linda chiquita.
Levantó el vaso vacío de George y dijo:
–¿Sabe una cosa, señor? Usted se parece muchísimo a Ronnie. La barba... Todo. Pero creo que usted tiene unos años más.
–¿Hablaba alguna vez de la casa?
El hombre del bar puso una nueva cerveza delante de George.
–¿De la casa?
–Bueno... sí... ¿No le dijo alguna vez, por ejemplo, que allí ocurrían cosas raras?
George bebió un sorbo.
–¿Usted cree que hay algo raro en ese lugar? ¿Por culpa de la matanza... no?
–No, no.
George levantó una mano.
–Sólo le he preguntado si Ronnie De Feo dijo alguna vez algo antes de esa noche.
El mozo echó una mirada en derredor para cerciorarse de que nadie lo estaba oyendo.
–Ronnie nunca dijo nada por ese estilo a mi... personalmente.
E inclinó la cabeza hacia George.
–Pero le puedo decir una cosa. Yo estuve allí una vez. Habían dado una gran reunión y el padre de Ronnie alquiló mis servicios por el día.
George había terminado la mitad de su segunda cerveza.
–¿Qué impresión le hizo la casa?
El mozo abrió sus gordos brazos en un gesto amplio.
–Magnífica. Una casi realmente magnífica. Sin embargo, no pude verla mucho: todo el tiempo estuve en el sótano. Por cierto que esa noche corrió mucha cerveza, mucho whisky. Era el aniversario del matrimonio De Feo.
Volvió a echar una mirada en torno.
–¿Sabía usted que allí abajo tenían un cuarto secreto?
George fingió ignorancia.
–¡No! ¿Dónde?
–¿Ajá? –dijo el mozo– Eche una mirada detrás de esos placards y va a encontrar alguna cosita que lo va a inquietar.
George se inclinó sobre el mostrador.
–¿Qué?
–Un cuarto. Un cuartito. Lo descubrí esa noche que pasé en el entresuelo. Usted sabe donde está el placard de madera laminada... junto a las escaleras. Yo lo estaba usando para enfriar allí la cerveza. ¿Se da cuenta? Y de repente golpeo un soporte en un rincón del placard y... ¡zas! ... toda la pared retrocede. ¿Me sigue usted? Un tabique secreto, como esos que se veían en las películas viejas.
–¿Y el cuarto? –preguntó George.
El mozo hizo un signo afirmativo.
–Sí ... Bueno. Cuando golpeé el tabique de madera, se abrió y pude ver detrás un espacio oscuro. La lamparita no funcionaba, de modo que encendí un fósforo. Y me encontré con ese siniestro cuartito, enteramente pintado de rojo.
–Usted me está tomando el pelo –dijo George. El hombre se llevó la mano derecha al corazón.
–¡Se lo juro por Dios! ¡Es la pura verdad! ¡Vaya vea usted mismo!
George terminó su segunda cerveza.
–Voy a tener que echar un vistazo al lugar. Puso un dólar sobre el mostrador.
–Esto va por las cervezas. Y esto es para usted. –Bueno, gracias, gracias.
El mozo miró a George.
–¿Quiere que le cuente algo muy raro en relación a ese cuartito? He estado teniendo pesadillas con él.
–¿Pesadillas? ¿Qué clase de pesadillas?
–Bueno... a veces soñaba que unas personas...que no conozco... están allí matando perros y cerdos y usando la sangre de estos animales para no sé qué ceremonias raras...
–¿Perros y cerdos?
–Si.
Y el mozo hizo un gesto de desagrado con la mano.
–Supongo que el lugar, la pintura roja... todo el resto... me impresionó.
Cuando George estuvo de vuelta en su casa, tanto él como Kathy tenían historias que contarse. Kathy describió el aterrador incidente del dormitorio y él contó lo que el mozo de The Witches Brew había dicho sobre el cuarto rojo del sótano. Los Lutz llegaron finalmente a la conclusión de que algo ocurría que estaba más allá del control de ellos.
–Por favor llama al padre Mancuso –dijo Kathy con aire suplicante–. Dile que vuelva a visitarnos.

El superior del padre había quedado preocupado por la salud de éste y había pasado a verlo. El padre Mancuso dijo al obispo que esa mañana se sentía mucho mejor. Los dos hombres habían decidido verse esa mañana para considerar las tareas pendientes en la diócesis. La mayor parte de la lista se redactó rápidamente y pasó a la cartera del obispo. El secretario habría de pasarla a máquina. El padre Mancuso acompañó a su superior hasta la entrada del edificio y regresó a sus habitaciones. El teléfono estaba sonando.
El sacerdote tenía puestos aún unos guantes blancos de cirujano que había encontrado en una gaveta. Al obispo le dijo que estaba enguantado para proteger sus manos del frío pero la causa real era que no quería mostrar la carne enrojecida por las ampollas. El teléfono del sacerdote sonó cinco veces, antes de que pudiera atender.
–¿Hola? Habla el padre Mancuso.
La voz del otro lado sonó fuerte y clara. –¡Padre! ¡Habla George!
El sacerdote no pudo creer lo que oía. Era como si George le estuviera hablando a su lado. Quedó tan sorprendido que sólo atinó a decir:
–¿George?
–George Lutz. ¡El marido de Kathy!
–¡Ah... sí! ¿Cómo le va?
George alejó el receptor de su oreja y miró a Kathy, que estaba a su lado, en la cocina.
–¿A éste qué le pasa? –dijo en voz baja–. Habla como si no me conociera...
El padre Mancuso sabía perfectamente quién era George, pero estaba asombrado de oír la voz de su amigo como si estuviera al lado, no hablando desde un teléfono.
–Perdón, George. No quise ser descortés. Pero no estaba preparado para una llamada de esta clase después de todos los esfuerzos que hice para dar con usted.
–Hum... –contestó George–. Si... ya entiendo.
El padre Mancuso esperó que George siguiera hablando, pero no hubo nada más que silencio.
–¿George? ¿Está usted ahí?
–Si, padre –dijo George–. Yo estoy aquí y Kathy está a mi lado –y miró a su mujer–. Querría que nos visitara usted de nuevo y bendijera la casa.
El padre Mancuso recordó lo que había ocurrido en ocasión de bendecir por primera vez la casa de los Lutz. Se miró las manos enfundadas en sus guantes blancos.
–Padre: ¿podría usted venir en seguida?
El sacerdote vaciló. No quería volver a aquella casa, pero no se lo podía decir a George en estas palabras.
–Bueno, George... –contestó por fin– ...no sé si puedo en este momento. He tenido un nuevo ataque de gripe... y el médico me ha prohibido salir con este frío...
–Bueno... interrumpió George–. ¿Cuándo puede usted venir?
El padre Mancuso se puso a buscar una excusa. –¿Por qué quiere usted que bendiga de nuevo la casa? No es soplar y hacer botellas ... ¿sabe?... George estaba desesperado.
–Padre: estamos en deuda con usted. Le debemos una comida. Venga a vernos y Kathy le va a preparar el bife más sabroso que usted haya comido en su vida. Y puede quedarse a pasar la noche aquí...
–Oh, no, George ... Eso no puedo hacerlo.
–Si, padre. Haremos que chupe tanto que no va a poder negarse...
El padre Mancuso no pudo creer a sus oídos. ¡Esas cosas no se dicen a un sacerdote!
–Dígame, joven. Usted...
–Padre: estamos en un gran apuro. Necesitamos que nos ayude.
La ira del sacerdote se evaporó.
–¿Qué ocurre? –preguntó.
–En esta casa están ocurriendo cosas que no entendemos. Hemos visto machos...
La línea telefónica empezó a crepitar en los dos extremos.
–¿Qué está usted diciendo, George? No lo oigo...
Los dos hombres no pudieron seguir hablando. Ya no pudo oírse absolutamente nada por teléfono, salvo un zumbido fuerte e incesante. Los dos se dieron cuenta que no había nada que hacer y colgaron.
George se volvió hacia Kathy y echó una mirada a la habitación.
–Ya está aquí de nuevo. Ha liquidado el teléfono.
En el momento en que el padre Mancuso colgaba el auricular, las manos le empezaron a arder de nuevo. "Que Dios me perdone", dijo en voz alta, "pero George tendrá que encontrar socorro en otro lugar. ¡Por nada del mundo pondré de nuevo los pies en esa casa!"


XV
Del 2 al 3 de enero


George y Kathy, desilusionados por no haber podido lograr que viniera el padre Mancuso, se pusieron a hablar de otras maneras de obtener auxilio. Los dos estaban de acuerdo en que ahora, después de haberse mudado, habría sido incorrecto solicitar del cura párroco local la bendición de la casa. Además, este sacerdote había sido el confesor de los De Feo, y George recordaba haber leído en los artículos periodísticos que éste era un hombre de cierta edad que se había burlado de la posible existencia, en la casa, de "voces" que habrían indicado a Ronnie lo que debía hacer. Este hombre no creía en los fenómenos ocultos.
Al llegar a cierto punto George mencionó la posibilidad de vandalismo. Tal vez había alguien que intentaba asustarlos para que se fueran de la casa y utilizaba medios drásticos para acelerar esa partida. Kathy tenía sus opiniones particulares. Cuando dijo que algo la había tocado, ¿George había creído que esto no era nada más que imaginaciones de su mujer? No, no lo creía. ¿Podía explicar él la horrenda figura diseñada con hollín en la pared de ladrillos de la chimenea? No, no podía. ¿No habían visto ellos unas pisadas de patas de cerdo en la nieve? Sí, las habían visto. ¿Estaba de acuerdo él en que había una poderosa fuerza en la casa, capaz de hacer daño a la familia? Estaba de acuerdo. ¿Qué iban a hacer? Esa noche, en el momento de meterse en cama, George dijo a su mujer que había decidido ir por la mañana al departamento de policía de Amityville y hacer una denuncia.
En la noche del 2 de enero, George volvió a sentir el urgente deseo de examinar el embarcadero y encontró a Harry profundamente dormido en su casilla. A la mañana siguiente fue con el perro al consultorio de animales de Deer Park, que solía utilizar, y allí se hizo al animal un examen minucioso. Treinta y cinco dólares debió pagar para cerciorarse de que Harry estaba sano y no había recibido ninguna droga o veneno. El veterinario sugirió que la languidez del animal podía tener, como causa posible, un cambio en el régimen de alimentación.

La mañana del 2 de enero, el padre Mancuso volvió a bendecir la casa de los Lutz. La ceremonia no se efectúo en Amityville, sino en la Iglesia del Sagrado Corazón de North Merrick. El sacerdote ofició una misa votiva en la iglesia; una misa que no corresponde a las efemérides del día y que se celebra con una intención especial, a pedido del solicitante.
El padre Mancuso se había quitado los guantes.Se arrodilló ante el altar y abrió su libro de misa, en el cual leyó: "Soy el Salvador de todos los hombres, dice el Señor. Sean cuales fueren sus tribulaciones, Yo responderé a sus clamores y siempre seré el Señor de ellos."
El sacerdote se santiguó y leyó en voz alta el capítulo inicial de la misa: "Padre Nuestro, fuerza nuestra en la adversidad, salud nuestra en la flaqueza, consuelo nuestro en el pesar, apiádate de Tu grey."
El padre Mancuso levantó la mirada hacia la figura clavada en la cruz. "Así como nos has dado el castigo que merecemos, da también nueva vida y esperanza a nos, que confiamos en Tu misericordia. Te lo pedimos ahora y siempre. Amén."
Cerró el misal, pero mantuvo los ojos fijos en la imagen de Jesús.
"Señor: sé compasivo con los Lutz en sus penurias y, por la muerte de Tu hijo, padecida por todos nosotros, aparta de ellos Tu cólera y el castigo que merecen por sus pecados. Te pedimos esto en nombre de Cristo, Nuestro Señor. Amén."
Después de la misa votiva el padre Mancuso volvió a su casa y se encontró ¡con un atroz hedor a excrementos humanos que impregnaba todas las habitaciones de su domicilio!
Tuvo una arcada, pero logró abrir todas las ventanas. El aire helado entró en la casa y trajo un momentáneo alivio, pero el hedor se sobreponía incluso al viento frío. El padre Mancuso corrió hasta el cuarto de baño para ver si el inodoro estaba atascado. No, todo estaba en orden... ¡Mientras uno no intentara respirar!
El sacerdote estaba enterado de que había una letrina debajo del terreno frontal de la rectoría y pozos ciegos detrás del área de estacionamiento. Después de asegurarse la colaboración del plomero del lugar, pudo comprobar que no había ningún animal atrapado en los pozos y que la cámara séptica funcionaba normalmente. Al parecer, tampoco había pérdidas en las cañerías.
Por último, el atroz olor empezó a difundirse por toda la rectoría. Otros sacerdotes, a quienes el mal olor hizo salir de sus habitaciones, se reunieron en el patio principal de la escuela. El párroco estaba extremadamente perturbado por el incidente y sugirió a todo el mundo que quemara incienso para ahuyentar el aire fétido. Hasta este momento tal padre Mancuso no había pensado que sus cuartos eran la causa del hedor. Pero después de encender encienso en su casa y volver a la escuela con los otros, el sacerdote se dio cuenta de que sus cuartos habían sido los primeros en ser atacados, evidentemente mientras había estado celebrando la misa especial para los Lutz. Esto le llevó a establecer un nexo aterrador: una voz desencarnada en la casa de Ocean Avenue le había gritado: "¡Fuera!" Esa voz, fuera de quien fuere, había atravesado claramente el ámbito de la rectoría y le había trasmitido el mismo mensaje.
También había otro nexo que el padre Mancuso intentaba establecer. De este último punto se había vuelto consciente desde el instante en que se había parado ante las ventanas y había contemplado sus habitaciones en la casa parroquial, recordando una de las lecciones de la clase de demonología: ¡el olor a excrementos humanos está siempre asociado a la aparición del diablo!

Esa tarde el sargento detective Pat Cammaroto, del Departamento de Policía de Amityville, fue a la casa de Ocean Avenue con George, vio el portón desgonzado del garaje y las huellas de patas animales visibles aún en la nieve endurecida. Luego entró en la casa y fue presentado a Kathy y a los chicos. Kathy repitió su relato de los roces fantasmales e hizo pasar al sargento al cuarto de estar para mostrarle la imagen marcada con hollín en la pared de la chimenea.
Incluso después de haber mostrado a Camnaroto el cuarto rojo del entresuelo, George y Kathy adivinaron la incredulidad del agente de policía. Éste había escuchado la versión que daba George del nefasto uso del escondrijo, había cabeceado cuando George se había referido a Ronnie De Feo como constructor del cuarto secreto, y finalmente había preguntado a los Lutz si tenían algunos hechos concretos para basar en ellos sus temores.
–No puedo trabajar basándome en lo que ustedes creen haber visto u oído. Me parece que lo que hace falta aquí es un sacerdote. A mi modo de ver, este trabajo es más de su incumbencia que de la mía.
El sargento Pat Cammaroto salió de la casa de los Lutz y se metió en su auto. Sabía que no había ayudado en nada a la joven pareja. Pero lo cierto es que no podía hacer nada por ellos, salvo tal vez mandar una inspección policial de cuando en cuando. No hubiera tenido sentido asustarlos más, se dijo en el momento de arrancar. ¿Por qué empeorar las cosas mencionando que había experimentado unas vibraciones fuertes, muy extrañas, "una sensación indefinible" en el instante de entrar al número 112 de Ocean Avenue?

El sol ya se había puesto y el hedor en la casa parroquial del Sagrado Corazón no había disminuido apreciablemente. El denso humo del incienso quemado se había abierto camino hasta los ojos y los pulmones de todos. Los sacerdotes que seguían en el edificio no sabían ya a ciencia cierta si tenían náuseas por el humo o por el mal olor original.
El padre Mancuso había dejado las ventanas abiertas con la esperanza de que el aire frío barriera eventualmente la fetidez instalada en sus cuartos. Pero la medida fue contraproducente: el viento, al entrar por las ventanas, había cerrado la salida al humo y al hedor. Y el sacerdote podía haber dicho a los otros que estaba enterado de todo lo ocurrido y que conocía el motivo, pero mantuvo el secreto, rogando a Dios que lo librara de esta última humillación lo más pronto posible.

Inmediatamente después de irse Cammaroto, George notó que el compresor que estaba en el embarcadero se había detenido. No había ninguna razón para que la máquina se parara, salvo que los circuitos estuvieran sobrecargados, quemando así un fusible. Esto significaba que tenía que bajar al sótano de la casa y examinar la caja de los fusibles. George sabía que la caja estaba en la zona de los placards de depósito y bajó con una nueva caja de fusibles.
En el sótano descubrió sin demora el fusible quemado y lo cambió. Oyó el ruido del compresor que comenzaba a funcionar de nuevo, muy ruidosamente, al encenderse. Pero esperó un poco para ver si se producía otra sobrecarga. Al cabo de unos instantes quedó satisfecho y enderezó hacia las escaleras.
Habría subido la mitad de los escalones cuando fue consciente de un olor, un olor que no era el de la gasolina.
Había bajado con su linterna, pero las lámparas del sótano estaban encendidas. Desde su lugar en la escalera, George estaba en condiciones de ver casi todo el sótano. Husmeó el aire y percibió que el mal olor provenía de un rincón en el noreste, junto a las placards de madera prensada que formaban el tabique del cuarto rojo secreto.
George volvió a bajar las escaleras y prudentemente se acercó a los placards de depósito. Al detenerse frente a los estantes que tapaban el cuartito, el hedor aumentó. Apretándose las narices George empujó el panel y con el haz de luz de la linterna recorrió las paredes pintadas de rojo.
El hedor a excrementos humanos era muy intenso en el espacio reducido. Formaba una niebla espesa. Asqueado, su estómago tuvo unas convulsiones. Sólo logró poner el panel en su sitio, tapando el vaho antes de vomitar y emporcar sus ropas y el piso.

El padre Mancuso y el párroco de la parroquia del Sagrado Corazón eran amigos desde hacía varios años, cuando el sacerdote había sido nombrado para esa parroquia. Al crecer la reputación y el renombre del padre Mancuso frente a su diócesis, la amistad de los dos hombres había madurado y se había vuelto íntima. Entre ellos se llevaban veinte años, ya que el padre Mancuso tenía cuarenta y dos pero el hiato generacional no se hacía sentir.
Todo esto cambió la noche del 3 de enero. Deprimido por el envolvente y nauseabundo olor que había invadido la rectoría, el pastor se las tomó con el padre Mancuso y la amistad de los dos hombres quedó irrevocablemente destruida.
La cosa empezó en la oficina del párroco, adónde había ido el padre Mancuso para recoger unas informaciones que habían sido dactilografiadas para él. El padre Mancuso se disponía a volver a sus habitaciones en el momento en que entró el párroco, acompañado de otros tres sacerdotes. Los cuatro acababan de almorzar y no habían podido librarse –se podía comprobar– del olor que impregnaba sus ropas. El párroco lanzó una mirada iracunda al padre Mancuso; de pie detrás del escritorio, desde el otro extremo del cuarto.
–No entiendo por qué motivo el obispo le encomienda a usted todos los casos que se presentan –dijo con voz alta y descomedida– ¡yo soy mejor juez que usted! Tengo más experiencia!
El padre Mancuso quedó estupefacto. No podía creer lo que acababa de oír. "¿Cómo es posible que este hombre me tenga envidia?", pensó.
–Si, es muy cierto –contestó afablemente el padre Mancuso–, pero hasta este momento usted no se ha quejado de mi trabajo.
El párroco hizo un gesto con la mano, como dando a entender que no quería oír nada más. Los otros tenían caras asombradas. El párroco nunca había hablado de este modo, especialmente a su amigo intimo. Pero las palabras siguientes del párroco los dejaron aún más confundidos.
–¡Vean, vean ustedes el gran médico de almas! –la cara del párroco estaba enrojecida de furor . ¡Juez! ¡Médico! ¿Cómo es posible que sepa usted tanto?
¿Qué mosca le estaba picando a este hombre? El padre Mancuso miró a los otros sacerdotes, que evitaron su mirada, incómodos de tener que asistir a la escena. Entonces habló.
–Creo que esta historia del mal olor lo ha puesto a usted muy nervioso, amigo. Sería mejor que habláramos en otro momento y en otra ocasión.
Y se levantó para irse del cuarto.
–¡Oh no, Excelencia! –gritó el párroco, adelantándose velozmente para cortar la salida al padre Mancuso–. ¡Terminemos de una vez con eso! ¡Los muchachos aquí presentes podrán ver hasta qué punto es usted un fraude!
–¡Basta, párroco!
El más joven de los tres sacerdotes decidió interponerse entre los adversarios.
–El padre Mancuso tiene razón. Todos estamos perturbados por este olor asqueroso. ¡Lo mejor que podríamos hacer es dedicar todas nuestras energías a librarnos de esta peste, en vez de aumentarla!
Este repentino ataque, que provenía de una fuente inesperada, desinfló al párroco, que retrocedió pero continuó mirando con odio al padre Mancuso. El padre Mancuso está convencido ahora de que tenía en sus ojos una expresión que provenía de algo o de alguien dentro del cuerpo del pastor. Algo había tomado posesión momentánea del prelado y continuaba vomitando ponzoña contra el padre Mancuso, como ya lo había hecho al envilecer la casa parroquial con el olor a excrementos.

George había logrado limpiarse por fin después de su desastrosa excursión al sótano. Él y Kathy estaban sentados en la cocina, tomando café. Eran las once pasadas de la noche y ambos estaban cansados por la tensión nerviosa que habían creado los incidentes, cada vez más numerosos. Tan sólo la cocina parecía segura y ninguno de los dos tenía ganas de meterse en cama.
–Oye –dijo George–, aquí está haciendo frío. Vamos a la sala, que es más caliente, al menos.
Se levantó de la silla, pero Kathy siguió sentada.
–¿Qué vamos a hacer? –preguntó Kathy–. Las cosas están empeorando. Estoy realmente asustada cuando pienso que puede pasarle algo a los chicos.
Kathy miró a su marido.
–Sólo Dios sabe qué habrá de pasar ahora.
–Oye –contestó él– limítate a mantener a los niños fuera del sótano hasta que ponga allí un ventilador. Después voy a emparedar la puerta de ese cuarto, así no nos molesta más.
Tomó a Kathy del brazo e hizo que se levantara.
–También quiero hablar con Eric, en mi oficina. Me dice que su novia ha tenido experiencias muy interesantes al realizar investigaciones de casas embrujadas...
–¿Casas embrujadas? –interrumpió Kathy–. ¿Crees que esta casa está embrujada? ¿Por quién o qué?
Siguió hasta la sala a su marido, pero se detuvo en el umbral.
–Se me ocurre algo, George. ¿No crees que nuestra Meditación Trascendental puede tener algo que ver con todo esto?
George meneó la cabeza.
–No. Absolutamente nada. Lo que sé es que debemos tratar de conseguir auxilio de algún lado. Podría ser que...
Al entrar en la sala el grito que lanzó Kathy ahogó el resto de las palabras de George. Miró hacia el rincón que ella señalaba con la mano. El león de porcelana que George había llevado al cuarto de costura estaba ahora en la mesa contigua a la silla de Kathy, ¡y tenía las fauces abiertas, amenazando a George y a Kathy!

XVI
Del 4 al 5 de enero

George levantó el león de la mesa de la sala y lo tiró a un tacho de basura que estaba fuera de la casa. Le tomó cierto tiempo tranquilizar a Kathy, pues no podía explicar de ningún modo por qué razón la pieza de porcelana había logrado bajar desde el cuarto de costura. Ella insistió en que algo en la casa lo había hecho y que no quería seguir ni un minuto más en el número 112 de Ocean Avenue.
George reconoció a Kathy que también él se había inquietado por la nueva y repentina aparición del león. Pero no estaba de acuerdo en huir sin intentar antes dar la batalla.
–¿Qué batalla puedes dar contra lo que no puedes ver? –preguntó Kathy–. Esta... esta cosa puede hacernos lo que se le ocurra.
–No, querida –dijo George–. No me podrás convencer de que una buena parte de todo esto no es nuestra inspiración. ¡Sencillamente no creo en duendes! ¡De ningún modo, en ninguna forma, en ningún momento!
Finalmente logró convencer a Kathy de ir a la cama con la promesa de que, si no podía obtener ayuda al día siguiente, dejarían la casa por cierto tiempo.
Ambos estaban completamente agotados. Kathy se quedó dormida de pura fatiga. George durmió a ratos, despertándose a cada instante para escuchar algún ruido raro en la casa. ¡Ahora dice que no tiene idea de cuánto tiempo estuvo allí acostado antes de oír una música militar en el piso de abajo!
Su cabeza empezó a marcar el ritmo del tamborileo antes de darse cuenta que estaba oyendo música. Echó una mirada a Kathy para ver si se había despertado y la oyó respirar lentamente. Estaba profundamente dormida.
George salió corriendo del cuarto y en el pasillo pudo oír que el retumbar de las pisadas se hacía más fuerte. "Debe haber por lo menos cincuenta músicos en la planta baja", pensó. Pero en el instante en que llegó al último escalón y encendió la luz del vestíbulo, los ruidos desaparecieron.
George quedó anonadado junto a la escalera, sus ojos y su cabeza giraban locamente en busca de algún indicio de movimiento. Allí no había absolutamente nadie. Al parecer, había entrado a un lugar con eco. Después de la cacofonía de sonidos, el repentino silencio suscitaba escalofríos.
Luego George oyó el rumor de un respirar afanoso y pensó que alguien estaba detrás de él. Giró sobre sus talones. No había nadie, y se dio cuenta que estaba escuchando el aliento de Kathy, que dormía en el piso de arriba.
El temor de que Kathy estuviera sola en el dormitorio movilizó a George. Subió corriendo los escalones de a dos y entró a su cuarto, encendiendo la luz. Allí suspendida en el aire, a un medio metro por encima de la cama, estaba Kathy, alejándose lentamente de él ¡en dirección a las ventanas!
–¡Kathy! –gritó George y saltó sobre la cama para agarrar a su mujer. El cuerpo de ésta estaba duro como madera, pero el movimiento cesó. George sintió una resistencia a su presión y luego un súbito aflojamiento. Él y Kathy cayeron entonces al suelo, pesadamente fuera de la cama. La caída despertó a Kathy.
Al ver en donde estaba, Kathy quedó desconcertada un instante.
–¿En dónde estoy? –gritó–. ¿Qué ha ocurrido? George quiso ayudarla a ponerse de pie. Apenas se sostenía sobre sus piernas.
–No es nada –dijo él para tranquilizarla–. Estabas soñando y te caíste de la cama. Nada más.
Kathy estaba demasiado anonadada para hacer más preguntas a George. Dijo "¡Oh!", volvió a meterse en la cama y a sumergirse en un profundo sueño. George apagó la luz del cuarto, pero no se echó de nuevo junto a su mujer. Se sentó en una silla cerca de las ventanas y no perdió de vista a Kathy mientras contemplaba el cielo del amanecer.

El padre Mancuso también contemplaba el amanecer del nuevo día en la casa de su madre en Queens, adónde había ido poco después de su altercado con el párroco. No había tenido miedo de nuevas explosiones de su amigo, pero le resultó imposible dormir en sus habitaciones impregnadas de olor a excrementos e incienso. Asimismo, creía ahora realmente que era el destinatario de una agresión demoníaca y pensaba que el olor habría de desvanecerse si se alejaba por cierto tiempo de la rectoría.
En un principio el padre Mancuso no las tenía todas consigo por haber ido a casa de su madre, ya que no quería comprometerla en sus problemas. Pero había empezado a sentir síntomas de nueva fiebre y llegó a la conclusión de que, si había de caer enfermo una vez más, lo mejor era ponerse en manos de ella.
No había dormido mucho y se despertó unos minutos antes del alba. Sintió picazón en las palmas de las manos y se quitó los guantes blancos para mirarlas. Pensó que había tenido mucha suerte en un punto: el párroco no se las había visto. El hombre, sin duda, habría aprovechado el hecho para denunciar a su antiguo amigo.
Los cielos estaban surcados de largos cúmulos de nubes blancas. El padre notó que estaban muy bajas y que avanzaban velozmente. Como la ola de frío se mantenía aún en las marcas más bajas esto podía anunciar más nieve. El padre Mancuso se apartó de la ventana y miró el reloj de la mesa de noche. Eran nada más que las siete de la mañana.
"Me gustaría llamar a George Lutz, pensó, para averiguar si la misa suscitó una reacción similar en su casa. Aunque no... a las siete no se puede telefonear." El padre Mancuso decidió esperar un rato y volvió a meterse en cama. Uno se sentía bien y cómodo bajo las frazadas. Soñolientamente oyó los movimientos de su madre en la cocina y de repente, sintió que tenía diez años y que estaba esperando que viniera a despertarlo para ir a la escuela. Las recientes penurias, dolores y humillaciones se desvanecieron de su mente y su cuerpo. El padre Mancuso se echó a dormir serenamente en la vieja cama de la casa de su madre.

A eso de las diez de la mañana Kathy seguía durmiendo profundamente. George había empezado a preocuparse por el estado de su mujer después de la aterradora experiencia de la noche pasada. Y no pudo esperar más. Llamó sin más al padre Mancuso.
Danny y Chris habían dicho a su padre que la radio de Amityville había anunciado que las escuelas iban a permanecer cerradas por un problema de combustible. Los muchachos parecían más bien contrariados por esto, ya que éste iba a ser el primer día en la nueva escuela, después de las vacaciones de Navidad, e implicaba una oportunidad de hacer nuevos amigos.
George pensó que era muy afortunado por no tener que llevar los niños a la escuela, situada en el otro extremo de la ciudad. No le gustaba la idea de dejar solas a Kathy y Missy en la casa. Preparó el desayuno a los niños y los envió al dormitorio a que jugaran. Después volvió junto a la cama de Kathy.
Kathy estaba pálida, tensa, unas profundas arrugas se marcaban en torno de la boca. No quiso despertarla y volvió a la cocina. Cuando vio que eran las once de la mañana, George decidió llamar al sacerdote.
Marcó el número de teléfono del padre Mancuso, pero no hubo respuesta. George llamó luego a la rectoría y allí se le dijo que el padre Mancuso estaba en casa de su madre. No: el número de esta señora no se lo podían dar, pero podían tomar cualquier recado.
George pasó el resto de la mañana en la cocina, esperando la llamada. Pensó que había sido un tonto al declarar que "no creía en duendes". Kathy tenía razón: "¿cómo diablos es posible luchar contra algo que es capaz de levantarnos de la cama como una pajita de escoba?" George Lutz, ex conscripto de la Marina, reconoció que estaba asustado.
Kathy estaba bajando las escaleras en el instante en que sonó el teléfono. El llamado provenía de la oficina de George: querían saber a qué hora se le podía esperar. El agente de réditos iba a pasar de nuevo por allí y ellos no sabían la forma en que George deseaba encarar la situación. George se contrajo. Finalmente dijo a su tenedor de libros que llamara al contador y postergara la cita hasta la semana siguiente. En cuanto a volver al trabajo... dijo que Kathy no se sentía bien y que estaban esperando la visita del médico.
Kathy se sentó junto a George a la mesa de la cocina y miró a su marido con un aire extraño. Repitió la palabra "médico". George meneó la cabeza y terminó la conversación diciendo al empleado de su oficina que iba a pasar más tarde por allá.
–¡Caramba! –dijo a Kathy–. ¡Se están cansando de mí! Voy a tener que ir mañana de todos modos.
Kathy bostezó, se encogió de hombros en un esfuerzo por aliviar la rigidez de su cuerpo.
–¡Vaya! –dijo–. ¡Mira la hora que es! ¿Por qué me dejaste dormir tanto tiempo? ¿Los chicos ya almorzaron? ¿Ya están en la escuela?
George empezó a contar con los dedos.
–Número uno –contestó–: hace semanas que no has dormido tan bien como anoche, y por eso te dejé dormir. –Levantó dos dedos–. Sí: han desayunado.
Tres dedos–: Hoy no hay clases. Les dije que subieran a jugar con Missy.
"Muy bien, pensó para sí. Kathy no recuerda nada de lo que ha ocurrido la noche anterior. Y yo no se lo voy a decir."
–He tratado de nuevo dar con el padre Mancuso siguió diciendo George–. Me dicen que está en casa de su madre. Me va a llamar en cuanto reciba mi recado.

La madre del padre Mancuso no interrumpió el necesario descanso de su hijo hasta casi las tres de la tarde. El sacerdote se dio cuenta de que su fiebre había disminuido, porque ya no sentía el leve mareo de antes. Y quedó doblemente complacido cuando llamó a la rectoría para saber si había algún mensaje. La persona que atendió el teléfono dijo que el incienso había logrado desalojar el horrendo hedor y que todo el mundo estaba de nuevo en sus habitaciones y despachos.
–Padre, también hay un mensaje de George Lutz. Llamó preguntando por usted.
"¡Ah, sí! ", recordó. "Había tenido intenciones de llamarlo, pero me olvidé completamente." El padre Mancuso dijo que volvería a la rectoría a la tardecita. Luego llamó a George.
El receptor fue levantado al primer timbrazo.
–¿George? Habla el padre Mancuso.
–Padre: ¡cómo me alegro que haya llamado! Tenemos que hablar inmediatamente con usted. ¿Podría usted venir aquí en seguida? ¡Se lo ruego!
–¡Yo ya he dado dos veces la bendición a su casa! –contestó el padre Mancuso–. He hecho rezar una misa votiva para usted en la iglesia el otro día. Y, a propósito, ¿hubo algún...?
–No se trata de bendecir la casa –dijo George, interrumpiendo–. ¡Ahora se trata de algo mucho mas importante!
En los minutos que siguieron George contó lo que había ocurrido en su casa de Ocean Avenue desde que ellos se habían mudado. Envió a Kathy arriba con el pretexto de que le trajera cigarrillos y contó al sacerdote la escena de levitación que había presenciado.
Durante todo el relato de George, el padre Mancuso había guardado silencio. Él había creído ser el único destinatario de un ataque demoníaco. Ahora comprendió, avergonzado, que había tratado de evitar lo inevitable."Vamos, hombre, eres un sacerdote", se dijo a sí mismo. "Si no quiero ponerme la sotana y aceptar sus obligaciones... entonces, ¡me valga Dios! , . . el párroco tiene razón. ¡Soy un fraude!"
El padre Mancuso aspiró profundamente.
–Está bien, George. Trataré de ir a su casa y...
George no oyó lo que el padre Mancuso siguió diciendo. De repente se oyeron estridentes gemidos por teléfono y un ruido de descargas que casi le rompió los tímpanos.
–¡Padre! ¡No puedo oírle!
Los gemidos continuaron. Esa fue la única respuesta que obtuvo George.
Del otro lado, el padre Mancuso tuvo la sensación de que le habían dado una bofetada. Colgó el receptor, se llevó la mano a la mejilla y se echó a llorar. "¡Tengo miedo de volver allí!" Miró las palmas de sus manos laceradas y se tapó con ellas la cara. "¡Oh, Dios mío, ayúdame! ¡Ayúdame!"
George sabía que era inútil esperar que el padre Mancuso llamara de nuevo. Aun en el caso de que él lo hiciera, no se les iba a permitir conversar sobre la casa. Pero George albergaba una sola esperanza: estaba seguro de que había oído decir al sacerdote que iba a visitarlo, pero no sabía cuándo. Sólo le quedaba sentarse y esperar.
El padre Mancuso volvió a la parroquia después de las ocho de la noche. Ahora eran casi las diez y el sacerdote se sentó y se puso a mirar el teléfono. El olor a excremento se había desvanecido, como se le había informado, pero el acre perfume del incienso seguía suspendido en el aire. Era un aroma tolerable. Lo que no podía tolerar era su incapacidad de ir a casa de los Lutz. Incluso la idea de que los niños estaban en peligro de asaltos demoníacos no lograba vencer su miedo a lo que podía ocurrirle en el número 112 de Ocean Avenue. Por último el padre Mancuso levantó el tubo de su teléfono y llamó a la oficina del capellán en la diócesis de Rockville Center. Solicitó ver al capellán y se le dijo que pasara al día siguiente, por la mañana. Luego se preparó a meterse en cama. Había dormido bastante ese día en casa de su madre, pero estaba de nuevo exhausto. Antes de ponerse el piyama, entró al cuarto de baño para quitarse los guantes blancos. El linimento había contribuido a curar el ardor y quería mojarse las manos una vez más.
Se quitó los guantes y quedó asombrado. Dio vuelta las manos y examinó las palmas. ¡Ya no había feas manchas ni llagas! No había rastros de sangre. ¡Las llagas habían desaparecido!

Kathy no había estado en sus cabales en ningún momento de ese día y esa noche. Ahora estaba sentada junto a la chimenea del cuarto de estar. George había dado de comer a los niños y los había enviado a la cama. Los chicos no se quejaron de que fuera demasiado temprano pues sabían que debían levantarse para ir a la escuela. Como es lógico, el problema de combustible se había resuelto, porque la emisora de Amityville había anunciado que las escuelas iban a estar abiertas el día siguiente.
George había ayudado incluso a Missy a darse su baño. Y había leído a su hija un cuento antes de que la niña le dejara apagar la luz. Las últimas palabras que dijo Missy antes de que él cerrara la puerta fueron:
–Buenas noches, papá. Buenas noches, Jodie.
Cuando George vio que eran casi las once comprendió que el padre Mancuso no iba a venir esa noche. Kathy se había estado casi cayendo de la silla en la última hora: los ojos se le entrecerraban por el calor del fuego. Por último, anunció a George que se iba a acostar.
George miró a su mujer. Ni una sola vez había dicho Kathy que quería irse de la casa. Parecía como si ninguno de los aterradores incidentes hubieran ocurrido y fuera natural en ella el deseo de acostarse. Los dos subieron al dormitorio.
Kathy masculló que tenía demasiado sueño para tomar un baño ... que lo haría por la mañana. Y se durmió en cuanto recostó la cabeza en la almohada. George quedó un rato sentado en el borde de la cama, observando la profunda respiración de Kathy. Después salió a echar una ojeada a Harry. El perro se había quedado dormido de nuevo, sin tocar siquiera la comida.
George se iba a inclinar para acariciar al animal cuando oyó la banda militar, que estaba tocando una marcha en su casa. Entró corriendo por la puerta de la cocina. Los tambores y las cornetas atronaban en la sala. George oyó las pisadas de innumerables pies mientras avanzaba por el pasillo.
Las luces seguían encendidas, pero notó que no había nadie en el cuarto. En el mismo instante en que miró hacia la sala, la música se interrumpió. George echó una mirada trastornada en derredor.
–Grandísimos canallas ... ¿en dónde están? –gritó.
George tragó grandes bocanadas de aire y comprendió entonces que en la sala pasaba algo raro. Todos los muebles habían cambiado de sitio. La alfombra estaba enrollada, las sillas, el diván y las mesas estaban arrinconados contra las paredes, como si se hubiera querido dejar espacio para una compañía de bailarines... ¡o una banda militar!


XVII
6 de enero


–Su relato es muy interesante, Frank, pero si yo no tomara en cuenta sus antecedentes, que son intachables, creería realmente que usted no está en sus cabales... por darle crédito.
El capellán Ryan se levantó de su escritorio y se acercó a la flamante maquinita de hacer café en el otro extremo del cuarto. El padre Mancuso meneó la cabeza cuando el padre Ryan le invitó. Y entonces el capellán sirvió una taza de café negro para el padre Nuncio –el otro capellán– y otra para sí.
El capellán volvió a sentarse a su escritorio, sorbió un trago de café y empezó a hojear sus notas.
–En su condición de psicoterapeuta, ¿cuántas veces le ha ocurrido dar con personas que vienen a verlo con historias de esta clase? Centenares de veces, me temo.
El capellán Ryan era un hombre extremadamente alto, incluso cuando estaba sentado. Medía más de dos metros y tenía una mata de cabellos blancos que coronaba un rubicundo rostro irlandés. En la diócesis era bien conocido por la manera franca que tenía de hablar con los otros sacerdotes, fueran jóvenes curas párrocos o el obispo en persona.
El capellán Nuncio, en cambio, era todo lo contrario. Rojo, achaparrado, de pelo negro, de aspecto joven a los cuarenta y dos años –el padre Ryan ya había pasado los sesenta– ponía en su trato una seriedad que complementaba las maneras más accesibles del otro capellán.
Los dos habían escuchado el relato hecho por el padre Mancuso de los episodios que, según George Lutz, habían tenido lugar en la casa de Ocean Avenue y que, para propia humillación, incluían el último percance que acababa de ocurrir en la casa parroquial. Los dos hombres quedaron muy asombrados de los temores del padre Mancuso, para quien estos fenómenos tenían un carácter diabólico.
El capellán Ryan levantó la mirada del cuaderno que tenía en su escritorio y habló al perturbado sacerdote.
–Antes de que formulemos algunas sugerencias sobre la forma en que debe usted encarar este asunto, Frank, como participante y como sacerdote, creo que conviene que conozca usted el reglamento.
El padre Ryan hizo un movimiento de cabeza al padre Nuncio. El otro sacerdote dejó su taza de café.
–Al parecer, usted cree que hay un elemento demoníaco en los acontecimientos ocurridos en casa de los Lutz, que el lugar estaría "poseído" de algún modo. Bueno, permítame asegurarle que, ante todo, los lugares y las cosas nunca pueden ser "posesos". Esto sólo puede ocurrir a las personas.
El padre Nuncio hizo una pausa, tanteó su chaqueta y extrajo varios cigarros cortos. Invitó a los otros dos, que no aceptaron. Luego encendió el cigarro, resoplando y hablando al mismo tiempo.
–El punto de vista tradicional de la Iglesia considera al demonio en varios aspectos: el Malo obra mediante la tentación, aguijoneando así a los hombres hacia el pecado, entablando batallas psicológicas que, estoy seguro, usted conoce, perfectamente.
–¡Oh, sí! –dijo el padre Mancuso–. Como ha dicho el padre Ryan, he entrevistado y oído a muchas personas que vienen a consultarme como médico de almas y sacerdote.
El capellán Ryan retomó el hilo.
–Y también están las llamadas actividades extraordinarias del diablo en el mundo: Por lo general, una persona es afectada en forma material: éste podría ser el caso que usted nos cuenta. A esto llamamos nosotros infección. La infección se subdivide en varias categorías que le expondré en seguida.
–La obsesión –dijo el padre Nuncio, interviniendo– es el paso siguiente. En la obsesión la persona es afectada interna o externamente. Y por último está la posesión que hace perder a la persona momentáneamente el dominio de sus facultades y permite al diablo actuar desde ella y por su intermedio.
Cuando el padre Mancuso había entrado al despacho de los capellanes, cumpliendo con la cita, se había sentido un poco tímido en relación a la forma de encarar su problema. Pero se sintió aliviado al notar el intenso interés que demostraban los dos prelados. Ahora, después de haber expuesto ellos las grandes líneas que había que tomar en cuenta en esta clase de situaciones, el padre Mancuso advirtió que aumentaban sus esperanzas de poner fin a sus tribulaciones.
–Al investigar casos de posible interferencia diabólica –prosiguió diciendo el capellán Ryan– debemos tomar en cuenta lo siguiente: primero, fraude y dolo. Segundo, causas científicas naturales. Tercero, causas parapsicológicas. Cuarto, influencias satánicas. Y quinto, el milagro. En el caso que consideramos, el fraude y el dolo no son posibles, al parecer. George y Kathy Lutz son, por lo que se me alcanza, personas normales y equilibradas. Pensamos que también usted lo es. Por lo tanto, las posibilidades quedan reducidas a influencias psicológicas o diabólicas.
–El milagro queda excluido –dijo el padre Nuncio– porque el Ser Divino no puede mezclarse a lo que es trivial y estúpido.
–Muy justo –dijo el padre Ryan–. Por lo tanto la explicación debe incluir la alucinación y la autosugestión ... Por ejemplo, los contactos invisibles que Kathy sintió ... o cuando George cree haber oído las pisadas de los músicos de una orquesta. Pero tomemos en cuenta la explicación parapsicológica. Parapsicólogos como el doctor Rhine, que trabaja en la Universidad Duke, de Carolina del Norte, distinguen cuatro aspectos principales en esta ciencia. Los primeros tres caen bajo el rótulo general de ESP (percepción extrasensorial) . Esto incluye la telepatía mental, la clarividencia y la precognición, que podrían explicar las visiones de George y la "selección" de informaciones que coinciden al parecer con hechos conocidos en la vida de los De Feo. El cuarto aspecto parapsicológico en la llamada psicokinesis, que estudia el movimiento de objetos que, al parecer, se mueven por sí solos. El león de porcelana de los Lutz entraría en esta categoría....si se movió realmente.
El padre Nuncio se levantó para servirse una nueva taza de café.
–Todo lo que hemos dicho, Frank, es parte de las recomendaciones que hacemos a los Lutz. Trate usted de ponerlos en contacto con alguna institución dedicada a estas investigaciones, como la del doctor Rhine, que pueda disponer una inspección de la casa. Ellos están en condiciones de hacer pruebas a fondo y estoy seguro de que llegarán a alguna conclusión que nada tiene que ver con influencias satánicas.
–Y ... ¿en lo que a mí se refiere? Yo ... ¿qué voy a hacer?
El capellán Ryan se aclaró la garganta y miró benévolamente al sacerdote.
–No debe usted volver a esa casa. Puede usted llamar a los Lutz y trasmitirles nuestras propuestas. Pero de ningún modo debe usted poner de nuevo los pies en esa casa.
–Creí que usted me había dicho que yo era un tonto por creer en estas cosas –dijo el padre Mancuso.
–Se lo he dicho –dijo el padre Ryan–. Pero usted está tan perturbado por este asunto que, de momento, lo mejor que puede hacer es desentenderse de los Lutz y del número 112 de Ocean Avenue.

Después del desayuno, Kathy llevó a los niños en auto hasta la nueva escuela y luego siguió con Missy hasta la casa de su madre. George había quedado solo en la casa y bajó al sótano para realizar un intento de dispersar el mal olor con dos ventiladores. Pero al bajar las escaleras no notó ni rastros del atroz olor que le había hecho vomitar el día antes.
Husmeó por todos lados, pero no pudo hallar nada. Incluso fue directamente hasta el cuarto rojo secreto, empujó el tabique de madera prensada y recorrió las paredes rojas con el haz de luz de su linterna. "¿Qué es esto?", se dijo, "¡no es posible que se haya evaporado de esta manera! Debe haber algún agujero en algún sitio, que traga el aire".
George se había puesto a buscar la posible abertura cuando el padre Mancuso marcó su número. Después de la reunión, el sacerdote había vuelto a sus habitaciones en North Merrick con intenciones de llamar a George y trasmitirle las recomendaciones de los capellanes. Oyó sonar diez veces el teléfono antes de colgar. El padre Mancuso pensó que iba a llamar más tarde, cuando los Lutz estuvieran de vuelta.
George estaba en la casa, pero no oyó la campanilla del teléfono. La puerta que llevaba al sótano estaba abierta y, por lo general, la campanilla de teléfono se oía en todas partes de la casa.
George no logró encontrar la abertura por la que podía haber escapado el mal olor, pero en cambio descubrió algo interesante en la zona de los escalones de entrada a la casa. Cuando el constructor había echado los cimientos para la casa de Ocean Avenue, cubrió al parecer un agujero de forma circular con una tapa de cemento. Rastrillando la tierra amontonada sobre esta protuberancia, George aflojó accidentalmente el pedregrullo que estaba en la base y oyó que ésta caía en una sustancia líquida que estaba abajo. Al iluminar con su linterna vio una viga negra y mojada.
–¡Una fuente surgente! –dijo en voz alta–. ¡Esto no estaba en los planos! ¡Debe ser un resto que queda de la antigua casa que habían edificado aquí!
Volvió a la planta baja y echó una mirada al reloj de la cocina. "Es extraño, pensó. Son casi las doce y todavía no tengo noticias del padre. Es mejor que yo llame".
George llamó a la parroquia. El sacerdote atendió al primer timbrazo. George se sorprendió cuando el padre Mancuso le dijo que acababa de llamar y que nadie había contestado. Luego George preguntó al padre Mancuso cuándo pensaba ir a visitarlos y entonces el sacerdote le dio el informe de los capellanes.
Dijo a George que había ido a ver a sus superiores en la diócesis y repitió la recomendación de éstos: los Lutz debían ponerse en contacto con alguna institución que efectuara una inspección de la casa. El padre Mancuso dio a George la dirección de un Instituto de Investigaciones Psíquicas en Carolina del Norte y sugirió que se pusiera inmediatamente al habla con ellos. George estuvo de acuerdo, pero insistió en que el sacerdote fuera a visitarlo.
Muchos meses debieron pasar después de haber dejado él y su familia la casa de Ocean Avenue para que George Lutz se enterara de lo mucho que había sufrido el padre Mancuso, que había dado su bendición original a la casa, y de los tantos sinsabores y humillaciones que había padecido. Por lo tanto, cuando el padre Mancuso se negó una vez más a ir a verlo, George se alteró y dijo que esta visita le hacía falta realmente, mucho más que un equipo de cazadores de fantasmas en algún Estado del Sur. Además, dijo, ¿quién iba a pagar por todo? De todos modos, después de haber prometido que iba a llamar a los parapsicólogos y que mantendría informado al sacerdote de los resultados, George cortó.
Todavía estaba fastidiado en el momento en que llamó a Kathy a casa de su madre. George dijo a su mujer lo que le había recomendado el sacerdote, pero añadió que no pensaba tomarse esa molestia. Kathy, en cambio, opinó que debían seguir las recomendaciones de los capellanes y acatar lo que proponía la Iglesia.
Finalmente George accedió y dijo que pensaba ir a su oficina y escribir una carta a la gente de la Universidad de Carolina del Norte. Pero no dijo que pensaba hablar con Eric, un joven empleado en su agencia, cuya novia tenía condiciones de médium, según él aseguraba.

Después de hablar con George, el padre Mancuso sintió que un tremendo peso se levantaba de sus hombros. El solo hecho de haber podido compartir su carga con otros le aclaró completamente la mente por primera vez en varias semanas: la responsabilidad que debía soportar solo, ahora era compartida por sus superiores.
El sacerdote se puso a preparar su plan de trabajo para la semana venidera. Le llevó varias horas –hasta el momento de la comida– redactar el programa definitivo para atender su consultorio y sus pacientes.
Pidió que le mandaran comida china de un restaurante cercano de North Merrick y la devoró mientras leía sus historias clínicas.

George fue en auto a su agencia y puso en el buzón la carta para los parapsicólogos, utilizando como referencia los nombres de los capellanes. No esperaba, en realidad, una respuesta inmediata a su solicitud, de modo que pegó en el sobre una estampilla de correo regular, no aéreo. Y luego telefoneó a la amiga de Eric, Francine.
La muchacha se mostró muy interesada en lo que él le contó. Estaba segura de que podía ponerse en comunicación con lo que o con la entidad que estaba hostigando la vida de él y la de Kathy, y prometió ir a casa de los Lutz con su novio dentro de un día o dos.
Luego la muchacha dijo algo que hizo parar la oreja a George. Sin que hubiera habido ningún antecedente en la conversación, dijo que George debía ver si en su propiedad no había un pozo viejo, tapado y abandonado. Él no reconoció que ya había encontrado ese pozo, pero preguntó en cambio por qué. Francine quería que él iniciara esa búsqueda.
La respuesta lo dejó estupefacto:
–Creo –dijo Francine– que los espíritus que los están hostigando provienen de un pozo. Naturalmente, ustedes pueden taparlo. Pero me temo que si hay un pozo bajo la casa el pasaje debe ser directo. De algún modo, aunque sea una tenue rajadura, es todo lo que hace falta para que trepe cuando así desee hacerlo.
Después de agradecer a la muchacha y colgar, George telefoneó al Instituto de Investigaciones Psíquicas de Durham, Carolina del Norte, y se refirió a la carta que acababa de enviar. Ellos accedieron a enviar un investigador a la brevedad posible. A cambio de esto, George aceptó pagar los gastos que ocasionara el viaje al investigador.

El padre Mancuso, asimismo, debió una vez más atender el teléfono esa noche. La llamada se produjo después de las once y la persona que llamaba era la misma que lo había ayudado cuando su auto se había quedado parado en el pasaje Van Wyck.
Los dos sacerdotes rememoraron los azarosos acontecimientos de esa noche y el padre Mancuso preguntó a su colega si había tenido nuevas dificultades con su parabrisas.
–No –dijo su amigo–. Es decir, todo ha estado en orden hasta hace unos minutos.
El corazón del padre Mancuso empezó a golpear contra sus costillas.
–Frank –dijo el otro sacerdote–, acabo de recibir una llamada telefónica muy peculiar. No sé quién es, pero el hombre me ha dicho: "Dígale al sacerdote que no vuelva".
–¿De quién estaba hablando? –preguntó el padre Mancuso.
–Se lo pregunté. Dije: "¿De quién está usted hablando?" La voz se limitó a contestar: "Del sacerdote a quien usted ayudó".
–¿El sacerdote a quién usted ayudó"?
–Si. Pensé en estas palabras después que el hombre colgó, y no pude acordarme de nadie, fuera de usted. ¿Cree que se estaba refiriendo a usted, Frank?
–¿En ningún momento le dijo quién era?
–No. Se limitó a decirme: "El sacerdote sabrá quién es".
–¿Cuáles fueron sus palabras exactas?
–Dijo: "Dígale al sacerdote que no vuelva si no quiere morir".


XVIII
Del 6 al 7 de enero


Un poco antes, ese día Kathy había vuelto de la casa de su madre a tiempo para recoger a Danny y Chris en la nueva escuela de Amityville. Los muchachos estaban ansiosos por hablar de los maestros, los condiscípulos y las instalaciones escolares. Habían retirado la nieve del patio y los niños pudieron practicar algunas actividades al aire libre. Missy, envidiosa por tener que quedarse en casa, preguntó repetidas veces a sus hermanos cómo eran las niñas de la escuela primaria.
Toda la familia se reunió a comer a las seis y media. George dijo a Kathy qué medidas había tomado respecto de la sugerencia del padre Mancuso y también contó que había hablado con la muchacha que podía ponerse en contacto con los espíritus. A Kathy le pareció muy bien que hubiera llamado por teléfono a los parapsicólogos en vez de esperar una respuesta a la carta. Pero no le gustó demasiado la idea de una persona extraña que iba a venir a su casa a hablar con los espíritus, particularmente una mujer joven, como Francine.
Cuando terminaron de comer, Kathy dijo a George que su deseo era volver a casa de su madre hasta el momento en que sintiera que la casa ofrecía seguridades para vivir en ella. George le recordó que afuera el termómetro marcaba ocho grados bajo cero y que se había pronosticado una nevada para esa mañana. Aunque East Babylon no estaba demasiado lejos de la carretera, él no creía que ella iba a poder llegar desde la casa de su madre a tiempo para llevar a los chicos al colegio esa mañana.
Danny y Chris dijeron que querían quedarse en casa, tenían deberes de colegio que hacer y, además, la abuela no les permitía ver la televisión después de las ocho. Kathy fue convencida finalmente por sus argumentos, aunque le inquietaba la perspectiva de pasar otra noche en la casa. Y dijo a George que no se creía capaz de pegar los párpados ni una sola vez.
Harry había estado en la cocina con ellos mientras comían, y Kathy le había dado todos los pedazos de carne que habían sobrado. Antes de meterse en cama George pensó que tal vez fuera mejor que Harry durmiera esa noche adentro. El frío era intenso y probablemente iba a aumentar con la nevada. Harry no haba engullido su habitual comida canina, pero George pensó que al animal le hacía falta carne fresca.
Mientras los muchachos hacían sus deberes, Missy hizo pasar a Harry a su cuarto y se puso a jugar, con él. Pero Harry no se quiso quedar: estaba nervioso y movedizo, como notó Kathy, especialmente después que Missy presentó a Harry a su amigo invisible, Jodie. Por último la niña debió cerrar la puerta para impedir que Harry se fuera. El perro se metió bajo la cama y allí se quedó. Por último, Chris vino a buscarlo. Harry salió con aire compungido del cuarto de Missy y subió las escaleras hasta el último piso, donde se quedó el resto de la noche.
A las doce, cuando George y Kathy se acostaron, ella quedó dormida instantáneamente –era ya la tercera noche que le ocurría– sumiéndose en un sueño profundo, respirando con pesadez. Pero George, que estaba a su lado, de espaldas a ella, seguía muy despierto, con el oído atento a cualquier indicio de la banda militar.
Cuando notó por primera vez los copos de nieve que caían, miró su reloj de pulsera: la una de la mañana. Empezaba a levantarse viento, que agitaba los copos. Luego le pareció oír el ruido de una lancha que navegaba por el río Amityville. Pero las ventanas del dormitorio no daban sobre el río y George no tuvo valor para levantarse de su cama caliente y mirar por las ventanas del cuarto de Missy o del cuarto de costura. Además el río estaba congelado, de modo que George atribuyó el sonido a los juegos del viento.
A las dos de la mañana empezó a bostezar, los párpados se le cerraban y sentía el cuerpo rígido de estar siempre en la misma postura. Unos momentos antes había mirado por encima de su hombro a Kathy, que seguía durmiendo con la boca abierta.
De repente George sintió unas ganas inesperadas de levantarse de la cama, bajar e ir a The Witches Brew a tomar una cerveza. Sabía que en la heladera no faltaban las latas de cerveza, pero pensó que estas latas no podían aplacar su sed. Tenía que ir a The Witches Brew y no importaba que fueran las dos de la mañana y la temperatura, polar. Se volvió para despertar a Kathy y decirle que bajaba a dar una vuelta.
En la oscuridad del cuarto, George pudo notar que Kathy no estaba en la cama. ¡Pudo ver que estaba levitando de nuevo, casi treinta centímetros por arriba de él, y alejándose!
Instintivamente George tendió un brazo, la asió de los cabellos y tiró. Kathy avanzó por los aires, flotando, hacia él y luego cayó sobre el colchón. Entonces se despertó.
George encendió la lámpara de la mesa de noche y quedó boquiabierto. ¡Estaba ante una mujer de noventa años: los cabellos en desorden y de un blanco sucio, la cara hecha una pasa, llena de arrugas y feas hendiduras, la barbilla goteando la saliva que se escapaba de la boca desdentada!
George quedó tan horrorizado que quiso irse sin más del cuarto. Los ojos de Kathy, hundidos entre las arrugas, lo miraban con aire sorprendido. George se estremeció. "¡Esta es Kathy!, pensó, ¡ésa es mi mujer! ¡Qué diablos estoy haciendo?"
Kathy notó el terror en la cara de su marido. "¡Dios mío!, ¿qué está viendo?" Saltó de la cama, corrió hacia el cuarto del baño y encendió la lamparilla que estaba encima del espejo, se miró la cara y lanzó un grito.
La vieja arpía vista por George había desaparecido: los cabellos estaban desordenados, pero habían vuelto a ser rubios, los labios ya no babeaban y no estaba arrugada. Pero había marcas profundas y feas en sus mejillas.
George entró al cuarto de báño a la zaga de Kathy y contempló la imagen de su esposa en el espejo. El también vio que el rostro de noventa años se había desvanecido, pero las tajaduras hondas y largas desfiguraban la cara de Kathy.
–¿Qué le pasa a mi cara? –aulló Kathy. Ella se volvió hacia George, que puso su mano sobre la boca de Kathy. Los labios estaban secos y muy calientes. Luego rozó los surcos profundos. Había tres en cada mejilla y se extendían desde abajo de los ojos hasta la línea de la mandíbula.
–No sé, querida –dijo en voz baja.
George trató de borrar los surcos con una toalla que encontró cerca del lavabo. Kathy giró y se miró en el espejo. La cara asustada le devolvía la mirada. Se pasó los dedos por la cara y se echó a llorar.
El desamparo de Kathy conmovió profundamente a George, que le puso las manos sobre los hombros.
–Voy a llamar en seguida al padre Mancuso –dijo.
Kathy meneó la cabeza.
–No, no lo debemos mezclar en esto.
Y miró la cara de George, reflejada en el espejo.
–No sé porqué creo que podría ser dañino para él. Es mejor que vayamos a ver cómo están los chicos –dijo serenamente.
Los niños dormían plácidamente, pero ni George ni Kathy pudieron dormir esa noche. Se quedaron en su dormitorio, con las luces encendidas, contemplando la nieve que caía. De cuando en cuando Kathy se llevaba las manos a la cara para comprobar si los surcos aún estaban allí. Fielmente llegó el frío amanecer. La nevada había cesado y ya había bastante luz para que George pudiera ver a Kathy cuando ésta le tocó el hombro.
–George –dijo Kathy–, ¡mírame la cara!
Él se volvió desde la silla que había puesto junto a la ventana y miró a su mujer. A la débil luz del amanecer George vio que los surcos habían desaparecido. Con los dedos tocó la piel de la cara de ella. Era suave de nuevo y no tenía rostros de los horribles surcos.
–Se han ido, querida –dijo, y sonrió amablemente–. Totalmente desaparecidos.
Pese a lo que Kathy había dicho esa noche, George telefoneó al padre Mancuso por la mañana y lo encontró en el momento en que salía celebrar su misa matinal.
George le dijo que había hablado con Carolina del Norte y que un tal Jerry Solfvin le había prometido enviar inmediatamente un investigador a su casa. Luego habló del incidente de la noche pasada. El padre Mancuso quedó muy turbado al enterarse de la segunda levitación y de las alteraciones en la cara de Kathy.
–George –dijo con voz preocupada–, tengo miedo de lo que pueda venir ahora. ¿Por qué no abandona usted esa casa por cierto tiempo?
George contestó que había estado pensando en hacer eso mismo, pero que antes deseaba saber qué había de decir Francine, la médium. A lo mejor podía ser útil.
–¿Una médium? –preguntó el padre Mancuso–. ¿De qué habla usted, George? ¡Eso no es científico!
–Me ha dicho que puede conversar con espíritus –dijo George–. Lo cierto, padre, es que... ¿Sabe usted qué me dijo ayer? Me dijo que hay un pozo de aguas oculto bajo la casa. ¡Y tiene razón! Ayer descubrí uno... ¡y esa mujer nunca ha puesto los pies aquí!
El padre Mancuso se enojó.
–Oigame una cosa –gritó–. ¡Usted está metido en algo muy peligroso! ¡No sé qué está pasando en su casa, pero es mejor que no siga usted ahí!
–¿Irme... y dejar todo?
–Sí, por un tiempo. Nada más –insistió el sacerdote–. Voy a hablar de nuevo con los capellanes y veré si puedo enviar a alguien, tal vez un sacerdote.
George guardó silencio. Había intentado que el padre Mancuso fuera a la casa y éste se había negado una y otra vez. Los superiores del sacerdote se habían limitado a sugerir que había que ponerse en contacto con una sociedad de investigaciones. Finalmente había encontrado una persona que, al parecer, era capaz de ayudarlo a él y a su mujer. ¿Por que habría de abandonar todo y huir?
–Se lo diré a Kathy, padre –dijo George por fin–. Gracias.
Y se dispuso a cortar.
–George, hay algo más –dijo el padre Mancuso–. Creo recordar que usted y Kathy han estado practicando la Meditación Trascendental a la vez.
–Sí, así es.
–¿La siguen practicando ustedes? –preguntó el sacerdote.
–No... sí. Bueno, en realidad no la hemos practicado desde que nos mudamos –contestó George–. ¿Por qué?
–Curiosidad de saberlo, George, nada más. Me alegro de que no mediten ustedes ya. Se me ocurre que esa práctica podría volverlos más sensibles.

Inmediatamente después de hablar con George el padre Mancuso llamó al vicario en Rockville Center. Por desgracia, los capellanes Ryan y Nuncio no estaban disponibles y el secretario sólo pudo prometer que trataría de que telefonearan al día siguiente. El sacerdote estaba extremadamente turbado y pedía al cielo que la situación no siguiera deteriorándose antes de que la Iglesia lograra reunir fuerzas para enfrentar las potencias malignas que se habían apoderado de la casa de Ocean Avenue.
Movido por la compasión que le inspiraba el aprieto de los Lutz, el padre Mancuso olvidó sus propias tribulaciones. Pero a los pocos minutos algo ocurrió que lo llamó al orden y le recordó que también él era destinatario de la maléfica influencia. Empezó a temblar y estremecerse. El estómago se le contrajo y la garganta se le apretó. El sacerdote estornudó y los ojos lloraron; estornudó de nuevo y pudo ver que había sangre en su pañuelo. La advertencia del capellán Ryan: "¡No debe usted mezclarse más en eso!" le pasó por la cabeza. Pero ya era demasiado tarde. ¡El padre Mancuso. tenia todos los síntomas de otro ataque de gripe!

Más avanzado ese día Eric, el joven ingeniero que trabajaba en la agencia de George, llegó a la casa de los Lutz con su novia, Francine. George hizo pasar inmediatamente a la sala a la pareja, que venía del frío externo, para que se calentara frente a la gran hoguera.
La pareja irradiaba un buen humor contagioso: lo que había estado faltando justamente en la casa de Ocean Avenue. George y Kathy reaccionaron favorablemente y muy pronto los cuatro estaban charlando como viejos amigos. Con todo, había cierta urgencia por debajo de la afabilidad exterior de George: él quería que Francine hiciera una inspección de la casa.
Cuando se disponía a llevar la conversación por el lado de las experiencias de Francine con los espíritus, ella misma se le adelantó. Se levantó del sillón y se acercó a George.
–Ponga usted las manos aquí –dijo.
George se levantó y movió las manos en el punto del espacio que ella había señalado.
–¿Siente usted el aire frío? –preguntó Francine.
–Levemente –contestó George.
–Ha estado sentada aquí. Ahora se ha ido. Camine junto al sofá, ahora. ¿Lo siente aquí?
George acercó la mano a un almohadón.
–¡Sí, está tibio!
Francine hizo una seña a George y a Kathy para que la siguieran. Los tres entraron al comedor, mientras Eric se quedaba en la sala, junto a la chimenea. Francine se paró al lado de la mesa grande.
–Aquí hay un olor extraño –dijo–. No sé dónde situarlo, pero hay un olor. ¡Uf! ¿Pueden ustedes olerlo?
George olfateó.
–Sí, aquí mismo. Es olor a sudor.
La muchacha se dirigió a la cocina, pero vaciló antes de pasar por el rincón favorito de Kathy.
–Hay un viejo y una vieja. Son espíritus perdidos. ¿Huelen ustedes el perfume?
Los ojos de Kathy se agrandaron. Miró a George, que se encogió de hombros.
–Evidentemente estas personas han estado en esta casa alguna vez –siguió diciendo Francine–, pero murieron. No creo que hayan muerto en la casa.
Se volvió hacia George y dijo:
–Ahora querría ver el sótano. ¿De acuerdo?
Cuando George había hablado con Francine por teléfono por primera vez, le había dicho que en su casa habían ocurrido cosas misteriosas, pero no había aclarado qué clase de fenómenos eran, ni tampoco lo que había ocurrido entre Kathy y él. No había hablado de los contactos en la cocina ni del perfume barato que Kathy había olido. En todo caso, Francine había dicho que prefería sacar sus propias conclusiones después de visitar la casa y "haber hablado con los espíritus que viven allí".
Ahora Francine bajó las escaleras hasta el sótano.
–Esta casa ha sido construida sobre un cementerio o algo parecido –dijo. Y señaló la parte del sótano en donde estaban los depósitos.
–¿Eso es nuevo? –preguntó a George.
–No lo creo –contestó él–. Por lo que puedo saber, toda se hizo a la vez.
Francine se detuvo frente a los placards.
–Hay personas enterradas aquí. Hay algo encima de ellas. Hay un olor raro. El aire no debería estar tan pesado.
Y señaló directamente el tabique de madera prensada que disimulaba el cuarto secreto.
–¿Siente usted el frío?
Y empezó a mover las manos, a tocar la madera.
–Aquí han asesinado a alguien. O ha sido enterrado aquí. Tengo la impresión de que hay una nueva parte, una nueva parte que han añadido sobre la tumba.
Kathy tuvo ganas de salir corriendo. Su marido notó que estaba perturbada y le tomó las manos. Francine resolvió el problema de la pareja:
–Este lugar no me gusta nada. Lo mejor es que subamos.
Sin esperar respuesta, se dio vuelta y enderezó hacia la escalera.
En el momento en que subían al primer piso el novio de Francine, Eric, se unió a ellos. Francine se detuvo un momento y se apoyó en la balaustrada.
–Debo decir que, cuando llegué, tuve una sensación de mareo. Sentí una especie de opresión en la parte derecha del tórax.
–¿Dolor? –preguntó Kathy. Francine asintió con la cabeza.
–Muy leve. Muy rápido. Justamente en el instante de doblar. Pasó muy pronto.
Avanzó hacia la puerta cerrada del cuarto de costura.
–Ustedes han tenido problemas aquí.
George y Kathy hicieron un signo afirmativo. Él abrió la puerta, esperando tal vez que el cuarto estuviera lleno de moscas. Pero no las había y él y Francine entraron. Kathy y Eric se quedaron en el umbral. De repente Francine entró en trance, al parecer.
Desde su garganta llegó una voz diferente, más espesa, masculina:
–Querría hacer una advertencia a todos ustedes. La mayor parte de la gente descubre quienes son sus espíritus y terminan haciéndose amigos de ellos. No quieren perderlos y no quieren que se vayan. Pero en este caso, de todos modos, me parece que hay que practicar un exorcismo en esta casa.
La voz que salía de Francine le pareció conocida a George. No pudo situarla de entrada, pero estaba seguro de que la había oído antes.
–Una niña y unos muchachos... Veo manchas de sangre. Algunos se han lastimado aquí. Alguien que ha tratado de matarse o no sé qué...
Francine emergió de su trance.
–Me querría ir ahora –dijo a George y Kathy–. Éste no es un buen momento para intentar hablar con los espíritus. Tengo la sensación de que me debo ir. Nací con un velo veneciano...
George no entendió estas palabras, pero ella prometió que iba a volver en un día o dos... "Cuando las vibraciones sean mejores", explicó. La pareja se fue casi inmediatamente.
De vuelta en la sala, George y Kathy guardaron silencio por un largo rato. Por último Kathy preguntó:
–¿Qué impresión tienes?
–No sé –contestó George–. Simplemente no sé. Todo el tiempo estuvo dando en el clavo.
Se puso de pie y empezó a apagar el fuego. –Tendré que pensar un rato en esto.
Kathy subió a ver qué hacían los niños. Harry estaba de nuevo con ellos, ya que hacía demasiado frío incluso para un perro aguerrido. George hizo su inspección usual de todas las puertas y cerrojos y apagó las luces de la planta baja.
Subió las escaleras en dirección a su dormitorio y se detuvo antes de llegar al rellano del primer piso. George vio que la barandilla había sido arrancada de sus bases, desarraigada casi completamente de su implantación en el piso.
En ese mismo instante supo cuál era la voz que había hablado por intermedio de Francine. ¡La del padre Mancuso!


XIX
8 de enero


El jueves Jimmy y su flamante esposa, Carey, regresaron de su viaje de luna de miel a las Bermudas. Pasaron por casa de Kathy después de visitar a la señora Connors y Jimmy dijo a su hermana que volvería a pasar más tarde, en el día. Una de las primeras preguntas que le hizo fue si George y ella habían encontrado sus mil quinientos dólares. Y quedó muy cariacontecido cuando Kathy contestó que no habían visto ni rastros del sobre.
A George le había llevado toda la mañana componer y volver a poner en sus lugares las columnas de la barandilla rota del primer piso. Cuando los muchachos bajaron a desayunarse, ofrecieron su colaboración, pero George la rechazó y les dijo que debían ir a comprarse zapatos nuevos con su madre.
Ninguno –ni Danny, ni Chris, ni Missy, ni Kathy –habían oído nada de la baranda arrancada de sus quicios durante la noche. La causa de este último atentado seguía siendo misteriosa. George y Kathy tenían sus ideas al respecto, pero no las expusieron delante de los niños.
Por último Kathy juntó fuerzas y junto con su prole subió a la camioneta y se fue de compras. George aprovechó la oportunidad para llamar a Eric. Éste pasó a verlo y George le preguntó si Francine había hecho algún comentario al irse de su casa. George quedó muy confundido al enterarse de que la muchacha había quedado perturbada por lo que había sentido en su casa. Francine le había dicho a Eric que no iba a volver a poner los pies en el lugar: la presencia era demasiado fuerte. Temía que, si trataba de hablar con las presencias que había en casa de los Lutz, se iba a exponer a un ataque físico.
–Eric –preguntó George–: ¿qué es ese velo veneciano del que habló Francine antes de irse?
–De acuerdo con lo que Francine me ha dicho –contestó Eric– es una especie de membrana con que nacen algunos niños ... Una especie de tela, muy fina, un tejido que cubre la cara. Se puede quitar, pero Francine afirma que la persona que nace con él está dotada de un elevado grado de clarividencia.
George cortó y se sentó durante una hora en la cocina, tratando de idear una manera de conseguir auxilio antes de que fuera demasiado tarde.
El teléfono sonó. Era George Kekoris, un investigador del Instituto de Parapsicología de Carolina del Norte, quien se presentó diciendo que se le había dado el nombre de George y deseaba realizar algunas pruebas científicas en casa de los Lutz. Kekoris también declaró que no podía fijar un día ya que llamaba desde Buffalo, pero que iba a tratar de estar allí en la mañana del día siguiente.
Después de hablar con Kekoris, George tuvo la impresión de que hubiera habido un aplazamiento de último momento en su sentencia. Luego, para matar el tiempo hasta la llegada de Kathy, se distrajo retirando los adornos navideños del árbol que estaba en la sala. Cuidadosamente depositó los delicados ornamentos en hojas de diario, para que Kathy los envolviera y guardara en cajas de cartón, prestando especial atención a la hermosa pieza antigua, en oro y plata, de su bisabuela.

Durante toda la mañana y la tarde de ese jueves el padre Mancuso se dedicó a atender un ataque recurrente de la gripe. Ya se había resignado a esta calamidad como una demostración del poder y el desagrado que emanaban de la fuerza maligna que se había desencadenado en el número 112 de Ocean Avenue.
Esta vez no hubo llamadas solícitas del párroco, aunque el padre Mancuso estaba seguro de que su colega había sido informado de la recaída. Permaneció en sus habitaciones, descansando en la cama y tomando los medicamentos que le había dejado el médico en las visitas previas. La fiebre había subido ahora hasta los cuarenta grados, el dolor de estómago era continuo y, a medida que avanzaba el día, pasaba de los escalofríos a los sudores. Por suerte, esta vez no habían aparecido pústulas en las palmas de sus manos, signo que el padre Mancuso interpretó en el sentido que el grado de su castigo era menor por haberse entrometido en la casa de los Lutz.
El padre Mancuso ni siquiera había intentado ponerse en contacto de nuevo con los capellanes. El sacerdote sentía que los sudores y los afanes iban a disminuir eventualmente si lograba suprimir todo pensamiento en relación a los Lutz, de tal modo que esperaba que el padre Ryan o el padre Nuncio se pusieran en contacto con él. Lo cierto es que, en un momento de la tarde, el sacerdote tuvo el deseo de que los prelados pasaran por alto su solicitud de una nueva audiencia. Y para hacer tiempo se puso a leer su breviario.

A eso de las cuatro de la tarde Kathy había vuelto de hacer sus compras. Como los Lutz aún tenían el auto de Jimmy, los recién casados no podían moverse si alguien no pasaba a recogerlos. Kathy se ofreció a hacerlo.
George vetó la sugerencia, las carreteras cubiertas de nieve endurecida hasta la casa de su suegra en East Babylon eran muy peligrosas y el coche de Jimmy tenía un sistema de cambios que Kathy nunca había dominado del todo. George decidió manejar y volvió a Amityville en menos de una hora.
Kathy estaba encantada de volver a ver a Jimmy y a Carey y se pasaron horas muy agradables escuchando el relato minucioso de las experiencias de la pareja en las Bermudas. Los recién casados tenían también una serie de instantáneas tomadas con una Polaroid, que mostraron junto con una detallada explicación de cada foto. A Jimmy no le quedaba ni un centavo, dijo, pero tenía recuerdos que le iban a durar toda la vida. Naturalmente, habían traído algunos regalos para los niños, y esto mantuvo a Danny, a Chris y a Missy lejos de los mayores, una buena parte de la noche.
A fin de no echar a perder esta visita agradable con el relato de sus propias penurias desde el día de la boda, George y Kathy se limitaron a compartir la alegría de la pareja. En un momento, Kathy y su cuñada subieron a cambiar las sábanas de la cama de Missy. Jimmy y Carey iban a pasar la noche en el cuarto de Missy, y la niña habría de dormir en un viejo diván que estaba en el cuarto de vestir.
Jimmy explicó a George sus planes para el momento en que dejara la casa de su madre. Deseaba alquilar un departamento situado exactamente entre la casa de su madre y la de sus suegros, que también vivían en East Babylon; de esta manera, ambas familias quedaban contentas por cierto tiempo.
Todos se retiraron bastante temprano. Antes de acostarse George y Jimmy examinaron la casa de arriba abajo. George mostró a Jimmy la puerta desvencijada del garaje, pero no dio ninguna explicación; probablemente el daño había sido causado por un viento huracanado muy violento. Jimmy, que había perdido su dinero por mediación de un agente misterioso, tenía sospechas de que aquí había algo más, pero guardó silencio y acompañó a George cuando éste bajó a echar un vistazo al embarcadero.
Ya de vuelta en la casa, continuaron con la inspección de puertas y ventanas, hasta que quedaron satisfechos del estado de seguridad de la casa. Eran las once cuando las dos parejas se dieron las buenas noches.
George sabe lo que ocurrió esa noche a las tres y cuarto porque estaba despierto en ese momento y acababa de mirar su reloj de pulsera. Fue entonces cuando Carey se despertó gritando.
–¡Dios mío, no, no, ella no! –murmuró para sí. George saltó de la cama, corrió al cuarto de Missy y encendió la luz. La pareja estaba en la cama, abrazada: Jimmy apaciguaba a su mujer, que estaba llorando.
–¿Qué pasa? –preguntó George–. ¿Qué ha ocurrido?
Carey señaló la pata de la cama de Missy.
–¡Ah... ah... algo estaba sentado ahí... Me tocó... el pie.. .
George se aproximó al lugar que Carey había indicado y tocó la cama con la mano. La cama estaba tibia, como si alguien acabara de estar sentado allí.
–Me desperté –siguió diciendo Carey– y vi un chico. ¡Parecía tan enfermo! Me quería decir que hiciera algo por él...
Y se echó a llorar histéricamente.
Jimmy sacudió un poco a su mujer.
–Vamos, Carey, vamos –dijo con voz tranquilizadora–. Has estado soñando y eso es todo...
–¡No, Jimmy! –protestó Carey–. ¡No fue un sueño! ¡Lo vi! ¡Me habló!
–¿Qué te dijo, Carey? –preguntó George.
Los hombros de Carey seguían temblando, pero poco a poco empezó a mirar un poco en derredor, siempre desde los brazos protectores de su marido. George oyó un ruido detrás de él y sintió que alguien le tocaba el hombro. Dio un salto y luego miró hacia atrás. Era Kathy. Tenía los ojos empañados como si ella también hubiera estado llorando.
–¡Kathy! –gritó Carey.
–¿Qué dijo el chico? –preguntó Kathy.
–¡Me preguntó dónde estaban Missy y Jodie!
Al oír el nombre de Missy, Kathy salió como una exhalación del dormitorio y corrió hasta el otro extremo del pasillo. En el cuarto de vestir la niña estaba profundamente dormida, con un pie colgando fuera de la cama. Kathy levantó la frazada de Missy y metió la pierna bajo las frazadas, se inclinó y besó a la niña en la cabeza. George entró en el cuarto.
–¿Missy está bien?
Kathy hizo un signo de afirmación.
Un cuarto de hora después Carey estaba lo bastante tranquila para echarse a dormir de nuevo. Jimmy estaba nervioso, pero también él se dejó dominar por el sueño.
George y Kathy habían cerrado la puerta del cuarto de la pareja y volvieron a su dormitorio. Kathy fue inmediatamente al placard y sacó de allí el crucifijo que tenía colgado.
–George –dijo–, bendigamos nosotros mismos la casa.
Empezaron por el último piso, en el cuarto de juegos de los niños. En el inquietante silencio que antecede al amanecer en un cuarto frío, George levantó el crucifijo delante de él, mientras Kathy rezaba un padrenuestro. No entraron al cuarto de Danny y de Chris. Kathy dijo que podían esperar hasta el día siguiente para bendecir ese dormitorio y los otros en donde dormían Missy, Jimmy y Carey.
La pareja fue a su dormitorio y luego, al cuarto de costura del primer piso. George, después de advertir a su mujer que debía tener cuidado con la baranda recién compuesta, bajó las escaleras hasta el piso de abajo, blandiendo siempre el crucifijo, como suponía que lo hacían los sacerdotes en las procesiones.
Cuando terminaron de bendecir la cocina y el comedor, la luz del amanecer apuntaba. Aunque no habían encendido las luces, podían ver ya los vagos contornos de la sala. George avanzó entre los muebles y Kathy empezó a recitar: "Padre Nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre..."
Un fuerte zumbido la interrumpió. Kathy quedó callada y miró en derredor. George se detuvo cuando iba a dar un paso y levantó la mirada al techo. El zumbido se intensificó y se convirtió en una algarabia de voces que los sumergió totalmente.
Por último Kathy se tapó las orejas para no oír aquella horrible cacofonía, pero George pudo distinguir claramente estas palabras en medio del estruendoso coro: "¡Terminen de una vez!"


XX
Del 8 al 9 de enero


El padre Mancuso se sentía demasiado débil para oficiar misa en la iglesia, de modo que se quedó en sus habitaciones y rezó en su altar particular. Poco después de la misa el padre Nuncio telefoneó desde la oficina de los capellanes para decirle que el padre Ryan y él estaban dispuesto a recibirlo.
El sacerdote dijo que su enfermedad le impedía trasladarse a Rockville Center, y preguntó si podía tratar por teléfono el caso Lutz. El padre Nuncio accedió y escuchó el relato de los últimos acontecimientos de la casa de Ocean Avenue que el padre Mancuso le hizo. Sin vacilar, el capellán aceptó la opinión del padre Mancuso: los Lutz debían dejar su casa por cierto tiempo. Una vez más el padre Nuncio recomendó a su colega que no fuera a la casa de Amityville y le dijo que se limitara a dejar un recado telefónico.
En Amityville, Kathy y George todavía estaban turbados por el coro invisible que habían oído la noche anterior. Ella había pasado la noche en vela sentada en la cama. George había vuelto a colgar el crucifijo en la pared del placard. Luego los dos se tomaron de la mano e intercambiaron palabras tranquilizadoras y cariñosas para atenuar el mutuo miedo. A las ocho de la mañana Kathy se levantó del borde de la cama y despertó a los niños. Jimmy y Carey salieron del dormitorio de Missy a las ocho y media, vestidos y listos para desayunar.

Después de hablar con el padre Nuncio, el padre Mancuso llamó a George Lutz para trasmitirle la decisión del capellán. Éste oyó sonar un buen rato el teléfono y ya estaba por cortar cuando George atendió. El padre Mancuso había pensado que el instrumento estaba practicando de nuevo sus bromitas y se sorprendió de que no hubiera interferencias en la comunicación.
George dijo que acababan de llevar a Jimmy a East Babylon. Luego George contó los resultados de la ceremonia de bendición que habían improvisado la noche antes. El padre Mancuso, escandalizado, instó a George a tomar en cuenta la advertencia del capellán y a dejar la casa sin demora.
–Y George –dijo– no vuelva usted a hacer eso. Evocar el nombre de Dios en la forma en que usted lo ha hecho sólo puede enconar a esa presencia que está en su casa, sea la que fuere. Eso es algo que corresponde a un sacerdote. Él es el intermediario directo entre el Señor y el diablo.
–¿El diablo? –interrumpió George–. Padre: ¿qué está usted diciendo?
El sacerdote hubiera querido morderse la lengua por su lapso. Los capellanes habían reducido la discusión del caso de los Lutz a términos científicos y debía haber un largo período de investigación antes de que la Iglesia reconociera la existencia de una influencia diabólica. El sacerdote no había querido expresar sus temores personales.
–No estoy seguro –dijo el padre Mancuso, corrigiéndose–; es por eso que les ruego que abadonen esa casa hasta que se pueda llegar a una conclusión, científica o...
El sacerdote vaciló.
–¿O qué? –preguntó George.
–Tal vez sea más peligroso que lo que todos imaginamos –contestó el padre Mancuso–. Oigame, George, hay muchas cosas que ocurren y que ninguno de nosotros puede explicar del todo. Reconozco que estoy muy confundido ante lo que parece ser una fuerza maléfica en su casa. También reconozco que esto puede ser causado por algo más que la imaginación de ustedes.
El sacerdote hizo una pausa.
–¿George? ¿Está usted ahí?
–Si, padre. Estoy escuchando.
–Está bien, entonces –empezó a decir el padre Mancuso–. Por favor, váyase usted de ahí. Deje que las cosas se aplaquen un poco. Si usted sale de ese lugar tal vez podamos descubrir de qué se trata, con un poco más de actividad racional. Trasmitiré a los capellanes lo que ha ocurrido anoche, y tal vez ellos manden alguna persona que...
El padre Mancuso fue interrumpido por un grito de Kathy, que se pudo oír muy bien por el teléfono. George exclamó:
–¡Llamaré de nuevo!
Y el sacerdote oyó que colgaba ruidosamente el auricular. Se quedó en su sala, preguntándose qué incidente contra natura se estaría desenvolviendo en el número 112 de Ocean Avenue. George corrió escaleras arriba hasta el último piso. Al llegar al rellano vio a Kathy en el pasillo, gritando a Danny, a Chris y a Missy.
George se dio cuenta del motivo: en todas las paredes del pasillo había más manchas verdes, gelatinosas, que bajaban desde el techo hasta el piso, formando charcas movientes de barro verde.
–¿Quién de ustedes hizo esto? –preguntó Kathy, enfurecida–. ¡Si no me lo dicen no les voy a dejar un solo hueso sano!
–¡Nosotros no hicimos nada, mamá! –dijeron los tres niños al unísono, esquivando los coscorrones destinados a sus cabezas.
–¡No lo hemos hecho! –gritó Danny–. ¡Vimos eso en el momento en que subíamos!
George se interpuso entre su mujer y los niños.
–Un momento, querida –dijo suavemente–. Tal vez los chicos no lo han hecho. Déjame que mire.
Se acercó a una de las paredes y tocó con el dedo una de las manchas verdes. Miró la sustancia, la olfateó y luego la probó un poquito con la punta de la lengua.
–Parece gelatina –dijo, lamiéndose los labios–pero lo cierto es que no tiene gusto a nada.
Kathy se estaba tranquilizando después de su arrebato.–¿No será tintura?–preguntó.
George meneó la cabeza.
–No.
Y trató de hacerse una idea de la consistencia de la materia fabricando una bolita con la punta de los dedos.
–No sé qué es, pero lo cierto es que ensucia que da miedo.
Miró hacia el techo.
–De allá arriba no parece venir...
George se calló. Miró a su alrededor como si entendiera por primera vez en dónde estaba. De repente recordó la conversación que acababa de tener con el padre Mancuso pocos minutos antes y la temible palabra "diablo" casi salió de sus labios.
–¿Qué dijiste, George? –preguntó Kathy–. ¡No te oí!
George miró a su mujer y a los niños.
–Nada. He estado tratando de hacerme una idea....
Empezó a empujar a su familia hacia las escaleras.
–Oye –dijo–. Tengo hambre. Bajemos a la cocina y comamos algo. Después los muchachos y yo volveremos aquí y limpiaremos esta porquería. ¿Está de acuerdo la tribu?

Jimmy y Carey habían vuelto a East Babylon. Carey estaba contenta de haberse ido del número 112 de Ocean Avenue, aunque eso significaba estar viviendo en casa de su suegra.
–No sé qué me pasa en ese lugar, Jimmy –dijo, en el momento en que bajaban del auto–. ¡Y sé que vi anoche a ese chico! ¡Me digan lo que me digan!
Jimmy dio una palmadita a su mujer en las caderas.
–Bah... ¡Olvídate! –dijo–. ¡No fue nada má que un sueño! Como sabes, no creo en esas cosas.
Carey se contrajo al sentir el contacto de Jimmy y miró en torno para ver si los vecinos estaban observándolos. Pero en el momento en que iba a abrir la puerta para entrar, él la asió por el brazo.
–Oye, Carey –dijo acercándose a ella, hazme un favor. No digas ni una palabra de lo ocurrido delante de mamá. Esas cosas la perturban muchísimo Ya lo único que falta es que venga un cura a la casa.
Carey se mantuvo en sus trece.
–¿Y qué me dices del dinero que perdiste en casa de Kathy? ¿Eso también es un sueño?

El padre Mancuso pasó el resto de la tarde preguntándose por qué motivos George no lo había vuelto a telefonear después de haberse oído el grito de Kathy. Por un momento pensó en llamar al sargento Gionfriddo de la policía de Amityville, y pedirle que hiciera una inspección en casa de los Lutz. Pero un policía que llama inesperadamente a la puerta suele producir más susto que otra cosa. "En fin, pensó, esperemos que nada haya ocurrido." Por último el sacerdote levantó el auricular y marcó el número de George.
No hubo respuesta, toda la familia estaba en el embarcadero y el ruido del compresor ahogaba el de las llamadas telefónicas. George, Danny y Chris estaban echando pedazos de jalea verde en el agua helada, junto a la lancha. La manguera del compresor rompía la gelatina, la mezclaba con el agua helada, esparciéndola por debajo de la capa de hielo.
Cuando los muchachos se pusieron a sacarla del angosto sendero de madera, Kathy se puso a raspar lo que había quedado en los baldes. Missy había abrazado a Harry para que no molestara la tareas de cada uno. George trabajaba en silencio, procurando no trasmitir sus temores a Kathy y a los niños. Por suerte para él, Kathy seguía sospechando que los niños eran los culpables del desaguisado: Kathy no había puesto el incidente de la jalea verde junto a los otros problemas misteriosos que asediaban a la casa.
George había estado tan absorbido en sus pensamientos que se había olvidado del todo de llamar de nuevo al padre Mancuso. Ese anochecer, sentada junto a la estufa, Kathy se declaró partidaria de ir a casa de su madre. Pero cuando propuso irse esa misma noche George, de repente, se encrespó.
–¡La gran puta, no! –gritó, poniéndose de pie de un salto, con la cara roja de furia.
Todas las presiones que se habían hecho sentir dentro de él hacían eclosión al fin.
–¡Todas las porquerías que tenemos están en esta casa! –vociferó–. ¡He puesto demasiado en ella para abandonarla de este modo!
Los niños que aún no se habían acostado, se aterraron y corrieron junto a su madre. La misma Kathy se asustó al entrever un lado de George que nunca había visto. ¡Había vociferado como un poseso!
Pálido, estaba al pie de la escalera y gritaba en tal forma que se podía oírlo en todos los cuartos de la casa.
–¡Hijos de puta! ¡Fuera de mi casa!
Luego corrió escaleras arriba hasta el último piso, entró al cuarto de juegos y abrió enteramente las ventanas.
–¡Fuera! ¡Fuera! ¡En nombre del Señor, fuera!
George corrió hasta el dormitorio de los varones, bajó al dormitorio del primer piso y repitió lo que ya había hecho, levantando la ventana de cada cuarto y vociferando: –¡Fuera de aquí en nombre del Señor! –una y otra vez. Una de las ventanas no cejó ante sus tirones y él golpeó el marco, enfurecido, hasta que la madera se aflojó. El aire frío entraba de afuera y muy pronto la casa estuvo tan gélida como la calle.
Finalmente, George terminó. En el momento en que volvía al piso bajo, la cólera iba abandonandc su cuerpo. Agotado por sus esfuerzos y jadeante, se paró en la mitad de la sala, cerrando las manos en un puño y abriéndolas de nuevo.
Mientras George llevaba a cabo esta santa cruzada; Kathy y los niños se habían quedado como clavados junto a la chimenea. Luego se acercaron a él, lo rodearon y George levantó sus brazos y los tendió sobre aquellas cuatro personas asustadas.
Hubo una quinta persona que intervino en este cuadro vivo, un testigo muy humano, el sargento Al Gionfriddo. Este era el oficial de policía que había querido llamar el padre Mancuso, y que estaba haciendo su último patrullaje de Amityville antes de terminar con sus tareas del día a las nueve de la noche. En el momento de pasar por Ocean Avenue vio algo que le hizo frenar su auto: un loco estaba abriendo las ventanas de la casa número 112 en una de las noches más crudas del invierno.
Gionfriddo se detuvo en la intersección de South Ireland Place y Ocean Avenue, directamente enfrente de la casa de los Lutz. Apagó los faros. Algo le impedía bajar del auto y dirigirse a aquella casa. Realmente no quería investigar por qué razones el dueño estaba actuando como un loco. Gionfriddo siguió sentado en su auto y se puso a contemplar a una mujer que procedió a cerrar todas las ventanas de la casa.
"Esta debe ser la señora Lutz, pensó. Al parecer, por el momento, no les pasa nada. No quiero entrometerme en la cosa." Suspiró y puso en marcha el motor del coche. Siempre con las luces apagadas, el agente retrocedió lentamente por South Ireland Place hasta que pudo doblar a la izquierda en la calle paralela a Ocean. Tan sólo entonces encendió los faros.
En el transcurso de la hora siguiente la casa de Ocean Avenue recobró su temperatura normal. El calor de los radiadores venció finalmente al aire gélido que había invadido las habitaciones y una vez más el termómetro marcó los veintidós grados.
Los muchachos habían estado dormitando frente a la chimenea, mientras Kathy acunaba a Missy, dormida en sus brazos. A las diez Kathy hizo una inspección de los dormitorios de los niños y decidió que ya era hora de que Danny y Chris se fueran a acostar.
Después de su arrebato, George había estado poco comunicativo y miraba en silencio, fijamente, los leños que ardían. Kathy lo dejó en paz, dándose cuenta que su marido estaba tratando de resolver el dilema a su manera. Una vez que los niños estuvieron metidos en cama, Kathy volvió junto a él y trató amablemente de hacerlo salir del cuarto.
George lanzó una mirada a Kathy, y ésta notó la perturbación y el enfado en la cara de él. Los ojos estaban empañados; George había estado llorando, al parecer, de puro despecho. "Hay que dar un descanso a este pobre muchacho", pensó Kathy. Pero él meneó la cabeza cuando ella propuso que se acostaran.
–Acuéstate tú –dijo él en voz baja–. Yo ya voy.
Y los ojos se fijaron de nuevo en las llamas.
En su dormitorio, Kathy dejó encendida la lamparita en la mesa de noche de George. Se desvistió, se metió en la cama y cerró los ojos. Podía oír el viento, que aullaba fuera. Los bramidos la serenaron y, a los pocos minutos, empezó a dormitar.
De repente Kathy se sentó en la cama y miró hacia el lado de George. Él todavía no estaba ahí. Luego dobló lentamente la cabeza y miró detrás. Entonces vio su imagen que se reflejaba en los espejos que cubrían las paredes, desde el techo hasta el piso. Tuvo un impulso de sacar el crucifijo del placard.
Tan fuerte era ese impulso que Kathy ya estaba a medias fuera de la cama cuando se interrumpió y miró nuevamente a los espejos. La imagen que reflejaban parecía haber adquirido una vida propia y Kathy pudo oír que la imagen le decía: "¡No lo hagas! ¡Vas a destruir a todos!"
Cuando George subió al dormitorio, Kathy ya estaba durmiendo. George arregló las frazadas que envolvían a su esposa y luego se acercó a la mesa de noche de ella y sacó la Biblia de un cajón. Apagó la luz y salió sigilosamente del cuarto.
George volvió a su silla de la sala, abrió la Biblia y empezó por el principio: el Génesis. En este primer libro de las revelaciones divinas llegó a unos versículos que le hicieron reflexionar sobre sus tribulaciones. Leyó en voz alta para sí mismo: "Y Jehová Dios dijo a la serpiente: Por cuanto esto hiciste, maldita serás entre todas las bestias y entre todos los animales del campo; sobre tu pecho andarás, y polvo comerás todos los días de tu vida."
George se estremeció. La serpiente es el diablo, pensó. En ese momento sintió una bocanada de aire caliente sobre la cara y apartó velozmente la cabeza del libro. ¡Las llamas de la chimenea querían llegar hasta él!
George retrocedió bruscamente en su silla y saltó. El fuego que él había dejado morir había vuelto a adquirir vida: las llamaradas ocupaban toda la chimenea. Podía sentir el quemante calor. Pero en ese instante sintió que un dedo helado le pinchaba la espalda.
George giró sobre sus talones. No había nadie, pero pudo sentir una corriente de aire. Casi pudo ver esta corriente en forma de una nebulosidad fría ¡que bajaba por las escaleras y avanzaba por el pasillo!
George asió firmemente la Biblia en sus manos y subió los escalones hasta su dormitorio. El frío lo envolvió mientras corría. Se detuvo a la entrada del dormitorio. El cuarto estaba caliente y volvió a sentir el contacto de los dedos helados.
George corrió hasta el dormitorio de Missy y abrió de golpe la puerta. Las ventanas estaban enteramente abiertas y el aire helado entraba.
George tomó a su hija entre sus brazos y la levantó de la cama. Pudo sentir que el cuerpecito estaba helado y tembloroso. Salió velozmente del cuarto. Corrió a su dormitorio y metió a Missy bajo las cobijas. Kathy se despertó.
–¡Hazla entrar en calor! –gritó George–. ¡Se está muriendo de frío!
Sin vacilar, Kathy cubrió a la niña con su propio cuerpo. George salió corriendo del cuarto en dirección al último piso.
Las ventanas dél dormitorio de Danny y Chris, como pudo ver George, también estaban abiertas de par en par. Los muchachos estaban dormidos, pero completamente tapados por las frazadas. Tomó a los dos en sus brazos y bajó las escaleras hasta su dormitorio.
Los dientes de Danny y de Chris castañeteaban por el frío. George los puso en su cama y se metió bajo las frazadas con ellos, cubriéndoles el cuerpo con el suyo.
Los cinco Lutz estaban ahora en la misma cama: los tres niños empezaban a descongelarse lentamente y los dos padres les frotaban las manos y los pies. Llevó casi media hora hacer recobrar a los niños la temperatura normal. Sólo entonces se dio cuenta George que seguía aferrado a la Biblia. Y como ya había recibido algo más que una advertencia, tiró el libro al suelo.

XXI
10 de enero

El sábado por la mañana la madre de Kathy, Joan, recibió una frenética llamada telefónica de su hija.
–Mamá: me haces falta aquí inmediatamente.
Cuando la señora Connors intentó preguntar a Kathy qué ocurría, ésta dijo que no había posibilidades de explicación y que su madre tendría que ver por sí misma. La señora Connors tomó un taxi en East Babylon y dio la dirección de la casa de Amityville.
George hizo pasar a su suegra y le hizo subir las escaleras hasta el dormitorio de Kathy. Luego bajó y advirtió a Danny, Chris y Missy de que debían terminar de desayunarse. Al irse de la cocina para reunirse con las dos mujeres arriba, los niños adoptaron una actitud desusadamente humilde y respetuosa y acataron la orden paterna. Pero a juzgar por la forma en que estaban comiendo, no había duda de que se habían repuesto enteramente de la gélida experiencia de la noche anterior.
Cuando George entró en su dormitorio se encontró con que su suegra estaba examinando a Kathy, en la cama, desnuda bajo la salida de baño abierta. Kathy contemplaba a su madre que, con el dedo, seguía las feas rayas rojas que se extendían desde el vello del pubis hasta el nacimiento de los pechos. Las marcas eran de color fuego, como si la carne hubiera sido quemada con un hierro candente pasado a lo largo del cuerpo.
–¡Auch! –gritó la señora Connors apartando un dedo de una de las marcas en el estómago de Kathy. ¡Me he quemado!
–¡Te dije que tuvieras cuidado, mamá! –gritó Kathy–. ¡A George le pasó lo mismo!
La madre de Kathy lo mira y George hizo un signo afirmativo.
–Traté de aplicar un poco de cold cream a las quemaduras, pero no sirvió de nada. Hay que tocarlas con guantes. No hay otra manera.
–¿Llamaron al médico?
–No, mamá –contestó Kathy.
–Kathy no quiere médico –dijo George, interviniendo–. Sólo quería verla a usted.
–¿Te duele, Kathy?
Ésta, asustada, se echó a llorar. George contestó por su mujer.
–Al parecer, no son dolorosas. Sólo cuando las toca.
La madre de Kathy puso la mano sobre la cabeza de su hija y la acarició.
–Pobre tesoro –dijo–. No te preocupes. Todo va a salir bien.
Se agachó y besó la cara llena de lágrimas de Kathy. Luego cerró la salida de baño, cubriendo delicadamente el vientre inflamado. Se puso de pie.
–Voy a llamar al doctor Aiello.
–¡No! –gritó Kathy. Y miró a su marido con ojos despavoridos.– ¡George!
George se encaró con la señora Connors.
–¿Qué piensa decirle al médico?
La madre de Kathy quedó desconcertada.
–¿Qué me quiere usted decir? –preguntó–. Como puede ver, tiene todo el cuerpo quemado.
George insistió.
–¿Cómo se lo va a explicar, señora? Ni siquiera sabemos la forma en qué ocurrió. Cuando despertó, ya estaba así. ¡El hombre va a creer que estamos locos!
George vaciló. Si decía a la madre de Kathy algo más en relación a lo ocurrido durante la noche, iba a tener que referirse a los incidentes demoníacos que los estaban hostigando. Enterado de que su suegra era una beata, George estaba seguro de que iba a insistir en que Kathy y los niños se fueran de la casa hasta que ella se pusiera al habla con su cura. George había visto una vez a este fraile y pensaba que se parecía mucho al viejo confesor de San Martín de Tours, en Amityville: poco avisado cuando se trataba de algún problema que iba más allá de los deberes parroquiales más elementales. En realidad, George habría recibido con mucho gusto a un sacerdote, pero no a este sacerdote de East Babylon. Y también esperaba recibir noticias de George Kekoris, el investigador de fenómenos metapsíquicos.
–Déjela descansar un poco, Joan –dijo por último–. Las marcas están menos irritadas que antes, me parece. Tal vez desaparezcan pronto.
Estaba pensando en las marcas de tajos en la cara de Kathy.
–Si, mamá –dijo Kathy, que temía comprometer aún más a su madre en el asunto–. Me quedaré aquí descansando un poco más. ¿Puedes acompañarme?
La madre de Kathy miró primero a su hija y después a George. "Hay algo aquí que no me dicen", pensó. Hubiera querido decirle a Kathy que esta casa nunca le había gustado, que cada vez que había venido se había sentido incómoda. No tenía confianza en el número 112 de Ocean Avenue. Sencillamente. La señora Joan Connors, en la actualidad, conoce el motivo de esto.
George dejó a las dos mujeres arriba y bajó a la cocina. Danny, Chris y Missy habían terminado de desayunar e incluso habían levantado los platos de la mesa de la cocina. En el momento de entrar, los miraron con ojos de interrogación.
–Mamá está bien –dijo George–. La abuela se va a quedar con ella.
Puso la mano sobre la cabeza de Missy y la hizo girar, hacia el pasillo.
–Vamos, muchachos –dijo George–, salgamos un ratito. Hay que comprar varias cosas en el almacén y yo quiero pasar por la biblioteca.
Cuando George y los niños se fueron en auto, la madre de Kathy dejó a su hija sola unos minutos y bajó a la cocina para telefonear a Jimmy, que seguramente quería saber por qué razón ella había salido disparando de su casa después de hablar con Kathy, pero ella le había contestado que debía quedarse allí, pues tal vez iba a necesitar alguna cosa que estaba en la casa.
La señora Connors dijo a Jimmy por teléfono que Kathy tenía calambres de estómago y que lo iba a llamar más tarde, en el instante de salir. Jimmy no le creyó y dijo que quería ir allá con Carey. Su madre le gritó que no debía venir y no debía traer a Carey. No quería que se dijera que la familia de Jimmy era lo bastante chiflada para volver a visitar la casa de su cuñado.
Kathy, acostada en la cama, podía oír a su madre abajo, que estaba gritando por teléfono a su hermano. Kathy suspiró y se abrió la salida de baño más de una vez para ver las ardorosas marcas rojas que tenía en el cuerpo. Allí estaban las quemaduras, pero parecían un poco más pálidas. Intentó tocar una de las lastimaduras, bajo el seno derecho. El dedo tocó el punto lacerado. Kathy tuvo la sensación de que estaba un poco mejor. Uno tenía la impresión de meter el dedo en agua muy caliente. Suspiró de nuevo.
Kathy se disponía a cerrar su salida de baño cuando sintió que alguien estaba contemplando su desnudez. La sensación de una presencia provenía de detrás de ella, pero Kathy no logró juntar fuerzas suficientes para darse vuelta y mirar. Sabía que la pared de los espejos estaba allí, y tenía miedo de ver algo horrible en ella. Paralizada de terror, no pudo siquiera mover los brazos para cubrir su desnudez. Y permaneció en esa postura, con el cuerpo enteramente desnudo, con los párpados apretados, con el alma despavorida, esperando el contacto desconocido.
–¡Kathy! ¿Qué estás haciendo? ¡Te vas a pescar una pulmonía!
Era su madre, que volvía de la cocina.

Aun después de haber desaparecido las lastimaduras rojas, la señora Connors no quiso dejar sola a Kathy. Cuando George volvió con los niños, su suegra declaró que toda la familia debía irse de la casa. Él podía quedarse si quería, pero la señora insistió en que Kathy y sus nietos debían irse.
Al llegar a este punto, Kathy estaba durmiendo en su dormitorio y, después del último incidente, George no quería despertarla.
–Déjela dormir un poco más, Joan –dijo George–. Después hablaremos del asunto.
Su suegra aceptó de mala gana, haciéndole prometer que la iba a llamar en cuanto se despertara su hija.
–¡Si no lo hace usted, George, yo volveré de todos modos!
George llamó un taxi para su suegra, que regresó a East Babylon a las cuatro de la tarde.
En la biblioteca de Amityville, George había logrado obtener una tarjeta temporaria que le permitía retirar libros: pidió una monografía sobre brujos y demonios. Y ahora que su suegra se había ido, se sentó a solas en el cuarto de estar y se sumergió en el tema del diablo y sus actividades.
Eran las ocho de la noche pasadas cuando George terminó su libro. Esa tarde la madre de Kathy había cocinado tallarines y albóndigas, que George debía recalentar a la hora de la comida. Danny, Chris y Missy comieron, pero George siguió leyendo. La última vez que había mirado a Kathy, ella se había movido un poco y él pensó que estaba a punto de despertar de aquel necesario descanso. George volvió a la cocina y los tres niños se pusieron a mirar programas de televisión en la sala.
George había tomado notas mientras leía el libro. A partir de este momento se puso a releer lo que había anotado. En su anotador había hecho una lista de los demonios, con nombres que nunca había oído antes. George intentó pronunciarlos en voz alta y las sílabas sonaban extrañamente en su boca. Finalmente decidió llamar al padre Mancuso.
El sacerdote quedó sorprendido de que los Lutz siguieran en la casa de Ocean Avenue.
–Creí que iban ustedes a dejarla –dijo–. Y les dije que ésa era la opinión de los capellanes ...
–Lo sé, padre, lo sé –contestó George–, pero ahora me parece que conozco la manera de enfrentar la cosa.
Y levantó el libro que había dejado sobre la mesa.
He estado leyendo algo sobre la forma en que trabajan los brujos y los diablos ...
"¡Santo Dios!", pensó el padre Mancuso. "Tengo que vérmelas con un niño, con un inocente. La casa de este hombre está a punto de estallar bajo sus pies y los de su familia y él se pone a hablarme de brujos."
–...aquí se dice que si uno practica un encantamiento y repite tres veces los nombres de estos demonios, éstos pueden acudir al llamado –siguió diciendo George–. Aquí describen claramente el procedimiento a seguir en el conjuro. ¡Iscarón, Madeste! –gritó George con voz cantante–. ¡Son los nombres de los demonios, padre!
–¡Ya sé quiénes son! –vociferó al padre Mancuso.
–¡Y también Isabo! Erz... erz... éste si que es difícil de pronunciar... Erzelaide. Este diablo es una dama y tiene algo que ver con el vudú. Y ¡Eslénder!
–¡George! –gritó el sacerdote–. ¡Por amor de Dios! ¡No vuelva usted a invocar esos nombres! ¡Ni ahora ni nunca!
–¿Por qué, padre? –contestó George–. Aquí, en este libro, hablan de la cosa. ¿Qué hay de malo en ... ?
El teléfono quedó muerto en la mano de George. Se oyó un gemido de ultratumba, un "clic" violento y luego el zumbido de la línea interrumpida. "¿Me habrá cortado el padre Mancuso?, se preguntó George. Y, ¿qué le habrá ocurrido a este Kekoris?"
–¿Era mi madre?
George se dio vuelta y vio a Kathy parada bajo el dintel. Ya no tenía puesta la salida de baño: se había peinado y tenía puestos pantalones y un sweater. La cara estaba levemente encendida. George meneó la cabeza.
–¿Cómo te sientes, querida? –preguntó–. ¿Dormiste bien?
Kathy levantó el sweater y dejó ver su ombligo.
–Se ha ido –y se acarició la piel– ¡ya no está más! ¿Dónde andan los chicos?
–Están viendo la televisión –contestó George, tomándole las manos entre las suyas.
–¿Quieres llamar ahora a tu madre?
Kathy hizo un signo afirmativo. Se sentía extrañamente descansada, de un modo casi sensual. A partir del momento en que había tenido la sensación de que alguien observaba su desnudez en la cama, Kathy había experimentado una vaga languidez, como se tiene después de un orgasmo plenamente satisfactorio. Esta sensación había estado con ella incluso en su reciente siesta, poblada de visiones inconexas de contactos sexuales con un hombre ... que no era George.
Kathy marcó el número de su madre, mientras George iba a la sala a reunirse con los niños. Y en ese momento oyó un ruido atronador. Miró por las ventanas y vio que las primeras gotas de lluvia golpeaban los cristales. Luego, a la distancia, un relámpago interrumpió la oscuridad. Pocos instantes después hubo otra salva de truenos. George pudo distinguir las figuras de los árboles balanceadas por las ráfagas de viento.
Kathy entró al cuarto.
–Mamá dice que está lloviendo a cántaros allá –anunció–. Quiere que usemos la camioneta en vez de que Jimmy venga a buscarnos.
La lluvia era mucho más espesa ahora, golpeaba reciamente los cristales de las ventanas y las paredes.
–A juzgar por los ruidos –dijo George– nadie va a salir de su casa por ahora.
En el momento de salir de su dormitorio, Kathy había abierto una rendija en las ventanas para airear el cuarto. Si bien la rendija no era bastante ancha para que entrara por ella el agua de la tormenta, Kathy quería actuar sobre seguro.
–Danny –gritó–. ¡Sube a mi cuarto y cierra bien las ventanas!
El mismo George corrió a traer a Harry a la casa. A pesar de las cortinas de lluvia helada que lo azotaron, George pudo darse cuenta de que la ola de frío se estaba levantando. Las lluvias iban a lavar los montones de nieve sucia acumulada. El hecho de vivir junto al río creaba problemas, porque cuando la lluvia era tan recia podía aumentar excesivamente el caudal de las aguas congeladas y rebasar los muelles.
George volvió a la casa con Harry que se sacudía, lleno de agradecimiento, a tiempo para oír a Danny, desde el piso de arriba, lanzar un grito doloroso. Kathy se adelantó corriendo a George, escaleras arriba, hasta el dormitorio. Danny estaba de pie ante la ventana, con los dedos de la mano derecha atrapados por el marco de la ventana y tratando de levantarlo con la mano izquierda.
George apartó a Kathy, corrió en dirección al niño que gritaba e intentó soltarle los dedos. George trató de levantar la ventana, que se negaba a moverse. Martilleó el marco que, en vez de aflojarse, vibró, lastimando aún más a Danny. En medio de su contrariedad, George se enfureció y empezó a decir malas palabras, vociferando indecencias contra sus enemigos invisibles y desconocidos.
De repente la ventana se abrió por sí sola, levantándose unos cuantos centímetros, y liberando a Danny, que se cubrió los dedos con la otra mano y gritó histéricamente, llamando a su madre. Kathy tomó la mano lastimada entre sus manos. Danny no quería abrir el puño. Y Kathy tuvo que gritarle.
–¡Déjame ver! ¡Abre la mano!
Evitando la mirada, Danny tendió el brazo. Kathy gritó al ver los dedos: todos, salvo el pulgar, estaban anormalmente achatados. Danny, más asustado aún por el grito angustiado de su madre, retiró vivamente la mano.
George estalló. Se puso a correr como loco de cuarto en cuarto, gritando invectivas, desafiando a esa maldita entidad, que perpetraba todo aquello contra su familia, a que se mostrara y peleara con él. La tormenta rugía dentro y fuera del número 112 de Ocean Avenue, mientras Kathy corría detrás de su marido y le gritaba que había que llamar a un médico para Danny .
La rabia de George quedó muy pronto agotada. De repente fue consciente de que su hijo estaba lastimado y necesitaba cuidados médicos. Corrió al teléfono de la cocina y trató de dar con el doctor John Aiello, médico de la familia de su mujer. Pero la línea estaba muerta. Como se enteró más tarde, la tormenta había echado a tierra un poste de teléfono, aislando aún más a los Lutz dentro de su casa.
–Tendré que llevar a Danny al hospital –gritó George–. ¡Ponle la chaqueta!
El hospital Brunswick está en la calle principal de Amityville, a una distancia no superior a un kilómetro y medio de la casa de los Lutz. Como los vientos huracanados soplaban con mucha inclemencia sobre la costa meridional de Long Island, a George le llevó casi un cuarto de hora llegar allí.
El interno de guardia quedó asombrado al ver el estado de los dedos de Danny, que parecían aplastados desde la cutícula hasta la segunda falange. Sin embargo, aunque parecían aplastados y sin posibilidad de compostura, no estaban rotos: no había huesos ni cartílagos deshechos. El médico interno hizo un vendaje firme, dio a George unas aspirinas infantiles para Danny y le sugirió que volviera a su casa. No había nada más que hacer.
Al llegar a este punto el niño estaba más asustado del aspecto de sus dedos que del dolor real. Mientras George manejaba en dirección a su casa, el niño se apretaba la mano contra el pecho, con gesto tieso, sollozando y gimiendo. Le llevó a George cerca de veinte minutos llegar al número 112 de Ocean Avenue. Los vientos hacían golpear la puerta del frente contra el edificio, y George tuvo dificultades cuando quiso cerrarla detrás de él.
Kathy había puesto a Chris y a Missy en su cama y estaba esperando en la sala. Levantó a su hijo mayor y se puso a acunarlo. Danny, siempre llorando, quedó dormido, agotado por el dolor y el miedo.
George llevó a Danny en brazos hasta el dormitorio. Se limitó a quitarle los zapatos y lo metió bajo las frazadas, junto a los otros dos niños. Luego él y Kathy se sentaron en unas sillas junto a las ventanas y se pusieron a contemplar la lluvia que golpeaba los cristales.
Los dos durmieron a ratos durante el resto de la noche. Habían tenido que quedarse en casa: era imposible intentar ir a la casa de la madre de Kathy o a cualquier otro lugar a pasar la noche pero se mantenían alerta ante cualquier peligro posible que amenazara a sus hijos o a ellos mismos. Hacia el amanecer, los dos se quedaron dormidos.
A las seis y media, George fue despertado por la lluvia, que le estaba salpicando la cara. Por un instante pensó que estaba al aire libre, pero no, seguía sentado en su silla junto a la ventana. Se puso de piede un salto y vio que todas las ventanas del cuarto estaban enteramente abiertas y algunos marcos arrancados de sus jambas. Luego oyó el ruido del viento y la lluvia, que penetraban en otras partes de la casa. Salió corriendo del dormitorio.
Todos los cuartos que vio estaban en el mismo estado: los cristales de las ventanas rotos, las puertas del primero y el segundo pisos rotas y arrancadas ... ¡pese a que todas habían sido cerradas con llave y pestillo! La batahola se había producido mientras los Lutz habían estado durmiendo.


XXII
11 de enero


Los Lutz habían estado viviendo veinticinco días en el número 112 de Ocean Avenue. Ese domingo fue uno de los días peores.
Por la mañana descubrieron que la lluvia que había arreciado la noche anterior y el viento habían dejado la casa en un estado espantoso. El agua de la lluvia había manchado paredes, cortinas, muebles, y alfombras desde la planta baja hasta el último piso. Diez de las ventanas tenían rotos los cristales y las cerraduras de varias estaban tan deformadas que se volvía imposible cerrarlas del todo. Las cerraduras de las puertas del cuarto de costura y el cuarto de juegos estaban torcidas y desplazadas de sus encajes metálicos: no era posible cerrarlas. Si la familia tenía intenciones de mudarse a una casa más segura, la idea debía ser archivada, ya que antes era menester recomponer la vivienda y hacerla habitable. En la cocina, las alacenas estaban mojadas y cimbradas. La pintura se había descascarado en los ángulos de casi todos los armarios. Kathy no había pensado en estos problemas todavía: estaba enteramente dedicada a levantar el agua sucia –a una altura de dos centímetros– que se había juntado en el piso de baldosas. Kathy contaba con secar el piso antes de que las baldosas se aflojaran en su lecho de cemento.
Danny y Chris, provistos de dos grandes rollos de toallas de papel, iban de un cuarto a otro secando las paredes. Cuando había que limpiar algún punto más allá del alcance de sus brazos, utilizaban una escalerita de cocina. Missy iba a la zaga de los varones, recogiendo las toallas de papel ya usadas y tirándolas dentro de una gran bolsa de residuos de material plástico.
George retiró casi todos los cortinados y cortinas de sus barras. Parte de esto podía ser lavado a máquina y lo llevó abajo, al lavadero del sótano. Lo que debía lavarse a seco fue apilado en el cuarto más seco de la casa: el comedor.
Los Lutz guardaban un silencio extraño mientras trabajaban esa mañana y esa tarde. El nuevo desastre no había hecho nada más que fortalecer la decisión de ellos de sobrevivir en el número 112 de Ocean Avenue. Nadie lo dijo, pero George, Kathy, Danny, Chris y Missy Lutz estaban ahora preparados para la batalla contra cualquier fuerza: natural o no.
Hasta el mismo Harry había adoptado aires de firmeza. El dogo mestizo seguía atado de su cadena, en su corralito, e iba de un lado a otro, con la cola erecta, mostrando los dientes. Los bufidos y gruñidos que surgían de su robusto pecho eran señales de que el animal estaba dispuesto a hacer pedazos a la primera persona o cosa que no reconociera. De cuando en cuando, Harry se paraba, miraba al embarcadero y emitía un aullido lobuno que suscitaba escalofríos en las espaldas de todas las personas que habitaban Ocean Avenue.
Cuando George terminó con las cortinas empapadas se puso a trabajar en las ventanas. Primero cortó cubiertas de plástico para tapar los vidrios rotos y las afirmó en los marcos con tela adhesiva blanca. No era bonito de ver, ni desde afuera ni de adentro, pero al menos no dejaba entrar a la persistente llovizna.
George había acertado en sus pronósticos del tiempo. La temperatura había subido con la tormenta y ahora estaba por encima del punto de congelación. Muchos daños habían sufrido los árboles y los arbustos de Ocean Avenue y, echando una mirada a South Ireland Place, George pudo comprobar que también aquí el suelo estaba cubierto de ramas rotas. Sin embargo, notó que los vecinos a ambos lados de su casa no tenían ventanas rotas ni habían surgido otros daños exteriores visibles. "Sólo a mí me ocurre", pensó George. "¡Aterrador!"
Las cerraduras de ventanas y puertas presentaban un problema más difícil. George no tenía las herramientas necesarias para reemplazar los encajes de las ventanas, de tal modo que utilizó unas pinzas para torcer los pedazos sueltos de metal. Luego clavó gruesos clavos en los bordes de los marcos de madera y desafió a sus enemigos invisibles: "¡A ver si arrancan éstos, grandísimos canallas!"
Las cerraduras de las puertas del cuarto de vestir y el cuarto de juegos fueron cambiadas. En el sótano, George encontró unos tablones de madera blanca de pino, que resultaron adecuados para sus necesidades. Las puertas se abrían hacia afuera sobre el pasillo, de modo que George clavó tablones en diagonal sobre cada puerta. Él no podía saber qué albergaban los dos cuartos misteriosos, pero en todo caso la salida quedaba clausurada.
George Kekoris telefoneó finalmente para decir que le gustaría ir a visitarlo y pasar la noche en la casa. Esto creaba tan sólo un problema: como Kekoris no estaba provisto del equipo necesario, el Instituto de Investigaciones Metapsíquicas consideraba que su visita tenía un carácter informal. Kekoris tendría que sacar sus conclusiones sin los rigurosos controles que exigen los criterios científicos.
George dijo que no importaba, que tan sólo quería una confirmación de que todos los acontecimientos extraños ocurridos en su casa no eran el producto de su imaginación o de la de su mujer. Kekoris preguntó a George si la casa había sido visitada por algunas personas con dotes parapsicológicas, pero George no entendió el significado de la palabra. El investigador declaró que tratarían el tema cuando fuera a hacerle la visita.
Antes de cortar, Kekoris le preguntó si había un perro en la casa. George contestó que tenía a Harry, un perro de guardia adiestrado. Kekoris dijo que le parecía muy bien, ya que los animales son muy sensibles a los fenómenos psíquicos. Nuevamente George quedó sorprendido... pero, por lo menos, tenía ya una prueba de que el auxilio estaba a punto de llegar.

A las tres de la tarde, el padre Ryan salió del vicariato de Rockville Center. El capellán estaba preocupado por el estado mental del padre Mancuso en relación al caso Lutz, y como una de sus obligaciones en la diócesis era ocuparse de las parroquias, el padre Ryan decidió que había llegado el momento oporturno de visitar la parroquia del Sagrado Corazón, en North Merrick.
Encontró al barbado sacerdote recobrándose de su tercer ataque gripal en las últimas tres semanas. El padre Ryan dijo que estaba perfectamente enterado de la elevada opinión que tenía el obispo del padre Mancuso como abogado. Pero quería saber si el padre Mancuso había pensado que esta enfermedad recurrente podía tener un carácter psicosomático. ¿No tendría su estado emocional una influencia directa sobre estos ataques recurrentes de gripe?
El padre Mancuso protestó: dijo que él era un hombre racional aunque seguía creyendo que ciertas fuerzas maléficas tenían que ver en sus achaques. Y dijo que estaba dispuesto a someterse a un análisis psiquiátrico hecho por cualquier persona elegida por los capellanes.
El capellán no insistió de nuevo en que el padre Mancuso se mantuviera lejos de la casa de Ocean Avenue, pero le dijo que esta decisión debía ser tomada personalmente por él.
El padre Mancuso quedó sorprendido y asustado. Se dio cuenta que lo ponían a prueba: si aceptaba responsabilidades por los Lutz, iba a contar con la aprobación de los capellanes; si no las aceptaba, ellos habrían de entender. Pero no deseaba en ninguna forma comprometerse hasta ese extremo. Estaba profundamente conmovido por la ansiedad y los problemas que asaltaban a los Lutz y no podía, en su condición de sacerdote, parapetarse en su miedo inherente, pero lo cierto es que estaba aterrado.
El padre Mancuso dijo finalmente que, antes de llegar a ninguna decisión sobre el caso, tanto en lo referente a los Lutz como a sí mismo, deseaba hablar con el obispo. El capellán Ryan reconoció la urgencia de la solicitud del sacerdote y dijo que se pondría en contacto con el superior dentro del día. Y que esa noche iba a llamar al padre Mancuso.

La madre de Kathy llamó a las seis de la tarde para saber si su hija y su yerno vendrían a pasar la noche con ella. Kathy asumió la responsabilidad de negarse: la casa seguía en un estado deplorable después de la tormenta y había mucho que lavar al día siguiente. Además, Danny y Chris tenían que ir a la escuela y hacía ya muchos días que estaban faltando.
La señora Connors aceptó de mala gana, pero quiso que Kathy le prometiera que habría de llamar en caso que ocurriera cualquier cosa rara; su madre mandaría entonces a Jimmy a que los recogiera.
Cuando Kathy cortó, le preguntó a George si había obrado bien.
–Vamos a hacer frente a la cosa –dijo George–. Antes de acostar a los chicos, voy a hacer una inspección minuciosa de toda la casa con Harry. Kekoris me ha dicho que los perros son muy sensibles a esta clase de cosas.
–¿Estás seguro de que no los vas a irritar aún más? –preguntó Kathy–. Ya sabes lo que pasó cuando anduvimos de un lado a otro con el crucifijo.
–No, no, Kathy, esto es distinto. Sólo quiero saber si Harry es capaz de oler u oír algo.
–¿Y si así fuera? ¿Qué haríamos en ese caso?
El perro, siempre en actitud agresiva, tenía que estar sujeto. Harry era muy vigoroso y George debía hacer mucha fuerza para que el perro no lo arrastrara.
–Vamos, muchacho –dijo–. ¡A ver si hueles algo! Y salieron en dirección al sótano.
George quitó la cadena del collar de Harry, que dio un salto. El perro dio una vuelta a todo el recinto, olfateando y arañando algunos puntos junto al zócalo. Cuando llegó a los placards de depósito que ocultaban el cuarto rojo, Harry volvió a olfatear la base del tabique. No bien lo hizo metió la cola entre las patas y se echó al suelo, gimoteó y volvió la cabeza hacia George.
–¿Qué ocurre, Harry? –preguntó George–. ¿Has olido algo?
El gimoteo de Harry se intensificó y el animal empezó a arrastrarse y retroceder. Esperó arriba, temblando, hasta que George llegó y le abrió la puerta.
–¿Qué pasó? –preguntó Kathy.
–Harry tiene miedo de acercarse al escondrijo secreto –dijo George. No volvió a ponerle la cadena y atravesó con él la cocina, el comedor, la sala y el porche. El perro se fue reanimando y volvió a olfatear nerviosamente cuarto tras cuarto. Pero cuando George intentó ir con él arriba, Harry se retrajo y no quiso moverse del primer escalón de la escalera.
–Vamos –dijo George, tratando de animarlo–. ¿Qué te pasa?
El perro puso una pata en el segundo escalón, pero ahí se quedó.
–¡Yo puedo hacer que suba! –gritó Danny–. ¡A mí me va a seguir!
El niño se acercó al perro y le hizo una seña. –No, Danny –dijo George–. Tú te quedas aquí. Yo me ocuparé de Harry.
George se agachó y tiró del collar del perro. Harry se movió de mala gana y luego subió los escalones.
El perro anduvo por todos lados del dormitorio principal y el cuarto de vestir. Tan sólo se retrajo al acercarse al cuarto de Missy. George agarró al perro por las ancas y lo empujó, pero el animal no quiso entrar al cuarto. Harry se comportó del mismo modo frente al cuarto de vestir clausurado. Gimoteando y llorando de miedo, Harry trató de refugiarse detrás de George.
–¡Maldición, Harry! –dijo–. ¡Aquí no hay nadie! ¿Qué mosca te ha picado?
Tan pronto como Harry entró al dormitorio de los varones en el último piso, saltó sobre la cama de Chris. George lo hizo bajar. El perro, echado del cuarto, enderezó hacia las escaleras y pasó junto al cuarto de juegos sin dedicarle ni una sola mirada. George no logró alcanzarlo.
George, a la zaga de Harry, llegó abajo.
–¿Qué ha pasado? –preguntó Kathy.
–Nada ha pasado: eso es lo que ha pasado –dijo él.

El padre Mancuso confirmó su cita con el obispo. El prelado telefoneó personalmente y sugirió que, si el sacerdote se sentía con fuerzas para viajar, él podía verlo en la diócesis de Rockville Center a la mañana siguiente.
El padre Mancuso contestó que sólo estaba a una distancia de quince minutos y que su temperatura era normal ahora. Aunque habían pronosticado fuertes vientos, la temperatura habría de mantenerse por encima del punto de congelación, según se anunció. El padre Mancuso dijo a su superior que todo parecía ser favorable para su asistencia a la cita el día siguiente.

En casa de los Lutz, al terminar el día, la familia en pleno se había reunido en el dormitorio principal. Los tres niños estaban en la cama y George y Kathy se habían sentado en unas sillas, junto a las ventanas deterioradas. El cuarto estaba ahora demasiado caldeado y a todos les picaban los ojos. George y Kathy pensaron que era por cansancio. Uno tras otro se fueron quedando dormidos: primero Missy, después Chris, Danny, Kathy y, por último, George. En un plazo de diez minutos, todo el mundo quedó profundamente dormido.
Pero muy pronto un brusco sacudón de Kathy despertó a George. Su mujer y los niños estaban frente a él y tenían los ojos cuajados de lágrimas.
¿Qué pasa? –murmuró con voz soñolienta.
–¡Estabas gritando, George! –dijo Kathy–. ¡Y no te podíamos despertar!
–¡Sí, papá! –gritó Missy–. ¡Hiciste llorar a mamá! George, no del todo despierto, como si hubiera tomado alguna droga, se sintió muy desconcertado.
–¿Te hice daño, Kathy?
–¡Oh, no, querido! –protestó Kathy–. ¡Ni siquiera me has tocado!
–Entonces... ¿qué ocurrió?
Te pusiste a gritar: "¡Me deshago! ¡Me deshago!" ¡Y no podíamos despertarte!


XXIII
12 de enero

George no podía entender. ¿Por qué Kathy había dicho que él gritaba: "¡Me deshago!" El sabía perfectamente bien lo que había dicho: "¡Me despego!"
Y ahora recordó que había estado en la silla y había sentido de repente que una poderosa fuerza levantaba la silla junto con él y lo hacía girar lentamente. Incapaz de moverse, George vio la figura encapuchada vista por primera vez en la chimenea de la sala que lo miraba fijamente con la mitad de la cara deshecha. Los rasgos atrozmente desfigurados se aclararon ante George. "¡Dios me ayude!" gritó. Y vio que su propia cara emergía del capuchón blanco y que estaba hendida en dos. "¡Me despego! ¡Me estoy despegando!", gritó George.
En la actualidad George recuerda, todavía vagamente, que empezó a discutir con Kathy.
–Sé lo que dije –murmuró–. ¡No me digas lo que yo dije!
Los otros no insistieron. "Aún sigue dormido, pensó Kathy, y está en medio de un mal sueño."
–Todo está bien, George –dijo ella dulcemente–, no dijiste nada de eso.
Y llevó la cabeza de él hasta su pecho.
–Papá –dijo Missy–, ven a mi cuarto, Jodie dice que quiere hablar contigo.
La vivacidad del tono de voz de su hija quebró el encantamiento. George se despertó, dio un salto y casi se llevó a Kathy por delante.
–¿Jodie? ¿Quién es Jodie?
–Es el amigo de ella –contestó Kathy–. Ya sabes... Missy imagina personajes. A Jodie no lo puedes ver.
–¡Oh, sí, mamá! –dijo Missy–. ¡Todo el tiempo lo estoy viendo! ¡Es el cerdo más grande que hay! Y Missy salió trotando del cuarto.
George y Kathy cambiaron una mirada.
–¿Un cerdo? –preguntó él. Y la misma idea se les ocurrió a los dos a la vez. "¡El cerdo está en el dormitorio de Missy!" George corrió detrás de Missy.
–¡Quédense aquí! –gritó a Kathy y a los muchachos.
Missy estaba ya subiéndose a la cama cuando George se paró en el umbral de su puerta y no vio ni a Jodie ni a nada que se pareciera a un cerdo. –¿Dónde anda ese Jodie? –preguntó a Missy. –Ya va a venir –contestó la niña, arropándose con las frazadas–. Tuvo que irse un minuto.
George suspiró. Después del extraño sueño con la figura encapuchada, había esperado lo peor al oír la palabra "cerdo". Sintió rígido el pescuezo y lo hizo girar, tratando de aliviar la sensación de endurecimiento.
–¡Todo en orden! –gritó a Kathy–. ¡Jodie no está aquí!
–¡Allí está, papá!
George miró a Missy. Ésta señalaba una de las ventanas con un dedo. Siguió la dirección del dedo de su hija y se sobresaltó. Desde el cristal de una de las ventanas lo estaban mirando dos relampagueantes ojos rojos. No había cara: ¡nada más que los mezquinos ojillos de un cerdo!
–¡Ese es Jodie! –gritó Missy–. ¡Quiere entrar aquí!
Algo pasó junto a George, por el lado izquierdo. Era Kathy, que se había puesto a gritar con una voz aterrorizada. Al acercarse a la ventana, Kathy levantó una de las sillitas de juguete de Missy y la arrojó contra el par de ojos. El golpe hizo trizas el cristal y los añicos cayeron encima de ella.
Se oyó un grito de dolor animal, un hondo gemido... ¡y los ojos desaparecieron!
George corrió hasta lo que quedaba de la ventana del primer piso y miró hacia afuera. Debajo no vio nada, pero seguía oyendo el alarido, que venía al parecer del desembarcadero. Luego un gemido de Kathy llamó la atención de George, que se volvió hacia su mujer.
La cara de Kathy era aterradora. Los ojos estaban despavoridos, la boca torcida y contraída. Trataba de articular con voz sofocada algunas palabras y, finalmente, soltó: "¡Ha estado aquí todo el tiempo! ¡Quise matarlo! ¡Quise matarlo!" Y todo su cuerpo se desplomó.
George levantó en brazos a su mujer, en silencio, y la llevó al dormitorio, seguido de Danny y de Chris. Tan sólo Chris vio a su hermanita salir de la cama, ir hasta la ventana rota y hacer un saludo. Missy se volvió tan sólo cuando George la llamó para que fuera a su dormitorio.

Por la mañana, mientras George y Kathy todavía estaban dormitando en sus sillas y los niños dormían en la cama grande, el padre Mancuso se vistió y enfiló hacia Rockville Center.
El sacerdote tiritaba en el frío y penetrante aire matinal. El padre Mancuso no había salido muchas veces desde comienzos del invierno y después de manejar unas cuadras se sintió un poco mareado. Y también agradecido cuando el secretario del obispo le ofreció una taza de té. El joven sacerdote había hablado muchas veces con el padre Mancuso y había admirado la capacidad jurídica de su colega. Los dos hombres charlaron hasta que el obispo tocó el timbre.
La entrevista fue breve, demasiado breve para lo que tenía pensado el padre Mancuso. El obispo, un venerable anciano de cabellos blancos, era un moralista de reputación nacional. Tenía sobre su escritorio los antecedentes del caso Lutz, que los capellanes le habían pasado. Para sorpresa del padre Mancuso, el obispo había adoptado una actitud cautelosa y llena de reticencias ante el informe.
En un punto el obispo se mostró muy firme: el sacerdote debía disociarse de los Lutz. Él ya había elegido otro hombre de iglesia que habría de continuar con la investigación.
El padre Mancuso no tenía nada que decir a esto.
–Tal vez convendría que usted consultara a un psiquiatra.
Al padre Mancuso no le gustó oír esto.
–Lo consultaré en caso de que pueda elegirlo. El obispo notó el desagrado de su visitante y puso más afabilidad en su voz.
–Oígame una cosa, Frank– dijo–. Estoy actuando así por su bien. Usted está obsesionado con esa idea de las influencias diabólicas. Yo tengo la impresión de que buena parte de esto lo tiene a usted como punto central. Tal vez sea así, tal vez no lo sea.
El obispo se puso de pie, circundó el escritorio hasta la silla en que estaba el padre Mancuso y le puso una mano en el hombro.
–Debe usted dejar que otro hombre soporte esta carga –dijo–. Su salud está sufriendo las consecuencias. Hay aquí demasiadas cosas que yo quiero que usted haga. No lo quiero perder. ¿Me entiende, padre?

La mañana del lunes, Kathy estaba decidida a que Danny y Chris reanudaran sus clases en la escuela. Aunque al borde de un colapso en lo que a sí misma se refería, Kathy lograba endurecerse al concentrarse en sus deberes de madre. Mientras George dormía, despertó a los varones, les dio el desayuno y salió con los tres en la camioneta.
George ya estaba levantado cuando Kathy regresó con Missy. Mientras tomaba el café con él, Kathy se dio cuenta de que su marido seguía con un aspecto de zombie aespués del incidente de la noche anterior. Por el momento, Kathy decidió que debía ser fuerte por los dos. Habló a su marido en términos normales y le recordó que había que arreglar la ventana rota en el dormitorio de Missy. Más adelante habría tiempo para tratar el punto esencial: irse de la casa.
George acababa de clavar unos pedazos de madera prensada en el marco de la ventana rota para proteger al cuarto de las inclemencias del tiempo cuando Kathy llamó desde la cocina, anunciándole que telefoneaban de la oficina de Syosset y preguntaban por él. El contador de la compañía recordó a George que el agente de réditos debía pasar a mediodía. Como George no quería dejar la casa, pidió al contador que se las arreglara solo en la emergencia, pero el hombre se negó. La responsabilidad de decidir la forma en que debían pagarse los impuestos correspondía a George. Y George vaciló con la certeza de que iba a ocurrir algo si él se iba de la casa, pero Kathy le hizo señas de que debía aceptar.
Cuando él cortó, Kathy le dijo que la ausencia no debía prolongarse demasiado. Ella y Missy se las arreglarían muy bien solas. Kathy iba a llamar a un vidriero de Amityville para que compusiera los vidrios de la ventana de Missy y de las otras ventanas. George aceptó dócilmente el consejo de su mujer y partió hacia Syosset. Ninguno de los dos mencionó el nombre de Jodie.
Mientras Kathy daba de almorzar a Missy, George Kekoris telefoneó para excusarse por no haber podido llegar a la hora convenida. Según dijo, creía haber pescado una gripe en Buffalo. El ataque gripal de Kekoris lo había forzado a cancelar todas las citas hechas por cuenta del Instituto de Investigaciones. De todos modos, estaba seguro de estar bien al día siguiente y sus intenciones eran pasar por la casa de los Lutz el miércoles por la noche.
Kathy escuchaba distraídamente sus explicaciones, mientras contemplaba a Missy, que estaba comiendo. La niña parecía haber entablado una conversación secreta con alguien que estaba debajo de la mesa de la cocina. De cuando en cuando Missy llevaba la mano bajo la mesa para ofrecer una parte de su sandwich de jalea y manteca de maní. Al parecer, no advertía que su madre estaba siguiendo todos sus movimientos.
Desde el lugar que ocupaba, Kathy podía comprobar que bajo la mesa no había nada. Pero no quería preguntarle a su hija por Jodie. Por último Kekoris terminó y Kathy cortó.
–Missy –dijo Kathy, sentándose a la mesa– ... ese Jodie, ¿es el ángel de quien siempre me hablas?
La niña, con la cara muy turbada, miró a su madre.
–¿No te acuerdas? –siguió diciendo Kathy–. Una vez me preguntaste si los ángeles hablaban. Los ojos de Missy se iluminaron.
–Sí, mamá –y cabeceó–, Jodie es un ángel: habla conmigo todo el tiempo.
–No entiendo. Tu has visto cuadros de ángeles. ¿No viste los que colgamos en el árbol de Navidad? Missy cabeceó de nuevo.
–¡Y dices que es un cerdo! Entonces, ¿cómo puede ser un ángel?
Las cejas de Missy se juntaron, como si hiciera un esfuerzo por pensar.
–El dice que lo es, mamá.
Y bajó la cabeza varias veces:
–Me lo ha dicho.
Kathy arrastró su silla, acercándose a Missy. –¿Qué dice cuando habla contigo?
Una vez más, la niña pareció turbada.
–Sabes muy bien lo que te estoy preguntando, Missy –dijo Kathy, conminando a su hija–. ¿Tienes juegos con él?
–¡Oh, no! –Missy meneó la cabeza–. Me habla del niño que vivía antes en mi cuarto.
Missy miró en derredor, a fin de ver si alguien estaba escuchando.
–Ese niño murió, mamá –dijo en voz baja–; ese niño se enfermó y murió.
–Ya veo –dijo Kathy– y ¿qué más te dijo? La niña reflexionó un instante.
–Anoche me dijo que va a vivir aquí siempre y así voy a poder jugar con ese niño.
Horrorizada, Kathy se llevó los dedos a la boca para sofocar un grito.

La entrevista de George con el inspector de réditos no fue feliz. El hombre desautorizó todas las deducciones hechas y la única esperanza de George radicaba ahora en la apelación que, según el agente, tenía derecho a iniciar. Por lo menos, esto era un aplazamiento. Cuando el hombre se fue, George llamó a Kathy para decirle que pasaría por la escuela a recoger a los muchachos.
Cuando llegó, después de las tres, Kathy y Missy ya estaban con los abrigos puestos.
–No te quites nada, George –dijo ella–. Vamos en seguida a casa de mi madre.
George y los dos chicos la miraron.
–¿Qué ha pasado? –preguntó George.
–Jodie le dijo a Missy que él es un ángel: eso es lo qué ha pasado.
Empujó a los chicos fuera del cuarto.
–Nos vamos de aquí.
George levantó los brazos.
–¡Un momento, un momento! Supongo que puedes esperar un momento, ¿no? Cuando me dices que es un ángel, ¿qué me quieres decir?
Kathy miró a su hija.
–Missy, dile a tu padre lo que te ha dicho el cerdo.
La niña cabeceó afirmativamente.
–Me dijo que es un ángel, papá. Me lo dijo.
George iba a hacer otra pregunta a su hija cuando fue interrumpido por un ladrido estridente que venía del fondo.
–¡Harry! –gritó–. ¡Nos habíamos olvidado de Harry!
Cuando George y los otros llegaron al embarcadero, Harry estaba ladrando furiosamente, daba vueltas como enloquecido por su corralito y se paraba, sobresaltado, cada vez que llegaba al fin de su cadena de acero.
–¿Qué te pasa, amigo? –dijo George, palmeando el pescuezo del perro– ¿Hay alguien en el embarcadero?
Harry se alejó del alcance de George.
–¡No entres ahí! –gritó Kathy–. ¡Por favor! ¡Vámonos en seguida de aquí!
George vaciló, luego se inclinó y soltó la cadena del collar de Harry. El perro dio un salto hacia adelante, emitiendo un feroz gruñido, y salió corriendo por su puerta. La puerta del embarcadero estaba cerrada y lo más que Harry podía hacer era golpearse contra ella. Una vez más reinició sus estridentes ladridos.
George ya se disponía a quitar el candado a la puerta y abrirla. Pero en ese momento Danny y Chris se le adelantaron, saltaron sobre Harry e hicieron que no se moviera.
–¡No dejes que entre ahí! –gritó Danny–. ¡Lo van a matar!
George asió el collar de Harry y forzó al perro a adoptar la posición echada.
–¡No tengas miedo! –dijo Chris, como tratando de calmar al poderoso animal, muy asustado–. ¡No tengas miedo!
Pero Harry seguía temiendo.
–¡Llevémoslo a la casa! –dijo George, jadeando–. ¡Se va a tranquilizar cuando no vea el embarcadero!
Mientras George y los muchachos llevaban a Harry a la casa, un camión llegó por la senda de entrada. George vio que era un vidriero. Él y Kathy se miraron.
–¡Dios mío! –exclamó Kathy–. ¡Me arrepiento de haberlo llamado!
Ni él ni ella habían esperado tanta celeridad.
La cara chata y el acento espeso revelaban el origen eslavo del hombre.
–Supuse que querían en seguida la compostura–dijo– ... dado este tiempo horrible que tenemos. Sí ... –dijo, abriendo las puertas traseras del camión– lo mejor es arreglar en seguida. Con este tiempo, si los muebles se les mojan, les va a costar más plata.
–Está bien –dijo George–. Entre y le mostraré las ventanas que hay que componer.
–Fue el vendaval de la otra noche... ¿no? –preguntó el hombre.
–Si, el viento –contestó George.
Eran casi las seis de la tarde cuando el hombre terminó. Cuando los nuevos cristales quedaron libres de masilla, el hombre retrocedió para admirar su obra.
–Lo siento –dijo a George– no pude arreglar la ventana en el cuarto de la niña. Tienen que llamar a un carpintero antes. Llámelo y después vengo yo. ¿De acuerdo?
–De acuerdo –dijo George–. Lo llamarémos y después vendrá usted.
Metió una mano en el bolsillo del pantalón. –¿Cuánto le debo?
–¡No, no! –protestó el hombre–. ¡Nada de dinero ahora! Usted es un vecino. Le mandamos la cuenta... ¿de acuerdo?
–De acuerdo –dijo George, aliviado: su dinero al contado no abundaba en ese momento.
De algún modo la afabilidad del vidriero dejó una huella en el ánimo de la pareja esa noche. Cuando el hombre se fue, Kathy, que había estado sentada en la cocina con el abrigo puesto mientras él trabajaba, se levantó de repente y se lo quitó. Sin decir una palabra a George, empezó a preparar la comida.
–No tengo mucho apetito –dijo George–. Con un sandwich caliente de queso me basta y sobra.
Kathy sacó de la heladera carne picada para ella y los niños. Mientras preparaba la comida, quiso que Danny y Chris estuvieran junto a ella en la cocina, insistiendo en que hicieran sus deberes allí mismo. Missy se sentó en el cuarto de estar con George y se puso a mirar la pantalla de televisión, mientras su padre encendíá un fuego en la chimenea.
El vidriero les había dado exactamente la seguridad que necesitaban. Después de todo, nada le había ocurrido a él mientras estuvo en el cuarto de juegos o el cuarto de vestir. Los Lutz comprendieron que tal vez sus imaginaciones estaban sobrexcitadas, que eran presa de pánico. Por el momento dejaron de lado la idea de abandonar su casa.

El padre Mancuso era un hombre que despreciaba a los matasietes: hombres, animales o entidades desconocidas. El sacerdote sentía que la fuerza que se había apoderado del número 112 de Ocean Avenue se estaba propasando en los temores, que inspiraba a los Lutz y a él mismo. Antes de acostarse, la noche del martes, el padre Mancuso rezó para que esta fuerza maligna pudiera atender razones: debía enterarse que era descabellado lo que estaba haciendo. "¿Cómo era posible encontrar placer en el dolor?", se preguntaba el sacerdote. Él sabía que había una sola respuesta a esto: aquí estaba obrando un elemento demoníaco.
A fin de evitar los riesgos, George y Kathy decidieron que los niños habrían de dormir ahora en el dormitorio principal. Con Harry dentro, en el sótano, Danny, Chris y Missy fueron metidos en cama. George y Kathy trataron de estar tan cómodos como era posible: Kathy se tendió sobre dos sillas y George declaró que se sentía muy cómodo en una sola. Dijo a Kathy que tenía intenciones de estar despierto toda la noche y dormir por la mañana.
A las tres y cuarto George oyó la banda militar, que estaba tocando en el piso de abajo. Esta vez no bajó a ver. Se dijo a sí mismo que todo estaba en su cabeza y que, cuando bajara, no iba a ver absolutamente nada. De modo que siguió allí sentado, contemplando a Missy y a los niños, escuchando el ruido que hacían los músicos paseándose por el cuarto de estar y haciendo resonar cornetas y tambores con tanto descomedimiento que se los hubiera podido oír a un kilómetro de distancia. Ni Kathy ni los niños se despertaron mientras duró esta loca función.
Por último, George se quedó dormido en su silla, probablemente, porque Kathy se despertó al oirlo gritar: lanzaba aullidos en dos idiomas distintos, ¡idiomas que Kathy nunca había oído antes!
Kathy corrió hasta la silla en que estaba sentado su marido, del otro lado de la cama, y lo sacudió para despertarlo de su pesadilla.
George empezó a gruñir y, cuando Kathy lo tocó, gritó con una voz que no era la suya:
–¡Está en el cuarto de Chris! ¡Está en el cuarto de Chris! ¡Está en el cuarto de Chris!


XXIV
13 de enero

George está convencido ahora de que no estaba soñando. Desde el lugar en donde estaba, podía ver claramente –está seguro– hasta el dormitorio de los varones en el último piso. Y había visto una figura nebulosa que se aproximaba a la cama de Chris.
George había intentado correr junto a la cama de su hijo y tomarlo en sus brazos para defenderlo de la forma amenazadora. ¡Pero George no había podido levantarse de la silla! Una mano firme se había apoyado en sus hombros y lo había clavado al asiento. Era una lucha que –George sabía– no podía ser ganada.
La sombra revoloteó sobre Chris. George, ya sin fuerza, gritó: "¡Está en el cuarto de Chris!" Pero nadie lo oyó.
–¡Está en el cuarto de Chris! –repitió. Entonces la presión que sentía sobre sus hombros se aflojó y lo empujaron. Los brazos quedaron libres y pudo ver a Chris fuera de la cama, envuelto por la forma oscura.
George agitó las manos y gritó una vez más: "¡Está en el cuarto de Chris!" Y sintió otro empujón violento.
–¡George!
Sus ojos se abrieron de repente. Kathy estaba inclinada sobre él y lo sacudía.
¡George! ¡Despiértate!
George se levantó de un salto de su silla.
–¡Lo tiene a Chris! –aulló–. ¡Tengo que ir! Kathy lo agarró del brazo.
–¡No! ... –Hizo que retrocediera.– ¡Estás soñando! ¡Chris está ahí!
Kathy señaló la cama con la mano. Los tres niños estaban bajo las frazadas. Se habían despertado por los gritos de George y ahora estaban mirando a sus padres. George seguía perturbado.
–No estaba soñando, te digo –insistió–; vi que lo levantaba y ...
–No es posible –dijo Kathy– ha estado aquí, en la cama, todo el tiempo.
–No, mamá. Me había levantado un poco antes para ir al cuarto de baño –dijo Chris, incorporándose en la cama–. Tú y papá estaban dormidos.
–No te oí. ¿Usaste mi cuarto de baño? –preguntó Kathy.
–No. La puerta estaba cerrada con llave y tuve que ir arriba.
George fue al cuarto de baño: la puerta estaba cerrada con llave.
–¿Arriba? –preguntó Kathy.
–Sí –dijo Chris– pero me asusté.
–¿Por qué? –preguntó George.
–Porque podía ver a través del piso y te estaba viendo, papá.
Los Lutz siguieron despiertos el resto de la noche. Sólo Missy logró conciliar el sueño. Por la mañana, George llamó al padre Mancuso.

Unos minutos antes el padre Mancuso había tomado una resolución. La angustia que le inspiraban los hijos de los Lutz y los temores por la seguridad de ellos se impusieron a sus propios temores. El padre Mancuso tenía la impresión de haber actuado cobardemente desde hacía tiempo y resolvió ver de nuevo al obispo y solicitar su permiso pera entrevistarse con George.
Por primera vez en muchos días, se dio una ducha y ya se disponía a afeitarse. En el momento de enchufar la maquinita eléctrica, el padre Mancuso quedó con la boca abierta. Debajo de sus ojos tenía las mismas ojeras negras que había visto por primera vez en el espejo de la casa de su madre. En ese instante sonó el teléfono.
Aun antes de contestar, el sacerdote supo quién estaba llamando.
–¿Si... George? –dijo.
George estaba tan preocupado que no advirtió que el padre Mancuso se había adelantado a reconocerlo. George dijo que Kathy y él habían decidido seguir el consejo del capellán e iban abandonar la casa de Ocean Avenue. Iban a vivir en casa de su madre política hasta que George lograra poner en marcha la investigación. Había demasiados incidentes que afectaban ya a los niños y George pensó que, si seguía demorando su decisión. Danny, Chris y Missy podían verse en situaciones de serio peligro.
El sacerdote no preguntó cuáles eran esos incidentes, y tampoco mencionó la reaparición de las ojeras. Estuvo de acuerdo en que la seguridad de los niños era el punto más importante y que George obraba bien al irse.
–Deje usted que eso que está ahí se quede con el lugar –dijo– pero usted... ¡Váyase!

Danny y Chris no fueron esa mañana a la escuela de Amityville. Kathy hizo que se quedaran una vez más en casa, porque quería empaquetar a la brevedad posible. George dijo que habrían de irse en cuanto avisara a la policía que la familia se ausentaba por cierto tiempo. También quería que la policía tuviera el número de teléfono de la señora Connors por cualquier eventualidad. Pero cuando levantó el tubo del teléfono para marcar el número del departamento de policía, la línea estaba muerta. Cuando George dijo a Kathy que se había descompuesto el teléfono, ella se puso muy nerviosa y luego, sin recoger siquiera una muda de ropa, los hizo subir a la camioneta.
George subió con Harry del sótano y lo puso en la parte de atrás de la camioneta. Luego dio una vuelta a la casa para cerciorarse de que las puertas estaban cerradas con llave. Lo último que vio fue el embarcadero. Y después subió al volante de la camioneta. Abrió la llave del encendido, pero el motor no se puso en marcha.
–¿George? –preguntó la voz de Kathy, temblorosa– ¿qué ocurre?
–No es nada –dijo él– tenemos bastante nafta. Voy a echar un vistazo a la máquina.
Al bajar de la camioneta, miró hacia el cielo. Las nubes se habían puesto oscuras y amenazadoras. George sintió que se estaba levantando un viento frío. En el momento en que levantó el capot cayeron las primeras gotas de lluvia sobre el parabrisas.
George nunca logró saber exactamente qué había causado la obstrucción del motor. Una violenta ráfaga de viento llegó desde el río Amityville y el fondo de la casa cerrando ruidosamente el capot. George apenas logró ponerse a un lado para evitar la la caída de la cubierta cuando un rayo cayó a tierra detrás del garaje. El estruendo fue instantáneo, las nubes se abrieron y una espesa cortina de agua empapó a George.
George corrió hasta la puerta de entrada y la abrió.
–¡Entren! –gritó a su familia, que había subido a la camioneta. Kathy y los niños corrieron hasta la puerta abierta, pero cuando él consiguió cerrar la puerta detrás de ellos, todos estaban empapados. "Estamos atrapados", se dijo a sí mismo, sin atreverse a expresar su pensamiento en voz alta a Kathy. "No va a dejarnos ir".
La lluvia y el viento arreciaron y a la una de la tarde Amityville fue azotada por otra tormenta con vientos huracanados. A las tres de la tarde la electricidad quedó cortada; afortunadamente, la casa se mantuvo caldeada. George encendió la radio portátil en la cocina.
El informe meteorológico anunció seis grados bajo cero y dijo que estaba cayendo granizo sobre la totalidad de Long Island. Como el radar mostraba un sistema de presiones extremadamente bajas que cubría toda la zona metropolitana, la oficina no podía predecir la duración de la tormenta.
George se ocupó de componer como pudo la ventana rota de Missy, metiendo toallas en los espacios donde no había encaje en el marco, y finalmente clavó una frazada vieja que tapó todo el jambaje. Aún no había terminado y sus ropas secas, recién puestas, estaban de nuevo empapadas.
En la cocina George miró el termómetro colgado junto a la puerta de atrás. Marcaba veintiséis grados y la casa se estaba poniendo excesivamente caldeada. Él sabía que, suspendida la electricidad, el termostato del quemador de petróleo no podía funcionar. Pero cuando George miró de nuevo el termómetro, éste marcaba veintinueve grados.
Para refrescar la casa hubo que hacer entrar un poco de aire. Abrió un poco las ventanas del porche interior, el único cuarto que estaba de espaldas a la dirección de la tormenta.
A partir del momento en que estalló la tormenta, el cielo se oscureció y, pese a ser de día, Kathy había encendido unas velas. A las cuatro y media estaba instalada la noche en la casa de Ocean Avenue.
De cuando en cuando, Kathy levantaba el tubo del teléfono para ver si funcionaba de nuevo, pero lo hacía con pocas esperanzas: la tormenta no iba a dejar que las cuadrillas de trabajo salieran a hacer sus reparaciones. Los niños no estaban asustados en lo más mínimo por la oscuridad. Para ellos el accidente era una especie de fiesta, y empezaron a subir y bajar bulliciosamente las escaleras, jugando a las escondidas. Como los varones eran mucho más hábiles para esconderse, por lo general el "hallazgo" era Missy. Harry, muy contento, se unió a la algazara, y logró irritar a George al punto que éste le dio un coscorrón con un diario doblado. Harry huyó y se escondió detrás de Kathy.
A las seis de la tarde la tormenta no había amainado. Al parecer, toda el agua del mundo se precipitaba sobre los techos del número 112 de Ocean Avenue. Y dentro de la casa la temperatura alcanzaba los treinta y dos grados. George bajó al sótano para examinar el quemador de gasolina. Estaba en descanso pero no importaba: el calor continuaba aumentando en todos los cuartos, salvo el de Missy.
Desesperado, George decidió implorar a Dios. Con una vela en la mano, George empezó a pasar de un cuarto a otro, pidiéndole a Dios que echará de su casa a los que no formaban parte de ella. Se sintió levemente tranquilizado al comprobar que no había ninguna reacción siniestra ante sus plegarias.
George había retirado el candado de la puerta del cuarto de juegos cuando éste había quedado dañado en la primera tormenta. Ahora, al acercarse al cuarto recitando su oración, vio que la gelatina verde estaba allí de nuevo y fluía por un agujero de la puerta, derramándose sobre el piso del pasillo. George contempló el charco de sustancia gelatinosa que se extendía lentamente hacia las escaleras.
Arrancó los tablones clavados en las puertas y las abrió, esperando que iba a ver los cuartos llenos de la sustancia gelatinosa. ¡Pero la única fuente de esta sustancia, al parecer, era el agujero abierto en la puerta, donde había estado la cerradura!
George recogió unas toallas en el cuarto de baño del último piso y las metió en el agujero. Las toallas quedaron saturadas muy pronto, pero la gelatina dejó de fluir. Limpió la materia derramada en el pasillo, que había bajado incluso por los escalones. George no tenía intenciones de hablar a su mujer de este último descubrimiento.
Durante todo el tiempo en que su marido iba de un lado a otro de la casa, Kathy había estado sentada junto al teléfono. Había tratado de abrir un poco la puerta de la cocina para que entrara aire. Pero bastaba una simple rendija para que el agua de la lluvia se metiera, inundando el cuarto. Kathy empezó a sentirse soñolienta por culpa de la calefacción excesiva.
Cuando George volvió finalmente a la cocina, Kathy estaba casi dormida, con la cabeza descansando en los brazos sobre la mesa de desayuno de su rincón favorito. Kathy estaba empapada de sudor: cuando él la tocó, notó la nuca húmeda y, cuando trató de despertarla, ella levantó un poco la cabeza, murmuró algo que él no entendió y dejó caer de nuevo la cabeza entre los brazos.
George ya no tuvo necesidad de comprobar si la lluvia y la tormenta habían aumentado. Torrentes de agua seguían volcándose sobre la casa y, de algún modo, él supo que ellos no iban a poder abandonar la casa esa noche. Levantó a Kathy en sus brazos y la llevó al dormitorio, tomando nota de la hora en el reloj de la cocina: eran exactamente las ocho de la noche.
Por último, los treinta y dos grados de calor dieron cuenta de Danny, Chris y Missy. Los correteos por toda la casa a lo largo del día los habían dejado exhaustos, de tal modo que poco después de haber subido George con Kathy, los niños estaban dispuestos a meterse en cama. George se sorprendió al encontrarse con que el cuarto de los varones en el segundo piso estaba algo más fresco. Sabía que el aire calentado siempre sube, y justamente la temperatura es siempre más alta en el último piso.
Missy trepó soñolientamente a la cama, junto a Kathy, pero se negó a que la cubrieran con sábanas o frazadas. Antes de que George bajara de vuelta, ella y los muchachos ya se habían quedado dormidos.
George y Harry estaban ahora solos en el cuarto de estar. Pero esta vez el perro no parecía dispuesto a dormir y seguía con la vista todos los movimientos de su amo. Éste también padecía los efectos del excesivo calor. Cuando George se levantaba de su silla para ir al otro cuarto, Harry no lo seguía y permanecía estirado junto a la rendija respirando el aire fresco que entraba por las ventanas.
George pensó en bajar a ver si el motor de la camioneta se encendía ahora. El vehículo seguía estacionado en la senda de entrada y George calculaba que, a esta altura, el motor debía estar mojado. Pero el factor inhibitorio decisivo era la sospecha de George: "una vez afuera, ya no podré volver a entrar en la casa". Algo dentro de él le decía que no iba a abrir de nuevo la puerta del frente o la de la cocina.
De repente, a las diez de la noche, la temperatura de treinta y dos grados empezó a bajar. Harry fue el primero en notarlo: se incorporó, husmeó el aire, marchó hacia la chimenea apagada, junto a la cual estaba sentado George, y emitió un gemido. El patético sonido interrumpió los pensamientos del amo, concentrados en su camioneta. George tuvo un escalofrío. Había habido un gran bajón en la temperatura de la casa.
Media hora más tarde, el termómetro estaba en los quince grados. George fue al sótano a buscar leños. Harry marchó detrás de él hasta la puerta del sótano, pero no quiso bajar los escalones con George y se quedó en el rellano, girando continuamente la cabeza para ver si alguien venía detrás de él.
George utilizó su linterna para escudriñar todos los rincones del sótano, pero no vio señales de nada desusado. Con unos cuantos leños entre los brazos, George volvió a subir las escaleras e intentó telefonear desde la cocina. La línea seguía muerta. Ya se disponía a encender el fuego en la chimenea cuando creyó oír un grito de Missy.
Al entrar a su dormitorio vio a la niña, que estaba tiritando: se había olvidado de cubrirla en el momento en que la temperatura había empezado a bajar. Kathy, boca abajo, dormía como una persona intoxicada, sin moverse ni revolverse en la cama. George también arropó el cuerpo enfriado de su mujer.
Finalmente, al volver al cuarto de estar, decidió que no iba a encender la chimenea. Quería estar con las manos libres para vigilar junto a Kathy y los niños. "Es mejor, pensó, que esta noche esté preparado para cualquier eventualidad." Puso a Harry el collar con la larga cadena de metal y lo llevó al dormitorio principal. Dejó la puerta abierta, pero midió la cadena suelta en forma de que Harry pudiera bloquear la entrada. George se quitó los zapatos y, sin desvestirse, se deslizó dentro de la cama, junto a Missy y Kathy, pero no se echó a dormir, sino que se sentó, apoyando la espalda en la cabecera.
A la una de la mañana, George sintió que empezaba a congelarse. Los ruidos de la tormenta que se había desatado le indicaban que no había esperanzas de que el calefactor produjera calor esa noche. Y se puso a llorar silenciosamente, pensando en el horrible aprieto en que se habían metido él y su familia. En este instante comprendió que debía haber huido de la casa cuando el padre Mancuso se lo había recomendado. "¡Dios mío, Dios mío! ¡Ayúdanos!" dijo con voz velada.
De repente, Kathy levantó la cabeza. Mientras él la contemplaba, bajó de la cama y se volvió para verse en el espejo de la pared. A la luz del velador, George pudo ver que Kathy tenía los ojos abiertos, pero se dio cuenta de que estaba dormida.
Después de fijar un instante la mirada en su reflejo, Kathy se dirigió a la puerta. Pero se detuvo al topar con un obstáculo: Harry, profundamente dormido, estaba echado a lo largo, cerrándole el paso.
George saltó de la cama y asió a su mujer. Kathy lo miró con ojos que no veían. George pensó que su mujer estaba en un trance.
–¡Kathy! –gritó–. ¡Despiértate!
George la sacudió, pero no hubo ninguna reacción. Luego los ojos se cerraron. Sintió que el cuerpo de Kathy se aflojaba entre sus brazos y, suavemente, la fue llevando, casi levantándola, de vuelta a la cama. Empezó por hacerla sentar, luego le estiró las piernas para que estuviera en posición horizontal. El estado de trance parecía afectar a todo el cuerpo. Al contacto, era una muñeca de trapo.
George notó que Missy, en medio de la cama, había dormido sin parar durante todo el episodio. Pero luego su atención fue atraída por un movimiento que percibió en el umbral. Vio que Harry hacía un esfuerzo por incorporarse, se sacudió violentamente y empezaba a vomitar. El perro vomitó por todo el piso, siguió haciendo arcadas y tratando de arrojar algo que parecía atascado en su garganta. La cadena restringía sus movimientos y el pobre animal se enredaba aún más a cada esfuerzo por liberarse.
El olor del vómito suscitó arcadas en George. Corrió al cuarto de baño, bebió un sorbo de agua, respiró hondamente y salió provisto de unos trapos. Después de limpiar el piso, dejó al perro suelto. Harry miró a George, agitó varias veces la cola y se echó luego sobre el piso del pasillo, cerrando los ojos. "Ahora ya no estás tan mal", farfulló George con voz inaudible.
Se puso a escuchar, pero todo estaba tranquilo ahora en la casa: demasiado tranquilo. Al cabo de unos instantes, George se dio cuenta de que la tormenta había cesado. Ya no había lluvia ni viento. La quietud era tan completa que parecía que alguien hubiera cerrado los grifos abiertos en una pileta. Había un vacío de silencio en la casa de Ocean Avenue.
Al irse la tormenta, la temperatura empezó a descender y, en poco tiempo, la casa estaba helada. George sentía que su dormitorio estaba más frío que nunca. Enteramente vestido, se metió bajo las cobijas.
Por encima de su cabeza oyó un ruido. Levantó la mirada y escuchó. Algo parecía estar rascando el piso del dormitorio de los chicos. El ruido se intensificó y George pudo advertir que el movimiento era ahora más rápido. ¡Si, las camas de los chicos eran arrastradas de un lado a otro!
George logró tirar las frazadas, pero no pudo levantar su cuerpo de la cama. Ahora no había presión, como la había habido antes, en el momento de sentarse en la silla del dormitorio. ¡Sencillamente, George no tenía fuerzas suficientes para moverse!
Y ahora oyó que los cajones del ropero empezaban a abrirse y a cerrarse. Como había dejado una vela encendida en la mesa de noche, pudo ver que los cajones se abrían y cerraban a toda velocidad. Un cajón se abría de repente, luego otro; después, el primero se cerraba estruendosamente. Lágrimas de frustración y de miedo inundaron los ojos de George.
Casi inmediatamente después de esto, hubo voces. Las podía oír en la planta baja, pero no logró distinguir qué estaban diciendo. Sólo notó que era el ruido que hace cierta cantidad de gente reunida en una sala. La cabeza de George empezó a darle vueltas en el momento en que intentó tocar a Missy y a Kathy.
Luego la banda militar inició unos aires y la música ahogó las voces ininteligibles. George pensó que estaba en un manicomio. Podía oír distintamente a los músicos que desfilaban por toda la planta baja, las primeras pisadas de las personas que empezaban a subir las escaleras.
Al llegar a este punto, George intentó gritar, pero de su garganta no salió ningún sonido. Su cuerpo se agitó y pudo sentir la tensión en los músculos de la nuca cuando intentaba vanamente levantar la cabeza de la almohada. Por último abandonó el intento, dándose cuenta de que el colchón estaba empapado.
Las camas del piso de arriba estaban haciendo un ruido de todos los diablos y los cajones del ropero de su cuarto se cerraban y abrían violentamente, mientras los músicos de la banda subían los escalones hacia el primer piso. Y esto no era todo. Pese al ruido, ¡George pudo oír ahora que, las puertas de toda la casa empezaban a abrirse y cerrarse a tambor batiente!
Vio que la puerta del dormitorio se balanceaba locamente, como si alguien la estuviera agitando con fuerza y luego la cerrara de un portazo. También pudo ver que Harry se había echado afuera, en el pasillo, enteramente indiferente al tumulto. "O a este perro le han dado un droga, pensó George, ¡o el que se está volviendo loco soy yo!"
Un relámpago deslumbrador, tremendo, iluminó el dormitorio. George oyó que el rayo golpeaba estruendosamente algún objeto que estaba afuera, muy cerca. Luego se oyó un golpe descomunal, que hizo temblar a toda la casa. Había vuelto la tormenta, con torrentes de lluvia y viento que castigaban la casa de Ocean Avenue desde el techo hasta los pisos.
George siguió tendido, jadeante, mientras el corazón le golpeaba ruidosamente en el pecho. Esperaba, sabía que algo habría de pasar. ¡Entonces George emitió un grito horrible y sofocado! ¡Junto a él, en la cama, había alguien!
¡Sintió que lo estaban pisoteando! Unas patas fuertes, pesadas se apoyaron sobre sus piernas y su cuerpo.
Podía sentir el dolor de los golpes. "Dios mío, pensó ¡Son cascos! ¡Es un animal!"
George debe de haberse desmayado del susto, porque lo primero que recuerda ahora es la imagen de Danny y Chris, parados junto a su cama.
–¡Papá, papá, despiértate! –gritaban–. ¡Hay algo en nuestro cuarto!
Él parpadeó. Pudo divisar una luz afuera. La tormenta había cesado. Los cajones del ropero estaban todos abiertos y sus dos hijos lo instaban a que se levantara.
¡Missy! ¡Kathy! George se volvió a mirarlas. Las dos estaban cerca de él y profundamente dormidas. Se volvió hacia los muchachos, que se esforzaban por arrancarlo de la cama.
–¿Qué ocurre? –preguntó–. ¿Qué hay en vuestro cuarto?
–¡Hay un monstruo! –gritó Danny–. ¡Un monstruo sin cara!
–¡Trató de agarrarnos! –dijo Chris–. ¡Pero nos escapamos! ¡Ven, papá, levántate!
George lo intentó. Casi logró levantar la cabeza de la almohada en el instante en que oyó los ladridos furiosos de Harry. George miró por encima de los muchachos hacia el pasillo abierto. El perro se había parado allí y gruñía y amenazaba junto a la escalera. A pesar de no estar encadenado, Harry no había enderezado hacia las escaleras, sino que permanecía en el pasillo, con los dientes descubiertos, ladrando contra algo o alguien que George no podía ver desde su posición en la cama.
Con un tremendo esfuerzo de voluntad, George logró finalmente levantar su cuerpo del colchón, y lo hizo con tanta brusquedad que se llevó por delante a Danny y a Chris. Luego corrió hasta la puerta abierta y echó una mirada a los escalones.
En el último escalón estaba parada una figura gigantesca, vestida de blanco. George se dio cuenta que era la imagen encapuchada que Kathy había visto por primera vez en la chimenea. ¡Y ese ser tenía una mano tendida hacia él, señalándolo!
George giró sobre sus talones y corrió de vuelta a su dormitorio, levantó a Missy y la puso en brazos de Danny.
–¡Sácala de aquí! –gritó–. ¡Tú, ve con ellos, Chris! Luego se inclinó sobre Kathy y la levantó de la cama.
–¡Pronto! –gritó George detrás de los muchachos. Y en seguida salió corriendo también él del cuarto, con Harry a la zaga.
En la planta baja, George vio que la puerta de entrada estaba abierta: había sido nuevamente arrancada de sus quicios, rota por alguna fuerza poderosa.
Danny, Chris y Missy estaban fuera. La niña, que tan sólo ahora se estaba despertando, se agitaba entre los brazos de su hermano. Y, como no sabía dónde estaba, empezó a llorar de miedo.
George corrió en dirección a la camioneta. Puso a Kathy en el asiento delantero y luego ayudó a los niños a entrar en la parte de atrás. Harry saltó dentro también y George cerró la portezuela del lado de Kathy. Luego fue por el otro lado del vehículo, subió al asiento y oró.
Abrió la llave del motor, que se puso en marcha inmediatamente.
Haciendo crepitar el pedregullo mojado, George fue saliendo de la senda de entrada. Al llegar a la calle patinó, giró el volante y abrió el cebador de la nafta al mismo tiempo. La camioneta vaciló un instante y en seguida las cuatro llantas se movieron y por los escapes salió humo. Al cabo de un intento, la camioneta avanzaba por Ocean Avenue.
Mientras marchaba hacia su refugio. George echó una mirada al visor lateral. Su casa se iba perdiendo rápidamente de vista. "¡Gracias a Dios!", murmuró para sí mismo. "¡Ya nunca te volveré a ver, maldita!"
Eran las siete de la mañana del 14 de enero de 1976, el vigésimo octavo día de la estadía de la familia Lutz en el número 112 de Ocean Avenue.


XXV
15 de enero


Esa mañana, en el mismo instante en que los Lutz huían de su casa, el padre Mancuso tomaba la decisión de irse de la ciudad.
Esperó hasta las once, porque entonces eran las ocho en San Francisco y no quería despertar a su primo con una llamada telefónica intempestiva. El sacerdote anunció que iba a California a tomarse unas vacaciones y que partiría dentro de uno o dos días, probablemente el 16 de enero.
El padre Mancuso colgó el auricular, sintiéndose aliviado. Era la primera medida positiva que había tomado desde hacía semanas. El sacerdote pensaba que una semana bajo el sol de California iba a hacer bien a su estado físico agotado y tal vez lograría curarse de la gripe que se había instalado en su organismo. ¡Que los diabólicos poderes que reinaban en el número 112 de Ocean Avenue se quedaran con la casa y el crudo invierno neoyorquino!
El sacerdote llamo a su oficina en la diócesis de Rockville Center para dar cuenta de sus planes. Había que aplazar las asistencias a la Corte para después del 30 de enero. Por su parte, él se iba a poner en contacto directo con sus pacientes para fijar nuevas horas con ellos.
A medida que avanzaba la mañana el sacerdote se iba sintiendo mejor. Tenía muchas cosas que hacer antes de partir y todos los pensamientos que suscitaba la familia Lutz fueron puestos de lado. Pero a las cuatro de la tarde llamó George Lutz desde la casa de su suegra en East Babylon. Lutz quería informar al padre Mancuso que él, Kathy y los niños iban a seguir allí mientras se realizaran las investigaciones científicas en la casa de Amityville.
–Me parece muy bien, George –dijo el padre Mancuso–, pero esté usted atento a todo lo que pasa en su casa. No deje que conviertan al caso en un número de circo.
–¡Oh, no, padre, no! –contestó George–. No queremos que la gente se entrometa en el lugar. Hemos dejado allí todas nuestras cosas. Nadie podrá entrar a menos que yo lo autorice.
–Está bien –dijo el sacerdote–. Bueno... Siga usted en contacto con los parapsicólogos. Los capellanes opinan que estas personas son las más indicadas cuando se presenta una situación como ésta.
–Sólo hay una cosa –dijo George, interrumpiendo– ... ¿si ellos no encuentran las respuestas?... Y, padre, después de la última noche, no creo francamente que las encuentren. Entonces... ¿qué va a pasar?
El padre Mancuso dejó escapar una bocanada de aire.
–¿Después de la última noche? ¿A qué se refiere usted? ¡No me diga que volvió a pasar allí la noche! Hubo un silencio. Por último George contestó: –No nos dejaba ir. Hasta esta mañana no nos pudimos escapar.
El padre Mancuso sintió que las palmas de sus manos empezaban a picarle. Se miró la mano izquierda: empezaba a ampollarse. "¡Oh, no!, pensó. Dios inío. Dios mío, ¡de nuevo no, de nuevo no! ¡Basta!"
Sin decir una palabra más a George, el sacerdote cortó. Y cruzando los brazos, se metió las manos en los sobacos, tratando de protegérselas. Empezó a balancearse sobre los talones. "Por favor, por favor, imploró, dejadme en paz. Os prometo que no volveré a hablar con él".
George no pudo entender por qué razón el padre Mancuso había colgarlo de golpe. Al oír que ellos se habían ido ya de la casa, el sacerdote habría tenido que alegrarse. George quedó con el receptor en la mano, mirándolo. "Al fin de cuentas, ¿qué dije?", murmuró.
Un tirón brusco de la manga interrumpió los pensamientos de George. Era Missy.
–Mira, papá –dijo–. ¡Dibujé a Jodie, como tu me dijiste!
–¿Qué? –preguntó George. Missy le estaba tendiendo un papel–. ¡Ah, sí! –dijo George–. ¡El retrato de Jodie! Deja que lo vea.
George tomó el papel que le daba Missy. Era el dibujo que un niño puede hacer de un cerdo: deformado sin duda, pero la imagen que de un animal que corre tiene una mente de cinco años.
George levantó las cejas.
–¿Y estas cositas que rodean a Jodie? –preguntó–. Parecen nubecitas.
–Es la nieve, papá –contestó Missy–. ¡Cuando Jodie se fue corriendo en la nieve!

El padre Mancuso decidió tomar el avión de TWA que partía a las veintiuna para San Francisco. Cuando el pánico que le había inspirado la llamada de George se hubo desvanecido, el sacerdote fue al teléfono y habló con la mujer de su primo. Le dijo que había cambiado de idea y que iba a llegar esa misma noche. Quedaron en encontrarse en el aeropuerto internacional de San Francisco.
El padre Mancuso hizo sólo una valija; llamó a su madre, a la oficina de la diócesis y a una compañía de taxímetros. A las ocho de la noche salía ya de la parroquia en dirección al aeropuerto Kennedy. Cuando el sacerdote pasó por la oficina de la companía de aviación, volvió a mirarse las manos. Las ampollas habían desaparecido, pero el miedo estaba instalado en él.

Jimmy y Carey fueron a pasar esa noche a casa de la madre de ella. Pero antes de irse se celebró una fiestecita en casa de la señora Connors. A causa de la intensa, de la dramática sensación de alivio que tenían los Lutz por verse libres de la casa de Ocean Avenue, la reunión tuvo un carácter francamente festivo.
George y Kathy querían hablar ahora de sus experiencias y, rodeados de la familia, eran sensibles a la cordialidad y credulidad de la atmósfera. Los acontecimientos eran relatados en una fluencia sin interrupciones cuando trataban de explicar lo que les había ocurrido. Por último, George reveló que tenía planes de librar a su casa de cualquier fuerza maléfica allí instalada. Dijo a su suegra y a Jimmy que unos grupos de investigación iban a ser invitados a participar, pero que tendrían que llevar a cabo sus trabajos por cuenta propia. En ninguna circunstancia él o Kathy iban a entrar de nuevo en la casa de Ocean Avenue.
Danny, y Chris y Missy iban a dormir en el cuarto de Jimmy. Los varones estaban exhaustos por la aterradora aparición del "monstruo" la noche anterior, y por la excitación traída por la escapada a casa de la abuela. Pero no querían hablar de la demoníaca figura de capuchón blanco. Cuando George los conminó a que dieran su versión, los niños se quedaron callados y en sus caras apareció una expresión de miedo.
Missy, en cambio, parecía ser indemne a toda la historia. Se había adaptado fácilmente a la nueva aventura y se sentía muy cómoda en la nueva casa, con unas muñecas encontradas en casa de su abuela. Ni siquiera pareció perturbada cuando Kathy le hizo algunas preguntas más sobre el retrato de Jodie. La niña se limitó a decir:
–El cerdo es así.
George y Kathy se bañaron muy temprano esa noche. Ambos gozaron del agua caliente y se demoraron un buen rato en la bañera. Era una limpieza doble: limpieza de sus cuerpos y de sus terrores. A las diez de la noche estaban en cama en el cuarto de huéspedes. Por primera vez en casi un mes durmieron el uno en brazos del otro.


George fue el primero en despertar. Tenía la sensación de haber estado soñando, ¡como si hubiera estado flotando en el aire!
La impresión era que su cuerpo se había estado paseando por el cuarto, flotando, y que había aterrizado blandamente en la cama. Siempre en ese estado onírico, George había visto a Kathy levitando sobre la cama. Kathy se había levantado unos treinta centímetros sobre el colchón y se había alejado lentamente de él.
George tendió una mano a su mujer. A sus ojos el propio movimiento aparecía como en ralentisseur, como si su brazo no estuviera unido a su cuerpo. Trató de llamar a Kathy, pero por algún motivo no pudo recordar el nombre de ella. George sólo pudo contemplar a Kathy, levitando cada vez más cerca del techo. Luego sintió que él también se levantaba, la repetida sensación de estar flotando.
Oyó que alguien lo llamaba desde una distancia muy grande, George reconoció la voz, que le sonó muy familiar. Y oyó pronunciar de nuevo su nombre:
–¿George?
De repente recordó. Era Kathy. George miró hacia abajo y vio que Kathy estaba de nuevo en la cama y lo miraba.
Entonces empezó a flotar en dirección a Kathy y sintió que lentamente su cuerpo se depositaba en la cama, al lado del de ella.
–¡George! –gritó Kathy–. ¡Estabas flotando en el aire!
Kathy lo asió por el brazo y lo sacó de la cama.
–¡Ven! –gritó–. ¡Tenemos que salir de este cuarto!
Como un sonámbulo. George siguió a su mujer. En el rellano de la escalera los dos se detuvieron y se echaron hacia atrás horrorizados. ¡Una chorrera avanzaba hacia ellos subiendo las escaleras, formando una especie de serpiente y con la consistencia de una gelatina verdosa y negra!
George se dio cuenta ahora de que no había estado soñando. Todo era real. Eso que él había creído dejar para siempre en el número 112 de Ocean Avenue los estaba siguiendo... ¡los iba a seguir adonde quiera que fueran los Lutz!


EPÍLOGO

El 18 de febrero de 1976 Marvin Scott, del Canal 5 de la Tv de Nueva York, decidió investigar más a fondo los informes que llegaban sobre la así llamada casa embrujada de Amityville, Long Island. La misión se proponía pasar una noche en la casa de 112 Ocean Avenue. Personas con poderes supranormales, clarividentes, parapsicólogos y un demonólogo fueron invitados a participar.
Scott se había puesto previamente en contacto con los últimos locatarios, la familia Lutz, y había solicitado la autorización de éstos para rodar escenas en la casa abandonada. George Lutz accedió y se reunió con Scott en una pizzeria de Amityville. George se negó a entrar de nuevo en la casa de Ocean Avenue, pero dijo que él y su mujer, Kathy, iban a estar esperando a los investigadores, al día siguiente, en el restaurante italiano.
Con el propósito de provocar a la tremenda fuerza que, según se decía, habitaba la casa, se colocó un crucifijo y velas benditas en el centro de la mesa del comedor.
Los investigadores realizaron la primera de tres sesiones a las diez y inedia de la noche. En torno de la mesa estaban sentados Lorraine Warren, una clarividente, y su marido Ed, un demonólogo; los médium Mary Pascarella y Alberta Riley, y George Kekoris, del Instituto de Investigaciones Psíquicas de Durham en Carolina del Norte. Marvin Scott se unió al grupo sentado a la mesa.
Durante la sesión Mary Pascarella se sintió indispuesta y debió abandonar el cuarto. Con voz temblorosa dijo que "detrás de todo parece haber una especie de sombra negra que forma una cabeza que se mueve. Y, cuando se mueve, me siento personalmente amenazada".
La señora Riley, en un trance mediúmnico, empezó a jadear. "Es arriba", dijo, "en el dormitorio. Lo que hay aquí hace latir el corazón con más rapidez. El corazón me golpea el pecho." Ed Warren quiso poner punto final a la sesión. La señora Riley continuó jadeando, pero luego emergió velozmente del trance y recobró su conciencia normal.
En ese momento, George Kekoris, el investigador, se sintió muy indispuesto y debió abandonar la mesa. El observador Mike Linder declaró que había sentido un pasmo repentino, una especie de sensación de frío.
La clarividente Lorraine Warren expresó su opinión personal: "Cualquier entidad que haya aquí es, a mi modo de ver y sin lugar a dudas, de un carácter enteramente negativo. No tiene nada que ver con nadie que haya caminado una vez por la Tierra en forma humana. Proviene directamente de las entrañas de la Tierra".
El fotógrafo de la TV, Steve Petropolis, quien ha cumplido algunas tareas peligrosas en zonas de combate, experimentó palpitaciones cardíacas y falta de aire cuando se puso a examinar el cuarto de costura del piso alto, donde al parecer las fuerzas negativas estarían concentradas. Lorraine Warren y Marvin Scott entraron al cuarto y volvieron a salir en seguida, declarando que habían tenido una sensación repentina de frío.
Lorraine y Ed Warren también percibieron una fuente de sensaciones molestas en la sala. La señora Warren opina que ciertas fuerzas negativas se han concentrado en las estatuas y los objetos sin vida. "Lo que está aquí puede moverse a voluntad. El objeto no tiene que estar aquí, pero creo que éste es un lugar de descanso." También opina que hay algo demoníaco en los objetos inanimados. La señora Warren señaló la chimenea y la barandilla del primer piso, sin que se le advirtiera previamente de la existencia de un nexo con los problemas de los Lutz.
Mientras algunas personas dormían en los dormitorios del primer piso, un fotógrafo tomó fotografías infrarrojas con la vana esperanza de captar alguna imagen fantasmal en la película. Jerry Solfvin, del Instituto de Investigaciones Psíquicas, anduvo dando vueltas por la casa con una linterna a baterías, buscando evidencias físicas.
A las tres y media de la mañana los Warren intentaron realizar otra sesión. Según los informes, no se produjo nada desusado: no hubo sonidos ni fenómenos extraños. Todos los presentes con capacidades psíquicas opinan que el cuarto había sido neutralizado. La atmósfera, según dicen, no estaba bien en ese momento. Pero tuvieron la clara impresión de que la casa de Ocean Avenue albergaba un espíritu diabólico, un espíritu que sólo un exorcista podría arrancar de allí.
Cuando Marvin Scott volvió a la pequeña pizzería, los Lutz ya se habían ido. En marzo ya se habían ido a vivir a California, dejando detrás todas sus posesiones, todos sus bienes materiales y todo el dinero que habían invertido en la casa de sus sueños. Con el único fin de librarse del inmueble, cedieron el cobro de sus intereses al Banco que les había dado la hipoteca. Mientras se espera una venta eventual, las ventanas han sido cubiertas de tablas para precaverse de los vándalos e impedir que los curiosos, los aficionados a lo morboso y los advertidos puedan entrar.

El viernes santo de 1976 el padre Frank Mancuso se recuperó de su pulmonía y en abril fue tranferido a otra parroquia por el obispo de su diócesis. La parroquia no está cerca del número 112 de Ocean Avenue. Y el padre Mancuso tiene aún las cicatrices de la humillación y los temores que allí debió soportar.

En la actualidad Missy se pone inquieta cuando alguien le pregunta por Jodie. Danny y Chris pueden describir aún con detalles precisos el monstruo que los persiguió esa última noche; y Kathy se niega absolutamente a hablar de ese período de su vida. George vendió su parte de intereses a la agencia William H. Parry Inc. Le resulta difícil dejar sola a su familia por mucho tiempo. Pero espera que las personas que se enteren de esta historia habrán de entender hasta qué punto pueden ser peligrosas las entidades negativas para el incauto... o el incrédulo. "Son reales", insiste George, "e infligen el mal cuando la ocasión se presenta".

Nota del autor

En la medida en que he podido comprobarlo, todos los acontecimientos que se cuentan en este libro son verdaderos. George Lee y Kathleen Lutz emprendieron la tarea agotadora y frecuentemente penosa de reconstruir en una cinta grabada los veintiocho días que habían pasado en la casa de Amityville, retocando cada uno los recuerdos del otro, de tal modo que el "diario" oral fue tan completo como era posible hacerlo. No sólo George y Kathy se pusieron de acuerdo entre los dos sobre cada experiencia vivida, sino que muchas de sus impresiones e informes fueron sustanciados por el testimonio de testigos independientes, como el padre Mancuso y algunos oficiales de la policía local. Pero tal vez la prueba definitiva de la veracidad de su relato sea circunstancial: se requiere más que inspiración o un estado nervioso especial para que una familia normal y equilibrada de cinco miembros tome la drástica decisión de abandonar una apetecible casa de dos pisos, que incluye un entrepiso completo, una piscina de natación y un embarcadero, sin detenerse siquiera a retirar sus pertenencias personales.
Debo señalar asimismo que cuando los Lutz huyeron de su casa a principios de 1976, no tenían intenciones de hacer un libro con sus experiencias. Tan sólo cuando la prensa y los medios de difusión empezaron a publicar informes sobre la casa –que los Lutz juzgaron sensacionalistas y deformados–, consintieron ellos en que se publicara su relato. Y tampoco estaban enterados de que muchas de sus aseveraciones iban a ser corroboradas por otros. Además de verificar sus cintas grabadas en todo lo que se refiere a la consistencia interna, he llevado a cabo mis entrevistas personales con las otras personas que intervinieron en el caso, y puedo decir que George y Kathy no se enteraron de las tribulaciones del padre Mancuso hasta que la redacción definitiva de este libro estuvo terminada.
Antes de mudarse a la nueva casa, los Lutz distaban mucho de ser expertos en el tema de los fenómenos supranormales. En la medida en que pueden recordar, los únicos libros leídos que podrían ser conderados "ocultos" son unas cuantas obras que tratan de la Meditación Trascendental. Pero, como he podido comprobar en mis conversaciones con personas bien informadas sobre estos temas, casi todas las declaraciones de la pareja tienen fuertes paralelos con otros informes de casas embrujadas, "invasiones psíquicas y fenómenos semejantes, publicados a lo largo de los años y que provienen de diversas fuentes. Por ejemplo:
El penetrante frío sentido por George y otros es un síndrome repetidamente observado por visitantes de casas embrujadas. Estas personas perciben un "punto frío" o un frío difuso. Los ocultistas piensan que una entidad desencarnada podría alimentarse con la energía térmica y el calor corporal a fin de obtener así el poder necesario para hacerse visible y mover a los objetos.
Es sabido que los animales suelen tener sensaciones de molestia, e incluso de terror, en zonas "habitadas". Esto se cumple sin duda en el caso de Harry, el perro de la familia, sin hablar de los visitantes humanos que nunca habían entrado a la casa: la tía de Kathy, un niño de la vecindad y otros.
La ventana que bajó estruendosamente, aplastando la mano de Danny, tiene un eco en el caso, sucedido en Inglaterra, de la portezuela de un auto que se cerró sola, aplastando la mano de una mujer que llegaba al lugar para investigar unos informes de supuestos hechos paranormales. Minutos más tarde, durante el trayecto hasta el hospital más cercano, la mano de esta mujer readquirió su estado normal.
La vislumbre visionaria de George de lo que más adelante identificó como el rostro de Ronnie de Feo, su repetido despertar a la hora en que se había producido el asesinato de los De Feo, y los sueños eróticos de Kathy tienen su contrapartida en un fenómeno llamado retrocognición: un sitio con cargas emocionales adquiere, al parecer, la capacidad de trasmitir imágenes de su pasado a los visitantes actuales.
Los daños sufridos por las puertas, las ventanas y la balaustrada, el movimiento y la posible teleportación del león de cerámica, el olor nauseabundo en el sótano y la casa parroquial son elementos muy conócidos por todos los lectores de la voluminosa literatura escrita en torno a "poltergeists" o "fantasmas barulleros", cuyo comportamiento ha sido documentado por investigadores profesionales. La "banda militar" también es característica del "poltergeist", que tiene reputación de producir ruidos dramáticamente estridentes. (Una víctima se ha referido al estruendo de "un piano de cola que cae escaleras abajo" sin causas ni perjuicios visibles.)
La mayor parte de las manifestaciones del poltergeist suele ocurrir en presencia de un niño –por lo general una niña– próximo a la pubertad. En este caso ninguno de los niños Lutz tenía edad suficiente para provocar el fenómeno. Además, la mayor parte de las travesuras del poltergeist tiene un carácter de malicia infantil y no suelen ser crueles o dañinas físicamente. Por otra parte, como señala el padre Nicola en su libro Demonical Possession and Exorcism, el poltergeist suele aparecer como primera manifestación de una entidad interesada primordialmente en la posesión diabólica. El crucifijo invertido en el placard de Kathy, las recurrentes moscas y los olores a excremento humano son connotaciones típicas de la infección demoníaca.

Entonces, ¿cómo debemos situar el relato de los Lutz? Existen demasiadas corroboraciones independientes de lo que ellos dicen para suponer que ha sido imaginado o inventado. Ahora bien, suponiendo que las cosas hayan ocurrido como yo las cuento aquí, ¿cómo hemos de interpretarlas?
Lo que sigue es una interpretación, el análisis de un investigador experimentado de fenómenos supranormales:
"El hogar de los Lutz, al parecer, ha albergado tres entidades distintas. Francine, la médium, sintió por lo menos la presencia de dos 'fantasmas' corrientes, es decir, espíritus ligados a la tierra de seres humanos que –por determinadas razones– siguen vinculados a un sitio particular mucho después de su muerte física, y que, por lo general, sólo quieren quedarse solos para gozar de ese lugar al cual se habían acostumbrado en la existencia terrenal. La mujer cuyo contacto y perfume fueron percibidos por Kathy (Francine habla de 'una mujer vieja') puede haber sido la propietaria original de la casa, que sólo quería tranquilizar a la mujer joven, recién llegada, a quien su cocina parecía un lugar tan simpático y atrayente.
"Análogamente, el niño a quien se refieren de manera independiente Missy y la cuñada de Kathy podría ser un espíritu ligado a la Tierra que –siempre de acuerdo con los médium y espiritistas– tal vez no se hubiera dado cuenta de estar muerto. Solitario y desconcertado, en el mundo sin tiempo que sigue a la muerte, habría gravitado naturalmente hacia el cuarto de Missy y se habría sorprendido de que su cama estuviera ocupada por Carey y Jimmy. Pero si pidió ayuda a Carey, no fue él, evidentemente, quien tomó medidas para que Missy llegara a ser su compañera permanente de juegos.
"Más bien, la figura encapuchada y Jodie el Cerdo parecen corresponder a una clase de seres enteramente diferente. Los demonólogos ortodoxos creen que los ángeles caídos pueden manifestarse como animales o como figuras aterradoras según su voluntad; por lo tanto, estas dos apariciones pueden haber sido una y la misma. Aunque George vio los ojos de un cerdo y las huellas de las patas en la nieve, Jodie habló con Missy y, por lo tanto, no era un simple espectro animal. Y la entidad que tiznó su rostro en la pared de la chimenea y planeó sobre el pasillo esa última mañana puede haber adoptado una forma menos aterradora para conversar telepáticamente con una niña de corta edad.
"Parece lógico pensar que esta entidad, junto con las voces que ordenaran al padre Mancuso irse y a George y a Kathy poner fin a su exorcismo improvisado, puede haber sido "invitada" en el curso de ceremonias ocultas oficiales en el sótano o en el terreno original de la casa. Una vez establecidas, las entidades habrían resistido cualquier intento de ser desalojadas y con tanto más vigor que el que podría ejercer un fantasma corriente.
"Los inexplicables trances de George y de Kathy, sus cambios de estado de ánimo, sus repetidas levitaciones, sus extraños sueños y transformaciones físicas pueden interpretarse como síntomas de incipiente posesión. Algunos de los que creen en la reencarnación dicen que pagamos por antiguos errores naciendo en un nuevo cuerpo y experimentando las consecuencias de nuestras acciones. Pero cualquier entidad tan resueltamente malévola como las entidades que atormentaron a los Lutz debe haber comprendido que un retorno a la carne podía significar expiación en forma de deformidad física, enfermedad, sufrimientos y otros 'karmas' negativos. De tal modo, un espíritu especialmente perverso podría evitar totalmente el renacer, apoderándose en cambio de los cuerpos de los vivientes para saborear la comida, el sexo, el alcohol y otros placeres terrenos.
"Evidentemente George Lutz no era el 'caballo' idealmente pasivo para un jinete desencarnado; la amenaza que representó la situación para su mujer y sus hijos lo galvanizó, le hizo devolver el golpe para defenderse. Pero ninguno de sus adversarios invisibles era un alfeñique. La extraordinaria fuerza de estas entidades está indicada por los ataques de largo alcance al auto del padre Mancuso, a su salud, a sus habitaciones, y por la levitación de George y de Kathy, que se produjo incluso después de haber huido la pareja a casa de la madre de ella. En tal caso, ¿por qué los Lutz no han hablado de nuevos trastornos después de su traslado a California?
"Otra antigua tradición oculta según la cual los espíritus no pueden trasmitir sus poderes a través del agua, puede tener aquí cierto sentido. Mientras yo estaba preparando este libro, una de las personas básicamente responsables de su composición sentía una sensación de debilidad y de náusea en el instante de sentarse a trabajar en el manuscrito, todas las veces que lo hacía en su oficina de Long Island. Pero cuando trabajaba en Manhattan del otro lado del East River, no experimentaba nada fuera de lo común".

Naturalmente, no estamos obligados a aceptar ésta o cualquier otra interpretación "psíquica" de los hechos que ocurrieron en la casa de Amityville. Pero cualquier otra hipótesis nos sume inmediatamente en la tarea de construir una serie aún más increíble de extrañas coincidencias, alucinaciones compartidas y grotescas, malas interpretaciones de un hecho. Seria útil poder reproducir, como en un experimento controlado de laboratorio, algunos de los eventos ocurridos a los Lutz. Por supuesto, no podernos hacerlo. Los espíritus desencarnados, si existen, probablemente no sienten ninguna obligación de interpretar sus acciones ante las cámaras y los equipos de grabación de los investigadores responsables.
No hay evidencias de acontecimientos extraños que se hayan producido en el número 112 de Ocean Avenue después del período de tiempo descrito en este libro, pero también esto tiene su sentido: más de un parapsicólogo ha notado que las manifestaciones ocultas, especialmente las que tienen que ver con apariciones de poltergeists, muy a menudo terminan tan bruscamente como se iniciaron, y no vuelven a aparecer. Incluso los cazadores tradicionales de fantasmas aseguran a sus clientes que los cambios estructurales en una casa, incluso un simple cambio en la disposición de los muebles, como el que podría efectuar un nuevo inquilino, traen un rápido fin de todas las manifestaciones supranormales.
En cuanto a George y Kathleen Lutz, por supuesto, su curiosidad ha quedado más que satisfecha. Pero el resto de nosotros se enfrenta con un dilema: cuanto más "racional" la explicación, tanto menos fácil es de sostener. Y lo que yo he llamado Aquí vive el horror sigue siendo uno de esos oscuros misterios que desafían nuestras explicaciones convencionales de lo que este mundo abarca.

TERROR ONIRICO -- EL SABUESO -- HOWARD P. LOVECRAFT

Escrito por imagenes 03-09-2008 en General. Comentarios (0)

TERROR ONIRICO -- EL SABUESO -- HOWARD P. LOVECRAFT

TERROR ONIRICO -- EL SABUESO -- HOWARD P. LOVECRAFT
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EL SABUESO
H. P. Lovecraft
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En mis torturados oídos resuenan incesantemente un chirrido y un aleteo de pesadilla, y un breve ladrido lejano como el de un gigantesco sabueso. No es un sueño... y temo que ni siquiera sea locura, ya que son muchas las cosas que me han sucedido para que pueda permitirme esas misericordiosas dudas.
St. John es un cadáver destrozado; únicamente yo sé por qué, y la índole de mi conocimiento es tal que estoy a punto de saltarme la tapa de los sesos por miedo a ser destrozado del mismo modo. En los oscuros e interminables pasillos de la horrible fantasía vagabundea Némesis, la diosa de la venganza negra y disforme que me conduce a aniquilarme a mí mismo.
¡Que perdone el cielo la locura y la morbosidad que atrajeron sobre nosotros tan monstruosa suerte! Hartos ya con los tópicos de un mundo prosaico, donde incluso los placeres del romance y de la aventura pierden rápidamente su atractivo, St. John y yo habíamos seguido con entusiasmo todos los movimientos estéticos e intelectuales que prometían terminar con nuestro insoportable aburrimiento. Los enigmas de los simbolistas y los éxtasis de los prerrafaelistas fueron nuestros en su época, pero cada nueva moda quedaba vaciada demasiado pronto de su atrayente novedad.
Nos apoyamos en la sombría filosofía de los decadentes, y a ella nos dedicamos aumentando paulatinamente la profundidad y el diabolismo de nuestras penetraciones. Baudelaire y Huysmans no tardaron en hacerse pesados, hasta que finalmente no quedó ante nosotros más camino que el de los estímulos directos provocados por anormales experiencias y aventuras «personales». Aquella espantosa necesidad de emociones nos condujo eventualmente por el detestable sendero que incluso en mi actual estado de desesperación menciono con vergüenza y timidez: el odioso sendero de los saqueadores de tumbas.
No puedo revelar los detalles de nuestras impresionantes expediciones, ni catalogar siquiera en parte el valor de los trofeos que adornaban el anónimo museo que preparamos en la enorme casa donde vivíamos St. John y yo, solos y sin criados. Nuestro museo era un lugar sacrílego, increíble, donde con el gusto satánico de neuróticos «dilettanti» habíamos reunido un universo de terror y de putrefacción para excitar nuestras viciosas sensibilidades. Era una estancia secreta, subterránea, donde unos enormes demonios alados esculpidos en basalto y ónice vomitaban por sus bocas abiertas una extraña luz verdosa y anaranjada, en tanto que unas tuberías ocultas hacían llegar hasta nosotros los olores que nuestro estado de ánimo apetecía: a veces el aroma de pálidos lirios fúnebres, a veces el narcótico incienso de unos funerales en un imaginario templo
oriental, y a veces —¡cómo me estremezco al recordarlo!— la espantosa fetidez de una tumba descubierta.
Alrededor de las paredes de aquella repulsiva estancia había féretros de antiguas momias alternando con hermosos cadáveres que tenían una apariencia de vida, perfectamente embalsamados por el arte del moderno taxidermista, y con lápidas mortuorias arrancadas de los cementerios más antiguos del mundo. Aquí y allá, unas hornacinas contenían cráneos de todas las formas, y cabezas conservadas en diversas fases de descomposición. Allí podían encontrarse las podridas y calvas coronillas de famosos nobles, y las tiernas cabecitas doradas de niños recién enterrados.
Había allí estatuas y cuadros, todos de temas perversos y algunos realizados por St. John y por mí mismo. Un portafolio cerrado, encuadernado con piel humana curtida, contenía ciertos dibujos atribuidos a Goya y que el artista no se había atrevido a publicar. Había allí nauseabundos instrumentos musicales, de cuerda, de metal y de viento, en los cuales St. John y yo producíamos a veces disonancias de exquisita morbosidad y diabólica lividez; y en una multitud de armarios de caoba reposaba la más increíble colección de objetos sepulcrales nunca reunidos por la locura y perversión humanas. Acerca de esa colección debo guardar un especial silencio. Afortunadamente, tuve el valor de destruirla mucho antes de pensar en destruirme a mí mismo.
Las expediciones, en el curso de las cuales recogíamos nuestros nefandos tesoros, eran siempre memorables acontecimientos desde el punto de vista artístico. No éramos vulgares vampiros, sino que trabajábamos únicamente bajo determinadas condiciones de humor, paisaje, medio ambiente, tiempo, estación del año y claridad lunar. Aquellos pasatiempos eran para nosotros la forma más exquisita de expresión estética, y concedíamos a sus detalles un minucioso cuidado técnico. Una hora inadecuada, un pobre efecto de luz o una torpe manipulación del húmedo césped, destruían para nosotros la extasiante sensación que acompañaba a la exhumación de algún ominoso secreto de la tierra. Nuestra búsqueda de nuevos escenarios y condiciones excitantes era febril e insaciable. St. John abría siempre la marcha, y fue él quien descubrió el maldito lugar que acarreó sobre nosotros una espantosa e inevitable fatalidad.
¿Qué desdichado destino nos atrajo hasta aquel horrible cementerio holandés? Creo que fue el oscuro rumor, la leyenda acerca de alguien que llevaba enterrado allí cinco siglos, alguien que en su época fue un saqueador de tumbas y había robado un valioso objeto del sepulcro de un poderoso. Recuerdo la escena en aquellos momentos finales: la pálida luna otoñal sobre las tumbas, proyectando sombras alargadas y horribles; los grotescos árboles, cuyas ramas descendían tristemente hasta unirse con el descuidado césped y las estropeadas losas; las legiones de murciélagos que volaban contra la luna; la antigua capilla cubierta de hiedra y apuntando con un dedo espectral al pálido cielo; los fosforescentes insectos que danzaban como fuegos fatuos bajo las tejas de un alejado rincón; los olores a moho, a vegetación y a cosas menos explicables que se mezclaban débilmente con la brisa nocturna procedente de lejanos mares y pantanos; y, lo peor de todo, el triste aullido de algún gigantesco sabueso al cual no podíamos ver
ni situar de un modo concreto. Al oírlo nos estremecimos, recordando las leyendas de los campesinos, ya que el hombre que tratábamos de localizar había sido encontrado hacía siglos en aquel mismo lugar, destrozado por las zarpas y los colmillos de un execrable animal.
Recuerdo cómo excavamos la tumba del vampiro con nuestras azadas, y cómo nos estremecimos ante el cuadro de nosotros mismos, la tumba, la pálida luna vigilante, las horribles sombras, los grotescos árboles, los murciélagos, la antigua capilla, los danzantes fuegos fatuos, los nauseabundos olores, la gimiente brisa nocturna y el extraño aullido cuya existencia objetiva apenas podíamos estar seguros.
Luego, nuestros azadones chocaron contra una sustancia dura, y no tardamos en descubrir una enmohecida caja de forma oblonga. Era increíblemente recia, pero tan vieja que finalmente conseguimos abrirla y regalar nuestros ojos con su contenido.
Mucho —sorprendentemente mucho— era lo que quedaba del cadáver a pesar de los quinientos años transcurridos. El esqueleto, aunque aplastado en algunos lugares por las mandíbulas de la cosa que le había producido la muerte, se mantenía unido con asombrosa firmeza, y nos inclinamos sobre el descarnado cráneo con sus largos dientes y sus cuencas vacías en las cuales habían brillado unos ojos con una fiebre semejante a la nuestra. En el ataúd había un amuleto de exótico diseño que, al parecer, estuvo colgado del cuello del durmiente. Representaba a un sabueso alado, o a una esfinge con un rostro semicanino, y estaba exquisitamente tallado al antiguo gusto oriental en un pequeño trozo de jade verde. La expresión de sus rasgos era sumamente repulsiva, sugeridora de muerte, de bestialidad y de odio. Alrededor de la base llevaba una inscripción en unos caracteres que ni St. John ni yo pudimos identificar; y en el fondo, como un sello de fábrica, aparecía grabado un grotesco y formidable cráneo.
En cuanto echamos la vista encima al amuleto supimos que debíamos poseerlo; que aquel tesoro era evidentemente nuestro botín. Aun en el caso que nos hubiera resultado completamente desconocido lo hubiéramos deseado, pero al mirarlo de más cerca nos dimos cuenta que nos parecía algo familiar. En realidad, era ajeno a todo arte y literatura conocida por lectores cuerdos y equilibrados, pero nosotros reconocimos en el amuleto la cosa sugerida en el prohibido Necronomicon del árabe loco Adbul Alhazred; el horrible símbolo del culto de los devoradores de cadáveres de la inaccesible Leng, en el Asia Central. No nos costó ningún trabajo localizar los siniestros rasgos descritos por el antiguo demonólogo árabe; unos rasgos extraídos de alguna oscura manifestación sobrenatural de las almas de aquellos que fueron vejados y devorados después de muertos.
Apoderándonos del objeto de jade verde, dirigimos una última mirada al cavernoso cráneo de su propietario y cerramos la tumba, volviendo a dejarla tal como la habíamos encontrado. Mientras nos marchábamos apresuradamente del horrible lugar, con el amuleto robado en el bolsillo de St. John, nos pareció ver que los murciélagos descendían en tropel hacía la tumba que acabábamos de
profanar, como si buscaran en ella algún repugnante alimento. Pero la luna de otoño brillaba muy débilmente, y no pudimos saberlo a ciencia cierta.
Al día siguiente, cuando embarcábamos en un puerto holandés para regresar a nuestro hogar, nos pareció oír el leve y lejano aullido de algún gigantesco sabueso. Pero el viento de otoño gemía tristemente, y no pudimos saberlo con seguridad.
Menos de una semana después de nuestro regreso a Inglaterra comenzaron a suceder cosas muy extrañas. St. John y yo vivíamos como reclusos; sin amigos, solos y en unas cuantas habitaciones de una antigua mansión, en una región pantanosa y poco frecuentada; de modo que en nuestra puerta resonaba muy raramente la llamada de un visitante.
Ahora, sin embargo, estábamos preocupados por lo que parecía ser un frecuente roce en medio de la noche, no sólo alrededor de las puertas, sino también alrededor de las ventanas, lo mismo en las de la planta baja que en las de los pisos superiores. En cierta ocasión imaginamos que un cuerpo voluminoso y opaco oscurecía la ventana de la biblioteca cuando la luna brillaba contra ella, y en otra ocasión creímos oír un aleteo no muy lejos de la casa. Una minuciosa investigación no nos permitió descubrir nada, y empezamos a atribuir aquellos hechos a nuestra imaginación, turbada aún por el leve y lejano aullido que nos pareció haber oído en el cementerio holandés. El amuleto de jade reposaba ahora en una hornacina de nuestro museo, y a veces encendíamos una vela extrañamente aromada delante de él. Leímos mucho en el Necronomicon de Alhazred acerca de sus propiedades y acerca de las relaciones de las almas con los objetos que las simbolizan y quedamos desasosegados por lo que leímos.
Luego llegó el terror.
La noche del 24 de septiembre de 19... oí una llamada en la puerta de mi dormitorio. Creyendo que se trataba de St. John le invité a entrar, pero sólo me respondió una espantosa risotada. En el pasillo no había nadie. Cuando desperté a St. John y le conté lo ocurrido, manifestó una absoluta ignorancia del hecho y se mostró tan preocupado como yo. Aquella misma noche, el leve y lejano aullido sobre las soledades pantanosas se convirtió en una espantosa realidad.
Cuatro días más tarde, mientras nos encontrábamos en el museo, oímos un cauteloso arañar en la única puerta que conducía a la escalera secreta de la biblioteca. Nuestra alarma aumentó, ya que, además de nuestro temor a lo desconocido, siempre nos había preocupado la posibilidad que nuestra extraña colección pudiera ser descubierta. Apagando todas las luces, nos acercamos a la puerta y la abrimos bruscamente de par en par; se produjo una extraña corriente de aire y oímos, como si se alejara precipitadamente, una rara mezcla de susurros, risitas entre dientes y balbuceos articulados. En aquel momento no tratamos de decidir si estábamos locos, si soñábamos o si nos enfrentábamos con una realidad. De lo único que sí nos dimos cuenta, con la más negra de las aprensiones, fue que los balbuceos aparentemente incorpóreos habían sido proferidos en idioma holandés.
Después de aquello vivimos en medio de un creciente horror, mezclado con cierta fascinación. La mayor parte del tiempo nos ateníamos a la teoría que estábamos enloqueciendo a causa de nuestra vida de excitaciones anormales, pero a veces nos complacía más dramatizar acerca de nosotros mismos y considerarnos víctimas de alguna misteriosa y aplastante fatalidad. Las manifestaciones extrañas eran ahora demasiado frecuentes para ser contadas. Nuestra casa solitaria parecía sorprendentemente viva con la presencia de algún ser maligno cuya naturaleza no podíamos intuir, y cada noche aquel demoníaco aullido llegaba hasta nosotros, cada vez más claro y audible. El 29 de octubre encontramos en la tierra blanda debajo de la ventana de la biblioteca una serie de huellas de pisadas completamente imposibles de describir. Resultaban tan desconcertantes como las bandadas de enormes murciélagos que merodeaban por los alrededores de la casa en número creciente.
El horror alcanzó su culminación el 18 de noviembre, cuando St. John, regresando a casa al oscurecer, procedente de la estación del ferrocarril, fue atacado por algún espantoso animal y murió destrozado. Sus gritos habían llegado hasta la casa y yo me había apresurado a dirigirme al terrible lugar: llegué a tiempo de oír un extraño aleteo y de ver una vaga forma negra siluetada contra la luna que se alzaba en aquel momento.
Mi amigo estaba muriéndose cuando me acerqué a él y no pudo responder a mis preguntas de un modo coherente. Lo único que hizo fue susurrar:
—El amuleto..., aquel maldito amuleto...
Y exhaló el último suspiro, convertido en una masa inerte de carne lacerada.
Lo enterré al día siguiente en uno de nuestros descuidados jardines, y murmuré sobre su cadáver uno de los extraños ritos que él había amado en vida. Y mientras pronunciaba la última frase, oí a lo lejos el débil aullido de algún gigantesco sabueso. La luna estaba alta, pero no me atreví a mirarla. Y cuando vi sobre el marjal una ancha y nebulosa sombra que volaba de otero en otero, cerré los ojos y me dejé caer al suelo, boca abajo. No sé el tiempo que pasé en aquella posición. Sólo recuerdo que me dirigí temblando hacia la casa y me prosterné delante del amuleto de jade verde.
Temeroso de vivir solo en la antigua mansión, al día siguiente me marché a Londres, llevándome el amuleto, después de quemar y enterrar el resto de la impía colección del museo. Pero al cabo de tres noches oí de nuevo el aullido, y antes de una semana comencé a notar unos extraños ojos fijos en mí en cuanto oscurecía. Una noche, mientras paseaba por el Victoria Embankment, vi que una sombra negra oscurecía uno de los reflejos de las lámparas en el agua. Sopló un viento más fuerte que la brisa nocturna y, en aquel momento, supe que lo que había atacado a St. John no tardaría en atacarme a mí.
Al día siguiente empaqueté cuidadosamente el amuleto de jade verde y embarqué hacia Holanda. Ignoraba lo que podía ganar devolviendo el objeto a su silencioso y durmiente propietario; pero me sentía obligado a intentarlo todo con tal de desvanecer la amenaza que pesaba sobre mi cabeza. Lo que pudiera ser el
sabueso, y los motivos para que me hubiera perseguido, eran preguntas todavía vagas; pero yo había oído por primera vez el aullido en aquel antiguo cementerio, y todos los acontecimientos subsiguientes, incluido el moribundo susurro de St. John, habían servido para relacionar la maldición con el robo del amuleto. En consecuencia, me hundí en los abismos de la desesperación cuando, en una posada de Rotterdam, descubrí que los ladrones me habían despojado de aquel único medio de salvación.
Aquella noche, el aullido fue más audible, y por la mañana leí en el periódico un espantoso suceso acaecido en el barrio más pobre de la ciudad. En una miserable vivienda habitada por unos ladrones, toda una familia había sido despedazada por un animal desconocido que no dejó ningún rastro. Los vecinos habían oído durante toda la noche un leve, profundo e insistente sonido, semejante al aullido de un gigantesco sabueso.
Al anochecer me dirigí de nuevo al cementerio, donde una pálida luna invernal proyectaba espantosas sombras, y los árboles sin hojas inclinaban tristemente sus ramas hacia la marchita hierba y las estropeadas losas. La capilla cubierta de hiedra apuntaba al cielo un dedo burlón y la brisa nocturna gemía de un modo monótono procedente de helados marjales y frígidos mares. El aullido era ahora muy débil y cesó por completo mientras me acercaba a la tumba que unos meses antes había profanado, ahuyentando a los murciélagos que habían estado volando curiosamente alrededor del sepulcro.
No sé por qué había acudido allí, a menos que fuera para rezar o para murmurar dementes explicaciones y disculpas al tranquilo y blanco esqueleto que reposaba en su interior; pero, cualesquiera que fueran mis motivos, ataqué el suelo medio helado con una desesperación parcialmente mía y parcialmente de una voluntad dominante ajena a mí mismo. La excavación resultó mucho más fácil de lo que había esperado, aunque en un momento determinado me encontré con una extraña interrupción: un esquelético buitre descendió del frío cielo y picoteó frenéticamente en la tierra de la tumba hasta que lo maté con un golpe de azada. Finalmente dejé al descubierto la caja oblonga y saqué la enmohecida tapa.
Aquél fue el último acto racional que realicé.
Ya que en el interior del viejo ataúd, rodeado de enormes y soñolientos murciélagos, se encontraba lo mismo que mi amigo y yo habíamos robado. Pero ahora no estaba limpio y tranquilo como lo habíamos visto entonces, sino cubierto de sangre reseca y de jirones de carne y de pelo, mirándome fijamente con sus cuencas fosforescentes. Sus colmillos ensangrentados brillaban en su boca entreabierta en un rictus burlón, como si se mofara de mi inevitable ruina. Y cuando aquellas mandíbulas dieron paso a un sardónico aullido, semejante al de un gigantesco sabueso, y vi que en sus sucias garras empuñaba el perdido y fatal amuleto de jade verde, eché a correr; gritando estúpidamente, hasta que mis gritos se disolvieron en estallidos de risa histérica.
La locura cabalga a lomos del viento..., garras y colmillos afilados en siglos de cadáveres..., la muerte en una bacanal de murciélagos procedentes de las
ruinas de los templos enterrados de Belial... Ahora, a medida que oigo mejor el aullido de la descarnada monstruosidad y el maldito aleteo resuena cada vez más cercano, yo me hundo con mi revólver en el olvido, mi único refugio contra lo desconocido.


F I N

LA ULTIMA PREGUNTA -- ISAAC ASIMOV -- SCIFI *HORROR

Escrito por imagenes 16-08-2008 en General. Comentarios (0)

LA ULTIMA PREGUNTA -- ISAAC ASIMOV -- SCIFI *HORROR

La Última Pregunta
Isaac Asimov

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La última pregunta se formuló por primera vez, medio en broma, el 21 de mayo de
2061, en momentos en que la humanidad (también por primera vez) se bañó en
luz. La pregunta llegó como resultado de una apuesta por cinco dólares hecha
entre dos hombres que bebían cerveza, y sucedió de esta manera:
Alexander Adell y Bertram Lupov eran dos de los fieles asistentes de Multivac.
Dentro de las dimensiones de lo humano sabían qué era lo que pasaba detrás del
rostro frío, parpadeante e intermitentemente luminoso -kilómetros y kilómetros de
rostro- de la gigantesca computadora. Al menos tenían una vaga noción del plan
general de circuitos y retransmirores que desde hacía mucho tiempo habían
superado toda posibilidad de ser dominados por una sola persona.
Multivac se autoajustaba y autocorregía. Así tenía que ser, porque nada que fuera
humano podía ajustarla y corregirla con la rapidez suficiente o siquiera con la
eficacia suficiente. De manera que Adell y Lupov atendían al monstruoso gigante
sólo en forma ligera y superficial, pero lo hacían tan bien como podría hacerlo
cualquier otro hombre. La alimentaban con información, adaptaban las preguntas
a sus necesidades y traducían las respuestas que aparecían. Por cierto, ellos, y
todos los demás asistentes tenían pleno derecho a compartir la gloria de Multivac.
Durante décadas, Multivac ayudó a diseñar naves y a trazar las trayectorias que
permitieron al hombre llegar a la Luna, a Marte y a Venus, pero después de eso,
los pobres recursos de la Tierra ya no pudieron serles de utilidad a las naves. Se
necesitaba demasiada energía para los viajes largos y pese a que la Tierra
explotaba su carbón y uranio con creciente eficacia había una cantidad limitada de
ambos.
Pero lentamente, Multivac aprendió lo suficiente como para responder a las
preguntas más complejas en forma más profunda, y el 14 de mayo de 2061 lo que
hasta ese momento era teoría se convirtió en realidad.
La energía del Sol fue almacenada, modificada y utilizada directamente en todo el
planeta. Cesó en todas partes el hábito de quemar carbón y fisionar uranio y toda
la Tierra se conectó con una pequeña estación -de un kilómetro y medio de
diámetro- que circundaba el planeta a mitad de distancia de la Luna, para
funcionar con rayos invisibles de energía solar.
Siete días no habían alcanzado para empañar la gloria del acontecimiento, y Adell
y Lupov finalmente lograron escapar de la celebración pública, para refugiarse
donde nadie pensaría en buscarlos: en las desiertas cámaras subterráneas, donde
se veían partes del poderoso cuerpo enterrado de Multivac. Sin asistentes, ociosa,
clasificando datos con clicks satisfechos y perezosos, Multivac también se había
ganado sus vacaciones y los asistentes la respetaban y originalmente no tenían
intención de perturbarla.
Se habían llevado una botella, y su única preocupación en ese momento era
relajarse y disfrutar de la bebida.
- Es asombroso, cuando uno lo piensa -dijo Adell. En su rostro ancho se veían
huellas de cansancio, y removió lentamente la bebida con una varilla de vidrio,
observando el movimiento de los cubos de hielo en su interior. - Toda la energía
que podremos usar de ahora en adelante, gratis. Suficiente energía, si
quisiéramos emplearla, como para derretir a toda la Tierra y convertirla en una
enorme gota de hierro líquido impuro, y no echar de menos la energía empleada.
Toda la energía que podremos usar por siempre y siempre y siempre.
Lupov ladeó la cabeza. Tenía el hábito de hacerlo cuando quería oponerse a lo
que oía, y en ese momento quería oponerse; en parte porque había tenido que
llevar el hielo y los vasos.
- No para siempre -dijo.
- Ah, vamos, prácticamente para siempre. Hasta que el Sol se apague, Bert.
- Entonces no es para siempre.
- Muy bien, entonces. Durante miles de millones de años. Veinte mil millones, tal
vez. ¿Estás satisfecho?
Lupov se pasó los dedos por los escasos cabellos como para asegurarse de que
todavía le quedaban algunos y tomó un pequeño sorbo de su bebida.
- Veinte mil millones de años no es 'para siempre'.
- Bien, pero superará nuestra época ¿verdad?
- También la superarán el carbón y el uranio.
- De acuerdo, pero ahora podemos conectar cada nave espacial individualmente
con la Estación Solar, y hacer que vaya y regrese de Plutón un millón de veces sin
que tengamos que preocuparnos por el combustible. No puedes hacer eso con
carbón y uranio. Pregúntale a Multivac, si no me crees.
- No necesito preguntarle a Multivac. Lo sé. - Entonces deja de quitarle méritos a
lo que Multivac ha hecho por nosotros -dijo Adell, malhumorado-. Se portó muy
bien.
- ¿Quién dice que no? Lo que yo sostengo es que el Sol no durará eternamente.
Eso es todo lo que digo. Estamos a salvo por veinte mil millones de años, pero ¿y
luego? -Lupov apuntó con un dedo tembloroso al otro. - Y no me digas que nos
conectaremos con otro Sol.
Durante un rato hubo silencio. Adell se llevaba la copa a los labios sólo de vez en
cuando, y los ojos de Lupov se cerraron lentamente. Descansaron.
De pronto Lupov abrió los ojos.
- Piensas que nos conectaremos con otro Sol cuando el nuestro muera, ¿verdad?
- No estoy pensando nada.
- Seguro que estás pensando. Eres malo en lógica, ése es tu problema. Eres
como ese tipo del cuento a quien lo soprendió un chaparrón, corrió a refugiarse en
un monte y se paró bajo un árbol. No se preocupaba porque pensaba que cuando
un árbol estuviera totalmente mojado, simplemente iría a guarecerse bajo otro.
- Entiendo -dijo Adell-, no grites. Cuando el Sol muera, las otras estrellas habrán
muerto también.
- Por supuesto -murmuró Lupov-. Todo comenzó con la explosión cósmica original,
fuera lo que fuese, y todo terminará cuando todas las estrellas se extingan.
Algunas se agotan antes que otras. Por Dios, los gigantes no durarán cien
millones de años. El Sol durará veinte mil millones de años y tal vez las enanas
durarán cien mil millones por mejores que sean. Pero en un trillón de años
estaremos a oscuras. La entropía tiene que incrementarse al máximo, eso es todo.
- Sé todo lo que hay que saber sobre la entropía -dijo Adell, tocado en su amor
propio.
- ¡Qué vas a saber!
- Sé tanto como tú.
- Entonces sabes que todo se extinguirá algún día.
- Muy bien. ¿Quién dice que no?
- Tú, grandísimo tonto. Dijiste que teníamos toda la energía que necesitábamos,
para siempre. Dijiste 'para siempre'.
Esa vez le tocó a Adell oponerse.
- Tal vez podamos reconstruir las cosas algún día.
- Nunca.
- ¿Por qué no? Algún día.
- Nunca.
- Pregúntale a Multivac.
- Pregúntale tú a Multivac. Te desafío. Te apuesto cinco dólares a que no es
posible.
Adell estaba lo suficientemente borracho como para intentarlo y lo suficientemente
sobrio como para traducir los símbolos y operaciones necesarias para formular la
pregunta que, en palabras, podría haber correspondido a esto: ¿Podrá la
humanidad algún día, sin el gasto neto de energía, devolver al Sol toda su
juventud aún después que haya muerto de viejo?
O tal vez podría reducirse a una pregunta más simple, como ésta: ¿Cómo puede
disminuirse masivamente la cantidad neta de entropía del universo?
Multivac enmudeció. Los lentos resplandores oscuros cesaron, los clicks distantes
de los transmisores terminaron.
Entonces, mientras los asustados técnicos sentían que ya no podían contener más
el aliento, el teletipo adjunto a la computadora cobró vida repentinamente.
Aparecieron cinco palabras impresas:
DATOS INSUFICIENTES PARA
RESPUESTA ESCLARECEDORA.

- No hay apuesta -murmuró Lupov. Salieron apresuradamente.
A la mañana siguiente, los dos, con dolor de cabeza y la boca pastosa, habían
olvidado el incidente.
Jerrodd, Jerrodine y Jerrodette I y II observaban la imagen estrellada en el
visiplato mientras completaban el pasaje por el hiperespacio en un lapso fuera de
las dimensiones del tiempo. Inmediatamente, el uniforme de polvo de estrellas dio
paso al predominio de un único disco de mármol, brillante, centrado.
- Es X-23 - dijo Jerrodd con confianza. Sus manos delgadas se entrelazaron con
fuerza detrás de su espalda y los nudillos se pusieron blancos.
Las pequeñas Jerrodettes, niñas ambas, habían experimentado el pasaje por el
hiperespacio por primera vez en su vida. Contuvieron sus risas y se persiguieron
locamente alrededor de la madre, gritando:
- Hemos llegado a X-23... hemos llegado a X-23... hemos llegado a X-23... hemos
llegado...
- Tranquilas, niñas -dijo rápidamente Jerrodine-. ¿Estás seguro, Jerrodd?
- ¿De qué hay que estar seguro? -preguntó Jerrodd, echando una mirada al tubo
de metal justo debajo del techo, que ocupaba toda la longitud de la habitación y
desaparecía a través de la pared en cada extremo. Tenía la misma longitud que la
nave.
Jerrodd sabía poquísimo sobre el grueso tubo de metal excepto que se llamaba
Microvac, que uno le hacía preguntas si lo deseaba; que aunque uno no se las
hiciera de todas maneras cumplía con su tarea de conducir la nave hacia un
destino prefijado, de abastecerla de energía desde alguna de las diversas
estaciones de Energía Subgaláctica y de computar las ecuaciones para los saltos
hiperespaciales.
Jerrodd y su familia no tenían otra cosa que hacer sino esperar y vivir en los
cómodos sectores residenciales de la nave.
Cierta vez alguien le había dicho a Jerrodd, que el 'ac' al final de 'Microvac' quería
decir 'computadora análoga' en inglés antiguo, pero estaba a punto de olvidar
incluso eso.
Los ojos de Jerrodine estaban húmedos cuando miró el visiplato.
- No puedo evitarlo. Me siento extraña al salir de la Tierra.
- ¿Por qué, caramba? -preguntó Jerrodd-. No teníamos nada allí. En X-23
tendremos todo. No estarás sola. No serás una pionera. Ya hay un millón de
personas en ese planeta. Por Dios, nuestros bisnietos tendrán que buscar nuevos
mundos porque llegará el día en que X-23 estará superpoblado. -Luego agregó,
despues de una pausa reflexiva: - Te aseguro que es una suerte que las
computadoras hayan desarrollado viajes interestelares, considerando el ritmo al
que aumenta la raza.
- Lo sé, lo sé -respondió Jerrodine con tristeza.
Jerrodette I dijo de inmediato:
- Nuestra Microvac es la mejor Microvac del mundo.
- Eso creo yo también -repuso Jerrodd, desordenándole el pelo.
Era realmente una sensación muy agradable tener una Microvac propia y Jerrodd
estaba contento de ser parte de su generación y no de otra. En la juventud de su
padre las únicas computadoras eran unas enormes máquinas que ocupaban un
espacio de ciento cincuenta kilómetros cuadrados. Sólo había una por planeta. Se
llamaban ACs Planetarias. Durante mil años habían crecido constantemente en
tamaño y luego, de pronto, llegó el refinamiento. En lugar de transistores hubo
válvulas moleculares, de manera que hasta la AC Planetaria más grande podía
colocarse en una nave espacial y ocupar sólo la mitad del espacio disponible.
Jerrodd se sentía eufórico siempre que pensaba que su propia Microvac personal
era muchísimo más compleja que la antigua y primitiva Multivac que por primera
vez había domado al Sol, y casi tan complicada como una AC Planetaria de la
Tierra (la más grande) que por primera vez resolvió el problema del viaje
hiperespacial e hizo posibles los viajes a las estrellas. - Tantas estrellas, tantos
planetas -suspiró Jerrodine, inmersa en sus propios pensamientos-. Supongo que
las familias seguirán emigrando siempre a nuevos planetas, tal como lo hacemos
nosotros ahora.
- No siempre -respondió Jerrodd, con una sonrisa-. Todo esto terminará algún día,
pero no antes de que pasen billones de años. Muchos billones. Hasta las estrellas
se extinguen, ¿sabes? Tendrá que aumentar la entropía.
- ¿Qué es la entropía, papá? -preguntó Jerrodette II con voz aguda.
- Entropía, querida, es sólo una palabra que significa la cantidad de desgaste del
universo. Todo se desgasta, como sabrás, por ejemplo tu pequeño robot walkietalkie,
¿recuerdas?
- ¿No puedes ponerle una nueva unidad de energía, como a mi robot?
- Las estrellas son unidades de energía, querida. Una vez que se extinguen, ya no
hay más unidades de energía.
Jerrodette I lanzó un chillido de inmediato.
- No las dejes, papá. No permitas que las estrellas se extingan.
- Mira lo que has hecho -susurró Jerrodine, exasperada. - ¿Cómo podía saber que
iba a asustarla? -respondió Jerrodd también en un susurro.
- Pregúntale a la Microvac -gimió Jerrodette I-. Pregúntale cómo volver a encender
las estrellas.
- Vamos -dijo Jerrodine-. Con eso se tranquilizarán. -(Jerrodette II ya se estaba
echando a llorar, también).
Jerrodd se encogió de hombros.
- Ya está bien, queridas. Le preguntaré a Microvac. No se preocupen, ella nos lo
dirá.
Le preguntó a la Microvac, y agregó rápidamente:
- Imprimir la respuesta.
Jerrodd retiró la delgada cinta de celufilm y dijo alegremente: - Miren, la Microvac
dice que se ocupará de todo cuando llegue el momento, y que no se preocupen.
Jerrodine dijo:
- Y ahora, niñas, es hora de acostarse. Pronto estaremos en nuestro nuevo hogar.
Jerrodd leyó las palabras en el celufilm nuevamente antes de destruirlo:
DATOS INSUFICIENTES PARA RESPUESTA ESCLARECEDORA.
Se encogió de hombros y miró el visiplato. El X-23 estaba cerca.
VJ-23X de Lameth miró las negras profundidades del mapa tridimensional en
pequeña escala de la Galaxia y dijo:
- ¿No será una ridiculez que nos preocupe tanto la cuestión?
MQ-17J de Nicron sacudió la cabeza.
- Creo que no. Sabes que la Galaxia estará llena en cinco años con el actual ritmo
de expansión.
Los dos parecían jóvenes de poco más de veinte años. Ambos eran altos y de
formas perfectas.
- Sin embargo, dijo VJ-23X- me resisto a presentar un informe pesimista al
Consejo Galáctico.
- Yo no pensaría en presentar ningún otro tipo de informe. Tenemos que
inquietarlos un poco. No hay otro remedio.
VJ-23X suspiró.
- El espacio es infinito. Hay cien billones de galaxias disponibles.
- Cien billones no es infinito, y cada vez se hace menos infinito. ¡Piénsalo! Hace
veinte mil años, la humanidad resolvió por primera vez el problema de utilizar
energía estelar, y algunos siglos después se hicieron posibles los viajes
interestelares. A la humanidad le llevó un millón de años llenar un pequeño mundo
y luego sólo quince mil años llenar el resto de la Galaxia. Ahora la población se
duplica cada diez años...
VJ-23X lo interrumpió.
- Eso debemos agradecérselo a la inmnortalidad.
- Muy bien. La inmortalidad existe y debemos considerarla. Admito que esta
inmortalidad tiene su lado complicado. La galáctica AC nos ha solucionado
muchos problemas, pero al resolver el problema de evitar la vejez y la muerte,
anuló todas las otras cuestiones.
- Sin embargo no creo que desees abandonar la vida.
- En absoluto -saltó MQ-17J, y luego se suavizó de inmediato-. No todavía. No soy
tan viejo. ¿Cuántos años tienes tú?
- Doscientos veintitrés. ¿Y tú?
- Yo todavía no tengo doscientos. Pero, volvamos a lo que decía. La población se
duplica cada diez años. Una vez que se llene esta galaxia, habremos llenado otra
en diez años. Diez años más y habremos llenado dos más. Otra década, cuatro
más. En cien años, habremos llenado mil galaxias; en mil años, un millón de
galaxias. En diez mil años, todo el universo conocido. Y entonces, ¿qué?
VJ-23X dijo:
- Como problema paralelo, está el del transporte. Me pregunto cuántas unidades
de energía solar se necesitarán para trasladar galaxias de individuos de una
galaxia a la siguiente.
- Muy buena observación. La humanidad ya consume dos unidades de energía
solar por año.
- La mayor parte de esta energía se desperdicia. Al fin y al cabo, nuestra propia
galaxia sola gasta mil unidades de energía solar por año, y nosotros solamente
usamos dos de ellas.
- De acuerdo, pero aún con una eficiencia de un cien por ciento, sólo podemos
postergar el final. Nuestras necesidades energéticas crecen en progresión
geométrica, y a un ritmo mayor que nuestra población. Nos quedaremos sin
energía todavía más rápido que sin galaxias. Muy buena observación. Muy, muy
buena observación.
- Simplemente tendremos que construir nuevas estrellas con gas interestelar.
- ¿O con calor disipado? -preguntó MQ-17J, con tono sarcástico.
- Puede haber alguna forma de revertir la entropía. Tenemos que preguntárselo a
la Galáctica AC.
VJ-23X no hablaba realmente en serio, pero MQ-17J sacó su contacto AC del
bolsillo y lo colocó sobre la mesa frente a él.
- No me faltan ganas -dijo-. Es algo que la raza humana tendrá que enfrentar
algún día.
Miró sombríamente su pequeño contacto AC. Era un objeto de apenas cinco
centímetros cúbicos, nada en sí mismo, pero estaba conectado a través del
hiperespacio con la gran Galáctica AC que servía a toda la humanidad y, a su vez
era parte integral suya.
MQ-17J hizo una pausa para preguntarse si algún día, en su vida inmortal, llegaría
a ver la Galáctica AC. Era un pequeño mundo propio, una telaraña de rayos de
energía que contenía la materia dentro de la cual las oleadas de los planos medios
ocupaban el lugar de las antiguas y pesadas válvulas moleculares. Sin embargo, a
pesar de esos funcionamientos subetéreos, se sabía que la Galáctica AC tenía mil
diez metros de ancho.
Repentinamente, MQ-17J preguntó a su contacto AC:
- ¿Es posible revertir la entropía?
VJ-23X, sobresaltado, dijo de inmediato:
- Ah, mira, realmente yo no quise decir que tenías que preguntar eso.
- ¿Por qué no?
- Los dos sabemos que la entropía no puede revertirse. No puedes volver a
convertir el humo y las cenizas en un árbol.
- ¿Hay árboles en tu mundo? -preguntó MQ-17J.
El sonido de la Galáctica AC los sobresaltó y les hizo guardar silencio. Se oyó su
voz fina y hermosa en el contacto AC en el escritorio. Dijo:
DATOS INSUFICIENTES PARA RESPUESTA ESCLARECEDORA.
VJ-23X dijo:
- ¡Ves!
Entonces los dos hombres volvieron a la pregunta del informe que tenían que
hacer para el Consejo Galáctico.
La mente de Zee Prime abarcó la nueva galaxia con un leve interés en los
incontables racimos de estrellas que la poblaban. Nunca había visto eso antes.
¿Alguna vez las vería todas? Tantas estrellas, cada una con su carga de
humanidad... una carga que era casi un peso muerto. Cada vez más, la verdadera
esencia del hombre había que encontrarla allá afuera, en el espacio.
¡En las mentes, no en los cuerpos! Los cuerpos inmortales permanecían en los
planetas, suspendidos sobre los eones. A veces despertaban a una actividad
material pero eso era cada vez más raro. Pocos individuos nuevos nacían para
unirse a la multitud increíblemente poderosa, pero, ¿qué importaba? Había poco
lugar en el universo para nuevos individuos.
Zee Prime despertó de su ensoñación al encontrarse con los sutiles manojos de
otra mente.
- Soy Zee Prime. ¿Y tú?
- Soy Dee Sub Wun. ¿Tu galaxia?
- Sólo la llamamos Galaxia. ¿Y tú?
- Llamamos de la misma manera a la nuestra. Todos los hombres llaman Galaxia
a su galaxia, y nada más. ¿Por qué será?
- Porque todas las galaxias son iguales.
- No todas. En una galaxia en particular debe de haberse originado la raza
humana. Eso la hace diferente.
Zee Prime dijo:
- ¿En cuál?
- No sabría decirte. La Universal AC debe estar enterada.
- ¿Se lo preguntamos? De pronto tengo curiosidad por saberlo.
Las percepciones de Zee Prime se ampliaron hasta que las galaxias mismas se
encogieron y se convirtieron en un polvo nuevo, más difuso, sobre un fondo
mucho más grande. Tantos cientos de billones de galaxias, cada una con sus
seres inmortales, todas llevando su carga de inteligencias, con mentes que
vagaban libremente por el espacio. Y sin embargo una de ellas era única entre
todas por ser la Galaxia original. Una de ellas tenía en su pasado vago y distante,
un período en que había sido la única galaxia poblada por el hombre.
Zee Prime se consumía de curiosidad por ver esa galaxia y gritó:
- ¡Universal AC! ¿En qué galaxia se originó el hombre?
La Universal AC oyó, porque en todos los mundos tenía listos sus receptores, y
cada receptor conducía por el hiperespacio a algún punto desconocido donde la
Universal AC se mantenía independiente.
ee Prime sólo sabía de un hombre cuyos pensamientos habían penetrado a
distancia sensible de la Universal AC, y sólo informó sobre un globo brillante, de
sesenta centímetros de diámetro, difícil de ver.
- ¿Pero cómo puede ser eso toda la Universal AC? -había preguntado Zee Prime.
La mayor parte -fue la respuesta- está en el hiperespacio. No puedo imaginarme
en qué forma está allí.
Nadie podía imaginarlo, porque hacía mucho que había pasado el día- y eso Zee
Prime lo sabía- en que algún hombre tuvo parte en construir la Universal AC. Cada
Universal AC diseñaba y construía a su sucesora. Cada una, durante su existencia
de un millón de años o más, acumulaba la información necesaria como para
construir una sucesora mejor, más intrincada, más capaz en la cual dejar
sumergido y almacenado su propio acopio de información e individualidad.
La Universal AC interrumpió los pensamientos erráticos de Zee Prime, no con
palabras, sino con directivas. La mentalidad de Zee Prime fue dirigida hacia un
difuso mar de Galaxias donde una en particular se agrandaba hasta convertirse en
estrellas.
Llegó un pensamiento, infinitamente distante, pero infinitamente claro.
ÉSTA ES LA GALAXIA ORIGINAL DEL HOMBRE.
Pero era igual, al fin y al cabo, igual que cualquier otra, y Zee Prime resopló de
desilusión.
Dee Sub Wun, cuya mente había acompañado a Zee Prime, dijo de pronto:
- ¿Y una de estas estrellas es la estrella original del hombre?
La Universal AC respondió:
LA ESTRELLA ORIGINAL DEL HOMBRE SE HA HECHO NOVA. ES UNA
ENANA BLANCA.

- ¿Los hombres que la habitaban murieron? -preguntó Zee Prime, sobresaltado y
sin pensar.
La Universal AC respondió:
COMO SUCEDE EN ESTOS CASOS UN NUEVO MUNDO PARA SUS
CUERPOS FÍSICOS FUE CONSTRUIDO EN EL TIEMPO.
- Sí, por supuesto -dijo Zee Prime, pero aún así lo invadió una sensación de
pérdida. Su mente dejó de centrarse en la Galaxia original del hombre, y le
permitió volver y perderse en pequeños puntos nebulosos. No quería volver a
verla.
Dee Sub Wun dijo:
- ¿Qué sucede?
- Las estrellas están muriendo. La estrella original ha muerto.
- Todas deben morir. ¿Por qué no?
- Pero cuando toda la energía se haya agotado, nuestros cuerpos finalmente
morirán, y tú y yo con ellos.
- Llevará billones de años.
- No quiero que suceda, ni siquiera dentro de billones de años. ¡Universal AC!
¿Cómo puede evitarse que las estrellas mueran?
Dee Sub Wun dijo, divertido:
- Estás preguntando cómo podría revertirse la dirección de la entropía.
Y la Universal AC respondió:
TODAVÍA HAY DATOS INSUFICIENTES PARA UNA RESPUESTA
ESCLARECEDORA.

Los pensamientos de Zee Prime volaron a su propia galaxia. Dejó de pensar en
Dee Sub Wun, cuyo cuerpo podría estar esperando en una galaxia a un trillón de
años luz de distancia, o en la estrella siguiente a la de Zee Prime. No importaba.
Con aire desdichado, Zee Prime comenzó a recoger hidrógeno interestelar con el
cual construir una pequeña estrella propia. Si las estrellas debían morir alguna
vez, al menos podrían construirse algunas.
El Hombre, mentalmente, era uno solo, y estaba conformado por un trillón de
trillones de cuerpos sin edad, cada uno en su lugar, cada uno descansando,
tranquilo e incorruptible, cada uno cuidado por autómatas perfectos, igualmente
incorruptibles, mientras las mentes de todos los cuerpos se fusionaban libremente
entre sí, sin distinción.
El Hombre dijo:
- El universo está muriendo.
El Hombre miró a su alrededor a las galaxias cada vez más oscuras. Las estrellas
gigantes, muy gastadoras, se habían ido hace rato, habían vuelto a lo más oscuro
de la oscuridad del pasado distante. Casi todas las estrellas eran enanas blancas,
que finalmente se desvanecían.
Se habían creado nuevas estrellas con el polvo que había entre ellas, algunas por
procesos naturales, otras por el Hombre mismo, y también se estaban apagando.
Las enanas blancas aún podían chocar entre ellas, y de las poderosas fuerzas así
liberadas se construirían nuevas estrellas, pero una sola estrella por cada mil
estrellas enanas blancas destruidas, y también éstas llegarían a su fin.
El Hombre dijo:
- Cuidadosamente administrada y bajo la dirección de la Cósmica AC, la energía
que todavía queda en todo el universo, puede durar billones de años. Pero aún así
eventualmente todo llegará a su fin. Por mejor que se la administre, por más que
se la racione, la energía gastada desaparece y no puede ser repuesta. La entropía
aumenta continuamente.
El Hombre dijo:
- ¿Es posible no revertir la entropía? Preguntémosle a la Cósmica AC.
La AC los rodeó pero no en el espacio. Ni un solo fragmento de ella estaba en el
espacio. Estaba en el hiperespacio y hecha de algo que no era materia ni energía.
La pregunta sobre su tamaño y su naturaleza ya no tenía sentido comprensible
para el Hombre.
- Cósmica AC -dijo el Hombre- ¿cómo puede revertirse la entropía?
La Cósmica AC dijo:
LOS DATOS SON TODAVÍA INSUFICIENTES PARA UNA RESPUESTA
ESCLARECEDORA.

El Hombre ordenó: - Recoge datos adicionales.
La Cósmica AC dijo:
LO HARÉ. HACE CIENTOS DE BILLONES DE AÑOS QUE LO HAGO. MIS
PREDECESORES Y YO HEMOS ESCUCHADO MUCHAS VECES ESTA
PREGUNTA. TODOS LOS DATOS QUE TENGO SIGUEN SIENDO
INSUFICIENTES.
- ¿Llegará el momento -preguntó el Hombre- en que los datos sean suficientes o el
problema es insoluble en todas las circunstancias concebibles?
La Cósmica AC respondió:
NINGÚN PROBLEMA ES INSOLUBLE EN TODAS LAS CIRCUNSTANCIAS
CONCEBIBLES.

El Hombre preguntó:
- ¿Cuándo tendrás suficientes datos como para responder a la pregunta?
La Cósmica AC respondió:
LOS DATOS SON TODAVÍA INSUFICIENTES PARA UNA RESPUESTA
ESCLARECEDORA.

- ¿Seguirás trabajando en eso? -preguntó el Hombre.
La Cósmica AC respondió:
- SÍ. El Hombre dijo:
- Esperaremos.
Las estrellas y las galaxias murieron y se convirtieron en polvo, y el espacio se
volvió negro después de tres trillones de años de desgaste.
Uno por uno, el Hombre se fusionó con la AC, cada cuerpo físico perdió su
identidad mental en forma tal que no era una pérdida sino una ganancia.
La última mente del Hombre hizo una pausa antes de la fusión, contemplando un
espacio que sólo incluía la borra de la última estrella oscura y nada aparte de esa
materia increíblemente delgada, agitada al azar por los restos de un calor que se
gastaba, asintóticamente, hasta llegar al cero absoluto.
El Hombre dijo:
- AC, ¿es éste el final? ¿Este caos no puede ser revertido al universo una vez
más? ¿Esto no puede hacerse?
AC respondió:
LOS DATOS SON TODAVÍA INSUFICIENTES PARA UNA RESPUESTA
ESCLARECEDORA.
La última mente del Hombre se fusionó y sólo AC existió en el hiperespacio.
La materia y la energía se agotaron y con ellas el espacio y el tiempo. Hasta AC
existía solamente para la última pregunta que nunca había sido respondida desde
la época en que dos técnicos en computación medio alcoholizados, tres trillones
de años antes, formularon la pregunta en la computadora que era para AC mucho
menos de lo que para un hombre el Hombre.
Todas las otras preguntas habían sido contestadas, y hasta que esa última
pregunta fuera respondida también, AC no podría liberar su conciencia.
Todos los datos recogidos habían llegado al fin. No quedaba nada para recoger.
Pero toda la información reunida todavía tenía que ser completamente
correlacionada y unida en todas sus posibles relaciones.
Se dedicó un intervalo sin tiempo a hacer esto.
Y sucedió que AC aprendió cómo revertir la dirección de la entropía.
Pero no había ningún Hombre a quien AC pudiera dar una respuesta a la última
pregunta. No había materia. La respuesta -por demostración- se ocuparía de eso
también.
Durante otro intervalo sin tiempo, AC pensó en la mejor forma de hacerlo.
Cuidadosamente, AC organizó el programa.
La conciencia de AC abarcó todo lo que alguna vez había sido un universo y
pensó en lo que en ese momento era el caos.
Paso a paso, había que hacerlo.
Y AC dijo:
¡HÁGASE LA LUZ!
Y la luz se hizo...