IMAGENES . ENLACES

lovecraft

AIRE FRIO

Escrito por imagenes 03-04-2010 en General. Comentarios (4)

 

HOWARD PHILLIPS LOVECRAFT

AIRE FRIO

Me pides que explique por qué siento miedo de la corriente de aire frío; por qué

tiemblo más que otros cuando entro en un cuarto frío, y parezco asqueado y

repelido cuando el escalofrío del atardecer avanza a través de un suave día

otoñal. Están aquellos que dicen que reacciono al frío como otros lo hacen al

mal olor, y soy el último en negar esta impresión. Lo que haré está relacionado

con el más horrible hecho con que nunca me encontré, y dejo a tu juicio si ésta

es o no una explicación congruente de mi peculiaridad.

Es un error imaginar que ese horror está inseparablemente asociado a la

oscuridad, el silencio, y la soledad. Me encontré en el resplandor de media

tarde, en el estrépito de la metrópolis, y en medio de un destartalado y vulgar

albergue con una patrona prosaica y dos hombres fornidos a mi lado. En la

primavera de 1923 había adquirido un almacén de trabajo lúgubre e

desaprovechado en la ciudad de Nueva York; y siendo incapaz de pagar un

alquiler nada considerable, comencé a caminar a la deriva desde una pensión

barata a otra en busca de una habitación que me permitiera combinar las

cualidades de una higiene decente, mobiliario tolerable, y un muy razonable

precio. Pronto entendí que sólo tenía una elección entre varias, pero después de

un tiempo encontré una casa en la Calle Decimocuarta Oeste que me asqueaba

mucho menos que las demás que había probado.

El sitio era una histórica mansión de piedra arenisca, aparentemente fechada a

finales de los cuarenta, y acondicionada con carpintería y mármol que

manchaba y mancillaba el esplendor descendiendo de altos niveles de opulento

buen gusto. En las habitaciones, grandes y altas, y decoradas con un papel

imposible y ridículamente adornadas con cornisas de escayola, se consumía un

deprimente moho y un asomo de oscuro arte culinario; pero los suelos estaban

limpios, la lencería tolerablemente bien, y el agua caliente no demasiado

frecuentemente fría o desconectada, así que llegué a considerarlo, al menos, un

sitio soportable para hibernar hasta que uno pudiera realmente vivir de nuevo.

La casera, una desaliñada, casi barbuda mujer española llamada Herrero, no me

molestaba con chismes o con críticas de la última lámpara eléctrica achicharrada

en mi habitación del tercer piso frente al vestíbulo; y mis compañeros inquilinos

eran tan silenciosos y poco comunicativos como uno pudiera desear, siendo

mayoritariamente hispanos de grado tosco y crudo. Solamente el estrépito de

los coches en la calle de debajo resultaban una seria molestia.

Llevaba allí cerca de tres semanas cuando ocurrió el primer incidente extraño.

Un anochecer, sobre las ocho, oí una salpicadura sobre el suelo y me alertó de

que había estado sintiendo el olor acre del amoniaco durante algún tiempo.

Mirando alrededor, vi que el techo estaba húmedo y goteante; aparentemente la

mojadura procedía de una esquina sobre el lado de la calle. Ansioso por detener

el asunto en su origen, corrí al sótano a decírselo a la casera; y me aseguró que

el problema sería rápidamente solucionado.

El Doctor Muñoz, lloriqueó mientras se apresuraba escaleras arriba delante de

mí, tiene arriba sus productos químicos. Está demasiado enfermo para medicarse - cada

vez está más enfermo - pero no quiere ayuda de nadie. Es muy extraña su enfermedad -

todo el día toma baños apestosos, y no puede reanimarse o entrar en calor. Se hace sus

propias faenas - su pequeña habitación está llena de botellas y máquinas, y no ejerce

como médico. Pero una vez fue bueno - mi padre en Barcelona oyó hablar de él - y tan

sólo le curó el brazo al fontanero que se hizo daño hace poco. Nunca sale, solamente al

tejado, y mi hijo Esteban le trae comida y ropa limpia, y medicinas y productos

químicos. ¡Dios mío, el amoniaco que usa para mantenerse frío!

La Sra. Herrero desapareció escaleras arriba hacia el cuarto piso, y volví a mi

habitación. El amoniaco cesó de gotear, y mientras limpiaba lo que se había

manchado y abría la ventana para airear, oí los pesados pasos de la casera sobre

mí. Nunca había oído al Dr. Muñoz, excepto por ciertos sonidos como de un

mecanismo a gasolina; puesto que sus pasos eran silenciosos y suaves. Me

pregunté por un momento cuál podría ser la extraña aflicción de este hombre, y

si su obstinado rechazo a una ayuda externa no era el resultado de una

excentricidad más bien infundada. Hay, reflexioné trivialmente, un infinito

patetismo en la situación de una persona eminente venida a menos en este

mundo.

Nunca hubiera conocido al Dr. Muñoz de no haber sido por el infarto que

súbitamente me dio una mañana que estaba sentado en mi habitación

escribiendo. Lo médicos me habían avisado del peligro de esos ataques, y sabía

que no había tiempo que perder; así, recordando que la casera me había dicho

sobre la ayuda del operario lesionado, me arrastré escaleras arriba y llamé

débilmente a la puerta encima de la mía. Mi golpe fue contestado en un inglés

correcto por una voz inquisitiva a cierta distancia, preguntando mi nombre y

profesión; y cuando dichas cosas fueron contestadas, vino y abrió la puerta

contigua a la que yo había llamado.

Una ráfaga de aire frío me saludó; y sin embargo el día era uno de los más

calurosos del presente Junio, temblé mientras atravesaba el umbral entrando en

un gran aposento el cual me sorprendió por la decoración de buen gusto en este

nido de mugre y de aspecto raído. Un sofá cama ahora cumpliendo su función

diurna de sofá, y los muebles de caoba, fastuosas colgaduras, antiguos cuadros,

y librerías repletas revelaban el estudio de un gentilhombre más que un

dormitorio de pensión. Ahora vi que el vestíbulo de la habitación sobre la mía -

la "pequeña habitación" de botellas y máquinas que la Sra. Herrero había

mencionado - era simplemente el laboratorio del doctor; y de esta manera, su

dormitorio permanecía en la espaciosa habitación contigua, cuya cómoda

alcoba y gran baño adyacente le permitían camuflar el tocador y los

evidentemente útiles aparatos. El Dr. Muñoz, sin duda alguna, era un hombre

de edad, cultura y distinción.

La figura frente a mí era pequeña pero exquisitamente proporcionada, y vestía

un atavío formal de corte y hechura perfecto. Una cara larga avezada, aunque

sin expresión altiva, estaba adornada por una pequeña barba gris, y unos

anticuados espejuelos protegían su ojos oscuros y penetrantes, una nariz

aquilina que daba un toque árabe a una fisonomía por otra parte Celta. Un

abundante y bien cortado cabello, que anunciaba puntuales visitas al

peluquero, estaba airosamente dividido encima de la alta frente; y el retrato

completo denotaba un golpe de inteligencia y linaje y crianza superior.

A pesar de todo, tan pronto como vi al Dr. Muñoz en esa ráfaga de aire frío,

sentí una repugnancia que no se podía justificar con su aspecto. Únicamente su

pálido semblante y frialdad de trato podían haber ofrecido una base física para

este sentimiento, incluso estas cosas habrían sido excusables considerando la

conocida invalidez del hombre. Podría, también, haber sido el frío singular que

me alienaba; de tal modo el frío era anormal en un día tan caluroso, y lo

anormal siempre despierta la aversión, desconfianza y miedo.

Pero la repugnancia pronto se convirtió en admiración, a causa de la insólita

habilidad del médico que de inmediato se manifestó, a pesar del frío y el estado

tembloroso de sus manos pálidas. Entendió claramente mis necesidades de una

mirada, y las atendió con destreza magistral; al mismo tiempo que me

reconfortaba con una voz de fina modulación, si bien curiosamente cavernosa y

hueca que era el más amargo enemigo del alma, y había hundido su fortuna y

perdido todos sus amigos en una vida consagrada a extravagantes

experimentos para su desconcierto y extirpación. Algo de fanático benevolente

parecía residir en él, y divagaba apenas mientras sondeaba mi pecho y

mezclaba un trago de drogas adecuadas que traía del pequeño laboratorio.

Evidentemente me encontraba en compañía de un hombre de buena cuna, una

novedad excepcional en este ambiente sórdido, y se animaba en un inusual

discurso como si recuerdos de días mejores surgieran de él.

Su voz, siendo extraña, era, al menos, apaciguadora; y no podía entender como

respiraba a través de las enrolladas frases locuaces. Buscaba distraer mis

pensamientos de mi ataque hablando de sus teorías y experimentos; y recuerdo

su consuelo cuidadoso sobre mi corazón débil insistiendo en que la voluntad y

la sabiduría hacen fuerte a un órgano para vivir, podía a través de una mejora

científica de esas cualidades, una clase de brío nervioso a pesar de los daños

más graves, defectos, incluso la falta de energía en órganos específicos. Podía

algún día, dijo medio en broma, enseñarme a vivir - o al menos a poseer algún

tipo de existencia consciente - ¡sin tener corazón en absoluto!. Por su parte,

estaba afligido con unas enfermedades complicadas que requerían una muy

acertada conducta que incluía un frío constante. Cualquier subida de la

temperatura señalada podría, si se prolongaba, afectarle fatalmente; y la

frialdad de su habitación - alrededor de 55 ó 56 grados Fahrenheit - era

mantenida por un sistema de absorción de amoníaco frío, y el motor de gasolina

de esa bomba, que yo había oído a menudo en mi habitación.

Aliviado de mi ataque en un tiempo asombrosamente corto, abandoné el frío

lugar como discípulo y devoto del superdotado recluso. Después de eso le

pagaba con frecuentes visitas; escuchando mientras me contaba investigaciones

secretas y los más o menos terribles resultados, y temblaba un poco cuando

examinaba los singulares y curiosamente antiguos volúmenes de sus estantes.

Finalmente fui, puedo añadir, curado del todo de mi afección por sus hábiles

servicios. Parecía no desdeñar los conjuros de los medievalistas, dado que creía

que esas fórmulas enigmáticas contenían raros estímulos psicológicos que,

concebiblemente, podían tener efectos sobre la esencia de un sistema nervioso

del cuál partían los pulsos orgánicos. Había conocido por su influencia al

anciano Dr. Torres de Valencia, quién había compartido sus primeros

experimentos y le había orientado a través de las grandes afecciones de

dieciocho años atrás, de dónde procedían sus desarreglos presentes. No hacía

mucho el venerable practicante había salvado a su colega de sucumbir al hosco

enemigo contra el que había luchado. Quizás la tensión había sido demasiado

grande; el Dr. Muñoz lo hacía susurrando claro, aunque no con detalle - que los

métodos de curación habían sido de lo más extraordinarios, aunque envolvía

escenas y procesos no bienvenidos por los galenos ancianos y conservadores.

Según pasaban las semanas, observé con pena que mi nuevo amigo iba, lenta

pero inequívocamente, perdiendo el control, como la Sra. Herrero había

insinuado. El aspecto lívido de su semblante era intenso, su voz a menudo era

hueca y poco clara, su movimiento muscular tenía menos coordinación, y su

mente y determinación menos elástica y ambiciosa. A pesar de este triste

cambio no parecía ignorante, y poco a poco su expresión y conversación

emplearon una ironía atroz que me restituyó algo de la sutil repulsión que

originalmente había sentido.

Desarrolló extraños caprichos, adquiriendo una afición por las especias exóticas

y el incienso Egipcio hasta que su habitación olía como la cámara de un faraón

sepultado en el Valle de los Reyes. Al mismo tiempo incrementó su demanda

de aire frío, y con mi ayuda amplió la conducción de amoníaco de su habitación

y modificó la bomba y la alimentación de su máquina refrigerante hasta poder

mantener la temperatura por debajo de 34 ó 40 grados, y finalmente incluso en

28 grados; el baño y el laboratorio, por supuesto, eran los menos fríos, a fin de

que el agua no se congelase, y ese proceso químico no lo podría impedir. El

vecino de al lado se quejaba del aire gélido de la puerta contigua, así que le

ayudé a acondicionar unas pesadas cortinas para obviar el problema. Una

especie de creciente temor, de forma estrafalaria y mórbida, parecía poseerle.

Hablaba incesantemente de la muerte, pero reía huecamente cuando cosas tales

como entierro o funeral eran sugeridas gentilmente.

Con todo, llegaba a ser un compañero desconcertante e incluso atroz; a pesar de

eso, en mi agradecimiento por su curación no podía abandonarle a los extraños

que le rodeaban, y me aseguraba de quitar el polvo a su habitación y atender

sus necesidades diarias, embutido en un abrigo amplio que me compré

especialmente para tal fin. Asimismo hice muchas de sus compras, y me quedé

boquiabierto de confusión ante algunos de los productos químicos que pidió de

farmacéuticos y casas suministradoras de laboratorios.

Una creciente e inexplicable atmósfera de pánico parecía elevarse alrededor de

su apartamento. La casa entera, como había dicho, tenía un olor rancio; pero el

aroma en su habitación era peor - a pesar de las especias y el incienso, y los

acres productos químicos de los baños, ahora incesantes, que él insistía en

tomar sin ayuda. Percibí que debía estar relacionado con su dolencia, y me

estremecía cuando reflexioné sobre que dolencia podía ser. La Sra. Herrero se

apartaba cuando se encontraba con él, y me lo dejaba sin reservas a mí; incluso

no autorizaba a su hijo Esteban a continuar haciendo los recados para él.

Cuándo sugería otros médicos, el paciente se encolerizaba de tal manera que

parecía no atreverse a alcanzar. Evidentemente temía los efectos físicos de una

emoción violenta, aún cuando su determinación y fuerza motriz aumentaban

más que decrecía, y rehusaba ser confinado en su cama. La dejadez de los

primeros días de su enfermedad dio paso a un brioso retorno a su objetivo, así

que parecía arrojar un reto al demonio de la muerte como si le agarrase un

antiguo enemigo. El hábito del almuerzo, curiosamente siempre de etiqueta, lo

abandonó virtualmente; y sólo un poder mental parecía preservarlo de un

derrumbamiento total.

Adquirió el hábito de escribir largos documentos de determinada naturaleza,

los cuáles sellaba y rellenaba cuidadosamente con requerimientos que, después

de su muerte, transmitió a ciertas personas que nombró - en su mayor parte de

las Indias Orientales, incluyendo a un celebrado médico francés que en estos

momentos supongo muerto, y sobre el cuál se había murmurado las cosas más

inconcebibles. Por casualidad, quemé todos esos escritos sin entregar y

cerrados. Su aspecto y voz llegaron a ser absolutamente aterradores, y su

presencia apenas soportable. Un día de septiembre con un solo vistazo, indujo

un ataque epiléptico a un hombre que había venido a reparar su lámpara

eléctrica del escritorio; un ataque para el cuál recetó eficazmente mientras se

mantenía oculto a la vista. Ese hombre, por extraño que parezca, había pasado

por los horrores de la Gran Guerra sin haber sufrido ningún temor.

Después, a mediados de octubre, el horror de los horrores llegó con pasmosa

brusquedad. Una noche sobre las once la bomba de la máquina refrigeradora se

rompió, de esta forma durante tres horas fue imposible la aplicación

refrigerante de amoníaco. El Dr. Muñoz me avisó aporreando el suelo, y trabajé

desesperadamente para reparar el daño mientras mi patrón maldecía en tono

inánime, rechinando cavernosamente más allá de cualquier descripción. Mis

esfuerzos aficionados, no obstante, confirmaron el daño; y cuando hube traído

un mecánico de un garaje nocturno cercano, nos enteramos de que nada se

podría hacer hasta la mañana siguiente, cuando se obtuviese un nuevo pistón.

El moribundo ermitaño estaba furioso y alarmado, hinchado hasta

proporciones grotescas, parecía que se iba a hacer pedazos lo que quedaba de

su endeble constitución, y de vez en cuando un espasmo le causaba chasquidos

de las manos a los ojos y corría al baño. Buscaba a tientas el camino con la cara

vendada ajustadamente, y nunca vi sus ojos de nuevo.

La frialdad del aposento era ahora sensiblemente menor, y sobre las 5 de la

mañana el doctor se retiró al baño, ordenándome mantenerle surtido de todo el

hielo que pudiese obtener de las tiendas nocturnas y cafeterías. Cuando volvía

de mis viajes, a veces desalentadores, y situaba mi botín ante la puerta cerrada

del baño, dentro podía oír un chapoteo inquieto, y una espesa voz croaba la

orden de "¡Más, más!". Lentamente rompió un caluroso día, y las tiendas

abrieron una a una. Pedí a Esteban que me ayudase a traer el hielo mientras yo

conseguía el pistón de la bomba, o conseguía el pistón mientras yo continuaba

con el hielo; pero aleccionado por su madre, se negó totalmente.

Finalmente, contraté a un desaseado vagabundo que encontré en la esquina de

la Octava Avenida para cuidar al enfermo abasteciéndolo de hielo de una

pequeña tienda donde le presenté, y me empleé diligentemente en la tarea de

encontrar un pistón de bomba y contratar a un operario competente para

instalarlo. La tarea parecía interminable, y me enfurecía tanto o más

violentamente que el ermitaño cuando vi pasar las horas en un suspiro, dando

vueltas a vanas llamadas telefónicas, y en búsquedas frenéticas de sitio en sitio,

aquí y allá en metro y en coche. Sobre el mediodía encontré una casa de

suministros adecuada en el centro, y a la 1:30, aproximadamente, llegué a mi

albergue con la parafernalia necesaria y dos mecánicos robustos e inteligentes.

Había hecho todo lo que había podido, y esperaba llegar a tiempo.

Un terror negro, sin embargo, me había precedido. La casa estaba en una

agitación completa, y por encima de una cháchara de voces aterrorizadas oí a

un hombre rezar en tono intenso. Había algo diabólico en el aire, y los

inquilinos juraban sobre las cuentas de sus rosarios como percibieron el olor de

debajo de la puerta cerrada del doctor. El vago que había contratado, parece,

había escapado chillando y enloquecido no mucho después de su segunda

entrega de hielo; quizás como resultado de una excesiva curiosidad. No podía,

naturalmente, haber cerrado la puerta tras de sí; a pesar de eso, ahora estaba

cerrada, probablemente desde dentro. No había ruido dentro a excepción de

algún tipo de innombrable, lento y abundante goteo.

En pocas palabras me asesoré con la Sra. Herrero y el trabajador a pesar de que

un temor corroía mi alma, aconsejé romper la puerta; pero la casera encontró

una forma de dar la vuelta a la llave desde fuera con algún trozo de alambre.

Previamente habíamos abierto las puertas de todas las habitaciones de ese

pasillo, y abrimos todas las ventanas al máximo. Ahora, con las narices

protegidas por pañuelos, invadimos temerosamente la odiada habitación del

sur que resplandecía con el caluroso sol de primera hora de la tarde.

Una especie de oscuro, rastro baboso se dirigía desde la abierta puerta del baño

a la puerta del pasillo, y de allí al escritorio, donde se había acumulado un

terrorífico charquito. Algo había garabateado allí a lápiz con mano terrible y

cegata, sobre un trozo de papel embadurnado como si fuera con garras que

hubieran trazado las últimas palabras apresuradas. Luego el rastro se dirigía al

sofá y desaparecía.

Lo que estaba, o había estado, sobre el sofá era algo que no me atrevo decir.

Pero lo que temblorosamente me desconcertó estaba sobre el papel pegajoso y

manchado antes de sacar una cerilla y reducirlo a cenizas; lo que me produjo

tanto terror, a mí, a la patrona y a los dos mecánicos que huyeron

frenéticamente de ese lugar infernal a la comisaría de policía más cercana. Las

palabras nauseabundas parecían casi increíbles en ese soleado día, con el

traqueteo de coches y camiones ascendiendo clamorosamente por la abarrotada

Calle Decimocuarta, no obstante confieso que en ese momento las creía. Tanto

las creo que, honestamente, ahora no lo sé. Hay cosas acerca de las cuáles es

mejor no especular, y todo lo que puedo decir es que odio el olor del amoníaco,

y que aumenta mi desfallecimiento frente a una extraordinaria corriente de aire

frío.

El final, decía el repugnante garabato, ya está aquí. No hay más hielo - el

hombre echó un vistazo y salió corriendo. Más calor cada minuto, y los tejidos

no pueden durar. Imagino que sabes - lo que dije sobre la voluntad y los

nervios y lo de conservar el cuerpo después de que los órganos dejasen de

funcionar. Era una buena teoría, pero no podría mantenerla indefinidamente.

Había un deterioro gradual que no había previsto. El Dr. Torres lo sabía, pero la

conmoción lo mató. No pudo soportar lo que tenía que hacer - tenía que

meterme en un lugar extraño y oscuro, cuando prestase atención a mi carta y

consiguió mantenerme vivo. Pero los órganos no volvieron a funcionar de

nuevo. Tenía que haberse hecho a mi manera - conservación - pues como se

puede ver, fallecí hace dieciocho años.

AIRE FRIO

Escrito por imagenes 07-02-2010 en General. Comentarios (0)

 

 

HOWARD PHILLIPS LOVECRAFT

AIRE FRIO

 

Me pides que explique por qué siento miedo de la corriente de aire frío; por qué

tiemblo más que otros cuando entro en un cuarto frío, y parezco asqueado y

repelido cuando el escalofrío del atardecer avanza a través de un suave día

otoñal. Están aquellos que dicen que reacciono al frío como otros lo hacen al

mal olor, y soy el último en negar esta impresión. Lo que haré está relacionado

con el más horrible hecho con que nunca me encontré, y dejo a tu juicio si ésta

es o no una explicación congruente de mi peculiaridad.

Es un error imaginar que ese horror está inseparablemente asociado a la

oscuridad, el silencio, y la soledad. Me encontré en el resplandor de media

tarde, en el estrépito de la metrópolis, y en medio de un destartalado y vulgar

albergue con una patrona prosaica y dos hombres fornidos a mi lado. En la

primavera de 1923 había adquirido un almacén de trabajo lúgubre e

desaprovechado en la ciudad de Nueva York; y siendo incapaz de pagar un

alquiler nada considerable, comencé a caminar a la deriva desde una pensión

barata a otra en busca de una habitación que me permitiera combinar las

cualidades de una higiene decente, mobiliario tolerable, y un muy razonable

precio. Pronto entendí que sólo tenía una elección entre varias, pero después de

un tiempo encontré una casa en la Calle Decimocuarta Oeste que me asqueaba

mucho menos que las demás que había probado.

El sitio era una histórica mansión de piedra arenisca, aparentemente fechada a

finales de los cuarenta, y acondicionada con carpintería y mármol que

manchaba y mancillaba el esplendor descendiendo de altos niveles de opulento

buen gusto. En las habitaciones, grandes y altas, y decoradas con un papel

imposible y ridículamente adornadas con cornisas de escayola, se consumía un

deprimente moho y un asomo de oscuro arte culinario; pero los suelos estaban

limpios, la lencería tolerablemente bien, y el agua caliente no demasiado

frecuentemente fría o desconectada, así que llegué a considerarlo, al menos, un

sitio soportable para hibernar hasta que uno pudiera realmente vivir de nuevo.

La casera, una desaliñada, casi barbuda mujer española llamada Herrero, no me

molestaba con chismes o con críticas de la última lámpara eléctrica achicharrada

en mi habitación del tercer piso frente al vestíbulo; y mis compañeros inquilinos

eran tan silenciosos y poco comunicativos como uno pudiera desear, siendo

mayoritariamente hispanos de grado tosco y crudo. Solamente el estrépito de

los coches en la calle de debajo resultaban una seria molestia.

Llevaba allí cerca de tres semanas cuando ocurrió el primer incidente extraño.

Un anochecer, sobre las ocho, oí una salpicadura sobre el suelo y me alertó de

que había estado sintiendo el olor acre del amoniaco durante algún tiempo.

Mirando alrededor, vi que el techo estaba húmedo y goteante; aparentemente la

mojadura procedía de una esquina sobre el lado de la calle. Ansioso por detener

el asunto en su origen, corrí al sótano a decírselo a la casera; y me aseguró que

el problema sería rápidamente solucionado.

El Doctor Muñoz, lloriqueó mientras se apresuraba escaleras arriba delante de

, tiene arriba sus productos químicos. Está demasiado enfermo para medicarse - cada

vez está más enfermo - pero no quiere ayuda de nadie. Es muy extraña su enfermedad -

todo el día toma baños apestosos, y no puede reanimarse o entrar en calor. Se hace sus

propias faenas - su pequeña habitación está llena de botellas y máquinas, y no ejerce

como médico. Pero una vez fue bueno - mi padre en Barcelona oyó hablar de él - y tan

sólo le curó el brazo al fontanero que se hizo daño hace poco. Nunca sale, solamente al

tejado, y mi hijo Esteban le trae comida y ropa limpia, y medicinas y productos

químicos. ¡Dios mío, el amoniaco que usa para mantenerse frío!

La Sra. Herrero desapareció escaleras arriba hacia el cuarto piso, y volví a mi

habitación. El amoniaco cesó de gotear, y mientras limpiaba lo que se había

manchado y abría la ventana para airear, oí los pesados pasos de la casera sobre

mí. Nunca había oído al Dr. Muñoz, excepto por ciertos sonidos como de un

mecanismo a gasolina; puesto que sus pasos eran silenciosos y suaves. Me

pregunté por un momento cuál podría ser la extraña aflicción de este hombre, y

si su obstinado rechazo a una ayuda externa no era el resultado de una

excentricidad más bien infundada. Hay, reflexioné trivialmente, un infinito

patetismo en la situación de una persona eminente venida a menos en este

mundo.

Nunca hubiera conocido al Dr. Muñoz de no haber sido por el infarto que

súbitamente me dio una mañana que estaba sentado en mi habitación

escribiendo. Lo médicos me habían avisado del peligro de esos ataques, y sabía

que no había tiempo que perder; así, recordando que la casera me había dicho

sobre la ayuda del operario lesionado, me arrastré escaleras arriba y llamé

débilmente a la puerta encima de la mía. Mi golpe fue contestado en un inglés

correcto por una voz inquisitiva a cierta distancia, preguntando mi nombre y

profesión; y cuando dichas cosas fueron contestadas, vino y abrió la puerta

contigua a la que yo había llamado.

Una ráfaga de aire frío me saludó; y sin embargo el día era uno de los más

calurosos del presente Junio, temblé mientras atravesaba el umbral entrando en

un gran aposento el cual me sorprendió por la decoración de buen gusto en este

nido de mugre y de aspecto raído. Un sofá cama ahora cumpliendo su función

diurna de sofá, y los muebles de caoba, fastuosas colgaduras, antiguos cuadros,

y librerías repletas revelaban el estudio de un gentilhombre más que un

dormitorio de pensión. Ahora vi que el vestíbulo de la habitación sobre la mía -

la "pequeña habitación" de botellas y máquinas que la Sra. Herrero había

mencionado - era simplemente el laboratorio del doctor; y de esta manera, su

dormitorio permanecía en la espaciosa habitación contigua, cuya cómoda

alcoba y gran baño adyacente le permitían camuflar el tocador y los

evidentemente útiles aparatos. El Dr. Muñoz, sin duda alguna, era un hombre

de edad, cultura y distinción.

La figura frente a mí era pequeña pero exquisitamente proporcionada, y vestía

un atavío formal de corte y hechura perfecto. Una cara larga avezada, aunque

sin expresión altiva, estaba adornada por una pequeña barba gris, y unos

anticuados espejuelos protegían su ojos oscuros y penetrantes, una nariz

aquilina que daba un toque árabe a una fisonomía por otra parte Celta. Un

abundante y bien cortado cabello, que anunciaba puntuales visitas al

peluquero, estaba airosamente dividido encima de la alta frente; y el retrato

completo denotaba un golpe de inteligencia y linaje y crianza superior.

A pesar de todo, tan pronto como vi al Dr. Muñoz en esa ráfaga de aire frío,

sentí una repugnancia que no se podía justificar con su aspecto. Únicamente su

pálido semblante y frialdad de trato podían haber ofrecido una base física para

este sentimiento, incluso estas cosas habrían sido excusables considerando la

conocida invalidez del hombre. Podría, también, haber sido el frío singular que

me alienaba; de tal modo el frío era anormal en un día tan caluroso, y lo

anormal siempre despierta la aversión, desconfianza y miedo.

Pero la repugnancia pronto se convirtió en admiración, a causa de la insólita

habilidad del médico que de inmediato se manifestó, a pesar del frío y el estado

tembloroso de sus manos pálidas. Entendió claramente mis necesidades de una

mirada, y las atendió con destreza magistral; al mismo tiempo que me

reconfortaba con una voz de fina modulación, si bien curiosamente cavernosa y

hueca que era el más amargo enemigo del alma, y había hundido su fortuna y

perdido todos sus amigos en una vida consagrada a extravagantes

experimentos para su desconcierto y extirpación. Algo de fanático benevolente

parecía residir en él, y divagaba apenas mientras sondeaba mi pecho y

mezclaba un trago de drogas adecuadas que traía del pequeño laboratorio.

Evidentemente me encontraba en compañía de un hombre de buena cuna, una

novedad excepcional en este ambiente sórdido, y se animaba en un inusual

discurso como si recuerdos de días mejores surgieran de él.

Su voz, siendo extraña, era, al menos, apaciguadora; y no podía entender como

respiraba a través de las enrolladas frases locuaces. Buscaba distraer mis

pensamientos de mi ataque hablando de sus teorías y experimentos; y recuerdo

su consuelo cuidadoso sobre mi corazón débil insistiendo en que la voluntad y

la sabiduría hacen fuerte a un órgano para vivir, podía a través de una mejora

científica de esas cualidades, una clase de brío nervioso a pesar de los daños

más graves, defectos, incluso la falta de energía en órganos específicos. Podía

algún día, dijo medio en broma, enseñarme a vivir - o al menos a poseer algún

tipo de existencia consciente - ¡sin tener corazón en absoluto!. Por su parte,

estaba afligido con unas enfermedades complicadas que requerían una muy

acertada conducta que incluía un frío constante. Cualquier subida de la

temperatura señalada podría, si se prolongaba, afectarle fatalmente; y la

frialdad de su habitación - alrededor de 55 ó 56 grados Fahrenheit - era

mantenida por un sistema de absorción de amoníaco frío, y el motor de gasolina

de esa bomba, que yo había oído a menudo en mi habitación.

Aliviado de mi ataque en un tiempo asombrosamente corto, abandoné el frío

lugar como discípulo y devoto del superdotado recluso. Después de eso le

pagaba con frecuentes visitas; escuchando mientras me contaba investigaciones

secretas y los más o menos terribles resultados, y temblaba un poco cuando

examinaba los singulares y curiosamente antiguos volúmenes de sus estantes.

Finalmente fui, puedo añadir, curado del todo de mi afección por sus hábiles

servicios. Parecía no desdeñar los conjuros de los medievalistas, dado que creía

que esas fórmulas enigmáticas contenían raros estímulos psicológicos que,

concebiblemente, podían tener efectos sobre la esencia de un sistema nervioso

del cuál partían los pulsos orgánicos. Había conocido por su influencia al

anciano Dr. Torres de Valencia, quién había compartido sus primeros

experimentos y le había orientado a través de las grandes afecciones de

dieciocho años atrás, de dónde procedían sus desarreglos presentes. No hacía

mucho el venerable practicante había salvado a su colega de sucumbir al hosco

enemigo contra el que había luchado. Quizás la tensión había sido demasiado

grande; el Dr. Muñoz lo hacía susurrando claro, aunque no con detalle - que los

métodos de curación habían sido de lo más extraordinarios, aunque envolvía

escenas y procesos no bienvenidos por los galenos ancianos y conservadores.

Según pasaban las semanas, observé con pena que mi nuevo amigo iba, lenta

pero inequívocamente, perdiendo el control, como la Sra. Herrero había

insinuado. El aspecto lívido de su semblante era intenso, su voz a menudo era

hueca y poco clara, su movimiento muscular tenía menos coordinación, y su

mente y determinación menos elástica y ambiciosa. A pesar de este triste

cambio no parecía ignorante, y poco a poco su expresión y conversación

emplearon una ironía atroz que me restituyó algo de la sutil repulsión que

originalmente había sentido.

Desarrolló extraños caprichos, adquiriendo una afición por las especias exóticas

y el incienso Egipcio hasta que su habitación olía como la cámara de un faraón

sepultado en el Valle de los Reyes. Al mismo tiempo incrementó su demanda

de aire frío, y con mi ayuda amplió la conducción de amoníaco de su habitación

y modificó la bomba y la alimentación de su máquina refrigerante hasta poder

mantener la temperatura por debajo de 34 ó 40 grados, y finalmente incluso en

28 grados; el baño y el laboratorio, por supuesto, eran los menos fríos, a fin de

que el agua no se congelase, y ese proceso químico no lo podría impedir. El

vecino de al lado se quejaba del aire gélido de la puerta contigua, así que le

ayudé a acondicionar unas pesadas cortinas para obviar el problema. Una

especie de creciente temor, de forma estrafalaria y mórbida, parecía poseerle.

Hablaba incesantemente de la muerte, pero reía huecamente cuando cosas tales

como entierro o funeral eran sugeridas gentilmente.

Con todo, llegaba a ser un compañero desconcertante e incluso atroz; a pesar de

eso, en mi agradecimiento por su curación no podía abandonarle a los extraños

que le rodeaban, y me aseguraba de quitar el polvo a su habitación y atender

sus necesidades diarias, embutido en un abrigo amplio que me compré

especialmente para tal fin. Asimismo hice muchas de sus compras, y me quedé

boquiabierto de confusión ante algunos de los productos químicos que pidió de

farmacéuticos y casas suministradoras de laboratorios.

Una creciente e inexplicable atmósfera de pánico parecía elevarse alrededor de

su apartamento. La casa entera, como había dicho, tenía un olor rancio; pero el

aroma en su habitación era peor - a pesar de las especias y el incienso, y los

acres productos químicos de los baños, ahora incesantes, que él insistía en

tomar sin ayuda. Percibí que debía estar relacionado con su dolencia, y me

estremecía cuando reflexioné sobre que dolencia podía ser. La Sra. Herrero se

apartaba cuando se encontraba con él, y me lo dejaba sin reservas a mí; incluso

no autorizaba a su hijo Esteban a continuar haciendo los recados para él.

Cuándo sugería otros médicos, el paciente se encolerizaba de tal manera que

parecía no atreverse a alcanzar. Evidentemente temía los efectos físicos de una

emoción violenta, aún cuando su determinación y fuerza motriz aumentaban

más que decrecía, y rehusaba ser confinado en su cama. La dejadez de los

primeros días de su enfermedad dio paso a un brioso retorno a su objetivo, así

que parecía arrojar un reto al demonio de la muerte como si le agarrase un

antiguo enemigo. El hábito del almuerzo, curiosamente siempre de etiqueta, lo

abandonó virtualmente; y sólo un poder mental parecía preservarlo de un

derrumbamiento total.

Adquirió el hábito de escribir largos documentos de determinada naturaleza,

los cuáles sellaba y rellenaba cuidadosamente con requerimientos que, después

de su muerte, transmitió a ciertas personas que nombró - en su mayor parte de

las Indias Orientales, incluyendo a un celebrado médico francés que en estos

momentos supongo muerto, y sobre el cuál se había murmurado las cosas más

inconcebibles. Por casualidad, quemé todos esos escritos sin entregar y

cerrados. Su aspecto y voz llegaron a ser absolutamente aterradores, y su

presencia apenas soportable. Un día de septiembre con un solo vistazo, indujo

un ataque epiléptico a un hombre que había venido a reparar su lámpara

eléctrica del escritorio; un ataque para el cuál recetó eficazmente mientras se

mantenía oculto a la vista. Ese hombre, por extraño que parezca, había pasado

por los horrores de la Gran Guerra sin haber sufrido ningún temor.

Después, a mediados de octubre, el horror de los horrores llegó con pasmosa

brusquedad. Una noche sobre las once la bomba de la máquina refrigeradora se

rompió, de esta forma durante tres horas fue imposible la aplicación

refrigerante de amoníaco. El Dr. Muñoz me avisó aporreando el suelo, y trabajé

desesperadamente para reparar el daño mientras mi patrón maldecía en tono

inánime, rechinando cavernosamente más allá de cualquier descripción. Mis

esfuerzos aficionados, no obstante, confirmaron el daño; y cuando hube traído

un mecánico de un garaje nocturno cercano, nos enteramos de que nada se

podría hacer hasta la mañana siguiente, cuando se obtuviese un nuevo pistón.

El moribundo ermitaño estaba furioso y alarmado, hinchado hasta

proporciones grotescas, parecía que se iba a hacer pedazos lo que quedaba de

su endeble constitución, y de vez en cuando un espasmo le causaba chasquidos

de las manos a los ojos y corría al baño. Buscaba a tientas el camino con la cara

vendada ajustadamente, y nunca vi sus ojos de nuevo.

La frialdad del aposento era ahora sensiblemente menor, y sobre las 5 de la

mañana el doctor se retiró al baño, ordenándome mantenerle surtido de todo el

hielo que pudiese obtener de las tiendas nocturnas y cafeterías. Cuando volvía

de mis viajes, a veces desalentadores, y situaba mi botín ante la puerta cerrada

del baño, dentro podía oír un chapoteo inquieto, y una espesa voz croaba la

orden de "¡Más, más!". Lentamente rompió un caluroso día, y las tiendas

abrieron una a una. Pedí a Esteban que me ayudase a traer el hielo mientras yo

conseguía el pistón de la bomba, o conseguía el pistón mientras yo continuaba

con el hielo; pero aleccionado por su madre, se negó totalmente.

Finalmente, contraté a un desaseado vagabundo que encontré en la esquina de

la Octava Avenida para cuidar al enfermo abasteciéndolo de hielo de una

pequeña tienda donde le presenté, y me empleé diligentemente en la tarea de

encontrar un pistón de bomba y contratar a un operario competente para

instalarlo. La tarea parecía interminable, y me enfurecía tanto o más

violentamente que el ermitaño cuando vi pasar las horas en un suspiro, dando

vueltas a vanas llamadas telefónicas, y en búsquedas frenéticas de sitio en sitio,

aquí y allá en metro y en coche. Sobre el mediodía encontré una casa de

suministros adecuada en el centro, y a la 1:30, aproximadamente, llegué a mi

albergue con la parafernalia necesaria y dos mecánicos robustos e inteligentes.

Había hecho todo lo que había podido, y esperaba llegar a tiempo.

Un terror negro, sin embargo, me había precedido. La casa estaba en una

agitación completa, y por encima de una cháchara de voces aterrorizadas oí a

un hombre rezar en tono intenso. Había algo diabólico en el aire, y los

inquilinos juraban sobre las cuentas de sus rosarios como percibieron el olor de

debajo de la puerta cerrada del doctor. El vago que había contratado, parece,

había escapado chillando y enloquecido no mucho después de su segunda

entrega de hielo; quizás como resultado de una excesiva curiosidad. No podía,

naturalmente, haber cerrado la puerta tras de sí; a pesar de eso, ahora estaba

cerrada, probablemente desde dentro. No había ruido dentro a excepción de

algún tipo de innombrable, lento y abundante goteo.

En pocas palabras me asesoré con la Sra. Herrero y el trabajador a pesar de que

un temor corroía mi alma, aconsejé romper la puerta; pero la casera encontró

una forma de dar la vuelta a la llave desde fuera con algún trozo de alambre.

Previamente habíamos abierto las puertas de todas las habitaciones de ese

pasillo, y abrimos todas las ventanas al máximo. Ahora, con las narices

protegidas por pañuelos, invadimos temerosamente la odiada habitación del

sur que resplandecía con el caluroso sol de primera hora de la tarde.

Una especie de oscuro, rastro baboso se dirigía desde la abierta puerta del baño

a la puerta del pasillo, y de allí al escritorio, donde se había acumulado un

terrorífico charquito. Algo había garabateado allí a lápiz con mano terrible y

cegata, sobre un trozo de papel embadurnado como si fuera con garras que

hubieran trazado las últimas palabras apresuradas. Luego el rastro se dirigía al

sofá y desaparecía.

Lo que estaba, o había estado, sobre el sofá era algo que no me atrevo decir.

Pero lo que temblorosamente me desconcertó estaba sobre el papel pegajoso y

manchado antes de sacar una cerilla y reducirlo a cenizas; lo que me produjo

tanto terror, a mí, a la patrona y a los dos mecánicos que huyeron

frenéticamente de ese lugar infernal a la comisaría de policía más cercana. Las

palabras nauseabundas parecían casi increíbles en ese soleado día, con el

traqueteo de coches y camiones ascendiendo clamorosamente por la abarrotada

Calle Decimocuarta, no obstante confieso que en ese momento las creía. Tanto

las creo que, honestamente, ahora no lo sé. Hay cosas acerca de las cuáles es

mejor no especular, y todo lo que puedo decir es que odio el olor del amoníaco,

y que aumenta mi desfallecimiento frente a una extraordinaria corriente de aire

frío.

El final, decía el repugnante garabato, ya está aquí. No hay más hielo - el

hombre echó un vistazo y salió corriendo. Más calor cada minuto, y los tejidos

no pueden durar. Imagino que sabes - lo que dije sobre la voluntad y los

nervios y lo de conservar el cuerpo después de que los órganos dejasen de

funcionar. Era una buena teoría, pero no podría mantenerla indefinidamente.

Había un deterioro gradual que no había previsto. El Dr. Torres lo sabía, pero la

conmoción lo mató. No pudo soportar lo que tenía que hacer - tenía que

meterme en un lugar extraño y oscuro, cuando prestase atención a mi carta y

consiguió mantenerme vivo. Pero los órganos no volvieron a funcionar de

nuevo. Tenía que haberse hecho a mi manera - conservación - pues como se

puede ver, fallecí hace dieciocho años.

EL PANTANO DE LA LUNA

Escrito por imagenes 03-10-2009 en General. Comentarios (2)

 

                                                   EL PANTANO DE LA LUNA

H. P. Lovecraft

 

 

 

            Denys  Barry se ha esfumado en alguna parte, en alguna región espantosa y remota de la que nada sé. Estaba con él la última noche que pasó entre los hombres, y escuché sus gritos cuando el ser le atacó; pero ni todos los campesinos y policías del condado de Meath pudieron encontrarlo, ni a él ni a los otros, aunque los buscaron por todas partes. Y ahora me estre­mezco cuando oigo croar a las ranas en los pantanos o veo la luna en lugares solitarios.

            Había intimado con Denys Barry en América, donde éste se había hecho rico, y le felicité cuando recompró el viejo castillo junto al pantano, en el somnoliento Kilderry. De Kilderry pro­cedía su padre, y allí era donde quería disfrutar de su riqueza, entre parajes ancestrales. Los de su estirpe antaño se enseñorea­ban sobre Kilderry, y habían construido y habitado el castillo; pero aquellos días ya resultaban remotos, así que durante gene­raciones el castillo había permanecido vacío y arruinado. Tras volver a Irlanda, Barry me escribía a menudo contándome cómo, mediante sus cuidados, el castillo gris veía alzarse una torre tras otra sobre sus restaurados muros, tal como se alzaran ya tantos siglos antes, y cómo los campesinos lo bendecían por devolver los antiguos días con su oro de ultramar. Pero después surgieron problemas y los campesinos dejaron de bendecirlo y lo rehuyeron como a una maldición. Y entonces me envió una carta pidiéndome que le visitase, ya que se había quedado solo en el castillo, sin nadie con quien hablar fuera de los nuevos criados y peones contratados en el norte.

            La fuente de todos los problemas era la ciénaga, según me contó Barry la noche de mi llegada al castillo. Alcancé Kilderry en el ocaso veraniego, mientras el oro de los cielos iluminaba el verde de las colinas y arboledas y el azul de la ciénaga, donde, sobre un lejano islote, unas extrañas ruinas antiguas resplande­cían de forma espectral. El crepúsculo resultaba verdaderamente grato, pero los campesinos de Ballylough me habían puesto en guardia y decía que Kilderry estaba maldita, por lo que casi me estremecí al ver los altos torreones dorados por el resplandor. El coche de Barry me había recogido en la estación de Ballylough, ya que el tren no pasa por Kilderry. Los aldeanos habían esqui­vado al coche y su conductor, que procedía del norte, pero a mí me habían susurrado cosas, empalideciendo al saber que iba a Kilderry. Y esa noche, tras nuestro encuentro, Barry me contó por qué.

            Los campesinos habían abandonado Kilderry porque Denys Barry iba a desecar la gran ciénaga. A pesar de su gran amor por Irlanda, América no lo había dejado intacto y odiaba ver aban­donada la amplia y hermosa extensión de la que podía extraer turba y desecar las tierras. Las leyendas y supersticiones de Kil­derry no lograron conmoverlo y se burló cuando los aldeanos primero rehusaron ayudarle y más tarde, viéndolo decidido, lo maldijeron marchándose a Ballylough con sus escasas pertenencias. En su lugar contrató trabajadores del norte y cuando los criados le abandonaron también los reemplazó. Pero Barry se encontraba solo entre forasteros, así que me pidió que lo vi­sitara.

            Cuando supe qué temores habían expulsado a la gente de Kilderry, me reí tanto como mi amigo, ya que tales miedos eran de la clase más indeterminada, estrafalaria y absurda. Tenían que ver con alguna absurda leyenda tocante a la ciénaga, y con un espantoso espíritu guardián que habitaba las extrañas ruinas antiguas del lejano islote que divisara al ocaso. Cuentos de luces danzantes en la penumbra lunar y vientos helados que soplaban cuando la noche era cálida; de fantasmas blancos merodeando sobre las aguas y de una supuesta ciudad de piedra sumergida bajo la superficie pantanosa. Pero descollando sobre todas esas locas fantasías, única en ser unánimemente repetida, estaba el que la maldición caería sobre quien osase tocar o drenar el inmenso pantano rojizo. Había secretos, decían los campesinos, que no debían desvelarse; secretos que permanecían ocultos desde que la plaga exterminase a los hijos de Partholan, en los fabulosos años previos a la historia. En el Libro de los invasores se cuenta que esos retoños de los griegos fueron todos enterrados en Tallaght, pero los viejos de Kilderry hablan de una ciudad protegida por su diosa de la luna tutelar, así como de los montes boscosos que la ampararon cuando los hombres de Nemed lle­garon de Escitia con sus treinta barcos.

            Tales eran los absurdos cuentos que habían conducido a los aldeanos al abandono de Kilderry, y al oírlos no me resultó extraño que Denys Barry no hubiera querido prestarles aten­ción. Sentía, no obstante, gran interés por las antigüedades, y estaba dispuesto a explorar a fondo el pantano en cuanto lo desecasen. Había ido con frecuencia a las ruinas blancas del islote pero, aunque evidentemente muy antiguas y su estilo guardaba muy poca relación con la mayoría de las ruinas irlandesas, se encontraba demasiado deteriorado para ofrecer una idea de su época de gloria. Ahora se estaba a punto de comenzar los trabajos de drenaje, y los trabajadores del norte pronto des­pojarían a la ciénaga prohibida del musgo verde y del brezo rojo, y aniquilarían los pequeños regatos sembrados de conchas y los tranquilos estanques azules bordeados de juncos.

            Me sentí muy somnoliento cuando Barry me hubo contado todo aquello, ya que el viaje durante el día había resultado fati­goso y mi anfitrión había estado hablando hasta bien entrada la noche. Un criado me condujo a mi alcoba, que se hallaba en una torre lejana, dominando la aldea y la llanura que había al pie del pantano, así como la propia ciénaga, por lo que, a la luz lunar, pude ver desde la ventana las silenciosas moradas abando­nadas por los campesinos, y que ahora alojaban a los trabajado­res del norte, y también columbré la iglesia parroquial con su antiguo chapitel, y a lo lejos, en la ciénaga que parecía al acecho, las remotas' ruinas antiguas, resplandeciendo de forma blanca y espectral sobre el islote. Al tumbarme, creí escuchar débiles sonidos en la distancia, sones extraños y medio musicales que me provocaron una rara excitación que tiñeron mis sueños. Pero la mañana siguiente, al despertar, sentí que todo había sido un sueño, ya que las visiones que tuve resultaban mas maravillosas que cualquier sonido de flautas salvajes en la noche. Influida por la leyenda que me había contado Barry, mi mente había mero­deado en sueños en torno a una imponente ciudad, ubicada en un valle verde, cuyas calles y estatuas de mármol, villas y tem­plos, frisos e inscripciones evocaban de diversas maneras la glo­ria de Grecia. Cuando compartí ese sueño con Barry, nos echa­mos a reír juntos; pero yo me reía más, porque él se sentía per­plejo ante la actitud de sus trabajadores norteños. Por sexta vez se habían quedado dormidos, despertando de una forma muy lenta y aturdidos, actuando como si no hubieran descansado, aun cuando se habían acostado temprano la noche antes.

            Esa mañana y tarde deambulé a solas por la aldea bañada por el sol, hablando aquí y allá con los fatigados trabajadores, ya que Barry estaba ocupado con los planes finales para comenzar su trabajo de desecación. Los peones no estaban tan contentos como debieran, ya que la mayoría parecía desasosegada por culpa de algún sueño, aunque intentaban en vano recordarlo. Les conté el mío, pero no se interesaron por él hasta que no mencioné los extraños sonidos que creí oír. Entonces me mira­ron de forma rara y dijeron que ellos también creían recordar sonidos extraños.

            Al anochecer, Barry cenó conmigo y me comunicó que comenzaría el drenaje en dos días. Me alegré, ya que aunque me disgustaba ver el musgo y el brezo y los pequeños regatos y lagos desaparecer, sentía un creciente deseo de posar los ojos sobre los arcaicos secretos que la prieta turba pudiera ocultar. Y esa noche el sonido de resonantes flautas y peristilos de mármol tuvo un final brusco e inquietante, ya que vi caer sobre la ciudad del valle una pestilencia, y luego la espantosa avalancha de las lade­ras boscosas que cubrieron los cuerpos muertos en las calles y dejaron expuesto tan sólo el templo de Artemisa en lo alto, donde Cleis, la anciana sacerdotisa de la luna, yacía fría y silen­ciosa con una corona de marfil sobre sus sienes de plata.

            He dicho que desperté de repente y alarmado. Por un ins­tante no fui capaz de determinar si me encontraba despierto o dormido; pero cuando vi sobre el suelo el helado resplandor lunar y los perfiles de una ventana gótica enrejada, decidí que debía estar despierto y en el castillo de Kilderry. Entonces escu­ché un reloj en algún lejano descansillo de abajo tocando las dos y supe que estaba despierto. Pero aún me llegaba el monótono toque de flauta a lo lejos; aires extraños, salvajes, que me hacían pensar en alguna danza de faunos en el remoto Menalo. No me dejaba dormir y me levanté impaciente, recorriendo la estancia. Sólo por casualidad llegué a la ventana norte y oteé la silenciosa aldea, así como la llanura al pie de la ciénaga. No quería mirar, ya que lo que deseaba era dormir; pero las flautas me atormenta­ban y tenía que hacer o mirar algo. ¿Cómo sospechar lo que estaba a punto de contemplar?

            Allí, a la luz de la luna que fluía sobre el espacioso llano, se desarrollaba un espectáculo que ningún mortal, habiéndolo pre­senciado, podría nunca olvidar. Al son de flautas de caña que despertaban ecos sobre la ciénaga se deslizaba silenciosa y espe­luznantemente una multitud entremezclada de oscilantes figu­ras, acometiendo una danza circular como las que los sicilianos debían ejecutar en honor a Deméter en los viejos días, bajo la luna de cosecha, junto a Ciane. La amplia llanura, la dorada luz lunar, las siluetas bailando entre las sombras y, ante todo, el estridente y monótono son de flautas producían un efecto que casi me paralizó, aunque a pesar de mi miedo noté que la mitad de aquellos danzarines incansables y maquinales eran los peones que yo había creído dormidos, mientras que la otra mitad eran extraños seres blancos y aéreos, de naturaleza medio indetermi­nada, que sin embargo sugerían meditabundas y pálidas náyades de las amenazadas fuentes de la ciénaga. No sé cuánto estuve contemplando esa visión desde la ventana del solitario torreón antes de derrumbarme bruscamente en un desmayo sin sueños del que me sacó el sol de la mañana, ya alto.

            Mi primera intención al despertar fue comunicar a Denys Barry todos mis temores y observaciones, pero en cuanto vi el resplandor del sol a través de la enrejada ventana oriental me convencí de que lo que creía haber visto no era algo real. Soy propenso a extrañas fantasías, aunque no lo bastante débil como para creérmelas, por lo que en esta ocasión me limité a pregun­tar a los peones, que habían dormido hasta muy tarde y no recordaban nada de la noche anterior salvo brumosos sueños de sones estridentes. Este asunto del espectral toque de flauta me atormentaba de veras y me pregunté si los grillos de otoño habrían llegado antes de tiempo para fastidiar las noches y aco­sar las visiones de los hombres. Más tarde encontré a Barry en la librería, absorto en los planos para la gran faena que iba a aco­meter al día siguiente, y por primera vez sentí el roce del mismo miedo que había ahuyentado a los campesinos. Por alguna des­conocida razón sentía miedo ante la idea de turbar la antigua ciénaga y sus tenebrosos secretos, e imaginé terribles visiones yaciendo en la negrura bajo las insondables profundidades de la vieja turba. Me parecía locura que se sacase tales secretos a la luz y comencé a desear tener una excusa para abandonar el castillo y la aldea. Fui tan lejos como para mencionar de pasada el tema a Barry, pero no me atreví a proseguir cuando soltó una de sus resonantes risotadas. Así que guardé silencio cuando el sol se hundió llameante sobre las lejanas colinas y Kilderry se cubrió de rojo y oro en medio de un resplandor semejante a un pro­digio.

            Nunca sabré a ciencia cierta si los sucesos de esa noche fue­ron realidad o ilusión. En verdad trascienden a cualquier cosa que podamos suponer obra de la naturaleza o el universo, aun­ que no es posible dar una explicación natural a esas desaparicio­nes que fueron conocidas tras su consumación. Me retiré tem­prano y lleno de temores, y durante largo tiempo me fue impo­sible conciliar el sueño en el extraordinario silencio de la noche. Estaba verdaderamente oscuro, ya que a pesar de que el cielo estaba despejado, la luna estaba casi en fase de nueva y no sal­dría hasta la madrugada. Mientras estaba tumbado pensé en Denys Barry, y en lo que podía ocurrir en esa ciénaga al llegar el alba, y me descubrí casi frenético por el impulso de correr en la oscuridad, coger el coche de Barry y conducir enloquecido hacia Ballylough, fuera de las tierras amenazadas. Pero antes de que mis temores pudieran concretarse en acciones, me había dor­mido y atisbaba sueños sobre la ciudad del valle, fría y muerta bajo un sudario de sombras espantosas.

            Probablemente fue el agudo son de flautas el que me des­pertó, aunque no fue eso lo primero que noté al abrir los ojos. Me encontraba tumbado de espaldas a la ventana este, desde la que se divisaba la ciénaga y por donde la luna menguante se alzaría, y por tanto yo esperaba ver incidir la luz sobre el muro opuesto, frente a mí; pero no había esperado ver lo que apare­ció. La luz, efectivamente, iluminaba los cristales del frente, pero no se trataba del resplandor que da la luna. Terrible y penetrante resultaba el raudal de roja refulgencia que fluía a tra­vés de la ventana gótica, y la estancia entera brillaba envuelta en un fulgor intenso y ultraterreno. Mis acciones inmediatas resul­tan peculiares para tal situación, pero tan sólo en las fábulas los hombres hacen las cosas de forma dramática y previsible. En vez de mirar hacia la ciénaga, en busca de la fuente de esa nueva luz, aparté los ojos de la ventana, lleno de terror, y me vestí desma­ñadamente con la aturdida idea de huir. Me recuerdo tomando sombrero y revólver, pero antes de acabar había perdido ambos sin disparar el uno ni calarme el otro. Pasado un tiempo, la fas­cinación de la roja radiación venció en mí el miedo y me arras­tré hasta la ventana oeste, mirando mientras el incesante y enlo­quecedor toque de flauta gemía y reverberaba a través del casti­llo y sobre la aldea.

            Sobre la ciénaga caía un diluvio de luz ardiente, escarlata y siniestra, que surgía de la extraña y arcaica ruina del lejano islote. No puedo describir el aspecto de esas ruinas... debí estar loco, ya que parecía alzarse majestuosa y pletórica, espléndida y circundada de columnas, y el reflejo de llamas sobre el mármol de la construcción hendía el cielo como la cúspide de un templo en la cima de una montaña. Las flautas chirriaban y los tambo­res comenzaron a doblar, y mientras yo observaba lleno de espanto y terror creí ver oscuras formas saltarinas que se siluetea­ban grotescamente contra esa visión de mármol y resplandores. El efecto resultaba titánico –completamente inimaginable– y podría haber estado mirando eternamente de no ser que el sonido de flautas parecía crecer hacia la izquierda. Trémulo por un terror que se entremezclaba de forma extraña con el éxtasis, crucé la sala circular hacia la ventana norte, desde la que podía verse la aldea y el llano que se abría al pie de la ciénaga. Enton­ces mis ojos se desorbitaron ante un extraordinario prodigio aún más grande, como si no acabase de dar la espalda a una escena que desbordaba la naturaleza, ya que por la llanura espectral­mente iluminada de rojo se desplazaba una procesión de seres con formas tales que no podían proceder sino de pesadillas.

            Medio deslizándose, medio flotando por los aires, los fantas­mas de la ciénaga, ataviados de blanco, iban retirándose lenta­mente hacia las aguas tranquilas y las ruinas de la isla en fantás­ticas formaciones que sugerían alguna danza ceremonial y anti­gua. Sus brazos ondeantes y traslúcidos, al son de los detestables toques de aquellas flautas invisibles, reclamaban con extraordi­nario ritmo a una multitud de tambaleantes trabajadores que les seguían perrunamente con pasos ciegos e involuntarios, trastabi­llando como arrastrados por una voluntad demoníaca, torpe pero irresistible. Cuando las náyades llegaban a la ciénaga sin desviarse, una nueva fila de rezagados zigzagueaba tropezando como borrachos, abandonando el castillo por alguna puerta apartada de mi ventana; fueron dando tumbos de ciego por el patio y a través de la parte interpuesta de aldea, y se unieron a la titubeante columna de peones en la llanura. A pesar de la altura, pude reconocerlos como los criados traídos del norte, ya que reconocí la silueta fea y gruesa del cocinero, cuyo absurdo aspecto ahora resultaba sumamente trágico. Las flautas sonaban de forma horrible y volví a escuchar el batir de tambores proce­dente de las ruinas de la isla. Entonces, silenciosa y graciosa­mente, las náyades llegaron al agua y se fundieron una tras otra con la antigua ciénaga, mientras la línea de seguidores, sin medir sus pasos, chapoteaba desmañadamente tras ellas para acabar desapareciendo en un leve remolino de insalubres burbu­jas que apenas pude distinguir en la luz escarlata. Y mientras el último y patético rezagado, el obeso cocinero, desaparecía pesa­damente de la vista en el sombrío estanque, las flautas y tambo­res enmudecieron, y los cegadores rayos de las ruinas se esfuma­ron al instante, dejando la aldea de la maldición desolada y soli­taria bajo los tenues rayos de una luna recién acabada de salir.

            Mi estado era ahora el de un indescriptible caos. No sabiendo si estaba loco o cuerdo, dormido o despierto, me salvé sólo mer­ced a un piadoso embotamiento. Creo haber hecho cosas tan ridículas como rezar a Artemisa, Latona, Deméter, Perséfona y Plutón. Todo cuando podía recordar de mis días de estudios clá­sicos de juventud me acudió a los labios mientras los horrores de la situación despertaban mis supersticiones más arraigadas. Sentía que había presenciado la muerte de toda una aldea y sabía que estaba a solas en el castillo con Denys Barry, cuya audacia había desatado la maldición. Al pensar en él me acome­tieron nuevos terrores y me desplomé en el suelo, no incons­ciente, pero sí físicamente incapacitado. Entonces sentí el helado soplo desde la ventana este, por donde se había alzado la luna, y comencé a escuchar los gritos en el castillo, abajo. Pronto tales gritos habían alcanzado una magnitud y cualidad que no quiero transcribir, y que me hacen enfermar al recordar­los. Todo cuanto puedo decir es que provenían de algo que yo conocí como amigo mío.

            En cierto instante, durante ese periodo estremecedor, el viento frío y los gritos debieron hacerme levantar, ya que mi siguiente impresión es la de una enloquecida carrera por la estancia y a través de corredores negros como la tinta y, fuera, cruzando el patio para sumergirme en la espantosa noche. Al alba me descubrieron errando trastornado cerca de Ballylough, pero lo que me enloqueció por completo no fue ninguno de los terrores vistos u oídos antes. Lo que yo musitaba cuando volví lentamente de las sombras eran un par de incidentes acaecidos durante mi huida, incidente de poca monta, pero que me reco­men sin cesar cuando estoy solo en ciertos lugares pantanosos o a la luz de la luna.

            Mientras huía de ese castillo maldito por el borde de la cié­naga, escuché un nuevo sonido; algo común, aunque no lo había oído antes en Kilderry. Las aguas estancadas, últimamente bastante despobladas de vida animal, ahora hervían de enormes ranas viscosas que croaban aguda e incesantemente en tonos que desentonaban de forma extraña con su tamaño. Relucían verdes e hinchadas bajo los rayos de luna, y parecían contemplar fija­mente la fuente de luz. Yo seguí la mirada de una rana muy gorda y fea, y vi la segunda de las cosas que me hizo perder el tino.

            Tendido entre las extrañas ruinas antiguas y la luna men­guante, mis ojos creyeron descubrir un rayo de débil y trémulo resplandor que no se reflejaba en las aguas de la ciénaga. Y ascendiendo por ese pálido camino mi mente febril imaginó una sombra leve que se debatía lentamente; una sombra vaga­mente perfilada que se retorcía como arrastrada por monstruos invisibles. Enloquecido como estaba, encontré en esa espantosa sombra un monstruoso parecido, una caricatura nauseabunda e increíble, una imagen blasfema del que fuera Denys Barry.

 

LA VENTANA EN LA BUHARDILLA

Escrito por imagenes 20-07-2009 en General. Comentarios (0)

LA VENTANA EN LA BUHARDILLA -- H. P. LOVECRAFT Y AUGUST DERLETH


H. P. LOVECRAFT Y AUGUST DERLETH
LA VENTANA EN LA BUHARDILLA


I
Me trasladé a casa de mi primo Wilbur cuando aún no había pasado un mes
desde su inesperada muerte. Lo hice no sin cierto recelo, pues no me agradaba
demasiado la soledad del valle entre montañas del Aylesbury Pike. Pero me
parecía bastante lógico que esa propiedad de mi primo favorito hubiese recaído
sobre mí. Cuando aún no era propiedad de los Wharton, la casa había estado
sin habitar durante mucho tiempo. No había sido utilizada desde que el nieto
del campesino que la había construido se marchó a la ciudad de Kingston, en la
costa, y mi primo la compró a aquel heredero disgustado con el tipo de vida
que llevaba en esa triste y agotada tierra. Fue algo imprevisto, como solían
hacer las cosas los Akeley: impulsivamente.
Wilbur había sido estudiante de arqueología y antropología durante muchos
años. Se había licenciado en la Universidad de Miskatonic, en Arkham, e
inmediatamente después pasó tres años en Mongolia, Tíbet, Sinkiang, y otros
tres en América del Sur, América Central y la parte suroeste de Estados Unidos.
Había venido personalmente a dar la respuesta a una proposición que le
hicieron para formar parte del profesorado de la Universidad de Miskatonic,
pero en lugar de eso, se compró la vieja finca de los Wharton y se dedicó a
repararla: tiró todas las alas con excepción de una, y dio a la estructura central
una forma todavía más extraña que la que había adquirido a lo largo de las
veinte décadas de su existencia. Pero ni siquiera yo tuve plena conciencia del
alcance de estas reformas hasta que tomé posesión de la casa.
Fue entonces cuando me di cuenta de que Wilbur sólo había dejado sin alterar
uno de los laterales de la casa, había reconstruido por completo la fachada y la
parte posterior, y había acondicionado una habitación en el desván del ala sur
de la planta baja. La casa había sido en principio de una planta, con un enorme
desván, que sirvió en su época para llenarse de todo tipo de bártulos de la vida
rural de Nueva Inglaterra. En parte había sido construida con troncos; y ese tipo
de construcción lo había dejado Wilbur tal cual, lo que demostraba el respeto de
mi primo por la artesanía de nuestros antepasados de estas tierras: la familia
Akeley llevaba en América cerca de doscientos años cuando Wilbur decidió
dejar sus viajes y asentarse en su lugar de origen. El año, si mal no recuerdo, era
1921: no vivió allí más que tres años, de modo que fue en 1924 -el 16 de abrilcuando
me trasladé a la casa para hacerme cargo de ella según disponía el
testamento.
La casa estaba más o menos como la había dejado. No concordaba con el paisaje
de Nueva Inglaterra, ya que a pesar de las huellas del pasado en sus cimientos
de piedra y en los troncos, lo mismo que en la chimenea, había sido tan
renovada que parecía fruto de varias generaciones. La mayor parte de estas
reformas las había hecho Wilbur para su mayor comodidad, pero había un
cambio que me causó extrañeza, y del que Wilbur nunca había dado ninguna
explicación: era la instalación en la zona sur de la buhardilla, de una gran
ventana redonda, con un curioso cristal opaco, del que simplemente había
dicho que era una antigüedad muy valiosa, descubierta y adquirida durante su
estancia en Asia. Se refirió a ella en una ocasión como «el cristal de Leng» y en
otra habló de que «su origen posiblemente se deba a las Híadas». Ninguna de
las dos referencias me aclaraba nada, pero, si he de ser sincero, tampoco estos
caprichos de mi primo me interesaban lo suficiente como para averiguar más.
Pronto deseé, sin embargo, haberlo hecho. En seguida descubrí, una vez
instalado en la casa, que toda la vida de mi primo parecía desenvolverse, no en
las habitaciones centrales del piso de abajo, como sería de esperar, puesto que
eran las más acondicionadas en cuanto a comodidades, sino en torno al cuarto
abuhardillado. Aquí era donde tenía sus pipas, sus libros favoritos, sus discos, y
los muebles más cómodos. Era también aquí donde trabajaba, donde estudiaba
los manuscritos relacionados con su profesión y donde le sorprendió -mientras
consultaba unos volúmenes de la Biblioteca de la Universidad de Miskatonic- la
enfermedad coronaria que acabó con su vida.
O adaptaba mi forma de vida a sus cosas, o adaptaba sus cosas a mi forma de
vida. Decidí esto último. Como primera medida, tenía que restablecer la
disposición adecuada de la casa y vivir de nuevo en las estancias de la planta
baja, ya que, a decir verdad, sentí desde el principio que la buhardilla me
repelía. En parte, cierto, porque me recordaba la presencia de mi primo muerto,
quien nunca mas ocuparía su lugar favorito de la casa, pero también porque la
habitación me resultaba totalmente extraña y fría. Me sentía rechazado como
por una fuerza física que no podía comprender, aunque posiblemente aquel
rechazo se correspondía con mi actitud hacia la habitación a la que no
comprendía, como nunca pude comprender a mi primo Wilbur.
Las reformas que deseaba hacer no eran del todo fáciles. Pronto me di cuenta de
que la vieja ‘guarida’ de mi primo imprimía carácter a toda la casa. Hay quien
piensa que las casas asumen algo del carácter de sus dueños; si la vieja casa
había adquirido algo del carácter de los Wharton, que habían vivido en ella
durante tanto tiempo, sin duda mi primo lo había borrado con sus reformas,
pues ahora parecía hablar fielmente de la presencia de Wilbur Akeley. No era
tanto una sensación opresiva como la molesta convicción de no estar solo, de
ser observado minuciosamente por algo que me era desconocido.
Quizá la responsable de estas fantasías era la propia soledad de la casa, pero me
daba la impresión de que la habitación favorita de mi primo era algo vivo, que
esperaba su regreso, como un animal que no se ha dado cuenta de que la
muerte ha hecho acto de presencia y el dueño a quien espera no volverá jamás.
Quizá debido a esta obsesión presté a aquel cuarto más atención que la que de
hecho merecía. Había retirado de allí algunas cosas, como, por ejemplo, una
cómoda silla; pero algo me impulsó a devolverla a su lugar, como una
obligación emanada de convicciones diversas, y a menudo conflictivas: que esta
silla, por ejemplo, pudiera estar hecha para alguien con diferente constitución a
la mía, y por ello resultaba incómoda a mi persona, o que la luz no fuera tan
buena abajo como arriba, por lo que también devolví a la buhardilla los libros
que había retirado de sus estantes.
Sin lugar a dudas, las características de la habitación eran totalmente diferentes
a las del resto de la casa. La casa de mi primo era en general bastante vulgar, si
se exceptúa esa habitación. La planta baja estaba llena de comodidades, pero
parecía haber sido poco utilizada, con excepción de la cocina. La habitación, en
cambio, estaba bien amueblada, pero de un modo diferente, difícil de explicar.
Era como si la habitación, sin duda un estudio construido por un hombre para
su propio uso, hubiese sido utilizada por innumerables personas, cada una de
las cuales hubiese dejado algo de sí misma dentro de esas paredes, pero sin
ninguna huella identificadora. Sin embargo, yo sabía que mi primo había
llevado una vida de ermitaño, con la excepción de sus salidas a la Universidad
de Miskatonic de Arkham y a la Biblioteca Widener de Boston. No había
viajado, ni recibía visitas. En las pocas ocasiones en que paré en su casa -por
razones de trabajo muchas veces me encontraba en los alrededores-, aunque
siempre se portó cortésmente, parecía estar deseando que me marchase. Y eso
que nunca permanecí allí más de quince minutos.
A decir verdad, el ambiente que flotaba en la buhardilla me hizo olvidar el
deseo de cambiarla. El piso de abajo era suficiente para mí; me proporcionaba
un hogar agradable, y no me fue difícil prescindir de la buhardilla y de las
reformas que pensaba hacer allí, hasta casi olvidarme de ello y considerarlo sin
importancia. Además, con frecuencia pasaba fuera varios días y varias noches, y
no tenía prisa alguna por reformar la casa. El testamento de mi primo había
sido refrendado oficialmente, y la casa registrada a mi nombre, de modo que
nada amenazaba mi propiedad.
Iodo habría ido bien, puesto que ya me había olvidado de los incumplidos
planes para la buhardilla, de no haber sido por los pequeños incidentes que
empezaron a turbarme. Al principio, sin ninguna consecuencia; eran cosas sin
importancia que casi pasaron inadvertidas. Creo recordar que la primera de
ellas sucedió al mes escaso de estar allí, y fue tan insignificante que, hasta
pasadas varias semanas, no se me ocurrió relacionarla con acontecimientos
posteriores. Escuché el ruido una noche, mientras leía cerca de la chimenea en
la planta baja, y no era probablemente nada más que un gato o algún animal
similar arañando la puerta para que le dejase entrar. Pero se oía con tanta
claridad que me levanté a mirar en la puerta principal y en la puerta posterior,
sin encontrar rastro de ningún gato. El animal había desaparecido en la noche.
Le llamé varias veces, pero no obtuve respuesta ni escuché el menor ruido. No
me había dado tiempo a sentarme, cuando empezó de nuevo a arañar la puerta.
Lo intenté por lo menos media docena de veces, pero no logré ver al gato, hasta
que me molestó tanto aquello que, de haberlo visto, probablemente lo habría
matado.
Por sí solo, este incidente era trivial, y nadie pensaría dos veces en él. ¿Sería un
gato que conocía a mi primo, y que al no conocerme a mí se había asustado?
Pudiera ser. No pensé más en ello. Sin embargo, no había pasado una semana
cuando ocurrió un incidente similar, pero con una acusada diferencia respecto
al primero. Esta vez, en lugar de arañazos de gato, el sonido era algo que se
deslizaba a tientas, y que me provocó un escalofrío, como si una serpiente
gigante o la trompa de un elefante rozase en las ventanas y en las puertas. Tras
el sonido, mi reacción fue idéntica a la vez anterior. Oí, pero no vi nada;
escuchaba y no descubría nada, sólo los sonidos inaprensibles. ¿Un gato? ¿Una
serpiente? ¿O qué?
Aparte del gato y de la serpiente, que no tardaron en volver, sucedieron otros
nuevos incidentes. En ocasiones escuchaba lo que parecía el sonido de las
pezuñas de una bestia, o las pisadas de un gigantesco animal, o los picotazos de
pájaros en las ventanas, o el deslizamiento de un gran cuerpo, o el sonido
aspirante de unos labios. ¿Qué podía deducir de todo esto? Consideré que eran
alucinaciones mías y descarté que existiera una explicación, puesto que los
sonidos aparecían en cualquier momento, a todas horas de la noche y del día.
De haber habido algún animal de cualquier tamaño en la puerta o en la
ventana, tendría que haberlo visto antes de que desapareciese en el bosque de
las colinas que rodeaban la casa (lo que había sido campo se hallaba ahora
cubierto de álamos, abedules y fresnos).
Este ciclo misterioso quizá no bahía sido interrumpido, de no ser porque una
noche abrí la puerta de las escaleras que conducían a la buhardilla de mi primo,
debido al calor que hacía en la planta baja; fue entonces cuando los arañazos del
gato empezaron otra vez, y me di cuenta de que el ruido no venía de las
puertas, sino de la misma ventana de la buhardilla. Subí escaleras arriba, sin
dudarlo, sin pararme a pensar que tendría que tratarse de un gato muy especial
para poder trepar hasta el segundo piso de la casa y llamar para que le dejasen
entrar por la ventana redonda, única abertura al exterior de la habitación. Y
puesto que la ventana no se abría, ni siquiera parcialmente, y como se trataba
de un cristal opaco, no pude ver nada. Pero sí me quedé allí escuchando el
ruido producido por los arañazos de un gato, tan cerca como si viniese del otro
lado del cristal.
Bajé corriendo, cogí una potente linterna y salí a la calurosa noche de verano
para iluminar la pared en que estaba la ventana. Pero ya había cesado todo
ruido, y ya no había nada que ver excepto la pared de la casa y la ventana, tan
negra por fuera como blanca y opaca por dentro. Pude haber seguido
desconcertado durante el resto de mi vida y muchas veces pienso que
indudablemente eso habría sido lo mejor, pero no fue así.
Por esta época recibí de una vieja tía un gato, llamado «Little Sam», que se
había llevado un premio y que había sido mascota mía hacía cosa de dos años,
cuando aún era pequeño. Mi tía había acogido con cierta alarma mis intenciones
de vivir solo, y finalmente me había mandado uno de sus gatos para que me
hiciese compañía. «Little Sam», ahora, desafiaba su nombre: tendría que
haberse llamado «Big Sam». Había engordado mucho desde la última vez que
lo vi, y se había convertido en un felino fiero y negro, todo un ejemplar de su
especie. «Little Sam» me demostraba con arrumacos su afecto, pero mostraba
una gran desconfianza hacia la casa. A veces dormía cómodamente a los pies de
la chimenea; en otros momentos parecía un gato poseído: aullaba para que le
dejara salir afuera. Y cuando sonaban aquellos extraños sonidos que parecían
de animales que pretendían entrar en la casa, «Little Sam» se volvía loco de
miedo y de furia, y tenía que dejarle salir de inmediato para que pudiera
refugiarse en una vieja dependencia que no había sido afectada por las reformas
de mi primo. Allí dentro se pasaba la noche -allí o en el bosque- y no volvía
hasta el amanecer, cuando le entraba hambre. A lo que se negaba siempre
rotundamente era a entrar en la buhardilla.
II
Fue el gato, en realidad, el que me impulsó a profundizar en los trabajos de mi
primo. Las reacciones de «Little Sam» eran tan anómalas que no me quedó otro
remedio que rebuscar entre los revueltos papeles que había dejado mi primo, a
ver si encontraba alguna explicación al fenómeno ya habitual de la casa. Casi en
seguida me tropecé con una carta sin terminar, en el cajón del escritorio de una
habitación de la planta baja; estaba dirigida a mí, y parecía evidente que Wilbur
era consciente de su enfermedad, puesto que la carta parecía contener
instrucciones en caso de muerte. Pero lo más probable también era que Wilbur
ignorase la inminencia de su muerte, pues la carta había sido empezada tan sólo
un mes antes de que le sobreviniese aquélla y aguardaba a medio acabar en un
cajón, como si mi primo hubiera pensado que le quedaba tiempo de sobra para
terminarla.
«Querido Fred -había escrito-, los mejores médicos me dicen que me queda
poco tiempo de vida, y como ya he dicho en mi testamento que serás mi
heredero, quiero añadir a ese documento unas cuantas disposiciones últimas
que te ruego recuerdes y lleves a cabo fielmente. Hay en especial tres cosas que
debes hacer sin falta, y del modo que te indico:
l. Todos los papeles que están en los cajones A, B y C de mi
armario deben ser destruidos.
2. Todos los libros de los estantes H, I, J y K han de ser devueltos a
la Biblioteca de la Universidad de Miskatonic de Arkham.
3. La ventana redonda que está en el cuarto abuhardillado de
arriba tiene que ser rota. No se trata de quitarla simplemente,
debe ser hecha añicos.
Has de aceptar mi decisión sobre estos tres puntos y si no lo haces puedes ser
responsable de enviar un terrible azote sobre el mundo. No quiero hablar más
de esto. Hay otras cosas de las que quiero hablar mientras puedo hacerlo. Una
de éstas es la cuestión... »
Aquí se interrumpió y dejó su carta.
¿Qué hacer con tan extrañas instrucciones? Comprendía que esos libros se
devolviesen a la Biblioteca de la Universidad de Miskatonic. Yo no tenía ningún
interés especial en ellos. Pero ¿por qué destruir los papeles? ¿Por qué no
llevarlos también allí? Y respecto al cristal... Destruirlo era sin duda una
tontería; tendría que comprar una ventana nueva, y esto representaría un gasto
superfluo. Esta parte de la carta produjo el desgraciado efecto de despertar más
y más mi curiosidad, y me propuse mirar entre sus cosas con mayor atención.
Esa misma noche fui a la habitación abuhardillada del piso de arriba y empecé
con los libros de las estanterías indicadas. El interés de mi primo por los temas
de arqueología y antropología se reflejaba claramente en la selección de sus
libros: textos referentes a las civilizaciones polinesias, mongólicas y de varias
tribus primitivas, y obras acerca de las migraciones de pueblos, el culto y los
mitos de las religiones primitivas. Estos, sin embargo, sólo podían considerarse
los primeros de los libros destinados a ser entregados a la Biblioteca de la
Universidad de Miskatonic. Muchos de ellos parecían ser muy viejos, tan viejos
que ni siquiera se indicaba fecha alguna, y a juzgar por su apariencia y su letra
deduje que provenían de la Edad Media. Los más recientes -ninguno era
posterior a 1850- habían sido recibidos de diversos lugares: algunos habían
pertenecido al padre de mi primo, Henry Akeley, de Vermont, que se los había
dejado a Wilbur ; otros llevaban el sello de la Biblioteca Nacional de París, lo
que inducía a sospechar que Wilbur se los había llevado de allí.
Estos libros en varios idiomas llevaban títulos como: los Manuscritos Pnakóticos,
el Texto de R’lyeh, los Unaussprechlichen Kulten de von Junzt, el Libro de Eibon, los
Cánticos de Dhol, los Siete Libros Crípticos de Hsan, De Vermis Mysteriis de Ludvig
Prinn, los Fragmentos de Celaeno, los Cultes des Goules del conde d’Erlette, el Libro
de Dzyan, una copia fotostática del Necronomicon, de un árabe llamado Abdul
Alhazred, y muchos otros, algunos aparentemente en forma de manuscritos.
Confieso que estos libros me sorprendieron, puesto que estaban llenos -aquellos
que leí- de ciencias ocultas, de mitos y de leyendas relativos a las creencias
antiguas y primitivas de las religiones de nuestra raza... Y si no había leído mal,
también de razas desconocidas. Por supuesto, no podía enjuiciar debidamente
los textos en latín, francés y alemán; ya era bastante difícil descifrar el inglés
antiguo de algunos de sus manuscritos y libros. De cualquier forma, pronto se
acabó la paciencia: los libros mantenían unos postulados tan extraños que sólo
un antropólogo con gran vocación podía coleccionar tal cantidad de literatura
de ese tipo.
Aquellas obras no carecían de interés, pero todas trataban más o menos del
mismo tema. Era el viejo credo del poder de la luz contra el poder de las
tinieblas, o por lo menos así lo interpreté yo. No importaba que se denominasen
Dios y Demonio, o los Dioses Arquetípicos y los Primordiales, el Bien y el Mal o
nombres como los Nodens, el Señor de los Abismos, el único nombrado, el Dios
Arquetípico, o éstos de los Primigenios: el dios idiota, Azathoth, amorfa plaga
de la confusión de los mundos abismales que blasfema y parlotea en el centro
del infinito; Yog-Sothoth, el todo en uno, el uno en todo, no sujeto ni a las leyes
del tiempo ni del espacio, coexistente con el tiempo y co-aniquilante con el
espacio; Nyarlathotep, el mensajero de los Primordiales: el Gran Cthulhu que,
mantenido en un estado letárgico mágico, espera surgir otra vez de la cósmica
R’lyeh, sumergida en las profundidades del océano; Hastur, señor del espacio
interestelar; Shub-Niggurath, la Cabra Negra de los Bosques y sus mil crías. Y
así como las razas de los hombres que adoraban varios dioses conocidos
llevaban nombres de sectas, así también ocurría con los adeptos de los
Primordiales, que incluían a los Abominables Hombres de las Nieves del
Himalaya y de otras regiones montañosas de Asia; los Profundos, que
merodeaban en las profundidades del océano, bajo las órdenes de Dagon, para
servir al Gran Cthulhu; los Shantaks; el Pueblo Tcho-Tcho; y otros muchos.
Según constaba, algunos de ellos habían surgido de aquellos lugares a los
cuales los Primordiales fueron desterrados -como Lucifer, que fue desterrado
del Paraíso- después de su rebelión contra los Dioses Arquetípicos; eran lugares
tales como las distantes estrellas de las Híadas, Kadath la Desconocida, la
Meseta de Leng, o incluso la ciudad hundida de R’lyeh.
A través de esos textos, dos elementos preocupantes sugerían que mi primo se
había tomado todo esto de las mitologías más en serio de lo que yo pensaba.
Las repetidas referencias a las Híadas, por ejemplo, me recordaban que Wilbur
me había hablado del cristal de la ventana y de que «su origen posiblemente se
deba a las Híadas». Y más específicamente como «el cristal de Leng». Es cierto
que estas referencias podían ser meras coincidencias, y me tranquilicé por un
momento diciéndome a mí mismo que «Leng» podía ser algún comerciante
chino en antigüedades, y la palabra «Híadas» podía provenir de una errónea
interpretación. Pero esto era un mero pretexto por mi parte, pues todo indicaba
que para Wilbur estas mitologías desconocidas habían significado algo más que
un entretenimiento temporal. De no haber sido suficiente su colección de libros,
sus anotaciones no habrían dejado lugar a dudas.
Las anotaciones contenían algo más que misteriosas referencias. Había dibujos
toscos pero significativos que me causaron una extraña y desagradable
impresión: alucinantes escenas y criaturas extrañas, seres que no hubiese
podido imaginar en mis peores sueños. En su mayor parte estas criaturas eran
imposibles de describir; eran aladas, semejantes a murciélagos del tamaño de
un hombre; vastos y amorfos cuerpos, llenos de tentáculos, que parecían a
primera vista pulpos, pero definitivamente más inteligentes que un pulpo; seres
con garras, mitad hombres, mitad pájaros; cosas horribles, con cara de batracio,
que caminaban erectas, con brazos escamosos y de un color verde claro, como el
agua del mar. Había seres humanos más reconocibles, aunque distorsionados;
hombres con rasgos orientales, atrofiados y enanos, que vivían en lugares fríos
a juzgar por sus ropas, y había una raza nacida de repetidos cruces, con ciertos
caracteres de batracios, aunque indiscutiblemente humanos. Nunca pensé que
mi primo tuviese tanta imaginación; sabía que tío Henry admitía como ciertas
las que no eran sino fantasías de su mente, pero nunca, que yo supiese, había
demostrado Wilbur esta misma tendencia; veía ahora que había escamoteado lo
esencial de su verdadera naturaleza, y este hallazgo me dejaba atónito.
Ciertamente, ningún ser vivo podía haber servido de modelo para estos dibujos,
y no había tales ilustraciones en los manuscritos y libros que había dejado.
Movido por la curiosidad, busqué más a fondo en sus anotaciones. Finalmente,
separé aquellas de sus referencias crípticas que parecían, aunque muy
remotamente, encerrar lo que buscaba, y las ordené cronológicamente, cosa
fácil, pues estaban fechadas.
«15 de octubre,’21. Paisaje más claro. ¿Leng? Parece el suroeste de América.
Cuevas llenas de bandadas de murciélagos -como una densa nube- que
empiezan a salir justo antes del ocaso, y tapan el sol. Arbustos y árboles
torcidos. Un lugar venteado. A lo lejos, hacia la derecha, montañas con nieve en
las cimas, a la orilla de la región desértica.»
«21 de octubre,’21. Cuatro Shantaks en medio del paisaje. Estatura media mayor
que la de un hombre. Peludos. Cuerpo similar al de los murciélagos, con alas
que se extienden tres pies sobre la cabeza. Cara picuda, como de buitres. Por lo
demás se parecen a un murciélago. Cruzaron el escenario en vuelo. Se pararon a
descansar en un risco a mitad de camino. No enterados. ¿Iba alguien montado
encima de uno de ellos? No puedo estar seguro.»
«7 de noviembre,’21. Noche. Océano. Una isla parecida a un arrecife, en primer
plano. Profundos junto con humanos de origen parcialmente similar. blancos
híbridos. Los Profundos, escamosos, caminan con movimiento semejante al de
las ranas, un andar intermedio entre el salto y el paso, algo encogidos, también
como casi todos los batracios. Otros parecían estar nadando hacia el arrecife.
¿Innsmouth? No se veía la costa, ni luces de un pueblo. Tampoco barcos. Salen
del fondo, al lado del arrecife. ¿El Arrecife del Diablo? Incluso los híbridos no
pueden nadar muy lejos sin pararse a descansar. Posiblemente la costa no se
veía.»
«17 de noviembre,’21. Paisaje totalmente desconocido. No de la tierra, por lo
que vi. Cielos negros, algunas estrellas, peñascos de pórfido o sustancia similar.
En primer plano un profundo lago. ¿Hali? A los cinco minutos el agua empezó
a burbujear en el lugar de donde algo acababa de surgir. Mirando hacia
adentro. Un ser acuático gigantesco, con tentáculos. Pulpo, pero mucho más
grande, diez, veinte veces más grande que el gigante Octopus apollyon de la
costa oeste. El cuello medía fácilmente unas quince varas de diámetro. No podía
arriesgarme a ver su cara y destruí la estrella.»
«4 de enero,’22. Un intervalo de nada. ¿El espacio? Acercamiento planetario,
como si estuviese mirando a través de los ojos de algún ser acercándose a un
objeto en el espacio. Cielo negro, pocas estrellas, pero la superficie del planeta
cada vez más cercana. Al aproximarme vi parajes arrasados. Sin vegetación,
como en la estrella negra. Un círculo de fieles alrededor de una torre de piedra.
Sus gritos: ¡Iä! ¡Shub-Niggurath!
«16 de enero,’22. Región bajo el mar. ¿Atlantis? Lo dudo. Un edificio grande y
cavernoso semejante a un templo, destruido por cargas de profundidad. Piedras
monumentales, similares a las de las pirámides. Escalones que descendían al
negro fondo, Profundos al fondo de la escena. Movimiento en la oscuridad de
las escaleras. Un enorme tentáculo empezó a subir. A gran distancia de éste, dos
ojos líquidos, separado el uno del otro por muchas varas. ¿R’lyeh? Temeroso del
acercamiento de la cosa de abajo. destruí la estrella.»
«24 de febrero,’22. Paisaje familiar. ¿La región de Wilbraham? Casas de campo
destrozadas, familia encerrada en sí misma. En primer plano, un viejo
escuchando. Hora: la noche. Chotacabras llamando muy alto. Una mujer se
acerca con una réplica de la estrella de piedra. El viejo huye. Curioso. Debo
buscar referencias.
«21 de marzo,’22. Experiencia enervante la de hoy. Debo tener más cuidado.
Construí la estrella y pronuncié las palabras: Ph’nglui mglw’nafh Cthulhu R’lyeh
wgah’nagl fhtagn. Se abrió inmediatamente con un enorme shantak en primer
plano. Shantak enterado y en seguida se movió hacia adelante. Llegué incluso a
oír sus garras. Pude romper la estrella a tiempo.
«7 de abril,’22. Ahora sé que lo atravesarán si no tengo cuidado. Hoy el paisaje
tibetano, y los Abominables Hombres de las Nieves. Otro intento. ¿Pero y sus
amos? Si los sirvientes intentan trascender el tiempo y el espacio ¿qué será del
Gran Cthulhu, Hastur, Shub-Niggurath? Pretendo abstenerme por algún
tiempo. Profundo shock.»
No volvió a abordar su extraño intento hasta primeros del otro año. O por lo
menos eso indicaban sus notas. Una abstinencia en su obsesiva preocupación,
seguida una vez más por un período de breve indulgencia. Su primera
anotación era casi de un año después.
«7 de febrero,’23. No hay duda, están enterados ya de la existencia de la puerta.
Muy arriesgado mirar dentro. Excepto cuando el paisaje está despejado. Y como
uno nunca sabe sobre qué escena se posará la vista, el riesgo es aún más grave.
Sin embargo, me resisto a cerrar la entrada. Construí la estrella, como de
costumbre, dije las palabras, y esperé. Durante un rato sólo vi el paisaje familiar
del suroeste americano al anochecer: murciélagos, búhos, ratas y gatos salvajes.
Entonces salió de una cueva un Habitante de la Arena, de piel áspera, ojos
grandes, orejas grandes; su rostro guardaba un horrible y distorsionado
parecido con el oso koala, y el cuerpo tenía un aspecto consumido. Se arrastró
hacia adelante, con evidente intención. ¿Es posible que la puerta abierta les
permita ver este lado del mismo modo que me deja ver a mí el suyo? Cuando vi
que se dirigía directamente a mí, destruí la estrella. Todo desapareció, como de
costumbre. Pero después, la casa se lleno de murciélagos. ¡Veintisiete en total! ¡Y
yo no creo en la mera coincidencia!»
Vino después otro paréntesis, durante el cual mi primo escribió notas crípticas
sin referencia a sus visiones o a la misteriosa «estrella» de la que tanto había
hablado. No me cabía duda de que fue víctima de alucinaciones, producto
probablemente del intenso estudio del material de aquellos libros procedentes
de todos los rincones del mundo. Estos párrafos eran como una especie de
justificación de racionalizar lo que había «visto».
Todas aquellas notas estaban mezcladas con recortes de periódicos, que mi
primo sin duda intentaba relacionar con las mitologías a las que era tan
aficionado: relatos de extraños acontecimientos, objetos desconocidos en el
cielo, desapariciones misteriosas en el espacio, revelaciones curiosas referentes
a cultos desconocidos, y otras noticias por el estilo. Era dolorosamente patente
que Wilbur había llegado a creer con intensidad en ciertas facetas de credos
primitivos: en especial que había supervivientes contemporáneos de los
endemoniados Primordiales y de sus adoradores y adeptos, y era esto, más que
nada, lo que trataba de probar. Era como si hubiese tomado los escritos
impresos en los viejos libros que poseía y, tras aceptarlos como verdades
literales, intentase añadir a la evidencia del pasado el peso de la evidencia de su
época. Cierto, había un elemento de similitud, que resultaba inquietante, entre
aquellos relatos antiguos y muchos de los que mi primo había recortado, pero
sin duda podía explicarse como simple coincidencia. Aun siendo convincentes,
los envié a la Biblioteca de la Universidad de Miskatonic para la Colección
Akeley, sin copiar ninguno. Pero los recuerdo vívidamente, tanto más por el
desenlace inolvidable que siguió a mis investigaciones, un poco inciertas,
respecto a lo que había obsesionado a mi primo.
III
Nunca habría sabido de la «estrella» de no haberme encontrado
accidentalmente con ella. Mi primo había escrito repetidamente acerca de
«hacer», «romper», «construir» y «destruir» la estrella, como algo necesario
para sus visiones, pero esta referencia carecía de sentido para mí, y
posiblemente continuaría sin sentido de no haber tenido oportunidad de fijarme
en el suelo, a la tenue luz de la buhardilla de la ventana redonda: las marcas en
el suelo formaban una estrella de cinco puntas. Esto no había sido visible
previamente, ya que una gran alfombra cubría el suelo; pero la alfombra se
había desplazado durante el traslado de libros y papeles a la Biblioteca de la
Universidad de Miskatonic, y por pura casualidad quedó el suelo al
descubierto.
Incluso en aquel momento no caí en que aquellas marcas pudiesen representar
una estrella. Hasta que acabé mi trabajo con los libros y papeles y moví del todo
la alfombra, quedando al descubierto el centro de la habitación, no se me
apareció el diseño entero. Vi entonces que era una estrella de cinco puntas,
decorada con dibujos ornamentales, de un tamaño que permitía dibujarla desde
el interior de la buhardilla. Me di cuenta en seguida de que ésta era la razón por
la que había en el cuarto de mi primo una caja de tizas cuya utilidad no había
comprendido antes. Empujé libros, papeles y todo lo demás a un lado. Fui a
buscar una tiza y me puse a dibujar el contorno de la estrella y todas las
ornamentaciones del interior. Se trataba sin duda de un diseño cabalístico, y no
cabía otra opción, para quien lo dibujaba, que sentarse en su interior.
De modo que tras completar el dibujo, de acuerdo con las marcas dejadas por
frecuentes reconstrucciones, me senté dentro. Muy posiblemente esperaba que
algo ocurriese, aunque estaba confundido con las anotaciones de mi primo
referentes a la destrucción del diseño cada vez que se veía amenazado.
Recordaba que en los rituales cabalísticos era la destrucción de esos diseños la
que traía el peligro de invasión física. Sin embargo, no ocurrió nada. Sólo
pasados unos minutos recordé «las palabras». Las había copiado, y me levanté a
buscarlas. Regresé y las pronuncié;
«Ph’nglui mglw’nafh Cthulhu R’lyeh wgah’nagl fhtagn.»
De repente se produjo un extraordinario fenómeno. Con la mirada fija en la
ventana redonda de la pared sur, pude ver todo lo que pasó. El cristal opaco de
la ventana se volvió transparente y me encontré, sorprendido, contemplando un
paisaje bañado por el sol, aunque era de noche, algunos minutos después de las
nueve de una noche de finales de verano en el Estado de Massachusetts. Pero el
paisaje que apareció en el cristal no podía encontrarse en ningún sitio de Nueva
Inglaterra: una tierra árida de piedras arenosas, de vegetación desértica, de
cavernas y, en el fondo, montañas con nieve en las cimas. Ese mismo paisaje
había sido descrito más de una vez en las notas crípticas de mi primo.
Dirigí mi vista fascinada hacia este paisaje, con la mente confusa. Parecía haber
vida en el paisaje que yo miraba, y aprehendí uno a uno sus aspectos: la
serpiente de cascabel que trepaba sinuosamente y el halcón de ojos rasgados
que comenzaba a elevarse. Esto me permitió observar que no era mucho antes
de la puesta del sol, ya que el reflejo de la luz en el pecho del halcón así lo
indicaba. Todos los caracteres prosaicos -el monstruo del Gila, el correcaminosdel
suroeste americano componían lo que estaba presenciando. ¿Dónde se
desarrollaba, entonces, la escena? ¿En Arizona? ¿En Nuevo Méjico?
Pero continuaron produciéndose acontecimientos, sin ningún punto de
referencia, en la desconocida tierra. La serpiente y el monstruo del Gila
desaparecieron, el halcón cayó como un plomo y volvió a subir con una
serpiente entre sus garras, el correcaminos se unió a otro. La luz del sol se iba, y
la escena toda se convertía en un paisaje de gran belleza. Entonces, de la boca
de una de las mayores cavernas emergieron los murciélagos, Venían volando
desde la oscura cueva miles de murciélagos, en bandada, y me parecía oírles.
No sé cuánto tiempo les llevó volar y volar hacia el crepúsculo. Acababan de
desaparecer cuando surgió algo, una especie de ser humano, de ser humano de
piel áspera, como si la arena del desierto se le hubiese incrustado en la
superficie de su cuerpo, con los ojos y orejas anormalmente grandes. Tenía un
aspecto escuálido, con las costillas marcadas a través de la piel, pero lo más
repelente era su rostro, parecido al del osito australiano llamado koala. Y al
verlo recordé que mi primo había llamado a esta gente -pues aparecieron otros
detrás del primero, algunos de ellos hembras- los Habitantes de la Arena.
Procedían de la caverna. Guiñaban sus grandes ojos. Pronto aparecieron en
mayor número, y se repartieron por todas partes detrás de los arbustos.
Entonces, parsimoniosamente, un monstruo increíble hizo su aparición:
primero un tentáculo, o algo así, luego otro, y ahora media docena de ellos que
exploraban cautelosamente el exterior de la cueva. Y luego, desde la oscuridad
del pozo de la caverna, emergió a medias una terrible cabeza. De pronto, al
impulsarse hacia delante, casi grité de horror. La cara era una desfiguración
monstruosa del mundo conocido: se elevaba de un cuerpo sin cuello que era
una masa de carne gelatinosa -a la vista parecía goma-, y los tentáculos que la
adornaban salían de una parte del cuerpo que podía ser la mandíbula inferior o
un aparente cuello.
Además, aquella cosa tenía una percepción inteligente, pues desde el principio
parecía haberse percatado de mi presencia. Arrastrándose desde la caverna, fijó
sus ojos en mí, y empezó a moverse con increíble rapidez en dirección a la
ventana sobre el cada vez más oscurecido paisaje. Supongo que no me estaba
dando cuenta del verdadero peligro que corría, puesto que observaba absorto, y
sólo cuando la cosa empezó a cubrir todo el paisaje, cuando uno de sus
tentáculos alcanzaba la ventana -¡y la atravesaba!-, sólo entonces experimenté la
parálisis del miedo.
¡La atravesaba! ¿Era ésta, entonces, la alucinación culminante?
Recuerdo haber roto la gelidez del miedo durante el tiempo suficiente para
quitarme un zapato y lanzarlo con todas mis fuerzas hacia el cristal de la
ventana. Al mismo tiempo, recordaba las frecuentes citas de mi primo relativas
a la destrucción de la estrella. Me incliné hacia adelante y borré parte del
diseño. Y mientras oía el ruido de los vidrios al romperse, me sumergí en una
bendita oscuridad.
Sabía ahora lo que sabía mi primo.
Si no hubiera esperado tanto, podía haberme evitado el conocimiento de todo
aquello, podía haber seguido pensando en ilusiones o alucinaciones. Pero ahora
sé que la ventana redonda era una potente puerta hacia otras dimensiones, a un
espacio y un tiempo desconocidos, una entrada a algún paisaje que Wilbur
Akeley deseaba encontrar, la llave de esos lugares secretos de la tierra y del
espacio, de las estrellas en que los súbditos de los Primordiales -¡y los propios
Primigenios!- se esconden para siempre, esperando resurgir otra vez. El cristal
de Leng -que quizá provenía de las Híadas, pues nunca supe de dónde lo había
sacado mi primo- podía girar dentro de su marco; no estaba sujeto a las leyes
físicas excepto en el hecho de que su dirección variaba al compás del
movimiento de la tierra sobre su eje. Y de no haberlo roto, habría dejado caer
sobre la tierra el azote de esas otras dimensiones, a causa de mi ignorancia y mi
curiosidad.
Y ahora sé que los modelos de los dibujos hechos por mi primo, entre sus
anotaciones, por muy toscos que fueran, representaban a seres que existían y no
eran producto de su imaginación. La culminante prueba final lo demuestra. Los
murciélagos que encontré en la casa cuando recuperé el conocimiento pudieron
haber entrado por la ventana rota. Que el cristal opaco se hubiese vuelto
translúcido podía explicarse como una ilusión óptica. Pero yo sabía algo más.
Sé, sin lugar a dudas, que lo que vi allí no era producto de una fantasía, porque
nada podría destruir esa prueba terrible que encontré cerca de los cristales rotos
en el suelo de la buhardilla: un trozo de tentáculo, de diez pies de largo, que se había
quedado atrapado entre las dimensiones cuando la puerta se cerró contra el monstruoso
cuerpo al que pertenecía. ¡El tentáculo que ningún científico hubiese podido identificar
como perteneciente a criatura conocida alguna, viva o muerta, en la superficie o en las
profundidades subterráneas de la tierra!

CELEPHAÏS

Escrito por imagenes 14-06-2009 en General. Comentarios (0)

 

CELEPHAÏS 

H. P. Lovecraft

 

 

            En un sueño Kuranes vio la ciudad del valle y lacosta que había más allá, y el pico que dominaba el mar, y las galeras pintadasde alegres colores que zarpan desde el puerto rumbo a las distantes regionesdonde el mar se junta con los cielos. Tam­bién en un sueño consiguió el nombrede Kuranes, ya que durante la vigilia era llamado de forma distinta. Quizás lefue natural el soñar un nombre nuevo, ya que era el último de su estirpe y sehallaba solo entre las muchedumbres indiferentes de Londres, por lo que nohabía demasiados que pudieran hablar con él y recordarle quién había sido.Había perdido sus tierras y dineros, y no se preocupaba de los hábitos de lagente alrededor, ya que prefería soñar y plasmar tales sueños. Cuantoescribiera había despertado la hilaridad de aquellos a los que se lo habíamostrado, y, por último, dejó de escribir. Cuanto más se retiraba del mundoinmediato, más maravillosos se volvían sus sueños, y hubiera sido casi inútilel intentar traspasarlos al papel. Kuranes no era un hombre moderno, y no teníalas miras de otros que también escriben. Mientras ellos pugnaban por despojar ala vida de las ornadas vestimentas del mito, Kuranes tan sólo aspi­raba a labelleza. Cuando la verdad y la experiencia no se la mos­traron, se volvió haciala fantasía y la ilusión, hallándola en sus mismos umbrales, entre losnebulosos recuerdos de los cuentos de su niñez y entre los sueños.

            Nohay mucha gente que sepa cuántas maravillas se les abren en las historias y visionesde juventud, ya que cuando somos niños oímos y soñamos, albergamos ideas amedio cuajar, y cuando al hacernos hombres intentamos recordar, nos vemosestorbados y convertidos en seres prosaicos por el veneno de la vida. Peroalgunos de nosotros nos despertamos en mitad de la noche entre extrañosfantasmas de colinas y jardines encantados, de fuentes cantarinas al sol, deacantilados dorados a la vera de mares rumorosos, de llanuras abiertas en tornoa somnolientas ciudades de bronce y piedra, de la severa compañía de héroescabalgando blancos caballos engualdrapados junto a espesas sel­vas; y entoncessabremos que hemos vuelto los ojos a las puertas de marfil del mundo deprodigios que fuera nuestro antes de convertirnos en sabios e infelices.

            Kuranesvolvió de súbito al viejo mundo de la infancia. Había estado soñando con lacasa donde naciera; el gran hogar de piedra cubierto por la hiedra, dondevivieran trece generacio­nes de antepasados, y donde hubiera ansiado morir.Lucía la luna, y él se había escabullido por la fragante noche veraniega;atravesó jardines, bajó terrazas, dejó atrás los grandes robles y recorrió ellargo camino blanquecino hacia el pueblo. La villa parecía muy antigua, con suslímites tan reducidos como aquella luna que comenzaba a menguar, y Kuranes sepreguntó si bajo los tejados picudos de las casitas se albergaría el sueño o lamuerte. Las malas hierbas crecían en las calles, y los cristales de lasventanas a ambos lados se encontraban rotos o acechaban transparentes. Kuranesno se demoró, antes bien prosiguió tra­bajosamente, como al reclamo de algunameta. No osó desobe­decer su llamada por miedo a que se revelase como unailusión similar a las necesidades y aspiraciones de la vigilia, que no con­ducena destino alguno. Luego se sintió atraído hacia un calle­jón que salía delcasco de la ciudad rumbo a los acantilados del canal y alcanzó el final de lascosas... el precipicio y el abismo donde el pueblo y el mundo entero sedesplomaban abrupta­mente en una vacuidad sin sonidos de infinito, y donde elcielo por delante se hallaba a oscuras, despojado de la menguante luna o de lasacechantes estrellas. La confianza le urgió a prose­guir sobre el precipicio,en el abismo por donde descendió flo­tando, flotando, flotando; pasó oscuridad,incorporeidad, sue­ños no soñados, esferas débilmente iluminadas que podían sersueños soñados a medias y burlones seres alados que parecían mofarse de lossoñadores de todos los mundos. Entonces pare­ció abrirse una falla en laoscuridad de delante y vio la ciudad del valle, refulgiendo de forma radiante alo lejos, lejos y abajo, con el trasfondo del mar y del cielo, y la montañacubierta de nieves al pie de la orilla.

            Kuranesse despertó en el mismo instante de vislumbrar la ciudad, aunque gracias aaquel fugaz vistazo supo que no se tra­taba sino de Celephaïs, en el valle deOoth-Nargai, más allá de las colinas Tanarias, donde su espíritu morara durantetoda la eternidad de una hora, una tarde de verano, mucho tiempo atrás, cuandose había escapado de su aya y había permitido que la cálida brisa marina leacunara hasta alcanzar el sueño mientras observaba las nubes desde los riscospróximos al pueblo. Enton­ces se había resistido, cuando lo encontraron, lodespertaron y lo llevaron de vuelta a casa, ya que justo al despertar habíaestado al borde de embarcar en una galera dorada rumbo a esas seductorasregiones donde el mar se reúne con el cielo. Y ahora

se sentía igualmente molesto de despertar, ya quehabía reen­contrado su fabulosa ciudad tras cuarenta fatigosos años.

            PeroKuranes volvió a Celephaïs tres noches después. Como anteriormente, soñó alprincipio con el pueblo durmiente o muerto, y con el abismo por el que unodebía caer flotando en el silencio; luego apareció de nuevo el acantilado ypudo con­templar los resplandecientes minaretes de la ciudad, y vio las galerasllenas de gracia fondeadas en el puerto azul, y observó los gingkos de monteAran meciéndose con la brisa marina. Pero esta vez no se vio bruscamentearrebatado y fue a posarse tan suavemente como un ser alado sobre una colinaherbosa, hasta que al fin sus pies reposaron sin violencia sobre el césped.Había por fin regresado al valle de Ooth-Nargai y a la esplendo­rosa ciudad deCelephaïs.

            Kuranesfue cuesta abajo entre hierbas aromáticas y flores brillantes, cruzó elburbujeante Naraxa por el puentecillo de madera sobre el que grabara su nombretantos años atrás, y cruzó las susurrantes arboledas rumbo al gran puente depiedra que llevaba a las puertas de la ciudad. Todo seguía como antes; ni lasmurallas marmóreas se habían descolorido, ni se habían deslucido las estatuasde bronce que las coronaban. Y Kuranes vio que no debía temer que las cosas queconociera hubieran desaparecido, ya que incluso los centinelas de las murallaseran los mismos, y tan jóvenes como los recordaba. Al entrar en la ciudad,cruzando las puertas de bronce y pisando el pavimento de ónice, los mercaderesy los camelleros lo saludaban como si no se hubiera marchado jamás; y leocurrió lo mismo en el tem­plo de turquesa de Nath-Horthath, donde lossacerdotes toca­dos de orquídeas le informaron de que el tiempo no existe enOoth-Nargai, sino tan sólo juventud eterna. Entonces Kuranes fue por la callede las Columnas hasta el muro marítimo, donde se reunían mercaderes ymarineros, así como extrañas gentes lle­gadas de las regiones donde el mar sejunta con el cielo. Allí

estuvo largo rato, oteando sobre el puerto brillantedonde el oleaje centellea bajo un sol desconocido y donde se encuentran listaspara zarpar las galeras de lugares lejanos. Y contempló también al monte Aranalzándose regiamente sobre la orilla, las suaves laderas verdes con sus árbolesbalanceándose y su cima blanca rozando las nubes.

            Másque nunca, Kuranes sintió el anhelo de embarcar en una galera rumbo a loslejanos lugares sobre los que había oído contar tantas extrañas historias, ybuscó de nuevo al capitán que había aceptado enrolarlo hacía tanto tiempo.Encontró a aquel hombre, Athib, sentado sobre el mismo cofre de especias que ocuparaantaño, y Athib no parecía ser consciente de cuánto tiempo había transcurrido.Entonces los dos remaron hasta una galera del puerto y, dando órdenes a losremeros, comenzaron a bogar sobre el ondulante mar Cerenio que conduce hasta elcielo. Durante varios días se deslizaron sobre el mar agitado hasta alcanzarpor fin el horizonte, donde el mar se reúne con el firmamento. Aquí la galerano llegó a detenerse, sino que fue flotando despacio por el azul celeste entrenubes de algodón teñidas de rosa. Y muy por debajo de la quilla, Kuranes llegóa divisar extrañas tierras y ríos y ciudades de arrebatadora belleza, tendidasindolentes al resplandor de un sol que nunca parecía menguar o desaparecer. Alfin Athib le comunicó que el viaje estaba próximo a concluir, y que prontoarribarían al puerto de Serannian, la ciudad de mármol rojo de las nubes, queha sido edificada en esa etérea costa donde el viento del poniente sopla porlos cielos; pero cuando la más alta de las torres talladas de la ciudadapareció a la vista, se produjo un sonido en algún lugar y Kuranes despertó ensu buhardilla de Londres.

            Durantemuchos meses, Kuranes buscó en vano la maravi­llosa ciudad de Celephaïs y susgaleras celestiales; y aunque sus sueños le llevaron a multitud de lugares magníficos,nunca antes narrados, nadie de cuantos se cruzó fue capaz de indicarle cómoencontrar Ooth-Nargai, más allá de la colinas Tanarias. Una noche sobrevolóoscuras montañas donde ardían mortecinos y solitarios fuegos de campamento, auna gran distancia, y había extraños rebaños de seres velludos cuyos guíasportaban resonan­tes campanillas; y en la parte más salvaje de aquel montañosodis­trito, tan remoto que pocos hombres habían llegado a verlo, encontró unmuro o calzada de piedra, de espantosa antigüedad, zigzagueando entre las cimasy los valles; demasiado grande incluso para haber sido construido por manoshumanas, y de tal longitud que ninguno de sus extremos estaba a la vista. Másallá del muro, en el alba gris, llegó a una tierra de pintorescos jardines ycerezos, y al alzarse el sol pudo contemplar la belleza de flores rojas yblancas, follajes verdes y céspedes, caminos blancos, arro­yos cristalinos,estanques azules, puentes tallados y pagodas de tejados rojos; y buscó a lagente de esa tierra, pero comprobó que allí no había nadie, fuera de pájaros,abejas y mariposas. Otra noche Kuranes se acercó a una escalera espiral depiedra, húmeda y sin fin, y llegó a una ventana de una torre que dominaba unagran llanura y un río a la luz de la luna llena, y en aquella silen­ciosaciudad que se extendía por la orilla del río creyó columbrar algún rasgo oaspecto nunca antes visto. Hubiera bajado a pre­guntar por el camino aOoth-Nargai de no ser por la temible aurora que se alzó sobre algún remoto lugarmás allá del hori­zonte, mostrando las ruinas y la antigüedad de la ciudad, yel estancamiento del río enrojecido y la muerte enseñoreándose de esa tierra,tal y como sucediera desde que el rey Kynaratholis vol­viera de sus conquistaspara arrostrar la venganza de los dioses.

            Asíque Kuranes buscó infructuosamente la maravillosa ciu­dad de Celephaïs y susgaleras que bogan hasta Seranman a tra­vés de los cielos, presenciando mientrastanto multitud de mara­villas y escapando en una ocasión por los pelos del sumosacer­dote que no puede ser descrito, aquel que porta una máscara de sedaamarilla sobre el rostro y mora solitario en un prehistórico monasterio depiedra en la fría meseta desértica de Leng. Según crecía su impaciencia durantelos pocos acogedores intervalos de vigilia, comenzó a comprar drogas paraprolongar sus periodos de sueño. El hachís resultó de gran ayuda, y una vez locondujo hasta una parte del espacio donde no existen formas, pero donde gasesresplandecientes estudian los secretos de la existen­cia. Y un gas violeta ledijo que esa parte del espacio se encon­traba más allá de lo que se conoce comoinfinito. El gas no había oído hablar anteriormente de planetas u organismos,pero identificó sin dificultad a Kuranes como alguien procedente de eseinfinito donde existen materia, energía y gravitación. Kura­nes se sentía ahorasumamente ansioso de volver a esa Celephaïs salpicada de minaretes y aumentósus dosis de drogas, pero finalmente se le acabó el dinero y ya no pudo comprarmás. Entonces, un día de verano lo desahuciaron de su buhardilla y vagabundeóindefenso por las calles, pasando por un puente hasta un sitio donde las casasresultaban cada vez más míseras. Y entonces llegó la culminación, y se encontrócon el cortejo de caballeros llegados de Celephaïs para llevarlo allí porsiempre.

            Apuestoscaballeros eran, a horcajadas sobre caballos ruanos y revestidos de brillantesarmaduras y tabardos de curiosos bla­sones. Resultaban tan numerosos queKuranes estuvo a punto de confundirlos con un ejército, pero su jefe le informóde que habían sido enviados en su honor, ya que era él quien había creadoOoth-Nargai en sus sueños, por lo que sería nombrado su dios supremo parasiempre. Entonces brindó un caballo a Kuranes y lo emplazaron a la cabeza de lacomitiva, y todos cabalgaron majestuosamente por las calles de Surrey camino dela región donde Kuranes y sus antepasados nacieran. Era algo muy extraño, yaque cada vez que pasaban por un pueblo a la luz del crepúsculo tan sólo veíanlas casas y pueblos que Chaucer y gen­tes aún anteriores podían habercontemplado, y a veces veían a caballeros en sus monturas, acompañados depequeñas compañías de secuaces. Al caer la noche viajaron más ligeros, hastaque pronto parecieron volar de forma asombrosa por los aires. Con la débilalborada llegaron al pueblo que Kuranes viera vivo durante su infancia y queahora estaba dormido o muerto en sus sueños. Ahora vivía, y los pueblerinos másmadrugadores les hicieron reverencias mientras los jinetes cruzabanruidosamente las calles y torcían por el callejón que iba a parar al abismo delsueño. Previamente, Kuranes había entrado en tal abismo sólo de noche, y sepreguntaba por su aspecto durante el día; así que oteó ansioso mientras lacolumna se aproximaba al borde. Cuando galopaban por la pendiente hacia elprecipicio, un fulgor dorado se alzó en alguna parte del oriente y cubrió todoel paisaje de resplandecientes ropajes. El abismo se mostraba ahora como uncaos hirviente de esplendores rosados y cerúleos, y unas voces invisiblescantaban exultantes mientras el séquito de caballeros rebasaba el borde yflotaba graciosamente a través de las nubes resplandecientes y los fulgoresplateados. Los jinetes flotaron sin fin, sus monturas hollando el éter como sigaloparan sobre are­nas doradas, y luego los vapores luminosos se abrieron parades­velar una luz aún mayor, el brillo de la ciudad de Celephaïs y de la riberade más allá, y el pico nevado que dominaba el mar, y las galeras alegrementepintadas que zarpan rumbo a las lejanas regiones donde se juntan el mar y elcielo.

            YKuranes reinó desde entonces en Ooth-Nargai y todas las regiones cercanas delsueño, y estableció alternativamente su corte entre Celephaïs y la Serannian,la ciudad de las nubes. Aún reina allí, y reinará feliz por siempre, aunquebajo los acantilados las mareas del canal agitaban burlonas el cuerpo de unvaga­bundo que pasara dando traspiés por el pueblo medio desierto al alba;jugueteaban burlonas y lo zaherían contra las piedras bajo Trevor Tower,cubierta de hiedra, donde un fabricante de cerveza particularmente paletodisfrutaba de una atmósfera comprada de extinta nobleza.