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TOMBUCTÚ

Escrito por imagenes 16-01-2010 en General. Comentarios (0)

 

 

TOMBUCTÚ

    
     El bulevar, ese río de vida, bullía en el polvo de oro del sol poniente. Todo el cielo estaba rojo, cegador; y, por detrás de la Madeleine, una inmensa nube arrebolada arrojaba sobre toda la larga avenida un oblicuo diluvio de fuego, vibrante como el vapor de una fogata.
     La muchedumbre, alegre, palpitante, caminaba bajo aquella bruma encendida y parecía en una apoteosis. Los rostros estaban dorados; los sombreros negros y los trajes tenían reflejos de púrpura; el charol de los zapatos lanzaba llamas sobre el asfalto de las aceras.
     Ante los cafés, multitud de hombres tomaban bebidas brillantes y coloreadas que parecían piedras preciosas fundidas en el cristal.
     Entre los parroquianos vestidos con trajes ligeros y oscuros, dos oficiales con uniforme de gala hacían bajar todos los ojos con el deslumbramiento de sus entorchados. Charlaban, alegres sin motivo, entre aquella gloria de vida, entre la radiante irradiación de la tarde; miraban a la muchedumbre, los hombres lentos y las mujeres apresuradas que dejaban tras sí un perfume intenso y turbador.
     De repente un enorme negro, vestido de negro, ventrudo, con un chaleco de dril recargado de dijes, con la cara tan reluciente como si le hubieran sacado brillo, pasó ante ellos con aire triunfal. Sonreía a los transeúntes, sonreía a los vendedores de periódicos, sonreía hacia el cielo resplandeciente, sonreía a París entero. Era tan alto que sobrepasaba todas las cabezas; y, a su paso, todos los papanatas se volvían para contemplarlo de espaldas.
     Pero de pronto divisó a los oficiales y, atropellando a los bebedores, se lanzó hacia ellos. En cuanto estuvo ante su mesa, clavó en ellos sus ojos brillantes y encantados, y las comisuras de la boca le subieron hasta las orejas, descubriendo unos dientes blancos, claros como una luna creciente en un cielo negro. Los dos hombres, estupefactos, contemplaban a aquel gigante de ébano, sin entender su alegría.
     Exclamó, con una voz que hizo reír a todas las mesas:
     «Bueena tarde, mi teeniente.»
     Uno de los oficiales era jefe de batallón, el otro coronel. El primero dijo:
     «No lo conozco a usted, caballero; ignoro lo que pretende de mí.»
     El negro prosiguió:
     «Yo querer mucho a ti, teeniente Vedié, sitio Bézi, muucha uvaa, buscaba yo.»
     El oficial, completamente desconcertado, miró fijamente al hombre, buscando en el fondo de sus recuerdos; y bruscamente exclamo:
     «¿Tombuctú?»
     El negro, radiante, se golpeó el muslo lanzando una risa de una violencia inverosímil y berreando:
     «Sí, sí, ya, mi teeniente, reconoce Tombuctú, ya, bueena tarde. »
     El comandante le tendió la mano riéndose también con toda su alma. Entonces Tombuctú se puso serio. Cogió la mano del oficial y, con tanta rapidez que el otro no pudo impedirlo, se la besó, según la costumbre negra y árabe. Confuso, el militar le dijo con voz severa:
     «Vamos, Tombuctú, no estamos en África. Siéntate ahí y dime cómo es que te encuentro aquí.»
     Tombuctú hinchó la barriga y, tartamudeando, de lo deprisa que hablaba:
     «Ganado mucho dinero, muucho, gran estaurante, comido bien, prusianos, yo, muucho robado, muucho, cocina francesa, Tombuctú, coociner del Emperadó, doscientos mil francos a mí. ¡Ja, ja, ja, ja!»
     Y reía, retorciéndose, chillando con una alegría loca en la mirada.
     Cuando el oficial, que entendía su extraño lenguaje, lo hubo interrogado cierto tiempo, le dijo:
     «Bien, hasta la vista, Tombuctú, hasta pronto.»
     El negro se levantó al punto, estrechó, esta vez, la mano que le tendían, y, sin dejar de reír, gritó:
     «Bueena tarde, bueena tarde, mi teeniente.»
     Y se marchó, tan contento que gesticulaba al andar y lo tomaban por un loco.
     El coronel preguntó:
     «¿Quién es ese animal?»
     El comandante respondió:
     «Un buen chico y un valiente soldado. Voy a contarle lo que sé de él; es bastante divertido.»
    
    
     Ya sabe que al comienzo de la guerra de 1870 estuve encerrado en Beziéres, que ese negro llama Bézi. No estábamos sitiados, sino bloqueados. Las líneas prusianas nos rodeaban por todas partes, fuera del alcance de nuestros cañones, y ya no disparaban sobre nosotros, sino que pretendían rendirnos por hambre.
     Yo era entonces teniente. Nuestra guarnición estaba compuesta por tropas de todo tipo, restos de regimientos destrozados, fugitivos, merodeadores separados de los cuerpos de ejército. Teníamos de todo, incluso doce turcos (1) llegados una noche no sé cómo, no sé por dónde.
     Se habían presentado en las puertas de la ciudad, agotados, andrajosos, hambrientos y borrachos. Me los encomendaron.
     Pronto comprendí que eran rebeldes a toda disciplina, siempre estaban fuera y siempre achispados. Probé con la prevención, e incluso con el calabozo, no conseguí nada. Mis hombres desaparecían durante días enteros, como si se los hubiera tragado la tierra, y después reaparecían borrachos como cubas. No tenían dinero. ¿Dónde bebían? ¿Y cómo, y con qué?
     La cosa empezaba a intrigarme vivamente, tanto más cuanto que aquellos salvajes me interesaban con su risa perpetua y su carácter de niños traviesos.
     Me di cuenta entonces de que obedecían ciegamente al más alto de todos, ése que usted acaba de ver. Los gobernaba a su antojo, preparaba sus misteriosas empresas como jefe todopoderoso e indiscutido. Mandé que viniera a verme y lo interrogué. Nuestra conversación duró unas tres horas, pues me costaba mucho trabajo entender su sorprendente algarabía. El pobre diablo, por su parte, hacía esfuerzos inauditos para que lo entendiera, inventaba palabras, gesticulaba, sudaba con el esfuerzo, se enjugaba la frente, resoplaba, se detenía y volvía a empezar bruscamente cuando creía haber encontrado un nuevo método para explicarse.
     Adiviné al final que era hijo de un gran jefe, de una especie de rey negro de las cercanías de Tombuctú. Le pregunté su nombre. Respondió algo así como Chavajaribujalijranafotapolara. Me pareció más sencillo ponerle el nombre de su tierra: «Tombuctú. » Y, ocho días después, nadie en la guarnición lo llamaba de otra manera.
     Pero sentíamos una curiosidad loca por saber dónde el ex-príncipe africano encontraba bebida. Lo descubrí de un modo singular.
     Estaba yo una mañana en las murallas, estudiando el horizonte, cuando divisé en un viñedo algo que se movía. Se aproximaba la época de la vendimia, las uvas estaban maduras, pero no pensé en nada de eso. Creí que un espía se acercaba a la ciudad, y organicé una expedición en regla para atrapar al merodeador. Tomé yo mismo el mando, tras haber obtenido la autorización del general.
     Había mandado salir, por tres puertas diferentes, tres pequeñas tropas que debían reunirse cerca del viñedo sospechoso y rodearlo. Para cortarle la retirada al espía, uno de esos destacamentos tenía que marchar durante una hora, por lo menos. Un hombre que había quedado de observación en la muralla me indicó por señas que el ser divisado no había salido del campo. Avanzábamos con mucho sigilo, arrastrándonos, casi tumbados entre los surcos. Por fin, llegamos al punto designado; despliego bruscamente a mis soldados, que se lanzan al viñedo, y encuentran…, a Tombuctú, andando a cuatro patas entre las cepas y comiendo uvas, o mejor dicho dando dentelladas a las uvas como un perro que come sus sopas, con toda la boca, pegado a la planta, arrancando el racimo con los dientes.
     Quise que se levantara; ni pensarlo, y comprendí entonces por qué se arrastraba así sobre manos y rodillas. Cuando lo enderezaron sobre sus piernas, osciló unos segundos, extendió los brazos y cayó de bruces. Tenía la mayor borrachera que yo había visto nunca.
     Nos lo llevamos sobre dos rodrigones. No cesó de reír durante todo el camino gesticulando con brazos y piernas.
     Ese era todo el misterio. Mis mozos bebían de la misma uva. Después, cuando estaban borrachos a más no poder, se dormían allí mismo.
     En cuanto a Tombuctú, su amor al viñedo sobrepasaba toda medida, era increíble. Vivía allí dentro como los tordos, a quienes por lo demás odiaba con un odio de rival celoso. Repetía sin cesar:
     «Lo toordo comido tooda la uva, ¡sinvegüeenza!»
    
     Una tarde fueron a buscarme. Se distinguía en la llanura algo que venía hacia nosotros. Yo no había cogido mi anteojo y veía mal. Hubiérase dicho una gran serpiente que se desenrollaba, un convoy, ¡yo qué sé!
     Envié unos hombres al encuentro de aquella extraña caravana que pronto hizo una entrada triunfal. Tombuctú y nueve de sus compañeros traían sobre una especie de altar, hecho con sillas de campaña, ocho cabezas cortadas, sangrientas y expresivas. El décimo turco tiraba de un caballo a la cola del cual habían atado otro, y otros seis animales más los seguían, sujetos de la misma manera.
     He aquí lo que me contaron. Al salir a los viñedos, mis africanos habían visto de repente un destacamento prusiano que se acercaba a un pueblo. En lugar de huir, se habían escondido; después, cuando los oficiales echaron pie a tierra ante una posada para tomar algo fresco, los once mozos se lanzaron, pusieron en fuga a los ulanos que se creyeron atacados, mataron a los dos centinelas, y además al coronel y los cinco oficiales de su escolta.
     Ese día abracé a Tombuctú. Pero me di cuenta de que le costaba andar. Lo creí herido; se echó a reír y me dijo:
     «Yo, poovisione pal país.»
     Y es que Tombuctú no hacía la guerra por la gloria, sino por la ganancia. Todo lo que encontraba, todo lo que le parecía de valor, todo lo que brillaba, sobre todo, se lo metía en el bolsillo. ¡Y qué bolsillo! Un pozo sin fondo que empezaba en las caderas y terminaba en los tobillos. Habiendo retenido un término de la tropa, lo llamaba «mis alforjas», ¡y eran unas auténticas alforjas, en efecto!
     De modo que había arrancado los galones de los uniformes prusianos, el cobre de los cascos, los botones, etc., arrojándolo todo en sus «alforjas», que estaban llenas hasta rebosar.
     Todos los días precipitaba en su interior cualquier objeto brillante que cayera en sus manos, pedazos de estaño o piezas de plata, lo cual le daba a veces un aspecto infinitamente gracioso.
     Contaba con llevarse todo al país de los avestruces, de los cuales parecía hermano aquel hijo de rey torturado por la necesidad de tragar los cuerpos brillantes. Si no hubiera tenido sus alforjas, ¿qué habría hecho? Sin duda los hubiera engullido.
     Todas las mañanas su bolsillo estaba vacío. Tenía, pues, un almacén general donde se amontonaban sus riquezas. Pero, ¿dónde? No pude descubrirlo.
     El general, advertido de la gran hazaña de Tombuctú, mandó en seguida enterrar los cuerpos que habían quedado en el pueblo vecino, para que nadie descubriera que habían sido decapitados. Los prusianos regresaron al día siguiente. El alcalde y siete vecinos notables fueron fusilados en el acto, en represalia, como denunciantes de la presencia de los alemanes.
    
     Llegó el invierno. Estábamos agotados y desesperados. Ahora nos batíamos a diario. Los hombres, hambrientos, no podían andar. Sólo los ocho turcos (habían matado a tres) seguían gordos y relucientes, vigorosos y siempre dispuestos a luchar. Tombuctú incluso engordaba. Me dijo un día:
     «Tu muucha hambre, yo buena carne.»
     Y en efecto, me trajo un excelente filete. Pero ¿de qué? Ya no nos quedaban bueyes, ni carneros, ni cabras, ni asnos, ni cerdos. Era imposible procurarse un caballo. Reflexioné sobre todo esto tras haber devorado mi carne. Entonces me asaltó un horrible pensamiento. ¡Aquellos negros habían nacido en una tierra donde se come a los hombres! ¡Y caían diariamente tantos soldados en torno a la ciudad! Interrogué a Tombuctú. No quiso responder. No insistí, pero a partir de entonces rechacé sus presentes.
     Me adoraba. Una noche, la nieve nos sorprendió en las avanzadas. Estábamos sentados en el suelo. Yo miraba compasivo a los pobres negros tiritando bajo aquel polvo blanco y helado. Como tenía mucho frío, empecé a toser. Al punto sentí que algo caía sobre mí, como una grande y cálida manta. Era el capote de Tombuctú, que él me echaba sobre los hombros.
     Me levanté y, devolviéndole su prenda:
     «Quédatelo, hijo mío; lo necesitas más que yo.»
     El respondió:
     «No, mi teeniente, pa ti, yo no necesitar, yo calieente, calieente. »
     Y me contemplaba con ojos suplicantes.
     Proseguí:
     «Vamos, obedece, quédate con el capote, te lo mando.»
     El negro entonces se levantó, desenvainó el sable, que sabía conservar afilado como una hoz, y, sosteniendo con la otra mano su ancho capote que yo rechazaba:
     «Si tu no queeda abrigo, yo coorto; nadie abrigo.»
     Lo hubiera hecho. Yo cedí.
    
     Ocho días después, habíamos capitulado. Algunos de los nuestros habían podido escapar. Los demás iban a salir de la ciudad y entregarse a los vencedores.
     Me dirigía a la plaza de Armas, donde debíamos congregarnos, cuando me quedé asombrado ante un negro gigantesco vestido de dril blanco y tocado con un sombrero de paja. Era Tombuctú. Parecía radiante y se paseaba, con las manos en los bolsillos, ante una tiendecilla donde se exhibían dos platos y dos vasos.
     Le dije:
     «¿Qué estás haciendo?»
     Respondió:
     «Yo no sufrí, yo buen cocinero, yo hecho comer coronel, Argeel; yo comido pusianos, mucho roobado, muucho. »
     Helaba a diez grados. Yo tiritaba ante aquel negro vestido de dril. Entonces me cogió del brazo y me hizo entrar. Vi una muestra inmensa que iba a colgar ante la puerta cuando nos hubiéramos marchado, pues tenía cierto pudor.
     Y leí, trazado por la mano de algún cómplice, este reclamo:
    
     COCINA MILITAR DEL SEÑOR TOMBUCTU
     EX-COCINERO DE S.M. EL EMPERADOR
     Artista de París — Precios módicos
    
     A pesar de la desesperación que me roía el alma, no pude dejar de reírme, y dejé a mi negro entregado a su nuevo negocio.
     ¿No valía más eso que hacer que se lo llevaran prisionero?
     Acaba usted de ver que ha tenido éxito, el mozo. Beziéres, hoy, pertenece a Alemania. El restaurante Tombuctú es un comienzo de desquite.
    
 
    
    
      (1) Se llamaba así popularmente a los tiradores argelinos. Recibieron tal nombre en las campañas de Crimea, en el curso de las cuales los rusos, al ver sus ropas flotantes los tomaban por turcos y gritaban esa palabra.
    
    

LA TOS

Escrito por imagenes 16-01-2010 en General. Comentarios (0)

 

LA TOS


     Para Armand Silvestre
     Mi querido colega y amigo,
   
     Tengo una pequeña historia para usted, un cuentecillo anodino. Espero que le guste si es que llego a contarlo bien, tan bien como la persona que me lo contó.
     La tarea no es fácil en absoluto, ya que mi amiga es una mujer de espíritu imperecedero y de expresión libre. Yo nunca he tenido los mismos recursos. No puedo, como ella, dar este loco júbilo a las cosas que cuento; y, reducido a la necesidad de no utilizar palabras demasiado especiales, me declaro incapaz de encontrar, como usted, los delicados sinónimos.
     Mi amiga, que es además una mujer de teatro de gran talento, no me ha autorizado a hacer pública su historia.
     Así que me veo obligado a reservar sus derechos de autor por si ella  quisiera, un día u otro, escribir esta aventura ella misma. Lo haría mejor que yo, no lo dudo. Siendo mejor conocedora del tema, encontraría además mil detalles divertidos que yo no puedo inventar.
     Pero vea usted en que aprieto me encuentro. Necesitaría, desde la primera palabra, encontrar un vocablo similar, y  querría que fuese genial. La tos no es mi problema. Para entendernos, necesito un comentario o una perífrasis del estilo del abad Delille:
     —La tos de que se trata jamás procede de la garganta.
    
     Dormía  (mi amiga) al lado de un hombre amado. Era de noche, claro.
     A este hombre, ella lo conocía poco, o más bien, desde hacía poco. Estas cosas ocurren a veces, principalmente en el mundo del teatro. Dejemos que se asombren los burgueses. En cuanto a dormir al lado de un hombre poco importa que se le conozca poco o mucho, esto casi no modifica la manera de actuar en la intimidad del lecho. Si yo fuera mujer creo que preferiría los amigos nuevos. Deben de ser, en todos los aspectos, más amables que los asiduos.
     Hay, en eso que se da en llamar la gente correcta, una manera de ver diferente y que no es en absoluto la mía. Lo siento por las mujeres de ese mundo; pero yo me pregunto si la manera de ver modifica sensiblemente la de actuar...
     Así pues, ella dormía al lado de un nuevo amigo. Esto es algo delicado y difícil en exceso. Con un viejo compañero uno coge demasiada confianza, uno nunca se enfada, puede volver a sus viejas costumbres, dar patadas, invadir las tres cuartas partes del colchón, sacar toda la manta y envolverse dentro, roncar, refunfuñar, toser, digo toser a falta de algo mejor, o estornudar (¿qué piensa usted de estornudar como sinónimo?)
     Pero para llegar hasta aquí hacen falta al menos seis meses de intimidad. Y hablo de personas que son de un temperamento familiar. Las otras siempre guardan ciertas reservas, con las que yo, por mi parte estoy de acuerdo. Pero tal vez no todos tengamos la mima manera de sentir sobre esta materia. Cuando se trata de hacer un nuevo conocido, de una nueva cita, que podemos suponer sentimental, es necesario tomar algunas precauciones para no incomodarlo en el lecho, y para guardar un cierto prestigio,  poesía  y una cierta autoridad.
     Ella dormía. Pero de repente un dolor, interior, punzante, viajero, la recorrió. Éste comenzó en la cavidad del estómago y empezó a moverse hacia...hacia...hacia la parte inferior del pecho con un discreto ruido intestinal como de trueno.
     El hombre, el nuevo amigo, yacía tranquilo, de espaldas, con los ojos cerrados. Ella lo observaba por el rabillo del ojo, inquieta, indecisa.
     Se encuentra usted, amigo, en una sala de estreno, con un catarro en el pecho. Toda la sala ansiosa, anhelante en medio de un completo silencio; pero usted ya no escucha nada, espera, loco, un momento de rumor para toser. Hay, a lo largo de su garganta, unos cosquilleos, un picazón espantoso. En fin, ya no lo soporta más. Peor para los vecinos. Tose. Toda la sala grita: “¡a la calle!”.
     Ella estaba en la misma situación, obsesionada, torturada por unas ganas locas de toser. (Cuando digo toser, supongo que ustedes ya me entienden, traduzcan)
     Él parecía que dormía; respiraba tranquilo. Realmente dormía.
     Ella se dijo:
     —Tomaré mis precauciones. Intentaré simplemente respirar, suavemente, para no despertarle. E hizo como esos que esconden su boca bajo la mano y se esfuerzan por despejar su garganta, sin ruido, expectorando el aire con cuidado.
     Fuera porque lo hizo mal o bien porque el picor era demasiado fuerte, tosió.
     Al punto, perdió la cabeza. ¡Qué vergüenza si él se ha enterado! ¡Y qué riesgo!¡Oh! ¿Y si de casualidad no estuviese dormido?¿Cómo saberlo? Lo miró fijamente, y a la luz de la lamparita, creyó ver una sonrisa en su rostro que tenía los ojos cerrados. Entonces, si reía... pues.. no dormía,... y si no dormía...
     Intentó con la boca, realmente, causar un ruido semejante, para... confundir a su compañero.
     Éste no se parecía en absoluto.
     ¿Pero... dormía?
     Ella se giró, se movió, le empujó para cerciorarse.
     Él ni se movió.
     Entonces ella se puso a canturrear.
     El hombre no se movía.
     Volviéndose loca, lo llamó:
     — Ernest.
     Él no hizo ni un movimiento, pero respondió rápidamente:
     —¿Qué quieres?
     Ella se estremeció. Él no dormía; ¡Jamás había dormido!...
     Le preguntó:
     —¿Entonces, no duermes?
     Él murmuró con resignación:
     —Ya lo ves.
     Ella ya no sabía qué decir, enloquecida. Por fin, dijo:
     —¿No has escuchado nada?
     Él respondió, siempre inmóvil:
     —No.
     Ella sentía como le venían unas ganas locas de abofetearle, y, sentándose en la cama:
     —¿Sin embargo me ha parecido...?
     —¿Qué?
     —Que alguien andaba por la casa.
     Él sonrió. Indudablemente, esta vez ella lo había visto sonreír, y él dijo:
     —Déjame en paz, llevas media hora molestándome.
     Ella se estremeció.
     —¿Yo?...Eso es difícil de creer. Acabo de despertarme. Entonces, ¿no has escuchado nada?
     —Si.
     —¡Ah! ¡Al final sí que has escuchado algo!¿Qué?
     —Han...¡tosido!
     Ella dio un brinco y gritó exasperada:
     —¡Han tosido! ¿Dónde? ¿Quién ha tosido? Pero, ¿tú estás loco? ¡Respóndeme!
     Él comenzó a impacientarse.
     —Veamos, ¿se acaba de una vez esta monserga? Sabes perfectamente que fuiste tú.
     Esta vez ella se indignó, vociferando:
     —¿Yo? ¿Yo? ¿Yo? ¿Yo he tosido? ¿Yo? ¡Yo he tosido!¡Ah! Me insulta, me ofende, me menosprecia. Así que, ¡adiós! ¡Yo no me quedo al lado de un hombre que me trata así!
     E hizo un movimiento enérgico para salir de la cama.
     —Vamos a ver, estate tranquila. Soy yo el que ha tosido.
     Pero ella tuvo un nuevo arrebato de cólera.
     —¿Cómo? ¡Usted ha ...tosido en mi cama!... ¿a mi lado...mientras dormía? ¿Y lo confiesa?. Usted es innoble. Y usted creerá que yo estoy con hombres que... tosen a mi lado... ¿Pero, por quien me toma?
     Y se puso de pié sobre la cama, intentando saltar por encima para irse.
     Él la cogió tranquilamente por los pies y la hizo tenderse a su lado, y se reía, burlón y contento:
     —Vamos a ver, Rose, estate tranquila. Has tosido. Porque eras tú. Yo no me quejo, no me enfado; incluso estoy contento. Pero, vuelve a acostarte, diantre.
     Esta vez, ella se le escapó con un brinco y saltó a la habitación; y buscaba desesperadamente sus ropas, repitiendo:
     —Y usted cree que yo voy a permanecer al lado de un hombre que permite a una mujer... toser en su cama. Usted es innoble, querido.
     Entonces él se levantó y antes de nada, la abofeteó. Después, como ella se resistía, la acribilló a pescozones; y, tomándola después en brazos, la arrojó sobre la cama.
     Y como permanecía tendida, indolente y llorando contra la pared, él se volvió a acostar a su lado, y girando después su espalda hacia él,  tosió...tosió con un ataque de tos..., con silencios y reanudaciones.
     De repente, se puso a reír, pero a reír como una loca, gritando:
     —¡Qué divertido!¡Qué divertido!
     Y lo agarró bruscamente entre sus brazos, pegando su boca a la de él, murmurándole con sus labios:
     —Te quiero, gatito mío.
     Y ya no durmieron más... hasta la mañana.
    
     Esta es mi historia, mi querido Silvestre. Perdóneme esta incursión en su dominio. Hete aquí de nuevo una palabra impropia. No es “dominio” lo que habría que decir. Usted me divierte tan a menudo que no he podido resistir el deseo de arriesgarme un poco siguiendo sus pasos.
     Pero le quedará la gloria de habernos abierto, muy a lo grande, esta senda.
    
 

EL BESO

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EL BESO

GUY DE MAUPASSANT

 
     Encanto mío: De modo que te pasas el día y la noche llorando, porque te abandonó tu marido; no sabes qué hacer y solicitas consejo de tu anciana tía, a la que, por lo visto, supones muy experta. No estoy tan enterada como tú te lo imaginas; pero desde luego que no soy del todo ignorante en el arte de amar o, más bien, de hacerse amar, que a ti te falta un poco. A mis años creo que me debe estar permitido confesarlo.
     Me cuentas que no tienes para él otra cosa que atenciones, cariños, caricias y besos. De ahí tal vez procede el daño; creo que te excedes en besarlo.
     Tenemos en nuestras manos, querida, la potencia más terrible que existe: el amor.
     El hombre, dotado de su fuerza física, la ejerce por la violencia. La mujer, dotada del encanto, domina por la caricia. Es nuestra arma, arma temible, incontrastable, pero que es preciso saber manejar.
     Somos, sábelo bien, las dueñas de la tierra. Narrar la historia del Amor desde los orígenes del mundo, equivaldría a narrar la historia del hombre mismo. Todo arranca del Amor: las artes, los grandes acontecimientos, las costumbres, la moral, las guerras, el derrumbamiento de los imperios.
     En la Biblia tropiezas con Dalíla y Judit; en la Leyenda, con Onfala y Helena; en la Historia, con las Sabinas, Cleopatra y tantas más.
     Reinamos, pues, como soberanas omnipotentes. Pero es indispensable que empleemos, lo mismo que los reyes, una diplomacia refinada.
     El Amor, pequeña mía, está hecho de primores, de sensaciones imperceptibles.
     Sabemos que es fuerte como la muerte; pero es también tan frágil como el vidrio. El choque más insignificante lo quiebra y nuestro dominio se derrumba, sin que podamos ya reconstruirlo.
     Tenemos el poder de hacernos adorar, pero necesitamos una cualidad minúscula: el discernimiento de matices en la caricia, la percepción sutil de lo excesivo en la manifestación de nuestra ternura.
     En las horas del abrazo perdemos el sentido del matiz, mientras que el hombre, al que nosotras nos imponemos, no pierde el dominio de sí mismo, conserva la capacidad de apreciar lo ridículo de ciertas frases, lo desorbitado de determinadas actitudes.
     Encanto mío, permanece siempre en guardia sobre este punto, que es donde falla nuestra coraza, que es nuestro talón de Aquiles.
     ¿Sabes de dónde nace nuestro verdadero poder? ¡Del beso, sólo del beso! Sabiendo presentar y entregar nuestros labios, podemos llegar a ser reinas.
     Y, sin embargo, el beso no es sino un prefacio. Pero es un prefacio encantador, más delicioso que la obra misma, un prefacio que se lee una y otra vez, mientras que no siempre es posible... releer el libro.
     Sí, el unirse de dos bocas es la sensación más perfecta, más divina que ha sido concedida a los seres humanos; el limite último y supremo de la dicha.
     Es en el beso, y únicamente en el beso, donde a veces creemos percibir la imposible fusión que vamos persiguiendo de dos almas, el confundirse en uno dos corazones desfallecientes.
     ¿Recuerdas los versos de Sully-Prudhomme:
    
     Es la caricia inquieto desvarío;
     del pobre Amor, el infructuoso empeño
      de unir, cosa imposible, nuestras almas,
      uniendo uno con otro nuestros cuerpos.
    
     Una caricia tan sólo produce esa sensación íntima, inmaterial. de dos seres convertidos en uno, y eso es el beso. Todo el frenesí violento de la posesión completa no iguala a ese trémulo acercamiento de las bocas, a ese primer contacto, húmedo y lleno de frescor, seguido de la conjunción inmóvil, ardorosa y larga, larguísima, de una y otra.
     Es, pues, encanto mío, el beso nuestra arma más poderosa; pero guardémonos de embotar su filo. No olvides que su eficacia es relativa, de puro convencional. Cambia con las circunstancias el estado de ánimo del momento, el sentimiento de espera o de éxtasis del espíritu. Voy a basarme en un ejemplo.
     Todas nos sabemos de memoria un verso debido a otro poeta, un verso que nos parece encantador, que nos causa estremecimientos que nos llegan al alma.
     Después que el poeta ha descrito la espera del enamorado, en una habitación cerrada y en las primeras horas de una noche de invierno, sus inquietudes, sus impaciencias nerviosas, su miedo horrible de que ella no venga, pinta la llegada de la mujer amada, que entra, por fin, en la habitación, apresuradísima, jadeante  trayendo el frío en sus faldas, y exclama:
    
     ¡Oh, qué primeros besos al través del velillo!
    
     ¿Verdad que hay en este verso un sentimiento exquisito, una observación fina y encantadora, una exactitud perfecta? Todas las mueres que han corrido a una cita clandestina, aquellas a las que la pasión ha lanzado en los brazos de un hombre, conocen bien esos deliciosos primeros besos al través del velillo del sombrero, y sienten escalofríos con sólo recordarlos. Sin embargo, su encanto depende únicamente de las circunstancias. del retraso, de la espera anhelante; pero la verdad es que, desde  el punto de vista pura o impuramente sensual, como prefieras, son  detestables.
     Fíjate. En la calle hace frío. La mujercita ha caminado de. prisa, el velillo está húmedo del vaho frío ya, de su respiración. Brillan gotitas en las mallas del encaje negro. El amante se precipita y  pega sus labios a este vaho condensado de los pulmones. El vaho húmedo, que destiñe y está impregnado del sabor repugnante de los colorantes químicos, entra  en la boca del joven, le moja el bigote. No son los labios de la bien amada los que el joven saborea; saborea el tinte del encaje impregnado de aliento que se ha enfriado.
     Sin embargo, todas nosotras decimos con un suspiro, lo mismo que el poeta:
    
     ¡Oh, qué primeros besos al través del velillo!
    
     Siendo, pues, completamente convencional la eficacia de esta caricia, debemos guardarnos de que pierda su valor.
     Quiero decirte a este propósito, encanto, que he sido testigo en muchas ocasiones de tu torpeza, aunque no constituyas a este respecto una excepción. La mayor parte de las mujeres pierden su autoridad sin más motivo que el abuso del besar, del besar intempestivo. Si ven que el marido o el amante da señales de un poco de fatiga, porque hay horas de laxitud en las que el corazón, lo mismo que el cuerpo, piden reposo, ellas, en vez de comprender lo que a él le ocurre, se obstinan en caricias inoportunas, lo hastian con su obstinación de ofrécerle los labios, lo cansan al estrecharlo entre sus brazos sin medida ni razón.
     Presta fe a mi experiencia. Para empezar, no beses nunca a tu marido en público, en un vagón, en un restaurante. Es un acto del peor gusto. Aguántate las ganas. Él creería hacer el ridículo, y te guardaría siempre rencor.
     Desconfía sobre todo de los besos inútiles, prodigados en la intimidad. Tengo la certeza de que haces un espantoso consumo de ellos.
     Y para citarte un caso, te diré que un día estuviste verdaderamente desagradable.
     Nos hallábamos los tres en tu saloncito, y como mi presencia no os embarazaba, tu marido te tenía sentada en sus rodillas y te daba largos besos en la nuca, oculta su boca entre los rizados cabellos de tu cuello. De pronto exclamaste: «¡El fuego!» No os acordabais del fuego, y estaba a punto de consumirse. Todo lo que brillaba en el hogar eran unos tizones mortecinos y a punto de apagarse. Tu marido se levantó en el acto, se precipitó hacia el arcón de la leña y sacó del mismo dos troncos grandísimos, que llevaba con gran dificultad al hogar; y en ese preciso momento fuiste hacia él con tus labios mendicantes y le dijiste: «Bésame». Tu marido volvió la cabeza haciendo un gran esfuerzo para no dejar caer los maderos. Y tú posaste tu boca suave, lentamente, en la de aquel desdichado, que tuvo que aguantar, con el cuello doblado, la cintura en torsión, los brazos doloridos, temblando de cansancio y de esfuerzo violento. Y tu, sin ver ni comprender, eternizaste aquel beso martirizador. Después, cuando lo dejaste en libertad, te pusiste a refunfuñar con gesto de enojo: «¡ No sabes besarme!...»  ¡Era mucho pedirle encanto!
     Ten cuidado con eso. Raya en estúpida manía, en impulso inconsciente tonto, nuestro afán de lanzarnos al beso en los momentos peor elegidos: Cuando él lleva en la mano un vaso de agua; cuando se está poniendo el calzado; cuando se hace el nudo de la corbata, en fin, cuando se encuentra en alguna postura incómoda, entonces lo inmovilizamos con alguna caricia molesta que le fuera a permanecer un minuto en una actitud iniciada, sin sentir , otro deseo sino el de desembarazarse de nosotras.
     Sobre todo, no tomes esta crítica como insignificante y mezquina. El amor es cosa delicada, pequeña mía; un nada lo lastima; ten presente que todo depende de nuestro tacto en las zalamerías. Un beso torpe puede ocasionar un gran daño.
     Pon en práctica mis consejos.
    
Tu tía que te quiere, Collette
    
Por la copia fiel
     Magnifreuse

 

UN DÍA DE CAMPO

Escrito por imagenes 13-10-2009 en General. Comentarios (0)

 

     UN DÍA DE CAMPO
   

     Tenían proyectado hacía cinco meses salir a almorzar en los alrededores de París el día del santo de la señora Dufour, que se llamaba Pétronille. Por ello, como habían esperado con impaciencia esa partida, se habían levantado muy temprano aquella mañana.
     El señor Dufour, que le había pedido prestado el coche al lechero, conducía. La carreta, de dos ruedas, estaba muy limpia; tenía un techo sostenido por cuatro montantes de hierro del que colgaban cortinas que habían alzado para ver el paisaje. Sólo la de detrás flotaba al viento, como una bandera. La mujer, al lado de su esposo, estaba radiante con un extraordinario traje de seda cereza. A continuación, en dos sillas, se sentaban una vieja abuela y una jovencita. Se distinguía también la cabellera amarilla de un muchacho que, a falta de asiento, se había tumbado al fondo y del que aparecía sólo la cabeza.
     Tras haber seguido la avenida de los Campos Elíseos y cruzado las fortificaciones por la puerta Maillot, se habían puesto a contemplar la comarca.
     Al llegar al puente de Neuilly, el señor Dufour había dicho: «Ahí tenéis el campo, ¡por fin! », y su mujer, ante esa señal, se había enternecido con la naturaleza.
     En la encrucijada de Courbevoie, les había asaltado la admiración ante la lejanía de los horizontes. A la derecha, allá lejos, estaba Argenteuil, con su elevado campanario; por encima aparecían los cerros de Sannois y el Molino de Orgemont. A la izquierda, el acueducto de Marly se dibujaba sobre el cielo claro de la mañana, y se divisaba también, de lejos, la terraza de Saint-Germain; mientras que enfrente, al final de una cadena de colinas, unas tierras removidas indicaban el nuevo fuerte de Cormeilles. Muy al fondo, con un retroceso formidable, por encima de llanuras y pueblos, se entreveía un oscuro verdor de bosques.
     El sol comenzaba a quemar los rostros; el polvo llenaba los ojos de continuo y, a los dos lados de la carretera, se desplegaba una campiña interminablemente desnuda, sucia y hedionda. Hubiérase dicho que una lepra la había devastado, royendo hasta las casas, pues esqueletos de edificios hundidos y abandonados, o bien pequeñas casuchas inacabadas por falta de pago a los contratistas, alzaban sus cuatro paredes sin techo.
     De trecho en trecho crecían en el suelo estéril largas chimeneas de fábricas, única vegetación de aquellos campos pútridos por los cuales la brisa de la primavera paseaba un perfume de petróleo y de esquisto mezclado con otro olor aún menos agradable.
     Por fin habían cruzado el Sena por segunda vez, y, en el puente, había sido arrobador. El río resplandecía de luz; un vaho se elevaba de él, absorbido por el sol, y se experimentaba una suave quietud, una frescura benéfica al respirar por fin un aire más puro que no había sido barrido por el humo negro de las fábricas o las miasmas de los muladares.
     Un hombre que pasaba había dado el nombre de la zona: Bezons.
     El coche se detuvo, y el señor Dufour se puso a leer la prometedora muestra de un figón: «Restaurante Poulin, calderetas y pescado frito, reservados particulares,bosquecillos y columpios. ¿Qué, señora Dufour, te conviene? ¿ te decidirás por fin? »
     La mujer leyó a su vez: «Restaurante Poulin, calderetas y pescado frito, reservados particulares, bosquecillos y columpios.» Después miró largamente la casa.
     Era una posada de campo, blanca, situada al borde de la carretera. Mostraba, por la puerta abierta, el cinc brillante del mostrador ante el cual estaban dos obreros endomingados.
     Por fin la señora Dufour se decidió: «Sí, está bien —dijo—, y, además, tiene buenas vistas.» El coche entró en un amplio terreno plantado de grandes árboles que se extendía detrás de la posada y que sólo estaba separado del Sena por el camino de sirga.
     Entonces se apearon. El marido saltó primero, luego abrió los brazos para recibir a su mujer. El estribo, sujeto por dos barras de hierro, estaba muy lejos, de forma que, para alcanzarlo, la señora Dufour tuvo que dejar ver la parte inferior de una pierna cuya primitiva finura desaparecía ahora bajo una invasión de grasa que bajaba de los muslos.
     El señor Dufour, a quien el campo excitaba ya, le pellizcó vivamente la pantorrilla, y después, cogiéndola por debajo de los brazos, la depositó pesadamente en tierra, como un enorme paquete.
     Ella se dio unas palmadas en su traje de seda para desprender el polvo, mientras miró el lugar donde se encontraba.
     Era una mujer de unos treinta y seis años, metida en carnes, exuberante y de aspecto agradable. Respiraba con fatiga, sofocada violentamente por la opresión de un corsé demasiado apretado; y la presión de aquel chisme empujaba hacia su papada la masa fluctuante del pecho superabundante.
     A continuación la jovencita, posando la mano en el hombro de su padre, saltó con ligereza ella sola. El muchacho de pelo amarillo se había apeado poniendo un pie sobre la rueda, y ayudó al señor Dufour a descargar a la abuela.
     Entonces desengancharon el caballo, que fue atado a un árbol, y el coche cayó de narices, con los dos varales en el suelo. Los hombres, habiéndose quitado las levitas, se lavaron las manos en un cubo de agua, y después se reunieron con las señoras instaladas ya en los balancines.
     La señorita Dufour trataba de columpiarse de pie, ella sola, sin lograr darse suficiente impulso. Era una guapa chica de dieciocho a veinte años; una de esas mujeres cuyo encuentro por la calle os azota con un súbito deseo, y os deja hasta la noche una vaga inquietud y una agitación de los sentidos. Alta, de talle esbelto y caderas anchas, tenía la piel muy morena, los ojos muy grandes, el pelo muy negro. Su traje dibujaba netamente la firme plenitud de su carne acentuada aún más por los esfuerzos que hacía con los riñones para remontarse. Sus brazos tensos sujetaban las cuerdas por encima de su cabeza, de modo que su pecho se alzaba, sin una sacudida, a cada impulso que daba. Su sombrero, arrastrado por una ráfaga de viento, había caído a sus espaldas; y el balancín se lanzaba poco a poco, mostrando a cada vuelta sus piernas finas hasta la rodilla, y lanzando a la cara de los dos hombres, que la miraban riendo, el aire de sus faldas, más embriagador que los vapores del vino.
     Sentada en el otro columpio, la señora Dufour gemía de forma monótona y continua: «Cyprien, ven a empujarme; ¡ven a empujarme de una vez, Cyprien! » Al final él fue y, remangándose la camisa, como antes de emprender un trabajo, puso a su mujer en movimiento con infinita fatiga.
     Aferrada a las cuerdas, tenía las piernas estiradas, para no tropezar con el suelo, y disfrutaba al verse aturdida por el vaivén del chisme. Sus formas, sacudidas, tembleteaban continuamente como la gelatina en una bandeja. Pero, a medida que los impulsos crecían, la asaltaron el vértigo y el miedo. A cada bajada, lanzaba un grito agudo que hacía acudir a todos los rapaces del pueblo; y allá, delante de ella, por encima del seto del jardín, distinguía vagamente un surtido de cabezas traviesas que gesticulaban variadamente con las risas.
     Al aparecer una camarera, encargaron el almuerzo.
     «Fritos del Sena, conejo salteado, ensalada y postre», articuló la señora Dufour, con aire importante. «Traiga dos litros de tinto y una botella de burdeos», dijo su marido. «Almorzaremos en la hierba», agregó la joven.
     La abuela, enternecida al ver el gato de la casa, lo perseguía hacia diez minutos prodigándole inútilmente las más dulces denominaciones. El animal, halagado interiormente sin duda por aquella atención, se mantenía siempre muy cerca de la mano de la buena señora, aunque sin dejarse alcanzar, y daba tranquilamente vueltas a los árboles, contra los cuales se frotaba, la cola erguida, con un pequeño ronroneo de placer.
     «¡Mirad! —gritó de repente el joven de pelo amarillo que fisgoneaba por el terreno—, ¡hay unos barcos estupendos! » Fueron a ver. Bajo un pequeño cobertizo de madera estaban colgadas dos soberbias yolas de remeros, finas y trabajadas como muebles de lujo. Descansaban una junto a otra, semejantes a dos altas mozas delgadas, con su longitud estrecha y reluciente, y daban ganas de marchar sobre el agua en las hermosas noches apacibles o en las claras mañanas de verano, de rozar los ribazos floridos donde árboles enteros bañan sus ramas en el agua, donde temblequea el eterno escalofrío de las cañas, y de donde alzan el vuelo, como relámpagos azules, rápidos martines pescadores.
     Toda la familia, con respeto, las contemplaba. «Oh, sí, son estupendas», repitió gravemente el señor Dufour. Y las detallaba como un experto. Había remado, él también, en sus verdes años, decía; e incluso con aquello en la mano —y hacía ademán de tirar de los remos— le importaba un bledo todo el mundo. Había vapuleado en carreras a más de un inglés, en tiempos, en Joinville; y bromeó con la palabra damas, con que se designan los dos toletes que sujetan los remos, diciendo que los remeros, y con razón, no salían jamás sin sus damas. Se acaloraba al perorar y proponía obstinadamente que apostasen que con una barca como aquélla él haría seis leguas por hora sin apresurarse.
     «Está listo», dijo la camarera que apareció en la entrada. Se precipitaron; pero hete aquí que en el mejor sitio, que la señora Dufour había elegido mentalmente para instalarse, estaban almorzando ya dos jóvenes. Eran los propietarios de las yolas, sin duda, pues iban vestidos de remeros.
     Se habían estirado en unas sillas, casi acostados. Tenían la cara tostada por el sol y el pecho cubierto solamente por una fina camiseta de algodón blanco que dejaba asomar sus brazos desnudos, robustos como los de un herrero. Eran dos sólidos mozos y presumían mucho de vigor, pero mostraban en todos sus movimientos esa gracia elástica de los miembros que se adquiere con el ejercicio, tan diferente de la deformación que imprime al obrero su penoso esfuerzo, siempre igual.
     Intercambiaron rápidamente una sonrisa al ver a la madre, luego una mirada al divisar a la hija. «Dejémosles nuestro sitio —dijo uno—, así entablaremos relación». El otro se levantó al punto y, con su gorra mitad roja y mitad negra en la mano, se ofreció caballerosamente a ceder a las señoras el único lugar del jardín donde no daba el sol. Aceptaron deshaciéndose en disculpas; y, para que la cosa fuera más campestre, la familia se instaló en la hierba sin mesa ni asientos.
     Los dos jóvenes se llevaron su cubierto a unos cuantos pasos y reanudaron la comida. Sus brazos desnudos, que mostraban sin cesar, turbaban un poco a la joven. Incluso fingía volver la cabeza y no fijarse en ellos, mientras que la señora Dufour, más atrevida, instigada por una curiosidad femenina que era acaso deseo, los miraba a cada momento, comparándolos sin duda con añoranza con las fealdades secretas de su marido.
     Se había derrumbado sobre la hierba, con las piernas dobladas a la manera de los sastres, y se meneaba continuamente, con el pretexto de que las hormigas se le habían metido en alguna parte. El señor Dufour, huraño ante la presencia y la amabilidad de los extraños, buscaba una postura cómoda que por lo demás no encontraba, y el joven de pelo amarillo comía silenciosamente como un ogro.
     «Hace un tiempo precioso, caballero», dijo la gruesa señora a uno de los remeros. Quería mostrarse amable a causa del sitio que les habían cedido.
     «Sí, señora —respondió—. ¿Vienen ustedes a menudo al campo?
     — ¡Oh!, una o dos veces al año solamente, para tomar el aire; ¿y usted, caballero?
     —Vengo a dormir todas las noches.
     — ¡Ah!, debe de ser muy agradable.
     —Sí, desde luego, señora».
     Y contó su vida de todos los días, poéticamente, de manera que hizo vibrar el corazón de aquellos burgueses privados de hierba y hambrientos de paseos por el campo con ese bobo amor a la naturaleza que los obsesionaba todo el año detrás del mostrador de su tienda.
     La joven, emocionada, alzó los ojos y miró al remero. El señor Dufour habló por primera vez:
     «Eso sí que es vida» —dijo. Agregó—: «¿Un poco más de conejo, querida?
     —No, gracias, cariño.»
     Ella se volvió de nuevo hacia los jóvenes y, señalando sus brazos:
     «¿No tienen nunca frío así? » —dijo.
     Se echaron a reír los dos, y espantaron a la familia con el relato de sus prodigiosos esfuerzos, de sus baños sudados, de sus carreras entre la niebla de las noches; se golpearon violentamente el pecho para demostrar qué sonido daba.
     «¡Oh!, tienen ustedes pinta de fuertes», dijo el marido, que ya no hablaba de la época en que vapuleaba a los ingleses.
     La joven los examinaba ahora de lado; y el muchacho de pelo amarillo, atragantándose con la bebida, tosió desesperadamente, rociando el traje de seda cereza de la jefa, que se enfadó y mandó traer agua para lavar las manchas.
     Entre tanto la temperatura se volvía terrible. El río relumbrante parecía un foco de calor, y los vapores del vino turbaban las cabezas.
     El señor Dufour, sacudido por un hipo violento, se había desabrochado el chaleco y la cintura del pantalón; mientras que su mujer, presa de sofocos, desabotonaba su traje poco a poco. El aprendiz balanceaba con aire alegre sus greñas de lino y se servía trago tras trago. La abuela, sintiéndose achispada, se mantenía muy rígida y muy digna. En cuanto a la joven, no dejaba traslucir nada; sólo sus ojos se encendían vagamente, y su piel muy morena se coloreaba en las mejillas con un tono más rosado.
     El café los remató. Hablaron de cantar y cada cual echó su copla, que los otros aplaudieron con frenesí. Después se levantaron con dificultad, y mientras que las dos mujeres, aturdidas, respiraban, los dos hombres, totalmente curdas, hacían gimnasia. Pesados, fofos, y con el rostro escarlata, se colgaban torpemente de las anillas sin lograr levantarse; y sus camisas amenazaban continuamente con evacuar sus pantalones para ondear al viento como estandartes.
     Entre tanto los remeros habían echado las yolas al agua y regresaban cortésmente a proponer a las señoras un paseo por el río.
     «Señor Dufour, ¿me dejas? ¡Por favor! », gritó su mujer. El la miró con pinta de borracho, sin entender. Entonces se acercó un remero, con dos cañas de pescar en la mano. La esperanza de pescar gobios, ese ideal de los tenderos, encendió los ojos sombríos del hombrecillo, que accedió a todo lo que quisieron, y se instaló a la sombra, bajo el puente, los pies bailando encima del río, junto al joven del pelo amarillo, que se durmió a su lado.
     Uno de los remeros se sacrificó; se llevó a la madre.
     « ¡En el bosquecillo de la isla de los ingleses! », gritó al alejarse.
     La otra yola se puso en marcha más lentamente. El remero miraba tanto a su compañera que no pensaba en otra cosa, y lo había invadido una emoción que paralizaba su vigor.
     La joven, sentada en el asiento del timonel, se abandonaba a la dulzura de estar sobre el agua. Se sentía asaltada por una renuncia a pensar, por una quietud de los miembros, por un abandono de sí misma, como presa de una múltiple embriaguez. Se había puesto muy roja, con la respiración entrecortada. El aturdimiento del vino, multiplicado por el calor torrencial que chorreaba en torno a ella, hacía que todos los árboles de la orilla la saludasen a su paso. Una vaga necesidad de disfrute, una fermentación de la sangre recorrían su carne excitada por los ardores de aquel día; y estaba también turbada por aquel mano a mano sobre el agua, en medio de aquella tierra despoblada por el incendio del cielo, con aquel joven que la encontraba hermosa, cuyos ojos le besaban la piel, y cuyo deseo era tan penetrante como el sol.
     La impotencia de ambos para hablar aumentaba su emoción, y miraban los alrededores. Entonces, haciendo un esfuerzo, él le preguntó su nombre.
     «Henriette —dijo.
     — ¡Vaya!, yo me llamo Henri», prosiguió él.
     El sonido de sus voces los había calmado; se interesaron por las orillas. La otra yola se había parado y parecía esperarlos. El que la tripulaba gritó:
     «Os alcanzaremos en el bosque; vamos hasta Robinson, porque la señora tiene sed.»
     Después se inclinó sobre los remos y se alejó tan rápidamente que pronto dejaron de verlo.
     Mientras tanto un fragor continuo que se distinguía vagamente desde hacía un tiempo se acercaba muy deprisa. El propio río parecía estremecerse como si el ruido sordo ascendiera de sus profundidades.
     « ¿ Qué es eso que se oye? », preguntó ella.
     Era el salto de la presa que cortaba el río en dos en la punta de la isla. El se perdía en una explicación cuando, en medio del estruendo de la cascada, un canto de pájaro que parecía muy remoto los sorprendió.
     «Vaya —dijo él—, los ruiseñores cantan de día: eso es que las hembras incuban».
     ¡Un ruiseñor! Ella no lo había oído nunca, y la idea de escuchar uno despertó en su corazón la visión de poéticas ternuras. ¡Un ruiseñor! , es decir, el invisible testigo de las citas de amor al que invocaba Julieta en su balcón; esa música del cielo concertada con los besos de los hombres; ¡ese eterno inspirador de todas las romanzas lánguidas que abren un ideal azul en los pobres corazoncitos de las chiquillas enternecidas!
     Iba, pues, a oír un ruiseñor.
     «No hagamos ruido —dijo su compañero—, podemos bajar en el bosque y sentarnos muy cerca de él.»
     La yola parecía deslizarse. Aparecieron unos árboles en la isla, cuya ribera era tan baja que los ojos se sumergían en lo más tupido de la espesura. Se detuvieron; la barca quedó atada; y, apoyándose Henriette en el brazo de Henri, se adentraron entre las ramas.
     «Inclínese» —dijo él.
     Se inclinó, y penetraron en un inextricable revoltijo de bejucos, de hojas y de cañas, en un asilo inencontrable que era preciso conocer y al que el joven llamaba riendo «su reservado particular».
     Justamente por encima de sus cabezas, posado en uno de los árboles que los resguardaban, el pájaro seguía desgañitándose. Lanzaba trinos y gorgoritos, después desgranaba grandes sonidos vibrantes que llenaban el aire y parecían perderse en el horizonte, desplegándose a lo largo del río y volando sobre las llanuras, a través del silencio de fuego que entorpecía la campiña.
     No hablaban por miedo a que escapase. Estaban sentados uno junto al otro y, lentamente, el brazo de Henri rodeó la cintura de Henriette y la estrechó con dulce presión. Ella, sin cólera, cogió aquella mano audaz y la alejaba sin cesar a medida que él la acercaba, sin experimentar, por otra parte, el menor embarazo con aquella caricia, como si hubiera sido una cosa natural que rechazaba con igual naturalidad.
     Escuchaba al pájaro, perdida en un éxtasis. Sentía deseos infinitos de felicidad, bruscas ternuras que la atravesaban, revelaciones de poesías sobrehumanas, y tal aplanamiento de los nervios y del corazón que lloraba sin saber por qué. El joven la estrechaba contra sí ahora; no lo rechazaba ya, sin pensar en ello.
     El ruiseñor calló de pronto. Una voz lejana gritó:
     « ¡Henriette!
     —No conteste —dijo él muy bajo—, haría volar al pájaro.»
     Tampoco ella pensaba en responder.
     Se quedaron así algún tiempo. La señora Dufóur se había sentado en alguna parte, pues se oían vagamente, de vez en cuando, los grititos de la gruesa señora que bromeaba sin duda con el otro remero.
     La jovencita seguía llorando, embargada por sensaciones muy dulces, la piel cálida y pinchada en todas partes por desconocidos cosquilleos. La cabeza de Henri estaba sobre su hombro; y, bruscamente, la besó en los labios. Ella tuvo una rebelión furiosa y, para evitarlo, se dejó caer de espaldas. Pero él se arrojó sobre ella, cubriéndola con todo su cuerpo. Persiguió un buen rato aquella boca que le huía, y después, al alcanzarla, pegó a ella la suya. Entonces, enloquecida por un deseo formidable, ella le devolvió el beso, estrechándolo sobre su pecho, y toda su resistencia cedió como aplastada por una carga demasiado pesada.
     Todo estaba en calma en las cercanías. El pájaro volvió a cantar. Lanzó primero tres notas penetrantes que parecían una llamada de amor, después, tras un silencio de un instante, inició con voz debilitada unas lentísimas modulaciones.
     Se deslizó una brisa suave, levantando un murmullo de hojas, y entre la profundidad de las ramas pasaban dos suspiros ardientes que se mezclaban con el canto del ruiseñor y con el leve hálito del bosque.
     Una embriaguez invadía al pájaro, y su voz, acelerándose poco a poco como un incendio que prende o una pasión que crece, parecía acompañar bajo el árbol un restallido de besos. Después el delirio de su gaznate se desencadenó enloquecido. Tenía desmayos prolongados en un trino, grandes espasmos melodiosos.
     A veces descansaba un poco, emitiendo solamente dos o tres sonidos ligeros que terminaban de pronto con una nota sobreaguda. O bien comenzaba una loca carrera, con brotes de gamas, estremecimientos, sacudidas, como un furioso canto de amor, seguido por gritos de triunfo.
     Pero se calló, al escuchar bajo él un gemido tan profundo que se le hubiera tomado por el adiós de un alma. El ruido se prolongó algún tiempo y se remató con un sollozo.
     Estaban muy pálidos, los dos, al abandonar su lecho de verdor. El cielo azul les parecía oscurecido; el ardiente sol estaba apagado a sus ojos; percibían la soledad y el silencio. Caminaban rápidamente uno al lado del otro, sin hablarse, sin tocarse, pues parecían haberse convertido en enemigos irreconciliables, como si una repugnancia se hubiera alzado entre sus cuerpos, un odio entre sus ánimos.
     De vez en cuando, Henriette gritaba:
     «¡Mamá!»
     Se produjo un ajetreo bajo un zarzal. Henri creyó ver una enagua blanca que se bajaba con rapidez sobre una gruesa pantorrilla; y apareció la enorme señora, un poco confusa y más roja aún, los ojos muy brillantes y el pecho tumultuoso, demasiado cerca quizás de su vecino. Este debía de haber visto cosas muy divertidas, pues su rostro estaba surcado por risas súbitas que lo cruzaban a pesar suyo.
     La señora Dufour se cogió de su brazo con aire tierno, y volvieron a las barcas. Henri, que caminaba delante, siempre mudo al lado de la jovencita, creyó distinguir de repente una especie de gran beso ahogado.
     Por fin regresaron a Bezons.
     El señor Dufour, pasada la borrachera, se impacientaba. El joven de pelo amarillo tomaba un bocado antes de dejar la posada. El coche estaba enganchado en el patio, y la abuela, montada ya, se desolaba porque tenía miedo de que la cogiera la noche en la llanura, pues los alrededores de París no eran seguros.
     Se dieron apretones de manos, y la familia Dufour se marchó.
     «Hasta la vista» —gritaban los remeros.
     Un suspiro y una lágrima les respondieron.
     Dos meses después, al pasar por la calle de los Mártires, Henri leyó sobre una puerta: Dufour, ferretero.
     Entró.
     La gruesa señora abultaba aún más tras el mostrador. Se reconocieron al punto y, después de mil cumplidos, él pidió noticias.
     «¿Qué tal la señorita Henriette?
     —Muy bien, gracias, se ha casado.
     La emoción le oprimió; agregó:
     «Y... ¿con quién?
     —Pues con el joven que nos acompañaba, ya sabe usted; él se hará cargo del negocio.
     — ¡Oh! , claro.»
     Se marchaba muy triste, sin saber demasiado bien por qué. La señora Dufour lo llamó:
     « ¿Y su amigo? —dijo tímidamente.
     —Pues le va bien.
     —Déle recuerdos nuestros, ¿eh?; y cuando venga, dígale que pase a vernos...— se ruborizó mucho, y después agregó—: Me dará mucho gusto; dígaselo.
     —No dejaré de hacerlo. ¡Adiós!
     —No..., ¡hasta pronto! »
    
     Al año siguiente, un domingo que hacía mucho calor, todos los detalles de esta aventura, que Henri no había olvidado nunca, regresaron a él súbitamente, tan claros y deseables, que volvió solo a su cuarto del bosque.
     Quedó estupefacto al entrar. Ella estaba allí, sentada en la hierba, con aire triste, mientras que a su lado, en mangas de camisa, su marido, el joven de pelo amarillo, dormía a conciencia, como un bruto.
     Se puso tan pálida al ver a Henri que éste creyó que iba a desmayarse. Después empezaron a charlar con toda naturalidad, como si nada hubiese ocurrido entre ellos.
     Pero cuando él le contaba que le gustaba mucho aquel paraje y que iba a menudo a descansar allí los domingos, evocando muchos recuerdos, ella lo miró largamente a los ojos.
     «Yo pienso en eso todas las noches —dijo.
     —Vamos, querida —replicó bostezando su marido—, creo que ya es hora de marcharnos».
    
 

VELANDO EL CADÁVER

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VELANDO EL CADÁVER
GUY DE MAUPASSANT
 

     Había muerto sin agonía, tranquilamente, como mujer cuya vida fué irreprochable; y descansaba ahora en la cama boca arriba, cerrados los ojos, tranquilas sus facciones, los largos cabellos blancos cuidadosamente peinados cual si hubiese hecho su tocado diez minutos antes de morir, y toda su fisonomía de difunta tan recogida, tan reposada, tan resignada, que se comprendía que un alma tiernísima había habitado en aquel cuerpo, que aquella anciana serena había llevado la más tranquila de las existencias, que en su fin no había habido ni sacudidas ni remordimientos.    
De rodillas junto al lecho mortuorio, su hijo, un magistrado de principios inflexibles, y su hija Margarita, en religión la hermana Eulalia, lloraban amargamente.    
Desde su infancia les había inculcado una irreprochable moral, enseñándoles la religión sin debilidades y el deber sin transacción. Él, el varón, se había hecho magistrado, y blandiendo la ley sacudía sin piedad a los débiles, a los desfallecidos; ‘ella, la muchacha, empapada en la virtud que la había bañado en aquella familia austera, se había casado con Dios, disgustada de los hombres. No habían conocido a su padre; lo único que sabían era que había hecho a su madre desgraciada; y no tenían más detalles acerca de él.    
La religiosa besaba locamente una de las manos de la muerta, una mano de marfil semejante a la del Cristo amortajado. Al otro lado del cuerpo tendido, la otra mano de la difunta parecía tener todavía la colcha estrujada con ese errante gesto que se llama el decisivo; y la ropa había allí conservado pequeñas arrugas, como un recuerdo de los movimientos que preceden a la eterna inmovilidad. Unos ligeros golpes dados en la puerta hicieron que se alzasen los dos trastornados rostros, y el sacerdote, que acababa de cenar, entró nuevamente. Estaba rojo, sofocado por los comienzos de la digestión, pues había echado mucho coñac en el café para luchar contra la fatiga de las pasadas noches y la de la noche de vela que comenzaba.    
Parecía triste; en su rostro se veía esa falsa tristeza del eclesiástico para quien la muerte es una manera de ganarse la vida. Hizo la señal de la cruz, y acercándose con su gesto profesional:    
 —Aquí estoy, pobres hijos míos —murmuró—, dispuesto a ayudarlos a pasar estas tristes horas.    
 Pero sor Eulalia se levantó súbitaamente:    
 —Gracias, padre mío; mi hermano y yo deseamos quedar solos con ella. Son éstos los últimos instantes que la veremos, y deseamos estar los tres solos, como en otra época, como cuando..., cuando... cuando éramos niños y nuestra po..., pobre madre…    
No pudo acabar; tantas eran sus lágrimas, de tal modo la oprimía el dolor.    
 El sacerdote se inclinó, más alegre, pensando en su cama.    
—Como gustéis, hijos míos—dijo. Se arrodilló, se santiguó, rezó, se levantó y salió despacito, murmurando:    
 —¡Era una santa!    
 La difunta y sus hijos quedaron solos. Un oculto reloj producía en la sombra un ruido regular, y por la abierta ventana los suaves perfumes del heno y de la madera penetraban con un lánguido claror de luna. De la campiña no llegaba ningún sonido más que el de las notas volantes de los sapos y, a veces, el ronquido de un insecto nocturno que penetraba como una bala y chocaba en la pared. Una infinita paz, una divina melancolía y una silenciosa serenidad rodeaban a aquella difunta, pareciendo huir con ella y echarse fuera de allí apaciguando la propia Naturaleza.    
 De pronto, el magistrado, de rodillas siempre y con la cabeza oculta entre las ropas del lecho, con voz lejana, desgarradora, lanzada a través de las mantas y las sábanas, gritó:    
—¡Madre, madre, madre!    
 Y la hermana, echándose contra el suelo, dando en el entarimado con su frente de fanática, convulsionada, retorcida, vibrante, como en una crisis de epilepsia, gimió:    
 —¡Jesús, Jesús, madre, Jesús! Y, sacudidos por un huracán de dolor, ambos jadeaban, gemían amargamente.    
Mucho tiempo después se levantaron y se quedaron mirando el querido cadáver. Y los recuerdos, esos recuerdos lejanos, ayer tan dulces y hoy tan crueles, se presentaban en su imaginación con todos esos pequeños detalles olvidados, esos pequeños detalles íntimos y familiares que hacen vivir de nuevo al ser desaparecido. Recordaban circunstancias, palabras, sonrisas, entonaciones de voz de la que ya no volvería a hablarles. La tornaban a ver feliz y tranquila, se repetían las frases que en otro tiempo les dirigiera con un ligero movimiento de la mano que ella empleaba a veces, como para llevar el compás, cuando pronunciaba un discurso importante.    
 Y la amaban como nunca la habían amado. Y comprendían, midiendo su desesperación, hasta qué punto iban ahora a verse abandonados.    
 Luego, poco a poco, la fuerza de la crisis fue disminuyendo como las lluviosas calmas siguen a las borrascas en el agitado Océano, y se pusieron a llorar de un modo más suave.    
Era su sostén, su guía, toda su juventud, toda la alegre parte de su existencia lo que desaparecía; era su lazo con la vida, la madre, la mamá, la carne creadora, el punto de unión con los abuelos que no tenían ya.    
Ahora quedaban solitarios, aislados; ya no podrían mirar tras sí.    
 La monja dijo a su hermano:    
—Ya sabes que mamá tenía grande afición a leer sus viejas cartas; todas están ahí, en ese cajón. ¿No haríamos bien en leerlas a nuestra vez, reviviendo toda su vida en esta noche que hemos de pasar junto a ella? Sería como un camino del Calvario, como un conocimiento que haríamos con su madre, con nuestros viejos parientes desconocidos, cuyas cartas se encuentran ahí, y de quienes tan a menudo nos hablaba. ¿Te acuerdas?   
 
 *  
       
 Y tomaron del cajón unos diez legajos de papeles amarillentos, cuidadosamente sujetos y colocados unos contra otros. Depositaron encima de la cama estas reliquias y escogiendo una de ellas, sobre la cual estaba escrita la palabra «Padre», la abrieron y leyeron.    
Eran esas viejas epístolas que se encuentran en los antiguos muebles familiares, esas epístolas que tienen el olor de otro siglo. La primera rezaba: «Querida mía»; y otra: «Mi hermosa hijita», y las otras: «Mi querida niña», y otras, por fin: «Mi querida hija.» Y de pronto la monja se puso a leer en voz alta, a leer nuevamente a la muerta su historia, todos sus dulces recuerdos. Y el magistrado, con un codo apoyado en la cama, le prestaba atención, fijos los ojos en su madre. Y el cadáver Inmóvil parecía feliz.    
Interrumpiéndose, sor Eulalia dijo de pronto:   
  —Será menester meterlas en su tumba, hacerle un sudario de todo esto y amortajarla con él.     Y cogiendo otro legajo, sobre el cual nada había escrito, principió a leer como antes.          «Querida mía: Te amo hasta la locura. Desde ayer sufro como un condenado, achicharrado por tu recuerdo. Siento tus labios bajo los míos, tus ojos bajo mis ojos, tu carne bajo mi carne. ¡Te amo, te amo! Me has enloquecido. Mis brazos se abren, jadeo impulsado por un ansia inmensa de poseerte nuevamente. He conservado en mi boca el sabor de tus besos...»         
El magistrado se había puesto en píe; la monja se interrumpió; le arrancó la carta, buscó la firma. No la llevaba el papel; sólo se leían estas palabras: «El que te adora»; el nombre era «Enrique». Su padre se llamaba Renato. Entonces el hijo, con rápidas manos, revolvió el paquete de cartas, tomó otra y leyó:         
«No puedo vivir sin tus caricias...»         
 Y en pie, severo como en su tribunal, miró impasible a la muerta. La monja, erguida como una estatua, con algunas olvidadas lágrimas en los extremos de los ojos, contemplando a su hermano, esperaba. El atravesó entonces el aposento andando despacio, llegó a la ventana y, con la mirada perdida en la noche, meditó.    
 Cuando volvió la cabeza, sor Eulalia, ya secos los ojos, permanecía en pie, junto al lecho, baja la cara.    
El avanzó, recogió vivamente las cartas y las fué echando revueltas en el cajón; en seguida corrió los cortinajes de la cama.    
Y cuando el día hizo palidecer las bujías que ardían sobre la mesa, el hijo abandonó lentamente su sillón y, sin mirar ni una vez más a la madre, que había, condenándola, separado de ellos, dijo lentamente:    
—Ahora, hermana mía, salgamos de aquí.