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EL LOBO -- GUY DE MAUPASSANT -- CUENTO DE MIEDO

Escrito por imagenes 18-08-2008 en General. Comentarios (2)

EL LOBO -- GUY DE MAUPASSANT -- CUENTO DE MIEDO

EL LOBO
GUY DE MAUPASSANT

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Ved ahí lo que nos refirió el viejo marqués de Arville, a los postres de la comida con que inaugurábamos aquel año la época venatoria en la residencia del barón de Rávels.
Habíamos perseguido a un ciervo todo el día. El marqués era el único invitado que no tomó parte alguna en aquella batida, porque no cazaba jamás.
Durante la fastuosa comida, casi no se habló más que de matanzas de animales. Hasta las señoras oían con interés las narraciones sangrientas, y con frecuencia inverosímiles; los oradores acompañaban con el gesto la relación de los ataques y luchas de hombres y bestias; levantaban los brazos, ahuecaban la voz.
Agradaba oír al señor de Arville, cuya poética fraseología resultaba un poco ampulosa, pero de buen efecto. Es indudable que habría referido muchas veces, en otras ocasiones, la misma historia, , porque ninguna frase le hizo dudar, teniéndolas todas ya estudiadas, muy seguro de producir la imagen que le convenía.
—Señores: yo no he cazado nunca; mi padre, tampoco; ni mi abuelo ni mi bisabuelo. Este último era hijo de un hombre que había cazado él solo más que todos ustedes juntos. Murió en mil setecientos sesenta y cuatro, y voy a decir de qué manera.
Se llamaba Juan, estaba casado y era padre de una criatura, que fue mi bisabuelo; habitaba con su hermano menor, Francisco de Arville, nuestro castillo de Lorena, entre bosques.
Francisco de Arville había quedado soltero; su amor a la caza no le permitía otros amores.
Cazaban los dos todo el año sin tregua, sin descanso y sin rendirse a las fatigas. Era su mayor goce; no sabían divertirse de otro modo; no hablaban de otro asunto: sólo vivían para cazar.
Dominábalos aquella pasión terrible, inexorable, abrasándolos, poseyéndolos, no dejando espacio es su corazón para nada más.
Habían prohibido que por ninguna causa les interrumpieran en sus cacerías. Mi bisabuelo nació mientras perseguía su padre a un zorro; y sin abandonar su pista, Juan de Arville murmuró:
—¡Recristo! Bien pudo esperar este pícaro hasta que yo terminase.
Su hermano Francisco aún se apasionaba más en su afición. Lo primero que hacía, en cuanto se levantaba, era ver a los perros y a los caballos; luego, entreteníase disparando a los pájaros en torno del castillo, hasta la hora de salir a caza mayor.
En la comarca llamábanlos el señor marqués y el señor menor; entonces los aristócratas no establecían en los títulos —como ahora la nobleza improvisada quiere hacerlo— una jerarquía descendiente; porque no es conde un hijo de marqués ni barón un hijo de vizconde, como no es coronel de nacimiento el hijo de un general. Pero la vanidad mezquina de los actuales tiempos lo dispone así.
Vuelvo a mis ascendientes.
Parece ser que fueron agigantados, velludos, violentos y vigorosos; el joven aún más que su hermano mayor; y tenía una voz tan recia, que, según una opinión popular, que le complacía, sus gritos agitaban todas las hojas del bosque.
Y al salir de caza, debieron de ofrecer un espectáculo admirable aquellos dos gigantes, galopando en dos caballos de mucha talla y brío.
El invierno de mil setecientos sesenta y cuatro fue muy crudo, y los lobos rabiaron de hambre.
Atacaban a los campesinos rezagados, rondaban de noche alrededor de las viviendas, aullaban desde la puesta de sol hasta el amanecer, y asaltaban los establos.
Circuló un rumor terrible. Hablábase de un lobo colosal, de pelo gris, casi blanco; había devorado dos niños y el brazo de una mujer; había matado a todos los mastines de la comarca; y saltando las tapias, olisqueaba, sin temor alguno, bajo las puertas. Ningún hombre dejó de sentirle resoplar; su resoplido hacía estremecer la llama de las luces. Invadió la provincia un pánico terrible. Nadie salía de casa de noche ni al atardecer. La oscuridad parecía poblada por todas partes por la sombra de aquella bestia...
Los hermanos de Arville, resueltos a perseguir y matar al monstruo, dispusieron grandes cacerías, invitando a los nobles de la región.
Todo fue inútil; ni en los bosques ni entre las malezas lo hallaron jamás. Mataban muchos lobos; pero aquel no parecía. Y cada noche, al terminar la batida, como para vengarse, la bestia feroz causaba estragos mayores, atacando a algún caminante o devorando alguna res; pero siempre a distancia del sitio donde lo buscaron aquel día.
Entró un de aquellas noches en la pocilga del castillo de Arville; y devoró los dos mejores cerdos.
Juan y Francisco reventaban de cólera, suponiendo aquel ataque una provocación del monstruo, una injuria directa, un reto. Con sus más resistentes sabuesos, acostumbrados a perseguir temibles bestias, aprestáronse a la caza, rebosando sus corazones odio y furor.
Desde el amanecer hasta que descendía el sol, arrebolados, entre los troncos de los árboles desnudos, batieron inútilmente los matorrales.
Regresaban furiosos y descorazonados, llevando al paso las cabalgaduras por un camino abierto entre maleza, sorprendiéndose de que burlase un lobo toda su precaución y poseídos ya de una especie de recelo misterioso.
Juan decía:
—Esa bestia no es como las demás. Parece que piensa y calcula como un hombre.
Y contestaba francisco:
—Acaso conviniera que nuestro primo, el obispo, bendijese una bala, o que lo hiciese algún sacerdote de la región, rogándole nosotros que pronunciase las palabras oportunas.
Callaron, y, después de un silencio, advirtió Juan:
—mira el sol, qué rojo. La fiera no dejará de causar algún daño esta noche.
Apenas había terminado la frase, cuando su caballo se encabritó; el de Francisco giraba. Un matorral cubierto de hojas marchitas, crujió, abriendo paso a una bestia enorme y gris, que, saliendo rápidamente de su escondrijo, internóse al punto en el bosque.
Los dos de Arville articularon una especie de rugido, que demostraba su fiera satisfacción, y encogiéndose, inclinados hacia delante, pegándose al cuello de sus briosos cabellos, impulsándolos con todo el cuerpo, los lanzaron a la carrera, excitándolos de tal modo con las voces, con sus movimientos, con la espuela, que los hercúleos caballeros, como si un ímpetu gigantesco los condujera volando, parecían arrastrar entre las piernas a sus caballos, que iban a escape, tocando en el suelo con el vientre,, haciendo crujir los matorrales y salvando las torrenteras, encaramándose por escarpadas pendientes y descendiendo por angostas gargantas. Los caballeros hacían resonar las trompas con toda la fuerza de sus pulmones, llamando a sus criados y a sus perros.
De pronto, en aquella furiosa y precipitada persecución, tropezó mi abuelo con la cabeza en una rama, que le abrió el cráneo, y cayó sin sentido, mientras el caballo continuaba su carrera loca, desapareciendo en la densa oscuridad que iba envolviendo al bosque.
Francisco de Arville paró en seco y se apeó, cogiendo en brazos a su hermano; vio que por la herida, entre la sangre, asomaba también el cerebro.
Entonces, apoyándolo sobre sus rodillas, contempló el rostro ensangrentado, las facciones rígidas, inertes, del marqués. Poco a poco un miedo le invadió, un miedo extraño que no había sentido nunca. Temía la oscuridad, la soledad, el silencio del bosque; hasta llegó a temer que apareciera el fantástico lobo, que se vengaba de aquella persecución tenaz de los Arville, haciendo morir al mayor de los hermanos.
Espesaban las tinieblas; el frío, agudo, hacía crujir los árboles. Francisco se incorporó, tembloroso, incapaz de permanecer allí más tiempo, sintiéndose casi desfallecer. No se oía nada; ni ladridos de perros, ni voces de trompa; todo estaba mudo en el invisible horizonte; y aquel silencio taciturno de una helada noche tenía bastante de horroroso y extraño.
Alzó entre sus manos de coloso el cuerpo gigantesco de Juan, atravesándolo sobre la silla para llevarlo al castillo; montó y se puso en marcha, despacio, sintiendo una turbación semejante a la embriaguez, perseguido por espectros indefinibles y espantosos.
De pronto, una forma vaga cruzó el sendero que la nocturna oscuridad invadía. Era la bestia. Una sacudida brusca, un verdadero espanto agitó al cazador; algo frío, como una gota de agua, se deslizó sobre sus riñones; y, como un ermitaño que ahuyenta los demonios, el caballero hizo la señal de la cruz, desconcertado ante aquella temible aparición del espantoso vagabundo. Pero sus ojos refrescaron su memoria, presentándole a su hermano muerto; y de pronto, pasando en un instante del miedo al odio, rugió furiosamente, y espoleando al caballo, lanzóse tras el lobo.
Lo siguió entre los matorrales, por las torrenteras y a través de bosques desconocidos. Galopaba con la vista penetrante, clavada en la sombra que huía; tropezaban en los troncos y en las rocas la cabeza y los pies del muerto atravesado en la silla. Las zarzas le arrancaban el cabello y salpicaba con sangre los troncos, golpeándolas con la frente; las espuelas arrancaban tiras de las cortezas de los árboles.
De pronto, la bestia y el perseguidor salieron del bosque y se lanzaron a un valle cuando aparecía la luna en lo alto del monte; un valle pedregoso, cerrado por enormes rocas. No hallando fácil salida por aquella parte, la bestia retrocedió.
Francisco no pudo contener un alarido estruendoso de alegría, que los ecos repitieron como repiten el rodar de un trueno, y saltó atierra empuñando el cuchillo de monte.
La bestia, con los pelos erizados y arqueado el cuerpo, le aguardaba. Pero antes de comenzar el combate, cogiendo el cazador el cuerpo de su hermano lo apoyó entre unas rocas, y sosteniéndole con piedras la cabeza, que parecía una masa de sangre cuajada, le dijo a voces, como si hablara con un sordo:
—¡Mira Juan! ¡Mira eso!
Y se arrojó sobre la bestia. Sentíase bastante poderoso para levantar en vilo una montaña, para triturar pedernales entre sus dedos. La bestia quiso hacer presa de él, procurando arrimar su hocico al vientre del cazador; pero éste la tenía sujeta por el cuello y la estrangulaba tranquilamente con la mano, sin acordarse del cuchillo, gozándose al sentir los ahogos de su garganta y las palpitaciones de su corazón. Reía, reía más cuanto más apretaba; reía gritando: "¡Mira Juan! ¡Mira eso!" Ya no hallaba resistencia; el cuerpo del monstruo cedía con blandura. Estaba muerto.
Entonces Francisco lo alzó, y acercándose a su hermano con aquella carga inerte, dejó caer un cadáver a los pies de otro cadáver, diciendo, conmovido y cariñoso:
—Toma, Juan; tómalo: ahí lo tienes.
Después colocó en la silla los dos cuerpos, y se puso en marcha.
Entró en el castillo riendo y llorando, como Gargantúa cuando el nacimiento de Pantagruel. Pregonaba la muerte de la bestia con exclamaciones de triunfador y gritos de gozo; refería la muerte de su hermano gimiendo y mesándose las barbas.
Y, pasado el tiempo, cuando hablaba de aquella noche fatal, decía con lágrimas en los ojos:
—¡Si, al menos, hubiese podido ver el pobre Juan cómo estrangulé al otro, es posible que muriera satisfecho! ¡Estoy seguro!
La viuda educó a su hijo haciéndole odiar la caza, y ese odio se ha transmitido hasta mí, de generación en generación.
El marqués de Arville había terminado. Alguien preguntó:
—Esa historia es una leyenda; ¿verdad?
Y el marqués respondió:
—Aseguro que todo es cierto, que todo ha ocurrido
Y una señora dijo, con dulzura:
—Da igual. Es hermoso sentir pasiones semejantes...

LA LOCA -- GUY DE MAUPASSANT -- GUERRA

Escrito por imagenes 18-08-2008 en General. Comentarios (0)

LA LOCA -- GUY DE MAUPASSANT -- GUERRA

LA LOCA
GUY DE MAUPASSANT



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A Robert de Bonnières.


Verán, dijo el señor Mathieu d’Endolin, a mí las becadas* me recuerdan una siniestra anécdota de la guerra.
Ya conocen ustedes mi finca del barrio de Cormeil. Vivía allá en el momento de la llegada de los prusianos.
Tenía entonces de vecina a una especie de loca, cuya razón se había extraviado bajo los golpes de la desgracia. Antaño, a la edad de veinticinco años, perdió, en un sólo mes, a su padre, a su marido y a un hijo recién nacido.
Cuando la muerte entra una vez en una casa, regresa a ella casi de inmediato, como si conociera la puerta.
La pobre joven, fulminada por la pena, cayó en cama, deliró durante seis semanas. Después, una especie de tranquila lasitud sucedió a la crisis violenta, y permaneció sin moverse, comiendo apenas, revolviendo solamente los ojos. Cada vez que intentaban levantarla, gritaba como si la matasen. La dejaron, pues, acostada, y tan solo la sacaban de entre las sábanas para los cuidados de su aseo y para darle la vuelta a los colchones.
Una anciana criada permanecía junto a ella, obligándola a beber de vez en cuando o a masticar un poco de carne fiambre. ¿Qué ocurría en aquella alma desesperada? Jamás se supo, pues no volvió a hablar. ¿Pensaba en sus muertos? ¿Desvariaba tristemente, sin un recuerdo concreto? ¿O bien su pensamiento aniquilado permanecía inmóvil como un agua estancada?
Durante quince años se quedó así, cerrada e inerte. Llegó la guerra; y, en los primeros días de diciembre, los prusianos entraron en Cormeil.
Lo recuerdo como si fuera ayer. Caía una helada de esas que resquebrajan las piedras; yo mismo estaba tumbado en un sillón, inmovilizado por la gota, cuando oí el golpeteo pesado y acompasado de sus pasos. Desde mi ventana, los vi pasar.
Era un desfile interminable, todos iguales, con esos movimientos de muñecos que les son peculiares. Después los jefes distribuyeron a sus hombres entre los habitantes. Me tocaron diecisiete. Mi vecina, la loca, tenía doce, entre ellos un comandante, un verdadero soldadote, violento y tosco.
Durante los primeros días todo transcurrió normalmente. Al oficial de al lado le habían dicho que la señora estaba enferma, y no se preocupó para nada. Pero pronto aquella mujer a la que nunca veía empezó a irritarlo. Se informó sobre su enfermedad; le respondieron que la anfitriona guardaba cama desde hacía quince años, a consecuencia de una pena muy honda. No lo creyó, sin duda, e imaginó que la pobre loca no se levantaba por orgullo, para no ver a los prusianos y no hablarles, para no rozarse con ellos.
Exigió que lo recibiera; lo llevaron a su habitación. Le pidió con un tono brusco:
«Zírvace uzted, ceñora, lefantarce y bajar, para que la feamoz.»
Ella volvió hacia él sus ojos extraviados, sus ojos vacíos, y no respondió.
El prosiguió:
«No toleraré maz inzolencias. Ci uzted no ce lefanta por laz buenaz, lla me laz arreglaré para que ce pacee zola.»
Ella no hizo el menor gesto, siempre inmóvil, como si no lo hubiera visto.
El rabiaba, tomando aquel silencio tranquilo por un signo de supremo desprecio. Y agregó:
«Ci no baja manana...»
Y después salió.
Al día siguiente, la anciana criada, aterrada, quiso vestirla; pero la loca empezó a chillar, debatiéndose. El oficial subió en seguida; y la sirvienta, arrojándose a sus pies, gritó:
«No quiere, señor, no quiere. Perdónela; es muy desdichada.»
El soldado se quedó turbado, sin atreverse, a pesar de su cólera, a hacer que sus hombres la sacaran de la cama. Pero de pronto se echó a reír y dio unas órdenes en alemán.
Pronto se vio partir un destacamento que sostenía un colchón, como quien lleva a un herido. En aquella cama que nadie había deshecho, la loca, siempre silenciosa, permanecía tranquila, indiferente a los acontecimientos con tal de que la dejaran acostada. Detrás, un hombre llevaba un paquete de ropas femeninas.
Y el oficial pronunció, frotándose las manos:
«Lla veremoz ci puede o no festirce zola y dar un paceíto.»
Luego se vio al cortejo alejarse en dirección al bosque de Imauville.
Dos horas después los soldados regresaron solos.
Nadie volvió a ver jamás a la loca. ¿Qué habían hecho con ella? ¿A dónde la habían llevado? Nunca se supo.
La nieve caía día y noche, sepultando la llanura y los bosques bajo un sudario de espuma helada. Los lobos venían a aullar hasta nuestras puertas.
La idea de aquella mujer perdida me obsesionaba, e hice diversas gestiones con la autoridad prusiana, con el fin de conseguir información. A punto estuve de ser fusilado.
Volvió la primavera. El ejército de ocupación se alejó. La casa de mi vecina seguía cerrada; una tupida hierba crecía en las avenidas.
La anciana criada había muerto durante el invierno. Nadie se ocupaba ya de aquella aventura; sólo yo pensaba en ella sin cesar.
¿Qué habían hecho con aquella mujer? ¿Se habría escapado a través de los bosques? ¿La habrían recogido en alguna parte, y metido en un hospital, al no poder obtener de ella ninguna información? Nada venía a aliviar mis dudas; pero, poco a poco, el tiempo apaciguó la inquietud de mi corazón.
Ahora bien, en el otoño siguiente, las becadas pasaron en tropel; y, como mi gota me daba una pequeña tregua, me arrastré hasta el bosque. Ya había matado cuatro o cinco aves de largo pico, cuando derribé una que desapareció en un hoyo lleno de ramas. Me vi obligado a bajar a él para recoger al animal. Lo encontré caído junto a una calavera. Y bruscamente el recuerdo de la loca embistió contra mi pecho como un puñetazo. Otros muchos habían expirado acaso en aquellos bosques durante aquel año siniestro; pero, no sé por qué, estaba seguro, se lo digo, de que había encontrado la cabeza de la infeliz maniática.
Y de repente comprendí, lo adiviné todo. La habían abandonado sobre el colchón, en el bosque frío y desierto, y, fiel a su idea fija, ella se había dejado morir bajo el espeso y leve plumón de la nieve sin mover un brazo o una pierna.
Después los lobos la habían devorado.
Y los pájaros habían hecho su nido con la lana de su lecho desgarrado.
He conservado esa triste osamenta. Y hago votos por que nuestros hijos no vean jamás una guerra.


** Este cuento es el primero de la colección .”Cuentos de la becada”; seguía a una introducción en la que se narraba cómo unos cazadores, reunidos para matar becadas, se contaban por la noche diversos sucedidos.

GUY DE MAUPASSANT -- LOS ZUECOS -- MISERIA CAMPESINA

Escrito por imagenes 05-08-2008 en General. Comentarios (0)

GUY DE MAUPASSANT -- LOS ZUECOS -- MISERIA CAMPESINA

GUY DE MAUPASSANT -- LOS ZUECOS -- MISERIA CAMPESINA

LOS ZUECOS

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El anciano cura lanzaba atropelladamente los últimos párrafos de su sermón por encima de los gorros blancos de las campesinas y de los cabellos de los campesinos, enmarañados unos, acicalados otros. Las granjeras, que habían acudido de muy lejos para oír misa, tenían junto a ellas, en el suelo, sus grandes canastos; el calor pegajoso de un día de julio desprendía de todos aquellos cuerpos olor a establo, husmillo de ganado. Llegaban por la gran puerta entreabierta el quiquiriquí de los gallos y los mugidos de las vacas tumbadas en un campo cercano.
De cuando en cuando se metía violentamente por el pórtico una oleada de aire impregnado de aromas silvestres, jugeteaba al paso con los cintajos de las cabezas y llegaba asi hasta los cirios del altar, haciendo estremecer sus llamitas amarillentas.
—Como Dios manda... ¡Y que así sea! —dijo el sacerdote, y se calló.
Abrió, después un libro y empezó el capítulo de los pequeños asuntos íntimos de la comunidad, sobre los cuales solía aconsejar a sus ovejas. Era un anciano de cabellos blancos, que llevaba cuarenta años administrando la parroquia y que se servía de la plática dominical para comunicarse con llaneza con todos sus feligreses.
Dijo, entre otras cosas:
—Recomiendo a vuestras oraciones a Desiderio Vallin, que está muy enfermo, y también a la Paumelle, que siempre tarda mucho en reponerse de sus partos.
Quería acordarse de más cosas; repasaba trozos de papel que tenía entre las hojas de su breviario. Halló al fin los dos que buscaba, y prosiguió:
—Hay que impedir que los mozos y las mozas se cuelen de noche en el cementerio. De lo contrarío, daré aviso al guardia rural. El señor César Omont desea una chica formal para criada. —Se quedó todavía pensativo unos momentos y agregó—: No se me ocurre más, y ésta es la gracia que os deseo, en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Bajó del púlpito y siguió con su misa.
Así que los de Malandain estuvieron de regreso en su casucha, la última de la aldea de La Sablière, junto a la carretera de Fourville, el padre, un campesino viejo, bajito, seco y arrugado, se sentó a la mesa, mientras su mujer descolgaba la olla y su hija Adelaida sacaba del aparador vasos y platos, y habló así:
—Tal vez conviniese la colocación ésta para servir en casa del señor Omont, porque es viudo, su nuera no lo quiere, no tiene a nadie y puede sacarse mucho. Quizá no haríamos mal en enviar a Adelaida.
La mujer colocó en la mesa la olla renegrida, la destapó y se quedó pensativa, mientras subía al techo el vapor de la sopa, cargado de olor de coles.
E! marido siguió diciendo:
—Puede sacarse mucho, te lo digo yo. Pero se necesitaría una mujer despabilada, y Adelaida es una tontaina.
La mujer intervino entonces:
—Podríamos ver, de todas maneras .—Se volvió hacia su hija, una buena moza con cara de simplona, rubia, mofletuda y rubicunda como cáscara de manzana, y le gritó: —¿Oyes, borricota? Irás a casa del señor Omont a ofrecerte de criada, y le obedecerás en todo lo que te mande.
La hija se echó a reír como una tonta, sin contestar nada. Y se pusieron a comer los tres.
Al cabo de diez minutos reanudó el padre la conversación:
—Óyeme unas palabras, hija, y procura seguir al pie de la letra lo que voy a decirte...
Y le trazó, en frases lentas y minuciosas, una regla completa de conducta, previendo los más pequeños detalles, disponiéndola para la conquista de un viudo ya maduro que estaba indispuesto con su familia.
La madre había dejado de comer para escuchar, y con el tenedor en la mano, yendo y viniendo con la mirada de su marido a su hija, seguía aquellas instrucciones con atención reconcentrada y muda.
Adelaida permanecía inmóvil, mirando sin fijeza a todas partes, dócil y entontecida.
Acabada la comida, hizo la madre que su hija se pusiese el gorro, y salieron las dos para ir a ver al señor César Omont. Vivía éste en un pequeño pabellón de ladrillo, adosado a la casa de labor que ocupaban sus granjeros. Se había retirado de la profesión de subastador, para vivir de sus rentas.
Andaba por los cincuenta y cinco; era obeso, jovial y brusco, como buen ricachón. Se reía y gritaba con un vozarrón capaz de tirar un tabique, bebía sidra y aguardiente a vaso lleno y se le tenía por fogoso, a pesar de sus años.
Le gustaba pasear por el campo con las manos cruzadas a la espalda, hundiendo sus zuecos de madera en la tierra fértil, examinando la altura del trigo o la floración de los campos de colza con ojo de aficionado rico al que sigue gustándole el campo, pero sin darle demasiada importancia.
La gente comentaba, hablando de él:
—Marca siempre buen tiempo, aunque algunos días sólo a medias.
Recibió a las dos mujeres sin moverse de la mesa, mientras tomaba el café. Se echó hacia atrás en la silla y les preguntó:
—¿Qué es lo que quieren?
Fué la madre quien habló:
—Esta es nuestra hija Adelaida, y yo quisiera la tomase de criada por lo que el señor cura ha dicho esta mañana en el púlpito.
El señor Omont miró con ojos escrutadores a la chica y preguntó sin más rodeos:
—¿Cuántos años tiene esta cordera?
—Veintiuno por San Miguel, señor Omont.
—¡ Hecho! Le daré quince francos al mes y la comida.
Que venga mañana por la mañana, para prepararme la sopa del desayuno.
Y las despidió.
Adelaida entró en funciones al siguiente día, y sin hablar palabra se puso a trabajar tan afanosamente como lo hacía en casa de sus padres.
A eso de las nueve, mientras limpiaba los cristales de la cocina, oyó el vozarrón del señor Omont, que la llamaba:
— ¡Adelaida!
Acudió corriendo.
— ¡ Aquí estoy, señor!
Al verla delante, con las manos enrojecidas y desaseadas, la mirada inquieta, le espetó esta declaración terminante:
—Óyeme bien, para que no tengamos confusiones entre nosotros. Tú eres aquí mi criada y solamente mi criada. ¿Me comprendes? No vamos a juntar los zuecos.
—Sí, mi amo.
—Tú en tu sitio y yo en el mío, muchacha; la cocina, para ti; la sala, para mí. Fuera de eso, todo es de los dos por igual. ¿De acuerdo?
—Sí, mi amo.
—Entonces, a trabajar.
La chica reanudó sus tareas.
Al mediodía preparó la mesa del señor en su comedorcito tapizado de papel de colores; cuando tuvo la sopa en la mesa, fué a llamar al señor Omont:
—Está usted servido, mi amo.
Entró, tomó asiento, desdobló la servilleta, se quedó indeciso un instante y de pronto gritó con voz de trueno:
— ¡Adelaida!
La muchacha llegó, toda azorada. El señor Omont le gritó, como si fuera a hacerla pedazos:
—Pero, buenos, ¡ Dios de Dios! ¿En dónde está tu cubierto?
—Pero..., mi amo...
Él vociferó:
—A mí no me agrada comer solo, ¡ carámbanos! Ahora mismo te sientas a comer aquí, y si no te gusta, ya te estás largando. Tráete plato y vaso.
Fuera de sí del susto, trajo la chica su cubierto y balbució:
—Aquí me tiene, mi amo.
Se senté a la mesa frente a él.
Entonces el señor Omont recobró su buen humor; bebió, golpeó la mesa con el puño, contó historias que ella escuchaba con los ojos bajos, sin atreverse a pronunciar una sola palabra.
De cuando en cuando se levantaba la chica para traer pan, sidra, platos.
Cuando sirvió café, sólo trajo una taza y la colocó delante del amo. Este montó en cólera otra vez y gruñó:
—Pero ¿y tú?
—No lo tomo, mi amo.
—¿Qué es eso de que no lo tomas?
—Que no me gusta
El señor Omont estalló de nuevo:
—Te digo, ¡ Dios de Dios!, que no me gusta tomar solo el café. Si ahora mismo no te sirves tú, ya te puedes ir largando... Vete por una taza y alígera.
Se trajo una taza, volvió a sentarse, probó el líquido oscuro e hizo una mueca; pero como el amo tenía clavada en ella su mirada furibunda, se lo echó todo al cuerpo. Y después del café tuvo que tomar el primer vaso de aguardiente, para enjuagar el segundo, para empujar al del enjuague, y el tercero, el del puntapié y a casa.
El señor Omont le dijo entonces:
—Ahora te vas a fregar; eres una buena chica.
La escena se repitió por la noche. Y acaba la cena, jugaron al dominó; después la envió a acostarse.
—Vete a la cama; yo subiré de aquí a un rato.
La chica se dirigió a su habitación, que era una guardilla debajo del tejado. Rezó sus oraciones, se desnudó y se metió entre las sábanas.
De improviso, saltó, aterrada, de la cama.
—¡Adelaida!
Un grito tremebundo había hecho retemblar la casa. Ella abrió la puerta y gritó desde su sotabanco:
—Estoy aquí, mi amo.
—¿Qué estás dónde?
—¿Dónde voy a estar? En mi cama, señor amo.
Al oírla, vociferó él:
—Ya estás bajando en seguida. ¡Dios de Dios! No me gusta dormir solo, ¡carámbanos!; y si no bajas, ya estás de más aquí, recontra.
Ella entonces, desatinada,.mientras encendía la vela, gritó desde arriba:
—Voy en seguida, mi amo.
El señor Omont oyó el ruido que hacían sus pequeños zuecos en las escaleras de pino; cuando llegó a los últimos escalones, la tomó del brazo y, dándole apenas tiempo para poner sus estrechos zuecos de madera junto a los voluminosos del amo, la metió en su cuarto, gruñendo:
—¡Alígera, Dios de Dios!
‘Ella, sin saber ya lo que se decía, balbucía:
¡Ya estoy aquí, mi amo; ya estoy aquí!


A los seis meses fué la chica a ver a sus padres un domingo. El padre la miró con gran detenimiento, y luego le preguntó:
—¿No estás tú preñada?-
Ella se miró al vientré con cara de idiota, y contestó:
—No creo; no, no debo de estarlo.
El quiso enterarse bien y procedió a interrogarla:
—Ven acá... ¿No será que alguna noche habéis juntado los zuecos?
—¡Eso si! Los juntamos la primera noche, y. después, todas.
—Entonces, no me digas más... Estás hecha un tonel relleno.
Ella estalló en sollozos:
—Yo’ no sabía -nada. Yo no sabía nada.
El tío Malandain la miraba de arriba abajo, con ojo despierto y cara satisfecha, y’ le preguntó:
—¿Qué es lo que tú no sabías?
Ella contestó, con frases entrecortadas
—No sabía, no; no sabía que ásí... se hacían los niños.
En aquel instante llegaba su-madre. El marido le expLicó, sin señales de enfado en la voz:
—Ahí la tienes, preñada, donde la ves.
La madre, dejándose llevar por él instinto de mujer, se indignó, insultando a boca llena a su hija, que lloraba, y tratándola de cochina y arrastrada. -
El marido la hizo callar. Al coger la gorra para ir a tratar de sus asuntos con el señor César Omont, hizo este comentario:
—Es aún más estúpida de lo que me imaginaba. Ni siquiera se daba cuenta la tontaina de lo que se hacía.
En la plática del domingo siguiente, anunciaba el anciano sacerdote las amonestaciones del señor Onofre César Omont con Celeste Adelaida Malandain.

Y 3º .SELECCION DE MAUPASSANT -- AHOGADO

Escrito por imagenes 09-06-2008 en General. Comentarios (1)

Y 3º .SELECCION DE MAUPASSANT -- AHOGADO

     AHOGADO

  

    

     I

 

     Todos conocían en Fècamp la historia de la tía Patin. Era una mujer que no había sido feliz, ni mucho menos, con su marido; porque su marido la apaleaba lo mismo que se apalea el trigo en las granjas.

     Era patrón de una lancha de pesca, y se casó con ella, de esto hacía tiempo, porque era bonita, aunque pobre.

     Buen marinero, pero hombre violento, el tío Patin era cliente asiduo de la taberna del tío Aubán, en la que se echaba al cuerpo, los días en que no pasaba nada, cuatro o cinco copas, y los días en que se le había dado bien la pesca, ocho, diez o más, si se lo pedía el cuerpo, como él decía.

     Servía el aguardiente a los parroquianos la hija del tío Aubán, una morena de buen ver, que si atraía a la clientela era únicamente por su buen palmito, porque jamás había dado que hablar con su conducta.

     Cuando Patin entraba en la taberna, le producía satisfacción el verla, y le dirigía piropos corteses, frases moderadas de mozo formal. Después de la primera copa, ya la llamaba bonita; a la segunda, le guiñaba el ojo; a la tercera, se le declaraba: «Si usted quisiese, Deseada...», pero nunca acababa la frase; a la cuarta copa, intentaba sujetarla por la falda para darle un beso, y cuando llegaba a la décima, tenía que encargarse de seguir sirviéndole el mismo tío Aubán.

     El tabernero, práctico en todos los recursos del oficio, hacía que Deseada tratase con la clientela, para que ésta hiciese más gasto; y Deseada, que por algo era hija del tío Aubán, se rozaba con los bebedores y bromeaba con ellos, siempre con la sonrisa en los labios y una expresión de picardía en los ojos.

     A fuerza de beber copas de aguardiente, acabó Patln por hacerse a la cara de Deseada, y pensaba ya en ella hasta en el mar, cuando tiraba las redes, muy lejos de la costa, lo mismo en las noches de viento que en las de calma, lo mismo si era noche de luna que si era noche cerrada. Y mientras sus cuatro compañeros dormitaban con la cabeza apoyada en el brazo, Patín, a popa, con el timón en la mano, pensaba en Deseada. La vela sonriéndole siempre, y que le servia el aguardiente amarillo con un ligero movimiento del hombro, diciéndole antes de retirarse:

     —¡Así! ¿Quiere algo más?

     De tanto tenerla dentro de sus ojos y dentro de sus recuerdos, le entraron tales ansias de casarse con ella, que ya no pudo dominarse, y pidió su mano.

     El era rico; la embarcación y los aparejos eran de su propiedad, y tenía una casa al pie de la colina, frente al rompeolas; el tío Aubán, en cambio, no poseía nada. Fue acogida su petición con la mayor solicitud, y la boda tuvo lugar lo antes posible, porque las dos partes tenían prisa, aunque por diferentes razones.

     Pero a los tres días de la boda Patin estaba hecho un lío, y se preguntaba a si mismo cómo había podido metérsele en la cabeza aquella idea de que Deseada era diferente de las demás mujeres. Si que había hecho el idiota preocupándose por una que no tenía una perra, y que seguramente lo había embrujado con su aguardiente !Eso era, por su aguardiente, en el que habría mezclado algún asqueroso bebedizo!

     Desde que empezaba la pesca no dejaba de blasfemar; rompía la pipa a fuerza de morderla, maltrataba de palabra a su tripulación, y después de jurar a boca llena contra todo lo habido y por haber, valiéndose de todas las fórmulas conocidas, descargaba las heces de su rabia contra todos los peces y crustáceos que iba sacando uno a uno de las redes, y no los echaba a los canastos sin dedicarles un insulto o una frase sucia.

     Y como, al volver a su casa, era su mujer, la hija del tío Aubán, quien estaba al alcance de su boca y de su mano, pronto acabçp tratándola como a la mujer más arrastrada. Ella, que ya estaba acostumbrada a los malos tratos de su padre, le oía con resignación, y esta tranquilidad exasperaba a su marido, que una noche pasó de las palabras a los golpes. Y desde entonces la vida en aquella casa fue espantosa.

     No se habló de otra cosa durante diez años en el muelle que de las palizas que Patin pegaba a su mujer, y de las palabrotas y blasfemias que soltaba cuando le dirigía la palabra. Era, en efecto un especialista en hablar mal, poseyendo una riqueza de vocabulario y una sonoridad de voz superiores a todo lo conocido en Fècamp. En cuanto su barca aparecía a la entrada del puerto, de regreso de la pesca, ponía todo el mundo atención, esperando oir la primera andanada que siempre lanzaba desde el puente de su embarcación contra el rompeolas así que divisaba el gorrillo blanco de su compañera.

     Hasta en los días de mar gruesa, en pie en la popa, atento a la vela y al rumbo, y a pesar del cuidado que tenía que tener con aquella boca de entrada, estrecho y difícil, y con las olas de mucho fondo que se precipitaban como montañas por el estrecho corredor, se esforzaba por descubrir entre las mujeres de los marineros que esperaban a éstos, entre salpicaduras de espuma de las olas, a la suya, la hija del tío Aubán, la pordiosera.

     Y en cuanto la descubría sin importarle el ruido de las olas y del viento, le largaba una rociada de insultos con voz tan estentórea que hacía reír a todos, aun que todo el mundo compadeciese a la mujer. Luego, cuando atracaba al muelle, tenía un modo de descargar su lastre de galantería, según frase suya, al mismo tiempo que el pescado, que atraía alrededor de su puesto de amarre a todos los pilluelos y desocupados del puerto.

     Unas veces como cañonazos, secos, estrepitosos; otras veces como truenos que retumbaban durante cinco minutos, descargaba por su boca un huracán tal de palabrotas, que parecía tener en sus pulmones todas las tormentas del Padre Eterno.

     Después, ya en tierra, al verse con ella cara a cara, en medio de los curiosos y de las sardineras, revolvía en lo más hondo de la bodega para sacar a flote todos los insultos que se le habían olvidado, y así por todo el camino hasta casa: ella delante, él detrás; ella llorando, él gritándole.

     Y ya a solas con ella y a puerta cerrada, la golpeaba con el menor pretexto. Cualquier cosa le daba motivo para levantar la mano, y todo era empezar para no acabar ya, escupiéndole a la cara las verdaderas razones de su odio.

     Cada bofetada, cada golpe, iba acompañado de una imprecación ruidosa: «¡Toma, zarrapastrosa! ¡Toma, arrastrada! ¡Toma, muerta de hambre! ¡Bonito negocio hice el día que me enjuagué la boca con el veneno del canalla de tu padre!»

     La pobre mujer vivía siempre asustada, con el alma y el cuerpo en vilo, en una expectativa enloquecedora de injurias y de palizas.

     Y así diez años. Era tan asustadiza que se ponía pálida para hablar con cualquiera, y ya no podía pensar en otra cosa que en los golpes que la esperaban, acabando por ponerse seca, amarilla y delgada como un pescado ahumado.

    

     II

    

     Una noche, estando su hombre en el mar, la despertó de pronto el gruñido de fiera que el viento  deja escapar cuando llega como perro lanzado contra su presa. Se incorporó en la cama, emocionada; pero como ya no se oía nada volvió a acostarse; pero casi en seguida entró por la chimenea un bramido, que hizo estremecer toda la casa, y que llenó luego todo  el espacio, como si cruzase por el cielo una manada de animales furiosos, resoplando y mugiendo. Se levantó y se dirigió hacia el puerto. Otras mujeres llegaban también de todas partes con sus linternas. Los hombres acudían corriendo, y todos se quedaban mirando en la noche hacia el mar, viendo rebrillar las espumas en la cresta de las olas. Quince horas duró la tempestad. Once marineros no regresaron, y uno de los once era Patín.

     Restos de su barca, la Joven Amelia. fueron encontrados hacia Dieppe. Cerca de Saint-Valéry se recogieron los cadáveres de los hombres de su tripulación; pero jamás apareció el suyo. La quilla de la embarcación daba lugar a suponer que había sido partida en dos, y esto hizo que su mujer esperase y temiese durante mucho tiempo su regreso; porque si había habido un abordaje, era posible que el otro barco lo hubiese recogido a él solo y lo hubiese llevado lejos.

     Después, y poco a poco, se fue haciendo a la idea de considerarse viuda, aunque bastase para sobresaltarla el que una vecina, un pobre o un vendedor ambulante entrasen de pronto en su casa.

     *

    

     Habrían pasado cuatro años desde la desaparición de su marido. Una tarde, caminando por la calle de los Judíos, se detuvo delante de la casa de un antiguo capitán de barco que había fallecido hacia poco, y cuyos muebles estaban subastándose.

     En aquel mismo instante se sacaba a la puja un loro, un loro verde, con la cabeza azul, que miraba a la concurrencia con disgusto e inquietud.

     —¡Tres francos! — gritaba el vendedor—. Un pájaro que habla tan bien como un abogado, ¡tres francos!

     Una amiga de la viuda de Patin le dio un golpecito con el codo:

     —Usted, que es rica, debería comprarlo—le dijo—. Le serviría de compañía este pájaro, y vale más de treinta francos. Puede revenderlo cuando quiera en veinte o veinticinco.

     —¡Cuatro francos, señoras. Cuatro francos!—repetía el subastador—. Canta vísperas y predica como el padre cura. ¡Es un fenómeno..., un prodigio!

     La señora Patin pujó cincuenta céntimos. y le fue entregado aquel bicho de nariz corva dentro de una pequeña jaula que se llevó a casa.

     Lo instaló en su sitio, pero al abrir la puerta de alambre con intención de darle de beber, recibió un picotazo en el dedo que le atravesó la piel e hizo brotar sangre.

     —¡Vaya si es un mal bicho! —exclamó la mujer.

     Sin embargo, después que ella le dio cañamones y maíz, consintió en que le alisase las plumas, aunque miraba con aire receloso su nueva casa y a su nueva dueña.

     Empezaba a despuntar el día siguiente, cuando, de pronto, la la señora Patin oyó con toda claridad una voz fuerte, sonora, retumbante, la voz mismísima de Patin, que gritaba:

     —¿Te vas a levantar o no te vas a levantar, mala pécora?

     La acometió un terror tan grande, que se tapó la cabeza con la ropa de cama. Conocía bien aquellas palabras, porque eran precisamente las que todas las mañanas, desde que abría los ojos, le gritaba a la oreja su difunto marido.

     Temblorosa, acurrucada, preparando la espalda a la paliza que veía encima, murmuraba entre las sábanas:

     —¡Señor, Dios mío, ahí está! ¡Ahí está, Señor! ¡Ha vuelto, santo Dios!

     Transcurrían los minutos; ningún ruido turbaba el silencio de la habitación. Sacó la cabeza, toda trémula, segura de que estaba allí, acechándola, dispuesto a pegarla.

     Y no vio nada; tan sólo un rayo de sol que pasaba a través del-cristal de la ventana. Entonces pensó:

     —Seguramente que se ha escondido.

     Espero largo rato, y acabó por recobrar la tranquilidad, pensando:

     —Habré soñado, porque no se le ve por ninguna parte.

     Volvía ya a cerrar los ojos, tranquilizada casi, cuando estalló muy próxima la voz furibunda, la voz de trueno del ahogado, que vociferaba:

     —¡Recontra, recrisma, recáspita! ¿Te levantas o no, puerca?

     Saltó de la cama movida por el resorte de la obediencia, de su obediencia pasiva de mujer vapuleada, que no ha olvidado en cuatro años los palos, ni los olvidará nunca, y que se acordará siempre de aquella voz. Y contestó:

     —Voy en seguida, Patin. ¿Qué es lo que quieres?

     Pero Patin no contestó.

     Aterrada, miró a su alrededor, buscó por todas partes: en los armarios, en la chimenea, debajo de la cama, pero no encontró a nadie, y entonces se dejó caer en una silla, loca de angustia y convencida de que era el espíritu de Patín el que había vuelto para atormentarla, y que lo tenía allí, junto a ella.

     Se acordó súbitamente del granero, que tenía acceso por el exterior por medio de una escalera. De fijo que se había escondido allí para pillarla de sorpresa. Seguramente que habría ido a parar a alguna costa habitada por salvajes, y no había podido escapar antes de entre sus manos; pero había vuelto, y con peores intenciones que nunca. No le cabía duda alguna, después de oír el timbre de aquella voz suya.

     Levantó la cabeza hacia el techo y preguntó:

     —¿Estás ahí arriba, Patin? Patin no contestó.

     Entonces ella salió de casa, y poseída de un miedo espantoso, que aceleraba los latidos de su corazón, subió por la escalera, se asomó a la lumbrera, miró al interior, sin ver nada; entró, registró, sin encontrar nada.

     Se sentó encima de un haz de paja, y rompió a llorar; pero mientras sollozaba, oyó, traspasada de un terror angustioso y sobrenatural, en su habitación, debajo de donde ella estaba, la voz de Patín, que conversaba en tono menos colérico, más tranquilo, y que decía:

     —¡Puerco de tiempo! ¡Y ese condenado mar! ¡Puerco de tiempo! ¡y yo sin desayunarme aún... carámbanos!

     Ella le gritó a través del techo:

     —Voy en seguida, Patin: te prepararé la sopa. No te enfades, que en seguida estoy ahí.

     Y bajó comiendo.

     No había nadie dentro de la toda casa.

     Se sintió desfallecer, como si la hubiese tocado la mano de la  Muerte, e iba ya a echar a correr para pedir socorro en la vecindad, cuando estalló junto a su misma oreja la voz:

     —¡Que no me he desayunado, ree......contra! 

      Y el loro la contemplaba desde jaula con sus ojos redondos, en los que había una expresión de astucia y malignidad.      

     También ella le miró, fuera de sí, murmurando:

      —¡Ah! ¿Conque eras tú?

      Y entonces él agregó, moviendo la cabeza:

      —Espera, espera, espera, que te voy a enseñar a estarte mano sobre mano.    

     ¿Qué ocurrió entonces en el interior de aquella mujer? Tuvo la clara sensación y el convencimiento de que era él en persona, el muerto, que se le aparecía, que se había escondido bajo las plumas de aquel animal para volver a atormentarla; que no haría más que blasfemar de la mañana a la noche, como en otro tiempo, y morderla e injuriarla para que viniesen los vecinos y se riesen a costa suya. Entonces la señora Patin se abalanzó, abrió la jaula, cogió al pájaro, que se defendía con pico y garras, arrancándole la piel. Pero ella lo sujetaba con toda la fuerza de sus dos manos, y se tiró al suelo encima de él, y se revolvió una vez y otra vez con frenesí de poseída, lo aplastó, lo dejó convertido en una piltrafa, en una cosita blanda, verde, que ya no se movía, que ya no hablaba, de miembros flácidos; cogió un trapo de cocina y lo envolvió en él como en un sudario; salió de su casa en camisa, con pies descalzos, cruzó el muelle en el que se estrellaban las pequeñas olas del mar, sacudió el trapo y dejó caer aquella cosa muerta que parecía un puñado de hierba verde; volvió a su casa, se puso de rodillas delante de la jaula vacía, y pidió perdón al Señor, trastornada por lo que había hecho, sollozando como si acabase de cometer un horrendo crimen.

    

    

   

LA MADRE DE LOS MOSTRUOS Y LA MUERTA -- DOS CUENTOS DE MAUPASSANT

Escrito por imagenes 19-05-2008 en General. Comentarios (0)

LA MADRE DE LOS MOSTRUOS Y LA MUERTA -- DOS CUENTOS DE MAUPASSANT

LA MADRE DE LOS MONSTRUOS
GUY DE MAUPASSANT


Recordé esta horrible historia y a aquella horrible mujer al ver pasar hace unos días, en una playa apreciada por la gente adinerada, a una joven parisiense muy conocida, elegante, encantadora, adorada y respetada por todos.
Mi historia se remonta muy atrás, pero ciertas cosas no se olvidan.
Me había invitado un amigo a quedarme un tiempo en su casa en una pequeña ciudad de provincias. Para hacerme los honores del país, me paseó por todos los sitios, me hizo ver los paisajes alabados, los castillos, las industrias, las ruinas; me enseñó los monumentos, las iglesias, las viejas puertas esculpidas, unos árboles de enorme tamaño o con forma extraña, el roble de Saint André y el tejo de Roqueboise.
Cuando examiné con exclamaciones de entusiasmo benévolo todas las curiosidades de la región, mi amigo me dijo con aire desolado que ya no quedaba nada por visitar. Respiré. Ahora iba a poder descansar un poco, a la sombra de los árboles. Pero de pronto dio un grito:
—¡Ah, sí! Tenemos a la madre de los monstruos, debes conocerla.
Pregunté: —¿A quién? ¿A la madre de los monstruos?
Prosiguió: —Es una mujer abominable, un verdadero demonio, un ser que da a luz cada año, voluntariamente, a niños deformes, horribles, espantosos, en fin unos monstruos, y que los vende al exhibidor de fenómenos.
»Esos siniestros empresarios vienen a informarse de vez en cuando de si ha producido algún nuevo engendro y, cuando les gusta el sujeto, se lo llevan y le pagan una renta a la madre.
»Tiene once engendros de esta naturaleza. Es rica.
»Crees que bromeo, que invento, que exagero. No, amigo mio. No te cuento más que la verdad, la pura verdad.
»Vayamos a ver a esa mujer. Luego te contaré cómo se convirtió en una fábrica de monstruos.
Me llevó a las afueras de la ciudad.
Ella vivía en una bonita casita al borde de la carretera. Resultaba agradable y estaba muy cuidada. El jardín, lleno de flores, olía bien. Parecía la residencia de un notario retirado de los negocios.
Una criada nos hizo entrar a una especie de pequeño salón campesino y la miserable apareció.
Tendría unos cuarenta años. Era una mujer alta, de rasgos duros, pero bien hecha, vigorosa y sana, el auténtico tipo de campesina robusta, medio bruta y medio mujer.
Sabía de la reprobación general y parecía no recibir a la gente sino con una humildad llena de odio.
Preguntó: —¿Qué desean los señores?
Mi amigo prosiguió: —Me han dicho que su último hijo estaba hecho como todo el mundo, pero que no se parecía en absoluto a sus hermanos. He querido cerciorarme de ello. ¿Es verdad?
Nos echó una mirada ladina y furiosa y contestó:
—¡Oh, no! ¡Oh, no, señor! Es casi más feo que los otros. Mi mala suerte, mi mala suerte. Todos así, señor, todos así, qué desgracia tan grande, ¿cómo puede nuestro Señor tratar así a una pobre mujer como yo, sola en el mundo? ¿Cómo puede ser?
Hablaba deprisa, los ojos bajos, con aire hipócrita, igual que una fiera que tiene miedo. Endulzaba el tono áspero de su voz y uno se extrañaba de que aquellas palabras lacrimosas e hiladas en falsete salieran de ese gran cuerpo huesudo, demasiado fuerte, con ángulos bastos, que parecía estar hecho para los gestos vehementes y para aullar del mismo modo que los lobos.
Mi amigo pidió: —Quisiéramos ver a su pequeño.
Me pareció que se sonrojaba. ¿Quizá me equivoqué? Tras unos instantes de silencio, dijo en voz más alta: —¿De qué les serviría?
Y había vuelto a enderezar la cabeza, mirándonos de hito en hito con ojeadas bruscas y con fuego en la mirada.
Mi compañero prosiguió: —¿Por qué no nos lo quiere enseñar? A otra gente sí que se lo enseña. ¡Sabe de quién hablo!
La mujer se sobresaltó y, liberando su voz, dando rienda suelta a su ira, gritó: —Diga, ¿pa’ eso han venido? ¿Pa’ insultarme, eh? ¿Porque mis hijos son como animales, verdá? No lo van a ver, no, no, no lo van a ver; váyanse, váyanse. ¿Por qué les dará a todos por torturarme así?
Iba hacia nosotros, con las manos en las caderas. Al sonido brutal de su voz, una especie de gemido o más bien de maullido, un lamentable grito de idiota salió del cuarto vecino. Me hizo estremecerme hasta los tuétanos. Retrocedimos ante ella.
Mi amigo dijo con tono severo: —Tenga cuidado, Diabla (en el pueblo la llamaban la Diabla), tenga cuidado, tarde o temprano le traerá mala suerte.
Se echó a temblar de furor, agitando sus puños, desquiciada, gritando: —¡Váyanse! ¿Qué me traerá mala suerte? ¡Váyanse! ¡Canallas!
Se nos iba a lanzar encima. Nos escapamos, con el corazón en un puño.
Cuando estuvimos delante de la puerta, mi amigo me preguntó: —¡Pues bien! ¿La has visto? ¿Qué te parece?
Contesté: —Cuéntame ya la historia de esa bruta.
Y he aquí lo que me contó mientras volvíamos con pasos lentos por la carretera general blanca, orlada de cosechas ya maduras, que un viento ligero, a ráfagas, hacía ondulas como un mar tranquilo.
Hace tiempo, esa chica servía en una granja; era trabajadora, formal y ahorradora. No se le conocían enamorados, no se sospechaba que tuviera debilidades.
Cometió una falta, como lo hacen todas, una tarde de cosecha, en medio de las gavillas segadas, bajo un cielo de tormenta, cuando el aire inmóvil y pesado parece estar lleno de un calor de horno y empapa de sudor los cuerpos morenos de los muchachos y de las muchachas.
Pronto se dio cuenta de que estaba embarazada y la atormentaron la vergüenza y el miedo. Al querer esconder su desgracia a toda costa, se apretaba con violencia el vientre con un sistema que había inventado, un corsé de fuerza, hecho con tablillas y cuerdas. Cuanto más se le hinchaba el vientre por la presión del niño que iba creciendo, más apretaba el instrumento de tortura, sufriendo un martirio, pero valiente ante el dolor, siempre sonriente y ágil, sin dejar que se viera o se sospechara nada.
Desgració en sus entrañas al pequeño ser oprimido por la horrible máquina; lo comprimió, lo deformó, hizo de él un monstruo. Su cabeza apretada se alargó, se desprendió en forma de punta con dos gruesos ojos saltones que salían de la frente. Los miembros oprimidos contra el cuerpo crecieron, retorcidos como la madera de las vides, se alargaron desmesuradamente, acabados en dedos semejantes a las patas de las arañas.
El torso se quedó muy pequeño y redondo como una nuez.
Dio a luz en pleno campo una mañana de primavera.
Cuando las escardadoras, que acudieron en su ayuda, vieron lo que le salía del cuerpo, se escaparon gritando. Y corrió el rumor en la región de que había parido un demonio. Desde entonces la llaman «la Diabla».
La echaron del trabajo. Vivió de la caridad y quizás de amor en la sombra, ya que era buena moza, y no todos los hombres temen el infierno.
Crió a su monstruo, a quien por cierto aborrecía, con un odio salvaje, y a quien quizás habría estrangulado si el cura, previendo el crimen, no la hubiera asustado con la amenaza de la justicia.
Ahora bien, un día, unos exhibidores de fenómenos que estaban de paso oyeron hablar del espantoso engendro y pidieron verlo para llevárselo si les gustaba. Les gustó y pagaron a la madre quinientos francos contantes y sonantes. Ella, primero vergonzosa se negaba a dejar ver a esa especie de animal; pero cuando descubrió que valía dinero, que excitaba el deseo de esa gente, se puso a regatear, a discutir cada céntimo, azuzándoles con las deformidades de su hijo, alzando sus precios con una tenacidad de campesino.
Para que no la robaran, les hizo firmar un papel. Y se comprometieron a abonarle además cuatrocientos francos por año, como si tomaran ese bicho a su servicio.
Aquella ganancia inesperada enloqueció a la madre y ya no la abandonó el deseo de dar a luz a otro fenómeno, para disfrutar de rentas como una burguesa.
Como era muy fértil, consiguió lo que se proponía, y se volvió hábil, parece ser, en variar las formas de sus monstruos según las presiones que les hacía padecer durante el tiempo del embarazo.
Tuvo engendros largos y cortos, algunos parecidos a cangrejos, otros semejantes a lagartos. Varios murieron, y se sintió afligida.
La justicia intentó intervenir, pero no se pudo probar nada. Se la dejó pues fabricar sus fenómenos en paz.
En este momento tiene once engendros bien vivos, que le proporcionan, año tras año, de cinco a seis mil francos. Sólo uno no está colocado todavía, el que no ha querido enseñarnos. Pero no se lo quedará mucho tiempo, porque hoy en día todos los titiriteros del mundo la conocen y vienen de vez en cuando a ver si tiene algo nuevo.
Incluso organiza subastas entre ellos cuando el sujeto lo merece.
Mi amigo se calló. Una repugnancia profunda me levantaba el corazón, así como una ira tumultuosa, un arrepentimiento de no haber estrangulado a aquella bruta cuando la tenía al alcance de la mano.
Pregunté: —¿Pero quién es el padre?
Contestó: —No se sabe. Tiene o tienen cierto pudor. Se esconde o se esconden. A lo mejor comparten los beneficios.
Ya no pensaba en esa lejana aventura hasta que vi, hace unos días, en una playa de moda, a una mujer elegante, encantadora, coqueta, amada, rodeada por hombres que la respetan.
Iba por la playa arenosa con un amigo, el médico de la estación. Diez minutos más tarde, vi a una criada que cuidaba a tres niños envueltos en la arena.
Unas pequeñas muletas que yacían en el suelo me conmovieron. Noté entonces que los tres pequeños seres eran deformes, jorobados y corvos, horrorosos.
El doctor me dijo: —Son los productos de la encantadora mujer con la que acabamos de cruzarnos.
Una lástima profunda por ella y por ellos se apoderó de mi alma. Exclamé: —¡Oh, pobre madre! ¡Cómo podrá seguir riéndose!
Mi amigo prosiguió: —No la compadezcas, querido amigo. Son los pobres pequeños a quienes hay que compadecer. Ésos son los resultados de las cinturas que permanecieron finas hasta el último día. Estos monstruos se fabrican con el corsé. Ella sabe perfectamente que se juega la vida con ese juego. ¡Qué más le da, con tal de ser bella y amada!
Y recordé a la otra, la campesina, la Diabla, que vendía sus fenómenos.

*-*

LA MUERTA
GUY DE MAUPASSANT

_
¡Yo la había amado locamente! ¿Por qué amamos? Es raro no ver en el mundo sino a un ser, no tener en la mente sino una idea, en el corazón sino un deseo, y en la boca más que un nombre: un nombre que sube sin cesar, que sube, como el agua de un manantial, de las honduras del alma, que sube a los labios, y que decimos, que repetimos, que murmuramos sin cesar en todas partes, al igual que una plegaria.
No contaré nuestra historia. El amor no tiene más que una, siempre la misma. La encontré y la amé. Nada más. Y viví durante un año en su ternura, en sus brazos, en su caricia, en su mirada, en sus trajes, en sus palabras, enredado, ligado, aprisionado en todo lo que venía de ella, de una forma tan completa que ya no sabía si era de día o de noche, si estaba vivo o muerto, en la vieja tierra o en otro lugar.
Y he aquí que se murió. ¿Cómo? No sé, ya no lo sé. Volvió a casa empapada, una noche de lluvia, y al día siguiente tosía. Tosió durante una semana aproximadamente y guardó cama.
¿Qué ocurrió? Ya no lo se.
Los médicos venían, escribían, se iban. Se traían remedios; una mujer se los hacía tomar. Sus manos estaban calientes, su frente ardiente y húmeda, su mirada brillante y triste. Yo le hablaba, ella me respondía. ¿Qué nos dijimos? Ya no lo sé. ¡Lo he olvidado todo, todo! Se murió, recuerdo muy bien su breve suspiro, su breve suspiro tan débil, el último. La enfermera dijo: «¡Ay!» ¡Comprendí, comprendí!
No supe nada más. Nada. Vi a un sacerdote que pronunció estas palabras: «Su querida.» Me pareció que la insultaba. Puesto que ella había muerto, nadie tenía derecho a saber eso. Lo despedí. Vino otro que fue muy bondadoso, muy dulce. Yo lloraba cuando él me habló de ella.
Me consultaron mil cosas sobre el entierro. Ya no lo se. Recuerdo muy bien, sin embargo, el ataúd, el ruido de los martillazos cuando la clavaron dentro. ¡Ay, Dios mío!
¡La enterraron! ¡La enterraron! ¡A ella! ¡En aquel hoyo! Habían ido unas cuantas personas, unas amigas. Escapé. Corrí. Caminé mucho tiempo por las Éalles. Después volví a casa. Y al día siguiente me marché de viaje.
Ayer he regresado a París.
Cuando volví a ver mi habitación, nuestra habitación, nuestra cama, nuestros muebles, toda esta casa donde había quedado todo lo que queda de la vida de un ser después de su muerte, me asaltó un acceso de pena tan violento que a punto estuve de abrir la ventana y de tirarme a la calle. No pudiendo estar en medio de aquellas cosas, de aquellos muros que la habían encerrado, abrigado, y que debían de guardar en sus imperceptibles rendijas mil átomos de ella, de su carne y de su aliento, cogí el sombrero, con el fin de escapar. De repente, en el momento de llegar a la puerta, pasé ante el gran espejo del vestíbulo que ella había mandado instalar allí para verse, de pies a cabeza, todos los días, al salir, para ver si iba bien arreglada, si estaba correcta y bonita, de las botas al peinado.
Y me detuve frente a aquel espejo que tan a menudo la había reflejado. Tan a menudo, tan a menudo, que había debido conservar también su imagen.
Allí estaba yo de pie, tembloroso, los ojos clavados en el cristal, en el cristal liso, profundo, vacío, pero que la había contenido toda entera, la había poseído tanto como yo, tanto como mi mirada apasionada. Me pareció que amaba a aquel espejo —lo toqué— ¡estaba frío! ¡Oh! ¡El recuerdo, el recuerdo! Espejo doloroso, espejo ardiente, espejo vivo, espejo horrible, ¡que hace sufrir todas las torturas! ¡Dichosos los hombres cuyo corazón, como un espejo por el que se deslizan y se borran los reflejos, olvida cuanto ha contenido, cuanto ha pasado ante él, cuanto se ha contemplado, reflejado, en su cariño, en su amor! ¡Cómo sufro!
Salí y, a mi pesar, sin saber, sin quererlo, marché al cementerio. Encontré su tumba, muy sencilla, una cruz de mármol con estas pocas palabras: «Amó, fue amada, y murió. »
¡Estaba allí, allí abajo, podrida! ¡Qué horror! Sollocé, con la frente pegada al suelo.
Me quedé allí mucho tiempo, mucho tiempo. Después me di cuenta de que caía la noche. Entonces un deseo curioso, loco, un deseo de amante desesperado se apoderó de mí. Quise pasar la noche cerca de ella, última noche, llorando sobre su tumba. Pero me verían, me echarían. ¿Qué hacer? Fui astuto. Me levanté y empecé a errar por aquella ciudad de los desaparecidos. Andaba y andaba. ¡Qué pequeña es esa ciudad al lado de la otra, donde se vive! Y sin embargo esos muertos son mucho más numerosos que los vivos. Necesitamos altas casas, calles, mucho sitio, para las cuatro generaciones que contemplan la luz al mismo tiempo, beben el agua de las fuentes, el vino de los viñedos, y comen el pan de las llanuras.
Y para todas las generaciones de muertos, para toda la escala de la humanidad que desciende hasta nosotros, ¡casi nada, un campo, casi nada! La tierra los recobra, el olvido los borra. ¡Adiós!
En el extremo del cementerio habitado, percibí de repente el cementerio abandonado, ese donde los antiguos difuntos acaban de mezclarse con la tierra, donde las propias cruces se pudren, donde pondrán mañana a los recién llegados. Está lleno de rosas libres, de cipreses vigorosos y negros, un jardín triste y soberbio, alimentado con carne humana.
Estaba solo, muy solo. Me agazapé bajo un verde arbusto. Me oculté en él por entero, entre aquellas ramas pobladas y sombrías.
Y esperé, aferrado al tronco como un náufrago a una tabla.

Cuando la noche fue oscura, muy oscura, abandoné mi refugio y eché a andar despacito, con pasos lentos, con pasos sordos, sobre aquella tierra llena de muertos.
Vagué mucho tiempo, mucho tiempo, mucho tiempo. No la encontraba. Con los brazos extendidos, los ojos abiertos, tropezando en las tumbas con manos, pies, rodillas, pecho, con mi propia cabeza, marchaba sin encontrarla. Tocaba, palpaba como un ciego que busca el camino, palpaba piedras, cruces, verjas de hierro, coronas de cristal, ¡coronas de flores ajadas! Leía los nombres con mis dedos, paseándolos sobre las letras. ¡Qué noche! ¡Qué noche! ¡No la encontraba!
¡No había luna! ¡Qué noche! Tenía miedo, un miedo espantoso por aquellos estrechos senderos, entre dos hileras de tumbas. ¡Tumbas, tumbas, tumbas! ¡Siempre tumbas! A la derecha, a la izquierda, ante mí, a mi alrededor, en todas partes, ¡tumbas! Me senté en una de ellas, pues ya no podía caminar con las rodillas que se me doblaban. ¡Oí latir mi corazón! ¡Y oía también otra cosa! ¿Qué? ¡Un incomprensible rumor confuso! ¿Aquel ruido estaba en mi cabeza enloquecida, en la noche impenetrable, o bajo la tierra misteriosa, bajo la tierra sembrada de cadáveres humanos? ¡Miré a mi alrededor!
¿Cuánto tiempo me quedé allí? No lo sé. Estaba paralizado de terror, estaba ebrio de espanto, a punto de gritar, a punto de morir.
Y de repente me pareció que la losa de mármol en la que estaba sentado se movía. Sí, se movía, como si alguien la alzara. De un salto me lancé sobre la tumba contigua, y vi, sí, vi que la piedra que acababa de abandonar se levantaba; y apareció el muerto, un esqueleto pelado que, con su espalda encorvada, la empujaba. Yo veía, veía muy bien, aunque la noche fuera profunda. En la cruz pude leer:
«Aquí reposa Jacques Olivant, fallecido a la edad de cincuenta y un años. Amaba a los suyos, fue honrado y bondadoso, y murió en la paz del Señor.»
Ahora también el muerto leía las cosas escritas sobre su tumba. Después cogió una piedra del camino, una piedrecita afilada, y empezó a rascarlas con cuidado, aquellas cosas. Las borró del todo, lentamente, mirando con sus ojos vacíos el sitio donde hacía un momento estaban grabadas; y con la punta del hueso que había sido su índice, escribió con letras luminosas, como esas líneas que se trazan en las paredes con la cabeza de una cerilla:
«Aquí reposa Jacques Olivant, fallecido a la edad de cincuenta y un años. Apresuró con sus duras palabras la muerte de su padre a quien deseaba heredar, torturó a su mujer, atormentó a sus hijos, engañó a sus vecinos, robó cuanto pudo y murió miserablemente.»
Cuando hubo acabado de escribir, el muerto inmóvil contempló su obra. Y me di cuenta, al darme la vuelta, de que todas las tumbas estaban abiertas, todos los cadáveres habían salido de ellas, todos habían borrado las mentiras inscritas por los parientes en las lápidas funerarias, para restablecer la verdad.
Y yo veía que todos habían sido verdugos de sus allegados, odiosos, deshonestos, hipócritas, mentirosos, bribones, calumniadores, envidiosos, que habían robado, engañado, realizado todos los actos vergonzosos, todos los actos abominables, aquellos buenos padres, esposas fieles, hijos abnegados, aquellas jóvenes castas, aquellos comerciantes probos, aquellos hombres y mujeres presuntamente irreprochables.
Escribían todos al mismo tiempo, en el umbral de su morada eterna, la cruel, terrible y santa verdad que todo el mundo ignora o finge ignorar sobre la tierra.
Pensé que ella también había debido trazarla sobre su tumba. Y ya sin miedo, corriendo entre los ataúdes entreabiertos, entre cadáveres, entre esqueletos, fui hacia ella, seguro de que la encontraría al punto.
La reconocí desde lejos, sin ver el rostro envuelto en el sudario.
Y sobre la cruz de mármol donde hacía un rato había leído:
«Amó, fue amada, y murió.»
Distinguí:
«Habiendo salido un día para engañar a su amante, cogió frío bajo la lluvia, y murió.»

Parece que me recogieron, inanimado, al nacer el día, junto a una tumba.