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EL VAGABUNDO -- GUY DE MAUPASSANT

Escrito por imagenes 10-05-2008 en General. Comentarios (0)

EL VAGABUNDO -- GUY DE MAUPASSANT

EL VAGABUNDO
GUY DE MAUPASSANT


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Llevaba más de un mes caminando en busca de trabajo por todas partes. Por falta de él había dejado su país, Ville-Avaray, en la Mancha. Maestro carpintero, de unos veintisiete años, honrado trabajador, había estado durante dos meses sosteniendo a su familia, por ser el mayor de los hijos, teniendo que cruzarse de brazos ante la escasez de todo. El pan empezó a faltar en la casa; las dos hermanas trabajaban a jornal, pero sus ganancias eran escasas, y él, Santiago Randel, el más fuerte, no hacía nada porque no tenía nada en qué emplearse y había de comerse la ración de los otros. Entonces se presentó en la Alcaldía y el secretario le dio esperanzas de encontrar trabajo en el Departamento Central. Partió, pues, provisto de papeles y certificados, con siete francos en el bolsillo y llevando al hombro, en un pañuelo azul sujeto al extremo de un palo, un par de zapatos de repuesto, un pantalón y una camisa.
Había caminado sin descansar, ni de día ni de noche, por interminables caminos, bajo el sol y la lluvia, sin llegar nunca a ese país misterioso donde encuentran trabajo fácilmente los obreros.
Se había empeñado, desde un principio, en que no debía trabajar más que de carpintero, puesto que ese era su oficio. Pero en todos los talleres en que se presentaba le respondían que acababan de despedir obreros por falta de demandas, y terminó por decidirse, al encontrarse falto de recursos, a aceptar la primera colocación que le saliera al encuentro. En poco tiempo fue picapedrero, mozo de cuadra, empedrador, leñador, pocero, albañil, cestero y hasta pastor, todo mediante una mezquina retribución, que él mismo proponía para tentar la codicia de aldeanos y patrones, que a pesar de todo, una vez terminado su trabajo, se deshacían de él. Luego, durante una semana, si no encontraba nueva ocupación, consumía lo que tenía y muchas veces sólo comía un pedazo de pan, gracias a la caridad de algunas mujeres, a quienes pedía desde el umbral de las puertas a su paso por las calles. Llegaba la noche, y Santiago Randel, harapiento, con el estómago vacío, las piernas destrozadas y el alma angustiada, marchaba descalzo sobre la hierba por el borde del camino, para conservar el último par de zapatos, pues los primeros hacía tiempo no existían.
Era un sábado a fines de otoño. Espesas, nubes grises cruzaban el cielo rápidamente, arrastradas por el viento que gemía entre los árboles. El tiempo amenazaba lluvia; el campo estaba desierto, porque había oscurecido y era víspera de fiesta. De trecho en trecho, en medio de la huerta, se elevaban, semejantes a grandes hongos amarillos, montones hacinados de paja trillada; las tierras, desnudas de toda vegetación, ocultaban en su seno la simiente de la próxima cosecha. Randel sintió hambre, un hambre brutal, una de esas hambres que arroja al lobo sobre el hombre. Extenuado, alargaba el paso para llegar antes; y con la cabeza pesada, sintiendo el zumbido de la sangre en los oídos, los ojos inyectados, la boca seca, apretaba su palo convulsivamente, sintiendo el vago deseo de apalear al primer transeúnte que encontrase entrando en su casa a cenar.
Miraba los bordes del sendero, sin apartar de su memoria la imagen de un montón de patatas desenterradas y esparcidas por el suelo. Si hubiera encontrado unas cuántas, hubiera reunido unas ramas secas y allí, en el mismo barranco, después de hacer fuego, se hubiera proporcionado una buena cena con aquellos redondos tubérculos, bien asados, que con seguridad hubieran hecho desaparecer el frío que le crispaba las manos.
Pero la época de la patata había pasado y habría de contentarse con roer, como había hecho la víspera, una remolacha cruda arrancada de uno de aquellos surcos.
Dos días después hablaba en voz alta consigo mismo, alargando el paso. por la obsesión de sus ideas. No había pensado hasta entonces nada en concreto; todas sus facultades, su inteligencia entera, la había puesto al servicio de su profesión.
Pero la fatiga, la encarnizada persecución de un trabajo que no hallaba, las repulsas, las malas acogidas, las noches pasadas sobre la hierba, el ayuno y el desprecio. que notaba por parte de los bien acomodados que le tomaban por vagabundo; el consejo diariamente recibido: «¿Por qué salió usted de su púeblo?”; la tristeza de no poder ocupar en nada sus robustos y forzudos brazos; el recuerdo de sus padres abandonados en el pueblo, sin recursos casi, iban acumulandola poco a poco en su corazón una sorda cólera, amasada cada día, cada hora, cada minuto con nuevos ultrajes y que iba saliendo a la superficie a pesar de él, traduciéndose en frases cortas e irritadas.
Al tropezar continuamente en los guijarros que rodaban bajo sus pies descalzos, refunfuñaba: “¡ Desgracia... miseria ... montón de cochinos..., dejar reventar de hambre a un hombre ... a un trabajador... montón de cochinos..., ni cuatro cuartos ... ni un céntimo... y ahora a llover ... eso faltaba ... cochinos, más que cochinos!”
Y se indignaba con las injusticias de la suerte, tomando por testigos a todos los hombres, de que la naturaleza, nuestra madre común, era ciega, injusta, pérfida y feroz. Y repetía entre dientes: “¡Montón de marranos!”, contemplando al mismo tiempo la pequeña nube de humo gris que salía de los tejados de una aldea cercana a aquella hora, que era la de cenar. Y sin reflexionar en la otra injusticia humana, que se llama violencia y robo, sentía ardientes deseos de correr hacia el pueblo, entrar en una de sus casas, aplastar a los habitantes y sentarse en su lugar a la mesa.
“Yo tengo el derecho de vivir —decía—, y ahora con mas razón, puesto que me dejan reventar de hambre... ¡cochinos! ... yo no pido más que trabajo, nada más, ¡cochinos!” Y el dolor de sus miembros, el dolor de su estómago, el dolor de su corazón se le subía a la cabeza como una especie de formidable borrachera, haciendo nacer en su cerebro esta idea sencilla: “¡Tengo el derecho de vivir, puesto que el aire es de todos! ¡No hay derecho alguno que pueda privarme del pan que necesito para alimentarme!”
Caía una lluvia fría, espesa y helada. Se detuvo, murmurando: “¡ Miseria..., desgracia ... todavía un mes de camino para volver a casa!” ... Y en efecto, volvía allá pensando en que era más fácil encontrar pronto en qué ocuparse en su pueblo natal, donde era conocido, que en aquellas carreteras en las que a todos se hacía sospechoso.
Puesto que la carpintería no prosperaba, seria peón de albañil, yesero, picapedrero, cualquier cosa. Aunque no ganara más que veinte sueldos diarios, tendría, por lo menos, para comer.
Se arrolló al cuello lo que restaba de su último pañuelo, un pingajo, a fin de impedir que el agua fría se escurriese por el pecho y la espalda; pero pronto sintió que atravesaba la delgada tela de sus ropas e instintivamente lanzó a su alrededor una angustiosa mirada, en la que se retrataba el dolor de no encontrar un sitio donde guarecerse, donde resguardar su cuerpo, donde apoyar su cabeza.
Llegó la noche, cubriendo de sombra los campos; Allá lejos, en un prado, percibió una mancha oscura sobre la hierba; era una vaca. Atravesó el barranco y se dirigió hacia allí sin darse cuenta de lo que hacía. Cuando llegó cerca de ella, el animal levantó al verle su gruesa cabeza. “Si siquiera tuviera un cacharro —pensó——, podría beber un poco de leche”. Miraba a la vaca, que, a su vez, no separaba los ojos de él; le dio un puntapié en el vientre, diciéndole: “jArriba!”, y el pobre animal se levantó lentamente, dejando al descubierto las colgantes y pesadas ubres; se ácostó entre las patas del animal, tendiéndose boca arriba, y bebió con avidez largo tiempo, estrujando con ambas manos el tibio pezón que aún olía a establo. Y bebió tanto, que se hartó de leche en aquella fuente vivificadora.
La lluvia caía ahora más espesa y glacial y en toda la llanura desierta no había un abrigo donde refugiarse. Tenía frío; de cuando en cuando veía brillar entre los árboles la luz que filtraban las ventanas de una casa.
La vaca se había vuelto a acostar pesadamente. Se sentó a su lado, acariciándole la cabeza, agradecido del alimento que le había proporcionado. El aliento tibio y fuerte del animal saliendo de su hocico como dos chorros de vapor, acariciaba la cara del trabajador, que le decía: “¡No debes tener frío ahí dentro, como yo!” Y le daba palmaditas en el pecho e introducía sus manos bajo las patas para buscar calor. Entonces tuvo una idea; acostarse y pasar la noche arrimado a aquel tibio y grueso vientre; buscó un sitio donde acomodarse, y por fin recostó su cabeza sobre las voluminosas ubres que acababan de prestarle su alimento. Quebrantado de fatiga, no tardó en dormirse. Se despertó varias veces con el pecho o la espalda helados, según el costado que aplicaba al vientre del animal; entonces daba una vuelta para calentarse y secár la parte del cuerpo que había quedado expuesta al relente de la noche y se dormía otra vez pesadamente.
El canto de un gallo le hizo ponerse en pie. Amanecía; no llovía ya y el cielo aparecía puro y despejado. ‘La vaca descansaba aún con el hocico pegado al suelo; se inclinó, apoyándose sobre las palmas de las manos, y besando el húmedo y caliente hocico, le dijo:
—Adiós, hermosa ... hasta otra vez; eres un animal caritativo ... Adiós.
Y después que se hubo calzado, emprendió su marcha. Durante dos horas avanzó por el mismo camino de siempre, hasta que el cansancio le produjo una lasitud tan grande que se vio precisado a tomar asiento sobre la hierba. Ya había salido el sol; las campanas de las iglesias repicaban; mujeres con blanca cofia, unas a pie y otras en carritos, comenzaban a pasar por el camino en dirección a los pueblos vecinos, a festejar el domingo con sus amigos o parientes.
Vio un aldeano, ya de edad, que conducía delante de é1 un rebaño de corderos que balaban inquietos, y que un perro hacía marchar agrupados, corriendo tras los revoltosos que pretendían separarse de sus compañeros.
—¿No tendría trabajo para un obrero muerto de hambre? —preguntóle Randel, levantándose y saludando.
—No tengo trabajo para la gente que encuentro por los caminos —contestó, el pastor, midiendo de pies a cabeza al vagabundo con recelosa mirada.
Y el carpintero volvió a sentarse al borde del camino. Allí esperó largo tiempo, viendo desfilar delante de él a los campesinos y buscando una buena cara, un rostro compasivo, para volver a formular su petición. Al fin, se decidió a dirigirse a una especie de burgués, bien abrigado, con un largo gabán desabrochado que dejaba ver una cadena de oro cruzando su pecho.
—Busco trabajo hace dos meses —le dijo—: no encuentro nada y no tengo ni un céntimo en el bolsillo.
—Debías haber leído —le contestó el burgués— el bando fijado a la entrada del pueblo prohibiendo la mendicidad en el territorio de la comuna. Soy el alcalde, y si no te marchas pronto, de prisa, te haré detener.
Randel, a quien empezaba a dominar la cólera, murmuro:
—Hágame detener, si quiere, tal vez será mejor para mí; al menos no me moniré de hambre.
Y se volvió a sentar sobre la senda.
Aún no había transcurrido un cuarto de hora, cuando dos gendarmes aparecieron en el camino. Marchaban despacio, juntos, bien vestidos; sus sombreros de hule relucían al sol; brillaban los ribetes amarillos de sus trajes y los botones de metal como si desde lejos quisieran espantar a los malhechores y hacerles huir.
El carpintero, a pesar de estar persuadido de que venían por él, no se movió; estaba poseído de una sorda rabia y de un gran deseo de desafiarlos, de ser cogido y de vengarse mas tarde de ellos.
Los gendarmes se aproximaron sin parecer percatarse de él, marchando con ese paso marcial zambo y pesado como el de un ganso. De pronto, al pasar a su lado, hicieron ademán de haberlo descubierto, y parándose, empezaron a mirarle de pies a cabeza con gesto amenazador y furioso.
—¿Qué hace usted aquí? —le preguntó el cabo, avanzando hacia él.
—Descansar —respondió Santiago tranquilamente.
—¿De dónde, viene?
—Si fuera a enumerarle todos los pueblos por donde he pasado, tendría para más de una hora.
—¿A dónde va usted ahora?
—A Ville-Avaray.
—¿ Dónde está eso?
—En la Mancha.
—¿Es el pueblo de usted?
—Es mi pueblo.
—¿Por qué se ha marchado usted de él?
—Para buscar trabajo.
El cabo se volvió hacia su compañero y con el tono colérico del que está cansado de oír la misma superchería, exclamo:
—Todos estos granujas dicen lo mismo. Conozco el sistema.
—¿Tiene usted sus papeles en regla? —dijo, volviéndose al carpintero.
—Sí, señor.
—Muéstrelos.
Randel sacó de su bolsillo sus papeles, sus certificados, pobres y mugrientos documentos que estaban hechos pedazos, y los alargó al gendarme.
Este los deletreó mascullando. Después convencido de que estaban al corriente, se los devolvió, con el aire descontento del hombre a quien se le acaba de jugar una mala partida.
—¿Lleva dinero encima? —preguntó de nuevo, después de unos momentos de reflexión.
—No.
—¿Nada?
—Nada.
—¿Ni un céntimo siquiera?
—Ni un céntimo.
—Entonces, ¿de qué vive usted?
—De lo que me dan.
—¿Mendigando?
—Cuando puedo —respondió Randel, resueltamente.
Entonces el gendarme con tono solemne declaró:
—Ha sido, sorprendido usted en flagrante delito de vagancia y de mendicidad sobre el camino, y le ordeno que me siga.
—Adonde quiera —contestó el carpintero, levantándose.
Y colocándose entre los gendarmes, antes de recibir la orden, añadió:
—Préndame; al menos estaré bajo techo cuando llueva. Y se dirigieron hacia el pueblo, del que se veían los tejados, a través de los árboles desprovistos de hojas, desde un cuarto de legua de distancia.
Era la hora de la misa mayor cuando atravesaron el pueblo. La plaza estaba llena de gente formando calle para ver pasar al malhechor, al que seguían corriendo una nube de chiquillos. Aldeanos y aldeanas le contemplaban al verle pasar, y en sus miradas se notaba el ardiente deseo de apedrearlo, de arañarlo, de magullarlo a patadas. Unos decían que era un ladrón; otros aseguraban que un asesino. El carnicero, antiguo sargento, afirmaba que era un desertor; el estanquero creía reconocer en él a un pordiosero que le había pasado aquella misma mañana una moneda de dos reales falsa, y el quincallero apostaba a que aquél era el misterioso asesino de la viuda Malet, que la policía buscaba hacia seis meses.
En la sala del Concejo Municipal, donde le hicieron entrar sus guardianes, Randel encontró al alcalde sentado ante la mesa-despacho, teniendo a su lado al secretario.
—¡Hola, hola! —exclamó el magistrado—. ¡Ya estás aquí, valiente! ¿No te dije que te haría encerrar? ¿Qué ha sucedido, cabo?
—Un vagabundo sin casa ni hogar, señor alcalde —respondió éste—, sin recursos y sin dinero encima, según é1 mismo afirma, arrestado en pleno ejercicio de mendicidad y vagancia, provisto de certificados de buena conducta y de documentos en regla.
—Vamos a ver esos papeles —dijo el alcalde.
Los cogió, los leyó y releyó, y después de devolvérselos, ordenó:
—Regístrenlo.
Los gendarmes lo registraron, sin encontrar nada. El alcalde, perplejo, preguntó al obrero:
—¿Qué hacías esta mañana sobre el camino?
—Buscaba trabajo.
—¿Trabajo?..: ¿En el camino?
—¿Cómo había de encontrarle si me escondiera en el bosque?
Y se contemplaron los dos con un odio de animales pertenecientes a dos especies distintas:
—Voy a ponerte en libertad —dijo el alcalde—; ¡pero cuidado con que te vuelva a encontrar!
—Mejor quiero que me encierre —dijo el carpintero—; estoy cansado de correr por los caminos.
—Cállate —ordenó el alcalde con severidad.
—Y volviéndose a los gendarmes:
—Lleven a este hombre —les dijo— hasta doscientos metros del pueblo y déjenlo continuar su camino.
—Denme de comer siquiera —murmuró el obrero.
—¡No faltaba más! —exclamó el alcalde, indignado—. No tengo obligación de alimentarte. ¡Estaría bueno!
—Si me dejan marchar hambriento —repitió Randel con tono firme— me obligarán a que haga una barbaridad. Tanto peor para ustedes, los satisfechos.
—¡Llévenselo en seguida, porque acabaré por incomodarme! — dijo el alcalde levantándose.
Los gendarmes cogieron entonces por ambos brazos al carpintero y lo arrastraron. Se dejó llevar así hasta las afueras del pueblo, donde siguiendo el mismo camino, y una vez llegados al poste kilométrico que señalaba los doscientos metros convenidos, dijo el cabo:
—Aquí es; andando y de prisa; que no lo vuelva a ver más en el pueblo, o sabrá quién soy yo.
Randel se puso en marcha sin responder y sin saber a punto fijo dónde se dirigía. Durante quince o veinte minutos caminó, embrutecido de tal modo, que no se le ocurría ni una idea ni un pensamiento.
De pronto, al pasar por frente a una casita, cuya ventana estaba abierta, percibió un olor de comida tan agradable, que le hizo detenerse junto a la puerta. Sintió hambre, un hambre feroz, devoradora, enloquecedora, que le atraía como a una bestia inconsciente hacia aquella casa solitaria.
—¡Por Cristo vivo! —exclamó en voz alta e irritada—, es preciso que me den de comer cualquiera cosa esta vez.
Y empezó a golpear la puerta fuertemente con su palo; nadie respondió; aporreó con más fuerza, gritando:
—¿No hay nadie en esta casa? ¡Abran por favor! ... ¡Eh, abran!
—Nadie se movía en el interior; aproximándose a la ventana la empujó y el aire encerrado en la cocina, un ambiente tibio y lleno de olores de carne cocida, de sopa exquisita y de coles hervidas le acarició el estómago hambriento, escapándose luego arrastrado por el viento frío del exterior.
De un salto el carpintero entró en la casa; sobre una mesa había colocados un par de cubiertos; sin duda los propietarios habían ido a misa y dejado a punto, sobre el fuego, la comida, el buen guisado del domingo, con la sopa de legumbres substanciosas.
Un pan tierno se veía sobre la chimenea, entre dos botellas llenas al parecer. Randel se arrojó violentamente sobre el pan y lo mordió con tanta violencia como si tratase de estrangular a un hombre; luego empezó a tragar con avidez grandes trozos; el olor de la carne cerca de él le atrajo hacia la chimenea, y después de levantar la tapa de la olla metió en ella un tenedor y sacó un gran pedazo de ternera atada con un bramante. Después de esto, cogió unas berzas, unas zanahorias, algunas cebollas, y cuando llenó una silla de provisiones, lo puso todo sobre la mesa y sentándose enfrente cortó la ternera en cuatro partes y empezó a comer como si estuviera en su casa. Cuando hubo devorado casi todo el pedazo de carne y una buena cantidad de aquellas legumbres, notó que tenía sed y cogió las dos botellas que había sobre la chimenea. Apenas vertió el líquido en su vaso, conoció que era un vino excelente. Tanto mejor; aquello era caliente, le encendería la sangre, que buena falta le hacía después de haver tenido tanto frío; y bebió.
A pesar de haber perdido la costumbre, encontró buena la bebida y se sirvió un vaso lleno, vaciándolo en dos sorbos. Y casi repentinamente se sintió alegre, resucitado por el alcohol, contento y decidor como si dentro de su estómago sintiese un gran consuelo. Y continuó comiendo con más tranquilidad, mojando pedazos de pan en el caldo. Las sienes le latían con fuerza, la piel se le iba poniendo ardiente. Sintió a lo lejos el tintineo de una campana; era que la misa había concluido. Y obedeciendo al instinto más que al miedo, a ese instinto de. conservación que guía y hace perspicaces a los que se encuentran en peligro, se levantó de su asiento y después de introducir en sus bolsillos el resto del pan y una de las botellas de vino saltó por la ventana al camino.
Aún no se divisaba nadie. Entonces se puso en marcha, pero en vez de seguir el camino real tomo a través del campo, en dirección a un bosque que desde allí se divisaba.
Se sentía fuerte, alegre, contento de lo que acababa de hacer y tan ágil que saltaba a pies juntos de un solo salto las zanjas de la huerta.
Cuando llegó bajo los árboles, sacó de su bolsillo la botella y se puso a beber a grandes tragos, sin interrumpir su marcha. Empezaban a embrollarse sus ideas, a turbársele la vista y sus piernas entorpecidas le hacían dar frecuentes traspiés. Luego lanzó al aire una antigua canción popular.
Marchaba entonces sobre una espesa alfombra de húmeda y fresca hierba. Aquel dulce tapiz le produjo una loca alegría y un deseo infantil de hacer cabriolas. Tomó carrera y después de cada voltereta volvía a cantar la misma canción.
De pronto se encontró al borde de un camino en desmonte, y vio venir hacia él una mujer ya madura, una criada que volvía al pueblo, llevando un garrafón de leche en cada mano, separados del cuerpo por un aro de cuba. Randel la esperó, inclinado, con los ojos encendidos como los de un perro a la vista de una codorniz.
Al llegar junto a él, alzó la vista la mujer y se echó reír gritándole:
—¿Era usted el que cantaba?
Sin responder palabra, el carpintero saltó al camino, a pesar de la altura del talud, que no bajaba de seis pies.
—¡Que susto me ha dado usted! -dijo ella al verle su lado.
El desgraciado no la oía; estaba borracho, loco, poseído de otra rabia más voraz que el hambre; poseído de la fiebre alcohólica y de la furia de un hombre que ha carecido de todo durante dos meses y que es fuerte y joven; poseído de todos los apetitos del macho, de todas las necesidades de la carne.
La mujer retrocedía ante él, asustada de su semblante, de su mirada, de su boca entreabierta, de sus brazos extendidos. Randel la cogió por los hombros y sin decirle una palabra la tumbó sobre el camino. Los garrafones cayeron, rodando con estrépito y vaciándose por completo, y la mujer empezó a gritar hasta que, convencida de que no había de servirle de nada llamar en aquel desierto, y comprendiendo que no se trataba de un asesinato, cedió sin gran pena, sin incomodarse, porque aunque brutal, el joven era fuerte y viril. Pero al levantarse y ver sus garrafones vacíos, sintió tal furor, que arrojándose a su vez sobre el hombre y quitándose un zapato, le amenazó con romperle la cabeza si no le pagaba la leche.
Pero Randel, despreciando este ataque violento y sintiéndose un poco despejado, echó a correr con toda la ligereza de sus piernas, asustado, espantado de lo que acababa de hacer, mientras que ella le arrojaba piedras, algunas de las cuales le alcanzaron en la espalda.
Corrió largo tiempo, hasta que sintiéndose cansado de un modo extraordinario y viendo que sus piernas se negaban a continuar, se acostó al pie de un árbol; sus ideas eran confusas, había perdido el recuerdo de todo y la facultad de pensar.
A los cinco minutos dormía profundamente. Un gran golpe le despertó y al abrir los ojos vio dos tricornios de hule inclinados sobre él y conoció los dos gendarmes de aquella mañana, que le estaban atando los brazos.
—Ya sabía yo que nos volveríamos a ver —le dijo burlonamente el cabo.
Randel se levantó sin responder palabra. Los gendarmes lo sacudían, prontos a tratarlo con más rudeza si hacía un gesto, porque desde aquel momento era suyo; ya era prisionero; una especie de pieza cobrada por estos cazadores de criminales que no soltarían ya.
—¡En marcha! —ordenó el gendarme.
La noche se aproximaba, extendiendo sobre la tierra el velo pesado y siniestro de una crepúsculo de otoño. Al cabo dé una media hora llegaron al pueblo. Todas las puertas estaban abiertas, pues ya se sabía lo sucedido. Aldeanos y aldeanos, poseídos de cólera, como si ellos hubieran sido los robados, como si ellas hubieran sido las violadas, querían ver entrar al miserable para insultarle y maltratarle. Fue una gritería que empezó en la primera casa para terminar en la Alcaldía, donde el alcalde, deseando vengarse también del vagabundo, esperaba con impaciencia.
—¡Hola, valiente! ¡Ya estamos aquí! ... —le gritó desde lejos.
Y se frotaba las manos, contento como nunca.
—Ya lo había dicho yo; ya lo habla dicho yo —repetía—, con sólo verlo en el camino.
Y en un desbordamiento de alegría, exclamó:
—¡Ah, miserable, granuja, pillo, indecente: ya tienes techo por lo menos para veinte años!

EN FAMILIA --GUY DE MAUPASSANT

Escrito por imagenes 14-04-2008 en General. Comentarios (0)

EN FAMILIA --GUY DE MAUPASSANT


EN FAMILIA
GUY DE MAUPASSANT
...el terrible duelo, tras el fallecimiento...

El tranvía de Neuilly había dejado atrás la puerta Maillot y corría en línea recta a todo lo largo de la gran avenida que
va a parar al Sena. La maquinilla, enganchada a su vagón, pitaba para que se apartasen de su camino, escupía su vapor,
jadeaba como corredor al que falta el aliento, y sus émbolos se movían con ruidos precipitados de piernas de hierro. Caía
sobre la calle el pesado calor de una tarde de verano, y, aunque no soplaba brisa alguna, ascendía del suelo un polvillo
blanco, calizo, opaco, asfixiante y cálido que se pegaba a la húmeda piel, cegaba la vista, penetraba en los pulmones.
La gente salía a la puerta de sus casas, en busca de aire.
El vagón de pasajeros tenía bajadas las ventanillas, y todas sus cortinas ondeaban, sacudidas por la rápida carrera. Eran
pocas las personas que iban dentro, porque en días tan calurosos la gente prefería viajar en la imperial o en las
plataformas. Iban obesas señoras de vestidos presuntuosos, burguesas de barriada que suplen la distinción de la que
carecen con una tiesura inoportuna, oficinistas cansados del despacho, de caras amarillentas, cintura doblada y un hombro
algo más alto que otro, del mucho trabajar encorvados sobre la mesa. La expresión intranquila y triste de sus rostros
revelaba también preocupaciones domésticas, constantes apuros monetarios y viejas esperanzas definitivamente fracasadas;
porque todos ellos formaban parte de ese ejército de pobres hombres raídos que vegetan económicamente en mezquinas casas de yeso, que tienen por jardín un arríate y se alzan en medio esos campos de los alrededores de París, en los que
aprovechan los residuos de todos los pozos negros.
Muy próximo a la portezuela, un hombre bajito, gordo, de cara abotagada y barriga que le caía entre la piernas, vestido
todo él de negro, conversaba con otro alto y seco, de aspecto desaliñado con un traje blanco muy sucio y un viejo panamá
en la cabeza. Se expresaba el primero con lentitud, y sus titubeos daban a veces la impresión de tartamudez; era el señor
Caraván y ocupaba el cargo de oficinal primero en el Ministerio de Marina. El otro había sido antaño oficial de Sanidad a
bordo de un barco mercante y acabó estableciéndose en la plazoleta de Courbevoie, en donde ejercitaba sobre la
desgraciada población los inseguros conocimientos de medicina que había recogido en su vida aventurera. Se llamaba Chenet,y se hacía llamar doctor. Corrían malas lenguas sobre su moralidad.
El señor Caraván llevó siempre la vida rutinaria de los burócratas. Todas las mañanas desde hacía treinta años marchaba
indefectiblemente a su despacho por el mismo camino, y se tropezaba, a la misma hora y en los mismos lugares, con las
mismas caras de hombres que se dirigían a sus negocios y por idéntico camino regresaba todas las tardes, encontrando
rostros idénticos, que iba viendo envejecer.
Todos los días compraba por unas monedas su periódico en la esquina del faubourg Saint-Honoré; iba luego en busca de dos
panecillos, y penetraba finalmente en el Ministerio, a la manera del reo que se constituye en prisión. Una vez dentro, se
dirigía con paso rápido y corazón desasosegado a su despacho temiendo siempre encontrarse con una reprimenda motivada por cualquier posible negligencia suya.
Ningún incidente vino jamás a variar la rutina monótona de su existencia porque nada le afectaba como no fuesen los
asuntos de oficina, el escalafón y las gratificaciones. No sabía hablar de otra cosa que de los asuntos del servicio lo
mismo cuando se encontraba en el Ministerio que cuando estaba con los suyos —porque se había casado con la hija de un
colega que no llevó consigo dote alguna.
Atrofiado por la tarea embrutecedora y cotidiana, no había en su espíritu lugar para pensamientos esperanzas, ensueños
que no guardasen relación con su Ministerio. Pero todos sus goces de empleado tenían un dejo de amargura que los echaba a perder: el acceso a los cargos de jefe y subjefe de los señores comisarios de Marina, de los hojalatero, mote que se les
daba por sus galones de plata. Este era el tema que todas las noches, mientras cenaba, le daba ocasión para exponer ante
su esposa, que compartía sus rencores, los irrebatibles argumentos que demostraban la iniquidad que suponía desde todo
punto de vista el dar puestos en París a unas gentes cuyo puesto estaba en el mar.
Era ya viejo, pero su vida se había deslizado sin que él se diese cuenta, porque había pasado, sin transición del colegio
al Ministerio y si en aquél temblaba de los pasantes, en éste siguió temblando de los jefes, que le inspiraban verdadero
pánico. El umbral del despacho de estos déspotas de oficina lo azogaba de pies a cabeza y de aquel terror continuo le
había quedado su cortedad, la actitud humilde y una como tartamudez nerviosa.
Conocía de París lo que puede conocer un ciego al que su perro deja cada día bajo la misma puerta, y los hechos y
escándalos que leía en su periódico barato no tenían para él otro alcance que el de unos cuentos fantásticos, inventados
a capricho para distracción de los pobres empleados. Pasaba por alto las informaciones políticas, que ya su periódico le
servía desfiguradas y a gusto del partido que lo pagaba; él era hombre de orden, reaccionario, sin partido determinado,
pero enemigo de todas las “novedades”. Por las tardes, cuando subía por la avenida de los Campos Elíseos, miraba aquella
agitada muchedumbre de paseantes y la marca retumbante de los carruajes con los ojos de un viajero extrañado que
atraviesa países lejanos.
Por haber cumplido aquel mismo año los treinta de servicio obligatorio, lo habían condecorado a primeros de enero con la
cruz de la Legión de Honor, que sirve a las administraciones militarizadas para recompensar la larga y lamentable
servidumbre —que ellas califican de leales servicios prestados— de estos tristes galeotes, remachados a la carpeta verde.
Aquella inesperada dignidad alteró de arriba abajo sus costumbres, revistiéndolo de una idea nueva y elevada de su
capacidad. Suprimió en adelante los pantalones de color y las americanas de fantasía, y ya sólo vistió pantalones negros
y levita larga, en la que su “cinta”, muy ancha, resaltaba más. De la noche a la mañana se transformó en otro Caraván, de
hablar hueco, porte majestuoso, protector, que se afeitaba todas las mañanas, se limpiaba con más esmero las uñas y se
mudaba cada dos días de ropa interior, movido de un legítimo sentimiento de decoro y de respeto a la Orden nacional.
Estando en casa, no se le caía de la boca lo de “mi cruz”. Le acometió un orgullo tan desmedido, que se le hacía
insoportable el ver cinta alguna en el ojal de la solapa de los demás. Las condecoraciones extranjeras, sobre todo, lo
sacaban de quicio— “no se debía tolerar que nadie las llevase en Francia”—, y tenía especial inquina al doctor Chenet, a
quien todas las tardes encontraba en el tranvía luciendo siempre un distintivo, fuese blanco, azul, anaranjado o verde.
Por lo demás, desde el Arco de Triunfo hasta Neuilly, la conversación de aquellos dos hombres nunca variaba. Al igual que
los días precedentes empezaron en esta ocasión por ocuparse de ciertos abusos locales que los exasperaban a los dos,
poniendo al alcalde de Neuilly por los suelos. Caraván, cosa inevitable estando con un médico, abordó el capítulo de las
enfermedades, con la esperanza de espigar gratuitamente algunos consejos interesantes, y quién sabe si una consulta,
dándose maña para que no se le viese el juego. Es preciso decir que su madre le traía intranquilo de un tiempo a esta
parte. La acometían síncopes frecuentes y prolongados, pero no admitía que la cuidasen como era debido, aunque había
cumplido ya los noventa.
Caraván se mostraba enternecido con la avanzada edad de su madre, y hacía con insistencia al doctor Chenet la misma
pregunta: “¿Ve usted a mucha gente de sus años?”. Y se frotaba las manos de gusto, no precisamente porque estuviese muy
interesado en que aquella buena señora se eternizase sobre la tierra, sino porque la prolongada vida de la madre era como
una promesa para el hijo.
Siguió diciendo: “La verdad es que en mi familia se vive largo. Tengo la certeza de que yo mismo, salvo accidente, me
moriré de viejo.” El oficial de Sanidad le lanzó una mirada compasiva, examinó un instante la cara coloradota de su
vecino, el gordo cerviguillo, la panza que le colgaba entre las piernas de una gordura flácida, el contorno apoplético de
oficinista sedentario y sin nervio, y, como resultado de ese examen, se echó atrás de un papirotazo el panamá de color
arratonado que le cubría la cabeza, y contestó con retintín:
—De eso hay mucho que hablar, compadre porque su vieja es de temperamento nervioso, y usted es gordo y fofo.
Caraván se calló, desconcertado.
El tranvía llegó a la estación. Los dos compañeros echaron pie a tierra, y el señor Chenet convidó a un trago de vermut
en el café del Globo, que se hallaba enfrente, y del que uno y otro eran clientes habituales. El dueño, amigo de ambos,
les alargó dos dedos de la mano, y ellos le dieron un apretón por encima de las botellas del mostrador; después se
dirigieron a una mesa en la que había tres aficionados al dominó que no se habían movido de allí en toda la tarde. Se
cruzaron frases cordiales, y el inevitable “¿Qué hay de nuevo?”. Los jugadores siguieron con su partida. Cuando los
recién llegados se retiraron, les dieron las buenas tardes. los jugadores les alargaron las manos sin alzar la cabeza y
cada cual se fue a comer a su casa.
Ocupaba Caraván, cerca de la plazoleta de Courbevoie una casita de dos pisos, y en el bajo estaba instalado un peluquero.
Dos dormitorios el comedor y la cocina, con un juego único de sillas, desencoladas y vueltas a encolar, que pasaban de
una habitación a otra, según lo exigía el momento, componían el departamento que la señora Caraván se entretenía en
limpiar, en tanto que su hija María Luisa, de doce años, y su hijo Felipe Augusto, de nueve, se entregaban a toda clase
de travesuras en los arroyos de la avenida, alternando con los pilluelos del barrio.
Caraván había instalado a su madre en el piso superior; ésta se había hecho popular en aquellos alrededores por su
avaricia, y su delgadez hacía decir a la gente que el Señor había echado mano, al hacerla, de sus mismos principios de
ahorro. Siempre malhumorada, no pasaba día sin riñas y arrebatos furiosos. Apostrofaba desde su ventana a los vecinos que
salían a la puerta de sus casas, los vendedores ambulantes de frutas y verduras, a los barrenderos y a los muchachos, y
éstos, en venganza, la iban siguiendo de lejos cuando salía a la calle, y le gritaban: “¡Ensuciacamas!”
Una criadita normanda, de un atolondramiento increíble, atendía los quehaceres de la casa, y dormía en el segundo piso,
junto a la vieja, por si le sobrevenía algún accidente.
Al entrar Caraván en casa, su mujer, atacada de la enfermedad crónica de hacer limpieza, sacaba brillo con un trapo de
franela a la caoba de las sillas, desparramadas por la soledad de las habitaciones. Siempre tenía puestos los guantes de
hilo; se adornaba la cabeza con una cofia de cintajos multicolores, que se le ladeaba sobre una o reja, y cuando alguien
la sorprendía con la cera, el cepillo, el limpiametales o la lejía, recitaba el mismo estribillo:
—No soy rica; todo es sencillo en mi casa, y el único lujo que puedo permitirme es el de la limpieza, que, después de
todo, suple a cualquier otro.
Estaba dotada de un sentido práctico tenaz, y su marido se dejaba llevar en todo por ella. Primero en la mesa, y después
en la cama, charlaban todas las noches largo y tendido de los asuntos de la oficina, y aunque él le llevaba veinte años,
se desahogaba con ella como con un director espiritual y no se apartaba de sus consejos.
Jamás había sido bonita, y en aquella época era fea, menuda y flaca. Su desmañada manera de vestir ocultó siempre ciertos
débiles atributos femeninos que se hubieran puesto de realce con un poco de arte en la disposición de su tocado. Las
faldas parecían colgarle siempre de un lado, y tenía el hábito, que llegaba a tomar visos de tic nervioso, de rascarse a
cada momento, en cualquier parte, sin preocuparse de los que estaban delante. En cuestión de adornos de su persona, no
iba más allá de los cintajos de seda, entrelazados profusamente en las cofias presuntuosas que usaba en casa.
Así que vio entrar a su marido, se levantó, y besándole en las patillas, le preguntó:
—¿Te acordaste de ir a casa de Potin, querido?
La pregunta se refería a un encargo que él había prometido hacer.
Se dejó caer, aterrado, en una silla: era la cuarta vez que lo olvidaba.
—Es una fatalidad —decía—, es una fatalidad: me paso el día pensando en que tengo que ir, pero así que llega la hora de
salir se me va de la memoria.
Al verlo afligido, ella le dijo para consolarlo:
—¿Qué más da? Ya te acordarás mañana. Y ¿qué hay de nuevo por el Ministerio?
—Un acontecimiento: otro hojalatero más que ha sido nombrado subjefe.
Ella se puso muy seria:
—¿En qué oficina?
—En la de compras al extranjero.
Ella mostró enfado:
—Entonces ha sido para el puesto de Ramón, precisamente el que yo hubiera querido para ti. ¿Y Ramón? ¿Retirado?
El balbució: “¡Retirado!”. Esto la encolerizó, y la cofia se le vino al hombro:
—Se acabó, pues. No hay que pensar en ese momio. Y ¿cómo se llama el tal comisario?
—Bonassot.
Echó ella mano al anuario que tenía siempre al alcance, y buscó: “Bonassot. Tolón. Nació en 1851. Alumno comisario en
1871. Subcomisario en 1875”. De súbito le preguntó:
—¿Es de los que han navegado?
Esta pregunta tranquilizó a Caraván. Su panza se vio sacudida por un acceso de regocijo:
—Lo mismo que Balin, lo mismísimo que Balin, su jefe —y agregó, riéndose con más fuerza, una broma muy gastada que a los del Ministerio los divertía muchísimo-: Que no los envíen de inspección al apostadero naval de Point-du-Jour, porque se
marearían en la escampavía.
Pero su mujer seguía muy seria, como si no le hubiese oído, y al fin murmuró rascándose la barbilla:
—¡Qué lástima, no disponer de un diputado! Si alguien contase en la Cámara todo lo que ocurre en esa casa, el ministro
saltaría en el acto...
Le cortaron la frase los gritos que estallaron en la escalera. María Luisa y Felipe Augusto, que regresaban de la calle,
se propinaban, a medida que subían, bofetadas y puntapiés. La madre se precipitó furiosa, tomó a cada uno por un brazo, y
de una sacudida vigorosa los metió en el departamento.
Al ver a su padre, corrieron hacia él: los besó con ternura, con fruición; luego se sentó, los puso sobre sus rodillas y
lió con ellos una charla íntima.
Felipe Augusto era un rapazuelo feo de ver, despeinado, sucio de los pies a la cabeza, con expresión de idiota. María
Luisa se asemejaba ya a su madre, se expresaba igual que ella, repetía sus dichos y hasta imitaba sus gestos. También
ella preguntó:
—Y ¿que hay de nuevo por el Ministerio?
A lo que el padre contestó, regocijado:
—Que tu amigo Ramón el que viene a cenar con nosotros todos los meses, nos abandona Lísita. Han puesto en su lugar a un nuevo subjefe.
Clavó ella la mirada en la cara de su padre, y le dijo con un tono de lástima, propio de niña precoz:
—Otro más que te ha echado a la cola, ¿no es eso?
Al padre se le cortó la risa, y no contestó; después, para cambiar de conversación, preguntó a su mujer, que se había
puesto a limpiar los vidrios:
—¿Mamá sin novedad, arriba?
La señora Caraván dejó de frotar, se volvió, enderezó la cofia que se le escapaba hacia la espalda y contestó con labios
trémulos:
—De tu madre te quiero hablar, precisamente ¡Me ha hecho una de las suyas! Figúrate que la señora Lebaudin, la mujer del
peluquero, subió hace un rato para pedirme prestado un paquete de almidón; yo había salido y tu madre la ha echado de la
puerta, tratándola de mendiga. Me ha tenido que oír la vieja; aunque se ha hecho la desentendida, como siempre que se le
cantan las verdades; pero que te conste que está tan sorda como yo; todo lo suyo es cuquería, y la prueba la tienes en
que se ha subido derechita a su cuarto, sin decir esta boca es mía.
Caraván, corrido, no contestó y en ese instante hizo acto de presencia la criadita para anunciar precisamente que la cena
estaba lista. Entonces él echó mano a un palo de escoba que tenían siempre oculto, y dio tres golpes en el cielo raso.
Luego pasaron al comedor, y la señora Caraván, la joven, sirvió la menestra, mientras esperaban que bajase la anciana.
Esta se retrasaba, y la sopa iba enfriándose, en vista de lo cual se pusieron a comer sin prisa; quedaron vacíos los
platos y volvieron a esperar. La señora Caraván, furiosa, la tomó con su marido:
—Lo hace a propósito, ¿comprendes? Porque sabe que te pones siempre de su parte.
El marido, muy perplejo y cogido entre dos fuegos, envió a Maria Luisa en busca de su abuela, y se quedó inmóvil, con los
ojos bajos, mientras su mujer daba golpecitos rabiosos con la punta de su cuchillo en el extremo inferior de su vaso.
La puerta se abrió de improviso y volvió a entrar la niña, sola, sin aliento y muy pálida, diciendo precipitadamente:
—Abuela está caída en el suelo.
Caraván se puso en pie de un salto, tiró la servilleta sobre la mesa y se lanzó hacia el piso de arriba, resonando en la
escalera su paso firme y precipitado. Su mujer, que supuso que era todo una treta de su suegra, le siguió sin prisa,
encogiéndose despectivamente de hombros.
La anciana yacía cuan larga era boca abajo, en medio de la habitación. Cuando su hijo dio vuelta al cuerpo apareció su
cara seca e inmóvil, de piel amarillenta, arrugada, curtida, con los ojos cerrados, apretados los dientes flaca y rígida.
De rodillas junto a ella, gimoteaba Caraván:
—¡Pobre madre mía, pobre madre mía!
Pero la otra señora Caraván dictaminó, después de mirarla unos momentos:
—¡Bah! Otro síncope más, y eso es todo. Créeme, lo ha hecho para estropeamos la cena.
Trasladaron el cuerpo a su cama, lo desnudaron por completo, y todos —Caraván, su mujer y la criada— se dedicaron a darle fricciones. Pero por más que hicieron no volvió en sí. Enviaron entonces a Rosalía en busca del doctor Chenet. Vivía en
el muelle, en dirección a Suresne. La distancia era grande y la espera fue larga. Pero, al fin llegó, y después de
examinar, palpar y auscultar a la anciana, pronunció el veredicto:
—Esto se acabó.
Caraván se arrojó sobre el cuerpo, sacudido por sollozos precipitados. Besaba convulsivamente la cara rígida de su madre,
llorando con tal profusión, que su lágrimas caían como gotas de agua sobre el rostro de 1a difunta.
La otra señora Caraván sufrió un acceso bastante decoroso de dolor; en pie detrás de su marido, lanzaba débiles gemidos y
se frotaba con obstinación los ojos.
De improviso se enderezó Caraván; tenía el rostro abotagado, los ralos cabellos en desorden y estaba feísimo con la
sinceridad de su dolor.
—¿Está usted seguro, doctor..., completamente seguro?
El oficial de Sanidad se acercó rápidamente, manipuló el cadáver con destreza profesional, y en seguida expresó:
—Vea, amigo; fíjese en este ojo.
Levantó el párpado y apareció bajo su dedo la mirada de la anciana, como cuando estaba viva, con la pupila un poco más
dilatada tal vez. Caraván recibió un golpe en pleno corazón, y el espanto caló hasta el tuétano de sus huesos. El señor
Chenet cogió el brazo crispado, tiró de los dedos para abrirlos con fuerza y con la expresión airada de quien discute con
un contradictor, siguió diciendo:
—¿Y esta mano? ¿Qué me dice de esta mano? Tranquilícese: yo no me equivoco nunca en casos como éste.
Caraván se dejó caer otra vez sobre la cama, se revolcó, casi casi berreó; su mujer, entre tanto, sin dejar de lloriquear,
hacía lo necesario. Acercó la mesa de noche, la cubrió con un paño blanco, colocó encima cuatro velas, las encendió,
sacó de detrás del espejo de la chimenea un manojo de boj que estaba allí colgado, lo colocó en medio de las velas sobre
un plato y llenó éste de agua clara, a falta de agua bendita. Cruzó por su cabeza un pensamiento, y cogiendo un pellizco
de sal lo echó en el agua, imaginando sin duda que así suplía la bendición.
Cuando terminó de ejecutar aquel simbolismo, inseparable de la muerte, permaneció en pie, inmóvil. El oficial de Sanidad,
que la había ayudado, le dijo por lo bajo:
—Hay que llevarse de aquí a Caraván.
Hizo una señal afirmativa, se acercó a su marido, que seguía sollozando de rodillas, y lo alzó por un brazo, a tiempo que
el señor Chenet lo levantaba del otro. Empezaron por sentarlo en una silla; su mujer, besándole en la frente, le echó un
pequeño sermón. El oficial de Sanidad apoyaba sus razonamientos, le recomendaba entereza, valor, resignación; en fin,
todo lo que nadie tiene en las desgracias fulminantes. Cuando ya no tuvieron nada que decir, volvieron a cogerlo del
brazo y se lo llevaron.
Lagrimeaba, como un muchacho grande, con hipos convulsivos, desmadejado, con los brazos colgantes y las piernas flojas;
bajó la escalera sin darse cuenta, moviendo maquinalmente los pies.
Lo dejaron en el sillón que ocupaba siempre para comer, frente a su plato casi vacío, que aún tenía la cuchara metida en
un resto de sopa. Y allí se quedó, sin moverse, con la mirada clavada en su vaso, tan entontecido que ni pensar podía.
En un rincón del comedor hablaba la señora Caraván con el médico: se enteraba de las formalidades que había que llenar,
pedía informes prácticos. El señor Chenet, que parecía estar esperando algo, acabó por coger su sombrero y se despidió
diciendo que no había cenado. Ella exclamó entonces:
—Pero cómo, ¿no ha cenado usted? Quédese, doctor. quédese. Se le servirá de lo que hay, porque ya supondrá que nosotros no estamos para comer gran cosa.
Rehusó, excusándose; ella insistió:
—Quédese, se lo ruego. En momentos como éste, se agradece la compañía de los amigos. Además, tal vez usted consiga que marido se consuele un poco. Está muy necesitado de que le den ánimos.
El doctor asintió con la cabeza, y dejó el sombrero encima de un mueble.
—Siendo así, acepto, señora.
Dio ella instrucciones a Rosalía, que estaba como desatinada y tomó asiento a la mesa, según dijo, “para hacer que comía,
y acompañar al doctor”. Se volvió a servir la sopa fría. El señor Chenet aceptó otro plato. Vino después una fuente de
cuajada a la lionesa, que esparció un aroma de cebolla, decidiéndose la señora Caraván a probarla.
—Está sabrosísima —dijo el doctor.
La señora se sonrió:
—¿Verdad que sí? —se volvió hacia su marido para decirle—: Haz por comer un poco, mi pobre Alfredo, aunque sólo sea para echar alguna cosa al estómago. Piensa en que tienes que velar.
Caraván alargó dócilmente el plato, lo mismo que se habría metido en cama si se lo hubiesen pedido, obedeciendo en todo,
sin resistencia y sin reflexión. Y comió.
El doctor se sirvió a sí mismo por tres veces: la señora Caraván pinchaba de cuando en cuando con su tenedor una buena
presa, y la engullía con calculado descuido.
Cuando sacaron una ensaladera rebosante de macarrones, murmuró el doctor:
—¡Caramba!... Esto parece cosa buena.
La señora Caraván no dejó esta vez a nadie sin servir. Llenó hasta los platillos en que metían sus dedos los niños, y
éstos, sin nadie que se ocupase de ellos, bebían vino puro y se acometían a puntapiés por debajo de la mesa.
El señor Chenet trajo a colación el gusto de Rossini por este plato italiano. De pronto soltó esta gracia:
—Se podría hacer un cuplé:
El maestro Rossini
pedía macarrones...
Pero nadie le prestaba atención. La señora Caraván se quedó de pronto pensativa, y repasaba mentalmente las probables
consecuencias de aquel acontecimiento, mientras que su marido hacía bolitas de pan entre los dedos, las colocaba luego en
el mantel y se quedaba mirándolas fijamente con expresión estúpida. Le abrasaba una sed ardiente, y a cada momento se
llevaba a la boca el vaso lleno de vino hasta los bordes. La conmoción y el dolor habían hecho perder el aplomo a su
razón; ésta parecía flotar, girar ingrávida en el repentino estupor de los comienzos de una digestión difícil.
Por su parte, el doctor bebía como una cuba y daba ya señales de estar borracho. la misma señora Caraván, que no bebía
más que agua, sufría la reacción que sigue a toda sacudida nerviosa, se mostraba excitada, inquieta, y su cabeza estaba
algo confusa.
El señor Chenet empezó a referir anécdotas, que a él le parecían chistosas, de escenas mortuorias En los suburbios de
París, donde abunda la población procedente de provincias, se tropieza uno con la indiferencia propia del campesino hacia
los difuntos. ya pueden ser éstos el padre o la madre. Hay una irrespetuosidad una inconsciencia feroz, que es corriente
en el campo, pero muy rara en la capital.
—La semana pasada, sin ir más lejos —agregó. me llaman de la calle de Puteaux y allá voy. Me encuentro con que el enfermo era ya cadáver, y junto a la cama a la familia, que se bebía tranquilamente una botella de anís, que habían comprado el
día anterior, para satisfacer un capricho del moribundo.
La señora Caraván no le escuchaba; toda su atención estaba concentrada en la herencia. El señor Caraván se había quedado con el cerebro vacío y era incapaz de comprender nada.
Se sirvió el café, muy cargado, como para levantar los ánimos. Se le regó de coñac, y cada taza hizo subir a las mejillas
de los bebedores un súbito rubor, confundiendo aún más las últimas ideas de aquellos espíritus ya vacilantes.
El doctor echó mano de pronto a la botella del aguardiente, y sirvió a todos la última. No hablaban; embotados por el
suave calor de la digestión, embebidos, a pesar suyo, en el bienestar puramente animal que el alcohol proporciona después
de comer, saboreaban muy despacio el coñac azucarado, que formaba un almíbar amarillento en el fondo de las tazas.
Los chicos se habían quedado dormidos y Rosalía los acostó.
Maquinalmente empujado por la necesidad de aturdirse que domina a los desgraciados se sirvió Caraván aguardiente varias
veces. Sus ojos, de mirada estúpida, resplandecían.
El doctor se levantó, al fin, para marcharse y cogió a su amigo del brazo:
—¡Ea!, venga conmigo —le dijo—. Le sentará bien un poco de aire fresco. No conviene estarse quieto cuando nos domina la
pena.
El otro obedeció dócilmente, se puso el sombrero, tomó el bastón y salió; los dos, agarrados del brazo, fueron caminando
hacia el Sena, bajo la claridad de las estrellas.
Flotaban hálitos embalsamados en la noche calurosa, porque era la estación en que todos los jardines del contorno se
cuajan de flores, y sus perfumes que duermen durante el día, parecen despertar cuando llega el crepúsculo, y se esparcen
diluidos en las brisas ligeras que corren por la oscuridad.
La ancha avenida estaba desierta y silenciosa, flanqueada por dos hileras de faroles de gas, que se alargaban hasta el
Arco de Triunfo. Allá lejos, envuelto en roja neblina, rebullía París ruidosamente. Era como un retumbo continuo, al que
de tiempo en tiempo parecía responder a lo lejos, en la llanura, el silbido de un tren, que se acercaba a toda marcha, o
que huía, cruzando la provincia, hacia el Océano.
Al recibir aquellos dos hombres en la cara el aire de la calle, se quedaron al pronto sorprendidos; el doctor se tambaleó,
y Caraván sintió que se multiplicaban los vértigos que venían acometiéndole desde la cena. Caminaba como entre sueños,
con la inteligencia embotada, paralizada, sin que el dolor le aguijonease embargado por una especie de insensibilidad
moral que le hacía incapaz de sufrir; parecía que le hubiesen quitado un peso del alma, y los tibios vapores que se
esparcían en la noche aumentaban esta sensación de alivio.
Cuando llegaron al puente, torcieron a mano derecha, y el río les lanzó en pleno rostro una fresca bocanada. Corría,
melancólico y sosegado, delante de un cortinaje de altos álamos, y las estrellas nadaban en el agua, zarandeadas por la
corriente. La neblina blancuzca que flotaba en el ribazo de enfrente enviaba a sus pulmones un olor de humedad; Caraván
se detuvo bruscamente, sorprendido por aquel aroma del río que agitaba en su corazón memorias muy lejanas.
Volvió a ver de improviso a su madre, la de otros tiempos, la de su niñez, de rodillas y encorvada delante de la puerta
de su casa, allá en Picardía, lavando en el arroyuelo que cruzaba el jardín la ropa amontonada a su lado. En medio del
silencio sereno del campo oía el golpear de la ropa sobre la tabla y su voz que gritaba: “Alfredo, tráeme jabón”. Era
este mismo olor de agua que corre, la misma neblina que se desprendía de las tierras empapadas la misma vaporosidad
pantanosa; aquel sabor le había quedado para siempre imborrable, y volvía a sentirlo precisamente la noche misma en que
su madre acababa de morir.
Se detuvo como envarado por un suave arrebato de desesperación. Fue un relámpago que aclaró de golpe todo el alcance de su desgracia; aquel soplo errante que se atravesó en su camino lo precipitó en el negro abismo de los dolores
irremediables Sintió el alma desgarrada por aquel separarse para siempre. Quedaba su vida truncada por la mitad; su
juventud entera desaparecía, engullida por aquella muerte. Allí acababa el antiguamente, se esfumaban las memorias de la
adolescencia; nadie quedaba ya para hablarle de las cosas de antes, de las personas que conoció en otros tiempos, de su
tierra, de él mismo, de las intimidades de su vida pasada. Era un pedazo de su mismo ser el que había dejado de existir;
en adelante, correspondía morir al resto.
Empezó a llamar, uno tras otro, a sus recuerdos. Apareció la mamá de más joven, vestida de prendas que se habían ajado
sobre ella, que de tanto usarlas parecían inseparables de su persona; la veía en mil momentos que ya tenía olvidados: con
rasgos que ya se habían borrado, con sus gestos, las inflexiones de su voz, con sus costumbres, manías, indignaciones,
con las arrugas de su cara, los movimientos de sus dedos descarnados y en todas las actitudes familiares que ya no
volvería a tener más.
Lanzó algunos gemidos, agarrándose al doctor. Sus flácidas piernas temblaban; toda su voluminosa persona sufría las
sacudidas de los sollozos, mientras que balbucía:
—¡Madre mía, pobre madre, pobre madre mía!...
Pero su compañero, que seguía borracho y que soñaba con acabar la velada en ciertos lugares que frecuentaba en secreto,
se impacientó con aquel acceso agudo de dolor, lo hizo sentarse en la hierba de la orilla y lo abandonó al poco rato con
el pretexto de que tenía que ver a un enfermo.
Caraván lloró largo rato; cuando se le agotaron las lágrimas; cuando todo su dolor se derritió en agua, como quien dice,
experimentó otra vez alivio, sosiego, tranquilidad súbita.
Había salido la luna, y bañaba el horizonte con su luz plácida. Los grandes álamos se erguían con reflejos de plata, y la
niebla se alzaba sobre la llanura como nieve flotante; ya no nadaban las estrellas en el río; lo revestía una capa de
nácar y seguía deslizándose, rizado por escalofríos brillantes. La atmósfera era suave y perfumada la brisa. El sueño de
la tierra estaba impregnado de languidez y Caraván bebía aquella suavidad de la noche; aspiraba profundamente y tenía la
sensación de que un frescor, un sosiego, una paz sobrehumana le iba calando hasta la extremidad de sus miembros.
Sin embargo, no se resignaba a dejarse invadir por aquel bienestar, y repetía:
—Madre mía, pobre madre.
Y hacía fuerza para llorar, recurriendo a una especie de sentido del deber de hombre honrado; pero todo era en vano, y
los mismos pensamientos que hacía poco le habían arrancado tan grandes sollozos no despertaron ya en él tristeza alguna.
Se levantó con el propósito de volver a su casa, y deshizo lo andado con paso lento, envuelto en la tranquila
indiferencia de la naturaleza serena, y con el corazón apaciguado, a pesar suyo.
Al llegar al puente, distinguió la linterna del último tranvía que estaba preparado para arrancar y, más allá, los
ventanales iluminados del café del Globo.
Lo acometió la necesidad de contarle a alguien la catástrofe, de excitar la conmiseración, de hacerse el interesante.
Adoptó una expresión compungida, empujó la puerta del establecimiento y avanzó hacia el mostrador, en el que el dueño
vociferaba como siempre. Había calculado ya la impresión que produciría: todos los concurrentes se pondrían en pie al
verlo, yendo hacia él con la mano extendida: “Pero ¿qué le pasa?”. Nadie reparó en el desconsuelo que se retrataba en su
rostro. Puso los codos sobre el mostrador y se apretó la frente entre las manos, murmurando:
—¡Dios mío, Dios mío!
El dueño se quedó mirándolo.
—¿Se siente enfermo, señor Caraván?
Este contestó:
—No, querido amigo; es que acaba de fallecer mi madre.
El dueño dejó escapar un “¡Ah!” distraído: pero en aquel instante gritó desde el fondo del local un cliente:
—Oiga, un bock, por favor.
El dueño le contestó en el acto con su vozarrón:
—Ahora mismo. ¡Bruum! Ya está —y se precipitó con su servicio, dejando a Caraván estupefacto.
Los tres aficionados al dominó seguían jugando, absortos y como pegados a los asientos, en la misma mesa en que los vio
antes de cenar. Caraván se acercó para mendigar compasión. Advirtiendo que no se daban por enterados de su presencia, se decidió a hablar:
—Después que estuve aquí me ha ocurrido una gran desgracia.
Los tres alzaron un poco la cabeza al mismo tiempo, pero sin quitar ojo a las fichas que tenían en la mano.
—¿Sí? ¿Qué ha sido?
—Acaba de fallecer mi madre.
Uno de los jugadores murmuró: “¡Vaya!”, con ese tono de lástima que suena a falso, de los indiferentes. Otro, que no
encontró de momento palabras, movió la cabeza y dejó escapar una especie de silbido triste. El tercero reanudó el juego,
como diciéndose para sus adentros: “Si no es más que eso....”
Caraván esperaba una de esas frases que, como suele decirse, brotan del corazón. Al ver la acogida que se le dispensaba,
se alejó, indignado de la tranquilidad que demostraban ante el dolor de un amigo, aunque para entonces aquel dolor se
había embotado de tal manera que ni él mismo lo sentía.
Se marchó.
Su mujer, en camisón, le esperaba sentada en una silla baja, junto a la ventana abierta, dándole siempre vueltas a la
idea de la herencia.
—Desnúdate —le dijo—. Tenemos que hablar; pero lo haremos en la cama.
El levantó la cabeza, señalando el techo con la mirada:
—Pero... arriba no hay nadie.
—Sí, señor; está Rosalía con ella, y tú la relevarás a las tres, cuando hayas echado un sueño.
Por lo que pudiera ocurrir, Caraván se quedó en calzoncillos, se ató un pañuelo alrededor del cráneo y se reunió con su
mujer, que acababa de meterse entre las sábanas.
Permanecieron un rato sentados, el uno junto al otro. Ella meditaba. A pesar de la hora que era, su cofia lucía un nudo
rosa y se ladeaba hacia una oreja, para no apartarse de la invencible costumbre de todas las que se ponía.
De improviso, volvió la cara hacia su marido, y le dijo:
—¿Sabes si tu madre ha hecho testamento?
El titubeó:
—Yo creo... que no... Desde luego que no... no lo ha hecho.
La señora Caraván clavó su mirada en los ojos de su marido, y cuchicheó con voz rabiosa:
—Pues se ha portado cochinamente, después de diez años que llevamos matándonos por servirle, dándole casa y poniéndole mesa. No habría sido tu hermana capaz de hacer por ella lo que nosotros, ni yo tampoco lo habría hecho de haber sabido el
pago que me esperaba. Te digo que eso es una mancha para su memoria. Me dirás que nos abonaba una pensión; pero no es dinero con. lo que se pagan las atenciones de los hijos; se deja constancia de ellas, después de la muerte, con un
testamento. Eso es lo que hacen las gentes que tienen dignidad. De modo, pues, que me he molestado y me he desvivido en
balde. ¡Es una indecencia! ¡Es una verdadera indecencia!
Caraván, fuera de sí, repetía:
—Mujer, mujer, por favor; yo te lo ruego.
Ella acabó por calmarse, y volvió al tono de sus diarias conversaciones:
—Habrá que avisar a tu hermana mañana temprano.
El dijo con sobresalto:
—Es cierto; no se me había ocurrido. Le pondré un telegrama en cuanto amanezca.
Ella le interrumpió, como mujer que lo tiene todo previsto:
—No, envíaselo entre las diez y las once, para que tengamos tiempo de desenvolvernos antes que lleguen, porque desde
Charenton hasta aquí tienen para dos horas o más. Les diremos que no sabías lo que hacías. Con avisarles por la mañana
habremos cumplido.
Caraván se dio una palmada en la frente y exclamó con el acento de cortedad que adoptaba siempre para referirse a su jefe,
porque sólo con pensar en él ya se echaba a temblar:
—Habrá que avisar también al Ministerio.
Ella replicó:
—¿Avisar? ¿Por qué? En momentos como éste, nadie puede molestarse por un olvido. Si me hicieses caso, no avisarías; tu
jefe se tendría que callar y le harás pasar un berrinche.
—¡Pero bien gordo que lo va a pasar cuando vea que falto! Tienes razón, tu idea es genial. Se le van a atragantar las
palabras cuando le diga que ha muerto mi madre.
El chupatintas, encantado de la jugarreta, se frotaba las manos, imaginándose la cara que pondría su jefe. En aquel
momento, y en la habitación de encima de él, yacía el cuerpo de la anciana, y a su lado dormía la criada.
La señora Caraván permanecía en actitud recelosa, como obsesionada por un problema difícil de expresar. Pero, al fin, se
decidió:
—Tu madre te dijo que era para ti su reloj, el de la muchacha del emboque, ¿no es cierto?
El rebuscó en su memoria, y contestó:
—Sí, en efecto; pero de esto hace mucho tiempo; fu cuando vino a vivir aquí. Me dijo: “El reloj será para ti, me cuidas
bien”.
La señora Caraván, tranquilizada con esto, se expresó ya con todo sosiego:
—Siendo así, habrá que ir por él, creo yo, porque si damos tiempo a que venga tu hermana, no consentirá que lo tomemos.
El titubeaba:
—¿Crees tú?...
Ella se molestó.
—¡Naturalmente que lo creo! Una vez que lo tengamos aquí, si te he visto no me acuerdo; nuestro y nada más que nuestro.
Lo mismo que la cómoda que tiene en su habitación, la de la cubierta de mármol: ésa me la dio a mí un día que estaba de
buenas. Bajaremos las dos cosas al mismo tiempo.
Caraván no parecía muy convencido.
—¡Pero mujer, contraemos una gran responsabilidad!
Ella se revolvió, furiosa:
—¿De veras? ¿Vas a ser el mismo de siempre? Eres capaz, por no dar un paso, de dejar que tus hijos mueran de hambre; de eso eres tú capaz. Puesto que ella me la dio, nuestra es la cómoda; no vas a decir que no. Y si le molesta a tu hermana,
que venga a decírmelo a mí. Mucho se me da a mí de tu hermana. ¡Ea, levántate, y traeremos en seguida las cosas que tu
madre nos ha dado!
Trémulo y derrotado, salió Caraván de la cama y fue a meterse los pantalones; pero ella no le dejó:
—¿Para qué te vas a vestir? Sube en calzoncillos, no hay necesidad de más; yo iré tal como estoy.
Los dos echaron a andar en ropas menores; subieron las escaleras sin hacer ruido, abrieron con precaución la puerta y
penetraron en la habitación. Las cuatro velas encendidas alrededor del plato de boj bendito parecían ser los únicos
guardianes de la anciana, que descansaba rígida, porque Rosalía dormía con leve ronquido, repantigada en su poltrona, con
las piernas estiradas, las manos cruzadas encima de la falda, la cabeza caída a un lado y la boca abierta.
Caraván se posesionó del reloj. Era uno de tantos cachivaches grotescos que produjo en abundancia el arte imperial. Una
figura de chica joven, de bronce dorado, con la cabeza adornada de flores variadas, tenía en la mano un emboque cuya bola
servía de péndulo.
—Dámelo a mí, y coge tú el mármol de la cómoda —le dijo su mujer.
Obedeció, dando resoplidos, y se echó al hombro el mármol con no pequeño esfuerzo.
Hicieron un viaje. Caraván se agachó al pasar la puerta y bajó las escaleras temblando; su mujer caminaba de espaldas,
alumbrándole con una mano y sujetando con la otra el reloj, debajo del brazo.
Una vez dentro de su departamento, dejó ella escapar un profundo suspiro:
—Lo más difícil está hecho; vamos por lo demás.
Pero los cajones del mueble estaban completamente llenos de ropa de la anciana. Había que esconderla en algún lado.
La señora Caraván tuvo una inspiración:
—Súbeme el baúl de madera de pino que hay en el vestíbulo. No vale ni dos francos. Aquí estará perfectamente.
Una vez el baúl arriba, comenzó el traslado.
Uno tras otro, iban sacando los puños y cuellos postizos, las camisas, las cofias, todos los modestos trapos de aquella
buena mujer que estaba tendida allí, a sus mismas espaldas, y los iban colocando metódicamente en el baúl de madera, de
forma que cayese en el engaño la señora Braux, la otra hija de la difunta, a la que esperaban que llegase sin falta al
día siguiente.
Terminada esta tarea, bajaron en primer lugar los cajones y después el cuerpo del mueble, agarrándolo cada uno de un lado.
Estuvieron largo rato calculando en qué sitio quedaría mejor. Optaron por colocarlo en el dormitorio, frente a la cama,
entre las dos ventanas.
Puesta la cómoda en su sitio, colocó en ella la señora Caraván su propia ropa. El reloj quedó encima de la chimenea de la
sala; la pareja se quedó estudiando el efecto que producía. Su satisfacción fue completa e inmediata.
—¡Magnífico! —exclamó ella.
Y él respondió:
—Sí, magnífico.
Entonces se acostaron. Apagó ella la vela, y al poco rato dormían todos en los dos pisos de la casa.
Era pleno día cuando Caraván abrió los ojos. Despertó con la cabeza algo aturdida, y tardó algunos minutos en acordarse
del acontecimiento. Le dio un gran vuelco el corazón y saltó de la cama, muy emocionado, con ganas de llorar.
Subió inmediatamente a la habitación del piso superior. Rosalía continuaba durmiendo, en la misma postura de la víspera,
porque se había pasado toda la noche en un solo sueño. La envió a su trabajo, cambió las velas gastadas por otras y se
quedó contemplando a su madre, mientras cruzaban por su cerebro los pensamientos aparentemente. profundos, las
vulgaridades religiosas y filosóficas que asaltan a las inteligencias corrientes en presencia de la muerte.
Al oír que lo llamaba su mujer, bajó. Había preparado ella una lista se todo lo que tenía que hacer por la mañana, y se
la entregó. Al ver todos aquellos renglones, se quedó Caraván aterrado:
1º Declarar la defunción en la Alcaldía.
2º Avisar al médico que certifica las defunciones.
3º Encargar el féretro.
4º Pasar por la iglesia.
5º Avisar a la funeraria.
6º Ir a la imprenta a buscar las esquelas.
7º A casa del notario.
8º Poner un telegrama a la familia.
Y una barahúnda de otros pequeños encargos. Cogió su sombrero y se marchó.
Como la noticia había corrido, empezaron a llegar vecinas para ver a la muerta.
En la peluquería de la planta baja se había desarrollado ya una escena a este propósito entre la mujer y el marido, que
estaba afeitando a un cliente.
La mujer, sin dejar de hacer calceta, murmuro:
—Otra que se ha ido; pero ésta era una avara como no hay muchas. La verdad es que yo no le tenía ninguna simpatía, pero
no tendré más remedio que ir a verla.
El marido refunfuñó mientras enjabonaba la barba del paciente:
—¡Vaya un capricho! ¡Hay que ser mujer para eso! No les basta con fastidiar a la gente en vida, que ni aun después de
muerto le dejan a uno tranquilo.
Pero su esposa, sin desconcertarse, siguió diciendo:
—No puedo resistirlo; tengo que ir. No pienso en otra cosa desde que ha amanecido. Creo que si no la viese no conseguiría
olvidarme de ella en toda mi vida. Cuando la haya mirado bien y me haya quedado con su cara, me sentiré tan satisfecha.
El de la navaja se encogió de hombros y se explayó con el señor a quien estaba raspando la mejilla:
—¿Me quiere usted decir qué ideas tienen en la cabeza estas condenadas mujeres? Lo que es a mí, maldita la gracia que me
hace ver a un muerto.
Pero su mujer había escuchado sus palabras y le contestó sin turbarse:
—¿Y qué quieres? Somos así.
Dejó encima del mostrador su trabajo de punto y subió al primer piso.
Habían llegado ya dos vecinas y conversaban acerca del suceso con la señora Caraván, que les daba toda clase de detalles.
Se dirigieron a la cámara mortuoria. Las cuatro penetraron a paso de lobo; rociaron, una después de otra, la sábana con
el agua salada, se arrodillaron, se persignaron, mascullando una oración; volvieron a ponerse en pie y permanecieron
largo rato contemplando el cadáver con ojos dilatados y boca de asombro, mientras la nuera de la difunta se tapaba la
cara con un pañuelo, simulando un hipo desesperado.
Cuando ésta se volvió para salir de allí, descubrió, en pie junto a la puerta, a María Luisa y a Felipe Augusto, en
camisa los dos, mirando con curiosidad. Olvidó su fingido dolor y se lanzó hacia ellos con la mano en alto, gritando
iracunda:
—¿Queréis largaros de aquí, condenados?
Al subir diez minutos después con una nueva hornada de vecinas, y después de rociar nuevamente con el agua sobre la
suegra con el ramo de boj, de rezar, lloriquear cumplir con todos los ritos, se volvió a tropezar con sus dos hijos, que
otra vez le habían seguido los pasos. Otra vez les dio ella de coscorrones, por no faltar a su deber pero en la siguiente
ocasión ya no se preocupó de ellos y siempre que volvía con nuevas visitas, los rapazuelo iban detrás, se arrodillaban
también en un rincón y repetían invariablemente cuanto veían hacer a su madre.
A primera hora de la tarde fue disminuyendo la muchedumbre de curiosas. Al rato, ya no vino nadie. La señora Caraván bajó
a su casa, para ocuparse de todos los preparativos de la ceremonia fúnebre, y la muerta se quedó completamente sola.
La ventana de la habitación estaba abierta. Penetraba un calor tórrido, con bocanadas de polvo; cerca del cuerpo inmóvil
danzaban las llamas de las cuatro velas. Algunas mosquitas trepaban, iban y venían por la sábana, por el rostro de ojos
cerrados, por las dos manos estiradas.
Maria Luisa y Felipe Augusto habían salido a corretear por la avenida. Se vieron en seguida rodeados de camaradas,
principalmente de chicas, que son las más despiertas y las que primero presienten los misterios de la vida. Preguntaron
éstas como si ya fuesen personas mayores:
—¿Se ha muerto tu abuela?
—Sí, ayer por la noche.
—Y ¿cómo es un muerto?
Maria Luisa explicaba, daba detalles de las velas, del manojo de boj, de la cara. Se despertó una gran curiosidad en
todos los pequeños y pidieron subir a ver a la muerta.
María Luisa organizó inmediatamente un primer viaje con cinco chicas y dos chicos: los mayores, los más atrevidos. Los
obligó a descalzarse para que no los sintieran; se escabulló la banda dentro de la casa y subió con la ligereza de una
tropa de ratoncillos.
Dentro ya de la habitación, arregló la hija el ceremonial, imitando a su madre. Condujo solemnemente a sus camaradas, se
arrodilló, hizo la señal de la cruz, movió los labios, roció el lecho, y cuando los chicos, apelotonados, se acercaban
con temor, curiosidad y placer para contemplar el rostro y las manos, ella estalló de improviso en falsos sollozos,
cubriéndose los ojos con su pañuelo. Se calmó bruscamente, acordándose de los que esperaban a la puerta, y se llevó
corriendo a todos los presentes, para regresar en seguida con otro grupo, y luego con otro, porque todos los rapazuelos
de los alrededores, hasta los mendigos desarrapados, acudían para participar en aquella diversión desconocida. Y en cada
visita repetía la nieta de cabo a rabo, con absoluta perfección, todos los pasos y muecas de la madre.
Pero acabó por cansarse. Atraídos por otro juego, se alejaron los chicos. Entonces se quedó la anciana abuela
completamente olvidada por todo el mundo.
La sombra inundó la habitación, y la inquieta llama de las velas hacía bailar destellos sobre el rostro, seco y arrugado.
Caraván subió a eso de las ocho, cerró la ventana y puso otras velas. Entraba ya con toda naturalidad, como si llevase
viendo durante meses el cadáver. Hasta comprobó que aún no presentaba síntomas de descomposición, y se lo comunicó a su mujer cuando iban a sentarse para cenar. Ella contestó:
—Pero si parece de madera; es capaz de conservarse un año.
Nadie habló una palabra mientras comían la menestra. Los niños, que habían correteado todo el día, dormitaban en sus
sillas, extenuados de fatiga, y todos callaban.
La luz de la lámpara se amortiguó de improviso.
La señora Caraván se apresuró a subir la mecha, pero el aparato carraspeó, y la luz se apagó. ¡Se habían olvidado de
comprar aceite! Mandar por él a la tienda retrasaría la cena; se buscaron velas, pero no había más que las que estaban
encendidas arriba, en la mesilla de noche.
La señora Caraván, rápida en tomar decisiones, envió a Maria Luisa en busca de dos. Quedaron esperándola a oscuras.
Se oyeron con toda claridad los pasos de la niña en la escalera, Hubo unos segundos de silencio; se la oyó luego que
bajaba precipitadamente. Abrió la puerta, espantada, aún más emocionada que la víspera, cuando anunció la catástrofe, y
murmuró casi ahogándose:
—¡Ay papá; la abuelita está vistiéndose!
Caraván se enderezó tan violentamente, que su silla fue a dar con la pared. Balbució:
—¿Que se está...? Pero ¿qué es lo que dices?
María Luisa repitió, agarrotada por la emoción:
—Que sí..., que se viste..., que la abuelita se está vistiendo para bajar.
Se precipitó como un loco escaleras arriba; le seguía su mujer, presa del más completo aturdimiento. Se detuvo aquél
delante de la puerta del segundo piso, trémulo de espanto, sin atreverse a entrar. ¿Qué es lo que iban a ver sus ojos?
Más valerosa, la señora Caraván dio vuelta al cerrojo y penetró en la habitación.
La estancia parecía más sombría; una figura alargada y flaca se movía en el centro. Era la vieja, que estaba en pie; al
salir del sueño letárgico, medio inconsciente todavía, se había puesto de lado, se incorporó sobre un codo y apagó tres
de las velas que ardían junto al lecho mortuorio. Después, recobrando fuerzas, se levantó para buscar sus trapos. La
falta de la cómoda la desorientó al principio, pero fue desocupando el baúl hasta encontrar sus prendas, y se vistió
tranquilamente. Vació el plato de agua, volvió a colocar el manojo de boj detrás del espejo, puso las sillas en su sitio,
y se disponía a bajar cuando aparecieron ante ella el hijo y la nuera.
Caraván tuvo un arranque, le tomó las manos, la besó, con lágrimas en los ojos; su mujer, a espaldas suyas, repetía con
tono hipócrita:
—¡Qué felicidad! ¡Oh, qué felicidad!
Sin enternecerse, sin dar siquiera muestras de comprender, rígida como una estatua y glacial la mirada, se limitó la
vieja a preguntar:
—¿Estará pronto la comida?
El, sin saber lo que decía, balbució:
—Sí, te estábamos esperando, mamá.
La cogió del brazo con una solicitud extraordinaria mientras que la señora Caraván, la joven, con la vela la mano para
alumbrarlos, bajaba de espaldas las escaleras, escalón por escalón, lo mismo que había bajado la noche anterior delante
de su marido cargado con el mármol.
Al llegar al primer piso estuvo a punto de tener un encontronazo con unas personas que subían. Eran los parientes de
Charenton: la señora Braux, seguida de su esposo.
Alta, gruesa, con barriga de hidrópica, que la obligaba a echar el torso hacia atrás, abrió los ojos de espanto estuvo a
pique de echar a correr. El marido, zapatero socialista, pequeño y de barba cerrada, que le llegaba hasta la nariz, un
verdadero mono, refunfuñó sin pizca de emoción:
—Pero ¡cómo! ¿Es que acaba de resucitar?
Cuando la señora Caraván vio quiénes eran, quiso decirles algo con muecas desesperadas, y luego en voz alta:
—¡Cómo! ¡Vosotros aquí! ¡Qué sorpresa más agradable!
La señora Braux, atónita, no sabía qué pensar, y contestó a media voz:
—Nos pusimos en camino al recibir vuestro telegrama suponiendo que todo había terminado.
Su marido, detrás de ella, la pellizcaba para que se callase, y con sonrisa maliciosa, que su barba tupida no dejaba ver,
exclamó:
—Habéis sido muy amables invitándonos. Nos pusimos en camino inmediatamente.
Esta manera de expresarse era una alusión a la hostilidad que desde hacía tiempo reinaba entre los dos matrimonios. Como
la vieja llegaba en ese instante al descansillo, se adelantó con vehemencia y restregó en su mejillas la pelambrera de su
cara, gritándole a la oreja, porque era sorda:
—¿Cómo seguimos, madre? Siempre tan tiesa, ¿eh?
La señora Braux, pasmada de ver bien viva a la que calculaba encontrar muerta, ni siquiera se decidía a besarla,
obstruyendo con su enorme barriga el descansillo y cortando el paso a todos.
La anciana, inquieta y recelosa, pero sin abrir la boca, miraba a toda aquella gente, y sus ojillos, grises, duros e
inquisidores, iban del uno al otro, rezumando pensamientos demasiado claros, que embarazaban a sus hijos.
Caraván dijo, queriendo aclarar la situación:
—Ha estado algo enferma, pero ya pasó; ahora se encuentra perfectamente ¿Verdad, madre?
La vieja, entonces, reanudando la marcha, contestó con voz resquebrajada y como lejana:
—Ha sido un síncope; oía todo lo que hablabáis.
Siguió a estas palabras un silencio lleno de perplejidades. Entraron en el comedor, y se sirvió una cena improvisada en
pocos minutos.
El único que se mantenía sereno era el señor Braux. Su cara de maligno gorila se contraía con muecas, y dejaba caer
frases de doble sentido que ponían en evidente aprieto a todos.
El timbre del vestíbulo sonaba a cada instante, y a cada llamada entraba desatinada Rosalía en busca de Caraván , y éste
salía precipitadamente tirando su servilleta. Su cuñado llegó a preguntarle si es que era aquel su día de recibir. A lo
que contestó balbuciendo:
—Son nada más que encargos.
Le trajeron un paquete, y en su atolondramiento procedió a abrirlo: recuadradas de negro, aparecieron las esquelas.
Enrojeció hasta los ojos, cerró el paquete y se lo metió en el pecho.
Su madre no lo había visto; tenía clavados obstinadamente los ojos en su reloj, cuyo emboque dorado columpiaba encima de
la chimenea. El silencio era glacial, y el embarazo de todos, cada vez mayor.
De pronto la vieja, volviendo hacia su hija la cara arrugada de bruja, puso en la mirada un escalofrío de malignidad, y
dijo:
—Ven el lunes con tu pequeña, que quiero verla.
La señora Braux contestó, radiante:
—Sí, mamá.
La señora Caraván, la joven, palideció y desfallecía de angustia.
Los dos hombres, entre tanto, se fueron soltando a hablar, enzarzándose, sin motivo que valiese la pena, en una discusión
política. Braux, que defendía las doctrinas revolucionarias y comunistas, bregaba irritado, y le brillaban los ojos en el
rostro peludo:
—¡Caballero —gritaba—, la propiedad es un robo que se hace al trabajador; la tierra es de todos; las herencias son una
infamia y una vergüenza!...
Calló bruscamente, corrido, como quien se da cuenta que acaba de soltar una majadería. Después agregó, con menos
vehemencia:
—No es ésta ocasión para discutir esos temas.
Se abrió la puerta y apareció el doctor Chenet. Tuvo un instante de azaramiento, se rehízo en seguida y se acercó a la
vieja:
—¡Ajá, la abuelita! Hoy la encuentro bien. Me daba en las narices, créame; y hace un momento, subiendo la escalera, me lo
decía a mí mismo: apuesto a que me la encuentro levantada a la abuela.
Le dio unas suaves palmaditas en la espalda, y agregó:
—Fuerte como el Puente Nuevo; van ustedes a ver cómo nos entierra a todos.
Tomó asiento, aceptando el café que le ofrecían, interviniendo en la conversación de los dos hombres, y apoyando a Braux,
porque él también había andado mezclado en la Commune
13
La vieja se sintió cansada, y quiso retirarse. Caraván se apresuró a ayudarla. Ella clavó los ojos en los de él, y le
dijo:
—Lo que vas a hacer tú es subirme en seguida mi reloj y mi cómoda.
Se cogió del brazo de su hija y desapareció con ella, mientras él balbucía:
—Sí, mamá.
Los esposos Caraván quedaron consternados, mudos, perdidos en un horrible desastre, mientras Braux se frotaba las manos
de gusto, paladeando su café.
Loca de ira, la señora Caraván se fue de improviso hacia él, gritándole a voz en cuello:
—Usted es un ladrón, un tunante, un canalla... Le escupo a usted a la cara..., le..., le...
Se ahogaba, sin dar con la frase; pero él se reía, y continuaba bebiendo.
Su mujer, que regresaba en aquel mismo instante, se fue hacia su cuñada, y las dos, una voluminosa, de barriga
amenazadora, la otra, epiléptica y seca, de voz altanera y mano trémula, se lanzaron a boca llena montones de injurias.
Chenet y Braux se interpusieron y éste cogió a su mujer por los hombros y la echó fuera, gritándole:
—Basta ya, pedazo de burra, no hace falta alborotar tanto.
Se oyó cómo se alejaban por la calle, riñendo.
El señor Chenet se despidió.
Los esposos Caraván quedaron frente a frente.
Entonces él se dejó caer en una silla, le corrió por las sienes un sudor frío, y murmuró:
—¿Y qué le digo yo mañana a mi jefe?


LA CASA TELLIER -- GUY DE MAUPASSANT

Escrito por imagenes 11-04-2008 en General. Comentarios (1)

LA CASA TELLIER -- GUY DE MAUPASSANT

este relato, sirve para poner una sonrisa en la cara de quien lo lea, ademas, para quien no lo conozca, este es el primero que escribio, y a partir de aqui, se convirtio, y sigue convirtiendose en el autoe fetiche de miles y miles de personas, hay gente que ha hecho mas dinero haciendo biografias o historias de maupassant, que de sus escritos, solo el nombre vendia, para quien no lo conozca, cuidado,... este relato puede tener la culpa...


LA CASA TELLIER
Por Guy de Maupassant

I
Se iba allá, cada noche, alrededor de las once, como se va a un café, simplemente.
Se encontraban seis a ocho, siempre los mismos, no eran juerguistas sino hombres honorables, comerciantes, jóvenes
funcionarios de gobierno; tomaban su chartreuse alegremente con alguna de las muchachas, o bien charlaban seriamente con Madame", a quién todos respetaban.
Luego se recogían a dormir antes de la media noche. Los jóvenes algunas veces se quedaban.
La casa era de familia, pequeñita, pintada de amarillo, en la esquina de una calle detrás de la iglesia de Saint-Etienne;
por las ventanas, se veía la bahía llena de barcos que descargaban, el gran pantano salado llamado "La traba", detrás, el costado de la Virgen con su vieja capilla completamente gris.
Madame, provenía de una buena familia de campesinos del departamento del Eure, había aceptado esta profesión igualmente como hubiera sido modista o sirvienta. El prejuicio de deshonra asociado a la prostitución, tan violento y tan vivo en
las ciudades, no existe en la campiña Normanda. El campesino dice: - Es una buena profesión - y enviarían a sus hijos a
mantener un harem de mujeres como los enviarían a dirigir un internado de señoritas.
Esta casa, por lo demás, provenía de herencia de un viejo tío de la cuál era propietario. Monsieur y Madame,
anteriormente proxenetas cerca de Yvetot, lo habían inmediatamente liquidado pensando que el negocio de Fécamp era más
ventajoso para ellos; habían llegado una bonita mañana a tomar la dirección de la empresa que colapsaba en ausencia de sus dueños.
Eran buena gente, que se hicieron querer inmediatamente por su personal y sus vecinos.
El señor Tellier murió de un ataque dos años más tarde. Su nueva profesión lo mantenían entre la molicie y el sedentarismo, engordando demasiado, dañó su salud.
Madame, después de enviudar, era deseada, sin éxito, por los parroquianos del establecimiento; se la reconocía como una
persona absolutamente prudente, y las propias asiladas no habían llegado a descubrir nada.
Era alta, entrada en carnes, bien parecida. Su tez, pálida por la oscuridad de ese albergue siempre cerrado, brillaba
como bajo un barniz grasiento. Un delgado adorno de rulos, falsos y enroscados, rodeaban su frente y le daban un aspecto
juvenil, que contrastaba con la madurez de su figura. Siempre alegre y su cara animada, atraía fácilmente, con un matiz
de moderación que sus nuevas ocupaciones no habían podido aún hacerla perder. Las palabras soeces le chocaban siempre un poco; y cuando un muchacho mal educado se refería por su nombre propio del establecimiento que ella dirigía, se enojaba,
sublevada. En fin, tenía un alma delicada, y, aunque que trataba a sus mujeres como amigas, repetía a menudo que ellas " no eran harina de un mismo costal".
Algunas veces durante la semana, partía en coche de arriendo con una fracción de su tropa; y se iban a retozar en la
hierba en la orilla del riachuelo que corre en los extramuros de Valmont. Eran entonces un grupo de señoritas internas
fugadas, con carreras locas, con juegos infantiles, toda una alegría de reclusas intoxicadas por el aire libre. Se comía
la merienda sobre el césped bebiendo cidra, se volvía a la caída de la noche con un cansancio delicioso, una dulce
emoción; y en el coche besaban a Madame como a una muy buena madre llena de indulgencia y complacencia.
La casa tenía dos entradas. En la esquina, una suerte de café de mala fama se abría en la noche a la gente del pueblo y
los marineros. Dos de las personas encargadas del especial comercio del lugar eran exclusivamente destinadas a las
necesidades de esta parte de la clientela. Servían con la ayuda de un camarero llamado Frédéric, un rubiecito imberbe y
fuerte como un buey, las botellas de vino y los jarros de cerveza sobre las mesas de mármoles inestables, y, con los
brazos lanzados al cuello de los bebedores, sentadas a través de sus piernas, fomentaban el consumo.
Las otras tres damas (eran solo cinco) formaban una suerte de aristocracia, y permanecían reservadas a la clientela del
primer piso, a menos que fueran requeridas abajo y que el primero estuviese vacío.
El salón Júpiter, donde se reunían los burgueses del lugar, estaba tapizado de papel azul y ornamentado de un gran dibujo
representando a Leda extendida bajo un cisne. Se llegaba a este lugar por medio de una escalera de caracol terminando en
una puerta estrecha, humilde de apariencia, dando a la calle, y sobre ella brillaba toda la noche, detrás de una celosía,
un pequeño farol como aquellos que alumbran aún en ciertas ciudades a los pies de vírgenes empotradas en los muros.
El edificio, húmedo y viejo, olía ligeramente a moho. Por momentos, un aroma de agua de colonia pasaba por los pasillos,
o bien una puerta entreabierta en el piso bajo hacía escuchar en toda la casa, como una explosión de trueno, los gritos
populacheros de los hombres del piso bajo, y ponían en la cara de los señores del primero una mueca inquieta y de disgusto.
Madame, amable con sus clientes, sus amigos, no se movía del salón, y se interesaba de las murmuraciones de la ciudad que les atañía. Su conversación seria, contrastaba con los temas sin sentido de las tres mujeres; ella era como un descanso
de los chistes pícaros, de los peculiares panzones, que se decían cada noche en esta orgía decente y mediocre de beber un vaso de licor en compañía de mujeres públicas.
Las tres damas del primero se llamaban Fernanda, Rafaela y Rosa la Jaca.
Como el personal era poco, habían tratado que cada una de ellas fuera como una muestra, un compendio de tipo femenino, a
fin de que todo consumidor pudiera encontrar allí, un poco más o menos, la realización de su ideal.
Fernanda representaba la bella rubia, muy gorda, casi obesa, fofa, hija del campo cuyas pecas se rehúsan a desaparecer, y
cuyo pelo ondea, corto, claro y sin color, parecido a un cáñamo peinado, le cubría insuficientemente el cráneo.
Rafaela, una Marsellesa, puta de puertos, jugaba el rol indispensable de la bella Judía, delgada, con los pómulos
salientes enlucidos de maquillaje rojo. Sus cabellos negros, brillantes como el espinazo de un buey, formaban unos
ganchos sobre sus sienes. Sus ojos hubiesen sido bellos si el derecho no hubiese estado marcado por una nube. Su nariz
arqueada caía sobre una mandíbula prominente donde dos dientes nuevos, en alto, desentonaban al lado de aquellos, abajo,
que habían tomado al envejecer un tinte oscuro como las maderas viejas.
Rosa la Jaca, una pequeña bola de carne toda en el vientre con dos piernas minúsculas, cantaba de la mañana a la noche,
con una voz cascada, unos versos alternativamente obscenos o sentimentales, contaba unas historias interminables y
triviales, no cesaba de hablar callando solo para comer y de comer solo para hablar, siempre agitada, ágil como una
ardilla a pesar de su gordura y la exigüidad de sus patas; y su risa, una cascada de gritos agudos, estallaban sin cesar,
aquí, allá, en el dormitorio, en la despensa, en el café, por todos lados, sin ningún motivo.
Las dos mujeres de abajo, Luisa apodada Cocote, y Flora, la columpio porque cojeaba un poco, la una siempre vestida como
La libertad con una cinta tricolor, la otra como fantasía Española con unos cequíes de cobre que danzaban en su pelo
zanahoria con cada uno de sus pasos desnivelados, tenían el aire de cocineras vestidas para un carnaval. Parecidas a
todas las mujeres del pueblo, ni más feas ni más bonitas, verdaderas sirvientes de posada, se les apodaba en el puerto bajo el sobrenombre de las dos bombas.
Una paz celosa, pero raramente perturbada, reinaba entre estas cinco mujeres, gracias a la sabiduría de conciliación de Madame y a su inextinguible buen humor.
El establecimiento, único en la pequeña ciudad, era frecuentado asiduamente. Madame había dado al lugar una dignidad como si la tuviera; se mostraba tan amable, tan atenta hacia todo el mundo; su buen corazón era tan conocido, que una suerte
de consideración la rodeaba. Los clientes la invitaban por cuenta de ellos, exultados cuando ella les expresaba una
amistad más marcada; y cuando se encontraban durante el día por sus quehaceres, se decían: - Esta noche, donde tú sabes, como diciendo: En el café, ¿no es cierto? después de comida.
En fin La casa Tellier era una costumbre, y raramente alguno se perdía la cita cotidiana.
Sin embargo, una noche, hacia fines del mes de Mayo, el primero en llegar, el Señor Poulin, comerciante de maderas y
ex-alcalde, encontró la puerta cerrada. El farolito, detrás de su reja, no estaba encendido; ningún ruido salía del
hospedaje, que parecía muerto. Golpeó suavemente la puerta, luego con más fuerza; nadie respondió. Caminó por la calle
lentamente y cuando llegó a la plaza del mercado se encontró con el señor Duvert, el armador, que se dirigía en la misma
dirección. Regresaron juntos sin mayor éxito. Pero una gran batahola se escuchó repentinamente detrás de ellos, y a la
vuelta de la casa, vieron un grupo de marineros Ingleses y Franceses que aporreaban a golpes de puño las persianas del café.
Los dos burgueses se fueron inmediatamente para no verse comprometidos, pero un apagado "pss´t" los contuvo: era el señor Tournevau, el salador de pescado, que habiéndoles reconocido, los llamó. Le dijeron la novedad, no había nadie más
afectado que él, casado, padre de familia y muy dominado, no venía mas que los sábados, "securitatis causa", decía,
haciendo referencia a una medida de control sanitario, que el doctor Borde, su amigo, le había revelado se efectuaba
periódicamente. Era precisamente su noche y de esta manera estaría contenido por toda la semana.
Los tres hombres hicieron un gran rodeo hasta el muelle, encontrando en el camino al joven señor Philippe, hijo de un
banquero, un parroquiano, y el señor Pimpesse, el recaudador de impuestos. Todos juntos regresaron por la calle "de los
Judíos" para hacer una última tentativa. Pero los marineros enardecidos sitiaban la casa, lanzaban piedras, dando
alaridos; los cinco clientes del primer piso, retornando a su camino lo más pronto posible, comenzaron a vagar por las calles.
Se encontraron con el señor Dupuis, el agente de seguros, después al señor Vasse, el juez de los tribunales de comercio;
e iniciaron un largo paseo que los llevó primero al rompeolas. Se sentaron en línea sobre el pretil de granito y miraban
rizarse el oleaje. La espuma sobre la cresta de las olas, hacía en la sombra, blancuras luminosas, extinguiéndose
inmediatamente que aparecían, y el ruido monótono del mar rompiendo contra las rocas se prolongaba en la noche a todo lo
largo del acantilado. Cuando los tristes caminantes hubieron descansado por un rato, el señor Tournevau dijo: - Esto no es divertido.- No lo es, respondió el señor Pimpesse; regresaron abatidos.
Después de bordear la calle que domina la costa y que se llama: "Sous -le-Bois", regresaron por el puente de madera sobre
el "Retenue", luego atravesaron la línea del ferrocarril y desembocaron nuevamente en la plaza del mercado, donde comenzó
de repente una discusión entre el recaudador, el señor Pimpesse, y el salador, el señor Tournevau, a propósito de una
seta comestible que uno de ellos afirmaba haber encontrado en los alrededores.
Los ánimos estaban agriados por el tedio, quizás habrían llegado a los puños si los otros no hubiesen intervenido. El
señor Pimpesse, furioso, se retiró. Y un nuevo altercado se produjo entre el ex-alcalde, el señor Poulin y el agente de
seguros, el señor Dupuis, acerca del sueldo del recaudador y los beneficios que podría procurarse. Los correspondientes
insultos volaban de ambos lados, cuando una tempestad de gritos formidables se desencadenó, y la tropa de marineros,
cansados de esperar en vano ante una casa cerrada, desembocaron en la plaza. Se tomaban por el brazo, de dos en dos,
formando una larga procesión, vociferando furiosamente. El grupo de burgueses se ocultó bajo un portal, y la horda
aulladora desapareció en dirección a la abadía. Largo tiempo aún se escuchó el clamor disminuyendo como un trueno que se aleja; y el silencio se restableció.
El señor Poulin y el señor Dupuis, indignado el uno con el otro, se fueron cada uno para su lado sin despedirse.
Los otros cuatro reanudaron la marcha y volvieron a bajar instintivamente hacia el establecimiento Tellier. Estaba
completamente cerrado, mudo, impenetrable. Un borracho, tranquilo y obstinado, daba pequeños golpes en la vitrina del
café, luego se detenía para llamar en voz baja al camarero Federico. Viendo que no le contestaban, decidió sentarse en el umbral de la puerta, y esperar los acontecimientos.
Los burgueses iban a retirarse cuando un grupo bullicioso de hombres del puerto apareció al final de la calle. Los
marineros Franceses berreaban la Marsellesa, los Ingleses la Rule Britania. Hubo una pateadura general contra los muros,
después la marea de rufianes reanudó su carrera hacia el muelle, donde una batalla se declaró entre los marinos de ambas
naciones. En la reyerta, un Inglés se quebró el brazo, y un Francés se partió la nariz.
El borracho, que permanecía delante de la puerta, lloraba ahora como lloran los borrachines o los niños contrariados.
Finalmente los burgueses se dispersaron.
Poco a poco se restableció la calma en la ciudad perturbada. De vez en cuando, aún por momentos, un ruido de voces se elevaba, para extinguirse en lontananza.
Solo un hombre continuaba vagando, el señor Tournevau, el salador, afligido de esperar hasta el próximo sábado; esperaba
algún incidente, no comprendía; lo exasperaba que la policía dejara cerrar así un establecimiento de utilidad pública, que supervisa y tiene bajo su tuición.
Regresó husmeando los muros, buscando el motivo; se dio cuenta que sobre el toldo estaba pegado un cartel. Encendió
rápidamente una cerilla alumbrando unas palabras en una letra grande y desigual: "Cerrado por primera comunión".
Entonces se fue, comprendiendo que no había caso.
El borracho ahora dormía, tendido a lo largo y atravesado en la inhóspita puerta.
Al día siguiente, todos los parroquianos, uno después de otro, encontraron motivos para pasar por la calle con unos
papeles bajo el brazo para despistar; con una mirada furtiva, todos leyeron el anuncio misterioso: "cerrado por primera comunión".
II
Es que Madame tenía un hermano carpintero radicado en su pueblo natal, Virville, en el Eure. En los tiempos que Madame
era aún posadera en Yvetot, había sostenido en la pila baustimal la hija de este hermano que la nombraron Constanza,
Constanza Rivet; siendo ella misma una Rivet por su padre. El carpintero que sabía a su hermana en buena posición, no la
perdía de vista, aunque no se encontrasen a menudo, retenidos ambos por sus ocupaciones y viviendo además lejos uno de
otro. Pero como la niñita cumplía doce años, hacía este año su primera comunión, él cogió la ocasión para un reencuentro,
y escribió a su hermana que contaba con ella para la ceremonia. Los ancianos padres habían muerto, ella no podía negarse
a su ahijada; aceptó. Su hermano que se llamaba José, esperaba que a fuerza de atenciones llegaría a obtener quizás que
dejara un testamento a favor de la pequeña, Madame no tenía niños.
La profesión de su hermana no le turbaba en absoluto sus escrúpulos y el resto, las personas del pueblo no sabían nada.
Se decía solamente, cuando se hablaba de ella: - La señora Tellier es una burguesa de Fécamp -, asumiéndose que podía
vivir de sus rentas. De Fécamp a Virville se contaban menos de veinte leguas; veinte leguas de tierra para los campesinos
son más difíciles de cruzar que el océano para alguno de la ciudad. La gente de Virville no había jamás pasado más allá
de Rouen; nada atraería a los de Fécamp a un villorrio de quinientos hogares, perdido en medio de la llanura y que era parte de otro departamento. En fin, no se sabía nada.
A medida que la época de la comunión se acercaba Madame sentía una gran inquietud. No tenía un relevo, y no osaría de
ninguna manera a dejar su casa, ni siquiera durante un día. Todas las rivalidades entre las damas de lo alto y de los
bajos estallarían infaliblemente; luego Federico se emborracharía sin duda, y cuando estaba achispado, fastidiaba a la
gente por nimiedades. Por fin se decidió a llevar a todo el mundo, excepto al camarero a quién le dio dos días de licencia.
Consultado el hermano no hizo ninguna objeción, y se encargó de alojar la compañía completa por una noche. Así las cosas,
el sábado por la mañana, el tren expreso de las ocho llevaba a Madame y sus compañeras en un vagón de segunda clase.
Hasta Beuzeville fueron solas y parlotearon como unas cotorras. Pero en esta estación subió una pareja. El hombre un
viejo campesino, vestido con una blusa azul, con un cuello plisado, las mangas amplias ajustada en los puños y adornadas
de un pequeño bordado blanco, tocado de un antiguo sombrero de copa alta donde el pelo rojizo parecía cerda, tenía en una
mano un inmenso paraguas verde, y en la otra un canasto grande que dejaba asomar las cabezas alarmadas de tres patos. La mujer, rígida en su atavío rustico, tenía una fisonomía de gallina con una nariz puntiaguda como un pico, Se sentó al
frente de su hombre y permaneció sin moverse, impresionada de encontrarse en medio de una compañía tan elegante.
Había en efecto, dentro del vagón un resplandor de colores brillantes. Madame toda en azul, en seda azul de pies a cabeza,
llevaba encima un chal de falsa cachemira Francesa, roja, relumbrante, fulgurante. Fernanda resoplaba dentro de un
vestido escocés cuyo corpiño apretado a toda fuerza por sus compañeras, levantaba sus caídos pechos en una doble cúpula
siempre agitada que parecía liquido bajo la ropa.
Rafaela, con un tocado emplumado simulando un nido lleno de pájaros, llevaba un vestido lila, con lentejuelas doradas,
con un aire oriental que se ajustaba a su fisonomía de Judía. Rosa la Jaca, con falda rosa de amplios vuelos, parecía una
niña demasiado gorda, de una enana obesa; las dos bombas parecían estar envueltas en ropas extrañas hechas de viejas
cortinas de ventanales, de esas viejas cortinas rococó de la época de la Restauración.
Tan pronto que las damas dejaron de estar solas en el compartimiento, tomaron una expresión grave, y se pusieron a hablar
de cosas relevantes para dar una buena impresión. Pero en Bolbec apareció un señor con patillas rubias, con unas sortijas
y una cadena de oro, que puso en el portaequipaje sobre su cabeza muchos paquetes envueltos en tela de hule.
Tenía un aspecto de bromista y niño bueno. Saludó, sonrió y preguntó con desenfado: - ¿ Las damas cambian de guarnición?
- Esta pregunta dejó en el grupo una confusión embarazosa. Madame una vez recuperado el aplomo, respondió secamente, para vengar el honor del gremio: - Ud. Podría ser más educado - Él se excusó: - Perdón, debí decir de convento - Madame no
encontró nada que replicar, o juzgó que la rectificación era suficiente, hizo un saludo digno apretando los labios.
Entonces el señor, que se encontraba entre Rosa la Jaca y el viejo campesino, se puso a guiñarles los ojos a los tres
patos cuyas cabezas salían del canasto; luego cuando sintió que había interesado a su publico, comenzó a hacer cosquillas
a los animales bajo el pico, acompañándolo de dichos jocosos para divertir a la concurrencia: - Nos han quitado nuestra
la-lagunita ¡Cua! ¡cua! ¡cua! Para encontrarnos con el asa-asador, ¡Cua! ¡cua! ¡cua!.
Los pobres animales torcían el cuello para evitar las caricias, haciendo ingentes esfuerzos para salir de su prisión de
mimbre; luego repentinamente los tres al mismo tiempo lanzaron un miserable grito de aflicción: - ¡Cua! ¡cua! ¡cua! ¡cua!
- Entonces hubo una explosión de risas entre las mujeres. Se agachaban, se empujaban para ver; se interesaron locamente en los patos; y el señor redoblaba su gracia, su ingenio y sus bromas.
Rosa se cruzó y se recostó entre las piernas de su vecino, besó a los tres animales sobre el pico. Inmediatamente cada
mujer quiso besarlos a su turno; y el señor las sentaba sobre sus rodillas, las hacía saltar, las piñizcaba; pronto ya las tuteaba.
Los dos campesinos, mas espantados que sus aves, movían sus ojos enloquecidos sin osar hacer el menor movimiento y sus
viejos rostros arrugados no hacían una sonrisa o una mueca.
Entonces el señor que era vendedor viajero, ofreció como broma unos tirantes a las damas, y, tomando uno de sus paquetes,
lo abrió. Era una artimaña, el paquete contenía ligas.
Las había en seda azul, en seda roja, en seda violeta, en seda malva, en seda escarlata, con unas hebillas de metal
formadas por dos cupidos enlazados y dorados. Las chicas lanzaron gritos de alegría, luego examinaron el muestrario,
imbuidas de la gravedad natural de toda mujer que palpa un objeto de vestir. Se consultaban con la mirada o con una
palabra cuchicheada, se respondían a sí mismas, y Madame manipulaba con ansia un par de ligas naranjas, más grandes, más imponentes que las otras: verdaderas ligas de patrona.
El señor esperaba, alimentando una idea: - vamos, mis gatitas, dijo, debemos probarlas -. Fue una tempestad de
exclamaciones; y ellas se tiraron sus faldas entre sus piernas como si hubiesen temido una violación. El tranquilo
esperaba su hora. Dijo: - Si ustedes no quieren, yo reempaco. Luego finalmente: - Yo regalaría un par, a elección, a las
que se probaran -. Pero ellas no querían, muy dignas, con el talle levantado. Las dos Bombas sin embargo parecían tan
tristes que renovó la proposición. Flora Columpio sobretodo, torturada de deseo, dudaba visiblemente. Él la presionó: -
Vamos, mi hija, un poco de coraje, toma, el par lila, irá bien con tu vestido-. Entonces se decidió y levantando su falda,mostró una robusta pierna de vaquero, con una media burda mal estirada.
El señor, se agachó, abrochó la liga bajo la rodilla primero, después más arriba; le hacía cosquillas suavemente a la
muchacha, para hacerle emitir grititos con unos bruscos estremecimientos. Cuando terminó, le dio el par lila y dijo: - ¿A
quién le toca?. Todas gritaron al mismo tiempo: - ¡A mí! ¡a mí!. Comenzó por Rosa La Jaca, que descubrió una cosa informe,
completamente redonda, sin tobillo, una verdadera "salchicha de pierna", como decía Rafaela.
Fernanda fue felicitada por el vendedor entusiasmado de sus poderosas columnas. Las flacas tibias de la bella Judía
fueron menos exitosas. Luisa Cocote, por broma, cubrió al señor con su falda, y Madame se sintió obligada a intervenir
para terminar con esa farsa embarazosa. Por fin la propia Madame, estiró su pierna, una bella pierna Normanda, gruesa y
musculosa; y el vendedor, sorprendido y encantado, se sacó galantemente su sombrero para saludar aquella ejemplar pantorrilla, como un verdadero caballero Francés.
Los dos campesinos, paralogizados inmovilizados por el estupor, miraban de lado, con un solo ojo; se parecían tanto a los pollos que el hombre de las patillas rubias, parándose, les hizo en la nariz - Co co r co -. Desatándose de nuevo un huracán de risas.
Los viejos se bajaron en Motteville, con su canasto, sus patos y su paraguas; y se escuchó a la mujer decir a su marido al alejarse: - Son pécoras que van a ese diabólico Paris-.
El simpático vendedor Porteballe se bajó para Rouen, después de comportarse tan grosero que Madame se vio obligada a
ponerlo bruscamente en su lugar. Agregó como moraleja: - Nos enseña a no hablar con el primero que venga.-
En Oissel, cambiaron de tren, y en la estación siguiente encontraron al señor José Rivet que les esperaba con una carreta
grande llena de asientos y tirada por un caballo blanco.
El carpintero besó educadamente a todas las damas y les ayudó a subir en su carreta. Tres se sentaron sobre las tres
sillas del fondo; Rafaela, Madame y su hermano sobre los tres asientos de adelante; y Rosa no halló donde sentarse,
instalándose como pudo en las rodillas de la gran Fernanda; luego el equipaje se puso en marcha. Pero muy pronto, el
trote brusco del caballo sacudía tan violentamente el vehículo que las sillas comenzaron a bailar, tirando las pasajeras
al aire, a la derecha, a la izquierda, con unos movimientos de peleles, de muecas de alarma, de gritos de terror,
combinado de vez en cuando con unas sacudidas más fuertes. Se aferraron a los costados del vehículo; los sombreros caídos en la espalda, sobre la nariz o hacia los hombros; y el caballo blanco iba siempre, alargando la cabeza, la cola erecta,
una colita de ratón sin pelo con la cuál se golpeaba las ancas de vez en cuando. José Rivet, con un pie apoyado en el
pescante, la otra pierna replegada sobre si mismo, los codos muy elevados, sostenía las riendas, y de su garganta
escapaban constantemente una suerte de cloqueo que hacía parar las orejas al jaco, y apurar su trote.
De ambos lados del camino la campiña verde se desbordaba. Las colzas en flor mostraban de trecho en trecho un mantel
amarillo ondulante de donde se elevaba un saludable y fuerte aroma, un perfume penetrante y dulce, transportado desde muy
lejos por el viento. Entre el centeno ya crecido unos arándanos mostraban sus pequeñas cabezas azul celeste que las mujeres quisieron recoger, pero el señor Rivet no quiso detenerse.
Luego de vez en cuando, un campo todo entero parecía regado de sangre de tanto que las amapolas lo había invadido. Y al
medio de esas praderas coloreadas así por las flores de la tierra, la carreta, que pasaba llevando ella misma un ramo de
flores de colores más ardientes, pasaba al trote del caballo blanco, desapareciendo detrás de los grandes árboles de una
granja, para reaparecer al fondo del follaje y caminar de nuevo a través de los campos amarillos y verdes, salpicados de rojo o de azul, la brillante carretada de mujeres que huían bajo el sol.
Dieron la una cuando llegaron a la puerta del carpintero.
Estaban exhaustas y pálidas de hambre, no habían tomado nada desde la salida. La señora Rivet se abalanzó, las hizo
descender una después de la otra, las besaba inmediatamente que tocaban tierra; y no perdía oportunidad de besar a su
cuñada, que quería acaparar. Comieron en el taller desocupado de las mesas de trabajo por el almuerzo del día siguiente.
Una tortilla francesa casera seguida de una carne asada, regada de buena sidra burbujeante, devolvió la alegría a todo el
mundo. Rivet, para brindar, tenía tomado un vaso, y su mujer servía, cocinaba, traía los platos, los retiraba, murmuraba
en la oreja de cada una: - ¿No quiere un poco más?. Una pila de tablas apoyadas en las paredes y unos montoncitos de
virutas barridos en la esquina despedían un perfume de madera cepillada, un olor a carpintería, esa inhalación resinosa que penetra al fondo de los pulmones.
Preguntaron por la pequeña pero estaba en la iglesia, no regresó hasta la tarde.
El grupo salió para hacer un paseo por el pueblo. Era un pueblito atravesado por una calle ancha. Una decena de casas en
fila a lo largo de esta única vía cobijaba a los comerciantes del lugar, el carnicero, el abacero, el carpintero, el
tabernero, el zapatero y el panadero. La iglesia al fondo de esta suerte de calle, estaba rodeada de un estrecho
cementerio; y cuatro tilos inmensos, plantados delante de su portal, la ensombrecían completamente. Estaba construida en
pedernal tallado, sin ningún estilo, y coronada de un campanario de pizarra. Detrás de ella la campiña volvía a aparecer,
recortada, aquí y allá por arboledas escondiendo las granjas.
Rivet, por etiqueta, aunque vestía ropa de trabajo, daba el brazo a su hermana que paseaba majestuosamente. Su mujer, muy emocionada por el vestido de lentejuelas doradas de Rafaela, se ubicó entre ella y Fernanda. Rosa la glotona trotaba
detrás con Luisa la Cocote y Flora Columpio, que cojeaba, extenuada.
Los vecinos salían a las puertas, los niños detenían sus juegos, una cortina levantada dejó entrever una cabeza tocada de
un gorro de indiana; una vieja con muleta y casi ciega se santiguó como al paso de una procesión; y todos seguían mirando
por largo tiempo las hermosas damas de la ciudad que habían venido de tan lejos para la primera comunión de la pequeña de
José Rivet. Una inmensa consideración recaía sobre el carpintero.
Al pasar delante de la iglesia, escucharon los cantos de los niños: un cántico gritado hacia el cielo por unas vocecitas
agudas; pero Madame les impidió entrar, para no perturbar a aquellos querubines.
Después de un paseo por la campiña, y después de enumerar las principales propiedades, del rendimiento de la tierra y de
la producción del ganado, José Rivet retornó su rebaño de mujeres y lo instaló en sus alojamientos.
Como el lugar era muy pequeño, se les había repartido de dos en dos en las habitaciones.
Rivet, por esta vez dormiría en el taller sobre las virutas; su mujer compartiría su cama con su cuñada, y en el
dormitorio del lado, Fernanda y Rafaela descansarían juntas, Luisa y Flora se encontraban instaladas en la cocina sobre
unos colchones tirados en el suelo y Rosa ocupaba un pequeño closet negro al lado de la escalera, encontrado con un armario estrecho donde yacería esa noche la comulgante.
Cuando la niña regresó, le llegó una lluvia de besos; todas las mujeres la querían acariciar, con esa necesidad de
expansión tierna, esa actitud profesional de cariño, que en el vagón les había hecho a todas besar los patos. Cada una la
sentó en sus rodillas, manosearon sus finos cabellos rubios, la estrecharon en sus brazos con ímpetus de afección
vehemente y espontáneos. La niña muy prudente, compenetrada de piedad, como inconmovible por la absolución, se dejaba hacer, paciente y contemplativa.
Como la jornada había sido agotadora para todos, se acostaron muy pronto después de cenar. Ese silencio infinito de los
campos que parece casi religioso envolviendo al pueblito, un silencio quieto, penetrante, y extenso hasta las estrellas.
Las muchachas, acostumbradas a las tumultuosas veladas del hotel galante, se sentían emocionadas por este silencio de
descanso de la campiña dormida. Tenían escalofríos en la piel, no de frío, sino estremecimientos de soledad que provenían de un corazón inquieto y turbado.
En seguida que se acostaron, de dos en dos, se abrazaron como para protegerse de esta invasión de calma y profundo sueño de la tierra. Pero Rosa la Jaca, sola en su closet negro, y poco acostumbrada a dormir con los brazos vacíos, se sentía
embargada por una emoción vaga y dolorosa. Se revolvía en su cama sin poder dormir, cuando escuchó, detrás del tabique de madera pegada a su cabeza, unos débiles sollozos como los de un niño que llora. Temerosa, llamó débilmente, y una
vocecita entrecortada la respondió. Era la niña que dormía siempre en el dormitorio de su madre, tenía miedo en su desván estrecho.
Rosa, encantada, se levantó, y suavemente, para no despertar a nadie, fue a buscar a la niña. La trajo a su cama cálida,
la apretujó contra su pecho en un abrazo, la mimó, la envolvió de su ternura de manifestaciones exageradas, luego, ya
calmada, se durmió. Al amanecer la comulgante reposaba su frente sobre el seno desnudo de una prostituta.
A las cinco, al Ángelus, la pequeña campana de la iglesia sonando a todo repique despertó a estas damas que dormían
normalmente la mañana entera, único descanso de sus fatigas nocturnas. Los campesinos de la aldea estaban ya en pié. Las
mujeres del lugar iban afanosas de puerta en puerta, charlando animosamente, llevando con cuidado unos vestidos cortos de
muselina almidonada como cartón, o unos cirios enormes, con un lazo de seda con franjas de oro en el medio. El sol ya
alto brillaba en un cielo completamente azul que mantenía en el horizonte un tinte un poco rosado, como una huella tenue
de la aurora. Familias de gallinas se paseaban delante de sus casas, y, de vez en cuando, un gallo negro de cuello
brillante levantaba su cabeza coronada de púrpura, batía las alas, y lanzaba al viento su canto de bronce que repetían los otros gallos.
Llegaron unos carruajes de los municipios vecinos, descargando en las pisaderas de las puertas las altas Normandas en
vestidos oscuros, con el chal cruzado sobre el pecho afirmado por una joya de plata antiquísima. Los hombres habían
puesto el guardapolvo azul sobre la levita o sobre el viejo vestido de tela verde cuyos faldones asomaban por debajo.
Cuando los caballos estuvieron en las pesebreras, había a lo largo de toda la el ancho camino una doble línea de
cacharros rústicos, carretas, cabrioles, tílburis, carros con asientos, coches de todas las formas y de todas las edades,
apoyados de punta o bien con el culo por tierra y los varales al cielo.
La casa del carpintero estaba llena de una actividad de colmena. Las damas en bata y enagua, el pelo suelto sobre la
espalda, unos cabellos ralos y cortos que se diría descoloridos y raídos por el uso, se ocupaban de vestir a la niña.
La pequeña, de pie sobre una mesa, no se movía, mientras que Madame Tellier dirigía su batallón volante. La lavaron, la
peinaron, le pusieron la toca, la vistieron y con la ayuda de muchos alfileres, ordenaron los pliegues del traje,
ajustaron el talle demasiado ancho, arreglaron la elegancia del atuendo. Luego que terminaron, se hizo sentar la paciente
recomendándole no moverse; y la tropa de mujeres nerviosas corrieron a ataviarse a su vez.
La pequeña iglesia volvía a llamar. Su tañido débil de campana pobre ascendía perdiéndose en el cielo, como una voz demasiado feble, rápidamente ahogada en la inmensidad azulada.
Las comulgantes salían de sus casas, dirigiéndose hacia el edificio comunal que contenía las dos escuelas y la alcaldía,
situado a un extremo del pueblo, mientras que " la casa de Dios" estaba al otro extremo.
Los parientes en tenida de gala con una expresión incómoda y unos movimientos torpes de cuerpos siempre encorvados sobre el trabajo, seguían a sus retoños. Las niñas desaparecían en una nube de tul blanco parecido a la crema batida, mientras
que los niños, parecían embriones de camareros de café, caminaban con las piernas separadas para no manchar sus pantalones negros.
Era un honor para la familia cuando un gran número de parientes, venidos de lejos, rodeaba al niño: de esta manera el
triunfo del carpintero era completo. El regimiento Tellier, patrona a la cabeza, seguía a Constanza; el padre daba el
brazo a su hermana, la madre caminaba al lado de Rafaela, Fernanda con Rosa, y las dos Bombas juntas, la tropa se
desplegaba majestuosamente como un estado mayor en uniforme de parada.
El efecto en el pueblo fue pasmoso.
En la escuela las niñas se organizaron bajo la toca de la monja los muchachos bajo el sombrero del profesor, un hombre
buen mozo que se las traía; partieron atacando un cántico.
Los niños a la cabeza formaban sus dos filas entre las dos líneas de coches sin caballos, las niñas seguían en el mismo
orden; como todos los vecinos habían cedido el paso a las damas de la ciudad por respeto, ellas quedaron inmediatamente
detrás de los pequeños, prolongando aún más la línea de la procesión, tres a la izquierda y tres a la derecha, con sus atavíos brillantes como un ramillete de fuegos artificiales.
Su entrada en la iglesia enloqueció a la población. Se empujaban, se daban vuelta, se empinaban por verlas. Y las devotas
hablaban demasiado alto, estupefactas por el espectáculo de estas damas mas engalanadas que las casullas de los cabildos.
El alcalde ofreció su banca, la primera banca a la derecha junto al coro, y madame Tellier se ubicó junto a su cuñada,
Fernanda y Rafaela. Rosa la Jaca y las dos Bombas ocuparon la segunda banca junto al carpintero.
El coro de la iglesia estaba lleno de niños de rodilla, las niñas a un lado y los niños al otro, y los largos cirios que sostenían en sus manos parecían lanzas inclinadas en todas direcciones.
Ante el facistol, tres hombres de pie cantaban a toda voz. Prolongaban interminablemente las sílabas del latín sonoro,
eternizando los Amén con unas a-a indefinidas que el serpentón sostenía con su nota monótona impelida sin fin, bramado
por el instrumento de cobre de ancho hocico. La voz aguda de un niño replicaba, y de vez en cuando, un sacerdote sentado
en un sitial y tocado con una birreta cuadrada se levantó, barbullando alguna cosa y sentándose de nuevo, mientras que
los tres cantores comenzaban nuevamente, los ojos fijos sobre el grueso libro de cantos abierto ante ellos y sostenido
por las alas desplegadas de un águila de madera montada sobre el pedestal.
Luego se hizo un silencio. Todos los presentes al mismo tiempo se pusieron de rodillas, apareció el oficiante, anciano,
venerable, con su pelo blanco, inclinado sobre el cáliz que sostenía en su mano derecha. Delante de él caminaban los dos
monaguillos en sotanas rojas, y detrás apareció una muchedumbre de cantores con gruesos zapatos que se alinearon a ambos lados del coro.
Una campanilla sonó en medio de un gran silencio. El oficio divino comenzaba. El sacerdote circuló lentamente delante del
tabernáculo de oro, hizo unas genuflexiones, salmodió con una voz cascada, temblorosa de vejez, las oraciones
preparatorias. En cuanto se callaba, todos los cantores y el serpentón rompían al unísono, y los hombres también cantaban
en la iglesia, con una voz mas callada, más humilde, como deben cantar los feligreses.
De pronto el Kyrie Eleison saltó hacia el cielo, empujado por todos los pechos y los corazones. Unos granitos de polvo y
fragmentos de madera carcomida cayeron incluso de la antigua bóveda sacudida por esta explosión de gritos. El sol que
golpeaba sobre las tejas del techo hacía un horno de la pequeña iglesia; una gran emoción, una expectante ansiedad, la
proximidad del inefable misterio, oprimía el corazón de los niños, apretando la garganta de sus madres.
El sacerdote que se había sentado un rato, volvió hacia el altar, y, la cabeza descubierta, cubierta de sus cabellos de plata, con unos gestos trémulos, se acercaba al acto sobrenatural.
Se volvió hacia los fieles, y, con las manos extendidas hacia ellos, pronunció: Orate, fratres", " orad mis hermanos.
Todos oraron. El anciano cura balbucía las palabras misteriosas y supremas; la campanilla tintineó repetidamente, la
muchedumbre prosternada clamaba a Dios; los niños caían en una intensa ansiedad.
Fue entonces cuando Rosa, la frente en sus manos, se recordó de repente de su madre, la iglesia de su pueblo, su primera
comunión. Se creyó de vuelta a aquel día cuando era pequeña, toda envuelta en su vestido blanco, y se puso a llorar. Ella
lloró quedamente primero; las lágrimas lentamente salían de sus párpados, luego con sus recuerdos, su emoción en aumento, y, el cuello hinchado, el pecho palpitando, sollozó. Había sacado su pañuelo, secado sus ojos, se tapaba la nariz y la
boca para no gritar; todo fue en vano; una especie de gemido salió de su garganta, y otros dos suspiros profundos,
desgarradores, le respondieron; porque sus dos vecinas, abatidas junto a ella, Luisa y Flora cogidas de los mismos recuerdos lejanos gemían también con torrentes de lágrimas.
Como las lágrimas son contagiosas, Madame, a su vez, sintió pronto sus párpados húmedos, y, se volvió hacia su cuñada, vio que toda su banca lloraba también.
El sacerdote engendraba el cuerpo de Dios. Los niños ya no pensaban, lanzados sobre las baldosas por una especie de miedo devoto, y, en la iglesia, de tanto en tanto, una mujer, una madre, una hermana, tomada por la extraña simpatía de tiernas
emociones, perturbadas también por estas hermosas damas de rodillas que se estremecían de emoción e hipos, empapaban sus pañuelos de indiana a cuadros y con la mano izquierda, apretaban violentamente su corazón desbocado.
Como la pavesa que salta esparce el fuego a través de un sembrado maduro, las lágrimas de Rosa y sus compañeras se
extendieron a toda la concurrencia. Hombre, mujeres, viejos, jóvenes en blusón nuevo, todos pronto sollozaban, y sobre
sus cabezas parecía flotar una cosa sobrehumana, un alma expandida, el hálito prodigioso de un ser invisible y todopoderoso.
Entonces, en el coro de la iglesia, un pequeño golpe seco sonó: la monja, golpeando sobre su libro, dio la señal de la
comunión; y los niños, temblando de una fiebre divina, se aproximaron a la santa mesa.
Toda una fila se arrodilló. El anciano cura, sosteniendo en la mano el cáliz de plata dorado, pasaba delante de ellos, su
ofrenda, entre dos dedos, la hostia sagrada, el cuerpo de Cristo, la redención del mundo. Ellos abrían la boca con unos
espasmos, unas muecas nerviosas, los ojos cerrados, la cara totalmente pálida; y la lengua plana extendida sobre sus
barbillas temblorosas como el agua que corre.
Súbitamente en la iglesia una suerte de locura, un rumor de muchedumbre en delirio, una tempestad de suspiros con unos
gritos contenidos. Pasaba como esas ráfagas de viento que abaten los bosques; y el sacerdote permanecía de pie, inmóvil,
una hostia en la mano, paralizado por la emoción, diciendo: - Es Dios, es Dios que está entre nosotros, que manifiesta su
presencia, que desciende a mi voz sobre su pueblo arrodillado.- Y balbució unas oraciones atolondradas, sin encontrar las
palabras, unas plegarias del alma, en un ímpetu furioso hacia el cielo.
Terminó de dar la comunión con tanta sobreexcitación de fe que sus piernas casi no lo sostenían, y cuando el mismo bebió
la sangre del Señor, se sumergió en un acto de agradecimiento desesperado.
Detrás de él la gente, poco a poco se calmó. Los cantores, elevados por la dignidad de la sobrepelliz blanca, replicaban
con una voz menos segura, aún húmeda; y el serpentón también parecía ronco como si el instrumento mismo hubiese llorado.
Entonces el sacerdote levantó las manos, en un signo de que se quedaran quietos, y pasando entre las dos filas de
comulgantes perdidos en éxtasis de bondad, se aproximó a la baranda del coro.
La asamblea estaba sentada en medio de un ruido de asientos, y todos se sonaban con fuerza. Cuando percibieron al cura,
se hizo un silencio, comenzó a hablar en un tono muy bajo, vacilante, velado.
- Mis queridos hermanos, mis queridas hermanas, mis niños, estoy agradecido desde el fondo del corazón: Me han dado la
más grande alegría de mi vida. Sentí que Dios descendió sobre nosotros a mi llamado. Él vino, está presente, que llenó
vuestras almas, hizo desbordar vuestros ojos. Soy el más antiguo sacerdote de la diócesis, soy también, hoy día, el más
feliz. Un milagro se ha hecho entre nosotros, un verdadero, un gran, un sublime milagro. Mientras Jesucristo penetraba
por primera vez en el cuerpo de estos pequeños, el Espíritu Santo, la paloma celeste, el soplo de Dios, cayó sobre
vosotros, se apoderó de vosotros, ustedes se abrazaron, doblegados como cañas ante la brisa-.
Luego, con una voz más clara, se volvió hacia las dos bancas donde se encontraban las invitadas del carpintero: - Gracias
sobretodo a ustedes, mis queridas hermanas, que han venido de tan lejos, y cuya presencia entre nosotros, cuya fe visible,
cuya piedad tan viva ha sido para todos un saludable ejemplo. Ustedes han sido la edificación de mi parroquia; vuestra
emoción ha enfervorizado los corazones; sin ustedes, puede ser, esta gran jornada no habría sido de este carácter
verdaderamente divino. Ha sido suficiente algunas veces solo de una pequeña elite para decidir al Señor a descender sobre el rebaño.
Se le quebró la voz. Agregó: - Es la gracia que yo anhelo. Así sea. - Y se volvió hacia el altar para terminar el oficio.
Ahora todos tenían prisa por salir. Los propios niños se movían, cansados de la prolongada tensión espiritual. Estaban
famélicos, por lo demás, y los parientes, poco a poco se iban, sin escuchar el último evangelio, para terminar los preparativos de la comida.
Era una muchedumbre a la salida, una muchedumbre bulliciosa, una mezcla de voces ruidosas donde cantaba el acento
normando. La gente formaba dos filas, y cuando aparecían los niños, cada familia se precipitaba al suyo.
Constanza se encontró tomada, rodeada, abrazada por toda la familia de mujeres. Rosa sobretodas no dejaba de abrazarla.
Finalmente ella la tomó de una mano, Madame Tellier se apoderó de la otra; Rafaela y Fernanda levantaban su larga falda
de muselina para que ella no la arrastrara por el polvo; Luisa y Flora cerraban la marcha con la señora Rivet; y la niña,
recogida, penetrada totalmente por el Dios que ella portaba, se puso en camino en medio de esta escolta de honor.
El banquete estaba servido en el taller sobre grandes planchas sostenidas por unos caballetes.
La puerta abierta, dando sobre la calle, dejaba entrar toda la alegría del pueblo. Se festejaba en todas partes. En cada
ventana se veía unas mesas de gente endomingada, y unos gritos salían de las casas en fiesta. Los campesinos en brazos de camisa, bebían sidra vaciando las copas al seco, y en medio de cada reunión se veían dos niños, aquí dos niñas, allá dos muchachos, comiendo en cada una dos familias.
De vez en cuando, bajo el pesado calor de mediodía, una carreta de bancos atravesaba el lugar al trote saltarín de un
viejo rocín, y el hombre en blusón que conducía lanzaba una mirada de envidia sobre todo este despliegue de fiesta.
En la casa del carpintero, la alegría guardaba un cierto aire de reserva, un resto de la emoción de la mañana. Rivet
solamente estaba en vena y bebía sin medida. Madame Tellier miraba la hora a cada rato, porque para no tomar dos días
seguidos sin trabajar debían tomar el tren de las 3:55 que las dejaría en Fécamp por la noche.
El carpintero hacía toda clase de esfuerzos para distraer la atención y mantenerlas hasta el día siguiente; pero Madame
no se dejaba distraer; ella nunca bromeaba cuando se trataba de negocios.
Inmediatamente terminado el café, ordenó a sus asiladas se prepararan rápidamente; luego se volvió a su hermano: - Tú, te
vas a aparejar ahora -; y se fue a terminar sus últimos preparativos.
Cuando bajó, su cuñada la esperaba para hablar acerca de la pequeña; y mantuvieron una larga conversación en la cuál nada se resolvió. La campesina astuta, falsamente enternecida, y Madame Tellier, que tenía a la niña en sus rodillas, no se
comprometía a nada, prometía vagamente; se ocuparía de ella, había tiempo, se volverían a ver.
Mientras tanto el coche no llegaba, y las mujeres no bajaban, se escuchaban grandes risotadas, empujones, explosiones de
gritos, aplausos. Entonces, mientras la esposa del carpintero se dirigía al establo para ver si el vehículo estaba listo, Madame, finalmente subió.
Rivet, muy borracho y a medio desvestir, trataba, pero en vano, de violentar a Rosa que se moría de la risa. Las dos
Bombas lo retenían por los brazos, tratando de calmarlo, espantadas por esta escena después de la ceremonia de la mañana; pero Rafaela y Fernanda lo incitaban, retorcidas de jolgorio, se mantenían a los lados; lanzaban gritos agudos a cada uno
de los esfuerzos inútiles del borrachín. El hombre furioso, la cara roja, todo desguañangado, sacudía con violentos
esfuerzos las dos mujeres aferradas a él, y tiraba con toda sus fuerzas las faldas de Rosa farfullando: -¿Puta, no
quieres?- Pero Madame, indignada, saltó, tomó a su hermano por los hombros, y lo tiró hacia atrás tan violentamente que fue a golpear contra el muro.
Un minuto más tarde, se le escuchó en el patio, bombeándose agua en la cabeza; cuando subió a su carreta, estaba totalmente calmado.
Se pusieron en camino como en la víspera, y el caballito blanco comenzó su paso vivo y danzarín.
Bajo el sol ardiente, la alegría dormida durante la comida se liberó. Las muchachas se divertían ahora de las sacudidas
del cacharro, empujando ellas mismas las sillas de sus vecinas, estallando de risa en todo momento, recordando las vanas tentativas de Rivet.
Una luz salvaje llenaba los campos, una luz que enceguecía los ojos; y las ruedas levantaban dos polvaredas que volaban largo tiempo detrás de la carreta sobre la gran vía.
De repente Fernanda que amaba la música, suplicó a Rosa que cantara; de aquí que ella entonara vigorosamente "El gordo
cura de Meudon". Pero Madame inmediatamente la hizo callar, encontrando que era una canción poco conveniente para ese día.Agregó: - Cántanos mejor alguna cosa de Béranger.- Entonces Rosa después de haber dudado algunos segundos, hizo su
elección, y con una voz cansada comenzó "La abuela":
Mi abuela, una noche de su santo
había bebido dos dedos de vino puro
Nos decía, meneando la cabeza:
Qué de amores yo tuve en aquellos tiempos
Cuanto extraño
Mi brazo tan rellenito
Mi pierna bien torneada
Y el tiempo ido
Y el coro de muchachas, que Madame personalmente dirigía, replicaba:
Cuanto extraño
Mi brazo tan rellenito
Mi pierna bien torneada
Y el tiempo ido
- ¡Eso está bueno!- dijo Rivet, entusiasmado por el ritmo; y Rosa continuó:
Cómo, mamita, tú no tenías recato
- ¡ No verdaderamente ! y mis encantos
Sola a los quince años, aprendí a usarlos
Porque, en la noche yo no dormía
Todos juntos coreaban el estribillo; Rivet golpeaba con el pie el pescante, llevaba el ritmo con las riendas sobre las
ancas del caballito blanco quién, como si hubiera sido impulsado por el ritmo, se puso al galope, un galope tempestuoso,
precipitando a las damas unas sobre las otras en el fondo de la carreta.
Ellas se pusieron a reír como unas locas. Y la canción continuó, vociferada a grito pelado a través de la campiña, bajo
un cielo abrasador, en medio de unos cultivos maduros, al paso furioso del caballito que aceleraba ahora a cada
repetición del estribillo, y picaba cada vez cien metros de galope, con gran alegría de los viajeros.
De vez en cuando, algún cantero se enderezaba, y miraba a través de su máscara de alambres a esta carreta furiosa y
rugiente, seguida por la polvareda.
Cuando descendieron en la estación, el carpintero se emocionó: - Es una pena que ustedes se vayan, lo habríamos pasado
muy bien.-
Madame le respondió sensatamente: - Cada cosa a su tiempo, no puede ser siempre solo diversión. - Entonces una idea
iluminó la mente de Rivet. - Vean , dijo, yo las iré a ver a Fécamp el mes próximo. - Miró a Rosa con un aire astuto, con
ojos brillantes y de granuja. - Vamos, concluyó Madame, hay que ser bueno: Puedes venir si tú quieres , pero no hagas
tonterías.
No respondió, y como se escuchó silbar al tren, se puso a besar a todas. Cuando le tocó a Rosa, se empeñó en encontrar su
boca que ella, riendo detrás de sus labios cerrados, lo evitaba cada vez con un rápido movimiento de lado. La tenía
abrazada; pero no podía lograrlo, debido a su gran látigo que tenía en su mano y que en sus esfuerzos, agitaba
desesperadamente tras la espalda de la muchacha.
- Los pasajeros para Rouen, embarcarse -, gritó el asistente del conductor. Se subieron.
Un corto pitido se escuchó, repetido enseguida por el resoplido potente de la locomotora que escupió ruidosamente su
primer chorro de vapor mientras las ruedas comenzaban a rodar lentamente con gran esfuerzo.
Rivet, solo en el interior de la estación, corrió al andén para ver una vez más a Rosa; y a medida que el carro lleno de
mercancía humana pasaba delante de él, se puso a restallar el látigo, saltando y cantando con toda sus fuerzas:
Cuanto extraño
Mi brazo tan rellenito
Mi pierna bien torneada
Y el tiempo ido
Luego miraba perderse a lo lejos un pañuelo blanco que alguien agitaba.
III
Durmieron hasta que llegaron, con un sueño apacible de conciencias satisfechas; y cuando entraron al albergue,
refrescadas, descansadas para el trabajo de la noche, Madame no tuvo empacho en decir:- Es lo de menos, ya me aburría esa casa.-
Cenaron pronto, y cuando se hubieron puesto los trajes de combate esperaron a los clientes habituales; y el pequeño farol
iluminaba, el pequeño farol de virgen, indicando a los transeúntes que en la majada estaba de vuelta el rebaño.
En un abrir y cerrar de ojos la noticia se difundió, no se supo como, no se supo por qué el Señor Philippe, el hijo del
banquero, tuvo la amabilidad de avisar por un mensajero al Señor Tournevau, prisionero en su familia.
El salador tenía justamente cada domingo varios primos a cenar, estaban en el café cuando un hombre se presentó con un
mensaje en la mano, el señor Tournevau, muy nervioso, rompió el sobre y se puso pálido: No había más que estas palabras
trazadas con un lápiz: " El cargamento de bacalaos regresó; el barco entró a puerto; buen negocio para usted. Venga rápido -.
Buscó en sus bolsillos, dio veinte centavos al mensajero, y enrojeciendo hasta las orejas: - Es necesario, dijo, debo
salir - Le entregó a su mujer la esquela lacónica y misteriosa. Llamó, luego, cuando apareció la sirvienta: - Mi abrigo,
pronto, rápido y mi sombrero. - Apenas estuvo en la calle se puso a correr silbando una melodía, y el camino le parecía dos veces más largo de tanto que era su impaciencia.
El establecimiento Tellier tenía un aire festivo. En el piso bajo las voces ruidosas de los hombres del puerto hacían un
ensordecedor griterío. Luisa y Flora no sabían a quién atender, bebían con uno, bebían con otro, mereciendo más que nunca
sus sobrenombres de "las dos Bombas". Se las llamaba de todas partes a la vez; no daban abasto para el trabajo, y la
noche para ellas se anunciaba ajetreada.
La tertulia del primero estuvo completa a las nueve. El señor Vasse, el juez del tribunal de comercio, el pretendiente
habitual pero platónico de Madame, conversaba muy bajito con ella en una esquina; y sonreían ambos como si a un
entendimiento se hubiera llegado esta vez. El señor Poulin, el ex-alcalde, tenía a Rosa a caballo en sus piernas; y ella
nariz con nariz con él, pasaba sus manos cortas por las patillas blancas del viejecillo. Un extremo de muslo desnudo
sobresalía por debajo de la falda de seda amarilla levantada, cortando el paño negro del pantalón, y las medias rojas estaban sujetas por unas ligas azules, regalo del vendedor viajero.
La gorda Fernanda, tendida sobre el sofá, tenía los dos pies sobre la barriga del señor Pimpesse, el recaudador de
impuestos, y el torso sobre el chaleco del joven señor Philippe del cuál colgaba al cuello su mano derecha, mientras en la izquierda tenía un cigarrillo.
Rafaela parecía estar en tratos con el señor Dupuis, el agente de seguros, y ella terminaba la conversación con estas
palabras: - Sí mi amor, esta noche, esta bien. - Luego, hizo sola un pie de vals rápido a través del salón: - Esta noche
todo lo que quieran - gritó ella.
La puerta se abrió bruscamente y el señor Tournevau apareció. Unos gritos de entusiasmo estallaron: ¡Viva Tournevau!. Y
Rafaela, que seguía girando, fue a caer sobre su corazón. Él la tomó en un abrazo formidable, y sin decir una palabra, la
levantó del piso como a una pluma, atravesó el salón, llegó a la puerta del fondo, y desapreció en las escaleras a los
dormitorios con su fardo viviente, en medio de aplausos.
Rosa que excitaba al ex-alcalde, lo besaba una y otra vez y le tiraba sus dos patillas al mismo tiempo para mantener
derecha su cabeza, aprovechando el ejemplo: - Vamos, hace como él - decía. Entonces el viejecillo se levantó y
ajustándose el chaleco, siguió a la muchacha buscando en su bolsillo donde dormía su dinero.
Fernanda y Madame quedaron solas con los cuatro hombres, y el señor Phillippe gritó: - Yo pago la Champaña. Madame
Tellier envíe a buscar tres botellas. - Entonces Fernanda abrazándolo le dijo al oído: -¿Bailemos, quieres? él se levantó,
y, sentándose delante la espineta centenaria, dormida en una esquina, hizo salir un vals, un vals ronco, lloroso, del
vientre plañidero del instrumento. La muchacha gorda abrazó al recaudador, Madame se abandonó en los brazos del señor
Vasse, y las dos parejas giraban intercambiándose besos. El señor Vasse, que había sido antaño un gran bailarín, hacía
figuras, y Madame le miraba con ojos cautivadores, con esos ojos que responden - sí -, un - sí -, más discreto y más delicioso que una palabra.
Federico trajo el champaña. El primer corcho saltó y el señor Phillipe hizo la invitación a una contradanza.
Los cuatro bailarines la danzaron a la manera acostumbrada, adecuadamente, dignamente, con afectación, reverencias y saludos.
Después se pusieron a beber. Entonces el señor Tournevau volvió, satisfecho, confortado, radiante. Gritó: - No sé que le
pasa a Rafaela, pero ella está perfecta esta noche. - Luego cuando le pasaron una copa, lo bebió de un trago murmurando: ¡ - Caramba, esto si que es lujo ! .
Sobre la marcha, el señor Phillipe inició una ágil polca, y el señor Tournevau se abrazó con la bella judía que tenía en
el aire, sin dejar que sus pies tocaran el suelo. El señor Pimpinesse y el señor Vasse habían vuelto con un renovado
impulso. De vez en cuando una de las parejas se paraba delante de la chimenea para embucharse una copa de vino espumoso; el baile amenazaba con eternizarse, cuando Rosa entornó la puerta con una palmatoria en la mano. Estaba con el pelo
suelto, pantuflas, en bata de noche, animadísima, toda arrebolada: - Quiero bailar -, gritó. Rafaela preguntó : - ¿Y tú
tío? -. Rosa exclamó: - ¿Él? Duerme ya, el se duerme enseguida.- Cogió al señor Dupuis que estaba libre sobre el diván, y la polca se reanudó.
Pero las botellas estaban vacías : - Yo pago una - , dijo el señor Tourmevau; - Yo también - anunció el señor Vasse. - Lo
mismo yo -, concluyó el señor Dupuis. Entonces todos aplaudieron.
La fiesta estaba armada. De vez en cuando, Luisa y Flora subían rápidamente, hacían una apresurada vuelta de vals,
mientras que sus clientes, abajo se impacientaban; luego volvían corriendo a su café, con el corazón henchido de pena.
A medianoche se bailaba aún. Algunas veces una de las muchachas desaparecía, y cuándo se la buscaba para un frente a
frente, se daban cuenta en ese momento que un hombre también faltaba.
- ¿De donde vienen ustedes? Preguntó graciosamente, el señor Phillippe, justo en el momento que el señor Pimpesse entraba con Fernanda. - De ver dormir al señor al señor Poulin - contestó el recaudador. La frase tuvo un éxito enorme y todos
sucesivamente subían a ver dormir al señor Poulin con una u otra de las señoritas que se mostraron de una complacencia
inusual. Madame cerraba los ojos; tenía largo ratos privados con el señor Vasse como para ultimar los detalles de un
affaire ya acordado.
Finalmente, a la una, los dos hombres casados, el señor Tournevau y Pimpesse, dijeron que se retiraban, y querían saldar
sus cuentas. Se les cargó solamente el champaña, y, más aún a seis francos la botella en vez de diez francos, el precio
de costumbre. Y como ellos se asombraron de esta generosidad, Madame, radiante, les respondió:
- Por que no todos los días es fiesta. -
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G. de Maupassant, Mayo 1881

LIBRO DE VIAJES -- AL SOL -- GUY DE MAUPASSANT

Escrito por imagenes 11-04-2008 en General. Comentarios (1)

LIBRO DE VIAJES -- AL SOL -- GUY DE MAUPASSANT

AL SOL
(Au soleil)
Guy de Maupassant

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AL SOL
*

La vida tan corta, tan larga, se hace insoportable a
veces. Transcurre monótona con la muerte por término.
No se la puede detener, ni cambiar, ni comprenderla. A
menudo os indignáis ante la impotencia de vuestros
esfuerzos. ¡Hagamos lo que hagamos, moriremos! Sea lo
que fuere lo que creamos, pensemos o intentemos, la
muerte nos espera. Y nos parece que vamos a morir
mañana sin conocer nada, aun cuando asqueados de lo
que conocemos. Entonces nos sentimos anonadados
comprendiendo «la eterna inanidad de todo», la
impotencia humana y la monotonía de las acciones.
Nos levantamos, andamos, nos ponemos de codos a
la ventana. Los vecinos de enfrente almuerzan como
almorzaron ayer, como almorzarán mañana. Son marido,
mujer y cuatro hijos. Hace tres años vivía aún la abuela.
Ya no vive. El padre ha variado mucho desde que somos
vecinos. Él no lo advierte; parece contento y dichoso.
¡Imbécil!
Hablan de un matrimonio, después de una muerte,
luego del pollo que comen, que resulta correoso, y por fin
de la criada que les sisa. Les preocupan mil cosas inútiles
y tontas. ¡Imbéciles!
El aspecto del piso en que viven hace dieciocho
años me llena de indignación y asco. ¿Esto es la vida?
¡Cuatro paredes, dos puertas, una ventana, una cama,
unas sillas, una mesa y ya está! ¡Cárcel! ¡Cárcel! ¡Toda
habitación en que se vive mucho tiempo se convierte en
cárcel! ¡Oh, huir, marchar! ¡Huir de los sitios conocidos,
de los hombres, de los movimientos iguales ejecutados a
una misma hora, y sobre todo de los mismos
pensamientos!
Cuando se está cansado, cansado de un modo
mortal, de la mañana a la noche, cansado hasta el punto
de no poder levantarse para ir en busca de un vaso de
agua, cansado de los rostros que nos son familiares,
vistos harto a menudo y que ya nos irritan, cansado de
los odiosos y plácidos vecinos, de lo habitual y
monótono, de la casa, de la calle, de la criada que viene a
preguntar: «¿Qué desea el señorito para comer?» y que se
marcha, levantando a cada paso con el tacón el borde
deshilachado de las sucias sayas; cansado del perro
demasiado fiel, de las manchas inmutables de la pared, de
la regularidad de las comidas, del sueño en la misma
cama, de cada acción repetida cada día; cansado de si
mismo, del timbre de su propia voz, de los actos que se
repiten sin cesar, del estrecho círculo de sus ideas,
cansado de nuestro propio rostro visto en el espejo, de los
visajes que hace afeitándose, peinándose, hay que partir,
entrar en una vida nueva y distinta.
Los viajes son algo así como una puerta por donde
se sale de la realidad conocida, para penetrar en una
realidad inexplorada que parece un sueño.
¡Una estación! ¡Un puerto! ¡Un tren que silba y
escupe su primera bocanada de humo! ¡Un gran vapor
que sale lentamente de la bahía pero cuyos flancos se
estremecen de impaciencia y que va a a desaparecer en el
horizonte, en demanda de nuevas tierras! ¿Quién puede
ver esto sin envidia, sin sentir que se despierta en su alma
el anhelo de los largos viajes?
Se sueña siempre en un país preferido, quien en
Suecia, quien en las Indias, éste en Grecia, aquél en el
Japón. Yo me sentía atraído hacia el África de un modo
imperioso, por la nostalgia del desierto desconocido
como por el presentimiento de una pasión que va a nacer.
Salí de París el 6 de julio de 1881. Quería ver
aquella tierra del sol y de la arena en pleno verano, bajo
el calor bochornoso, bajo la furia cegadora de la luz.
Todos conocen la magnífica poesía de Leconte de
Lisle:
Midi, roi des etés, epandu sur la plaine,
Tombe en nappas d’argent, des hauteurs du ciel bleu.
Tout est tait. L’air flambois et brule san halaine;
La terre est sasoupis en sa robe de feu.
El mediodía del desierto, el mediodía fulgurante por
la arena inmóvil y sin límites es lo que me ha hecho dejar
las floridas orillas del Sena cantadas por la señora
Deshoulières, los frescos baños de la mañana y la verde
sombra de los bosques para atravesar las ardientes
soledades.
Otra causa daba por entonces mayor atractivo a
Argelia. Bu-Amena, el invisible caudillo, proseguía
aquella fantástica campaña que tantas tonterías ha hecho
decir, escribir y cometer. Se aseguraba que los indígenas
preparaban una insurrección general, dispuestos a
intentar un postrer esfuerrzo, y que en cuanto terminara
el Rhamadán estallaría la guerra de un extremo a otro de
Argelia. Era, pues, muy curioso estudiar a los árabes en
aquella ocasión, tratar de comprender su alma, cosa que
importaba bien poco a los colonizadores.
Flaubert decía a veces: «Es posible imaginarse el
desierto, las pirámides, la Esfinge, antes de verlas; lo que
no se puede imaginar antes de haberla visto es la cabeza
de un barbero turco, en cuclillas delante de su tienda.»
¿No sería más interesante aun saber lo que piensa
esa cabeza?
_____
EL MAR
*

Marsella palpita bajo el alegre sol de un día de
verano. Parece reír, con sus grandes cafés lujosos, sus
caballos con sombreros de paja como si fueran a una
mascarada, sus habitantes atareados y bulliciosos. Parece
embriagada cuando se oye su peculiar acento que canta
por las calles, que todos exageran como teniéndolo a
gala. Oído en otra parte cualquiera un marsellés hace
gracia; parece un extranjero que destroza el francés; pero
en Marsella, cuando están todos reunidos, parece que
aquel acento lo toman por broma. ¡Hablar todo el mundo
de aquel modo es demasiado, voto va!... Marsella
transpira al sol como una linda muchacha mal cuidada,
porque la maldita huele a ajos y a otras cosas peores.
Trasciende a los mil guisos que se zampan los negros,
trucos, griegos, italianos, españoles, malteses, ingleses,
corsos y hasta los marselleses tendidos, sentados,
acurrucados, echados en los muelles.
En el puerto de la Joliette los grandes vapores con
la proa vuelta al mar libre, arden al sol, mientras una
muchedumbre de cargadores les llena las bodegas de
fardos y mercancías.
Uno de ellos, el Abd-el-kader, lanza de pronto
tremendos mugidos porque el silbato ha sido
reemplazado por la sirena que grita como un animal
herido, con voz formidable que sale de la humeante
barriga del monstruo.
El gran navío suelta las amarras, pasa poco a poco
entre sus hermanos que aun están inmóviles, sale del
puerto, y, bruscamente, después de haber lanzado el
capitán con su bocina el grito de «¡En marcha!», que baja
hasta las profundidades del buque, acelera su movimiento
con ardor, corta las olas y deja detrás de si larga estela,
mientras las costas parecen huir y Marsella perderse en el
horizonte.
Avisan para la comida. Poca gente. Apenas hay
quien vaya al África en verano. En el extremo de la mesa
un coronel, un ingeniero, un médico, dos rentistas de
Argel con sus esposas.
Se habla del país a dónde se va, de la
administración que le conviene.
El coronel reclama enérgicamente un gobierno
militar, habla de la táctica que hay que observar en el
desierto y declara que el telégrafo es peligros e inútil para
los ejércitos. Sin duda ha experimentado algún fracaso a
causa del telégrafo.
El ingeniero estima que lo más oportuno sería
confiar la colonia a un inspector general de puentes y
calzadas, que construiría canales, presas, caminos y mil
otras cosas útiles.
El capitán del buque entiende que un marino sería
el gobernador ideal ya que la Argelia solo es abordable
por mar.
Los dos rentistas señalan las faltas que comete el
gobierno, y todos ríen, no comprendiendo por qué es tan
torpe el gobierno.
Luego se sube de nuevo a cubierta. Solo se ve el
mar, el mar inacabable, tranquilo, sin una arruga, dorado
por la luna. El pesado buque parece deslizarse por su
superficie dejando detrás de si una larga estela hirviente
en la que el agua parece fuego líquido.
El cielo, de un negro azulado, se extiende sobre
nuestras cabezas, tachonado de estrellas que de vez en
cuando desaparecen entre la humareda que vomita la
chimenea, y el farolito que se balancea en la cima del
palo, parece una gran estrella que brilla entre las otras.
Sólo se oye el ruido de la hélice en las profundidades del
navío. ¡Cuán encantadoras son las horas sosegadas de la
noche en el puente de un vapor en marcha!
Durante toda la jornada siguiente se medita bajo la
toldilla, rodeado de agua por todos lados. Llega la noche;
reaparece el día. Se duerme en el estrecho camarote en
forma de ataúd. Son las cuatro de la mañana; ¡en pie!
¡Qué despertar! Una cosa extensa y a lo lejos,
enfrente, una mancha blanca que crece – ¡Argel!
____
ARGEL
*

¡Belleza inesperada que encanta y enamora! Argel
es mejor de lo que creía. ¡Qué linda es la ciudad de nieve
bajo la luz deslumbradora! Una inmensa terraza,
sostenida por elegante arcadas, corre a lo largo del
puerto. Más arriba las grandes fondas y el barrio francés
y más arriba aun, se escalona la ciudad árabe, que es un
amontonamiento de casitas blancas, extrañas, metidas
unas dentro de las otras, separadas por calles que parecen
claros subterráneos. El piso superior está sostenido por
pies derechos pintados de blanco. Los aleros de los
tejados se tocan. Hay bruscas rampas que llevan a
agujeros habitados, escaleras misteriosas hacia moradas
que parecen madrigueras donde pululan las familias
árabes. Una mujer, grave y velada, pasa mostrando los
jarretes, que no turban la imaginación porque están
cubiertos de una costra de sudor y de polvo.
Desde la punta de la escollera, el golpe de vista es
magnífico. Admira el menos artista aquella cascada de
casas blanquísimas que parecen despeñarse desde la cima
de la montaña al mar. Diríase la espuma de una
torrentera, una espuma inmaculada, y de trecho en trecho,
a guisa de remolino, la masa de una mezquita que reluce
al sol.
Por todas partes pulula una multitud cuyo aspecto
asombra. Centenares de miserables, cubiertos
simplemente con una camisa o con dos alfombrillas
cosidas en forma de casulla o con un saco viejo
agujereado para pasar cabeza y brazos, descalzos, van,
vienen, se injurian, se pelean, piojosos, astrosos,
manchados de cieno, mal olientes como bestias.
Tartarín diría que huelen a «Teur» (Turco); aquí se
huele a turco en todas partes.
Hay, además, una legión de rapazuelos de negra
piel, mestizos de kábilas, de árabes, de negros, de
blancos, hormiguero de limpiabotas, molestos como
moscas, alegres y atrevidos, viciosos desde la cuna,
endiablados como monos que os injurian en árabe y os
persiguen en francés con su eterno: «Cié mossieu». Se les
tutea y os tutean. Aquí todo el mundo se habla de «tú».
El cochero que alquiláis por la calle os pregunta:
«¿Dónde llevaré a ti?» Sepan los cocheros de París que
éstos les ganan en desparpajo.
El día mismo de mi llegada presencié un hecho que
no tiene en sí ningún valor; pero que resume la historia
de Argel y de la colonización.
Mientras estaba sentado ante la mesa de un café, un
muchacho se apoderó a viva fuerza de mis pies y empezó
a dar betún a las botas con verdadera furia. Después de
frotar durante quince minutos y de dejar el cuero
reluciente como un espejo, le di diez céntimos. Pronunció
un «meci mossieu»; pero no se levantó. Permanecía
acurrucado entre mis piernas, inmóvil, moviendo los ojos
como si se sintiera mal. Le dije: «Ea, vete, arbicó». No
contestó, no se movió, y luego, de pronto, cogiendo su
caja de limpiar, escapó como alma que lleva el diablo. Vi
que un negro de unos diecisiete años, alto y robusto, salía
de un portal en el que se escondiera y se lanzaba detrás
del limpiabotas. En dos zancadas le alcanzó, le abofeteó,
le registró, y después de apoderarse de los diez céntimos,
se marchó riendo, mientras el infeliz robado lanzaba
quejidos lastimeros.
Estaba indignado. Mi vecino de mesa, que era un
oficial amigo mío, me dijo: «Déjelos, así se establecen
las jerarquías. Mientras no tienen fuerzas para robar a los
demás de su casta, lustran las botas; pero apenas se ven
capaces de saquear a los más débiles ya no trabajan.
Acechan a los limpiabotas y les limpian los bolsillos». Y
añadió riendo: «Poco más o menos todos obran de igual
modo en este país.»
El barrio europeo de Argel, que es bonito visto de
lejos, parece, visto de cerca, una ciudad nueva crecida en
terreno que no le conviene. Al desembarcar se ve un gran
letrero que atrae la mirada: «Skating-Rink Algérien» y
desde los primeros pasos se advierte que el progreso se
ha aplicado de un modo torpe en este país, se comprende
que la civilización resulta brutal, mal adaptada a las
costumbres, al cielo y a la gente. Nosotros somos los que
parecemos bárbaros entre estos bárbaros, muy brutos en
verdad, pero que están en su casa y a a quienes el tiempo
les ha impuesto usos de los cuales parecemos no
comprender el sentido siquiera.
Napoleón III dijo unas palabras oportunas (quizá
sugeridas por un ministro): «Lo que necesita Argelia no
son conquistadores, sino iniciadores.» Y nosotros hemos
continuado siendo conquistadores brutales, torpes,
infatuados de nuestras ideas preconcebidas. Nuestras
costumbres, nuestras caras parisienses, nuestros usos,
chocan en este país como groseras faltas de arte, de
prudencia y de comprensión. Cuanto hacemos parece un
contrasentido, un reto, dirigido no tanto a sus habitantes
como al mismo país.
Algunos días después de mi llegada, vi un baile en
Mustafá. Parecía la fiesta de Neuilly. Se vendían bollos,
había tiendas de tiro, loterías, juegos de muñecos y
cuchillos, sonámbulas, monstruos, ganapanes bailando
con mujerzuelas y señoritas de mostrador los rigodones
de Bullier, en tanto que dentro del recinto de pago, en el
campo de maniobras, en la llanura arenosa, centenares de
árabes, tendidos, a la luz de la luna, escuchaban
gravemente, envueltos en sus blancos pingajos, las coplas
de los bailables que ejecutaban los franceses.
________________
LA PROVINCIA DE ORÁN
*

Para ir de Argel a Orán se necesita un día de tren.
Se atraviesa primero la llanura de Mitidja, fértil,
sombreada, poblada. Tal región es la que se enseña a un
recién llegado para patentizar la fertilidad de nuestra
colonia. Cierto que la Mitidja y la Kabilia son dos
admirables comarcas. Actualmente la Kabilia está más
poblada que el departamento de Pas-de-Calais y poco le
falta para ello a Mitidja. ¿Qué se quiere colonizar en tales
puntos? Ya hablaré de ello.
El tren rueda, adelanta, desaparecen las llanuras
cultivadas, el suelo aparece desnudo y rojizo, es el
verdadero suelo de África. El horizonte, estéril y
ardiente, se ensancha. Seguimos el inmenso valle de
Chalif encerrado entre montes desolados, requemados,
grises, sin un árbol, sin una hierba. De cuando en cuando
la línea de los montes baja, se entreabre como para
mostrar mejor la esterilidad del suelo abrasado por el sol.
Un espacio enorme, plano, se extiende a lo lejos, limitado
por la línea casi invisible de una cordillera envuelta en
brumas. En las incultas cimas se elevan de trecho en
trecho unos puntos blancos, redondos, a guisa de huevos
disformes puestos por gigantescas aves. Son templos
elevados en honor de Alá.
En la amarilla interminable llanura a veces se
advierte un grupo de árboles, hombres que están en pie,
europeos bronceados por el sol que miran pasar el tren. Y
allí cerca, como hongos desmesurados, aparecen unas
tiendas de campaña de las que salen unos soldados
barbudos. Es una aldea de agricultores protegida por un
destacamento de tropa.
Luego, en la extensión de tierra estéril, tan lejos que
apenas se ve, se distingue una especie de humareda, una
nube ligera que sube hacia el firmamento y parece correr
por el suelo. Es un jinete que levanta, bajo los pies de su
caballo, remolinos de polvo fino y abrasador. Cada una
de aquellas nubecillas indica que por la llanura corren
hombres cuyo albornoz blanco apenas si se columbra.
De cuando en cuando surgen campamentos de
indígenas. Apenas si se advierten aquellos aduares que se
levantan al borde de un barranco seco, donde los
muchachos hacen pacer algunas cabras, carneros o vacas,
si vale la palabra «pacer» aplicada a un sitio donde casi
no crece ninguna hierba. Las tiendas de tela parda,
rodeadas de zarzas secas, se confunden con el color
uniforme del suelo. En el terraplén de la línea un hombre
atezado, con las piernas desnudas, secas, sin pantorrillas,
envuelto en harapos que fueron blancos, contempla
gravemente el monstruo humeante que avanza hacia él.
Más allá aparece un grupo de nómadas en marcha.
La caravana adelanta entre el polvo, levantando gran
polvareda. Las mujeres y los niños van montados en
borricos o caballos de poca alzada y algunos jinetes
cabalgan a vanguardia con gran gallardía y nobleza.
Y así durante leguas y leguas. En las estaciones del
tren hay aldeas europeas con casas parecidas a las de
Reuil o Nanterre, algunos árboles resecos en torno, uno
de los cuales sostiene una bandera tricolor por ser el 14
de julio, y con un gendarme en la puerta de salida igual a
los gendarmes de Nanterre o de Reuil.
El calor es intolerable. No se puede tocar, ni aun
dentro del vagón, ningún objeto de metal. El agua de las
cantimploras escalda la boca. El aire que penetra por la
ventanilla parece salir de la boca de un horno. En
Orleansville el termómetro marca cuarenta y nueve
grados a la sombra.
Se llega a Orleans a la hora de la comida.
Orán es una verdadera ciudad europea, de gran
comercio, más española que francesa, y poco notable.
En la calle se ven lindas muchachas de ojos negros, color
trigueño y blancos dientes. Cuando hace buen tiempo se
ve el sueño de España, de su patria.
Apenas se ha puesto el pie en tierra africana se
siente el deseo imperioso de ir más lejos, hacia el sur.
Tomé, pues, billete para Saida y subí al ferrocarril
de vía estrecha que sube a las altas mesetas. En torno de
esa ciudad ronda, con sus jinetes, el invisible Bu-Amema.
Después de algunas horas de marcha se llega a las
primeras estribaciones del Atlas. El tren sube, resopla,
apenas anda, serpentea por el flanco de áridas colinas y
pasa junto a un lago inmenso, formado por tres
riachuelos, que cierra la famosa presa del Habra. Un
muro colosal, largo de quinientos metros, detiene,
suspendidos sobre una llanura inmensa, catorce millones
de metros cúbicos de agua.
(Esta presa cedió al año siguiente anegando
centenares de hombres y arruinando toda una comarca.
Era precisamente en la época en que se hacía una
suscripción en favor de unos españoles o húngaros, y
nadie se cuidó de ese desastre francés).
Pasamos luego por estrechos desfiladeros entre dos
montañas que parecen haber sido incendiadas
recientemente, según lo rojas y desnudas que están;
damos la vuelta a picos enormes, seguimos a lo largo de
suaves pendientes, ejecutamos rodeos de diez kilómetros
para evitar un obstáculo, y luego nos precipitamos a toda
velocidad en una llanura, desviándonos de vez en cuando
de la recta, como para continuar la costumbre tomada.
Los vagones son pequeños, la máquina como la de
un tranvía. A veces parece extenuada, estertora, gime,
habla, va tan despacio que podría seguírsela al paso, y de
repente, arranca con furia.
Toda la comarca es árida y desolada. El rey de
África, el Sol, el feroz asolador se ha comido la carne de
aquellos valles, dejando únicamente la piedra y un polvo
rojo donde no puede germinar ni una planta.
Saida es una pequeña ciudad a la francesa que
parece habitada únicamente por generales. A lo menos
son diez o doce y siempre parecen estar de conciliábulo.
Dan ganas de decirles:
– ¿Dónde está hoy Bu-Amema, mi general?
Los paisanos parecen respetar muy poco a los
militares.
La hostería es bien mala. Me acuesto en un jergón
que hay en un cuarto enjalbegado. El calor es intolerable.
Cierro los ojos para dormir.
¡Ay! Tengo la ventana abierta que da a un patinillo.
Oigo ladrar a los perros. Están lejos, muy lejos, y parecen
contestarse unos a otros. Pronto se acercan, llegan; ya
están junto a las casas, en las viñas, en las calles. Son
quinientos, quizá mil, hambrientos, feroces. Son los
perros que en las altas mesetas guardaban los
campamentos de los españoles. Desaparecidos o muertos
sus dueños, los animales rondan por los contornos
muriéndose de hambre, y al topar con la ciudad la rodean
como un ejército. De día duermen en los barrancos, bajo
las rocas, en los agujeros de las montañas; y apenas
anochece, entran en Saida para comer.
Los hombres que vuelven tarde a su casa, tiene que
llevar el revólver en la mano, porque les siguen y
olfatean veinte o treinta perros amarillentos, semejantes a
zorras.
Ladran ahora de un modo continuo, espantoso,
capaz de volver loco a cualquiera. Luego, se oyen otros
gritos, aullidos débiles; son los chacales que llegan; y a
veces solo se oye una voz más fuerte y rara, la de la
hiena, que imita al perro para atraerle y devorarle.
Aquella algarabía dura hasta el amanecer.
Saida, antes de la ocupación francesa, estaba
protegida por una fortaleza que edificara Abd-el-Keder.
La ciudad nueva está en un valle rodeado de montes
pelados. Un riachuelo que casi se puede saltar a pies
juntillas, riega los campos, cerca de los cuales crecen
hermosas viñas.
Hacia el sur las montañas vecinas tienen el aspecto
de una pared y son las últimas gradas que llevan a las
altas mesetas.
A la izquierda se yergue un peñasco de color rojo
encendido, de unos cincuenta metros de alto, y que tiene
en la cima restos de obras de fábrica. Aquellas minas es
todo lo que queda de la Saida de Abd-el-Keder. Este
peñasco visto de lejos parece que adhiere a la montaña;
pero si se sube a él, se queda uno admirado y
sorprendido. Un barranco profundo abierto entre la roca
cortada a pico, separa el antiguo reducto del emir de la
cercana montaña. Esta es de piedra rojiza que muestra las
huellas de las lluvias de invierno en forma de profundas
quiebras. Por el barranco corre el riachuelo entre un
bosque de adelfas. Desde arriba parece aquello una
alfombra oriental tendida en un corredor. El tapiz de
flores parece interrumpido, manchado únicamente por los
tonos verdes de las hojas que a veces predominan sobre
la masa rosada.
Se baja a este valle por un camino de cabras. El
riachuelo que allí llaman río (el Qued-Saida) y que es
para nosotros un arroyuelo, bulle entre piedras bajo los
arbustos floridos, salta peñascos, espumea, ondula y
murmura. Sus aguas son calientes, casi queman. Enormes
cangrejos corren por las márgenes con singular rapidez
levantando sus pinzas en cuanto me ven. Grandes
lagartos verdes desaparecen entre hojarasca. A veces una
culebra se desliza entre las guijas.
El torrente se estrecha como si quisiera cerrarse. Un
gran ruido que oigo sobre mi cabeza me hace estremecer.
Es un águila que sorprendida sale del nido y se eleva
dando aletazos lentos y fuertes, tan grandes, que parece
tocar con la punta de las alas ambas paredes.
Al cabo de una hora se llega al camino que va hacia
Ain-el-Hadjar, subiendo la polvorienta cuesta.
Delante de mí, una anciana con sayas negras y cofia
blanca, anda encorvada llevando en el brazo izquierdo
una cesta, y sosteniendo con el otro, a guisa de sombrilla,
un inmenso paraguas rojo.
¡Una mujer aquí! Admiraba ver una campesina en
aquella triste comarca donde sólo se ve a las negras
esbeltas relucientes vestidas de colores chillones, y que
dejan al pasar un olor a carne humana capaz de dar asco
al estómago más sólido.
La vieja, extenuada, se sentó en el polvo, jadeando
bajo aquel calor tórrido. Tenía el rostro arrugado con mil
arrugas como las que se hacen en los vestidos que se
fruncen en la cintura, y el aspecto cansado, desesperado,
lamentable.
Le hablé. Era una alsaciana a quién enviaron a
aquellos países desolados junto con sus cuatro hijos al
terminar la guerra. Me preguntó:
– ¿Viene usted de allá?
Aquél «allá» me oprimió el corazón.
– Sí.
Se echó a llorar. Luego me constó su historia que
era bien sencilla.
Les habían prometido tierras, y la madre y los hijos
acudieron. Tres de aquellos habían perecido en el
mortífero clima. Sólo le quedaba uno, pero enfermo. Sus
campos nada les producían aunque eran grandes, porque
no tenían una gota de agua:
La vieja repetía:
– Ceniza, caballero, todo es ceniza. ¡No se puede
recoger ni una col, ni una col, ni una col!
Parecía fijarse en aquella idea de una col, que debía
representar para ella toda la dicha terrestre.
No he visto nada tan doloroso como aquella pobre
mujer de Alsacia desterrada en aquel suelo de fuego
donde no crece ni una col. ¡Cuán a menudo debía pensar
en el país perdido, en el país verde de su juventud la
pobre viejecilla!
Al dejarme, añadió:
– ¿Sabe usted si darán tierras en Túnez? Dicen que
aquello es mejor. Siempre será mejor que esto. Quizá allí
se ponga bueno mi hijo.
Los colonos franceses instalados allende el Tell
deben decir lo mismo que los de Orán.
Sentía deseos de ir más allá; pero como ardía la
guerra en todas partes, no podía aventurarme solo. Se me
ofreció una ocasión, la de un tren que iba a llevar
provisiones a las tropas acampadas a lo largo de los
choffs.Era un día de siroco. Desde la mañana se levantó
viento del sur secando la tierra con su soplo lento,
devorador, pesado.
A las siete se puso en marcha el convoy, llevando
dos destacamentos de infantería con sus oficiales, tres
vagones-cisternas llenos de agua, y los ingenieros de la
compañía, pues desde hacía tres semanas, ningún tren
había llegado hasta el extremo de la línea, que podían
haber destruido los árabes.
La máquina Hiena arranca con ruido y se adelanta
rectamente hacia la montaña, como si quiera penetrar
dentro de ella. Luego de pronto describe una curva, se
hunde en un estrecho valle, tuerce bruscamente, y vuelve
a pasar a cincuenta metros encima del sitio en que estaba
hace poco. Da una nueva vuelta, traza circuitos unos
sobre otros, sube siempre en zig zag trazando
enmarañada curva que llega a la cima del monte.
He aquí grandes edificios, chimeneas de fábricas,
una especie de ciudad abandonada. Son los magníficos
talleres de la Compañía Franco-Argelina. Allí se
preparaba el esparto antes del asesinato de los españoles.
Aquel sitio se llama Ain-el-Hadjar.
Subimos más. La locomotora resopla, resuella,
modera su marcha, se para, tres veces trata de volver a
andar y las tres no puede. Retrocede para tomar impulso,
pero queda sin fuerza en mitad de la pendiente harto
rápida.E ntonces los oficiales hacen bajar a los soldados
que puestos en fila a lo largo de la vía, empujan el tren.
Marchamos lentamente a paso de hombre. Se ríe, se
bromea; los soldados se ríen de la máquina. Por fin
llegamos. Ya estamos en las altas mesetas.
El maquinista, con el cuerpo inclinado hacia fuera,
mira la vía que puede estar cortada; nosotros
inspeccionamos el horizonte muy atentos, fijándonos
mucho cuando se ve alguna polvareda que parece indicar
que se acerca un jinete. Llevamos fusiles y revólveres.
A veces un chacal escapa al vernos; un enorme
buitre toma vuelo, abandonando la carroña de un camello
casi destrozado; y unas gallinas de Cartago que parecen
perdices, se esconden en los grupos de palmeras enanas.
En la estación de Trafaua hay dos compañías de
líneas acampadas. Aquí han perecido muchos españoles.
En Kralfallah hay una compañía de zuavos que se
fortifica a toda prisa, haciendo barricadas con raíles,
vigas, postes telegráficos, fardos de esparto, todo lo que
tienen a mano. Allí almorzamos, y los tres oficiales,
jóvenes y alegres, el capitán, el teniente y el subteniente,
nos ofrecen café.
El tren vuelve a marchar. Corre sin cesar por una
llanura ilimitada que las matas de esparto hacen parecer a
un mar tranquilo. El siroco se hace intolerable y nos echa
al rostro el aire inflamado del desierto; y, a veces, en el
horizonte aparece una forma vaga. Diríase que es un
lago, una isla; parece que se ven rocas dentro del agua; es
el espejismo. En un terraplén hay algunas piedras
calcinadas y el esqueleto de un hombre. Son los restos de
un español. Luego se ven otros camellos muertos,
destrozados por los buitres.
Se atraviesa un bosque. ¡Qué bosque! Un océano de
arena donde algunas raras matas de enebros parecen
planteles de lechugas en un huerto gigantesco. En lo
sucesivo ya no se ve otra planta que el esparto, que es
una especie de junco de un verde azulado, que crece en
matas redondas y cubre el suelo hasta donde alcanza la
vista.
A veces creemos ver un jinete a los lejos, pero
desaparece. Quizá nos hemos engañado.
Llegamos a Oued-Fallette, situado en una extensión
triste y desierta.
Me alejo a pie con dos compañeros, hacia el sur.
Subimos una colina baja sufriendo un calor asfixiante. El
siroco parece llevar fuego en sus alas. Seca el sudor en el
rostro apenas aparece, quema labios y ojos y reseca la
garganta. Bajo todas las piedras hay escorpiones.
En torno del convoy detenido y que de lejos parece
una gran bestia negra tendida en el suelo, los soldados
cargan los carros que llegan del campamento cercano.
Luego se alejan entre el polvo, lentamente, con
cansado paso, bajo el sol devorador. Se les ve mucho,
mucho rato, ir hacia la izquierda; luego, sólo se ve la
polvareda gris que indica el sitio por donde pasan.
Estamos sentados cerca del tren. Nada se puede
tocar, todo quema. El metal de los vagones parece
enrojecido al fuego. Se lanza un grito si la mano toca el
acero de las armas.
Hace algunos días la tribu de los Rezaina, yendo
hacia los rebeldes, atravesó este chott que no pudimos
alcanzar por lo adelantado de la hora. El calor fue tan
grande durante el paso de ese pantano desecado, que la
tribu fugitiva perdió todos sus borricos, abrasados por la
sed, y dieciséis niños, que murieron en brazos de sus
madres.
Silba la máquina. Abandonamos Oued-Fallette. Un
notable hecho de guerra hizo célebre aquel lugar.
Había allí una colonia defendida por un
destacamento del 15 de línea. Una noche se presentaron
en las avanzadas dos árabes después de haber hecho diez
horas a caballo con una orden urgente del general
gobernador de Saida. Según costumbre, agitan una
antorcha para darse a conocer. El centinela, que era un
recluta recién llegado de Francia y que ignoraba las
costumbres y reglas del servicio en campaña en el sur, sin
haber sido avisado por los oficiales, dispara sobre los
mensajeros. Los pobres diablos adelantan a pesar de
todo; la guardia empuña las armas, disparan los soldados
y durante un rato hacen un fuego terrible. Después de
sufrir ciento cincuenta disparos, los dos árabes se retiran
por fin; uno de ellos tenía un balazo en el hombro. Al día
siguiente regresan al cuartel general llevando aún las
órdenes consigo.
_______
BU-AMEMA
*

Bien listo sería aún hoy día quien pudiese decir
quién fue Bu-Amema. Ese invisible guasón, después de
enloquecer a nuestro ejército de África, desapareció de
un modo tan completo, que se empieza a suponer que
nunca existió.
Oficiales dignos de crédito que pensaban conocerle,
me le describieron de cierta manera; pero otras personas
no menos honradas y seguras de haberle visto, me lo
pintaron de otra.
De todos modos ese bandido sólo fue el jefe de un
grupo poco numeroso que se lanzó al campo de la
rebelión aquí, acosado por el hambre. Esas gentes tan
sólo se batieron para vaciar silos y saquear convoyes.
Parecen no haber obrado por odio o fanatismo religiosos,
sino por hambre. Como nuestro sistema de colonización
consiste en arruinar al árabe, en despojarle sin tregua, en
perseguirle sin piedad, y en hacerle reventar de miseria,
es probable que estalles otras insurrecciones.
Otra causa quizá de aquella campaña fue la
presencia de los campesinos españoles en las altas
mesetas. En aquel océano de esparto, en aquella triste
extensión verdosa, inmóvil bajo el cielo abrasador, vivía
una verdadera nación, hordas de hombres atezados,
aventureros a quiénes la miseria u otras razones habían
arrojado de su patria. Más salvajes y temidos que los
árabes, aislados, lejos de toda ciudad, de toda ley, de toda
fuerza, hicieron, a lo que se dice, lo que sus antepasados
al descubrir nuevas tierras; fueron violentos,
sanguinarios, terribles para con los indígenas.
La venganza de los árabes fue espantosa.
He aquí en algunas líneas, el origen aparente de la
insurrección.
Dos santones predicaban abiertamente la guerra en
una tribu del Sur. El teniente Weinbrenner se envió allí
con el encargo de apoderarse del caid de aquella tribu. El
oficial francés llevaba una escolta de cuatro hombres.
Todos perecieron asesinados.
Se encargó al coronel Innocenti de vengar aquellas
muertes, y le enviaron para reforzar su destacamento el
agha de Saida.
Por el camino el guía del jefe de Saida encontró a
los Trafis que también iban al encuentro del coronel
Innocenti. Hubo rivalidad entre las dos tribus y los Trafis,
haciendo defección se pusieron a las órdenes de Bu-
Amema. Entonces fue cuando ocurrió el caso de Chellala
que ha sido contado cien veces. Después de ver saqueado
su convoy, el coronel Innocenti a quién acusó
ligeramente la opinión pública, volvió a marchas
forzadas hacia el Dreider, a fin de rehacer su columna y
dejo el camino libre a su adversario, el cual aprovechó el
descuido.
Mencionaremos un hecho curioso. El mismo día
dos telegramas oficiales señalaban la presencia de Bu-
Amema en dos puntos que distaban uno de otro ciento
cincuenta kilómetros. Este jefe, aprovechando la entera
libertad que se le dejaba, pasó a doce kilómetros de
Geryville, mató por el camino al cabo Bringeard, enviado
a la cabeza de algunos hombres en pleno país rebelde
para establecer comunicaciones telegráficas, y luego
tomó la vuelta del norte.
Entonces atravesó el territorio de los hassassenas y
de los harrars, a quienes dio probablemente las órdenes
para el asesinato general de los españoles, que se ejecutó
poco después.
Luego llegó a Ain-Ketifa y dos días más tarde,
acampaba en Haci-Tirsine, a veintidós kilómetros de
Saida.
La autoridad militar se conmovió al cabo, y el 10 de
julio por la noche avisó a la compañía franco-argelina
para que diera la orden de que regresaran todos sus
agentes porque era de temer una catástrofe.
Los trenes circularon toda la noche hasta el extremo
límite de la línea, pero en algunas horas no era posible
recoger todos los grupos diseminados en un espacio de
ciento cincuenta kilómetros, y el 11, al amanecer,
empezó la matanza.
La realizaron las dos tribus de hassassenas y
harrars, exasperadas contra los españoles que vivían en
sus territorios.
Sin embargo, a pretexto de no incitarlos a la
rebelión, se ha dejado tranquilas a esas tribus que
degollaron cerca de trescientas personas entre hombres,
mujeres y niños. Jinetes árabes cargados de despojos y
con vestidos de mujeres españolas bajo las sillas de sus
caballos, se dice que fueron puestos en libertad por falta
de pruebas.
El 10 por la noche Bu-Amema acampaba en Haci-
Tirsine, a veintidós kilómetros de Saida. A la misma
hora, el general Cerez telegrafiaba al gobernador que el
jefe rebelde intentaba volver hacia el sur.
Los días siguientes el atrevido caudillo saqueó las
aldeas de Tafraua y de Kralfallah, cargando de botín
todos sus camellos y llevándose por valor de muchos
millones en víveres y mercancías.
Volvió de nuevo hacia Haci-Tirsine para
reorganizar sus tropas y luego dividió su convoy en dos
mitades, una de las cuales se dirigió hacia Ain-Ketifa.
Allí fue detenido y saqueado por la columna Brunetiere
dirigida por el guía de Sharraui.
La otra sección mandada por Bu-Amema en
persona que estaba colocada entre la columna del general
Detrie acampada en El-Maya y la columna Mallaret,
apostada cerca del Dreider, en Dsar-el-Krelifa. Había que
pasar entre las dos, lo cual no era fácil. Bu-Amema
destacó entonces un grupo de jinetes hacia el
campamento del general Detrie, que le persiguió con toda
su columna hasta Ain-Sfisifa, mucho más allá del chott,
convencido de que el marabut estaba delante de él. La
astucia le salió a pedir de boca, puesto que, al día
siguiente, el jefe insurrecto ocupaba el campamento del
general. Era el 14 de junio.
Por su parte el coronel Mallaret, en vez de guardar
el paso del Dreider, había acampado en Ksar-el-Krelifa,
cuatro kilómetros más allá.
Bu-Amema envió en seguida un numeroso
destacamento de jinetes que desfiló ante el coronel, que
se contentó con disparar los seis cañonazos legendarios.
Durante este tiempo, el convoy de camellos cargados,
pasaba tranquilamente el chott por el Kreider, único
punto por donde el paso fuera fácil. Desde allí el marabut
fue sin duda a poner a buen recaudo sus provisiones entre
los mograr, gentes de su tribu, que estaban a
cuatrocientos kilómetros, al sur de Geriville.
¿Cómo se saben, pueden preguntarse, hechos tan
precisos? Todo el mundo los da. Todo el mundo lo sabe.
Es natural que unos rechacen un detalle y otros otro. No
puedo afirmar nada, y me he contentado con recoger los
hechos que me parecieron más verosímiles. Me parece
que sería imposible obtener en Argelia un detalle cierto
acerca de lo que ocurre a tres kilómetros. Por lo que hace
a las noticias militares, no había que fiarse de ellas
entonces, pues parecían redactadas por un bromista. El
mismo día Bu-Amema estaba, según los jefes del cuerpo,
en seis puntos distintos. Una colección completa de los
telegramas oficiales unida a la de las agencias,
constituiría un conjunto muy curioso. Algunos de los
telegramas demasiado estrafalarios, fueron detenidos en
la estación telegráfica de Argel.
Una caricatura muy ingeniosa, hecha por un colono,
me ha parecido pintar muy bien la situación.
Representaba un general viejo, rechoncho, cubierto de
entorchados, bigotudo, mirando al desierto. Examinaba
con expresión perpleja la extensión inmensa, desnuda y
ondulada, cuyos límites no se advertían, y murmuraba:
«¡Están allí... en un punto u otro!» Luego, dirigiéndose a
su ayudante, decía con voz firme: «Telegrafíe usted al
gobierno, que el enemigo está enfrente de mis fuerzas y
que salgo en su persecución.»
Los únicos detalles algo ciertos que era posible
adquirir, provenían de los españoles que escaparon de las
garras de Bu-Amema.
Pude hablar con uno de ellos por medio de un
intérprete y he aquí lo que me contó:
Se llamaba Blas Rojo Pérez. El día 10 de junio
conducía junto con otros compañeros, un convoy de siete
carretas, cuando encontraron en el camino otros carros
destrozados, y junto a ellos a los carreteros asesinados.
Uno de ellos vivía aun. Trataron de curarle; pero un
grupo de árabes se lanzó sobre ellos. Los españoles no
tenían más que un fusil y se rindieron. Todos fueron
asesinados, menos Blas Rojo, a quien perdonaron quizá
por su juventud y buen aspecto; pues sabido es que los
árabes no se muestran indiferentes a la belleza de los
hombres. Le llevaron al campamento donde halló otros
prisioneros.
A media noche mataron a uno de ellos sin motivo
alguno. Era un pobre diablo que habitualmente se
dedicaba a apretar los frenos de las carretas, llamado
Domingo.
El día siguiente 11, Blas supo que otros prisioneros
habían sido asesinados por la noche. Era el día de la gran
matanza. No marcharon los árabes, algunos de los cuales
por la noche, trajo dos mujeres y un niño.
El 12 se levantó el campamento y se caminó todo el
día.
El 13 por la noche, acamparon en Dayat-Kereb.
El 14 caminaban en dirección de Ksar-Krelifa.
Aquel día hubo el encuentro Mallaret. El prisionero no
oyó los cañonazos, lo cual hace suponer que Bu-Amema
hizo desfilar sólo una parte de sus jinetes por delante del
cuerpo expedicionario francés, mientras el convoy con el
botín, pasaba el chott algunos kilómetros más lejos, al
abrigo de toda sorpresa.
Durante ocho días se marchó en distintas
direcciones. Una vez llegados a Tis-Moulins algunos
jefes disidentes se separaron, llevándose cada cual a sus
prisioneros.
Bu-Amema se mostró humano con esto, sobre todo
con las mujeres, a quienes hacía dormir en una tienda
separada y bien custodiada.
Una de ellas, hermosa joven de dieciocho años, se
casó por el camino con un jefe trafi que la amenazaba de
muerte si se resistía. Pero el marabut no quiso consagrar
su unión.
Blas Rojo fue destinado al servicio de Bu-Amema,
a quién, sin embargo, no vio. Únicamente vio a su hijo
que dirigía las operaciones militares. Parecía tener unos
treinta años. Era un muchacho delgado, moreno, pálido,
de ojos rasgados y barba corta, tenía dos caballos
alazanes, uno de ellos francés que parecía haber
pertenecido al comandante Jacquet.
El prisionero no asistió al combate del Kreider.
Blas Rojo se escapó cerca de Bas-Yala, pero como no
conocía bien el país, se vio obligado a seguir las ramblas
y después de tres días y tres noches de marcha, llegó a
Marhum. Bu-Amema acaudillaba quinientos jinetes y
trescientos infantes, además de una recua de camellos
destinados a llevar el botín.
Durante quince días después de los asesinatos, los
trenes circularon de día y de noche por la línea de los
chotts.A cada instante se recogían desdichados españoles
mutilados y lindas muchachas desnudas, violadas y
ensangrentadas. Todos los habitantes de la comarca
decían que con un poco de cuidado la autoridad militar
hubiera podido evitar tamaños desafueros. En todo caso
pudo aplastar a aquel puñado de rebeldes.
¿Cuáles son las causas de aquella impotencia de
nuestras armas perfeccionadas contra los trabucos y
espingardas de los árabes? Otros las indicarán si alcanzan
a descubrirlas.
De todos modos, los árabes tienen sobre nosotros
una ventaja contra la cual nos esforzamos en vano por
luchar. Son hijos del país. Como se alimentan con
algunos higos y un poco de pan y se muestran
infatigables bajo ese clima que aniquila a los hombres del
Norte, montados en caballos sobrios como ellos mismos,
e insensibles al calor, recorren en un día ciento o ciento
treinta kilómetros. Como no llevan bagajes ni víveres ni
impedimento de ninguna especie se mueven con rapidez
sorprendente, pasan entre dos columnas acampadas para
atacar y saquear una aldea que se cree segura,
desaparecen sin dejar huella, y luego vuelven
bruscamente cuando se les supone muy lejos.
En una guerra europea, por muy rápida que sea la
marcha de un ejercito, no puede ignorarla el enemigo. La
masa de los bagajes retarda fatalmente los movimientos e
indica siempre el camino. Una partida árabe, por el
contrario, no deja más señal de su paso que una bandada
de pájaros. Aquellos jinetes errantes van y vienen en
torno nuestro con la celeridad y los zig-zag de las
golondrinas.
Cuando atacan es fácil vencerlos y casi siempre se
les derrota a pesar de su valor. Pero no se les puede
perseguir. No hay maneras de alcanzarles cuando huyen.
Así es que evitan los encuentros, y se contentan en
general con molestar a nuestras tropas. Cargan con
facilidad al galope furioso de sus flacos caballos y llegan
como una tempestad de ropajes blancos y de polvo.
Descargan, mientras galopan, sus espingardas
adamascadas, y luego, describiendo una curva brusca se
alejan como llegaron, a escape, dejando en el suelo, tras
ellos, de trecho en trecho un montón de trapos blancos
que se agitan, caído allí como un pájaro herido que
tuviera empapadas en sangre sus albas plumas.
__________
PROVINCIA DE ARGEL
*

Los argelinos, los verdaderos habitantes de Argel,
no conocen de su país más que la llanura de Mitidja,
viven sosegados en una de las ciudades más bonitas del
mundo, declarando que el árabe es ingobernable,
únicamente bueno para ser asesinado o ser lanzado al
desierto.
No han visto otros árabes que los perdidos del sur
que pululan por las calles. En los cafés se habla de
Laghuat, de Bu-Saada, de Saida, como si estas comarcas
estuvieran en el fin del mundo. Es raro que un oficial
conozca las tres provincias. Casi siempre permanece en
el mismo sitio hasta que vuelve a Francia.
Justo es añadir que es muy difícil viajar desde que
uno se aparta de los caminos conocidos del sur. Nadie lo
puede hacer sin el apoyo y la venia de las autoridades
militares. Los comandantes de las avanzadas se
consideran como verdaderos monarcas omnipotentes, y
todo aquel que se atreviera a internarse solo, se expondría
a que los árabes le detuvieran inmediatamente y le
presentaran bajo escolta al oficial más cercano, quién a
su vez le haría llevar entre dos sphais a territorio civil.
Pero desde que se tiene una recomendación,
cualquiera, se encuentra buena acogida por parte de los
oficiales de las oficinas árabes. Como viven lejos de toda
vecindad y aislados, acogen al viajero de un modo
encantador. Como viven solos, han leído mucho, son
instruidos y hablan con amenidad, y viviendo en aquel
amplio país desolado de horizontes infinitos, saben
pensar como los obreros solitarios. Teniendo los
prejuicios que tienen la mayoría de los franceses contra
esas oficinas, tuve que reformar mi manera de ver
después de conocerlas.
Gracias a muchos de estos oficiales pude hacer una
larga excursión lejos de los caminos conocidos andando
de tribu en tribu. Principiaba el Ramadán. La gente de la
colonia se mostraba inquieta temiendo una insurrección
general al acabar la cuaresma islamita.
El Ramadán dura treinta días. Durante aquel
periodo ningún siervo de Mahoma no debe comer, beber
ni fumar desde que sale el sol hasta que no se puede
distinguir un hilo blanco de un hilo colorado. Esta
prescripción no se sigue al pie de la letra y se ve brillar
más de un cigarrillo desde que el astro de fuego se oculta
en el horizonte antes que los ojos hayan dejado de
distinguir el color de un hilo.
Fuera de tal precipitación no hay árabe que infrinja
la severa ley del ayuno, de la abstinencia absoluta. Los
hombres, las mujeres, los muchachos desde que tienen
quince años, las muchachas desde que son núbiles, es
decir, entre once y trece años, permanecen todo el día sin
comer ni beber. No comer, poco importa, pero no beber
es horrible en un país tan caluroso. No hay dispensas para
tal cuaresma. No hay quién se atreva siquiera a pedirlas,
y hasta las mujeres públicas, las ulad-nail, que pululan en
todos los centros árabes, y en los grandes oasis, ayunan
como los marabuts o más que ellos. Hasta los árabes que
se creía civilizados, los que en tiempo ordinario se
muestran dispuestos a aceptar nuestras costumbres, a
aceptar nuestras ideas, a secundar nuestra acción, de
pronto, desde que empieza el Ramadán, se vuelven
salvajemente fanáticos y estúpidamente fervorosos.
Fácil es comprender cuán furiosa exaltación
produce en aquellos cerebros ruines y testarudos tan dura
práctica religiosa. Durante todo el día esos desgraciados
meditan con el estómago vacío mirando pasar a los rumis
conquistadores que comen, beben y fuman delante de
ellos. Y piensan que si matan uno de esos rumis durante
el Ramadán, irán derechos al cielo e imaginan que la
época de nuestra dominación toca a su fin, pues sus
marabuts les prometen de continuo que nos echarán al
mar a estacazo limpio.
Durante el Ramadán funcionan los aissauas,
comedores de escorpiones y de culebras, saltimbanquis
religiosos, los únicos quizá que, con algunos descreídos y
algunos nobles, no tiene una fe muy arraigada.
Tales excepciones son infinitamente raras; sólo
puedo citar una.
En el instante de emprender una marcha de veinte
días hacia el sur, un oficial del puerto de Boghar, pidió a
los tres sphais que le acompañaban que no observaran el
Ramadán, pensando que nada podría obtener de aquellos
hombres extenuados por el ayuno. Dos de los soldados
rehusaron, y el tercero contestó: «No observo el
Ramadán, mi teniente, no soy un marabut, sino un
noble.»
Era, en efecto, hijo de tienda grande, descendiente
de una de las más antiguas e ilustres familias del desierto.
Subsiste una costumbre extraña que data de la
ocupación y que parece profundamente grotesca si se
tiene en cuenta los terribles resultados que puede tener
para nosotros el Ramadán. Como al principio se pensó en
atraer a los vencidos, y como para ello el mejor medio es
conservarles sus prácticas religiosas, se decidió que los
cañones franceses darían la señal del ayuno durante la
época de la abstinencia. Así, pues, cada mañana desde
que apunta la aurora, un cañonazo anuncia el ayuno, y al
anochecer, unos veinte minutos después de haberse
puesto el sol, otro cañonazo que resuena en todas las
plazas fuertes, fortines y ciudades hace encender millares
de cigarrillos, beber millares de vasos de agua y preparar
en toda Argelia millares de platos de alcuzcuz.
Pude asistir en la gran mezquita de Argel a la
ceremonia religiosa con que se inaugura el Ramadán.
El edificio es sencillo, tiene las paredes
blanqueadas y el piso cubierto de tupidas alfombras. Los
árabes entran con paso rápido, descalzos, llevando el
calzado en la mano. Se colocan en filas regulares
apartadas unas de otras y más rectas que las filas de los
soldados cuando hacen el ejercicio. Dejan el calzado en
el suelo frente a ellos y permanecen inmóviles como
estatuas con el rostro vuelto hacia una capillita que indica
la dirección de la Meca. En esta capilla oficia el mufti. Su
voz fatigada, suave, temblorosa y muy monótona modula
una especie de canto triste que no se olvida jamás
habiéndolo oído una vez. La entonación cambia a
menudo, y entonces, todos los asistentes, con
movimiento rítmico, silencioso y precipitado, tocan con
la frente el suelo y permanecen prosternados algunos
segundos y se levantan sin que se haya oído ningún
ruido, sin que se haya velado ni por un instante el rezo
tembloroso del mufti. Y sin cesar, toda la concurrencia se
inclina y se yergue con una prontitud, un silencio y una
regularidad fantásticas.
No se oye allí el ruido de las sillas, ni las toses y
cuchicheos de los templos católicos. Se comprende que
una fe salvaje se cierne sobre aquellas gentes, las encorva
y las levanta como maniquíes; es una fe muda y tiránica
que invade los cuerpos, inmoviliza los rostros y oprime
los corazones. Un indefinible sentimiento de respeto
mezclado de piedad se apodera de uno viendo aquellos
fanáticos amojamados que no echan barriga para poder
prosternarse mejor, y que cumplen la religión con la
formalidad y la rectitud de los soldados prusianos
maniobrando.
Las paredes son blancas, las alfombras rojas; los
hombres van vestidos de blanco, rojo o azul y hasta de
otros colores, según el gusto de sus trajes de ceremonia;
pero todos están majestuosamente envueltos y tienen
altivo continente. La luz que cae de los ventanales
ilumina suavemente su cabeza y sus hombros.
Una familia de marabuts ocupa un estrado y canta
los versículos con igual entonación que el muftí. Y
aquello continúa durante largo rato.
Durante las noches del Ramadán hay que visitar la
kasbah. Bajo esta denominación de kasbah que significa
ciudadela, se designa ahora toda la ciudad árabe. Como
se ayuna y se duerme durante el día, se come y vive de
noche. Entonces aquellas callejuelas empinadas como
senderos de montaña, de piso desigual, estrechas como
galerías abiertas por los animales, verdaderos vericuetos
que se cruzan y entrecruzan y tan profundamente
misteriosas que a su pesar habla uno en voz baja, están
llenos de una multitud que recuerda las Mil y una noches.
Tal es la impresión exacta que se experimenta. Parece
que viaja uno por el país que nos ha descrito la sultana
Scheherazada. He aquí las puertas bajas, recias como
paredes de cárcel con admirables herrajes. Aquí están las
mujeres veladas, allí, en lo profundo del patio que se ve
por la entreabierta puerta, los rostros tapados, y allí se
oyen los ruidos vagos de esas casas cerradas como
cofres que guardan preciosidades. En los umbrales se ven
a veces hombres tendidos que comen y beben. Alguna
vez sus grupos ocupan todo el estrecho paso. Hay que
pasar por encima de pantorrillas desnudas, rozar manos y
buscar sitio donde poner el pie entre aquellos montones
de ropa blanca tirada al suelo, de la que salen cabezas y
miembros.
Los judíos dejan abiertos los cuchitriles que les
sirven de tiendas, y las mancebías clandestinas llenas de
rumores son tan numerosas, que no se anda cinco
minutos sin encontrar dos o tres.
En los cafés árabes hay filas de hombres
amontonados unos contra otros acurrucados en los
bancos que corren a lo largo de las paredes o
sencillamente sentados en el suelo, que beben café en
pequeñísimas copas. Están inmóviles y mudos teniendo
en la mano la taza que llevan de vez en cuando a la boca
con movimiento pausado y pueden coger veinte, según
están de amontonados, en un espacio donde no cabrían
diez europeos.
Fanáticos de expresión sosegada van y vienen entre
aquellos pacíficos bebedores predicando la rebelión,
anunciando el fin de la esclavitud. Dicen que es en el
ksar, (aldea árabe) de Bukhrari donde se notan siempre
los primeros síntomas de las grandes insurrecciones. Este
poblacho se encuentra en la carretera de Laghuat. Vamos
allá.
Cuando se mira el Atlas desde la llanura de Mitidja
se ve un corte gigantesco que hiende la montaña en
dirección al sur. Parece que un hachazo lo haya
producido. Se llama la garganta de Chiffa. Por allí pasan
los caminos de Medeah, Bukhrari y Delaghuat. Se entra
en la hendidura de la montaña: se sigue el riachuelo de
Chiffa, y se penetra en la garganta estrecha salvaje y
arbolada.
Por todas partes hay fuentes. Los árboles escalan
los muros cortados a pico, se agarran por todas partes,
parecen subir al asalto.
El paso se estrecha más aun. Los peñascos erguidos
os amenazan; el cielo parece como una faja azul entre las
cimas, luego, en un brusco recodo, se ve una posada que
se levanta en el nacimiento de una torrentera cubierta de
árboles. Es la hostería del Arroyo de los Monos.
Delante de la puerta canta el agua en los aljibes.
Surge, sube, cae, llena aquel rincón de frescura y
recuerda los tranquilos valles suizos.
Descansa y se adormece uno a su sombra; pero de
pronto, sobre la cabeza se mueve una rama. Si uno se
levanta, entonces, en la espesura, se nota una fuga
precipitada de monos, saltos, cabriolas, caídas y gritos.
Los hay enormes y pequeños, a centenares y a
millares quizá. El bosque está lleno de ellos, poblado,
pululante.
Algunos cogidos por los dueños de la hostería son
acariciadores y mansos. Uno jovencillo cogido la semana
última todavía se muestra algo salvaje. Tan pronto como
uno se está quieto, se acercan, lo acechan, lo observan.
Diríase que los viajeros son la mayor distracción de los
habitantes de aquel valle.
Algunos días, sin embargo, no se ve ni uno solo.
Más allá de la posada del Arroyo de los monos el
camino se estrecha otra vez, y de pronto, a la izquierda,
dos grandes cascadas se precipitan casi desde lo alto del
monte. Dos cascadas claras, dos cintas de plata. ¡Si
supierais cuán agradable es ver cascadas en tierra
africana! Se sube, se sube durante mucho rato, La
garganta es menos profunda, menos poblada de árboles.
Se sube más aun; la arboleda desaparece poco a poco,
solo se ven campos; cuando se llega a la cima se
encuentran encinas, sauces, olmos, los árboles de
nuestros países. Se duerme en Medeah, ciudad pequeña y
blanca parecida a una subprefectura de Francia.
Más allá de Medeah empiezan de nuevo los feroces
estragos del sol. Se atraviesa sin embargo un bosque,
pero es un bosque raquítico, claro, que deja ver a trechos
la piel requemada de la tierra pronto vencida. Luego ya
no se ve nada vivo en torno nuestro.
A la izquierda hay un valle árido y rojizo sin una
brizna de hierba, se extiende a lo lejos parecido a una
hoya de arena. De pronto una gran sombra la atraviesa
lentamente. Pasa de un extremo a otro, mancha moviente
que se desliza por el desnudo suelo. Aquella sombra, es
la verdadera, la única habitante de aquel lugar sombrío y
muerto. Parece reinar allí como un genio misterioso y
funesto.
Levanto la vista y veo que con las alas extendidas
inmóviles, vuela el gran destrozador de carroñas, el
buitre flaco que se cierne sobre sus dominios bajo el otro
dueño de vasto país que asesina, el sol, el duro sol.
Cuando se baja hacia Bukhrari se descubre hasta
donde alcanza la vista el interminable valle de Chelif.
Allí se ve en toda su asquerosidad la miseria, la amarilla
miseria de la tierra. Aparece astroso como un viejo
mendigo árabe aquel valle hendido por el lecho sucio del
río sin agua, bebido hasta el fango por el fuego del cielo.
Esta vez, el fuego que reemplaza el aire y llena el
horizonte, todo lo ha vencido, todo lo ha devorado, todo
pulverizó, todo calcinó.
Algo parece tocar vuestra frente; en otra parte sería
viento, aquí es fuego. Algo flota a lo lejos sobre las
crestas peñascosas; en otra parte sería bruma, aquí es
fuego, o mejor dicho, calor visible. Si el suelo no
estuviera ya calcinado hasta los huesos, aquella extraña
neblina recordaría el humo que se escapa de la carne viva
al contacto del hierro candente. El valle entero tiene un
color extraño, deslumbrador, y sin embargo, como
apagado; el color de la arena ardiente, al cual parece
mezclarse un matiz violado que brota del cielo en fusión.
No hay insectos entre aquel polvo. Únicamente se
ven algunas hormigas grandes. Las mil bestezuelas que
se ven en nuestros países no podrían vivir en esta fragua.
En algunos días tórridos, hasta las moscas mueren como
sucede cuando aprietan los fríos. Apenas si las gallinas
pueden vivir; los pobres animalitos andan con el pico
abierto y las alas caídas de un modo triste y cómico a la
par.
Desde hace tres años las últimas fuentes que aun
manaban, se secan. El sol reina como un dueño absoluto
y parece orgulloso de su inmensa victoria.
Sin embargo, he aquí algunos árboles, árboles
raquíticos. Es Bogar, una aldehuela colocada en la cima
de una montaña polvorienta.
A la izquierda, en un repliegue peñascoso
coronando un montículo y apenas distinto del suelo, del
que ha tomado el color monótono, hay un gran pueblo; es
el ksar de Bukhrari.
Al pie de como de polvo que soporta este gran
pueblo árabe, hay algunas casas ocultas entre los
repliegues del terreno. Forman un ayuntamiento mixto.
El ksar de Bukhrari es una de las mayores
poblaciones árabes de Argelia. Está en la frontera del sur
un poco más allá del Tell, en la zona de transición entre
los países europeizados y el gran desierto. Su situación le
da gran importancia política, y viene a ser algo así como
el lazo de unión entre los árabes del litoral y los del
Sahara. Viene a ser como el pulso de las insurrecciones.
De allí parten los avisos y hasta allí llegan. Las tribus
más lejanas envían emisarios para saber lo que ocurre en
Bukhrari. Desde todos los puntos de Argelia se fijan en
los acontecimientos de ese pueblo.
Sólo la administración francesa no se ocupa de lo
que se trama en Bukhrari. Ha hecho de él un
ayuntamiento a guisa de los que existen en Francia,
administrado por un alcalde, que es un viejo labriego de
mirada soñolienta que tiene como adjunto un guarda
foral. Entra y sale quien quiere; los árabes que llegan de
cualquier lugar circulan, hablan, intrigan, sin que nadie
les moleste.
Al pie del ksar, a dos o trescientos metros, hay el
ayuntamiento mixto gobernado por el administrador civil
que dispone de plenos poderes sobre un territorio desierto
que no vale la pena vigilar. No puede mermar las
atribuciones de su vecino el alcalde.
Enfrente, en la montaña, se alza Boghar, donde
habita el comandante superior del puesto militar. Tiene
poderes para hacer y deshacer, pero no puede inmiscuirse
en los asuntos del ksar porque es un AYUNTAMIENTO
AUTÓNOMO. Y como el ksar está habitado únicamente
por árabes, resulta que se respeta el punto peligroso y se
vigila aquello que es inofensivo. Se ataca el mal en sus
manifestaciones no en su origen.
¿Qué sucede? El comandante y el administrador,
cuando están en buenas relaciones, organizan una especie
de policía secreta a espaldas del alcalde y procuran
enterarse de lo que ocurre.
No es raro ver que este centro árabe que todo el
mundo cree peligroso se goza de mayor libertad que en
una ciudad de Francia, en tanto que un francés, si no
cuenta con protecciones no puede penetrar ni circular por
los terrenos militares de los puestos avanzados del sur.
En las afueras de Bukhrari hay una hostería. Allí
pasé la noche, una noche calurosa. La atmósfera parecía
quemada por la llama del último día. Estaban inmóvil,
como cuajado por el calor. Me levanté con el alba. Salió
el sol encarnizado en su tarea incendiaria. Delante de mi
ventana abierta y desde la que se veía un horizonte ya
tórrido y silencioso, esperaba una diligencia
desenganchada. Un rótulo negro sobre fondo amarillo
decía: «Correo del sur.» ¡Correo del sur! ¿De modo que
se iba aún más hacia el sur en aquel terrible mes de
Agosto? ¡El sur! ¡qué palabra más rápida y ardiente! ¡El
sur! ¡el fuego! En el norte, hablando de los países
templados decimos: «el Mediodía». Aquí se dice: «¡el
sur!».
Miraba esta sílaba tan corta y me sorprendía como
si jamás la hubiera leído. parecíame descubrir su sentido
misterioso, pues las palabras más conocidas como los
rostros más a menudo mirados tienen a veces
significados secretos que un día se advierten de pronto
sin saber por qué. ¡El sur! el desierto, los nómadas, las
tierras inexploradas, los negros, todo un mundo nuevo,
algo así como un universo que empieza. ¡El sur! Cuán
enérgico es esto en la frontera del Sahara.
Por la tarde fui a visitar el ksar.
Bukhrari es la primera aldea en que se encuentran
Ulad-Nail. Queda uno estupefacto al ver a aquellas
cortesanas del desierto. Las calles concurridas están
llenas de árabes tendidos delante de las puertas en
cuclillas, hablando en voz baja o durmiendo. Por todas
partes sus ropajes flotantes y blancos parecen aumentar la
blancura de las casas. Nada de manchas; todo es blanco;
y de pronto, de pie en el umbral de un puerta, aparece
una mujer con un peinado y unos adornos que parecen de
origen asirio, ceñida la cabeza por una enorme diadema
de oro.
Lleva largo vestido de un rojo vivísimo. Los brazos
y los jarretes ostentan brazaletes de oro bruñido, y su
rostro de rectas líneas está tatuado de estrellitas azules.
Luego aparecen más, muchas más, con el mismo peinado
monumental: una montaña cuadrada que deja caer a cada
lado una gruesa trenza que llega hasta el lóbulo de la
oreja, y luego se pierde de nuevo hacia la nuca en la masa
opaca de los cabellos. Llevan siempre diademas, algunas
de ellas muy ricas. El pecho desaparece bajo los collares,
medallas y pesados dijes; dos gruesas cadenitas de plata
dejan caer hasta el bajo vientre un gran candado del
mismo metal preciosamente calado, y cuya llave pende
del extremo de otra cadenita.
Algunas de estas muchachas llevan brazaletes muy
delgados. Son las principiantes. Las otras, las veteranas,
llevan a veces diez o quince mil francos de joyas. He
visto una cuyo collar estaba formado por ocho hilos de
monedas de veinte francos. Así guardan su fortuna, sus
economías laboriosamente ganadas. Las argollas de los
jarretes son de plata maciza y de un gran peso. En efecto,
apenas tienen dos o trescientos francos en plata, los
hacen fundir por los plateros mozabitas que se los
devuelven en forma de esos anillos cincelados, o de esos
candados simbólicos, o de esas cadenas, o de esos anchos
brazaletes. Las diademas que coronan su cabeza están
obtenidas de igual modo. Su peinado monumental, que es
una complicación indecible de trenzas enredadas unas
con otras exige, todo un día de trabajo y una indecible
cantidad de aceite. Por eso no se hacen peinar más que
una vez al mes y tienen gran cuidado en sus amorosos
juegos en no comprometer aquel alto y ornamental
edificio de pelo que echa un olor apestoso.
Por la noche hay que verlas cuando bailan en el
café moro.
La aldea está silenciosa. Formas blancas yacen
tendidas a lo largo de las casas. El cielo ardiente está
tachonado de estrella, de esas estrellas africanas que
brillan con claridad vivísima, con una claridad de
diamantes de fuego, palpitante, viviente, aguda.
De pronto, al volver una calle, oís un ruido, una
música salvaje y precipitada, un estruendo de tambores
dominado por el clamor agrio, continuo, ensordecedor y
feroz de una flauta que toca de un modo infatigable un
mocetón de piel de ébano que es dueño del
establecimiento.
Delante de la puerta hay un montón de albornoces,
de árabes que miran sin entrar y que forman una luz
moviente bajo la claridad que llega del interior.
Dentro, hay filas de seres inmóviles y blancos
sentados en bancos a lo largo de las blancas paredes bajo
el techo que casi toca las cabezas. Y en el suelo, en
cuclillas, con sus oropeles centelleantes, sus joyas
deslumbradoras, sus caras tatuadas, sus altos peinados y
sus diademas que recuerdan los bajos relieves egipcios,
esperan las Ulad-Nail.
Entramos. Nadie se mueve. Entonces, para
sentarnos, y según costumbre, se coge a los árabes, se les
empuja, se les echa de sus bancos, y ellos impasibles se
van. Sus compañeros se estrechan para hacer sitio.
En el fondo, en un estrado, los cuatro tamborileros
con actitud estática golpean frenéticamente el parche de
sus instrumentos, y el dueño, el negrazo, se pasea con
paso majestuoso soplando con furia en la flauta rabioso,
sin tregua, sin desfallecer un segundo.
Entonces, dos Ulad-Nail, se levantan, se colocan en
las extremidades del espacio libre y empiezan a baliar. Su
baile es una marcha suave ritmada por taconazos que
hacen resonar las anillas de las piernas. A cada golpe el
cuerpo entero se dobla como con una especie de cojera
metódica; y las manos altas y extendidas a la altura de la
frente, se vuelven con suavidad a cada salto con un
estremecimiento rápido de los dedos. El rostro vuelto de
medio lado, rígido, impasible, permanece
asombrosamente inmóvil. Es un rostro de esfinge y la
mirada oblicua sigue las ondulaciones de la mano como
fascinada por aquel movimiento suave que corta sin cesar
la brusca convulsión de los dedos.
Adelantan así una hacia otra. Cuando se
encuentran, sus manos se tocan; parecen estremecerse,
echan atrás los cuerpos y dejan arrastrar un amplio velo
de blondas que les cae del peinado al suelo. Se rozan
echadas hacia atrás como extasiadas ejecutando un lindo
movimiento de palomas enamoradas. El velo se mueve
como un ala. Luego, irguiéndose de pronto, otra vez
impasibles, se separan, y ambas continúan hasta la línea
de los espectadores su paso que resbala lento y desigual.
No todas son lindas, pero todas son singularmente
raras. No hay nada que pueda dar idea de los árabes
acurrucados junto a ellas ni del paso sosegado de esas
cortesanas cubiertas de oro y de ropas de colores
chillones.
Algunas veces cambian los ademanes de su baile.
Aquellas prostitutas eran antes todas de una misma
tribu, de la de los Ulad-Nail. Así recogían su dote y
volvían luego a su tribu para casarse después de hacer
fortuna. No se las despreciaba en lo más mínimo, pues
aquello era costumbre admitida. Hoy aun cuando las
jóvenes de los Ulad-Nail vayan a hacer fortuna por tal
medio, todas las demás tribus proporcionan cortesanas a
las poblaciones árabes.
El propietario del café donde se exhiben y se
ofrecen es siempre un negro. Apenas ve entrar un
extranjero, el apañado industrial se aplica en la frente una
moneda de cinco francos que se le mantiene pegada a la
piel no se sabe cómo. Y anda por su establecimiento
tocando de un modo feroz su flauta salvaje, enseñando
con obstinación la moneda que ostenta para invitar al
visitante a ofrecerle otra igual.
Las Ulad-Nail, nobles dan muestra de toda la
generosidad y delicadeza que implica su origen en sus
relaciones con los que las visitan. Basta admirar un
segundo la tupida alfombra que sirve de cama, para que
el criado de la noble prostituta lleve a su amante de un
momento el objeto que ha llamado su atención.
Tienen, como las rameras de Francia, protectores
que viven a costa de ellas. A veces, por la mañana, se
encuentra a una de esas infelices en el fondo de un
barranco con la garganta abierta de una cuchillada,
despojada de todas sus joyas. El hombre a quien amaba
ha desaparecido para siempre.
El cuarto donde reciben es una estrecha salita con
paredes de tapia. En los oasis el techo está formado
simplemente por cañas superpuestas unas a otras, entre
las que viven ejércitos de escorpiones. La cama se
compone de alfombras superpuestas.
Los ricos, árabes o franceses, que quieren pasar una
noche de lujosa orgía, alquilan hasta la aurora el baño
moro con todos sus criados. Beben y comen allí,
modificando el uso de los divanes de descanso.
Este asunto de costumbres me lleva a hablar de otro
bien difícil. Nuestras ideas, nuestras costumbres, nuestros
instintos difieren tan radicalmente de los que alientan en
estos países, que apenas se atreve uno a hablar de un
vicio que es aquí tan frecuente, que los europeos ni
siquiera se escandalizan. Se ríe uno de ello en vez de
indignarse. Es una materia muy delicada, pero de la que
se ha de hablar si se quiere hacer comprender la vida
árabe y el carácter especial de ese pueblo.
A cada paso topa uno aquí con esos amores
antinaturales entre seres del mismo sexo, que
recomendaba Sócrates, el amigo de Alcibiades.
A menudo, en la historia se hallan ejemplos de esa
rara y sucia pasión a la que se entregaba César, que los
romanos y los griegos practicaron constantemente, que
Enrique III puso de moda en Francia, y que se atribuyó a
muchos grandes hombres. Pero estos ejemplos sólo son
excepciones, tanto más notadas cuanto que son más raras.
En África este amor anormal ha entrado tan
profundamente en las costumbres, que los árabes parecen
considerarle tan natural como el otro.
¿De qué proviene tal desviación del instinto? De
muchas causas sin duda. La más aparente es la escasez de
mujeres, secuestradas por los ricos, que poseen cuatro
esposas legítimas y tantas concubinas como pueden
mantener. Quizá también contribuya a ello el ardor del
clima, que exaspera los deseos sexuales y que ha
embotada en esos hombres la delicadeza y la pulcritud
moral que en nosotros nos preservan de contactos
repugnantes.
Quizá también dimana de una especie de tradición
de las costumbres de Sodoma, y es algo así como una
herencia viciosa recibida por ese pueblo nómada, inculto,
casi incapaz de civilización, y que no ha variado desde
los tiempos bíblicos.
¿Me atreveré a citar algunos ejemplos recientes y
bien característicos del poder de esa pasión en el árabe.
El Hammam tenía entre los criados de los baños un
negrito de Argelia. Después de haber vivido algún tiempo
en París, este muchacho volvió a África. Una mañana se
encontraron asesinados a dos reclutas de un cuartel. La
indagatoria demostró que el asesino no era otro que el
antiguo empleado del Hammam, que había matado a sus
dos amantes. Habiéndose establecido relaciones íntimas
entre estos dos hombres y sabiéndolo el muchacho, sintió
celos de los dos y los degolló.
Tales hechos son muy frecuentes. He aquí otro
drama:Un joven noble árabe era conocido de toda la
comarca por sus costumbres amorosas, que hacían a las
Ulad-Nail una desleal competencia.
Sus hermanos le reprocharon muchas veces, no sus
malas costumbres, sino su venalidad. Como no cambiaba
de proceder, le otorgaron un plazo de ocho días para
renunciar a su comercio. No hizo caso de la advertencia.
El noveno día por la mañana le encontraron
estrangulado, con el cuerpo desnudo y la cabeza tapada,
en el cementerio árabe. Cuando le descubrieron el rostro
vieron que tenia una moneda violentamente incrustada de
un taconazo en la piel de la frente, y sobre la moneda una
piedrecilla negra.
Al lado del drama la comedia.
Un oficial de spahis buscaba en vano un asistente.
Todos los soldados que empleaba iban mal vestidos,
sucios, descuidados.
Una mañana se presentó un jinete árabe muy guapo,
inteligente y de aspecto fino. El teniente quiso probar si
serviría. Era un verdadero hallazgo, un muchacho activo,
limpio, callado, cuidadoso y diestro. Todo fue bien
durante los ocho primeros días. El noveno por la mañana,
cuando el teniente volvía de su paseo cotidiano, vio
delante de su puerta un viejo spahis que le limpiaba las
botas. En el vestíbulo se encontró a otro spahis que
barría.E n su cuarto, otro hacia la cama, y otro cantaba en
el establo, mientras que el verdadero ordenanza, el joven
Mohammed fumaba tranquilamente cigarrillos tendido en
una alfombra.
El teniente, estupefacto, llamó a uno de aquellos
inesperados asistentes y le dijo indicándole a sus
camaradas:
– ¿Qué hacéis aquí?
El árabe se explicó enseguida.
– El teniente indígena es quien nos ha enviado, mi
teniente. (Cada oficial francés tiene a sus órdenes un
oficial indígena.)
– ¡Ah! ¿es el teniente indígena? ¿Y para qué?
Él añadió:
– Mi teniente, hace poco que nos ha dicho: «Id a
casa del teniente y haced todo el trabajo de Mohammed.
Este no debe hacer nada porque es la mujer del teniente.»
Aquella delicada atención costó dos meses de
calabozo al teniente indígena.
Lo que prueba hasta que punto este vicio ha entrado
en las costumbres de los árabes, es que todo prisionero
que cae en sus garras es utilizado en seguida para sus
placeres. Si son muchos, el infortunado puede morir a
consecuencia de aquel suplicio de voluptuosidad.
Cuando los tribunales entienden en un asesinato,
resulta muchas veces que el asesino ha violado a su
víctima después de muerto.
Hay otros hechos también muy corrientes, pero tan
innobles, que no puedo relatarlos aquí.
Al bajar un día al anochecer de Bukhrari vi a tres
Ulad-Nail, dos con vestidos rojos y otro azul que estaban
en pie y entre una multitud de hombres sentados a la
usanza oriental o tendidos. Parecían divinidades salvajes
dominando a un pueblo prosternado.
Todos tenían los ojos fijos en el fuerte de Boghar a
lo lejos en la gran cuesta de enfrente, sobre la vertiente
del valle polvoriento. Permanecían todos inmóviles,
atentos, como si esperaran algún acontecimiento
asombroso; todos tenían entre los dedos un cigarrillo que
acababan de hacer.
De súbito, una humareda blanca brotó de la
fortaleza, y en seguida penetraron en la boca los
cigarrillos mientras un ruido lejano hacia estremecer
ligeramente el suelo. Era el cañón francés que anunciaba
a los vencidos el término de la abstinencia cotidiana.
______
EL ZAR’EZ
*

Estaba desayunando una mañana en la fortaleza de
Boghar, en la habitación del capitán de la oficina árabe,
uno de los oficiales más discretos e inteligentes que hay
en el sur, al decir de personas competentes, cuando
hablaron de una expedición que iban a realizar dos
jóvenes tenientes.
Tratábase de dar un largo rodeo por los territorios
de Boghar, Djelfa y Bu-Saada para determinar los puntos
donde debían establecerse depósitos de agua. Se temía
una insurrección general al terminar el Ramadán, y se
quería preparar la marcha de una columna expedicionaria
a través de las tribus que pueblan aquella parte del país.
No hay todavía ni un mapa de aquella comarca.
Solo se puede uno servir de los elementos planos
topográficos levantados por los escasos oficiales que
pasan de vez en cuando, y de las indicaciones
aproximadas de manantiales y pozos, de las notas
garrapateadas rápidamente, y de los rápidos dibujos
hechos a simple vista, sin instrumentos de ninguna clase.
Pedí en seguida la autorización para unirme a los
expedicionarios. Se me dio de buen grado. Marchamos a
los dos días. Eran las tres de la mañana cuando un spahi
vino a despertarme llamando a la puerta de la miserable
hostería de Bukhrari.
Al abrir se me presentó el soldado con su guerrera
roja bordada de negro, sus bombachos que terminaban en
la rodilla allí donde empiezan las polainas de cuero
carmesí de los jinetes del desierto.
Era un árabe de mediana estatura.
Tenía la aguileña nariz hendida de un sablazo y la
huella dejaba al descubierto el tabique nasal por el lado
izquierdo.
Se llamaba Bu-Abdailha. Me dijo:
– Señor, tienes ensillado el caballo.
Yo le pregunté:
–¿Ha llegado el teniente?
Me contestó:
– Ahora vendrá.
Pronto se oyó un ruido lejano en el valle oscuro y
pelado, luego aparecieron y pasaron sombras y siluetas.
Distinguí únicamente los tres cuerpos raros que andaban
lentamente de tres camellos que llevaban las provisiones,
las tiendas de campaña y algunos objetos que creíamos
indispensables para atravesar un desierto apenas
conocido por los mismos oficiales.
Luego, siempre en la dirección del fuerte Boghar,
se oyó el galope rápido de un grupo de jinetes, y los dos
tenientes que iban de expedición, aparecieron con su
escolta compuesta de otro spahi y de un jinete árabe
llamado Dellis, hombre de «tienda grande» de una ilustre
familia indígena.
Monté rápidamente a caballo y marchamos. La
noche era todavía absoluta, tranquila y casi podría decirse
que inmóvil. Después de remontar un rato hacia el norte,
siguiendo el valle del Chelif, tomamos a la derecha por
un vallecito cuando amanecía.
En aquel país no hay crepúsculos. Nunca se ven
aquellas hermosas nubes purpúreas que parecen
arrastrase sangrientas o inflamadas por nuestros
horizontes del Norte cuando el sol nace o se pone. Aquí
se ve una luz vaga que aumenta, se extiende, invade todo
el espacio en unos instantes. Luego, de pronto, en la
cresta de un monte, o en el borde de una llanura infinita,
surge el sol tal como va a subir al espacio, sin tener aquel
aspecto rojizo, como adormecido aún, que adquiere en
nuestros países brumosos.
Lo más singular de aquellas auroras del desierto, es
el silencio que por doquier reina.
¿Quién no recuerda aquel primer grito que los
pájaros lanzan antes de nacer el día, cuando apunta el
alba; aquel otro grito que contesta desde el árbol vecino;
aquella incesante algarabía de píos y silbidos; aquella
charla de notas vivas y el canto lejano y continuo de los
gallos; todo aquel rumor del despertar de los animales;
todo aquel alegre vocerío que brota del ramaje?
Aquí, nada de esto. El sol enorme se levanta sobre
el suelo que devastó y parece mirarlo ya como dueño,
quizá para ver si existe aun algo que viva. No se oye ni
un grito de un animal, exceptuando a veces el relincho de
un caballo; ni un movimiento de vida, a menos que se
acampe cerca de un pozo, pues entonces se ve el desfile
largo, lento y mudo de los rebaños que van a abrevar.
El calor es sofocante en seguida. Por encima de la
capucha de franela y del casco blanco, se pone el
inmenso medol, sombrero de paja de inmensas alas.
Seguimos lentamente el valle. Tan lejos como alcanza la
vista, todo aparece desnudo, de un gris amarillento,
ardiente y soberbio. A veces, en las hondonadas donde
había un poco de agua, en el cauce reseco de los ríos,
algunos juncos verdes formaban una mancha cruda y
pequeña; a veces, en un repliegue de la montaña, dos o
tres árboles señalaban un manantial. Aun no estábamos
en la comarca sedienta que pronto habríamos de
atravesar.
Se subía sin descanso. Otros vallecitos
desembocaban en el nuestro, y a medida que llegaba el
mediodía, los horizontes se borraban algo invadidos por
una ligera bruma de calor, por una humareda de tierra
asada que anegaba las lejanías en tonos apenas azules,
apenas sonrosados, apenas blancos, pero que, sin
embargo, tenían algo de esos matices y que parecían de
una suavidad, de un encanto infinito, lejos del brillo
cegador del terreno inmediato.
Llegamos a la cresta de la montaña, y el caid El-
Akhedir-ben-Yahia en cuyos dominios íbamos a
acampar, salió a recibirnos seguida con algunos jinetes.
Es un árabe de ilustre abolengo, hijo del caudillo Yahiaben-
Aissa, llamado el «Jefe de la pata de palo.»
Nos condujo al campamento preparado junto a un
manantial, bajo cuatro árboles gigantescos cuyas raíces
bañaba sin cesar el agua, única vegetación que se
advertía en el horizonte de cimas roqueñas y áridas que
se extendían hasta perderse de vista en torno de nosotros.
Nos sirvieron en seguida el almuerzo en el que no
podía tomar parte el caid a consecuencia del Ramadán.
Pero para velar por nosotros, y a fin de que nada nos
faltase, se había sentado en frente de nosotros al lado de
su hermano El-Haues-ben-Yahia, caid de los Ulad-Alane-
Berchieh. Entonces vi que se acercaba un niño de unos
doce años, algo flaco, pero graciosamente altivo, a quien
viera pocos días antes entre las Ulad-Nail, en el café
moro de Bukhrari.
Ya me habían admirado la riqueza y la
deslumbradora blancura de la ropa de aquel árabe, su
continente noble, y el respeto que todos parecían
demostrarle. Y como me asombrara que le dejasen
correrla de aquel modo a su edad entre cortesanas, me
contestaron: «Es el hijo menor del Jefe; viene aquí para
conocer la vida y las mujeres.»
¡Cuán raro nos parece esto a los franceses!
El niño me reconoció y se me acercó gravemente
tendiéndome la mano. Luego, como su edad no le
obligaba al ayuno, se sentó con nosotros, y con su dedos
afilados empezó a comer el carnero asado. Creí
comprender que sus hermanos mayores, los dos caids,
bromeaban con él acerca de su viaje al ksar y le
preguntaban de donde provenía aquella corbata que
llevaba al cuello y si era un regalo de mujer.
Aquel día la sombra de los árboles nos permitió
echar la siesta. Me desperté al anochecer y subí a un
otero cercano para mirar la comarca.
El sol, próximo a desaparecer, se teñía de rojo en su
cielo anaranjado. Por todas partes, del norte al sur, del
este al oeste, las cordilleras de montañas que se erguían
hasta donde alcanzaba la vista, eran de color de rosa, de
un color de rosa extraño, como las plumas de los
flamencos. Se diría que era una apoteosis de ópera de
sorprendente e inverosímil color, algo ficticio, forzado y
contra naturaleza, pero admirable sin embargo.
Al día siguiente volvíamos a bajar a la llanura,
después de atravesar la montaña, una llanura infinita que
nos costó tres días de marcha, bien que desde el principio
viéramos la cadena de Djebel-Gada que la cerraba
enfrente de nosotros.
Tan pronto se veía una gran extensión de arena, tan
pronto polvo finísimo, o un océano de matas de esparto
crecidas al azar en el suelo y que obligaban a nuestros
caballos a volver de continuo a derecha e izquierda.
Las llanuras de África son sorprendentes. Parecen
desnudas y llanas como un pavimento, y por lo contrario
están onduladas como un mar después de la tempestad,
que desde lejos parece tranquilo porque su superficie es
lisa, pero que, sin embargo, conmueven amplias
ondulaciones. Las pendientes de esas olas de arena son
insensibles; nunca se pierden de vista las montañas del
horizonte, pero en la ondulación paralela, a dos
kilómetros de distancia, puede ocultarse un ejercito
entero, sin que nadie sospeche su existencia.
Esto es lo que hizo tan difícil la persecución de Bu-
Amema en las altas mesetas del sur oranés.
Cada mañana se emprende la marcha apenas
alborea a través de aquellas interminables y tristes
extensiones, y cada tarde se ven llegar algunos jinetes
envueltos en blancos albornoces que os conducen hacia
una tienda remendada, bajo la cual hay extendidas
muchas alfombras. Se come todos los días lo mismo, se
habla poco, se duerme o se medita.
¡Si supierais cuan lejos se está del mundo, de la
vida, lejos de todo, bajo esa tiendecita que deja ver por
sus agujeros las estrellas y por los bordes levantados el
inmenso país de árida arena!
Esta tierra es siempre monótona, igual, calcinada y
muerta, y allí, sin embargo, nada se desea, ni a nada de
aspira. Aquel panorama tranquilo, desolado, centelleante
de luz, basta a la mirada, basta al pensamiento, satisface a
los sentidos y a la imaginación, porque es completo
absoluto, y porque no puede concebirse de otro modo.
Las escasas manchas de vegetación aparecen como algo
falso, chocante y duro.
Y cada día, a la misa hora, se ve el mismo
espectáculo: el calor comiéndose un mundo; y tan pronto
como el sol se pone, se levanta la luna a su vez sobre la
soledad infinita. Pero cada día, poco a poco, el desierto
silencioso os invade, penetra el pensamiento como la
cruda luz calcina vuestra piel, y se quisiera convertir uno
en nómada, al modo de esos hombres que cambian de
tierra sin cambiar jamás de patria, entre esos
interminables espacios que siempre son casi iguales.
El oficial que va de expedición envía diariamente a
uno de sus jinetes a avisar al caid donde comerá y
dormirá al día siguiente, a fin de que este pueda preparar
el alimento de hombres y cabalgaduras. Esta costumbre
que equivale a las boletas de alojamiento en Francia,
resulta muy onerosa por la manera como se practica.
Quien dice árabe, dice ladrón sin excepción. He
aquí como se las arreglan en tales casos. El caid se dirige
a un jefe subalterno, y reclama esas raciones.
Para eximirse de tal impuesto y tanta molestia, el
jefe subalterno paga. El caid se mete el dinero el bolsillo,
y se dirige a otro jefe, que a menudo paga también en
metálico. Por fin uno de los jefes apronta los alimentos.
Si el caid tiene un enemigo, este es el que primero
paga por todos y por su parte el jefe procede con sus
súbditos de la misma manera que el caid para con él.
He aquí como un impuesto que debería costar de
veinte a treinta francos a cada tribu, le cuesta de
cuatrocientos a quinientos invariablemente.
Por ahora es imposible variar tal sistema, por una
infinidad de razones harto largas de explicar aquí.
Apenas se acerca la expedición al campamento se
ve desde lejos un grupo de jinetes que viene a vuestro
encuentro. Uno de ellos de destaca de los demás. Van al
paso o al trote. Luego, de pronto, se lanzan al galope, a
un galope desenfrenado, que nuestras cabalgaduras del
Norte no soportarían durante dos minutos. Es el galope
de los caballos de carrera, que parece el paso de un tren
exprés. Pero el árabe permanece erguido en la silla
dejando flotar su ropaje blanco, y con una sola sacudida
detiene el caballo que se estremece entre sus piernas.
Luego desmonta de un salto y se adelanta
respetuosamente hacia el oficial a quién besa la mano.
Sean cuales fueren la posición, el origen, el poder y
la fortuna del árabe, casi siempre besa la mano de los
oficiales que encuentra. Luego el caid monta de nuevo, y
guía a los viajeros hacia la tienda que les ha hecho
preparar. Se cree generalmente que las tiendas árabes son
blancas y deslumbran al sol.
Son por el contrario de un color pardo sucio rayado
de amarillo. Su tejido muy espeso, de pelo de carnero y
de cabra, parece grosero. La tienda es muy baja, pues
apenas puede uno estar de pie, y muy extensa. Unas
estacas la sostienen de un modo irregular y tiene los
bordes levantados a fin de que pueda circular el aire
libremente por debajo.
A pesar de tal precaución el calor es abrumador
durante el día en aquellas viviendas de tela, pero las
noches son deliciosas y se duerme maravillosamente
sobre los gruesos y magníficos tapices de Djebel-Amur,
por más que estén poblados de insectos.
Las alfombras constituyen el único lujo de los
árabes ricos. Se las amontona unas sobre otras, se forman
pilas y se las respeta como una preciosidad, pues todos se
descalzan para andar sobre ellas como en las mezquitas.
Tan pronto como sus huéspedes están sentados, o
por mejor decir, sentados en el suelo, el caid manda traer
café. Este café es exquisito. La receta no puede ser sin
embargo más sencilla. Se desmenuza en vez de molerlo,
se le mezcla una cantidad respetable de ámbar gris, y
luego se hace hervir.
Nada tan curioso como la vajilla de un árabe.
Cuando os recibe un rico caid, tiene la tienda adornada de
tapices inapreciables, de admirables cojines y de
alfombras maravillosas; y luego se ve llegar una vieja
fuente de hoja de lata que contiene cuatro tazas rajadas,
desportilladas, asquerosas, que parecen compradas en
algún bazar de los bulevares exteriores de París. Las hay
de todos tamañas y formas, de porcelana inglesa, de
imitación del Japón, de loza común, de todo lo más feo y
grosero que se fabrica en todas las partes del mundo.
El café lo traen en un tazón indecoroso o en una
escudilla de soldado, o en una inconcebible cafetera de
plomo, deformada, abollada, que parece enferma.
Es un pueblo extraño, infantil, primitivo como en el
nacimiento de las razas. Pasa de la tierra sin adherirse a
ella, sin instalarse. Por casas tiene telas extendidas sobre
estacas, y no posee ninguno de los objetos sin los cuales
la vida nos parecería imposible. No hay ni camas, ni
sábanas, ni mesas, ni sillas, ni una sola de esas cosas
indispensables que hacen cómoda la existencia. No hay
muebles para encerrar nada, no hay industrias, ni artes, ni
conocimientos de nada. Apenas sabe coser las pieles de
macho cabrío para acarrear el agua, y emplea en toda
circunstancia procedimientos tan primitivos, que se
queda uno sorprendido al verlo.
Ni siquiera puede remendar la tienda que desgarra
el viento, y abundan los agujeros en el tejido parduzco
que la lluvia cala a su gusto. No parecen amar ni la tierra
ni la vida esos jinetes vagabundos que depositan una sola
piedra en el sito donde duermen sus muertos, una gran
piedra cualquiera recogida en la montaña cercana. Sus
cementerios parecen campos donde en otro tiempo se
hubiese desplomado una casa europea.
Los negros tienen cabañas, los lapones agujeros, los
esquimales barracas, hasta los más miserables salvajes
tienen una vivienda abierta en el suelo, o levantada sobre
él. Aman a la madre tierra. Los árabes pasan siempre
errantes, sin lazos que les detengan, sin ternura para esta
tierra que nosotros poseemos, que hacemos fecunda, que
amamos con las fibras de nuestro corazón humano; pasan
al galope de sus caballos, inhábiles para todos nuestros
trabajos, indiferentes a todo lo que nos preocupa, como si
fueran de continuo a alguna parte a donde no llegarán
jamás. Sus costumbres son rudimentarias. Nuestra
civilización se desliza sobre ellos sin modificarles.
Beben en el agujero mismo de los odres, pero a los
extranjeros se les presenta el agua en una colección de
recipientes inverosímiles. Los hay de toda especie, desde
la cacerola de hierro, hasta el lebrillo desfondado. Estoy
seguro de que si en alguna razzia se apoderaran de uno de
nuestros sombreros de copa lo conservarían para ofrecer
agua dentro de él al primer general que pasara por la
tribu.
Su cocina se compone únicamente de cuatro o cinco
platos. El orden de estos platos no varía nunca.
Se presenta en primer término el carnero asado al
aire libre. Un hombre lo trae entero en el extremo de una
percha que ha servido de asador y el perfil de la res
tendida en el aire recuerda las ejecuciones de la edad
media. Se destaca al anochecer sobre un cielo rojo de una
manera burlesca y siniestra sostenida por un hombre de
aspecto severo y con ropaje blanco.
El carnero se deposita en una bandeja de esparto
trenzado en el centro del círculo de los comensales
sentados a la truca. No se usan tenedores; se parte con los
dedos o con un cuchillito indígena de mango de asta.
La piel dorada, barnizada por el fuego y durilla pasa
por lo más delicado. Se arranca a grandes trozos y se
come bebiendo agua siempre cenagosa o leche de
camella con la mitad de agua o leche agria que ha
fermentado en un odre de piel de macho cabrío del que
toma el sabor almizclado. Los árabes llaman «leben» a
esta bebida poco agradable.
Después del primero aparece tan pronto en una
marmita como en una cazuela o en una fuente una
especie de pasta de fideos con caldo amarillento en que la
pimienta se pelea con el pimentón entre un revoltijo de
albaricoques secos y dátiles machacados.
No recomiendo esta sopa a la gente de paladar
delicado.
Cuando el caid quiere obsequiaros, se sirve el
«hamis»; este guiso es notable. Quizá gustará saber en
qué consiste.
Se prepara, bien con pollo, bien con carne de
carnero, después de cortarle en pedacitos se fríe con
manteca.
Después se hace una ligera salsa echando sobre la
carne un poco de agua caliente. Se añade pimentón en
gran cantidad, pimiento dulce y pimienta, sal, cebollas,
dátiles y albaricoques secos, y se cuece hasta que los
dátiles y albaricoques se deshacen, y entonces se vierte
esa salsa sobre la carne. Es exquisito.
La comida termina invariablemente con un plato de
alcuzcuz que es el guiso nacional. Los árabes preparan el
alcuzcuz formando bolitas de harina con los dedos. Se
cuecen estos perdigones de un modo particular y se les
añade un caldo especial. No me entretengo en dar más
recetas a fin de que no se me acuse de hablar solo de
cocina.A veces sirven unos dulces hojaldrados de miel que
son muy buenos.
Cada vez que se acaba de beber, el caid dice: ¡Saa!
(¡A su salud!) Se le debe contestar: ¡Alah y Selmeck! Lo
que equivale a nuestro: «¡Dios le ayude!»
Estas fórmulas se repiten diez veces durante cada
comida.
Cada tarde a las cuatro nos instalamos en una nueva
tienda, tan pronto al pie de una montaña como en el
centro de una llanura sin límites.
Pero como la noticia de nuestra llegada se ha
esparcido ya por la tribu, vemos desde todos los puntos
del horizonte unas manchitas blancas que se acercan. Son
los árabes que vienen a contemplar al oficial y a
exponerle sus quejas. Casi todos van a caballo; algunos a
pie, muchos montan borriquillos. Van sobre la grupa
tocando a la cola y sus pies desnudos arrastran por el
suelo a ambos lados del animal.
Todos los oficiales expedicionarios ejercen de
jueces con atribuciones omnímodas.
Los indígenas formulan quejas inverosímiles, pues
no hay pueblo quisquilloso, pleitista, reñidor y vengativo
como el pueblo árabe. En cuanto a saber la verdad y
poder dar un fallo justo, no hay que pensar en ello. Cada
una de las partes trae un número fantástico de testigos
falsos que juran por las cenizas de sus padres y afirman
bajo juramento los más descarados embustes.
He aquí algunos ejemplos:
Un cadi (la venalidad proverbial de estos
magistrados es bien merecida) llama a un árabe y le
dirige la siguiente proposición: «Me das veinticinco
duros y me traes siete testigos que afirmen por escrito
ante mí que X... te debe setenta y cinco duros. Yo haré
que te los dé.»
El árabe trae los testigos que afirman lo que se
quiere y lo firman después. Entonces el cadi llama a X y
le dice:
«Me das cincuenta duros y me traes nueve testigos
que declaren que B... (el primer árabe) te debe ciento
veinticinco. Haré que te los dé.» X... trae los testigos.
Entonces el cadi llama al primer árabe y bajo la fe
de los siete testigos hace que el segundo le dé setenta y
cinco duros. Pero a su vez, el segundo reclama y gracias
a los nueve testigos el cadi le hace entregar ciento
veinticinco duros por el primero.
La parte del magistrado es de setenta y cinco duros
extirpados a sus dos víctimas.
El caso es auténtico.
Sin embargo, el árabe no se dirige casi nunca al
juez de paz francés porque es difícil corromperle,
mientras que el cadi hace lo que se desee por dinero.
Experimenta además por nuestros trámites
engorrosos de justicia una invencible repugnancia. Le
asusta todo procedimiento escrito, le inspira el papel un
miedo supersticioso ya que allí se puede escribir el
nombre de Dios o trazar caracteres embrujados.
Al principio de la dominación francesa, cuando los
musulmanes hallaban en su camino un trozo de papel
cualquiera, lo llevaban piadosamente a sus labios o lo
escondían en el suelo o en algún agujero de la pared o de
un árbol. Tal costumbre produjo tan frecuentes y
desagradables sorpresas, que los mahometanos lo
olvidaron pronto.
Otro ejemplo de la mala fe árabe:
En una tribu vecina de Boghar se cometió un
asesinato. Se sospecha de un árabe pero no hay pruebas.
Había en esta tribu un desdichado que hacía poco tiempo
llegara de una tribu vecina y se había establecido allí para
salvar intereses pecuniarios. Un testigo le acusa del
crimen.
Otro testigo sigue al primero y otro después.
Llegaron a ser noventa los que le acusaban. El extranjero
fue condenado a muerte y ejecutado. Luego se supo que
era inocente. Los árabes habían querido sencillamente
deshacerse de un hombre que les molestaba, e impedir
que uno de su tribu se viese comprometido.
Los procesos duran años y años sin que se pueda
ver ni por casualidad nada en claro. Los testigos falsos
abundan. Entonces se recurre a un modo muy sencillo. Se
mete en la cárcel a las dos familias que pleitean
juntamente con los testigos. Después se les suelta al cabo
de algunos meses, y entonces permanecen tranquilos
durante un año. Luego vuelven a las andadas.
Hay en la tribu de los Ulad-Alané, que hemos
atravesado, un proceso que dura hace tres años sin que
pueda averiguarse la verdad. Los dos litigantes van de
cuando en cuando a la cárcel y reanudan luego el pleito.
Verdad es que se pasan la vida entera en robarse
entre sí, engañarse y dispararse tiros. Pero procuran que
los franceses no sepamos las querellas en que llega a
correr la sangre.
Un hombre de alta estatura de la tribu de los Ulad-
Mokhtar, se presenta pidiendo entrar en el hospital
francés. El oficial le interroga acerca de su enfermedad.
Entonces el árabe entreabre el albornoz y vemos una
llaga horrible, muy antigua ya y purulenta a la altura del
hígado. Dijimos al herido que se volviera y apareció otro
orificio en la espalda, enfrente del primero, tan grande
como la cabeza de un niño. Cuando se apoyaba el dedo
salían fragmentos de hueso. Era evidente que aquel
hombre había recibido un disparo y que la carga,
entrando por debajo del pecho, había salido por la
espalda rompiendo dos o tres costillas. Pero él lo negó
con energía y juró que era «obra de Dios.»
En aquel país seco las heridas no presentan jamás
gravedad. Las fermentaciones, la podredumbre producida
por los microbios no se conocen, pues esos animaluchos
solo viven en los climas húmedos. A menos de morir en
seguida o de que un órgano esencial haya sido tocado, las
heridas se curan siempre.
Al día siguiente llegamos a casa del caid Abd-el-
Kader-bel-Hut, un advenedizo. Su tribu, muy bien
administrada, es menos turbulenta que las demás. Quizás
en otra causa que en su buena administración estriba esta
calma relativa. Como que el país no tiene manantiales
más que en la vertiente sur del Djebel Gada, que no está
habitada, el agua solo la dan pozos comunes a toda la
tribu. No puede haber, pues, pleitos por cuestiones de
aguas que son la principal causa de las desavenencias y
riñas en el Sur.
También allí se presentó un hombre solicitando ser
admitido en el hospital francés. Cuando se le preguntó
que enfermedad padecía, enseñó las piernas. Estaban
cubiertas de manchas azules, blandas, fofas como una
fruta demasiado madura y con la carne de tal modo
blanda que el dedo penetraba allí como en una pasta
guardando mucho rato la huella que dejaba la presión.
El infeliz presentaba todas las señales de una sífilis
espantosa. Al preguntarle como había adquirido aquella
dolencia, alzó la mano y juró por la memoria de sus
antepasados que era «obra de Dios.»
La verdad es que el dios de los árabes realiza obras
harto singulares.
Una vez oídas todas las quejas y reclamaciones
procuramos echar una siesta a pesar del horrible calor.
Luego anochece; se come. Una calma profunda
reina sobre la tierra calcinada. Los perros de los aduares
aúllan a lo lejos y los chacales les contestan. Nos
tendemos sobre las alfombras bajo un cielo tachonado de
estrellas que parecen húmedas según lo que centellean;
entonces hablamos durante largo rato. Todos los
recuerdos acuden a la memoria con precisión y dulzura y
parece que se relaten con facilidad en aquellas noches
tibias y estrelladas.
En torno de la tienda del oficial, lo árabes están
tendidos en el suelo, y los caballos, atados a una estaca,
permanecen de pie, trabados de las manos con un hombre
a su lado que les vigila.
Aquellos caballos no deben echarse y han de
permanecer siempre en pie porque la cabalgadura de un
jefe no puede estar cansada. Tan pronto como tratan de
echarse, un árabe se precipita y les obliga a levantarse.
La noche adelanta. Descansamos en alfombras de
tupida lana y cada vez que nos despertamos, en la tierra
desnuda que nos rodea vemos por doquier seres blancos
tendidos y durmiendo como cadáveres amortajados.
Un día, después de una marcha de diez horas, entre
una polvareda ardiente, cuando acabamos de llegar al
campamento, cerca de un pozo de agua cenagosa y
salobre que, sin embargo, nos parecía exquisita, el
teniente me tocó cuando iba a descansar bajo la tienda, e
indicándome el extremo horizonte sur, me dijo: «¿No ve
usted nada allí?» Después de mirar contesté: «Sí, una
nubecilla gris.»
Entonces el teniente sonrío: «Bueno, siéntese y
continúe mirando esa nube». Sorprendido le pregunté por
qué.
«Si no me engaño, – dijo mi compañero – me
parece que vamos a tener una tempestad de arena.»
Eran cerca de las cuatro y el calor llegaba a 48
grados bajo la tienda. El aire parecía dormir bajo la
oblicua e intolerable llama del sol. Ningún soplo, ningún
ruido, exceptuando el de los caballos que comían y los
vagos cuchicheos de los árabes que a unos cien pasos
preparaban la comida.
Hubiérase dicho, sin embargo, que reinaba en torno
de nosotros otro calor además del que nos enviaba el
cielo, más concentrado y sofocante, como el que os
oprime estando cerca de un gran incendio. No eran
aquellos soplos ardientes, bruscos y repentinos, aquellas
caricias de fuego que anuncian y preceden al siroco, sino
un recalentamiento misterioso de todos los átomos de
cuanto existe.
Miraba yo la nube que crecía rápidamente, pero de
igual manera que todas las nubes. Ahora tenía un color
pardo sucio y parecía muy alta. Luego se desarrolló en
anchura como nuestras tempestades del norte. No
advertía yo en ella nada de particular.
Por fin barrió todo el sur. Su base era de un negro
opaco, y la cima, de color de cobre, parecía transparente.
Un gran rebullicio que oí detrás de mí me hizo
volver. Los árabes habían cerrado nuestra tienda y ponían
sobre los bordes pesadas piedras. Todos corrían,
llamaban, se agitaban, con aquel aspecto azorado que
adquieren los campamentos en el momento de un ataque.
De pronto me pareció que anochecía, miré el sol.
Estaba cubierto de un velo amarillo y parecía una
mancha pálida y redonda que se borrara rápidamente.
Entonces vi un espectáculo sorprendente. Todo el
horizonte del sur había desaparecido y una masa nubosa
que llegaba hasta el cenit se adelantaba hacia nosotros
tragándose los objetos, disminuyendo a cada instante el
campo visual, anegándolo todo. Instintivamente retrocedí
hacia la tienda. Ya era tiempo. La tempestad, como una
pared amarilla e inmensa, nos alcanzaba. Aquella pared
llegaba con la velocidad de un tren a toda máquina, y de
pronto nos envolvió en un torbellino furioso de arena y
de viento, en una tempestad de polvo impalpable,
ardiente, cegador y sofocante.
Nuestra tienda, sujeta por piedras enormes, fue
sacudida como una vela, pero resistió; la de los sphais,
peor afianzada, palpitó algunos instantes como
estremecida, y luego, de pronto, arrancada del suelo, voló
y desapareció entre las tinieblas de polvo moviente que
nos rodeaban.
A diez pasos no se veía nada a través de aquella
oscuridad que se mascaba. Se respiraba arena, se comía
arena, se bebía arena, los ojos se llenaban de ella, el pelo
quedaba empolvado, se deslizaba por el cuello, por las
mangas, hasta dentro de las botas.
Aquello continuó durante toda la noche. Una sed
ardiente nos devoraba. Pero el agua, la leche, el café,
todo estaba lleno de arena que crujía entre los dientes. La
carne asada estaba cubierta de ella, el alcuzcuz parecía
hecho de cantos rodados; la harina del pan parecía piedra
molida.
Un gran escorpión penetró en la tienda. Aquel
tiempo, que gusta e esos bichos, les hace salir de sus
agujeros. Los perros del aduar cercano no aullaron
aquella noche.
Luego por la mañana todo había terminado; el gran
tirano asesino del África, el sol, se elevó espléndido en
un horizonte claro.
Marchamos algo tarde porque aquella inundación
de arena había turbado nuestro sueño.
Ante nosotros se levantaba la cordillera de Djebel-
Gada que había que atravesar. A la derecha había un
desfiladero que seguimos una vez llegados a la montaña.
Encontramos de nuevo el esparto, el horrible
esparto. De pronto creí descubrir las huellas medio
borradas de un camino en el que habían dejado profundos
surcos las ruedas. Me detuve sorprendido: ¿un camino
allí? ¡qué extraño! Me explicaron lo que era.
Un antiguo caid de aquella tribu, entusiasmado por
el ejemplo de los europeos que viven en Argel, quiso
permitirse el lujo de tener un coche en el desierto, pero
para que ruede un coche es preciso que haya caminos, y
aquel ingenioso potentado ocupó durante meses y meses
a todos los árabes súbditos suyos en la construcción de
una carretera. Aquellos desdichados, sin picos ni palas y
trabajando a lo mejor con las manos, consiguieron sin
embargo afirmar muchos kilómetros de camino. Aquello
bastaba a su dueño, que daba unos paseos a través del
Sahara en un carruaje rarísimo en compañía de bellezas
indígenas que enviaba a buscar a Djelfa por su favorito,
un árabe de dieciséis años.
Es preciso haber visto aquella tierra árida, desnuda,
calcinada, y hay que conocer la impasible gravedad del
árabe para comprender lo grotesco que resultaba aquel
calavera de nariz de buitre, de aquel elegante del desierto,
paseando rameras descalzas en una especie de carretón
de madera sin pintar, de ruedas desiguales, arrastrado al
trote por su miñón. Aquella elegancia del trópico, aquel
calaverismo sahariano, aquel chic en plena África, me
parecieron de un grotesco inolvidable.
Nuestra expedición era numerosa aquel día.
Además del caid y de su hijo, íbamos acompañados de
unos jinetes indígenas y de un viejo flaco de barba
puntiaguda, de nariz aguileña, de cara de rata, modales
obsequiosos, corcovado y de falsa mirada. Era un antiguo
caid destituido por concusionario. Debía servirnos de
guía al día siguiente porque el camino que íbamos a
seguir ni los mismos árabes lo frecuentaban.
Poco a poco llegábamos a la cima del desfiladero.
Un pico escarpado impedía la vista; pero tan pronto como
le hubimos dado vuelta, sentí la más violenta sorpresa
que me reservaba aquel viaje.
Una amplia llanura se extendía ante nosotros y un
lago, un lago inmenso que deslumbraba herido por el sol
y del que no veía la otra margen, se explayaba ante mis
ojos hacia el oeste.
¿Un lago en esta comarca, en pleno Sahara? ¿Un
lago del que nadie me había hablado y del que ningún
viajero me habló? ¿Estaría loco? Me volvía hacia el
teniente: «¿Qué lago es este?» pregunté.
Se echó a reír y contestó:
– No es agua, es sal. Todos se engañarían, porque la
ilusión es perfecta. Esta Sebkra, que aquí llaman Zar’ez
(el Zar’ez-Chergui), tiene de cuarenta a cincuenta
kilómetros de longitud por unos veinte o cuarenta y
ancho, según los sitios. Estas cifras son aproximadas,
porque este país ha sido muy poco reconocido, y casi
siempre rápidamente como lo hacemos nosotros. Esos
lagos de sal, (son dos, el otro está más hacia el oeste) dan
su nombre a esta comarca que se llama el Zar’ez,. Desde
Bu-Saada la llanura se llama el Hodna, cuyo nombre
proviene del lago salado de Maila.
Miraba yo estupefacto y maravillado la inmensa
sábana de sal centelleando bajo el sol abrasador de estas
tierras. Toda aquella superficie plana y cristalizada,
relucía como un inmenso espejo, como una placa de
acero; y los ojos cegados no podían soportar el brillo de
aquel lago raro aunque estuviera a unos veinte
kilómetros, lo cual no me atrevía yo a creer, pues me
parecía muy cercano.
Acabábamos de bajar de Djebel-Gada y nos
acercábamos a un fortín abandonado llamado fortín de la
Fuente (Bordj-el-Hammam) donde debíamos acampar,
pues aquella etapa, era por excepción muy corta.
El fuerte almenado construido al comienzo de la
conquista a fin de poder ocupar aquella comarca perdida
en caso de insurrección y poder dejar allí en seguridad un
destacamento, estaba muy deteriorado. Las murallas se
conservan en buen estado y hay algunas habitaciones
donde aun se puede vivir en paz.
Como los días precedentes, vimos desfilar árabes y
más árabes hasta la noche que venían a exponer al oficial
asuntos embrollados o quejas imaginarias quizá con el
solo objeto de hablar con el jefe francés.
Una loca, venida no sé de dónde, y viviendo no se
sabe cómo en aquellas soledades, rondaba de continuo en
torno de nosotros. Apenas salíamos, la encontrábamos
acurrucada, casi desnuda y asquerosa.
Los viajeros han hablado mucho de lo que respetan
los árabes a los locos. Puedo asegurar que a muchos de
ellos les matan sus propios parientes. ¡Bonito respeto!
Algunos caids nos lo confesaron. Algunos de esos
miserables idiotas es verdad que llegan a santos gracias a
su cretinismo. Estos ejemplos no son raros en África. La
familia generalmente se desembaraza de los dementes.
Como las tribus apenas están en contacto con nosotros,
por la autoridad que sobre ellas ejercen los jefes
superiores indígenas, no podemos sospechar siquiera
tales desapariciones.
Como había andado poco durante el día, escribí
parte de la noche. A las once, teniendo mucho calor, salí
para tender una alfombra delante de la puerta y dormir al
sereno. La luna llena llenaba el espacio de una claridad
reluciente que parecía barnizar cuanto tocaba. Las
montañas que vistas a la luz del sol ya son amarillas, las
arenas amarillas, el horizonte amarillo, parecían más
amarillos aun acariciados por la luz azafranada del astro.
A lo lejos, delante de mi, el Zar’ez, el vasto lago de sal
cuajada, parecía incandescente. Se hubiera dicho que
emanaba de él una fosforescencia fantástica y se cernía
sobre él una bruma luminosa, algo sobrenatural, tan
suave y cautivador, que permanecí más de una hora
mirándolo, sin poder apartar de él la vista y el
pensamiento, y sin resolverme a cerrar los ojos. En torno
mío deslumbradores también a la luz de la luna, los
albornoces de los árabes dormidos, parecían enormes
copos de nieve que allí cayeran.
Marchamos al amanecer.
La llanura que conducía hacia la Sebkra, estaba
levemente inclinada, sembrada de esparto raquítico y
medio quemado. El viejo árabe de cara de rata, sirvió de
guía y le seguimos con rápido paso. Cuanto más nos
acercábamos, más parecía de agua aquel lago. ¿Cómo
podía ser otra cosa que un lago gigantesco? Su anchura a
nuestra izquierda, ocupaba todo el espacio que había
entre las dos montañas, distantes entre si treinta o
cuarenta kilómetros. Íbamos en derechura hacia su parte
más angosta, pues debíamos atravesarlo.
Al otro lado del Zar’ez, distinguía una especie de
colina, o mejor de otero, amarillento, dorado, que parecía
separar el lago de la montaña. A nuestra izquierda,
aquella línea seguía hasta el horizonte el blanco perfil de
la sal, y a la derecha, donde se extendía una llanura
infinita y árida entre dos montañas, advertía yo hasta
donde alcanzaba la vista, aquel mismo desnivel
amarillento.
El teniente me dijo:
– Son las dunas.
Ese bando de arena tiene más de doscientos
kilómetros de largo y una anchura variable. Mañana le
atravesaremos.
El suelo tomaba un aspecto singular, y estaba
cubierto de una capa de sal que los pies de los caballos
desmenuzaban. Había algunas hierbas, juncos; sentíase
que una sábana de agua se extendía a flor de tierra.
Aquella llanura aprisionada entre montañas que se
tragaba cuatro ríos, ramblas, por mejor decir que recibía
los aguaceros del invierno, sería un inmenso pantano, si
el terrible sol no desecara continuamente su superficie. A
veces, en las hondonadas se veían charquitas de agua
salobre, de cuyos bordes se escapaban volando rápidas
becadas, describiendo las curvas raras que caracterizan su
vuelo.
Luego, de pronto, llegamos al margen de la Sebkra;
y empezamos a caminar sobre aquel océano desecado.
Todo era blanco ante nosotros, de un blanco
vaporoso, nevado y centelleante. Pasando sobre aquella
superficie cristalizada, cubierta de un polvo de sal
parecido a nieve fina, que a veces se hundía bajo las
pisadas de las cabalgaduras, como hielo blando,
continuaba sintiéndose la ilusión de que se tenía ante los
ojos una sábana de agua. Una sola cosa podía en rigor
patentizar a un hombre experimentado que no se trataba
de una extensión líquida: el horizonte. Por regla general,
la línea que separa el agua del aire, casi siempre es
sensible, porque aquella es más oscura que éste. Algunas
veces todo parece confundirse. El mar toma entonces un
matiz azul claro, que se confunde con el azul pálido del
infinito vacío. Pero basta mirar atentamente durante
algunos instantes para ver la separación muy débil y poco
aparente que sea. Allí nada de esto veíamos; el horizonte
estaba cubierto por completo de una bruma blancuzca, de
una especie de vapor lechoso de suavidad intraducible; y
tan pronto se buscaba en el espacio el límite terrestre,
como se creía verle dentro de la llanura salada, sobre la
que flotaban aquellas neblinas singulares.
Mientras habíamos dominado el Zar’ez tuvimos
claro concepto de distancias y formas; pero apenas
estuvimos encima, desapareció toda certeza de visión y
estábamos a merced de las fantasmagorías del espejismo.
Tan pronto se creía distinguir el horizonte a una
distancia inmensa, como se creía ver en el lago que
parecía poco antes tan liso y plano como un espejo,
enormes rocas disformes, cañas desmesuradas, islas de
escarpadas orillas. Luego, a medida que se avanzaba,
aquellas raras visiones desaparecían bruscamente, como
las de una comedia de magia, y en vez de los bloques de
peñascos se veían algunas piedrecillas. Las cañas, al
acercarse, se convertían en hierba seca, altas de cuatro
dedos, pero desmesuradamente aumentadas por aquel
curioso efecto óptico; los acantilados de las islas se
convertían en ligeros desniveles de la corteza salina, y
aquel horizonte que se suponía a treinta kilómetros,
estaba cerrado a menos de cien metros por los vapores
temblorosos que el sol abrasador del desierto arrancaba
de la capa ardiente de la sal.
Aquello duró una hora, poco más o menos, y luego
llegamos a la otra orilla.
Encontramos una llanura pequeña, cruzada por
torrentes y cubierta de una capa de arcilla seca mezclada
aún con la sal.
Subimos por una pendiente insensible y primero
aparecieron hierbecillas, luego una especie de juncos, y
después unas florecillas azules parecidas a la miosotis
silvestre, que se abrían al extremo de tallos delgados
como hilos, y tan olorosas, que su perfume embalsamaba
la atmósfera. Aquel olor exquisito me produjo la
impresión fresca de un baño. Se aspiraba a plenos
pulmones, y el pecho parecía ensancharse para sorber
aquel soplo delicioso.
Por fin se vio una fila de álamos, un verdadero
bosque de cañas, otros árboles, y luego las tiendas que
nos estaban destinadas, levantadas en el límite de las
arenas, cuyas ondulaciones desiguales, de una altura de
ocho o diez metros, se encaballaban unas sobre otras
como olas tempestuosas.
El calor era feroz y las tiendas inhabitables; así es
que, apenas desmontados, nos fuimos en demanda de la
sombra de los árboles. Me fue preciso atravesar un
espeso cañaveral. Yo marchaba en primer término, y de
pronto me puse a bailar lanzando gritos de alegría.
Acababa de ver cepas, albaricoqueros, higueras, granados
cubiertos de frutos, unos jardines inmensos, en otro
tiempo prósperos, hoy invadidos por las arenas, y que
pertenecían al agha de Djelfa. No tendríamos que
almorzar carne de carnero. ¡Que dicha! ¡nada de
alcuzcuz! ¡qué delirio! ¡uvas! ¡higos! ¡albaricoques! No
estaba la fruta muy madura, pero a pesar de esos nos
entregamos a una verdadera orgía que nos produjo algún
malestar.
El agua dejaba algo que desear. Consistía en barro
plagado de larvas. No bebimos. Nos tendimos entre las
cañas y nos dormimos. Una sensación fría me despertó
sobresaltado; una rana enorme acababa de arrojarme un
chorro de agua a la cara. En aquella comarca hay que
tener cuidado, y no es prudente dormir al abrigo de la
vegetación, sobre todo cerca de los arenales, donde
pulula la lefaa, llamada víbora cerasta o víbora cornuda,
cuya picadura es mortal y casi instantánea. A veces la
agonía no dura ni una hora. Este reptil tiene una marcha
muy lenta, y sólo es peligroso si se le pisa sin verle o se
duerme cerca de él. Cuando se la encuentra en el camino,
si se tiene la habilidad y se toma alguna precaución, hasta
se le puede coger con la mano haciéndolo con rapidez
por el cuello.
No me entretuve en semejante cosa.
Aquella bestezuela terrible vive también entre el
esparto y debajo de la hierba, donde quiera que halla un
abrigo. Cuando uno se acuesta por primera vez en el
suelo, le preocupa el tal reptil; luego ni siquiera se
acuerda uno. En cuanto a los escorpiones, se les
desprecia. Hay tantos como arañas en Francia. Cuando
veíamos alguno cerca del campamento, lo rodeábamos de
un círculo de hierba seca a la que plantábamos fuego; el
animal, enloquecido, sintiéndose perdido, levantaba la
cola y llevándola a la cabeza se suicidaba picándose a si
mismo. Así por lo menos me lo han afirmado, pues yo
siempre he visto que moría devorado por las llamas.
He aquí en qué ocasión vi por primera vez la víbora
de que hablaba. Una tarde, al atravesar una inmensa
llanura de esparto, mi caballo dio muchas veces vivas
muestras de inquietud. Bajaba la cabeza, relinchaba, se
detenía, parecía inspeccionar las matas. Confieso que soy
mal jinete, y aquellas bruscas paradas, además de
hacerme desconfiar de mi equilibrio, me lanzaban
bruscamente contra la perilla de mi silla árabe. Mi
compañero el teniente reía a carcajadas. De pronto el
caballo dio un bote y se puso a mirar en el suelo algo que
yo no veía, rehusando obstinadamente dar un paso.
Previendo una catástrofe preferí desmontar y busqué la
causa de aquel espanto. Tenía delante de mi una pequeña
mata de esparto. Pegué a todo azar un garrotazo, y de
pronto, un reptil pequeño, huyó y desapareció en la mata
cercana.
Era una lefaa.
La noche de aquel mismo día, en una llanura
roqueña y desnuda mi caballo se asustó de nuevo. Salté al
suelo persuadido de que hallaría otra lefaa; pero nada vi.
Luego, removiendo una piedra, una araña grande,
amarilla como la arena, singularmente veloz huyó y
desapareció bajo otra piedra antes que pudiese alcanzarla.
Uno de los spahis dijo que era un «escorpión del viento»
con lo cual quería sin duda expresar su velocidad. Creo
que era una tarántula.
Otra noche, mientras dormía, algo helado me tocó
el rostro. Me levanté despavorido de un salto, pero la
arena, la tienda, todo estaba envuelto en sombras y sólo
distinguía las manchas blancas de los árabes tendidos a
mi alrededor. ¿Me había picado una lefaa que estuviese
cerca de mi rostro? ¿Era un escorpión? ¿De donde
provenía aquel frío contacto que sentí? Ansioso encendí
la linterna, bajé la vista levantando el pie y dispuesto a
aplastar, y vi un sapo monstruoso, uno de esos fantásticos
sapos blancos que se hallan en el desierto, y que, con el
vientre hinchado, y las patas abiertas me miraba. El
inmundo bicho me había encontrado sin duda en su
camino habitual y vino a chocar contra mi cara. En
venganza le obligué a fumar un cigarrillo, lo cual le costó
la vida. He aquí como se procede. Se le abre a la fuerza la
boca estrecha y se le introduce el cigarrillo en ella
previamente encendido. El animal ahogándose sopla con
todo su vigor para desembarazarse de aquel instrumento
de suplicio, y luego quiera o no, se ve obligado a aspirar.
Entonces, sopla de nuevo, hinchado, espirante, grotesco;
y tiene que fumar hasta el fin, a menos que se tenga
lástima de él. Muere generalmente ahogado y gordo
como un odre.
Como sport sahariano se hace asistir a menudo a
los extranjeros a la lucha de una lefaa y un urán.
¿Quién no ha encontrado en el Midi esos pequeños
lagartos con el rabo cortado que corren a lo largo de las
viejas paredes? Se pregunta uno al principio cuál es el
misterio de aquella falta de rabos. Luego un día, leyendo
a la sombra de un seto, vi que una culebra salía de una
grieta y se lanzaba sobre la inocente y bonita bestezuela
que tomaba el sol. Huyó el lagarto, pero más rápido el
reptil lo cogió por el rabo, por su largo rabo movible, y la
mitad de este apéndice quedó entre los dientes
puntiagudos del enemigo, mientras el animal mutilado se
escondía en un agujero.
Pues bien, el urán, que es el cocodrilo de tierra de
que habla Herodoto, una especie de gran lagarto de
Sahara, venga su raza en la terrible lefaa.
El combate de estos animales es muy interesante.
Generalmente ocurre en una caja vacía. Se deja allí al
lagarto que corre con singular rapidez tratando de huir;
pero cuando se vacía en la caja el saquito que contiene la
víbora, se queda inmóvil. Únicamente mueve muy aprisa
los ojos. Después da unos pasos rápidos como si
resbalara para acercarse al enemigo, y espera. La lefaa,
por su parte, se fija en el lagarto, comprende el peligro, y
se prepara a la batalla; luego de un salto, se lanza sobre
él, pero el lagarto ha huido, corriendo como una flecha y
ataca a su vez, volviendo con velocidad sorprendente. La
lefaa se vuelve y alarga hacia él su boca abierta pronta a
morder inoculando el mortal veneno. Pero el lagarto ha
pasado rozando al reptil que le ve de nuevo ya lejos en el
otro extremo de la caja.
Aquello dura un cuarto de hora, veinte minutos, a
veces más. La lefaa exasperada se enfurece, se arrastra
hacia el urán, que huye de continuo, más listo que la
mirada, vuelve, da vuelta, se detiene, vuelve a huir, cansa
y enloquece a su temible adversario. Después, midiendo
su empuje, se lanza sobre él con tanta rapidez, que
únicamente se advierte las convulsiones de la víbora
estrangulada por la fuerte mandíbula triangular del
lagarto que la ha cogido por el cuello, detrás de los oídos,
precisamente por el sito que la cogen los árabes.
Viendo la lucha de aquellos animalitos en el fondo
de una caja recuerda uno sin querer las corridas de toros
de España en los majestuosos circos. Y sin embargo,
sería más peligroso hostigar a aquellos ínfimos
combatientes que afrontar la cólera bramadora del gran
astado.
A menudo se encuentra en el Sahara una horrible
culebra que a veces tiene más de un metro de largo,
delgada como el dedo meñique. En las inmediaciones de
Bu-Saada, aquel reptil inofensivo produce en los árabes
un terror supersticioso. Pretenden que atraviesa como una
bala los cuerpos más duraos, y que no hay nada que
detenga su empuje cuando ve un objeto brillante. Un
árabe me contó que su hermano había sido atravesado por
uno de esos reptiles, que con el choque hasta torció un
estribo. Es evidente que aquel hombre recibió un balazo
en el mismo instante que vio el reptil.
En las cercanías de Laghuat aquella serpiente no
inspira terror alguno y la cogen los niños.
El pensar en aquellos temibles habitantes del
desierto me impidió durante un rato dormir en el
cañaveral de Raiana-Chergui. Todo roce que oía me
hacía incorporar bruscamente.
Cerca del anochecer desperté a mis compañeros
para pasearnos por las dunas y buscar alguna lefaa o
algún pez de arena.
El animal que se llama pez de arena y que los
árabes llaman dwb (se pronuncia dob) es una especie de
gran lagarto que vive en la arena, abre en ella su
madriguera, y cuya carne es bastante buena a lo que se
dice. Muchas veces hemos seguido sus huellas sin llegar
a encontrar una. En la arena se halla tamicen un insecto
pequeño cuyas costumbres son muy curiosas. La hormiga
león forma un embudo un poco más ancho que una
moneda de cinco pesetas, hondo en proporción, y se
instala en el fondo en emboscada. Apenas un animal
cualquiera, araña, larva o lo que fuere, resbala por el
borde inclinado de su madriguera, le lanza sucesivas
descargas de arena, lo aturde, lo ciega, le obliga a caer
hasta el final de la pendiente. Entonces se apodera de él y
lo devora.
La hormiga león nos proporcionó aquel día un rato
agradable. La noche trajo consigo el carnero asado, el
alcuzcuz y la leche agria. Al llegar la hora de la comida
me acordaba muchas veces del Café Inglés.
Luego nos tendimos en las alfombras delante de las
tiendas pues el calor no permitía dormir dentro de ellas.
Teníamos dos vecinos raros, uno delante de nosotros,
otro a nuestra espalda: la arena movida como un mar
agitado y la sal lisa como otro mar tranquilo.
Al día siguiente atravesamos las dunas. Hubiérase
dicho el océano convertido en polvo en mitad de un
huracán; una tempestad silenciosa de olas enormes,
inmóviles, diferentes, erguidas del todo como olas
agitadas pero mayores aun y estriadas como moaré.
Sobre aquel mar furioso, mudo y sin movimiento, el sol
devorador del sur vierte su llama implacable y directa.
Hay que subir aquellas ondas de ceniza de oro,
bajar al otro lado, subir otra vez, subir sin cesar, sin
reposo, y sin sombra. Los caballos resuellan y se hunden
hasta las rodillas, y resbalan bajando la opuesta vertiente
de aquellas extrañas colinas.
No hablábamos, vencidos por el calor y sedientos
como aquel desierto ardiente.
A veces, en aquellos valles de arena, queda uno
sorprendido por un incomprensible fenómeno que los
árabes consideran como señal cierta de muerte.
En algún punto, cerca de uno, en una dirección
indeterminada, toca un tambor, el misterioso tambor de
las dunas. Toca de un modo distinto, tan pronto vibrante
como débil, y deteniendo y volviendo a empezar su
redoble fantástico.
Parece que no se conoce la causa de aquel ruido
sorprendente. Se atribuye por regla general al eco
aumentado, multiplicado, desmesuradamente acrecido
por las ondulaciones de las dunas de una lluvia de granos
de arena arrastrados por el viento chocando contra matas
de hierba seca, pues se ha notado siempre, que el
fenómeno ocurre cerca de los sitios donde hay plantas
requemadas por el sol y duras como el pergamino.
Aquel tambor parece que no es otra cosa que el
espejismo del sonido.
Apenas salimos de las dunas vimos tres jinetes que
venían a galope hacia nosotros. Cuando llegaron a unos
cien pasos, el que parecía jefe desmontó y se acercó
cojeando algo. Era un hombre de unos sesenta años,
bastante grueso (cosa rara en aquel país), de dura
fisonomía árabe, de facciones acentuadas, casi feroces.
Llevaba la cruz de la Legión de Honor. Le llamaban Si
Cherif-ben-Vhabeizzi, caid de los Ulad-Dia. Nos hizo un
largo discurso con expresión furiosa para invitarnos a
entrar en su tienda y tomar un bocado.
Era la primera vez que penetraba en casa de un jefe
nómada. Un montón de ricas alfombras de lana rizada
cubría el suelo; otros tapices ocultaban la tela de la
tienda, y otros en fin extendidos sobre nuestras cabezas
formaban un espeso e impenetrable techo. Una especie de
divanes o mejor dicho de tronos, estaban también
cubiertos de estofas admirables, y un tabique formado de
tapices orientales, dividiendo la tienda en dos mitades,
nos separaba de la parte habitada por las mujeres, de las
cuales oíamos a veces el cuchicheo.
Nos sentamos. Los dos hijos del caid se pusieron
junto a su padre, quién, de vez en cuando, se levantaba
para decir una palabra a las mujeres por encima del
biombo; y una mano invisible pasaba una fuente
humeante que el jefe nos presentaba en seguida.
Se oía jugar y chillar a unos niños junto a sus
madres. ¿Quiénes eran aquellas mujeres? Sin duda nos
miraban por invisibles aberturas, pero nosotros no
pudimos verlas.
La mujer árabe en general es pequeña, blanca como
la leche con una cara de corderito. Sólo tiene pudor por
su rostro. Muchas veces se ve a las del pueblo yendo al
trabajo con la cara tapada, pero con el cuerpo cubierto
únicamente por dos trozos de lana que caen uno por
delante y otro por detrás que dejan ver de perfil todo el
cuerpo.
A los quince años esas desdichadas que serían
lindas están ya deformadas y extenuadas por los rudos
trabajos. Penan de la mañana a la noche y van a buscar
agua a muchos kilómetros de distancia con el niño a la
espalda. A los veinticinco años parecen viejas. Su rostro,
que a veces enseñan está tatuado de estrellas azules en la
frente, mejillas y barba. El cuerpo está depilado como
medida de limpieza.
Es muy raro ver las mujeres de los árabes ricos.
Al acabar la colación partimos de nuevo y llegamos
al anochecer a la roca de sal de Khang-el-Melah.
Es una especie de montaña gris, verde, azul, de
reflejos metálicos, de aristas singulares. ¡Es una montaña
de sal!Aguas más saladas que las del océano se escapan de
su base, y volatilizadas por el loco calor del sol, dejan en
el suelo una espuma blanca parecida a la baba de las olas,
una espuma de sal. No se ve la tierra oculta bajo un polvo
ligero, como si algún coloso se hubiera entretenido en
raspar este monte y sembrar en torno el polvo. Grandes
peñascos yacen al pie de su base, ¡son peñascos de sal!
Bajo esta roca extraordinaria parece que hay unos
pozos muy profundos habitados por millares de palomas.
Al día siguiente estábamos enDjelfa.
Es una villa a la francesa pero habitada por oficiales
muy amables que hacen agradable la estancia.
Después de breve reposo volvimos a ponernos en
marcha.
Hemos vuelto a empezar nuestro largo viaje por las
largas llanuras desoladas. De cuando en cuando
hallábamos rebaños. Tan pronto eran ejércitos de
carneros del color de la arena como se dibujaban en el
horizonte unos animales extraños que la distancia
empequeñecía y que se hubieran tomado por su espalda
jorobada, su largo cuello encorvado y su paso lento por
manadas de pavos. Luego, al acercarse, se veía que eran
camellos, con su vientre hinchado por ambos lados como
un doble odre, aquel vientre que contiene hasta sesenta
litros de agua. También ellos tienen el color del desierto
como todos los seres nacidos en aquellas soledades
amarillas.
El león, el chacal, el sapo, el lagarto, el escorpión,
hasta el hombre mismo, toman los matices del suelo
calcinado desde el rojo ardiente de las dunas movedizas
hasta el gris de piedra de las montañas. La alondra de las
llanuras es tan parecida al polvo de las llanuras que solo
se la ve cuando vuela.
¿De qué viven, pues, los animales en aquellas
comarcas áridas, puesto que viven?
Durante la estación de las lluvias aquellas llanuras
se cubren de hierbas en algunas semanas, y luego el sol,
reseca y quema en algunos días aquella rápida
vegetación. Entonces las mismas plantas toman el color
del suelo; se rompen, se desmenuzan, se esparcen por el
suelo como paja cortada en menudos fragmentos que ni
siquiera se ve, pero los rebaños saben hallarla, y se
alimentan con ella. Van buscando aquel polvo de hierba
seca. Se diría que comen piedras.
¿Qué pensaría un colono normando viendo aquellos
pastos singulares?
Luego atravesamos una región donde no había
siquiera pájaros. No era posible encontrar pozos.
Mirábamos pasar a lo lejos extrañas columnitas de polvo
que parecen humaredas, tan pronto rectas como
inclinadas o retorcidas, que corren rápidamente al ras del
suelo, de algunos metros de altas, anchas en la cima y
delgadas en la base. Los remolinos del aire formando
ventosas levantan y arrastran esas nubecillas transparente
y verdaderamente fantásticas que es lo único que da
apariencia de vida a estos lugares lamentablemente
desiertos.
Quinientos metros delante de nosotros, el jinete que
nos servía de guía nos guiaba a través de la triste soledad.
Durante diez minutos iba al paso, inmóvil en la silla,
cantando en su lengua una canción monótona de extraño
ritmo. Seguíamos el paso de su caballo. Luego de repente
partía al trote moviéndose apenas, flameándole el
albornoz, con el cuerpo aplomado, de pie en los estribos.
Le seguíamos hasta que se detenía para tomar un paso
más mesurado.
Pregunté a mi compañero:
– ¿Cómo puede guiarnos por estos espacios
desolados sin puntos de mira?
Me contestó:
– Cuando no otra cosa, le indican el camino los
huesos de camello.
En efecto, cada cuarto de hora, poco más o menos,
encontrábamos un esqueleto enorme roído por las fieras,
calcinado por el sol, blanco, resaltando sobre la arena. A
veces se veía un hueso de la pata, a veces una quijada, a
veces varias vértebras.
– ¿De dónde provienen estos restos?– pregunté.
Mi compañero me contestó:
– Las caravanas dejan por el camino las acémilas
que no pueden seguir y los chacales no se lo llevan todo.
Durante muchas jornadas continuamos este viaje
monótono detrás del mismo árabe, en el mismo orden,
siempre a caballo, casi sin hablar.
Una tarde, poco antes de llegar a Bu-Saada, vi muy
lejos, delante de nosotros, una masa parda aumentada por
el espejismo, y cuya forma me admiró. Al aproximarnos
emprendieron el vuelo dos buitres.
Era una carroña aun sangrienta a pesar del calor que
iba secando poco a poco la sangre podrida. Solamente
quedaba el pecho y sin duda los voraces chacales se
habían llevado los miembros.
– Tenemos viajeros delante de nosotros, dijo el
teniente.
Algunas horas después entrábamos en una especie
de torrentera o desfiladero, fragua espantosa de peñascos
dentellados como sierras, agudos, rabiosos y como
rebelados contra aquel cielo implacablemente feroz. Otro
cuerpo yacía allí. Un chacal que lo devoraba huyó.
Luego, en el momento en que desembocábamos en una
nueva llanura, una mas gris tendida ante nosotros se
movió y lentamente en el extremo de un cuello
desmesuradamente largo, vi levantarse la cabeza de un
camello agonizante. Estaba allí derribado desde hacía dos
o tres días quizás, muriéndose de cansancio y de sed. Sus
largos miembros inertes, rendidos, yacían sobre el suelo
abrasador. Oyéndonos llegar había levantado su cabeza
como un faro. Su frente, roída por el sol inexorable, no
era más que una llaga; manaba; y su mirada resignada
nos seguía. No lanzó ni un gemido, no hizo ni un
esfuerzo para levantase. Hubierase creído que sabía,
habiendo visto morir a muchos de sus hermanos en esos
largos viajes a través de las soledades, la inclemencia de
los hombres. Había llegado a su vez. Pasamos.
Habiéndome vuelto un rato después, advertí aun
erguido sobre la arena el alto cuello del animal
abandonado, mirando hasta lo último hundirse en el
horizonte los últimos seres vivos que debía ver.
Una hora más tarde vimos un perro acurrucado
junto a una roca, con la boca abierta, los colmillos
relucientes, incapaz de mover una pata, mirando a dos
buitres, que cerca de él se espulgaban con el pico,
esperando su muerte. Sentía tal terror al ver aquellas aves
pacientes, ávidas de su carne, que no volvió siquiera la
cabeza ni sintió las piedras que un spahi le lanzaba al
pasar.
De pronto, a la salida de un desfiladero, vi delante
de mi el oasis. Es una aparición inolvidable. Se acaba de
atravesar llanuras interminables, de salvar montañas
enhiestas, peladas, calcinadas, sin encontrar un árbol, una
planta, una hoja verde, y de ahí delante de vosotros, a
vuestros pies, una mata opaca de un verde oscuro, algo
así como un lago de ramaje casi negro, tendido en la
arena. Luego, detrás de aquella gran mancha, el desierto
vuelve a empezar, alargándose hasta la infinito, hasta el
intangible horizonte donde se confunde en el cielo.
La ciudad baja en gradinata hasta los jardines.
¡Qué ciudades estas ciudades del Sahara! Una
aglomeración, un amontonamiento de cubos de barro
secados al sol. Todas aquellas cabañas cuadradas de
barro endurecido, están pegadas unas a otras, de modo
que dejan únicamente entre sus líneas caprichosas una
especie de galerías estrechas, las calles, parecidas a esos
senderos que abre el paso continuo de los rebaños.
La ciudad entera, por otra parte, esta pobre ciudad
de tierra amasada, recuerda las construcciones de los
animales, las habitaciones de los castores, los trabajos
informes construidos sin útiles, con los medios que la
naturaleza ha dejado a los seres de un orden inferior.
De trecho en trecho, una palmera magnífica se
expande a veinte pies del suelo. Luego, de pronto, se
entra en un bosque cuyas avenidas están cerradas entre
dos altas paredes de arcilla. A derecha e izquierda,
numerosas palmeras abren sus anchos quitasoles
abrigando con su sombra tupida y fresca la multitud
delicada de los árboles frutales. Bajo la protección de
aquellas palmas gigantescas que el viento agita como
anchos abanicos, crecen las parras, los albaricoqueros, las
higueras, los granados y las inestimables legumbres.
El agua del río, guardada en amplios depósitos, se
distribuye por las propiedades como el gas en nuestros
países. Una administración severa hace la cuenta de cada
habitante, quien, por medio de canalillos, dispone del
manantial durante una o dos horas por semana según la
extensión del dominio.
Se estiman las fortunas por copa de palmera. Estos
árboles, guardadores de la vida, protectores de las savias,
hunden sin cesar sus raíces en el agua, mientras el fuego
requema sus frentes.
El valle de Bu-Saada que lleva el río a los jardines
es maravilloso como los paisajes que se ven en sueños.
Baja cuajado de higueras, de grandes plantas magníficas,
entre dos montañas de roja cumbre.
A lo largo de la rápida corriente del agua, las
mujeres árabes con la cara velada y las piernas
descubiertas, lavan la ropa bailando encima de ella.
Forman un montón con la ropa, la ponen en la corriente y
la golpean con los pies desnudos balanceándose con
gracia,. El río a lo largo del torrente corre y canta.
Saliendo del oasis aun es abundante, pero el desierto que
le espera, el desierto amarillo y sediento lo sorbe de
pronto en las puertas mismas de los jardines, haciéndolo
desaparecer entre sus estériles arenas.
Cuando se sube a lo alto de la mezquita al ponerse
el sol para contemplar el conjunto de la ciudad, el aspecto
de ella es de los más singulares. Los terrados cuadrados
parecen un juego de damas de barro o de pañuelos sucios.
Allí se agita toda la población que sube a las azoteas
apenas llega la noche. En las calles no se ve a nadie ni se
oye nada. Pero apenas se descubre desde un sitio elevado
el conjunto de azoteas, se ve un movimiento
extraordinario. Se prepara la cena. Racimos de niños
cubiertos de blancos harapos bullen en los rincones y el
montón de ropa sucia que representa la mujer árabe del
pueblo, hace cocer el alcuzcuz o bien se dedica a alguna
labor.
Anochece. Entonces se extienden los tapices de
Djebet-Amur después de haber arrojado
escrupulosamente los escorpiones que abundan de un
modo lastimoso, y la familia entera se duerme al sereno
bajo el centelleo de los astros.
El oasis de Bu-Saada, aunque pequeño, es uno de
los más encantadores de Argelia. En sus alrededores se
puede cazar la gacela que abunda. También hay gran
número de lefaas y de asquerosas tarántulas de largas
patas de las que se ve correr la sombra enorme por la
tarde por las paredes de las viviendas.
En aquella aldea existe un comercio bastante
considerable por hallarse casi en el camino del Mzab.
Los mozabitas y los judíos son los únicos
negociantes y los solos seres industriosos de toda aquella
parte de África.
Cuando se avanza hacia el sur, la raza judía
presenta un aspecto asqueroso que explica en cierto
modo el odio feroz de ciertos pueblos contra ella, y hasta
los recientes asesinatos. Los judíos de Europa, los de
Argel, los que conocemos, aquellos con quienes nos
codeamos de continuo, son gente instruida, inteligente,
hombres de mundo, amables casi siempre, y nos
indignamos al saber que los habitantes de una ciudad
desconocida y lejana, ha asesinado y ahogado algunos
centenares de hijos de Israel.
Ya no me extraña hoy porque nuestros judíos no se
parecen en nada a los judíos africanos.
En Bu-Saada se les ve acurrucados en inmundos
cubiles reventando de gordos, sórdidos y acechando al
árabe como la araña acecha la mosca. Le llaman,
procuran prestarle cinco francos a cambio de una letra o
de un pagaré. La víctima comprende el peligro, vacila, no
quiere. Pero el deseo de beber y otros deseos lo incitan.
¡Cinco francos representan para él tantos goces!
Cede al cabo, toma la moneda de plata y firma el
grasiento papel.
Al cabo de tres meses deberá diez francos, ciento al
año, doscientos a los tres años. Entonces el judío hace
vender su hacienda si tiene, si no su caballo, su camello,
su borrico, lo que tenga.
Los jefes, caids, aghas o bach-aghas, caen también
ente las uñas de esas aves de rapiña, que son el azote, la
llaga siempre abierta de nuestra colonia, el gran
obstáculo para la civilización y el bienestar del árabe.
Cuando una columna francesa va a saquear a alguna
tribu rebelde, una nube de judíos la sigue, comprando a
vil precio el botín que vuelven a vender a lo árabes una
vez que se han ido nuestros soldados.
Si se cogen, por ejemplo, seis mil carneros en una
comarca, ¿qué hacer de estas reses? ¿Llevarlas a las
ciudades? Morirían por el camino, pues no habría medio
de alimentarlas ni darles de comer durante los dos o tres
kilómetros de tierra estéril que hay que atravesar.
Además, sería preciso, para llevar y vigilar tal rebaño,
doble número de tropas del que forma la columna.
¿Matarlas? ¡Qué matanza y qué pérdida! Los judíos
están pidiendo comprar por dos francos carneros que
valen veinte. El Tesoro ganará doce mil francos. Se
venden.
Ocho días después, los primeros propietarios
rescatan a tres francos por cabeza los carneros. La
venganza francesa no resulta muy cara.
El judío es el dueño de todo el sur de Argelia.
Efectivamente, no hay árabe que no tenga una deuda,
pues él árabe no devuelve nunca el dinero. Prefiere
renovar su letra al ciento o al doscientos por ciento. Se
cree salvado cuando gana tiempo. Sería preciso una ley
especial para modificar situación tan deplorable.
El judío, en todo el sur, únicamente se dedica a la
usura por todos los medios más desleales que es posible
imaginar. Los verdaderos comerciantes son los
mozabitas. Cuando se llega a una ladea cualquiera del
Sahara se advierte en seguida que unos hombres de raza
distinta han acaparado los negocios del país. Suyas son
las tiendas; reciben y venden las mercancías de Europa y
las de la industria local; son inteligentes, activos
comerciantes en el fondo de su alma. Son los benimzab o
mozabitas. Se les llama los «judíos del desierto.»
El árabe, el verdadero árabe, aquel para quien todo
trabajo es deshonroso, desprecia al mozabita
comerciante, pero en épocas fijas se provee en su
almacén; le confía los objetos preciosos que no puede
guardar en su vida errante. Una especie de pacto
constante se establece entre ellos.
Los mozabitas han acaparado, pues, todo el
comercio de África del Norte. Se les encuentra, no sólo
en las ciudades, sino también en las aldeas del Sahara.
Una vez han hecho fortuna, vuelven al Mzab, donde debe
someterse a una especie de purificación antes de volver a
estar en posesión de sus derechos políticos.
Estos árabes, que se reconocen a primera vista por
su talla, pues son más pequeños y robustos que los demás
pueblos, por su rostro muy a menudo achatado y ancho,
por sus gruesos labios y por sus ojos generalmente
hundidos bajo unas cejas rectas y muy espesas, son
cismáticos musulmanes. Pertenecen a una de las tres
sectas disidentes del África del Norte, y según ciertos
sabios son los descendientes de los últimos sectarios del
Kahredjisismo. La comarca en que habitan estos hombres
es quizás la más rara que existe en África.
Sus padres arrojados de Siria por las armas del
Profeta fueron a habitar al Djebel-Nefussa, al oeste de
Trípoli de Berberia. Pero rechazados sucesivamente de
todas partes a causa de su inteligencia y de su industria,
sospechosos también a causa de su heterodoxia, se
detuvieron por fin en la comarca más árida, más
abrasadora y más terrible de todas. Se la llama en árabe
Hammade (la cálida) y Chebka (la red) porque parece a
una inmensa red de rocas y peñascos negros.
El país de los mozabitas está situado a unos ciento
cincuenta kilómetros de Laghuat.
He aquí lo que el comandante Coyne, el hombre
que conoce mejor todo el sur de Argelia, describe de su
llegada al Mzab en un libro de lo más interesante:
«Casi al centro de la Chebka se halla una especie de
circo formado por un cinturón de rocas calcáreas muy
escarpadas por la cara interior. Está abierto al noroeste y
al sudoeste por dos trincheras que dejan pasar el Ued-
Mzab. Este circo, que tiene cerca de dieciocho kilómetros
de largo por dos de ancho, encierra cinco de las ciudades
de la confederación del Mzab y los terrenos que cultivan
únicamente como jardines los habitantes de este valle.
Visto del exterior por el norte y el este, este
cinturón roqueño ofrece el aspecto de una aglomeración
de peñascos superpuestos sin orden ni concierto. Diríase
que es una inmensa necrópolis árabe. La misma
naturaleza parece muerta. No hay ni sombra de
vegetación donde descansar la mirada. Las mismas aves
de rapiña parecen huir de esas regiones desoladas.
Únicamente los rayos de un sol implacable se reflejan
sobre los muros de roca, de un blanco grisáceo y
producen con sus sombras fantásticos dibujos.
»Se comprende, pues, la admiración y el
entusiasmo del viajero, cuando llegado a la carena de
aquella línea de rocas descubre en el interior del circo
cinco ciudades populosas rodeadas de jardines de una
vegetación lujuriosa destacándose con su color verde
oscuro del fondo rojizo del cauce del Ued-Mzab.
»En torno de él el desierto desolado, la muerte; a
sus pies la vida y las pruebas evidentes de una
civilización adelantada».
El Mzab es una república, o, mejor dicho, una
agrupación comunal por el estilo de la que trataron de
establecer los revolucionarios parisinos en 1871.
En el Mzab nadie tiene el derecho de permanecer
inactivo, y el niño, desde que puede andar y llevar algo,
ayuda a su padre a regar los jardines, lo cual forma la
constante y mayor ocupación de los habitantes. Desde la
mañana a la noche el mulo o el camello saca agua con el
cubo de cuero que en seguida se vierte en un reguero
ingeniosamente construido de modo que no se pierda ni
una gota del precioso líquido. Los mozabitas han
construido gran número de presas para almacenar el agua
de las lluvias. Están mucho más adelantados, pues, que
los argelinos.
¡La lluvia! Es la dicha, el bienestar asegurado, la
cosecha salvada para el mozabita; así es que apenas cae,
se apodera una especie de locura de los habitantes. Salen
a la calle, disparan sus armas, cantan, corren a los
jardines, al río que de nuevo lleva agua, y a los diques de
cuya observación cuidan todos los ciudadanos. Cuando
una de las presa amenaza ruina todos deben acudir a ella.
Aquellas gentes, por su trabajo constante, su
industria y su prudencia, han hecho de la parte más
desolada del Sahara un país fértil, cultivado, donde siete
ciudades prósperas viven fecundadas por el sol que en
otras partes mata.
Se comprende que el mozabita esté celoso de su
patria y que prohíba en lo posible la entrada a los
europeos. En algunas ciudades, como Beni-Isguem,
ningún extranjero puede dormir ni una noche siquiera.
La policía la ejercen todos los ciudadanos. Nadie se
niega a prestar su concurso en caso de necesidad. En
aquel país no hay pobres ni mendigos. Los necesitados
son socorridos por sus parientes.
Casi todos saben leer y escribir. Por todas partes se
ven escuelas, edificios comunales de gran valor. Muchos
mozabitas, después de pasar algún tiempo en nuestras
ciudades, vuelven a su tierra sabiendo el francés, el
italiano y el español.
El libro del comandante Coyne contiene acerca de
este curioso pueblo un número infinito de sorprendentes
detalles.
En Bu-Saada, como en todos los oasis y ciudades,
los mozabitas son los que hacen el comercio, los
cambios, tienen almacenes de toda clase de mercancías, y
se entregan a todas las profesiones.
Después de pasar cuatro días en Bu-Saada, volví
hacia la costa.
Las montañas que se encuentran dirigiéndose al
litoral tienen un aspecto raro.
Parecen monstruosos castillos fuertes que tuvieran
muchos kilómetros de almenas. Son regulares, cuadradas,
cortadas de un modo geométrico. La más alta es plana y
parece inaccesible. Su forma ha hecho que la llamaran
«El Billar». Poco antes de mi llegada, dos oficiales
subieron a ella por vez primera. En la cumbre
encontraron dos enormes cisternas romanas.
*


LA KABILIA.- BUGIE

________


Estamos en la parte más rica y poblada de Argelia.
El país de los kabilas es montañoso, cubierto de bosques
y lleno de hermosos campos. Saliendo de Aumale se baja
hacia el amplio valle de Sahel. Allí se yergue una
montaña enorme, la Dujurjura. Sus picos más altos son
grises como si estuvieran cubiertos de cenizas. Por todas
partes, en las cumbres más bajas, se ven aldeas, que,
desde lejos, parecen montones de piedras blancas. Otras
están agarradas a las pendientes. En toda aquella comarca
fértil se rinde ruda lucha para la posesión del suelo.
La Kabilia está más poblada que el departamento
más populoso de Francia. El kabila no es nómada sino
sedentario y trabajador. El argelino sólo piensa en
despojarle.
He aquí los diferentes sistemas empleados para
despojar y expoliar a los miserables propietarios
indígenas.
Un individuo cualquiera al marchar a Francia, pide
a la oficina correspondiente una concesión en Argelia. Se
le presenta un sombrero con papelitos dentro, y saca e
número correspondiente a un lote de tierra. Aquel lote,
desde entonces, le pertenece. Parte. Halla en África, en
una aldea indígena, toda una familia instalada en la
concesión que se la ha otorgado. Aquella familia ha
cultivado la tierra y de ella vive. No posee nada más. El
extranjero la expulsa.
Se va, resignada, puesto que aquella es la ley
francesa. Pero aquella gente que desde entonces queda
sin recursos, va al desierto y se convierte en rebelde.
Otras veces llega a un arreglo. El colono europeo,
asustado por el calor y el aspecto del país, entra en
negociaciones con el kabila que se convierte en
arrendatario.
Y el indígena, que permanece en su tierra, envía, un
año tras otro, mil, mil quinientos o dos mil francos al
europeo que ha vuelto a Francia.
Esto equivale a la concesión de un estanco.
Otro método:
La Cámara vota un crédito de cuarenta o cincuenta
millones destinados a la colonización de Argelia.
¿Qué se hará con esta suma? ¿Se construirán
presas, se poblarán de bosques las cumbres para contener
el agua, o se tratará de hacer fértiles las llanuras estériles?
De ninguna manera. Se expropia al árabe. En la
Kabilia, la tierra tiene un valor considerable. En los
mejores sitios se vende a mil seiscientos francos la
hectárea; y se vende comúnmente a ochocientos franos.
Los kabilas que son propietarios, viven tranquilos y
no se rebelan, pues les conviene vivir en paz, ya que son
ricos.
¿Qué sucede? Se dispone de cien millones. La
Kabilia es la comarca mejor de Argelia. Pues bien, se
expropia a los kabilas en provecho de colonos
indeterminados.
¿Pero cómo se verifica la expropiación? Pagando a
CUARENTA FRANCOS la hectárea, que vale a bajo
precio OCHOCIENTOS FRANCOS.
El cabeza de familia se va sin murmurar (la ley lo
quiere) a cualquier parte, con los suyos, con los hombres
sin trabajo, las mujeres y los niños.
Aquella gente no es comercial ni industrial. Sólo
son labradores.
La familia vive en tanto que les queda algo de la
suma irrisoria que se les ha dado. Luego llega la miseria.
Los hombres empuñan el fusil y siguen a un Bu-Amema
cualquiera para probar sin duda que Argel debe ser
gobernado por un militar.
Se dice: Dejamos que el indígena ocupe las
comarcas fértiles en tanto que no hay europeos; pero
cuando éstos llegan, expropiamos a los primitivos
propietarios.- Muy bien; pero cuando no haya ya más
tierras fértiles, ¿qué harán ustedes? – Fertilizaremos las
estériles.– Pues ¿por qué no empezar ahora que tienen
ustedes cincuenta millones?
¡Cómo! Hay compañías particulares que construyen
presas gigantescas parar proporcionar agua a comarcas
enteras; es sabido que ingenieros de talento demuestran y
afirman que arbolando ciertas cimas, se puede ganar
leguas y leguas que aprovechará la agricultura ¿y lo
único que se les ocurre, es expulsar a los kabilas?
Fuerza es confesar que una vez pasado el Tell, el
suelo es árido, pelado, casi inútil para el cultivo.
Únicamente el árabe, que se alimenta con un par de
puñados de harina diarios y algunos higos, puede vivir en
esas comarcas desoladas. Un europeo no puede subsistir
allí. No quedan, pues, sino muy escasos terrenos para
cultivar, a menos que arrojar a los indígenas... y esto es lo
que se hace.
En suma, salvo los afortunados propietarios de la
llanura de Mitidja, aquellos que están establecidos en la
estrecha faja del litoral que limita el Atlas, y los que han
obtenido tierras en la Kabilia por los procedimientos que
dejo anotados, los colonos todos de Argelia padecen gran
miseria. Argelia no puede ya recibir más gente; de lo
contrario perecerían de hambre los que fueran.
Esta colonia es muy difícil de administrar por
razones fáciles de comprender.
Extensa como una nación europea, Argelia está
formada de regiones muy diversas, habitadas por razas
esencialmente diferentes. He ahí lo que ningún gobierno
ha parecido comprender hasta ahora.
Hay que conocer muy a fondo una comarca para
pretender gobernarla bien, puesto que cada cual necesita
leyes, reglamentos, disposiciones y precauciones
totalmente opuestas. Un gobernador, sea el que fuere,
ignora por completo todas esas cuestiones de detalles y
de costumbres, y no le queda otro recurso que fiar en la
pericia y datos que le proporcionan sus subalternos.
¿Quiénes son esos administradores? ¿Colonos?
¿Hombres criados en el país y conocedores de sus
necesidades? ¡No! Son empleadillos que llegan de París
con el virrey.
Uno de esos jóvenes administra a sesenta o cien mil
personas. Comete una tontería tras otra y arruina al país.
Es lógico.
Hay excepciones. A veces el delegado del
gobernador trabaja, procura instruirse y comprender las
necesidades de la comarca que administra. Necesitaría
diez años para saber lo que le conviene. Al cabo de seis
meses le cambian de residencia. Por razones de familia,
por conveniencias personales, por cualquier causa, le
envían de la frontera de Túnez a la de Marruecos, y una
vez en su nuevo puesto empieza a emplear iguales
procedimientos que en el punto de donde viene, fiando en
lo que ha aprendido, aplicando iguales reglas de conducta
y gobierno, sin parar mientes en que difieren por
completo las gentes de ambas comarcas.
Lo esencial no es, pues, un buen gobernador, sino
unos buenos empleados.
Se procuró, para remediar tamaños desastres, estado
de cosas tan deplorable, crear una escuela de
administración donde pudiera inculcarse a gran número
de jóvenes los principios elementales, indispensables
para gobernar con acierto el país. La camarilla del señor
Albert Grévy hizo abortar el proyecto, Una vez más
obtuvo el favoritismo la victoria.
El personal administrativo se recluta, pues, de un
modo descabellado, Verdad es que hay algunos hombres
inteligentes y activos. El gobierno, que carece de
personal, hace proposiciones a los antiguos oficiales de
las oficinas árabes. Conocen muy bien a los indígenas;
pero es difícil creer que su cambio de traje haya variado
sus principios administrativos; y no hay, a lo que parece,
motivo para echarlos airadamente cuando visten
uniforme si se les vuelve a tomar cuando llevan levita.
Ya que he dicho algunas palabras del escabroso
asunto de la administración argelina, quiero decir algunas
otras acerca de una cuestión capital que urge resolver
cuanto antes; la de los altos funcionarios indígenas, que
son en realidad los verdaderos y únicos administradores,
los administradores todopoderosos de aquella parte de
nuestra colonia comprendida entre el Tell y el desierto.
Cuando empezó la dominación francesa, se dio,
juntamente con el nombre de aghas o de bachaghas, una
autoridad muy grande a varios jefes indígenas sobre las
tribus de una comarca. Nuestra influencia hubiera sido
impotente; la sustituimos por la de los jefes árabes que
parecían adictos a nuestra causa, resignándonos por
adelantado a las defecciones probables, que fueron, por
cierto, numerosas. La medida era prudente y política; dio
buenos resultados Ciertos aghas nos han prestado grandes
servicios, y gracias a ellos quizá se ha ahorrado la sangre
de muchos soldados franceses.
Pero no porque en un momento dado fuera oportuna
una medida se deduce que haya de resultar perfecta
andando el tiempo y teniendo en cuanta las
modificaciones que los años traen consigo en un país en
vías de colonización.
Actualmente la presencia de estos potentados, los
únicos respetados y obedecidos por las tribus, es una
causa de perenne riesgo para nosotros, un obstáculo
invencible para la civilización de los árabes. Sin
embargo, el partido militar parece prohijar enérgicamente
el sistema de jefes indígenas, que el partido civil estima
que hay que suprimir.
No puedo tratar a fondo tal cuestión; pero basta
realizar la expedición que yo emprendí al territorio de las
tribus para ver claramente los enormes inconvenientes
del actual sistema. Citaré algunos hechos.
La larga resistencia de Bu-Amema se debe en
realidad al agha de Saida.
Al estallar la insurrección ese agha iba a reunirse a
los franceses con sus tropas. Por el camino halló a los
trafis que iban en la misma dirección y se unió a ellos.
Pero el agha de Saida está cargado de deudas que
no puede pagar. Por la noche se le ocurrió sin duda la
idea de verificar una razzia, porque, reuniendo sus tropas
se precipitó contra los trafis. Estos, vencidos al principio,
derrotaron después a sus agresores y el agha de Saida
tuvo que huir con su gente.
Como el agha de Saida es aliado nuestro, nuestro
amigo, nuestro lugarteniente, como representa la
autoridad francesa, los trafis creyeron que teníamos algo
que ver en el asunto, y en vez de ir al campamento
francés fueron a engrosar las filas de Bu-Amema, al que
no abandonaron ya y del que constituyeron el mejor
núcleo.
El ejemplo es característicos ¿verdad? ¡El agha de
Saida continúa siento nuestro amigo, y marcha bajo
nuestras banderas!
Se cita otro agha célebre que nuestros jefes tratan
con grandes consideraciones porque tiene gran
predominio sobre numerosas tribus.
Tan pronto nos auxilia como nos traiciona. Aliado
oficialmente a los franceses que le transmiten su
autoridad, fomenta en secreto todas las insurrecciones.
Verdad es que abandona uno y otro bando siempre que se
le presenta ocasión de entregarse a sus instintos de
rapiña.A pesar de haber tomado parte en el asesinato del
coronel Beauprêtre, hoy día es nuestro aliado. Se
sospecha que tomó parte en muchos complots contra
nosotros.
Nuestro inquebrantable aliado, el agha de Frenda,
nos ha avisado muchas veces de la conducta falaz de
aquel potentado. Pero no hemos querido oír porque presta
servicios interesados a nuestros jefes militares, aun
cuando preste otros a nuestros enemigos.
Esta rara situación, la protección que otorgamos a
ese jefe, le asegura la impunidad de los numerosos
delitos que diariamente perpetra.
He aquí lo que sucede.
Los árabes, en Argel entero, se roban unos a otros.
No hay noche que no se dé cuenta de que han robado
veinte camellos aquí, cien carneros allá, bueyes por el
lado de Biskra, caballos por el lado de Djelfa. Nunca se
da con los ladrones. Y, sin embargo, ni uno solo de los
oficiales de las oficinas árabes ignora a donde va a parar
el ganado robado. Va a parar a manos de ese agha que
sirve de encubridor a todos los bandidos del desierto. Los
animales robados aumentan el número de sus inmensos
rebaños; se queda con alguna de las reses en pago de su
complacencia y devuelve las otras cuando ya no hay que
temer nada de la justicia.
Todos los habitantes del Sur saben tales cosas.
Pero es necesario el tal hombre a quien se ha dejado
adquirir inmensa influencia, aumentada cada día más por
la protección que otorga a los merodeadores, y nada se
quiere ver de lo que hace.
Así resulta que este jefe es inmensamente rico,
mientras que el agha de Djelfa, por ejemplo, se ha
arruinado en parte por servir los intereses de la
colonización, creando granjas, cultivando, etc.
Además de tal orden de hechos, resultan muchos
inconvenientes más graves de la presencia de esos
magistrados indígenas entre las tribus. Para darse cabal
cuenta de ellos, hay que tener noción exacta de los que es
la Argelia actual.
El territorio y la población de nuestra colonia están
divididos de un modo bien preciso.
Hay las dos ciudades del litoral que no tienen más
relaciones con el interior de Argelia, que las ciudades
francesas tienen con la colonia.
Los habitantes de las ciudades de la colonia son
esencialmente sedentarios; sienten a veces, de lejos, los
efectos de los acontecimientos que ocurren en el interior;
pero su acción e influencia en el territorio árabe es nula.
La segunda zona, el Tell, está ocupada en parte por
los colonos europeos. Y el colono ve en el árabe el
enemigo a quién hay que disputar la tierra laborable. Le
odia instintivamente, le persigue sin cesar y le despoja
cuando puede. El árabe le paga en igual moneda.
La hostilidad permanente entre árabes y colonos
impide que éstos puedan civilizar a aquellos. En tal
región menos mal. Como el elemento europeo tiende a
eliminar el elemento indígena, no será preciso un periodo
muy largo para que los árabes, arruinados y desposeídos,
se refugien en el sur.
Es necesario que esos enemigos vencidos
permanezcan en sosiego. Para ello es preciso que nuestra
autoridad se imponga a ellos de continuo, que nuestra
acción sea incesante, y, sobre todo, que nuestra influencia
predomine.
¿Qué ocurre hoy por hoy?
Las tribus, diseminadas por una extensión inmensa,
no reciben jamás la visita de un europeo. Tan sólo, muy
de tarde en tarde, los oficiales de las oficinas hacen una
visita de inspección, que se limita a preguntar a los caids
lo que ocurre en las tribus.
Pero el caid está bajo la autoridad del jefe indígena,
agha o lach-agha. Si este jefe es de ilustre prosapia
respetada en el desierto, su influencia es ilimitada. Todos
los caids le obedecen, como lo hicieran antes de la
ocupación francesa, y nada de lo que ocurre llega a
conocimiento de nuestras autoridades militares.
La tribu es entonces un feudo del agha que,
siguiendo las tradiciones de sus antepasados, ejerce toda
clase de exacciones sobre sus súbditos. Es el dueño; se
hace entregar lo que quiere, tan pronto cien carneros
como doscientos, y se porta, en una palabra, como un
tiranuelo; y, como que nosotros somos los que le hemos
dado autoridad, resulta que la dominación francesa no es
otra cosa que la continuación del antiguo régimen árabe,
el robo jerárquico, etc., etc., sin contar que se nos hace
poco caso y que ignoramos lo que ocurre en el país.
A todo ello se debe que jamás sepamos que va a
estallar una rebelión hasta que ya la cosa no tiene
remedio.
Así, pues, la presencia de altos jefes indígenas
retarda la obra civilizadora y la influencia real y directa
sobre las tribus, que desconocemos en absoluto.
¿El remedio? Helo ahí. Casi todos los jefes menos
dos o tres, necesitan dinero. Se les puede dar una renta de
diez, veinte o treinta mil francos, según los servicios que
nos han prestado y obligarles a vivir en Argel o en otra
ciudad cualquiera del litoral. Ciertos militares creen que
tal medida produciría una sublevación. Sus razones
tendrán... bien conocidas. Otros oficiales afirman, por el
contrario, que sería una medida prudente que acabaría
con el actual desorden.
No es esto todo. Habría que reemplazar a esos
hombres por funcionarios civiles que vivieran
constantemente entre las tribus y ejercieran sobre los
caids una influencia directa. De esta manera la
civilización, una vez salvado tal obstáculo, penetraría
poco a poco en estas regiones.
Pero las reformas útiles tardan en plantearse así en
Francia como en Argelia.
Atravesando la Kabilia, me convencí de la completa
impotencia de nuestra acción hasta en las tribus que
viven entre europeos.
Iba hacia el mar siguiendo el largo valle que va de
Ben-Mansur a Bougie. Ante nosotros una nube espesa y
rara cerraba el horizonte. Encima de nuestras cabezas el
firmamento tenía ese color blanco lechoso que adquiere e
en estas comarcas los días de gran bochorno; pero a lo
lejos, una bruma parda de reflejos amarillentos que no
parecía ser ni una nube, ni una niebla, ni una de esas
densas tempestades de arena que pasan con la furia del
huracán, envolvía todo el país.
Aquella nube opaca, pesada, casi negra en la base y
más ligera en la cima, cerraba como una pared el ancho
valle. Luego, en la atmósfera quieta pareció sentirse olor
de madera quemada. ¿Pero qué gigantesco incendio
hubiera podido producir aquella montaña de humo?
Era humo, efectivamente. Todos los bosques de la
Kabilia ardían.
Pronto entramos en aquella semioscuridad
sofocante. A cien metros de distancia no se veía nada.
Los caballos resoplaban con fuerza. Parecía anochecer y
una brisa insensible, una de esas brisas lentas que apenas
mueven las hojas, empujaba hacia el mar aquella noche
flotante.
Esperamos dos horas en una aldea para saber
noticias, y cuando la verdadera noche hubo cerrado, se
puso en camino nuestro cochecito.
Una claridad confusa, lejana aun, iluminaba el cielo
como un meteoro. Crecía, crecía, cerraba el horizonte
más bien sangriento que brillante. Pero de pronto al dar
vuelta a un recodo del valle, me creí en presencia de una
ciudad iluminada. Era una montaña entera, ya quemada,
con todo el monte bajo convertido en cenizas, mientras
los troncos de robles y olivos, estaban aún
incandescentes, brasas enormes en pie, a millares, no
echando humo ya, pero parecidas a innumerables luces
colosales, alineadas o esparcidas, figurando paseos
interminables, plazas, calles tortuosas, el azar, la
confusión o el orden que se advierte cuando se ve de
lejos una ciudad iluminada por la noche.
A medida que nos acercábamos más al incendio la
claridad era más viva. Durante aquel día las llamas
habían devorado veinte kilómetros de bosque.
Al ver la línea del incendio quedé despavorido y
encantado ante el espectáculo más terrible y conmovedor
que viera jamás. El fuego, como una ola, adelantaba por
una anchura incalculable. Arrasaba el suelo, avanzaba sin
cesar y muy aprisa. Los jarales ardían y se apagaban.
Como antorchas, los grandes árboles ardían lentamente
agitando sus penachos de fuego en tanto que la llama de
la broza galopaba en la vanguardia.
Durante toda la noche seguimos el monstruoso
brasero. Al amanecer llegamos al mar.
Encerrado por un cinturón de raras montañas, de
dentadas crestas, extrañas y encantadoras, con las faldas
pobladas de árboles, el golfo de Bougie, de un azul
lechoso, pero sin embargo claro, y de una transparencia
increíble, se ensancha bajo un cielo de azur, de un azur
siempre igual.
Al extremo de la costa, a la izquierda, en la rápida
pendiente del monte, entre una sábana de verdura, la
ciudad baja hacia el mar como un arroyo de blancas
casas.
Al penetrar en ella produce la impresión de una de
esas inverosímiles ciudades de ópera que a veces se ven
en sueños.
Tiene casas moras, casas francesas y ruinas en
todas partes, esas ruinas que se ven en el primer término
de las decoraciones, frente a un palacio de cartón.
Al llegar allí, de pie junto al mar, cerca del muelle
donde atracan los trasatlánticos y las barcas de pesca
cuyas velas parecen alas, en un panorama encantador, se
ve una ruina tan magnífica que no parece natural. Es la
antigua puerta sarracena cubierta de hiedra.
Y en los bosques montuosos que hay cerca de la
ciudad abundan las ruinas, lienzos de murallas romanas,
restos de monumentos sarracenos, trozos de
construcciones árabes.
Transcurrió el día, tranquilo y abrasador, y vino la
noche. Entonces, en torno del golfo se observó una visión
sorprendente. A medida que las sombras aumentaban,
una claridad, que no era la del día, llenaba el horizonte.
El incendio, como un ejército sitiador, encerraba la
ciudad por todas partes. Nuevos focos, prendidos por los
kabilas, aparecían uno tras otro, maravillosamente
reflejados en las aguas tranquilas del amplio puerto
rodeado de las abrasadas costas. El fuego tan pronto
parece que guirnalda de farolillos a la veneciana, como
una serpiente de anillos de llama retorciéndose por las
ondulaciones de la montañas, como brotaba cual una
erupción volcánica, como un centro deslumbrador y un
penacho gigantesco de rojo humo, según consumiera
monte bajo o carrascales y arbustos.
Seis día estuve en aquel país que ardía y luego partí
por aquel camino incomparable que rodea el golfo y
corre a lo largo de las montañas, dominado por unos
bosques, dominando otros y arenas sin fin, arenas de oro
que bañan las olas sosegadas del Mediterráneo.
A veces el incendio alcanzaba el camino. Debíamos
saltar del coche para apartar los troncos ardientes que
habían caído ante nosotros; tan pronto marchábamos
entre dos oleadas de fuego, arrastrados a galope por los
cuatro caballos, viendo como una de ellas bajaba hasta el
fondo de un barranco y escalaba la otra las alturas,
royendo la montaña cuya piel requemada descubría. Las
colinas incendiadas, extinguidas y ya frías parecían
cubiertas de un velo negro, de un velo de luto.
A veces atravesábamos comarcas aun intactas. Los
colonos, inquietos, de pie en el umbral de las puertas, nos
preguntaban por la marcha del incendio, como se
informaban en Francia, durante la guerra alemana, de la
marcha del enemigo.
Se veían chacales, hienas, zorras, liebres, cien
animales distintos huyendo del azote, enloquecidos de
espanto.
En un vallecito vi los cinco alambres telegráficos
tan cargados de golondrinas, que cedían haciendo flecha,
y formando así entre los postes, cinco guirnaldas de
pájaros.
El cochero restalló la fusta y una nube de pájaros
huyó, se dispersó por el aire y los gruesos alambres,
libres del peso que les oprimía, saltaron, se distendieron
como la cuerda de un arco, y palpitaron largo rato
estremecidos por vibraciones que se calmaban poco a
poco.
Pronto penetramos en las gargantas de Chabet-el-
Akhra. Dejando a la izquierda el mar se penetra en la
montaña. Aquel desfiladero es uno de los más grandiosos
que existen. El paso se estrecha en muchos puntos; picos
graníticos, pelados, rojizos, pardos o azules se acercan,
no dejan en su base más que un estrecho cauce para el
agua, y el camino está abierto en la roca viva, sobre el
torrente que rueda en el fondo.
El aspecto de aquella garganta atroz, salvaje y
soberbia cambia a cada momento. Las dos murallas que
la forman suben a veces hasta dos mil metros y el sol no
puede penetrar en el fondo de aquel pozo sino en el
instante preciso de pasar por encima.
A la salida está la aldea de Kerrata. Sus habitantes
hacía ocho días que miraban salir el negro humo del
incendio del sombrío desfiladero, como de una
gigantesca chimenea.
El gobierno de Argelia, después del desastre, que
hubiera podido evitar con alguna previsión, pretendió
hacer creer que no se debía a los kabilas. También se ha
dicho que los bosques quemados no llegaban a cincuenta
mil hectáreas.
He aquí un despacho del subprefecto de
Philippeville:
«He sabido por el alcalde y el administrador de
Jemmapes que todas las concesiones forestales han
ardido y que el fuego ha devorado todos los aduars del
ayuntamiento mixto. Las aldeas de Gastu, Ain-Cherchar,
el Djendel, han corrido peligro.
En Philippeville han ardido todas las arboledas y
bosques.
Stora, San Antonio, Valée, Damrémont, han estado
a pique de ser pasto de las llamas.
El-Arruch ha padecido poco, exceptuando
quinientas hectáreas quemadas en los aduares de los
Ulas-Messaud, Hazabra y El-Ghadir.
En Saint-Charles hay cerca de seiscientas
hectáreas quemadas entre Ued-Deb y Ued-Gudi y
ochocientas hectáreas al noreste y sureste. Las
plantaciones han quedado destruidas.
En Collo y Attin el fuego lo ha destruido todo.
Las concesiones Lesseps, Teissier, Levat, Lefebre,
Sider, Bessin, están destruidas del todo o en parte, es
decir, más de cuarenta mil hectáreas de bosques
nacionales. Granjas y casas de Zeriban, han sido pasto
de las llamas. Hay numerosas víctimas.
Esta mañana hemos enterrado a tres zuavos,
víctimas de su celo cerca de Valée.
Las pérdidas son incalculables y no puedes
evaluarse ni aproximadamente.
El peligro ha desaparecido en gran parte por la
destrucción de todos los bosques. El viento ha cambiado
de dirección y creo que podrán ser dominados los
últimos focos en las propiedades de Besson, de Collo, en
la Estaya cerca de Robertville.
Ayer envíe ciento cincuenta soldados a Collo y
dispuse también de un trasatlántico.»
Añádanse a esto los incendios de los bosques del
Zeramma, Fil-Fila, Fendeck, etc.
El señor Bisern, concesionario por catorce años de
los bosques de El-Milia, escribe esto:
«Mi personal ha dado muestra de la mayor
energía; se ha expuesto gravemente y dominamos el
fuego en dos ocasiones. Fue en vano. Mientras
combatíamos en un punto, los árabes creaban nuevos
focos en distintos sitios.»
He aquí una carta de un propietario:
«Tengo el honor de poner en su conocimiento, que
durante la noche del domingo al lunes, mi guarda
Ripeyre que vigila mi propiedad, situada sobre el campo
de maniobras, ha presenciado cuatro tentativas de
incendio; en la propiedad comunal, a corta distancia de
mi finca, otra sobre Damremont y la cuarta sobre Valée.
Como no hacía viento, el fuego no se ha propagado.»
He aquí un despacho de Djidjelli:
Djidjelli, 23 de agosto, 3’16 de la tarde.
«Un incendio destruye la concesión forestal de los
Beni-Amram, perteneciente al señor Carpentier de
Djidjelli.
La última noche fue prendido en veinte puntos
distintos; un peón caminero que venía de la mina de
Carvalho ha visto los diferentes focos.
Esta mañana, casi a la vista del caid Amar-ben-
Habilés, de la tribu de los Beni-Fughai, se ha pegado
fuego a los bosques de Mecrech, y pocos minutos
después aparecía otro foco en punto contrario al viento.
En fin, casi al mismo tiempo, a cuatrocientos pasos
del grupo formado por el caid y unos cincuenta árabes
de su tribu, también en dirección contraria al viento,
estallaba un nuevo foco.
Es evidente, pues, que el incendio lo producen los
indígenas como obedeciendo a una orden general.»
Añadiré que, habiendo pasado yo mismo seis días
en el país incendiado, he visto con mis propios ojos
surgir el fuego simultáneamente en ocho sitios distintos,
en el bosque, lejos de toda vivienda.
Si ejerciéramos una vigilancia activa sobre las
tribus, tales desastres, que se repiten cada cuatro o cinco
años, no ocurrirían.
El gobierno cree haber puesto una pica en Flandes
cuando, al acercarse la época de los grandes calores,
renueva las instrucciones concernientes al
establecimiento de puestos-vigías instituidos por el
artículo 4 de la ley del 17 de julio de 1874. Este artículo
dice así:
«Los habitantes indígenas de las regiones
forestales, están obligados, desde el 1 de julio al 1 de
noviembre, a prestar un servicio de vigilancia que
determinará el gobernador general».
Se recela que los indígenas quieran incendiar los
bosques... ¡y se les confía su guarda!
¿No es esto una candidez monumental?
El tal artículo ha sido fielmente observado. Los
indígenas han ocupado sus puestos... para propagar el
incendio.
Es verdad que otro artículo dispone que se ejerza
una vigilancia especial por un oficial que nombra el
gobernador cada año.
Pero este artículo no se cumple nunca o casi nunca.
Añadamos que la administración forestal, la más
quisquillosa y molesta quizá de cuantas existen en
Argelia, hace cuanto puede para exasperar a los
indígenas.
En suma, y para resumir la cuestión de
colonización, el gobierno, para favorecer la inmigración
europea se conduce de un modo inicuo con los árabes.
¿Cómo no han de seguir los colonos un sistema y un
ejemplo que tan bien responden a sus intereses?
Hay que hacer constar, sin embargo, que, desde
hace algunos años, hombres muy inteligentes y expertos
en materia de cultura, parecen haber mejorado bastante el
estado general de la colonia. Argelia se convierte, gracias
a los esfuerzos de esos hombres, en un país productivo.
La población que se forma no trabaja sólo en favor de sus
intereses personales sino también en pro de los franceses.
Cierto es que el suelo, en manos de esos hombres,
producirá lo que jamás hubiera producido en las de los
árabes; es seguro que la población primitiva desaparecerá
poco a poco, y es indudable que tal desaparición será
provechosa para Argelia; pero es indigno que se cumpla
del modo que se hace.
*

______

CONTANTINA

*
Del Chabet hasta Setif se diría que se atraviesa un
país de oro. Los sembrados, cortados muy altos y no al
ras de la tierra como en Francia, machacados por los pies
de los rebaños, mezclando su color claro de paja al color
más oscuro del suelo, dan a la tierra el matiz cálido y rico
de los dorados antiguos.
Setif es una de las ciudades más feas que cabe
imaginar.
Luego hasta Constantina se atraviesan
interminables llanuras. Los grupos de árboles que de
trecho en trecho las alegran les dan cierto parecido con
una mesa de pino sobre la cual se hubieran esparcido
arbolitos de Nuremberga.
Aquí está Constantina, la fenomenal, Constantina la
rara, guardada, como por una serpiente que se enroscara a
sus pies, por el Rumel, el fantástico Rumel, río de poema
que se creería soñado por Dante, río de infierno corriendo
en el fondo de un abismo rojo como si las llamas eternas
le hubiesen abrasado. Ha convertido su ciudad en una
isla, ese río celoso y sorprendente; la rodea de un abismo
terrible y tortuoso, de peñascos deslumbrantes y extraños,
de muros rectos y dentados.
Los árabes dicen que la ciudad parece un albornoz
extendido. La llaman Belad-al-Haoua, la ciudad del aire,
la ciudad del torrente, la ciudad de las pasiones. Domina
valles admirables cubiertos de ruinas romanas, de
acueductos de gigantescas arcadas, llenas también de una
maravillosa vegetación. La dominan las alturas de
Manura y de Sidi-Meçid.
Aparece en pie sobre el peñasco, defendida por su
río, como una reina. Una vieja canción la glorifica:
«Bendecid, dice a sus habitantes, a vuestros abuelos que
han construido la ciudad en el peñascal. Los cuervos
excretan sobre la gente; vosotros excretáis sobre los
cuervos.»
Las calles populosas son más bulliciosas que las de
Argel, más llenas de vida, recorridas sin cesar por gentes
de diversas razas, árabes, kabilas biskris, mzabis, negros,
moras veladas, spahis rojos, turcos azules, kadis graves,
oficiales relucientes. Y los vendedores empujan delante
de ellos asnos, esos borriquitos del África, pequeños
como perros, caballos, camellos lentos y majestuosos.
Benditas sean las judías. Tienen aquí una belleza
soberbia, severa, y encantadora. Pasan envueltas antes
que vestidas en telas deslumbradoras, matizadas,
preciosas, sabiendo como han de ajustarlas a su cuerpo
para ser aún más bellas. Llevan los brazos desnudos
desde el hombro, brazos de estatua que exponen sin
temor al sol, así como sus rostros tranquilos de líneas
rectas y puras. Y el sol parece que no puede morder
aquella carne pulida.
Lo que alegra más la mirada en Constantina son las
niñas, las niñitas, con sus vestidos que parecen disfraces,
con vestidos de cola de seda azul o encarnada, cubierta la
cabeza con velos de tisu de oro y plata, las cejas pintadas
y prolongadas, como un arco sobre los ojos, las uñas
teñidas, el rostro y la frente tatuados a veces con una
estrella, la mirada atrevida y ya provocadora, fijándose
en quien las admira, andan con paso menudo y rápido
dando la mano a un árabe alto, que es su criado.
Se diría que aquello es una nación de cuento de
hadas, una nación de mujercitas galantes, porque aquellas
niñitas tienen aspecto de mujer por su atavío, por su
coquetería, por los afeites del rostro. Llaman con los
ojos, como las mujeres; son encantadoras, irritantes como
monstruos adorables. Parece aquella ciudad una pensión
de cortesanas de diez años, semilla de amor que se abre a
la vida.Ante nosotros está el palacio de Hadj-Ahmed, una
de las mejores muestras de la arquitectura árabe, a lo que
se dice. Todos los viajeros lo han celebrado,
comparándolo a las habitaciones de las Mil y una
Noches.
Nada tendría de particular si los jardines interiores
no le daban un aspecto oriental muy bonito. Se
necesitaría un volumen para contar las ferocidades, las
dilapidaciones, todas las infamias del que lo construyó
con materiales precisos arrancados de las ricas viviendas
de la ciudad y de sus contornos.
El barrio árabe de Constantina ocupa la mitad de la
ciudad. Las calles son empinadas, más tortuosas y
estrechas que las de Argel y van hasta el borde del
abismo por donde corre el Rumel.
En otro tiempo ocho puentes atravesaban el
precipicio. Seis de ellos están ruinosos. Solo uno, de
origen romano, da clara idea de lo que fuera. El Rumel,
de trecho en trecho, desaparece bajo colosales arcadas
que él mismo ha abierto. Sobre una de ellas fue
construido el puente. La bóveda natural por donde pasa el
río tiene una altura de cuarenta y un metros y tiene un
espesor de dieciocho metros; los cimientos de la
construcción romana están, pues, a cincuenta y nueve
metros sobre el agua y el puente tenía dos pisos, dos
hileras de arcos superpuestos sobre el gigantesco arco
construido por la naturaleza.
Hoy día un puente de hierro de un solo arco da
entrada a la ciudad.
Pero hay que marchar y llegar a Bona, linda ciudad
que recuerda las que hay en Francia a orillas del
Mediterráneo.
El Kléber tiene las calderas encendidas junto al
muelle. Son las seis. El sol se pone en el desierto cuando
el buque emprende la marcha.
Yo permanezco hasta la noche sobre cubierta con la
mirada vuelta hacia la tierra que desaparece entre una
nube purpúrea, en la apoteosis de una puesta de sol
gloriosa, en una polvareda de oro rosado que salpica el
amplio manto de azur del firmamento.

*

FIN

EL MIEDO -- GUY DE MAUPASSANT

Escrito por imagenes 10-04-2008 en General. Comentarios (0)

EL MIEDO -- GUY DE MAUPASSANT

El miedo
Guy de Maupassant

Volvimos a subir a cubierta después de la cena. Ante nosotros, el
Mediterráneo no tenía el más mínimo temblor sobre toda su superficie, a la que una
gran luna tranquila daba reflejos. El ancho barco se deslizaba, echando al cielo,
que parecía estar sembrado de estrellas, una gran serpiente de humo negro; detrás
de nosotros, el agua blanquísima, agitada por el paso rápido del pesado buque,
golpeada por la hélice, espumaba, removía tantas claridades que parecía luz de
luna burbujeando.
Ahí estábamos, unos seis u ocho, silenciosos, llenos de admiración, la vista
vuelta hacia la lejana África, a donde nos dirigíamos. De pronto el comandante,
que fumaba un puro en medio de nosotros, retomó la conversación de la cena.
—Sí, aquel día tuve miedo. Mi navío se quedó seis horas con esa roca en el
vientre, golpeado por el mar. Afortunadamente, por la tarde nos recogió un barco
carbonero inglés que nos había visto.
Entonces un hombre alto con el rostro quemado, de aspecto serio, uno de esos
hombres que uno imagina que han cruzado largos países desconocidos, en medio
de peligros incesantes, y cuyos ojos tranquilos parecen conservar, en su
profundidad, algo de los países extraños que han visto; uno de esos hombres que
uno adivina empapado en el valor, habló por primera vez: —Usted dice,
comandante, que tuvo miedo; no le creo en absoluto. Usted se equivoca en la
palabra y en la sensación que experimentó. Un hombre enérgico nunca tiene miedo
ante un peligro apremiante. Está emocionado, agitado, ansioso; pero el miedo es
otra cosa.
El comandante prosiguió, riéndose: —¡Caray ! Le vuelvo a decir que yo tuve
miedo.
Entonces el hombre de tez morena dijo con una voz lenta : —¡Permítame
explicarme ! El miedo (y hasta los hombres más intrépidos pueden tener miedo) es
algo espantoso, una sensación atroz, como una descomposición del alma, un
espasmo horroroso del pensamiento y del corazón, cuyo mero recuerdo provoca
estremecimientos de angustia. Pero cuando se es valiente, esto no ocurre ni ante un
ataque, ni ante la muerte inevitable, ni ante todas las formas conocidas de peligro:
ocurre en ciertas circunstancias anormales, bajo ciertas influencias misteriosas
frente a riesgos vagos. El verdadero miedo es como una reminiscencia de los
terrores fantásticos de antaño. Un hombre que cree en los fantasmas y se imagina
ver un espectro en la noche debe de experimentar el miedo en todo su espantoso
horror.
«Yo adiviné lo que es el miedo en pleno día, hace unos diez años. Lo
experimenté, el pasado invierno, una noche de diciembre.
«Y, sin embargo, he pasado por muchas vicisitudes, muchas aventuras que
parecían mortales. He luchado a menudo. Unos ladrones me dieron por muerto. Fui
condenado, como sublevado, a la horca en América y arrojado al mar desde la
cubierta de un buque frente a la costa de China. Todas las veces creí estar perdido e
inmediatamente me resignaba, sin enternecimiento e incluso sin arrepentimientos.
«Pero el miedo no es eso.
«Lo presentí en África. Y, sin embargo, es hijo del Norte; el sol lo disipa como
una niebla. Fíjense en esto, señores. Entre los orientales, la visa no vale nada; se
resignan en seguida; las noches están claras y vacías de las sombrías
preocupaciones que atormentan los cerebros en los países fríos. En Oriente, donde
se puede conocer el pánico, se ignora el miedo.
«Pues bien, esto es lo que me ocurrió en esa tierra de África:
«Atravesaba las grandes dunas al sur de Uargla. Es éste uno de los países más
extraños del mundo. Conocerán la arena unida, la arena recta de las interminables
playas del Océano. ¡Pues bien! Figúrense al mismísimo Océano convertido en
arena en medio de un huracán; imaginen una silenciosa tormenta de inmóviles olas
de polvo amarillo. Olas altas como montañas, olas desiguales, diferentes,
totalmente levantadas como aluviones desenfrenados, pero mis grandes aún, y
estriadas como el moaré. Sobre ese mar furioso, mudo y sin movimiento, el sol
devorador del sur derrama su llama implacable y directa. Hay que escalar aquellas
láminas de ceniza de oro, volver a bajar, escalar de nuevo, escalar sin cesar, sin
descanso y sin sombra. Los caballos jadean, se hunden hasta las rodillas y resbalan
al bajar la otra vertiente de las sorprendentes colinas.
«Íbamos dos amigos seguidos por ocho espahíes y cuatro camellos con sus
camelleros. Ya no hablábamos, rendidos por el calor, el cansancio, y resecos de sed
como aquel desierto ardiente. De pronto uno de aquellos hombres dio como un
grito; todos se detuvieron; permanecimos inmóviles, sorprendidos por un
inexplicable fenómeno conocido por los viajeros en aquellas regiones perdidas.
«En algún lugar, cerca de nosotros, en una dirección indeterminada, redoblaba
un tambor, el misterioso tambor de las dunas; sonaba con claridad, unas veces más
vibrante, otras debilitado, deteniéndose, e iniciando de nuevo su redoble fantástico.
«Los árabes, espantados, se miraban; uno dijo, en su idioma: "La muerte está
sobre nosotros." Y entonces, de pronto, mi compañero, mi amigo, casi mi hermano,
se cayó de cabeza del caballo, fulminado por una insolación.
«Y durante dos horas, mientras intentaba en vano salvarle, aquel tambor
inalcanzable me llenaba el oído con su ruido monótono, intermitente e
incomprensible; y sentía deslizarse por mis huesos el miedo, el verdadero miedo, el
odioso miedo, frente al cadáver amado, en ese agujero incendiado por el sol entre
cuatro montes de arena, mientras el eco desconocido nos arrojaba, a doscientas
leguas de cualquier pueblo francés, el redoble rápido del tambor.
«Aquel día entendí lo que era tener miedo; y lo supe aún mejor en otra
ocasión...
El comandante interrumpió al narrador: —Perdone, señor, pero ¿aquel tambor?
¿Qué era?
El viajero contestó: —No lo sé. Nadie lo sabe. Los oficiales, a menudo
sorprendidos por ese ruido singular, lo suelen atribuir al eco aumentado,
multiplicado, desmesuradamente inflado por las ondulaciones de las dunas, de una
lluvia de granos de arena arrastrados por el viento al chocar con una mata de
hierbas secas; ya que siempre se ha comprobado que el fenómeno se produce cerca
de pequeñas plantas quemadas por el sol, y duras como el pergamino.
«Aquel tambor no sería más que una especie de espejismo del sonido. Eso es
todo. Pero no lo supe hasta más tarde.
«Sigo con mi segunda emoción.
«Ocurrió el invierno pasado, en un bosque del noreste de Francia. El cielo
estaba tan oscuro que la noche llegó dos horas antes. Tenía como guía a un
campesino que andaba a mi lado, por un pequeñísimo camino, bajo una bóveda de
abetos a los que el viento desenfrenado arrancaba aullidos. Entre las copas veía
correr nubes desconcertadas, nubes enloquecidas que parecían huir ante un
espanto. A veces, bajo una inmensa ráfaga, todo el bosque se inclinaba en el
mismo sentido con un gemido de sufrimiento; y me invadía el frío, a pesar de mi
paso ligero y mi ropa pesada.
«Teníamos que cenar y dormir en la casa de un guardabosque, cuya morada ya
no quedaba muy lejos. Iba allí para cazar.
«A veces mi guía levantaba los ojos y murmuraba: "¡Qué tiempo tan triste!"
Luego me habló de la gente a cuya casa llegábamos. El padre había matado a un
cazador furtivo dos años antes y, desde entonces, parecía sombrío, como
atormentado por un recuerdo. Sus dos hijos, ya casados, vivían con él.
«La noche era profunda. No veía nada delante de mí, ni a mi alrededor, y las
ramas de los árboles chocaban entre sí llenando la noche de un incesante rumor.
Finalmente vi una luz y en seguida mi compañero llamó a una puerta. Nos
contestaron los gritos agudos de unas mujeres. Después una voz de hombre, una
voz sofocada, preguntó: "¿Quién es?" Mi guía dio su nombre. Entramos. Fue un
cuadro inolvidable.
«Un hombre viejo de pelo blanco y mirada loca, con la escopeta cargada en la
mano, nos esperaba de pie en mitad de la cocina mientras dos mozarrones, armados
con hachas, vigilaban la puerta. Distinguí en los rincones oscuros a dos mujeres
arrodilladas, con el rostro escondido contra la pared.
«Nos presentamos. El viejo volvió a poner su arma contra la pared y mandó
que se preparara mi habitación; luego, como las mujeres no se movían, me dijo
bruscamente: —Verá usted, señor; esta noche, hace dos años, maté a un hombre. El
año pasado volvió para buscarme. Le espero otra vez esta noche. —Y añadió con
un tono que me hizo sonreír: —Por eso no estamos tranquilos.
«Le tranquilicé como pude, feliz por haber venido precisamente aquella noche,
y asistir al espectáculo de ese terror supersticioso. Conté varias historias y conseguí
tranquilizarles a casi todos.
«Cerca del fuego, un viejo perro, bigotudo y casi ciego, uno de esos perros que
se parecen a gente que conocemos, dormía el morro entre las patas.
«Fuera, la tormenta encarnizada azotaba la pequeña casa y, a través de un
estrecho cristal, una especie de mirilla situada cerca de la puerta, veía de pronto
todo un desbarajuste de árboles empujados violentamente por el viento a la luz de
grandes relámpagos.
«Notaba perfectamente que, a pesar de mis esfuerzos, un terror profundo se
había apoderado de aquella gente, y cada vez que dejaba de hablar, todos los oídos
escuchaban a lo lejos. Cansado de presenciar aquellos temores estúpidos, iba a
pedir acostarme, cuando el viejo guarda de pronto saltó de su silla, cogió de nuevo
su escopeta, mientras tartamudeaba con una voz enloquecida: —¡Ahí está! ¡Ahí
está! ¡Le oigo!
«Las dos mujeres volvieron a caerse de rodillas en los rincones, escondiendo el
rostro; y los hijos volvieron a coger sus hachas. Iba a intentar tranquilizarles otra
vez, cuando el perro dormido se despertó de pronto y, levantando la cabeza,
tendiendo el cuello, mirando hacia el fuego con sus ojos casi apagados, dio uno de
esos lúgubres aullidos que hacen estremecerse a los viajeros, de noche, en el
campo. Todos los ojos se volvieron hacia él; ahora permanecía inmóvil, tieso sobre
las patas, como atormentado por una visión; se echó de nuevo a aullar hacia algo
invisible, desconocido, sin duda horroroso, ya que todo el pelo se le ponía de
Punta. El guarda, lívido, gritó: —¡Lo huele! ¡Lo huele! Estaba ahí cuando lo
maté.— Y las dos mujeres enloquecidas se echaron a gritar con el perro.
«A mi pesar, un gran escalofrío me corrió entre los hombros. El ver al animal
en aquel lugar, a aquella hora, en medio de aquella gente enloquecida, resultaba
espantoso.
«Entonces, durante una hora, el perro aulló sin moverse; aulló como preso de
angustia en un sueño; y el miedo, el espantoso miedo entró en mí; ¿el miedo a qué?
¿Lo sabré yo? Era el miedo, y punto.
«Permanecíamos inmóviles, lívidos, en espera de un acontecimiento horroroso,
aguzando el oído, el corazón latiendo, descompuestos al menor ruido. Y el perro se
puso a dar vueltas alrededor del cuarto, oliendo las paredes y siempre gimiendo.
¡Aquel animal nos volvía locos! Entonces el campesino que me había guiado, se
abalanzó sobre él, en una especie de paroxismo de terror furioso, y abriendo una
puerta que daba a un pequeño patio, echó al animal afuera.
«Éste se calló en seguida, y nos quedamos sumidos en un silencio aún más
terrorífico. Y de pronto todos a la par tuvimos una especie de sobresalto: un ser se
deslizaba contra la pared, en el exterior, hacia el bosque; luego pasó junto a la
puerta, que pareció palpar, con una mano vacilante; no volvimos a oír nada más
durante dos minutos que nos convirtieron en insensatos; luego volvió, siempre
rozando la pared; y raspó ligeramente, como lo haría un niño con la uña; y de
pronto una cabeza apareció contra el cristal de la mirilla, una cabeza blanca con
ojos luminosos como los de una fiera. Y un sonido salió de su boca, un sonido
indistinto, un murmullo quejumbroso.
«Entonces un estruendo formidable estalló en la cocina. El viejo guarda había
disparado. Inmediatamente sus hijos se precipitaron, taparon la mirilla levantando
la gran mesa que sujetaron con el aparador.
«Y les juro que al oír el estrépito del disparo que no me esperaba tuve tal
angustia en el corazón, el alma y el cuerpo, que me sentí desfallecer y a punto de
morir de miedo.
«Nos quedamos ahí hasta la aurora, incapaces de movernos, de decir una
palabra, crispados en un enloquecimiento inefable.
«No nos atrevimos a desatrancar la salida hasta no ver, por la hendidura de un
sobradillo, un fino rayo de día.
«Al pie del muro, junto a la puerta, yacía el viejo perro, con el hocico
destrozado por una bala.
«Había salido del patio escarbando un agujero bajo una empalizada.
El hombre de rostro moreno se calló; luego añadió: —Aquella noche no corrí
ningún peligro, pero preferiría volver a empezar todas las horas en las que me
enfrenté con los peligros más terribles, antes que el minuto único del disparo sobre
la cabeza barbuda de la mirilla.

F I N

(23 de octubre de 1882)