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Cenobita
¿MALVADA?
Ardex
¿QUÉ SE ESCONDE TRAS EL GRAN ROJO?
Vicente Aliaga
¿QUIÉN RECOGE LOS CUERPOS DESPUÉS DE UNA BATALLA?
Krystell F. Murillo
9:14:32
Carrie White
A TODA VELOCIDAD
Miguel Fli
A TRES PASOS DE MI NUEVO HOGAR
Xulio Eston
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El Catador
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EL PASEO
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EL PRENDEDOR
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EL REGRESO DEL MAL
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EL RELOJ PRODIGIOSO
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EL SAPO JUNTO AL RÍO
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EL SECRETO QUE OCULTA LA NOCHE
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EL TANATÓLOGO
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EL TRAJE DE LA NOVIA ANTES DE LA BODA
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EL TRIUNFADOR
Luismol
EL ÚLTIMO ALQUILER
Varuquela
EL ÚLTIMO AMANTE APASIONADO
Dylan Dog
EL USO DEL TIEMPO INEXISTENTE
Dylan Dog
EL VIAJE
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EL VIGILANTE
Rojinegro
EL VIOLONCHELISTA
Laura Mulvey
EMPEZÓ CON UN HORMIGUEO POR AQUÍ...
Crisanto
EN LA PRISIÓN
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EN SU FANTASÍA
Luna
ENCUENTRO CON LO DESCONOCIDO
Anforfa
ENTRE LAS SOMBRAS
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ENTRE LAS SOMBRAS CRECIENTES DEL CAMPOSANTO
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ESPÍRITU DE HECHIZERO
Aleks D’ Leud
ESTUDIO DE HORRORES
Emcharos
FRÍO
Invierno Muerto
GESA
777
GRANADA
Miguel Lazaro
HABLANDO DE MATO GROSSO Y DE ARTE CONTEMPORANEO EN LA CAPITAL DE ESPAÑA
luloma
HAY ALGUIEN AHÍ FUERA
Gregorio De Compostela
HEMOGLOBINA EN LA DISCO
El Caballero
HISTORIAL POLICIAL
Lexis
INDIFERENCIA
Amy Death
INSACIABLE CASERÍA
Mathilda
INVERSO REFLEJO
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JUNTOS PARA SIEMPRE
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LA ARROLLADA
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LA BESTIA
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LA BESTIA
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LA BESTIA DE LA NOCHE
El Visitante
LA BOCA DE LOS MUERTOS
Jorge Andrés Ojeda
LA CÁMARA ACORAZADA
Holden Caufield
LA CASA DE LA RUMANA
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LA CONFESIÓN
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LA CRUDA REALIDAD
Lobo Negro
LA CURIOSIDAD ES MALA CONSEJERA
Nora Tito
LA DAMA DE LA LUNA
Nora Tito
LA DECLARACIÓN
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LA ESTACIÓN
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LA ESTAFETA
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LA EXTRAÑA
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LA FIESTA
El Malo
LA GASOLINERA
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LA HIEDRA
La Morgue
LA IRA
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LA JOVEN DEL RÍO
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LA LENGUA DEL POETA
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LA LÍNEA 9
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LA LUNA
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LA MACABRA HISTORIA DE GUMERSINDO Y LA ALBÓNDIGA
Luismol
LA MECEDORA
Pero Torres Gil
LA MORADA DEL DIABLO
FJOG DARK SOUL
LA MOSCA
Erzulie Freda
LA MUERTE IMITA AL ARTE
Xulio Eston
LA OFRENDA
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LA OSCURIDAD VIVE ALLÍ
Betty Mozilla
LA OSCURIDAD, LA SANGRE Y LOS CUERVOS
Olvido Recio
LA PELUQUERA Y EL ROJO
Edgardo de Luis
LA REUNIÓN
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LA SOLUCIÓN A LA FIEBRE
Carlo Evidente
LA SONRISA DE LA MUERTE
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LA TENIA
Trent Reznor
LA TORMENTA
Maya
LA TRAGEDIA
Anaitat
LA TRAGEDIA DEL ADIVINO
Antonio Luis Sarmiento
LA TRAVESÍA
Osimandias
LA ÚLTIMA CENA
Nostrapacus
LA ÚLTIMA RONDA
Placido Romero
LA VENGANZA DE LOS YATUPÈ
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LA VERDAD DETRÁS DE SOREN VLEIDT
Gato Fantasma
LA VIDA SECRETA DE LOS INSECTOS
Berenice
LA VIRGEN QUE LLORA
Emcharos
LA VOZ
Kiara
LAMENTOS
anikaqueen
LAS CINTAS MOEBIUS
Marcial
LAS OVEJAS Y EL LOBO
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LAS SIETE IRAS: LA DISECCIÓN DEL CAOS
DiGiel
LAS VISIONES DE LIDA
Leonardo León
LAS VOCES AMABLES
Freakxenet
LAZOS
Sebastián Narvaez
LETARGO
El Incomprendido
LETRAS PEQUEÑAS
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LO QUE ACECHA DETRÁS DE LA PUERTA
Gustavo Magro
LO QUE TRAJO LA NOCHE
Ego
LOS ANHELOS DE MI ABUELA
Huitzilli Blanco
LOS ARCHIVOS OCULTOS DE CASTELROUX
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LOS CONDENADOS
Ryujy
LOS DIAMANTES DE TU ROSTRO
Lucatero
LOS DIEZ MANDAMIENTOS DE TOBY VALENTI
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LOS PEQUEÑOS
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LOS PERROS
Dr. Benway
LOS TRES HERMANOS
Noé Kiyak
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Daniel K. Encinas
MAGNÉTICO
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MÁS ALLÁ DEL PÁNICO
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MAYOR MIEDO
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MIEDO DE VERDAD
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MIENTRAS SUEÑO
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Noé Kiyak
MYSHOPHOBIA INC.
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KOWISQKY
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NOCHE DE SUEÑOS
Wolfgang Amadeus
NUNCA VIAJES SOLA
El Hombre de la Gabardina
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PARA SIEMPRE
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PAROXISMO
Angora
PASEO
Alan De Las Casas
PASOS EN LA NOCHE
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PERDER ESPACIO
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PERDIDO
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PERSEGUIDA
Heaven&Hell
PIACERE SANGUINIO
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PLAYA DESIERTA
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PULP TENTACLE
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REFLEJO
Adalid
RÉQUIEM
SikkiS
RÉQUIEM
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RESCATE: ¿FALLIDO?
John_Carpenter
RESULTA CURIOSO OBSERVAR
Teide
RETRATO DE UNA INCÓGNITA
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RIBANUT
Sr. Myers
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SECUENCIA HENTAI
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SED
Imathia 1.0
SEGUNDAS PARTES
Alejandro Zebedeo
SEGUNDAS PARTES
Dehumanizer
SETH EL INMORTAL
Trent Reznor
SI ESTO ES UN SUEÑO
Silencio
SI MUERO, NO SE OLVIDEN DE VOLARME LOS SESOS
Pablo Riguetti
SIN TÍTULO
Afe
SOFÍA
Eduardo
SÓLO QUERÍA ENCONTRAS LAS HADAS
Caribe Santamaría
SOMBRAS SIN DUEÑO
Caronte
SUEÑO LÚCIDO
Roberto de Ockham
TANYA
Ana y Yo
TATUADO
Miguel Fli
TERCIOPELO NEGRO
Amy Death
TERROR EN LA NOCHE
B.E. Olmos
TESTIMONIO DE UN QUEHACER HORRENDO Y SUBURBIAL
Máximo Blavatsky
THE LAST FOREVER
Alejandro Zebedeo
TIEMPO DE VENGANZA
Nostrapacus
TIENE EL AIRE
Tim Bulsara
TRABAJO DE CIEGOS
Franz Lobo
TRAS ÉL
Xavier Tempesta
TRÍO
Thomas Hewitt
TÚ QUIÉN CREES QUE FUE EL ASESINO
Luna
TURNO DE NOCHE
DDJ
TURNO NOCHE
Saucerful
ÚLTIMO VIAJE
Aradia_SC
UMBROSFERA. MEMORIA SOBRE LA REUNIÓN EN LA BÓVEDA S11
PCB
UN ASESINO EN LA PUERTA
carlosv136
UN LUGAR PARA ESCRIBIR
Ilekham
UN POCO MÁS LEJOS
Elemir
UN RELATO DESDE EL MÁS ALLÁ
Aliver
UN SACO DE ILUSIONES
Red Eye
UNA CARTA INESPERADA
Dionisos Dimorfos
UNA MÁS
Maycry
UNA NOCHE ESPECIAL
Palen
VACÍO
Yago
VENGANZA DE AMOR
K.M.D
VENTANAS ABIERTAS
Peter Mawser
VÉRTIGO
Raincloud
VÍCTIMA
Angel ov Death
VIGILANTE DE MUERTOS
Arcadio B
VUELTA MEDELLÍN
Marisol
Y LO DIERON POR MUERTO...
La Morgue
ZOMBIES
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RELATOS -- LECTURAS -- CUENTOS CORTOS

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"El"
Nelson Primus
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¿Abducción?
UweVegas
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1:35 minutos. 1.60 metros de altura
Xulio Estón
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1983
Halsey
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24 de Diciembre
Lala Vika
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Acechada
Cobana Nova
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Aceite Pesado
Mitico
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Al llegar cada mediodía
La Ninfa
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Amando a Gretel
Legión
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Amanecer
Sidney
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Andy y la Baldosa
Kogan
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Ángeles Oscuros
Epron
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Angustia
Txerra
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Apuesta por cumplir
Cir Bertran
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Ariel
Aizur
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Arlequino Respondón
Demian
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Aullidos
Botticelli
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Aúllos en la Noche
JIMMY BRESMAR
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Bajo la Cama
Shuná 'El Buscador'
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Beneficio de Esaú
Bruno Antier
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Bienvenido a Odeimville
Fear
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Buena Suerte
Álex El Drugo
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Burbuja
Keko!
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Cabezas Cortadas
José de Arimatea
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Calle de las Velas
Sanbes
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Carla y su cuerpo
Trent Reznor
Leer
Casino Zombie
Elephantman
Leer
Cazador
Mayo Talar
Leer
Cementerio de Trincheras
Gallego
Leer
Cherry
Cherry
Leer
Chirridos, Sombras y Voces
Airon
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Complejo de Aislamiento
DERCETO
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Crímenes en Paul City
Robbye66
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Cuando Lucas se fue
Sirios Red
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Cuando se abren las puertas del ascensor
Eric Arturo Cano
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Cuarto en Renta
Zeus Antonio
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Cuervos
Melmoth
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Curare
Portuondo
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Dame Fuego
Erebus
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De sueños y monstruos
Historiasdemiedo
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Descendencia
Lorenzo
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Despertar
Iblis
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Destellos en la Oscuridad
Franco Morelia
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Destino Imprevisto
Azabache
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Donde caerse muerto
Crocop
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Ejemplar de Laboratorio
Lima
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Ejemplo Expurgado del Conde Lucanor
Indeturpado
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El Alma del Payaso
Abel
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El Ascensor
Clarice S.
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El Asesino de las Olimpiadas
El soñador
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El Asunto que Aguarda en el Sótano
Ikabol
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El Beso
Loki
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El Bosque
Uriel
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El callejón
amy_death
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El caso de la casa inclinada
A.Moreno
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El Centro de Menores
RagnaRok&Roll
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El Cómic
FENNYX
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El Corazón de la Casa
J.A. Carvajal
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El Cuarto Abandonado
Rupea
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El Cuervo de Auvers Sur Oise
Altense
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El de atrás
Sademo
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El Deseo de los Muertos
Scherezade
Leer
El Destino Juega con Cartas sin Marcar
Alan Plus
Leer
El diablo en Santa Fe
Faustino Rucaneu
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El Diamante de Sereattino
W. R. Ocasio
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El Dios Humano
Migle
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El Edificio
Poeta de Muerte
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El Ente
Rvdo.Henry Kane
Leer
El Entierro
Anna
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El Entierro de Espronceda
Hermenegildo
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El Experimento Jennings
Agripes
Leer
El filo de la misma navaja
Peter Mawser
Leer
El Forastero
Samuel Clemente
Leer
El fotógrafo
Taliesin
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El Gato
Alejandro Montemar
Leer
El Grifo
Louis de Poudereux
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El Hato
Calixto
Leer
El hedor que expele la muerte
El duque albino
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El Hombre del Monte
Sancho
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El Hombre Vacío
Gilles G. Vendetta
Leer
El Hotel de los Sueños
Roland
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El Indio
Randolph Carter
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El Instinto
Francisco Caballero
Leer
El Intruso y la Maldición de los Lopez
María Coronado
Leer
El Invitado Necesario
Jazzlex
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El Jardín del Abismo
Maurice Bagot
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El Juego de Cartas
Ariadna Farauste
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El Juego de la Copa
Gripi
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El Juego Kala Azar
Kala Azar
Leer
El metro
Romero
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El Misterio de la Encrucijada
Ross
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El Misterio de la Escuela
Paula Zárate
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El Montículo
José de Arimatea
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El Pájaro
Juggernaut
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El Peregrino
Aizur
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El Peso
Necane
Leer
El Proyecto
Yajeira
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El reflejo de mi muerte
Rvdo.Henry Kane
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El Reflejo del Demonio
Javmase
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El Reflejo del Rosario
La Ninfa
Leer
El Responsable
Marti Caffi
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El Restaurante
Olfranz
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El Retrato
Dark Leprekaunt
Leer
El Santuario Maldito
Bruma
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El Secreto Mejor Guardado
Yajeira
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El señor de las monedas
Azrael
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El Sueño dentro de la Pesadilla
Uruksoth
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El Sueño Vivo
Jano
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El Sustento
Tomate
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El taxidermista
sangol
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El Terrible Error
Allan Curwen
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El Tombo
Glacial
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El último día
William Willhunter
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El Vagón
tharsadum
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El Vecino
Baruch Spinoza
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El Viaje
Mariano77
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El Viejo Alquimista
Ydras
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El Viejo Contador de Historias
romero
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Eleanore
Zachae
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Elefantes
Simón Godino
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En La Celda
Simón León
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En la espera final
Puli
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Enemigo Invisible
LAUTREAMONT
Leer
Engranajes
Yerbi
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Enterrado Vivo
Tony Good
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Entra tú
Xulio Estón
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Entraron a nuestra casa cuando los dos dormíamos apretados al silencio
Celta
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Entrega a Domicilio
Athus
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Error Humano
Randolph Carter
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Escritos de Rueda
Necane
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Espiritualismo Histórico
Lacata
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Eterna Venganza
Thot
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Eva
Pepo
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Exclusiva
Nereida
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Fotodepilación
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Frío
Gastón Farro
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Fuego
Mailin
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Fuego
El Duende
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Futuro sin Riqueza
Bubu
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Galería de Arte Moderno
RJB
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Gelatina
Gomoso Pegajoso
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General Lee
GatoFantasma
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Gore Patch v. 666
Fenix Oscuro
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Gripe en Turquesa
cautiva
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Habitación 150
NEIKLOT
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Hechicería y Poder
Belinda
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Infierno
Azatoth-71
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Insomnio
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Insomnio, humo y moscas
Yerbi
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Inspiración
Silencio
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Instinto
Juan Larsen
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Isis llama a la puerta
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La Brújula apunta al muerto
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La Búsqueda
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La Caja
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La Cara en la Luna
Gondolero
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La Casa
Demian
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La Casa Cuna
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La Cena
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La Ciencia del Miedo
Elephantman
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La Cosa
Alf Berger
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La Cuota
Gus Lezica
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La deuda de Griselda
Lord Voldemort
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La Dominada
Espina11
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La Escondida
Escocés
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La Espera
Pichu Miranda
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La Fórmula Secreta
Carlos Asunto Silva de Obregón.
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La Fragilidad del Ser
El duque albino
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La Habitación 217
Dolorex Tremo
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La Huella
Suárez del Campo
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La inspiración del pintor
Aliver
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La Lamia
Alphonse Uriel
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La Leyenda de "El Catrín"
José Lius S. Larraguivel
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La Llegada
Fernando Pessina
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La Maldición del Suicidio del Ático
Nyka
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La Marioneta de la Bruja
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La Máscara de Peltre
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La Mecedora
Juan Carlos
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La Misma
Sam Ricker
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La Muerte
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La Mujer de Shrodinger
Trent Reznor
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La Niña
Mitra
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La Niña de la Curva
Extremaño
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La Noche Cegadora
Bishop
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La Novia de Rockman
Sergio Lacroix
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La nueva criatura
Stalker
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La Número 13
Pituka
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La Obsesión
Piratana
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La Oreja
Príncipe Adenar
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La Partida de Pocker
Hervione
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La Pasajera
Saga
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La Pintura y el Librero
El Invencible
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La Piscina
tharsadum
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La Rúbrica de lo Terrible
Cornelio Agrippa
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La Ruleta de los Recuerdos
Turronante
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La Sombra Oculta
Kiki
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La Sutileza de la Locura
Yuggoth
Leer
La Tanita
JorgeAvellaneda
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La Tormenta
Hervione

*****

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La última noche
Fernando Pessina
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La Urraca
La princesa malaya
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La Venganza
Aguaribay
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La Venganza Alada
Rampusel
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La Ventana
Darkter Ego
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Lágrima ejecutora
Danílex
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Lama Sabachthani
Horacio Walpole
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Las Margaritas Nunca Engañan
Matián
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Lejos y más lejos
Kid Marlboro
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Lilith
Padre Gerardo Montesinos
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Lo que vino de las profundidades
Olfranz
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Lo siento muchacha
Kid Marlboro
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Los Campos de Cereales
Bettinna
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Los Hechos
Andress
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Los Ojos de la Mascota
Berenice
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Los Recuerdos del Súcubo
Burning Hell
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Los ruidos y la historia moderna
Pathos
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Luz, agua, acordeón... y enredaderas
Marvolo
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Mariposas
El antiguo enemigo
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Melodía Inacabada
Token Grim
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Mensaje Nocturno
Rupea
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Menudo Sueño
Azumy
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Mi cuerpo, su cuerpo
Heraclide
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Mi Familia
Roberta Steer
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Mi tío
NEIKLOT
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Miedo
Athus
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Miedo 10
Isabel Feuris
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Mientras arde la llama
Eric Arturo Cano
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Mientras Duermo
PoeCraft
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Miradas que matan
hufnagels
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Monstruo
Rorschach
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Muere. Despierta. Muere
Willy Escudero
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Muerte Blanca
El Bosque
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Muñecas
Angelon
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Necrofilia
Ale Spain
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Negro Oscuro
dirmapib
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No Pasar
Waragocha
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No puedo acordarme
NoviaVampira
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Noche de viento
Acuario
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Noche de Vigilia
Gallo Rojo
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Noches sin pesadilla
Cyrano de Vigo
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Notas Nocturnas
Selene
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Oigo a mi alrededor gritos
Sucubos
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Ojo Por Ojo
Carlos Añejo
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Ojos
La Pupila
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Olor Acre a Muerte
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Osario
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Oscuro Amanecer
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Palomas Rojas
Chechuri
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Papel
Gilberto Manhattan Ruiz
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Pasajero Inesperado
CIR BERTRAN
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Pasos en la Noche
Nabetse
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Pelón
Martina la Morena
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Perfecta Imaginación
Fenix
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Perfume de Rosas
El arlequín nostálgico
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Perversidad
hecate lamia
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Placer Mortal
Placerius Tremens
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Por eso estoy aquí
Polita
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Porfiria
Wolfhead
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Poseído
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Premonición
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Bubu
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Relato del terrible hecho acontecido en la casa de Susana e Hilda Varna
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Síntesis de una vida onírica
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Inhumano
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Ricardo Reyes
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Josef
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Tras la puerta
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Tras un monte unas ánimas rugen la intemperie
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Travesuras Nocturnas
Ulises Green
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Rembrandt
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Soadelf
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Triste pero cierto
Damphyr
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Turno Nocturno
Doppelklick
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Último Destino
Txerra
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Un agujero en la torre
Acuario
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Un día de pesca inmejorable
Dolorex Tremo
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Un poco más lejos
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Y el olvido vendrá en tus ojos
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RELATO

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Ya vienen
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SCIFI -- TRES RELATOS -- VALENTINA ZURAVLEVA

Escrito por imagenes 19-10-2008 en General. Comentarios (0)

SCIFI -- TRES RELATOS -- VALENTINA ZURAVLEVA

SCIFI -- TRES RELATOS -- VALENTINA ZURAVLEVA


Valentina Zuravleva

Tres relatos



El capitán de la astronave «Polus»
Valentina Zuravleva



Pienso que debería comenzar explicando en unas pocas palabras la razón que me trajo al Archivo Central de Astronáutica. De otro modo, mi historia podría parecer incompleta.
Soy médico de a bordo y he participado en tres expediciones al cosmos. Mi especialidad médica es la psiquiatría: la astropsiquiatría, como se llama hoy. El problema del que me ocupo tuvo su origen hace mucho tiempo, en el decenio comprendido entre 1970 y 1980. Entonces el vuelo desde la Tierra a Marte duraba más de un año, y para llegar a Mercurio eran necesarios cerca de dos. Los motores trabajaban sólo en las fases de la partida y de la llegada. Las observaciones astronómicas no se hacían desde los cohetes, sino desde observatorios especiales instalados sobre satélites artificiales. ¿De qué se ocupaba entonces la tripulación durante los largos meses del viaje? Casi de nada. La forzada inacción causaba agotamientos nerviosos, estados de postración, enfermedades. La lectura y la radio no podían suplir enteramente todas las cosas de que carecían los primeros astronautas. Echaban de menos el trabajo creador al que estaban acostumbrados. Fue entonces cuando se pensó en formar las tripulaciones con individuos que tuviesen alguna afición, no importaba cuál, mientras les mantuviese ocupados durante el vuelo. Así surgieron pilotos apasionados por las matemáticas, navegantes que estudiaban antiguos papiros, ingenieros que dedicaban todo su tiempo a la poesía.

En los formularios que los astronautas debían rellenar fue añadido el famoso punto 12: «¿Cuál es su hobby?». Sin embargo, los avances en la tecnología de los cohetes pronto proveyó una nueva solución al problema. Los motores iónicos acortaron los viajes entre los planetas a unos pocos días. El punto 12 fue eliminado.
Pocos años después, con la entrada de la humanidad en la época de los vuelos interestelares, el problema reapareció aún más agudo. En efecto, pese a alcanzar casi la velocidad de la luz, los cohetes atomiónicos, que hacían el recorrido desde la Tierra hasta las estrellas más cercanas, viajaban durante años. Es verdad que el tiempo disminuía de acuerdo con la elevada velocidad de los cohetes, pero de todos modos los viajes duraban ocho, doce y a veces veinte años...
Se incluyó nuevamente el punto 12 en los certificados de vuelo. En términos de control real del cohete, la tripulación ocupaba no más del 0.001 % del tiempo de vuelo. La TV desaparecía unos pocos días después del lanzamiento, la radio se mantenía durante otro mes. Y quedaban aún años y años por delante...
En aquellos días, los cohetes fueron tripulados por equipos de seis a ocho miembros, no más. Las minúsculas cabinas y un invernadero de 50 metros de longitud eran todo el espacio habitable con el que contaban. Es difícil para nosotros, que viajamos en las confortables naves interestelares de la actualidad, imaginar como podía la gente de aquel tiempo prescindir de gimnasios, piletas de natación, teatros estereofónicos y galerías de paseo.
Pero estoy divagando y aún no he empezado mi historia...
No sé, pues aún no he tenido tiempo para localizarlo, quién fue eI diseñador del edificio del Archivo. Pero fue, obviamente un arquitecto excepcional. Talentoso y audaz. El edificio se eleva sobre la ribera de un lago siberiano que se formó veinte años atrás cuando se represó al Ob. El edificio principal se levanta sobre una playa elevada. Desconozco cómo se hizo, pero parece remontarse sobre las aguas, un blanco edificio que se ve como una goleta dispuesta para navegar.
En total hay unas cincuenta personas en el Archivo. Ya me he encontrado con algunos de ellos. La mayoría se encuentra aquí por una breve temporada. Un escritor australiano está recopilando material sobre el primer vuelo interestelar. Un estudiante de Leningrad investiga la historia de Marte. El esquivo indio es un famoso escultor. Dos ingenieros –un hombre joven alto y de rostro recio de Saratov y un pequeño y cortés japonés– están trabajando en conjunto en algún proyecto. De qué clase, no lo sé. El japonés sonríe cortésmente cuando le pregunto al respecto:
–Oh, es una nimiedad. No es merecedor de su atención.
Pero nuevamente me he alejado del tema, cuando debería estar comenzando mi historia.
El punto 12 es el objeto de mi trabajo científico. Y es justamente la historia del punto 12 la que me ha traído aquí, al Archivo Central de Astronáutica.
La misma tarde del día en que llegué, tuve una conversación con el director del Archivo, un hombre joven todavía, a quien el estallido del depósito de combustible de un cohete casi había privado de la vista. Llevaba lentes especiales de triple capa y de tinte azulado que le escondían los ojos, por lo que parecía no sonreír nunca.
–Bien –dijo, después de haberme escuchado–, desea usted empezar con el material del sector O–14... Ah, perdone, esta es nuestra clasificación interna y no le dice nada. Me referí a la primera expedición a la estrella de Barnard.
Para vergüenza mía debo confesar que no sabía casi nada de tal expedición.
–Sus vuelos fueron en direcciones diferentes –dijo con un encogimiento de hombros–. Sirius, Procyon y 61 Cygni. Y toda su investigación hasta ahora ha sido en vuelos hacia esas estrellas, ¿no es así?
Me sorprendió que conociera tan bien mi legajo.
–Sí –continuó el director–, la historia de Alexei Zarubin, comandante de la expedición, resolverá muchas de las cuestiones que le interesan. Dentro de media hora le traerán el material. ¡Buen trabajo!
Tras los lentes azules, los ojos no eran visibles, pero la voz tenía un tono triste.

El material llegó a mi mesa. Los folios estaban amarillentos en algunos lugares, la tinta (entonces escribían con tinta) se había descolorido. Pero su significado no se ha perdido; hay copias infrarrojas de todos los documentos. El papel ha sido cubierto con una película de plástico transparente que se presenta lisa al tacto y resistente.
A través de la ventana puedo ver el mar. Sus rompientes se suceden poderosamente; las olas crujían dulcemente sobre la ribera como páginas deshojadas de un libro...
En la época en que fue realizada, la expedición a la estrella de Barnard era una empresa difícil, casi desesperada. Distancia: seis años luz. El cohete debía efectuar la mitad del recorrido en fase de aceleración y la otra mitad en fase de deceleración; aunque este sistema permitía alcanzar una velocidad superior a la de la luz, el vuelo de ida y vuelta requería unos catorce años.
Para la tripulación el tiempo aún sería menor y los catorce años se habrían reducido a unos cuarenta meses reales. Un período en sí no excesivamente largo, pero con el peligro de que el motor debía trabajar casi constantemente a pleno régimen durante treinta y ocho meses de los cuarenta.
El cohete no tenía combustible de reserva –un riesgo injustificado, podríamos pensar en la actualidad, pero no había alternativa entonces. La nave no podía cargar más que lo que los ajustadamente calculados tanques de combustibles podían contener. Por lo tanto, cualquier retraso en el trayecto, sería fatal.
Leo el texto de la reunión del comité encargado de escoger la tripulación. Se presentan candidatos y el comité los rechaza siempre, porque el vuelo es excepcionalmente difícil, porque el capitán debe ser a la vez un óptimo ingeniero, porque debe reunir una excepcional resistencia, una audacia casi desatinada. Y de pronto, todos asienten.
Vuelvo la página. Empiezan el legajo de servicio del capitán Alexei Zarubin.
Tres páginas más y empiezo a comprender el motivo de que Alexei Zarubin fuese nombrado por unanimidad comandante del «Polus». Era un hombre en el que se asociaban de modo excepcional la fría sabiduría del científico y el fogoso temperamento del luchador. Por ello le habían destinado a las más arriesgadas empresas. Sabía salir de las situaciones más arduas y desesperadas. Era justamente el hombre apto para una expedición que muchos consideraban de antemano condenada al fracaso.
El comité seleccionó al capitán. Siguiendo la tradición, el capitán escogió a su tripulación. Pero lo que Zarubin hizo, difícilmente podría considerarse una selección. Simplemente contactó a cinco astronautas que habían integrado tripulaciones con él con anterioridad y les preguntó si estaban dispuestos a emprender un vuelo peligroso. Con él como capitán aceptaron de inmediato.
Encuentro las fotografías de la tripulación del «Polus». Son fotografías en blanco y negro, en dos dimensiones. El capitán tenía entonces veintiséis años. En la fotografía aparece más viejo: una cara llena, ligeramente grueso con anchos pómulos, labios fuertemente apretados, nariz aguileña, pelo rizado y seguramente muy suave y ojos extraños. Unos ojos tranquilos, casi perezosos, pero en los que vagaba una luz impertinente, descarada...
Los restantes astronautas eran aún más jóvenes. Los ingenieros, marido y mujer, estaban fotografiados juntos, volaban siempre juntos. El piloto tenía una mirada absorta de músico. El médico de a bordo era una muchacha: quizá yo también tenia aquel aspecto serio en la primera fotografía que me hicieron al ingresar en la Flota Astral. El astrofísico mostraba una mirada obstinada sobre un rostro manchado de quemaduras: había realizado con el capitán un aterrizaje forzoso en Dione, satélite de Saturno.
Una expedición a la estrella de Barnard en aquellos días era una aventura peligrosa.

Punto 12 del formulario: hojeo las páginas y veo que las fotografías me han orientado bien. En efecto, el piloto es músico y compositor; la pasión de la muchacha seria es la microbiología, el astrofísico estudia obstinadamente las lenguas, ya posee cinco a la perfección y piensa acometer ahora el latín y el griego antiguo. Los ingenieros, marido y mujer, tienen la misma pasión: el ajedrez, el nuevo ajedrez con dos reinas blancas y dos reinas negras y un tablero de 81 casillas...
La pregunta 12 también halla respuesta en el formulario del capitán. Su pasión extraña, única, excepcional; nunca me había topado con nada semejante. Desde pequeño, el capitán se deleita con la pintura: es natural considerando que su madre era pintora. Pero el capitán no pinta, no, se interesa por otra cosa. Sueña con descubrir los secretos de la Edad Media, con recuperar la composición de sus colores, sus mezclas. Y hace investigaciones químicas, siempre con la obstinación del científico y el temperamento del artista.
Seis hombres, seis caracteres diferentes, seis destinos distintos. Pero la pauta viene marcada por el capitán. Los demás le quieren, tienen fe en él, le imitan. Y por eso todos saben ser tranquilos, imperturbables y desenfrenadamente audaces.

Partida. El «Polus» apunta hacia la estrella de Barnard. El reactor atómico lanza por las toberas oleadas de iones invisibles... El cohete está en fase de aceleración, se nota continuamente la sobrecarga. Durante los primeros momentos es difícil caminar, difícil trabajar. El médico hace observar con severidad el régimen establecido. Los astronautas se acostumbran a las condiciones del vuelo. Se ordena la estiba y se instala el radiotelescopio. Empieza la vida normal. El control del reactor, de los instrumentos, de los mecanismos, requiere poco tiempo. Cuatro horas al día son obligatorias para las respectivas especializaciones; el resto del tiempo es libre y cada cual lo emplea como quiere. La muchacha seria lee ávidamente textos de microbiología. El piloto ha compuesto una canción y todos los tripulantes la cantan. Los dos ingenieros pasan largas horas ante el tablero, el astrofísico lee a Plutarco en su lengua original...
Hay breves entradas en la bitácora de la nave: El vuelo se desarrolla normalmente. El reactor y los mecanismos operan correctamente. El ánimo de todos es elevado. Luego, de pronto, una entrada angustiada: Las telecomunicaciones han terminado. El cohete ahora está fuera de alcance. Ayer vimos la última transmisión de televisión desde la Tierra. ¡Cuán duro es ver romperse otro vínculo! Días más tarde dos líneas más: He mejorado la antena de recepción de radio. Espero que sea capaz de continuar recepcionando las transmisiones durante unos siete u ocho días más. Y fueron tan felices como podían serlo al funcionar la radio por otros doce días.
El cohete vuela hacia la estrella de Barnard aumentando progresivamente su velocidad. Los meses pasan. El reactor atómico funciona tal como estaba previsto. El consumo de combustible es el calculado, ni un miligramo más.
La catástrofe vino de improviso. Durante el octavo mes de vuelo se verificó una variación en el régimen de trabajo del reactor con el consiguiente aumento del consumo de combustible. En el diario de a bordo apareció una breve anotación: No sabemos la causa de tal reacción accesoria.

Fuera, el mar levanta la voz. El viento es más fuerte y las olas ya no rozan como páginas de un libro, rebufan impacientes batiendo la costa. Oigo la risa de una mujer. No, no puedo, no debo distraerme. Me parece estar viendo a aquellos hombres en el cohete. Ahora ya los conozco y puedo imaginar todo lo que ha sucedido. Quizá me equivoque en algún detalle, pero, ¿qué importa? Pero no, estoy segura de que no me equivocaré ni siquiera en los detalles. Tengo el convencimiento de que los hechos se desarrollaron así:

En la retorta colocada sobre la espita hervía un líquido obscuro. Vapores negruzcos recorrían el serpentín para terminar en el condensador. El capitán examinaba atentamente un tubo de ensayo que contenía un polvo rojo obscuro. Se abrió la puerta. La llama del quemador tembló. El capitán se volvió. En la entrada se hallaba el ingeniero.
El ingeniero estaba turbado. Era un hombre que sabía controlarse, aunque su voz traicionaba su turbación. Una voz extraña, sonora, desacostumbradamente firme. El ingeniero intentaba mantener la calma, pero no lo conseguía.
–Siéntate, Nikolai –el capitán le acercó una butaca–. He hecho estos cálculos ayer y he obtenido el mismo resultado. Ven, siéntate.
–¿Qué haremos?
El capitán miró el reloj.
–¿Hacer? Faltan cincuenta y cinco minutos para la cena. Tenemos tiempo de discutirlo. Avisa a todos, por favor.
–Muy bien –contestó mecánicamente el ingeniero–. Se lo diré a todos. Sí, se lo diré.
No comprendía la tranquilidad del capitán. La velocidad del «Polus» aumentaba segundo a segundo y había que tomar inmediatamente una decisión.
–Mira –explicó el capitán, acercándole el tubo de ensayo–. Seguramente te interesará. Es cinabrio. Un color endiabladamente seductor. Pero suele obscurecerse a la luz... Ya lo he encontrado: todo el secreto está en el grado de dispersión...
Y se extendió en una disertación acerca de cómo había conseguido obtener un cinabrio estable a la luz. El ingeniero le escuchó con impaciencia, atormentando la probeta con las manos, y con los ojos fijos en el reloj de la pared: treinta segundos, la velocidad había aumentado en dos kilómetros por segundo; un minuto más y habría aumentado otros cuatro kilómetros por segundo...
–Me voy –dijo por fin–, debo advertir a los otros. Mientras descendía la escalerita comprendió de pronto que no tenía prisa, ya no contaba los segundos.
El capitán cerró la puerta de la cabina, introdujo distraídamente el tubo de ensayo en el trípode y pensó con una sonrisa: El pánico es como una reacción en cadena. Todo lo que le es extraño, lo retrasa... El zumbido del sistema de enfriamiento del reactor llenó sus oídos. Los motores funcionaban a pleno acelerando el vuelo del «Polus».
Diez minutos después, el capitán bajó al salón. Cinco personas le saludaron poniéndose en pie. Y por el modo de levantarse, por el hecho de que todos llevaban el uniforme de los astronautas, cosa que sucedía raras veces y sólo en las ocasiones solemnes, el capitán comprendió que ya no era necesario explicar la situación.
–Bueno –murmuró–, parece que sólo yo me he olvidado de ponerme el uniforme...
Nadie sonrió.
–Sentémonos –indicó el capitán–. Consejo de guerra. Como está prescripto, que hable primero el más joven: Lenocka, ¿qué debemos hacer? ¿Qué piensa de la situación?
La muchacha contestó con toda seriedad:
–Soy médico, Alexei Pavlovic, y nuestro problema es, ante todo, técnico. Permítame expresar mi opinión después.
El capitán asintió con la cabeza.
–De acuerdo. Eres la más brillante entre nosotros, Lena. Y, como mujer, la más astuta también. Hablarás cuando estés lista para expresar tu opinión.
La chica no dijo nada.
–Bien –continuó el capitán–, Lena hablará más tarde. Oigamos a Sergei.
El astrofísico abrió los brazos.
–Tampoco concierne a mi especialidad. No tengo una opinión bien definida, pero sé que el combustible debería bastar para alcanzar la estrella de Barnard. ¿Por qué volver a mitad de camino?
–¿Por qué? –repitió, a su vez, el capitán–. Porque desde allí ya no podríamos volver. Desde la mitad del trayecto, sí; desde la estrella de Barnard, no.
–No lo comprendo –insistió el astrofísico, pensativo–. ¿Por qué no? Nos vendrían a buscar. Verán que no volveremos y vendrán por nosotros. La astronáutica está en continuo desarrollo.
–Si –contestó, riendo, el capitán–. Pero hará falta tiempo... Por lo tanto, es usted del parecer de continuar..., ¿no es así? Bueno. Ahora usted, Georgi. ¿Entra el asunto dentro de su especialidad?
El piloto saltó en pie, separando la butaca.
–Siéntese –ordenó el capitán–. Siéntese y hable con calma. No salte. ¿Y bien?
–¡No debemos volver! –el piloto casi gritaba–. Hay que seguir adelante... ¡Adelante a través de lo imposible! ¿Cómo podemos pensar en volver? Sabíamos que la expedición era muy difícil. Lo sabíamos, ¿no? Y ahora, en cuanto surge la primera dificultad, ¡se habla de volver! ¡No, no, adelante!
–Adelante a través de lo imposible –murmuró el capitán–. Bien dicho... ¿Qué opinan los ingenieros? ¿Nina Vladimirovna? ¿Nikolai?
El ingeniero miró a su mujer. Esta hizo un gesto y él tomó la palabra. Habló con calma, como si pensase en voz alta.
–Nuestro vuelo a la estrella de Barnard es una expedición científica. Si entre todos podemos saber algo nuevo, si hacemos algún descubrimiento, nuestro esfuerzo habrá sido útil. Pero este esfuerzo sólo será verdaderamente útil si nuestro descubrimiento es conocido por otros hombres, por la Humanidad. Si llegamos hasta la estrella de Barnard y luego no es posible volver atrás, ¿qué valor tendrán nuestros descubrimientos? Sergei ha dicho que al final alguien nos vendrá a recoger. Lo admito. Pero entonces, el mérito será suyo, de quienes vengan a recogernos. ¿Qué méritos tendremos nosotros? ¿Qué hará por la Humanidad nuestra expedición?... En una palabra, sólo produciremos molestias. Sí, molestias. En la Tierra esperarán nuestro regreso, y lo harán en vano. Si volvemos inmediatamente, la pérdida de tiempo se reducirá al mínimo. Partirá una nueva expedición. Quizá seamos nosotros mismos. Habremos perdido, eso si, algunos años. Pero, por el contrarío, proporcionaremos a la Tierra el material recogido. Pero ahora no tenemos esa posibilidad... ¿Continuar? ¿Para qué? Nina y yo nos oponemos. Hay que volver en el acto.
Siguió un largo silencio. Luego, la muchacha preguntó:
–¿Qué piensa usted, capitán?
Zarubin sonrió con tristeza.
–Creo que nuestros ingenieros tienen razón. Las bellas palabras sólo son palabras. Y el buen sentido, la lógica, el cálculo, están de parte de los ingenieros. Hemos venido a hacer descubrimientos. Si la Tierra no tiene noticia de ellos, no valdrán nada. Nikolai tiene razón, toda la razón.
El capitán se levantó y atravesó pesadamente la cabina. Era difícil caminar. La sobrecarga tres veces mayor, provocada por la aceleración del cohete, dificultaba los movimientos.
–Cabe también la espera de un socorro –continuó–. Quedan dos soluciones. La primera es volver a la Tierra; la segunda es alcanzar la estrella de Barnard..., y luego, regresar de algún modo. Regresar, pese a la pérdida de combustible.
–¿Cómo? –preguntó el ingeniero.
Zarubin se acercó a la butaca, se sentó e hizo una pausa antes de contestar.
–No lo sé. Pero tenemos tiempo. Para llegar a la estrella de Barnard aun faltan once meses. Si ustedes deciden que volvamos ahora, lo haremos. Pero si creen que durante esos once meses yo puedo pensar, inventar, descubrir alguna cosa que nos permita resolver esta situación, entonces..., ¡adelante a través de lo imposible! Esto es todo, amigos.. ¿Qué les parece? ¿Lenocka?
La muchacha le miró con malicia.
–Como todos los hombres, es usted muy listo. Apostaría algo a que ya tiene preparada alguna solución.
El capitán soltó una carcajada.
–¡Perdería! Aún no he encontrado nada. Pero lo encontraré, estoy seguro.
–Lo creemos. Estamos convencidos de ello –el ingeniero calló un momento–. Aunque no puedo imaginar cómo saldremos de este embrollo. Nos queda el dieciocho por ciento del carburante. El dieciocho por ciento, en vez del cincuenta... Pero después de lo que ha dicho, capitán, es suficiente. Vamos a la estrella de Barnard. Como dice Georgei, ¡adelante a través de lo imposible!

...Las ventanas se abren sin ruido. El viento vuelve las páginas, atraviesa la habitación, llenándola con el fresco olor del mar. Ese olor es algo maravilloso. En los cohetes no existe. Los acondicionadores depuran el aire, mantienen la humedad necesaria, la temperatura conveniente. Pero el aire acondicionado no tiene sabor, como el agua destilada. Se han probado muchas veces generadores de olores artificiales, pero hasta ahora sin resultados satisfactorios. El olor común del aire terrestre es demasiado complejo y no es fácil reproducirlo. Ahora, por ejemplo... Siento el olor del mar, de las húmedas hojas otoñales, de perfumes apenas perceptibles. A veces, cuando el viento se hace más fuerte, percibo el olor de la tierra y hasta el débil perfume de los colores.
El viento vuelve las páginas... ¿Con qué contaría el capitán? Soy médico, he volado y sé que no suceden milagros. Cuando el «Polus» llegase a la estrella de Barnard, sólo le quedaría el dieciocho por ciento de combustible. El dieciocho en vez del cincuenta...

A la mañana siguiente rogué al director que me enseñase los cuadros de Zarubin.
–Hay que subir arriba –explicó–. ¿Ya lo ha leído todo?
Escuchó mi respuesta y asintió con la cabeza.
–Lo comprendo. Yo también lo pensaba. Desde aquel momento, la historia empieza a tener un carácter excepcional. Sí, el capitán asumió una gran responsabilidad...
Calló durante largo rato, mordiéndose los labios. Luego se levantó y se ajustó las gafas.
–Bueno, vamos.
El director cojeaba. Recorrimos lentamente los corredores del Archivo.
–Leerá otras cosas sobre el particular –dijo el director–. Si no me equivoco, segundo volumen, página cien y siguientes. Zarubin quería descubrir el secreto de los maestros italianos del Renacimiento. A partir del siglo XVIII empezó la decadencia de la pintura al óleo, desde el punto de vista de la técnica de los colores, quiero decir. Muchas cosas se consideraron irremediablemente perdidas. Los pintores ya no sabían obtener colores luminosos y al mismo tiempo persistentes. Particularmente, en lo que respecta al celeste y al azul. Zarubin...
Los cuadros de Zarubin estaban reunidos en una estrecha galería inundada de sol. Lo primero que me llamó la atención fue que cada uno de los cuadros de Zarubin estaban pintados de un solo color: rojo, azul, verde...
–Son estudios para probar los colores –explicó el director–. Aquí hay uno, Estudio en tonos azules. Ultramarino.
En un cielo azul volaban juntas dos delicadas figuras humanas, un hombre y una mujer. Todo estaba pintado en azul. Pero nunca había visto una tan infinita variedad de matices. El cielo aparecía nocturno, azul obscuro en el extremo izquierdo inferior del cuadro y transparente, saturado por el aire ardiente del mediodía, en el ángulo opuesto. En los hombres, las alas formaban un mosaico de tonos azules, celestes, violetas. Los colores eran unas veces elásticos, claros, luminosos; otras veces, dulces, tenues, transparentes. En comparación, el estudio de Degas Las bailarinas azules hubiera parecido un cuadro mortecino, pobre en colores.
Admiré luego otros cuadros. Estudio en tonos rojos dos soles escarlatas en un planeta desconocido, un caos de sombras y penumbras desde el rojo sangre hasta el rosa luminoso. Estudio en tonos ocres: amontonamientos de rocas obscuras, severas. Estudio en tonos verdes: un bosque irreal, mágico...
–Zarubin fantaseaba –dijo el director–. Al principio pretendía probar los colores. Pero después...
El director calló. Miré los azules, impenetrables cristales de sus gafas.
–Siga leyendo –dijo, por fin, en voz baja–. Luego le enseñaré los demás cuadros. Entonces comprenderá...

Leo con la mayor rapidez posible. Intento fijar las cosas principales y adelante, adelante...
El «Polus» continuó su viaje. La velocidad del cohete alcanzó el límite máximo y los motores empezaron a trabajar en régimen de deceleración. A juzgar por las breves notas de la bitácora, todo seguía normalmente, ninguna avería, ninguna enfermedad. Nadie recordaba al capitán la promesa hecha. Zarubin estaba, como siempre, tranquilo, seguro de sí mismo y alegre. Como antes, dedicaba mucho tiempo a la tecnología de los colores y pintaba estudios...
¿Cuáles fueron sus pensamiento cuando estaba sólo en su cabina? Ni la bitácora de la nave, ni el diario del navegante dan ninguna respuesta. Pero hay un documento interesante. El informe de los ingenieros acerca del desperfecto del sistema de enfriamiento, en claro y conciso lenguaje encrespado con tecnicismos. Pero entre líneas leo: Si has cambiado de opinión, amigo, esto te permitirá rectificar tu posición sin menoscabo... Y lo dispuesto por el capitán: Bien, haremos las reparaciones sobre un planeta de la estrella de Barnard, que significa: No, amigos, yo no he cambiado mi decisión.
El cohete alcanzó la estrella de Barnard diecinueve meses después de su partida. Cerca de la débil estrella rosada se descubrió un planeta, de dimensiones casi idénticas a las de la Tierra, pero cubierto de hielos. El «Polus» se preparó a posarse sobre él. El flujo de iones emitido por las toberas del cohete fundió los hielos y el primer intento no tuvo éxito. El capitán escogió otro punto, con el mismo resultado... Por fin, tras seis tentativas, se encontró bajo el hielo una roca granítica.
Desde ese día las anotaciones en el libro de bitácora se hicieron en tinta roja. De esta manera se registraban tradicionalmente los descubrimientos.
El planeta estaba muerto. Su atmósfera estaba compuesta casi exclusivamente de oxígeno puro, pero no se encontró ni un ser viviente ni una planta. El termómetro señalaba cincuenta grados bajo cero. Planeta inerte –estaba escrito en el diario del piloto–; pero, en cambio, ¡qué estrella! ¡qué diluvio de descubrimientos!...
Sí, un diluvio de descubrimientos. Incluso hoy, cuando la ciencia de la estructura y evolución de las estrellas ha experimentado grandes avances, los descubrimientos hechos por la expedición del «Polus» en muchos aspectos no han perdido nada de su valor. El estudio de la envoltura gaseosa de las enanas rosadas tipo Barnard se considera aún como un clásico científico.
El libro de bitácora... El informe científico. El manuscrito del astrofísico con la paradójica hipótesis sobre la evolución estelar..., y, por fin, lo que yo buscaba: la orden de regreso dada por el capitán. No doy crédito a mis ojos y repaso rápidamente las páginas. Una anotación en el diario del navegante. Ahora lo creo; sé que sucedió así.
Un día, Zarubin dijo:
–Hay que regresar.
Los cinco hombres miraron a Zarubin en silencio. Se oía el tic-tac de los relojes...
–Tenemos que volver –repitió el capitán–. Ya sabemos que nos queda el dieciocho por ciento del combustible. Pero hay una solución. Ante todo, aligerar el cohete. Debemos eliminar todo el equipo eléctrico con excepción de los instrumentos de corrección –vio que el piloto quería decir algo y le detuvo con un gesto–. Hay que hacerlo así. Los instrumentos, los mamparos interiores de los depósitos vacíos, y algunas de las secciones del invernadero. No es eso todo. El mayor consumo de combustible es debido a la pequeña aceleración de los primeros meses de vuelo. Habrá que resignarse a los inconvenientes: el «Polus» deberá partir con una aceleración plena de 12 g en lugar de tres...
–Con una aceleración semejante, será imposible guiar el cohete –objetó el ingeniero–. El piloto no podrá...
–Ya lo sé –le interrumpió con dureza el capitán–. La dirección, durante los primeros meses, será dada desde aquí, desde este planeta. Aquí se quedará un hombre. ¡Silencio! Recuérdenlo, no hay otra solución y se hará así. Sigamos. Nina Vladimirovna y Nikolaj no pueden quedarse, esperan un niño. Sí, lo sé. Lenocka es medico, debe partir. Sergei es el astrofísico, y también debe partir. Georgei es demasiado excitable. Por eso me quedaré yo. ¡Silencio he dicho!

Tengo delante los cálculos hechos por Zarubin. Soy médico y no todo lo veo claro. Pero no resulta difícil comprender que son irreprochables. El cohete se aligera hasta el desmantelamiento, se fuerza al máximo la aceleración de salida. La mayor parte del invernadero se dejó sobre el planeta, lo que incidió severamente sobre las raciones de los astronautas. Se suprime el sistema de alimentación de emergencia, consistente en dos microrreactores; se desmonta casi toda la instalación electrónica. Si durante el viaje sucede algo imprevisto, el cohete ni siquiera podrá volver a la estrella de Barnard. Riesgo al cubo –escribió el navegante en su diario; y abajo–: Pero para el que se queda, el riesgo será diez, cien veces mayor.
Zarubin tendría que esperar catorce años. Únicamente hasta entonces otro cohete podría ir a recogerlo. Catorce años solo sobre un planeta hostil, cubierto de hielo...
Más cálculos. La energía era lo primero. Tenía que alcanzar para el periodo de control del cohete desde el planeta y para los catorce largos años posteriores. Y de nuevo sin margen para emergencia.
Una fotografía del habitáculo del capitán, construido con las secciones del invernadero. A través de las paredes transparentes se ven las instalaciones electrónicas, los microrreactores. Sobre el techo, las antenas del mando a distancia. En torno a ella, un desierto de hielo. En el cielo gris, cubierto por una densa bruma, salta la luz fría de la estrella de Barnard. Un disco cuatro veces más grande que el Sol, pero apenas más luminoso que la Luna.
Hojeo con nerviosismo el libro de bitácora. Está todo: las instrucciones del capitán, los acuerdos relativos al enlace por radio durante los primeros días de vuelo, la lista de los objetos dejados al capitán... Y luego, de pronto, una palabra: Lanzamiento.
Siguen anotaciones extrañas. Parecen escritas por un niño, las líneas son irregulares, las letras aparecen deformadas. Es el efecto de la aceleración a 12 g.
Consigo leerlas con dificultad. La primera anotación:
Todo bien. ¡Maldita aceleración! Nuestra visión está severamente velada...
Dos días después:
Acelerando según lo calculado. Imposible caminar, debemos arrastrarnos...
Una semana más tarde:
Es duro, muy... (tachado). El reactor trabaja a pleno régimen.
Dos folios del diario de a bordo están en blanco. Sobre el tercero, manchado de tinta, consta la siguiente observación:
El control a distancia se debilita. Hay algún obstáculo en la trayectoria de las emisiones. Esto... (tachado). Es el fin.
Pero al final de la página hay otra, escrita con mano más firme:
El control desde el planeta ha sido restaurado. El indicador de potencia se mantiene en cuatro unidades. El capitán está entregando toda la energía de sus microrreactores y nosotros no podemos impedírselo. Se sacrifica...
Cierro el libro de bitácora. Ahora sólo puedo pensar en Zarubin. No esperaba, sin duda, que se estropease el control a distancia.

Se oye el pitido de la señal de alarma del indicador. La temblorosa aguja se detiene en el cero. La emisión de energía ha encontrado un obstáculo y el control a distancia deja de responder rápidamente.
El capitán se halla de pie ante la pared transparente. El opaco sol escarlata se oculta en el horizonte. Las tinieblas se van condensando sobre la llanura helada. El viento levanta la nieve, mezclándola y elevándola hacia el tenebroso cielo gris-rojizo.
La señal de alarma del indicador suena con insistencia. La pequeña cantidad de energía emitida no es suficiente para mantener el control sobre el cohete. Zarubin observa el ocaso de la estrella de Barnard. Tras su espalda se encienden febrilmente lamparitas en el panel del piloto electrónico.
El disco purpúreo-rojizo desaparece rápidamente bajo el horizonte. Durante un segundo brillan infinitos rayos escarlata, al ser refractados los últimos rayos por el terreno helado. Luego cae la noche.
Zarubin se acerca al panel de los instrumentos y desconecta la señal del indicador. La aguja deja de moverse. Luego gira la rueda del regulador de potencia. El invernadero se inunda con el ronroneo de los motores del sistema de enfriamiento. Gira el volante hasta el tope; pasa detrás del cuadro, quita el limitador y da otras dos vueltas completas al volante. El ronroneo se transforma en un estridente, vibrante, y estruendoso bramido.
El capitán se vuelve hacia la pared y se hunde en el banco. Le tiemblan las manos. Toma un pañuelo y se seca la frente. Apoya la mejilla contra la pared fría.
Ahora aguarda a que las nuevas superpoderosas señales alcancen al cohete y retornen.
Y espera.
Espera, perdida toda noción del tiempo, mientras braman los microrreactores, llevados casi hasta un régimen de explosión; los motores del sistema de refrigeración gimen, silban. Se estremecen las frágiles paredes...
El capitán espera.
Finalmente, algo lo fuerza a levantarse y a acercarse al panel de los instrumentos. La aguja del indicador ha vuelto a normal. Ahora hay suficiente potencia para controlar el cohete. Zarubin sonríe débilmente, dice: –¡Vaya!–, y echa una mirada al indicador de consumo. La energía gastada supera en ciento cuarenta veces la cantidad prevista en el cálculo.
Aquella noche, el capitán no duerme. Compila un nuevo programa para el piloto electrónico. Hay que corregir la desviación provocada por la interrupción en el enlace.
El viento empuja olas de nieve sobre la llanura. Una tenue aurora boreal fulgura en el horizonte.
Los microrreactores chillan furiosamente, irradiando al espacio la energía que ha sido cuidadosamente calculada para durar catorce años... Habiendo cargado el programa en el equipo electrónico, el capitán hace una fatigada recorrida de su alojamiento. Sobre el techo transparente brillan las estrellas. El capitán se apoya en el cuadro de instrumentos y mira al cielo. En algún punto lejano el «Polus» volvía a tomar velocidad y se dirigía con seguridad hacia la Tierra.

... Era muy tarde, pero, pese a todo, fui a ver al director. Recordaba que me había hablado de otros cuadros de Zarubin.
El director no dormía.
–Sabía que iba a venir –me dijo, poniéndose rápidamente las gafas–. Vamos, es en la próxima puerta.
En la habitación contigua, iluminada con lámparas fluorescentes, estaban colgados dos cuadros de tamaño medio. En un primer momento creí que el director se había equivocado. Me parecía que Zarubin nunca pintaría cuadros semejantes. No se asemejaban en nada a los que había visto durante el día, no eran estudios de colores ni temas fantásticos. Eran dos paisajes comunes. Uno representaba una calle y un árbol; el otro, el borde de un bosque.
–Sí, son de Zarubin –afirmó el director, como si hubiese adivinado mis pensamientos–. Se quedó allí, ya lo sabe. Sí, fue una solución dura, pero, de todos modos, una solución. Hablo como astronauta, como ex astronauta –el director se ajustó las gafas azules y guardó silencio–. Y luego Zarubin hizo..., ya sabe... En cuatro semanas suministró una energía calculada para catorce años. Corrigió las desviaciones, devolvió al «Polus» a su ruta exacta. Y cuando el cohete alcanzó la velocidad inferior a la de la luz, y empezó la fase de deceleración, la tripulación recuperó el gobierno de la nave. Pero los microrreactores de Zarubin ya no producían energía. Todo había terminado... Fue entonces cuando Zarubin pintó estos cuadros... Amaba a la Tierra, la vida...
Un cuadro representaba una calle, una calle en cuesta en el centro de un pueblo. A un lado de la calle, una poderosa encina retorcida, pintada al estilo de Jules Dubre de la escuela de Barbizon: chaparra, nudosa, llena de vida y de fuerza. El viento empuja nubes despeinadas. En la cuneta lateral descansa una gran piedra, y parece como si un momento antes algún viandante se hubiese sentado en ella... Cada detalle está pintado con cariño, con amor, con una riqueza poco común de colores y matices.
El otro cuadro no está terminado. Representa un bosque en primavera. Todo él está saturado de luz, de calor... Sorprendentes tonalidades doradas... Zarubin conocía el alma de los colores.
–Yo traje estos cuadros a la Tierra –dijo el director, casi en un murmullo.
–¿Usted?
–Sí.
Su voz era triste, como sí traicionase un sentimiento de culpa.
–El material que ha examinado no tiene conclusión. El resto se refiere a otras expediciones El «Polus» llegó a la Tierra y en el acto fue enviada una expedición de socorro. Se hizo todo lo que podía acortar el vuelo. La tripulación aceptó volar bajo 6 g. Llegaron al planeta pero no encontraron el invernadero. Tomaron riesgos tremendos y retornaron con las manos vacías. Luego, muchos años más tarde, fui enviado yo. Durante el viaje tuvimos una avería. Allí... –el director levantó una mano hasta sus lentes–. Pero llegamos. Y encontramos el invernadero y los cuadros... También encontramos una nota del capitán...
–¿Qué decía?
–Sólo unas palabras: “adelante, a través de lo imposible”.
Miramos los cuadros en silencio. De pronto, me di cuenta de que Zarubin los pintó de memoria. Había hielo a todo su alrededor, iluminado por el diabólico resplandor rojizo de la estrella de Barnard. Y en su paleta él mezclaba colores cálidos y soleados... En el punto 12 él pudo haber escrito, con toda verdad: Yo estoy interesado en amar apasionadamente la Tierra, su vida, su gente.
Los desiertos corredores del Archivo están calmos y en silencio. Las ventanas están abiertas, la brisa marina agita las pesadas cortinas. Las rompientes se lanzan en obstinada cadencia. Parecen susurrar: hacia adelante a través de lo imposible. Una pausa, otra ola y un susurro: Hacia adelante [Forward]... Y otra pausa...
Yo deseo replicar a las olas: Sí, hacia adelante, sólo hacia adelante, siempre hacia adelante.

La música de las estrellas
Valentina Zuravleva


Había una calma insólita en aquella víspera de Año Nuevo. Las nubes que se habían cernido sobre la ciudad el día antes, se abrían ahora lentamente como las cortinas de un teatro y descubrían un cielo estrellado.
Los abetos se alzaban rectos e inmóviles, plateados por la nieve, como una guardia de honor que esperaba el nuevo año a lo largo de las murallas del Kremlin. De cuando en cuando una débil ráfaga arrancaba a las ramas unos copos de nieve que caían sobre los transeúntes.
Pero las gentes no prestaban atención al encanto de la noche. Tenían demasiada prisa. El Año Nuevo llegaría dentro de media hora. El río de hombres y mujeres, ruidoso y excitado, cargado con cajas y paquetes, se movía más y más rápidamente.
Sólo un hombre parecía no tener prisa. Llevaba las manos hundidas en los bolsillos del abrigo, y miraba con ojos atentos y brillantes por debajo del ala del sombrero. Muchos de los que iban en la marea humana reconocían en seguida aquella cara delgada y la barba corta y gris. El hombre, por este motivo, se había internado en una callejuela lateral. Allí no necesitaba responder a los innumerables saludos ni explicar a los conocidos por qué prefería deambular por las calles en la noche de Año Nuevo. El poeta Constantin Alexevitch Rusanov no sabía en verdad qué poder desconocido lo impulsaba a buscar la soledad en aquella noche. No tenía ningún deseo de pensar en la poesía.
Quizá esto era triste, pues el nuevo año era el sexagésimo en la vida de Rusanov.
Rusanov caminaba escuchando el crujido de la nieve bajo sus pasos. De pronto, junto a un farol de la calle, descubrió que un castillo de nieve le cerraba el camino. Unos diamantes de nieve centelleaban en las torres, a la luz eléctrica.
Inconcluso, pensó Rusanov advirtiendo un trineo de niño y una pala junto al castillo, y sintiendo el deseo absurdo de terminar de construir los muros. Esto sería realmente una sorpresa de Año Nuevo para los niños, a la mañana siguiente.
Rusanov se inclinó para tomar la pala y en ese momento alguien lo golpeó desde atrás. Cayó de bruces en la nieve y oyó un ruido de vidrios rotos, y un grito:
–¡Oh, cuánto lo siento!
Había tanta turbación en la voz que Rusanov no pudo enojarse. Un par de manos lo ayudó a ponerse de pie. Se volvió y vio a una muchacha menuda vestida con una chaqueta de paseo.
–Lo siento tanto –dijo otra vez la muchacha, evidentemente confundida.
Caminó cuidadosamente alrededor de Rusanov y recogió un paquetito que estaba caído junto al farol de la calle.
–Roto..., me parece –dijo, con tristeza.
Rusanov se sintió culpable.
–¿Qué pasó?
–Yo llevaba la placa –explicó la joven–, un negativo..., y lo golpeé contra el farol.
Abrió el paquete. Un negativo bastante raro, pensó Rusanov, pues en la placa se veía un fondo negro y una cinta luminosa manchada con finas líneas negras.
–¿Qué es eso? –preguntó.
–Un espectro. El espectro de la estrella Procyon. ¿Entiende usted?
Rusanov miró a la muchacha con cierto interés.
Alrededor de dieciséis años, pensó, y se corrigió inmediatamente: no, mayor, quizá veinticinco o veintiséis.
–Un momento –dijo–, ¿a dónde iba corriendo en medio de la noche con esa foto?
–A la oficina de telégrafos –dijo la muchacha–. Es un gran descubrimiento.
Rusanov se rió entre dientes. Le gustaban los encuentros inesperados e insólitos. Se sintió de pronto de mejor humor.
–¿Un descubrimiento?
–Sí, Constantin Alexevitch. Lo reconocí a usted en seguida.
Rusanov se rió otra vez.
La muchacha lo miró pensativamente. ¿Se lo diría?
–Escuche –empezó–. Descubrí en el espectro de Procyon... ¿Pero sabe usted algo de espectros? Aguarde un instante. Se lo explicaré.
Rusanov no entendió en seguida aquella narración entrecortada. La muchacha hablaba muy rápidamente y preguntaba de cuando en cuando:
–¿Está seguro que entiende?
Como la historia no seguía tampoco un orden cronológico, Rusanov tenía que llenar los claros con conjeturas.
Parecía que la muchacha se había entusiasmado con la astronomía mientras estaba aún en el colegio. Luego de graduarse en el Departamento de Física de la Universidad de Moscú había ido a trabajar en el observatorio de las montañas Altai, en Siberia.
La primera desilusión: en vez de hacer descubrimientos capaces de sacudir al mundo se había dedicado a la tarea exasperante y tediosa de clasificar fotografías de espectros estelares.
Al cabo de cuatro meses creyó haber hecho un descubrimiento. Un error, le había explicado secamente el director del observatorio.
Tres meses más y otro estallido de alegría. Un nuevo error, y otra desilusión.
Pasaron los meses. Trabajo, trabajo, y más trabajo. Nada que pudiera llamarse romántico. Innumerables fotografías de spectra estelares. Cálculos. Clasificaciones. Y ni un solo descubrimiento.
Parecía que se iba a pasar toda la vida en esta monotonía. Y de pronto...
–Al principio ni siquiera yo podía creerlo –continuó diciendo la muchacha–. No es verdad muy agradable repetirse incesantemente, como si se le hablara a un niño: «Tienes que trabajar, olvida esos sueños...» Sí, pero esta vez era tan evidente. Yo tenía ante mí trescientos cincuenta espectros de Procyon. Los otros astrónomos habían visto los espectros por separado, pero yo los tenía ahí, todos juntos. Y me pareció entonces que esas líneas formaban un cuadro. Son cosas que ocurren, ¿no es cierto? De los trescientos cincuenta espectrogramas elegí noventa, de acuerdo con el orden en que habían sido fotografiados. Todos tenían algo común: las líneas de los metales no ionizados, el espectro de Procyon ya conocido. Pero en todos, además, había una línea nueva, otro elemento. El primer espectrograma tenía la línea del hidrógeno, el segundo la del helio, el tercero la del litio... Seguían así el orden natural hasta el torio, el elemento nonagésimo en la tabla periódica de los elementos de Mendeleiev. ¿Entiende usted? Parecía que alguien hubiese puesto los elementos en una secuencia precisa, de acuerdo con la tabla periódica. Nada en la naturaleza puede explicar este hecho, excepto que esas líneas sean señales enviadas por seres inteligentes.
–¿Usted cree realmente eso? –preguntó Rusanov, muy serio.
–¡Claro que sí! –exclamó la muchacha–. Tome usted, por ejemplo, los sonidos separados que pueden oírse en la naturaleza. Bueno, imagínese que los oye de pronto ordenados en escalas musicales. Eso no sería posible sin la intervención de un ser inteligente... No quise hablarle a nadie de este descubrimiento, temiendo que fuese otro error. Poco más tarde comenzaron mis vacaciones. Dejé el observatorio como en un sueño. Hice el viaje reprochándome constantemente no haber hablado. Ya en Moscú, mis pensamientos seguían aún en el observatorio.
Las dos figuras estaban todavía de pie en la callejuela tranquila, a la luz del farol. Rusanov miraba fijamente el castillo de nieve, en silencio.
–Usted..., usted no me cree, ¿no es cierto? –preguntó la muchacha.
Rusanov, en verdad, creía tan poco a la muchacha como a alguien que le hubiese dicho que acababa de descubrirse el séptimo continente en el mar Caspio.
–¿Cómo se llama usted, muchacha de ciencia, que derriba a la gente y saca fotos de los astros? –dijo, evitando la palabra definitiva.
–Alla –respondió la joven–. Alla Vladimirovna Yungovskaya, astrónoma.
Alla Vladimirovna Yungovskaya, repitió Rusanov mentalmente, y pensó: No, no parece tener más de dieciséis años.
Sintió de pronto que debía decirle algo amable.
–Bueno, echemos una ojeada a ese..., ese espectrograma –ofreció al fin.
–Por favor –dijo la muchacha feliz–, vayamos a mi casa. Se los mostraré allí.
Hasta entonces Rusanov había entendido una sola cosa: en esta muchacha que acababa de conocer había trazos de madurez y trazos de juventud. La vida le había enseñado a Rusanov, por otra parte, a sacar conclusiones acerca de la gente. No olvidaba nunca unas palabras que le había dicho en España un comisario de las Brigadas Internacionales, ex profesor de matemática: «No juzgues a los hombres sino después de un segundo encuentro».
Puede ocurrir cualquier cosa, se dijo, sonriéndose. De la boca de los niños... Pero la astrónoma Alla Vladimirovna Yungovskaya no tenía aspecto de niño.
La muchacha, aparentemente, sentía la necesidad de decir algo.
–Escúcheme –dijo–, este descubrimiento no es tan complicado ni incomprensible como puede parecer al principio. Supongamos que Procyon tiene un sistema planetario propio. Supongamos también que haya seres racionales en esos planetas y que hayan decidido enviar una señal al espacio. Las ondas de radio no sirven. Se dispersan con demasiada facilidad. Tampoco los rayos gamma o los rayos Roentgen, que son absorbidos muy rápidamente. Lo más práctico sería, por lo tanto, las ondas electromagnéticas de longitud interespaciada, o, en otras palabras, ondas de luz, luz.
»Hay algo más todavía. Las señales tienen que ser comprensibles para todas las criaturas racionales. ¿Letras de un alfabeto? Los alfabetos pueden ser muy distintos. ¿Cifras? Hay muchos sistemas de cálculo. Podemos decir que en general no hay en los distintos mundos objetos realmente similares, excepto la tabla de los elementos químicos. Esta tabla es válida en todos los mundos. En todos los planetas el elemento químico más liviano es el hidrógeno, y le siguen el helio, el litio, y así sucesivamente. La tabla de Mendeleiev puede transmitirse fácilmente mediante rayos luminosos. Cada uno de los elementos químicos tiene su propio espectro, su propio pasaporte. Comprende usted, pues, que mi descubrimiento, no puede llamarse casual, y merecería casi el título de ley...
Rusanov alzó una mano, como invitando a la muchacha a que escuchase, y Yungovskaya calló.
Se detuvieron en la calle. Las campanas de las torres del Kremlin resonaron claramente en el aire helado.
–¡Feliz Año Nuevo! –dijo Rusanov y Alla respondió con una sonrisa silenciosa.
Se quedaron allí un rato escuchando los sonidos de las campanas que morían a lo lejos.
Luego echaron a caminar otra vez, más rápidamente.
–Respóndame, respetable guardiana de las estrellas –comenzó a decir Rusanov–. Quizá esto sea parte de algún proceso que se desarrolla en la estrella misma.
–¡No, no! La temperatura de Procyon es sólo de ocho mil grados centígrados, y de acuerdo con las líneas de estos espectros la fuente de las radiaciones debe de tener una temperatura de más de un millón de grados. Una fuente artificial sin duda, producida en uno de los planetas del sistema de Procyon. La energía es tan tremenda que es difícil imaginársela..., y sin embargo... Aquí, por favor, hemos llegado a mi casa.
La muchacha llevó a Rusanov a un cuarto donde un piano y una biblioteca ocupaban casi la mitad del espacio. Un mapa astronómico colgaba de una pared, y sobre la mesa había una lámpara de pantalla verde.
Alla le indicó a Rusanov que se sentara y le trajo un álbum. Era un álbum común, de los que se emplean para conservar las fotografías de la familia. Rusanov nunca había examinado espectrogramas en su vida, pero ahora sintió –sintió sin entender– que la muchacha había hecho realmente un descubrimiento.
–¿Me..., me cree usted? –preguntó la muchacha en voz baja.
Rusanov respondió sin sonreír...
–Sí, le creo.
–Todo parece tan increíble –dijo la muchacha–. A veces yo misma creo que estoy soñando..., que me despertaré y que todo se desvanecerá –hizo una pausa; de algún lado llegaban los sonidos apagados de una música–. Además separé otros veinte espectrogramas de Procyon. Mire esto. Procyon es una estrella similar a nuestro sol. Quinta clase espectral. Las líneas de los metales neutros como el calcio, el hierro y otros aparecen claramente. En estos otros espectros sin embargo hay unas líneas realmente extraordinarias. Y algo aun más maravilloso: sumas de elementos. Esto me llevó a creer que los otros noventa espectrogramas son una clase de alfabeto, y que estos veintidós en cambio son un mensaje..., una carta...
–Y usted ha descifrado esa carta –interrumpió Rusanov.
Alla meneó la cabeza.
–No, no he podido. Desde un punto de vista lógico yo hubiera tenido que descifrarla fácilmente. No lo sé..., probé y no ocurrió nada. Sin embargo, estos dos espectrogramas... Yo misma no estoy segura, entiéndame... No se ría. Quizá yo me haya sugestionado, ¿Quién sabe? Pero estos dos espectrogramas me llamaron en seguida la atención. Sentí en un momento que yo estaba mirando algo realmente íntimo, escrito en un idioma extranjero. Y sólo cuando ya estaba en el tren, viniendo hacia Moscú, pensé que quizá... Usted sabe, probablemente, que en la tabla de Mendeleiev las propiedades de los elementos se repiten cada ocho números. Si hacemos a un lado el último número tenemos la octava, como en la música. Los sonidos se repiten cada siete tonos. Pues bien, de pronto vi una escala en el espectrograma. Dicen que es peligroso aventurar hipótesis en el trabajo científico. Sin embargo, traté de encontrar una notación musical en los espectrogramas, y parece que la encontré...
–¿Y usted..., transcribió esa música? –preguntó Rusanov, estremeciéndose, con una voz rara, como si hubiese hablado desde muy lejos.
–Sí, la transcribí –Alla Yungovskaya se acercó al piano–. Si usted quiere...
–Un momento.
Rusanov atravesó nerviosamente la habitación deteniéndose junto a la ventana.
–¿Se ve a Procyon desde aquí?
Yungovskaya descorrió la cortina.
–Allí a la derecha, encima de la casa de al lado... ¿La ve? Esa luz ha viajado once años...
Rusanov miró la estrella brillante. Era un poeta lírico y sabía descubrir el suave encanto de la naturaleza rusa, sabía cómo mostrar poéticamente lo que Levitan había mostrado en sus cuadros.
Rusanov había escrito bastante poesía amorosa, y una sonrisa atravesaba a menudo sus poemas más íntimos y tristes, como un rayo de sol que atraviesa un velo de nubes. Y las estrellas eran para Rusanov el símbolo de lo lejano y lo inalcanzable.
–Sí –dijo Rusanov en voz baja–, toque, por favor.
No sabía nada de análisis espectral. Pero sabía de música. Sólo la música podía decirle si la muchacha tenía razón o no. Tuvo que hacer un verdadero esfuerzo para dejar la ventana.
Alla Yungovskaya alzó la tapa del piano. Suspendió las manos un instante sobre el teclado y en seguida tocó un primer acorde. Había algo de alarmante en esos sonidos que se extendieron por el cuarto y murieron lentamente. Y luego siguieron otros nuevos acordes.
En los primeros momentos Rusanov no oyó más que una salvaje combinación de sonidos. Pero luego apareció una melodía..., aparecieron dos melodías. Se unieron, y pareció que la primera llevaba lentamente a la otra, más rápida e impetuosa. Los sonidos se inflamaron como chispas de un incendio, combinándose en una intimidad dolorosa y al mismo tiempo extraña e incomprensible.
Era música, pero una música insólita, que a veces oprimía, humillaba, y parecía expresar sentimientos, inhumanos, superiores, más elevados.
Las manos de la pianista se detenían a veces en el teclado. Y luego parecían cobrar de pronto nuevas fuerzas, y la doble melodía se alzaba otra vez, más alta y más convincente, como una voz que llamaba. Rusanov se incorporó maquinalmente, como obedeciendo a esa voz, y se acercó al piano.
No veía los muros, ni la mesa, ni la lámpara. No veía nada sino aquellos dedos que corrían fervientemente por el teclado. Rusanov sintió que el corazón le latía apresuradamente, persiguiendo a la música. Se le nublaron, los ojos.
Los sonidos se estremecieron, golpearon, como si quisieran escapar de aquel tosco instrumento.
El piano no podía tocar toda la melodía, y la música, comprimida y rota, vivía y llamaba con más fuerza aún, con más obstinación.
La música se alzaba a veces en un torbellino, y moría luego en un suspiro doloroso. Parecía expresar todos los sentimientos humanos, y sin embargo no había en ella sentimientos y era como un rayo de sol incoloro donde se combinan todos los colores del arco iris. Se detuvo un momento y luego estalló otra vez. No, no fue un estallido, sino una explosión. Los sonidos se alzaron como una tromba, se unieron, y se desvanecieron. Un adagio suave y delicado murió luego como la llama última de un fuego que se apaga.
Hubo un instante de silencio, y luego entraron en el cuarto los acostumbrados sonidos terrestres: un tren lejano, voces. Rusanov se acercó a la ventana. Sobre el techo parpadeaba la brillante Procyon, en la constelación de Canis Minor. La luz de la estrella parecía emitir una música solemne y misteriosa.


La piedra de las estrellas
Valentina Zuravleva


Hace cinco siglos, un meteorito cayó cerca de la ciudad de Ensisheim, en el Alto Rin. Para que el cielo no volviera a llevárselo lo ataron con cadenas al muro de la iglesia. Un hábil artesano grabó en él estas palabras: «a propósito de esta piedra, son numerosos los que saben mucho, todos saben algo, pero nadie sabe lo suficiente».
Cuando pienso en el meteorito de Pamir, acuden involuntariamente a mi recuerdo aquellas palabras. A propósito de él, yo sé mucho; sin duda más que cualquier otra persona. Pero estoy lejos de saberlo todo. Sin embargo, me acuerdo perfectamente de lo esencial. Tan perfectamente como si datara de ayer.
Hace seis meses, los periódicos anunciaron la caída de un meteorito en el Pamir. Aquella breve información, apenas media docena de líneas, retuvo inmediatamente mi atención.
Tal vez penséis: ¿qué podía haber de interesante en un meteorito para un bioquímico? Debo aclarar que los bioquímicos siguen con mucha atención todo lo que concierne a los meteoritos. En los fragmentos de esas «piedras celestes» buscamos el secreto de la aparición de la vida sobre la Tierra. Para ser menos romántico y más concreto, digamos que estudiamos los hidrocarburos contenidos en los meteoritos.
Un poco más tarde, el meteorito del Pamir fue objeto de una segunda información. Una expedición lo había descubierto a cuatro mil metros de altitud, y un helicóptero pudo descolgarlo de aquella percha. Se trataba, se decía, de un bloque de piedra de casi tres metros de longitud que pesaba más de cuatro toneladas.
Al leerlo, pensé que al día siguiente tendría que llamar por teléfono a Nikonov. En aquel preciso instante –a veces se producen esas coincidencias– resonó el timbre del teléfono. Empuñé el receptor. Era Nikonov.
Debo decir ante todo que, desde su época de escolar, Nikonov se ha distinguido siempre por su sangre fría y su placidez. Nunca –y hace casi medio siglo que nos conocemos– le había visto emocionado o alterado. Pero en aquella ocasión, por su voz entrecortada y febril, por sus palabras deshilvanadas, comprendí que sucedía algo extraordinario.
De aquel torrente de palabras retuve una cosa: tenía que dirigirme inmediatamente, con la mayor rapidez posible, al Instituto de Astrofísica.
Tomé un taxi.
El vehículo rodó por las calles desiertas, en cuyo espejo de asfalto se reflejaban los anuncios luminosos. Llovía. Pensé en los que no duermen a aquella hora tardía. En los que, inclinados sobre sus microscopios, sobre el frágil cristal de sus probetas, sobre sus páginas cubiertas de fórmulas, buscan lo nuevo. Pensé en el asombroso destino de los descubrimientos: desconocidos hoy de todos, mañana irrumpen en la vida, la cambian, la modifican.
Las ventanas del Instituto aparecían iluminadas. Sin saber por qué, pensé inmediatamente que la causa era el meteorito del Pamir. Pero, ¿qué podía tener de particular, de extraordinario, aquel meteorito?
El Instituto parecía una colmena excitada. Los colaboradores corrían de un lado a otro, atareados y preocupados; por las puertas entreabiertas surgía el sonido de voces excitadas.
Nikonov me esperaba en su despacho. He de admitir que entonces no había concedido una importancia especial a lo que ocurría. Los científicos nos inclinamos a veces a exagerar nuestros éxitos y nuestros sinsabores. Cuando, después de prolongados experimentos, consigo una reacción, siento también deseos de despertar a todo Moscú.
Pero, Nikonov... Había que conocerle para comprender hasta qué punto estaba excitado.
Sin contestar a mi saludo, me apretó fuertemente la mano.
Y aquel apretón de manos rápido, nervioso, me comunicó su emoción.
–¿Se trata del meteorito del Pamir? –pregunté, adivinando ya la respuesta.
–Sí –respondió.
Nikonov cogió un paquete de fotografías y las desplegó en abanico delante de mí. Eran fotografías del meteorito. Las examiné, esperando ver... Naturalmente no sabía lo que iba a ver. Pero estaba convencido de que se trataba de algo sensacional.
Quedé asombrado, pues, al comprobar que el meteorito era semejante a las docenas de ellos que había podido ver al natural o en fotografía. Un bloque de piedra en forma de cohete, de superficie porosa, y nada más.
Devolví las fotografías a Nikonov, el cual sacudió la cabeza y dijo, con voz ronca que no era la suya:
–No es un meteorito. Bajo el caparazón de piedra hay un cilindro metálico... con un ser vivo en su interior.

Ahora, cuando rememoro los acontecimientos de aquella noche, me parece raro que, durante un largo instante, fuera incapaz de comprender a Nikonov. Sin embargo, todo era muy simple. Pero precisamente por esto el asunto producía una impresión de inverosimilitud, de irrealidad, impidiéndome comprender inmediatamente a Nikonov.
El meteorito era una nave cósmica. La envoltura de piedra, que tenía unos siete centímetros de espesor, recubría un cilindro de metal obscuro, muy denso. Nikonov opinaba (y su opinión quedó confirmada más tarde) que la envoltura en cuestión estaba destinada a proteger al cilindro de los meteoritos y de un peligroso recalentamiento. El aspecto poroso de su superficie procedía de los choques con los micrometeoritos. Sus huellas, muy numerosas, demostraban que el ingenio había estado volando por espacio de muchos años.
–Si el cilindro fuera macizo –dijo Nikonov–, pesaría al menos veinte toneladas. Pero, sin la envoltura de piedra, su peso es ligeramente superior a las dos toneladas. En tres lugares, unos hilos muy finos salen del cilindro. Están rotos. Evidentemente, en el momento de la caída se desprendieron unos aparatos que se encontraban en la parte exterior del cilindro. El galvanómetro, conectado a esos hilos, ha revelado unos leves impulsos eléctricos...
–Pero, ¿por qué tiene que tratarse necesariamente de un ser vivo? –repliqué–. En el interior del cilindro puede haber unos aparatos automáticos.
–Descartado –respondió Nikonov–. Da golpes.
No lo entendí.
–¿Qué es lo que da golpes?
–El que está dentro del cilindro –la voz de Nikonov tembló–. Cuando alguien se acerca, empieza a dar golpes. Puede ver. Ignoro cómo, pero puede ver.
Resonó el timbre del teléfono. Nikonov cogió el receptor y observé que una sombra cruzaba por su rostro.
–Han sondeado el cilindro –me dijo, soltando el receptor–. Su pared no alcanza los veinte milímetros de espesor. En el interior no hay metal.
En aquel momento se me ocurrió la objeción más lógica. El cilindro no era tan grande. ¿Cómo podían caber en él unos seres vivos? No sólo necesitaban espacio, sino también víveres, agua, dispositivos para el mantenimiento de una temperatura constante, para renovar el aire. ¿Cómo introducir todo aquello en un cilindro de menos de tres metros de longitud y unos sesenta centímetros de diámetro?
Nikonov me escuchó y dijo:
–Dentro de un cuarto de hora iremos a verlo. Espero a alguien. De momento, están colocando el cilindro en una cámara hermética.
–De todos modos, tienes que admitir que esa versión del ser vivo no es realista. No puede haber hombres en el cilindro.
–¿Hombres? ¿Qué entiendes tú por eso?
–Bueno, seres pensantes.
–¿Con unos brazos y unas piernas?
Por primera vez aquella noche, Nikonov sonrió.
–Sin duda –contesté.
–No los hay en la nave –dijo Nikonov–. Contiene seres pensantes, pero resulta difícil saber cómo son.
Yo no podía estar de acuerdo con él. Bastaba recordar cómo imaginaban los europeos, antes de los grandes descubrimientos geográficos, a los habitantes de los países desconocidos: hombres de seis brazos o con la cabeza de perro, enanos y gigantes... Y luego se comprobó que en Australia, en América y en Nueva Zelanda, los hombres eran semejantes a los de Europa.
–Las condiciones de vida idénticas, las leyes generales de la evolución, desembocan en los mismos resultados.
–¿Las leyes generales de la evolución? –inquirió Nikonov–. Pueden admitirse hasta cierto punto. Pero, ¿de dónde sacas las condiciones de vida idénticas?
Me expliqué: la existencia y el desarrollo de las formas superiores de las proteínas sólo son concebibles dentro de unos límites bastante restringidos de temperatura, de presión, de irradiación. De lo cual puede inferirse que el mundo orgánico evoluciona siguiendo unos caminos parecidos.
–Querido amigo –dijo Nikonov–, eres académico y un bioquímico eminente, la mayor autoridad en materia de síntesis bioquímica. Cuando hablas de las síntesis de las proteínas, estoy completamente de acuerdo contigo. Pero el que sabe fabricar ladrillos no es necesariamente experto en arquitectura. Y no lo tomes a mal.
¿Cómo podía tomarlo a mal? A decir verdad, nunca había reflexionado seriamente en la evolución del mundo orgánico en los otros planetas. No era mi especialidad.
–Las ideas que en la Edad Media proliferaban acerca de los hombres con cabeza de perro eran absurdas, efectivamente –continuó Nikonov–. Pero en la Tierra, si se exceptúa el clima, las condiciones de vida son muy parecidas. Por otra parte, cuando cambian las condiciones, cambia el hombre. En América del Sur, en los Andes peruanos, hay una tribu india que vive a 3.500 metros de altitud. Sus miembros son de baja estatura, y su peso medio es de cincuenta kilogramos, pero el volumen de su caja torácica y de sus pulmones es superior en un 50% al de los europeos.
»Como puedes ver, su organismo está adaptado a las condiciones de vida en una atmósfera enrarecida, a costa de una notable modificación del aspecto exterior. Ahora, reflexiona un poco en las considerables diferencias que pueden existir entre las condiciones de vida en la Tierra y en los otros planetas. Tomemos la gravedad, por ejemplo. No sé por qué la has olvidado. En Mercurio, la gravedad es cuatro veces menor que en la Tierra. Si ese planeta estuviera habitado, es poco probable que sus habitantes necesitaran unos miembros inferiores tan desarrollados como los nuestros. En cambio, en Júpiter la gravedad es mucho mayor que en nuestro planeta. En tales condiciones, es muy probable que la evolución de los vertebrados no haya desembocado en la postura vertical...
Había una brecha en el razonamiento de Nikonov, y me dispuse a explotarla.
–Querido amigo –dije–, eres profesor, eres un astrofísico eminente, la mayor autoridad en el campo del análisis espectral de la atmósfera de las estrellas. Cuando hablas de los planetas, estoy completamente de acuerdo contigo. Pero, el que sabe fabricar ladrillos... Resumiendo, olvidas que las manos tienen que estar libres. Sin ello, el trabajo que ha formado al hombre resultaría imposible. Y, con la postura horizontal, los cuatro miembros sirven como puntos de apoyo.
–Desde luego. Pero, ¿por qué cuatro? ¿Acaso existe un límite?
–Entonces, ¿volvemos a los hombres de seis brazos?
–En los planetas donde la gravedad es muy intensa, ese es sin duda el camino que seguiría la evolución de los vertebrados. Pero, además de la gravedad, existen otros factores. El estado de la superficie del planeta, por ejemplo, tiene una enorme importancia. Si la Tierra estuviera cubierta de un modo permanente y total por el océano, la evolución del mundo animal hubiese sido muy distinta.
–¡Seríamos sirenas! –ironicé.
–Tal vez –replicó Nikonov, imperturbable–. La vida en el océano evoluciona sin cesar, aunque más lentamente que en tierra firme. Lo que debe ser común a todos los seres dotados de razón, habiten donde habiten, es un cerebro desarrollado, un sistema nervioso complejo, unos órganos para trabajar y para desplazarse que estén adaptados al medio ambiente.
–Sin embargo –dije, sin querer darme por vencido–, no está descartado que en planetas semejantes a la Tierra vivan unos seres racionales semejantes a los hombres.
–No, no está descartado –convino Nikonov–, pero es poco verosímil. Has omitido otro factor importante: el tiempo. El aspecto del hombre no es algo constante. Hace diez millones de años, nuestros antepasados tenían una cola y una facies alargada. ¿Y qué aspecto tendremos dentro de diez millones de años? Es absurdo pensar que siempre seremos como ahora. Tú hablas de los planetas de la misma naturaleza. Existen, indiscutiblemente. Pero es muy poco probable que la evolución de los seres pensantes coincida en ellos en el tiempo. En una palabra, amigo mío, Shakespeare tenía mucha razón cuando puso en boca de Hamlet aquellas famosas palabras: «Hay más cosas en el cielo y en la Tierra, Horacio, de las que sueña tu filosofía».
Me resulta difícil, al cabo de tanto tiempo, recordar con exactitud los términos de aquella conversación con Nikonov. Tanto más por cuanto nos interrumpían continuamente: resonaban los timbres de los teléfonos, los colaboradores entraban y salían del despacho, el propio Nikonov consultaba su reloj cada diez minutos... Pero la conversación en sí me parece memorable. Nuestras hipótesis eran atrevidas, pero la realidad resultó serlo mucho más.
Ahora, todo me parece sencillo. Si la nave, procedente de otro sistema planetario, había podido cruzar las inmensidades del Cosmos, era porque en su planeta de origen el Saber estaba más adelantado de lo que podíamos imaginar. Esta sola circunstancia debió estimularnos a no extraer conclusiones precipitadas...
Nuestra conversación fue interrumpida definitivamente por la llegada del académico Ashtakov, especialista en medicina astronáutica.
Con gran asombro por mi parte, lo primero que preguntó Ashtakov fue:
–¿Qué clase de motor utilizan?
Me reproché inmediatamente no haber pensado en el motor. La respuesta hubiese permitido aclarar numerosos extremos: el nivel de evolución de los recién llegados, la duración de su viaje por el Cosmos, la distancia recorrida, la aceleración que podían soportar...
–No hay ningún motor –respondió Nikonov–. Debajo del caparazón de piedra hay un cilindro metálico completamente liso.
–¡Ah! –exclamó Astakhov; Meditó unos instantes, mientras su rostro reflejaba el mayor de los asombros–. Entonces... eso significa que poseen un motor antigravitacional. Han dominado la gravitación.
–Probablemente –asintió Nikonov–. Esa es también mi opinión.
–¿Cómo? –inquirí–. ¿Es posible controlarla?
–En principio, sí, indiscutiblemente –respondió Nikonov–. No existe en la naturaleza una fuerza que el hombre no pueda dominar, tarde o temprano. Es una cuestión de tiempo. Pero hay que reconocer que, de momento, sabemos muy poco acerca de la gravitación. Conocemos la ley de Newton: dos cuerpos cualesquiera se atraen mutuamente en razón directa de sus masas y en razón inversa del cuadrado de sus distancias. Sabemos, aunque de un modo puramente teórico, que la fuerza de atracción se difunde a la velocidad de la luz. Pero ignoramos de dónde procede esa fuerza y cuál es su naturaleza.
Volvió a sonar el timbre del teléfono; Nikonov cogió el receptor y, tras escuchar unos segundos, dijo:
–En seguida vamos para allá.
Luego añadió, dirigiéndose a nosotros:
–Nos esperan.
Salimos al pasillo.
–Algunos físicos opinan –continuó Nikonov –que todos los cuerpos contienen unas partículas de gravitación: los gravitones. Yo no estoy muy convencido de que esa hipótesis sea cierta. Pero, si lo fuera, las dimensiones de los gravitones tendrían que ser tan reducidas en relación con los de los núcleos atómicos, como las de estos últimos lo son comparados con los cuerpos ordinarios. Y la concentración de la energía tendría que ser en ellos incomparablemente más elevada que en el núcleo del átomo.
Descendimos por una escalera de caracol, muy empinada, que conducía al sótano del Instituto. Al final de un angosto pasillo, un grupo de colaboradores nos esperaba delante de una puerta de acero. Alguien puso un motor en marcha y la puerta se abrió lentamente.
Vi por primera vez la nave cósmica. Reposaba horizontalmente sobre dos puntos de apoyo. Era un cilindro de metal obscuro y de superficie muy lisa. La envoltura de piedra, que se había agrietado por diversos lugares en el momento de la caída, había sido desprendida del cilindro, de uno de cuyos extremos colgaban tres cables muy finos.
Nikonov, que se encontraba más cerca, avanzó un par de pasos: inmediatamente percibimos unos golpes. En el interior del cilindro alguien emitía unos raros sonidos que no recordaban en nada el ritmo de una máquina. Se me ocurrió la idea de que la nave no contenía necesariamente unos hombres: nosotros situamos en nuestros cohetes experimentales monos, perros, conejos...
Nikonov se alejó en dirección a la puerta y los golpes cesaron. En medio del silencio que se había establecido, se oía claramente la penosa respiración de uno de los presentes, sin duda acatarrado.
No sé lo que pensaban los demás, pero en lo que a mí respecta ni siquiera se me ocurrió la idea de que acababa de abrirse una nueva era para la ciencia. Lo comprendí más tarde, y la escena que acabo de evocar se fijó entonces para siempre en mi memoria: una pequeña estancia de techo bajo inundada de luz; en el centro, el obscuro cilindro, liso y brillante; cerca de la puerta, un grupo de hombres profundamente emocionados, con los rostros contraídos por la tensión...
Pusimos manos a la obra. Los ingenieros tenían que determinar lo que había dentro del cilindro. Astakhov y yo estábamos encargados de asegurar una doble protección biológica: la de los pasajeros de la nave cósmica contra las bacterias terrestres, y la del personal contra las bacterias que podía contener el cilindro.
Me resultaría difícil explicar cómo realizaban su tarea los ingenieros. Me faltó tiempo para fijarme en su trabajo. Sólo recuerdo que sondearon el cilindro con ultrasonidos y con rayos gamma. Tras prolongadas discusiones (no era fácil ponerse de acuerdo con Astakhov, a causa de su sordera), convinimos en proceder a abrir el cilindro con la ayuda de «brazos mecánicos» teledirigidos. Antes, la cámara hermética en la que se encontraba el cilindro tenía que ser desinfectada con potentes rayos ultravioleta.
Nos apresuramos. A dos pasos de nosotros un ser viviente moría y teníamos que acudir en su ayuda.
Hicimos todo lo que estaba a nuestro alcance.
Armados de un pico termonuclear, los «brazos mecánicos cortaron el metal con mil precauciones, abriendo el acceso a los aparatos de la nave cósmica. A través de las angostas rendijas encristaladas, practicadas en el muro de hormigón, observamos los gestos impecablemente precisos de aquellos enormes «brazos mecánicos». Lentamente, centímetro a centímetro, el chorro de fuego mordía el metal desconocido. Luego, los «brazos mecánicos» asieron la base del cilindro, que se despegó.
La nave cósmica no contenía ningún ser vivo. Pero había en él materia viviente. Un gigantesco cerebro palpitante, situado en el centro del cilindro.
Cuando digo «cerebro» hablo en términos convencionales. En el primer momento, lo que vi me pareció la réplica exacta, aunque considerablemente aumentada, de un cerebro humano. Pero, al mirarlo con más atención, comprendí mi error. Era únicamente un fragmento de cerebro. Más tarde descubrimos que estaba desprovisto de todos los centros que gobiernan los sentimientos y los instintos. Además, sólo incluía algunos de los centros «pensantes» de un cerebro normal, aumentados decenas de veces.
Para dar una definición exacta, habría que decir que era una «neuro-calculadora», o sea, una máquina de calcular en la cual los diodos y los triodos estaban reemplazados por células vivas de materia cerebral. Y –hecho fundamental– de materia cerebral sintética. Lo adiviné inmediatamente por múltiples detalles. Más tarde, aquella hipótesis se confirmó.
En alguna parte, sobre un planeta desconocido, la ciencia está mucho más desarrollada que en la Tierra. En tanto que nosotros apenas llegamos a sintetizar parcelas de las moléculas más simples de albúmina, allí saben sintetizar ya las formas superiores de la materia orgánica. Este es también el objetivo de nuestra bioquímica, pero, ¡cuán lejos estamos de él!
He de reconocer que lo que descubrimos en la nave cósmica fue para todos nosotros una gran sorpresa. El único que no dio la menor muestra de asombro fue Astakhov. Fue también el primero en hablar.
–¡Ah! –exclamó–. ¡Lo que yo había predicho! Recuerden lo que escribí hace un par de años... Las distancias entre las galaxias son infranqueables para el hombre. Ese viaje sólo puede ser realizado por una nave de mando automático. ¡Au-to-má-ti-co! Pero, ¿de qué tipo? ¿Máquinas electrónicas? ¡No, y no! Es demasiado difícil, casi imposible de realizar. ¡No! Es necesario el sistema más perfeccionado: un cerebro... Escribí eso hace dos años. Y algunos bioquímicos lo tildaron de fantástico. Escribí: para los viajes entre las galaxias se necesitan bio-autómatas, capaces de regenerar sus células...
Lo que decía Astakhov era verdad. Dos años antes había publicado un artículo exponiendo aquellas ideas. Y yo fui uno de los que las consideraron demasiado fantásticas. Sin embargo, los hechos le daban la razón. Había predicho, con notable anticipación, la síntesis de la materia cerebral, aquella forma superior de la materia.
Por regla general, los especialistas no prevén demasiado bien el futuro. Se acostumbran a las cosas en las cuales trabajan hoy. Piensan: hoy hay automóviles, por lo tanto, dentro de cien años habrá también automóviles, con la diferencia de que serán más rápidos. Hay aviones, por lo tanto habrá aviones, pero volarán más aprisa. Por desgracia, todas esas previsiones no sirven de mucho...
A veces, lo nuevo parece increíble, inverosímil, imposible. Y, sin embargo, nace. Heinrich Hertz, que fue el primero en estudiar las oscilaciones electromagnéticas, negaba en su época la posibilidad de desarrollar la telegrafía sin hilos. Y unos años más tarde, Popov inventó la radio.
No, yo no había creído en lo que escribió Astakhov. Para crear bio-autómatas, hay que resolver unos problemas sumamente complejos: sintetizar las formas superiores de la materia biológica; aprender a controlar los procesos bio-electrónicos; obligar a la materia viviente y a la materia inerte a trabajar conjuntamente... Todo eso me parecía demasiado fantástico. Pero lo nuevo, aunque creado por los hombres de otro planeta, hacía irrupción en nuestra vida, confirmando aquella gran verdad de que no pueden existir límites para el progreso de la ciencia. Nosotros no conocíamos la composición de la atmósfera en el interior del cilindro. Ignorábamos también cómo repercutiría en el cerebro artificial el paso a la atmósfera terrestre.
Cada uno de nosotros estaba clavado a su puesto, junto a los compresores, a los aparatos, a los balones de gas. Todo estaba preparado para modificar lo más rápidamente posible la composición de la atmósfera en la cámara hermética. Pero, apenas se abrió el cilindro, los aparatos señalaron que la atmósfera en el interior de la nave cósmica estaba compuesta de una quinta parte de oxígeno y de cuatro quintas partes de helio, en tanto que la presión era superior en una décima parte a la de la Tierra. El cerebro seguía palpitando; un poco más aprisa, quizás.
Los compresores aullaron, elevando la presión en la cámara. La primera fase de trabajo había sido completada con éxito.
Subí al despacho de Nikonov, arrastré un sillón hasta la ventana y levanté un visillo. Fuera, las luces de la ciudad iban encendiéndose, expulsando las tinieblas. Era la segunda noche, pero me parecía que sólo hacía unas horas que había llegado al Instituto.
De modo que la atmósfera del ingenio cósmico contenía un veinte por ciento de oxígeno, lo mismo que la atmósfera terrestre. ¿Era una casualidad? No. Con esa concentración, precisamente, la hemoglobina de la sangre se satura completamente de oxígeno. Por lo tanto, la nave cósmica tenía que incluir un sistema circulatorio. La muerte de una parte del cerebro acarrearía fatalmente la muerte del conjunto.
Me precipité hacia el sótano.
Al rememorar ahora nuestras tentativas para salvar el cerebro artificial, vuelvo a experimentar el sentimiento de impotencia y de amargura que nos invadió entonces.
¿Qué podíamos hacer?
Aquel cerebro creado por los hombres de otro planeta, estaba muriendo. Su parte inferior aparecía reseca y ennegrecida. Sólo en la parte superior quedaba un poco de materia palpitante. Cuando alguien se acercaba, las pulsaciones se hacían febriles, como si el cerebro pidiera ayuda.
Habíamos descubierto rápidamente cómo funcionaba el sistema que proporcionaba el oxígeno. Tal como había supuesto, aquella respiración se producía por medio del hema, una combinación química semejante a la hemoglobina. También habíamos comprendido fácilmente cómo funcionaban los otros dispositivos que alimentaban al cerebro y absorbían el gas carbónico.
Pero no podíamos evitar la muerte de las células del cerebro. En alguna parte, sobre un planeta desconocido, unos seres racionales habían sintetizado la materia cerebral, la más perfectamente organizada. Habían sabido enviar su cerebro artificial a las profundidades del Cosmos. Sin duda alguna, las células de aquel cerebro habían registrado múltiples secretos del Universo. Pero nosotros no podíamos enterarnos de ellos. El cerebro moría.
Utilizamos todos los medios de que disponíamos, desde los antibióticos hasta la intervención quirúrgica. Inútilmente.
En mi calidad de presidente del comité especial de la Academia de Ciencias, pregunté una vez más a mis colegas si habíamos hecho todo lo que estaba a nuestro alcance.
Nos encontrábamos en la pequeña sala de conferencias del Instituto. Estaba amaneciendo. Los sabios se habían sentado y permanecían silenciosos, rendidos de fatiga.
Nikonov se pasó la mano por el rostro y respondió con voz ronca:
–Todo.
Los otros asintieron.
Durante seis días, mientras vivieron las últimas células del cerebro, nos relevamos junto a él, sin interrumpir por un solo instante las observaciones. Resulta difícil enumerar todo lo que aprendimos. Pero lo más interesante fue el descubrimiento de la substancia utilizada para proteger los tejidos vivientes contra las radiaciones.
La nave cósmica tenía un casco relativamente delgado que los rayos cósmicos traspasaban con facilidad. Esta circunstancia nos impulsó, desde el primer momento, a buscar en las células del bio-autómata una substancia protectora. Y la encontramos. Una concentración ínfima de esa substancia sensibiliza al organismo contra las dosis más elevadas de radiaciones. En adelante, podríamos simplificar considerablemente la construcción de las naves cósmicas. Ya no sería necesario colocar los reactores atómicos detrás de pesadas pantallas protectoras, lo cual nos acercaba extraordinariamente a la era de las naves estelares atómicas.
El sistema de regeneración del oxígeno resultó también muy interesante. Durante años enteros, una colonia de algas desconocidas en la Tierra y que pesaban menos de un kilogramo habían absorbido regularmente el gas carbónico y desprendido el oxígeno que el cerebro necesitaba.
Hablo de los descubrimientos biológicos. Pero los realizados por los ingenieros serán todavía más importantes, sin duda. Tal como creía Astakhov, la nave cósmica llevaba un motor antigravitacional. No estoy en condiciones de entrar en detalles técnicos acerca de su construcción, pero puedo afirmar una cosa: los físicos tendrán que revisar a fondo sus conceptos sobre la naturaleza de la gravitación. La era de la técnica atómica dejará paso, probablemente, a la era de la técnica antigravitacional. Gracias a ella, los hombres controlarán energías y velocidades actualmente inconcebibles.
Los análisis nos revelaron que el casco de la nave estaba construido con una aleación de titanio y de berilio. Pero, a diferencia de las aleaciones ordinarias, estaba constituida por un solo cristal. Nuestros metales son, por así decirlo, una mezcla de cristales. Cada uno de los cristales, por separado, es sólido. Pero están unidos muy débilmente entre ellos. El metal del futuro estará formado por un solo cristal, muy sólido. Al modificar la red cristálica, será posible modificar sus propiedades ópticas, su resistencia, su conductibilidad.
Y, sin embargo, el descubrimiento más importante –hasta ahora no ha sido aún descifrado– se refiere al cerebro artificial de la nave cósmica. Los tres cables que colgaban del cilindro estaban conectados efectivamente con él por medio de un sistema bastante complicado. Gracias a ellos, durante seis días unos oscilógrafos muy sensibles pudieron registrar las corrientes del bio-autómata. No se parecían en nada a las biocorrientes del cerebro humano. Y pusieron de relieve toda la diferencia existente entre el cerebro artificial y un verdadero cerebro. En efecto, el cerebro de la nave cósmica no era más que una instalación cibernética en la cual unas células vivas desempeñaban el papel de lámparas. A pesar de toda su complejidad, era incomparablemente más simple, más especializado, por así decirlo, que el cerebro humano.
En seis días, se registraron millares de metros de oscilogramas. ¿Conseguiremos descifrarlos? ¿Qué nos revelarán? Tal vez la historia del viaje a través del Cosmos.
De momento, a propósito de esa piedra caída de las estrellas, son numerosos los que saben mucho, todos saben algo, pero nadie sabe lo suficiente. Sin embargo, llegará el día en que queden desvelados sus últimos secretos.
Y entonces, unos mensajeros terrestres, unas naves provistas de un motor antigravitacional, remontarán el vuelo hacia las inmensidades sin límites del Universo.
No serán conducidas por hombres. La vida humana es corta y el Universo infinito.
Serán conducidas por unos bio-autómatas. Las naves del futuro, después de millares de años de viaje, después de haber penetrado en las lejanas galaxias, regresarán a la Tierra, portadoras de la llama inextinguible del Saber.

RELATOS DE LOS MARES DEL SUR -- JACK LONDON

Escrito por imagenes 17-10-2008 en General. Comentarios (0)

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RELATOS DE LOS MARES DEL SUR -- JACK LONDON

RELATOS DE LOS MARES DEL SUR -- JACK LONDON
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Jack London
Relatos de los Mares del Sur
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Índice

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Koolau el leproso
El inevitable hombre blanco
Mauki
Las terribles Salomón
Las perlas de Parlay
En la estera de Makaloa
El diente de ballena
El chinago

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Koolau el leproso
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––Nos privan de la libertad porque estamos enfermos. Hemos acatado la ley. No hemos hecho nada malo. Y, sin embargo, nos encierran en una prisión. Molokai es una cárcel. Vosotros lo sabéis. Ahí tenéis a Niuli. Mandaron a su hermana a Molokai hace siete años. Desde entonces no ha vuelto a verla ni volverá a verla jamás. Seguirá allí hasta que muera. No por voluntad propia, ni por voluntad de Niuli, sino por voluntad de los blancos que gobiernan el país. Y ¿quiénes son esos blancos?
»Sí, lo sabemos. Nos lo han dicho nuestros padres y los padres de nuestros padres. Llegaron como corderos y con buenas palabras. No tenían más remedio que decir buenas palabras porque éramos muchos y fuertes y las islas eran nuestras. Como os digo, vinieron con buenas palabras. Los había de dos clases. Unos pidieron permiso, nuestro gracioso permiso, para predicar la palabra de Dios. Los otros solicitaron permiso, nuestro gracioso permiso, para comerciar. Aquello fue el comienzo. Hoy todas las islas son suyas. Las tierras, los rebaños, todo les pertenece. Los que predicaban la palabra de Dios y los que predicaban la palabra del ron se han unido y se han convertido en jefes. Viven como reyes en casas de muchas habitaciones con multitud de criados que les sirven. Los que no tenían nada, ahora son dueños de todo, y si vosotros, o yo, o cualquier canaca tiene hambre, fruncen el ceño y le dicen: ¿Por qué no trabajas? Ahí tienes las plantaciones.
Koolau hizo una pausa. Levantó la mano y con dedos sarmentosos y contrahechos alzó la guirnalda llameante de hibiscos que coronaba sus negros cabellos. La luz de la luna bañaba de plata la escena. Era una noche pacífica, aunque los que estaban sentados a su alrededor parecían supervivientes de una encarnizada batalla. Sus rostros eran leoninos. Aquí se abría un vacío donde antes hubiera una nariz, y allá surgía un muñón en el lugar de una mano. Eran hombres y mujeres, treinta en total, desterrados porque en ellos llevaban la marca de la bestia.
Estaban sentados, adornados con guirnaldas de flores, en medio de la noche perfumada y luminosa. Sus labios articulaban ásperos sonidos y sus gargantas aprobaban con gruñidos toscos las palabras de Koolau. Eran criaturas que una vez fueran hombres y mujeres, pero que habían dejado de serlo. Eran monstruos, caricaturas grotescas en el rostro y en el cuerpo de todo lo que caracteriza al ser humano. Horriblemente mutilados y deformes, semejaban seres torturados en el infierno a lo largo de milenios. Sus manos, si las tenían, eran como garras de arpías. Sus rostros eran anomalías, errores, formas machacadas y aplastadas por un dios furioso encargado de la maquinaria de la vida. Aquí y allá se adivinaban rasgos que aquel dios colérico casi había borrado. Una mujer lloraba lágrimas abrasadoras que brotaban de dos horribles pozos gemelos abiertos en el lugar que un día ocuparon los ojos. Unos cuantos de entre ellos padecían horribles dolores, y de sus pechos surgían gemidos roncos. Otros tosían con un crujido suave que recordaba el rasgar de un papel de seda. Dos de ellos eran idiotas, enormes simios desfigurados desde su factura de tal modo que un mono a su lado habría parecido un ángel. Hacían muecas y farfullaban a la luz de la luna, bajo coronas de flores doradas que comenzaban a perder su lozanía. Uno de aquellos seres, cuyo lóbulo hinchado ondeaba como un abanico sobre su hombro, arrancó una espléndida flor naranja y escarlata y decoró con ella la enorme oreja que aleteaba con cada movimiento de su cuerpo.
Sobre estas criaturas reinaba Koolau y aquéllos eran sus dominios, una garganta ahogada por las flores, una garganta sembrada de riscos y peñascos, de la que surgían, para quedar después flotando en el espacio, los balidos de las cabras salvajes. La cerraban por tres lados murallas de roca festoneadas con fantásticos cortinajes de vegetación tropical y horadadas por entradas a cuevas, guaridas de los súbditos de Koolau. En dirección al mar el suelo se despeñaba hacia un tremendo abismo del que sobresalían, allá abajo, crestas de picos y peñascos en torno a cuyas bases espumeaba y rugía el oleaje del Pacífico.
Con buen tiempo los barcos podían arribar a la playa rocosa que marcaba la entrada al Valle de Kalalau, pero muy bueno había de ser el tiempo para ello. Y un montañero experto podía quizá trepar desde la playa hasta lo más profundo del valle, hasta la cavidad rodeada de riscos donde reinaba Koolau, pero experto en extremo había de ser el montañero y muy bien tenía que conocer aquellos senderos agrestes. Lo asombroso era que los súbditos de Koolau, aquella escoria humana, hubieran sido capaces de arrastrar su inútil miseria por caminos vertiginosos para llegar a aquel lugar inaccesible.
––Hermanos ––comenzó Koolau.
Pero una de aquellas aberraciones simiescas y quejumbrosas emitió en aquel momento una risa salvaje de demente, y Koolau se interrumpió hasta que el eco de la desenfrenada carcajada, tras rebotar en las murallas rocosas, fue a perderse en la distancia a través de la noche sin pulso.
––Hermanos, ¿no os parece raro? Nuestras eran las tierras y he aquí que ya no son nuestras. ¿Qué nos dieron a cambio los que predicaban la palabra de Dios y del ron? ¿Alguno de vosotros ha recibido un dólar, un dólar siquiera, por sus propiedades? Y, sin embargo, ahora todo les pertenece a ellos y a cambio nos dicen que podemos ir a trabajar la tierra, sus tierras, y que lo que produzcamos con nuestro trabajo será suyo. Antes ni siquiera teníamos que trabajar, y ahora, cuando estamos enfermos, nos quitan la libertad.
––¿Quién trajo nuestro mal, Koolau? ––preguntó Kiloliana, un hombre seco y nervudo de rostro tan semejante al de un fauno reidor que lo natural habría sido ver pezuñas hendidas bajo su cuerpo. Y eran hendidos sus pies, es cierto, pero las hendiduras eran úlceras y putrefacciones vivas. Y, sin embargo, aquél era Kiloliana, el trepador más osado de todos, el hombre que conocía los senderos de cabras y que había guiado a Koolau y a sus maltrechos seguidores hasta los escondrijos más recónditos de Kalalau.
––Buena pregunta ––respondió Koolau––. No quisimos trabajar los campos de caña de azúcar en que una vez pastaron nuestros caballos y por eso trajeron esclavos chinos de allende los mares. Y con ellos llegó el mal que nosotros padecemos y por el cual nos encierran en Molokai. Nacimos en Kauai. Hemos estado en otras islas, en Oahum, en Mauim, en Hawai, en Honolulú, y, sin embargo, hemos vuelto a Kauai. ¿Por qué? Tiene que haber un motivo. Y es que amamos esta tierra. Hemos nacido aquí y aquí hemos vivido. Y moriremos aquí a menos... a menos que haya débiles de corazón entre nosotros. A ésos no los queremos. Para ellos se ha hecho Molokai. Si es que aquí hay algún cobarde, que no siga entre nosotros. Mañana desembarcarán los soldados. Que bajen a su encuentro los tímidos de corazón. Los enviarán inmediatamente a Molokai. Los demás nos quedaremos y lucharemos. Y sabed que no hemos de morir. Tenemos rifles. Conocéis los angostos senderos por los que han de trepar los hombres, uno a uno. Yo, Koolau, que fui una vez vaquero en Niihau, puedo defender el paso solo contra un millón de hombres. Escuchad a Kapalei, que fue juez y hombre de honor y hoy no es más que una rata acosada como vosotros. Oídle. Es un hombre sabio.
Kapalei se levantó. Había sido juez, había estudiado en la Universidad de Punahou y se había sentado a la mesa con caballeros, con jefes y con los representantes de potencias extranjeras que protegían los intereses de comerciantes y misioneros. Tal había sido Kapalei. Pero ahora, como acababa de decir Koolau, no era más que una rata acosada, una criatura fuera de la ley, tan hundida en el cenagal del horror que se hallaba por encima, tanto como por debajo, de la legalidad. En su rostro no quedaban más rasgos que unos profundos orificios y dos ojos sin párpados que ardían bajo unas cejas lampiñas.
––No busquemos pendencia ––comenzó––. Les hemos pedido que nos dejen vivir en paz. Si no lo hacen, la culpa será suya y suyo será el castigo. No tengo dedos, como veis ––alzó los muñones que habían sustituido a sus manos para que los vieran todos––, pero me queda la falange de un pulgar que puede apretar un gatillo con la misma firmeza con que disparaba su vecino desaparecido. Amamos Kauai. Vivamos o muramos aquí, pero no vayamos nunca a la prisión de Molokai. Esta enfermedad no es nuestra. No hemos pecado. Los hombres que predicaban la palabra de Dios y los que predicaban la palabra del ron trajeron este mal con los esclavos chinos que trabajan las tierras robadas. He sido juez. Conozco esta tierra y conozco la justicia y os digo que es injusto robar a un hombre, que es injusto hacerle contraer el mal chino y confinarle luego en una prisión para el resto de sus días.
––La vida es corta y las horas están llenas de dolor ––dijo Koolau––. Bebamos, bailemos y seamos lo más felices que podamos.
De uno de los cubiles rocosos sacaron calabazas, llenas de la ardiente destilación de la raíz del ti, que circularon entre los reunidos. Y en tanto que el fuego líquido maldecía al atravesar sus cuerpos y trepaba a sus cerebros, aquellas criaturas olvidaron que habían dejado de ser hombres y mujeres porque otra vez se consideraron tales. La que lloraba lágrimas ardientes que brotaban de simas abiertas en el lugar de los ojos se sentía indudablemente una mujer vibrante de vida mientras pulsaba las cuerdas de un ukulle y elevaba su voz en una bárbara llamada de amor semejante a la que debió de surgir de las profundidades del bosque en los albores de la humanidad. El aire se estremecía con su lamento suavemente imperioso y seductor. Sobre una estera, siguiendo el ritmo de la canción, bailaba Kiloliana. No cabía duda. El amor danzaba en todos sus movimientos, y al poco le acompañaba una mujer de amplias caderas y pechos generosos desmentidos por un rostro corrompido por la lepra. Era aquélla la danza de los muertos vivos, porque la vida seguía amando y anhelando en sus cuerpos en desintegración. Siguió la mujer cuyos ojos sin vida lloraban lágrimas ardientes entonando un lamento de amor, siguieron los bailarines danzando su amor en la noche templada y siguieron circulando las calabazas hasta que llegaron reptando a todos los cerebros los gusanos de la memoria y el deseo. A la mujer que bailaba sobre la estera se le unió una doncella de rostro hermoso e incólume, pero cuyos brazos sarmentosos, que subían y bajaban, revelaban la violencia de su mal. Y los dos idiotas, farfullando y articulando sonidos extraños, danzaban aparte grotescos, fantásticos, caricaturizando el amor del mismo modo que la vida les había transformado a ellos en caricatura.
Pero el lamento de amor de la mujer se quebró a medio camino. Bajaron las calabazas e interrumpieron su danza los bailarines mientras dirigían la vista al abismo marítimo donde un cohete fulguraba, como un fantasma pálido, a través del aire iluminado por la luna.
––Son los soldados ––dijo Koolau––. Mañana habrá pelea. Conviene que durmamos y estemos preparados.
Los leprosos obedecieron y se arrastraron hacia sus guaridas hasta que Koolau quedó solo, sentado inmóvil a la luz de la luna con el rifle cruzado sobre las rodillas mirando hacia abajo, a lo lejos, a los barcos que llegaban a la playa.
El fondo del Valle de Kalalau constituía un refugio inmejorable. Excepto Kiloliana, que conocía hasta el último sendero de las escarpadas laderas, nadie podía llegar hasta el valle si no era atravesando un paso de unas cien yardas de longitud y a lo más doce pulgadas de anchura. A ambos lados se abría el abismo. Un solo resbalón y el que pretendía atravesarlo caía a la derecha o a la izquierda hacia una muerte segura. Pero si lograba salvar esa distancia, llegaba a un paraíso terrenal. Un mar de vegetación bañaba el paisaje cubriendo con verde oleada el valle entero de un extremo a otro, goteando en masas de vides desde las alturas y arrojando a las innumerables concavidades rocosas salpicaduras de líquenes y helechos. Durante los muchos meses del reinado de Koolau, él y sus seguidores habían luchado por contener ese mar vegetal. A fuerza de trabajo habían logrado detener el avance de aquella jungla asfixiante y del aluvión de flores, de forma que no arrasara los bananos, los naranjos y los mangos que se daban espontáneamente. En los claros crecía la mandioca, en las terrazas rocosas rellenas con tierra había sembrados de taro y de melones, y en los espacios abiertos, allá donde llegaba la luz del sol, se elevaban árboles de papaya cargados de fruta dorada.
Koolau se había visto empujado a ese refugio desde el valle vecino a la playa. Y si le echaban de allí, sabía aún de otras gargantas ocultas entre marañas de picos, sabía de fortalezas recónditas hasta las que podía conducir a sus súbditos y continuar viviendo. Pero ahora estaba echado en el suelo, con el rifle a su lado, vigilando a través de una pantalla de follaje a los soldados de la playa. Reparó en que iban armados con enormes máquinas de guerra en cuya superficie se reflejaba el sol como en un espejo. Frente a él se hallaba el paso, angosto como filo de cuchillo, y desde el lugar en que estaba apostado veía motitas que eran hombres trepar por el sendero que conducía hasta donde él se hallaba. Sabía que no eran soldados, sino policías. Cuando ellos fracasaran, el ejército entraría en acción.
Pasó cariñosamente una mano contrahecha sobre el cañón de su rifle y se aseguró de que la mira estaba limpia. Había aprendido a tirar cuando cazaba ganado salvaje en Niihau y aún se recordaba en esa isla su certera puntería. Conforme las motitas se acercaban, calculó la distancia, la dirección del viento que soplaba en ángulo recto sobre la linea de fuego, y la posibilidad de tirar demasiado alto al objetivo que se hallaba por debajo de donde él se encontraba. No dio a conocer su presencia hasta que los hombres llegaron al extremo del pasaje. Aun entonces no salió de su escondite, sino que habló desde la espesura.
––¿Qué queréis? ––preguntó.
––Buscamos a Koolau, el leproso ––respondió el hombre que dirigía a los policías nativos, un americano de ojos azules.
––Volved atrás ––dijo Koolau.
Conocía a aquel hombre, el sheriff de la isla, porque era él quien le había acosado hasta expulsarle de Niihau, quien le había obligado a atravesar Kauai hasta el Valle de Kalalau, quien le había forzado a retroceder hasta la garganta.
––¿Quién eres? ––preguntó el sheriff.
––Soy Koolau, el leproso ––fue la respuesta.
––Sal entonces. Venimos por ti. Ofrecen una recompensa de mil dólares por tu captura, vivo o muerto. No puedes escapar.
Koolau rió en voz alta en medio de la espesura.
––¡Sal! ––ordenó el sheriff, pero sólo le respondió el silencio.
Conferenció con los policías, y Koolau vio que se disponían a atacarle.
––Koolau ––gritó el sheriff––. Voy a cruzar el paso para capturarte.
––Pues antes de hacerlo, mira bien a tu alrededor. Mira el sol, el mar y el cielo porque será la última vez que los contemples.
––No me asustas, Koolau ––dijo el sheriff en tono conciliador––. Sé que tienes una puntería infalible. Pero no dispararás sobre mí. Nunca he sido injusto contigo.
Koolau gruñó en la espesura.
––Te digo que nunca he sido injusto contigo, y ¿no es verdad? ––insistió el sheriff.
––Eres injusto conmigo cuando tratas de encerrarme en una prisión ––fue la respuesta––. Y eres injusto conmigo cuando intentas ganarte los mil dólares de recompensa que ofrecen por mi cabeza. Si quieres vivir, quédate donde estás.
––Tengo que cruzar el paso y apresarte. Lo siento, pero es mi deber.
––Morirás antes de atravesarlo.
El sheriff no era un cobarde. Y, sin embargo, dudó. Miró al vacío que se abría a sus pies y recorrió con la vista el paso que debía atravesar, estrecho como filo de cuchillo. Luego se decidió.
––¡Koolau! ––exclamó.
Pero la espesura permaneció en silencio. ––Koolau, no dispares. Voy para allá.
El sheriff se volvió. Dio unas cuantas órdenes a los policías y emprendió el peligroso camino. Avanzó lentamente. Era como andar sobre la cuerda floja. No podía apoyarse sino en el aire. El suelo de lava se desmoronaba bajo sus pies y los fragmentos de roca se precipitaban a ambos lados hacia el abismo. El sol ardía sobre su cabeza y su rostro estaba húmedo de sudor. Aun así siguió avanzando hasta que llegó a la mitad del camino.
––¡Deténte! ––le ordenó Koolau desde la espesura––. ¡Un paso más y disparo!
El sheriffse tambaleó en busca de equilibrio y al fin quedó en pie, inmóvil, sobre el vacío. Estaba pálido, pero en sus ojos se leía una firme decisión. Se humedeció los labios con la lengua antes de hablar.
––Koolau, no dispararás. Sé que no lo harás.
Echó a andar de nuevo. La bala le obligó a dar media vuelta. Mientras giraba sobre sí mismo antes de caer, apareció en su rostro una expresión de quejumbrosa sorpresa. Quiso salvarse tratando de arrojarse de través sobre el estrecho pasaje, pero en aquel mismo instante conoció la muerte. Al segundo siguiente, el paso estaba vacío. Entonces dio comienzo el ataque. Cinco policías echaron a correr en fila india por el estrecho sendero en soberbio equilibrio. En aquel mismo instante, el resto del destacamento abrió fuego sobre la espesura. Reinó la locura. Cinco veces apretó Koolau el gatillo con tal rapidez que los cinco disparos parecieron un solo sonido. Cambiando de posición y agazapándose bajo las balas que mordían y silbaban a través de la maleza, se asomó al exterior. Cuatro policías habían seguido al sheriff. El quinto había caído atravesado sobre el filo rocoso y continuaba vivo. Al otro lado seguían los policías restantes, que habían dejado de disparar. Allá donde se hallaban, sobre la roca desnuda, no cabía esperanza para ellos. Antes de que hubieran logrado bajar a gatas la escarpada ladera, Koolau habría podido eliminar hasta el último hombre. Pero no disparó, y uno de los policías, después de conferenciar con sus compañeros, sacó una camiseta blanca y la hizo ondear en el aire a modo de bandera. Seguido por uno de sus compañeros, avanzó a través del angosto pasaje hasta llegar junto al herido. Koolau no dio señales de vida, pero les vio alejarse lentamente y convertirse poco a poco en puntitos conforme descendían hasta el valle vecino a la playa.
Dos horas después, y oculto tras otro arbusto, vio cómo un destacamento de policías trataba de efectuar el ascenso por el lado opuesto del valle. Vio huir a las cabras salvajes ante ellos mientras subían y subían hasta que, dudando de su discernimiento, llamó a Kiloliana, que llegó trepando a colocarse a su lado.
––No podrán. Es imposible ––dijo Kiloliana.
––¿Y las cabras? ––preguntó Koolau.
––Vienen desde el valle vecino, pero no pueden pasar a éste. Es imposible. Y esos hombres no pueden saber más que las cabras. Caerán y morirán. Mirémosles.
––Son valientes ––dijo Koolau––. Mirémosles.
Siguieron tendidos en el suelo, el uno junto al otro, entre las campanillas y bajo una lluvia de flores amarillas de hau, mirando aquellas motitas que eran hombres trepar trabajosamente ladera arriba hasta que lo que tenía que pasar pasó y tres de ellos cayeron resbalando, rodando, patinando, de un reborde del barranco y se despeñaron desde una altura de mil pies.
Kiloliana soltó una risa ahogada.
––No nos molestarán más ––dijo.
––Tienen máquinas de guerra ––fue la respuesta de Koolau––. Los soldados no han hablado todavía.
En la tarde somnolienta, la mayoría de los leprosos dormían en sus cubiles rocosos. Koolau, con el rifle, limpio y preparado, sobre las rodillas, dormitaba a la entrada de su propia guarida. La mujer de los brazos contrahechos vigilaba allá abajo, desde la espesura, el estrecho pasaje. De pronto sobresaltó a Koolau el sonido de una explosión. Un instante después el estruendo despedazaba increíblemente la atmósfera. Aquel ruido terrible le asustó. Era como si todos los dioses a una hubieran tomado en sus manos la cobertura del cielo y la rasgaran como rasga una mujer una sábana de algodón. Pero era aquél un desgarrar inmenso, que se acercaba a toda velocidad. Koolau levantó la vista con aprensión, como esperando ver las consecuencias de aquel estruendo. De pronto, en el pico que se elevaba por encima de su cabeza, una granada estalló con un surtidor de humo negro. La roca voló en mil pedazos y los fragmentos cayeron al pie de la cresta.
Koolau se pasó una mano por la frente sudorosa. Estaba terriblemente alterado. Nunca había presenciado un bombardeo y lo juzgó más horrible de lo que nunca habría imaginado.
––Una ––dijo Kapalei aplicándose de pronto a la tarea de llevar la cuenta.
Una segunda y una tercera granadas pasaron rugiendo por encima de la muralla rocosa y estallaron fuera de su vista. Kapalei seguía contando metódicamente. Los leprosos se apiñaron en un claro ante las cuevas. Al principio estaban aterrados, pero al ver que las granadas continuaban volando por encima de sus cabezas se tranquilizaron y comenzaron a admirar el espectáculo. Los dos idiotas se estremecían de placer y hacían cabriolas con cada proyectil que veían pasar atormentando el aire. Koolau empezó a recuperar la confianza. No les hacían ningún daño. Era evidente que las granadas no podían lanzarse a tal distancia con la precisión de una bala.
Pero de pronto cambió la situación. Las granadas comenzaron a caer cortas. Una de ellas estalló en la espesura, cerca del angosto pasaje de roca. Koolau recordó a la muchacha que estaba allí apostada y bajó corriendo a ver qué había sucedido. Los arbustos seguían humeando mientras él se arrastraba por debajo del follaje. Lo que vio le dejó atónito. Las ramas estaban rotas y astilladas. Donde antes estuviera la muchacha, había un hueco abierto en el suelo. Su cuerpo estaba despedazado. El proyectil había estallado justo encima de ella.
Tras asomarse entre la espesura para comprobar que ninguno de los soldados trataba de cruzar el paso, Koolau echó a correr hacia las cuevas. Las granadas seguían gimiendo, aullando, chillando, y el valle retumbaba y reverberaba con el ruido de las explosiones. Cuando estuvo lo bastante cerca de las cuevas, vio a los dos idiotas haciendo cabriolas, cogidos de las manos con los dedos amuñonados. Aún corría cuando un surtidor de humo se elevó del suelo muy cerca de los idiotas. La explosión los lanzó en direcciones opuestas. Uno de ellos quedó inmóvil, pero el otro reptó con ayuda de las manos hacia su cueva. Remolcaba tras él sus piernas inútiles mientras la sangre brotaba de su cuerpo. Conforme se arrastraba, gemía como un cachorro. El resto de los leprosos, a excepción de Kapalei, había huido al interior de las cavernas.
––Diecisiete ––dijo Kapalei––. Dieciocho ––añadió después. La última granada había penetrado en una de las cuevas. Ante aquella explosión se vaciaron automáticamente todas las guaridas, pero de aquella que había alcanzado el proyectil no salió nadie. Koolau se adentró en ella reptando a través del humo acre y picante. Cuatro cuerpos horriblemente mutilados yacían en el interior. Uno de ellos era el de la mujer ciega, cuyas lágrimas no habían cesado hasta entonces.
En el exterior, Koolau halló a sus súbditos presas de pánico. Habían empezado a trepar por el sendero de cabras que conducía al exterior de la garganta, hacia el revoltijo de crestas y simas. El idiota herido trataba de seguirlos gimiendo débilmente y arrastrándose con la fuerza de sus manos. Pero al llegar a la primera pendiente le dominó su impotencia y resbaló.
––Será mejor matarle ––dijo Koolau a Kapalei, que seguía sentado en el mismo lugar.
––Veintidós ––respondió Kapalei––. Sí, será mejor matarle. Veintitrés. Veinticuatro.
El idiota lanzó un quejido agudo al ver el rifle que le apuntaba. Koolau dudó y bajó el arma.
––No puedo hacerlo ––dijo.
––No seas estúpido. Veintiséis. Veintisiete ––dijo Kapalei––. Déjame a mí.
Se levantó y se acercó a la criatura herida con un pedrusco en la mano. En el momento en que levantaba los brazos para asestar el golpe, una granada estalló de lleno sobre su cuerpo librándole de la necesidad de actuar y poniendo, al mismo tiempo, fin a su cómputo.
Koolau estaba solo en la garganta. Vio a los últimos de sus súbditos arrastrar sus cuerpos mutilados sobre la cresta de la montaña y desaparecer al otro lado. Se volvió y bajó hasta los arbustos donde había muerto la muchacha. Continuaban lloviendo las granadas, pero él permaneció allá abajo porque desde aquel lugar veía trepar a los soldados. Un proyectil estalló a veinte pies de donde él se hallaba y, aplastado contra el suelo, oyó volar los fragmentos por los aires. Un chaparrón de flores de hau cayó sobre su cuerpo. Levantó la cabeza para mirar hacia el sendero y suspiró. Tenía mucho miedo. Las balas de los rifles no le asustaban, pero el bombardeo de granadas le resultaba abominable. Cada vez que una de ellas pasaba junto a él, Koolau se encogía, se estremecía, se agazapaba, pero una y otra vez volvía a incorporarse para mirar al sendero.
Al fin cesó el bombardeo. Debía de ser, dedujo, porque los soldados se estaban acercando. Reptaban por el camino en fila india, y trató de calcular su número hasta que perdió la cuenta. Eran, en cualquier caso, unos cien los que se aproximaban, todos ellos en busca de Koolau el leproso. Sintió un fugaz aguijonazo de orgullo. Venían por él, policías y soldados, con rifles y máquinas de guerra, por él, un hombre solo y, por añadidura, un despojo. Ofrecían mil dólares por su captura, vivo o muerto. En toda su vida no había poseído tanto dinero. Fue aquél un pensamiento amargo. Kapalei tenía razón. Él, Koolau, no había hecho nunca nada malo. Los haoles habían traído a coolies chinos porque necesitaban mano de obra para trabajar las tierras robadas, y con ellos había llegado el mal. Y ahora, sólo porque lo había contraído, valía un millar de dólares. Pero no, él no. Lo que valía todo ese dinero era su cuerpo inútil, podrido por la enfermedad o muerto por la explosión de una granada.
Cuando los soldados llegaron al paso estrecho como filo de cuchillo, estuvo a punto de avisarles. Pero su mirada fue a dar en los restos de la mujer asesinada y guardó silencio. Cuando ya seis hombres se habían aventurado a cruzar el paso, abrió fuego y no cesó de disparar hasta que lo vio desierto. Volvió a cargar el arma y disparó de nuevo. Luego siguió disparando. Todos los agravios recibidos ardían en su cerebro abrasándole en fiebre de venganza. A lo largo del agreste sendero que descendía a la playa, los soldados respondían con sus armas y, aunque estaban tendidos en el suelo y trataban de ocultarse tras ligeras irregularidades de la superficie rocosa, eran dianas perfectamente expuestas a sus disparos. Las balas silbaban y caían con un ruido sordo en torno a él. Alguna que otra rebotaba en la piedra cruzando el aire con un silbido agudo. Una de ellas abrió un surco somero en su cuero cabelludo y otra pasó abrasando, rozándole el omoplato sin rasgarle la piel.
Fue aquélla una masacre en la que un hombre solo causó todas las muertes. Los soldados empezaron a retirarse remolcando a sus heridos. Mientras Koolau seguía disparando sobre ellos, llegó a su olfato un olor a carne chamuscada. Miró a su alrededor, y al poco descubrió que procedía de sus propias manos. Era el calor del rifle. La lepra había destruido la mayor parte de los nervios de sus extremidades, y, aunque su propia carne se abrasaba y él sentía el olor, no experimentaba la menor sensación.
Siguió tumbado en el suelo entre la espesura, sonriendo, hasta que recordó las máquinas de guerra. Sin duda volverían a hacer fuego y, esta vez, los proyectiles irían dirigidos al matorral desde el cual había disparado. Apenas se había trasladado a un escondrijo formado por un pequeño reborde de la muralla rocosa, un lugar adonde no alcanzaban las granadas, cuando volvió a comenzar el bombardeo. Contó los proyectiles. Sesenta cayeron en el interior de la garganta antes de que dejaran de retumbar los morteros. La diminuta zona estaba de tal modo acribillada que parecía imposible que criatura alguna pudiera haber sobrevivido. Eso pensaron evidentemente los soldados, pues de nuevo comenzaron a trepar por el sendero de cabras bajo el sol ardiente de la tarde. Y de nuevo les fue disputado y de nuevo retrocedieron hasta la playa.
Dos días más defendió Koolau el paso, a pesar de que los soldados se complacían en arrojar granadas a su escondite, hasta que al fin Pahau, un niño leproso, subió al pico rocoso que se alzaba al fondo de la garganta y le gritó que Kiloliana había muerto de una caída, que las mujeres estaban asustadas y no sabían qué hacer. Koolau le ordenó que bajara y le prestó un fusil con que defender el paso. Halló a sus súbditos descorazonados. La mayoría eran incapaces de procurarse alimento bajo tan adversas circunstancias y se morían de simple inanición. Eligió a dos mujeres y a un hombre, no excesivamente minados por el mal, y les envió a la garganta para que subieran comida y esteras. Animó y consoló al resto hasta que todos, incluso los más débiles, colaboraron en la construcción de toscos refugios.
Pero los que habían ido en busca de comida no regresaban, y Koolau emprendió el camino a la garganta. Al llegar a la cresta de la montaña, rugieron media docena de rifles. Una bala atravesó la parte carnosa de su hombro y una lasca de roca le cortó la mejilla cuando un segundo proyectil fue a estrellarse contra la ladera. Al retroceder de un salto en el momento en que esto ocurrió, vio que el desfiladero estaba lleno de soldados. Sus propios súbditos le habían traicionado. Incapaces de soportar por más tiempo el bombardeo, habían preferido la prisión de Molokai.
Koolau retrocedió y se deshizo de una de sus pesadas cartucheras. Tendido entre las rocas, esperó a que la cabeza y los hombros del primer soldado aparecieran ante su vista y entonces apretó el gatillo. Dos veces disparó, y al fin, tras una pausa, en lugar de una cabeza y unos hombros apareció sobre el reborde de piedra una bandera blanca.
––¿Qué buscas? ––preguntó.
––A ti, si es que eres Koolau el leproso ––respondió una voz. Koolau se olvidó de dónde estaba, se olvidó de todo y, tendido sobre la roca, se maravilló ante la extraña insistencia de aquellos haoles dispuestos a imponer su voluntad aunque se hundiera el mundo. Sí. Impondrían su voluntad a todos los hombres y a todas las cosas aunque les fuera la vida en ello. Y no pudo sino admirar ese tesón, esa voluntad que era más fuerte que la vida y que plegaba todas las cosas a su mandato. Estaba convencido de la inutilidad de su lucha. Era imposible resistirse a la terrible voluntad de los haoles. Aunque matara a mil de ellos, se levantarían tantos como las arenas del mar y se lanzarían sobre él cada vez en mayor número. No sabían entender la derrota. Ése era su defecto y ésa era su virtud. Y ahí era donde fracasaban los de su propia raza. Ahora comprendía al fin cómo un puñado de predicadores de la palabra de Dios y de la palabra del ron se habían apoderado de todas sus tierras. Era porque...
––Bueno, ¿qué dices? ¿Te rindes?
Un hombre invisible hablaba bajo la bandera blanca. Allí estaba, como todos los haoles, empeñado en un propósito concreto.
––Hablemos ––dijo Koolau.
La cabeza y los hombros del hombre blanco se elevaron por encima de la roca. Luego siguió el cuerpo entero. Era un joven de rostro lampiño y ojos azules, esbelto y pulcro dentro de su uniforme de capitán. Avanzó hasta que Koolau le dio el alto y se sentó a una docena de pasos de él.
––Eres un hombre valiente ––dijo el leproso meditabundo––. Podría aplastarte como a una mosca.
––No. No podrías ––fue la respuesta.
––¿Por qué no?
––Porque, aunque malo, eres un hombre, Koolau. Conozco tu historia. Tú matas con justicia.
Koolau gruñó, secretamente halagado.
––¿Qué habéis hecho con mi gente? ––preguntó––. Con el niño, las dos mujeres y el hombre.
––Se han entregado, como vengo a pedirte que hagas tú también.
Koolau rió incrédulo.
––Soy un hombre libre ––anunció––. No he hecho nada malo. He vivido libre y moriré libre. No me entregaré jamás.
––Entonces tus seguidores son más prudentes que tú ––respondió el joven capitán––. Mira, ahí vienen.
Koolau se volvió y vio acercarse al resto de su partida. Venían arrastrando su miseria, gimiendo y suspirando, en horrible procesión. Y aun tuvo que saborear Koolau una amargura más honda, pues al pasar junto a él le lanzaron insultos e imprecaciones. La tarasca jadeante que cerraba la marcha se detuvo a su lado, extendió las esqueléticas garras de arpía y, agitando su cabeza poseída por la muerte, le lanzó una maldición. Uno por uno descendieron la montaña y se entregaron a los soldados ocultos.
––Ahora puedes irte ––dijo Koolau al capitán––. Yo nunca me rendiré. Es mi última palabra. Adiós.
El capitán se deslizó sobre la roca, ladera abajo, para unirse a sus soldados. Un momento después, y sin bandera de tregua, izó su gorra ensartada en la vaina de la espada y Koolau la atravesó con una bala. Aquella misma tarde le obligaron a retroceder bombardeándole con granadas desde la playa y le empujaron hasta los refugios más lejanos.
Durante seis semanas le siguieron de escondrijo en escondrijo sobre picos volcánicos y senderos de cabras. Cuando se ocultó en la jungla, formaron líneas de batidores y le acosaron, como a un conejo, entre los guayabos y los arbustos de lantana. Pero una y otra vez, él volvía atrás, esquivaba, escapaba. No había modo de acorralarle. Cuando el enemigo se acercaba, su rifle certero volvía a alejarlos, y los soldados transportaban sus heridos, sendero abajo, hasta la playa. Otras veces eran ellos los que disparaban cuando su cuerpo bronceado aparecía por un camino entre la maleza. En un momento determinado, cinco de ellos le sorprendieron al descubierto en un sendero de cabras. Vaciaron entonces sus rifles sobre Koolau mientras él se alejaba cojeando, trepando por el vertiginoso camino. Hallaron después allí manchas de sangre y supieron que estaba herido. Al cabo de seis semanas, se dieron por vencidos. Los soldados y los policías volvieron a Honolulú y todo el Valle de Kalalau quedó para uso exclusivo de Koolau, aunque de vez en cuando algún cazador de cabezas, para su desgracia, se aventuraba a seguirle.
Dos años después Koolau se arrastró, por último, al interior de la espesura y se tendió en el suelo entre las hojas de ti y las flores de jengibre. Libre había vivido y libre iba a morir. Comenzaba a caer una ligera llovizna, y se echó una manta andrajosa sobre la ruina informe de sus miembros. Llevaba puesto un abrigo de tela impermeable. Sobre su pecho depositó el máuser deteniéndose antes un momento a limpiar afectuosamente la humedad del cañón. En la mano con que lo secó no quedaba un solo dedo con que apretar el gatillo.
Cerró los ojos, porque de la debilidad de su cuerpo y la vertiginosa confusión de su cerebro había deducido que su fin estaba cerca. Como un animal salvaje, se ocultaba para morir. Semiconsciente, vagamente a la deriva, revivió su juventud transcurrida en Niihau. Conforme la vida se desvanecía y el gotear de la lluvia llegaba cada vez más débilmente a sus oídos, se vio una vez más en el mejor momento de la doma de caballos, sintió los potros rebeldes encabritándose y corcoveando bajo su cuerpo, atados los estribos sobre el vientre, y se encontró cabalgando salvajemente por el cercado haciendo saltar la empalizada a los vaqueros. Un instante después, y con aparente naturalidad, se halló persiguiendo toros bravos en las praderas altas, cazándolos a lazo ybajándolos a los valles. Y el sudor y el polvo de la dehesa donde marcaban a los animales volvieron a picarle en los ojos y penetraron de nuevo en su nariz.
Y aquella juventud espléndida, total, volvió a ser suya hasta que las agudas punzadas de una disolución inevitable le atrajeron ala realidad. Levantó las manos monstruosas y las miró asombrado. ¿Cómo? ¿Qué razón había? ¿Por qué motivo se había transformado en esto toda la fuera de su indomable juventud? Y entonces recordó, una vez y sólo por un momento, que era Koolau el leproso. Sus párpados aletearon cansados y el gotear de la lluvia cesó para sus oídos. Un prolongado temblor se apoderó de su cuerpo. También el temblor cesó. Levantó apenas la cabeza y volvió a dejarla caer. Luego sus ojos se abrieron para no cerrarse más. El último pensamiento lo dedicó a su máuser que se apretó contra el pecho con sus manos enlazadas y sin dedos.
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El inevitable hombre blanco
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––Mientras el negro sea negro y el blanco sea blanco, ni el blanco entenderá al negro, ni el negro al blanco.
Así hablaba el capitán Woodward. Nos hallábamos en Apia, sentados en el salón de la taberna de Charley Roberts y bebiendo Abú––Hameds preparados por el susodicho tabernero que decía haber heredado la receta directamente de Steevens, el Steevens famoso por haber inventado esa bebida en los días en que le espoleaba la sed del Nilo, autor de Con Kitchener a Jartum y muerto en el asedio de Ladysmith.
El capitán Woodward, bajito, rechoncho y de avanzada edad, quemado por cuarenta años de sol tropical y dotado de los ojos castaños más hermosos que haya visto jamás en el rostro de un hombre, hablaba cargado de experiencia. La complicada red de cicatrices que adornaba su pelada mollera hablaba de una intimidad con el negro lograda a base de recibir hachazos, una intimidad que revelaba asimismo el lado derecho de su cuello, por delante, por detrás, y más exactamente en el lugar por donde había entrado una flecha que él mismo se había extraído por el lado contrario. En el momento en que aquello sucedió, según explicaba él mismo, llevaba bastante prisa, y como el dardo le impidiera correr, había decidido no detenerse a romper la punta, sino sacarlo siguiendo la dirección con que había entrado. Era ahora capitán del Savaü, un vapor que reclutaba trabajadores en las islas del oeste para llevarlos a las plantaciones alemanas de Samoa.
––La mitad del conflicto se debe a la estupidez de los blancos ––dijo Roberts, haciendo una pausa para beber unos sorbos de Abú-Hameds y maldecir en términos afectuosos al camarero samoano––. Si se molestaran un poco en entender cómo piensan los negros, la mayoría de los problemas podrían evitarse.
––He conocido a unos cuantos que decían comprender a los negros ––respondió el capitán––, y he comprobado que han sido siempre los primeros en terminar kaí-kai (comidos). Ahí tiene a los misioneros de Nueva Guinea y de las Nuevas Hébridas, a los de la isla mártir de Erromanga y a todos los demás. Recuerde lo que ocurrió a los miembros de aquella expedición austríaca que descuartizaron en las Salomón, en las selvas de Guadalcanal, y a tantos comerciantes que, con veinte años de experiencia a sus espaldas, presumían de que no había quien pudiera con ellos y cuyas cabezas adornan hoy las casas––canoas de los nativos. Ahí tiene también el caso de Johnny Simons. Veintiséis años llevaba recorriendo las costas de la Melanesia. Juraba que leía en los nativos como en un libro abierto y que jamás acabarían con él, y, sin embargo, murió en la laguna Marovo de Nueva Georgia. Le cortaron la cabeza un par de negros, una Mary (mujer) y un viejo al que sólo le quedaba una pierna porque la otra se la había dejado en la boca de un tiburón mientras pescaba en aguas previamente dinamitadas. Y recuerde a Billy Watts, famoso por sus matanzas de nativos y hombre capaz de asustar al mismísimo demonio. Aún me acuerdo de cuando atracó en Cabo Little, en Nueva Irlanda, y le robaron medio cajón de tabaco que le había costado, como mucho, tres dólares y medio. En venganza volvió, mató a seis negros, destrozó sus canoas de guerra y quemó dos de sus aldeas. Y fue allí mismo, en Cabo Little, donde le atacaron cuatro años después cuando se hallaba con cincuenta bukus que había llevado con él para pescar cohombro de mar. A los cinco minutos estaban todos muertos, a excepción de tres hombres que huyeron en una canoa. No me venga con historias. La misión del hombre blanco es colonizar el mundo, y bastante tiene con eso. ¿Cree que le queda tiempo para entender a los negros?
––Eso es cierto ––dijo Roberts––, y, por otra parte, tampoco parece que le sea muy necesario. Precisamente la estupidez de los blancos está en proporción directa con el éxito que han tenido en colonizar el mundo...
––Y en implantar el temor de Dios en el corazón del negro ––le interrumpió el capitán Woodward––. Quizá tenga usted razón, Roberts. Quizá sea la estupidez lo que le haya hecho triunfar, y sin duda que un aspecto de esa estupidez es su incapacidad para entender a otras razas. Pero una cosa es segura: que el blanco ha de desplazar al negro le comprenda o no. Es un proceso inevitable. Es el destino.
––Y, naturalmente, el hombre blanco es inevitable. Es el destino del negro ––le interrumpió Roberts––. Dígale a un blanco cualquiera que hay madreperla en una laguna infestada por decenas de miles dé caníbales vociferantes e inmediatamente se pondrá en camino con un reloj despertador que utilizará a modo de cronómetro y media docena de buceadores canacas, todos apretados como sardinas en lata en un espacioso queche de cinco toneladas. Susúrrele al oído que se ha descubierto oro en el Polo Norte y esa misma criatura de tez blanca, ese ser inevitable, partirá sin dilación, armado de pico, pala y el último modelo de artesa. Y lo que es más, llegará a su destino. Hágale saber que hay diamantes en las ardientes murallas del infierno y el hombre blanco asaltará esas murallas y pondrá a trabajar al mismísimo Satán con su pico y con su pala. Ahí tiene el resultado de ser estúpido e inevitable.
––Pero me pregunto qué pensará el negro de esa inevitabilidad ––les dije.
El capitán Woodward se echó a reír en voz baja. A sus ojos acudió el brillo de un recuerdo.
––Se me ocurre pensar en este momento qué opinarían y seguirán opinando los negros de Malu del hombre blanco inevitable que llevábamos a bordo cuando les visitamos en el Duquesa ––explicó.
Roberts preparó otros tres Abú-Hameds.
––Sucedió hace veinte años. Saxtorph se llamaba. Era, sin lugar a dudas, el hombre más estúpido que he conocido, pero tan inevitable como la muerte. Una cosa solamente sabía hacer ese sujeto, y era disparar. Recuerdo el día en que le conocí hace veinte años, aquí mismo, en Apia. Esto fue antes de que usted llegara, Roberts. Yo me alojaba donde está ahora el mercado, en el hotel de Henry el holandés. Habrán oído hablar de ese hombre. Amasó una fortuna vendiendo armas de contrabando a los rebeldes. Luego dejó el negocio y seis semanas después murió en Sidney en una trifulca de taberna.
»Pero volviendo a Saxtorph. Una noche, no había hecho más que dormirme, cuando un par de gatos comenzaron a maullar en el patio. Me levanté de la cama y me dispuse a arrojarles una jarra de agua. Pero en aquel momento se abrió la ventana de la habitación contigua. Sonaron dos disparos y la ventana se cerró. No puedo expresar con palabras la rapidez con que ocurrió todo. Diez segundos a lo más. La ventana que se abre, pam, pam, suena el revólver, y la ventana que se cierra. Quienquiera que fuera el autor de los disparos, el caso es que no se molestó siquiera en comprobar qué efecto había causado. Lo sabía sin detenerse a mirarlo. ¿Entienden lo que quiero decir? Lo sabía. Los gatos no volvieron a molestarnos. A la mañana siguiente allí estaban los dos escandalosos, secos. Me quedé maravillado. Y sigo estándolo. En primer lugar, en aquel patio no había más luz que la de las estrellas, y Saxtorph había disparado sin apuntar siquiera. En segundo lugar, había apretado el gatillo tan rápidamente que los dos tiros se habrían dicho un solo sonido. Y, finalmente, estaba tan seguro de haber dado en el blanco que ni siquiera se había molestado en comprobarlo.
»Dos días después vino a bordo a visitarme. Yo era entonces contramaestre del Duquesa, una goleta absurdamente grande, de ciento cincuenta toneladas, un barco negrero. Y permítanme que les diga que en aquellos tiempos los barcos negreros no eran ninguna tontería. Entonces no había inspectores oficiales, es cierto, pero eso tenía el inconveniente de que el gobierno tampoco nos protegía a nosotros. Era trabajo duro. Si acabábamos, cobrábamos lo justo y se terminó. Contratábamos a negros en todas las islas de los Mares del Sur de donde no nos echaban a patadas. Pues bien, como les decía, subió a bordo John Saxtorph, pues así dijo llamarse. Era de corta estatura, de cabellos y tez como la arena y ojos del mismo tono. Ni un solo rasgo destacaba en aquel hombre, cuyo espíritu era tan anodino como su color. Me dijo que no tenía un penique y quería enrolarse. Que vendría con nosotros de camarero, de cocinero, de sobrecargo o simplemente de marinero. No sabía nada de navegación, pero estaba dispuesto a aprender. Yo no quería admitirle, pero su maestría en el manejo de las armas me había impresionado tanto que le contraté dé marinero con un sueldo de tres libras al mes.
»Efectivamente, estaba dispuesto a aprender. Pero, por naturaleza, era incapaz de aprender nada. Era tan negado para manejar el timón como yo para preparar las mezclas que nos sirve Roberts. Saxtorph es el responsable de mis primeras canas. Jamás me atreví a encomendarle el timón cuando había mar gruesa. Las expresiones "Avante toda" y "Listos para orzar" constituían para él misterios insondables. No podía diferenciar el escotín de la jarcia. Le resultaba sencillamente imposible. El trinquete y los foques eran uno y sólo uno a su entender. Se le decía que arriara la mayor y antes de que se diera uno cuenta había arriado otra vela. Tres veces se cayó por la borda sin saber nadar. Estaba siempre de buen humor, nunca se mareaba y era el hombre mejor dispuesto que he conocido jamás. Era, por otra parte, muy poco comunicativo. Nunca hablaba de sí mismo. Su vida comenzaba para nosotros el mismo día en que se había enrolado en el Duquesa. Dónde aprendió a disparar es cosa que sólo saben las estrellas. Era yanqui, según dedujimos de su acento, pero eso fue lo único que llegamos a saber de él.
»Y ahora viene lo interesante del cuento. En las Nuevas Hébridas tuvimos mala suerte. Durante cinco semanas sólo reclutamos catorce hombres. Empujados por los vientos del sureste llegamos a las Salomón. Malaita era entonces, como ahora, un buen filón para contratar trabajadores. Fondeamos en Malu, en la punta noroeste de la isla. Hay allí dos líneas paralelas de arrecifes capaces de poner nervioso a cualquiera, pero logramos sortearlas y avisamos con dinamita a los negros para que bajaran a enrolarse. En tres días no conseguimos contratar a un solo hombre. Se acercaban a cientos en sus canoas, pero cuando les mostrábamos cuentas, retales de percal y hachas, y les hablábamos de las delicias de las plantaciones de Samoa, se reían de nosotros.
»Al cuarto día sobrevino un cambio. Firmaron cincuenta hombres, a quienes alojamos en la bodega, dándoles, desde luego, libertad para subir a cubierta. Naturalmente, recordándolo ahora, al cabo de los años, no sé cómo no nos pareció sospechoso aquel aluvión de negros, pero en aquel momento lo atribuimos al hecho de que, probablemente, algún jefe poderoso les había relevado de la prohibición de enrolarse. La mañana del quinto día, los dos botes se dirigieron a tierra firme como de costumbre, uno de ellos con el fin de proteger al otro en caso de dificultad. Y también como de costumbre, los cincuenta negros que llevábamos se hallaban en cubierta descansando, hablando, fumando o durmiendo. Los únicos de la tripulación que quedamos a bordo fuimos Saxtorph y yo con otros cuatro marineros. Los remeros de los botes eran nativos de las Gilbert. En una embarcación iban el capitán, el sobrecargo y el encargado de reclutar a los negros. En la otra, la que quedaba fondeada a unas cien yardas de la playa con el fin de cubrir una posible retirada, iba el segundo de a bordo. Ambos botes estaban bien armados, aunque no se esperaban contratiempos.
»Cuatro marineros, incluido Saxtorph, se hallaban a popa, fregando la borda. El quinto montaba guardia, rifle en mano, junto al depósito del agua situado delante del palo mayor. Yo me hallaba cerca de la proa dando los últimos toques a una nueva fogonadura para el trinquete. En el momento en que alargaba la mano para coger mi pipa del lugar donde la había dejado, oí el ruido de un disparo que llegaba de la orilla. Me enderecé para mirar. Algo me pegó en la nuca dejándome parcialmente atontado y caí al suelo. Lo primero que pensé es que se había soltado algún cabo, pero mientras caía, y antes de dar con mi cuerpo en cubierta, oí el estruendo de varios disparos de rifle que provenía de los botes. Me volví y por un segundo vi al marinero que montaba guardia. Dos negrazos le sujetaban los brazos y un tercero le golpeaba por la espalda en la nuca con un hacha.
»Aún me parece que lo estoy viendo. El depósito del agua, el palo mayor, los hombres sujetando al marinero, el hacha descendiendo sobre su nuca y todo bajo la ardiente luz del sol. Me fascinaba la visión creciente de la muerte. El hacha parecía descender con una horrible lentitud. La vi caer por fin y, mientras me desplomaba, vi cómo las piernas del hombre cedían bajo su cuerpo. Los dos negros siguieron sosteniéndole con la fuerza de sus brazos, mientras que el tercero le asestaba un par de hachazos más. Luego, me propinaron dos golpes en la cabeza y decidí que había muerto. Lo mismo decidió la bestia que me los había administrado. Me hallaba totalmente incapacitado para moverme, y allí me quedé, inmóvil, viendo cómo le cortaban la cabeza al centinela. Tengo que reconocer que lo hicieron con bastante habilidad. Indudablemente tenían experiencia.
»El ruido de los disparos procedente de los botes había cesado. Pensé sin sombra de duda que los tripulantes habían muerto y que había llegado nuestra hora. En pocos minutos volverían para cortarme la cabeza. Era evidente que aquello era lo que hacían en ese preciso instante con los marineros de popa. Las cabezas humanas son muy apreciadas en Malaita, especialmente las de los blancos. Ocupan un lugar de honor en las casas––canoas de los nativos que pueblan sus playas. Qué efectos decorativos logran con ellas los habitantes del interior es cosa que ignoro, pero el caso es que las valoran tanto como sus hermanos de la costa.
»Tuve la vaga noción de que debía escapar y me arrastré a cuatro patas hasta el molinete, donde, a duras penas, conseguí ponerme en pie. Desde allí pude dirigir la vista a popa. Sobre el tejado del camarote había tres cabezas, las de los tres marineros a los que durante meses había dado órdenes. Los negros me vieron de pie y se abalanzaron sobre mí. Eché mano al revólver y vi que me lo habían quitado. No puedo decir que tuviera miedo. Muchas veces había estado cerca de la muerte, pero nunca me había parecido tan fácil morir como en aquel momento. Estaba aturdido y nada me importaba.
»El cabecilla negro se había armado con el hacha de la cocina y hacía muecas siniestras mientras se disponía a rebanarme el cuello. Pero no llegó a hacerlo. Cayó sobre cubierta hecho un ovillo y vi la sangre salir a borbotones de su boca. Como en sueños, oí un rifle disparar y continuar disparando. Uno tras otro fueron cayendo los negros. Fui recuperando pleno uso de los sentidos y reparé en que ni una sola bala dejaba de llegar a su destino. Cada vez que sonaba un disparo, caía un negro. Me senté en cubierta junto al molinete y miré hacia arriba. Encaramado en la cruceta estaba Saxtorph. Cómo se las había arreglado para trepar hasta allí es cosa que aún no puedo explicarme, pero el caso es que había subido hasta lo más alto con dos winchester y no sé cuántas cartucheras llenas de munición. Y allí aposentado, hacía la única cosa para la cual le había dotado la naturaleza.
»He visto tiroteos y he visto matanzas, pero hasta aquel momento jamás había presenciado nada semejante. Sentado junto al molinete, contemplé el espectáculo. Me sentía débil y desfallecido y todo lo que veía me parecía un sueño. Pam, pam, pam, seguía sonando el rifle, y clon, clon, clon, seguían cayendo negros sobre la cubierta. Era asombroso verles derrumbarse uno tras otro. Después de un primer conato de lanzarse sobre mí, después que hubieran caído una docena de ellos, quedaron paralizados. Pero ni aun así dejó de disparar el rifle de Saxtorph. Mientras tanto habían llegado desde la costa los dos botes cargados de negros armados con los snider y los winchester que habían arrebatado a los tripulantes. La lluvia de proyectiles que lanzaron sobre Saxtorph fue terrible, pero por suerte para él los nativos sólo dan en el blanco a muy poca distancia. No están acostumbrados a apoyar el rifle en el hombro. Esperan a estar justo encima del objetivo y sólo entonces disparan apoyando la culata en la cadera. Cuando el rifle que utilizaba se calentó demasiado, Saxtorph lo cambió por el otro. Por eso había subido dos.
»Lo verdaderamente sorprendente era la velocidad a que disparaba. No erraba un solo tiro. Si algo ha sido nunca inevitable, es aquel hombre. Era la rapidez con que ocurría todo lo que hacía la matanza tan terrible. Los negros no tenían tiempo de pensar. Cuando lograban hacerlo, se lanzaban al agua a toda prisa volcando con ello las canoas. Saxtorph no cejaba. La superficie del mar estaba cubierta de cuerpos y las balas seguían lloviendo sobre ellos. Ni un solo disparo fallaba, y desde donde me encontraba oía el ruido sordo de las balas enterrándose en la carne humana.
»Los negros se dispersaron para dirigirse a la costa a nado. El agua estaba alfombrada de cabezas. Yo me levanté y como en un sueño lo vi todo: las cabezas que se agitaban y las cabezas que, de pronto, dejaban de agitarse. Algunos de aquellos disparos fueron realmente magníficos, dada la distancia del objetivo. Sólo un negro llegó hasta la playa, y, en el momento en que se ponía en pie, Saxtorph le alcanzó con una bala. Fue un hermoso espectáculo. Y cuando otros dos negros corrieron a socorrer al que había caído, Saxtorph les mató también.
»Creí que todo había terminado cuando oí disparos de nuevo. Un negro había salido de la cámara para correr hacia la borda cayendo a medio camino. El camarote debía de estar lleno de nativos. Conté hasta veinte. Uno por uno salieron como rayos en dirección a la borda, pero ni uno solo llegó a ella. Parecía un ejercicio de tiro de pichón. Un negro salía de la escalera de cámara, pam, sonaba el rifle de Saxtorph, y allá caía el cuerpo. Naturalmente los que estaban abajo no sabían lo que ocurría en cubierta, y en consecuencia continuaron saliendo hasta que cayó el último de ellos.
»Saxtorph esperó un rato para asegurarse y luego bajó a cubierta. Éramos los únicos supervivientes de la tripulación del Duquesa y yo estaba bastante maltrecho, mientras que él era un completo inútil una vez terminado el tiroteo. Siguiendo mis instrucciones me lavó las heridas de la cabeza y me dio unos cuantos puntos. Un largo trago de whisky me proporcionó las fuerzas suficientes para dejar aquel lugar. Era inútil hacer otra cosa. Todos los compañeros habían muerto. Tratamos de hacernos a la mar, con Saxtorph izando las velas y yo al timón. Había vuelto a ser el marinero de antes, torpe y sin experiencia. No sabía ni cómo empezar a izar velas, y cuando caí al suelo desmayado, todo parecía anunciar que había llegado nuestro fin.
»Cuando recobré el sentido, hallé a Saxtorph sentado en el junquillo esperando pacientemente para preguntarme qué hacer. Le dije que examinara a los heridos y viera si había alguno capaz de arrastrarse. Reunió a seis. Recuerdo que uno de ellos tenía una pierna rota, pero Saxtorph me aseguró que podía mover los brazos. Echado en cubierta a la sombra y espantándome las moscas, supervisé las maniobras mientras Saxtorph daba órdenes a su equipo de lisiados. Que me aspen si no es cierto que obligó a aquellos pobres negros a tirar uno por uno de todos los cabos hasta que dio con las drizas. Uno de los nativos se soltó de pronto de la jarcia mientras izaba una vela y cayó en cubierta muerto. Pero Saxtorph golpeó a los otros y les obligó a seguir trabajando. Cuando el trinquete y la mayor estaban izadas, les dije que levaran ancla. Luego me ayudaron a llegar junto al timón, donde me dispuse a empuñar las cabillas. No sé cómo se las arregló, pero lo cierto es que en lugar de cobrar las cadenas, largó la segunda ancla y quedamos doblemente fondeados.
»Al fin conseguimos levar y el Duquesa se hizo a la vela. Las cubiertas eran todo un espectáculo. Allá donde uno mirase, veía negros muertos o agonizantes. Algunos habían ido a caer en los lugares más inconcebibles. El camarote estaba lleno de hombres que habían llegado arrastrándose desde cubierta para morir allí. Puse a Saxtorph y a su cuadrilla de enterradores a trabajar arrojando cuerpos por encima de la borda, y allí fueron, mezclados, vivos y muertos. Aquel día los tiburones se dieron un buen banquete. Naturalmente, los cuatro marineros muertos a manos de los negros siguieron el mismo camino. Las cabezas las metimos en un saco que cargamos con lastre para impedir que la marea las arrastrara hacia la playa y cayeran en manos de los negros.
»Respecto a los cinco prisioneros, decidí utilizarlos como tripulantes, pero ellos decidieron otra cosa por su cuenta. Esperaron el momento oportuno y se lanzaron al agua por la borda. Saxtorph dio cuenta de dos en el aire con su revólver, y habría hecho lo mismo con los otros tres, que se hallaban ya en el agua, si yo no lo hubiera impedido. Me repugnaba tanta carnicería, y, por otra parte, nos habían ayudado a zarpar. Pero mi misericordia no sirvió de nada, porque los tiburones acabaron con los tres.
»Una vez que nos alejamos de tierra, me atacaron una especie de fiebres cerebrales. El Duquesa fue a la deriva durante tres semanas, al cabo de las cuales me recuperé y seguimos pausadamente rumbo a Sidney. En cualquier caso aquellos negros de Malu aprendieron la eterna lección: que es mejor no buscarle las cosquillas al hombre blanco. En aquella ocasión no cabe duda de que Saxtorph fue inevitable.
Charley Roberts emitió un largo silbido y dijo:
––Eso es evidente. Pero, ¿qué fue de él?
––Se dedicó a la caza de focas y llegó a ser un verdadero experto. Durante seis años se le tuvo por uno de los mejores pescadores de las flotas de Victoria y San Francisco. El séptimo año un crucero ruso capturó su goleta y, según se dijo entonces, fue enviado en unión del resto de la tripulación a las minas de sal de Siberia. Lo cierto es que no he vuelto a saber de él.
––Colonizar el mundo ––murmuró Roberts––. Bueno, brindo por ellos. Alguien tiene que hacerlo. A colonizar el mundo, me refiero.
El capitán Woodward se pasó la mano por las cicatrices que cruzaban su pelada cabeza.
––Yo ya he cumplido ––dijo––. Llevo cuarenta años dedicado a esa tarea. Éste será mi último viaje. Luego volveré a casa y no me moveré de allí.
––Le apuesto lo que quiera a que no será así ––le desafió Roberts––. Usted morirá con las botas puestas, no en su casa. El capitán Woodward aceptó inmediatamente la apuesta, pero, personalmente, creo que ganará Charley Roberts.
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Mauki
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Pesaba ciento diez libras. Tenía el pelo ensortijado y su piel era negra. Pero de un negro muy especial. Ni azulado ni rojizo, sino tirando a ciruela. Se llamaba Mauki y era hijo de un jefe. Tenía tres tambos, palabra melanesia que significa «prohibición» y es prima hermana del término polinesio tabú. Los tres tambos de Mauki eran los siguientes: primero, no podía estrechar manos femeninas ni podía permitir que mujer alguna le tocara ni a él ni ninguna de sus pertenencias. Segundo, no podía comer almejas ni alimento alguno guisado sobre un fuego al calor del cual se hubieran cocinado dichos moluscos. Tercero, no podía cazar cocodrilos ni navegar en canoas que transportaran una parte de este animal por pequeña que fuera, aunque sólo se tratara de un diente.
Tenía la dentadura de un negro distinto, intenso, o, mejor dicho, de un negro hollín. Se la había teñido así su madre en una sola noche frotándola con un mineral en polvo procedente de un yacimiento que había a espaldas de Port Adams, poblado marinero de Malaita, la más indómita de las islas del archipiélago de las Salomón, tan indómita que ni comerciantes ni colonos han logrado hasta ahora poner el pie en ella. Desde los tiempos de los primeros pescadores de cohombro de mar y comerciantes de sándalo, hasta los días recientes de negreros provistos de rifles automáticos y motores de gasolina, decenas y decenas de aventureros blancos han muerto en esa isla víctimas de las hachas y las balas explosivas de los nativos. Así es como Malaita continúa siendo hoy el lugar preferido de los reclutadores de mano de obra que recorren sus costas en busca de trabajadores que contratar para las plantaciones de las islas vecinas, más civilizadas, por un sueldo de treinta dólares al año. Los habitantes de esas islas vecinas están ya demasiado influidos por la civilización para trabajar en plantaciones.
Mauki tenía las orejas agujereadas, no en un sitio ni en dos, sino en un par de docenas. En uno de los orificios más pequeños llevaba una pipa de cerámica. Los mayores eran demasiado grandes para tal adorno. La cazuela de la pipa habría pasado a través de ellos. De hecho, en el agujero más grande de cada oreja llevaba tapones redondos de madera de unas cuatro pulgadas de diámetro. La circunferencia de dichas aberturas medía aproximadamente doce pulgadas y media. Mauki no era muy especial en sus gustos. En los orificios más pequeños llevaba entre otras cosas casquillos vacíos, clavos, tornillos de cobre, pedazos de cuerda, briznas de cables trenzados, tiritas de hojas verdes y, al atardecer, con la fresca, flores de hibisco color escarlata. De ello se deducirá que para andar por la vida no necesitaba bolsillos, los cuales, por otra parte, le estaban vedados por consistir toda su indumentaria en un retazo de percal de varias pulgadas de anchura. En la cabeza lucía una navaja con la hoja cerrada sobre un rizo del cabello. Su posesión más preciada era el asa de un tazón de porcelana que llevaba colgada de un anillo de concha de tortuga pendiente a su vez del tabique nasal.
Pero a pesar de estos adornos, su cara resultaba agradable. Era el suyo un rostro hermoso desde cualquier punto de vista, sobre todo tratándose de un nativo de la Melanesia. Sólo tenía un defecto: le faltaba firmeza. Era suavemente afeminado, casi aniñado. Tenía los rasgos pequeños, regulares y delicados, la barbilla, débil, y lo mismo podría decirse de sus labios. Ni la mandíbula, ni la frente, ni la nariz denotaban energía ni carácter. Sólo a sus ojos asomaba un reflejo de las cualidades que en tan gran proporción formaban parte integrante de su personalidad y que, generalmente, pasaban inadvertidas. Eran éstas la valentía, la tenacidad, el arrojo, la imaginación y la astucia, y cuando todas ellas hallaban cauce y expresión en un acto consecuente y decidido, dejaba atónitos a los que le rodeaban.
Su padre era jefe del poblado de Port Adams y, en consecuencia, Mauki era, por su nacimiento, hombre de agua salada. Podría decirse que era medio anfibio. Sabía de peces y ostras y el arrecife era para él un libro abierto. También entendía de canoas. Había aprendido a nadar cuando tenía un año y a los siete podía contener la respiración durante un minuto y llegar en vertical a una profundidad de treinta pies. También a los siete años fue robado por los hombres del interior, que no saben nadar y tienen miedo al océano. Desde entonces Mauki vio el mar solamente a distancia, a través de los claros de la selva o desde espacios abiertos en los picos de las montañas. Pasó a ser esclavo de Fanfoa, jefe de una veintena de aldeas diseminadas por las laderas de las montañas de Malaita y de las cuales se elevan columnas de humo, única prueba para los navegantes de la existencia de aquellos pobladores del interior. Porque los blancos no penetran en Malaita. Lo intentaron una vez en los tiempos en que llegaron buscando oro y dejaron allí sus cabezas colgadas, con una perpetua mueca en el rostro, de los cabios ahumados, en las cabañas de los hombres del interior.
Cuando Mauki tenía diecisiete años, a Fanfoa se le acabó el tabaco. La situación era desesperada. Fueron aquéllos tiempos difíciles para todos sus poblados. Y es que Fanfoa había cometido un error. Suo era un puerto tan pequeño que las goletas no podían hacer en él las maniobras necesarias para fondear. Estaba rodeado de mangles cuyas ramas colgaban sobre las aguas profundas. Era un verdadero cepo, y al interior del cepo fueron a entrar dos blancos en un pequeño queche. Venían a reclutar trabajadores y traían para comerciar tabaco y mercancías en abundancia, a más de tres rifles y una buena cantidad de munición. No había hombres de agua salada en Suo, y sólo por aquel lugar los hombres del interior tenían acceso al mar. Los dos blancos del queche hicieron un espléndido negocio. En sólo veinticuatro horas contrataron a veinte trabajadores. Hasta el viejo Fanfoa firmó. Pero aquel mismo día, los recién reclutados cortaron la cabeza a los dos blancos, mataron a toda la tripulación y quemaron el barco. Durante tres meses hubo abundancia de tabaco y provisiones en todos los poblados del interior. Pero después llegaron buques de guerra que arrojaron granadas a las montañas desde muchas millas de distancia obligando a los nativos a abandonar sus poblados y a ocultarse en lo más recóndito de la selva. Luego enviaron a tierra firme destacamentos que quemaron las aldeas junto con el tabaco y la mercancía, talaron cocoteros y bananos, arrasaron los huertos de taro y acabaron con cerdos y gallinas.
Fanfoa aprendió la lección, pero, mientras, tuvo que pasarse sin tabaco. Sus súbditos estaban demasiado asustados para acercarse a los barcos de los reclutadores. Por esa razón Fanfoa ordenó que bajaran a su esclavo Mauki para que se enrolara a cambio de medio cajón de tabaco, amén de cuchillos, hachas, percal y cuentas que pagaría con su trabajo en las plantaciones. Mauki estaba aterrado cuando le subieron a bordo de la goleta. Se sentía como un cordero conducido al sacrificio. Los blancos eran criaturas feroces. Tenían que serlo, o de otro modo no se habrían atrevido a acercarse a las costas de Malaita y a penetrar en sus puertos, dos en cada goleta, cuando cada una de ellas llevaba de quince a veinte negros de tripulación y a veces hasta sesenta o setenta nativos que habían reclutado. Por añadidura, estaba el peligro que representaban los habitantes de la costa, que en cualquier momento podían atacar la goleta y a su tripulación. Por fuerza los blancos tenían que ser terribles. Además poseían objetos mágicos tales como rifles que disparaban muchas veces y con enorme rapidez, piezas de hierro y de latón que hacían andar los barcos cuando no soplaba el viento, y cajas que hablaban y reían igualito que los hombres. Y habían oído hablar de un blanco cuya magia era tan poderosa que podía quitarse los dientes y volvérselos a poner a voluntad.
Bajaron a Mauki al camarote y uno de los dos blancos quedó en cubierta vigilando con un par de revólveres en el cinturón. En el interior del camarote estaba sentado el otro ante un libro en el que trazaba extraños signos y rayas. Miró a Mauki como si se tratara de un cerdo o de una gallina, le examinó las axilas y escribió algo en el libro. Luego le tendió el palito con que escribía, y Mauki apenas rozó el papel con la punta, obligándose así a trabajar durante tres años para la Compañía Jabonera Moongleam. Nadie le explicó que para hacerle cumplir el compromiso se emplearía la feroz voluntad del hombre blanco, ni que tras éste, y para el mismo fin, estaba todo el poder de los barcos de guerra de la Gran Bretaña.
Había otros negros a bordo procedentes de lugares ignotos. Siguiendo las órdenes del hombre blanco, le arrancaron la pluma que adornaba sus cabellos, le cortaron el pelo muy corto y enrollaron en torno a su cintura un lava––lava de percal amarillo brillante.
Tras pasar muchos días en la goleta, y tras ver más tierras y más islas de las que nunca había imaginado que existieran, le desembarcaron en Nueva Georgia y le obligaron a bregar en los campos talando la jungla y cortando caña. Por primera vez conoció el significado de la palabra «trabajo». Ni cuando era esclavo de Fanfoa había trabajado tanto. Y a Mauki no le gustaba trabajar. Se levantaba al amanecer, se acostaba de anochecida y comía dos veces al día. El alimento era siempre el mismo. Durante semanas enteras no les daban más que batatas y las dos semanas siguientes no comían más que arroz. Día tras día separó de la cáscara la carne de los cocos, y día tras día, durante largas semanas, alimentó las hogueras con qué se ahumaba la copra hasta que le escocieron los ojos. Entonces le pusieron a talar árboles. Manejaba bien el hacha, y por ello le destinaron al equipo encargado de construir puentes. En una ocasión le castigaron asignándole a la cuadrilla dedicada a abrir caminos. Otras veces formaba parte de la tripulación de los barcos que traían copra de playas distantes o se hacía a la mar con los blancos para dinamitar la pesca.
Entre otras cosas aprendió a hablar el inglés béche––de––mer, lo cual le permitió entenderse con los capataces y con todos sus compañeros, que de otro modo habrían utilizado un millar de dialectos diferentes. Aprendió también varias cosas acerca de los blancos, entre ellas que siempre cumplían su palabra. Si le decían a un hombre que iban a darle tabaco, se lo daban. Si le advertían que si hacía algo determinado le zurrarían la badana, cuando así ocurría le zurraban efectivamente la badana. Mauki no sabía lo que era zurrar la badana, pero sospechaba que tenía algo que ver con la sangre y con los dientes que muchas veces acompañaban a semejante acción. Una cosa aprendió bien, y fue que los blancos no castigaban a nadie que no hiciera algo prohibido. Aun cuando se emborrachaban, cosa que sucedía a menudo, jamás pegaban a un hombre a menos que hubiera violado alguna norma.
A Mauki no le gustaba la plantación. Odiaba el trabajo y era hijo de un jefe. Además hacía ya diez años que Fanfoa se lo llevara de Port Adams y echaba de menos su casa. Hasta añoraba sus tiempos de esclavitud. Por eso escapó. Se internó en el bosque con idea de seguir en dirección al sur hasta la playa y robar allí una canoa con que volver a Port Adams. Pero le atacaron las fiebres, fue capturado y le devolvieron, más muerto que vivo, al lugar de donde había huido.
Al poco escapó de nuevo, esta vez en compañía de dos hombres de Malaita. Recorrieron veinte millas hasta llegar a la costa y buscaron refugio en la cabaña de un hombre libre de su isla que vivía en esa aldea. Pero en lo más oscuro de la noche llegaron dos hombres blancos que no temían a los habitantes del poblado y que zurraron con gusto la badana a los tres prófugos, les ataron como a cerdos y les arrojaron a una lancha. Al hombre que les había dado refugio, siete veces debieron de zurrarle la badana por el modo en que volaban por los aires cabellos, tiras de piel y dientes, de forma que nunca más volvió a atreverse a ocultar a un prófugo.
Durante un año entero trabajó Mauki. Al cabo de este tiempo le asignaron al servicio de una casa donde la comida era buena y la vida agradable. Requería muy poco esfuerzo mantenerlo todo limpio y servir al hombre blanco whisky y cerveza a todas las horas del día y la mayor parte de las de la noche. Aquella vida le gustaba, pero Port Adams le gustaba mucho más. Le quedaban dos años de trabajo según el contrato, demasiados para el que sufre la angustia de la añoranza. Con el tiempo había adquirido experiencia y, por otra parte, ahora que trabajaba en una casa tenía más oportunidades para huir. Estaba encargado de limpiar los rifles y sabía dónde se colgaba la llave del almacén. Preparó la huida y una noche diez hombres de Malaita y uno de San Cristóbal salieron sigilosamente de los barracones y arrastraron uno de los botes hasta la playa. Fue Mauki quien les facilitó la llave del candado del bote y fue Mauki quien equipó éste con una docena de winchesters, una enorme cantidad de munición, un cajón de dinamita, detonadores y mecha, y diez cajas de tabaco.
Soplaba el monzón del noroeste. Hacia el sur volaron en medio de la noche, ocultándose durante el día en islotes lejanos y deshabitados, o arrastrando el bote hasta el interior de la espesura cuando pasaban junto a islas más grandes. Así llegaron a Guadalcanal, bordearon parte de sus costas y cruzaron los Estrechos Indispensables en dirección a Florida. Fue en esta isla donde los nativos mataron al hombre de San Cristóbal y donde le cocinaron y comieron su cuerpo reservando la cabeza. La costa de Malaita se hallaba solamente a veinte millas de distancia, pero la última noche la corriente y un viento desatado les impidieron llegar hasta ella. El amanecer les sorprendió a pocas millas de su destino. Pero la luz del día trajo con ella una embarcación en la que navegaban dos blancos que no temían a once hombres armados con doce rifles. Mauki y sus compañeros fueron conducidos a Tulagi, donde vivía el gran jefe blanco, quien celebró un juicio después del cual ataron a los prófugos uno por uno y les propinaron veinte azotes. Les condenaron a pagar una multa de quince dólares y les enviaron a Nueva Georgia, donde los hombres blancos les zurraron la badana y les pusieron a trabajar. Mauki no volvió a servir en una casa. Le pusieron a abrir caminos. La multa de quince dólares la habían pagado los blancos que le habían contratado, y, por tanto, tenía que devolverles el dinero a base de trabajo, lo que significaba prolongar el contrato seis meses más. Por otra parte, el tabaco que había robado añadía doce meses más al compromiso.
Port Adams quedaba ahora a tres años y medio de distancia, así que una noche robó una canoa, se ocultó en los islotes del Estrecho de Manning, atravesó el paso y bordeó la costa oriental de Isabel hasta que, cuando había recorrido ya dos tercios del camino, le capturaron los blancos en la Laguna Merengue. A la semana huyó y se refugió en el bosque. El interior de Isabel estaba deshabitado. Los nativos eran hombres de agua salada, todos cristianos, que vivían en las costas. Los blancos ofrecieron por la captura de Mauki una recompensa de quinientos palitos de tabaco, y cada vez que éste se aventuraba a bajar a las playas para robar una canoa, los nativos de la costa le perseguían. Cuatro meses pasaron de esta manera hasta que los blancos elevaron la recompensa a mil palitos, y Mauki fue capturado y devuelto a Nueva Georgia y a la cuadrilla encargada de abrir caminos. Mil palitos de tabaco valían cincuenta dólares, y Mauki tenía que pagarlos, lo que significaba veinte meses más de trabajo. Port Adams se hallaba ya a cinco años de distancia.
Sentía ahora más nostalgia que nunca y no le atraía la idea de sentar la cabeza, portarse bien y trabajar durante cinco años para volver a su casa. A la siguiente intentona le descubrieron en el preciso momento en que se disponía a huir. Informaron del caso al señor Haveby, representante en la isla de la Compañía Jabonera Moongleam, y éste le declaró incorregible. La compañía poseía plantaciones a cientos de millas de distancia allende el mar, en las islas de Santa Cruz, donde iban a parar los impenitentes del archipiélago de las Salomón. Y allí mandaron a Mauki, aunque nunca llegó a su destino. La goleta hizo escala en Santa Ana, y durante la noche Mauki escapó a nado a tierra firme, donde robó dos rifles y un cajón de tabaco y huyó en una canoa a San Cristóbal. Malaita quedaba al norte de aquella isla, a cincuenta o sesenta millas de distancia, pero a media travesía le sorprendió un huracán que le devolvió a Santa Ana, donde el comerciante a quien había robado le cargó de grilletes y le tuvo prisionero hasta que volvió la goleta de Santa Cruz. El comerciante recobró los dos rifles, pero el cajón de tabaco representó para Mauki doce meses más de trabajo. Los años que adeudaba ahora a la compañía eran seis.
En el camino de vuelta a Nueva Georgia, la goleta ancló en el Estrecho de Marau, situado al extremo sureste de Guadalcanal. Mauki nadó hasta la isla con las manos esposadas y se ocultó en el bosque. La goleta siguió su camino, pero el representante de Moongleam en tierra firme ofreció mil palitos de tabaco en recompensa, y los habitantes del interior capturaron a Mauki, quien con este nuevo intento añadía un año y ocho meses más a su contrato. De nuevo, y antes de que llegara la goleta, logró huir, esta vez en un bote y acompañado de un cajón de tabaco sustraído al comerciante. Pero los vientos del noroeste le hicieron naufragar a la altura de Ugi, donde los indígenas cristianos le robaron el tabaco y le entregaron al representante de la Moongleam en la isla. El tabaco robado significaba un año más de trabajo, con lo cual eran ya ocho los que adeudaba a la compañía.
––Le enviaremos a Lord Howe ––dijo el señor Haveby––. Allí es donde está Bunster, y que se las entiendan los dos. O Bunster acaba con Mauki, o Mauki con Bunster. En cualquiera de los dos casos, eso saldremos ganando.
Saliendo de la Laguna Merengue, situada en la isla Isabel, y navegando en dirección al norte magnético, al cabo de ciento cincuenta millas de recorrido se avistan las playas coralíferas de Lord Howe, un atolón de unas ciento cincuenta millas de circunferencia y varios cientos de yardas de tierra firme en el punto de mayor anchura. Sus elevaciones máximas alcanzan como mucho diez pies sobre el nivel del mar. Dentro de la circunferencia de arena hay una gran laguna tachonada de islotes de coral. Lord Howe no forma parte del archipiélago de las Salomón, ni geográfica ni etnológicamente. Mientras que las del archipiélago son islas y sus habitantes y lengua son melanesios, Lord Howe es un atolón y sus habitantes y lengua son polinesios. Debe su población al movimiento migratorio que, partiendo de la Polinesia, se dirige hacia el oeste, movimiento que aún continúa hoy día. Los nativos llegan a sus costas en canoas impulsadas por los vientos del sureste. En la época del monzón del noroeste, hay también, como es natural, un ligero aflujo de población melanesia.
Nadie visita nunca Lord Howe, u Ontong––lava, como llaman también al atolón. Thomas Cook & Son no vende pasajes para aquel rincón del mundo, y los turistas no sueñan siquiera con su existencia. Ni un solo misionero blanco ha pisado sus orillas. Sus cinco mil habitantes son tan pacíficos como primitivos. Y, sin embargo, no siempre fueron así. En las Sailing Directions se afirma que son hostiles y traicioneros, pero es que los encargados de compilar este volumen no saben del cambio operado recientemente en los corazones de los nativos de aquel lejano rincón del mundo que no hace muchos años capturaron un barco y mataron a toda la tripulación, excepto al segundo de a bordo. El superviviente llevó la noticia a sus compañeros y volvió a Lord Howe acompañado de tres capitanes de goleta. Los tripulantes de los tres navíos entraron al interior de la laguna y predicaron el evangelio de los blancos según el cual sólo ellos pueden matar a otros blancos y las razas inferiores deben mantenerse aparte. Recorrieron la laguna de arriba abajo asolando y destruyendo. En aquel estrecho círculo de arena no había forma de huir ni selva en la que refugiarse. Los blancos disparaban sobre los nativos en el momento en que los avistaban, y lo malo era que no había forma de escapar a su vista. Prendieron fuego a sus poblados, destrozaron las canoas, mataron a las gallinas y a los cerdos, y talaron los cocoteros. Así ocurrió durante un mes, al cabo del cual zarparon las goletas. Pero el miedo al hombre blanco quedó impreso para siempre en el corazón de los isleños, que a partir de entonces no osaron hacerles el menor daño.
El único blanco de Lod Howe era Max Bunster, empleado de la ubicua Compañía Jabonera Moongleam. Le habían enviado a aquel atolón porque era el lugar más lejano adonde podían destinarle. Y si no se libraron de él definitivamente fue por la dificultad que suponía encontrar a un hombre que ocupara su lugar. Era un alemanote fornido, y algo no le funcionaba bien en el cerebro. Decir que estaba medio loco sería una afirmación caritativa. Era fanfarrón, traicionero, y tres veces más salvaje que cualquier nativo de la isla. Tenía la brutalidad del cobarde. En un principio la compañía le había destinado a Savo. Cuando mandaron para sustituirle a un colono tísico, Bunster le molió a puñetazos y le devolvió maltrecho a la goleta que le había traído.
El señor Haveby eligió entonces para reemplazarle a un gigante de Yorkshire. El gigante tenía fama de matón y prefería pelear a comer. Pero Bunster no quería pelear. Se portó como un cordero durante diez días, al cabo de los cuales el gigante de Yorkshire yacía en coma presa de fiebres y disentería. Fue entonces cuando Bunster la emprendió con él arrojándole al suelo, entre otras cosas, y saltando sobre su cuerpo una docena de veces. Temeroso de lo que pudiera hacer su víctima cuando se recuperase, huyó en un cúter a Guvutu, donde adquirió cierta reputación al dar una paliza a un joven inglés, tullido a causa de una bala bóer que le había atravesado las dos caderas.
Fue por entonces cuando el señor Haveby decidió mandar a Bunster a Lord Howe, el atolón perdido. Bunster celebró la llegada a su destino consumiendo medio cajón de botellas de ginebra y zurrando de lo lindo a urr anciano asmático, el contramaestre de la goleta que le había llevado a su destino. Cuando partió la embarcación, reunió a todos los canacas en la playa y les instó a boxear cuerpo a cuerpo con él, prometiendo un cajón de tabaco a quien lograra vencerle. A tres canacas tumbó, pero cuando un cuarto le derrumbó a él, en vez de recompensarle con tabaco, le premió con una bala que le atravesó los pulmones.
Y así comenzó el reinado de Bunster en Lord Howe. Tres mil almas vivían en el poblado mayor, pero aún éste parecía desierto, incluso a plena luz del día, cuando él lo atravesaba. Hombres, mujeres y niños huían a su paso. Hasta perros y gatos se ocultaban, y al mismísimo rey no se lea caían los anillos de esconderse bajo una estera de esparto. Los dos primeros ministros vivían perpetuamente aterrados ante aquel hombre, que en lugar de razonar empleaba la fuerza de los puños.
Y a Lord Howe llegó Mauki, a trabajar para Bunster durante ocho años y medio. No había forma de escapar del atolón. Para bien o para mal los dos hombres tenían que convivir. Bunster pesaba doscientas libras y Mauki ciento diez. Bunster era una bestia degenerada y Mauki un salvaje primitivo. Ambos eran obstinados y tenían sus propios métodos para lograr lo que querían.
Mauki ignoraba cómo era el patrón que le esperaba. Nadie le había advertido y, por tanto, imaginaba que Bunster sería como cualquier otro blanco, un buen bebedor de whisky, un déspota y hacedor de leyes que cumpliría siempre su palabra y nunca pegaría a un hombre sin motivo. En eso Bunster le llevaba ventaja. Sabía de Mauki todo lo que necesitaba saber y se deleitaba con la idea de entrar en posesión de él. Su cocinero tenía en ese momento un brazo roto y un hombro dislocado, y por ese motivo destinó a Mauki a la cocina y al servicio de su casa.
Y Mauki aprendió muy pronto que había blancos y blancos. El mismo día en que partió la goleta, su amo le ordenó que comprara un pollo a Samisee, el misionero nativo oriundo de Tonga. Pero Samisee estaba al otro lado de la laguna y no se esperaba su vuelta hasta dentro de tres días. Mauki regresó a informar de ello a su amo. Subió los empinados escalones de la entrada (la casa estaba construida sobre pilares de doce pies de altura) y entró en la sala. El comerciante le pidió el pollo. Mauki abrió la boca para explicar que el misionero estaba ausente, pero Bunster no aguardó a escuchar sus razones. Le pegó un puñetazo. El golpe alcanzó a Mauki en la boca y le lanzó por los aires. Salió disparado limpiamente a través de la puerta, cruzó la galería rompiendo la balaustrada y aterrizó sobre la arena. Sus labios habían quedado reducidos a una masa informe, y tenía la boca llena de sangre y dientes rotos.
––Así aprenderás que conmigo no valen las malas contestaciones ––le gritó el comerciante, rojo de ira, mientras le miraba a través de la balaustrada rota.
Mauki no había conocido nunca a un hombre semejante, y desde aquel mismo instante decidió andarse con pies de plomo y no ofenderle jamás. Vio cómo maltrataba a los hombres de su tripulación y cómo cargaba de grilletes y dejaba a uno de ellos tres días sin comer sólo porque había roto un tolete mientras remaba. Llegaron a sus oídos los rumores que circulaban por la aldea y supo que Bunster había tomado por la fuerza a su tercera esposa, como todos sabían. La primera y la segunda yacían en el cementerio bajo las blancas arenas con sendos trozos de coral clavados a la cabecera y a los pies de sus respectivas tumbas. Habían muerto, se decía, de las palizas que su esposo les propinara. A la tercera esposa desde luego la maltrataba, como pudo ver Mauki con sus propios ojos.
Pero no había manera de evitar ofender a aquel hombre blanco al que sólo la vida parecía ya ofenderle. Si Mauki guardaba silencio, le pegaba y le decía que era un bruto taciturno. Si hablaba, le pegaba por atreverse a responderle. Si estaba serio, Bunster le acusaba de conspirar y le daba una paliza como medida preventiva, mientras que si procuraba mostrarse alegre y sonreír, le castigaba por reírse de su amo y señor y le hacía comprobar la dureza de la estaca. Bunster era un auténtico demonio. Los nativos le habrían matado de no recordar la lección de las tres goletas. Aun así habrían acabado con él si hubiera habido en Lord Howe selva donde refugiarse. Pero en las condiciones en que se hallaban, matar a un hombre blanco significaba atraer la presencia de buques de guerra que castigarían con la muerte a los culpables y talarían sus preciados cocoteros. Los hombres de su tripulación, por su parte, estaban dispuestos a dejar que se ahogara accidentalmente a la primera oportunidad que tuvieran de volcar la embarcación. Sólo que Bunster tuvo muy buen cuidado de que la embarcación nunca volcara.
Pero Mauki era de otra casta, y viendo que la huida era imposible mientras Bunster viviera, decidió interiormente terminar con él. Lo malo era que nunca hallaba la ocasión propicia porque Bunster estaba siempre en guardia. Día y noche tenía los revólveres a mano. No permitía que nadie pasara a su espalda, como aprendió bien Mauki después que le golpeara varias veces por hacerlo. Bunster, por su parte, sabía que era mucho más peligroso aquel hombre de Malaita, amable, tranquilo y sonriente, que todos los nativos del atolón juntos y, en consecuencia, se entregó con verdadero celo al programa de torturas que se había propuesto. Mauki, mientras tanto, fiel a su decisión, se anduvo con pies de plomo, aguantó los castigos y esperó.
Hasta entonces, todos los hombres blancos habían respetado sus tambos. Pero Bunster era distinto. La ración de tabaco que le correspondía semanalmente a Mauki consistía en dos palitos que Bunster entregaba a su esposa ordenando a su criado que los tomase de su mano. Como a Mauki le estaba prohibido hacerlo, se veía obligado a pasarse sin tabaco. Por el mismo motivo se quedaba muchos días sin comer. En una ocasión le ordenó su amo que preparase un guisado a base de unas almejas gigantes que abundaban a orillas de la laguna. Mauki no pudo obedecerle porque tales moluscos eran tabú para él. Seis veces, una tras otra, se negó a tocarlas, y seis veces le golpeó su amo hasta dejarle sin sentido. Bunster sabía que Mauki se dejaría matar antes que hacerlo, pero calificó su negativa de amotinamiento, y habría acabado con él en ese mismo momento si hubiera podido sustituirle con otro cocinero.
Uno de los pasatiempos favoritos del comerciante consistía en coger a Mauki por sus cabellos negroides y golpearle la cabeza contra la pared. Otro entretenimiento consistía en pillar a Mauki desprevenido y aplastar contra su carne la punta de un cigarrillo encendido. A eso lo llamaba Bunster «vacunar» y, en consecuencia, vacunaba a Mauki varias veces a la semana. Un día, en un acceso de cólera, le arrancó el asa de tazón que llevaba colgada de la nariz, rasgándole el cartílago.
––¡Vaya hocico! ––dijo por todo comentario al supervisar el daño que le había causado.
La piel del tiburón es como el papel de lija, pero la de la raya es aún más áspera. En los Mares del Sur los nativos la utilizan como lima para pulir la madera de remos y canoas. Bunster se había confeccionado un mitón de piel de raya. La primera vez que lo probó con Mauki, sólo con una pasada le arrancó la piel de la espalda desde el cuello hasta la axila. Bunster se quedó encantado. Experimentó después con su mujer y lo utilizó a sus anchas con los hombres de la tripulación. Los dos primeros ministros recibieron una caricia cada uno y tuvieron que sonreír y tomarlo a broma.
––¡Reíd, malditos, reíd! ––les instaba Bunster.
Mauki fue quien mejor llegó a conocer los efectos del mitón. No pasaba un solo día sin que probara su contacto. Hubo ocasiones en que la desolladura era de tales proporciones, que el dolor le impedía dormir por la noche. A menudo, el bromista de Bunster se divertía volviéndole a poner en carne viva la piel ya medio cicatrizada. Mauki seguía esperando pacientemente, seguro de que antes o después llegaría su hora. Y cuando su hora llegó, sabía perfectamente lo que tenía que hacer.
Un día Bunster se levantó con humor de zurrarle la badana al universo entero. Comenzó por Mauki y terminó por Mauki, dejando entre tanto sin sentido a su mujer y sacudiendo a modo a los hombres de su tripulación. A la hora del desayuno dijo que el café era aguachirle y arrojó el líquido hirviendo a la cara de su criado. A las diez en punto temblaba de escalofríos y media hora después ardía en fiebre. No era aquél un ataque corriente. Pronto se declararon unas fiebres perniciosas que resultaron ser paludismo. Pasaron los días y Bunster se fue debilitando. No podía levantarse de la cama. Mauki esperaba y vigilaba mientras su piel recobraba su aspecto normal. Ordenó a los hombres de la tripulación que subieran el barco a la playa, que limpiaran el casco y lo repararan. Creyeron que la orden procedía de su amo y le obedecieron, pero en aquel momento Bunster estaba inconsciente y no podía ordenar nada. Aquélla era la oportunidad que aguardaba Mauki, pero aun así esperó.
Cuando lo peor de la enfermedad hubo pasado y Bunster convalecía en plena posesión de sus sentidos, aunque débil como un niño, Mauki reunió todas sus baratijas, incluida el asa de porcelana, y las guardó en una caja. Luego se dirigió al poblado e interrogó al rey y a los dos primeros ministros.
––Ese hombre, Bunster, hombre bueno, ¿vosotros gustar? ––preguntó.
A coro le respondieron que no les gustaba en absoluto. Los ministros recitaron una larga letanía de todas las indignidades y abusos que había acumulado sobre ellos. El rey perdió el control y se echó a llorar. Mauki le interrumpió bruscamente.
––Tú querer gobernar tu pueblo. A ti no gustarte el gran amo blanco. A mí no gustarme. Tú poner cien cocos, doscientos cocos, trescientos cocos en el cúter. Luego vosotros dormir. Todos los canacas dormir. Vosotros oír gran ruido en la casa y no decir oír gran ruido. Vosotros dormir mucho.
Del mismo modo interrogó Mauki a los miembros de la tripulación. Luego ordenó a la esposa de Bunster que regresara a casa de su familia. Si se hubiera negado, se habría hallado Mauki en un buen compromiso, pues su tambo le impedía ponerle la mano encima.
Desierta ya la casa, entró en la habitación donde el comerciante yacía medio adormilado. Le quitó los revólveres y se puso en la mano el mitón de piel de raya. La primera noticia que tuvo Bunster de lo que ocurría fue una caricia del mitón que le arrancó la piel a todo lo largo de la nariz.
––Buen chico ––rió Mauki entre caricia y caricia, una de las cuales le dejó a Bunster la frente en carne viva mientras que la otra le desollaba la mejilla––. ¡Ríe, maldito, ríe!
Mauki hizo concienzudamente su tarea, y los canacas, ocultos en sus casas, oyeron el gran ruido que Bunster hacía y que continuó haciendo durante una hora o más.
Cuando Mauki hubo terminado, bajó la brújula, los fusiles y toda la munición al cúter, que cargó después con cajones de tabaco. Mientras se afanaba en esta operación, una figura horrenda, en carne viva, salió de la casa y echó a correr gritando hacia la playa, hasta que cayó en la arena retorciéndose y farfullando bajo un sol abrasador. Mauki le miró y dudó. Al fin se acercó y le cortó la cabeza, que envolvió en una estera y guardó en la escotilla de proa.
Tan profundamente durmieron los canacas aquel día largo y caluroso, que no vieron al cúter salir a mar abierto y dirigirse hacia el sur impulsado por el viento del sureste. Nadie avistó la embarcación en su larga travesía hasta las costas de Isabel, ni durante el tedioso recorrido desde aquella isla hasta Malaita. Mauki arribó a Port Adams con una fortuna en rifles y tabaco mayor que la que cualquier hombre hubiera poseído jamás. Pero no se detuvo en la aldea. Había cortado la cabeza a un hombre blanco y sólo la selva podía ofrecerle refugio. En consecuencia volvió a los poblados del interior, donde mató a Fanfoa y a media docena de cabecillas y se erigió en jefe de aquellos contornos. Cuando murió su padre, el hermano de Mauki gobernó en Port Adams, y unidos hombres de la costa y hombres del interior, formaron la más fuerte de todas las tribus guerreras de Malaita.
Más que al gobierno británico, temía Mauki a la todopoderosa Compañía Jabonera Moongleam, y un día le llegó un mensaje por el cual se le recordaba que debía a la compañía ocho años y medio de trabajo. Su respuesta fue favorable y al poco tiempo aparecía el inevitable hombre blanco. Era un capitán de goleta, el único blanco que durante el reinado de Mauki penetrara en la selva y saliera de ella con vida. Y no sólo salió con vida, sino también con setecientos cincuenta dólares en soberanos de oro, el precio de ocho años y medio de trabajo, más el coste de ciertos rifles y cajones de tabaco.
Mauki ya no pesa ciento diez libras. El diámetro de su estómago se ha triplicado y tiene cuatro mujeres. Tiene también muchas otras cosas: rifles y revólveres, el asa de un tazón de porcelana y un excelente surtido de cabezas de nativos. Pero el ejemplar más preciado de toda su colección es una cabeza de cabellos color arena y barba amarillenta, perfectamente curada y desecada, que conserva envuelta en sus más finos lava––lavas. Cada vez que Mauki va a la guerra allende sus dominios, saca invariablemente esa cabeza y, a solas en su palacio de hierba, la contempla larga y solemnemente. En momentos semejantes, un silencio de muerte se cierne sobre el poblado, y ni el negrito más chico se atreve a hacer un solo ruido. La cabeza se tiene por el talismán más eficaz de todo Malaita y a su posesión se atribuye toda la grandeza de Mauki.
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Las terribles Salomón
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No creo que se exagere al decir que el de las Salomón es un archipiélago indómito. Por otra parte, hay sitios peores en el mundo. Pero para el novato que carece de una comprensión esencial del hombre y la naturaleza primitivos, las Salomón pueden resultar terribles.
Es cierto que allí las fiebres y la disentería acechan perpetuamente, que abundan horribles enfermedades de la piel, que el aire está saturado de un veneno que penetra por el mínimo poro, corte o rozadura implantando úlceras malignas, y que muchos hombres fuertes que logran escapar a la muerte vuelven a sus países de origen convertidos en piltrafas. Es cierto también que los nativos de las Salomón son seres salvajes dotados de un apetito insaciable de carne humana y de una marcada propensión a coleccionar cabezas. A lo más que llega su instinto de deportividad es a sorprender a un hombre vuelto de espaldas y pegarle a traición un hachazo en la base del cráneo partiéndole la columna vertebral. Es igualmente cierto que en algunas islas, como Malaita, por ejemplo, el prestigio social del nativo está en proporción directa con los homicidios que cuenta en su haber. Las cabezas se utilizan para el trueque, y las de los blancos son valiosas en extremo. Suele ocurrir que una docena de aldeas vaya acumulando un fondo que engrosan luna tras luna hasta que llega el momento en que un valiente guerrero presenta la cabeza de un hombre blanco, fresca y sanguinolenta, y reclama el premio.
Todo esto es indudablemente cierto y, sin embargo, hay blancos que han pasado. en ese archipiélago una veintena de años y que sienten añoranza cuando lo dejan. El que quiera vivir en las Salomón necesita sobre todo cautela y suerte, pero ha de tener también madera para ello. Ha de llevar impreso en su espíritu el marchamo del hombre blanco. Ha de ser inevitable. Tiene que estar poseído de una noble despreocupación con respecto a la adversidad, de una presunción colosal, y de un egoísmo racial que le tenga convencido de que un blanco vale más que mil negros de lunes a sábado y que el domingo es capaz de terminar él solo con dos mil de ellos. Porque eso es lo que ha hecho siempre el hombre blanco inevitable. ¡Ah! Una cosa más. El blanco que desee ser inevitable no sólo debe despreciar a las razas inferiores y creerse superior a todas ellas, sino que ha de carecer también de excesiva imaginación. No debe entender demasiado ni los instintos, ni las costumbres, ni los procesos mentales de los negros, cobrizos o amarillos, porque no es así como la raza blanca se ha abierto camino por el mundo.
Bertie Arkwright no era inevitable. Era demasiado sensible, demasiado fino, y poseía excesiva imaginación. Le afectaba en demasía todo lo que ocurría a su alrededor y, por tanto, el último lugar adonde debía dirigirse eran las islas Salomón. Nunca pensó en quedarse allí. Había decidido que una estancia de cinco semanas entre la llegada de un vapor y la salida del siguiente bastaría para satisfacer esa llamada de lo primitivo que hacía vibrar con su tañido hasta la última fibra de su ser. Al menos eso fue lo que dijo a las turistas del Makembo, aunque en distintos términos. Y ellas le adoraron como a un héroe porque eran sólo turistas y no soñaban con abandonar el refugio que ofrecía la cubierta del vapor a su paso por las Salomón.
A bordo iba otro personaje en el cual ni se fijaron las señoras. Era una pizca de hombre, arrugado y consumido, con la tez marchita y del color de la caoba. El nombre con que figuraba en la lista de pasajeros no viene al caso, pero el de capitán Malu, por el que se le conocía en las islas, era el que utilizaban los nativos para sus conjuros y el que bastaba pronunciar para atraer al buen camino a los negritos traviesos desde Nueva Hannover hasta las Nuevas Hébridas. Había colonizado a salvajes y hasta al mismo salvajismo, y de fiebres y penurias, del resonar de los rifles y del látigo de los capataces había logrado extraer una fortuna en forma de cohombro de mar, sándalo, madreperla, carey, nuez de taguas, copra, tierras de pastos, almacenes y plantaciones. Había más inevitabilidad en el meñique del capitán Malu, fracturado como estaba en aquel momento, que en todo el esqueleto de Bertie Arkwright. Pero las turistas sólo juzgaban por las apariencias, y Bertie era, indudablemente, un hombre guapo.
Arkwright habló con el capitán Malu en el salón de fumar y le confió sus planes de enfrentarse con la vida sangrienta y descarnada de las islas Salomón. El capitán admitió que era aquél un propósito ambicioso y, desde luego, laudable. Pero no se interesó realmente por Bertie hasta varios días después, cuando el joven aventurero insistió en enseñarle una pistola automática del calibre 44. Le explicó cómo funcionaba el mecanismo y le hizo una demostración introduciendo en la culata un cargador de ocho cartuchos.
––Es facilísimo ––le dijo. Luego tiró de la manija del cerrojo y volvió a soltarla––. Con esto queda cargada y montada. Después no tiene más que apretar el gatillo ocho veces a la mayor velocidad posible. ¿Ve este mecanismo? Es lo que más me gusta de esta pistola. Es segurísima. No hay posibilidad alguna de que ocurra un accidente. ––La descargó––. ¿Ve lo segura que es?
Y mientras mostraba el cargador, el cañón de la pistola apuntaba al estómago de su interlocutor. Los ojos azules del capitán Malu le miraban inmutables.
––¿Le importaría apuntar en otra dirección? ––preguntó.
––No puede pasar nada ––le aseguró Bertie––. Le he sacado el cargador. Ya no está cargada, ¿sabe?
––Las pistolas están siempre cargadas.
––Ésta no.
––Apártela de todos modos.
El capitán Malu hablaba con una voz sin inflexiones, metálica y roma, pero su mirada no abandonó el cañón de la pistola hasta que lo vio apuntar en otra dirección.
––Le apuesto cinco dólares a que no está cargada ––propuso Bertie alegremente.
El otro negó con la cabeza.
––Entonces se lo demostraré.
Bertie acercó el cañón a su propia sien con intención de apretar el gatillo.
––Un momento ––dijo el capitán Malu tranquilamente, extendiendo la mano––. Déjeme verlo.
Apuntó hacia el mar y apretó el gatillo. Se oyó una fuerte explosión confundida con un clic del mecanismo. Un cartucho salió despedido para caer a un lado sobre la cubierta. Bertie abrió la boca asombrado.
––Tiré del cerrojo una vez, ¿no? ––preguntó––. He sido un estúpido, tengo que reconocerlo.
Soltó una risita débil y se desplomó en una hamaca de cubierta. La sangre se había retirado de su rostro, revelando unos círculos oscuros bajo sus ojos. Le temblaban las manos y no acertaba a llevarse el cigarrillo a los labios. Amaba mucho la vida y, por un segundo, se vio con los sesos fuera, tumbado boca abajo sobre cubierta.
––La verdad. No sé qué decir...
––Es un arma muy bonita ––dijo el capitán Malu devolviéndole la pistola.
El gobernador volvía de Sidney a bordo del Makembo y, con su permiso, el barco hizo escala en Ugi para dejar en tierra a un misionero. Y dio la casualidad que en el puerto estaba anclado el Arla, un queche al mando del capitán Hensen. Era uno de los muchos barcos que poseía el capitán Malu y fue por invitación de éste como Bertie subió a bordo para recorrer durante cuatro días las costas de Malaita, adonde se dirigía la nave con el fin de reclutar trabajadores. El Arla le dejaría luego en la plantación de Reminge (propiedad también del capitán Malu), donde pasaría una semana para trasladarse después a Tulagi, sede del gobierno, invitado por el gobernador. El capitán Malu fue también el responsable de otras dos sugerencias, hechas las cuales desaparece de nuestra narración. Una iba dirigida al capitán Hansen y la otra al señor Harriwell, administrador de la plantación de Reminge. Ambas eran, más o menos, del mismo tenor. Recomendaba a sus dos empleados que proporcionaran al señor Arkwright la visión más completa posible de lo que era la vida sangrienta y descarnada en las islas Salomón. Se murmura que el capitán Malu mencionó en aquella ocasión que un cajón de botellas de whisky coincidiría con cualquier impresión inolvidable que recibiera el visitante en cuestión.

––Sí, Swartz fue siempre excesivamente testarudo. Verá usted, llevó a cuatro miembros de su tripulación a Tulagi para que les azotaran oficialmente y luego volvió con ellos en su bote. Al salir del puerto les alcanzó una borrasca. El bote se fue a pique y Swartz fue el único que murió ahogado. Naturalmente, fue un accidente.
––¿De veras? ––preguntó Bertie, interesado sólo a medias en la conversación, mientras miraba fijamente al negro que empuñaba la rueda del timón.
Ugi se había perdido en la distancia y el Arla surcaba el mar estival en dirección a las montañas cubiertas de bosques de Malaita. El timonel, que de tal modo acaparaba la atención de Bertie, llevaba un clavo de tres pulgadas atravesándole la nariz de parte a parte. De su cuello pendía una sarta de botones de pantalón. En los agujeros practicados en sus orejas lucía un abrelatas, el mango roto de un cepillo de dientes, una pipa de cerámica, una rueda de latón de un reloj despertador y varios cartuchos de winchester. Adornaba su pecho la mitad de un plato de porcelana colgado de un cordel. Había en cubierta unos cuarenta negros acicalados de forma parecida, quince de los cuales formaban parte de la tripulación. El resto eran trabajadores recién reclutados.
––Naturalmente, fue un accidente ––dijo Jacobs, el contramaestre del Arla, un hombre enjuto, de ojos negros y aspecto más de profesor que de marino––. A John Bedip le sucedió algo parecido. Volvía con varios hombres a los que había hecho azotar, cuando su bote zozobró. Pero él sabía nadar tan bien como los nativos, y dos de éstos se ahogaron. Bedip se salvó gracias a un madero y a su revólver. Naturalmente, fue todo accidental.
––Son muy corrientes aquí ese tipo de accidentes ––intervino el capitán––. ¿Ve usted ese hombre que lleva el timón, señor Arkwright? Es un caníbal. Hace seis meses él y el resto de la tripulación ahogaron al que era entonces capitán del Arla. Aquí mismo, sí, señor, a popa, junto al palo de mesana.
––La cubierta quedó en un estado espantoso ––dijo el contramaestre.
––¿He entendido bien...? ––comenzó Bertie.
––Sí, como lo oye ––dijo el capitán Hansen––. Se ahogó accidentalmente.
––Pero ¿en cubierta?
––Exactamente. No me importa decirle, en secreto, claro está, que se sirvieron de un hacha.
––¿Esta misma tripulación que lleva usted ahora? .
El capitán Hansen afirmó con la cabeza.
––El capitán anterior era muy descuidado ––explicó el contramaestre––. Acababa de volverse de espaldas cuando le asestaron el golpe.
––No tenemos la más mínima protección ––se lamentó Hansen––. El gobierno da siempre preferencia al negro. El blanco no puede abrir fuego. Tiene que dar al nativo la oportunidad de defenderse o, de otro modo, le acusan de asesino y le envían a Fiji. Por eso hay tantos casos de ahogados accidentalmente.
Llamaron para la cena y Bertie y el capitán bajaron, dejando al contramaestre la vigilancia de cubierta.
––No pierdas de vista a Auiki, ese demonio de negro ––le advirtió el capitán a modo de despedida––. No me gusta nada la expresión que tiene hace varios días.
––Descuide ––dijo el contramaestre.
Ya habían empezado a servir la cena, y el capitán narraba la historia de la matanza sucedida en el Scottish Chiefs. ––Era el mejor navío de toda la costa ––decía––. Pero antes de que llegara siquiera al arrecife, las canoas salieron en su persecución. Iban a bordo cinco hombres blancos y la tripulación, compuesta por veinte nativos de Santa Cruz y de Samoa. Sólo escapó con vida el sobrecargo. Llevaban además sesenta nativos que acababan de reclutar. Todos acabaron kai-kai. Perdón, quiero decir que se los comieron. Y recuerden el caso del James Edwards, aquel navío tan marinero de...
Pero en aquel momento llegó a sus oídos desde cubierta un juramento del contramaestre seguido de un coro de gritos salvajes. Se oyeron tres disparos de revólver y después un chapoteo. El capitán Hansen subió la escala de cámara de una carrera. Bertie se quedó asombrado al comprobar la rapidez con que desenfundaba el revólver mientras se precipitaba hacia cubierta. Le siguió poco después, más circunspecto, dudando antes de asomar la cabeza por la puerta del camarote. Pero no ocurrió nada. El contramaestre temblaba de excitación con el revólver en la mano. Echó a andar hacia delante y, de pronto, se volvió con un movimiento súbito, como si le amenazara algún peligro a su espalda.
––Uno de los nativos ha caído por la borda ––dijo con una voz extraña, cargada de tensión––. No sabía nadar.
––¿Quién era? ––preguntó el capitán.
––Auiki ––fue la respuesta.
––Pero yo le aseguro que he oído disparos ––dijo Bertie temblando de emoción porque todo aquello olía a aventura, una aventura que, por fortuna, ya había pasado.
El contramaestre se lanzó sobre él aullando.
––¡Eso es una mentira indecente! No se ha hecho un solo disparo. El negro se ha caído por la borda.
El capitán Hansen miró a Bertie sin pestañear, bien abiertos los ojos negros y lustrosos.
––Pues a mí me ha parecido... ––empezó a decir Bertie.
––¿Disparos? ––dijo el capitán Hansen distraídamente––. ¿Dice usted que ha oído disparos? ¿Ha oído usted algún disparo, señor Jacobs?
––Ninguno ––replicó el aludido.
El capitán miró triunfante a su invitado y dijo:
––Está claro que ha sido un accidente. Bajemos, señor Arkwright, y acabemos de cenar.
Bertie durmió aquella noche en el camarote del capitán, una cabina pequeña situada junto a la cámara principal. El mamparo de proa estaba decorado con un muestrario de rifles. Sobre la litera colgaban tres más. Bajo ella había un cajón repleto, según descubrió Bertie al abrirlo, de munición, dinamita y cajas de detonadores. Decidió instalarse en el canapé situado al lado opuesto. Sobre la mesita y en lugar destacado se hallaba el diario de navegación. Bertie ignoraba que había sido especialmente preparado para la ocasión por el capitán Malu y, por tanto, leyó con verdadera emoción cómo el 21 de septiembre dos tripulantes habían muerto ahogados después de caer por la borda. Adivinó entre líneas y sospechó que el suceso había sido más que un accidente. Leyó que la ballenera del Arla había caído en Sdu en una emboscada que costó la vida a tres hombres, que el capitán había sorprendido al cocinero guisando carne humana comprada por la tripulación en las costas de Fui y cómo una descarga de dinamita había matado accidentalmente a uno de los marineros mientras hacía señales. Leyó de ataques nocturnos, de huidas de puertos efectuadas en medio de la noche, de ataques de hombres del interior en los pantanos de mangles y de hombres de agua salada en los pasajes más grandes. Con frecuente monotonía se hacía alusión a muertes provocadas por la disentería. Advirtió con alarma que a bordo del Aria habían fallecido por esta causa dos invitados como él.
––Verá usted ––dijo Bertie al capitán a la mañana siguiente––. He estado hojeando el diario de navegación.
El capitán expresó inmediatamente su arrepentimiento por haberlo dejado allí en medio, al alcance de cualquiera.
––Y eso de la disentería, ¿sabe usted?, me parece puro cuento. Como lo de tanto ahogado por accidente ––continuó Bertie––. ¿Cuál fue la verdadera causa de todas esas muertes?
El capitán se hizo lenguas de la agudeza que demostraba su invitado, expresó una negativa formal e indignada de sus sospechas y, al foral, se rindió graciosamente.
––Verá, le explicaré, señor Arkwright. Bastante mala fama tienen ya estas islas. Cada día nos resulta más difícil reclutar a tripulantes blancos. Supongamos que matan a un hombre. La compañía se ve obligada a pagar una suma elevadísima para que otro le reemplace. Pero si ese hombre muere de enfermedad, entonces ya no hay problema. Los nuevos no temen a las enfermedades. Lo que no quieren es morir asesinados. Cuando vine a ocupar este puesto creí que el capitán que me había precedido había muerto de disentería. Luego fue demasiado tarde. Ya había firmado el contrato.
––Además ––intervino el señor Jacobs––, ya había demasiados ahogados por accidente. Resultaba un poco sospechoso. La culpa es del gobierno. El blanco no tiene oportunidad de defenderse de los negros.
––Eso. Recuerden el caso del Princess y de su contramaestre yanqui ––dijo el capitán, iniciando su historia––. Iban a bordo en aquel viaje cinco hombres blancos, además de un agente del gobierno. El capitán, el agente y el sobrecargo habían ido a tierra en los dos botes. El segundo y el contramaestre quedaron abordo con unos quince marineros, todos nativos de Tonga y de Samoa. Una muchedumbre de negros llegó desde la costa. Cuando el contramaestre quiso darse cuenta de lo que ocurría, el segundo y toda la tripulación habían muerto en el primer asalto. Cogió tres cartucheras y dos winchesters y se encaramó en la cruceta. Fue el único superviviente, y se comprende que hasta hoy no haya recobrado el juicio. Disparó una y otra vez hasta que el rifle se calentó tanto que no pudo tenerlo en la mano y se vio obligado a utilizar el otro. La cubierta estaba alfombrada de negros. La limpió totalmente. Los fue derribando conforme saltaban por la borda y los siguió derribando conforme empuñaban los remos de sus canoas. Cuando los negros se arrojaron al agua y empezaron a nadar para ponerse a salvo, seguía tan furioso que mató a media docena más. Y ¿qué le dieron como recompensa?
––Siete años en Fiji ––replicó el contramaestre.
––El gobernador dijo que no estaba justificado seguir disparando una vez que los negros se habían lanzado ya al agua ––explicó el capitán.
––Por eso ahora mueren de disentería ––añadió el contramaestre.
––¡Quién iba a suponerlo! ––dijo Bertie, deseando interiormente que el crucero acabara cuanto antes.
Más tarde, aquel mismo día, interrogó al negro que, según le habían dicho, era caníbal. Se llamaba Sumasai. Había pasado tres años en una plantación de Queensland, conocía Samoa, Fiji y Sidney y había recorrido las costas de Nueva Bretaña, Nueva Irlanda, Nueva Guinea y las Islas del Almirantazgo en los barcos que navegaban por aquellos mares reclutando trabajadores. Era un bromista nato y se había dado cuenta de lo que se proponía el capitán. Sí, había comido a muchos hombres. ¿Cuántos? No recordaba el número. Sí, blancos también. Tenían una carne muy sabrosa cuando estaban sanos. Una vez se había comido a un enfermo.
––Yo decir verdad ––exclamó al recordarlo––. Yo enfermar mucho como él. Mi estómago moverse demasiado.
Bertie se estremeció y pasó a hablar de cabezas. Sí. Sumasai tenía enterradas varias en muy buenas condiciones, secadas al sol y curadas a base de humo. Una de ellas era la del capitán de un barco. Tenía unos bigotes muy largos. Estaba dispuesto a venderla por dos libras esterlinas. Las cabezas de negros podía dejárselas en un dólar la pieza. Tenía también unas cuantas cabezas de negritos en bastante mal estado que podía cederle por diez chelines.
Cinco minutos después, Bertie se hallaba en cubierta sentado junto a un negro que padecía una horrible enfermedad de la piel. Se apartó de él, y cuando después preguntó qué tenía aquel hombre, le dijeron que era lepra. Bajó inmediatamente al camarote y se lavó con un jabón desinfectante. En el transcurso de aquel día repitió muchas veces la operación porque todos los nativos de a bordo tenían úlceras malignas de un tipo u otro.
Cuando el Arla fondeó en medio de un pantano de mangles, colocaron sobre la borda una doble fila de alambradas. Parecía que la cosa iba en serio, y cuando Bertie vio las canoas de los nativos alineadas en la playa, una junto a otra, armadas con lanzas, arcos, flechas y sniders, deseó más que nunca que el crucero terminara cuanto antes.
Aquella tarde, los nativos que habían subido a bordo se resistieron a abandonar el barco cuando se puso el sol. Unos cuantos respondieron con descaro cuando se les conminó a que volvieran a tierra.
––No importa. Yo me encargaré de ellos ––dijo el capitán Hansen, desapareciendo por la escala de cámara. Cuando regresó, le enseñó a Bertie un cartucho de dinamita atado a un anzuelo. Se da la coincidencia de que una botella de clorodina envuelta en papel por el que asoma una mecha inofensiva puede engañar a cualquiera. Desde luego, engañó a Bertie y engañó también a los nativos. Cuando el capitán Hansen prendió fuego a la mecha y enganchó el anzuelo a la parte trasera del taparrabos de un nativo, a éste se le despertaron unos deseos tan ardientes de ir a tierra que olvidó quitarse el taparrabos. Echó a correr con la mecha siseando y chisporroteando a su espalda, sembrando el pánico entre sus compañeros, que se lanzaban al agua por encima de la alambrada con cada salto que él daba. Bertie estaba horrorizado. Y también el capitán Hansen. Se había olvidado de los veinticinco hombres que había reclutado aquel día, a cada uno de los cuales había pagado treinta chelines por adelantado. Los así enrolados se arrojaron al agua con el resto de los nativos, seguidos por el que arrastraba la botella de clorodina con la mecha que chisporroteaba sin cesar.
Bertie no vio cómo explotaba la botella, pero como el contramaestre hizo estallar oportunamente un cartucho de auténtica dinamita a popa, donde no pudiera hacer daño a nadie, habría jurado ante cualquier tribunal del Almirantazgo que había visto volar un negro en mil pedazos.
La huida de los veinticinco hombres reclutados costó al Arla cuarenta libras esterlinas. Habían huido a la selva del interior de la isla, por lo cual no cabía esperanza de recuperarlos. El capitán y el contramaestre decidieron ahogar sus penas en té frío, un té que se sirvió en botellas de whisky, por lo cual Bertie no pudo saber que no era alcohol lo que con tanta prisa se echaban al coleto. Sólo supo que aquellos hombres se emborracharon mucho y que discutieron con gran elocuencia y meticulosidad si la muerte del negro que había estallado en mil pedazos debía atribuirse a la disentería o a un accidente. Cuando los dos hombres comenzaron a roncar, Bertie fue el único blanco que quedaba despierto a bordo, por lo cual montó una peligrosa guardia hasta el amanecer, temiendo un ataque de los nativos de la isla o un motín de la tripulación.
Tres días más pasó el Arla junto a la costa y tres noches más abusaron del té frío el capitán y el contramaestre, dejando a Bertie encargado de la vigilancia. Estaban convencidos de que podían fiarse de él del mismo modo que Bertie sabía que si llegaba a salir con vida de aquel trance informaría al capitán Malu de la conducta de aquellos borrachos. Finalmente, el Arla fondeó en la plantación Reminge, en Guadalcanal. Bertie echó pie a tierra con un suspiro de alivio y estrechó la mano del administrador. El señor Harriwell estaba preparado para recibirle.
––No se sorprenda usted si ve a los muchachos algo alicaídos ––le dijo tras llevárselo a un rincón para hablarle en secreta––. Se rumorea que va a haber un motín. Estoy dispuesto a admitir que he visto dos o tres síntomas sospechosos, pero personalmente creo que se trata de una falsa alarma.
––¿Cuántos negros hay en la plantación? ––preguntó Bertie con el corazón en un puño.
––En este momento tenemos cuatrocientos ––replicó despreocupadamente el señor Harriwell––, pero entre nosotros tres, más usted, naturalmente, el capitán y el contramaestre del Arla, podremos dominarlos sin dificultad.
Bertie se volvió para estrechar la mano de un tal McTavish, el intendente, que apenas le saludó, tal era la prisa que llevaba por presentar la dimisión.
––Dado que soy hombre casado, señor Harriwell, no puedo permitirme el lujo de quedarme por más tiempo. Aquí se cuece algo, tan claro como la nariz que veo en su cara. Los negros van a amotinarse y en Reminge va a repetirse el horror de Hohono.
––¿A qué horror se refería? ––preguntó Bertie después que el administrador de la plantación lograra convencer al intendente para que se quedara hasta fin de mes.
––Hablaba de la plantación de Hohono, en la isla Isabel ––dijo el administrador––. Los negros mataron a cinco blancos que estaban en tierra firme, se hicieron con la goleta, liquidaron al capitán y al contramaestre, y huyeron en la nave a Malaita. Pero siempre he dicho que en Hohono pasó lo que pasó porque no tomaron precauciones. Aquí no nos sorprenderán durmiendo. Venga, señor Arkwright, y vea el panorama que se divisa desde la galería.
Bertie estaba demasiado preocupado pensando cómo escapar a Tulagi, a casa del gobernador, para interesarse mucho por el panorama. Seguía meditando cómo salir de aquel atolladero cuando sonó un rifle a su espalda, muy cerca de donde se hallaba. En aquel mismo instante, el señor Harriwell le arrastró al interior de la casa con tal precipitación que a poco le disloca el brazo.
––¡Qué barbaridad, amigo mío! Se ha salvado por un pelo ––le dijo mientras le inspeccionaba todo el cuerpo para ver si estaba herido––. No se imagina usted lo preocupado que estoy. A plena luz del día. Nunca lo hubiera creído...
Bertie empezó a palidecer.
––Así es como mataron al administrador anterior ––admitió McTavish––. Y hay que ver lo bueno que era aquel hombre. Le volaron los sesos en esa misma galería. ¿Ha reparado usted en una mancha oscura que hay entre los escalones y la puerta?
Bertie no veía el momento de beberse el cóctel que el señor Harriwell había preparado para él y que en ese momento le ofrecía. Pero antes de que pudiera probarlo, entró un hombre con pantalones de montar y polainas.
––¿Qué pasa ahora? ––preguntó al administrador después de echar una ojeada al rostro del recién llegado––. ¿Ha vuelto a subir el río?
––¡Qué río ni qué demonios! Ha sido un negro. Salió de la espesura, se detuvo ni a una docena de pasos de donde yo estaba, y me pegó un tiro. Tenía un snider y disparó apoyando la culata en la cadera. Lo que me gustaría saber es de dónde ha sacado el rifle. ¡Ah, perdone usted! Encantado de conocerle, señor Arkwright.
––El señor Brown es mi ayudante ––explicó el señor Harriwell––. Ahora vamos a tomarnos esa copa.
––Pero ¿de dónde habrá sacado ese snider? ––insistió Brown––. Siempre me he opuesto a que tengamos aquí ese tipo de armas.
––Pues de aquí no se han movido ––dijo el señor Harriwell en un acceso de cólera.
El señor Brown sonrió incrédulo.
––Venga a verlo ––dijo el administrador.
Bertie siguió a la procesión hasta la oficina donde Harriwell señaló triunfante un cajón de embalaje que había en un rincón polvoriento.
––Entonces, ¿de dónde sacó el snider ese desgraciado? ––insistió de nuevo Brown.
Pero en aquel preciso momento McTavish alzaba el cajón del suelo. Dio un respingo y arrancó la tapa. Estaba vacío. Todos se miraron en medio de un silencio espeluznante. Harriwell se encogió.
McTavish soltó un juramento.
––Lo que he dicho siempre. No se puede uno fiar de los criados.
––Esto parece serio ––admitió Harriwell––, pero saldremos con bien del trance. Lo que necesitan estos negros sanguinarios es un buen susto. Caballeros, ¿quieren traer sus rifles al comedor? Y usted, señor Brown, prepare cuarenta o cincuenta cartuchos de dinamita. Ponga las mechas muy cortas. Les daremos una lección. Y ahora, señores, la cena está servida.
Si algo detestaba Bertie era el arroz con curry, y así fue como se sirvió él solamente de una tortilla que ofrecía un aspecto bastante apetitoso. Había terminado de comer, cuando Harriwell se sirvió del mismo plato. Probó un bocado y lo escupió vociferando.
––Ya es la segunda vez ––anunció McTavish ominosamente.
Harriwell seguía escupiendo y carraspeando.
––¿A qué se refiere? ––preguntó Bertie trémulamente.
––Veneno ––fue la respuesta––. Acabaré colgando a ese cocinero.
––Así fue como murió el contable de Cabo Marsh ––dijo Brown––. Fue una muerte horrible. Dicen en el Jessie que sus gritos se oían en tres millas a la redonda.
––Cargaré a ese cocinero de grilletes ––farfulló Harriwell––. Afortunadamente lo hemos descubierto a tiempo.
Bertie seguía paralizado. El color había huido de su rostro. Quiso hablar, pero sólo logró emitir un gorgoteo inarticulado. Todos le miraron ansiosamente.
––¡No me lo diga! ¡No me lo diga! ––exclamó McTavish con voz tensa.
––Sí, he comido tortilla, y mucha. Un plato lleno ––estalló Bertie como un buceador que de pronto recobrara el aliento.
El terrible silencio que se hizo a continuación se prolongó durante medio minuto. Bertie leyó en los ojos de todos su destino.
––Quizá no esté envenenada ––dijo Harriwell débilmente.
––Llamen al cocinero ––ordenó Brown.
Y acudió el aludido, un negrito sonriente con la nariz y las orejas perforadas.
––Wi-wi, ¿qué nombre esto? ––gritó Harriwell señalando la tortilla acusadoramente.
Wi-wi, naturalmente, estaba asustado y azorado.
––Bueno para kai-kai ––murmuró con tono de disculpa.
––Hágaselo comer ––sugirió McTavish––. Ésa es la mejor prueba.
Harriwell llenó una cuchara de tortilla y saltó hacia el cocinero, que salió corriendo presa de pánico.
––Con eso está dicho todo ––fue el juicio que pronunció Brown solemnemente––. No quiere probarla.
––Señor Brown, ¿quiere ir a ponerle los grilletes? ––Harriwell se volvió alegremente hacia Bertie––. No se preocupe usted. El gobernador le ajustará las cuentas y puede estar seguro de que si usted muere le ahorcarán.
––No creo que lo hagan ––objetó McTavish.
––Pero, caballeros, caballeros... ––exclamó Bertie––. Mientras tanto piensen ustedes en mí.
Harriwell se encogió de hombros, compasivo.
––Lo siento, amigo mío, pero no se conocen antídotos para los venenos que utilizan los nativos. Procure serenarse y si...
Fuera sonaron dos disparos de rifle que interrumpieron el diálogo. Brown entró, cargó su winchester y se sentó a la mesa.
––El cocinero ha muerto ––dijo––. De fiebres. Ha sido un ataque fulminante.
––Estaba diciéndole al señor Arkwright que no se conocen antídotos para los venenos de los nativos...
––Excepto la ginebra ––dijo Brown.
Harriwell se tildó de idiota y distraído y corrió a buscar una botella.
––Cuidado, hombre, cuidado ––advirtió a Bertie, que se había bebido de un trago un vaso casi lleno de ginebra y que, bajo los efectos de la mordedura del alcohol, tosía y se atragantaba de tal modo que las lágrimas rodaban por sus mejillas.
Harriwell le tomó el pulso y la temperatura, le atendió con la mayor ostentación posible y manifestó sus dudas acerca de que la tortilla estuviera envenenada. Brown y McTavish se expresaron en el mismo sentido, pero Bertie creyó adivinar un tono falso en sus palabras. El apetito le había abandonado como por ensalmo y se tomaba furtivamente el pulso bajo la mesa. Indudablemente aumentaba de velocidad, pero no se le ocurrió achacarlo a la ginebra que se acababa de tomar. McTavish, rifle en mano, salió a la galería para hacer una visita de inspección.
––Están reuniéndose en la cocina ––informó a su vuelta––. Y tienen un montón de rifles. Lo mejor será que nos acerquemos sigilosamente y les ataquemos por el flanco. Que seamos nosotros los que abramos fuego. ¿Quiere venir conmigo, Brown?
Harriwell continuó comiendo mientras Bertie descubría que su pulso había aumentado de velocidad, cinco latidos por minuto. A pesar de estar advertido, no pudo evitar dar un salto cuando los rifles empezaron a sonar. A los disparos de los sniders se superponía el constante martillear de los winchesters de Brown y de McTavish, confundidos unos y otros con gritos y exclamaciones demoníacas.
––Les han dispersado ––observó Harriwell, mientras el sonido de voces y disparos se perdía en la distancia.
Apenas habían vuelto a sentarse a la mesa Brown y McTavish, cuando este último aventuró una observación.
––Tienen dinamita ––dijo.
––Entonces, ataquémosles con dinamita ––propuso Harriwell.
Se metieron cada uno media docena de cartuchos en los bolsillos y, tras equiparse con puros encendidos, se dirigieron a la puerta.
Fue en ese preciso momento cuando sucedió. Más tarde culparon de ello a McTavish, quien admitió que la carga había sido un poco excesiva. En cualquier caso, lo cierto es que estalló bajo la casa, la cual se alzó de costado y volvió a posarse sobre sus cimientos. La mitad de los platos que había sobre la mesa se hicieron añicos, mientras que el reloj, que tenía cuerda para ocho días, se paró en seco. Clamando venganza, los tres hombres se precipitaron al exterior y comenzó el bombardeo en medio de la noche.
Cuando regresaron, Bertie había desaparecido. Se había arrastrado hasta la oficina del administrador, donde se había encerrado levantando una barricada. Allí, tendido en el suelo y hundido en una pesadilla empapada en ginebra pura, murió mil muertes sucesivas mientras a su alrededor se libraba el valeroso combate. Por la mañana, con el estómago revuelto y un buen dolor de cabeza, salió de su encierro y encontró el sol brillando en el firmamento y a Dios presumiblemente en el Cielo, porque sus anfitriones seguían vivos e ilesos.
Harriwell le instó a que prolongara su estancia en la plantación, pero Bertie insistió en zarpar inmediatamente en el Arla en dirección a Tulagi, donde no se apartó de las cercanías de la casa del gobernador hasta que llegó el día de la partida del primer vapor. Iban a bordo turistas femeninas, y Bertie volvió a ser el héroe, mientras que el capitán Malu, como de costumbre, pasaba desapercibido. Pero envió desde Sidney dos cajones del mejor whisky escocés que pudo encontrar, porque no pudo decidir cuál de sus dos empleados, si el capitán Hansen o el señor Harriwell, había proporcionado a Bertie Arkwright la impresión más inolvidable de la vida en las islas Salomón.
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Las perlas de Parlay
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1

El piloto canaca metió la caña y el Malahini arrumbó al viento y se adrizó. Los foques gualdrapearon, resonaron los tomadores, giraron las escotas de las botavaras y la nave viró mientras las velas volvían a hincharse. Aunque era muy temprano y soplaba una brisa fresca, los cinco blancos que iban sentados en la toldilla vestían ropa muy ligera. David Grief y su invitado, Gregory Mulhall, un inglés, estaban aún en pijama, calzados sus pies desnudos con zapatillas chinas. El capitán y el primer oficial llevaban camisetas muy finas y pantalones de drill sin almidonar, mientras que el sobrecargo se resistía a ponerse la camiseta que sostenía en la mano. Con la frente perlada de sudor, hundía el pecho sediento en un aire que no refrescaba.
––No entiendo este bochorno con una brisa así ––se quejó.
––¿Y qué hace semejante viento por este cuadrante? Eso es lo que me gustaría saber a mí ––fue la contribución de Grief al descontento general.
––No durará ––dijo Hermann, el oficial holandés––. Ha estado cambiando de rumbo toda la noche. Cinco minutos soplando de aquí, diez de allá, una hora del cuadrante opuesto...
––Algo se prepara, algo se prepara ––gruñó el capitán Warfield, mientras se peinaba su poblada barba con los dedos de ambas manos y adelantaba el mentón en un vano intento de buscar aire fresco––. El tiempo lleva loco dos semanas. Y hace tres que no soplan los vientos propios de la estación. Todo anda revuelto. El barómetro subía y bajaba sin parar ayer al anochecer y sigue haciéndolo ahora, aunque los expertos dicen que no significa nada. En cualquier caso, no me gusta verlo oscilar así. Me pone nervioso, no sé, ya me entienden... Lo mismo ocurrió cuando el naufragio del Lancaster. Yo era entonces un grumete, pero lo recuerdo bien. Era un barco de casco de acero, completamente nuevo, de cuatro mástiles. Y aquélla era su primera travesía. El pobre capitán se quedó con el corazón destrozado. Llevaba cuarenta años trabajando para la compañía. Se fue consumiendo poco a poco y murió al año siguiente.
A pesar del viento y de lo temprano de la hora, el calor era sofocante. La brisa prometía una frescura que no llegaba a materializarse. Habría podido proceder del Sáhara de no ser por la extrema humedad de que iba cargada. No había ni rastro de niebla y, sin embargo, un velillo de bruma parecía flotar en la distancia.
No podía decirse que hubiera nubes definidas, pero tan espeso era el sucio sudario nuboso que se cernía sobre el mar, que los rayos del sol no podían atravesarlo.
––¡Listos para virar! ––ordenó el capitán Warfield con voz aguda.
Los canacas cobrizos, vestidos con simples taparrabos, se movieron lánguidamente, pero con presteza, y procedieron a maniobrar velas y botavaras.
––¡Todo a sotavento!
El piloto hizo girar el timón sin contemplaciones y el Malahini puso proa al viento y viró limpiamente.
––¡Por Júpiter, es una bruja! ––exclamó Mulhall admirado––. No sabía que ustedes, los comerciantes de los Mares del Sur, navegaran en yates.
––Antes de llegar aquí, el Malahini fue un barco pesquero en Gloucester ––explicó Grief––. Y los pesqueros de Gloucester tienen fama de marineros.
––Pero, si están aproados a la entrada de la laguna, ¿por qué no entran?
––Inténtelo, capitán Warfield ––sugirió Grief––. Demuéstrele lo que es entrar en una laguna con fuerte corriente en contra.
––¡Avante con cuidado! ––ordenó el capitán.
––¡Avante con cuidado! ––repitió el canaca, soltando media cabilla.
El Malahini enfiló el estrecho pasaje que constituía la entrada a la laguna de un gran atolón ovalado. Tenía éste una forma extraña, como si tres atolones en proceso de formación hubieran chocado aglutinándose sin alzar entre ellos muros de partición. Aquí y allá se elevaban sobre la arena grupos de cocoteros y, a través de los claros, el agua inmóvil brillaba como la superficie bruñida de un espejo. Aquella laguna irregular encerraba muchas millas cuadradas de agua, toda la cual fluía a borbotones con la marea baja a través del estrecho canal. Tan angosto era éste y tan abundante el agua, que el pasaje semejaba la zona de rápidos de un río más que la entrada a un atolón. El agua bullía, se arremolinaba, hervía y fluía encrespada formando una espuma blanca sobre las olas dentadas. Con cada nueva embestida, con cada arremetida de la corriente, el Malahini se desviaba de su rumbo y se escoraba, como alzado por cuñas de acero, hacia un lado del pasaje. Había recorrido ya parte del canal, cuando la proximidad de la orilla de arenas coralíferas le obligó a virar. Sobre la amura de babor, abatido por la corriente, salió otra vez a mar abierto arrastrado por la fuerza de la marea.
––Ha llegado el momento de probar ese motor que tantos sudores le ha costado ––se burló Grief bonachonamente.
Estaba claro que aquel motor era un asunto espinoso para el capitán Warfield. Había pedido y suplicado que se lo concedieran, hasta que al fin Grief accedió a ello.
––Lo amortizaremos ––respondió el capitán––. Espere y lo verá. Es mejor que una póliza de seguros y, en cualquier caso, ya sabe usted que no hay una sola empresa dispuesta a asegurar un barco que navegue por las Paumotus.
Grief señaló un pequeño cúter, que avanzaba tras ellos en la misma dirección.
––Apuesto cinco francos a que el Nuhiva entra antes que nosotros.
––¡Desde luego! ––dijo el capitán Warfield––. Tiene más potencia de la que necesita. A su lado parecemos un transatlántico y, sin embargo, llevamos cuarenta caballos de vapor. Ella lleva diez y corre más ligera que el viento. Podría deslizarse sobre las llamas del infierno, pero mire. Aun así no puede luchar contra la corriente. Van navegando a diez nudos en este momento.
Y a la misma velocidad, cabeceando y brincando sobre las olas, el Malahini seguía retrocediendo.
––Repuntará dentro de media hora y entonces entraremos ––dijo el capitán Warfield con una irritación que vinieron a explicar las palabras que pronunció después––. No tiene ningún derecho a llamar Parlay a este atolón. En las cartas del Almirantazgo y en los mapas franceses aparece como Hikihoho. Lo descubrió Bouganville y lo bautizó con el nombre que le daban los nativos.
––¿Qué más dará el nombre? ––preguntó el sobrecargo, aprovechando que hacía uso de la palabra para detenerse con los brazos ya metidos en las mangas de la camiseta––. El caso es que está ahí, ante nuestras mismísimas narices. Y que en tierra está Parlay con sus perlas.
––¿Qué seguridad tienen de que existen? ¿Quién las ha visto? ––preguntó Hermann, mirando uno tras otro a sus interlocutores.
––Eso es cosa sabida ––respondió el sobrecargo. Luego se volvió hacia el timonel––: Díselo tú, Tai––Hotauri.
El canaca, halagado y cohibido al mismo tiempo, tomó el timón y movió una cabilla.
––Mi hermano bucear para Parlay tres o cuatro meses y hablar mucho de ellas. Decir que Hikihoho buen sitio para perlas.
––Y los compradores no han conseguido jamás que se desprenda de una sola ––interrumpió el capitán.
––Dicen que llevaba un verdadero montón de ellas para Armande cuando zarpó rumbo a Tahití ––intervino el sobrecargo, tomando el hilo de la historia.
––Eso fue hace quince años, y desde entonces ha seguido acumulándolas. Y almacena las conchas también. Eso todo el mundo lo ha visto. Tiene cientos de toneladas. Dicen que ha dejado la laguna totalmente limpia. Quizá por ello haya anunciado la subasta.
––Si de verdad vende todas las que tiene, éste será el año que más perlas hayan producido las Paumotus ––dijo Grief.
––Pero, bueno, ya está bien, señores ––intervino Mulhall de mal talante, tan molesto como sus interlocutores por aquel calor agobiante––. ¿Quieren decirme de qué están hablando? ¿Quién es ese saqueador de playas? ¿Y qué perlas son ésas? ¿A qué tanto misterio?
––Hikihoho pertenece al viejo Parlay ––respondió el sobrecargo––. Tiene una fortuna en perlas que ha acumulado durante años y años. Hace unas semanas hizo correr la voz de que las subastaría mañana. ¿Ve todas esas goletas fondeadas en la laguna?
––Ocho distingo yo ––dijo Hermann.
––¿Quiere saber qué hacen tantas embarcaciones en un lugar tan miserable como éste? ––continuó el sobrecargo––. Toda la producción anual de copra de este atolón no bastaría para cargar una sola goleta. Han venido para la subasta. Por eso están aquí. Y por eso va el pequeño Nuhiva dando tumbos ahí detrás, aunque no entiendo qué es lo que pueda comprar su dueño y capitán. Es Narii Herring, un inglés medio judío que no tiene en el mundo más que osadía, cara dura y deudas con los proveedores de whisky de toda la Polinesia. Para esas cosas es un genio. Debe tanto dinero que no hay un solo comerciante en Papeete que no se interese por sus negocios. Hacen todo lo que está en su mano y más por proporcionarle trabajo. No les queda otro remedio. ¡Vaya suerte que tiene ese Narii! Yo, en cambio, no debo nada a nadie, y ¿cuál es el resultado? Que si me diera un ataque ahora mismo en esa playa, me dejarían morir sin echarme una mano. Nadie perdería nada con mi muerte. Pero lo que es ese Narii Herring... ¿Qué no harían por él si le diera un ataque? En su caso lo mejor no les parecería suficiente. Han invertido tanto en él que no podrían dejarle morir así como así. Le llevarían a su propia casa y le cuidarían como a un verdadero hermano. Permítanme que les diga que pagar las cuentas a tiempo no es tan bueno como lo pintan.
––¿Qué tiene que ver Parlay con ese tal Narii? ––preguntó, encolerizado, el inglés. Y volviéndose a Grief continuó––: ¿Y qué pasa con esas perlas? ¿Quieren empezar por el principio?
––Tendrán ustedes que ayudarme ––advirtió Grief a sus compañeros antes de comenzar la narración––. Parlay es un tipo muy original. Por lo que he oído de él, creo que está un poco loco. Pero, en cualquier caso, le contaré la historia. Parlay es francés por los cuatro costados. Una vez me dijo que había nacido en París, y lo cierto es que tiene el acento de un verdadero parisién. Llegó aquí en los buenos tiempos y se dedicó al comercio. Así comenzó en Hikihoho, comerciando, cuando eso era lo rentable. Vivían entonces en la isla cien nativos miserables. Se casó con la reina al estilo polinesio y cuando ella murió, lo heredó todo. Hubo una epidemia de sarampión y no quedaron más que una docena de supervivientes. Él les alimentó, les obligó a trabajar y se erigió en rey. Su esposa, antes de morir, le había dado una hija. La llamó Armande. Cuando la niña tenía tres años, la mandó a un convento de Papeete, y cuando cumplió siete u ocho, la envió a Francia. Ya se imaginará usted cómo la crió. Ni el mejor ni el más aristocrático de los colegios de Francia le parecía lo bastante bueno para su única hija, la hija de un rey y, al mismo tiempo, del hombre más rico de las Paumotus. Por otra parte, ya sabe que a los franceses les importa muy poco el color de la piel. La educó como a una princesa, y por tal se llegó a tener ella. Creía ser completamente blanca, y nunca sospechó que se alzara en torno a ella una barrera siniestra.
Entonces ocurrió la tragedia. El viejo fue siempre un excéntrico. Tanto tiempo había representado en Hikihoho el papel de déspota, que llegó a convencerse de que el rey y la princesa eran invulnerables. Cuando Armande cumplió los dieciocho años, la mandó llamar. Tenía, como popularmente se dice, más dinero que pesaba. Construyó una gran casa en Hikihoho y un enorme bungalow en Papeete. Armande debía llegar en el vapor correo desde Nueva Zelanda y él zarpó en su goleta para recibirla en Tahití. Es posible que hubiera evitado lo que ocurrió después, a pesar de todas las viejas cotorras de Papeete, de no haber sido por un huracán. ¿No fue aquel año cuando Manu Huni fue arrasado por el viento y murieron ahogados mil cien hombres?
Todos asintieron, y el capitán Warfield dijo:
––Yo navegaba en el Magpie en aquella ocasión. Toda la tripulación, incluso el cocinero, fuimos a parar a tierra con barco y todo. Un cuarto de milla nos arrastró el huracán entre los cocoteros de la embocadura de la bahía de Taihoae, y eso que tiene fama de ser un puerto a prueba de borrascas.
––Al viejo Parlay ––continuó Grief–– le sorprendió ese mismo huracán y llegó a Papeete, cargado con sus perlas, con tres semanas de retraso. Tuvo que reparar la goleta y construir una rampa de media milla para poder hacerla a la mar.
Mientras tanto, Armande le esperaba en Papeete. Nadie fue a verla. A la manera francesa, hizo las habituales visitas protocolarias al gobernador y al médico del puerto. Ambos la recibieron, pero las arpías de sus mujeres dijeron no estar en casa cuando fue a verías y no le devolvieron la visita. No era de su casta, o, mejor dicho, no era de casta, aunque ella ni lo sospechara. En el crucero francés iba un joven teniente que perdió por Armande el corazón, pero no la cabeza. Pueden imaginarse la sorpresa que todo aquello representó para una joven refinada, hermosa, educada como una aristócrata y acostumbrada a todo lo mejor que puede comprarse con dinero en la vieja Francia. Y puede imaginarse también cómo terminó el asunto. ––Se encogió de hombros––. En el bungaló había un criado japonés que presenció todo y afirma que en aquella ocasión Armande se comportó como un verdadero samuray. Sin precipitación, sin apremio, sin el ansia salvaje del que desea la aniquilación total, cogió un estilete, posó la punta cuidadosamente sobre su pecho y, con ambas manos, lo empujó, lenta pero segura, hasta que penetró en el corazón.
Poco después llegó el viejo Parlay con sus perlas. Dicen que una de ellas valía por sí sola sesenta mil francos. Peter Gee la vio y, según me dijo, le ofreció esa cantidad. El viejo perdió la cabeza. Le tuvieron dos días en el Club Colonial metido en una camisa de fuerza...
––El tío de su mujer, un viejo de las Paumotus, cortó la camisa de una cuchillada y le sacó de su encierro ––corroboró el sobrecargo.
––A partir de aquel momento, el viejo Parlay comenzó a hacer estragos ––continuó Grief––. Le incrustó tres balas en el cuerpo al pícaro del teniente...
––Que pasó tres semanas en la enfermería ––intervino el capitán Warfield.
––Arrojó un vaso de vino a la cara del gobernador, se batió en duelo con el médico del puerto, dio sendas palizas a sus criados nativos, arrasó el hospital, rompió dos costillas y la clavícula al enfermero y escapó. Bajó a su goleta con una pistola en cada mano desafiando al jefe de policía y a los gendarmes a que lo detuvieran, y zarpó para Hikihoho. Dicen que desde entonces no ha vuelto a salir del atolón.
El sobrecargo asintió.
––De eso hace ya quince años, y desde entonces no ha dado señales de vida.
––Aparte de lo de las perlas ––dijo el capitán––, es un lunático y un charlatán. A mí me pone la carne de gallina. Dicen que es un verdadero vikingo.
––¿Cómo un vikingo? ––preguntó Mulhall.
––Tiene poder sobre los elementos. Al menos eso creen los nativos. Pregúntele a Tai-Hotauri. Oye, Tai-Hotauri, ¿qué crees tú que hace Parlay con el tiempo?
––Parlay demonio ––fue la respuesta del carraca––. Yo saber. Él querer viento, y levantarse viento. Él no querer viento, y no haber viento.
––Lo que se dice un hechicero, vamos ––dijo Mulhall.
––No dar suerte las perlas ––estalló bruscamente Tai-Hotauri, meneando ominosamente la cabeza––. Él decir vender y muchas goletas venir. Él hacer gran huracán y todos muertos. Los nativos decir eso.
––Estamos en la estación de los huracanes ––rió morosamente el capitán Warfield––. No andan muy descaminados. En este momento se está preparando algo y yo estaría mucho más tranquilo si el Malahini se hallara a mil millas de aquí.
––Parlay está un poco loco ––concluyó Grief––. He intentado ver las cosas desde su punto de vista. El asunto es complicado. Durante dieciocho años había centrado todo en Armande. A veces le da por creer que su hija sigue viva, que no ha vuelto de Francia. Ésa es una de las razones por las que hasta ahora no ha querido deshacerse de las perlas. Y odia a los blancos. No puede olvidar que fueron ellos quienes la mataron, aunque a veces sí se olvide de que ha muerto.
––¡Miren! ¿Qué ha sido del viento?
Las velas colgaban vacías sobre sus cabezas y el capitán Warfield gruñó con disgusto. Si hasta entonces el calor había sido abrumador, ahora, con la ausencia de viento, era ya intolerable. Los rostros rezumaban sudor y uno tras otro todos los presentes aspiraron con ansia como buscando aire.
––Aquí está otra vez. Ha virado ocho cuartas. ¡Pronto, alas escotas de las botavaras!
Los canacas se precipitaron a obedecer las órdenes de su capitán y durante cinco minutos la goleta enfiló directamente el pasaje y avanzó a pesar de la corriente. Amainó la brisa y volvió a soplar de nuevo de otro cuadrante, obligándoles a llevar a cabo nuevas maniobras.
––Ahí viene el Nuhíva ––dijo Grief––. Lleva el motor en marcha. Miren cómo salta las olas.
––¿Todo listo? ––preguntó el capitán al maquinista, un mestizo portugués que asomaba la cabeza y los hombros por la escotilla de proa mientras se limpiaba el sudor que le corría por la cara con un puñado de trapos grasientos.
––Todo listo ––replicó.
––Entonces, ¡avante!
El maquinista desapareció en el interior de su cubil y, momentos después, el tubo de salida de gases tosía y carraspeaba. Pero la goleta no pudo mantenerse a la cabeza. El pequeño cúter adelantaba tres pies por cada dos que avanzaba el Malahini y poco a poco le iba ganando delantera. En la cubierta del cúter todos eran nativos, a excepción del hombre que empuñaba el timón y que agitó la mano en el aire con un gesto burlón de saludo y despedida.
––Ése es Narii Herring ––dijo Grief a Mulhall––, el hombre que lleva el timón. Es el mayor caradura y el bribón más atrevido de todo el archipiélago de las Paumotus.
Cinco minutos después un grito de alegría, prorrumpido al unísono por todos los canacas del Malahini, centró la atención de los circunstantes en el Nuhíva. El motor del cúter se había averiado y la goleta le adelantaba. Los marineros del Malahani saltaron a la jarcia lanzando exclamaciones de burla. El pequeño cúter viraba impulsado por el viento y retrocedía cediendo a la corriente.
––¡Vaya motor el nuestro! ––dijo Grief cuando la laguna se abrió ante su vista y la goleta hubo virado para dirigirse al fondeadero.
El capitán Warfield, aunque se limitó a gruñir, estaba visiblemente satisfecho.
––Lo amortizaremos, no tema.
El Malahini se confundió con la pequeña flota de goletas y halló un lugar para fondear.
––Allí está Isaacs con el Dolly ––observó Grief mientras saludaba con la mano––. Y Peter Gee con el Roberta. No podía faltar a una subasta como ésta. Y allá veo a Fancini, en el Cactus. Han venido todos los compradores de perlas. Seguro que el viejo Parlay sacará buen precio por ellas.
––Aún no han podido reparar el motor ––murmuró encantado el capitán Warfield. Miraba hacia el lado opuesto de la laguna, allá donde las velas del Nuhiva asomaban entre los cocoteros.

2

La casa de Parlay era una construcción de dos pisos con paredes de madera de California y tejado de metal galvanizado. La desproporción que guardaba con respecto al estrecho atolón era tal, que surgía del anillo de arena y se elevaba sobre él como una monstruosa excrecencia. Los del Malahini hicieron una visita de cortesía a tierra firme nada más fondear. En la sala principal de la casa había otros capitanes y compradores examinando las perlas que iban a subastarse al día siguiente. Criados de las Paumotus, nativos de Hikihoho y parientes del dueño de la casa iban de un lado a otro sirviendo whisky y absenta. Entre los circunstantes evolucionaba, cloqueando y riendo despectivamente, el viejo Parlay en persona, despojo de lo que años antes fuera un hombre alto y fornido. Tenía los ojos hundidos y enfebrecidos y las mejillas chupadas y cavernosas. El pelo se le había caído a mechones, tanto el de la cabeza como el del bigote y la perilla.
––¡Por Júpiter! ––murmuró Mulhall en voz baja––. Es un Napoléon II zanquilargo, pero quemado, cocido y agrietado por el sol. ¡Y para colmo, sarnoso! No me extraña que lleve la cabeza inclinada hacia un lado. Tiene que guardar el equilibrio.
––Se aproxima un huracán ––fue el saludo que dirigió a Grief el viejo––. Deben de gustarle mucho las peleas para venir en un día así.
––Por ellas valdría la pena ir hasta el infierno ––le contestó Grief de buen talante, recorriendo con la mirada la superficie de la mesa en que se exponían las perlas.
––Son muchos los que han hecho el viaje por ellas ––cloqueó el viejo Parlay––. Miren ésta. ––Señaló una perla gruesa, perfecta, del tamaño de una nuez, que estaba colocada aparte sobre un trozo de gamuza––. En Tahití me ofrecieron sesenta mil francos por ella. Y mañana me ofrecerán tanto o más en la subasta si antes no se los lleva a todos el viento. Esa perla la encontró mi primo, mejor dicho, el primo de mi mujer. Era nativo, ¿saben? Y era también un ladrón. La escondió, aunque me pertenecía. Su primo, que era también primo mío, porque aquí todos somos parientes, le mató por ella y huyó en su cúter a Noo––Nau. Yo le seguí, pero cuando llegué a la isla el jefe ya le había matado a él para robársela. Sí, son muchos los muertos representados en esta mesa. Beba algo, capitán. Su cara me resulta familiar. ¿Es usted nuevo en las islas?
––Es el capitán Robinson, del Roberta ––dijo Grief a modo de presentación.
Mientras tanto, Mulhall había estrechado la mano de Peter Gee.
––Nunca creí que pudiera haber tantas perlas en el mundo ––dijo Mulhall.
––Tampoco yo he visto nunca tantas juntas ––admitió Gee.
––¿Cuánto pueden valer? ––preguntó el inglés.
––Cincuenta o sesenta mil libras. Y eso para nosotros, los compradores. En París... ––y se encogió de hombros.
Mulhall se limpió el sudor que le caía ante los ojos. Todos transpiraban copiosamente y respiraban con dificultad. No había hielo y el whisky y la absenta se servían del tiempo.
––Sí, sí ––cloqueaba Parlay––. Hay muchos cadáveres tendidos sobre esta mesa. Conozco bien estas perlas, todas ellas. ¿Ven esas tres? Son igualitas, ¿verdad? Las pescó para mí un buceador de la isla de Pascua, las tres en una sola semana. A la siguiente, un tiburón le arrancó un brazo y la gangrena terminó con él. Y ¿ven esa perla barroca? No vale mucho. Si mañana me ofrecen veinte francos por ella, me daré con un canto en los dientes. Fue hallada a veintidós brazas de profundidad por un pescador de Rarotonga. Batió todas las marcas de buceo. Veintidós brazas bajó. Yo lo vi. No sé si le estallaron los pulmones o si fue una aeroembolia, pero el caso es que murió a las dos horas. Expiró gritando. Le oyeron en millas a la redonda. Era el hombre más fuerte que he visto en mi vida. Seis buceadores míos han muerto ya de aeroembolia. Y morirán muchos más.
––No sea ave de mal agüero, Parlay ––refunfuñó uno de los capitanes––. No va a haber huracán.
––Si fuera un hombre joven y fuerte, levaría anclas y me iría de aquí cuanto antes ––le contestó el viejo con el tono de falsete que le daba la edad––. Eso si fuera un hombre joven con el sabor del vino aún en la boca. Pero ustedes no. Ustedes se quedarán. No les aconsejaría que se fueran si pensara que iban a escucharme. Es imposible apartar a los buitres de la carroña. Beban una copa más, mis valientes marineros. ¡Vaya, vaya, vaya! Lo que son capaces de hacer los hombres por una simple secreción de la ostra. ¡Ahí las tienen, las bellezas! La subasta es mañana a las diez en punto. Los buitres se reúnen porque Parlay se ha decidido a vender, el viejo Parlay, que en su día fue más fuerte que ninguno de ellos y que todavía ha de ver muertos a la mayoría.
––¡Qué bicharraco es el viejo! ––susurró el sobrecargo al oído de Peter Gee.
––¿Y qué si se levanta viento? ––dijo el capitán del Dolly––. Hasta ahora Hikihoho nunca ha sido arrasado por ningún temporal.
––Más razón para que esta vez lo sea ––respondió el capitán Warfield––. Yo no me fiaría.
––¿Quién es agorero ahora? ––le reprendió Grief.
––No me gustaría perder ese motor nuevo antes de haberlo amortizado ––replicó, sombrío, el capitán.
Parlay cruzó la abarrotada habitación con una ligereza asombrosa y se acercó al lugar donde un barómetro pendía de la pared.
––¡Échenle un vistazo, mis valientes marineros! ––gritó exultante.
El hombre que estaba más cerca del instrumento se volvió a leerlo. Lo que vio le serenó en el acto, como se evidenció automáticamente en su rostro.
––Ha bajado diez puntos.
No dijo más, pero con eso bastó para que la ansiedad se reflejara en todas las caras y se creara de pronto un ambiente de intranquilidad, como si hasta el último de los allí reunidos quisiera salir corriendo hacia la puerta.
––Escuchen ––ordenó Parlay.
En medio del silencio se oía el ruido de las olas con desusada fuerza. Era un bramido que retumbaba sordamente.
––Empieza a subir el oleaje ––dijo una voz. E inmediatamente se produjo una desbandada general hacia una de las ventanas junto a la cual se agruparon todos los presentes.
Miraron hacia el mar a través de los troncos de los cocoteros. Una ordenada procesión de olas enormes y uniformes iba a romper sobre las orillas coralíferas. Durante algunos minutos contemplaron aquel espectáculo insólito mientras comentaban en voz baja. Era evidente que las olas aumentaban de tamaño por momentos. Ante la extraña visión que ofrecía la mar gruesa en medio de la calma chicha, las voces se fueron apagando. El viejo Parlay sobresaltó a todos con su brusco cloqueo.
––Aún tienen tiempo de hacerse a la mar, mis valientes caballeros. Los botes pueden remolcarles hasta salir de la laguna.
––No hay por qué preocuparse ––dijo Darling, el contramaestre del Cactus, un joven fornido de veinticinco años––. El vórtice del huracán se halla al sur. Además está pasando. No nos alcanzará ni una ráfaga de viento.
Una oleada de alivio inundó la habitación. Se reanudaron las conversaciones y volvieron a alzarse las voces. Varios de los compradores regresaron junto a la mesa para continuar examinando las perlas. La risita de Parlay subió de tono.
––Así me gusta ––les animó––. Aunque se acabara el mundo, ustedes seguirían comprando perlas.
––Éstas puedo asegurarle que las compraremos mañana ––dijo Isaacs.
––Entonces será en el infierno.
Un coro de carcajadas incrédulas encolerizó al anciano, que se encaró, furioso, con Darling.
––¿Desde cuándo saben tanto los mocosos como usted? ¿Quién ha sido capaz de marcar en las cartas el curso de los huracanes de las Paumotus? ¿En qué libro puede encontrarlo? Yo navegaba por estas islas antes de que viniera al mundo el más viejo de todos los presentes. Y sé lo que me digo. Hacia el este, los huracanes trazan un círculo tan amplio que se diría que van en línea recta. Aquí en el oeste, trazan una curva cerrada. Recuerden las cartas. ¿Cómo fue que el huracán del año noventa y uno asoló Auri y Hiolau? La curva, mi valiente joven, la curva. Dentro de una hora, de dos o tres a lo más, se levantará el huracán. Escuchen eso.
Un enorme estruendo, resultado de lo que parecía un tremendo embate, conmovió los cimientos de coral del atolón. La casa se estremeció. Los criados nativos, cargados de botellas de whisky y de absenta, se apiñaron como buscando protección y miraron con temor a través de las ventanas la inmensa ola que lamía con avidez lo más alto de la playa hasta llegar a los pies de un cobertizo de copra.
Parlay consultó el barómetro, soltó una risita sardónica y miró a sus invitados. El capitán Warfield cruzó la habitación para acercarse a leer lo que marcaba el aparato.
––Veintinueve setenta y cinco ––anunció––. Ha bajado cinco más. Este demonio de viejo tiene razón. El huracán se acerca. No sé qué harán ustedes, pero yo me voy a bordo.
––Está oscureciendo ––dijo Isaacs medio gimoteando.
––¡Por Júpiter! Parece el escenario de un teatro ––dijo Mulhall a Grief mientras consultaba su reloj––. Son las diez de la mañana y parece que está anocheciendo. Las luces se apagan para la tragedia. ¿Dónde está la música lenta?
En respuesta a sus palabras, otro sonoro embate estremeció el atolón y la casa. Presas de pánico, los circunstantes corrieron hacia la puerta. A la luz mortecina de aquella mañana, sus rostros aparecían lívidos. Isaacs, aquejado de asma, jadeaba en medio del calor sofocante.
––¿A qué tanta prisa? ––rió Parlay, mofándose de sus invitados, que huían hacia los barcos––. Una última copa, mis valientes caballeros.
Nadie le escuchó. Mientras corrían en dirección a la playa por el sendero bordeado de conchas, asomó la cabeza por la puerta y gritó:
––No se olviden, señores. Mañana, a las diez en punto, el viejo Parlay venderá sus perlas.

3

En la playa tuvo lugar una curiosa escena. Los hombres arrastraban precipitadamente hasta la orilla sus respectivos botes, subían a ellos y empuñaban los remos. La oscuridad era cada vez mayor. La calma continuaba y la arena temblaba con cada embate del mar en la costa exterior del atolón. Narü Herring avanzaba tranquilamente por la playa riendo al ver el evidente apresuramiento de capitanes y compradores. Le acompañaban sus canacas y también Tai-Hotauri.
––Sube al bote y empuña un remo ––ordenó el capitán Warfield a este último.
Tai-Hotauri se acercó con desenvoltura, mientras Narii Herring se detenía a cuarenta pies de distancia a contemplar la escena rodeado de sus marineros.
––No trabajar más para usted, patrón ––dijo Tai-Hotauri a gritos y en tono insolente. Pero con el rostro desmintió sus palabras, porque mientras hablaba fue autor de un guiño prodigioso––. Despídame, patrón ––susurró roncamente con un segundo guiño, tan significativo como el primero.
El capitán Warfield entendió que se trataba de una comedia y empezó a actuar también. Levantó el puño y la voz. ––Súbete a ese bote, cerdo ––bramó––, o te haré ver las estrellas.
El canaca se hizo atrás con un gesto truculento y Grief se interpuso entre los dos con intención de aplacar al capitán.
––Yo enrolarme en el Nuhiva ––dijo Tai-Hotauri uniéndose al otro grupo.
––¡Vuelve aquí! ––le gritó el capitán amenazadoramente.
––Es libre de hacer lo que le plazca ––habló Narii Herring––. Ha navegado conmigo en otras ocasiones y volverá a hacerlo ahora. No hay más que hablar.
––Vamos ––apremió Grief––. Tenemos que subir a bordo. Mire lo oscuro que se está poniendo.
El capitán Warfield cedió, pero mientras el bote se alejaba, permaneció de pie sobre la cámara blandiendo el puño en dirección a la playa.
––Ya te ajustaré las cuentas, Narii ––gritó––. Eres el único capitán del grupo que roba a los tripulantes de otro barco.
Luego se sentó y, bajando la voz, preguntó:
––¿Qué se traerá entre manos Tai-Hotauri? Sé que se propone algo, pero ¿qué puede ser?

4

Cuando el bote se acercó al Malahini, el rostro angustiado de Hermann les saludó por encima de la borda.
––El barómetro ha bajado al mínimo ––anunció––. Se aproxima un huracán. He mandado largar el ancla de estribor. ––Larga la grande también ––ordenó el capitán Warfield, haciéndose cargo del mando inmediatamente––. ¡A ver, unos cuantos, izad el bote! ¡Cargadlo en cubierta y amarradlo bien con la quilla hacia arriba!
Las tripulaciones se afanaban a bordo de las goletas. Se oía el rechinar de las cadenas y, una por una, todas las naves viraron y largaron la segunda ancla. Los que, como el Malahini, tenían tres, se preparaban para echar la tercera en cuanto el viento diera a entender de qué cuadrante iba a soplar.
El estruendo del oleaje continuaba creciendo, aunque la superficie de la laguna seguía tranquila como un espejo. No había signos de vida en torno al lugar donde el caserón de Parlay se alzaba sobre la arena. Los cobertizos que servían para guardar los barcos y almacenar la copra y las conchas estaban desiertos.
––Por menos de nada levaría anclas y nos iríamos de aquí ––dijo Grief––. Lo haría de todos modos si saliéramos a mar abierto, pero esas cadenas de atolones que hay al norte y al oeste nos tienen encerrados. Creo que saldremos mejor parados si nos quedamos aquí. ¿Qué opina usted, capitán Warfield?
––Estoy de acuerdo, aunque no crea usted que una laguna es el mejor sitio para capear un huracán. Me pregunto por dónde llegará. ¡Mire! Ahí va uno de los cobertizos de copra de Parlay.
Una de las cabañas de techumbre de paja se derrumbaba en aquellos momentos ante el embate del agua mientras que un hervidero de espuma lamía la cresta del anillo de arena para ir a morir a la laguna.
––Ha saltado al otro lado ––exclamó Mulhall––. No está mal para empezar. Ahí viene otra.
La segunda ola alzó los restos de la cabaña y los abandonó después sobre la arena. Una tercera los deshizo en fragmentos y los arrastró pendiente abajo hasta la laguna.
––Al menos si llega ese huracán refrescará un poco ––gruñó Hermann––. Ya no puedo respirar. Hace un calor infernal. Estoy más seco que un corcho.
Abrió un coco de un tajo y se bebió el contenido. Los otros siguieron su ejemplo, deteniéndose un instante a contemplar cómo se derrumbaba otro de los cobertizos del viejo Parlay. El barómetro registraba ahora veintinueve noventa y cinco.
––Debemos de estar muy cerca del centro de la baja presión ––observó Grief de buen talante––. Nunca en mi vida he estado en el vórtice de un huracán. Será toda una experiencia también para usted, Mulhall. Y por la velocidad a que ha descendido el barómetro, éste va a ser de los buenos.
El capitán Warfield gruñó y todas las miradas se centraron en él. Con ayuda de los gemelos recorría con la vista la superficie de la laguna hasta el extremo sureste.
––Ahí llega ––dijo pausadamente.
No necesitaron gemelos para ver. Era como si una telilla de extrañas características se acercara flotando sobre la superficie del lago. Por delante de ella, a la misma velocidad y a todo lo largo del atolón, las copas de los cocoteros se iban doblando entre una nube de hojas que revoloteaban sin cesar. El frente del huracán, al tocar la superficie del agua, formaba una línea ininterrumpida, claramente definida, de color gris oscuro y muy castigada por el viento. Precediéndola, y a modo de avanzadillas, llegaban ráfagas huracanadas. A esa primera línea seguía otra aproximadamente de un cuarto de milla de anchura y que parecía de una calma cristalina. Cerraba la marcha una tercera línea sombría tras de la cual la laguna era toda blancura, un hervidero albo, bullente.
––¿Qué es esa zona de calma? ––preguntó Mulhall.
––Eso, calma ––respondió Warfield.
––Pero avanza tan deprisa como el viento ––fue la objeción de su interlocutor.
––Así tiene que ser. De otro modo, el viento la alcanzaría y desaparecería. Es un huracán de dos cabezas. Una vez vi uno así en las costas de Savaii. Fue terrible. Nos alcanzó, luego amainó totalmente y al poco volvió a echársenos encima. Atentos todos y agárrense a lo que puedan. Ahí llega. Miren al Roberta.
El Roberta, que era el más cercano a la línea del huracán y estaba fondeado con las cadenas flojas, fue barrido de costado como una paja. Las cadenas lo retuvieron con un fuerte tirón, aproándolo al viento. Goleta tras goleta, y el Malahini con ellas, volaban ahora con el primer embate del temporal contenidas por las tensas cadenas. Mulhall y varios canacas cayeron al suelo ante la fuerza de la sacudida.
De pronto cesó el viento. Se hallaban en la zona de calma. Grief encendió una cerilla, y la llama, sin protección alguna, ardió en el aire inmóvil. Reinaba una luz muy tenue, crepuscular. El cielo nublado, que llevaba horas descendiendo, parecía haber bajado hasta posarse en el mar.
El Roberta volvió a tirar de las cadenas del ancla cuando le alcanzó la segunda cabeza del huracán, y lo mismo hicieron el resto de las goletas en rápida sucesión. El mar, blanco de ira, hervía en olas diminutas que escupían espuma. La cubierta del Malahini vibraba bajo los pies de la tripulación. Las drizas tamborileaban contra los mástiles, y todo el aparejo, como batido por una mano potentísima, socollaba con un tam-tam salvaje. Era imposible respirar cara al viento, como descubrió Mulhall, que se hallaba agazapado junto con sus compañeros tras el camarote. Sus pulmones se llenaron en un instante con una enorme cantidad de aire. Incapaz de expelerlo, casi se ahogó antes de conseguir volver la cabeza.
––Es increíble ––jadeó. Pero nadie le oyó.
Hermann y varios canacas se arrastraban a gatas hacia la proa para largar la tercera ancla. Grief tocó al capitán Warfield en el hombro y señaló al Roberta, que avanzaba hacia ellos. Warfield acercó la boca al oído de Griefy gritó:
––Nosotros también garreamos.
Grief saltó hacia el timón y lo hizo girar. La proa del Malahini viró hacia babor. La tercera ancla agarró y el Roberta pasó junto a ellos, a popa y a unas doce yardas de distancia. Los del Malahini saludaron con la mano a Peter Gee y al capitán Robinson, que se afanaban en la amura ayudados por unos cuantos marineros.
––Han faltado los grilletes ––gritó Grief––. Van a tratar de atravesar el pasaje y salir a mar abierto. No les queda otro remedio. Están garreando.
––Nosotros aguantamos ––fue la respuesta formulada a gritos––. Allá va el Cactus a chocar con el Misi. Es el fin de los dos barcos.
Hasta el momento, el Mis¡ había logrado capear el temporal, pero no pudo aguantar por más tiempo la fuerza del viento. Las dos goletas se deslizaron, confundidas, sobre la revuelta superficie blanca. Las tripulaciones de una y otra luchaban por separarlas. El Roberta, perdidas las anclas y con apenas trapo al viento, embocaba el pasaje que se abría al extremo noreste de la laguna. Le vieron atravesarlo y salir a mar abierto. El Mis¡ y el Cactus, por su parte, sin poder separarse, fueron a dar a tierra a media milla del pasaje.
El viento seguía arreciando. Hacerle frente a cuerpo limpio exigía toda la fuerza de un hombre, y sólo varios minutos de arrastrarse por cubierta bastaban para agotar a los tripulantes. Hermann y los canacas trabajaban sin descanso amarrando cabos, reforzando nudos, asegurando las velas con más y más matafioles. El viento desgarraba las finas camisetas que vestían, arrancándoles jirones de la espalda. Se movían despacio, como si sus cuerpos pesaran toneladas, sin soltar un asidero hasta haberse aferrado a otro. Los cabos sueltos vibraban horizontalmente en el viento, que, después de sacudir implacable los chicotes, los destrenzaba, rompía y arrastraba.
Mulhall tocó en el hombro a dos de sus compañeros y señaló hacia la orilla. Los cobertizos de hierba habían desaparecido y la casa de Parlay se tambaleaba como si estuviera ebria. Hasta entonces los cocoteros la habían protegido del viento que soplaba a lo largo del atolón, pero ahora las enormes olas que saltaban sobre el anillo de arena iban minando sus cimientos y batiendo sus muros hasta derribarlos. Inclinada sobre la pendiente de la playa, su fin era inminente. Aquí y allá, los habitantes de la isla se habían amarrado a los cocoteros. Los árboles no se balanceaban bajo la fuerza del viento. Doblados rígidamente casi en ángulo recto, permanecían en esta posición vibrando monstruosamente. Bajo ellos, en la playa, hervía la blanca espuma de las olas.
Un imponente oleaje recorría ahora la longitud de la laguna. Tenía espacio de sobra, en las diez millas que había desde la costa barlovento del atolón, para adquirir una potencia colosal. Las naves cabeceaban y se hundían bajo las olas. El Malahini empezaba a meter proa bajo las más altas y a veces el combés se llenaba de agua hasta la borda.
––Ha llegado el momento de poner en marcha ese motor ––vociferó Grief. Y el capitán Warfield se arrastró hasta donde se hallaba el maquinista y le gritó unas órdenes terminantes.
Con el motor en marcha y a toda máquina, el Malahini se portó mejor. Aunque continuaba recibiendo las olas por la proa, las anclas no le sacudían con la fuerza de antes. No podían largar más cadena. Lo máximo que podían hacer era reducir la tensión con ayuda de los cuarenta caballos de vapor.
Pero el viento seguía aumentando. El pequeño Nuhiva, fondeado cerca del Malahini y más próximo a la playa que éste, con el motor averiado y su capitán en tierra, lo estaba pasando mal. Las olas lo cubrían tanto y tan a menudo que cada vez que le veían desaparecer bajo el agua temían que no volviera a salir a flote. A las tres de la tarde se sumergió bajo una enorme ola antes de haber podido capear la anterior, y no se le vio más.
Mulhall miró a Grief.
––El agua ha entrado por las escotillas ––respondió éste a gritos.
El capitán Warfield señaló al Winifred, una pequeña goleta que se hundía y volvía a la superficie sucesivamente muy cerca del Malahini, y le gritó a Grief unas frases al oído. Su voz le llegaba a éste en retazos de articulaciones confusas salpicadas de intervalos en que el bramido del viento apagaba sus palabras.
––¡Maldita bañera...! Las anclas aguantan... Mire cómo se mantiene... Más viejo que el Arca de Noé...
Una hora después, Hermann señaló la nave. Las bitas de proa y el trinquete habían desaparecido a causa de los tirones de las anclas. El Winifred, sacudido por el oleaje y medio hundido por la proa, viró ofreciendo el costado al viento y de este modo fue arrastrado hacia sotavento.
Cinco barcos quedaban a flote en la laguna y, entre ellos, sólo el Malahini tenía motor. Temiendo que les ocurriera lo que al Nuhiva o al Mildred, dos de las naves siguieron el ejemplo del Roberta. Cobraron las cadenas y embocaron el pasaje. El Dolly fue la primera, pero el viento le arrancó el velamen y fue a terminar destrozada en la orilla sotavento de la laguna, cerca del Misi y del Cactus. Sin arredrarse por ello, el Moana la siguió con el mismo resultado.
––Buen motor, ¿eh? ––gritó el capitán Warfield al propietario del barco.
Grief le tendió la mano y el capitán se la estrechó.
––Está amortizando su costo ––contestó vociferando––. El viento va cambiando de dirección. Eso mejorará las cosas. Dotado de una velocidad cada vez mayor, el viento viró lentamente hacia el suroreste hasta que las tres goletas que quedaban ahora en el interior de la laguna apuntaron con la proa hacia la playa. Una ola recogió los restos de la casa de Parlay y los arrojó al agua, lanzándolos contra los tres barcos. Pasaron junto al Malahini y fueron a estrellarse contra el Papara, que estaba fondeado a popa y a un cuarto de milla de distancia de este último. Hubo una febril actividad en la cubierta de la nave, y a los quince minutos los tripulantes lograron desembarazarse de los restos de la casa no sin que éstos arrastraran con ellos el trinquete y el bauprés.
Más cerca de la costa, a babor del Malahini, estaba fondeado el Tahaa, una embarcación tan esbelta y ligera como un yate, pero cargada de excesiva arboladura. Sus anclas aguantaban, pero el capitán, viendo que el viento no amainaba, decidió hacer frente a la situación derribando los mástiles.
––Buen motor el nuestro ––felicitó Grief al capitán––. Creo que nos salvará los palos si no ocurre nada peor.
El capitán Warfield movió la cabeza, dudoso.
El oleaje de la laguna amainó con el cambio de viento, pero al mismo tiempo comenzaron a sentirse los efectos de la corriente y el empuje de las olas que saltaban por encima del atolón. Quedaban muy pocos árboles en pie. Unos estaban partidos por el tronco y otros habían sido arrancados de raíz. Un cocotero salió volando por los aires con tres hombres abrazados a él y fue girando y girando hasta dar en la laguna. Dos de los hombres se soltaron y nadaron hacia el Tahaa. Poco después, justo antes del anochecer, vieron lanzarse al agua desde la cubierta a una figura que se dirigió con enérgicas brazadas hacia el Malahini a través de las blancas olillas.
––Es Tai-Hotauri ––dijo Grief––. Nos traerá noticias.
El canaca asió el barbiquejo, trepó por la proa y saltó a cubierta. Le dieron tiempo para cobrar aliento y poco después, al abrigo que ofrecía el camarote, a trompicones y sobre todo por señas, relató lo sucedido.
––Narii... Maldito ladrón. Querer robar perlas... Querer matar a Parlay... No saber quién... Tres canacas, Narii y yo... cinco judías... en un sombrero... Narii decir que una judía negra... Nadie saber... Matar Parlay... ¡Maldito mentiroso!... Todas las judías negras... Cinco judías negras... Cabaña a oscuras... Todos sacar judía negra... Gran viento venir... Todos subir al árbol... No dar suerte las perlas... Yo decirlo antes... Mala suerte las perlas... Mala suerte.
––¿Dónde está ahora Parlay? ––gritó Grief.
––Subir árbol... Tres canacas mismo árbol... Narii y un canaca en otro... Árbol mío irse al infierno... Yo subir a bordo... ––¿Dónde están las perlas?
––En árbol con Parlay... Narii quizá cogerlas...
Grief gritó al oído de todos, uno tras otro, lo que acababa de decirle Tai––Hotauri. El capitán Warfield estaba tan indignado que le rechinaban los dientes.
Hermann bajó y regresó con un farol, pero el viento lo apagó en el momento en que lo levantó sobre el techo del camarote. Algo más de suerte tuvieron con la lámpara de bitácora, que lograron encender después de varios intentos colectivos.
––¡Vaya nochecita de viento! ––vociferó Grief al oído de Mulhall––. Y sigue arreciando.
––¿Qué velocidad lleva?
––Cien millas por hora, doscientas... No sé. Nunca he visto un viento así.
El agua de la laguna subía de nivel con las olas que saltaban por encima del atolón. Cientos de leguas de océano arrojaba el huracán a su interior, contrarrestando así más que sobradamente los efectos del reflujo. En el momento en que la marea repuntó, las olas comenzaron a aumentar de tamaño. La luna y el viento se confabulaban para lanzar todo el océano Pacífico sobre el atolón de Hikihoho.
El capitán Warfield subió del cuarto de máquinas, adonde bajaba cada pocos minutos, con la noticia de que el maquinista se había desmayado.
––No podemos permitir que se pare el motor ––concluyó impotente.
––Está bien ––dijo Grief––. Que le suban a cubierta. Yo le relevaré.
Por estar aseguradas las escotillas con listones, sólo podía llegarse al cuarto de máquinas atravesando un estrecho pasaje que partía del camarote. El calor y los gases hacían la atmósfera irrespirable. Grief llevó a cabo una inspección rapida y exhaustiva de la maquinaria y del material que contenía la pequeña habitación y luego apagó la lámpara de aceite. Trabajó en medio de una oscuridad sólo interrumpida por el tenue resplandor de los innumerables cigarrillos que, cada pocos minutos, iba a encender al camarote. A pesar de ser hombre equilibrado, pronto empezó a sentir los efectos de la tensión que suponía permanecer encerrado en medio de una oscuridad vociferante, a solas con aquel monstruo mecánico que trajinaba, jadeaba y sollozaba sin cesar. Con el torso desnudo, cubierto de grasa y aceite, magullado y desollado por los continuos embates que le lanzaban contra las paredes de la cabina, mareado por la mezcla de gas y aire que se veía obligado a respirar, trabajó hora tras hora, acariciando, bendiciendo, alimentando y maldiciendo sucesivamente al motor y a todas sus piezas. El encendido comenzó a fallar, el sistema de alimentación iba de mal en peor, y, lo que era aún más grave, los cilindros comenzaron a calentarse. Durante la conferencia que se celebró poco después en el camarote, el ingeniero mestizo pidió y suplicó que pararan la máquina durante media hora para que se enfriara y pudieran así reparar el mecanismo de refrigeración. El capitán Warfield se oponía a ello. El mestizo juraba que de otro modo se detendría igualmente, sólo que en ese caso de forma definitiva. Grief, con los ojos brillantes, magullado y cubierto de grasa, les maldijo a los dos y comenzó a dar órdenes. Poco después, Mulhall, el sobrecargo y Hermann trabajaban en el camarote filtrando dos y tres veces la provisión de gasolina. Abrieron un agujero en el suelo del cuarto de máquinas y un canaca procedió a verter sobre los cilindros agua procedente de la sentina mientras que Grief empapaba en aceite las piezas que se movían sin descanso.
––Ignoraba que fuera usted un experto en gasolina ––dijo el capitán Warfield con admiración en una ocasión en que Grief entró en el camarote para respirar un aire algo menos impuro.
––Me baño en gasolina ––gruñó salvajemente––. Me la como. Nunca llegó a decir a qué otros usos podía destinarla porque en aquel preciso instante todos los presentes en el camarote, en unión de la gasolina que estaban filtrando, salieron despedidos hacia popa mientras el Malahini hundía bruscamente la proa bajo una ola. Durante varios minutos les fue imposible ponerse en pie y rodaron de un extremo a otro de la habitación, chocando repetidamente con las paredes. La goleta, arrastrada por tres olas inmensas, crujía, gemía y se estremecía bajo el peso del agua que inundaba las cubiertas. Cabeceaba como un madero a la deriva. Grief se arrastró hacia el motor mientras el capitán Warfield aprovechaba la primera oportunidad para subir a cubierta. No regresó hasta pasada media hora.
––El bote ha desaparecido ––informó––. La cocina ha desaparecido. Todo ha desaparecido menos la cubierta y las escotillas. Y de no ser por ese motor, también nosotros habríamos volado. Siga usted trabajando como hasta ahora.
Hacia la medianoche el maquinista se sentía lo bastante despejado como para relevar a Grief, quien fue a unirse con los que seguían acurrucados tras el camarote, aferrados a las paredes con las manos y amarrados con cuerdas para asegurarse doblemente. Formaban un nutrido grupo por ser aquél el único refugio que les quedaba ahora a los canacas. Algunos de ellos habían aceptado la invitación del capitán para refugiarse en el camarote, pero los humos y los gases les habían obligado a salir al aire libre. El Malahini hundía la proa bajo las olas y el agua barría la cubierta con tanta frecuencia que lo que respiraban fuera era una mezcla de aire y agua pulverizada.
––Menudo ventarrón, Mulhall ––gritó Grief a su anfitrión entre dos inmersiones.
Mulhall, ahogándose y atragantándose, sólo pudo afirmar con la cabeza. Los imbornales no bastaban para evacuar la enorme carga de agua que se acumulaba en cubierta. La goleta la vertía por una banda y la tomaba por la otra. Otras veces, con la proa alzada hacia el cielo y asentada sobre los talones, la lanzaba hacia popa. El agua corría como una tromba por los pasillos laterales, caía sobre el tejado del camarote anegando y magullando a los que permanecían agazapados tras él, y salla lanzada por la barandilla de popa.
Mulhall fue quien lo vio primero y avisó inmediatamente a Grief. Era Narü Herring. Aguantaba el temporal acurrucado allá donde el farol de bitácora le iluminaba con su luz mortecina. Iba completamente desnudo. No llevaba encima más que un ancho cinturón y un cuchillo sin funda encajado entre el cuero y la piel.
El capitán Warfield se desató y se abrió paso entre los cuerpos amontonados de sus compañeros. A la luz del farol su rostro apareció animado por una inmensa cólera. Le vieron gritar, pero el viento se llevaba sus palabras. No acercaba los labios al oído de Narü Herring, sino que señalaba al lado opuesto. Narü Herring le entendió. En sus labios se dibujó una sonrisa burlona que puso al descubierto unos dientes muy blancos, y se levantó. Era la suya una espléndida figura de hombre.
––Es un crimen ––gritó Mulhall al oído de Grief.
––Habría matado al viejo Parlay ––le contestó Grief, también a gritos.
Por el momento, la proa estaba libre de agua y el Malahini se mantenía adrizado. Narii hizo un intento desesperado por llegar hasta la borda, pero el viento le arrojó al suelo. A partir de aquel momento, se arrastró hasta desaparecer tragado por la oscuridad. Todos habrían jurado que se había arrojado al agua. El Malahini se sumergió en aquel momento bajo una ola, y cuando emergieron de la inundación que barrió la cubierta hasta la popa, Grief acercó los labios al oído de Mulhall.
––No podemos dejarle escapar. Es el hombre––pez de Tahití. Cruzará la laguna y llegará a la otra orilla del atolón... si es que queda algo del atolón.
Cinco minutos después, y durante una nueva inmersión, un revoltijo de cuerpos cayó sobre el montón de hombres agazapados tras el camarote. Los sostuvieron con fuerza hasta que pudieron bajarlos al camarote y allí descubrieron su identidad. El viejo Parlay yacía boca arriba sobre el suelo, inmóvil y con los ojos cerrados. Los otros dos eran sus primos canacas. Uno de ellos tenía fracturado un brazo, que le colgaba inerte, paralelo al cuerpo. El otro sangraba copiosamente de una enorme herida en la cabeza.
––¿Es Narü el responsable? ––preguntó Mulhall.
Grief negó con la cabeza.
––No. Se lo han hecho al golpearse contra la cubierta y el camarote.
Algo cesó de pronto, sumiéndoles a todos en una inseguridad de vértigo. Les costó trabajo caer en la cuenta de que el viento había amainado. Se había interrumpido de pronto como cortado de una cuchillada. La goleta cabeceaba tirando de las cadenas de las anclas con un crujido que era audible por primera vez en mucho tiempo. También por primera vez en mucho tiempo se oyó el ruido del agua barriendo la cubierta. El maquinista paró la hélice y redujo la marcha del motor.
––Estamos en el centro mismo del huracán ––dijo Grief––. Ahora el viento cambiará de rumbo. Y arremeterá con la fuerza de antes.
Miró el barómetro.
––Veintinueve treinta y dos ––leyó.
No pudo bajar de pronto la voz que durante tantas horas había sobrepuesto al viento, y tan alto habló, en medio del nuevo silencio, que lastimó los oídos de todos los presentes.
––Tiene las costillas rotas ––dijo el sobrecargo mientras palpaba el costado de Parlay––. Aún respira, pero no se salvará. El viejo Parlay gruñó, movió impotente un brazo y abrió los ojos. Su mirada se iluminó al reconocerlos.
––Mis valientes caballeros ––susurró––. No se olviden. La subasta... a las diez en punto... en el infierno.
Cerró los ojos y por un momento pareció que iba a dejar caer sin fuerza la mandíbula, pero supo sobreponerse a los estremecimientos de la disolución final el tiempo suficiente para emitir una última carcajada burlona y despectiva.
Por encima y por debajo del Malahini estalló en aquel momento un verdadero pandemónium. De nuevo se oyó el bramido familiar del viento. La goleta, sorprendida de cos 'tado, casi quedó aplastada al describir un arco impulsada por la sacudida que representó el tirón de las cadenas de las anclas. Éstas la obligaron a virar hasta poner proa al viento y, de una nueva sacudida, la nave quedó adrizada. Giró la hélice y el motor volvió a funcionar.
––Ahora sopla del noroeste ––gritó el capitán Warfield a Grief cuando subió a cubierta––. Ha virado ocho grados con la velocidad de una bala.
––Narii ya no podrá cruzar la laguna ––observó Grief.
––El viento le volverá a arrastrar hacia nosotros. ¡Peor suerte que la nuestra...!

5

Pasado el vórtice del huracán, el barómetro comenzó a subir. El viento amainaba a una velocidad paralela. Cuando quedó reducido a una simple borrasca, la máquina se alzó sobre la plancha de asiento con un último esfuerzo convulsivo de sus cuarenta caballos de vapor, y volvió a caer escorada. Una oleada de agua procedente de la sentina hirvió sobre su superficie metálica despidiendo nubes de vapor. El maquinista expresó su desánimo, pero Greif contempló con afecto los restos del motor y pasó al camarote a limpiarse con estopa de algodón la grasa que le cubría el pecho y los brazos.
Cuando subió a cubierta después de coser la herida de uno de los canacas y entablillarle el brazo al otro, el sol brillaba en el cielo y soplaba una suave brisa de verano. El Malahini estaba fondeado cerca de la playa. A proa, Hermann y el resto de la tripulación trataban de aclarar las cadenas de las anclas.
El Papara y el Tahaa habían desaparecido, y el capitán Warfield inspeccionaba con ayuda de los prismáticos la orilla opuesta del atolón.
––No veo ni rastro de ellos ––dijo––. Eso les ha pasado por no llevar motor. El viento ha debido de arrastrarlos a través de la laguna antes de cambiar de rumbo.
En tierra firme, en el lugar donde antes se alzara la casa de Parlay, no quedaban ni vestigios de la construcción. A lo largo de las trescientas yardas de arena arrasadas por las olas, ni un solo árbol permanecía en pie, ni siquiera un muñón. Más allá se elevaba algún que otro cocotero, y un gran número de troncos yacían sobre la arena arrancados de raíz. En la copa de una de las pocas palmeras que habían sobrevivido al huracán, Tai-Hotauri vio moverse algo. Los botes del Malahini habían desaparecido. Le vieron nadar hasta la orilla y trepar a lo alto del árbol.
Al poco rato regresó con una de las criadas de Parlay, una muchacha nativa a quien ayudaron a encaramarse a bordo. Antes de subir a cubierta, la muchacha les entregó una cesta en la que iba una camada de gatitos ciegos, muertos todos a excepción de uno de ellos, que maullaba débilmente y se tambaleaba sobre sus torpes patas.
––¡Eh! ––dijo Mulhall––. ¿Quiénes ése?
A lo largo de la playa caminaba un hombre. Andaba despreocupadamente, como si hubiera salido a dar un simple paseo matinal. El capitán Warfield rechinó los dientes. Era Narii Herring.
––Hola, capitán ––gritó cuando llegó a la altura del Malahini––. ¿Puedo subir a desayunar?
El rostro y el cuello del capitán Warfield comenzaron a hincharse y a teñirse de púrpura. Trató de hablar, pero la indignación se lo impedía.
––Por menos de nada... Por menos de nada... ––fue todo lo que pudo articular.
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En la estera de Makaloa
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A diferencia de las mujeres de otras tierras calientes, las de Hawai envejecen digna y noblemente. Sin el engaño de los afeites ni el ocultamiento astuto de los efectos del tiempo, la que se hallaba sentada bajo el árbol de hau habría parecido a los ojos de un entendido en la materia, oriundo de cualquier tierra menos de aquella isla, una mujer de, a lo más, cincuenta años. Y, sin embargo, sus hijos, sus nietos, y Roscoe Scandwell, su esposo hacía más de cuarenta años, sabían que tenía sesenta y cuatro cumplidos y cumpliría los sesenta y cinco el próximo 22 de junio. Pero no aparentaba su edad, a pesar de los lentes que se colocaba sobre la nariz para leer una revista y se quitaba cuando quería dirigir la mirada a la media docena de chiquillos que jugaban sobre el césped.
Era aquélla una noble estampa, noble como el añoso árbol de hau del tamaño de una casa bajo el que estaba sentada como al abrigo de un techo, tan espaciosa y confortable era la sombra que proporcionaba, noble como la pradera de espeso césped, valorado en doscientos dólares el pie cuadrado, que se extendía hacia tierra adentro hasta un edificio igualmente digno, noble y caro. En dirección opuesta, asomando entre las ramas de una guirnalda de cocoteros de cien pies de altura, brillaba el océano, que de azul se convertía en índigo conforme avanzaba hacia el horizonte y, dentro del arrecife, adquiría las tonalidades sedosas de la gama del jade, la turmalina y elverde.
Era aquélla una de las seis casas que pertenecían a Martha Scandwell. La de la ciudad, situada a pocas millas de allí, en la avenida Nuanu, de Honolulú, entre la primera y la segunda cascadas, era un auténtico palacio. Ejércitos de invitados habían conocido el confort y la alegría de la mansión de Tantalus, de la quinta que poseía junto al volcán, de su mauka (casa de tierra adentro) y de su makai (casa junto al mar), todas ellas en la isla de Hawài. Pero esta residencia de Waikiki no les quedaba a la zaga en cuanto a belleza, dignidad y lujo.
Dos jardineros japoneses recortaban los hibiscos mientras un tercero retocaba con mano experta el seto de pitahayas que pronto desplegaría su misterioso florecer nocturno. Un camarero, también japonés, enfundado en un elegante traje de dril blanco, se acercaba desde la casa cargado con el servicio de té seguido por una doncella de su mismo origen, linda como una mariposa con la gracia que le proporcionaba el atuendo típico de su raza y como la mariposa vibrante en su afán de atender a la señora. Otra doncella, también japonesa, cruzaba la pradera con una brazada de toallas de gruesa felpa en dirección a las cabinas de donde empezaban a salir los niños vestidos con sus trajes de baño. Más lejos, al borde del agua y bajo los cocoteros, dos niñeras chinas con su ingenuo atavío de yeeshon blanco y pantalón de corte recto, trenzado el cabello a la espalda, atendían a un niño en su cochecillo.
Todos ellos ––criados, niñeras y niños–– pertenecían a Martha Scandwell. Exacto era el color de la piel de sus seis nietos, ese tono inconfundiblemente hawaiano producto de la continua exposición al fuerte sol de las islas. Eran un octavo y un dieciseisavo hawaianos, es decir, que siete octavos o quince dieciseisavos de sangre blanca informaban su piel sin borrar por completo el bronce dorado de la Polinesia. Pero también en este caso, sólo un observador experto habría logrado adivinar que aquellos chiquillos no eran totalmente blancos. Tanto su abuelo como su abuela eran de casta. Roscoe descendía directamente de puritanos de Nueva Inglaterra, mientras que Martha procedía, de forma no menos directa, de aquellos reyes de Hawai cuyas genealogías se cantaban mil años antes de que llegase a aquellas islas la lengua escrita.
En la distancia se detuvo un vehículo del que bajó una mujer que aparentaba como máximo unos sesenta años y que atravesó la pradera con la agilidad de una hembra de cuarenta bien llevados cuando en realidad contaba sesenta y ocho. Martha se levantó a recibirla con la cordialidad típica del país: abrazos, besos en los labios, rostros elocuentes y besos no menos elocuentes que reflejaban la sinceridad y la franqueza de una emoción excesiva. Hubo intercambio de saludos, mezclados con preguntas casi incoherentes acerca de sus respectivos estados de salud, del tío tal, la hermana cual, y el tío no sé cuántos, hasta que, superadas las primeras emociones del encuentro, ambas mujeres se sentaron y se miraron mutuamente sobre sus tazas de té. Hubiérase dicho que no se habían visto ni abrazado desde hacía largo tiempo, cuando habían transcurrido solamente dos meses desde su separación. Contaban sesenta y cuatro años una y sesenta y ocho la otra, pero su compenetración perfecta residía en el hecho de que un cuarto del ser de ambas era puro corazón, el corazón de Hawai caliente de sol y de amor.
Los niños rodearon a tía Bella como la marea alta y fueron debidamente abrazados y besados hasta que partieron con sus niñeras en dirección al agua.
––Decidí hacer una escapada a la playa durante unos días aprovechando que se han calmado los vientos ––explicó Martha.
––Y llevas aquí dos semanas ––dijo Bella, sonriendo afectuosamente a su hermana menor––. Me lo dijo nuestro hermano Edward. Fue a recibirme al puerto e insistió en llevarme a ver a Louise, a Dorothy y a su primer nieto. Está loco con él.
––¡Dios mío! ––explicó Martha––. ¡Dos semanas ya! ¡Se me han pasado volando!
––¿Dónde está Annie? ¿Y Margaret? ––preguntó Bella. Martha encogió sus voluminosos hombros con un gesto que expresaba el afecto voluminoso y tolerante que sentía hacia aquellas dos matronas caprichosas, hijas suyas, que habían dejado los niños a su cuidado aquella tarde.
––Margaret está en una reunión del Círculo Naturalista. Quieren plantar árboles e hibiscos a ambos lados de la avenida Kalalaua ––dijo––. Y Annie está desgastando unos neumáticos que cuestan ochenta dólares con el fin de reunir setenta y cinco para la Cruz Roja. Hoy han dedicado el día a la beneficencia.
––Roscoe debe de estar orgulloso ––dijo Bella, observando el destello de satisfacción que asomaba a los ojos de su hermana––. Me enteré en San Francisco de que Ho––o––la ha pagado el primer dividendo. ¿Recuerdas cuando invertí mil dólares en acciones de esa compañía para los pobres niños de Abbie? Entonces valían cada una setenta y cinco centavos y dije que las vendería cuando subieran a diez dólares.
––Y todos se rieron de ti y de los demás accionistas ––asintió Martha––. Pero Roscoe estaba seguro. Y hoy se están pagando a veinticuatro dólares.
––Vendí las mías por cable desde el barco a veinte justos ––continuó Bella––. Y ahora Abbie fabrica vestidos sin descanso. Se va a París con Tootsie y May.
––¿Y Carl? ––preguntó Martha.
––Acabará su carrera en Yale, de eso no hay duda.
––Cosa que habría hecho de todos modos, y tú lo sabes ––atacó Martha con gracia, empleando un modismo muy del momento.
Bella se confesó culpable de haber intentado pagar los estudios universitarios al hijo de su amiga y añadió complaciente:
––De todos modos es mucho más bonito que se los haya costeado Ho-o-la. Aunque si bien se mira, es como si los hubiera pagado Roscoe, porque fue él quien me aconsejó que hiciera esa inversión.
Miró lentamente a su alrededor, empapándose no sólo en la belleza, la comodidad y la paz concretas de todo aquello en que se posaban sus ojos, sino también en la inmensidad de la belleza, la comodidad y la paz de oasis similares repartidos por todas las islas. Suspiró satisfecha y observó:
––Nuestros maridos han sabido administrar bien lo que aportamos al matrimonio.
––Y por fortuna... ––comenzó Martha interrumpiendo de pronto la frase con sospechosa brusquedad.
––Y por fortuna a todas nos ha ido bien menos a Bella ––continuó ésta, completando la frase de su hermana con tono de disculpa.
––Fue una lástima ese matrimonio tuyo ––murmuró Martha, toda dulzura y compasión––. Eras muy joven. Tío Robert no debió obligarte.
––Sólo tenía diecinueve años ––asintió Bella––. Pero no fue culpa de George Castner. Mira todo lo que después ha hecho por mí desde la tumba. El tío Robert no se equivocó. Sabía que George tenía visión certera del futuro, energía y perseverancia. Supo ver ya entonces, y de esto hace cincuenta años, el potencial que encerraban las aguas de Nahala. Todos creyeron que lo que ambicionaba era comprar tierras de pastos, cuando lo que quería era tener los derechos a esas aguas, y todos sabemos ahora lo acertado que estaba. A veces me avergüenza pensar en lo cuantioso de mis actuales rentas. No. A pesar de todo, el fracaso de nuestro matrimonio no se lo achaco a George. Sé que habría podido ser feliz con él hasta hoy mismo si hubiera vivido, de eso estoy segura. ––Negó lentamente con la cabeza––. No fue culpa suya. Ni de nadie. Ni siquiera mía.
La dulzura nostálgica del tono de su voz privó de dureza a las palabras que pronunció después:
––Si alguien ha de cargar con la responsabilidad, será John.
––¡El tío John! ––exclamó Martha con enorme sorpresa––. Si me hubieran preguntado, habría dicho que Robert. Pero el tío John...
Bella sonrió con segura lentitud.
––Fue Robert quien te obligó a casarte con George Castner ––insistió su hermana.
––Es cierto ––corroboró Bella––. Pero el quid del asunto no está en el marido, sino en un caballo. Le pedí al tío John que me prestara una montura y accedió. Así fue como ocurrió todo.
Se hizo un silencio, cargado y críptico, entre las dos mujeres mientras las voces de los niños y las protestas autoritarias de las niñeras asiáticas se iban aproximando desde la playa. Acometió a Martha Scandwell una sensación vibrante y trémula, y, súbitamente, tomó una decisión. Apartó a los chiquillos con un gesto.
––Dejadnos, niños, dejadnos. La abuela y tía Bella quieren hablar.
Y mientras el tremolar dulce y agudo de las voces infantiles se alejaba por la pradera, Martha observó con los ojos del corazón la tristeza de las líneas que un dolor secreto había grabado en el rostro de su hermana. Cincuenta años llevaba viendo esas arrugas. Necesitó revestir de acero toda la dulzura de Hawai para romper aquel medio siglo de silencio.
––Bella ––dijo––. Nunca supimos nada. Jamás quisiste hablar. Pero a menudo hemos pensado...
––Nunca me habéis preguntado ––murmuró Bella, agradecida.
––Pues hoy al fin te lo pregunto. Hemos llegado a nuestro crepúsculo. Escúchalos. A veces me asusta pensar en que esos niños son mis nietos, los nietos de una mujer que sólo ayer era una niña tan ligera de piernas como de corazón, la más despreocupada que jamás haya montado caballo alguno, o nadado entre las olas, o recogido opíhis con la marea baja, o reído de una docena de amantes. Ahora, en nuestro crepúsculo, olvidémonos de todo excepto de que somos hermanas.
Los ojos de las dos mujeres estaban empañados de una humedad de rocío. Bella temblaba ostensiblemente.
––Pensábamos que era culpa de George Castner ––continuó Martha––, y hasta creímos adivinar los detalles. Él era un hombre frío y tú tenías la pasión de las hawaianas. Debió de ser cruel contigo. Walcott, nuestro hermano, insistía en que te pegaba...
––¡No, no! ––interrumpió Bella––. George Castner nunca fue un bruto ni una bestia. Muchas veces hasta deseé que lo fuera. Nunca me pegó, nunca me amenazó, nunca me levantó la voz. Jamás (¿puedes creerlo, hermana?, por favor, créeme) hubo entre nosotros una palabra más alta que otra ni una sola expresión de enojo. Pero esa casa suya, nuestra casa de Nahala, era sombría. El único color allí era el gris. Un gris frío, helado, mientras que yo resplandecía con todos los colores del sol, de la tierra, de la sangre y de los pájaros. Nahala era fría, de una frialdad gris, la frialdad de mi marido. Tú sabes que él era gris, Martha. Como esos retratos de Emerson que veíamos en el colegio. Tenía la piel gris. Ni el sol, ni el aire, ni las horas que pasaba cabalgando consiguieron broncearle. Y era tan gris por dentro como por fuera.
»Yo tenía tan sólo diecinueve años cuando tío Robert decidió casarme. ¿Cómo podía saber lo que iba a ocurrir? Tío Robert me habló. Me dijo que las riquezas y las tierras de Hawai estaban pasando a manos de los haoles (blancos). Los jefes hawaianos se estaban dejando despojar de todo. Las hawaianas ricas que se casaban con blancos veían sus riquezas multiplicadas prodigiosamente bajo la administración de sus esposos. Me habló de nuestro abuelo Roger Wilton, que aumentó las tierras que aportó la abuela al matrimonio y construyó en ellas el Rancho Kilchana...
––Aun en aquel entonces sólo le aventajaba el Rancho Parker ––interrumpió Martha, orgullosa.
––Me dijo que si nuestro padre antes de morir hubiera sido tan previsor como el abuelo, la mitad de las tierras del Rancho Parker habrían pasado al de Kilohana. Me dijo que nunca sería la carne tan barata y que el futuro de Hawai estaba en el azúcar. De eso hace ya más de cincuenta años y ya ves cómo el tiempo le ha dado la razón. Me dijo también que el joven haole Castner sabía prever el futuro y llegaría muy lejos, que éramos muchas las mujeres de la familia y que las tierras de Kilohana, por ley, tendrían que heredarlas los varones. Que si me casaba con George tenía asegurado un espléndido futuro.
»Yo contaba entonces sólo diecinueve años. Acababa de salir de la Royal Chief School, porque entonces las niñas aún no íbamos a estudiar a Estados Unidos. Tú fuiste una de las primeras, Martha, que se educaron en América. ¿Qué sabía yo del amor, de los hombres, por no decir del matrimonio? Todas las mujeres se casaban. Era su misión en la vida. Mamá, la abuela, todas las de la familia se habían casado desde tiempo inmemorial. Mi misión en la vida era ser la esposa de George Castner. Tío Robert me lo aconsejaba y yo sabía que él era hombre sensato y prudente. Y así fue como me fui a vivir con mi marido a la casa gris de Nahala.
»Tú la recuerdas. Allí no había un solo árbol. Sólo praderas ondulantes, altas montañas rocosas a la espalda, el mar a nuestros pies, y el viento, los vientos de Waimea y de Nahala, y los vientos kona también. No me habrían importado, como no me importaban en Kilohana, como a nadie le importaban en Mana, de no haber sido Nahala tan gris ni mi marido tan gris. Estábamos solos. Él administraba el rancho de los Glenn, que se habían vuelto a Escocia. Mil ochocientos dólares al año le daba por ello, más carne, caballos, servicio de vaqueros y vivienda.
––Un sueldo muy alto en esos tiempos ––dijo Martha.
––Tratándose de George Castner y de lo que trabajaba, era muy poco ––dijo Bella en defensa de su esposo––. Viví con él durante tres años. Ni una sola mañana se levantó pasadas las cuatro y media. Con los Glenn era la encarnación misma de la fidelidad. Honrado hasta la exageración, justificaba en sus cuentas hasta el último penique. Les dedicaba tiempo y energías más que sobrados. Quizá fuera eso lo que contribuyera a hacer tan gris nuestra vida. Pero, óyeme bien, Martha. De esos mil ochocientos dólares que le pagaban, ahorraba anualmente mil seiscientos. ¡Imagínate! Vivíamos los dos con doscientos dólares al año. Por fortuna, él no fumaba ni bebía. Pero con ese dinero también nos vestíamos. Yo me hacía mi ropa. Puedes figurártela. A excepción de partir la leña, que era tarea reservada a los vaqueros, el resto del trabajo era responsabilidad mía. Yo hacía el pan, yo fregaba...
––Tú, que desde el día en que naciste estuviste rodeada de sirvientes ––se compadeció Martha––. Había un ejército de ellos en el rancho de Kilohana.
––Lo peor era la miseria, la escasez constante, acuciarte ––exclamó Bella––. ¡Aquellas libras de café alargadas hasta el infinito! ¡Las escobas reducidas a la nada antes de comprar una nueva! ¡Y la carne! ¡Carne y cecina mañana, tarde y noche! ¡Y la avena! Desde entonces nunca he vuelto a probarla, ni la avena ni ninguna de esas gachas que se comen en el desayuno.
Se levantó de pronto y se alejó una docena de pasos para mirar sin ver la espléndida coloración del arrecife, al tiempo que dominaba su emoción. Luego regresó a su asiento con ese porte espléndido, seguro, gracioso, erguido el pecho, noble la cabeza, del que no podrá privar nunca a la hawaiana la mezcla con razas extranjeras. Haole en extremo era Bella Castner, de piel blanca y fina. Y, sin embargo, mientras avanzaba, el porte de su cabeza, la mirada de sus ojos rasgados y castaños, entreabiertos bajo los arcos majestuosos de sus cejas, las ligeras arrugas en torno a una boca pequeña que tras sesenta y ocho años aún cantaban la dulzura de tantos besos... todo ello la convertía en viva imagen de una jefa del viejo Hawai, imagen que reventaba a través de sus venas imponiéndose a la sangre haole que corría por ellas. Era más alta que su hermana Martha y, si cabe, más majestuosa.
––Sabes que fuimos famosos por la poca largueza con que acogíamos a nuestros huéspedes ––continuó Bella con una risa ligera––. Había que recorrer muchas millas en cualquier dirección desde Nahala hasta el próximo techo. En casa pernoctaban a veces viajeros cansados o sorprendidos por la tormenta. Y tú sabes cuán pródigos eran y son los ranchos de esta tierra. ¡Cómo se reían todos los vecinos de nosotros! «Déjalos, ¿qué nos importa? ––me decía George––. Ellos viven hoy y ahora. Dentro de veinte años nos tocará a nosotros, Bella. Ellos seguirán donde están y vendrán a comer de nuestras manos. Les alimentaremos porque no tendrán qué llevarse a la boca. Y les alimentaremos bien, Bella, porque seremos ricos, tan ricos que me da miedo decirte hasta qué punto. Pero sé lo que sé y tú debes confiar en mí.»
»Y tenía razón. Veinte años después, aunque George no vivió para verlo, yo tenía una renta mensual de mil dólares. ¡Dios mío! Hoy ya no sé ni a cuánto asciende. Pero entonces yo contaba diecinueve años y le decía a George: "¡Ahora, vivamos ahora! Dentro de veinte años puede que hayamos muerto. Quiero una escoba nueva. Y hay un café de tercera que cuesta sólo dos peniques más que esa bazofia que tomamos. ¿Por qué no freír los huevos con aceite, ahora? Quisiera tener al menos un mantel nuevo". ¡Si hubieras visto nuestra ropa de casa! Me daba vergüenza que los huéspedes se acostaran entre aquellas sábanas, aunque bien sabe Dios cuán raramente se atrevían a alojarse bajo nuestro techo.
»––Ten paciencia, Bella ––me respondía él––. Dentro de poco, dentro de unos años, los que ahora se sientan a nuestra mesa y duermen entre nuestras sábanas y nos critican, se enorgullecerán de pisar nuestra casa... los que aún queden vivos, claro. Recuerda cómo murió Stevens el año pasado después de una vida fácil y de despilfarro. Era amigo de todos menos de sí mismo. Tuvieron que enterrarle los vecinos de Kohala porque no dejó nada sino deudas. Y mira cómo los otros siguen el mismo camino. Tu hermano Al, por ejemplo. Ni cinco años podrá seguir viviendo como vive, y está destrozando el corazón de tus tíos. Y mira el príncipe Lilolilo. Le veo pasar. con su escolta de medio centenar de canacas a caballo, hombres fuertes y fanfarrones a los que más les valdría trabajar y mirar por su futuro, porque el príncipe no llegará jamás a reinar en las islas. No vivirá para ser rey de Hawai.
»George tenía razón. Al murió. Y también el príncipe Lilolilo. Sólo se equivocó en una cosa. Él, que no bebía, que no fumaba, que jamás malgastó la fuerza de sus miembros en un abrazo ni posó sus labios sobre los míos más que el segundo necesario para darme un beso rutinario; él, que se levantaba invariablemente antes de cantar el gallo y que estaba dormido antes de que se hubiera gastado la décima parte del queroseno de la lámpara; él, que nunca había pensado en la muerte, murió antes que Al y que el príncipe Lilolilo.
»––Ten paciencia, Bella ––solía decirme el tío Robert––. George Castner tiene un gran futuro por delante. He elegido un buen marido para ti. Vuestras penurias son las del camino que conduce a la Tierra Prometida. No siempre gobernarán los hawaianos en Hawai. Del mismo modo que se les van las riquezas de las manos, se les escapará el poder de entre los dedos. El poder y la tierra van unidos, Bella. Habrá cambios y revoluciones, nadie sabe cuántas ni de qué clase, pero al final el blanco poseerá la tierra y gobernará. Y ese día tú serás la primera dama de Hawai, tan seguro como que George Castner será el hombre que gobierne la isla. Está escrito. Siempre ocurre lo mismo cuando el haole se enfrenta con una raza más débil. Yo, tu tío Robert, medio hawaiano medio haole, sé muy bien lo que me digo. Ten paciencia, Bella, ten paciencia.
»––Mi querida Bella ––me decía por su parte el tío John, que abrigaba en su corazón un gran cariño hacia mí. Él, gracias a Dios, nunca me recomendó paciencia. Él lo entendía. Era un hombre muy sabio. Era afectuoso, humano, y, por tanto, más sabio que Robert y que George Castner, que ambicionaban la materia y no el espíritu, que contaban las monedas en vez de los latidos de un corazón amigo, que sumaban columnas de cifras en vez de recordar abrazos, miradas, caricias y palabras de afecto––. Mi querida Bella ––me decía John. Él entendía. Tú sabes que fue amante de la princesa Naomi. Un verdadero amante. Sólo se enamoró una vez. Cuando Naomi murió, dijeron que era un excéntrico. Y es cierto. Era de los que quieren una sola vez y para siempre. Recuerdo aquella habitación tabú de su casa de Kilohana, aquella en la que entramos sólo después de su muerte y que resultó ser un santuario dedicado a ella––. Mi querida Bella. ––Nunca me dijo más, pero eso me bastó para saber que él entendía.
»Yo tenía entonces diecinueve años y era una hawaiana caliente de sol a pesar de mis tres cuartas partes de sangre blanca. No conocía del mundo más que el esplendor de mi niñez en Kilohana, lo que me habían enseñado en la Royal Chief School, mi marido gris de Nahala con sus sermones grises, su austeridad y su ahorro, y esos dos tíos míos, ambos sin hijos, el uno con sus frías visiones de un futuro distante y el otro con el corazón roto, ensoñador perpetuo y enamorado de una princesa muerta.
»¿Te imaginas aquella casa gris? Yo que había conocido la abundancia, las delicias, la alegría siempre riente de Kilohana, de la casa de los Parker en la vieja Mana, de Puuwaawaa... Tú las recuerdas. Vivíamos en aquellos días en esplendor feudal. ¿Quieres, puedes creer, Martha, que en Nahala, la máquina de coser que yo tenía era una de aquellas que trajeron los primeros misioneros, un artefacto absurdo y diminuto que funcionaba haciendo girar la rueda con la mano?
»Robert y John dieron a George cinco mil dólares cada uno en el momento de nuestro matrimonio, pero él les pidió que lo guardaran en secreto. Sólo nosotros cuatro lo sabíamos. Y mientras yo cosía mis holokus baratos en aquella máquina absurda, él adquiría con ese dinero terrenos y terrenos en las praderas altas de Nahala, poco a poco, negociando cada compra hasta adquirir una ganga, con ese rostro suyo que era la viva imagen de la pobreza.
»Pero, ¿valió la pena? Yo estaba hambrienta. Si sólo una vez me hubiera estrechado locamente entre sus brazos. Si sólo una vez me hubiera dedicado cinco minutos robados al trabajo o a la fidelidad que dedicaba a sus patrones. A veces habría gritado, o le hubiera tirado el sempiterno cuenco de avena a la cara, o habría arrojado al suelo la máquina de coser y habría bailado el hula sobre ella sólo para hacerle reaccionar, para hacerle gritar de ira, para que se mostrara como un ser humano, cruel, como un hombre en vez de como un semidiós helado y gris.
La expresión trágica se desvaneció en el rostro de Bella, que de pronto se echó a reír con la risa franca que despiertan los recuerdos alegres.
––Cuando él me veía en ese estado de ánimo me miraba gravemente, me tomaba el pulso, me examinaba la lengua, me administraba grave una buena dosis de aceite de ricino y, con la misma gravedad, me hacía acostarme temprano entre sábanas previamente templadas con las arandelas de hierro de la cocina mientras me aseguraba que me sentiría mucho mejor al día siguiente. ¡Temprano, decía él! ¡Cuando sólo como gran concesión consentía en que nos acostáramos a las nueve en punto! Las ocho era habitualmente la hora en que nos retirábamos. Con eso ahorrábamos queroseno. Nunca cenábamos tres platos en Nahala. ¿Recuerdas la mesa de Kilohana cuando nos reuníamos a cenar? George y yo hacíamos sólo una comida ligera. Luego, él se instalaba junto a la lámpara al lado de la mesa y leía durante una hora revistas atrasadas que le prestaban, mientras yo, sentada frente a él, remendaba sus calcetines y su ropa interior, la más barata, la más basta de cuanta se fabricaba. Y cuando él se iba a la cama, yo me iba a la cama también. Era un despilfarro gastar queroseno para beneficio de uno solo. Y siempre se acostaba con el mismo ritual, dando primero cuerda a su reloj, anotando las temperaturas del día en su diario, descalzándose siempre de la misma forma, el pie derecho primero, el izquierdo después, y colocando los zapatos, el uno junto al otro, al pie de la cama, del lado que él ocupaba.
Era el hombre más limpio que he conocido. Se mudaba todos los días de ropa interior. Y yo hacía la colada. Era limpio hasta la exageración. Se afeitaba dos veces al día y utilizaba en el aseo de su cuerpo más agua que cualquier canaca. Y trabajaba por dos haoles. Y supo ver el futuro en las aguas de Nahala.
––Te hizo rica, pero no te hizo feliz ––observó Martha. Bella suspiró y asintió con la cabeza.
––Y ¿qué es la riqueza después de todo, Martha? Mi nuevo Pierce-Arrow ha venido en el vapor conmigo. Es el tercero en dos años. Pero ¿qué son todos los Pierce-Arrows y todo el dinero del mundo comparados con un amante, con un compañero con quien compartir el trabajo, los sufrimientos y las alegrías? ¿Qué son comparados con el hombre, marido y amante?
Su voz se apagó lentamente y las dos hermanas permanecieron sentadas en medio del muelle en silencio mientras una vieja, bastón en mano, retorcida, doblada y encogida bajo cien años de vida, atravesaba renqueando la pradera en dirección a ellas. Sus ojos, reducidos a poco menos que mirillas, eran agudos como los de la mangosta. Al llegar junto a los pies de la recién llegada, se echó al suelo hecha un ovillo mientras de su boca desdentada surgía en puro hawaiano una confusa salmodia referente a Bella y a sus antepasados, seguida de una extemporánea bienvenida que celebraba su vuelta del largo viaje efectuado, a través del ancho mar, a California. Y mientras entonaba su larga melopea, acariciaba la vieja con dedos sarmentosos las piernas de Bella, enfundadas en medias de seda, desde el tobillo y la pantorrilla hasta la rodilla y el muslo.
Los ojos de las dos hermanas se empañaron de una humedad luminosa mientras se repetían caricias y salmodia, dedicadas esta vez a Martha, y mientras las dos mujeres dirigían en su antigua lengua preguntas inmemoriales acerca de su salud, de su edad y de sus tataranietos a aquella anciana que las acariciara de niñas en la gran casa de Kilohana, del mismo modo que sus antepasados acariciaran a los antepasados de las dos hermanas a lo largo de generaciones y generaciones. Terminada la breve visita de rigor, Martha se levantó y acompañó a la vieja hasta la casa, poniéndole después unas monedas en la mano y ordenando a las bellas y orgullosas doncellas japonesas que obsequiaran a la anciana aborigen con poi, una mixtura de raíces de lirios acuáticos, con íamaka, es decir, pescado crudo, con nueces de kukui machacadas, y con limu, algas marinas digestivas, sabrosas y tiernas, muy apropiadas para bocas desdentadas. Eran aquéllos los viejos lazos feudales, la fidelidad del siervo con respecto al señor y la responsabilidad de éste con respeto a sus servidores, y Martha, que era tres cuartas partes haole por su sangre de Nueva Inglaterra, era en cambio cien por cien hawaiana en lo concerniente al recuerdo y observancia de las tradiciones de antaño, poco menos que desaparecidas.
Mientras Martha cruzaba la pradera en dirección al árbol de hau, los ojos de Bella admiraron la autenticidad enternecedora de aquella mujer y de su sangre, la abrazaron y la amaron. Un poco más baja era Martha que su hermana, aunque muy poco, y de porte menos majestuoso, pero estaba dotada de unas proporciones bellas y armoniosas, suavizadas, más que deterioradas, por los años, y su figura de jefa polinesia se adivinaba elocuente y gloriosa bajo las líneas de un amplio holoku envolvente de seda negra ribeteado de encajes y más costoso que cualquier vestido de París.
Y mientras las dos hermanas reanudaban la conversación, cualquier testigo observador habría podido reparar en la notable semejanza de aquellos perfiles puros y correctos, de aquellos pómulos altos, de aquellas frentes amplias y despejadas, de aquellas abundantes matas de pelo de un gris acero, de aquellas bocas de labios dulces afirmadas por décadas de orgullo seguro y bien fundado, de aquellas cejas, hermosas y finas, que trazaban un arco sobre dos pares de ojos rasgados y castaños igualmente profundos. Las manos de ambas mujeres, poco alteradas por el tiempo, eran hermosas, de dedos largos y finos con puntas redondeadas. Eran manos acariciadas con amor en la niñez y formadas entre el amor de ancianas hawaianas como la que en aquel momento comía poi, iamaka y limu en el interior de la casa.
––Así pasé un año ––continuó Bella––, y ¿sabes?, las cosas empezaron a mejorar. George comenzó a atraerme. Las mujeres somos así, o al menos yo soy así. Porque George era bueno. Era justo. Tenía las virtudes puritanas más aquilatadas. Comenzó a atraerme, a gustarme. Casi me atrevería a decir que empecé a amarle. Y si el tío John no me hubiera prestado ese caballo, sé que le habría querido de verdad y que habría vivido feliz con él, de un modo tranquilo y reposado, naturalmente.
»Comprendo que de los hombres yo no conocía otra cosa, nada distinto, nada mejor. Con el tiempo llegué a mirarle con placer por encima de la mesa mientras él leía durante aquellos breves intervalos entre la cena y la cama. Comencé a esperar y a oír el ruido de los cascos de su caballo cuando se acercaba a casa al atardecer, tras sus interminables cabalgadas por el rancho. Y sus escasos elogios me sonaban a gloria. Sí, Martha, empecé a saber lo que era ruborizarse ante sus alabanzas justas y precisas por las cosas que había hecho bien y que él aprobaba.
»Habría sido feliz con él el resto de nuestra vida juntos de no haber tomado George aquel vapor a Honolulú. Era un viaje de negocios. Tenía que pasar fuera dos semanas o más para atender primero a asuntos de los Glenn, cosas relacionadas con el rancho, y luego a un negocio suyo, la compra de unos terrenos más en las alturas de Nahala. Compró muchísimas tierras, las más salvajes, las más escarpadas, tierras pobres en todo menos en agua. Hasta las mismas fuentes adquirió por cinco o diez centavos el acre. Me dijo que me vendría bien un cambio de aires. Yo quería acompañarle a Honolulú, pero, por economizar, decidió que fuera a Kilohana. No sólo le salía gratis mi alojamiento en la mansión familiar, sino que además se ahorraba la miserable pitanza que hubiera comido de haberme quedado sola en nuestra casa, lo cual significaba comprar más tierras en Nahala. Y en Kilohana el tío John accedió a prestarme ese caballo.
»Me parecieron una gloria aquellos primeros días de vuelta en el hogar de la familia. Al principio me costaba trabajo creer que hubiera tanta abundancia en el mundo. La cantidad de comida que se desperdiciaba en aquella cocina me asombraba. Tan bien me había educado mi marido, que veía despilfarros allá donde mirara. En las dependencias de la servidumbre, los parientes ancianos de los criados y todos los que de ellos dependían, se alimentaban mejor de lo que jamás comíamos George y yo. Recordarás la opulencia de Kilohana, semejante a la del Rancho Parker. Se mataba un buey para cada comida, se hacía traer pescado fresco desde Waipio y Kiholo y se servía lo mejor y lo más raro en cada época del año.
»Y luego el amor. La forma de amar que tenía nuestra familia. Ya sabes cómo era el tío John. Y allí estaban también nuestros hermanos Walcot y Edward y todas nuestras hermanas menores, excepto Sally y tú, que estábais en el colegio. Y la tía Elizabeth y la tía Janet, que estaba pasando en casa una temporada con sus hijos. Abrazos continuos, constantes palabras de cariño... todo lo que había echado de menos durante aquellos doce meses fatigosos. Tenía sed de amor. Me sentía como el náufrago que se arroja sobre la arena para beber con avidez las aguas frescas que brotan burbujeando entre las raíces de las palmeras.
»Y fue entonces cuando llegaron. Venían en viaje oficial desde Kawaihae, donde habían desembarcado del yate real, treinta en total, de dos en dos, en glorioso desfile, rodeados los cuellos de guirnaldas de flores, jóvenes, felices, alegres, montando caballos del Rancho Parker y acompañados de cien vaqueros y de otros tantos servidores. Era el séquito de la princesa Lihue abrasada y consumida, como todos sabíamos, por una horrible tuberculosis. Con ella iban sus sobrinos, el príncipe Lilolilo, aclamado por doquier como heredero que era, y los dos hermanos de éste, el príncipe Kahekili y el príncipe Kamalau. Y con la princesa iban Ella Higginsworth, que afirmaba con todo derecho llevar en sus venas sangre de jefes más poderosos por descender de los Kauai de la familia real, Dora Niles, Emily Lowcroft... ¡Para qué enumerarlas! Ella Higginsworth y yo habíamos compartido la misma habitación en el Royal Chief School. Y se les sirvió un refrigerio durante una hora, no un lau, porque el lau esperaba en el rancho de los Parker, pero sí cerveza y bebidas más fuertes para los hombres, y limonada y naranjas y sandía refrescante para las mujeres.
»Ella Higginsworth me abrazó, y me abrazaron la princesa, que me recordaba, y todas las otras jóvenes y mujeres, y Ella habló a Lihue, que me invitó a unirme a la comitiva en Mana a los dos días. Imagina mi alborozo después de diez meses de prisión en Nahala la gris. Tenía diecinueve años e iba a cumplir los veinte antes de terminar la semana.
»No sospechaba siquiera lo que iba a ocurrir. Tan ocupada estaba con las mujeres que no vi a Lilolilo más que a distancia, destacando por su fortaleza y su altura entre los demás hombres. Yo nunca había formado parte de un séquito real. Había visto que se les festejaba en Kilohana y en Mana, pero entonces era demasiado joven para que me invitaran, y después había ido al colegio y me había casado. Pero sabía lo que significaba: dos semanas de paraíso, lo bastante para aguantar doce meses más en Nahala.
»Le pedí al tío John que me prestara un caballo, lo que se traducía en tres monturas: la mía, otra para el vaquero que me acompañara y una tercera de refresco. Entonces no había carreteras ni automóviles. ¡Y qué caballo me dio! Fue Hilo. No creo que lo recuerdes. Estabas en el colegio entonces y antes de que volvieras al año siguiente Hilo se había roto la espalda y su jinete se había fracturado el cuello mientras cazaba ganado salvaje a lazo en Mauna Kea. Quizá oyeras hablar del suceso, de aquel oficial de la marina americana...
––El teniente Browsfield ––afirmó Martha.
––Hilo. Yo era la primera mujer que lo montaba. Tenía él entonces tres años, casi cuatro, y acababan de amansarlo. Era tan negro y tenía un pelaje tan lustroso que los rayos del sol parecían revestirle de una capa de plata resplandeciente. Era el caballo de monta más grande de todo el rancho. Descendía del semental «Sparklindew», de los establos del rey, y de una yegua de pradera, y lo habían domado hacía pocas semanas. Nunca había visto yo montura tan hermosa. Era el caballo ideal de montaña, de tronco lleno, pecho fuerte, cuerpo armonioso y gran corazón. La cabeza y el cuerpo eran de raza, esbeltos pero poderosos; las orejas preciosas, siempre alertas, ni pequeñas como olas de caballo torvo, ni grandes como las de la montura terca como la mula; las patas eran también perfectas, inmaculadas, seguras y firmes, y galopaba con un paso largo y elástico que convertía en un placer sentirle bajo la silla.
––Recuerdo que el príncipe Lilolilo le dijo en una ocasión al tío John que eras la mejor amazona de todo Hawai ––interrumpió Martha––. Pero eso fue dos años después, cuando volví del colegio y tú vivías en Nahala.
––¿Eso dijo Lilolilo? ––exclamó Bella. Casi azorada, se le iluminaron los grandes ojos castaños mientras su memoria volvía hacia aquel amante que llevaba medio siglo muerto, convertido en polvo. Con la modestia innata en las mujeres de Hawai, ocultó aquel espontáneo descubrimiento de su corazón con un panegírico de Hilo.
––Cuando galopaba con él por las praderas, era como cabalgar en sueños. Brotaba de la hierba con cada salto, brincando como un ciervo, como un conejo, como un foxterrier... tú sabes cómo. ¡Y qué alardes los suyos, qué cabriolas, qué estampa! Era un caballo digno de un general, de un Napoleón, de un Kitchener. Su mirada no era torva sino traviesa, inteligente, como si ocultara siempre una broma tras de sus ojos y quisiera reír de ella o perpetuarla. Le pedí a tío John que me prestara a Hilo y el tío John me miró, y yo le miré a él, y aunque guardó silencio supe que interiormente decía: «Querida Bella», y por la forma en que me miró conocí que en sus ojos seguía intacta la visión de la princesa Naomi. El tío John accedió. Y así fue como ocurrió.
»Insistió en que probara a Hilo yo sola, en un ensayo privado. ¡Qué brío, qué glorioso brío! Pero un brío sin malicia, sin resabios. Se desmandaba una y otra vez sin que yo le permitiera darse cuenta de ello. No le tenía miedo, y eso me ayudó a mantener sobre él un dominio que le impidió creer que me llevaba la menor ventaja.
»Muchas veces me he preguntado si el tío John pensó entonces lo que podía ocurrir. Lo que sí sé con seguridad es que yo ni lo había sospechado el día que partí para unirme al séquito real en Mana. Nunca hasta entonces había presenciado festejos semejantes. Ya sabes de la munificencia de los Parker. Hubo caza de jabalíes con venablo, monterías, doma de caballos y marca de animales. Las dependencias de servicio estaban abarrotadas. Vinieron vaqueros de todos los puntos del rancho y acudieron muchachas de Waimea y de más lejos, de Waipio, de Honokaa, de Paauilo... Aún las veo sentadas en hilera sobre los muros de piedra del cercado confeccionando leis para sus enamorados. Y por la noche, en aquellas noches perfumadas, se cantaban meles y se bailaban hulas, y por los campos de Mana paseaban los amantes, en parejas, bajo los árboles... Y el príncipe...
Bella hizo una pausa y durante un minuto interminable sus dientes superiores se clavaron en el labio inferior mientras ella trataba de dominarse, lo lograba y dirigía una mirada distraída hacia el azul del horizonte. Ya tranquila, volvió la vista hacia su hermana.
––Era un auténtico príncipe, Martha. Le viste en Kilohana cuando volviste a casa del colegio. Atraía las miradas de todas las mujeres y, sí, también la de los hombres. Tenía veinticinco años y toda la madurez del adulto. Era tan grande y majestuoso de cuerpo como de espíritu. Por descabellada, que fuera la diversión, por extenuante que fuera el deporte, nunca olvidaba que era de familia real y que sus antepasados habían gobernado durante generaciones hasta remontarse a aquel jefe que cantaban las genealogías y que había navegado en canoa hasta Tahití y Raiatea y vuelta a Hawai. Era gracioso de porte, dulce, amable, buen compañero y amigo, y, al mismo tiempo, firme, estricto y hasta severo si se indignaba seriamente. No me resulta fácil expresar lo que quiero decir. Era hombre, todo un hombre, de la cabeza a los pies, y era a la vez todo príncipe con una veta burlona y una fuerza que habría hecho de él un rey bueno y justiciero si alguna vez hubiera llegado a reinar.
»Le recuerdo tal y como le vi aquel primer día, el día en que le toqué la mano y le hablé... unas palabras, pocas y tímidas, como correspondía a una mujer que llevaba un año casada con un haole gris y que vivía en Nahala la gris. Medio siglo hace ya de ese encuentro. Recordarás que entonces los jóvenes vestían zapatos y pantalón blancos, camisa de seda del mismo color, y esas preciosas bandas españolas, tan alegres. Durante este medio siglo la escena no se ha borrado de mi corazón. El príncipe estaba en el centro de un grupo en el jardín y yo me acercaba a él acompañada de Ella Higginsworth, que iba a presentarme. La princesa Lihue acababa de dirigirle una chanza y Ella se detuvo un momento para responder, lo que me obligó a detenerme también a un paso de distancia.
»Allí me sorprendieron por casualidad los ojos del príncipe, sola, azorada, tímida. Parece que le estoy viendo con la cabeza un poco echada hacia atrás con ese gesto altivo, inteligente, imperioso e indescriptiblemente natural que tanto le caracterizaba. Nuestras miradas se encontraron. Su cabeza se inclinó hacia delante o se enderezó hacia mí. No sé lo que ocurrió. ¿Me ordenó algo? ¿Obedecí? Lo ignoro. Sólo sé que aquel día yo ofrecía un aspecto agradable, coronada con mailes fragantes y vestida con el hermoso holoku de la princesa Naomi, que el tío John había sacado de la habitación tabú para prestarme. Sé que avancé sola hacia él cruzando el césped del jardín de Mana, y que él se destacó unos pasos del grupo que le rodeaba para salirme al encuentro. Nos reunimos en medio de la pradera, solos, como si nuestras vidas se cruzaran.
»¿Era yo muy hermosa de joven, Martha? No lo sé. De veras no lo sé. Pero te digo que en aquel momento toda su belleza, toda su majestad me invadió y penetró hasta mi corazón y sentí de pronto la hermosura, ¿cómo te diría?, como si se engendrara en él y sólo con su mirada él la conjurara en mi interior.
»No hablamos una sola palabra, pero levantó el rostro en franca respuesta al trueno y a las trompetas del mensaje silencioso y sé que, aunque me hubiera costado la vida en ese mismo momento, no habría podido dejar de dirigirle esa mirada que era una entrega, una entrega que debía leerse en mis ojos, en mi rostro y en ese cuerpo mío que tan ansiosamente respiraba. ¿Era yo hermosa, muy hermosa, Martha, a los diecinueve años, a punto de cumplir los veinte?
Y Martha, de sesenta y cuatro años, miró a Bella de sesenta y ocho, y asintió con afirmación sincera. Y para sus adentros incluyó en la afirmación lo que en aquel instante veía: el cuello de Bella, lleno y bien formado, más largo de lo habitual entre las mujeres de Hawai, columna majestuosa que sostenía su cabeza, su rostro de altos pómulos y altas cejas, y sus rasgos de jefa. Su cabello, recogido en lo alto, intacto, resplandeciente con la plata de los años, aún rizado, contrastaba con sus cejas limpias, finas, negras, y con sus profundos ojos castaños. Y la mirada de Martha, abrumada de modestia por lo que veía, descendió al espléndido pecho de su hermana, a las líneas generosas de su cuerpo hasta llegar a los pies enfundados en medias de seda e inmersos en zapatos de tacón alto, unos pies pequeños y llenos, de arco casi español y empeine impecable.
––¡Lo que es la juventud! ––rió Bella––. Lilolilo era un auténtico príncipe. Más tarde llegué a conocer todos y cada uno de sus rasgos, de sus distintos estados de ánimo, en aquellos días y aquellas noches mágicas pasadas junto a aguas cantarinas, junto a rompientes adormecidas por la calma y en los senderos de montaña. Conocí sus ojos hermosos y valientes, sus cejas negras y rectas, esa nariz suya que era indudablemente la nariz de Kamehameha, y llegué a conocer hasta la última, la mínima, la más graciosa curva de su boca. Y no hay boca más hermosa que la de los hawaianos, Martha.
»Y su cuerpo... Era el rey de los atletas, desde los cabellos traviesos y rebeldes, hasta los tobillos de bronce y acero. Hace sólo unos días oí que llamaban a uno de los nietos de Wilder "el príncipe de Harvard". ¡Dios mío! ¿Qué habrían dicho de mi Lilolilo si lo hubieran enfrentado con el nieto de Wilder y todo su equipo universitario?
Bella calló y respiró profundamente mientras se retorcía las manos finas y pequeñas sobre el amplio regazo de seda, pero su tez se ruborizó ligeramente y sus ojos se templaron con el recuerdo de los días pasados con el príncipe.
––Bueno, supongo que ya lo has adivinado ––dijo encogiéndose de hombros, desafiante, y hundiendo directamente la mirada en los ojos de su hermana––. Dejamos atrás Mana y, acompañados del alegre séquito, bajamos por senderos de lava hasta Kiolo y hasta las playas donde nadamos, pescamos, festejamos y dormimos en las arenas calientes, bajo las palmeras. Y subimos después a Puuwaawaa y allí acosamos al jabalí, y cazamos a lazo carneros salvajes en las praderas altas, y atravesamos Kona para llegar a Mauka, y bajamos hasta el palacio del rey de Kailua y hasta las playas de Keauhou, donde nadamos, y a la bahía de Kealakekua, y seguimos hasta Napoopoo y Honaunau. Y por donde pasábamos las gentes se acercaban a ofrecernos con sus manos flores, frutas, pescados y cerdos, llenos los corazones de amor y de canciones, las cabezas inclinadas en obediencia a la realeza, mientras que de sus labios brotaban exclamaciones de asombro y canciones en alabanza de días pasados y olvidados.
»¿Qué habrías hecho tú en mi caso, hermana? Tú sabes cómo somos las hawaianas. Tú sabes cómo éramos hace medio siglo. Lilolilo era hermoso. Yo, irreflexiva. Y aunque no lo hubiera sido, el príncipe bastaba para hacer de la mujer más sentada una imprudente. Y yo lo fui doblemente porque Nahala, la Nahala fría y gris, me espoleaba. Nunca abrigué la menor duda. Nunca tuve la mínima esperanza. En aquellos días ni siquiera se soñaba con el divorcio. La esposa de George Castner no podía ser jamás reina de Hawai, aunque la revolución que profetizaba el tío Robert se retrasara, aunque Lilolilo llegara efectivamente a ser rey. Nunca pensé en el trono. No deseaba más reino que el ser la esposa y compañera de Lilolilo. Pero no me engañaba. Lo imposible era imposible, y no me hacía ilusiones.
»Respiraba la atmósfera del amor. Y Lilolilo era el amante perfecto. Me tenía perpetuamente coronada de leis que sus mensajeros traían cada mañana de los jardines de rosas de Mana, esos jardines que tú sin duda recuerdas. Cincuenta millas recorrían las rosas a través de caminos de lava y de praderas. Llegaban a mis manos frescas de rocío, como en el momento en que las arrancaran, como joyas en sus estuches de corteza de plátano. Una yarda medían aquellos leis, y los capullos diminutos eran como cuentas ensartadas de coral napolitano. Y en los laus interminables yo me sentaba en la estera de Lilolilo, la estera de Makaloa dedicada al uso exclusivo del príncipe y tabú para cualquier mortal excepto por deseo o permiso suyo. Y sumergía los dedos en su pa wai holoi (cuenco), donde en el agua templada flotaban pétalos de flores perfumadas, y sin miedo a que todos repararan en la distinción de que me hacía objeto, hundía mis manos en su pa paakai para tomar pellizcos de sal roja, de limu, de nuez de kukui y de pimentón, y comía en su ¡pu kai (plato para salsa de pescado) de madera de kou, aquel del que comiera el gran Kamehameha en viajes similares. Y lo mismo hacía con los platos especiales que traían sólo para Lilolilo y la princesa, platos de nelu y de ake, de palu y de alaala. Y sus kahilis se mecían sobre mi cabeza, y sus sirvientes me pertenecían, y él era mío, y desde mi cabeza coronada de flores hasta mis pies felices, yo me sentía amada.
De nuevo hundió Bella los dientes en el labio inferior mientras miraba distraídamente al mar, se dominaba a sí misma y dominaba sus recuerdos.
––Así ocurrió en Kona, y en Kau, y en Hoopula y en Kapus, y en Honuapo y en Punaluu... Todo el vivir de una vida condensado en dos breves semanas. La flor florece una vez, y en aquellos días florecí yo. Lilolilo junto a mí, yo sobre mi querido Hilo, reina no de Hawai, pero sí del príncipe y el amor. Él me decía que era una burbuja de color y de belleza sobre el lomo negro Leviatán, que era una frágil gota de rocío sobre la cresta humeante de una corriente de lava, que era un arco iris galopando sobre una nube de tormenta...
Bella hizo una pausa.
––No seguiré hablando de lo que me dijo ––continuó gravemente––. Basta con que sepas que sus palabras eran el fuego mismo del amor y la esencia de la belleza, que compuso hulas para mí y que me las cantó, ante los ojos de todos, en plena noche bajo las estrellas mientras los demás escuchaban tendidos en sus esteras y yo ocupaba la de Makaloa, la estera de Lilolilo.
»Y próximo a terminarse el sueño, llegamos a Kilauea y arrojamos al pozo ardiente de lava nuestras ofrendas a Pele, la diosa del fuego, ofrendas de maile y guirnaldas de flores, de pescado y de poi húmedo envuelto en hojas de t¡. Y cruzamos Puna, y comimos y cantamos en Kohoualea, y en Kamaili, y en Opihikao, y nadamos en las aguas claras y templadas de las lagunas de Kalapana. Y por último llegamos a Hilo, junto al mar.
»Aquél era el final. Nunca habíamos hablado de ese momento. Era el fin reconocido y nunca mencionado. El yate esperaba porque el séquito se había retrasado varios días. Honolulú aguardaba. Había noticias de que el rey estaba particularmente pupule (loco), de conspiraciones de misioneros católicos y protestantes, de conflictos con Francia... Del mismo modo que habían desembarcado en Kawaihae dos semanas antes, así partieron de Hilo, entre risas, flores y canciones. Fue una partida alegre, llena de risas y alborozo, de millares de mensajes postreros, de encargos y de chanzas. El ancla se elevó al son de una canción de despedida que cantaba en cubierta el coro de Lilolilo mientras nosotros, en canoas y en lanchas, veíamos cómo la brisa henchía las velas del barco y la distancia que nos separaba de él se hacía cada vez mayor.
»En medio de la confusión y el jolgorio, Lilolilo, que debía pronunciar las últimas despedidas y dirigir las últimas chanzas, me miraba abiertamente apoyado en la borda. En la cabeza lucía el ilima lei que yo misma había hecho para él y que había colocado sobre su frente. Los del yate comenzaron a lanzar sus guirnaldas de flores a los de las canoas, a sus favoritos. Yo no tenía esperanza... y, sin embargo, esperaba, débilmente, con una melancolía que no se reflejaba en mi rostro, tan alegre y orgulloso como los de los demás. Pero Lilolilo hizo lo que yo sabía que haría, lo que desde el primer momento supe que habría de hacer. Sin dejar de mirarme franca y abiertamente, tomó mi hermoso ilima lei y lo rompió. Sus labios articularon mudos una sola palabra, pau, fin. Sin dejar de mirarme, volvió a romper las dos mitades del lei y arrojó deliberadamente los fragmentos, no a mí, sino al agua que nos iba separando. Pau. Todo había acabado.
Durante largo tiempo, la mirada distraída de Bella descansó sobre la línea del horizonte. Martha no se atrevió a expresar con palabras toda la compasión que humedecía sus ojos.
––Aquella misma tarde subí el arduo camino que sigue paralelo a la costa de Hamakua ––resumió Bella con una voz que sonó al principio seca y ronca––. Era el primer día, y no fue tan difícil. No sentía nada. Estaba aún demasiado embargada por el asombro ante lo que tenía que olvidar para pensar siquiera en olvidarlo. Pasé la noche en Laupahoehoe. Creí que no podría conciliar el sueño, pero, muy al contrario, cansada de la larga cabalgada, aún insensible, dormí como si estuviera muerta.
»Pero al día siguiente llegó un viento furioso y una lluvia torrencial. ¡Cómo soplaba el viento, cómo llovía! El camino era impracticable. Nuestros caballos caían una y otra vez. Al principio, el vaquero que me había cedido el tío John protestaba. Luego se limitó a seguirme estoicamente meneando la cabeza, lo sé, y murmurando una y otra vez que yo estaba pulule. En Kukuihaele abandonamos el caballo de refresco. Recorrimos casi a nado Mud Lane, que estaba transformado en un río de barro. En Waimea, el vaquero tuvo que procurarse otro caballo. Pero Hilo resistió hasta el final. Desde el amanecer hasta la medianoche seguí sobre la silla hasta que el tío John, ya en Kilohana, me bajó de ella entre sus brazos, me entró en la casa y despertó a las mujeres para que me desnudaran y acariciaran mientras él me servía un ponche caliente y me inducía a entregarme al sueño y al olvido. Debí revelar mucho entre murmullos y delirios. El tío John tuvo que saberlo. Pero jamás dijo una palabra a nadie, ni siquiera a mí. Lo que adivinara, lo encerró bajo llave en la habitación tabú de Naomi.
»Me queda un vago recuerdo de aquel día, del dolor que sentía mi corazón roto, de la rabia loca que abrigaba contra el destino, de la melena suelta y empapada que me azotaba la espalda y me hería bajo la lluvia torrencial, de mis lágrimas interminables que se unían al diluvio general, de rabias apasionadas, de resentimientos contra un mundo torcido y malo, de golpes dados con la mano sobre la perilla de la silla de montar, de palabras ásperas dirigidas al vaquero que me acompañaba, de espuelas hundidas en los flancos del pobre, del magnífico Hilo, mientras rezaba interiormente porque las espuelas no le encabritaran, no le impulsaran a caer sobre mí aplastándome bajo su cuerpo y privándome para siempre de belleza a los ojos de los hombres o a obligarme a salirme del sendero para morir al pie del palis (precipicio), tras de lo cual escribirían junto a mi nombre un pau tan definitivo como el que no habían llegado a pronunciar los labios de Lilolilo cuando rompió mi lima lei y la arrojó al agua.
»George se había quedado unos días más en Honolulú. Cuando regresó a Nahala, yo le esperaba allí. Me abrazó solemne, besó indiferente mis labios, me examinó la lengua con gravedad, se lamentó de mi aspecto y de mi estado de salud y me mandó a la cama con arandelas templadas de la cocina y una buena dosis de aceite de hígado de bacalao. Como si me hubiera incorporado a la maquinaria de un reloj, convertida en una rueda más, girando y girando interminablemente y sin remordimientos, así me incorporé yo a la vida gris de Nahala. George se levantaba a las cuatro y media cada mañana y a las cinco estaba cabalgando. Volvieron las eternas gachas de avena, el café barato, la carne fresca y la cecina... Yo cocinaba, amasaba el pan y fregaba. Hacía girar la rueda de la absurda máquina de coser y confeccionaba mis holokus baratos. Noche tras noche, durante los interminables siglos que me parecieron aquellos dos años, me senté a la mesa frente a él hasta las ocho de la tarde, remendando sus calcetines baratos y su ropa interior, basta y gastada, mientras él leía revistas de años anteriores, revistas que le prestaban y a las que se negaba a suscribirse por economizar. Y luego llegaba la hora de acostarnos (había que ahorrar queroseno) y daba cuerda a su reloj, anotaba las temperaturas del día en su diario, se quitaba los zapatos empezando por el derecho, y los colocaba el uno junto al otro a los pies de la cama, del lado que él ocupaba.
»Pero ya no me atraía George, como empezaba a ocurrir cuando la princesa Lihue me invitó a unirme a su séquito y el tío John me prestó su caballo. Martha, nada de eso habría ocurrido si el tío John no me hubiera prestado a Hilo. Pero lo hizo, y yo había conocido el amor y a Lilolilo, y ¿qué posibilidad tenía ya George de ganarse mi corazón, mi estima, mi cariño? Durante aquellos dos años que pasé en Nahala fui un cadáver de mujer que caminaba, y hablaba, y amasaba el pan, y fregaba, y remendaba calcetines y economizaba queroseno. Los médicos dijeron que aquella ropa interior tan gastada fue en parte causa de la enfermedad que contrajo mientras seguía empeñado, como siempre, en adquirir las aguas de las montañas de Nahala bajo las lluvias torrenciales del invierno.
»Cuando murió no lo lamenté. Llevaba triste demasiado tiempo. Tampoco me alegré. Mi alegría había muerto en Hilo cuando Lilolilo arrojó al mar mi ilima le¡. Desde entonces mis pies no volvieron jamás a ser felices. Lilolilo murió un mes después que mi marido. No había vuelto a verle desde que partió de Hilo. He tenido muchos pretendientes desde entonces, pero yo soy como el tío John. Un amante y nada más. El tío John tenía la habitación de Naomi en Kilohana. Durante cincuenta años yo he dedicado un aposento a Ldolilo en mi corazón. Tú eres la primera persona, Martha, a quien he permitido entrar en él.
Un automóvil recorrió la avenida circular que conducía a la casa y de él descendió el marido de Martha, que cruzó después el jardín hacia las dos mujeres. Erguido, esbelto, canoso, de porte digno y militar, Roscoe Scandwell era uno de los «cinco grandes» que, por medio de un entramado de intereses, determinaba los destinos de todo Hawai. Era un haole puro nacido en Nueva Inglaterra. Abrazó a Bella primero, besándola con todo el corazón a la manera hawaiana. Su mirada alerta le dijo que había habido confidencias femeninas y que, a pesar de las abundantes muestras de emoción, reinaba el orden y la calma en la prudencia crepuscular de aquellas dos mujeres.
––Viene Elsie con los niños. Acabo de recibir un cable que me ha enviado desde el barco ––anunció tras besar a su mujer––. Pasarán unos días con nosotros antes de seguir para Maui.
––Iba a darte el cuarto rosa, Bella ––dijo Martha pensando en voz alta––. Pero será mejor que lo ocupe ella con los niños y las niñeras. Te daré el de la reina Emma.
––Es el que ocupé la última vez y el que prefiero ––dijo Bella.
Roscoe Scandwell, conocedor por aprendizaje del amor hawaiano y de su expresión, erguido, esbelto y digno en medio de las dos mujeres de nobles proporciones, rodeó con sus brazos aquellas dos cinturas suntuosas, y, juntos, echaron a andar los tres hacia la casa.
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El diente de ballena
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Sucedió en los viejos tiempos en Fiji que John Starhurst se levantó en la casa––misión del poblado de Rewa y anunció su intención de llevar el Evangelio por toda Viti Levu. Viti Levu significa «La gran tierra», y es la isla mayor de un archipiélago compuesto de muchas islas grandes, por no hablar de centenares de otras más pequeñas. Aquí y allá, a lo largo de las costas y en las condiciones más precarias, vivían unos cuantos misioneros, comerciantes, pescadores de cohombro de mar y desertores de barcos balleneros. El humo de las hogueras se elevaba bajo sus ventanas, y los cuerpos de los muertos a manos de los nativos pasaban arrastrados ante sus puertas camino del festín.
El Lotu, o religión cristiana, se abría paso lentamente y, con frecuencia, al modo del cangrejo. Los jefes que se decían convertidos y que eran recibidos con alborozo en el seno de la Iglesia, tenían la mala costumbre de regresar a sus antiguos hábitos con el fin de probar su parte de la carne de alguno de sus enemigos favoritos. Comer o ser comido era la ley de las islas, y todo anunciaba que seguiría siéndolo durante largo tiempo. Había jefes como Tanoa, Tuiveikoso y Tuikilakila que habían devorado literalmente a cientos y cientos de seres humanos. Pero entre los glotones, Ra Undreunde ocupaba el primer lugar. Ra Undreunde vivía en Taikaki. Llevaba un registro de sus aventuras gustativas, una hilera de piedras alineadas a la puerta de su casa y que daban testimonio del número de cuerpos que había comido. Dicha hilera medía doscientos treinta pasos de longitud y estaba compuesta por ochocientas setenta y dos piedras. Cada una de ellas representaba un cuerpo, y la hilera habría sido mucho más larga si Ra Undreunde no hubiera tenido la desgracia de caer en una emboscada en Somo Somo, donde le clavaron una lanza en la parte baja de la espalda yle sirvieron a la mesa de Naungavuli, cuya hilera no sobrepasaba las cuarenta y ocho piedras.
Los misioneros, agotados por las penurias y atacados por las fiebres, continuaban tenazmente su trabajo desalentados a veces y esperando siempre el descenso de un fuego pentecostal que les valiera una gloriosa cosecha de almas. Pero Fiji, la isla caníbal, permanecía obstinada en el error. Los nativos de cabellos negroides, devoradores de hombres, estaban muy poco dispuestos a renunciar a su olla de carne mientras la cosecha de cuerpos humanos fuera abundante. A veces, cuando era demasiado copiosa, se aprovechaban de los misioneros haciendo circular el rumor de que tal día concreto habrían de hacer una matanza y un buen asado. Éstos se precipitaban entonces a comprarles las vidas de las víctimas con tabaco, percal y cuentas de colores. De esta forma los jefes de los poblados hacían un buen negocio con el excedente de carne humana. En cualquier caso, siempre podían salir a cazar más.
Fue por entonces cuando John Starhurst proclamó que anunciaría el Evangelio de una costa a otra de «La gran tierra» y que comenzaría por penetrar en los reductos montañosos de las fuentes del río Rewa. Sus palabras fueron recibidas con gran consternación. Los maestros nativos lloraron calladamente. Sus dos compañeros, misioneros ambos, trataron de disuadirle. El rey de Rewa le advirtió que sin la menor duda sería kai-kai (comido) por los habitantes de la región y que él mismo, por haberse convertido al Lotu, se vería en la necesidad de declarar la guerra a los habitantes de las montañas. Sabía perfectamente que no sería capaz de vencerles. Sabía también que ellos, en cambio, podían descender por el río y asolar el poblado de Rewa. Pero ¿qué otra cosa podría hacer? Si John Starhurst se empeñaba en salir y dejarse comer, habría una guerra que costaría cientos de vidas humanas.
Más tarde, aquel mismo día, una comisión de jefes de Rewa acudió a visitar a John Starhurst. Éste les escuchó y discutió pacientemente con ellos, aunque no se desvió ni un ápice de su propósito. A sus compañeros misioneros les explicó que no buscaba el martirio, que Dios le había pedido que predicara el Evangelio en Viti Levu y que él se limitaba a obedecer el deseo divino. A los comerciantes que acudieron e insistieron más machaconamente que ninguno de los anteriores, les dijo:
––Vuestras objeciones carecen de valor. Sólo habláis del perjuicio que puedo ocasionar a vuestros negocios. A vosotros os interesa hacer dinero, a mí me interesa salvar almas. Alguien tiene que redimir a los paganos de estas tierras sumidas en la oscuridad del error.
John Starhurst no era un fanático. Él habría sido el primero en negar esta imputación. Era, por el contrario, un hombre eminentemente cuerdo y práctico. Estaba convencido de que su misión había de resultar en bien para todos, y en su interior se veía encendiendo una chispa de fuego pentecostal en las almas de los habitantes del interior y levantando una oleada de fervor religioso que, descendiendo de las montañas, barrería la gran tierra de costa a costa y se extendería hasta las islas diseminadas por el mar. No brillaban en sus amables ojos grises luces salvajes, sino una decisión tranquila y una fe inconmovible en el Alto Poder que le guiaba.
Halló solamente a un hombre que se mostrara de acuerdo con su proyecto, y fue Ra Vatu, que le animó secretamente y se ofreció a prestarle guías que le condujeran hasta el pie de las primeras montañas. John Starhurst, a su vez, estaba muy complacido con la conducta de Ra Vatu. Del que fuera pagano incorregible, con un corazón tan negro como sus prácticas, comenzaba a emanar la luz. Ra Vatu hablaba incluso de convertirse al Lotu. Verdad era que tres años antes había expresado similar intención y habría ingresado en el seno de la Iglesia de no haberse opuesto John Starhurst a que trajera a sus cuatro esposas con él. Ra Vatu era enemigo de la monogamia por razones éticas y económicas. La quisquillosa objeción del misionero le había ofendido, y para demostrar que era hombre libre y de honor había blandido su maza de guerra sobre la cabeza de Starhurst. El misionero había escapado al golpe esquivando la maza y agarrándose a Ra Vatu hasta que vinieron en su ayuda. Pero todo aquello estaba ya olvidado y perdonado. Ra Vatu iba a ingresar en la Iglesia, no sólo como pagano converso, sino también como polígamo arrepentido. Sólo esperaba, como aseguró a Starhurst, a que muriera su esposa más vieja, que estaba muy enferma.
John Starhurst remontó, pues, el perezoso río Rewa en una de las canoas de Ra Vatu, la cual había de transportarle durante dos días, al cabo de los cuales llegaría al lugar donde la corriente dejaba de ser navegable. Desde allí, la embarcación regresaría al poblado. A lo lejos y elevándose hacia el cielo, se veían las montañas grisáceas que constituían la espina dorsal de «La gran tierra». John Starhurst las contempló anhelante durante todo el día.
A veces rezaba solo silenciosamente; otras se le unía en sus plegarias Narau, el maestro nativo que se había convertido al Lotu hacía siete años, el día en que el doctor James Ellery Brown le había salvado del horno a cambio de la insignificante suma que representaban cien palos de tabaco, dos mantas de algodón y un frasco de calmante de dolores. En el último momento, y después de veinte horas de súplicas y plegarias solitarias, a los oídos de Narau había llegado la voz que le ordenaba que acompañara a John Stahurst en su misión.
––Amo, iré contigo ––había anunciado.
John Sarhurst le había elogiado con sobria complacencia. Era evidente que el Señor estaba de su parte si impulsaba a acompañarle a un ser de espíritu tan apocado como Narau.
––Carezco indudablemente de valor, soy la más débil de las criaturas del Señor ––explicó Narau el primer día en la canoa.
––Tienes que tener fe, una fe más fuerte ––le reprendió el misionero.
Otra canoa remontó el Rewa aquel mismo día. Pero seguía a la primera a una hora de distancia y con gran cuidado de no ser vista. Era también propiedad de Ra Vatu y en ella iba Erirola, primo del rey y su hombre de confianza. En el cestillo que nunca dejaba de la mano, llevaba un diente de ballena. Era magnífico, de seis pulgadas de longitud, de hermosas proporciones y de un marfil que el tiempo había tornado amarillento y púrpura. Era propiedad de Ra Vatú, y en Fiji, cuando un diente así sale a la luz, por lo general ocurre algo. Porque el diente de ballena tiene una característica: el que lo acepta no puede negarse a la petición que, o le sigue, o le acompaña. Esa petición puede hacer referencia a cualquier cosa, desde una vida humana a una alianza tribal, y no hay habitante, ni vivo ni muerto, en toda la isla tan insensible al honor que se atreva a negarse a ella una vez que ha aceptado el diente. En ocasiones el cumplimiento se retrasa, con las correspondientes consecuencias adversas.
En el curso alto del río, en el poblado de un jefe de nombre Mongondro, John Starhurst descansó al final de su segundo día de viaje. A la mañana siguiente, ayudado por Narau, se dispuso a emprender la marcha hacia las montañas grises, que ahora, con la proximidad, se habían vuelto verdes y aterciopeladas. Mongondro era un jefe anciano, amable y de modales apacibles, corto de vista y aquejado de elefantiasis. La turbulencia de la guerra había dejado de atraerle. Recibió al misionero con calurosa hospitalidad, le ofreció alimentos de su propia mesa y hasta se avino a discutir con él de religión. Mongondro era por naturaleza inquisitivo, y complació a John Starhurst en gran manera al pedirle que le explicara el origen y la existencia de todas las cosas. Cuando el misionero hubo acabado de resumirle la Creación de acuerdo con el Génesis, vio que Mongondro había quedado profundamente impresionado. El anciano jefe fumó en silencio largo tiempo. Luego, se sacó la pipa de la boca y meneó tristemente la cabeza.
––No puede ser ––dijo––. Yo mismo, en mi juventud, manejaba hábilmente la azuela. Y, sin embargo, me llevaba tres meses hacer una canoa. Una canoa pequeña, muy pequeña. Y tú me dices que toda esta tierra y estas aguas las hizo un solo hombre...
––No. Las hizo un Dios, el único Dios verdadero ––le interrumpió el misionero.
––Es lo mismo ––continuó Mongondro––. Dices que toda la tierra, y el agua, y los árboles, y los peces, y los arbustos, y las montañas, y el sol, y la luna, y las estrellas las hizo en seis días. No. No. Te digo que en mi juventud fui hombre muy hábil y, sin embargo, me llevaba tres meses construir una canoa. Esa historia tuya puede asustar a los niños, pero ningún hombre puede creerla.
––Yo soy un hombre ––dijo el misionero.
––Es cierto, tú eres un hombre. Pero a mi limitada inteligencia no le es dado conocer lo que tú crees.
––Te repito que creo que el mundo fue creado en seis días. ––Eso es lo que tú dices ––murmuró el viejo caníbal en tono conciliador.
Sólo cuando John Starhurst y Narau se habían acostado, Erirola se arrastró al interior de la morada del jefe y, después de un discurso muy diplomático, le entregó el diente de ballena. El anciano lo sostuvo en la mano durante largo tiempo. Era muy hermoso y deseaba poseerlo, pero adivinó cuál era la petición que le acompañaba.
––No, no. Es un diente muy bonito ––dijo, y al verlo la boca se le hacía agua, pero se lo devolvió a Erirola con repetidas disculpas.
Al amanecer, John Starhurst se hallaba ya en camino por el sendero del bosque calzado con grandes botas de piel, seguido de su fiel Narau y siguiendo a su vez a un guía desnudo que Mongondro le había prestado para que le condujera hasta el poblado siguiente, al cual llegaron hacia el mediodía. De allí en adelante les precedió otro guía. A una milla de distancia, les seguía trabajosamente Erirola con el diente de ballena en el interior del cesto que pendía de su hombro. Dos jornadas más siguió al misionero, ofreciendo el diente a los jefes de las aldeas por las que pasaban. Pero uno por uno, todos ellos rechazaban el regalo. Seguía tan de cerca al misionero, que adivinaban cuál era la petición y se negaban a participar en el asunto.
Penetraron más y más en la montaña hasta que Erirola tomó un atajo secreto, adelantó al misionero y llegó a la plaza fuerte del Buli de Gatoka. El Buli no sabía de la inminente llegada de Starhurst y, por otra parte, aquel diente era muy hermoso, un espécimen extraordinario, de la calidad y el colorido más apreciados. Fue presentado públicamente. El Buli, sentado en la mejor de sus esteras y rodeado de sus jefes, con tres servidores a su espalda encargados de espantarle las moscas, se dignó recibir de manos del heraldo el diente de ballena que le enviaba Ra Vatu y que le hacía llegar por medio de su primo Erirola. Aceptó la ofrenda mientras los presentes batían palmas y los jefes, heraldos y servidores allí reunidos gritaban a coro:
––¡A woi, woi, woi!¡A woi, woi, woi!¡A tabua levu woi woi! ¡A mudua mudua mudua!
––Muy pronto llegará un hombre, un hombre blanco ––comenzó a decir Erirola, hecha la pausa de rigor––. Es misionero y vendrá hoy mismo. Ra Vatu se complace en desear sus botas. Quiere regalárselas a su buen amigo Mongondro y se le ha antojado mandárselas con los pies dentro, porque Mongondro es viejo y sus dientes no son lo que eran. Asegúrate, ¡oh Buli!, de que los pies van dentro de las botas. En cuanto al resto del cuerpo, puedes quedártelo.
La delicia que le había producido el diente de ballena se esfumó en los ojos del Buli, que miró en torno a sí dudoso. Pero ya había aceptado el presente.
––¡Qué importancia tiene un misionero! ––le apremió Erirola.
––Es verdad, ¡qué importancia tiene un misionero! ––respondió el Buli, por su parte liberado ya de sus dudas––. Mongondro tendrá las botas. ¡Id tres o cuatro de vosotros, los más jóvenes, y sorprended al misionero en el camino! Aseguraos de traer también las botas.
––Es demasiado tarde ––dijo Erirola––. Escuchad. Aquí llega.
Abriéndose camino entre la espesura, irrumpió en la escena en aquel mismo momento John Starhurst con Narau pisándole los talones. Las famosas botas, que se le habían llenado de agua cuando vadeara el río, arrojaban delgados surtidores con cada paso que daba. Starhurst miró a su alrededor con pupilas que despedían rayos. Impulsado por una fe inconmovible, limpio de duda y de temor, se regocijaba con todo lo que veía. Sabía que desde el comienzo de los tiempos era el primer hombre blanco que había pisado el reducto de Gatoka.
Las cabañas de hierba se ceñían a la empinada ladera de la montaña o colgaban sobre el impetuoso Rewa. A ambos lados de la aldea se abrían enormes precipicios. Tres horas penetraba el sol, como máximo, en aquella estrecha garganta. No se veían ni plátanos ni cocoteros, aunque una densa vegetación tropical invadía hasta el último rincón goteando en verdes guirnaldas desde los bordes mismos del precipicio y estallando en color en cada grieta de la roca. Al fondo de la garganta, el Rewa saltaba ochocientos pies. La atmósfera toda de la fortaleza rocosa batía al son del trueno rítmico de la cascada.
John Starhurst vio salir de la cabaña al Buli y a sus seguidores.
––Te traigo buenas noticias ––fue el saludo del misionero.
––¿Quién te envía? ––le preguntó el Buli reposadamente. ––Dios.
––Nunca se ha oído ese nombre en Viti Levu ––respondió sonriendo el Buli––. ¿Qué islas, poblados o gargantas gobierna?
––Es el jefe de todas las islas, todos los poblados y todas las gargantas ––respondió Sarhurst solemnemente––. Es Señor de cielos y tierras, y yo he venido a traerte su palabra.
––¿Me envía algún diente de ballena? ––fue la insolente respuesta.
––No, pero más preciosa que ningún diente de ballena es...
––La costumbre entre jefes es enviar dientes de ballena ––le interrumpió el Buli––. O tu jefe es un tacaño, o tú eres un necio al aventurarte con las manos vacías en la montaña. Ten cuidado, porque otro más generoso ha llegado antes que tú.
Y diciendo estas palabras le mostró el diente que le había entregado Erirola.
Narau gruñó.
––Es el diente de Ra Vatu ––susurró al oído de Starhurst––. Lo conozco bien. Estamos perdidos.
––¡Qué amabilidad la de Ra Vatu! ––respondió el misionero acariciándose su larga barba y ajustándose los lentes––. Ha organizado todo para que seamos bien recibidos.
Pero Narau volvió a gruñir y se apartó de los talones que tan fielmente había seguido hasta entonces.
––Ra Vatu va a convertirse al Lotu ––explicó Starhurst––. Y yo he venido a traértelo a ti.
––No quiero saber nada de tu Lotu ––dijo el Bull orgullosamente––. He decidido que mueras hoy mismo a mazazos.
El Buli hizo una seña a uno de sus seguidores, que dio un paso al frente blandiendo una maza. Narau huyó a la cabaña más cercana para esconderse entre las mujeres y las esteras, pero John Starhurst esquivó la maza de un salto y enlazó los brazos en torno al cuello de su verdugo. En esa posición de ventaja comenzó a discutir. Defendía su vida y lo sabía, pero no se sentía ni nervioso ni asustado.
––Harías mal en matarme ––dijo al hombre que le atacaraNo te he hecho ningún daño, ni a ti ni al Buli.
Tan bien sujeto tenía al hombre, que nadie se atrevió a golpearle con su maza. Él siguió aferrándose a la vida y disputando por ella con los que clamaban por su muerte.
––Soy John Starhurst ––siguió diciendo con calma––. He trabajado tres años en Fiji y nunca por beneficio propio. He venido a practicar el bien entre vosotros. ¿Por qué habríais de matarme? Mi muerte no beneficiaría a nadie.
El Buli lanzó una rápida ojeada al diente de ballena. Lo que iba a hacer estaba bien pagado.
El misionero se encontraba rodeado de una masa de salvajes desnudos que pugnaban entre sí para atacarle. La canción de la muerte, que es la canción del horno, se elevó en el aire y sus protestas dejaron de oírse. Pero tan hábilmente rodeó con su cuerpo el del hombre que le había atacado, que nadie pudo golpearle. Erirola sonrió y el Buli montó en cólera.
––¡Apartaos todos! ¡Bonita historia van a oír en la costa! ¡Una docena de hombres contra un misionero desarmado, más débil que una mujer, y resulta que os puede a todos!
––¡Espera un poco, Buli! ––gritó John Starhurst sin cejar en su forcejeo––. ¡Te venceré a ti también! Porque mis armas son la justicia y la verdad y no hay hombre que pueda contra ellas.
––Acércate entonces ––respondió el Buli––, porque voy sólo armado con una miserable maza que, como dices, nada podrá contra ti.
Los hombres se retiraron y John Starhurst quedó solo frente al Buli, que se apoyaba en una enorme maza de guerra de madera nudosa.
––Acércate, misionero, y vénceme ––le desafió.
––Me acercaré y te venceré ––respondió John Starhurst limpiándose los lentes, ajustándoselos a la nariz, y dando un paso luego hacia su enemigo.
El Buli levantó la maza y esperó.
––En primer lugar, mi muerte no te beneficiaría en nada ––comenzó a argumentar Starhurst.
––Dejaré que mi maza te responda ––contestó el Buli.
Y a cada argumento daba la misma respuesta, sin dejar por ello de vigilar al misionero para anticiparse a su astuta maniobra de esquivar el arma. Fue entonces cuando por primera vez John Starhurst supo que su muerte estaba cerca. No intentó huir. Con la cabeza descubierta, de pie bajo el sol, rezó en voz alta. Era la suya la misteriosa figura del hombre blanco inevitable que con la Biblia, las balas o la botella de ron se ha enfrentado con el salvaje en todas y cada una de sus plazas fuertes. Y así permaneció John Starhurst en la fortaleza rocosa del Buli de Gatoka.
––Perdónales porque no saben lo que hacen ––oró––. Señor, apiádate de Fiji. Ten compasión de esta isla. Señor nuestro, escúchanos en nombre de Jesucristo, a quien concediste que, por su muerte, todos los hombres pudiéramos ser hijos tuyos. De Ti venimos y a Ti queremos volver. La tierra es oscura, ¡oh Señor!, la tierra es oscura. Pero Tú puedes salvarnos con tu infinita misericordia. Extiende tu mano, Señor, y salva a Fiji, esta pobre isla caníbal.
El Buli se impacientaba.
––Ahora te responderé ––murmuró, blandiendo la maza con ambas manos.
Narau, oculto entre las mujeres y las esteras, oyó el sonido del golpe y se estremeció. Se elevó en el aire la canción de la muerte. Más tarde supo que el cuerpo de su querido misionero era conducido al horno, cuando oyó estas palabras:
––Arrastradme con cuidado, arrastradme con cuidado.
––Porque soy adalid de mi país.
––Dad gracias, dad gracias.
Luego, una sola voz se elevó sobre el alborozo preguntando:
––¿Dónde está el valiente?
Cien voces gritaron la respuesta:
––Lo arrastramos al horno para asarlo.
––¿Dónde está el cobarde? ––preguntó la voz.
––Ha ido a llevar la noticia ––respondieron las cien voces.–– Ha ido a llevar la noticia. Ha ido a llevar la noticia.
Narau gimió con el espíritu angustiado. Lo que decía aquella vieja canción era cierto. Él era el cobarde y ya nada podía hacer sino correr a llevar la noticia.
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El chinago
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El coral medra, la palma crece, pero el
hombre muere.
(Proverbio tahitiano)

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Ah Cho no entendía el francés. Sentado en la sala abarrotada de gente, cansado y aburrido, escuchaba aquella lengua incesante y explosiva que articulaban un oficial tras otro. Un inagotable parloteo y nada más era a oídos de Ah Cho, quien se maravillaba ante la estupidez de aquellos franceses que tanto tiempo empleaban en investigar quién era el asesino de Chung Ga y ni aún así podían descubrirlo. Los quinientos coolies de la plantación sabían que Ah San era el autor de crimen, y los franceses ni siquiera le habían detenido. Cierto que todos los coolies habían pactado secretamente no prestar testimonio los unos contra los otros, pero el caso era tan sencillo que no entendían cómo los franceses no habían descubierto que Ah San era el hombre que buscaban. Muy estúpidos tenían que ser.
Ah Cho no tenía nada que temer. No había participado en el crimen. Verdad era que lo había presenciado y que Schemmer, el capataz de la plantación, había irrumpido en el interior del barracón poco después de ocurrir el suceso, sorprendiéndole allí junto con otros cuatro o cinco coolies, pero, ¿qué importaba eso? Chung Ga había muerto de dos heridas de arma blanca. Estaba claro que cinco o seis hombres no podían infligir dos puñaladas. Aun en el caso de que cada una se debiera a distinta mano, sólo dos podían ser los asesinos.
Tal había sido el razonamiento de Ah Cho cuando, junto con sus cuatro compañeros; había mentido, trabucado y confundido al tribunal con su declaración respecto a lo ocurrido. Habían oído ruidos y, como Schemmer, habían corrido al lugar de donde procedían. Habían llegado antes que el capataz, eso era todo. Era cierto también que Schemmer había declarado que, si bien había oído ruidos de pelea al pasar por las cercanías del lugar del suceso, había tardado al menos cinco minutos en entrar al barracón. Que había hallado en el interior a los prisioneros y que éstos no habían podido entrar inmediatamente antes porque él los habría visto, dado que se hallaba junto a la única puerta de la construcción. Pero, aun así, ¿qué? Ah Cho y sus cuatro compañeros de prisión habían afirmado que Schemmer se equivocaba. Al final les dejarían en libertad. Estaban seguros de ello. No podían decapitar a cinco hombres por sólo dos puñaladas. Además, ningún demonio extranjero había presenciado el crimen. Pero eran tan estúpidos aquellos franceses... En China, como Ah Cho sabía muy bien, el juez ordenaría que los torturaran a todos y averiguarían quién era el culpable. Era fácil descubrir la verdad por medio de la tortura. Pero los franceses nunca torturaban. ¡Dónde se había visto mayor estupidez! Por eso nunca sabrían quién había matado a Chung Ga.
Pero Ah Cho no lo entendía todo. La compañía inglesa dueña de la plantación había llevado a Tahití a quinientos coolies pagando por ello un alto precio. Los accionistas exigían dividendos y la compañía aún no había pagado el primero. De ahí que no quisiera que aquellos trabajadores que tan caros le habían salido, se dieran a la práctica de matarse entre ellos. Por otro lado estaban los franceses, ansiosos de imponer a los chinagos las virtudes y excelencias de la ley francesa. Nada mejor que un buen escarmiento de vez en cuando, y, además, ¿qué utilidad podía tener Nueva Caledonia si no era la de poder mandar allí a los condenados para que pasaran sus días hundidos en la miseria y en el dolor en castigo por ser frágiles y humanos?
Ah Cho todo eso no lo entendía. Sentado en la sala, esperaba la decisión del juez que les dejaría libres a él y a sus compañeros para volver a la plantación y cumplir las condiciones del contrato. Pronto se pronunciaría sentencia. El proceso estaba llegando a su fin. No más testigos, no más verborrea ininteligible. Los demonios franceses también estaban cansados y, evidentemente, esperaban la sentencia. Y Ah Cho, mientras aguardaba, retrocedió con la memoria hasta el momento en que había firmado el contrato y se había embarcado para Tahití. Corrían malos tiempos en su aldea marítima y el día en que se enroló comprometiéndose a trabajar durante cinco años en los Mares del Sur a cambio de un jornal de cincuenta centavos mejicanos, se consideró afortunado. Había hombres en su pueblo que trabajaban un año entero para ganar diez dólares, y mujeres que hacían redes día tras día por cinco dólares anuales, y criadas en casas de comerciantes que recibían cuatro dólares por sus servicios. Y a él iban a darle cincuenta centavos diarios. Sólo por un día de trabajo iban a pagarle esa fortuna. ¿Qué importaba si la tarea era dura? A los cinco años volvería a su casa ––así lo decía el contrato–– y ya nunca tendría que volver a trabajar. Sería rico hasta el fin de su vida. Tendría una casa propia, una esposa, e hijos que crecerían y le respetarían. Sí. Y a espaldas de la casa tendría un jardín, un lugar de meditación y de reposo con un lago pequeño lleno de peces de colores y campanitas colgadas de los árboles que tintinearían con el viento y una tapia muy alta todo alrededor para que nadie interrumpiera ni su meditación ni su reposo.
Habían pasado tres de los cinco años que se había comprometido a trabajar. Con lo que había ganado podía considerarse un hombre rico en su país. Sólo dos años más separaban aquella plantación de algodón en Tahití de la meditación y el reposo que le esperaban. Pero en ese preciso momento estaba perdiendo dinero, y todo por la desgraciada casualidad de haber presenciado el asesinato de Chung Ga. Por cada día de las tres semanas pasadas en la cárcel, había perdido cincuenta centavos. Pero ya pronto el juez pronunciaría sentencia y podría volver a trabajar.
Ah Cho tenía veintidós años. Era por naturaleza alegre, bien dispuesto y propenso a sonreír. Mientras que su cuerpo tenía la delgadez propia de los asiáticos, su rostro era rotundo, redondo como la luna, e irradiaba una especie de complacencia suave, una dulce disposición de ánimo poco común entre sus compatriotas. Y su conducta no contradecía su apariencia. Jamás provocaba un conflicto ni participaba en pendencias. No jugaba. Carecía del espíritu fuerte del jugador. Se contentaba con las cosas pequeñas, con los placeres más nimios. La tranquilidad y el silencio del crepúsculo que seguían al trabajo en los campos de algodón bajo un sol ardiente, representaban para él una inmensa satisfacción. Podía permanecer sentado durante horas y horas contemplando una flor solitaria y filosofando acerca de los misterios y los enigmas que supone la existencia. Una garza azul posada sobre la arena de la playa, el relámpago plateado de un pez volador, o una puesta de sol rosa y nacarada al otro lado de la laguna, bastaban para hacerle olvidar la procesión de días fatigosos y el pesado látigo de Schemmer.
Schemmer, Karl Schemmer, era una bestia, una bestia embrutecida. Pero se ganaba el sueldo que le daban. Sabía extraer hasta la última partícula de energía de aquellos quinientos esclavos, porque esclavos eran y serían hasta el final de sus cinco años de contrato. Schemmer trabajaba a conciencia para extraer la fuerza de aquellos quinientos cuerpos sudorosos y transformarla en balas de mullido algodón, listas para la exportación. Su bestialidad dominante, férrea, primigenia era lo que le permitía llevar a cabo esa transformación. Le ayudaba en su tarea un grueso látigo de cuero de tres pulgadas de anchura y una yarda de longitud, látigo que llevaba siempre consigo y que, en ocasiones, caía sobre la espalda desnuda de un coolie agazapado con un estampido seco, como un disparo de pistola. Aquel sonido era frecuente cuando Schemmer recorría a caballo los campos arados.
Una vez, al principio del primer año de contrato, había matado a un coolie de un solo puñetazo. No le había aplastado exactamente la cabeza como si de una cáscara de huevo se tratara, pero el golpe había bastado para pudrir lo que aquel cráneo tenía dentro y al cabo de una semana el hombre había muerto. Pero los chinos no se habían quejado a los demonios franceses que gobernaban Tahití. Aquello era asunto suyo. Schemmer era un problema que sólo a ellos concernía. Tenían que evitar sus iras como evitaban el veneno de los centípedos que acechaban entre la hierba o reptaban en las noches lluviosas al interior de los barracones donde dormían. Y así los chinagos, como les llamaban los nativos cobrizos e indolentes de la isla, tenían buen cuidado de no disgustar a Schemmer, lo cual significaba rendir al máximo con un trabajo eficiente. Aquel puñetazo había representado para la compañía una ganancia de miles de dólares y, en consecuencia, a Schemmer no le había ocurrido nada.
Los franceses, carentes de instinto de colonización, ineficientes en su juego infantil de explotar las riquezas de la isla, estaban encantados de ver triunfar a la compañía inglesa. ¿Qué les importaba Schemmer y su famoso puño? ¿Qué había muerto un chinago? Bueno, ¿qué más daba? Además había fallecido de insolación. Así lo decía el certificado médico. Era cierto que en toda la historia de Tahití nadie había perecido jamás de insolación, pero eso precisamente era lo que hacía única su muerte. Asimismo lo decía el médico en su certificado. Era un ingenuo. Pero había que pagar dividendos. De otro modo tendrían que añadir un fallo más a la larga lista de fracasos en Tahití.
No había forma de entender a aquellos demonios blancos. Ah Cho ponderaba su inescrutabilidad mientras permanecía sentado en la sala esperando la sentencia. Era imposible saber qué pensaban. Había conocido a unos cuantos. Eran todos iguales, los oficiales y los marineros del barco, los franceses y los pocos blancos de la plantación, incluido Schemmer. Sus mentes funcionaban de una forma misteriosa que era imposible descifrar. Se enfurecían sin causa aparente y su ira era siempre peligrosa. En esas ocasiones eran como animales salvajes. Se preocupaban por las cosas más nimias y, en ocasiones, podían trabajar más que los chinagos. No eran comedidos como éstos. Eran auténticos glotones que comían prodigiosamente y bebían más prodigiosamente todavía. Los chinagos nunca sabían cuándo sus acciones iban a agradarles o a levantar una auténtica tormenta de cólera. Era imposible predecirlo. Lo que una vez les complacía, a la siguiente provocaba en ellos un acceso de ira. Tras los ojos de los demonios blancos se cernía una cortina que ocultaba sus mentes a la mirada del chinago. Y para colmo estaba su terrible eficiencia, esa habilidad suya para hacerlo todo, para conseguir que las cosas funcionaran, para lograr resultados, para someter a su voluntad todo lo que reptaba y se arrastraba y hasta a los mismos elementos. Sí, los hombres blancos eran extraños y maravillosos. Eran demonios. No había más que ver a Schemmer.
Ah Cho se preguntaba por qué tardarían tanto en pronunciar sentencia. Ninguno de los acusados había tocado siquiera a Chung Ga. Le había matado Ah San. Él solo lo había hecho, obligándole a bajar la cabeza tirándole de la coleta con una mano y clavándole el cuchillo por la espalda con la otra. Dos veces se lo había clavado. Allí mismo, en la sala y con los ojos cerrados, Ah Cho revivió de nuevo el crimen, vio de nuevo la lucha, oyó las viles palabras que se habían cruzado, los insultos arrojados sobre antepasados venerables, las maldiciones lanzadas sobre generaciones por nacer, recordó el arrebato de Ah San, que había cogido a Chung Ga por la coleta, el cuchillo hundido por dos veces en la carne, la puerta abriéndose de pronto, la irrupción de Schemmer, la huida hacia la salida, la fuga de Ah San, el látigo volador del capataz obligando a los demás a apiñarse en un rincón y el disparo del revólver, señal con que había pedido ayuda. Ah Cho se estremeció al recordar la escena. Un latigazo le había magullado la mejilla arrancándole parte de la piel. Schemmer había señalado esos cardenales cuando, desde la tribuna de los testigos, había identificado a Ah Cho. Ahora las marcas ya no eran visibles. Pero había sido todo un latigazo. Media pulgada más hacia el centro de la cara y le habría sacado un ojo. Después, Ah Cho olvidó todo lo ocurrido al imaginar el jardín de reposo y meditación que sería suyo cuando volviera a su país.
Escuchó con rostro impasible la sentencia del magistrado. Igualmente impasibles estaban los de sus cuatro companeros. E impasibles siguieron cuando el intérprete les explicó que los cinco eran culpables de la muerte de Chung Ga, que Ah Chow sería decapitado, que Ah Cho pasaría veinte años en la prisión de Nueva Caledonia, Wong Li doce, y Ah Tong diez. Era inútil alterarse por ello. Hasta Ah Chow escuchó imperturbable, como una momia, aunque era a él a quien iban a cortar la cabeza. El magistrado añadió unas palabras y el intérprete explicó entonces que el hecho de que el rostro de Ah Chow fuera el que más hubiera sufrido los efectos del látigo de Schemmer hacía la identificación tan segura que, puesto que uno de los hombres había de morir, justo era que él fuese el elegido. El que la cara de Ah Cho hubiera sido también severamente magullada, probando así de forma terminante su presencia en el lugar del crimen y su indudable participación en éste, le había merecido los veinte años de prisión en el penal. Así fue explicando las sentencias una por una, hasta llegar a los diez años de reclusión de Ah Tong. Que aprendieran los chinos la lección, dijo después el juez, porque la ley habría de cumplirse en Tahití aunque se hundiera el mundo.
Volvieron a conducir a la cárcel a los cinco chínagos. No estaban ni sorprendidos ni apenados. Lo inusitado de la sentencia no les asombraba después de tratar a los demonios blancos. No esperaban de ellos sino lo inesperado. Aquel terrible castigo por un crimen que no habían cometido no era más de extrañar que la infinidad de cosas raras que hacían continuamente. Durante las semanas siguientes, Ah Cho contempló a menudo a Ah Chow con leve curiosidad. Iban a decapitarle con la guillotina que estaban alzando en la plantación. Ya no habría para él años de reposo ni jardines de tranquilidad. Ah Cho filosofaba y especulaba sobre la vida y la muerte. Su destino no le preocupaba. Veinte años eran sólo veinte años. Tantos más que le separaban de su jardín, eso era todo. Era joven y llevaba en sus huesos la paciencia de Asia. Podía esperar. Cuando esos veinte años hubieran transcurrido, los ardores de su sangre se habrían aplacado y estaría mejor preparado para aquel jardín suyo de calma y de delicias. Se le ocurrió un nombre para bautizarlo. Lo llamaría «El jardín de la calma matinal». Aquel pensamiento le alegró todo el día y le inspiró de tal modo que hasta inventó una máxima moral sobre la virtud de la paciencia, máxima que proporcionó un gran consuelo a sus compañeros, especialmente a Wong Li y a Ah Tong. A Ah Chow, sin embargo, no le importó mucho la máxima. Iban a cortarle la cabeza dentro de muy poco tiempo y no necesitaba paciencia para esperar el acontecimiento. Fumaba bien, comía bien, dormía bien y no le preocupaba el lento transcurrir del tiempo.
Cruchot era gendarme. Había trabajado durante veinte años recorriendo las colonias, desde Nigeria y Senegal hasta los Mares del Sur, veinte años que no habían logrado agudizar de forma perceptible su mente roma. Seguía siendo tan torpe y tan lerdo como en sus días de campesino en el sur de Francia. Estaba imbuido de disciplina y de temor a la autoridad, y entre Dios y su sargento la única diferencia que existía para él era la medida de obediencia servil que debía otorgarles. De hecho, el sargento contaba en su cabeza más que Dios, a excepción de los domingos, cuando los portavoces de este último elevaban su voz. Dios, por lo general, le resultaba un ser remoto, mientras que el sargento solía estar muy a mano.
Cruchot fue quien recibió la orden del presidente del tribunal en la cual se indicaba al carcelero que entregara al gendarme la persona de Ah Chow. Pero ocurrió que el presidente del tribunal había ofrecido un banquete la noche anterior al capitán y a la oficialidad de un buque de guerra francés. Su mano temblaba al escribir la orden y, por otra parte, los ojos le escocían tanto que no se molestó en leerla. Al fin y al cabo se trataba solamente de la vida de un chinago. Por eso no se dio cuenta dé que al escribir el nombre de Ah Chow había omitido la última letra. Así, pues, la orden decía Ah Cho, y cuando Cruchot presentó el documento al carcelero, éste le entregó a la persona que correspondía a ese nombre. Cruchot instaló a esa persona a su lado, en el pescante de la carreta, detrás de las dos mulas, y se la llevó.
Ah Cho se alegró de ver la luz del sol. Sentado al lado del gendarme, resplandecía de felicidad. Y resplandeció aún más cuando vio que las mulas se dirigían al sur, hacia Atimaono. Era indudable que Schemmer había pedido que le devolvieran a la plantación. Quería que trabajara. Pues muy bien, trabajaría. Schemmer no tendría el menor motivo de queja. Era un día caluroso. Los vientos habían amainado. Las mulas sudaban, Cruchot sudaba y Ah Cho sudaba. Pero era este último quien mejor soportaba el calor. Tres años había trabajado en la plantación bajo aquel sol. De tal modo resplandecía y tan alegre era su expresión, que hasta la torpe mente de Cruchot se asombró.
––Eres muy raro ––le dijo al fin.
Ah Cho afirmó con la cabeza y resplandeció aún más. A diferencia del magistrado, Cruchot le hablaba en la lengua de los canacas, que Ah Cho conocía, al igual que todos los chinagos y todos los demonios extranjeros.
––Ríes demasiado ––le reprendió Cruchot––. Deberías tener el corazón lleno de lágrimas en un día como hoy.
––Me alegro de haber salido de la cárcel.
––¿Eso es todo? ––dijo el gendarme, encogiéndose de hombros.
––¿No es bastante? ––preguntó él.
––Entonces, ¿no te alegras de que vayan a cortarte la cabeza?
Ah Cho le miró con súbita perplejidad y le dijo:
––Vuelvo a Atimaono, a trabajar para Schemmer en la plantación. ¿No es allí adonde me llevas?
Cruchot se acarició, pensativo, los largos bigotes.
––¡Vaya, vaya, vaya! ––dijo finalmente, propinando a la mula un suave latigazo––. Así que no lo sabes...
––¿Qué no sé? ––Ah Cho comenzaba a experimentar una vaga sensación de alarma––. ¿Es que Schemmer no va a dejarme trabajar más para él?
––A partir de hoy, no ––dijo Cruchot con una carcajada. La cosa tenía gracia––. De hoy en adelante ya no podrás trabajar. Un hombre decapitado no puede hacer nada, ¿no?
Le dio un codazo al chinago en las costillas y volvió a reír.
Ah Cho guardó silencio mientras las mulas trotaban a lo largo de una milla calurosa. Luego habló:
––¿Va a cortarme la cabeza Schemmer?
Cruchot sonrió, afirmando con la cabeza.
––Ha habido un error ––dijo Ah Cho gravemente––. Yo no soy el chinago a quien han de decapitar. Yo soy Ah Cho. El honorable juez ha decretado que pase veinte años en Nueva Caledonia.
El gendarme se echó a reír. Tenía gracia aquel chinago tan raro que trataba de engañar a la guillotina. Las mulas cruzaron al trote un grupo de cocoteros y recorrieron media milla junto al mar resplandeciente antes de que Ah Cho hablara de nuevo.
––Te digo que no soy Ah Chow. El honorable juez no dijo que hubieran de cortarme la cabeza.
––No tengas miedo ––dijo Cruchot, guiado de la filantrópica intención de hacerle el trance más fácil al prisionero––. No es una muerte dolorosa. ––Chascó los dedos––. Visto y no visto. Así. No es como cuando te ahorcan y te quedas colgando de la soga, pataleando y haciendo visajes durante cinco minutos enteros. Es más bien como cuando matan a un pollo con un hacha. Le cortan la cabeza de un tajo y asunto terminado. Pues lo mismo con los hombres. ¡Zas!, y se acabó. No te dará tiempo ni a pensar si duele. No se piensa nada. Te dejan sin cabeza, o sea, que no puedes pensar. Es una buena forma de morir. Así me gustaría morirme a mí, rápido, rápido. Has tenido suerte. Podías haber cogido la lepra y desmoronarte poco a poco, primero un dedo, luego otro, después un pulgar y, finalmente, los dedos de los pies. Conocía a un hombre que se abrasó con agua hirviendo. Dos días tardó en morir. Se le oía gritar a un kilómetro a la redonda. Pero ¿tú? Muerte más fácil... ¡Zas! La cuchilla te corta el cuello y se acabó. Hasta puede que te haga cosquillas. ¡Quién sabe! Nadie que haya muerto de ese modo ha vuelto al mundo para contarlo.
Esta última frase le pareció muy graciosa y durante medio minuto se estremeció de risa. Parte de su alborozo era fingido, pero consideraba un deber humanitario animar al chinago.
––Pero te digo que yo soy Ah Cho ––insistió el otro––. No quiero que me corten la cabeza.
Cruchot frunció el ceño. El chinago llevaba la cosa demasiado lejos.
––No soy Ah Chow.. ––comenzó a decir Ah Cho.
––¡Basta! ––le interrumpió el gendarme. Hinchó los carrillos y trató de adoptar un aire fiero.
––Te digo que no soy... ––empezó de nuevo Ah Cho.
––¡Calla! ––bramó Cruchot.
Avanzaron un rato en silencio. Entre Papeete y Atimaono había veinte millas de distancia, y habían cubierto ya más de la mitad del recorrido cuando el chinago se atrevió a volver a hablar.
––Tú estabas en la sala cuando el honorable juez investigaba si habíamos cometido algún delito ––comenzó––. ¿Te acuerdas de Ah Chow, el hombre a quien van a cortar la cabeza? ¿Recuerdas que Ah Chow era alto? Pues mírame a mí.
Se puso en pie de pronto y Cruchot comprobó que era de baja estatura. Y en ese mismo instante asomó por un momento a la memoria del gendarme la imagen de Ah Chow y era ésta la imagen de un hombre alto. A Cruchot todos los chinagos le parecían iguales. La cara de uno le resultaba exacta a la de cualquier otro. Pero en cuestión de estaturas sí sabía diferenciar e inmediatamente cayó en la cuenta de que el que llevaba en el pescante no era el condenado. Tiró de las riendas de pronto, deteniendo a las mulas.
––¿Lo ve? Ha sido un error ––dijo Ah Cho con una amable sonrisa.
Pero Cruchot estaba cavilando. Incluso sentía ya haber parado la carreta. Ignoraba que el presidente del tribunal se había equivocado y, por tanto, no se explicaba cómo había ocurrido aquello. Pero sí sabía que le habían entregado al chinago para que le llevara a Atimaono y que su deber era conducirle allí. ¿Qué importaba si le cortaban la cabeza sin ser el condenado? Al fin y al cabo era sólo un chinago. Y ¿qué importaba un chinago más o menos? Además, quizá no fuera un error. Desconocía lo que pasaba en el interior de las cabezas de sus superiores. Pero ellos sabían lo que hacían. ¿Quién era él para enmendarles la plana? Una vez, hacía mucho tiempo, había tratado de pensar por sus oficiales y el sargento le había dicho: «Cruchot, ¿es que se ha vuelto usted loco? Cuanto antes lo aprenda, mejor para usted. No está aquí para pensar. Está para obedecer y dejar que piensen los que saben hacerlo mejor que usted». Sintió un aguijón de irritación al recordar aquello. Además, si regresaba a Papeete retrasaría la ejecución de Atiamono, y si luego resultaba que había vuelto sin motivo, le reprendería el sargento que esperaba en la plantación al prisionero. Para colmo, le reprenderían también en Papeete.
Tocó a las mulas con el látigo y éstas siguieron adelante. Consultó su reloj. Llevaban media hora de retraso y el sargento debía de estar furioso. Obligó a los animales a trotar más de prisa. Cuanto más insistía Ah Cho en explicarle el error, más testarudo se mostraba Cruchot. La seguridad de que aquél no era el condenado no mejoró su humor. Por otra parte, el conocimiento de que no era él quien había cometido el error le afirmaba en la creencia de que lo que hacía estaba bien. En cualquier caso, antes que incurrir en las iras del sargento habría llevado a la muerte a una docena de chinagos inocentes.
En cuanto a Ah Cho, cuando el gendarme le pegó en la cabeza con la empuñadura del látigo y le ordenó en voz baja que callara, no tuvo más remedio que obedecerle. Continuaron en silencio el largo recorrido. Ah Cho meditó sobre el extraño modo de proceder de aquellos demonios extranjeros. No había forma de explicarse sus acciones. Lo que estaban haciendo con él respondía a su conducta habitual. Primero, declaraban culpables a cinco hombres inocentes y, a renglón seguido, cortaban la cabeza a uno que, aun ellos, en su oscura ignorancia, juzgaban merecedor de sólo veinte años de cárcel. Y él, Ah Cho, no podía hacer nada. No podía hacer más que permanecer sentado ocioso y tomar lo que le daban los amos de la vida. Una vez se dejó dominar por el pánico y se le heló el sudor que cubría su cuerpo, pero pronto logró liberarse del miedo. Se propuso resignarse a su destino recordando y repitiendo determinados pasajes del Yin Chih Wen (Tratado de la Serenidad), pero una y otra vez le asaltaba a la mente la imagen del jardín de meditación y de reposo. La visión le torturó hasta que se abandonó al sueño y se vio sentado en su jardín escuchando el tintineo de las campanillas que pendían de los árboles. Y hete aquí que así sentado, en medio de su sueño, logró al fin recordar y repetir varios pasajes del Tratado de la Serenidad.
Así transcurrió el tiempo amablemente hasta que llegaron a Atimaono y las mulas trotaron hasta el pie mismo del patíbulo a cuya sombra esperaba impaciente el sargento. Subieron a Ah Cho a toda prisa por los escalones que conducían a lo alto de la plataforma. A sus pies, a un lado, vio reunidos a todos los coolies de la plantación. Schemmer había decidido que la ejecución debía constituir un escarmiento y, en consecuencia, había hecho venir a los coolies de los campos, obligándoles a presenciarla. Cuando vieron a Ah Cho comenzaron a murmurar. Se dieron cuenta de que se había cometido un error, pero sólo lo comentaron entre ellos. Indudablemente, aquellos inexplicables demonios blancos habían cambiado de parecer. En vez de quitarle la vida a un inocente, se la quitaban a otro. Ah Chow o Ah Cho, ¿qué más daba uno que otro? Entendían a los perros blancos tan poco como los perros blancos les entendían a ellos. Ah Cho iba a morir en la guillotina, pero ellos, sus compañeros, cuando transcurrieran los dos años de trabajo que les quedaban por cumplir, volverían a China.
Schemmer había construido la guillotina con sus propias manos. Era un hombre muy mañoso, y aunque nunca había visto instrumento semejante, los franceses le habían explicado el principio en que se basaba. Fue él quien aconsejó que la ejecución se celebrara en Atimaono y no en Papeete. El castigo debía efectuarse en el lugar donde había tenido lugar el crimen, afirmaba, y, por otra parte, el hecho de presenciar la ejecución tendría una influencia muy beneficiosa sobre el medio millar de chinagos de la plantación. Él mismo se había prestado para actuar como verdugo, y en calidad de tal se hallaba ahora sobre el patíbulo experimentando con el instrumento que se había ingeniado. Un tronco de guineo del grosor y la consistencia de un cuello humano, se hallaba bajo la guillotina. Ah Cho lo miraba con ojos fascinados. El alemán hizo girar una manivela, levantó la cuchilla hasta lo alto del castillete que había construido, tiró bruscamente de una gruesa cuerda y el acero bajó como un rayo cortando limpiamente el tronco del árbol.
––¿Qué tal funciona?
Era el sargento, que en aquel momento aparecía en lo alto del patíbulo, quien había formulado la pregunta.
––De mil maravillas ––fue la respuesta exultante de Schemmer––. Déjeme que le enseñe.
Volvió a hacer girar la manivela, tiró de la cuerda y de nuevo cayó la cuchilla. Pero esta vez no cortó más que dos terceras partes del tronco.
El sargento frunció el ceño.
––No va a servir ––dijo. Schemmer se enjugó el sudor que perlaba su frente.
––Necesita más peso ––anunció.
Se acercó al borde del patíbulo y ordenó al herrero que le trajera un pedazo de hierro de veinticinco libras. Mientras se agachaba para atarlo al extremo de la cuchilla, Ah Cho miró al sargento y vio la oportunidad que esperaba.
––El honorable juez dijo que decapitaran a Ah Chow ––comenzó.
El sargento afirmó con impaciencia. Pensaba en el camino de quince millas que debía recorrer aquella tarde para llegar a la costa barlovento de la isla, y pensaba en Berthe, una linda mulata hija de Lafière, el comerciante en perlas, que le esperaba al final de aquel recorrido.
––Yo no soy Ah Chow. Soy Ah Cho. El honorable carcelero se ha equivocado. Ah Chow es un hombre alto, y yo, como ve, soy bajo.
El sargento le miró y se dio cuenta del error.
––Schemmer ––dijo imperiosamente––. Venga aquí.
El alemán gruñó, pero siguió inclinado sobre su trabajo hasta que el pedazo de hierro quedó atado tal y como él deseaba.
––¿Está listo el chinago? ––preguntó.
––Mírele ––fue la respuesta––. ¿Es éste?
Schemmer se sorprendió. Durante unos segundos profirió limpiamente unos cuantos juramentos. Luego miró con tristeza al instrumento que había fabricado con sus propias manos y que estaba ansioso de ver funcionar.
––Oiga ––dijo finalmente––, no podemos retrasar la ejecución. Ya hemos perdido tres horas de trabajo de quinientos chinagos. No podemos perder otras tantas cuando traigan al condenado. Celebremos la ejecución como habíamos planeado. Al fin y al cabo, se trata solamente de un chinago.
El sargento recordó el largo camino que le esperaba, recordó a la hija del comerciante en perlas, y debatió consigo mismo en su interior.
––Si lo descubren, le echarán la culpa a Cruchot ––le apremió el alemán––. Pero hay pocas probabilidades de que lleguen a averiguarlo. Puede estar seguro de que Ah Chow no va a decir nada.
––Tampoco echarán la culpa a Cruchot ––dijo el sargento––. Debe de ser un error del carcelero.
––Entonces, prosigamos. A nosotros no pueden culparnos. ¿Quién es capaz de distinguir a un chinago de otro? Podemos decir que nos limitamos a cumplir la orden con el que nos entregaron. Además, insisto en que no puedo volver a interrumpir el trabajo de estos coolies.
Hablaban en francés, por lo que Ah Cho no pudo entender una sola palabra de lo que decían, pero sí se dio cuenta de que estaban decidiendo su destino. Supo también que era al sargento a quien correspondía decir la última palabra y, en consecuencia, no perdía de vista los labios del oficial.
––Está bien ––anunció el sargento––. Adelante con la ejecución. Después de todo no es más que un chinago.
––Voy a probarla una vez más. Sólo para asegurarme. Schemmer movió el tronco de guineo hacia delante hasta colocarlo bajo la cuchilla que había subido a lo más alto del castillete.
Ah Cho trató de recordar alguna máxima del Tratado de la Serenidad. «Vive en paz y concordia con tus semejantes», fue la que acudió a su memoria, pero no venía al caso. Él no iba a vivir. Iba a morir. No, esa máxima no le servía. «Perdona la malicia.» Ésa ya estaba mejor, pero ahí no había malicia que perdonar. Schemmer y sus compañeros obraban de buena fe. Para ellos la ejecución era un trámite que tenían que cumplir, una tarea más, igual que talar la jungla, construir una acequia o plantar algodón. Schemmer soltó la cuerda y Ah Cho olvidó el Tratado de la Serenidad. La cuchilla cayó con un ruido seco cortando el tronco en dos de un solo tajo.
––¡Perfecto! ––exclamó el sargento interrumpiendo el proceso de encender un cigarrillo––. Perfecto, amigo mío.
A Schemmer le gustó el elogio.
––Vamos, Ah Chow––dijo en lengua tahitiana.
––Yo no soy Ah Chow.. ––comenzó a decir Ah Cho.
––¡Silencio! ––fue la respuesta––. Si vuelves a abrir la boca, te rompo la cabeza.
El capataz le amenazó con un puño cerrado y Ah Cho guardó silencio. ¿De qué servía protestar? Los demonios extranjeros siempre se salían con la suya. Dejó que le ataran a la tabla vertical que tenía la longitud de su cuerpo. Schemmer tensó tanto las cuerdas que éstas se hundieron en su carne lastimándole, pero no se quejó. El dolor no duraría. Sintió que la tabla se movía hasta quedar en posición horizontal y cerró los ojos. Y en aquel momento vio fugazmente y por última vez su jardín de meditación y de reposo. Le pareció estar sentado en medio de él. Corría una brisa fresca y las campanitas que colgaban de los árboles tintineaban levemente. Los pájaros piaban somnolientos, y desde el otro lado de la tapia llegaban hasta sus oídos, amortiguados, los sonidos del pueblo.
Tuvo conciencia de que la tabla se había detenido y, de las tensiones y presiones a que estaban sometidos sus músculos, dedujo que yacía sobre la espalda. Abrió los ojos. Justo encima de su cabeza, la cuchilla brillaba a la luz del sol suspendida en el aire. Vio el peso que había añadido Schemmer y reparó en que uno de los nudos se había deshecho. Luego oyó la voz aguda del sargento que daba la orden. Ah Cho cerró los ojos apresuradamente. No quería ver descender la cuchilla. Pero sí la sintió. La sintió durante un vasto instante fugaz, un instante en que recordó a Cruchot y recordó lo que éste le había dicho. Pero el gendarme se había equivocado. La cuchilla no hacía cosquillas. Eso fue lo último que supo antes de dejar de saber nada.

 

 

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LA MONJA SANGRIENTA Y OTROS RELATOS -- TERROR -- CHARLES NODIER

Escrito por imagenes 16-08-2008 en General. Comentarios (0)

LA MONJA SANGRIENTA Y OTROS RELATOS -- TERROR -- CHARLES NODIER

LA MONJA SANGRIENTA Y OTROS RELATOS
TERROR -- CHARLES NODIER



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LA MONJA
SANGRIENTA Y
OTROS RELATOS


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CHARLES NODIER



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La Monja Sangrienta


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Un aparecido frecuentaba el castillo de Lindemberg, de manera que lo
hacía inhabitable. Apaciguado después por un santo hombre, se limitó a ocupar
sólo una habitación, que estaba siempre cerrada. Pero cada cinco años, el cinco
de mayo, a una hora exacta de la mañana, el fantasma salía de su asilo.
Era una religiosa cubierta con un velo y vestida con un hábito manchado
de sangre. En una mano sostenía un puñal, y en la otra una lámpara encendida.
Descendía así la escalera principal, atravesaba los patios, salía por la puerta
principal, que se preocupaban de dejar abierta, y desaparecía.
La llegada de esta fecha misteriosa estaba próxima, cuando el enamorado
Raymond recibió la orden de renunciar a la mano de la joven Agnès, a quien
amaba locamente.
Raymond le pidió una cita, la obtuvo, y le propuso un rapto. Agnès
conocía de sobra la pureza del corazón de su amante para vacilar en seguirle: —
Dentro de cinco días —le dijo ella— la monja sangrienta debe dar su paseo.
Abrirán las puertas y nadie se atreverá a interponerse en su camino. Yo sabré
procurarme vestidos apropiados y salir sin ser reconocida. Estad preparado a
cierta distancia... —Alguien entró en ese momento y les obligó a separarse.
El cinco de mayo, a medianoche, Raymond se encontraba a las puertas del
castillo. Un coche y dos caballos le esperaban en una cueva cercana.
Las luces se apagan, cesa el ruido, suena el reloj; el portero, siguiendo la
antigua costumbre, abre la puerta principal. Una luz aparece en la torre del este,
recorre una parte del castillo, desciende... Raymond divisa a Agnès, reconoce el
vestido, la lámpara, la sangre y el puñal. Se acerca; ella se arroja en sus brazos.
La lleva casi desvanecida en el coche; parte con ella, al galope de los caballos.
Agnès no decía ni una palabra.
Los caballos corrían hasta perder el aliento; dos postillones que trataron
vanamente de retenerlos fueron derribados.
En ese momento, una tormenta espantosa se levanta, los vientos soplan
desencadenados; el trueno ruge en medio de miles de relámpagos; el coche
desbocado se rompe... Raymond cae sin sentido.
A la mañana siguiente se ve rodeado de campesinos que le llaman a la
vida. Él les habla de Agnès, del coche, de la tormenta. Nada han visto, nada
saben, y está a más de diez leguas del castillo de Lindemberg.
Le llevan a Ratisbonne; un médico cura sus heridas y le recomienda
reposo. El joven amante ordena mil búsquedas inútiles y hace cien preguntas a
las que nadie puede responder. Todos creen que ha perdido la razón.
Sin embargo, el día va pasando; el cansancio y el agotamiento le procuran
el sueño. Dormía bastante apaciblemente, cuando el reloj de un convento
cercano le despierta, al dar la hora. Un secreto horror se apodera de él, se le
erizan los cabellos, se le hiela la sangre. La puerta se abre con violencia; bajo el
resplandor de una lámpara que está sobre la chimenea, ve avanzar a alguien: es
la monja sangrienta. El espectro se acerca, le mira fijamente y se sienta en la cama
durante toda una hora. El reloj da las dos. El fantasma entonces se levanta, coge
la mano de Raymond con sus dedos helados y le dice:
—Raymond, yo soy tuya; y tú eres mío para toda la vida. —Salió
enseguida, y la puerta se cerró tras ella.
Una vez libre, grita, llama; se persuaden cada vez más de que no está en
su sano juicio; su mal aumenta y los auxilios de la medicina son vanos.
La noche siguiente, la monja volvió, y sus visitas se repitieron durante
varias semanas. El espectro, sólo visible para él, no era percibido por ninguno
de los que hacía acostar en su habitación.
Entretanto, Raymond averiguó que Agnès había salido demasiado tarde y
le había buscado inútilmente por los alrededores del castillo; de donde
concluyó que a quien había raptado era a la monja sangrienta. Los padres de
Agnès, que no aprobaban su amor, aprovecharon la impresión que produjo esta
aventura en su espíritu para determinarla a que tomase los hábitos.
Finalmente, Raymond fue liberado de su espantosa compañía. Llevaron a
su presencia a un personaje misterioso que pasaba por Ratisbonne; le
introdujeron en la habitación a la hora en que debía aparecer la monja
sangrienta. Ésta tembló al verle y, tras una orden de aquél, explicó el motivo de
sus inoportunas apariciones: religiosa española, había abandonado el convento
para vivir en el desorden con el señor del castillo de Lindemberg; infiel a su
amante, al igual que a su Dios, le había apuñalado; asesinada ella misma por su
cómplice, con el que quería casarse, su cuerpo había permanecido sin sepultura
y su alma sin asilo erraba desde hacía un siglo. Pedía un poco de tierra para su
cuerpo y oraciones para su alma. Raymond se las prometió y no la volvió a ver.
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El Vampiro Arnold-Paul
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Un campesino de Medreiga (aldea de Hungría), llamado Arnold-Paul, fue
aplastado por un carro cargado de heno. Treinta días después de su muerte,
cuatro personas murieron súbitamente, de la misma forma que los que son
atacados por vampiros. Se recordó entonces que Arnold-Paul había contado a
menudo que, en lo alrededores de Cassova, en la frontera de Turquía, le había
acosado un vampiro turco; pero como sabía que las víctimas de los vampiros se
convertían a su vez en vampiros después de la muerte, había encontrado el
medio de curarse comiendo tierra del vampiro turco y frotándose con su
sangre. Se presumió que si este remedí había curado a Arnold-Paul, no le había
impedido convertirse a su vez en vampiro. En consecuencia, le desenterraron
para asegurarse de ello y, aunque llevaba inhumado cuarenta días, encontraron
que el cuerpo estaba sonrosado; advirtieron que los cabellos, las uñas y la barba
se habían renovado, y que las venas estaban llenas de una sangre fluida.
El magistrado del lugar, en presencia del cual se realizó la exhumación y
que era un hombre experto en vampirismo, ordenó hundir en el corazón del
cadáver una estaca puntiaguda y atravesarle de parte a parte; lo que fue
ejecutado enseguida. El vampiro lanzó gritos espantosos e hizo los mismos
movimientos que si hubiera estado vivo. Después de lo cual le cortaron la
cabeza y le quemaron en una gran hoguera. A continuación hicieron sufrir el
mismo tratamiento a las cuatro personas a quienes Arnold-Paul había matado,
por temor de que se convirtieran también en vampiros.
A pesar de todas estas precauciones, el vampiro reapareció al cabo de
algunos años; y en el espacio de tres meses, diecisiete personas, de distintas
edades y sexo, perecieron miserablemente: unas sin estar enfermas, y las otras
después de dos o tres días de abatimiento. Una joven llamada Stanoska,
después de haberse acostado una noche en estado de perfecta salud, se despertó
en medio de la noche, temblando, lanzando gritos horribles y diciendo que el
joven Millo, muerto desde hacía nueve semanas, había estado a punto de
estrangularla mientras dormía. Al día siguiente, Stanoska se sintió muy
enferma y murió después de tres días de padecimientos.
Las sospechas recayeron sobre el joven muerto, y se pensó que debía de
ser un vampiro Le desenterraron, le reconocieron como tal y le ejecutaron en
consecuencia. Los médicos y cirujanos del lugar investigaron cómo había
podido renacer el vampiro al cabo de un tiempo tan considerable, y después de
mucho indagar, descubrieron que Arnold-Paul, el primer vampiro, había
atormentado no sólo a las personas que habían muerto poco tiempo después
que él, sino también a varias bestias cuya carne había comido gente que moría
poco después, y entre otra el joven Millo. Reanudaron las ejecuciones y
encontraron diecisiete vampiros, a quienes les atravesaron el corazón, les
cortaron la cabeza les quemaron y arrojaron sus cenizas al río...
Estas medidas acabaron con el vampirismo en Medreiga.
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Joven Flamenca Estrangulada Por El Diablo

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La historia que viene a continuación tuvo lugar el veintisiete de mayo de
1582. Vivía en Amberes una chica joven y bella, amable, rica y de buena casa;
esto la hacía ser altiva, orgullosa, y sólo buscaba, día tras día, la forma de
agradar con sus trajes suntuosos a una infinidad de elegantes que le hacían la
corte.
Esta joven fue invitada, según la costumbre, a las bodas de un amigo de su
padre que se casaba. Como no quería faltar y estaba deseosa de asistir a tal
fiesta para superar en belleza y gracia a todas las demás damas y doncellas,
preparó sus ricos trajes, dispuso el bermellón con el que quería maquillarse a la
manera de las italianas y, como no hay cosa que más guste a las flamencas que
la ropa bonita, mandó hacer cuatro o cinco pavanas, cuya vara de tela costaba
nueve escudos. Cuando estuvieron terminadas, ordenó venir a una planchadora
y le encomendó la tarea de almidonar con cuidado dos de las pavanas para el
día de las bodas y el siguiente, prometiéndole por su trabajo el equivalente a
veinticuatro cuartos.
La planchadora lo hizo lo mejor posible, pero la doncella no las encontró
de su agrado y envió enseguida a buscar a otra obrera a quien entregó las
pavanas y el sombrero para almidonarlos, prometiéndole un escudo si todo era
de su gusto. Esta segunda planchadora empleó toda su habilidad para hacerlo
bien; pero tampoco pudo contentar a la joven que, despechada y furiosa,
desgarró y lanzó por la habitación sus pavanas y sombreros, blasfemando el
nombre de Dios y jurando que prefería que el diablo se la llevase antes que ir a las
bodas así vestida.
Apenas hubo pronunciado la pobre doncella estas palabras cuando él
diablo, que estaba al acecho y había adoptado la apariencia de uno de sus más
queridos admiradores, se presentó ante ella con una gorguera en el cuello
admirablemente almidonada y arreglada a la última moda. La joven, engañada,
y creyendo que hablaba con uno de sus favoritos, le dijo amablemente:
—Amigo mío, ¿quién os ha compuesto tan bien vuestras gorgueras? Es así
como yo las quería.
El espíritu maligno respondió que las había arreglado él mismo, y dicho
esto se las quita del cuello y las pone graciosamente en el de la doncella, que no
pudo contener la alegría de verse tan bien engalanada. Después de haber
abrazado a la pobrecilla por la cintura, como para besarla, el malvado demonio
lanzó un grito horrible, le retorció miserablemente el cuello y la dejó sin vida en
el suelo.
El grito fue tan espantoso que el padre de la joven y todos los que estaban
en la casa concibieron al oírlo el presagio de alguna desgracia. Se apresuraron a
subir a la habitación donde encontraron a la doncella rígida y muerta, con el
cuello y el rostro negros y magullados. Tenía la boca azulada y desfigurada de
tal manera que todos retrocedieron de espanto. El padre y la madre, después de
haber gritado y sollozado durante largo rato, ordenaron amortajar a su hija, a
quien introdujeron después en un féretro; y para evitar el deshonor que temían,
dieron a entender que su hija había muerto súbitamente de apoplejía. Pero un
suceso como aquél no podía permanecer en secreto. Al contrario: era necesario
que fuera puesto de manifiesto ante todos, a fin de servir de ejemplo. Cuando el
padre hube dispuesto todo para el entierro de su hija, se encontró con que
cuatro hombres fuertes y corpulentos no pudieron levantar ni mover el ataúd
que cobijaba aquel desgraciado cuerpo. Hicieron venir a otros dos porteadores
robustos que se unieron a los cuatro primeros; pero fue en vano, pues el féretro
era tan pesado que no se movía, como si estuviera clavado con fuerza en el
suelo. Los asistentes, espantados, pidieron que se abriera el ataúd, y se procedió
a ello al instante. Entonces —¡oh, prodigio espantoso!—, no encontraron en el
féretro más que un gato negro, que se escapó precipitadamente y desapareció
sin que se pudiera saber lo que fue de él. El ataúd permaneció vacío; la
desgracia de la chica mundana fue descubierta y la iglesia no le concedió las
oraciones de los muertos.
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Vampiros De Hungría

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Un soldado húngaro estaba alojado en casa de un campesino de la
frontera, y un día, cuando comía con él, vio entrar a un desconocido que se
sentó a la mesa al lado de ellos. El campesino y su familia parecieron muy
asustados por esta visita, y el soldado, que ignoraba lo que significaba aquello,
no sabía qué pensar del pavor de estas buenas gentes. Pero al día siguiente,
cuando encontraron muerto en la cama al dueño de la casa, el soldado supo que
se trataba del padre de su hospedero, muerto y enterrado desde hacía diez
años, que había venido a sentarse a la mesa al lado de su hijo, y de esta forma le
había anunciado y causado la muerte.
El militar informó a su regimiento de este suceso. Los generales enviaron a
un capitán, un cirujano, un auditor y algunos oficiales para comprobar el hecho.
La gente de la casa y los habitantes del pueblo declararon que el padre del
campesino había vuelto para provocar la muerte de su hijo, y que todo lo que el
soldado había visto y contado era totalmente cierto. En consecuencia, mandaron
desenterrar el cuerpo del espectro. Lo encontraron en el estado de un hombre
que acaba de expirar y con la sangre todavía caliente; entonces le cortaron la
cabeza y le depositaron de nuevo en la tumba. Después de esta primera
expedición, los oficiales fueron informados de que otro hombre, muerto hacía
más de treinta años, solía aparecerse, y que ya se había presentado tres veces en
su casa a la hora de la comida. La primera vez había mordido el cuello de su
propio hermano y le había sacado mucha sangre; la segunda, había hecho lo
mismo a uno de sus hijos; un criado había recibido el mismo trato la tercera vez.
Estas tres personas habían muerto a consecuencia de ello. Este aparecido
desnaturalizado fue desenterrado también; lo encontraron tan lleno de sangre
como el primer vampiro. Le hundieron un gran clavo en la cabeza y le
recubrieron de tierra. Cuando la comisión creía que ya se había librado de los
vampiros, por todas partes se presentaron denuncias contra un tercer vampiro
que, muerto dieciséis años atrás, había matado y devorado a dos de sus hijos;
este tercer vampiro fue quemado y considerado el más culpable. Después de
estas ejecuciones, los oficiales dejaron pueblo totalmente en calma y libre de
aparecidos que bebían la sangre de sus hijos y amigos.
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Historia De Un Marido Asesinado Que Se Aparece Después
De La Muerte Para Pedir Venganza

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El señor de la Courtinière, gentilhombre bretón, pasaba la mayor parte del
tiempo cazando en sus bosques y visitando a sus amigos. Recibió un día en su
castillo a varios señores, vecinos y parientes, y les trató muy bien durante tres o
cuatro días. Cuando esta compañía se hubo retirado, se produjo entre el señor
de la Courtinière y su mujer una pequeña disputa porque a él le parecía que ella
no había puesto muy buena cara a sus amigos. Sin embargo, la amonestó con
palabras amables y sinceras que no deberían haberla irritado; pero esta dama,
de humor altivo, no respondió nada y resolvió interiormente vengarse.
El señor de la Courtinière se acostó esa noche dos horas antes de lo
acostumbrado, pues estaba muy cansado. Se durmió profundamente. Cuando
llegó la hora en que la señora solía acostarse, ésta observó que su marido estaba
sumido en un sueño muy profundo. Pensó que el momento era favorable para
la venganza que meditaba, tanto por la disputa que acababan de tener como, tal
vez, por alguna otra antigua hostilidad. Puso pues todo su empeño en seducir a
un doméstico de la casa y a una sirviente, a sabiendas de que ambos eran fáciles
de corromper por medio de buenas recompensas.
Después de haber obtenido de ellos, valiéndose de promesas y horribles
juramentos, la seguridad de que no declararían nada, les anunció sus culpables
intenciones; y para obtener su rápido consentimiento, dio a cada uno la suma
de seiscientos francos, que ellos aceptaron. Hecho esto, entraron los tres —la
dama en primer lugar— en la habitación donde estaba acostado el marido; y,
como todo dormía en la casa, degollaron a la víctima sin ser oídos. Llevaron el
cuerpo a uno de los sótanos del castillo, cavaron una fosa y le enterraron en ella;
y para evitar que se pudieran obtener indicios de la tierra recientemente
removida, colocaron sobre la fosa un tonel lleno de carne de cerdo salada. Tras
lo cual, cada uno se fue a acostar.
Al día siguiente, el resto de los domésticos, al no ver a su dueño, se
preguntaban unos a otros si estaba enfermo. La dama les dijo que uno de sus
amigos había venido a buscarle la noche anterior y se lo había llevado
precipitadamente para ir a separar a unos hidalgos que estaban a punto de
batirse en duelo. Este subterfugio funcionó durante algún tiempo; pero al cabo
de quince días, como el señor de la Courtinière no aparecía, empezaron a
inquietarse. Su viuda difundió el rumor de que le habían notificado que su
marido se había encontrado con unos ladrones cuando atravesaba un bosque, y
que le habían asesinado. Entonces se vistió de luto, expresó fingidas
lamentaciones y mandó que se hicieran servicios y oraciones para el descanso
del alma del difunto en las parroquias de las que había sido señor.
Todos los parientes y vecinos vinieron a consolarla, y simuló tan bien el
dolor, que nadie habría descubierto nunca el crimen si el cielo no hubiera
permitido que fuera desvelado.
El difunto tenía un hermano que venía de vez en cuando a ver a su
cuñada, tanto para distraerla de sus pretendidas penas como para velar por los
asuntos e intereses de los cuatro hijos menores del difunto. Un día que se
paseaba, sobre las cuatro o las cinco de la tarde, por el jardín del castillo,
mientras contemplaba un arriate adornado con bellos tulipanes y otras flores
raras que gustaban tanto a su hermano, tuvo de repente una hemorragia nasal,
lo que le alarmó bastante, pues nunca le había ocurrido antes. En ese momento,
pensó con intensidad en su hermano; le pareció que veía la sombra del señor de
la Courtinière que le hacía señales con la mano, como si le llamara. No se
asustó; siguió al espectro hasta el sótano de la casa y le vio desaparecer
justamente en la fosa donde había sido enterrado. Este prodigio despertó en él
algunas sospechas sobre el crimen cometido. Para asegurarse de ello, fue a
contar lo que acababa de ver a su cuñada. La dama palideció, se le mudó el
rostro y balbuceó palabras inconexas. Las sospechas del hermano se
acrecentaron ante tal turbación y pidió que se cavara en el lugar donde había
visto desaparecer al fantasma. La viuda, a quien esta súbita resolución llenó de
espanto, hizo un esfuerzo por controlarse, adoptó una actitud firme, se burló de
la aparición y trató de mitigar las inquietudes de su cuñado. Le expresó que si
pretendía haber tenido una visión semejante, todos se burlarían de él y sería el
hazmerreír de todo el mundo.
Pero todos estos discursos no pudieron desviarle de su propósito. Mandó
cavar en el sótano, en presencia de testigos, y descubrieron el cadáver de su
hermano, medio corrupto. Levantaron el cuerpo y el juez de Quimper-Corentin
lo reconoció. La viuda fue arrestada, junto con los domésticos, y los tres
culpables fueron condenados a la hoguera. Todos los bienes de la dama fueron
confiscados para ser empleados en obras piadosas.
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Una Aventura De La Tía Melanchton

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Cuenta Philippe Melanchton que su tía, que había perdido a su marido y
estaba a punto de dar a luz, vio entrar una noche, mientras estaba sentada junto
al fuego, a dos personas en su casa; una tenía la forma de su difunto marido; la
otra, la de un franciscano de gran estatura. Al principio se asustó al verlos; pero
su marido la tranquilizó y le dijo que tenía que comunicarle algo importante;
después hizo señas al franciscano para que entrara un momento en la
habitación de al lado mientras le daba a conocer sus deseos a su mujer.
Entonces le rogó que mandara decir misas por él y le pidió que le diera la mano
sin temor. Como ella ponía reparos, él le aseguró que no sentiría ningún dolor.
Puso entonces la mano en la de su marido, y la retiró, a decir verdad sin dolor,
pero tan quemada que se quedó negra para toda la vida. Tras lo cual el marido
llamó al franciscano y los dos espectros desaparecieron...
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El Espectro De Olivier

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Olivier Prévillars y Baudouin Vertolon, nacidos los dos en la ciudad de
Caen, estaban unidos desde la infancia por la más estrecha amistad. Eran más o
menos de la misma edad, sus padres eran vecinos; todo contribuía a hacer
duradera la amistad que se profesaban.
Un día, en una exaltación de sentimiento bastante común en la primera
juventud, se prometieron no olvidarse jamás, e incluso llegaron a jurar que el
que muriese primero iría al instante a ver al otro para no abandonarle.
Escribieron y firmaron este juramento con su propia sangre.
Pero pronto los inseparables (pues era así como les llamaban) se vieron
forzados a alejarse uno del otro; tenían entonces diecinueve años. Olivier, que
era hijo único, se quedó en Caén para secundar a su padre en las tareas del
comercio; Baudouin fue enviado a París para estudiar derecho, pues su padre le
destinaba a la abogacía. Se puede imaginar fácilmente el dolor que esta
separación causó a los dos amigos. Se despidieron de la forma más afectuosa,
renovaron su promesa y volvieron a escribir un nuevo juramento de reunirse,
incluso después de la muerte, si el cielo quería permitirlo. Al día siguiente,
Baudouin partió hacia París.
Pasaron cinco años en perfecta tranquilidad; Baudouin había realizado los
más rápidos progresos en el estudio de las leyes y ya se encontraba en el grupo
más distinguido de jóvenes abogados. Los dos amigos mantenían una
correspondencia continuada y seguían comunicándose todas sus acciones y
sentimientos. Finalmente, Olivier escribió a su amigo que iba a casarse con la
joven Apolline de Lalonde, que este matrimonio colmaba sus deseos, que
necesitaba hacer un viaje a París para coger algunos papeles importantes y que
tendría la dicha de volver a Caen con su querido amigo Baudouin para hacerle
testigo de su himeneo. Anunciaba que llegaría en unos días a París, en coche
público.
Baudouin, ilusionado con la esperanza de volver a ver a Olivier, se dirigió
el día señalado a la parada de coches, pero no encontró a su amigo. Un día, dos
días pasaron; finalmente, al cuarto día, Baudouin recorrió un buen trecho por el
camino de Caen, al encuentro de la diligencia. La halló por fin, y cuando estaba
a una distancia conveniente, vio con toda claridad a Olivier en la puerta del
coche, extremadamente pálido, vestido con un traje de tela verde, adornado con
un pequeño galón dorado y con un sombrero que le cubría los ojos. El coche
pasó muy rápido, pero Baudouin oyó a Olivier que le decía, saludándole con la
mano: —Me encontrarás en tu casa.— El joven abogado siguió al coche y llegó a
la oficina poco tiempo después. Al no encontrar a Olivier, preguntó a los
viajeros dónde estaba el joven que le había saludado en el campo y le había
hablado; pero nadie pudo comprender nada de sus preguntas: en vano
describió la figura y la ropa de la persona que buscaba; no habían visto en el
coche ningún hombre con traje verde. El conductor de la diligencia quiso saber
el nombre de la persona por quien preguntaban; al oír el nombre de Olivier
Prévillars, respondió que no estaba en la lista, pero que lo conocía muy bien,
que era el joven más amable de Caen, que cuando se despidió de él se
encontraba con buena salud y que llegaría a París dentro de tres días como muy
tarde.
Después de estas aclaraciones, Baudouin se retiró, no sabiendo qué pensar
de aquel suceso. Al volver a casa, preguntó a su doméstico si había venido
alguien. El doméstico respondió que no. Entonces Baudouin entró solo en el
dormitorio, con una candela en la mano, pues empezaba a oscurecer.
Después de haber cerrado la puerta, divisó junto a la chimenea al hombre
vestido de verde; estaba sentado y no se le podía ver la cara. Baudouin se acerca
y dirige la candela hacia el desconocido, quien, tras levantar súbitamente un ojo
inmóvil y descubriendo el pecho agujereado por veinte puñaladas, le dice con
voz sombría: —Soy yo, Baudouin, soy tu amigo Olivier, que fiel a su
juramento... —Al oír estas palabras, Baudouin lanza un grito y cae desvanecido.
El doméstico acude al oír el ruido de la caída y le hace volver en sí a fuerza de
procurarle cuidados. Al abrir los ojos, Baudouin divisa otra vez a Olivier y se lo
señala a su criado; éste dice que no ve a nadie. Baudouin le ordena sentarse en
la silla donde está Olivier; el doméstico obedece como si no hubiera nadie en el
asiento, y la sombra parece que sigue allí todavía... Entonces Baudouin,
totalmente recuperado, ordena a su criado que se vaya y, acercándose a Olivier,
le dice: —Perdona, ¡oh, amigo mío!, que no me haya dominado cuando tu
aparición súbita e imprevista me sobrecogió.
Olivier se puso de pie y le respondió: —¿Has olvidado entonces tu
juramento de amistad, o lo has considerado de un modo frívolo? No, Baudouin,
este sagrado juramento fue escrito y ratificado en el cielo, el cual me permite
cumplirlo. Ya no soy. ¡Oh, mi querido Baudouin, un crimen abominable ha
separado mi alma de los lazos que la unían al cuerpo! Que mi presencia deje de
ser un motivo de espanto para ti. De día, de noche, en todo tiempo, en todo
lugar, el alma de Olivier será la fiel compañera del virtuoso Baudouin. Ella será
su guía, su apoyo y su intermediario entre el creador y él. Pero ese Dios que
protege la virtud no quiere que el crimen quede impune. Y este crimen, del cual
soy yo la víctima, grita venganza. Mi sangre, que todavía está caliente, ha
subido con mi alma hasta el trono del eterno. Él ha ratificado nuestro
juramento, él te ha escogido para que me vengues. Partamos.
Baudouin permaneció algunos minutos sin responder; la palidez del
fantasma, su ojo fijo y muerto, su inmovilidad petrificante, su pecho acribillado
a puñaladas, su tono sepulcral; todo su aspecto, en fin, inspiraba terror; y el
joven abogado no podía evitar el espanto. Pero después de haberse asegurado,
rezando una corta oración, de que lo que estaba viendo no era el demonio, se
decidió a seguir al fantasma y a hacer todo lo que le dijese.
En consecuencia, obedeciendo las órdenes de Olivier, Baudouin cogió algo
de dinero, corrió a alquilar una silla de posta y, seguido por su doméstico,
partió en ese momento hacia Caen. El criado iba a caballo detrás de la silla, y el
fantasma había ocupado un sitio en el interior, siempre invisible para otro que
no fuera Baudouin. Durante el viaje, Olivier se entretenía con su amigo, a quien
adivinaba los más secretos pensamientos; respondía a las objeciones que se
hacía interiormente sobre este sorprendente prodigio; le tranquilizaba y le
invitaba a que le considerase un seguro y fiel guardián. Finalmente logró
desterrar el espanto que su presencia le había inspirado al principio.
Al llegar a Caen, la familia de Baudouin, que ya se sentía orgullosa de su
trabajo, le recibió con entusiasmo; como era un poco tarde, dejaron para el día
siguiente las aclaraciones y preguntas; Baudouin se retiró a su habitación y
Olivier le invitó a descansar mientras le decía que iba a aprovechar su sueño
para explicarle la conspiración de la que había sido víctima. Baudouin se
durmió, y esto es lo que el alma de Olivier le dijo:
—Conociste antes de tu partida a la bella Apolline de Lalonde, que sólo
tenía entonces catorce años. La misma saeta nos hirió a los dos; pero viendo
hasta qué punto estaba yo enamorado, combatiste tu amor y, manteniendo en
silencio tus sentimientos, te fuiste, prefiriendo nuestra amistad sobre todo lo
demás. Los años pasaron, fui amado, y ya me iba a convertir en el feliz esposo
de Apolline, cuando ayer, en el momento en que iba a partir para traerte a
Caen, fui asesinado por Lalonde, el indigno hermano de Apolline, y por el
infame Piétreville, quien pretendía su mano. Los monstruos me invitaron,
cuando iba a partir, a una pequeña fiesta que debía celebrarse en Colombelle;
me propusieron después acompañarme un trecho. Salimos, y ya no me
encuentro entre los vivos. A la misma hora en que tú me divisaste en el camino,
los desgraciados acababan de asesinarme de la forma más atroz.
»Esto es lo que debes hacer para vengarme. Mañana, ve a casa de mis
padres y después a la de los de Apolline; invítales, así como a Piétreville, a una
fiesta que vas a dar para celebrar tu regreso. El lugar será Colombelle,
obtendrás su consentimiento para pasado mañana y fingirás una alegría muy
grande. Ya te daré instrucciones más tarde sobre el resto.
La sombra se calló. Baudouin durmió plácidamente; al día siguiente
ejecutó el plan trazado por Olivier, Todo el mundo aceptó la invitación y fueron
a Colombelle. Los convidados eran treinta. La comida fue espléndida y alegre;
Piétreville y Lalonde se divertían mucho. Sólo Baudouin estaba sumido en la
ansiedad al no recibir ninguna orden de la sombra, presente siempre a sus ojos.
A los postres, Lalonde se levantó y reclamó silencio para leer una carta
sellada que Olivier le había entregado, en presencia de Piétreville, según decía,
el día de su partida con la orden terminante de abrirla tres días después y en
presencia de testigos. Esto es lo que contenía:
«En el momento de partir, tal vez para no volver nunca más a mi patria, es
necesario, mi querido Lalonde, que te descubra la verdadera causa de mi
marcha. Habría sido muy grato haberte llamado hermano mío, pero hace pocos
días he conquistado a una joven, por la que siento una atracción irresistible; con
ella voy a reunirme en París para seguirla donde el amor nos conduzca.
Presenta mis excusas a tu hermana, de quien me siento indigno. Su venganza
está en sus manos: he podido entrever que Piétreville la ama; él la merece más
que yo.»
Olivier
Todos quedaron mudos y estupefactos tras la lectura de la carta. Baudouin
vio a Olivier agitarse violentamente. La carta pasó de mano en mano; todos
reconocieron la letra y la firma de Olivier. Baudouin quiso asegurarse a su vez,
pero se la arrancaron de las manos. La carta se mantuvo algunos momentos en
el aire y salió en dirección al jardín... La sombra indicó a Baudouin que la
siguiese, y éste corrió tras ella, guiado por Olivier. Todos les siguieron y
encontraron la carta al pie de un gran árbol, bastante alejado del lugar de la
fiesta, a la entrada de un extenso bosque, sobre un montón de piedras.
Baudouin cogió la carta exclamando: —¿Qué significa este misterio? Tratemos
de penetrar en él, quitemos estas piedras y veamos lo que ocultan. —Lalonde y
Piétreville se rieron a carcajadas y dijeron a los demás que no se molestaran por
una hoja de papel movida por el viento. Baudouin insistió y, cogiendo a los dos
culpables que intentaban alejarse, les llevó al pie del árbol. Allí, tras suplicar a
algunos jóvenes que le secundasen y le ayudasen a retenerlos, retiró el montón
de piedras, bajo el cual se veía que la tierra había sido removida recientemente.
Todo el mundo quedó sorprendido y compartió la impaciencia de Baudouin.
Algunos corrieron a buscar útiles; otros retuvieron por la fuerza a Lalonde y
Piétreville, que blasfemaban y llenaban de imprecaciones a Baudouin. Abrieron
la tierra y encontraron el cadáver de Olivier, vestido con un traje verde y
atravesado a puñaladas. Todos los asistentes se quedaron helados de horror. El
padre de Olivier se desmayó, y Baudouin exclamó con voz potente:
—He aquí el crimen y ahí los asesinos. Socorred a ese padre desdichado.
Que lleven el cadáver ante los jueces; y que a Lalonde, a Piétreville y á mí nos
lleven inmediatamente a los tribunales.
Se llevó a cabo todo lo que Baudouin había pedido; la justicia se hizo cargo
de este pleito y el proceso se inició al día siguiente. Las formalidades
preliminares pronto fueron cumplidas, y al fin llegó el día de la vista. Los
magistrados se reunieron; el acusador y los acusados se encontraron frente a
frente, pero el único testigo que había era el cadáver del desgraciado Olivier,
tendido sobre una mesa en medio de la sala de la audiencia y tal como lo habían
sacado de la tierra. El interrogatorio comenzó. Baudouin repitió con firmeza su
acusación: los dos criminales, seguros de que no se podían conseguir ni pruebas
ni testigos contra ellos, niegan el crimen con audacia. Acusan a su vez a
Baudouin de calumniador y reclaman para él todo el rigor de la ley. La gran
muchedumbre que llena la sala espera con impaciencia el desenlace de estos
singulares debates. Finalmente Baudouin, a quien el presidente presiona para
que presente los testigos y las pruebas del crimen, toma de nuevo la palabra;
invoca el nombre de Olivier, muestra el cadáver sangriento y trata de hacer
temblar a los asesinos con esta prueba; pero desprovisto de testimonio, siente
que sólo un milagro puede iluminar a los jueces. Se dirige entonces con
confianza al Ser Supremo y le pide que la muerte abandone por un momento
sus leyes: —Gran Dios, resucita un instante a Olivier —exclama— y dígnate
poner Tu palabra en su boca.
Después de esta extraña evocación, se produjo el más profundo silencio,
los ojos se clavaron en el cadáver, y cada uno, aceptando o rechazando la idea
de un milagro, esperaba el efecto de este recurso sobrenatural. Parecía que los
acusados, pálidos y atónitos, perdían su firmeza. Pero de pronto, ¡oh, prodigio!,
el rostro pálido y verdoso de Olivier adquiere algo de color, los labios se
reaniman, los ojos se abren, la sangre se calienta y cae a chorros sobre los dos
asesinos, que lanzan gritos horrorosos. Cubiertos con esta sangre acusadora,
son presa de convulsiones horribles a las que sigue un frío letargo. Mientras
tanto, el cuerpo de Olivier, totalmente reanimado, se incorpora y recorre con la
mirada el conjunto de la asamblea, como alguien que sale de un profundo
sueño y trata de recordar sus ideas. Sus ojos se encontraron con los de
Baudouin y su boca sonrió con aire melancólico; después, volviendo la mirada
hacia los dos criminales, se agita furiosamente y un prolongado gemido se
escapa de su pecho desgarrado. Finalmente habla y, con una voz sonora,
anuncia que Dios le permite desenmascarar a los culpables. Desvela su
conspiración, cuenta cómo le asesinaron después de hacerle firmar la falsa carta
y da a conocer todos los detalles del crimen: de qué manera Baudouin los ha
conocido y cómo, guiado por él mismo, ha logrado sacar a la luz la fechoría.
—Hay todavía otros testigos —dice extendiendo el brazo hacia los jueces
—; mirad esta mano desgarrada y los cabellos que contiene: son los del bárbaro
Lalonde. Cuando esos dos tigres me arrastraban agonizante al pie del árbol
donde se proponían esconder mi cadáver, la naturaleza, haciendo en mí un
último esfuerzo, se reanimó un momento, agarró con una mano los cabellos de
Lalonde y con la otra el brazo de Piétreville, donde mis dedos se hundieron de
tal forma que el infame aún lleva la terrible marca; Lalonde, viendo que ningún
poder podría hacerme soltar los cabellos, rogó a su amigo que se los cortase con
unas tijeras que llevaba encima. No contentos con este asesinato abominable,
los cobardes se apoderaron del dinero que llevaba y de cuatro medallas; cada
uno tiene dos en este momento.
»Esto es, jueces y conciudadanos, lo que tenía que decir. La muerte
reclama de nuevo su presa; la naturaleza no puede sufrir por más tiempo que
su orden sea turbado. Mi cuerpo vuelve a la nada y mi alma a su destino.
A medida que Olivier pronunciaba estas últimas palabras con una voz
débil y lánguida, se veía que su cuerpo se descomponía, su rostro perdía color,
sus ojos se apagaban; finalmente volvió a caer en el estado de muerte, de donde
una poderosa mano acababa de sacarlo. Un silencio profundo, un frío estupor
se había apoderado de la asamblea a la vista del prodigio; pero pronto se
elevaron gritos de indignación tras el lúgubre silencio. Examinaron todos los
indicios que había dado Olivier y comprobaron que eran verdaderos. Los
infames fueron condenados a la última pena y conducidos al cadalso, donde
expiraron cubiertos de maldiciones.
Vengado Olivier, éste se apareció a Baudouin bajo la forma aérea que
damos a los ángeles de la luz. Invitó a su amigo a casarse con la encantadora
Apolline; y el vengador de Olivier se convirtió así en su sucesor. El padre de
Apolline murió de pena al ver a su hijo subir al cadalso. Su muerte dejó en
libertad a la hija para contraer un matrimonio que toda la familia veía con muy
buenos ojos. Los dos esposos se establecieron en París; fue una unión feliz, y
Olivier, siempre presente a los ojos de Baudouin, le sirvió de guía hasta la
muerte.
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Espectros Que Provocan La Tempestad

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El príncipe Radziville, en su Viaje a Jerusalén, cuenta un suceso muy
singular del que fue testigo.
Había comprado en Egipto dos momias, una de hombre y otra de mujer, y
las había encerrado secretamente en unas cajas que mandó poner en su navío
cuando embarcó en Alejandría para volver a Europa. Sólo lo sabían él y dos
criados, ya que los turcos ponen muchas dificultades antes de permitir que
alguien se lleve las momias, pues creen que los cristianos las emplean para
realizar operaciones mágicas. Cuando estaban en alta mar, se levantó varias
veces una tempestad con tanta violencia que el piloto perdía las esperanzas de
salvar su navío. Todo el mundo esperaba un naufragio inminente e inevitable.
Un buen sacerdote polaco, que acompañaba al príncipe Radziville, rezaba las
oraciones convenientes para tal ocasión; el príncipe y su corte respondían a
ellas. Pero el sacerdote era atormentado, según decía, por dos espectros (un
hombre y una mujer) negros y repugnantes, que le hostigaban y amenazaban
con matarle. Al principio se creyó que el terror y el peligro del naufragio le
habían turbado la imaginación. Cuando la calma volvió, pareció tranquilizarse;
pero la tempestad pronto volvió a arreciar. Entonces esos fantasmas le acosaron
más que antes, y sólo pudo liberarse cuando las dos momias fueron arrojadas al
mar, hecho que también provocó el cese de la tormenta.
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El Fantasma Del Castillo De Egmont

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Se puede leer la anécdota siguiente en la Segraisiana: El señor Patris había
acompañado al señor Gastón a Flandes y se alojó en el castillo de Egmont. La
hora de cenar había llegado y, tras salir de su habitación para dirigirse al lugar
donde solía comer, el señor Patris se paró al pasar ante la puerta de un oficial
amigo suyo para que le acompañara. Golpeó bastante fuerte. Al ver que el
oficial no contestaba, golpeó por segunda vez, llamándole por su nombre. El
oficial no respondió. Patris, que estaba seguro de que se encontraba en la
habitación, pues la llave estaba en la puerta, abrió y vio, al entrar, que su amigo
estaba sentado delante de una mesa, como fuera de sí.
Se acercó a él y le preguntó qué le ocurría. El oficial, volviendo en sí, le
dijo a su amigo: —No estarías menos sorprendido que yo si hubierais visto,
como yo, que este libro cambiaba de lugar y que las hojas se pasaban solas.
Era el libro de Cardan sobre la sutilidad.
—Vamos—dijo Patris—, os burláis de mí; tenéis la imaginación llena de lo
que acabáis de leer, os habéis levantado, vos mismo habéis puesto el libro en el
lugar donde está, habéis vuelto después a vuestro sillón y, al no encontrar el
libro junto a vos, habéis creído que había ido allí por sí solo.
—Lo que os digo es muy cierto —repuso el oficial—, y prueba de que lo
que afirmo no es una visión, es que la puerta se ha abierto y cerrado, y por ahí
se ha retirado el fantasma...
Patris fue a abrir la puerta, que daba a una galería bastante larga, al final
de la cual había una caja de madera tan pesada que apenas podían cargarla
entre dos hombres. Observó que la caja se agitaba, abandonaba su lugar y se
dirigía hacia él, como deslizándose por el aire. Patris, un tanto asombrado,
exclamó: —Señor diablo, dejando los intereses de Dios aparte, yo soy vuestro
servidor, pero os ruego que no me aterroricéis más.— Y la caja volvió al mismo
lugar de donde había venido. Este suceso produjo una fuerte impresión en
Patris y contribuyó no poco a que se convirtiera en un devoto.
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El Vampiro Harppe


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Un hombre, que se llamaba Harppe, ordenó a su mujer que le enterrase,
después de morir, delante de la puerta de la cocina, a fin de que pudiera ver
mejor lo que ocurría en la casa. La mujer cumplió fielmente lo que le había
ordenado; y después de la muerte de Harppe, se le vio a menudo por la
vecindad: mataba a los obreros y molestaba de tal modo a los vecinos que nadie
osaba habitar las casas que rodeaban la suya.
Un hombre, llamado Olaüs Pa, fue lo bastante atrevido para atacar a este
espectro: le asestó una lanzada y dejó el arma en la herida. El espectro
desapareció y, al día siguiente, Olaüs abrió la tumba del muerto. Encontró la
lanza en el cuerpo de Harppe, en el mismo lugar donde había golpeado al
fantasma. El cadáver no estaba corrupto. Le sacaron del féretro, le quemaron,
arrojaron sus cenizas al mar y quedaron libres de sus apariciones.
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Historia De Una Aparición De Demonios Y Espectros En 1609


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Un gentilhombre de Silesia había invitado a unos amigos a una gran cena,
pero éstos se excusaron a la hora en que debía celebrarse. El gentilhombre,
despechado por encontrarse solo en la cena cuando había pensado dar una
fiesta, montó en cólera y dijo: —Puesto que nadie quiere cenar conmigo, ¡qué
vengan todos los diablos ..!
Cuando acabó de pronunciar estas palabras, salió de casa y entró en la
iglesia, donde estaba predicando el cura. Mientras escuchaba el sermón, unos
hombres a caballo, oscuros como negros y ricamente vestidos, entraron en el
patio de su casa y dijeron a los criados que fueran a avisarle de que los
huéspedes habían llegado. Un criado asustado corrió a la iglesia y contó a su
amo lo que pasaba. El gentilhombre, estupefacto, pidió consejo al cura, que
acababa de terminar el sermón. El cura se dirigió sin pensárselo dos veces al
patio de la casa donde acababan de entrar los hombres negros. Ordenó que
saliera toda la familia fuera de la vivienda; lo que se ejecutó tan
precipitadamente que dejaron dentro de la casa a un niño que dormía en la
cuna. Los huéspedes infernales comenzaron entonces a mover las mesas, a
aullar, a mirar por las ventanas, adoptando formas de osos, lobos, gatos, y
hombres terribles, en cuyas manos se veían vasos llenos de vino, pescados y
carne cocida y asada.
Mientras que los vecinos, el cura y un gran número de curiosos
contemplaban con horror tal espectáculo, el pobre gentilhombre empezó a
gritar: —¡Ay! ¿Dónde está mi pobre hijito?
Todavía tenía la última palabra en la boca, cuando uno de los hombres
negros sacó el niño a la ventana. El gentilhombre, desesperado, dijo a uno de
sus más fieles servidores:
—Amigo mío, ¿qué puedo hacer?
—Señor —respondió el criado—, yo encomendaría mi vida a Dios,
entraría en su nombre en la vivienda, de donde, por intercesión de su favor y
socorro, os traería al niño.
—Muy bien —dijo el amo—, que Dios te acompañe, te asista y te dé
fuerzas.
El servidor, después de recibir la bendición de su amo, el cura y demás
gente de bien que le acompañaba, entró en la vivienda y, tras encomendarse a
Dios, abrió la puerta de la sala donde estaban los huéspedes tenebrosos. Todos
aquellos monstruos, de horribles formas, unos de pie, otros sentados, algunos
paseándose, otros reptando por el suelo, fueron hacia él y gritaron:
—¡Uh! ¡Uh! ¿Qué vienes a hacer aquí?
El servidor, lleno de espanto, pero fortalecido por Dios, se dirigió al
espíritu maligno que tenía al niño y le dijo:
—Vamos, entrégame a ese niño.
—No —respondió el otro—, es mío. Ve a decir a tu amo que venga él a
buscarlo.
El servidor insiste y dice:
—Yo cumplo con mi deber. Así pues, en el nombre y con la ayuda de
Jesucristo te quito este niño que debo devolver a su padre.
Y, diciendo estas palabras, cogió al niño y le apretó con fuerza entre sus
brazos. Los hombres negros sólo reaccionan con gritos y amenazas:
—¡Ah, desgraciado! ¡Ah, bribón! Deja a ese niño; si no lo haces, te
despedazaremos.
Pero él, despreciando su cólera, salió sano y salvo y depositó el niño en los
brazos del gentilhombre, su padre. Unos días después, todos estos huéspedes
desaparecieron; y el gentilhombre, que se había vuelto prudente y buen
cristiano, entró en su casa.
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Espectros Que Van En Peregrinación

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Pierre d'Engelbert —que más tarde llegó a ser abad de Cluny— envió a
uno de sus hombres, llamado Sancho, junto al rey de Aragón para que le
sirviese en la guerra. Este hombre volvió al cabo de unos años, con muy buena
salud, a casa de su amo, pero, al poco tiempo de su regreso, cayó enfermo y
murió.
Cuatro meses más tarde, una noche en que lucía un hermoso claro de luna,
Sancho entró en la habitación de su amo, cubierto de harapos; se acercó a la
chimenea y se puso a avivar el fuego para calentarse o para que se le viera
mejor. Pierre, al darse cuenta de que había alguien, preguntó quién estaba allí.
—Soy yo, Sancho, vuestro servidor —respondió el espectro con una voz
ronca y cascada.
—¿Y qué vienes a hacer aquí?
—Voy a Castilla, con mucha otra gente de armas, a fin de expiar el mal
que hemos hecho durante la pasada guerra, al mismo lugar donde se cometió.
Yo, por mi parte, robé ornamentos de una iglesia, y por eso estoy condenado a
hacer allí una peregrinación. Podéis ayudarme mucho realizando buenas obras;
y vuestra señora esposa, que todavía me debe ocho cuartos de mi salario, me
hará un gran servicio dándoselos a los pobres en mi nombre.
—Ya que vienes del otro mundo, dame noticias de Pierre Defais, muerto
hace poco.
—Se ha salvado.
—¿Y Bernier, nuestro conciudadano?
—Se ha condenado por haber desempeñado mal su oficio de juez y por
haber robado a la viuda y al inocente.
—¿Y Alfonso, rey de Aragón, muerto hace dos años?
Entonces, el otro espectro, que Pierre d'Engelbert todavía no había visto,
pero que distinguió en ese momento, sentado en el vano de la ventana, tomó la
palabra y dijo:
—No le pidáis nuevas del rey Alfonso, no puede deciros nada de él, no
lleva bastante tiempo con nosotros para saber cosas de él; pero yo, que estoy
muerto desde hace cinco años, os puedo dar alguna información. Alfonso
estuvo con nosotros algún tiempo, pero los monjes de Cluny se lo llevaron, y no sé
dónde está ahora.
En ese momento el espectro se levantó y le dijo a Sancho:
—Vamos, es hora de partir, sigamos a nuestros compañeros.
Dicho esto, Sancho le repitió los ruegos a su amo y los dos fantasmas
salieron.
Una vez que se hubieron marchado, Pierre d'Engelbert despertó a su
mujer que, a pesar de que estaba acostada junto a él, no había visto ni oído nada
de todo lo que había sucedido. Reconoció que debía ocho cuartos a Sancho, lo
que probó que el espectro había dicho la verdad. Los dos esposos cumplieron
los deseos del difunto: dieron mucho a los pobres y mandaron decir un gran
número de misas y oraciones por el alma del pobre Sancho, que no se apareció
más.
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Historia De Una Condenada Que Se Apareció
Después De La Muerte

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En una ciudad de Perú, una chica de dieciséis años, llamada Catherine,
murió de repente, cargada de pecados y culpable de varios sacrilegios. En el
momento en que expiró, su cuerpo se infectó de tal manera que no pudieron
dejarlo en la casa y hubo que sacarlo al aire libre para librarse un poco del mal
olor.
Enseguida se oyeron aullidos parecidos a los de un perro. El caballo de la
casa, que era muy manso, empezó a dar coces, a agitarse y a golpear con las
pezuñas, intentando librarse de sus ataduras, como si alguien le hubiera
atormentado y azotado con violencia.
Unos momentos después, un joven que estaba acostado y dormía
tranquilamente, sintió que alguien le agarraba con fuerza del brazo y le tiraba
de la cama. Ese mismo día, una criada recibió una patada en el hombro, sin
poder ver quién se la daba; conservó la señal varias semanas.
Todas estas cosas se atribuyeron a la maldad de la difunta Catherine, que
fue enterrada inmediatamente con la esperanza de que no se apareciese más.
Pero al cabo de algunos días, se escuchó un gran estrépito causado por tejas y
ladrillos que se rompían. El espíritu, invisible, entró a plena luz del día en una
habitación donde se encontraba la señora con toda la gente de la casa; cogió por
el pie a la misma criada a la que ya había golpeado y la arrastró por la
habitación a la vista de todo el mundo, sin que se pudiera ver quién la
maltrataba así.
Al día siguiente, cuando esta pobre chica, que era, al parecer, la víctima de
la difunta, iba a coger ropa en una habitación del piso superior, percibió a
Catherine, que se ponía de puntillas para coger un florero que estaba en la
cornisa. La chica pudo escaparse en ese momento, pero el espectro, una vez que
se hubo apoderado del florero, la persiguió y se lo tiró con fuerza. El ama, que
había oído el golpe, acudió y vio a la criada temblando y el florero roto en mil
pedazos; ella, por su parte, recibió un ladrillazo que afortunadamente no le hizo
ningún daño.
Al día siguiente, cuando la familia se encontraba reunida, vieron que un
crucifijo, que estaba sólidamente clavado en la pared, se desprendía, como si
alguien lo hubiera arrancado con violencia, y se rompía en tres pedazos.
Resolvieron exorcizar al espíritu, que continuó haciendo fechorías mucho
tiempo, y sólo lograron desembarazarse de él después de muchos esfuerzos.
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El Tesoro Del Diablo


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Dos caballeros de Malta tenían un esclavo que se jactaba de poseer el
secreto de invocar a los demonios y obligarles a revelarle las cosas más ocultas.
Sus amos le llevaron a un viejo castillo donde creían que había tesoros ocultos.
El esclavo, una vez solo, realizó las invocaciones y finalmente el diablo
abrió una roca de donde extrajo un cofre. El esclavo quiso apoderarse de él,
pero el cofre volvió a meterse rápidamente en la roca. La misma operación se
repitió más de una vez; y el esclavo, después de vanos esfuerzos, fue a decir a
los dos caballeros lo que le había sucedido. Se encontraba tan debilitado por los
esfuerzos realizados que pidió un poco de licor para recuperarse. Se lo dieron y
volvió al lugar del tesoro.
Horas más tarde, oyeron un ruido; bajaron a la caverna con una luz y
encontraron al esclavo muerto, con todo el cuerpo lleno de heridas producidas
por algo parecido a un cortaplumas, y que representaban la forma de una cruz.
Tenía tantas heridas que no había un lugar donde poner el dedo sin tocar
alguna. Los caballeros llevaron el cadáver al borde del mar y desde allí lo
tiraron al agua con una gran piedra atada al cuello a fin de que nadie pudiera
sospechar nada de este suceso.
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Historia Del Espíritu Que Se Apareció En Dourdans


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El señor Vidi, recaudador de impuestos en Dourdans, le escribió a uno de
sus amigos la historia de una aparición singular que tuvo lugar en su casa en el
año 1700. Esta carta fue conservada por el señor Barré, auditor de cuentas, y
publicada por Lenglet-Dufresnoy en su Colección de disertaciones sobre
apariciones. Es ésta:
«El espíritu empezó a hacer ruido en una habitación que se encuentra lejos
de la que solemos emplear para alojar a los servidores enfermos. Nuestra criada
oyó varias veces suspiros parecidos a los de alguien que sufre; sin embargo, no
veía ni sentía nada extraño.
»La desgracia quiso que cayese enferma. La atendimos durante seis meses,
y cuando estaba ya convaleciente, la enviamos a casa de su padre para que
respirara el aire natal. Allí permaneció alrededor de un mes; durante este
tiempo, no vio ni oyó nada extraordinario. Después volvió con buena salud y le
dijimos que se acostara en una habitación próxima a la nuestra. Se quejó de que
oía ruidos y, dos o tres días después, cuando estaba en la leñera, donde había
ido a buscar madera, sintió que la tiraban de la falda. Ese mismo día, por la
tarde, mi mujer la envió a la novena; cuando salía de la iglesia, sintió que el
espíritu la tiraba tan fuerte que no podía avanzar. Una hora después, volvió a
casa y, al ir a entrar en nuestra habitación, la tiraron con tal fuerza que mi mujer
oyó el ruido; y, una vez que estuvo dentro, pudimos observar que los broches
de su falda estaban rotos. Al ver este prodigio, mi mujer tembló de miedo.
»El domingo siguiente por la noche, nada más acostarse, la chica oyó
pasos en la habitación y, un poco después, el espíritu se acostó junto a ella y le
pasó por la cara una mano muy fría, como para acariciarla. Entonces la chica
cogió el rosario que llevaba en el bolsillo y se lo puso en el cuello. Unos días
antes le habíamos dicho que si continuaba oyendo ruidos conjurara al espíritu
en nombre de Dios para que le explicara lo que quería. Hizo mentalmente lo
que le habíamos recomendado, pues el exceso de miedo le había dejado sin
habla. Oyó entonces mascullar sonidos inarticulados. Hacia las tres o las cuatro
de la mañana, el espíritu provocó un estruendo tan grande que parecía que la
casa se había caído. Aquello nos despertó a todos al mismo tiempo. Llamé a una
doncella para que fuera a ver qué había sido eso, pensando que era la criada
quien había producido aquel estrépito a causa del miedo que tendría. La
encontró empapada en sudor. La chica quiso vestirse, pero no encontró las
medias. En ese estado entró en nuestra habitación. Vi una especie de bruma o
humo denso que la seguía y que desaparecía un momento después. Le
aconsejamos que se vistiera y fuera a confesarse y comulgar en cuanto tocaran a
misa de cinco. Fue de nuevo a buscar las medias, que descubrió en el hueco de
la cama, en todo lo alto de la colgadura; las bajó con un bastón. El espíritu se
había llevado también los zapatos a la ventana.
»Cuando se repuso del espanto, fue a confesarse y a comulgar. A su
vuelta, le pregunté lo que había visto. Me dijo que en cuanto se acercó al altar
para comulgar había percibido junto a ella a su madre, que había muerto hace
once años. Después de la comunión se había retirado a una capilla donde,
apenas hubo entrado, su madre se puso de rodillas frente a ella y le cogió las
manos diciéndole: —Hija mía, no tengas miedo; soy tu madre. Tu hermano
murió abrasado accidentalmente cuando yo me encontraba en el horno de Ban
de Oisonville, cerca de Estampe. Enseguida fui a buscar al señor cura de
Garancières, quien vivía santamente, para que me impusiera una penitencia,
pues pensaba que yo tenía la culpa de aquella desgracia. Me respondió que no
era culpable y me envió a Chartres, al penitenciario. Fui a verle, y como me
obstinaba en pedirle una penitencia, me impuso una que consistía en llevar un
cinturón de cerda durante dos años. No pude cumplir esta penitencia a causa
de los embarazos y otras enfermedades y, como morí embarazada sin haberla
podido realizar, te ruego, hija mía, que la cumplas por mí. —La hija se lo
prometió. La madre le encargó además que ayunara a pan y agua durante
cuatro viernes y sábados, encargara decir una misa en Gomberville, pagara al
mercero Lânier veintiséis cuartos que le debía del hilo que le había vendido y
que fuera al sótano de la casa donde había muerto; —Allí encontrarás —añadió
— la suma de siete libras que escondí debajo del tercer escalón. Haz también un
viaje a Chartres, a ver a Nuestra Señora, a quien rezarás por mí. Volveré a
hablar contigo una vez más. —A continuación le dio algunos consejos a su hija:
le dijo sobre todo que rezara a la Santa Virgen, que Dios no le negaría nada y
que las penitencias de este mundo eran fáciles de hacer, pero que las del otro
eran muy duras.
»Al día siguiente la criada mandó decir una misa, durante la cual el
espíritu estuvo dando tirones de su rosario. Ese mismo día le pasó también la
mano por el brazo, como para halagarla. Durante dos días seguidos la chica le
estuvo viendo a su lado.
»Pensé que era necesario que cumpliera lo más pronto posible lo que su
madre le había encargado; por eso, en la primera ocasión, la envié a
Gomberville, donde encargó una misa, pagó los veintiséis cuartos que
efectivamente debía su madre y encontró las siete libras bajo el tercer escalón
del sótano, tal como el espíritu le había dicho. De allí sé dirigió a Chartres,
donde encargó tres misas, se confesó y comulgó en la capilla.
»Cuando salió, su madre se le apareció por última vez y le dijo: —Hija
mía, puesto que estás dispuesta a hacer todo lo que te he pedido, yo me libero
de ese peso, que tú llevarás en mi lugar. Adiós, me voy a la gloria eterna.
L a Monja Sangrienta Y Otros Relatos C harles Nodier
»Desde entonces, la chica ya no ha visto ni oído nada. Lleva el cinturón de
cerda día y noche, y continuará llevándolo durante los dos años que su madre
le había encomendado.»

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Las Aventuras De Thibaud De La Jacquière

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Un rico mercader de Lyon, llamado Jacques de la Jacquière, llegó a ser
preboste de la ciudad a causa de su probidad y de los grandes bienes que había
adquirido sin manchar, por ello, su reputación. Era caritativo con los pobres y
bueno con todo el mundo.
Thibaud de la Jacquière, su único hijo, era de humor diferente. Era un
muchacho apuesto, pero también un tunante que había aprendido a romper
cristales, a seducir a las chicas y a maldecir junto a los hombres de armas del
rey, a quien servía en calidad de banderín. No se hablaba de otra cosa que de
las correrías de Thibaud en París, Fontainebleau y en las demás ciudades donde
residía el rey. Un día, el rey, que era Francisco I, escandalizado también por la
mala conducta del joven Thibaud, le envió a Lyon, a fin de que se reformase un
poco en la casa de su padre. El buen preboste residía entonces en un rincón de
la plaza Bellecour. Thibaud fue recibido en la casa paterna con mucha alegría.
Se ofreció, con motivo de su vuelta, un gran festín a los parientes y amigos de la
casa. Todos bebieron a su salud y le desearon que fuera prudente y buen
cristiano. Pero aquellos deseos caritativos desagradaron al joven. Cogió de la
mesa una taza de oro, la llenó de vino y dijo: —¡Sagrada muerte del gran
diablo! A él quiero entregar, con este vino, mi sangre y mi alma si no llego a ser
más hombre de bien de lo que soy —Estas palabras pusieron los pelos de punta
a los convidados. Todos se santiguaron y algunos se levantaron de la mesa.
Thibaud se levantó también y fue a tomar el aire en la plaza Bellecour, donde se
encontró con dos antiguos camaradas, malos tipos como él. Les abrazó, les
invitó a entrar en casa de su padre y se puso a beber con ellos. Thibaud
continuó llevando una vida que afligía el corazón del buen preboste. Éste se
encomendó a Saint-Jacques, su patrón, y colocó ante su imagen un cirio de diez
libras, adornado con dos anillos de oro que pesaban cinco marcos cada uno.
Pero, cuando quiso colocar el cirio en el altar, se le cayó y tiró una lámpara de
plata que ardía delante del santo. El preboste vio en este doble accidente un mal
presagio y volvió triste a su casa.
Ese día, Thibaud invitó otra vez a sus amigos y, cuando llegó la noche,
salieron a tomar el aire en la plaza Bellecour y se pasearon por las calles en
busca de alguna aventura. Pero la noche era tan oscura que no encontraron ni
doncella ni mujer. Thibaud, irritado por esta soledad, exclamó levantando la
voz: —¡Sagrada muerte del gran diablo! A él le doy mi sangre y mi alma. Me
siento tan inflamado por el vino que si la gran diablesa, su hija, acertara a pasar
por aquí, le pediría su amor. —Estas palabras desagradaron a los amigos de
Thibaud que no eran grandes pecadores como él, y uno de ellos le dijo: —
Amigo mío, piensa que el diablo, enemigo de los hombres, causa ya bastantes
males sin que le inviten a hacerlo llamándole por su nombre. —El incorregible
Thibaud respondió: —Haré lo que he dicho.
Un momento después, vieron salir de una calle cercana a una joven dama
velada que prometía muchos encantos y juventud. Un negrito la seguía. En ese
momento el negrito tropezó, cayó de bruces y rompió el farol. Dio la impresión
de que la joven se asustó mucho y se quedó sin saber qué hacer. Thibaud se
apresuró a abordarla lo más cortésmente posible y le ofreció el brazo para
llevarla a casa. Después de algunos remilgos, la desconocida aceptó, y Thibaud,
volviéndose a sus amigos, les dijo a media voz: —Ya veis que a quien he
invocado no me ha hecho esperar, así que... buenas noches. —Los dos amigos
comprendieron lo que quería decir y se retiraron riéndose.
Thibaud ofreció el brazo a su bella acompañante, y el negrito, al que se le
había apagado el farol, caminaba delante de ellos. La joven parecía tan turbada
al principio que guardaba el equilibrio con dificultad, pero poco a poco se fue
tranquilizando y se apoyó con más franqueza en el brazo de su caballero. De
vez en cuando, incluso, tropezaba y le apretaba el brazo para no caerse.
Entonces Thibaud se apresuraba a sostenerla y le ponía la mano en el corazón,
aunque lo hacía con discreción para no asustarla.
Anduvieron tanto tiempo que al final Thibaud empezó a pensar que se
habían perdido por las calles de Lyon. Pero estaba muy a gusto, pues pensó que
sacaría mayor provecho de la bella extraviada. Sin embargo, como sentía
curiosidad por saber con quién estaba tratando y la joven parecía cansada, le
rogó que se sentara en un banco de piedra que se divisaba junto a una puerta.
Ella aceptó, y Thibaud, después de sentarse a su lado, le cogió la mano con aire
galante y le rogó con mucha cortesía que le dijese quién era. La joven pareció
intimidada al principio, pero luego se tranquilizó y le habló en estos términos:
—Me llamo Ordaline; al menos es así como me llamaban las personas que
vivían conmigo en el castillo de Sombre, en los Pirineos. Allí, los únicos seres
humanos que vi fueron mi aya, que era sorda, una criada que tartamudeaba de
tal modo que habría sido preferible que fuese sorda y un viejo portero que era
ciego. El portero no tenía mucho que hacer, pues no abría la puerta más que
una vez al año a un señor que sólo venía a nuestra casa a cogerme de la barbilla
y hablar con mi dueña en lengua vizcaína, que yo desconozco.
Afortunadamente ya sabía hablar cuando me encerraron en el castillo de
Sombre, pues seguramente no habría aprendido con las dos compañeras de mi
prisión. En cuanto al portero, sólo le veía en el momento en que nos pasaba la
cena a través de la verja de la única ventana que teníamos. A decir verdad, mi
aya sorda me gritaba a menudo en el oído no sé qué lecciones de moral, pero la
entendía tan poco como si estuviera tan sorda como ella, pues me hablaba de
los deberes del matrimonio y no me decía lo que era. A menudo también mi
criada tartamuda se esforzaba en contarme alguna historia, asegurándome que
era muy divertida, pero como era incapaz de llegar a la segunda frase se veía
obligada a renunciar y se iba tartamudeándome excusas, de las que salía tan
mal parada como de su historia.
»Ya os he dicho que había un señor que venía a verme una vez cada año.
Cuando cumplí quince años, este señor me hizo subir a una carroza con mi
dueña. Hasta el tercer día no descendimos de ella, o mejor dicho, hasta la
tercera noche, pues la tarde ya estaba muy avanzada. Un hombre abrió la
puerta y nos dijo: "Estáis en la plaza Bellecour, y ésta es la casa del preboste
Jacques de la Jacquière. ¿Dónde queréis que os conduzcan?" "Entrad por la
primera puerta cochera, la siguiente a la del preboste", respondió mi aya.
Aquí el joven Thibaud prestó más atención, pues realmente era vecino de
un gentilhombre llamado el señor de Sombre, que tenía fama de tener un
carácter muy celoso.
—Entramos —continuó Ordaline— por la puerta cochera y subí a unas
habitaciones grandes y hermosas. Después llegué, por una escalera de caracol, a
una torrecilla muy alta cuyas ventanas estaban tapadas con un tela verde muy
gruesa. Por lo demás, la torrecilla estaba bien iluminada. Mi dueña me dijo que
me sentase y me dio un rosario para que me entretuviera; después, salió y cerró
la puerta con llave.
»Cuando me encontré sola, tiré el rosario, cogí unas tijeras que llevaba en
el cinturón e hice una abertura en la tela verde que tapaba la ventana. Entonces
vi, a través de la ventana de una casa vecina, una habitación bien iluminada en
la que estaban cenando tres caballeros con tres chicas. Cantaban, bebían, reían y
se abrazaban...
Ordaline refirió todavía más detalles con los que Thibaud estuvo a punto
de reventar de risa, pues se trataba de una cena que había tenido con sus dos
amigos y tres señoritas de la ciudad.
—Estaba muy atenta a todo lo que pasaba —continuó Ordaline—, y
cuando oí abrir la puerta, cogí rápidamente el rosario en el momento en que
entraba mi dueña. Me tomó otra vez de la mano sin decirme nada y me llevó de
nuevo a la carroza. Llegamos, después de un largo trayecto, a la última casa del
arrabal. Aparentemente no era más que una cabaña, pero el interior era
magnífico, como podréis comprobar si el negrito encuentra el camino, pues veo
que ya ha conseguido lumbre y encendido el farol.
—Bella extraviada —interrumpió Thibaud, besando la mano de la joven—,
hacedme el favor de decirme si vivís sola en esa casita.
—Sí, sola —respondió la dama—, con este negrito y mi aya. Pero no creo
que ella pueda venir esta noche. El señor que me llevó a la choza anoche me ha
enviado recado hace dos horas para que fuera a verle a casa de una de sus
hermanas; pero como no podía enviar su carroza, que había ido a recoger a un
sacerdote, nos dirigíamos a pie a esa casa. Alguien nos paró para decirme un
piropo; mi dueña, que es sorda, creyó que me estaban insultando y le respondió
con insultos. Vino más gente y se mezcló en la pelea. Tuve miedo y huí. El
negrito corrió detrás de mí; se cayó, su farol se rompió, y entonces, señor, tuve
la fortuna de encontraros.
Thibaud iba a responderle con alguna galantería cuando llegó el negrito
con el farol encendido. Se pusieron en marcha y llegaron, al final del arrabal, a
una choza solitaria cuya puerta abrió el negrito con una llave que llevaba en el
cinturón. Había muchos adornos en el interior, y, entre los muebles preciosos,
se podían apreciar sobre todo unos sillones de terciopelo negro con franjas de
oro y una cama de moaré de Venecia. Pero todo esto apenas llamaba la atención
de Thibaud, que sólo tenía ojos para la encantadora Ordaline.
El negrito puso la mesa y preparó la cena. Thibaud se dio cuenta entonces
de que no era un niño, como había pensado al principio, sino una especie de
viejo enano negro con una cara de lo más fea. El hombrecillo trajo una fuente de
plata dorada con cuatro apetitosas perdices y un frasco de excelente vino.
Enseguida se sentaron a comer. Thibaud no había terminado de beber y comer
cuando sintió que un fuego sobrenatural corría por sus venas. Ordaline, por su
parte, comía poco y miraba mucho a su invitado, a veces con una mirada tierna
e ingenua, y otras con unos ojos tan llenos de malicia que el joven estaba casi
atemorizado. Finalmente, el negrito vino a quitar la mesa. Entonces Ordaline
cogió a Thibaud de la mano y le dijo: —Hermoso caballero, ¿cómo queréis que
pasemos nuestra velada...? Se me ocurre una idea: ahí hay un gran espejo.
Hagamos muecas como solía hacer en el castillo de Sombre. Me divertía mucho
viendo que mi aya estaba hecha de forma diferente a mí; ahora quiero saber si
estoy hecha de forma diferente a vos.
Ordaline colocó dos sillas delante del espejo, tras lo cual, quitó a Thibaud
la gorguera y le dijo:
—Tenéis el cuello más o menos como el mío, los hombros también, pero
en cuanto al pecho, ¡qué diferencia! El mío era así el año pasado, pero he
engordado tanto que ya no puedo reconocerme. Quitaos el cinturón..., el
jubón..., ¿por qué tantos cordones... ?
Thibaud, que ya no podía contenerse más, llevó a Ordaline a la cama de
moaré de Venecia, y se creyó el más feliz de los hombres... Pero esta felicidad
no duró mucho... El desgraciado Thibaud sintió unas garras agudas que se
hundían en su cintura... Gritó: «¡Ordaline!» Pero Ordaline ya no estaba entre
sus brazos... En su lugar no encontró más que un horrible conjunto de formas
horrorosas y desconocidas...
—No soy Ordaline —dijo el monstruo con voz formidable—; ¡soy Belcebú!
Thibaud quiso pronunciar el nombre de Jesús, pero el diablo, que lo
adivinó, le atenazó la garganta con los dientes y le impidió pronunciar el
nombre sagrado...
Al día siguiente por la mañana, unos campesinos que iban a vender
legumbres al mercado de Lyon oyeron unos gemidos en una chabola
abandonada que había junto al camino y que era utilizada como vertedero.
Entraron y encontraron a Thibaud tumbado sobre una carroña medio podrida.
Lo colocaron sobre los cestos y le llevaron así a casa del preboste de Lyon. El
desdichado de la Jacquière reconoció a su hijo... Le metieron en la cama y
pronto recobró el conocimiento. Entonces dijo con voz débil:
—Abrid a ese santo ermitaño.
Al principio no le comprendían, pero finalmente abrieron la puerta y
vieron entrar a un venerable religioso que pidió que le dejasen solo con
Thibaud. Oyeron durante mucho tiempo las exhortaciones del ermitaño y los
suspiros del desgraciado joven. Cuando dejaron de oírlas, entraron en la
habitación. El ermitaño había desaparecido y encontraron a Thibaud muerto en
la cama con un crucifijo entre las manos.
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Espectro Que Pide Venganza

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En el siglo XIII, el conde de Belmonte (en el Montferrat) concibió un amor
violento por la hija de uno de sus siervos. Se llamaba Abelina. El conde debía
disfrutar del derecho de señor que sobre ella tenía; pero nadie parecía tener
prisa por casarla y su impaciente llama se ofendía por aquella lentitud.
Un día, mientras estaba de caza, encontró a la joven Abelina guardando
los rebaños de su padre; el conde le preguntó que por qué no le daban esposo.
—Vos sois la causa de ello, mi señor —respondió—. Los jóvenes no quieren
sufrir más la deshonra y la vergüenza del derecho que tenéis a pasar con sus
mujeres la primera noche de bodas; y nuestros padres ya no quieren casarnos
hasta que el derecho de pernada sea abolido.
El señor de Belmonte ocultó su despecho y mandó que dijesen al padre de
la joven que quería verle.
El viejo Ceceo (éste era el nombre del padre de Abelina) se dirigió
inmediatamente al castillo. La noche llega y, en contra de su prudencia, Ceceo
no vuelve a casa. Dan las doce, Ceceo no ha vuelto; ¿estará muerto...? En el
momento en que su mujer y su hija empezaban a perder toda esperanza, una
sombra de un tamaño desmesurado apareció sin hacer ruido en medio de la
habitación. Las dos mujeres, horrorizadas, apenas se atreven a levantar los ojos.
El fantasma se acerca y les dice:—Soy el alma de vuestro Ceceo.
—¡Oh, padre mío! —exclama Abelina—. ¿Qué bárbaro os ha quitado la
vida?
—El tirano de Belmonte acaba de asesinarme —respondió el fantasma—, y
tú eres la causa inocente de mi muerte. Me dirigía, pues tú me trajiste la orden,
al castillo del monstruo. ¡Ojalá nunca hubiera encontrado la entrada! Pero no
podía escapar de sus manos crueles. En cuanto me introduje en una habitación
un poco oscura, puse el pie en una trampilla que se hundió; caí en un pozo
profundo lleno de hierros afilados, en donde pronto abandoné la vida. He
franqueado las puertas de la terrible eternidad. Estoy esperando mi sentencia,
voy a ser juzgado por mis obras, pero cuento con la clemencia inefable de mi
Dios, y mi conciencia está limpia. Si quieres a tu padre, si lloras su muerte, ¡oh,
hija mía!, piensa en vengarme y en liberar a tu patria. Y tú, esposa bien amada,
seca tus lágrimas y queda en paz. Los días apacibles se aproximan, la tiranía va
a caer...
Entonces la sombra resplandeció llena de luz y desapareció en medio de
una nube. La única huella que quedó de su aparición fue la marca de la mano
que había apoyado en el respaldo de una silla.
La profecía del espectro se cumplió: poco tiempo después, los campesinos
de Belmonte, se alzaron en armas y mataron a su señor, destruyeron la
ciudadela y fundaron libremente la pequeña ciudad de Nice de la Paille.
_
Caroline

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Una joven de dieciocho años, llamada Caroline, inspiró la más violenta
pasión a un hombre de edad madura, y como a los cincuenta uno es, según se
dice, más enamoradizo que a los veinte —aunque con muchos menos medios
para complacer—, el herrumbroso pretendiente asediaba sin cesar a la joven
Caroline, que estaba lejos de corresponder a sus sentimientos. Pero esta
muchacha cometió el más imperdonable de los errores: ponerle en ridículo y
atormentarle, cuando debería haberse contentado con alejarse de él con frialdad
y decencia. Al cabo de tres años de perseverancia por una parte y de malos
tratos por la otra, el infortunado amante sucumbió a una enfermedad de la que
aquel funesto amor fue en gran parte el origen.
Sintiendo cercano su fin, solicitó, como último deseo, que Caroline se
dignase al menos ir a recibir su eterno adiós. La joven rechazó tajantemente este
ruego. Una de sus amigas, que estaba presente, le dijo amablemente que haría
bien en conceder este triste consuelo a un infeliz que moría por y para ella. Sus
consejos fueron inútiles. Vinieron por segunda vez a hacerle el mismo ruego,
añadiendo que el enfermo solicitaba ver a Caroline más por el interés de ella
que por el suyo propio. Pero este segundo mensaje no corrió mejor suerte que el
primero.
La amiga de Caroline, indignada por esta dureza hacia un moribundo, la
acució con más energía y le reprochó su coquetería y malos procedimientos
hacia un hombre a quien al menos podía ofrecer un instante de piedad como
expiación. Caroline, cansada de tales impertinencias, consintió finalmente de
muy mala gana y dijo: —Vamos, llévame a casa de tu protegido: pero sólo
estaremos un momento, te lo advierto, no me gustan ni los moribundos ni los
muertos.
Las dos amigas partieron finalmente. El moribundo, al ver entrar a
Caroline, hizo un último esfuerzo y tomó la palabra con voz apagada: —Ya no
hay tiempo, señorita —dijo—, me habéis negado con crueldad la dicha de veros
cuando os lo he rogado: sólo deseaba perdonaros mi muerte. A partir de ahora
me veréis más a menudo que en el pasado. Recordad solamente que habéis
tardado tres años en llevarme dolorosamente a la tumba... Adiós, señorita...
Hasta esta noche.
Al acabar de decir estas palabras, que le costó un trabajo infinito
pronunciar, expiró.
Caroline, presa de horror, huyó precipitadamente. Su amiga usó todos los
medios posibles para calmar su extrema agitación. Caroline le suplicó que
pasara la noche con ella. Dispusieron otra cama en la misma habitación, dejaron
los candelabros encendidos, y las dos amigas, como no podían dormir,
estuvieron mucho tiempo hablando entre ellas. De repente, hacia la
medianoche, las luces se apagaron por sí solas. Caroline exclama con terror: —
¡Ya está aquí! ¡Ya está aquí! —Su amiga, que sólo oye ahogados suspiros,
seguidos de un profundo silencio, reúne sus fuerzas y llama arrebatadamente;
acude la gente de la casa, intentan encender los candelabros, pero es inútil. Al
cabo de un cuarto de hora, que transcurre en medio de mortales angustias,
suena el reloj. Caroline lanza un profundo suspiro, como alguien que sale de un
largo sopor. Las velas se encienden solas; la gente de la casa se retira, y
Caroline, con una voz agonizante, dice: —¡Ah! ¡Por fin se ha ido!
—¿Lo has visto entonces?
—Sí, y estoy totalmente segura de que cumplirá sus amenazas.
—¡Y qué! ¿Te ha hablado?
—Esto es lo que acabo de oír: durante tres años vendré todas las noches a
pasar un cuarto de hora con vos. Por lo demás, estad tranquila, no os haré
ningún daño; limito mi venganza a obligaros a ver cada noche a aquel a quien
habéis llevado a la tumba a causa de vuestra imprudente conducta.
La amiga, que no sentía mucha curiosidad por ver repetirse la misma
escena, se negó a pasar las noches siguientes con Caroline, quien le reprochó
que la abandonase a un vampiro. Las visitas nocturnas continuaron.
Caroline, bella, rica, dueña de sus acciones, y con veintiún años, quiso
casarse con la esperanza de alejar al fantasma; pero el rumor de las apariciones
hizo desistir a los pretendientes. Sólo uno, un gascón, llamado Señor de
Forbignac, se presentó y se ofreció como esposo. La necesidad le obligó a
aceptar; pero al día siguiente de las bodas (sin que llegara a saberse cómo había
transcurrido la noche) el gascón desapareció con la dote y muchas joyas que no
formaban parte de ella.
La amiga de Caroline, sensible a tantas desgracias, acudió junto a ella, la
consoló lo mejor que pudo y la llevó a un lugar donde concluyó tristemente su
penitencia. Pasados los tres años, su vampiro le anunció al fin que ya no le vería
más; y cumplió su palabra. Una lección tan severa suavizó su carácter. La
muerte del Señor de Forbignac, que tuvo la honestidad de no volver, dejó libre
a Caroline para que pudiera casarse de nuevo, y esta vez encontró un esposo
que la hizo totalmente feliz.
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Flaxbinder Enmendado Por Un Espectro



El señor Hanor, ilustre profesor y bibliotecario de Dantzig, ha combatido,
con todas las ventajas que puede dar la verdad, las supersticiones y prejuicios
de la mayor parte de los pueblos antiguos y modernos, relativos al retorno de
las almas y a las apariciones; y, sin embargo, cuenta con la mayor gravedad la
fabulosa aventura que, según él, le ocurrió a un joven llamado Flaxbinder.
Este joven, cuya incontinencia y libertinaje eran sus únicas ocupaciones, se
encontraba ausente una noche de su casa; su madre, al entrar en la habitación,
percibió a un espectro que se parecía tanto a su hijo, en la cara y en el aspecto,
que le confundió con él. El espectro estaba sentado junto a una mesa llena de
libros y parecía profundamente absorto en la meditación y la lectura.
La buena madre, persuadida de que veía a su hijo, y agradablemente
sorprendida, estaba disfrutando de la alegría que le proporcionaba este
inesperado cambio, cuando, de repente, oyó en la calle la voz del propio
Flaxbinder, que estaba viendo al mismo tiempo en la habitación...
Al principio, se asustó horriblemente, después, al observar que el que
interpretaba el papel de su hijo no hablaba, tenía el semblante sombrío y
taciturno, y los ojos extraviados, concluyó que debía de ser un espectro; y como
esta evidencia aumentó su terror, corrió a abrir la puerta al verdadero
Flaxbinder.
El joven, que venía de pasar una noche de desenfreno, entró haciendo
ruido en la habitación. Ve al fantasma... se acerca... y el espíritu no se inmuta...
Flaxbinder, petrificado por la visión de este espectáculo, toma al momento,
temblando, la resolución de alejarse del vicio, renunciar a los desórdenes y
entregarse al estudio; en una palabra: promete imitar al fantasma.
Apenas concibió este loable propósito, el espectro sonrió de una manera
horrible, arrojó los libros y se desvaneció. En cuanto a Flaxbinder, cumplió su
palabra y se convirtió.
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El Castillo Del Lago

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Paseándome sobre el lago de Ginebra vi, al pasar por delante de un viejo
castillo abandonado, el terror impreso en el rostro de mi barquero que remó con
todas sus fuerzas para alejarse del lugar.
—¿Qué te ocurre? —le dije.
—¡Ah! señor, permítame huir lo más pronto posible; vea aquel fantasma
de la ventana que me está amenazando.
Vi en efecto, un espectro que hacía gestos amenazantes.
—¡Esta sí que es buena! Cuéntame pues qué sucede de extraordinario en
este castillo.
—Señor, —prosiguió el barquero— hace tiempo yo era pescador, y muy
intrépido; cien veces me habían dicho mis compañeros: «Honoré no te acerques
al viejo castillo; aunque los peces sean muy abundantes en ese lugar, no te dejes
tentar, porque todas las almas del otro mundo habitan allí». Despreciaba sus
consejos y, como veía a diario mis redes bien llenas, regresaba todos los días a
aquel nefasto lugar; había visto en numerosas ocasiones a los aparecidos, pero
me burlaba de ellos y, desde mi barca, les plantaba cara. Una noche, ¡noche
funesta! estaba sacando mi traína cuando vi a un fantasma horroroso andar
sobre el lago; no me asusté y agarré mi remo para hacer retroceder al espectro
(el mismo que acaba de ver) pero ¡oh, horror!, el monstruo sacude su brazo y
origina una llama que iluminó todo el lago; en ese mismo instante llenó mi
barca de reptiles; el fuego salía de su boca, de sus fosas nasales, de sus ojos, y su
voz se asemejaba al trueno. Luego, con una mano vigorosa agarró mi barca y,
en un abrir y cerrar de ojos, la hizo desaparecer. Mientras toda mi pequeña
fortuna desaparecía, escuché al fantasma decir: «Temerario, el infierno va a
recibirte; que este ejemplo enseñe a los débiles humanos a no luchar jamás
contra los espíritus infernales». Mientras tanto, yo nadaba con todas mis fuerzas
sin saber hacia dónde iba; por fortuna para mí encontré a un pescador que me
recogió, me hizo volver a la vida (pues había caído casi muerto en su barca) y
me condujo a mi casa. Desgraciadamente, yo me salvé, pero mi barca, mis
redes, mi hermano pequeño, todo pereció. Eso es lo que me sucedió, señor; por
eso no me acerco jamás a ese maldito castillo si no es por orden expresa de los
viajeros. Desde entonces, llevo una triste existencia, soy criado, mientras que
antes me ganaba bien la vida y la de mi pobre familia.
—Amigo mío, siento mucho tu desgracia, pero quiero ir a ver el espectro.
—¡Que el cielo le proteja, señor, no regresará de allí con vida!
—¿Vienes conmigo?
—¡No! Ya recibí una buena lección.
—Entonces desembárcame.
—No haga esa locura, por Dios.
—Vamos, desembárcame.
—De acuerdo, pero lo esperaré a una cierta distancia.
Y ahí me tienen, al anochecer, al pie de la torre del castillo. Iba armado
hasta los dientes, no contra los fantasmas —porque no creía en absoluto en ellos
— sino por miedo a encontrarme con habitantes de este mundo ocupados en
cualquier cosa que no fuera rogar a Dios. Entro, todo estaba tranquilo en el
castillo, enciendo una vela, me paseo por todas partes, lo veo todo en orden, me
instalo en una habitación y, con las armas sobre la mesa, espero al enemigo con
pie firme. Empezaba a creer que los diablos o los espíritus me respetarían,
cuando oí caer algo por la chimenea: me levanto para mirar, era una cabeza de
muerto; un instante después le siguió una pierna, luego los brazos y finalmente
el resto del cadáver. «¡Oh! ¡oh! —me dije— no se está demasiado bien aquí;
estos espíritus hacen algo más que dar miedo». Estaba pensando en retirarme,
cuando se oyó un ruido de cadenas; presto atención, y muy pronto veo a mi
espectro que me dirige estas palabras:
—Incrédulo, ¿no te bastaba el terrible castigo de tu barquero, tenías que
venir a esta casa?... ¡Tiembla temerario! Todo el infierno se ha desencadenado
contra ti.
No pierdo la cabeza, le disparo al fantasma; él se ríe de mi cólera, y tras un
gesto suyo, una multitud de demonios entra en el aposento. Producían un ruido
horroroso. Huyo de aquella maldita habitación, llego a una escalera, subo, me
precipito en otra y en ésta encuentro a un espectro envuelto en un sudario
manchado de sangre; huyo de nuevo, miles de esqueletos me agarran con sus
manos descarnadas; les ataco con mi sable, pero mis golpes no producen
ningún efecto; un espectro monstruoso quiere arrojarse sobre mí, lo evito,
escapo; pero no sé muy bien hacia dónde ir, pues una humareda densa e infecta
llena toda la estancia: perseguido sin cesar por un ejército de fantasmas, me
precipito hacia una habitación vecina; pero tan pronto como he puesto el pie
dentro, el suelo se hunde y caigo no sé dónde. Estuve sin conocimiento y sólo
me recuperé cuando estuve a orillas del lago. Mis ropas estaban hechas
harapos, y me encontraba tan débil que no podía tenerme en pie. Mi pobre
barquero vino a recogerme y me dijo que desde el lago había visto cosas que lo
habían dejado helado de pánico, y que creía firmemente que yo no era ya de
este mundo. Tomamos tristemente el camino de regreso hacia Ginebra; allí, le di
a mi conductor una suma lo suficientemente fuerte como para permitirle volver
a su primera profesión.
Por lo que a mí respecta, fui en numerosas ocasiones a pasearme por el
lago, pero jamás me sentí tentado de volver a visitar el infernal castillo.

El Tesoro



Encontrándome en una gran ciudad de provincias, alojado en casa de un
amigo, éste me comentó que desde la muerte del propietario nadie podía vivir
en paz en la casa porque todas las noches se organizaba un tremento aquelarre.
«Oiremos el aquelarre —le dije— y tal vez podamos descubrir al aparecido.»
— «No es difícil —respondió mi amigo— puesto que todas las noches vemos su
sombra.» — «¡Ah! ¡ah! tanto mejor.»
Ahí me tienen al acecho desde el atardecer. Había tenido la precaución de
coger un arma. Hacia las once, cuando nos encontrábamos cenando, un gran
fantasma entró cubierto con un sudario; todos se echaron a temblar menos yo
que me eché a reír. Cuando el espectro me hizo un gesto para que lo siguiera le
contesté: «De acuerdo, vamos.»
Bajamos; me conduce al sótano, allí me señala una piocha y me dice:
«Excava». Me decido a obedecerlo; apenas había dado cincuenta golpes, cuando
encuentro una olla de hierro herméticamente cerrada. «Coge esa olla —me dice
el fantasma— y mira lo que contiene». Cual no fue mi sorpresa al hallarla
repleta de oro. «Contiene mil luises de oro —prosiguió mi interlocutor—
llévaselos a mi hijo y dile que no me imite; devorado por el demonio de la
avaricia, mi única pasión fue la de amontonar oro sobre oro; ahora pago las
consecuencias, pues estoy condenado a cien años de sufrimiento. Dile además a
mi hijo que mande decir cincuenta misas anuales por mi alma, eso abreviará mi
penitencia. Adiós.» Al terminar, desapareció. Le entregué fielmente a su hijo el
tesoro que había encontrado y a partir de entonces, la paz quedó restablecida en
la morada de mi amigo.

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La Ahijada Del Señor O La Nueva Wertheria

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Hace un año, mis investigaciones botánicas me condujeron a los
alrededores de un pueblito no lejos de Loudun. Una mujer de unos cuarenta
años me encontró en la montaña e imaginó que yo estaba cogiendo simples. Me
percaté de que tenía ganas de hablar conmigo y, sin adivinar qué podía originar
aquel deseo, inicié yo mismo la conversación. Me dijo entonces que era muy
desgraciada, que tenía una hija que era su único consuelo, a la que amaba más
que a ella misma y a la que estaba a punto de perder, pues estaba muy enferma
y desahuciada por los médicos. A continuación, me rogó llorando que fuera a
visitarla y no le negara mi auxilio. Habría resultado inútil negarme; y además
¿por qué iba a privarla del encanto de un momento de esperanza,
compensación estéril pero dulce, de muchos meses de incertidumbre y de
lágrimas? Caminé detrás de ella entre las giniestas en flor y las marañas de
brezos, hasta que llegamos a la aldea. Finalmente, me indicó la puerta de su
casucha, y entré en un recinto en el que la chica yacía sobre un viejo catre, entre
dos cortinas verdes. Estaba apoyada sobre uno de los brazos; sus ojos eran
huraños, sus mejillas rojas y ardientes, su boca jadeante y pálida. Parecía tener
dieciséis o diecisiete años como mucho, pero sus facciones eran poco
agraciadas; sólo destacaba una expresión conmovedora y apasionada que tiene
el poder de embellecerlo todo.
—Suzanne —le dijo su madre— aquí tienes a un señor que tiene grandes
conocimientos y que, sin duda, curará tu enfermedad—. Ella se volvió hacia la
pared sonriendo dulcemente.
—Suzanne —le dije tomando su mano—, no se abandone a una injusta
depresión; hay remedios para todo.—Ella levantó la cabeza y me miró
fijamente.
—Si examino unos minutos los síntomas de su enfermedad, encontraré sin
duda la forma de aliviarla.
Sonrió de nuevo y retiró su mano de la mía con un ligero esfuerzo. Su
madre salió. No sé qué inquietud se había adueñado de mí. Caminaba a
grandes pasos por la casilla, y mi imaginación sólo me presentaba
pensamientos vagos e inquietos. Sin embargo, aquella chica me interesaba.
Regresé a su lado, y me senté. Oí un suspiro. Busqué la mano que antes me
había retirado. La mía estaba ardiendo; ella la apretó.
—Suzanne —exclamé apoyando la mano sobre su corazón— es aquí
donde está tu padecimiento.—Sus párpados se bajaron con calma melancólica;
estaban inflamados y tirantes. Las pestañas, reunidas en manojillos, brillaban
aún por la humedad del llanto.
—Estás enamorada —dije a media voz. Su pecho palpitaba. Deslizó sus
dedos por un bucle de cabellos negros y lo colocó sobre el rostro. Yo la rodeé
con uno de mis brazos. La aproximé a mi pecho con un casto gesto. Mi
respiración rozaba sus labios. Ella habló; apenas la oía.
—No es él —decía.
—No, no es él —le respondí—; pero ¿no va a venir?
Y Suzanne movió la mano alrededor de la cabeza.
—Tal vez lo veas mañana —le dije. No contestó. Yo temía agriar su pena y
guardé silencio. Me seguía mirando y yo lloraba. Había una lágrima en su
mejilla; la secó con el dorso de la mano. Otra había caído sobre su mano y la
recogió con los labios.
—Eres muy dichoso —me dijo—; creo que has llorado. Y luego,
observándome con mayor atención, comentó: «Podría enamorarme de ti,
porque tienes alma de ángel. Dime, no obstante, si eres noble». Yo dudaba en
confesarlo. Cuesta decirlo ante el camastro de la miseria.
—¡Oh! —prosiguió— noble y hombre; doble error. Pero tú eres aún
joven... me gusta ver como te ruborizas.
Quise decirle: «Explícame esas palabras». Pero no pronuncié la frase,
¿necesitaba una aclaración dolorosa para ofrecerle mi piedad? Nos entendíamos
bien así. Un poco más tarde vi a la madre que esperaba las palabras que yo iba a
pronunciar como un oráculo salvador.
—¿Ha estado enamorada?
—¡No! ¡Jamás! Ha tenido ricos pretendientes y, pese a nuestra indigencia,
han solicitado con ardor el amor de mi Suzanne. Pero ha sido indiferente con
todos. Le habría gustado que hubiera por aquí claustros en los que enterrar su
juventud, porque el mundo le parecía desagradable, y consideraba que la vida
era larga y difícil. Creo que ningún hombre ha conseguido ni un solo beso de
Suzanne, si no es su padrino. Tiene doce años más que ella, y es el hijo del
antiguo señor del pueblo. Cuando él se encontraba ausente sirviendo al rey, ella
decía: «Estoy segura de que mi padrino regresará, porque Dios me lo ha
prometido; y cuando él, mi Frédéric, regrese le regalaré un cordero muy blanco
con cintas azules y rosas y guirnaldas de flores según la estación». Fue, en
efecto, a su encuentro y cuando él la vio, bajó de su caballo para besarla en la
frente. «¡Mirad qué hermosa es Suzanne! —decía—. No quiero que conduzca
los rebaños a lo largo de los setos ni que queme su tez bajo los rayos del sol,
pues la quiero como a mi hermana».
Al día siguiente regresé muy temprano. La encontré peor.
—Oye, —me dijo besándome— debes ser tan bueno como bello, y voy a
pedirte algo más importante que la vida. Convence a mi madre para que me dé
mi vestido blanco, mi toca de muselina y mi crucecita de cristal. Cógeme aciano
en el jardín y un iris a la orilla del arroyo. Hoy es el aniversario de mi
nacimiento.
Hice lo que me había pedido, y su madre la vistió. Pero al bajar de la
cama, se sintió muy débil. La campana sonaba muy cerca, pues la iglesia estaba
enfrente. La madre dijo: «Sabes bien que es la boda de Frédéric; si no estuvieras
enferma, bailarías como las señoritas en los grandes salones del castillo. ¿Por
qué no te animas?». ¡Ya no escuchaba, la pobre Suzanne! No obstante nos dijo
que se encontraba mejor. La madre y yo nos acercamos a la puerta para ver
pasar a los novios. La novia elegía, con atención temerosa, el lugar en el que
debía posar sus pies para no estropear los bordados de sus zapatos. Todos sus
movimientos eran lentos y afectados; todos sus gestos soberbios y desdeñosos.
En sus pasos, en sus miradas, en el arreglo de su cabello, en los pliegues de sus
ropas, sólo había simetría. ¡Oh! ¡Qué desagrado le inspiraban los cuidados de
una fiesta sencilla y de una ceremonia común! Frédéric caminaba detrás. Sus
grandes ojos estaban entornados, su aspecto descuidado, su andar lento y
preocupado. Al pasar por delante de la casa, miró con expresión sombría y
descontenta; retrocedió medio paso mordiéndose los labios, deshojó un ramo de
flores que llevaba en las manos, y prosiguió su camino. La iglesia se abrió. Me
había quedado solo y estaba reflexionando sobre todo aquello, cuando oí un
grito prolongado. Corrí. La madre estaba de rodillas. La hija en la cama.
—¿Está segura?
—¡Mire! —me dijo la madre...
Suzanne estaba inmóvil, pálida, inanimada, muerta. La toqué, estaba ya
casi fría. Apliqué el oído para asegurarme de que había dejado de respirar.
Y esto es lo que me sucedió en un pueblito de los alrededores de Loudun.

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La Liebre

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Un amigo mío, honesto agricultor, eran un empedernido cazador ; lo
veían, desde el amanecer saltar zanjas, subir colinas y perseguir a su presa hasta
en sus últimos atrincheramientos.
Una tarde en que roto de cansancio, y de muy mal humor, tomaba
tristemente el camino de regreso a casa con el morral vacío, una liebre sale a sus
pies, mi amigo dispara y yerra el tiro: su mal humor aumenta; éste desaparece
no obstante cuando ve que la liebre se agazapa a cien pasos de él. Recarga su
escopeta, se acerca, dispara y yerra de nuevo los dos tiros; no comprendía cómo
había podido ser tan torpe, él que no disparaba nunca en falso. Retoma el
camino refunfuñando, cuando vuelve a ver a la liebre, sentada sobre su trasero
atusándose apaciblemente los bigotes. «Esta vez —dijo el cazador— no me
desafiarás más»; entonces, apuntándole con una precisión que no lo engañó
jamás, lanza el disparo y cree haber abatido a su víctima: vana ilusión, pues sale
huyendo unos pasos y parece burlarse de su enemigo. El intrépido cazador,
arrebatado de ira, jura perseguirla hasta el fin del mundo; cumplió su palabra y
tan bien que al cabo de dos horas había consumido toda su munición, aunque
veía aún al maligno animal plantarle cara insolentemente, a unos pasos de él.
Sin contenerse más de rabia, mi amigo busca hasta el fondo del zurrón y
encuentra una carga de pólvora, pero sin plomo; no sabía qué hacer, cuando se
le ocurrió la idea de retorcer monedas de seis liards y de seis sous y hacer con
ellas balas. Había llegado a recargar su escopeta a fuerza empeño y paciencia y
se disponía a disparar, cuando la liebre cambió de repente de aspecto y fue
reemplazada por un hombre que dirigió estas palabras al cazador: «Deja de
perseguirme, desgraciado; el cielo ha permitido que vuelva a ser criatura
humana para impedir que cometas un crimen. Yo soy tu abuelo: desde hace
cincuenta años vivo en esta llanura bajo el aspecto de una liebre, y mi
penitencia debe prolongarse aún por cincuenta más. Si no quieres sufrir la
misma pena, evita tus pecados.» Cuando concluyó estas palabras, se convirtió
de nuevo en liebre y dejó a su nieto estupefacto y temblando de
espanto.numerosas montañas boscosas. Se quedó muy sorprendido cuando,
creyéndose solo, oyó que alguien lo llamaba por su nombre. La voz no le
resultaba desconocida. Pero como no parecía demasiado dispuesto a responder,
lo llamaron por segunda vez. Creyó reconocer la voz de su padre, recién
fallecido. Pese a su miedo, no dejó de dar unos pasos hacia adelante. Pero cuál
no sería su sorpresa al ver una gran caverna o una especie de abismo, en la que
había una escalera muy larga que iba de arriba abajo. El espectro de su padre se
apareció en los primeros peldaños y le dijo que Dios había permitido que se le
apareciera para darle instrucciones acerca de lo que debía hacer por su propia
salvación y por la liberación de quien le hablaba, así como por la de su abuelo,
que se encontraba unos cuantos peldaños más abajo. Añadió que la justicia
divina los castigaba y los retenía donde estaban hasta que no restituyera a un
determinado monasterio una herencia usurpada por sus antepasados...
Recomendó a su hijo que realizara dicha restitución lo antes posible para evitar
el castigo divino, pues de no hacerlo su lugar estaba ya reservado en aquel
lugar de tormento. Tras aquella amenaza, la escalera y el espectro empezaron a
desaparecer insensiblemente, y la entrada de la caverna volvió a cerrarse. El
señor, cuyo pavor había llegado al límite, regresó inmediatamente a su casa; la
agitación de su espíritu no le permitió intentar profundizar en aquel misterio.
Devolvió a los monjes los bienes que le habían indicado, dejó a su hijo el resto
de su herencia e ingresó en un monasterio donde pasó santamente el resto de su
vida.