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ANGELES Y DEMONIOS -- " UNA TRILOGIA DE ASIMOV "

Escrito por imagenes 29-06-2008 en General. Comentarios (6)

ANGELES Y DEMONIOS -- " UNA TRILOGIA DE ASIMOV "

ANGELES Y DEMONIOS -- " UNA TRILOGIA DE ASIMOV "
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* FUEGO INFERNAL
* LA TROMPETA DEL JUICIO FINAL
* TRETA TRIDIMENSIONAL

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Fuego infernal
Isaac Asimov


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Hubo la agitación correspondiente a un muy cortés auditorio de primera noche. Sólo asistió un puñado de científicos, un escaso número de altos cargos, algunos congresistas y unos cuantos periodistas.
Alvin Horner, perteneciente a la delegación de Washington de la Continental Press, se hallaba próximo a Joseph Vincenzo, de Los Álamos.
-Ahora nos enteraremos de algo -comentó.
Vincenzo le miró a través de sus gafas bifocales y dijo:
-No de lo importante.
Horner frunció el entrecejo. Iban a proyectar la primera película a cámara superlenta de una explosión atómica. Mediante el empleo de lentes especiales, que cambiaban en ondulaciones la polarización direccional, el momento de la explosión se dividiría en instantáneas de mil millonésimas de segundo. Ayer, había explotado una bomba A. Y hoy, aquellas instantáneas mostrarían la explosión con increíble detalle.
-¿Cree que producirá efecto? -preguntó Horner.
-Sí que surtirá efecto -repuso Vincenzo con aspecto atormentado-. Hemos hecho pruebas piloto. Pero lo importante...
-¿Qué es lo importante?
-Que esas bombas significan la sentencia de muerte del hombre. Y que no parecemos capaces de comprenderlo... Mírelos. Están excitados y emocionados, pero no asustados.
-Conocen el peligro. Y sí que están asustados -dijo el periodista.
-No lo bastante -replicó el científico-. He visto a hombres contemplar cómo una bomba H hacía desaparecer una isla, convirtiéndola en un agujero, e irse después a casa, a dormir tranquilamente. Así es el ser humano. Por espacio de miles de años, le ha sido predicado el fuego del infierno. Nunca le causó una verdadera impresión.
-El fuego del infierno... ¿Es usted religioso, señor?
-Ayer vio usted el fuego del infierno. Una bomba atómica que explota significa el fuego infernal. Literalmente.
Aquello fue demasiado para Horner. Se levantó y cambió de sitio, aunque mirando intranquilo a la concurrencia. ¿Había alguien que sintiera temor? ¿Se preocupaba alguien por el fuego infernal? No se lo parecía.
Se apagaron las luces, y el proyector entró en funcionamiento. En la pantalla, apareció desvaída la torreta de disparo. La concurrencia permanecía atenta, llena de tensión.
Se encendió una mota de luz en la cúspide de la torreta, un punto brillante e incandescente, que aumentó lenta, perezosamente, formando recodos, cobrando desiguales formas luminosas y expandiéndose en un óvalo.
Alguien lanzó un grito sofocado y luego otro. Siguió un ronco y ruidoso balbuceo, al que sucedió un denso silencio. Horner olió el miedo, paladeó el terror en su propia boca y sintió que se le helaba la sangre.
De la ovalada pelota de fuego brotaron proyecciones. Hubo luego un instante de inmovilidad, como un éxtasis, antes de extenderse rápidamente en una brillante y uniforme esfera.
Y en aquel momento de éxtasis..., la bola de fuego había permitido ver dos negros lunares semejantes a ojos, con obscuras y tenues líneas a manera de cejas, el nacimiento del cabello en forma de «V», una boca contraída hacia arriba, en salvaje carcajada..., y unos cuernos.



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La trompeta del Juicio Final
Isaac Asimov


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El arcángel Gabriel se mostró despreocupado con respecto a aquella cuestión. Dejó indolente que la punta de una de sus alas rozara el planeta Marte, el cual, al estar compuesto de simple materia, no se vio afectado por el contacto.
-Asunto zanjado, Etheriel -dijo-. Ya no hay nada que hacer. El Día de la Resurrección está fijado.
Etheriel, un serafín muy joven, creado apenas mil años atrás, según el modo de contar el tiempo de los hombres, se estremeció de tal modo que se formaron vórtices bien definidos en el continuum. Desde su creación, había permanecido siempre al cuidado inmediato de la Tierra y sus aledaños. Como trabajo, suponía una sinecura, un lugar cómodo, un punto muerto. Sin embargo, a través de los siglos, había llegado a sentirse petulantemente orgulloso de su mundo.
-¿Vas a destruir mi mundo sin previo aviso? -protestó.
-En absoluto. Nada de eso. Hay ciertos pasajes en el Libro de Daniel y en el Apocalipsis de San Juan que resultan bastante explícitos.
-¿Lo son de verdad? ¿Después de haber sido copiados por escriba tras escriba? Me pregunto si quedarán sin cambiar dos palabras de una frase.
-Hay sugerencias en el Rig-Veda, en las Analectas confucianas...
-Que son propiedad de grupos culturales aislados, tan reducidos como una aristocracia.
-La Crónica de Gilgamesh habla de manera muy explícita.
-Gran parte de esa Crónica fue destruida con la Biblioteca de Assurbanipal hace mil seiscientos años según el cómputo terrestre, antes de mi creación.
-Hay ciertas características de la Gran Pirámide, y un motivo en las joyas taraceadas del Taj Mahal...
-Tan sutiles que ser humano alguno los ha interpretado jamás debidamente.
Gabriel dijo, cansado ya:
-Si vas a poner objeciones a todo, no es posible discusión alguna sobre el tema. De todos modos, tú deberías estar bien enterado. En los asuntos relativos a la Tierra, eres omnisciente.
-Sí, fui elegido para eso. Y te confieso que, entre las muchas preocupaciones que me causa, no se me ocurrió investigar las posibilidades de la resurrección.
-Pues tendrías que haberlo hecho. Todos los documentos implicados se encuentran en los archivos del Consejo de Ascendientes. Podrías haberlos consultado en cualquier momento.
-Pero el caso es que todo mi tiempo era necesario allí. No tienes la menor idea de la mortal eficiencia del Adversario en ese planeta. Requería todo mi esfuerzo doblegarlo. Y aun así...
-Sí, en efecto. -Gabriel acarició un cometa a su paso-. Parece que ha obtenido sus pequeñas victorias. Al fluir a través de mí la pauta factual entrelazada de ese miserable pequeño mundo, me he dado cuenta que se trata de una de esas estructuras con equivalencia de materia-energía.
-Así es -convino Etheriel.
-Y que están jugando con ella.
-Me temo que sí.
-Entonces, ¿qué mejor momento para acabar con el asunto?
-Soy capaz de manejarlo, te lo aseguro. Sus bombas nucleares no los destruirán.
-Lo dudo. Bien, supongo que ahora me dejarás continuar, Etheriel. Se aproxima el momento señalado.
-Me gustaría ver los documentos pertinentes -repuso tercamente el serafín.
-Si insistes...
Y al instante, sobre la profunda negrura del firmamento sin aire, apareció en signos el texto de un Acta de Ascendencia.
Etheriel leyó en voz alta:
-«Por orden del Consejo Superior, se dispone por la presente que el arcángel Gabriel, número de serie, etcétera, etcétera (bueno, ése eres tú), se aproximará al planeta de clase A, número G753990, posteriormente conocido con el nombre de Tierra, el 1 de enero de 1957, a las 12.01 del día, según el horario local...»
Terminó la lectura en melancólico silencio.
-¿Satisfecho?
-No, pero no tengo más remedio que aceptarlo.
Gabriel sonrió. Una trompeta apareció en el espacio. Su forma era semejante a las terrestres, pero su áureo pulido se extendía de la Tierra al Sol, con la boquilla dirigida hacia los bellos y brillantes labios de Gabriel.
-¿No puedes darme un poco de tiempo para defender mi causa ante el Consejo? -preguntó desesperado Etheriel.
-¿De qué te serviría? El acta está firmada por el Jefe, y ya sabes que un acta firmada por Él es totalmente irrevocable. Y ahora, si no te importa, ya casi ha llegado el segundo convenido. Quiero terminar con esto de una vez, pues tengo otros asuntos de mucha mayor importancia en que pensar. ¿Me haces el favor de apartarte un poco? Gracias.
Gabriel sopló, y todo el Universo, hasta la más lejana estrella, se colmó con el tenue sonido, de tono perfecto y la más cristalina delicadeza. Al sonar, hubo un leve momento estático, tan leve como la línea que separa el pasado del futuro. Y en el acto, la estructura de los mundos se derrumbó sobre sí misma, y la materia se acumuló de nuevo en el caos primitivo del cual surgiera una vez al conjuro del Verbo. Las estrellas y las nebulosas desaparecieron, y el polvo cósmico, el Sol, los planetas y la Luna. Todo, excepto la Tierra, la cual quedó donde estaba, suspendida en el Universo, ahora vacío por completo.
La trompeta del Juicio Final había sonado.

R. E. Mann (todos cuantos le trataban le llamaban simplemente por sus iniciales, R. E.) entró en las oficinas de la Billikan Bitsies Factory y se quedó mirando sombrío al hombre de elevada estatura (flaco, pero con cierta ajada elegancia, intensificada por su pulcro bigote gris) que se hallaba encorvado sobre un montón de papeles que había en su mesa.
R. E. consultó su reloj de pulsera, que marcaba aún las 7:01, por haberse parado en esa hora. Naturalmente, se trataba de la hora de Oriente, que correspondía a las 12:01 del mediodía según el meridiano de Greenwich. Sus obscuros ojos pardos, que miraban penetrantes sobre un par de pronunciados pómulos, se posaron en los del otro con fijeza.
Durante unos instantes, el hombre de elevada estatura le miró a su vez inexpresivo. Luego dijo:
-¿Puedo servirle en algo?
-¿Horatio J. Billikan, supongo? ¿El propietario de esta fábrica?
-Sí.
-Yo soy R. E. Mann, y no pude evitar detenerme al ver a alguien trabajando. ¿No sabe usted qué día es hoy?
-Es el Día de la Resurrección.
-¡Ah, ya sé! Oí el toque. Destinado a despertar a los muertos... Qué historia tan buena, ¿no cree? -Rió entre dientes unos instantes y prosiguió-: Me desperté a las siete de la mañana. Di un codazo a mi mujer, que dormía como un tronco, según su costumbre. «Es la trompeta del Juicio Final, querida», le dije. Hortensia, así se llama mi mujer, me contestó: «Muy bien», y siguió durmiendo. Me bañé, me afeité, me vestí y vine al trabajo.
-¿Pero por qué?
-¿Y por qué no?
-Ninguno de sus empleados se ha presentado hoy.
-No, pobre gente. Se han tomado el día libre. Era de esperar. Después de todo, no se acaba el mundo todos los días. Con franqueza, me alegro. Me proporciona una oportunidad para poner en orden mi correspondencia personal sin interrupciones. El teléfono no ha sonado hasta ahora ni una sola vez... -Se levantó, dirigiéndose a la ventana-. Supone una gran mejoría... Nada de sol cegador, y la nieve ha desaparecido. Una luz agradable y un grato calor. Muy buen arreglo... Ahora, si no le importa, estoy bastante ocupado, así que me dispensará...
Un ronco vozarrón le interrumpió diciendo: «Un minuto, Horatio». Y un caballero que se parecía en grado notable a Billikan, aunque de facciones más marcadas, introdujo su prominente nariz en el despacho, asumiendo una actitud de dignidad ofendida, apenas disminuida por el hecho de hallarse desnudo.
-¿Puedo preguntarte por qué has cerrado la fábrica?
Billikan pareció a punto de desmayarse.
-¡Cielo Santo! -balbuceó-. ¡Es mi padre! ¿De dónde sales?
-Del cementerio -respondió el recién llegado-. ¿De dónde diablos quieres que salga? Están saliendo de allí a docenas. Todos desnudos. También las mujeres.
Billikan hijo carraspeó:
-Te daré algo de ropa, padre. Iré a buscártela a casa.
-No tiene importancia. El negocio primero, el negocio primero.
R. E. salió de su ensimismamiento para decir:
-¿Está todo el mundo abandonando sus tumbas al mismo tiempo, señor?
Mientras hablaba miraba con curiosidad a Billikan padre. El viejo parecía hallarse en la fuerza de la edad. Sus mejillas, aunque surcadas de arrugas, resplandecían de salud. Su edad, decidió R. E., era la misma que tenía en el momento de su muerte, pero su cuerpo había retrocedido a la época de su vida en que se hallaba en su plenitud.
Billikan padre contestó:
-No, no. Los de las tumbas más recientes salen primero. Tottersby murió cinco años antes que yo y salió unos cinco minutos después de mí. Fue el verle lo que me decidió a marcharme de allí. Ya tuve bastante con él cuando... -dio un puñetazo sobre la mesa, con un sólido puño-. No hay taxis ni autobuses. No funcionan los teléfonos. He tenido que venir a pie. Treinta y cinco kilómetros a pie.
-¿Así? -preguntó su hijo con espantada voz.
Billikan padre bajó la mirada para contemplar su piel al descubierto con despreocupada aprobación.
-Hace calor. Y la mayoría van desnudos... De todos modos, hijo, no he venido aquí para charlar de fruslerías. ¿Por qué está cerrada la fábrica?
-No está cerrada. Es una ocasión especial.
-¡Qué ocasión especial ni qué diablos! Llama al sindicato y diles que el Día de la Resurrección no figura en el contrato de trabajo. Se les deducirá a todos del salario. Cada minuto que permanezcan ausentes de su labor.
La rasurada cara de Billikan hijo tomó un aire de obstinada decisión, mientras escudriñaba a su padre.
-No -dijo-. No lo haré. No olvides que no eres tú quien está al mando de esta factoría, sino yo.
-¿Ah, sí? ¿Y con qué derecho?
-Por tu voluntad expresada en tu testamento.
-Muy bien. Pues ahora que estoy de regreso, anulo mi testamento.
-No puedes, padre. Estás muerto. Tal vez no lo parezcas, pero tengo testigos. Guardo el certificado médico. He pagado las facturas del empresario de pompas fúnebres. Si lo necesito, obtendré el testimonio de los portadores del féretro.
Billikan padre miró con fijeza a su hijo, se sentó, colocó una mano sobre el respaldo de su butaca y cruzó las piernas.
-Si vamos a eso -dijo-, todos estamos muertos, ¿no es así? El mundo se ha acabado.
-Pero tú has sido declarado legalmente muerto y yo no.
-¡Bah! Ya cambiaremos eso. Va a haber más de los nuestros que de los vuestros, hijo. Y los votos cuentan.
Billikan hijo dio una firme palmada sobre su mesa. Enrojeció ligeramente.
-Padre, no desearía abordar este punto particular, pero ya que me obligas a ello... Debo recordarte que en estos momentos madre debe estar ya esperándote en casa y que sin duda alguna se habrá visto también obligada a caminar por las calles..., desnuda. No creo que se sienta de muy buen humor.
Billikan padre se puso ridículamente pálido.
-¡Cielo santo! -exclamó.
-Y ya sabes que siempre deseó que te retirases.
Billikan padre adoptó una decisión rápida.
-No pienso ir a casa. ¡Vaya, esto es una pesadilla! ¿No hay límite alguno para esta histeria de la resurrección? Es..., es..., pura anarquía. No hay que extremar tanto las cosas. No, he dicho que no iré a casa y no voy.
En aquel punto, un caballero un tanto rotundo, de rostro terso, suave y sonrosado y blancas patillas a lo Francisco José, entró en el despacho y saludó fríamente:
-Buenos días.
-¡Padre! -dijo el Billikan desnudo.
-¡Abuelo! -dijo el Billikan vestido.
El abuelo Billikan miró a su nieto con aire de desaprobación:
-Si eres mi nieto, parece que has envejecido mucho. El cambio no te ha mejorado.
Billikan nieto sonrió con dispépsica debilidad y no respondió.
Tampoco el abuelo Billikan parecía esperar respuesta alguna. Continuó:
-Bien, si me ponen al corriente de cómo va el negocio en la actualidad, reasumiré mis funciones de director.
Hubo dos respuestas simultáneas, y el encendido de las mejillas del abuelo se intensificó hasta un grado peligroso, en tanto golpeaba perentorio el suelo con un bastón imaginario y ladraba una réplica.
R. E. decidió intervenir.
-Caballeros -dijo. Alzó un poco la voz-. ¡Caballeros! -y acabó por gritar a pleno pulmón-: ¡CABALLEROS!
La conversación cesó de repente, y todos se volvieron hacia él. El rostro anguloso de R. E., sus ojos singularmente atractivos y su sardónica boca parecieron dominar de pronto la reunión.
-No comprendo esta discusión -dijo-. ¿Qué es lo que fabrican ustedes?
-Copos -respondió Billikan nieto.
-O sea, si no me equivoco, un desayuno empaquetado, a base de cereales...
-Lleno de energía en cada uno de sus áureos trocitos... -proclamó Billikan nieto.
-Recubiertos de cristalino azúcar, dulce como la miel. Elaboración y alimento que... -rezongó Billikan padre.
-Tienta al más inapetente... -rugió Billikan abuelo.
-A eso iba -interrumpió R. E.-. ¿Qué clase de inapetencia?
Todos le miraron con aire estólido.
-¿Perdón? -dijo Billikan nieto, creyendo no haber entendido bien.
-Sí, ¿alguno de ustedes tiene apetito? -volvió a preguntar R. E.-. Yo no.
-¿Qué es lo que farfulla este estúpido? -barbotó Billikan abuelo.
Su invisible bastón habría medido las costillas de R. E. de haber existido (el bastón, no las costillas, claro). R. E. prosiguió:
-Estoy tratando de poner en su conocimiento que nadie querrá volver a comer. Nos hallamos en el después, y el alimento resulta innecesario.
Las expresiones que se dibujaron en los rostros de los Billikan no necesitaban interpretación alguna. Se hizo evidente que habían intentado comprobar sus propios apetitos y los habían hallado nulos.
Billikan nieto exclamó con el rostro ceniciento:
-¡Arruinados!
Billikan abuelo aporreó enérgica y ruidosamente con la contera de su imaginario bastón.
-Esto es una confiscación de la propiedad sin el debido procedimiento legal. Entablaremos pleito, litigaremos...
-Totalmente anticonstitucional -le apoyó Billikan padre.
-Si encuentran a alguien para que presente la demanda, les deseo buena suerte -manifestó R. E. en tono afable-. Y ahora, si me lo permiten, creo que voy a darme una vuelta por el cementerio.
Y encasquetándose el sombrero, se dirigió a la puerta y salió.

Etheriel, con sus vórtices estremecidos, se vio ante la gloria de un querubín de seis alas.
-Si te he entendido bien -dijo éste-, tu universo particular ha sido desmantelado.
-Exacto.
-Bueno, supongo que no esperarás que yo lo ajuste de nuevo...
-No espero que hagas nada, excepto conseguirme una entrevista con el Jefe.
Al oír este nombre, el querubín se apresuró a exponer su respeto. Las puntas de dos de sus alas le cubrieron los pies, otras dos los ojos y las dos últimas la boca. Volviendo a su estado normal, repuso:
-El Jefe está muy ocupado. Tiene una miríada de asuntos que resolver.
-¿Y quién lo niega? Me limito a señalar que, si las cosas continúan como hasta ahora, tendrá un universo en el cual Satán logrará la victoria final.
-Es el nombre hebreo del Adversario -explicó impaciente Etheriel-. Podría llamarle también Ahrimán, que es la palabra persa. En cualquier caso, me refiero al Adversario.
-¿Y a qué te conducirá una entrevista con el Jefe? -dijo el querubín-. Firmó el documento que autorizaba tocar la trompeta del Juicio Final, y ya sabes que su firma es irrevocable. El Jefe no contradiría nunca su propia omnipotencia revocando una palabra pronunciada en su facultad oficial.
-¿Es tu última decisión? ¿No quieres concertarme una entrevista?
-No puedo.
-En ese caso -decidió Etheriel- acudiré al Jefe sin que me sea concedida audiencia. Invadiré el Móvil Primero. Y si ello significa mi destrucción, que así sea.
E hizo acopio de todas sus energías...
-¡Sacrilegio! -murmuró horrorizado el querubín.
Se oyó como un trueno cuando Etheriel salió disparado hacia las alturas.

R. E. Mann recorrió las atestadas calles, acostumbrándose poco a poco a la visión de toda aquella gente aturdida, incrédula, apática, vestida sucintamente o, con mayor frecuencia, sin nada encima.
Una chiquilla que aparentaba unos doce años, colgada de una puerta de hierro, con un pie posado sobre un barrote y balanceándose adelante y atrás, le saludó al pasar:
-¡Hola!
-¡Hola! -correspondió R. E.
La niña estaba vestida. No era uno de los... retornados.
-Tenemos un nuevo bebé en casa. Es una hermanita. Mamá no hace más que quejarse y me ha mandado aquí.
-Me parece muy bien -dijo R. E.
Cruzó la verja y se dirigió a la casa, de modesto aspecto. Tocó el timbre y, al no obtener respuesta, abrió la puerta y penetró en el interior. Siguiendo el sonido de los sollozos, llamó con los nudillos a una segunda puerta. Un hombre vigoroso, de unos cincuenta años, de escaso pelo, gruesas mejillas y prominente mandíbula, abrió y le dirigió una mirada, mezcla de asombro y enfado.
-¿Quién es usted?
R. E. se quitó el sombrero.
-Pensé que podría servir de alguna ayuda. Su pequeña, que está fuera...
Una mujer, sentada en una silla junto a una cama de matrimonio, alzó la vista hacia él con aire desvalido. Su cabello comenzaba a encanecer. Tenía el rostro abotargado por el llanto, y las venas de las manos amoratadas e hinchadas. Una criatura se hallaba sobre la cama, gordezuela y desnuda, agitando lánguidamente los pies y dirigiendo acá y allá sus ojos sin vista aún.
-Es mi pequeña -dijo la mujer-. Nació hace veintitrés años, en esta casa, y murió a los diez días, también aquí. ¡Deseé tanto que volviera!
-Bueno, pues ya la tiene -la animó R. E.
-¡Pero es demasiado tarde! -clamó la mujer, en una especie de vehemente sollozo-. Tuve otros tres hijos. Mi hija mayor está casada, mi hijo cumpliendo el servicio militar. Y ya soy demasiado vieja para criar a otro. Si por lo menos..., si por lo menos...
Sus facciones se contrajeron en un esfuerzo por reprimir las lágrimas. No lo consiguió.
Su marido intervino, diciendo con voz átona:
-No es una criatura real. No llora. No se ensucia. No quiere tomar leche. ¿Qué vamos a hacer con ella? Jamás crecerá. Siempre seguirá siendo un bebé.
R. E. meneó la cabeza.
-No lo sé. Siento no poder hacer nada para ayudarles.
Y se marchó sosegadamente. Pensó sin perder la calma en los hospitales y las clínicas. Miles de criaturas debían estar apareciendo en ellos.
«Que las cuelguen en perchas -pensó sardónico-. Que las hacinen como leños, en atados. No necesitan cuidados. Sus cuerpecillos no son más que el recipiente de una indestructible chispa vital.»
Pasó ante dos chiquillos al parecer de la misma edad, tal vez unos diez años. Sus voces eran agudas. El cuerpo de uno de ellos brillaba bajo la luz no solar, de manera que se trataba de un retornado. El otro no. R. E. se detuvo a escucharles.
-Tuve la escarlatina -decía el desnudo.
-¡Sí, claro! -exclamó el vestido, con una chispa de envidia en la voz.
-Por eso morí.
-¿Ah, sí? ¿Qué te dieron, penicilina o aureomicina?
-¿De qué hablas?
-Son medicinas.
-Nunca oí hablar de ellas.
-Chico, pues no has oído hablar de mucho.
-Sé tanto como tú.
-Conque sí, ¿eh?
-A ver, ¿quién es el presidente de Estados Unidos?
-Warren Harding.
-Estás chiflado. Es Eisenhower.
-¿Quién es ése?
-¿No lo has visto nunca en la televisión?
-¿Qué es la televisión?
El chico vestido gritó como para romperle los tímpanos a cualquiera:
-Algo que, moviendo un botón, se ven artistas, películas, vaqueros, lanzamientos de cohetes y todo lo que se quiera.
-A ver, enséñamelo.
-No funciona en este momento -confesó tras una pausa el niño del presente.
El otro manifestó su enojo, gritando a su vez:
-Lo que pasa es que no ha funcionado nunca. Eres un embustero.
R. E. se encogió de hombros y siguió adelante.
Los grupos escaseaban al acercarse al cementerio. Todos se encaminaban a la ciudad, desnudos.
Un hombre le detuvo. De aspecto jovial, con la piel sonrosada y el cabello blanco, se le veían las marcas de los lentes a ambos lados del puente de la nariz, aunque no los llevaba.
-Se le saluda, amigo -dijo.
-¡Hola! -respondió R. E.
-Usted es el primer hombre vestido que veo. Supongo que estaba vivo cuando sonó la trompeta.
-En efecto.
-Bien, ¿no le parece grande todo esto? ¿No lo encuentra maravilloso y extraordinario? Venga, regocíjese conmigo.
-Le gusta a usted esto, ¿verdad?
-¿Gustar? Una alegría pura y radiante me colma. Estamos rodeados por la luz del primer día, la luz que resplandecía suave y serenamente antes que fueran creados el Sol, la Luna y las estrellas. Usted debe conocer el Génesis, claro. Hay el dulce calor que debió ser uno de los mayores deleites del Edén, no el enervante de un sol implacable, ni el asalto del frío en su ausencia. Hombres y mujeres andan por las calles sin ropa alguna y no se avergüenzan. Todo está bien, amigo, todo está bien.
-Desde luego, es un hecho que no me ha impresionado el despliegue femenino.
-Pues claro que no -corroboró el otro-. El deseo y el pecado, tal como lo recordamos de nuestra existencia terrenal, ya no existen. Permítame que me presente, amigo, tal como fui en otros tiempos. Mi nombre en la Tierra fue Winthrop Hester. Nací en 1812 y morí en 1884, tal como entonces contábamos el tiempo. A lo largo de los últimos cuarenta años de mi vida, laboré para conducir mi pequeño rebaño hasta el Reino. Ahora podré contar los que gané para él.
R. E. contempló con solemnidad al ministro de la Iglesia.
-Lo más probable es que no haya habido ningún Juicio todavía.
-¿Por qué no? El Señor ve en el interior de cada hombre, y en el mismo instante en que todas las cosas del mundo cesaron, todos fueron juzgados. Nosotros somos los salvos.
-Pues deben haberse salvado muchos.
-Por el contrario, hijo mío, los salvos no son sino un resto.
-Un resto muy nutrido... Por lo que puedo colegir, todo el mundo vuelve a la vida. Y he visto en la ciudad algunos personajes muy desagradables tan vivos como usted.
-Un arrepentimiento de último momento...
-Yo nunca me he arrepentido.
-¿De qué, hijo mío?
-Del hecho de no haber asistido nunca a la iglesia.
Winthrop Hester se echó atrás presuroso.
-¿Fue usted bautizado alguna vez?
-No, que yo sepa.
Winthrop Hester tembló.
-Pero seguro que creyó en Dios.
-Bueno. Creí una serie de cosas sobre Él que probablemente le espantarían si se las dijera.
Whinthrop Hester se dio la vuelta y se marchó presa de gran agitación.
En lo que quedaba de camino hasta el cementerio (R. E. no tenía medios de calcular el tiempo ni se le ocurrió intentarlo), nadie más le detuvo. Halló el cementerio casi vacío, sin árboles ni hierba. Pensó que no quedaba ya verdor en el mundo; el mismo suelo presentaba un gris duro e informe, sin granulación; el firmamento, una blancura luminosa. Sin embargo, las lápidas subsistían.
Sobre una de ellas se hallaba sentado un hombre flaco y con arrugas, de largo cabello negro y una mata de pelo, más corto, aunque más impresionante, en el pecho y la parte superior de los brazos. Le llamó con profunda voz:
-¡Eh, usted!
-Hola -dijo R. E., sentándose en otra lápida vecina.
El del pelo negro dijo:
-Su indumentaria tiene un aspecto muy raro. ¿En qué año ha sucedido esto?
-En 1957.
-Yo morí en 1807. ¡Curioso! Esperaba que a estas alturas me habría convertido en un buen churrasco, con las llamas eternas brotando de mis entrañas.
-¿No piensa venir a la ciudad?
-Me llamo Zeb -dijo el otro-. Abreviatura de Zebulón, pero con Zeb basta. ¿Qué tal la ciudad? ¿Habrá cambiado un poco, supongo?
-Ha llegado a los cien mil habitantes.
La boca de Zeb dibujó algo semejante a un bostezo.
-¡Vaya! ¿Más que Filadelfia...? Usted bromea.
-Filadelfia tiene... -R. E. se detuvo. Exponer la cifra no serviría de nada. En vez de ello, dijo-: Ha crecido lo normal en una ciudad durante ciento cincuenta años...
-¿El país también?
-Ahora tenemos cuarenta y ocho estados. Lo ocupamos todo hasta el Pacífico.
-¡No me diga! -Zeb se dio una fuerte palmada de contento en el muslo y respingó ante la ausencia de tela que hubiera atenuado el golpe-. Me iría al oeste si no se me necesitara aquí. Sí, señor -su cara se ensombreció, y sus delgados labios tomaron un rictus de definida inflexibilidad-. Sí, me quedaré aquí, donde soy necesario.
-¿Por qué es necesario?
La explicación surgió con breve y duro laconismo.
-¡Indios!
-¿Indios?
-Millones de ellos. Primero las tribus que combatimos y liquidamos, y encima las que nunca vieron a un hombre blanco. Todos ellos están volviendo a la vida. Necesitaré a mis viejos camaradas. Ustedes, los tipos de la ciudad, no valen para eso... ¿Ha visto alguna vez a un indio?
-Últimamente no.
Zeb esbozó un gesto de desprecio e intentó escupir a un lado, pero no encontró saliva para ello.
-Más vale que regrese a la ciudad -dijo-. Dentro de poco, no habrá la menor seguridad por estos parajes. Desearía tener mi mosquetón.
R. E. se puso en pie, meditó un momento, se encogió de hombros y se dirigió a la ciudad. La lápida sobre la que había estado sentado se desplomó al levantarse, convirtiéndose en polvo de piedra gris, que se amalgamó con la tierra informe. Miró en derredor. La mayoría de las lápidas habían desaparecido. El resto no tardaría en hacerlo. Sólo la que estaba bajo Zeb parecía aún firme y fuerte.
R. E. echó a andar. Zeb ni siquiera se volvió para mirarle. Seguía inmóvil y en calma, en espera... de los indios.

Etheriel se zambulló a través de los cielos con temeraria celeridad. Los ojos de los Ascendientes se hallaban posados sobre él, lo sabía. Desde el serafín creado en último lugar, pasando por los querubines y los ángeles, hasta el más elevado de los arcángeles, todos debían estar contemplándole.
Había llegado ya más arriba que ningún Ascendiente estuviera nunca sin ser invitado, y esperaba el palpitar del Verbo que reduciría sus vórtices a la nada.
Mas no vaciló. A través del no-espacio y el no-tiempo se precipitó hacia la unión con el Móvil Primero, la sede que circundaba todo lo que Es, Fue, Sería, Había Sido, Podía Ser y Debía Ser.
Y al pensarlo, irrumpió y se fundió con él, expandiéndose su ser de manera que, por un instante, formó parte del Todo. Sin embargo, de un modo misericorde, sus sentidos se velaron, y el Jefe se convirtió en una queda voz en su interior, tenue pero tanto más impresionante en su infinita plenitud.
-Hijo mío -dijo la voz-, ya sé por qué has venido.
-Entonces ayúdame, si tal es tu voluntad.
-Por mi propia voluntad, un acto mío es irrevocable. Todo tu género humano, hijo mío, anhelaba vivir. Todos temían la muerte. Todos albergaban y desarrollaban pensamientos y sueños de vida ilimitada. No dos grupos de hombres, no dos hombres aislados. Todos desarrollaban la misma idea de la vida futura, todos deseaban vivir. Se pedía que fuese el común denominador de todos esos deseos... de vida eterna. Y accedí.
-Ningún servidor tuyo presentó la solicitud.
-La presentó el Adversario, hijo mío.
La débil gloria de Etheriel desfalleció. Murmuró en voz baja:
-Soy polvo a tu vista e inmerecedor de estar en tu presencia, pero debo hacerte una pregunta. ¿También el Adversario es tu servidor?
-Sin él, no podría tener ningún otro -repuso el Jefe-. ¿Pues qué es el Bien sino la lucha eterna contra el Mal?
«Y en esa lucha -pensó Etheriel-, yo he perdido.»

R. E. se detuvo a la vista de la ciudad. Los edificios se estaban derrumbando. Los de madera eran ya montones de astillas. Se dirigió al más próximo de tales hacinamientos y halló las astillas polvorientas y secas.
Penetró más profundamente en la ciudad y vio que las casas de ladrillo se mantenían aún en pie, si bien los ladrillos presentaban una siniestra redondez en los bordes, un amenazador descascarillamiento.
-No durarán mucho -dijo una voz profunda-, pero hasta cierto punto supone un consuelo saber que al derrumbarse no matarán a nadie.
R. E. alzó la vista sorprendido y se halló cara a cara con un cadavérico Don Quijote de deprimidas mandíbulas y hundidas mejillas. Sus ojos eran tristes; su cabello, castaño y lacio. La ropa le colgaba flojamente, y la piel asomaba a través de varios desgarrones.
-Mi nombre es Richard Levine -dijo el individuo-. Era profesor de historia..., antes que esto ocurriera.
-Va usted vestido -observó R. E.-. Así que no es uno de los resucitados.
-No, pero esa señal que me diferencia va desapareciendo. La ropa se cae a jirones.
R. E. observó a la muchedumbre que pasaba, moviéndose lentamente y sin meta, como polillas bajo un rayo de sol. En efecto, pocos llevaban ropa. Se miró la suya y por primera vez reparó en que se había desprendido ya la costura lateral de las perneras de sus pantalones. Tomó entre pulgar e índice la tela de su chaqueta, y la lana se desmenuzó con facilidad.
-Me parece que tiene usted razón -dijo a Levine.
-Y si se fija, verá también que Mellon's Hill está quedando raso -prosiguió el profesor de historia.
R. E. dirigió la mirada al norte, donde las mansiones de la aristocracia -toda la aristocracia que había en la ciudad- festoneaban las laderas de Mellon's Hill, y halló casi liso el horizonte.
-Al final -anunció Levine-, todo se reducirá a una planicie, sin ningún rasgo característico. La nada..., y nosotros.
-Y los indios -añadió R. E.-. Hay un hombre al exterior de la ciudad que los espera. No hace más que clamar por un mosquetón.
-Imagino que los indios no nos causarán ninguna desazón. No hay placer alguno en combatir a un enemigo al que no se puede matar o herir. Y aunque se pudiera, el anhelo de batalla habría desaparecido, como todos los anhelos.
-¿Está usted seguro?
-Segurísimo. Aunque no se lo imagine al mirarme, antes que todo esto aconteciera, me causaba un gran e inofensivo placer la contemplación de una figura femenina. Ahora, pese a las oportunidades sin par a mi disposición, me siento irritantemente falto de interés. No, no es cierto... Ni siquiera me causa irritación mi desinterés.
R. E. lanzó una breve ojeada a los transeúntes.
-Ya sé lo que quiere decir.
-La venida de los indios aquí no significa nada comparada con lo que debe ser la situación en el Viejo Mundo -prosiguió Levine-. Ya en las primeras horas de la Resurrección, sin duda volvieron a la vida Hitler y su Wehrmacht. Ahora deben hallarse en compañía y mezcolanza con Stalin y el Ejército Rojo, en todo el camino que va desde Berlín a Stalingrado. Para complicar la situación, llegarán los káiseres y los zares. Los hombres de Verdún y el Some volverán a los antiguos campos de batalla. Napoleón y sus mariscales se desparramarán por la Europa occidental. Y Mahoma habrá vuelto para ver lo que épocas posteriores han hecho del Islam, mientras que los santos y los apóstoles estudiarán las sendas de la cristiandad. Y hasta los mongoles, pobrecillos, los Kanes de Temujin a Aurangzeb, recorrerán desamparados las estepas, en anhelante búsqueda de caballos.
-Como profesor de historia, lo lógico es que anhele también estar allí para observar.
-¿Cómo podría estar allí? La posición de todo hombre en la Tierra queda limitada ahora a la distancia que puede recorrer caminando. No hay máquinas de ninguna especie y, como he mencionado ya, tampoco caballos ni cabalgadura alguna. Y al fin y al cabo, ¿qué cree que encontraría en Europa de todos modos? Apatía, igual que aquí.
El sordo ruido de una caída hizo que R. E. girase en redondo. El ala de un edificio de ladrillo próximo a ellos se había derrumbado. A ambos lados, entre el polvo, había cascotes. Sin duda, alguno de ellos le había golpeado sin que se diera cuenta.
-Encontré a un hombre que pensaba que todos habíamos sido ya juzgados y estábamos en el cielo -dijo.
-¿Juzgados? Sí, me imagino que lo estamos. Nos enfrentamos ahora a la eternidad. No nos queda ningún universo, ni fenómenos exteriores, ni emociones, ni pasiones. Nada, sino nosotros mismos y el pensamiento. Nos enfrentamos a una eternidad de introspección, cuando nunca, a lo largo de la historia, hemos sabido qué hacer de nosotros mismos en un domingo lluvioso.
-Parece como si la situación le molestara.
-Mucho más que eso. Las concepciones dantescas del infierno eran pueriles e indignas de la imaginación divina. Fuego y tortura... El hastío es mucho más sutil. La tortura interior de una mente incapaz de escapar de sí misma en modo alguno, condenada a pudrirse en la exudación de su propio pus mental por toda la eternidad resulta mucho más refinada. Sí, amigo mío, hemos sido juzgados..., y condenados. Y esto no es el cielo, sino el infierno.
Levine se levantó, con los hombros abrumados por el decaimiento, y se marchó.
R. E. miró pensativo en derredor y asintió con la cabeza. Estaba convencido.

El reconocimiento del propio fracaso duró sólo un instante en Etheriel. De pronto, alzó su ser tan brillante y elevadamente como osó en presencia del Jefe, y su gloria fue una pequeña mota de luz en el infinito Móvil Primero.
-Si debe cumplirse tu voluntad -dijo-, no pido que renuncies a ella, sino que la colmes.
-¿De qué modo, hijo mío?
-El documento aprobado por el Consejo de Ascendientes y firmado por Ti señala el Día de la Resurrección para una hora específica de un día determinado del año 1957, según el cómputo del tiempo de los terrestres.
-Así es.
-Pero la fijación de la fecha es impropia. En efecto, ¿qué significa 1957? Para la cultura dominante en la Tierra, significa que transcurrieron mil novecientos cincuenta y siete años después del nacimiento de Jesucristo, cosa muy cierta. Sin embargo, desde el instante en que insuflaste la existencia a la Tierra y al Universo, han pasado 5.960 años. Y basándose en la evidencia interna de tu creación dentro de este universo, han pasado cerca de cuatro billones de años. ¿Cuál es por lo tanto el año impropio, el 1957, el 5960 o el 4000000000000? Y no es eso todo. El año 1957 después de Jesucristo coincide con el 7474 de la era bizantina y con el 5716 según el calendario judío. Igualmente, corresponde al año 2708 desde la fundación de Roma, en caso que adoptemos el calendario romano, y al 1375 en el calendario mahometano, y al 180 de la independencia de Estados Unidos... Así que te pregunto humildemente: ¿no te parece que un año mencionado como 1957, sin especificar más, resulta impropio y sin significado alguno?
La voz profunda, sosegada y tenue, a la par que intensa, del Jefe repuso:
-Siempre supe eso, hijo mío. Eras tú quien tenías que aprenderlo.
-Entonces -rogó Etheriel, con un luminoso temblor de alegría-, haz que se cumpla tu designio al pie de la letra y, en consecuencia, que el Día de la Resurrección recaiga, en efecto, en el 1957 prescripto, pero sólo cuando todos los habitantes de la Tierra acuerden por unanimidad que un año determinado, y ningún otro, corresponde a 1957.
-Así sea -asintió el Jefe.
Y su Verbo recreó la Tierra y todo cuanto contenía, junto con el Sol, la Luna y todos los demás huéspedes del cielo.

Eran las siete de la mañana del 1 de enero de 1957 cuando R. E. Mann se despertó sobresaltado. El comienzo de la melodiosa nota que debía haber llenado el Universo había sonado y sin embargo no había sonado.
Por un instante, enderezó la cabeza, como si quisiera hacer penetrar en ella la comprensión. Luego, cruzó por su rostro un leve gesto de rabia, que se desvaneció muy pronto. No había sido más que otra batalla.
Se sentó ante su escritorio para componer el siguiente plan de acción. La gente hablaba ya de la reforma del calendario y había que apoyarla. Una nueva era debía comenzar el 2 de diciembre de 1944. Algún día llegaría el nuevo año 1957. El 1957 de la era atómica, reconocido como tal por todo el mundo.
Una extraña luz fulguró en su cerebro, mientras los pensamientos se sucedían en su mente más que humana. Y dos pequeños cuernos, uno en cada sien, parecieron dibujarse en la sombra de Ahrimán proyectada en la pared *.
*_ En inglés, R. E. Mann se pronuncia de manera muy semejante a Ahrimán (N. del T.).



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Treta tridimensional
Isaac Asimov


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-Vamos, vamos -dijo Shapur con bastante cortesía, considerando que se trataba de un demonio-. Está usted desperdiciando mi tiempo. Y el suyo propio también, podría añadir, puesto que sólo le queda media hora.
Y su rabo se enroscó.
-¿No es desmaterialización? -preguntó caviloso Isidore Wellby.
-Ya le he dicho que no.
Por centésima vez, Wellby miró el bronce que le rodeaba por todas partes sin solución de continuidad. El demonio se había permitido el impío placer (¿de qué otra clase iba a ser?) de señalar que el piso, el techo y las cuatro paredes carecían de rasgos diferenciales, y estaban formados todos ellos por planchas de bronce de sesenta centímetros soldadas sin unión.
Era la última estancia cerrada, y Wellby disponía sólo de otra media hora para salir de ella. El demonio le contemplaba con expresión de concentrada anticipación.

Isidore Wellby había firmado diez años antes, que se cumplían aquel día.
-Pagamos de antemano -insistió Shapur en tono persuasivo-. Diez años de todo cuanto desee, dentro de lo razonable. Al final, pasará a ser un demonio. Uno de los nuestros, con un nuevo nombre de demoníaca potencia y todos los privilegios que eso incluye. Apenas se dará cuenta que está condenado. De todos modos, aunque no firme, tal vez acabe igual en el fuego, por el simple curso de los acontecimientos. Nunca se sabe... Fíjese en mí. No lo hago tan mal. Firmé, disfruté de mis diez años, y aquí estoy. No lo hago tan mal.
-En ese caso, si puedo terminar por condenarme, ¿por qué se muestra tan ansioso para que firme? -preguntó Wellby.
-No resulta fácil reclutar directivos para el infierno -respondió el demonio con un franco encogimiento de hombros, que intensificó el débil olor a bióxido sulfúrico que se advertía en el aire-. Todo el mundo especula para llegar al cielo. Una pobre especulación, pero así es. Yo creo que usted es demasiado sensible para eso. Pero entretanto nos encontramos con más almas condenadas de las que somos capaces de atender y una creciente penuria en el plano administrativo.
Wellby, que acababa de ser licenciado del ejército con muy poco entre las manos, a excepción de una cojera y la carta de despedida de una muchacha a la que en cierto modo amaba aún, se pinchó el dedo y suspiró.
Lógicamente, leyó primero el pequeño impreso. Tras la firma con su sangre, se depositaría en su cuenta cierta cantidad de poder demoníaco. No sabía en detalle cómo se manejaban aquellos poderes, ni siquiera la naturaleza de los mismos. Sin embargo, vería colmados sus deseos de tal modo que parecerían el producto de mecanismos perfectamente normales.
Desde luego, no se cumpliría ningún deseo que interfiriese con los designios superiores y con los propósitos de la historia humana. Wellby enarcó las cejas ante esta cláusula.
Shapur carraspeó.
-Una precaución que nos ha sido impuesta por..., ¡ejem!..., Arriba. Sea razonable. La limitación no le supondrá obstáculo alguno.
-Parece también una cláusula trampa.
-Algo de eso, sí. Después de todo, debemos comprobar sus aptitudes para el puesto. Como ve, se establece que, al finalizar sus diez años, deberá ejecutar una tarea para nosotros, una labor que sus poderes demoníacos le harán perfectamente posible realizar. No le diremos aún la naturaleza de esa tarea, pero dispondrá de diez años para estudiar sus poderes. Considere toda la cuestión como un examen de ingreso.
-Y si no paso la prueba, ¿qué?
-En tal caso -respondió el demonio-, será usted una vulgar alma condenada. .-Y como al fin y al cabo era demonio, sus ojos fulguraron humeantes ante la idea, y sus ganchudos dedos se retorcieron como si los sintiera ya profundamente clavados en las partes vitales de su interlocutor. No obstante, añadió con suavidad-: ¡Oh, vamos! La prueba será sencilla. Preferimos tenerle como directivo que como un alma más en nuestras manos.
A Wellby, sumido en melancólicos pensamientos sobre su inasequible amada, le importaba muy poco por el momento lo que sucedería al cabo de diez años. Firmó.
Los diez años pasaron rápidamente. Como el demonio había predicho, Isidore Wellby se mostró razonable y las cosas marcharon bien. Aceptó un trabajo y, como aparecía siempre en el momento adecuado y en el lugar oportuno y siempre decía la palabra apropiada al hombre apropiado, alcanzó pronto un puesto de gran autoridad.
Las inversiones que hacía resultaban invariablemente beneficiosas. Y lo más gratificante fue que su chica volvió a él con el arrepentimiento más sincero y la más satisfactoria adoración.
Su casamiento fue feliz y bendecido con cuatro criaturas, dos varones y dos hembras, todos ellos inteligentes y con un comportamiento razonable. Al final de los diez años, se hallaba en la cúspide de su autoridad, reputación y riqueza, en tanto que su mujer, al madurar, se había vuelto todavía más bella.
Y a los diez años (en el día justo, naturalmente) de establecer el pacto, se despertó para encontrarse, no en su dormitorio, sino en una horrible cámara de bronce de la más espantosa solidez, sin más compañía que la de un ávido demonio.
-Todo lo que tiene que hacer es salir de aquí y se convertirá en uno de los nuestros -le explicó Shapur-. Lo conseguirá con facilidad empleando con lógica sus poderes demoníacos, siempre que sepa cómo manejarlos. A estas alturas, debería saberlo.
-Mi mujer y mis pequeños se inquietarán mucho por mi desaparición -dijo Wellby, con un comienzo de arrepentimiento.
-Hallarán su cadáver -manifestó el demonio en tono de consuelo-. Habrá muerto al parecer de un ataque al corazón. Celebrarán unos funerales magníficos. El sacerdote anunciará su subida al cielo, y nosotros no le desilusionaremos, como tampoco a quienes le estén escuchando. Vamos, Wellby, dispone usted de tiempo hasta el mediodía.
Wellby, que se había acorazado en su inconsciente durante los diez años para este momento, se sintió menos asaltado por el pánico de lo que podía haberlo estado. Miró inquisitivo a su alrededor.
-¿Está herméticamente cerrada esta habitación? ¿No hay aberturas secretas?
-Ninguna en paredes, piso o techo -dijo el demonio con deleite profesional ante su obra-. Ni tampoco en las intersecciones de cualquiera de las superficies. ¿Va a renunciar?
-No, no. Deme tan sólo tiempo.
Wellby meditó intensamente. No había señal alguna de cierre en la estancia. Sin embargo, se notaba como una corriente de aire. Tal vez penetrase por desmaterialización a través de las paredes. Quizá también el demonio había entrado así. Estaba en lo posible que él, Wellby, pudiera desmaterializarse para salir. Lo preguntó.
El demonio le respondió con una risita entre sus dientes afilados.
-La desmaterialización no forma parte de sus poderes. Ni tampoco la empleé yo para entrar.
-¿Está seguro?
-La cámara es de mi propia creación -manifestó petulante el demonio-. La construí especialmente para usted.
-¿Y penetró desde el exterior?
-Así fue.
-¿Y yo también podría hacerlo con los poderes demoníacos que poseo?
-En efecto. Mire, seamos precisos. No puede moverse a través de la materia, pero sí en cualquier dimensión, por un simple esfuerzo de su voluntad. Arriba y abajo, a derecha e izquierda, oblicuamente, etcétera, mas no atravesar la materia en modo alguno.
Wellby siguió cavilando, mientras Shapur le señalaba la suma e inconmovible solidez de las paredes de bronce, del piso y del techo, y su inquebrantable acabado.
A Wellby le pareció obvio que Shapur, por mucho que creyera en la necesidad de reclutar directivos, estaba pura y simplemente conteniendo su demoníaco placer ante la posibilidad de ver en sus garras una vulgar alma condenada, para jugar con ella al gato y al ratón.
-Cuando menos -dijo Wellby, con afligido intento de aferrarse a la filosofía-, me quedará el consuelo de pensar en los diez felices años que disfruté. Seguro que eso significará un alivio y un consuelo hasta para un alma condenada en el infierno.
-En absoluto -denegó el demonio-. ¿Qué clase de infierno sería si se permitiesen consuelos? Todo cuanto uno obtiene en la Tierra por pacto con el diablo, como en su caso (o el mío), es punto por punto lo mismo que se habría logrado sin tal pacto, de haber trabajado con laboriosidad y plena confianza en... Arriba. Eso es lo que transforma tales convenios en algo tan auténticamente demoníaco.
Y el demonio rió con una especie de regocijado aullido.
Wellby exclamó lleno de indignación:
-¿Quiere decir que mi mujer hubiese vuelto a mí aunque no hubiese firmado el contrato?
-Está en lo posible -respondió Shapur-. Todo cuanto sucede es por voluntad de... Arriba. Ni siquiera nosotros podemos cambiar eso.
El pesar de aquel momento debió agudizar los sentidos de Wellby, pues fue entonces cuando se desvaneció, dejando la habitación vacía, excepto por la presencia de un sorprendido demonio. Y la sorpresa de éste se tornó furia cuando reparó en el contrato con Wellby que había estado sosteniendo en su mano hasta aquel momento para la acción final, en un sentido o en otro.

Diez años (día por día, claro) después que Isidore Wellby hubiera firmado su pacto con Shapur, el demonio penetró en su despacho y le dijo con el mayor enojo:
-¡Mire aquí...!
Wellby alzó la vista de su trabajo, asombrado.
-¿Quién es usted?
-Sabe demasiado bien quién soy.
Y miró al hombre con ojos duros y penetrantes.
-En absoluto -respondió Wellby.
-Creo que dice la verdad, pero le refrescaré la memoria.
Y así lo hizo en el acto, detallando los acontecimientos de los últimos diez años.
-¡Ah, sí! -dijo Wellby-. Puedo explicarlo, desde luego, ¿pero está seguro que no seremos interrumpidos?
-No, no lo seremos -respondió ceñudo el demonio.
-Bueno, pues me hallaba en aquella cámara cerrada de bronce y...
-No me interesa eso. Lo que quiero es saber...
-¡Por favor! Déjeme que lo cuente a mi modo.
El demonio contrajo las mandíbulas y exhaló tal cantidad de bióxido sulfúrico que Wellby tosió y adoptó una expresión de sufrimiento.
-Si quisiera apartarse un poco... –rogó-. Gracias... Así, pues, me hallaba en aquella cámara cerrada de bronce y recuerdo que usted me exponía la ausencia de toda solución de continuidad en las cuatro pareces, el piso y el techo. Y se me ocurrió preguntarme por qué especificaba eso. ¿Qué más había, aparte de las paredes, el piso y el techo? Definía usted un espacio tridimensional, completamente circunscrito. Y eso era, en efecto. Tridimensional. La habitación no estaba incluida en la cuarta dimensión. No existía de forma indefinida en el pasado. Dijo que la había creado para mí. Pensé entonces que, si uno se trasladaba al pasado, llegaría a un punto en el tiempo, en el que no existía la cámara y, por lo tanto, se hallaría fuera de la misma. Más aún, usted había dicho que podía moverme en cualquier dimensión, y el tiempo se considera sin la menor duda una dimensión. En todo caso, tan pronto como decidí moverme hacia el pasado, me retrotraje a tremenda velocidad, y de repente el bronce desapareció.
Shapur clamó acongojado.
-Ya me lo imagino. No podría haber escapado de otra manera. Es ese contrato suyo lo que me preocupa. No se ha convertido en una vulgar alma condenada. De acuerdo, eso forma parte del juego. Pero al menos debe ser uno de los nuestros, un ejecutivo. Para eso se le pagó. Si no lo entrego abajo, me veré en un enorme lío.
Wellby se encogió de hombros.
-Lo siento por usted, desde luego, pero no puedo ayudarle. Debió haber creado la cámara de bronce inmediatamente después que yo estampara mi firma en el documento. Como no fue así, al salir de ella me encontré justo en el momento en que establecíamos nuestro convenio. Allí estaba usted de nuevo y allí estaba yo. Usted empujando el contrato hacia mí, y una pluma con la que me había de pinchar el dedo. Sin duda, al retroceder en el tiempo, el futuro se borró de mi recuerdo, pero no del todo al parecer. Al tenderme usted el contrato, me sentí inquieto. No recordé el futuro, pero me sentí inquieto. Por lo tanto, no firmé. Le devolví el contrato en blanco.
Shapur rechinó los dientes.
-Debí darme cuenta. Si las reglas de la probabilidad afectasen a los demonios, debiera haberme desplazado con usted a este nuevo mundo supuesto. Tal como han sucedido las cosas, todo cuanto me queda por decir es que ha perdido los diez años felices que le abonamos. Es un consuelo. Y ya le atraparemos al final. Otro consuelo.
-¿Ah, sí? -replicó Wellby-. ¿De modo que hay consuelos en el infierno? A través de los diez años que he vivido realmente, ignoré lo que quizá hubiera obtenido. Pero ahora que me trae usted a la memoria el recuerdo de «los diez años que pudieron haber sido», recuerdo también que en la cámara de bronce me dijo que los convenios demoníacos no daban nada que no se obtuviera mediante la laboriosidad y la confianza en... Arriba. He sido laborioso y he confiado.
Los ojos de Wellby se posaron sobre la fotografía de su bella esposa y los cuatro hermosos hijos. Luego, paseó la vista por el lujoso despacho, decorado con el mejor gusto.
-Puedo muy bien escapar por completo al infierno. También el decidir esto se halla fuera de su poder -añadió.
Y el demonio, lanzando un horrible chillido, se desvaneció para siempre
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ALGUNAS CASAS ENCANTADAS -- AMBROSE BIERCE - VARIOS RELATOS

Escrito por imagenes 21-05-2008 en General. Comentarios (0)

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ALGUNAS CASAS ENCANTADAS -- AMBROSE BIERCE - VARIOS RELATOS

AMBROSE BIERCE

ALGUNAS CASAS ENCANTADAS




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La Isla de los Pinos
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Durante muchos años, cerca de la ciudad de Gallipolis, Ohio, vivió un anciano llamado Herman Deluse. Poco se sabía de su vida, porque él no quería ni hablar de ella ni aguantar a los demás. Era creencia extendida entre sus vecinos que había sido pirata, aunque nadie sabía si ello se debía a que no existían más pruebas que su colección de garfios de abordaje, sus alfanjes y sus viejas pistolas de serpentín. Vivía completamente solo en una pequeña casa de cuatro habitaciones que se desmoronaba a pasos agigantados y en la que no se realizaba más reparación que la que exigían las condiciones meteorológicas. Se elevaba en medio de un gran pedregal cubierto de zarzamoras, con unas, cuantas parcelas cultivadas del modo más primitivo. Ésas eran sus únicas propiedades visibles, suficientes para vivir, pues sus necesidades eran pocas y elementales. Siempre disponía de dinero contante y sonante, y todas las compras que hacía en las tiendas de la plaza del pueblo las pagaba en efectivo, sin comprar más de dos o tres veces en el mismo sitio hasta que había pasado un lapso considerable de tiempo. Sin embargo, esta distribución tan equitativa de su patrimonio no recibía ningún elogio; la gente la consideraba un intento ineficaz de ocultar su riqueza. Que el anciano guardaba enterrada en algún lugar de su destartalada vivienda una enorme cantidad de oro adquirido de forma deshonrosa, era algo que ninguna persona sincera, al tanto de los hechos de la tradición local y con un sentido de la proporción de las cosas, podía poner en duda sensatamente.
El 9 de noviembre de 1867, el anciano murió; al menos su cadáver fue descubierto al día siguiente, y los médicos testificaron que la muerte había ocurrido en las veinticuatro horas precedentes. Cómo, es algo que no supieron decir, pues la autopsia mostraba que todos los órganos estaban sanos, sin ningún indicio de anomalía o violencia. En su opinión, la muerte debía haber tenido lugar al mediodía, ya que el cuerpo estaba en la cama. El veredicto judicial fue que aquel hombre «había encontrado la muerte por un castigo de Dios». El cuerpo fue enterrado y el administrador público se hizo cargo de la herencia.
Una investigación rigurosa no reveló nada nuevo acerca de aquel hombre muerto, y gran parte de las excavaciones llevadas a cabo en sus propiedades, aquí y allá, por sus solícitos y ahorradores vecinos, no dieron ningún fruto. El administrador cerró la casa hasta el momento en que los bienes, raíces y personales, fueran a ser vendidos de acuerdo con la ley, con vistas a sufragar en parte los gastos de tal venta.
La noche del 20 de noviembre fue borrascosa. Un tremendo vendaval sacudió los campos, azotándolos con una desoladora ventisca de nieve. Enormes árboles fueron arrancados de raíz y arrojados sobre los caminos. Nunca se había conocido en toda aquella región una noche tan tormentosa, aunque a la mañana siguiente el vendaval había amainado y amaneció un día claro y soleado. Hacia las ocho de la mañana, el reverendo Henry Galbraith, un conocido y muy estimado pastor luterano, llegó andando a su casa, que estaba a milla y media de la casa de Deluse. Mr. Galbraith venía de pasar un mes en Cincinnati. Había subido por el río en un vapor y, después de desembarcar en Gallipolis la tarde anterior, había conseguido una calesa y se había puesto en camino hacia su casa. La violencia de la tormenta le había retrasado toda la noche y por la mañana los árboles caídos le habían obligado a abandonar su medio de transporte y continuar el viaje a pie.
-Pero ¿dónde has pasado la noche? -le preguntó su esposa, una vez que había relatado su aventura brevemente.
-Con el viejo Deluse en la «Isla de los Pinos»* -fue su alegre respuesta-, y resultó bastante triste. No puso ninguna objeción a que me quedara, pero no conseguí que dijera una palabra en toda la noche.
Afortunadamente, y en interés de la verdad, estaba presente en la conversación Mr. Robert Mosely Maten, abogado y littérateur de Columbus, que era el autor de los deliciosos Mellowcraft Papers. Advirtiendo, aunque sin compartirlo, el asombro causado por la respuesta de Mr. Galbraith, este individuo ingenioso refrenó con un gesto las exclamaciones que naturalmente se habrían producido, y con voz tranquila preguntó:
-¿Cómo consiguió entrar allí?
Ésta es la versión que Mr. Maren dio de la respuesta de Mr. Galbraith:
-Vi una luz que se movía en el interior de la casa, y como no podía ver casi nada a causa de la nieve y, además, estaba medio congelado, me dirigí hacia la entrada y dejé mi caballo en el viejo establo, donde permanece todavía. Entonces llamé a la puerta. Al no recibir respuesta, entré. La habitación estaba a oscuras, pero tenía cerillas; encontré una vela y la encendí. Intenté entrar en la habitación de al lado, pero la puerta estaba atascada. El viejo no respondía a mis llamadas, aunque yo oía sus fuertes pisadas en el interior. No había fuego en la chimenea, de modo que hice uno, me eché en el suelo (sic) delante de él, apoyé la cabeza sobre el abrigo y me dispuse a dormir. Unos instantes después, la puerta que había intentado abrir cedió lentamente y el viejo entró con una vela en la mano. Me dirigí a él en tono amable, pidiéndole excusas por mi intromisión, pero no me prestó atención alguna. Parecía buscar algo, aunque sus ojos estaban inmóviles en sus órbitas. Tal vez andaba en sueños. Hizo un recorrido alrededor de la habitación y se fue de la misma manera que había entrado. Regresó a la habitación dos veces más antes de que me durmiera, actuando exactamente del mismo modo, y marchándose de nuevo como la primera vez. En los intervalos le oí deambular por la casa, pues sus pisadas resultaban claramente perceptibles cuando la tormenta aflojaba. Al despertar por la mañana ya se había ido.
Mr. Maren intentó hacer unas cuantas preguntas más, pero fue imposible contener las lenguas de los familiares por más tiempo. La historia de la muerte de Deluse y su posterior entierro salieron a la luz, con gran asombro por parte del buen pastor.
-La explicación de su aventura es muy sencilla -dijo Mr. Maren-. No creo que el viejo Deluse ande en sueños, al menos no en el actual; evidentemente, quien soñó fue usted.
Mr. Galbraith, considerado así el asunto, se vio obligado a asentir a regañadientes.
A pesar de todo, a última hora del día siguiente estos dos caballeros se encontraban, en compañía de un hijo del pastor, en el camino que hay delante de la casa del viejo Deluse. Allí dentro había luz; aparecía ora en una ventana, ora en otra. Los tres hombres avanzaron hacia la puerta. Al llegar a ella, del interior surgió una barahúnda de ruidos aterradores: un rechinar de espadas, de acero contra acero, acompañado de fuertes explosiones, como las de las armas de fuego, de gritos de mujeres, de maldiciones y gemidos lanzados por hombres en combate. Los investigadores se quedaron inmóviles por un momento, indecisos, asustados. Después, Mr. Galbraith probó a abrir la puerta. Estaba atrancada. Pero el pastor era un hombre valiente, un hombre, además, con una fuerza hercúlea. Retrocedió uno o dos pasos, se lanzó contra la puerta y, asestándole un golpe con el hombro derecho, la arrancó de su marco con un sonoro zambombazo. En un instante los tres hombres estaban en el interior. ¡Todo era oscuridad y silencio! No se oía más que el latido de sus corazones.
Mr. Maren se había provisto de fósforos y de una vela. Con cierta dificultad, causada por la emoción, consiguió alumbrar una luz con la que procedieron a explorar el lugar, recorriendo habitación por habitación. Todo se encontraba en perfecto orden, tal y como había sido dejado por el sheriff; nada había sido alterado. Una ligera capa de polvo cubría los objetos. La puerta trasera aparecía entreabierta, como por descuido, por lo que su primera idea fue que los autores de aquel terrible tumulto habían conseguido escapar. Abrieron la puerta del todo y la luz de la vela iluminó la superficie del exterior. El resultado ya concluido de la tormenta de la noche anterior había sido una somera capa de nieve. No había huella alguna. La blanca superficie estaba intacta. Entonces cerraron la puerta y se dirigieron hacia la última habitación de las cuatro que había en la casa, la más alejada, situada en una esquina del edificio. Al entrar en ella, la vela que Mr. Maten sostenía en la mano se apagó de repente, como por una corriente de aire.
Inmediatamente se oyó un fuerte impacto contra el suelo. Una vez que la vela fue encendida de nuevo a toda prisa, se pudo ver al joven Mr. Galbraith postrado en el suelo, no muy lejos de donde se encontraban los otros. Estaba muerto. Con una mano, el cuerpo agarraba un pesado saco de monedas que, tras un posterior examen, resultaron proceder de la vieja ceca española. Sobre el cuerpo yacente descansaba un tablero que había sido arrancado de sus sujeciones a la pared, y resultaba evidente que el saco había salido del hueco que allí quedaba.
Se llevó a cabo otra investigación judicial: la nueva autopsia tampoco consiguió revelar en esta ocasión las causas de la muerte. Una vez más, el veredicto de «castigo de Dios» dejó a todos la libertad de sacar sus propias conclusiones. Mr. Maten sostuvo que el joven Galbraith murió a causa de la emoción.
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Una tarea infructuosa
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Henry Saylor, que resultó muerto en Covington durante una discusión con Antonio Finch, fue un reportero del Commercial de Cincinnati. En 1859, una vivienda deshabitada de la calle Vine, en Cincinnati, se convirtió en centro de la inquietud local a causa de las extrañas visiones y sonidos que, según decían, podían observarse en ella por las noches. De acuerdo con el testimonio de muchos vecinos respetables, dichos fenómenos no concordaban más que con la hipótesis de que la casa estaba encantada. La multitud podía ver desde la acera cómo unas extrañas figuras entraban y salían del local. Nadie sabía decir exactamente en qué lugar del césped, desde el que se dirigían hacia la puerta principal, aparecían, ni por qué punto desaparecían al salir. Y, lo que es más, aunque cada espectador por separado estaba completamente seguro de esos acontecimientos, no había dos que coincidieran. Todos variaban en sus descripciones de las figuras. Algunos de los más osados elementos de aquella muchedumbre curiosa se aventuraron varias tardes a situarse en los escalones de entrada para impedirles el paso o, si no lo conseguían, para verles mejor. Estos valerosos individuos, según se decía, eran incapaces de derribar la puerta uniendo sus fuerzas y siempre resultaban arrojados de los escalones por un impulso invisible, gravemente heridos. Inmediatamente después, la puerta se abría, al parecer por sí sola, dejando entrar o salir a algún invitado fantasmal. Aquel local era conocido como la casa Roscoe, en la que durante algunos años había vivido una familia de tal nombre, cuyos miembros habían desaparecido uno tras otro, siendo una anciana la última en abandonar la casa. Las historias sobre acontecimientos horribles y asesinatos sucesivos habían abundado siempre, pero nunca se había comprobado su autenticidad.
En uno de aquellos días en que la agitación predominaba, Saylor se presentó en la redacción del Commercial para recibir instrucciones. Se le entregó una nota del directo; que decía lo siguiente: «Vaya a pasar la noche solo en la casa encantada de la calle Vine y si ocurre algo interesante redacte dos columnas.» Saylor obedeció a su superior: no podía permitirse el lujo de perder su puesto en el periódico.
Después de informar a la policía de sus intenciones, se introdujo en la casa por una ventana trasera antes del anochecer, recorrió las habitaciones desiertas, sin muebles, cubiertas de polvo y desoladas y, sentado en el salón sobre un viejo sofá que había llevado arrastrando desde otra habitación, observó cómo la oscuridad se imponía a medida que avanzaba la noche. Antes de que todo estuviera a oscuras, en la calle se congregó, como siempre, una multitud curiosa, silenciosa y expectante, en la que algún que otro bromista hacía gala de su incredulidad y valentía profiriendo comentarios desdeñosos o gritos obscenos. Nadie tenía conocimiento del ambicioso observador del interior. No se atrevía ni a encender un fósforo; las ventanas sin cortinas habrían revelado su presencia, sometiéndole al insulto y posiblemente a los golpes. Además, era demasiado concienzudo para hacer algo que pudiera debilitar sus impresiones o alterar cualquiera de las condiciones acostumbradas en las que se decía que se producían los hechos.
Había caído la noche, aunque la luz de la calle iluminaba parte de la habitación en la que se encontraba. Saylor había abierto todas las puertas del interior, las de arriba y las de abajo, pero las de fuera estaban cerradas y atrancadas. Unas repentinas exclamaciones de la muchedumbre le impulsaron a acercarse a una ventana y asomarse. Entonces vio la figura de un hombre que atravesaba el césped a toda prisa y se dirigía hacia el edificio. Le vio subir los escalones. Después quedó oculto por un saliente de la pared. Hubo un ruido, como si abrieran y cerraran la puerta del recibidor; oyó unas pisadas firmes y rápidas en el pasillo, por las escaleras y, finalmente, en la habitación sin alfombras que había inmediatamente encima de su cabeza.
Saylor sacó decididamente su pistola y, tras subir a tientas por las escaleras, entró en aquella habitación, débilmente iluminada desde la calle. Allí no había nadie. Entonces oyó pisadas en la habitación de al lado y entró en ella. Todo estaba oscuro y en silencio. Con el pie golpeó un objeto que había en el suelo; se arrodilló y lo tocó con la mano. Era una cabeza humana, de mujer. Tras agarrarla por los cabellos, aquel tipo de nervios de acero regresó a la habitación de abajo y acercó la cabeza a la ventana para examinarla atentamente. Mientras se dedicaba a ello, fue consciente del rápido abrir y cerrar de la puerta de entrada y de las pisadas que se oían a su alrededor. Al apartar la vista de aquel objeto fantasmal, se encontró rodeado por una multitud de hombres y mujeres a los que apenas podía ver; la habitación estaba inundada de ellos. Entonces creyó que la gente había entrado.
-Señoras y caballeros -dijo con serenidad-: ustedes me están viendo en unas circunstancias sospechosas, pero...
En ese momento su voz fue ahogada por unas carcajadas: unas carcajadas como las que se oyen en los manicomios. Las personas que se encontraban a su alrededor señalaban al objeto que tenía en la mano y su alborozo aumentó cuando Saylor lo dejó caer y fue rodando por entre sus pies. Entonces comenzaron a bailar alrededor de aquella cabeza con gestos grotescos y actitudes obscenas e indescriptibles. Le dieron patadas enviándola de un lado a otro de la habitación, y en su afán de golpearla, se empujaban y derribaban los unos a los otros. Maldecían, gritaban y cantaban fragmentos de canciones indecentes, mientras la maltratada cabeza iba dando saltos de acá para allá como si estuviera aterrorizada y quisiera escapar. Finalmente salió disparada por la puerta hacia el recibidor, seguida por todos los demás, dando lugar a una precipitación tumultuosa. En aquel momento la puerta se cerró con un fuerte golpe y Saylor se quedó solo en medio de un silencio sepulcral.
Guardó con cuidado la pistola, que había estado en sus manos todo el rato, y se dirigió a la ventana para asomarse. La calle estaba desierta y en silencio. Las luces se habían apagado. Los tejados y las chimeneas de las casas se recortaban nítidamente en el Este a la luz del amanecer. Salió de la casa (la puerta cedió con facilidad a su empuje) y se encaminó hacia la redacción del Comercial. El director estaba todavía en su despacho, dormido. Saylor le despertó y dijo:
-Vengo de la casa encantada.
El director le miró sin comprender, como si aún estuviera dormido.
-¡Dios mío! -exclamó-, pero ¿eres tú, Saylor?
-Claro, ¿por qué no?
El director no respondió, pero siguió mirándole.
-Pasé la noche allí..., según parece -añadió Saylor.
-Dicen que las cosas estuvieron extraordinariamente tranquilas ahí fuera -señaló el director jugueteando con un pisapapeles sobre el que había posado la vista-, ¿ocurrió algo?
-Nada en absoluto.
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Una parra sobre una casa
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A unas tres millas de la pequeña ciudad de Norton, en Missouri, en el camino que lleva a Maysville, se levanta una vieja casa que fue habitada por última vez por una familia llamada Harding. Desde 1886 no ha vivido nadie allí, y no es probable que nadie vuelva a hacerlo. El tiempo y la condena de los que por allí habitan la están convirtiendo en una ruina bastante pintoresca. Un observador no familiarizado con su historia ni siquiera la incluiría en la categoría de «casas encantadas»; y sin embargo ésa es la reputación de que goza en la región que la rodea. Las ventanas no tienen cristales, y no hay puertas en las entradas. Hay grandes grietas en el tejado de madera y los tablones son de un color gris pardo por falta de pintura. Pero estos indefectibles signos de lo sobrenatural están ocultos en parte y bastante suavizados por el abundante follaje de una enorme parra que recorre toda la estructura. Esta parra, de una especie que ningún botánico ha conseguido nombrar, desempeña un papel importante en la historia de la casa.
La familia Harding estaba formada por Robert Harding, su esposa Matilda, Miss Julia Went, hermana de aquélla, y dos niños. Robert Harding era un hombre callado, de costumbres reservadas, sin amigos en la vecindad y, al parecer, sin intención de hacerlos. Tenía unos cuarenta años, era comedido y diligente, y se ganaba la vida con una pequeña granja, actualmente cubierta de maleza y de zarzamoras. Él y su cuñada eran bastante criticados por sus vecinos, a quienes les parecía que andaban demasiado tiempo juntos. El vecindario no era culpable del todo, porque en aquellos momentos ninguno de los dos refutaba tal observación. El código moral de los campos de Missouri es rígido y severo.
Mrs. Harding era una mujer amable y de aspecto triste, a la que le faltaba el pie izquierdo.
Un cierto día de 1884 se supo que había ido a Iowa a visitar a su madre. Esto era lo que su marido contestaba cuando se le preguntaba, y su forma de decirlo no suponía ningún estímulo para seguir preguntando. Mrs. Harding nunca regresó, y dos años más tarde, sin vender la granja o alguna de sus posesiones, ni nombrar un agente que se encargara de sus intereses o se llevara sus enseres domésticos, Harding abandonó la casa con el resto de la familia. Nadie supo dónde había ido; ni a nadie le preocupaba en aquella época. Naturalmente, todos los objetos móviles de la casa desaparecieron enseguida y la casa abandonada se convirtió en «encantada» a su manera.
Una tarde estival, cuatro o cinco años después, el reverendo J. Gruber, de Norton, y un abogado llamado Hyatt se encontraron a caballo delante de la casa de Harding. Como tenían negocios que discutir ataron los animales y se dirigieron hacia la casa, en cuyo porche se sentaron a charlar. Hicieron algún comentario jocoso sobre la misteriosa reputación de la casa, pero la olvidaron enseguida y se pusieron a hablar de sus asuntos hasta que se hizo casi de noche. Hacía un calor agobiante y no se movía una mota de aire.
En ese momento los dos hombres, sorprendidos, se pusieron en pie de un salto: una larga parra, que cubría la mitad de la fachada de la casa y cuyas ramas colgaban del borde superior del porche, se agitaba de un modo que resultaba visible y audible, sacudiendo violentamente el tallo y todas las hojas.
-Vamos a tener tormenta -comentó Hyatt.
Gruber, sin decir nada, dirigió la atención de Hyatt hacia el follaje de los árboles cercanos, que no se movían; hasta los débiles extremos de las ramas que destacaban sobre el cielo claro estaban inmóviles. Rápidamente, bajaron los escalones que llevaban a lo que había sido una pequeña pradera de césped y dirigieron la vista hacia arriba, hacia la parra, cuya total longitud era ahora visible. Seguía agitándose violentamente, pero no podían comprender la causa de tal trastorno.
-Marchémonos -dijo el pastor.
Y eso hicieron. Olvidaron que habían venido en direcciones opuestas y se marcharon juntos. Llegaron a Norton, donde contaron su extraña experiencia a varios amigos discretos. Al día siguiente por la tarde, más o menos a la misma hora, acompañados por otras dos personas cuyos nombres no se recuerda, se encontraban de nuevo en el porche de la casa Harding y el fenómeno se produjo una vez más: la parra se agitaba violentamente, como demostró un cuidadoso examen, desde la raíz hasta la punta, y ni siquiera uniendo sus fuerzas sobre el tronco consiguieron calmarla. Después de estar observándola durante una hora, se retiraron, no menos inteligentes, según se cree, que cuando habían llegado.
No hizo falta mucho tiempo para que estos hechos singulares provocaran la curiosidad de toda la vecindad. De día y de noche, multitud de personas se congregaban en la casa Harding «buscando alguna señal». No parece probable que alguien la encontrara, aunque los testimonios mencionados resultaban tan creíbles que nadie puso en duda la realidad de las «manifestaciones» de las que ellos daban fe.
Ya fuera por una feliz inspiración o por un afán destructivo, un día se propuso (nadie parecía saber de quién partió la idea) arrancar la parra y, tras un caluroso debate, así se hizo. Sólo se encontró la raíz y, sin embargo, nada podría haber resultado más extraño.
Desde el tronco, que tenía en la superficie un diámetro de varias pulgadas, la raíz se hundía, sencilla y recta, unos cinco o seis pies en un terreno suelto y friable; después se dividía y subdividía en raicillas, fibras y filamentos, entrelazados de un modo extraño. Una vez que se les hubo sacado cuidadosamente del suelo, mostraron una disposición singular. Sus ramificaciones y plegamientos sobre sí mismas formaban una red compacta, que recordaba sorprendentemente en su forma y tamaño a una figura humana. Allí estaban la cabeza, el tronco y las extremidades; hasta los dedos de los pies y manos aparecían claramente definidos. Muchos afirmaban ver en la distribución y disposición de las fibras de la masa globular que formaba la cabeza la insinuación grotesca de un rostro. La figura era horizontal; las raíces más pequeñas habían comenzado a unirse a la altura del pecho.
En su parecido con una forma humana, la imagen era sin embargo imperfecta. A unas diez pulgadas de una de las rodillas, los cilia que formaban aquella pierna se doblaban bruscamente hacia atrás y hacia dentro sobre la línea de crecimiento. A la figura le faltaba el pie izquierdo.
No había más que una conclusión, la única posible. Pero, debido a la emoción subsiguiente, se propusieron tantas formas de proceder como número de consejeros incapaces había. El asunto fue resuelto por el sheriff del condado que, en su condición de custodio legal de la hacienda abandonada, ordenó que se volviera a colocar la raíz en su sitio y se la cubriera con la tierra que había sido extraída.
Una posterior investigación sacó a la luz un único hecho importante y significativo: Mrs. Harding nunca había visitado a sus parientes de Iowa, ni ellos tenían noticia de que fuera a hacer tal cosa.
De Robert Harding y del resto de la familia no se ha vuelto a saber nada. La casa conserva su reputación funesta, aunque la parra que se volvió a plantar sea un vegetal metódico y formal, debajo del cual le gustaría sentarse a una persona nerviosa en una noche tranquila, cuando las chicharras hacen rechinar su revelación inmemorial y el lejano chotacabras expresa su idea de lo que debería hacerse con ella.
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En casa del viejo Eckert
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Philip Eckert vivió durante muchos años en una vieja casa de madera ennegrecida por las inclemencias del tiempo, que se encontraba a unas tres millas de la pequeña ciudad de Marion, en Vermont. Aún deben de quedar vivas algunas personas que le recuerden (confío en que no de un modo desagradable) y sepan algo de la historia que voy a contar.
«El viejo Eckert», como todos le llamaban, no tenía un temperamento muy sociable y vivía solo. Al no haberle oído hablar nunca de sus propios asuntos, nadie en los contornos sabía nada acerca de su pasado ni de sus parientes, si es que los tenía. Sin resultar especialmente grosero ni desdeñoso en sus maneras o en sus palabras, conseguía ser inmune a una curiosidad impertinente, aunque libre de la mala fama con la que normalmente aquélla suele vengarse cuando se la desconcierta; por lo que yo sé, el renombre de Mr. Eckert como asesino reformado o como pirata retirado del Caribe no había llegado a oídos de nadie en Marion. Su medio de vida era el cultivo de una pequeña granja, no muy productiva.
-Un día desapareció, y la búsqueda prolongada de sus vecinos no consiguió encontrarle ni arrojó luz alguna sobre su paradero o las razones de su desaparición. Nada indicaba que hubiera hecho preparativos para la marcha: todo estaba como podría haberlo dejado para ir a la fuente a llenar un cubo de agua. Durante algunas semanas poco más se habló de ello en la región; después, «el viejo Eckert» se convirtió en un relato local para los oídos de los forasteros. Desconozco lo que se hizo con sus propiedades; sin duda, lo correcto, lo que la ley mandara. La casa seguía allí, todavía vacía y en condiciones muy deterioradas, cuando oí hablar de ella por última vez, unos veinte años más tarde.
Desde luego, llegó a considerarse que estaba «encantada», y se contaban las acostumbradas historias de luces que se movían, sonidos lastimeros y apariciones asombrosas. En cierto momento, unos cinco años después de la desaparición, estos relatos de tinte sobrenatural llegaron a ser tan abundantes, o por algunas circunstancias que los confirmaban parecieron tan importantes, que algunos de los ciudadanos más serios de Marion creyeron conveniente investigar y organizaron a tal fin una reunión nocturna en el local. Los interesados en esta empresa eran: John Holcomb, boticario; Wilson Merle, abogado; y Andrus C. Palmer, maestro de la escuela pública. Todos ellos hombres de importancia y reputación. Su intención era reunirse en casa de Holcomb a las ocho de la tarde del día fijado y dirigirse juntos al escenario de su vigilia, donde se habían hecho algunos preparativos para su comodidad, como un abastecimiento de leña y similares, pues era invierno.
Palmer faltó a la cita, y tras media hora de espera los otros dos se marcharon a la casa de Eckert sin él. Se acomodaron en la habitación principal, donde encendieron un fuego vivo y, sin más luz que la que él producía, se dispusieron a esperar los acontecimientos. Se había acordado hablar lo menos posible: ni siquiera volvieron a intercambiar opiniones sobre la deserción de Palmer, tema que había ocupado sus mentes en el camino.
Debía de haber pasado una hora sin que se produjera incidente alguno, cuando escucharon (no sin emoción, desde luego) el ruido de una puerta que se abría en la parte posterior de la casa, seguido por el de unas pisadas en la habitación contigua a aquélla en la que se encontraban. Los investigadores se pusieron en pie y se prepararon para lo que pudiera ocurrir sin hacer movimiento alguno. Hubo un largo silencio, aunque ninguno de los dos supo luego definir lo que duró. Entonces la puerta que conectaba las dos habitaciones se abrió y entró un hombre.
Era Palmer. Estaba pálido, como asustado; tan pálido como se habían quedado los otros dos. Su actitud era también singularmente distraída: no respondió a sus saludos ni les dirigió la mirada, sino que cruzó despacio la habitación a la luz del fuego agonizante y, tras abrir la puerta principal, se perdió en la oscuridad.
Parece que la primera explicación que se les ocurrió a ambos era que Palmer había sufrido un fuerte susto por algo que había visto, oído o imaginado en la habitación trasera, que le había privado de los sentidos. Impulsados por el mismo sentimiento de amistad echaron a correr tras él. ¡Pero ni ellos ni ninguna otra persona volvió a ver o a saber de Andrus Palmer!
Esto fue lo que se descubrió a la mañana siguiente. Durante la reunión de los señores Holcomb y Merle en la «casa encantada» había caído una capa de nieve limpia de varias pulgadas de espesor sobre la antigua, ya sucia. Se podían apreciar en ella las huellas de Palmer desde su casa en el pueblo hasta la puerta trasera de la casa de Eckert. Pero allí terminaban: a partir de la puerta principal no había más marcas que las dejadas por los dos hombres que juraban ir detrás de Palmer. La desaparición de Palmer fue tan completa como la del propio «viejo Eckert», a quien, como era de esperar, el director de un periódico acusó muy gráficamente de haber «alargado la mano y habérselo llevado».
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La casa espectral
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En la carretera que va desde Manchester, al Este de Kentucky, hacia el Norte, a Booneville, que se encuentra a veinte millas, había en 1862 una plantación con una casa de madera, en cierto modo de mejor calidad que la mayoría de las viviendas de la región. Al año siguiente la casa fue destruida por el fuego causado probablemente por unos rezagados de las columnas del General George W. Morgan, que se retiraban hacia el río Ohio después de ser expulsados del desfiladero de Cumberland por el General Kirby Smith. En el momento de su destrucción llevaba deshabitada cuatro o cinco años. Los campos de alrededor estaban plagados de zarzamoras, sin vallas, y hasta las pocas viviendas de los negros, y el resto de los cobertizos en general, aparecían en parte en ruinas a causa del abandono y del pillaje. Porque los negros y los blancos pobres de la vecindad encontraban en el edificio y en las vallas un abundante suministro de combustible, del que se aprovechaban sin dudarlo, abiertamente y a la luz del día. Y sólo de día; después de anochecer ningún ser humano, salvo los forasteros que por allí pasaban, se acercaba al lugar.
Se la conocía como la «Casa Espectral». Que en ella moraban espíritus malignos, visibles, audibles y activos, no era puesto en duda por nadie en aquella región, no más que lo que el predicador ambulante decía los domingos. La opinión del propietario a este respecto era desconocida; él y su familia habían desaparecido una noche y nunca se había encontrado rastro de ellos. Dejaron todo: los enseres domésticos, la ropa, las provisiones, los caballos en el establo, las vacas en el campo, los negros en sus viviendas; todo tal y como estaba. No faltaba nada, excepto un hombre, una mujer, tres niñas, un chico y un bebé. No era sorprendente en absoluto que una plantación en la que siete seres humanos podían desaparecer al mismo tiempo, y nadie se diera cuenta, resultara sospechosa.
Una noche de junio, en 1859, dos ciudadanos de Frankfort, el coronel J.C. McArdle, abogado, y el juez Myron Veigh, de la Milicia Estatal, se trasladaban de Booneville a Manchester. Sus asuntos eran tan importantes que decidieron continuar el viaje a pesar de la oscuridad y del retumbar de una tormenta que se aproximaba, y que finalmente estalló sobre ellos cuando pasaban por delante de la «Casa Espectral». El relampagueo era tan incesante que encontraron sin dificultad el camino de entrada que llevaba a un cobertizo, donde ataron los caballos y les quitaron los arreos. Después, bajo la lluvia, se dirigieron hacia la casa y llamaron a todas las puertas sin recibir respuesta alguna. Atribuyéndolo al continuo tronar de la tormenta, decidieron empujar una puerta; ésta cedió. Entraron sin más ceremonia y la cerraron. En aquel momento se encontraron a oscuras y en silencio. Por las ventanas y grietas no se veía ni un destello del resplandor de los incesantes rayos; ni un murmullo del horrible tumulto exterior llegaba hasta ellos. Era como si se hubieran quedado ciegos y sordos de repente, y McArdle dijo más tarde que por un momento creyó haber sido alcanzado por un rayo cuando traspasaba el umbral. El resto de la aventura quedó relatado en sus propias palabras, en el Advocate de Frankfort del 6 de agosto de 1876:
«Cuando conseguí recuperarme del aturdimiento de la transición del tumulto al silencio, mi primer impulso fue volver a abrir la puerta que había cerrado, de cuyo pomo no era consciente de haber retirado la mano. Podía sentirlo claramente todavía entre los dedos. Mi idea era averiguar al salir de nuevo bajo la tormenta si había perdido la vista y el oído. Giré el pomo y abrí la puerta de un tirón. ¡Pero daba a otra habitación!
» Esta estancia estaba inundada por una tenue luz verdosa, cuya fuente no pude determinar, que hacía que todo se viera con claridad, aunque no de un modo definido. Digo todo, aunque en realidad los únicos objetos que había dentro de las desnudas paredes de piedra de aquella habitación eran cadáveres humanos. Eran unos ocho o diez (se podrá comprender fácilmente que no los contara.) Sus edades y tamaños eran diversos, desde niños para arriba, y de ambos sexos. Todos estaban postrados en el suelo, salvo uno, el de una mujer joven sentada con la espalda apoyada en una esquina de la pared. Había otra mujer mayor que agarraba a un niño en sus brazos. Un mozo de mediana edad yacía boca abajo entre las piernas de un hombre barbudo. Uno o dos estaban prácticamente desnudos, y en la mano de una muchacha había un trozo de camisón que debía de haberse arrancado del pecho ella misma. Los cuerpos presentaban distintos grados de putrefacción, y todos ellos tenían la cara y la figura muy apergaminadas. Algunos eran poco más que esqueletos.
» Mientras observaba horrorizado el espantoso espectáculo, con el tirador de la puerta aún en la mano, por alguna perversión inexplicable mi atención se desvió de aquella horrible escena y pasó a ocuparse de detalles y pequeñeces. Tal vez mi mente, por un instinto de conservación, buscó alivio en asuntos que pudieran relajar su peligrosa tensión. Entre otras cosas, observé que la puerta que mantenía abierta estaba hecha de pesadas planchas de hierro, con remaches. Equidistantes unos de otros y de arriba abajo, tres fuertes cerrojos sobresalían del canto biselado. Di media vuelta al pomo y se retiraron hasta quedar al nivel del borde; lo solté y salieron disparados. Tenía un sistema de muelles. Por dentro no había agarrador, ni ningún tipo de saliente, sólo una lisa superficie de hierro.
» Mientras advertía estas cosas con un interés y atención que ahora me asombra recordar, me sentí apartado bruscamente, y el juez Veigh, del que me había olvidado por completo debido a la intensidad y las vicisitudes de mis impresiones, me empujó hacia el interior de la habitación.
» -¡Por Dios! -exclamé-. ¡No entre ahí! ¡Marchémonos de este horroroso lugar!
» Pero no hizo caso de mis ruegos, y (tan intrépido como cualquier caballero del Sur) se dirigió con rapidez hacia el centro de la habitación, se arrodilló junto a uno de los cuerpos para examinarlo con detenimiento y levantó suavemente la arrugada y ennegrecida cabeza entre sus manos. Un olor fuerte y desagradable llegó hasta la puerta, apoderándose completamente de mí. Mis sentidos se trastornaron; noté que me derrumbaba y, al agarrarme al borde de la puerta para no caerme, se cerró con un chasquido.
» No recuerdo nada más. Seis semanas después recuperé la razón en un hotel de Manchester al que había sido llevado al día siguiente por unos extraños. Durante todo aquel tiempo había sufrido una fiebre nerviosa acompañada de un constante delirio. Me habían encontrado tirado en la carretera a varias millas de la casa; cómo había escapado de allí hasta llegar al camino es algo que nunca supe. Una vez repuesto, o tan pronto como los médicos me permitieron hablar, pregunté por el destino del juez Veigh, de quien (para tranquilizarme, según sé ahora) me decían que se encontraba bien y en casa.
» Nadie creyó una palabra de mi relato, pero ¿quién puede asombrarse? ¿Y quién podría imaginar mi tristeza cuando me enteré, al llegar a mi casa en Frankfort dos meses más tarde, de que no se sabía nada del juez Veigh desde aquella noche? Entonces lamenté amargamente el orgullo que me había impedido repetir mi increíble historia e insistir en su realidad, ya desde los primeros días que sucedieron a mi recuperación.
» Los lectores del Advocate ya están familiarizados con todo lo que ocurrió después: el examen de la casa, el fracaso en encontrar una habitación que correspondiera a la que yo había descrito, el intento de declararme loco, y mi triunfo sobre mis acusadores. Después de todos estos años todavía considero que las excavaciones que no tengo derecho legal de iniciar, ni la riqueza suficiente para llevar a cabo, revelarían el secreto de la desaparición de mi infeliz amigo, y posiblemente de los anteriores ocupantes y propietarios de la abandonada y hoy destruida casa. No desespero sin embargo de realizar tal búsqueda, y es una fuente de profunda tristeza para mí el que haya sido retrasada por la hostilidad inmerecida y la incredulidad imprudente de los familiares y amigos del fallecido juez Veigh.
El coronel McArdle murió en Frankfort el trece de diciembre de 1879.
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Los otros huéspedes
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-Para coger ese tren -dijo el coronel Levering, sentado en el hotel Waldorf-Astoria- tendrá que pasar casi toda la noche en Atlanta. Es una ciudad bonita, pero le aconsejo que no se aloje en el Breathitt House, uno de los hoteles más importantes. Es un viejo edificio de madera que tiene una urgente necesidad de reparación. Hay grietas en las paredes por las que cabe un gato. Las habitaciones no tienen cerrojos en las puertas, ni más muebles que una simple silla y un somier sin ropa de cama, y sólo un colchón. Ni siquiera puedes estar seguro de disfrutar de estas escasas comodidades en exclusiva. Amigo, es un hotel de lo más abominable.
» La noche que pasé allí fue muy incómoda. Llegué tarde y fui conducido a una habitación del piso bajo por un portero de noche lleno de disculpas que, con gran consideración, me dejó la vela de sebo que llevaba. Dos días y una noche de duro viaje por ferrocarril me habían agotado y todavía no me había recuperado totalmente de una herida de bala en la cabeza recibida en un altercado. En vez de buscar un alojamiento mejor, me eché en el colchón sin quitarme la ropa y me dormí.
» Me desperté de madrugada. La luna había salido y brillaba a través de una ventana sin cortinas, iluminando la habitación con una suave luz azulada que producía un cierto efecto misterioso, aunque he de decir que su apariencia no era inusual; la luz de la luna siempre es así si te fijas. ¡Imagina mi sorpresa e indignación cuando vi el suelo ocupado por al menos una docena más de huéspedes! Me incorporé maldiciendo con la mayor seriedad a la administración de aquel hotel increíble, y cuando estaba a punto de ponerme en pie para ir a montarle un lío al portero, el de las disculpas y la vela, hubo algo en aquella situación que me hizo sentir una extraña indisposición a moverme. Supongo que, como diría un escritor, me había quedado «helado por el terror». ¡Porque obviamente todos aquellos hombres estaban muertos!
» Yacían de espaldas, dispuestos ordenadamente en tres lados de la habitación, con los pies mirando a la pared; en el otro lado, el que quedaba, estaba mi cama y una silla. Tenían las caras cubiertas, pero debajo de aquellos paños blancos las características de los dos cuerpos que reposaban cerca de la ventana, sobre la mancha cuadrada de la luz de la luna, presentaban un perfil de nariz y barbilla afilado.
» Creía que se trataba de una pesadilla e intenté gritar, como se hace cuando uno tiene un mal sueño, pero no podía emitir sonido alguno. Por fin, haciendo un esfuerzo desesperado, me puse en pie, pasé entre las dos filas de rostros tapados y los dos cuerpos que había unto a la puerta y huí de aquel lugar infernal con dirección a la oficina. El portero estaba allí sentado, detrás de un escritorio, a la luz de otra vela de sebo: sentado y mirando. Ni se levantó: mi brusca irrupción no pareció producirle efecto alguno, aunque supongo que yo debía tener el aspecto de un verdadero cadáver. Entonces me di cuenta de que realmente antes no me había fijado bien en aquel tipo. Era pequeño, con una cara descolorida y los ojos más blancos e inexpresivos que nunca he visto. No había en él más expresión que en el dorso de mi mano. Llevaba un traje de un sucio color gris.
» -¡Maldición! -exclamé- ¿Qué es lo que pretende?
» Pero daba lo mismo, estaba temblando como una hoja agitada por el viento y no reconocí mi propia voz.
» El portero se puso en pie, se inclinó (con aire de pedir perdón) y, bueno... desapareció; en aquel momento sentí por detrás que alguien apoyaba su mano sobre mi hombro. ¡Imagínatelo si puedes! Con un miedo cerval, di media vuelta y me encontré con un caballero gordo, de cara agradable, que me preguntó:
» -¿Qué le sucede, amigo?
» No tardé mucho en decírselo, pero, antes de que terminara, él también se puso pálido.
» -Míreme -dijo-, ¿está usted diciendo la verdad?
» En ese momento yo ya había conseguido sobreponerme, y el terror había dejado paso a la indignacion.
» -¡Si se atreve a dudarlo -le espeté- le machaco a golpes!
» -No -contestó-, no lo haga; siéntese y yo le contaré. Esto no es un hotel. Lo fue, y después un hospital. Ahora está deshabitado, a la espera de alguien que lo quiera alquilar. La habitación a la que usted se refiere era la habitación de los muertos; allí siempre había muchos muertos. El tipo al que usted llama portero solía serlo, pero más tarde se encargaba de registrar a los pacientes que llegaban. No comprendo qué hace ahora aquí. Hace unas cuantas semanas que murió.
» -¿Y usted quién es? -le pregunté.
» -Oh, yo me encargo de cuidar el local. Pasaba por aquí, vi luz y entré a investigar. Vamos, echemos un vistazo a esa habitación -añadió levantado del escritorio aquella vela que chisporroteaba.
» -¡Antes vería al mismísimo demonio! -exclamé saliendo rápidamente a la calle.
» Amigo, ese Breathitt House de Atlanta es un lugar maldito. No se aloje allí.
-¡No quiera Dios! La visión que usted ha dado de él no sugiere comodidad, desde luego. A propósito, coronel, ¿cuándo ocurrió todo eso?
-En septiembre de 1864, poco después del estado de sitio.
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Una cosa en Nolan
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Al Sur de donde se cruzan la carretera que va de Leesville a Hardy, en el estado de Missouri, y el brazo Este del río May, existe una casa abandonada. Nadie ha vivido en ella desde el verano de 1879, por lo que se está desmoronando a pasos agigantados. Durante los tres años anteriores a la fecha mencionada estuvo ocupada por la familia de Charles May, uno de cuyos antepasados dio nombre al río junto al cual se encuentra. La familia de Mr. May estaba formada por la esposa, un hijo mayor y dos chicas. El hijo se llamaba John; los nombres de las hijas son desconocidos para el autor de estos apuntes.
John May era de carácter taciturno y malhumorado, poco propenso a la ira, y con un don inusual: un odio resentido, implacable. Su padre era todo lo contrario. De temperamento alegre y jovial, aunque con un gran genio que se incendiaba como una llama en una brizna de paja. No abrigaba resentimientos y buscaba rápidamente la reconciliación una vez aplacada su ira. Tenía un hermano, que vivía cerca de allí, y que poseía un carácter muy distinto al suyo; toda la vecindad decía que John había heredado la forma de ser de su tío.
Un día se produjo un malentendido entre padre e hijo; hubo duras palabras, y el padre dio un puñetazo al hijo en la cara. John se secó con lentitud la sangre que le había causado el golpe, clavó los ojos en el agresor ya arrepentido y dijo con frialdad: «Morirás por esto.»
Estas palabras fueron oídas por los hermanos Jackson, que se acercaban a ellos en aquel momento; pero, al verles enzarzados en una discusión pasaron de largo y, al parecer, inadvertidos. Charles May relató después el desgraciado acontecimiento a su esposa y le explicó que le había pedido excusas a su hijo por el precipitado golpe, pero había sido inútil. El joven no sólo rechazaba las disculpas, sino que se negaba a retirar su terrible amenaza. A pesar de todo no hubo una ruptura abierta de relaciones: John siguió viviendo con la familia y las cosas continuaron como siempre.
Un domingo por la mañana, en junio de 1879, unas dos semanas después de que ocurrieran estos hechos, Charles May salió de la casa inmediatamente después del desayuno, con una pala. Dijo que iba a abrir un agujero en una fuente que se encontraba a una milla de distancia, en el bosque, para que el ganado tuviera agua. John se quedó en la casa durante unas horas, ocupado en afeitarse, escribir cartas y leer el periódico. Su disposición era la usual, quizás parecía un poco más malhumorado y hosco.
Se marchó a las dos. Regresó a las cinco. Por alguna razón no relacionada con un interés especial en sus movimientos, la hora de salida y de llegada fue advertida por su madre y sus hermanas, tal y como quedó atestiguado en su proceso por asesinato. Les llamó la atención que su ropa estuviera húmeda en algunas zonas, como si (así lo señaló la acusación) hubiera intentado borrar manchas de sangre. Su actitud era extraña, su aspecto salvaje. Aduciendo que se encontraba enfermo, se fue a su cuarto y se acostó.
Charles May no regresó. Los vecinos más cercanos fueron alertados a la caída de la tarde, y durante aquella noche y el día siguiente se llevó a cabo su búsqueda por el bosque donde se encontraba la fuente. No se produjo otro resultado que el descubrimiento de las huellas de los dos hombres en la arcilla que había alrededor de la fuente. John May, mientras tanto, había empeorado de lo que el médico local denominó fiebre cerebral, y en su delirio hablaba de asesinato, pero sin decir quién creía que había sido asesinado, ni a quién culpaba del hecho. Pero los hermanos Jackson sacaron a relucir aquella amenaza; fue arrestado como sospechoso y un sheriff se encargó de vigilarle en su casa. La opinión pública se puso rápidamente en contra de John y, de no haber sido por la enfermedad, habría sido colgado por la muchedumbre. Estando así las cosas, el martes se convocó una reunión de los vecinos y se nombró un comité para que se encargara del caso y tomara las medidas que fueran oportunas.
Para el miércoles todo había cambiado. De la ciudad de Nolan, que está a unas ocho millas, llegó una historia que arrojó una luz completamente diferente sobre el asunto. Nolan constaba de una escuela, una herrería, una tienda y media docena de viviendas. La tienda era dirigida por un tal Henry Odell, primo de Charles May. La tarde del domingo en que desapareció May, Mr. Odell y cuatro vecinos suyos, hombres de confianza, estaban sentados en la tienda, fumando y charlando. El día era caluroso, y las dos puertas, la de delante y la de atrás, estaban abiertas. A eso de las tres, Charles May, a quien tres de ellos conocían, entró por la puerta principal y pasó hacia el fondo. Iba sin abrigo ni sombrero. No les miró, y tampoco les devolvió el saludo, circunstancia que no les sorprendió porque estaba gravemente herido. Sobre la ceja izquierda tenía una herida, un profundo corte del que brotaba sangre que le cubría toda la parte izquierda de la cara y del cuello y empapaba su camisa gris. Aunque parezca mentira, la idea predominante en las mentes de los presentes era que había mantenido una pelea y se dirigía al arroyo que había detrás de la casa para lavarse.
Tal vez se produjo un sentimiento de delicadeza, un detalle característico de la etiqueta de las regiones apartadas, que les contuvo a la hora de seguirle y ofrecerle ayuda; las actas del juicio, de donde está extraído principalmente este relato, tan solo mencionan el hecho. Esperaron a que volviera, pero no lo hizo.
Limitando el arroyo, detrás de la tienda, un bosque se extiende unas seis millas hasta las colinas de Medicine Lodge. Tan pronto como se supo en los contornos de la casa del desaparecido que había sido visto en Nolan, se produjo un cambio repentino en el estado de ánimo y en la disposición de la gente. El comité de vigilancia dejó de existir sin cumplir la formalidad de llegar a una resolución. La búsqueda por las tierras boscosas en torno al río May se interrumpió y casi toda la población masculina de la región se trasladó a la zona de Nolan y de las colinas de Medicine Lodge. Pero no se encontró rastro alguno de aquel hombre.
Una de las extrañas circunstancias de este extraño caso es el procesamiento formal y posterior juicio por el asesinato de un hombre cuyo cuerpo nadie afirmaba haber visto, ni nadie sabía que hubiera muerto. Conocemos más o menos los caprichos y extravagancias de la ley fronteriza, pero este ejemplo, según se cree, es único. Sea como fuere, está constatado que al recobrarse de su enfermedad John May fue procesado por el asesinato de su padre. El abogado de la defensa, al parecer, no tuvo nada que objetar y el caso fue considerado en relación con sus circunstancias. El fiscal se mostró apocado y superficial; la defensa estableció fácilmente una coartada en lo referente al occiso. Si en el momento en que John May debía de haber asesinado a Charles May, si es que lo hizo, Charles May se encontraba a varias millas de distancia de donde John May debía de haber estado, es evidente que el occiso debió de encontrar la muerte a manos de algún otro.
John May fue absuelto, abandonó el país enseguida y no se ha vuelto a saber nada de él desde aquel día. Poco después, su madre y hermanas dejaron St. Louis. Al pasar la granja a manos de un individuo, que es dueño también de las tierras colindantes, en las que tiene su propia vivienda, la casa May quedó vacía y desde entonces tiene la misteriosa reputación de estar encantada.
Un día, después de que la familia May hubiera dejado aquella tierra, unos niños que jugaban en los bosques que hay en torno al río May, encontraron oculta bajo una capa de hojas secas, aunque parcialmente a la vista por el hozar de los cerdos, una pala.
Estaba casi nueva y limpia, a no ser por una mancha de sangre y orín que tenía en el borde. Las iniciales «C.M.» aparecían grabadas en el mango de la herramienta.
Este descubrimiento reavivó en cierto grado la emoción pública suscitada en los meses anteriores. Se examinó cuidadosamente la tierra del lugar en que había sido encontrada la pala, y el resultado fue el descubrimiento del cadáver de un hombre. Había sido enterrado a unos dos o tres pies de profundidad y el lugar había sido cubierto con una capa de hojas secas y ramas. No parecía muy descompuesto, hecho que se atribuyó a alguna propiedad conservadora de aquel terreno, rico en mineral.
Encima de la ceja izquierda presentaba una herida, un profundo corte del que había manado sangre, que le cubrió toda la parte izquierda de la cara y del cuello y manchó su camisa gris. El cráneo había resultado partido por el golpe. Ese cuerpo era el de Charles May.
Pero, ¿qué fue entonces lo que pasó por la tienda de Mr. Odell en Nolan?

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CUENTOS DE LA ALHAMBRA -- WASHINGTON IRVING

Escrito por imagenes 07-05-2008 en General. Comentarios (1)

CUENTOS DE LA ALHAMBRA -- WASHINGTON IRVING


Cuentos de la Alhambra

Washington Irving





El Palacio de la Alhambra

En mayo de 1829, acompañado por un amigo, miembro de la Embajada rusa en Madrid, capital de España, inicio el viaje que había de llevarme a conocer las hermosas regiones de Andalucía. Las amenas incidencias que matizaron el camino se pierden ante el espectáculo que ofrece la región más montañosa de España, y que comprende el antiguo reino de Granada, último baluarte de los creyentes de Mahoma.
En un elevado cerro, cerca de la ciudad, se ha construido la antigua fortaleza rodeada de gruesas murallas y con capacidad para albergar una guarnición de cuarenta mil guerreros.
Dentro de ese recinto se levantaba la residencia de los reyes: el magnífico palacio de la Alhambra., Su nombre deriva del término Aljamra, la roja, porque, la primitiva fortaleza llamábase Cala- al- hamra, es decir, castillo o fortaleza roja.
Sobre sus orígenes no están de acuerdo los investigadores. Para unos la fortaleza fue construida por los romanos; para otros, por los pueblos ibéricos de la comarca y luego ocupada por los árabes al conquistar el territorio de la península.
Expulsados los moros de España, los reyes cristianos residían en ella por breves temporadas. Después de la visita de Felipe V, el palacio cayó en el más completo abandono.
La fortaleza quedó a cargo de un gobernador con numerosa fuerza militar y atribuciones especiales e independiente de la autoridad del capitán general de Granada.
Para llegar a la Alhambra es necesario atravesar la ciudad y subir por un accidentado camino llamado la "Cuesta de Gomeres", famosa por ser citada en cuantos romances y coplas corren por España.
Al llegar a la entrada de la fortaleza, llama la atención una grandiosa puerta de estilo griego, mandada construir por el emperador Carlos V.
Ante ella, en banco de piedra, dormitaban dos viejos y mal uniformados soldados, mientras que el centinela (por su edad debía ser una verdadera reliquia militar) conversaba con un zaparrastroso individuo que al punto se me ofreció como guía y buen conocedor de la Alhambra.
Con cierto recelo acepté sus servicios, los que más tarde resultaron de mucha utilidad. Seguimos por un camino cubierto por frondosos árboles, pudiendo ver a nuestra izquierda las cúpulas del palacio, y a la derecha, las célebres Torres Bermejas, cuyo color rojo herían los rayos del sol.
Subiendo la sombreada cuesta, llegamos a una fortificación construida para defender la entrada de los fuertes y que recibe el nombre de barbacana. Ella guarnecía la "Puerta de la justicia" porque en aquel lugar solían reunirse los jueces para atender pequeños asuntos. Atravesando esta torre se observa la "Plaza de los Aljibes", donde los moros han perforado profundos pozos que surten a la fortaleza de agua fresca y cristalina.
Frente a la plaza se encuentra, a medio construir, el palacio que, según Carlos V, debía eclipsar en belleza todas las artes árabes.
Pasando por él, entramos con cierta emoción al palacio de la Alhambra. Nos creímos elevados a lejanos tiempos y rodeados de personajes de leyenda.
Con suma curiosidad examinamos el gran patio cubierto por lajas de mármol, denominado el "Patio de la Alberca", en cuyo centro luce un estanque de cuarenta metros de largo por diez de ancho, lleno de pececillos de colores y rodeado de hermosas flores.
En uno de los extremos del patio se encuentra la Torre de Comares, mientras que por su frente, después de atravesar un artístico arco, se entra en el célebre "Patio de los Leones". En su centro, la famosa fuente, apoyada en doce leones, arroja tenues hilos de agua, que magnifican las hermosas filigranas sostenidas por delicadas columnas de mármol blanco.
Sobre el patio da la maravillosa "Sala de las Dos Hermanas", cuyas paredes cubre un zócalo de vistosos azulejos, en los que están pintados los escudos de los reyes y que contribuye a destacar los artísticos relieves y vívidos colores que adornan las paredes.
Frente a esta cámara se encuentra la "Sala de los Abencerrajes", donde, según la leyenda, encontraron la muerte los miembros de esa familia, rival de los Zegríes.
La Torre de Comares y un original deporte volvimos sobre nuestros pasos para visitar la célebre torre que lleva el nombre de su constructor, donde se encuentra la renombrada "Sala de los Embajadores", artísticamente decorada, y el "Tocador de la Reina"', especie de minarete donde las bellas princesas se distraían en la contemplación del paisaje que rodea la fortaleza.
Un fresco amanecer resolvimos ascender a la elevada torre para admirar desde ella la hermosa vista de Granada y sus fértiles caronpiñas.
Debimos subir por una larga, oscura y peligrosa escalera en caracol que nos impuso varios descansos hasta conseguir llegar a lo alto. Desde allí íbamos contemplando los lugares más renombrados de la Alhambra. A nuestros pies se abría paso entre las montañas el "Valle del río Darro", cuyas arenas arrastran partículas de oro. Al frente se elevaba, en lo alto de una colina, "El Geeneralife", soberbio palacio donde los reyes moros, pasaban los meses de verano. Luego fijamos nuestra vista en el concurrido paso que lleva el nombre de "Alameda de la Carrera de Darro" y en "La Fuente del Avellano". Luego, en un desfiladero conocido peor el "Paso de Lope" y el "Puente de los Pinos", famoso, no tanto por los sangrientos combates que libraron cristianos y moros, sino porque allí Cristóbal Colón, descubridor de América, fue alcanzado por un enviado de la reina Isabel, cuando, convencido de que nada podía hacer España, se dirigía a Francia para someter a consideración del rey de ese país su magnífico proyecto.
Después de admirar el paisaje, cuando el sol hacía imposible nuestra permanencia en aquel lugar, nos disponíamos a descender; observamos, con gran sorpresa, que en una de las torres de la Alhambra dos o tres muchachos agitaban largas cañas, como si quisieran pescar en el aire.
Nuestro asombro creció al ver -que en otros lugares ocurría lo mismo. No había muralla o torre a la que no se hubiesen encaramado los singulares pescadores.
Preocupados y haciendo toda clase de suposiciones, llegamos al "Patio de los Leones", desde donde buscamos a nuestro sapiente guía.
No tardamos en dar con él, y con ello desapareció el misterio que tanto nos daba que pensar.
Las abandonadas ruinas de la Alhambra se habían convertido en un prodigioso criadero de golondrinas y alondras, que revoloteaban en cantidad sobre las torres.
¿Qué mejor pasatiempo que el de cazarlas por medio de anzuelos encebados con apetitosas carnadas?
¡Pescar en el cielo!
He aquí el grato y productivo deporte inventado por los habitantes de la Alhambra.


Leyenda del albañil y el tesoro escondido

Hace muchos años, vivió en Granada un maese albañil, tan buen creyente, que nunca dejaba de cumplir con los preceptos y festividades señalados por la religión cristiana.
Pero su fe sufría una ruda prueba. Sus esfuerzos para conseguir trabajo sólo eran recompensados por un aumento de la pobreza y el hambre que pasaba, habitualmente, su numerosa familia.
Una noche, en uno de los pocos momentos que disfrutaba de felices sueños, fuertes golpes dados en la puerta de la mísera casucha lo arrancaron del camastro.
Encendió un candil y corrió la tranca que aseguraba la entrada. Como por encanto, su mal humor se transformó en asombro y luego en terror. Frente a él tenía a un monje que le pareció altísimo, cuyo rostro delgado y de una extrema palidez no alcanzaba a cubrir la oscura capucha.
-Vengo en tu busca -dijo el monje con voz cavernosa-, sabiendo que eres buen cristiano y que no te negarás a efectuar una tarea que no admite demora.
-Estoy a tus órdenes, buen padre -contestó el maese, algo repuesto de la impresión-, siempre que me pagues de acuerdo con el trabajo.
-Serás bien recompensado. No tendrás quejas, pero como el asunto requiere cierto secreto, me acompañarás con los ojos vendados.
Nada opuso a esta condición el albañil, ansioso como estaba de ganar algunos céntimos. Largo fue el andar por tortuosos caminos, hasta que el monje se detuvo ante la puerta de un sombrío caserón.
Rechinó, la cerradura al abrir y gimieron los goznes al cerrar. Un intenso escalofrío sacudió el cuerpo del maese albañil cuando una mano lo tomó del brazo guiándolo a través de un silencioso pasaje. Al quitarle la venda se encontró en un gran patio, escasamente alumbrado.
-Aquí -dijo el monje señalando una fuente morisca- harás el trabajo. A tu lado están los materiales necesarios.
-¿Qué he de hacer, buen padre?
-Una pequeña bóveda, que tratarás de terminar esta noche.
La impresión aceleraba el ritmo de su tarea, pero ella requería más tiempo del calculado.
El canto de los gallos anunciaba la cercanía del alba, cuando el monje, que no se había apartado de su lado, interrumpió la labor.
-Por esta noche es suficiente -dijo-; toma tu paga y deja que te vende los ojos. Te guiaré hasta tu casa.
El maese albañil no opuso reparo. Durante el camino de regreso no dejó de apretar la moneda de oro que le entregara el monje. Al llegar, éste le preguntó si al día siguiente estaba dispuesto a finalizar el trabajo.
-Vivo para eso, buen padre, pero espero que el pago sea igual al de hoy.
-Estaré aquí mañana a medianoche.
Y sin decir más, se perdió en la semioscuridad del amanecer.
La impaciencia abrumó todo el día al albañil. La curiosidad atormentaba a su buena mujer. Pero de estas preocupaciones no participaba su numerosa prole, que no hacía otra cosa que comer, desquitándose del hambre de muchos meses.
Llegada la hora convenida y tomando las mismas precauciones de la noche anterior, volvió el albañil a continuar su obra.
Al poner término al trabajo, el monje, cuya voz sonaba más cavernosa, dijo:
-Sólo falta que me ayudes a traer los bultos que has de enterrar en esta bóveda.
Un nuevo escalofrío sacudió al albañil. La sospecha de que su trabajo se relacionaba con algún asunto macabro lo inmovilizó unos instantes. Sintió erizársele los cabellos. Gruesas gotas de sudor perlaron su frente.
Fue necesario un nuevo pedido del religioso para que sus piernas, sacudidas por violentos temblores, pudieran arrastrarlo hasta la última habitación de la casa.
Allí, recién el aliento volvió a su alma. Contra lo que esperaba, sólo vio en un rincón cuatro cofres destinados a guardar dinero.
Grandes fueron los esfuerzos que debieron realizar para arrastrarlos hasta la bóveda. Una vez depositados allí, fácil resultó cerrarla, cuidando de borrar las señales que delataran su trabajo.
Después de entregarle dos monedas de oro, vendarle los ojos y conducirlo por un camino mucho más largo que las veces anteriores, el monje, antes de desaparecer, murmuró a su oído:
-Detente aquí y espera a que suenen las campanas de la Catedral. Una terrible desgracia caerá sobre ti y sobre tu familia si antes te vence la curiosidad.
Para que ello no ocurriera, grato entretenimiento se proporcionó el albañil con el alegre tintinear de las monedas de oro. Una vez que sonaron las campanas y pudo arrancarse la venda, se encontró a orillas de un ría, desde donde le era fácil volver a su casa.
La alegría del buen comer sólo alcanzó a durar dos semanas. Falto nuevamente de dinero y trabajo, su familia volvió a caer en el más mísero estado.
Pasaron así algunos meses. Un atardecer estaba sentado frente a su destartalada casa reflexionando sobre su mala suerte, cuando una discreta tosecilla lo trajo a la realidad.
Reconoció en el que interrumpía sus meditaciones a uno de los viejos más ricos y avaros que habitaban en la ciudad.
-Parece, maese albañil, que no te sonríe la fortuna -dijo el anciano con voz chillona.
-Así es, señor; malos son los tiempos que corren.
-Entonces, tomarás a bien que te ayude con un trabajillo, siempre está, que me cobres barato.
-En cuanto a eso, no tenga temor, no hay en Granada quien trabaje por menos precio.
-Por eso te busco, buen hombre. Necesito que me remiendes una casa en forma suficiente como para que no se venga abajo.
-Quedo a sus órdenes, señor.
-Mañana al amanecer, te vendré a buscar y empezarás tu trabajo.
Al día siguiente, el viejo avaro llevó al albañil a un caserón al que apenas sostenían las paredes. Después de recorrer las habitaciones fijando las reparaciones necesarias, llegaron a un patio cuyo centro adornaba una fuente morisca.
El albañil se detuvo, meditando, al parecer, sobre el precio que debía cobrar por su trabajo.
-Quien habitó aquí -dijo a modo de comentario- se contentaba con bien poco.
-Era suficiente para mi inquilino, un viejo y mísero clérigo, muerto hace algunos meses -explicó el avaro-. Se le creía dueño de una gran fortuna, pero, como sabrás, las apariencias engañan. Lo mismo dicen de mí, porque tengo dos arruinadas fincas.
-Mucho es lo que hay que hacer y largo el tiempo a emplear. Creo haber encontrado una solución. -Siempre que ella no aumente el precio.. .
-Por el contrario. Lo mejor será que habite esta casa mientras la reparo: yo me ahorro el alquiler y usted la mano de obra.
La alegría del propietario no tuvo límites. El arreglo le resultaba en esa forma mucho más barato de lo calculado.
Al día siguiente los viejos y escasos muebles del albañil fueron trasladados al derruído caserón. Con la mudanza pareció cambiar la suerte de la familia. El hambre huyó de la casa. A la antigua pobreza la reemplazó un bienestar que aumentaba con el tiempo.
Tal situación convirtió al maese albañil en propietario de varias fincas, entre las que se incluía el viejo caserón. La Iglesia recibió importantes donaciones. Los pobres, generosa ayuda. Por largos años gozó de sus riquezas y el aprecio de los habitantes de Granada.
Un día, sintiendo que la vida lo abandonaba, llamó a su hijo mayor.
-Eres mi heredero -dijo- y por lo tanto depositario del secreto de nuestra fortuna.
-Si es tu deseo, padre mío -respondió el hijo, cuya pena no alcanzaba a borrar la visión del dinero-, te escucho.
Y con voz que parecía un murmullo, el antiguo albañil contó a su primogénito cómo la casualidad lo había llevado al sitio en que había enterrado un tesoro, y del cual solamente había gastado una tercera parte.



Leyenda del mago y la princesa hechicera

Hace muchos años, ocupaba el trono de Granada el famoso rey moro Aben-Habuz. Sus hazañas, tal como las relatan las viejas crónicas, no se inspiraban, por cierto, en nobles y honrados propósitos. Amargas lágrimas costaban a sus débiles vecinos los atropellos a que lo impulsaba su rapacidad.
De acuerdo con el viejo refrán "el que siembra vientos recoge tempestades", el avaro rey, al llegar a una edad en que las energías abandonan el cuerpo y el espíritu pide paz y tranquilidad, sólo cosechó continuos sobresaltos y angustiosos temores.
Los príncipes vecinos, a quienes había despojado de bienes y dominios, enterados de que la vejez abatía sus fuerzas, no tardaron en sublevarse y llevar ataques que aumentaban su zozobra y su miedo.
La ubicación de la capital del reino no era, por cierto, muy estratégica. Las altas montañas que la rodeaban, hacían casi imposible establecer la proximidad de un ejército. Este favor que dispensaba la naturaleza a sus enemigos, obligó a Aben-Habuz a tomar extremas medidas de vigilancia.
Estableció guardias en los picos más altos y senderos practicables. Debían señalar por medio de hogueras la proximidad de los atacantes, para poder enviar inmediatamente los refuerzos necesarios. Pero tales precauciones no vencían la audacia de los príncipes. Cuando él recibía un aviso, sus adversarios, que habían avanzado por algún oculto paso, huían cargados de botín y prisioneros.
Esta situación agriaba día a día el fiero carácter de Aben-Habuz.
Un atardecer, mientras examinaba el horizonte esperando ver surgir una de las tantas columnas de humo que señalaban la proximidad de enemigos, le fue anunciada la llegada a la corte de un sabio y viejo médico árabe, que creía proporcionarle algún remedio a sus males.
Llevado a su presencia, el visitante le causó honda impresión.
Una larga barba blanca le bajaba hasta la cintura. Los años no habían vencido su alta osamenta. Venía caminando desde tierras lejanas sin más arma y sostén que un grueso bastón en el que había grabado misteriosos símbolos.
Al decir llamarse Ibrahim Eben Abu Ajib, murmullos de admiración y respeto certificaron la fama que le precedía. No ignoraba el rey y sus cortesanos la existencia de este hijo de Abu Ajib, nada menos que compañero del gran Profeta. Desde niño vivió en Egipto, estudiando, aun por más difíciles que ellas resultaran, todas las ciencias y artes que se transmitían desde la más remota antigüedad.
La astrología no escapaba a su vasto saber, y dominaba la magia en todos los colores del arco iris, porque, según él explicaba, la blanca y la negra sólo era cosa de principiantes.
Como un aserto a su vasto saber, la corte comentaba que había hallado el ansiado y muy buscado secreto de prolongar la vida. Que su edad era de más de doscientos años, pero que había hecho su descubrimiento un poco tarde, cuando no había tiempo de borrar canas y arrugas.
Como su personalidad y antecedentes daban brillo a la corte y sus achaques necesitaban atención, Aben-Habuz no vaciló en dispensarle los más gratos honores. Hizo amueblar suntuosas habitaciones, pero el mago no se avenía con el bullicio del palacio y decidió habitar en una caverna situada en la montaña sobre la que se levantaba el real albergue.
Dispuestos los arreglos convenientes, entre ellos perforar la roca en tal forma que le permitiera observar las estrellas a toda hora, grabó en las paredes misteriosos símbolos, desconocidos jeroglíficos egipcios y órbitas de estrellas y planetas. Hizo construir singulares instrumentos, raros mecanismos que causaron la admiración de los artífices de Granada, pero nunca lograron conocer su aplicación: el sabio guardaba profundo secreto.
Los consejos de un médico resultan indispensables cuando a cierta edad tienden a aparecer males ignorados.
Esa necesidad llevó al docto Ibrahim Eben Abu Ajib al puesto de consejero favorito del rey de Granada.
En una de sus visitas, Aben-Habuz renovó sus quejas contra la continua vigilancia que debía ejercer sobre sus vecinos y el daño que le causaban sus correrías, cuando el mago, después de escucharlo en silencio y meditar un largo tiempo, dijo:
-En Egipto, poderoso rey, vi y estudié un prodigioso invento. Se halla colocado en una montaña que domina el valle en que se encuentra la ciudad de Borza, cerca del río Nilo. Está compuesto de dos figuras de bronce: un gallo y un carnero, que giran independientemente sobre un mismo eje. Si algún peligro se cierne sobre la ciudad, el gallo empieza a cantar, mientras que el carnero señala la dirección por donde avanza el enemigo. De esta forma los laboriosos habitantes estaban siempre a cubierto (le una sorpresa.
-¡Mahoma me ilumine! -imploró el rey-. ¡Es eso lo que necesito! Un carnero y un gallo centinelas. Dejaría de temer los asaltos de mis enemigos. ¡Allah Akbar! Es la tranquilidad para mis últimos años.
Con suma paciencia esperó el mago a que el rey diera rienda suelta a sus deseos; luego, con voz grave, de quien hace profundas revelaciones, agregó:
-Conocéis ya mi viaje a las lejanas tierras de los faraones, siguiendo a los victoriosos ejércitos de Amrou, y cómo trabé conocimiento con la flor de la sabiduría.
Un día, paseaba con un respetable sacerdote a orillas del Nilo, cuando interrumpió en forma extraña nuestra discusión sobre un elevado tema astrológico.
-Allí es -dijo solemne, al tiempo que me señalaba las grandiosas pirámides- donde se encuentra la verdadera y única fuente del conocimiento. De las tres, la que está en el medio guarda la momia del Supremo Sacerdote a cuyos esfuerzos se deben estos maravillosos monumentos. A su lado se encuentra el excelso libro de la Sabiduría, que encierra los preciados secretos de la ciencia que enseña a Hacer cosas extraordinarias y admirables: la magia.
Ese libro lo recibió Adán al ser expulsado del Paraíso; gracias a su ayuda, el rey Salomón pudo construir el templo de Jerusalén y luego, el Supremo Sacerdote, las Pirámides.
Saber que existía tal obra y enloquecer por el deseo de poseerla fue una sola cosa. Con los soldados que tenía a mis órdenes y cientos de esclavos egipcios taladré la pirámide hasta dar con uno de los múltiples pasadizos. A riesgo de perder mi vida seguí sus vericuetos y logré encontrar la cámara que guardaba desde hacía siglos la momia del Supremo Sacerdote. Fácil me fue entonces apoderarme del libro y abandonar con gran alegría el impresionante monumento. . . "
-Pero, ¿de qué me sirve, sabio Ibrahim -interrumpió impaciente Aben-Habuz-, el hecho de que te hayas apoderado del libro de la Sabiduría?
-Pronto lo sabrás, poderoso señor; él me ha instruído en preciadas cosas. Gracias a él no sólo obligo a un gentío a que venga en mi ayuda, sino que puedo construir un aparato muy superior al que te he descripto.
-Sabio Eben Abu Ajib -imploró el-rey-, hazlo. ¡Consigue la tranquilidad de mis últimos años, y todos mis tesoros serán tuyos!
-¡Allah Akbarl ¡Lo que es, es! ¡Lo que ha de ser, será! -contestó el mago, dando término a la entrevista.
Y sin perder tiempo se dispuso a cumplir los anhelos del rey. Comenzó a construir sobre la parte más alta del palacio una elevada torre, sobre la cual fijó un eje, en el que giraban, en vez de un gallo y un carnero, un moro a caballo armado de escudo y una lanza, que agitaba en la dirección en que avanzaba el enemigo.
Debajo de la figura se abría una sala circular con aberturas que dominaban los cuatro puntos cardinales. Frente a cada una de esas extrañas ventanas, situó mesas sobre las que colocó diminutas figuras de guerreros, alineadas en posición de dos ejércitos prontos a darse batalla y separados por una pequeña lanza grabada con misteriosos símbolos.
La sala era guardada por una gruesa puerta de bronce con cerradura de acero, cuya única llave guardaba el rey celosamente.
La terminación del mágico aparato coincidió con la falta de actividad de sus enemigos. La impaciencia empezó a consumir al viejo rey.
-Antes -decía con voz quejumbrosa a sus consejeros- me molestaban con una invasión diaria; ahora parece que estos bandidos no existen.
-Ya vendrán -solía repetir muchas veces al día Eben Ajib.
Pronto estas palabras tuvieron confirmación. Un amanecer, el guarda de la torre dio la voz de alarma. La figura del moro había girado hacia la Sierra Elvira y su lanza se agitaba en dirección al Paso de Lope.
Aben-Habuz saltó del lecho, gritando alborozado:
-¡Que las trompetas llamen a las armas!
Pero el mago, que había seguido en silencio al oficial portador de la noticia, exclamó:
-De nada tienes necesidad, ¡oh rey! Dejad las armas tranquilas y a vuestros guerreros en el descanso. Sólo pido que os dignéis subir a la torre.
Con gran trabajo y gracias a la ayuda del bicentenario Ibrahim, consiguió el viejo rey ascender por la larga escalera. Abierta la pesada puerta, vio con asombro que la ventana que dominaba la dirección por donde se señalaba la presencia del enemigo estaba abierta.
Eben Ajib, después de observar un instante la montaña, habló al rey:
-Ya sabe por dónde avanza el enemigo, pero ten a bien observar lo que ocurre en esta mesa.
El asombro de Aben-Abuz no tuvo límites. Las pequeñas figuras de madera estaban en movimiento. Los caballos caracoleaban, los jinetes agitaban sus lanzas, como el zumbido de un lejano mosquito se escuchaba el sonido de trompetas, choques de armas, gritos y relinchos.
-Esto prueba que tus enemigos siguen avanzando. ¡Pero no te inquietes, poderoso rey! -agregó el mago-. Si quieres que se retiren sin causarles daño, toca las figuras con el asta de esta pequeña lanza, pero si deseas destrozarlas, hiérelas con la punta.
Aben-Habuz luchó un instante con su conciencia. La ira agitó la larga barba. Su cara tomó un color violáceo. Demasiado daño le había causado la rebeldía de sus vecinos como para olvidarlos y otorgar clemencia.
-Debe haber algún escarmiento -exclamó trémulo, y tomando la lanza mágica hirió a unas y tocó a otras figuras, las que sin tardanza se trababan en ruda pelea.
Grandes esfuerzos tuvo que hacer el mago para dominar el entusiasmo del rey, impedir la muerte de todos sus enemigos y convencerlo de que ya era tiempo de abandonar la torre y enviar tropas en averiguación de lo ocurrido.
Pronto retornaron los emisarios con una grata noticia. Un poderoso ejército llegado hasta cerca de Granada, se había retirado al producirse entre sus jefes una agria discusión, finalizada en sangrienta lucha.
Al demostrarse las fantásticas virtudes del aparato, Aben-Habuz ordenó se celebraran grandes fiestas, en las que el mago ocupaba el sitio de honor.
-Como has conseguido -díjole un día- mi tranquilidad y supremacía, pídeme, sabio Ibrahim Eben Abu Ajib, la recompensa a que tienes derecho.
-¿Qué puedo pedirte, oh rey? Los estudiosos nos contentamos con bien poco. Facilítame los medios para mejorar en algo mi humilde habitación.
-Así será -contestó Aben-Habuz sin poder contener una sonrisa, pensando qué ingenuos y fáciles de contentar eran los verdaderos filósofos.
Y sin perder un instante dio orden al tesorero para que entregara al sabio las cantidades requeridas para poner en condiciones la caverna que habitaba.
Las humildes necesidades de Ibrahim Eben Abu Ajib consistieron en hacer abrir habitaciones contiguas a la primitiva sala; cubrir las paredes con delicados y maravillosos tapices de seda de Damasco, los pisos con ricas alfombras de Esmirna, sobre las cuales lucían valiosas otomanas y preciados divanes.
-Los huesos se resienten después de tanto dormir sobre un duro lecho, y a mi edad -agregaba- tampoco se podía sufrir la humedad que destilaban estas paredes.
En una de las salas hizo construir un regio baño de mármol verde con delicadas fuentes que vertían, además de exóticos perfumes, aceites balsámicos y aromáticos.
-Esto -explicaba cada vez que se sumergía en el tibio compuesto- devuelve al cuerpo la agilidad que pierde en tantas horas de meditación y estudio.
Como la luz que llegaba por la abertura de la sala era insuficiente, ordenó colocar en todos los aposentos costosas lámparas de oro y fino cristal, que llenó con un aceite especial cuya fórmula estaba en el Excelso Libro de la Sabiduría y que daba una luz más suave y delicada que la del más hermoso día.
Era la única, según él, que no fatigaba sus ojos en la lectura de los misteriosos papiros.
Estos arreglos que parecían no tener fin, - alarmaron al celoso tesorero. Un día, después de sumar las cantidades gastadas en la decoración del retiro del mago, dio un grito de asombro y corrió a informar al rey de tal derroche.
-No desesperes -aconsejóle Aben-Habuz-; estos sabios tienen sus caprichos y hay que respetarlos; ya terminará por cansarse de amueblar su vivienda.
El tiempo dio razón al rey. A poco finalizaron los trabajos de lo que el sabio llamaba su humilde morada, y que era, para los demás, un lujoso y confortable palacio subterráneo.
-¿Estáis contento? -preguntóle un día el tesorero.
-¡Así..., así! -contestó Abu Ajib-. Mi aposento está completo; sólo me resta encerrarme y consagrar mi tiempo al estudio, pero algo falta para entretener o alegrar mis fatigas mentales.
-¡Poderoso mago, tus deseos son órdenes!
-Es una pequeñez, cosa sin mayor importancia: algunas bailarinas y cantantes.
-¡Bai ... la... rinas ... ¡ -tartamudeó asombrado el tesorero.
-¿Qué tiene de particular? -replicó el sabio con cierta gravedad-; mi espíritu, aunque de alguna edad, necesita recrearse. Sencillos son mis gustos, pero, de cumplirse mi deseo, quiero que éstas estén en la flor de la juventud y posean exquisita belleza. Sólo así puede encontrar distracción un filósofo.
Satisfechos sus deseos, los días comenzaron a transcurrir con suma placidez.
Ibrahim Eben Abu Ajib, encerrado en su caverna, alternaba sus estudios con las gracias y melodiosos cantos de las danzarinas.
El rey entretenía sus ocios encerrado en la torre, disponiendo cruentas batallas y destrozando imaginarios ejércitos.
Como el juego llegó a cansarlo, le dio realidad provocando en toda forma a sus adversarios. Los ataques de éstos no se hicieron esperar, pero las continuas derrotas calmaron sus odios y los llevaron a proclamar la invencibilidad del viejo rey y a pasar por alto sus insultos.
Falto de actividad, volvió Aben-Habuz a caer en nuevo aburrimiento. Bulliciosas fiestas, magníficos torneos o hermosas doncellas sólo despertaban momentáneo interés.
Pasaron algunos meses. Convencido de que aquel hastío no llevaba miras de terminar, resolvió, después de una noche de cruel insomnio, llamar al mago y ordenarle buscara una nueva distracción.
Pero su resolución no llegó a cumplirse. Un jadeante oficial irrumpió en sus aposentos para informarle que el moro de bronce, inmóvil durante tanto tiempo, había girado y agitaba su lanza hacia una de las montañas de Guadix.
A medio vestir y sofocado por la rapidez, llegó Aben-Habuz a la sala de la torre. La ventana situad: en aquella dirección permanecía cerrada y las pequeñas figuras guardaban extraña quietud.
Venciendo su asombro ordenó que varios destacamentos, exploraran cuidadosamente las montañas vecinas.
La curiosidad lo mantuvo en suspenso durante tres días. Cuando sus ojos fatigados por la vigilancia en la torre se cerraban para descansar, el bullicio de la tropa que regresaba de la inspección lo alteró nuevamente.
-Majestad -informó el oficial que mandaba los guerreros-, podéis estar tranquilo en absoluto. El enemigo no se ha atrevido a asomar por el reino de Granada. Sólo os puedo anunciar la captura de una bellísima joven cristiana que descansaba cerca de una vertiente.
La sorpresa abrió los semicerrados ojos de Aben Habuz. Atusándose la barba dijo:
-¿Una joven habéis dicho? ¿Bella para más? ¡Traedla inmediatamente!
Cumpliendo con la real orden fue llevada a su presencia una doncella de prodigiosa belleza.
Un ¡ah! de asombro recorrió la sala del trono. Nunca hablase visto tan esbelto cuerpo ni tan gracioso y exquisito andar. Su cabellera, recogida en trenzas y adornada con joyas, palidecía al más oscuro negro mate. Sus facciones tenían rara simetría; sus rosados labios dejaban entrever dos hileras de dientes capaces de ruborizar a una perla. Dos delicadas rosas eran sus mejillas, y su cuello una alhaja, rodeada por una cadena de oro con una lira de plata.
Los fulgores de sus ojos, que apagaban los de los brillantes que adornaban su frente, produjeron tal incendio en el viejo corazón de Aben-Habuz, que casi llegó a perder los sentidos. Dominando aquella extraña pasión, alcanzó a preguntarle:
-¡Oh maravillosa joven! Cuéntame cómo has llegado a mi reino.
Una voz dulce y melodiosa que lo turbó más aún, contestó:
-Huyendo de los enemigos de mi padre, un príncipe cristiano caído en desgracia y prisionero ...
-No te dejes engañar -interrumpió el mago Ibrahim al oído de Aben-Habuz-. Ella es el enemigo señalado por el moro de la torre. En sus ojos leo algo maléfico. En su rostro advierto cosas que me hacen sospechar que es alguna cruel hechicera transformada en hermosa doncella para dominarte.
-Sabio Abu Ajib -respondió el rey con enojo-. Tu ciencia será profunda, pero en cuanto al conocimiento de estas cuestiones femeninas, lo desafío al mismísimo rey Salomón. Esta joven en quien crees ver una maléfica hechicera, es una bella e inocente paloma, que da recreo a mis ojos y amor a mi corazón.
-Ten presente, poderoso rey -insistió Ibrahim-,' que mi proceder ha sido desinteresado. He contribuído a destrozar a tus enemigos; en cambio ahora te solicito me cedas a esta joven, que al par que entretenga mis momentos de descanso, la estudiaré por si encuentro en ella una hábil hechicera y poder así destruir sus malas artes.
-Tus pretensiones -repuso con voz agriada Aben Nabuz- no tienen límites; ¿para qué quieres más bailarinas?
-Ninguna de ellas toca la lira de plata, y un rato de música es agradable cuando la mente se halla fatigada.
-¡Pues búscate otra música! -gritó el rey en el colmo de la ira-. Esta joven es mía y nadie en el mundo me la arrebatará. Siento tanto cariño por ella como David, padre de Salomón, sintió por la sulamita Abisag.
Los presagios y ruegos de Ibrahim terminaron en borrascosa discusión. El mago ofendido por las palabras del rey, se retiró a sus aposentos. Aben-Habuz, riéndose de sus profecías, se dedicó a hacerle la corte a la bella princesa. Creía suplir su falta de juventud y atractivos físicos con espléndidos regalos. Los mercaderes de Granada debían venderle las joyas más preciadas, las más raras y delicadas esencias, sedas y encajes que llegaban de Asia y África.
La ciudad vivía de fiesta en fiesta. Bailes, torneos, corridas de toros se daban en alegre continuidad. Nada conmovía a la princesa. Regalos y fiestas los recibía como cumplidos, más que a su alcurnia, a su belleza, de la que estaba muy envanecida.
Su conducta parecía guiada por el propósito de arruinar a su viejo admirador, haciéndole gastar sumas fabulosas en innecesarios objetos.
Nada de lo que ideaba Aben-Habuz vencía la amable reserva de la princesa. No lo desairaba ni le sonreía. Cada vez que, incontenible, le declaraba su amor, ella, como respuesta, pulsaba la lira de plata.
Sus melodiosas notas parecían estar acompañadas del misterioso poder de sumir al viejo rey en un sueño irresistible, del que despertaba horas después con mayor vigor, pero curado por varios días de su avasalladora pasión.
Mientras Aben-Habuz vivía en este ensueño olvidaba día a día los deberes para con su reino. Los cortesanos, y luego el pueblo, empezaron a murmurar lamentándose del estado de idiotez de su soberano y del derroche a que lo conducía su favorita.
La situación llegó a agravarse cuando el pueblo, perdiendo todo respeto, intentó asaltar el palacio y matar a la princesa cristiana.
El temperamento guerrero volvió a renacer en el pecho del rey. Al frente de sus tropas atacó a los sublevados, derrotándolos y ahogando toda posibilidad de nueva insurrección.
Al reinar la tranquilidad, Aben-Habuz hizo llamar al mago Ibrahim, que permanecía en sus aposentos sin olvidar las ofensas y el triste resultado de su pedido.
Con voz amable y ánimo de congraciarse, le dijo:
-Debo confesarte, sabio Abu Ajib, que tus profecías sobre la hermosa cristiana se han cumplido. Espero de ti los consejos que me libren de futuros peligros.
-Solamente puedo darte uno -replicó solemne Ibrahim-, que alejes cuanto antes de tu lado a esa joven que causará tu ruina.
-Eso es imposible -gimió dolorido Aben-Habuz-. ¡Preferiría en este caso perder mi reino! -Es que perderás ambas cosas -vaticinó el mago.
-No me abandones en esta cruel situación -imploró el rey-. Ten piedad de mis sentimientos y busca la forma de evitar mayores riesgos, y cumplir mi anhelo de hallar, lejos de las obligaciones e hipocresías de la corte, un retiro pleno de amor y placidez.
Ibrahim meditó unos instantes, luego examinó con atención el arrugado rostro del rey.
-¿En qué forma me recompensarías si te suministro lo que anhelas?
-¡Concederé lo que pidas! ¡Palabra de rey!
-¿Habéis escuchado, magno soberano, algún relato del asombroso jardín del Irán, maravilla (le la Arabia Feliz?
-Como buen creyente conozco lo que a su respecto dice el Libro del Corán, en el capítulo "La Aurora del día". Además he oído de labios de peregrinos relatos increíbles y portentosas descripciones de ese lugar. Pero los he considerado como exageraciones de viajeros para deslumbrar a sus oyentes...
-Tu incredulidad es inexacta. Lo dicho por ellos es verdad -interrumpió Abu Ajib-. Tuve la suerte de ver el jardín y el palacio del Irán y si tu paciencia es grande, ten a bien de escuchar mi relato, en el que hallarás algo semejante a tus deseos:
Siendo joven erraba por el desierto cuidando los camellos de mi padre, cuando un día uno de ellos se extravió en las dunas de Aden. La larga búsqueda agotó mis fuerzas. Alcancé a llegar a un pequeño oasis, donde me tumbé a dormir. Grato fue mi despertar frente a las puertas de una hermosa ciudad, rodeada de jardines de incomparable belleza, que recorrí con asombro y temor. Sus palacios, calles, plazas y mercados estaban desiertos. Ni un solo ser viviente habitaba en ella. Impresionado por el silencio, resolví volver al oasis, y cuando alcancé a cruzar la puerta por donde había entrado, me volví a admirar sus bellos monumentos, pero la ciudad había desaparecido en las arenas del desierto.
Preocupado por lo que creía un sueño, me orienté tratando de dar con la caravana. En el camino tuve la fortuna de encontrar a un viejo sacerdote mahometano, de mucho saber y conocimiento en leyendas y tradiciones. Después de oírme me explicó que había visitado el maravilloso jardín del Irán, que solía aparecer de vez en cuando a los viajeros del desierto. Su origen se remontaba a la antigua época en que la tribu de los Additos poblaba esas tierras. El rey Sheddad, hijo de Ad y bisnieto de Noé, tuvo la idea de fundar una hermosa ciudad. Cuando se terminó de construir era tan extraordinaria y magnífica, que el rey resolvió edificar un palacio con jardines que superaran a los que, según el Libro del Corán, existen en el paraíso celestial. Pero su soberbia fue severamente castigada por Alá. El rey y sus súbditos desaparecieron misteriosamente. Un velo cayó sobre la ciudad, ocultándola a la vista humana, y suele descubrirse de vez en cuando, como un ejemplo del castigo que merece la vanidad.
Esta leyenda unida al recuerdo de la maravillosa ciudad no alcanzó a borrarse de mi mente. Al conseguir el Libro de la Sabiduría, resolví, como una de las primeras cosas, visitar nuevamente el jardín del Irán. Fácil me fue hallarlo, e instalándome en el palacio del rey Sheddad, gocé durante algún tiempo de las delicias de aquel edén. Mi poder obligó al genio que cuidaba la ciudad a informarme cómo se hacía invisible tanta belleza. Así es como puedo construir, si lo deseas, un palacio y un jardín que superen en magnificencia a los del Irán. Mi poder es mayor del que requiere esa empresa. Acuérdate que poseo el Libro de la Excelsa Sabiduría, anterior al gran Salomón."
-Abu Ajib -imploró Aben-Habuz-. Demasiado conozco tu saber y poder para que me atreva a ponerlos en duda. Sólo te pido que me hagas un palacio semejante al que me has descripto y te recompensaré hasta con la mitad de mi reino.
-¡Bah! -contestó despectivo el mago-. Nosotros los que consagramos nuestra vida al estudio consideramos las riquezas como producto del egoísmo, pero para conformarte, te pediré que me regales el primer animal cargado que cruce la puerta del encantado palacio.
El rey no ocultó su alegría y apresuró la respuesta a tan poco pedir. Ibrahim, demostrando una actividad insospechada, empezó a construir sobre sus habitaciones subterráneas, en el centro de un patio rodeado de gruesos muros, una torre con sólidas puertas, en torno a la cual, con la ayuda de un cincel y una maza, labró dos misteriosos símbolos; una gran llave y una mano gigantesca. Pronunciando algunas palabras cabalísticas, dio fin a su trabajo.
Finalizada la obra, después de permanecer dos días en sus aposentos haciendo misteriosas experiencias, subió a lo alto de la montaña. Pasada la medianoche fue a despertar a Aben-Habuz y le dijo: -Poderoso rey, mi obra está concluída. En lo alto de la montaña se encuentran a tu disposición el palacio y los jardines de la belleza más fantástica que pueda concebir la imaginación del hombre. Cuenta con las propiedades del jardín del Irán, que queda oculto a todo el que no posea la clave secreta que enuncia el Libro de la Suprema Sabiduría.
-¡Oh! -exclamó asombrado el rey-. En cuanto amanezca me instalaré en ese palacio.
Las pocas horas que faltaban para nacer el nuevo día, transcurrieron para Aben-Habuz con una lentitud desesperante. Antes que el sol iluminara los picos de Sierra Nevada, ya estaba a caballo dispuesto para la partida. A su lado, sobre un hermoso animal, cuya blancura podría rivalizar con la nieve, iba la princesa cristiana, más hermosa que nunca, luciendo un maravilloso vestido adornado con brillantes y esmeraldas.
El mago Ibrahim, que no gustaba de los ejercicios ecuestres, caminaba al otro lado del rey ayudándose con su bastón y sin dejar de observar a la joven y a la lira de plata que conservaba sujeta a la cadena de oro que rodeaba su cuello.
La curiosidad impacientaba a Aben-Habuz. Estaban por llegar y no divisaba las torres del monumental palacio ni los deliciosos jardines prometidos.
-Ya te previne -explicó Abu Ajib- que guarda los mismos hechizos que el del Irán. Nada has de ver hasta pasar por la puerta mágica.
Cuando llegaron al patio amurallado Ibrahim indicó al rey fijara su atención en la llave y la gigantesca mano labrada sobre y a cada uno de los lados de la enorme puerta.
-Estos son -dijo- los símbolos que protegen la entrada al maravilloso retiro. Hasta que esa mano suba y tome la llave no habrá en el mundo quien pueda atentar contra la tranquilidad del dueño de estas montañas.
El asombro que le produjo cosa tan notable distrajo tanto a Aben-Habuz, que ni siquiera notó que el caballo de la princesa pasaba por la puerta hasta llegar al centro del patio. Un grito del mago lo trajo a la realidad.
-¡Ah!, rey de Granada -dijo alborozado-, he aquí mi recompensa: el primer animal con su carga que atravesara la puerta encantada.
Aben-Habuz aumentó su buen humor. No esperaba por cierto una broma semejante, pero cuando la insistencia del mago le indicó que aquello era cosa seria, el enojo turbó su mente y sosteniendo la barba que se sacudía al son de su ira, exclamó:
-Ibrahim Abu Ajib, no tolero bromas de mal gusto ni torcidas interpretaciones a mi promesa. Ella era de entregarte el primer animal cargado que atravesara esa puerta; toma, pues, la más robusta mula y cárgala con mis mejores joyas, pero no pretendas, ni aun en broma, quedarte con la dueña de mi corazón.
-De sobra sabes -contestó el mago- que desprecio los tesoros. Me basta para poseerlos el Libro de la Excelsa Sabiduría, así que no niegues lo que en buena ley prometiste; entrégame la cautiva como cosa mía.
A todo esto la princesa seguía, con despectiva sonrisa y desde su cabalgadura, la discusión de aquellos dos ancianos sobre la propiedad de su belleza.
Aben-Habuz, después de girar la cabeza como buscando nuevas fuerzas, estalló indignado: -¡Ratón del desierto! ¡Guarda tu saber y rinde respeto a tu señor y a tu rey!
-¡Ja!... ¡ja! -rió irónico Abud Ajib-, no sabía que tus pretensiones llegaban a tanto, iluso muñeco que ordena obediencia a un monarca de la sabiduría. Conténtate, Aben-Habuz, en manejar tu pobre estado y gozar en ese paraíso de locos, mientras yo me divierto a tu costa en mi humilde retiro.
Acompañando sus últimas palabras con un gesto (le desdeñosa superioridad, tomó la brida del caballo que montaba la bella princesa y golpeó con su bastón la superficie del patio. Un suave temblor agitó la montaña, el mago y la cautiva desaparecieron tragados por la tierra, la que volvió a unirse sin dejar la más pequeña señal de lo ocurrido.
Largo tiempo quedó Aben-Habuz sin habla. Pero al fin, consiguió salir de su aturdimiento y, venciendo el dolor de su corazón, dio frenéticas órdenes de que se cavase en el lugar en que se había ocultado el testarudo mago.
Todos los esfuerzos realizados para descubrir su retiro fueron inútiles. Al llegar a cierta profundidad la tierra volvía a unirse tapando los pozos
cavados. La entrada a los aposentos de Ibrahim había desaparecido tras una pared de roca en la que se destrozaban las herramientas que pretendían taladrarla.
La desesperación del rey no tenía límites. A la pérdida de la amada se añadía la ineficacia del aparato construído por Abu Ajib. La figura del moro había girado y su lanza permanecía inmóvil después de señalar el lugar por donde se había hundido el mago.
Para mayor tortura, cuando apenas la calma volvía a su corazón llegaban, al parecer del interior de la montaña, e invadían los aposentos del castillo, melodiosas canciones que acompañaban las dulces notas de la lira de plata.
Un día un pobre pastor pidió ver al rey. Después de mucho insistir fue llevado a su presencia. Buen rato permaneció de rodillas antes de que el mal humor del monarca le otorgara permiso de hablar.
-Perdóname, rey mío -dijo el pastor-, si no te traigo una buena noticia. Hoy, al amanecer, mientras buscaba una cabra extraviada encontré un pasaje que parecía atravesar la montaña. Venciendo mi temor lo seguí hasta llegar, con gran sorpresa, a los aposentos del mago.
-¡Al fin -exclamó frenético el rey- podré acabar con ese miserable!
-Fácil te será -agregó el pastor- porque cuando lo vi, Ibrahim Eben Abu Ajib descansaba sobre un lujoso diván adormecido por una mágica melodía que arrancaba de la lira de plata la princesa hechicera.
El rey, guiado por el pastor y seguido por los cortesanos, corrió a buscar el pasaje descubierto, pero fue inútil, éste había desaparecido.
Ordenó efectuar nuevas excavaciones que resultaron vanas. Los símbolos mágicos representados por la llave y la gigantesca mano protegían poderosamente al señor de aquellas montañas.
Aben-Habuz alcanzó a vivir unos pocos años más, de los cuales no gozó un solo día de la ansiada tranquilidad. El recuerdo de su bella cautiva, las continuas luchas con los príncipes vecinos y las intrigas de la corte, amargaban de sobra su corazón.
El lugar en que Ibrahim dijo o simuló construir el famoso palacio y jardín fue llamado por los habitantes de Granada "La locura del rey" o "El paraíso de los locos".
Allí se construyó muchos años después la Alhambra, y sus guardianes, generalmente inválidos o ancianos, caen repentinamente, ya de día o de noche, en un profundo y dulce sueño. La leyenda dice que eso sucederá hasta que la mano alcance la llave y destruya al genio que mantiene encantada a aquella montaña, guardiana de un poderoso mago hechizado por una hermosa princesa.


Leyenda del príncipe Ahmed Al Kamel

Había una vez en Granada, un rey moro que no tenía más que un hijo llamado Ahmed. La servidumbre del palacio no tardó en llamar al pequeño príncipe Al Kamel o El Perfecto, a causa de las excepcionales cualidades morales y físicas que revelaban sus pocos años.
Los astrólogos, hombres que se dedicaban a observar el estado del cielo, pronosticando de acuerdo con la hora del nacimiento los sucesos que ocurrirían en su vida, no señalaban más que hechos favorables.
Pero estos horóscopos o estudios sobre su destino admitían una sombra, sin decir por ello que le fuera perjudicial. Ésta lo representaba como "un gran amor que lo arrastraría a grandes peligros. La única forma de salvarlo era evitar que se enamorara hasta llegar a la mayoría de edad.
Para prevenir esta contingencia, resolvió el rey, sabiamente, recluir al príncipe en un lugar donde jamás pudiese ver el rostro de una mujer ni llegase a sus oídos la palabra amor. Con este objeto hizo construir un magnífico palacio en la cima de una colina que se eleva detrás de la Alhambra, en medio de jardines deliciosos, pero rodeado de elevadas murallas (palacio conocido en la actualidad con el nombre de "El Generalife". El joven príncipe fue encerrado en este palacio y confiado a la vigilancia y a los cuidados de Eben Bonabben, uno de los filósofos árabes más sabios y austeros.. Había pasado la mayor parte de su vida en Egipto, estudiando los jeroglíficos y examinando las tumbas y las pirámides, y encontraba más encanto en una momia egipcia que en la más seductora de las bellezas vivas. El sabio recibió la orden de instruir al príncipe en toda clase de ciencias, con excepción de una sola cosa: debía ignorar por completo lo que era el amor.
-Emplead, con este objeto todas las precauciones que creáis convenientes -dijo el rey- pero acordaos, Eben Bonabben, que si mi hijo aprende algo de esa ciencia prohibida, vuestra cabeza responderá por vuestra negligencia.
Una grave sonrisa apareció en la apergaminada cara de Eben Bonabben.
-Vuestra Majestad puede estar tranquilo con respecto a su hijo, como yo lo estoy con respecto a mi cabeza. ¿Soy el hombre capaz de dar lecciones de esa funesta pasión?
Encerrado en el palacio y jardines creció el príncipe bajo los atentos cuidados del filósofo. Era servido por esclavos negros; mudos, ignorantes del amor, o, al menos, privados de la palabra para poderlo explicar. Su educación intelectual fue el objeto particular de los cuidados de Eben Bonabben, que se esforzaba en iniciarlo en las ciencias ocultas del Egipto. Pero el príncipe hizo pocos progresos, demostrando bien pronto que no era dado a la filosofía, ciencia que estudia las propiedades y efectos de las cosas naturales.
Sin embargo, mostrábase asombrosamente dócil, siguiendo los consejos que le daban. Escuchaba con paciencia, reprimiendo su fastidio, las sabias y pesadas explicaciones de Eben Bonabben, del cual recibió las nociones de todas las ciencias, y de esta forma cumplió dichosamente sus veinte años, dotado de un saber prodigioso, pero totalmente ignorante de las cosas del amor.
Pero llegado este tiempo se efectuó un cambio completo en la conducta del príncipe. Abandonó por entero sus estudios y se dedicó a asear por los jardines y a meditar al lado de las fuentes. Entre sus conocimientos se le había enseñado un poco de música, y ella absorbía ahora una gran parte del tiempo, y a la vez se iba desarrollando en él el gusto de la poesía. El sabio Eben Bonabben se alarmó y trató de combatir estas dulces inclinaciones explicándole un severo curso de álgebra, pero el príncipe se apartó de este estudio con horror:
"¡No puedo sufrir el álgebra! -dijo-, ¡la aborrezco! ¡Necesito alguna cosa que hable más al corazón!"
El sabio Eben Bonabben movió la cabeza al oír estas palabras.
"Se acabó la filosofía -pensó-, el príncipe ha descubierto que tiene un corazón". Desde entonces ejerció sobre su discípulo una inquieta vigilancia y dióse cuenta de que la ternura de su naturaleza estaba en efervescencia, y que sólo necesitaba un objeto. Vagaba por los jardines del Generalife; lleno de una dulce embriaguez, cuya causa desconocía; otras veces se sumía en deliciosos sueños; o tomaba su laúd sacándole los sones más conmovedores y en seguida lo arrojaba, deshaciéndose en suspiros y quejas.
Pronto esa predisposición al amor se manifestó aun con los objetos inanimados; prodigaba tiernos cuidados a las flores que cultivaba; después hizo objeto de sus predilecciones a ciertos árboles y entre ellos uno en particular, de forma graciosa y delicado ramaje, al que rendía un culto apasionado; grabó su nombre en la corteza, adornó sus ramas con guirnaldas y cantaba dulces melodías en honor suyo, acompañándose de su laúd.
El sabio Eben Bonabben se alarmó de la exaltación de su discípulo, a quien veía aprender lo que se le ocultaba, pues la menor alusión podía ser suficiente para revelarle el secreto fatal. Temblando por la salvación del príncipe y por su propia cabeza, se apresuró a arrancarle de las seducciones del jardín y lo encerró en la torre más alta del Generalife. Esta torre contenía soberbios departamentos y gozábase desde ella una hermosa vista, pero se elevaba muy por encima de la atmósfera de perfumes y de los bosquecillos encantadores, tan peligrosos para la vivísima sensibilidad de Ahmed.
¿Pero qué hacer para hacerle aceptable esta violencia y para alegrar en algo las largas horas de fastidio? Había agotado ya toda clase de conocimientos agradables y, en cuanto al álgebra, no era posible ni hablarle de ella. Por fortuna, Eben Bonabben, durante su estancia en Egipto, había aprendido el lenguaje de los pájaros, que le enseñó un rabino judío, en cuya familia este conocimiento se trasmitía de padres a hijos, desde el gran Salomón, a quien se lo había enseñado la reina de Saba. A la primera palabra que le dirigió al príncipe sobre esta cuestión, sus ojos brillaron de placer, y se aplicó con tal ardor al estudio 'de esta ciencia, que al poco tiempo era aún mas sabio en ella que su maestro.
La torre del Generalife dejó de ser un sitio solitario, pues encontró compañeros con los que poder conversar.
La primera amistad que hizo fue la de un cuervo que había construído el nido en una grieta en lo alto de las murallas, desde donde lanzábase al espacio en busca de su presa. Pero el príncipe le encontró poco digno de amistad y estima, pues no era más que un pirata del aire, necio y fanfarrón, que no hablaba más que de rapiña, valentía y acciones feroces.
Trabó después conocimiento con un búho, pájaro de aspecto importante y grave, enorme cabeza y ojos redondos, que pasaba todo el día dormitando en un agujero del muro y lanzábase a merodear por la noche. Mostraba grandes pretensiones de sabiduría, hablaba de astrología y conocía algo de magia, pero era terriblemente dado a la metafísica y el príncipe encontró sus discursos todavía más pesados y fastidiosos que los del sabio Eben Bonabben.
Hizo después amistad con un murciélago que permanecía todo el día colgado por las patas en un oscuro rincón de la bóveda y sólo salía, furtivamente, cuando llegaba el crepúsculo. No tenía de las cosas más que conocimientos borrosos e incompletos y se mofaba de todo lo que ignoraba o apenas conocía, pareciendo no encontrar placer en nada.
Después de estos tres pájaros, fue de una golondrina de quien el príncipe se prendó al poco tiempo. Era sumamente habladora, pero inquieta, revoltosa, siempre en el aire, incapaz de seguir mucho tiempo una conversación. Al fin se convenció de que era una charlatana que se contentaba con revolotear por la superficie de las cosas sin profundizar en nada y que, con sus pretensiones de saberlo todo, no conocía nada a fondo.
Tales eran los únicos plumíferos compañeros con quienes el príncipe tuvo ocasión de ejercitarse en el lenguaje que acababa de aprender; la torre era demasiado elevada para que otros pájaros pudieran frecuentarla. Se cansó bien pronto de sus nuevas amistades, cuyas conversaciones decían tan poco al espíritu y nada al corazón, y poco a poco fue cayendo otra vez en su aburrimiento. Pasó el invierno y reapareció la primavera con sus flores, sus verdores, sus brisas perfumadas y volvió para los pájaros el tiempo dichoso de amarse y construir sus nidos. fue una explosión casi repentina de conciertos y melodías en los bosques y jardines del Generalife, que llegaban a los oídos del príncipe, encerrado en su torre solitaria. Por todas partes se oía un solo tema invariable: "¡Amor!, ¡amor!, ¡amor!", cantado en los aires y repetido por todas las voces y en todos los tonos: El príncipe, perplejo, escuchaba en silencio:
"¿Qué es este amor -preguntábase- del cual parece estar lleno el universo y que yo no conozco?"
Entonces interrogó a su amigo el cuervo, pero el impetuoso pájaro le respondió con desdén:
"Dirigíos a la turba de pacíficos pájaros de la tierra que han nacido para servirnos de presa a los príncipes del aire. Mi ocupación es la guerra, y mis placeres los combates. En una palabra: yo soy un guerrero y no sé nada de esa cosa que llaman amor".
El príncipe separóse de él con disgusto y fue a buscar al búho a su retiro. "Esta es un ave de costumbres pacíficas -se dijo- y podrá resolverme el enigma." Y pidió al búho que le dijera qué era ese amor que todos los pájaros cantaban allá abajo, en el bosque.
El búho tomó un aire de dignidad ofendida y contestó:
"Mis noches se consumen en el estudio y mis días en reflexionar en mi celda sobre lo que he aprendido. En cuanto a esos pájaros de que me habláis no los oigo nunca; los desprecio, a ellos y al objeto de sus canciones. ¡Gracias a Alá, no sé cantar! ¡Soy un filósofo y no sé nada de eso que llaman amor!"
Entonces el príncipe hizo a su amigo el murciélago, que seguía pendiente de las patas, la misma pregunta. El murciélago, frunciendo el hocico, tomó un aire ceñudo:
"No vale la pena -dijo agriamente- venir a turbar mi sueño matinal para hacerme una pregunta tan frívola. Yo no salgo hasta que oscurece, cuando duermen todos los pájaros, y no me ocupo jamás de sus negocios. Yo no soy ni cuadrúpedo ni pájaro, gracias al cielo. Conozco la perfidia de todo el mundo y los aborrezco a todos en general y a cada uno en particular. En una palabra: soy misántropo y no sé nada de lo que llaman amor".
El príncipe fue entonces a ver a la golondrina, a quien detuvo cuando pasaba volando alrededor de la torre. La golondrina, como de costumbre, tenia mucha prisa y apenas tuvo tiempo de responderle.
"A fe mía -dijo-, tengo tantos asuntos, tantas ocupaciones, que no he tenido nunca tiempo de pensar en ello. Todos los días debo hacer mil visitas, tengo mil negocios de importancia que examinar, y no me queda un momento libre para ocuparme de esas tonterías. En una palabra: soy una ciudadana del mundo y no sé una palabra de eso que llaman amor." Y diciendo esto voló sobre el valle y se perdió de vista en un momento.
Quedóse el príncipe contrariado y perplejo, pero la misma dificultad de satisfacerla, estimulaba aún su curiosidad. Hallándose de este humor, entró en la torre su viejo guardián; el príncipe dirigióse vivamente a su encuentro:
-¡Oh, sabio Eben Bonabben! -exclamó-, tú me has enseñado casi toda la sabiduría de la tierra, queda una cosa que ignoro por completo y en la que quisiera ser instruído.
-El príncipe no tiene más que preguntar: todo lo que encierra la limitada inteligencia de su servidor está a ,su disposición.
-Dime, pues, ¡oh profundísimo sabio!, ¿qué es esa cosa que llaman amor?
El sabio Eben Bonabben se quedó como herido por un rayo. Empezó a temblar y cambió de color, sintiendo que su cabeza vacilaba ya sobre sus hombros.
-¿Qué ha podido sugerir a mi príncipe semejante pregunta? ¿Dónde puede haber aprendido esa vana palabra?
El príncipe le condujo a la ventana de la torre.
-¡Escuchad, oh Eben Bonabben! -dijo.
El sabio escuchó. El ruiseñor, posado en el ramaje debajo de la torre, cantaba a su bienamada la rosa; de todas las ramas floridas y de los espesos matorrales se elevaba un concierto; y el amor, el amor, el amor, era el tema invariable.
-¡Allah Akbarl ¡Dios es grande! -exclamó el sabio Bonabben-, ¿quién puede pretender ocultar ese misterio al corazón del hombre cuando hasta los mismos pájaros conspiran a revelarlo?
Y volviéndose hacia Ahmed, le dijo:
-¡Oh príncipe mío!, cierra tus oídos a estos cantos seductores e impide que llegue a tu inteligencia esta peligrosa ciencia. Sabe que el amor es la causa de la mitad de los males que sufren los desdichados mortales. El es el que enciende el odio y la discordia entre los amigos y los hermanos, el que causa las sangrientas traiciones y el estrago de la guerra. Las inquietudes y las penas, los días sin alegrías y las noches de insomnio, forman su cortejo. Marchita la flor y destruye los placeres de la juventud y lleva consigo los males y las tristezas de una vejez prematura. ¡Alá te conserve, oh príncipe mío, en una completa ignorancia de lo que es amor!
Retiróse, el sabio Eben Bonabben dejando al príncipe en mayor perplejidad. En vano intentó alejar de su espíritu esta preocupación; no por eso dejó de ser menos señora de sus pensamientos, forzándolo a consumirse en vanas conjeturas. "Con toda seguridad -decíase a sí mismo escuchando los cantos melodiosos de los pájaros- que estos acentos no son los del dolor, sino que expresan, por el contrario, la ternura y la alegría. Si el amor es una cosa tan grande de desgracia y de discordia, ¿por qué estos pájaros no languidecen en la soledad y por qué no se les ve despedazarse en lugar de revolotear alegremente entre los árboles o juguetear reunidos entre las flores?"
Reposaba una mañana sobre su lecho, meditando en este enigma. La ventana de su cuarto, abierta de par en par, dejaba entrar la suave brisa que venía del valle del Darro, saturada del perfume de los naranjos en flor; oíanse débilmente los trinos del ruiseñor, que cantaba siempre su eterna canción. Cuando el príncipe escuchaba suspirando, oyó de pronto en el aire un ruido de alas: un bello palomo, perseguido por un gavilán, refugióse en la habitación y cayó jadeante al suelo, mientras que su perseguidor, escapada la presa, emprendió otra vez su vuelo hacia las montañas.
El príncipe recogió al ave fatigada, que respiraba agitadamente, y después de haberla calmado con sus caricias, la metió en una jaula de oro y le dio con su propia mano el trigo más blanco y el agua más pura. Pero el ave rehusó todo alimento y permaneció triste y abatida, exhalando dolorosos gemidos.
-¿Por qué te quejas? -le dijo Ahmed-, ¿no tienes todo lo que tu corazón puede desear?
-¡Ay, no! -respondió el palomo-. !Me veo separado de la compañera de mi corazón y en la dichosa época de la primavera, la del amor!
-¡Del amor! -exclamó Ahmed-. Te ruego, hermosa ave, que me digas lo que es el amor.
-Muy bien puedo hacerlo, príncipe. El amor es el tormento de uno solo, la felicidad de dos y la discordia y la enemistad de tres; es un encanto que aproxima, atrayéndoles, a dos seres y los une con lazos de una dulce simpatía, que los hace felices cuando están juntos y desgraciados cuando se separan. ¿No existe acaso ninguna criatura a quien estéis ligado con los nudos de este tierno afecto?
-Amo a mi viejo maestro Eben Bonabben más que a ninguna otra persona; con frecuencia me resulta fastidioso y algunas veces me siento más feliz sin su presencia.
-No es de esta clase de simpatía de la que hablo. Me refiero al amor, al gran misterio y el principio de la vida, la alegría embriagadora de la juventud, el sabio placer de la edad madura. Mira a tu alrededor, príncipe, y verás cómo la naturaleza, en esta bendita estación, está toda llena de amor. Cada criatura tiene su compañera; el pajarillo más insignificante canta a su amada; hasta el mismo insecto, en el polvo, corteja a su dama, y esas mariposas que veis revolotear alrededor de la torre y jugando en el aire, son felices con sus amores. ¡Ay, príncipe! ¿Has malgastado tantos preciosos días de tu juventud sin saber nada del amor? ¿No hay ninguna persona del otro sexo, alguna bella princesa o gentil damita que haya cautivado tu corazón y hecho nacer en tu pecho un dulce conjunto de penas agradables y tiernos deseos?
-Empiezo a comprender -dijo el príncipe, con un suspiro-; he sentido más de una vez esa inquietud pero sin conocer la causa.; pero, ¿dónde encontrar en esta soledad un objeto como el que describes?
Después de algún rato más de conversación, la iniciación del príncipe en la nueva ciencia fue completa.
-¡Ay! -dijo-. Si verdaderamente el amor es tal delicia y su privación hace tan desgraciado, ¡Alá me libre de turbar la alegría de los que aman!
Y abriendo la jaula, sacó al palomo y lo puso en la ventana, diciéndole:
-Vete, ave feliz; ve a gozar con la compañera de tu corazón estos días primaverales de tu juventud. ¿Por qué te he de tener prisionero como yo, en esta horrorosa torre donde el amor no puede entrar jamás?
El palomo, transportado de júbilo, batió sus alas, describió un círculo en el espacio y después voló rápidamente hacia las floridas alamedas del Darro.
El príncipe siguióle con la vista y se abandonó después a amargas reflexiones. El canto de los pájaros, que poco antes le deleitaba, hacía ahora mayor su amargura.
"¡Amor! ¡amor!, ¡amor!" ¡Ay, pobre joven! Ahora comprendía el significado de sus cantos.
Cuando volvió a ver al sabio Bonabben, sus ojos chispeaban de coraje.
-¿Por qué -le dijo- me habéis tenido en esta abyecta ignorancia? ¿Por qué el haberme ocultado el gran misterio y el principio de la vida, que conoce hasta el más vil insecto? Ved cómo toda la naturaleza está disfrutando de él y cada criatura se regocija con su compañera. Este, éste es el amor que yo quiero conocer. ¿Por qué he de ser yo sólo el que no goce de él? ¿Por qué he perdido tantos años de mi juventud sin conocer sus delicias?
El sabio Bonabben comprendió que toda reserva había de resultar inútil, pues el príncipe conocía ya la ciencia peligrosa y prohibida. Así es como le in- formó de las predicciones hechas por los astrólogos y las precauciones que se habían tomado en su educación para librarlo de los males que le amenazaban.
-Y ahora, príncipe -agregó-, mi vida está en tus manos. Si el rey, tu padre, descubre que durante el tiempo que has estado confiado a mis cuidados has sabido lo que es el amor, pagaré con mi cabeza.
El príncipe se mostró más razonable que la mayor parte de los jóvenes de su edad y se rindió a las reflexiones de su maestro sin oponer nada contra ellas. Además, sentía un verdadero cariño por el sabio Bonabben, y no habiendo sido instruido en el amor más que teóricamente, consintió en tener oculta en su pecho la ciencia que había aprendido, antes de poner en peligro la cabeza del filósofo.
Pero su discreción tuvo que pasar por una prueba mayor. Algunos días después, cuando meditaba acodado en las almenas de la torre, el palomo a quien había dado libertad apareció cerniéndose en el aire y vino a posarse sin temor sobre sus hombros.
El príncipe lo estrechó tiernamente sobre su corazón y le dijo:
-Ave feliz, tú que puedes volar, por decirlo así, sobre las alas de la aurora hasta las extremidades del mundo, ¿dónde has estado desde nuestra separación?
-En una tierra lejana, príncipe, de donde te traigo buenas noticias en premio de mi libertad. Durante mi caprichoso viaje a través de llanuras y montañas, divisé debajo de mí un jardín delicioso, lleno de frutas y flores de todas clases. Estaba situado en una verde pradera, a la orilla de un río caudaloso, y en el medio del jardín se elevaba un magnífico palacio. Descendí sobre un árbol para reposar de mi viaje y vi sobre la verde orilla una bellísima princesa. Estaba rodeada de sus doncellas, tan jóvenes como ella, que la adornaban con guirnaldas y coronas de flores, pero ninguna flor del campo ni del jardín podía compararse con su belleza. Allí transcurría su vida separada del mundo, pues el jardín estaba rodeado de altas murallas y ningún mortal podía entrar en él. Al ver esta jovencita tan tierna, tan inocente, tan pura, tan alejada de todo contacto con el mundo, pensé: "He aquí el ser criado por el cielo para inspirar amor a mi príncipe".
Al oír este relato, el corazón de Ahmed se inflamó; toda la hermosura latente de su naturaleza había encontrado de pronto un objeto en que manifestarse y concibió por la princesa una vehemente pasión. Escribió una carta, redactada en los más apasionados términos, que respiraba el más ardiente amor, pero al mismo tiempo quejándose de la desgraciada esclavitud de su persona, que le impedía ir a buscarla para arrojarse a sus plantas. Agregaba algunas poesías de una elocuencia tierna y conmovedora, pues, sobre ser naturalmente poeta, estaba inspirado por el amor. Después escribió la dirección en esta forma:
"A la bella desconocida, de parte del príncipe cautivo, Ahmed", y perfumándola con almizcle y esencia de rosa, la entregó al palomo.
-¡Ve, fiel mensajero! -le dijo-, atraviesa montañas, valles, ríos y llanuras; no te detengas en los árboles ni te poses en la tierra, hasta que no hayas entregado esta carta a la dueña de mi corazón.
El palomo se elevó en el espacio, y tomando vuelo partió rápidamente en línea recta. El príncipe le siguió con la vista hasta que no fue más que un punto en el cielo y desapareció por último tras una montaña.
Largo tiempo esperó la vuelta del mensajero y comenzaba a tacharlo de olvidadizo, cuando una tarde, a la puesta del sol, el palomo entró en su habitación, y, cayendo a sus pies, expiró. Algún arquero, cazando, le había atravesado el pecho con una flecha, pero el pájaro fiel había empleado el resto de vida que le quedaba en cumplir su misión. Inclinóse el príncipe con dolor sobre este gentil mártir de la fidelidad y vio que llevaba un collar de perlas del que estaba pendiente, y bajo un ala, una miniatura de esmalte que representaba a una encantadora princesa en la flor de la juventud. Sin duda alguna, era la bella desconocida del jardín; pero, ¿cuál era su nombre? ¿Dónde vivía? ¿Cómo había recibido su carta? ¿Había enviado ella este retrato para indicarle que aprobaba su pasión? Desgraciadamente, la muerte del fiel palomo dejaba todas estas cosas envueltas en la bruma de la duda y el misterio.
El príncipe miraba, embebido, el retrato, hasta que sus ojos se bañaron en lágrimas; lo besaba, estrechándolo contra su corazón, y permanecía horas enteras contemplándolo con desesperada ternura.
"¡Bella imagen! -decía-. No eres, ¡ay!, más que una imagen; sin embargo, tus preciosos ojos me miran tiernamente; esos labios de rosa parecen querer hablar para infundirme valor. ¡Vana ilusión! ¿No han mirado del mismo modo a algún rival más afortunado? ¿En qué lugar de este vasto mundo puedo esperar descubrir el modelo? ¿Quién sabe qué montañas, qué reinos nos separan, qué contratiempos pueden sobrevenir? Puede ser que en este instante, en este mismo instante, se halle rodeada de amantes mientras yo permanezco aquí, prisionero en una torre, consumiendo el tiempo en la adoración de una vana pintura." Y el príncipe Ahmed tomó una resolución. "Voy -se dijo- a huir de este palacio, que es para mí una odiosa, prisión, y, peregrino de amor, recorreré el mundo entero en busca de esa princesa desconocida."
Escaparse durante el día, cuando todo el mundo estaba despierto, era cosa muy difícil; pero por la noche el palacio apenas estaba guardado, pues nadie esperaba una tentativa de esa clase, de parte del príncipe, que siempre había parecido resignarse con su cautividad. Pero, ¿quién le guiaría en su huida en la oscuridad, no conociendo el país? Entonces se acordó del búho, que, acostumbrado a volar de noche, debería conocer todos los callejones y pasos ocultos. Habiendo ido, pues, a buscarle a su celda, le interrogó sobre su conocimiento del país. El búho, revistiéndose de un aire de importancia, le contestó:
-Has de saber, ¡oh príncipe!, que nosotros los búhos somos de una familia muy antigua y numerosa, que aunque hayamos caído algo en decadencia, poseemos castillos y palacios en ruinas en todas partes de España. No hay torre en las montañas, fortaleza en las llanuras, ni ciudadela en las poblaciones, donde no habite alguno de nuestros hermanos, tíos o primos. Y durante los viajes que he hecho para visitar a mi numerosa parentela, he explorado los rincones y escondrijos y estoy perfectamente instruido de los sitios secretos del país.
El príncipe, loco de contento de encontrar al búho tan profundamente versado en topografía, le informó entonces, en confianza, de su tierna pasión y de la evasión -que proyectaba, rogándole que le acompañase y fuese su consejero.
-¿Qué me propones? -le contestó el búho con aire de dignidad ofendida-; ¿soy yo ave para intervenir en asuntos de amores; yo, que he empleado mi vida en la meditación y el estudio de los astros?
-No te ofendas, severo búho- replicó el príncipe-; deja por algún tiempo tus meditaciones y la luna y ayúdame en mi huida; te prometo que recibirás cuanto pueda desear tu corazón.
-Yo poseo ya cuanto puedo desear -contestó el búho-; algunos ratones bastan para mi frugal sustento y este agujero del muro es suficientemente espacioso para mis estudios; ¿qué más puede desear un filósofo como yo?
-Acuérdate, ¡oh sabio búho!, de que mientras estás en la soledad de tu celda contemplando la luna, tu talento se pierde para el mundo. Algún día seré príncipe soberano, y entonces podré cubrirte de honores y dignidades.
El búho, aunque filósofo, y muy por encima de las necesidades ordinarias de la vida, no estaba libre de ambición y decidióse finalmente a partir con el príncipe para servirle de guía y consejero durante su peregrinación.
Un enamorado ejecuta pronto sus deseos. El príncipe reunió todas sus alhajas y las ocultó en sus vestidos para los gastos del viaje, y aquella misma noche descolgóse al jardín por medio de su faja, escaló las murallas del Generalife y, guiado por el búho, salvó felizmente la montaña antes de que amaneciera.
Entonces deliberó con su guía acerca del camino que debían seguir.
-Si me es permitido darte un consejo -dijo el búho-, te recomendaría que fueses a Sevilla. Has de saber que, hace muchos años, fui a visitar allí a uno de mis tíos, búho de gran dignidad y poderío, que habitaba en un ala arruinada del Alcázar- Durante mis paseos nocturnos por la ciudad, observé con frecuencia una luz que brillaba en una torre solitaria. Al fin descendí a posarme sobre la tronera y vi que la claridad provenía de la lámpara de un mago árabe que se hallaba rodeado de sus libros de magia y sobre su hombro sostenía un viejo cuervo, venido con él de Egipto. Conozco a este cuervo y le debo la mayor parte de los conocimientos que poseo. Murió después el mago; pero el cuervo continúa habitando la torre, pues estos pájaros llegan a hacerse prodigiosamente viejos. Me atrevería a aconsejarte, ¡oh príncipe!, que fuésemos a buscar al cuervo, pues es adivino y hechicero y muy versado en la magia, arte en que son renombrados todos los cuervos, especialmente los de Egipto.
Quedó el príncipe maravillado de la sabiduría de este consejo, y tomó por lo tanto el camino de Sevilla. No viajaba más que de noche, para complacer a su compañero, y reposaba durante el día en alguna sombría caverna o buscaba una torre desmantelada, pues el búho conocía todos los escondrijos de esta clase y tenía una verdadera pasión por la arqueología, ciencia que estudia los monumentos antiguos.
Al fin llegaron a Sevilla una mañana al despuntar el alba. El búho, que aborrecía la claridad del día y la animación de las calles, se detuvo fuera de las puertas de la ciudad, alojándose en la cavidad de un árbol.
El príncipe franqueó la puerta y encontró sin trabajo la torre mágica que se eleva por encima de las casas de la ciudad, como una palmera se alza por encima de los arbustos del desierto. Era la misma que existe aún, conocida con el nombre de Giralda, la famosa torre construida en Sevilla por los moros.
El príncipe subió por una larga escalera de caracol hasta lo alto, donde encontró al cuervo adivino, misterioso pájaro, viejo, calvo, desplumado y con una nube en un ojo, que le daba el aire de un espectro. Estaba sostenido sólo sobre una pata, la cabeza inclinada a un lado, mirando con su único ojo una misteriosa figura trazada en el suelo.
El príncipe se acercó con todo el respeto y la deferencia que inspiraban su exterior venerable y su genio sobrenatural.
-Perdóname, ¡oh ancianísimo cuervo y sapientísimo mago! -le dijo-, si interrumpo por un momento los estudios que son la admiración del mundo. Tienes delante de ti a un peregrino de amor que desea consultarte para saber cómo podrá obtener la posesión del objeto de sus desvelos.
-En otros términos -dijo el cuervo con aire entendido-: vienes a poner a prueba mi habilidad en el arte de la quiromancia. Aproxímate, dame tus manos y déjame descifrar las misteriosas líneas del destino.
-Dispénsame -dijo el príncipe-, no vengo para escrutar los secretos del destino, que Alá oculta a los ojos de los mortales. Soy un peregrino de amor y quiero simplemente encontrar un hilo que me conduzca hasta el objeto de mi peregrinación.
-¿Y es posible que no encontréis el objeto de vuestra pasión en la amorosa Andalucía? -dijo el viejo cuervo, fijando en él su único ojo-. ¿Y sobre todo en la gallarda Sevilla, donde las gentiles bellezas de ojos negros bailan alegres zambras a la sombra de los naranjos?
El príncipe enrojeció, algo contrariado al oír hablar tan cínicamente a un pájaro tan viejo, que tenía ya un pie en el sepulcro.
-Créeme -le dijo en tono grave-, no me he puesto en camino para tener tan poca constancia como supones. Las bellas andaluzas de ojos negros que danzan bajo los naranjos del Guadalquivir no tienen para mí ningún interés. Yo voy en busca de una purísima beldad desconocida, que es el original de este retrato. Te suplico, pues, poderoso cuervo, suponiendo qué no esté fuera del alcance de tu ciencia o del límite de tu poder, que me digas dónde podré encontrarla.
El viejo cuervo de cabeza calva sintióse avergonzado de la severa gravedad del príncipe y respondió secamente:
-¿Qué sé yo de la juventud y de la belleza? Yo no visito más que a las personas viejas y marchitas, no las que tienen juventud y belleza. Yo soy el adivinador del destino que lanza sus presagios desde lo alto de la chimenea y bate sus alas en la ventana del moribundo. Dirigíos, pues, a otros para tener noticias de vuestra desconocida beldad.
-¿Y a quién he de dirigirme si no es a los hijos de la sabiduría, versados en los secretos del Libro
del Destino? Yo soy príncipe real, sometido a la influencia de los astros y empeñado 'en una misteriosa empresa de la que puede depender la suerte de los imperios.
Al oír que se trataba de un negocio de importancia en el que influían los astros, cambió el cuervo de tono y de actitud, y escuchó la historia del príncipe con profunda atención. Cuando hubo acabado, le dijo:
-En lo que respecta a la princesa, no puedo darte noticias por mí mismo, pues yo no frecuento los jardines ni las mansiones de las damas, pero vete sin tardanza a Córdoba y busca la palmera de Abderramán el Grande, que se eleva en el patio de la Mezquita principal: al pie del árbol encontrarás un gran viajero que ha visitado todos los países y todas las cortes y ha sido favorito de reinas y princesas. Él te dará noticias del objeto de tus pesquisas.
-Mil gracias por tus preciosas indicaciones -le dijo respetuosamente el príncipe-. Adiós, venerable cuervo.
-Adiós, peregrino de amor -le contestó secamente el cuervo.
Y de nuevo tornó a meditar sobre el diagrama. El príncipe salió de Sevilla, reunióse con su compañero de viaje, el búho, que aun dormitaba en el hueco del árbol, y se pusieron en camino para Córdoba.
Llegaron allí después de atravesar los jardines suspendidos, los bosques de naranjos y limoneros que dominan el encantador valle del Guadalquivir y al
llegar a las puertas de la ciudad, el búho fuése a habitar a un oscuro agujero de la muralla, y el príncipe Ahmed partió en busca de la palmera plantada en tiempos lejanos por el gran Abderramán. Elevándose en medio del gran patio de la Mezquita, destacábase como una torre por encima de los naranjos y de los cipreses. Algunos derviches y faquires hallábanse sentados en grupos en las galerías del patio, y numerosos fieles hacían sus abluciones en las fuentes, antes de entrar en la Mezquita.
Al pie del árbol, mucha gente reunida escuchaba los discursos de un personaje que parecía hablar con gran animación. "He aquí, sin duda alguna -se dijo el príncipe Ahmed-, el gran viajero queme ha de dar noticias de la desconocida princesa". Y se mezcló con la muchedumbre, pero quedóse enormemente admirado al ver que a quien escuchaban era a un papagayo que, con su plumaje de brillante verde, su mirar impertinente y su presumido penacho, tenía el aspecto de un pájaro orgulloso de sí mismo.
-¿Es posible -preguntó el príncipe a uno de los que escuchaban- que tantas personas serias disfruten con la charla de ese pájaro parlanchín?
-No sabéis de quién estáis hablando -le respondió el otro-; este papagayo desciende de aquel famoso papagayo de Persia, renombrado por su talento de cuentista. Lleva toda la ciencia de Oriente en la punta de su lengua y sabe de memoria a todos los poetas. Ha visitado algunas cortes extranjeras en las que ha sido considerado como un oráculo de
erudición. Por todo esto ha sido el favorito del bello sexo, que admira a los sabios A papagayos que recitan poesías.
-Muy bien -dijo el príncipe-, voy a pedirle una entrevista particular a este distinguido viajero. Obtuvo del pájaro la entrevista pedida y le explicó su asunto. A la primera palabra que dijo, el papagayo fue presa de un acceso de risa, tan prolongado, que le hizo venir las lágrimas a los ojos. -Perdóname esta alegría -le dijo-; sólo nombrar el amor me hace reír a carcajadas.
El príncipe se escandalizó de esta alegría intempestiva y le dijo:
-¿Acaso no es el amor el gran misterio de la naturaleza, el principio secreto de la vida, el vínculo de la simpatía universal?
-¡Paparruchadas! -exclamó el papagayo interrumpiéndole-. ¿Dónde has aprendido, dime, esa jerga sentimental? Créeme: el amor ha pasado ya de moda y no se oye hablar de él ni entre los espíritus refinados ni entre la gente distinguida.
El príncipe suspiró acordándose del lenguaje tan diferente que empleaba su amigo el palomo. "Como este pájaro ha vivido en la corte -se decía- quiere echárselas de espíritu superior y delicado gentilhombre, aparentando no saber nada del amor". No queriendo, pues, exponer de nuevo al ridículo el sentimiento que llenaba su corazón, fue directamente al objeto de su visita.
-Dime, maravilloso papagayo, tú que has sido en todas partes admitido, y conoces todas las mansiones, ¿recuerdas haber visto el original de este retrato? El papagayo `tomó con una de sus patas el medallón y moviendo la cabeza de un lado a otro, lo examinó atentamente y exclamó:
-Palabra de honor que es una cara preciosa; pero ve uno tantas caras bonitas, que difícilmente. . ., pero espera. . ., mirándola despacio. . ., no cabe duda: ¡ésta es la princesa Aldegunda! ¿Cómo he podido olvidar a una de mis mejores amigas?
-¡La princesa Aldegunda! -repitió el príncipe-, ¿y dónde podré encontrarla?
-Poco a poco, poco a poco -contestó el papagayo-. Es más fácil encontrarla que poderla obtener. Es hija única del rey cristiano de Toledo y se halla encerrada lejos del mundo hasta que cumpla los diecisiete años, a causa de una predicción de esos astrólogos intrigantes. No podrás verla, pues ningún mortal ha podido conseguirlo. Yo fui llevado a su presencia para distraerla y te juro, a fe de papagayo que ha visto el mundo, que no he hablado en mi vida con princesa más discreta.
-Una palabra, en confianza, mi querido papagayo -dijo el príncipe-: yo soy el heredero de un reino y algún día me sentaré en el trono. Veo que sois un pájaro con talento y que conoce el mundo: ayudadme a obtener la posesión de esta princesa y os elevaré, en mi corte, a una posición distinguida.
-Con todo mi corazón -dijo el papagayo-; pero desearía, si fuera posible, que fuese una renta fija, pues nosotros, espíritus elevados, sentimos una gran repugnancia por el trabajo.
Pronto se cerró el trato; el príncipe Ahmed salió de Córdoba por la misma puerta que había entrado, llamó al búho, que descendió del agujero del muro, le presentó a su nuevo compañero como un sabio colega y prosiguieron, reunidos, su viaje.
Iban demasiado despacio para la impaciencia del príncipe, pero el papagayo estaba acostumbrado a la buena vida, y no le gustaba levantarse temprano. Por otra parte, el búho prefería dormir al mediodía y hacía perder mucho tiempo con sus largas siestas. Sus aficciones de arqueóloga eran también causa de retraso, pues quería explorar todas las ruinas, contando largas leyendas a propósito de todas las torres derruídas y antiquísimos castillos del país. El príncipe había creído que el papagayo y el búho, siendo los dos sapientísimos pájaros, se harían fácilmente amigos uno de otro, pero se equivocó por completo. Continuamente estaban en disputa, pues el uno era de espíritu superficial y el otro era filósofo. El papagayo recitaba versos, criticaba las últimas obras y desplegaba toda su elocuencia a propósito de pequeños puntos de erudición; por el contrario, el búho miraba estas cosas como fútiles y sin importancia y no disfrutaba más que con la metafísica. Además, si el papagayo cantaba cancionetas, repetía chistes, hacía gracias a propósito de su grave compañero y reía inmoderadamente de sus propias ocurrencias, todo lo cual era considerado por el búho como graves atentados a su dignidad, tornábase sombrío y de mal humor, refunfuñaba y guardaba silencio todo el día.
El príncipe no prestaba atención a las peleas de sus compañeros, absorto en sus propios pensamientos y en la contemplación de la bella princesa. De esta forma atravesaron los sombríos desfiladeros de Sierra Morena, las áridas mesetas de la Mancha y de Castilla y bordearon las riberas doradas del río Tajo. cuyos mágicos afluentes se extienden por una mitad de España y Portugal. Al fin divisaron una ciudad fortificada, rodeada de torres y murallas, construida en la cima de un roquizo promontorio que bañaban las impetuosas olas del Tajo.
-He aquí la antigua y renombrada ciudad de Toledo -exclamó el búho-, famosa por sus antigüedades. ¡He aquí las cúpulas y torres célebres, revestidas de una legendaria grandeza en las cuales han meditado tantos antepasados míos!
-¡Bah! -dijo el papagayo, cortando de repente su entusiasmo de arqueólogo-. ¿Qué nos importan vuestras antigüedades, vuestras leyendas y vuestros antepasados? Ocupémonos, mejor, de que estamos ante la mansión de la juventud y de la belleza; mirad al fin, ¡oh príncipe!, el lugar en que vive la princesa que desde hace tanto tiempo buscáis.
El príncipe miró en la dirección indicada por el papagayo y vio en una verde pradera, regada por las aguas del Tajo, un palacio magnífico que se elevaba en un delicioso jardín entre frondosos árboles. Era un lugar semejante en todo al que el palomo le había descrito como morada de la princesa pintada en el medallón. Quedóse mirándolo con el corazón palpitante de emoción. "Puede ser que en este momento -pensaba- la bella princesa Aldegunda juegue con sus compañeras en la sombra de aquellas; glorietas, o se pasee con leve paso a lo largo de esas magníficas terrazas, o repose bajo aquellos soberbios techos!" Mirando con más atención, vio que los muros del jardín eran muy altos, lo que hacía imposible su acceso, y que hombres armados patrullaban a su alrededor.
El príncipe volvióse hacia el papagayo, diciéndole:
-¡Oh, tú, la más perfecta de todas las aves que poseen el don de la palabra humana, apresúrate a introducirte en ese jardín; ve a encontrar el ídolo, de mi alma y dile que el príncipe Ahmed, el peregrino del amor, guiado por las estrellas, acaba de llegar, en busca de ella, a las floridas márgenes del Tajo!
El papagayo, orgulloso de su embajada, voló hacia el jardín y franqueó sus altas murallas, y después de haberse cernido un momento sobre los árboles y el césped, descendió a posarse en el balcón de un pabellón situado a la orilla del río. Desde allí pudo ver a la princesa tendida sobre un diván, con los ojos fijos en un papel y las lágrimas corriendo dulcemente por sus pálidas mejillas.
Después de sacudir sus alas, arreglar su verde plumaje y levantar su penacho, el papagayo vino a posarse cerca de ella, con aire galante, diciéndole tiernamente:
-Seca tus lágrimas, encantadora princesa, pues vengo a traer el consuelo y la alegría a tu corazón. Sorprendióse un poco la princesa de oír una voz, pero habiéndose vuelto y no viendo más que a un pajarillo de verde plumaje, que le hacia reverencias, dijo:
-¡Ay! ¿Qué alegría puedes traerme tú, si no eres más que un pájaro?
Disgustóse el papagayo de esta respuesta y le dijo: -A más de una hermosa dama he consolado yo en mi vida; pero dejemos esto: Vengo de embajador de un príncipe real. Sabe que Ahmed, príncipe de Granada, acaba de llegar en tu busca y está acampado en este momento en las floridas márgenes del Tajo.
A estas palabras, los ojos de la bella princesa brillaron con un fulgor más vivo que los diamantes de su diadema.
-¡Ah, gentil papagayo! -exclamó-. Tus noticias son agradables en verdad, pues me hallaba triste y enferma hasta la muerte por la duda en que estaba de la constancia de Ahmed. Apresúrate a volver y dile que las palabras de su carta las tengo grabadas en el corazón y que su poesía ha sido el alimento de mi alma. Dile también que es preciso que se prepare a probarme su amor por medio de las armas; mañana es el decimoséptimo aniversario de mi nacimiento y el rey, mi padre, celebra un gran torneo. Muchos príncipes descenderán a la liza y mi mano será la recompensa del vencedor.
El papagayo reanudó su vuelo, atravesó los jardines y volvió al lugar en que el príncipe esperaba su regreso. El júbilo que sintió el príncipe por haber encontrado el original de su querido retrato y de haberla hallado tierna y fiel, sólo puede ser comprendido por los privilegiados mortales que han tenido la fortuna de realizar su sueño, cambiando lo anhelado por la realidad. Pero una cosa turbaba su alegría: el torneo que debía realizarse. Efectivamente, las riberas del Tajo relucían con el brillo de las armas y resonaba el ruido de las trompetas de los diferentes caballeros que, seguidos de sus soberbios cortejos, se encaminaban a Toledo para asistir a la ceremonia. La misma estrella que había presidido los destinos del príncipe había gobernado los de la princesa y hasta sus diecisiete años se la había tenido encerrada lejos del mundo, para preservarla del amor. Pero la fama de sus encantos había ganado, en lugar de perder, con esta reclusión. Multitud de poderosos príncipes se disputaban su mano, y su padre, que era un rey de talento, para evitar crearse enemigos eligiendo a alguno de ellos, los había remitido a la decisión de las armas. Entre los rivales, muchos eran célebres por su fuerza y bravura. ¡Qué situación la del infortunado Ahmed, desprovisto de armas como estaba, e inhábil, además, para los ejercicios de la caballería!
-¡Qué desgraciado príncipe soy -se dijo- por haber sido criado lejos del mundo bajo la vigilancia de un filósofo! ¿De qué me sirven en amor el álgebra y la filosofía? ¡Ay! Eben Bonabben, ¿por qué no me has instruido en el manejo de las armas?
Entonces el búho rompió el silencio, empezando su discurso con una exclamación piadosa, como devoto musulmán que era.
-¡Allah Akbar! -exclamó-. ¡Dios es grande y en sus manos están todos los secretos! Él sólo gobierna los destinos de los príncipes de la tierra. Sabe ¡oh príncipe!, que este país encierra muchos secretos que únicamente poseen los que, como yo, conocen las ciencias ocultas. Sabe que en las montañas vecinas hay una caverna y dentro de ella una mesa de hierro; sobre esa mesa de hierro hay una armadura mágica y a su lado un caballo encantado, todo lo cual se halla allí encerrado desde hace muchas generaciones.
Abrió el príncipe de par en par los ojos, maravillado, y el búho, encrespando sus plumas, a la vez que guiñaba continuó:
-Hace muchos años que acompañé a mi padre por estos lugares en un viaje que hizo para visitar sus dominios y nos alojamos en esa caverna; por eso conozco el secreto. Es tradición en nuestra familia, la cual he oído contar con frecuencia a mi abuelo, cuando yo era pequeño, que esa armadura había pertenecido a un mago árabe que se había refugiado en esa caverna cuando cayó Toledo en poder de los cristianos, luego murió allí y dejó su caballo y sus armas bajo un encanto mágico, que impide que pueda servirse de ellos más que un musulmán y solamente entre el amanecer y el mediodía. El que se sirva de ellos en ese espacio de tiempo, vencerá a todos sus adversarios.
-Está bien -dijo Ahmed-; vamos a esa caverna. Guiado por su fabuloso consejero, el príncipe encontró la caverna en uno de los más salvajes rincones de las escarpadas rocas que se elevan alrededor de Toledo; únicamente el triste ojo de un búho o el de un arqueólogo era capaz de descubrir la entrada.
Una lámpara sepulcral, cuyo aceite no se agotaba nunca, esparcía una melancólica claridad sobre los objetos circundantes. En el centro de la caverna, sobre la mesa de hierro, yacía la armadura; la lanza estaba apoyada en ella y a su lado se encontraba un caballo enjaezado para el combate, pero inmóvil como una estatua. La armadura estaba limpia y brillante, no habiendo perdido nada de su antiguo lustre; el caballo tan en condiciones como si acabase de llegar de pastar, y cuando Ahmed le pasó la mano por el cuello, golpeó el suelo con las patas y dio tal relincho de alegría que retemblaron las paredes de la caverna. Provisto así de armas y caballo, resolvió el príncipe entrar en liza en el próximo torneo.
Llegó por fin el ansiado día; el palenque para el combate se había dispuesto en la Vega, al pie del escarpe que coronan las murallas de Toledo, y estaba rodeado de estrados y galerías, cubiertos de ricos tapices y protegidos del sol por toldos de seda. Todas las bellezas del país se habían dado cita en estas galerías y debajo de ellas encontrábanse empenachados caballeros acompañados de sus pajes y escuderos, y entre ellos hallábanse los príncipes que se disponían a tomar parte en el torneo. Pero todas las bellezas del país se eclipsaron, cuando apareció en el pabellón real la princesa Aldegunda, que por primera vez se ofrecía a la admirada contemplación del mundo. Un murmullo de admiración corrió por la asamblea a la vista de su incomparable belleza, y los príncipes, que se disputaban su mano únicamente confiados en los relatos que se les habían hecho de sus encantos, sintieron acrecer su ardor para el combate.
Pero la princesa mostrábase inquieta; cambiaba frecuentemente de color y dirigía miradas de inquietud y desconfianza sobre el empenachado grupo de caballeros. Disponíanse las trompetas a dar la señal del combate, cuando el heraldo anunció la llegada de un caballero extranjero y Ahmed apareció a caballo en el palenque. Un yelmo de acero, enriquecido con piedras preciosas, sobresalía de su turbante; su coraza estaba damasquinada de oro; su daga y su cimitarra, cuajadas de pedrería, estaban hechas en Fez. Llevaba a la espalda un escudo redondo y en la mano, la lanza encantada. La gualdrapa de su caballo, ricamente bordada, barría la tierra, y el soberbio animal caracoleaba y relinchaba de alegría al verse de nuevo entre el aparato de las armas. El aspecto arrogante y gracioso del príncipe atrajo todas las miradas y cuando fue proclamado su nombre, "El Peregrino de Amor", sintióse el rumor producido por las bellas damas de la galería.
Pero cuando Ahmed se presentó para entrar en la liza, se le cerró el paso: sólo los príncipes -le dijeron- podían ser admitidos al combate. Entonces dio a conocer su nombre y su rango: ¡peor todavía!, era musulmán y no podía tomar parte en un torneo en que era el premio la mano de una princesa cristiana.
Los príncipes rivales le rodearon, altaneros y amenazadores: uno de ellos, de complexión hercúlea, lleno de arrogancia se mofó de su juventud y delicados miembros, e hizo burla de su galante apodo. Montó en cólera el príncipe y desafió a su rival. Tomaron distancia, dieron media vuelta y se acometieron y al primer choque de la lanza mágica, el insolente Hércules fue derribado de la silla. El príncipe hubiera querido detenerse aquí, pero, ¡ah!, tenía que entendérselas con un caballo y armas poseídos del diablo y nada, una vez en movimiento, podía detenerlos. El caballo cargó sobre los más compactos grupos de caballeros; la lanza derribaba cuanto se le ponía delante; el apuesto príncipe se encontró en ruda pelea con todos ellos en medio del palenque, echando por tierra a grandes y pequeños, nobles y villanos, y deplorando interiormente sus involuntarias hazañas. El rey indignóse fuertemente del ultraje hecho a sus súbditos y sus huéspedes y mandó a sus guardias a la refriega, pero fueron desmontados al primer choque. El rey tiró entonces sus vestiduras de corte, embrazó su escudo y su lanza, montó a caballo y avanzó para imponer al extranjero con la presencia de la misma Majestad. ¡Ah!, la majestad no lo pasó mejor que la gente vulgar: el corcel y las armas no distinguían de personas, y Ahmed, con gran desesperación suya, fue lanzado contra el rey, que al momento cayó al suelo con las piernas en alto, mientras la corona rodaba por el polvo.
En ese momento llegó el sol al meridiano, y el encanto mágico terminó de obrar su' poder. El caballo se lanzó a través del llano, franqueó de un salto la barrera, se sumergió en el Tajo, cuya impetuosa corriente atravesó, llevó al príncipe, estupefacto y sin aliento, a la caverna, y volviendo á su sitio junto a la mesa de hierro, quedóse otra vez como una estatua. Apeóse el príncipe, no poco contento de verse al fin pie en tierra y dejó la armadura donde la había encontrado, para que aguardase allí los decretos del destino. Sentóse después en la caverna y se puso a reflexionar en el desesperado estado a que habían llevado sus asuntos aquel caballo y armas diabólicos. ¿Cómo osaría presentarse en Toledo en adelante, después de haber cubierto así de oprobio a sus caballeros y ultrajado a su rey? Además, ¿qué pensaría la princesa de acciones tan violentas y tan poco corteses? Lleno de inquietud mandó a sus alados mensajeros en busca de noticias. El papagayo recorrió todas las plazas públicas y todos los sitios de reunión de la ciudad y bien pronto volvió con un montón de chismes. La consternación era general en Toledo: se habían llevado al palacio a la princesa privada de sentido; el torneo se había terminado en la mayor confusión; todo el mundo se ocupaba de la aparición repentina, las prodigiosas hazañas y, extraña desaparición del caballero musulmán. Decían unos que era un mago, otros que era un demonio que había tomado la forma humana, y otros hablaban de encantados guerreros encerrados, según decía, la tradición, en las cavernas de las montañas y pensaban que éste podría ser uno de ellos, que había salido de su reposo para hacer esta algarada. Pero todos convenían en que ningún mortal ordinario hubiera podido hacer tantos prodigios ni desmontar a tan valientes y apuestos caballeros cristianos.
El búho partió cuando fue de noche, voló de acá para allá sobre la ciudad en sombras y se posó sobre los tejados y las chimeneas. Después dirigió su vuelo hacia el palacio real, situado en la parte más alta de Toledo, rondó alrededor de sus terrazas y de sus muros, escuchando por todas partes y mirando con sus grandes ojos redondos por todas las ventanas, a costa de que dos o tres damas de honor se desmayaran de miedo. Despuntaba el alba por encima de la montaña, cuando volvió de cazar ratones y contó al príncipe lo que había visto.
-Cuando volaba alrededor de la real morada -le dijo-, vi a través de una ventana de la torre más alta a una bella princesa; Reposaba en su lecho y sirvientes y médicos la rodeaban, pero ella rehusaba toda asistencia y todo alivio. Retiráronse y la vi entonces sacar de su pecho una carta, leerla y besarla, después de lo cual dio rienda suelta a sus lamentaciones, lo que, a pesar de ser filósofo, me apenó bastante.
El tierno corazón de Ahmed entristecióse al oír estas noticias.
-¡Oh sabio Eben Bonabben, qué verdad era lo que me decías! -exclamó-. Penas; cuidados y noches sin sueño son el patrimonio de los amantes. ¡Alá preserve a la princesa de esa cosa que se llama amor!
Nuevas noticias llegadas de Toledo confirmaron el relato del búho. La ciudad estaba inquieta y alarmada: la princesa había sido encerrada en la torre más alta del palacio y todas las avenidas estaban fuertemente custodiadas. Mientras tanto una devoradora melancolía se había apoderado de ella y nadie podía adivinar la causa; rehusaba toda alimentación y rechazaba todo consuelo. Los médicos más hábiles habían ensayado su arte en vano; se la creía sometida a la influencia de algún sortilegio y el rey había hecho publicar un edicto anunciando que el que la curase recibiría en recompensa la joya más rica de su real tesoro.
Cuando el búho, que dormitaba en un rincón oyó hablar del edicto, movió sus grandes ojos con aire misterioso.
-¡Allah Akbar! -exclamó-. ¡Dichoso el hombre que haga esta cura, si sabe lo que tiene que elegir en el tesoro real!
-¿Qué quieres decir, venerable búho? -dijo Ahmed.
-Escucha, ¡oh príncipe!, mi relato. Has de saber que nosotros, los búhos, formamos una sabia corporación, aficionada a las investigaciones oscuras y olvidadas. Durante mi reciente viaje nocturno en que exploré las cúpulas y torres de Toledo, vi una academia de búhos arqueólogos que tenían sus asambleas en una gran torre abovedada donde está depositado el tesoro real. Discutían las formas, inscripciones, destino, fecha y procedencia de las gemas, joyas antiguas y vasos de oro y plata amontonados en el tesoro, pero lo que les interesaba principalmente eran ciertas reliquias y talismanes que están allí desde la época del godo Rodrigo. Entre estos objetos se encontraba un cofre de madera de sándalo con caracteres misteriosos grabados en él, los cuales no eran conocidos más que por un pequeño número de eruditos. Este cofre y estas inscripciones habían ocupado a la academia durante muchas -sesiones y habían sido objeto de largas y serias controversias. En el momento de mi visita, un viejísimo búho, llegado recientemente del Egipto, estaba sentado sobre la tapa del cofre y discurría sobre las inscripciones, llegando a la conclusión de que el cofre encerraba el tapiz de seda del gran Salomón, que, sin duda alguna, había sido llevado a Toledo por los judíos refugiados allí después de la caída de Jerusalén.
Cuando el búho terminó su arqueológico discurso, el príncipe permaneció un momento sumido en sus pensamientos.
-El sabio Eben Bonabben -exclamó al fin- me habló de las propiedades maravillosas de ese talismán que desapareció después de la caída de Jerusalén y que se creía perdido para la humanidad. La cosa permanece sin duda secreta para los cristianos de Toledo; si yo pudiera apoderarme de ese tapiz, estaría asegurada mi felicidad.
Al día siguiente quitóse el príncipe sus ricas vestiduras y se puso el sencillo traje de un árabe del desierto. Ennegreció su cara y nadie hubiera podido reconocer en él al soberbio guerrero que había causado tanta admiración y terror en el torneo. Con un palo en la mano, un zurrón al costado y una pequeña flauta pastoril, llegó a Toledo y presentándose en la puerta del palacio se hizo anunciar como aspirante a la recompensa ofrecida por la curación de la princesa.
Los guardias se apresuraron a rechazarlo rudamente.
-¿Qué puede un árabe vagabundo como tú -le dijeron- en un caso como éste en que los sabios más eminentes del mundo han fracasado?
Pero el rey oyó el tumulto y ordenó que fuera llevado el árabe a su presencia.
-Poderosísimo rey -dijo Ahmed-, delante de ti tienes un beduino que ha pasado la mayor parte de su vida en la soledad del desierto. Esas soledades, como es sabido, son la mansión de los demonios y espíritus malignos que atormentan a los pobres pastores como nosotros durante las largas veladas solitarias, entrando en el cuerpo de nuestras ovejas y de nuestras vacas y enfureciendo algunas veces al mismo paciente camello. Nuestro remedio contra ellos es la música y sabemos melodías transmitidas de generación en generación, que cantamos y tocamos en nuestros caramillos para ahuyentar los espíritus malignos. Yo he heredado este don de mis antepasados y poseo ese talento en sumo grado. Si tu hija está bajo el imperio de una influencia maligna de esa especie, respondo con mi cabeza que he de curarla.
El rey, que era hombre de talento y no ignoraba que los árabes poseían maravillosos secretos, llenóse de esperanza al oír el confiado lenguaje del príncipe y lo condujo. en seguida a la torre, en lo alto de la cual se encontraba la habitación de la princesa. Las ventanas se hallaban situadas sobre una terraza con balaustrada, desde la que se descubría Toledo y sus deliciosos alrededores. Hallábanse casi cerradas y apenas dejaban pasar la luz, pues la princesa era presa de una devoradora, tristeza que no admitía consuelo.
Ahmed se instaló en la terraza y se puso a tocar en su flauta pastoril ingenuas melodías árabes que había aprendido de sus servidores en El Generalife de Granada. La princesa permaneció insensible y los doctores que estaban presentes movieron la cabeza con una sonrisa de incredulidad y desdén. Al fin, el príncipe, dejando su caramillo, comenzó a cantar con una sencilla tonada los versos amorosos contenidos en la carta en que le había declarado su amor.
La princesa reconoció la canción: su corazón palpitó de alegría y levantando la cabeza escuchó, mientras las lágrimas acudían a sus ojos y corrían por sus mejillas. Hubiera querido pedir que el cantor fuese llevado a su presencia, pero su pudor de doncella ataba su lengua; el rey adivinó su deseo y a su orden fue introducido Ahmed en la habitación. Los enamorados fueron discretos, contentándose con mirarse, pero sus miradas decían mucho; jamás fue tan completo el triunfo de la música. Las rosas habían aparecido en las tiernas mejillas de la princesa, recobraron sus labios su antigua frescura y sus lánguidos ojos, su fascinante brillo.
Los médicos que se hallaban presentes mirábanse unos a otros asombrados. El rey contemplaba al cantor árabe con una admiración mezclada de respeto.
-Prodigioso joven -exclamó-. Tú serás en adelante el primer médico de mi corte y no quiero hacer ya uso de otros remedios que tus melodías. Recibe ahora tu recompensa, la joya más preciada de mi tesoro.
-¡Oh, rey! -respondió Ahmed-. Yo no necesito ni la plata ni el oro ni las piedras preciosas. Tú tienes en el tesoro una reliquia trasmitida por los musulmanes, dueños antes de Toledo; es un cofre de madera de sándalo que encierra un tapiz de seda, dadme ese cofre y quedaré contento.
La modestia del árabe asombró a todos los presentes, pero su sorpresa aumentó cuando una vez traído el cofre de sándalo, se sacó de él el tapiz. Era una pieza de fina seda verde, cubierta de caracteres hebraicos y caldeos. Los médicos de la corte miráronse, encogiéndose de hombros, y sonrieron de la simplicidad de este novicio que se contentaba con tan ridículos honorarios.
-Ese tapiz -dijo el príncipe- ha cubierto otras veces el trono del gran Salomón y es digno, por tanto, de ser puesto a los pies de la belleza.
Diciendo eso extendió el tapiz en la terraza, bajo una otomana que se había llevado allí para la princesa, sentándose él mismo a sus pies.
-¿Quién puede oponerse -dijo- a lo que está escrito en el Libro del Destino? He aquí el cumplimiento de las predicciones de los astrólogos. Sabed, ¡oh rey!, que tu hija y yo nos amamos en secreto desde hace mucho, tiempo. ¡Reconoce en mí al Peregrino de Amorl
Apenas hubo acabado de hablar, el tapiz se elevó en los aires, llevando al príncipe y a la princesa. El rey y los médicos se quedaron con la boca abierta siguiéndoles con la vista hasta que no parecían más que un punto en el seno de una blanca nube y desaparecieron al fin en la bóveda azul del cielo.
El rey, lleno de furor, hizo venir al tesorero...
-¿Cómo has consentido que un infiel se apoderara de semejante talismán?
-¡Ay, señor! No sabíamos de lo que se trataba y no habíamos podido descifrar las inscripciones grabadas en el cofre. Si ese tapiz es verdaderamente el que cubría el trono del gran Salomón, posee una propiedad mágica y puede transportar a su dueño de un lugar a otro a través del espacio.
El rey reunió a un poderoso ejército y marchó sobre Granada, en persecución de los fugitivos. Después de una larga y penosa marcha encontróse en la Vega y estableció allí su campo, enviando a un heraldo para reclamar a su hija. El rey de Granada vino a su encuentro con toda su corte y reconocieron en él al cantor árabe, pues Ahmed había heredado el trono por la muerte de su padre y la bella Aldegunda se había convertido en sultana.
El rey se aplacó fácilmente cuando se enteró de que su hija había sido autorizada para seguir en su religión, no porque fuese de una escrupulosa piedad, sino porque la religión es siempre un punto de honor y de etiqueta entre los príncipes. En lugar de sangrientas batallas, hubo una serie de fiestas y regocijos, hasta que el monarca, muy satisfecho, volvió a Toledo, y la joven pareja continuó reinando en la Alhambra con tanta honra como sabiduría.
Conviene agregar que el búho y el papagayo habían seguido los dos al príncipe, a pequeñas jornadas, hasta Granada: el primero, viajando de noche y deteniéndose en las diversas mansiones de su familia; el segundo, distinguiéndose en las escogidas reuniones de las villas y ciudades que encontraba a su paso.
Ahmed se acordó con reconocimiento de los servicios que ambos le habían prestado durante su peregrinación y nombró al búho su primer ministro y al papagayo su maestro de ceremonias. No hay necesidad de decir que no hubo jamás reino más sabiamente administrado, ni corte en que fuese mejor observada la etiqueta.


Leyenda del Aguador y la Herencia del Moro

Frente al palacio de la Alhambra, en un declive que parte del camino hacia la campiña, se habían excavado, en lejanos tiempos, grandes depósitos de agua que daban a ese lugar el nombre de "Plaza de los Aljibes".
Al final de esa explanada se hallaba uno de los más famosos pozos árabes, cuya profundidad permitía extraer el agua más pura y fresca de Granada.
Junto a esas cisternas, y siguiendo una antigua costumbre, se reunían alrededor de los bancos de piedra todas las comadres, sirvientas, vagabundos y ociosos con que contaba la ciudad. Su único pasatiempo lo constituía el comentario e intercambio de noticias, chismes y cuentos que les traían los aguadores.
Estos personajes, encargados de vender a los habitantes de Granada el preciado líquido que llevaban en grandes vasijas de barro o cobre ya cargadas a las espaldas, ya en pacientes burros, recorrían la ciudad de un extremo a otro sin que nada pudiera escapar a sus vigilantes ojos o atentos oídos.
Entre los que se surtían en aquel pozo, había uno, muy robusto y ancho de espaldas, pero bajo y patizambo, llamado Pedro Gil, aunque nadie lo conocía sino por el nombre "Peregil".
Nacido en Galicia, patria de los buenos mozos de cordel, Peregil se había iniciado en su comercio con sólo una gran vasija que llevaba a la espalda. Como era muy ahorrativo, pronto pudo reunir lo suficiente para comprar un hermoso pollino que cargaba con varios cántaros.
En su comercio no tenía rival. Era el aguador más solicitado. Siempre atento y alegre, despertaba la simpatía de sus clientes. Las damas o los caballeros no podían dejar de escapar una sonrisa ante sus vivas respuestas o graciosas ocurrencias. Era, al decir de los habitantes, el hombre más feliz de Granada.
Pero como todo lo que reluce no es oro, si a alguien se le hubiere ocurrido seguirle habría comprobado, con gran sorpresa, que al llegar a su hogar aquella alegría se _transformaba en un angustioso padecer. Su numerosa prole lo recibía con lloros y gritos de hambre y su abandonado hogar, con más miseria.
Su esposa conservaba las antiguas costumbres de soltera, gustándole más los aplausos a su fama de bailarina de bolero, el son de las alegres castañuelas y las conversaciones con las vecinas, que atender al cuidado de la casa y de los hijos. Todas las ganancias del buen Peregil las gastaba en vestidos y adornos, llegando hasta quitarle el pollino los días de fiesta, para ir a los bailes de los pueblos vecinos.
Peregil, que amaba con delirio a sus hijos, pequeños, pero fuertes y patizambos como él, soportaba en silencio la extraña conducta de su esposa.
Su amargura hallaba cierto desquite el día que conseguía ahorrar unos cuantos céntimos y llevaba a sus retoños al campo, para jugar, correr o saltar, después de una buena merienda.
Al fin de un día de calor insoportable, cerca de la medianoche, y como todavía quedaban vecinos sentados frente a sus casas, desquitándose de las horas de sufrimiento, decidió Peregil, pensando en sus hijos, hacer un último viaje a la "Plaza de los Aljibes" y redondear así las ganancias del día.
Cantando y zurrando al pollino a modo de refresco y aliento, llegó a los solitarios pozos. Disponíase a llenar los cántaros, cuando notó con cierto temor una solitaria figura vestida a la usanza árabe sentada en uno de los bancos de piedra.
La pálida luz de la luna daba a ella un aspecto espectral. Peregil estuvo a punto de largar los cántaros y echar a correr, cuando aquel moro, levantando lentamente un brazo, le hizo señas como para que se aproximara.
Sus buenos sentimientos vencieron al recelo. -Apiádate -1e dijo el árabe cuando estuvo cerca- de un hombre enfermo, ayudándole a regresar a la ciudad. Te recompensaré doblando tus ganancias de esta noche.
-Te socorreré, buen hombre -respondió Peregil-, no por interés al dinero, sino porque necesitas atención a tu enfermedad.
Con gran trabajo subió el moro en el asno. Sus fuerzas estaban tan agotadas que Peregil debía caminar a su lado sosteniéndolo para que no cayera.
-¿Dónde debo conducirte? -preguntó el aguador una vez que llegaron a la ciudad.
-¡Ah! -dijo el moro-, no tengo ni casa ni amigos. Si puedes darme albergue en tu casa obtendrás .generosa paga.
Peregil, compadecido del sufrimiento y estado de aquel extranjero, no dudó un instante en acceder a su pedido, alojándolo durante esa noche en su pobre choza.
Como siempre, sus hijos acudían a recibirle al son de clamores o lloros de hambre, pero al ver al extraño personaje que montaba el jumento, cesaron sus gritos y corrieron a esconderse detrás de su madre, quien a tono con su genio empezó a gritar y gemir:
-Como si fuera poco, traer a casa tus infieles amigotes. ¿Quieres que la Inquisición nos meta a todos en la cárcel? ¡Qué será de nuestros hijos...
-No alborotes a los vecinos -dijo su esposo-. Es cristiano no negar un auxilio, más cuando este pobre hombre, sin nadie que lo cuide, está expuesto a morir en el abandono.
La mujer seguía insistiendo, pero Peregil, demostrando desconocido carácter y energía, amenazó a su esposa con razones más contundentes y ayudó al moro a acostarse sobre una estera y una piel de oveja, en el sitia más fresco de la humilde morada.
Pocos momentos después, el moro fue presa de gran agitación y violentos temblores, ante los cuales nada podía hacer la escasa ciencia del repartidor de agua.
En uno de los momentos en que su estado pareció mejorar, llamó quedamente al generoso Peregil.
-Mi mal no tiene remedio -dijo-. La vida no tardará en abandonarme. En reconocimiento a tu bondad sírvete aceptar este cofre.
Con gran trabajo y lentitud abrió el albornoz, y sacó de su pecho una pequeña caja de madera de sándalo que entregó al honrado dueño de casa.
-Lo guardaré -contestó éste- con la esperanza de que cures lo antes posible y puedas gozar de las propiedades que encierra.
Pero en ese momento las palabras que quiso pronunciar el enfermo fueron cortadas por nuevos ataques que le produjeron la muerte, sin alcanzar a explicar al aguatero los secretos que guardaba.
Al enterarse la mujer del triste fin del moro, casi llega a perder el juicio.
-¿Quién te manda traer desconocidos a tu casa? -gemía desesperada-. ¿Qué vas a hacer cuando encuentren a este hombre muerto en nuestro patio? ¡Nos llevarán presos por asesinos y perderemos todos nuestros bienes en manos de la justicia!
El susto inmovilizó al buen Peregil durante un rato. Pero su entendimiento no lo abandonó en aquel momento de peligro y le dio una idea salvadora.
-¡Por suerte no ha amanecido! -exclamó-. Tengo tiempo de sacar el cadáver fuera de la ciudad y enterrarlo en la ribera del río Genil. Como no tenía parientes ni amigos, ni lo vieron entrar en nuestra casa, su desaparición no será notada.
Su mujer encontró aceptable el plan y sin perder un instante envolvieron el cuerpo del moro en la estera en que yacía, lo cargaron sobre el asno, que condujo el aguador al sitio elegido para darle sepultura.
Pero el buen Peregil al enunciar su proyecto había olvidado que frente a su casa vivía Pedrillo Pedrugo, un barbero famoso en Granada, tanto por su maldad como por su arte de enterarse de todos los secretos e intimidades de los habitantes. Su cara alargada como la de un zorro, su cuerpo raquítico y sus piernas de mosquito, no cesaban de husmear sobre vida y milagros. En la ciudad se decía que sus orejas de murciélago y sus ojos de búho nunca dormían, para oír o ver cuanto ocurría o hablaban sus vecinos.
Estas ruines cualidades hacían que su clientela, casi siempre en busca de chismes o secretos, fuera mayor que la de otros rapabarbas.
Tan agudos eran sus sentidos, que oyó llegar a Peregil más tarde de lo acostumbrado; luego, el cese repentino de los gritos de los hijos y los lamentos de la mujer; presintiendo que algo raro ocurría, se asomó cautelosamente a una de las ventanas, alcanzando a ver a Peregil en el momento en que ayudaba a un moro a bajar del asno y lo introducía en su casa.
Aquello encendió tanto su curiosidad y le pareció tan singular, que pasó la noche asomado a la ventana vigilando a su vecino, hasta que lo vio con un extraño bulto atravesado en el borrico.
Pedro Pedrugo no aguardó más y, vistiéndose rápidamente, salió con gran sigilo detrás del aguador, quien sin sospechar la vigilancia de que era objeto llegó a la orilla del río y dio sepultura al desventurado moro.
El perverso rapabarbas se dio prisa en volver a su casa, donde, con gran impaciencia, esperó el amanecer.
Una vez que el sol hubo alcanzado cierta altura, tomó la navaja y otros utensilios propios de su oficio y se dirigió a la casa de la primera autoridad de la ciudad.
El Alcalde era uno de sus diarios clientes, y después de sentarse cómodamente, permitió que Pedrillo Pedrugo comenzara a pasarle jabón por la barba.
A medida que iba cumpliendo su tarea comenzó a decirle:
-¡La ciudad se ha vuelto muy peligrosa! ¡Ocurren cosas sin nombre! ¡Increíbles! ¡Robo, asesinato y sepultura en pocas horas!
El asombro hizo incorporar al Alcalde en forma tan violenta, que Pedrillo no pudo evitar que sus dedos llenos de jabón, porque en aquel entonces no se usaba brocha, le dieran en las narices.
Resoplando y medio ahogado, pudo exclamar:
-¿Qué dices? ¿Me cuentas un sueño o una realidad?
-No es que quiera acusar a nadie -respondió el barbero, mientras limpiaba con un paño, que hacía meses necesitaba lavarse, las municipales narices; pero Peregil el aguador ha hecho esas cosas en lo que va de la medianoche al amanecer.
-¿Y cómo pudiste enterarte de todo éso?
-Ya le contaré, señor, pero no llegue a pegar otro salto porque ahora empiezo a pasar la navaja. Y así, mientras lo afeitó, lavó y secó con el sucio¡, lienzo, narró su vigilancia, persecución y fúnebre tarea realizada por el vecino.
El Alcalde era el hombre más perverso y avaro que vivía en la ciudad. Administraba la ley de' acuerdo con sus intereses y siempre estaba dispuesto a vender el fallo de la justicia al que mejor pagases.
Mientras el barbero curioso contaba lo visto, sus ojos se agrandaban brillantes por la codicia. Aquél debía ser un crimen suculento en oro. Por eso lo principal del caso estaba, no en detener al autor, sino en apoderarse del botín, que agregaría nuevas riquezas a las muchas que ya tenía guardadas.
Resuelto el principal problema, llamó al alguacil de confianza, un sujeto tan flaco como un palo y seco como un higo, que vestía de acuerdo con el cargo que desempeñaba: un ancho sombrero con, alas vueltas hacia arriba, capilla y traje que de negro había venido a parar en color de ratón, que destacaban su cuello almidonado, lo único blanco que tenían su cuerpo y alma. Como distintivo de su . cargo y odiada autoridad, llevaba una vara que parecía más gruesa que su cuerpo. De allí que los habitantes de Granada lo llamasen la "Sombra de la vara".
Alpio el representante de la autoridad desplegó todo , su celo para capturar al presunto asesino. Obró con tanta rapidez, que no había llegado el pobre Peregil de realizar su primer viaje a la "Plaza de los Aljibes", cuando fue detenido y llevado ante el terrible Alcalde.
Éste, después de mirarlo en forma amenazadora, exclamó con una voz de trueno que al tembloroso y asustado aguador le pareció que salía del infierno:
-¡Conque tú eres el asesino! ¡No pretendas negarlo! ¡Los ojos de la justicia están en todas partes! ¡Eres carne de la horca! Pero da gracias a que has tenido la suerte de dar con un juez piadoso que comprende que has dado muerte a un moro, enemigo de nuestra religión. Te ayudaré por eso; pero a condición de que me des lo que has robado y no hablaremos más de este asunto.
Peregil, que al empezar el Alcalde su retahíla, había caído de rodillas, juró y rejuró por todos los santos que era inocente, que no había asesinado a moro alguno, y con todo candor narró la verdad.
El Alcalde no era capaz de dejarse impresionar por juramentos o verdad alguna, así que cortando las justificaciones del aguador, dijo:
-Por más que invoques los santos, en tus ojos leo la codicia que te impulsó a apoderarte de las alhajas y dinero del moro.
-Castígueme Dios si le miento, señor -contestó lloroso Peregil-, no tenía más que un pequeño cofre, que me regaló en agradecimiento a mi ayuda, y que no sé lo que contiene…
Fresca mercadería, se llegó a la tienda de un comerciante árabe y le pidió que leyera el misterioso pergamino.
Éste, después de acceder a su pedido, contestó sonriente:
-Lo que aquí está escrito es una poderosa fórmula mágica que permite destruir el encantamiento que pesa sobre un valioso tesoro.
-Eso es todo -replicó con cierta amargura el aguador-, pues que se quede como está; yo nada entiendo de magia ni de tesoros encantados.
Y sin preocuparse más por el asunto se despidió del moro dejándole el pergamino. Después de ambular por las calles de Granada vendiendo agua, llegó de nuevo a la "Plaza de los Aljibes" dispuesto a cargar su garrafa y hacer su último viaje. Pero un grupo de ociosos, reunidos junto a uno de los bancos de piedra, se deslumbraba conversando sobre leyendas de fabulosos tesoros escondidos por los moros en las cercanías de la Alhambra.
El buen Peregil estuvo un buen rato escuchando lo que se decía. El recuerdo del pergamino empezó a torturarlo obligándolo a pensar que bien podía haber un tesoro escondido y fácil de encontrar, gracias a sus indicaciones.
Tan absorto iba en sus pensamientos e imaginando riquezas ocultas debajo del Palacio, que estuvo varias veces a punto de caer y romper el cántaro que colgaba a sus espaldas.
Aquella noche no se acordó de que existieran los lamentos de su mujer e hijos y menos de pegar los ojos. Apenas amaneció, se llegó a la tienda del moro y después de referirle lo ocurrido hizo la siguiente proposición:
-Gracias a sus conocimientos pude enterarme de lo que decía el pergamino; bien podemos ir juntos al sitio que él señala y probar su poder; si él es ineficaz, nada habremos perdido, pero si resulta verdadero, el tesoro lo dividiremos entre los dos.
-¡Por Alá, no corráis!- contestó el moro-; para que lo escrito aquí surta efecto, debe ser leído a medianoche a la luz de una vela especial; sin sus cualidades la fórmula no tiene ningún valor.
-No se preocupe usted -exclamó el aguador-, la tengo y la iré a buscar en seguida.
El moro tuvo que aguardar bien poco el retorno de Peregil. Apenas éste le entregó el trozo de vela que guardaba el cofre de sándalo, lo observó cuidadosamente y después de tomar su olor dijo:
-Exóticas esencias y mágicos ingredientes entran en su composición; es sin duda la vela que describe el pergamino. Su luz permitirá abrir las cavernas más secretas, los muros más gruesos, las puertas y las rejas de acero más resistentes, pero infeliz el que se halle en la cámara del tesoro si ella llega a apagarse; sufrirá un eterno hechizo.
Como la impaciencia consumía al aguatero y la curiosidad y el interés al moro, fácil les fue ponerse de acuerdo para comprobar esa misma noche lo que aseveraba el pergamino.
Así que, después de un día que pareció el más largo de su vida y a una hora bastante avanzada, provistos de un farol, subieron por la cuesta que llevaba a la Alhambra hasta llegar a la Torre de los Siete Suelos, lugar señalado por el documento como depósito del tesoro.
El lugar, rodeado de espesa arboleda y cruzado por murciélagos y lechuzas, era famoso por las leyendas que originaba.
Para darse ánimo cambiaron unas pocas palabras y alumbrándose con el farol cruzaron las ruinas del edificio hasta llegar a la entrada de un pasadizo, cuya boca asomaba en los cimientos de la torre. De acuerdo con las indicaciones del documento, debieron pasar por tres cuevas que se comunicaban por largas escaleras; al llegar a la cuarta, un piso de gruesas losas impedía el pasaje a las siguientes cuevas.
Medio muertos de miedo se detuvieron hasta que oyeron dar en un campanario el toque de medianoche. Inmediatamente encendieron el trozo de vela y el moro leyó rápidamente el pergamino.
Al sonar su última palabra, violentos ruidos subterráneos sacudieron sus oídos. La tierra tembló y las losas se abrieron mostrando una escalera de piedra.
Venciendo su temor y animándose uno a otro descendieron por ella hasta llegar a una sala cuyas paredes estaban cubiertas con símbolos misteriosos. En el centro del aposento se hallaba un enorme cofre asegurado por siete barras de acero, custodiado a cada lado por moros armados, de punta en blanco, pero convertidos en estatuas por algún hechizo.
Contra las paredes veíanse grandes recipientes llenos de piedras preciosas, joyas y monedas de oro. El aguador y el comerciante se precipitaron sobre ellos, hundiendo los brazos y sacando todo lo que podían guardar sus bolsillos, pero tal era la impresión que les causaba la inmovilidad y el rostro de los moros guardianes del cofre, que, contagiados por un terror indescriptible, abandonaron la sala y corrieron escaleras arriba hasta llegar a la cueva en que habían dejado la vela, cuya llama, sacudida por la agitación de los recién llegados, se apagó al tiempo que nuevos ruidos se dejaban oír y las losas del suelo se unían con gran violencia.
El pánico que los sacudió fue tal, que, sin saber cómo, subieron las escaleras, atravesaron las cuevas, los escombros y los árboles, hasta llegar a contemplar la pálida luz de las estrellas al borde del camino que iba a Granada.
Dejándose caer sobre la mullida hierba descansaron largo rato; luego, más animados, resolvieron repartirse las riquezas que habían obtenido y volver alguna otra noche por el resto. En prueba de mutua seguridad y confianza, uno se quedó con el pergamino y otro con el trozo de vela, que pese a todo no olvidaron de recoger. Hecho esto emprendieron el regreso no sin antes decirle el moro a Peregil:
-Perdonadme, amigo, si os doy un consejo: que guardéis el mayor secreto hasta que saquemos todo el tesoro y lo pongamos en sitio seguro. Si algo de eso llega a oídos del Alcalde, bien podemos despedirnos de todo.
-Lo que usted dice es una gran verdad -contestó el aguador-, trataré de no decir una palabra. -Estoy seguro de su discreción-replicó el moro-, mas dudo de su mujer.
-Ella no sabrá nada -aseguró Peregil con gran energía.
-Confío en su promesa y en su silencio -terminó diciendo su acompañante antes de despedirse.
La resolución del buen aguador era terminante, pero no contaba con la dificultad que tiene un marido en ocultarle un secreto a la esposa. Al regreso a su casa encontró a su mujer llorando sobre la piel de oveja.
-Ahí llega el perdido de mi marido -exclamó apenas lo vio-. ¡A qué me trae otro protegido que nos lleve más a la miseria y al hambre!
Aumentando sus gritos y arañándose el pecho agregaba:
-¡Más desgracias nos esperan... ! ¿Qué va a ser de mí y de nuestros hijos? ¡Los escasos bienes saqueados por jueces y alguaciles, mientras que el haragán de su padre anda de juerga con moros infieles! ¡Sólo queda largarnos por las calles a mendigar un pedazo de pan!
Fueron tan dramáticos los gestos y las palabras de su casquivana mujer, que Peregil, llorando y sin poder contenerse, sacó de su bolsillo unas monedas de oro y las puso en las faldas de la amargada esposa. Sentir el suave tintineo del oro y desaparecer las lágrimas como por encanto, fue todo uno. Su asombro llegó a un punto tal, que el aguador, asustado por el tamaño que alcanzaban sus ojos y para evitar nuevos reproches, haciendo graciosas cabriolas, sacó una hermosa cadena de oro y se la colgó sobre el pecho.
-¿Qué has hecho, Peregil? -exclamó asustada-, ya sospechaba que no andabas en buenas compañías. con toda seguridad que esto es producto de algún robo o asesinato.
Y la pobre mujer, lanzando cortos chillidos, empezó a ver a su marido colgado de la horca. Tal fue el cuadro que imaginó su mente, que presa de un fuerte ataque de nervios, cayó desvanecida.
No bien repuesta, al aguador no le quedó más remedio, después de hacerle jurar y rejurar guardar profundo secreto, que contarle la historia que lo había puesto en camino de la buena suerte. Después que su mujer lo hubo abrazado llena de alegría, dijo:
-¿Qué me dices ahora del resultado de las buenas acciones y la herencia que ellas me trajeron?
Y sin más hablar se tendió a dormir mientras su esposa se pasaba la noche contando las doradas monedas, probándose collares y joyas y ansiando el día que pudiera lucirlas a la vista de todos.
A la mañana siguiente, el aguador tomó una de las monedas y fue a venderla a un joyero del mercado, diciendo que la había encontrado entre las ruinas de la Alhambra. El comerciante, después de cerciorarse de que era de oro purísimo, se la compró por la tercera parte de su valor.
No reparó en ello el buen Peregil, que sin demora, empleó casi todo el dinero en comprar ropas y juguetes a sus hijos, provisiones y dulces para una opípara comida, pasando el resto del día jugando y saltando con los pequeñuelos.
Su mujer no aguantó mucho tiempo el saberse rica. Empezó por adoptar un aire misterioso y altanero, dándose importancia con sus vecinas, a las que hablaba sobre proyectos que iba a realizar o vestidos que había encargado. Esto motivó que la creyeran falta de juicio y fuera el motivo de diversión de sus amigas.
Si bien no decía más, al llegar a su casa empezaba a ponerse sobre sus harapos los collares de perlas, brazaletes y joyas, para tener el gusto de mirarse y remirarse en un pedazo de espejo que colgaba de la pared.
Como aquello no le fue suficiente, su vanidad la llevó a asomarse a la ventana para ver el efecto que causaban tan deslumbrantes adornos. Pero la pobre no se acordó, en ese instante, que frente a su casa vivía Pedrillo Pedrugo, que en esos momentos, sin clientes que atender, espiaba la calle. Los destellos de los brillantes hirieron sus ojos. Asombrado, acercóse a la ventanilla y con la mayor sorpresa reconoció a la mujer del aguador, alhajada con tanta riqueza como una princesa oriental.
Después de registrar en su mente una lista de los adornos, corrió a toda velocidad a la casa del Alcalde, contándole, una vez pasada su agitación, lo que había visto.
Unos instantes después el alguacil "Sombra de la vara" era comisionado para prender al aguador, que fue conducido ante el juez al caer la tarde. -¡Pedazo de bellaco -vociferó el Alcalde-, has de pagar caro tu engaño ¿Conque el infiel que murió en tu casa no te dejó nada más que un cofre vacío? ¡Y ahora tu mujer luce más brillantes que una reina! ¡Miserable! ¡O me das todo lo que tienes o te mandaré a bailar en la horca
El atribulado Peregil creyó llegada su última hora y cayendo de rodillas contó cómo había obtenido sus tesoros. El perverso Alcalde, el taimado alguacil y el rapabarbas soplón escucharon con gran asombro la fantástica historia.
Una vez repuesto de la impresión, el juez ordenó a "Sombra de la vara" que detuviera en seguida al acompañante del aguador.
Aturdido por el temor de verse aprisionado por las mallas de tan codiciosa red judicial, el moro no atinó en un principio a imaginar lo sucedido. Pero llegar, y ver al lloroso Peregil, fue comprenderlo todo. Con rabia y desprecio murmuró al pasar a su lado:
-¡Aturdido borrico! ¿No te dije cuán imprudente era confiar en tu mujer?
Interrogado por el Alcalde, sus palabras no hicieron sino repetir la historia contada por el aguador, pero el astuto avaro manifestó que no creía en ella y que debía mandarlos a la cárcel e iniciar una severa investigación.
-Me parece que el señor juez no alcanza a comprender -respondió el no menos ladino moro que en esa forma no obtendrá ningún beneficio. Pocos somos en verdad los que conocemos el secreto y en la cámara subterránea quedan tesoros como para enriquecernos varias veces. Bien puede usted darnos la seguridad de que nos lo repartiremos por igual. De lo contrario no diré una sola palabra por más tormento que me apliquen y se perderá el tesoro.
El Alcalde pensó un instante; luego conferenció en voz baja con el taimado alguacil, quien le dictó el siguiente consejo:
-No vacile en darle toda clase de seguridades, pues una vez en poder del tesoro, fácil será deshacerse de ellos amenazándolos con la hoguera por infieles y hechiceros.
Después de simular que meditaba una resolución, contestó:
-Es demasiado fantástica la historia que me relatan. Para convencerme de ella debo presenciar ese conjuro esta misma noche. De ser real nos repartiremos el tesoro como buenos amigos, pero si me engañan, no obtendrán clemencia. Mientras tanto permaneceréis detenidos.
Estas palabras, que produjeron gran satisfacción a Peregil, fueron acogidas con cierta reserva por el moro.
Antes de darse la medianoche el Alcalde, el alguacil y el rapabarbas, armados hasta los dientes, llevando a sus prisioneros y al borrico, partieron rumbo al lugar en que se encontraba el tesoro.
Su camino fue silencioso v. acompañados por la buena suerte de no ser vistos, llegaron a la imponente Torre. Después de atar al asno en un árbol comenzaron a descender las escaleras hasta llegar a la cueva con el piso de losas.
Peregil encendió el trozo de vela y el moro empezó a leer el pergamino. De nuevo se sintieron fuertes ruidos, tembló la tierra y con gran estruendo se separaron las losas del piso dejando ver la estrecha escalera. Tal temor entró al Alcalde, al mísero alguacil y al curioso barbero, que no se atrevieron a moverse de donde se hallaban.
Bajaron el aguador y el moro, y sin dejarse intimidar por el fiero aspecto de los que guardaban el cofre, tomaron dos de los jarrones de mayor tamaño, repletos de joyas y monedas de oro, que Peregil llevó con gran trabajo y esfuerzo hasta el borrico, manifestando que era cuanto podía cargar el animal.
-Sí -apoyó el moro-, es por ahora lo suficiente como para hacernos varias veces ricos.
-¿Cómo por ahora? ¿Acaso queda más aún? -preguntó el Alcalde.
-¿Que si hay? -contestó el árabe-. Queda lo que más vale, un cofre de gran tamaño lleno de piedras preciosas.
-¡Pues hay que subirlo sin más tardanza! -exclamó fuera de sí el avaro Alcalde.
-Hágalo si es su deseo, pero no cuente con mi. ayuda -respondió el moro-. Creo que ya hemos sacado bastante.
-A mí también me parece -agregó Peregil-, porque mi pobre borrico no podrá llevar más carga.
En vano amenazó e imploró el Alcalde, pero viendo que no vencía sus firmes propósitos, dijo al alguacil y al barbero:
-Subiremos nosotros el cofre y nos repartiremos su contenido.
Y acompañado no de muy buena gana por sus secuaces, comenzó a descender por la escalera.
El moro, que los observaba con atención, no bien vio que llegaban a la cámara del tesoro, apagó la vela. Terroríficos ruidos se dejaron oír y las losas volvieron a unirse con fuerte choque, sepultando a los tres perversos carceleros.
El moro y Peregil no pararon hasta llegar donde pacía el cargado borrico.
-¿Qué habéis hecho. . . ? -gimió Peregil una vez que el susto lo dejó articular palabra.
-Nada que no sea la voluntad de Alá -respondió el moro-. Con los traidores se ha enterrado la avaricia y la maldad. Estaba escrito en el libro del destino. Así quedarán hasta que alguien conozca el secreto y deshaga el poderoso hechizo, cosa que creo un poco difícil -y sin decir más, arrojó el trozo de vela en medio del bosque.
Como nada podía hacer, Peregil se resignó a seguir a su fiero compañero de regreso a la ciudad. Durante el camino el buen aguador no pudo menos que abrazar repetidas veces a su noble borrico, por lo que el moro llegó a pensar que más alegría le proporcionaba tener el animal que el tesoro.
El reparto de las riquezas obtenidas no originó ninguna diferencia. El moro, que tenía debilidad
por las piedras preciosas, entregó a Peregil casi todos los objetos de oro, que, en su conjunto alcanzaban mayor valor.
No olvidaron la anterior lección. Así que en cuanto les fue posible volvió el moro al África, mientras que el aguador resolvió trasladarse con su familia y pollino al reino de Portugal.
Los consejos de su ambiciosa mujer le fueron en esos momentos de mucha utilidad. Con el tiempo llegó a ser un importante personaje que llevaba espada al cinto y ocultaba las torcidas piernas tras ricos justillos.
Su esposa, cargada de joyas y extravagantes vestidos, se entretenía en velar por los hijos, que, no por ricos, dejaban de ser tan robustos y patizambos como el padre, que olvidando el antiguo nombre comercial de Peregil, llevaba el muy pomposo de don Pedro Gil.
Nadie extrañó en Granada a los tres personajes. Encantados en la Cámara subterránea, esperarán, quién sabe por cuántos siglos, que les den libertad y vuelvan a abundar en España soplones barberos, malvados alguaciles y avaros Alcaldes.




Leyenda de la rosa de la Alhambra

La hermosa ciudad de Granada fue durante mucho tiempo la residencia predilecta de los reyes de España. Pero una serie de terremotos que asoló la región y sacudió por entero el antiguo palacio morisco, atemorizó en tal forma a los reales personajes, que abandonaron precipitadamente tan peligroso lugar.
La Alhambra permaneció durante largos años en completo abandono. Los aposentos perdieron su brillo y los jardines su esplendor.
La Torre de las Infantas, morada de las tres famosas princesas Zayda, Zorayda y Zorahayda, no escapaba al general descuido y se había convertido en el refugio de arañas, murciélagos y lechuzas.
Contribuía en mucho el hacerla inhabitable la antigua creencia de que la sombra de la bella Zorahayda, que había muerto en aquella Torre, solía verse, a la luz de la luna, reclinada en la fuente del saloncito o derramando amargas lágrimas junto a uno de los ventanales, mientras se oían dulces notas de un laúd.
Como el tiempo borra los malos recuerdos, un buen día se les ocurrió a los reyes de España volver a Granada.
Un ejército de obreros invadió la Alhambra, que al cabo de poco tiempo lucía en todo su esplendor. Redobles de tambores y sones de trompetas aturdieron a los apacibles habitantes de la montaña. Ondear de banderas y pendones, cegadores brillos de armas y joyas, deslumbraron a los habitantes de la ciudad, que con vivas y flores recibían a sus soberanos Felipe V y su bella consorte Isabel, princesa de Parma.
Los aposentos y cámaras del Palacio de la Alhambra volvieron a vivir la agitación y el bullicio que reina en una corte. El ir y venir de agraciadas damas de honor, las galantes frases de los caballeros y las travesuras y carreras de ligeros pajecillos, alternaban con alegres piezas musicales y divertidas canciones.
Entre los muchos personajes que formaban la real comitiva se contaba un paje llamado Ruiz de Alarcón, descendiente de ilustre y noble familia. Era el favorito de la reina y eso significaba que su físico e ingenio debían estar de acuerdo con la gracia y belleza que rodeaba a la hermosa y exigente Isabel.
Se encontraba una mañana en los bosques cercanos al Palacio adiestrando el halcón favorito de la reina, cuando éste, después de volar a gran altura, se precipitó sobre un pájaro posado en las ramas de un árbol. La avecilla consiguió eludir el ataque, lo que hizo que el halcón pusiera mayor empeño en cobrar su presa, y sin hacer caso a las llamadas del paje, empezó a perseguirlo hasta que, cansado, se posó sobre la muralla de la Torre de las Infantas, situada en un barranco algo lejano de la Alhambra. Con gran trabajo llegó el joven a los muros de la Torre, pero como ellos no presentaban ninguna abertura y su elevación hacia difícil el escalamiento, resolvió rodearlo para dar con la entrada.
Ella se abría frente a un pequeño jardín cercado por cañas y enredaderas. Debió pasar un portillo y cruzar canteros llenos de rosales y fragantes flores para llegar a la puerta, cerrada en esos momentos. Intentó abrirla, después de llamar repetidas veces. Pero solamente el silencio contestaba a sus tentativas. Tras breve espera, se resolvió a mirar por un pequeño agujero que presentaba la puerta. Su asombro no tuvo límites al observar que ella daba a un primoroso saloncito morisco, cuyas paredes tenían delicados adornos que hacían juego con las columnas de una hermosa fuente de alabastro rodeada de flores sobre la que se apoyaba una guitarra ricamente adornada. En una de las esquinas colgaba una jaula cuyo ocupante era un pájaro de raros colores y deliciosos trinos. En un sillón y sin importarle el canto del ave, dormía plácidamente, entre delicadas labores femeninas, un magnífico gato persa.
Este cuadro le causó cierta intranquilidad por cuanto le habían asegurado que aquella Torre estaba deshabitada. Por un momento creyó haber descubierto un aposento encantado y alguna princesa hechizada bajo el aspecto de aquel gato persa.
Esta idea lo resolvió a llamar en forma más suave y examinar las ventanas en busca de un ser humano. Nueva confusión trajo a su mente el rostro de una bellísima joven, que se dejó ver por unos instantes.
Tras prudente espera, y convencido de que sufría alucinaciones o de que allí había algún misterio o una dama en peligro, insistió en sus propósitos, los que obtuvieron por recompensa el presentársele aquella visión, esta vez convertida en una real y maravillosa beldad de quince años.
Ruiz de Alarcón, venciendo el hechizo de su belleza, la saludó haciendo una cortés reverencia, al tiempo que decía:
-Más que hermosa princesa, perdón os pido por mi molestia, pero necesito de vuestro permiso para recoger un halcón posado en lo alto de esta Torre.
-Lamento, señor, no poder complaceros -contestó la dulcísima voz de la joven- porque mi tía no me permite abrir la puerta a desconocidos.
-No me consideréis impertinente, pero es el caso que esa ave es la favorita de la reina y no puedo dejar de rescatarla.
-¿Sois entonces un caballero al servicio de su majestad?
-Ese es mi cargo, encantadora princesa, pero muchos males me aguardan si no regreso con ese malvado halcón.
-Pues entonces lo lamento mucho. Mi tía me ha advertido que jamás deje entrar a los caballeros de la Corte.
-Pero considerad, gentil señorita, que entre ellos hay malos y buenos y que el que os habla es un inocente paje, que caerá en desgracia si le negáis este pequeño favor.
La joven, que por hermosa no dejaba de tener delicados sentimientos, consideró que era verdaderamente penoso que aquel gentil paje resultara perjudicado, sobre todo porque no se parecía por su físico y humildes súplicas a los terribles y malvados caballeros de la Corte, que, según su tía, eran tan peligrosos para las incautas jóvenes.
Viendo que la niña se manifestaba indecisa, el paje renovó sus pedidos con tanta elocuencia, que la tímida y ruborosa joven terminó por abrir la puerta.
Si a Ruiz de Alarcón la guardiana de la Torre le pareció muy hermosa, sus sentidos se deslumbraron al apreciar toda la belleza y la gracia que derramaba aquella aparición celestial, que convertía en mustias y pálidas a todas las flores de Granada.
Venciendo su turbación, subió a buscar al desobediente pajarraco. Al bajar encontró a la joven sentada cerca de la fuente y entretenida en tejer un delicado encaje, pero al levantar la vista un ovillo de hilo se deslizó sobre el suelo. Apresuróse el paje a recogerlo y doblando la rodilla se lo ofreció como si fuera una reina, y como a tal le besó la mano cuando ella intentó tomarlo.
A su exclamación de enojo quiso el joven responder con varias de las galanterías que se acostumbraban en la Corte, pero fue presa de una gran timidez. Las palabras morían en sus labios sin poder pronunciarlas, y lo poco que alcanzó a decir eran sonidos inarticulados que contribuían a confundirlo más aún.
Aunque inocente y candorosa, la niña alcanzó a comprender las razones que perturbaban al paje y su enojo cedió ante la alegría de tener rendido a sus pies a tan apuesto servidor de la reina.
Cuando el joven empezaba a recobrar la serenidad, una lejana voz hizo sobresaltar a la guardiana de la Torre.
-Es mi tía que regresa -exclamó temerosa-. Marchaos, señor, inmediatamente, que me ponéis en grave compromiso.
-No me moveré de aquí -contestó Ruiz de Alarcón-, hasta tanto no me entreguéis como recuerdo esa rosa que adorna vuestros cabellos.
Con gran rapidez la niña desprendió la flor de sus trenzas y el paje, poniéndola sobre su corazón, desapareció detrás de los arbustos que adornaban el jardín.
Entrar la precavida tía Fredegunda a la Torre y darse cuenta de que allí había ocurrido algo anormal fue todo uno.
-¿Qué es lo que ha pasado? -preguntó con su chillona voz.
-Nada que pueda decirse grave, querida tía -contestó la joven, sofocada por la emoción-. Un halcón que perseguía su presa llegó hasta aquí.
-¡Jesús, María! ¡Qué barbaridad! ¡Ya ni nuestro pájaro está a resguardo de ese voraz halcón! ¡Ay, Dios mío! Ten cuidado de cerrar bien la puerta.
Diciendo esto la buena anciana, después de poner orden en el aposento, dedicó largo rato a aconsejar a su sobrina contra las acechanzas y galanterías de Inahallernc de la Cnrre
Aunque jamás había sufrido ningún desengaño, porque nunca había contado con facciones agradables, no por eso dejaba de trasmitir a la joven cuanto conocía sobre los peligros que acechan a las jóvenes.
Su hermosa sobrina Jacinta, que hasta hacía poco tiempo había estado completando su educación en un convento, era huérfana, siendo su padre un valiente oficial muerto en el campo de batalla. Su tía la guardaba y vigilaba con gran celo, pero su belleza y dulzura no habían pasado inadvertidas para los habitantes de la ciudad, quienes con gran admiración la llamaban la "Rosa de la Alhambra".
Pronto se cansó de Granada el rey Felipe V, y decidió dirigirse hacia otra ciudad. Al enterarse la vigilante tía de la partida de los soberanos, no dejó de observar atentamente el paso de los caballeros que constituían el séquito real. Cuando el último de ellos hubo desaparecido a su vista, emprendió el regreso muy satisfecha porque su sobrina ya no corría peligro alguno. Pero al acercarse a su vivienda quedó muda por el asombro. Un hermoso caballo árabe se revolvía inquieto frente al portillo del jardín, mientras que entre las flores un apuesto joven se arrodillaba ante su sobrina.
Al acercarse, el potro dio un relincho de aviso y el paje, sin esperar más, besó la mano de la niña y saltando la cerca montó a- caballo, desapareciendo en un instante.
Jacinta, afligida por la partida del joven, sin importarle lo que podía pensar y decir la vigilante Fredegunda, se arrojó a sus brazos derramando abundantes lágrimas.
-¡Ay, tía! -gemía entre sollozos-. ¡Se ha ido! ¡Se ha alejado de mí y nunca más lo veré¡
-¿Pero a quién le ha sucedido eso? ¿Qué malas noticias trajo ese joven que se arrodillaba ante ti? -¡Es él, tía, por quien lloro! ¡Es un paje de la reina que se despedía de mí!
-¡Un caballero de esa laya! -exclamó fuera de sí la inmaculada tía-. ¿Cómo has conocido tú a ese personaje?
-El día en que el halcón de la reina se posó en la Torre, él era el encargado de cuidarlo.
-¡Ay, niña de mi alma! ¡No existe ave de rapiña peor que esos alocados pajes, que se divierten en cazar tan candorosas avecillas como eres tú!
Con gran enojo cerró la puerta de la Torre con toda clase de trancas para que nada volviera a perturbar a su hermosa sobrina.
Bajo extrema vigilancia pasó la niña verano e invierno sin tener noticias del apuesto paje. Al llegar la primavera y cuando todo era vida y esplendor, la bella Jacinta empezó a perder colores mientras honda tristeza le hacía olvidar sus agujas, enmudecer su dulce voz como también las melodías que tañían las cuerdas de la guitarra.
Sus ojos ya no brillaban como las estrellas, el llanto los enrojecía casi a diario.
La rígida Fredegunda creía aliviar sus penas diciéndole a menudo:
-¡Ay, candorosa sobrina! ¡Mira si no das razón a mis palabras! ¿No te advertí repetidas veces de lo inconstantes y frívolos que son los caballeros de la Corte? Por otra parte, ¿qué puedes esperar, tú, una pobre huérfana, de un joven de noble familia? Aunque quisiera casarse contigo, estoy bien segura de que sus padres se lo impedirían. Déjate, pues, de llorar y no te aflijas por cosas imposibles.
Estas palabras no hacían sino aumentar el desconsuelo de Jacinta, que para evitar las recriminaciones de su tía, trataba de aislarse lo más posible.
Una calurosa noche -su tía hacía tiempo se hallaba entregada al sueño- permanecía en el salón de la Torre evocando junto a la fuente aquella feliz mañana en que el apuesto paje había solicitado su ayuda, cuando al recordar cuán pronto la había olvidado, sus ojos se llenaron de lágrimas que corriendo por las mejillas cayeron en la taza de la fuente. El agua, quieta hasta entonces, empezó a agitarse y formar burbujas que fueron creciendo y se convirtieron en una bella joven, vestida como una princesa árabe.
La aparición impresionó en tal forma a Jacinta, que olvidando sus penas huyó del salón. Después de agitada noche y ya al amanecer, despertó a su tía para contarle lo que le había ocurrido.
Mas la austera Fredegunda lo creyó un delirio o un sueño de su atribulada cabecita.
-Con toda seguridad -dijo a modo de conformarla- que habías estado recordando la vieja leyenda de las tres princesas moras.
-¿Qué leyenda es esa que no recuerdo, querida tía?
-Pero me parece que te la he contado hace mucho tiempo. Se refiere a las tres hijas del entonces rey de Granada, Zayda, Zorayda, y Zorahayda, que permanecieron guardadas en esta Torre por orden de su padre, hasta que para poner fin a su cautiverio resolvieron escapar y casarse con tres valientes caballeros cristianos, pero a último momento la menor de ellas se dejó vencer por el temor, negándose a dejar esta Torre, en la que había de morir poco tiempo después.
-Recuerdo ahora que conocía esta leyenda y que he acompañado con lágrimas las desdichas de Zorahayda.
-No me extraña que ello ocurriera, por cuanto quien la pretendía era uno de tus antepasados, que después de largo tiempo y cicatrizado su corazón, se casó con una noble dama de la Corte.
-Es otra alma que sufre tanto como yo -pensó para sí la joven-, y no he de temerle. Esperaré esta noche, por si nuevamente llega a aparecer.
Siguiendo su pensamiento, apenas se durmió la vigilante Fredegunda y en la Torre reinó completo silencio, se levantó y bajó al saloncito que adornaba la fuente morisca. El lejano campanario de una iglesia anunciaba la medianoche, cuando la superficie del agua empezó a agitarse y a formar burbujas, surgiendo la bella princesa, cuyos vestidos lucían valiosas joyas, llevando en sus delicadas y pequeñas manos un precioso laúd.
La joven estuvo a punto de abandonar sus propósitos, y huir, pero la triste voz v el sufrimiento que reflejaban sus bellas facciones la detuvieron.
-¿Cuáles son tus penas, hermosa criatura - dijo con tono cariñoso- para alterar con lágrimas la quietud de la fuente? ¿Qué pesar amarga tu corazón para interrumpir la tranquilidad de la sala con lamentos y suspiros?
-Lloro la ausencia de un doncel que en ¡vano prometió tenerme en su memoria.
-No te aflijas, niña mía, porque penas mayores hay en el mundo y las tuyas se resolverán con felicidad. Ten presente mis desdichas. Soy una princesa mora a quien un caballero, tu antecesor, me cortejó y fue correspondido al punto de convenir casarnos y convertirme a su religión, pero en el instante de cumplir nuestros propósitos, me faltó valor, y como si ello fuese un castigo, se apoderó de mi espíritu un hechizo que sólo tú puedes romper, si nada en ti se opone a ello.
-Por el contrario -respondió muy emocionada Jacinta-, haré cuanto pueda por libraros de él. -Gracias, niña mía, aproxímate sin miedo y bautízame con el agua de la fuente según manda tu religión; sólo así descansará mi alma.
Temblorosa acercóse Jacinta a la fuente y, después de sumergir su pequeña mano en el agua, cumplió con aquel singular pedido. La princesa, al término de la ceremonia, sonriente de felicidad, se desvaneció en finísimas gotas de rocío, mientras que el laúd de plata se depositaba a los pies de la niña.
Poco tardó en abandonar el aposento y refugiarse en el lecho. Apenas concilió el sueño. Los primeros rayos del sol la sorprendieron pensando si lo sucedido era una realidad o fantasía.
Sin poder contener la curiosidad, bajó al saloncito. La emoción casi la desvanece al ver el laúd de plata en el mismo lugar que había quedado la noche anterior. Corrió entonces a despertar a su tía contándole con voz entrecortada por la agitación lo sucedido y la existencia del magnífico instrumento.
Después de vestirse, bajó Fredegunda al salón, y su frío corazón se enterneció cuando su sobrina, pulsando el laúd, arrancó de sus cuerdas una melodía tan prodigiosa como cautivadora.
Jacinta encontró en la música felices momentos que le hacían olvidar las penas de su corazón. Pero sin darse cuenta, las maravillosas notas del laúd detenían a cuanta persona se aproximaba a la Torre.
Las propiedades de aquella extraordinaria música no tardaron en conocerse y hacer famosa a su ejecutante.
Los nobles más distinguidos rivalizaban en invitar a aquella virtuosa joven, porque sus ejecuciones eran un poderoso imán, sin el cual no había fiesta posible.
Su celebridad corrió por España entera y en todas las ciudades se elogiaba a la renombrada artista, cuya música exaltaba los sentidos.
Jacinta no se daba tiempo en atender tanta invitación y agasajos, y la vigilante Fredegunda, cada vez más alerta y desconfiada, debía sostener verdaderas batallas para contener a los admiradores de su maravillosa sobrina.
Mientras esto ocurría, el rey Felipe V fue presa de una rara enfermedad mental que, después de pasar por diversas alternativas, hizo crisis en la manía de creerse muerto, y que como tal, ordenó debían darle sepultura.
Grave conflicto causó a la reina y a los ministros tan raro capricho. No podían desobedecer la real orden ni tampoco cumplirla, pues el enterrarlo vivo hubiera sido castigado por el delito de regicidio.
Preocupados por tan complicado problema, los personajes de la Corte buscaban toda clase de soluciones, cuando llegaron a sus oídos las maravillosas virtudes de una joven tañedora de laúd. Al punto se destacaron emisarios en su busca, y, pocos días después, la joven llegó al palacio vestida al estilo andaluz y con su laúd de plata, en momentos que Isabel se paseaba en compañía de sus damas de honor por los hermosos jardines.
Sorprendida quedó la reina al ver tan noble belleza y timidez en la joven que enloquecía de admiración a España, y que con tanto acierto llamaban la "Rosa de la Alhambra".
Su tía Fredegunda no tardó en informar a la soberana de su historia y antepasados, aumentando el interés de la reina al enterarse de que descendía de muy noble familia y de que su padre había dado la vida en defensa de sus reyes.
-Espero -dijo Isabel- que tu llegada a la Corte confirme tus excelentes dotes como ejecutante de tan precioso instrumento. Pero, si eres capaz de aliviar el mal que aqueja a tu rey, gozarás de mi protección y muchos serán los honores y riquezas que te aguardan.
Ansiosa de probar las virtudes de tan eximia artista, guió a la joven a través del palacio hasta llegar a una tétrica aunque imponente sala, cubierta con negras colgaduras. Largos velones iluminaban un suntuoso catafalco, desde donde asomaba la nariz del monarca, que, con las manos cruzadas sobre el pecho, esperaba que le dieran sepultura.
Entró la reina, haciendo señas de guardar silencio a los enlutados y tristes caballeros que rodeaban a su esposo, y señalando un pequeño asiento, indicó a la hermosa Jacinta que podía comenzar.
La emoción hizo en un principio vacilar sus delicados dedos, pero a medida que iba tocando, su entusiasmo crecía y con ello mejoraba la forma de ejecutar, que alcanzó a una perfección tal, que los presentes se sintieron transportados al reino de la música. Después de tocar algunas melodías que el maniático rey creyó sin duda provenían de los ángeles, la eximia artista empezó a cantar al compás del laúd un famoso romance que exaltaba las glorias de la Alhambra y los heroicos hechos de armas de los guerreros moros. Como la canción se asociaba al recuerdo del apuesto paje, fue tal el sentimiento que puso al entonarla, que el rey incorporóse en el catafalco para luego arrojarse al suelo y ordenar con viva impaciencia que se le trajera su espada y su escudo.
Al punto aquella orden fue coreada por vivas y gritos de alegría, las ventanas fueron abiertas y el sol entró raudo.
Pasado este primer momento, todos se volvieron a la excelsa artista, que había abandonado su asiento y presa de una intensa palidez, mientras el laúd se deslizaba hasta el suelo, iba a caer desvanecida, si en el mismo momento no la hubiesen recogido los brazos del apuesto Ruiz de Alarcón.
Repuesta la hermosa Jacinta de su emoción, no se negó a escuchar las justificaciones que de su inexplicable silencio le ofrecía el joven. Como era de imaginar, apenas confesó a su padre su afecto por la joven, éste le prohibió en absoluto toda relación que no estuviera de acuerdo con su alcurnia y nobleza.
Pero pronto la reina venció los escrúpulos de tan rígido padre, que al conocer la gracia y belleza de su futura hija y las mercedes y favores que le otorgaban en la Corte, consintió, sin más vacilar, no tardando mucho tiempo en celebrarse con gran pompa las bodas de la hermosa "Rosa de la Alhambra" con el gentil caballero Ruiz de Alarcón.
En su felicidad, olvidaron el mágico laúd, que al cabo de un tiempo fue robado por un envidioso artista italiano traído a la Corte, antes de la maravillosa cura del rey. A su muerte sus ignorantes parientes hicieron fundir el preciado metal, mientras que sus cuerdas fueron aprovechadas en un viejo violín de Cremona, cuyas mágicas notas dieron merecida fama al gran Paganini.





Leyenda del Gobernador y el Notario


Entre las autoridades que gobernaron la Alhambra, se destacó, hace muchísimos años, un viejo y valiente militar que, habiendo perdido un brazo en una célebre batalla, era conocido por el nombre de "El gobernador manco".
Ufano de su gloria y coraje, irritable y severo en sus actos, resultaba imponente con los largos y erguidos mostachos que casi le llegaban a los ojos, altas botas y larguísima espada.
Aplicaba con toda exactitud los reglamentos y ordenanzas que establecían a la Alham Ira como fortaleza real. No se podía entrar con ninguna clase de armas, a no ser algún noble caballero, y los jinetes debían desmontar al llegar a la puerta y conducir por la brida a su cabalgadura.
Como el gobernador no hacía excepciones y mantenía con estricto rigor su autoridad, muy pronto se indispuso con el capitán general que mandaba en la provincia y que no toleraba que en su jurisdicción existiera otro Estado que resistiese a su poder.
Esta enemistad, agriada por continuas discusiones, exasperaba y enfurecía cada vez más a las celosas autoridades.
"El gobernador manco" alcanzaba cierta ventaja
sobre su rival, porque el suntuoso palacio de la capitanía, situado al pie de la colina en que se levantaba la Alhambra, era dominado por una de las salientes de la fortaleza y allí, en horas en que mayor era la cantidad de gente que iba y venía, se paseaba erguido, espada al cinto, con desdeñoso gesto de superioridad militar.
Cada vez-que bajaba hasta la ciudad, lo hacía con gran pompa, en la vieja carroza tirada por ocho mulas y con numerosa escolta de caballerizos y lacayos. Esta exhibición le causaba cierto placer, sobre todo al observar a los impresionados habitantes de Granada contemplarlo con gran temor y respeto. Pero no reparaba en las sonrisas de los amigos del capitán general, que burlándose de tanto aparato lo llamaban: "El rey de los mendigos", de acuerdo con la pobreza y mísero vestir de sus vasallos.
Pero el principal motivo de tanta enemistad lo proporcionaba el derecho que tenía el gobernador de pasar las provisiones para la fortaleza libres de todo impuesto provincial.
Este privilegio provocó que numerosas bandas de contrabandistas hicieran grandes negocios en connivencia con los soldados de la guarnición.
La situación llegó a tal extremo, que el capitán general decidió un día ponerle fin. Para resolver el asunto, llamó a un solapado notario que atendía la secretaría y que se distinguía por tramar toda clase de enredos y pleitos contra la autoridad de la Alhambra.
Después de estudiar el caso, el astuto secretario le aconsejó que insistiera en detener y registrar cuanto cargamento pasara por la ciudad. Para afirmar sus derechos, redactó un extenso memorial que debía enviarle al gobernador.
Recibirlo el viejo militar y poner el grito en el cielo fue todo uno.
-Al diablo -exclamó furioso- con leyes y notarios. ¡Qué pobre capitanejo ha de ser el que pretende asustarme con papeluchos y escritos de un avenegra! ¡Ya le demostraré lo que vale una espada frente a un tinterillo!
Y sin más, contestó al largo escrito sosteniendo sus derechos al libre tránsito y amenazando con castigar a los plebeyos aduaneros que se atraviesen a detener cualquier cargamento destinado a la Alhambra.
Planteada tan grave situación, llegó un buen día una mula cargada con víveres para el gobernador. El cabo que mandaba el pelotón, custodio del animal, era como su jefe, testarudo y valiente. Al llegar a las puertas de la ciudad puso sobre la carga la bandera de la Alhambra, y con aire de desafío hizo avanzar sus cuatro soldados.
Habían caminado muy pocos pasos cuando sonó el "¿quién vive?" del centinela.
-Fuerzas de la Alhambra -contestó con aire marcial el cabo.
-¿Qué lleváis?
-¡Víveres para el gobernador!
-Pasad .. .
El cabo dio la voz de marcha y apenas el reducido convoy caminó unos metros, cuando varios aduaneros que permanecían ocultos en el puente los rodearon en forma amenazadora.
-¡Deteneos! ¡-gritó el que parecía el jefe-. No podéis pasar sin que hayamos visto lo que lleva ese animal.
Sin dejarse atemorizar, el cabo ordenó atención, preparar las armas y seguir avanzando.
-No sois ciegos para ver la bandera de la Alhambra y por tanto lo que llevamos escapa a todo registro. -
-¡Al diablo con tu bandera y para de una vez.
-No reconozco vuestra autoridad y si la queréis imponer os va costar caro.
Dicho esto, fustigó a la mula, pero el jefe de los aduaneros se adelantó y la tomó de las riendas. El cabo, después de dar la voz de alto, disparó el fusil, hiriéndolo de muerte.
Los aduaneros cayeron sobre el viejo militar. que después de sufrir las iras del populacho, traducidas en puntapiés, palos y golpes de puño, fue cargado de cadenas y encerrado en la cárcel.
Sus soldados, que a favor de la confusión habían emprendido una estratégica retirada, retornaron en busca de la mula, cuya carga había sido registrada y aliviada.
Al enterarse el gobernador de los pormenores del grave episodio, el insulto a su bandera y la prisión de un jefe de sus tropas, su cólera alcanzó límites insospechados. Pensó enclavar cañones en la saliente que dominaba a su enemigo y bombardear la capitanía general, pero como aquel plan no era factible porque la artillería estaba fuera de uso, se conformó con enviar a un soldado exigiendo - la entrega del cabo por considerar que únicamente él podía castigar los delitos cometidos por sus súbditos.
El capitán general, aconsejado por el solapado notario, contestó, después de muchos días, que como el hecho había ocurrido en la ciudad y la víctima era uno de sus servidores, no cabía ninguna discusión ni duda sobre sus derechos a juzgar al autor del crimen.
Insistió el gobernador en lo que creía justo y contestó el capitán general con nuevos argumentos legales, cosa que ponía fuera de sí al viejo militar, que odiaba todas las mañas y argucias de los defensores de la ley.
Mientras se cruzaban pedidos y negativas, el astuto notario, que se divertía en provocar la ira del gobernador, continuaba con toda rapidez la instrucción del sumario. El autor del hecho detenido en un pequeño calabozo, consumía su impaciencia asomándose a una ventana cruzada con gruesos barrotes por donde conversaba o recibía regalos de sus amigos.
Después de llenar cientos de hojas con declaraciones de testigos, antecedentes y reconstrucciones, el falso notario consiguió enredar en tal forma al cabo, que sin saber cómo terminó por confesarse autor del delito de asesinato, que se castigaba con la muerte en la horca.
Al saber el gobernador el fin que aguardaba a su fiel soldado, llegó al colmo de la furia y lanzó toda clase de amenazas contra la ciudad. Pero sus autoridades parecieron ignorarlas y el día antes del señalado para cumplir la sentencia el cabo fue puesto en capilla.
Llegadas las cosas a tal extremo, el gobernador no vaciló en resolver personalmente este asunto. Hizo disponer la carroza, y escoltado por soldados y servidores bajó a la ciudad como si fuese a visitar amigos. Después de recorrer algunas calles, dirigióse hacia la casa del notario. Se detuvo ante ella y ordenó que lo llamaran hasta la puerta.
-Según noticias, ha sido condenado uno de mis soldados -gritó el gobernador.
-Así es, señor -contestó con socarrona sonrisa el notario-. No se ha hecho más que, cumplir las disposiciones de la ley, como fácil os será comprobarlo leyendo las declaraciones y la confesión del autor.
-Quisiera convencerme de esa justicia, si no tenéis inconvenientes -pidió el gobernador.
El notario, inflado de vanidad, al poder demostrar su saber e inteligencia en asuntos de esa clase, no tardó en regresar con el voluminoso expediente. Acercándose a la carroza se puso a leer, dándose mucho tono y autoridad, las principales partes del juicio. Lo hacía con tanta teatralidad, que pronto los vecinos empezaron a rodearlo llenos de curiosidad.
-Si podéis, haced el favor de subir a la carroza -le interrumpió el gobernador-. Me distrae este corrillo de abribocas y no puedo seguir vuestra lectura.
Aceptó el notario de buen grado la proposición del gobernador, pero no había terminado de sacar el segundo pie del estribo, cuando en contados segundos se cerró con fuerza la puerta de la carroza, el conductor sacudió varios latigazos a las mulas y coche, escolta y servidores, ante el asombro de los vecinos, partieron a toda velocidad hasta llegar a la Alhambra y encerrar al prisionero en uno de los mejores calabozos.
Después de tener asegurada tan valiosa presa, el gobernador envió a un oficial con bandera de parlamento, proponiendo a su enemigo el canje de los prisioneros.
El capitán general, herido en su dignidad, rehusó en forma altanera esa proposición y ordenó se aceleraran los trabajos para levantar una gran horca en el centro de la plaza.
-¿Con que ésas tenemos? -dijo el viejo militar, mandando se construyese otro patíbulo en la parte de la fortaleza que dominaba la plaza.
Cuando estuvo listo, envió un nuevo mensaje advirtiéndole que en cuanto el cabo fuese ahorcado, el pérfido notario bailaría al extremo de una cuerda.
El capitán no varió sus propósitos. Hizo formar las tropas, mientras redoblaban los tambores y tocaban las campanas anunciando la ejecución.
El gobernador no se quedó en menos. Mandó formar la guarnición de la fortaleza al son de tambores y campanas que participaban la próxima muerte del notario.
Su esposa, que seguía con desesperadas lágrimas toda la ceremonia, cruzó acompañada de sus numerosos hijos la muchedumbre, que no apartaba los ojos de lo que iba a ocurrir en lo bajo y en lo alto de Granada, para caer de rodillas frente -al capitán general y pedirle aceptase la proposición del enemigo.
-Bien conocéis -dijo- que el gobernador cumplirá con su palabra y mi esposo será ahorcado. Comprended, señor, que por un capricho me priváis de sostén y condenáis a la miseria a mis numerosos hijos.
Conmovióse el capitán general por tantas lágrimas que lo ayudaban a no perder tan ladino consejero, y dio orden a un oficial para que condujera hasta la Alhambra al arrogante cabo, que aun vestido con la ropa de ajusticiado no dejaba de ir con la frente erguida y marcial continente, y pidió se cumpliese el canje solicitado.
No se demoró mucho en sacar al notario del calabozo. La socarrona sonrisa había desaparecido y el terror se reflejaba en sus ojos. Sus cabellos encanecieron y fuertes temblores sacudían su cuerpo.
El gobernador, con agria sonrisa, observó un momento su lamentable estado, y apoyando su brazo en la espada, dijo con severo tono:
-Veo que sufrís las consecuencias de mandar gente a la horca. Y aunque estéis amparado en la ley, la confianza nunca debe cegaros, sobre todo cuando sintáis deseos de provocar con esas chanzas a un viejo militar.
Según dicen los viejos habitantes de Granada, el capitán general no tuvo, desde ese entonces, malos consejos y la paz volvió a reinar entre tan celosas autoridades.


Las Cruzadas y los Primeros Reyes de Granada


No pueden leerse las maravillosas y graciosas leyendas de la Alhambra sin recordar a los reyes que tuvieron la virtud de fundar y construir esta joya arquitectónica, sublime demostración del genio de los artífices árabes, monumento imperecedero de la gloria de España.
Para conocer tan interesantes hechos, debió el autor estudiar las numerosas crónicas que se conservan en la Biblioteca de la Universidad de Granada.
Según la historia, el primero de estos reyes, llamado Mohamed Abu - Alhamar, nació en Arjona en el año 1195 de la Era Cristiana. Descendiente de la noble rama de los Beni-Nasar, sus padres no escatimaron medios para educarlo de acuerdo con el elevado rango que ocupaba la familia.
La civilización árabe había alcanzado en aquel entonces gran adelanto. En las principales ciudades existían escuelas y sabios maestros de artes y ciencias, donde los más ricos y distinguidos personajes educaban a sus hijos.
Al llegar Abu-Alhamar a la mayoría de edad, demostraba gran inteligencia y perspicacia, tanto en las ciencias como en los negocios públicos, por lo que fue nombrado alcaide de las ciudades de Arjona y
Jaén. Pronto se distinguió por su bondad y justicia, lo que le proporcionó enorme popularidad y merecido respeto.
A la muerte del rey Abou Hud, el pueblo musulmán se dividió en varios bandos. Muchos nobles se manifestaron a favor del justiciero Abu-Alhamar. Sus partidarios aumentaron en tal forma que, después de ser aclamado en numerosas ciudades, llegó a Granada, donde fu é proclamado soberano.
Su gobierno dio a sus entusiastas súbditos nuevos motivos de alegría y bienestar. Creó un admirable sistema de policía y dictó estrictas leyes para la administración de justicia. Atendía personalmente a los necesitados, fundando numerosos hospitales para ciegos, ancianos y enfermos; escuelas para instruir los niños, carnicerías, hornos públicos y un sistema de irrigación que beneficiaba a la ciudad y los campos vecinos.
Por su sabia administración y sus inteligentes iniciativas, Granada se había convertido en un centro de cultura y comercio que traía la prosperidad a sus habitantes.
Como no hay felicidad duradera, y cuando menos se sospechaba, sobre el reino se elevaron amenazadores nubarrones que presagiaban sangrienta guerra.
Los ejércitos cristianos, aprovechando las divisiones y rivalidades de los príncipes moros, habían empezado a recobrar el territorio que permanecía en manos de los árabes.
Jaime el Conquistador se había apoderado de Valencia y Fernando el Santo de Andalucía, llegando a sitiar, hasta que consiguiera tomarla, la ciudad de Jaén.
Abu-Alhamar comprendió bien pronto la imposibilidad de resistir las poderosas fuerzas de Castilla. Después de profunda meditación resolvió presentarse, en forma secreta, al rey Fernando.
Cuando llegó a su presencia, besando la mano del monarca español, dijo:
-Soy Mohamed Abu-Alhamar, rey de Granada; vengo a ponerme bajo vuestro mando. Aceptadme como vasallo y disponed de mis pobres dominios como mejor os plazca.
Fernando, que tenía buen corazón, apreció como se debía este gesto y, abrazando a su rival, lo admitió con los derechos y prerrogativas de su más noble vasallo, con la condición de pagarle cierto tributo anual y ayudarlo en sus campañas militares.
El rey Fernando pronto necesitó el auxilio de Abu-Alhamar, quien acudió al frente de quinientos guerreros para combatir contra los de su raza y religión.
El valor que demostró el moro en la conquista de la ciudad de Sevilla, sus solicitudes a Fernando para que tuviese clemencia con los vencidos, no vencieron su triste fama ni su amargura al darse cuenta que a su reino le amenazaban graves peligros.
Los habitantes de Granada esperaban a su rey con grandes festejos y arcos de triunfo, en homenaje a su bravura y bondad. La multitud delirante lo aclamó como "El Ghalib", o sea "El Victorioso", pero el apenado rey exclamó: "¡Sólo Dios es vencedor!", palabras que adoptó por divisa, haciéndolas grabar en su escudo.
Mohamed tenía presente que la paz que había comprado a tan duro-precio no podía ser duradera. Siguiendo el viejo refrán "Ármate en tiempo de paz y abrígate aun en verano", empezó a construir obras de defensa, aumentando sus arsenales y estimulando en toda forma las artes e industrias que dieran mayor poderío a Granada.
De estas iniciativas surge la que más brillo y renombre ha de dar a su reino: el maravilloso palacio de la Alhambra.
Su construcción empezó en el año 1250 y fue dirigida y vigilada por Abu-Alhamar, cuyas sencillas costumbres lo llevaban a mantener largas conversaciones con los obreros y dirigir los trabajos de los artistas y maestros de obra.
Pasaba la mayor parte del tiempo en los jardines, donde se cultivaban las plantas y flores más exóticas y hermosas de España, leyendo o completando la educación de sus tres hijos.
Permaneció fiel a su promesa de lealtad, y a la muerte de Fernando el Santo envió, con su pésame al nuevo rey Alfonso X, un séquito de cien caballeros que velasen sus restos en la Catedral.
Mohamed Abu -Alhamar llegó a vivir muchísimos años. Un día, al salir al frente de las tropas para rechazar un ataque de sus enemigos, uno de sus jefes, por casualidad, rompió la lanza contra el arco de la puerta. Sus acompañantes vieron en ello una señal de mal augurio y rogaron al anciano rey que desistiera de sus propósitos y confiara las tropas a otro jefe. Pero Abu - Alhamar no hizo caso y ordenó continuar la marcha. Al atardecer, un súbito malestar casi lo derriba del caballo. La extraña enfermedad tuvo un trágico desenlace frente al cual se declararon impotentes los médicos de la Corte, falleciendo el soberano.
Su cuerpo fue embalsamado y colocado en un suntuoso féretro de plata labrada, que se depositó, acompañado por el dolor de sus súbditos, en un magnífico mausoleo de mármol.
La Alhambra guarda, con sus restos, imperecedero recuerdo de su esclarecido fundador. Pero la magna empresa lleva asociado otro no menos ilustre hombre: el que continuó y dio fin a la construcción de tan suntuoso palacio.
No puede quedar en el olvido el célebre príncipe Yusef Abul Hagig, que ocupó el trono de GrpLnada en el año 1333.
Sus condiciones morales eran muy semejantes a las de su antecesor Mohamed Abu - Alhamar, pero su físico mucho más agraciado, causaba admiración. De alta estatura y prodigiosa fuerza, aumentaba su presencia y nobleza con una larga barba negra. Su cultura y sus conocimientos se extendían a todas las ciencias y artes de aquel entonces. Alcanzaba gran fama como poeta y conquistaba a su pueblo por su cortesía y humanidad. Si bien de mucho valor y coraje, aborrecía la guerra por sus inútiles matanzas, por lo que llegó a prohibir a sus guerreros todo acto de crueldad, y mandó respetar y proteger a las inocentes víctimas, es decir, las mujeres, los niños, y los enfermos.
¡Tan nobles sentimientos no podían consagrarlo como un gran guerrero! Derrotado por las fuerzas de los reyes de Castilla y Portugal, se retiró a Granada, dedicándose enteramente a la educación y bienestar de su pueblo.
Inició la construcción de diversas obras, entre las que se cuentan la terminación de la Alhambra, iniciada por Abu-Alhamar, la Puerta de la justicia y el Alcázar de Málaga. Agregó nuevos ornamentos y obras de arte a patios y salones del palacio, revistiendo a su conjunto de la gracia y elegancia que lo han hecho tan famoso y visitado.
Los nobles de la ciudad no tardaron en seguir el ejemplo del rey, y pronto la ciudad se vio rodeada de hermosos palacios, verdaderas obras de arte que llevaron a decir a un escritor que "Granada era en aquella época un vaso de plata cubierto de esmeraldas y jacintos".
La nobleza de Yusef se manifestó cuando su peor enemigo, Alfonso XI de Castilla, murió a raíz de una cruel epidemia mientras sitiaba la ciudad de Gibraltar. En vez de alegría sólo manifestó pesar, diciendo que aquella desgracia privaba al inundo de uno de los más ilustres príncipes.
Sus tropas suspendieron la lucha y abrieron camino a las fuerzas que trasladaban hasta Sevilla al difunto rey.
El destino proporcionó al generoso Yusef un trágico fin. Un día, mientras permanecía en la Mezquita Real, un demente lo atacó con un puñal infiriéndole una herida mortal. El pueblo, indignado, vengó su muerte destrozando al asesino.
Sobre su tumba de mármol fueron grabadas sentidas oraciones. Su nombre flota imperecedero sobre la Alhambra, maravilla que eterniza su recuerdo.


Leyenda del Gobernador y del Soldado

Irritado el "gobernador manco" por las continuas quejas y acusaciones de que la fortaleza se había convertido en un refugio de malhechores y contrabandistas, se decidió un día a limpiar sus dominios de tan peligrosa vecindad. Desalojó, sin contemplación, de las cuevas que rodeaban al palacio, a una numerosa población de vagos y gitanos.
Para que estas medidas se cumpliesen y los truhanes no volvieran a sus antiguas guaridas, ordenó que destacamentos de soldados patrullaran continuamente las alamedas y caminos, arrestando a toda persona sospechosa.
Una luminosa mañana de verano, uno de esos destacamentos mandado por el cabo que tanto dio que hacer al escribano, se encontraba descansando a la sombra de la tapia del jardín del Generalife, y cerca del camino que sube al Cerro del Sol, cuando repentinamente oyeron el trotar de un caballo juntamente con una voz que entonaba, con buen acento, una antigua canción guerrera.
No tardó en dejarse ver un robusto joven, con el rostro tostado por el sol, cubierto por un sucio y deshilachado uniforme de soldado de infantería, y montado en un hermoso caballo enjaezado al estilo árabe.
Asombróse mucho el veterano al contemplar a un militar que en aquellas lamentables condiciones descendiera a caballo tan solitaria montaña Sin tiempo para reflexionar, atinó a decir:
-¿Quién vive?
-Gente amiga.
-¿Quién sois?
-Un pobre soldado que vuelve de la guerra maltrecho y sin un céntimo.
El cabo, el corneta y los soldados que componían la patrulla lo rodearon con curiosidad viendo que llevaba sobre la frente un parche negro que su barba era rubia y vivos sus ojos, que descubrían cierta picardía y buen humor.
De buena gana contestó a las innumerables preguntas que le dirigieron los guardianes del sendero. Agotada su curiosidad, creyó el recién llegado que le tocaba interrogar a su vez.
-Os agradecería -dijo- me informéis qué ciudad es esa que diviso al pie de esta colina
-¿Qué ciudad? -exclamaron todos con asombro mientras que el corneta asumía el papel de informante-. ¡Qué cosa rara y graciosa! un hombre que viene del Cerro del Sol y pregunta que ciudad es Granadal
-¡Granada! ... Por los cielos, ¿será posible?. . . -¡Que si es posible! -insistió el corneta-. ¿No veis desde aquí las torres de la Alhambra?
-¡No trates de engañarme ni me vengas con bromas, mal corneta! Que de ser verdad que esas torres son de la Alhambra, cosas más que' maravillosas debo contar al gobernador.
-Pues como he decidido llevaros a su presencia -dijo al cabo-, pronto podréis contárselas. Inmediatamente ordenó rodear al desconocido mientras el corneta tomaba de la brida al caballo y poniéndose al frente dio la voz: "¡De frente! ¡Marchen! ¡Arm. . . ", partiendo con marcial paso hacia el palacio.
No era muy común en la fortaleza ver conducido prisionero a un mal entrazado soldado seguido de tan hermoso caballo. Pronto los ociosos y comadres que hablaban como cotorras varias horas al día cerca de los aljibes y las fuentes, suspendieron sus conversaciones para entrar a ocuparse de tan extraordinario caso. Todos los trabajos se paralizaban y las mozas que habían ido a 'buscar agua abrían la boca con gran asombro al ver pasar al cabo llevando tan apuesto prisionero. Rápidamente empezaron los curiosos a unirse a la cola de la patrulla y a comentar si el preso era un contrabandista, un desertor o un bandido. Pero la imaginación de uno fue superior y pronto se dijo que el cabo había capturado al jefe de una terrible banda de ladrones.
-Pues ahora -decían las mujeres unas a otras que le libre Dios de las garras del gobernador manco, aunque no las tiene más que en una.
Se encontraba el fiero gobernador en uno de los frescos salones interiores de la Alhambra, tomando el sabroso chocolate de la mañana en compañía de su confesor, un grueso fraile franciscano del vecino convento, sirviéndolos una hermosa doncella de lindos ojos negros, hija de su ama de llaves y que, según decían las malas lenguas, manejaba a su capricho al viejo gobernador, pero nosotros no hemos de hacer caso de esas habladurías.
Con toda la ceremonia que indica el Código Militar, el cabo informó a su superior de la prisión del sospechoso soldado. Incorporóse el viejo gobernador henchido de autoridad, entregó a la linda doncella la taza de chocolate, pidió la espada, atusóse el bigote y después de aclararse el pecho con una tosecita, se arrellanó en el amplio sillón semejante a un trono y, con majestuoso ademán y postura, ordenó comparecen ante su vista al prisionero. El soldado, que mantenía, su excelente humor y tranquilidad, no pudo reprimir un gesto de burla ante la rígida y autoritaria mirada del gobernador, quien, después de observarlo un momento, dijo con voz de trueno:
-Diga el prisionero las causas de su detención e informe sobre su persona.
-Señor, nada más puedo decir que soy un pobre soldado que vuelve de la guerra sin más bienes que cicatrices y golpes.
-¡Así que un soldado! ¡Eh! ¡Y a juzgar por vuestro maltrecho uniforme, de infantería! ¿Y el hermoso caballo árabe que montáis forma parte de las cicatrices y los chirlos?
-Sobre eso, y si su excelencia lo permite, tengo que decirle cosas tan raras y extraordinarias que afectan grandemente la seguridad de esta fortaleza y de toda Granada. Pero su excelencia debe oírlas a solas o a más acompañado de las personas de más confianza y reserva.
El pedido hizo meditar al gobernador unos instantes y no encontrando que perdiera nada en escuchar un cuento, ordenó al cabo y sus soldados que se retiraran hacia la puerta, pero alertas, por si era necesaria su intervención.
-Hablad -dilo el viejo militar- con confianza; este buen fraile es mi confesor; y esta muchacha agregó señalando a la joven que fingía estar ocupada en algún quehacer para enterarse de lo que hablaban- es sumamente discreta e incapaz de revelar un secreto.
El soldado, que ya había admirado la hermosura de la moza, volvió a mirarla con picardía y cariño, diciendo:
-Pues, siendo así, encantado de que nos acompañe esta joven.
Cuando los soldados se alejaron, el prisionero, con un ingenio y una facilidad de palabra que no estaban de acuerdo con la profesión que invocaba, comenzó a decir:
-Como he dicho a su excelencia, soy un soldado que después de batallar y prestar toda clase de servicios, obtuvo justa licencia, por lo cual, separándome de mi regimiento que acampaba en Valladolid, emprendí la marcha a pie hacia mi pueblo natal, situado en Andalucía. Había llegado, ayer tarde, a una árida región de Castilla la Vieja.
-¿Castilla la Vieja? -interrumpió indignado el viejo gobernador-. ¿Pretendéis, pedazo de pícaro, que crea tal embuste? ¡Que de ayer a hoy habéis podido recorrer cerca de cien leguas de camino!
-Así ocurrió, excelencia -contestó sin inmutarse; el soldado-. Ello no es más que una de las tarifas extraordinarias y verdaderas maravillas que debo contaros.
-Si así es, podéis seguir hablando -dijo el gobernador arrellanándose en el sillón y atusándose el bigote.
-Como caía la tarde y no distinguía ninguna casa o refugio donde pasar la noche, apresuré el paso. Todo fue inútil, al llegar la noche no tuve más remedio que acostarme en el llano, teniendo como al mohada mi morral y como techo las estrellas. Sólo un bravo veterano como su excelencia puede comprender que esto no es ninguna cosa del otro mundo para uno que ha hecho algunas campañas.
El gobernador, halagado, asintió con la cabeza mientras sacaba el pañuelo y espantaba unas moscas que zumbaban a su alrededor.
-Para no cansar a su señoría, concretaré mi historia. Después de estar un rato acostado, no me resigné a tener que dormirme muerto de sed. Así que recogiendo mi almohada emprendí de nuevo la marcha. Después de caminar cerca de dos leguas, llegué a un barranco que servía de cauce a un riachuelo, casi seco por la falta de lluvias. En la orilla contraria se levantaba una torre moruna. Crucé el puente que me llevaba a su lado y, después de examinarla, di con una bóveda cavada en sus cimientos. "He aquí -pensé- el sitio apropiado para pasar la noche". Bajé hasta el arroyo, apagando mi sed con un buen trago de agua dulce y pura, y abriendo el morral completé
mi cena con una cebolla y unos pedazos de pan que constituían todas mis provisiones. Me senté sobre una piedra a orillas de un riachuelo, contento, al fin, de tener un techo donde pasar la noche. Su excelencia, que es un veterano, sabe muy bien que ése era un buen alojamiento para un soldado.
-En lugares peores he acampado en mis buenos tiempos -dijo el gobernador, guardando el pañuelo en la cazoleta de su larga tizona.
-Roía con todas mis ganas los duros pedazos de pan -siguió contando el soldado-, cuando me sobresaltó un ruido que salía de la bóveda. Al prestar atención reconocí que lo producían los cascos de un caballo. Así resultó ,a los pocos instantes. Por una puerta que daba al arroyo salió un hombre conduciendo de la brida a un fogoso corcel. La oscuridad no permitía individualizarlo, y pensé que no podía ser sino un contrabandista o un bandolero quien vagaba por aquellas solitarias ruinas, pero, como no tenía nada que me robase, pronto me tranquilicé y seguí dándole a los dientes. El recién llegado acercóse al arroyo para darle de beber al caballo, advirtiendo con gran sorpresa que era un moro, armado con coraza de acero y reluciente casco que brillaba a la luz de las estrellas. El caballo, enjaezado a la usanza ,árabe, llevaba grandes estribos. No bien llegó al agua, metió en ella el hocico, bebiendo tanto que creí que iba a estallar.
"-Amigo -le dije sin poder contenerme-, mucha sed tiene su caballo.
"-Bien puede tenerla -me respondió el desconocido con acento árabe-, hace casi un año que no la prueba.
"-¡Dios mío! Aguanta más que los camellos que he visto en África -exclamé-. Pero como estaba aburrido de estar solo no vacilé en invitarlo a que compartiera mi pobre cena. Al fin y al cabo, poco debe fijarse el soldado en la religión que profesan sus compañeros, pues, como su excelencia conoce muy bien, todos los militares del mundo son amigos en tiempo de paz."
El gobernador, magnánimo y demostrando saber, asintió con la cabeza.
-Pues como le decía, lo invité a compartir mis mendrugos.
-Mucho os agradezco -contestóme-, pero debo emprender inmediatamente mi viaje y no tengo tiempo que perder.
-¿Y a qué región os dirigís? -le pregunté.
-A Andalucía, donde debo llegar antes del amanecer.
-Allí es mi destino -dije con alegría-, ya que no habéis aceptado la cena, permitidme al menos que monte en la grupa de vuestro caballo, que es bastante vigoroso y capaz de soportar una carga doble.
-Pues no encuentro ningún inconveniente en complacerte -contestó el moro montando y ,agregando una vez que me acomodé en la grupa-: pero ten cuidado de aguantarte firme, pues este caballo corre casi como el viento.
-No paséis temor -le respondí mientras iniciábamos la marcha-. El caballo, después de andar al paso, tomó un trote largo y después un galope que se convirtió al momento en una vertiginosa carrera. Todo pasaba a nuestro lado como flechas. Apenas vi las luces de un pueblo le pregunté:
-¿Qué ciudad es aquélla?
-Segovia -me contestó-. Pero no había terminado de decir estas palabras cuando las torres de la ciudad desaparecieron, hallándonos en las sierras de Guadarrama. Después de rodear la muralla de Madrid y de desfilar, ante mis asombrados ojos, montañas, valles, ríos, pueblos y castillos, envueltos en el silencio de la noche, y para no aburrir a su señoría, al llegar a la falda de una montaña, detuvo repentinamente tan extraordinaria cabalgadura.
-Hemos llegado al fin de nuestro viaje -dijo. "-Por más que miré en torno mío no alcanzaba a localizar la región en que me encontraba. Solamente advertí delante de nosotros la entrada de una gran caverna. Mientras la contemplaba asombrado, empezaron a brotar de ella, con la rapidez y furia de un huracán, una multitud de guerreros moros, ya a pie o a caballo, y antes de que hubiera podido preguntar nada a mi camarada, picó espuelas y se unió a los aparecidos. Después de recorrer una larga y fatigosa senda que bajaba hasta un valle próximo y gracias a la luz del día que pronto brilló en todo su esplendor, pude ver grandes caravanas que bordeaban el camino, y que contenían toda clase de escudos, yelmos, corazas, lanzas y cimitarras; grandes pilas de municiones y equipajes diversos por el suelo. ¡Qué alegría hubiese experimentado su señoría, como buen veterano, al admirar aquellas espléndidas armas de guerra! En otras cavernas se alineaban numerosos jinetes, lanza en ristre, con banderas desplegadas, como prontos para entrar en batalla, pero permanecían inmóviles como estatuas mientras que en otras había soldados que descansaban en el suelo al lado de sus caballos.
"Para finalizar la narración de estos maravillosos sucesos y no cansar a su señoría, entramos por último en una fantástica caverna, cuyas paredes estaban cubiertas con incrustaciones de oro, plata, brillantes, zafiros y otras mil piedras preciosas. En una parte se alzaba el trono, en el que se hallaba reclinado un rey moro, recibiendo homenaje de sus súbditos, rodeado de sus nobles y guardado por unos descomunales soldados africanos, armados de filosas cimitarras.
Hasta ese momento, y siguiendo esa costumbre, que tan bien conoce su excelencia, de que el soldado no debe preguntar nada cuando está de servicio, me fue posible aguantar mi curiosidad. Pero ante ese espectáculo, no pude dejar de interrogar a mi acompañante.
-¿Puedes decirme, camarada -dije-, qué significa todo esto?
-Contemplas -respondió el guerrero con solemne voz y ademán- un profundo y terrorífico misterio: Boabdil, el último rey de Granada, su corte y su ejército.
-Difícil me resulta creerte -contesté-, tal rey y tal corte abandonaron España hace cientos de años, para dejar sus huesos en el África.
-Lo que repites -me respondió el moro- no son más que falsas historias, porque la verdadera ha sido que Boabdil y sus guerreros pelearon hasta el fin por la defensa de Granada, y fueron encerrados gracias a un poderoso hechizo en esta montaña. Los que se rindieron y abandonaron Granada no eran más que una serie de espíritus a los que se les permitió tomar esa forma para engañar a los reyes cristianos. Te confiaré, además, amigo, que España es un país encantado; no hay cueva en la montaña, solitario torreón o abandonado castillo en la sierra, donde no se oculten hechizados guerreros, que duermen o dormirán por siglos hasta que Alá considere que han expiado sus pecados y la hermosa España vuelva a sus manos. Una vez al año, en vísperas de San Juan, se ven libres, mientras dure la luz del sol, del mágico encantamiento y pueden rendir pleitesía a su rey. En cuanto a mí -siguió diciendo el moro-, me toca vivir en la vieja torre que hay al lado del riachuelo, donde debo volver antes de llegar el alba. Los demás guerreros que habitan en estas cavernas, en cuanto cese el hechizo, mandados por Boabdil, recobrarán el trono en la Alhambra, y después de dominar a Granada, se llamará a todos los guerreros que se encuentran en este país, para conquistar para el Islam toda España."
Alarmado por semejante noticia no pude menos que decirle:
-¿Pero esto ocurrirá dentro de poco tiempo? "-Alá es el único que puede resolverlo. El día de nuestro desquite se nos aproximaba cuando el
rey nombró a un valiente veterano gobernador de la Alhambra. Mientras ese guerrero conocido por el nombre del "Gobernador Manco" esté al- frente de esa fuerte plaza, será imposible a Boabdil moverse a conquistarla".
Al escuchar el temor y el alto concepto que inspiraba a sus enemigos, el gobernador se irguió en su asiento, acarició su espada y se atusó con gran, pompa sus bigotes.
-Para finalizar este relato que puede cansar a su señoría, el guerrero moro, después de explicarme los motivos que retenían a Boabdil, se apeó del caballo diciéndome:
-Hazme el favor de cuidarme el caballo mientras voy a rendir homenaje a Boabdil.
Después de decir esto y mezclarse con la multitud que desfilaba ante el trono, se me ocurrió que bien podía aprovechar ese momento para huir de aquel ejército de aparecidos, y con la decisión que un soldado debe tener, como bien sabe su señoría, me apropié del caballo como trofeo de guerra sobre un infiel y enemigo de la patria. Monté con rapidez, taloneé al animal y emprendí la retirada a toda velocidad. Pronto me persiguieron centenares de soldados que me dieron alcance y me arrastraron hasta la puerta de la caverna de donde salían toda clase de guerreros en dirección hacia los cuatro puntos cardinales.,
Aturdido por los acontecimientos y el frenético galopar, perdí el conocimiento y al recobrarlo me encontré tendido en una desierta montaña, con el caballo árabe a mi lado, pues al caer quedó enredada la brida a mi cuerpo, impidiéndole huir a su guarida. "Su señoría, como persona de gran ilustración e inteligencia, comprenderá, mi asombro al despertar en semejante lugar. Después de incorporarme vi una ciudad y este hermoso palacio. Con el caballo de la brida, por temor de montarlo y que hiciera una de las suyas, empecé a descender hasta encontrarme con los soldados que me informaron que la ciudad era Granada y que esta fortaleza era gobernada por el muy temido y terror del infiel moro. Al enterarme de esta grata noticia pedí que me condujeran ante su señoría a fin de informarle de cuanto sabía y que pueda tomar las medidas que crea convenientes para salvar al reino de la amenaza de ese formidable ejército encantado".
-Os he escuchado con atención -dijo el gobernador- y creo que bien podréis decirme qué me aconsejáis para impedir ese ataque.
-No creo que un modesto soldado deba dictar consejos a un hábil y valiente guerrero como su excelencia, pero podría decir, que deberíanse tapiar todas las grutas y cavernas que existen en las montañas, de modo que el encantado ejército de Boabdil quede aprisionado y deje de ser un peligro para la seguridad de España. Además, si este reverendo monseñor -agregó el soldado dirigiéndose al fraile- bendice las tapias y pone unas cruces e imágenes de santos, creo que ello sería suficiente para desbaratar cualquier tentativa de los infieles.
-Oportuna y eficaz resultaría tal medida -dijo gravemente el fraile.
El gobernador, apoyando su único brazo en su espada de fuerte acero toledano, clavó iracundo sus ojos en el soldado y con voz de trueno dijo:
-¿Os creéis, pedazo de pícaro, que me vais a engañar con toda esa- historia de torres, cavernas y moros hechizados...? ¡Ni lo pretendáis por un segundo ... ! Sois sin duda un astuto zorro, pero sabed que os tenéis que entender con otro más astuto y más viejo que no se deja engañar fácilmente. ¡A ver! ¡Guardias! ¡Poned cadenas a este bandido!
La joven y bella moza sintió impulsos de hablar en favor del prisionero, pero el gobernador manco le impidió hacerlo con un rígido ademán.
Al ponerle las cadenas uno de los guardias notó que uno de los bolsillos abultaba en demasía y al registrarlo vio que era un bolsón de cuero bastante pesado. Lo vació sobre la mesa, y ante el general asombro salieron hermosas joyas, rosarios de perlas, cruces de brillantes e infinidad de monedas antiguas que rodaban por la mesa y el suelo.
Hasta reunir las piezas de oro que habían ido a refugiarse en todos los rincones de la habitación, el procedimiento de la justicia fue suspendido. El .gobernador, a quien no había conmovido el episodio y conservaba toda su gravedad y presencia, seguía con vigilante mirada la búsqueda de las piezas, no descansando hasta que vio en el bolsón todas las monedas y alhajas esparcidas.
El fraile, ante la vista de objetos tan sagrados, había sufrido un ataque de indignación, poniéndose rojo como la grana.
-Sacrílego infame -exclamó-. ¿Dónde habéis robado estas sagradas reliquias?
-Nada he hecho, monseñor -contestó el acusado-, esas reliquias debieron ser robadas por el infiel moro a quien arrebaté el caballo. Iba a referir. a su señoría, cuando ordenó que me cargaran cadenas, que al recobrar el conocimiento encontré atado al arzón de la silla ese bolsón de cuero que sin duda contenía el botín del infiel.
-Así será -replicó el gobernador-, pero por ahora y hasta mejor resolver, os encerraré en un buen calabozo de las Torres Bermejas, que no están bajo ningún hechizo' y libres de vuestros enemigos moros.
-Su señoría ordenará con acierto -dijo el prisionero con cierta ironía- y mucho será mi reconocimiento por permanecer unos días en esta hermosa fortaleza. A un soldado que ha cumplido varias campañas, poco le interesa el lugar, con tal de tener una pasable cama y un regular rancho. Sólo recuerdo a su señoría que no olvide tapiar todas las cavernas de las montañas.
Sin decir más el prisionero fue conducido a un sólido calabozo de las Torres Bermejas, el hermoso corcel a las caballerizas del gobernador y el pesado bolsón guardado en el arcón de su señoría, en opinión contraria del fraile, que alegó que por ser cosas sagradas debían depositarse en la iglesia; pero como el rígido gobernador se había hecho cargo del asunto y nadie podía discutirle su autoridad, no insistió el clérigo, si bien pensó informar cuanto antes a la curia de Granada.
Las severas medidas del gobernador se explicaban, porque en aquella época asolaba la región serrana de Granada una banda de pintorescos ladrones capitaneados por el célebre y temido Manuel Borrasco, el cual no se limitaba a fijar su lugar de operaciones en la campiña, sino que entraba en la ciudad con distintos disfraces para informarse de las caravanas de mercaderías o viajeros portadores de dinero u objetos de valor que estaban próximos a salir y a los cuales se ocupaban de aligerar en las varias encrucijadas del camino. La repetición de estas hazañas y robos, había llevado la justa alarma a las autoridades. Todos los comandantes de puestos militares fueron advertidos para que redoblasen la vigilancia y trataron en toda forma de apresar a los malhechores.
El gobernador manco, al apresar lo que creía un célebre bandido, lo creyó motivo suficiente para rehabilitar el mal nombre que gozaba la fortaleza.
La noticia de la prisión del soldado no tardó en correr rápidamente por la fortaleza y la ciudad. Aunque nadie conocía al preso, pronto fue creída la versión de que era nada menos que el famoso bandido Manuel Borrasco, terror de las Alpujarras, y que el gobernador manco lo había encerrado en las Torres Bermejas. El calabozo en que se guardaba tenía una ventana asegurada con gruesos barrotes de hierro, que daba a una explanada donde solían reunirse los curiosos y las víctimas que acudían a reconocerlo como autor de sus despojos. Después de mucho contemplarlo, como una fiera de exposición, todos debieron confesar que aquel soldado no era Manuel Borrasco, quien por sus facciones feroces no tenía el más ligero parecido al simpático soldado.
Los comentarios seguían en aumento; a los curiosos de la ciudad se unieron los que acudían de todas partes de España para contemplar a aquel célebre bandido. Pero todos estaban de acuerdo en afirmar que aquel soldado no era ni la sombra de Manuel Borrasco. Esta unanimidad llevó a la gente a creer que la historia extraordinaria contada por el prisionero podía ser verdadera, pues era muy conocida la leyenda, que se trasmitía de padres a hijos, de que el ejército de Boabdil, presa de un mágico encanto, había quedado encerrado en las montañas. Muchos escalaron el Cerro del Sol en busca de la cueva. descripta por el prisionero, dando más verosimilitud a la historia el hecho de encontrarse con un pozo cuya profundidad nadie conocía, y no dudaban que debía ser la entrada al refugio subterráneo de Boabdil.
Mientras esto ocurría, el soldado iba ganando el favor popular. Nadie lo consideraba un bandido, y si lo era pertenecía sin duda a los llamados caballerescos, que en España alcanzan tanta simpatía. Los habitantes de la ciudad y la fortaleza, dejándose llevar por su sentimiento, empezaron a criticar el rigor del gobernador y a considerar al prisionero corno una víctima de su cruel, autoridad.
El prisionero, por otra parte, no abandonaba nunca su buen humor, haciendo bromas y chistes a los que se acercaban a sus ventanas, y dirigiendo galantes dichos a las muchachas que pasaban. Alguien le facilitó una vieja guitarra con la que, sentado junto a la ventana, tocaba y entonaba graciosas canciones, muy agradables a las jóvenes vecinas que por las noches solían reunirse en la explanada para bailar sentidos boleros al son de la guitarra. La forzada tranquilidad y un poco de aseo que incluía el haberse afeitado la enmarañada barba, lo convirtieron en un atrayente y simpático soldado a los ojos de las muchachas, opinión que compartía con sumo agrado la hermosa doncella del gobernador, quien declaró, irresistible su picaresca mirada. Esta joven, que simpatizó desde un comienzo con sus desgracias, influyó repetidas veces en el ánimo del gobernador para obtener su liberación. Como nada obtuvo, resolvió obrar por propia iniciativa tratando de suplir la falta de libertad con buenos platos o dulces o algunas botellas de delicados vinos, que no alcanzaban a llegar a la mesa o se perdían en la despensa o amplia bodega del gobernador.
Mientras el prisionero era tan bien visto y considerado como persona de confianza, el gobernador planeaba un ataque a sus enemigos. El hallazgo de la bolsa con joyas y monedas fue probado con tanta exageración, que provocó la intervención del capitán general, su más tenaz enemigo.
Alegaba que el prisionero había sido tomado fuera de la fortaleza y dentro del territorio que estaba bajo su mando; que por lo tanto debía serle entregada su persona y todo lo hallado con ella. El fraile, por su parte, no permaneció quieto y mandó la denuncia al Gran Inquisidor, quien no tardó en reclamarlo, por considerar que las cruces y reliquias pertenecían a la Iglesia, y que el culpable, por considerarlo sacrílego, debía ser quemado en el próximo auto de fe. El gobernador, encolerizado por estas reclamaciones, gritaba que sólo él tenía autoridad para juzgarlo y que antes de que se lo arrebataran, lo haría ahorcar como un espía tomado dentro-de la fortaleza.
El capitán general tramó enviar un fuerte destacamento de soldados para apoderarse del preso y traerlo a la ciudad, mientras que el Gran Inquisidor y un buen número de familiares del Santo Oficio conspiraban por su cuenta. El gobernador no tardó en ser avisado de estas intenciones, ordenando inmediatamente que al amanecer el prisionero fuese trasladado a un calabozo que había dentro de las murallas de la fortaleza.
-¡Que traten de arrebatármelo ahora! -exclamó sacudiendo la empuñadura de su larga tizona-. ¡Mucho tendrán que correr para ganarle a un soldado viejo! Y tú -agregó dirigiéndose a su hermosa doncella-, no te olvides de despertarme antes de que cante el gallo, pues quiero presenciar la ejecución de mis órdenes.
El gobernador se acostó temprano, bufando de satisfacción al volver a burlar a su acérrimo enemigo. Pasaron las horas. El canto del gallo anticipó el amanecer. El sol ya comenzaba a elevarse a buena altura, cuando el gobernador, en vez de despertarse al son de quedos golpes en la puerta, fue sacudido por su veterano cabo, que, pálido por la emoción y el temor, sólo atinaba a decir:
-¡Ha volado! ¡Se ha escapado... !
-¿Qué? ¿Quién ha volado? ¿El halcón? -preguntó medio adormilado el gobernador.
-¡No, señor! ¡El prisionero... ¡ ¡El demonio...!, pues no podemos saber cómo salió del calabozo, porque la puerta está cerrada y las rejas intactas.
-¿Qué? ¿Y el soldado de guardia?
-¡Dormido como un tronco!
-¿Quién fue la última persona que estuvo con él? -agregó el gobernador, ya completamente despierto y tomando los hilos de la pesquisa.
Vuestra doncella, que le alcanzó la cena.
-¡Que comparezca en seguida!
Pero esta orden complicó momentáneamente el asunto. La habitación de la hermosa joven estaba vacía y su cama indicaba que no se había acostado en toda la noche. Ello demostraba que había huído con el prisionero que tan bien cuidaba.
Esto infirió honda herida en el duro corazón del gobernador, pero no había terminado de producirse, cuando una nueva comprobación se lo destrozó del todo. Al entrar en su despacho se encontró abierto su fuerte cofre, del que habían desaparecido el valioso bolsón y dos pesados talegos repletos de monedas.
Esto lo resolvió a tomar cruel venganza, iniciando minuciosas averiguaciones sobre el camino tomado por los fugitivos. Sólo se obtuvo el testimonio de un viejo labrador, que dijo haber escuchado el galope de un caballo en dirección a las montañas antes del amanecer, y asomándose a una ventana, alcanzó a distinguir un jinete que llevaba una mujer en ancas. -Examinad las caballerizas -exclamó el gobernador mancó.
Al momento se registraron, comprobándose que no faltaba más-animal que el famoso caballo árabe, en cuyo lugar había amarrado un grueso garrote, con un letrero que decía:
Al buen gobernador manco que oro, dote y esposa dio, regala este animalejo.
Un soldado viejo.


Leyenda de la Niña y el Tesoro

Entre los habitantes de la Alhambra se contaba, hace muchísimos años, a un pequeño hombrecillo llamado Lope Sánchez, de carácter tan alegre y gracioso, que se había convertido en el animador de todas las diversiones que se realizaban en la fortaleza. Cuando finalizaba su trabajo en los jardines, solía sentarse en un banco de la explanada entonando sentidas canciones que recordaban hechos de famosos guerreros, como el Cid Campeador; Bernardo del Carpío; Hernando del Pulgar y otros, con gran aplauso de los veteranos, para continuar luego con otras más alegres, que permitían a los mozos y doncellas del lugar lucirse bailando fandangos y boleros.
Como la generalidad de los hombres de poca estatura, Lope Sánchez habíase casado con una mujer alta y robusta cuyo matrimonio le había dado una hija, que a los doce años prometía ser tan bajita como el padre, pero de rostro muy agraciado y hermosos ojos negros. Sanchica, como se llamaba la niña, había heredado el alegre carácter paterno; siempre andaba cantando, bailando o saltando por los jardines, alamedas o desiertos salones de la Alhambra.
Según antigua costumbre, los habitantes de la fortaleza se reunían en la elevada meseta del Cerro del Sol para celebrar alrededor de grandes hogueras la víspera de San .Juan, al son de cantos y alegres bailes que ejecutaba la incansable guitarra de Lope Sánchez. Transcurría la animada velada, mientras San_ chica en compañía de otras niñas aprovechaba la hermosa luz de la luna para saltar y recoger piedrecillas entre las ruinas de la vieja torre conocida por "La silla del Moro", cuando con gran asombro encontró una manecilla de azabache, delicadamente labrada, con los dedos cerrados y el pulgar unido a ella. Contenta por el hallazgo, corrió a enseñársela a su madre. No tardó en enterarse del asunto toda la concurrencia, tejiendo toda clase de suposiciones y comentarios en los que se destacaba un cierto temor supersticioso.
-¡Tiradla donde la encontrasteis, que es cosa de infieles! -aconsejaba uno.
-¡Sí! -agregaba otro-. Estas cosas de los moros llevan hechizos y mala suerte.
-¡No hagáis tal! -aconsejaba un tercero-, podéis sacar algunos céntimos vendiéndola a los joyeros de la ciudad.
Cuando la discusión subía de tono y las opiniones llevaban las de nunca entenderse, se acercó al corrillo un viejo soldado que había hecho varias campañas en el África y que tenía el rostro tan tostado por el sol como un moro, y después de examinar detenidamente la manecilla dijo:
-Esto es un maravilloso amuleto contra toda clase de sortilegios y hechicerías, por lo cual debo de felicitarlo, amigo Lope, pues le traerá buena suerte a vuestra hija.
La madre de la niña no vaciló en seguir las palabras del viejo soldado, atando el amuleto con una cinta que colocó alrededor de su cuello.
El hallazgo de la manecilla hizo cesar el baile y las canciones para dedicarse a recordar fantásticas leyendas sentados alrededor de las hogueras. Pero la atención de todos la atrajo una anciana cuando empezó a describir el palacio subterráneo de Boabdil, que todos sabían se hallaba en las entrañas de la sierra.
-Entre aquellos escombros -dijo la narradora estremeciéndose y señalando unos viejos muros y montones de piedras algo alejados de la montaña- se halla un pozo por demás profundo que alcanza a llegar al mismo fondo del Cerro. Por todo el oro del mundo no me atrevería a asomarme a él. Tengo presente lo que le ocurrió hace algunos años a un pastor de la Alhambra que traía sus cabras a ese lugar; bajó al pozo en 'busca de un cabrito que se había caído en él, y salió de allí temblando por la impresión. Cuando consiguió calmarse, empezó a contar tan extraordinarias historias, que todos los que lo conocíamos creímos que se había vuelto loco. Varios días fue presa de un raro delirio con fantasmas moros que lo perseguían por la caverna. Por largo tiempo, Pese a todas las invitaciones y ruegos que se le hacían, estuvo sin subir a la montaña. Pero un día desapareció para no volvérselo a encontrar más. Sus cabras pastaban entre las ruinas y su sombrero y su manta estaban junto al pozo.
Un estremecimiento sacudió al auditorio, mientras que Sanchica, que no había. perdido un detalle de la historia y que era sumamente curiosa se dejaba llevar por el deseo de explorar el misterioso pozo. Disimuladamente se apartó de sus compañeros y después de penoso andar entre tanto escombro y piedras, consiguió llegar a la boca del pozo, que se abría en un declive del Valle del Darro. La niña no titubeó en acercarse al borde y mirar hacia el fondo: la oscuridad era impenetrable. Hondo temor se apoderó de Sanchica, obligándola a alejarse unos pasos; pero calmada volvió a animarse y mirar de nuevo; el miedo la alejó otra vez; pero al fin se decidió, y tomando una piedra la arrojó dentro del pozo; por unos instantes nada sintió, luego escuchó repetidos choques contra las piedras salientes que parecían horribles truenos, hasta que finalmente se hundió en el agua, pero a grandísima profundidad.
El silencio que sucedió al hundirse el guijarro fue de brevísima duración, porque rápidamente comenzó a subir del pozo un apagado clamoreo que fue aclarándose hasta dejarse oír nítidamente, aunque lejano, el ruido de armas, cimbales y trompetas, como si un ejército marchase a la guerra por profundos caminos de la montaña. El espanto alejó a la niña, que se apresuró a volver junto a sus amigas, pero con gran sorpresa y aumento de temor, vio que todas habían desaparecido y que la hoguera estaba a punto de extinguirse. Sanchica llamó a gritos a sus padres y a algunos de sus amigos, pero sólo le respondía el más profundo silencio. Gritando de vez en cuando, bajó rápidamente la falda de la montaña y cruzó los jardines del Generalife, hasta llegar a una alameda que conduce a la Alhámbra, donde debió sentarse en un banco en el momento en que le abandonaban las fuerzas.
El silencio de la noche era sólo alterado por el susurro de un cercano arroyuelo. La placidez y tibieza de la atmósfera adormecían a la niña, cuando de pronto fue llamada a la realidad por algo que brillaba a lo lejos. Fijando la vista notó con sorpresa un gran número de guerreros moros, cuyos rostros eran de una palidez cadavérica, que bajaban por la falda de la montaña camino a las alamedas del palacio.
Armados de lanzas y adargas, cimitarras o hachas, cubiertos de relucientes armaduras que lanzaban destellos al herirlas los rayos de la luna, montaban en hermosos e inquietos corceles de pura raza árabe; pero el sonido de sus cascos no se percibía; parecía que sus pisadas se desvanecían al tocar la tierra. Entre los jinetes cabalgaba una bellísima dama, ciñendo una corona en su hermosa frente, llevando sus trenzas adornadas de riquísimas joyas y la montura recamada en oro. Pero alguna pena muy grande debía acongojarle, porque su semblante reflejaba suma tristeza y sus grandes ojos no se levantaban del suelo.
La seguía un gran cortejo de nobles y servidores lujosamente vestidos, destacándose en medio de ellos, sobre un hermoso corcel de guerra, el rey Boabdil el Chico, cubierto con su manto real bordado con perlas y piedras preciosas, tocado de una corona de oro y diamante. La asombrada Sanchica lo reconoció por el gran parecido que tenía con el retrato que tantas veces había contemplado en la galería de pinturas del Generalife.
El extraño y deslumbrante cortejo desfiló entre los árboles seguido por los atónitos ojos de la niña, pues aunque convencida de que aquellos guerreros estaban bajo un mágico hechizo, no experimentaba ningún temor; posiblemente contribuía a ello la manecita que llevaba en su pecho, animándose a seguir a la cabalgata una vez que finalizó el desfile.
La comitiva se dirigió hacia la gran Puerta de la justicia, que estaba abierta de par en par. Los centinelas de guardia yacían en los bancos de la barbacana, al parecer hechizados y sumidos en un profundo sueño, pasando los guerreros a su lado con las banderas desplegadas como si se tratara de una marcha triunfal.
Al llegar Sanchica a la Puerta de la justicia vio cortado su camino por la entrada de un gran subterráneo que parecía llegar hasta los cimientos de la Torre. No vaciló un instante en descender por los desiguales escalones labrados en la roca, que la condujeron a un pasaje iluminado con lámparas de plata que despedían a la vez un exótico perfume. Después de recorrerlo en toda su extensión llegó la niña a un espacioso aposento, adornado lujosamente e iluminado también con lámparas de oro y cristal. Pero lo que más llamó su atención fue un viejo de larga barba blanca, vestido a la moda árabe, que presa de un extraño sopor, yacía recostado sobre un diván sosteniendo débilmente un grueso bastón labrado. No lejos de él, una hermosísima joven, vestida a la usanza española, ciñendo su frente una diadema de brillantes y su negra cabellera salpicada de perlas, pulsaba dulcemente una lira de plata. Aquella escena trajo a la memoria de Sanchica una vieja historia, de una bella princesa cristiana cautiva en el corazón de la montaña por el encanto de un viejo hechicero, el cual, a su vez, yacía en continua modorra por las mágicas notas de la lira de plata.
La princesa pronto reparó en la niña y no pudo menos que manifestar profunda sorpresa. Contemplándola con dulce mirada le preguntó:
-¿Estamos acaso, dulce niña, en la víspera de San Juan?
-Sí, señora -atinó a contestar la niña. -Entonces acércate sin temor -agregó con un suspiro de alegría-, soy también cristiana y como por esta noche cesa el mágico encantamiento, ayúdame a librarme de estas cadenas con ese talismán que cuelga de tu pecho.
Y finalizando estas palabras, entreabrió su túnica, mostrando un ancho cinturón de oro que rodeaba su talle y al cual se enganchaba una cadena del mismo metal que se empotraba en el suelo.
Sanchica se apresuró a tocar el cinturón con la manecita de azabache, cayendo la cadena al suelo con fuerte ruido. Esto despertó al viejo mago, que comenzó a desperezarse; pero sin vacilar, la princesa empezó a tañer la lira de plata, volviendo el hechicero a caer en nueva modorra.
-Toca ahora su bastón con la mágica manecita de azabache -dijo la cautiva.
Hízolo así la niña, cayendo el bastón al suelo y quedando el mago profundamente dormido. La princesa acercó su lira de plata al diván, y apoyándola sobre la cabeza del durmiente hizo vibrar las cuerdas en los oídos al son de la siguiente' invocación:
-¡Poderoso espíritu de la música! ¡Tenlo encadenado hasta que amanezca el nuevo día! -Y dirigiéndose a Sanchica, agregó:
-Ven conmigo, pequeña, te enseñaré el palacio de la Alhambra en todo su esplendor, pues ese talismán tiene el poder de des cubrir todas sus maravillas.
La niña siguió en silencio a la princesa. Atravesaron la Puerta de la justicia y llegaron a la Plaza de los Aljibes, la cual estaba llena de guerreros formados en batallones con las banderas desplegadas. La Puerta del Alcázar estaba custodiada por los guardias reales y largas filas de negros con sus cimitarras desnudas. Sanchica no experimentó ningún temor ante todo esto, pero no pudo contener su asombro cuando entró en el Palacio real, que la luna iluminaba con tanta fuerza que parecía de día. Los salones, los patios y los jardines que acostumbraba ver en abandono se habían transformado completamente. De las paredes de los aposentos habían desaparecido las grietas, manchas y telarañas, para verse cubiertas por magníficas telas de damasco, luciendo las pinturas y dorados en todo su esplendor; los salones, de ordinario desprovistos de muebles, estaban adornados por espléndidos divanes y otomanas recamados con perlas y piedras preciosas, y las fuentes de los patios y jardines arrojaban artísticos chorros de agua.
Las desiertas cocinas se habían transformado en bullicioso hormigueo de cocineros y ayudantes que preparaban toda clase de salsas y suculentos manjares, asando pollos y perdices que un ejército de mozos llevaba a las mesas preparadas para un espléndido banquete. El "Patio de los Leones" estaba repleto de jefes, guardias y cortesanos como en los antiguos tiempos, mientras que en uno de los extremos de la Sala de la justicia el rey Boabdil, sentado en su trono, empuñando un deslumbrante cetro, rodeado de los nobles, recibía el saludo de sus súbditos.
A pesar de tal animación y gentío, reinaba un profundo silencio. La tranquilidad de la noche sólo era alterada por el caer del agua en las fuentes, no oyéndose una sola voz ni pasos que denunciaran a seres vivientes. La niña, un poco sobrecogida por el asombro, seguía a la princesa sin articular palabra. Después de cruzar todo el palacio llegaron a una puerta que conducía a los pasadizos abovedados que cruzan por debajo de la Torre de Comares. A ambos lados de la puerta había dos exquisitas estatuas del más puro alabastro, que representaban deliciosas ninfas que miraban hacia un mismo sitio de la bóveda. Ante ella se detuvo la hermosa cautiva y haciendo señas a Sanchica para que se acercara dijo:
-Está guardado aquí un secreto que te voy a revelar en premio de tu fe y tu valor. Estas estatuas vigilan un tesoro perteneciente a un antiquísimo rey moro. Sólo debes decir a tu padre que abra un agujero en el lugar hacia donde miran las estatuas y hallará riquezas que lo convertirán en el señor más poderoso de Granada; el talismán te ayudará en todo y lo único que te pido es que encargues a tu padre sea discreto y emplee una parte de él en costear diariamente misas que me ayuden a librarme de este mágico hechizo.
Después de estas recomendaciones llevó a la niña al cercano y pequeño jardín de Lindaraja. La luna se reflejaba en las apacibles aguas de la fuente iluminando las flores y arbustos. La princesa cortó una rama de mirto y coronó a la niña con ella.
-Esto es lo único que puedo dejarte como recuerdo de mi persona y verdad de mis revelaciones. Es necesario que retorne al aposento encantado. No intentes seguirme porque podría ocurrirte alguna desgracia. ¡Ten presente mi pedido de hacer decir misas!
Y después de pronunciar estas palabras, la joven desapareció en el pasadizo que pasando por la Torre de Comares llevaba al interior de la montaña.
El lejano canto de un gallo anunció la aurora, mientras que una fuerte brisa empezó a soplar desde las montañas, y al rumor de hojas secas llevadas por el viento, se unía el de puertas y ventanas golpeadas con fuerte ruido.
Retornó la niña por el mismo camino que había recorrido en compañía de la princesa, pero todo aquel fantástico ejército, la suntuosa corte del rey Boabdil y sus servidores habían desaparecido. Los salones y galerías volvían a presentar a la luz del amanecer sus arruinadas paredes cubiertas de telarañas agitadas por el revolotear de los murciélagos que volvían a ocultarse en los oscuros rincones y el croar de las ranas en el estanque.
Sanchica se apresuró a subir a las modestas habitaciones que ocupaba su familia. No encontró ninguna dificultad en llegar a su cuarto, pues la fortuna de su padre era tan poca que no tenía necesidad de cerrar con llave las puertas. Después de poner la guirnalda de mirto debajo de su almohada, cayó en profundo sueño. Era ya cerca de mediodía cuando se despertó, y buscando a su padre, le contó su extraordinaria aventura. El buen Lope Sánchez no pudo menos que reírse de buena gana del sueño y candor de su hija, y, después de aconsejarle que olvidara tamaña fantasía, volvió a su trabajo.
Recién iniciaba el arreglo de algunas matas de flores cuando vio venir a Sanchica corriendo y gritando:
-¡Papá! ... ¡Papá! ... ¡Mira la guirnalda de mirto que la princesa me puso en la cabeza!
El asombro hizo caer sentado a Lope Sánchez: la rama de mirto era de oro puro y cada hoja estaba formada por una hermosa esmeralda. No estaba habituado el alegre jardinero a ver y apreciar joyas de tanto valor, pero repuesto de la impresión, tuvo buen cuidado de advertir a su hija que guardase el más profundo secreto, cosa de que podía estar seguro, pues la niña era un modelo de discreción. Después se dirigió al lugar donde estaban las dos estatuas de alabastro y observó que sus cabezas se dirigían a un mismo lugar en el interior del aposento. Luego de admirar tan sutil procedimiento para indicar un secreto, tomó dos hilos y partiendo de los ojos hizo una pequeña señal en el lugar donde se cruzaban. Ese día fue de gran sufrimiento y agitación para el jardinero. No se apartaba un instante de las estatuas, temiendo a cada rato que fuese descubierto el secreto del tesoro. Temblaba cada vez que oía pasos, sintiendo tentación de volver la cabeza de las figuras, sin atinar a reflexionar que durante siglos miraban en aquella dirección, sin que nadie se ocupara del poder de tal coincidencia.
-Se va a descubrir todo -murmuraba-. ¡Vaya forma de guardar un secreto! ¡Mirar donde no deben mirar! ¡Hay mujeres! Si no tienen lengua con qué cotorrear, esté usted seguro que hablarán por los ojos.
La nerviosidad y agitación que le producían estos temores, el alejarse cada vez que sentía aproximarse a alguien, finalizaron con la luz del día. El crepúsculo hizo cesar la actividad de la Alhambra, los pasos que retumbaban en los desiertos salones; las visitas fueron despedidas, la puerta principal cerrada, y, poco a poco, invadieron el Palacio el croar de las ranas, el canto de las lechuzas y el vuelo de los murciélagos.
Lope Sánchez esperó impaciente hasta una hora avanzada y provisto de una linterna y algunas herramientas se dirigió con su hija al lugar que guardaban las dos estatuas que señalaban, como siempre, el lugar que escondía el tesoro. Después de pedirles permiso, el jardinero se puso a picar la pared en un punto que había señalado. No había trabajado ni media hora cuando dio con un nicho que guardaba dos grandes jarrones. En vano intentó sacarlos, pues parecía que estaban empotrados en el muro, pero bastó que los tocara la niña, para que perdieran su fijeza y pudiera retirarlos con toda facilidad, viendo con gran alegría que se hallaban llenos de oro, alhajas y piedras preciosas. Apresuraron a llevar los jarrones a sus habitaciones, mientras las dos estatuas seguían señalando el lugar que había guardado el tesoro.
Tanta riqueza le acarreó a Lope Sánchez un sinnúmero tal de preocupaciones, que pronto su genio alegre se trocó en amargos pesares. Empezó por pensar cómo iba a sacar un tesoro y ponerlo en lugar seguro, para aterrorizarse por lo inseguro de sus habitaciones. A pesar de asegurar con cerrojos y trancas las puertas y ventanas, no lograba conciliar el sueño. Como ya no bromeaba ni cantaba con sus amigos y vecinos, éstos empezaron a retirarle el saludo creyendo que estaba arruinado y que tendrían que socorrerlo; los menos, sin embargo, sospecharon que tal cambio de carácter podía deberse a una repentina fortuna.
La robusta mujer de Lope Sánchez no permanecía ajena a las preocupaciones que asaltaban a su marido, y como lo consideraba insignificante en muchos aspectos, solía pedir consejos a un confesor, fray Simón, un rollizo fraile de anchas espaldas, barba larga y gruesa cabeza, del cercano convento de San Francisco y que era el director y consejero espiritual de la mayor parte de las mujeres de la vecindad, he vuelto, hija mía, a decirte que anoche he rezado con gran fervor a 'San Francisco, pero al parecer no está aún contento. Después de acostarme se me apareció en sueños y con rostro severo me dijo: "¡Te atreves a solicitarme permiso para disfrutar de un tesoro perteneciente a los infieles cuando conoces la ruina de mi capilla! Para que ello sea posible pídele a Lope Sánchez una parte del tesoro para que se me hagan dos candelabros para el altar mayor, y que el resto quede para él".
Atemorizada por el relato, no vaciló la crédula mujer en ir al sitio secreto donde su marido guardaba el tesoro, y llenando una gran bolsa de cuero con monedas de oro, se las entregó al fraile. Este la llenó de tantas bendiciones como días de su vida y guardándose la bolsa en una de las mangas de su hábito, se despidió, adoptando un aire de humilde gratitud.
Al enterarse Lope Sánchez de labios de su esposa de este segundo donativo, estuvo a punto de volverse loco.
-¡Oh, charlatana mujer! Me estás arruinando poco a poco -exclamaba-, eres cómplice de un descarado robo. ¡Cuando seamos pobres irás a pedir limosna!
Después de mucho hablar y decir, pudo la mujer calmarlo y hacerle comprender que todavía era inmensamente rico y que San Francisco se había contentado con bien poca cosa.
Pero fray Simón, que tenía una extensa parentela que sostener, además de seis rollizos huérfanos que había recogido, volvió a hacer diarias visitas a la buena mujer invocando la necesidad de algunas limosnas para todos los santos del calendario, hasta que Lope Sánchez, desesperado por la disminución de su capital, y considerando que no iba a alcanzar para todos los santos del paraíso, resolvió escapar de las ansias del pedigüeño, trasladándose ocultamente de noche a otra provincia de España.
Para llevar a cabo este propósito hizo trasladar a su mujer a una lejana aldea donde debía esperarlo; empaquetó el tesoro que le quedaba y compró un robusto mulo, que escondió en una oscura bóveda de la Torre de los Siete Suelos, donde, según se afirmaba, salía por las noches el "Velludo", un endemoniado caballo sin cabeza que galopaba a través de las calles de Granada perseguido por siete enormes perros. Lope Sánchez, que no creía en semejantes historias, eligió aquel lugar convencido de que nadie se atrevería a entrar en la guarida de semejante monstruo. Cerca de la medianoche, transportó con gran cuidado su tesoro a la terrible cueva, lo cargó en el descansado mulo y emprendió viaje sigilosamente, ocultándose en la densa sombra que los árboles proyectaban sobre el camino.
El rico jardinero había dispuesto sus planes con la mayor reserva, no enterando a su esposa sino a último momento, pero por efecto de algún misterioso aviso, sus propósitos llegaron a conocimiento de fray Simón. El codicioso clérigo, al comprender que se escapaba para siempre el anhelado tesoro, resolvió quitárselo por asalto en beneficio de la Iglesia y San Francisco. Para llevar a cabo esa idea salió quedamente del convento después del toque de Ánimas, y se dirigió hacia la Puerta de la justicia, escondiéndose entre los arbustos de rosas y laureles que ornamentaban la alameda. Reinaba un profundo silencio que interrumpía de tarde en tarde el graznido de las lechuzas o el lejano ladrido de un perro. Pasaron varios cuartos de hora, que eran señalados por la campana de la Torre de la Vela, cuando oyó un ruido de herraduras que descendían por la alameda, y a través de la oscuridad distinguió, aunque confusamente, el bulto de un caballo. El rollizo fraile, mientras se recogía los hábitos, sonreía de satisfacción pensando en el mal rato que iba a hacer pasar al honrado Lope.
Se agachó, dispuesto como un gato que vigila a un ratón, manteniéndose inmóvil hasta que su víctima pasó frente a él, salió de su escondrijo y saltó sobre el animal como el mejor maestro de equitación.
-¡Ja! ... ¡Ja!... -rió el codicioso fraile-. Veremos ahora de quién es el tesoro…¡Ja! ... ¡Ja! ... Pero el segundo acceso de risa se cortó como por milagro, porque de repente su cabalgadura empezó a encabritarse, a tirar coces, dar enormes saltos y corcovos, para salir a galope tendido camino abajo. El rollizo fraile hacía toda clase de esfuerzos para sujetar al enloquecido animal, pero era en vano; su pelada cabeza recibía porrazo tras porrazo contra las ramas de los árboles; los arañazos le cruzaban toda la cara; y el hábito, hecho jirones, flameaba al viento.
Para colmo de su espanto, alcanzó a ver a siete perros que corrían ladrando tras él. y entonces pudo comprender, aunque tarde, que había montado en el endemoniado "Velludo".
Jamás jinete alguno cumplió un trayecto tan terrible como el fraile. Después de bajar por la alameda de la Alhambra y dar algunas vueltas por las montañas, entró en la ciudad. De nada servía a fray Simón invocar a todos los santos del cielo, pues a cada nombre que pronunciaba hacía saltar al terrible caballo hasta los techos de las casas. Toda la noche duró esta carrera por las calles de Granada. Al jinete no le quedaba hueso sin magullar cuando el canto del gallo anunció la aurora. Al oírlo, "Velludo" giró sobre sus patas traseras y empezó un torturador galope en dirección a su guarida. Atravesó como una flecha la ciudad, seguido de los siete perros, que no habían cesado en toda la noche de aullar, ladrar y morder los talones del atemorizado fraile. Apenas se anunciaba una débil claridad cuando llegaron a la torre. Aquí el extraordinario animal hizo un raro corcovo, al tiempo que soltaba un par de coces que hicieron dar al reverendo un doble salto mortal en el aire, para llevarlo a caer en un seto espinoso, mientras el caballo desaparecía en la oscura cueva seguido de los feroces perros, que al cesar sus ladridos sumergieron a la comarca en un profundo silencio.
¿Tuvo mejor castigo la avaricia y el mal proceder?
Un campesino que iba a su labor encontró al aporreado y maltrecho fraile tendido al pie del seto, cerca de la torre, pero en tan mal estado, que no podía pronunciar palabra. fue conducido con sumo cuidado d su celda, corriéndose la voz de que había sido maltratado por unos bandidos. Transcurrieron algunos días antes de que pudiera moverse, pero en medio de sus dolores, se conformaba con la idea de que aunque lo mejor del tesoro se le había escapado, le quedaba una buena parte escondida debajo del colchón. Así que en cuanto pudo levantarse, revolvió el lugar en que había escondido la guirnalda de mirto y tildas las monedas que había sacado con engaños a la mujer de Lope Sánchez, pero la sorpresa le produjo una especie de desvanecimiento que le hizo dar un nuevo porrazo contra el suelo: la guirnalda era una simple y seca rama de mirto y la bolsa de cuero estaba llena de arena y piedras.
Fray Simón tuvo buen cuidado de callar el motivo de sus desgracias, pues al revelarlas hubiese pasado por ser un miserable, al par de tener que sufrir merecido castigo que le impondría su superior. Sus aventuras sobre el "Velludo" sólo fueron contadas muchísimos años después a su confesor en el lecho de muerte.
Por mucho tiempo no se tuvieron noticias de Lope Sánchez. En la Alhambra se recordaban con simpatía sus bremas y cantos, atribuyendo su cambio de carácter, poco antes de su desaparición, a algunas dificultades económicas que le habían sumido en la miseria.
Al cabo de muchos años, uno de sus antiguos amigos, un inválido veterano, fue atropellado en una de las principales calles de la ciudad de Málaga por un lujoso coche arrastrado por seis caballos. Al instante se detuve el carruaje, descendiendo para ayudar al accidentado, que afortunadamente no había sufrido daños mayores, un señor ya anciano, elegantemente vestido, con peluquín y espada. Al contemplarlo, el asombro del soldado no tuvo límites: el personaje era nada menos que su antiguo convecino y amigo Lope Sánchez, que en aquel momento acompañaba a su hija a la iglesia para casarla con uno de los más grandes nobles del reino.
En el lujoso carruaje iban los novios, acompañados por la señora de Sánchez, que había aumentado tanto de peso que parecía un gran tonel, e iba tan cargada de plumas, alhajas, collares de perlas y diamantes y anillos en todos los dedos, que parecía la reclame de un joyero. Sanchica se había convertido en una hermosísima joven, envidia de más de una princesa; en cambio el novio, sentado junto a ella, era una persona que daba lástima: raquítico y consumido por las diversiones, lo cual era una inequívoca señal de ser de sangre azul, todo un grande de España, con un metro cincuenta de estatura. Este casamiento era arreglo y obra de la madre de la joven.
Lope Sánchez, a quien la riqueza no había endurecido el corazón, invitó a su amigo a pasar algunos días en su propia casa, digamos mejor palacio, proporcionándole toda clase de diversiones, teatros, corridas de toros y fiestas, regalándole, al partir, una pesada bolsa de dinero para él y otra para que repartiera entre sus viejos amigos inválidos de la Alambra.
El antiguo jardinero explicaba su cambio de fortuna diciendo que, al fallecer un hermano muy rico que vivía en América, había heredado su fortuna, en la que se incluía una próspera mina de cobre: pero los incrédulos y envidiosos charlatanes de la Alambra juraban y recuraban que su fortuna provenía de un tesoro que había encontrado en el palacio morisco. Pro lo pronto, las dos ninfas de alabastro siguen mirando el mismo sitio de la pared, lo que hace suponer que todavía existe algún tesoro escondido, que bien pueda merecer la atención del visitante.

 

 

FABULAS FANTASTICAS -- AMBROSE BIERCE

Escrito por imagenes 25-04-2008 en General. Comentarios (6)

FABULAS FANTASTICAS -- AMBROSE BIERCE

Fábulas Fantásticas
Ambrose Bierce



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http://rimasfrasescitas.blogspot.com/2008/04/fabulas-fantasticas-ambrose-bierce.html
EL PRINCIPIO MORAL Y EL INTERÉS
MATERIAL

Un Principio Moral se encontró una vez con un Interés Material, en tren de cruzar
un puente sobre el que sólo había paso para uno.
-¡Arrójate, ruin -tronó el Principio Moral-, y déjame pasar encima de ti!
El Interés Material simplemente miró al otro en los ojos, sin decir palabra.
-¡Ah! -dijo el Principio Moral, vacilante-. Echemos suertes, para ver quién de
nosotros se aparta hasta que el otro haya cruzado.
El Interés Material mantuvo su inquebrantable silencio y su imperturbable
mirada.
-Con el fin de evitar un conflicto -volvió a hablar el Principio Moral, ya un poco
incómodo-, yo mismo me voy a echar, y te permitiré pasar por encima.
Entonces el Interés Material recuperó el habla.
-No creo que seas un buen paseo -dijo-. Soy un poco exigente acerca de lo que
piso. Supongamos que te arrojas al agua.
Y así se hizo.

LA VELA CARMESÍ

Un hombre que yacía en su lecho de muerte llamó a su lado a su esposa, y le dijo:
-Estoy por dejarte para siempre; dame, entonces, una última prueba de tu afecto y
fidelidad. Encontrarás en mi escritorio una vela carmesí, que fue bendecida por el
Gran Sacerdote y tiene un peculiar significado místico. Júrame que mientras esa vela
exista, tú no te volverás a casar.
La Mujer juró y el Hombre murió. En el funeral, la Mujer se mantuvo de pie a la
cabeza del féretro, sosteniendo una vela carmesí ardiente, hasta que esta se consumió
por completo.
LA REPUTACIÓN Y LA TOGA
Reputación Manchada planteó una cuestión de privilegio, y dijo:
-Señor Presidente, deseo hacer un alegato para explicar que las manchas que se
ven sobre mí son las marcas naturales propias de alguien que es descendiente directo
del sol y de una cierva manchada. No provienen de ningún accidente de carácter, sino
que integran el orden divino y la constitución de las cosas.
Cuando la Reputación Manchada volvió a sentarse, una Toga Sucia se levantó y
dijo:
-Señor Presidente, he escuchado con profunda atención y entera aprobación la
explicación del Honorable Miembro, y deseo ofrecer unas pocas observaciones en mi
propio beneficio. Yo también he sido vilmente calumniada por nuestra antigua
enemiga, la Infame Falsedad, y deseo señalar que estoy hecha de la piel de Mustela
maculata, que es sucia de nacimiento.
EL PATRIOTA INGENIOSO

Habiendo obtenido una audiencia del Rey, un Patriota Ingenioso extrajo un papel
del bolsillo, diciendo:
-Espero que esta fórmula que tengo aquí para construir un blindaje que ningún
cañón puede perforar sea del agrado de Su Majestad. Si este blindaje es adoptado en
la Armada Real, nuestros barcos de guerra serán invulnerables, y por consiguiente invencibles.
Aquí, también, están los informes de los Ministros de Su Majestad, certificando
el valor de la invención. Me desprenderé de mis derechos sobre ella por un
millón de tumtums.
Tras examinar los papeles, el Rey los apartó, y le prometió una orden del Tesorero
Mayor del Departamento de Exacción por el valor de un millón de tumtums.
-Y aquí -dijo el Patriota Ingenioso, extrayendo otro papel de otro bolsillo -están
los planos de un cañón de mi invención, que perforarán ese blindaje. El Real hermano
de Su Majestad, el Emperador de Bang, está ansioso por comprarlo, pero mi lealtad al
trono y a la persona de Su Majestad me obliga a ofrecerlo primero a Su Majestad. Su
precio es de un millón de tumtums.
Habiendo recibido la promesa de otro cheque, hundió su mano en otro bolsillo,
diciendo:
-El precio del cañón irresistible hubiese sido mucho mayor, Su Majestad, si no
fuese por el hecho de que sus proyectiles pueden ser efectivamente desviados por mi
peculiar método de tratar las corazas blindadas con un nuevo...
El Rey hizo al Gran Factótum una seña para que se aproximara.
-Revisa a este hombre -le dijo-, e infórmame cuántos bolsillos tiene.
-Cuarenta y tres -dijo el Gran Factótum, tras completar el escrutinio.
-Puede complacer a Su Majestad -exclamó el Patriota Ingenioso, presa del terror-,
saber que uno de ellos contiene tabaco.
-Cuélguenlo de los tobillos y sacúdanlo bien -dijo el Rey-. Después entréguenle
un cheque por cuarenta y dos millones de tumtums y mátenlo. En este acto decreto
que la ingenuidad es un crimen capital.
EL OFICIAL DE POLICÍA Y EL
MALHECHOR

Un Jefe de Policía que vio a un Oficial golpeando a un Malhechor se indignó muchísimo,
y le dijo que no debía volver a hacer algo así, bajo pena de destitución.
-No sea tan duro conmigo, Jefe -dijo el Oficial, sonriendo-. Lo estaba golpeando
con un bastón de paño relleno.
-Así y todo -insistió el jefe de Policía-, usted se tomó una libertad que tiene que
haberle resultado muy desagradable, aunque no le haya hecho daño. Sírvase no
repetirla.
-Pero -dijo el Oficial, todavía sonriente-, era un Malhechor de paño relleno.
Al tratar de expresar su complacencia, el jefe de Policía extendió su brazo derecho
con tanta violencia que la piel se le rasgó en el sobaco y un chorro de arena cayó
de la herida. Era un jefe de Policía de paño relleno.
EL FUNCIONARIO CONSCIENTE

Mientras un Superintendente de División de un ferrocarril estaba cumpliendo con
la mayor aplicación su tarea de poner obstáculos en los rieles y alterar los cambios de
vía, recibió la noticia de que el Presidente de la compañía iba a despedirlo por
incompetente.
-¡Buen Dios! -exclamó-. ¡Si hay más accidentes en mi división que en todo el
resto de la línea!
-El Presidente es muy riguroso -dijo el Hombre que había traído la noticia-; él
piensa que las mismas pérdidas de vidas podrían obtenerse con menos daño a la
propiedad de la compañía.
-¿Espera que arroje a los pasajeros a través de las ventanillas? -exclamó el indignado
funcionario, cruzando un durmiente sobre los rieles-. ¿Me toma por un
asesino?
COMO SE LLEGA AL OCIO

Un Hombre para Quien el Tiempo era Oro, que estaba engullendo su desayuno,
muy apurado por atrapar un tren, había apoyado el periódico contra la azucarera y leía
mientras comía. En su apuro y abstracción, se clavó un tenedor en el ojo derecho, y al
extraer el tenedor, el ojo salió con él. Desde entonces, cada vez que compraba
anteojos, se veía obligado a derrochar inútilmente su dinero en cristales para el ojo
derecho, y este dispendio lo redujo pronto a la pobreza, por lo cual el Hombre para
Quien el Tiempo era Oro se vio obligado a ganarse la vida pescando desde la punta de
un muelle.
EL GUARDIÁN PRECAVIDO

El Guardián de una Penitenciaría estaba un día poniendo cerraduras en las puertas
de todas las celdas, cuando un operario le dijo:
-Usted es muy imprudente... Esas cerraduras pueden abrirse desde adentro.
El Guardián replicó, sin apartar la mirada de lo que hacía:
-Si a esto se lo llama imprudencia, me pregunto cómo se debería denominar a una
precavida disposición contra las vicisitudes de la suerte.
EL TESORO Y LOS BRAZOS

Un Tesoro Público, al advertir que Dos Brazos se alzaban con su contenido, exclamó:
-Sr. Correligionario, propongo una división.
-Usted parece saber un poco acerca
de la forma parlamentaria de hablar -dijo Dos Brazos.
-Sí -replicó el Tesoro Público-. Estoy familiarizado con los acarreos legislativos.
LA SERPIENTE CRISTIANA

Una Víbora de Cascabel regresó a su casa, donde estaban sus crías, y dijo:
-Hijos míos, reuníos para recibir la última bendición de vuestro padre, y ver cómo
muere un cristiano.
-¿Qué ocurre, padre? -preguntaron las Viboritas.
-Me ha mordido el editor de un pasquín partidario -fue la respuesta, seguida por
el ominoso cascabeleo de la muerte.
EL MALHECHOR DESCONTENTO

Un Juez que había condenado a prisión a un Malhechor, procedía a señalarle las
desventajas del crimen y los beneficios de la reforma.
-Su Señoría -dijo el Malhechor, interrumpiéndolo- ¿sería tan amable como para
elevar mi condena a diez años de prisión y nada más?
-¿Por qué? -dijo el juez, sorprendido-. ¡Sólo lo he condenado a tres años!
-Sí, lo sé -asintió el Malhechor-. Tres años de prisión y el sermón. Si no le
molesta, me gustaría que me conmute el sermón.
LOS CAÑONES DE MADERA

Un Regimiento de Artillería de la Milicia Estatal solicitó al Gobernador, cañones
de madera para la práctica.
-Resultarán más baratos que cañones de verdad -explicó.
-No se dirá de mí que sacrifiqué la eficacia a la economía -dijo el Gobernador-.
Tendrán cañones de verdad.
-Gracias, gracias -exclamaron efusivamente los guerreros-. Los cuidaremos
mucho, y en caso de guerra los reintegraremos al arsenal.
EL ASTRÓNOMO LITERARIO

El Director de un Observatorio, que había descubierto la Luna, con un refractor
de treinta y seis pulgadas, fue muy apurado a ver al Editor de un Periódico, con una
extensa narración del evento.
-¿Cuánto? -preguntó sentenciosamente el Editor, sin apartar la mirada de su
ensayo sobre la circularidad de la perspectiva política.
-Ciento sesenta dólares -replicó el hombre que había descubierto la Luna.
-Ni la mitad de eso sería suficiente -fue el comentario del Editor.
-¡Hombre generoso! -exclamó el Astrónomo, ardiendo de cálidos y elevados
sentimientos-. Págueme, entonces, lo que quiera.
-Mi gran y buen amigo -dijo suavemente el Editor, levantando la vista de su
trabajo-. No nos entendemos, parece. El que tiene que pagar es usted.
El Director del Observatorio tomó el manuscrito y se fue, explicando que necesitaba
corrección, que había omitido poner el punto a una m.
EL SINO DEL POETA

Un Objeto que estaba caminando por el Camino Real, envuelto en honda meditación
y en poca cosa más, súbitamente se encontró ante las puertas de una ciudad
extraña. Cuando solicitó ser admitido, fue detenido como indigente y llevado ante el
Rey.
-¿Quién eres -interrogó el Rey-, y cómo te ganas la vida?
-Soy Snouter el descuidista -replicó el Objeto, inventando rápidamente-, carterista.
El Rey estaba por ordenar su liberación, cuando el Primer Ministro sugirió que
examinaran los dedos del prisionero. Se descubrió que estaban muy achatados y encallecidos
en los extremos.
-¡Ja! -exclamó el Rey- ¡Se lo dije! Es adicto a contar sílabas. Un poeta. Llévenlo
con el Gran Señor Disuasor del Hábito de la Cabeza.
-Mi señor -dijo el Inventor Ordinario de Penas Ingeniosas-, me atrevo a sugerir
un castigo más sagaz.
-Dígalo -contestó el Rey. -¡Permitirle que conserve esa cabeza! Eso fue lo que se
ordenó.
EL LEÓN Y LA SERPIENTE DE CASCABEL
Un Hombre encontró en su camino a un León, y se puso a tratar de someterlo
mediante la hipnosis; cerca había una Serpiente de Cascabel dedicada a fascinar a un
pequeño pájaro.
-¿Cómo va lo tuyo, hermano? -el Hombre se dirigió al otro reptil, sin apartar sus
ojos de los del León.
-Admirablemente -replicó la serpiente-. El éxito está asegurado; mi víctima se
acerca y se acerca, a pesar de sus esfuerzos.
-Y la mía -dijo el Hombre- se acerca y se acerca a pesar de los míos. ¿Estás
seguro de que todo marcha bien?
-Si dudas -replicó el reptil lo mejor que pudo, con la boca llena de pájaro-, sería
mejor que abandones.
Un cuarto de hora después, el León, escarbándose pensativamente los dientes
con las garras, le decía a la Serpiente de Cascabel que nunca, en su muy variadas
experiencias al ser hipnotizado, se había encontrado con un hipnotizador tan ansioso
por abandonar su tarea.
-Pero -añadió con una amplia, inteligente sonrisa- yo le sostuve la mirada.
EL LEGISLADOR Y EL JABÓN

Un Miembro de la Legislatura de Kansas que se cruzó con un jabón, pasaba junto
a él sin reconocerlo, pero el jabón insistió en detenerlo y estrecharle las manos.
Pensando que se hallaba en goce de inmunidad parlamentaria, el legislador le dio un
cordial e intenso apretón de manos. Al abandonarlo, advirtió que una parte del Jabón
había quedado adherida en sus dedos, y corriendo muy alarmado hacia un arroyo,
procedió a lavárselos. Para hacerlo, se vio obligado a frotarse ambas manos, y cuando
terminó de lavarlas, quedaron tan blancas, que se metió en cama y mandó llamar a un
médico.
EL HOMBRE QUE NO TENIA ENEMIGOS

Una Persona Inofensiva que paseaba por un lugar público, fue atacada por un
Desconocido, con un Garrote, y severamente golpeada.
Cuando el Desconocido con un Garrote fue sometido a juicio, su víctima dijo al
Juez:
-Ignoro por qué me atacó; no tengo un enemigo en el mundo.
-Esa -dijo el acusado- es la razón por la que lo golpeé.
-El prisionero queda absuelto -dijo el juez-; un hombre que no tiene enemigos, no
tiene amigos. Los tribunales no se hicieron para esta gente.
LA MÁQUINA VOLADORA
Un Hombre Ingenioso construyó una máquina voladora e invitó a una gran concurrencia
a verla funcionar. A la hora señalada, con todo dispuesto, él se introdujo en
el vehículo y puso el motor en marcha. La máquina inmediatamente hizo pedazos la
imponente estructura sobre la que estaba armada, y se hundió en la Tierra hasta
perderse de vista, mientras el aeronauta saltaba afuera, justo a tiempo de salvarse.
-Bien -dijo el Hombre Ingenioso-. He hecho lo suficiente para demostrar la corrección
de los detalles. Los defectos -añadió, echando una mirada al estropeado armatoste-
son meramente básicos y fundamentales.
Ante esta aseveración, el publicó respondió con suscripciones para construir una
segunda máquina.
EL GATO Y EL REY

Un Gato estaba mirando a un Rey, como lo permite el proverbio.
-Bien -dijo el monarca, advirtiendo
su inspección-, ¿cómo me ves?
-Puedo imaginar un Rey -dijo el Gato-, que me gustaría más.
-¿Por ejemplo?
-El Rey de los Ratones.
Tanto complació al Rey el ingenio de esta respuesta, que le dio permiso para
arrancar los ojos de su Primer Ministro.
LA CIUDAD DE LA DISTINCIÓN POLÍTICA

Jamrach el Rico, ansioso de llegar a la Ciudad de la Distinción Política antes de la
noche, encontró una bifurcación de caminos, y estaba indeciso acerca de cuál tomar;
así que consultó a una Persona de Aspecto Sabio, sentada a un lado del camino.
-Tome ese camino -dijo la Persona de Aspecto Sabio-: se lo conoce como la
Carretera Política.
-Gracias -dijo Jamrach, y se dispuso a seguir viaje.
-¿Con cuánto me agradece? -fue la respuesta-. ¿Supone que estoy aquí haciendo
una cura de salud?
Como Jamrach no se había vuelto rico por su estupidez, le dio algo a su guía, y
apresurándose, pronto llegó a una barrera de peaje custodiada por un Caballero Benévolo,
quien lo dejó pasar tras recibir algo. Un poco más allá, halló un puente que
sorteaba un arroyo imaginario, donde un Ingeniero Civil (que había construido el
puente) le exigió algo para permitirle pasar. Ya se estaba haciendo tarde, cuando
Jamrach arribó a la orilla de lo que parecía un lago de tinta negra, donde terminaba el
camino. Viendo a un Barquero en su bote, Jamrach pagó algo por la travesía y estaba
a punto de embarcarse.
-No -dijo el Barquero-. Ponga el cuello en este lazo, y yo lo remolcaré. Es la
única manera de pasar -añadió, al ver que el pasajero estaba por quejarse de las
comodidades.
A su debido tiempo, Jamrach fue arrastrado a través del lago, y llegó medio estrangulado
y atrozmente empapado por las aguas fétidas.
-Bueno -dijo el Barquero, remolcándolo sobre la ribera y soltándolo-, ahora usted
está en la Ciudad de la Distinción Política. Tiene cincuenta millones de habitantes,
y como el color del Pozo Asqueroso no sale con el lavado, todos parecen
exactamente iguales.
-¡Ay de mí! -exclamó Jamrach, llorando y lamentando la pérdida de todas sus
posesiones, gastadas en propinas y peajes-. Volveré con usted.
-No creo que lo haga -dijo el Barquero, desatracando-. Esta ciudad está ubicada
en la Isla de los Que No Vuelven.
LA POETISA DE LA REFORMA

Un hermoso día de la última parte de la eternidad, mientras las Sombras de todos
los grandes escritores reposaban en lechos de asfódelos y molis en los Campos Elíseos,
cada uno de ellos muy feliz al escuchar de labios de todos los otros sólo copiosas
citas de la propia obra (porque a tal efecto Júpiter había hechizado generosamente sus
oídos), llegó allí con aire triunfador una Sombra a la que nadie conocía. Ella (porque
la recién llegada mostraba evidencias de su sexo tales como el cabello cortado corto y
un andar varonil) tomó asiento en medio de ellos, y con sonrisa de superioridad
explicó:
-Tras siglos de opresión arranqué mis derechos de manos de los dioses celosos.
Sobre la tierra yo fui la Poetisa de la Reforma y canté para oídos desatentos. Ahora
canto para una eternidad de honor y de gloria.
Pero no habría de ser así, y muy pronto ella fue la más infeliz de las inmortales,
anhelando vanamente volver a errar en las tinieblas junto a los lagos infernales. Porque
Júpiter no había hechizado su oído, y de los labios de cada Sombra bendita sólo
surgían copiosamente las citas de las obras de los otros. Además, a ella le había sido
negada la felicidad de recitar sus poemas. No recordaba un solo verso suyo, porque
Júpiter había decretado que el recuerdo de sus poemas habitara el penoso dominio de
Plutón, como parte del castigo.
LOS SALVADORES DE VIDAS

Setenta y cinco Hombres se presentaron ante el Presidente de la Sociedad
Humana y solicitaron la gran medalla de oro por haber salvado vidas.
-Vaya, sí -dijo el Presidente-, mediante sus diligentes esfuerzos tantos hombres
deben haber salvado un considerable número de vidas. ¿Cuántas salvaron?
-Setenta y cinco, señor -replicó el Vocero de los Hombres.
-Ah, sí, eso hace una cada uno; muy buen trabajo, muy buen trabajo, por cierto -
dijo el Presidente-. No sólo tendrán la gran medalla de oro de la Sociedad sino,
también, su recomendación para un empleo en las dotaciones de varias estaciones de
botes salvavidas a lo largo de la costa. ¿Pero cómo salvaron tantas vidas?
El Vocero de los Hombres respondió:
-Somos agentes de la ley, y acabamos de abandonar la persecución de dos asesinos
fugitivos.
LA ZARIGÜEYA DEL FUTURO

Un día, una Zarigüeya que se había dormido colgada de la cola, en la rama más
alta de un árbol, despertó y vio una enorme Víbora enroscada cerca de la rama, entre
ella y el tronco del árbol.
-Si me quedo -se dijo-, me engullirá; si me dejo caer me romperé el cuello.
Pero súbitamente se le ocurrió una estratagema.
-Mi perfecto amigo -dijo-, mi instinto paternal reconoce en usted una noble
evidencia e ilustración de la teoría del desarrollo. Usted es la Zarigüeya del Futuro, el
Sobreviviente Mejor Adaptado, último de nuestra especie, el fruto maduro de la
prensilidad progresiva: ¡pura cola!
Pero la Víbora, orgullosa de su antigua superioridad en la historia de las Escrituras,
fue estrictamente ortodoxa y no aceptó el punto de vista científico.
EL PAVIMENTADOR

Un Autor vio a un Trabajador colocando piedras en el pavimento de una calle, y
aproximándose, le dijo:
-Amigo mío, usted parece fatigado. La ambición es un duro capataz.
-Estoy trabajando para el Sr. iones-respondió el Trabajador.
-Bueno, arriba ese ánimo -siguió el Autor-. La fama llega cuando menos se la
espera. Hoy usted es pobre, oscuro y está desanimado, pero mañana su nombre puede
sonar en todo el mundo.
-¿De qué me está hablando? -dijo el Trabajador-. ¿No puede un honesto
pavimentador hacer su trabajo en paz, y ganar con él su dinero, y vivir de él, sin que
otros vengan a decir disparates acerca de la ambición y de la esperanza de fama?
-¿Y no puede hacerlo un honesto escritor? -dijo el Autor.
LOS DOS POETAS

Dos poetas se disputaban la Manzana de la Discordia y el Hueso de la Disputa,
porque ambos estaban muy hambrientos.
-Hijos míos -dijo Apolo-, repartiré los premios entre ustedes. Tú -dijo al Primer
Poeta- sobresales en Arte: toma la Manzana. Y tú -dijo al Segundo Poeta-, en
imaginación: toma el Hueso.
-¡El mejor premio al Arte! -dijo el Primer Poeta, con aire triunfante, y tratando de
devorar su premio se rompió todos los dientes. La Manzana era una obra de arte.
-Eso demuestra el desprecio de nuestro maestro por el mero Arte -dijo el Segundo
Poeta, sonriendo.
Trató de roer su Hueso, pero sus dientes lo atravesaron sin encontrar resistencia.
Era un Hueso imaginario.
EL CORCEL DE LA BRUJA
Un Palo de Escoba, que había servido largo tiempo de montura a una bruja, se
quejaba de la naturaleza de su empleo, que consideraba degradante.
-Muy bien -dijo la Bruja-. Te daré un trabajo en el que te verás asociado con el
intelecto... te pondrás en contacto con cerebros. Te regalaré a una ama de casa.
-¿Qué? -se sorprendió el Palo de Escoba-. ¿Consideras algo intelectual las manos
de un ama de casa?
-Me refería -dijo la Bruja- a la cabeza de sus buenos maridos.
LA RATA SAGAZ
Una Rata que estaba por salir de su madriguera alcanzó a vislumbrar un Gato que
la esperaba, y volviendo al fondo de la cueva invitó a una Amiga a ir con ella de visita
a un depósito de maíz vecino.
-Hubiera ido sola -dijo-, pero no podía negarme el placer de tan distinguida
compañía.
-Muy bien -contestó la Amiga-. Iré contigo. Condúceme.
-¿Conducirte? -exclamó la otra-. ¡Vaya! ¿Preceder yo a una rata grande e ilustre
como tú? No, por cierto... Después de ti, después de ti...
Complacida por esta gran muestra de deferencia, la Amiga abrió la marcha y, dejando
primero la cueva, fue atrapada por el Gato, que se fue con ella. La otra se alejó
sin ser molestada.
UN PUENTE SOBRE EL FANGO
Una Mujer Rica que volvía del extranjero desembarcó al pie de la Calle Hundida
Hasta las Rodillas, y estaba por caminar hasta su hotel a través del barro.
-Señora -dijo un Policía-, no puedo permitir que haga eso; se embarrará los zapatos
y las medias.
-¡Oh, no tiene importancia, realmente! -replicó la Mujer Rica, con encantadora
sonrisa.
-Pero, señora, es innecesario; desde el desembarcadero hasta el hotel, como usted
podrá observar, se extiende una línea ininterrumpida de periodistas postrados que
imploran el honor de que usted camine sobre ellos.
-En ese caso -dijo ella, sentándose en un umbral y abriendo su bolso- tendré que
ponerme mis galochas.
EL PURO PERRO
Un León, viendo a un Perro de Lanas, estalló en carcajadas ante lo ridículo del
espectáculo.
-¿Quién vio alguna vez una bestia tan pequeña? -dijo.
-Es muy cierto -dijo el Perro de Lanas, con austera dignidad- que soy pequeño;
pero le ruego que tome nota, señor, de que soy puro perro.
LOS DOS POLÍTICOS
Dos Políticos cambiaban ideas acerca de las recompensas por el servicio público.
-La recompensa que yo más deseo-dijo el Primer Político- es la gratitud de mis
conciudadanos.
-Eso sería muy gratificante, sin duda -dijo el Segundo Político-, pero es una
lástima que con el fin de obtenerla tenga uno que retirarse de la política.
Por un instante se miraron uno al otro, con inexpresable ternura; luego, el Primer
Político murmuró:
-¡Que se haga la voluntad del Señor! Ya que no podemos esperar una recompensa,
démonos por satisfechos con lo que tenemos.
Y sacando las manos por un momento del tesoro público, juraron darse por satisfechos.
DOS MÉDICOS
Un Viejo Inicuo, sintiéndose enfermo, envió por un médico, que le recetó unas
medicinas y se fue. Entonces el Viejo Inicuo envió en busca de Otro Médico, al que
no le dijo nada del anterior; este nuevo médico le prescribió un tratamiento
completamente diferente. Esto continuó durante unas semanas: los médicos lo visitaban
en días alternados y lo trataban por dos desórdenes distintos, con dosis de
medicina en constante aumento y cuidados cada vez más rigurosos. Pero un día se
encontraron accidentalmente junto a su lecho mientras él dormía, y al salir a luz la
verdad, una violenta disputa se produjo.
-Mis buenos amigos -dijo el paciente, despierto por el ruido de la discusión, y
adivinando su causa-, les ruego que sean más razonables. Si yo pude soportarlos a los
dos a la vez durante semanas, ¿no pueden
soportarse entre ustedes un ratito? Hace diez días que me siento bien, pero
me he quedado en cama con la esperanza de obtener mediante el reposo las fuerzas
que me harían falta para tomar sus medicinas. Hasta ahora no las he tocado.
EL CADI HONESTO
Un bandido que había despojado de mil piezas de oro a un mercader, fue llevado
ante el Cadí, quien le preguntó si tenía algo que decir para salvarse de ser decapitado.
-Su Señoría -dijo el Salteador-. No podía hacer otra cosa que apoderarme del oro,
porque Alá me hizo así.
-Tu defensa es ingeniosa y sólida -dijo el Cadí-, y debo exculparte de criminalidad.
Infortunadamente, Alá también me hizo de modo tal que debo cortarte la cabeza,
a menos a menos -añadió pensativo- que me ofrezcas la mitad del oro; porque
El me hizo débil ante la tentación.
Por consiguiente, el Salteador puso quinientas piezas de oro en manos del Cadí.
-Bien -dijo el Cadí-. Te cortaré ahora sólo una mitad de la cabeza. Para mostrar
mi confianza en tu discreción, dejaré intacta la mitad con la que hablas.
UN FACTOR NO TENIDO EN CUENTA
Un Hombre que poseía un hermoso Perro, y mediante una cuidadosa selección de
sus parejas había criado una cantidad de animales apenas inferiores a los ángeles, se
enamoró de su lavandera, se casó con ella y crió una familia de bobalicones.
-¡Qué lástima! -exclamó una vez, contemplando el melancólico resultado-. Si
hubiera buscado mi pareja con la mitad del cuidado que puse para mi perro, sería
ahora un padre orgulloso y feliz.
-No estoy tan seguro de eso -dijo el Perro, que acertó a escuchar el lamento-. Hay
una diferencia, es verdad, entre tus cachorros y los míos, pero yo me halago pensando
que no se debe completamente a las madres. Tú y yo no nos parecemos del todo.
EL DEPORTISTA Y LA ARDILLA
Un Deportista que había herido a una Ardilla, que estaba haciendo desesperados
esfuerzos para arrastrarse fuera de su alcance, corrió tras ella con un palo, exclamando:
-¡Pobrecita! La sacaré de su miseria.
En ese momento, la Ardilla se detuvo exhausta, y mirando a su enemigo, dijo:
-No me aventuraré a dudar de la sinceridad de tu compasión, aunque llega más
bien tarde, pero pareces carecer de la facultad de observación. ¿No percibes, por mis
acciones, que el deseo más querido de mi corazón es continuar en mi miseria?
Ante esta exposición de su hipocresía, el Deportista se sintió tan vencido por la
vergüenza y el remordimiento, que no liquidó a la Ardilla, sino que, señalándosela a
su perro, se alejó pensativamente.
EL CANGURO Y LA CEBRA
Un Canguro que marchaba a los saltos con un objeto que abultaba oculto en su
bolsa, se encontró con una Cebra, y deseoso de llamar su atención, le dijo:
-Por tu traje parece que acabaras de salir de la penitenciaría.
-Las apariencias son engañosas -replicó la Cebra, sonriendo con plena conciencia
del más insoportable de los ingenios-; si así no fuera, yo tendría que pensar que tú
acabas de salir de la Legislatura.
UN ASUNTO DE MÉTODO
Un Filósofo, al ver a un Tonto golpeando a su Burro, le dijo:
-No lo hagas, hijo mío, no lo hagas, te lo imploro. Quienes recurren a la violencia
sufrirán violencia.
-Precisamente eso -dijo el Tonto, redoblando sus golpes sobre el animal- es lo
que estoy tratando de enseñar a esta bestia, que me ha pateado.
-Sin duda -se dijo el Filósofo, mientras se alejaba-, la sabiduría de los tontos no es
más profunda ni más auténtica que la nuestra, pero ellos tienen realmente un modo
más impresionante de impartirla.
EL CALIFORNIANO RESTITUIDO
Un Hombre fue colgado del cuello hasta que murió. Esto fue en 1893.
-¿De dónde vienes? -preguntó San Pedro cuando el Hombre se presentó a la
puerta del Paraíso.
-De California -replicó el solicitante.
-Entra, hijo mío, entra; traes alegres noticias.
Cuando el Hombre desapareció adentro, San Pedro tomó su libreta de notas y
escribió lo siguiente:
"16 de febrero de 1893. California colonizada por los Cristianos".
EL MÉDICO COMPASIVO
Un Médico de Buen Corazón sentado a la cabecera de un paciente aquejado por
una enfermedad incurable y dolorosa, escuchó un ruido tras él, y volviéndose vio a un
Gato que se reía de los débiles esfuerzos de un Ratón herido, por arrastrarse fuera de
la habitación.
-¡Bestia cruel! -exclamó- ¿Por qué no lo matas de una vez, como una dama?
Levantándose, sacó al Gato a puntapiés de la habitación, y recogiendo al Ratón,
compasivamente lo arrebató a sus sufrimientos retorciéndole el cuello. Requerido
desde el lecho por los gemidos de su paciente, el Médico de Buen Corazón administró
un estimulante, un tónico y un nutriente, y se fue.
LA TRIPULACIÓN DEL BOTE
SALVAVIDAS

La Valiente Dotación de una estación de salvamento estaba por botar su barca
para dar un paseíto a lo largo de la costa, cuando descubrieron a poca distancia, mar
adentro, una embarcación que había zozobrado, con una docena de hombres agarrados
de su quilla.
-Tenemos suerte -dijeron los de la Valiente Dotación-; si no hubiéramos visto eso
a tiempo, nuestro destino podría haber sido el de ellos.
De modo que arrastraron su embarcación a lugar seguro y se reservaron para el
servicio de su país.
LA COLA DE LA ESFINGE
Un Perro de disposición taciturna le dijo a su Cola:
-Cada vez que me enojo, te levantas y pones tiesa; cuando estoy complacido te
meneas; cuando estoy alarmado, te pones entre las patas, fuera de peligro. Eres demasiado
vivaz... descubres todas mis emociones. Mi idea es que las colas fueron
dadas para ocultar el pensamiento. Mi mayor ambición es ser tan impasible como la
Esfinge.
-Mi amigo, debes reconocer las leyes y limitaciones de tu ser -replicó la Cola, con
flexiones apropiadas para los sentimientos que expresaba-, y tratar de ser importante
de alguna otra manera. La Esfinge cumple ciento cincuenta requisitos de la
impasibilidad que a ti te faltan.
-¿Cuáles son? -preguntó el Perro.
-Ciento cuarenta y nueve toneladas de arena en la cola.
-¿Y...?
-Una cola de piedra.
EL LADO OSCURO DEL PERSONAJE
Un Talentoso y Honorable Editor, que mediante la práctica de su profesión había
adquirido riqueza y distinción, solicitó a un Viejo Amigo la mano de su hija.
-¡De todo corazón, y Dios te bendiga! -dijo el Viejo Amigo, tomándolo de ambas
manos-. ¡Es un honor más grande que el que me hubiera atrevido a esperar!
-Sabía que esa sería tu respuesta -replicó el Talentoso y Honorable Editor, y
agregó con una sonrisa-. Sin embargo, me parece que debo transmitirte todo el
conocimiento de la personalidad que yo poseo. Este álbum de recortes contiene todos
los testimonios relativos a mi lado sombrío que he sido capaz de recortar en los
últimos diez años, de las columnas publicadas por mis competidores en el negocio de
elevar a la humanidad a un plano
espiritual y moral más alto... mis "repulsivos contemporáneos".
Dejando el álbum sobre una mesa, se retiró muy animado para hacer los arreglos
de la boda. Tres días después, un mensajero le trajo el álbum, con una nota advirtiéndole
que nunca más volviera a manchar la puerta de su Viejo Amigo.
-¡Vean! -exclamó el Talentoso y Honorable Editor, señalando esa notificación-
¡La calumnia triunfa!
Y fue llevado al Asilo de los Indiscretos.
LA VIUDA DEVOTA
A una Viuda que lloraba sobre la tumba de su esposo, se le aproximó un
Caballero Atractivo que, de manera respetuosa, le aseguró que desde hacía tiempo
abrigaba por ella los sentimientos más tiernos.
-¡Sinvergüenza! -exclamó la Viuda-. ¡Déjeme ya mismo! ¿Es momento para
hablarme de amor?
-Le aseguro, señora, que no pensaba descubrir mis sentimientos -explicó humildemente
el Caballero Atractivo-, pero el poder de su belleza venció a mi discreción.
-Tendría que verme cuando no estoy llorando -dijo la Viuda.
EL DIFUNTO Y LOS HEREDEROS
Un Hombre murió dejando una gran fortuna y muchos apenados parientes que la
reclamaban. Después de unos años, cuando la justicia había fallado contra las
pretensiones de todos, menos uno, este, a quien se le concedió el legado, pidió a su
Abogado que lo hiciera tasar.
-No queda nada para tasar -dijo el Abogado, embolsando sus últimos honorarios.
-Entonces -dijo el Demandante Exitoso-, ¿de qué me sirvieron todos estos
pleitos?
-Usted ha sido un buen cliente para mí -respondió el Abogado, recogiendo sus
libros y papeles-, pero debo decirle que revela una sorprendente ignorancia acerca del
propósito de los pleitos.
LOS POLÍTICOS Y EL BOTÍN
Varias Entidades Políticas estaban dividiendo los despojos.
-Yo tomaré el manejo de las prisiones -dijo un Decente Respeto por la Opinión
Pública-, y haré un cambio radical.
-Y yo -dijo la Reputación Manchada-, conservaré mis actuales conexiones con los
negocios, mientras mi amiga aquí presente, la Toga Corrupta, permanecerá en la
judicatura.
La Olla Política dijo que no herviría nada más, si no la volvían a llenar con líquido
del Pozo Asqueroso.
El Poder Cohesivo del Botín Público observó tranquilamente que las dos candidaturas
principales constituirían, suponía, su parte.
-No - dijo la Más Vil Degradación-, ya cayeron en mis manos.
EL HOMBRE Y LA VERRUGA
Una Persona con una Verruga en Su Nariz se encontró con una Persona Similarmente
Afligida, y le dijo:
-Permítame proponer su nombre como miembro de la Orden Imperial de los
Probóscides Anormales, de la cual soy el Gran Líder Preclaro y Tesorero Subrepticio.
Hace dos meses, yo era el único miembro. Hace un mes éramos dos. Hoy contamos
con cuatro Emperadores de la Proboscis Anormal de importancia... El doble cada
cuatro semanas, ¿ve? Es una progresión geométrica... ya sabe cómo aumenta eso... En
un año y medio cada hombre en este país tendrá una verruga en la nariz. ¡Orden
poderosa! Cuota de ingreso, cinco dólares.
-Amigo mío -dijo la Persona Similarmente Afligida-, aquí tiene cinco dólares.
Mantenga mi nombre fuera de sus libros.
-Le agradezco su amabilidad -replicó el Hombre con una Verruga en su Nariz,
embolsando el dinero-; para nosotros es como si se nos hubiera unido. Adiós.
Se fue, pero al ratito apareció de vuelta.
-Me olvidé de hablarle de la cuota mensual -dijo.
LA DIETA DEL PUGILISTA
El Entrenador de un Pugilista consultó a un Médico, acerca de la dieta del
campeón.
-Las chuletas son demasiado tiernas -dijo el Médico-; que coma carne de cuello
de toro.
-Creía que la otra era más digerible -explicó el Entrenador.
-Eso es muy cierto -dijo el Médico-; pero no ejercita suficientemente la mandíbula.
EL ANCIANO Y EL ALUMNO
Un Hermoso Anciano se encontró con el Alumno de una escuela dominical, y posando
tiernamente su mano en la cabeza del chico, le dijo:
-Hijo mío, escucha las palabras de los sabios y sigue el consejo de los rectos.
-Muy bien -respondió el Alumno de la escuela dominical-. Prosigue.
-Oh, en realidad no tengo nada que decirte -dijo el Hermoso Anciano-. Sólo
estaba observando una de las costumbres de mi edad. Yo soy un pirata.
Y cuando retiró su mano de la cabeza del chico, este advirtió que su cabellera
estaba llena de sangre coagulada. El Hermoso Anciano siguió su camino, instruyendo
a otros jóvenes.
UN OPTIMISTA
Dos Ranas en la barriga de una serpiente estaban considerando su molesta situación.
-Esto es flor de mala suerte -dijo una.
-No saques conclusiones apresuradas -dijo la otra-; estamos a resguardo de la
lluvia, con comida y alojamiento.
-Con alojamiento, sin duda -dijo la Primera Rana-; pero no veo la comida.
-Eres un ave de mal agüero -explicó la otra-. Nosotras somos la comida.
LOS DOS SALTEADORES
Dos Salteadores de caminos estaban sentados tomando un trago, en un refugio a
un costado del camino, comparando sus aventuras nocturnas.
-Yo lo paré al jefe de Policía -dijo el Primer Salteador-, y me fui con todo lo que
tenía.
-Y yo -dijo el Segundo Salteador- paré al Fiscal del Distrito de los Estados
Unidos, y me fui con...
-¡Buen Dios! -interrumpió el otro, colmado de asombro y admiración- ¿Te fuiste
con todo lo que ese tipo tenía?
-No -explicó el infortunado narrador-. Sólo con una pequeña parte de lo que tenía
yo.
UNA VALIOSA SUGERENCIA
Una Gran Nación, que sostenía una disputa con una Pequeña Nación, resolvió
intimidar a su antagonista con una gran demostración naval en el puerto principal de
la última. De modo que la Gran Nación reunió todos sus barcos de guerra dispersos en
todo el mundo, y estaba a punto de hacerlos navegar trescientos cincuenta millas hasta
el lugar del encuentro, cuando el Presidente de la Gran Nación recibió la siguiente
nota del Presidente de la Pequeña Nación:
"Mi gran y buen amigo, me he enterado de que va a exhibirnos su marina con el
objeto de impresionarnos con su poder. ¡Qué innecesario es ese gasto! Para demostrarle
que ya conocemos todo acerca de esta materia, adjunto a esta una lista de
todas las naves y piezas de artillería que ustedes tienen".
Tanto impresionó al gran y buen amigo la sólida sensatez de esta misiva, que
mantuvo su marina en casa, economizando mil millones de dólares. Gracias a esta
economía pudo comprar una decisión satisfactoria cuando la causa de la disputa fue
sometida a arbitraje.
LA MANO TOMADA
Un Exitoso Hombre de Negocios que tuvo oportunidad de escribirle a un Ladrón,
le expresó su deseo de verlo y estrechar su mano.
-No -respondió el Ladrón-, hay algunas cosas que yo no tomo... entre ellas su
mano.
-Usted debe usar un poco de estrategia -dijo un Filósofo a quien el Exitoso
Hombre de Negocios contó la desdeñosa respuesta del Ladrón-. Deje su mano afuera
alguna noche, y él la tomará.
De modo que una noche, el Exitoso Hombre de Negocios dejó su mano fuera del
bolsillo de un vecino y el Ladrón la tomó con avidez.
EL POETA Y EL EDITOR
-Mi querido señor -dijo el Editor al Poeta que lo visitaba para hablar de la publicación
de su poema-, lamento decir que debido a un infortunado altercado en esta
oficina, la mayor parte de su manuscrito es ilegible; se derramó sobre él una botella de
tinta, manchando todo salvo la primera línea, es decir: "Las hojas de otoño caían,
caían". Desafortunadamente, no habiendo leído el poema, fui incapaz de recordar los
incidentes que seguían; de otro modo, podríamos haberlos ofrecido con nuestras
propias palabras. Si la noticia no ha perdido interés y no apareció ya en otros
periódicos, quizás usted tendrá la amabilidad de relatarnos lo ocurrido, mientras yo
tomo notas. "Las hojas de otoño caían, caían". Prosiga.
-¿Qué? -dijo el Poeta-. ¿Espera que yo reproduzca todo el poema de memoria?
-Sólo la sustancia... sólo los hechos conducentes. Nosotros agregaremos lo que
sea necesario para amplificarlo y embellecerlo. Sólo le llevará un momento. "Las hojas
de otoño caían, caían". Adelante.
Se escuchó el sonido de un lento levantarse e irse, mientras el cronista de sucesos
efímeros permanecía inmóvil, con su pluma suspendida; y cuando el movimiento se
completó, la Poesía sólo quedó representada en ese lugar, por un sitio tibio en una
silla.
EL ADMINISTRADOR PARTIDARIO Y EL
CABALLERO

Un Administrador de un Partido le dijo a un Caballero, que estaba ocupándose de
sus propios asuntos:
-¿Cuánto pagará por una candidatura a un cargo?
-Nada -replicó el Caballero.
-Pero contribuirá con algo a los fondos de la campaña para apoyar su elección
¿no? -preguntó el Administrador del Partido, guiñando el ojo.
-Oh, no -dijo seriamente el Caballero-. Si el pueblo desea que trabaje para él debe
emplearme sin que yo lo solicite. Estoy muy bien sin ningún cargo.
-Pero -lo urgió el Administrador del Partido-, un nombramiento es algo deseable.
Es un gran honor ser un servidor del pueblo.
-Si el servicio del pueblo es un gran honor -dijo el Caballero- sería indecente de
mi parte buscarlo; y si lo obtuviera por mi propio esfuerzo, dejaría de ser un honor.
-Bueno -insistió el Administrador del Partido-, espero que al menos endosará la
plataforma partidaria.
El Caballero replicó:
-Es improbable que sus autores hayan expresado fielmente mis puntos de vista sin
consultarme; y si endoso su obra sin aprobarla sería un mentiroso.
-¡Usted es un hipócrita detestable y un idiota! -gritó el Administrador del Partido.
-Ni siquiera su buena opinión acerca de mi idoneidad me convencerá -replicó el
Caballero.
UN IMBÉCIL INCALIFICABLE
Un Juez le dijo a un Asesino Convicto:
-Prisionero en el banquillo: ¿tiene algo que decir que impida el dictado de su senLibrodot
tencia de muerte?
-¿Lo que yo diga marcará alguna diferencia? -preguntó el Asesino Convicto.
-No veo cómo podría hacerlo -respondió reflexivamente el Juez-. No, no lo hará.
-Entonces -dijo el condenado-. Me gustaría señalar que usted es el más incalificable
imbécil en siete Estados y todo el Distrito de Columbia.
EN EL POLO
Tras gran dispendio de vidas y riquezas, un Osado Explorador tuvo éxito y
alcanzó el Polo Norte, donde se le aproximó un Nativo que allí vivía.
-Buenos días -dijo el Nativo-. Estoy muy contento de verlo, pero ¿por qué vino
aquí?
-La gloria -dijo el Osado Explorador, lacónicamente.
-Sí, sí, ya lo sé -insistió el otro-, pero ¿de qué le servirá al hombre su descubrimiento?
¿A qué verdades antes inaccesibles le dará acceso? ¿A qué hechos, quiero
decir, que tengan valor científico?
-Sería adivino si lo supiese -replicó francamente el gran hombre-, tiene que
preguntárselo al Científico de la Expedición.
Pero el Científico de la Expedición explicó que había estado tan enfrascado en
el cuidado de sus instrumentos y el estudio de sus tablas, que no había tenido
tiempo de pensar en el asunto.
UN PARALELO RADICAL
Unos Cristianos Blancos empeñados en expulsar a los Paganos Chinos de una
ciudad americana, encontraron un periódico publicado en Pekín en idioma chino, y
obligaron a una de sus víctimas a traducir un editorial. Resultó ser un llamado al
pueblo de la provincia de Pang Ki, a expulsar a los demonios extranjeros del país, y
quemar sus casas e iglesias. Esta evidencia de la barbarie mongólica encolerizó tanto
a los Cristianos Blancos, que llevaron a la práctica su proyecto original.
EL LEGISLADOR Y EL CIUDADANO
Un ex Legislador le pidió a El Más Respetable Ciudadano, una carta para el Gobernador,
recomendándolo para el puesto de Comisionado de Langostinos y Cangrejos.
-Señor -dijo severamente El Más Respetable Ciudadano- ¿no estuvo usted una
vez en el Senado Estatal?
-No he llegado tan bajo, señor, se lo aseguro -fue la respuesta-. Fui miembro de la
Cámara Más Lenta. Me expulsaron por vender mi influencia.
-¡Y se atreve a pedir la mía! -gritó El Más Respetable Ciudadano-. ¿Tiene la
impudicia? Un hombre que acepta coimas es capaz de ofrecerlas. Quiere decir que...
-No se me ocurriría hacerle una propuesta corrupta, señor; pero si yo fuera
Comisionado de Langostinos y Cangrejos,
tendría cierta influencia sobre la población portuaria, y podría ayudarlo en su
pugna por obtener el puesto de Oficial Instructor.
-En tal caso, no encuentro justificaciones para negarle la carta.
EL PERRO Y EL DOCTOR
Un Perro que había visto a un Doctor concurrir al entierro de un paciente adinerado,
le dijo:
-¿Cuándo vas a desenterrarlo?
-¿Por qué habría de desenterrarlo? -preguntó el Doctor.
-Cuando yo entierro un hueso -dijo el Perro-, es con la intención de desenterrarlo
posteriormente, descarnarlo y sacarle el jugo.
-Los huesos que yo entierro -dijo el Doctor-, son aquellos a los que ya nada
puedo sacar.
EL HOMBRE QUE HACIA LLOVER
Un Funcionario del Gobierno, con una gran dotación de mulas cargadas de globos,
cometas, bombas de dinamita y aparatos eléctricos, hizo alto y acampó en medio
de un desierto, en el que no había llovido durante diez años. Después de varios meses
de preparativos y un gasto de un millón de dólares todo estuvo dispuesto, y una serie
de tremendas explosiones se produjeron en el cielo y en la tierra. Todo esto fue
seguido por un enorme diluvio que lavó al infortunado Funcionario y a todo su equipo
de la faz de la creación, y llenó el corazón de los agricultores de una alegría
demasiado honda para traducirla en palabras. Un Cronista de Periódico que acababa
de llegar escapó trepando a una colina cercana, y allí encontró al Unico Sobreviviente
de la expedición -un conductor de mulas- arrodillado detrás de un árbol, orando con,
extremo fervor.
-Oh, no puede pararlo de ese modo -dijo el Cronista.
-Mi compañero de viaje al tribunal de Dios -replicó el Unico Sobreviviente, mirándolo
sobre su hombro-, su entendimiento está hundido en la oscuridad. No estoy
deteniendo a esta gran bendición; con la ayuda de la Providencia, la estoy trayendo.
-Ese sí que es un buen chiste -dijo el Cronista, riendo a más no poder en medio de
la espesa lluvia-: ¡Dios respondiendo a los ruegos de un conductor de mulas!
-Hijo de la superficialidad y el escarnio -replicó el otro-, te equivocas de nuevo,
engañado por estas humildes ropas. Soy el reverendo Ezequiel Thrifft, ministro del
Evangelio, ahora al servicio de la gran firma manufacturera Skinn & Sheer. Fabrican
globos, cometas, bombas de dinamita y aparatos eléctricos.
LA FORTUNA Y EL FABULISTA
Un Escritor de Fábulas marchaba a través de un bosque solitario, cuando se encontró
con la Fortuna. Terriblemente asustado, trató de trepar a un árbol, pero la
Fortuna tiró de él, lo hizo bajar, y se le ofreció con cruel insistencia.
-¿Por qué trataste de escapar? -preguntó la Fortuna, una vez que cesó la resistencia
y se acallaron los chillidos del Fabulista-. ¿Por qué me miras de manera tan
inhospitalaria?
-No sé qué eres -respondió el Escritor de Fábulas, hondamente perturbado.
-Soy la riqueza, soy la respetabilidad -dijo la Fortuna-; soy casas elegantes, un
yate, una camisa limpia todos los días. Soy el ocio, soy los viajes, el vino, un sombrero
brillante y un saco que no brilla. Soy la comida suficiente.
-Muy bien -dijo el Escritor de Fábulas, en un susurro-; ¡pero, por Dios, habla más
bajo!
-¿Por qué? -preguntó la Fortuna, sorprendida.
-Para no despertarme -replicó el Escritor de Fábulas, mientras una increíble calma
se adueñaba de su hermoso rostro.
UNA TRANSPOSICIÓN
Viajando a través del País de la Artemisa, un Asno encontró a un Conejo, que exclamó
muy sorprendido:
-¡Cielos! ¿Cómo creciste tanto? ¡Sin duda eres el más grande conejo viviente!
-No -dijo el Asno-, tú eres el burro más pequeño.
Después de una larga y estéril discusión, el asunto fue sometido a la decisión de
un Coyote que pasó por allí, que tenía algo de demagogo y el deseo de quedar bien
con los dos.
-Caballeros -dijo-, ambos tienen razón, como se podía esperar de personas tan
dotadas de disposición para recibir instrucción de los sabios. Usted, señor -volviéndose
al animal de más tamaño- es, como él ha señalado correctamente, un conejo-
. Y usted -volviéndose al otro- fue correctamente descripto como un asno. Al
transponer los nombres de ustedes, el hombre actuó con increíble locura.
Quedaron tan complacidos por esta decisión que declararon al Coyote su candidato
a Oso Gris; pero si el Coyote consiguió o no este puesto, es algo que la historia
no cuenta.
EL REY SIN HUESOS
Unos Monos que habían depuesto a su rey se hundieron de inmediato en la disenLibrodot
sión y la anarquía. En este trance, enviaron una Diputación a una tribu vecina, para
consultar al Mono Más Viejo y Más Sabio del Mundo.
-Hijos -dijo el Mono Más Viejo y Más Sabio del Mundo, una vez que escuchó a
la Diputación-, hicieron bien en librarse de la tiranía, pero la tribu de ustedes no está
suficientemente adelantada como para pasarla sin la monarquía. Tienten al tirano con
falsas promesas para que vuelva, mátenlo y entronícenlo. Aun el esqueleto del más
ilegal de los déspotas hace un buen soberano constitucional.
Ante estas palabras, la Diputación se mostró muy confundida.
-Eso es imposible -dijeron, alejándose-. Nuestro rey no tiene esqueleto; era un rey
de paño.
EL CIUDADANO HONESTO
Un Ascenso Político, etiquetado con su precio, recorría el Estado en busca de un
comprador. Un día se ofreció a un Hombre Verdaderamente Bueno que, después de
examinar la etiqueta y encontrar que el precio era el doble de lo que él estaba dispuesto
a pagar, expulsó desdeñosamente al Ascenso Político, de su puerta. Entonces,
la Gente dijo:
-¡Miren, este es un ciudadano honesto!
Y el Hombre Verdaderamente Bueno confesó que esto era cierto.
A LA PUERTA DEL PARAÍSO
Irguiéndose de la tumba, una Mujer se presentó a la Puerta del Paraíso, y golpeó
con mano temblorosa.
-Señora -dijo San Pedro, levantándose y acercándose a la ventanilla-, ¿de dónde
viene?
-De San Francisco -respondió la Mujer, avergonzada, mientras grandes gotas de
sudor brillaban en su frente espiritual.
-¡No importa, mi buena muchacha! contestó el Santo, compasivamente- La
eternidad es un tiempo largo; terminarás por olvidar.
-Pero eso no es todo -la Mujer estaba cada vez más turbada-. Yo envenené a mi
esposo... yo descuarticé a mis niños, yo...
-Ah -dijo el Santo, con súbita severidad-, tu confesión sugiere una grave posibilidad.
¿Eras miembro de la Asociación de Mujeres de Prensa?
La mujer se irguió y replicó con entusiasmo:
-No.
Las puertas de madreperla y jaspe giraron sobre sus goznes de oro, produciendo
la música más cautivadora, y el Santo, haciéndose a un lado, hizo una reverencia,
diciendo:
-Entra, entonces, en tu eterno descanso.
Pero la Mujer vacilaba.
-El envenenamiento... el descuartizamiento... el... el... -tartamudeó.
-No tienen importancia, te lo aseguro. No vamos a mostrarnos rigurosos con una
señora que no pertenecía a la Asociación de Mujeres de Prensa. Toma un arpa.
-Pero... yo solicité el ingreso... Me pusieron bolilla negra.
-Toma dos arpas.
EL ANARQUISTA ENGATADO
Un Orador Anarquista a quien cierto Respetuoso de la Ley le arrojó a la cara un
Gato Muerto, hizo detener y llevar ante un magistrado al Gato Muerto.
-¿Por qué recurres a la Ley -dijo el Magistrado-, si tú estás por la abolición de la
ley?
-Eso -replicó el Anarquista- no es asunto suyo; no estoy obligado a ser
consistente. Usted está sentado aquí para hacer justicia entre este Gato Muerto y yo.
-Muy bien -dijo el Magistrado, con expresión solemne, poniéndose el birrete
negro-; como el acusado no se defiende, y es indudablemente culpable, lo condeno a
ser comido por el ejecutor público; y como ocurre que este cargo está vacante, lo
designo a usted, sin contrato.
Uno de los más deleitados espectadores de la ejecución fue el desconocido
Respetuoso de la Ley que había arrojado al con
denado.
EL HONORABLE MIEMBRO DE LA
LEGISLATURA

Un Miembro de una Legislatura que se había comprometido con sus Constituyentes
a no robar, se llevó con él, al terminar la sesión, gran parte de la cúpula del Capitolio.
Por lo tanto, los Constituyentes se reunieron en indignada asamblea y votaron
la resolución de embrearlo y emplumarlo.
-Son muy injustos -dijo el Miembro de la Legislatura-. Es verdad que yo les
prometí a ustedes que no robaría; ¿pero acaso les prometí que no mentiría?
Los Constituyentes dijeron que era un hombre honorable y lo eligieron para el
Congreso de los Estados Unidos, sin embrearlo ni emplumarlo.
UNA REMUNERACIÓN INADECUADA
A un Buey incapaz de salir por sí mismo de la ciénaga en que se hundía, se le
aconsejó que hiciera uso de una Influencia Política. Cuando la Influencia Política
llegó, el Buey dijo:
-Mi buena amiga, le ruego que me amarre con fuerza, y deje que la naturaleza
siga su curso.
De modo que la Influencia Política amarró con fuerza la Cabeza del Buey, y la
naturaleza siguió su curso: el Buey fue arrancado de la ciénaga, primero, y a continuación
de su piel. Entonces la Influencia Política miró por sobre sus hombros la buena
carcasa gorda de carne que estaba arrastrando a su cubil y dijo, con insatisfacción:
-Esto no alcanza a cubrir lo que habitualmente cobro; me llevaré a casa la primera
cuota, y después retornaré por la piel.
EL CACIQUE POLÍTICO EXPATRIADO
Un Cacique Político que había ido a Canadá fue escarnecido por un Ciudadano de
Montreal, que lo acusaba de haber huido para evitar ser procesado.
-Me hace una grave injusticia -dijo el Cacique Político, dejando caer un par de
lágrimas-. Vine a Canadá sólo a causa de sus atractivos políticos; se dice que su
Gobierno es el más corrupto del mundo.
-Le ruego que me perdone -contestó el Ciudadano de Montreal.
Cayeron uno sobre el cuello del otro, y al terminar este tocante rito, el Cacique
Político tenía dos relojes.
UN ESTADISTA
Un Estadista que asistía a una asamblea de la Cámara de Comercio se levantó
para hablar, pero fue objetado, acusándoselo de que nada tenía que ver con el
comercio.
-Señor Presidente -dijo un Antiguo Miembro, levantándose-, opino que esa
objeción no corresponde; la conexión del caballero con el comercio es íntima y estrecha.
Es una mercancía.
LOS TRES RECLUTAS
Un Campesino, un Artesano y un Trabajador se presentaron ante el Rey de su
país, y se quejaron porque se veían obligados a sostener un enorme ejército de
consumidores, que no hacía nada en su beneficio.
-Muy bien -dijo el Rey-, los deseos de mis súbditos son la ley suprema.
Así que disolvió su ejército y los consumidores se volvieron productores. La
venta de sus productos hizo bajar tanto los precios, que los campesinos se arruinaron,
y los artesanos y trabajadores fueron a dar a los asilos y los caminos. En pocos años el
desastre nacional era tan grande, que el Campesino, el Artesano y el Trabajador
elevaron un petitorio al Rey, para que restaurase su ejército.
-¿Qué? -dijo el Rey-. ¿Desean sostener a esos consumidores haraganes otra vez?
-No, su Majestad -contestaron ellos-, deseamos enrolarnos.
UN DESORDEN FATAL
Un Agonizante, a quien le habían disparado, fue apremiado por oficiales de la ley
para que hiciera una rápida declaración.
-Usted fue atacado sin provocación, por supuesto -manifestó el Fiscal del Distrito,
preparándose para asentar la respuesta.
-No -replicó el Agonizante-, yo fui el agresor.
-Sí, entiendo -dijo el Fiscal del Distrito; usted cometió la agresión... fue obligado
a hacerlo. Lo hizo en defensa propia.
-No creo que me hubiera dañado si yo lo hubiese dejado en paz -dijo el moribundo-.
No... creo que era un hombre pacífico, incapaz de matar una mosca. Le hice
soportar tanta presión que él, naturalmente, tenía que sucumbir... no pudo aguantar.
Honestamente, si se hubiera negado a dispararme, no veo cómo yo podría haber
seguido tratándolo.
-¡Santo Cielo! -exclamó el Fiscal del Distrito, arrojando su cuaderno de apuntes y
su lápiz-. Esto es completamente anómalo. No puedo utilizar como declaración
últimas palabras como estas.
-Nunca he visto a un hombre que diga la verdad cuando muere violentamente -
dijo el jefe de Policía.
-¡No hay ninguna violencia! -contestó el Médico Policial, sacando e inspeccionando
la lengua del hombre-. Es la verdad la que lo está matando.
UN TALISMÁN
Habiendo sido designado para cumplir las funciones de jurado, un Prominente
Ciudadano envió un certificado médico donde se declaraba que padecía de reblandecimiento
cerebral.
-El caballero está excusado -dijo el juez, devolviendo el certificado a la persona
que lo había traído-, tiene cerebro.
EL CONGRESO Y EL PUEBLO
Los sucesivos Congresos habían empobrecido enormemente al Pueblo, que estaba
desanimado y lloraba copiosamente.
-¿Por qué lloran? -indagó un Angel que se había posado en un árbol cercano.
-Nos han sacado todo lo que teníamos -fue la respuesta-, excepto -añadió el
Pueblo, al darse cuenta de quién era el llamativo visitante-, excepto nuestra esperanza
del Paraíso. ¡Gracias a Dios que no pudieron quitarnos eso!
¡Pero al fin llegó el Congreso de 1889!
EL JUEZ Y SU ACUSADOR
Un eminente juez de la Corte Suprema de Gowk fue acusado de haber obtenido
su designación fraudulentamente.
-Usted disparata -dijo a su Acusador-; tiene poca importancia cómo obtuve mi
poder; lo único importante es cómo lo he usado.
-Confieso -manifestó el Acusador- que en comparación con la manera ruin en que
usted se condujo en la Corte, el método ruin mediante el cual usted llegó a ella es una
bagatela.
ECONOMIZANDO FUERZA
Un Hombre Débil que iba colina abajo se encontró con un Hombre Fuerte que subía,
y le dijo:
-Vengo en esta dirección porque requiere menos esfuerzo, no porque lo haya
elegido. Le ruego, señor, que me ayude a volver a la cumbre.
-Me alegrará hacerlo -dijo el Hombre Fuerte, con el rostro iluminado por una
gloriosa idea-. siempre he considerado a mi fuerza un don sagrado que se me confió
para bien de mi prójimo. Lo llevaré arriba conmigo. Póngase detrás de mí y empuje.
EL SALTEADOR DE CAMINOS Y EL
VIAJERO

Un Salteador de Caminos enfrentó a un Viajero, y apuntándole con un arma de
fuego, le gritó:
-¡El dinero o la vida!
-Mi querido amigo -dijo el Viajero-, de acuerdo con los términos de su exigencia
mi dinero salvará mi vida, mi vida mi dinero; usted indica que se apoderará de una o
de lo otro, pero no de ambos. Si esto es lo que usted quiere decir le ruego que sea
bueno y tome mi vida.
-No es eso lo que quiero decir -replicó el Salteador-; usted no puede salvar su
dinero renunciando a su vida.
-Entonces, tómela de todos modos -dijo el Viajero-. Si no sirve para salvar mi
dinero, no sirve para nada.
Tanto agradaron al Salteador la filosofía y el ingenio del Viajero, que lo tomó
como socio y esta espléndida combinación de talentos fundó un periódico.
EL BUEN GOBIERNO
-¡Qué territorio feliz eres! -dijo una Forma Republicana de Gobierno a un Estado
Soberano-. Sé bueno y quédate quieto en tanto paseo encima de ti, cantando los
elogios del sufragio universal y disertando sobre las bendiciones de la libertad civil y
religiosa. Mientras, puedes mitigar tus penas maldiciendo al poder unipersonal y a las
decadentes monarquías de Europa.
El Estado replicó:
-Mis servidores públicos han sido tontos y pillos, desde la fecha de tu ascenso al
poder; mis cuerpos legislativos -tanto los estatales como los municipales- son bandas
de ladrones; mis impuestos son insoportables; mis Cortes, corruptas; mis ciudadades,
una desgracia para la civilización; mis corporaciones tienen sus manos en la garganta
de todos los intereses particulares... La totalidad de mis asuntos está en desorden y en
criminal confusión.
-Cuanto dices es muy cierto -respondió la Forma Republicana de Gobierno,
poniéndose sus zapatos claveteados-, pero considera cómo te emociono cada Cuatro
de julio.
EL GUARDA VIDAS
Una Antigua Doncella, parada en el borde de un muelle, cerca de un Amante
Moderno, dejó oír estas palabras:
-¡Noble protector! ¡La vida que has salvado te pertenece!
Tras repetir esto varias veces en diversas entonaciones, se arrojó al agua, donde
murió ahogada.
-Soy un noble protector -dijo el Amante Moderno, alejándose pensativo-, la vida
que he salvado es sin duda la mía.
TRES DE LA MISMA CLASE
Un Abogado fue contratado para defender a un Ladrón, a quien la policía había
logrado detener tras violenta pelea con otro que había huido. En la reunión con su
cliente, el Abogado preguntó:
-¿Tiene cómplices?
-Sí, señor -respondió el Ladrón-. Tengo dos, pero ninguno fue capturado.
Contraté a uno para que me defendiera de la policía, y a usted lo contraté para que me
defienda de una condena.
Esta respuesta impresionó profundamente al Abogado, quien tras verificar que el
Ladrón no había acumulado ningún dinero mediante el ejercicio de su profesión,
abandonó el caso.
EL FABULISTA
Un Ilustre Satírico visitaba un zoológico ambulante, con la idea de recolectar material
literario. Cuando pasó cerca del Elefante, este animal dijo:
-¡Qué triste que un censor tan justamente famoso eche a perder su obra ridiculizando
personajes con narices colgantes, que son la sal de la tierra!
El Canguro añadió:
-Disfruto mucho la crítica de lo ridículo que hace ese gran hombre, particularmente
sus ataques contra los proboscidios; pero ¡cielos!, es irreverente con los
marsupiales, y se ríe de nuestra manera de llevar a nuestros cachorros en una bolsa.
El Camello dijo:
-Si al menos conservara el respeto a la Sagrada Giba, sería impecable. Pero tal
como son las cosas, no puedo permitir que su obra sea leída en presencia de los míos.
El Avestruz, al ver que se aproximaba, hundió su cabeza en la paja, diciendo:
-Si no me oculto, puede ocurrírsele escribir algo desagradable acerca de mi falta
de una cresta, o de mi apetito por la chatarra, y aunque es indeciblemente brillante
cuando se consagra a ridiculizar la locura y la codicia, su estupidez es inigualable
cuando excede los límites del comentario lícito.
-Ese -señaló el Buitre a su pichón- es el autor de esa fábula gloriosa, "El Avestruz
y el barril de clavos crudos". Lamento añadir que también escribió "El festín del
Buitre", en el que la dieta de carroña es insolentemente desacreditada. La dieta de
carroña es el fundamento de la buena salud. Si todo el mundo comiera sólo cadáveres,
la muerte sería desconocida.
Al ver que se aproximaba un asistente, el Ilustre Satírico salió de la tienda y se
mezcló con la multitud. Posteriormente se descubrió que se había colado bajo la
tienda, sin pagar.
UNA PETICIÓN DEFECTUOSA
Un Juez Adjunto de la Suprema Corte estaba sentado a la orilla de un río, cuando
un Viajero se aproximó y le dijo:
-Deseo cruzar. ¿Será legítimo usar este bote?
-Lo será -fue la respuesta-; es mi bote.
El Viajero le dio las gracias, y empujando el bote al agua se embarcó y comenzó
a remar, alejándose. Pero el bote se hundió y él se ahogó.
-¡Hombre cruel! -exclamó un Espectador Indignado-. ¿Por qué no le dijo que su
bote estaba agujereado?
-La cuestión del estado del bote -dijo el gran jurista- no me fue planteada.
LOS HERMANOS DE LUTO
Advirtiendo que estaba por morir, un Anciano convocó a sus dos Hijos junto a su
lecho, y expuso la situación.
-Hijos míos -les dijo-, ustedes no me ofrecieron muchas señales de respeto
durante mi vida, pero darán fe de su pena por mi muerte. Aquel que más tiempo lleve
luto en su sombrero en mi memoria, se quedará con toda mi fortuna. He hecho un
testamento a tal efecto.
De modo que cuando el Anciano murió, los jóvenes pusieron luto en sus
sombreros, y lo llevaron hasta que ellos mismos fueron viejos, cuando,
comprendiendo que ninguno de los dos lo abandonaría, convinieron que el más joven
dejaría de usar luto, y el mayor le daría la mitad de la fortuna. ¡Pero cuando el mayor
solicitó la propiedad, se encontró con que había habido un Albacea!
De este modo, fueron adecuadamente castigadas la hipocresía y la obstinación.
EL PATRIOTA Y EL BANQUERO
Un Patriota que, siendo pobre, había accedido a un puesto en el gobierno, y lo
había abandonado rico, se presentó en un Banco, donde deseaba abrir una cuenta.
-Con mucho gusto -dijo el Banquero Honesto- será un placer para nosotros hacer
negocios con usted; pero primero tiene que convertirse en un hombre honesto,
devolviendo todo lo que robó desde el Gobierno.
-¡Bendito cielo! -exclamó el Patriota-. Si hago eso, no me quedará nada para
depositar en el Banco.
-No me parece -respondió el Banquero Honesto-. Nosotros no somos todo el
pueblo americano.
-Ah, comprendo -contestó el Patriota, reflexionando-. ¿En cuánto estima la
proporción que le corresponde al Banco, del dinero que el país perdió por mí?
-Un dólar -respondió el Banquero Honesto.
Y con orgullosa conciencia de servir a su país con sabiduría y propiedad, cargó
esa suma en la cuenta.
EL ANARQUISTA REFORMADO
Un famoso Anarquista naufragó, y el mar lo arrojó a las playas de la isla de
Gowqueechi, habitada por la antigua y poderosa tribu de los Tumtum. Fue descubierto
y llevado ante el Jamgrogrum, que le preguntó cuál era su fe política.
-Le preguntamos esto a todos los extranjeros -explicó el Jamgrogrum-, con la
esperanza de conocer algún día principios políticos superiores a los nuestros.
-Soy un Anarquista -respondió el recién llegado-. Sostengo que todos los gobiernos
son perversos, todas las leyes opresivas. Enseño que todos los Jamgrogra deberían
ser asesinados.
El monarca llamó al Primer Ministro a su lado, y tras susurrarle ciertas instrucciones,
se retiró.
Al día siguiente, una vez que el Primer Ministro se presentó en palacio, y comió
un puñado de lodo, como la etiqueta de la corte lo exigía, el Jamgrogrum le pidió
noticias del Anarquista.
-Lo hice llevar a los baños, y fue cuidadosamente bañado.
-¿Y entonces?
-Cuando se le preguntó, de acuerdo con las instrucciones de su Majestad, si todavía
era un Anarquista, respondió que ningún tratamiento, por duro y cruel que
fuera, alteraría sus convicciones.
-Entonces -exclamó el Jamgrogrum, con el aire decepcionado de alguien privado
del cumplimiento de una ilusión largamente anhelada- mi teoría acerca de la unidad
de la suciedad y el anarquismo ha sido refutada.
-No, su Majestad -dijo el Primer Ministro-; murió diez minutos después del baño.
LOS DOS HIJOS
Un Hombre tenía Dos Hijos. El mayor era virtuoso y obediente, el más joven perverso
y taimado. Cuando el padre estaba por morir, los llamó ante él y dijo:
-Sólo tengo dos cosas valiosas: mi rebaño de camellos y mi bendición. ¿Cómo los
distribuiré?
-Dame tu bendición -dijo el Hijo Más Joven-, porque puede reformarme. Si me
dieras los camellos, seguramente yo sin duda los vendería y malgastaría el dinero.
El Hijo Mayor, disimulando su júbilo, dijo que trataría de contentarse con los camellos
y un recuerdo piadoso.
Todo se arregló según lo hablado y el Hombre murió. Entonces, el perverso Hijo
Más joven se presentó ante el Cadí y dijo:
-Mira, mi hermano se ha apropiado de mi herencia legítima. Es tan malo que
nuestro padre, como todo el mundo sabe,
le negó su bendición; ¿es verosímil que le haya dado los camellos?
El Hijo Mayor fue obligado a entregar el rebaño y fue correctamente apaleado por
su rapacidad.
EL EXPLORADOR AFORTUNADO
Un Emisario del Presidente de los Estados Unidos ante el Emperador de Abisinia
se despedía de este soberano que, para atestiguar su pesar de acuerdo con las costumbres
de su país, dejó caer un diluvio de lágrimas.
-Mi fama está asegurada -dijo el Emisario-: he descubierto la fuente del Nilo.
EL HIJO RESPETUOSO
Un Millonario había ido a un asilo a visitar a su padre, y se encontró allí con un
Vecino que se mostró enormemente sorprendido.
-¿Qué? -dijo el Vecino-. ¿Usted a veces visita a su padre?
-Estoy seguro de que si nuestras situaciones se invirtieran, él me visitaría a mí -
respondió el Millonario. El viejo siempre estuvo orgulloso de mí. Además -agregó en
voz baja-, tengo que hacerle firmar; estoy asegurando su vida.
LA VIUDA Y EL SOLDADO
Una Viuda cuyo marido había sido colgado encadenado estaba velando el cadáver
la primera noche, y empapada en lágrimas imploraba al Centinela que lo custodiaba,
que le permitiera robarlo.
-Señora -dijo el Centinela-. No puedo resistir más sus ruegos; su belleza se
impone sobre mi sentido del deber. Le entregaré el cuerpo y tomaré su lugar en la
jaula, en la que un golpe de mi puñal confundirá a la justicia y me otorgará la felicidad
de morir por una mujer tan adorable.
-No -dijo la dama-. No puedo aceptar el sacrificio de una vida tan noble. Si es
cierto que usted me mira con buenos ojos, ayúdenos a mí y a mis sirvientes a llevar el
objeto sagrado a mi castillo, donde usted permanecerá oculto hasta que podamos huir
del país.
-No -dijo el Centinela-. Seguramente sería descubierto y arrancado de sus brazos.
En tres días usted puede reclamar el cuerpo de su querido esposo; después podrá
conferir a un honorable soldado toda la felicidad y distinción que a juicio de usted su
devoción merezca.
-¡Tres días! -exclamó la dama-. Eso es mucho para esperar y poco para fugar.
Pero sin llevar carga podemos alcanzar la frontera. Ya el día comienza a romper...
dejemos el cuerpo y partamos.
UNA OFERTA MEZQUINA
Dos Soldados yacían muertos en el campo de honor.
-¿Qué darías por volver a vivir? -le preguntó uno al otro.
-Al enemigo, la victoria -fue la respuesta-; a mi país, una larga vida de servicio
desinteresado como civil. ¿Y qué darías tú?
-El aplauso de mis compatriotas.
-¡Tú sí que eres un pichinchero de lo más tacaño! -dijo el otro.
DIPLOMACIA
-¡Si usted no somete mi reclamo a arbitraje -escribió el Presidente de Omohu al
Presidente de Modugy-, tomaré inmediatas medidas para satisfacerlo por mis propios
medios!
-Señor -contestó el Presidente de Modugy-, puede irse al diablo con su amenaza
de guerra.
-Mi gran y buen amigo -escribió el otro-, usted confunde el carácter de mi
comunicación. Es un antepenultimátum.
LOS DOS ESCÉPTICOS
Ciertos paganos cuyo Idolo estaba muy deteriorado lo arrojaron a un río. Luego,
erigieron uno nuevo y se entregaron a la adoración pública, a sus pies.
-¿Qué significa todo esto? -preguntó el Nuevo ¡dolo.
-Padre del Regocijo y del Coágulo -dijo el Gran Sacerdote-, sé paciente y te
instruiré en las doctrinas y ritos de nuestra santa religión.
Un año después, tras un curso de estudios de teología, el ¡dolo pidió que lo arrojaran
al río, declarándose ateo.
-No permitas que eso te moleste -dijo el Gran Sacerdote-, yo también lo soy.
UNA REPRESENTACIÓN IMPERFECTA
Una Zarigüeya mascota perteneciente a un Gran Crítico, le robó a este su gatito
preferido. Estaba por matarlo y comérselo, cuando vio aproximarse a su dueño, y
temiendo ser descubierta, ocultó al animalito en su bolsa.
-Bueno, mi linda -dijo el Gran Crítico, con condescendencia-, ¿qué nuevas
gracias tienes para hoy?
Antes de que la Zarigüeya pudiera contestar, el gatito lanzó diligentes y persistentes
maullidos. Cuando al fin la música cesó, la Zarigüeya dijo:
-He estado practicando un poco la mímica y la ventriloquia; pensé que le
agradaría, señor.
-El deseo de complacer siempre complace -respondió el Gran Crítico, no sin un
toque de dignidad profesional-, pero tienes mucho que aprender acerca del maullido
de los gatitos.
JUNTÓ A LA MARGEN DEL RIÓ
Viendo que un Político tomaba un baño, un Observador, curioso acerca de los
extraños hábitos de los animales inferiores, exclamó:
-¡Qué! ¿No te queda para tomar nada más valioso que un baño? ¿Por qué haces
eso?
-He estado en manos de mis amigos -respondió el Político.
-Entonces te sugeriría el despellejamiento -dijo el Observador.
-Llegas tarde, amigo; ya alguien se lo sugirió a ellos. Estoy limpiando las marcas
de dedos de mis huesos.
EL ASUNTO PRINCIPAL
Un Poeta que ofrecía su obra a un Editor dijo:
-Este es un poema pequeño, pero el asunto principal es la calidad. Me atrevo a
pensar que usted lo considerará auténtica poesía.
Después de leerlo, el Editor lo puso en un cajón, y extendiéndole al Poeta una
moneda de diez centavos, dijo:
-Esta es una moneda pequeña, pero soy tan temerario como para esperar que
usted quedará encantado con su pureza. Es casi toda de plata.
EL SECRETO DE LA FELICIDAD
Habiéndose enterado por obra de un ángel, que Noreddin Becar era el hombre
más feliz del mundo, el Sultán ordenó que lo trajeran a palacio, y le dijo:
-Impárteme, te lo ordeno, el secreto de tu felicidad.
-Oh, padre del sol y de la luna -respondió Noreddin Becar-, yo no sabía que era
feliz.
-Ese -dijo el Sultán- es el secreto que yo buscaba.
Noreddin Becar se retiró profundamente afligido, temiendo que su recién descubierta
felicidad lo abandonara.
COMPENSACIÓN
Dos Mujeres en el paraíso reclamaban a un Hombre que acababa de llegar.
-Yo fui su esposa -dijo una.
-Yo su amante -señaló la otra. San Pedro le dijo al hombre:
-Baja al Otro Lugar... Ya has sufrido bastante.
LOS DOS LOROS
Un Autor que había hecho una fortuna escribiendo vulgaridades, tenía un Loro.
-¿Por qué no tengo una jaula de oro? -preguntó el ave.
Y le respondió su dueño:
-Porque tú piensas mejor de lo que repites, como lo demuestra tu pregunta. Y
porque no tenemos la misma audiencia.
UNA PARTE DE LA RECOMPENSA
-La nuestra es una vida de autosacrificio -decía un Clérigo-. Mientras otros corren
atrás de la ganancia o el placer, nosotros vemos arder el aceite de medianoche
estudiando cómo cascar las más duras nueces teológicas. Y todo ¿por qué recompensa
terrestre?
-Bueno -dijo su Feligrés, meditativamente-, están las almendras, por ejemplo.
LOS INTOLERABLES GEMELOS
Una Serpiente de Cascabel, observando que se acercaba un Hombre con una Cámara
Fotográfica, se arrastró debajo de una piedra plana, y no dejó expuesta otra cosa
más que la punta de su nariz.
-No iba a fotografiarte -explicó el Hombre de la Cámara, con un toque de tristeza
en su voz-. Poseo la antigua fe en la divina sabiduría de las serpientes, y he venido a
preguntarte por qué soy odiado y evitado por toda la humanidad.
-Cielos -dijo la Serpiente de Cascabel-, los dioses me han negado ese conocimiento.
¿Puedes decirme tú por qué yo no soy muy requerida como compañera?
CONSUELO
Un Gran País había reivindicado su coraje y su bravura a través de quince derrotas
en las cuales las tropas enemigas no sufrieron ninguna baja, y su Primer Ministro
pidió la paz.
-No seré duro con ustedes -dijo el Vencedor-: conservarán todo excepto sus
colonias, su libertad, el crédito y su autoestima.
-Ah -dijo el Primer Ministro-, usted es verdaderamente magnánimo; nos deja
nuestro honor.
DESENGAÑO
Un Perro que había estado persiguiendo su propia cola abandonó la caza y se
echó a reposar, encogido. En su nueva postura, descubrió que su cola estaba al alcance
de sus dientes. La mordió con avidez, pero la soltó de inmediato, respingando por el
dolor.
-Después de todo -dijo-, hay más alegría en la persecución que en la posesión.
EL SANTO Y EL ALMA
San Pedro estaba sentado a la puerta del Paraíso, cuando se aproximó un Alma y,
haciendo una cortés reverencia, le extendió su tarjeta.
-Lo siento mucho, señor -dijo San Pedro, después de leer la tarjeta-, pero
realmente no puedo admitirlo. Usted tiene que ir al Otro Lado. Lo siento, señor, lo
siento mucho.
-No importa -dijo el Alma-; he pasado todo el mes en un balneario, y el cambio
será agradable. Sólo venía a preguntar si mi amigo Elihu Root está aquí.
-No, señor -replicó el Santo-; el Sr. Root no está muerto.
-Oh, eso lo sé -dijo el Alma-. Pensé que podría estar visitando a Dios.
IMPREVISIÓN
Una Persona que había caído de la riqueza a la indigencia pidió limosna a un
Hombre Rico.
-No -dijo el Hombre Rico-, no conservaste lo que tenías. ¿Qué seguridad tengo de
que conservarás lo que yo te dé?
-Pero no quiero conservarlo-explicó el mendigo-. Lo quiero para cambiarlo por
pan.
-Eso es exactamente lo mismo -dijo el Hombre Rico-. No conservarías el pan.
LA OVEJA Y EL LEÓN
-Eres una bestia de guerra -le dijo la Oveja al León-, por eso los hombres te
buscan para matarte. A mí, que soy una creyente en la no resistencia, no me cazan.
-No necesitan hacerlo -replicó el hijo del desierto-; pueden criarte.
LA VIUDA INCONSOLABLE
Una Mujer con lutos de viuda lloraba sobre una tumba.
-Consuélese, señora -dijo un Simpático Desconocido-. La piedad del Cielo es
infinita. En algún lado hay otro hombre, además de su esposo, con quien usted puede
ser feliz.
-Lo había, lo había -sollozó ella-, pero está en esta tumba.
UNA INTRUSIÓN
La Moralidad puso la punta del pie en la política internacional, y rápidamente se
lo cortaron.
-Mil gracias -dijo la Diplomacia, con graciosa reverencia- lo conservaremos
como recuerdo del más distinguido honor.
Y desde aquel día, la Moralidad cojeó un poco.
LA PALABRA MISTERIOSA
El Jefe de un batallón de corresponsales de guerra leyó la crónica escrita de una
batalla.
-Hijo -le dijo a su Autor-, tu historia no sirve para nada. Dices que sólo perdimos
dos hombres en vez de cien; que las pérdidas del enemigo son desconocidas, en vez
de diez mil, y que fuimos derrotados y fugamos. No es manera de escribir.
-Pero considere -objetó el escriba consciente- que mi historia puede ser insípida
con respecto al número de nuestras víctimas, decepcionante en lo que hace a los daños
causados al enemigo y chocante respecto al desenlace, pero tiene la ventaja de ser la
verdad.
-No entiendo del todo -dijo el jefe, rascándose la cabeza.
-Bueno, la ventaja -exclamó el otro-, el mérito... la distinción... la provechosa
excelencia... el...
-Oh -dijo el jefe-, conozco muy bien el significado de "ventaja"; ¿pero qué
demonios quisiste decir con "verdad"?
REVELACIÓN
Un León fue atacado por una manada de Lobos hambrientos, que lo rodearon,
aullando lo más fuerte que podían, aunque ninguno se atrevió a acercársele.
-Estas son criaturas muy útiles -dijo el León, mientras se echaba para su siesta de
la tarde-, me dan parte de mis virtudes. Yo no sabía que era comestible.
UN ÁGUILA ENCADENADA
Un legislador recientemente elegido para el Parlamento de Despotamia, declaró
que presentaría una resolución criticando al rey. Cuando dejó el Parlamento, encontró
a un Desconocido, quien le previno que si persistía en su desleal proyecto, perdería la
cabeza.
-Eso -dijo él-, sería una privación más pequeña que la pérdida de mi libertad.
-No sé qué es eso -respondió el Desconocido-. La libertad es algo que no puedo.
apreciar correctamente, porque nunca la tuve. Yo soy el rey.
EL POETA IMPOTENTE
Un poeta que nunca hacia el correcto escandido de sus versos, fue emplazado a
presentarse ante el Rey, quien le ordenó que dijera algo en su defensa para evitar ser
condenado a muerte.
-Si tu oído es imperfecto -dijo el Rey-, podrías contar tus sílabas con los dedos,
como un trabajador honesto.
-Yo cuento mis sílabas -dijo el Poeta, reverentemente-. Pero observe: a mi mano
izquierda le falta un dedo... lo mordió un crítico.
-Entonces -dijo el Rey-, ¿por qué no los cuentas con la mano derecha?
-¡Cielos! -fue la respuesta del poeta, mientras elevaba su mutilada izquierda-.
¡Eso es imposible... no tengo nada con qué contar! El dedo que me falta es el índice.
-¡Hombre infortunado! -exclamó con simpatía el monarca-. Tenemos que hacer
que tus limitaciones e incapacidad no te pesen. Escribirás para las revistas.
EL LOBO Y LA TORTUGA
Un Lobo se encontró con una Tortuga, y le dijo:
-Amiga, eres la cosa más lenta que anda por el mundo. No veo cómo te las arreglas
para escapar de tus enemigos.
-Como me falta la capacidad para huir -replicó la Tortuga-, la Providencia sabiamente
me proporcionó un caparazón impenetrable.
Tras reflexionar largo, tiempo, el Lobo dijo:
-Me parece que igualmente fácil le hubiera resultado darte patas largas.
DE LO GENERAL A LO PARTICULAR
Un Hombre Sincero le dijo a su Esposa:
-No puedo permitir que me imagines mejor de lo que soy. Tengo muchos vicios y
debilidades.
-Eso es sólo lo natural -dijo ella, sonriendo dulcemente-; ninguno de nosotros es
perfecto.
Envalentonado por su magnanimidad, él le confesó una mentira particular que le
había dicho una vez.
-¡Abominable canalla! -gritó ella, y golpeó tres veces con sus manos.
Apareció un gigantesco esclavo nubio, que despachó al marido con una cimitarra.
UN FILOSOFO DESCONCERTADO
El Rey de Remotia tenía un filósofo favorito, a quien dijo:
-Tú has sido para mí un esclavo tan fiel que deseo premiarte. Pide cualquier cosa
que quieras tener.
-Dame -dijo el Filósofo- un cabello de la cabeza de un hombre que no te haya
lisonjeado nunca.
El Rey le prometió hacerlo y lo despidió. Al día siguiente, lo mandó llamar frente
al trono y le extendió un cabello.
-Estás intentando engañarme -dijo el Filósofo, examinando cuidadosamente el
regalo-. Este pelo es de la cabeza de un adulador que te aseguró que sería un honor
para él ofrecerte también su cabeza.
-No eres tan astuto como crees -replicó el Rey-. Ese cabello es de la cabeza del
único sordomudo del reino.
EL LIMITE
El Rey de las Islas Faraway designó primer ministro a su caballo, y cabalgaba sobre
un hombre. Observando que bajo el nuevo orden de cosas el reino prosperaba, un
Anciano Estadista aconsejó al Rey que se pusiera a pastar y ubicara un buey en el
trono.
-No -dijo el soberano, pensativamente-, un buen principio puede ser llevado a
extremos injuriosos. La verdadera reforma se detiene a un paso de la revolución.
EL ZORRO Y EL PATO
Un Zorro y un Pato habían disputado sobre la propiedad de una rana, y llevaron el
asunto ante un León. Después de oír una enorme cantidad de argumentos de uno y de
otro, el León abrió la boca para emitir juicio.
-Ya sé cuál es tu decisión -dijo el Pato, interrumpiendo-. Es que de acuerdo con
nuestra propia exposición, la rana no pertenece a ninguno de nosotros dos, y que tú te
la comerás. Permíteme decirte que esto es injusto, como lo demostraré.
-Para mí está claro -dijo el Zorro- que tú darás la rana al Pato, y me darás el Pato
a mí, y luego me comerás a mí. No me falta experiencia acerca de la ley.
-Estaba por decirles -dijo el león, bostezando-, que durante la discusión de este
caso, la propiedad en disputa se fue a los saltos. Quizá puedan procurarse otra rana.
EL LADRÓN ARREPENTIDO
Un Muchacho a quien su Madre le había enseñado a robar, creció hasta ser
hombre, y se convirtió en Funcionario Público profesional. Un día fue sorprendido
con las manos en la masa y condenado a muerte. Mientras marchaba al lugar de la
ejecución pasó junto a su Madre, y le dijo:
-¡Contempla tu obra! ¡Si no me hubieras enseñado a robar, yo no habría llegado a
eso!
-¡Claro! -dijo la Madre-. ¿Y quién, dime, te enseñó a que te descubran?
EL LOBO Y EL CORDERO
Un Cordero perseguido por un Lobo, buscó refugio en el templo.
-Si te quedas ahí, el sacerdote te atrapará y te sacrificará -dijo el Lobo.
-Me da igual ser sacrificado por el sacerdote o devorado por ti -respondió el
Cordero.
-Amigo mío -dijo el Lobo-, me apena ver cómo consideras una cuestión tan
importante desde un punto de vista meramente egoísta. No me da igual a mí.
EL PESCADOR Y EL PESCADO
Un Pescador que había atrapado un Pez muy pequeño lo estaba poniendo en su
cesto, cuando el pez le habló:
-Te suplico que me arrojes de vuelta al agua, porque no puedo serte útil; los dioses
no comen peces.
-Yo no soy un dios -dijo el Pescador.
-Es cierto -dijo el Pez-, pero apenas Júpiter se entere de tu proeza te elevará a la
deidad. Eres el único hombre que alguna vez haya pescado un pez pequeño.
EL LOBO Y LOS PASTORES
Un Lobo que pasaba junto al refugio de unos Pastores, miró adentro y vio a los
pastores comiendo.
-Entra -dijo uno de ellos irónicamente-, y sírvete un pedazo de tu plato favorito,
una pata de cordero.
-Gracias -dijo el Lobo, mientras se alejaba-, pero tienen que disculparme: acabo
de comerme un cuarto de pastor.
EL LEÓN, EL GALLO Y EL BURRO
Un León estaba por atacar a un Burro que rebuznaba, cuando un Gallo que estaba
cerca cantó estridentemente y el León huyó.
-¿Qué fue lo que lo asustó? -preguntó el Burro.
-Los Leones tienen un miedo supersticioso de mi voz -respondió con orgullo el
Gallo.
-Bien, bien, bien -reflexionó el Burro, sacudiendo la cabeza-; diría que cualquier
animal que tiene miedo de tu voz y no se asusta de la mía debe poseer un oído de lo
más extraordinario.
LA VÍBORA Y LA GOLONDRINA
Una Golondrina que había construido su nido en una Corte de Justicia crió una
hermosa familia de jóvenes aves. Cierto día, una Víbora salió de una grieta en la pared
y ya estaba por comérselas, pero el juez Justo, de inmediato libró un oficio, y dando
orden de que las golondrinas fueran trasladadas a su propia casa, se las comió él.
LA GALLINA Y LAS VÍBORAS
Una Golondrina se acercó a una Gallina que había empollado pacientemente unos
huevos de víbora, y le dijo:
-Qué estúpida eres al darle vida a criaturas que te premiarán destruyéndote.
-Soy un poquitito destructiva -dijo la Gallina, engullendo tranquilamente a uno de
los pequeños reptiles-, y no es un acto de locura proporcionarse los bocados de la
estación.
EL LEÓN Y LA ESPINA
Un León que vagaba por el bosque se clavó una espina en la pata, y al encontrar
un Pastor, le pidió que se la extrajera. El Pastor lo hizo, y el León, que estaba saciado
porque acababa de devorar a otro pastor, siguió su camino sin hacerle daño. Algún
tiempo después, el Pastor fue condenado, a causa de una falsa acusación, a ser
arrojado a los leones en el anfiteatro. Cuando las fieras estaban por devorarlo, una de
ellas dijo:
-Este es el hombre que me sacó la espina de la pata.
Al oír esto, los otros leones honorablemente se abstuvieron, y el que habló se
comió él solo al Pastor.
EL
MILANO, LAS PALOMAS Y

EL HALCÓN

Unas Palomas expuestas a los ataques de un Milano solicitaron a un Halcón que
las defendiera. El Halcón consintió. Admitido entre ellas, esperó al Milano, se abalanzó
sobre él y lo devoró. Cuando estuvo tan saciado que casi no podía moverse, las
agradecidas Palomas le arrancaron los ojos.

EL LOBO Y EL BEBE
Un Lobo hambriento pasaba cerca de la puerta de una cabaña en el bosque, y oyó
que una Madre le decía a su Bebé:
-Tranquilízate, o te arrojaré por la ventana y te comerán los lobos.
De modo que esperó todo el día al pie de la ventana, sintiendo más y más hambre
a medida que pasaba el tiempo. Pero a la noche, el Padre, al volver del club del
pueblo, arrojó por la ventana tanto al Niño como a la Madre.

EL LOBO Y EL AVESTRUZ
Un Lobo que al devorar a un hombre se había atragantado con un manojo de llaves,
le pidió a un avestruz que introdujera la cabeza a través de su garganta y las extrajera,
lo que el Avestruz realizó.
-Supongo -dijo el Lobo- que esperas una retribución por ese servicio.
-Una buena acción -replicó el Avestruz- es su propio premio; me he comido las
llaves.

EL CABALLO DE GUERRA Y EL
MOLINERO

Habiéndose enterado de que el Estado estaba a punto de ser invadido por un ejército
hostil, un Caballo de Guerra perteneciente a un Coronel de la Milicia ofreció sus
servicios a un Molinero que por ahí pasaba.
-No -dijo el patriota Molinero-, no emplearé a uno que abandona sus posiciones a
la hora del peligro. Es hermoso morir por la propia patria.
Algo en esta opinión le sonó familiar al Caballo de Guerra, y mirando más de cerca
al Molinero, reconoció a su dueño disfrazado.

EL LEÓN Y EL RATÓN

Un León había atrapado a un Ratón y estaba a punto de matarlo, cuando el Ratón
dijo:
-Si me perdonas la vida, otro tanto haré yo por ti algún día.
El León, bondadosamente, le permitió irse. Poco después ocurrió que el León fue
capturado por unos cazadores y atado con cuerdas. El Ratón pasó por el lugar, y viendo
que su benefactor estaba indefenso, se puso a roerle la cola.

EL CORDERO Y EL LOBO

Un Lobo estaba calmando su sed en un arroyo, cuando un Cordero se apartó de su
pastor, bajó hacia la orilla del arroyo, y pasando ostentosamente alrededor del Lobo,
se preparó para beber corriente abajo.
-Le ruego que observe -dijo el Cordero- que por lo común el agua no corre hacia
arriba. Que yo beba acá no puede contaminar el agua que toma usted; de modo que no
tiene el menor pretexto para asesinarme.
-No sabía -replicó el Lobo- que necesitaba un pretexto para que me gusten las
chuletas de cordero.
Fin de ese pequeño lógico.

EL PADRE Y LOS HIJOS

Un Padre afligido por una familia de Hijos pendencieros, les exhibió un atado de
varas y pidió a los jóvenes que lo rompieran. Tras repetidos esfuerzos, admitieron que
les resultaba imposible.
-Vean -dijo el Padre- las ventajas de la unidad; mientras esas varas permanecen
unidas son invencibles; y observen lo débiles que se muestran individualmente.
Sacando una vara del atado, fácilmente la rompió en la cabeza del Hijo mayor, y
repitió el procedimiento hasta que todos fueron servidos.

EL LEÓN Y EL RATÓN
A un juez lo despertó el ruido de un abogado que procesaba a un Ladrón. Rojo de
ira, ya estaba por sentenciar al Ladrón a prisión perpetua, cuando este dijo:
-Le suplico que me libere, y algún día retribuiré su bondad.
Complacido y lisonjeado al ser coimeado, aunque no fuera por nada más que una
promesa hueca, el juez lo dejó irse. Poco después, comprobó que había sido más que
una promesa hueca, porque habiéndose convertido él mismo en Ladrón fue liberado
por el otro, que se había convertido en Juez.

EDGAR ALLAN POE -- EL CUERVO Y OTROS POEMAS

Escrito por imagenes 21-04-2008 en General. Comentarios (0)

EDGAR ALLAN POE -- EL CUERVO Y OTROS POEMAS


EL CUERVO
Y OTROS POEMAS
EDGAR A. POE


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***
EL VALLE DE LA INQUIETUD


¡Hubo aquí, antaño, un valle callado y sonriente
donde nadie habitaba.
Partiéronse las gentes a la guerra,
dejando a los luceros de ojos dulces,
que velaran, de noche, desde azuladas torres
las flores y en el centro del valle cada día
la roja luz del sol yacía indolente.
Mas ya quien lo visite advertiría
la inquietud de ese valle melancólico.
No hay en él nada quieto
sino el aire que ampara
aquella soledad de maravilla.
¡Ah! Ningún viento mece aquellos árboles
que palpitan al modo de los helados mares
en torno de las Hébridas brumosas.
¡Ah! Ningún viento arrastra aquellas nubes,
que crujen levemente por el cielo intranquilo,
turbadas desde el alba hasta la noche
sobre las violetas que allí yacen,
como ojos humanos de mil suertes,
sobre ondulantes lirios,
que lloran en las tumbas ignoradas.
Ondulan, y de sus fragantes cimas
cae eterno rocío, gota a gota.
Lloran, y por sus tallos delicados,
como aljofar, van lágrimas perennes.




***
EL DÍA MÁS FELIZ



El día más feliz, la hora más dichosa
Que mi triste y marchito corazón vivió
Y esa esperanza de poder y orgullo que vanidosa
Presta voló.


¿Dije poder? Pues sí, tal yo pensaba,
Pero ¡ay!, ha tiempo que se desvanecieron
Las visiones que en mi juventud guardaba


Y al final murieron.
¿Y el orgullo? ¿Qué tengo yo que ver contigo?
Aún es posible que otra infausta alma
Reciba el veneno que me diste enemigo


El día más feliz, la hora más dichosa
Que mis ojos verán o han visto enardecidos,
Del orgullo y poder la visión majestuosa ,
¡Son sueños idos!


Mas si aquella esperanza de poder y de orgullo
Se me ofreciera hoy con su dolor y su melancolía
Pienso que aun así el vano orgullo
Una vez más no viviría.


Porque en sus alas hubo un polvo oscuro
Que al aletear cayó en lluvia dispersa
Esencia poderosa y malhadada
Que mata al alma con su roce impuro.




***
EL PALACIO EMBRUJADO



De nuestros valles el más lozano
Un gran palacio muy elevado
Radiante y bello guardaba antaño
De ángeles santos fuera poblado.
Era el dominio del buen Monarca
Del Pensamiento.
Ningún querube con su ala abarca
Tal monumento.

Las oriflamas flotan gloriosas
Áureas al viento desde el tejado,
(Esto en el viejo tiempo pasado
De antiguas cosas)
Toda voluta de aire retoza
En la dulzura de un día tal.
Hay un perfume alado ideal
Que las almenas apenas roza.


Del feliz valle los visitantes
Por dos ventanas solían ver
Danza de espíritus, al ofrecer
Laúd templado notas vibrantes,
Mientras que en trono alto y sereno,


(¡Porfirogeno!)
Ver se podía al soberano del reino arcano.
Perlas, rubíes, grato dechado
la perla augusta resplandecía
Allí fluía... allí fluía...
El eco cuyo deber alado
Era cantar
Al genio ilustre, genio dorado
Del Rey sin par.


Viles villanos que el luto emboza
Se apoderaron del alto Estado
(¡Nunca hay mañana para el cuidado!)
¡Duelo que el tiempo jamás desbroza!
Hoy en su casa ya no es la gloria
La flor ambigua
Pues sólo queda dormida historia
Leyenda antigua.


Y los viajeros que al valle bajan
Por dos ventanas de fatuo fuego
Ven vastas formas que se barajan
A un son discorde en raro juego
Y un río horrendo que se desliza
Bajo el portón pálido y seco,
Torrente horrible, eterno eco
De carcajada ya sin sonrisa.



***
AL SILENCIO


Hay cualidades, incorpóreos seres
que tienen doble vida y son espejo
de esa entidad gemela que dimana .
de materia y de luz, sólido y sombra.


Hay un doble silencio -mar y costa-
cuerpo y alma. Uno mora en sitios solos
con nuevas hierbas; una grave gracia,
algún recuerdo humano, algunas lágrimas,
Quítanle horror, su nombre es «ya no más»
es el silencio corporal: ¡No temas!
Carece del poder de hacer el mal.


Mas, si el hado veloz (¡suerte imprevista!)
te presenta su sombra (elfo su nombre
que vaga en soledades, que no ha hollado
el pie del hombre), encomiéndate a Dios.


***
ULALUME


Los cielos cenicientos y sombríos,
crespas las hojas, lívidas y mustias,
y era una noche del doliente octubre
del tiempo inmemorial entre las brumas,
era en las tristes márgenes del Auber,
el lago tenebroso de aguas mudas,
ante los bosques tétricos del Weir,
la región espectral de la pavura.


A solas con mi alma recorría
avenida titánica y oscura
de fúnebres cipreses, o con mi alma,
con Psiquis, alma que el misterio turba...
Era la edad del corazón volcánico
como las llamas del Yaanek sulfúreas,
como las lavas del Yaanek que brotan
allá del polo en la región nocturna.

Pocas palabras nos dijimos, era
como una confidencia íntima y muda;
palabras serias, pensamientos graves
que la memoria para siempre turban;
no recordamos que era el triste octubre,
que era la noche, ¡noche infausta y única!
no recordamos la región del Auber
que tanto conoció mi desventura,
ni el bosque fantasmagórico del Weir,
la región espectral de la pavura.


Y cuando la noche avanza
de estrellas al vago temblor
al fin de la oscura avenida
un lánguido rayo se ve,
fulgor diamantino que anuncia
de fúnebre velo al través,
que emerge de nube fantástica
la Luna, la blanca Astarté.


Y yo dije a mi alma: «Más que Diana
ardiente aquella misteriosa Luna
rueda al través de un éter de suspiros;
lágrimas de su faz una por una
caen donde el gusano nunca muere.
Para mostrarnos la celeste ruta
y el alma imperio de la paz letea
atrás deja a Leo en las alturas,
sus estrellas traspasando,
de Leo a su despecho, ora nos busca
y sus miradas límpidas y dulces
son las miradas que el amor anuncian.»


Mas, Psiquis dijo señalando al cielo:
«La palidez de ese astro me conturba;
pronto, huyamos de aquí pronto, es preciso».
Y de sus alas recogió las plumas
con intenso terror, y sollozando,
presa de pronto de invencible angustia
plegó las alas hasta el polvo frío
lentas dejando descender las plumas.


Y yo le dije: «Tu terror es vano,
sigamos esa luz trémula y pura,
que nos bañen sus rayos cristalinos,
sus rayos sibilinos que ya auguran
e irradian la belleza y la esperanza.
Mira: la senda de los cielos busca:
Sigamos sin temor sus limpias rayas
Que ellos a playa llevarán seguro,
sigamos esa luz limpia y tranquila
a través de la bóveda cerúlea».


Tranquilicé a mi Psiquis y besándola
de su mente aparté las inquietudes
y sus zozobras disipé profundas,
y convencerla que siguiera pude.
Llegamos hasta el fin; ¡ojalá nunca
llegara! Al fin de la avenida lúgubre
nos detuvo la puerta de una tumba
¡oh triste noche del lejano octubre!
nos detuvo la losa de una tumba,
de legendario monumento fúnebre.
¡Oh, hermana! -dije- ¿Qué inscripción confusa
en la sellada losa se descubre?
Respondióme: «Ulalume», ésta es su tumba,
¡la tumba de tu pálida Ulalume!


Quedó mi corazón como ese cielo
ceniciento, como esas hojas mustias,
como esas hojas yertas y crispadas.
¡Ay!, pensé: el mismo octubre fue sin duda
fue en esa misma noche cuando vine
al través del horror y de la bruma
aquí trayendo mi doliente carga.
¡Oh, noche infausta, infausta cual ninguna!
¡Oh!, ¿qué infernal espíritu me trajo
a esta región fatal de la tristura?
Bien conozco el mudo lago del Auber,
y esta comarca que el horror anubla,
y el bosque fantástico de Weir,
¡la región espectral de la pavura!


***

EL LAGO


De mi vida en la distante primavera, jubilosa primavera,
Dirigí mi paso errante a una mágica ribera.
La ribera solitaria, la ribera silenciosa
De un salvaje lago ignoto que circundan y oscurecen
Negra cinta rocallosa
Y copudos altos Dinos que las auras estremecen
Pero cuando allí la noche su fúnebre manto arroja
Y el místico y gemebundo viento de su melodía,
Entonces, ¡oh!, entonces quiere despertar de su congoja
Del terror del lago triste, despertar el alma mía.
Mas ese terror que dejaba en mi espíritu contento;
Hoy, ni las joyas ni el afán de la riqueza,
Como antes, a contemplarlo llevarán mi pensamiento,
Ni el amor por más que fuese el amor de tu belleza.
La muerte estaba en el fondo de la ola envenenada,
Y una tumba en lo más hondo, pérfidamente adornada
Para quien a su amargura breve tregua hubiera dado
Un solaz, a los dolores de su espíritu afligido,
Y en un Edén transformado
El salvaje lago ignoto, lago triste y escondido.


***
LOS ESPÍRITUS DE LA MUERTE

I

Tu alma, con sus sombríos pensamientos,
Se hallará sola en la siniestra tumba.
Nadie querrá saber lo que en secreto
Tu corazón y tu conciencia ocultan.

II

Sé silencioso en soledad tan grande,
Que no es tal soledad, pues te circundan,
Los espíritus todos de la muerte,
Que ya en vida rondaban en tu busca.
Ellos querrán ensombrecerte el alma
Con sus negros arcanos y sus dudas.
Sé silencioso en soledad tan grande;
Cierra los labios cual la misma tumba.

III

Y la noche, aunque clara y luminosa,
Se tornará de pronto en cueva oscura;
Desde sus altos tronos las estrellas
No alumbrarán tu soledad adusta.
Mas sus rojizos globos sin fulgores
Han de ser a tu tedio y a tu angustia
Como incendio voraz, cual una fiebre
De los que libre no has de verte nunca.

IV

No podrás desechar los pensamientos
Ni las visiones que tu mente turban,
Y que antes en tu espíritu dejaban
La huella del rocío en la llanura.

V

La brisa, que es de Dios el puro aliento,
Soplará en torno de la helada tumba,
Y en la colina tenderá su velo
La niebla vaporosa y taciturna.
Las tinieblas, las sombras invioladas
Símbolo y prenda son; hablan y auguran.
Sobre las altas copas de los árboles
Tiende el misterio su cerrada túnica.



***
EL CUERVO



Una hosca medianoche, cuando en tristes reflexiones
sobre más de un raro infolio de olvidados cronicones
inclinaba somnoliento la cabeza, de repente a mi puerta oí llamar,
como si alguien, suavemente, se pusiese con incierta mano tímida a tocar.
«Es -me dije- una visita que llamando está a mi puerta, ¡eso es todo, y nada más!»


¡Ah! bien claro lo recuerdo: era el crudo mes del hielo,
y su espectro cada brasa moribunda enviaba al suelo.
¡Cuán ansioso el nuevo día deseaba, en la lectura
procurando en vano hallar tregua a la honda desventura de la muerta
Leonora, la radiante, la sin par
virgen rara a quien Leonora los querubes llaman
-ahora ya sin nombre... nunca más!


Y el crujido triste, incierto, de las rojas colgaduras
me aterraba, me llenaba de fantásticas pavuras,
de tal modo que el latido de mi pecho palpitante
procurando dominar:
«Es, sin duda, un visitante -repetía con instancia-
que a mi alcoba quiere entrar, un tardío visitante a las puertas de mi estancia...
¡eso es todo, y nada más!»


Poco a poco, fuerza y bríos fue mi espíritu cobrando:
«Caballero -dije- o dama, mil perdones os demando;
mas, el caso es que dormía, y con tanta gentileza
me vinisteis a llamar, y con tal delicadeza
y tan tímida constancia os pusisteis a tocar,
que no oí» -dije, y las puertas abrí al punto de mi estancia:
¡sombras sólo y... nada más!
Mudo, trémulo, en la sombra por mirar haciendo
empeños, quedé allí -cual antes nadie
los soñé forjando sueños,
mas profundo era el silencio, y la calma no
acusaba ruido alguno... resonar
sólo un nombre se escuchaba que en voz baja
a aquella hora yo me puse a murmurar,
y que el eco repetía como un soplo:
« ¡Leonora! ».
¡Esto apenas, nada más!


La ventana abrí, con rítmico aleteo y garbo extraño,
entró un cuervo majestuoso de la sacra edad de antaño.
Sin pararse ni un instante ni señales dar de susto, con aspecto señorial,
fue a posarse sobre un busto de Minerva que ornamenta de mi puerta el cabezal,
sobre el busto que de Palas la figura representa
¡fue y posóse, y nada más!

Trocó entonces el negro pájaro en sonrisas mi tristeza
con su grave, torva y seria, decorosa gentileza
y le dije: «Aunque la cresta calva llevas, de
seguro no eres cuervo nocturnal,
¡viejo, infausto cuervo oscuro vagabundo en la tiniebla!
Díme ¿cuál tu nombre, cuál, en el reino plutoniano de la noche y de la niebla?»
Dijo el cuervo «¡Nunca más!»
Asombrado quedé oyendo así hablar al avechucho,
si bien su árida respuesta no expresaba poco o mucho,
pues preciso es convengamos en que nunca
hubo criatura que lograse contemplar
ave alguna en la moldura de su puerta
encaramada, ave o bruto reposar
sobre efigie en la cornisa de su puerta,
cincelada,
con tal nombre: «¡Nunca más!»


Mas el cuervo, fijo, inmóvil, en la grave efigie aquella
solo dijo esa palabra, cual si su alma fuese en ella
vinculada; ni una pluma sacudía, ni un acento
se le oía pronunciar...
Dije entonces al momento: «Ya otros antes se
han marchado, y la aurora al despuntar,
él también se irá volando cual mis sueños han
volado.»
Dijo el cuervo: «¡Nunca más!»
Por respuesta tan abrupta como justa
sorprendido,
«No hay ya duda alguna -dije- lo que dice
es aprendido,
aprendido de algún amo desdichado a quien la
suerte persiguiera sin cesar, persiguiera hasta la muerte, hasta el punto de,
en su duelo, sus canciones terminar y el clamor de su esperanza con el triste
ritornelo de "¡Jamás, y nunca más!"»


Mas el cuervo provocando mi alma triste
a la sonrisa,
mi sillón rodé hasta el frente de ave y busto y
de cornisa
luego, hundiéndome en la seda, fantasía y
fantasía dime entonces a juntar, por saber qué pretendía aquel pájaro ominoso
de un pasado inmemorial
aquel hosco, torvo, infausto, cuervo lúgubre y /odioso
al graznar « ¡Nunca jamás! »


Quedé yo esto investigando frente al cuervo,
en honda calma,
cuyos ojos encendidos me abrasaban pecho y
/alma.
Esto y más -sobre cojines reclinado- con
/anhelo me empeñaba en descifrar, en el rojo terciopelo donde imprimía viva
/huella luminosa mi fanal,
terciopelo cuya púrpura ¡ay jamás volverá ella
a oprimir ¡ah! ¡nunca más!


Parecióme el aire, entonces, por incógnito
/incensario
que un querube columpiase de mi alcoba en el
/santuario,
perfumado. «¡Miserable ser! -me dije
/Dios te ha oído, y por medio angelical,
tregua, tregua y el olvido del recuerdo de
/Leonora te ha venido hoy a brindar:
¡Bebe! ¡Bebe ese nepente, y así todo olvida
/ahora! »
Dijo el cuervo: «¡Nunca más!»


«¡Oh profeta! -dije- o duende, más profeta al
/fin, ya seas
ave o diablo, ya te envíe la tormenta, ya te veas
por los vientos barrido a esta playa, desolado
/pero intrépido, a este hogar por los males devastado, dime, dime, te lo
/imploro:
¿Llegaré jamás a hallar algún bálsamo para el
/mal que triste lloro?» Dijo el cuervo: «¡Nunca más!»


«¡Oh profeta -dije- o diablo! Por ese ancho,
/combo velo
de zafiro que nos cobija, por el sumo Dios del
/cielo a quien ambos adoramos,
dile a esta alma dolorida, presa infausta del
/pesar
si jamás en otra vida la doncella arrobadora a
/mi seno he de estrechar,
¡el alma virgen a quien llaman los arcángeles
/Leonora! »
Dijo el cuervo: «¡Nunca más!»


«¡Esa voz, oh cuervo, sea la señal de la partida
-grité alzándome-, retorna, vuelve a tu
/hórrida guarida,
la plutónica ribera de la noche y de la
/bruma!... ¡De tu horrenda falsedad
en memoria, ni una pluma dejes, negra! ¡El
/busto deja! ¡Deja en paz mi soledad!
¡Quita el pico de mi pecho! ¡De mi umbral tu
/forma aleja!»
Dijo el cuervo: «¡Nunca más!»


Y aún el cuervo inmóvil, fijo, sigue fijo en la
/escultura
sobre el busto que ornamenta de mi puerta la
/moldura...
y sus ojos son los ojos de un demonio que,
/durmiendo, las visiones ve del mal
y la luz sobre él cayendo, sobre el suelo arroja
/trunca su ancha forma funeral
y mi alma de esa sombra que en el suelo
/flota... nunca se alzará... ¡nunca jamás!



***
A MI MADRE



¡Porque sé que los ángeles que viven en el
/cielo
Y que entre ellos entonan sus más hermosos
/cantos,
No han hallado palabra que tenga los encantos
Que aquel de «madre», del amor gemelo.
Yo te doy ese nombre porque así lo ha querido
Mi corazón: Tú has sido más que la madre mía,
Cuando nuestra Virginia dejó la tierra un día
Y tu amor llenó entonces mi corazón dolido.


Mi pobrecita madre -que se fue tan
/temprano
Era mi propia madre, mas tú lo eres de aquella
Que me fue tan querida en la vida, y por ella,
Te amo más que a la madre que fue la mía
Con ese amor intenso de mi esposa querida
Que era, para mi alma, más que su propia
/vida.

***
SONETO A LA CIENCIA


¡Ciencia! del tiempo viejo la hija eres.
Todo lo cambias con tus ojos vagos
¿Por qué en mi corazón saciarte quieres,
¡Oh cuervo!, cuyas alas son estragos?


¿Te amaré yo, ni el sabio en sus anhelos,
Si explayar no dejas sus quimeras
Cuando busca tesoros en los cielos
Dejándose llevar de alas ligeras?


¿No supiste arrancar del carro a Diana,
Y echar las hamadríadas de sus lares
Para acogerse a estrella más lejana?


¿No quitaste a las náyades los mares
Y al elfo el prado? ¿Acaso no prescindo
Por ti del sueño al pie del tamarindo?


***
PARA ANNIE



¡Alabemos al Eterno!
el mal ha cesado ya
y la fiebre del vivir
ahora vencida está.

Sumido en honda tristeza
y carente de energías
tendido todo a lo largo
van transcurriendo mis días.


Ni un solo músculo muevo
pero muy poco me importa;
pues mejoro lentamente
y esto ya me reconforta.


Tan sosegado y tranquilo
hoy en mi tálamo duermo que al verme se creería
que estoy más muerto que enfermo.


Ayes, quejas y gemidos,
lamentaciones y llanto,
aquieta el latido horrible
de mi corazón un tanto.


Con la fiebre por la vida
que enloquecía mi mente,
penas e incomodidades
se alejaron prestamente.


Lo que más me torturaba,
sed de una pasión impía,
bebiendo en cierta fontana
tranquilicé el alma mía.


De no lejana caverna
brota un manantial riente
en el que presto mis labios
saciaron su sed ardiente.


Que nadie tilde de oscura
a la pieza en que reposo,
ni de pequeño a este tálamo
donde yazgo venturoso.


Nadie durmió en lecho igual y,
para en verdad dormir,
otro semejante al mío
es preciso conseguir.


¡Cuán dulcemente reposa
mi alma tantalizada!
Su aspiración por las rosas
y mirtas ya fue olvidada.


Junto a su lecho imagina
otra más suave fragancia de
romero y pensamientos
que embellecen su prestancia.


Extasiada en el recuerdo
de mi Annie y su belleza,
es como duerme mi alma
inebriada en su pureza.


De mi Annie la constancia
admira con embeleso
y recuerda que en su trenza
depositó un tierno beso.


Enlázame con ternura,
con gran pasión me acaricia;
y yo, adormido en su seno,
descanso en plena delicia.


Esta es la causa real
de mi sereno reposo;
y, aunque muerto me creáis
vivo tranquilo y gozoso.


Fulge más mi corazón
que las celestes estrellas;
pues brilla para mi Annie,
la de las miradas bellas.


En el amor de mi Annie
está mi ser abrasado;
y en sus ojos tan ardientes
siempre pienso extasiado.

***
EL REINO DE LAS HADAS


¡Valles privados de luz,
fieros y umbríos torrentes,
cuyos contornos las gentes nunca
pueden descubrir!


Gota a gota allí las lágrimas
sin cesar van deslizando
y las lunas aguardando
vense doquiera lucir.


Cada instante de la noche crecen,
y luego se achican;
al punto se modifican
y se cambian de lugar.


De sus faces siempre pálidas
emiten vapores ellas,
que a las tremantes estrellas
hacen su brillo ocultar.


Cerca de la medianoche,
otra más opaca luna,
que las hadas por su bruma,
no encontraron superior,


llega bajo el horizonte
y asiéntase en las montañas
circunferencias extrañas
esparciendo en derredor.


Sus vestiduras flotantes
circuyen los caseríos,
los distantes señoríos,
los bosques y el mismo mar.


Los espíritus danzantes
y los seres adormidos
en laberintos henchidos
de luz se ven sepultar.


¡Cuán profundo hállase entonces
el éxtasis de su sueño
mientras con pálido ceño
las vemos presto venir!


Levántase de mañana
y con sus lunares velos
cual albatros, por los cielos,
vénse, al viento, sacudir.


Mas las hadas, una vez
que se hubieron refugiado
cabe esa luna, y dejado
lo que sirvióles de abrigo,


Ya nunca logran hallar
por aquellos mil lugares
ningunas lunas lunares
que sean refugio amigo.


Las moléculas del astro
pronto se volatilizan
y en fina lluvia deslizan
aquella materia astral.


Por eso, las mariposas
que en vano buscan los cielos,
insatisfechas, sus vuelos
escrutan lo sideral.


Y al descender ya cansadas,
en sus alas temblorosas
nos traen las mariposas
partículas desgajadas
de aquellas lunas hermosas.

***
LA CIUDAD EN EL MAR




Una ciudad exótica se yergue solitaria
donde la Parca pálida implantó sus reales;
allá en el Occidente, la tumba funeraria
a pérfidos y nobles liberó de sus males.


Sus templos, sus palacios y torres carcomidas
que ni oscilan ni tiemblan al impulso del viento,
difieren de los nuestros; y sus aguas dormidas
reposan melancólicas en singular concento.


En la velada noche de esa ciudad callada,
ningún rayo desciende desde el empíreo cielo.
Sólo un resplandor ígneo de la mar alejada
cruza las largas noches de aquel inmenso
/suelo.


Por torres, por almenas, por cúpulas y alturas,
por templos, por palacios y muros babilónicos,
por macizos de hiedra sobre las esculturas,
los resplandores lívidos circulan melancólicos.


Ni siquiera respeta la soledad umbría
las florecillas pétreas de los valiosos frisos
que adornan de sus templos en fúnebre armonía
los claveles, violetas, pámpanos y narcisos.


Bajo el azul del cielo, sumidas en tristeza,
las linfas no agitadas duermen en la ciudad;
y las sombras y flores de aquella fortaleza
parecen suspendidas del aire, en igualdad.


De un torreón, la Parca, cual fantasma gigante,
contempla con orgullo el país señorial
y a sus pies yace inerte... y sonríe triunfante
dueña omnímoda y grave de aquel suelo letal.


Ábrense muchos templos y tumbas sin sus losas
al nivel de las aguas tranquilas y brillantes,
Sin que a dejar sus lechos las induzcan
/premiosas
las joyas de los muertos e ídolos de diamantes.


Aquel amplio desierto que al cristal se asemeja
carece en absoluto de toda ondulación.
Ni una ola siquiera por allí ver se deja...
nada indica si hay vientos en mar de otra
/región.


Mas ahora en el aire nótase un movimiento
que estremece allá abajo aquesta soledad;
en el piélago oscuro el agua en ronco acento
saca de su marasmo a esta triste ciudad.


Sus altos capiteles bambolear parecen
y hundirse entre las ondas que calmas eran
/antes.
Los picos que en la bruma del cielo ya se
/mecen
abrirse parecieran en huecos, oscilantes.


Entonces ya las ondas tienen luz más rojiza...
deslízanse las horas lánguidas y silentes;
quizá sea engullida la ciudad quebradiza
entre ayes y gemidos que no son de vivientes.


Cuando desaparezca y quede sepultada
bajo la mar profunda con todo su oleaje,
vendrá de los mil tronos de Luzbel la mesnada
y entonces el Infierno le rendirá homenaje.



***
BALADA NUPCIAL


En mi dedo está el anillo,
ciñe corona mi frente;
mil joyas de hermoso brillo
adornan mi ser fulgente.
¡Soy feliz eEn el presente!


¡CuáEn bien me ama mi señor
mas en el primer instante
que me declaró su amor
estremeció su dolor
mi espíritu y fiel amante.


Pues sus palabras sonaban
como toque de agonía
y al que murió recordaban
junto al valle eEn lucha impía
Mas hoy, ríe noche y día.


Al querer tranquilizarme
besó mi pálida frente
y en delirio vi patente
al muerto Elormie abrazarme.
¡Hoy sólo debo alegrarme!


En esa hora solemne
empeñé mi juramento...
y si mi fe no es perenne
ni mi espíritu está indemne,
éste vive muy contento.


El anillo está en mi dedo;
prueba de que soy dichosa.
y, aunque tiemblo y tengo miedo,
quiera que despierte quedo
de esta idea fatigosa.


¿Con alguien mal procedí?
El muerto que abandoné,
a quien triste sorprendí,
¿no goza con frenesí
sabiendo que lo cuidé?


***
EULALIA


Desterrado del mundo voluntario,
entre quejas y lágrimas vivía;
era mi alma tristísimo calvario
sin amores ni dulce compañía.


Mas Eulalia, gentil y pudorosa
llegó a ser mi agradable compañera,
y en sus bucles auríferos, la hermosa
recibió mi caricia placentera.


En la noche el fulgor de las estrellas
no iguala sus miradas tan radiantes,
ni en el mínimo crepúsculo hay en ellas
que irise cual sus ojos tan brillantes.


Los bucles que ella ostenta en sus cabellos
inculcan en mi ser la poesía,
y Astarté lanza cálidos destellos
contemplando a mi Eulalia noche y día.


Suspiro por suspiro su alma entera
Eulalia me dedica con amor;
no me invade ya más la duda artera,
ni yazgo en el abismo del dolor.



***
UN SUEÑO DENTRO DE UN SUEÑO



¡Toma en la frente este beso!
Y partiendo, te confieso
Que no fue errado tu empeño
En creer mis días un sueño.
Que si la esperanza mía
Se fue una noche o un día,
En una visión o en nada,
¿Por eso es menos pasada?
Cuanto hay de grande o pequeño,
Sólo es un sueño en un sueño.


Me encueEntro en la costa fría
Que agita la mar bravía,
Oprimiendo entre mis manos,
Como arenas, oro en granos.
¡Qué pocos son!
Y allí mismo,
De mis dedos al abismo
Se desliza mi tesoro
Mientras lloro, ¡mientras lloro!
¿Evitaré ¡oh Dios! su suerte
Oprimiéndolos más fuerte?
¿Del vacío despiadado
Ni uno solo habré salvado?
¿Cuánto hay de grande o pequeño,
Sólo es un sueño en en sueño?

***
ELDORADO



Arrogante
y altanero
Un armado caballero,
Por la luz y por la sombra, alucinado,
Y cantando
Sus canciones, fue vagando
En procura de la tierra de Eldorado.

Pero vano fue su esmero
Y ya viejo el caballero,
Por la sombra el corazón sintió apresado,
Al pensar que nunca el día Llegaría
El que hallara aquella tierra de Eldorado.
Ya sin fuerzas, vacilante,
encontró una sombra errante.
«Sombra» -díjole febril y esperanzado-
A mi súplica responde:
«¿Sabes dónde
Hallaré, de Eldorado la tierra ignota?»

-En la luna, tras de extrañas
Y fatídicas montañas,
En el valle por las sombras habitado-
Respondióle: -Ve adelante,
Caminante,
Si es que buscas esa tierra de Eldorado.

***
ANNABEL LEE



Hace muchos, muchos años, en un reino
/junto al mar,
Habitaba una doncella cuyo nombre os he de
/dar,
Y el nombre que daros puedo es el de
/Annabel Lee,
Quien vivía para amarme y ser amada por mí.

Yo era un niño y era ella una niña junto al
/mar,
En el reino prodigioso que os acabo de evocar.
Mas nuestro amor fue tan grande cual jamás
/yo presentí,
Más que el amor compartimos con mi bella
/Annabel Lee,
Y los nobles de su estirpe de abolengo señorial
Los ángeles en el cielo envidiaban tal amor,
Los alados serafines nos miraban con rencor.
Aquél fue el solo motivo, ¡hace tanto tiempo
/ya!,
por el cual, de los confines del océano y más
/allá,
Un gélido viento vino de una nube y yo sentí
Congelarse entre mis brazos a mi bella
/Annabel Lee.
La llevaron de mi lado en solemne funeral.
A encerrarla la llevaron por la orilla de la mar
A un sepulcro en ese reino que se alza junto al
/mar,
Los arcángeles que no eran tan felices cual los
/dos,
Con envidia nos miraban desde el reino que es
/de Dios. Ese fue el solo motivo, bien lo podéis
/preguntar,
Pues lo saben los hidalgos de aquel reino
/junto al mar,
Por el cual un viento vino de una nube carmesí
Congelando una noche a mi bella Annabel Lee.


Nuestro amor era tan grande y aún más firme
/en su candor
Que aquel de nuestros mayores, más sabios en
/el amor.
Ni los ángeles que moran en su cielo tutelar, Ni los demonios que habitan negros abismos
/del mar
Podrán apartarme nunca del alma que mora en
/mí,
Espíritu luminoso de mi hermosa Annabel /Lee.


Pues los astros no se elevan sin traerme la
/mirada
Celestial que, yo adivino, son los ojos de mi
/amada. I Y la luna vaporosa jamás brilla baladí
Pues su fulgor es ensueño de mi bella Annabel
/Lee. Yazgo al lado de mi amada, mi novia bien
/amada, Mientras retumba en la playa la nocturna
/marejada,
Yazgo en su tumba labrada cerca del mar
/rumoroso,
En su sepulcro a la orilla del océano proceloso.


***
ISRAFEL




Y el ángel Israfel, en quien las fibras del
corazón son un salterio, y que tiene la voz
más dulce entre todas las criaturas de
Dios.
(EL CORÁN)

Un ángel «lleva en las fibras
Del corazón un salterio»;
De extraña belleza inunda
Tu canto, Israfel, los cielos.
Y las estrellas, deudosas,
(Lo cuentan antiguos cuentos)


Naciente el divino cántico,
Sus himnos enmudecieron.
Allá en lo alto, vacilante
En la cumbre de su vuelo,
Enamorada la luna Enrojeció a sus acentos;
Y para escuchar, su lumbre .
Purpúrea -y al mismo tiempo
Las siete rápidas Pléyades
Hizo una pausa en el cielo.


Y dice el coro estelar-
Dicen los seres suspensos-
Que su arrebato, Israfel
Debe a esa lira de fuego
Con que reclinado, canta;
Al metal vívido y trémulo
Del encordado inaudito
Que puso en ella el Eterno.
Pero mora el Ángel, donde
Los más hondos pensamientos
Son un deber; donde siempre
Fue el amor un dios perfecto,
Y arden cerca ojos de huríes, Si aquí estrellas brillan lejos.


¡Oh Israfel! no yerras cuando
Tu voz áurea tiene a menos
Cantar cantos no sublimes:
A ti el laurel, bardo excelso;
A ti -el mejor ¡por más sabio!
¡Vive alegre y largo tiempo!


Al éxtasis del empíreo
Se hermana tu ritmo angélico-
Tu amor, dolor y alegría
Al fervor de tu salterio,
¡Pueden callar las estrellas!




Sí, Israfel: tuyo es el Cielo.
Mas nuestro mundo es un mundo
De dulzuras y de duelos;
Nuestras flores, sólo flores.
Y la sombra del perpetuo
Bienestar de que allá gozas,
Claro sol es para el nuestro.


De habitar yo donde él vive
E Israfel donde yo muero
Tal vez él no cantaría
Con hechizo tan supremo
Terrestre cántico, mientras
Quizá un himno más intenso,
Alzándose de mi lira Colmara el triunfo los Cielos.



***
LA TIERRA DEL ENSUEÑO



En una senda abandonada y negra
que recorren tan sólo ángeles malos,
donde un Eidolon llamado Noche,
ha erigido su trono solitario;
llegué una vez; cruel atrevido
de Tule ignota los contornos vagos
y al reino entré que extiende sus confines
fuera del Tiempo y fuera del Espacio.
Valles sin lindes, mares sin riberas,
cavernas, bosques densos y titánicos,
Con formas que el humano no descubre
tras el denso rocío que las cubre
montañas que a los cielos desafían
y hunden la base en insondables
mares mares que calmos, agitados luego,
surgen de cielos de color de fuego;
lagos que arrastran, frías y desiertas
sus aguas solitarias, aguas muertas
sus aguas quietas, inmutables, quietas
como corolas de nevados lirios.


Por esos lagos que reflejan sus solitarias
y desiertas aguas, aguas muertas
sus aguas tristes, inmutables, tristes
como corolas de nevados lirios
cerca de aquellos bosques gigantescos,
enfrente de esos negros océanos,
al pie de aquellos montes formidables,
de esas cavernas en los hondos antros,
vénse, a veces, fantasmas silenciosos
que pasan a lo lejos sollozando,
fúnebres y dolientes ¡son aquellos
amigos que por siempre nos dejaron,
caros amigos para siempre idos,
fuera del Tiempo y fuera del Espacio!


Para el alma nutrida de pesares
para el transido corazón, acaso
es el asilo de la paz suprema,
del reposo y la calma en Eldorado.
Pero el viajero que azorado cruza
la región no contempla sin espantos
que a los mortales ojos sus misterios
perennemente seguirán sellados
así lo quiere la Deidad sombría
que tiene allí su imperio incontrastado.
Por esa senda desolada y triste
que recorren tan sólo ángeles malos,
senda fatal donde la Diosa Noche
ha erigido su trono solitario,
donde la inexplorada, última Tule
esfuma en sombras sus contornos vagos,
con el alma abrumada de pesares,
transido el corazón, he paseado...
¡He paseado en pos de los que huyeron
fuera del Tiempo y fuera del Espacio!



***
PARA ALGUIEN, EN EL CIELO



Para mi alma, fuiste, amor,
Cuanto en el mundo sonreía
La isla verde en el mar, amor,
Y la fuente y el ara pía.
Flores brotaban en redor,
Y cada flor, fue sólo mía.


¡Sueño fugaz, de tan brillante!
¡Ampo estelar que de tan puro,
Lució un instante!
En vano a mi alma lo Futuro
Clama: -¡Adelante!
Vuelta al pasado, abismo oscuro,
Persigue, muda, el Sueño amante.


Pues, ¡ay de mí!, la luz de Vida
Se me ha extinguido por jamás.
«Ya nunca más -no más- no más-»
(Así a la playa combatida,
Mar solemne, diciendo vas)
¡Tenderás vuelo, águila herida,
Árbol seco florecerás!


Y éxtasis son mis noches hondas;
Y estoy contigo -alma fraterna
Donde el mirar celeste ahondas,
Donde el flotante andar gobiernas
Al ritmo de qué etéreas rondas,
Ante cuáles ondas eternas.



***
CANCIÓN



En tu día nupcial, te vi encendida
Por ardiente rubor,
Aunque era un cielo para ti la vida,
Y el mundo, en tu presencia, todo amor.


En resplandor que en tu miraba había,
(¿Por qué se avivó tanto?)
Fue cuanto el alma dolorosa mía
Gozó en el mundo, de amoroso Encanto.


«Sólo un pudor de virgen es motivo
De tal rubor», pudo decirse ante él.
Pero ¡ay! reanimó fuego más vivo
En el pecho de aquél.


Que te miró de novia, cuando quiso
Lucir aquel rubor,
Aunque te fuera el mundo un paraíso,
Y en derredor, la vida, toda amor.



***
EL GUSANO VENCEDOR



¡Mirad! Noche de fiesta,
Solemne, es del futuro
En los postreros años de la vida.
Un coro de querubes,
Alados y con tules encubiertos,
Ajando con sus lágrimas los tules,
A un drama de terror y de esperanzas
Asisten en grandioso coliseo
Mientras exhala sobrehumana orquesta
La música sublime de los cielos.
Mimos, de Dios imagen,
Moviéndose veloces, con cautela
Murmuran: ¡meros títeres que impulsa
La voluntad de inmensos y disformes
Seres que van mudando
La escena y arrojando de sus alas
De cóndor, agitadas en la sombra,
La invisible desgracia!


¡Oh, nunca este confuso
Drama será olvidado!
Nunca con Fantasma, eternamente
Por un tropel en vano perseguido,
De círculo a través, que siempre gira.
Y torna al mismo sitio;
Siendo la esencia de la oscura trama
El horror, la locura y el delito.

¡Mas ved! Entre la turba
Mímica se introdujo una rastrera
Figura, ¡ser inmundo!
Cuerpo color de sangre que acechaba
Allá en la soledad del escenario,
¡Se tuerce! ¡Se retuerce!
Con mortales
Tormentos en su pasto se convierten
Los mimos; y los ángeles gimieron
Cuando sus viles uñas
Manchó con sangre humana el vil insecto.


¡Las luces se extinguieron!
¡Y todo yace extinto!
Y, por cubrir las formas
Trémulas, el telón, fúnebre manto,
Cae con la rapidez de una tormenta.
Y pálidos y mustios los querubes,
Irguiéndose, arrancándose sus velos,
Afirman que la mísera comedia
Es la tragedia "Hombre"
Y el inmundo gusano
¡El Héroe vencedor de esta tragedia!



***
SONETO A ZANTE


¡Isla hermosa, la hermosa entre las flores
te dio de nombres bellos el más bello!
¡Qué recuerdos me traen halagadores
las tuyas y tu mágico destello!


¡Cuánta escena pasó de dicha ciega!
¡Cuánta ilusión de anhelos enterrados!
¡Visiones de una niña que no llega jamás,
jamás, a tus risueños prados!


¡Jamás! Todo lo cambia este sonido.
Jamás tu antiguo encanto resucita;
tu recuerdo, jamás. Siendo florido,


me vas a parecer tierra maldita.
¡Jacintito país! ¡Purpúreo Zante!
¡Isola d'oro! ¡Fior di Levante!


***
LA DURMIENTE



Era la medianoche, en junio, tibia, bruna.
Yo estaba bajo un rayo de la mística luna,
Que de su blanco disco como un encantamiento
Vertía sobre el valle un vapor somnoliento.
Dormitaba en las tumbas el romero fragante,
Y al lago se inclinaba el lirio agonizante,
Y envueltas en la niebla en el ropaje acuoso,
Las ruinas descansaban en vetusto reposo.
¡Mirad! también el lago semejante al Leteo,
Dormita entre las sombras con lento cabeceo,
Y del sopor consciente despertarse no quiere
Para el mundo que en tomo lánguidamente
/muere
Duerme toda belleza y ved dónde reposa
Irene, dulcemente, en calma deleitosa.
Con la ventana abierta a los cielos serenos,
De claros laminares y de misterios llenos.


Oh, mi gentil señora, ¿no te asalta el espanto?
¿Por qué está tu ventana, así, en la noche
/abierta?
Los aires juguetones desde el bosque frondoso,
Risueños y lascivos en tropel rumoroso
Inundan tu aposento y agitan la cortina
Del lecho en que tu hermosa cabeza se reclina,
Sobre los bellos ojos de copiosas pestañas,
Tras los que el alma duerme en regiones
/extrañas,
Como fantasmas tétricos, por el sueño y los
/muros
Se deslizan las sombras de perfiles oscuros.
Oh, mi gentil señora, ¿no te asalta el espanto?
¿Cuál es, di, de tu ensueño el poderoso encanto?
Debes de haber venido de los lejanos mares
A este jardín hermoso de troncos seculares.
Extraños son, mujer, tu palidez, tu traje,
Y de tus largas trenzas el flotante homenaje;
Pero aún es más extraño el silencio solemne
En que envuelves tu sueño misterioso y
/perenne.
La dama gentil duerme. ¡Que duerman para el
/mundo!
Todo lo que es eterno tiene que ser profundo.
El cielo lo ha amparado bajo su dulce manto,
Trocando este aposento por otro que es más
/santo,
Y por otro más triste, el lecho en que reposa.
Yo le ruego al Señor, que con mano piadosa,
La deje descansar con sueño no turbado,
Mientras que los difuntos desfilan por su lado.
Ella duerme, amor mío. ¡Oh!, mi alma le desea
Que así como es eterno, profundo el sueño sea;
Que los viles gusanos se arrastren suavemente
En torno de sus manos y en torno de su frente;
Que en la lejana selva, sombría y centenaria,
Le alcen una alta tumba tranquila y solitaria
Donde flotan al viento, altivos y triunfales,
De su ilustre familia los paños funerales;
Una lejana tumba, a cuya puerta fuerte
Piedras tiró, de niña, sin temor a la muerte,
Y a cuyo duro bronce no arrancará más sones,
Ni los fúnebres ecos de tan tristes mansiones
¡Qué triste imaginarse pobre hija del pecado
Que el sonido fatídico a la puerta arrancado,
Y que quizá con gozo resonara en tu oído,
de la muerte terrífica era el triste gemido!


***
A HELENA



Sólo una vez te he visto
Sólo una vez- en tiempo ya lejano.
Sé que no muy lejano -pero velan
Brumas de lo pasado su distancia.
Era una medianoche
Del dulce mes de julio; y de la luna –
Que, en ascensión feliz como tu vida
Buscaba, entre los cielos, á más alta
Región, rápida senda-Un velo descendía con reposo,
Con pesadez, con sueño
-Un velo indefinido
De plata y seda y luz- que se extendía


De los erguidos rostros de mil rosas
De un encantado Edén, lleno de calma,
Por el que blandamente o con sigilo
Tan sólo a deslizarse se atreviera
El viento -se extendía
En los erguidos rostros de esas rosas
Que, cual desvanecidas de ternura,
Soltaban en retomo
A la amorosa luz que las besaba.
Sus perfumadas almas -se extendían
En los erguidos rostros de las rosas,
Que sonreían con feliz deliquio en ese paraíso que hechizaba
De tu presencia en él la poesía.


Te vi, como los ángeles, vestida
De blanco, en muelle alfombra de violetas
El cuerpo dulcemente reclinado,
Mientras que, de la luna,
La plateada luz se reflejaba
En los rostros erguidos de las rosas
Y en tu bello semblante
Al cielo alzado con profunda pena.
¿No fue el mismo Destino
Quien en la dulce medianoche -en julio
No fue el mismo destino (cuyo nombre
También es sentimiento) quien detuvo
Mi paso en el dintel del paraíso
Para aspirar el delicado incienso
De esas dormidas rosas?
Todo era soledad, silencio, en torno.
Y, mientras daba a su ruindad olvido,
El mundo que aborrece el alma mía,
Del impalpable sueño en los misterios,
Dos seres angustiados
Velábamos a solas: tú conmigo.
(¡Oh, Cielos! ¡Oh, Señor! ¡Cómo se agita
Mi corazón uniendo estas palabras!)
¡A solas tú conmigo!... El pie detuve... .
La pálida hermosura
Del cielo descendido a tu existencia,
Miré con devoción; y, al encontrarse
Mi vista con la tuya,
Todo dejó de ser, formas y vida,
En ese Edén que tú, maga sublime,
Con tus divinos ojos encantabas.


Perdió la luna su fulgor de perlas
Y huyeron a mis ojos fascinados,
Los ya musgosos bancos, los senderos,
Los árboles, las flores;
Y las puras esencias
De las dormidas rosas fallecieron
En los amantes brazos de los aires.
Todo -todo expiró menos tu imagen;
y aún ella, con la lumbre de la luna
Aún ella se extinguió para mi vista,
Que sólo vi el fulgor de tu mirada
Y el alma de tus ojos
Alzados con pesar a las alturas.
Los vi -y el mundo fueron
Para mi ser tus ojos imantados.
Los vi más breves horas
-Los vi hasta que la luna huyó del cielo.
¡Qué tormentosas luchas
Del corazón!
¡Qué impíos infortunios!
¡Qué lúgubres historias! descubrían,
En misteriosa unión esas esferas
De pura luz celeste!... ¡Y qué brillantes,
Sublimes esperanzas! ¡Qué apacible
Mar de engrandecimiento! ¡Qué osadas ambiciones!
¡Y para amar, qué inmenso poderío!


Ya la amorosa diana
Al mundo se ocultó bajo una densa
Nube de tempestad de occidente;
Y tú, pálida sombra,
Entre la sepulcral y hosca arboleda,
Te deslizaste huyendo taciturna.
Mas sólo la figura de tu cuerpo
-Sólo ella- del jardín y de mi vida
Por siempre se alejó: como dos astros
Quedaron ante mí tus bellos ojos.
Tus ojos que dejarme no quisieron
Y en esa noche, oscura ya, alumbraron
La triste senda de mi hogar sombrío.
Tus ojos, que jamás, cual la esperanza,
Mi ser abandonaron; y me siguen,
Me guían, me seducen
En el largo transcurso de los años.
Ellos mis dueños son y yo su esclavo
Su misión es dar lumbre
Con nobles entusiasmos a mi alma,
Cual mi deber salvarme
De su guiadora luz a los destellos,
Y ser purificado por su llama,
Y ser santificado
De su fuego celeste en los fulgores.
Ellos mi alma llenan de hermosura
(Que es la esperanza), y lejos
Allá en el cielo, brillan: dos estrellas
Ante las que, en el triste y silencioso
Desvelo de mi noche me arrodillo.
Y luego, cuando el día
De alegre claridad la tierra inunda,
Los veo aún: ¡dos dulces
Y centelleantes vésperos, que el rayo
Del mismo sol no extingue!

***

EL COLISEO


¡Eres símbolo constante de la fiel y antigua
/Roma!
¡Excelente relicario de sublime admiración, que a esta época legaron aquellos tiempos ya
/[idos cuya pompa y poderío parecen ensoñación!


Tras largo peregrinaje y ardiente ser de tu /ciencia,
me humillo con reverencia en las sombras de
/tu historia,
y transformada mi alma sacia su sed de belleza
contemplando tus grandezas, tus tristezas y tu
/gloria.


¡Oh profunda inmensidad, tiempo y recuerdo
/de antaño desolación y silencio, noche grandiosa;
/admirable!
Al percibiros comprendo vuestra mágica
/pureza en la perenne realeza de vuestra fuerza
/indomable.


Vuestros dulces sortilegios son mejores para mí
que los que el rey de Judea hiciera en
/Gethsemamí.
Ni la encantada Caldea jamás consiguió
/arrancar
a las estrellas prodigios cual vense en este
/lugar.


Donde un héroe cayera, hoy vese una columna...
y, donde el águila escénica envuelta en oro
/brilló
hoy el vampiro revuela al llegar la medianoche
y el fantástico aquelarre este lugar convirtió.


Aquí do las cabelleras de las matronas romanas
balanceaban al viento el rubio de sus colores,
hoy sólo se balancean el cardo y la débil caña...
han cesado aquellos días de sublimes
/esplendores.


Y, donde el rey poderoso su trono de oro tenía,
ágil y oscuro lagarto viene siempre a recorrer;
y hacia su casa marmórea cual espectro se
/desliza
a los pálidos reflejos de la luna en su crecer.


Mas yo pregunto: esos muros, esas inertes
/arcadas junto a zócalos de musgo hoy en hiedra
/revestidas
esos relieves tan vagos, esos frisos tan ruinosos
esas cornisas tronchadas y piedras enmohecidas,
¿es esto cuanto dejaron las horas y tiempos
/idos?

¿es lo único que resta de su fama colosal?
¿es cuanto a mí y al destino aquella época ha
llegado de su firme poderío y su obra escultural?
«Eso no es todo» -responden en aquel lugar
/los ecos«voces graves y proféticas hay en nuestro
/corazón...
y toda ruina recuerda las ideas de los sabios
semejantes a los himnos que al sol dedicó /Memnón.


Aún reinamos poderosas en los más grandes
/señores; asentamos nuestro imperio en las almas
/gigantescas...
no; no somos impotentes...; queda nuestro
/poderío,
nuestra gloria y nuestro nombre, aunque pálidas
/nos veas.
Las mil y una maravillas que extáticas nos
/circundan.
y recuerdan nuestra estirpe, nuestra gala y
/nuestra historia
se han prendido a nuestros flancos... y su
/admirable vestido
nos envuelve entre su manto más fulgente que la gloria».

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