IMAGENES . ENLACES

relatos

EDGAR ALLAN POE -- LOS EXTRAORDINARIOS CASOS DE MONSIEUT DUPONT

Escrito por imagenes 17-04-2008 en General. Comentarios (1)

EDGAR ALLAN POE -- LOS EXTRAORDINARIOS CASOS DE MONSIEUT DUPONT



Edgar Allan Poe

Los Extraordinarios Casos de
Monsieur Dupont



INDICE

Los Crímenes De La Rue Morgue
El Misterio De Marie Rogêt
La Carta Robada





Los Crímenes De La Rue Morgue

Qué canción cantaban las sirenas, o que nombre adoptó Aquiles cuando se ocultó entre las mujeres, aunque son preguntas desconcertantes, no se hallan más allá de toda conjetura.
Sir Thomas Browne
Las condiciones mentales que suelen considerarse como analíticas son, en sí mismas, poco susceptibles de análisis. Las consideramos tan sólo por sus efectos. De ellas sabemos, entre otras cosas, que son siempre, para el que las posee, cuando se poseen en grado extraordinario, una fuente de vivísimos goces. Del mismo modo que el hombre fuerte disfruta con su habilidad física, deleitándose en ciertos ejercicios que ponen sus músculos en acción, el analista goza con esa actividad intelectual que se ejerce en el hecho de desentrañar. Consigue satisfacción hasta de las más triviales ocupaciones que ponen en juego su talento. Se desvive por los enigmas, acertijos y jeroglíficos, y en cada una de las soluciones muestra un sentido de agudeza que parece al vulgo una penetración sobrenatural. Los resultados, obtenidos por un solo espíritu y la esencia del método, adquieren realmente la apariencia total de una intuición.
Esta facultad de resolución está, posiblemente, muy fortalecida por los estudios matemáticos, y especialmente por esa importantísima rama de ellos que, impropiamente y sólo teniendo en cuenta sus operaciones previas, ha sido llamada par excellence análisis. Y, no obstante, calcular no es intrínsecamente analizar. Un jugador de ajedrez, por ejemplo, lleva a cabo lo uno sin esforzarse en lo otro. De esto se deduce que el juego de ajedrez, en sus efectos sobre el carácter mental, no está lo suficientemente comprendido. Yo no voy ahora a escribir un tratado, sino que prologo únicamente un relato muy singular, con observaciones efectuadas a la ligera. Aprovecharé, por tanto, esta ocasión para asegurar que las facultades más importantes de la inteligencia reflexiva trabajan con mayor decisión y provecho en el sencillo juego de damas que en toda esa frivolidad primorosa del ajedrez. En este último, donde las piezas tienen distintos y bizarres movimientos, con diversos y variables valores, lo que tan sólo es complicado, se toma equivocadamente —error muy común— por profundo. La atención, aquí, es poderosamente puesta en juego. Si flaquea un solo instante, se comete un descuido, cuyos resultados implican pérdida o derrota. Como quiera que los movimientos posibles no son solamente variados, sino complicados, las posibilidades de estos descuidos se multiplican; de cada diez casos, nueve triunfa el jugador más capaz de concentración y no el más perspicaz. En el juego de damas, por el contrario, donde los movimientos son únicos y de muy poca variación, las posibilidades de descuido son menores, y como la atención queda relativamente distraída, las ventajas que consigue cada una de las partes se logran por una perspicacia superior. Para ser menos abstractos supongamos, por ejemplo, un juego de damas cuyas piezas se han reducido a cuatro reinas y donde no es posible el descuido. Evidentemente, en este caso la victoria —hallándose los jugadores en igualdad de condiciones— puede decidirse en virtud de un movimiento recherche resultante de un determinado esfuerzo de la inteligencia. Privado de los recursos ordinarios, el analista consigue penetrar en el espíritu de su contrario; por tanto, se identifica con él, y a menudo descubre de una ojeada el único medio —a veces, en realidad, absurdamente sencillo— que puede inducirle a error o llevarlo a un cálculo equivocado.
Desde hace largo tiempo se conoce el whist por su influencia sobre la facultad calculadora, y hombres de gran inteligencia han encontrado en él un goce aparentemente inexplicable, mientras abandonaban el ajedrez como una frivolidad. No hay duda de que no existe ningún juego semejante que haga trabajar tanto la facultad analítica. El mejor jugador de ajedrez del mundo sólo puede ser poco más que el mejor jugador de ajedrez; pero la habilidad en el whist implica ya capacidad para el triunfo en todas las demás importantes empresas en las que la inteligencia se enfrenta con la inteligencia. Cuando digo habilidad, me refiero a esa perfección en el juego que lleva consigo una comprensión de todas las fuentes de donde se deriva una legítima ventaja. Estas fuentes no sólo son diversas, sino también multiformes. Se hallan frecuentemente en lo más recóndito del pensamiento, y son por entero inaccesibles para las inteligencias ordinarias. Observar atentamente es recordar distintamente. Y desde este punto de vista, el jugador de ajedrez capaz de intensa concentración jugará muy bien al whist, puesto que las reglas de Hoyle, basadas en el puro mecanismo del juego, son suficientes y, por lo general, comprensibles. Por esto, el poseer una buena memoria y jugar de acuerdo con «el libro» son, por lo común, puntos considerados como la suma total del jugar excelentemente. Pero en los casos que se hallan fuera de los límites de la pura regla es donde se evidencia el talento del analista. En silencio, realiza una porción de observaciones y deducciones. Posiblemente, sus compañeros harán otro tanto, y la diferencia en la extensión de la información obtenido no se basará tanto en la validez de la deducción como en la calidad de la observación. Lo importante es saber lo que debe ser observado. Nuestro jugador no se reduce únicamente al juego, y aunque éste sea el objeto de su atención, habrá de prescindir de determinadas deducciones originadas al considerar objetos extraños al juego. Examina la fisonomía de su compañero, y la compara cuidadosamente con la de cada uno de sus contrarios. Se fija en el modo de distribuir las cartas a cada mano, con frecuencia calculando triunfo por triunfo y tanto por tanto observando las miradas de los jugadores a su juego. Se da cuenta de cada una de las variaciones de los rostros a medida que avanza el juego, recogiendo gran número de ideas por las diferencias que observa en las distintas expresiones de seguridad, sorpresa, triunfo o desagrado. En la manera de recoger una baza juzga si la misma persona podrá hacer la que sigue. Reconoce la carta jugada en el ademán con que se deja sobre la mesa. Una palabra casual o involuntaria; la forma accidental con que cae o se vuelve una carta, con la ansiedad o la indiferencia que acompañan la acción de evitar que sea vista; la cuenta de las bazas y el orden de su colocación; la perplejidad, la duda, el entusiasmo o el temor, todo ello facilita a su aparentemente intuitiva percepción indicaciones del verdadero estado de cosas. Cuando se han dado las dos o tres primeras vueltas, conoce completamente los juegos de cada uno, y desde aquel momento echa sus cartas con tal absoluto dominio de propósitos como si el resto de los jugadores las tuvieran vueltas hacia él.
El poder analítico no debe confundirse con el simple ingenio, porque mientras el analista es necesariamente ingenioso, el hombre ingenioso está con frecuencia notablemente incapacitado para el análisis. La facultad constructiva o de combinación con que por lo general se manifiesta el ingenio, y a la que los frenólogos, equivocadamente, a mi parecer, asignan un órgano aparte, suponiendo que se trata de una facultad primordial, se ha visto tan a menudo en individuos cuya inteligencia bordeaba, por otra parte, la idiotez, que ha atraído la atención general de los escritores de temas morales. Entre el ingenio y la aptitud analítica hay una diferencia mucho mayor, en efecto, que entre la fantasía y la imaginación, aunque de un carácter rigurosamente análogo. En realidad, se observará fácilmente que el hombre ingenioso es siempre fantástico, mientras que el verdadero imaginativo nunca deja de ser analítico.
El relato que sigue a continuación podrá servir en cierto modo al lector para ilustrarle en una interpretación de las proposiciones que acabo de anticipar.

Encontrándome en París durante la primavera y parte del verano de 18..., conocí allí a Monsieur C. Auguste Dupin. Pertenecía este joven caballero a una excelente, o, mejor dicho, ilustre familia, pero por una serie de adversos sucesos se había quedado reducido a tal pobreza, que sucumbió la energía de su carácter y renunció a sus ambiciones mundanas, lo mismo que a procurar el restablecimiento de su fortuna. Con el beneplácito de sus acreedores, quedó todavía en posesión de un pequeño resto de su patrimonio, y con la renta que éste le producía encontró el medio, gracias a una economía rigurosa, de subvenir a las necesidades de su vida, sin preocuparse en absoluto por lo más superfluo. En realidad, su único lujo eran los libros, y en París éstos son fáciles de adquirir.
Nuestro conocimiento tuvo efecto en una oscura biblioteca de la rue Montmartre, donde nos puso en estrecha intimidad la coincidencia de buscar los dos un muy raro y al mismo tiempo notable volumen. Nos vimos con frecuencia. Yo me había interesado vivamente por la sencilla historia de su familia, que me contó detalladamente con toda la ingenuidad con que un francés se explaya en sus confidencias cuando habla de sí mismo. Por otra parte, me admiraba el número de sus lecturas, y, sobre todo, me llegaba al alma el vehemente afán y la viva frescura de su imaginación. La índole de las investigaciones que me ocupaban entonces en París me hicieron comprender que la amistad de un hombre semejante era para mí un inapreciable tesoro. Con esta idea, me confié francamente a él. Por último, convinimos en que viviríamos juntos todo el tiempo que durase mi permanencia en la ciudad, y como mis asuntos económicos se desenvolvían menos embarazosamente que los suyos, me fue permitido participar en los gastos de alquiler, y amueblar, de acuerdo con el carácter algo fantástico y melancólico de nuestro común temperamento, una vieja y grotesca casa abandonada hacía ya mucho tiempo, en virtud de ciertas supersticiones que no quisimos averiguar. Lo cierto es que la casa se estremecía como si fuera a hundirse en un retirado y desolado rincón del faubourg Saint Germain.
Si hubiera sido conocida por la gente la rutina de nuestra vida en aquel lugar, nos hubieran tomado por locos, aunque de especie inofensiva. Nuestra reclusión era completa. No recibíamos visita alguna. En realidad, el lugar de nuestro retiro era un secreto guardado cuidadosamente para mis antiguos camaradas, y ya hacía mucho tiempo que Dupin había cesado de frecuentar o hacerse visible en París. Vivíamos sólo para nosotros.
Una rareza del carácter de mi amigo —no sé cómo calificarla de otro modo— consistía en estar enamorado de la noche. Pero con esta bizarrerie, como con todas las demás suyas, condescendía yo tranquilamente, y me entregaba a sus singulares caprichos con un perfecto abandon. No siempre podía estar con nosotros la negra divinidad, pero sí podíamos falsear su presencia. En cuanto la mañana alboreaba, cerrábamos inmediatamente los macizos postigos de nuestra vieja casa y encendíamos un par de bujías intensamente perfumadas y que sólo daban un lívido y débil resplandor, bajo el cual entregábamos nuestras almas a sus ensueños, leíamos, escribíamos o conversábamos, hasta que el reloj nos advertía la llegada de la verdadera oscuridad. Salíamos entonces cogidos del brazo a pasear por las calles, continuando la conversación del día y rondando por doquier hasta muy tarde, buscando a través de las estrafalarias luces y sombras de la populosa ciudad esas innumerables excitaciones mentales que no puede procurar la tranquila observación.
En circunstancias tales, yo no podía menos de notar y admirar en Dupin (aunque ya, por la rica imaginación de que estaba dotado, me sentía preparado a esperarlo) un talento particularmente analítico. Por otra parte, parecía deleitarse intensamente en ejercerlo (si no exactamente en desplegarlo), y no vacilaba en confesar el placer que ello le producía. Se vanagloriaba ante mí burlonamente de que muchos hombres, para él, llevaban ventanas en el pecho, y acostumbraba a apoyar tales afirmaciones usando de pruebas muy sorprendentes y directas de su íntimo conocimiento de mí. En tales momentos, sus maneras eran glaciales y abstraídas. Se quedaban sus ojos sin expresión, mientras su voz, por lo general ricamente atenorada, se elevaba hasta un timbre atiplado, que hubiera parecido petulante de no ser por la ponderada y completa claridad de su pronunciación. A menudo, viéndolo en tales disposiciones de ánimo, meditaba yo acerca de la antigua filosofía del Alma Doble, y me divertía la idea de un doble Dupin: el creador y el analítico.
Por cuanto acabo de decir, no hay que creer que estoy contando algún misterio o escribiendo una novela. Mis observaciones a propósito de este francés no son más que el resultado de una inteligencia hiperestesiada o tal vez enferma. Un ejemplo dará mejor idea de la naturaleza de sus observaciones durante la época a que aludo.
Íbamos una noche paseando por una calle larga y sucia, cercana al Palais Royal. Al parecer, cada uno de nosotros se había sumido en sus propios pensamientos, y por lo menos durante quince minutos ninguno pronunció una sola sílaba. De pronto, Dupin rompió el silencio con estas palabras:
—En realidad, ese muchacho es demasiado pequeño y estaría mejor en el Théâtre des Varietés.
—No cabe duda —repliqué, sin fijarme en lo que decía y sin observar en aquel momento, tan absorto había estado en mis reflexiones, el modo extraordinario con que mi interlocutor había hecho coincidir sus palabras con mis meditaciones.
Un momento después me repuse y experimenté un profundo asombro.
—Dupin —dije gravemente—, lo que ha sucedido excede mi comprensión. No vacilo en manifestar que estoy asombrado y que apenas puedo dar crédito a lo que he oído. ¿Cómo es posible que haya usted podido adivinar que estaba pensando en... ?
Diciendo esto, me interrumpí para asegurarme, ya sin ninguna dada, de que él sabía realmente en quién pensaba.
—¿En Chantilly? —preguntó—. ¿Por qué se ha interrumpido? Usted pensaba que su escasa estatura no era la apropiada para dedicarse a la tragedia.
Esto era precisamente lo que había constituido el tema de mis reflexiones. Chantilly era un ex zapatero remendón de la rue Saint Denis que, apasionado por el teatro, había representado el papel de Jeries en la tragedia de Crebillon de este título. Pero sus esfuerzos habían provocado la burla del público.
—Dígame usted, por Dios —exclamé—, por qué método, si es que hay alguno, ha penetrado usted en mi alma en este caso.
Realmente, estaba yo mucho más asombrado de lo que hubiese querido confesar.
—Ha sido el vendedor de frutas —contestó mi amigo— quien le ha llevado a usted a la conclusión de que el remendón de suelas no tiene la suficiente estatura para representar el papel de Jerjes et id genus omne.
—¿El vendedor de frutas? Me asombra usted. No conozco a ninguno.
—Sí; es ese hombre con quien ha tropezado usted al entrar en esta calle, hará unos quince minutos.
Recordé entonces que, en efecto, un vendedor de frutas, que llevaba sobre la cabeza una gran banasta de manzanas, estuvo a punto de hacerme caer, sin pretenderlo, cuando pasábamos de la calle C... a la calleja en que ahora nos encontrábamos. Pero yo no podía comprender la relación de este hecho con Chantilly.
No había por qué suponer charlatanerie alguna en Dupin.
—Se lo explicaré —me dijo—. Para que pueda usted darse cuenta de todo claramente, vamos a repasar primero en sentido inverso el curso de sus meditaciones desde este instante en que le estoy hablando hasta el de su rencontre con el vendedor de frutas. En sentido inverso, los más importantes eslabones de la cadena se suceden de esta forma: Chantilly, Orión, doctor Nichols, Epicuro, estereotomía de los adoquines y el vendedor de frutas.
Existen pocas personas que no se hayan entretenido, en cualquier momento de su vida, en recorrer en sentido inverso las etapas por las cuales han sido conseguidas ciertas conclusiones de su inteligencia. Frecuentemente es una ocupación llena de interés, y el que la prueba por primera vez se asombra de la aparente distancia ilimitada y de la falta de ilación que parece median desde el punto de partida hasta la meta final. Júzguese, pues, cuál no sería mi asombro cuando escuché lo que el francés acababa de decir, y no pude menos de reconocer que había dicho la verdad. Continuó después de este modo:
—Si mal no recuerdo, en el momento en que íbamos a dejar la calle C... hablábamos de caballos. Éste era el último tema que discutimos. Al entrar en esta calle, un vendedor de frutas que llevaba una gran banasta sobre la cabeza, pasó velozmente ante nosotros y lo empujó a usted contra un montón de adoquines, en un lugar donde la calzada se encuentra en reparación. Usted puso el pie sobre una de las piedras sueltas, resbaló y se torció levemente el tobillo. Aparentó usted cierto fastidio o mal humor, murmuró unas palabras, se volvió para observar el montón de adoquines y continuó luego caminando en silencio. Yo no prestaba particular atención a lo que usted hacía, pero, desde hace mucho tiempo, la observación se ha convertido para mí en una especie de necesidad.
»Caminaba usted con los ojos fijos en el suelo, mirando, con malhumorada expresión, los baches y rodadas del empedrado, por lo que deduje que continuaba usted pensando todavía en las piedras. Procedió así hasta que llegamos a la callejuela llamada Lamartine, que, a modo de prueba, ha sido pavimentada con tarugos sobrepuestos y acoplados sólidamente. Al entrar en ella, su rostro se iluminó, y me di cuenta de que se movían sus labios. Por este movimiento no me fue posible dudar que pronunciaba usted la palabra «estereotomía», término que tan afectadamente se aplica a esta especie de pavimentación. Yo estaba seguro de que no podía usted pronunciar para sí la palabra «estereotomía» sin que esto le llevara a pensar en los átomos, y, por consiguiente, en las teorías de Epicuro. Y como quiera que no hace mucho rato discutíamos este tema, le hice notar a usted de qué modo tan singular, y sin que ello haya sido muy notado, las vagas conjeturas de ese noble griego han encontrado en la reciente cosmogonía nebular su confirmación. He comprendido por esto que no podía usted resistir a la tentación de levantar sus ojos a la gran nobula de Orión, y con toda seguridad he esperado que usted lo hiciera. En efecto, usted ha mirado a lo alto, y he adquirido entonces la certeza de haber seguido correctamente el hilo de sus pensamientos. Ahora bien, en la amarga tirada sobre Chantilly, publicada ayer en el Musée, el escritor satírico, haciendo mortificantes alusiones al cambio de nombre del zapatero al calzarse el coturno, citaba un verso latino del que hemos hablado nosotros con frecuencia. Me refiero a éste:
Perdidit antiquum litera prima sonum .
»Yo le había dicho a usted que este verso se relacionaba con la palabra Orión, que en un principio se escribía Urión. Además, por determinadas discusiones un tanto apasionadas que tuvimos acerca de mi interpretación, tuve la seguridad de que usted no la habría olvidado. Por tanto, era evidente que asociaría usted las dos ideas: Orión y Chantilly, y esto lo he comprendido por la forma de la sonrisa que he visto en sus labios. Ha pensado usted, pues, en aquella inmolación del pobre zapatero. Hasta ese momento, usted había caminado con el cuerpo encorvado, pero a partir de entonces se irguió usted, recobrando toda su estatura. Este movimiento me ha confirmado que pensaba usted en la diminuta figura de Chantilly, y ha sido entonces cuando he interrumpido sus meditaciones para observar que, por tratarse de un hombre de baja estatura, estaría mejor Chantilly en el Théâtre des Varietés.

Poco después de esta conversación hojeábamos una edición de la tarde de la Gazette des Tribunaux cuando llamaron nuestra atención los siguientes titulares:

«EXTRAORDINARIOS CRÍMENES
»Esta madrugada, alrededor de las tres, los habitantes del quartier Saint Roch fueron despertados por una serie de espantosos gritos que parecían proceder del cuarto piso de una casa de la rue Morgue, ocupada, según se dice, por una tal Madame L'Espanaye y su hija Mademoiselle Camille L'Espanaye. Después de algún tiempo empleado en infructuosos esfuerzos para poder penetrar buenamente en la casa, se forzó la puerta de entrada con una palanca de hierro, y entraron ocho o diez vecinos acompañados de dos gendarmes. En ese momento cesaron los gritos; pero en cuanto aquellas personas llegaron apresuradamente al primer rellano de la escalera, se distinguieron dos o más voces ásperas que parecían disputar violentamente y proceder de la parte alta de la casa. Cuando la gente llegó al segundo rellano, cesaron también aquellos rumores y todo permaneció en absoluto silencio. Los vecinos recorrieron todas las habitaciones precipitadamente. Al llegar, por último, a una gran sala situada en la parte posterior del cuarto piso, cuya puerta hubo de ser forzada, por estar cerrada interiormente con llave, se ofreció a los circunstantes un espectáculo que sobrecogió su ánimo, no sólo de horror, sino de asombro.
»Se hallaba la habitación en violento desorden, rotos los muebles y diseminados en todas direcciones. No quedaba más lecho que la armadura de una cama, cuyas partes habían sido arrancadas y tiradas por el suelo. Sobre una silla se encontró una navaja barbera manchada de sangre. Había en la chimenea dos o tres largos y abundantes mechones de pelo cano, empapados en sangre y que parecían haber sido arrancados de raíz. En el suelo se encontraron cuatro napoleones, un zarcillo adornado con un topacio, tres grandes cucharas de plata, tres cucharillas de metal d,Alger y dos sacos conteniendo, aproximadamente, cuatro mil francos en oro. En un rincón se hallaron los cajones de una cómoda abiertos, y, al parecer, saqueados, aunque quedaban en ellos algunas cosas. Se encontró también un cofrecillo de hierro bajo la cama, no bajo su armadura. Se hallaba abierto, y la cerradura contenía aún la llave. En el cofre no se encontraron más que unas cuantas cartas viejas y otros papeles sin importancia.
»No se encontró rastro alguno de Madame L'Espanaye; pero como quiera que se notase una anormal cantidad de hollín en el hogar, se efectuó un reconocimiento de la chimenea, y —horroriza decirlo— se extrajo de ella el cuerpo de su hija, que estaba colocado cabeza abajo y que había sido introducido por la estrecha abertura hasta una altura considerable. El cuerpo estaba todavía caliente. Al examinarlo se comprobaron en él numerosas escoriaciones ocasionadas sin duda por la violencia con que el cuerpo había sido metido allí y por el esfuerzo que hubo de emplearse para sacarlo. En su rostro se veían profundos arañazos, y en la garganta, cárdenas magulladuras y hondas huellas producidas por las uñas, como si la muerte se hubiera verificado por estrangulación.
»Después de un minucioso examen efectuado en todas las habitaciones, sin que se lograra ningún nuevo descubrimiento, los presentes se dirigieron a un pequeño patio pavimentado, situado en la parte posterior del edificio, donde hallaron el cadáver de la anciana señora, con el cuello cortado de tal modo, que la cabeza se desprendió del tronco al levantar el cuerpo. Tanto éste como la cabeza estaban tan horriblemente mutilados, que apenas conservaban apariencia humana.
»Que sepamos, no se ha obtenido hasta el momento el menor indicio que permita aclarar este horrible misterio.»
El diario del día siguiente daba algunos nuevos pormenores:
«LA TRAGEDIA DE LA RUE MORGUE
»Gran número de personas han sido interrogadas con respecto a tan extraordinario y horrible affaire (la palabra affaire no tiene todavía en Francia el poco significado que se le da entre nosotros), pero nada ha podido deducirse que arroje alguna luz sobre ello. Damos a continuación todas las declaraciones más importantes que se han obtenido:
»Pauline Dubourg, lavandera, declara haber conocido desde hace tres años a las víctimas y haber lavado para ellas durante todo este tiempo. Tanto la madre como la hija parecían vivir en buena armonía y profesarse mutuamente un gran cariño. Pagaban con puntualidad. Nada se sabe acerca de su género de vida y medios de existencia. Supone que Madame L'Espanaye decía la buenaventura para ganarse el sustento. Tenía fama de poseer algún dinero escondido. Nunca encontró a otras personas en la casa cuando la llamaban para recoger la ropa, ni cuando la devolvía. Estaba absolutamente segura de que las señoras no tenían servidumbre alguna. Salvo el cuarto piso, no parecía que hubiera muebles en ninguna parte de la casa.
»Pierre Moreau, estanquero, declara que es el habitual proveedor de tabaco y de rapé de Madame L'Espanaye desde hace cuatros años. Nació en su vecindad y ha vivido siempre allí. Hacía más de seis años que la muerta y su hija vivían en la casa donde fueron encontrados sus cadáveres. Anteriormente a su estadía, el piso había sido ocupado por un joyero, que alquilaba a su vez las habitaciones interiores a distintas personas. La casa era propiedad de Madame L'Espanaye. Descontenta por los abusos de su inquilino, se había trasladado al inmueble de su propiedad, negándose a alquilar ninguna parte de él. La buena señora chocheaba a causa de la edad. El testigo había visto a su hija unas cinco o seis veces durante los seis años. Las dos llevaban una vida muy retirada, y era fama que tenían dinero. Entre los vecinos había oído decir que Madame L'Espanaye decía la buenaventura, pero él no lo creía. Nunca había visto atravesar la puerta a nadie, excepto a la señora y a su hija, una o dos voces a un recadero y ocho o diez a un médico.
»En esta misma forma declararon varios vecinos, pero de ninguno de ellos se dice que frecuentaran la casa. Tampoco se sabe que la señora y su hija tuvieran parientes vivos. Raramente estaban abiertos los postigos de los balcones de la fachada principal. Los de la parte trasera estaban siempre cerrados, a excepción de las ventanas de la gran sala posterior del cuarto piso. La casa era una finca excelente y no muy vieja.
»Isidoro Muset, gendarme, declara haber sido llamado a la casa a las tres de la madrugada, y dice que halló ante la puerta principal a unas veinte o treinta personas que procuraban entrar en el edificio. Con una bayoneta, y no con una barra de hierro, pudo, por fin, forzar la puerta. No halló grandes dificultades en abrirla, porque era de dos hojas y carecía de cerrojo y pasador en su parte alta. Hasta que la puerta fue forzada, continuaron los gritos, pero luego cesaron repentinamente. Daban la sensación de ser alaridos de una o varias personas víctimas de una gran angustia. Eran fuertes y prolongados, y no gritos breves y rápidos. El testigo subió rápidamente los escalones. Al llegar al primer rellano, oyó dos voces que disputaban acremente. Una de éstas era áspera, y la otra, aguda, una voz muy extraña. De la primera pudo distinguir algunas palabras, y le pareció francés el que las había pronunciado. Pero, evidentemente, no era voz de mujer. Distinguió claramente las palabras "sacre" y "diable". La aguda voz pertenecía a un extranjero, pero el declarante no puede asegurar si se trataba de hombre o mujer. No pudo distinguir lo que decían, pero supone que hablasen español. El testigo descubrió el estado de la casa y de los cadáveres como fue descrito ayer por nosotros.
»Henri Duval, vecino, y de oficio platero, declara que él formaba parte del grupo que entró primeramente en la casa. En términos generales, corrobora la declaración de Muset. En cuanto se abrieron paso, forzando la puerta, la cerraron de nuevo, con objeto de contener a la muchedumbre que se había reunido a pesar de la hora. Este opina que la voz aguda sea la de un italiano, y está seguro de que no era la de un francés. No conoce el italiano. No pudo distinguir las palabras, pero, por la entonación del que hablaba, está convencido de que era un italiano. Conocía a Madame L'Espanaye y a su hija. Con las dos había conversado con frecuencia. Estaba seguro de que la voz no correspondía a ninguna de las dos mujeres.
»Odenheimer, restaurateur. Voluntariamente, el testigo se ofreció a declarar. Como no hablaba francés, fue interrogado haciéndose uso de un intérprete. Es natural de Ámsterdam. Pasaba por delante de la casa en el momento en que se oyeron los gritos. Se detuvo durante unos minutos, diez, probablemente. Eran fuertes y prolongados, y producían horror y angustia. Fue uno de los que entraron en la casa. Corrobora las declaraciones anteriores en todos sus detalles, excepto uno: está seguro de que la voz aguda era la de un hombre, la de un francés. No pudo distinguir claramente las palabras que había pronunciado. Estaban dichas en alta voz y rápidamente, con cierta desigualdad, pronunciadas, según suponía, con miedo y con ira al mismo tiempo. La voz era áspera. Realmente, no puede asegurarse que fuese una voz aguda. La voz grave dijo varias veces: "Sacré", "diable", y una sola "Man Dieu".
»Jules Mignaud, banquero, de la casa "Mignaud et Fils", de la rue Deloraie. Es el mayor de los Mignaud. Madame L'Espanaye tenía algunos intereses. Había abierto una cuenta corriente en su casa de banca en la primavera del año... (ocho años antes). Con frecuencia había ingresado pequeñas cantidades. No retiró ninguna hasta tres días antes de su muerte. La retiró personalmente, y la suma ascendía a cuatro mil francos. La cantidad fue pagada en oro, y se encargó a un dependiente que la llevara a su casa.
»Adolphe Le Bon, dependiente de la "Banca Mignaud et Fils", declara que en el día de autos, al mediodía, acompañó a Madame L'Espanaye a su domicilio con los cuatro mil francos, distribuidos en dos pequeños talegos. Al abrirse la puerta, apareció Mademoiselle L'Espanaye Ésta cogió uno de los saquitos, y la anciana señora el otro. Entonces, él saludó y se fue. En aquellos momentos no había nadie en la calle. Era una calle apartada, muy solitaria.
»William Bird, sastre, declara que fue uno de los que entraron en la casa. Es inglés. Ha vivido dos años en París. Fue uno de los primeros que subieron por la escalera. Oyó las voces que disputaban. La gruesa era de un francés. Pudo oír algunas palabras, pero ahora no puede recordarlas todas. Oyó claramente "sacré" y "Man Dieu". Por un momento se produjo un rumor, como si varias personas peleasen. Ruido de riña y forcejeo. La voz aguda era muy fuerte, más que la grave. Está seguro de que no se trataba de la voz de ningún inglés, sino más bien la de un alemán. Podía haber sido la de una mujer. No entiende el alemán.
»Cuatro de los testigos mencionados arriba, nuevamente interrogados, declararon que la puerta de la habitación en que fue encontrado el cuerpo de Mademoiselle L'Espanaye se hallaba cerrada por dentro cuando el grupo llegó a ella. Todo se hallaba en un silencio absoluto. No se oían ni gemidos ni ruidos de ninguna especie. Al forzar la puerta, no se vio a nadie. Tanto las ventanas de la parte posterior como las de la fachada estaban cerradas y aseguradas fuertemente por dentro con sus cerrojos respectivos. Entre las dos salas se hallaba también una puerta de comunicación, que estaba cerrada, pero no con llave. La puerta que conducía de la habitación delantera al pasillo estaba cerrada por dentro con llave. Una pequeña estancia de la parte delantera del cuarto piso, a la entrada del pasillo, estaba abierta también, puesto que tenía la puerta entornada. En esta sala se hacinaban camas viejas, cofres y objetos de esta especie. No quedó una sola pulgada de la casa sin que hubiese sido registrada cuidadosamente. Se ordenó que tanto por arriba como por abajo se introdujeran deshollinadores por las chimeneas. La casa constaba de cuatro pisos, con buhardillas (mansardas). En el techo se hallaba, fuertemente asegurado, un escotillón, y parecía no haber sido abierto durante muchos años. Por lo que respecta al intervalo de tiempo transcurrido entre las voces que disputaban y el acto de forzar la puerta del piso, las afirmaciones de los testigos difieren bastante. Unos hablan de tres minutos, y otros amplían este tiempo a cinco. Costó mucho forzar la puerta.
»Alfonso García, empresario de pompas fúnebres, declara que habita en la rue Morgue, y que es español. También formaba parte del grupo que entró en la casa. No subió la escalera, porque es muy nervioso y temía los efectos que pudiera producirle la emoción. Oyó las voces que disputaban. La grave era de un francés. No pudo distinguir lo que decían, y está seguro de que la voz aguda era de un inglés. No entiende este idioma, pero se basa en la entonación.
»Alberto Montan, confitero declara haber sido uno de los primeros en subir la escalera. Oyó las voces aludidas. La grave era de francés. Pudo distinguir varias palabras. Parecía como si este individuo reconviniera a otro. En cambio, no pudo comprender nada de la voz aguda. Hablaba rápidamente y de forma entrecortada. Supone que esta voz fuera la de un ruso. Corrobora también las declaraciones generales. Es italiano. No ha hablado nunca con ningún ruso.
»Interrogados de nuevo algunos testigos, certificaron que las chimeneas de todas las habitaciones del cuarto piso eran demasiado estrechas para que permitieran el paso de una persona. Cuando hablaron de "deshollinadores", se refirieron a las escobillas cilíndricas que con ese objeto usan los limpiachimeneas. Las escobillas fueron pasadas de arriba abajo por todos los tubos de la casa. En la parte posterior de ésta no hay paso alguno por donde alguien hubiese podido bajar mientras el grupo subía las escaleras. El cuerpo de Mademoiselle L'Espanaye estaba tan fuertemente introducido en la chimenea, que no pudo ser extraído de allí sino con la ayuda de cinco hombres.
»Paul Dumas, médico, declara que fue llamado hacia el amanecer para examinar los cadáveres. Yacían entonces los dos sobre las correas de la armadura de la cama, en la habitación donde fue encontrada Mademoiselle L'Espanaye. El cuerpo de la joven estaba muy magullado y lleno de excoriaciones. Se explican suficientemente estas circunstancias por haber sido empujado hacia arriba en la chimenea. Sobre todo, la garganta presentaba grandes excoriaciones. Tenía también profundos arañazos bajo la barbilla, al lado de una serie de lívidas manchas que eran, evidentemente, impresiones de dedos. El rostro se hallaba horriblemente descolorido, y los ojos fuera de sus órbitas. La lengua había sido mordida y seccionada parcialmente. Sobre el estómago se descubrió una gran magulladura, producida, según se supone, por la presión de una rodilla. Según Monsieur Dumas, Mademoiselle L'Espanaye había sido estrangulada por alguna persona o personas desconocidas. El cuerpo de su madre estaba horriblemente mutilado. Todos los huesos de la pierna derecha y del brazo estaban, poco o mucho, quebrantados. La tibia izquierda, igual que las costillas del mismo lado, estaban hechas astillas. Tenía todo el cuerpo con espantosas magulladuras y descolorido. Es imposible certificar cómo fueron producidas aquellas heridas. Tal vez un pesado garrote de madera, o una gran barra de hierro —alguna silla—, o una herramienta ancha, pesada y roma, podría haber producido resultados semejantes. Pero siempre que hubieran sido manejados por un hombre muy fuerte. Ninguna mujer podría haber causado aquellos golpes con clase alguna de arma. Cuando el testigo la vio, la cabeza de la muerta estaba totalmente separada del cuerpo y, además, destrozada. Evidentemente, la garganta había sido seccionada con un instrumento afiladísimo, probablemente una navaja barbera.
»Alexandre Etienne, cirujano, declara haber sido llamado al mismo tiempo que el doctor Dumas, para examinar los cuerpos. Corroboró la declaración y las opiniones de éste.
»No han podido obtenerse más pormenores importantes en otros interrogatorios. Un crimen tan extraño y tan complicado en todos sus aspectos no había sido cometido jamás en París, en el caso de que se trate realmente de un crimen. La Policía carece totalmente de rastro, circunstancia rarísima en asuntos de tal naturaleza. Puede asegurarse, pues, que no existe la menor pista.»
En la edición de la tarde, afirmaba el periódico que reinaba todavía gran excitación en el quartier Saint Roch; que, de nuevo, se habían investigado cuidadosamente las circunstancias del crimen, pero que no se había obtenido ningún resultado. A última hora anunciaba una noticia que Adolphe Le Bon había sido detenido y encarcelado; pero ninguna de las circunstancias ya expuestas parecía acusarle.
Dupin demostró estar particularmente interesado en el desarrollo de aquel asunto; cuando menos, así lo deducía yo por su conducta, porque no hacía ningún comentario. Tan sólo después de haber sido encarcelado Le Bon me preguntó mi parecer sobre aquellos asesinatos.
Yo no pude expresarle sino mi conformidad con todo el público parisiense, considerando aquel crimen como un misterio insoluble. No acertaba a ver el modo en que pudiera darse con el asesino.
—Por interrogatorios tan superficiales no podemos juzgar nada con respecto al modo de encontrarlo —dijo Dupin—. La Policía de París, tan elogiada por su perspicacia, es astuta, pero nada más. No hay más método en sus diligencias que el que las circunstancias sugieren. Exhiben siempre las medidas tomadas, pero con frecuencia ocurre que son tan poco apropiadas a los fines propuestos que nos hacen pensar en Monsieur Jourdain pidiendo su robede chambre, pour mieux entendre la musique. A veces no dejan de ser sorprendentes los resultados obtenidos. Pero, en su mayor parte, se consiguen por mera insistencia y actividad. Cuando resultan ineficaces tales procedimientos, fallan todos sus planes. Vidocq, por ejemplo, era un excelente adivinador y un hombre perseverante; pero como su inteligencia carecía de educación, se equivocaba con frecuencia por la misma intensidad de sus investigaciones. Disminuía el poder de su visión por mirar el objeto tan de cerca. Era capaz de ver, probablemente, una o dos circunstancias con una poco corriente claridad; pero al hacerlo perdía necesariamente la visión total del asunto. Esto puede decirse que es el defecto de ser demasiado profundo. La verdad no está siempre en el fondo de un pozo. En realidad, yo pienso que, en cuanto a lo que más importa conocer, es invariablemente superficial. La profundidad se encuentra en los valles donde la buscamos, pero no en las cumbres de las montañas, que es donde la vemos. Las variedades y orígenes de esta especie de error tienen un magnífico ejemplo en la contemplación de los cuerpos celestes. Dirigir a una estrella una rápida ojeada, examinarla oblicuamente, volviendo hacia ella las partes exteriores de la retina (que son más sensibles a las débiles impresiones de la luz que las anteriores), es contemplar la estrella distintamente, obtener la más exacta apreciación de su brillo, brillo que se oscurece a medida que volvemos nuestra visión de lleno hacía ella. En el último caso, caen en los ojos mayor número de rayos, pero en el primero se obtiene una receptibilidad más afinada. Con una extrema profundidad, embrollamos y debilitamos el pensamiento, y aun lo confundimos. Podemos, incluso, lograr que Venus se desvanezca del firmamento si le dirigimos una atención demasiado sostenida, demasiado concentrada o demasiado directa.
»Por lo que respecta a estos asesinatos, examinemos algunas investigaciones por nuestra cuenta, antes de formar de ellos una opinión. Una investigación como ésta nos procurará una buena diversión —a mí me pareció impropia esta última palabra, aplicada al presente caso, pero no dije nada—, y, por otra parte, Le Bon ha comenzado por prestarme un servicio y quiero demostrarle que no soy un ingrato. Iremos al lugar del suceso y lo examinaremos con nuestros propios ojos. Conozco a G..., el prefecto de Policía, y no me será difícil conseguir el permiso necesario.
Nos fue concedida la autorización, y nos dirigimos inmediatamente a la rue Morgue. Es ésta una de esas miserables callejuelas que unen la rue Richelieu y la de Saint Roch. Cuando llegamos a ella, eran ya las últimas horas de la tarde, porque este barrio se encuentra situado a gran distancia de aquel en que nosotros vivíamos. Pronto hallamos la casa; aún había frente a ella varias personas mirando con vana curiosidad las ventanas cerradas. Era una casa como tantas de París. Tenía una puerta principal, y en uno de sus lados había una casilla de cristales con un bastidor corredizo en la ventanilla, y parecía ser la loge de concierge . Antes de entrar nos dirigimos calle arriba, y, torciendo de nuevo, pasamos a la fachada posterior del edificio. Dupin examinó durante todo este rato los alrededores, así como la casa, con una atención tan cuidadosa, que me era imposible comprender su finalidad.
Volvimos luego sobre nuestros pasos, y llegamos ante la fachada de la casa. Llamamos a la puerta, y después de mostrar nuestro permiso, los agentes de guardia nos permitieron la entrada. Subimos las escaleras, hasta llegar a la habitación donde había sido encontrado el cuerpo de Mademoiselle L'Espanaye y donde se hallaban aún los dos cadáveres. Como de costumbre, había sido respetado el desorden de la habitación. Nada vi de lo que se había publicado en la Gazette des Tribunaux. Dupin lo analizaba todo minuciosamente, sin exceptuar los cuerpos de las víctimas. Pasamos inmediatamente a otras habitaciones, y bajamos luego al patio. Un gendarme nos acompañó a todas partes, y la investigación nos ocupó hasta el anochecer, marchándonos entonces. De regreso a nuestra casa, mi compañero se detuvo unos minutos en las oficinas de un periódico.
He dicho ya que las rarezas de mi amigo eran muy diversas y que je les menageais: esta frase no tiene equivalente en inglés. Hasta el día siguiente, a mediodía, rehusó toda conversación sobre los asesinatos. Entonces me preguntó de pronto si yo había observado algo particular en el lugar del hecho.
En su manera de pronunciar la palabra «particular» había algo que me produjo un estremecimiento sin saber por qué.
—No, nada de particular —le dije—; por lo menos, nada más de lo que ya sabemos por el periódico.
—Mucho me temo —me replicó— que la Gazette no haya logrado penetrar en el insólito horror del asunto. Pero dejemos las necias opiniones de este papelucho. Yo creo que si este misterio se ha considerado como insoluble, por la misma razón debería de ser fácil de resolver, y me refiero al outre carácter de sus circunstancias. La Policía se ha confundido por la ausencia aparente de motivos que justifiquen, no el crimen, sino la atrocidad con que ha sido cometido. Asimismo, les confunde la aparente imposibilidad de conciliar las voces que disputaban con la circunstancia de no haber hallado arriba sino a Mademoiselle L'Espanaye, asesinada, y no encontrar la forma de que nadie saliera del piso sin ser visto por las personas que subían por las escaleras. El extraño desorden de la habitación; el cadáver metido con la cabeza hacia abajo en la chimenea; la mutilación espantosa del cuerpo de la anciana, todas estas consideraciones, con las ya descritas y otras no dignas de mención, han sido suficientes para paralizar sus facultades, haciendo que fracasara por completo la tan cacareada perspicacia de los agentes del Gobierno. Han caído en el grande aunque común error de confundir lo insólito con lo abstruso. Pero precisamente por estas desviaciones de lo normal es por donde ha de hallar la razón su camino en la investigación de la verdad, en el caso de que ese hallazgo sea posible. En investigaciones como la que estamos realizando ahora, no hemos de preguntarnos tanto «qué ha ocurrido» como «qué ha ocurrido que no había ocurrido jamás hasta ahora». Realmente la sencillez con que yo he de llegar o he llegado ya a la solución de este misterio, se halla en razón directa con su aparente falta de solución en el criterio de la Policía.
Con mudo asombro, contemplé a mi amigo.
—Estoy esperando ahora —continuó diciéndome mirando a la puerta de nuestra habitación— a un individuo que aun cuando probablemente no ha cometido esta carnicería bien puede estar, en cierta medida, complicado en ella. Es probable que resulte inocente de la parte más desagradable de los crímenes cometidos. Creo no equivocarme en esta suposición, porque en ella se funda mi esperanza de descubrir el misterio. Espero a este individuo aquí en esta habitación y de un momento a otro. Cierto es que puede no venir, pero lo probable es que venga. Si viene, hay que detenerlo. Aquí hay unas pistolas, y los dos sabemos cómo usarlas cuando las circunstancias lo requieren.
Sin saber lo que hacía, ni lo que oía, tomé las pistolas, mientras Dupin continuaba hablando como si monologara. Se dirigían sus palabras a mí pero su voz no muy alta, tenía esa entonación empleada frecuentemente al hablar con una persona que se halla un poco distante. Sus pupilas inexpresivas miraban fijamente hacia la pared.
—La experiencia ha demostrado plenamente que las voces que disputaban —dijo—, oídas por quienes subían las escaleras, no eran las de las dos mujeres. Este hecho descarta el que la anciana hubiese matado primeramente a su hija y se hubiera suicidado después. Hablo de esto únicamente por respeto al método; porque, además, la fuerza de Madame L'Espanaye no hubiera conseguido nunca arrastrar el cuerpo de su hija por la chimenea arriba tal como fue hallado. Por otra parte, la naturaleza de las heridas excluye totalmente la idea del suicidio. Por tanto, el asesinato ha sido cometido por terceras personas, y las voces de éstas son las que se oyeron disputar. Permítame que le haga notar no todo lo que se ha declarado con respecto a estas voces, sino lo que hay de particular en las declaraciones. ¿No ha observado usted nada en ellas?
Yo le dije que había observado que mientras todos los testigos coincidían en que la voz grave era de un francés, había un gran desacuerdo por lo que respecta a la voz aguda, o áspera, como uno de ellos la había calificado.
—Esto es evidencia pura —dijo—, pero no lo particular de esa evidencia. Usted no ha observado nada característico, pero, no obstante había algo que observar. Como ha notado usted los testigos estuvieron de acuerdo en cuanto a la voz grave. En ello había unanimidad. Pero lo que respecta a la voz aguda consiste su particularidad, no en el desacuerdo, sino en que, cuando un italiano, un inglés, un español, un holandés y un francés intentan describirla cada uno de ellos opina que era la de un extranjero. Cada uno está seguro de que no es la de un compatriota, y cada uno la compara, no a la de un hombre de una nación cualquiera cuyo lenguaje conoce, sino todo lo contrario. Supone el francés que era la voz de un español y que «hubiese podido distinguir algunas palabras de haber estado familiarizado con el español». El holandés sostiene que fue la de un francés, pero sabemos que, por «no conocer este idioma, el testigo había sido interrogado por un intérprete». Supone el inglés que la voz fue la de un alemán; pero añade que «no entiende el alemán». El español «está seguro» de que es la de un inglés, pero tan sólo «lo cree por la entonación, ya que no tiene ningún conocimiento del idioma». El italiano cree que es la voz de un ruso, pero «jamás ha tenido conversación alguna con un ruso». Otro francés difiere del primero, y está seguro de que la voz era de un italiano; pero aunque no conoce este idioma, está, como el español, «seguro de ello por su entonación». Ahora bien, ¡cuán extraña debía de ser aquella voz para que tales testimonios pudieran darse de ella, en cuyas inflexiones, ciudadanos de cinco grandes naciones europeas, no pueden reconocer nada que les sea familiar! Tal vez usted diga que puede muy bien haber sido la voz de un asiático o la de un africano; pero ni los asiáticos ni los africanos se ven frecuentemente por París. Pero, sin decir que esto sea posible, quiero ahora dirigir su atención sobre tres puntos. Uno de los testigos describe aquella voz como «más áspera que aguda»; otros dicen que es «rápida y desigual»; en este caso, no hubo palabras (ni sonidos que se parezcan a ella), que ningún testigo mencionara como inteligibles.
»Ignoro qué impresión —continuó Dupin— puedo haber causado en su entendimiento, pero no dudo en manifestar que las legítimas deducciones efectuadas con sólo esta parte de los testimonios conseguidos (la que se refiere a las voces graves y agudas), bastan por sí mismas para motivar una sospecha que bien puede dirigirnos en todo ulterior avance en la investigación de este misterio. He dicho «legítimas deducciones», pero así no queda del todo explicada mi intención. Quiero únicamente manifestar que esas deducciones son las únicas apropiadas, y que mi sospecha se origina inevitablemente en ellas como una conclusión única. No diré todavía cuál es esa sospecha. Tan sólo deseo hacerle comprender a usted que para mí tiene fuerza bastante para dar definida forma (determinada tendencia) a mis investigaciones en aquella habitación.
»Mentalmente, trasladémonos a ella. ¿Qué es lo primero que hemos de buscar allí? Los medios de evasión utilizados por los asesinos. No hay necesidad de decir que ninguno de los dos creemos en este momento en acontecimientos sobrenaturales. Madame y Mademoiselle L'Espanaye no han sido, evidentemente, asesinadas por espíritus. Quienes han cometido el crimen fueron seres materiales y escaparon por procedimientos materiales. ¿De qué modo? Afortunadamente, sólo hay una forma de razonar con respecto a este punto, y éste habrá de llevarnos a una solución precisa. Examinemos, pues, uno por uno, los posibles medios de evasión. Cierto es que los asesinos se encontraban en la alcoba donde fue hallada Mademoiselle L'Espanaye, o, cuando menos, en la contigua, cuando las personas subían las escaleras. Por tanto, sólo hay que investigar las salidas de estas dos habitaciones. La Policía ha dejado al descubierto los pavimentos, los techos y la mampostería de las paredes en todas partes. A su vigilancia no hubieran podido escapar determinadas salidas secretas. Pero yo no me fiaba de sus ojos y he querido examinarlo con los míos. En efecto, no había salida secreta. Las puertas de las habitaciones que daban al pasillo estaban cerradas perfectamente por dentro. Veamos las chimeneas. Aunque de anchura normal hasta una altura de ocho o diez pies sobre los hogares, no puede, en toda su longitud, ni siquiera dar cabida a un gato corpulento. La imposibilidad de salida por los ya indicados medios es, por tanto, absoluta. Así, pues, no nos quedan más que las ventanas. Por la de la alcoba que da a la fachada principal no hubiera podido escapar nadie sin que la muchedumbre que había en la calle lo hubiese notado. Por tanto, los asesinos han de haber pasado por las de la habitación posterior. Llevados, pues, de estas deducciones y, de forma tan inequívoca, a esta conclusión, no podemos, según un minucioso razonamiento, rechazarla, teniendo en cuenta aparentes imposibilidades. Nos queda sólo por demostrar que esas aparentes «imposibilidades» en realidad no lo son.
»En la habitación hay dos ventanas. Una de ellas no se halla obstruida por los muebles, y está completamente visible. La parte inferior de la otra la oculta a la vista la cabecera de la pesada armazón del lecho, estrechamente pegada a ella. La primera de las dos ventanas está fuertemente cerrada y asegurada por dentro. Resistió a los más violentos esfuerzos de quienes intentaron levantarla. En la parte izquierda de su marco veíase un gran agujero practicado con una barrena, y un clavo muy grueso hundido en él hasta la cabeza. Al examinar la otra ventana se encontró otro clavo semejante, clavado de la misma forma, y un vigoroso esfuerzo para separar el marco fracasó también. La Policía se convenció entonces de que por ese camino no se había efectuado la salida, y por esta razón consideró superfluo quitar aquellos clavos y abrir las ventanas.
»Mi examen fue más minucioso, por la razón que acabo ya de decir, ya que sabía era preciso probar que todas aquellas aparentes imposibilidades no lo eran realmente.
Continué razonando así a posteriori. Los asesinos han debido de escapar por una de estas ventanas. Suponiendo esto, no es fácil que pudieran haberlas sujetado por dentro, como se las ha encontrado, consideración que, por su evidencia, paralizó las investigaciones de la Policía en este aspecto. No obstante, las ventanas estaban cerradas y aseguradas. Era, pues, preciso que pudieran cerrarse por sí mismas. No había modo de escapar a esta conclusión. Fui directamente a la ventana no obstruida, y con cierta dificultad extraje el clavo y traté de levantar el marco. Como yo suponía, resistió a todos los esfuerzos. Había, pues, evidentemente, un resorte escondido, y este hecho, corroborado por mi idea, me convenció de que mis premisas, por muy misteriosas que apareciesen las circunstancias relativas a los clavos, eran correctas. Una minuciosa investigación me hizo descubrir pronto el oculto resorte. Lo oprimí y, satisfecho con mi descubrimiento, me abstuve de abrir la ventana.
»Volví entonces a colocar el clavo en su sitio, después de haberlo examinado atentamente. Una persona que hubiera pasado por aquella ventana podía haberla cerrado y haber funcionado solo el resorte. Pero el clavo no podía haber sido colocado. Esta conclusión está clarisima, y restringía mucho el campo de mis investigaciones. Los asesinos debían, por tanto, de haber escapado por la otra ventana. Suponiendo que los dos resortes fueran iguales, como era posible, debía, pues, de haber una diferencia entre los clavos, o, por lo menos, en su colocación. Me subí sobre las correas de la armadura del lecho, y por encima de su cabecera examiné minuciosamente la segunda ventana. Pasando la mano por detrás de la madera, descubrí y apreté el resorte, que, como yo había supuesto, era idéntico al anterior. Entonces examiné el clavo. Era del mismo grueso que el otro, y aparentemente estaba clavado de la misma forma, hundido casi hasta la cabeza.
»Tal vez diga usted que me quedé perplejo; pero si piensa semejante cosa es que no ha comprendido bien la naturaleza de mis deducciones. Sirviéndome de un término deportivo, no me he encontrado ni una vez «en falta». El rastro no se ha perdido ni un solo instante. En ningún eslabón de la cadena ha habido un defecto. Hasta su última consecuencia he seguido el secreto. Y la consecuencia era el clavo. En todos sus aspectos, he dicho, aparentaba ser análogo al de la otra ventana; pero todo esto era nada (tan decisivo como parecía) comparado con la consideración de que en aquel punto terminaba mi pista. «Debe de haber algún defecto en este clavo», me dije. Lo toqué, y su cabeza, con casi un cuarto de su espiga, se me quedó en la mano. El resto quedó en el orificio donde se había roto. La rotura era antigua, como se deducía del óxido de sus bordes, y, al parecer, había sido producido por un martillazo que hundió una parte de la cabeza del clavo en la superficie del marco. Volví entonces a colocar cuidadosamente aquella parte en el lugar de donde la había separado, y su semejanza con un clavo intacto fue completa. La rotura era inapreciable. Apreté el resorte y levanté suavemente el marco unas pulgadas. Con él subió la cabeza del clavo, quedando fija en su agujero. Cerré la ventana, y fue otra vez perfecta la apariencia del clavo entero.
»Hasta aquí estaba resuelto el enigma. El asesino había huido por la ventana situada a la cabecera del lecho. Al bajar por sí misma, luego de haber escapado por ella, o tal vez al ser cerrada deliberadamente, se había quedado sujeta por el resorte, y la sujeción de éste había engañado a la Policía, confundiéndola con la del clavo, por lo cual se había considerado innecesario proseguir la investigación.
»El problema era ahora saber cómo había bajado el asesino. Sobre este punto me sentía satisfecho de mi paseo en torno al edificio. Aproximadamente a cinco pies y medio de la ventana en cuestión, pasa la cadena de un pararrayos. Por ésta hubiera sido imposible a cualquiera llegar hasta la ventana, y ya no digamos entrar. Sin embargo, al examinar los postigos del cuarto piso, vi que eran de una especie particular, que los carpinteros parisienses llaman ferrades, especie poco usada hoy, pero hallada frecuentemente en las casas antiguas de Lyon y Burdeos. Tienen la forma de una puerta normal (sencilla y no de dobles batientes), excepto que su mitad superior está enrejada o trabajada a modo de celosía, por lo que ofrece un asidero excelente para las manos. En el caso en cuestión, estos postigos tienen una anchura de tres pies y medio, más o menos. Cuando los vimos desde la parte posterior de la casa, los dos estaban abiertos hasta la mitad; es decir, formaban con la pared un ángulo recto. Es probable que la Policía haya examinado, como yo, la parte posterior del edificio; pero al mirar las ferrades en el sentido de su anchura (como deben de haberlo hecho), no se han dado cuenta de la dimensión en este sentido, o cuando menos no le han dado la necesaria importancia. En realidad, una vez se convencieron de que no podía efectuarse la huida por aquel lado, no lo examinaron sino superficialmente. Sin embargo, para mí era claro que el postigo que pertenecía a la ventana situada a la cabecera de la cama, si se abría totalmente, hasta que tocara la pared, llegaría hasta unos dos pies de la cadena del pararrayos. También estaba claro que con el esfuerzo de una energía y un valor insólitos podía muy bien haberse entrado por aquella ventana con ayuda de la cadena. Llegado a aquella distancia de dos pies y medio (supongamos ahora abierto el postigo), un ladrón hubiese podido encontrar en el enrejada un sólido asidero, para que luego, desde él, soltando la cadena y apoyando bien los pies contra la pared, pudiera lanzarse rápidamente, caer en la habitación y atraer hacia sí violentamente el postigo, de modo que se cerrase, y suponiendo, desde luego, que se hallara siempre la ventana abierta.
»Tenga usted en cuenta que me he referido a una energía insólita, necesaria para llevar a cabo con éxito una empresa tan arriesgada y difícil. Mi propósito es el de demostrarle, en primer lugar, que el hecho podía realizarse, y en segundo, y muy principalmente, llamar su atención sobre el carácter extraordinario, casi sobrenatural, de la agilidad necesaria para su ejecución.
»Me replicará usted, sin duda, valiéndose del lenguaje de la ley, que para «defender mi causa» debiera más bien prescindir de la energía requerida en ese caso antes que insistir en valorarla exactamente. Esto es realizable en la práctica forense, pero no en la razón. Mi objetivo final es la verdad tan sólo, y mi propósito inmediato conducir a usted a que compare esa insólita energía de que acabo de hablarle con la peculiarísima voz aguda (o áspera), y desigual, con respecto a cuya nacionalidad no se han hallado siquiera dos testigos que estuviesen de acuerdo, y en cuya pronunciación no ha sido posible descubrir una sola sílaba.
A estas palabras comenzó a formarse en mi espíritu una vaga idea de lo que pensaba Dupin. Me parecía llegar al límite de la comprensión, sin que todavía pudiera entender, lo mismo que esas personas que se encuentran algunas veces al borde de un recuerdo y no son capaces de llegar a conseguirlo. Mi amigo continuó su razonamiento.
—Habrá usted visto —dijo— que he retrotraído la cuestión del modo de salir al de entrar. Mi plan es demostrarle que ambas cosas se han efectuado de la misma manera y por el mismo sitio. Volvamos ahora al interior de la habitación. Estudiemos todos sus aspectos. Según se ha dicho, los cajones de la cómoda han sido saqueados, aunque han quedado en ellos algunas prendas de vestir. Esta conclusión es absurda. Es una simple conjetura, muy necia, por cierto, y nada más. ¿Cómo es posible saber que todos esos objetos encontrados en los cajones no eran todo lo que contenían? Madame L'Espanaye y su hija vivían una vida excesivamente retirada. No se trataban con nadie, salían rara vez y, por consiguiente, tenían pocas ocasiones para cambiar de vestido. Los objetos que se han encontrado eran de tan buena calidad, por lo menos, como cualquiera de los que posiblemente hubiesen poseído esas señoras. Si un ladrón hubiera cogido alguno, ¿por qué no los mejores, o por qué no todos? En fin, ¿hubiese abandonado cuatro mil francos en oro para cargar con un fardo de ropa blanca? El oro fue abandonado. Casi la totalidad de la suma mencionada por Monsieur Mignaud, el banquero, ha sido hallada en el suelo, en los saquitos. Insisto, por tanto, en querer descartar de su pensamiento la idea desatinada de un motivo, engendrada en el cerebro de la Policía por esa declaración que se refiere a dinero entregado a la puerta de la casa. Coincidencias diez veces más notables que ésta (entrega del dinero y asesinato, tres días más tarde, de la persona que lo recibe) se presentan constantemente en nuestra vida sin despertar siquiera nuestra atención momentánea. Por lo general las coincidencias son otros tantos motivos de error en el camino de esa clase de pensadores educados de tal modo que nada saben de la teoría de probabilidades, esa teoría a la cual las más memorables conquistas de la civilización humana deben lo más glorioso de su saber. En este caso, si el oro hubiera desaparecido, el hecho de haber sido entregado tres días antes hubiese podido parecer algo más que una coincidencia. Corroboraría la idea de un motivo. Pero, dadas las circunstancias reales del caso, si hemos de suponer que el oro ha sido el móvil del hecho, también debemos imaginar que quien lo ha cometido ha sido tan vacilante y tan idiota que ha abandonado al mismo tiempo el oro y el motivo.
»Fijados bien en nuestro pensamiento los puntos sobre los cuales he llamado su atención (la voz peculiar, la insólita agilidad y la sorprendente falta de motivo en un crimen de una atrocidad tan singular como éste), examinemos por sí misma esta carnicería. Nos encontramos con una mujer estrangulada con las manos y metida cabeza abajo en una chimenea. Normalmente, los criminales no emplean semejante procedimiento de asesinato. En el violento modo de introducir el cuerpo en la chimenea habrá usted de admitir que hay algo excesivamente exagerado, algo que está en desacuerdo con nuestras corrientes nociones respecto a los actos humanos, aun cuando supongamos que los autores de este crimen sean los seres más depravados. Por otra parte, piense usted cuán enorme debe de haber sido la fuerza que logró introducir tan violentamente el cuerpo hacia arriba en una abertura como aquélla, por cuanto los esfuerzos unidos de varias personas apenas si lograron sacarlo de ella.
»Fijemos ahora nuestra atención en otros indicios que ponen de manifiesto este vigor maravilloso. Había en el hogar unos espesos mechones de grises cabellos humanos. Habían sido arrancados de cuajo. Sabe usted la fuerza que es necesaria para arrancar de la cabeza, aun cuando no sean más que veinte o treinta cabellos a la vez. Usted habrá visto tan bien como yo aquellos mechones. Sus raíces (¡qué espantoso espectáculo!) tenían adheridos fragmentos de cuero cabelludo, segura prueba de la prodigiosa fuerza que ha sido necesaria para arrancar tal vez un millar de cabellos a la vez. La garganta de la anciana no sólo estaba cortada, sino que tenía la cabeza completamente separada del cuerpo, y el instrumento para esta operación fue una sencilla navaja barbera. Le ruego que se fije también en la brutal ferocidad de tal acto. No es necesario hablar de las magulladuras que aparecieron en el cuerpo de Madame L'Espanaye. Monsieur Dumas y su honorable colega Monsieur Etienne han declarado que habían sido producidas por un instrumento romo. En ello, estos señores están en lo cierto. El instrumento ha sido, sin duda alguna, el pavimento del patio sobre el que la víctima ha caído desde la ventana situada encima del lecho. Por muy sencilla que parezca ahora esta idea, escapó a la Policía, por la misma razón que le impidió notar la anchura de los postigos, porque, dada la circunstancia de los clavos, su percepción estaba herméticamente cerrada a la idea de que las ventanas hubieran podido ser abiertas.
»Si ahora, como añadidura a todo esto, ha reflexionado usted bien acerca del extraño desorden de la habitación, hemos llegado ya al punto de combinar las ideas de agilidad maravillosa, fuerza sobrehumana, bestial ferocidad, carnicería sin motivo, una grotesquerie en lo horrible, extraña en absoluto a la humanidad, y una voz extranjera por su acento para los oídos de hombres de distintas naciones y desprovista de todo silabeo que pudieran advertirse distinta e inteligiblemente. ¿Qué se deduce de todo ello? ¿Cuál es la impresión que ha producido en su imaginación?
Al hacerme Dupin esta pregunta, sentí un escalofrío.
—Un loco ha cometido ese crimen —dije—, algún lunático furioso que se habrá escapado de alguna Maison de Santé vecina.
—En algunos aspectos —me contestó— no es desacertada su idea. Pero hasta en sus más feroces paroxismos, las voces de los locos no se parecen nunca a esa voz peculiar oída desde la calle. Los locos pertenecen a una nación cualquiera, y su lenguaje, aunque incoherente, es siempre articulado. Por otra parte, el cabello de un loco no se parece al que yo tengo en la mano. De los dedos rígidamente crispados de Madame L'Espanaye he desenredado esté pequeño mechón. ¿Qué puede usted deducir de esto?
—Dupin —exclamé, completamente desalentado—, ¡qué cabello más raro! No es un cabello humano.
—Yo no he dicho que lo fuera —me contestó—. Pero antes de decidir con respecto a este particular, le ruego que examine este pequeño diseño que he trazado en un trozo de papel. Es un facsímil que representa lo que una parte de los testigos han declarado como cárdenas magulladuras y profundos rasguños producidos por las uñas en el cuello de Mademoiselle L'Espanaye, y que los doctores Dumas y Etienne llaman una serie de manchas lívidas evidentemente producidas por la impresión de los dedos.
Comprenderá usted —continuó mi amigo, desdoblando el papel sobre la mesa y ante nuestros ojos —que este dibujo da idea de una presión firme y poderosa. Aquí no hay deslizamiento visible. Cada dedo ha conservado, quizás hasta la muerte de la víctima, la terrible presa en la cual se ha moldeado. Pruebe usted ahora de colocar sus dedos, todos a un tiempo, en las respectivas impresiones, tal como las ve usted aquí.
Lo intenté en vano.
—Es posible —continuó— que no efectuemos esta experiencia de un modo decisivo. El papel está desplegado sobre una superficie plana, y la garganta humana es cilíndrica. Pero aquí tenemos un tronco cuya circunferencia es, poco más o menos, la de la garganta. Arrolle a su superficie este diseño y volvamos a efectuar la experiencia.
Lo hice así, pero la dificultad fue todavía más evidente que la primera vez.
—Esta —dije— no es la huella de una mano humana.
—Ahora, lea este pasaje de Cuvier —continuó Dupin.
Era una historia anatómica, minuciosa y general, del gran orangután salvaje de las islas de la India Oriental. Son harto conocidas de todo el mundo la gigantesca estatura, la fuerza y agilidad prodigiosas, la ferocidad salvaje y las facultades de imitación de estos mamíferos. Comprendí entonces, de pronto, todo el horror de aquellos asesinatos.
—La descripción de los dedos —dije, cuando hube terminado la lectura— está perfectamente de acuerdo con este dibujo. Creo que ningún animal, excepto el orangután de la especie que aquí se menciona, puede haber dejado huellas como las que ha dibujado usted. Este mechón de pelo ralo tiene el mismo carácter que el del animal descrito por Cuvier. Pero no me es posible comprender las circunstancias de este espantoso misterio. Hay que tener en cuenta, además, que se oyeron disputar dos voces, e, indiscutiblemente, una de ellas pertenecía a un francés.
—Cierto, y recordará usted una expresión atribuida casi unánimemente a esa voz por los testigos; la expresión «Mon Dieu». Y en tales circunstancias, uno de los testigos (Montani, el confitero) la identificó como expresión de protesta o reconvención. Por tanto, yo he fundado en estas voces mis esperanzas de la completa solución de este misterio. Indudablemente, un francés conoce el asesinato. Es posible, y en realidad, más que posible, probable, que él sea inocente de toda participación en los hechos sangrientos que han ocurrido. Puede habérsele escapado el orangután, y puede haber seguido su rastro hasta la habitación. Pero, dadas las agitadas circunstancias que se hubieran producido, pudo no haberle sido posible capturarle de nuevo. Todavía anda suelto el animal. No es mi propósito continuar estas conjeturas, y las califico así porque no tengo derecho a llamarlas de otro modo, ya que los atisbos de reflexión en que se fundan apenas alcanzan la suficiente base para ser apreciables incluso para mi propia inteligencia, y, además, porque no puedo hacerlas inteligibles para la comprensión de otra persona. Llamémoslas, pues, conjeturas, y considerémoslas así. Si, como yo supongo, el francés a que me refiero es inocente de tal atrocidad, este anuncio que, a nuestro regreso, dejé en las oficinas de Le Monde, un periódico consagrado a intereses marítimos y muy buscado por los marineros, nos lo traerá a casa.
Me entregó el periódico, y leí:
CAPTURA
En el Bois de Boulogne se ha encontrado a primeras horas de la mañana del día... de los corrientes (la mañana del crimen), un enorme orangután de la especie de Borneo. Su propietario (que se sabe es un marino perteneciente a la tripulación de un navío maltés) podrá recuperar el animal, previa su identificación, pagando algunos pequeños gestos ocasionados por su captura y manutención. Dirigirse al número... de la rue... faubourg Saint Germain... tercero.
—¿Cómo ha podido usted saber —le pregunté a Dupin— que el individuo de que se trata es marinero y está enrolado en un navío maltés?
—Yo no lo conozco —repuso Dupin—. No estoy seguro de que exista. Pero tengo aquí este pedacito de cinta que, a juzgar por su forma y su grasiento aspecto, ha sido usada, evidentemente, para anudar los cabellos en forma de esas largas guerres a que tan aficionados son los marineros. Por otra parte, este lazo saben anudarlo muy pocas personas, y es característico de los malteses. Recogí esta cinta al pie de la cadena del pararrayos. No puede pertenecer a ninguna de las dos víctimas. Todo lo más, si me he equivocado en mis deducciones con respecto a este lazo, es decir, pensando que ese francés sea un marinero enrolado en un navío maltés, no habré perjudicado a nadie diciendo lo que he dicho en el anuncio. Si me he equivocado, supondrá él que algunas circunstancias me engañaron, y no se tomará el trabajo de inquirirlas. Pero, si acierto, habremos dado un paso muy importante. Aunque inocente del crimen, el francés habrá de conocerlo, y vacilará entre si debe responder o no al anuncio y reclamar o no al orangután.
Sus razonamientos serán los siguientes: «Soy inocente; soy pobre; mi orangután vale mucho dinero, una verdadera fortuna para un hombre que se encuentra en mi situación. ¿Por qué he de perderlo por un vano temor al peligro? Lo tengo aquí, a mi alcance. Lo encontraron en el Bois de Boulogne, a mucha distancia del escenario de aquel crimen. ¿Quién sospecharía que un animal ha cometido semejante acción? La Policía está despistada. No ha obtenido el menor indicio. Dado el caso de que sospecharan del animal, será imposible demostrar que yo tengo conocimiento del crimen, ni mezclarme en él por el solo hecho de conocerlo. Además, me conocen. El anunciante me señala como dueño del animal. No sé hasta qué punto llega este conocimiento. Si soslayo el reclamar una propiedad de tanto valor y que, además, se sabe que es mía, concluiré haciendo sospechoso al animal. No es prudente llamar la atención sobre mí ni sobre él. Contestaré, por tanto, a este anuncio, recobraré mi orangután y le encerraré hasta que se haya olvidado por completo este asunto.»
En este instante oímos pasos en la escalera.
—Esté preparado —me dijo Dupin—. Coja sus pistolas, pero no haga uso de ellas, ni las enseñe, hasta que yo le haga una señal.
Habíamos dejado abierta la puerta principal de la casa. El visitante entró sin llamar y subió algunos peldaños de la escalera. Ahora, sin embargo, parecía vacilar. Le oímos descender. Dupin se precipitó hacia la puerta, pero en aquel instante le oímos subir de nuevo. Ahora ya no retrocedía por segunda vez, sino que subió con decisión y llamó a la puerta de nuestro piso.
—Adelante—dijo Dupin con voz satisfecha y alegre.
Entró un hombre. A no dudarlo, era un marinero; un hombre alto, fuerte, musculoso, con una expresión de arrogancia no del todo desagradable. Su rostro, muy atezado, estaba oculto en más de su mitad por las patillas y el mustachio. Estaba provisto de un grueso garrote de roble, y no parecía llevar otras armas. Saludó, inclinándose torpemente, pronunciando un «Buenas tardes» con acento francés, el cual, aunque, bastardeada levemente por el suizo, daba a conocer a las claras su origen parisiense.
—Siéntese, amigo —dijo Dupin—. Supongo que viene a reclamar su orangután. Le aseguro que casi se lo envidio. Es un hermoso animal, y, sin duda alguna, de mucho precio. ¿Qué edad cree usted que tiene?
El marinero suspiró hondamente, como quien se libra de un peso intolerable, y contestó luego con voz firme:
—No puedo decírselo, pero no creo que tenga más de cuatro o cinco años. ¿Lo tiene usted aquí?
—¡Oh, no! Esta habitación no reúne condiciones para ello. Está en una cuadra de alquiler en la rue Dubourg, cerca de aquí. Mañana por la mañana, si usted quiere, podrá recuperarlo. Supongo que vendrá usted preparado para demostrar su propiedad.
—Sin duda alguna, señor.
—Mucho sentiré tener que separarme de él —dijo Dupin.
—No pretendo que se haya usted tomado tantas molestias para nada, señor —dijo el hombre—. Ni pensarlo. Estoy dispuesto a pagar una gratificación por el hallazgo del animal, mientras sea razonable.
—Bien —contestó mi amigo—. Todo esto es, sin duda, muy justo. Veamos. ¿Qué voy a pedirle? ¡Ah, ya sé! Se lo diré ahora. Mi gratificación será ésta: ha de decirme usted cuanto sepa con respecto a los asesinatos de la rue Morgue.
Estas últimas palabras las dijo Dupin en voz muy baja y con una gran tranquilidad. Con análoga tranquilidad se dirigió hacia la puerta, la cerró y se guardó la llave en el bolsillo. Luego sacó la pistola, y, sin mostrar agitación alguna, la dejó sobre la mesa.
La cara del marinero enrojeció como si se hallara en un arrebato de sofocación. Se levantó y empuñó su bastón. Pero inmediatamente se dejó caer sobre la silla, con un temblor convulsivo y con el rostro de un cadáver. No dijo una sola palabra, y le compadecí de todo corazón.
—Amigo mío —dijo Dupin bondadosamente—, le aseguro que se alarma usted sin motivo alguno. No es nuestro propósito causarle el menor daño. Le doy a usted mi palabra de honor de caballero y francés, que nuestra intención no es perjudicarle. Sé perfectamente que nada tiene usted que ver con las atrocidades de la rue Morgue. Sin embargo, no puedo negar que, en cierto modo, está usted complicado. Por cuanto le digo comprenderá usted perfectamente, que, con respecto a este punto, poseo excelentes medios de información, medios en los cuales no hubiera usted pensado jamás. El caso está ya claro para nosotros. Nada ha hecho usted que haya podido evitar. Naturalmente, nada que lo haga a usted culpable. Nadie puede acusarle de haber robado, pudiendo haberlo hecho con toda impunidad, y no tiene tampoco nada que ocultar. También carece de motivos para hacerlo. Además, por todos los principios del honor, está usted obligado a confesar cuanto sepa. Se ha encarcelado a un inocente a quien se acusa de un crimen cuyo autor solamente usted puede señalar.
Cuando Dupin hubo pronunciado estas palabras, ya el marinero había recobrado un poco su presencia de ánimo. Pero toda su arrogancia había desaparecido.
—¡Que Dios me ampare! —exclamó después de una breve pausa—. Le diré cuanto sepa sobre el asunto; pero estoy seguro de que no creerá usted ni la mitad siquiera. Estaría loco si lo creyera. Sin embargo, soy inocente, y aunque me cueste la vida le hablaré con franqueza.
En resumen, fue esto lo que nos contó:
Había hecho recientemente un viaje al archipiélago Indico. Él formaba parte de un grupo que desembarcó en Borneo, y pasó al interior para una excursión de placer. Entre éI y un compañero suyo habían dado captura al orangután. Su compañero murió, y el animal quedó de su exclusiva pertenencia. Después de muchas molestias producidas por la ferocidad indomable del cautivo, durante el viaje de regreso consiguió por fin alojarlo en su misma casa, en París, donde, para no atraer sobre él la curiosidad insoportable de los vecinos, lo recluyó cuidadosamente, con objeto de que curase de una herida que se había producido en un pie con una astilla, a bordo de su buque. Su proyecto era venderlo.
Una noche, o, mejor dicho, una mañana, la del crimen, al volver de una francachela celebrada con algunos marineros, encontró al animal en su alcoba. Se había escapado del cuarto contiguo, donde él creía tenerlo seguramente encerrado. Se hallaba sentado ante un espejo, teniendo una navaja de afeitar en una mano. Estaba todo enjabonado, intentando afeitarse, operación en la que probablemente había observado a su amo a través del ojo de la cerradura. Aterrado, viendo tan peligrosa arma en manos de un animal tan feroz y sabiéndole muy capaz de hacer uso de ella, el hombre no supo qué hacer durante un segundo. Frecuentemente había conseguido dominar al animal en sus accesos más furiosos utilizando un látigo, y recurrió a él también en aquella ocasión. Pero al ver el látigo, el orangután saltó de repente fuera de la habitación, echó a correr escaleras abajo, y, viendo una ventana, desgraciadamente abierta, salió a la calle.
El francés, desesperado, corrió tras él. El mono, sin soltar la navaja, se paraba de vez en cuando, se volvía y le hacía muecas, hasta que el hombre llegaba cerca de él; entonces escapaba de nuevo. La persecución duró así un buen rato. Se hallaban las calles en completa tranquilidad, porque serían las tres de la madrugada. Al descender por un pasaje situado detrás de la rue Morgue, la atención del fugitivo fue atraída por una luz procedente de la ventana abierta de la habitación de Madame L'Espanaye, en el cuarto piso. Se precipitó hacia la casa, y al ver la cadena del pararrayos, trepó ágilmente por ella, se agarró al postigo, que estaba abierto de par en par hasta la pared, y, apoyándose en ésta, se lanzó sobre la cabecera de la cama. Apenas si toda esta gimnasia duró un minuto. El orangután, al entrar en la habitación, había rechazado contra la pared el postigo, que de nuevo quedó abierto.
El marinero estaba entonces contento y perplejo. Tenía grandes esperanzas de capturar ahora al animal, que podría escapar difícilmente de la trampa donde se había metido, de no ser que lo hiciera por la cadena, donde él podría salirle al paso cuando descendiese. Por otra parte, le inquietaba grandemente lo que pudiera ocurrir en el interior de la casa, y esta última reflexión le decidió a seguir al fugitivo. Para un marinero no es difícil trepar por una cadena de pararrayos. Pero una vez hubo llegado a la altura de la ventana, cerrada entonces, se vio en la imposibilidad de alcanzarla. Todo lo que pudo hacer fue dirigir una rápida ojeada al interior de la habitación. Lo que vio le sobrecogió de tal modo de terror que estuvo a punto de caer. Fue entonces cuando se oyeron los terribles gritos que despertaron, en el silencio de la noche, al vecindario de la rue Morgue. Madame L'Espanaye y su hija, vestidas con sus camisones, estaban, según parece, arreglando algunos papeles en el cofre de hierro ya mencionado, que había sido llevado al centro de la habitación. Estaba abierto, y esparcido su contenido por el suelo. Sin duda, las víctimas se hallaban de espaldas a la ventana, y, a juzgar por el tiempo que transcurrió entre la llegada del animal y los gritos, es probable que no se dieran cuenta inmediatamente de su presencia. El golpe del postigo debió de ser verosímilmente atribuido al viento.
Cuando el marinero miró al interior, el terrible animal había asido a Madame L’Espanaye por los cabellos, que, en aquel instante, tenía sueltos, por estarse peinando, y movía la navaja ante su rostro imitando los ademanes de un barbero. La hija yacía inmóvil en el suelo, desvanecida. Los gritos y los esfuerzos de la anciana (durante los cuales estuvo arrancando el cabello de su cabeza) tuvieron el efecto de cambiar los probables propósitos pacíficos del orangután en pura cólera. Con un decidido movimiento de su hercúleo brazo le separó casi la cabeza del tronco. A la vista de la sangre, su ira se convirtió en frenesí. Con los dientes apretados y despidiendo llamas por los ojos, se lanzó sobre el cuerpo de la hija y clavó sus terribles garras en su garganta, sin soltarla hasta que expiró. Sus extraviadas y feroces miradas se fijaron entonces en la cabecera del lecho, sobre la cual la cara de su amo, rígida por el horror, apenas si se distinguía en la oscuridad. La furia de la bestia, que recordaba todavía el terrible látigo, se convirtió instantáneamente en miedo. Comprendiendo que lo que había hecho le hacía acreedor de un castigo, pareció deseoso de ocultar su sangrienta acción. Con la angustia de su agitación y nerviosismo, comenzó a dar saltos por la alcoba, derribando y destrozando los muebles con sus movimientos y levantando los colchones del lecho. Por fin, se apoderó del cuerpo de la joven y a empujones lo introdujo por la chimenea en la posición en que fue encontrado. Inmediatamente después se lanzó sobre el de la madre y lo precipitó de cabeza por la ventana.
Al ver que el mono se acercaba a la ventana con su mutilado fardo, el marinero retrocedió horrorizado hacia la cadena, y, más que agarrándose, dejándose deslizar por ella, se fue inmediata y precipitadamente a su casa, con el temor de las consecuencias de aquella horrible carnicería, y abandonando gustosamente, tal fue su espanto, toda preocupación por lo que pudiera sucederle al orangután. Así, pues, las voces oídas por la gente que subía las escaleras fueron sus exclamaciones de horror, mezcladas con los diabólicos parloteos del animal.
Poco me queda que añadir. Antes del amanecer, el orangután debió de huir de la alcoba, utilizando la cadena del pararrayos. Maquinalmente cerraría la ventana al pasar por ella. Tiempo más tarde fue capturado por su dueño, quien lo vendió por una fuerte suma para el Jardín des plantes. Después de haber contado cuanto sabíamos, añadiendo algunos comentarios por parte de Dupin, en el bureau del Prefecto de Policía, Le Bon fue puesto inmediatamente en libertad. El funcionario, por muy inclinado que estuviera en favor de mi amigo, no podía disimular de modo alguno su mal humor, viendo el giro que el asunto había tomado y se permitió una o dos frases sarcásticas con respecto a la corrección de las personas que se mezclaban en las funciones que a él le correspondían.
—Déjele que diga lo que quiera —me dijo luego Dupin, que no creía oportuno contestar—. Déjele que hable. Así aligerará su conciencia. Por lo que a mí respecta, estoy contento de haberle vencido en su propio terreno. No obstante, el no haber acertado la solución de este misterio no es tan extraño como él supone, porque, realmente, nuestro amigo el Prefecto es lo suficientemente agudo para pensar sobre ello con profundidad. Pero su ciencia carece de base. Todo él es cabeza, mas sin cuerpo, como las pinturas de la diosa Laverna, o, por mejor decir, todo cabeza y espalda, como el bacalao. Sin embargo, es una buena persona. Le aprecio particularmente por un rasgo magistral de hipocresía, al cual debe su reputación de hombre de talento. Me refiero a su modo de nier ce qui est, et d'expliquer ce qui n'est pas







El Misterio De Marie Rogêt


UNA SECUELA DE «LOS CRÍMENES DE LA RUE MORGUE»

.

Hay series ideales de acontecimientos que avanzan paralelas a los reales. Raras veces coinciden. Hombres y circunstancias modifican generalmente la cadena ideal de acontecimientos, de tal modo que parece imperfecta, y sus consecuencias son igualmente imperfectas. Así ocurrió con la Reforma; en vez del protestantismo vino el luteranismo.

Novalis, Moralische Acondicionasen


Hay pocas personas, incluso entre los pensadores más serenos, que no se hayan sobresaltado ocasionalmente y hayan creído a medias, de forma vaga pero estremecedora, en lo sobrenatural, ante coincidencias de un carácter aparentemente tan maravilloso que el intelecto es incapaz de recibirlas como meras coinciden cias. Tales sensaciones -porque las medias creencias de las que hablo nunca tienen toda la fuerza del pensamiento- raras veces pueden ser completamente reprimidas, a menos que sea con referencia a la doctrina del azar o, como se lo denomina técnicamente, al cálculo de probabilidades. Este cálculo es, en esencia, puramente matemático; y así nos enfrentamos a la anomalía de la ciencia más rígidamente exacta aplicada a la sombra y la espiritualidad de la más intangible de las especulaciones.

Podrá verse que los extraordinarios detalles que se me pide que haga públicos ahora forman, con respecto a la secuencia temporal, la rama primaria de una serie de coincidencias escasamente inteligibles, cuya rama secundaria o final será reconocida por todos los lectores en el reciente asesinato de Mary Cecilia Rogers en Nueva York.

Cuando, en un artículo titulado «Los crímenes de la rue Morgue», me dediqué, hará cosa de un año, a mostrar algunos rasgos realmente notables del carácter mental de mi amigo el caballero C. Auguste Dupin, no se me ocurrió que iba a tener que volver sobre el mismo tema. Mi objetivo era plasmar su carácter, y ese objetivo se logró a través de la cadena de circunstancias que:` que se concertaron para reflejar la idiosincrasia de Dupin. Hubiera podido añadir otros ejemplos, pero con ellos no hubiera, demostrado nada nuevo. Posteriores acontecimientos, sin embargo, me han sobresaltado en su sorprendente desarrollo y me han hecho recordar más detalles que parecen arrastrar el aire de una confesión arrancada a la fuerza. Tras oír lo que últimamente he oído, sería realmente extraño que guardara silencio en relación a lo que vi y oí hace mucho tiempo.

Una vez resuelta la tragedia de las muertes de madame L'Espanaye y su hija, el caballero dejó de inmediato de prestar su atención al asunto y regresó a sus viejas costumbres de melancólica ensoñación. Propenso en todo momento a la abstracción, caí rápidamente en la esfera de su humor; y puesto que seguíamos ocupando nuestras habitaciones en el faubourg Saint-Germain, dejamos a un lado el Futuro y nos asentamos tranquilamente en el presente, entretejiendo en nuestros sueños el apagado mundo que nos rodeaba.

Pero esos sueños no tardaron en verse interrumpidos. Puede suponerse fácilmente que el papel interpretado por mi amigo en el drama de la rue Morgue no había pasado desapercibido a la policía parisina. El nombre de Dupin no tardó en hacerse muy conocido entre sus efectivos. Puesto que la simplicidad de razonamiento de las deducciones mediante las cuales había desentrañado el misterio nunca había sido explicada ni siquiera al prefecto, ni a ningún otro individuo excepto a mí, por supuesto no es sorprendente que el asunto fuera considerado casi como milagroso, o que las habilidades analíticas del caballero adquirieran el crédito de la intuición. Su franqueza le hubiera impulsado a sacar de su error a cualquier curioso que se le hubiera presentado; pero su indolente humor le impedía seguir pensando en un tema cuyo interés, para él, había terminado hacía tiempo. Así, ocurrió que se convirtió en el foco de los ojos de la policía; y no fueron pocos los casos en los cuales se intentó conseguir la colaboración de sus servicios en la prefectura. Uno de los casos más notables fue el del asesinato de una muchacha llamada Marie Rogêt.

Este suceso ocurrió unos dos años después de la atrocidad de la rue Morgue. Marie, cuyo nombre y apellido llamarán en seguida la atención por su parecido a los de la desgraciada "cigarrera” de Nueva York que he mencionado antes, era la hija única de la viuda Estelle Rogêt. El padre había muerto durante la infancia de su hija, y desde su muerte hasta dieciocho meses antes del asesinato que es el tema de nuestra narración, madre e hija vivieron juntas en la rue Pavée Saint-André ; allí madame regentaba una pension, ayudada por Marie. Los asuntos fueron bien hasta que esta última cumplió los veintidós años, época en que su gran belleza atrajo la atención de un perfumista que ocupaba una de las tiendas en la planta baja del Palais Royal, y cuya clientela principal eran los audaces aventureros que infestaban aquel vecindario; monsieur Le Blanc era muy consciente de las ventajas que la presencia de la hermosa Marie podía reportarle en su perfumería y sus liberales proposiciones fueron aceptadas de buen grado por la muchacha, aunque con algo más de vacilación por madame.

Las esperanzas del comerciante se vieron realizadas, y sus dependencias se hicieron pronto famosas gracias a los encantos de la hermosa modistilla. Llevaba empleada allí un año, cuando sus admiradores se vieron hundidos en la más pura confusión ante su repentina desaparición de la tienda. monsieur Le Blanc fue incapaz de explicar su ausencia, y madame Rogêt se vio sumida en la ansiedad y el terror. Los periódicos se ocuparon de inmediato del tema, y la policía estaba a punto de iniciar ya una seria investigación cuando, una espléndida mañana, tras un lapso de una semana, Marie, en perfecta salud, pero con un aire algo entristecido, hizo su aparición en su mostrador habitual en la perfumería. Toda investigación, excepto las de carácter privado, cesó, por supuesto, de inmediato. monsieur Le Blanc admitió como antes su total ignorancia. Marie, junto con madame, respondió a todas las preguntas que le formularon, diciendo que había pasado la última semana en la casa de unos parientes en el campo. Así murió y fue rápidamente olvidado el asunto, porque la muchacha, ostensiblemente para librarse de la impertinencia de la curiosidad, no tardó en dar su adiós final al perfumista y buscó refugio en la residencia de su madre en la rue Pavée Saint-André.

Unos tres años después de su regreso a casa, sus amigos se sintieron alarmados ante su repentina desaparición por segunda vez. Pasaron tres días sin que nada se supiera de ella. Al cuarto se halló su cadáver flotando en el Sena , cerca de la orilla opuesta al quartier de la rue Saint-André, y en un punto no muy distante del aislado vecindario de la Barriére du Roule .

La atrocidad de aquel asesinato (porque se hizo evidente de inmediato que se trataba de un asesinato), la juventud y la belleza de la víctima y, sobre todo, su anterior notoriedad, conspiraron para crear una intensa conmoción en las mentes de los sensibles parisinos. No puedo recordar que ningún caso similar produjera un efecto tan general y tan intenso. Durante varias semanas, en medio de las discusiones sobre aquel absorbente tema, incluso los importantes asuntos políticos del día fueron olvidados. El prefecto llevó a cabo inusuales esfuerzos y, por supuesto, todos los efectivos de la policía parisina se pusieron en movimiento.

Tras el descubrimiento del cadáver, no se supuso que el asesino fuera capaz de eludir, durante más que un breve período, la investigación que se puso inmediatamente en marcha. No fue hasta después de que transcurriera una semana que se consideró necesario ofrecer una recompensa e, incluso entonces, esta recompensa se limitó a mil francos. Mientras tanto, las investigaciones siguieron con vigor, aunque no siempre con buen criterio, y numerosos individuos fueron interrogados en vano; mientras, debido a la ausencia de cualquier indicio que resolviera el misterio, la excitación popular fue creciendo enormemente. A finales del décimo día se consideró aconsejable doblar la suma ofrecida originalmente; y al fin, transcurrida la segunda semana sin haberse llegado a ningún descubrimiento, y tras producirse varias serias emeutes a causa de los prejuicios que siempre existen en París contra la policía, el prefecto tomó la decisión de ofrecer la suma de veinte mil francos "por la identificación del asesino" o, si se demostraba que estaban implicados más de uno, «por la identificación de cada uno de ellos”. En la proclama donde se ofrecía la recompensa se prometía el perdón total a cualquier cómplice que presentara pruebas contra su coautor; y en todos los lugares donde fue exhibida se añadió un cartel privado de un comité de ciudadanos que ofrecía diez mil francos más, además de la cantidad propuesta por la prefectura. Así, la recompensa total ascendía nada menos que a treinta mil francos, cantidad que puede considerarse como suma extraordinaria si tenemos en cuenta la humilde condición de la muchacha y la gran frecuencia, en las grandes ciudades, de atrocidades como la descrita.

Nadie dudaba ahora que el misterio de este asesinato quedaría desvelado de inmediato. Pero aunque, en uno o dos casos, se efectuaron arrestos que prometían su elucidación, no pudo averiguarse nada que pudiera implicar a los sospechosos. Por extraño que pueda parecer, a la tercera semana del descubrimiento del cadáver seguía sin haberse arrojado ninguna luz sobre el tema, sin que un rumor de los acontecimientos que tanto habían agitado la opinión pública hubiera alcanzado todavía los oídos de Dupin y míos. Dedicados a investigaciones que habían absorbido toda nuestra atención, transcurrió casi un mes antes de que ninguno de los dos saliéramos, o recibiéramos alguna visita, o hiciéramos algo más que echar una ojeada a los principales artículos políticos en alguno de los diarios. La primera noticia del asesinato nos la trajo G... en persona. Nos llamó a primera hora de la tarde del 13 de julio de 18.... y permaneció con nosotros hasta última hora de la noche. Estaba dolido por el fracaso de todos sus esfuerzos por detener a los asesinos. Su reputación -o eso dijo, con un aire peculiarmente parisino- estaba en juego. Incluso su honor se hallaba en entredicho. Los ojos del público estaban fijos en él; y realmente, no había ningún sacrificio que no estuviera dispuesto a hacer para la resolución del misterio. Concluyó su un tanto risible discurso con un cumplido hacia lo que denominó el tacto de Dupin, y le hizo una directa y ciertamente liberal proposición, cuya naturaleza exacta no me siento en libertad de revelar, pero que tampoco tiene ninguna relación directa con el tema de esta narración.

Mi amigo rechazó el cumplido de la mejor manera que pudo, pero aceptó de inmediato la proposición, aunque sus ventajas eran totalmente momentáneas. Una vez llegados a un acuerdo, el prefecto se lanzó de inmediato a explicar sus propios puntos de vista, intercalándolos con largos comentarios sobre las pruebas, de las que no sabíamos todavía nada. Su discurso fue prolijo y, sin la menor duda, erudito, salpicado por ocasionales sugerencias por mi parte de que la noche nos estaba invitando ya a irnos a dormir. Dupin, sentado en su sillón habitual, era la encarnación misma de la atención respetuosa. Llevó gafas durante toda la entrevista; y las ocasionales miradas que dirigí más allá de sus gafas verdes bastaron para convencerme de que su sueño no hubiera podido ser menos profundo durante las siete u ocho pesadas horas que precedieron inmediatamente a la partida del prefecto.

Por la mañana obtuve en la prefectura un informe completo de todas las declaraciones obtenidas y, en las oficinas de varios periódicos, un ejemplar de cada uno en los que se había publicado cualquier información decisiva respecto a aquel triste asunto. Tras efectuar una selección que eliminó todo aquello que no había sido probado, el cúlmulo de información quedó como sigue:

Marie Rogêt abandonó la residencia de su madre, en la rue Pavée Saint-André, hacia las nueve de la mañana del domingo 22 de junio de 18... Al salir contó a monsieur Jacques Saint-Eustache , y sólo a él, su intención de pasar el día con una tía que residía en la rue des Drômes. La rue des Drômes. es una callejuela corta y estrecha pero populosa, no lejos de la orilla del río, y a una distancia de unos tres kilómetros, siguiendo el curso más recto posible, de lapension de madame Rogêt. Saint-Eustache era el pretendiente reconocido de Marie y se alojaba y comía en la pension. Tenía, que ir a buscar a su novia al anochecer y escoltarla de vuelta a su casa. Por la tarde, sin embargo, se puso a llover con fuerza; y, suponiendo que la muchacha se quedaría toda la noche con su tía (como había hecho otras veces antes bajo circunstancias similares), no creyó necesario mantener su promesa. A medida que avanzaba la noche, se oyó expresar a madame Rogêt (que era una vieja dama enferma de setenta años) su temor de que «no durante el domingo después de que Marie abandonara su casa. Posteriormente, sin embargo, presentó pruebas a monsieur G... que justificaban satisfactoriamente cada hora de aquel día en cuestión. A medida que transcurría el tiempo y no se producía ningún descubrimiento, empezaron a circular un millar de rumores contradictorios, y los periodistas emplearon la suggestion. Entre esas sugerencias, la que atrajo más la atención fue la idea de que Marie Rogêt vivía todavía, que el cadáver hallado en el Sena era el de alguna otra desgraciada. Creo interesante ofrecer al lector algunos párrafos que encarnan la sugerencia aludida. Estos párrafos son traducción literal de LÉtoile , un periódico dirigido, en general, con mucha habilidad.

«Mademoiselle Rogêt abandonó la casa de su madre el domingo 22 de junio de 18... por la mañana, con el aparente propósito de ir a ver a su tía, o algún otro familiar, en la rue des Drômes. Desde entonces no se ha demostrado que la viera nadie. No hay huellas o indicios respecto a ella... De hecho, hasta ahora no se ha presentado ninguna persona que la viera aquel día después de que saliera por la puerta de casa de su madre. Aunque no tenemos ninguna evidencia de que Marie Rogêt estuviera en la tierra de los vivos después de las nueve de la mañana del domingo 22 de junio, tenemos pruebas de que, a aquella hora, estaba viva. El miércoles al mediodía, a las doce, se descubrió el cuerpo de una mujer flotando junto a la orilla de la Barriére du Roule. Aun suponiendo que Marie Rogêt fuera arrojada al río antes de que hubieran transcurrido tres horas desde que abandonó la casa de su madre, sólo habían transcurrido tres días desde el momento de su marcha, tres días exactos. Pero es una locura suponer que el asesinato, si se cometió asesinato sobre su cuerpo, fuera consumado lo bastante pronto como para permitir a los asesinos arrojar el cuerpo al río antes de medianoche. Quienes son culpables de tan horribles crímenes escogen la oscuridad antes que la luz... Así, vemos que si el cuerpo hallado en el río era el de Marie Rogêt sólo pudo haber permanecido en el agua dos días y medio, o tres a lo sumo. La experiencia ha demostrado que los cuerpos ahogados, o arrojados al agua inmediatamente después de su muerte violenta, necesitan de seis a diez días para que se produzca la descomposición suficiente como para arrastrarlos de nuevo a la superficie. Incluso cuando es disparado un cañón sobre un cadáver, y éste se eleva antes de al menos cinco o seis días de inmersión, se hunde de nuevo, si se le abandona a sí mismo. Ahora nos preguntamos, ¿cuál fue en este caso el motivo de que se alterara el curso normal de la naturaleza? Si el cuerpo hubiera sido mantenido en su mutilado estado en la orilla hasta el martes por la noche, se hubiera hallado en esa orilla alguna huella de los asesinos. También es dudoso que el cuerpo hubiera vuelto a flotar tan pronto, aunque fuera arrojado al agua después de permanecer muerto dos días. Y, además, es altamente improbable que cualquier criminal que hubiera cometido un asesinato como el aquí supuesto arrojara el cuerpo al agua sin ningún peso para mantenerlo hundido, cuando hubiera sido muy fácil tomar esa precaución.»

El redactor procede aquí a argumentar que el cuerpo debió de permanecer en el agua "no simplemente tres días, sino al menos cinco veces tres días", porque estaba tan descompuesto que Beauvais tuvo grandes dificultades en identificarlo. Este último punto, sin embargo, fue totalmente rebatido. Sigo transcribiendo:

«¿Cuáles son, entonces, los hechos sobre los cuáles monsieur Beauvais dice que no tiene dudas respecto a que el cadáver era el de Marie Rogêt Rasgó la manga de su vestido, y dice que halló marcas que le confirmaron la identidad. El público en general supuso que esas marcas consistirían en algún tipo de cicatriz. El hombre frotó el brazo y halló vello en él, algo tan indefinido, creemos, como puede llegar a imaginarse, y tan poco concluyente como hallar un brazo dentro de la manga. monsieur Beauvais no regresó aquella noche, pero envió noticia a madame Rogêt a las siete de la tarde del miércoles, de que se estaba efectuando una investigación acerca de su hija. Aun admitiendo que madame Rogêt por su edad y su dolor, no pudiera personarse en el lugar de los hechos (lo cual es admitir mucho), ciertamente tuvo que haber alguien que pensara que valía la pena ir a echar un vistazo a la investigación, si creían que el cuerpo era el de Marie. Nadie se presentó. Ni se dijo ni se supo nada sobre el asunto en la rue Pavée Saint-André que llegara a oídos de los ocupantes del edificio. monsieur Saint-Eustache, el pretendiente y futuro esposo de Marie, que se alojaba en casa de su madre, declara que no supo nada del descubrimiento del cadáver hasta la mañana siguiente, cuando monsieur Beauvais acudió a su habitación. y se lo dijo. Nos sorprende que una noticia de esa índole fuera tan fríamente recibida. »

De esta forma el periódico creaba la impresión de una apatía por parte de los familiares de Marie, incoherente con la suposición de que esos familiares creyeran realmente que el cadáver era el suyo. Sus insinuaciones se concretaban en lo siguiente: que Marie, con la complicidad de sus amigos, se había ausentado de la ciudad por razones que implicaban una acusación contra su castidad; y que esos amigos, ante el descubrimiento de un cadáver en el Sena, que se parecía en algo a la muchacha, habían aprovechado la oportunidad para convencer al público de su muerte. Pero LÉtoile se precipitaba de nuevo. Se demostró claramente que no existía ninguna apatía como la imaginada; que la vieja dama estaba terriblemente débil, y tan agitada, que era incapaz de ocuparse de nada; que Saint-Eustache, lejos de recibir la noticia con frialdad, estaba abrumado por el dolor, y se comportó de una manera tan frenética que monsieur Beauvais tuvo que recurrir a un amigo y a un familiar para que se ocuparan de él y le impidieran asistir al examen de la exhumación. Más aún, aunque LÉtoile afirmó que el cadáver fue enterrado de nuevo a expensas públicas, que la ventaja de una sepultura privada fue absolutamente declinada por la familia, y que ningún miembro de la familia asistió a la ceremonia -aunque, digo, todo esto fue afirmado por LÉtoile para apoyar su tesis-, todo fue satisfactoriamente refutado. En un número posterior del periódico se intentó arrojar las sospechas sobre Beauvais. El redactor dice:

«Acaba de producirse un cambio en el asunto. Se nos ha dicho que, en una ocasión, mientras una tal madame B... estaba en la casa de madame Rogêt, monsieur Beauvais, que salía, le dijo que esperaban a un gendarme y que ella, madame B..., no debía decirle nada al gendarme hasta que él regresara, y dejar que él se ocupara del caso... En el estado actual de las cosas, monsieur Beauvais parece tener todo el asunto en su cabeza. No puede darse un solo paso sin monsieur Beauvais; porque, hacia cualquier lado que vaya uno, tropieza con él... Por alguna razón, ha decidido que nadie debe tener nada que ver con la investigación excepto él, y ha echado a un lado a los familiares masculinos, según parece, de una manera muy singular. Parece mostrarse muy obstinado en impedir que los demás familiares vean el cadáver.»

El siguiente hecho proporcionó algo de color a las sospechas arrojadas de este modo sobre Beauvais. Un visitante en su oficina, unos pocos días antes de la desaparición de la muchacha, y durante la ausencia de su ocupante, observó una rosa en el agujero de la cerradura de la puerta, y el nombre "Marie" escrito en una pizarra que colgaba cerca.

La impresión general, por todo lo que podíamos deducir de los periódicos, parecía ser que Marie había sido víctima de una pandilla de peligrosos malhechores, que la condujeron al otro lado del río, la maltrataron y la asesinaron. Le Commercíel , sin embargo, un periódico de mucha influencia, se mostró serio a la hora de combatir esta idea popular. Cito un párrafo o dos de sus columnas:

«Estamos persuadidos de que se ha seguido una falsa pista en cuanto a dirigir las pesquisas hacia la Barriére du Roule. Es imposible que una persona tan conocida por miles de conciudadanos como era esa joven hubiera recorrido tres manzanas sin que nadie la viera; y cualquiera que la hubiera visto la habría recordado, porque llamaba la atención a todo quien la conocía. Las calles estaban llenas de gente cuando salió... Es imposible que hubiera ido hasta la Barriére du Roule, o hasta la rue des Drômes, sin ser reconocida por una docena de personas; sin embargo, nadie ha declarado haberla visto fuera de la puerta de su madre, y no hay ninguna evidencia, excepto el testimonio relativo a sus expresadas intenciones, de que saliera siquiera de su casa. Su ropa estaba desgarrada, enrollada alrededor de su cuello y atada, y esto hace suponer que el cuerpo fue llevado como un fardo. Si el asesinato se cometió en la Barriére du Roule, no hubiera habido necesidad de nada de eso. El hecho de que el cuerpo fuera hallado flotando cerca de la Barriére no es prueba de que fuera arrojado allí al agua... Un trozo de las enaguas de la desgraciada muchacha, de sesenta centímetros de largo por treintade ancho, fue arrancado y atado debajo de su barbilla y alrededor de su nuca, probablemente para impedir que gritara. Eso lo hizo gente que no llevaba pañuelos de bolsillo.»

Un día o dos antes de que nos visitara el prefecto, sin embargo, llegó a la policía una información importante que echó por tierra al menos la parte principal de la argumentación de Le Commerciel. Dos niños, hijos de madame Deluc, mientras vagabundeaban entre los árboles cerca de la Barriére du Roule, entraron por aza en un denso soto, dentro del cual había tres o cuatro grandes piedras formando una especie de asiento, con un respaldo y un escabel. Sobre la piedra superior había unas enaguas blancas; en la segunda un chal de seda. Se encontraron también una sombrilla, guantes y un pañuelo. El pañuelo llevaba bordado el nombre "Marie Rogêt''. Se descubrieron fragmentos de vestido en las zarzas de alrededor. La tierra estaba pisoteada, algunas plantas rotas, y había evidencias claras de un forcejeo. Entre el soto y el río se hallaron unas cercas derribadas, y el suelo mostraba evidencias de que por él se había arrastrado algún objeto pesado.

Un semanario, Le Soleil , hizo los siguientes comentarios sobre el descubrimiento, comentarios que simplemente hacían eco de los pensamientos de la prensa parisina:

«Esas cosas llevaban allí evidentemente al menos tres o cuatro semanas; estaban completamente apelmazadas y enmohecidas por la acción de la lluvia. La hierba había crecido alrededor por encima de algunas de ellas. La seda de la sombrilla era fuerte, pero las fibras se habían adherido unas a otras. La parte superior, allá donde estaba doblada y plegada, estaba toda enmohecida, y se desgarró al abrirla... Los jirones de ropa desgarrados junto a la maleza tenían unos ocho centímetros de ancho por quince de largo. Una parte era el dobladillo del vestido, y estaba remendado; el otro trozo era parte de la falda, pero no el dobladillo. Parecían como tiras arrancadas, y estaban sobre unas zarzas, a algo más de un palmo del suelo... En consecuencia, no hay dudas de que se ha descubierto el lugar de esa abominable atrocidad.»

A raíz de este descubrimiento aparecieron nuevas evidencias. madame Deluc testificó que regenta un hotel junto a la carretera no lejos de la orilla del río, frente a la Barriére du Roule. El vecindario es solitario.... muy solitario. Los domingos es el punto de reunión habitual de los canallas de la ciudad, que cruzan el río en barcas. Hacia las tres de la tarde del domingo en cuestión llegó una joven al hotel, acompañada por un hombre de complexión morena. Ambos permanecieron allí durante algún tiempo. Cuando se marcharon, se dirigieron hacia un grupo de espesos árboles cercanos. La atención de madame Deluc se vio atraída por el vestido que llevaba la muchacha, debido a que se parecía mucho a uno llevado por una familiar suya fallecida. Reparó especialmente en un chal. Poco después de la marcha de la pareja, apareció una pandilla de alborotadores que organizaron un gran jaleo, comieron y bebieron sin pagar, siguieron el camino de la joven pareja, regresaron al hotel hacia el anochecer, y volvieron a cruzar el río como si tuvieran mucha prisa.

Fue poco después de oscurecer, aquella misma tarde, que madame Deluc, junto con su hijo mayor, oyó los gritos de una mujer en las inmediaciones del hotel. Los gritos fueron violentos pero breves. Madame D... reconoció no sólo el chal que había sido hallado en los matorrales sino el vestido que llevaba el cadáver. Un conductor de autobús, Valence , testificó también que vio a Marie Rogêt cruzar el Sena en un transbordador aquel domingo en cuestión, en compañía de un joven de complexión morena. Él, Valence, conocía a Marie, y era imposible que se confundiera acerca de su identidad. Los objetos hallados en el soto fueron plenamente identificados por los familiares de Marie.

Las evidencias y la información así reunida de los periódicos por mí, a sugerencia de Dupin, abarcaban solamente otro punto, pero al parecer de enorme importancia. Parece que, inmediatamente después del descubrimiento de la ropa tal como se describe más arriba, se halló el cuerpo sin vida, o casi sin vida, de Saint-Eustache, el pretendiente de Marie, en las inmediaciones de lo que ahora todos suponían que había sido el escenario de la atrocidad. Un frasco etiquetado “Láudano', vacío, fue hallado a su lado. Su aliento olía al veneno. Murió sin llegar a hablar. Sobre su persona se halló una carta, afirmando brevemente su amor por Marie y su intención de suicidarse.

-No necesito decirle -indicó Dupin cuando terminó de examinar mis notas- que este caso es mucho más intrincado que el de la rue Morgue, del que difiere en un aspecto muy importante. Se trata éste de un caso de crimen ordinario, por atroz que sea. No hay nada peculiarmente outré en él. Observará que, por esta razón, el misterio fue considerado de solución fácil cuando, por esta misma razón, hubiera debido ser considerado difícil. Así, al principio, se consideró innecesario ofrecer una recompensa. Los hombres de G... se creyeron capaces de averiguar de inmediato cómo y por qué podía haber sido cometida tamaña atrocidad. Pudieron imaginar un modo (muchos modos) y un motivo (muchos motivos); y puesto que no era imposible que cualquiera de esos numerosos modos y motivos hubiera podido ser el auténtico, han dado por sentado que uno de ellos debia serlo. Pero la facilidad con que fueron elaboradas esas variables suposiciones, y su misma plausibilidad, hubiera debido ser entendida más bien como una indicación de las dificultades antes que de las facilidades de su resolución. He observado antes que es saliéndose del plano de lo ordinario que la razón se abre camino en su búsqueda de la verdad, y que la pregunta adecuada en casos como éste no es tanto "¿qué ha ocurrido?" como "¿qué ha ocurrido que nunca había ocurrido antes?» En las investigaciones en la casa de madame LEspanaye , los agentes de G... se vieron desalentados y confundidos ante la absoluta singularidad del caso, lo cual, para una inteligencia adecuadamente regulada, significaba en principio más seguro presagio de éxito; mientras que este mismo intelecto hubiera podido sumirse en la desesperación ante el carácter ordinario de todo lo que tenemos ante nuestros ojos en el caso de la muchacha perfumista, que todavía no nos ha revelado nada excepto el fácil triunfo de los funcionarios de la prefectura.

»En el caso de madame L'Espanaye y su hija no hubo, ni siquiera al inicio de la investigación, ninguna duda de que se había cometido un crimen. La idea del suicidio quedó excluida de inmediato. Aquí también nos vemos libres, desde un principio, de toda suposición de muerte autoinfligida. El cuerpo hallado en la Barriére de Roule fue hallado bajo tales circunstancias que no nos deja ninguna duda respecto a este importante punto. Pero se ha sugerido que el cadáver descubierto no era el de Marie Rogêt por la entrega de cuyo asesino, o asesinos, se ha ofrecido una recompensa, y respecto a la cual únicamente se ha llegado a un acuerdo con el prefecto. Ambos conocemos bien a ese caballero. No se puede confiar demasiado en él. Si, basando nuestras investigaciones en el cuerpo hallado, y rastreando desde allí a su asesino, descubrimos que el cadáver es de alguna otra persona distinta a Marie; o si, empezando sobre el supuesto de que Marie vive, la hallamos y descubrimos que no ha sido asesinada, en ambos casos perderemos nuestro trabajo; puesto que es con monsieur G... con quien tenemos que tratar. En consecuencia, para nuestros propósitos, si no para los propósitos de la justicia, es indispensable que nuestros primeros pasos se dirijan a determinar la identidad del cadáver con respecto a la desaparecida Marie Rogét.

»Las argumentaciones de.LÉtoíle han tenido peso entre el público; y que el periódico en sí está convencido de su importancia se hace evidente por la forma en que empieza uno de sus ensayos sobre el tema: "Varios periódicos de la mañana de hoy -dice- hablan del concluyente artículo de L'Étoile del lunes." Para mí, este artículo parece concluyente tan sólo en lo que respecta al celo de su redactor. Debemos recordar que, en general, el objetivo de nuestros periódicos es más el crear una opinión, impresionar a sus lectores, que defender la causa de la verdad. Este último fin se persigue tan sólo cuando coincide con el primero. El periódico que simplemente concuerda con la opinión general (por, bien fundada que esté esta opinión) no consigue ningún crédito entre su público. La masa considera como profundo sólo lo que, sugiere punzantes contradicciones respecto a la idea general. En la; racionalización, como en la literatura, lo más inmediatamente y lo más universalmente apreciado es el epigrama. En ambas se halla en el orden de mérito más bajo.

»Lo que quiero decir es que la mezcla de epigrama y melodrama de la idea de que Marie Rogêt todavía está viva, antes que la auténtica plausibilidad de esta idea, es lo que ha sugestionado a LÉtoile y le ha asegurado una recepción favorable entre el público. Examinemos los titulares de la argumentación este periódico; y observemos la incoherencia planteada desde un principio.

»La primera meta del redactor es demostrar, a partir de la brevedad del intervalo entre la desaparición de Marie y el hallazgo del cadáver flotando en las aguas, que este cadáver no puede ser el de Marie. La reducción de este intervalo a su más pequeña dimensión posible se convierte, pues, de inmediato, en el objetivo del razonador. En la vehemente persecución de este objetivo, se lanza desde un principio a meras suposiciones. "Es una locura suponer --dice- que el asesinato, si se cometió asesinato sobre su cuerpo, fuera consumado lo bastante pronto como para permitir a los asesinos arrojar el cuerpo al río antes de medianoche." De inmediato nos preguntamos, y de una forma muy natural, ¿por qué? ¿Por qué es una locura suponer que el asesinato fue cometido a los cinco minutos de que la muchacha abandonara la casa de su madre? ¿Por qué es una locura suponer que el asesinato fue cometido en cualquier período dado de ese día? Se cometen asesinatos a toda hora. Pero, si el asesinato hubiera tenido lugar en cualquier momento entre las nueve de la mañana del domingo y un cuarto de hora antes de la medianoche, todavía habría habido tiempo suficiente para "arrojar el cuerpo al río antes de medianoche". Esta suposición, pues, se reduce precisamente a esto, a que el asesinato no fue cometido el domingo, y si permitimos a LÉtoile suponer esto, podemos permitirle cualquier otra libertad que quiera. El párrafo que empieza "Es una locura suponer que el asesinato, etc.", aunque aparece impreso así en L'Etoile, puede imaginarse que fue concebido realmente así en el cerebro de su redactor: "Es una locura suponer que el asesinato, si se cometió asesinato sobre el cuerpo, fuera cometido lo bastante pronto como para permitir a sus asesinos arrojar el cuerpo al río antes de medianoche; es una locura, decimos, suponer todo esto, y suponer al mismo tiempo (como estamos dispuestos a suponer) que el cuerpo no fue arrojado hasta después de medianoche", una frase lo bastante inconsecuente en sí misma, pero no tan absolutamente ridícula como la impresa.

»Si mi propósito -prosiguió Dupin- fuera simplemente refutar este párrafo de la argumentación de LÉtoile, lo hubiera dejado tranquilamente tal cual. Sin embargo, no es de LÉtoile de quien debemos ocuparnos, sino de la verdad. La frase en cuestión sólo tiene un significado, y ese significado ha quedado suficientemente claro; pero es importante que vayamos más allá de las meras palabras en busca de una idea que han pretendido obviamente comunicar y han fracasado. El objetivo del periodista era decir que, fuera cual fuese el período del día o de la noche del domingo en que el asesinato fue cometido, era improbable que los asesinos se hubieran aventurado a llevar el cadáver hasta el río antes de medianoche. Y ahí reside realmente la suposición de la que me quejo. Se supone que el asesinato fue cometido en un lugar y bajo unas circunstancias que hicieron necesario trasladarlo hasta'el río. Sin embargo, el asesinato pudo producirse en la orilla del río, o en el mismo río; y así, el hecho de arrojar el cadáver al agua hubiera resultado ser, en cualquier momento del día o de la noche, el modo más obvio y más inmediato de desembarazarse de él. Comprenderá usted que aquí no sugiero nada como probable, o que coincida con mi propia opinión. Mi intención, hasta el momento, no se refiere a los hechos del caso. Deseo simplemente ponerle en guardia contra el tono general de la insinuación de L'Étoile llamando su atención a su carácter de ex parte desde el principio.

»Tras haberle prescrito así un límite a sus propias ideas preconcebidas; tras haber supuesto que, si se trataba realmente del cuerpo de Marie, sólo podía haber permanecido en el agua un breve tiempo, el periódico sigue diciendo: «La experiencia ha demostrado que los cuerpos ahogados, o arrojados al agua inmediatamente después de su muerte violenta, necesitan de seis a diez días para que se produzca la descomposición suficiente como para llevarlos de nuevo a la superficie. Incluso cuando es disparado un cañón sobre un cadáver, y éste se eleva antes de al menos cinco o seis días de inmersión, se hunde de nuevo, si se le abandona a sí mismo."

»Estas afirmaciones han sido tácitamente aceptadas por todos los periódicos de París, con excepción de Le Moniteur . Este último se dedica a rebatir esta parte del párrafo que hace referencia a los «cuerpos ahogados", citando unos cinco o seis casos en lo que cadáveres de individuos que se sabe que murieron ahogados fueron hallados flotando tras transcurrir menos tiempo que el insistido en LÉtoile. Pero hay algo excesivamente poco filosófico en Le Moniteur a la hora de rechazar la afirmación general de LÉtoile citando algunos casos que desmienten esa afirmación. Se hubieran podido presentar cincuenta en vez de cinco ejemplos de cadáveres hallados flotando al cabo de dos o tres días, y esos cincuenta ejemplos todavía podrían ser considerados sólo como excepciones a la regla de LÉtoíle, hasta que esta regla pudiera ser refutada. Admitiendo la regla (y esto Le Moniteur no lo niega, insistiendo tan sólo en sus excepciones), la argumentación de LÉtoile conserva toda su fuerza; porque su argumentación no pretende implicar más que una cuestión de la probabilidad de que el cadáver subiera a la superficie en menos de tres días; y esta probabilidad está en favor de la postura de LÉtoile hasta que los ejemplos tan infantilmente aducidos sean suficientes en número como para establecer una regla antagónica.

»Verá usted de inmediato que una argumentación de este tipo debería dirigirse si acaso contra la propia regla; y con ese fin debemos examinar su razonamiento principal. El cuerpo humano, en general, no es ni mucho más ligero ni mucho más pesado que el agua del Sena; es decir, el peso específico del cuerpo humano en su condición natural, es casi igual a la masa de agua dulce que desplaza. Los cuerpos de las personas gruesas y entradas en carne, con huesos pequeños, y en general de las mujeres, son más ligeros que los de las personas delgadas y de huesos grandes, y de los hombres; y el peso específico del agua de un río se halla un tanto influenciado por la presencia del reflujo del mar. Pero, desechando este reflujo, puede decirse que muy pocos cuerpos humanos se hunden totalmente, incluso en agua dulce, aunque lo intenten. Casi cualquiera que caiga a un río puede flotar, si deja que el peso específico del agua se equilibre con el suyo, es decir, si deja que toda su persona se sumerja excepto la mínima parte posible. La posición adecuada para alguien que no sabe nadar es la posición erguida de quien camina por tierra firme, con la cabeza echada completamente hacia atrás y sumergida, dejando que sólo la boca y las fosas nasales permanezcan por encima de la superficie. Situados de este modo, descubriremos que todos flotamos sin dificultad y sin hacer ningún esfuerzo. Es evidente, sin embargo, que el peso específico del cuerpo, y el de la masa de agita desplazada, se hallan muy exquisitamente equilibrados, y que cualquier circunstancia hará que cualquiera de los dos se sitúe por delante del otro. Por ejemplo, alzar un brazo del agita, y privar así al cuerpo de su apoyo, es un peso adicional suficiente como para sumergir toda la cabeza, mientras que la ayuda accidental del más pequeño trozo de madera nos permitirá elevar la cabeza para mirar a nuestro alrededor. Ahora bien, en los esfuerzos que hace una persona no acostumbrada a nadar, los brazos son invariablemente echados hacia arriba, mientras que se intenta mantener la cabeza en su habitual posición perpendicular. El resultado es la inmersión de boca y nariz, y la penetración, durante los esfuerzos por respirar mientras uno se halla bajo la superficie, de agua en los pulmones. También se recibe una buena cantidad en el estómago, y todo el cuerpo se vuelve así más pesado por la diferencia entre el peso de¡ aire que originalmente distiende estas cavidades y la del líquido que ahora las llena. Esta diferencia es suficiente para causar que el cuerpo se hunda, como regla general; pero es insuficiente en el caso de individuos con huesos pequeños y una cantidad anormal de materia fláccida o grasa. Esos individuos flotan incluso después de ahogarse.

»El cadáver, que supondremos en el fondo del río, permanecerá allí hasta que, por algún medio, su peso específico se vuelva de nuevo menor que la masa de agua que desplaza. Este efecto es producido por la descomposición, pero también por otras causas. El resultado de la descomposición es la generación de gases, que distienden los tejidos celulares y todas las cavidades y proporcionan ese aspecto hinchado tan horrible. Cuando esta distensión ha progresado lo suficiente como para que la masa del cadáver se haya incrementado materialmente sin un incremento correspondiente de masa o peso, su peso específico se vuelve menor que el del agua desplazada, y en consecuencia hace su aparición en la superficie. Pero la descomposición resulta modificada por innumerables circunstancias, es acelerada o retrasada por innumerables agentes, por ejemplo por el calor o el frío de la estación, por la impregnación mineral o la pureza del agua, por su profundidad, por su fluir o su estancamiento, por la temperatura del cuerpo, por sus infecciones o su ausencia de enfermedades antes de la muerte. Así, es evidente que no podemos asignar ningún período preciso de cuándo el cuerpo flotará de nuevo a causa de la descomposición. Bajo ciertas condiciones este resultado puede producirse al cabo de una hora; bajo otras, puede que no se produzca nunca. Hay infusiones químicas en las cuales el sistema animal puede ser conservado para siempre de la corrupción: el bicloruro de mercurio es una. Pero, además de la descomposición, puede producirse, y generalmente se produce, una generación de gases dentro del estómago a causa de la fermentación acetosa de la materia vegetal (o dentro de otras cavidades por otras causas) suficiente para inducir una distensión que arrastre el cuerpo de vuelta a la superficie. El efecto producido por el disparo de un cañón es el de la simple vibración, que puede liberar el cadáver del blando barro o légamo por el que se encuentra retenido y permitirle ascender a la superficie cuando otros fenómenos lo han preparado ya para hacerlo; o puede vencer la tenacidad de algunas porciones putrefactas de los tejidos celulares, permitiendo que las cavidades se distiendan bajo la influencia de los gases.

»Teniendo así delante de nosotros toda la filosofía de este tema, podemos poner fácilmente a prueba las afirmaciones de LÉtoile. «La experiencia ha demostrado --dice este periódico que los cuerpos ahogados, o arrojados al agua inmediatamente después de su muerte violenta, necesitan de seis a diez días para que se produzca la descomposición suficiente como para arrastrarlos de nuevo a la superficie. Incluso cuando es disparado un cañón sobre un cadáver, y éste se eleva antes de al menos cinco o seis días de inmersión, se hunde de nuevo, si se le abandona a sí mismo."

»Todo este párrafo se nos aparece ahora como un entramado de inconsecuencias e incoherencias. La experiencia no demuestra que los "cuerpos ahogados" necesiten de seis a diez días para que se produzca la descomposición suficiente para llevarlos de nuevo a la superficie. Tanto la ciencia como la experiencia muestran que el período de su vuelta a la superficie es, y debe ser necesariamente, indeterminado. Si, además, el cuerpo ha ascendido a la superficie a causa de ser disparado un cañón, no "se hundirá de nuevo si se le abandona a sí mismo", hasta que la descomposición haya progresado lo suficiente como para permitir que los gases generados escapen. Pero me gustaría llamar su atención a la distinción que se hace entre "cuerpos ahogado? y "cuerpos arrojados al agua inmediatamente después de su muerte violenta".

Aunque el periodista admite la distinción, los incluye a ambos en la misma categoría. Ya he demostrado cómo el cuerpo de un hombre que se ahoga se vuelve específicamente más pesado que su masa de agua, y que no se ahogaría de no ser por su debatir elevando los brazos por encima de la superficie y su intento de inspirar aire cuando se halla debajo de la superficie, que hacen que sus pulmones se llenen de agua en lugar del aire! original. Pero este debatir y estos intentos de inspirar aire no se producen si el cuerpo "es arrojado al agua inmediatamente después de su muerte violenta". Así, en esta última instancia, el cuerpo, como regla general, no se hundirá en absoluto, un hecho que L’Étoile ignora, evidentemente. Cuando la descomposición ha alcanzado un grado extremo, cuando la sangre se ha desprendido en gran medida de los huesos, entonces, pero no hasta entonces, perderemos de vista el cadáver.

»Y ahora, ¿qué decir de la argumentación de que el cadáver hallado puede que no sea el de Marie Rogét porque, tras sólo tres días de haber desaparecido, se halló su cuerpo flotando? Si se ahogó, siendo una mujer, puede que nunca llegara a hundirse en el agua; o, habiéndose hundido, pudo reaparecer en veinticuatro horas o menos. Pero nadie supone que se ahogara; y, habiendo muerto antes de ser arrojada al río pudo ser hallada flotando desde entonces en cualquier momento.

»Pero, dice LÉtoile, "si el cuerpo hubiera sido mantenido en su mutilado estado en la orilla hasta el martes por la noche, se hubiera hallado en esa orilla alguna huella de los asesino?. Aquí al principio resulta difícil percibir la intención del razonador. Pretende anticipar lo que imagina puede ser una objeción a su teoría, es decir, que el cuerpo fue mantenido en la orilla durante dos días, con lo que sufrió una rápida descomposición, más rápida que sumergido en el agua. Supone que, de ser éste el caso, podría haber aparecido en la superficie el miércoles, y piensa que sólo bajo esas circunstancias podría haber aparecido así. En consecuencia se apresura a demostrar que no fue mantenido en la orilla; porque, de ser así, "se hubiera hallado en esa orilla alguna huella de los asesinos". Supongo que sonreirá usted ante el sequitur. No puede llegar a creer cómo la mera permanencia del cadáver en la orilla puede hacer que se multipliquen las huellas de los asesinos. Yo tampoco.

»Y el periódico continúa: "Y, además, es altamente improbable que cualquier criminal que hubiera cometido un asesinato como el aquí supuesto arrojara el cuerpo al agua sin ningún peso para mantenerlo hundido, cuando hubiera sido muy fácil tomar esa precaución." ¡Observe aquí la risible confusión de pensamiento! Nadie, ni siquiera LÉtoile, discute el crimen cometido en el cadáver encontrado. Las marcas de violencia son demasiado obvias. El objetivo de nuestro razonador es simplemente demostrar que este cadáver no es el de Marie. Desea probar que Marie no fue asesinada, no que el cadáver no lo hubiera sido. Sin embargo, su observación sólo demuestra el último punto. Hay un cadáver sin ningún peso atado a él. Los asesinos, al arrojarlo al agua, no hubieran dejado de atarle un peso. En consecuencia, no fue arrojado por asesinos. Eso es todo lo que prueba, si es que prueba algo. La cuestión de la identidad ni siquiera es abordada, y L'Étoile se ha tomado muchos esfuerzos simplemente para contradecir ahora lo que ha admitido hace sólo un momento. "Estamos perfectamente convencidos -dice- de que el cadáver hallado fue el de una mujer asesinada."

»Y no es éste el único caso, incluso en esta parte del tema, en que nuestro razonador razona contra sí mismo sin quererlo. Su evidente objetivo, ya lo he dicho, es reducir, tanto como sea posible, el intervalo entre la desaparición de Marie y el hallazgo del cadáver. Sin embargo, lo hallamos insistiendo en el punto de que ninguna persona vio a la muchacha desde el momento en que abandonó la casa de su madre. %o tenemos ninguna evidencia --dice- de que Marie Rogét estuviera en la tierra de los vivos después de las nueve de la mañana del domingo 22 de junio." Puesto que esta argumentación es obviamente ex parte, debería al menos haber dejado este asunto fuera de la vista; porque si se supiera de alguien que hubiera visto a Marie, digamos el lunes, o el martes, el intervalo en cuestión se hubiera visto mucho más reducido y, por este mismo raciocinio, hubieran disminuido enormemente las posibilidades de que el cadáver fuera el de la modistilla. De todos modos, resulta divertido observar que L'Étoile insiste sobre este punto en la completa creencia de que fortalece su argumentación general.

»Examinemos ahora esa parte de la argumentación que hace referencia a la identificación del cadáver por parte de Beauvais. Con respecto al vello en el brazo, LÉtoile se muestra obviamente solapado. monsieur Beauvais, si no es un idiota, no pudo haber fundado nunca la identificación del cadáver simplemente por el vello en su brazo. Ningún brazo está desprovisto de vello. La generalizacíón de la expresión de L'Étoile es una mera perversión de la fraseología del testigo. Éste debió de hablar de alguna peculiaridad dad en el vello. Debía de ser una peculiaridad en su color, cantidad, longitud o situación.

»Díce el periódico: "Su pie era pequeño, como lo son miles de pies. Sus ligas no prueban nada, como tampoco sus zapatos, puesto que zapatos y ligas se venden a docenas. Lo mismo puede decirse de las flores en su sombrero. Una cosa en la que insiste, monsieur Beauvais es en que el broche de la liga hallada había sido echado hacia atrás para acortarla. Esto no significa nada; porque muchas mujeres consideran más adecuado llevarse un par de ligas a casa y adaptarlas al tamaño de las piernas que tienen que rodear, antes que probárselas en la tienda donde las compran." Aquí resulta difícil suponer que el razonamiento va en serio. Si monsieur Beauvais, en su búsqueda del cuerpo de Marie, descubrió un cadáver que se correspondía en líneas generales al tamaño y al aspecto de la muchacha desaparecida, pudo llegar a formarse la opinión (sin referirnos en absoluto a la cuestión del vestido) de que había tenido éxito en su búsqueda. Si además del tamaño y silueta en general, halló en el vello de su brazo un peculiar aspecto que había observado en vida de Marie, su opinión pudo verse legítimamente fortalecida; y el incremento de su seguridad pudo dispararse según la peculiaridad o rareza de dicha marca. Si, siendo pequeños los pies de Marie, los del cadáver también lo eran, el incremento de probabilidades de que el cuerpo fuera el de Marie no sería aritmético, sino altamente geométrico, o acumulativo. Añadamos a todo esto sus zapatos, como los que se sabía que llevaba el día de su desaparición, y aunque estos zapatos "se vendan por docenas", el aumento de probabilidades roza la certeza. Lo que por sí mismo no sería evidencia de identidad se convierte, a través de esta serie de corroboraciones, en la más segura de las pruebas. Admitamos luego que las flores en el sombrero se correspondían con las llevadas por la muchacha desaparecida, y no hará falta seguir buscando más. Si fuera tan sólo una flor, ya no seguiríamos buscando; pero, ¿y con dos, o tres, o más? Cada flor sucesiva es una evidencia múltiple, una prueba que no se añade a otra prueba, sino que la multiplica por cientos o miles. Descubramos ahora, en la fallecida, ligas como las que usaba la viva, y es casi una locura seguir adelante. Pero se descubre que esas ligas están sujetas con el broche echado hacia atrás, exactamente del mismo modo en que las sujetó Marie poco antes de marcharse de casa. Ahora es una locura o una hipocresía dudar. Lo que dice LÉtoile, respecto a que este acortamiento de las ligas es algo habitual, no demuestra nada excepto su propia pertinacia en el error. La naturaleza elástica de las ligas de broche es, en sí misma, una demostración de lo inusual del acortamiento. Lo que está hecho para ajustar bien raras veces necesita algún ajuste externo. Tuvo que deberse a un accidente, en su sentido más estricto, el que esas ligas de Marie necesitaran el ajuste descrito. Ellas solas hubieran bastado para establecer ampliamente su identidad. Pero no se trata de que se descubriera que el cadáver llevaba las ligas de la muchacha desaparecida, o llevara sus zapatos, o su sombrero, o las flores de su sombrero, o tuviera sus pies, o una marca peculiar en su brazo, o su tamaño y aspecto generales..., es que el cadáver tenía cada uno de estos rasgos y todos colectivamente. Si se pudiera probar que el director de LÉtoile tenía realmente alguna duda bajo todas esas circunstancias, no habría necesidad en su caso de un mandato de lunatico inquirendo. Resultaba sagaz, sin embargo, hacerse eco de las habladurías de los leguleyos que, en su mayor parte, se contentan con hacer eco de los preceptos rectangulares de los tribunales. Observaré aquí que buena parte de lo que es rechazado como prueba en un tribunal es la mejor prueba para el intelecto. Porque el tribunal, que se guía por los principios generales de las evidencias, los principios reconocidos y que están en los libros, es adverso a aceptar razones particulares. Y esta firme adherencia a los principios, con riguroso desprecio a las conflictivas excepciones, es un modo seguro de alcanzar el máximo de verdad alcanzable, en cualquier larga secuencia de tiempo. La práctica, en conjunto es, pues, filosófica; pero no es menos cierto que engendra grandes errores individuales .

»Respecto a las insinuaciones formuladas contra Beauvais, podrá desecharlas en un suspiro. Ya habrá captado el auténtico carácter de este buen caballero. Es un entremetido, con mucho romance y poco ingenio. Cualquiera con esta constitución actuará fácilmente, en una circunstancia de auténtica excitación, hasta el punto de hacerse sospechoso a los ojos de los muy sutiles o maliciosos. monsieur Beauvais (como aparece en sus no~ tas) celebró algunas entrevistas personales con el director de L'Étoile, y lo ofendió aventurando la opinión de que el cadáver, pese a la teoría del redactor, era efectivamente el de Marie. Tersiste --dice el periódico- en afirmar que el cadáver es el de Marie, pero no puede proporcionar ninguna circunstancia, además de las que ya hemos comentado, que lo haga creíble a los dernás." Bien, sin recurrir al hecho de que nunca hubiera debido aducirse una evidencia más fuerte "para hacerlo creíble a los dernás", se observa que puede comprenderse muy bien que un hombre crea, en un caso de este tipo, sin poseer la habilidad necesaria para ofrecer una sola razón que haga creer a una segunda parte. Nada es más vago que las impresiones de la identidad individual. Cada hombre reconoce a su vecino, pero hay pocos casos en los cuales alguien esté preparado para dar una razón para este reconocimiento. El director de LÉtoile no tenía derecho a sentirse ofendido por la creencia no razonada de monsieur Beauvais.

»Las sospechosas circunstancias que le rodean encajan mucho mejor con mi hipótesis del entremetido romántico que con la sugerencia de culpabilidad del razonador. Una vez adoptada la interpretación más caritativa, no deberíamos hallar ninguna dificultad en comprender la rosa en el agujero de la cerradura, el "Marie" en la pizarra; el "echar a un lado a los familiares masculinos"; la aversión a permitirles que "vean el cadáver"; el aviso dado a madame B... de que no debía entablar conversación con el gendarme hasta su regreso (el de Beauvais); y, finalmente, su aparente determinación de que "nadie debe tener nada que ver con la investigación excepto él". Me parece incuestionable que Beauvais era un pretendiente de Marie, que ella coqueteaba con él, y que deseaba creer que gozaba de toda su intimidad y confianza. No diré nada más respecto a este punto; y, como las evidencias rechazan por completo la afirmación de LÉtoile relativa a la apatía por parte de la madre y otros familiares, una apatía que no encaja con la suposición de creer que el cadáver es el de la muchacha perfumista, debemos proceder ahora como si la cuestión de la identidad hubiera quedado resuelta a nuestra perfecta satisfacción.

-¿Y qué opina usted -pregunté entonces- de las opiniones de Le Commerciel?

_Que, en espíritu, son mucho más dignas de atención que cualquier otra que haya sido promulgada sobre el tema. Las deducciones de las premisas son filosóficas y agudas; pero las premisas, en dos aspectos al menos, se hallan fundadas en una observación imperfecta. Le Commerciel desea dar a entender que Marie cayó en manos de alguna pandilla de rufianes de baja estofa no lejos de la puerta de su madre. "Es imposible --argumenta- que una persona tan conocida por miles de conciudadanos como era esa-joven hubiera recorrido tres manzanas sin que nadie la hubiera visto." Esto es una idea de un hombre que reside desde hace tiempo en París, un hombre público, y cuyas idas y venidas por la ciudad se han visto limitadas en su mayor parte a las inmediaciones de las oficinas públicas. Es consciente de que él raras veces va más lejos de media docena de manzanas de su oficina sin ser reconocido y abordado. Y, sabiendo hasta qué punto conoce a los demás, y los demás lo conocen a él, compara su notoriedad con la de la muchacha perfumista, sin hallar gran diferencia entre ellos, y llega de inmediato a la conclusión de que ella, en sus salidas, será tan reconocida como él. Sólo éste podría ser el caso si sus salidas tuvieran el mismo carácter invariablemente metódico, y dentro del mismo tipo de limitada región que la de él. Él se mueve de un lado para otro, a intervalos regulares, dentro de una confinada periferia, que abunda en individuos que se ven impulsados a reconocer su persona a causa del interés de sus ocupaciones en relación con las de ellos. Pero las salidas de Marie puede suponerse que eran, en realidad, más al azar. En este caso en particular, hay que aceptar como lo más probable que siguiera una ruta más distinta de lo habitual. El paralelismo que imaginamos que existió en la mente de Le Commercíel sólo puede sostenerse en el caso de dos individuos que atraviesen toda la ciudad. En este caso, y admitiendo que los conocidos de cada uno sean iguales, las posibilidades de encontrar un cierto número de personas conocidas serán iguales. Por mi parte, debo sostener no sólo como posible, sino como mucho más que probable, que Marie pudiera haber seguido, en cualquier momento determinado, cualquiera de las muchas rutas entre su residencia y la de su tía, sin tropezarse con ningún individuo al que conociera o por quien fuera reconocida. Examinando esta cuestión a su luz adecuada, debemos tener muy en cuenta la gran desproporción existente entre las relaciones personales incluso del individuo más conocido de París y la población entera de París.

»Pero sea cual sea la fuerza que parece tener todavía la sugerencia de Le Commerciel, se verá muy disminuida cuando tomemos en consideración la hora a la cual salió la muchacha. «Las calles estaban llenas de gente cuando salió", dice Le Commerciel.

Pero no es así. Eran las nueve de la mañana. A las nueve de la mañana, todos los días de la semana, con excepción del domingo, las calles de la ciudad están, es cierto, repletas de gente. A las nueve de la mañana del domingo, la población se halla en su mayor parte dentro de sus casas preparándose para ir a la iglesia. Ninguna persona medianamente observadora puede haber dejado de observar el aire peculiarmente desierto de la ciudad, desde las ocho hasta las diez de la mañana de cada fiesta de guardar. Entre las diez y las once las calles están llenas, pero no tan temprano como se ha indicado.

»Hay otro punto en el cual parece existir una deficiencia de observación por parte de Le Commercíel. "Un trozo de las enaguas de la desgraciada muchacha, de sesenta centímetros de largo por treinta de ancho, fue arrancado y atado debajo de su barbilla y alrededor de su nuca, probablemente para impedir que gritara. Eso lo hizo gente que no llevaba pañuelos." Tanto si esta idea está o no bien fundada, más adelante examinaremos este punto; por "gente que no llevaba pañuelos" el director da a entender la clase más baja de rufianes. Ésos, en cambio, son la descripción misma de la gente que siempre llevará pañuelos, incluso aunque no lleven camisa. Supongo que habrá tenido ocasión de observar lo absolutamente indispensables, en los últimos años, que se han convertido los pañuelos para el perfecto atracador.

-¿Y qué debemos pensar -pregunté- del artículo de Le Soleil?

-Que es una gran lástima que su redactor no naciera loro, en cuyo caso se hubiera convertido en el loro más ilustre de su raza. Ha repetido simplemente los distintos detalles de la opinión ya publicada, recogiéndolos, con laudable industria, de este y de ese periódico. "Esos artículos llevaban allí evidentemente al menos tres o cuatro semanas, y no hay duda de que se ha descubierto el lugar de esa abominable atrocidad." Los hechos comunicados aquí por Le Soleil distan mucho de eliminar mis dudas sobre este tema, y los examinaremos con mayor atención más adelante, en conexión con otro apartado del tema.

»Por el momento debemos ocuparnos de otras investigaciones. No puede haber dejado de observar usted la tremenda laxitud del examen del cadáver. De acuerdo, la cuestión de la identidad fue determinada fácilmente, o como menos hubiera debido serlo; pero hay otros puntos a aclarar. ¿Estaba el cadáver despojado de alguna manera? ¿Llevaba la fallecida alguna joya consigo cuando salió de su casa? Si era así, ¿estaba todavía en su poder cuando fue encontrada? Son cuestiones importantes absolutamente pasadas por alto; y hay otras de igual importancia que no han merecido mayor atención. Debemos satisfacer nuestra curiosidad investigándolas por nosotros mismos. El caso de Saint-Eustache debe ser reexaminado. No tengo la menor sospecha hacia esta persona; pero procedamos metódicamente. Comprobaremos más allá de toda duda la validez de las declaraciones referentes a sus actividades durante el domingo. Las declaraciones de este tipo son a menudo objeto de engaño. Si no hay nada malo en ellas, apartaremos a Saint-Eustache de nuestras investigaciones. Su suicidio, aunque parezca corroborar las sospechas, en caso de que se halle algún engaño en sus declaraciones, no es, sin la concurrencia de este engaño, nada que deba preocuparnos ni desviarnos de la línea normal de nuestro análisis.

»En lo que le propongo ahora, descartaremos los puntos internos de esta tragedia, y concentraremos nuestra atención en su forma externa. Es un error muy usual, en investigaciones como ésta, limitar la investigación a lo inmediato, con un olvido total de los acontecimientos colaterales o circunstanciales. Es una mala práctica de los tribunales confinar la evidencia y la discusión a los límites de lo aparentemente relevante. Sin embargo, la experiencia ha demostrado, y una auténtica filosofía demostrará siempre, que una gran parte, quizá la mayor porción de la verdad, surge de lo aparentemente irrelevante. Es a través del espíritu de este principio, si no exactamente de su letra, que la ciencia moderna ha decidido calcular sobre lo imprevisto. Pero quizá no me comprenda usted. La historia del conocimiento humano ha mostrado de forma ininterrumpida que a los acontecimientos colaterales, o incidentales, o accidentales, debemos los más numerosos y los más valiosos descubrimientos, que a la larga se ha hecho necesario, en cualquier visión prospectiva de mejora, hacer no sólo grandes, sino las más grandes concesiones a las invenciones que surgirán por azar, y completamente al margen de cualquier expectativa. Ya no resulta filosófico basarse en lo que ha sido una visión de lo que ha de ser. El accidente es admitido como una parte de la infraestructura. Convertimos el azar en un asunto de cálculo absoluto. Sometemos lo inesperado y lo inimaginable a las formulae matemáticas de las escuelas.

»Repito que no es más que un hecho el que la mayor parte de toda verdad nace de lo colateral; y es en concordancia con el espíritu del principio implicado en este hecho que desviaré la investigación, en el presente caso, del hollado y, por ello, infructuoso terreno del acontecimiento en sí a las circunstancias contemporáneas que lo rodean. Mientras usted comprueba la validez de los testimonios, yo examinaré los periódicos de un modo más general del que usted ha llevado a cabo. Hasta este momento sólo hemos reconocido el campo de investigación; pero será muy extraño si un examen completo, como el que propongo, de los papeles públicos, no nos ofrece algunos pormenores que establezcan una dirección a nuestras investigaciones.

Siguiendo la sugerencia de Dupin, efectué un escrupuloso examen de las declaraciones. El resultado fue una firme convicción de su validez, y la consecuente inocencia de Saint-Eustache. Mientras tanto mi amigo se ocupó, con lo que me pareció una minuciosidad completamente sin objetivo, en escrutar los distintos periódicos. Transcurrida una semana colocó delante de mí los siguientes extractos:

«Hará unos tres años y medio, causó una alteración muy similar a la presente la desaparición de esta misma Marie Rogêt de la parfumerie de monsieur Le Blanc, en el Palais Royal. A la semana, sin embargo, reapareció en su comptoir habitual, como siempre, con excepción de una ligera palidez no muy usual en ella. Monsieur Le Blanc y su madre indicaron que simplemente había ido a visitar a unos amigos en el campo; y el asunto no tardó mucho en olvidarse. Suponemos que la ausencia actual es un capricho de la misma naturaleza y que, transcurrida una semana, o quizás un mes, la tendremos de nuevo entre nosotros.» - Evening Paper , lunes 23 de junio.

«Un periódico de la tarde de ayer se refiere a una misteriosa desaparición anterior de mademoiselle Rogêt. Es bien sabido que, durante la semana de su ausencia de la parfumerie de Le Blanc, estuvo en compañía de un joven oficial de la marina, muy conocido por sus libertinas costumbres. Se supone que una pelea la devolvió providencialmente a casa. Tenemos el nombre del libertino en cuestión, que en la actualidad se halla destacado en París, pero por obvias razones nos abstenemos de hacerlo público.» - Le Mércure , mañana del martes 24 de junio.

«Una horrible atrocidad fue perpetrada anteayer en las inmediaciones de esta ciudad. Un caballero, con su esposa e hija, contrataron, hacia el anochecer, los servicios de seis jóvenes, que estaban remando ociosamente en una barca arriba y abajo cerca de las orillas del Sena, para que los trasladaran al otro lado del río. Al alcanzar la orilla opuesta, los tres pasajeros desembarcaron, y estaban ya fuera de la vista de la barca cuando la hija descubrió que se había dejado en ella su sombrilla. Regresó en su busca, fue asaltada por la pandilla, arrastrada hasta el río, amordazada, tratada brutalmente, y al fin llevada a la orilla en un lugar no muy lejano de donde había tomado al principio la barca con sus padres. Hasta el momento los villanos han escapado, pero la policía está, tras su rastro y algunos de ellos serán detenidos próximamente.» - Morníng Paper , 25 de junio.

«Hemos recibido una o dos comunicaciones, cuyo objetivo es acusar a Mennais de la reciente atrocidad; pero puesto que este caballero ha sido completamente exonerado tras la investigación oficial, y puesto que las argumentaciones de nuestros distintos corresponsales parecen tener más celo que profundidad, no creemos aconsejable hacerlas públicas.» - Morning Paper, 28 de junio.

«Hemos recibido por escrito varias comunicaciones enérgicas al parecer procedentes de varias fuentes, y que hasta el momento nos impulsan a aceptar como un hecho cierto que la infortunada Marie Rogét ha sido víctima de una de las numerosas bandas de canallas que los domingos infestan los alrededores de la ciudad. Nuestra propia opinión se halla decididamente a favor de esta suposición. En breve efectuaremos todo lo necesario para hacer partícipes a nuestros lectores de estas argumentaciones. » -Evening Paper , martes 31 de junio.

«El lunes, uno de los barqueros adscritos al servicio de aduanas vio una barca vacía flotando Sena abajo. Las velas yacían en el fondo de la barca. El barquero la remolcó hasta la oficina de navegación. A la mañana siguiente fue retirada de allí, sin el conocímiento de ninguno de los funcionarios. El timón se halla ahora en la oficina de navegación.» - La Dilígence martes 26 de junio.

Tras leer estos varios extractos, no sólo me parecieron irrelevantes, sino que no pude captar ninguna forma en que cualquiera de ellos pudiera relacionarse con el asunto que nos ocupaba. Aguardé alguna explicación de Dupin.

-No es mi intención -dijo- detenerme en el primero y el segundo de estos extractos. Los he copiado principalmente para mostrarle la extrema negligencia de la policía que, por lo que he podido comprender del prefecto, todavía no se ha molestado en interrogar bajo ningún aspecto al oficial de la marina aludido. Sin embargo, es mera locura decir que entre la primera y la segunda desaparición de Marie no existe ninguna conexión concebible. Admitamos que la primera escapada tuvo como resultado una pelea entre los amantes, y el regreso a casa de la traicionada.

Ahora estamos preparados para considerar la segunda escapada (si admitimos que se trató de nuevo de una escapada) corno una renovación de los avances del traidor antes que como el resultado de nuevas proposiciones de un segundo individuo; estamos preparados para considerarla como un "revivir" del antiguo amour antes que como el comienzo de uno nuevo. Las posibilidades son diez contra una a que quien se fugó una vez con Marie le propuso fugarse de nuevo, antes que a que la primera proposición fue efectuada por un individuo y la segunda por otro. Y aquí permítame llamar su atención sobre el hecho de que el tiempo transcurrido entre la primera escapatoria segura, y la segunda supuesta, son unos pocos meses más que el período general de los cruceros de nuestros buques de guerra. ¿Vio interrumpida el amante su primera villanía por la necesidad de partir al mar, y aprovechó la primera ocasión de su regreso para renovar sus bajos designios todavía no cumplidos.... o todavía no cumplidos por él? Nada sabemos de eso.


»Dirá usted sin embargo que, en el segundo caso, no hubo escapatoria tal como la imaginamos. Ciertamente no, pero, ¿estamos preparados a decir que no hubo un intento frustrado? Más allá de Saint-Eustache, y quizá Beauvais, no encontramos galanteadores reconocidos, abiertos, honorables, de Marie. No se dice nada de ningún otro. ¿Quién es entonces el amante secreto, del que los familiares (al menos la mayoría de ellos) no saben nada, pero con el que Marie se reúne la mañana del domingo, y en el que confía tan probandamente que no vacila en permanecer con él hasta que descienden las sombras de la noche, entre los solitarios bosquecillos de la Barriére du Roule? ¿Quién es ese amante secreto, pregunto, de quien al menos la mayoría de los familiares no saben nada? ¿Y qué significa la singular profecía de madame Rogêt la mañana de la partida de Marie: "Me temo que no voy a ver nunca más a Marie"?

»Pero si no podemos imaginar a madame Rogét al corriente, de los planes de fuga, ¿no podemos por lo menos suponer que éste era precisamente el plan de la muchacha? Al salir de casa, dio a entender que iba a visitar a su tía en la rue des Drômes, y pidió a Saint-Eustache que fuera a buscarla allí al anochecer. A primera vista, este hecho milita fuertemente contra mi sugerencia..., pero reflexionemos. Que ella se reunió con un hombre, y cruzó con él el río, Regando a la Barriére du Roule a una hora tan tardía como las tres de la tarde, es algo sabido. Pero, al permitir que la acompañara aquel mismo individuo (por la razón que fuera, conocida o no de su madre), tuvo que pensar en su expresada intención cuando salió de casa, y en la sorpresa y sospechas suscitadas en su pretendiente Saint-Eustache cuando éste, al acudir en su busca a la hora señalada en la rue des Drômes, descubriera que no había estado allí y cuando, más aún, al regresar a la pensión con este alarmante conocimiento, supiera que seguía ausente de casa. Digo que tuvo que pensar en todas estas cosas. Tuvo que prever la preocupación de Saint-Eustache, las sospechas de todos. Es posible que no tuviera intención de regresar para despejar las sospechas; pero esas sospechas tenían que carecer de importancia para ella, si suponemos que no pretendía regresar.

»Podemos imaginar así sus pensamientos: "Voy a reunirme con una cierta persona para fugarme con ella, o para cualquier otro propósito conocido sólo por mí. Es necesario que no haya ninguna posibilidad de ser sorprendida, debemos tener tiempo suficiente para eludir toda persecución, así que diré que voy a visitar y a pasar el día con mi tía en la rue des Drómes, y le pediré a Saint-Eustache que no venga a buscarme hasta que oscurezca. De esta forma conseguiré ausentarme de casa durante el período de tiempo más largo posible sin causar sospecha o ansiedad, y ganaré más tiempo que de ninguna otra manera. Si pido a Saint-Eustache que venga a buscarme al anochecer, seguro que no lo hará antes; pero si no le digo nada de que venga a buscarme, mi margen de tiempo para fugarme se verá disminuido, puesto que él esperará que regrese antes, y mi ausencia despertará ansiedad más pronto. Si mi idea fuera regresar, si tuviera intención de pasar simplemente unas horas con el individuo en cuestión, no le diría a Saint-Eustache que viniera a buscarme; porque, al hacerlo, sabría que yo le había engañado, un hecho que desearía mantener siempre en su ignorancia, marchándome de casa sin notifiarle mis intenciones, regresando antes de anochecer, y diciendo entonces que había ido a visitar a mi tía en la rue des Drómes. Pero, puesto que mi idea es. no regresar nunca, o al menos durante algunas semanas o hasta que haya ocultado algunas cosas, el ganar tiempo es el único punto del que debo preocuparme."

»Habrá observado en sus notas que la opinión más general en relación con este triste asunto es, y fue desde un principio, que la muchacha había sido víctima de una pandilla de facinerosos. La opinión popular, bajo ciertas condiciones, no debe dejarse de lado. Cuando surge por sí misma, cuando se manifiesta por sí misma de una forma estrictamente espontánea, debemos considerarla como análoga a esa intuición que es la idiosincrasia del hombre genial. En el noventa y nueve por ciento de los casos me inclinaría ante su decisión. Pero es importante que no hallemos huellas palpables de sugestión. La opinión tiene que ser rigurosamente la del público; y la distinción resulta a menudo demasiado difícil de percibir y de mantener. En el presente caso, me parece que esta "opinión pública" respecto a una pandilla ha sido influida por el acontecimiento colateral que se detalla en el tercero de mis extractos. Todo París está excitado por el descubrimiento del cadáver de Marie, una joven muchacha, hermosa y conocida. Este cadáver es hallado mostrando marcas de violencia y flotando en el río. Pero ahora sabemos que, en el mismo período, o más o menos en el mismo período en que se supone que fue asesinada esa muchacha, se perpetró un atropello de naturaleza similar al sufrido por la fallecida, aunque de menor extensión, por parte de una pandilla de jóvenes rufianes, en la persona de una segunda joven. ¿Es sorprendente que el atropello conocido influencie al juicio popular con respecto al no conocido? Este juicio aguardaba una dirección, ¡y el atropello conocido pareció ofrecerla muy oportunamente! Marie fue hallada también en el río, y fue en este mismo río donde se cometió el atropello conocido. La conexión de los dos sucesos era tan evidente, que lo sorprendente hubiera sido que la gente no hubiera apreciado la relación. Pero, de hecho, una atrocidad que se sabe que fue cometida, es en todo caso evidencia de que el otro, cometido casi al mismo tiempo, no fue cometido así. De hecho hubiera sido un milagro si, mientras una pandilla de rufianes estaba perpetrando, en un lugar determinado, una fechoría así, hubiera otra pandilla similar, en un lugar similar, en la misma ciudad, bajo las mismas circunstancias, con iguales medios y procedimientos, dedicada a cometer una fechoría exactamente del mismo aspecto y precisa mente en el mismo período de tiempo. ¿Pero en qué otra cosa, si no en esta maravillosa cadena de coincidencias, nos haría creer la accidentalmente sugestionada opinión pública?

»Antes de seguir, consideremos la supuesta escena del asesinato, en el soto de la Barrière du Roule. Este soto, aunque denso, estaba muy cerca de un camino público. Dentro había tres o cuatro grandes piedras, formando una especie de asiento con un respaldo y un escabel. En la piedra superior se descubrieron unas enaguas blancas; en la segunda, un chal de seda. Se hallaron también una sombrilla, guantes y un pañuelo. El pañuelo llevaba el nombre "Marie Rogét". Había fragmentos de vestido en las ramas de alrededor. La tierra estaba pisoteada, la maleza rota y había evidencias de un forcejeo violento.

»Pese a la aclamación con que este descubrimiento fue recibido por la prensa, y la unanimidad con la que se supuso que indicaba el escenario exacto del atropello, debe admitirse que había algunas buenas razones para la duda. Puede o no puede creerse que era el escenario, pero había una excelente razón para dudar. Si el auténtico escenario del crimen, como sugería Le Commerciel, .estaba en las inmediaciones de la rue Pavée Saint-André, los perpetradores del crimen, suponiendo que siguieran residiendo en París, se hubieran sentido naturalmente asaltados por el terror ante el hecho de que la atención pública estuviera dirigida hacia la dirección correcta; y, en ciertas clases de mentes, hubiera surgido de inmediato la sensación de la necesidad de hacer algo para desviar esa atención. Y así, siendo el soto de la Barrière du Roule ya sospechoso, la idea de colocar los objetos allá donde fueron hallados sería una cosa de lo más natural. No hay auténticas pruebas, aunque Le Soleil así lo supone, de que las cosas descubiertas allí llevaran más que unos pocos días en el soto; mientras que hay muchas pruebas circunstanciales de que no podían haber permanecido allí, sin atraer la atención, durante los veinte días transcurridos entre el domingo fatal y la tarde en que fueron hallados por los niños. "Estaban completamente apelmazadas y enmohecidas -dice Le Soleil, adoptando las opiniones de sus predecesores- por la acción de la lluvia. La hierba había crecido alrededor y por encima de algunas de ellas. La seda de la sombrilla era fuerte, pero sus fibras estaban pegadas en el interior. La parte superior, allá donde estaba doblada y plegada, estaba toda enmohecida, y se desgarró al ser abierta." Respecto a la hierba que «había crecido alrededor y por encima de algunas de ella?, es evidente que el hecho sólo pudo afirmarse basándose en las palabras y, en consecuencia, en los recuerdos de dos niños pequeños; porque esos niños cogieron las cosas y se las llevaron a casa antes de que fueran vistas por terceras personas. Pero la hierba puede crecer, en especial en clima cálido y húmedo (como lo era durante el período del asesinato) tanto como seis u ocho centímetros en un solo día. Una sombrilla, caída sobre un suelo cubierto de hierba, podría verse en una semana oculta enteramente de la vista por ésta. Y respecto al enmohecimiento sobre el que tanto insiste el redactor de Le Soleil, que emplea la palabra no menos de tres veces en el breve párrafo citado, ¿no es consciente de la naturaleza de este moho? ¿Hay que decirle que se trata de una de las muchas clases de hongos, cuyo rasgo más ordinario es el de desarrollarse y morir en un período de veinticuatro horas?

»Así vemos, tras una primera ojeada, que lo que ha sido más triunfalmente aducido en apoyo de la idea de que los objetos habían permanecido "durante al menos tres o cuatro semana? en el soto es completamente absurdo, si queremos considerarlo como prueba de ese hecho. Por otra parte, es enormemente difícil creer que esos objetos pudieran haber permanecido en el lugar especificado durante un período más largo que una sola semana, por un período superior al de un domingo al siguiente. Aquellos que saben algo de los alrededores de París, saben de la extrema dificultad de hallar privacidad, a menos que uno se aleje a gran distancia de los suburbios. No puede ni imaginarse algo parecido a un rincón inexplorado, o siquiera infrecuentemente visitado, entre sus bosques y sotos. Que cualquier amante de la naturaleza encadenado por su trabajo al polvo y al calor de esta gran metrópolis intente, incluso entre semana, apagar su sed de soledad entre los escenarios de hermosura natural que nos rodean. A cada dos pasos hallará el creciente encanto disipado por la voz y la intrusión personal de algún rufián o pandilla de alborotadores. Buscará intimidad en medio del más denso follaje, pero en vano. Éste es el lugar donde más abundan los desaseados, es aquí donde más profanados son los templos. Con el corazón enfermo, el caminante huirá de vuelta al polucionado París como un pozo de polución menos encenagado. Pero si los alrededores de la ciudad se hallan tan concurridos durante los días laborables de la semana, ¡imagine lo mucho más que lo estarán los festivos! Es especialmente entonces cuando, liberado de las exigencias del trabajo o privado de sus habituales oportunidades de crimen, el truhán urbano va hacia las afueras, no por amor a lo rural, que en el fondo de su corazón desprecia, sino como una forma de escapar de las restricciones y los convencionalismos de la sociedad. Desea menos el aire puro y los verdes árboles que la absoluta licencia del campo. Aquí, en el hotel al lado de la carretera, o debajo del follaje de los árboles, se entrega sin ser contemplado por ningún ojo indiscreto, excepto los de sus compañeros, a todos los locos excesos de una falsa alegría, hija de la libertad y del ron. No digo más que lo que ha de resultar obvio a cualquier desapasionado observador, cuando repito que el hecho de que los objetos en cuestión hayan permanecido sin ser descubiertos durante un período superior a una semana, en cualquier bosquecillo o soto de las inmediaciones de París, ha de ser considerado como poco menos que milagroso.

»Pero no faltan otros motivos para la sospecha de que los objetos fueron colocados en el soto con la intención de desviar la atención del auténtico escenario de los hechos. Y, primero, déjeme dirigir su atención a la fecha del descubrimiento de dichos
objetos. Relaciónela con la fecha del quinto extracto que he hecho de los periódicos. Observará que el descubrimiento siguió, casi de forma inmediata, a las urgentes comunicaciones enviadas al vespertino. Estas comunicaciones, aunque distintas, y procedentes al parecer de varias fuentes, tendían todas hacia el mismo punto, es decir, dirigir la atención a una pandilla como los perpetradores del atropello, y a las inmediaciones de la Barriére du Roule como su escenario. Por supuesto, la sospecha no es que, como consecuencia de esas comunicaciones o de la atención pública dirigida a ellas, los objetos fueran hallados por los muchachos; pero sí puede ser muy bien que esas cosas no fueran encontradas antes por los muchachos por la razón de que no estuvieran antes en el soto; siendo depositados allí solamente en un período posterior como la fecha, o poco antes, de las comunicaciones, por los autores de esas propias comunicaciones.

»Ese soto era singular... sorprendentemente singular. Era de una densidad fuera de lo común. Dentro de su recinto cercado por la propia naturaleza había tres piedras extraordinarias, formando un asiento con un respaldo y un escabel. Y este soto, tan lleno de arte natural, se hallaba en las inmediaciones, a pocos metros de distancia, de la morada de madame Deluc, cuyos hijos tenían la costumbre de examinar atentamente la maleza a todo su alrededor en busca de corteza de sasafrás. ¿Hay alguna posibilidad, una entre un millar, de que pasara algún día en el que al menos uno de esos chicos no se ocultara en el sombrío salón y se entronizara en su trono natural? Aquellos que duden ante esa posibilidad es que nunca han sido muchachos o han olvidado cómo lo fueron. Repito, resulta extremadamente difícil comprender cómo pudieron permanecer los objetos en aquel lugar sin ser descubiertos durante un período superior a uno o dos días; y por ello hay terreno abonado para la sospecha, pese a la dogmática ignorancia de Le Soleil, de que fueron depositados allá donde los hallaron en una fecha comparativamente tardía.

»pero hay todavía otras y más intensas razones para creer que fueron así depositados,. que las que ya he argumentado. Y ahora permítame suplicarle que observe la altamente artificial colocación de los objetos. En la piedra superior había unas enaguas blancas; en la segunda un chal de seda; dispersos por los alrededores había una sombrilla, unos guantes y un pañuelo que llevaba el nombre "Marie Rogêt". Es exactamente la colocación que establecería de forma natural una persona no muy aguda que deseara, disponer los objetos de una forma natural. Pero no es en absoluto una colocación natural Me hubiera gustado más ver todas las cosas tiradas por el suelo y pisoteadas. En los estrechos límites de aquel bosquecillo sería más bien difícil que las enaguas y el chal mantuvieran su posición sobre las piedras, sometidos al roce constante de muchas personas debatiéndose. "La tierra estaba pisoteada -se dice-, algunas plantas rotas y había evidencias claras de un forcejeo", pero las enaguas y el chal estaban depositados como en una estantería. 'Tos jirones de ropa desgarrados junto a la maleza tenían unos ocho centímetros de ancho por quince de largo. Una parte era el dobladillo del vestido, y estaba remendado. Parecían como tiras arrancadas." Aquí, inadvertidamente, Le Soleil ha empleado una frase demasiado sospechosa. Las prendas, tal como se describe, realmente «parecían como tiras arrancadas"; pero a propósito y a mano. Es uno de los accidentes más raros el que una tira de una prenda sea "arrancada", tal como se describe aquí, por una zarza. Por la naturaleza misma de esas telas, una zarza o un clavo que se enganche en ellas las rasga rectangularmente, forma un roto longitudinal en ángulo recto, que culmina en el punto donde ha entrado la zarza o el clavo, pero es muy poco posible concebir que "se arranque" una tira de ella. Nunca he visto nada así, y supongo que usted tampoco. Para arrancar una tira de una prenda se necesitan dos fuerzas distintas, en dos direcciones distintas. Si hay dos bordes en la tela, si por ejemplo se trata de un pañuelo y se desea arrancar una tira de él, entonces, y sólo entonces, será suficiente una única fuerza. Pero en el presente caso se trata de un vestido, que sólo presenta un borde. Sería casi un milagro que unas zarzas desgarraran una prenda desde el interior, allá donde no presenta ningún borde, y una zarza no lo conseguiría. Pero, aunque se presentara un borde, serían necesarias dos zarzas, que actuaran una en dos direcciones distintas y la otra en una. Y esto en el supuesto de que el borde no presentara un dobladillo. Con un dobladillo, puede descartarse casi por completo. Vemos así los numerosos y grandes obstáculos en la forma en que tina tira de tela puede ser "arrancada' por una simple zarza; sin embargo, se nos pide que creamos que no sólo una tira sino varias fueron arrancadas de este modo. «Y una parte -también--- ¡era el dobladillo del vestido!» Otra era "parte de la falda, pero no el dobladillo", ¡es decir, había sido arrancada por completo, por unas zarzas, desde el interior sin bordes del vestido! Digo que esto son cosas que uno puede ser perdonado por no creerlas; sin embargo, tomadas en su conjunto, forman quizás un terreno menos razonable para las sospechas que la sorprendente circunstancia de los artículos dejados en esta maleza por unos asesinos que tuvieron la suficiente precaución de pensar en retirar el cadáver. Sin embargo, no me ha captado usted correctamente si supone que mi objetivo es negar ese soto como el escenario de la atrocidad. Puede haber sucedido aquí o más posiblemente haber sido un accidente en casa de madame Deluc. Pero, de hecho, éste es un extremo de poca importancia. No estamos intentando descubrir el escenario, sino identificar a los perpetradores del asesinato. Lo que he aducido, pese a su minuciosidad, lo he hecho únicamente con la idea, primero, de mostrarle la temeridad de las rotundas y precipitadas afirmaciones de Le Soleil, pero segundo y más importante, de conducirle, por la ruta más natural, a una mayor contemplación sobre la duda de si ese asesinato ha sido o no obra de una pandilla

»Resumiremos esta cuestión con una simple alusión a los desagradables detalles expuestos por el cirujano en la investigación Sólo baste decir que sus deducciones, respecto al número de los rufianes, han sido adecuadamente ridiculizadas como inexactas y totalmente carentes de base por todos los reputados anatomistas de París. No se tata de que el asunto no pueda haber ocurrido tal y como se ha deducido, sino que no hay ninguna base para deducciones, mientras que si las hay, para. otras,

»Reflexionemos ahora sobre "las huellas de un forcejeo", y déjeme preguntarle qué se supone que quieren demostrar esas huellas. Una pandilla. Pero, ¿acaso no demuestran más bien la ausencia de una pandilla? ¿Qué forcejeo pudo producirse, qué forcejeo tan violento y tan sostenido. como para dejar sus "huellas" en todas direcciones, entre una débil e indefensa muchacha y la pandilla de rufianes imaginada? Un silencioso aferrar de unos cuantos fuertes brazos y todo habría terminado. Observará aquí usted que los argumentos presentados contra el soto como el escenario de los hechos son aplicables, en gran parte, sólo contra él como la escena de un atropello cometido por más de un solo individuo. Si no imaginamos más que un violador, podríamos concebir, y sólo concebir, un forcejeo tan violento y tan obstinado como para dejar las "huellas" puestas en evidencia.

»Y más aún. He mencionado ya la sospecha suscitada por el hecho de que los objetos en cuestión fueran abandonados en el soto donde fueron hallados. Parece casi imposible que esas pruebas de culpabilidad fueran dejadas accidentalmente en el lugar donde fueron halladas. Hubo la suficiente presencia de ánimo (se supone) como para retirar el cadáver; y sin embargo, una prueba más explícita que el propio cadáver (cuyas facciones hubieran resultado pronto destruidas por la descomposición) fue abandonada llamativamente en el escenario del atropello ... me refiero al pañuelo con el nombre de la fallecida. Si fue un accidente, no fue el accidente de una pandilla. Podemos imaginar tan sólo el accidente de un individuo. Veamos. os. Un individuo ha cometido el asesinato. Está solo con el fantasma de su víctima. Se siente abrumado por el cuerpo que yace inmóvil delante de él. La furia de su pasión ha desaparecido, y hay sitio abundante en su corazón para el horror natural del acto cometido. No hay nada de esa confianza que inevitablemente inspira la presencia de otros. Está a solas con la muerta. Tiembla y se siente desconcertado. Sin embargo, es necesario librarse del cadáver. Lo lleva al río, pero deja a sus espaldas las otras pruebas de su culpabilidad; porque es difícil, si no imposible, llevar todo el peso de una sola vez, y será fácil regresar en busca de lo que queda. Pero en su afanoso viaje hasta el agua los temores se redoblan en su interior. Los sonidos de la vida acompañan su camino. Una docena de veces oye o cree oír los pasos de un observador. Incluso las luces mismas de la ciudad lo estremecen. Sin embargo, con el tiempo y largas y frecuentes pausas de profunda agonía, alcanza la orilla del río y se desembaraza de su horrible carga, quizá por medio de un bote. Pero ahora, ¿qué tesoro del mundo, qué amenaza de venganza, puede impulsar a ese solitario asesino a regresar por aquel duro y peligroso camino hasta el soto y sus recuerdos que hielan la sangre? No regresa, y deja que las consecuencias sean las que sean. No puede regresar ni aunque quisiera. Su único pensamiento es escapar de inmediato. Da la espalda para siempre a aquella terrible maleza, y huye como de una maldición.

»Pero, ¿qué ocurriría con una pandilla? Su número les habría inspirado la confianza necesaria, si de hecho ésta llegara a faltar alguna vez en el pecho del más empedernido miserable; y se supone que las pandillas están siempre constituidas por miserables empedernidos. Su número, digo, habría impedido el aturdido e irrazonable terror que he imaginado que paralizó al hombre solo. Podemos suponer un descuido de uno, dos o tres, pero este descuido sería remediado por un cuarto. No hubieran dejado nada a sus espaldas; porque su número les hubiera permitido llevarlo todo a la vez. No hubiera sido necesario regresar.

»Considere ahora la circunstancia de que, en el vestido del cadáver, cuando fue hallado, "una tira, de unos treinta centímetros de ancho, había sido rasgada hacia arriba desde el dobladillo inferior hasta la cintura, enrollada en tres vueltas alrededor de la cintura, y sujeta por una especie de fuerte nudo en la espalda. , Esto se hizo con la evidente finalidad de proporcionar un asa por la cual cargar el cuerpo. Pero, ¿hubieran soñado varios hombres en recurrir a esto? Para tres o cuatro, los miembros del cadáver les hubieran proporcionado una sujeción no sólo suficiente, sino la mejor posible. El recurso es el de un solo individuo; y nos lleva al hecho de que "entre el soto y el río se hallaron unas cercas derribadas, ¡y el suelo mostraba evidencias de que por él se había arrastrado algún objeto pesado!" Pero, ¿hubieran recurrido varios hombres al superfluo trabajo de derribar una cerca, con la finalidad de arrastrar un cadáver que hubieran podido levantar por encima de cualquier cerca en un instante? ¿Hubieran varios hombres arrastrado un cadáver hasta el punto de dejar huellas evidentes de ello?

»Y aquí debemos referirnos a una observación de Le Commercíel; una observación que, en cierta medida, he comentado ya. "Un trozo -dice este periódico- de las enaguas de la desgraciada muchacha, de sesenta centímetros de largo por treinta de ancho, fue arrancado y atado debajo de su barbilla y alrededor de su nuca, probablemente para impedir que gritara. Eso lo hizo gente que no llevaba pañuelos."

»He sugerido antes que un genuino truhán nunca va sin un pañuelo. Pero no es este hecho el que señalo ahora especialmente. Que no fue por falta de pañuelo ni para el propósito imaginado por Le Commerciel para lo que fue empleado esa banda resulta evidente por-el pañuelo abandonado en el soto; y que el objeto no fue "para impedir que gritara" lo demuestra el hecho de que se empleara la tira de tela preferentemente a lo que hubiera sido mucho mejor para esa finalidad. Pero el lenguaje de la investigación habla de la tira en cuestión como que "fue hallada alrededor de su cuello, un tanto suelta, y asegurada con- un fuerte nudo". Esas palabras son lo suficientemente vagas, pero difieren materialmente de las de Le Commercíel., La tira tenía cuarenta y cinco centímetros de ancho y, en consecuencia, aunque de muselina, formaría una recia banda cuando fuera doblada longitudinalmente. Y doblada así es como fue descubierta. Mi deducción es la siguiente: el solitario asesino, tras haber cargado con el cadáver durante una cierta distancia (ya fuera desde el soto o desde alguna otra parte) por medio del vendaje atado a su cintura, halló que el peso, procediendo de este modo, era demasiado para sus fuerzas. Resolvió arrastrar la carga..., las pruebas demuestran que fue arrastrada. Con este objetivo a la vista, se hizo necesario atar algo parecido a una cuerda a una de las extremidades. Sería mejor atarlo alrededor del cuello, donde la cabeza impediría que se deslizara. Y el asesino pensó incuestionablemente en la banda alrededor de la cintura. La hubiera usado, de no ser porque estaba enrollada alrededor del cadáver y atada con un fuerte nudo, y no había sido "arrancada por completo" del vestido. Era más fácil arrancar una nueva tira de las enaguas. Lo hizo, la ató alrededor del cuello, y así arrastró a la víctima hasta la orilla del río. El hecho de que esta "faja', que sólo pudo obtener con tiempo y esfuerzo y que sólo respondía de forma imperfecta a su necesidad, fuera empleada, demuestra que la necesidad de su empleo surgió de circunstancias planteadas en un momento en que el pañuelo ya no estaba disponible, es decir, como hemos imaginado, después de abandonar el soto (si se trataba del soto) y en el camino entre el soto y el río.

»Pero la evidencia, dirá usted, de madame Deluc: (!) señala específicamente la presencia de una pandilla en las inmediaciones del soto, más o menos en el momento del asesinato. Admito esto. Dudo incluso de que no hubiera una docena de pandillas, como las descritas por madame Deluc, en y por los alrededores de la Barriére du Roule hacia el momento de la tragedia. Pero la pandilla que atrajo la animadversión de madame Deluc, pese a su tardía y muy sospechosa declaración, es la única pandilla que es citada por tan honesta y escrupulosa vieja dama como la que se comió sus pasteles y se bebió su brandy, sin siquiera molestarse en pagar. Et hinc illae irae!

»¿Pero cuál es la evidencia exacta de madame Deluc? "Apareció una pandilla de alborotadores que organizaron un gran jaleo, comieron y bebieron sin pagar, siguieron el camino de la joven pareja, regresaron al hotel hacia el anochecer, y volvieron a cruzar el río como si tuvieran mucha prisa."

»Esta "mucha prisa' debió de parecer muy extremada a los Ojos de madame Deluc, puesto que no dejaba de pensar y de lamentarse de sus pasteles y su cerveza, pasteles y cerveza por los cuales puede que todavía tuviera débiles esperanzas de ser compensada. ¿Por qué, de otro modo, puesto que era hacia el anochecer, hubiera hecho hincapié en la prisa? No es de extrañar que incluso una pandilla de facinerosos se apresure a regresar a casa cuando hay que cruzar un ancho río en pequeñas barcas, amenaza la tormenta y se acerca la noche.

»Digo se acerca, porque la noche todavía no había llegado. Era sólo hacia el anochecer cuando la indecente prisa de esos "alborotadores" ofendió los sobrios ojos de madame Deluc. Pero se nos dice que fue aquella misma tarde que madame Deluc, junto con su hijo mayor, "oyó los gritos de una mujer en las inmediaciones del hotel". ¿Y con qué palabras designa madame Deluc el período de la tarde en la cual se oyeron esos gritos? 'Fue poco después de anochecer" , dice. Pero "poco después de anochece?' significa, al menos, que ya es oscuro, mientras que "hacia el anochecer' todavía hay luz del día. Así pues, resulta claro que la pandilla abandonó la Barriére du Roule antes de los gritos oídos (?) por madame Deluc. Y, aunque en todas las muchas transcripciones de la declaración, las expresiones en cuestión son empleadas de un modo claro e invariable tal como las he empleado yo en esta conversación con usted, ninguno de los periódicos ni ningún miembro de la policía se ha dado cuenta todavía de esta gran discrepancia.

»Debo añadir un argumento más contra una pandilla; pero éste tiene, al menos a mi entender, un peso absolutamente irresistible. Bajo las circunstancias de la gran recompensa ofrecida, y el perdón completo ante cualquier prueba presentada, no es posible imaginar ni por un momento que algún miembro de una pandilla de bajos rufianes, o cualquier grupo de hombres, tarde mucho tiempo en traicionar a sus cómplices. Cada miembro del grupo se ve así enfrentado, más que a la codicia de la recompensa y al ansia de escapar del castigo, al temor de ser traicionado. Así, traiciona ansiosa e inmediatamente antes de que pueda ser traicionado él. Que el secreto no haya sido divulgado es la mejor prueba de que se trata, de hecho, de un secreto. Los horrores de esta tenebrosa acción sólo son conocidos por uno o dos seres humanos, y por Dios.

»Resumamos ahora los escasos pero seguros frutos de nuestro largo análisis. Hemos llegado a la idea o bien de un fatal accidente bajo el techo de madame Deluc, o de un asesinato perpetrado en el soto en la Barriére du Roule por un amante o, al menos, por una persona íntimamente conocida por la fallecida. Esta persona es de complexión morena. Esta complexión, la forma en que fue "atada" la banda que rodeaba el cuerpo y el "nudo de marino" con que fue atado el cordón del sombrero, apuntan a un marinero. Su asociación con la fallecida, una muchacha alegre pero no abyecta, lo señala como por encima de la categoría de marinero común. Aquí, las bien escritas y urgentes comunicaciones a los periódicos constituyen una buena corroboración. Las circunstancias de la primera escapada, tal como son mencionadas por Le Mercure, tienden a unir la idea de este marinero con la del "oficial naval" que se sabe fue el primero en inducir a la desafortunada a cometer su falta.

"Y aquí, muy oportunamente, llega la consideración sobre la prolongada ausencia del hombre de complexión morena. Déjeme hacer una pausa para observar que la complexión de este hombre es oscura, morena; esta cualidad morena no muy común es el único punto de coincidencia entre las declaraciones de Valence y madame Deluc. Pero, ¿por qué está este hombre ausente? ¿Fue asesinado por la pandilla? Si es así, ¿por qué sólo hay huellas de la muchacha asesinada? Cabe suponer que el escenario de las dos acciones fue el mismo. ¿Y dónde está el cadáver? Lo más pro bable es que los asesinos se desembarazaron de ambos de la mis ma manera. Pero puede decirse que este hombre vive todavía,

duda de darse a conocer por temor a ser acusado del asesinato. Esta consideración puede pesar sobre él ahora, después de tanto tiempo, puesto que hay pruebas de que fue visto con Marie, pero no tenía ninguna fuerza inmediatamente después de ocurrido el hecho. El primer impulso de un hombre inocente sería denunciar lo ocurrido, y ayudar en la identificación de los rufianes. Esto es lo que hubiera sugerido la policía. Había sido visto con la muchacha. Había cruzado el río con ella en un transbordador abierto. Su denuncia de los asesinos hubiera parecido, incluso a un idiota, el único y más seguro medio de librarse de las sospechas. No podemos suponerle, la noche del domingo fatal, inocente y no conocedor de la atrocidad cometida. Sin embargo, sólo bajo tales circunstancias es posible imaginar que no hubiera denunciado, si estaba vivo, a los asesinos.

»¿Y de qué medios disponemos nosotros para alcanzar la verdad? Veremos que esos medios se multiplican y acumulan a medida que avanzamos. Vayamos primero al fondo de este asunto, la primera escapada. Sepamos la historia completa del «oficial", con sus actuales circunstancias, y sus acciones en el momento preciso del asesinato. Comparemos cuidadosamente entre sí las distintas comunicaciones enviadas al periódico vespertino, en las que el objetivo era inculpar a una pandilla. Hecho esto, comparemos esas comunicaciones, tanto en lo relativo al estilo como al manuscrito, con los enviados al periódico matutino, en un período anterior, que tan vehementemente insistían en la culpabilidad de Mennais. Y, hecho todo esto, comparemos de nuevo estas distintas comunicaciones con los manuscritos conocidos del oficial. Conozcamos, mediante repetidos interrogatorios tanto a madame Deluc y sus chicos como al conductor del autobús, Valence, algo más del aspecto personal y del comportamiento del «hombre de complexión morena". Estos interrogatorios, hábilmente dirigidos, no fallarán en proporcionar, de alguna de estas partes, información sobre este punto en particular (o sobre otros), información que puede que ni siquiera las mismas partes sean conscientes de que poseen. Y rastreemos ahora la barca recogida por el barquero la mañana del lunes 23 de junio, y que fue retirada de la oficina de navegación sin que el oficial de guardia se diera cuenta de ello, y sin timón, en algún período anterior al descubrimiento del cadáver. Con la cautela y la perseverancia adecuadas seguiremos infaliblemente el rastro de esta barca; porque no sólo el barquero que la recogió puede identificarla, sino que el timón se halla a mano. El timón de una barca de vela no sería abandonado sin indagar por alguien que tuviera el corazón tranquilo. Y déjeme hacer aquí una pausa para insinuar una pregunta. No hubo anuncio de que se hubiera recogido esta barca. Fue llevada en silencio a la oficina de navegación, y desapareció en medio del mismo silencio. Pero su propietario o usuario, ¿cómo pudo ser informado, tan pronto como el martes por la mañana, sin que mediara ningún anuncio, de dónde se hallaba la barca recogida el lunes, a menos que podamos imaginar alguna conexión con la marina, alguna conexión personal permanente que le permitiera saber estos pequeños detalles e insignificantes noticias locales?

»Al hablar del asesino solitario arrastrando su carga a la orilla, ya he sugerido la probabilidad de que se procurara una barca. Ahora tenemos que comprender que Marie Rogét fue precipitada al agua desde una barca. Éste tiene que ser naturalmente el caso. El cadáver no podía ser confiado a las poco profundas aguas de la orilla. Las peculiares marcas en la espalda y los hombros de la víctima hablan del costillaje del fondo de una barca. Que el cuerpo fuera hallado sin ningún peso corrobora también la idea. Si hubiera sido arrojada desde la orilla se le hubiera atado un peso. Sólo podemos explicar su ausencia suponiendo que el asesino olvidó la precaución de proveerse de él antes de tomar la barca. En el acto de entregar el cadáver a las aguas, debió de observar incuestionablemente este olvido; pero entonces ya no podía ponerle remedio. Era preferible cualquier riesgo a regresar a aquella maldita orilla. Tras librarse de su horrible carga, el asesino se apresuraría hacia la ciudad. Allá, en algún oscuro embarcadero, saltaría a tierra. Pero la barca, ¿la amarraría? Debía de tener demasiada prisa para detalles tales como amarrar una barca. Además, amarrarla al embarcadero sería como dejar señalada una prueba contra él. Su pensamiento natural sería apartar de él, tanto como fuera posible, todo lo que tuviera alguna conexión con su crimen. No sólo huiría del embarcadero, sino que no permitiría que la barca permaneciera en él. Seguramente la dejaría a la deriva. Sigamos con nuestras elucubraciones. Por la mañana, se ve sorprendido por el inenarrable horror de descubrir que la barca ha sido recogida y retenida en un lugar que frecuenta diariamente, en un lugar, quizá, que su deber le obliga a frecuentar. La noche siguiente, sin atreverse a pedir el timón, se la lleva. ¿Dónde está ahora esta barca sin timón? Ésa será una de las primeras cosas a descubrir. Con el primer atisbo que tengamos de ella se iniciará el amanecer de nuestro éxito. Esta barca nos guiará, con una rapidez que nos sorprenderá incluso a nosotros mismos, hasta quien la empleó a medianoche de aquel domingo fatal. La corroboración seguirá a la corroboración, y el asesino será rastreado.

[Por razones que no especificaremos, pero que parecerán obvias a muchos lectores, nos hemos tomado la libertad de omitir aquí, de los manuscritos puestos en nuestras manos, la parte que detalla el seguimiento de los aparentemente ligeros indicios obtenidos por Dupin. Creemos aconsejable solamente afirmar, en pocas palabras, que se consiguieron los resultados deseados; y que el prefecto cumplió puntualmente, aunque con reluctancia, los términos de su acuerdo con el caballero. El artículo del Sr. Poe concluye con las siguientes palabras (N. del editor)]:

Se comprenderá que hablo de coincidencias y nada más. Lo que he dicho más arriba sobre este tema debe de ser suficiente.
Mi corazón no alberga fe alguna en lo sobrenatural. Ningún hombre racional puede negar que la Naturaleza y Dios son dos.
Que también es incuestionable que el último, como creador de la primera, puede controlarla o modificarla a voluntad. Digo
a voluntad", porque la cuestión es de voluntad, y no, como la locura o la lógica han supuesto, de poder. No se trata de que
la divinidad no pueda modificar sus leyes, sino de que la insultamos imaginando una posible necesidad de modificación. Originalmente, esas leyes fueron elaboradas para abarcar todas las contingencias que podían yacer en el futuro. Con Dios, todo es ahora.

Repito, pues, que hablo de estas cosas sólo como coincidencias. Y más aún: en lo que relato se verá que entre el destino de la infeliz Mary Cecilia Rogers, en todo lo que este destino es conocido, y el de Marie Rogét hasta una cierta época de su historia, ha existido un paralelismo en la contemplación de esa maravillosa exactitud que hace que la razón se sienta azarada. Digo que todo esto se verá. Pero no supongamos ni por un momento que, siguiendo con la triste narración de Marie desde la época recién mencionada, y trazando hasta su dénouement el misterio que la envolvía, mi designio oculto es apuntar a una extensión del paralelismo o incluso sugerir que las medidas adoptadas en París para el descubrimiento del asesino de una modistilla, o medidas fundadas en cualquier raciocinio similar, producirían un resultado similar.

Porque, respecto a la última parte de la suposición, habría que considerar que la más insignificante variación en los hechos de los dos casos daría nacimiento a los más importantes cálculos erróneos, desviando completamente los dos cursos de acontecimientos; de un modo muy parecido a como, en aritmética, un error que, en su individualidad conocida, puede ser inapreciable, produce a la larga, por pura multiplicación en todos los puntos del proceso, un resultado enormemente distante de la realidad. Y, respecto a la primera parte, no debemos dejar de tener en cuenta que el propio cálculo de probabilidades, al que ya me he referido, rechaza toda idea de la extensión del paralelismo; lo rechaza con un positivismo intenso y decidido justo en proporción a cómo ese paralelismo ha sido trazado y es exacto. Ésta es una de esas anómalas proposiciones que, aunque parecen apelar a un pensamiento completamente distinto del matemático, sólo pueden ser abarcadas plenamente por una mente matemática. Nada, por ejemplo, es más dificil que convencer al simple lector general de que el hecho de que un jugador de dados lance dos seises se, guidos es causa suficiente para apostar a que en el tercer intento no saldrán dos seises. Una tal sugerencia es normalmente rechazada de inmediato por el intelecto. No se comprende cómo las dos tiradas que ya se han hecho, y que residen ahora absolutamente en el pasado, pueden influenciar la tirada que existe sólo en el futuro. Las posibilidades de lanzar dos seises parecen ser exactamente las mismas que en cualquier otro momento, es decir, sometidas únicamente a la influencia de las distintas otras tiradas que puedan efectuarse con los dados. Y ésta es una reflexión que parece ser tan absolutamente obvia que cualquier intento de controvertirla es recibido con mayor frecuencia con una sonrisa condescendiente que con una respetuosa atención

No puedo pretender exponer aquí el error implicado -un craso error que huele a agravio- dentro de los límites de que dispongo; y los filósofos no lo necesitan. Puede que sea suficiente decir aquí que forma uno de una serie infinita de errores que surgen en el camino de la razón a través de su propensión a buscar la verdad en el detalle.




*

La Carta Robada

Nil sapientiae odiosius acumine nimio
(SENECA)

Me hallaba en París en el otoño de 18... Una noche, después de una tarde ventosa, gozaba del doble placer de la meditación y de una pipa de espuma de mar, en compañía de mi amigo C. Auguste Dupin, en su pequeña biblioteca o gabinete de estudios del nº 33, rue Dunôt, du troisieme, Faubourg Saint-Germain. Llevábamos más de una hora en profundo silencio, y cualquier observador casual nos hubiera creído exclusiva y profundamente dedicados a estudiar las onduladas capas de humo que llenaban la atmósfera de la sala. Por mi parte, me había entregado a la discusión mental de ciertos tópicos sobre los cuales habíamos departido al comienzo de la velada; me refiero al caso de la rue Morgue y al misterio del asesinato de Marie Rogêt. No dejé de pensar, pues, en una coincidencia, cuando vi abrirse la puerta para dejar pasar a nuestro viejo conocido G.... el prefecto de la policía de París.
Lo recibimos cordialmente, pues en aquel hombre había tanto de despreciable como de divertido, y llevábamos varios años sin verlo. Como habíamos estado sentados en la oscuridad, Dupin se levantó para encender una lámpara , pero volvió a su asiento sin hacerlo cuando G... nos hizo saber que venía a consultarnos, o, mejor dicho, a pedir la opinión de mi amigo sobre cierto asunto oficial que lo preocupaba grandemente.
—Si se trata de algo que requiere reflexión —observó Dupin, absteniéndose de dar fuego a la mecha— será mejor examinarlo en la oscuridad.
—He aquí una de sus ideas raras —dijo el prefecto, para quien todo lo que excedía su comprensión era "raro", por lo cual vivía rodeado de una verdadera legión de rarezas".
—Muy cierto —repuso Dupin, entregando una pipa a nuestro visitante y ofreciéndole un confortable asiento.
—¿Y cuál es la dificultad? —preguntó. Espero que no sea otro asesinato.
—¡Oh, no, nada de eso! Por cierto que es un asunto muy sencillo y no dudo de que podremos resolverlo perfectamente bien por nuestra cuenta; de todos modos pensé que a Dupin le gustaría conocer los detalles, puesto que es un caso muy raro.
—Sencillo y raro —dijo Dupin.
—Justamente. Pero tampoco es completamente eso. A decir verdad, todos estamos bastante confundidos, ya que la cosa es sencillísima y, sin embargo, nos deja perplejos.
—Quizá lo que los induce a error sea precisamente la sencillez del asunto —observó mi amigo.
—¡Qué absurdos dice usted! —repuso el Prefecto, riendo a carcajadas.
—Quizá el misterio es un poco demasiado fácil —dijo Dupin.
—¡Oh, Dios mío! ¿Cómo se le puede ocurrir semejante idea?
—Un poco demasiado evidente.
—Ja, ja! ¡oh, oh! —reía el prefecto, divertido hasta más no poder—. Dupin, usted acabará por hacerme morir de risa.
—Veamos, ¿de qué se trata? —Pregunté.
—Pues bien, voy a decírselo —repuso el prefecto, aspirando profundamente una bocanada de humo e instalándose en un sillón—. Puedo explicarlo en pocas palabras, pero antes debo advertirles que el asunto exige el mayor secreto, pues si se supiera que lo he confiado a otras personas podría costarme mi actual posición.
—Hable usted ——dije.
—O no hable —dijo Dupin.
—Está bien. He sido informado personalmente, por alguien que ocupa un altísimo puesto, de que cierto documento de la mayor importancia ha sido robado en las cámaras reales. Se sabe quién es la persona que lo ha robado, pues fue vista cuando se apoderaba de él. También se sabe que el documento continúa en su poder.
—¿Cómo se sabe eso? —preguntó Dupin.
—Se deduce claramente —repuso el prefecto— de la naturaleza del documento y de que no se hayan producido ciertas consecuencias que tendrían lugar inmediatamente después que aquél pasara a otras manos; vale decir, en caso de que fuera empleado en la forma en que el ladrón ha de pretender hacerlo al final.
—Sea un poco más explícito ——dije.
—Pues bien, puedo afirmar que dicho papel da a su poseedor cierto poder en cierto lugar donde dicho poder es inmensamente valioso.
El prefecto estaba encantado de su jerga diplomática.
—Pues sigo sin entender nada —dijo Dupin.
—¿No? Veamos: la presentación del documento a una tercera persona que no nombraremos pondría sobre el tapete el honor de un personaje de las más altas esferas, y, ello da al poseedor del documento un dominio sobre el ilustre personaje cuyo honor y tranquilidad se ven de tal modo amenazados.
—Pero ese dominio —interrumpí— dependerá de que el ladrón supiera que dicho personaje lo conoce como tal. ¿Y quién osaría... ?
—El ladrón ——dijo G.— es el ministro D.... que se atreve a todo, tanto en lo que es digno como lo que es indigno de un hombre. La forma en que cometió el robo es tan ingeniosa como audaz. El documento en cuestión —una carta, para ser francos— fue recibido por la persona robada mientras se hallaba a solas en el boudoir real. Mientras la leía se vio repentinamente interrumpida por la entrada de la otra eminente persona, a la cual la primera deseaba ocultar especialmente la carta. Después de una apresurada y vana tentativa de esconderla en un cajón, debió dejarla, abierta como estaba, sobre una mesa. Como el sobrescrito había quedado hacia arriba y no se veía el contenido, la carta podía pasar sin ser vista. Pero en ese momento aparece el ministro D... Sus ojos de lince perciben inmediatamente el papel, reconoce la escritura del sobrescrito, observa la confusión de la persona en cuestión y adivina su secreto. Luego de tratar algunos asuntos en la forma expeditiva que le es usual, extrae una carta parecida a la que nos ocupa, la abre, finge leerla y la coloca luego exactamente al lado de la otra. Vuelve entonces a departir sobre las cuestiones públicas durante un cuarto de hora. Se levanta, finalmente, y al despedirse, toma la carta que no le pertenece. La persona robada ve la maniobra, pero no se atreve a llamarle la atención en presencia de la tercera, que no se mueve de su lado. El ministro se Marcha, dejando sobre la mesa la otra carta sin importancia.
—Pues bien —dijo Dupin, dirigiéndose a mí—, ahí tiene usted lo que se requería para que el dominio del ladrón fuera completo: éste sabe que la persona robada lo conoce como el ladrón.
—En efecto —dijo el prefecto—, y el poder así obtenido ha sido usado en estos últimos meses para fines políticos, hasta un punto sumamente peligroso. La persona robada está cada vez más convencida de la necesidad de recobrar su carta. Pero, claro está, una cosa así no puede hacerse abiertamente. Por fin, arrastrada por la desesperación, dicha persona me ha encargado de la tarea.
—Para la cual ——dijo Dupin, envuelto en un perfecto torbellino de humo— no podía haberse deseado, o siquiera imaginado, agente más sagaz.
—Me halaga usted —repuso el Prefecto—, pero no es imposible que, en efecto, se tenga de mí tal opinión.
—Como hace usted notar —dije—, es evidente que la carta sigue en posesión del ministro, pues lo que le confiere su poder es dicha posesión y no su empleo. Apenas empleada la carta, el poder cesaría.
—Muy cierto —convino G...—. Mis pesquisas se basan en esa convicción. Lo primero que hice fue registrar cuidadosamente la mansión del ministro, aunque la mayor dificultad residía en evitar que llegara a enterarse. Se me ha prevenido que, por sobre todo, debo impedir que sospeche nuestras intenciones, lo cual sería muy peligroso.
—Pero usted tiene todas las facilidades para ese tipo de investigaciones —dije—. No es la primera vez que la policía parisiense las practica.
—¡Oh naturalmente! Por eso no me preocupé demasiado. Las costumbres del ministro me daban, además, una gran ventaja. Con frecuencia pasa la noche fuera de su casa. Los sirvientes no son muchos y duermen alejados de los aposentos de su amo; como casi todos son napolitanos, es muy fácil inducirlos a beber copiosamente.
Bien saben ustedes que poseo llaves con las cuales puedo abrir cualquier habitación de París. Durante estos tres meses, no ha pasado una noche sin que me dedicara personalmente a registrar la casa de D... Mi honor está en juego y, para confiarles un gran secreto, la recompensa prometida es enorme. Por eso no abandoné la búsqueda hasta no tener seguridad completa de que el ladrón es más astuto que yo. Estoy seguro de haber mirado en cada rincón posible de la casa donde la carta podría haber sido escondida.
—¿No sería posible —pregunté— que si bien la carta se halla en posesión del ministro, como parece incuestionable, éste la haya escondido en otra parte que en su casa?.
—Es muy poco probable —dijo Dupin—. El especial giro de los asuntos actuales en la corte, y especialmente de las intrigas en las cuales se halla envuelto D... , exigen que el documento esté a mano y que pueda ser exhibido en cualquier momento; esto último es tan importante como el hecho mismo de su posesión.
—¿Que el documento pueda ser exhibido? —pregunté.
—Si lo prefiere, que pueda ser destruido —dijo Dupin.
—Pues bien —convine—, el papel tiene entonces que estar en la casa. Supongo que podemos descartar toda idea de que el ministro lo lleve consigo.
—Por supuesto —dijo el prefecto—. He mandado detenerlo dos veces por falsos salteadores de caminos y he visto personalmente cómo le registraban.
—Pudo usted ahorrarse esa molestia —dijo Dupin—. Supongo que D... no es completamente loco y que ha debido prever esos falsos asaltos como una consecuencia lógica.
—No es completamente loco —dijo G...,— pero es un poeta, lo que en mi opinión viene a ser más o menos lo mismo.
—Cierto —dijo Dupin, después de aspirar una profunda bocanada de su pipa de espuma de mar—. aunque, por mi parte, me confieso culpable de algunas malas rimas.
—Por qué no nos da detalles de su requisición? —pregunté.
—Pues bien; como disponíamos del tiempo necesario, buscamos en todas partes. Tengo una larga experiencia en estos casos. Revisé íntegramente la mansión, cuarto por cuarto, dedicando las noches de toda una semana a cada aposento. Primero examiné el moblaje. Abrimos todos los cajones; supongo que no ignoran ustedes que para un agente de policía bien adiestrado, no hay cajón secreto que pueda escapársele. En una búsqueda de esta especie, el hombre que deja sin ver un cajón secreto es un imbécil. ¡Son tan evidentes! En cada mueble hay una cierta masa, un cierto espacio que debe ser explicado.
Para eso tenemos reglas muy precisas. No se nos escaparía ni la quincuagésima parte de una línea.
Terminada la inspección de armarios pasamos a las sillas. Atravesamos los almohadones con esas largas y finas agujas que han visto ustedes emplear. Levantamos las tablas de las mesas.
—¿Por qué?
—Con frecuencia, la persona que desea esconder algo levanta la tapa de una mesa o de un mueble similar, hace un orificio en cada una de las patas, esconde el objeto en cuestión y vuelve a poner la tabla en su sitio. Lo mismo suele hacerse en las cabeceras y postes de las camas.
—Pero, ¿no puede locaIizarse la cavidad por el sonido? —pregunté.
—De ninguna manera si, luego de haberse depositado el objeto, se lo rodea con una capa de algodón.
Además, en este caso, estábamos forzados a proceder sin hacer ruido.
—Pero es imposible que hayan ustedes revisado y desarmado todos los muebles donde pudo ser escondida la carta en la forma que menciona. Una carta puede ser reducida a un delgadísimo rollo, casi igual en volumen al de una aguja larga de tejer, y en esa forma se la puede insertar, por ejemplo, en el travesaño de una Silla. ¿Supongo que no desarmaron todas las sillas?
—Por supuesto que no, pero hicimos algo mejor: examinamos los travesaños de todas las sillas de la casa y las junturas de todos los muebles con ayuda de un poderoso microscopio. Si hubiera habido la menor señal de un reciente cambio, no habríamos dejado de advertirlo instantáneamente. Un simple grano de polvo producido por un barreno nos hubiera saltado a los ojos como si fuera una manzana. La menor diferencia en la encoladura, la más mínima apertura en los ensamblajes, hubiera bastado para orientarnos.
—Supongo que miraron en los espejos, entre los marcos y el cristal, y que examinaron las camas y la ropa de la cama, así como los cortinados y alfombras.
—Naturalmente, y luego que hubimos revisado todo el moblaje en la misma forma minuciosa, pasamos a la casa misma. Dividimos su superficie en compartimentos que numeramos, a fin de que no se nos escapara ninguno; luego escrutamos cada pulgada cuadrada, incluyendo las dos casas adyacentes, siempre ayudados por el microscopio.
—¿Las dos casas adyacentes? —exclamé—. ¡Habrán tenido toda clase de dificultades!
—Sí. Pero la recompensa ofrecida es enorme.
—¿Incluían ustedes el terreno contiguo a las casas?
—Dicho terreno está pavimentado con ladrillos. No nos dio demasiado trabajo comparativamente, pues examinamos el musgo entre los ladrillos y lo encontramos intacto.
—¿Miraron entre los papeles de D..., naturalmente, y en los libros de la biblioteca?
—Claro está. Abrimos todos los paquetes, y no solo examinamos cada libro, sino que lo hojeamos cuidadosamente, sin conformarnos con una mera sacudida, como suelen hacerlo nuestros oficiales de policía. Medimos asimismo el espesor de cada encuadernación, escrutándola luego de la manera más detallada con el microscopio. Sí se hubiera insertado un papel en una de esas encuadernaciones, resultaría imposible que pasara inadvertido. Cinco o seis volúmenes que salían de manos del encuadernador fueron probados longitudinalmente con las agujas.
—¿Exploraron los pisos debajo de las alfombras?
—Sin duda. Levantamos todas las alfombras y examinamos las planchas con el microscopio.
—¿Y el papel de las paredes?
—Lo mismo.
—¿Miraron en los sótanos?
—Miramos.
—Pues entonces —declaré— se ha equivocado usted en sus cálculos y la carta no está en la casa del ministro.
—Me temo que tenga razón —dijo el prefecto—. Pues bien, Dupin, ¿qué me aconseja usted?
—Revisar de nuevo completamente la casa.
—¡Pero es inútil! —replicó G...—. Tan seguro estoy de que respiro como de que la carta no está en la casa.
—No tengo mejor consejo que darle —dijo Dupin—. Supongo que posee usted una descripción precisa de la carta.
—¡Oh, sí!
Luego de extraer una libreta, el perfecto procedió a leernos una minuciosa descripción del aspecto interior de la carta, y especialmente del exterior. Poco después de terminar su lectura se despidió de nosotros, desanimado como jamás lo había visto antes.
Un mes más tarde nos hizo otra visita y nos encontró ocupados casi en la misma forma que la primera vez. Tomó posesión de una pipa y un sillón y se puso a charlar de cosas triviales. Al cabo de un rato le dije:
—Veamos, G... ¿qué pasó con la carta robada?. Supongo que, por lo menos, se habrá convencido de que no es cosa fácil sobrepujar en astucia al ministro.
—¡El diablo se lo lleve! Volví a revisar su casa, como me lo había aconsejado Dupin, pero fue tiempo perdido. Ya lo sabía yo de antemano.
—¿A cuánto dijo usted que ascendía la recompensa ofrecida? —preguntó Dupin.
—Pues... la verdad a mucho dinero... muchísimo. No quiero decir exactamente cuánto, pero eso sí, afirmo que estaría dispuesto a firmar un cheque por cincuenta mil francos a cualquiera que me consiguiese esa carta. El asunto va adquiriendo día a día más importancia, y la recompensa ha sido recientemente doblada. Pero, aunque ofrecieran tres veces esa suma, no podría hacer más de lo que he hecho.
—Pues... la verdad... —dijo Dupin, arrastrando las palabras entre bocanadas de humo—, me parece a mí, G.... que usted no ha hecho... todo lo que podía hacerse... ¿No cree que... aún podría hacer algo más, ¿eh?
—¿Cómo? ¿En qué sentido?
—Pues... puf... podría usted. .. puf, puf... pedir consejo en ese asunto... puf, puf, puf... ¿Se acuerda de la historia que cuentan de Abernethy?
—No. ¡Al diablo con Abernethy!
—De acuerdo. ¡Al diablo, pero bienvenido! Erase una vez cierto avaro que tuvo la idea de obtener gratis el consejo médico de Abernethy. Aprovechó una reunión y una conversación corrientes para explicar un caso personal como sí se tratara del de otra persona. "Supongamos que los síntomas del enfermo son tales y cuales —dijo—. Ahora bien, doctor: ¿qué le aconsejaría usted hacer?" "Lo que yo le aconsejaría —repuso Abernethy— es que consultara a un médico."
—¡Vamos! —exclamó el prefecto, bastante desconcertado—. Estoy plenamente dispuesto a pedir consejo y a pagar por él. De verdad, daría cincuenta mil francos a quienquiera me ayudara en este asunto.
—En ese caso —replicó Dupin, abriendo un cajón y sacando una libreta de cheques—, bien puede usted llenarme un cheque por la suma mencionada. Cuando lo haya firmado le entregaré la carta.
Me quedé estupefacto. En cuanto al prefecto, parecía fulminado. Durante algunos minutos fue incapaz de hablar y de moverse, mientras contemplaba a mi amigo con ojos que parecían salírsele de las órbitas y con la boca abierta. Recobrándose un tanto, tomó una pluma y, después de varias pausas y abstraídas contemplaciones, llenó y firmó un cheque por cincuenta mil francos, extendiéndolo por encima de la mesa a Dupin. Este lo examinó cuidadosamente y lo guardó en su cartera; luego, abriendo un escritorio, sacó una carta y la entregó al prefecto. Nuestro funcionario la tomó en una convulsión de alegría, la abrió con manos trémulas, lanzó una ojeada a su contenido y luego, lanzándose vacilante hacia la puerta, desapareció bruscamente del cuarto y de la casa, sin haber pronunciado una sílaba desde el momento en que Dupin le pidió que llenara el cheque.
Una vez que se hubo marchado, mi amigo consintió en darme algunas explicaciones.
—La policía parisiense es sumamente hábil a su manera —dijo—. Es perseverante, ingeniosa, astuta y muy versada en los conocimientos que sus deberes exigen. Así, cuando G... nos explicó su manera de registrar la mansión de D.., tuve plena confianza en que había cumplido una investigación satisfactoria, hasta donde podía alcanzar.
—¿Hasta donde podía alcanzar? —repetí.
—Sí —dijo Dupin—, Las medidas adoptadas no solamente eran las mejores en su género, sino que habían sido llevadas a la más absoluta perfección. Si la carta, hubiera estado dentro del ámbito de su búsqueda, no cabe la menor duda de que los policías la hubieran encontrado.
Me eche a reír, pero Dupin parecía hablar muy en serio.
—Las medidas —continuó— eran excelentes en su género, y fueron bien ejecutadas; su defecto residía en que eran inaplicables al caso y al hombre en cuestión.. Una cierta cantidad de recursos altamente ingeniosos constituyen para el prefecto una especie de lecho de Procusto, en el cual quiere meter a la fuerza sus designios. Continuamente se equivoca por ser demasiado profundo o demasiado superficial para el caso, y más de un colegial razonaría mejor que él. Conocí a uno que tenía ocho años y cuyos triunfos en el juego de "par e impar" atraían la admiración general. El juego es muy sencillo y se juega con bolitas. Uno de los contendientes oculta en la mano cierta cantidad de bolitas y pregunta al otro. "¿Par o impar?" Si éste adivina correctamente, gana una bolita, si se equivoca, pierde una. El niño de quien hablo ganaba todas las bolitas de la escuela. Naturalmente tenía un método de adivinación que consistía en la simple observación y en el cálculo de la astucia de sus adversarios.. Supongamos que uno de éstos sea un perfecto tonto y que, levantando la mano cerrada, le pregunta: "¿Par o impar?" Nuestro colegial responde: "Impar", y pierde, pero a la segunda vez gana, por cuanto se ha dicho a sí mismo "El tonto tenía pares la primera vez, y su astucia no va más allá de preparar impares para la segunda vez. Por lo tanto, diré impar." Lo dice, y gana. Ahora bien, —si le toca jugar con un tonto ligeramente superior al anterior, razonará en la siguiente forma: "Este muchacho sabe que la primera vez elegí impar, y en la segunda se le ocurrirá como primer impulso pasar de par a impar, pero entonces un nuevo impulso le sugerirá que la variación es demasiado sencilla, y finalmente se decidirá a poner bolitas pares como la primera vez. Por lo tanto, diré pares." Así lo hace, y gana. Ahora bien, esta manera de razonar del colegial, a quien sus camaradas llaman "afortunado", en ¿qué consiste si se la analiza con cuidado?
—Consiste —repuse—, en la identificación del intelecto del razonador con el de su oponente.
—Exactamente —dijo Dupin—. Cuando pregunté al muchacho de qué, manera lograba esa total identificación en la cual residían sus triunfos, me contestó: "Si quiero averiguar si alguien es inteligente, o estúpido, o bueno, o malo, y saber cuáles son sus pensamientos en ese momento, adapto lo más posible la expresión de mi cara a la de la suya, y luego espero hasta que pensamientos o sentimientos surgen en mi mente o en mi corazón, coincidentes con la expresión de mi cara." Esta respuesta del colegial está en la base de toda la falsa profundidad atribuida a La Rochefoucauld, La Bruyére, Maquiavelo y Campanella.
—Si comprendo bien —dije— la identificación del intelecto del razonador con el de su oponente depende de la precisión con que se mida la inteligencia de este último.
—Depende de ello para sus resultados prácticos —replicó Dupin—, y el prefecto y sus cohortes fracasan con tanta frecuencia, primero por no lograr dicha identificación y segundo por medir mal —o, mejor dicho, por no medir— el intelecto con el cual se miden. Sólo tienen en cuenta sus propias ideas ingeniosas y, al buscar alguna cosa oculta, se fijan solamente en los métodos que ellos hubieran empleado para ocultarla. Tienen mucha razón en la medida en que su propio ingenio es fiel representante de la masa; pero, cuando la astucia del malhechor posee un carácter distinto de la suya, aquel los derrota, como es natural. Esto ocurre siempre cuando se trata de una astucia superior a la suya y, muy frecuentemente, cuando está por debajo. Los policías no admiten variación de principio en sus investigaciones, a lo sumo, si se ven apurados por algún caso insólito, o movidos por una recompensa extraordinaria, extienden o exageran sus viejas modalidades rutinarias, pero sin tocar los principios. Por ejemplo, en este asunto de D..., ¿Qué se ha hecho para modificar el principio de acción? ¿Qué son esas perforaciones, esos escrutinios con el microscopio, esa división de la superficie del edificio en pulgadas cuadradas numeradas? ¿Qué representan sino la aplicación exagerada del principio o la serie de principios que rigen una búsqueda, y que se basan a su vez en una serie de nociones sobre el ingenio humano, a las cuales se ha acostumbrado el prefecto en la prolongada rutina de su tarea? ¿No ha advertido que G... da por sentado que todo hombre esconde una carta, si no exactamente en un agujero practicado en la pata de una silla, por lo menos en algún agujero —o rincón sugerido por la misma línea de pensamiento que inspira la idea de esconderla en un agujero hecho en la pata de una silla? Observe asimismo que esos escondrijos rebuscados sólo se utilizan en ocasiones ordinarias, y sólo serán elegidos por inteligencias igualmente ordinarias; vale decir que en todos los casos de ocultamiento cabe presumir, en primer término, que se lo ha efectuado dentro de esas líneas; por lo tanto, su descubrimiento no depende en absoluto de la perspicacia, sino del cuidado, la paciencia y la obstinación de los buscadores; y si el caso es de importancia (o la recompensa magnífica, lo cual equivale a la misma cosa a los ojos de los policías), las cualidades aludidas no fracasan jamás. Comprenderá usted ahora lo que quiero decir cuando sostengo que si la carta robada hubiese estado escondida en cualquier parte dentro de los límites de la perquisición del prefecto (en otras palabras, si el principio rector de su ocultamiento hubiera estado comprendido dentro de los principios del prefecto) hubiera sido descubierta sin la más mínima duda. Pero nuestro funcionario ha sido mistificado por completo, y la remota fuente de su derrota yace en su suposición de que el ministro es un loco porque ha logrado renombre como poeta. Todos los locos son poetas en el pensamiento del prefecto, de donde cabe considerarlo culpable de un non distributio medii por inferir de lo anterior que todos los poetas son locos.
—Pero se trata realmente del poeta? —pregunté—. Sé que D... tiene un hermano, y que ambos han logrado reputación en el campo de las letras. Creo que el ministro ha escrito una obra notable sobre el cálculo diferencial. Es un matemático y no un poeta.
—Se equivoca usted. Lo conozco bien, y sé que es ambas cosas. Como poeta y matemático es capaz de razonar bien, en tanto que como mero matemático hubiera sido capaz de hacerlo y habría quedado a merced del prefecto.
—Me sorprenden esas opiniones, —dije—,que el consenso universal contradice. Supongo que no pretende usted aniquilar nociones que tienen siglos de existencia sancionada. La razón matemática fue considerada siempre como la razón por excelencia.
—Il y a à parier —replicó Dupin, citando a Chamfort— que toute idée publique, toute convention reque est une sottise, car elle a convenu au plus grand nombre. Le aseguro que los matemáticos han sido los primeros en difundir el error popular al cual alude usted, y que no por difundido deja de ser un error. Con arte digno de mejor causa han introducido, por ejemplo, el término "análisis" en las operaciones algebraicas. Los franceses son los causantes de este engaño, pero si un término tiene alguna importancia, si las palabras derivan su valor de su aplicación, entonces concedo que "análisis" abarca "álgebra", tanto como en latín ambitus implica "ambición"; religio, ."religión", u homines honesti, la clase de las gentes honorables.
—Me temo que se malquiste usted con algunos de los algebristas de París. Pero continúe.
—Niego la validez y, por tanto, los resultados de una razón cultivada por cualquier procedimiento especial que no sea el lógico abstracto. Niego, en particular, la razón extraída del estudio matemático. Las matemáticas constituyen la ciencia de la forma y la cantidad; el razonamiento matemático es simplemente la lógica aplicada a la observación de la forma y la cantidad. El gran error está en suponer que incluso las verdades de lo que se denomina álgebra pura constituyen verdades abstractas o generales. Y este error es tan enorme que me asombra se lo haya aceptado universalmente. Los axiomas matemáticos no son axiomas de validez general. Lo que es cierto de la relación (de una forma y la cantidad) resulta con frecuencia erróneo aplicado, por ejemplo, a la moral. En esta última ciencia suele no ser cierto que el todo sea igual a la suma de las partes. También en química este axioma no se cumple. En la consideración de los móviles falla igualmente, pues dos móviles de un valor dado no alcanzan necesariamente al sumarse un valor equivalente a la suma de sus valores. Hay muchas otras verdades matemáticas que sólo son tales dentro de los límites de la relación. Pero el matemático, llevado por el hábito, arguye, basándose en sus verdades finitas, como si tuvieran una aplicación general, cosa que por lo demás la gente acepta y cree. En su erudita Mitología, Bryant alude a una análoga fuente de error cuando señala que, "aunque no se cree en las fábulas paganas, solemos olvidarnos de ello y extraemos consecuencias como si fueran realidades existentes". Pero para los algebristas, que son realmente paganos, las "fábulas paganas" constituyen materia de credulidad, y las inferencias que de ellas extraen no nacen de un descuido de la memoria sino de un inexplicable reblandecimiento mental. Para resumir: Jamás he encontrado un matemático en quien se pudiera confiar fuera de sus raíces y sus ecuaciones, o que no tuviera por artículo de fe que x2 +px es absoluta e incondicionalmente igual a q. Por vía de experimento, diga a uno de esos caballeros que, en su opinión, podrían darse casos en que x2 + px no fuera absolutamente igual a q; pero, una vez que le haya hecho comprender lo que quiere decir, sálgase de su camino lo antes posible, porque es seguro que tratará de golpearlo.
—Lo que busco indicar —agregó Dupin, mientras yo reía de sus últimas observaciones— es que, si el ministro hubiera sido sólo un matemático, el prefecto no se habría visto en la necesidad de extenderme este cheque. Pero sé que es tanto matemático como poeta, y mis medidas se han adaptado a sus capacidades, teniendo en cuenta las circunstancias que lo rodeaban. Sabía que es un cortesano y un audaz intrigant. Pensé que un hombre semejante no dejaría de estar al tanto de los métodos policiales ordinarios. Imposible que no anticipara (y los hechos lo han probado así) los falsos asaltos a que fue sometido. Reflexioné que igualmente habría previsto las pesquisiciones secretas en su casa. Sus frecuentes ausencias nocturnas, que el prefecto consideraba una excelente ayuda para su triunfo, me parecieron simplemente astucias destinadas a brindar oportunidades a la perquisición y convencer lo antes posible a la policía de que la carta no se hallaba en la casa, como G... terminó finalmente por creer. ¡Me pareció asimismo que toda la serie de pensamientos que con algún trabajo acabo de exponerle y que se refieren al principio invariable de la acción policial en sus búsquedas de objetos ocultos, no podía dejar de ocurrirsele al ministro. Ello debía conducirlo inflexiblemente a desdeñar todos los escondrijos vulgares. Reflexioné que ese hombre no podía ser tan simple como para no comprender que el rincón más remoto e inaccesible de su morada estaría tan abierto como el más vulgar de los armarios a los ojos, las sondas, los barrenos los microscopios del prefecto.
Vi, por último, que D... terminaría necesariamente en la simplicidad, si es que no la adoptaba por una cuestión de gusto personal. Quizá recuerde usted con qué ganas rió el prefecto cuando, en nuestra primera entrevista, sugerí que acaso el misterio lo perturbaba por su absoluta evidencia.
—Me acuerdo muy bien —respondí—. Por un momento pensé que iban a darle convulsiones.
—El mundo material —continuó Dupin— abunda en estrictas analogías con el inmaterial, y ello tiñe de verdad el dogma retórico según el cual la metáfora o el símil sirven tanto, para reforzar un argumento como para embellecer una descripción. El principio de la vis inertiae, por ejemplo, parece idéntico en la física y en la metafísica. Si en la primera es cierto que resulta más difícil poner en movimiento un cuerpo grande que uno pequeño, y que el impulso o cantidad de movimiento subsecuente se hallara en relación con la dificultad, no menos cierto es en metafísica que los intelectos de máxima capacidad, aunque más vigorosos, constantes y eficaces en sus avances que los de grado inferior, son más lentos en iniciar dicho avance y se muestran más embarazados y vacilantes en los primeros pasos. Otra cosa: ¿ Ha observado usted alguna vez, entre las muestras de las tiendas, cuáles atraen la atención en mayor grado?
—Jamás se me ocurrió pensarlo —dije.
"Hay un juego de adivinación —continuó Dupin— que se juega con un mapa. Uno de los participantes pide a otro que encuentre una palabra dada: el nombre de una ciudad, en río, un Estado o un imperio; en suma, cualquier palabra que figure en la abigarrada y complicada superficie del mapa. Por lo regular, un novato en el juego busca confundir a su oponente proponiéndole los nombres escritos con los caracteres más pequeños, mientras que el buen jugador escogerá aquellos que se extienden con grandes letras de una parte a la otra del mapa. Estos últimos, al igual que las muestras y carteles excesivamente grandes, escapan a la atención a fuerza de ser evidentes, y en esto la desatención ocular resulta análoga al descuido que lleva al intelecto a no tomar en cuenta consideraciones excesivas y palpablemente evidentes. De todos modos, es éste un asunto que se halla por encima o por debajo del entendimiento del prefecto. Jamás se le ocurrió como probable o posible que el ministro hubiera dejado la carta delante de las narices del mundo entero, a fin de impedir mejor que una parte de ese mundo pudiera verla.
"Cuanto más pensaba en el audaz, decidido y característico ingenio de D.... en que el documento debía hallarse siempre a mano si pretendía servirse de él para sus fines, y en la absoluta seguridad proporcionada por el prefecto de que el documento no se hallaba oculto dentro de los límites de las búsquedas ordinarias de dicho funcionario, más seguro me sentía de que, para esconder la carta, el ministro había acudido al más amplio y sagaz de los expedientes: el no ocultarla.
"Compenetrado de estas ideas, me puse un par de anteojos verdes, y una hermosa mañana acudí como por casualidad a la mansión ministerial. Hallé a D... en casa, bostezando, paseándose sin hacer nada y pretendiendo hallarse en el colmo del ennui. Probablemente se trataba del más activo y enérgico de los seres vivientes, pero eso tan sólo cuando nadie lo ve.
"Para no ser menos, me quejé del mal estado de mi vista y de la necesidad de usar anteojos, bajo cuya protección pude observar cautelosa pero detalladamente el aposento, mientras en apariencia seguía con toda atención las palabras de mi huesped.
"Dediqué especial cuidado a una gran mesa-escritorio junto a la cual se sentaba D..., y en la que aparecían mezcladas algunas cartas y papeles, juntamente con un par de instrumentos musicales y unos pocos libros. Pero, después de un prolongado y atento escrutinio, no vi nada que procurara mis sospechas.
"Dando la vuelta al aposento, mis ojos cayeron por fin sobre un insignificante tarjetero de cartón recortado que colgaba, sujeto por una sucia cinta azul, de una pequeña perilla de bronce en mitad de la repisa de la chimenea. En este tarjetero, que estaba dividido en tres o cuatro compartimentos, vi cinco o seis tarjetas de visitantes y una sola carta. Esta última parecía muy arrugada y manchada. Estaba rota casi por la mitad, como si a una primera intención de destruirla por inútil hubiera sucedido otra. Ostentaba un gran sello negro, con el monograma de D... muy visible, y el sobrescrito, dirigido al mismo ministro revelaba una letra menuda y femenina. La carta había sido arrojada con descuido, casi se diría que desdeñosamente, en uno de los compartimentos superiores del tarjetero.
"Tan pronto hube visto dicha carta, me di cuenta de que era la que buscaba. Por cierto que su apariencia difería completamente de la minuciosa descripción que nos había leído el prefecto. En este caso el sello era grande y negro, con el monograma de D...; en el otro, era pequeño y rojo, con las armas ducales de la familia S... El sobrescrito de la presente carta mostraba una menuda y femenina, mientras que el otro, dirigido a cierta persona real, había sido trazado con caracteres firmes y decididos. Sólo el tamaño mostraba analogía. Pero, en cambio, lo radical de unas diferencias que resultaban excesivas; la suciedad, el papel arrugado y roto en parte, tan inconciliables con los verdaderos hábitos metódicos de D.... y tan sugestivos de la intención de engañar sobre el verdadero valor del documento; todo ello, digo, sumado a la ubicación de la carta, insolentemente colocada bajo los ojos de cualquier visitante, y coincidente, por tanto, con las conclusiones a las que ya había arribado, corroboraron decididamente las sospechas de alguien que había ido allá con intenciones de sospechar.
"Prolongué lo más posible mi visita y, mientras discutía animadamente con el ministro acerca de un tema que jamás ha dejado de interesarle y apasionarlo, mantuve mi atención clavada en la carta. Confiaba así a mi memoria los detalles de su apariencia exterior y de su colocación en el tarjetero; pero terminé además por descubrir algo que disipó las últimas dudas que podía haber abrigado. Al mirar atentamente los bordes del papel, noté que estaban más ajados de lo necesario. Presentaban el aspecto típico de todo papel grueso que ha sido doblado y aplastado con una plegadera, y que luego es vuelto en sentido contrario, usando los mismos pliegues formados la primera vez. Este descubrimiento me bastó. Era evidente que la carta había sido dada vuelta como un guante, a fin de ponerle un nuevo sobrescrito y un nuevo sello. Me despedí del ministro y me marché en seguida, dejando sobre la mesa una tabaquera de oro.
"A la mañana siguiente volví en busca de la tabaquera, y reanudamos placenteramente la conversación del día anterior. Pero, mientras departíamos, oyóse justo debajo de las ventanas un disparo como de pistola, seguido por una serie de gritos espantosos y las voces de una multitud aterrorizada. D... —corrió a una ventana, la abrió de par en par y miró hacia afuera. Por mi parte, me acerqué al tarjetero, saqué la carta, guardándola en el bolsillo, y la reemplacé por un facsímil (por lo menos en el aspecto exterior) que había preparado cuidadosamente en casa, imitando el monograma de D... con ayuda de un sello de miga de pan.
"La causa del alboroto callejero había sido la extravagante conducta de un hombre armado de un fusil, quien acababa de disparar el arma contra un grupo de mujeres y niños. Comprobóse, sin embargo, que el arma no estaba cargada, y los presentes dejaron en libertad al individuo considerándolo borracho o loco. Apenas se hubo alejado, D... se apartó de la ventana, donde me le había reunido inmediatamente después de apoderarme de la carta. Momentos después me despedí de él. Por cierto que el pretendido lunático había sido pagado por mí."
—¿Pero que intención tenía usted —pregunté— al reemplazar la carta por un facsímil? ¿No hubiera sido preferible apoderarse abiertamente de ella en su primera visita, y abandonar la casa?
—D... es un hombre resuelto a todo y lleno de coraje —repuso Dupin—. En su casa no faltan servidores devotos a su causa. Si me hubiera atrevido a lo que usted sugiere, jamás habría salido de allí con vida. El buen pueblo de París no hubiese oído hablar nunca más de mí. Pero, además, llevaba una segunda intención. Bien conoce usted mis preferencias políticas. En este asunto he actuado como partidario de la dama en cuestión. Durante dieciocho meses, el ministro la tuvo a su merced. Ahora es ella quien lo tiene a él, pues, ignorante de que la carta no se halla ya en su posesión, D... continuará presionando como si la tuviera. Esto lo llevará inevitablemente a la ruina política. Su caída, además, será tan precipitada como ridícula. Está muy bien hablar del facilis descensus Averni; pero, en materia de ascensiones, cabe decir lo que la Catalani decía del canto, o sea, que es mucho más fácil subir que bajar. En el presente caso no tengo simpatía —o, por lo menos, compasión— hacia el que baja. D... es el monstrum horrendum, el hombre de genio carente de principios. Confieso, sin embargo, que me gustaría conocer sus pensamientos cuando, al recibir el desafío de aquella a quien el prefecto llama "cierta persona", se vea forzado a abrir la carta que le dejé en el tarjetero.
—¿Cómo? ¿Escribió usted algo en ella?
—¡Vamos, no me pareció bien dejar el interior en blanco! Hubiera sido insultante. Cierta vez, en Viena, D... me jugó una mala pasada, y sin perder el buen humor le dije que no la olvidaría. De modo que, como no dudo de que sentirá cierta curiosidad por saber quién se ha mostrado más ingenioso que él, pensé que era una lástima no dejarle un indicio. Como conoce muy bien mi letra, me limité a copiar en mitad de la página estas palabras:
... Un dessein si funeste,
S'iI n'est digne d'Atrée, est digne de Thyeste.
Las hallará usted en el Atrée de Crébillon.

VARIOS CUENTOS -- FRANZ KAFKA

Escrito por imagenes 19-03-2008 en General. Comentarios (0)

VARIOS CUENTOS -- FRANZ KAFKA

VARIOS CUENTOS
FRANZ KAFKA



UN MENSAJE IMPERIAL

El Emperador, tal va una parábola, os ha mandado, humilde sujeto, quien sóis la insignificante sombra arrinconándose en la más recóndita distancia del sol imperial, un mensaje; el Emperador desde su lecho de muerte os ha mandado un mensaje para vos únicamente. Ha comandado al mensajero a arrodillarse junto a la cama, y ha susurrado el mensaje; ha puesto tanta importancia al mensaje, que ha ordenado al mensajero se lo repita en el oído. Luego, con un movimiento de cabeza, ha confirmado estar correcto. Sí, ante los congregados espectadores de su muerte -toda pared obstructora ha sido tumbada, y en las espaciosas y colosalmente altas escaleras están en un círculo los grandes príncipes del Imperio- ante todos ellos, él ha mandado su mensaje. El mensajero inmediatamente embarca su viaje; un poderoso, infatigable hombre; ahora empujando con su brazo diestro, ahora con el siniestro, taja un camino al través de la multitud; si encuentra resistencia, apunta a su pecho, donde el símbolo del sol repica de luz; al contrario de otro hombre cualquiera, su camino así se le facilita. Mas las multitudes son tan vastas; sus números no tienen fin. Si tan sólo pudiera alcanzar los amplios campos, cuán rápido él volaría, y pronto, sin duda alguna, escucharías el bienvenido martilleo de sus puños en tu puerta.
Pero, en vez, cómo vanamente gasta sus fuerzas; aún todavía traza su camino tras las cámaras del profundo interior del palacio; nunca llegará al final de ellas; y si lo lograra, nada se lograría en ello; él debe, tras aquello, luchar durante su camino hacia abajo por las escaleras; y si lo lograra, nada se lograría en ello; todavía tiene que cruzar las cortes; y tras las cortes, el segundo palacio externo; y una vez más, más escaleras y cortes; y de nuevo otro palacio; y así por miles de años; y por si al fin llegara a lanzarse afuera, tras la última puerta del último palacio -pero nunca, nunca podría llegar eso a suceder-, la capital imperial, centro del mundo, caería ante él, apretada a explotar con sus propios sedimientos. Nadie podría luchar y salir de ahí, ni siquiera con el mensaje de un hombre muerto. Mas os sentáis tras la ventana, al caer la noche, y os lo imagináis, en sueños.


EL ZOPILOTE

Un zopilote estaba mordizqueándome los pies. Ya había despedazado mis botas y calcetas, y ahora ya estaba mordiendo mis propios pies. Una y otra vez les daba un mordizco, luego me rondaba varias veces, sin cesar, para después volver a continuar con su trabajo. Un caballero, de repente, pasó, echó un vistazo, y luego me preguntó por qué sufría al zopilote.
"Estoy perdido", le dije. Cuando vino y comenzó a atacarme, yo por supuesto traté de hacer que se fuera, hasta traté de estrangularlo, pero estos animales son muy fuertes... estuvo a punto de echarse a mi cara, mas preferí sacrificar mis pies. Ahora estan casi deshechos". "¡Véte tú a saber, dejándote torturar de esta manera!", me dijo el caballero. "Un tiro, y te echas al zopilote." "¿En serio?", dije. "¿Y usted me haría el favor?" "Con gusto," dijo el caballero, " sólo tengo que ir a casa e ir por mi pistola. ¿Se podría usted esperar otra media hora?" "Quién sabe", le dije, y me estuve por un momento, tieso de dolor. Entonces le dije: "Sin embargo, vaya a ver si puede... por favor". "Muy bien", dijo el caballero, "trataré de hacerlo lo más pronto que pueda". Durante la conversación, el zopilote había estado tranquilamente escuchando, girando su ojo lentamente entre mí y el caballero. Ahora me había dado cuenta que había estado entendiéndolo todo; alzó ala, se hizo hacia atrás, para agarrar vuelo, y luego, como un jabalinista, lanzó su pico por mi boca, muy dentro de mí. Cayendo hacia atrás, me alivió el sentirle ahogarse irretrocediblemente en mi sangre, la cual estaba llenando cada uno de mis huecos, inundando cada una de mis costas.


UNA PEQUEÑA FABULA

"Ay", dijo el ratón, "el mundo se está haciendo más chiquito cada día. Al principio era tan grande que yo tenía miedo, corría y corría, y me alegraba cuando al fin veía paredes a lo lejos a diestra y siniestra, pero estas largas paredes se han achicado tanto que ya estoy en la última cámara, y ahí en la esquina está la trampa a la cual yo debo caer".
"Sólamente tienes que cambiar tu dirección", dijo el gato, y se lo comió.



LA PARTIDA

Ordené que trajeran mi caballo del establo. El sirviente no entendió mis órdenes. Así que fuí al establo yo mismo, le puse silla a mi caballo, y lo monté. A la distancia escuché el sonido de una trompeta, y le pregunté al sirviente qué significaba. El no sabía nada, y escuchó nada. En el portal me detuvo y preguntó: "¿A dónde va el patrón?" "No lo sé", le dije, "simplemente fuera de aquí, simplemente fuera de aquí. Fuera de aquí, nada más, es la única manera en que puedo alcanzar mi meta". "¿Así que usted conoce su meta?", preguntó. "Sí", repliqué, "te lo acabo de decir. Fuera de aquí, esa es mi meta".


EL PASEO REPENTINO

Cuando por la noche uno parece haberse decidido terminantemente a quedarse en casa; se ha puesto una bata; después de la cena se ha sentado a la mesa iluminada, dispuesto a hacer aquel trabajo o a jugar aquel juego luego de terminado el cual habitualmente uno se va a dormir; cuando afuera el tiempo es tan malo que lo más natural es quedarse en casa; cuando uno ya ha pasado tan largo rato sentado tranquilo a la mesa que irse provocaría el asombro de todos; cuando ya la escalera está oscura y la puerta de calle trancada; y cuando entonces uno, a pesar de todo esto, presa de una repentina desazón, se cambia la bata; aparece en seguida vestido de calle; explica que tiene que salir, y además lo hace después de despedirse rápidamente; cuando uno cree haber dado a entender mayor o menor disgusto de acuerdo con la celeridad con que ha cerrado la casa dando un portazo; cuando en la calle uno se reencuentra, dueño de miembros que responden con una especial movilidad a esta libertad ya inesperada que uno les ha conseguido; cuando mediante esta sola decisión uno siente concentrada en sí toda la capacidad determinativa; cuando uno, otorgando al hecho una mayor importancia que la habitual, se da cuenta de que tiene más fuerza para provocar y soportar el más rápido cambio que necesidad de hacerlo, y cuando uno va así corriendo por las largas calles, entonces uno, por esa noche, se ha separado completamente de su familia, que se va escurriendo hacia la insustancialidad, mientras uno, completamente denso, negro de tan preciso, golpeándose los muslos por detrás, se yergue en su verdadera estatura.
Todo esto se intensifica aún más si a estas altas horas de la noche uno se dirige a casa de un amigo para saber cómo le va.


*la mayoria de relatos cortos, o cuentos de
Franz Kafka, fueron editados a titulo postumo.

GIBRAN KHALIN GIBRAN - SATANAS Y OTROS RELATOS / LA TEMPESTAD

Escrito por imagenes 14-02-2008 en General. Comentarios (0)

GIBRAN KHALIN GIBRAN - SATANAS Y OTROS RELATOS / LA TEMPESTAD

GIBRÁN KHALIL GIBRÁN

LA TEMPESTAD
(1920)

SATANAS

El Padre Samaan era profundo conocedor de temas espirituales y teológicos, versado en los secretos del
pecado venial y mortal, y una autoridad en los misterios del Paraíso, el infierno y el Purgatorio.
Su tarea era recorrer las aldeas del Norte del Líbano, predicando al pueblo, curando a las almas del mal y
previniendo a los hombres contra las acechanzas de Satán, a quien el Padre Samaan, día y noche, combatía
sin descanso.
Los campesinos lo respetaban y reverenciaban, y estaban siempre dispuestos a pagar sus consejos y
oraciones con monedas de oro y plata. Y en toda colecta, aportaban los mejores frutos de su trabajo.
En una noche de otoño, cuando el Padre Samaan se dirigía hacia su solitaria aldea, atravesando un sitio
desolado en medio de valles y colinas, oyó un grito angustioso prove niente del costado del camino. Se
detuvo, miro'en dirección al lugar de donde provino el llamado y vio un hombre desnudo, tendido sobre el
suelo. La sangre brotaba de las profundas heridas de su cabeza y de su pecho mientras gemía e imploraba
socorro:
-¡Salvadme! ¡Socorredme! ¡Tened piedad de mí, me estoy muriendo!
El Padre Samaan miró, perplejo, hacia el caído diciéndose: "Este hombre debe ser un ladrón...
Seguramente trató de asaltar a un viajero y fracasó; está ágonizando y, si muriera en mis brazos, me
responsabilizarán de su muerte. Así pensando, siguió su camino; mas el moribundo detuvo sus pasos
gritando:
- ¡No me abandones! ¡No me abandones! ¡Me conoces y te conozco y moriré si no me socorres!
El Padre, entonces, se detuvo y empalideció al pensar que estaba negando un auxilio, y con labios
trémulos se dijo: "El ha de ser, sin duda, uno de los locos del bosque. El as pecto de sus heridas hace
temblar mi corazón; ¿qué haré? ¿En que puedo ayudarlo? Un médico de almas no cura cuerpos"
Y el Padre se alejó; mas, cuando había dado unos pocos pasos, el moribundo lanzó un gemido que
conmovería el corazón más duro. El Padre se detuvo nuevamente y oyó al herido que decía, con un
jadeo:
-Acércate. Acércate, pues somos amigos desde hace mucho tiempo... Tú eres el Padre Samaan, el
Buen Pastor, y yo no soy ni un loco ni un ladrón. Ven a mi lado y te diré quién soy.
El Padre Samaan se acercó al hombre, se inclinó y lo contempló atentamente. Mas tan sólo vio un
rostro extraño; un rostro lleno de contrastes; vio inteligencia y maldad; fealdad y belleza; perversidad
y ternura... Erguiéndose, retrocedió de un salto exclamando:
-¿Quién eres? ¡Nunca te vi en mi vida! Y el moribundo, con voz débil, dijo:
-No tengas recelo de mí, Padre, que hace tiempo que somos amigos. Levántame y llévame hasta el
arroyo y lava mis heridas.
-¿Quién eres tú? Dímelo, pues no te reconozco ni recuerdo haberte visto.
Y el hombre respondió con voz agonizante:
-Me conoces muy bien. Me has visto ya mil veces, hablas de mí todo el día y te soy más querido que
tu propia vida. Pero el Padre Samaan, sin reconocerlo, le respondió, enojado
-¡Eres un impostor y un mentiroso! Un moribundo debiera decir la verdad... Jamás vi tu rostro
malvado en toda mi vida. Dime quién eres o te dejaré morir...
Y el herido, moviéndose trabajosamente, miró a los ojos del sacerdote y con una significativa
sonrisa en sus labio, le dijo con voz tranquila, profunda y suave:
-Soy Satanás.
Al escuchar la terrible palabra, el Padre Samaan dio un grito tan fuerte que sacudió los rincones más
lejanos del valle, y, con los ojos llenos de espanto, miró nuevamente al herido reconoció que su figura
y sus heridas, coincidían con la figura y las heridas de Satán pintadas en una tela que colgaba de la
pared de una iglesia de la aldea, representando el juicio Final. Entonces, exclamó trémulo:
-Dios me reveló tu rostro y me mostró tu figura infernal para alimentar mi odio por ti. ¡Maldito seas
por siempre jamás! ¡La oveja enferma debe ser sacrificada por el pastor para que no infecte al rebaño!
Y el demonio respondió, con impaciencia:
-No te apresures, Padre, en perder tu tiempo pronunciando palabras vanas. Ven y cura mis heridas
antes que la vida se escape de mi cuerpo.
Mas el sacerdote le dijo:
- ¡Las manos que ofrecen sacrificios a Dios no se mancharán tocando un cuerpo hecho de las
secreciones del Infierno! ¡Tú debes morir maldecido por las lenguas de las Edades, por los labios de la
Humanidad, pues eres enemigo del Hombre y es intención confesa destruir toda virtud! Satanás se
movió angustiado, se apoyó en un codo y, dificultosamente se irguió respondiendo:
-No sabes lo que dices ni comprendes el crimen que cometes contra mi mismo.
"Yo soy la razón de ser de tu bienestar y de tu felicidad. ¿Menosprecias mis beneficios y niegas mis
méritos mientras vives a mi sombra? ¿No es mi existencia la justificación de tu profesión, y mi
nombre el que da sentido a tu vida? ¿Qué otra profesión abrazarías si el destino decretase mi muerte y
el viento esparciera mi nombre? Hace veinticinco años que recorres estas aldeas para prevenir a los
hombres de las trampas y ellos compran tus prédicas con dinero y con los frutos de sus campos. ¿Qué
otra cosa comprarían de ti, mañana, sabiendo que su enemigo, el demonio, murió y que están libres de
su maleficio?
"¿No sabes, en toda tu ciencia, que cuando la causa desaparece, las consecuencias desaparecen
también? ¿Cómo aceptarás, entonces, que yo muera si con ello perderás tu posición y el pan de tu
familia?

Calló Satanas. Y los rasgos de su rostro ya no expresaban réplica, sino confianza. Después, habló de
nuevo:
-Oyeme, oh impertinente ingenuo, y te mostraré la verdad que liga mi destino al tuyo. En la primera
hora de su existencia, el hombre, de pie frente al sol, extendió sus brazos y exclamó:
"-Tras las estrellas hay un Dios poderoso que ama el bien. -Después, volviéndose de espaldas, vio su
sombra en el suelo y gritó: -En las profundidades de la tierra hay un demonio perverso, adorador del
mal.
"Y el hombre volvió a su grúta murmurando:
"-Estoy entre dos dioses terribles, uno es mi protector y el otro mi enemigo.
"Y durante siglos, el hombre se sintió dominado por ambas fuerzas; una buena, que él bendecía y
otra mala, que él maldecía.
"Después, aparecieron los sacerdotes. Y esta es la historia de su aparición: Había, en la primera
tribu que se formó sobre la tierra, un hombre llamado Laús, que era inteligente pero lleno de
prejuicios. Detestaba los trabajos manuales de que se vivía en aquella época, y muchas veces debía
dormir con el estómago vacío.
"Una noche de verano, cuando los miembros de la tribu estaban reunidos alrededor del jefe,
conversando mientras descansaban, uno de ellos se levantó de pronto en medio de la asamblea, elevó
sus brazos al cielo y, poniendo en su voz toda la emoción que pudo fingir, dijo piadosamente:
"-¡Posternaos hermanos míos y orad, pues el dios de las tinieblas está atacando al dios
incandescente de la noche. Y si vence el primero, moriremos, pero si triunfa el segundo, entonces
viviremos. Orad para que venza el dios de la luna! "Y Laús continuó hablando hasta que la luna volvió
a su brillo natural. Y los presentes quedaron maravillados y manifestaron su alegría con danzas y
canciones. Y el jefe de la tribu dijo a Laús:
Conseguiste esta noche, lo que ningún mortal consiguió antes que tú. Y descubrirste secretos del
Universo que nadie entre nosotros conocía. regocíjate, pues a partir de hoy serás el segundo honibre
de la tribu después de mí. Yo soy el más fuerte y el más valiente; y tu eres el más culto y el más sabio.
Serás, por lo tanto, el intermediario entre los dioses y yo, y me revelarás sus secretos y me enseñarás
lo que debo hacer, para merecer su aprobación y su benevolencia.
"-Todo lo que los dioses me revelarán en mis sueños -respondió Laús-, yo te revelaré al despertar.
Seré quien interceda entre los dioses y tú.
"El jefe, satisfecho, obsequió a Laús dos caballos, siete bueyes, setenta corderos y setenta ovejas. Y
le dijo: "-Los hombres de la tribu te construirán una casa igual a la mía y te ofrecerán, de cada
cosecha, una parte de lbs frutos recogidos. Pero dime ¿quien es ese dios del mal, que se atreve a atacar
al dios resplandeciente?
"-Es el demonio -respondió Laús-, el mayor enemigo del hombre, la fuerza que desvía el ímpetu del
huracán hacia nuestras casas, la que manda secar nuestros plantíos y en ferma nuestros rebaños, la que
se alegra con nuestra infelicidad y se entristece con nuestras alegrías. Necesitamos estudiar sus
intenciones y tácticas para prevenir sus maleficios y frustrar sus artimañas.
"El jefe apoyó su cabeza en el cayado y susurró:
"-Sé ahora lo que ignoraba y los hombres sabrán también lo que sé y te honrarán. Laús, porque nos
revelaste el misterio de nuestro terrible enemigo y nos enseñanste a combatirlo.
"Y Laús volvió a su tienda, eufórico por su habilidad e imaginación, mientras el jefe y los hombres
atravesaron una noche poblada de pesadillas.
"Así aparecieron los sacerdotes en el mundo; y mi existencia fue la causa de su aparición. Laús fue
el primero en hacer de la lucha contra mí una profesión. Más tarde, esa profesión evolucionó y progresó
hasta convertirse en arte sutil y sagrado que solamente abrazan los espíritus maduros, las almas nobles, los
corazones puros y la amplia imaginación.
"En cada ciudad que nacía, mi nombre era el centro de las organizaciones religiosas, culturales, artísticas
y filosóficas. Yo construía monasterios y ermitas sobre cimientos de miedo, y fundaba tabernas y burdeles
sobre el gozo y la lujuria. Soy padre y madre del pecado.
"¿Deseas que el pecado muera con mi muerte? ¿Aceptas que yo muera en esta soledad? ¿Deseas romper
los lazos que existen entre tú y yo?
"Es curioso que me esfuerce en mostrarte una verdad que conoces mejor que yo, y que es más útil a tus
intereses que a los míos.
"Ahora haz lo que quieras. ¡Cárgame sobre tus espaldas y llévame a tu casa y cura mis heridas; o déjame
agonizar y morir aquí mismo!
Mientras hablaba Satanás, el Padre Samaan se frotaba las manos agitado. Después, con voz balbuceante
como pidiendo disculpas, dijo:
-Sé ahora lo que ignoraba hace una hora, perdona, pues, mi ingenuidad. Sé que estás en el mundo para
tentar, y la tentación es la medida con que Dios determina el valor de las almas.
"Sé, ahora, que si murieras, morirá la tentación y desaparecerán contigo las fuerzas que obligan al
hombre a ser prudente y a orar, ayunar y adorar. Debes vivir, porque sin ti, los hombres dejarán de temer al
infierno y se hundirán en el vicio. Tu vida es, por lo tanto, necesaria para fa Salvación de la Humanidad; y
yo sacrificaré mi odio por ti en el altar de mi amor a los hombres.
Satanás lanzó una carcajada que sacudió el suelo.
- ¡Cómo eres de inteligente, Padre! -dijo-. Y que conocimientos posees de teología! Has hallado, con el
poder de tu inteligencia, una finalidad para mi existencia que yo mismo ignoraba. Ahora comprendemos
ambos, nuestra mutua necesidad.
"Aproxímate, hermano mío. Las tinieblas están cubriendo la campiña y la mitad de mi sangre se ha
escapado sobre las arenas de este valle y, a menos que me ayudes, nada quedará de mí, sino los restos de mi
cuerpo quebrado por la Muerte.
El Padre Samaan, entonces, arrolló las mangas de su hábito, se acercó a Satanás, y cargándolo sobre sus
espaldas se encaminó hacia la casa.
En medio de aquellos valles silenciosos y cubiertos por el velo de la oscuridad, el Padre Samaan
caminaba doblado por el peso de su carga. Su sotana negra y sus largas barbas estaban salpicadas por la
sangre que se escurría sobre él, pero caminaba animado, con sus labios murmurando fervientemente una
oración por la vida de Satanás agonizante...

"CONOCETE A TI MISMO"

Salim Efendi Deaibes, en una noche lluviosa de Beirut, meditaba sobre la base de Sócrates: "Conócete a
ti mismo".
-Sí -decía-, esta es la llave y la base de todo el saber. Necesito conocerme a mi mismo. -Y levantándose,
se paró frente a un enorme espejo y, después de contemplarse largamente, comenzó a enumerar sus
características:
-Soy de baja estatura. Así eran Napoleón y Víctor Hugo.
-Tengo la frente estrecha. Así era la de Sócrates y Spinoza.
-Soy calvo. Así era Shakespeare.
-Tengo una nariz grande y aguileña. Así era la de Savonarola y Voltaire y George Washington.
-Tengo los ojos melancólicos. Así eran los de Pablo el Apóstol y Nietzsche.
-Tengo los labios gruesos. Así eran los de Aníbal y Marco Antonio.
Después de enumerar decenas de características semejantes, Salim concluyó:
-Es mi personalidad. Es mi verdad. Soy un conjunto de cualidades que distinguieron a los grandes
hombres desde el comienzo de la Historia. ¿Puede un hombre así dotado dejar de realizar algo grande en
este mundo?
Una hora más tarde, nuestro héroe estaba durmiendo vestido, sobre la cama deshecha y sus ronquidos,
más que la respiración de un ser humano, semejaban el ruido de un molino.

ESCLAVITUD

Los hombres son esclavos de la Vida, y es una esclavitud que llena sus días con miseria y desesperación,
e inunda sus noches con lágrimas y angustia.
Siete mil años han pasado desde el día de mi primer nacimiento, y desde aquel día he presenciado los
esclavos de la vida, arrastrando sus pesados grilletes. He recorrido el Este y el Oeste de la Tierra, y he
vagado a la luz y a la sombra de la Vida. He visto las procesiones de la civilización moviéndose de la luz
hacia la oscuridad, y cada una fue arrastrada al infierno por almas humilladas, doblegadas bajo el yugo de
la esclavitud. El poderoso es reprimido y sometido, y el fiel se arrodilla adorando a los ídolos. He seguido
al hombre desde Babilonia hasta El Cairo, desde Ain Dour hasta Bagdad y he observado las huellas de sus
cadenas sobre la arena. He escuchado los ecos tristes de los cambiantes siglos, repetidos por las praderas y
los eternos valles.
He visitado templos y altares y entrado a palacios, y sentado ante los tronos. Y vi al aprendiz ser esclavo
del artesano, y al artesano ser esclavo del emperador, y al empleador ser esclavo del soldado, y al soldado
ser esclavo del gobernador, y al gobernador ser esclavo del rey, y al rey ser esclavo del sacerdote, y al
sacerdote ser esclavo del ídolo... y el ídolo es nada más que tierra modelada por Satanás y erigida sobre una
pila de cráneos.
Entré a las mansiones de los ricos, y visité las chozas de los pobres. Encontré al infante mamando del
pecho de su madre la leche de la esclavitud, y a los niños aprendiendo sumisión con el alfabeto.
Acompañé a los siglos desde las riberas del Ganges hasta las costas del Eufrates; desde la desembocadura
del Nilo hasta las planicies de Asiria; desde las arenas de Atenas hasta las iglesias de Roma; desde los
suburbios de Constantinopla hasta los palacios de Alejandría... Sin embargo, vi a la esclavitud moverse
sobre todo, en una gloriosa y majestuosa procesión de ignorancia. Vi a la gente sacrificando jóvenes y
doncellas a los pies del ídolo, llamándolo el Rey; quemando incienso delante de su imagen, y llamándolo
Profeta; arrodillándose y adorándolo, y llamándolo la Ley; peleando y muriendo por él, y llamándolo la
Sombra de Dios sobre la tierra; destruyendo y demoliendo hogares e instituciones por su causa, y
llamándolo Fraternidad; luchando y robando y trabajando por él y llamándolo Fortuna y Felicidad; matando
por él, y llamándolo igualdad.
Posee varios nombres, pero una realidad. Tiene muchas apariencias, pero está hecho de un solo elemento.
En verdad, es un mal eterno legado por cada generación a su sucesor.
Encontré la esclavitud ciega, que ata el presente de las personas al pasado de sus padres, y los incita a
ceder a sus tradiciones y costumbres poniendo espíritus ancianos dentro de los nuevos cuerpos.
Encontré la esclavitud muda, que liga la vida de un hombre, a una esposa que aborrece, y coloca el
cuerpo de una mujer en el lecho de un esposo odiado, desvitalizando ambas vidas espiritualmente.
Encontré la esclavitud sorda, que sofoca el alma y el corazón, dando al hombre sólo el eco vacío de una
voz, y la lastimosa sombra de un cuerpo.
Encontré la esclavitud coja que pone el cuello del hombre bajo el dominio del tirano y somete cuerpos
fuertes y mentes débiles a los hijos de la Codicia para ser usados como instrumento de su poder.
Encontré la esclavitud cruel, que desciende con el espíritu del infante desde el amplio firmamento hasta
el hogar de la miseria; donde la Necesidad vive junto a la Ignorancia, y la Humillación reside al lado de la
Desesperación. Y los niños crecen como miserables, y viven como criminales, y mueren como
despreciados y rechazados seres inexistentes. Encontré la esclavitud sutil, que nombra a las cosas de otra
manera... llamando inteligencia a la astucia, y vacío a la sabiduría, y debilidad a la ternura, y cobardía a un
firme rechazo.
Encontré la esclavitud retorcida, que hace que la lengua de los débiles se mueva con miedo, y hable sin
sentimiento, y ellos fingen estar meditando su súplica, pero son como sacos vacíos que hasta un niño puede
doblar y colgar.
Encontré la esclavitud sumisa que induce a una nación a cumplir con las leyes y reglas de otra nación, y
la sumisión es cada día mayor.
Encontré la esclavitud perpetua, que corona a los hijos de monarcas como reyes, sin ofrecer
consideración al mérito. Encontré la esclavitud negra, que marca para siempre con vuergüenza y desgracia
a los hijos de los criminales.
Al contemplar la esclavitud, vemos que posee los viciosos poderes de continuación y contagio.

Cuando me cansé de seguir detrás de los disolutos siglas y me aburrí de observar procesiones de gente
apedreada, caminé solitario por el "Valle de la Sombra de la Vida, donde el pasado trata de esconderse
detrás de las culpa, y el alma del futuro se repliega y descansa demasiado tiempo. Allí, al borde del Río de
Sangre y Lágrimas que se arrastraba como una víbora ponzoñosa y se retorcía como los sueños de un
criminal, escuché el asustado susurro del fantasma de esclavos, y contemplé la nada.
Cuando llegó la medianoche y los espíritus emergieron de sus escondites, vi a un cadavérico y agonizante
espectro caer de rodillas, contemplando la luna. Me acerqué diciendo:
-¿Cuál es tu nombre?
-Mi nombre es Libertad -contestó esta espantosa sombra de un cadáver.
-¿Dónde están tus hijos? -le pregunté. Y la libertad, llorosa y débil, jadeó.
-Uno murió crucificado, otro murió loco, y el tercero todavía no ha nacido.
Se fue cojeando, hablando todavía, pero las lágrimas en mis ojos y los gritos de mi corazón no me
impidieron ver ni oír.

VENENO DULCE

En una mañana de otoño, que en el norte del Líbano tiene un esplendor inigualable, los aldeanos de Tala
se reunieron en la plaza de la iglesia para comentar el repentino viaje de Fares Rahal que, abandonando a su
joven esposa, partiera con rumbo desconocido.
Fares Rahal era el líder' de la aldea. Había heredado su primacía de su abuelo y de su padre. Y, aunque
joven, había en él una superioridad que se imponía.
Cuando se casó con Susan Barabat todos dijeron: " ¡Qué felicidad! Consiguió, con menos de treinta años,
todo lo que un hombre pueda desear de este mundo."
Pero, aquella mañana en que lo recordaban, los habitantes de Tula, que sabían que Fares había reunido
todo su dinero antes de montar su caballo y abandonar la aldea sin despe dirse de nadie, se sentían perplejos
y comenzaron a buscar los motivos que podían haber llevado, a un hombre como él a abandonar de repente
a su gente, su esposa, su casa, sus campos y viñedos.
En el norte del Líbano, la vida se asemeja a un socialismo más que a cualquier otro sistema. Todos
comparten las alegrías y las tristezas de la vida, guiados por instintos simples y sinceros. Y hacen frente,
juntos, a todos los acontecimientos importantes.
Fue por eso que los habitantes de Tula abandonaron sus tareas cotidianas y se reunieron cerca de la
iglesia para cambiar opiniones sobre la misteriosa partida de Fares Rahal.
Mientras conversaban, vieron acercarse al Padre Esteban, párroco de la ciudad, con la cabeza gacha y el
rostro sombrío. Lo acogieron con miradas interrogantes.
-No me hagan preguntas -dijo él, por fin-. Todo cuanto se, es lo siguiente: Fares vino a golpear mi puerta
antes del amanecer; su rostro estaba marcado por la tristeza cuando me dijo:
-Vine a despedirme, Padre. Me voy más allá del mar y no regresaré jamás a este país.
Después, me entregb una carta para su amigo Nagib Malik y me pidió que la entregara
personalnente. Hecho eso, saltó sobre su caballo y desapareció antes que pudiera preguntarle nada.
Alguien conjeturó: -Sin duda, la carta explica los mote vos del viaje, ya que Nagib era su mejor
amigo.
Otro preguntó: -¿Ha visto a su esposa, Padre?
-La visité después de las oraciones de la mañana -respondió el Padre-. La encontré sentada al lado
de su ventana. Miraba a la distancia, con ojos vidriosos, cual si hubiera perdi do la razón. Cuando la
interrogué, abanicó su cabeza y murmuró:-No sé. No sé.-Y se echó a llorar como una criatura.
De pronto se oyó un disparo de revólver y todos se estremecieron. Y a continuación escucharon los
gritos de una mujer. Los aldeanos quedaron atónitos un instante, y, enseguida, salieron corriendo en
dirección al sitio donde sonó el disparo. Cuando llegaron cerca de la casa de Fares Rahal, vieron a
Nagib Malik tendido en el suelo, con sangre brotando de su cuerpo. A pocos pasos de él, Susan, la
esposa de Fares Rahal, se arrancaba los cabellos y gemía:
-Se ha suicidado. Se ha suicidado...
La gente se detuvo temerosa. El Padre vio, en la mano del infeliz la carta que le entregara aquella
mañana, la retiró y la puso discretamente en su bolsillo.
Cargaron, luego, el cuerpo del suicida y lo llevaron a casa de su madre, quien al ver el cadáver de su
único hijo, perdió el sentido.
Las mujeres cuidaban a Susan que estaba medio muerta. Cuando el Padre Esteban volvió a su casa,
cerró la puerta, se puso los anteojos y abrió la carta leyendo con voz trémula:
"Nagib, hermano mío,
Abandono esta ciudad porque mi presencia en ella es causa de infelicidad para ti, para mi esposa y
para mí mismo.
Sé que eres demasiado noble para traicionar a tu amigo y vecino.
Sé que Susan, mi esposa, es pura e incapaz de cometer un pecado.
Mas sé, también, que el amor que liga tu corazón al de ella es más fuerte que vuestras voluntades.
Tú no lo puedes detener, como no puedes detener el curso del río Kadisha. Somos amigos, Nagib,
desde que éramos pequeños. Y deseo que continúes pensando en mí como lo has hecho hasta ahora.
Y si te encontrases con Susan, dile que la amo y que no la censuro. Dile que sentía pena de ella
cuando, de noche, la veía arrodillada frente a la imagen de Jesús, rezando y llorando.
Nada es tan cruel como el destino de una mujer que ama a un hombre, mientras debe vivir con
aquél a quien debe amor. Quería mantenerse fiel a sus obligaciones, pero no podía acallar sus
sentimientos. Es por eso que me alejo hacia lejanas tierras de donde jamás regresaré. Ñó deseo
continuar siendo. un obstáculo en el camino de vuestra felicidad.
Finalmente, te pido, amigo y hermano, ser fiel a Susan y ampararla hasta el fin. Ella sacrificó todo
por tu causa. Y permanece, Nagib, tal como te conozco: corazón noble, alma elevada. ¡Y que Dio- te
proteja!
Fares Rahal
El Padre Esteban dobló la carta y la devolvió a su bolsillo con aire ausente. Sentía que algo se le
escapaba. Luego, se levantó agitado, como si hubiera descubierto un secreto terrible escondido tras
apariencias inocentes. Y gritó:
-Extraordinaria fue tu astucia, ¡oh, Fares Rahal! Supiste matar a tu amigo sin manchar tus manos
con su sangre. Enviaste el veneno mezclado con miel, y cuando él dirigió el revólver contra su propio
pecho, tu mano guiaba su mano y tu voluntad dominaba su voluntad... ¡Mortal es tu astucia, oh, Fares
Rahal...!
Y el Padre Esteban se volvió de espaldas acariciando sus barbas, el rostro marcado por una mueca
amarga.
Desde el centro de la aldea, llegaban hasta él los lamentos de las mujeres.

DIENTES CARIADOS

Había en mi boca un diente cariado. Era un diente astuto y malvado: permanecía quieto todo el día y sólo
comenzaba a molestar y a doler por la noche, cuando los dentistas dormían y las farmacias estaban
cerradas.
Cierto día, perdí la paciencia, busqué un dentista y le dije:
-Líbreme, por favor, de este diente hipócrita.
-Sería tonto arrancar un diente que podemos tratar -objetó el dentista.
Y comenzó a raspar, limpiar y desinfectar. Cuando el diente estuvo libre de la caries, el dentista lo obturó
y declaró con orgullo:
-Este diente es, ahora, más sólido que los otros.
Creí sus palabras, llené sus manos de dinero y me retiré satisfecho.
Pero una semana después, el maldito diente volvió a atormentarme.
Busqué otro dentista y le dije:
-Arranque este diente sin discutir. Porque sufrir es diferente de ver sufrir.
El dentista arrancó el diente. Fue una hora terrible pero beneficiosa. El odontólogo, examinando el diente
dijo: -Hizo bien en extraerlo, la caries había llegado a las raíces. No había forma de recuperarlo.
Y dormí en paz, aquella noche y todas las noches siguientes.
En la boca del ser que llamamos Humanidad, también hay dientes cariados. Y las caries ya alcanzaron las
raíces, pero la Humanidad no los arranca. Prefiere tratarlos y limpiarlos y obturarlos con oro brillante.
¡Cuántos dentistas están ocupados en tratar los dientes de la Humanidad! ¡Y cuántos enfermos se
entregan a esos médicos!; y sufren y aguantan, para después morir.
Y la nación que se debilita y muere, no resucita para narrar su enfermedad al mundo, ni para hablar de la
ineficacia de los remedios sociales que la llevaron a la tumba.
En la boca de la naciones de Oriente, también hay dientes cariados, sucios y nauseabundos. Nuestros
dentistas tratan de obturarlos. Pero esos dientes no se curarán. Es necesario arrancarlos. Pues las naciones
que tienen dientes cariados tienen estómagos débiles.
Quien quiera ver los dientes cariados de una nación oriental, visite sus escuelas, donde los niños y niñas
de hoy se preparan para ser los hombres y mujeres de mañana. Visite los tribunales y sea testigo de los
actos fraudulentos y corruptos de aquellos que debieran hacer justicia. Verá como se burlan de los
sentimientos y pensamientos de los hombres simples, tal como el gato se burla del ratón.
Visite las casas de los ricos, donde reinan la vanidad, la falsedad y la hipocresía.
Y recuerde visitar, también, los tugurios miserables donde habitan el miedo, la ignorancia, la envidia y la
cobardía. Después, visite a los dentistas de dedos hábiles, poseedores de instrumentos delicados, panaceas y
sedantes, aquellos que gastan sus días llenando las cavidades de los dientes podridos de la nación para
disfrazar las caries.
Hablé con esos reformadores que se presentan como la inteligencia de Siria y organizan sociedades y
promueven conferencias y hacen pronunciamientos. Cuando -los oiga hablar, escuchará melodías que,
quizá, suenen más sublimes que el reconfortante son de la piedra del molino, y más solemne que el croar de
los sapos en una noche de verano.
Cuando usted les diga que la nación siria muerde su pan con dientes cariados y que cada trozo masticado
y mezclado con saliva infectada enferma el estómago de la nación, ellos le responderán:
-Sí, pero estamos buscando, justamente, las drogas modernas y los medicamentos más eficaces.
Y si les preguntaran: -¿Y qué es lo que pensáis de la extracción? -Se reirán del que los interroga, ya que
no estudió la noble ciencia de la odontología.
Y si insisten en preguntar, se enfadan y, apartándose dirán: - ¡Cuántos ignorantes en este mundo! ¡Y
como-incomoda su ignorancia!

¡OH, NOCHE!

!Oh, noche de los enamorados, de los poetas y los cantores!
ioh, noche de los fantasmas, de las almas y las sombras! ¡Oh, noche del deseo, de las ansias y la
nostalgia!
!Oh, gigante erguido entre las nubes enanas del poniente y las hadas de la aurora, empuñando la
espada del terror, coronado por la luna, vestido de silencio, mirando con mil ojos la profundidad de la
vida, oyendo con mil oídos los gemidos de la muerte y el aniquilamiento.
Eres la oscuridad que nos hace ver las luces del firmamento, mientras que el día es una luz que nos
envuelve en la oscuridad, de la tierra.
Eres una esperanza que abre nuestros ojos a la majestad del infinito, mientras que el día es una
presunción que nos transforma en ciegos, en un mundo de cantidades y medidas.
Eres quietud que revela secretos a las almas despiertas, en los espacios celestiales, mientras que el
día es una serie de ruidos que perturba a las almas, perdidas, entre sus propósitos y sus deseos.
Eres el justo que une, bajo las alas del sueño, los sueños de los débiles y las aspiraciones de los
poderosos, y eres el bienhechor que cierra con sus dedos invisibles, los párpados de los infelices y
conduce sus corazones a un mundo menos cruel que este mundo.
Entre los pliegues de tus azules vestidos, los enamorados exhalan sus suspiros; y a tus pies cubiertos
de rocío, los solitarios vierten sus lágrimas y en tus manos perfumadas con el aroma de los valles, los
exilados depositan los gemidos de su pasión y su nostalgia. Eres el compañero de los enamorados y de
los exilados; eres el consuelo de los solitarios y los abandonados.
A tu sombra vagan las almas de los poetas y a tu paso, despierta el corazón de los profetas y toma
forma la sabiduría de los pensadores.
Cuando mi alma se cansó de los hombres y mis ojos de contemplar el rostro del día, me alejé hacia
el sitio distante, donde duermen las sombras de los tiempos idos.
Allí, me detuve frente a una presencia oscura, que cabalgaba a miles de pies sobre la tierra, y sus
valles y montañas. Y miré fijamente los ojos de la sombra y pude oír el batir de alas invisibles y sentir
las caricias del silencio, y vencer el miedo a la oscuridad.
Allí te vi, oh, noche, fantasma gigantesco y hermoso, suspendido entre la tierra y el cielo, velado
por nubes, envuelto en la cerrazón, riéndote del día, riéndote del sol, bur lándote de los esclavos en
vigilia, frente a los ídolos dormidos.
Te vi hacer escarnio de los reyes que dormían envueltos en seda y contemplar con furia el rostro de
los criminales. Meciendo a los niños en su cuna y sonriendo a las lágrimas de los enamorados.
Elevando a las almas nobles al cielo y aplastando bajo tus pies a las almas mezquinas.
Te vi, oh, noche, y tu me viste. Y eras en tu terrible majestad, un padre para mí y yo era, en mis
sueños, un hijo para ti. Y no hubo más velos entre nosotros, y me confesaste tus secretos e
intenciones. Y yo te revelé mis aspiraciones y. mis esperanzas. Y cuando lo temible de tu rostro se
transformó enmelodía, suave como el murmullo de las flores y mi temores cedieron paso a una
seguridad dulce como la confianza de las aves, me alzaste hasta ti, me pusiste sobre tus rodillas y
enseñaste a mis ojos a ver, a mis oídos a oír, a mis labios a hablar. Y enseñaste a mi corazón a amar lo
que los hombres odian y a odiar lo que ellos aman
Después tocaste mis pensamientos con ttis manos y mis pensamientos son ahora cual un río
caudaloso que corre cantando y arrastrando todo lo viejo y todo lo muerto.
Después besaste mi alma y mi alma se encendió y es como una llama que quema todo lo seco.
Y te acompañé, oh, noche, y te seguí hasta asemejarme a ti. Y mis inclinaciones se mezclaron con
las tuyas, y te amé, hasta que mi ser se convirtió en una diminuta réplica tuya. Y en mi alma oscura
hay estrellas luminosas que la pasión esparce al anochecer y en mi corazón hay una luna que ilumina
la procesión de mis sueños.
Y en mi alma vigilante hay tina quietud, que revela los secretos de los enamorados y repite el eco de
las plegarias de los fieles. Y en torno a mi cabeza un anillo mágico, rasgado por el estertor de los
agonizantes y restaurado por el canto de los trovadores.
Soy como tú, oh, noche. ¿Y que pensarán los hombres de mi pretensión, ellos, que se comparan con
el fuego cuando quieren enaltecerse?
Soy como tú, y a ambos nos acusan de ser lo que no somos.
Soy como tú, aunque el atardecer no me corone con tus nubes doradas.
Soy como tú, aunque no esté envuelto por la Vía Láctea.
Soy una noche espejada, extensa, quieta, trémula y vibrante, y mi oscuridad no tiene principio y mi
profundidad no tiene fin.

Cuando las almas se alzan, ufanándose de la luz de sus alegrías, mi alma se cubre, feliz, con la
oscuridad de su melancolía.
Soy como tú, oh, noche. Y mi mañana sólo llegará cuando rni tiempo haya terminado.

EL EXTRANJERO

La Pascua llego y, mejor que todas las señales, las alegres multitudes lo anunciaban. $olo y
melancólico, me aparto de la multitud. Pienso en el hijo del Hombre, que nació y vivió en la
indigencia y después murió crucificado. Pienso en aquel Fuego Divino que el Espíritu encendió en una
pequeña aldea y que sobrevivió a los siglos y puso su marca en todas las civilizaciones.
En el parque desierto, un hombre, también solo, parecía estar esperándome. Se sentó a mi lado y
comenzó a dibujar en la arena figuras misteriosas. Sus vestimentas eran modestas, mas de su presencia
emanaba una grandeza inexpresable.
-¿El señor es, tal vez, extranjero? -le pregunté con simpatía.
-Yo soy extranjero en esta ciudad y en todas las ciudades.
-Pero en días festivos, el extranjero olvida la amargura del exilio y se deja consolar por el afecto de
los corazones abiertos.
-Yó soy más extranjero aún, en estos días, que en otro cualquiera. -Y dirigió al cielo una mirada
soñadora, como si estuviera buscando en el más allá, una patria desconocida.
Lo observé nuevamente y le dije:
-Me parece que el señor necesita ayuda, ¿no aceptaría la mía?
-Sí, necesito ayuda, pero mi necesidad no es de dinero -me respondió.
-¿Y que es lo que usted necesita?
-Necesito un abrigo. Necesito un lugar donde descansar mi cabeza.
-Pero, si acepta mi dinero, podrá alojarse en un hotel.
-Ya fui a todos los hoteles y ninguno me aceptó. Ya golpeé todas las puertas sin hallar un amigo.
-Venga entonces conmigo. Pasará la noche en mi casa.
-Mil veces llamé á tu puerta pero jamás me abriste. Y ahora, si supieras quién soy, no me invitarías.
-Y, ¿quienes el señor?
-Yo soy quien derriba lo que los siglos establecieron. Soy el huracán que arranca las raíces secas.
Soy quien trae al mundo la justicia y la piedad.
Dijo eso y se levantó. Era de gran estatura y su voz, profunda como la noche, evocaba el sonido de
la tempestad. Después, su rostro se iluminó. Extendió sus brazos y vi en sus manos rastros de heridas.
Me arrojé a sus pies balbuceando:
-Jesús, el Nazareno.
Y le oí decir:
-El mundo celebra en mi nombre las tradiciones que los siglos tejieron a mi alrededor. Pero yo
permanezco extranjero, recorriendo el universo y atravesando los siglos sin encontrar, entre los
pueblos, quien comprenda mi verdad. Los zorros tienen sus madrigueras y las aves del cielo tienen
nidos, mas el Hijo del Hombre no tiene un lugar donde reclinar su cabeza.
Cuando levanté mis ojos, nada vi sino una columna de incienso. Y oí el eco de una canción llegarme
desde la eternidad.

LOS GIGANTES

Quien escribe con tinta no es como el que escribe con sangre del corazón.
Y el silencio que produce el tedio es diferente del silencio que nace del dolor.
Busqué refugio en el silencio porque los oídos de la Humanidad se cerraron al susurro de los débiles
y sólo escuchan el tumulto del abismo. Y es más prudente para el débil callar frente a las fuerzas
tempestuosas de la vida; aquellas que tienen cañones por voz y bombas por palabras. Vivimos una
época cuyos hechos más pequeños son más grandiosos que los más grandes del pasado. Los valores y
los problemas que monopolizan corazones y pensamientos están en penumbras. Los antiguos sueños
se desvanecen como bruma y son sustituidos por gigantes que caminan como tempestades, se mueven
como el mar y respiran como volcanes.
Y, ¿cuál será el destino del mundo, cuando los gigantes finalicen su guerra?
¿Volverá el campesino a sembrar semillas donde la muerte sembró esqueletos?
¿Llevará el pastor su rebaño hacia las praderas donde la sangre regó la tierra?
¿Se inclinará el creyente en templos donde los demonios danzaron? ¿Declamará el poeta sus poemas
frente a las estrellas ofuscadas por el fragor de las batallas? y ¿cantará el cantor sus canciones en la
quietud perturbada por tantos horrores?
¿Se sentará la madre al lado de la cuna de su niño para arrullarlo sin temores del mañana?
¿Se encontrarán los enamorados a cambiar besos donde los enemigos cambiaron golpes?
¿Volverá la primavera a cubrir con flores las heridas de la tierra?
Y, ¿qué será de nuestra patria? ¿Cuál de los gigantes dominará aquellas colinas y aquellas praderas
que nos dieron vida y nos transformaron en hombres y mujeres?
¿Continuará el Oriente siendo disputado por lobos y cerdos, o caminará como la tempestad hasta la
guarida del león y el nido de las águilas?
Y, ¿se levantará nuevamente la aurora sobre las cumbres del Líbano?
Siempre que estoy solo le hago preguntas a mi alma. Pero el alma es como el Destino, no habla.
¿Quién de vosotros no se preocupa del futuro del mundo y sus habitantes una vez que los gigantes
se hayan saciado de lágrimas de viudas y huérfanos?
Soy de los que creen en la ley de la evolución y el progreso. A mi entender esta ley alcanza tanto a
lo material como a lo inmaterial. Lleva de lo bueno a lo mejor, no sola mente a las criaturas físicas
sino también a las religiones y a los gobiernos. Sólo hay retrocesos y decadencias aparentes.
La ley de la evolución tiene infinitas ramificaciones pero una sola raíz. Sus manifestaciones son, a
veces, duras e injustas y oscuras, provocando la rebeldía de las mentes limitadas y de los corazones
frágiles. Pero su esencia es, siempre, justa y luminosa. Se ocupa de derechos superiores a los del
indiviudo y sus objetivos son superiores a los de la comunidad. Su voz, mezcla de horror y suavidad,
contiene el gemir de los flagelados y la angustia de los que sufren.
Alrededor de mí hay muchos enanos que .miran,. desde lejos, la lucha de los gigantes y oyen sus gritos
de júbilo y rabia, mientras croan como ranas diciendo:
-El mundo volvió a sus orígenes. Lo que las generaciones edificaron por la ciencia y por el arte, el
hombre lo demolió por egoísmo y ambición. Vivimos nuevamente como trogloditas. Y sólo nos diferencian
de ellos nuestras máquinas y las estratagemas que inventamos para destruir.
Los que así hablan, son los que miden la conciencia del mundo con la vara de sus propias conciencias y
analizan las aspiraciones de la Humanidad por la necesidad de su supervivencia individual, como si el sol,
existiera solamente para calentarlos y el mar para sus baños.
De las entrañas de la vida, más allá de la materia, de las profundidades del universo donde los secretos
son guardados, surgirán los gigantes como una tempestad, y ascende rán como nubes y chocarán como
montañas y lucharán para resolver un problema de la Tierra, que solamente la guerra puede resolver.
Los hombres, sus conocimientos, su amor y su odio, su desesperación y su dolor, son apenas mecanismos
que los gigantes emplean con miras a un objetivo superior que debe ser alcanzado.
La sangre derramada se transformará en ríos de elixir y las lágrimas lloradas brotarán como flores y las
almas asesinadas se reunirán y aparecerán por detrás del horizonte como una nueva aurora.
Y la primavera retornará. Pero aquél que desea alcanzar la primavera sin pasar por el invierno jamás lo
logrará.

EL SER NACIONAL

Una nación, es una comunidad de individuos que se diferencian en su carácter, tendencias y opiniones,
pero que están unidos por una red moral, más fuerte que sus divergencias.
Tal vez, la unidad religiosa constituya un hilo de esta red. Con todo, las divergencias religiosas no
perjudican a la unidad nacional sino cuando esta unidad estaba previamente debilitada, como en ciertos
países orientales.
Tal vez la unidad de lengua sea fundamental para la realización de la unidad nacional. Existen, todavía,
muchos pueblos que hablan la misma lengua, pero, divergen continuamente en su política, administración e
ideología. Tal vez la unidad de raza sea también esencial. Pero la Historia cita muchos ejemplos de pueblos
que, descendiendo de la misma simiente, han luchado unos contra otros, hasta su mutua destrucción.
Los intereses materiales, tal vez sean un elemento de unidad. Pero, ¿en cuántos países los intereses
materiales sólo han servido para generar competencia y luchas internas?
¿Cuál es, entonces, el fundamento esencial de la unidad nacional? ¿Cuál es el suelo en que crece el árbol
de la nación? Tengo a este respecto, ideas propias, que ciertos pensadores hallan extrañas porque sus
orígenes y consecuencias no son palpables.
He aquí lo que pienso:
Cada pueblo tiene una personalidad característica, así como cada individuo la tiene a su vez. Y, aunque la
personalidad nacional tome sus componentes de los individuos, así como el árbol forma su sustancia con el
agua, la tierra, el calor y la luz, esa personalidad general, es diferente e independiente de las personalidades
individuales, y tiene vida y voluntad propias.
Y, así como encuentro difícil determinar la época en que se forma la personalidad de cada individuo, así
encuentro de difícil determinar la época en que se forma la personalidad nacional. Pienso, sin embargo, que
la personalidad egipcia, por ejemplo, se formó, por lo menos quinientos años antes de la aparición de la
Primera Dinastía en las márgenes del Nilo. Esa personalidad produjo las manifestaciones artísticas,
religiosas y sociales de la historia egipcia. Y lo que digo de Egipto, se aplica a Asiria, Persia, Grecia,
Roma, Arabia y las naciones modernas.
Dije que la personalidad nacional tiene una vida especial. Sí, y tiene también, un tiempo de vida limitado
que no puede ser trascendido, exactamente como en el caso de todos los seres vivos. El individuo se
desenvuelve pasando por la infancia, por la juventud, por la madurez, por la vejez; y asi también se
desarrolla la nación: pasando por la aurora velada por el sueño, por el mediodía iluminado por el
esplendor del sol, por la tarde marcada por el tedio, con la noche envuelta por el cansancio, por un
sueño profundo...
La entidad griega, despertó en el siglo X antes de Cristo y caminó con fuerza y majestad en el siglo
V y se había agotado al llegar la era cristiana. Se entregó, entonces, para siempre, al sueño de la
eternidad.
La entidad árabe tomó conciencia de sí misma en el siglo III antes del islam. Con el Profeta
Mahoma, se levantó como un gigante y caminó como un temporal, derrumbando todos los obstáculos.
Y, cuando alcanzó la época de los Abássidas, se sentó en un trono apoyado en muchas bases; desde la
india hasta Andalucía. Y, llegó al atardecer cuando la personalidad mongólica esta creciendo y
extendiéndose de Oriente a Occidente. ¿Será el sueño de la entidad árabe un sueño liviano y
despertará de nuevo para exteriorizar lo que permanecía escondido como lo hizo la entidad Romana,
cuando volvió, en el Renacimiento Italiano, y completó en Venecia, Florencia y Milán, lo que había
sido interrumpido por los pueblos teutónicos al comienzo de la Edad Media?
Y la más llamativa de las entidades nacionales es la francesa. Vivió dos mil años y aún continúa
joven y radiante. Y posee hoy una mente más penetrante y una visión más amplia y un arte y una
ciencia más ricas que en cualquier otra época pasada, demostrando que hay entidades nacionales que
tienen vida más larga que otras. La entidad egipcia vivió tres mil años. La entidad griega sólo vivió
mil años. Las causas de esta desigualdad quizá sean las mismas que determinan la duración de la vida
individual.
¿Qué sucede con las entidades nacionales después que desempeñaron su papel en el teatro de la
existencia? ¿Se desvanecen frente al paso de los días y las noches?
En mi opinión, las entidades inmateriales se transforman y no desaparecen. Y, como los seres
materiales, adquieren nuevas formas, pero su esencia sobrevive para siempre. El alma de las naciones
duerme, como duermen las flores: cuando sus semillas caen al suelo su perfume _asciende al mundo de
la eternidad. Para mí, el perfume, en la flor y en la nación, es su verdad absoluta, su real esencia. Y el
perfume de Tebas y Babel y Nínive y Atenas y Bagdad, está hoy en el éter que envuelve la tierra. Y,
quizás, esté también en lo más profundo de nuestras almas. Todos nosotros, individuos y naciones,
somos los herederos de todas las entidades nacionales que ya existieron sobre la superficie de la tierra.
Esa herencia etérea, no adquiere, sin embargo, formas palpables en los individuos, hasta que no se
perfeccione la nación a la que pertenecen esos individuos, y adquiera una vida y una voluntad propias.

LA TEMPESTAD

Primera Parte

Yussef El Fakhri, tenía treinta años cuando abandonó la sociedad yendo a vivir a una solitaria
ermita, cercana al Vallé de kadisha, en el norte del Libano.
Los pobladores de las aldeas vecinas, discutían los motivos de su decisión. Algunos decían que
perteneció a una rica y noble familia y que, al ser traicionado por la mujer que amaba, buscó consuelo
en la soledad. Otros decían que era un poeta que, harto de la vida bulliciosa de la ciudad, desertó de
ella buscando el sitio apropiado para meditar y, entregarse a la inspiración. Muchos otros, afirmaban
que era un místico que se contentaba con el mundo espiritual. Otros, decían que, simplemente, era un
loco.
Ninguna de esas opiniones me conformaba, pues sé que los secretos de las almas están más allá de
nuestras suposiciones y deducciones. Y deseaba encontrarme con aquel hombre y conversar con él.
Dos veces traté de acercarme y sólo recibí palabras frías y altivas.
La primera vez que lo encontré, Yussef estaba paseando por los Cedros del Líbano, me acerqué y lo
saludé amistosamente, mas él, tan sólo movió la cabeza y se alejó sin hablarme.
La segunda vez, lo encontré parado en medio de un pequeño viñedo vecino a un monasterio, y,
nuevamente, me acerqué a él, lo saludé y le dije:
-Dicen los aldeanos que aquél monasterio fue construido por una congregación siria del Siglo XIV, ¿sabe
usted algo de su historia?
Y él me respondió, fríamente:
-No sé quién construyó ese monasterio, ni tengo interés en saberlo -y mientras se volvía de espaldas,
agregó-: ¿Por qué no preguntas a tus abuelos, que son más viejos que
yo y conocen de estos valles y de su historia, más que yo? -Después se alejó.
Dos años más tarde, el misterio continuaba intacto, pero la curiosidad por conocer la verdad acerca de la
vida de ese hombre extraño, se había apoderado de mi mente y de mis sueños.

Segunda Parte

En un día de otoño, vagando por las colinas adyacentes a la ermita de Yussef El Fakhri, fui sorprendido
por un fuerte viento, seguido de espesa lluvia. La tempestad me empujaba de un lado hacia otro y me
bamboleaba como un barco sin timón en un mar bravío.
Y me dije: "Esta es mi oportunidad para visitar a Yussef, la tempestad será mi justificación para entrar y
mis ropas-mojadas, una buena razón para quedarme un tiempo en su ermita". Y dirigí mis pasos hacia la
morada de Yussef El Fahri. Me hallaba en una situación angustiosa, cuando por fin, alcancé la ermita.
Cuando llamé, el hombre que yo estaba tan ansioso por ver, salió a recibirme. Llevaba en sus manos un
avecilla herida y temblorosa. Lo saludé, diciendo:
-Por favor, discúlpeme por presentarme en este estado, pero la tempestad me sorprendió lejos de mi casa.
El, me miró con severidad diciéndome:
-Hay muchas grutas por estos lugares en que podrías haberte refugiado -sin embargo, apartándose, me
hizo entrar. Yo lo contemplaba, mientras el acariciaba el avecilla, con una ternura tal como jamás había
visto en mi vida y quedé sorprendido; la compasión y la aspereza convivían en aquel hombre.
El pesado silencio nos había cubierto. El se hallaba molesto con mi presencia y yo deseaba quedarme.
Finalmente Yussef dijo:
-La tormenta ya se ha calmado, por otra parte a ella no le agrada comer carne pasada. ¿Por qué huyes de
ella? Con un toque de humor, respondí:
-La tempestad puede no gustar de comidas muy saladas o muy ácidas pero sin duda le agradan las
comidas frías y tiernas, y sin duda se sentiría satisfecha de engullirme si me atrapa de nuevo.
El rostro del eremita se puso serio al decir:
-Si la tempestad te engulle, te conferirá un gran honor que no mereces.
-Sí, señor -asentí-, huí de la tempestad paró no recibir un honor inmerecido.
Yussef dio vuelta la cara tratando de ocultar su sonrisa y luego me acercó un banco de madera y me
invitó a sentarme y a secar mi ropa en la estufa.
Agradecido, me senté. El se acomodo frente a mí, en un banco de piedra labrada y, humedeciendo sus
dedos en un ungüento, comenzó a frotar con él, la cabecita del ave y su ala quebrada. Sin levantar los ojos,
me dijo:
-El vendaval arrojó a este pobre pájaro contra las rocas, dejándolo medio muerto... Ojalá los temporales
quebraran las alas de los hombres y rompieran sus cabezas. Pero los hombres fueron amasados con miedo y
cobardía, apenas olfatean la tormenta, se ocultan asustados...
Contesté, con deseo de alentar la conversación:
-Sí, el pájaro y el hombre tienen esencias diferentes. El hombre vive a la sombra de leyes y tradiciones
inventadas por él y las aves, según las leyes universales que hacen girar los mundos.
Sus ojos brillaron y sus brazos se abrieron como si hubiera encontrado, en mí, un discípulo de
rápida comprensión. Despues dijo:
-Muy bien, muy bien. Si crees en lo que dices, abandona a los hombres y vive como las aves, la ley
del cielo y de la tierra.
-Claro está que creo en lo que digo -respondí.
Levantó, entonces, su mano y con su tono anterior expresó:
-Creer es una cosa y vivir conforme a las creencias es otra. Muchos hablan con la voz profunda del
mar mientras viven como pantanos. Muchos alzan su cabeza por encima de las montañas mientras sus
almas permanecen en las tinieblas de sus grutas.
Yussef se levantó y acomodó el pajarito, sobre un paño doblado, junto a la ventana. Arrojó después
un montón de ramas secas al fuego diciendo:
-Quítate las botas y sécate los pies, pues la humedad es peligrosa para la salud. Seca bien tus ropas y
ponte cómodo. La ya prolongada hospitalidad de Yussef, mantuvo viva mi esperanza de conocer la
historia de su exilio voluntario. Me aproximé al fuego y el vapor comenzó a brotar de mis ropas
mojadas. Mientras tanto, el eremita, de pie en la puerta, contemplaba el cielo ceniciento.
Busqué ávidamente una forma de extraer de él una respuesta a mi inquietud; finalmente pregunté:
-¿Hace mucho que has venido a este sitio?
-Vine a este lugar -contestó sin mirarme- cuando la tierra era informe y vacía, y las tinieblas
floraban sobre la profundidad del abismo, cuando el Espíritu de Dios se reflejaba sobre la superficie
de las aguas...
Quedé espantado tras esas palabras. Luchando por reunir mis pensamientos me dije: " ¡Qué hombre
extraño! ¡Y qué difícil el camino que lleva, a su realidad! Pero me acercaré con cautela, con astucia y.
con paciencia, hasta que su reticencia se transforme en comunicación y comprenda su extrañeza.

Tercera Parte

La noche extendió su manto negro sobre aquellos valles. La lluvia se hizo torrencial y el viento
aullaba cada vez más fuerte. Parecía que el diluvio bíblico se repetía para extin guir la vida y lavar a la
tierra de Dios de la impureza humana.
Y la furia de los elementos pareció serenar el corazón de Yussef y su agresividad desapareció. Se
volvió, encendió dos velas y acercó una botella de vino y una bandeja con pan, queso, aceitunas, miel
y frutas secas. Se sentó cerca mío y dijo amablemente:
-Son todas mis provisiones. Hazme el favor, hermano mío, de compartirlas conmigo.
Cenamos sin hablar, acompañados por los sonidos del viento y la lluvia.
Después de levantar la mesa, retiró de la estufa una cafetera de bronce y sirvió ,dos tazas del
aromático líquido acercando, luego, una caja de exquisitos cigarros.
Tomé una taza y un cigarro, dudando de lo que estaba viendo. Y él, como si leyera mis
pensamientos, sonrió diciendo:
-Te asombra encontrar vino y cigarros y café en esta ermita; tal vez te extraña hallar comida. No te
censuro. Muchos imaginan que nuestro alejamiento de la sociedad supone el alejamiento de los
placeres naturales y simples de la existencia.
-Así es. Imaginamos a los eremitas sustentándose, apenas, con hierbas y agua.
-No abandoné el mundo para encontrar a Dios -dijo-, pues lo encontraba en la casa de mis padres y
en todo sitio. Me aparté de los hombres porque yo era una rueda que giraba hacia la derecha entre
ruedas que giraban hacia la izquierda. Dejé la civilización porque me di cuenta de que era un árbol
viejo y carcomido, cuyas flores eran la codicia y el engaño y, cuyos frutos son la infelicidad y el
desasosiego. Algunos reformadores intentaron transformarla, pero nada consiguieron y acabaron
perseguidos y derrotados. -Se inclinó sobre la estufa y, como sabiendo el efecto que sus palabras me
causaban, bajó la voz diciendo: -No, no busqué la soledad para orar y dedicarme al ascetismo, pues la
oración, que es el canto del alma, alcanza los oídos de Dios aún mezclada con el tumulto de las
multitudes. Y el ascetismo, que es la humillación del cuerpo y la inmolación de sus deseos, es algo
que no condice con mi religión. Dios creó los cuerpos para que fueran templos de las almas. Debemos
cuidar de esos templos para que sean dignos de la divinidad que mora en ellos. No, hermano mío, no
busqué la soledad para orar o castigarme, sino para huir de los hombres, de sus leyes, de sus
tradiciones y de su bullicio. Busqué la soledad porque me cansé de los que confunden amabilidad con
debilidad, tolerancia con cobardía y altivez con orgullo. Busqué la soledad porque me cansé de luchar
con los adinerados que piensan que el sol y la luna y las estrellas se levantan desde sus cofres y se
ponen en sus bolsillos. Busqué la soledad porque me cansé de los políticos que arrojan a los ojos del
pueblo polvos dorados y a sus oídos falsas promesas. Me cansé de los sacerdotes que aconsejan a otros
y no se aconsejan a sí mismos; y exigen a otros lo que no se exigen a sí mismos.
"Busqué las montañas deshabitadas porque en ellas está el despertar de la primavera, y los deseos
del verano; las canciones del otoño y la fuerza del invierno. Vine a esta ermita para descubrir los
secretos del universo y aproximarme al trono de Dios.
Yussef calló y lanzó un suspiro, como si se hubiera aliviado de una pesada carga. En sus ojos
brillaban mágicos rayos de una luz extraña y, sobre su rostro reflejos de grandeza, voluntad y
determinación.
Pasaron algunos minutos. Yo me hallaba feliz por haber descubierto el secreto que tanto tiempo
ocupó mi mente. -Tienes razón en todo lo que me has dicho -le dije- y es correcto tu diagnóstico de los
males sociales; pero lo que no me parece correcto es que, como buen médico, te apartes del enfermo
antes de curarlo o antes de que muera. Este mundo desesperado requiere tu atención. Y, ¿es justo y
caritativo que te alejes negándole tu auxilio?
El me enfrentó pensativo, y respondió:
-Desde el principio del mundo, los médicos han tratado de salvar los hombres de sus males; algunos.
usaron bisturíes y otros medicinas; pero todos murieron desesperados sin conseguir nada y la
enfermedad se extendió implacablemente. Y estos enfermos malvados matan a sus médicos y, después
de cerrarles los ojos, dicen: "Eran realmente grandes médicos." No, mi querido amigo, nadie cambiará
a los hombres. El más hábil de los agricultores no obtendría cosecha alguna en el invierno.
-Pero el invierno de la Humanidad pasará -le dije entonces-. Luego vendrá la Primavera, con sus
flores y canciones. Y el respondió, con una sonrisa:
-¿Crees que Dios dividió la Eternidad en Estaciones como las estaciones del año? ¿Vendrá, de aquí
a un millar de millones de años, una generación de hombres que vivirá por el espíritu y la verdad, y
hallará su felicidad en la luz del día y en la quietud de la noche? ¿Vendrá, todo esto alguna vez...?
Esos son sueños lejanos. Y esta ermita no es una morada de sueños...
-Respeto tus convicciones y tu soledad -le dije-. Pero también sé que esta infeliz nación perdió, con
tu alejamiento, un hombre dotado, capaz de despertarla y guiarla.
-Esta nación es como las demás naciones -dijo élTodos los hombres son iguales y sólo difieren en
cosas sin importancia. Lo que se considera progreso, en Occidente, es apenas otra sombra de la ilusión
y, la hipocresía, aunque trate bien a algunos, no deja por eso de ser hipocresía. Y la impostura
permanece impostura aun cuando se vista de seda y habite un palacio. Y el fraude y la codicia no
cambian su naturaleza aunque aprendan a medir distancias y a pesar elementos. Ni los crímenes se
transforman en virtudes caminando en fábricas y rascacielos... La eterna Esclavitud a enseñanzas y
costumbres y supersticiones, permanecerá esclavitud, aunque pinte su rostro y disfrace su voz. La
Esclavitud permanece Esclavitud aunque se intitule Libertad.
"No, hermano mío, el Occidente no es mejor que el Oriente, ni el Oriente inferior al Occidente y la
diferencia que existe entre ellos no es mayor que la que existe entre el tigre y el león. Hay una ley que
he hallado tras las apariencias de la sociedad, que reparte miserias, infelicidad, ceguera e ignorancia,
sin distinguir entre pueblo y pueblo, entre raza y raza...
-¿Entonces, todo es vanidad? -exclamé-. ¿La civilización y todo lo que hay en ella, nada es, sino
vanidad?
-Sí -dijo él con rapidez-, la civilización y todo lo que hay en ella, nada es sino vanidad... Los
inventos y los descubrimientos sólo son para diversión y confort del cuerpo. La conquista de la
distancia y la victoria sobre los mares sólo son falsos frutos que no satisfacen al alma, ni alimentan el
corazón ni elevan el espíritu, pues están lejos de la Naturaleza. Y aquellas teorías y estructuras que los
hombres llaman arte y ciencia, no son nada, sino cadenas y grilletes dorados, que arrastran
pesadamente alegrándose con sus reflejos brillantes y sus tintineantes sonidos. Todo eso no es sino
una jaula cuyos barrotes los hombres comenzaron a forjar hace siglos, inconcientes de que construían
la cárcel en que quedarían aprisionados. Sí, fútiles son los hechos de los hombres y vanos sus
propósitos.. Todo es vanidad sobre la tierra.-Y agregó luego: -Entre todas las cosas de la vida, sólo
hay una, una sola que el espíritu anhela y desea fervientemente. Una sola, deslumbrante, que merece
todo nuestro amor y toda nuestra dedicación.
-¿Qué? -le pregunté; y esperé, ansioso, por saber qué era eso, maravilloso y único.
Yussef me contempló un instante, luego cerró los ojos, cruzó sus brazos y con el rostro iluminado y
la voz serena y sincera, respondió:
-El despertar espiritual. El despertar en las profundidades del corazón de un poder irresistible y
magnífico que desciende, de pronto, sobre la conciencia del hombre y abre sus ojos, y le hace ver la
Vida en medio de una lluvia brillante, de una música profunda, rodeada de un círculo de luz dorada y,
al hombre de pie, entre el cielo y la tierra como un pilar de belleza. Es una llama que, repentinamente
asciende devastadora, dentro del espíritu y quema y purifica el corazón y lo eleva rnás allá de la tierra
y lo hace flotar en el espacio ilimitado.
"Es una fuerza que se aloja en el corazón del hombre y se rebela contra todos los obstáculos.
"Es la mano misteriosa que arrancó los velos de mis ojos cuando vivía en medio de la sociedad, en
el seno de mi familia, con mis amigos... Muchas veces, hablando conmigo mismo, me preguntaba:
"¿Qué es el Universo, por qué soy diferente de aquellos que me miran, qué son esos rostros, qué
representan para mí, por qué vivo con ellos? ¿Soy un extranjero en medio de ellos o son ellos los
extranjeros en esta tierra formada por la Vida que me confió sus claves?-Y después de un corto
silencio, agregó:-Eso fue lo que me aconteció hace cuatro años, cuando dejé el mundo y busqué esta
soledad para vivir despierto y encontrar la paz.
Caminó luego ¿hasta la puerta y, contemplando la oscuridad dijo, como hablando a la tormenta:
-Es el despertar espiritual. Y quien lo siente no puede expresarlo con palabras y quien no lo siente,
jamás podrá conocerlo por palabras.

Cuarta Parte

Pasó una larga hora. Yussef El Fakhri, caminaba, con laros pasos por la sala, deteniéndose de a
ratos, a contemplar' -los cielos cenicientos. Yo permanecía en silencio, reflexionando sobre la extraña
armonía entre alegrías y tristezas que había en su solitaria vida.
Pasó un tiempo más, y luego se acercó a mí diciendo:
-Voy ahora a caminar con la tempestad noche adentro para sentir de cerca la expresión de la
Naturaleza. Es una costumbre que me deleita en otoño y en invierno. Allí tienes los cigarros y el vino
y, allá la cafetera. Pasa aquí la noche como si fuera tu casa.-Se envolvió en un manto negro y agregó,
sonriendo:-Haz el favor de cerrar la puerta mañana, cuando te vayas, para que no entren los intrusos,
pues yo pasaré el día entre los Cedros Sagrados.-Y se dirigió a la puerta llevando un largo cayado,
diciendo:-Si la tempestad te sorprendiera otra vez, no dudes en refugiarte en esta ermita. Aunque espero
que aprendas a amar la tempestad en vez de temerla. Buenas noches, hermano mío.
Abrió la puerta y salió, con la cabeza erguida, hacia la oscuridad. Fui hasta el umbral para ver qué
dirección había tomado, pero ya había desaparecido, sólo se oyó, por un momento, el ruido de sus pasos
sobre las piedrecillas del valle.

Quinta Parte

Después de una noche pasada en medio de profundos pensamientos, llegó la mañana. Había pasado la
tempestad, el cielo estaba claro, y las montañas y las campiñas reflejaban los rayos del sol. Al volver a la
ciudad sentí aquel despertar espiritual del que habló Yussef. Sentí estremecer todas las fibras de mi ser por
un temblor que era visible y, cuando me calmé, todo era belleza y perfección a mi alrededor. Después de
haber estado cerca de algunas personas y haber oído sus voces y observado sus actos, me detuve y me dije:
-Sí, el despertar espiritual es lo esencial, lo fundamental en -la vida del hombre y la única finalidad de su
existencia.
Nunca más vi a Yussef El Fakhri, pues, a causa de mis esfuerzos por atender los males de la civilización,
la Vida me expulsó del Norte del Líbano durante aquel mismo otoño y tuve que vivir en el exilio de un país
lejano, que también tenía sus tempestades... Y llevar una vida de eremita en ese país extranjero es una
especie de locura gloriosa, pues su sociedad también está enferma...

LA HECHICERA

¿Hacia dónde me llevas, oh, hechicera?
¿Hasta cuándo te seguiré por este camino escarpado, cubierto de espinas, que serpentea entre las piedras
y lleva mis pies á la cumbre y a mi alma conduce al abismo?
Seguiré la orla de tu vestido. Te seguiré como un niño sigue a su madre, olvidado de mis sueños,
absorbido por tu belleza, distraído por las sombras que flotan sobre mi cabeza, atraído por la fuerza
misteriosa que se esconde en tu cuerpo.
Detente un instante y déjame contemplar. tu rostro. Mírame un momento; quizá descubra en tus ojos los
secretós de tu corazón y, en tus facciones, los enigmas de tu alma.
Detente un instante, oh, hada. Estoy cansado de andar y mi alma teme a los peligros del camino. Detente.
Ya alcanzamos la encrucijada donde la vida y la muerte se encueníran.
Y no daré un paso más hasta que mi alma no descubra las intenciones de tu alma y mi corazón discierna
los secretos de tu corazón.
Oye, ¡oh, hada hechicera!
Yo era hasta ayer, un pájaro libre que se movía entre los arroyos y flotaba en el espacio y, al atardecer se
posaba en los árboles y contemplaba los palacios y los templos de la ciudad y las nubes coloridas que el sol
construyó en el crepúsculo y destruyó en el ocaso.
Yo era como el pensamiento, que recorre, solo, las tierras de Oriente y Occidente, alegre con las bellezas
y las delicias de la vida y sondeando los secretos y misterios de la existencia.
Yo era como un sueño: caminaba en las tinieblas de la noche y entraba por las ventanas en las alcobas de
las vírgenes adormecidas y jugaba con sus sentimientos. Después pasaba por los lechos de los jóvenes
yexcitaba sus deseos. Y me sentaba cerca de los viejos y analizaba sus pensamientos. Hoy, habiéndome
encontrado, oh, hechicera, y habiendo absorbido el veneno de tus besos, me he transformado en prisionero
que carga sus cadenas sin rumbo conocido. Y me transformé en borracho que clama por el vino que robó su
voluntad y besa la mano que le dio bofetadas.
Detente un instante, oh, hechicera, ya recuperé mis fuerzas y quebré las cadenas que aprisionaban mis
pies y derramé la copa en que bebía el veneno que me deleitaba. ¿Qué quieres que hagamos? ¿Qué camino
quieres que caminemos?
Reconquisté mi libertad.
¿Me aceptarías como compañero libre, que mira el sol con párpados firmes y toma el fuego con
dedos que no temen?
Abrí nuevamente mis alas. ¿Me aceptas, como amigo, que pasa los días entre montañas como el
águila y, las noches durmiendo en el desierto como un león?
¿Te satisfarás con el amor de un hombre para quien el amor es un comensal y no un dueño?
¿Aceptarás la pasión de un corazón que desea, mas no se entrega: y que quema, mas no se derrite?
¿Aceptarás un amigo que no esclaviza ni se deja esclavizar? He aquí, entonces, mi mano; tómala en
tus hermosas manos. He aquí mi cuerpo, apriétalo con tus brazos suaves. He aquí mi boca, bésala
largamente, profundamente, silenciosamente.

ENTRE NOCHE Y DÍA

Calla, corazón mío. Pues el espacio no escucha tu voz.
Cállate, pues el éter, cargado de lamentaciones y gemidos, no llevará tu canción y la procesión de
tinieblas no se detiene frente a tus sueños.
Cállate, corazón mío. Cállate hasta que llegue el día. Pues quien aguarda el día con paciencia, lo
hallará. Y quien ama la luz, será amado por la luz.
Calla, corazón mío, y óyeme.
Vi, en sueños, un ruiseñor cantando sobre el cráter de un volcán vomitando lava.
Y vi un lirio alzarse erecto por encima de la nieve. Y vi un hada danzando entre las tumbas.
Y vi un niño jugando con cráneos y riendo.
Vi todas esas imágenes en sueños y, al despertar miré a mi alrededor. Y vi el volcán en actividad,
pero no vi al ruiseñor, ni lo oí.
Y vi al cielo derramando nieve sobre los campos y los valles enterrando bajo sus blancas mortajas
los cuerpos de los lirios.
Y vi hileras de tumbas con sus lápidas erectas frente al silencio de los siglos; pero, en medio de
ellas, nadie danzaba ni rezaba.
Y vi un montículo de cráneos, pero nadie reía allí, tan sólo el viento.
En mi despertar sólo vi tristezas y llantos. ¿Adónde fueron las alegrías del sueño? ¿Y su esplendor y
sus imágenes? ¿Y cómo puede soportar el alma hasta que el sueño le devuelva la sombra de sus
esperanzas y aspiraciones?
Presta atención, corazón mío, a lo que estoy diciendo. Ayer mi alma era un árbol fuerte y sus raíces
penetraban profundamente la tierra y sus ramas alcanzaban el cielo.
Y mi alma floreció en primavera y dio sus frutos en verano. Y, cuando llegó el otoño, recogí los
frutos en bandejas de plata y coloqué las bandejas en los caminos públicos y los transeúntes los
tomaban, los comían y seguían su camino.
Al finalizar el otoño, miré mis bandejas y sólo vi en ellas un fruto, que dejaran los transeúntes. Lo
tomé, lo comí, y lo encontré amargo como la hiel, ácido como uva verde. Y le dije a mi alma:
"¡Ay de mí! Puse maldición en la boca de las personas y odio en sus estómagos. ¿Qué hiciste, alma
mía, con la dulzura que tus raíces sorbieron de lo profundo de la tierra y qué, con el perfume que tus
ramas bebieron de la luz del sol?"
Después, arranqué el árbol de mi alma, por más fuerte y añoso que fuera.
Lo arranqué, con sus raíces de la tierra donde había brotado y crecido; lo arranqué de su propio
pasado y lo despojé del recuerdo de mil primaveras y de mil otoños.
Después, planté el árbol de mi alma en una nueva tierra. Lo planté en un campo distante, apartado
de los caminos del tiempo. Y lo cuidé, diciendo: "Las vigilias nos aproximan a las estrellas." Y lo
regué con mi sangre y mis lágrimas diciendo: "En la sangre hay sabor y en las lágrimas dulzura." Y,
cuando volvió la primavera, mi alma floreció de nuevo. Y en el verano dio sus frutos.
Y cuando llegó el otoño, recogí los frutos maduros en bandejas de oro y coloqué las bandejas en la
encrucijada de las calles. Y muchos transeúntes pasaron, pero ninguno extendió su mano para tomar uno.
Tomé, entonces un fruto y lo comí. Y era dulce como la miel y sabroso como elixir y más suave que el
vino de Babilonia y más perfumado que aliento de un jazmín. Grité entonces:
"Los hombres no quieren la Bendición en sus bocas, ni la Verdad en sus corazones, porque la Bendición
es hija de las lágrimas y la Verdad es hija de la sangre.
Y regresé. Y me senté a la sombra del árbol de mi alma en un campo apartado del camino de los
hombres.
Cállate, corazón mío, cállate hasta que llegue el día. Cállate, pues el espacio está repleto del olor de los
cadáveres y no absorberá tu aliento.
Oye, corazón mío, mis palabras.
Ayer, mi pensamiento era un velero que oscilaba de uno a otro lado con las olas y se movía a placer de
los vientos, de una a otra playa.
Y el velero de mi pensamiento carecía de todo. Tan sólo poseía siete frascos llenos de tintas de siete
colores distintos, como el arco iris.
Un día, harto de viajar por los mares, decidí volver, con el velero de mi pensamiento, a la tierra donde
nací.
Y comencé a pintar mi velero con color amarillo como el sol y verde como el corazón de la primavera;
azul como el techo del cielo y rojo como el horizonte en llamas y dibujé sobre las velas y el timón formas
fantasiosas que atraían la mirada y encantaban la imaginación. Y, al terminar mi trabajo, mi velero
semejaba la visión de un profeta vagando eritre dos infinitos: el mar y el cielo. Entré, entonces, en el puerto
de mi tierra y, todo el pueblo salió a mi encuentro con aleluyas y regocijo y me condujeron a la ciudad, al
son de trompetas y tambores.
Hicieron todo esto, porque el exterior de mi velero era colorido y atrayente, pero nadie entró en el
interior del velero de mi pensamiento.
Y ninguno prebió qué había traído de otros puertos en mi velero.
Y nadie supo que lo había traído vacío, al puerto. Entonces, me dije a mí mismo: "A todos engañé. Y con
siete fraseos de colores, ilusioné sus ojos y su imaginación. Un año después me embarqué, nuevamente, en
mi velero. Visité las islas de Oriente y allí recogí mirra, sándalo y ámbar.
Y fui a las islas de Occidente donde recogí polvo de oro; marfil, esmeraldas y todas las demás piedras
preciosas.
Y fui a las islas del Norte y en ellas cargué sedas y bordados.
Y a las islas del Sur, de donde traje las espadas y los escudos más perfectos y toda variedad de armas.
Llené el velero de mi pensamiento con todas las cosas valiosas y llamativas de la tierra. Y retorné al
puerto de mi patria, pensando: "Ahora mi pueblo me glorificará con razón y me recibirá con regocijo
merecido."
Mas, cuando llegué al puerto, nadie salió a mi encuentro. Y recorrí las calles de la ciudad sin que nadie
me prestara atención.
Y hablé en las plazas públicas enumerando los tesoros que había traído. Pero la gente me miraba con
desprecio o se burlaba de mí, y seguía su camino.
Volví al puerto, triste y perplejo y, cuando vi mi barco, me di cuenta de algo que no había percibido antes
y exclamé entonces: "Las olas del mar borraron la pintura del casco de mi velero. El parece ahora un
esqueleto. El calor del sol y los vientos y la espuma del mar, borraron los dibujos coloridos de sus velas y
ellas parecen, ahora, harapos de color ceniza."
Había reunido los tesoros del mundo y, con ellos en mi barco, volví a mi pueblo; pero él renegó de mí,
pues sus ojos sólo vieron las apariencias.
En aquel momento, dejé el velero de mi pensamiento y fui a la ciudad de los muertos y me senté en
medio de las tumbas pintadas de blanco, a meditar sobre sus secretos.
Cállate, corazón mío, hasta que llegue el día.
Cállate, pues la tempestad se ríe de tus profundidades y las grutas del valle no repetirán el eco de las
vibraciones de tus cuerdas.
Cállate, corazón mío, hasta que llegue el día. Quien espera por el día con paciencia, será abrazado
con cariño por la aurora.
He aquí que el día llega, habla, corazón mío, si es que puedes.
He aquí la procesión del día, corazón mío. ¿Habrá dejado el silencio de la noche alguna canción en
tus profundidades, para acoger al día?
Las bandadas de palomas y ruiseñores, esbozan, volando de un lugar a otro, los cantos del valle.
¿Habrán dejado los temores de la noche, bastante fuerza en tus alas como para que puedas volar?
Los pastores llevan sus rebaños a los verdes campos. ¿Habrán los fantasmas de la noche, dejado
bastante energía en tus piernas como para continuar tu camino?
Muchachos y muchachas caminan despacio rumbo a los viñedos. ¿Por qué no te levantas y caminas
con ellos? Levántate, corazón mío. Levántate y camina con el día, pues la noche ya se fue y con ella
los temores.
Levántate, corazón mío, y eleva en tu voz una canción. Quien no participa de las canciones del día
se incluye entre los hijos de la noche.

EL SEPULTURERO

En el terrible silencio de la noche, luego que las estrellas y la Luna desaparecieron tras el inmenso
velo de oscuras nubes, caminé, solo y atemorizado, por el Valle de las sombras de la Muerte.
Al llegar la medianoche cuando los espectros comenzaron a salir de sus escondrijos, oí pasos
pesados que se aproximaban a mí. Volví la cabeza y vi un fantasma gigantesco que me contemplaba.
-¿Qué quieres de mí? -grité asustado.
La sombra clavó en mí sus ojos, incandescentes como antorchas; y respondió enigmáticamente: -No
quiero nada y quiero todo.
-Déjame en paz y prosigue tu camino -exclamé.
-Mi camino es tu camino -respondió sonriendo-. Ando mientras andas y me detengo cuando te
detienes.
-Vine aquí en busca de soledad, no la perturbes -dije.
-Yo soy la soledad. ¿Por qué me temes? -me contestó.
-No te temo -respondí.
-¿Por qué, entonces, tiemblas como avecilla con frío? -dijo.
-El viento agita mis ropas. No tengo miedo -respondí.
Soltó una carcajada estruendosa como un vendaval.
-Tu miedo es doble -dijo-, pues me temes y temes tener miedo. Y tratas de esconder tu miedo tras un
velo más frágil que una telaraña. Me diviertes y me irritas al mismo tiempo.
Dicho esto, se sentó en una piedra. Me senté yo también, de mal grado, y contemplé sus trazos
altivos. Después de unos instantes, que parecieron mil años, me miró con ironía y me preguntó:
-¿Cuál es tu nombre?
-Mi nombre es Abdala, que quiere decir Siervo de Dios.
-¡Cuántos se dicen siervos de Dios! -exclamó, riendoY sólo sirven de pesares para Dios. ¿Por qué
no te llamas "señor de diablos" y agregas un mal a las desgracias de los demonios?
-Mi nombre es Abdala. Me gusta y me fue dado por mi padre cuando nací. No lo cambiaré por
ningún otro.
-La infelicidad de los hijos está en lo que reciben de sus padres -dijo-. Quien no renuncia al legado
de sus padres y abuelos, será esclavo de los muertos hasta que se vuelva a su vez un muerto.
Incliné la cabeza y medité. Y me pareció haber tenido sueños en que oí palabras similares.
-¿Cuál es tu profesión? -volvió a interrogarme.
-Soy poeta y escritor -respondí-. Tengo opiniones sobre la vida y las comunico a los hombres.
- ¡Qué profesión obsoleta y superada! -dijo-. Ni beneficia ni perjudica a los hombres.
-¿Y cómo emplearé mis días y mis noches en beneficiar a los hombres? -pregunté.
-Hazte sepulturero -respondió-, para librar a los vivos de los cadáveres que se amontonan alrededor de
sus casas y templos y tribunales.
-No he visto cadáveres abandonados en esos sitios -observé.
-Tú miras con ojos velados por la ilusión -contestó-. Al ver a los hombres agitarse en la tempestad,
piensas que viven, cuando en realidad están muertos desde el mismo día en que nacieron. Mas no hubo
quien los enterrara y quedaron sobre la tierra exhalando pudrición.
El miedo comenzaba a abandonarme.
-¿Y cómo distinguiré los vivos de los muertos si todos se agitan en la tempestad? -pregunté.
-El muerto se agita en la tempestad, mas el vivo camina con ella y sólo se detiene cuando ella se
detiene -respondió. Se reclinó sobre su brazo y vi sus músculos poderosos, retorcidos como las raíces de
un roble. Después me preguntó:
-¿Eres casado?
-Sí, respondí, y mi mujer es muy hermosa y yo estoy muy enamorado de ella.
-¡Cuántos crímenes y maldades has cometido...! -objetó-. El casamiento es la sumisión del hombre a la
fuerza del hábito. Si quieres ser libre, divórciate y vive sin lazos.
-Es que tengo tres hijos -respondí-, y el más pequeño apenas si pronuncia una palabra. ¿Qué haré con
ellos?
-Enséñales a cavar tumbas y déjalos en paz consigo mismos -respondió.
-No soporto vivir solo -dije entonces-. Estoy habituado a gozar de la vida con mi mujer y con mis
hijos. Si los abandonara la felicidad me abandonaría.
-El hombre que vive con su mujer y sus hijos –dijo- habita una negra infelicidad pintada de blanco. Si
crees indispensable casarte, cásate con un hada.
-Las hadas no existen -respondí, sorprendido-. ¿Por qué me engañas?
-¡Cómo eres de tonto! -dijo-. Sólo las hadas existen realmente. Y fuera del mundo de las hadas es
donde existen las dudas y el equívoco. .
-¿Y las hadas, son hermosas? -pregunté.
-Su belleza no se esfuma y su gracia es eterna -respondió.
-Muéstrame una de ellas para que pueda creerte -le dije.
-Si pudieras ver y tocar a las hadas -respondió-, no te aconsejaría que te casaras con una de ellas.
-¿Y qué utilidad tendría, para un hombre, una esposa que no puede ver ni tocar?
-La utilidad no sería para un hombre sino para todos -respondió-. Pues con tal casamiento
desaparecerían, poco a poco las criaturas que se agitan en la tempestad y no andan con ella.
Y después de un momento me preguntó.,
-¿Y cuál es tu religión?
-Creo en Dios y honro a sus profetas -respondí-. Amo a la virtud y anhelo la vida eterna.
-Esas son fórmulas que las generaciones pasadas vienen repitiendo desde siempre -dijo- y la imitación
depositó en tus labios. En realidad, tú sólo crees en ti mismo y sólo te honras a ti mismo y sólo anhelas
tu propia inmortalidad. Desde el principio, el hombre adora su propio ego poniéndole diversos nombres,
de acuerdo a sus inclinaciones y aspiraciones, llamándole Baal, Júpiter o Dios.-Y rompió a reír con
sorna, diciendo:-Lo más extraño, es que sólo adoran sus egos, aquellos cuyos egos son cadáveres
descompuestos.
Medité un minuto sobre estas terribles palabras, más extrañas que la vida, más terribles que la muerte
y más profundas que la verdad. Y sentí el deseo incontrolable de descubrir el secreto de este ser
extraordinario. Y lo interrogué:
-Si crees en Dios, te conjuro en su nombre. Dime, ¿quién eres tú? ¿Tienes una religión o un Dios?
-Mi nombre es el Dios Loco -me respondió entonces_. Nací en todo tiempo y en todo lugar. Yo soy rni
propio dios. Y no soy sabio, pues la sabiduría es la debilidad de los débi les. Yo soy fuerte y la Tierra se
sacude a mi paso y, cuando me detengo, la procesión de las estrellas se detiene conmigo. Me burlo de
los hombres... y acompaño a los genios de la noche. De ellos y de las hadas aprendí los secretos de la
existencia y la no existencia. Soy un loco.
-Y, ¿qué haces en estos montes escarpados? -pregunté.
-Maldigo al sol por la mañana y a la Humanidad al mediodía. Por la tarde me burlo de la Naturaleza
y, al llegar la noche, me arrodillo delante de mí mismo y me adoro. Me alimento de cuerpos humanos
y bebo su sangre para saciar mi sed y, con sus últimos suspiros perfumo mi aliento. Como el tiempo y
el mar, jamás duermo ni descanso. Y tú, no te engañes, tú eres mi hermano y vives como yo vivo.
¡Vuelve de nuevo a tu tierra y continúa adorándote a ti mismo entre los muertos en vida!
Se levantó, cruzó sus brazos y, mirándome a los ojos, agregó:
-¡Hasta la vista! Ya me voy hacia donde se reúnen colosos y gigantes -y se perdió entre las tinieblas.
Yo, tambaleante, me desplomé, como narcotizado. Dudaba de lo que habían escuchado mis oídos y
de lo que habían visto mis ojos. Había sufrido con sus verdades. Me levanté y vagué el resto de la
noche perdido en melancólicas meditaciones.
Al día siguiente me separé de mi mujer y me casé con un hada. Después, entregué, a cada uno de
mis hijos, una pala y les dije:
-Partan. Y cada vez que vean un muerto, entiérrenlo. Y busqué una pala para mí mismo y me dije:
-Cava, profundamente, ahora y siempre, cada tumba de cada muerto en vida que encuentres en tu
camino.
Y, desde aquel día, he estado sepultando cadáveres, pero son muy numerosos los muertos en vida, y
no tengo ayuda y éstoy muy solo...


VIERNES SANTO

Hoy, y en cada Viernes Santo, el hombre despierta de su profundo sueño y se pone de pie ante la
sombra de las edades, y, con los ojos llenos de lágrimas mira hacia el Gólgota con templando a Jesús
el Nazareno clavado en su cruz... Pero cuando el sol se pone y anochece, vuelve a ponerse de rodillas
para adorar a sus ídolos cotidianos, levantados en todos los rincones de su vida.
Hoy, las almas de los cristianos 'en alas del recuerdo, vuelan hasta Jerusalén. Allá, se aglomeran en
multitudes golpeándose el pecho, para contemplar al Crucificado con su corona de espinas,
extendiendo los brazos hacia el infinito y penetrando el velo de la Muerte para alcanzar la profundidad
de la Vida...
Pero, cuando el telón de la noche desciende sobre el escenario del día, dando por finalizado el breve
drama, los cristianos vuelven y, en grupos, se pierden entre las sombras del olvido, hundiéndose en la
ignorancia y la indolencia.
En este mismo día de cada año, los filósofos dejan sus grutas tenebrosas, los pensadores abandonan
sus frías celdas y los poetas se alejan de sus torres de marfil y todos, en el Monte del Calvario,
escuchan reverentemente las palabras de aquel hombre, joven aún, diciendo: "Perdónalos Padre, pues
no saben lo que hacen."
Mas, apenas las tinieblas del silencio apagan las voces de la luz, los filósofos, los pensadores y los
poetas regresan a la estrechez de sus preocupaciones y se sumergen en las páginas de su vana
literatura.
Las mujeres que pierden el tiempo con los esplendores de la vida, abandonan el confort de sus
mullidos cojines para ver a la mujer, triste y angustiada que se acerca a la cruz y allí se queda como
una pequeña plantita desamparada frente a la tempestad devastadora y, cuando se aproximan a ella,
escuchan su profundo lamento, su penoso llanto...
Los jóvenes, que se dejan llevar por la corriente de la vida sin saber adonde van, se detienen hoy,
por un instante, para contemplar a Magdalena lavar con sus lágrimas la sangre que mancha los pies del
hombre erguido entre el cielo y la tierra. Pero, cuando se cansan del espectáculo, desvían los ojos y
retornan a la corriente entre carcajadas, para ser arrastrados nuevamente.
En este mismo día, cada año, la Humanidad se despierta con el despertar de la primavera y se echa a
llorar frente al Nazareno sufriente, mas luego, cierra los ojos y retorna a su profundo sueño. Pero la
primavera permanecerá despierta, sonriente y festiva hasta que llegue el verano, con sus dorados ropajes.
La Humanidad es una plañidera que se deleita en lamentarse por los héroes muertos. Si fuera hombre, se
regocij4ría por sus grandezas y por sus glorias.
La Humanidad ve a Jesús naciendo y viviendo como un pobre, humillado como un débil, y tiene piedad
de El, pues fue crucificado como un criminal... Todo lo que la Humanidad tiene para ofrecerle son lágrimas
y lamentos. Durante siglos la Humanidad viene adorando la debilidad en la persona del Señor. Los hombres
no comprenden el verdadero sentido de la fuerza.
Jesús, no vivió una vida de miedo ni murió sufriendo y quejándose. El vivió como un rebelde, fue
crucificado como un revolucionario y murió con un heroísmo que atemorizó a sus torturadores.
Jesús, no fue un ave con alas rotas, sino una tempestad que rompe con su fuerza todas las alas torcidas.
Jesús no'vino del más allá para hacer del dolor un símbolo de la vida, sino para hacer de la vida el
símbolo de la verdad y la libertad.
Jesús, no tuvo miedo de sus perseguidores ni sufrió frente a sus asesinos. El, era libre, valiente y osado.
Desafiaba a tiranos y déspotas y opresores. Y cuando veía pústulas infectadas, las punzaba. Y acallaba la
voz del Mal, destruía la Falsedad y ahogaba la Traición.
Jesús no vino desde el círculo de la luz para destruir hogares y construir sobre sus ruinas conventos y
monasterios. El, vino a esta tierra para insuflar un espíritu nuevo, que destruye con su poder, las
monarquías construidas sobre huesos y calaveras humanas. El vino para demoler los palacios majestuosos
construidos sobre las tumbas de los débiles y derrumbar los ídolos asentados sobre los cuerpos de los mise-
rables.
El vino para hacer del corazón un templo, del alma un altar y del espíritu un sacerdote.
Esa era la misión de Jesús y esas las enseñanzas por cuya causa fue crucificado. Y si la Humanidad fuera
sensata, ella se alzaría hoy, y cantaría, vigorosa, el canto del triunfo y la victoria.
Oh, Jesús crucificado, que contemplas, triste desde el Gólgota, la procesión de los siglos y oyes el clamor
de las naciones y comprendes los sueños de la Eternidad. ¡Tú eres, en la cruz, más glorioso y digno que mil
reyes en mil tronos de mil imperios!
¡Tú eres, en la agonía de lá muerte, más poderoso que mil generaciones en mil guerras!
Y en tu tristeza, más alegre que la primavera con sus flores...
Y en tus dolores, más sereno que los ángeles del cielo.
Y cautivo, en manos de tus verdugos, eres más libre que la luz del sol y más firme que una montaña.
Y tu corona de espinas, es más esplendorosa y brillante que la corona de Brahma...
Y el clavo que atraviesa tu mano, es más imponente que el cetro de Júpiter.
Y las gotas de sangre que se deslizan en tus pies, más resplandecientes que el collar de Venus.
Perdona la debilidad de los que Te lamentan hoy, pues ellos no saben lamentarse por sí mismos...
Perdónalos, pues no saben que conquistaste a la muerte con la muerte y diste vida a la muerte...
Perdónalos, pues no saben ellos que todo día es tu día...

EL POETA DE BAALBECK

1. En la ciudad de Baalbeck, Año 112 a.C.

El Emir estaba sentado en su trono de oro, rodeado de lámparas brillantes y turíferos
ricamente trabajados. El incienso perfumaba todo el palacio. A la derecha del Emir se
sentaban los altos dignatarios civiles, a la izquierda, los sacerdotes, y, de pie, inmóviles,
estaban los guardias y los esclavos, semejando estatuas de bronce.
Después que los cantores entonaron sus himnos, un anciano Visir se prosternó frente al
soberano y, con voz trémula a causa de la edad dijo:
-Oh, grande y generoso Príncipe, ayer llegó a nuestra ciudad un sabio proveniente de la india.
Predica doctrinas extrañas de las que amas oímos hablar, como la de la transmigración de las
amas. Dice, él, que las almas encarnan, generación tras generación, en cuerpos diferentes hasta
alcanzar la perfección y elevarse hasta el nivel de los dioses. Y pide ser presentado ante ti, para
exponer sus ideas.
El Emir meneó la cabeza y sonriendo dijo:
-De la india nos llegan muchas cosas extrañas y maravillosas. Invita a ese sabio para que
podamos oír sus palabras de sabiduría.
Apenas pronunciadas estas palabras, un hombre de cierta edad, moreno, imponente, de
grandes ojos y facciones serenas, entró en el recinto con paso digno y se detuvo frente al Emir.
Después de inclinarse y pedir permiso para hablar, levantó la cabeza y comenzó a exponer su
doctrina. Sostuvo que las almas pasan de un cuerpo a otro evolucionando por la experiencia
obtenida en cada existencia, impulsadas por la búsqueda de un esplendor que las estimula y las
hace crecer en amor.
Luego, se demoró explicando la forma en que las almas encarnan en uno y otro cuerpo y
cómo expían en cada vida, los errores y crímenes cometidos en la anterior, como si cosecharan
en un país lo que sembraron en otro.
Observando que la conferencia se prolongaba más de lo esperado y que el rostro del Emir
mostraba señales de cansancio, el viejo Visir sugirió al sabio hindú que dejase su exposición
para continuarla en otra oportunidad.
Entonces, el visitante abandonó su discurso y tomó asiento entre los dignatarios civiles,
cerrando ligeramente los ojos, como cansado de contemplar los abismos de la vida.
Después de un profundo silencio, semejante al éxtasis de un profeta, el Emir, miró a derecha
e izquierda como buscando a alguien, y luego preguntó:
-¿Dónde se enclientra nuestro poeta? Hace muchos días que no lo vemos. ¿Qué le ha ocurrido
que no concurre a nuestras reuniones?
-Yo lo vi hace una semana sentado en el pórtico del templo de Ishtar -respondió un sacerdote-
, mirando con ojos tristes hacia el infinito, más allá del crepúsculo, como si contemplase uno de
sus poemas flotando sobre las nubes.
Y un gran dignatario agregó:
-Y yo lo vi ayer parado a la sombra de los álamos y los cipreses. Lo saludé, mas no me prestó
atención y permaneció como sumergido en el mar profundo de sus pensamientos y
meditaciones.
Y el Gran Eunuco completó:
-Y yo lo vi, hoy, en el jardín del palacio, con el rostro pálido y abatido, suspirando
profundamente y con los ojos llenos de lágrimas.
-Buscad inmediatamente a quien tanto nos preocupa con su ausencia -ordenó entonces el
Emir.
Obedeciendo la orden, guardias y esclavos, salieron del recinto en busca del poeta. Mientras
tanto, el Emir y sus dignatarios,'que permanecían reunidos aguardando su retorno, parecían
sentir, en sus espíritus, la presencia invisible del poeta.
Poco después regresó el Gran Eunuco quien cayó totalmente extendido a los pies del Emir
cual pájaro herido por la flecha de un cazador. El Emir, al verlo, exclamó:
-¿Qué ha ocurrido? ¿Qué tienes que decir?
El Gran Eunuco levantó entonces, la cabeza y, con voz triste y temblorosa dijo:
-Hemos encontrado al poeta, muerto, en el jardín del palacio.
Oyendo esto, el Emir se levantó apesadumbrado y avanzó, apresurado, en dirección al jardín.
Todos los dignatarios lo seguían.
Al final del parque, bajo los almendros, la luz amarillenta de las antorchas mostraba a los ojos de
los presentes, un cuerpo inanimado, extendido sobre la gramilla como una rosa marchita.
-Mirad como está, abrazado a su lira -dijo un cortesano-. ¡Parecen dos amantes que juraron morir
juntos!
-Aún tiene los ojos abiertos -agregó otro- como los tuvo en vida, clavados en el corazón del
espacio, contemplando los invisibles movimientos de un dios desconocido en medio de los lejanos
planetas.
Finalmente,,el Sumo Sacerdote se dirigió al Emir:
-Lo sepultaremos mañana con las honras de un gran poeta, a la sombra del templo de Ishtar.
Convocaremos a todo el pueblo para la procesión fúnebre; los jóvenes cantarán sus poemas y las
vírgenes derramarán flores sobre su tumba.
Él Emir, sin quitar los ojos del rostro del poeta, ya pálido por el frío de la muerte, moviendo la
cabeza con pesar dijo:
-Nosotros, menospreciamos esta alma pura mientras vivía e inundaba el universo con los frutos de
su inspiración y esparcía en el aire la fragancia magnífica de su espíritu. Si no le rendimos
homenaje ahora, seremos escarnecidos y ridiculizados por los dioses y por las ninfas de valles y
praderas.
"Lo enterraremos en este mismo sitio donde exhaló su último suspiro, con la lira amada entre sus
brazos. Y, si alguno entre vosotros quiere rendirle homenaje, que al regresar a su casa, cuente a sus
hijos, que el Emir fue la causa de la muerte del poeta, pues no le prestó debida asistencia, dejándolo
morir solo y abandonado.-Después, mirando alrededor de sí, preguntó:-¿Dónde está el sabio llegado
de la India?
Y el sabio se adelantó, diciendo:
-¡Heme aquí, oh, Gran Príncipe!
-Dime, oh, sabio -preguntó el Emir-, ¿acaso los dioses me harán volver a este mundo como
Príncipe y traerán también al poeta muerto, como poeta? ¿Mi espíritu, reencar nará en el cuerpo del
hijo de un gran rey y, el alma del poeta será conducida hacia el cuerpo de otro genio? ¿La ley sagra-
da, lo retornará para que, frente a la eternidad, componga nuevamente sus versos honrando a la
vida? ¿Retornará, él, para que yo pueda cubrirlo de honores y rendirle los tributos que él merece y
alegrar su corazón y su vida?
Y el sabio respondió:
-Todo lo que las almas anhelan, las almas lo alcanzarán, pues la ley que nos devuelve el esplendor
de la primavera después del invierno, también te devolverá Príncipe glorioso y lo devolverá gran
poeta.
Se animó, entonces, el rostro del Emir y su alma se vivificó. Y se encaminó hacia el palacio,
recordando y meditando las palabras del sabio hindú: "Todo lo que las almas anhelan, las almas lo
alcanzarán."

2. En la ciudad de El Caíro, Año 1912 d.C.

Se alzó la luna llena derramando sus reflejos de plata sobre la ciudad. El Príncipe contemplaba,
desde el balcón de su palacio, el límpido cielo. Meditaba acerca de los siglos que habían pasado
sobre aquellas márgenes del Nilo, interpretaba los hechos de reyes y conquistadores o imaginaba la
procesión de pueblos desde las pirámides hasta el palacio de Abedine.
Como el círculo de sus pensamientos se había ampliado tanto ue ya tocaba el círculo de sus
propios sueños, miró hacia el compañero que tenía a su lado y le dijo:
-Mi alma tiene sed, recítame un poema.
Y el compañero comenzó a declamar los versos de un poema pre-islámico. Pero, antes que
avanzara mucho en el recitado, el Príncipe lo interrumpió:
-Declama algo más reciente, más moderno...
Su compañero comenzó, entonces, a declamar los versos de un poeta Hadramout. Pero,
nuevamente lo interrumpió el Príncipe:
-Deseo algo más reciente, mucho más reciente.
El recitante levantó la cabeza y puso su mano en ella, como tratando de ayudarse a recordar poemas
de autores contemporáneos. Repentinamente, su rostro se iluminó, y sus ojos se tornaron más vivos y
se puso a entonar unos versos románticos, con un ritmo doliente lleno de encanto. El Príncipe, como si
manos invisibles lo hubieran elevado hacia el cielo preguntó:
-¿De quién son esos versos?
-Del poeta de Baalbeck -dijo el poeta.
-Del poeta de Baalbeck -repitió el Príncipe; y el nombre vibró en sus oídos y llegó a su alma,
despertando en ella a los fantasmas de antiguos recuerdos, dibujando frente a los ojos de su corazón,
en la niebla del tiempo, el cuadro de un joven muerto, abrazado a su lira y rodeado de altos dignatarios
de una corte.
Y como los sueños que son disipados por la luz del despertar, así huyó de los ojos del Príncipe la
visión que contemplaba. Se puso de pie junto con el recitador y, mientras caminaban, repetía para sí
las palabras de Mahoma: "Estabas muerto y El te resucitó. Y El te retornará a la muerte nuevamente y
nuevamente a la vida. Sólo entonces retornarás a El." Se volvió hacia su compañero y le dijo:
-Tenemos suerte de tener al poeta de Baalbeck en nuestro país. Y es nuestro mayor deber darle
nuestro homenaje y prestarle nuestra ayuda.
Y luego de unos instantes, presididos por el respeto y el silencio, el Príncipe agregó:
-El poeta es un ave de extraño comportamiento. Destiende desde su cielo para cantar entre nosotros
y, si no lo honramos, él extenderá sus alas y alzará vuelo hacia su patria.
Y, cuando terminó la noche y el firmamento se quitó su vestido adornado con estrellas para ponerse
otro, tejido con los rayos de luz de la aurora, el alma del Príncipe flotaba embelesada por los misterios
de la vida.

EL CONFLICTO

Raquel despertó a medianoche, abrió sus ojos y los fijó en el techo de su cuarto por unos instantes.
Oía una voz más suave que los murmullos de la vida y más lúgubre que la invitación del Abismo, más
tierna que el susurro de un par de alas... Ella vibró esperanzada, con alegría y tristeza, con amor a la
vida y con deseos de morir. Raquel cerró sus ojos, suspiró profundamente y dijo con voz entrecortada:
-La madrugada alcanzó los confines del valle, debemos ir en dirección al sol para encontrarlo.
El sacerdote se aproximó a su lecho y tomó su mano; la halló fría como la nieve. Y, cuando
aturdido, buscó su corazón, lo encontró inmóvil y silencioso. El sacerdote inclinó la cabeza
desesperado. Sus labios temblaron, como queriendo pronunciar una palabra divina que sería repetida
por las sombras de la noche en aquellos valles solitarios y agrestes.
Después de cruzarle los brazos sobre el pecho, el Padre miró hacia un hombre sentado en el rincón
más oscuro del cuarto y, con voz bondadosa y tierna le dijo:
-Su amada ha penetrado en el gran círculo de luz. Ven, hermano mío, arrodillémonos y oremos.
El pobre esposo levantó la cabeza, sus ojos se abrieron como contemplando lo invisible y su
semblante se transformó como si hubiera hallado comprensión en el fantasma de un Dios desconocido.
Reunió sus últimas fuerzas, se dirigió, reverente, hacia el lecho de su esposa y se arrodilló al lado del
sacerdote, que oraba y lloraba haciéndose la señal de la cruz.
Pasado un tiempo, el sacerdote colocó la mano sobre el hombro del marido herido por el dolor y le
dijo, suavemente: "Ve, hermano mío, a recostarte en el cuarto contiguo, pues necesitas descansar.
Y el esposo se levantó, obediente, y se encaminó al otro cuarto, extendió su cuerpo cansado en una
cama estrecha y, en pocos minutos, navegaba en el mar del sueño como una criatura que busca refugio
en los brazos de la madre amorosa.
El sacerdote permaneció de pie, como una estatua, en medio del cuarto. Un extraño conflicto se había
apoderado de su alma. Miraba con ojos llenos de lágrimas, ora hacia el cuerpo helado de la mujer, ora, a
través de la cortina entreabierta, hacia el esposo, entregado a la seducción del sueño. Una hora más larga
que la eternidad había transcurrido, y el sacerdote continuaba de pie, entre las dos almas separadas. Una,
soñaba como los campos sueñan con la primavera después de la tragedia del invierno, la otra, descansaba
eternamente. Entonces, se acercó al lecho de la muerta y se arrodilló, como en adoración frente a un altar.
Tomó su mano fría, la llevó hasta sus labios temblorosos y miró largamente el rostro cubierto por la palidez
de la muerte. Y, con voz tranquila como la noche, profunda como el mar y trémula como las esperanzas de
los hombres, dijo:
-Raquel, Raquel, hermana de mi alma, ¡óyeme! ¡Ahora, por fin, puedo hablar! La Muerte abrió mis
labios y puedo revelarte mi secreto. El dolor desató mi lengua y puedo, ahora, contarte mi sufrimiento.
¡Oye el grito de mi alma, oh, puro espíritu, que aleteas entre la tierra y el infinito! Oye al oven que, cuando
volvías de los campos, se escondía entre Is árboles por miedo a la belleza de tu rostro. Oye al sacerdote
dedicado a Dios, él te llama ahora, sin recelo, pues ya partiste hacia la Ciudad del Señor.
Y, habiendo abierto, así, su corazón, el sacerdote se inclinó y le dió tres largos besos sobre la frente, los
ojos y el cuello, desbordante de amor y dolor, expresando su secreto amor y toda la angustia de muchos
años. Después, buscó un oscuro rincón y se desplomó en el suelo, en tremenda agonía, como las hojas que
en otoño se desprenden de los árboles; como si el frío rostro de la muerta hubiera despertado, dentro suyo,
el arrepentimiento. Enseguida se compuso. Se arrodilló y murmuró suavemente, con el rostro escondido
entre las manos:
-¡Dios, perdona mi pecado, perdona mi flaqueza, oh, Señor! Yo no podía ocultar, por más tiempo,
aquello que ya sabías. Por siete años guardé, escondidos en mi corazón los más íntimos secretos, hasta que
el velo de la Muerte los reveló. Ayúdame, oh, Dios, a apagar ese recuerdo y perdona mi debilidad.
Sin mirar el cadáver, él continuó llorando y lamentándose, hasta que llegó la aurora y lanzó su rosado
velo sobre esas escenas terrestres, revelando el conflicto entre la Religión y el Amor, entre la Vida y la
Muerte.

EL POETA

Soy ajeno a este mundo, y hay en mi exilio una severa soledad y una dolorosa tristeza.
Estoy solo, pero en mi soledad contemplo un país desconocido y encantador, y esta visión llena mis
sueños de espectros de una tierra grande y lejana que mis ojos nunca han visto.
Soy un extraño entre mi gente y no tengo amigos. Cuando veo una persona me digo a mí mismo, "¿Quién
es él, y de qué manera lo conozco, y por qué está aquí,. y qué ley me -ha unido a él?"
Soy un extraño a mí mismo, y cuando oigo hablar en mi propia lengua, mis oídos se asombran de mi voz;
veo a mi ser interior sonriendo, llorando, desafiando y temiendo; y mi existencia se 'pregunta sobre mi
sustancia mientras mi alma interroga a mi corazón; pero yo permanezco ajeno, sumergido en un silencio
tremendo.
Mis pensamientos son extraños a mi cuerpo, y al colocarme delante del espejo, veo algo en mi rostro que
mi alma no ve, y encuentro en mis ojos lo que mi ser interior no encuentra.
Cuando camino con los ojos vacíos por las calles de la clamorosa ciudad, los niños me siguen, gritando:
"Aquí hay un ciego. Démosle un bastón para que encuentre su camino." Cuando huyo de ellos, me
encuentro con un grupo de doncellas que aferran los bordes de mis ropas diciendo: "Es sordo como una
tapia; llenemos sus oídos con la música del amor.Y cuando me escapo de ellas, una multitud de viejos me
señala con dedos temblorosos diciendo: "Es un demente que enloqueció en el mundo de los genios y los
espíritus."
Soy un extraño en este mundo; recorrí el Universo de punta a punta, pero no pude encontrar un lugar
donde aposentar mi cabeza; ni conocí a ningún humano con el que pudiera confrontarme, ni a un
individuo que pudiera escuchar mis pensamientos.
Cuando abro mis insomnes ojos al amanecer, me encuentro aprisionado en una oscura cueva de cuyo
techo cuelgan insectos y por cuyo suelo se arrastran las víboras.
Cuando salgo a encontrar la luz, la sombra de mi cuerpo me sigue, pero la sombra de mi espíritu me
precede y me guía hacia un lugar desconocido buscando cosas más allá de mi entendimiento, y
asiendo objetos que no tienen sentido para mí. Cuando la marea se nivela, regreso y me acuesto sobre
mi lecho, hecho de suaves plumas, y rodeado de espinas, y contemplo y siento los molestos y alegres
deseos, y percibo con mis sentidos dolorosas y gozosas esperanzas.
A medianoche los fantasmas de los siglos pasados y los espíritus de la olvidada civilización entran
por las grietas de la cueva a visitarme. Los contemplo y ellos me miran fijamente; les hablo y me
contestan sonrientes. Luego trato de asirlos, pero se escurren entre mis dedos y desaparecen como la
bruma que flota sobre el hago.
Soy un extraño en este mundo, y no hay nadie en el Universo que entienda mi lenguaje.
Fantasmas de recuerdos fantásticos cobran forma súbitamente en mi mente, y mis ojos producen
raras imágenes y tristes pesadillas. Camino por las desiertas praderas, observando los arroyos correr
rápidamente, hacia arriba y arriba, desde las profundidades del valle hasta la cima de la montaña;
observo a los árboles desnudos florecer y dar frutos; y derramar sus hojas en un instante, y luego veo
las ramas caer y convertirse en manchadas serpientes. Veo a los pájaros revoloteando en lo alto,
cantando y lamentándose; luego se detienen y abren sus alas y se vuelven desnudas doncellas de larga
cabellera, que me miran detrás de ojos pintarrajeados y lánguidos, y me sonríen con melosos labios
sensuales, y alargan sus perfumadas manos hacia mí. Luego ascienden y desaparecen de mi vista como
fantasmas, dejando tras de sí el resonante eco de su sarcástica y burlona risa.
Soy un extraño en este mundo... Soy un poeta que compone lo que la vida escribe en prosa, y que
escribe en prosa lo que la vida compone.
Por esta razón soy un extraño, y permaneceré un extraño hasta que las blancas y amistosas alas de la
Muerte me lleven a mi hogar en mi hermoso país. Allí, donde reinan la luz y la paz y el entendimiento,
esperaré a los otros extraños que serán rescatados por la amistosa trampa del tiempo de este mundo
estrecho y oscuro.

LA LIBRETA DEL DIABLO
1

Selman Effendi, es un hombre de treinta y cinco años de edad, cuerpo delgado, trajes elegantes,
medias de seda y brillantes zapatos. Fuma cigarros caros y su mano suave y delicada carga un fino
bastón incrustado con piedras preciosas y adornos de oro.
Selman come en los restaurantes más caros, se codea con la aristocracia y, en su magnífico carruaje
tirado por caballos de pura sangre, se pasea por las calles habitadas por la clase alta.
La fortuna de Selman Effendi, no fue heredada dé su padre, el cual (que su alma descanse en paz)
era un hombre pobre. Tampoco la acumuló por medio de la perspicacia y continuas actividades en el
mundo de los negocios. Pues él, está lleno de prejuicios y detesta el trabajo, considerándolo
degradante en cualquiera de sus formas.
Una vez se lo oyó decir: "Mi cuerpo y mi temperamento no están hechos para el trabajo, el trabajo
está hecho para los que tienen la mente pesada y el cuerpo torpe."
¿Cómo es, entonces, que Selman acumuló su riqueza? ¿A través de qué magia, el barro en sus
manos se transformaba en oro y plata?
Este es uno de los secretos que contiene la Libreta de hojas de plata y que Azrael, el Angel de la Muerte,
nos reveló a nosotros y que, ahora, nosotros revelamos.
Hace cinco años, Selman Effendi desposó a Faheema, viuda de Butros Namaán, comerciante famoso por
su honestidad, perseverancia y dedicación al trabajo.
Faheema tenía, entonces, cuarenta y cinco años de edad física y solamente dieciséis dulces años de edad
mental y emotiva. Aún ahora, tiñe sus cabellos y, usando cosméticos, trata de parecer joven y hermosa. Sin
embargo no logra ver a su joven marido hasta después de medianoche. Y difícilmente consigue algo,
excepto miradas despreciativas y palabras duras, de quien está muy ocupado y entretenido en gastar la
fortuna que su primer esposo ganara con sudor y esfuerzo.

2

Adib Effendi, es un joven de veintisiete años, nariz grande y ojos pequeños, manos sucias y rostro no
muy limpio, ropa remendada y mal arreglada, con manchas de grasa y café.
La apariencia desagradable de Adib no es debida a su pobreza, sino a su preocupación por cuestiones
espirituales y teológicas. Y se lo ha oído, con frecuencia, citar la sentencia de Amin El Jundy: "La mente no
puede dedicarse a dos cosas al mismo tiempo", según la cual un hombre no puede dedicarse, a la vez, a
cuidar su persona y atender asuntos del intelecto.
Adib habla sin cesar y en cualquier sitio emite juicios acerca de cosas y personas. Después de
investigarlo, hemos descubierto que concurrió dos años a una escuela de Beirut para estudiar Retórica;
escribe poemas, ensayos y artículos que jamás llegaron a publicarse, lo cual justifica, diciendo que los
lectores árabes son ignorantes y que la prensa está degenerada.
Ultimamente, Adib Effendi, se ocupa en estudios sobre filosofía antigua y moderna. Admira a Sócrates y
a Nietzsche y saborea los dichos de San Agustín tanto como los de Voltaire y Rousseau. En una fiesta de
casamiento, lo hemos oído discutiendo acerca de Hamlet; mas su conversación era un monólogo, ya que los
demás preferían cantar y beber.
En otra ocasión, en un funeral, el tema de su conversación eran los poemas de amor de Ben Al Farid y la
"vinología" de Abinauaas, mientras, alrededor de él, la familia del muerto lloraba y gemía apesadumbrada.
Muchas veces nos hemos preguntado: ¿Por qué existe Adib Effendi? y ¿por qué pasa inútilmente sus días
y sus noches en medio de libros viejos y manuscritos gastados? ¿No sería mejor que comprara un asno y se
convirtiera en un saludable y útil transportista?
Este es otro de los secretos contenidos en la Libreta de hojas de plata y que nos fuera revelado por
Belcebú y que nosotros ahora revelamos.
Hace tres años, Adib Effendi compuso un poema en honor de Su Excelencia, el Obispo Joseph Shamoun
y lo declamó en la residencia de Habib Bey Seluam. Después de lo cual, el Obispo se acercó a Adib y,
poniendo una mano sobre su hombro, dijo sonriendo:
- ¡Bravo, hijo mío! ¡Dios te bendiga! No tengo dudas acerca de tu inteligencia, algún día serás uno dé los
hombres más grandes de Oriente.

3

Farid Bey Davis es un hombre de cuarenta años, alto, de cabeza pequeña y calva. Camina con paso
pomposo y balanceándose, inflando el pecho y estirando el cuello como un' camello. Y, cuando habla a los
gritos y pomposamente, quien no lo conoce, lo toma por un Ministro de Estado ocupado en dirigir un
Imperio y gobernar a su pueblo.
Pero, Farid, sólo se ocupa de concurrir a fiestas y reuniones y hablar de las glorias de sus antepasados. Se
deleita en citar frases de conquistadores, como Napoleón y Antar y su pasión, aunque no sepa usarlas, es
coleccionar armas.
Uno de los proverbios que cita frecuentemente es aquel que dice: "Los hombres nacieron para ser
servidos." O sino: "El pueblo es como una mula; sólo obedece a quien sabe montarla." Y también repite:
"La pluma es para los débiles y las armas para los fuertes."
Pero, ¿qué es lo que induce a Farid a elogiar a sus antecesores y a proceder de esa forma?
Esto también es un secreto contenido en la Libreta de hojas de plata y que nos fue revelado por
Satanael y que, ahora, nosotros revelamos:
En la tercera década del siglo XIX, el Emir Bashiz, Gran Gobernador del Monte Líbano, pasaba con
su comitiva, a través de los valles libaneses, por la aldea en que vivía Mansour Davis, abuelo de Farid.
El día era excesivamente caluroso y el Emir bajó del caballo y ordenó a sus hombres que desmontaran
para descansar a la sombra de un roble.
Mansour Davis, informado de la presencia del Emir, llamó a sus vecinos y la buena noticia se
esparció por toda la aldea. 'Y fueron todos al encuentro del Emir cargados de cestos con uvas y miel,
higos y vino, conducidos por Mansour.
Cuando llegaron al sitio en que descansaba la comitiva, Mansour, se adelantó y, arrodillándose
frente al Emir, besó el borde de sus ropajes. Después, se levantó y degolló un carnero y exclamó:
- ¡Todo esto para vuestra generosidad, oh, Príncipe y Protector de nuestras vidas!
Y el Emir, agradecido y satisfecho de tamaña hospitalidad dijo a Mansour:
-De hoy en adelante, serás el jefe de esta aldea bajo mi protección. Y durante doce meses este
poblado estará libre de impuestos.
Y aquella noche, después que hubo partido el Emir, los aldeanos se reunieron en casa del "Shaik"
Mansour Davis y juraron lealtad a la recién nominada autoridad.
¡Dios tenga piedad de sus almas!

Son muchos más los secretos contenidos en la Libreta de hojas de plata para poder enumerarlos a
todos. Los demonios nos revelan algunos casi todos los días y, éstos, los revelaremos antes de que el
Angel de la Muerte nos envuelva con sus alas y nos conduzca al infinito.
Por ser ya la medianoche y por estar nuestros ojos ya cansados, permitid que nos entreguemos al
descanso y, quizás, el maravilloso velo de los sueños transporte nuestras almas a un mundo más
honesto que éste.

LA AMADA

En este cuarto, quieto y solitario, ayer se sentó la amada de mi corazón.
Sobre estos suaves cojines de color rojo apoyó su hermosa cabeza y en esta copa de cristal bebió su
vino, mezclado con una gota de esencia de rosas.
Todo esto era ayer y el ayer es un sueño que no regresará jamás. Hoy, la mujer que amó mi corazón
se fue a una tierra distante, desierta y fría, llamada tierra de la soledad y del olvido.
Las huellas de los dedos de la mujer que amó mi corazón aún están visibles en el cristal del espejo;
el perfume de su aliento se detiene en los pliegues de mi ropa y el eco de su voz se repite en los
rincones de la casa. Pero la mujer, ella misma -la mujer que amó mi corazón- se alejó hacia una tierra
distante, llamada tierra del abandono y del olvido. Mañana abriré las ventanas y las ráfagas de viento
entrarán y llevarán, para siempre, todo lo que aquella hermosa hechicera dejó en este sitio: el perfume
de su aliento, la sombra de su alma, el eco de su voz, las huellas de sus dedos en el cristal del espejo...
El retrato de la mujer que amó mi corazón, continúa al lado del lecho. Las cartas de amor que me
escribió aún permanecen en la caja de plata incrustada en coral. Y la trenza de sus cabellos de oro, que
me envió como recuerdo, se conserva envuelta en seda y perfumada en almizcle e incienso. Todos
esos recuerdos permanecerán en su sitio hasta la aurora y, cuando la aurora llegue, abriré las ventanas
para que entre el viento y las arrastre hacia las tinieblas de la nada, donde mora una quietud sin
palabras.
La mujer que amó mi corazón es semejante a las mujeres que amaron vuestros corazones, oh, jóvenes.
Y es una criatura extraña. Para tallarla, usaron los dioses la modestia de la paloma y la mutabilidad de la
serpiente; la vanidad del pavo real y la ferocidad del lobo; la belleza de la rosa blanca y el terror de una
noche oscura y un puñado de cenizas.
Conocí a la mujer que amó mi corazón desde la infancia y corría tras ella por los campos.
La conocí en la juventud y contemplaba la sombra de su rostro en los libros. Reconocía las curvas de su
cuer-so en las nubes del cielo y oía su voz en el murmullo de los arroyos.
Y la conocí en la madurez. Y conversaba con ella y le hablaba de los dolores de mi corazón y de los
secretos de mi alma.
Todo esto, era ayer; y el ayer es un sueño que jamás regresará. Hoy, aquella mujer se fue hacia una tierra
distante, fría y desierta, llamada tierra de la soledad y del olvido.
Y el nombre de la mujer que amó mi corazón es la vida. La vida es una mujer hermosa y fascinante, que
atrae nuestros corazones y hechiza nuestras almas. Envuelve nuestra existencia con promesas, cuyo
cumplimiento aplaza y difiere y, cuando se nos entrega, provoca el tedio en nosotros.
La vida es una mujer que se baña en-las lágrimas de sus enamorados y se perfuma con la sangre de sus
víctimas.
La vida es una mujer que viste la blancura de los días cubriendo la negrura de las noches.
La vida es una mujer que acepta el corazón humano como amante y lo rechaza como esposo.
La vida es una mujer hermosa y perversa. Y, quien descubre su perversidad, aborrece su belleza.

PALABRAS Y HABLADORES

Estoy harto de palabras y habladores.
Mi alma está cansada de las palabras y de los habladores. Mi doctrina se ha perdido en medio de palabras
y habladores.
Despierto por la mañana y veo a las palabras, sentadas a mi lado, sobre los rostros de las cartas y los
periódicos y las revistas. Y me lanzan miradas, llenas de astucia y falsedad.
Me levanto, me siento al lado de mi ventana para librar mi semblante del velo del sueño con una taza de
café y las palabras me siguen y se alzan, frente a mí, petulantes y endiabladas. Después, extienden su mano
hacia mi café y lo beben conmi o. Y, si fumo, fuman conmigo.
Sago a trabajar y las palabras me acompañan, hechas zumbido en mis oídos y tumulto en mi cerebro.
Trato de expulsarlas, mas ellas se ríen burlonas y vuelven a susurrar, a zumbar en tumulto.
Camino por la calle y veo palabras en movimiento en todos los comercios. Y palabras inmóviles sobre
las paredes de las casas. Las veo en los semblantes de las personas cuando están quietas y silenciosas y
también cuando se mueven y gesticulan.
Cuando me siento a conversar con un amigo las palabras se sientan con nosotros. Y, si encuentro un
enemigo, las palabras se inflan y se esparcen y se multiplican y acaban formando un ejército inmenso, que
se extiende de uno a otro continente.
Penetro en tribunales y escuelas e instituciones y, ¿qué es lo que encuentro? Palabras y más palabras,
todas sirviendo de marco para mentiras y astucias.
Voy a la fábrica, o a la oficina, o a la repartición pública y encuentro palabras, reunidas en familias, en
tribus y, todas, mirándome con grosería y riéndose y burlándose de mí.
Y si me sobraron energías para visitar iglesias y templos, también allí, encuentro palabras entronizadas,
coronadas y portando cetros finamente labrados y suaves al tacto.
Y, cuando llega la noche y regreso a mi casa, encuentro las mismas palabras escuchadas durante el día,
pendiendo del techo como serpientes y caminando por los rincones como escorpiones.
Palabras en alas del éter. Palabras sobre las olas del mar. Palabras en los bosques y en las grutas y en las
cumbres de las montañas.
Palabras en todas partes. ¿Dónde puede esconderse quien busca la paz?
¿Tendrá Dios pena de mí y me enviará la sordera para que pueda vivir feliz en el paraíso de la quietud
eterna? ¿Habrá sobre la faz de la tierra un rincón libre del tumulto y la confusión de las lenguas, donde las
palabras no sean vendidas ni compradas, ni dadas ni tomadas?
¿Habrá, entre los habitantes de la tierra, alguien que no se adore a sí mismo mientras habla? ¿Habrá,
entre los hijos de Adán, alguien cuya boca no sea guarida de falsedades?
Si los habladores fuesen de una sola clase, los aguantaría y me conformaría. Pero pertenecen a innúmeras
clases y categorías.
Están los habladores semejantes a ranas, que viven todo el día en los pantanos. Y, cuando llega la noche
se acercan a las márgenes, levantan la cabeza por encima del agua y comienzan a perturbar la quietud con
voces tan horribles que oído alguno puede soportar.
Están los habladores semejantes a mosquitos, también ellos producto de los charcos. Revolotean
alrededor de nosotros, zumban en nuestros oídos sin otra finalidad que la de irritarnos y molestarnos.
Están los habladores semejantes a piedras de molino, los que producen el mismo barullo infernal que las
piedras de molino.
Están los habladores semejantes a vacas, que llenan sus estómagos de pasto y se paran en las esquinas y
en las plazas para lanzar al viento sus mugidos.
Están los habladores semejantes a lechuzas, que pasan su tiempo entre los cementerios de los vivos y los
cementerios de los muertos, prodigando sobre ambos sus lúgubres chistidos.
Están los habladores semejantes a tambores, que golpean sobre sí mismos con mazas, extrayendo de sus
bocas vacías sones tan inarticulados como los de los tambores.
Están los habladores semejantes a telares, que tejen viento con el viento y permanecen con mentes vacías
y sin ropa.
Están los habladores semejantes a grillos que, considerándose domadores del mundo, como dice el poeta,
van chillando por todas partes.
Están los habladores semejantes a campanas, los que llaman al pueblo al santuario mientras ellos quedan
afuera. Y hay muchas-otras clases y categorías y tribus de habladores.
Y ahora, que he mostrado mi menosprecio por las palabras y los habladores, me siento como un médico
enfermo o como un criminal predicando a otros criminales.
He censurado a las palabras con palabras. Y, deseando huir de los habladores, me he revelado como uno
de ellos. ¿Querrá Dios, antes de enviarme al valle del Pensamiento, del Sentimiento y de la Verdad, donde
no existen palabras ni habladores, perdonarme?

EN LAS TINIEBLAS DE LA NOCHE

En las tinieblas de la noche, nos llamamos unos a otros. En las tinieblas de la noche, gritamos y
apelamos, mientras la sombra de la muerte se levanta entre nosotros. Sus negras alas flotan encima de
nosotros; sus manos crueles empujan nuestras almas al abismo y sus ojos incandescentes están fijos en el
horizonte lejano.
En las tinieblas de la noche, camina la muerte y nosotros caminamos tras ella, temerosos, afligidos y sin
esperanzas de poder detenernos.
En las tinieblas de la noche camina la muerte y nosotros caminamos tras ella. Y cada vez que la muerte
mira hacia atrás, millares de nosotros caemos al costado del camino. Y aquel que cae se duerme para no
despertar más. Y aquel que no cae camina a pesar de sí mismo, sabiendo que caerá a su vez y que dormirá
con los que duermen. Que no despertará jamás. Y la muerte continúa su camino, con los ojos fijos en el
horizonte lejano.
En las tinieblas de la noche, el hermano llama al hermano; el padre llama a sus hijos; la madre llama a
sus criaturas. Y todos estamos hambrientos y atormentados por la sed. Mas la muerte no tiene hambre ni
sed. Devora nuestros cuerpos y nuestras almas. Y bebe nuestra sangre y nuestras lágrimas. Y jamás se harta
ni se satisface.
Al comenzar la noche una criatura llama a su madre diciendo:
-Madre, tengo hambre.
-Espera un poco, hijo mío -responde la madre.
Entrada la noche, la criatura llama nuevamente a su madre:
Madre, estoy con hambre. Dame pan.
-No tengo pan, hijo mío -responde la madre.
Cuando la noche va llegando a su fin, la muerte pasa sobre la madre y su hijo, los golpea con sus alas y
ellos caen al borde del camino. Y la muerte continúa su camino, con los jos fijos en el horizonte lejano.
Por la madrugada, el hombre va hacia los campos en busca de alimento, pero sólo encuentra piedras y
tierra. Y al mediodía, regresa a su mujer y sus hijos, con las manos vacías y agotadas sus fuerzas.
Y al caer la noche, la muerte pasa por el hombre y su mujer y sus hijos. Y los encuentra inmóviles.
Entonces ríe y retoma su camino, con los ojos fijos en el horizonte lejano.
Por la mañana, el labrador se aleja de su cabaña en dirección a la ciudad. Lleva en sus bolsillos las joyas
de su madre y de su hermana, para cambiarlas por pan. Y al atardecer, regre sa a su casa sin pan y sin joyas.
Y encuentra a su madre y a su hermana, inmóviles y con los ojos clavados en el vacío. Alza sus brazos al
cielo y cae como pájaro herido por un cazador, Y, a la noche, la muerte pasa por el labrador y por su madre
y por su hermana y los ve dormidos. Y sonríe y prosigue su camino mirando hacia el horizonte lejano.
En las tinieblas de la noche, en esas tinieblas sin fin, apelamos a vosotros para que caminéis a la luz del
día. ¿Nos oís?
Os enviamos las almas de nuestros muertos como emisarios. ¿Comprendisteis el mensaje de nuestros
emisarios?
Y volcamos sobre el viento del Este nuestro aliento.
¿Llegó el viento hasta vuestras costas distantes y entregó su carga? ¿Tomasteis conocimiento del flagelo
que nos azota, tratando de salvarnos, o dijisteis, en vuestra prosperidad y seguridad: "Qué pueden hacer los
que viven en la luz por los que viven en las tinieblas? Dejemos que los muertos entierren a sus muertos. Y
que la voluntad de Dios sea cumplida."
Sí, ¡que, la voluntad de Dios sea cumplida!
Sin embargo, no pudisteis elevar a vuestras almas por encima de vosotros mismos para que Dios pudiera,
a través vuestro, acudir en nuestra ayuda.
En las tinieblas de la noche, nos llamamos unos a otros.
En las tinieblas de la noche, el hermano llama al hermano; la madre a su hijo; el marido a su esposa y el
enamorado a su amada. Y cuando nuestras voces se mezclan y se elevan, la muerte se detiene un instante,
se ríe de nosotros. Y después, prosigue su camino, mirando hacia el horizonte lejano con sus ojos
incandescentes.

LOS HIJOS DE LOS DIOSES Y LOS HIJOS DE LOS HOMBRES

Extraño es el destino. Y nosotros también somos extraños.
El destino cambió. Y cambiamos con él.
Fue hacia adelante e hicimos lo mismo.
Y develó su rostro y nos sentimos sorprendidos y felices.
Ayer, temíamos al destino y nos quejábamos de él. Hoy, lo amamos y confiamos en él. Y comprendemos
sus intenciones y sus secretos y sus misterios.
Ayer, caminábamos, desconfiados, como sombras trémulas en medio de los temores del día y de la
noche. Hoy, caminamos con entusiasmo hacia las cumbres de las montañas, donde mora la tempestad y
hacen sus nidos el relámpago y el trueno.
Ayer, comíamos el pan amasado con sangre y bebíamos el agua mezclada con lágrimas; hoy, recibimos
el maná de manos de las hadas de la aurora y bebemos vino, perfumado con la fragancia de la primavera.
Ayer, éramos juguetes en manos de la fortuna; y la fortuna era un gigante embriagado que nos empujaba,
ora a la izquierda, ora a la derecha. Hoy, la fortuna salió de su embriaguez, ríe y juega con nosotros y nos
sigue hacia donde queremos conducirla.
Ayer, quemábamos incienso frente a ídolos y ofrecíamos sacrificios a los dioses. Hoy, no quemamos
incienso, si no es para nosotros mismos, porque el mayor y más espléndido de los dioses escogió nuestro
corazón por templo.
Ayer, obedecíamos a reyes y nos inclinábamos frente a sultanes. Hoy, sólo nos inclinamos frente a la
verdad, sólo seguimos a la belleza y sólo obedecemos al amor.
Ayer, bajábamos los ojos frente a los sacerdotes y respetábamos a los hechiceros. Mas los tiempos
cambiaron; hoy podemos mirar al sol de frente y sólo prestamos, oído a la melodía del mar y sólo puede
movernos una tempestad.
Ayer, destruíamos los tronos de nuestros egos para construir tumbas para nuestros antepasados. Hoy,
nuestras almas son altares sagrados; las sombras de los siglos no pueden acercarse a ellos y los dedos de los
muertos no pueden tocarnos.
Eramos un pensamiento silencioso escondido en los rincones del olvido. Hoy, somos una voz que sacude
al firmamento.
Eramos una débil chispa, recubierta de cenizas. Hoy somos un fuego que domina las alturas por encima
de los valles.
¡Cuántas veces pasamos la noche, echados sobre la tierra desnuda, cubiertos por la nieve, llorando las
riquezas perdidas y las oportunidades desaprovechadas! ¡Y cuántas veces pasamos el día, postrados como
ovejas sin pastor, bebiendo nuestros propios pensamientos y comiendo nuestras propias emociones, sin
escapar ni al hambre ni a la sed! ¡Y cuántas veces el día que terminaba y la noche que llegaba nos
encontraban llorando nuestra juventud agotada, sin saber qué deseábamos, sin saber por qué estábamos
tristes, mirando espacios oscuros, atentos al gemido de lo vacuo!
Esas fueron edades que pasaron como lobo entre las tumbas. Hoy, la atmósfera está serena, nuestro es el
sueño y nuestros el pensamiento y los deseos. Tomamos el fuego con dedos que no tiemblan. Conversamos
con las almas que nos rodean en un lenguaje nuevo. Y nubes de ángeles, embriagados con la melodía de
nuestras almas, revolotean alrededor nuestro.
No somos, hoy, lo que éramos ayer. Tal fue la voluntad de los dioses para con los hijos de los dioses.
¿Cuál es vuestra voluntad, oh, hijos de los monos?
¿Avanzasteis un solo paso, desde que salisteis de las grietas de la tierra? ¿Mirasteis, alguna vez, hacia
arriba, desde que los demonios abrieron vuestros ojos? ¿Pronunciasteis, una sola palabra del libro de la
Verdad, desde que las serpientes besaron vuestros labios?
¿O, escuchasteis siquiera un momento, la canción de la Vida, desde que la Muerte tapó vuestros oídos?
Hace setenta mil años pasó entre vosotros. Os agitabais cual gusanos en las grietas de vuestras cavernas.
Y, hace siete minutos, miré a través de los vidrios de mi ventana y os vi andar por vuestras sucias calles,
con los grilletes de la esclavitud aprisionando vuestros tobillos y las alas de la muerte batiendo sobre
vuestras cabezas. Vosotros sois, hoy, lo que erais ayer. ¡Y así, seréis mañana!
Somos, hoy, diferentes de lo que éramos ayer: tal es la ley de los dioses para los hijos de los dioses.
¿Cuál es la ley de los monos que se aplica a vosotros, oh, hijos de los monos?

DEL AMOR

Para hablar del amor, purifiqué mis labios en el fuego sagrado. Mas, cuando abrí mis labios para hablar,
estaba mudo.
Cantaba al amor antes de conocerlo. Y cuando lo conocí, las palabras se transformaron en mi boca en un
hálito frágil, y las melodías de mi corazón, en una quietud profunda.
Cuando los hombres, me interrogaban acerca de los misterios y milagros del amor, yo respondía y los
convencía de mi conocimiento. Mas ahora que el amor me ha envuelto con su manto, soy yo quien
pregunta acerca de sus caminos y características. ¿Habrá entre ellos quien me responda?
¿Qué es esta llama que arde en mi pecho y consume mis fuerzas y mis sentimientos y mis inclinaciones?
¿Y, qué son esas alas, que revolotean alrededor de mi lecho en la quietud de la noche y me mantienen
despierto, esperando algo que ignoro, prestando oídos a lo que no escu cho, fijando mis ojos en lo que no
veo, pensando en lo que no comprendo, sintiendo lo que no aprehendo y hallando en los suspiros un deleite
que no encuentro en la alegría y en las risas? Me entrego a una fuerza invisible que me mata y me resucita;
para matarme y resucitarme nuevamente; hasta que llega la aurora e inunda con su luz mi cuarto. Duermo
entonces, mientras en mis párpados debilitados, bailan las sombras y en mi lecho de piedra danzan los
sueños de los sueños.
¿Qué es esto que llamamos amor?
¿Qué es este pensamiento ilimitado, causa de todas las consecuencias y consecuencia de todas las
causas?
¿Qué es este despertar que abarca la vida y la muerte, y que forma con ellas un sueño más profundo que
la muerte y más extraño que la vida?
¿Hay alguien que no despierta del sueño de la vida, cuando el amor toca su alma con la punta de sus
dedos?
Y, ¿hay al uien que no abandona padre, madre y patria, cuando oye el amado de la amada?
¿Hay alguien que no atraviesa mares, desiertos, montañas y valles, para encontrarse con la elegida de su
corazón?
Y, ¿qué hombre no llevará su corazón hasta los confines de la tierra si hubiera en los confines de la tierra
una mujer que lo embriaga con el perfume de su aliento, lo encanta con el toque de su mano y lo hechiza
con el timbre de su voz?
¿Qué hombre no se consumirá, como incienso, en el altar de un dios que oye sus preces y atiende sus
súplicas?

REY ENCARCELADO

Paciencia, oh, rey encarcelado; no estás peor dentro de tu prisión, que yo dentro de mi cuerpo. Descansa
y resígnate, oh, padre de los terrores. Derrumbarse frente a las aflicciones, es propio de chacales. A los
reyes encerrados, sólo les cabe el desprecio por mazmorras y verdugos.
Cálmate, oh, valiente y mírame: Soy, entre los esclavos de la vida, como tú entre las rejas de tu jaula. La
única diferencia está en un sueño perturbador, que envuelve mi alma pero que recela acercarse a ti.
Ambos vivimos exilados de nuestras patrias, separados de nuestras familias y seres queridos. Cálmate y
sé como yo: paciente frente a las amarguras de los días y las noches, mirando desde lo alto a esos cobardes
que nos superan por su número, mas no por su valor individual.
¿De qué sirven los rugidos y los gritos, siendo los hombres sordos como son?
Grité, antes que tú en sus oídos y sólo atraje las sombras de la noche; los examiné como tú y sólo
encontré cobardes que simulan valentía frente a los encadenados. Y débiles que se ensoberbecen frente a
los encarcelados.
¡Mira, oh rey poderoso! Mira a los que rodean ahora tu cárcel, fíjate en sus rostros y en ellos encontrarás
lo que encontrabas en los más humildes servidores y súbditos de la selva. Contémplalos y verás a los que se
parecen a los conejos por su fragilidad, a los zorros por su duplicidad y a las serpientes por su hipocresía.
Mas, ninguno entre ellos, poseé la mansedumbre del conejo, ni la inteligencia del zorro, ni la sabiduría de
la serpiente.
Mira, ese es mugriento como un cerdo, mas su carne no se come. Aquél es áspero como un cocodrilo,
mas su piel de. nada sirve. Ese es estúpido como un burro, mas camina con dos piernas. Y aquella, es
vanidosa como pavo real, mas sus plumas son postizas.
Y mira, ¡oh, soberano majestuoso! Mira hacia esos palacios y moradas. Son, en realidad, nidos estrechos,
habitados por hombres que se enorgullecen del decorado de sus techos, olvidando que son esos techos, los
que los separan de las estrellas; que se enorgullecen de la solidez de sus paredes, olvidando que son esas
paredes, las que los separan de los rayos del sol. Sus casas son cavernas oscuras donde mueren las flores de
la juventud; donde muere el fuego del amar y se transforma en cenizas; donde el sueño del amor se
convierte en columnas de humo. Y hay en ellas pasillos y galerías sin sentido, donde la cuna del recién
nacido está al lado de la cama del agonizante; y el cajón del muerto al lado del lecho de la novia.
Y, mira, ¡oh, prisionero venerable! Mira hacia aquellas calles largas y aquellos pasajes estrechos; son
valles peligrosos donde se esconden los asaltantes. Son campos de batalla para las ambiciones; donde las
almas luchan, mas no con espadas. Y se hieren y se desgarran mutuamente, mas no con garras. Son, más
exactamente, la selva de los horrores donde moran animales con apariencia de domesticados; con colas
perfumadas y cuernos pulidos, que obedecen a la ley de la supervivencia, no del mejor, sino del más astuto
y falso, y respetan las tradiciones que exaltan, no al más fuerte y más dotado, sino al'más hipócrita y falaz.
Y sus reyes no son leones, como tú, sino extrañas criaturas que tienen pico de águila y garras de lobo; cola
de.escorpión y voz de rana.
Daría mi vida, por rescatarte, ¡oh, rey encarcelado!
Y te he cansado de mi presencia y he hablado demasiado. Mas, el corazón destronado halla consuelo
junto a los reyes destronados. Y el alma solitaria y prisionera le agradala compañía de los prisioneros y
solitarios. Perdona, pues, a un hombre que mastica palabras en lugar de alimentos y bebe sus propios
pensamientos en vez de vino.
¡Hasta la vista, gigante majestuoso! Si no nos encontramos nuevamente en este mundo extraño, nos
veremos en el mundo de las sombras, dónde las almas de los reyes se reúnen con las almas de los mártires.

UNA VISION

Cuando la noche extendió su negro manto sobre la tierra, dejé mi lecho y fui hacia el mar, diciéndome a
mí mismo: "El mar nunca duerme y, en su vigilia, halla consuelo el alma insomne."
Al llegar a la playa, la niebla que descendía de las montañas, cubría la región como un velo transparente,
similar al velo que cubre el rostro de las mujeres hermosas. Contemplé las olas llenas de espuma; escuché
sus oraciones elevarse a Dios y medité sobre el inmenso poder contenido en ellas, el mismo poder que
habita el corazón de las tempestades, el mismo poder que alienta en la erupción de los volcanes, que sonríe
en los labios de las rosas y canta en los arroyos.
Y entonces vi tres apariciones sentadas sobre una roca, envueltas en ropajes de niebla. Sentí que una
fuerza ajena a mi voluntad, arrastraba mis pasos hacia ellas... Y el mismo poder que me había empujado me
detuvo a poca distancia del sitio en que se hallaban.
En ese instante, oí a uno de los fantasmas que decía con voz terrible: "La Vida, sin Amor, es como un
árbol sin flores ni frutos. Y el Amor sin Belleza, es como flores sin perfume, como frutos sin semillas...
Vida, Amor y Belleza son tres entidades en una, que no pueden separarse.
Oí, entonces, la voz del segundo fantasma, semejante al rugir de una cascada: "La Vida sin Rebeldía, es
como las estaciones sin la primavera. Y la Rebeldía, sin el Derecho, es como la Primavera en un desierto
árido... Vida, Rebeldía y Derecho, forman un triángulo que no puede ser alterado ni sus lados separados."
Entonces, el tercer fantasma, con voz retumbante, semejante al sonido de un trombón, dijo: "La Vida, sin
Libertad, es como un cuerpo sin alma. Y la Libertad sin Pensamiento, es como un espíritu confuso... Vida,
Libertad y Pensamiento son tres en uno perpetuamente, y, jamás desaparecerán."
Y, los tres fantasmas, se levantaron simultáneamente y, con voces vigorosas, proclamaron: "Lo que
genera el Amor, lo que crea la Rebeldía y lo que construye la Libertad, son tres manifestaciones de Dios. Y
Dios es la expresión del Universo inteligente."
Y se hizo el silencio. Y el silencio se estremeció con el roce de alas invisibles y la vibración de cuerpos
celestiales. Y pasaron los minutos. Y cerré mis ojos y, en mis oídos, aún sonaban las palabras
pronunciadas.
Cuando abrí mis ojos, nada vi, excepto el mar envuelto en la niebla. Fui hacia la roca donde los
fantasmas estuvieron sentados y nada había allí, sino una columna de incienso que se elevaba hacia el cielo.

LAS SIRENAS

En la profundidad del mar, rodeando las islas cercanas en donde nace el sol, hay un abismo. Y allí, donde
la perla existe en abundancia, yace el cadáver de un joven rodeado por don cellas marinas de larga y dorada
cabellera; lo miran fijamente con sus hondos ojos azules, conversando entre ellas con voces melodiosas. Y
su conversación escuchada por las profundidades y llevada hacia la orilla por las olas, me fue traída por la
brisa traviesa.
Una de ellas dijo:
-Es un humano que entró a nuestro mundo ayer, mientras nuestro mar estaba enfurecido.
Y la segunda dijo:
-El mar no estaba enfurecido. El hombre, que pretende ser un descendiente de los dioses, estaba
guerreando con armas de hierro, y su sangre se derramaba hasta tornar car mesí el color del agua; este
humano es una víctima de la guerra.
La tercera aventuró:
-No sé lo que es la guerra, pero sí sé que el hombre, después de haber sometido la tierra, se volvió
agresivo y resolvió someter el mar. Inventó un extraño objeto que lo transportaba sobre las aguas, con lo
cual nuestro severo Neptuno se enfureció ante su codicia. Para complacer a Neptuno, el hombre comenzó a
ofrecer regalos y sacrificios, y el inmóvil cuerpo delante nuestro es el regalo más reciente a nuestro gran y
terrible Neptuno.
La cuarta aseguró:
-Que grande es Neptuno, y qué cruel es su corazón. Si yo fuera el Sultán del mar, rehusaría aceptar
semejante paga... Vengan ahora, y examinemos este-rescate. Tal vez nos iluminemos con respecto al clan
humano.
Las sirenas se acercaron al joven, exploraron sus bolsillos y encontraron un mensaje cerca de su corazón;
una de ellas lo leyó en voz alta a las otras:
Amado mío:
La medianoche ha llegado nuevamente, y mi único consuelo son mis vertientes lágrimas, y no hay
nada que me conforte más que la esperanza de que regreses a mí de entre las sangrientas garras de la
guerra. No puedo olvidar tus palabras cuando partiste: "Cada hombre tiene un préstamo de lágrimas
que deben ser devueltas algún día."
No sé que decir, Amado mío, pero mi alma se arrugara como pergamino... mi alma que sufre por la
separación, pero se consuela con el Amor que da alegría al dolor y felicidad a la pena. Cuando el amor
unificó nuestros corazones, y deseamos el día en que nuestros dos corazones fueran unidos por el
poderoso soplo de Dios, la guerra gritó su horrible llamado y tú la seguiste, impulsado por tu deber
para con los jefes.
¿Qué es este deber que separa a los amantes, y hace que las mujeres se conviertan en viudas, y los
niños en huérfanos? ¿Qué es este patriotismo que provoca guerras y destruye reinos por cosas sin
importancia? ¿Y qué causa puede ser más trivial cuando se la compara con una vida? ¿Qué es este
poder que invita a pobres de la aldea, menospreciados por los fuertes y por los hijos de la nobleza
heredada, a morir por la gloria de sus opresores? Si el deber destruye la paz entre las naciones, y el
patriotismo molesta la tranquilidad de la. vida del hombre, entonces digamos: "La paz sea con el deber
y el patriotismo:"
No, no, Amado mío. No hagas caso a mis palabras. Sé valiente y fiel a tu país... No escuches a una
doncella, cegada por el Amor, y perdida entre la despedida y la
soledad... Si el Amor no te devuelve a mí en esta Vida, entonces el Amor seguramente nos unirá en
la vida futura.

Tuya para siempre

Las sirenas volvieron a poner la nota bajo las vestimentas del joven y se fueron nadando, silenciosa y
tristemente. Mientras se reunían a cierta distancia del cuerpo del soldado muerto, una de ellas dijo:
-El corazón humano es más severo que el cruel corazón de Neptuno.



GIBRAN KHALIN GIBRAN - PISADAS DE VAGABUNDO - RELATOS DE AYER,HOY Y MAÑANA...

Escrito por imagenes 14-02-2008 en General. Comentarios (2)

GIBRAN KHALIN GIBRAN - PISADAS DE VAGABUNDO - RELATOS DE AYER,HOY Y MAÑANA...

.’

GIBRÁN KHALIL GIBRÁN

EL VAGABUNDO
(1932)



Lo encontré en la encrucijada de dos caminos. El hombre con apenas un bastón. Cubría sus ropas
con una capa y su rostro con un velo de tristeza.
Nos saludamos el uno al ot ro y yo le dije: -Ven a mi casa y sé mi huésped.
Y él, vino.
Mi mujer y mis hijos nos espetaban en la puerta de la casa y el les sonrió y ellos estuvieron
contentos de su llegada. Después nos sentamos a la mesa. Y todos nos sentimos felices, con el hombre
y con el halo de silencio y de misterio que lo envolvía.
Y, luego de cenar, nos reunimos frente al fuego y yo lo interrogué acerca de sus peregrinaciones.
Y nos contó muchas historias durante aquella noche. Y también al día siguiente.
Las historias, que yo he registrado aquí, son fruto de la amargura de sus días, aunque él nunca se
mostró amargado. Y están escritas con el polvo del camino.
Cuando nos dejó, tres días después, no lo sentíamos ya como un huésped que había partido sino,
más bien, como uno de nosotros, que estaba en el jardín y que aún no había entrado.


VESTIDURAS


Cierto día Belleza y Fealdad se encontraron a orillas del mar. Y se dijeron:
-Bañémonos en el mar.
Entonces se desvistieron y nadaron en las aguas. Instantes más tarde Fealdad regresó a la costa y se
vistió con las ropas de Belleza, y luego partió.
Belleza también salió del mar, pero no halló sus vestiduras, y era demasiado tímida para quedarse
desnuda, así que se vistió con las ropas de Fealdad. Y Belleza también siguió su camino.
Y hasta hoy día hombres y mujeres confunden una con la otra.
Sin embargo, algunos hay que contemplan el rostro de Belleza y saben que no lleva sus vestiduras.
Y algunos otros que conocen el rostro de Fealdad, y sus ropas, no lo ocultan a sus ojos.


CANCIÓN DE AMOR


Cierta vez, un poeta, escribió una hermosa canción de amor. E hizo muchas copias y las envió a sus
amigos y conocidos; hombres y mujeres y, también, a una joven que había visto, tan sólo una vez y
que vivía más allá de las montañas. Y, cuando pasaron dos o tres días, vino un mensajero de parte de
la joven, trayendo una carta. Y la carta decía: "Déjame decirte que estoy profundamente conmovida
por la canción de amor que escribiste para mí. Ven pronto y habla con mis padres para tratar los
preparativos de la boda".
Y el poeta respondió, diciendo en su carta:
"Amiga mía, la canción que le envié no era sino una canción de amor brotada del corazón de un
poeta, cantada por todo hombre y a toda cualquier mujer.
Y ella le escribió a su vez, diciendo: "¡Hipócrita y mentiroso! ¡Desde hoy, hasta el día en que me
entierren, odiaré a todos los poetas por su causa!


LAGRIMAS Y RISAS


Una noche, a orillas del Nilo, una hiena se encontró con un cocodrilo. Ambos se detuvieron y se
saludaron. La hiena dijo:
-¿Cómo vas pasando el día, Señor?
-Muy mal -respondió el cocodrilo -. A veces, en mi dolor y tristeza, lloro. Y entonces las criaturas dicen: "Son lágrimas de cocodrilo". Y eso me hiere mucho más de lo que podría contar.
Entonces la hiena dijo:
-Hablas de tu dolor y de tu tristeza, pero, piensa por un momento en mí. Contemplo la belleza del
mundo, sus maravillas y sus milagros y, llena de alegría, río, como ríen los días. Y los pobladores de
la selva dicen: "No es sino la risa de una hiena".


EN LA FERIA


Desde la campiña llegó a la Feria una niña muy bonita. En su rostro había un lirio y una rosa. Había
ocaso en su cabello, y el amanecer sonreía en sus labios.
Ni bien la hermosa extranjera apareció ante sus ojos, los jóvenes se asomaron y la rodearon. Uno
deseaba bailar con ella, y otro día cortar una torta en su honor. Y todos deseaban besar su mejilla.
Después de todo, ¿no se trataba acaso de una Bella Feria?
Mas la niña se sorprendió y molestó, y pensó mal de los jóvenes. Los reprendió y encima golpeó en
la cara a uno o dos de ellos. Luego huyó.
En el camino a casa, aquella tarde, decía en su corazón: "Estoy disgustada. ¡Que groseros y mal
educados son estos hombres! Sobrepasan toda paciencia".
Y pasó un año , durante el cual la hermosa niña pensó mucho en Ferias y hombres. Entonces regresó
á la Feria con el lirio y la rosa en el rostro, el ocaso en su cabello y la sonrisa del amanecer en sus
labios.
Pero ahora los jóvenes viéndola, le dieron la espalda. Y permaneció todo el día ignorada y sola.
Y, al atardecer, mientras marchaba camino a su casa, lloraba en su corazón: "Estoy disgustada. ¡Que
groseros y mal educados son estos hombres! Sobrepasan toda paciencia".


LAS DOS PRINCESAS


En la ciudad de Shawakis vivía un príncipe amado por todos, hombres, mujeres y niños. aún los
animales del campo se acercaban a él para saludarle.
Sin embargo, la gente decía que su esposa, no lo amaba, y aún más, que lo odiaba.
Cierto día, la princesa de una ciudad vecina llegó a visitar a la princesa de Shawakis. Y, sentadas,
conversaron, y sus palabras derivaron hacia sus esposos.
La princesa de Shawakis dijo con pasión:
-Envidio tu felicidad con el príncipe, tu esposo, a pesar de tantos años de matrimonio. Yo odio a mi
esposo, no me pertenece a mí sola y soy la más infeliz de las mujeres.
La princesa de visita, mirándola, dijo:
-Amiga mía, la verdad es que tú amas a tu esposo. Sí, y aún sientes por él una pasión viva. Y eso es
vida para una mujer, como la primavera para un jardín. En cambio, apiádate de mí y de mi esposo,
pues nos soportamo s en paciente silencio. Y, sin embargo, tú y los otros consideran a eso felicidad.


EL RELÁMPAGO


Un día de tormenta estaba un obispo cristiano en su catedral, y se le acercó una mujer no cristiana y
dijo:
--Yo no soy cristiana. ¿Existe salvación del fuego del infierno para mí?
El obispo miró y respondió:
-No, sólo se salvan los bautizados en el agua y en el espíritu.
Y mientras aún hablaba, un rayo cayó con estruendo sobre la catedral, y ésta fue invadida por el
fuego.
Y los hombres de la ciudad llegaron corriendo y salvaron a la mujer, pero el obispo se consumió,
alimento del fuego.


EL ERMITAÑO


Cierta vez vivió un ermitaño en medio de las verdes colinas. Era puro de espíritu y blando de
corazón. Y todos los animales de la tierra y todas las aves del cie lo se llegaban hasta él en parejas, y él
les hablaba. Lo escuchaban alegremente, reuniéndose junto a él, y no partían hasta la noche, momento
en que el ermitaño los despedía, confiándolos al viento y al bosque con su bendición.
Una tarde, mientras hablaba acerca del amor, un leopardo levantó la cabeza y dijo al ermitaño:
-Nos hablas del amor. Dinos, Señor, ¿dónde está tu compañera?
-No tengo compañera -contestó el ermitaño.
Entonces un gran grito de sorpresa se elevó del coro de bestias y aves, y comenzaron a decirse unos
a otros:
-¿Cómo puede él hablarnos sobre el amor y el compañerismo cuando él mismo no sabe nada acerca
de ello?
Y, lentamente, con actitud desdeñosa lo abandonaron. Aquella noche el ermitaño se echó sobre su
estera, el rostro hacia la tierra, y lloró amargamente y golpeó las manos contra su pecho.


DOS SERES IGUALES


Cierto día, el profeta Sharía encontró una niña en un jardín. Y la niña dijo:
-Buen día tengas, Señor.
Y el profeta respondió:
-Buen- día para ti, Señora. -Y después de un instante agregó: -Veo que estás sola.
Entonces la criatura dijo, riendo encantada:
-Me llevó mucho tiempo perder a mi aya. Ella piensa que estoy detrás de aquel cerco. ¿Pero, no
ves que estoy aquí? -Después, miró hacia el profeta y habló nuevamente -Tú también estás solo.
¿Qué hiciste con tu aya?
-Mi caso es diferente -respondió el profeta-. En verdad, no puedo perderla con frecuencia. Pero
hoy, cuando vine a este jardín, ella me estaba buscando detrás de aquel cerco. La niña, batiendo
palmas gritó:
- ¡Entonces eres como yo! ¿No es bueno estar perdido? -Y después pregunto: -¿Quién eres tu?
-Me llaman el profeta Sharía. ¿Y, dime, quién eres tú? -respondió el hombre.
-Soy solamente yo -dijo la niña y mi aya me está buscando sin saber que estoy aquí..
Entonces el profeta miró hacia el espacio y dijo:
-Yo también huí de mi aya por un instante. Pero ella me encontrará.
-Sé que mi aya también me encontrará -dijo la niña.
Y en aquel momento se oyó la voz de una mujer llamando por su nombre a la niña.
-¿Ves? -dijo la criatura -, yo te dije que ella me encontraría.
Y en ese mismo instante, otra voz se oyó decir: "¿Dónde estás, Sharía?"
Y el profeta dijo:
-Ves, hija mía, me han encontrado también a mí. -Y mirando hacia lo alto, Sharía respondió: -
Heme aquí.


LA PERLA


Dijo una ostra a otra ostra vecina:
-Siento un gran dolor dentro de mí. Es pesado y redondo y me lastima.
Y la otra ostra replicó con arrogante complacencia:
-Alabados sean los cielos y el mar. Yo no siento dolor dentro de mí. Me siento bien e intacta por
dentro y por fuera.
En ese momento, un cangrejo que por allí pasaba escuchó a las dos ostras, y dijo a la que estaba
bien por dentro y por fuera:
-Sí, te sientes bien e intacta; mas él dolor que soporta tu vecina es una perla de inigualable
belleza.


CUERPO Y ALMA


Un hombre y una mujer se sentaron junto a una ventana abierta a la primavera. Se sentaron uno
junto al otro. Y la mujer dijo:
-Te amo. Eres bello y rico, y estás siempre bien ataviado.
Y el hombre, dijo:
-Te amo. Eres un bello pensamiento, algo demas iado etéreo para sostenerlo en la mano, y una
canción en mis sueños. Mas, la mujer se levantó con furia y replicó:
-Señor, por favor dejadme ya. No soy un pensamiento, ni una cosa que pasa por tus sueños. Soy
una mujer. Preferiría que me desearas como esposa y madre de niños no nacidos aún.
Y se separaron.
Y el hombre hablaba en su corazón: "He aquí otro sueño que se convierte en humo".
Y la mujer decía: "Bien. ¿Y qué decir de un hombre que se convierte en humo y sueños?"


EL REY


La gente del Reino de Sadik rodeó el palacio de su rey gritando en rebelión contra él. Y el rey
descendió la escalera del palacio portando su corona en una mano y su cetro en la otra. La
majestuosidad de su presencia silenció a la multitud, y, deteniéndose frente a ellos, dijo:
-Amigos míos, puesto que no sois más mis súbditos he aquí que restituyo mi corona y mi cetro. Seré
uno de vosotros. Soy solamente un hombre más, como tal trabajaré junto a vosotros y nuestra tierra
crecerá mejor. No existe necesidad de un rey. Vayamos, pues, a los campos y viñedos y trabajaremos
lado a lado. Sólo debéis indicarme a qué prado o viñedo debo dirigirme. Todos vosotros sois ahora el
rey.
Y el pueblo se maravilló, y el silencio los cubrió; pues el rey, a quien juzgaran la causa de su
descontento, les restituía la corona y el cetro, y se transformaba en uno de ellos.
Luego todos y cada uno siguieron su camino, y el rey se dirigió al prado acompañado por un
hombre.
Mas, el Reino de Sadik no marchaba sin un rey, y el velo de descontento aún permanecía sobre la
tierra. La gente gritaba en el mercado diciendo que debían ser gobernados y que debían tener un rey
que los dirigiera. Y los ancianos y los jóvenes decían al unísono:
-Tendremos nuestro rey.
Y buscaron al rey y lo encontraron afanándose en el campo, y lo llevaron hasta su trono
devolviéndole la corona y el cetro. Y así hablaron:
-Ahora gobiérnanos con grandeza y justicia.
Entonces llegaron hasta su presencia hombres y mujeres para hablarle sobre un barón que los
maltrataba y de quien eran sólo esclavos. De inmediato el rey llamó al barón ¡unto a él y le dijo:
-La vida de un hombre pesa como la vida de cualquier otro en la escala de Dios. Y porque tú no
sabes pesar la vida de quienes trabajan tus tierras y tus viñedos quedas desterrado y abandonarás este
reino para siempre.
Al día siguiente llegó otro grupo hasta el rey y habló de la cruel condesa del otro lado de las colinas,
y de cómo los había conducido a la miseria. De inmediato la condesa fue traída hasta la corte y el rey
también la sentenció al destierro diciendo:
-Aquéllos que labran nuestros campos y cuidan nuestros viñedos son más nobles que nosotros,
quienes comemos el pan preparado por ellos y bebemos el vino de sus lagares. Y porque tú no lo
sabes, dejarás esta tierra y vivirás lejos de este reino.
Luego vinieron hombres y mujeres diciendo que el obispo les hacía traer piedras y esculpirlas para
la catedral, mas no les había pagado pese a que el cofre del obispo se hallaba repleto de oro y plata,
mientras ellos mismos se encontraban vacíos y hambrientos.
El rey requirió la presencia del obispo, y cuando lo tuvo frente a sí, dijo:
-Esa cruz que usas sobre tu pecho debería significar dar vida a la vida. Mas, tú has tomado la vida y
devuelto nada, por lo que abandonarás este reino para nunca regresar.
Y así cada día, hasta el tiempo de luna llena, hombres y mujeres llegaban hasta el rey para contarle
sobre las cargas que pesaban sobre ellos. Y cada día, y todos los días de una luna entera, algún opresor
era exiliado de esta tierra.
El pueblo de Sadik estaba maravillado, y había alegría en sus corazones.
Y cierto día los ancianos y los jóvenes rodearon la torre del rey y pidieron por él. El descendió
llevando la corona en una mano y el cetro en la otra.
-Y ahora -les dijo -, ¿qué queréis de mí? Tened, os devuelvo lo que vosotros deseasteis que yo
tuviera.
- ¡No, no! -gritaron ellos-. Tú eres nuestro legítimo rey. Has limpiado la tierra de víboras y
reducidos los lobos a la nada. Hemos venido a cantarte nuestro agradecimiento. La corona es vuestra
en majestad y el cetro es vuestro en gloria.
- ¡Yo no! -respondió el rey-. ¡Yo no! Vosotros mismos sois el rey. Cuando me juzgaron incapaz y
mal gobernante, vosotros mismos erais incapaces e ingobernables. Y ahora la tierra crece bien porque
está en vuestra voluntad el hacerlo. Yo no existo sino en vuestras acciones. No existe una persona
gobernante. Existen sólo los que se gobiernan a sí mismos. El rey retornó a la torre con su corona y su
cetro. Y los ancianos y los jóvenes tomaron su diferentes caminos sintiéndose felices.
Y cada uno de ellos se imaginó a sí mismo un rey con la corona en una mano y el cetro en la otra.


SOBRE LA ARENA


Dijo . un hombre a otro:
-Con la marea alta, hace mucho tiempo, escribí con mi cayado, unas líneas en la arena. Y la gente
aún se detiene para leerlas y cuida mucho de que no se borren.
Y el otro hombre dijo:
-Yo también escribí unas líneas en la arena, pero lo hice durante la marea baja. Y las olas del
inmenso mar las borraron y breve fue su vida. Pero dime; ¿qué fue lo que tú escribiste?
Y el primer hombre respondió:
-Escribí Soy lo que soy. ¿Y tú, qué escribiste?
Y el otro hombre dijo:
-Escribí esto: Soy sólo una gota de este mar inmenso.


TRES REGALOS


Cierta vez, en la ciudad de Becharre, vivía un amable príncipe, querido y honrado por todos sus
súbditos.
Pero había un hombre, excesivamente pobre, que se mostraba amargo con el príncipe y movía
continuamente su lengua, pestilente en sus censuras.
El príncipe lo sabía. Pero era paciente.
Por fin decidió considerar el caso. Y, una noche de invierno, un siervo del príncipe llamó a la puerta
del hombre, cargando un saco de harina de trigo, un paquete de jabón y uno de azúcar.
-El príncipe te envía estos presentes como recuerdo - dijo el siervo.
Y el hombre se regocijó, pues creyó que las dádivas eran un homenaje del príncipe. Y, en su
orgullo, fue en busca del obispo y le contó lo que el príncipe había hecho, agregando:
-¿No veis como el príncipe desea mi amistad?
-Pero el obispo respondió:
-¡Oh! Qué príncipe sabio y qué poco comprendes. El habla por símbolos. La harina es para tu
estómago vacío; el jabón para tu sucia piel y el azúcar para endulzar tu amarga lengua.
Desde aquel día en adelante, el hombre sintió vergüenza hasta de sí mismo y su odio al príncipe se
hizo mayor que nunca. Pero, a quien más odiaba era al obispo que interpretó la dádiva del príncipe.
Sin embargo, desde entonces guardó silencio.


PAZ Y GUERRA


Tres perros tomaban sol y conversaban.
El primer perro dijo entre sueños:
-Es realmente maravilloso vivir en estos días en que reinan los perros. Consideren la facilidad con
que viajamos bajo el mar, sobre la tierra y aún en el cielo. Y mediten por un momento sobre las
invenciones creadas para el confort de los perros para nuestros ojos, oídos y narices.
Y el segundo perro habló y, dijo:
-Comprendemos más el arte. Ladramos a la luna más rítmicamente que nuestros antepasados. Y
cuando nos contemplamos en el agua vemos que nuestros rostros son más claros que los de ayer".
Entonces el tercero dijo:
-Pero lo que a mí más me interesa y entretiene mi mente es la tranquila comprensión existente entre
los distintos estados caninos.
En ese momento vieron que el cazador de perros se acercaba.
Los tres perros se dispararon y se escabulleron calle abajo, y, mientras corrían, el tercer perro dijo:
-¡Por Dios! Corred por vuestras vidas. La civilización viene detrás nuestro.


LA BAILARINA


Había una vez una bailarina que con sus músicos había arribado a la corte del príncipe de Birkaska.
Y, admitida en la corte, bailó ante el príncipe al son del laúd y la flauta y la cítara.
Bailó la danza de las llamas, y la danza de las espadas y las lanzas; bailó la danza de las estrellas y
la danza del espacio. Y, por último, la danza de las flores al viento.
Luego se detuvo ante el trono del príncipe y dobló su cuerpo ante él. Y el príncipe le solicitó que se
acercara, y dijo:
Hermosa mujer, hija de la gracia y del encanto, ¿desde cuándo existe tu arte? ¿Y cómo es que
dominas todos los elementos con tus ritmos y canciones?
Y la bailarina, inclinándose nuevamente ante el príncipe, dijo:
-Poderosa y agraciada Majestad, desconozco la respuesta a tus preguntas. Sólo esto sé: el alma del
filósofo habita en su cabeza; el alma del poeta en su corazón; mas, el alma de la bailarina late en todo
su cuerpo.


LOS DOS ÁNGELES


Una tarde dos ángeles se encontraron ante la puerta de una ciudad, se saludaron y conversaron.
-¿Qué estás haciendo en estos días y que trabajo te ha sido asignado? -preguntó un
ángel.
-Me ha sido encomendada la custodia de un hombre caído en el pecado -respondió el otro -, que vive
abajo en el valle, un gran pecador, el más depravado. Te aseguro que es una importante misión y un
arduo trabajo.
-Esa misión es fácil -dijo el primer ángel-. He conocido muchos pecadores y he sido guardián
numerosas veces. Mas, ahora me ha sido asignado un buen hombre que habita al otro lado de la.
ciudad. Y te aseguro que es un trabajo excesivamente difícil y demasiado sutil.
-Eso no es más que presunción -dijo el otro ángel ¿Cómo puede ser que custodiar a un santo sea más
difícil que custodiar a un pecador?
-¡Qué impertinente llamarme presuntuoso! -respondió el primero -. He afirmado sólo la verdad.
¡Creo que tú eres el presuntuoso!
De ahí en más los ángeles riñeron y pelearon, al principio de palabra y luego con puños y alas.
Mientras peleaban apareció un arcángel. Los detuvo y preguntó:
-¿Por qué peleáis? ¿De qué se trata? ¿Acaso no sabéis que es impropio que los ángeles de la guarda
se peleen frente a las puertas de la ciudad? Decidme: ¿por qué el desacuerdo?
Ambos hablaron al unísono, cada uno arguyendo que su trabajo era el más difícil y que les
correspondía el premio mayor.
El arcángel sacudió la cabeza y meditó.
-Amigos míos -les dijo -, no puedo dilucidar ahora cuál de vosotros es el más merecedor de honor y
recompensa. Pero, desde que se me ha dado poder, y en bien de la paz y del buen custodiar, doy a cada
uno de vosotros el trabajo del otro, ya que insistís en que la ocupación del otro es la más fácil. Ahora
marchaos lejos de aquí y sed felices en vuestros oficios.
Los ángeles, así ordenados, tomaron sus respectivos caminos. Pero cada uno volvía la cabeza
mirando con gran enojo al arcángel. Y en sus corazones decían: "Oh, estos arcángeles! ¡Cada día
vuelven la vida más y más difícil para nosotros los ángeles!"
Pero el arcángel se detuvo y una vez más se puso a meditar. Y dijo en su corazón: "Debemos en
verdad, ser cautelosos y montar guardia sobre nuestros ángeles de la guarda".


LA ESTATUA


Cierta vez, entre las colinas vivía un hombre poseedor de una estatua cincelada por un anciano
maestro. Descansaba contra la puerta cara al suelo. Y él nunca le prestaba atención.
Un día pasó frente a su casa un hombre de la ciudad, un hombre de ciencia. Y, advirtiendo la
estatua, le preguntó al dueño si la vendería.
- ¿Quién desea comprar esa horrible y sucia estatua? - respondió el dueño, riéndose.
-Te daré esta pieza de plata por ella -dijo el hombre de la ciudad.
El otro quedó atónito, pero complacido.
La estatua fue trasladada a la ciudad sobre el lomo de un elefante. Y luego de varias lunas el hombre
de las colinas visitó la ciudad y, mientras caminaba por las calles, vio a una multitud ante un negocio,
y a un hombre que a voz en cuello gritaba:
-Acercaos y contemplad la más hermosa, la más maravillosa estatua del mundo entero. Solamente
dos piezas de plata para admirar la más extraordinaria obra maestra.
Al instante, el hombre de las colinas pagó dos piezas de plata y entró en el negocio para ver la
estatua que él mismo había vendido por una sola pieza de ese mismo metal.


EL TRUEQUE


Una vez en el cruce de un camino, un Poeta pobre encontró a un rico Estúpido, y conversaron. Y
todo lo que decían revelaba el descontento de ambos.
Entonces el Ángel del Camino se acercó y posó su mano sobre el hombro de los dos hombres. Y,
creedlo, un milagro se produjo; ambos intercambiaron sus posesiones.
Y se alejaron. Pero, cosa difícil de relatar, el Poeta miró y encontró sólo arena seca en sus manos; y
el Estúpido cerró sus ojos y sintió nada más que nubes en su corazón.


AMOR Y ODIO


Una mujer dijo a un hombre: -Te amo.
Y el hombre respondió: -Mi corazón se cree merecedor de tu amor.
Y la mujer habló: -¿No me amas?
Y el hombre sólo elevó sus ojos hacia ella y calló.
Entonces la mujer gritó: -Te odio.
Y el hombre dijo: -Pues, entonces, mi corazón también es merecedor de tu odio.
SUEÑOS
Un hombre tuvo un sueño y, cuando despertó, visitó a un adivino y quiso que éste lo descifrase.
Y el adivino dijo al hombre:
-Ven a mí con los sueños que contemples en tus momentos despiertos y te explicaré sus
significados. Pero los sueños de tu dormir no pertenecen ni a mi sabiduría ni a tu imaginación.


EL LOCO

En el jardín de un hospicio conocí a un joven de rostro pálido y hermoso, allí internado.
Y sentándome junto a él sobre el banco, le pregunté:
-¿Por qué estás aquí?
Me miró asombrado y respondió:
-Es una pregunta inadecuada, sin embargo, contestaré. Mi padre quiso hacer de mí una reproducción
de sí mismo; también mi tío. Mi madre deseaba que fuera la imagen de su ilustre padre. Mi hermana
mostraba a su esposo navegante como el ejemplo perfecto a seguir. Mi hermano pensaba que debía ser
como él, un excelente atleta.
"Y mis profesores como el doctor de filosofía, el de música y el de lógica, ellos también fueron
terminantes, y cada uno quiso que fuera el reflejo de sus propios rostros en un espejo.
"Por eso vine a este lugar. Lo encontré más sano. Al menos puedo ser yo mismo.
Enseguida se volvió hacia mí y dijo:
-Pero dime, ¿te condujeron a este lugar la educación y el buen consejo?
-No, soy un visitante -respondí.
-Oh, -añadió el-, tú eres uno de los que vive en el hospicio del otro lado de la pared.


LAS RANAS


Cierto día de verano una rana dijo a su compañero:
-Temo que la gente que vive en aquella casa de la costa esté molesta por nuestro canto.
Y su compañero respondió:
-Bueno, ¿acaso no nos molestan ellos con sus conversaciones durante nuestro silencio diurno?
-No olvidemos que a veces cantamos demasiado por la noche -dijo la rana.
-No olvidemos que ellos charlan y gritan mucho más durante el día -respondió su amigo.
Dijo entonces la rana:
-¿Y qué hay del escuerzo que molesta a todo el vecindario con su croar prohibido por Dios?
-Mas -replicó su amigo-, ¿qué me dices del político y el sacerdote y el científico que llegan a
estas costas y pueblan el aire con molestos ruidos?
-Bien -dijo entonces el primero-, pero seamos mejores que estos seres humanos. Guardemos
silencio por la noche y mantengamos las canciones en nuestros corazones, aún cuando la luna
reclame nuestro ritmo y las estrellas nuestra rima. Al menos callemos por una noche, o dos, o aún
por tres noches.
-Muy bien -dijo su compañero-, estoy de acuerdo. Veremos que nos trae después tu generoso
corazón.
Aquella noche las ranas callaron y permanecieron silenciosas la noche siguiente y nuevamente la
tercera noche.
Y, aunque resulte difícil de relatar, la mujer charlatana que vivía en la casa junto al lago bajó
para el desayuno al tercer día y gritó a su marido:
-No he dormido estas tres noches. Me sentía segura durmiendo con el canto de las ranas en mis
oídos. Pero algo debe haber sucedido. Pues, no han cantado por tres noches; y estoy casi medio loca
por falta de sueño.
La rana oyó esto y volviéndose hacia su compañero, dijo guiñando un ojo:
-Y nosotros casi enloquecemos por nuestro silencio, ¿no es cierto?
Y su compañero respondió:
-Sí, el silencio de la noche pesaba sobre nosotros., y ahora me doy cuenta de que no es necesario
cesar nuestro canto por la comodidad de aquellos que necesitan llenar su vacío con ru idos.
Y aquella noche la luna no reclamó vanamente sus ritmos, ni las estrellas sus rimas.


LAS LEYES


Años atrás existía un poderoso rey muy sabio que deseaba redactar un conjunto de leyes para sus
súbditos. Convocó a mi sabios pertenecientes a mil tribus diferentes y los hizo venir a su castillo
para redactar las leyes. Y ellos cumplieron con su trabajo.
Pero cuando las mil leyes escritas sobre pergamino fueron entregadas al rey, y luego de éste
haberlas leído, su alma lloró amargamente, pues ignoraba que hubiera mil formas de crimen en su
reino.
Entonces llamó al escriba, y con una sonrisa en los labios, él mismo dictó sus leyes. Y éstas no
fueron más que siete.
Y los mil hombres sabios se retiraron enojados y regresaron a sus tribus con las leyes -que habían
redactado. Y cada tribu obedeció las leyes de sus hombres sabios.
Por ello es que poseen mil leyes aún en nuestros días. Es un gran país, pero tiene mil cárceles y
las prisiones están llenas de mujeres y hombres, infractores de mil leyes. Es realmente un gran país,
pero ese pueblo desciende de mil legisladores y de un solo rey sabio.


AYER, HOY Y MAÑANA


Dije a mi amigo: -Tú la ves descansado sobre el brazo de aquel hombre. Solo que ayer descansaba
así sobre el mío.
Y mi amigo dijo: -Y mañana se posará sobre el mío. Dije: -Mírala sentada junto a él. Fue sólo
ayer que se sentaba junto a mí.
Y él respondió: -Mañana se sentará a mi lado.
Dije: -Observa, bebe vino de su copa y ayer bebía de la mía.
Y el agregó: -Mañana lo hará de mi copa.
Entonces dije: -Mira como lo contempla con amor y con ojos entregados. Ayer mismo me
contemplaba así.
Y mi amigo dijo: -Mañana me contemplará a mí.
Pregunté: -¿No la oyes murmurar canciones de amor en sus oídos? Las mismas canciones de amor
que murmuraba en los míos.
Y mi amigo. contestó: -Y mañana las susurrará en los míos.
Y dije: -Pero mira. Está abrazándolo. No fue sino ayer que me abrazaba a mí.
Y mi amigo dijo: -Me abrazará a mí mañana.
Entonces agregué: - ¡Qué mujer extraña!
Mas él me respondió: -Ella es como la vida, poseída por todos los hombres; y como la muerte,
conquista a todos los hombres; y como la eternidad, envuelve a todos los hombres.


EL FILÓSOFO Y EL REMENDÓN


Un filósofo llegó un día al taller de un- zapatero remendón con unos zapatos gastados. Y el
filósofo dijo al remendón:
-Por favor, remienda mis zapatos.
-Ahora estoy remendando zapatos de otros hombres -respondió éste-, y hay todavía más para
reparar antes de que pueda ocuparme de los tuyos. Pero deja tus zapatos aquí, y usa este otro par por
hoy, y ven mañana a buscar los tuyos.
-No uso zapatos que no son míos -protestó indignado el filósofo.
-Pues bien -dijo el remendón-, ¿en verdad eres tú un filósofo y no puedes calzarte con zapatos de
otro hombre? Al final de esta calle hay otro remendón que comprende a los filósofos mejor que yo.
Recurre a él para remiendos.


LOS CONSTRUCTORES


En Antioquía, donde el río Assi corre a encontrarse con el mar, se construyó un puente para
acercar una mitad de la ciudad a la otra mitad. Fue construido con enormes piedras
cariadas desde lo alto de las colinas sobre el lomo de las mulas de Antioquía.
Cuando el puente fue terminado se grabó sobre el pilar en griego y en arameo: "Este puente fue
construido por el Rey Antioco II".
Y toda la gente cruzó. el buen, puente s obre el manso río Assi.
Una tarde, un joven, tenido por algunos como un loco, descendió hasta el pilar donde se habían
grabado las palabras, y las cubrió con carbón y escribió por encima: "Las piedras del puente fueron
traídas desde las montañas por las mu las. Al pasar de ida o de vuelta sobre el puente están
cabalgando sobre los lomos de las mulas de Antioquía, constructoras de este puente".
Y cuando la gente leyó lo que el joven había escrito, algunos se rieron y otros se maravillaron.
-Ah, sí -dijo uno -, sabemos quien hizo esto. ¿No es acaso un poco loco?
Pero una mula dijo, riéndose, a otra mula:
¿No recuerdas acaso que verdaderamente nosotras acarreamos esas piedras? Y, sin embargo, hasta
ahora se decía que el puente lo había construido el Rey Antioco.


LA TIERRA DE ZAAD


Camino a Zaad un viajero encontró a un hombre que vivía en una villa vecina; y el viajero,
apuntando con su mano hacia una vasta extensión de tierra, preguntó al hombre diciendo:
-¿No fue éste el campo de batalla donde el Rey Ahlam venció a sus enemigos?
-Nunca ha sido un campo de batalla -respondió el hombre -. Una vez existió sobre esta tierra la
gran ciudad de Zaad, incendiada hasta quedar cenizas. Pero ahora es tierra buena, ¿no es así?
Y el viajero y el hombre se separaron.
Casi media milla más lejos el viajero encontró a otro hombre y, señalando hacia el campo otra
vez, dijo:
-Así que allí es donde la gran ciudad de Zaad se estableció una vez".
-Jamás existió ciudad alguna en este lugar -respondió el hombre-. Pero sí hubo un monasterio que
fue destruido por la gente del País del Sur.
Un rato más tarde, en la misma ruta a Zaad, el viajero encontró a un tercer hombre, y apuntando
otra vez hacia la tierra dijo:
-¿Es verdad que ese es el lugar donde una vez hubo un gran monasterio?
-Nunca existió un monasterio en los alrededores -respondió el hombre-,pero según nuestros
padres y antepasados una vez cayó un gran meteoro sobre el campo.
El viajero continuó su camino, admirándose en su corazón. Y encontró a un hombre muy anciano
y, saludándolo le dijo
-Señor, caminando esta ruta encontré a tres hombres que habitan el vecindario y les pregunté a
cada uno la historia de esta tierra, y cada uno denegó lo que el otro había contestado, y a su vez
cada uno me contaba una nueva historia que el otro ni había mencionado.
-Amigo mío -respondió el anciano elevando su cabeza -, cada uno y los tres te contestó lo que en
realidad fue; pero muy pocos de nosotros estamos capacitados para agregar afirmaciones a otras
afirmaciones diferentes y construir una verdad de ahí en más.


EL ORO


Cierto día, dos hombres que se encontraron en la ruta caminaban junto hacia Salamis, la Ciudad
de las Columnas. Al mediodía llegaron hasta un ancho río sin puente para cruzarlo. Debían nadar o
buscar alguna otra ruta que desconocí an.
Y se dijeron: "Nademos. Después de todo el río no es tan ancho". Y se zambulleron y nadaron.
Y uno de los hombres, el que siempre supo de ríos y rutas de ríos, de pronto, en el medio de la
corriente, comenzó a perderse y a ser arrastrado por las impetuosas aguas; mientras, el otro, que
nunca antes había nadado, cruzó el río en línea recta y se detuvo sobre un banco. Entonces, viendo a
su compañero luchando aún con la corriente, se arrojó otra vez al agua y lo trajo a salvo hasta la
orilla.
Y el hombre que había sido arrastrado por la corriente dijo:
-¿No habías dicho que no podías nadar? ¿Cómo es que cruzaste el río con tanta seguridad?
-Amigo -explicó el segundo hombre-, ¿ves este cinturón que me ciñe? Está lleno de monedas de
oro que gané para mi esposa y mis hijos, todo un año de trabajo. Es el peso de este
cinturón el que me condujo a través del río, hacia mi esposa y mis hijos. Y mi esposa y mis hijos
estaban sobre mis hombros mientras yo nadaba.
Y los dos hombres continuaron su camino juntos hacia Salamis.


LA TIERRA ROJA


Dijo un árbol a un hombre: -Mis raíces habitan en lo profundo de la tierra roja, y te daré mi fruto.
Y el hombre dijo al árbol: - ¡Qué parecidos somos! Mis raíces también habitan en la profundidad de
la tierra roja. Y la tierra roja te da poder para concederme tu fruto y la tierra roja me enseña a recibir
de ti con agradecimiento.


LA LUNA LLENA


La luna llena se elevó gloriosa sobre el pueblo, y todos los perros de ese pueblo comenzaron a
ladrarle.
Sólo un perro no ladró y dijo a los otros con voz grave: -No despertéis el sosiego de su sueño, ni
atraigáis a la luna hacia la tierra con vuestros ladridos.
Entonces todos los perros cesaron de ladrar, creando un terrible silencio. Mas, el perro que les había
hablado continuó ladrando pidiendo silencio durante el resto de la noche.


EL PROFETA ERMITAÑO


Hubo una vez un profeta ermitaño que cada tres lunas bajaba hasta la ciudad y en las plazas del
mercado predicaba el dar y compartir entre la gente. Y era elocuente y su fama se expandía por sobre
la tierra.
Una tarde, tres hombres llegaron a su ermita y lo saludaron.
-Tú predicas el dar y compartir -le dijeron-. Y buscas enseñar a quienes tienen mucho para dar a los
que poseen poco; y no dudamos que tu fama te ha brindado riquezas. Ahora ven y danos de tus
riquezas, pues tamos necesitados.
-Amigos míos -les contestó el ermitaño-, no tengo más que esta cama, esta estera y esta jarra de
agua. Lleváoslo si así lo deseáis. No tengo ni oro ni plata.
Entonces lo miraron desdeñosos y dieron vuelta sus caras, y el último hombre se detuvo en la puerta
un momento y gritó:
-¡Impostor! ¡Embustero! Tú enseñas y predicas aquello que tú mismo no practicas.


AQUEL VIEJO, VIEJO VINO


Hubo una vez un hombre rico muy orgulloso de su bodega y del vino que allí había; y también había
una vasija con vino añejo guardada para alguna ocasión sólo conocida por él.
El gobernador del estado llegó a visitarlo, y aquél, luego de pensar se dijo: "Esa vasija no se abrirá
por un simple gobernador".
Y un obispo de la diócesis lo visitó, pero él dijo para sí: "No, no destaparé la vasija. El no apreciará
su valor, ni el aroma regodeará su olfato".
El príncipe del reino llegó y almorzó con él. Mas éste pensó: "Mi vino es demasiado majestuoso
para un simple príncipe".
Y aún el día en que su propio sobrino se desposara, se dúo: "No, esa vasija no debe ser traída para
estos invitados". Y los años pasaron, y él murió siendo ya viejo, y fue enterrado como cualquier
semilla o bellota.
El día después de su entierro tanto la antigua vasija de vino como las otras fueron repartidas entre
los habitantes del vecindario. Y ninguno notó su antigüedad.
Para ellos, todo lo que se vierte en una copa es solamente vino.


DOS POEMAS


Varios siglos atrás, camino a Atenas, se encontraron dos poetas, y les alegró verse.
Uno de ellos le preguntó al otro:
-¿Qué has compuesto últimamente, y cómo suena en tu lira?
El otro poeta respondió como orgullo:
-Acabo de terminar el más grande de mis poemas, quizás el más grande poema que se haya escrito en
Grecia. Es una invocación a Zeus Olímpico. -Entonces extrajo de abajo de su capa un papiro diciendo:-
Helo aquí, lo llevo conmigo, y desearía leértelo. Ven, sentémonos a la sombra de aquel ciprés blanco.
Y el poeta leyó su poema. Y era- un extenso poema.
-Es un gran poema -dijo el otro poeta amablemente-. Vivirá a través de los años, y en él serás
glorificado.
-Y tú, ¿qué has escrito durante estos últimos días? -preguntó con calma el primero.
-He escrito poco -respondió el otro. Sólo ocho líneas en memoria de un niño jugando en un jardín. -Y
recitó sus líneas.
-No está mal. No está mal -comentó el primer poeta. Y se separaron.
Y hoy, luego de dos mil años, las ocho líneas del poeta son leídas en todos los idiomas, y son amadas
y apreciadas.. Y aún cuando el otro poema ha vivido también a través de los años en librerías y en los
textos escolares, y a pesar de ser recordado, ni es amado ni leído.


LADY RUTH


Una vez hubo tres hombres que miraban desde lejos hacia una casa blanca que se erguía solitaria sobre
una verde colina. Uno de ellos dijo:
-Aquella es la casa de Lady Ruth. Es una vieja bruja.
-Te equivocas -:-dijo el segundo hombre -, Lady Ruth es una hermosa mujer que vive allí consagrada a
sus sueños.
-Ambos se equivocan -dijo el tercero-. Lady Ruth es la arrendataria de esta vasta tierra y extrae sangre
de sus siervos.
Y continuaron su_ camino discutiendo acerca de Lady Ruth.
Cuando llegaron a un cruce encontraron a un anciano y uno de ellos le preguntó:
-¿Podrías contarnos algo sobre Lady Ruth, la que habita aqu ella casa blanca sobre la colina?
El anciano levantó la cabeza y sonriendo dijo:
-Tengo noventa años y recuerdo a Lady Ruth desde niño. Pero Lady Ruth falleció ochenta años atrás.
Y ahora la casa está vacía. Los búhos anidan en ella algunas veces, y la gente dice que el lugar está
embrujado.


EL GATO Y EL RATÓN


Cierta tarde un poeta conoció a un campesino. El poeta era esquivo y el campesino tímido, pero
conversaron.
-Déjame contarte una pequeña historia que escuché últimamente -dijo el campesino-. Un ratón fue
apresado en una* trampa. Y mientras comía feliz el queso que allí había, un gato se detuvo al lado de él.
El ratón tembló un instante, pero sabía que en la trampa se hallaba seguro.
"-¿Estás comiendo tu último alimento, amigo? -dijo el gato.
"-Sí -contestó el ratón-, una vida tengo, por lo tanto una muerte. Mas, ¿qué hay de ti? Me dicen que
posees nueve vidas. ¿No significa eso que posees nueve veces?
Entonces el campesino miró al poeta y dijo:
-¿No es una historia extraña?
El poeta no contestó, pero se fue diciendo dentro de sí: -En verdad, tenemos nueve vidas, nueve vidas
para estar seguros. Y moriremos nueve veces, y nueve veces moriremos. Quizá fuera mejor poseer sólo
una vida -apresada en una trampa-, la vida de un campesino con un trozo de queso como última comida
Pues acaso, ¿no pertenecemos a la extirpe de los leones del desierto y de la jungla?


LA MALDICIÓN


Una vez me dijo un viejo hombre de mar:
-Treinta años ha, un marinero escapó con mi hija. Y maldije en mi corazón a ambos, pues amaba a
mi hija más que a nada en el mundo.
"No mucho después el joven marino se hundió con su barco hasta el fondo del mar y con él mi hija
amada, perdiéndose de mí.
"Y ahora vedme como el asesino de un joven y una esposa. Fue mi maldición que los destruyó. Y
ahora en camino hacia mi tumba busco el perdón de Dios.
Esto dijo el anciano. Mas, sus palabras sonaban petulantes, y parece que aún se enorgullecía del
poder de su maldición.
L


AS GRANADAS


Había una vez un hombre poseedor de varios granados en su huerta. Y todos los otoños colocaba las
granadas en bandejas de plata fuera de su morada, y sobre las bandejas escribía un cartel que decía así:
"Tomad una por nada. Sois bienvenidos".
Mas la gente pasaba sin tomar la fruta.
Entonces, el hombre meditó, y un otoño no dejó granadas en las bandejas de plata fuera de su
morada, sino que colocó un gran anuncio: "Tenemos las mejores granadas de la tierra, pero las
vendemos por más monedas de plata que cualquier otra granada".
Y, creedlo, todos los hombres y mujeres del vecindario llegaron corriendo a comprar.


TRES DIOSES Y NINGUNO


En la ciudad de Kilafis un sofista se paró sobre los escalones del Templo y predicó sobre varios
dioses. Y el pueblo dijo en sus corazones: "Sabemos todo esto. ¿Acaso no vive con nosotros y nos
siguen doquiera que vayamos?"
No mucho después, otro hombre de pie en la plaza del mercado habló así a la gente:
-Dios no existe.
Y varios de los que escuchaban se alegraron con sus relatos, pues temían a los dioses.
Y un día llegó un hombre muy elocuente y dijo:
-Sólo existe un Dios.
Y entonces todo el pueblo se acongojó, pues en sus corazones temían al juicio de un Dios más que
al de varios dioses. Por aquella misma época apareció otro hombre y dijo al pueblo:
-Hay tres dioses y habitan en el viento como uno solo, y tienen una grande y agraciada madre que'
es a la vez su compañera y hermana.
Entonces todos se sintieron reconfortados, pues en secreto se decían: "Tres dioses en uno deben
desaprobar nuestras fallas, pero también su agraciada madre será seguramente la abogada de nuestras
pobres debilidades".
Aún hoy día en la ciudad de Kilafis, hay quienes pelean y discuten entre sí sobre la existencia de
varios dioses y ninguno, y sobre un dios y tres dioses en uno y acerca de cierta agraciada madre de los
dioses.


LA QUE ERA SORDA


Había una vez un hombre rico desposado con una joven sorda por completo.
Una mañana, mientras desayunaban, ella le dijo:
-Ayer visité el mercado y exhibían vestidos de seda de Damasco, velos de la india, collares de
Persia y brazaletes de Yemmen. Parece qué las caravanas acaban de traer todo eso
a nuestra ciudad. Y ahora mírame, yo en harapos, siendo la esposa de un hombre rico. Debo comprar
alguno de esos hermosos objetos.
-Querida -contestó el esposo, aún ocupado con su café
matinal- no existe razón alguna por la cual tú no vayas al mercado y compres todo lo que tu corazón
desee.
- ¡No! -protestó la esposa sorda-. Siempre dices no, no. ¿Es necesario que aparezca en harapos ante
nuestros amigos, avergonzando así a tu fama y a mi gente?
-No he dicho que no -dijo el esposo-; puedes ir libremente a la plaza del mercado y comprar la
vestimenta más hermosa y las joyas que hayan llegado a nuestra ciudad.
Pero otra vez la esposa equivocó la lectura de sus palabras y replicó:
-De todos los hombres ricos tú eres el más miserable. Me niegas toda belleza y hermosura mientras las
otras mujeres de mi edad caminan por los jardines de la ciudad ataviadas con ricos vestidos. -Y
comenzó a llorar. Y mientras sus lágrimas caían sobre su pecho gritó otra vez: -Tú siempre me dices no,
no, cuando deseo un vestido o una joya.
Entonces el esposo, conmovido, se levantó y sacando de su bolsa un puñado de oro, se lo entregó y
con dulzura le dijo:
-Ve al mercado, querida mía, y compra todo lo que desees.
Desde ese día la joven y sorda esposa cada vez que deseaba algo aparecía ante su esposo con una
perlada lágrima en los ojos, y él en silencio tomaba un puñado de oro y lo ponía sobre sus faldas.
Pero ocurrió que la joven se enamoró de un joven cuyo hábito era re alizar largos viajes. Y cuando él
partía ella se sentaba a llorar.
Cuando el esposo la hallaba llorando decía en su corazón: "Debe haber llegado una nueva caravana
con prendas de seda y joyas raras".
Y sacaba otro puñado de oro y se lo entregaba.


LA BÚSQUEDA


Mil años atrás dos filósofos se encontraron en la cuesta del Líbano y uno dijo al otro: -¿Hacia dónde te
diriges?
-Busco la fuente de la juventud -respondió el otro- que se halla entre estas colinas. He. encontrado
escritos donde cuenta sobre la fuente floreciendo en dirección al sol. Y tú ¿qué buscas?
-Busco el misterio de la muerte -contestó el primero. Entonces cada uno pensó que el otro estaba falto
de grandes conocimientos y comenzaron a discutir y a acusarse de ceguera espiritual.
Mientras los filósofos discutían al viento, un extranjero un hombre considerado tonto en su propia
ciudad, pasó por allí, y cuando oyó a los hombres en ardiente disputa se detuvo por un momento y
escuchó sus argumentos.
Luego acercándose les dijo:
-Mis buenos amigos, realmente ambos pertenecéis a la misma escuela filosófica y habláis sobre lo
mismo, sólo que usáis palabras diferentes. Uno de vosotros busca la fuente de la juventud, y el otro el
misterio de la muerte. Sólo son una misma cosa y como una habitan ambas en vosotros -y se apartó
diciendo: -Hasta siempre, sabios.
Y alejándose se reía con complaciente risa.
Los dos filósofos se miraron en silencio por un momento y luego también ellos rieron. Y uno de los
dos dijo:
-Y bien, ¿por qué no caminamos y buscamos juntos?


EL CETRO


Dijo un rey a su esposa: -Señora, tú no eres verdaderamente una reina. Eres demasiado vulgar y poco
graciosa para ser mi compañera.
Dijo su esposa: -Señor, tú te consideras rey pero eres solamente un pobre parlanchín.
Estas palabras enfurecieron, al rey y tomó el cetro con sus manos, y golpeó la frente de la reina con el
cetro de oro. En ese momento el ayuda de cámara apareció y dijo:
- ¡Está bien, está bien, Su Majestad! Ese cetro fue creado por el más grande artista de la tierra. ¡Ay de
mí! Algún día tú y la reina serán olvidados, pero este cetro permanecerá como cosa bella de generación
en generación. Y ahora que has extraído sangre de la cabeza de Su Majestad, Señor, el cetro será el
más famoso y recordado.


LA SENDA


Una mujer y su hijo vivían entre las colinas; este era su primer y único hijo.
El niño murió de una fiebre mientras el médico lo vigilaba.
La madre, destruida por la tristeza, gritó al médico diciendo:
-Dime, dime, ¿qué es lo que hizo aquietar su fortaleza y silenciar su canción?
Y el médico respondió: -Fue la fiebre. Y la madre dijo: -¿Qué es la fiebre?
Y también el médico respondió: -No puedo explicártelo. Es algo infinitamente pequeño que visita
el cuerpo y que no podemos ver con nuestros ojos humanos.
Luego el médico se fue y ella continuó repitiendo para sí:
-Algo infinitamente pequeño que no podemos ver con nuestros ojos humanos.
Por la tarde el sacerdote llegó para consolarla. Y ella lloró y gritó diciendo:
- ¡Oh! ¿Por qué he perdido a mi hijo, mi único hijo, mi primer hijo? -Y el sacerdote respondió: -
Hija mía, es la voluntad de Dios.
-¿Qué es Dios y dónde está Dios? -preguntó entonces la mujer-. Quiero ver a Dios y rasgarme el
pecho delante de El y hacerme brotar sangre de mi corazón a sus pies. Dime dónde encontrarlo.
-Dios es infinitamente grande -contestó el sacerdote-: No puede ser visto con nuestros ojos
humanos.
- ¡Lo infinitamente pequeño asesinó a mi hijo por voluntad de lo infinitamente grande! -gritó la
mujer-. Dime, ¿qué somos nosotros?
En ese momento entró la madre de la mujer con el sudario para el niño muerto, y oyó las palabras
del sacerdote y el llanto de su hija. Deposito el sudario y tomó entre sus manos la mano de su hija y
le dijo:
-Hija mía, nosotros mismos somos lo infinitamente pequeño y lo infinitamente grande, y somos la
senda entre ambos.


LA BALLENA Y LA MARIPOSA


Una tarde un hombre y una mujer se encontraron dentro de una diligencia. Se habían conocido
antes.
El hombre era un poeta, y, cuando se hubo sentado junto a la mujer, decidió entretenerla con
cuentos, algunos tramados por él y otros que no eran propios.
Pero mientras él hablaba la dama se durmió. De pronto la diligencia se sacudió y ella,
despertándose, dijo:
-Admiro tu interpretación de la fábula de Jonás y la ballena.
Y el poeta dijo:
- ¡Pero, Señora, os he estado contando una de mis historias sobre una mariposa y una rosa blanca
y de cómo se comportaba una con la otra!


PAZ CONTAGIOSA


Una rama en flor dijo a su rama vecina:
-Éste es un día aburrido y vacío.
Y la otra rama respondió:
-Sí, realmente un día vacío y aburrido.
En ese momento un gorrión voló sobre una de las ramas y luego otro se posó muy cerca.
Y uno de los gorriones gorjeando dijo: -Mi compañera me ha abandonado. El otro gorrión lloró:
-Mi compañera también ha partido para no regresar. Pero, ¿qué me importa?
Entonces los dos comenzaron a chillar y regañarse y pronto se hallaron peleando y llenando de
desagradables ruidos el aire.
De pronto, otros dos gorriones bajaron del cielo y se sentaron tranquilos junto a los dos inquietos. Y
hubo calma y hubo paz.
Y los cuatro se alejaron volando juntos en pareja.
-La primera rama dijo a su vecina:
-¡Qué barullo terrible!
-Y la otra rama respondió:
-Llámalo como quieras, ahora todo está pacífico y despejado. Y si los altos 'aires hacen las paces creo
que aquellos que habitan en lo bajo deben hacer las paces también. ¿No podrías balancearte con el viento
un poco más cerca de mí?
Y la primera rama dijo:
-Oh, quizás en bien de la paz, antes de que la primavera se haya ido, lo haré.
Y luego él mismo se balanceó con el fuerte viento para abrazarla.


LA SOMBRA.


Cierto día de junio la hierba dijo a la sombra de un olmo:
-Te mueves tan seguido de derecha a izquierda que perturbas mi paz.
-Yo no, yo no -respondió la sombra -. Mira hacia el cielo. Verás un árbol que se mueve por el viento de
Este a Oeste entre el Sol y la Tierra.
Y la hierba elevó la mirada y por primera vez observó el árbol. Y dijo. en su corazón:
-¿Por qué, pues, existe una hierba más alta que yo?
Luego calló.


SETENTA


El joven poeta dijo a la princesa:
-Te amo.
-Yo también te amo, hijo mío -dijo la princesa.
-Yo no soy tu hijo. Soy un hombre y te amo.
-Soy la madre de hijos e hijas -respondió ella -, y ello; son padres y madres de hijos e hijas; y uno de
los hijos de mis hijos es mayor que tú.
El joven poeta protestó: -Pero te amo.
No mucho después la princesa murió. Mas, antes de que su último suspiro fuera recibido nuevamente
por el gran suspiro de la tierra, ella dijo desde su alma:
-Mi bien amado, mi único hijo, mi joven poeta, llegará el día en que nos encontremos de nuevo y yo
no tendré setenta años.


CON DIOS


Dos hombres paseaban por el valle y uno, señalando hacia la montaña, dijo:
-¿Ves esa ermita? Allí vive un hombre que hace ya mucho tiempo se divorció del mundo. Busca a
Dios y a nada más sobre la tierra.
-No encontrará a Dios -dijo el otro hombre- hasta que no abandone su ermita y la soledad que lo
envuelve, y regrese a nuestro mundo a compartir nuestra alegría y dolor, a bailar con nuestras bailarinas
en las fiestas de esponsales, y a llorar junto a aquellos que lloran alrededor del ataúd de nuestros
muertos.
Y el otro hombre se convenció en su corazón, mas, pese a ello, respondió:
-Concuerdo con lo que tú dices, mas creo que el ermitaño es un buen hombre. Y ¿no podría ser que un
solo buen hombre con su ausencia obrara mayores bienes que la aparente bondad de tantos hombres?


EL RÍO


En el valle de Kadisha, donde fluye el majestuoso río, dos pequeñas corrientes se encontraron y
conversaron.
Una corriente dijo:
-¿Cómo has llegado, amiga mía, y cómo ha sido tu camino?
Y la otra contestó:
-Mi camino fue de lo más embarazoso. La rueda del molino se había roto y el granjero que me
conducía desde el cauce hasta sus plantas murió. Y hube de bajar forcejeando y filtrándome por la
suciedad de aquellos que no hacen nada más que sentarse y cocer su pereza al sol. ¿Y cómo fue tu
camino, hermana mía?
-Mi camino fue diferente -respondió la otra corriente-. Bajé de las colinas entre flores fragantes y
tímidos sauces; hombres y mujeres bebían de mí con copas de plata y los niños remojaban sus
piececitos rosados en mis orillas, y todo era risa alrededor de mí, y dulces canciones. ¡Qué pena que
tu camino no haya sido feliz!
En ese momento el río habló con voz potente:
-Venid, venid, iremos hacia el mar. Venid, venid, pues en mí olvidaréis vuestros caminos
errantes, tristes o alegres. Venid, venid. Y vosotros y yo olvidaremos todo cuando hayamos
alcanzado el corazón de nuestra madre, la mar.


LOS DOS CAZADORES


Cierto día de mayo Alegría y Tristeza se encontraron a orillas de un lago. Saludáronse y se
sentaron junto a las tranquilas aguas y conversaron.
Alegría habló sobre la belleza que reina sobre la tierra, del cotidiano encanto de la vida en el
bosque y entre las colinas, y de las canciones escuchadas al amanecer y al anochecer.
Y Tristeza estuvo de acuerdo con todo lo que Alegría había dicho; pues Tristeza conocía la magia
de la hora y la belleza de aquellas cosas. Y Tristeza habló con elocuencia cuando se refirió a los
campos y a las colinas de mayo. Alegría y Tristeza conversaron un largo rato y estuvieron de
acuerdo con todas las cosas que conocían.
En ese momento pasaban por la otra orilla dos cazadores. Miraron hacia la otra ribera y uno dijo:
-Me pregunto quiénes son esas dos pers onas.
Y el otro dijo: -¿Has dicho dos? Yo veo sólo a una.
El primer cazador respondió: -Pero si hay dos.
Y el segundo: -Según veo yo hay una sola, y el reflejo del lago es sólo uno.
-No, hay dos -respondió el primer cazador-. Y el reflejo sobre las aguas tranquilas muestra a dos
personas. Pero el segundo repitió: -Sólo veo a una.
Y el otro: -Veo a dos personas, y muy claramente.
Y, aún hoy día, un cazador dice que el otro ve doble; mientras que el otro repite: "Mi amigo es
algo ciego".


EL OTRO VAGABUNDO


Una vez encontré a otro hombre en el camino. El también era un poco loco, y me habló así:
-Soy un vagabundo. Muchas veces parece que caminara por la tierra en medio de pigmeos. Y
porque mi cabeza está a setenta pies más lejos de la tierra que las suyas, creo pensamientos más
elevados y más libres.
"Pero en verdad no camino entre los hombres sino sobre ellos. Y todo lo que pueden ver de mí
son mis pisadas en sus campos abiertos.
"Y varias veces los escuché discutir sobre la forma y tamaño de mis pisadas. Pues, hay algunos
que dicen: `Son las huellas de un mamut que vagara por la tierra tiempo ha.' Y otros dicen: ‘No, son
lugares donde cayeron meteoros desde las estrellas distantes.'
"Pero tú, amigo mío, sabes muy bien que no son nada más que pisadas de un vagabundo.’

DE ANGELES Y FANTASMAS -1ªparte // SELECCION DE RELATOS DE ALEJANDRO DOLINA

Escrito por imagenes 05-01-2008 en General. Comentarios (0)

DE ANGELES Y FANTASMAS -1ªparte // SELECCION DE RELATOS DE ALEJANDRO DOLINA


De Angeles yFantasmas -1ªparte // ALEJANDRO DOLINA


Índice

1ªparte
ARTE DE LA DISCUSIÓN EN EL BARRIO DE FLORES.

BALADA DE LA PRIMERA NOVIA..
EL CORSO TRISTE DE LA CALLe CARACAS
EL PSICOANÁLISIS EN FLORES.
EL RECUERDO Y EL OLVIDO EN EL BARRIO DE FLORES.
EL SALÓN DE BAILE SIN BAÑOS O EL RAPTO DE LOS ORINANTES.
GOMEZ RE, EL TRANSFORMADOR DEL TANGO.
HISTORIA DE LAS SIRENAS DE SANTA RITA..
HISTORIA DE LOS BOLETOS EMBRUJADOS.
HISTORIA DE LOS LIGUSTROS VECINOS.
HISTORIAS DE AMOR.
LA ACADEMIA DEL HUMOR EN FLORES.
LA CIENCIA EN FLORES.
LA CONSPIRACION DE LAS MUJERES HERMOSAS.

LA DECADENCIA DE LA AMISTAD.
LA DECADENCIA DE LA BOLITA..
LITERATURAS DEL ANGEL GRIS.
LOS AMANTES DESCONOCIDOS.
NIÑOS LIBROS Y LECTURAS.
PACTOS DIABOLICOS EN FLORES.

2ªparte
Los Hombres Sensibles, los Refutadores de leyendas y los Reyes Magos.
REFUTACION DEL REGRESO.
El extraño idioma de Kampung Sebula..
Instrucciones para abrir el paquete de jabón Sunlight.
ARENA..
EL ARTE DE LA AUSENCIA..
ADIVINANZAS.

CARRERAS SECRETAS.

MARGARITAS.
ATLAS DEL INFIERNO.
OLORES
MURALLAS.
HALAGOS INSUFICIENTES.
LA MUSA..
TUNEL.
JUEGO.
INSTRUCCIONES PARA BUSCAR AVENTURAS.
DIABLO.
LAS TETAS DE DEVOTO.
Vindicación del cholulismo.



ARTE DE LA DISCUSIÓN EN EL BARRIO DE FLORES
Alejandro Dolina

..Como decían los chinos, en este mundo la certeza no es más que una ilusión. Nadie puede estar seguro de nada. Todo juicio puede ser falso, incluso éste.Y el ejercicio de la inteligencia no alcanza a aclarar las cosas. Más bien puede decirse que las complica.Todo esto produce en los paisanos un cierto desasosiego: uno recorre la vida buscando alguna verdad y apenas si encuentra señales confusas. De lo absoluto, ni la sombra.Así, de tanto andar entre fantasmagorías, algunos pensadores llegaron a sospechar que el propósito final del universo es el engaño.Sin embargo, conviene imaginar lo espantosa que sería la vida sin la existencia de asuntos dudosos. Un mundo con respuestas para todo sería también un mundo sin preguntas. Y también sin esperanzas ni sueños.En otras palabras: es sólo en el terreno de la incertidumbre donde nos está permitido macanear libremente.Los espíritus obtusos del barrio de Flores comprendieron bastante bien estas ideas. Llegaron a descubrir que la razón permite sostener opiniones opuestas con idéntica destreza. Y con juvenil asombro pasaban las horas jugando a discutir.Pero lo que empezó como un juego se convirtió con el tiempo en una verdadera obsesión. Sucedió que algunos hombres adquirieron una habilidad superior para argumentar. Las técnicas se fueron perfeccionando y finalmente un pequeño grupo de personas alcanzó una solvencia polémica que estaba muy por encima de los modestos retruques de la gente sencilla.De allí nace el Círculo de Discutidores Profesionales, una entidad que marcó rumbos en la zona y que funcionaba en un salón de la calle Bogotá.El propósito fundamental del Círculo fue poner un poco de orden y concierto en las discusiones montaraces. Se editaron folletos con consejos y recomendaciones, se impartieron clases y se realizaron excursiones a barrios hostiles, como Colegiales para discutir como visitantes y vivir nuevas experiencias.Sin embargo, la institución logró fama y renombre gracias a las espectaculares Mesas Redondas de los Sábados que se realizaban en su sede y que atraían no sólo a grandes polemistas, sino también a sus hinchadas.El procedimiento corriente era elegir un tema de discusión y luego sortear las posiciones a sostener por cada uno de los participantes.A veces, en medio del debate, se obligaba a los discutidores a cambiar de bando. Esto producía un efecto muy atrayente. Y así, el que había defendido les derechos de la mujer en el mundo moderno, pasaba a refutarse a sí mismo y clamaba por el confinamiento femenino en la cocina y sus aledaños. Se podía tener razón las dos veces, o ninguna.Al principio, los temas de las Mesas Redondas eran más o menos previsibles: ¿Es el suicida un cobarde? ¿Pueden ser amigos el hombre y la mujer? ¿Importa más la forma o el contenido? ¿Librecambismo o proteccionismo?Más adelante el público se aburrió de estas cuestiones vulgares y exigió el examen de asuntos más arduos: ¿,Medialunas de grasa o de manteca? ¿Es mejor el colectivo o el tren? ¿Frío o calor? ¿Rubias o morochas?En los años dorados del barrio del Ángel Gris, el salón de la calle Bogotá conoció verdaderos colosos.Aquel olímpico doctor Arnaldo Garcete, que citaba autores y tratadistas en catorce idiomas, la mayoría de ellos absolutamente desconocidos para él. Garcete llegó a formular sus argumentaciones en versos rimados, hábito que fue abandonando pues advirtió que su apellido era una enorme ventaja para sus adversarios.El abogado Hugo Varsky basaba su técnica en la gesticulación. Mientras exponían los otros, movía el dedo y la cabeza en señal negativa y con eso desalentaba a cualquiera. Llegado su turno, marcaba el compás de sus disertaciones con golpes de puño sobre la mesa, de modo que sus palabras parecían escritas en rojo. E1 ritmo de sus puñetazos iba en ascenso hasta culminar en una especie de candombe que impedía oír lo que estaba diciendo, pero que dejaba una sensación de triunfo inapelable.Famoso fue también el boticario Antonio Carrozzi, que apoyaba sus razones en el testimonio ajeno. Casi siempre se remitía a testigos ausentes o simplemente muertos: "Ahí está el finado Menéndez que no me deja mentir”. Y nadie se atrevía a contradecirlo.Más temible aún era Andrés Guzmán, hombre de pocos argumentos pero de fuerte pegada. Generalmente cerraba las discusiones con frases tales como: "Yo le voy a dar dimensión ontológica, pelandrún". Y se acababan las discrepancias.Hubo muchos otros...
Rodolfo C. Pagani, el mago de los silencios; el gritón Frustaci, que aturdía con sus reflexiones; el viejo Vitale, que iba a menos por cortesía o el timorato Ernesto Cipolla, que daba la razón a todos y repetía lo que había dicho el último en hablar.Como ocurre casi siempre, la preocupación por la victoria a cualquier precio deslucía las competencias. Los más tramposos pusieron su ingenio al servicio de las zancadillas y las maniobras malintencionadas.El propio Manuel Mandeb, que solía asistir al Circulo como espectador, propuso un reglamento en el que se prohibían ciertos recursos infames. El polígrafo de Flores los clasificó y les dio nombre.
Veamos algunos.
RECURSO DE LA DEFINICION SOLICITADA
Consiste en pedir al expositor que defina cada una de las palabras que dice. Por ejemplo alguien declara:A los niños hay que tratarlos con bondad.El tramposo dirá entonces:Depende de lo que entienda usted por bondad.Se puede continuar indefinidamente, solicitando ante cada respuesta nuevas definiciones.
RECURSO DEL EJEMPLO CERCANO
Se trata de pretender que un caso particular constituye una regla general.Todos los niños son unos papanatas. Ahí lo tiene usted a mi sobrino.Lo peor de esta jugada es que permite al adversario defenderse con un ejemplo contrario:Sin embargo, el hermano de mi novia es una lumbrera.Generalmente el debate queda reducido a un mutuo tiroteo de ejemplos y hay pocas cosas tan aburridas.
RECURSO DEL CAMBIO DE TEMA
Hay mil maneras de conseguirlo. Desde elogiar la corbata del contrincante hasta cuestionar la pronunciación de una palabra cualquiera. Así, la discusión versará sobre corbatas, pronunciaciones o lo que el tramposo quiera.
RECURSO DE LA DESAUTORIZACION MORAL
Consiste en hacer creer que los defectos personales de alguien se transmiten a sus argumentos. Por ejemplo:¿Qué me viene con gnoseología, usted que es un borracho perdido?Los razonamientos pueden ser expuestos por un canalla o un santo, sin ser por ello ni más ni menos veraces. Sin embargo ésta es una de las trampas más difundidas en este juego.
RECURSO EXTREMO BUSCANDO UN ACUERDO
Lo usan los tramposos cuando se ven perdidos. Se trata de mimetizar la opinión propia con la del adversario.Al final estamos diciendo lo mismo, pero con distintas palabras.Al oír esta última frase, puede pensarse que a veces ocurre algo mucho más peligroso: decir cosas diferentes con las mismas palabras.El recurso extremo puede usarse también en su variante "Finíshela":Mire, ni yo lo voy a convencer a usted ni usted me va a convencer a mí.
RECURSO DE LA METAFORA COMO ARGUMENTO
Consiste en atribuir rigor científico a las comparaciones poéticas. Alguien dice:El país es como una casa y hay que construirlo desde los cimientos.Si uno toma demasiado en serio esta afirmación, podrá seguir hablando de techos, paredes, puertas y ventanas, para terminar diciendo que nuestra salvación está en manos de los albañiles.Mandeb denuncia en su trabajo más de setenta maniobras y trampas. Los directivos del Círculo nunca le hicieron mucho caso y hasta el día de hoy los recursos antedichos se siguen usando con total impunidad.Las Mesas Redondas de los Sábados siempre tuvieron una gravísima dificultad. Resultaba muy difícil establecer quién era el ganador. Se utilizaron muchos sistemas diferentes: jueces, jurados, puntajes, aplausos. Ninguno funcionó, pues invariablemente los resultados eran discutidos por los perdedores.Los más sabios sugirieron entonces que no era necesario buscar un ganador. Para ellos el fin de la discusión era llegar a una conclusión positiva, a acuñar un juicio definitivo sobre el tema central de la polémica. Este disparate tuvo bastante aceptación, aunque las dificultades para redactar la conclusión eran las mismas que para consagrar a un ganador.Alguien que confundía la voluntad con la realidad propuso someter las cuestiones a Votación. El aplauso de los demócratas saludó la propuesta y así una noche de verano se resolvió por 11 votos contra 4 que la capital de Suiza es Oslo. El aserto fue admitido también por los que perdieron, quienes juraron sostener hasta la muerte aquella conclusión por más que se quejarán suizos y noruegos.Estas coincidencias no le gustaban al público, que las sentía como aflojadas. Las muchedumbres exigían un poco de encono y al no encontrarlo se fueron alejando de la calle Bogotá.Para peor entró en escena la Comisión de Comedidos y Componedores, unos individuos que recorrían la barriada para meterse a separar en las broncas. Hartos de que los molieran a palos, trataron de evitar, ya que no las peleas callejeras, al menos las discusiones del Círculo. Para lograrlo apelaron al viejo cuento de la tesis, la antítesis y la síntesis.La acción de estos pisaverdes precipitó la decadencia de las Mesas Redondas. El Círculo de Discutidores alcanzó a sobrevivir algún tiempo gracias a la venta de opiniones y argumentos. Como podrá suponerse, el surtido era enorme y la demanda también. Los mejores clientes fueron los actores, cantantes, bailarinas, recitadores y peluqueros de ésos que van a la televisión a hablar de aquello que ignoran.Agotado su stock, el Círculo se cerró para siempre.Contra lo que puede suponerse, los Hombres Sensibles de Flores tuvieron cierta simpatía por los Discutidores. Las polémicas enseñaban que existen razones perfectas para afirmar cualquier cosa, cierta o falsa. Y los muchachos del Ángel Gris pensaron que ésta era una gran lección. No para ellos, desde luego, sino para las gentes incautas. Los Hombres Sensibles supieron siempre que las verdades hay que buscarlas con el corazón. Por estas verdades del sentimiento vale la pena morir. Las otras son apenas fichas de un juego interesante.Por ahí andan los hombres sin corazón diciendo que ninguna causa merece que uno muera por ella. Tienen razón en su mundo pequeño de teoremas. ¿Quién se hará degollar para defender el principio de Arquímedes?Dejemos a los nuevos Discutidores que se diviertan con sus argumentos. No está mal para una tarde de lluvia. Pero recordemos siempre que fuera del salón está la vida con sus pasiones, sus héroes, sus canallas, sus mártires, sus puñales y sus muertes. Y el Destino no entiende razones. Buenas noches.

De “Crónicas del Ángel Gris”


BALADA DE LA PRIMERA NOVIA
Alejandro Dolina

El poeta Jorge Allen tuvo su primera novia a la edad de doce años.Guarden las personas mayores sus sonrisas condescendientes. Porque en la vida de un hombre hay pocas cosas mas serias que su amor inaugural. Por cierto, los mercaderes, los Refutadores de Leyendas y los Aplicadores de Inyecciones parecen opinar en forma diferente y resaltan en sus discursos la importancia del automóvil, la higiene, las tarjetas de crédito ylas comunicaciones instantáneas. El pensamiento de estas gentes no debe preocuparnos. Después de todo han venido al mundo con propósitos tan diferentes de los nuestros, que casi es imposible que nos molesten.Ocupémonos de la novia de Allen. Su nombre se ha perdido para nosotros, no lejos de Patricia o Pamela. Fue tal vez morocha y linda.
El poeta niño la quiso con gravedad y temor. No tenia entonces el cínico aplomo que da el demasiado trato con las mujeres. Tampoco tenia - ni tuvo nunca- la audacia guaranga de los papanatas.Las manifestaciones visibles de aquel romance fueron modestas. Allen creía recordar una mano tierna sobre su mentón, una blanca vecindad frente a un libro de lectura y una frase, tan solo una: "Me gustas vos."En algún recreo perdió su amor y más tarde su rastro.Después de una triste fiestita de fin de curso, ya no volvió a verla ni a tener noticias de ella. Sin embargo siguió queriéndola a lo largo de sus años. Jorge Allen se hizo hombre y vivió formidables gestas amorosas. Pero jamás dejo de llorar por la morocha ausente.
La noche en que cumplía treinta y tres años, el poeta supo que había llegado el momento de ir a buscarla.Aquí conviene decir que la aventura de la Primera Novia es un mito que aparece en muchísimos relatos del barrio de Flores. Los racionalistas y los psicólogos tejen previsibles metáforas y alegorías resobadas. De ellas surge un estado de incredulidad que no es el más recomendable para emocionarse por un amor perdido. A falta de mejor ocurrencia, Allen merodeo la antigua casa de la muchacha, en un barrio donde nadie la recordaba. Después consulto la guía telefónica y los padrones electorales. Miro fijamente a las mujeres de su edad y también a las niñas de doce años. Pero no sucedió nada.Entonces pidió socorro a sus amigos, los Hombres Sensibles de Flores. Por suerte, estos espíritus tan proclives al macaneo metafísico tenían una noción sonante y constante de la ayuda. Jamás alcanzaron a comprender a quienes sostienen que escuchar las ajenas lamentaciones es ya un servicio abnegado. Nada de apoyos morales ni palabras de aliento. Llegado el caso, los muchachos del Ángel Gris actuaban directamente sobre la circunstancia adversa: convencían a mujeres tercas, amenazaban a los tramposos, revocaban injusticias, luchaban contra el mal, detenían el tiempo, abolían la muerte. Así, ahorrándose inútiles consejos, con el mayor entusiasmo buscaron junto al poeta a la Primera Novia.El caso no era fácil. Allen no poseía ningún dato prometedor. Y para colmo anuncio un hecho inquietante:
- Ella fue mi primera novia, pero no estoy seguro de haber sido su primer novio.
- Esto complica las cosas- dijo Manuel Mandeb , el polígrafo-. Las mujeres recuerdan al primer novio, pero difícilmente al tercero o al quinto.
El músico Ives Castagnino declaro que para una mujer de verdad, todos los novios son el primero, especialmente cuando tienen carácter fuerte. Resueltas las objeciones leguleyas, los amigos resolvieron visitar a Celia, la vieja bruja de la calle Gavilán. En realidad, Allen debió ser llevado a la rastra, pues era hombre temeroso de los hechizos.
- Usted tiene una gran pena - grito la adivina apenas lo vio.- Ya lo sé señora... dígame algo que yo no sepa....- Tendrá grandes dificultades en el futuro....- También lo sé....- Le espera una gran desgracia....- Como a todos, señora.... - Tal vez viaje.... - O tal vez no....- Una mujer lo espera.... - Ahí me va gustando... ¿Donde esta esa mujer?- Lejos, muy lejos... En el patio de un colegio. Un patio de baldosas grises. - Siga... con eso no me alcanza. - Veo un hombre que canta lo que otros le mandan cantar. Ese hombre sabe algo....Veo también una casa humilde con pilares rosados.- ¿Qué mas? - Nada mas... Cuanto más yo le diga, menos podrá usted encontrarla. Váyase Pero antes pague.
Los meses que siguieron fueron infructuosos. Algunas mujeres de la barriada se enteraron de la búsqueda y fingieron ser la Primera Novia para seducir al poeta. En ocasiones Mandeb, Castagnino y el ruso Salzman simularon ser Allen para abusar de las novias falsas.Los viejos compañeros del colegio no tardaron en presentarse a reclamar evocaciones. Uno de ellos hizo una revelación brutal.
- La chica se llamaba Gómez. Fue mi Primera Novia - Mentira! - grito Allen.- ¿Por qué no? Pudo haber sido la Primera Novia de muchos.
Entre todos lo echaron a patadas.
Una tarde se presento una rubia estupenda de ojos enormes y esforzados breteles. Resulto ser el segundo amor del poeta. Algunas semanas después apareció la sexta novia y luego la cuarta. Se supo entonces que Jorge Allen solía ocultar su pasado amoroso a todas las mujeres, de modo que cada una de ellas creía iniciar la serie.
A fines de ese año, Manuel Mandeb concibió con astucia la idea de organizar una fiesta de ex-alumnos de la escuela del poeta.Hablaron con las autoridades, cursaron invitaciones, publicaron gacetillas en las revistas y en los diarios, pegaron carteles y compraron masas y canapés.La reunión no estuvo mal. Hubo discursos, lagrimas, brindis y algún reencuentro emocionante. Pero la chica de apellido Gómez no concurrió. Sin embargo, los Hombres Sensibles- que estaban allí en calidad de colados- no perdieron el tiempo y trataron de obtener datos entre los presentes. El poeta converso con Inés, compañera de banco de la morocha ausente.
- Gómez, claro -dijo la chica- . Estaba loca por Ferrari. Allen no pudo soportarlo.- Estaba loca por mí.- No, no... Bueno, eran cosas de chicos.
Cosas de chicos. Nada menos. Amores sin calculo, rencores sin piedad, traiciones sin remordimiento.El petiso Cáceres declaro haberla visto una vez en Paso del Rey. Y alguien se la había cruzado en el tren que iba a Moreno.Nada más.Los muchachos del Ángel Gris fueron olvidando el asunto. Pero Allen no se resignaba. Inútilmente busco en sus cajones algún papel subrepticio, alguna anotación reveladora. Encontró la foto oficial de sexto grado.Se descubrió a si mismo con una sonrisa de zonzo. La morochita estaba lejos en los arrabales de la imagen, ajena a cualquier drama.
-¡Ay, si supieras que te he llorado....! Si supieras que me gustaría mostrarte mi hombría... Si supieras que lo que aprendí desde aquel tiempo...
Una noche de verano, el poeta se aburría con Manuel Mandeb en una churrasquería de Caseros. Un payador mediocre complacía los pedidos de la gente.
- Al de la mesa del fondo le canto sinceramente....
De pronto Allen tuvo una inspiración.
- Ese hombre canta lo que otros le mandan cantar.- Es el destino de los payadores de churrasquería- Celia, la adivina, dijo que un hombre así conocía a mi novia....
Mandeb copo la banca.
- Acérquese, amigo.
El payador se sentó en la mesa y acepto una cerveza. Después de algunos vagos comentarios artísticos, el polígrafo fue al asunto.
- Se me hace que usted conoce a una amiga nuestra. Se apellida Gómez, y creo que vivía por Paso del Rey.- Yo soy Gómez - dijo el cantor- . Y por esos barrios tengo una prima.
Después pulso la guitarra, se levanto y abandonando la mesa se largo con una décima.
-Acá este amable señor conoce una prima míaque según creo vivía en la calle Tronador.Vaya mi canto mejorcon toda mi alma de artista tal vez mi verso resistapa' saludar a esta gente y a mi prima, la del puente sobre el Río Reconquista.
Durante los siguientes días los Hombres Sensibles de Flores recorrieron Paso del Rey en las vecindades del río Reconquista, buscando la calle Tronador y una casa humilde con pilares rosados. Una tarde fueron atacados por unos lugareños levantiscos y dos noches después cayeron presos por sospechosos. Para facilitarse la investigación decían vender sábanas. Salzman y Mandeb levantaron docenas de pedidos.Finalmente , la tarde que Jorge Allen cumplía treinta y cuatro años, el poeta y Mandeb descubrieron la casa.
- Es aquí. Aquí están los pilares rosados
Mandeb era un hombre demasiado agudo como para tener esperanzas.
- No me parece, Vámonos
Pero Allen toco el timbre. Su amigo permaneció cerca del cordón de la vereda.
- Aquí no es, rajemos.
Nuevo timbrazo. Al rato salió una mujer gorda, morochita, vencida, avejentada. Un gesto forastero le habitaba el entrecejo. La boca se le estaba haciendo cruel. Los años son pesados para algunas personas.
- Buenas tardes. - dijo la voz que alguna vez había alegrado un patio de baldosas grises.
Pero no era suficiente. Ya la mujer estaba mas cerca del desengaño que de la promesa.Y allí, a su frente, Jorge Allen, mas niño que nunca, mirando por encima del hombro de la Primera Novia, esperaba un milagro que no se producía.
- Busco a una compañera de colegio- dijo- . Soy Allen, sexto grado B, turno mañana. La chica se llamaba Gómez.
La mujer abrió los ojos y una niña de doce años sonrío dentro suyo. Se adelanto un paso y comenzó una risa amistosa con interjecciones evocativas. Rápido como el refucilo, en uno de lo procedimientos más felices de su vida, Mandeb se adelanto.
- Nos han dicho que vive por aquí... Yo soy Manuel Mandeb, mucho gusto.
Y apretó la mando con toda la fuerza de su alma , mientras le clavaba una mirada de suplica, de inteligencia o quizás de amenaza.Tal vez inspirada por los ángeles que siempre cuidan a los chicos, ella comprendió.
- Encantada- murmuro- Pero lamento no conocer a esa persona. Le habrán informado mal.- Por un momento pensé que era usted - respiro Allen-. Le ruego que nos disculpe.- Vamos - sonrío Mandeb-. La señora bien pudo haber sido tu alumna, viejo sinvergüenza....
Los dos amigos se fueron en silencio.Esa noche Mandeb volvió solo a la casa de los pilares rosados. Ya frente a la mujer morocha le dijo:
- Quiero agradecerle lo que ha hecho.... - Lo siento mucho... No he tenido suerte, estoy avergonzada, míreme....- No se aflija. Él la seguirá buscando eternamente.
Y ella contesto, tal vez llorando:
- Yo también. - Algún día todos nos encontraremos. Buenas noches, señora.
Las aventuras verdaderamente grandes son aquellas que mejoran el alma de quien las vive. En ese único sentido es indispensable buscar a la Primera Novia. El hombre sabio deberá cuidar -eso si- el detenerse a tiempo, antes de encontrarla.El camino esta lleno de hondas y entrañables tristezas. Jorge Allen siguió recorriéndolo hasta que el mismo se perdió en los barrios hostiles junto con todos los Hombres Sensibles.

De “Crónicas del Ángel Gris”


EL CORSO TRISTE DE LA CALLE CARACAS
Alejandro Dolina

Según una difundida leyenda, el Carnaval fue alguna vez una fiesta popular, con personas disfrazadas, música, baile, bromas y murgas. En verdad, cuesta creer semejante cosa. Como quiera que sea, la legendaria gesta ha muerto ya. Sin embargo, como silenciosas habitaciones vacías, han quedado ciertas fechas del almanaque a las que la terquedad general insiste en adjudicar la condición de carnavalesca. Esos días son utilizados no ya para festejar sino más bien para reflexionar y añorar la ausencia de la fiesta.Se trata, según se ve, de un curioso destino: pasar del entusiasmo a la nostalgia, de la pasión a la meditación, de la alegría a la tristeza. Muchos espíritus taciturnos se solazan con este estado de cosas y afirman que la farra y el desenfreno de otras épocas fueron apenas un paso previo e inevitable, cuyo noble fin se cumple ahora, en el ejercicio del recuerdo.Los Hombres Sensibles de Flores simpatizaban en cierto modo con este criterio. Para ellos el Carnaval no solamente servia para seducir señoritas en las milongas sino también para pensar en el paso del tiempo.Puede afirmarse sin caer en el infundio que esta ilustre manga de atorrantes jamás consiguió entender el sentido de los Carnavales.Manuel Mandeb pensaba que las gentes se ponían contentas en virtud de algún suceso que todos conocían menos él. Sus amigos padecían un desconcierto de la misma clase.Esto puede explicar la extraña conducta de los Hombres Sensibles en los corsos y en los bailes.Durante un rato hacían fuerza para sentirse alegres: bailaban, comían chorizos, se ponían caretas, hablaban con voz finita y mojaban a las damas con pomos de colores. Después comprendían que todo aquello era inútil y entonces se iban a otros bailes, discutían con los mozos, miraban las orquestas, evocaban antiguos Carnavales y cantaban el tango Siga el Corso. Ya en la madrugada maldecían el Carnaval, se estacionaban en las esquinas desoladas y se burlaban de los caminantes que volvían a sus casas.Pero una tarde de verano Manuel Mandeb tuvo una inspiración genial.Se le ocurrió organizar todos los años el Corso Triste de la Calle Caracas.Se trataba de una idea interesante: Mandeb pensaba que en los Carnavales vulgares todos disimulaban la tristeza disfrazándose de personas alegres.Su proyecto consistía en adoptar disfraces y actitudes melancólicas para ver si detrás de ellos se instalaba la alegría.
" Si bajo la sonora risa del payaso se adivina siempre unalagrima, es posible que encontremos una sonrisa si sacamos nuestrascaretas de víctimas"
Si el propósito de Mandeb fue lograr un clima de pesadumbre, hay que decir que lo consiguió. El Corso Triste de la Calle Caracas era francamente tenebrosos. Todas las luces estaban apagadas. Los asistentes deambulaban como sombras fingiendo toda clase de sufrimientos.Las murgas entonaban canciones trágicas y tangos de Agustín Magaldi.Los disfraces eran lastimosos: de condenado a muerte, de novia abandonada, de jugador expulsado, de deudor hipotecario, de vendedor de libros y de intoxicado.Con el tiempo el Corso Triste se fue haciendo más ambicioso y complejo.Jorge Allen, el poeta, empezó a escribir versos murgueros con pretensión literaria.
"Si parliamo' del destinobororom bobom bobom...¿Quién conoce su camino?Bororom bobom bobom....Nadie puede contra la suertela ultima carta es la de la muerteborobobom bobom bobomborobobom bobom bobom."
Los muchachos tristes de otros barrios se acercaron poco a poco y pronto circularon carrozas de hojas secas y automóviles con las ventanillas cerradas.En el tercer año, se constituyo un jurado y se realizaron concursos y torneos.Las comparsas se sacaban chispas para ver cual era la más deprimente.Los Lonyipietros del Desengaño, los Decrépitos del Mañana y Chispazos de Soledad fueron las agrupaciones más renombradas.Las reinas del corso eran bellísimas, pero inaccesibles y perversas. El premio anual de máscara suelta lo gano siempre el mismo individuo Hablamos - desde luego - del celebre actor Eladio del Prado, quien no tenia rival en la técnica de la caracterización.Sus primeros disfraces fueron sencillos. Una noche apareció disfrazado de esclavo persa y todos se condolían al ver su espalda surcada de latigazos y su cuerpo encorvado bajo el peso de enormes cadenas.Después, sus creaciones fueron más complejas. Un domingo fue cíclope y a la mañana siguiente revoluciono todo el barrio buscando el ojo que se había sacado. Fue también mendigo escocés y la gente lloraba al verlo soportar la nieve de Glasgow en la Calle Caracas.Cuentan que Del Prado, entusiasmado por sus éxitos, resolvió seguir con sus disfraces durante todo el año. Dicen que su destreza crecía junto con su crueldad.Una noche de invierno, los Hombres Sensibles saltaron de alegría al ver reaparecer al Tonio Berardi, el pibe que murió en París. Organizaron una gran fiesta, y en el momento en que alzaban las copas para celebrar la resurrección, Del Prado se saco el guardapolvo, se lavo las rodillas, volvió a poner cara de persona mayor y apareció tal cual era. El ruso Salzman estuvo dos semanas en cama y Jorge Allen casi se queda tartamudo.El ultimo Carnaval del Corso Triste, Eladio Del Prado se disfrazo para siempre de recuerdo y nadie volvió a verlo por el barrio del Ángel Gris.La comisión organizadora del Corso pronto advirtió que la creación de Mandeb tenia interesantes posibilidades económicas. Esto resulta un poco sorprendente si se recuerda la nula capacidad de los Hombres Sensibles para los negocios. De cualquier manera, es un hecho que durante largos años los muchachos del Ángel Gris vendieron papel picado. Emplearon la conocida técnica que ha enriquecido a tantos mercaderes: en la primera jornada las bolsitas estaban llenas de papelitos brillantes e inmaculados.Cuando terminaba la fiesta, barrían el piso y volvían a embolsar el papel.Noche tras noche, el producto se ensuciaba y envilecía, hasta que en la muerte del Carnaval las bolsitas estaban llenas de tierra, tapitas de cerveza, caramelos empezados y otras porquerías. Algunos memoriosos creen reconocer todavía hoy en los bailes de Villa del Parque, restos del papel picado primigenio que se vendía en el Corso Triste.Para contribuir a la pesadumbre de la concurrencia, Mandeb vendía pomos llenos de lágrimas que - si ha de creerse a sus detractores - falsificaba con agua y sal.Los Refutadores de Leyendas, en su carácter de comparsa racionalista, solían acercarse a la fiesta de la calle Caracas para buscar camorra.Tosos recuerdan sus afinados pregones:
" Los Refutadoresseñoras, señores,llegan con sus ritmosy sus silogismos.Los desafinadosa exponer sus ilusionesy a confrontarlascon nuestras refutaciones ..."
Las olímpicas razones de la murga encontraban muchas veces contundente respuesta y dentro de un clima polémico y agudo, solían armarse formidables peleas que - por cierto - daban lustre y renombre al Corso Triste.Año tras año, los Carnavales de la calle Caracas fueron poniéndose más divertidos. Naturalmente, esto provoco su decadencia.Los Hombres Sensibles de Flores, al observar el jolgorio, comprendían que el proyecto inicial iba camino del fracaso.La sobria melancolía de los primeros tiempos iba dando paso a sonrisas complacientes cuando no a risotadas sin freno.Ah! - se lamentaban - Carnavales eran los de antes !Y entonces contaban anécdotas de los corsos de antaño, austeros y silenciosos, comparándolos con la insoportable algarabía que tenían ante sus ojos.Pero en realidad la verdadera esencia del fracaso hay que buscarla por otros rumbos.Como ya se ha dicho, lo que buscaban Mandeb y sus amigos era un dejo de alegría que debía aparecer al quitarse la máscara trágica.Y lo cierto es que nunca encontraron tal cosa.Cada vez que - con toda ilusión - abandonaban sus disfraces de atormentados, encontraban debajo nuevos tormentos que, para peor, eran reales.Por eso, comprendiendo que la dicha no estaba en el Carnaval y quizás en ninguna parte, los Hombres Sensibles disolvieron para siempre el Corso Triste de la Calle Caracas.Hoy, cuando la fama de los muchachos del Ángel Gris ya encontró su tumba en los vientos de la estación Flores, hay- aunque pocos lo adivinen - centenares de versos tristes. Y son mucho más tristes que el de la calleCaracas, pues su tristeza es involuntaria y su propósito es la alegría.Tal vez ha llegado el momento de comprender que los criollos no hemos nacido para ciertas fantochadas. Que se rían los brasileños. Tengamos, eso si, fiestas y reuniones populares. Pero no dejemos de ser quienes somos.Si nuestra extraña condición nos ha hecho comprender el sentido adverso del mundo, agrupémonos para ayudarnos amistosamente a soportar la adversidad.A lo mejor, los Carnavales de antaño, tan añorados por los animadores de la radio, no eran más que eso: una reunión de gente triste que buscaba consuelo.

De “Crónicas del Ángel Gris”


EL PSICOANÁLISIS EN FLORES
Alejandro Dolina

La historia del psicoanálisis en el barrio de Flores es bastante curiosa.Quienes conocen a los Hombres Sensibles ya sospecharan que las teorías de Freud no fueron formuladas pensando en ellos. Y aunque estos varones siempre fueron aventureros y buscadores de sueños, cuesta bastante imaginarlos en el sillón de un psicoanalista.Sin embargo, muchos profesionales alcanzaron cierto éxito en el barrio del Ángel Gris.Algunos fueron consultados por los Hombres Sensibles y hasta existieron escuelas y corrientes opuestas que dieron lugar a apasionantes polémicas.El primer analista que se estableció en Flores fue -según dicen- el doctor Mauricio D. Finkel.Los comienzos no fueron fáciles y su consultorio de la avenida Rivadavia permaneció desierto durante meses. Los vecinos creían entender que Finkel adivinaba la suerte o tiraba las cartas o tal vez vendía rifas.Con esa idea se presento un día de invierno el primero de sus pacientes.Se trataba del poeta Jorge Allen, quien buscaba consuelo a un desengaño amoroso y pensó que no estaba del todo mal intentar alguna solución mágica.Finkel lo hizo recostar en su diván y lo invito a hablar. Allen le contó minuciosamente como había sido abandonado por cierta señorita de La Paternal, la forma en que sufría y otros detalles menores. Transcurrido un buen rato, Finkel se levanto y dio por terminada la entrevista.
- Bien - dijo Allen -. ¿Qué hago?- Venga el jueves a la misma hora.- ¿Para qué?- Vea, se trata de que usted vaya comprendiendo su propio problema.La solución la encontrara precisamente en esa misma comprensión.
Allen regreso varias veces. Comprendió perfectamente su caso, lo cual no le sirvió de nada: la chica de La Paternal se caso con un consignatario de Alberti. Enterado de esta tragedia, el enamorado anuncio a Finkel su decisión de interrumpir el tratamiento.
- Usted no entiende - sentencio el analista - el punto es ubicarlo a usted ante la realidad para que acepte y supere el dolor.- No deseo superar el dolor. Ya he perdido a la mujer que quería:¿Pretende usted dejarme también sin el sufrimiento? Dígame cuanto le debo.
A pesar de este primer fracaso, Finkel hizo carrera. Cuando los Hombres Sensibles se enteraron de la teoría del subconsciente, creyeron encontrarse ante una hermosa leyenda.En la plaza, los Narradores de Historias sorprendían a su auditorio manifestando que todos llevábamos dentro a otro señor, que es en verdad el que domina nuestra persona.Agregaban que este señor oculto aparecía en los peores momentos, poniendo en nuestras vidas notas de lujuria, bestialidad y grosería.La leyenda del subconsciente se fue transformando vigorosamente y algunas de sus versiones son asombrosas. Durante mucho tiempo se creyó en Flores que todo acto indecoroso era responsabilidad del subconsciente, quedando a salvo la inocencia de quien lo perpetrara. Así, los guarangos de la zona justificaban sus gritos, zafadurías y provocaciones culpando al extraño que llevaban dentro.Las personas decentes y rectas se jactaban de no tener subconsciente y muchos padres amenazaban a sus hijos con disponer la extirpación quirúrgica del intruso responsable de sus travesuras.Manuel Mandeb afirmó una madrugada que él tenia varios subconscientes, la mayoría de los cuales estaba en contra suya.Casi en los confines de Villa del Parque, algunos grupos de fantásticos creyeron que el subconsciente salía de su envoltura carnal en las noches de luna llena para cometer toda clase de perversidades.Sea por el auge de esta leyenda, sea por la improbada labor de grupos de lechuguinos procedentes del centro, el caso es que el doctor Finkel y algunos otros psicoanalistas llegaron a disponer de una regular clientela.Los Refutadores de Leyendas no se opusieron a esta actividad, pues habían oído decir que se trataba de algo científico. También es cierto que no concurrían a los consultorios, lo cual es una lastima: no debe haber nada más apasionante que los sueños de un racionalista.Con la aparición de nuevos profesionales, empezaron también los diferentes enfoques, las herejías y las discusiones.Finkel era ortodoxo: no dialogaba con sus pacientes, se ponía lejos de su vista y no les permitía que lo miraran. Sus enemigos afirmaban que el hombre aprovechaba para dormir.Otros aseguraban que se iba a la cocina y regresaba sobre el final de la sesión. Y no faltaban los que creían que atendía a dos o más personas al mismo tiempo, dando vueltitas de inspección entre pieza y pieza.Otros psicoanalistas prefirieron enfrentar a sus clientes y discutir con ellos. Una rama de la calle Bilbao se llevo esta actitud al extremo. Así nació la Escuela Psicoanalítica de la Mala Sangre.Los médicos que siguieron esta novedosa técnica se propusieron reaccionar ante el relato del paciente de un modo evidente y hasta exagerado, para que el enfermo comprendiera que se lo compadecía.Por ejemplo: si un señor contaba que su esposa lo tenia harto, el analista lloraba amargamente hasta caer en la desesperación.Claro que esta terapia tuvo, algunas veces, consecuencias desagradables.Así, cuando alguien contaba que castigaba a sus hijos, no faltaba el psicólogo taura que se plantaba frente al escritorio y gritaba: "Por que no me pegas a mi, sinverguenza".Las actividades de la Escuela Psicoanalítica de la Mala Sangre cesaron, más que nada, a causa de las quejas de los vecinos.Un negocio bastante interesante fue el de los psicoanalistas a domicilio.La idea surgió a partir de la fuerte necesidad que muchos pacientes tenían de sus analistas a toda hora. Ciertos neuróticos pudientes pensaron que una buena solución era contratar a un psicoterapeuta de modo permanente.Entonces se hizo bastante frecuente la costumbre de tener un analista en la casa, lo que - de paso - eliminaba la molestia de someterse a una sesión, pues no tenia mayor sentido contarle al profesional lo que este podía ver con sus propios ojos.Lo cierto es que, en el caso de los psicoanalistas ortodoxos, su función en el domicilio del enfermo no era mucho más activa que la de un florero.Se limitaban a recorrer las habitaciones murmurando "jem" y asintiendo con la cabeza. Muchos de ellos todavía siguen en las casas de familias adineradas, algunos como jardineros, otros como primos o entrenados.El auge de la actividad psicoanalítica en el barrio de Flores popularizo sus técnicas más sencillas. Cualquier modista sabia lo que era el complejo de Edipo o una neurosis obsesiva. Los Hombres Sensibles se sintieron fascinados por el juego de la interpretación. Para ellos no se trataba de un ejercicio científico, sino más bien artístico. Y no les faltaba razón.Alguien deja un paraguas olvidado en el bar La Pilarica. Interpretación: existe el deseo de volver al establecimiento.Alguien cuenta chistes todo el tiempo. Interpretación: hay una pena oculta.Alguien siente horror por los cuchillos. Interpretación: Hubo un accidente en la niñez.Desde luego, los poetas del barrio acuñaron interpretaciones nuevas muchas de ellas de alto valor literario. Veamos:Alguien se mete el dedo en la nariz. Interpretación: Esta buscando su alma.Una mujer es demasiado hermosa. Interpretación: se trata del demonio.Un hombre come terrones de azúcar. Interpretación: es tucumano.Un hombre afila su cuchillo en el cordón de la vereda: venganza segura.El mismo mecanismo se observo en la interpretación de los sueños.Según los Hombres Sensibles, soñar con una mujer es amarla, soñar con zapatos negros es morirse, soñar con caerse es el cincuenta y seis.Otra de las consecuencias de esta vocación psicológica fue el convencimiento general de que todo tiene orígenes mentales. Así, cuando un muchacho se ensartaba un clavo en el pie, algunos médicos aplicaban la vacuna antitetánica y otros preguntaban por la relación del ensartado con sus padres.De cualquier modo, el entusiasmo fue decayendo. Tal vez el principal responsable fue Manuel Mandeb. El pensador árabe empezó a desconfiar de quien trataba de abarcar el alma con menesterosas definiciones.No le gustaba tampoco la ausencia del pecado en aquellas construcciones donde no había canallas, sino enfermos y donde los sinvergüenzas eran llamados psicóticos.De estas inquietudes surge una obtusa monografía titulada "Locos éramos los de antes".En realidad el trabajo consiste en la exposición de ciento nueve casos de personas que concurrieron al psicoanalista, sin curarse de nada y - lo que es peor - adquiriendo una espantosa satisfacción de si mismas.La verdad es que el trabajo de Mandeb carece de todo rigor científico, pero consigue dejar la extraña sensación de que al psicoanálisis tampoco le sobra este rigor.Esto es quizás falso. Pero uno no termina de convencerse, tal es el efecto que los pensadores pasionales, como Manuel Mandeb, producen en las personas razonables.Hoy en día, supongo yo, los grandes investigadores del alma transitaran otros caminos menos pintorescos. Ya no parece tener mucho sentido contarle nuestras fantasías a un señor durante veinticinco años para ver si conseguimos dormir tranquilos.Mis amigos ilustrados me cuentan que hay nuevas técnicas y que la ciencia adelanta a modo bestial.Como quiera que sea, el sencillo propósito de esta nota ha sido llamar la atención sobres aspectos estéticos del psicoanálisis. No importa que no sirva para nada: sus rituales, sus aristas absurdas, sus tiros en la noche, sus metáforas, su solemnidad son elementos que un verdadero artista no debería desechar jamás.Tal vez llego tarde y todos han comprendido esto. Quizás los terapeutas y sus pacientes no hacen más que jugar, semana tras semana, un juego apasionante en que las fichas son sueños, ilusiones, fantasías, recuerdos, angustias, amores, des encuentros y frustraciones Esto es casi tan bueno como curar manías persecutorias.

De “Crónicas del Ángel Gris”


EL RECUERDO Y EL OLVIDO EN EL BARRIO DE FLORES
Alejandro Dolina


En nuestros tiempos, no son muchas las personas de buena memoria.Salvo, desde luego, en el barrio de Flores.Todos sabemos las cosas que se cuentan sobre el barrio del Ángel Gris.Y, aunque conviene desconfiar de cualquier testimonio al respecto, es casi un hecho que los Hombres Sensibles hacen alarde de recordarlo todo y suelen ejercitarse en lances tan complicados como la tabla del 113.Esto puede sorprender a quienes han oído que los Hombres Sensibles de Flores huyen de las precisiones científicas como de la peste y son más bien proclives a la improvisación.Pero también ocurre que estos espíritus atorrantes odian la muerte y sospechan que lo que se olvida, se muere.Por eso no es raro encontrar en los atardeceres de la calle Artigas a los muchachos sombríos memorizando versos murgueros, recordando la formación de Boca en 1955 o repitiendo en voz baja la lista de asistencia del colegio secundario.Están rescatando cosas de la muerte. A su manera, son salvadores.
Entre tantos enemigos como tienen los Hombres Sensibles, se hallan los Amigos del Olvido, organización con sede en Caballito, que propugna la abolición del recuerdo, según dicen porque duele.
"Todo recuerdo es triste" declaran estos caballeros.
Lo peor de estos impíos es su aire de inocencia, hijo del olvido de sus culpas. Sus semblantes sonrientes despiertan la simpatía de todos y cada día, docenas de socios nuevos se inscriben en la sede de la calle Rojas.El grupo se organiza en subcomisiones que se encargan a su turno de olvidar ciertas porciones del universo.Así, existe la Comisión del Olvido Permanente de Marcos Ciani, destinada a borrar las huellas del veterano piloto de Venado Tuerto. En sus reuniones la subcomisión delibera sobre toda clase de asuntos, con la excepción de aquellos que se vinculen de algún modo con Marcos Ciani.Una rama radicalizada de los Amigos del Olvido declara que los recuerdos no solo son tristes sino también falsos.
"Jamás recuerda uno las cosas tal cual fueron", declaman.
De modo que para esa gente, los recuerdos son especies de sueños y los sueños no merecen sino el desprecio.Mientras tanto, los Hombres sensibles tienen decidido que solo los sueños y los recuerdos son verdaderos, ante la falsedad engañosa de lo que llamamos el presente y la realidad.¿Que es más verdadero?,se preguntan ¿El amable recuerdo de nuestra primera novia, dulce, ansiosa, inexplicable o esta señora contundente que compra fruta en la verdulería de la calle Condarco?No hace falta decir que los Amigos del Olvido son más numerosos que los Hombres Sensibles o- al menos- presumen de ello. Más justo sería aclarar que muchas personas son Hombres Sensibles sin siquiera sospecharlo.Vale la pena admitir en este punto que hay quienes se acercan a los Amigos del Olvido, no por simpatía filosófica, sino animados por propósitos tan mezquinos como el deseo de olvidarse de una señorita inconstante.Tales infiltrados son descubiertos casi siempre por los miembros de alguna comisión, quienes poseen un olfato especial para distinguirlos. Las sanciones son, en general, muy severas. Pero rara vez se cumplen, precisamente porque los encargados de ejecutarlas se olvidan de hacerlo.Los Amigos del Olvido aman el futuro.Pasan largas veladas contando hazañas que aun no han cumplido y jactándose de los amores que tendrán alguna vez.Sostienen -además- que siempre es mejor lo que ha ocurrido después.Constituye una experiencia interesante proponer a la elección de un amigo del Olvido dos objetos cualesquiera, siempre elegirán lo que se menciona en ultimo termino.
- ¿Quiere usted un helado de crema o de chocolate?- De chocolate.-¿Lo prefiere usted de chocolate o de crema?- De crema.
De este criterio surge un insoportable optimismo y espíritu progresista. Cualquier novedad es acogida en la sede de la calle Rojas con aplausos y vitores.Los Hombres Sensibles - como todo el mundo sabe- odian el futuro, porque han descubierto que en el futuro esta la muerte.El enfrentamiento entre ambos grupos ha llegado muchas veces a una módica violencia.Pero las ofensas no dejan rastros. En unos, porque olvidan. En los otros, porque perdonan.
Según los Amigos del Olvido, la existencia de medios idóneos para almacenar el conocimiento torna inútil todo esfuerzo mental al respecto.Poco sentido tiene - arguyen- memorizar la historia de los fenicios, cuando hay libros que la atesoran cabalmente.Al oír esto, los Hombres sensibles se enfurecen:
- Eh...los libros sólo son recipientes que contienen lo que luego han de beber los hombres...
Pero a estas alturas, los Amigos del Olvido ya están en otra cosa.Muchos Hombres Sensibles temen a las computadoras, a las calculadoras electrónicas y al Cerebro Mágico.Sostienen que el uso de estos aparatos embota el ingenio y atrofia el intelecto. Por eso es que, con toda frecuencia, una melancólica patota recorre el barrio del Ángel Gris, destruyendo las maquinas de pensar que suelen cundir en oficinas, para no mencionar las cajas registradoras de los bares, los fixtures de Glostora, las balanzas y los relojes automáticos. (A la hora de destruir, los Hombres Sensibles se enardecen y no se andan con sutilezas)
En su larga lucha contra el recuerdo y la memoria, los Amigos del Olvido han desarrollado interesantes estrategias. Pero, sin ninguna duda, su más importante hallazgo fue el Licor del Olvido, un cordial de existencia incierta que -según parece- tiene la virtud de abolir el pasado en quien lo toma.En épocas lejanas, los hombres de la calle Rojas se limitaban a beber ellos mismos su licor, emborrachándose locamente de esperanzas sin presagios.Pero luego empezaron a mezclar el licor en la ginebra de los Hombres Sensibles para inducirlos a olvidar.Pero lo peor ocurrió cuando los Hombres Sensibles alcanzaron a destilar el Vino del Recuerdo, cuyos efectos son -como ya se sospechara- opuestos a los del licor.También los muchachos del Ángel Gris recorrieron el mismo camino:bebieron solos primero y trataron después de usurpar las copas de los que nada recuerdan.Y eso fue terrible. Porque si el Licor del Olvido y el Vino del Recuerdo son de por si peligrosos, la mezcla es verdaderamente mortal.
El autor de esta crónica cree haber probado -sin sospecharlo- ese espantoso cóctel.Sus efectos se traducen en oscuras añoranzas de lo que vendrá, en olvidos de lo que nunca fue y en un sabor amargo y dulce que hace llorar.Las señoritas Amigas del Olvido suelen pasearse por el barrio de Flores para enamorar a los Hombres Sensibles.Los muchachos del Ángel Gris -bien lo sabemos- son de corazón blando y se enamoran para siempre.Entonces las señoritas de Caballito se olvidan de ellos y los abandonan sin remordimiento.Estos tristes episodios propenden -sin embargo- al florecimiento de las artes en Flores, pues los Hombres Sensibles suelen componer sus mejores versos, elaborar sus canciones más sentidas y tallar sus más hermosos anillos cuando sufren.Poco cuesta imaginar cual será el fin de esta lucha entre olvido y memoria.
Los Hombres Sensibles de Flores están derrotados. De nada les valdrá oponerse a la muerte, porque la muerte llegara de todos modos.De nada les servirá su pasión por la memoria, pues toda memoria es perecedera. Y -en definitiva - el tiempo es el mejor aliado de los Amigos del Olvido.Pero es obligación de todos nosotros hacer un poco de fuerza por los muchachos de Flores, para que su derrota sea más honrosa.Recordemos todo el tiempo. No olvidemos nada. Ni el color de nuestras corbatas perdidas, no el olor a tiza y sudor del colegio, ni el calor del asfalto sobre los pies descalzos, ni el gusto a jazmín de los besos en la noche, ni el aroma de la untura blanca.Si nos espera el olvido, tratemos de no merecerlo.Y pensemos que después de todo, aunque la victoria final sea de los Amigos del Olvido, será un triunfo sin festejo. Nadie lo recordara jamás.

De “Crónicas del Ángel Gris”


EL SALÓN DE BAILE SIN BAÑOS O EL RAPTO DE LOS ORINANTES
Alejandro Dolina


Un pintoresco croquis del Atlas señala en la calle Yatay un enorme salón de baile. A pesar de su lujosa apariencia, el local no tenia baños. Sucedía entonces que los b bailarines se veían obligados a abandonar la milonga para pedir permiso en casas vecinas o costearse hasta algún café más hospitalario.Sin embargo los más audaces solían aventurarse en un yuyal cercano que ofrecía una sombría privacidad. Los Cronistas Soñadores sostienen que nadie regresaba jamás de aquel sitio. Citan el testimonio de más de cuarenta damas abandonadas que en vano esperaron a sus compañeros, a veces en el interior del salón, a veces en la misma vereda del potrero.Los espíritus fantásticos pretenden que los brujos raptaban a los bailarines y los llevaban a sus gabinetes como esclavos o como carnada para atraer a los demonios.Por esa razón, o quizás por la escasa belleza de las damas asistentes, los jóvenes dejaron de concurrir al salón. Los propietarios hicieron construir baños pero ya era demasiado tarde.

De “Crónicas del Ángel Gris”


GOMEZ RE, EL TRANSFORMADOR DEL TANGO
Alejandro Dolina

El arte nuevo- decía Ortega- es impopular por esencia. Y no es que las muchedumbres no gusten de el. Sucede en verdad que no lo entienden.Al parecer, los géneros de vanguardia van dirigidos a una minoría especialmente educada. Por eso despiertan irritación en la masa.Cuando a uno no le gusta una obra, pero la ha comprendido, se siente superior a ella y no hay motivo de encono. Pero cuando el disgusto que la obra provoca nace de no haberla entendido, queda uno como humillado, con una sensación de inferioridad que necesita compensarse con muestras de indignación.Hasta aquí, Ortega Y Gasset. Ya sin su ardua ayuda, podemos sospechar que muchos artistas aspirantes, habiendo comprendido los argumentos sobredichos, buscan la incomprensión como si se tratara de un valor estético.En ciertas circunstancias no es mala idea: muchas veces la desorientación de los pajarones es señal de que se esta recorriendo el camino correcto.Sin embargo, buscando alejarse del entendimiento general, hay quienes se extravían en los distritos del mamarracho.No es muy audaz colocar el tango en el molde de estos criterios. Los tangos nuevos también son impopulares. El publico y la critica han dividido su opinión entre una minoría que los acepta y una mayoría que lo odia.Así se ha generado una de las polémicas más aburridas de la historia del pensamiento humano.En los años dorados del Barrio de Flores, las almas sencillas disfrutaban los tangos sin análisis, sin doctrina y sin militancia. Un joven escuchaba Sueño Querido y se quedaba tan fresco, sin otras cavilaciones que las que podía sugerir la modesta letra.Después, Los Refutadores de Leyendas hallaron que los viejos tangos perjudicaban la pavimentación general y el funcionamiento de los motores eléctricos.- La velocidad de los modernos medios de transporte exige la creación de tangos adecuados - señalaban.Ya se sabe que algunos sectores de la población -los farmacéuticos, por ejemplo- son muy sensibles a las alegorías con aviones y carretas por eso aceptan con entusiasmo transformar su alma cada vez que se extiende la red de subterráneos.En los bailes y teatros, los Refutadores interrumpían a los cantores para preguntar que sentido tenia llorar el amor perdido en un mundo en el que existe la licuadora.Lo extraño del caso es que estas argumentaciones fueron aceptadas por los artistas tangueros con resignación y vergüenza. Muchos de ellos procuraron entonces situar sus obras -y hasta sus personas- a la altura del progreso con un entusiasmo menos adecuado para el arte que para las Sociedades de Fomento.Sin embargo -como siempre ocurre- el verdadero artista aparece por la puerta menos prometedora.Vale la pena que recordemos hoy a Néstor Gómez Re, el transformador del tango.En realidad, era un músico corriente que vivía en la calle Fray Cayetano. Tocaba el bandoneón con cierto decoro y dirigía un modesto sexteto.Tal vez el demasiado trato con estudiantes de derecho, psicólogos, operadores de radio y anestesistas acabó por avergonzarlo de su profesión.Cuando los primeros músicos proclamaron la nueva fe transformadora, el se entrego apasionadamente a ella. Es posible que al principio no comprendiera demasiado: Cuentan que se limitaba a ocultar y disimular el tango que tocaba, con hábiles circunloquios musicales. El publico inocente recibía aquellas creaciones como adivinanzas.- ¡Es "El esquinazo"...!- ¡No hombre...!"¡El Torito"... !- Para mi es "Corralera"...Pero con el tiempo, Gómez Re encontró su propia forma de romper con las formas establecidas.Viendo que casi todos los creadores novedosos competían en el bizantinismo de los arreglos musicales, el pensó en la posibilidad de hacer arreglos en las letras.No suponga el lector sencillas correcciones de los versos menos felices. La innovación iba mucho más lejos.Por empezar, al cantor convencional se le agregaba un coro que comentaba o glosaba la acción central del relato tanguero, siguiendo líneas musicales de contrapunto, o aprovechando pasajes, contestaciones, partes de violín o meros firuletes caprichosos.

MI NOCHE TRISTE

Cantor solista: Percanta que me amuraste.Coro: Sin ninguna razón.Conator solista: En lo mejor de mi vidaCoro: En plena juventudCantor solista: Dejandome el alma heriday espinas en el corazón...Coro: Mi pobre corazón y lo que es más..Cantor solista: Sabiendo que te quería,que vos eras mi alegríay mi sueño abrasadorCoro: Brasa y abrazo soñadorCantor solista: Para mi ya no hay consueloCoro: No!Cantor solista: Y por eso me encurdeloCoro: Si!Cantor solista: Pa' olvidarme de tu amor...Coro: Sigamos por favor....
A veces, el propio cantor interpretaba letra y músicas transformadas, agregando notas o simplemente cantando las variaciones como en:

AMURADO:

Una noche más tristonaque la pena que me embarga en esta triste situaciónvi que tomo su bagayito y amurado me dejo;se las tomo sin saludar con la mayor resolución.No le dije una palabrani el más mínimo reproche, ni la sombra de una quejala mire que se alejabay pensé: que mala suerte, para mi todo acabó.
Muy pronto Gómez Re comprendió la necesidad de aceptar la colaboración de un poeta. A falta de otros postulantes, se resigno a trabajar con Carlos M. Caron, un escritor de Liniers en novelas policiales. De este modo, nacieron los tangos de Detectives, expresión breve y musicalizada de la Colección astros.Naturalmente, los misterios propuestos no eran demasiado complejos.Sin embargo, algunos temas aparentaban cierta dignidad. ?¿Quién mato al Pardo Ramírez?, Sangre junto al buzón, El testigo insobornable, y la milonga Chantaje en Villa Lugano, fueron los más logrados.Reproduciremos, seguidamente, algunas líneas de inexplicable eficiencia:
Ceba rabo el morocho, observo la canacacha siempre la pava con la izquierdaEl asesino zurdoNo crea que me llevo de chimentos:la batieron sus huellas digitalesLa gringa impíaLa vida y la canase burlan de mi,me acusan de un crimenque no cometíFalsas pruebas
Los Tangos Infantiles no pasaron de primer intento. Eran tanguitos de hadas y de ogros reos, con princesas encerradas en galponcitos de La Paternal.La codicia los llevo más tarde a componer una serie de Tangos Pornográficos como Entre los Yuyos, El Barbudo, y Que Nunca te Falte.Los autores tradicionales del barrio como Anselmo Graciani, se oponían encontradamente al trabajo de Gómez Re.Manuel Mandeb tuvo la mala idea de organizar una mesa redonda con la presencia de tradicionalistas y renovadores, en las instalaciones del club J M Bosch de Villa Excélsior. El titulo del debate fue: ¿Que es el tango? De entrada, no más, Ives Castagnino postulo la definición ostensible.- El tango es esto- dijo.Toco El Apache Argentino con su guitarra y se fue dando un portazo.Muy pronto se perfilaron dos criterios opuestos. Uno restringido, que acotaba el genero con rígidas exigencias. Otro amplio, que extendía el tango hasta el confín del universo. De este ultimo sector proviene el "pantanguismo", escuela que sostiene que todo es tango, lo que significa al mismo tiempo que nada lo es.La discusión terminó con la oportuna intervención de la policía, repartición que tiene ideas propias acerca de la música popular.Desde aquella noche Gómez Re empezó a interesarse por las discusiones y a descuidar su vida artística. La preparación de mortíferos silogismos le resto tiempo para tocar el bandoneón. Sus últimas actuaciones consistían redondamente en conferencias.A decir verdad, son muchos los que hoy padecen un vicio semejante.Más fácil es encontrar ensayistas o historiadores tangueros que cantores o guitarristas.Ante la definición de Gómez Re, otros artistas tomaron la antorcha.Un grupo de la calle Caracas cambio primero los instrumentos, luego el ritmo, más tarde las letras y, finalmente el nombre mismo del tango, al que llaman rock.Los profesores universitarios, los sociólogos, y los pisaverdes se declararon partidarios de Gómez Re y sus sucesores, y lo nombraban a cada párrafo en sus charlas y peroraciones.En toda clase de actos públicos se anunciaba la muerte de los tangos viejos y su reemplazo por el Neotango Internacional, que arranca lágrimas a Belgas arruespes.Confinados en reducidos cenáculos, los Retrógrados de Ayer solicitaban la prohibición de los tangos posteriores a 1940.Gómez Re se retiro para siempre y no volvió a actuar en publico. El ruso Salzman juraba haberlo visto en una cervecería de Los Toldos, tocando sin adornos el tango Milonguita.Los enfrentamientos polémicos siguen hasta hoy.Nadie parece haber reparado en algo terrible: El tango nuevo ya es viejo. Si se trata de juzgar que el arte no es eterno y más aun, que ni siquiera dura mucho, es necesario confesar que las invenciones renovadoras son ya lugares comunes.Por que no aparecen nuevos demoledores para hacer probar a los Gómez Re su propia medicina?Las reflexiones iniciales de Ortega son de 1919. Es que tan luego el arte nuevo, que auspiciaba el desalojo de las formas clásicas, pretenderá quedarse para siempre?Temo que a espaldas de los bandos tangueros, las multitudes se han ido a casa.La única esperanza esta en la aparición del artista. Ese que se presenta por la puerta menos prometedora y sin doctrina ni explicaciones, llega al rincón más secreto del alma.Las buenas gentes de estos tiempos deshilachados no pierden la esperanza.

De “Crónicas del Ángel Gris”


HISTORIA DE LAS SIRENAS DE SANTA RITA
Alejandro Dolina

Todas las noches a las dos, en una esquina de la calle Sanabria, lejos de los poderes del ángel gris, aparecen las Sirenas de Santa Rita. Se trata de criaturas de perversa belleza, mitad princesas y mitad milongueras.Atraen a los caminantes desprevenidos con indecentes pasos de danza y con un canto provocativo que dice así:
Aquí bailan las Sirenas,Sirenas de Santa Rita.Lo que te dan con el cuerpocon el alma te lo quitan.
Nuestros amores eternosson como estrellas fugaces.Somos fieles y constantescon el primero que pase.
Sirenas, Sirenas...que se miran y se tocan.Le regalamos la muerteal que nos bese la boca.
Tal como anuncia la copla, el beso de las Sirenas es fatal. Pero es imposible la tentación.Algunos camioneros audaces se atan con cadenas al volante de sus vehículos y pasan por la calle Sanabria para poder ver y escuchar este prodigio.Por eso es que hay en esta zona muchísimos accidentes de tránsito.

De “Crónicas del Ángel Gris”


HISTORIA DE LOS BOLETOS EMBRUJADOS
Alejandro Dolina


Los colectiveros de Flores dicen que entre los miles de boletos que venden hay uno - sólo uno - cuya cifra expresa el misterio del Universo. Quien conozca esta cifra será sabio.No se sabe si el boleto ha sido vendido ya o si todavía permanece oculto en las herméticas máquinas que se usen para despacharlos.Es posible que en este momento algún pasajero ya conozca el secreto del Cosmos. También puede haber ocurrido que la persona favorecido haya tirado el boleto sin consultar la cifra, o que la haya visto sin saber interpretarla.En la Avenida Rivadavia hablan de un boleto rojo, que es el boleto del amor. Quien lo obtenga conseguirá la adoración de todo el mundo, o al menos de sus compañeros de viaje. Se menciona también un boleto verde que condena a su poseedor a viajar eternamente, sin bajarse jamás del colectivo.En la línea 86 venden el boleto de la muerte, pero se niegan a indicar cuál es su color y su número, para evitar discusiones con los usuarios. En general, puede afirmarse que todos los boletos influyen de algún modo en nuestra vida. Los inspectores son -ante todo- funcionarios del destino que impiden gambetear a la suerte.

De “Crónicas del Ángel Gris”


HISTORIA DE LOS LIGUSTROS VECINOS
Alejandro Dolina

Al sur de Flores existen dos ligustros.Uno es propiedad del ángel gris. si una pareja de enamorados se recuesta en él para afilar, las hojas ejercen una acción benefactora y excitante. Todas las luces del barrio se apagan y un vals sentimental llega desde las ramas de los árboles.El otro ligustro es contiguo y pertenece a los Brujos de Chiclana. Si alguien realiza maniobras de amor en su follaje, padece las peores calamidades. Las damas son raptadas por los Brujos y los caballeros molidos a palos.No se sabe cuál es la exacta ubicación de estos ligustros y es por esto que las parejas de Flores prefieren los umbrales, los paredones y los yuyales.

De “Crónicas del Ángel Gris”


HISTORIAS DE AMOR
Alejandro Dolina

El universo es una perversa inmensidad hecha de ausencia. Uno no esta en casi ninguna parte. Sin embargo, en medio de las infinitas desolaciones hay una buena noticia: el amor. Los Hombres Sensibles de Flores tomaban ese rumbo cuando querían explicar el cosmos. Y hasta los Refutadores de Leyendas tuvieron que admitir casi sin reservas, que el amor existe. Eso si, nadie debe confundir el amor con la dicha. Al contrario: a veces se piensa que amor y pena son una misma cosa. Especialmente en el barrio del Ángel Gris, que es también el barrio del desencuentro. Las historias amorosas de los tiempos dorados son casi siempre tristes. Esto no basta para afirmar que todos los romances fueron desdichados: sucede -tal vez- que el arte necesita nostalgia. No se puede ser artista si no se ha perdido algo.Los poemas de amor satisfecho aparecen como una compadrada de mercaderes afortunados. Por eso los poetas de Flores buscaban el desengaño, porque pensaban que cerca de el andaba el verso perfecto.Casi todos quedaban en la mitad del camino. Manuel Mandeb veía las cosas de un modo más complicado. Admitía que la pena de amor conducía al arte. Pero también sostenía que el propósito final del arte es el amor. La recompensa del artista es ser amado. Así parecía opinar Ives Castagnino, el músico de Palermo, quien componía valses melancólicos al solo efecto de seducir señoritas. Cuando no lo lograba, su tristeza le dictaba otras canciones que más tarde le servían para deslumbrar señoritas nuevas y así recomenzaba el circulo. Algunos muchachos sin vocación artística trataban de merecer a las damas cultivando las ciencias, la bondad, el coraje, la riqueza o la extorsión. Los autores de aforismos extrajeron de estas realidades una conclusión modesta: si no fuera por el amor, nadie haría gran cosa. Las muchachas beligerantes podían objetar que estos pensamientos parecen reservados a la conducta masculina. Al respecto, Mandeb creía que las mujeres hacían de ellas mismas un hecho artístico.
El polígrafo de Flores, en un rapto de arbitrariedad, llegó``o a establecer un orden de cualidades, según su eficacia para enamorar.Coloco en primer lugar la belleza y luego la juventud, aclarando que estas dos virtudes son tal vez una sola. Después ubico las condiciones espirituales: inteligencia y bondad. En ultimo termino, el poder y el dinero. Muchedumbres de feos de cierta edad polemizaron con Mandeb reclamando el derecho a ser amados por su limpieza, trayectoria comercial o apellido ilustre. De todos modos, para este oscuro pensador, el amor era una flor exótica cuyo hallazgo ocurría muy pocas veces.
- De cada mil personas que pasen por esa puerta -decía- acaso nos conmueva solamente una. Del mismo modo, quizá solo una entre las mil tenga a bien impresionarse con nosotros. La cuenta es sencilla: sin contar percepciones engañosas y desilusiones posteriores, la posibilidad de un amor correspondido es de una en un millón. No esta tan mal, después de todo.Pero dejemos la pura especulación de los espíritus obtusos de Flores.Mucho más interesante es saber como amaron realmente. Para ellos habremos de transcribir algunas historias que presumen de veraces y que han llegado hasta nosotros por avenidas literarias o por oscuros atajos confidenciales.

HISTORIA DEL QUE ESPERO SIETE AÑOS

Jorge Allen, el poeta, amaba a una joven pechugona de los barrios hostiles.Según supo después, alcanzo a ser feliz. Una noche de junio, la chica resolvió abandonarlo.- No te quiero más - le dijo.Allen cometió entonces los peores pecados de su vida; suplico, se humillo, escribió versos horrorosos y lloro en los rincones.La pechugona se mantuvo firme y rubrico la maniobra entreverándose con un deportista reluciente.El poeta recobró la dignidad y empleo su tiempo en amar sin esperanzas y en recordar el pasado. Su alma se retemplo en el sufrimiento y se hizo cada vez más sabio y bondadoso. Muchas veces soñó con el regreso de la muchacha, aunque tuvo el buen tino de no esperar que tal sueño se cumpliera.Más tarde supo que jamás habría en su vida algo mejor que aquel amor imposible.Sin embargo, una noche de verano, siete años y siete meses después de su pronunciamiento, la pechugona apareció de nuevo.Las lágrimas le corrían por el escote cuando le confeso al poeta:- Otra vez te quiero.Allen nunca pudo contar con claridad lo que sintió en aquellas horas.El caso es que volvió a su casa vacío y desengañado. Quiso llorar y no pudo. Nunca más volvió a ver a la pechugona. Y lo que es peor, nunca más, nunca más volvió a pensar en ella ni a soñar su regreso.

HISTORIA DEL QUE SE ENAMORO DE UNA NIÑA DEMÁSIADO JOVEN

Manuel Mandeb supo tener amores con una niña muy joven de la calle Páez. La muchacha no hizo cuestión por la diferencia de edades y además es cierto que Mandeb era un hombre de aspecto soberbio, dentro de su sombrío estilo.Pero pronto empezaron las dificultades.Un día Mandeb insistió en caminar bajo un aguacero mientras recitaba a los gritos un soneto flamante.Una noche le hizo el amor en la casa embrujada de la calle Campana para espantar a los demonios.A veces, en la madrugada, se trepaba hasta la ventana de la niña, en el tercer piso, y dejaba prendida una flor roja.Una tarde de invierno le hizo probar el licor del olvido y el vino del recuerdo.En verano, le sacaba la blusa en las calles oscuras y le ponía alguna de sus gastadas camisas azules.Para su cumpleaños le regalo una sombra robada en Villa del Parque que había encerrado en una cajita de cristal.Después enseño a todos los pájaros de Flores a cantar el nombre de la muchacha en su ventana.Entonces la niña abandonó a Mandeb y comento luego a sus amistades en una pizzería:-No éramos de la misma generación.

HISTORIA DEL QUE SE DESGRACIO EN EL TREN

Jaime Gorriti tomaba todos los días el tren de las 14.35.Y todos los días se fijaba en una estudiante morocha. Con prudente astucia trataba de ubicarse cerca de ella y -a veces- ligaba una mirada prometedora.Una tarde empezó a saludarla. Y algunos días después tuvo ocasión de hacerse ver, ayudándola a recoger unos libros desbarrancados.Por fin, un asiento desocupado les permitió sentarse juntos y conversar.Gorriti acelero y le hizo conocer sus destrezas de picaflor aficionado.No andaba mal. La morocha conocía el juego y colaboraba con retruques adecuados.Sin embargo, los demonios decidieron intervenir.Saliendo de Haedo, la chica trato de abrir la ventanilla y no pudo. Con gesto mundano, Gorrito copo la banca.- Por favor....Se prendió de las manijas, tiro hacia arriba con toda su fuerza y se desgracio con un estruendo irreparable.Sin decir palabra, se fue pasillo adelante y se largo del tren en Morón.Desde ese día empezó a tomar el tren de las 14.10.

HISTORIA DEL QUE PADECÍA LOS DOS MALES.

En la calle Caracas vivía un hombre que amaba a una rubia.Pero ella lo despreciaba enteramente.Unas cuadras más abajo dos morochas se morían por el hombre y se le ofrecían ante su puerta. El las rechazaba honestamente.El amor depara dos máximas adversidades de opuesto signo: amar a quien no nos ama y se amados por quien no podemos amar.El hombre de la calle Caracas padeció ambas desgracias al mismo tiempo y murió una mañana ante el llanto de las morochas y la indiferencia de la rubia.

HISTORIA DEL QUE NO PODÍA OLVIDAR.

El ruso Salzman tuvo muchas novias. Y a decir verdad solía dejarlas al poco tiempo. Sin embargo jamás se olvidaba de ellas.Todas las noches sus antiguos amores se le presentaban por turno en forma de pesadilla. Y Salzman lloraba por la ausencia de ellas.La primera novia, la verdulera de Burzaco, la pelirroja de Villa Luro, la inglesa de La Lucila, la arquitecta de Palermo, la modista de Ciudadela.Y también las novias que nunca tuvo: la que no lo quiso, la que vio una sola vez en el puerto, la que le vendió un par de zapatos, la que desapareció en un zaguán antes de cruzarse con el.Después Salzman lloraba por las novias futuras que aun no habían llegado. Los hombres sabios no se burlaban del ruso pues comprendían que estaba poseído del más sagrado berretín cósmico: el hombre quería vivir todas las vidas y estaba condenado a transitar solamente por una.Aprendan a soñar los que se contentan con sacar la lotería......

LA CALLE DE LAS NOVIAS PERDIDAS.

Hay una calle en Flores en la que viven todas las novias abandonadas.Al atardecer salen a la vereda y miran ansiosas hacia las esquinas para ver si vuelven los novios que se fueron. A veces conversan entre ellas y rememoran viejos paseos por el Rosedal.Por las noches se encierran a releer cartas viejas que guardan en cajitas primorosas o admirar fotografías grises.Los domingos se ponen vestidos floreados y se pintan los labios.Algunas escriben diarios íntimos con letra prolija.Dicen que no es posible encontrar esa calle. Pero se sabe que algún día desembocara en la esquina el batallón de los novios vencedores de la muerte para rescatar a las novias perdidas y llevarlas de paseo al Rosedal.Esto será dentro de mucho tiempo, cuando endulce sus cuerdas el pájaro cantor.
Existen por ahí infinidad de personas confiables que juran que el amor es posible en todos los barrios. No habrá de discutirse semejante tesis.Pero el que tuviera que vivir pasiones locas, es mejor que no pierda el tiempo en rumbos equivocados. Una historia terrible esta esperando en Flores.

De “Crónicas del Ángel Gris”


LA ACADEMIA DEL HUMOR EN FLORES
Alejandro Dolina

Los Hombres sensibles de Flores gustaban del humor, pero hasta por ahí nomás.En el fondo sospechaban que la risa suele esconder la cobardía. Y sentían que los momentos verdaderamente grandes de la vida no soportan bien las payasadas.Algo de razón tenían: muchas veces una gracia oportuna sirve para evitar una confesión o un beso. Los chuscos timoratos provocan la sonrisa de sus enemigos para ahorrarse las trompadas.Ser chistoso no es sencillo, pero es mucho más seguro que ser valiente.De todos modos, los muchachos del Ángel Gris saludaban con sus mejores risotadas las ocurrencias felices, desde la ambiciosa paradoja hasta el modesto coscorrón subrepticio.Poco a poco, la destreza humorística acabó por generar- ya que no el respeto- al menos un cierto prestigio mundano que permitía el ingreso gratuito a los asados, cumpleaños, tertulias y bautismos del barrio.Naturalmente, cuando las muchedumbres alcanzaron a vislumbrar las ventajas de poseer una técnica festiva, surgieron por todas partes jóvenes aspirantes que se postulaban para referir la historia del paisano que estaba apurado por ir al fondo.
La Academia del Humor en Flores ofreció conocimientos ordenados y oportunidades profesionales a muchísimos simpaticones. La entidad alcanzó a acuñar un estilo austero y cachador, aun hoy reconocible en renombrados locutores, periodistas, dibujantes, escritores, actores, o simples vivillos particulares.Macedonio Fernández decía que el humor es sorpresa intelectual.La frase no define el genero, pero lo ejerce. Y es también una amable recomendación de lo imprevisto. En este sentido, los profesores de la Academia insistían en que la chanza debe ser esporádica. El humorista que tiende trampas cómicas cada dos frases termina dejando en el publico una saciedad mental de la que no se sale sino merced al aburrimiento.En las clases se enseñaba a mantener largos periodos de calma y seriedad, que no eran sino el fondo oscuro destinado a resaltar el brillo de una brevísima donosura.Cuanto más avanzaba el alumno en los cursos, más paciente se volvía y más extensos eran los espacios sin morisquetas.Por cierto, algunos discípulos llevaron este criterio al extremo. A veces escribían largas novelas de aventuras que no eran más que el pretexto para un solo chiste. Y en ciertos casos, ya por olvido, ya por decisión artística, se omitía redondamente toda broma.Acaso muchas de las obras que hoy leemos con inocencia no sean otra cosa que la desmesurada preparación de un chiste genial abolido a último momento.El ambiente de la Academia era severo y protocolar. El trato de los maestros evitaba cualquier gesto familiar o amistoso. Me permito notar en esta conducta un rasgo de inteligencia fenomenal: el efecto de una gracia es tanto mayor cuanto más adusta es la circunstancia en que se la formula.Una simple pedorreta puede ser gloriosa durante el discurso de un escribano. El mismo recurso en una cena de egresados o en un estadio de fútbol resulta apenas una grosería.Durante los primeros años de cursos, se procuraba alejar a los alumnos de la tentación de la ocurrencia fácil. Quienes se dejaban arrastrar padecían severos castigos, cuando no la expulsión lisa y llana.Los apuntes y textos de la Academia que han llegado hasta nosotros presentan largas listas de recursos humorísticos desaconsejados. Un extenso capítulo rechaza el doble sentido, que consiste en exponer sobre un objeto cualquiera como si en verdad se hiciera referencia a una parte comprometida del cuerpo humano: "Sabroso es el pan dulce de su hermana."
También se prohibía el anacronismo, los juegos de palabras, los guiños entre paréntesis, las rimas con los apellidos, las bromas sobre políticos indoctos, los nombres zafados en japonés y el desafío de adivinar como le dicen a este o a aquel funcionario.Al final de las recomendaciones nos espera una frase edificante:"Conviene no utilizar estos mecanismos vulgares, salvo que uno sea un genio, lo que en verdad no ocurre casi nunca."Circulaba entre los aprendices un cuaderno de ejercicios muy curioso.Contenía numerosos comienzos de relatos humorísticos que los alumnos debían completar según su imaginación. Veamos algunos:

COMPLETAR LOS SIGUIENTES CUENTOS VERDES

1) Conversan en el infierno un alemán, un japonés y un argentino.El alemán declara:- Yo estoy aquí porque asesine un vecino.
2) Una pareja de novios se encuentran en un zaguán. En el mejormomento aparece el padre de la muchacha y dice:- Pero que es esto?
3) Un inspector llega a un colegio y comienza a interrogar a los niños.- A ver, tu.... que piensas ser cuando seas grande?
Las invenciones de los alumnos jamás eran aprobadas, Al final delcuaderno y después de infinitas frustraciones, el joven postulantecomprendía o recibía por escrita una noción fundamental: el mundo nosoporta ya los cuentos verdes.
Tal vez la asignatura más importante de los cursos de la Academia haya sido "Vida Humorística." La idea era producir situaciones graciosas reales, más allá de las creaciones artificiosas. Se cuenta que el ruso Salzman llego a ocupar esta cátedra. Para cumplir con sus trabajos prácticos, los discípulos recorrían la barriada auspiciando el estallido festivo:soltaban chanchos en las ceremonias nupciales, se burlaban de los comerciantes extranjeros para provocar insultos en cocoliche, se fingían manfloros en los trenes, gritaban pidiendo socorro en los probadores de las sastrerías, hacían pelear a los chicos y simulaban perpetuas indecisiones en los mostradores de las heladerías.Parece que el propio Salzman fiscalizaba estas tareas situándose en lugares estratégicos y haciendo -cada tanto- alguna corrección o sugerencia.
El humor político es -dicen algunos- un pasatiempo intelectual que consiste en burlarse de los peronistas.Sin embargo, en la Academia, la materia era dictada por el profesor Ricardo Bermúdez, hombre que pertenecía a esta corriente.Desde el principio, Bermúdez trató de establecer que para hacer una chanza inteligente cualquier partido es bueno. Así llego a contar un día que los demócratas progresistas levantan el piso del parquet de sus casas para hacer asados. El efecto de esta creación fue prácticamente nulo.Pese a todo, hay que declarar que hubo en sus enseñanzas algunos modestos aciertos.Refuto -por ejemplo- el viejo postulado según el cual es imposible hacer humor oficialista.El humor- sostenían los ortodoxos- implica siempre la degradación de un valor. Por lo tanto, toda acción humorística será siempre en contra de algo. De aquí se infiere la imposibilidad del chiste a favor del gobierno o del orden vigente.Los argumentos contrarios de Bermúdez son tan sencillos que su exposición no produce el menor orgullo artístico:"...Es cierto que el humor se hace siempre en contra de algo, como ya lo sospechó Platón. Para hacer humor oficialista bastaría entonces con burlarse de la oposición."En efecto, la presentación del inconformismo y del descontento como estados espirituales ridículos y aun fraudulentos, propugnaba indirectamente la admiración del pensamiento establecido.
En efecto, la presentación del inconformismo y el descontento como estados espirituales ridículos y aun fraudulentos, propugnaba indirectamente la admiración del pensamiento establecido.De hecho, hoy en día, nuestros mejores humoristas son honradamente oficialistas, tal vez por razones parecidas a aquellas que llevaban a los Hombres Sensibles a desconfiar del humor.
La Academia del Humor de Flores poseía también un registro de patentes que permitía a los ingeniosos del barrio preservar la propiedad de sus creaciones.La oficina atendía día y noche, pues ya se conoce la quisquillosidad de los inventores de bagatelas.De todos modos, y a pesar de los minuciosos tramites, nunca faltaban chistosos que se sentían despojados por alguien. Esto ocurre todavía en nuestro tiempo: cada vez que surge un programa exitoso o una nueva publicación de humor, muchos de nuestros conocidos declaran haber tenido la misma idea mucho antes.
El polígrafo Manuel Mandeb -que jamás registro nada- despreciaba a los supuestos damnificados. Oigamos sus gritos:"Solamente pueden robarse las ideas pequeñas, las minucias que caben en un bolsillo. Las grandes creaciones son incomodas de llevar y no están al alcance de los descuidistas. Cualquiera puede hacerse con el eslogan de un nuevo calzoncillo; la teoría de la relatividad -en cambio- es de usurpación casi imposible."Convendrá entonces tener ideas grandes, o en todo caso, procurar que nuestras ocurrencias estén pegadas a nosotros de un modo tan intimo y estrecho que nadie pueda arrancárnoslas del alma. Si quieren saberlo, yo soy mis ideas, y quien me las robe, habrá de llevarme también consigo."
Pero las idea de que las ideas no se roban le fue robada a Mandeb. El abogado Gerardo Joseph la expuso como propia en una conferencia titulada La Sustracción de Ideas. Se dice que Mandeb se presento ante el charlista y le dijo:-Vea, mi amigo, al oírle exponer mis reflexiones penso que yo mismo disertaba. Usted era yo y es tal vez por eso que no le rompo los dientes de una trompada.Pocos alumnos alcanzaban los cursos superiores de la Academia. Allí se enseñaban el arte del ejemplo absurdo y sin embargo riguroso, la exquisita discordancia entre la forma y el contenido, la nobleza del renunciamiento artístico, y los divertidos desperfectos de la razón.También se enseñaba música, poesía, pintura y teatro, porque sin un genero que lo contenga el humor no es nada."Lo nuestro es sal -decían los maestros- y aunque la comida sin ella es desagradable, mucho peor es comer la sal sola."En los últimos tramos de la carrera los aspirantes se tornaban melancólicos y casi nada los hacia reír. Tal vez la persecución de la gracia es un camino demasiado duro.Nadie alcanzó jamás el titulo de Humorista Diplomado. Pero la no obtención de esa jerarquía era precisamente el propósito final de la entidad.Se trataba quizá de aprender a no reír o mejor todavía a reír sin olvidarse.Así despojado de toda pretensión, purificado de su hambre de risa, el aspirante podrá apuntar algún garbanzo.La gracia nunca se presenta ante quien la busca demasiado.
La Academia de Flores se fue con los tiempos dorados. Algunos siguen hoy sus rigurosos preceptos. Otros no.

De “Crónicas del Ángel Gris”


LA CIENCIA EN FLORES
Alejandro Dolina

Los Refutadores de Leyendas han sostenido siempre que toda la Naturaleza puede expresarse en términos matemáticos. Lo poco que queda fuera no existe.Así, esta comparsa racionalista se ha esforzado, utilizando cifras, vectores y logaritmos, en representar cosas tales como el tango El Entrerriano o los celos de las novias de la calle Artigas, Cuando fracasaban, simplemente declaraban superstición lo que no conseguían encuadrar en sus estructuras científicas.Existía un minucioso catalogo de cosas inexistentes que se actualizaba cada año.Allí figuraban los sueños, las esperanzas, el hombre de la bolsa, el alma, el ornitorrinco, el catorce de espadas, el Ángel Gris de Flores, el gol de Ernesto Grillo a los ingleses, la generala servida y la angustia.Otra publicación venerada fue el desmesurado libro Un Amor así de Grande, resultado del afán de medirlo todo. En ese trabajo no solo se otorgan valores numéricos a los colores, aromas y formas, sino también a las sensaciones espirituales más sutiles.A lo largo de cien capítulos se establece la cantidad de adrenalina que produce un individuo antes de ser vacunado, el volumen que alcanzan las lágrimas de una madre a lo largo de su vida, la cantidad de cera que lleva en sus oídos el conjunto de habitantes de la ciudad de Buenos Aires (suficiente al parecer para lustrar todos los pisos del edificio de Obras Sanitarias), y la energía que se consume en un suspiro.Algunos datos producen indignación en las almas sencillas: para esta gente la novela Madame Bovary consiste en una cierta mezcla de medio kilo de papel y un cuarto de litro de tinta. Los elementos químicos que componen al hombre son descriptos puntualmente con su precio en las farmacias de la zona. De este modo se llega a la conclusión que más barato resulta un señor robusto que un velador.No hace falta indicar el gran éxito obtenido por esta curiosa forma de evaluar el universo. Constantemente podemos oír en la radio las declaraciones de brillantes deportistas que manifiestan hallarse en un setenta y cinco por ciento, vaya a saber de que'. Los chicos preparan tablas de posiciones en las que dan a entender que quieren primero a su madre, después a su padre en tercer lugar a la abuela, y en el cuarto -lejos- al tío Julián. Los boletines de calificaciones no son otra cosa que la versión escolar del pensamiento de los Refutadores. Aunque la descripción de la conducta de un alumno que no ha estudiado su lección, se reduce a un redondo cero. Por el contrario, un estudiante talentoso y perseverante será premiado no con un cariño ni con una frase estimulante, sino con un diez.No se sabe si los Refutadores de Leyendas escribían cartas de amor, pero no seria extraño que sus más tiernas declaraciones consistieran en gráficos representativos del progreso de sus sentimientos.Todo este arrebato cientificista no pudo menos que causar la repugnancia de los Hombres Sensibles de Flores, que confiaban más en las corazonadas que en la razón.Como siempre ocurre, los excesos racionales generan desaforadas rebeliones románticas. Pero en el barrio de Flores esa rebelión no se manifestó únicamente a través del arte, sino que tuvo lugar - además- en el propio terreno científico.La Sociedad de Científicos Sentimentales nació gracias al impulso del profesor Aurelio C. Frascarelli, quien harto de la deshumanización de las disciplinas científicas resolvió ponerle un poco de sangre al frió mundo de las raíces cuadradas y las cotangentes.Este pensador delirante fundó la sociedad antedicha y edito un Manual de Ingreso que nunca se supo si era un libro de texto o una colección de intentos poéticos.Las primeras innovaciones del manual son módicas. Se reducen a la redacción más emotiva de los problemas de regla de tres compuesta.Transcribimos uno de ellos:
Problema 14: Doce hombres tristes tropiezan en un año con ciento seis desengaños. No se conocen entre si, pero sufren de un modo parecido. Pregunto entonces: ?Cuantos desengaños padecerán ocho hombres tristes en seis meses?
Como se ve, lo novedoso consiste únicamente en reemplazar hortalizas por desengaños, y en ciertas declaraciones innecesarias como el mutuo desconocimiento y la tristeza de estos hombres. Pero conforme se avanza en la lectura del Manual se encuentran cosas más audaces. El Problema 187 es prácticamente una novela corta. La descripción psicológica del protagonista -un comerciante poco escrupuloso- está bastante bien lograda.Hay personajes laterales (un cuñado que busca un tesoro oculto) y una divertida pintura costumbrista de un almacén de barrio. La pregunta final ("a cuanto deberá vender el kilo de arroz?") resulta insignificante al lado de otros interrogantes que no están escritos, pero si sabiamente sugeridos por el profesor Frascarelli: Tiene sentido la vida? Hay algún propósito en el universo? Cumplimos sin saberlo con algún plan divino o diabólico?A partir de la mitad del libro, el autor empieza a tomar partido arbitrariamente en arduas cuestiones matemáticas. Paralelamente se incorporan juicios éticos y estéticos en la explicación de teoremas y postulados.Se habla entonces de paralelepípedos atorrantes, de esferas traidoras, de ángulos aburridos y llega a decirse que el trapezoide es una figura que no merece ser tomada en serio.Las cuestiones biológicas son en el Manual de Ingreso verdaderas fantasías. La vida del paramecio es un cuento de terror y Frascarelli llega a afirmar que las amebas son muy guardianas y fieles a sus amos.La actividad de los Científicos Sentimentales no se reducía a la difusión del Manual. En los años de oro del barrio de Flores, muchos maestros románticos dieron clase en una academia privada de la calle Condarco.Los alumnos padecían la misma locura que los profesores. Cada vez que se realizaba algún experimento en el gabinete de química, los jóvenes salían corriendo aterrorizados, mientras gritaban "cosa de Mandinga" o "el Diablo anda suelto".El propio Frascarelli dirigía un grupo de investigación cuyos métodos provocaban el escándalo de los Refutadores. Creían, por ejemplo, en la búsqueda de la casualidad. Este criterio podría escribirse así: sabiendo que muchos grandes descubrimientos se realizaron casualmente, parece una buena idea disimular el verdadero propósito de la investigacion. Así, cuando se quiere encontrar una estrella, se busca un microbio. Los resultados no fueron muy espectaculares, si bien Frascarelli se jactaba de haber hallado un especifico que combatía el mal aliento, mientras buscaba la piedra filosofal.En ocasiones, los científicos soñadores acudían a la búsqueda empírica y tomaban frascos de untura blanca, para ver que ocurría. Estas experiencias se anotaban en un cuaderno que ha sobrevivido a la Sociedad y en el que se refieren más de mil quinientas locuras, que van desde comer pólvora hasta arrojarse al vació desde diferentes alturas para establecer los daños físicos y morales que, más allá de los cuatro metros, solían traducirse en la muerte lisa y llana.
Hay que decir que aunque sus logros fueron pequeños, los propósitos de la Sociedad no tenían limites. Durante años trataron de hacer algún milagro. Buscaron la esmeralda que cura todas las enfermedades, el elixir de la eterna juventud, el polvo de Perlimpimpim, el jarabe del amor eterno y la llave de la sabiduría. Discutieron sobre la cuadratura del circulo y la inmortalidad del cangrejo y trataron de volver al pasado y visitar el futuro.Todos saben que en el barrio del Ángel Gris se destilaba el vino del olvido y el licor del recuerdo. También se conocen perfectamente sus efectos y propiedades. Al parecer, lo que mataba era la mezcla.Algunos mentirosos pretenden que estas maravillas fueron creadas por los Científicos Sentimentales. Nada más falso. El vino fue obra de los Amigos del Olvido, un club que proponía la abolición del pasado. Y el licor es -sin duda alguna- un hallazgo de Manuel Mandeb, el polígrafo de Flores.Tal como es fácil sospechar, los científicos románticos fueron derrotados por la predica incesante de los Refutadores de Leyendas.Hoy todo el mundo rinde culto a la Ciencia Pura. Y se da una ilustre paradoja: los Refutadores no han hecho más que reemplazar a las viejas leyendas por otras más nuevas, mucho peores.Los arquitectos razonables podrán dudar de la existencia del alma, pero suscribirán cualquier teoría sobre el átomo, los neutrones y los protones, con la mayor alegría.No importa si entienden estas teorías. En realidad -como dice Sábato- el pensamiento científico parece tener mayor poder cuanto menos se lo comprende.
Por eso se suele decir:-¡Que bien que habla este hombre...! No alcanzo a entender ni una sola de sus palabras.
Cuando un racionalista se pone supersticioso, no hay quien lo gane.Todo parece indicar que el futuro pertenece a los Refutadores de Leyendas.Tal vez por eso los miembros de esta entidad - la única que queda de las que existieron en los años dorados- se muestran tan optimistas con respecto a lo que vendrá.Todos los adoradores del progreso nos pintan un porvenir lleno de veredas móviles que nos evitaran el esfuerzo de caminar, con maquinas invictas, con ríos domados, y vehículos cada vez más veloces.A las almas sencillas, la descripción de estos espantosos mecanismos les parece algo diabólico.Porque en este proyecto de aparatos infalibles y formidables fuentes de energía no parece existir la menor preocupación por responder a alguna de las preguntas que el profesor Frascarelli supo insertar en su memorable problema 187.La Sociedad Científicos Sentimentales era una locura. Pero tal vez hace falta un poco de locura entre tanta exactitud y precisión.Serán buenos los cálculos y los teoremas inexpugnables, si es que se aplican a rombos, ángulos y cubos. Pero empiezan a fallar cuando se trata de personas.Y a lo mejor esto constituye la más grande virtud del hombre, su toque divino. El ultimo de los atorrantes de Flores es más interesante que una estrella, solamente porque su comportamiento no es previsible.Nada de esto significa que debamos renunciar a la ciencia y su arsenal.Que se sigan inventando licuadoras y tónicos contra el catarro. Dos más dos son cuatro. Los Refutadores de Leyendas tienen razón. Pero nada más que eso: razón.A mi no me alcanza.

De “Crónicas del Ángel Gris”


LA CONSPIRACION DE LAS MUJERES HERMOSAS
Alejandro Dolina

Cuando Jorge Allen, el poeta, se cruzaba con alguna mujer hermosa, caía en el más hondo desasosiego.Esta muchacha no será para mi -pensaba mientras la veía doblar para siempre la esquina.Es que cada mujer que pasa frente a uno sin detenerse es una historia de amor que no se concretara nunca. Y ya se sabe que los hombres de corazón sueñan con vivir todas las vidas.En ocasiones especiales, Allen usurpaba el tranco de las más buenas mozas para decirles algo.
- Vea: si no me conoce, no podrá usted darse el lujo de olvidarme.
Pero casi siempre ocurría lo mismo. Las pibas de Flores no mostraban el menor interés en olvidar o recordar al poeta.Cabe ahora mismo salir al paso de la suspicacia general, aclarando que Allen era un joven de grata y recia figura. Además era muy versado en amorosas cuestiones. En verdad, casi no se ocupaba de otra cosa.Una tarde, envenenado por la fría mirada de una morocha en la calle Bacacay, el hombre tuvo una inspiración: sospecho que la indiferencia de las hembras más notables no era casual. Adivino una intención común en todas ellas. Y decidió que tenia que existir una conjura, una conspiración.El la llamo La conspiración de las Mujeres Hermosas.Allen nunca fue un sujeto de pensamientos ordenados. Pero su idea interesó muchísimo a las personas más reflexivas del barrio de Flores. El primer fruto que se recuerda de estas inquietudes fue la memorable conferencia en el cine San Martín pronunciada por el polígrafo Manuel Mandeb.Su titulo fue "De las mujeres mejor no hay que hablar" vale la pena transcribir algunos párrafos conservados en la dudosa memoria de supuestos asistentes.
"...Nadie puede negar el poder diabólico de la belleza. Se trata en realidad de una fuerza mucho más irresistible que la del dinero o la prepotencia. Cualquiera puede despreciar a quien lo sojuzga mediante el soborno o el temor. Por el contrario uno no tiene más remedio que amar a quien le impone humillaciones en virtud de su encanto. Y esta es una trágica paradoja."...Las mujeres hermosas de este barrio conocen perfectamente la calidad de sus armas y las utilizan con el único fin de provocar el sufrimiento de los hombres sensibles. Ostentan su belleza y sin embargo no permiten que uno la disfrute. Cuentan dinero delante de los pobres. Esta perversa conducta no puede ser inconsciente. Obedece, sin duda a un plan minuciosamente pensado."...Cada vez que me acerco a una señorita para presentarle mi respeto.No recibo otra cosa que gestos de desagrado, gambetas ampulosas y aun amenazas de escándalo. Ya no se puede ceder el paso a una dama sin que se sospeche que esta por permitido perpetrarse una violación."
Desde la cuarta fila, un grupo de colegialas le retrucó al conferenciante, llamando su atención acerca del comportamiento de los conductores de camionetas. Opinaban las niñas que estos profesionales, más que requerirlas de amores parecían proponerse insultarlas.Este que escribe opina que la objeción es interesante. Con toda frecuencia se ven por las calles individuos que lejos de postularse como admiradores de las señoritas que se les cruzan, proceden a agraviarlas con frases puercas.Aquí surge un tema polémico. En que consiste el piropo? ¿Cuál es su objeto y escencia?Algunos sostienen que se trata de un genero artístico: Un hombre ve a una mujer, se inspira y suelta párrafos. No existe la esperanza de una recompensa, basta con la satisfacción de haber cumplido con los duendes interiores.Si este es el criterio correcto, la actitud de los conductores de camionetas es perfectamente comprensible. Tal vez quepan reparos de índole académica. Se puede opinar que es artísticamente superior un madrigal que un manotazo, pero ambas expresiones se encuadran rigurosamente en la definición que se ha sugerido anteriormente.Otra corriente -menos desinteresada- piensa que todo piropo manifiesta la intención de comenzar un romance. Vale decir que se espera de la dama que lo recibe una respuesta alentadora.Difícil será -por cierto- que alguien obtenga una sonrisa a cambio de una grosería. El asunto es apasionante y fue desarrollado por el propio Mandeb, mucho después, en un libro que se llamo "La objeción de las colegialas", titulo que despertó un equivocado entusiasmo entre los conductores de camionetas.Pero volvamos a la conferencia.Manuel Mandeb presento durante su exposición a un italiano y a un brasilero, quienes -dificultosamente- expresaron que, en sus países, los idilios se concertaban en forma rápida entre personas desconocidas y que muchas veces bastaba con leves gestos para entenderse bien.Curiosamente, el propio conferencista desautorizó a sus invitados.
"...Esta muy bien reclamar la tolerancia de las señoritas. Pero todo amorío debe presentar una cantidad razonable de escollos. Para serles franco, no quisiera saber nada con una mujer capaz de entreverarse en dos minutos con un tipo como yo."
La conferencia terminó en un tumulto. Varias conspiradoras asistentes empezaron a quejarse de recibir propuestas indecorosas de los caballeros vecinos. Probablemente se trataba de conductores de camionetas.Los Refutadores de Leyendas hicieron oír su voz algunos días más tarde. En una de sus habituales reuniones manifestaron que no creían en la posibilidad de la conspiración. El argumento de los racionalistas merece consideración: segun ellos las mujeres hermosas se odian entre si y es inconcebible cualquier tipo de acuerdo. Declararon también que es falso que esta estirpe no haga caso de los hombres: todos los dias uno ve hermosasmuchachas acompañadas por algún señor.Ya en el colmo de la locura, los Hombres Sensibles contestaron que allí estaba el punto: el señor que acompaña a las mujeres hermosas es siempre otro y esto provoca aun más tristeza que cuando uno las ve solas.No seria extraño que estas damas y sus acompañantes no fueran sino incubos y sucubos que recorren el mundo para dar dique a las almas sencillas.Ives Castagnino, el músico de Palermo, razonaba de este modo: si el propósito de las mujeres terribles es hacer sufrir a los hombres, tienen dos maneras de lograrlo:1) No viviendo un romance con ellos.2) Viviéndolo.Según parece, al músico lo aterrorizaba mucho más la segunda posibilidad.Como puede suponerse, las mujeres hermosas consultadas negaron siempre la existencia de la conjura. De cualquier modo, hay que reconocer que la encuesta no fue demasiado amplia. En primer lugar, las señoritas entrevistadas desconfiaban de los encuestadores y pensaban -con toda razón- que trataban de seducirlas. Y por otra parte resulta una verdadera ingenuidad que, quienes son capaces de una gesta tan oscura, se presten a revelar el secreto precisamente a sus victimas.Como suele ocurrir en estos casos, el tema de discusión se bifurco innumerables veces y tomo el rumbo de los tomates.Hubo quienes pidieron que se aclararan los limites de la hermosura para saber cabalmente quienes eran las mujeres que alcanzaban esa categoría.La cuestión es ardua, como todo juicio estético. Se pueden tener en cuenta -quizá- algunos indicios. Se dice que si una dama es muy linda, las demás la tendrán por tonta. Pero no puede tomarse este lugar común como precepto, pues es cosa evidente que existen mujeres que, siendo tontas, son al mismo tiempo feas. Inclusive hay gente que sostiene haber conocido señoritas hermosas e inteligentes, lo cual para mi gusto es demasiado.El asunto se torna todavía más complejo a causa de la acción de los Agrandadores de Loros, unos caballeros más bien babosos que con halagos y falsedades consiguen que ciertos bagayos se crean la reina del corso.Así, los hombres de corazón llegan a padecer la violencia de verse rechazados por damas que jamás pensaron seducir. La tarea de los Agrandadores ha ido muy lejos y ha llegado incluso a las tapas de las revistas y avisos de publicidad, donde se proponen a la admiración de la gente de toda clase de pescados con disfraz de Colombina.Pero los Hombres Sensibles siempre supieron cuando se hallaban ante la presencia de una mujer hermosa. Sentían lo que Mandeb describía como una patada en el corazón. Y no se equivocaban nunca.A decir verdad, jamás se alcanzaron a reunir pruebas convincentes sobre la existencia de la conspiración. Pero sus efectos se siguieron padeciendo.Pese a todo, Allen, Mandeb y todos sus amigos siguieron recorriendo las esquinas haciendo fuerza para creer que detrás de alguna puerta iba a aparecer la mujer que les salvaría la vida.Por suerte para los muchachos, hubo siempre entre las dilas conjuradas algunas Traidoras Adorables.Naturalmente toda traición tiene su precio y muchas veces la exigencia era el amor eterno. Los Hombres de Flores pagaban una y otra vez este arancel La denuncia de Jorge Allen ya ha sido olvidada en el barrio del Ángel Gris. Pero aunque nadie converse sobre el asunto, basta con asomarse a la puerta para comprobar que las cosas siguen como entonces.Allí están las mujeres hermosas en Flores y en toda la ciudad, gritando con sus miradas de hielo que no están en nuestro futuro ni en nuestro pasado.Allí esta la abominable secta de las Chicas con Novio, poniéndonos ante la espantosa verdad de que siempre hay un hombre mejor que uno.El camino para derrotar a esta muralla es largo y penoso, pero seguirlo es deber de los criollos arremetedores.No hay más remedio que quererlas a pesar de todo. Y más todavía, tratar de que a uno lo quieran. Esta segunda labor es especialmente complicada y puede llevar la vida eterna. Consiste -por ejemplo- en ser bueno, aprender a tocar el piano, convertirse en héroe o en santo, estudiar las ciencias, comprarse una tricota nueva, lavarse los dientes, ser considerado y tierno y renunciar a los empleos nacionales.Una vez hecho todo esto, ya puede el hombre enamorado, pararse en la calle y esperar el paso de la primera mujer hermosa para decirle bien fuerte:
-He sufrido mucho nada más que para saber su nombre.
Seguramente, la tipa fingirá no haber oído, mirará al horizonte y seguirá su camino.Pero será injusto.

De “Crónicas del Ángel Gris”


LA DECADENCIA DE LA AMISTAD
Alejandro Dolina

Muchos pensadores han creído notar que, en estos tiempos, la amistad es más un tema de conversación que una actividad concreta.Por cierto, es relativamente fácil encontrar personas dispuestas a componer canciones sobre los amigos. En cambio es bastante difícil conseguir que esas mismas personas le presten a uno dinero.Según parece, el sentimiento amistoso se halla en decadencia. Todos los días uno tropieza con canallas que lejos de preocuparse por la escasez de amigos, se jactan de ella.-Yo, amigos, lo que se dice amigos, tengo muy pocos, o ninguno- nos gritan en la cara. Y no advierte que el sujeto esta esperando que lo feliciten por semejante hazaña.En los años dorados de Flores, cuando alcanzaban su apogeo la comprensión, la poesía y el juego del codillo, también existían enemigos de la amistad que preocupaban a los Hombres Sensibles.Manuel Mandeb, el metafísico de la calle Artigas, colecciono algunas de sus obtusas opiniones en un opúsculo titulado maliciosamente Los amigos. Como ya es costumbre, transcribimos algunos párrafos."... La amistad debe nacer en la juventud o en la infancia. Nuestros amigos son aquellos que aprenden junto a nosotros o, mejor todavía, los que viven aventuras a nuestro lado. Y por lo general, la gente aprende y vive aventuras en la juventud. Después casi todo el mundo consigue algún empleo en casas de comercio y ya resulta imposible adquirir conocimientos nuevos o pelearse con una patota.
"...A los once o doce años, uno empieza a hartarse de la familia y encuentra que los muchachos de la esquina son mucho más divertidos que el tío Jorge. Durante más o menos una década nadie estará más cerca de nuestro corazón que esos muchachos. Y si uno quiere aprovisionarse de amigos, debe hacerlo en ese periodo. después será demasiado tarde..."Según se aprecia, el criterio de Manuel Mandeb es interesante y tal vez verdadero. Sucede que en cierto momento de la vida uno descubre que esta rodeado de extraños: compañeros de trabajo, clientes, acreedores, vecinos y cuñados. Los amigos de verdad están lejos, probablemente encerrados en círculos parecidos.Algunos empecinados insisten en cultivar amistades nuevas. Los matrimonios maduros se visitan mutuamente y desarrollan pálidas parodias de la amistad verdadera: se cuentan una y otra vez episodios antiguos, vividos con los amigos viejos, que ya no estan. Cuando uno es joven no cuenta historias a sus amigos: las vive con ellos. A pesar de estas sabias reflexiones de Mandeb,existió en Flores una agencia destinada a ofrecer amistad a los solitarios.Fue la celebre Proveeduría de Amigos de Ocasión. Sus fines de lucro eran innegables. Todavía hoy se recuerda su 'slogan' publicitario: "Tenga un amigo desinteresado. Páguelo en cuotas".Con solo acercarse al mostrador, el cliente ya notaba un clima amistoso y amplio. Los empleados sabían como atacar.-Buenas tarde. No sabes lo que me hizo esta mañana la bruja de mi mujer.Y a los treinta segundos uno se sentía entre amigos. Después, entre palmadas, guiños, pellizcones y confidencias, los comerciantes iban mostrando el amplio catalogo de la proveeduría.tenían amigos silenciosos, dispuestos a escuchar cincuenta veces la historia de una operación. Amigos complacientes, siempre amables y elogiosos. Amigos efusivos que saludaban con abrazos y se despedían a los gritos. Amigos divertidos, ruditos en cuentos picantes y expertos en bromas pesadas.También se prestaba un servicio un tanto oneroso, especialmente para personas encumbradas. Consistía en el alquiler de una cohorte de adulones que acompañaban al cliente a todas partes, se reían de sus chistes, aplaudían sus ocurrencias y suscribían con entusiasmo cualquiera de sus pensamientos. Precediendo a esta comparsa, solía marchar un corneta, que abría la puerta de los bares y asomando la cabeza gritaba:-Ahi viene el doctor Del Prete...!El trabajo se hacia tan bien, que muchos de los contratantes ya no podían prescindir de el nunca más. Muchos profesionales del barrio extinguieron su fortuna pagando este servicio de la agencia.Un asunto que molestaba a los clientes era el rigor de los Amigos de Ocasión en sus horarios. Cuando vencía el plazo estipulado, se terminaba la amistad.Sin saludar, los contratados daban media vuelta y se iban, muchas veces interrumpiendo una carcajada o librándose bruscamente de un abrazo fraternal.Sin embargo, hay que admitir que algunos aspectos del funcionamiento de la proveeduría eran bastante nobles.Por ejemplo, la Sección Niños permitía que los padres eligieran a los amigos de sus hijos, sin correr riesgo alguno.Para ello se contaba con un numeroso plantel de chicos e incluso enanos, adiestrados en diferentes actitudes.Según el gusto paterno, podían encontrarse pibes atorrantes para avivar a los pequeños pelandrunes, niños estudiosos para estimular a los adoquines, y criaturas educadas y juiciosas para serenar a los más piratas.Desde luego, no pudo evitarse que muchos chicos se resistieran a la decisión de los padres. Así se oían con toda frecuencia en Flores frases como esta:- Camine a jugar con los amiguitos que le alquilo su padre, caramba...!Asimismo existía un departamento para damas, con un amplio surtido de chimentos. Algunos malintencionados decían que las mujeres no contrataban amigas, sino enemigas, pero ese es otro asunto.El fracaso más estruendoso fue el de la sección Amistades Mixtas. Nada cuesta razonar que los caballeros que solicitaban amigas escondían casi siempre otras intenciones. No se espante el lector pensando que nos internaremos en un tema tan manoseado como el de la amistad entre la mujer y el hombre. Vale la pena - eso si- recordar lo que dijo Manuel Mandeb a una amiga suya, tal vez alquilada en la proveeduría.-Vea. Yo puedo ser su amigo si usted quiere. No trataré de seducirla ni me pondré romántico ni le haré propuestas indecorosas. Pero sepa que yo necesito que exista un amor potencial. Me resulta indispensable que exista una posibilidad en un millón de que algo surja entre nosotros. Le aclaro que es probable que si se da esa circunstancia yo salga corriendo. Pero es únicamente en virtud de esa remotísima chance que yo estoy aquí oyendo su conversación como un imbecil.Los Hombres Sensibles nunca fueron buenos clientes de la agencia Amigos de Ocasión. Quizá porque sus presupuestos eran muy humildes. O a lo mejor porque les gustaba que los quisieran gratis. En cualquier caso, los muchachos del Ángel Gris tenían un criollo pudor en estas cuestiones. Para ellos andar declarando públicamente el grado de amistad que sentían por alguien era cosa de afeminados. Manuel Mandeb pasaba largas horas en la esquina de Artigas y Morón fumando con Jorge Allen, el poeta. Muchas veces ni se hablaban. Se contentaban con saber que el otro estaba allí.Ya en su ultima etapa, la proveeduría empezó a ofrecer viejos amigos.En un principio la idea consistía en rastrear -a pedido del cliente- el paradero de personas ausentes y lejanas. Pero como advirtieron que la tarea era demasiado complicada, resolvieron que era más fácil inventar antiguas amistades que rescatarlas del pasado.Se preparo entonces un magnifico grupo de viejos mentirosos que ante la entrada de algún candidato de cierta edad, fingían reconocerlo y le soltaban cuatro o cinco recuerdos para ir tomando confianza.Esta sección trabajaba mucho en las cenas anuales que suelen realizar los exalumnos de los colegios. Su misión consistía en ir reemplazando a los fallecidos y mantener siempre firme la concurrencia.Así, en cierta reunión de egresados del Colegio Nacional Nicolás Avellaneda, promoción 1921, se dio el curioso caso de que ninguno de los asistentes había pisado jamás ese establecimiento, lo que no les impidió evocar a profesores, reírse de pasadas travesuras y brindar por encuentros futuros.Con el tiempo, la actividad de la agencia fue amenguando. Contribuyo a este hecho cierta mala prensa que siempre tiene la amistad entre los espíritus escépticos. En Flores, y en todos los barrios, se contaban leyendas sobre las traiciones de los amigos y sobre las ventajas de la soledad. Todavía en nuestro tiempo hay personas que se complacen en declarar que los perros son más leales y sinceros que los humanos. Cabe sobre esto una pequeña reflexión.Tal vez sea cierto que los perros no traicionan. Pero esto no es en realidad una virtud del animal. Ocurre simplemente, que la módica organización mental del perro le impide realizar procesos tan complicados como una estafa. Es decir: los perros no pueden traicionarnos, por la misma razón que no se les permite escribir novelas.Hoy cuando ya no existe la Agencia Amigos de Ocasión, vale la pena preguntarse si no será necesario inventar algo para reemplazarla.Será difícil, desde luego. Nadie podrá rescatar a los amigos perdidos. Poco podrá hacerse para librarnos de los desconocidos que llenan nuestro tiempo.En todo caso, cada uno de nosotros deberá cuidar lo poco que tenga. Sin componer canciones ni escribir poemas. Se trata únicamente de sentarse un rato en la vereda o de matear en silencio con los que están más cerca de nuestro espíritu.Si uno no tiene ya a los de antes, cabe decir que tal vez existen en el mundo amigos viejos a los que todavía no conocemos.Yo mismo, las otras noches resolví salir de mi encierro y lleno de ilusiones me encamine a cierta esquina que conozco. Tenia ganas de fumar en silencio junto a tres o cuatro sujetos que se estacionan en ese lugar.Pensaba además cosechar algún guiño amistoso después de estos años en que estuve tan ocupado.Pero algo raro debe haber sucedido, porque no había nadie.

De “Crónicas del Ángel Gris”


LA DECADENCIA DE LA BOLITA
Alejandro Dolina

Resulta difícil hablar sobre la desaparición del juego de la bolita sin entrar en espinosas controversias.Desde luego se trata de un asunto complejo y puede ser examinado según criterios muy diferentes.Las personas sencillas afirman simplemente que se trata de una decisión de los chicos, arbitraria, inexplicable y -por lo tanto- indigna de ser discutida.Los psicólogos, antropólogos, electrotécnicos y aun los contadores suelen llamar la atención sobre la influencia de otros entretenimientos de emoción más sostenida, como la televisión, el billar japonés, el cerebro mágico o las palabras cruzadas.Los Refutadores de Leyendas niegan que haya existido jamás un juego semejante y se oponen con argumentos inexpugnables al mito de la vieja niñez romántica.Por el contrario, los Hombres Sensibles aseguran que la desaparición del juego de las bolitas es el resultado de una conjura universal.Este punto de vista es muy interesante y vale la pena elucidarlo.En su monografía Faltan Bolitas, el pensador de Flores, Manuel Mandeb, plantea un interrogante que nos deja perplejos. Veamos."... Este juego parece haber empezado a languidecer en 1960. Pero puede afirmarse que en ese momento ya hacia por lo menos cincuenta años que se jugaba. Entonces había veinte millones de habitantes en el país, y no era demasiado audaz afirmar que, en el medio siglo de su auge, el juego de la bolita había sido practicado por diez millones de individuos en uno y otro momento de sus vidas. Ahora bien: ¿cuántas bolitas poseía cada niño aficionado, como promedio? Digamos cincuenta. Multipliquemos: cincuenta por diez millones.Son quinientos millones de bolitas. Bien, volvamos al presente: ¿alguno de ustedes ha visto una bolita en el ultimo año? Seguramente no. Yo pregunto: ¿dónde están los quinientos millones de bolitas? ¿Quién las tiene?"Y no me digan que el tiempo las destruyo porque el viento y la lluvia no son suficientes para destrozar una bolita..."...Las canchas han sido arrasadas y hasta pavimentadas, los hoyos fueron rellenados, los jugadores se han visto tentados por otras disciplinas. Alguien esta borrando todo vestigio del paso de las bolitas por esta tierra..."Inspirado quizás en el trabajo de Mandeb, este texto pretende asentar las reglas, la técnica y la estrategia de las bolitas. La tarea no es tan fácil como parece. A favor de la campaña desarrollada por los Refutadores deLeyendas y Los Amigos del Olvido, casi nadie recuerda los reglamentos.Por lo demás, todos sabemos que en cada cuadra había matices en la interpretación de cada norma lúdica.No obstante, luego de la publicación de esta nota, es probable que algún pequeño numero de Pibes Sensibles se ponga a jugar, aunque más no sea a modo de desplante ante el Universo.

I- LAS BOLITAS

Se trata de pequeñas esferas, casi siempre de vidrio. Su diámetro es variable: las más chicas se llaman "piojos" o "pininas", las medianas son las más frecuentes y están también las grandes o "bolones", que suelen utilizarse en el juego del Triángulo.Años atrás podían reconocerse diferentes pelajes de bolitas.Las más hermosas eran las "lecheras". En ellas predominaba el blanco, siempre mezclado con algún otro color. Eran semiopacas, no se podía ver a través de ellas y la variedad de diseños y combinaciones era enorme.Estaban también las semitransparentes, de colores fríos, casi siempre verdes o azules. Eran como cachos de sifón. En el interior a veces se adivinaba un filamento gelatinoso y más bien repugnante. Salvo excepciones, eran unas bolitas de porquería.Sin embargo, la ultima generación de niños jugadores solo conoció esas bolitas.Las lecheras desaparecieron misteriosamente. Miles de personas jamás han visto una. Las más recientes son las llamadas "bolitas japonesas" más livianas que las convencionales, y totalmente inútiles para jugar.Su aspecto es el de una esfera transparente con un papelito de color en su interior.Todo niño poseía una bolita preferida, que era la que utilizaba para jugar.Se la llamaba "puntera". El resto de las bolitas servia para pagar las deudas provenientes del juego. Si acaso una racha adversa obligaba al niño a entregar la puntera, se le otorgaba a esta noble bolita el valor de cuatro o cinco.También pueden citarse -como curiosidad- las bolitas de barro, los aceritos y hasta las de plástico (indefectiblemente ovaladas).La identidad de los fabricantes de bolitas es un enigma. Nunca hubo marcas, ni envases ni publicidad. Algo muy raro debe haber en todo esto.

II EL JUEGO DEL HOYO Y LA QUEMA

Pueden participar dos o más jugadores, El juego tiene lugar en una cancha de unos 5 metros de largo por 2 de ancho. La superficie de este terreno debe ser de tierra, pareja y árida, tal como la de las canchas de bochas aunque no tan blanda.Es de buen gusto que un pequeño árbol se sitúe en uno de los costados.En realidad, los mejores lugares para instalar canchas de bolitas son los rectángulos de tierra que existen en las veredas del Gran Buenos Aires. En la Capital, como se sabe, las veredas llegan hasta el cordón y los espacios sin baldosas que rodean a los árboles son insuficientes. Por eso los chicos de la Provincia han sido siempre más diestros en este juego.Hay cuatro líneas que limitan la cancha y una que la divide en dos, llamada "mita". En el centro exacto de una de esas dos mitades, se encuentra el hoyo.Y aquí nos topamos con otro punto de discusión. Algunos prefieren excavar el hoyo con una chapita de naranjin. Otros entierran una bolita y, después de extraerla ensanchan el cráter resultante. Los más desaprensivos clavan el taco en la tierra, y lo hacen girar, obteniendo de este modo enormes cacerolas que desvirtúan el carácter del juego.Los jugadores se sitúan detrás de la línea de salida, que es la línea más corta más lejana del hoyo. Uno a uno van lanzando sus bolitas, tratando de colocarlas en el lugar más cercano al citado agujero. Esto es de capital importancia, pues después del tiro de salida, el primero en jugar será quien se encuentre más próximo al hoyo. De este modo, si uno observa que el jugador anterior ha conseguido arrimar demasiado bien, mejor Serra que no trate de superar esa marca y busque los lugares más seguros de la cancha.El objeto del juego, aclaremos, es embocar en el hoyo y hacer impacto en las bolitas de los contrarios ("quema"). Los jugadores "quemados" van egresando del juego y pagando a quien los quemo. Cuando queda solamente uno, termina la ronda y comienza otra.Cada participante va evolucionando con su bolita conforme a una cierta estrategia. Algunos persiguen a su presa y se van acercando cada vez más, aun a riesgo de quedar ofreciendo un blanco fácil. Otros buscan siempre los lugares lejanos y hacen tiros largos (es decir "rugen"). Si una bolita sale fuera de la cancha debe permanecer en el lugar donde ha quedado para que los otros jugadores le tiren, si así lo desean. Al corresponderle nuevamente el turno, el jugador podrá efectuar su tiro desde cualquier punto de la línea atravesada por su bolita al salir.

III LA BOLITA Y EL CANTO

Para obtener prioridades y anunciar decisiones o reclamar la vigencia de ciertas reglas es necesario -en la bolita- pronunciara voz en cuello algunos conjuros predeterminados. Veamos una pequeña colección de ellos."Bolita cola": es en realidad la invitación o desafió a jugar y también la reserva del privilegio de tirar ultimo. También puede decirse "Bolita cola, no puntié", esclarecedora frase que indica que uno no tiene intenciones de someterse a ningún "punteo" o arrimada previa, para establecer el orden de salida."Mita al medio, buena al tiro": canto que sólo puede realizar el que tira último en la salida. Si el tipo considera que alguno de sus rivales esta demasiado cerca del hoyo, le suelta el canto y le da el hoyo por embocado.Pero -eso si- lo obliga a poner su bolita en la mita, expuesta a su disparo inicial."Buen repe": ante la proximidad de la pared, se grita este conjuro para indicar que si el impacto se produce de rebote, también Serra valido.El canto contrario es "mal repe"."Pica paso": declaración de voluntad que asegura la posibilidad de colocar nuestra bolita a un paso de distancia, si un pique traicionero la pone a merced del rival. Algunos niños tahúres suelen retrucar "de hormiguita", para reclamar que el paso sea pequeño. "Voladora", agrega, entonces el primer niño. Y se manda un paso de cuatro metros. También puede aullarse "pica no paso"."Cuantas quiera": Como el jugador que emboca en el hoyo o realiza una quema vuelve a tirar, muchos niños proceden a sacudir tres o cuatro quemas seguidas a la misma bolita, con el fin de irse acercando a otros objetivos. Para poder hacerlo debe pronunciar las palabras que encabezan este fragmento."Corta, retira no garpa": Salvedad con que el pequeño que va ganando anuncia su derecho a abandonar el juego en cualquier momento, sin que este raje le resulte oneroso."Bien sonati": exigencia más bien ranfañosa, según la cual se pretende que los impactos hechos en nuestra bolita hagan ruido o no se paguen."Mueve pajita, garpa bolita": pareado pentasílabo que es de lo ultimo y se profiere cuando la bolita contraria esta en medio del pastito.Existen infinidad de formulas "buena línea recorrida", "hoyo antes de quema", "buenamengua", etc. Cuando se quieren evitar los rencores que provocan estos cantos, se juega "a todas buenas", es decir, sin cantar.

IV - COMO EMPUÑAR LA BOLITA

Para efectuar el disparo, debe colocarse la mano izquierda alzándose sobre sus dedos en el punto exacto donde estaba la bolita. La mano derecha descansara sobre la izquierda y empuñara la bolita. Los zurdos harán exactamente lo contrario.Hay dos formas clásicas de tomar la bolita: la antigua, despreciada muchas veces, y la moderna. En la primera la bolita se aloja detrás del índice. En la segunda, detrás del mayor, sirviendo el índice como guía o mira.Hay algo más. Algunos pibes muleros suelen extender la mano hacia adelante acercándose a la bolita del adversario. Esta demasía se conoce con el nombre de "ganfia o gañote" y es el origen de innumerables reyertas.En este punto conviene aclarar la existencia de otros juegos de bolita:"el triangulo, el gallito, la troya, la cuarta". Pasaremos por alto la complicada explicación de sus reglas.
El pasto ya ha crecido sobre las canchas. Los chicos ya no tienen las rodillas sucias. Los pantalones de medidas infantiles no tienen bolsillos.El pavimento y las baldosas lo cubren casi todo. Mandeb quizás tenia razón.Existe una conjura universal para impedir el juego de la bolita.Alguien tiene que ocuparse de indagar las razones de este complot y -si es posible- desbaratarlo.Y hay que encontrar los quinientos millones de bolitas perdidas.Hace pocos días, el autor de esta note trato de dar con el frasco donde guardaba unas pocas docenas. No estaba. Tampoco estaba la caja de las chapitas, el álbum de figuritas ni el trompo ni los autitos con masilla.Algo malo debe estar ocurriendo.

De “Crónicas del Ángel Gris”


LITERATURAS DEL ANGEL GRIS
Alejandro Dolina


La creencia en lo sobrenatural termina siempre siendo abolida por las gestas racionalistas. Sin embargo, como observa Rafael Llopis, los mitos regresan del brazo del arte romántico. Pero ya no como las puras creencias que eran antes, sino como estética.
Aun negados por la razón, los fantasmas se resisten a morir. Pero deben abandonar sus pretensiones de verdad y se ven obligadas a expresarse en un plano artístico donde reconocen de antemano su condición de fantástica.así el sentimiento, negado como creencia por la razón, niega a su vez la razón. Pero ya siendo arte, convertido en el eco de algo que ya no es, el mito pierde fuerza y se va agotando.
Hasta aquí Llopis. Tal vez falta apenas un modesto condimento: el arte romántico establece un vinculo inexorable entre el creador y su obra.De este modo el artista cree redondamente en sus engendros o al menos- como pedía Coleridge- suspende su incredulidad.
Los analistas de los mitos de Flores aplican estos criterios para explicar la leyenda del Ángel Gris.
Es posible que los vecinos hayan creído alguna vez en la existencia cierta de este mistongo agente celestial. Los Refutadores de Leyendas se encargaron de desalojar la superstición. Y nosotros recibimos - sombra de un suspiro- los restos incompletos de una literatura de barrio que insistió en el Ángel a pesar de todo.
¿Dónde ubicar a los Hombres Sensibles en estos vaivenes del pensamiento y la pasión?
No es fácil decidirlo. Manuel Mandeb y sus amigos no eran ingenuos en absoluto. Sus ilusiones no terminaban en el desengaño, sino más bien empezaban por allí.
Por lo que sabemos casi nunca hablaban del Ángel Gris. Tampoco ha llegado hasta nosotros la constancia de ninguna polémica acerca del asunto.En cierto modo, esto hace sospechar una certeza. Quien no hace cuestiones sobre la existencia de algo es porque esta seguro al respecto.Por supuesto ignoramos si tal certidumbre afirmaba o negaba al Ángel de Flores.
Curiosamente, muy cerca del silencio de los Hombres Sensibles, cundieron infinidad de textos, obra de artistas del vecindario, en los que se contaban toda clase de historias en las que aparecía el ángel.
De ella se ha extraído toda la información que poseemos ahora sobre esta figura desteñida, la más importante, pero también la más lejana en los relatos de Flores.
Repasemos algunos rasgos del Ángel Gris en los que coinciden la mayoría de los autores consultados.
* El ángel era invisible. Se sabe sin embargo, que llevaba una túnica gris y que sus alas estaban un poco sucias.
* Sus poderes eran escasos, como lo expresa una antigua copla:
"Que puede ofrecer un ángel que no sea fantasía o algún humilde milagro de cuarta categoría."
* Se creía que había sido castigado por alguna transgresión. Su pecado debió haber sido también humilde, pues no había nada de satánico en sus procedimientos.
* Era servicial, pero todos procuraban evitar su ayuda. Por alguna razón, el Ángel creía que la melancolía y el desencuentro eran cosas deseables y entonces recompensaba a sus entenados con tristezas permanentes.
* Se ha dicho que odiaba a los automovilistas y por eso interfería el funcionamiento de los semáforos.
* Siempre le gustaron las canciones tristes. A veces dictaba composiciones al músico Ives Castagnino. Las rubias de la calle Caracas han oído serenatas angelicales que parecían surgir de la sombra o de la nada.
* Participaba en todos los juegos del barrio. El ruso Salzman afirmaba que la probabilidad de hacer un siete en el pase ingles era dos veces mayor en Flores que en cualquier otro lugar. Carlos Menéndez, un renombrado ventajero de la calle Bolivia, juró que en diez años de actividad en todas las timbas de la barriada jamás le había tocado el siete de oros, carta que recibía con razonable frecuencia en Caseros o en Palermo.
* Repartía sueños desde el anochecer hasta el alba, llevando una canasta de panadero.
* No le estaba permitido salir de Flores. Los duendes, los fantasmas y los demonios de otros rumbos se burlaban de él.
Sin pretensión de antología, damos a conocer seguidamente algunos textos y datos biográficos de los escritores oscuros que se ocuparon del Ángel Gris.

RICARDO PEREZ BRUNETTO

Manuel Mandeb solía jactarse de haber olvidado la teoría de la relatividad, cuando en verdad jamás la había conocido. En el mismo sentido, Pérez Brunetto, con fingida amargura, decía que era un escritor olvidado: jamás alcanzo semejante rango. Pese a todo, algunos de sus cuentos impresionaban a sus primas hasta limites que el propio artista trato de ocultar:

CARLOS Y AMELIA:

El primer corazón lo encontró pintado en la pared del frente de su casa.En su interior, entre firuletes, se leía "Carlos y Amelia". Aunque se llamaba Carlos no se dio por aludido, pues no conocía ninguna Amelia.El segundo lo impresiono un poco más. Estaba dibujado a dedo limpio en la vidriera del bar "Tío Fritz."Al tercer corazón comprendió que el asunto lo concernía. Se le apareció de repente al despegar del ropero una foto de Laura Hidalgo.después empezó a encontrar corazones por todas partes: en el baño de la cancha de Vélez, detrás del almanaque de una tintorería, en un cuaderno viejo y en un árbol de la plaza a una altura impracticable para cualquier enamorado.No le costo nada sospechar algo prodigioso. Ninguno de sus amigos tenia ingenio ni tesón para una broma semejante.El último corazón se presento en un barrilete que acababa de arriar y que carecía de toda inscripción al ser remontado. Lo habían dibujado en el cielo.días más tarde, Carlos conoció a Amelia. Era hermosa pero triste y fría.Ahorraremos tramites literarios si decimos que se enamoro de ella. Averiguo donde vivía, fingió encuentros casuales, trato de interesarla de cien diferentes maneras. Finalmente le confeso su amor, suplico, se humillo, pero la mujer no le presto atención.No debe haber existido jamás un rechazo tan inapelable como aquel.después ya no aparecieron nuevos corazones. Carlos no vio a Amelia nunca más, pero por su culpa envejeció sin amores.Un DIA supo por una bruja que el Ángel Gris prepara estos sucesos para que algunos privilegiados vivan la rara experiencia del amor imposible.Y una tarde, paseando frente a la casa abandonada de la mujer terca, descubrió la borrosa sombra de un corazón pintado bajo la ventana.Entre firuletes se leía "Amelia y Ernesto."

RUBEN DI LEO

Centro delantero del club Empalme San Vicente. No era literato, pero escribió un extenso volumen titulado Mis mejores Jugadas, en el que relata con estilo insufrible más de mil quinientas acciones futbolísticas en las que aparece como protagonista. Una de ellas tiene cierto interés para nosotros:

JUGADA 304

Perrone pateo el corner desde la izquierda. Perdíamos uno a cero y faltaban dos minutos. El tiro le salió demasiado alto. Yo estaba en el área, pero ni pensé en saltar. De pronto sentí que unas manos ardientes me tomaban de la cintura y me elevaban por el aire. Así alcance una altura fenomenal, casi un metro por encima de los defensores. Misteriosamente mi cabeza chocó con la pelota. Las manos me soltaron y caí despatarrado. Me pareció escuchar el rumor de unas alas, pero fue mucho más fuerte el grito de gol de la tribuna.Desde ese día, cuando hay un corner trato de patearlo yo.

IVES CASTAGNINO

El más famoso de los músicos de Flores y de Palermo. El vals que transcribiremos fue dictado, según dicen, por el propio Ángel que además solía cantarlo al hacer cada noche la entrega domiciliaria de sueños:

EL REPARTO DE SUEÑOS (Fragmento)

Sueños rojos, azules y verdes, Tengo sueños de todos los colores.Sueños blancos y sueños rosados Para todas las pibas de Flores.
Hay un sueño, tan largo Que al soñarlo se escapa la vida.Y uno corto que es como un suspiro Quien lo sueña, sueña que suspira.
En esta canastayo traigo, señoreslos sueños famososdel barrio de Flores.
Tengo un sueño, dorado, imposible,tan hermoso que todos lo quieren.Y otro negro, perverso y terrible:el que no se despierta se muere.
Tengo aquí, para dar a los pobreslujosísimos sueños reales.Son los mismos que sueñan los reyes,al soñar somos todos iguales.
En esta canastayo traigo, señores,los sueños famososdel barrio de Flores.

LUNCHEON TICKET

Seudonimo anglofilo queutilizaba el Dr Pelagio Faggiolo para escribir novelas policiales. En sus relatos es elementalmente sencillo descubrir al asesino en virtud de los tempranos adjetivos que se le propinan.(Por ejemplo: el infame señor Galveston.)

LOS SEIS QUE SE SIGUEN

Harry, el ladrón simpático, estaba cercado. Los seis detectives más ilustres del mundo estaban en la ciudad, convocados para darle caza. Philo Vance, J.G. Reeder, Ellery Queen, Philip Marlowe, Sherlock Holmes y el padre Brown pronto empezaron su trabajo.Sin embargo, el Ángel Gris de Brooklyn acudió en su ayuda.Vance recibió una orden misteriosa e inapelable para que siguiera a Reeder.A Reeder se le ordeno seguir a Queen.Queen recibió ordenes de seguir a Marlowe.A Marlowe le ordenaron seguir a Holmes.A Holmes le dijeron que siguiera al padre Brown.Finalmente el padre Brown fue comisionado para seguir a Vance.A las pocas horas los seis estaban inmóviles en una plaza acechándose mutuamente y esperando un primer paso que nadie iba a dar.Harry, el ladrón simpático, cometió algunos delitos y después comenzó una nueva vida en un país lejano.Los seis detectives siguen en Brooklyn, atascados como universo inmóvil que espera una Voluntad.

NITO D'ALESIO

Literato aficionado de Monte Castro. Fue empleado municipal, como lo permiten colegir sus manuscritos, siempre estampados en el revés de formularios de la intendencia:

LA CALLE DEL BIEN Y DEL MAL

Como bien lo sabemos, la cuadra del Ángel Gris esta en la calle Artigas entre Bogota y Bacacay. Sucede allí algo muy particular: en una de las veredas no es posible ser bueno. En la otra es imposible ser malo.Una noche pase con una muchacha rubia por la vereda oeste. La arrincone en un umbral oscuro, la bese con pasión y logré poseerla allí mismo.Después cruzamos la calle. Y mientras caminábamos por la vereda oriental, le pedí que me olvidara y la abandone para siempre.En la cuadra del Ángel Gris hay dos veredas. En una no es posible ser bueno, en la otra no se puede ser malo. Aun no tengo decidido cual es cual.Hay en nuestro poder muchísimos otros escritos, todos con el mismo escaso interés.En estos días nadie se preocupa del tema. Los Hombres Sensibles se han desparramado y las gentes razonables prevalecen en Flores y en el mundo entero.Tal vez el propio Ángel Gris, allá en los desolados campanarios, cantara esta vieja copla que convida a durar.
Los que no saben soñardicen que nunca me han vistoy hasta yo mismo sospechoque en una de esas, no existo.

De “Crónicas del Ángel Gris”


LOS AMANTES DESCONOCIDOS
Alejandro Dolina

La sociedad de Amantes Desconocidos de Flores fue tal vez la entidad más secreta del barrio. Su misma naturaleza hacia imprescindible la discreción.Hace algunos años, cada vez que alguien recibía una carta de amor sin firma los hombres sabios no vacilaban en atribuirla a la Sociedad. Era esto un error: siempre han existido enamorados ocultos, sin que haga falta inventarlos.Por otra parte, cabe razonar que la obra de los Amantes Desconocidos solo pudo tener buen efecto en la medida en que no les fuera atribuida.Se calcula que en los años de su actuación, la Sociedad fraguó más de dos mil historias de amor.El procedimiento habitual era sencillo. Sin mayores ceremonias se elegía a una persona cualquiera. La mayoría de las veces se trataba de solitarios, melancólicos, desengañados, aburridos o simplemente amigos a quienes la entidad deseaba favorecer.El paso inmediato consistía en crear un amante ficticio para la persona elegida. Un equipo de ingeniosos creativos se encargaba del asunto. A los ingenieros les inventaban adolescentes picaras. A las modistas de la calle Morón les dibujaban nobles arruinados. A los Hombres Sensibles les hacían amantes románticas y trágicas, pero también muy pechugonas, que eran una verdadera delicia.Una vez establecidas las características generales del amante ficticio, se enviaba la primera comunicación. Así, muchos hombres y mujeres de Flores recibieron sorpresivas declaraciones anónimas que los llenaron de estupor.Se transcribe a continuación la carta que llevara el número de orden 1114."Querido ingeniero Atilio D. Gallardo: Le escribo desde las tinieblas de mi soledad. Le ruego que me disculpe si usurpo su preciosa intimidad. Pero existe, mi querido ingeniero, un sentimiento dentro de mi que ya no puedo dominar.Es preciso que usted sepa que lo amo, ingeniero.Usted no me conoce... O para decirlo mejor: usted jamás ha reparado en mi.¿Quién soy...?No creo que valga la pena que usted lo sepa. Digamos que me llamo Luisa, aunque ese no es mi verdadero nombre. Algunos dicen que soy joven y hermosa, pero tal vez exageran.Ah... si supiera, ingeniero, cuantas veces he llorado por usted.Si supiera cuantas noches despertado llorando y pronunciando su nombre:Atilio. En mi cuarto tengo un pequeño retrato suyo que he recortado de la revista "Temas de la construcción."Usted tal vez se ría de los delirios de una pobre muchacha enamorada. Pero ya no puedo luchar más contra mi corazón, ingeniero.Quiero proponerle algo. Escríbame. Cuénteme algo de su vida. Desde luego, todavía no pienso revelar mi verdadera identidad, de modo que deberá usted dirigirse a Luisa, Casilla de Correo 32.Un beso apasionado de su Luisa."
Después comenzaba la verdadera historia. El ingeniero respondía, Luisa escribía otra vez, el ingeniero reclamaba un encuentro, Luisa se negaba... Y entre carta y carta se iban conociendo e interesando cada vez más.Por supuesto, el encuentro no debía producirse jamás. Y esta es en verdad una regla de oro de los amantes desconocidos, reales o ficticios.Toda relación deberá girar alrededor de un encuentro futuro. Pero es fundamental el no encontrarse nunca. Las razones se ven venir: todo amante desconocido es perfecto. Tiene la cara que uno desea. Es, a nuestro capricho, morocho, rubio o ambas cosas a un tiempo. El amante desconocido no tiene defectos, no tartamudea, no fastidia con cosas cotidianas. Pero hay una virtud fundamental: por no ser nadie es también todas las personas del mundo. Si se comete el desatino de darle una identidad cierta, el amante desconocido se achica, aunque sea un ángel. Si es alto, ya no podrá ser petiso. Si es atlético, ya no podrá ser enclenque. Si es Juan, ya no podrá ser Pedro.Si es Luisa, ya no podrá ser Esther.
Por estos mismos motivos, la Sociedad de Amantes Desconocidos jamás enviaba fotografías aunque si las reclamaba de sus beneficiarios.La actividad de estos filántropos tenia por objeto combatir la soledad y la desdicha. Y cabe señalar que su acción despertaba en los vecinos del barrio un sano espíritu de emulación. Al conocer la existencia de enamorados secretos, muchas personas descubrían dentro de sí esa misma condición. Y así, junto a los amantes de ilusión creados por la Sociedad, cundieron los amantes secretos verdaderos.En sus buenos tiempos, Manuel Mandeb se carteaba con cuatro amores misteriosos. El pensador sospechaba que por lo menos dos eran obra de la Sociedad, más que nada, por el papel barato de las cartas. Pero sus investigaciones lo llevaron a comprobar la existencia cierta de las otras dos.Una de ellas resultó ser una compañera de un curso de guitarra que Mandeb seguía penosamente. Cuando el hombre se presento ante ella con las cartas en la mano, la chica rompió a llorar y huyo para siempre.La ultima de las amantes secretas era -según se supo mucho después- Beatriz Velarde, la piba más hermosa de Flores, de quien -a su vez- Mandeb era enamora- do secreto en otra colección de cartas.Pero estaba escrito que Manuel y Beatriz no se amaran nunca.El ingreso a Amantes Desconocidos de un grupo de redactores humorísticos y malévolos provoco una serie de catástrofes que marcaron la decadencia de la Sociedad.Estos profesionales, que perseguían únicamente la diversión personal, empezaron a enviar cartas a damas casadas y a urdir toda clase de intrigas chuscas.De este modo consiguieron que la Sra. Aurora B de García Vassari se presentara a las cuatro de la mañana con una vela en la mano en el fondo del pasaje Triste.Asimismo fueron los culpables de infinidad de divorcios, riñas, peloteras y toletoles entre los matrimonios más acrisolados de Flores.Pero hay que mencionar un fenómeno curioso que les ocurría a casi todos los miembros de la Sociedad.Conforme avanzaba la correspondencia con los beneficiarios, muchos guionistas se enamoraban de verdad. La conocida redactora publicitaria Luz Vasallo se volvió loca de amor por el poeta Jorge Allen, cuyo caso atendió durante meses.Para evitar estas situaciones, las autoridades de la entidad resolvieron una rotación de guionistas. Pero el resultado fue desastroso. Las cartas perdían coherencia y verosimilitud, pues los redactores no alcanzaban a compenetrarse debidamente en su función.Sobre el final de sus actividades Amantes Secretos recurrió al teléfono.No fue una experiencia feliz. El lenguaje telefónico es menos tolerante con la creación artística y -por lo demás- muchos guionistas soltaban la carcajada en medio de las charlas, provocando cierta perplejidad en el cliente.El juego de los Amantes Desconocidos era sin duda apasionante. Pero aunque admitía procesos más o menos prolongados, al cabo terminaban por extinguirse.Nadie puede resistir mucho tiempo la tentación de conocer. Todos, tarde o temprano, exigen la consumación del amor epistolar.Y así terminaban todas las historias. La mayoría de las veces con el silencio y el olvido. En alguna ocasión, con encuentros más bien desteñidos.Ives Castagnino, el músico de Palermo, se encontró una vez con una dama desconocida que le había enviado cartas durante años. Cuando la vio en la esquina, se acerco y le dijo:- Buenas noches. Soy el desengaño.Hoy ya nadie habla de los Amantes Desconocidos de Flores. Pero esta entidad sin fines de lucro bien puede dejar en nuestro espíritu la sombra de una idea.¿Por qué no convertirse uno en Amante Desconocido? ¿Por qué no ayudar con ilusiones a tantas almas solitarias que andan por la cuadra?La vida esta poniéndose muy aburrida. Sería maravilloso recibir una mañana de estas una nota perfumada y llena de besos que viene de no sé dónde.Dejo la inquietud a tantos guionistas, redactores, poetas y literatos que malgastan su tiempo jugando al billar.

De “Crónicas del Ángel Gris”


NIÑOS LIBROS Y LECTURAS
Alejandro Dolina


Las novelas decimonónicas sobre el Imperio Romano se esfuerzan en reconstruir la época de los Cesares y apenas consiguen revelar las preferencias y gustos del siglo XIX. Sucede que los cónsules, los senadores y los emperadores no pueden disimular el acento de las tertulias parisinas, por mucho que se esfuerce el escritor. Esto no debe dejar apuntarse como un reproche sino más bien como una fatalidad que conviene saber antes de la lectura.Algo parecido sucede con los libros para chicos. Escritos desde un mundo diferente, suelen referir historias que suenan falsas, protagonizadas por seres lejanos e incomprensibles. Ante su propia creación, los autores suelen afectar una especie de perpleja benevolencia, la misma que se usa en la descripción de las costumbres de los salvajes.Alguien podrá decir que lo más conveniente es que los romanos escriban sobre el imperio, y los niños sobre la infancia. Objeción: los romanos no escriben ya y los niños no lo hacen todavía. De unos y otros nos separa el tiempo.Puede aducirse que mientras ningún escritor actual ha sido ciudadano del Imperio, casi todos han sido niños. Sin embargo, un complicado abismo de olvidos y falsos recuerdos parece alejarnos de nuestras emociones infantiles. Los literatos que se fingen chicos no consiguen engañar a nadie.A decir verdad, no es posible ni siquiera saber con certeza si los niños disfrutan de los libros que se les preparan.Con mucha cautela, me atrevería a apostar que no. Evocaciones que acaso invento ahora me remiten a las historias de terror, las investigaciones de Mister Reeder, el Padre Brown y el poema A Margarita Debayle, creaciones todas que poco tienen de infantiles.Me parece también recordar que a mis cuatro o cinco años escuchaba con más placer La Copa del Olvido o Mi Noche Triste, que las cargosas pamplinas sobre faroleras tropezadas.Así, menos en forma de teoría que de sospecha, postulo que un libro que entretiene a un chico debe ser capaz de hacerlo con un adulto. Desde luego, la admiración no sirve en el orden inverso: toda obra necesita una información previa por parte del lector para ser comprendida. El cuento El inmortal, de Jorge Luis Borges, resultaría más incomprensible -o insulso- para quien desconociera la existencia de Homero.
La medición de un hexámetro exige saber latín. Presiento, sin embargo, que miles de cuentos y novelas pueden ser leídos sin penuria por los chicos y sin aburrimiento por los mayores. Los ejemplos son tan contundentes que me avergüenzan: La Isla del Tesoro, los cuentos de Oscar Wilde, Las Mil y una Noches, las maravillas y horrores de la mitología clásica.Frente a estas obras, los coloridos volúmenes de las colecciones infantiles resultan bastante insípidos.A veces me palpito que muchos de estos textos son estropeados por la intención edificante. Alguien me dijo una vez que en verdad ocurre lo contrario: la torpeza literaria desacredita la moraleja.
Manuel Mandeb, el polígrafo de Flores, sentía horror por las novelas protagonizadas por niños. Sostenía que sus comportamientos eran poco racionales, o lo que es peor, poco artísticos. Recomendaba insuflar a los pequeños personajes la mayor gravedad, pues entendía que los chicos son generalmente serios y aborrecían la socarronería.Mandeb creía que el amor a los niños era una virtud literaria capaz de redimir cualquier defecto.
-El cariñoso esfuerzo conmueve a los pibes aunque no lo confiesen - decía.
Me parece que el hombre de Flores adivinó una gran verdad.Cuando era chico yo sentía una emoción deliciosamente triste ante las calesitas, los circos y los caleidoscopios. No me gustaban, no me divertían.Pero me hacían sentir una inmensa piedad por aquellas gentes, más inocentes que yo, que trataban de agradarme con ingenio modesto.De entre mis juguetes infantiles recuerdo una cimitarra de madera que me trajo mi padre. Mis juegos no incluían las gestas sarracenas, de modo que no pude sacarle el mayor provecho. Pero allí estaba el amor del hombre aquel que tal vez no me comprendía.Por eso creo en el criterio de Mandeb. El amor de un poeta puede ser más eficaz que un buen argumento.Más tarde he reconocido aquellos sentimientos de la niñez al recibir algún regalo demasiado humilde.En los años dorados, un grupo de maestros melancólicos del barrio del Ángel Gris preparo un libro de lectura escolar diferente de todos.Su titulo fue Tempranos Desengaños.Contaba con textos de Manuel Mandeb y Jorge Allen, la docente Etelia C. de Doth y otros oscuros literatos del barrio. También se procuro hacer creer que escribían algunos niños, cosa que nadie llegó a admitir jamás.Muchos educadores han dicho que Tempranos Desengaños carecía de propósitos aleccionadores. Nada más falso. , En muchas de sus paginas se promueve la admiración de ciertas conductas. Sucede -eso si- que tales conductas son precisamente aquellas que repudian los libros infantiles convencionales. Se enaltece la inasistencia a clase, se desprecia la aplicación, se duda de la higiene y se festejan los desordenes.Hay cuentos, poesías, notas y canciones, entre las que sorprende encontrar la milonga Cobrate y Dame el Vuelto.
Vamos a transcribir algunos textos.

LOS DEBERES DE PEDRO

Pedro se sienta en los últimos bancos del aula, como corresponde a un chico que desdeñan la educación y la vecindad de los poderosos. Las conspiraciones y los batifondos nunca lo hallan ajeno. Busca el riesgo de las transgresiones y la compañía de los más beligerantes. A veces lo tientan el estudio y la inteligencia.Entonces, como quien acepta un desafío, como una compadrada, resuelve arduos problemas de regla de tres y cumple los dictados sin tropiezos.Un día, la maestra le acaricia el pelo tiernamente. Él piensa:
- Ay señorita... Si supiera como me gustaría regalarle una flor y darle un beso.
Pero Pedro sabe quien es y conoce su deber y su destino. Con una gambeta se aleja del afecto inoportuno y va a buscar la gloria allá en el fondo, donde los malandras se empeñan revoleando los tinteros para que se cumpla mejor el divino propósito del Universo.

EJEMPLO(poesía)

Los sabios nos han dichoque sigamos la sombra de tu paso.Y ha sido tu destrezala vergüenza de nuestras lentitudes.
Los signos que guardabala efímera pizarra en su negruraa ti no te negaronrevelaciones y sabidurías.
Los Seres que Vigilanhan sabido por ti nuestras infamiasy hallaste recompensaen la noticia del castigo ajeno.
Ah, blanco paradigma,luminoso, implacable compañero:hoy nuevamente ha sidopostulada tu suerte como ejemplo.
El numeroso patiotu sangre dibujada vio en el sueloy el rumbo de mis golpessiguió la blanca popa de tu miedo.
Así supieron todosdespués de tu derrumbe en el recreolas biabas que prometemi zurda a los traidores del colegio.

LOS NIÑOS PRECOCES (por Manuel Mandeb)

Algunos chicos dan frutos tempranos, no los niego. Sus padres se enorgullecen y los exhiben entre sus familiares y conocidos, cuando no en el cine o la televisión.Me atrevo a pensar -sin embargo- que no toda precocidad es auspiciosa.Empecemos por decir que existen adultos bondadosos, agudos, valerosos o geniales. Y que también los hay mediocres, hipócritas, pomposos y canallas.El niño precoz recibe la visita anticipada de ciertos rasgos de la adultez.Algunos tocan el piano como expertos profesionales, otros aprenden lenguas, dibujan o poseen la ciencia.Pero hay chicos cuya precocidad consiste en adquirir antes de tiempo el tono vacío y protocolar de las conversaciones de sala de espera, y aprenden a los seis años la filosofía de los tontos satisfechos.
"Así anda el mundo, Doña Juana..." "Que se gana discutiendo, DonJosé..." "Hablando se entiende la gente, Carlitos..."
También repiten el lenguaje de las revistas y hacen suyas las respuestas de los reportajes más vulgares.Por cierto, mucha gente cree que esa es la sabiduría, y yo digo que más sabios son los pibes indoctos que observan con repugnancia los diálogos de los parientes bien educados.
Ojalá surjan muchos niños prodigio que se apropien del genio con impaciencia.Pero para ser un papanatas, me parece que no hay apuro.

EL NIÑO QUE FUE A MENOS

La señorita Claudia le pregunta a Ferro:
-¿Quién fundó la ciudad de Asunción?
Ferro lo ignora y lo confiesa. La maestra intenta por otros rumbos.
- Tissot.- No sé señorita.- Rossi.
Silencio. El ambiente se pone pesado porque quizá la señorita Claudia enseño aquello el día anterior.
- Maldonado.
Nada. Claudia frunce el ceño y ensaya unos reproches generales.Frezza, el tano Frezza, lo sabe de algún modo misterioso. Es extraño el camino que siguen las nociones: suelen alojarse donde menos se lo piensa.
- Nuñez. López. Dall'Asta.
Tampoco. Frezza espera, sobrador, sin levantar la mano. Cosa de manya orejas, piensa.La señorita Claudia se dirige a las niñas y pronuncia el nombre amado.Frezza esta muy lejos para soplar y la morocha que lo enloquece no puede contestar.De pronto, la maestra lo mira.
- Frezza.
Y el niño taura, que tal vez necesita anotarse un poroto, se levanta, mira hacia el banco de la morocha y dice casi triunfal:
- No lo sé.
Si es que nadie lo sabe estará bien no saberlo. Frezza se sienta y se oye entonces, como en una horrible blasfemia, la voz de Campos, injuriosa:
- Juan de Salazar!
Pasaron los años. La morocha no conoció el amor de Frezza ni tampoco su gesto elegante y generoso.Si alguien califica estas lecciones en alguna Libreta Celeste, Frezza tendrá un nueve. Y si ni siquiera existe esa Libreta, entonces tendrá un diez.

UNA PELEA

Me empujaron a la salida. Hubo un tumulto blanco y después de una rápida investigación que de frente a frente con Carlos.
-¿Qué empujas?
Se formo una rueda. Alguien gritó:
-Fajalo...
Niñas aterrorizadas se sumaron al grupo.Carlos se puso muy colorado. Manos crueles lo empujaron hacia mí.Tito, falso caudillo y sujeto temido, me dijo:
-Dale... ¿O le tenés miedo?
Entonces le acomode una piña y ahora ya sé que soy cobarde.
Tempranos Desengaños no fue aprobado por las autoridades escolares.Puede afirmarse que pocos chicos lo leyeron.Sin embargo, como si alguien les impartiera preceptos secretos, aun hoy, en el tiempo de Los Refutadores de Leyendas, hay niños que se siguen sentando en los últimos bancos y también hay hombres que lejos ya dela escuela se apartan de las ventajas y de las oportunidades fáciles.A esos, a los del Fondo, a los que pudiendo sentarse en el primer banco lo rechazan, a los que no figuran como ejemplos en los libros de lectura, a los espíritus lunares, a los alumnos de coraje y honor que - según presiento- no leen obras como esta, a todos ellos-tardíamente- los abrazo ahora, cuando ya no me lo impiden las mezquindades que cargue en mi niñez.

De “Crónicas del Ángel Gris”


PACTOS DIABOLICOS EN FLORES
Alejandro Dolina

Los Hombres Sabios aseguran que en los viejos tiempos, el demonio y sus subalternos paseaban con frecuencia por el barrio de Flores. Después del anochecer, en la plaza y la estación, rondaban nobles y plebeyos infernales.Asmodeo, inspirador del juego, visitaba las timbas.Baal-Fagor auspiciaba inventos y descubrimientos perversos.Uzza y Azrael enseñaban a las mujeres a maquillarse para encender la lujuria de los hombres.Y también acechaban Astaroth, Belial, Samyaza, Yekun y Belcebú, el señor de las moscas.El propio Satán paraba en una lechería de la calle Artigas.El aspecto de los demonios permitía confundirlos con ciudadanos vulgares. Y en verdad, esto es lo que ocurría generalmente. Sólo los muy sagaces alcanzaban a vislumbrar las señales que denuncian al que viene de las tinieblas: la demasiada elegancia, los botines relucientes, un anillo en el meñique, el reloj de oro, una uña larga y afilada, un boleto en el ojal de la solapa.Se sospecha que el propósito de aquellas presencias era la concreción de pactos diabólicos.Manuel Mandeb juraba haber visto un carro en la noche, conducido por Mandinga El polígrafo de Flores asustaba a los chicos imitando el pregón:
-Almas...compro almas...Llego el Tentador, patrona...
El músico Ives Castagnino mostraba un contrato de pragmática impreso en los talleres gráficos del Averno. Allí se establecían las condiciones generales del pacto y las obligaciones del aspirante, que eran trece.
1) Renegar de Dios2) Blasfemar continuamente3) Adorar al diablo4) Usar cualquier medio para no procrear5) Jurar en nombre del diablo6) Comer carne7) Imaginar que se tiene comercio carnal con el diablo8) Llevar siempre encima la imagen del diablo9) Lavarse la cara y peinarse de cuatro en cuatro días10) Bañarse cada cuarenta y dos días11) Mudar de ropa cada cincuenta y siete días12) Afeitarse cada noventa y un días13) No cortarse ni limpiarse las uñas jamás y comer cada cuatro horas, cuatrodientes de ajo.
Acordar un pacto con el demonio significaba siempre la entrega del alma.Se sospecha que en Flores algunas personas fueron efectivamente tentadas y alcanzaron a estampar firmas sangrientas para legalizar su perdición.El abogado Antonio B. Ávila fue acusado muchas veces de facilitar su oficina y los papeles sellados para estos convenios abominables. Si bien la venta de al más se mantenia en el mayor secreto, han llegado hasta nosotros los nombres y las historias de algunos condenados por voluntad propia.No se trata-confesemos- de casos ilustres, como el del doctor Fausto, el párroco Urbain Grandier o el pintor bavaro Christoph Haizmann. Pero vale la pena conocer a estos modestos tratos infernales, aunque más no sea para aprender a gambetear los engaños del Adversario.

EL BANDONEONISTA ANSELMO GRACIANI

Los músicos que pactan con el diablo alcanzan siempre una dimensión genial. No ocurría así con Anselmo Graciani. Su exigencia ante Lucifer fue poder tocar como deseaba y soñaba, y los anhelos musicales de Graciani eran vulgares.Cierto es que despachaba la variación de Canario en Paris con los ojos cerrados. Pero más allá de las compadradas acrobáticas su estilo era banal y relamido, asolado por innecesarios firuletes de cumpleaños.Alcanzo éxito y renombre en ciertos ambientes. Ives Castagnino llego a tocar en su orquesta y aprendió a odiarlo.Se dice que Graciani pagará el don recibido tocando eternamente en el Tártaro, para suplicio -o solaz- de los reprobos.

DIALOGO ENTRE ASMODEO Y EL RUSO SALZMAN

Asmodeo: Soy Asmodeo, inspirador de tahúres y dueño de todas las fichas del mundo. Conozco de memoria todas las manos que se han repartido en la historia de las barajas, También conozco las que se repartirán en el futuro.Los dados y las ruletas me obedecen. Mi cara esta en todos los naipes. Y poseo la cifra secreta y fatal que han de sumar tus generales cuando llegue el fin de tu vida.Salzman: ¿No desea jugar al chinchón?Asmodeo: No, Salzman, vengo a ofrecerte el triunfo perpetuo. Con sólo adorarme, ganarás siempre a cualquier juego.Salzman: No sé si quiero ganar.Asmodeo: ¡Imbécil...! ¿Acaso quieres perder? Salzman: No, tampoco quiero perder.Asmodeo: ¿ Qué es lo que quieres entonces?Salzman: Jugar. Quiero jugar maestro....Hagamos un chinchón.

RUBEN GARMENDIA, EL PICAFLOR

No parecía mal negocio el de Garmendia. Le garantizaron el amor de todas las mujeres. El tormento eterno era sin duda, un precio razonable.Todos lo recuerdan en Flores paseando con las mujeres más hermosas de la ciudad.Según cuentan, las muchachas lo seguían por la calle. En las confiterías, se acercaban a su mesa para ofrecérsele redondamente. Muchas veces debía arrojarse de los colectivos, huyendo del ardor de las pasajeras.Sus amigos lo abandonaron, temerosos de que sedujera a sus novias.Sor Juana Inés de la Cruz dictaminó que el amor es como la sal: dañan su falta y su sobra.Garmendia soportó como nadie la segunda desdicha.Sus amantes no se resignaban a la ausencia y se le aparecían en su casa llorando y arrojando piedras a las ventanas. En sus ultimas épocas se lo veía perseguido por muchedumbres de damas sin consuelo que le tiraban del saco.Para completar su desventura, se enamoro de una vecina y ya no necesito la pasión de otras mujeres. Supo además, que la chica lo amaba desde tiempos lejanos, anteriores al pacto.Comprendió entonces que Satán era tramposo.Se sabe que trató de disolver el vínculo, pero es poco probable que lo haya logrado.Un marido celoso lo asesinó un 25 de mayo.

EL HOMBRE QUE ERA, SIN SABERLO, EL DIABLO

Un caballero de la calle Caracas resolvió negociar su alma. Siguiendo los ritos alcanzó a convocar a Astaroth, miembro de la nobleza infernal.- Deseo vender mi alma al diablo –declaró.- No será posible- contesto Astaroth.- ¿Por qué?- Porque usted es el diablo.

EL PEQUEÑO PACTO DE MANUEL MANDEB

NO le fue fácil al diablo tentar a Manuel Mandeb. Para empezar, cada vez que se le aparecía, el hombre salía corriendo, sin dar tiempo a presentaciones ni propuestas.Un día, disfrazado de ferroviario, logró captar la confianza del polígrafo y finalmente le propuso el pacto de siempre.
- En realidad me gustaría obtener el amor de una cierta señorita. Pero no creo que valga un alma. Es de estatura escasa.- Puedo darte ese amor y también riquezas y honores, para completar la diferencia.- Tengo una idea mejor –gritó Mandeb- ¡Concedame ese amor! A cambio yo cometeré cuatro iniquidades, que tal vez alcancen para condenarme.
Discutieron largo rato. Satanás acepto sin entusiasmo el pequeño pacto, que firmo con tinta corriente. Las cuatro iniquidades fueron establecidas por escrito y eran estas:
1) Un latrocinio. Mandeb lo resolvió robándose las bolas de billar de una mesa del salón Odón.2) Una blasfemia.3) Una traición. No fue sencillo cambiar de panadería, pero había que cumplir.4) La cuarta iniquidad fue identificada por el propósito mismo del pacto. Hacerse amar por alguien y no dar el alma a cambio es, por cierto, una canallada.
A fuerza de generosidades y arrepentimientos, Mandeb fue emparejando el peso de sus pecados, hasta quedar en condiciones de salvarse del infierno, ajustadamente.

EL HOMBRE QUE PEDIA DEMÁSIADO

Satanás: ¿Qué pides a cambio de tu alma?Hombre: Exijo riquezas, posesiones, honores y distinciones.... Y tambiénjuventud, poder, fuerza y salud... Exijo sabiduría, genio, prudencia... Ytambién renombre, fama, gloria y buena suerte... Y amores, placeres,sensaciones... ¿Me darás todo eso?Satanás: No te daré nada.Hombre: Entonces no tendrás mi alma.Satanás: Tu alma ya es mía. (Desaparece)

Algunos relatos del barrio señalan la evidencia de posesiones diabólicas.Siempre se sospecho de los cantores de jazz, porque tenían la posibilidad de hablar un idioma que desconocían. Jorge Allen se jactaba de tener un alma inhóspita y juraba que varios demonios habían tratado de usurparla sin aguantar más de media hora.También se hablaba de íncubos y súcubos que mantenian amores con personas desprevenidas.
Papini sostenía la imposibilidad de los contratos infernales. El diablo - decía- no necesita complicadas cláusulas para capturar almas. Y cabe suponer que un hombre tan estúpido como para renunciar al cielo a cambio de unos años de fortuna ya esta perdido antes de firmar nada.
A mi me parece adivinar que estamos ante una alegoría.Tal vez no existan las cruentas rubricas ni los rituales. Pero es posible que algunas de nuestras conductas sean -secretamente- la suscripción de un acuerdo. Quizás muchos de nosotros hemos vendido nuestra alma al diablo, al precio miserable de sentirnos satisfechos de nuestra integridad.Creo que hoy - como entonces- los demonios andan cerca. Ya no tienen para nuestra desgracia, el horrible aspecto que antaño daba una cierta lealtad a su malevolencia. Ahora se nos aparecen amables y sonrientes, cuando no angelicales.Es difícil, muy difícil, reconocer al diablo, adivinar de que modo hemos firmado e imaginar que clase de infierno nos espera.Me gustaría pensar que las almas puras alcanzan a percibir unas pálidas señales. Y así como muchos pactan sin saberlo, otros, sin saberlo, no pactan.El cielo nos proteja de los demonios, de sus empleados, de sus victimas y de los malvados que viven convencidos de su bondad.

De “Crónicas del Ángel Gris” ................................continua