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victoriano

DRACULA -- BRAM STOKER , CUENTOS DE MAUPASSANT Y DE SCIFI , TERROR , HEREJIAS , MITOS

Escrito por imagenes 28-08-2008 en General. Comentarios (17)

DRACULA -- BRAM STOKER , CUENTOS DE MAUPASSANT Y DE SCIFI , TERROR , HEREJIAS , MITOS Y DEMONIOS

DRACULA -- BRAM STOKER , CUENTOS DE MAUPASSANT Y DE SCIFI , TERROR , HEREJIAS , MITOS Y DEMONIOS

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DRACULA -- BRAM STOKER -- III PARTE
http://bloodgothic.blogspot.com/2008/08/dracula-bram-stoker-iii-parte.html

DRACULA -- BRAM STOKER -- II PARTE
http://bloodgothic.blogspot.com/2008/08/dracula-bram-stoker-ii-parte.html

DRACULA -- BRAM STOKER -- I PARTE
http://bloodgothic.blogspot.com/2008/08/dracula-bram-stoker-i-parte.html

H. P. LOVECRAFT -- CELEPHAIS
http://desdeelladoobscuro.blogspot.com/2008/08/h-p-lovecraft-celephais.html

MITOS -- CARL SAGAN - BRUJAS Y OVNIS
http://mitosyleyendas-snake.blogspot.com/2008/08/mitos-carl-sagan-brujas-y-ovnis.html

MITO -- CARL SAGAN -- OVNIS Y DRAGONES
http://mitosyleyendas-snake.blogspot.com/2008/08/mito-carl-sagan-ovnis-y-dragones.html

LEYENDA DE SCIFI -- ISAAC ASIMOV -- EL ROBOT AL-76 SE HA EXTRAVIADO
http://mitosyleyendas-snake.blogspot.com/2008/08/leyenda-de-scifi-isaac-asimov-el-robot.html

UNA LEYENDA ? -- HEREJÍAS DEL DIOS INMENSO -- EL LIBRO SECRETO DE HARAD IV
http://mitosyleyendas-snake.blogspot.com/2008/08/una-leyenda-herejas-del-dios-inmenso-el.html

MITOS Y LEYENDAS -- DEMONIOS E INFIERNO
http://mitosyleyendas-snake.blogspot.com/2008/08/mitos-y-leyendas-demonios-e-infierno.html

MITOS EGIPCIOS -- LOS PRINCIPALES DIOSES DE EGIPTO
http://mitosyleyendas-snake.blogspot.com/2008/08/mitos-egipcios-los-principales-dioses.html

DISCURSION Nº 60 -- EL LIBRO NEGRO -- GIOVANNI PAPINI -- ANCIANOS Y NIÑOS
http://mitosyleyendas-snake.blogspot.com/2008/08/discursion-n-60-el-libro-negro-giovanni.html

DISCURSION Nº 61 -- EL LIBRO NEGRO -- GIOVANNI PAPINI -- LA HISTORIA UNIVERSAL A VUELO DE CUERVO
http://mitosyleyendas-snake.blogspot.com/2008/08/discursion-n-61-el-libro-negro-giovanni.html

DISCURSION Nº 62 -- EL LIBRO NEGRO -- GIOVANNI PAPINI -- VISITA A HITLER
http://mitosyleyendas-snake.blogspot.com/2008/08/discursion-n-632-el-libro-negro.html

DISCURSION Nº 63 -- EL LIBRO NEGRO -- GIOVANNI PAPINI -- LA SUBLEBACION DE LOS DIOSES
http://mitosyleyendas-snake.blogspot.com/2008/08/discursion-n-63-el-libro-negro-giovanni.html

DISCURSION Nº 64 -- EL LIBRO NEGRO -- GIOVANNI PAPINI -- VIDA IGUAL A MUERTE
http://mitosyleyendas-snake.blogspot.com/2008/08/discursion-n-64-el-libro-negro-giovanni.html

DISCURSION Nº 65 -- EL LIBRO NEGRO -- GIOVANNI PAPINI -- EL NEOCOSMO
http://mitosyleyendas-snake.blogspot.com/2008/08/discursion-n-65-el-libro-negro-giovanni.html

SCIFI -- IMAGEN EN UN ESPEJO -- ISAAC ASIMOV
http://rimasfrasescitas.blogspot.com/2008/08/scifi-imagen-en-un-espejo-isaac-asimov.html

SCIFI -- UNA PRINCESA DE MARTE -- EDGAR RICE BURROUGHS
http://rimasfrasescitas.blogspot.com/2008/08/scifi-una-princesa-de-marte-edgar-rice.html

PROSTITUCION/VIRGINALIDAD -- LA CASA TELLIER -- GUY DE MAUPASSANT
http://imagenesdeculto.blogspot.com/2008/08/prostitucionvirginalidad-la-casa.html

LA INFIDELIDAD -- EL TESTAMENTO -- GUY DE MAUPASSANT
http://imagenesdeculto.blogspot.com/2008/08/la-infidelidad-el-testamento-guy-de.html

ELUCUBRACIONES SOBRE EL AMOR -- VANOS CONSEJOS -- GUY DE MAUPASSANT
http://imagenesdeculto.blogspot.com/2008/08/elucubraciones-sobre-el-amor-vanos.html

MISERIA CAMPESINA -- EL VAGABUNDO -- GUY DE MAUPASSANT
http://imagenesdeculto.blogspot.com/2008/08/miseria-campesina-el-vagabundo-guy-de.html



UN "SPECIAL" MAUPASSANT -- SCIFI -- RECOPILACIONES : CUENTOS DE TERROR Y TEXTOS DE AL

Escrito por imagenes 17-08-2008 en General. Comentarios (1)

UN "SPECIAL" MAUPASSANT -- SCIFI -- RECOPILACIONES : CUENTOS DE TERROR Y TEXTOS DE ALQUIMIA -- DRAGONLANCE : ALAS NOCTURNAS

UN "SPECIAL" MAUPASSANT
SCIFI
RECOPILACIONES : CUENTOS DE TERROR
Y
TEXTOS DE ALQUIMIA
DRAGONLANCE : ALAS NOCTURNAS
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LA ULTIMA PREGUNTA -- ISAAC ASIMOV -- SCIFI *HORROR
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LA MONJA SANGRIENTA Y OTROS RELATOS -- TERROR -- CHARLES NODIER
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Alquimia - LA ALQUIMIA COMO CIENCIA DEL ARTE HERMETICO
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Alquimia - LA ALQUIMIA MEDIEVAL HACIA LA PIEDRA FILOSOFAL
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Alquimia - LA ALQUIMIA Y EL MISTERIOSO POTE DE ORO DEL MANA
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4 TEXTOS ALQUIMICOS DE UTILIDAD CIERTA
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ALBA DE SATURNO -- ARTHUR C. CLARKE -- SCIFI
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ACERO -- RICHARD MATHESON -- SCIFI
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ALAS NOCTURNAS -- ROBERT SILVERBERG -- MONSTRUOS FANTASTICOS http://unpocodetodo2008.blogspot.com/2008/08/alas-nocturnas-robert-silverberg.html
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GUY DE MAUPASSANT -- LOS ZUECOS -- MISERIA CAMPESINA
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GUY DE MAUPASSANT -- YVELINE SAMORIS -- SUICIDIO
_
LA LOCA -- GUY DE MAUPASSANT -- GUERRA
_
EL LOBO -- GUY DE MAUPASSANT -- CUENTO DE MIEDO
_
UN GOLPE DE ESTADO -- GUY DE MAUPASSANT -- POLITICA Y CACIQUISMO
_
UN HIJO -- GUY DE MAUPASSANT -- HIJOS
_
EL HIJO -- GUY DE MAUPASSANT -- HIJOS
_
OBJETOS ANTIGUOS -- GUY DE MAUPASSANT -- RECUERDOS -ANTIGUEDADES
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UNA MANERA DE VIVIR, SIENDO GOTICO
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EL VAMPIRO (1816) -- TERROR -- JOHN WILLIAN POLIDORI http://bloodgothic.blogspot.com/2008/08/el-vampiro-1816-terror-john-willian.html

LAS HOJAS SECAS -- G. A. BECQUER

Escrito por imagenes 22-05-2008 en General. Comentarios (7)

LAS HOJAS SECAS -- G. A. BECQUER

LAS HOJAS SECAS
G. A. BEQUER




_http://rimasfrasescitas.blogspot.com/2008/05/las-hojas-secas-g-becquer.html
El sol se había puesto. Las nubes, que cruzaban hechas jirones sobre mi cabeza, iban a
amontonarse unas sobre otras en el horizonte lejano. El viento frío de las tardes de otoño
arremolinaba las hojas secas a mis pies.
Yo estaba sentado al borde de un camino por donde siempre vuelven menos de los que van.
No sé en qué pensaba, si en efecto pensaba entonces en alguna cosa. Mi alma temblaba a punto
de lanzarse al espacio, como el pájaro tiembla y agita ligeramente las alas antes de levantar el
vuelo.
Hay momentos en que, merced a una serie de abstracciones, el espíritu se sustrae a cuanto le
rodea y, repleglándose en sí mismo, analiza y comprende todos los misteriosos fenómenos de la
vida interna del hombre.
Hay otros en que se desliga de la carne, pierde su personalidad y se confunde con los elementos
de la naturaleza, se relaciona con su modo de ser y traduce su incomprensible lenguaje.
Yo me hallaba en uno de esos últimos momentos, cuando sólo y en medio de la escueta llanura
oí hablar cerca de mí.
Eran dos hojas secas las que hablaban y éste, poco más o menos, su extraño diálogo:
-¿De dónde vienes, hermana?
-Vengo de rodar con el torbellino, envuelta en la nube de polvo y de las hojas secas, nuestras
compañeras, a lo largo de la interminable llanura. ¿Y tú?
-Yo he seguido algún tiempo la corriente del río hasta que el vendaval me arrancó de entre el
légamo y los juncos de la orilla.
-¿Y adónde vas?
-No lo sé. ¿Lo sabe acaso el viento que me empuja?
-¡Ay! ¿Quién diría que habíamos de acabar amarillas y secas, arrastrándonos por la tierra,
nosotras, que vivimos vestidas de color y de luz, meciéndonos en el aire?
-¿Te acuerdas de los hermosos días en que brotamos, de aquella apacible mañana en que, roto el
hinchado botón que nos servía de cuna, nos desplegamos, al templado beso del sol, como un
abanico de esmeraldas?
-¡Oh! ¡Qué dulce era sentirse balanceada por la brisa a aquella altura, bebiendo por todos los
poros al aire y la luz!
-¡Oh! ¡Qué hermoso era ver correr el agua del río que lamía las retorcidas raíces del añoso
tronco que nos sustentaba, aquel agua limpia y transparente que copiaba como un espejo el azul
del cielo, de modo que creíamos vivir suspendidas entre dos abismos azules!
-¡Con qué placer nos asomábamos por cima de las verdes frondas para vernos retratadas en la
temblorosa corriente!
-¡Cómo cantábamos juntas imitando el rumor de la brisa y siguiendo el ritmo de las ondas!
-Los insectos, brillantes, revoloteaban, desplegando sus alas de gasa, a nuestro alrededor.
-Y las mariposas blancas y las libélulas azules que giran por el aire en extraños círculos, se
paraban un momento en nuestros dentellados bordes a contarse los secretos de ese misterioso
amor que dura un instante y les consume la vida.
-Cada cual de nosotras era una nota en el concierto de los bosques.
-Cada cual de nosotras era un tono en la armonía de su color.
-En las noches de luna, cuando su plateada luz resbalaba sobre la cima de los montes, ¿te
acuerdas cómo charlábamos en vez baja entre las diáfanas sombras?
-Y referíamos con un blando susurro las historias de los silfos que se columpian en los hilos de
oro que cuelgan las arañas entre los árboles.
.Hasta que suspendíamos nuestra monótona charla para oír embebecidas las quejas del ruiseñor,
que había escogido nuestro tronco por escabel.
-Y eran tan tristes y tan suaves sus lamentos, que, aunque llenas de gozo al oírle, nos amanecía
llorando.
-¡Oh! ¡Qué dulces eran aquellas lágrimas que nos prestaba el rocío de la noche y que
resplandecían con todos los colores del iris a la primera luz de la aurora!
-Después vino la alegre banda de jilgueros a llenar de vida y de ruidos el bosque con la
alborotada y confusa algarabía de sus cantos.
-Y una enamorada pareja colgó junto a nosotros su redondo nido de aristas y de plumas.
-Nosotras servíamos de abrigo a los pequeñuelos contra las molestas gotas de la lluvia en las
tempestades de verano
-Nosotras les servíamos de dosel y los defendíamos de los importunos rayos del sol.
-Nuestra vida pasaba, como un sueño de oro, del que no sospechábamos que se podría
despertar.
-Una hermosa tarde en que todo parecía sonreír a nuestro alrededor, en que el sol poniente
encendía el ocaso y arrebolaba las nubes, y de la tierra ligeramente húmeda se levantaban
efluvios de vida y perfumes de flores, dos amantes se detuvieron a la orilla del agua y al pie del
tronco que nos sostenía.
-¡Nunca se borrará ese recuerdo de mi memoria! Ella era joven, casi; una niña, hermosa y
pálida. Él le decía con ternura: «¿Por qué lloras?». «Perdona este involuntario sentimiento de
egoísmo -le respondió ella, enjugándose una lágrima-. Lloro por mí. Lloro la vida que me huye.
Cuando el cielo se corona de rayos de luz, y la tierra se viste de verdura y de flores, y el viento
trae perfumes y cantos de pájaros y armonías distantes, y se ama y se siente una amada, ¡la vida
es buena!» «¿Y por qué no has de vivir?», insistió él, estrechándole las manos conmovido.
«Porque es imposible. Cuando caigan secas esas hojas que murmuran armoniosas sobre
nuestras cabezas, yo moriré también y el viento llevará algún día su polvo y el mío, ¿quién sabe
adónde?» Yo lo oí y tú lo oíste, y nos estremecimos y callamos. ¡Debíamos secarnos!
¡Debíamos morir y girar arrastradas por los remolinos del viento! Mudas y llenas de terror
permanecíamos aún cuando llegó la noche. ¡Oh! ¡Qué noche tan horrible!
-Por la primera vez faltó a su cita el enamorado ruiseñor que la encantaba con sus quejas.
-A poco volaron los pájaros y con ellos sus pequeñuelos, ya vestidos de plumas. Y quedó el
nido solo, columpiándose lentamente y triste como la cuna vacía de un niño muerto.
-Y huyeron las mariposas blancas y las libélulas azules, dejando su lugar a los insectos oscuros
que venían a roer nuestras fibras y a depositar en nuestro seno sus asquerosas larvas.
-¡Oh! ¡Y cómo nos estremecíamos encogidas al helado contacto de las escarchas de la noche!
-Perdimos el color y la frescura.
-Perdimos la suavidad y la forma y lo que antes, al tocarnos, era como un rumor de besos, como
murmullo de palabras de enamorados, luego se convirtió en áspero ruido, seco, desagradable y
triste.
-¡Y al fin volamos desprendidas!
-Hollada bajo el pie del indiferente pasajero, sin cesar arrastrada de un punto a otro entre el
polvo y el fango, me he juzgado dichosa cuando podía reposar un instante en el profundo surco
de un camino.
-Yo he dado vueltas sin cesar, arrastrada por la turbia corriente, y en mi larga peregrinación vi
solo, enlutado y sombrío, contemplando con un mirada distraída las aguas que pasaban y las
hojas secas que marcaban su movimiento, a uno de los dos amantes cuyas palabras nos hicieron
presentir la muerte.
-¡Ella también se desprendió de la vida y acaso dormirá en una fosa reciente, sobre la que yo
me detuve un momento!
-¡Ay! Ella duerme y reposa, al fin; pero nosotras, ¿cuándo acabaremos este largo viaje...?
-¡Nunca...! Ya el viento que nos dejó reposar un punto vuelve a soplar, y ya me siento
estremecida para levantarme de la tierra y seguir con él. ¡Adiós, hermana!
-Adiós!


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Almanaque literario de la Biblioteca de Gaspar Roig
1871

LAS SEPULCRALES - CUENTO - GUY DE MAUPASSANT

Escrito por imagenes 24-02-2008 en General. Comentarios (0)

LAS SEPULCRALES - CUENTO - GUY DE MAUPASSANT

Las Sepulcrales

(Les tombales-1891)



Guy de Maupassant



Estaban acabando de cenar. Eran cinco amigos, ya maduros, todos hombres de mundo y ricos; tres de ellos casados, los
otros dos solteros. Se reunían así todos los meses, en recuerdo de sus tiempos mozos; acabada la cena, permanecían
conversando hasta las dos de la madrugada. Seguían manteniendo amistad íntima, les agradaba verse juntos, y eran tal vez
aquellas veladas las más felices de su vida. Charlaban de todo, de todo lo que al hombre de París interesa y divierte. Al
estilo de los salones de entonces, hacían de viva voz un repaso de lo leído en los diarios de la mañana.

Uno de los más alegres entre los cinco era José de Bardón, soltero, quien sólo pensaba en vivir de la manera más
caprichosa la vida parisiense. No era un libertino, ni un depravado; más bien era versátil, el calaverón todavía joven,
porque apenas alcanzaba los cuarenta. Hombre de mundo, en el más amplio y benévolo sentido que se puede asignar al
vocablo, estaba dotado de mucho ingenio, aunque no de gran profundidad; enterado de muchas cosas, no llegaba por eso a
ser un verdadero erudito; rápido en el comprender, pero sin verdadero dominio de las materias, convertía sus
observaciones y aventuras -cuanto veía, se encontraba o descubría- en episodios de novela a un tiempo cómica y filosófica,
y en comentarios humorísticos que le daban en la capital fama de hombre inteligente.

Le correspondía en aquellas cenas el papel de orador. Se daba por descontado que siempre contaría algún lance, y él
llevaba su cuento preparado. No aguardó, para entrar en materia, a que se lo pidiesen.

Fumando, con los codos sobre la mesa, una copita de fine champagne a medio llenar delante de su platillo, entumecido por
aquella atmósfera de humo de tabaco aromatizado por el vaho del café caliente, se sentía en su propio elemento, como
ciertos seres que en determinados lugares y circunstancias parecen estar como en casa; por ejemplo: una beata en la
iglesia o un pez de colores en su globo de cristal.

Entre bocanada y bocanada de humo, comenzó a decir:

-Me ocurrió no hace mucho una curiosa aventura.

De todas las bocas salió casi a un tiempo la misma petición:

"¡Venga!"

Él prosiguió:

-Allá voy. Ya saben que yo recorro París como los coleccionistas de chucherías los escaparates. Ando al acecho de escenas,
de tipos, de cuanto pasa por la calle y de cuanto en la calle ocurre.

"Hacia la mitad de septiembre, con unos días magníficos, salí de casa por la tarde, sin rumbo fijo. Más o menos, nunca
falta ese deseo indefinido de visitar a una mujer bonita cualquiera. Se hace un repaso mental de las que conocemos,
comparándolas, sopesando el interés que nos inspiran, el encanto que sobre nosotros ejercen, y se deja uno llevar por la preferida del día. Pero un sol hermoso y una atmósfera tibia borran muchas veces las ganas de hacer visitas.

"Esa tarde hacía un sol hermoso y una atmósfera tibia; encendí un cigarro y me dejé ir, sin pensarlo siquiera, hacia los
bulevares exteriores. Caminando sin rumbo ni propósito, me asaltó de improviso la idea de seguir hasta el cementerio de
Montmartre y penetrar en él. A mí me gustan mucho los cementerios; responden a la necesidad que siento de sosiego y de
melancolía. Hay en ellos, además, buenos amigos a los que ya nadie visita; yo sí voy a verlos de cuando en cuando. En ese
cementerio de Montmartre, precisamente, tengo un capítulo de amor, una querida que me hizo sufrir mucho y sentir mucho:
una mujercita adorable, cuyo recuerdo me deja profundamente dolorido, pero también pesaroso..., pesaroso por muchos
conceptos... Sobre su tumba suelo abandonarme a mis pensamientos... Todo ha acabado para ella.

"Mi amor a los cementerios nace también de que son ciudades enormes, habitadas por un número prodigioso de personas.
Imagínense la cifra de muertos que habrá en espacio tan reducido, la cantidad de generaciones de parisienses que están
alojadas allí para siempre, trogloditas perpetuos, encerrados cada cual en su pequeña bóveda cubierta con una piedra o
marcada con una cruz, mientras los imbéciles de los vivos exigen tanto espacio y arman tanto estrépito.

"Hay más aún: en los cementerios hallamos monumentos casi tan interesantes como en los museos. Tengo que decir que la
tumba de Cavaignac me ha traído el recuerdo de la obra maestra de Jean Goujon, la estatua yacente de Luis de Brézé, en la
capilla subterránea de la catedral de Ruán; de ahí ha salido, señores, ese arte que llamamos moderno y realista. La
estatua yacente de Luis de Brézé tiene más de verdad, más de carne que se quedó petrificada en las convulsiones de la
agonía que todos los cadáveres dislocados que hoy se someten al tormento sobre las tumbas.

"Puédese admirar también en el cementerio de Montmartre el monumento de Baudin, obra que tiene cierta majestad; el de
Gautier, el de Murger. ¿Quién depositaría en éste la solitaria y modesta corona de amarillas siemprevivas que vi yo hace
poco? ¿Las llevó la última superviviente de sus alegres modistillas, viejísima ya y tal vez hoy portera de algún inmueble
de los alrededores? ¡El monumento tiene una linda estatuilla de Millet, carcomida de suciedad y de abandono! ¡Para que cantes a la juventud, oh, Murger!

"Entré, pues, en el cementerio de Montmartre, y me sentí de pronto impregnado de tristeza, pero no de una tristeza
exagerada, sino de una de esas tristezas capaces de sugerir al hombre que goza de buena salud esta reflexión: 'No es muy
alegre este lugar; pero de aquí a que yo venga ha de pasar un tiempo...'

"El ambiente de otoño, con su olor a tibia humedad de hojas muertas y sol extenuado, mortecino y anémico, agudiza,
envolviéndola en poesía, la sensación de soledad, de acabamiento definitivo que flota sobre aquel lugar en el que el
hombre husmea la muerte.

"Iba adelantando a paso lento por las calles de tumbas en las que los vecinos no se tratan ni se acuestan por parejas ni
leen los periódicos. Pero yo sí que me puse a leer los epitafios. Les aseguro que es la cosa más divertida del mundo. Ni
Labiche ni Meilhac me han movido jamás a risa tanto como la comicidad de la prosa sepulcral. Las planchas de mármol y las
cruces en que los deudos de los muertos dan rienda suelta a su dolor, hacen votos por la felicidad del que se fue y
pintan el anhelo que los acucia de ir a reunirse con él, son más eficaces que las mismas obras de Paul de Kock para
descongestionar el hígado... ¡Vaya bromistas!

"Lo que mayor reverencia me inspira en este cementerio es la parte abandonada y solitaria, poblada de grandes tejos y
cipreses, viejo barrio de los muertos antiguos que ha de convertirse pronto en un barrio flamante, cuando se derriben los
árboles verdes, nutridos con savia de cadáveres humanos, para ir colocando en fila, debajo de pequeñas chapas de mármol,
a los difuntos recientes.

"Cuando, a fuerza de vagabundear por allí, sentí aligerado mi espíritu, supe comprender que la insistencia traería el
aburrimiento y que no me quedaba por hacer otra cosa que llevar el homenaje fiel de mi recuerdo al lecho postrero de mi
amiguita. Al acercarme a su tumba, experimenté una ligera angustia. ¡Pobre mujercita querida, tan gentil, tan apasionada,
tan blanca, tan lozana como era!... Mientras que ahora..., si esa losa se alzase...

"Asomado por encima de la verja de hierro, le expresé, muy quedo, mi aflicción, completamente seguro de que ella no me
oía. Disponíame a partir, cuando vi que se arrodillaba junto a la tumba de al lado una mujer vestida de negro, de luto
riguroso. El velo de crespón, echado hacia atrás, dejaba al descubierto una linda cabeza rubia, y sus cabellos, partidos
en dos bandas laterales simétricas, brillaban con reflejos de luz de aurora, entre la noche de su tocado. Me quedé donde
estaba.

"No cabía duda de que el dolor que la aquejaba era profundo. Sepultados los ojos en las palmas de las manos, rígida como
estatua que medita, volando en alas de sus pesares, desgranando a la sombra de sus ojos ocultos y cerrados las cuentas
del rosario torturador de sus recuerdos, se le hubiera podido tomar por una muerta que estaba pensando en un muerto.
Adiviné de improviso que iba a romper a llorar; lo adiviné por un movimiento apenas perceptible de sus espaldas, algo así
como un escalofrío del viento en un sauce. Al suave llanto de los primeros momentos sucedió otro más fuerte, acompañado
de rápidas sacudidas del cuello y de los hombros. Dejó ver de pronto sus ojos. Estaban cuajados de lágrimas y eran
encantadores; los paseó en torno suyo, y tenían expresión de loca que parece despertar de una pesadilla. Cayó en la
cuenta de que yo la miraba y ocultó, como avergonzada, el rostro entre las manos. Sus sollozos se hicieron convulsivos y
su cabeza se fue inclinando lentamente hacia el mármol. Apoyó en él su frente, y el velo, que se desplegó en torno de
ella, vino a cubrir los ángulos blancos de la sepultura amada como una pena nueva. La oí gemir y, de pronto, se desplomó,
quedando inmóvil y sin conocimiento, con la mejilla apoyada en la loseta.

"Me precipité hacia ella, le di golpecitos en las manos, le soplé sobre los párpados, y entre tanto recorría con mi vista
el sencillo epitafio: 'Aquí descansa Luis-Teodoro Carrel, capitán de infantería de marina, muerto por el enemigo en
Tonquín. Rogad por él'.

"La muerte databa de algunos meses. Me enternecí hasta derramar lágrimas y puse doble interés en mis cuidados. Fueron
eficaces y ella volvió en sí. Mi emoción se reflejaba en mi rostro -no soy mal parecido, aún no he cumplido los cuarenta.
Me bastó su primera mirada para comprender que sería atenta y agradecida. Lo fue, después de otro acceso de lágrimas y de contarme su historia, que fue saliendo entrecortada de su pecho anhelante; cómo al año de casados cayó el oficial muerto
en Tonquín, y cómo había sido el suyo un matrimonio de amor, porque ella era huérfana de padre y madre, y apenas disponía de la dote reglamentaria.

"Le di ánimos, la consolé, la incorporé, la levanté del suelo y luego le dije:

"-No debe permanecer aquí. Venga.

"Ella murmuró:

"-Me siento incapaz de caminar.

"-Yo la sostendré.

"-Gracias, caballero, es usted bondadoso. ¿También usted ha venido a llorar a algún muerto?

"-También, señora.

"-¿Tal vez a una mujer?

"-A una mujer; sí, señora.

"-¿Su esposa?

"-Una amiga mía.

"-Se puede querer a una amiga tanto como a su propia esposa; la pasión no reconoce ley.

"-Exacto, señora.

"Y hétenos en marcha, juntos los dos, ella apoyándose en mí, yo llevándola casi en brazos por los caminos del cementerio.
Fuera ya de éste, murmuró con acento desfallecido:

"-Temo que me vaya a dar un desmayo.

"-¿Por qué no entramos en algún sitio? Podría tomar usted alguna cosa.

"-Entremos, sí, señor.

"Descubrí un restaurante, uno de esos establecimientos en los que los amigos del difunto celebran haber cumplido ya con
la pesada obligación. Entramos. Hice que bebiese una taza de té bien caliente, y esto pareció reanimarla. Se esbozó en
sus labios una tenue sonrisa. Me habló de sí misma.

"Era triste, muy triste, encontrarse sola en la vida; sola siempre en casa, noche y día; sin tener ya nadie a quien dar
su cariño, su confianza, su intimidad.

"Tenía visos de sincero todo aquello. Dicho por tal boca, resultaba un encanto. Me enternecí. Era muy joven, quizá de
veinte años.

"Le dirigí algunos cumplidos, que ella aceptó con agrado. Me pareció que aquello se alargaba demasiado y me brindé a

llevarla a su casa en carruaje. Aceptó, y dentro ya del coche nos quedamos tan juntos, hombro con hombro, que el calor de
nuestros cuerpos se mezclaba a través de la ropa, que es una cosa que a mí me trastorna por completo.

"Al detenerse el carruaje frente a su casa, me dijo ella en un susurro:

"-Vivo en el cuarto piso, y me siento sin fuerzas para llegar por mi pie hasta arriba. Puesto que ha sido tan bondadoso,
¿quiere darme una vez más su brazo para subir a mis habitaciones?

"Me apresuré a aceptar. Subió despacio, jadeando mucho. Cuando estuvimos frente a su puerta, agregó:

"-Entre usted y pase conmigo unos momentos para que pueda darle las gracias.

"Entré, ¡vaya si entré!

"El interior era modesto, casi tirando a pobre, pero sencillo y muy en orden.

"Nos sentamos, el uno junto al otro, en un pequeño canapé, y otra vez me habló ella de su soledad. Llamó a su criada, con
intención de ofrecerme alguna bebida, pero la criada no acudió, con grandísimo contento mío. Supuse que la tendría nada
más que para las mañanas; lo que se llama una asistencia.

"Se había quitado el sombrero. Era un verdadero encanto de mujer, y sus ojos claros se clavaban en mí; se clavaban de tal
manera y eran tan claros, que sentí una tentación terrible, y me dejé llevar de la tentación. La cogí entre mis brazos, y
sobre sus párpados, que se cerraron de pronto, puse besos... y besos... y cada vez más besos.

"Ella forcejeaba, rechazándome, a la vez que repetía:

"-Acabe..., acabe..., acabe ya.

"¿En qué sentido lo decía? Dos por lo menos puede tener, en situaciones semejantes, el verbo acabar. Yo le di el que era
de mi gusto, y salté de los ojos a la boca para hacerla callar. No llevó su resistencia al extremo; y cuando, después de
tamaño insulto a la memoria del capitán muerto en Tonquín, volvimos a mirarnos, vi en ella una expresión de languidez,
enternecimiento y resignación, que disipó mis inquietudes.

"Entonces me mostré galante, solícito, agradecido. Después de otra charla íntima de casi una hora, le pregunté:

"-¿Dónde acostumbra cenar?

"-En un pequeño restaurante aquí cerca.

"-¿Completamente sola?

"-Desde luego.

"-¿Quiere cenar conmigo?

"-¿Dónde va a ser?

"-En un buen restaurante del bulevar.

"Se mostró un poco reacia. Insistí, y ella se rindió, diciendo para justificarse a sí misma:

"-Me aburro tanto..., tanto.

"Y agregó a continuación:

"-Es preciso que me ponga un vestido menos lúgubre.

"Se metió en su dormitorio y cuando reapareció vestía de alivio luto; estaba encantadora, delicada y esbelta con su
sencillísimo vestido gris. Tenía, por lo visto, trajes distintos para el cementerio y para la ciudad.

"La cena fue cordial. Bebió champaña, se enardeció, cobró valor y yo me recogí a su casa con ella.

"Esta conexión, trabada sobre las tumbas, duró cerca de tres semanas. Pero todo cansa, y aún más las mujeres. La dejé,
alegando como pretexto cierto viaje ineludible. Me despedí con mucha esplendidez, lo que me valió su efusivo
agradecimiento. Me hizo prometer, me hizo jurar que volvería a visitarla a mi regreso. Parecía que, en efecto, me hubiese
tomado algo de cariño.

"Corrí en busca de otras ternuras, y transcurrió casi un mes sin que el pensamiento de entrevistarme otra vez con aquella
delicada amante funeraria se me presentase con fuerza tal que me obligase a ceder a él. A decir verdad, nunca la olvidé
por completo. Me asaltaba a menudo su recuerdo como un misterio, como un problema de psicología, como una de esas
cuestiones inexplicables cuya solución nos aguijonea.

"Sin saber por qué sí ni por qué no, vino a figurárseme cierto día que otra vez iba tropezar con ella en el cementerio de
Montmartre, y allí me fui.

"Largo rato anduve paseando sin encontrar más que a las visitas corrientes de aquel lugar, es decir, personas que no han
roto del todo sus lazos con los muertos. Ninguna mujer derramaba lágrimas sobre la tumba del capitán muerto en Tonquín,
ni había flores ni coronas sobre el mármol.

"Pero al desviarme por otro barrio de aquella gran ciudad de difuntos, descubrí de pronto, al final de una estrecha
avenida de cruces, a una pareja, hombre y mujer, que venían en dirección a donde yo estaba. ¡Qué asombro! ¡Era ella! ¡La
reconocí cuando se acercaron!

"Me vio, se ruborizó y, al rozar yo con ella de pasada, me dirigió un guiño imperceptible que quería decir: 'Haga como
que no me conoce', pero que también debía de entenderse como: 'No dejes de verme, amor mío.'

"Su acompañante era un caballero distinguido, elegante, oficial de la Legión de Honor, como de cincuenta años. La iba
sosteniendo como yo mismo la sostuve cuando salimos del cementerio.

"Me alejé de allí, estupefacto, dudando aún de lo que había visto, preguntándome en qué clasificación biológica habría
que colocar a la cazadora sepulcral. ¿Era una chica cualquiera, una prostituta inspirada que hacía sobre las tumbas su
cosecha de hombres tristes, apegados a la memoria de una mujer, esposa o amante, y sacudidos todavía por el recuerdo de
las caricias que se fueron para siempre? ¿Era ella la única? ¿Existen otras más? ¿Se trata de una verdadera profesión?
¿Corren unas el cementerio como otras corren la acera? ¡Cazadoras sepulcrales! ¿O es que tuvo ella acaso la idea
admirable, de una filosofía profunda, de explotar la necesidad de un amor que quienes lo perdieron sienten reavivarse en
aquellos lugares fúnebres?


"¡Me hubiera gustado saber el nombre del difunto de quien había enviudado por aquel día!"

LA PUERTA DEL SEÑOR DE MALETROIT // ROBERT LOUIS STEVENSON

Escrito por imagenes 21-07-2007 en General. Comentarios (15)

ENTRE LO GOTICO Y LO VICTORIANO // CUENTOS DE AMOR // LA PUERTA DEL SEÑOR MALETROIT // ROBERT LOUIS STEVENSON                    (link-enlace)

ROBERT LOUIS STEVENSON (1850-1894)

 

 

La puerta del señor de Malétroit


Denis de Beaulieu no había cumplido aún veintidós años, aunque se consideraba ya un hombre maduro y un caballero muy dotado, por añadidura. Los muchachos se formaban muy rápido en aquella dura época de guerra. Y, cuando alguien ha participado en una batalla campal y en una docena de ataques, ha matado a un hombre de manera honorable y sabe un par de cosas sobre estrategia y sobre la humanidad, sin duda hay que perdonarle cierto alarde en la manera de andar. Al caer la tarde, después de ensillar su caballo con el debido cuidado, y de cenar con la debida calma, salió a hacer una visita, con muy buena disposición de ánimo. No era un modo de proceder muy sabio por parte del joven. Habría hecho mejor quedándose junto al fuego, o yéndose modestamente a la cama, ya que la ciudad estaba llena de tropas de Borgoña e Inglaterra, bajo un mando mixto y, aunque Denis tenía un salvoconducto, de poco le serviría en un encuentro fortuito.
Era septiembre del año 1429. El tiempo se había recrudecido; un viento variable, acompañado de un silbido agudo y cargado de lluvia, azotaba la comarca; las hojas caídas alborotaban por las calles. En algunos puntos se veía ya alguna ventana iluminada; el ruido de los soldados disfrutando con la cena llegaba a modo de ráfagas desde el interior, y era tragado y arrastrado por el viento. Empezaba a hacerse de noche rápidamente; la bandera de Inglaterra, que ondeaba en lo alto del chapitel, se volvía cada vez más tenue, en contraste con las nubes, que pasaban veloces; era ya tan sólo una pequeña mancha negra, como una golondrina en el caos tumultuoso y plomizo del cielo. Cuando cayó la noche, se alzó el viento y empezó a aullar bajo los arcos y a rugir entre las copas de los árboles del valle sobre el que se encontraba la ciudad.
Denis de Beaulieu anduvo deprisa, y muy pronto estaba ya llamando a la puerta de su amigo. Pese a que se había prometido quedarse sólo un rato para regresar pronto, el recibimiento de bienvenida fue tan agradable y le retrasaron tantas cosas que era ya bien pasada la medianoche cuando se despidió en el umbral de la puerta. Entretanto, el viento había vuelto a cesar; era una noche oscura como una tumba; ni una estrella, ni un centelleo de luz de luna se colaba por el dosel que formaban las nubes. Denis no era un buen conocedor de las intrincadas sendas de Chateau Landon; incluso a la luz del día había tenido algunas dificultades para encontrar el camino; ahora, en esta oscuridad absoluta, pronto se había perdido por completo. Sólo estaba seguro de una cosa: debía seguir subiendo la colina, ya que la casa de su amigo estaba situada en el extremo inferior, o a la cola, de Chateau Landon, mientras que la posada estaba en la parte superior, a la cabeza, bajo el gran chapitel de la iglesia. Con esta única pista, tropezaba y tanteaba a ciegas, ora respirando con más libertad, en lugares abiertos donde había un amplio retazo de cielo en lo alto, ora palpando la pared en lugares cerrados y sofocantes. Qué situación tan enigmática y misteriosa: estar así, sumergido en una negrura opaca, en una ciudad casi desconocida. Las posibilidades que abre el silencio son aterradoras. El contacto de la mano que explora con las frías barras de las ventanas causa en uno un sobresalto como si la mano hubiera tocado un sapo; las irregularidades del pavimento le ponen el corazón en la boca; una zona de oscuridad más densa amenaza con una emboscada o un abismo en el sendero; y, donde el aire es más claro, las casas adquieren una apariencia que aturde y extraña, como si quisieran desviarle a uno aún más de su camino. Para Denis, que tenía que regresar a su posada sin llamar la atención, este paseo suponía un verdadero peligro y le producía un verdadero malestar; iba cauteloso y valiente al mismo tiempo, y a cada esquina se detenía para observar.
Durante algún tiempo había estado recorriendo una senda tan estrecha que podía tocar una pared con cada mano, pero el camino empezó a abrirse y a descender bruscamente. Estaba claro que por ahí ya no iba en dirección a su posada; pero la esperanza de ver un poco más de luz le tentó a continuar hacia delante, para explorar. La senda terminaba en un terraplén con un muro con atalayas que ofrecía una vista entre las casas altas, como desde una aspillera, al valle oscuro e informe, varios centenares de pies más abajo. Denis bajó la vista y pudo observar unas pocas cimas de árboles oscilando y una única mota de resplandor allá donde el río daba a una presa. El tiempo estaba aclarando y el cielo se había iluminado, como si quisiera mostrar la silueta de las nubes más grandes y el contorno oscuro de las colinas. Según se adivinaba bajo aquella luz trémula e incierta, la casa que estaba a su izquierda tenía muy buena apariencia; estaba coronada con algunos pináculos y cumbres de pequeñas torres; desde el bloque principal se proyectaba de manera prominente la forma redondeada de la parte trasera de una capilla, que estaba bordeada con contrafuertes; la puerta estaba protegida bajo un porche enorme con figuras esculpidas, del que sobresalían dos grandes gárgolas. Las ventanas de la capilla brillaban a través de una intrincada tracería con una luz que parecía provenir de muchos cirios y que proyectaba los contrafuertes y el tejado puntiagudo en una oscuridad más intensa contra el cielo. No había duda de que se trataba de la residencia de alguna gran familia de los alrededores; y, como a Denis le recordaba a una casa que tenía en la ciudad, en Bourges, se quedó algún tiempo contemplándola y calibrando mentalmente la habilidad de los arquitectos y los miramientos de ambas familias.
Parecía no haber otro paso al terraplén que el sendero por el cual había llegado; así que sólo podía retroceder sobre sus pasos, aunque ahora, al menos, tenía una noción de sus inmediaciones, y esperaba, gracias a esto, dar con el camino principal para regresar rápidamente a la posada. No contaba con una serie de accidentes que harían de esta noche la más memorable de su vida, pues no había retrocedido más de cien ............................................................................................................