Quién mató a Zebedee? // WILKIE COLLINS

Escrito por imagenes 21-07-2007 en General. Comentarios (20)

ENTRE LO GOTICO Y LO VICTORIANO // CUENTOS DE AMOR // ¿ QUIEN MATO A ZEBEDEE ? // WILKIE COLLINS                                  (link-enlace)

WILKIE COLLINS (1824-1889)

 

 

Quién mató a Zebedee?

UNA INTRODUCCIÓN PARA MÍ

Cierto anochecer, antes de que el médico se marchara, le pregunté cuánto tiempo creía que me quedaba de vida. Me dijo que no era fácil saberlo, que podía morir antes de que él regresara por la mañana o vivir hasta finales de mes.
Al día siguiente estaba lo bastante vivo para pensar en la salvación de mi alma, y como era católico, pedí que me trajesen un sacerdote.
La historia de mis pecados, relatada en confesión, incluía haber faltado a mi deber y haber quebrantado las leyes de mi país. En opinión del sacerdote (y yo me mostré de acuerdo con él), tenía que reconocer públicamente mi culpa, si quería hacer acto de contrición como un buen católico inglés. Decidimos, por ese motivo, dividirnos el trabajo. Yo narré las circunstancias, mientras el reverendo padre cogía la pluma y modelaba la historia.
He aquí el resultado.

I

Cuando era un joven de veinticinco años, ingresé en el cuerpo de policía londinense. Después de casi dos años de cumplir con las severas y mal remuneradas tareas que caracterizan esa ocupación, me vi envuelto en la investigación oficial de mi primer caso serio y terrible... un caso nada menos que de asesinato.
Las circunstancias fueron las siguientes:
En aquella época, estaba destinado en una comisaría del norte de Londres, de la que, con su permiso, no daré más detalles. Cierto lunes me tocaba estar de guardia por la noche. Hasta las cuatro de la madrugada no ocurrió nada fuera de lo habitual. Era primavera y, entre el gas del alumbrado y el fuego de la chimenea, hacía demasiado calor en la oficina. Me dirigí a la puerta para respirar un poco de aire fresco, lo que sorprendió al inspector de servicio, un hombre muy sensible al frío. Caían unas gotas, y la humedad era tan desagradable que no tardé en volver junto a la lumbre. No creo que llevase más de un minuto sentado cuando alguien empujó violentamente la puerta giratoria. Una mujer completamente trastornada irrumpió en la habitación con un grito.
-¿Es ésta la comisaría? -preguntó.
Por una de esas bromas que gasta la naturaleza, nuestro inspector (por lo demás, un oficial excelente) tenía un temperamento ardiente bajo su constitución friolera.
-¡Válgame Dios! ¿Acaso no tiene ojos para verlo, mujer? -exclamó-. ¿Qué es lo que ocurre?
-¡Un asesinato! ¡Eso es lo que ocurre! -respondió ella con vehemencia-. Por el amor de Dios, vengan conmigo. Es en la casa de huéspedes de la señora Crosscapel, en el número catorce de Lehigh Street. ¡Una joven ha asesinado a su marido en plena noche! Con un cuchillo, señor. Dice que cree que lo ha matado mientras ella dormía.
Confieso que me asusté al oír sus palabras; y el tercer agente de servicio (un sargento) pareció, asimismo, impresionado. Ella era joven y muy bonita, incluso presa del terror, recién salida de la cama y vestida de cualquier forma, a toda prisa. En aquellos tiempos, me gustaban las mujeres altas... y, como suele decirse, ella era de mi tipo. Le acerqué una silla, y el sargento atizó el fuego. En cuanto al inspector, no había nada que pudiera alterarlo. La interrogó con la misma frialdad que si se tratara de un caso de robo de poca cuantía.
-¿Ha visto a la víctima? -preguntó.
-No, señor.
-¿Ya la esposa?
-No, señor. No me atreví a entrar en el dormitorio. Sólo conozco el crimen de oídas.
-¿De veras? Y ¿quién es usted? ¿Uno de los huéspedes?
-No, señor. Soy la cocinera
-¿Acaso la pensión no tiene dueño?
-Sí, señor. Está terriblemente asustado. Y la doncella ha ido en busca del médico. Los pobres criados tienen que hacerlo todo, por supuesto. ¡Ay! ¿Por qué pondría los pies en esa horrible casa?
La infortunada mujer rompió a llorar y temblaba de la cabeza a los pies. El inspector puso su declaración por escrito, y luego le pidió que la leyera y estampara su firma. Con este proceder, lo único que pretendía era que se le acercara lo suficiente para oler su aliento.
-Cuando las personas declaran algo extraordinario -me explicó después-, a veces uno se ahorra problemas cerciorándose de que no están bebidas. También he conocido a algunas que estaban locas... pero no es algo frecuente. Generalmente, lo leerás en su mirada.
La joven se levantó y escribió su nombre, Priscilla Thurlby. La prueba del inspector demostró que estaba sobria; y sus ojos -que sin duda eran de un hermoso color azul, además de dulces y afables, cuando no tenían aquella expresión de terror ni estaban enrojecidos por el llanto- le convencieron (tal como supuse) de que ella estaba en su sano juicio. Y lo primero que hizo fue poner el caso en mis manos. Comprendí que, ni siquiera entonces, creía que la historia fuera cierta.
-Vuelve con ella a la pensión -dijo-. Tal vez sea una estúpida broma, o una pelea más ruidosa de lo normal. Compruébalo personalmente, y escucha la opinión del médico. Si se confirma la gravedad del asunto, avísanos en seguida; y no dejes que nadie entre o salga de la casa hasta que lleguemos. ¡Un momento! ¿Sabes ya lo que has de decir si alguien quiere declarar algo por su cuenta?
-Sí, señor. Debo advertir a todos de que cualquier cosa que digan será puesta por escrito y podrá utilizarse en su contra.
-¡Muy bien! Un día de éstos llegarás a inspector. Y ahora, ¡señorita! -y, con estas palabras, se despidió de ella y la dejó a mi cargo.
Lehigh Street no estaba muy lejos... a unos veinte minutos andando desde la comisaría. Reconozco que pensé que el inspector había sido bastante duro con Priscilla. Era natural que la joven estuviera enfadada con él.
-¿Qué ha querido decir con eso de una broma? -exclamó-, ¡Ojalá estuviera tan asustado como yo! Es la primera vez que trabajo de criada, señor... y pensaba que había encontrado un lugar muy respetable.
Apenas hablé con ella; a decir verdad, estaba bastante nervioso por la misión que me habían encomendado. Al llegar a la casa, alguien abrió la puerta antes de que yo tuviera tiempo de llamar. Un caballero salió, y resultó ser el médico. Se detuvo nada más verme.
-Debe tener mucho cuidado, agente -dijo-. He hallado al hombre boca arriba, en la cama, muerto... con la navaja que le ha matado todavía clavada.
Al oír esto, sentí la necesidad de enviar a alguien a la comisaría. ¿Dónde podría encontrar a un mensajero de confianza? Me tomé la libertad de preguntar al doctor si no le importaría repetir sus palabras a la policía. La jefatura le venía casi de camino a casa. Accedió amablemente a mi petición.
La patrona (la señora Crosscapel) se reunió con nosotros mientras hablábamos. Aún era una mujer joven; y no parecía fácil de asustar, ni siquiera por un asesinato en la casa. Su marido estaba en el pasillo, detrás de ella. Tenía suficiente edad para ser su padre; y temblaba hasta tal punto de terror que cualquiera podría haber pensado que él era el culpable. Quité la llave de la puerta, después de asegurarme de que estaba bien cerrada.
-Nadie puede abandonar la pensión, ni entrar en ella, hasta que venga el inspector. Y ahora debo registrar el edificio para ver si se han forzado puertas o ventanas -señalé a la señora Crosscapel.
-Hay una llave en la puerta del patio -respondió ella-. Siempre está cerrada. Puede bajar conmigo y comprobarlo.
Priscilla nos acompañó. Su patrona le ordenó que encendiera el fuego de la cocina.
-A algunos de nosotros nos sentará bien una taza de té -comentó la señora Crosscapel.
Le dije que, dadas las circunstancias, se tomaba las cosas con mucha calma. Ella me repuso que la patrona de una casa de huéspedes no podía permitirse el lujo de perder los estribos, pasara lo que pasara.
Encontré la puerta del patio cerrada con llave, y las contraventanas de la cocina con el cerrojo echado. La cocina y la puerta trasera estaban, asimismo, atrancadas. No había nadie escondido en ningún lugar. Volví a subir las escaleras e inspeccioné el ventanal de la sala que daba a la fachada. De nuevo, unas contraventanas firmemente cerradas respondieron de la seguridad de la habitación. Oí una voz cascada a través de la puerta de la salita trasera.
-El agente puede entrar -dijo-, si promete no mirarme.
Me volví hacia la patrona en busca de alguna aclaración.
-Es mi huésped, la señorita Mybus -contestó-; una dama de lo más respetable que se aloja en esta planta.
Cuando entré en el cuarto, vi algo cuidadosamente enrollado en la colcha de la cama. La pudorosa señorita Mybus se había hecho invisible de ese modo. Una vez convencido de la seguridad de la parte baja de la casa, y con las llaves en mi bolsillo, me dispuse a subir al piso de arriba.
Mientras nos dirigíamos a las alturas, pregunté si habían recibido alguna visita el día anterior. Sólo habían venido dos personas, amigas de los huéspedes, y la señora Crosscapel las había despedido personalmente en la puerta. Mi siguiente pregunta estuvo relacionada con sus inquilinos. En la planta baja se alojaba la señorita Mybus. En el primer piso, y ocupando las dos habitaciones, el señor Barfield, un solterón que trabajaba en una oficina de comercio. Una planta más arriba, en el dormitorio que daba a la fachada, el señor John Zebedee, la víctima, y su mujer; en el cuarto del fondo, el señor Deluc, representante de una compañía de cigarros, y supuestamente un caballero criollo de La Martinica. En la buhardilla delantera, el señor y la señora Crosscapel; en la que daba al patio, la cocinera y la doncella. Y éstos eran los habitantes que tenía regularmente la pensión. Pregunté por las criadas.
-Dos muchachas excelentes -replicó la patrona-; de otro modo, no servirían en mi casa.
Llegamos al segundo piso, y encontramos a la doncella de guardia ante la puerta del dormitorio principal. No era tan agraciada como la cocinera y, como es natural, estaba muy asustada. Su señora le había ordenado que se quedará allí para avisar si la señora Zebedee, a la que tenían encerrada en el cuarto, se ponía violenta. Mi llegada liberó a la doncella de su responsabilidad. Corrió escaleras abajo para reunirse con su compañera en la cocina.
Pregunté a la señora Crosscapel cómo y cuándo se habían enterado del asesinato.
-Poco después de las tres -contestó-, me despertaron los gritos de la señora Zebedee. La encontré aquí en el rellano, y el señor Deluc, muy alarmado, intentaba tranquilizarla. Como duerme en la habitación contigua, sólo tuvo que abrir la puerta cuando sus gritos le despertaron. «¡Mi querido John ha sido asesinado! ¡Y yo soy la única culpable... lo maté dormida! », repitió una y otra vez con desesperación, hasta que cayó desvanecida. El señor Deluc y yo la llevamos de vuelta a su dormitorio. Los dos creíamos que la pobre criatura se había vuelto loca por culpa de alguna espantosa pesadilla. Pero cuando nos acercarnos a la cama... no me pregunte lo que vimos, el doctor ya se lo ha contado. Durante una época trabajé de enfermera en un hospital y me acostumbré a ver las cosas más horribles. Sin embargo, se me heló la sangre y la cabeza empezó a darme vueltas. En cuanto al señor Deluc, pensé que iba a desmayarse.
Después de oír esto, pregunté si la señora Zebedee había dicho o hecho algo extraño desde que era huésped de la señora Crosscapel.
-¿Acaso cree que no está en su sano juicio? -quiso saber la patrona-. Lo cierto es que cualquiera sería de su opinión... ante una joven que se acusa a sí misma de haber asesinado a su marido mientras estaba dormida. Lo único que puedo decir es que, hasta esta madrugada, jamás había conocido a una personita más pacífica, juiciosa y educada que la señora Zebedee. Recién casada, imagínese; y enamorada hasta los tuétanos de su infortunado esposo. Yo diría que, entre las gentes de su nivel social, eran una pareja modélica.
No quedaba nada más por decir en el rellano de la escalera. Abrimos la puerta y entramos en el cuarto.

II

Estaba en la cama, acostado boca arriba, tal como lo había descrito el médico. En el lado izquierdo de su camisa de dormir, justo sobre el corazón, la tela ensangrentada contaba su espantosa historia. Por lo que uno era capaz de juzgar, contemplando de mala gana aquel rostro sin vida, debía de haber sido un hombre muy guapo. Era una visión que acongojaría a cualquiera; pero creo que el momento más doloroso para mí fue cuando reparé en su desdichada mujer.
Estaba en el suelo, acurrucada en un rincón; una mujer pequeña y morena, vestida con elegancia de colores muy vivos. Su cabello negro y sus enormes ojos castaños parecían intensificar aún más la terrible palidez de su rostro. Nos miraba fijamente, como si no nos viera. Le hablamos, y no salió una sola palabra de sus labios. Si no se hubiera pellizcado sin cesar los dedos y no se hubiese estremecido de vez en cuando como si tuviera frío, cualquiera podría pensar que estaba muerta, al igual que su marido. Me acerqué a ella y traté de levantarla. La joven se echó hacia atrás con un grito que me dio escalofríos, y no por estentóreo, sino porque se acercaba más al gemido de un animal que al de un ser humano. Por muy tranquila y serena que se hubiera mostrado siempre ante la patrona de la casa de huéspedes, lo cierto es que ahora se encontraba fuera de sí. Es posible que me suscitara lástima, o que yo estuviera totalmente trastornado... lo único que sé es que no me pareció posible que fuera culpable. Incluso llegué a decir a la señora Crosscapel:
-No creo que lo hiciera ella.
Mientras pronunciaba estas palabras, alguien llamó a la puerta de la calle. Bajé en seguida las escaleras y dejé entrar (con gran alivio) al inspector, acompañado de uno de nuestros hombres.
Esperó a que yo le contara lo ocurrido, antes de subir, y expresó su conformidad con los pasos que había seguido.
-Todo parece indicar que alguien de la casa ha cometido el asesinato -comentó.
Y, después de decir esto, dejó al otro agente en la planta baja y subió conmigo al segundo piso.
Llevaba menos de un minuto en la habitación cuando descubrió un objeto que a mí me había pasado inadvertido.
Se trataba de la navaja con la que se había cometido el delito. El médico la había encontrado en el cuerpo de la víctima, la había extraído para examinar la herida y la había dejado en la mesilla de noche. Era una de esas navajas tan prácticas, que tienen una sierra, un sacacorchos y otros utensilios parecidos. La....................................................................................................................